© Libro N° 14079. Antonina O La
Caída De Roma. Collins,
Wilkie. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © Antonina O La Caída De Roma. Wilkie
Collins
Traducción: Esther Pérez Montesinos
Versión Original: © Wilkie Collins. Antonina O La Caída De Roma.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Wilkie Collins
Antonina O La
Caída De Roma
Wilkie Collins
Wilkie Collins nació en Londres en 1824.
Primogénito del paisajista William Collins —sobre quien publicó un libro,
Recuerdos de la vida de William Collins, 1848—, cursó estudios de Derecho,
profesión que casi no ejerció y que alternó con la de actor y prolífico
escritor. A los 26 años publicó su primera novela, esta Antonina o la caída de
Roma (1850), escrita bajo la impresión que le produjo la lectura de la célebre
novela de Bulwer-Lytton, Los últimos días de Pompeya. En 1860 publica La dama
de blanco, novela realmente excepcional que introduce importantes cambios en la
estructura dell relato, el más significativo de los cuales es la pluralidad del
punto de vista —más tarde adoptado y desarrollado por Henry James—, técnica que
alcanza su madurez en La piedra lunar (1868), tal vez su obra maestra y una de
las más relevantes del siglo XIX. Otras novelas de relieve son Armadale, Doble
engaño, El secreto de Sarah y Sin nombre. Maestro del relato breve, en su obra
destacan, entre otros, El hotel encantado, La mano muerta y La dama de Glenwith
Grange. Amigo íntimo de Dickens, con quien colaboró asiduamente, Collins murió
en Londres en 1889.
La ville cesse
d’être:
Le romain est
esclave, el le Goth est son maitre.
SODDERE, Alarique
PREFACIO
Al disponerse a escribir una obra de ficción
basada sobre hechos reales, el autor de estas páginas no consideró requisito
indispensable que sus protagonistas fueran personajes históricos de la época.
Por el contrario, estimó que varias objeciones de peso se oponían a esa idea.
Bien sabía que atenerse a la historia obligaba al autor a añadir a los datos
conocidos mucho de su imaginación —a vestir, con el colorido de la ficción
novelesca, el escueto esquema de la verdad histórica— y, por tanto, a situar la
invención del novelista en lo que no podía menos que considerar un contraste
sumamente desfavorable con la exactitud del historiador. Por otro lado, no
estaba de ningún modo convencido de que un relato en el cual los actores
principales fueran personajes históricos pudiera preservar la adecuada unidad
de acción y mantenerse dentro de los límites apropiados para su desarrollo sin
falsificaciones o confusiones de fechas históricas: una especie de licencia
poética que no sentía la menor disposición de concederse, ya que su
preocupación principal consistía en que su argumento naciera y se derivara en
su totalidad de los grandes acontecimientos de la época, en el orden preciso en
que ocurrieron.
Sometido, entonces, al peso de esas
consideraciones, pensó que creando con su imaginación a todos los protagonistas
podría moldearlos a su antojo según las necesidades de la trama; hacerlos
actuar al influjo de sus menores incidentes de la manera que pareciera más
excepcionalmente interesante, sin cometer ninguna inconveniencia, y, además,
presentarlos en todas las ocasiones, sin impedimentos ni estorbos, como
exponentes prácticos del espíritu de la época, de los diversas prototipos
históricos del período que las investigaciones que el Autor llevó a cabo con
ayuda de libros de igualmente notables, aunque discrepantes, autoridades sobre
el tema, le permitieron acopiar. Al mismo tiempo, estimó que la apariencia de
verosimilitud necesaria en una novela histórica podría preservarse con éxito
introduciendo ocasionalmente algunos personajes reales de la época, en aquellas
partes del argumento que se refirieran a acontecimientos con los cuales habían
estado visiblemente asociados.
La presente obra es fruto de ese proyecto.
Los personajes de ficción son los únicos
encargados de la tarea de representar el espíritu de la época. El emperador
romano Honorio y el rey godo Alarico se mezclan muy poco desde un punto de
vista personal con el relato —sólo aparecen vinculados a circunstancias y
acontecimientos estrictamente verídicos registrados por la historia—, pero se
ha observado la más rigurosa exactitud en lo que respecta a tiempo, lugar y
situaciones en todos los hechos históricos incluidos en la trama, desde el
período de la marcha de los invasores godos a través de los Alpes hasta el fin
del primer sitio de Roma por los bárbaros.
ANTONINA O LA CAÍDA
DE ROMA
CAPÍTULO I
GOISVINTHA
Las montañas de la cordillera de los Alpes que
bordean la frontera nordeste de Italia ya estaban, en el otoño del año 408,
surcadas en numerosas direcciones por las huellas que dejaban a su paso las
fuerzas invasoras de las naciones septentrionales a cuyo conjunto se suele
designar con el nombre de godos. En algunos sitios, esas huellas consistían en
árboles caídos a un lado del camino, y en ocasiones, cuando casi las borraban
los destrozos provocados por las tormentas, asumían la apariencia de pantanos
desolados e irregulares. En otros lugares eran menos palpables. Aquí, el
sendero circunstancial estaba completamente cubierto por las inundaciones de un
torrente desbordado; allá, era posible adivinarlo en los ocasionales trechos de
terreno mullido, o distinguirlo parcialmente merced a los fragmentos de
armaduras abandonadas, los esqueletos de caballos y hombres y los restos de
toscos puentes que sirvieran en alguna ocasión para pasar un río o salvar un
precipicio.
Entre las rocas de los picos más altos de la
cordillera montañosa que se alzaba junto a las llanuras italianas y que eran el
último obstáculo que se interponía a los afanes de un viajero o a la expedición
de un invasor, había, a principios del siglo V, un pequeño lago. Ese sitio
solitario siempre melancólico, rodeado de precipicios por tres de sus lados,
con estrechas orillas despobladas tanto de vegetación como de seres humanos y
aguas oscuras y estancadas raras veces iluminadas por un sol radiante, presentaba,
en la tarde del día en que comienza nuestra historia, un aspecto de desolación
que resultaba lúgubre a los ojos y opresivo para el corazón.
Era cerca del mediodía, pero el sol no
brillaba en el cielo. Unas nubes plomizas, pesadas por su forma y su color,
ocultaban toda la belleza del firmamento y proyectaban una espesa oscuridad
sobre la tierra. Las cumbres de las montañas estaban envueltas en vapores
densos y estancados; de los árboles inclinados hacia el suelo caían
ocasionalmente hojas muertas y ramas podridas para hundirse en el terreno
cenagoso o despeñarse en el sombrío precipicio; y una llovizna pertinaz caía
lenta y tenaz en toda la zona yerma que circundaba el lago. Un observador
situado de frente al lago solitario, en el sendero que otrora recorrieran
ejércitos y que otros ejércitos estaban destinados a recorrer, al principio no
habría oído otro sonido que el goteo irregular de la lluvia al caer de roca en
roca; no habría visto más que las aguas inmóviles a sus pies y los oscuros
riscos que proyectaban sobre ellas su sombra desde lo alto. No obstante, cuando
bajo el efecto de la misteriosa soledad del lugar sus ojos se hubieran tornado
más penetrantes y sus oídos más aguzados, habría visto una caverna en los
precipicios que rodeaban el lago, y en las pausas entre las gruesas gotas de
lluvia habría escuchado el sonido casi imperceptible de una voz humana.
La entrada de la caverna estaba parcialmente
oculta por una gran piedra, encima de la cual se apilaban montones de ramas
podridas que parecían cumplir el propósito de proteger a los posibles
habitantes de la gruta del frío que reinaba afuera en la atmósfera. Situado en
el límite este del lago, el extraño refugio permitía vigilar no sólo el
escarpado sendero que quedaba inmediatamente debajo, sino también una vasta
extensión de terreno llano a corta distancia hacia el oeste, que separaba el
lugar de una segunda cordillera de montañas menos empinadas. En los días en que
la atmósfera aclaraba, desde ese punto se podía ver, allá a lo lejos, muy
abajo, los olivares que cubrían la base de la montaña, y aún más allá,
dilatadas hasta el distante horizonte, las llanuras de la Italia abandonada de
la suerte, cuyo sino de derrota y vergüenza se aproximaba veloz hacia su
tenebroso y temible cumplimiento.
Adentro, la caverna era baja y de forma
irregular. De sus paredes ásperas rezumaba la humedad, que empapaba el suelo
cubierto de musgo podrido. Los lagartos y otros animales ruidosos habían
poblado sus incómodos rincones sin que nadie se los disputara hasta el momento
que acabamos de describir, cuando sus míseros derechos comenzaran a ser
usurpados por primera vez por intrusos humanos.
Cerca de la entrada de la cueva estaba
agachada una mujer. Hacia adentro, donde el suelo era más seco, había un niño
dormido. Entre ambos, unas ramas secas y unas hojas mustias estaban dispuestas
como para encender fuego; ese escaso combustible se veía ligeramente
ennegrecido en varios puntos, pero, mojado como estaba por la lluvia, todos los
intentos de encenderlo de manera permanente habían resultado evidentemente
infructuosos.
La mujer tenía la cabeza inclinada, y su
rostro, oculto entre las manos, descansaba sobre sus rodillas. De cuando en
cuando musitaba algo para sí con voz ronca y quejumbrosa. Se había quitado una
parte de sus escasos vestidos para cubrir al niño. Los que aún llevaba puestos
eran una mezcla de pieles de animales y de un tosco tejido de algodón. Ese
mísero atavío exhibía numerosas manchas de sangre, y los rizos en desorden del
largo cabello rubio de su dueña mostraban la misma mácula ominosa y repulsiva.
El niño parecía tener unos escasos cuatro años
y en su rostro enjuto y pálido se observaban todas las características de su
origen godo. Sus rasgos parecían haber sido hermosos, tanto en su expresión
como en su forma; pero una profunda herida a lo largo de una de sus mejillas lo
había deformado para siempre. Temblaba y se estremecía en su sueño, y de cuando
en cuando extendía mecánicamente los bracitos hacia las ramas muertas y frías
desparramadas frente a él. De pronto, un pedazo roca se desprendió en un lugar
distante de la caverna y cayó al suelo con gran estrépito. Al ruido, el niño se
despertó con un grito, se incorporó, hizo un esfuerzo por avanzar hacia la
mujer y retrocedió trastabillando hasta la pared de la cueva. Una segunda
herida en la pierna había tenido el mismo efecto destructivo sobre su vigor que
la primera sobre su belleza. Era un lisiado.
En el mismo instante en que el niño
despertara, la mujer se levantó. Fue, lo alzó del suelo y, tras tomar unas
hierbas que llevaba en el seno, las aplicó a su mejilla herida. Al hacerlo, se
le desordenó el traje: la sangre coagulada, que evidentemente había manado de
una herida en su cuello, encartonaba su porción superior. Todos sus intentos
para auxiliar al niños fueron vanos; el pequeño se quejaba y sollozaba
lastimeramente, y musitaba a intervalos incoherentes exclamaciones de
impaciencia por lo frío del lugar y el dolor que le causaban sus heridas
recientes. Muda, sin derramar una lágrima, la infeliz mujer lo miraba a la cara
con aire ausente. No era difícil colegir, a partir de esa mirada fija y
extraviada, la naturaleza de los lazos que unían a la desdichada con el niño
que sufría. La expresión de tensa y terrible desesperación que brillaba en sus
ojos sombríos y fijos; la lívida palidez que robaba el color a sus labios
apretados; los espasmos que sacudían su cuerpo firme e imperioso expresaban sin
palabras, con la divina elocuencia de la emoción humana, que entre los dos
miembros de la solitaria pareja existía la más íntima de las relaciones
terrenales: el vínculo que une a una madre con su hijo.
Durante algún tiempo la mujer se mantuvo en la
misma postura. Al cabo, como presa de súbita suspicacia, se incorporó y,
sosteniendo al niño con un brazo, separó con el otro las ramas que cegaban la
entrada de su refugio para otear con precaución el panorama que la niebla
dejaba entrever hacia poniente. Después de una corta inspección retrocedió como
tranquilizada por la absoluta soledad del lugar y, volviéndose hacia el lago,
contempló las aguas negras a sus pies.
—¡La noche ha sucedido a la noche —musitó
sombría—, y no ha traído alivio a mi cuerpo ni esperanza a mi corazón! He
recorrido milla tras milla, siempre con el peligro a la espalda y la soledad
ante mí. La sombra de la muerte se espesa sobre el niño, el fardo de la
angustia se me hace demasiado pesado. Mis amigos han sido asesinados, mis
protectores están distantes, mis bienes se han perdido. El Dios de los
sacerdotes cristianos nos ha abandonado en el peligro y nos ha desamparado en
nuestro dolor. A mí me toca poner fin a los sufrimientos de ambos. ¡Este lugar
que ha sido nuestro último refugio será también nuestra sepultura!
Tras una última mirada al cielo frío y
deprimente, avanzó hasta el mismo borde de la escarpada orilla del lago. Ya
había alzado al niño en brazos y había arqueado el cuerpo para no fallar el
salto fatal, cuando llegó a sus oídos un sonido —tenue, distante, fugitivo—
procedente de levante. Al instante sus ojos brillaron, un suspiro hinchó su
pecho, sus mejillas se cubrieron de rubor. Con los últimos restos de sus
menguadas fuerzas trepó al elevado peñasco que quedaba a sus espaldas y
aguardó, con dolorosa expectación, la repetición del mágico sonido.
Unos momentos después volvió a oírlo, porque
el niño, atontado de terror por la conducta que había acompañado la decisión de
su madre de lanzarse con él al lago, se mantenía en silencio, de modo que podía
prestar atención sin estorbos. A oídos no entrenados, el sonido que tanto la
alentaba les habría resultado casi inaudible. Hasta al viajero experimentado
habría pensado que no era más que el eco de una piedra que rodaba entre las
rocas lejos hacia levante. Pero para ella el sonido era de la mayor importancia,
porque era la bienvenida señal de que se aproximaban la salvación y la dicha.
A medida que pasaba el tiempo se hacía cada
vez más cercano, repetido en todas direcciones por los ecos traviesos, y
revelaba ya claramente que su origen, como había adivinado la mujer desde el
principio, era la trompeta goda. Pronto cesó la música distante y fue
sustituida por otro sonido bajo y retumbante, como de un terremoto lejano o de
los preliminares de una tormenta. Poco después se convirtió en un ruido áspero
y confuso, como el del paso de un viento fuerte por entre las ramas de un
bosque. En ese momento la mujer perdió todo control de sí misma; su paciencia y
precaución previas la abandonaron y, sin cuidarse del peligro, colocó al niño
sobre el peñasco en el cual había permanecido de pie y, aunque con todo el
cuerpo sacudido por temblores, logró trepar tan alto por el risco que alcanzó
una grieta cercana a la cima de las rocas, desde la que se divisaba un panorama
ininterrumpido de las vastas extensiones escarpadas que limitaban por el este
con la siguiente cadena de precipicios y quebradas.
Uno tras otro transcurrieron lentos los largos
minutos, y aunque se seguía oyendo un gran ruido, nada se veía aún. Al cabo, el
aire neblinoso y pesado resonó de nuevo con el sonido agudo de la trompeta; y
unos instantes después, la vanguardia de un ejército godo emergió del bosque
distante.
Al poco rato, las grandes masas humanas que
formaban el grueso del ejército comenzaron a salir de entre los árboles y
cubrieron como una masa oscura el terreno que separaba el bosque de las rocas
que bordeaban el lago. Las primeras filas hicieron un alto, como para
comunicarse con el tropel de la retaguardia y con los rezagados que marchaban
junto a los carros de la impedimenta, y que seguían saliendo, al parecer en
huestes interminables, del refugio que les proporcionaban los árboles
distantes. Las avanzadillas seguían marchando a toda velocidad, evidentemente
con la intención de explorar el camino, de modo que llegaron al pie de la
subida que conducía a los riscos a los que aún se aferraba la mujer y desde los
cuales seguía con ansiosa atención su movimiento.
Colocada en situación de extremo peligro, su
fuerza era lo único que la preservaba del peligro de resbalar de su alta y
estrecha atalaya. Hasta ese momento, la excitación moral causada por la
expectación la había dotado de la resistencia física necesaria para mantenerse
en su posición; pero en el preciso instante en que los líderes de la vanguardia
llegaban a la caverna, sus energías, de las que había abusado, la abandonaron
de repente; sus manos se soltaron, trastabilló, y se habría despeñado a una
muerte segura si las pieles que le cubrían el pecho y la cintura no se hubieran
enganchado en un saliente de una de las rocas irregulares que había a su
alrededor. Por fortuna —porque no podía proferir ni un grito— las tropas
hicieron alto en ese momento para que sus caballos recobraran el aliento. Dos
de los soldados advirtieron su situación y adivinaron su nacionalidad. Treparon
a las rocas y, mientras uno se hacía cargo del niño, el otro logró rescatar a
la madre y llevarla a salvo a tierra.
Los resoplidos de los caballos, el entrechocar
de las armas, la confusión de voces altas y ásperas que rompían ahora el
silencio usual del lago solitario, y que habrían sobresaltado y anonadado a
personas más fuertes qué se encontraran tan exhaustas como la mujer,
parecieron, por el contrario, calmar sus emociones y reanimar sus fuerzas. Se
apartó del apoyo que le prestaba su salvador y, después de tomar en brazos al
niño, avanzó hacia un hombre de estatura gigantesca, cuya rica armadura
anunciaba a las claras que ocupaba una posición de mando en el ejército.
—Soy Goisvintha —le dijo con voz firme y
serena—, la hermana de Hermanrico. Escapé con mi hijo de la masacre de los
rehenes de Aquilea. ¿Está mi hermano en el ejército que acompaña al rey?
Esa declaración produjo un marcado cambio en
los presentes. Las miradas de indiferencia o curiosidad con que habían
considerado al inicio a la fugitiva se transformaron en la más viva expresión
de sorpresa y respeto. El caudillo a quien se dirigiera alzó el visor de su
yelmo para descubrirse el rostro, respondió afirmativamente su pregunta y
ordenó a dos soldados que la condujeran hacia la retaguardia hasta el
campamento temporal del grueso del ejército. Cuando la mujer se volvía para
partir, un anciano avanzó hacia ella, apoyado en su larga y maciza espada, y le
dirigió las siguientes palabras:
—Soy Withimer; mi hija quedó como rehén de los
romanos en Aquilea. ¿Está entre los muertos o logró escapar?
—Sus huesos se pudren bajo los muros de la
ciudad —fue la respuesta—. Los romanos la echaron a los perros para que la
devoraran.
El viejo guerrero no pronunció palabra ni dejó
escapar una lágrima. Se volvió en dirección a Italia, pero al mirar hacia las
llanuras que quedaban a sus pies frunció el ceño y sus manos se cerraron
mecánicamente en torno a la empuñadura de su enorme espada.
Los dos hombres que la guiaban hasta el
campamento del ejército le hicieron a Goisvintha la misma melancólica pregunta
que su anciano compañero. Recibieron la misma respuesta terrible, que fue
recibida con idéntica severa compostura seguida por la misma ojeada ominosa en
dirección a Italia que las del veterano Withimer.
Conduciendo el caballo que llevaba a la
exhausta mujer con el mayor cuidado pero con maravillosa rapidez por los
senderos que tan recientemente ascendieran, los hombres llegaron en breve al
lugar donde el ejército había hecho alto, y le mostraron a Goisvintha, en toda
la majestad de sus proporciones y del reposo, la vasta congregación marcial de
los guerreros del Norte.
Sus armaduras no despedían destellos de luz,
sobre sus cabezas no ondeaban estandartes, no se oía música en sus filas. A sus
espaldas, el bosque lúgubre seguía vomitando grupos que se sumaban a la
multitud bélica que ya ocupaba el campamento; alrededor, riscos desolados que,
a través de la opacidad de la niebla, mostraban un aire majestuoso y salvaje;
sobre sus cabezas, nubes oscuras que pendían inmóviles sobre las cimas yermas
de las montañas y derramaban aguas de tormenta sobre los eriales de las llanuras;
todo lo que había de solemne en el aspecto de los godos guardaba una espantosa
armonía con la faz fría y desolada que había asumido la Naturaleza. Silencioso,
amenazador, tenebroso, el ejército parecía la fiel encarnación del propósito
tremendo de su jefe: el sometimiento de Roma.
Los guías de Goisvintha la condujeron
velozmente a través de las primeras filas de guerreros y, tras hacer alto en un
sitio que ascendía describiendo un ángulo recto con el camino principal que
salía del bosque, le pidieron que desmontara, le señalaron el grupo que ocupaba
el lugar, y le informaron:
—Un poco más allá está el rey Alarico, y con
él se encuentra Hermanrico, tu hermano.
Desde cualquier punto de vista que se
considerara, el grupo de personas que de esa forma indicaban a Goisvintha
habría llamado la atención del más indiferente. Cerca de una masa confusa de
armas, desperdigadas por el suelo, descansaba reclinado un grupo de guerreros
aparentemente absortos en la conversación que sostenían en voz queda,
susurrante, tres hombres de avanzada edad sentados sobre unas rocas, cuyas
cabezas sobresalían entre las de los demás, y cuyos cabellos largos y blancos,
toscos vestidos de pieles de animales y formas enjutas y vacilantes
contrastaban llamativamente con las figuras gigantescas, cubiertas por
armaduras de hierro, de quienes los oían tumbados a sus pies. Encima de los
ancianos, en el camino, se veía uno de los carros de Alarico: el futuro
conquistador de Roma había escogido como asiento los bultos apilados contra sus
toscas ruedas. La parte superior del vehículo parecía hervir con su carga
humana. Apiñados en todos sus rincones se veían mujeres y niños de las más
diversas edades, así como una multitud de armas y animales domésticos. Ahora un
niño —vivaz, intranquilo, curioso— atisbaba sobre un ariete. Poco después, una
oveja hambrienta y de carnes enjutas olisqueaba el aire con sus narices
inquisitivas y, al moverse con su aire de congoja, dejaba al descubierto la
cabeza de una anciana enteca que había tomado de almohada su flanco lanudo.
Acá, aparecía una jovencita que batallaba medio sepultada por unos escudos.
Allá, resollaba una mujer escuálida de las que seguían a la tropa, casi
sofocada por un montón de pieles. Toda la escena, con el telón de fondo del
gran bosque, impregnada en el vapor de una llovizna neblinosa, con sus fuertes
contrastes en un momento y sus solemnes armonías al siguiente, era una vasta
combinación de objetos que asombraba o pasmaba: una tenebrosa conjunción de lo
amenazador y lo sublime.
Después de indicarle a Goisvintha que esperara
cerca del carro, uno de los soldados que la habían conducido hasta el lugar se
aproximó a un joven que se encontraba cerca del rey y lo llamó a un lado.
Cuando el guerrero se incorporó para responder a su llamada puso de manifiesto,
además de todas las cualidades físicas de su raza, una facilidad y una
elasticidad de movimientos inusuales en los hombres de su nación. En el momento
en que respondió a la llamada del soldado que se había dirigido a él, tenía el
rostro parcialmente cubierto por el inmenso yelmo, coronado por una cabeza de
jabalí, cuyas fauces, abiertas por la fuerza en el momento de la muerte,
parecían a punto de cerrarse sobre su presa. Pero casi sin dejar concluir al
soldado, el guerrero experimentó una violenta sacudida, se quitó el torvo
aditamento guerrero y se apresuró a aproximarse, con la cabeza descubierta, al
costado del carro donde Goisvintha lo aguardaba.
En cuanto lo vio, la mujer corrió a su
encuentro, le puso al niño herido entre los brazos y lo saludó con estas
palabras:
—Tu hermano sirvió en los ejércitos de Roma
cuando los nuestros estaban en paz con el Imperio. ¡Esto es todo lo que han
dejado los romanos de su familia y de sus bienes!
Nada más dijo, y durante un instante los
hermanos se miraron sumidos en un silencio expresivo y conmovedor. Aunque
además de las características generales de su común nacionalidad los rostros de
ambos, como es natural, compartían rasgos que evidenciaban que llevaban la
misma sangre, en ese instante toda semejanza entre ellos —tan extraordinaria es
la fuerza de la expresión, que supera a la del parecido físico— había
desaparecido. El semblante y las maneras del joven (sólo contaba veinte años de
edad) expresaban un profundo pesar, viril en su severa calma, sincero en la
inocencia perfecta con que lo dejaba traslucir. Al contemplar al niño, sus ojos
azules —luminosos, penetrantes, vivaces— adoptaron la suave expresión de unos
ojos femenino; sus labios, que no llegaban a ocultar su corta barba, se
cerraron y temblaron; y su pecho se levantó en un suspiro bajo la armadura que
cubría sus nobles proporciones. Había en su melancolía simple, muda, sin
lágrimas —en ese exquisito respeto de la fuerza triunfante por la debilidad
doliente— algo casi sublime; y todo ello contrastaba con los sentimientos de
malevolencia y desesperación que mostraba el rostro de Goisvintha. La ferocidad
que brillaba en sus ojos dilatados y relumbrantes; los pliegues siniestros que
enmarcaban sus labios pálidos y entreabiertos; la turgencia de sus grandes
venas, abultadas hasta un punto extremo de tensión en su majestuosa frente;
todo ello distorsionaba tanto su semblante que allí juntos, en lo que a
expresión concierne, los hermanos parecían por un momento haber intercambiado
sus sexos. El guerrero demostraba su lástima por los que sufrían; la madre, su
indignación por la afrenta.
Poniendo punto final a su melancólica
contemplación del niño y todavía sin responder palabra a Goisvintha, Hermanrico
subió al carro y, tras colocar al último de los hijos de su hermana en brazos
de una anciana decrépita que cavilaba examinando unos bultos de hierbas que
cubrían su regazo, le dirigió las siguientes palabras:
—Estas heridas son causadas por los romanos.
Revive al niño, y de los despojos de Roma recibirás tu recompensa.
—Ja, ja, ja! —rió entre dientes la vieja—;
Hermanrico es un guerrero ilustre y será obedecido. Hermanrico es grande,
porque su brazo sabe matar; pero Brunequilda es más grande que él, porque su
arte sabe curar.
Como deseosa de hacer bueno su desplante ante
los ojos del guerrero, la anciana comenzó de inmediato a preparar las compresas
necesarias con algunas hierbas de su provisión; pero Hermanrico no se quedó
para ser testigo de sus habilidades. Después de una última ojeada al niño
pálido y exhausto, descendió lentamente del carro y, tras acercarse a
Goisvintha, la condujo hasta un lugar resguardado cerca del pesado vehículo.
Una vez allí se sentó a su lado, listo para escuchar con la mayor atención el
relato de las escenas de terror y sufrimiento que la mujer viviera en fecha tan
reciente.
—Sólo tú —comenzó Goisvintha—, nacido durante
un período de paz de nuestra nación, trasladado del campo de batalla a las
distantes provincias donde todavía imperaba la tranquilidad, preservado durante
toda la niñez de los azares de la guerra, incorporado al ejército en tu
juventud, ya terminadas sus penalidades y con sus triunfos al alcance de la
mano; sólo tú has escapado a las penurias de nuestro pueblo y participarás en
la gloria de su cercana venganza.
—No había pasado un año de tu partida de los
asentamientos godos cuando desposé a Priulfo. La raza de inconstantes a la que
estaba entonces aliado, a pesar de su altivez romana, atendía a sus opiniones
en los consejos, y en sus legiones se reconocía que era un valiente. Me vi, con
alegría, esposa de un guerrero de renombre; creí, en mi orgullo, que estaba
destinada a ser la madre de una raza de héroes; cuando, de súbito, nos llegaron
noticias de que el emperador Teodosio había muerto. A su fallecimiento siguieron
la anarquía entre los naturales del país y los ultrajes a las libertades de sus
aliados, los godos. No pasó mucho tiempo antes de que nuestra nación se
levantara en armas. Pronto nuestros carros de guerra cruzaron el Danubio
helado; nuestros soldados abandonaron el campamento romano; nuestros hombres
descolgaron las armas de las paredes de sus chozas; las mujeres nos aprestamos
junto a nuestros hijos a seguir a nuestros esposos al campo de batalla; y
Alarico, el rey, se puso a la cabeza de nuestras huestes.
—Marchamos sobre los territorios de los
griegos. Pero, ¡cómo contarte de los acontecimientos de esos años de guerra que
siguieron a nuestra invasión; de la gloria de nuestros triunfos; de las
penurias de nuestra resistencia; de las fatigas de nuestras retiradas; del
hambre que logramos domeñar; de las enfermedades que soportamos; de la paz
vergonzosa que fue finalmente ratificada, en contra de los deseos de nuestro
rey! ¡Cómo contarte todo ello cuando mis pensamientos vuelven a la masacre de
la cual acabo de escapar; cuando esos primeros males, en un tiempo recordados
con angustia, han sido hoy olvidados merced a los horrores más terribles que
los sucedieron!
"Se concertó una tregua. Alarico partió
con los restos de su ejército y plantó su campamento en Aemona, en los confines
de los territorios que ya había invadido y que se apresta ahora a conquistar.
Nuestro rey y Estilicón, el general de los romanos, intercambiaron muchos
mensajes, porque los jefes discutían los términos de la paz que finalmente se
concertaría. Mientras tanto, como prenda de la buena fe de los godos, grupos de
nuestros guerreros, entre los que se encontraba Priulfo, fueron enviados a
Italia de nuevo como aliados de las legiones de Roma, y ellos llevaron consigo
a sus esposas e hijos, para que permanecieran como rehenes en distintas
ciudades.
"A mí y a mis hijos nos condujeron a
Aquilea. Nos albergaron, con nuestros bienes, en una casa dentro de los muros
de la ciudad. Era de noche cuando me despedí de Priulfo, mi esposo, a las
puertas de las murallas. Lo seguí con la vista mientras se alejaba con el
ejército, y cuando la oscuridad lo ocultó a mis ojos regresé a la ciudad, de la
cual soy la única mujer de nuestra nación que logró escapar con vida.
Al pronunciar esas últimas palabras, el tono
de Goisvintha, que hasta ese momento había sido sosegado y tranquilo, comenzó a
cambiar; hizo una abrupta pausa en su narración, inclinó la cabeza sobre el
seno, su cuerpo se estremeció como presa de las convulsiones de una violenta
agonía. Cuando se volvió hacia Hermanrico para reiniciar su historia después de
un intervalo de silencio, le oscurecía el semblante la misma expresión maligna
que había aparecido en él cuando le entregara a su hijo herido; su voz se tornó
entrecortada, ronca y poco femenina, y apretándose contra el costado del joven,
le puso la mano sobre el brazo, como para reclamar toda su atención.
—Pasó el tiempo — continuó—, sin que llegaran
noticias de que la paz se hubiera al fin concertado. Nosotros, los rehenes,
vivíamos aparte de los habitantes de la ciudad, porque aun en ese momento nos
separaban sentimientos de enemistad. En mi cautiverio no tenía más empleo que
la paciencia ni más ocupación que la esperanza. Sola con mis hijos,
acostumbraba otear el mar en dirección al campamento de nuestro rey; pero un
día seguía a otro día y sus guerreros no aparecían en las llanuras, ni
regresaba Priulfo con las legiones para plantar su campamento a las puertas de
la ciudad. Y así me lamentaba en mi soledad, pues mi corazón extrañaba los
hogares de los míos; añoraba ver una vez más el rostro de mi esposo y volver a
contemplar las columnas de nuestros guerreros y la majestad de su orden de
batalla.
"Pero cuando ya se acercaba a pasos
veloces el gran día de la desesperación, un amargo ultraje me aguardaba a mí en
particular. Cambiaron a los hombres que nos habían custodiado hasta el momento,
y uno de los nuevos guardianes puso sus ojos en mí con lujuria. ¡Noche tras
noche dejaba caer sus ruegos en mis oídos renuentes, porque en su vanidad y
desvergüenza, creía que él, que no era más que descendiente de romanos, podía
ganarme a mí, que era goda y la esposa de un godo! Pronto pasó de las súplicas
a las amenazas; y una noche fue a verme todo sonriente para decirme que
Estilicón, que deseaba hacer la paz con los godos, había sido condenado a la
pena de muerte por su devoción a nuestro pueblo; que se aproximaba una época de
desastre general; y que sólo él —a quien yo despreciaba— podía salvarme de la
ira de Roma. Dejó de hablar y se me acercó; pero yo, que había estado en muchos
campos de batalla, no sentía ningún temor ante la perspectiva de la guerra, y
lo eché de mi lado riendo a carcajadas.
"Entonces, durante varias noches mi
enemigo no volvió a aproximárseme. Hasta que una tarde, cuando estaba yo
sentada en la terraza delantera de la casa con el niño que has visto, cayó de
repente a mis pies la cimera de un yelmo y una voz me gritó desde el jardín que
quedaba a mis plantas: "¡Tu esposo Priulfo ha sido muerto en una trifulca
por los soldados de Roma! Las legiones en las que servía ya vienen hacia la
ciudad, porque se ha ordenado la masacre de los rehenes. ¡Una palabra, y
todavía puedo salvaros!"
"Examiné la cimera. ¡Estaba cubierta de
sangre, y era suya! ¡Por un instante sentí el corazón oprimido al pensar en mi
amado guerrero! Después, al oír las maldiciones del mensajero de la muerte
cuando se retiraba de su escondrijo en el jardín, me percaté de que ahora mis
hijos sólo tenían a su madre para defenderlos; y de que los enemigos de su raza
se habían confabulado contra ellos. Además del pequeño que llevaba en brazos
tenía otros dos que dormían en la casa. En el momento en que miraba a mi
alrededor, aturdida y desesperada, para ver si teníamos aún oportunidad de
escapar, el sonido de una trompeta quebró la quietud de la tarde y se oyó en la
calle que quedaba a mis pies el ruido de pasos de hombres armados. Y entonces,
de todos los rincones de la ciudad se levantaron, como un trueno súbito, los
alaridos de las mujeres y los gritos de los hombres. ¡Mientras corría hacia las
camas de mis hijos, los malvados romanos subieron las escaleras y vi como
blandían en cruento triunfo sus espadas chorreantes de sangre! Llegué a la
escalera, y cuando miré hacia arriba me lanzaron el cuerpo de mi hijo más
pequeño. ¡Ah, Hermanrico! ¡Hermanrico! ¡Era el más hermoso y el que yo más
amaba! ¡Lo que nos dicen los sacerdotes que debe ser Dios para todos, eso era
el más bello de mis hijos para mí! Al verlo muerto y mutilado —¡apenas una hora
antes lo había acunado en mi regazo para dormirlo!— me abandonó el valor, y
cuando los asesinos avanzaron hacia mí, trastabillé y caí. Sentí cuando la
punta de la espada se hincó en mi cuello; vi la daga brillar sobre el hijo que
llevaba en brazos; oí el lamento de muerte de la última víctima del piso
superior; ¡y después perdí el sentido y no oí más ni hice el menor movimiento!
"Debo haber permanecido largo tiempo
desvanecida al pie de esa escalera fatal, porque cuando desperté de mi desmayo
se habían apagado los ruidos que provenían de la ciudad y la luna brillaba con
suave fulgor sobre la casa desierta desde su sitio en el firmamento. Presté
oído, para estar segura de que estaba sola con mis hijos asesinados. En la casa
no se oía ni un sonido; los asesinos habían partido, convencidos de que su
cruenta faena había terminado cuando cayera víctima de sus espadas; y pude
arrastrarme sin correr ningún riesgo para echar una última mirada a mis hijos
asesinados por los romanos. El niño que llevaba junto a mi pecho aún respiraba.
Vendé sus heridas con unos trozos de mis vestidos y, después de colocarlo con
todo cuidado junto a la escalera —donde alumbraba la luna, para percatarme
cuando se moviera—, avancé a tientas al amparo de las paredes en busca de mi
hijo más pequeño, el primero que había sido asesinado; ¡en busca del más menudo
y el más hermoso de mis hijos, a quien habían masacrado ante mis ojos! Toqué el
cadáver: chorreaba sangre; toqué su rostro: mis manos sintieron su frialdad;
alcé su cuerpo: ¡la rigidez de la muerte ya agarrotaba sus miembros! Entonces
recordé a mi hijo mayor, cuyo cadáver estaba en la alcoba del piso superior.
Pero las fuerzas me abandonaban rápidamente. Aún tenía un hijo al cual salvar,
y sabía que si la llegada de la mañana me encontraba aún en la casa, habría
perdido toda posibilidad de escapar. Así que aunque me dolía el corazón al
dejar el cadáver de un hijo a merced de los romanos, tomé en brazos al muerto y
al herido y salí al jardín, y de ahí me dirigí a la zona costera de la ciudad.
"Recorrí las calles desiertas. A veces
tropezaba con el cadáver de un niño, a veces la luz de la luna me revelaba la
faz empalidecida por la muerte y vuelta hacia el cielo de una mujer de mi
nación a quien apreciaba, pero aun así seguí avanzando hasta que llegué junto a
las murallas de la ciudad y oí del otro lado las aguas del río que corrían
hacia el puerto de Aquilea y el mar abierto.
"Miré a mi alrededor. Sabía que las
puertas estaban cerradas y custodiadas. Las murallas eran mi única posibilidad
de escapatoria, pero el tacto me reveló que, siendo en ese punto altas, sus
paredes eran lisas. Desesperada, exhausta, dejé mi carga al amparo de las
sombras y avancé unos pasos, pues permanecer inmóvil era un tormento que me
resultaba insoportable. A corta distancia vi a un soldado que dormía apoyado
contra los muros de una casa. A su lado, debajo de una ventana, había una
escalera de mano. Cuando levanté la vista vi la cabeza de un cadáver que
descansaba en su parte superior. La víctima debió haber sido asesinada poco
antes, porque su sangre aún goteaba en una jarra de vino que estaba al alcance
de las manos del soldado. Al ver la escalera renacieron mis esperanzas. La
llevé a las murallas; subí y coloqué a mi hijo muerto sobre las grandes piedras
de su tope; regresé para colocar a mi hijo herido junto al cadáver. Lentamente,
tras muchos esfuerzos, logré tirar de la escalera hasta que, por su propio
peso, uno de sus extremos cayó en tierra del lado opuesto. Bajé como había
ascendido. Abrí una fosa con mis propias manos en la arena de la orilla del río
y allí enterré el cuerpo de mi pequeño, porque no podía seguir cargando con el
peso de ambos. Después, con mi hijo herido en brazos, llegué a unas cavernas
cercanas a la costa. Allí permanecí escondida todo el día siguiente —acompañada
sólo por los sufrimientos de mi cuerpo y la aflicción de mi corazón— hasta que
llegó la noche, cuando emprendí viaje hacia las montañas, porque sabía que en
Aemona, en el campamento de los guerreros de mi pueblo, estaba el último
refugio que me quedaba en este mundo. Cansada, lenta, ocultándome de día y
viajando de noche, seguí la marcha hasta llegar al lago entre las rocas donde
los guardias del ejército se adelantaron para rescatarme de la muerte.
Calló. Durante la última parte de su narración
su actitud había sido calmada y triste; y al describir, con la dolorosa
maestría que produce el dolor, cada uno de los más menudos detalles de las
pérdidas sufridas, su voz se había suavizado hasta adquirir esos acentos de
tranquilo desconsuelo que tornan conmovedoras las palabras más sencillas y
musicales los acentos más entrecortados. Era como si las tiernas y dulces
emociones que los encantos de sus hijos despertaran en otras épocas en su
carácter hubieran revivido en sus maneras, al calor de los recuerdos, mientras
narraba su muerte. Durante unos breves instantes contempló con fijeza e
inquietud el rostro de Hermanrico, a medias hurtado a sus miradas y revelador
de una pesadumbre fiera y vengativa que mal se avenía con su noble semblante.
Después, dándole la espalda, se cubrió el rostro con las manos y no hizo más
esfuerzos por atraer su atención o apremiarlo a contestar.
El solemne silencio que mantenían la mujer
enlutada y el hombre ensimismado duraba ya unos minutos cuando se oyó una voz
destemplada y temblorosa, proveniente de lo alto del carro, que repetía una y
otra vez:
—¡Hermanrico! ¡Hermanrico!
El joven no pareció oír de inmediato el
reclamo discordante y repulsivo. No obstante, la voz repitió su nombre tan a
menudo y con tanta perseverancia que al cabo se percató y, tras incorporarse de
un salto, como impaciente por la interrupción, avanzó hacia el costado del
carro de donde parecía provenir la misteriosa llamada.
Cuando alzó la vista hacia el vehículo, la voz
calló. Hermanrico advirtió que la anciana a quien le confiara el niño era la
persona que con tanta urgencia lo llamara momentos antes. Su cuerpo senil,
cubierto con pieles de oso, se inclinaba sobre un gran escudo triangular de
bronce pulido en el que apoyaba los brazos sarmentosos y arrugados. Su cabeza
se agitaba con un temblor trémulo y convulsivo; un gesto, mezcla de sonrisa y
de mueca, distendía sus labios marchitos y hacía brillar sus ojos hundidos. Era
siniestra, rastrera, repulsiva, con la faz lívida por el reflejo del arma que
le servía de apoyo y la figura que casi no parecía humana; cubierta por los
toscos vestidos que abrigaban su cuerpo consumido, semejaba un ser deforme
creado por espíritus malignos para hacer burla de la majestad de las formas
humanas: semejaba la encarnación de una sátira de lo más deplorable de la
enfermedad y lo más repugnante de la vejez.
En el instante en que se percató de la
presencia de Hermanrico, se inclinó aún más sobre el escudo y apuntando hacia
el interior del carro musitó una sola y espantosa palabra: "¡muerto!"
Sin esperar más explicaciones, el joven godo
subió al vehículo y, al llegar junto a la anciana, vio tendido sobre su surtido
de hierbas —hermoso en la sublime y melancólica inmovilidad de la muerte— el
cadáver del último hijo de Goisvintha.
—¿Se ha enojado Hermanrico?—gimoteó la bruja,
retrocediendo ante la mirada firme y reprobadora del joven—. Mentía cuando dije
que Brunequilda era más grande que Hermanrico. ¡Hermanrico es el más poderoso!
Mira, coloqué las compresas sobre sus heridas; y aunque el niño ha muerto, ¿no
serán míos los tesoros prometidos? ¡Hice todo cuanto pude, pero mi arte empieza
a abandonarme, porque soy vieja, vieja, vieja! ¡He visto morir a mi generación!
¡Ah, Hermanrico, soy vieja, soy vieja!
Al contemplar al niño, el joven guerrero se
percató de que la bruja había dicho la verdad, y de que la víctima no había
muerto debido a su negligencia. Pálida y serena, la faz del niño revelaba cuan
tranquila había sido su muerte. Las compresas habían sido preparadas con
habilidad y aplicadas con todo cuidado a sus heridas, pero los sufrimientos y
las privaciones de la marcha emprendida junto a su madre hacia la última y
temible meta habían aniquilado la débil resistencia humana; la traición de la
Roma imperial había triunfado una vez más, ¡y esta vez sobre un niño!
Cuando Hermanrico descendía con el cadáver, lo
primero con lo que tropezaron sus ojos fue con Goisvintha. Cuando su hermano
llegó al suelo, la madre recibió de sus brazos sin exclamaciones ni lágrimas la
carga inanimada. ¡La herida causada por la muerte de su último hijo extinguió
en ella para siempre los efluvios de su anterior y más dulce natural,
evidenciado durante la narración de sus últimas cuitas!
—Sus heridas lo habían lisiado —dijo el joven
con tono sombrío—. ¡No habría podido luchar junto a los demás guerreros!
Nuestros ancestros se inmolaban cuando ya carecían de vigor para el combate.
¡Es mejor que haya muerto!
—¡Venganza! —jadeó Goisvintha apretándose a su
costado—. ¡Nos vengaremos por la masacre de Aquilea! ¡Cuando la sangre corra en
los palacios de Roma, recuerda a mis hijos asesinados y no te apresures a
envainar la espada!
En ese instante, como para encender aún más la
feroz determinación que ya era evidente en el rostro del joven godo, se oyó la
voz de Alarico que ordenaba al ejército avanzar. De un salto, Hermanrico
arrastró consigo a la mujer anhelante hasta el sitio donde descansaba el rey.
Allí, armado hasta los dientes, y alzándose muy por encima de la multitud que
lo rodeaba en virtud de su superior estatura, se hallaba el temido capitán de
las huestes godas. Llevaba el yelmo alzado, para mostrar sus claros ojos azules,
que brillaban sobre la muchedumbre que se encontraba a su alrededor. Apuntó con
su espada en dirección a Italia; y cuando, columna tras columna, los hombres
tomaron sus armas y se prepararon jubilosos para la marcha, sus labios se
abrieron en una sonrisa de triunfo, y antes de disponerse a acompañarlos, les
dijo así:
—¡Guerreros godos, nuestro alto entre las
montañas ha sido breve; pero que no se aflijan los que se sienten agotados,
porque el glorioso lugar donde descansaremos de nuestros afanes es la ciudad de
Roma! ¡Tendremos el privilegio de llevar a cabo la maldición que pronunció Odín
cuando, en la infancia de nuestra nación, se retiró ante las legiones del
Imperio! ¡Somos nosotros los llamados a convertir en realidad la destrucción de
Roma que él anunciara! ¡Recordad a vuestros rehenes asesinados por los romanos;
vuestros bienes confiscados por los romanos; vuestra confianza traicionada por
los romanos! Recordad que yo, vuestro rey, poseo esa fuerza Sobrenatural que
nunca miente, y que me habla para alentarme: ¡Avanza, y el Imperio será tuyo!
¡Reúne a los guerreros y la Capital del Mundo caerá en manos de los
conquistadores godos! ¡Avancemos sin demora! ¡Nuestra presa espera por
nosotros! ¡El triunfo está próximo! ¡La venganza está al alcance de nuestras
manos!
Hizo una pausa, y en ese momento la trompeta
dio la señal de marcha.
—¡Arriba! ¡Arriba! —exclamó Hermanrico tomando
del brazo a Goisvintha y señalando al carro, que ya habían comenzado a
moverse—; ¡prepárate para el viaje! Yo me encargaré del entierro del niño. En
pocos días quizás acampemos a las puertas de Aquilea. ¡Paciencia; te vengaré en
los palacios de Roma!
La imponente masa humana comenzó a moverse. La
multitud cubrió la extensión yerma, y los que iban en la retaguardia remontando
los últimos pasos de la cordillera que se interponía entre las llanuras de
Italia y los godos podían ver a los guerreros que marchaban a la cabeza del
ejército.
CAPÍTULO II
LA CORTE
El viajero que se desvía tanto del recorrido
habitual de los turistas que recorren la Italia moderna como para visitar la
ciudad de Rávena, recuerda con asombro, al andar por sus calles silenciosas y
melancólicas y contemplar los viñedos y pantanos que se extienden por una
superficie de cuatro millas entre el Adriático y la ciudad, que ese sitio,
ahora casi deshabitado, fue en un tiempo la mas populosa de las ciudades
fortificadas de Roma; y que donde ahora se muestran ante sus ojos campos y
bosques, en una época permanecían ancladas y seguras las flotas del Imperio, y
los mercaderes romanos desembarcaban sus preciosos cargamentos a las puertas de
los almacenes.
A medida que menguaba el poderío de Roma, el
Adriático, por una extraña fatalidad, comenzó a retirarse de la ciudad
fortificada, cuya defensa había garantizado hasta entonces. Con la gradual
degeneración del pueblo se produjo la paulatina retirada del océano de las
murallas de la ciudad; hasta que a inicios del siglo VI ya se alzaba un pinar
donde estuviera antes el puerto de Augusto.
En el período en que tiene lugar nuestra
historia —aunque el mar se había alejado perceptiblemente— los fosos que
rodeaban las murallas aún estaban llenos de agua, y la ciudad todavía estaba
dividida por canales muy similares a los que recorren Venecia en la actualidad.
En la mañana que nos disponemos a describir,
el otoño había avanzado algunos días desde los sucesos mencionados en el
capítulo anterior. Aunque el sol ya estaba alto sobre el horizonte de levante,
el desasosiego producido por el calor hacía que algunos transeúntes de Ravena
se atrevieran a desafiar el bochorno de la atmósfera, con la vana esperanza de
verse recompensados por una brisa procedente del Adriático remontando los
baluartes costeros de la ciudad. Al alcanzar su levado destino, esos
entusiastas ciudadanos volvían el rostro con ansias desesperadas e infructuosas
hacia todos los puntos cardinales, pero ni una bocanada de aire premiaba su
perseverancia. Nada ratificaba de modo más pleno la incólume universalidad del
calor que la vista que abarcaban sus ojos desde la posición que ocupaban. A sus
espaldas, las casas de piedra de la ciudad fulguraban con un vivido resplandor
que cegaba hasta los ojos más resistentes. Las livianas cortinas pendían
exánimes en las ventanas desiertas. Ni una sombra alteraba la brillante
monotonía de las paredes, o aliviaba el vivaz centelleo de las aguas en las
fuentes a sus pies. Ni una onda rizaba la superficie del ancho canal que
reemplazaba ahora al antiguo puerto. Ni una bocanada de aire hinchaba las velas
abrasadas de los navios abandonados en el fondeadero. Sobre los pantanos que se
veían a cierta distancia pendía una niebla ardorosa y trepidante; y en los
viñedos próximos a la ciudad, ni una hoja se agitaba en los esbeltos tallos.
Por el lado del mar se extendía, vasto y plano, el panorama de la arena
quemante y, más allá, el mar abierto —sin olas, tórpido, bañado por un torrente
de feroz resplandor— que se prolongaba hasta el horizonte sin nubes que
remataba el soleado panorama.
En las calles de la ciudad donde las altas
casas proyectaban una ancha sombra sobre los adoquines, se veían aquí y allá
unos pocos esclavos que dormían recostados en las paredes, o que comadreaban
lánguidamente sobre los defectos de sus respectivos amos. En ocasiones, se
podía observar a un viejo mendigo que cazaba en los bien provistos cotos de su
propio cuerpo los vivaces parásitos del Sur. En otras, un niño inquieto gateaba
desde el umbral de una casa para chapotear en las aguas estancadas del arroyo;
pero con excepción de esas dudosas evidencias de actividad humana, lo que
caracterizaba sobre todo a los pocos grupos de miembros de los más bajos
estratos de la sociedad que se veían en las calles era la indolencia más
desfallecida y completa. Todo lo que dotaba de esplendor a la ciudad a otras
horas del día se ocultaba en ese momento a las miradas. Los elegantes
cortesanos permanecían reclinados en sus majestuosos salones; los soldados de
guardia buscaban protección en los ángulos de las murallas y los rincones de
los pórticos; las encantadoras damas dormitaban sobre lechos perfumados en
habitaciones a oscuras; los carros dorados estaban guardados en las cocheras;
los corceles corveteaban en los establos; y hasta los productos de los mercados
estaban resguardados del sol. Era obvio que los opulentos habitantes de Rávena
no consideraban ningún deber lo bastante importante, ningún placer lo
suficientemente atractivo, para exponer sus delicados cuerpos al calor del
mediodía.
Para darle al lector una idea de la manera en
que los indolentes patricios de la corte mataban el tiempo durante las primeras
horas de la tarde, y para satisfacer, al mismo tiempo, las exigencias que se
derivan de la continuación de esta historia, es necesario abandonar la compañía
de los plebeyos en las calles y aproximarnos a los triclinios de los nobles en
el palacio del emperador.
Después de pasar por la enorme puerta de
entrada, cruzar el vasto corredor de la residencia imperial con sus estatuas,
sus mármoles y sus guardias en posición de atención, y después también de
ascender la noble escalinata, el primer objeto que tal vez atrajera en esta
ocasión la atención del observador, al acercarse a las habitaciones privadas,
habría sido una puerta ricamente labrada y entreabierta situada en el extremo
del corredor. En ese lugar se arracimaban unos quince o veinte individuos que
se comunicaban por señas y que mantenían en todos sus movimientos el más
decoroso y completo silencio. A veces, un miembro del grupo se acercaba de
puntillas a la puerta, miraba hacia dentro con el mayor cuidado y regresaba
casi de inmediato para transmitirle a su vecino más cercano, con variadas
muecas, su inmenso interés en lo que acababa de ver. En ocasiones, salían de
esa habitación misteriosos sonidos que semejaban el cacareo de gallinas,
seguidos, de vez en cuando, por un ruido como el de una lluvia de pequeños
fragmentos de una sustancia liviana sobre un suelo duro. Cada vez que se
dejaban escuchar esos sonidos, los individuos congregados a la puerta se
miraban entre sí y sonreían, algunos con expresión sarcástica, otros con aire
de triunfo. Unos pocos de esos pacientes circunstantes llevaban consigo rollos
de pergamino; el resto, ramilletes de flores exóticas, estatuillas y mosaicos
pintados. Algunos de ellos eran pintores y poetas; otros, oradores y filósofos;
y otros más, escultores y músicos. Puede parecer extraño que una asamblea tan
heterogénea de miembros de profesiones famosas en todas las épocas por inspirar
entre sus cultivadores el pecado de la irritabilidad, mantuviera una conducta
tan tranquila y ordenada como la que se acaba de describir. Pero hay que
observar que, al acudir a palacio, esos hombres de genio habían dado muestras
de una unanimidad al menos superficial, ya que venían igualmente provistos de
alguna de sus obras e igualmente animados por una esperanza: confiaban en
emplear un medio común, la adulación, para alcanzar un fin común, el propio
beneficio .
La habitación vedada hasta a la intrusión de
la inspiración intelectual no era de dimensiones notables, aunque estaba
ricamente ornamentada. En otro momento las miradas podrían haberse deleitado
con las plantas y las flores exquisitas que cubrían profusamente una noble
terraza hacia la que se abría una segunda puerta de la pieza; pero en ese
instante, el quehacer del ocupante de la habitación era de naturaleza tan
extraordinaria que hasta la más atenta observación habría pasado por alto las
características secundarias del lugar para fijarse de inmediato en él.
En medio de una gran bandada de gallinas, que
parecía extrañamente fuera de lugar sobre un suelo de mármol y bajo un techo
dorado, se encontraba un joven pálido, delgado, canijo, espléndidamente
ataviado, que sostenía entre las manos un recipiente de plata lleno de grano
que distribuía de cuando en cuando a la cacareante multitud que se arremolinaba
a sus plantas. Nada podía ser más lastimosamente afeminado que la apariencia
del joven. Sus ojos eran pesados y carentes de expresión; su frente, baja y
escurridiza; sus mejillas, hundidas; y su cuerpo, encorvado como por una vejez
prematura. Una sonrisa insulsa dilataba sus labios finos y descoloridos; y
cuando bajaba la vista hacia sus extrañas favoritas, les musitaba en ocasiones
entrecortadas expresiones de cariño, casi pueriles por su simplicidad. Toda su
alma parecía absorta en la labor de distribuir el grano, y seguía los
movimientos de las gallinas con una viva atención que parecía casi idiota por
su ridicula intensidad. Si se me pregunta por qué he presentado con tanto
cuidado y descrito con tanta minuciosidad a una persona tan abyecta como ese
joven solitario, me vería obligado a responder que, aunque no está destinado a
ser un personaje importante de esta narración, desempeñaba, por su posición, un
papel notable en el gran drama que le sirve de base: ese cebador de gallinas no
era ni más ni menos que Honorio, el emperador de Roma.
Es la imbecilidad misma de ese hombre, en un
momento como el que nos ocupa, la que dota al personaje de un horrendo interés
a ojos de la posteridad. A esa nulidad, que era la personificación de los más
mezquinos vicios típicos de la depravada civilización de su época, le
correspondió la terrible responsabilidad de desatar la tormenta que se venía
formando desde hacía largo tiempo y cuyos elementos hemos intentado exponer en
el capítulo precedente. Dotado de la inteligencia justa para ser caprichoso y
de voluntad apenas suficiente para tornarlo empecinado, era un instrumento
adecuado para que lo manipulara cuanto villano ambicioso lograba ganar
ascendiente sobre él. Para adular su pueril tiranía, los aprovechados
intrigantes de la corte habían recompensado con la pena de muerte al heroico
Estilicón por su salvación del país, y escamoteado a Alarico las moderadas
concesiones que se habían comprometido solemnemente a cumplir. Para satisfacer
su vanidad, se le paseaba en triunfo por las calles de Roma en honor a una
victoria que otros habían obtenido. Para alimentar su arrogancia mediante una
exhibición del más vil de los privilegios que le concedía el poder confiado a
él de por vida, se había ordenado sin vacilar la masacre de los indefensos
rehenes, confiados por el honor de los godos a la traición romana; y,
finalmente, para aplacar la turbulencia de sus temores poco viriles, la última
decisión de sus inescrupulosos consejeros antes de la caída del Imperio fue
autorizarlo a abandonar a su pueblo en la hora de peligro, sin cuidarse de
quién sufría en la Roma inerme, mientras él permanecía seguro en la fortificada
Rávena. ¡Ese era el hombre bajo cuya conducción estaba condenada a tambalearse
hasta caer la más poderosa de las estructuras del mundo! ¡Ese era el personaje
destinado a poner fin a la obra que el Tiempo y la Gloria se habían unido para
consagrar y adornar! Forjada y sostenida por una osadía sobrehumana que
revestía los nauseabundos horrores del incesante derramamiento de sangre con
una magnificencia ruda y aterradora, la señora de todas las naciones estaba
ahora destinada a hundirse en la más ignominiosa derrota, bajo la guía del más
abyecto de los cobardes. ¡Para esto había sacudido a hordas de enemigos con su
brazo vigoroso el viejo y rudo Reino! ¡Para esto habían desconcertado y
asombrado al mundo las dudosas virtudes de la República y la peligrosa
magnificencia del Imperio! ¡En un final como Honorio culminaban los dignos
excesos de un Bruto, los pulidos esplendores de un Augusto, las sobrehumanas atrocidades
de un Nerón y las inmortales virtudes de un Trajano! En vano, a lo largo de
épocas de afanes sin fin, sobre la devastación de sus corazones más nobles y la
prostitución de sus mayores inteligencias, había marchado Roma sin compasión,
tratando de alcanzar una sombra: la Gloria; pero ya se había pronunciado la
sentencia que la condenaba a ser víctima de su esencia: ¡la Ignominia!
Una vez agotadas las reservas de grano y
satisfecho el apetito de las voraces favoritas, dos asistentes liberaron al
insustancial emperador del peso de su recipiente de plata. Después sacaron por
una puerta a la bandada de gallinas al tiempo que se hacía entrar por la otra a
la bandada de genios.
Dejemos que ahora al emperador pose sus
lánguidos ojos sobre objetos de arte por los cuales no siente admiración, y que
preste sus poco dispuestos oídos a panegíricos que no comprende, y conduzcamos
al lector a una habitación en el extremo opuesto del palacio, donde se
encuentran congregadas toda la belleza y la elegancia de su corte.
Imaginad una pieza de doscientos pies de largo
y un ancho proporcional. Sus suelos son de mosaicos que forman los más
encantadores diseños. Sus costados están decorados con inmensos pilares de
mármoles de diversos colores, intercalados por estatuas, todas dispuestas en
una exquisita variedad de actitudes, de modo que parecen ofrecerle a quien se
acerca las flores exóticas que es deber de los sirvientes colocar en sus manos.
El techo está pintado al fresco, en combinaciones de matices y formas que
armonizan con los del suelo de mosaicos. Las cornisas son de plata, y están
decoradas con versos de los poetas eróticos del día, cuyas letras forman
piedras preciosas. En medio de la habitación hay una fuente que lanza chorros
de agua perfumada, rodeada por jaulas doradas que encierran pájaros de todos
los tamaños y naciones. Tres ventanales, situados en el extremo este de la
pieza, se abren al Adriático, pero en este momento están cubiertos por su parte
exterior por cortinas de seda de un delicado tono verde, que proyectan una luz
suave y voluptuosa sobre todos los objetos, pero que son tan sutiles y están
tan hábilmente colocadas que la brisa más leve que se levanta afuera llega de
inmediato a los lánguidos ocupantes de la sala de espera de la corte. Se trata
de unos cincuenta o sesenta individuos. Con mucho, la mayoría son mujeres. Su
pelo negro, trenzado con gracia de diversas formas y adornado con flores o
piedras preciosas, contrasta elegantemente con la brillante blancura de los
trajes que llevan la mayor parte de ellas. Algunas se entretienen contemplando
desmayadamente los movimientos de los pájaros en sus jaulas; otras sostienen,
entre murmullos, una conversación lánguida con los cortesanos que se encuentran
a su lado. Los hombres exhiben en sus trajes una mayor variedad de colorido, y
en sus ocupaciones una superior fertilidad de recursos que las mujeres. Sus
atuendos, de suavísimos tonos rosa, violeta o amarillo, alegran fantásticamente
la monotonía de los vestidos blancos de sus gentiles compañeras. De sus actividades,
las más conspicuas son tocar el laúd, jugar a los dados, azuzar a sus
falderillos e insultar a sus parásitos. Pero sea cual fuere la manera en que se
ocupan, lo hacen con poca atención y menos entusiasmo. Algunos se recuestan en
sus asientos con los ojos cerrados, como si el calor les hiciera demasiado
ardua la tarea de emplear los órganos de la visión; otros, en medio de una
conversación, de repente dejan una oración inconclusa, aparentemente
incapacitados por la lasitud de expresar la idea más sencilla. Todas las
escenas que atraen la mirada en la sala, todos los sonidos que llegan a los
oídos, son expresivos de un opulento reposo. Ningún resplandor estropea la
suavidad que impregna la atmósfera; ningún color encendido le confiere
materialidad a los tonos leves, etéreos, de los vestidos; ningún ruido súbito
interrumpe las notas entrecortadas y quejumbrosas del laúd, ni desentona con el
suave piar de los pájaros en sus jaulas, ni ahoga la melodía reposada y regular
de las voces de las damas. Todos los objetos, tanto los animados como los
inanimados, guardan perfecta armonía entre sí. Es una escena de indolencia
espiritualizada, un cuadro de beatitud soñadora en el santuario más recóndito
del reposo ininterrumpido.
En medio de esa reunión de hermosura y
nobleza, de cuyos miembros se solía advertir la presencia general más que el
aspecto de cada uno en particular, había, sin embargo, un individuo que, tanto
por la naturaleza solitaria de la ocupación que había escogido como por la
posición accidental que ocupaba en la habitación, resultaba llamativo entre los
patricios desenfadados que lo rodeaban.
Su asiento estaba más cerca de la ventana que
el de los demás ocupantes de la pieza. Algunos de sus indolentes vecinos
—especialmente los del sexo más gentil— le echaban ojeadas ocasionales en las
que se mezclaban la admiración y la curiosidad, pero nadie se le aproximaba ni
intentaba trabar conversación con él. A su lado había un pedazo de pergamino en
el que, de tiempo en tiempo, trazaba unas pocas palabras, para después volver a
reclinarse, aparentemente sumido en sus reflexiones y totalmente indiferente a
todos los ocupantes —masculinos y femeninos— de la habitación imperial. A
juzgar por su apariencia general, apenas alcanzaría los veinticinco años de
edad. La forma de la parte superior de su rostro era totalmente intelectual —la
frente alta, despejada y recta; los ojos claros, penetrantes y pensativos—,
pero su parte inferior era, por el contrario, innegablemente sensual. Los
labios, grandes y carnosos, contrastaban curiosamente con el fino cincelado de
la recta nariz griega; al tiempo que la solidez de la barbilla y la jocunda
redondez de las mejillas eran la antítesis del carácter que revelaban la frente
pálida y noble y la expresión de los ojos vivaces e inteligentes. Su estatura
era apenas mediana, pero las diferentes partes de su cuerpo guardaban una
proporción tan perfecta que en cualquier posición parecía más alto que lo que
realmente era. La parte superior de su traje, abierta por el calor, permitía
entrever la fina forma estatuaria de su cuello y su pecho. Sus orejas, manos y
pies poseían la pequenez y delicadeza que se supone que denota la aristocracia
de nacimiento; y sus maneras revelaban esa indescriptible combinación de
dignidad discreta y elegancia sin afectación que en todas las épocas y países,
y a pesar de todos los cambios de modales y de costumbres, ha hecho del talante
de sus pocos y privilegiados propietarios anuncio evidente de su rango social.
Mientras el patricio seguía ocupado con su
pergamino, se produjo la siguiente conversación, en voz muy baja, entre dos
damas sentadas cerca del sitio que ocupaba.
—Dime, Camila —dijo la mayor y de más alcurnia
de las dos—, ¿quién es el cortesano que tanto se afana en su composición? He
intentado, no sé cuántas veces, llamar su atención con la vista, pero el hombre
no mira nada más que su rollo de pergamino o los rincones de la habitación.
—¡Cómo! ¿Eres tan forastera en Italia que no
lo conoces? —contestó la otra, una muchacha vivaz de formas menudas y delicadas
que se removía con continua intranquilidad en su asiento y que parecía incapaz
de dedicarle un instante de atención a ninguno de los objetos que la rodeaban
sin distraerse de inmediato—. ¡Por todos los santos, mártires y reliquias de mi
tío el obispo!
—¡Calla! ¡No debes jurar en vano!
—¡Que no debo jurar en vano! ¡Cómo! ¡Estoy
haciendo un inventario de juramentos para uso exclusivo de las damas! ¡Me
propongo iniciar la moda usándolos yo misma!
—¡Pero te ruego que respondas mi pregunta!
¿Nunca aprenderás a hablar de un solo asunto a la vez?
—Tu pregunta... ¡ah, tu pregunta! ¿Era sobre
los godos?
—¡No, no! Era sobre el hombre que escribe sin
cesar y que no mira a nadie. ¡Es casi tan irritante como Camila!
—¡No frunzas así el entrecejo! Ese hombre,
como le llamas, es el senador Vetranio.
La dama se sobresaltó. Evidentemente, Vetranio
era famoso.
—¡Sí! —continuó la vivaz Camila—. Es el
ingenioso Vetranio; pero no se convertirá en uno de tus favoritos, porque a
veces jura en vano... ¡y por los antiguos dioses, lo cual está prohibido!
—Es apuesto.
—¿Apuesto? ¡Es hermoso! ¡No hay mujer en
Italia que no languidezca por él!
—He oído decir que es inteligente.
—¿Quién no lo ha oído decir? Es el creador de
algunas de las salsas más celebradas de nuestros tiempos. Los cocineros de
todas las naciones lo aclaman como a un oráculo. ¡Y además, escribe poesía y
compone música y dibuja figuras! ¡Y en lo que toca a la filosofía, razona mejor
que mi tío el obispo!
—¿Es rico?
—¡Ah, mi tío el obispo!... ¡Tengo que contarte
cómo ayudé a Vetranio a escribir una sátira sobre él! Cuando me quedé en su
casa de Roma, a menudo veía que conducían por el jardín, hasta su estudio, a
una mujer cubierta por un velo; así que para confundirlo le pregunté de quién
se trataba. Mi tío frunció el entrecejo, tartamudeó y me dijo al principio que
me mostraba irrespetuosa, pero después me contó que era una arriana a la que se
esforzaba por convertir. Así que me pareció que me gustaría ver cómo progresaba
la conversión y me escondí detrás de un armario. Pero es algo muy secreto, te
lo cuento en la más estricta reserva.
—No me interesa. Habíame de Vetranio.
—¡Qué mal humor el tuyo! ¡Nunca olvidaré cómo
nos reímos cuando le conté a Vetranio lo que había visto! Tomó sus útiles de
escritura y compuso la sátira de inmediato. Al día siguiente toda Roma se había
enterado. ¡Mi tío estaba mudo de rabia! Creo que sospechó de mí; pero dejó de
convertir a la dama arriana y...
—Vuelvo a preguntarte: ¿es rico Vetranio?
—Media Sicilia es suya. Tiene inmensas
posesiones en África, olivares en Siria y campos de maíz en la Galia. Asistí a
un agasajo que ofreció en su villa de Sicilia. Dispuso uno de sus barcos según
la descripción de la galera de Cleopatra e hizo que sus esclavos nadaran detrás
de nosotros como si fueran tritones. ¡Ah, fue magnífico!
—Me gustaría conocerlo.
—¡Deberías ver sus gatos! Tiene toda una
legión de ellos en su villa y doce esclavos para atenderlos. Le encantan los
gatos, y afirma que los antiguos egipcios tenían razón en adorarlos. ¡Ayer me
dijo que cuando muera el más corpulento de sus gatos lo canonizará, digan lo
que digan los cristianos! ¡Y trata tan bien a sus esclavos! Nunca los azota ni
los castiga, salvo cuando no se cuidan o se desfiguran; porque Vetranio no
permite que se le acerque nada feo o sucio. ¡Debes visitar su sala de banquetes
en Roma! ¡Es la perfección misma!
—Pero, ¿por qué está aquí?
—Ha venido a Rávena a traer un mensaje secreto
del Senado, y le ha regalado unas gallinas de una raza exótica a ese tonto...
—¡Calla, que pueden oírte!
—¡De acuerdo: a ese sabio emperador nuestro!
¡Ah, el palacio ha sido un lugar tan agradable desde que llegó!
En ese momento, el diálogo anterior —de cuya
frivolidad me temo que los lectores de los tiempos modernos, dueños de una
cultura universal, se apartarán con desdén— se vio interrumpido por un
movimiento del héroe al que hacía referencia, señal de que su tarea había
concluido. Con la deliberada lentitud de un hombre que desea demostrar que
ningún asunto relativo a los mortales puede imponerle prisa, Vetranio dobló
pausadamente el pergamino que había cubierto con su escritura y, tras guardarlo
junto a su pecho, le hizo una señal a un esclavo que pasaba en ese momento a su
lado con una bandeja de frutas.
Recibido el mensaje que le comunicó el
senador, el esclavo retrocedió hasta la entrada de la pieza y llamó con un
gesto a un hombre que estaba al otro lado de la puerta, al que le indicó que se
acercara al asiento de Vetranio.
De inmediato, el individuo se apresuró a
atravesar la habitación hasta llegar a la ventana donde lo esperaba el elegante
romano. No es necesaria ni la más somera descripción de su apariencia, porque
pertenecía a una clase con la que los modernos están tan familiarizados como lo
estaban los antiguos, una clase que ha sobrevivido a todos los cambios de
naciones y costumbres, una clase que nació con el primer hombre opulento del
mundo y sólo desaparecerá con el último. En una palabra, era un parásito.
Gozaba, sin embargo, de una gran ventaja sobre
sus epígonos modernos. En sus tiempos, la adulación era una profesión, mientras
que en los nuestros se ha degradado hasta no ser más que una ocupación.
—Partiré de Rávena esta tarde —dijo Vetranio.
El parásito hizo tres profundas inclinaciones
y sonrió como en éxtasis.
—Darás la orden de que mi carruaje esté a las
puertas del palacio una hora antes de la puesta del sol.
El parásito declaró que nunca olvidaría el
honor del encargo y abandonó la habitación.
La traviesa Camila, que había oído la orden de
Vetranio, se levantó de un salto de su asiento en cuanto el parásito volvió la
espalda y tras correr hasta donde se encontraba el senador, comenzó a
reprocharle la decisión que acababa de tomar.
—¿No te da lástima condenarme al aburrimiento
de este horrible palacio para satisfacer tu caprichosa ocurrencia de ir a Roma?
—dijo, haciendo un hociquito con sus lindos labios y jugueteando con un rizo
del cabello castaño oscuro que se arremolinaba sobre la frente de Vetranio.
—¿Tan poco le importan sus amigos al senador
Vetranio que los abandona a merced de los godos? —dijo otra dama que avanzó con
una sonrisa cautivadora hasta llegar junto a Camila.
—¡Ah, esos godos!— exclamó Vetranio,
volviéndose hacia la que acababa de hablar—. Dime, Julia, ¿acaso no hay
informes de que los bárbaros en verdad se adentran en Italia?
—Todos los hemos oído. El rumor ha alterado
tanto al emperador que ha prohibido hasta que se mencione en su presencia la
palabra godo .
—Por mi parte —continuó Vetranio tirando hacia
sí de Camila y propinándole unos golpecitos juguetones en su manita adornada
por unos hoyuelos—, espero con ansias a los godos, porque planeo esculpir una
estatua de Minerva para la que no concibo modelo más adecuado que una mujer de
esa pendenciera nación. Sé de buena tinta que tienen miembros colosales, y un
pudor que se acomoda con suma obediencia a la disciplina de una bolsa bien
provista.
—Si los godos te proporcionan un modelo de
algo —dijo un cortesano que se había unido al grupo mientras Vetranio hablaba—,
será el de una representación de la quema de tu palacio de Roma, que te
permitirán pintar con la sangre de la insondable fuente de tus propias heridas.
El individuo que pronunció esta última
observación se hacía notar en el brillante círculo de los que lo rodeaban por
su extrema fealdad. Urgido por sus desventajas innatas y por la pérdida de
todos sus bienes en la mesa de juego, había asumido recientemente una
personalidad cuyas virtudes lo salvaban en esa época frivola, gracias a su
desagradable originalidad, del olvido o el desprecio. Era un filósofo cínico.
No obstante, su comentario no produjo otro
efecto sobre la imperturbabilidad de sus oyentes que excitar su hilaridad.
Vetranio rió, Camila rió, Julia rió. La idea de unas tropas bárbaras capaces de
quemar un palacio en Roma era demasiado ridicula para que nadie la tomara en
serio, y a medida que la declaración recorrió el resto de la habitación toda la
corte rió, a pesar de su aburrimiento y su lasitud.
—No sé por qué me divierten las tonterías de
ese hombre —dijo Camila, con una gravedad repentina que le borró del rostro una
sonrisa sumamente atractiva—, cuando me siento tan melancólica ante la idea de
la partida de Vetranio. ¿Qué será de mí cuando se haya ido? ¡Desgraciada de mí!
¿Quién quedará en el palacio para componer canciones a mi belleza y música para
mi laúd? ¿Quién me tomará de modelo para pintar a Venus y me contará historias
sobre los antiguos egipcios y sus gatos? ¿Quién me dirá en los banquetes qué
platos debo escoger y cuáles rechazar? ¿Quién? —y la pequeña Camila se detuvo
de súbito en la enumeración de los placeres que estaba a punto de perder, y
pareció estar al borde de sollozar tan sin consuelo como riera encantada hacía
sólo un instante.
Vetranio se sintió conmovido, no por los
elogios a sus capacidades intelectuales, sino por la admisión de su supremacía
como anfitrión y mentor en los banquetes, contenida en la última parte del
reproche de Camila. Entonces, como ahora, el bello sexo era reo de
insuficiencia en nociones gastronómicas. Constituía, por tanto, un triunfo
perfecto, haber convertido a esa ciencia a la más joven y encantadora de las
damas de la corte.
—Si puede obtener licencia para marcharse
—dijo el halagado senador—, Camila me acompañará a Roma y asistirá a la primera
presentación de mi más reciente creación: la salsa para ruiseñores.
Camila estaba en éxtasis. Agarró las mejillas
de Vetranio con sus deditos rosados, lo besó con el mismo entusiasmo con que un
niño besa un juguete nuevo y salió alegre, como una flecha, a preparar su
partida.
—¡Vetranio encontraría mejor empleo para sus
habilidades —dijo el cínico con sonrisa despectiva—, inventando nuevos
ungüentos para futuras heridas que nuevas salsas para futuros ruiseñores! ¡Los
godos lo trincharán con sus espadas para que sirva de banquete a los gusanos
antes de que sus pájaros sean ensartados en espetones romanos para el festín de
sus invitados! ¿Es este acaso momento para tallar estatuas e inventar salsas?
¡Vergüenza para los senadores que se entregan a ocupaciones como las de
Vetranio!
—Tengo otros planes —replicó el objeto de toda
esa indignación moral, al tiempo que miraba con insultante indiferencia la
repulsiva fisonomía del cínico— que, por su inmensa importancia para el mundo,
sin duda gozarán de aprobación universal. La obra que acabo de terminar es un
proyecto de una serie de tres cuya realización he acariciado desde hace algún
tiempo. El primero es un análisis del nuevo sacerdocio; el segundo, una
verdadera personificación de Venus, tanto en pintura como en escultura; el
tercero, una invención que nadie había logrado: una salsa para ruiseñores. La
inescrutable sabiduría del Destino ha querido que el último de los objetivos
que me propuse haya sido el primero que alcancé. La salsa está inventada, y
acabo de concluir en este pergamino la oda con la que la presentaré en mi mesa.
Mi próxima tarea será el análisis. Adoptará la forma de un tratado, en el cual,
tomando como punto de partida la experiencia de los años transcurridos para
profetizar sobre el futuro, develaré el número exacto de disensiones,
controversias y disputas adicionales que serán necesarias para permitirles a
los nuevos sacerdotes convertirse en los exterminadores de su propia religión.
Mediante cálculos precisos, determinaré el año en el que se consumará dicha
destrucción; tengo en mi poder, como material para mi obra, un resumen
histórico de los cismas y disputas ocurridos en Roma en los últimos cien años.
En cuanto a mi segundo proyecto, la personificación de Venus, su dificultad es
formidable. Exige investigar a las mujeres de todas las naciones bajo el sol,
comparar las excelencias y peculiaridades relativas de sus diversos encantos, y
combinar en una sola figura todo lo más adorable de la infinita variedad de sus
más sobresalientes atractivos. Para llevar adelante la ejecución de este arduo
proyecto, mis apoderados en Roma y mis mercaderes de esclavos en el extranjero
tienen órdenes de enviar a mi villa de Sicilia a las más bellas mujeres nacidas
en el imperio, y a las más hermosas que encuentran en otras naciones. ¡Las haré
desfilar ante mí, con sus diversos colores de tez y peculiaridades de formas!
En el momento adecuado comenzaré mis investigaciones, sin dejarme abrumar por
las dificultades y decidido a alcanzar el éxito. ¡Aún no ha sido personificada
la verdadera Venus! Si cumplo esa tarea, ¡qué exquisito será mi triunfo! Mi
obra será el altar ante el cual miles ofrendarán los más dulces sentimientos de
sus corazones. ¡Ella liberará la imaginación reprimida de la juventud y
reavivará las remembranzas mortecinas de los recuerdos de la vejez!
Vetranio hizo una pausa. El cínico estaba mudo
de indignación. Un solitario fanático de la Iglesia que estaba cerca de ellos
frunció el entrecejo ante la idea del análisis. Las damas rieron entre dientes
ante la de la personificación. Los gastrónomos ahogaron sus risas ante la de la
salsa para ruiseñores; pero durante unos minutos nadie habló. Aprovechando ese
momento de turbación general, Vetranio musitó unas palabras al oído de Julia, y
en el preciso instante en que el cínico se había recuperado lo suficiente para
responderle, abandonó la habitación acompañado por la dama.
Nunca nadie gozó de popularidad más unánime
que Vetranio. Dotado de una disposición cuya maleabilidad le permitía adaptarse
a todas las contingencias, su generosidad desarmaba a sus enemigos, al tiempo
que.su afabilidad le granjeaba amigos. Munificente sin presunción, exitoso sin
arrogancia, el senador hacía favores con gracia y brillaba sin peligros. Sus
invitados admiraban su hospitalidad, porque sabían que era desinteresada; y
admiraban sus conocimientos, porque sentían que no eran pedantes. A veces (como
en su diálogo con el cínico), el antojo del momento o el latigazo del sarcasmo
provocaban que aludiera a su posición o que hiciera gala de sus
excentricidades; pero como era siempre el primero en reírse poco después de
esos arranques, su crédito de patricio no sufría por su debilidad de hombre. Se
movía con humor y gracia en todos los estratos de la sociedad de la época, y en
todos ellos ganaba laureles sociales, sin hacer rivales que se los disputaran
ni enemigos que les restaran valor.
Tras abandonar la sala de espera de la corte,
Vetranio y Julia descendieron la escalinata del palacio y se adentraron en el
jardín del emperador. Utilizado por lo general como lugar de paseos
vespertinos, en ese momento se encontraba desierto, salvo por la presencia de
unos pocos servidores que atendían los arriates de flores y regaban el césped
de los llanos y sombreados senderos. Después de entrar en uno de los más
retirados de los numerosos cenadores ocultos entre los árboles, Vetranio
condujo a su acompañante a un asiento y le dirigió inmediatamente las
siguientes palabras:
—Me he enterado de que estás a punto de partir
hacia Roma; ¿es cierto?
Hizo la pregunta en voz baja, y con un
continente ansioso que resultaba extraño si se lo comparaba con la alegría
voluble que había desplegado sólo unos momentos antes en presencia de los
nobles de la corte. Cuando Julia le contestó afirmativamente, su semblante
expresó una vivida satisfacción y, tras sentarse al lado de la dama, continuó
así la conversación:
—¡Si creyera que tu intención era quedarte
algún tiempo en la ciudad, me atrevería a abusar una vez más de tu amistad
pidiéndote que me prestaras tu pequeña villa de Aricia!
—Llevarás contigo a Roma una orden a mi
mayordomo para que ponga a tu disposición la villa y todo lo que hay en ella.
—¡Mi generosa Julia! ¡Eres uno de esos pocos
seres agraciados que saben cómo otorgar un favor! Otra mujer me habría
preguntado para qué quería la villa; tú me la ofreces sin reservas. ¡Tan
delicada aversión a violar un secreto me recuerda que ahora el secreto debe ser
tuyo!
Para que el lector pueda entender la
desenvuelta confianza que presidía las relaciones entre Vetranio y Julia,
resulta necesario informarle que la dama, aunque aún de apariencia atractiva,
tenía una edad más adecuada para recapitular las conquistas de su pasado que
para meditar en las de su futuro. Conocía a su excéntrico compañero desde la
niñez; este la había halagado alguna vez con sus versos y era lo bastante
sensata —ahora que sus encantos se desvanecían— para sentirse tan satisfecha
con la amistad del senador como antes ufana de la adoración del joven.
—Eres demasiado aguda —continuó Vetranio
después de una breve pausa—, como para no haber sospechado ya que necesito tu
villa para ayudarme a ocultar una intriga. Tan peculiar es mi aventura por sus
diversas circunstancias que hacer uso de mi palacio como escenario de ella
sería correr el riesgo de que se produjera una revelación que daría al traste
con todos mis planes. ¡Pero temo que lo prolongado de mi confesión exceda el
límite de tu paciencia!
—Has despertado mi curiosidad. ¡Podría seguir
escuchándote toda la vida!
—Poco tiempo antes de salir de Roma en
dirección a este lugar —continuó Vetranio—, me topé con una aventura de la más
extraordinaria naturaleza, que me ha perseguido con la más extraordinaria
perseverancia y que, estoy seguro, producirá los más extraordinarios
resultados. Me encontraba una tarde en el jardín de mi palacio en la colina
Pinciana, ocupado en ensayar en mi laúd una nueva composición musical. En una
de las pausas de la melodía, que era tierna y quejumbrosa, oí un sonido que
parecía ser el de los sollozos de una persona que lloraba angustiada entre los
árboles que quedaban a mis espaldas. Miré alrededor con cuidado y entrevi,
medio oculta por la vegetación, la figura de una joven que parecía escuchar la
música como presa de un embrujo. Halagado por ese testimonio de mi habilidad, y
deseoso de contemplar más de cerca a mi misteriosa visitante, avancé hacia su
escondite, olvidando, en la prisa, seguir tocando el laúd. En el instante en
que cesó la música se percató de mi avance y desapareció. Decidido a verla,
volví a pulsar las cuerdas, y pocos minutos después volví a ver su vestido
blanco entre los árboles. Redoblé mis esfuerzos. Toqué con la mayor
expresividad las partes más melancólicas de la melodía. Como bajo la influencia
de un hechizo, la joven comenzó a avanzar hacia mí, ora vacilante, ora
retrocediendo unos pasos, ora aproximándose, a medias renuente, a medias de
buen grado, hasta que, totalmente vencida por el largo y trepidante final de la
última cadencia de la tonada, corrió de súbito hacia mí y, tras caer a mis
pies, alzó sus manos como implorando mi perdón.
—¡En verdad que no era un tributo común a tu
pericia! ¿Te habló?
—No pronunció palabra —continuó Vetranio—. Sus
grandes y dulces ojos, abrillantados por las lágrimas, se alzaron lastimeros a
mi rostro; sus labios delicados temblaron como si quisiera hablar, pero no se
atreviera; sus brazos redondos y tersos eran de una belleza perfecta. Parecía
una niña por sus años y sus emociones, pero una mujer por su encanto y sus
formas. De momento me sentí demasiado sorprendido por lo repentino de su
súplica como para moverme o hablar. En cuanto me recobré, traté de acariciarla
y consolarla, pero rehuyó mi abrazo y pareció inclinada a volver a huir de mí,
hasta que tañí de nuevo las cuerdas del laúd, momento en el que dejó escapar
una sofocada exclamación de gozo, se ovilló a mi lado y me miró al rostro con
una expresión tan extraña, mezcla de adoración y rapto, que te admito, Julia,
que me sentí tan tímido ante ella como un niño.
—¡Tú tímido! ¡El senador Vetranio tímido!
—exclamó Julia alzando la vista con franca expresión de asombro e incredulidad.
—El laúd —prosiguió Vetranio, grave, sin hacer
caso de la interrupción— era el único medio de que disponía para procurar
comunicarme con ella. Si cesaba yo de tocar, éramos como extraños; si volvía a
empezar, éramos como amigos. Así que sacando de mi instrumento notas muy suaves
mientras me hablaba con voz trémula, musical, continué tocando. Por este medio
averigüé en nuestra primera entrevista que era hija de un tal Numeriano, que
pronto cumpliría quince años y que se llamaba Antonina. Sólo había logrado que
me contara este esquemático bosquejo de su vida cuando, como presa de una
súbita aprensión, se apartó de mi lado con aire del más profundo terror y, tras
rogarme que no la siguiera si es que deseaba volver a verla, desapareció
velozmente entre los árboles.
—¡Cada vez más fascinante! ¿Y en tu nuevo
carácter de hombre tímido sin duda obedeciste sus exigencias?
—Así fue —contestó el senador—; pero a la
tarde siguiente volví a visitar la arboleda del jardín, y en cuanto tañí las
cuerdas volvió a dejarse ver como por arte de magia. En esa segunda entrevista
averigüé la razón de sus misteriosas apariciones y desapariciones. Su padre, me
contó, pertenecía a una nueva secta cuyos miembros imaginan —por qué razón
resulta imposible de entender— que ganan méritos a los ojos de su deidad
convirtiendo sus vidas en una perpetua sucesión de sufrimientos corporales y
angustias mentales. No contento con reprimir sus propios sentimientos y
facultades, ese tirano le imponía también a la pobre niña la misma insana
austeridad. Le prohibía asistir a los teatros, contemplar esculturas, leer
poesía, escuchar música. Le hacía aprender largas plegarias y presenciar
interminables sermones. No le permitía la compañía de jóvenes de su edad, ni
siquiera de muchachas como ella. La única recreación que había podido
procurarse —y que le había concedido con mucha renuencia y tras abundantes regaños—
era la de cultivar el jardincito de la casa donde vivían, que colindaba con las
arboledas que rodean mi villa. Fue allí, mientras cuidaba de las flores, que
oyó por primera vez el sonido de mi laúd. Desde muchos meses antes de que yo la
descubriera había adquirido el hábito de salvar la cerca de su jardín y
esconderse entre los árboles para escuchar mi música cada vez que las
ocupaciones de su padre lo obligaban a salir de la casa. Un anciano que tenía
la tarea de vigilarla en ausencia del amo había descubierto su afición. No
obstante, al oír la confesión de la joven, no sólo le prometió guardar su
secreto, sino que le permitió continuar sus visitas a mi arboleda cada vez que
tocaba yo allí el laúd. Ahora bien, lo más misterioso de la cuestión es que la
muchacha parecía sentir un gran afecto por su huraño padre, a pesar de su
severidad para con ella; porque cuando le ofrecí librarla de su custodia, me
manifestó que nada la induciría a abandonarlo, ni siquiera la atractiva
posibilidad de vivir rodeada de hermosos frescos y de escuchar hermosa música a
toda hora. Pero veo que te canso, y es evidente, por el largo de las sombras,
que se acerca la hora de mi partida. Permíteme, por tanto, pasar de mis
entrevistas introductorias con Antonina a las consecuencias que de ellas se
habían derivado cuando emprendí mi viaje a Rávena.
—¡Creo que ya puedo imaginar las
consecuencias! —dijo Julia sonriendo con malicia.
—Comienza entonces —replicó Vetranio—, por
imaginar que lo extraño de la situación de la joven y la originalidad de sus
ideas me la engalanaban con un atractivo que los encantos de su persona y de su
edad contribuían inmensamente a aumentar. Deleitaba mis facultades de poeta
tanto como inflamaba mis sentimientos de hombre; y decidí seducirla mediante el
empleo de todas las artimañas que mi ingenio pudiera sugerirme para que
abandonara la tiránica protección de su padre. Comencé por enseñarle a
ejercitar el talento que tanto le había atraído en otro. Mediante la
familiaridad que tal ocupación engendraba entre ambos, confiaba en avanzar en
su afecto tanto como en habilidad progresaba ella gracias a mí, pero, para mi
asombro, seguí notando que se mantenía tan indiferente hacia el maestro y tan
sensible a la música como en nuestra primera entrevista. Si hubiera rechazado
mis avances, si ellos la hubieran sumido en la confusión, yo podría haberme
adaptado a su humor y me habría sentido animado por una esperanza; pero la
frialdad, el desapego, la incomprensible y anormal displicencia con que recibía
hasta mis caricias me desconcertaban por completo. Parecía que me consideraba
una estatua dotada de movimiento, la mera encarnación de algo tan inmaterial
como la ciencia que le enseñaba. Si le hablaba, casi no me miraba; si me movía,
el hecho le pasaba casi inadvertido. No podía achacarlo a aversión: Antonina
parecía demasiado amable para experimentar ese sentimiento por ninguna criatura
de este mundo. No podía creer que se tratara de frialdad: era toda vida, toda
agitación en cuanto escuchaba unas notas musicales. Cuando tañía las cuerdas
del instrumento, todo su cuerpo temblaba. Sus ojos apacibles, serios,
pensativos cuando me miraban, ora brillaban de deleite, ora se dulcificaban
merced a las lágrimas cuando escuchaba el laúd. A medida que con el paso de los
días aumentaba su habilidad musical, sus maneras hacia mí se tornaban más
inexplicablemente indiferentes. Al cabo, cansado de las constantes desilusiones
que experimentaba y decidido a hacer un último esfuerzo para conmover su
corazón despertando su gratitud, le regalé el mismo laúd que escuchara por
primera vez y en el cual había aprendido ya a tocar. Nunca he visto a un ser
humano más delirantemente feliz que esa incomprensible joven cuando recibió de
mis manos el instrumento. Lloraba y reía al mismo tiempo, lo besaba, lo
acariciaba, le hablaba como si se tratara de un ser animado. Pero cuando me
aproximé para sofocar las expresiones de agradecimiento que derramaba sobre mí
por el presente, de pronto escondió el laúd entre sus ropas, como temerosa de
que se lo arrebatara, y se marchó presurosa de mi lado. Al día siguiente la
esperé en nuestro lugar de encuentro acostumbrado, pero no acudió. Envié a un
esclavo disfrazado a casa de su padre, pero Antonina no quiso comunicarse con
él. Era evidente que, ahora que había conseguido su objetivo, no sentía ningún
deseo de volver a verme. En un primer momento de irritación, decidí hacerla
sentir mi poder, ya que despreciaba mi bondad; pero al reflexionar sobre el
asunto me convencí, a partir del conocimiento que tenía de su carácter, de que
en lo que a esta cuestión tocaba, la fuerza resultaba impolítica, y de que
corría el riesgo de perder mi popularidad en Roma y de verme enzarzado en una
disputa indigna de mí que a nadie beneficiaría. Insatisfecho conmigo mismo y
desilusionado con la joven, obedecí los primeros dictados de mi impaciencia y,
aprovechando la oportunidad que me brindaban mis deberes en el Senado de
escapar de la escena de mis frustradas esperanzas, partí enfadado a Rávena.
—¡Partiste a Rávena! —exclamó Julia, riendo
sin disimulos—. ¡Qué conclusión para tu aventura! ¡Te confieso, Vetranio, que
consecuencias como esa superan cualquier imaginación!
—Ríes, Julia —replicó el senador, un tanto
amoscado—, pero escúchame hasta el final y te percatarás de que no me he
resignado a la derrota. Durante los pocos días que he permanecido aquí, la
imagen de Antonina no ha cesado de turbar mis pensamientos. Me doy cuenta de
que tanto mi inclinación como mi reputación exigen que consiga imponerme a su
ingrata aversión. Sospecho que, de no verse satisfecha, mi ansiedad por ganarla
influirá de tal modo sobre mi carácter que de Vetranio el Sereno pasará a
conocérseme como Vetranio el Sardónico. El orgullo, el honor, la curiosidad y
el amor: todo me insta a conquistarla. La preparación de mi banquete es mi
excusa ante la corte para mi súbita partida: el verdadero objeto de mi viaje es
Antonina. —¡Ah!, vuelvo a reconocer a mi amigo de siempre —comentó la dama con
aprobación.
—Me preguntarás cómo me propongo obtener una
nueva entrevista con ella —continuó Vetranio—. Mi respuesta es que el sirviente
de la joven se ha ofrecido voluntariamente a servir de instrumento para el
logro de mis planes. El día antes de mi partida de Roma se presentó de repente
en mi jardín y me propuso introducirme en la casa de Numeriano, después de
preguntarme, con aire de igual más que de inferior, si era cierto el rumor de
que yo era un adepto secreto de la antigua religión, del culto a los dioses. Sospechando
los motivos del hombre (porque se negó a recibir recompensa alguna por su
traición) e irritado por la reciente ingratitud de la joven, recibí su
ofrecimiento con desprecio. No obstante, ahora que se ha calmado mi
insatisfacción y se ha despertado mi ansiedad, he decidido confiarme a toda
costa a ese individuo, sean cuales fueren sus motivos para ayudarme. Si en la
esperada entrevista mis esfuerzos —y no ahorraré ninguno— se ven coronados por
el éxito, será necesario encontrar un refugio para Antonina que no despierte
sospechas y que esté a salvo de cualquier intento de encontrarla. Nada se
aviene mejor a eso que tu villa de Aricia. Ahora que conoces el uso al cual la
destino, ¿te arrepientes de tu generosidad para ayudarme en mi proyecto?
—Me encanta ser su propietaria para poder
brindártela —contestó la liberal Julia al tiempo que apretaba entre las suyas
una de las manos de Vetranio—. Tu aventura es sin duda poco común. Ardo de
impaciencia por saber cómo terminará. Suceda lo que suceda, puedes confiar en
mi discreción y contar con mi colaboración. Pero mira, el sol ya se inclina a
poniente; y allá veo a uno de tus esclavos que, estoy segura, viene a
informarte de que tu carruaje está listo. Regresa conmigo al palacio y te
entregaré la carta que necesitas para que puedas disponer como dueño de mi
residencia campestre.
* * *
Los dignos ciudadanos de Rávena reunidos en la
plaza frente al palacio para ser testigos de la partida del senador habían
agotado por completo el placer que proporcionan distracciones tan inocentes
como mirar fijamente a los guardias, cazar las nubes de mosquitos que
revoloteaban en torno a sus orejas y pelearse unos con otros, y se veían ya
reducidos a una muy ruidosa y unánime impaciencia cuando su descontento se vio
calmado de manera repentina y cabal por la aparición del carruaje en el que
Vetranio y Camila trasponían las puertas del palacio.
Gritos estruendosos saludaron la aparición del
senador y su magnífica comitiva, pero se multiplicaron por cien cuando, a la
orden de su amo, sus esclavos principales distribuyeron puñados de monedas
entre los más pobres de los espectadores. Cada uno de los miembros de la
heterogénea muchedumbre compuesta por bandoleros, locos y vagabundos vociferó
cuanto pudo e hizo las cabriolas más llamativas de las que fue capaz en honor
al generoso patricio. Los ilustres viajeros atravesaron lenta y cuidadosamente
la multitud que los rodeaba, hasta llegar a las puertas de la ciudad. Y allí,
en medio de incesantes aplausos, acrecentados por una imponente unanimidad de
pulmones y amplificados hasta alcanzar la más trastornadora discordancia,
Vetranio y su vivaz acompañante partieron en triunfo hacia Roma.
* * *
Unos días después de ese suceso, los
ciudadanos se volvían a reunir en el mismo lugar y a la misma hora
—probablemente para ser testigos de la partida de otro patricio— cuando llegó a
sus oídos un sonido inesperado, producido por una llamada a las armas, al que
siguió inmediatamente el cierre de las puertas de la ciudad. Casi no habían
tenido tiempo de preguntarse unos a otros qué significarían esos inusuales
hechos cuando un campesino, casi loco de terror, llegó corriendo a la plaza,
¡propagando a gritos la terrible noticia de que los godos estaban a la vista!
Los cortesanos oyeron las nuevas y, tras
abandonar un suntuoso refrigerio, se apresuraron a acercarse a las ventanas del
palacio para contemplar el portentoso espectáculo. Durante el resto de la tarde
los comensales no volvieron a acercarse a las mesas del banquete.
Las temidas noticias sorprendieron al incapaz
emperador rodeado de sus gallinas. Él también corrió hacia las ventanas y al
mirar hacia afuera vio al ejército vengador dejar a un lado, despreciativo, su
solitaria fortaleza y moverse veloz hacia la indefensa Roma. Mucho después de
que las tinieblas hubieran ocultado a sus ojos las masas de esa inmensa
multitud, siguió con los ojos clavados en el paisaje que se difuminaba, presa
de un estupor de asombro y temor; y por primera vez desde que estaba a su
cuidado, la bandada de gallinas pasó la noche sin que la atendiera la mano del
amo.
CAPÍTULO III
ROMA
La primera ojeada al título de este capítulo
despertará, me temo, sentimientos de aprensión y no de curiosidad en el pecho
del lector experimentado. Imaginará sin duda que contiene largos ditirambos
sobre las maravillas de la antigüedad cuya descripción se le ha hecho, desde
hace tiempo, absolutamente repugnante, debido a su incesante reiteración.
Preveerá lamentos ante el palacio de los Césares y meditaciones a propósito de
los arcos del Coliseo, que llenarían una larga serie de agobiantes párrafos
hasta el mismo fin del capítulo; y, considerablemente ansioso por dispensar a
su atención de una tarea ante la que retrocede, se apresurará a dejar atrás el
temido desierto de las reflexiones convencionales para llegar al primer oasis
que se presente, sea por un nuevo acápite de la narración, sea por la súbita
aparición de un diálogo. Alertado, entonces, por aprensiones como esas, me
apresuro a asegurarle que en ningún caso nuestra historia se ubicará en los
límites del traído y llevado Foro, ni ascenderá a los arcos del exhausto
Coliseo. Su atención se centrará en los seres humanos de la antigua Roma, no en
sus edificaciones. Lo que deseo es presentarle al lector un panorama de las
emociones más íntimas de la época, de las acciones y pasiones vitales y
animadas de los habitantes del imperio condenado a la ruina. Dejo la topografía
de la antigüedad y la arquitectura clásica a plumas más hábiles, y las confío a
otros lectores.
No obstante, resulta necesario aludir en
alguna medida al escenario en el cual se desplazarán los personajes de nuestra
historia, a fin de facilitar la comprensión de sus movimientos. La porción de
la ciudad extinta que me propongo revivir ha dejado pocas huellas de su
existencia en la ciudad moderna. Sus sitios de interés son tema de la
tradición; sus edificaciones, polvo. Las iglesias se alzan donde en una época
se levantaran los templos, y las tabernas tientan ahora a quienes deambulan por
los lugares donde las termas acogieran a sus antepasados de ayer.
Las murallas de Roma tienen en la actualidad
la misma extensión que en el período del que escribo. Pero ahí termina toda
semejanza entre la ciudad antigua y la moderna. Las casas que esas murallas
casi no podían abarcar en un tiempo hace mucho que han desaparecido, y sus
modernas sucesoras ocupan sólo un tercio del espacio entonces asignado a la
capital del imperio.
Fuera de las murallas, antaño se extendían
inmensos suburbios. Magníficas villas, arboledas suntuosas, templos, teatros,
termas —intercaladas entre los barrios de viviendas de los estratos inferiores
de la población— rodeaban la portentosa ciudad. De esas innumerables
residencias casi no quedan rastros. El viajero moderno, al contemplar el lugar
donde se levantaban los famosos suburbios, ve, aquí y allá, un acueducto en
ruinas o un mausoleo tambaleante, que se mantienen en precario equilibrio sobre
la superficie de un pantano pestilente.
La entrada actual a Roma por el Portal del
Popólo ocupa el lugar de la antigua Puerta Flaminia. Hoy en día, tres grandes
avenidas conducen desde allí hasta el extremo sur de la ciudad, y forman, con
las calles que en ellas desembocan, la sección principal de la Roma moderna. A
un lado limitan con la colina Pinciana, al otro, con el Tíber. De esas
avenidas, las más cercanas al río ocupan el sitio donde se encontraba el famoso
Campo de Marte; las del lado opuesto, los antiguos accesos a los jardines de
Salustio y Lúculo, en el Pincio.
En la orilla opuesta del Tíber (a la que se
llega por el Puente del Santo Ángel, antes Pons Elius) dos calles, que
atraviesan un barrio heterogéneo y populoso, conducen a la moderna iglesia de
San Pedro. En el período en que transcurre nuestra historia, esa parte de la
ciudad tenía mucha mayor importancia que en el presente, tanto por sus
dimensiones como por su aspecto, y llevaba directamente a la antigua Basílica
de San Pedro, que se levantaba en el mismo sitio que ocupa hoy la edificación
moderna.
Los acontecimientos que se narrarán a
continuación se desarrollan por entero en las partes de la ciudad que acabo de
describir. A menudo invitaré al lector a acompañarme para partir de la colina
Pinciana, atravesar el Campo de Marte, cruzar el Pons Elius y llegar a la
Basílica de San Pedro, pero le evitaré toda necesidad de penetrar en ruinas
familiares o llorar sobre los sepulcros de patriotas idos.
No obstante, antes de regresar a los
personajes ya conocidos, o presentar a algunos nuevos, será preciso poblar las
calles que he tratado de reconstruir. Confío en que, gracias a ello, el lector
adquirirá cierta familiaridad con las maneras y las costumbres de los romanos
del siglo V, de la que depende fundamentalmente esta historia, y que me siento
incapaz de instilar mediante una disquisición filosófica sobre las
características de la época. Unas pocas páginas ilustrativas se adaptarán
quizás mejor a nuestro propósito que varios volúmenes de descripción histórica.
No existe índice más inequívoco del carácter de un pueblo que las calles de sus
ciudades.
Se acerca la tarde. En la parte más amplia del
Campo de Marte se agolpan grupos de personas a las puertas de un palacio. Se
han congregado para recibir algunas cestas de provisiones, distribuidas con
ostentosa caridad por el propietario de la mansión. El clamor y la agitación
incesantes de la multitud impaciente forman un extraño contraste con la
majestuosa serenidad de los objetos naturales y artificiales que la rodean.
El espacio que ocupan es de forma oblonga y de
una gran amplitud. Parte de él consiste en un camino de césped sombreado por
árboles, y parte los accesos pavimentados al palacio y a las termas que se
levantan muy próximas a él. Ambas edificaciones resultan notables por las
magníficas estatuas que adornan sus fachadas y por la elegancia y profusión de
las escalinatas que les sirven de acceso. Con otras edificaciones de inferior
calidad, los mercados y sus propios jardines cubren una extensión suficiente
para impedir que la vista llegue más allá por uno de los lados. La apariencia
de monotonía que en otras circunstancias se podría criticar a la vastedad y
regularidad de sus fachadas blancas, se ve agradablemente interrumpida en este
momento por varios toldos de vivos colores colocados sobre sus puertas y sus
balcones. El sol se refleja en ellos con brillo cegador; los adornos metálicos
de las ventanas relumbran como gemas de fuego; hasta los árboles de sus
bosquecillos se ven inundados por ese baño universal de luz, y, al igual que
los objetos que los rodean, fracasan en el intento de brindarle al ojo fatigado
frescura o reposo.
Hacia el norte, el mausoleo de Augusto, que se
alza orgullos en el cielo brillante, atrae de inmediato la atención. Debido a
la posición que ocupa, parte de esa noble edificación ya está en sombras. No se
observa a ningún ser humano en sus señoriales galerías: se levanta solitario y
sublime, encarnación impresionante de las emociones cuya erección quiso
representar.
Al lado opuesto del palacio y los baños queda
el sendero de césped ya mencionado. Un espeso bosquecillo, a cuyos árboles se
trepan las enredaderas, proyectan sobre él una deliciosa sombra. Contemplado
desde cierta distancia, en sus intersticios se atisban vestidos de vivos
colores, grupos de figuras en actitudes de reposo, puestos rebosantes de frutas
y flores e innumerables estatuas de mármol blanco de faunos y ninfas de los
bosques. De ese delicioso retiro escapa el sonido de fuentes de aguas
murmurantes, interrumpido ocasionalmente por el susurro de las hojas o las
cadencias quejumbrosas de la flauta romana.
Hacia el sur, dos templos paganos se alzan en
solitaria grandeza entre un puñado de monumentos y trofeos. La simetría de su
construcción original permanece aún intacta, sus pilares de mármol blanco
relucen brillantes a la luz del sol como antaño, aunque ahora presentan a la
mirada del observador un aspecto de extraña desolación, de anómala y misteriosa
lobreguez. Aunque las leyes prohiben el culto para el cual fueran construidos,
el brazo de la reforma no se ha atrevido aún a condenarlos a la ruina ni a adaptarlos
a propósitos cristianos. Nadie se aventura a recorrer sus peristilos antes
atestados de visitantes. No emerge de ellos ningún sacerdote para anunciar el
oráculo desde sus puertas; la sangre de los sacrificios no corre por sus
altares desnudos. Bajo sus techos, visitados sólo por la luz que se cuela por
las estrechas puertas, se alzan, sin que nadie los atienda ni los adore, los
poderosos ídolos de la antigua Roma. Las emociones humanas, que otrora los
tornara omnipotentes, los han reducido a la condición de piedra inanimada. La
"Estrella del Oriente" ha hecho desvanecer el temible halo que una
devoción cruenta tejiera en torno a sus figuras. Abandonados y solitarios, se
alzan como lóbregos monumentos a la mayor falsedad orquestada por el ingenio
del hombre.
Ya he expuesto, por llamarlo de alguna manera,
el escenario que enmarca el cuadro animado que a continuación intentaré
presentarle al lector mediante el expediente de hacer que nos mezclemos con la
multitud que permanece frente a las puertas del palacio.
La muchedumbre se dividía en tres grupos: los
reunidos ante los escalones que conducían al palacio, los que deambulaban
alrededor de los baños públicos y los que reposaban a la sombra de la arboleda.
El primero era el más considerable por lo numeroso, y porque era el de mayor
variedad en cuanto al aspecto de sus miembros. Compuesto por rufianes de la más
baja estofa de todos los confines del mundo, se podría afirmar que, por su
aspecto general y sus dimensiones, era representativo de la más sublime degradación.
Confiados en su ruda unidad cuya base era la común avidez, esos dignos
ciudadanos descargaban su insolencia en todo y en todas direcciones, con una
negligente imparcialidad que habría dejado pequeños los más exitosos esfuerzos
de las turbas modernas. El bullicio de sus voces era terrible. Las toscas
maldiciones de los galos ebrios, los agudezas licenciosas de los afeminados
griegos, la ruidosa satisfacción de los romanos nativos, la clamorosa
indignación de los irritables judíos, todas al unísono formaban un coro
ininterrumpido de sonidos discordantes. Y los sentidos de la vista y el olfato
no se veían más agradablemente impresionados que el del oído por la anómala
concentración. Juventud impúdica y vejez irreverente, mujeres brutales y
hombres cobardes, morenos etíopes untados de apestosos aceites, estólidos
britanos mugrientos, esas y otras cien variadas combinaciones, más para
imaginar que para detallar, reclamaban la atención en todos los puntos.
Describir los olores que el calor hacía exhalar a esa hirviente mezcla de
muchas inmundicias equivaldría a obligar al lector a cerrar el libro; prefiero
retornar a la distribución que era la causa del envilecedor tumulto, y que
consistía en la entrega —o mejor, el lanzamiento— a la muchedumbre de pequeños cestos
de carne asada acompañados de frutas y vegetales de los más corrientes por
parte de los sirvientes del noble que ofrecía el festín. La plebe se gozaba en
la abundancia que así se le donaba. Se lanzaban sobre ella como bestias
salvajes, la devoraban como cerdos, o se la llevaban como salteadores, al
tiempo que, seguros en el lugar alto que ocupaban, los proveedores de ese
banquete público expresaban su desprecio por sus ruidosos beneficiarios
tapándose las narices, cubriéndose los oídos, volviéndoles las espaldas y
haciendo otras demostraciones mudas de señorial y extrema repugnancia. Sus
gestos no escapaban a la atención de los miembros de la turbamulta que, después
de saciada el hambre, habían recobrado el uso de la lengua, y que lanzaban un
incesante torrente de insultos a los criados de su benefactor.
—¡Mira a esos tipos! —gritó uno—; ¡son los
sirvientes de nuestro festín y se burlan de nosotros en nuestras caras! ¡Abajo
con los cochinos ladrones de cocinas!
—Muy bien dicho, Davo; pero, ¿quién puede
acercárseles? ¡Hasta a esta distancia apestan!
—Esos sinvergüenzas repodridos tienen narices
de perros y figuras de cabra.
Después se levantó un coro de voces:
—¡Abajo con ellos! ¡Abajo con ellos!
En medio de los gritos, un liberto indignado
se adelantó para amonestar a la multitud y recibió, como premio a su temeridad,
una lluvia de proyectiles y un torrente de insultos, después de los cuales un
enorme carnicero grasiento, alzado sobre los hombros de su compañero, le
dirigió las siguientes palabras.
—Por el alma del emperador, ¡si pudiera
acercarme, rufián, te descuartizaría con las manos! ¡Bribón sonriente que se
burla de los demás! ¡Sucio adulador que ensucia la tierra que pisa! ¡Por la
sangre de los mártires, si le echara encima las barreduras del matadero no
sabría cómo limpiarse!
—¡Tú, andrajo viviente! —rugió un vecino del
indignado carnicero—, ¿criticas a los invitados de tu amo, cuando las
raspaduras de sus pellejos valen más que todo tu caparazón? ¡Es más fácil
fabricar una copa del cráneo de una pulga que un hombre honrado de un
merodeador nocturno y un villano como tú!
—¡Salud y prosperidad para nuestro noble
anfitrión! —gritó una sección de la agradecida multitud aprovechando que el
último orador hacía una pausa para respirar.
—¡Muerte a todos los bribones parásitos!
—vociferó otro.
—¡Honor a los ciudadanos de Roma! —rugió un
tercer grupo con moderado entusiasmo.
—¡Dadle al liberto nuestros huesos para que
los monde! —chilló un chiquillo que estaba en las orillas de la multitud.
El ingenioso consejo fue seguido de inmediato,
y la plebe dejó escapar un grito de triunfo cuando el desventurado liberto,
asustado por una nueva ronda de proyectiles, se retiró con ignominiosa rapidez
a buscar refugio en los salones de su patrón.
En el breve y expurgado ejemplo de la
"charla de sobremesa" de una turba romana que me he aventurado a
mostrar, el lector percibirá la extraordinaria mezcla de servilismo e
insolencia que caracterizaba no sólo las conversaciones, sino también las
acciones de los estratos más bajos de la sociedad en el período sobre el cual
versa nuestra historia. Por un lado, oprimidas y degradadas hasta un nivel de
miseria difícilmente concebible para el público de nuestros días, las clases
más pobres de Roma gozaban, por el otro, de tal grado de licencia moral y de
tales privilegios políticos que su vanidad lisonjeada ahogaba sus sentimientos
de indignación. Esclavas en su tiempo de servidumbre, amas en sus horas de
recreo, constituían, como clase, una de las más sorprendentes anomalías
sociales que haya existido en nación alguna, y eran, por su peligrosa y
artificial posición, una de las más importantes causas internas de la
decadencia de Roma.
La escalinata de las termas estaba casi tan
atestada como el espacio frente a la edificación vecina. Ríos incesantes de
personas que llegaban y partían recorrían las grandes lajas de sus peristilos
de mármol. Esa multitud, aunque compuesta en parte por la misma clase de
personas que las congregadas frente al palacio, presentaba cierta apariencia de
respetabilidad. Aquí y allá, interrumpiendo la opaca monotonía de las masas de
túnicas sucias, se discernía la refrescante visión de un vestido limpio, o la
novedad que no podía menos que agradecerse, de una persona agraciada. Se habían
formado pequeños grupos —lo más apartados posible de la vecindad de los
ruidosos plebeyos— que se encontraban enfrascados en animadas conversaciones o
sucumbían a la lasitud producida por el baño reciente. Un instante de atención
al tema de la charla de los más activos de esos individuos nos ayudará a
proseguir nuestras indagaciones sociales.
La voz más alta de entre los que conversaban
provenía en ese momento de un hombre alto, delgado, de aspecto siniestro, que
arengaba a un pequeño grupo de oyentes con gran vehemencia y fluidez.
—Te digo, Socio —dijo, volviéndose súbitamente
hacia uno de sus compañeros—, que a menos que se aprueben nuevas leyes de
esclavos, mi profesión desaparecerá. La hacienda de mi patrón necesita un
abastecimiento incesante de esos desgraciados. Hago lo que puedo para
satisfacer la demanda, y el único resultado de mi trabajo es que esos mal
nacidos ponen en peligro mi vida o huyen con toda impunidad para unirse a las
cuadrillas de ladrones que infestan nuestros bosques.
—Créeme que lo siento por ti; pero, ¿qué
cambios introducirías en las leyes de esclavos?
—¡Autorizaría a los mayordomos a ajusticiar
sumariamente a todos los esclavos que consideraran revoltosos, para que
sirviera de ejemplo a los demás!
—¿Y de qué te valdría ese permiso? Son
necesarios, y esa ley los exterminaría en pocos meses. ¿Acaso no es posible
amansarlos con el trabajo, sujetar su fuerza con cadenas y vencer su
obstinación encerrándolos en celdas?
—Todo eso he hecho, pero o los mata la
disciplina o escapan de sus prisiones. Ahora tengo trescientos esclavos en las
haciendas de mi patrón. Poco tengo que quejarme de los nacidos en nuestras
tierras. Es cierto que muchos de ellos comienzan el día entre sollozos y lo
terminan con la muerte; pero en su mayoría, gracias a su ración diaria de
azotes, son tolerablemente sumisos. Son los desgraciados que me he visto
obligado a comprar entre los prisioneros de guerra y los habitantes de las
ciudades que se han levantado en armas los que me causan esta insatisfacción.
Los castigos no producen efectos en ellos, se muestran siempre indolentes,
huraños, desesperados. El otro día diez de ellos se envenenaron cuando
trabajaban en el campo; y otros cincuenta, después de incendiar una vivienda en
la finca cuando volví la espalda, escaparon para unirse a una cuadrilla de los
suyos, y ahora son asaltantes en el bosque. No obstante, esos son los últimos
de la mesnada que perpetrarán tales delitos. ¡He adoptado un plan, con la
aprobación de mi patrón, que a partir de ahora los amansará con toda
eficiencia!
—¿Estás en libertad para contarlo?
—¡Por las llaves de San Pedro, si me gustaría
que se practicara en todas las haciendas de la nación! Se trata de lo
siguiente: cerca de un lago sulfuroso que queda a cierta distancia de mi casa
en el campo hay un terreno pantanoso, en el que aquí y allá se pueden ver las
ruinas de un antiguo matadero. Me propongo excavar en ese lugar varias cavernas
subterráneas, cada una de las cuales tendrá capacidad para veinte hombres. Allí
dormirán mis esclavos levantiscos tras la labor del día. Las entradas se clausurarán
hasta la mañana con una gran roca en la cual grabaré la siguiente inscripción:
"Estos son los dormitorios inventados por Gordiano, mayordomo del noble
Saturnino, para guardar a los esclavos rebeldes."
—Tu plan es ingenioso; pero sospecho que tus
esclavos (tan insensibles a las fatigas son esos brutos) dormirán tan
despreocupadamente en sus nuevos dormitorios como en los viejos.
—¡Dormir! El reposo del que disfrutarán será
de una especie muy peculiar. El hedor del lago sulfuroso les hará respirar
aromas nauseabundos cuando descansen sobre su lecho de lodo. El óleo con el que
se ungirán será la baba de los reptiles del pantano. Sus perfumes líquidos
serán las gotas de agua estancada que caigan del techo de su alcoba. Su música,
el croar de las ranas y el zumbido de los mosquitos; y en cuanto a sus galas,
se adornarán con tiaras de gusanos y broches de escarabajos y sapos. Dime ahora,
sagaz Socio, ¿aún crees que mis esclavos dormirán en medio de esos lujos?
—No, morirán.
—De nuevo te equivocas. Quizás maldigan y
desvaríen, pero ello no tiene mayor consecuencia. Trabajarán más tiempo en la
superficie para acortar el período de su reposo subterráneo. Despertarán en
cuanto se les llame y acudirán a mi menor gesto. ¡No tengo temor de que mueran!
—¿Te irás pronto de Roma?
—Salgo esta tarde, y me llevo conmigo un grupo
de ayudantes de confianza que me permitirán ejecutar mi plan sin demora.
¡Adiós, Socio!
—¡Adiós, oh tú, el más ingenioso de los
mayordomos!
Cuando el digno Gordiano arrancó a caminar,
hinchado con la vanidad de su nuevo proyecto, atrajeron su atención los gestos
y el tono de un hombre en torno al cual se arremolinaba un pequeño grupo de
personas en un rincón remoto del pórtico que estaba a punto de abandonar. La
curiosidad era un ingrediente tan conspicuo de su carácter como la crueldad. Se
ocultó tras la base de un pilar cercano; y como la frecuente repetición de la
palabra "godos" llegó a sus oídos (ya que los informes sobre la
inminente invasión de esa nación ya habían llegado a Roma), se dispuso a
escuchar con el mayor interés las palabras del que hablaba.
—¡Los godos! —exclamó el hombre con los
acentos graves y concentrados de la desesperación—. ¿Acaso hay alguno entre
nosotros a quien estos informes de su avance hacia Roma no le inspiren
esperanza en vez de terror? ¿Tendremos acaso una oportunidad de alzarnos de la
degradación en que nos sumen nuestros superiores mientras que ese hatajo de
veleidosos sin corazón y cobardes desvergonzados no sea barrido de la faz de la
tierra que contamina?
—Tus sentimientos sobre las amarguras de
nuestra situación son sin duda totalmente justos —observó un hombre gordo y
pomposo a quien iban dirigidas las anteriores palabras— pero no puedo desear
los cambios en los que con tanto ardor confías. ¡Piensa en la ignominia que
supondría ser conquistados por bárbaros!
—Yo no gozo de ninguno de los privilegios que
otorga mi país. ¿Qué interés puedo tener en mantener su honor?... ¡si es que de
honor se trata! —contestó el primero que había hablado.
—¡No! Tus expresiones son demasiado severas.
Estás demasiado descontento para ser justo.
—¿Seguro? Escúchame un momento y cambiarás de
opinión. Aquí me ves, superior por mi porte y mi apariencia a aquel rebaño de
plebeyos que está allá. Piensas, sin duda, que vivo satisfecho, que no me
preocupan mis futuras necesidades personales. ¿Qué dirías si te contara que si
quiero una comida, un albergue para la noche, una túnica limpia para mañana
debo robar o adular a un gran personaje para conseguirlos? Pues así es. Carezco
de esperanzas y de amigos; estoy desamparado. En todo el imperio no hay un trabajo
honesto en el cual pueda refugiarme. ¡Debo convertirme en un alcahuete o un
parásito —en el tirano a sueldo de un grupo de esclavos o en el servil lacayo
de un noble— para no morir de hambre en las calles o robar a mano armada en los
bosques! Eso es lo que soy. Ahora escucha lo que fui. Nací libre. Heredé de mi
padre una finca que él había defendido con éxito de las embestidas de los
ricos, a expensas de su comodidad, de su salud y de su vida. Cuando lo sucedí
en la posesión de esas tierras, decidí protegerlas con tanto fervor como lo
había hecho él. Trabajé sin reposo. Amplié mi hogar, mejoré mis campos, aumenté
mis rebaños. Hice caso omiso, una tras otra, de las amenazas, y derroté las
marrullerías de mis nobles vecinos, que deseaban hacerse de mi finda para
incrementar la grandeza de sus haciendas. Con el tiempo me casé y tuve un hijo.
Creía ya que había sido elegido de entre los de mi condición para ser un hombre
afortunado, cuando una noche me atacaron unos ladrones: eran esclavos llevados
a la desesperación por la crueldad de sus opulentos amos. Arrasaron mis campos,
me despojaron de mis rebaños. Cuando pedí justicia, se me dijo que vendiera mis
tierras a quienes podían defenderlas: a los acaudalados nobles cuya tiranía era
la causa de que se hubiera organizado la cuadrilla de infelices que me había
despojado de mis bienes, y a cuyos tesoros mal habidos el gobierno se complacía
en brindarles la protección que les había negado a mis honrados ahorros.
Orgulloso, decidí seguir siendo independiente. Planté nuevos cultivos. Con el
poco dinero que me quedaba, contraté nuevos servidores y compré más rebaños.
Acababa de recuperarme de mi primer desastre cuando fui víctima de una segunda
calamidad. Nuevamente fui atacado. Esta vez disponíamos de armas e intentamos
defendernos. Mi esposa fue asesinada ante mis ojos; mi casa, quemada hasta los
cimientos; sólo yo escapé, lisiado por mis heridas; poco después mi hijo
enfermó y murió. Me quedé sin esposa, sin descendiente, sin casa, sin dinero.
Mis campos aún se extendían a mi alrededor, pero no tenía quien los cultivara.
Los muros de mi casa seguían derrumbados a mis pies, pero no tenía quien los
volviera a levantar, ni quien los habitara si se levantaban. Las tierras de mi
padre se habían convertido en un páramo. Era demasiado orgulloso para venderlas
a mis ricos vecinos. Preferí abandonarlas antes que verlas en las garras de un
tirano cuyo título había vencido a mi laboriosidad, y que ahora se jacta de que
puede recorrer diez leguas de su propiedad senatorial sin contaminarse por la
cercanía de la propiedad de un granjero. Sin casa, sin hogar, sin amigos, he
venido solo a Roma en mi aflicción, indefenso en mi degradación. ¿Te sorprende
ahora que no me importe el honor de mi país? Le habría servido con mi vida y mis
bienes cuando era digno de servicio; pero me ha abandonado, y no me importa
quién lo conquiste. A los godos les digo —junto a miles que sufren las mismas
tribulaciones que padezco—: "¡Entrad por nuestras puertas! ¡Derribad
nuestros palacios hasta sus cimientos! ¡Confundidnos, si queréis, en una misma
matanza, a las víctimas con los tiranos! Vuestra invasión traerá nuevos amos al
país. No pueden aplastarlo más; quizás lo opriman menos. Tal vez nuestra
progenie conquiste sus derechos merced al sacrificio de unas vidas que nuestro
país ha despojado de valor. ¡Aunque somos romanos, estamos prestos a sufrir y
someternos!
Se detuvo, porque ya para ese entonces se
había excitado hasta la furia. Sus ojos relumbraban, sus mejillas estaban
encendidas, su voz era cada vez más alta. Si hubiera tenido la más leve visión
del destino que las épocas futuras le reservaban a la descendencia de los que,
como él, sufrían entonces a todo lo largo de la civilizada Europa; si hubiera
podido imaginar que, con el correr de los años, la "clase media",
despreciada en sus días, llegaría a gozar de privilegios y poder, a sostener en
sus justas manos el equilibrio de la prosperidad de las naciones, a aplastar la
opresión y regular los gobiernos, a elevarse en majestuoso vuelo sobre tronos,
privilegios, rangos y riquezas, aparentemente obediente, pero en realidad al
mando; si lo hubiera podido prever, ¡qué luz no habría irrumpido en su
tristeza, qué esperanza no habría calmado su desesperación!
Es difícil decir a qué otros extremos podría
haberlo llevado su ira, de qué maquinaciones podría haberlo hecho víctima el
indignado Gordiano, que aún escuchaba desde su escondite; porque las quejas del
infortunado granjero y las meditaciones del autoritario mayordomo se vieron
súbitamente interrumpidas por un estruendo que se alzó en ese momento en torno
a un carruaje que acababa de salir del palacio que se ha descrito antes.
El vehículo parecía hecho todo de plata. A su
alrededor ondulaban cortinas de seda bordada, ornamentos de oro estaban
incrustados en sus pulidos costados, y su ocupante no era otro que el noble que
había regalado a la plebe las cestas de carne. La gentuza reunida frente a las
puertas del palacio se había enterado del hecho. No se podía desperdiciar esa
oportunidad de mostrar el júbilo que les provocaba su sujeción, el real
servilismo que ocultaba su imaginaria independencia; en consecuencia, los
reunidos entonaron tal torrente de clamorosa gratitud cuando apareció su
anfitrión que un forastero habría pensado que en Roma se desarrollaba una
revuelta. Saltaban, corrían, danzaban en torno a los caballos corcoveantes,
lanzaban al aire sus cestas vacías y se daban aprobadoras palmadas en sus
"bellos vientres redondeados". A medida que el carruaje avanzaba, de
todos lados acudían nuevos reclutas y el tumulto adquiría mayor magnitud. Los
tímidos huían a su paso, los ruidosos gritaban con ellos, los osados se unían a
sus filas; y el sonsonete constante del alborozado coro era: "¡Salud al
noble Pomponio! ¡Prosperidad a los senadores de Roma, que nos regalan su comida
y nos conceden la entrada libre a sus teatros! ¡Gloria a Pomponio! ¡Gloria a
los senadores!"
El destino parecía complacerse ese día en
satisfacer la insaciable curiosidad del mayordomo Gordiano. Los gritos de la
multitud que seguía al carruaje que se alejaba acababan de perderse en la
distancia cuando llegaron a su oído las voces de dos hombres que conversaban en
tono confidencial del otro lado del pilar donde se encontraba. Echó una mirada
cautelosa y vio que se trataba de dos sacerdotes.
—¡Qué bufón es este Pomponio! —dijo una de las
voces—. Va a recibir la absolución y viaja en su carroza oficial, como si se
preparara para celebrar un triunfo y no para confesar sus pecados!
—¿Ha cometido, entonces, alguna nueva
imprudencia?
—¡Así es, por desgracia! ¡Para ser un senador
padece de una terrible falta de discreción! Hace unos días, presa de un
arrebato de pasión, le lanzó una copa a una de sus esclavas. La muchacha murió
en el acto, y su hermano, que también está a su servicio, amenazó con tomarse
una inmediata venganza. Para evitar consecuencias desagradables para su cuerpo
mortal, Pomponio ha enviado al individuo a sus propiedades de Egipto; y ahora,
para tomar las mismas precauciones con respecto al bienestar de su alma, va a pedirle
la absolución a nuestra sagrada y benefactora Iglesia.
—Me temo que estas incesantes absoluciones
concedidas a hombres demasiado negligentes para tomarse el trabajo de al menos
fingir arrepentimiento por sus crímenes terminarán por perjudicarnos a los ojos
del pueblo.
—¿Qué importancia tienen los sentimientos del
pueblo cuando tenemos de nuestro lado a sus gobernantes? La absolución es el
ensalmo que mantiene sujetos a los libertinos de Roma a nuestra voluntad.
Sabemos qué fue lo que hizo convertirse a Constantino: lisonja política y
absolución; el pueblo afirma que fue la señal de la Cruz.
—Es cierto que Pomponio es rico y que puede
incrementar nuestras rentas, pero aun así le temo a la indignación del pueblo.
—No temas nada; piensa durante cuan largo
tiempo se sometió a las antiguas instituciones y duda, si puedes, de que
logremos amoldarlo a nuestros deseos. Cualquier mentira triunfará sobre una
multitud, siempre que el instrumento empleado para ponerla en práctica sea una
religión.
Las voces callaron. Gordiano, que aún
conservaba una vaga intención de denunciar al granjero fugitivo ante las
autoridades senatoriales, empleó la libertad en que el silencio de los dos
sacerdotes dejaba a su atención para volverse a mirar a su pretendida víctima.
Para su sorpresa, vio que el hombre se había apartado de los interlocutores a
los cuales se dirigiera antes y estaba en otra parte del pórtico, enfrascado en
una intensa conversación con un individuo que parecía habérsele reunido hacía
unos momentos, y cuyo aspecto era tan llamativo que el mayordomo ya se había
adelantado unos pasos para lograr verlo con más claridad, cuando una vez más lo
hicieron detenerse las voces de los sacerdotes.
Dudando durante unos instantes acerca de a qué
objeto consagrar su inescrupulosa atención, regresó mecánicamente a su posición
original. Sin embargo, al poco tiempo la ansiedad por enterarse del misterioso
intercambio que sostenían el granjero y su amigo superó la delicia que le
producía desentrañar los secretos teológicos de los sacerdotes. Se volvió una
vez más, pero para su sorpresa, los objetos de su curiosidad habían
desaparecido. Salió del pórtico y los buscó en todas direcciones, pero se
habían perdido de vista. Irritado y chasqueado, retornó, como último recurso,
al pilar donde había dejado a los sacerdotes, pero el tiempo que consumiera en
buscar a una de las partes había resultado fatal para su reencuentro con la
otra. Los hombres de iglesia se habían ido.
Suficientemente castigado en su curiosidad por
ese fracaso, el mayordomo se encaminó, tozudo, hacia la colina Pinciana. Si
hubiera procedido en la dirección opuesta, hacia la Basílica de San Pedro, se
habría encontrado de nuevo en la vecindad del granjero y su llamativo amigo, y
se habría enterado del tema de su conversación tanto como pretendo que lo haga
el lector en el curso del siguiente capítulo.
CAPÍTULO IV
LA IGLESIA
En el año 324, en el lugar donde la voz
pública aseguraba que había tenido lugar el martirio de San Pedro, y sobre las
ruinas del Circo de Nerón, Constantino erigió la iglesia que llevaba por nombre
el de Basílica de San Pedro.
Durante doce siglos, esa edificación,
construida por un hombre famoso por sus asesinatos y su despotismo, se mantuvo
incólume en medio de las conmociones que a lo largo de ese prolongado período
devastaron el resto de la ciudad. Al cabo de ese tiempo fue demolida hasta sus
cimientos, a pesar de su reverenda e ilustre antigüedad, por el Papa Julio II,
para ser sustituida por la iglesia actual.
Es hacia la estructura que se mantuvo en pie
durante mil doscientos años, levantada por manos manchadas de sangre y, sin
embargo, preservada como una estrella de paz a lo largo de tormentosos siglos
de guerra, que quiero ahora dirigir la atención del lector. Lo que el arte ha
hecho por la iglesia actual, lo hizo el tiempo por la antigua. Si la una es
majestuosa a los ojos por su grandeza, la otra es santa para la memoria por su
antigüedad.
Mientras que la construcción de esa iglesia
conmemoraba la triunfante implantación del cristianismo como religión de Roma,
su desarrollo reflejó todos los cambios que la ambición, el dispendio o la
frivolidad de los sacerdotes introdujo en el espíritu del nuevo culto. Al
inicio se alzó maravillosa e imponente, hermosa en todas sus partes como la
religión a cuya gloria se erigiera. Vastos pórticos de pórfido ornaban sus
accesos y rodeaban una fuente cuyas aguas brotaban de la figura de un
gigantesco pino de bronce. Cuarenta y ocho columnas de precioso mármol servían
de apoyo a cada una de sus dobles naves laterales. Su techo plano estaba
adornado con vigas de metal dorado, rescatadas de la perversión de varios
templos paganos. Sus paredes estaban decoradas con grandes pinturas de temas
religiosos, y su confesionario tenía incrustaciones de elegantes mosaicos. Así
se alzaba en sus inicios, simple pero sublime, imponente pero atractiva,
emblema de la alborada del culto que debía representar. Pero cuando, arrogantes
por el éxito obtenido, los sacerdotes empezaron a servirse del cristianismo
como vía para acceder a la política y al poder, el aspecto de la iglesia
comenzó a cambiar paulatinamente. A medida que, lenta e insensiblemente, el
hombre, ambicioso, amontonó las impurezas de sus misterios, sus doctrinas y sus
disputas sobre la prístina pureza de la estructura que Dios había puesto en sus
manos, estridentes adornos y meretricias alteraciones comenzaron a mancillar la
majestuosa Basílica, hasta que la amenazante y reprobadora aparición de Juliano
el Apóstata hizo que tanto la iglesia como sus servidores vieran súbita y
enérgicamente frenado el curso de su depravación.
Una vez superado el breve período de
renacimiento de la idolatría, los sacerdotes, sin hacer caso de la advertencia
recibida, se dieron otra vez, con renovados bríos, a la tarea de trastocar lo
que tanto en los Evangelios como en la Iglesia fuera simple en otra época. Día
tras día publicaban nuevos tratados, se enzarzaban en feroces controversias,
naufragaban en nuevas sectas; y día tras día alteraban más y más el otrora
noble aspecto de la antigua Basílica. Colgaban sus repulsivas reliquias de los
gruesos muros; empotraban sus cirios diminutos en los gloriosos pilares;
entretejían sus orlas abigarradas en los macizos altares. Aquí pulían, allá
bordaban. Dondequiera que había una ventana, colgaban cortinas de colores
estridentes; dondequiera que había una estatua, la acicalaban con flores
artificiales; dondequiera que había un recinto solemne, profanaban su lobreguez
religiosa con una luz indiscreta; hasta que (llegado el período de esta
narración) habían logrado cambiar tan totalmente el aspecto del edificio que
más parecía una juguetería pagana que una iglesia cristiana. Cierto que aquí y
allá un pilar o un altar se mantenían sin mácula como en los tiempos antiguos,
tan discrepantes del baratillo que los rodeaba como las citas de las Escrituras
en los sermones de la época. Pero en lo que toca al aspecto general de la
Basílica, las glorias serenas de sus primeros días parecían irrevocablemente
arruinadas e idas.
Después de lo dicho sobre la edificación, el
lector no tendrá mayor dificultad para imaginar que la plaza en la que se
alzaba había perdido con mayor rapidez que la propia iglesia la elevación de
carácter que pudo haber poseído en otros tiempos. Si la catedral parecía ahora
una inmensa juguetería, sus pórticos anexos habían llegado a adoptar el aspecto
de los puestos de una enorme feria.
El día, a cuyo ocaso ya se hizo alusión en el
capítulo precedente, se acercaba velozmente a su fin cuando los habitantes de
las calles de la orilla occidental del Tíber se aprestaban a sumarse a la
muchedumbre que veían pasar junto a sus ventanas en dirección a la Basílica de
San Pedro. La causa de esa repentina confluencia de la corriente popular en una
única dirección común resultaba suficientemente clara para todos los curiosos
que se encontraban cerca de una iglesia o de un edificio público, dada la aparición
en tales lugares de un gran pergamino profusamente iluminado, elevado sobre un
poste y preservado del contacto con la inquisitiva plebe por dos soldados
armados. Los anuncios insertados en esos extraños carteles eran todos de la
misma naturaleza y estaban dirigidos al mismo fin. En todos ellos, el Obispo de
Roma les informaba a "sus píos y honorables hermanos", los habitantes
de la ciudad, que como al día siguiente se conmemoraba un aniversario del
Martirio de San Lucas, esa noche se celebraría una vigilia en la Basílica de
San Pedro y que, en consideración a la importancia de la ocasión, se exhibirían
antes del comienzo de la ceremonia las preciosas reliquias asociadas a la
muerte del santo, convertidas ya en inestimable legado de la Iglesia, consistentes
en una rama del olivo en el cual se ahorcara a San Lucas, un pedazo de la soga
—incluido el nudo— con que se rodeara su cuello y un cuadro de la Apoteosis de
la Virgen pintado por su propia mano. Tras algunas otras frases expresivas del
pesar por los sufrimientos del santo, que nadie leyó y que resulta innecesario
reproducir aquí, la proclama continuaba señalando que en el curso de la vigilia
se predicaría un sermón y que más tarde se encendería la gran araña de dos mil
cuatrocientas velas para iluminar la iglesia. Finalmente, el digno obispo
llamaba a todos los miembros de su rebaño, en consideración a la solemnidad del
día, a abstenerse de placeres sensuales, a fin de que pudieran contemplar más
piadosa y decorosamente los sagrados objetos que se exhibirían, y digerir el
alimento espiritual que se ofrecería a su entendimiento.
Teniendo en cuenta la muestra que ya hemos
dado del carácter de la plebe de Roma, quizás resulte innecesario decir que las
grandes atracciones de ese menú teológico eran las reliquias y la araña. La
elocuencia en el pulpito y las solemnidades de la vigilia, por sí solas,
tendrían que haber exhibido durante un largo tiempo sus más sobrios encantos
antes de lograr atraer a las calles a una cincuentava parte de la inmensa
multitud que ahora se apresuraba en dirección a la profanada Basílica. Tan
vasta era la muchedumbre que pronto se congregó, que las avanzadillas de los
curiosos ya llenaban la iglesia a rebosar antes de que la retaguardia pudiera
ver sus pórticos a lo lejos.
Por más insatisfechos que se puedan haber
sentido los ciudadanos que se vieron excluidos del templo, lo cierto es que
encontraron una poderosa compensación en los entretenimientos que encontraron
en la Plaza, cuyos ocupantes parecían no hacer el menor caso de las
admoniciones del obispo acerca del comportamiento decoroso que reclamaba la
solemnidad de la fecha. Como en abierto desafío a la compostura y el orden
recomendados por el clero, en las grandes losas de piedra del amplio espacio
que quedaba frente a la iglesia se llevaban a cabo exhibiciones populares de
los más diversos tipos. Bailarinas callejeras practicaban en todos los sitios
libres los "giros ondulantes" tan elocuentemente condenados por el
digno Amiano Marcelino, de circunspecta e histórica memoria. Puestos atestados
de reliquias de dudosa autenticidad; cestas llenas de prolijos resúmenes
manuscritos de manuales furibundamente polémicos; imágenes paganas
reconvertidas en figuras de santos; representaciones pictóricas de arríanos presas
de las convulsiones del infierno y de mártires bañados por una luz celestial:
todo ello tentaba, procedente de las más disímiles direcciones, hasta a los más
piadosos de los espectadores. Circulaban cocineros con sus utensilios a la
espalda; traficantes de esclavos rivales reclamaban a gritos a los clientes;
vendedores de vino predicaban la filosofía báquica trepados en sus barriles;
algunos poetas recitaban los versos que tenían a la venta; unos sofistas
sostenían discusiones destinadas a convertir a los vacilantes y dejar perplejos
a los ignorantes. El movimiento incesante y el incesante ruido parecían ser la
sola compensación que procuraba la multitud frustrada por su exclusión de la
iglesia. Si un forastero, tras leer la proclama del día, se hubiera encaminado
a la Basílica para recrear la vista con la contemplación de la ilustre
aglomeración humana descrita por el obispo como "sus píos y honorables
hermanos", al mezclarse en ese momento con la multitud seguramente habría
dudado de la verdad de la apelación episcopal o les habría atribuido a los
ciudadanos ese refinamiento de la valía intrínseca cuya naturaleza es demasiado
elevada para influir sobre el carácter del comportamiento público.
A la puesta del sol, nada podía haber de más
pintoresco que el panorama de la jubilosa escena contemplado desde cierta
distancia. Los rayos de un rojo intenso de la luminaria que se ponía
proyectaban su fulgor, en parte desde atrás de la iglesia, sobre la vasta
multitud congregada en la plaza. La luz profusa se deslizó brillante y fugaz
sobre las aguas que saltaban hacia ella desde la fuente con todo el encanto de
sus formas naturales y evanescentes. Bañadas por ese brillante resplandor, las
lisas columnatas de pórfido destellaron con matices tan etéreos y cambiantes
como los de los camaleones; las estatuas de blanco mármol se tiñeron de un
delicado tono rosa, y hasta lo más intrincado de las exuberantes frondas
relumbró, como si los árboles de sobrios colores estuvieran embebidos en las
exhalaciones de una niebla dorada. Por su parte, en extraño contraste con la
maravillosa luminosidad que los rodeaba, los gigantescos pinos de bronce del
centro de la plaza y la ancha fachada de la Basílica se alzaban como sombras
lúgubres, vagas y desmesuradas, que acecharan, cual espíritus del mal, la
gozosa belleza del resto de la escena, y proyectaran sus profundas sombras en
medio de la luz cuya victoria despreciaban. Vista desde cierta distancia, esa
delirante combinación de vivido resplandor y sombra solemne; esas
edificaciones, en parte oscurecidas hasta hacerlas parecer gigantescas, en
parte iluminadas hasta adquirir un aspecto etéreo; esa multitud que semejaba
una gran masa movediza bañada aquí por una luz radiante, entenebrecida allá por
espesas sombras, formaban un conjunto tan incongruente y a la vez tan hermoso,
tan grotesco y, sin embargo, tan sublime, que la escena semejaba más bien un
meteoro habitado, a medias eclipsado por su proximidad a la tierra, que un espectáculo
mortal y material.
Las bellezas de ese efecto atmosférico eran de
naturaleza demasiado seria y sublime para interesar a la multitud reunida en la
plaza. De todos los congregados, sólo dos hombres contemplaban la gloriosa
puesta del sol con la apariencia al menos de concederle la admiración y la
atención que merecía. Uno era el granjero cuyas desgracias relatamos en el
capítulo precedente; el otro, su llamativo amigo.
Ensimismados en la contemplación del cielo
carmesí, los dos hombres formaban un singular contraste, tanto por su
comportamiento como por su apariencia. El granjero era un hombre de aspecto
inquieto y talla inferior a la normal, cuyo semblante, naturalmente vivaz,
estaba ahora desfigurado por una constante expresión de tristeza y descontento.
Su mirada rápida y penetrante saltaba incesantemente de un punto a otro,
percibiéndolo todo, pero sin posarse en nada. Daba la impresión de que atendía
a la escena que se desarrollaba ante sus ojos más por la influencia del ejemplo
que por sus propios y espontáneos deseos, porque de cuando en cuando volteaba
la vista impaciente hacia su amigo, como si esperara que le hablara; pero su
compañero no dejaba escapar ni una palabra ni un gesto. Absorto exclusivamente
en la contemplación, parecía totalmente insensible a cualquier llamada
ordinaria procedente del mundo exterior.
En lo que toca a edad y apariencia, este
individuo estaba en el ocaso de la vida, ya que había cumplido los sesenta años
de edad; su pelo era gris y su rostro estaba surcado por profundas arrugas. No
obstante, a pesar de esos estragos del tiempo, era, en el sentido mejor del
término, un hombre apuesto. Aunque envejecidos y magros, sus rasgos eran aún
acusados y regulares; y la tristeza habitual de su expresión tenía una
elevación, y sus ojos un sí es no es severos y preocupados revelaban una
inteligencia tal, que daban testimonio de la superioridad de sus capacidades
intelectuales. Al mirarlo ahora mientras contemplaba fijamente el cielo
refulgente, con su cuerpo alto y delgado ligeramente apoyado en su bastón, los
labios apretados con fuerza, el entrecejo levemente fruncido y su firme y
estática actitud, el observador más superficial habría sentido de inmediato que
no tenía ante sí a un ser ordinario. La historia de una vida dedicada a
profundas reflexiones —sometida quizás a prolongadas aflicciones— parecía
inscrita en cada rasgo de su meditativa fisonomía; y sus maneras delataban una
dignidad natural que, evidentemente, le impedía a su inquieto compañero
interrumpir perentoriamente el curso de sus reflexiones.
El sol había seguido poniéndose en el
horizonte, lento y soberbio, y en ese momento se ocultó por completo. Cuando
sus últimos rayos desaparecieron tras las colinas distantes, el desconocido
salió de su trance y se acercó al granjero, apuntando con su bastón hacia el
resplandor que moría veloz en el poniente.
—Probo, —le dijo en voz baja y melancólica—,
al contemplar la puesta de sol pensaba en la situación de la Iglesia.
—No me parece que haya mucho que reflexionar
sobre la Iglesia, o que observar en la puesta de sol —le contestó su compañero.
—¡Qué pura, qué vivida —murmuró el otro, casi
sin prestar atención al comentario del granjero— era la luz que proyectaba el
sol sobre la tierra a nuestros pies! ¡Cuan noblemente triunfó por un tiempo su
luz sobre las sombras que la rodeaban; y, no obstante, a pesar de la promesa de
esa claridad, cuan pronto se desvaneció tras luchar contra las tinieblas; y
cuan totalmente ha abandonado la tierra y despojado al cielo de la belleza de
su gloria! Las sombras ya se alargan en torno a nosotros y cubren con su manto
de oscuridad todos los objetos en la plaza. ¡De no salir la luna, en menos de
una hora las tinieblas de la noche caerán sobre Roma sin que se les oponga
ninguna resistencia!
—¿Con qué fin me lo dices?
—¿No te recuerda lo que hemos observado el
curso del culto que tenemos el privilegio de profesar? ¿No simboliza ese
hermoso y primer fulgor su puro y perfecto ascenso; ese breve conflicto entre
la luz y las tinieblas su exitosa preservación a manos de los Apóstoles y los
Padres; ese rápido desvanecimiento de la claridad su profanación en épocas
posteriores; y las tinieblas que ahora nos rodean la destrucción de que ha sido
víctima en esta época en que vivimos? ¡Y es una destrucción que nada puede
evitar sino un retorno a aquella primera fe pura que debe ser ahora la
esperanza de nuestra religión, como la luna es la esperanza de la noche!
—¿Qué reforma debemos emprender? ¿Acaso
quienes carecen de libertades se preocupan por la religión? ¿Quién los
instruirá?
—Yo lo he hecho y lo seguiré haciendo. El
propósito de mi vida es hacer retornar al pueblo a la santidad de la antigua
iglesia; rescatarlo de las trampas que le han tendido esos traidores a la fe a
quienes los hombres llaman sacerdotes. El pueblo aprenderá de mí que en el
pasado la Iglesia no tuvo más ornamento que la presencia de los puros; que el
sacerdote no ansiaba vestido más fino que su santidad; que el Evangelio, que
solía predicar la humildad y ahora es causa de disputas, fue antaño el canon de
la fe, y que bastaba para todas las necesidades y superaba todas las
dificultades. Por mi boca sabrá que en el pasado era el guardián del corazón;
yo le haré ver que en el presente es juguete de los soberbios; ¡gracias a mí
llegará a temer que en el futuro pueda convertirse en el ocaso de la Iglesia! A
esa tarea he dedicado mi vida: a abatir la idolatría —que, como cualquier otro
paganismo, se alza entre nosotros con sus imágenes, sus reliquias, sus joyas y
su oro— dedicaré mi vida, mis energías, mis bienes y a mi hija. Nunca
abandonaré esta empresa, nunca vacilaré en esa decisión. ¡Mientras aliente en
mí un soplo de vida, perseveraré en la misión de restaurar en esta ciudad
dejada de la mano de Dios el culto verdadero del Altísimo!
Calló abruptamente. La intensidad de su
agitación pareció de pronto impedirle seguir haciendo uso de la palabra. Cada
músculo del cuerpo de ese hombre severo y melancólico temblaba a impulsos del
alma inmortal que lo espoleaba en su interior. Había algo casi femenino en su
total susceptibilidad a la influencia de una única emoción. Hasta el tosco y
desesperado granjero se sintió conmovido por el entusiasmo del hombre que veía
ante sí, y olvidó sus desgracias —aun cuando eran terribles— y su aflicción
—aun cuando era aguda— al contemplar el rostro de su compañero.
Durante algunos minutos ninguno de los dos
dijo palabra. No obstante, poco después, el que había hablado antes calmó su
agitación haciendo uso de la capacidad de un hombre acostumbrado a contener las
emociones que no puede avasallar y, aproximándose al granjero, le tomó una mano
con aire de pena.
—Veo, Probo, que te he sorprendido —dijo—;
pero el tema de la Iglesia es el único al cual no puedo referirme con
parsimonia. En lo que concierne a todos los demás asuntos, he domeñado los
arrebatos de mi juventud; en este, aún tengo que luchar contra mi natural
vehemencia. Cuando veo las bufonadas que nos rodean; cuando contemplo un
sacerdocio integrado por embusteros, un pueblo engañado, una religión
mancillada, te confieso que mi indignación se sobrepone a mi paciencia y que
ardo en deseos de destruir lo que debiera sólo confiar en reformar.
—Siempre he sabido que eras de carácter
violento, pero cuando te vi por última vez, tu entusiasmo era amoroso. Tu
esposa...
—¡Calla! ¡Me engañó!
—Tu hija...
—Vive conmigo en Roma.
—La recuerdo de niña, cuando, hace catorce
años, era yo tu vecino en la Galia. Cuando partí de la provincia acababas de
regresar de un viaje a Italia sin que el éxito coronara tus esfuerzos por
descubrir allí el rastro de tus padres o de ese hermano mayor cuya ausencia
solías lamentar continuamente. Dime, ¿pudiste encontrar después a los miembros
de tu antiguo hogar? Hasta ahora has estado tan concentrado en escuchar la
historia de mis desgracias que casi no me has hablado de los cambios que han
tenido lugar en tu vida desde que nos vimos por última vez.
—Si he guardado silencio sobre mis cosas,
Probo, es porque no me resulta muy agradable recordarlas. Cuando aún estaba en
mi poder regresar junto a los padres que abandoné en mi juventud, no pensaba en
el arrepentimiento; y ahora que seguramente los he perdido para siempre, de
nada vale mi deseo de reunirme con ellos. En lo que toca a mi hermano, de quien
me separé en un momento de celos e ira pueril, y por cuyo perdón y amor
sacrificaría hasta la ambición de mi vida, aún no he encontrado rastros de él.
Expiar mis culpas ante quienes herí en mi juventud es un privilegio por el que
oro en la vejez y que no me ha sido concedido. ¡Partí del lado de mis padres y
de mi hermano sin recibir su bendición, y siento que estoy condenado a morir
sin que me concedan su perdón! Mi vida ha sido superficial, inútil, impía; he
pasado de la violencia y la rapiña al lujo y la indolencia, hasta desembocar en
el matrimonio del que me ufanaba cuando nos vimos por última vez, pero que
ahora siento que fue ignominioso tanto por sus motivos como por sus resultados.
Pero bendita y tres veces bendita sea esa última calamidad de mi malvada
existencia, porque abrió mis ojos a la verdad: me hizo cristiano aún en vida.
—¿Es así como debe un cristiano considerar sus
aflicciones? ¡Desearía entonces ser un cristiano como tú! —murmuró el granjero
con voz queda y anhelante.
—Fue en esos primeros días, Probo —continuó el
otro—, cuando me vi abandonado y deshonrado, con mi indefensa hija a mi solo
cuidado, desterrado para siempre del hogar al que yo mismo había renunciado,
que me arrepentí sinceramente de mis errores, que busqué la sabiduría del Libro
de la Salvación y una pauta de vida en los Padres de la Iglesia. Fue en esa
época que decidí dedicar a mi hija, como antaño Samuel, al servicio del Cielo,
y mi propia vida a la reforma de nuestro envilecido culto. Como ya te he contado,
me marché de mi hogar y cambié mi nombre (recuerda que de ahora en adelante
debes llamarme Numeriano), para que no quedaran rastros de mi antigua
existencia y para que ninguno de mis antiguos compañeros me encontrara y
volviera a tentarme. He protegido a mi hija con incesantes cuidados de la
corrupción del mundo. En la casa de su padre se la ha vigilado y guardado como
cuida el avaro una joya preciosa. Su destino será el de consolar a los
afligidos, cuidar a los enfermos, socorrer a los desamparados, cuando yo, su
maestro, haya devuelto a esta tierra el reino de la antigua fe y la tutela de
su Evangelio perfecto. Ninguno de los dos tenemos afectos o esperanzas que nos
aten a las cosas terrenales. ¡Nuestros corazones miran al Cielo, nuestras
esperanzas están cifradas sólo en lo alto!
—No deposites demasiadas esperanzas en tu
hija. Recuerda cómo destruyeron los nobles de Roma el hogar que tuve, y tiembla
por el tuyo.
—No temo por mi hija; la cuida en mi ausencia
alguien que se ha comprometido a auxiliarme en mis labores en pro de la
Iglesia. Hace ya casi un año que conocí a Ulpio, y desde ese momento se ha
consagrado a mi servicio y al cuidado de mi hija.
—¿Quién es ese Ulpio en el que tanto confías?
—Es un hombre de mi edad. Lo encontré cuando,
como a mí, lo atormentaban las calamidades de su juventud y se abandonaba, como
yo había hecho, a los embustes de los dioses paganos. Estaba desolado,
afligido, desamparado, y me compadecí de su dolor. Le demostré que el culto que
aún profesaba había sido barrido por sus iniquidades; que la religión que lo
había sustituido había sido profanada por el hombre; y que si quería salvarse,
sólo podía abrazar una fe: la de los primeros tiempos de la Iglesia. Me oyó y se
convirtió. Desde entonces me ha servido con paciencia y me ha ayudado de buena
voluntad. Es el primero en llegar al lugar donde reúno a los pocos que siguen
siendo verdaderos creyentes, y el último en retirarse. Nunca ha salido de sus
labios una palabra de ira; en sus ojos no ha aparecido nunca una mirada de
impaciencia. Aunque atribulado, es amable; aunque sufre, es industrioso. ¡Le he
confiado todo lo que poseo y me enorgullezco de mi confianza! ¡Ulpio es
incorruptible!
—¿Y tu hija? ¿Venera tanto a Ulpio como lo
respetas tú?
—Sabe que su deber es amar a quienes amo y
evitar a quienes evito. ¿Acaso piensas que una virgen cristiana puede abrigar
sentimientos que contradigan los deseos de su padre? Ven a mi casa, juzga por
ti mismo a mi hija y a mi compañero. Tú, a quien las desgracias han privado de
hogar, encontrarás uno, si lo deseas, en el mío. ¡Ven y dedícate conmigo a mi
gran empresa! Tu mente se apartará de la contemplación de tus infortunios y tu
devoción te ganará el favor del Altísimo.
—No, Numeriano, ¡quiero seguir siendo
independiente, hasta de mis amigos! Ni Roma ni Italia son lugares en los que
pueda vivir. Parto hacia otras tierras para morar entre otras personas, hasta
que las armas de un conquistador devuelvan la libertad a los valientes y el
amparo a los honrados en los países que integran el imperio.
—¡Probo, te imploro que te quedes!
—¡Nunca! Mi decisión está tomada. ¡Adiós,
Numeriano!
Y el granjero se alejó velozmente, como si
temiera que las súplicas de su amigo resquebrajaran su resolución.
Numeriano se mantuvo inmóvil unos minutos,
mirando pensativo a su compañero que se alejaba. Al inicio, una expresión de
dolor y lástima suavizó la austeridad que parecía característica de su
semblante cuando estaba en reposo; pero esos sentimientos amables y tiernos se
desvanecieron de su corazón con la misma rapidez con que habían surgido; sus
rasgos recobraron su severidad usual, y musitó para sí mismo mientras se
mezclaba con la muchedumbre que se agolpaba en dirección a la Basílica:
—No debo lamentar su partida; se ha negado a
ponerse al servicio de su Creador. Ya no lo consideraré mi amigo.
En esas palabras se encontraba la clave del
carácter de aquel hombre. Su existencia era un vasto sacrificio, un acto de
intrépida inmolación. Aunque en las breves alusiones a los sucesos de su vida
que le había comunicado a su amigo había exagerado la magnitud de sus errores,
no había hecho justicia al fervor de su penitencia, que traspasaba los límites
usuales del arrepentimiento y arrancaba de la desesperación para terminar en el
fanatismo. Su abandono del hogar paterno (cuyas causas no es nuestra intención
abordar ahora) y el largo período subsiguiente de violencia y excesos, hicieron
que sus pasiones, fuertes por naturaleza, fueran incapaces de someterse al
menor freno. Siguiendo su primer impulso, contrajo matrimonio a edad madura con
una mujer completamente indigna de la ardiente admiración que había inspirado.
Cuando se supo engañado y deshonrado por ella, la sacudida que le produjo esa
aflicción conmovió todo su ser, aniquiló todas sus energías, sumió en la
postración, de un solo golpe, su corazón y su inteligencia. Los errores de sus
años mozos, cometidos con toda impunidad moral durante su etapa de prosperidad,
le produjeron en la adversidad una reacción tan fuerte que resultó fatal para
su futura paz de espíritu. Su arrepentimiento se veía nublado por el
desaliento, la esperanza no alumbraba sus decisiones. Huyó hacia la religión
como el suicida huye hacia la daga, presa de la desesperación.
Dejemos ahora las restantes particularidades
del carácter de Numeriano para hablar de ellas en una futura oportunidad y
sigámoslo a su paso por entre la multitud hasta la entrada de la Basílica; y
continuemos llamándolo, ahora y en adelante, por el nombre que asumiera en su
conversación y por el cual había insistido en que lo llamara el granjero
fugitivo durante la entrevista que con él había sostenido.
Aunque al inicio de su avance hacia la iglesia
nuestro entusiasta amigo se encontraba en las márgenes de la turba que hacia
allá se dirigía, pronto se las ingenió para dejar atrás a sus calmosos y
gárrulos prójimos, con lo cual alcanzó en breve plazo los peldaños de la
entrada del sagrado edificio. Allí, junto a otros muchos, se vio obligado a
detenerse, mientras que los que se encontraban más próximos a la Basílica se
agolpaban para pasar por las majestuosas puertas. En esa situación era
inevitable que su llamativa figura resultara advertida, y fue reconocido en
silencio por muchos de los que allí se encontraban, algunos de los cuales lo
miraron con asombro y otros con aversión. Nadie, sin embargo, se le acercó o le
dirigió la palabra. Todos sentían la necesidad de evitar al hombre cuyas osadas
y diarias denuncias de los abusos cometidos por la Iglesia ponían en incesante
peligro su libertad y hasta su vida.
No obstante, entre los que rodeaban a
Numeriano había dos hombre que no se contentaron con evitar toda comunicación
con el intrépido y sospechoso Reformador. Ambos pertenecían al clero más bajo,
y parecían dedicados a observar cuidadosamente las acciones y escuchar las
conversaciones de los individuos que los rodeaban. En el instante en que se
percataron de la presencia de Numeriano se hicieron a un lado para evitar que
los viera, al tiempo que se tomaron el cuidado de ocupar una posición que les
permitiera mantener a la vista al objeto de su evidente desconfianza.
—¡Mira, Osio —dijo uno—, ese hombre aquí de
nuevo!
—Y seguramente lo trae el mismo motivo que
ayer —contestó el otro—. Verás que vuelve a entrar en la iglesia, a escuchar el
servicio, a retirarse a su capillita cerca de la colina Pinciana, y allí, ante
su astrosa banda de simpatizantes, a atacar las doctrinas que nuestros hermanos
han predicado, como sabemos que hizo anoche, y como sospechamos que seguirá
haciendo hasta que las autoridades consideren que ha llegado el momento de dar
la señal para meterlo en la cárcel.
—Me maravillo de que le hayan permitido
durante tanto tiempo mantener su actitud de contumacia contra la Iglesia.
¿Acaso sus escritos no son evidencia suficiente para condenarlo por herejía?
¡La negligencia del obispo en este asunto resulta inexplicable!
—Deberías tener en cuenta que como Numeriano
no es sacerdote, la negligencia en lo que toca a nuestros intereses es más bien
del Senado que del obispo. El tiempo que nuestros nobles pueden sustraer a sus
francachelas lo han consagrado últimamente a debatir la conducta del emperador
al retirarse a Rávena, y ahora lo dedicarán a tratar de verificar la veracidad
del rumor sobre los godos. Además, incluso si dispusiera de tiempo, ¿que le
importan al Senado las disputas teológicas? Lo único que sabe es que este
Numeriano es ciudadano romano, que es hombre de cierta influencia y fortuna y,
en consecuencia, un miembro importante de la comunidad desde el punto de vista
político. Además de que en la actualidad no nos resultaría tarea fácil impugnar
las doctrinas de nuestro contrincante, porque demuestra una problemática
facilidad para encontrar en la Biblia base para lo que dice. Créeme, en este
asunto, la única manera de salir con bien será condenarlo por escándalo contra
los más altos dignatarios de la Iglesia.
—La orden que recibimos hace poco de seguir
sus movimientos y prestar atención a sus arengas me lleva a creer que nuestros
superiores son de tu opinión.
—Sean o no ciertas mis convicciones, hay algo
de lo que estoy seguro: sus días de libertad están contados. Hace sólo unas
horas vi al asistente principal del chambelán del obispo, y me dijo que por la
rendija de una puerta había oído...
—¡Calla!, se mueve, está empujando para entrar
en la iglesia. Puedes seguir contándome lo que estabas a punto decirme mientras
lo seguimos. ¡Rápido!, mezclémonos con la multitud.
Siempre entusiastas en el cumplimiento de su
odioso deber, esos dos discretos pastores del rebaño cristiano siguieron a
Numeriano con toda precaución al interior del edificio sagrado.
Aunque aún se veía el leve rastro carmesí del
sol en el cielo de poniente y la luna apenas había comenzado a salir, la gran
araña de las dos mil cuatrocientas velas, mencionada por el obispo en su
comunicado al pueblo, ya estaba encendida. En los días de su belleza severa y
sagrada, esa llamarada de luz artificial habría dañado fatalmente el aspecto de
la iglesia, pero ahora que el carácter original de la Basílica había cambiado
por completo, ahora que de templo solemne había pasado a semejar un lujoso palacio,
ganaba inmensamente con esa destemplada iluminación. Todos los detalles de los
adornos que cubrían la vasta extensión de su espléndida nave centelleaban
vividamente a la luz enceguecedora que manaba del techo. Las vigas doradas, los
lisos pilares con incrustaciones de mármol, las ricas colgaduras de las
ventanas, los enjoyados candelabros de los altares, los cuadros, las estatuas,
los bronces, los mosaicos, todos y cada uno brillaban con una durable y
suntuosa transparencia que embriagaba la vista. Ningún objeto mostraba ahora
huellas de uso o vestigios de desgaste. Cada porción de la nave que atraía la
atención se mostraba demasiado inmaculada y finamente radiante para haber sido
tocada por manos mortales. Hechizada y sorprendida, la mirada vagaba por la
superficie de la brillante escena, hasta que fatigada del ininterrumpido primor
del panorama se desviaba en busca de reposo hacia las naves débilmente
iluminadas y se posaba con deleite en las suaves sombras que rondaban por sus
distantes pilares y en las formas sinuosas que poblaban sus oscuros rincones o
recorrían sus majestuosos muros.
Cuando Numeriano entró en la Basílica, acababa
de concluir una parte del servicio. El último eco apagado de las voces del coro
resonaba aún en el aire cargado de incienso, y cuando el entusiasta reformador
recorrió la iglesia con la vista, las vastas masas de espectadores, agrupadas
en actitudes diversas, conservaban el aire de prestar oído a la música. Hasta
él, a pesar de su severidad, pareció por un momento presa del inefable encanto
de la escena, pero al cabo de unos momentos, como disgustado por su involuntario
sentimiento de admiración, frunció el entrecejo y dejó escapar un profundo
suspiro al tiempo que (seguido aún por los atentos espías) buscaba la
comparativa soledad de las naves.
Durante el intervalo que se produjo en el
servicio, la congregación se dedicó a contemplar las reliquias, que estaban
guardadas en un gabinete de plata con puertas de cristal colocado en la cúspide
del altar mayor. Aunque era imposible obtener una panorámica satisfactoria de
esos tesoros eclesiásticos, en ellos se centró la atención de todos hasta que
la aparición de un sacerdote en el pulpito dio la señal de que comenzaba el
sermón y advirtió a todos los que tenían asientos que debían regresar a ellos
de inmediato.
Pasando por entre las filas de los asistentes
al sermón —algunos de los cuales se entretenían en contar las velas de la
araña, para estar seguros de que el obispo no les había escatimado ni una de
las dos mil cuatrocientas velas, mientras otros sostenían conversaciones en voz
baja y abrían cajitas de dulces— volvemos a conducir al lector al exterior de
la iglesia.
Ya en ese momento la multitud había disminuido
mucho; las sombras proyectadas sobre el suelo por las majestuosas columnas del
pórtico habían aumentado y se habían espesado; y en muchos de los rincones más
remotos de la Plaza casi no se advertía ninguna presencia. En uno de esos
extremos, donde los pilares se encontraban con la calle y la oscuridad era más
intensa, un anciano solitario se ocultaba cuidadosamente en la oscuridad y
escrutaba con atención las inmediaciones de la vía pública.
Tras un breve tiempo de espera, un hermoso
carro, precedido por una escolta de esclavos vestidos con ropas de alegres
colores, se detuvo a unos pasos de su escondite, y la voz de la persona que
venía en él pronunció con voz fuerte las siguientes palabras:
—¡No, no! Sigue adelante... es más tarde de lo
que pensaba. Si me quedo para ver la iluminación de la Basílica no llegaré a
tiempo para recibir a mis invitados al banquete de esta noche. Además, este
inestimable gatito de la raza más venerada por los antiguos egipcios ya tiene
frío, y por nada del mundo expondría más tiempo del necesario a tan susceptible
animal a la humedad del aire nocturno. ¡Sigue adelante, buen Carrio, sigue
adelante!
Sin esperar el fin de esa perorata, el anciano
corrió hasta el carro, de donde asomaron inmediatamente dos cabezas: una era de
la del senador Vetranio; la otra, la de un gatito de pelo reluciente, adornado
con un collar de rubíes y medio envuelto en los pliegues de la amplia túnica de
su amo. Antes de que el sorprendido noble pudiera pronunciar palabra, el hombre
le susurró con tono ronco y apremiante:
—Soy Ulpio; despide a tus sirvientes; ¡tengo
algo importante que comunicarte!
—¡Ah, mi digno Ulpio! Tienes la funesta
costumbre de transmitir tus mensajes con el aire de un asesino. Pero debo
perdonar tu desagradable brusquedad en consideración a tu diligencia. ¡Mi
excelente Carrio, si valoras mi aprobación, id tú y tus compañeros adonde no
nos podáis oír!
El liberto obedeció de inmediato la orden de
su amo. A continuación se produjo la siguiente conversación, que comenzó así el
extraño anciano:
—¿Recuerdas tu promesa?
—Sí.
—Por tu honor de noble y de senador, ¿estás
dispuesto a cumplirla
cuando llegue la hora?
—Sí.
—Entonces, reúnete conmigo al amanecer en la
entrada del jardín de tu palacio y te conduciré hasta la alcoba de Antonina.
—El momento me conviene. Pero, ¿por qué al
amanecer?
—Porque el viejo decrépito del cristiano
celebrará una vigilia hasta la medianoche, a la cual resulta muy probable que
asista la muchacha. Quise ir a decírtelo a tu palacio, pero allí supe que te
habías marchado a Aricia y que al regresar pasarías por la Basílica. Por eso me
aposté para interceptarte.
—¡Industrioso Ulpio!
—Recuerda tu promesa.
Vetranio sacó la cabeza del carro para
contestarle, pero Ulpio ya había partido.
Mientras daba la orden a su carruaje de que
echara a andar de nuevo, el senador lanzó miradas inquietas a su alrededor,
como si esperara ver de nuevo a su extraño incondicional merodeando cerca del
carro. No obstante, sólo advirtió la presencia de un hombre a quien no conocía,
seguido de otros dos que pasaron velozmente a su lado. Eran Numeriano y los
espías.
—Al fin se aproximan a su consumación mis
proyectos —exclamó Vetranio para su coleto, cuando él y su gatito reiniciaron
el viaje—. Fue bueno que recordara tomar posesión hoy de la villa de Julia,
porque sin duda querré usarla mañana. ¡Por Júpiter, qué suma de peligros,
contradicciones y misterios rodea esta aventura! ¡Cuando pienso que yo, que me
precio de mi filosofía, he abandonado Rávena, he pedido prestada una villa, me
he asociado con un plebeyo inculto, y todo por una joven que ha defraudado mis
expectativas al aceptarme como maestro de música sin admitirme como amante, me
sorprendo de mi propia debilidad! Aunque hay que reconocer que el aspecto que
ha llegado a asumir mi aventura la torna interesante en sí misma. El mero
placer de conocer los secretos del hogar de Numeriano no es, con mucho, el
menor de los numerosos atractivos de mi proyecto. ¿Cómo ha logrado llegar a
ejercer tanta influencia sobre la joven? ¿Por qué la mantiene en tan estricta
reclusión? ¿Quién es este monstruo humano, viejo, medio loco y poco ceremonioso
que dice llamarse Ulpio, que rechaza toda recompensa por su villanía, desvaría
sobre el retorno de la antigua religión de los dioses y se entusiasma con la
promesa que me ha arrancado de que, como buen pagano, apoyaré la primera intentona
de restauración del antiguo culto que se produzca en Roma? ¿De dónde viene?
¿Por qué finge públicamente ser cristiano? ¿Qué lo hizo ponerse al servicio de
Numeriano? ¡Por el cinturón de Venus, todo lo que se relaciona con la joven es
tan incomprensible como ella misma! ¡Pero paciencia, paciencia! Unas pocas
horas más y todos estos misterios dejarán de serlo. ¡Mientras tanto, debo
pensar en mi banquete y en la deidad que lo preside: la Salsa para Ruiseñores!
CAPÍTULO V
ANTONINA
¿Quién que ha visitado Roma no recuerda con
deleite los atractivos del monte Pincio? ¿Quién, tras recorrer las maravillas
de la ciudad oscura y melancólica, no se ha sentido revivir al recorrer sus
senderos sombreados y respirar sus fragantes brisas? Esa deliciosa elevación se
alza ligera, ventilada e invitadora, para alivio del cuerpo y solaz del
espíritu, en medio de la pesadumbre solemne que reina en la Roma decadente.
Desde su tersa cima se aprecia la urbe en toda su majestad, y el campo que la
circunda exhibe su aspecto más resplandeciente. Los crímenes y miserias de Roma
parecen desterrados de su suelo privilegiado; impresiona los sentidos como un
lugar reservado de común acuerdo para albergue de la inocencia y la alegría,
como un paisaje que el reposo y el recreo han consagrado como sitio prohibido a
la intrusión del estrépito y el afán.
Su apariencia en la época moderna es un
reflejo de su carácter en eras pasadas. Sucesivas guerras pueden haber empañado
su belleza momentáneamente, pero la paz le devolvió invariablemente su prístina
hermosura. Los antiguos romanos lo llamaban "El Monte de los
Jardines". A lo largo de los desastres del Imperio y las convulsiones de
la Edad Media continuó mereciendo su antiguo nombre, y hasta el día de hoy
sigue siendo, triunfante, un "Monte de los Jardines".
A comienzos del siglo V, la magnificencia de
la colina Pinciana estaba en su zenit. Si conviniera al hilo de nuestra
historia describir las glorias de sus palacios y sus arboledas, sus templos y
sus teatros, se revelaría al lector un cuadro tan brillante de su esplendor
artificial realzado por bellezas naturales que se asombraría y aun lo
consideraría con incredulidad. Pero no es necesario que nos dediquemos ahora a
esa tarea; no es sobre las maravillas del lujo y el buen gusto de la
antigüedad, sino sobre el hogar del fanático y religioso Numeriano que resulta
necesario despertar el interés y atraer la atención.
Detrás del lugar donde la colina Pinciana topa
con la vía Flaminía, y exactamente encima de las murallas de la ciudad, se
levantaba, en el período de nuestra narración, una casa pequeña pero
elegantemente construida, rodeada por un jardincito propio y protegida en su
parte posterior por las majestuosas arboledas y edificaciones anexas del
palacio del senador Vetranio. En una época previa, la residencia había sido la
casa de veraneo del anterior propietario de la mansión vecina.
Las penurias causadas por la disipación habían
obligado a ese propietario a desprenderse de esa parte de sus bienes, que fue
adquirida por un comerciante amigo de Numeriano, quien, a su vez, la recibió en
herencia a la muerte de su compañero. El austero cristiano, disgustado ante la
mera idea de vivir en las cercanías de los ennoblecidos libertinos romanos en
cuanto los proyectos reformadores se adueñaron de su mente, decidió
desprenderse de ese legado y venderlo; pero ante las repetidas súplicas de su
hija, consintió al fin en cambiar de planes y sacrificar su antipatía por sus
opulentos vecinos al apego juvenil de su hija a las bellezas naturales que
atesoraba su heredad de la colina Pinciana. Sólo en ese asunto el afecto
natural del padre triunfó sobre la adquirida severidad del reformador. En él
condescendió, por primera y única vez, a las dulces nimiedades de la juventud.
Allí, indulgente a pesar de sí mismo, asentó su reducida familia y le permitió
a su hija la sola recreación de atender las flores de su jardín y deleitarse
con la hermosura del paisaje distante.
* * *
Ha transcurrido una hora más de la noche desde
que tuvieran lugar los hechos narrados en el capítulo precedente.
La clara y brillante luz de la luna italiana
invade ahora todos los barrios de la gloriosa ciudad y baña con su puro fulgor
las arboledas y los palacios del monte Pincio. Desde el jardín de Numeriano,
los edificios irregulares de los grandes suburbios de Roma, la fértil y
ondulante campiña más lejana y las largas cadenas montañosas en la distancia
resultan ahora visibles bajo la suave y esplendorosa luz. Cerca del lugar desde
el que se ve ese panorama no se aprecia a primera vista ningún ser viviente;
pero una observación más cuidadosa y paciente permite detectar en una de las
ventanas de la casa de Numeriano, medio oculta por una cortina, la figura de
una joven.
Pronto esa efigie solitaria se acerca más a
los ojos que la contemplan: los rayos de luz de luna, que hasta ese momento
brillaban sólo en la ventana, iluminan ahora otros objetos. Primero muestran un
pequeño brazo blanco; después, un vestido ligero y sencillo; más tarde, un
cuello grácil y hermoso; y, finalmente, un rostro radiante, juvenil, inocente,
vuelto sin pausa hacia el paisaje de las montañas distantes, alumbrado por la
luna.
Durante un tiempo la joven permanece en su
ventana en pose contemplativa. Después abandona su atalaya y casi de inmediato
reaparece en la puerta que conduce al jardín. Mientras avanza hacia el césped
que le queda en frente, se advierte que es menuda y de pequeña estatura, y que
sus movimientos están dotados de una gracia y un pudor naturales; aprieta
contra su pecho y esconde a medias entre sus vestidos un laúd dorado. Cuando
alcanza un claro desde el cual se aprecia la misma vista que desde su ventana,
coloca el instrumento sobre una de sus rodillas y, con cierto aire de reserva
en sus maneras, tañe delicadamente las cuerdas. Entonces, como alarmada por el
sonido que ha producido, lanza miradas inquietas a su alrededor, aparentemente
temerosa de que la hayan oído. Sus grandes ojos oscuros y brillantes se
muestran aprensivos; sus labios delicados están entreabiertos; su tez suave y
aceitunada se tiñe de repentino rubor mientras examina cada rincón del jardín.
Tras completar su escrutinio sin descubrir ninguna causa para las sospechas que
parece albergar, vuelve a dedicarse a su instrumento. Una vez más tañe las
cuerdas, y ahora con mano más firme. Las notas que deja escapar toman la forma
de una melodía agreste, quejumbrosa, peregrina, que se eleva y desciende como a
impulsos de un caprichoso viento veraniego. Los sonidos se ven pronto
armoniosamente acompañados por la voz de la joven trovadora, que es tranquila,
calmada y melodiosa, y que se adapta con exquisito ingenio a las arbitrarias
variaciones de tono del acompañamiento. La canción que ha escogido es una de
las imaginativas odas de la época. Para ella, su mérito principal radica en su
parecido con el extraño aire oriental que escuchara durante su primera
entrevista con el senador que le regaló el laúd. Traducida a nuestra lengua, la
letra de la composición es más o menos como sigue:
EL ORIGEN DE LA
MÚSICA
I
Espíritu que
ejerces tu influencia
Sobre la Música y
sobre sus cadencias,
¿En qué paraje se
acunó tu estirpe?
¿Qué te tentó a
bajar entre los tristes?
* * *
Escucha bien,
mortal; mi aparición
Tuvo lugar en plena
Creación
Cantando a las
estrellas tempraneras,
Al suave eco del
son de las esferas.
Mas cierta vez, al
cosmos contemplar,
abajo este planeta
vi brillar,
¡Y un ansia de ver
su raza cuitada
Sobrecogió mi alma
inmaculada!
Los querubines que
al fin me recibieron
Cedieron a mi
llanto y a mis ruegos;
Mas olvidar mi
firmamento oriundo
Fue falta que, por
descender al mundo,
nunca me
perdonaron; ¡fui exiliada
a la tierra, sola y
abandonada!
II
Ningún pesar sentí
ya desterrada;
Porque, aun si las
tinieblas imperaban,
Y nadie oía en
celestial esfera,
En la tierra tenía
quien me oyera.
Me rodeaban, con
sus graciosas risas,
Tiernos espíritus
de suave brisa
de primavera, y
más, Eco riente
Repetía mi canto en
el poniente.
La Miseria, el
Dolor y la Aflicción
Dulcifiqué con mi
gentil canción;
La Alegría corrió
con pies ligeros,
A ovillarse a mis
pies en muelle suelo;
¡Y Amor, a quien mi
canto despertó,
un beso desde lo
alto me envió!
III
Desde entonces voy
por el mundo andando,
Y fiel al hombre le
seguí cantando;
¡He volado hacia
todas las regiones
Siempre acogida y
para siempre joven!
Mi solaz brindo,
siempre aún complacida,
A la esperanza que
tiembla aterida
Siempre puedo
hechizar el corazón
privado de
alegrías; ¡dulce don!
El tiempo, que en
todos deja su huella,
Pasa a mi lado sin
hacerme mella;
La mudanza, que es
ley para el mortal
Mi airoso imperio
no logra alterar;
¡Mi potestad es,
con amor eterno,
Abrir el corazón a
lo más tierno!
En el momento en que los últimos sonidos de su
voz y de su laúd se apagaron suavemente en la quieta atmósfera nocturna, un
aire de indescriptible elevación cubrió la faz de la joven. Alzó la vista
extasiada al lejano cielo tachonado de estrellas, sus labios temblaron, sus
ojos oscuros se llenaron de lágrimas y su pecho se estremeció como al calor del
tumulto de emociones que le inspiraban la música y la escena. Después recorrió
lentamente con la vista el paisaje que la rodeaba; detuvo los ojos con ternura en
los fragantes arriates de flores que eran obra de sus manos; y contempló a lo
lejos, con una mezcla de reverencia y éxtasis, las vastas llanuras tersas y
fulgurantes y las soberbias e inconmovibles montañas que durante tanto tiempo
habían sido la inspiración de sus más entrañables pensamientos, y que ahora
relumbraban ante sus ojos, apacibles y hermosas como los sueños que la
visitaban en su lecho virginal. Más tarde, conmovida por los ingenuos
pensamientos y los inocentes recuerdos que las alas mágicas de la Naturaleza y
la Noche despertaban en su mente, inclinó la cabeza sobre el laúd, apretó
contra su lisa caja su mejilla turgente, adornada por unos hoyuelos, y mientras
sus dedos vagaban mecánicamente por las cuerdas se abandonó sin reservas a los
ensueños de la doncellez y la juventud.
¡Ese era el ser consagrado por la fatal
ambición de su padre a un destierro perpetuo de todo lo que es atractivo en el
arte y bello en el intelecto humano! Esa era la hija cuya existencia debía ser
una larga convivencia con el dolor de los mortales y un invariable rechazo de
sus placeres; cuyos pensamientos debían centrarse sólo en sermones y ayunos;
cuyas acciones debían limitarse a cuidar las heridas y enjugar las lágrimas de
extraños; ¡cuya vida, en resumen, estaba condenada a ser la encarnación del austero
ideal creado por su padre de las ascéticas vírgenes de la antigua Iglesia!
Privada de su madre, apartada de la compañía
de las personas de su edad, despojada de toda familiaridad con otros seres
vivos —carente de un corazón que latiera en simpatía con el suyo, víctima de
imposiciones y nunca consentida; amonestada y nunca aplaudida— habría sucumbido
a las severidades que le imponía su padre de no ser por la desobediencia venial
cometida al entregarse al solitario placer que le proporcionaba el laúd.
Vanamente leía, en sus horas de estudio, los fieros anatemas contra el amor, la
libertad y el placer, la poesía, la pintura y la música, el oro, la plata y las
piedras preciosas, compuestos por los primeros Padres para beneficio de las
sumisas congregaciones de épocas pretéritas; en vano imaginaba, durante esas
largas horas de instrucción teológica, que las ansias reprimidas de su corazón
estaban desterradas y muertas, que su paciente y pueril temperamento se sometía
totalmente hasta a la más rigurosa orden de su padre. En cuanto concluían sus
entrevistas con Numeriano, la llamada de esa naturaleza que anida en todos
nosotros y que el empeño puede torcer, pero nunca destruir, la incitaba a
olvidar todo lo que acababa de oír y a ansiar mucho de lo que se le prohibía.
En esta vida sólo alentamos, gracias a la compañía de una inclinación, una
aspiración o un propósito en los que solemos refugiarnos de las tribulaciones
del mundo. El mismo sentimiento que condujera a Antonina en su infancia a
implorar un jardín de flores la indujo en la juventud a hacerse de un laúd.
De nacimiento le venía la pasión por la música
que la impulsara a visitar a Vetranio, que era lo único que había salvado a sus
afectos de agonizar en la soledad que se les había impuesto, y que llenaba sus
horas de ocio del modo que hemos descrito.
Su madre española le había cantado hora tras
hora en su cuna durante el corto tiempo en que se le permitió cuidar de su
hija. Nada había logrado borrar la impresión que ello causara en las nacientes
facultades de la pequeña. Aunque sus más tempranos recuerdos eran sólo los de
la amargura de su padre, aunque la forma que pronto asumió la desesperada
penitencia de éste la condenó a una vida de reclusión y a una educación preñada
de admoniciones, el apego apasionado a los sonidos melodiosos que le inspirara
la voz de su madre, que casi bebiera del pecho materno, se mantuvo a pesar de
todas las incurias y sobrevivió a todas las oposiciones. Su fuente nutricia
eran los recuerdos infantiles, los retazos de canciones oídas desde su ventana,
el paso nocturno del viento invernal por las arboledas de la colina Pinciana; y
su primera y extasiada gratificación habían sido los primeros sonidos del laúd
del senador romano. El lector ya conoce, por la narración de Vetranio en
Rávena, cómo se había hecho de un instrumento y de la habilidad para tocarlo.
Si el frivolo senador hubiera descubierto la verdadera intensidad de las
emociones que su arte despertaba en el pecho de su alumna mientras le enseñaba;
si hubiera imaginado cuan incesantemente su sentido del deber luchaba durante
las lecciones con su amor por la música —cuan completamente se sumía en un
momento en una agonía de dudas y temores, en otro en un éxtasis de disfrute y
esperanzas—, su asombro ante la frialdad que ella le manifestara y que de
manera tan vivida expresara en su entrevista con Julia en los jardines de la
corte habría sido mucho menor. Lo cierto es que nada era más cabal que la
pueril inconsciencia de Antonina acerca de los sentimientos que despertaba en
Vetranio. Cuando estaba en su presencia, los remanentes de sus afectos que no
habían sido agostados por sus temores se sentían únicamente atraídos y
apresados por el amado y hermoso laúd. Al recibir el instrumento, ante la
apoteosis que significaba ser su dueña, casi olvidó a quien se lo obsequiaba; o,
si pensó en él, fue para sentirse agradecida por escapar incólume de manos de
un miembro de la clase sobre la cual las reiteradas admoniciones de su padre le
habían hecho concebir vagos sentimientos de temor y desconfianza, y para
decidir que, ahora que le había dado las gracias por su amabilidad y que se
retiraba de sus dominios, nada la induciría a correr el riesgo de que su padre
la descubriera y de arrostrar los peligros de volver a ellos.
Inocente en su aislamiento, casi pueril debido
a su natural simplicidad, un sencillo entretenimiento bastaba para satisfacer
todas sus pasiones. Padre, madre, amante y compañeros; libertades,
distracciones y galas; todos se resumían para ella en un simple laúd. El
ingenio, la vivacidad y la gentileza de su carácter; la poesía de su natural y
los afectos de su corazón; el alegre florecer de la juventud, que ni la
reclusión habían podido marchitar por completo ni los torcidos preceptos
corromper, ahora estaban pletóricos, agrandados, reverdecidos —tal es la
capacidad creativa de las emociones humanas— por su inestimable posesión. Podía
hablarle, sonreírle, acariciarlo, y creer, en el éxtasis de su deleite, en el
abandono de su fantasía, que el laúd compartía su alegría. Durante sus largas
soledades, cuando en ausencia de su padre la vigilaba el caviloso y melancólico
desconocido a cuyo cuidado la dejaba, era un compañero más querido que el
jardín de flores, más, incluso, que las llanuras y las montañas que eran su
paisaje predilecto. Cuando su padre regresaba y la conducía a ocupar un lugar
oscuro entre personas extrañas y silenciosas para escuchar interminables
sermones, su solaz consistía en pensar en el instrumento oculto en su cuarto y
discurrir deleitosamente en la música compuesta por ella misma que podría tocar
en él después. Y más tarde, cuando llegaba la noche y quedaba a solas en su
jardín, llegaba la hora de la luz de la luna y de la canción, el momento de
rapto y melodía que la hacía desdoblarse, que la elevaba sin que supiera cómo y
la transportaba a lugares que ignoraba.
Pero la aparición de otro actor en la escena
nos obliga a abandonar nuestras reflexiones sobre los motivos y los exámenes de
carácter para retornar al mundo externo de los intereses y los acontecimientos
pasajeros. Dejemos a Antonina en el jardín meditando inclinada sobre su laúd.
La joven permanece en esa posición pensativa, pero ya no está sola.
Tras bajar los peldaños por los que ella
descendiera, un hombre se adentra en el jardín y avanza hacia el lugar que ella
ocupa. Cojea, tiene una joroba, su cuerpo es contrahecho. Los rasgos
pronunciados y angulosos de su rostro resultan incongruentes con sus mejillas
enjutas. El sol ha quemado su cabello áspero y reseco hasta dejarlo de un
extraño y atezado color castaño. Su expresión es de concentrada, severa,
amargada reflexión. Mientras avanza sigilosamente en dirección a Antonina,
murmura algo entre dientes y se agarra mecánicamente las ropas con los dedos
descarnados y deformes. La radiante luz de la luna que cae de lleno sobre su
semblante le confiere una apariencia lívida, misteriosa, espectral; un extraño
que lo viera en este momento lo habría encontrado casi espantoso.
Ese era el hombre que había interceptado a
Vetranio en el camino a su casa, y que ahora se apresuraba a volver a ocupar su
lugar acostumbrado antes del regreso de su amo: era Ulpio, el anciano converso
que Numeriano mencionara durante su entrevista con el granjero en la Basílica
de San Pedro.
Cuando llegó a unos pasos de la joven, se
detuvo y dijo con voz ronca y recia:
—¡Esconde tu juguete: Numeriano está a las
puertas!
Antonina experimentó un violento sobresalto al
oír esos acentos repulsivos. La sangre afluyó a sus mejillas; cubrió
rápidamente el laúd con su túnica, se detuvo un instante, como si quisiera
decirle algo a Ulpio, se estremeció convulsivamente y después se apresuró a
regresar a la casa.
Cuando subía los peldaños de la entrada se
topó con Numeriano, que avanzaba por el corredor. Ya no tenía posibilidades de
esconder el laúd en el sitio de costumbre.
—Permaneces hasta una hora demasiado avanzada
en el jardín —le dijo su padre, quien, a pesar de su austeridad, contempló con
mirada de orgullo a su hermosa hija al llegar a su lado—. Pero, ¿qué te sucede?
—añadió al notar su confusión—. Te estremeces, cambias de color, tus labios
tiemblan; ¡dame tu mano!
Al obedecerlo Antonina, se deslizó un pliegue
de la traidora túnica y dejó expuesto un pedazo de la caja del laúd. Los ojos
alertas de Numeriano lo descubrieron de inmediato. Arrancó el instrumento de
las débiles manos que lo sostenían. Su asombro al verlo fue tan grande que no
encontró palabras para expresarlo, y por un instante encaró a la pobre niña,
cuyo rostro pálido estaba rígido de terror, en medio de un silencio ominoso y
expresivo.
—Esto —dijo al fin—, esta invención de los
libertinos en mi hogar, ¡en manos de mi hija! —y lanzó al suelo el laúd, que se
rompió en mil pedazos.
Durante unos momentos Antonina contempló con
mirada incrédula los fragmentos del querido compañero centro de todas sus
mejores esperanzas futuras. Después, cuando comenzó a percatarse de la realidad
del despojo de que había sido objeto, sus ojos perdieron toda la brillantez que
el cielo les concediera y se llenaron de lágrimas terrenales.
—¡A tu cuarto! —tronó Numeriano cuando
Antonina se arrodilló junto a los desventurados fragmentos entre sollozos
convulsivos—. ¡A tu cuarto! ¡Mañana aclararemos este inicuo misterio!
Antonina se levantó con humildad para
obedecerlo, porque la indignación no era una de las emociones que conmovían su
gentil y afectuoso natural. Mientras avanzaba hacia la habitación que ya no
ocuparía el laúd, al pensar en el mañana que ya no alegraría su instrumento, el
dolor casi la venció. Se volvió para mirar a su padre con ojos implorantes,
como pidiéndole permiso para recoger hasta los más pequeños pedazos del
instrumento que yacía a sus pies.
—¡A tu cuarto! —reiteró Numeriano, severo—.
¿Acaso se me desobedecerá ante mis propios ojos?
Sin repetir su silenciosa súplica, Antonina se
retiró al instante. En cuanto desapareció, Ulpio subió los peldaños de la
entrada y se detuvo junto al airado padre.
—¡Mira, Ulpio —exclamó Numeriano—, mi hija, en
cuyo cuidado he puesto tanta atención, a quien consagré a ser un ejemplo para
el mundo, me ha engañado!
Apuntaba, al hablar, a los restos del
infortunado laúd; pero como Ulpio no le respondiera, continuó casi de
inmediato:
—No mancillaré los solemnes oficios de la
noche interrumpiéndolos con mis asuntos mundanos. Mañana interrogaré a la
desobediente. ¡Mientras tanto, Ulpio, no imagines que te asocio con este
malvado e indigno engaño! ¡Gozas de toda mi confianza; confío plenamente en tu
lealtad!
Hizo otra pausa durante la cual Ulpio siguió
guardando silencio. Cualquiera menos agitado, menos confiado que su poco
suspicaz amo, se habría percatado de que una leve y siniestra sonrisa comenzaba
a dibujarse en su semblante macilento. Pero la indignación de Numeriano era aún
demasiado violenta para permitirle observarla, y a pesar de los esfuerzos que
hacía para controlarse, volvió a prorrumpir en quejas.
—Y además, precisamente esta noche —exclamó—,
cuando me proponía llevarla a mi pequeña asamblea de fieles para que se sumara
a sus plegarias y escuchara mis exhortaciones; ¡precisamente esta noche tengo
que descubrir que tañe un laúd pagano, que se entrega a las más licenciosa de
las vanidades del mundo! ¡Que Dios me dé paciencia para conducir el culto esta
noche sin que mis pensamientos se extravíen, porque mi corazón está tan
lastimado por la falta de mi hija como en la antigüedad el corazón de Elí ante las
iniquidades de los suyos!
Ya se marchaba a toda velocidad cuando, como
si recordara algo de repente, se detuvo abruptamente y volvió a dirigirse a su
sombrío compañero.
—Esta noche iré solo a la capilla —dijo—. Tú,
Ulpio, te quedarás para vigilar a mi desobediente hija. Vigila bien mi casa,
querido amigo, porque ahora mismo, cuando regresaba, me pareció que dos
desconocidos seguían mis pasos, y presentí que algo malo, incluso peor que la
tribulación que me provoca la falta de mi hija, me acontecerá como castigo por
mis pecados. ¡Mantente vigilante, buen Ulpio; mantente vigilante!
Y en su apresurada retirada, el anciano severo
y grave se sentía tan afligido por el ultraje infligido a su sombrío fanatismo
como la débil y tímida joven por la destrucción de su inofensivo laúd.
Tras la partida de Numeriano, la sonrisa
siniestra volvió a aparecer en el semblante de Ulpio. Durante unos breves
momentos quedó sumido en sus pensamientos y después comenzó a descender
lentamente por una escalera cercana que conducía a unos aposentos subterráneos.
No había avanzado mucho cuando se oyó un leve ruido en el extremo del corredor
del piso superior. Aguzó el oído aguardando que el sonido se repitiera y
escuchó un sollozo; al mirar sigilosamente hacia arriba descubrió, a la luz de
la luna, a Antonina que avanzaba cautelosamente por el suelo de mármol del
pasillo.
Llevaba una lamparita en las manos; sus
diminutos pies estaban desnudos y las lágrimas aún corrían por sus mejillas.
Caminó con las mayores precauciones (como temerosa de que la oyeran) hasta
llegar a los restos del laúd roto, que aún estaban desperdigados por el suelo.
Una vez allí, se arrodilló y se llevó a los labios cada uno de los fragmentos.
Después, tras ocultar apresuradamente un pedacito en su pecho, se incorporó y
se marchó rápidamente en la misma dirección de donde procediera.
—¡Ten paciencia hasta el amanecer —musitó su
perjuro guardián mientras la contemplaba desde su escondite—, que le traerá a
tu laúd quien lo restaure y a Ulpio un aliado!
CAPÍTULO VI
EL APRENDIZ DEL
TEMPLO
Las actividades de nuestros personajes durante
la noche descrita en los dos últimos capítulos han cesado ahora. Vetranio
espera a los invitados a su banquete; en la capilla, Numeriano prepara el
sermón que pronunciará ante sus amigos; Ulpio medita en la casa de su amo;
Antonina está echada en su lecho y acaricia el precioso fragmento salvado de la
destrucción de su laúd. Por el momento, todos los agentes inmediatos de nuestra
historia guardan reposo.
Conviene aprovechar este intervalo de
inactividad para dirigir la atención del lector hacia un escenario diferente al
escogido para nuestro relato y hacia acontecimientos históricos del pasado
estrechamente relacionados con la vida previa del pérfido converso de
Numeriano. Este individuo será de la mayor importancia en el desarrollo
posterior de nuestra historia. Es necesario, a fin de entender su carácter y
las causas de sus propósitos ya aludidos, y los que en el futuro puedan
aparecer, que remontemos el largo curso de su existencia hasta sus orígenes.
En el reinado de Juliano, cuando los dioses
paganos obtenían su última victoria sobre el Evangelio cristiano, un nombre
decorosamente vestido que llevaba de la mano a un apuesto joven de quince años
de edad llegó a las puertas de Alejandría y se dirigió a toda prisa a las
habitaciones del sumo sacerdote del Templo de Serapis.
Tras una estancia de algunas horas en su
destino, el hombre abandonó la ciudad con la misma rapidez con que había
llegado y nunca más se le vio en Alejandría. El mozo permaneció en las
habitaciones del sumo sacerdote hasta el día siguiente, cuando fue solemnemente
consagrado al servicio del Templo.
El muchacho era el joven Emilio, conocido
después por el nombre de Ulpio. Era sobrino del sumo sacerdote, a cuya custodia
lo había confiado su padre, un comerciante romano.
La ambición era la pasión dominante del padre
de Emilio. Ella lo había impulsado a anhelar todas las distinciones concedidas
por el Estado a los triunfadores, pero no lo había dotado de las capacidades
necesarias para convertir sus aspiraciones en realidades. Su vida fue la de un
hombre desilusionado, que fraguó planes, pero nunca concretó sus proyectos en
la práctica; que vio a su hermano, más afortunado, elevarse a la máxima
jerarquía del sacerdocio; y que se vio irremisiblemente condenado a vivir en el
holgado anonimato que le proporcionaban sus empresas comerciales.
Cuando, a raíz del ascenso de Juliano al trono
imperial, su hermano Macrino llegó al pináculo de su poder y su celebridad como
Sumo Sacerdote del Templo de Serapis, el fracasado comerciante perdió toda
esperanza de rivalizar con él en cuanto a distinción. Su insaciable ambición,
que ya no podía satisfacer en su persona, se centró en uno de sus hijos.
Decidió que el niño triunfaría donde él había fracasado. Ahora que su hermano
había conquistado la máxima posición en el Templo, ninguna vocación podía
ofrecerle ventajas más obvias a uno de sus descendientes que el sacerdocio.
Desde sus orígenes, su familia era de un ortodoxo paganismo. Uno de sus
miembros ya había alcanzado los más distinguidos honores del vistoso culto. El
comerciante decidió que otro rivalizaría con su hermano, y que ese sería su
hijo mayor. Firme en su resolución, consagró de inmediato a su hijo al gran
proyecto que ahora ocupaba todos sus pensamientos. Sabía bien que el paganismo,
aun tras su reanimación, ya no era el culto universal que había sido; que
enfrentaba resistencias secretas y que quizás pronto tendría que vérselas con
la oposición abierta de los cristianos, perseguidos en todo el imperio; y que
para que la joven generación lo preservara con éxito de futuras amenazas y se
elevara sin riesgos a sus más altos honores, se le debía exigir más que la
cómoda aceptación de la antigua religión reclamada a los practicantes de
antaño. En épocas pretéritas, los más importantes deberes del sacerdocio habían
sido compatibles con los cargos militares o políticos. Ahora, los futuros
servidores de los dioses tendrían que consagrarse al Templo y sólo al Templo.
Una vez adoptada su decisión, el padre se encargó de que todas las ocupaciones
y estímulos de su hijo, desde sus primeros años, estuvieran relacionados de
alguna manera con la profesión a la que estaba destinado. Sus placeres
infantiles fueron los sacrificios y los augurios; sus juguetes y regalos, las
imágenes de los dioses. El muchacho no opuso ningún reparo a ese plan
educativo. Muy diferente a su hermano menor, cuyo turbulento carácter desafiaba
toda autoridad, era dócil por naturaleza; y su imaginación, cuya viveza era
mayor que sus años, era presa fácil de todo objeto llamativo que se le
presentara. Alentado por ello, el padre se consagró por entero a la tarea de
formarlo para su vida futura. Vigilaba celosamente cualquier influencia que la
madre pudiera ejercer sobre él; silenció sin piedad, cuando quiera que la
percibió, la expresión furtiva de su amor y de su aflicción ante la perspectiva
de separarse de él; y descuidó —casi olvidó— al hermano menor, para concentrar
su vigilancia paterna entera e invariablemente en el hijo mayor.
Cuando Emilio cumplió quince años, su padre
advirtió con gozo que había llegado la hora de dar inicio a la realización de
sus proyectos. El orgulloso y triunfante comerciante lo separó de su hogar, lo
condujo a Alejandría y lo dejó, regocijado, al cuidado personal de Macrino, el
sumo sacerdote.
El rector del Templo concordaba por completo
con los planes de su hermano a propósito del joven Emilio. En cuanto se le
asignaron al muchacho sus nuevas responsabilidades, se le dijo que debía
olvidar todo lo que había dejado atrás en Roma; que en adelante debía
considerar al sumo sacerdote como su padre y al Templo como su hogar; y que el
único objeto de sus labores presentes y de su futura ambición debía consistir
en ascender al servicio de los dioses. No se detuvo ahí Macrino. Tan
completamente decidido estaba a ocupar el lugar del padre con su alumno, y a
asegurarse su lealtad separándolo del mundo en el que hasta entonces había
vivido, que llegó a cambiarle el nombre y le dio uno de los suyos, lo que
justificó como un privilegio para estimularlo a esforzarse en el porvenir. El
joven Emilio se transformó ya para siempre en el pupilo Ulpio.
Con una disposición natural como la que hemos
descrito, y bajo los cuidados del sumo sacerdote, existían pocos riegos de que
Ulpio frustrara las inusuales expectativas cifradas en su persona. Su atención
a las nuevas tareas nunca decayó, su obediencia a los nuevos maestros nunca
menguó. Llevó a cabo sin vacilaciones todo lo que Macrino le pidiera. Nunca
evidenció las ansias que quizás sentía por regresar a su hogar; nunca intentó
satisfacer las inclinaciones naturales de su edad. El sumo sacerdote y sus colegas
se asombraban ante la extraordinaria prontitud con que el propio muchacho se
aplicaba a los propósitos que para él concibieran. De haber sabido cuan
prolijamente se le había preparado en el hogar de su padre para sus futuras
responsabilidades, se habrían sentido menos admirados por la inusual docilidad
de su pupilo. Con el entrenamiento recibido, habría necesitado una ración de
perversidad mayor que la normal en los seres humanos para desplegar alguna
oposición a los deseos de su tío. No se le había permitido ser niño, ni en
pensamiento ni en acción. Se había aprovechado su natural precocidad como motor
que obligara a su talento a asumir una madurez peligrosa y poco saludable, y
cuando sus nuevos deberes reclamaron su atención, se aplicó a ellos con el
mismo entusiasmo sincero que sus coetáneos habrían mostrado por un nuevo juego.
Su gradual iniciación en los misterios de la religión crearon en su mente una
extraña y voluptuosa sensación, mezcla de temor e interés. Escuchó los oráculos
y tembló; asistió a los sacrificios y los augurios y se maravilló. Toda la
poesía de la atrevida y hermosa superstición a la que había sido consagrado
fluyó a su joven corazón hasta sobrecogerlo, puso a su servicio su lozana
imaginación y lo transportó incesantemente de las realidades vitales del mundo
a las regiones umbrosas de las aspiraciones y la especulación.
Pero la atención de Ulpio no estaba totalmente
ocupada por sus deberes. El muchacho tenía placeres peculiares, además de
peculiares ocupaciones. Cuando finalizaba las tareas del día, le producía un
gozo extraño, sobrehumano, vital, deambular a paso lento a la sombra de los
pórticos del templo y contemplar desde esa misteriosa altura la populosa ciudad
tendida a sus pies y alumbrada por el sol, y la rutilante vastedad de las aguas
del Nilo que cabrilleaban alegres bajo la luz deslumbrante y ubicua. O alzar la
vista de los campos y los bosques, los palacios y los jardines que se extendían
allá debajo, hasta el encantador cielo sin nubes que a lo lejos, en lo alto,
cubría todo lo que le rodeaba, y que despertaba en él todo lo que sus nuevos
deberes no agostaran de la alegría y la afectuosa sensibilidad que sus escasos
ratos de ininterrumpida comunicación con su madre habían sembrado en su
corazón. Después, cuando la luz del día empezaba a desvanecerse y la luna y las
estrellas ocupaban hermosas sus lugares en el firmamento, pasaba a las bóvedas
subterráneas de la edificación, tembloroso, ya que su pequeño cirio sólo
alcanzaba a penetrar débilmente las tinieblas espesas y solemnes, y escuchaba
conteniendo el aliento las voces de los espíritus guardianes que moraban
—aseguraba la fábula pública— en las habitaciones del ámbito sagrado. O, una
vez que la multitud se retiraba a sus hogares y a sus diversiones, se
introducía subrepticiamente en los majestuosos recintos y deambulaba en torno a
los pedestales de las fabulosas estatuas, respirando, transido de temor, la
atmósfera estancada del templo y contemplando los fríos y melancólicos rayos de
la luna que se colaban por las aberturas del techo y alumbraban los rostros y
los miembros colosales de las imágenes de los dioses paganos. En ocasiones,
cuando concluían el servicio de Serapis y los deberes resultantes de sus
comunicaciones con el emperador, Macrino conducía a su pupilo al jardín de los
sacerdotes y alababa su docilidad, hasta que el corazón de Ulpio rebosaba de
gratitud y orgullo. Otras veces lo llevaba cautelosamente fuera del perímetro
sagrado para enseñarle, en los suburbios de la ciudad, a unos hombres
silenciosos, pálidos, melancólicos, que se deslizaban sigilosamente por las
calles jubilosas y atestadas de personas. Le insistía en que esas figuras
fugitivas eran los enemigos del Templo y de todo lo que él contenía; afirmaba
que conspiraban contra el emperador y los dioses, que eran canallas que debían
ser desterrados del seno de la humanidad, que se hacían llamar
"cristianos" y que su culto impío, de ser tolerado, lo privaría del
tío que amaba, del Templo que reverenciaba y de la dignidad y la fama
sacerdotales cuya conquista debía ser la ambición de su vida.
Así, guiado en sus deberes por su tutor y en
su recreo por sus propias inclinaciones, con el paso del tiempo el muchacho fue
perdiendo gradualmente todas las restantes características de su edad. Hasta el
recuerdo de su madre y del amor materno se desvaneció de su memoria. Serio,
solitario, meditabundo, sólo vivía para triunfar en el Templo; el único fin de
su labor era emular al sumo sacerdote. Todos sus sentimientos y capacidades
eran esclavos de una ambición anormal a su edad y presagio de aflicciones en su
vida futura. El proyecto que Macrino había concebido como una labor de años
culminó en unos pocos meses. Las esperanzas que el padre de Ulpio casi no se
atreviera a alentar para su adultez, se hicieron realidad en su juventud.
En esos preparativos para su éxito futuro
transcurrieron tres años de la vida de Ulpio. Al término de ese período, la
muerte de Juliano lanzó una sombra sobre las brillantes perspectivas abiertas
al mundo pagano. Los sacerdotes de Serapis no se habían recuperado aún de la
primera conmoción de asombro y dolor que les produjeran las fatales noticias de
la vacante del trono imperial, cuando el edicto sobre la tolerancia, emitido
por Joviano, el nuevo emperador, llegó a la ciudad de Alejandría y se exhibió
en los muros del Templo.
La primera confrontación con esa proclama que
les otorgaba a los cristianos la libertad de culto despertó en el natural ya
muy tenso de Ulpio las más violentas emociones de ira y desprecio. El
entusiasmo de su carácter y su edad, guiado invariablemente en la sola
dirección de sus creencias, asumió la forma del más feroz fanatismo cuando tuvo
noticias de la displicente expoliación efectuada por el emperador de los
derechos supremos del Templo. En sus primeros momentos de furia, se ofreció
como voluntario para arrancar el edicto de los muros, para encabezar un ataque
contra las reuniones de los eufóricos cristianos o para trasladarse a la
residencia imperial a fin de exhortar a Joviano a revocar su peligrosamente
benigna ley antes de que fuera demasiado tarde. Sus aliados, más cautelosos, se
vieron en dificultades para impedirle la ejecución de sus impetuosos planes.
Durante dos días se mantuvo apartado de sus compañeros y rumió en total soledad
la injuria perpetrada contra su amada superstición y el inevitable aumento de
la influencia de la secta cristiana.
Pero la desesperación del joven entusiasta
estaba destinada a acentuarse debido a una calamidad de orden privado, de
causas misteriosas y pavorosos efectos. Dos días después de la publicación del
edicto, el Sumo Sacerdote Macrino murió de repente, en la plenitud de su edad y
su vigor.
Narrar la confusión y el horror que produjo en
el Templo y fuera de él el descubrimiento de ese acontecimiento fatal;
describir las execraciones y los tumultos de los sacerdotes y el pueblo, que
sospecharon de inmediato que los favorecidos y ambiciosos cristianos habían
causado la muerte, mediante veneno, de su jefe espiritual, podría resultar
interesante a manera de historia de las costumbres de la época, pero resulta
irrelevante en lo que toca a los fines de este capítulo. Resulta preferible
examinar los efectos que produjo en la mente de Ulpio su pérdida personal y
privada, la carencia —irreemplazable para él— del maestro a quien amara y el
guía que fuera su privilegio reverenciar.
Una dolencia que se prolongó durante varios
meses, y que al final hizo que quienes lo cuidaban temieran por su vida y por
su razón, fue muestra palpable de la sinceridad del dolor de Ulpio por la
pérdida de su protector. Durante los paroxismos de su delirio, los sacerdotes
que montaban guardia en torno a su lecho extrajeron de sus desvarios muchas y
sabias conclusiones acerca de los efectos que sus ataques y las causas que los
provocaran probablemente producirían en su futuro carácter, pero a pesar de
toda su perspicacia, estaban lejos de apreciar en toda su magnitud la
revolución que la pérdida sufrida había efectuado en su natural. El propio
muchacho no había estado consciente, antes de la muerte del sumo sacerdote, de
la profundidad de la devoción que sentía por su segundo padre. Aunque
deformados por su padre natural, los afectos que eran el basamento de su
carácter nunca habían sido enteramente destruidos, y se aferraban a toda
palabra amable o acción generosa de Macrino como a un alimento que se les negara
desde la cuna. Moral e intelectualmente, Macrino había sido para él el faro que
apuntaba en dirección a su destino, el juez que regulaba su conducta, la Musa a
la que miraba en busca de inspiración. Y ahora que ese eslabón que había
enlazado todas las ramificaciones de sus ideas más centrales y queridas se
quebraba de repente, su mente fue presa de una desolación que paralizó su
elasticidad y agostó su frescura. Si miraba atrás, no veía más que un hogar de
cuyos placeres y afectos lo había exiliado para siempre la ambición de su
padre. Si al porvenir, al pensar en la incapacidad tanto de su carácter como de
su educación para relacionarse en el mundo como otros se relacionaban, no veía
una estrella que lo guiara en su existencia futura hacia la felicidad en
sociedad. No le quedaba ya más recurso que entregarse por entero a la tarea que
había hecho de su hogar un sitio que le resultaba ajeno, que estaba santificada
por su relación con el objeto —ahora perdido— de sus afectos, y que, en todo el
vasto mundo, era capaz de proporcionarle la única felicidad y la sola
distinción que podía ansiar para el porvenir.
Además de ese motivo para entregarse a su
vocación, en la mente de Ulpio anidaba un profundo y acendrado sentimiento que
lo animaba a proseguir sus amadas ocupaciones con ardor incesante. Ese
principio rector era su aborrecimiento de la secta cristiana. Las sospechas que
otros albergaran sobre la muerte del sumo sacerdote eran para él una certeza.
Rechazaba toda idea opuesta a su decidida convicción de que los celos de los
cristianos los habían llevado a envenenar al más poderoso y diligente de los
sacerdotes paganos. Trabajar incesantemente hasta alcanzar la influencia y la
posición de que gozara su tío, y emplear esa influencia y esa posición, una vez
adquiridas, para vengar a Macrino barriendo de la faz de la tierra todo
vestigio de la fe cristiana, se convirtió en el propósito más hondo de su
corazón. Inspirado por esa determinación, con la premeditación que es, en la
mayoría de los hombres, fruto sólo de la experiencia de los años, empleó los
primeros días de su convalecencia en madurar cuidadosamente sus planes futuros
y evaluar imparcialmente sus probabilidades de éxito. Completado ese examen
interior, se dedicó de inmediato y para siempre al gran proyecto de su vida.
Nada lo agobiaba, nada lo desalentaba, nada lo detenía. Los acontecimientos del
mundo pasaban a su lado sin que los notara, las aflicciones y los triunfos de
la ciudad ya no hablaban a su corazón. Los años sucedieron a los años, pero el
Tiempo nada le decía. El paganismo zozobraba gradualmente, mientras que el
cristianismo prosperaba de manera imperceptible, pero la Mudanza no se revelaba
a sus ojos. Todo el mundo exterior no era para él más que un vacío hasta la
llegada del momento que sería testigo del triunfo de sus planes. Sus
preparativos para el futuro absorbían todas las facultades de su mente, y io
convertían, en lo referido al presente, en un autómata que no reflejaba ningún
principio y al que no animaba ningún acontecimiento. Era una máquina que se
movía sin percibir, un cuerpo que actuaba sin una mente pensante.
Si volvemos un momento al mundo de los sucesos
históricos sabremos que a la muerte de Joviano en el año 364, Valentiniano I,
el nuevo emperador, mantuvo el régimen de tolerancia adoptado por su
predecesor. A su muerte en el año 375, Flavio Graciano, su sucesor en el trono
imperial, superó tanto el ejemplo de los dos soberanos anteriores que se colocó
resueltamente del lado de los adeptos de la nueva fe. No contento con alentar
con sus preceptos y su ejemplo el crecimiento del cristianismo, el emperador
dio muestras de su celo por la religión que se expandía ordenando incesantes
persecuciones de los cada vez más escasos simpatizantes del antiguo culto, con
lo que, merced a esas acciones llevadas a cabo durante su reinado, se convirtió
en antecesor de la revolución religiosa que su sucesor, Teodosio el Grande, ese
ilustre oponente del paganismo, estaba destinado a efectuar.
A la muerte de Flavio Graciano en el año 383,
Ulpio era uno de los sacerdotes de mayor rango en el Templo, y se decía que
sería el próximo en heredar el importante cargo que desempeñara otrora el
poderoso y diligente Macrino. El ambicioso sacerdote, considerando segura la
distinción por la que se había esforzado, encontró tiempo al fin para echar una
mirada a los asuntos del día. La desolación ensombrecía en todas direcciones el
panorama que contempló. En muchas provincias del imperio el celo destructor de
los cristianos triunfantes había derribado los templos de los dioses. Grandes
cantidades de personas aterrorizadas, temerosas de correr al final la misma
suerte que sus ídolos, abandonadas por sus sacerdotes dispersados y rodeadas
por implacables enemigos de la antigua fe, habían abjurado de sus creencias
para salvar su vida y sus bienes. En medio de las vastas ruinas del paganismo
se alzaba, ahora una sola estructura intacta. El Templo de Serapis se mantenía
incólume: firme, inconmovible, incontaminado. Allí florecían aún los
sacrificios, y los fieles se prosternaban en honor a las deidades. Hasta el
creciente poderío de la supremacía cristiana retrocedía descorazonado ante ese
monumento a las glorias religiosas de tantos siglos. Aunque disminuían perceptiblemente
las filas de su congregación otrora multitudinaria, aunque las nuevas iglesias
desbordaban de conversos, aunque los edictos de Roma lo denunciaban como una
mácula sobre la faz de la tierra, su grandeza sombría y solitaria se mantenía
en pie. Ninguna planta profana hollaba sus rincones secretos, ninguna mano se
había alzado hasta el momento contra sus antiguos y gloriosos muros.
Fue indignación y no desaliento lo que se
apoderó del corazón de Ulpio al analizar la situación imperante en el mundo
pagano. Una determinación como la suya, alimentada por las reflexiones de años
y madurada por incesantes consideraciones, está por encima de las conmociones
que afectan una decisión apresurada o destruyen una intención vacilante.
Insensible al fracaso, los desastres la instan a la acción, no la deprimen
hasta condenarla a la inactividad. Su existencia es el aire que preserva la
vitalidad de la mente, el muelle que pone en movimiento la reflexión. Ni por un
momento vaciló Ulpio en su entrega a su gran proyecto, ni desesperó de su
ejecución y éxito últimos. Aunque cada día llegaban noticias de nuevas
desgracias de los paganos y nuevos triunfos de los cristianos, siguió, junto
con unos pocos de sus más celosos camaradas, esperando el advenimiento de otro
Juliano y el día de la restauración de los altares desmantelados de las
deidades a las que servía. Mientras el Templo de Serapis se mantuvo incólume,
como fuente de aliento para sus labores y refugio para sus hermanos
perseguidos, contó con una certeza de éxito que lo espoleaba en todos sus
esfuerzos y le daba valor contra todos los peligros.
Y entonces, para asombro de los sacerdotes y
de la congregación, el silencioso, pensativo, solitario Ulpio salió
repentinamente de su larga inactividad y se convirtió en un feroz defensor de
los derechos de su agredida religión. En unos pocos días la fama de sus
exhortaciones a los paganos que seguían asistiendo a los ritos de Serapis se
propagó por toda la ciudad. Los cristianos más bravos temblaban
involuntariamente al pasar junto a los muros del templo y escuchar la
vehemencia de los aplausos que el inspirado sacerdote les arrancaba a los
asistentes. Dirigidas a creyentes de muy diversas edades y temperamentos, esas
arengas despertaban un eco en todos los pechos. Para los jóvenes estaban
ataviadas con toda la poesía del culto por las que abogaban. Hablaban de los
altares de Venus que los cristianos devastarían; de los bosques a los cuales
los cristianos despojarían del encanto de las dríades; de las Artes sagradas
que los cristianos se alzarían para aniquilar. A los ancianos les hacía
recordar las glorias del pasado, conquistadas gracias al favor de los dioses;
los antepasados muertos a su servicio; los viejos amores, alegrías y triunfos
olvidados que habían nacido y prosperado merced a la amable tutela de las
deidades de antaño. Y para todos, la invariable inferencia era la reiterada
afirmación de que el ilustre Macrino había sido víctima de la tolerancia
concedida a la secta cristiana.
Pero los esfuerzos de Ulpio no se limitaban a
pronunciar alocuciones. Dedicaba todo su tiempo libre a realizar secretas
excursiones a Alejandría. Sin hacer caso del peligro, sin atender a las
amenazas, el impávido fanático se infiltraba en los lugares de encuentro más
exclusivos de los cristianos, interpelaba en todos lados a los apóstatas del
credo pagano y desafiaba la hostilidad de media ciudad desde la fortaleza de
los muros del Templo. Día tras día nuevos reclutas se sumaban a las filas de
los adoradores de Serapis. Los mensajeros personales del incansable Ulpio
reunían en Alejandría a los escasos miembros de las dispersas congregaciones de
provincias que seguían fieles al viejo culto. Comenzaron a producirse riñas
tumultuarias entre los paganos y los cristianos, y los sacerdotes de Serapis se
aprestaban a dirigirle una protesta al nuevo emperador en nombre de la antigua
religión del imperio. Pareció probable en ese momento que los esfuerzos
heroicos de un solo hombre, encaminados a apuntalar la estructura de la
superstición, cuyos cimientos estaban minados y cuyos muros eran asediados por
millares, se vieran coronados por el éxito.
Pero pasó el Tiempo; y con él llegó,
inexorable, la Mudanza, derribando las pequeñas barreras erigidas contra ella
por la oposición humana y sustituyéndolas con sus extrañas y transitorias
urdimbres. En vano el perseverante sacerdote puso en juego todas sus energías
para incrementar y articular sus fuerzas dispersas; en vano el formidable
Templo desplegó su majestad de siglos, sus espléndidos sacrificios, sus
misteriosos augurios. El espíritu del cristianismo avanzaba hacia el triunfo en
este mundo; el paganismo se acercaba velozmente a su destino final. No
obstante, transcurrieron algunos meses más de resistencia inútil hasta que el
arzobispo de Alejandría emitió un decreto que ordenaba la destrucción del
Templo de Serapis.
Cuando se corrió el rumor de la decisión
adoptada por el primado, hordas de cristianos fanáticos se alzaron en todos los
rincones de Egipto y marcharon a toda prisa hacia Alejandría para presenciar la
demolición. Desde las áridas soledades del desierto, desde sus conventos en las
rocas y sus cavernas subterráneas, bandadas de monjes regocijados volaron a las
puertas de la ciudad y se unieron a las filas de soldados y de ciudadanos,
impacientes por partir al asalto. La reunión de los exterminadores se convocó
al amanecer; cuando el sol comenzó a levantarse sobre Alejandría, llegó ante
los muros del Templo.
Las puertas de la espléndida estructura
estaban cerradas; en los muros se aglomeraban sus defensores paganos. En todo
el edificio reinaba un silencio de muerte, impasible, misterioso; y de todos
los hombres que en él se hacinaban, sólo uno se desplazó del lugar asignado;
sólo uno deambulaba incesantemente de un lugar a otro, buscando los puntos
débiles que podían aprovechar los asaltantes. Los sitiadores que se encontraban
más próximos al templo comprendieron que el genio que presidía los preparativos
de la defensa era el objeto de su odio más virulento y de su temor más
ingobernable: el sacerdote Ulpio.
En cuanto el arzobispo dio la señal para el
ataque, una partida de monjes —entonando a gritos fragmentos de salmos con
voces roncas y discordantes, los harapos que vestían ondeantes al viento, los
rostros cadavéricos relumbrantes de feroz gozo— se puso a la cabeza de las
huestes, colocó las primeras escaleras contra los muros y comenzó el asalto.
Los sitiadores enfurecidos atacaban el Templo por todos los lados, y en todos
los lados lo defendían con éxito los resueltos sitiados. Oleada tras oleada de
asaltantes chocó contra las puertas macizas sin lograr forzarlas; proyectil
tras proyectil se lanzó contra la edificación sin que se produjera ninguna
brecha en su sólida superficie. Multitudes escalaban los muros, llegaban a los
pórticos exteriores y masacraban a sus defensores paganos, pero eran
incesantemente repelidas sin poder aprovechar la ventaja obtenida. Una y otra
vez los asaltantes parecieron a punto de tomar el Templo, pero la figura de
Ulpio, que invariablemente aparecía en el momento crítico entre sus
descorazonados seguidores, funcionaba como una providencia que destruía los
efectos de los más osados intentos y los más importantes triunfos. Dondequiera
que surgía un peligro, dondequiera que se producía una matanza, dondequiera que
brotaba la desesperación, allí marchaba el impávido sacerdote para inspirar a
los valientes, socorrer a los heridos, reanimar a los atemorizados. Ninguna
estratagema lo confundía, ninguna fatiga lo agotaba: había algo casi demoníaco
en su actividad destructora, en su determinación en medio de la derrota. Los
sitiadores adivinaban su recorrido por el templo por las calamidades que
sufrían a su paso. Si lanzaban sobre ellos desde lo alto de los muros los
cuerpos de cristianos asesinados, sentían que allí estaba Ulpio. Si los
soldados más valientes vacilaban al subir las escaleras, se sabía que Ulpio era
responsable, desde lo alto, de la derrota de sus camaradas. Si una partida
armada que salía del Templo hacía retroceder la vanguardia hasta las reservas
de la retaguardia, se esgrimía como excusa que Ulpio combatía a la cabeza de
las huestes paganas. Sucesivos grupos de guerreros cristianos seguían
lanzándose al ataque; pero aunque las filas de los infieles disminuían
perceptiblemente, aunque las puertas que los defendían al fin comenzaban a
estremecerse bajo los reiterados golpes de los asaltantes, todos los patios del
edificio sagrado seguían en poder de los sitiados y estaban a disposición del
invicto capitán que organizaba la defensa.
Desalentado por el fracaso de sus esfuerzos y
horrorizado por la carnicería de que habían sido víctimas sus partidarios, el
arzobispo ordenó de repente el cese de las hostilidades y les propuso a los
defensores del templo una tregua breve que los favorecía. Tras cierta demora, y
aparentemente a costa de algunas discordias en sus filas, los paganos le
enviaron al primado una garantía de la aceptación de los términos propuestos,
que consistían en que ambas partes se abstendrían de entablar nuevo combate
hasta que se solicitara y obtuviera un edicto de Teodosio que decidiera el
destino último del Templo.
Una vez acordada la tregua, gradualmente se
despejó el vasto espacio frente a la edificación, a la que se concedía un
respiro. Lenta y tristemente el arzobispo y sus seguidores abandonaron los
viejos muros cuyas cúspides en vano habían asaltado; y cuando el sol se puso,
de la gran multitud congregada en la mañana no quedaban más que unos pocos
cadáveres. En el interior del edificio sagrado, la Muerte y el Reposo presidían
la noche donde la mañana había iluminado con su resplandor la Vida y la
Actividad. Los heridos, los exhaustos y los temblorosos de frío yacían
igualmente mudos, abanicados por las brisas nocturnas que se colaban por los
majestuosos pórticos, o apaciguados por la oscuridad que reinaba en los
silenciosos recintos. Sólo uno de los paganos aún bregaba y reflexionaba. El
solitario y meditabundo Ulpio recorría una y otra vez el Templo, inquieto como
una bestia salvaje acorralada en su guarida, vigilante como un espíritu esquivo
en una ciudad de extrañas tumbas. Para él no había descanso del cuerpo ni
sosiego de la mente. De los acontecimientos de los próximos días dependía el
temible azar, que pronto influiría irremisiblemente en todo lo que le restaba
de vida, para procurarle la felicidad o causarle la más profunda aflicción.
Recorría una y otra vez los poderosos muros que vigilaba con ansiedad mecánica
e inútil. Cada piedra de la edificación le hablaba con elocuencia a su
solitario corazón, cada una le resultaba hermosa a su enfebrecida imaginación.
Esas áridas estructuras albergaban para él el hogar amado y feraz; ¡allí estaba
el altar a cuya gloria se había esclavizado su intelecto, a cuyo honor se había
sacrificado su juventud! Recorría con paso apresurado los recintos secretos y
los patios sagrados, limpiando con mano gentil e industriosa las manchas de
sangre y las máculas con las que el combate había cubierto las estatuas junto a
las que pasaba. Afligido, solitario, pensativo, como en sus primeros días de
aprendiz de los dioses, deambulaba ahora por los mismos rincones alumbrados por
la luz de la luna donde Macrino lo instruyera en su juventud. Si el amenazador
tumulto del día había estimulado su fiereza, la calma de la noche tranquila
despertó su dulzura. ¡Había combatido por el templo en la mañana como un hijo
por su padre, y ahora, en la noche, lo cuidaba como un avaro a su tesoro, como
un amante a su amada, como una madre a su hijo!
Transcurrieron los días, y al fin llegó la
mañana memorable que decidiría la suerte del último templo preservado del
fanatismo cristiano para admiración del mundo. A una hora temprana de la mañana
las disminuidas huestes de paganos recalcitrantes se encontraron con sus
decididos contendientes, ahora más numerosos —ambas partes igualmente
desarmadas—, en la gran plaza de Alejandría. Se leyó entonces públicamente el
bando imperial. Comenzaba asegurándoles a los paganos que se había prestado la
misma consideración a la súplica de su sacerdote de que se protegiera el Templo
que la que se brindara a la petición que abogaba por la eliminación de los
dioses presentada por el arzobispo cristiano; y terminaba proclamando las
órdenes del emperador de que Serapis y todos los demás ídolos de Alejandría
fueran inmediatamente destruidos.
Aún resonaba en las filas de los cristianos el
grito de triunfo que siguió a la lectura del edicto imperial cuando apareció en
la plaza la vanguardia de los soldados designados para ejecutar las órdenes del
emperador. Durante unos minutos, los desvalidos paganos permanecieron inmóviles
en el sitio donde se habían congregado, contemplando los preparativos bélicos
que se desarrollaban a su alrededor, presas de un estupor mezcla de asombro y
desesperación. Después, al percatarse de cuan escaso era su número, al recordar
cuan ardua había sido la primera defensa contra unos pocos y percatarse de cuan
imposible sería una segunda contra muchos, desde los más tímidos hasta los más
osados fueron presa del pánico; y sin hacer caso de Ulpio, del honor ni de los
dioses, dieron media vuelta al unísono y huyeron del lugar.
Con la huida de los paganos comenzó la
demolición. Hasta las mujeres y los niños se apresuraron a sumarse a la
bienvenida labor de indiscriminada destrucción. En esta ocasión no había
defensores que cerraran las puertas del Templo a las huestes cristianas. En un
instante se invadió y ultrajó la sublime soledad del edificio desierto. Se
rompieron estatuas, se sustrajo el oro, se hicieron pedazos las puertas; pero
en ese punto se detuvo por un tiempo el avance de la demolición. Quienes habían
recibido la encomienda de derribar la estructura exterior tuvieron menos éxito
que sus prójimos encargados de saquear su contenido. Las pesadas piedras de los
pilares, las macizas superficies de los muros resistieron los más vigorosos de
sus mezquinos esfuerzos y los obligaron a contentarse con mutilar lo que no
podían destruir: arrancar techos, deteriorar mármoles y demoler capiteles. El
resto de las edificaciones permaneció intacto, e incluso más imponente ahora,
en medio de la ruinosa confusión, que en la majestuosidad de su perfección y su
fuerza.
Pero aún permanecía en pie el símbolo más
importante; todavía no se había dado el tiro de gracia al paganismo; ¡era
preciso destruir la imagen idolátrica de Serapis, que había reinado en los
corazones de millones y que era famoso en los más remotos rincones del imperio!
Un silencio absoluto invadió las filas de los cristianos cuando penetraron en
el salón del dios. Un temor supersticioso del que hasta ese momento se habían
considerado incapaces se adueñó de sus corazones cuando un soldado, más osado
que sus compañeros, subió con la ayuda de una escalera a la cabeza de la
estatua colosal y golpeó su mejilla con un hacha. Apenas dio el golpe, se oyó
un profundo lamento procedente del lado opuesto de la habitación y, a
continuación, el ruido de unos pasos que se alejaban; después, todo volvió al
silencio. El incidente contuvo por unos minutos a quienes se disponían a unirse
a su compañero en la mutilación del ídolo, pero al cabo cesó su vacilación; se
sucedieron los golpes contra la estatua y no se escucharon más lamentos, no se
oyeron más sonidos que los ecos brutales de los golpes de martillos, barras de
hierro y porras que resonaban en la majestuosa habitación. Tras un tiempo
increíblemente breve, la imagen de Serapis yacía reducida a grandes pedazos
sobre el suelo de mármol. La multitud agarró los miembros del ídolo y se marchó
a toda prisa para arrastrarlos en triunfo por las calles. Unos minutos más
tarde las ruinas quedaron desiertas, el templo mudo, ¡el paganismo aniquilado!
Durante todo el avance devastador de los
cristianos por el Templo, los había seguido con terca perseverancia y, a la
vez, en total inacción, el único pagano que no había intentado salvarse con la
huida. Ese hombre, conocedor de todos los pasajes y escaleras secretos del
edificio sagrado, presenció sin que lo detectaran cada acto de demolición en
cualquier parte del edificio que se perpetrara. De corredor en corredor, de
recinto en recinto, siguió con pasos silenciosos y ojos centelleantes los
movimientos de la turba cristiana, ahora ocultándose tras un pilar, ahora
refugiándose en cavidades disimuladas en las paredes, ahora mirando hacia abajo
a través de fisuras imperceptibles en el techo; pero, fuera cual fuese el lugar
que ocupaba, invariablemente observaba, con la misma atención diligente y la
misma ausencia de emociones, los menores actos de expoliación cometidos hasta
por los más humildes seguidores de los cristianos. Fue sólo al entrar con los
saqueadores victoriosos en la vasta habitación que ocupaba la imagen de Serapis
que la faz del individuo comenzó a evidenciar la agonía que experimentaba su
corazón. Subió una escalera secreta cuyos peldaños estaban cortados en la
maciza pared de la habitación, y tras alcanzar un pasaje que iba de uno extremo
al otro del techo miró por una especie de celosía disimulada por los ornamentos
de la cornisa. Cuando dirigió la vista hacia abajo y vio al soldado subir,
hacha en mano, hasta la cabeza del ídolo, grandes gotas de sudor cayeron de su
frente. El aliento espeso y cálido siseó entre sus dientes apretados y sus
manos se cerraron sobre los fuertes soportes metálicos de la celosía, que se
torcieron bajo su presión. Cuando el soldado le propinó el primer golpe a la
estatua, cerró los ojos. Cuando el pedazo arrancado por el impacto cayó al
suelo, un lamento escapó de sus labios temblorosos. Durante unos momentos
contempló con ojos relumbrantes y mirada de horror a la multitud a sus pies, y
después, a velocidad frenética, bajó la empinada escalera por la cual había subido
al techo y huyó del Templo.
Esa noche, unos pastores a quienes la
curiosidad llevó a visitar el edificio profanado, vieron al mismo hombre llorar
amargamente en sus pórticos destruidos y desiertos. Cuando se acercaron para
hablarle, alzó la cabeza y con una súplica muda les indicó que abandonaran el
lugar. En esos breves momentos en que los miró de frente, la luz de la luna
alumbró su rostro, y los pastores, que en épocas anteriores habían asistido a
las ceremonias del Templo, vieron con asombro que el doliente solitario cuyas
meditaciones habían interrumpido no era otro que el sacerdote Ulpio.
Al amanecer, a los pastores se les presentó de
nuevo la ocasión de pasar junto a los muros del Templo saqueado. Durante las
horas de la noche, el recuerdo de la escena de dolor solitario e inconsolable
de la que habían sido testigos —de la terrible y esquiva aflicción de la que
habían visto presa al hombre abatido y abandonado por todos, cuyas menores
palabras en otra época les deleitara reverenciar— les había inspirado un
sentimiento de piedad hacia el pagano desamparado muy diferente al espíritu de
persecución que el cristianismo espurio de la época ansiaba infundir en el
corazón de sus más humildes adeptos. Dispuestos al consuelo, deseosos de
ayudar, esos hombres, como el samaritano de antaño, se dirigieron, corriendo
ellos mismos peligro, a socorrer a un hermano afligido. Registraron cada rincón
del edificio vacío, pero el objeto de su compasión no apareció por ningún lado.
Llamaron, pero ningún sonido les respondió, salvo las endechas del viento de
las primera horas de la mañana al atravesar los recintos en ruinas, que hacía
tan sólo un breve tiempo resonaran con la elocuencia del otrora ilustre
sacerdote. A excepción de unos pocos pájaros nocturnos que ya habían buscado
refugio en el edificio desierto, no había ser viviente en lo que antes fuera el
Templo del Oriente. Ulpio había partido.
Los acontecimientos que acabamos de narrar
tuvieron lugar en el año 389. En el 390, las ceremonias paganas fueron
declaradas por ley actos de traición en todo el imperio romano.
A partir de ese momento, los pocos individuos
dispersos que aún se mantenían apegados a la antigua fe se dividieron en tres
facciones, todas igualmente insignificantes, fueran enemigas abiertas o
secretas de la nueva religión del estado.
La primera facción se afanó sin éxito por
eludir las leyes que prohibían los sacrificios y las adivinaciones disfrazando
sus ceremonias religiosas de reuniones sociales.
La segunda mantuvo el antiguo respeto por la
teoría del paganismo, pero abandonó toda esperanza y toda intención de volver a
instaurar su práctica. Gracias a tan oportuna concesión, muchos de sus miembros
conservaron —y algunos incluso conquistaron— altos y lucrativos empleos como
funcionarios del estado.
La tercera se retiró a la vida privada, y sus
simpatizante se apartaron voluntariamente de todas las religiones; renunciaron
por necesidad a la práctica de su antiguo culto y repudiaron por propia
decisión la comunión con los cristianos.
Tales fueron las insignificantes facciones a
las que se redujeron los últimos restos de la antaño poderosa comunidad pagana;
pero el abatido y humillado Ulpio nunca se unió a ninguna de ellas.
Durante cinco largos años —a partir del
momento de la prohibición del paganismo— deambuló por el imperio, visitando en
cada país los altares en ruinas de su religión ahora abandonada por todos; era
un hombre sin amigos, sin esperanzas, sin compañía.
Por toda Europa, Asia y el Oriente que aún
estaba en manos de Roma lo llevó su paso lento y penoso. Viajó —sin compañía,
como un hombre que anduviera bajo el peso de una maldición, solo como un
segundo Caín— por los fértiles valles de la Galia, las ardientes arenas de
África y las ciudades inundadas de sol de España. Ni por un instante abandonó
su memoria el recuerdo de sus proyectos frustrados, ni se alejó de su mente la
disparatada decisión de revivir su culto. En cada vestigio del paganismo, por
leve que fuera, que encontraba a su paso, hallaba alimento para su feroz
angustia, empleo para sus ideas de venganza. A menudo, en las aldehuelas, la
aparición de su figura macilenta y rígida entre los pilares vacilantes de un
templo desierto, o el sonido de su voz hueca cuando musitaba para sí mismo en
medio de las ruinas de tumbas paganas, interrumpía los juegos de los niños, que
huían atemorizados. A menudo, en populosas ciudades, se detenía a escuchar a
los hombres que se reunían para intercambiar sus recuerdos sobre la caída del
paganismo, y los consolaba cuando los oía lamentarse incautamente de la pérdida
de su antigua fe, garantizándoles, entre susurros y con una sonrisa, que ya
llegaría la hora de la redención. En todas partes lo tenían por un loco inofensivo,
cuyos extraños desvarios y propensiones no se debían contrariar, sino que era
preciso consentir. Deambuló así por todo el mundo cristiano, sin hacer caso ni
del paso del tiempo ni de los cambios de clima; vivía encerrado en sí mismo; se
permitía el único lujo de llorar por la caída del culto que profesaba;
soportaba con paciencia desgracias, insultos y desilusiones; esperaba la
oportunidad que aún insistía en creer que llegaría; se aferraba a su fatal
determinación con toda la temeridad que nace de la ambición y toda la
perseverancia que producen los deseos de venganza.
Esos cinco años transcurrieron sin que Ulpio
los advirtiera, los calculara, los lamentara. Para él, que vivía en el pasado y
no confiaba más que en el futuro, el espacio no era un obstáculo y el tiempo no
existía. Cuando se extinguen las variadas emociones —de alegría o de dolor— que
deja el tiempo en la memoria y que imprimen su huella en el itinerario del
corazón, los años son como horas, las horas, como instantes. Insensible a toda
nueva sensación, durante todo el período de sus viajes la mente de Ulpio se
mantuvo embotada bajo el peso de una única idea que se había adueñado de ella.
Fue sólo al término de esos años que transcurrieron sin que Ulpio se percatara,
cuando los azares del camino torcieron sus pasos hacia Alejandría, que su
entendimiento se liberó de las cadenas que durante tantos años lo mantuvieran
preso. Y más tarde, cuando atravesó las puertas por las que había entrado en su
época de joven orgulloso y lleno de ambiciones; cuando recorrió sin que nadie
saliera a recibirlo el templo derribado donde antaño viviera ilustre y
reverenciado, fue que sus ideas, apagadas y yertas hasta ese momento,
renacieron en su interior fuertes y vitales. El espectáculo del escenario de
sus glorias pasadas, que a otros quizás les habría producido desesperación,
despertó en él las pasiones dormidas y liberó sus energías reprimidas. Los
planes de venganza y las visiones de redención que había meditado durante cinco
largos años desfilaron ante sus ojos ahora, al calor de la vivida influencia de
las escenas de profanación que lo rodeaban, como si ya se hubieran convertido
en realidad. Allí, a la sombra de los pórticos reducidos a añicos del lugar
sagrado, cada piedra que se deshacía bajo sus pies le recriminaba su pasada
inacción y robustecía su valor para conspirar y tomar venganza en nombre de los
dioses ultrajados. Su imaginación revivió uno a uno, mediante un penoso
ejercicio de la memoria, los templos derruidos que había visitado en su triste
peregrinaje. Del suelo se levantaron pilares rotos; ídolos profanados volvieron
a ocupar sus pedestales vacíos; y él, el exiliado, el doliente, volvió a ser el
guía, el maestro, el sacerdote. La hora de la redención había llegado; y aunque
su razón no le ofrecía planes precisos, su corazón lo urgía ciegamente a
emprender la reforma. Ya había llegado el momento: Macrino sería vengado; el
Templo sería al fin devuelto a sus antiguas glorias.
Bajó a la ciudad: corrió —sin que nadie lo
reconociera o lo saludara— por las calles atestadas; llegó a la casa de un
hombre que había sido su amigo y colega en tiempos pasados y le contó
atropelladamente sus trastornadas decisiones y sus planes incoherentes, al
tiempo que le suplicaba ayuda y le prometía un soberbio éxito. Pero su antiguo
compañero, gracias a una oportuna conversión al cristianismo, había llegado a
ser un hombre de posición y prestigio en Alejandría, y volvió la espalda
indignado y despreciativo al solitario entusiasta. Rechazado, pero no
descorazonado, Ulpio fue en busca de otros a quienes conociera cuando era
próspero y famoso. Todos habían abjurado de la antigua religión, todos lo
recibieron con una frialdad estudiada o un negligente desdén; pero aun así
persistió en sus inútiles esfuerzos. Cerró los ojos a las miradas de desprecio;
se negó a escuchar las palabras de burla. Perseverante en su delirio, les
encomendó mensajes para los hermanos de otros países, los nombró capitanes de la
conspiración que estaba a punto de comenzar en Alejandría y oradores públicos
cuando se desatara la memorable revolución. En vano rechazaban toda
participación en sus planes: se marchaba de su lado cuando comenzaban a
expresarle su rechazo y se apresuraba hacia otra parte, tan industrioso en sus
esfuerzos, tan aplicado a su importante misión como si la mitad de la población
de la ciudad se hubiera comprometido con alborozo a ayudarlo en su extraviado
intento.
Durante todo el día continuó su labor de
inútil persuasión entre los habitantes de la ciudad que fueran sus amigos en
otros tiempos. Cuando llegó la noche, regresó agotado, pero no desalentado, al
paraíso terrenal que estaba decidido a reconquistar, al Templo donde antes
enseñara y en el cual todavía imaginaba que estaba destinado a volver a
presidir. Allí procedió, ignorante de las nuevas leyes, indiferente al peligro
y a la sorpresa, a averiguar como antaño, mediante la adivinación, si su magno
plan se vería coronado por el fracaso o por el éxito.
Mientras tanto, los amigos cuya ayuda Ulpio
había decidido obtener no se mantuvieron inactivos después de la partida del
ambicioso sacerdote. Al recordar con terror que las leyes castigaban con la
misma severidad a quienes ocultaban su conocimiento de una intriga pagana que a
quienes se encontraban realmente involucrados en dirigir una conspiración
impía, la preocupación por su seguridad personal venció a toda consideración de
lo que debían al honor o a las exigencias de una antigua amistad y marcharon
como un solo hombre a ver al prefecto de la ciudad para informarle, con toda la
urgencia que les dictaba la aprensión, de la presencia de Ulpio en Alejandría y
de lo delictivo de los propósitos que les había expuesto.
De inmediato comenzó la búsqueda del resuelto
pagano. Lo encontraron esa misma noche ante un altar en ruinas, meditando
frente a las entrañas de un animal que acababa de sacrificar. No se requerían
más pruebas de su culpa. Fue hecho prisionero y conducido a juicio en la mañana
entre los insultos de los mismos que antes casi lo adoraran. Al día siguiente
lo condenaron a la pena de muerte.
A la hora señalada se congregó un gentío para
presenciar la ejecución. No obstante, para su indignación y su fiasco, cuando
los funcionarios de la ciudad aparecieron frente a la prisión fue sólo para
informarles a los espectadores que se había pospuesto la fatal ceremonia. Tras
una misteriosa dilación de varias semanas, de nuevo se les convocó, no para
presenciar la ejecución, sino para escuchar el extraordinario anuncio de que se
había perdonado la vida al culpable y que la nueva sentencia lo condenaba a trabajar
de por vida como esclavo en las minas de cobre de España.
Nunca se reveló qué poderosa influencia indujo
al prefecto a correr el riesgo de enfrentar el odio que podía despertar el
otorgamiento del perdón a un prisionero cuya culpa había sido tan palmariamente
probada como la de Ulpio. Algunos dijeron que el magistrado de la ciudad seguía
siendo pagano en lo más íntimo, y que, en consecuencia, no se atrevía a
autorizar la muerte de un hombre que había sido el más ilustre entre los que
profesaran el antiguo credo. Otros aseguraban que Ulpio había comprado la
indulgencia de sus jueces revelándoles la ubicación de uno de los depósitos
secretos de los enormes tesoros que se suponía que dormían bajo los cimientos
del derribado Templo de Serapis. Pero nunca se pudo probar a satisfacción de
todos la veracidad de esos rumores. Sólo se supo que Ulpio fue trasladado de
Alejandría, en medio de la noche, hasta el lugar de terrenales tormentos que
eligieran para él las celosas autoridades, y que el centinela que estaba a las
puertas por las que abandonó la ciudad le oyó murmurar para sí mismo, mientras
lo hacían marchar a buen paso hacia su destino, que sus adivinaciones lo habían
preparado para la derrota, pero que el gran día de la redención pagana llegaría
al fin.
En el año 407, doce después de los
acontecimientos que acabamos de narrar, Ulpio llegó a la ciudad de Roma. No
había avanzado mucho cuando la algazara y la confusión que reinaban en las
calles parecieron desconcertarlo por completo. Se apresuró a llegar al jardín
público más cercano, donde, tras evitar los senderos frecuentados, se dejó
caer, aparentemente desfallecido de agotamiento, al pie de un árbol.
Permaneció un tiempo en el sombreado paraje
que había escogido para descansar, respirando penosamente, sacudido de cuando
en cuando por súbitos espasmos, los labios temblorosos por una agitación que en
vano se esforzaba por calmar. Su aspecto había cambiado tanto que a los
guardias que se lo llevaron de Alejandría —aun cuando su apariencia entonces
era ya lamentable— les habría resultado imposible reconocerlo como el mismo
hombre al que habían conducido a la esclavitud en las minas de España. Los
efluvios del mineral de cobre en el que había estado sepultado durante doce
años no sólo le habían secado las carnes sobre los huesos, sino que le habían
dado a su piel un tono lívido, casi tan mate como el de un cadáver. Sus
miembros, debilitados por la edad y deformados por el sufrimiento, temblaban y
apenas lo sostenían; y su cuerpo, antes tan majestuoso por sus nobles
proporciones, estaba ahora tan retorcido y contrahecho que quien lo viera no
habría pensado sino que era tullido de nacimiento. Del hombre que había sido no
quedaba más que la expresión de los ojos severos y dolientes; y ellos,
intérpretes fieles de la mente indomable cuyas emociones parecían creados para
expresar, conservaban, inalterada por el sufrimiento e inmune al tiempo, la
misma mirada, mezcla de reflexión, reto y desesperación, que los caracterizara
en la época de la destrucción del Templo y la dispersión de las congregaciones
paganas.
Pero su mente indómita, incansable, le negó al
cuerpo agotado el reposo que en ese momento le demandaba; y cuando la voz del
viejo delirio volvió a hablarle, el desventurado sacerdote abandonó su
solitario refugio y contempló la gran ciudad cuya nueva religión se había
prometido derrocar.
—Gracias a varios años de paciente vigilancia
—musitó— he logrado escapar de mi celda en las minas. Sólo un poco más de
astucia, un poco más de resistencia, un poco más de desvelo y viviré para ver
poblarse, gracias a mis esfuerzos, los templos desiertos de Roma.
Mientras hablaba había salido de la arboleda y
se había internado en las calles. La luz alborozada —de la que estuviera
privado durante tantos años— acariciaba tibia su rostro, como si quisiera darle
la bienvenida al mundo y a la libertad. Llegaba a sus oídos el sonido de
alegres risas, que parecían intentar seducirlo para que disfrutara de las
bendiciones y los esparcimientos de la vida; pero su corazón solitario era
sordo al influjo de la Naturaleza y al ejemplo de los hombres. En sus lúgubres
eriales reinaba aún la despiadada ambición que lo había privado del amor en la
juventud y de la amistad en la adultez, y que estaba destinada a culminar su
misión destructiva impidiéndole toda tranquilidad en la vejez. Tras revisar con
una mueca feroz los alrededores y mirar hacia lo alto buscó las calles más
solitarias y tenebrosas. La soledad se había convertido ya en un imperativo de
su corazón. El gran océano de sus aspiraciones no compartidas lo había alejado
hacía ya largo tiempo y para siempre de todo trato social con el resto de los
hombres. Pensaba, trabajaba y sufría sólo para sí mismo.
Describir los años de labor sin recompensa y
rigor sin alivio soportados por Ulpio en su cautiverio; detallar sus días, que
traían con ellos —fuera cual fuese la estación del año en la superficie— la
misma carga inevitable de esfuerzo y fatiga; hacer la crónica de noche tras
noche de letargo sobresaltado durante una hora y meditación agotadora la
próxima, sería trazar un cuadro de cuya triste monotonía se apartaría con
disgusto la atención del lector. Baste con señalar aquí que la influencia de la
misma quimera que lo había animado a defender el templo atacado y alentado a
llevar a vías de hecho su desordenada restauración del paganismo lo había
mantenido vivo a pesar de que había sido víctima de sufrimientos que habrían
aniquilado a hombres más fuertes y jóvenes; había nutrido su decisión de
escapar de la esclavitud; y lo traía ahora de regreso a Roma —viejo, abandonado
por todos y enfermo— para correr nuevos peligros y sufrir nuevas aflicciones,
en nombre de la causa a la que se había consagrado brutalmente y para siempre
en cuerpo y alma.
Espoleado, entonces, por su triste espejismo,
llegaba ahora a una ciudad donde hasta su nombre resultaba desconocido, fiel a
su extraviado proyecto de oponerse —solitario e inerme— al pueblo y el gobierno
de un imperio. Durante el período de su esclavitud, y a pesar de su avanzada
edad, había proyectado una serie de planes cuya gradual ejecución habría
demandado las ventajas que proporciona una vida larga y plena de vigor. Ya no
quería, como en su anterior intentona en Alejandría, poner en riesgo sus proyectos
debido a la precipitación. Ahora estaba preparado para observar, esperar,
planear y tramar durante años y años; estaba resignado a contentarse con el
avance menor y más lento, a sentirse alentado por la más mínima perspectiva de
triunfo final. Animado por esa decisión, comenzó la ejecución de sus proyectos
dedicando todo lo que restaba de sus menguadas energías a informarse
prudentemente, por todos los medios a su alcance, de las opiniones personales,
políticas y religiosas, de todos los hombres que gozaban de influencia en Roma.
Asistía a las reuniones populares para enterarse de las murmuraciones
escandalosas del día; se las ingeniaba para escuchar sin que lo advirtieran las
conversaciones personales que se ponían al alcance de sus oídos. Deambulaba
silencioso como una sombra por las puertas de las tabernas y las covachas de
los sirvientes despedidos, atento a las despreocupadas revelaciones de la
embriaguez y a la procacidad de los esclavos malintencionados. Día tras día se
dedicó sin pausa a esa ocupación —que, servil en sí misma, estaba ennoblecida a
sus ojos por sus elevados fines— hasta que al cabo de algunos meses se halló en
posesión de un conjunto de informaciones vagas e infundadas que guardó en su
mente como inapreciable tesoro. Después averiguó el nombre y el domicilio de
cada noble romano del que se sospechaba una mínima simpatía por la antigua
forma de culto. Asistió a iglesias cristianas, aprendió hasta los menores
detalles de las diferentes sectas y calculó la importancia de tendencias cismáticas
rivales; y obtuvo esa amalgama de datos heterogéneos a pesar de las desventajas
que suponían la pobreza, la soledad y la vejez, mientras dependía para su
sustento de las más miserables caridades públicas y para su abrigo de los más
pobres asilos públicos. Todas las conclusiones que extrajo de sus
averiguaciones eran tan optimistas como el fatal desvarío que había amargado
toda su vida. Creía que las disensiones que sacudían a la Iglesia producirían
la rápida destrucción del cristianismo; que cuando llegara ese momento, la
opinión pública no requeriría más que la guía de un intelecto superior para
volver a sus antiguas preferencias religiosas; y que a fin de sentar las bases
para que se produjera la deseada revolución era necesario —por imposible que
pareciera en su ruin situación— que se relacionara con los nobles romanos
desafectos y encontrara la manera de adquirir tal influencia sobre ellos que
pudiera infundirles su entusiasmo e inflamarlos con su determinación. Otros
hombres habían vencido dificultades mayores. Antes que él, individuos
solitarios habían dado origen a otras revoluciones. Los dioses lo favorecerían;
su propia astucia lo protegería. Sólo se necesitaba un poco más de paciencia,
un poco más de voluntad, y, después de todas sus desgracias, alcanzaría el
éxito.
Fue en ese período que oyó hablar por primera
vez, en el curso de sus investigaciones, de un desconocido que había asumido
súbitamente la misión de reformar la Iglesia cristiana, y cuyo fin declarado
era rescatar al nuevo culto de la degeneración en cuyo fatal progreso se
apoyaban todas las esperanzas de triunfo del pagano. Se decía que hacía ya
algún tiempo que ese hombre estaba dedicado a sus labores reformadoras, pero
que las dificultades de la tarea que se había impuesto le habían impedido hasta
el momento lograr la notoriedad que resultaba esencial para el logro de sus
planes. Al oír esos rumores, Ulpio se unió de inmediato a los pocos que
asistían' a las prédicas que pronunciaba el nuevo orador, y allí escuchó lo
suficiente para convencerse de que oía al fanático cristiano más resuelto de la
ciudad de Roma. Ganar su confianza, frustrar todos sus esfuerzos en la empresa
a la que se había consagrado, desacreditarlo ante sus oyentes y amenazar su
seguridad personal traicionando sus más íntimos secretos con los poderosos
enemigos que tenía en la Iglesia fueron decisiones que adoptó de inmediato el
pagano como deberes que demandaban las exigencias de su credo. A partir de ese
momento aprovechó toda oportunidad de atraer la favorable atención del nuevo
reformador hacia su persona, y, como ya conoce el lector, su astucia y su
perseverancia se vieron recompensadas al cabo con su ingreso como piadoso
converso al cristianismo de la primera Iglesia en el hogar del caritativo e
ingenuo Numeriano.
Una vez instalado bajo el techo de Numeriano,
el desleal pagano vio en la hija del cristiano un instrumento admirablemente
idóneo para hacer avanzar, en sus manos poco escrupulosas, su insano proyecto
de adquirir influencia sobre un romano poderoso y rico que fuera desafecto al
culto establecido. Entre los patricios de cuyas inclinaciones anticristianas
había recibido informaciones estaba el senador Vetranio, el vecino de
Numeriano. Para ese hombre famoso por su vida de excesos, una joven de la
hermosura de Antonina sería un soborno tan preciado como para arrancarle la
promesa que Ulpio quisiera, en pago por entregársela cuando se encontrara bajo
su tutela en el hogar paterno. Además de que la ruina de la joven le reportaría
esa ventaja, estaba seguro de que su caída afectaría tanto a Numeriano que lo
incapacitaría, al menos por un tiempo, para continuar sus labores en pro del
cristianismo. Adoptado, entonces, su detestable propósito, el despiadado
sacerdote esperó una oportunidad para poner en marcha sus maquinaciones. No
esperó en vano. La víctima cayó inocentemente en la trampa que le había
preparado al escuchar por primera vez la música del laúd de Vetranio, y le
permitió a su desleal guardián convertirse en el amigo que ocultaba su
desobediencia a los ojos de su padre. Después de ese primer paso fatal, cada
día hacía más próximo el éxito de los proyectos de Ulpio. La largamente
esperada entrevista con el senador se obtuvo al fin; la promesa imperativamente
demandada por una de las partes fue, como ya se ha relatado, despreocupadamente
aceptada por la otra; se acordó el día en que los planes del traidor se verían
coronados por el éxito y por el deshonor los del traicionado; y una vez más el
gozo entibió el helado corazón del fanático. Nunca pasó por su mente una duda
sobre la veracidad de la promesa hecha por Vetranio. Nunca imaginó que el
poderoso senador pudiera negarle con perfecta impunidad la ayuda impracticable
que le exigiera como recompensa, y hacerlo echar de las puertas de su palacio
como a un loco ignorante. Creyó firme y sinceramente que Vetranio se sentía tan
satisfecho con su prontitud para atender a sus disipados proyectos, y tan
deslumhrado por la perspectiva de gloria que traería aparejado el éxito de la
magna empresa, que se atendría entusiasmado a su promesa cuando le exigiera su
cumplimiento. Entretanto, comenzó a ejecutar sus planes. Merced a su
diligencia, Numeriano ya era vigilado por los espías de una Iglesia celosa y
carente de escrúpulos. En las filas de los cristianos proliferaban las
enemistades, los cismas, las traiciones y las disensiones. Todo se aunaba para
garantizar que llegaba la hora en que, gracias a sus esfuerzos y a la ayuda del
bien dispuesto senador, se consumaría la restauración del paganismo.
A pesar de la extrema diferencia entre los
empeños y los propósitos de Ulpio y de Numeriano, existía una extraña y
misteriosa analogía entre las situaciones de ambos en ese momento. Uno estaba
presto a convertirse en mártir del Templo; el otro, a ser un mártir de la
Iglesia. Ambos habían abrazado causas que no gozaban de popularidad; ambos
habían sufrido más que la ración normal de aflicción de un ser humano; y ambos
eran ancianos: ya se encontraban cerca del punto en que debían pasar
irremediablemente de una existencia terrenal que se apagaba al futuro eterno
que los aguardaba en las ignotas esferas del más allá.
Pero ahí terminaban las similitudes. El
principio que animaba al cristiano a la acción, derivado de la Divinidad a la
que servía, era el amor; el del pagano, nacido de la superstición que lo
destruía, era el odio. El primero trabajaba en pro de la humanidad; el segundo,
para sí mismo. De ahí que las aspiraciones de Numeriano, fundadas en el bien
común, nutridas por el ejercicio de la bondad y dirigidas con nobleza a un fin
generoso, pudieran conducirlo a excesos, pero nunca envilecerlo hasta el
crimen; podían menoscabar la serenidad de su vida, pero nunca privarlo del
consuelo de la esperanza; mientras que, por el contrario, la ambición de Ulpio,
cuyo origen era la venganza y cuyo fin era la destrucción, exigía crueldad a su
corazón y duplicidad a su mente; y, como recompensa por sus servicios, lo había
engañado alternativamente, a lo largo de su vida, con el delirio y la
desesperanza.
CAPÍTULO VII
LA ALCOBA
Es hora de continuar nuestra crónica de la
agitada noche señalada por la destrucción del laúd de Antonina y por la
conspiración contra su honor.
Las puertas del palacio de Vetranio estaban
cerradas, y los ruidos en su interior habían cesado; el banquete había llegado
a su fin, el triunfo de la Salsa para Ruiseñores era un hecho, y el amanecer ya
asomaba sus primeras luces en el cielo de oriente cuando el sirviente favorito
del senador, el liberto Carrio, abrió el postigo de la portería, donde
dormitara desde el fin del banquete, y echó una mirada soñolienta a la calle.
La luz tenue y apagada del alba crecía lentamente sobre el camino solitario y
los muros de las majestuosas mansiones. No quedaba ninguno de los grupos de
vagabundos de la más baja estofa que se congregaran en la calle durante la
noche para aspirar los fragantes vapores que despedía a gran distancia la
cocina de Vetranio; hombres, mujeres y niños se habían ido hacía mucho rato
para buscar refugio y robustecer sus magros cuerpos con las sobras menos
exquisitas del banquete, que caritativamente les habían obsequiado. La soledad
y la paz misteriosas del amanecer en una gran ciudad reinaban sobre todas las
cosas. Sin embargo, lejos de sentirse impresionado por el peculiar y solemne
atractivo de la escena, el liberto injurió con fuertes expresiones de molestia
al aire fresco de la mañana que sopló sobre su rostro, e incluso se atrevió, en
tono más bajo, a quejarse del incómodo capricho de su amo de hacer que lo
despertaran al alba después de un banquete. No obstante, más que convencido de
la necesidad de desplegar la más implícita obediencia a las órdenes que había
recibido y no seguir cediendo a las deliciosas tentaciones del reposo, Carrio,
después de bostezar, frotarse los ojos y disfrutar unos pocos instantes más del
placer de protestar, emprendió diligente la marcha por los corredores que
llevaban al interior del palacio con la intención de despertar a Vetranio sin
más demora. No había avanzado más que unos pasos cuando atrajo su atención una
proclama colgada en la pared a un costado, escrita en letras doradas sobre un
tablero de color azul. Ese aviso público que detuvo su avance en el mismo
momento en que lo iniciaba, y que estaba redactado para especial edificación de
todos los habitantes de Roma, decía lo siguiente:
A PARTIR DE HOY, Y POR UN PLAZO DE DIEZ DÍAS,
LAS OCUPACIONES DE NUESTRO AMO LO OBLIGAN A AUSENTARSE DE ROMA.
Así terminaba la proclama, sin entrar en más
detalles. Se había colocado, a la manera práctica de la época, para que
sirviera de inmediata respuesta a quienes visitaran el palacio de Vetranio
durante la ausencia del senador. Aunque la pintura del tablero, el trazado de
las letras y la composición de la frase eran obra de su propio ingenio, el
digno Carrio no pudo pasar junto al aviso sin admirar de nuevo su
magnificencia. Durante algún tiempo lo examinó con la misma expresión de grave
y complaciente aprobación que vemos en la época moderna iluminar el rostro de
un coleccionista ante uno de sus viejos cuadros, que ha logrado adquirir a muy
buen precio; o animar la fisonomía impasible de tendero cuando revisa desde el
pavimento el arreglo matutino del escaparate de su tienda. No obstante, todo
tiene un límite, hasta el beneplácito de un hombre frente a los frutos de su
propia habilidad. En consecuencia, tras un prolongado examen de la proclama,
una vaga idea sobre la necesidad de obedecer de inmediato las órdenes de su amo
renació en la mente del juicioso Carrio y le aconsejó volver urgentemente sus
pasos en dirección a los dormitorios del palacio.
Preguntándose todo el tiempo qué nuevo
capricho habría inducido al senador a contemplar la posibilidad de abandonar
Roma con las primeras luces del día —ya que Vetranio no le había revelado a
nadie el objetivo de su partida— el liberto entró precavidamente en el cuarto
de su amo. Corrió las amplias cortinas de seda que formaban el techo y los
costados del dosel del lecho, sostenidas por las manos de Gracias y Cupidos
esculpidos en mármol; pero las estatuas rodeaban una cama vacía. Vetranio no
estaba allí. A continuación, Carrio se dirigió al baño; en la gran bañera de
mármol el agua perfumada despedía vapor; los suaves lienzos para envolverse
después de tomar el baño estaban listos; el esclavo, medio dormido, esperaba en
su sitio de costumbre con los instrumentos para la ablución; pero tampoco aquí
había signos de la presencia del amo. Algo perplejo, el liberto revisó otras
habitaciones. Encontró invitados, bailarinas, parásitos, poetas, pintores —un
conjunto muy abigarrado de personas— que ocupaban todo tipo de dormitorios, y
todos apaciblemente dedicados a eliminar mediante el sueño los efectos del vino
que habían bebido en el banquete, pero el magno objeto de su búsqueda siguió
eludiéndolo. Por fin se le ocurrió que quizás el senador, en un exceso de entusiasmo
jocundo y jovial hospitalidad podría estar reteniendo a algún invitado favorito
en la mesa del banquete.
De ahí que, tras hacer una pausa ante unas
puertas repujadas que permanecían entornadas en uno de los extremos de una
espaciosa habitación, las abriera de un empujón y entrara con paso vivo en la
sala de banquetes.
Una iluminación suave, tenue, opulenta,
reinaba siempre en esa pieza, que ahora mostraba un aspecto de confusión que
era al mismo tiempo simpático y pintoresco. De las numerosas lámparas de todas
las variedades y diseños que colgaban del techo, sólo unas pocas permanecían
encendidas. No obstante, las que aún no se habían apagado emitían una luz suave
admirablemente adecuada para realzar los objetos que se encontraban más
cercanos a ellas. Las guirnaldas doradas y las vasijas de alabastro con
delicados ungüentos, suspendidas frente a los invitados durante el banquete,
colgaban aún del techo ornamentado con pinturas. Sobre la mesa maciza, de ébano
y plata, permanecían en la mayor confusión restos de delicias gastronómicas,
grotescas piezas de vajilla, floreros, instrumentos musicales y dados de
cristal; y coronándolo todo se alzaba el rutilante plato en que se sirvieran
los ruiseñores consumidos por los comensales, con los cuatro Cupidos dorados
que los rociaban con la ilustre invención: la Salsa para Ruiseñores. En unas
pocas yardas alrededor de los triclinios violetas y rosas alineados a lo largo
de la mesa, aún se advertían los polvos perfumados y teñidos de alegres colores
con los que se habían trazado dibujos sobre el suelo de mármol; pero más allá,
ya nada era claramente discernible. La mirada recorría los costados de la
espléndida habitación y lograba captar vagos atisbos de soberbias colgaduras,
multitud de estatuas y columnas de mármol, pero no distinguía nada con
precisión hasta que llegaba a las ventanas entreabiertas y se posaba sobre la
fresca vegetación cubierta de rocío, ahora vagamente perceptible en los
sombreados jardines de la parte exterior del palacio. Allí —meciéndose al
compás de las brisas matutinas, con cada hoja rebosante de una pura y
bienvenida humedad— se alzaban los majestuosos pinos que se gozaban con el
retorno de la hermosa e inmortal juventud del nuevo día, enhiestos como para
reprobar por contraste los atractivos ya mustios del lujo y las pervertidas
creaciones artísticas que colmaban las mesas de la habitación contigua.
Tras revisar rápidamente el comedor, el
liberto pareció a punto de abandonarlo consternado, cuando el ruido de un plato
al caer, seguido de exclamaciones de temor parcialmente sofocadas y totalmente
confusas, llegaron a sus oídos. Volvió a acercarse a la mesa del banquete,
despabiló una lámpara que colgaba cerca de donde se encontraba y, tras tomarla
en la mano, se dirigió al lugar de la habitación de donde procedía la
conmoción. Un espantoso negrito, que miraba fijamente con ridículo terror un
horno de plata parcialmente lleno de pan que acababa de caerse a su lado, fue
lo primero que advirtió. Unos pasos más allá del negro reposaba un hermoso niño
coronado de hojas de parra y de yedra, dormido aún junto a su lira; y todavía
más allá, sumido en un sueño intranquilo sobre un lecho de seda, estaba el
objeto de la búsqueda del liberto: el ilustre creador de la Salsa para
Ruiseñores.
Encima del dormido senador colgaba su retrato,
en el que estaba modestamente representado subiendo con ayuda de Minerva a la
cima del Parnaso, rodeado por las nueve musas alborozadas. A sus pies estaba
echado un magnífico gato blanco, cuya cabeza descansaba con toda la opulenta
holgazanería de la saciedad sobre el borde de un platillo dorado, lleno de
lirones cocidos en leche. El desorden de los vestidos y el rostro encendido de
Vetranio eran, a ojos del liberto, las más indudables evidencias de los excesos
de la noche anterior. Durante unos minutos, el digno Carrio dudó de si debía o
no despertar a su amo, pero finalmente decidió obedecer las órdenes que había
recibido e interrumpir el sueño del agotado sibarita. Para hacerlo era
necesaria la ayuda del niño cantor, porque por un refinamiento del lujo,
Vetranio les había prohibido a sus sirvientes que lo despertaran de cualquier
otra forma que no fuera con sonidos musicales.
Con alguna dificultad, el niño se despabiló lo
suficiente para entender el servicio que se le solicitaba. Durante un corto
tiempo, las notas de la lira sonaron en vano. Al fin, cuando la melodía adoptó
un carácter más sonoro y marcial, el dormido patricio abrió lentamente los ojos
y recorrió con mirada ausente lo que le rodeaba.
—Mi respetado patrón —dijo el cortés Carrio en
tono de disculpa— dio la orden de que lo despertara al alba; el sol ya ha
salido.
Cuando el liberto calló, Vetranio se sentó en
el lecho, pidió una jofaina de agua, introdujo los dedos en el líquido
refrescante y se los secó con aire distraído en los largos y sedosos rizos del
niño cantor, que permanecía a su lado; después volvió a recorrer el lugar con
la vista, repitió con tono interrogativo la palabra "alba" y volvió a
recostarse muellemente en el lecho. Duele confesarlo, pero el creador de la
Salsa para Ruiseñores estaba algo ebrio.
A continuación se produjo una pausa durante la
cual el liberto y el niño cantor se miraron con aire de mutua perplejidad. Al
cabo, el primero repitió sus palabras de disculpa, y el segundo, sus esfuerzos
con la lira. De nuevo, pasados unos momentos, Vetranio abrió los ojos
soñolientos, y en esta ocasión comenzó a hablar; pero sus pensamientos —si
pensamientos podía llamárseles— giraban todavía en tomo a la charla de
sobremesa del banquete de la noche anterior.
—¡Los antiguos egipcios —oh, alegre y
encantadora Camila— eran una nación sabia! —murmuró mareado el senador—. Yo
desciendo de los antiguos egipcios, y, por tanto, siento una gran veneración
por ese gato que está en tu regazo, y por todos los demás gatos. Herodoto — un
historiador cuya obra siento cierta satisfacción en celebrar públicamente— nos
informa que cuando un gato moría en el hogar de un egipcio antiguo, el hombre
se afeitaba las cejas en señal de duelo, embalsamaba al difunto animal en una
casa consagrada a esos fines y lo llevaba a enterrar a una importante ciudad
del Bajo Egipto llamada Bubastis, una palabra egipcia que he descubierto que
significa "El sepulcro de todos los gatos"; de ahí que no sea erróneo
inferir...
Llegado a ese punto, la capacidad de recordar
y de articular palabras lo abandonó de repente, y Carrio —quien había escuchado
con toda gravedad el discurso de su amo sobre los gatos— aprovechó de inmediato
la oportunidad que se le presentaba de volver a hablar.
—El carruaje que mi patrón se complació en
ordenar para que lo llevara a Aricia —dijo, poniendo un fuerte énfasis en esa
última palabra— lo espera junto a la puerta de los jardines del palacio.
Al oír la palabra "Aricia" el
senador pareció recobrar súbitamente la memoria y la capacidad de percibir la
realidad. Vetranio ocupaba un sitial de honor entre el excelso grupo de los
bebedores que pueden ingerir licores hasta alcanzar el más perfecto disfrute y
detenerse científicamente antes de caer en la más perfecta amnesia. El vino que
había tomado durante la noche le había trastornado la memoria y afectado
ligeramente al control de sí mismo, pero no le había privado del entendimiento.
Ni siquiera en sus excesos había nada plebeyo; hasta su intemperancia tenía
algo de arte y refinamiento.
—Aricia... Aricia —repitió para sí mismo—;
¡ah, la villa que Julia me prestó en Rávena! Los placeres de la mesa deben
haber eclipsado por un momento la imagen de mi bella pupila de antaño, que
ahora renace de nuevo ante mis ojos, tan pronto Amor recupera el dominio que
Baco usurpó. Mi excelente Carrio —continuó, dirigiéndose al liberto—, has hecho
perfectamente bien en despertarme; ¡no demores ni un momento en ordenar que
preparen mi baño, para que Ulpio, mi monstruo con forma humana, el rey de los
conspiradores y sumo sacerdote de todos los misterios, no espere en vano por
mí! Y tú, Glyco —continuó dirigiéndose al niño cantor, una vez que Carrio hubo
partido—, prepárate para un viaje y espera junto a mi carruaje a la puerta del
jardín. Necesito que me acompañes en mi expedición a Aricia. Pero antes,
talentoso y estimado cantor, permíteme recompensarte por la armoniosa sinfonía
que acaba de despertarme. ¿De qué categoría de mis músicos formas parte ahora,
Glyco?
—De la quinta —contestó el niño.
—¿Te compré o naciste en mi casa? —preguntó
Vetranio.
—Ni una cosa ni la otra; Geta me legó a ti en
su testamento —replicó el complacido Glyco.
—Te asciendo —continuó Vetranio— a los
privilegios y la remuneración de mi primera categoría de músicos, y te doy este
anillo en prueba de mi continuado favor. En pago por estas concesiones, deseo
que mantengas en secreto todo lo concerniente a mi próxima expedición; que
emplees tu música más suave para regalar los oídos de una joven que nos
acompañará, para calmar sus miedos si se siente atemorizada, para secar sus
lágrimas si llora; y, por último, que ejercites la voz y el laúd de modo
incesante enlazando el nombre de Antonina con las armonías sonoras más dulces
que te sugiera la imaginación.
Tras pronunciar esas palabras con sonrisa
llana y benévola y mirar con aire complacido el despliegue de lujosa confusión
que lo rodeaba, Vetranio se retiró a tomar el baño que lo prepararía para su
próximo triunfo.
Mientras tanto, una escena de naturaleza muy
diferente se desarrollaba al aire libre, junto a la verja del jardín de
Numeriano. Aquí no había niños cantores, ni libertos, ni profusión de ricos
tesoros; aquí sólo se veía la solitaria y contrahecha figura de Ulpio,
semioculto tras los árboles circundantes, que esperaba en el sitio convenido. A
medida que pasaba el tiempo sin que apareciera Vetranio, la seguridad del
pagano comenzó a abandonarlo. Iba y venía inquieto por la suave hierba cubierta
de rocío, a veces pidiéndoles a sus dioses en voz baja que aceleraran el paso
moroso del patricio libertino que había de convertirse en el instrumento para
devolverle al Templo la religión de antaño; a veces maldiciendo el peligroso
retraso del senador o regodeándose en la traición mediante la cual creía
insanamente que al fin satisfaría su ambición; pero fueran cuales fuesen sus
palabras y sus pensamientos, exacerbados hasta el mismo nivel de entusiasmo
feroz y fanático que le concediera el vigor necesario para defender sus ídolos
en Alejandría y lo sostuviera en medio de los tormentos y las aflicciones de
sus años de esclavitud en las minas de cobre de España, los preciosos minutos
pasaban veloz e irrevocablemente. Su impaciencia se transformaba rápidamente en
rabia y desesperación cuando aguzó la vista una vez más para mirar en dirección
a los jardines del palacio y pudo al fin distinguir una túnica blanca entre los
árboles distantes. Vetranio se acercaba a paso ligero.
Refrescado por el baño, en el cerebro del
senador no quedaban más rastros de la celebración de la noche que una sensación
de exaltación. A no ser por una leve inseguridad al andar y una inusual
vacuidad de la sonrisa, el elegante gastrónomo le habría parecido al más agudo
observador .libre de la influencia de las bebidas alcohólicas. Avanzó radiante
de contento, preparado para la conquista, hasta el lugar donde Ulpio lo
aguardaba, y estaba a punto de dirigirse al pagano con la satírica familiaridad
tan de moda entre los nobles de Roma para comunicarse con la plebe, cuando el
objeto de su pretendida cortesía lo interrumpió severo, diciéndole en tono más
de mando que de consejo:
—¡Silencio! ¡Si quieres lograr tus propósitos,
sigúeme sin pronunciar palabra!
Había algo tan violento y decidido en el tono
de la voz del anciano al pronunciar esas frases —a pesar de que era trémulo,
apagado, quedo—, que el osado y seguro senador instintivamente guardó silencio
mientras seguía a su severo guía hasta la casa de Numeriano. Ulpio, quien evitó
la entrada normal, que a esa hora tan temprana de la mañana estaba, por
necesidad, cerrada, condujo al patricio a través de un pequeño portillo hasta
la habitación, o mejor, acceso subterráneo, que era el refugio usual aunque incómodo
de sus horas de ocio, y donde rara vez entraban los demás miembros de la
familia cristiana. Del techo de ladrillos bajo y abovedado pendía una lámpara
de barro cuya luz, exigua y trémula, dejaba todos los rincones de la habitación
en total oscuridad. Los anchos contrafuertes que sobresalían de las paredes,
visibles por su prominencia, exhibían en su superficie toscas representaciones
de ídolos y templos dibujadas con tiza y cubiertas de extraños y misteriosos
jeroglíficos. En una laja de piedra que servía como mesa yacían algunos
fragmentos de estatuillas que Vetranio reconoció como las antes usuales
representaciones de los ídolos paganos. En los costados de la mesa estaban
escritas en latín dos palabras: "Serapis" y "Macrino"; y en
torno a su base había jirones de lino sucio y desgarrado que aún conservaban lo
bastante de su anterior naturaleza, tanto en su forma y su tamaño como en su
color, para convencer a Vetranio de que otrora habían formado parte de la
vestimenta de un sacerdote pagano. El senador no pudo continuar su examen del
lugar, porque su atmósfera enclaustrada, casi mefítica, comenzó a afectarlo.
Sintió una sensación de ahogo en la garganta y de mareo en la cabeza. La
influencia restauradora de su reciente baño cedía rápidamente. Los vapores del
vino bebido la noche anterior, lejos de haberse disipado definitivamente, como
creyera, volvían a nublarle la mente. Se vio obligado a apoyarse en la mesa de
piedra para conservar el equilibrio, y le pidió al pagano con voz sofocada que
acortaran la estancia en ese miserable refugio.
Sin advertir siquiera la petición del senador,
Ulpio procedió a toda prisa a borrar los dibujos de los contrafuertes y las
inscripciones de la mesa. Después recogió los fragmentos de estatuillas y los
pedazos de lino y los guardó en un escondrijo de un rincón de la habitación.
Hecho lo anterior, regresó junto a la laja en la que se apoyaba Vetranio y
contempló al senador en silencio durante unos minutos con mirada firme, seria,
penetrante. La terrible sospecha de que se había puesto en manos de un villano que
tramaba un atroz proyecto contra su vida o su honor comenzó a tomar forma en la
mente aturdida del senador mientras se sometía contra su voluntad al agudo
examen de la mirada del pagano. Pero en ese momento se entreabrieron lentamente
los labios marchitos y el anciano comenzó a hablar. Resulta inútil preguntarnos
si se trataba de que al percatarse del rostro consternado y la postura
inestable de Vetranio, el corazón de Ulpio, por primera vez desde que conociera
al senador, sintió pena al pensar en su monstruoso plan; o de que al acercarse
el momento en el cual su extraviada imaginación le llevaba a pensar que
Vetranio se convertiría para siempre en su aliado y asistente, su mente se vio
tan afectada que instintivamente intentó dar salida a su agitación mediante
algo tan natural como la palabra. Fueran cuales fuesen sus motivos para
explicarse, la impresionante gravedad de su tono al dirigirse al senador puso
en evidencia la profundidad e intensidad de sus emociones:
—Me he sometido a la servidumbre en el hogar
de un cristiano, he sufrido la contaminación de las plegarias de un cristiano
para poder disponer de tu poder y tu posición cuando llegara el momento de
emplearlos. ¡Ha llegado la hora de cumplir mi parte de las condiciones de
nuestro trato; ya llegará la de exigir el cumplimiento de la tuya! ¿Te
preguntas por qué he hecho y haré estas cosas? ¿Te maravillas de que un ganapán
le hable así a un noble de Roma? ¿Te asombra que corra un riesgo como el de
osar alistarte —mediante el sacrificio de la joven que ahora duerme arriba— en
la causa cuyo fin es la restauración de los dioses de nuestros padres, y a cuyo
servicio he sufrido y envejecido? ¡Escucha, y sabrás de qué altura he caído;
sabrás quién fui!
—¡Te imploro, por todos los dioses y las
diosas de nuestra antigua religión, permíteme escucharte donde pueda respirar:
en el jardín, en la azotea, en cualquier lugar que no sea esta mazmorra!
—murmuró el senador con tono suplicante.
—El lugar de mi nacimiento, mis padres, mi
educación, mi antiguo hogar: nada de eso te revelaré —lo interrumpió el pagano
alzando un brazo con gesto autoritario como para impedirle a Vetranio acercarse
a la puerta—; he jurado por mis dioses que ningún oído extraño conocerá esos
secretos de mi vida pasada hasta el día de la restauración. ¡Llegué a Roma como
un desconocido, y como un desconocido trabajaré en Roma hasta que los proyectos
a los cuales he consagrado mi vida se vean coronados por el éxito! Básteme con
confesarte que viví en una época junto a esas imágenes sagradas cuyos
fragmentos acabas de ver; que en el pasado usé esas sagradas vestiduras cuyos
restos distinguiste a tus pies. ¡No hubo nada a lo que no renunciara para
alcanzar la gloria del sacerdocio; no hubo nada que no hiciera para mantenerla;
no hay nada que no intente para recuperarla! En otra época fui ilustre,
próspero, amado; los cristianos me han robado la gloria, la felicidad, la
popularidad; ¡aún viviré lo bastante para pagarles generosamente con la misma
moneda! De joven, tuve un tutor que me amó; ¡los cristianos lo asesinaron! Ya
hombre, tuve un templo a mis órdenes; ¡los cristianos lo destruyeron! Todo un
pueblo escuchaba en otros tiempos mis palabras; ¡los cristianos lo dispersaron!
Los sabios, los grandes, los hermosos, los buenos me reverenciaban; ¡los
cristianos me convirtieron en un extraño a sus puertas, en un paria de sus
afectos y sus pensamientos! ¿Acaso no me vengaré por todo eso? ¿Acaso no
conspiraré para reconstruir mi templo destruido y recuperar, en la vejez, los
honores que me adornaron en la juventud?
—¡Sin duda, de inmediato, sin más demora!
—balbució Vetranio devolviendo la mirada severa e inquisitiva del pagano con
otra consternada y nerviosa.
—Treparme a una montaña de cuerpos de
cristianos asesinados —continuó el anciano con los ojos siniestros dilatados
por la anticipación del triunfo, susurrando junto al oído del senador—,
reconstruir los altares que los cristianos han derribado, es la ambición que ha
paliado los sufrimientos de toda una vida. He combatido, y ese sueño me sostuvo
en medio de la matanza; he vagado por el mundo, y ha sido mi hogar en el
desierto; he fracasado, y me ha sustentado; he sido amenazado de muerte, y me
ha impedido sentir temor; he sido condenado a la esclavitud, y ha hecho ligeras
mis cadenas. Ahora me ves viejo, disminuido, solitario; créeme que no añoro
esposa, ni hijos, ni tranquilidad, ni bienes; ¡que no deseo más compañía que la
de mi alto y caro propósito! ¡Recuerda, entonces, a la hora de cumplirla, la
promesa que has hecho de ayudarme a lograr ese fin! ¡Recuerda que tú también
eres pagano! ¡Come, ríe, diviértete con tus compinches, sigue siendo un
gracioso bufón, un alegre camarada; pero no olvides nunca el objetivo al que te
has comprometido, el destino de gloria que la restauración de nuestras deidades
nos depara a ambos!
Hizo silencio. Aunque al hablar su voz nunca
se alzó por encima de un tono ronco y monótono, casi murmurante, toda la
ferocidad de su natural ultrajado y disminuido despertó por un instante al
calor del recuento de sus desgracias. Si Vetranio hubiera mostrado en ese
momento cualquier síntoma de indecisión, o dicho algo para desaconsejarlo, lo
habría asesinado en el acto. Todos los rasgos del rostro duro y lívido del
pagano revelaban las tormentosas emociones que sacudían su corazón al conminar
a su interlocutor aturdido, pero atento. Su postura firme y amenazadora; sus
pobres y escasos vestidos; su cabello alborotado e hirsuto; su cuerpo deforme y
contrahecho; su mirada firme, solemne y fija; el contraste (a la luz vacilante
de la lámpara que expiraba y la creciente luz del día) con la postura
inestable, la expresión ausente, las ricas vestiduras, la gracia juvenil de las
formas y la delicadeza de los rasgos del objeto de su sostenida contemplación,
el contraste, en fin, entre Ulpio y su aliado patricio resultaba tan
disparatado y extraño que casi no parecían seres de la misma raza. Nada podía
ser más insondable que la diferencia entre ellos, más aberrante que su falta de
congruencia. Eran la enfermedad de la mano de la salud; el dolor emparejado con
el disfrute; la oscuridad colocada en monstruosa discordancia al lado mismo de
la luz.
Al instante —mientras todavía el asombrado
senador intentaba encontrar una respuesta adecuada a la solemne alocución a él
dirigida— Ulpio lo tomó del brazo y, tras abrir una puerta en el extremo de la
habitación que daba a la casa, lo condujo por unas escaleras que llevaban al
interior de la vivienda.
Atravesaron el corredor, en cuyo suelo aún
estaban desperdigados los pedazos del laúd roto, vagamente discernibles a la
suave luz del amanecer; y, tras subir otra escalera, hicieron una pausa ante
una puertecita que Ulpio abrió cauteloso; un momento después, Vetranio
penetraba en la alcoba de Antonina.
La habitación no era de grandes dimensiones;
sus escasos muebles eran del tipo más común; en sus paredes no destellaba
ningún adorno; ningún fresco adornaba su techo; y, sin embargo, había en sus
menores detalles una apariencia de sencilla elegancia, de pudor discreto, que
la hacia de inmediato interesante y atractiva. Desde las cortinas blancas de la
ventana hasta el florero junto al lecho, el mismo refinamiento natural del
gusto era evidente en el arreglo de todo lo que contenía el cuarto. Ningún
sonido quebraba el profundo silencio del lugar, salvo la suave, tenue
respiración, interrumpida de cuando en cuando por un largo y tembloroso
suspiro, de su dormida ocupante. La única iluminación de la pieza provenía de
una lamparita colocada de tal modo en medio de las flores de un búcaro que su
luz no daba de lleno sobre ningún objeto. Habría podido imaginarse que algo en
el decoroso pudor de todo lo que resultaba visible en la alcoba, en la suave
oscuridad de su atmósfera, en el único, gentil y melodioso sonido que
interrumpía su mágica quietud, resultaría lo bastante conmovedor como para
despertar dudas en el pecho del más temerario libertino antes de atreverse a
perturbar el sueño indefenso de su ocupante. Sin embargo, ninguna indecisión
estorbó los pensamientos de Vetranio al recorrer rápidamente con la vista la
habitación que había osado invadir de modo tan traicionero. La atmósfera
opresiva del refugio subterráneo que acababa de abandonar había hecho revivir
de tal modo los vapores del vino ingerido durante el banquete que nada quedaba
en pie de su más refinado natural. Todo lo honorable e intelectual de su
carácter había cedido a lo bajo y animal. Miró a su alrededor, y al percatarse
de que Ulpio se había retirado en silencio, cerró la puerta con suavidad.
Después, tras avanzar hasta el lecho con el mayor sigilo compatible con la
involuntaria inestabilidad de un hombre ebrio, tomó la lámpara del florero que
a medias la ocultaba y examinó inquisitivamente a su luz la figura de la joven
dormida.
Antonina tenía la cabeza echada hacia atrás,
de modo que descansaba más bien por encima de la almohada que sobre ella. Su
vaporoso vestido de hilo se había desordenado tanto durante la noche que dejaba
al descubierto, expuestos a la mirada del licencioso romano, su garganta y
parte de su pecho, con todas las bellezas en agraz de sus formas juveniles. Una
de sus manos, posada sobre su cabeza, estaba casi completamente oculta por los
rizos de su largo cabello negro, que había escapado de la blanca cofia cuyo
propósito era aprisionarlo, y que ahora se extendía sobre la almohada dando
lugar a un cegador contraste con la ropa de cama de color claro que le servía
de fondo. En la otra mano, cerrada, sostenía junto a su pecho el precioso
fragmento de su laúd roto. El profundo reposo de su postura no concordaba con
la expresión de su rostro. De vez en cuando, sus labios entreabiertos se movían
y temblaban, y en una que otra ocasión una alteración, tan leve y fugitiva que
era casi imperceptible, aparecía en su faz, tiñendo su suave tono aceitunado
natural con el leve rubor que las emociones de la noche anterior habían impreso
en él antes de dormir. Su pose de voluptuosa negligencia parecía la
quintaesencia de la hermosura oriental, mientras que su rostro, con su expresión
tranquila y afligida, desplegaba las gracias más refinadas y sobrias del
prototipo europeo. Esas características de dos tipos distintos de belleza,
reunidas en una sola persona, producían un conjunto tan heterogéneo y, al mismo
tiempo, tan armonioso, tan impresionante y, a la vez, tan atractivo, que el
senador, al inclinarse sobre el lecho, no pudo menos que imaginar que la escena
que tenía ante sí no era más que un sueño radiante y engañoso, a pesar de que
el aliento tibio y suave de la joven rozó sus mejillas y acarició las puntas de
los rizos perfumados de su cabello.
Mientras Vetranio seguía absorto en la
admiración de sus encantos, Antonina se movió ligeramente, como agitada por la
influencia de un sueño pasajero. El consecuente cambio en su postura rompió el
hechizo que su inmovilidad y su belleza anteriores inconscientemente
provocaran, y que había refrenado el ardor sacrilego del disipado romano.
Vetranio de inmediato rodeó con un brazo la figura menuda y tibia, y, aún
sentado junto al lecho, alzó suavemente la cabeza de la joven para que
descansara en su hombro y besó una y otra vez los labios puros que la inocencia
del sueño dejaban librados a su poder.
Como había previsto, Antonina despertó al
instante; pero para su enorme sorpresa, ni se sobresaltó ni gritó. Desde que
abrió los ojos reconoció a Vetranio, y ese terror supremo que impide a sus
víctimas el uso de sus facultades, tanto mentales como físicas, se apoderó de
inmediato de su corazón. Demasiado inocente para imaginar el motivo real que
animaba la intrusión del senador en su sueño, mientras que otros miembros de su
sexo habrían temido el deshonor, Antonina receló la muerte. Todas las vagas
denuncias de su padre sobre las enormidades cometidas por los nobles de Roma
pasaron en un instante por su mente, y a su imaginación infantil se le antojó
que lo que movía a Vetranio era un terrible y misterioso afán de venganza por
haber ella interrumpido toda comunicación con él en cuanto obtuviera su laúd.
Postrada por el petrificador imperio de sus temores, inmóvil e impotente ante
él como la presa ante la sierpe, no intentó ni moverse ni hablar, sino que
clavó sus grandes ojos, fijos y dilatados por una mirada de sobrehumano terror,
en el rostro del senador.
Aunque ebrio, Vetranio se percató de la
expresión temerosa de la faz pálida y rígida de la pobre niña, y puso en
tensión su mente confusa para encontrar las expresiones reconfortantes y
tranquilizadoras que le permitieran hacer sus disipadas propuestas con alguna
posibilidad de ser oídas y entendidas.
—¡Querida pupila! ¡Oh, tú, la más hermosa de
las doncellas romanas —comenzó en el tono pesado y monótono de la ebriedad—
depon tus temores! He venido aquí, en alas del amor, para restablecer el culto
de... quiero decir, para llevarte apretada contra mi pecho a una villa cuyo
nombre se me ha ido ahora de la mente. No puedes haber olvidado que fui yo
quien te enseñó a preparar la Salsa para Ruiseñores ... no... más bien a tocar
el laúd. Amor, música, placer, todo ello te espera en brazos de tu enamorado
Vetranio. Tu elocuente silencio le dice a mi corazón que puede albergar
esperanzas. Amada Anto...
En ese momento el senador hizo una súbita
pausa, porque los ojos de la joven, que hasta ese momento habían estado
clavados en él con la misma expresión de espanto que adoptaran desde el primer
momento, se desplazaron lentamente hacia la puerta. Un instante después, llegó
a oídos de Vetranio un leve ruido, y Antonina sufrió un estremecimiento tan
violento que, aun apretada como la tenía contra su costado, sacudió todo su
cuerpo. Lentamente, contra su voluntad, apartó los ojos del semblante pálido
pero hermoso en el cual los había mantenidos clavados, y levantó la vista.
Junto a la puerta abierta, pálido, silencioso,
inmóvil, estaba el dueño de la casa.
Incapaz, debido a la confusión de sus ideas,
de cualquier otro sentimiento que no fuera el instinto animal de defenderse,
Vetranio se incorporó tan pronto vio la figura de Numeriano y, tras extraer una
pequeña daga de su pecho, trató de avanzar hacia el intruso. Sin embargo, se
encontró con que lo retenía Antonina, quien había caído de rodillas ante él y
se agarraba de sus ropas con una fuerza que parecía totalmente incompatible con
lo menudo de su figura y con la fragilidad característica de su sexo y de su
edad.
La primera voz que rompió el silencio que se
produjo a continuación fue la de Numeriano, quien dio unos pasos con el rostro
lívido de angustia, los labios temblorosos de emoción reprimida, hasta llegar
junto al senador, y le dirigió las siguientes palabras:
—Guarda tu arma. Sólo vengo a pedirte un
favor.
Vetranio lo obedeció mecánicamente. Había algo
en la severa calma de la manera de hablar del cristiano —temible en un momento
como ese— que lo amedrentó muy a su pesar.
—El favor que quiero pedirte —continuó
Numeriano, en voz baja, firme, amarga—, es que te lleves a tu mujerzuela a tu
casa. Aquí no hay niños cantores, ni salas de banquete, ni lechos perfumados.
El lugar de retiro de un anciano solitario no es sitio para alguien como ella.
Te lo ruego, llévatela a un techo más a su medida. ¡Tiene cualidades para el
oficio; antes que ella, su madre fue también una mujerzuela!
Dejó escapar una carcajada burlona y señaló
mientras hablaba a la figura de la infeliz joven arrodillada a sus pies con los
brazos extendidos.
—¡Padre, padre! —gritó Antonina, con voz de la
que habían desaparecido la suavidad y la melodía que le eran peculiares—,
¿acaso me has olvidado?
—¡No te conozco! —respondió Numeriano
apartándola de un empujón—. Retorna junto a su pecho; nunca más te estrecharé
contra el mío. ¡Ve a su palacio; mi casa ya no es la tuya! ¡Eres su mujerzuela,
no mi hija! ¡Te lo ordeno: vete!
Cuando Numeriano avanzaba hacia ella con
mirada feroz y continente amenazador, Antonina se incorporó abruptamente. La
razón parecía haberla abandonado; su mirada extraviada iba de Vetranio a su
padre, y después de nuevo a Vetranio. En uno veía a un enemigo que había
provocado su ruina sin que supiera cómo, y que la amenazaba sin que supiera con
qué; en el otro, a un padre que la había arrojado de su lado. Dirigió una breve
y postrera mirada a la habitación que, aunque triste y desnuda, había sido un
hogar para ella; y después, sin una palabra ni un suspiro, se volvió y,
encogida como un perro apaleado, huyó de la casa.
Durante toda la escena, Vetranio permaneció
tan paralizado por la estupefacción impotente de la ebriedad que fue incapaz de
moverse o pronunciar palabra. Todo lo sucedido en la breve y terrible
entrevista entre padre e hija lo dejaba absolutamente perplejo. No escuchó ira
violenta y arrebatada de un lado, ni clamorosas súplicas de perdón por el otro.
Lejos de vengarse por su invasión del cuarto de Antonina, el severo anciano a
quien la joven había llamado padre, y de quien le habían dicho que era el
cristiano más austero de Roma, había abandonado a su hija al arbitrio de su
licenciosa voluntad. Que la ira o la ironía de un hombre tan severo inspirara
una acción tal, o que Numeriano, como su sirviente, estuviera maniobrando para
obtener de él algún favor extraño y misterioso empleando a Antonina como
prenda, parecía totalmente imposible. Todo lo que sucedía ante los ojos del
senador le resultaba totalmente incomprensible a su aturdida imaginación.
Aunque era frivolo, insustancial, disipado, su natural no era radicalmente
abyecto; y cuando la escena de la que había sido sorprendido testigo llegó a su
abrupto fin con la huida de Antonina, la mirada de triste desvarío que le
dirigiera la infeliz joven en el momento de su partida casi lo devolvió a la
sobriedad, frente a frente al ahora solitario padre, recorriendo el lugar con
mirada ausente, conmovido por incontrolables sentimientos de asombro y
consternación.
Entretanto, una tercera persona se había unido
a los dos ocupantes de la alcoba abandonada por su desventurada propietaria.
Aunque en el refugio subterráneo al que se retirara al dejar a Vetranio, Ulpio
no se había percatado de la silenciosa entrada del dueño de la casa, había oído
a través de las puertas abiertas el sonido, aun quedo como era, de la voz del
cristiano. Al incorporarse para dirigirse a la alcoba, sospechando de todo y
preparado para cualquier contingencia, vio, mientras subía el primer tramo de
las escaleras, una figura vestida de blanco que atravesaba veloz el corredor y
desaparecía por la puerta principal de la casa. Vaciló un instante y la siguió
con la vista, pero la figura fugitiva pasó tan raudamente a la luz incierta de
las primeras horas de la mañana que no pudo identificarla, y decidió evaluar el
curso de los acontecimientos subiendo de inmediato al cuarto de Antonina, sin
cuidarse de las consecuencias que pudiera acarrearle la ira del padre ante su
intromisión en un momento como ese, una vez que Numeriano parecía haber
descubierto al menos una parte del complot tramado contra su hija y contra él
mismo.
En cuanto el pagano apareció ante sus ojos, un
cambio visible se produjo en Vetranio. La presencia de Ulpio en la alcoba
resultó un verdadero alivio para las facultades perturbadas del senador, tras
la misteriosa e irresistible influencia que el imperativo moral expresado por
la presencia del padre y dueño de casa, en un momento como el vivido, ejerciera
sobre él. Ulpio estaba a su merced; Ulpio era su subordinado, y decidió, por
tanto, arrancarle al sirviente a quien despreciaba una explicación de la misteriosa
conducta del dueño de casa, a quien temía, y de la hija, de cuyos motivos
comenzaba a dudar.
—¿Dónde está Antonina? —exclamó, como si
saliera de un trance, mientras avanzaba con fiereza en dirección al desleal
pagano. —Se ha ido de esta habitación; debe haberse refugiado a tu lado.
Ulpio recorrió la habitación con mirada lenta
y penetrante. En su faz lívida se apreciaba una leve agitación, pero no
pronunció palabra.
El rostro del senador palideció y después se
encendió, a influjos de sucesivas emociones de aprensión e ira. Agarró al
pagano del cuello; sus ojos despedían rayos, su sangre hervía; comenzaba a
sospechar que había perdido a Antonina para siempre.
—Vuelvo a preguntarte, ¿dónde está? —gritó con
voz de furia—. Si gracias a lo sucedido esta noche desaparece o le sobreviene
algún daño, mi venganza recaerá sobre ti. ¿Es esto lo que me prometiste? ¿Acaso
crees que es a cambio de esto que me pondré a la cabeza de tu anhelada
restauración de los antiguos dioses? ¡Si algo le sucede a Antonina debido a tu
traición, no sólo no te ayudaré en tus planes secretos, sino que me alegraré de
verte a ti y a tus malditas deidades ardiendo en el infierno de los cristianos!
¿Dónde está la joven, esclavo? Villano, ¿dónde estaba tu vigilancia, que
dejaste a este hombre sorprendernos en nuestra primera entrevista?
Mientras hablaba, se volvió hacia Numeriano.
Las contrariedades y las urgencias dotan a las facultades de una penetración
superior a las de los mortales corrientes. Cada una de las palabras de Vetranio
había penetrado como una daga de fuego hasta el corazón del padre. Horas de
explicaciones no lo habrían convencido tan absolutamente de lo fatal de su
engaño como las pocas frases apresuradas que acababa de escuchar. Ni una
palabra escapó de sus labios; ni un movimiento delató su aflicción. Se mantuvo
inmóvil ante los violadores de su hogar, transformado en un instante de
corajudo fanático en ser débil, indefenso, lacerado.
Aunque toda la ferocidad de su vieja sangre
romana se había despertado en Vetranio al amenazar a Ulpio, el aire de fría,
muda, temible desesperación del padre la congeló en sus venas al instante. El
suyo era aún el impresionable corazón de la juventud; y conmovido por primera
vez en su vida por sentimientos de horror y remordimiento, avanzó un paso para
ofrecer las explicaciones y satisfacciones que se le ocurrían, pero en ese
momento el sonido de la voz de Ulpio lo hizo desistir de sus intenciones y
hacer una pausa para escuchar lo que decía.
—Pasó a mi lado en el corredor —musitó el
pagano con tono terco—. Yo hice mi parte dejándola indefensa en tu poder; a ti
te tocaba impedir que huyera. ¿Por qué no lo derribaste de un golpe —continuó
apuntando con una sonrisa burlona a Numeriano— cuando te sorprendió? Eres un
noble romano, y rico; ¡puedes asesinar impunemente!
—¡Atrás! —exclamó el senador, apartándolo de
un empujón del lugar que había ocupado hasta ese momento en el umbral de la
habitación—. ¡Quizás sea posible encontrarla aún! ¡Hay que registrar toda Roma
en su busca!
Y con esas palabras desapareció de la pieza,
con lo que amo y sirviente quedaron a solas.
Un ruido distante de alboroto y confusión en
las calles de la ciudad quebró el silencio que reinaba en el cuarto. Esos
sonidos ominosos habían comenzado con el alba, pero los miembros del hogar de
Numeriano habían estado tan embargados por distintas emociones que ninguno
había notado el estrépito del exterior. No obstante, tan pronto Vetranio
partió, Ulpio lo percibió y avanzó hasta la ventana. Lo que allí vio y oyó no
era de poca importancia, porque lo clavó al suelo presa de muda e ingobernable
sorpresa.
Mientras Ulpio permanecía junto a la ventana,
Numeriano avanzó trastabillando hasta el lecho que su inoportuna severidad
había dejado desierto, quizás para siempre. La facultad de actuar, la capacidad
para salir él mismo a buscar a su hija habían sido totalmente aniquiladas por
la agonía de su pérdida: el infeliz cayó de rodillas e intentó encontrar en la
oración consuelo para la angustia de su corazón. Ambos, amo y sirviente,
permanecieron largo rato en sus posiciones respectivas: el traidor mirando por
la ventana, el traicionado penando junto al lecho de su hija perdida; ambos
igualmente mudos, ambos igualmente insensibles al paso del tiempo.
Al cabo, aparentemente inconsciente al
principio de que no se encontraba solo en la habitación, Numeriano habló. En su
tono quedo, entrecortado, trémulo, ninguno de sus adeptos habría reconocido la
voz del elocuente predicador, del resuelto crítico de los vicios de la Iglesia.
Todo su natural —moral, intelectual, físico— parecía total e irrevocablemente
transformado.
—¡Era inocente, era inocente! —musitó para sí
mismo—. E incluso si hubiera sido culpable, ¿debía haberla yo expulsado de mi
hogar? Mi papel, como el de mi Redentor, era predicar el arrepentimiento y
mostrar misericordia. ¡Malditos sean el orgullo y la ira que desterraron la
justicia y la paciencia de mi corazón cuando creí verla abandonarse sin
resistencia y sin llanto a mi deshonor y el de ella! ¿Acaso no pude imaginar su
terror, recordar su pureza? Ah, amada hija, si yo mismo fui engañado por estos
malvados, ¿qué hay de extraño en que tú también hayas sido traicionada? ¡Y te
he arrancado de mi lado, a ti, de cuya boca jamás salió una palabra de ira! ¡Te
he apartado de mi pecho, a ti, que eras el orgullo de mi vejez! ¡Se acerca la
hora de mi muerte, y no estarás aquí para perdonarme mi gran ofensa, para
cerrar mis ojos cansados, para llorar junto a mi tumba solitaria! ¡Dios, oh,
Dios, si quedo así de solo en este mundo me habrás impuesto un castigo mayor
que el que puedo soportar!
Calló; durante un instante sus emociones lo
privaron del don de la palabra. Después de unos momentos, murmuró para sí mismo
con voz queda y quejumbrosa:
—¡La llamé mujerzuela! ¡A mi hija pura e
inocente! ¡La llamé mujerzuela; la llamé mujerzuela!
Presa de un paroxismo de desesperación, se
incorporó de un salto y miró a su alrededor con aire azorado. Ulpio aún
permanecía inmóvil junto a la ventana. Al ver al despiadado pagano, Numeriano
tembló. Todas las dolencias de la vejez, que hasta ese momento no lo habían
aquejado, parecieron adueñarse de él en un instante. Avanzó con paso cansado
hasta llegar junto al traidor y le dirigió las siguientes palabras:
—Te di un techo, te instruí, cuidé de ti;
nunca me inmiscuí en tus secretos, nunca dudé de tu palabra; ¡y el pago que me
das es confabularte contra mi hija y engañarme! ¡Si tu objetivo era hacerme
daño destruyendo la felicidad y el honor de mi hija, lo has logrado! ¡Si
quieres expulsarme de Roma, condenarme a la oscuridad para satisfacer una
misteriosa ambición, puedes disponer de mí! ¡Me inclino ante el terrible poder
de tu traición! ¡Renunciaré a lo que me ordenes, con tal de que me devuelvas a
mi hija! Estoy indefenso y abatido; ¡carezco de corazón y de fuerzas para
buscarla yo mismo! ¡Tú, que lo sabes todo y arrostras todos los peligros,
puedes devolvérmela, si así lo quieres, para que me perdone y me bendiga!
¡Recuerda, quienquiera que seas realmente, que una vez también tú estuviste
indefenso y abandonado por todos, y que eres un anciano, igual que yo!
¡Recuerda que he prometido darte lo que desees! ¡Recuerda que a no ser la de mi
hija, no hay voz femenina que me aliente, ni corazón femenino que lata por mí,
ahora que estoy viejo y solo! Las palabras del noble a quien sirves me han
hecho adivinar los planes que abrigas y la fe que profesas: ¡no delataré los
primeros ni atacaré la segunda! Estaba yo convencido de que mis labores en pro
de la Iglesia me eran más queridas que ninguna otra cosa en este mundo; pero
ahora que, por mi culpa, mi hija ha abandonado el techo paterno, sé que la amo
más que al más importante de mis proyectos: ¡debo obtener su perdón; debo
volver a ganar su cariño antes de morir! ¡Tú eres poderoso y puedes
encontrarla! ¡Ulpio! ¡Ulpio!
Mientras hablaba, el cristiano se había
arrodillado a los pies del pagano. Resultaba terrible ver a un hombre tan
íntegro y amoroso así humillado ante un individuo criminal y sin corazón.
Ulpio se volvió para mirarlo, y después, sin
decir palabra, lo levantó del suelo y, tras empujarlo hasta la ventana, le
señaló con ojos centelleantes el panorama que se apreciaba desde allí.
El sol ya estaba alto en el cielo y brillaba
con fulgor cegador sobre Roma y sus suburbios. Una vaga, terrible, misteriosa
desolación parecía haberse apoderado de todas las viviendas situadas fuera de
las murallas. Ningún sonido se oía en los jardines, nadie deambulaba por las
calles. Por otra parte, toda la zona visible de las murallas rebosaba de
personas de todas las categorías sociales, y los distantes anfiteatros y plazas
de la ciudad parecían bullir como hormigueros debido a las multitudes que se
apretujaban en ellos. Esas masas de seres humanos dejaban escapar gritos
confusos y sonidos bárbaros y extraños. Toda Roma parecía protagonizar una
revuelta vasta y generalizada.
Aunque la escena que se desarrollaba ante sus
ojos era extraordinaria y terrorífica, el casi insensible padre casi no la
advirtió. Estaba ciego a todo lo que no fuera la figura de su hija, sordo a
todo menos su voz; y musitó, mientras lanzaba una mirada ausente sobre el
enloquecido cuadro que se desarrollaba ante sus ojos:
—¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está mi hija?
—¿Qué me importa tu hija? ¿Qué importan las
fortunas o los afectos de los hombres y las mujeres en un momento como este?
—exclamó el pagano, parado junto a Numeriano, con la faz horriblemente animada
por los sentimientos de deleite y triunfo feroces que se agitaban en su pecho
ante el espectáculo que presenciaba—. ¡Tonto, mira por la ventana! ¡Escucha
esas voces! ¡Los dioses a los que sirvo, los dioses que tú y tu religión con
gusto habríais destruido, se han alzado al fin para vengarse! Contempla esos
suburbios, ¡están desolados! Escucha esos gritos, ¡salen de labios romanos!
¡Mientras transcurrían los ínfimos problemas de tu hogar, esta ciudad de
apóstatas ha sido condenada a la ruina! ¡Esta mañana permanecerá para siempre
en los anales de la historia del mundo! ¡LOS GODOS ESTÁN A LAS PUERTAS DE ROMA!
CAPÍTULO VIII
LOS GODOS
No era un falso rumor el que empujara a los
habitantes de los suburbios a huir en busca de la seguridad que brindaban las
murallas de la ciudad. No era un grito de terror desatinado el que llegaba a
los oídos de Ulpio mientras miraba desde la ventana de Numeriano. El nombre de
Roma ya había perdido el terror prístino que inspirara; las murallas que
protegieran moralmente al imperio con su fama, tanto como a la ciudad con su
fortaleza, habían perdido al fin su antigua invulnerabilidad. ¡Un ejército de
bárbaros había penetrado en la Capital del Mundo animado por propósitos de
conquista y venganza! El objetivo que las invasiones de los últimos seiscientos
años se propusieran en vano ya se había logrado, y lo habían hecho los hombres
cuyos antepasados huyeran otrora como bestias perseguidas hacia sus reductos
nativos ante las legiones de los Césares. ¡Los godos estaban a las puertas de
Roma!
Y ahora, mientras sus guerreros plantaban el
campamento a su alrededor; mientras contemplaba las huestes armadas a las que
su llamada había reunido y su energía conducido; mientras que amenazaba las
puertas del senado corrupto y mentiroso y a la jactanciosa multitud que lo
había despreciado, ¡qué emociones no atenazaban el corazón de Alarico! A medida
que las órdenes marciales salían de sus labios y que sus ojos observaban el
movimiento de las hordas que lo circundaban, ¡qué exaltadas aspiraciones, qué
osadas resoluciones no nacían y se fortalecían en la mente del hombre que era
el pionero de la grandiosa revolución que barrió de uno de los cuadrantes del
mundo el poder, la civilización, la vida y el espíritu mismos de siglos de
antigua dominación! Pasaban veloces por su mente elevados pensamientos; una
osada ambición ensanchaba su pecho: no la del saqueador bárbaro, sino la del
vengador cuya misión era infligir un castigo; no la del guerrero que combatía
por el combate mismo, sino la del héroe llamado a conquistar y a imperar. Desde
los lejanos días en que Odín fuera expulsado de sus tierras por los romanos
hasta la noche mancillada por la masacre de los rehenes de Aquilea, la hora de
la justa y terrible expiación de los males infligidos a los godos había sido
pospuesta durante agobiantes años y convulsiones anunciadoras de enconados
enfrentamientos, y llegaba ahora al fin, en su reinado. Contempló las enormes
murallas, que sólo fueran avistadas antes por otro invasor: Aníbal. Y sintió,
al mirarlas, que sus nuevas aspiraciones no lo engañaban, que sus sueños de
dominación cuajaban en orgullosa realidad, ¡que su destino estaba gloriosamente
vinculado con el derrocamiento de la Roma imperial!
Pero incluso en ese momento en que el triunfo
estaba tan próximo, el líder de los godos seguía siendo astuto en sus
propósitos y moderado en sus acciones. Los impacientes guerreros no aguardaban
más que la orden de comenzar el ataque, saquear la ciudad y masacrar a sus
habitantes, pero el jefe supremo la postergaba. Poco después de que el ejército
hiciera alto ante las puertas de Roma, se hizo correr la voz entre las filas de
que, por causas sólo por él conocidas, Alarico había decidido reducir a la
ciudad mediante un asedio.
Sus fuerzas, a las que se habían sumado
durante la marcha treinta mil auxiliares, se dividían ahora en batallones, cuya
fuerza variaba según el servicio que se requería de cada uno de ellos. Esas
divisiones rodeaban las murallas de la ciudad, y aunque cada una de ellas
ocupaba una posición distinta y cumplía una misión específica, estaban
dispuestas de forma tal que, a una señal, podía reunirse en un punto dado el
número de soldados que se deseara. Cada cuerpo del ejército estaba al mando de
un guerrero veterano y probado, en cuya fidelidad Alarico confiaba plenamente;
a ellos les había encomendado la tarea de imponer la más estricta disciplina
militar que imperara jamás en las filas godas. Ante cada una de las doce
puertas principales se instaló un campamento. Multitud de ojos vigilaban
incansables el Tíber en todas direcciones para impedir la navegación, y ninguna
de las entradas usuales a Roma, por insignificante que pareciera, se había
pasado por alto. De ese modo se cortó toda comunicación entre la ciudad sitiada
y los amplios y fértiles campos que la rodeaban. Cuando se recuerda que ese
elaborado plan de asedio se llevaba a cabo contra una urbe que, según los
cálculos más conservadores, albergaba un millón doscientos mil habitantes,
carentes de almacenes de alimentos en el ámbito amurallado, de modo que
dependían para su abastecimiento de los arribos regulares procedentes de la
campiña; una ciudad gobernada por un senado vacilante y defendida por un
ejército enervado, se puede imaginar fácilmente los horrores que amenazaban a
los ahora sitiados romanos.
Entre las divisiones que rodeaban la ciudad
condenada a la destrucción, la más digna de la atención del lector en este
momento es la destacada frente a la Puerta Pinciana, porque uno de los
guerreros designados para cumplir en ella funciones subalternas de mando era el
joven caudillo Hermanrico, a quien Goisvintha acompañara a lo largo de todas
las dificultades y peligros de la marcha desde el momento en que los dejamos en
los Alpes italianos.
Se había apostado la guardia, se habían
levantado las tiendas, se habían erigido las defensas en el terreno
seleccionado porque controlaba todo posible acceso a la Puerta Pinciana, de
modo que Hermanrico se había retirado junto a Goisvintha para aguardar
cualquier misión futura que le confiaran sus superiores en el ejército godo. El
lugar que ocupaba la sencilla tienda del joven guerrero era una pequeña
elevación, separada de las posiciones escogidas por sus camaradas, al este de
la puerta de la ciudad y encima, aunque a cierta distancia, de los desiertos
jardines de los suburbios y los señoriales palacios del monte Pincio. Tras su
albergue temporal se extendía el campo abierto, reducido a una fértil soledad
por la huida de sus aterrorizados habitantes; y a ambos lados se apreciaba un
panorama ininterrumpido de fuerza y preparativos militares, consistente en una
animada confusión de soldados, tiendas y máquinas de guerra que cubría todo lo
que alcanzaba la vista. Transcurrían las primeras horas de la noche. Las
murallas de Roma, envueltas en la neblina que había comenzado a levantarse del
suelo, se alzaban difuminadas e imponentes ante los godos. Los ruidos de la
ciudad sitiada aminoraban y se hacían más sordos, como si los sofocara la
creciente oscuridad de la noche otoñal, y se tornaban cada vez menos audibles a
los atentos oídos de los sitiadores que trataban de distinguirlos desde sus
respectivas posiciones. Una tras otra, a intervalos irregulares, se encendieron
brillantes luces en el campamento godo. Ronco e intermitente, el penetrante
sonido de las trompetas de señales resonó entre las filas; y en el aire opaco y
espeso comenzó a elevarse, en los intervalos de silencio entre otros sonidos
más graves, el estrépito de pesados martillos y los gritos de las órdenes
guerreras. Allí donde los preparativos del asedio no se habían completado, no
se permitió ni por un instante que la caída de la noche o el pretexto del
agotamiento obstruyeran su continuación. La indomable voluntad de Alarico
vencía todos los obstáculos de la naturaleza y todas las limitaciones humanas.
Las tinieblas no eran lo bastante oscuras para obligarlo a descansar, y la
extenuación no hablaba con elocuencia suficiente para tentarlo a perder tiempo.
Ninguna sección del ejército había ejecutado
las órdenes del rey godo de manera tan rápida e inteligente como la destacada
junto a la Puerta Pinciana. En consecuencia, la conversación entre Hermanrico y
Goisvintha en la tienda del joven caudillo no se vio interrumpida durante un
largo rato por nuevas órdenes provenientes del cuartel general del campamento.
En lo tocante a su apariencia externa, ambos
hermanos habían sufrido un cambio tan notable que resultaba visible incluso a
la luz incierta de la antorcha que los alumbraba a la puerta de la tienda. Los
rasgos de Goisvintha, que en la época en que la conocimos en las orillas del
lago intramontano conservaba, a pesar de sus acerbos sufrimientos, buena parte
de la majestuosa e imponente belleza que los caracterizara en días más felices,
no tenían ya ni la más leve traza de sus anteriores atractivos. La frescura de
su semblante se había marchitado, la redondez de sus formas había desaparecido.
Sus ojos se habían contraído hasta adoptar una permanente expresión de maligna
irritación, y sus maneras se habían vuelto hurañas, repulsivas y desconfiadas.
Esa alteración de su aspecto era resultado de una transformación más peligrosa
de las inclinaciones de su corazón. La muerte de su último hijo en el preciso
instante en que su huida culminara con éxito al alcanzar la protección de los
suyos, la había afectado más decisivamente que todas las pérdidas sufridas con
anterioridad. Las dificultades y peligros que había arrostrado para salvar a su
retoño de la masacre; la triste certidumbre de que ese niño era lo único que le
quedaba de los antiguos objetos de su afecto; la indómita sensación de triunfo
que experimentara al recordar que al menos en eso había logrado burlar, merced
a sus esfuerzos, la brutal traición de la corte romana, le habían inspirado
sentimientos de devoción hacia el último miembro de su familia que lindaban con
la locura. Y ahora que su amado vastago, su víctima inocente, su futuro
guerrero había agonizado y muerto a pesar de todos sus desvelos por mantenerlo
vivo; ahora que no tenía hijos; ahora que la crueldad romana había logrado sus
fines a pesar de toda su paciencia, todo su valor, toda su entereza, los
sentimientos nobles que albergaba en su corazón desaparecieron, aniquilados por
la conmoción. Su dolor adoptó esa forma fatal que destruye irremediablemente en
las mujeres todas las mejores y más tiernas emociones; se transformó en esa
desesperación que no pide compasión, en ese dolor que no guarda relación alguna
con las lágrimas.
La nueva expresión de brusquedad y las maneras
hurañas visibles ahora en Hermanrico —de intelecto menos elevado y disposición
menos susceptible que su hermana— eran resultado sobre todo de su constante
contemplación de la sombría desesperación de Goisvintha más que de una
verdadera revolución de su carácter. De hecho, por más puntos de semejanza que
fueran ahora discernibles en la apariencia de los hermanos, la diferencia de
grado de su situación moral tenía que ver con la diferente intensidad del dolor
que cada uno sentía. A pesar de sus pruebas y aflicciones, Hermanrico tenía a
su favor la saludable elasticidad de la juventud y las ocupaciones viriles de
la guerra. Goisvintha no poseía ninguna de ellas. Sin más empleo para sus
pensamientos que los recuerdos amargos, carente de generosas aspiraciones, de
una esperanza consoladora que llenara su corazón, estaba irrevocablemente
librada a la influencia de un dolor huraño y una vengativa desesperación.
La mujer y el guerrero guardaron silencio
durante un rato. Al cabo, sin apartar la vista de la masa oscura e irregular
que se alzaba ante sus ojos, que era todo lo que la noche dejaba ver de la
infortunada ciudad, Hermanrico le dirigió a Goisvintha las siguientes palabras:
—¿No tienes ni una frase de triunfo al
contemplar las murallas que los tuyos han luchado durante generaciones para ver
a su merced, como ahora las vemos? ¿Acaso puede una mujer goda permanecer en
silencio ante la ciudad de Roma?
—Vine hasta aquí para ver a Roma saqueada y a
los romanos muertos. ¿Qué importancia puede tener para mí Roma sitiada?
—contestó Goisvintha con fiereza—. Los tesoros que guarda la ciudad servirán
para comprar su inmunidad de nuestro rey tan pronto como los que ahora tiemblan
en las almenas de las murallas reúnan el valor suficiente para venir al
campamento de los godos. ¿Dónde está la venganza que me prometiste alcanzar en
esos palacios distantes? ¿Te veo acaso llevando a los hogares de Roma la
destrucción que los soldados de esa ciudad llevaron a los hogares de los godos?
¿Es en busca de botín o de gloria que ha llegado el ejército hasta aquí? ¡Creí,
en mis desvarios de mujer, que era en busca de venganza!
—¡El deshonor será tu venganza; la hambruna
será tu venganza; las epidemias serán tu venganza!
—Serán la venganza de mi nación, no la mía.
¡He visto la sangre de las mujeres godas derramada a mi lado; he visto los
cadáveres de mis hijos desangrarse a mis pies! ¿Crees que una hambruna que no
podré ver y unas epidemias que no podré contemplar serán suficiente venganza
para mí? ¡Mira! ¡Esta es la cimera del yelmo de quien fue mi esposo y tu
hermano, la cimera del yelmo que me arrojaron como prueba de que los romanos lo
habían asesinado! Desde la masacre de Aquilea la llevo junto a mi pecho. Juré
que la sangre que la mancha y la oscurece se lavaría con sangre romana. ¡Aunque
perezca bajo esas murallas malditas; aunque en tu insensible paciencia me
niegues protección y ayuda; yo, viuda, débil, abandonada de todos como estoy,
no cejaré hasta cumplir mi juramento!
Al terminar sus palabras envolvió la cimera en
su manto y le volvió la espalda bruscamente a Hermanrico en gesto patente de
amargo desprecio. Todos los atributos de su sexo en lo relativo a pensamientos,
expresiones y maneras la habían abandonado. Hasta su tono de voz era áspero y
poco femenino.
Cada palabra pronunciada por Goisvintha, cada
una de sus acciones, había llegado a lo más profundo del corazón del joven
guerrero y había removido en él las más fieras pasiones. El primer sentimiento
nacional que se puede discernir en el origen de la historia goda es el amor a
la guerra; el segundo es la reverencia a la mujer. Esa segunda emoción
—especialmente notable en un pueblo tan fiero y poco susceptible como los
antiguos escandinavos— no guardaba ninguna relación con los fuertes vínculos de
afecto que son la consecuencia natural de los temperamentos cálidos de naciones
más meridionales; la frígida y robusta disposición de los guerreros del Norte
clasificaba el amor entre las pasiones inferiores y despreciables. Aquella
reverencia era hija del razonamiento y la observación, no de sentimientos
instintivos e impulsos del momento. En el código salvaje y poético de las
antiguas supersticiones godas había un axioma que recordaba extrañamente una
importante teoría de la concepción cristiana: la existencia de un Creador
omnipotente que cuida de las criaturas mortales. En el sistema religioso de los
godos, toda acción del cuerpo, todo impulso de la mente, era resultado
inmediato de la intervención directa, aunque invisible, de las divinidades que
adoraban. Por tanto, cuando observaron que las mujeres estaban más sometidas
físicamente que los hombres a las misteriosas leyes de la naturaleza y el
temperamento, y más afectadas mentalmente que ellos por los instintos innatos y
universales de la humanidad, dedujeron la inevitable conclusión de que el sexo
femenino era más incesantemente atendido y más constante y notablemente
influenciado que el masculino por los dioses que reverenciaban. A partir de esa
creencia, encargaron a sus mujeres el estudio de la medicina, la interpretación
de los sueños y, en muchos casos, los misterios de la comunicación con el mundo
invisible. Las integrantes del sexo débil se convirtieron en consejeras en los
tiempos difíciles y en médicas en los de enfermedad, en compañeras más que en
amantes, en objetos de veneración y no en proveedoras de placer. Aunque en
épocas posteriores las migraciones de la nación goda transformaron el
temperamento de la nación, aunque la adoración a Cristo reemplazó a la antigua
mitología, ese sentimiento prevaleciente en su existencia previa como pueblo
nunca los abandonó por completo, sino que, con diversas modificaciones y en
formas diferentes, mantuvo buena parte de su antiguo ascendiente a lo largo de
todos los cambios de hábitos y variaciones de costumbres, hasta llegar
finalmente a su posteridad en el seno de las actuales naciones de Europa en
forma de ese código de cortesía universal hacia las mujeres que se admite que
es una de las señales que diferencia los sistemas sociales de los habitantes de
los pueblos civilizados y los incivilizados.
Esa poderosa y notable influencia de las
mujeres sobre los hombres que se observaba entre los godos difícilmente podría
haberse manifestado de forma más portentosa que en el caso de Hermanrico. No
sólo se evidenciaba en el deterioro que la constante compañía de Goisvintha
producía en su temple viril, sino también en el fuerte impacto que sus últimas
palabras de furia y desprecio habían ejercido sobre su mente. Sus ojos
relampaguearon de ira, sus mejillas se encendieron de vergüenza al escuchar las
partes de su indignada arenga que se referían a él con más amargura. Casi de
inmediato, cuando su hermana se volvía para retirarse hacia la tienda,
Hermanrico la detuvo y le contestó con voz alta y acusadora:
—¡Tus palabras son injustas! ¿Acaso te negué
protección cuando te encontré en los Alpes? ¿Dejé que tu hijo sufriera sin
buscar ayuda cuando lo vi herido? ¿Lo condené a corromperse insepulto o dejé
que su madre se viera obligada a la tarea de cavar su tumba cuando murió?
¿Olvidé al acercarnos a Aquilea y al pasar junto a Rávena que la espada colgaba
de mi hombro? ¿Fue acaso por mi voluntad que permaneció envainada, o que no
traspuse las puertas de las ciudades romanas, sino que las dejé atrás a toda
prisa? ¿No fueron las órdenes del rey las que me contuvieron? ¿Podía yo, uno de
sus guerreros, desobedecerlo? Te juro que ansio cumplir la venganza que te
prometí, pero, ¿me corresponde a mí quebrantar el mandato de Alarico? ¿Puedo yo
solo atacar la ciudad que ha ordenado que sitiemos? ¿Qué querrías que hiciera?
—¡Querría que recordaras —replicó Goisvintha
indignada—, que los romanos asesinaron a tu hermano y me arrebataron a mis
hijos! ¡Querría que recordaras que años y años de una guerra generalizada no
valen una hora de venganza personal! ¡Te querría menos sometido a la pericia de
tu general y más dedicado a vindicar tus propios agravios! ¡Querría que —como
yo— ansiaras derramar la sangre del primer habitante de ese nido de traidores
que —en son de paz o de guerra— abandone el cerco de las murallas que protegen
la ciudad!
Hizo una pausa abrupta en espera de respuesta,
pero Hermanrico no pronunció palabra. El veleroso corazón del joven caudillo se
amilanó ante el asesinato deliberado que las frases veladas pero expresivas de
Goisvintha le exigían. Tomar por asalto la ciudad junto a sus camaradas,
superar al calor de la batalla los más terribles horrores de la masacre de
Aquilea, habría armonizado con su arrojada disposición y su educación guerrera;
pero someterse a los proyectos de Goisvintha implicaba un sacrificio que las mismas
peculiaridades de su carácter marcial le hacían repugnante. Le habría
comunicado esos sentimientos a su compañera a medida que pasaban por su mente;
pero había algo en la temible y ominosa transformación que se había operado en
su disposición desde que la encontrara en los Alpes, en su afán violento y
anormal de obtener venganza y ver correr la sangre, que le otorgaba una
misteriosa e intensa influencia sobre sus pensamientos, sus palabras e incluso
sus acciones. Hermanrico vaciló y guardó silencio.
—¿Acaso no he sido paciente? —continuó
Goisvintha bajando la voz hasta adoptar un tono de urgente y agitada súplica
que hirió el oído de Hermanrico al recordar quién era la peticionaria e
imaginar cuál sería la petición—. ¿Acaso no fui paciente durante las agotadoras
marchas a través de los Alpes? ¿Acaso no he aguardado por la hora de la
revancha, incluso ante las ciudades indefensas que dejamos atrás a nuestro
paso? ¿Acaso, por instigación tuya, no he domeñado mi ansia de venganza hasta
el día en que pudiera verte remontar esas murallas con el resto de los
guerreros godos para arrasar a sangre y fuego a los arrogantes traidores de
Roma? ¿Ha llegado ese día? ¿Es mediante este asedio que se alcanzará la
reparación que me juraste sobre el cadáver de mi hijo asesinado? Recuerda los
peligros que arrostré yo para preservar la vida del último de los miembros de
mi familia. ¿No arriesgarás tú nada para vengar su muerte? Su sepultura
permanece solitaria y abandonada. Lejos de los hogares de los suyos, muerto en el
alborear de su hermosura, asesinado en las primicias de su fuerza yace el
retoño de la sangre de tu hermano. Y los otros —mis dos hijos aún impúberes; su
padre, bravo en el combate y sabio en el consejo—, ¿dónde están? ¿Blanquean sus
huesos en la llanura deshabitada, o se corrompen insepultos a la orilla del
océano? Piensa, si hubieran vivido, ¡con cuánta felicidad habrían transcurrido
tus días junto a ellos en épocas de paz! ¡Cuan contento se habría sentido tu
hermano de acompañarte a cazar! ¡Con cuánto gozo se habrían subido sus hijos a
tus rodillas para aprender de tus labios las primeras lecciones que los
formarían para la vida del guerrero! ¡Piensa en goces como esos, y después
recuerda que las espadas romanas te han privado de todos ellos!
Su voz temblaba. Calló un instante y levantó
los ojos con desconsuelo a Hermanrico, que había vuelto el rostro. Todos los
rasgos del semblante del joven caudillo revelaban el tropel de sentimientos que
las palabras de Goisvintha habían despertado en él. Intentó responder, pero la
voz le falló en ese momento de prueba. Inclinó la cabeza sobre el pecho
anhelante y, tomando de la mano a su hermana sin decir palabra, dejó escapar un
profundo suspiro. Goisvintha estaba a punto de lograr lo que le había implorado:
¡Hermanrico cedía aceleradamente a los calculados esfuerzos de su tentadora!
—¿Sigues mudo? —continuó sombría—. ¿Te extraña
esta ansia de venganza, esta sed de sangre romana? Pues te diré que esos deseos
me los han inspirado voces provenientes de un mundo ignoto. ¡Ellas me instan a
tomar la revancha de una nación que me convirtió en una viuda sin hijos —allá,
en su ciudad ostentosa, entre sus mimados ciudadanos, en sus amados hogares—,
en el mismo sitio en que sus vergonzosos planes se hicieron realidad, en que
sus inclementes traiciones tienen su cruento origen! ¡He oído leer, en el libro
que nuestros maestros adoran, que la voz de la sangre clama desde la tierra!
¡Esa es la voz, Hermanrico; esa es la voz que he oído! ¡He soñado que caminaba
junto a un mar de sangre por una orilla cubierta de cadáveres! ¡He visto
levantarse del mar los cuerpos de mi esposo y de mis hijos, atravesados por
espadas romanas! Me han llamado a través del vaho de la carnicería que los
rodeaba: "¿Aún no hemos sido vengados? ¿Sigue envainada la espada de
Hermanrico?" ¡Noche tras noche he contemplado esa visión y he oído esas
voces, y no he tenido esperanzas de respiro hasta el día en que viera al
ejército acampado ante las murallas de Roma, preparando las escalas para el
asalto! Y ahora, después de todo lo que he soportado, ¿qué sucede ese día?
¡Maldita sea el ansia de botín! ¡Ella es más importante para ti y para el resto
de los guerreros que la justicia que nace de la venganza!
—¡Escucha! ¡Escucha! —exclamó implorante
Hermanrico.
—¡No escucho más! —lo interrumpió Goisvintha—.
¡La lengua de los míos se ha convertido a mis oídos en un idioma extranjero,
porque sólo habla de rapiña y de paz, de obediencia, de paciencia y de
esperanza! ¡No oigo más, porque ya no están los miembros de mi familia a
quienes me encantaba escuchar: todos, menos tú, fueron asesinados por los
romanos; y de ti abjuro!
Privado de toda capacidad de reflexión por la
violencia de las emociones que despertaran en su corazón las atroces
revelaciones de las malas pasiones que consumían a Goisvintha, el joven godo,
entre estremecimientos que recorrían todo su cuerpo, y aún sin mirar de frente
a su hermana, murmuró con acento ronco y vacilante:
—¡Pídeme lo que quieras! No tengo palabras con
que negarme, ni fuerzas para censurarte. ¡Pídeme lo que quieras!
—¡Prométeme —exclamó Goisvintha, tomando de la
mano a Hermanrico y contemplando con expresión de feroz triunfo su semblante
turbado—, que este asedio de la ciudad no se pondrá en el camino de mi
venganza! ¡Prométeme que la primera víctima de la justa expiación será el
primer habitante de Roma que, en son de paz o de guerra, aparezca ante ti!
—Lo prometo —exclamó el godo. Y esas dos
palabras sellaron la suerte de su vida futura.
Durante el silencio que se produjo a
continuación entre'Goisvintha y Hermanrico, mientras ambos permanecían sumidos
en profundas reflexiones, el oscuro panorama que se desplegaba a su alrededor
comenzó lentamente a aclararse al influjo de una luz suave y clara. La luna,
cuyo ancho disco mate había salido entre las nieblas de la noche teñido de un
sombrío color rojo, había superado ya los más altos vapores terrestres, y
brillaba en el ancho firmamento, luciendo una vez más su acostumbrado tinte
pálido. Gradual, pero perceptiblemente, capa tras capa de neblina se
desprendieron de los orgullosos remates de los palacios de Roma, y las
elevaciones de la opulenta ciudad parecieron alborear a la luz suave, apacible,
misteriosa de la luna; al tiempo que la porción inferior de las murallas, los
desolados suburbios y algunas partes del campamento godo siguieron sumidos en
la umbría oscuridad de la niebla, formando un contraste magnífico y sombrío con
el panorama de radiante luz que parecía flotar sobre ellos y cercarlos. Los
trechos de terreno más altos y despejados tras la tienda de Hermanrico
comenzaron a hacerse parcialmente visibles, y empezó a oírse tenuemente, a
intervalos, el canto del ruiseñor entre los árboles solitarios y distantes.
Fuera cual fuese la dirección en que se mirara, el aspecto de la naturaleza
prometía una noche tranquila y sin nubes, típica del clima otoñal de la antigua
Italia.
Hermanrico fue el primero en volver a
contemplar lo que lo rodeaba. Al percatarse de que la antorcha que seguía
encendida junto a su tienda se había tornado inútil, ahora que la luna había
salido y dispersado la niebla, fue hasta ella y la apagó; después hizo una
pausa para echar una mirada a la llanura que se iluminaba lentamente ante su
vista. Llevaba poco tiempo dedicado a esa tarea cuanto creyó distinguir una
forma humana que se movía lentamente en una zona de terreno parcialmente
iluminado y ondulado, a corta distancia de donde se encontraba. Era imposible
que esa figura errante fuera uno de los suyos; todos ellos ocupaban sus
posiciones; y sabía que su tienda estaba ubicada en uno de los extremos del
campamento que guardaba la Puerta Pinciana.Volvió a mirar. Lá figura seguía
avanzando, pero a una distancia demasiado grande como para permitirle
descubrir, a la incierta luz reinante, su nacionalidad, sexo o edad. El corazón
le dio un vuelco al recordar la promesa que le había hecho a Goisvintha, y consideró
la posibilidad de que quien ahora se aproximaba al campamento fuera un
miserable esclavo, abandonado por los fugitivos que abandonaran los suburbios
en la mañana, y que, como último recurso, se dirigía a recabar la piedad y la
protección de sus enemigos. Se volvió hacia Goisvintha cuando esa idea pasó por
su mente, y se percató de que seguía aún sumida en sus meditaciones.
Tranquilizado al ver que su hermana todavía no había visto la figura del
fugitivo, volvió a concentrar su atención —con una ansiedad que no podía
explicarse— en el sitio en que la viera por primera vez; pero había
desaparecido. O bien se había procurado un escondite o seguía avanzando hacia
su tienda por entre una arboleda que cubría la falda de la colina.
Paciente, silencioso, siguió examinando el
área, y no advirtió ningún ser vivo. Al cabo, cuando comenzaba a preguntarse si
no lo habrían engañado sus ojos, la figura fugitiva volvió a aparecer de
repente entre los árboles. Esforzándose salvar con paso desigual la franja de
terreno bajo y húmedo que aún la separaba del joven godo, llegó a su tienda y,
con un grito de extenuación, cayó inerme a sus pies.
El grito, aunque apagado, atrajo la atención
de Goisvintha. Se volvió al instante, echó a un lado a Hermanrico de un empujón
y alzó a la desconocida en sus brazos. La figura menuda y esbelta, la mano y el
brazo hermosos que colgaban inmóviles, los largos rizos de cabello negrísimo,
saturados por la humedad de la atmósfera nocturna, delataron de inmediato el
sexo y la edad de la errante. El fugitivo solitario era una joven.
Tras hacerle una seña a Hermanrico de que
volviera a encender la antorcha apagada en la fogata de unos centinelas
cercanos, Goisvintha llevó a la joven aún inanimada hasta la tienda. Por la
mente del godo, que procedió a obedecerla en silencio, cruzó una sospecha vaga
y horrenda que se negó a admitir. Su mano temblaba de tal modo que casi no
podía sostener la antorcha, y aunque era bravo y vigoroso, sus piernas
Saqueaban al regresar lentamente a la tienda.
Cuando penetró en su albergue temporal, la luz
de la antorcha iluminó una escena extraña e impresionante.
Goisvintha estaba sentada en un tosco arcón de
roble, sosteniendo sobre sus rodillas el cuerpo de la joven y contemplando con
el más intenso y absorto interés su semblante pálido y desmejorado. La estola
reducida a harapos en que hasta ese momento se envolviera la fugitiva había
caído al suelo, dejando al descubierto la túnica blanca, que era la única otra
prenda de ropa que la cubría. La exposición al frío había hecho adquirir a su
rostro, su garganta y sus brazos la virginal blancura del mármol. Sus ojos
estaban cerrados, y sus rasgos pequeños y delicados estaban agarrotados en una
rígida inmovilidad. De no ser por el pelo negrísimo, que subrayaba el aspecto
espectral de su rostro, se la habría tomado, reclinada en los brazos de la
mujer, por una estatua exquisitamente cincelada de la muerte juvenil.
Cuando la figura del joven guerrero, ataviado
con sus arreos marciales, detenido cerca de la joven inconsciente con evidentes
emociones de sorpresa e inquietud, se añadió al grupo de las dos mujeres;
cuando el resplandor vacilante y montaraz de la antorcha iluminó el cuerpo alto
y recio de Goisvintha, vestido con ropas oscuras e inclinado sobre la frágil
figura y la túnica blanca de la fugitiva; cuando se pudo apreciar el color
subido, los rasgos marchitos y la expresión anhelante de la mujer, ahora en sombras,
ahora iluminados, en cercano contraste con el semblante pálido, juvenil,
inmóvil de la joven, el conjunto de violentas luces y profundas sombras dotaron
a la escena de un carácter al mismo tiempo misterioso y sublime. El cuadro era
de una armoniosa variedad de colores graves, reunidos gracias al exquisito arte
de la Naturaleza en forma grandiosa y, a la vez, simple: parecía un lienzo
ejecutado por la mano de Rembrandt e imaginado por la mente de Rafael.
Dando por terminado abruptamente su largo y
minucioso examen de la fugitiva, Goisvintha procedió a tratar de devolverle el
sentido a su inconsciente protegida. Mientras estuvo dedicada a esa tarea
mantuvo un silencio total. Una intensa expectación, que absorbía todos sus
sentidos en esa única faena, parecía haberse adueñado de su corazón. Se
consagró a su labor con la energía mecánica e imperturbable de quienes tienen
la atención más concentrada en sus pensamientos que en sus acciones.
Lentamente, como de mala gana, el primer leve rubor vital, del más tierno y
delicado matiz, apareció en las mejillas sin color de la joven. Gradual,
suavemente, su respiración cada vez más rápida agitó un fino rizo de sus
cabellos que había caído sobre su rostro. Un instante más y los ojos cerrados,
sosegados, se abrieron de repente y lanzaron una rápida mirada alrededor de la
tienda con expresión enajenada de extrañeza y terror. Después, cuando
Goisvintha se levantó para intentar depositarla en un asiento, se soltó de sus
manos, la contempló por un momento con intensidad plagada de temor y, por
último, tras caer de rodillas, murmuró con voz suplicante:
—Tened piedad. Mi padre ha abjurado de mí, no
sé por qué. Las puertas de la ciudad se me han cerrado. ¡Mi hogar en Roma me
está prohibido para siempre!
Apenas había pronunciado esas palabras cuando
el semblante de Goisvintha sufrió una ominosa transformación. Su anterior
expresión de ardiente curiosidad se convirtió en un gesto de triunfo malvado.
Sus ojos se clavaron con una mirada fija, relampagueante, hipnotizada en el
rostro vuelto hacia lo alto de la joven. Contempló con deleite perverso a la
criatura indefensa que se hallaba a sus pies como la bestia salvaje contempla a
la presa que ha cazado. Su cuerpo pareció dilatarse, una sonrisa burlona
apareció en sus labios, un rubor de fuego cubrió sus mejillas, y comenzó a
musitar una y otra vez para sí misma:
—¡Sabía que era romana! ¡Aja! ¡Sabía que era
romana!
Hermanrico había permanecido todo ese tiempo
en silencio. Sus respiración se hizo entrecortada y difícil, su rostro
palideció, y su mirada, tras posarse por un instante en la mujer y la joven,
recorrió la tienda lenta y ansiosamente. En uno de sus rincones yacía una
pesada hacha de guerra. Sus ojos fueron, por un momento, con vivida expresión
de horror, del arma a Goisvintha, y después, tras atravesar lentamente la
tienda, tomó el arma con brazo firme, aunque tembloroso. Cuando levantó la
vista, Goisvintha se le acercó. En una mano llevaba la cimera ensangrentada, y
con la otra apuntaba a la figura arrodillada de la joven. Una sonrisa morbosa
mantenía aún sus labios entreabiertos, y le musitó al godo:
—¡Recuerda tu promesa! ¡Recuerda a los tuyos!
¡Recuerda la masacre de Aquilea!
El joven guerrero no respondió. Avanzó rápido
unos pasos y le hizo señas apresuradas a la joven de que huyera por la puerta;
pero a esas alturas el terror la había privado de todas sus capacidades
normales de percepción y comprensión. Miró a Hermanrico con aire ausente y tras
sufrir un violento estremecimiento se arrastró hasta un rincón de la tienda.
Durante el corto silencio que se produjo a continuación, el godo la oyó tiritar
y suspirar; mientras tanto, contemplaba, con toda la inquietud que produce la
aprensión, el entrecejo cada vez más fruncido de Goisvintha.
—Es romana; ¡es la primera habitante de la
ciudad que apareció ante tus ojos! ¡Recuerda tu promesa! ¡Recuerda a los tuyos!
¡Recuerda la masacre de Aquilea! —dijo la mujer con voz fiera, impetuosa,
concentrada.
—Recuerdo que soy un guerrero y un godo
—replicó Hermanrico con aire desafiante—. ¡He prometido vengarte, pero es en un
hombre que debo cumplir mi promesa, en un hombre en son de guerra, que pueda
enfrentarme con las armas en la mano, en un hombre vigoroso y valiente a quien
mataré en combate singular ante tus ojos! ¡La muchacha es demasiado joven para
morir, demasiado débil para atacarla!
Ni una sílaba de las que pronunciara pasó
desapercibida para la fugitiva; cada una de sus palabras parecía reanimar sus
anuladas facultades. Cuando Hermanrico calló, la joven se incorporó y, con el
rápido instinto hijo del terror, corrió junto al joven godo. Después, tomándolo
de la mano —la mano que aún sostenía el hacha de guerra— se arrodilló, depositó
un beso en ella, la apretó contra su pecho y comenzó a pronunciar rápidas y
entrecortadas frases que su voz trémula hacían completamente ininteligibles.
—¿Acaso los romanos pensaron que mis hijos
eran demasiado jóvenes para morir, o demasiado débiles para atacarlos? —exclamó
Goisvintha—. ¡Por el Dios de los Cielos, los asesinaron con más saña porque
eran jóvenes, y los hirieron con más fiereza porque eran débiles! ¡El corazón
me salta en el pecho al mirar a esta joven! ¡Seré doblemente vengada si se me
venga en los inocentes y los jóvenes! ¡Sus huesos se pudrirán en las llanuras
de Roma, como se pudren los huesos de mis hijos en las llanuras de Aquilea! ¡Haz
correr su sangre en mi nombre! ¡Recuerda tu promesa! ¡Haz correr su sangre en
mi nombre!
Avanzó hacia la fugitiva con los brazos
extendidos y los ojos relampagueantes. Con la respiración jadeante, el rostro
súbitamente cubierto de una lívida palidez, los rasgos desfigurados alumbrados
por la luz de la antorcha, parecía, en ese momento temible, un ser
sobrenatural; pero la divina piedad había robustecido la decisión del joven
godo de enfrentar todas las eventualidades. No bajó ni por un instante los ojos
fulgurantes y firmes ante la mirada extraviada de la furia que se le
enfrentaba. Con una de sus manos impidió que Goisvintha diera otro paso; la
otra no podía liberarla de la joven, que la apretaba y la besaba con más
vehemencia que antes.
—Lo haces sólo para irritarme —dijo
Goisvintha, adoptando súbitamente una palpable actitud de astucia, más preñada
de peligro para la fugitiva que la furia que había desplegado hasta ese
momento—. ¡Me engañas, porque, como si fuera una niña, no he demostrado
paciencia! ¡Pero harás correr su sangre, eres honorable y cumplirás tu promesa,
harás correr su sangre! ¡Y yo —continuó exultante, tras tomar asiento en el
arcón de roble que había ocupado antes y colocar los puños cerrados sobre las
rodillas—, esperaré para verlo!
En ese momento se oyeron voces y pasos cerca
de la tienda. Hermanrico ayudó a la temblorosa joven a incorporarse y,
sosteniéndola con uno de sus brazos, se adelantó para conocer la causa de la
interrupción. De inmediato topó con un viejo guerrero de rango superior,
ayudante personal de Alarico, quien venía acompañado por un pequeño grupo de
soldados del campamento.
—Goisvintha, la hermana de Hermanrico, es una
de las mujeres designadas por el rey para atender esta noche a los soldados que
enfermaron o resultaron heridos durante la marcha. Si está aquí, que se acerque
y me siga —dijo el jefe de la partida con tono autoritario desde la entrada de
la tienda.
Goisvintha se incorporó. Durante un momento
fue presa de la indecisión. Abandonar a Hermanrico en un instante como ese
constituía un sacrificio que atenazaba su bárbaro corazón; pero recordó la
severidad de la disciplina de Alarico, vio a los hombres armados que la
esperaban y tras una lucha interna cedió a la imperiosa necesidad de someterse
a las órdenes del rey. Temblando de ira reprimida y amargo desengaño, le
susurró a Hermanrico al pasar a su lado:
—¡No podrías salvarla aunque quisieras! No te
atreverás a encomendársela a tus compañeros; es demasiado joven y demasiado
hermosa para abandonarla a su dudosa protección. No puedes escapar con ella,
porque debes permanecer aquí de guardia en tu puesto. No la dejarás partir
sola, porque sabes que morirá de frío y de privaciones antes de que salga el
sol. Cuando regrese por la mañana la veré aquí en la tienda. No puedes escapar
de tu promesa: no puedes olvidarla; ¡tienes que hacer correr su sangre!
—Al caudillo Hermanrico —dijo el anciano
guerrero mientras les indicaba con una seña a los soldados que partieran con
Goisvintha, quien ahora mantenía una calma forzada, en espera de que la
guiaran— se le comunicarán mañana las órdenes del rey. Recuerda —continuó en
tono más bajo, apuntando con desprecio a la temblorosa joven—, que el desvelo
que has desplegado en el emplazamiento de la guardia ante aquella puerta no
excusará ninguna negligencia que ese trofeo de guerra te haga cometer. Disfruta
cuanto gustes de los placeres de la juventud, pero recuerda tus deberes.
¡Adiós!
Tras pronunciar esas palabras con tono severo
y grave, el veterano partió. Pronto se apagaron en la distancia los últimos
ecos de los pasos de su escolta, y Hermanrico y la fugitiva quedaron a solas en
la tienda.
Mientras el viejo guerrero le hablaba al
caudillo, la muchacha se había apartado de su protector y se había retirado
velozmente al interior de la "tienda. Cuando vio que habían quedado solos
de nuevo, avanzó con paso titubeante en dirección al joven godo y levantó la
vista para mirarlo al rostro con expresión de muda interrogación.
—Soy muy desdichada —dijo con acento suave,
claro y melancólico, tras un intervalo de silencio—. Si me abandonas ahora,
moriré, ¡y he vivido un tiempo tan corto en este mundo, he conocido tan breves
momentos de felicidad y de amor, que no estoy preparada para morir! ¡Pero tú me
protegerás! ¡Eres bueno, fuerte y valiente, llevas armas en las manos y eres
compasivo! Me has defendido y me has hablado bondadosamente; te venero por la
compasión que me has demostrado.
Su lenguaje y sus acciones, aunque simples, le
resultaban tan nuevos a Hermanrico, cuya experiencia con las personas del sexo
opuesto se había limitado casi exclusivamente al trato con las mujeres de su
severa e impasible nación, que sólo pudo contestar, al ver que la suplicante
esperaba una respuesta, con una breve aseveración de que la protegería. Ante
sus ojos se abría una nueva página de la historia de la humanidad, y la
examinaba en un silencio que era hijo de la sorpresa.
—Si regresa esa mujer — continuó la joven,
clavando sus ojos oscuros y elocuentes en el semblante del godo—, llévame
rápidamente donde no pueda llegar. ¡Mi corazón se estremece cuando la miro! ¡Me
matará si logra acercarse a mí de nuevo! ¡La ira de mi padre es temible, pero
la de ella es horrorosa, horrorosa, horrorosa! ¡Calla! ¡Ya la oigo volver;
vayámonos, te seguiré adonde quieras llevarme, pero no perdamos un instante
ahora que todavía estamos a tiempo! ¡Me sacrificará si me vuelve a ver, y no
puedo morir todavía! ¡Ah, mi salvador, mi compasivo defensor, no puedo morir
todavía!
—Nadie te hará daño, nadie se acercará a ti
esta noche, en la tienda estás a salvo de todos los peligros —dijo el godo,
contemplándola con asombro y admiración visibles.
—Te diré por qué me resulta tan temible la
muerte —continuó la muchacha, y su voz se hizo más grave al adoptar un tono de
atribulada solemnidad, extrañamente impresionante en alguien tan joven—. He
vivido mucho tiempo sola, sin más compañía que mis pensamientos, el cielo al
que podía alzar los ojos y las cosas del mundo que podía contemplar. Al mirar
el claro firmamento y los suaves campos, al aspirar el perfume de las flores y
escuchar a lo lejos el canto de los pájaros, me he preguntado por qué el mismo Dios
que creó todo eso, y que me creó a mí, habría engendrado también el dolor, el
sufrimiento y el infierno, el temido infierno eterno del que mi padre habla en
su iglesia. Nunca contemplé la luz del sol, ni desperté de mi sueño para mirar
las estrellas distantes y pensar en ellas, sin que ansiara amar algo que
prestara oído a mi gozo. ¡Pero mi padre me prohibió estar alegre! Fruncía el
entrecejo hasta cuando me regaló mi jardín de flores, aunque Dios creó las
flores. Destrozó mi laúd, aunque Dios creó la música. ¡Mi vida ha consistido en
un ansia solitaria de voces amigas! ¡Mi corazón se ha sentido oprimido y ha
temblado en mi pecho, porque cuando caminaba en el jardín y contemplaba las
llanuras, los bosques y las altas e iluminadas montañas que me rodeaban, sabía
que las adoraba yo sola! ¿Sabes por qué no me atrevo a morir? Porque primero
debo hallar la felicidad que siento que Dios debe haber creado para mí. ¡Porque
debo vivir para alabar este mundo maravilloso y bello junto a otros que lo
disfruten tanto como yo podría hacerlo! ¡Porque he vivido rodeada de los que
suspiran, y nunca de los que sonríen! ¡Es por eso que temo a la muerte! Debo
encontrar compañeros cuyas plegarias sean el canto y la felicidad, antes de
partir hacia el terrible más allá que todos temen. ¡No me atrevo a morir! ¡No
me atrevo a morir!
Tras pronunciar esas últimas palabras comenzó
a llorar amargamente. El asombro y la compasión dejaron mudo al joven godo.
Bajó la vista a la mano pequeña y suave que la joven había posado en su brazo
mientras hablaba y vio que temblaba; la apretó, sintió que estaba fría, y a
impulsos de la piedad que esa acción le produjo recuperó la capacidad de hablar
que hasta ese momento había tratado de conjurar en vano.
—Tiemblas y estás pálida —dijo—; encenderé
fuego a la puerta de la tienda. Te traeré vestidos que te abriguen y alimentos
que te devuelvan las fuerzas; dormirás y yo velaré para que nadie te haga daño.
La joven levantó la vista rápidamente. Una
expresión de inefable gratitud cubrió su afligido semblante. Murmuró con voz
entrecortada:
—¡Ah, qué misericordioso, qué misericordioso
eres!
Y después, tras una evidente lucha consigo
misma, se cubrió el rostro con las manos y volvió a romper en llanto.
Cada vez más turbado, Hermanrico comenzó a
ocuparse mecánicamente de procurarse lo necesario para hacer fuego y los
alimentos y vestidos que había prometido entre aquellos de sus asistentes que
las obligaciones propias del bloqueo no mantenían ocupados. La joven recibió la
indumentaria, se aproximó a las brillantes llamas y compartió con entusiasmo el
sencillo refrigerio que le ofreció el joven guerrero. Después permaneció un
rato sentada en silencio, sumida en profundas reflexiones, inclinada hacia el
fuego, aparentemente inconsciente de la curiosidad con que todavía la
contemplaba el godo. Al cabo, levantó la vista de repente y al ver sus ojos
clavados en ella, se incorporó y le hizo señas de que se sentara a su lado.
—Si supieras cuan sola estoy —dijo—, no te
sorprenderías como lo haces de que yo, una extraña y, además, romana, te
procurara como lo he hecho. Te he contado cuan solitario era mi hogar, ¡pero
era al menos un refugio y una protección hasta la mañana de este largo día que
acaba de terminar, cuando fui desterrada de él para siempre! Me despertaron de
repente en mi lecho... mi padre entró iracundo... me llamó...
Vaciló, se sonrojó y calló al inicio mismo de
su narración. Aunque inocente, los instintos naturales de su sexo hablaron en
su corazón con tono misterioso, pero admonitorio, y le impusieron motivos para
el silencio que no podía ni discernir ni explicar. Se agarró las manos
temblorosas sobre el pecho como para reprimir la respiración anhelante, y,
bajando los ojos, continuó en tono más bajo:
—No puedo decirte por qué mi padre me puso a
las puertas de su casa. Conmigo siempre ha sido silencioso y atribulado: me
asignaba largas tareas tomadas de libros tristes; me ordenaba que me mantuviera
encerrada dentro de las cuatro paredes de nuestra casa; y me prohibía hablarle
cuando le pedía en ocasiones que me contara de mi madre, a quien perdí. No
obstante, nunca me amenazó ni me alejó de su lado, hasta esta mañana de la que
ya te conté. ¡Entonces su cólera fue terrible; sus ojos, fieros; su voz, amenazante!
¡Me ordenó que me fuera, y lo obedecí asustada, porque creo que si me hubiera
quedado me habría matado! Huí de la casa, sin saber adonde iba, y atravesé
corriendo aquella puerta, que está próxima a nuestro hogar. Cuando entré en los
suburbios me topé con grandes multitudes que marchaban apresuradas hacia Roma.
Me sentí aturdida por mis miedos y por la confusión que me rodeaba, pero aun
así recuerdo que me gritaban que regresara a la ciudad antes de que se cerraran
las puertas para resistir el ataque de los godos. Y otros me empujaban y se
burlaban de mí al pasar a mi lado, al ver la ligera ropa de dormir que llevaba
cuando fui expulsada de mi hogar.
Hizo una pausa y presto oído atento unos
momentos. Todo ruido accidental que oía seguía despertando en ella la aprensión
del regreso de Goisvintha. Tranquilizada por Hermanrico y por su propia
observación de lo que pasaba fuera de la tienda, continuó su narración, ahora
con voz más firme:
—Pensé que mi corazón estallaría —prosiguió—
mientras trataba de escapar de ellos. Todo giraba ante mi vista; no podía
hablar, no podía detenerme, no podía llorar. Corrí y corrí sin saber adonde,
hasta que caí al suelo exhausta, a las puertas de una casita en los confines de
los suburbios. Allí pedí ayuda, pero no había nadie que me pudiera oír. Entré a
rastras a la casa, porque ya no podía incorporarme. Estaba vacía. Miré por las
ventanas: ningún ser humano pasaba por las calles silenciosas. El estruendo de
una portentosa confusión aún se dejaba oír desde las murallas de la ciudad,
pero yo lo escuchaba completamente sola. En la casa vi tirados en el suelo unos
pedazos de pan y una vieja túnica. Tomé ambas cosas, me incorporé y partí,
porque el silencio del lugar me resultaba horrible, y recordé los campos y las
llanuras que en otros tiempos me encantaba contemplar, y pensé que allí quizás
encontraría el refugio que se me negaba en Roma. De modo que me puse en marcha
de nuevo; y cuando llegué a la hierba suave, me senté a la sombra de los
árboles y vi la luz del sol que alumbraba la tierra, mi corazón se entristeció
y lloré al pensar en mi soledad y al recordar la ira de mi padre.
"No hacía mucho que me encontraba
descansando cuando oí un sonido de trompetas en la distancia, y al mirar en
dirección a él vi, a lo lejos, una enorme multitud que avanzaba sobre las
llanuras y que portaba armas que relampagueaban al sol. Al verla, intenté
ponerme en pie y regresar a los suburbios cuya soledad me había asustado. Pero
las piernas no me sostuvieron. Vi una pequeña oquedad escondida entre los
árboles. Me introduje en ella y allí me oculté durante todo el solitario día.
Oí el sonido acompasado de los pasos de tu ejército que marchaba por los
caminos que quedaban a mis pies; y después, tras esas horas de miedo, vinieron
las extenuantes horas de soledad.
"¡Ah, esas horas solitarias! ¡He vivido
sin compañía, pero esas horas me resultaron más terribles que todos los años de
mi existencia anterior! ¡No me atrevía a abandonar mi escondite, no me atrevía
a llamar! ¡Sola en el mundo, me ovillé en mi refugio hasta que el sol se puso!
Después vinieron la niebla, la oscuridad y el frío. ¡Los penetrantes vientos de
la noche me hicieron temblar! La deshabitada oscuridad que me rodeaba parecía
poblada de fantasmas que no podía ver, que me tocaban y rozaban la superficie
de mi piel. ¡Casi me enloquecieron! Me levanté para partir; para ir en busca de
mi padre iracundo, o del ejército que había pasado a mi lado, o de la soledad
de los prados fríos y fulgurantes —¡no me importaba qué!—, y en ese momento
distinguí la luz de tu antorcha, un momento antes de que se extinguiera. Aunque
estaba oscura, encontré tu tienda. Y ahora sé que he encontrado algo más: ¡un
compañero y un amigo!
Al pronunciar esas palabras levantó la vista
para mirar al joven godo con la misma expresión de gratitud que apareciera
antes en su semblante; pero esta vez las lágrimas no empañaban sus ojos. Ya su
natural —a pesar de la pobreza de las perspectivas de felicidad que se abrían
ante ella— había comenzado a retornar, con una capacidad de transformación casi
pueril, al influjo restaurador de las emociones más optimistas. Las momentáneas
tranquilidades del presente comenzaban a operar en ella el milagro de borrar
las prolongadas agitaciones del pasado. La desesperación no era un sentimiento
que brotara de ese corazón infantil; y aunque la vergüenza, el temor y el dolor
podían sobrecogerlo un tiempo, no dejaban huella de su presencia en su tersa y
brillante superficie. Por naturaleza era tierna, peligrosamente sensible a los
sentimientos, extrañamente retentiva de las bondades que se le hacían, y la
misma soledad a la que se había visto condenada la había dotado, a pesar de su
juventud, de una capacidad de mártir para soportar las penas y de una paciencia
estoica para resistir el dolor.
—No te aflijas ahora por mí —prosiguió,
interrumpiendo unas entrecortadas expresiones de compasión que salieron de
labios del joven godo—. ¡Si tú te muestras misericordioso conmigo, olvidaré
todo lo que he sufrido! ¡Aunque tu nación sea enemiga de la mía, mientras sigas
siendo mi amigo, nada temeré! Ahora puedo contemplar tu gran estatura, tu
poderosa espada y tu brillante armadura sin temblar! No eres como los soldados
de Roma: ¡eres más alto y más fuerte, y estás más espléndidamente ataviado!
Eres como la estatua de un guerrero griego que vi una vez por casualidad.
¡Tienes aire de conquista y aspecto de mando!
La joven contempló con expresión de interés y
asombro la robusta y viril figura del joven guerrero, vestida con los atavíos
de su belicosa nación; le preguntó el nombre y la función de cada una de las
partes de su equipamiento a medida que despertaban su atención, y terminó sus
averiguaciones pidiéndole insistentemente que le dijera su nombre.
—Hermanrico —repitió la joven cuando él se lo
dijo, pronunciando con cierta dificultad los ásperos sonidos godos—.
¡Hermanrico! Es un nombre severo, solemne: un nombre digno de un guerrero y de
un hombre. Después de un nombre como ese, el mío suena insignificante. ¡No es
más que Antonina!
Aunque estaba profundamente interesado en cada
una de las palabras pronunciadas por la joven, Hermanrico no pudo menos que
percatarse de las evidentes señales de agotamiento que revelaban ya sus menores
acciones. Tras buscar unas pieles en un rincón de la tienda, preparó una suerte
de tosco lecho junto al fuego, echó más combustible a las llamas y le aconsejó
amablemente a la muchacha que repusiera las energías perdidas mediante el
reposo. Había algo tan ingenuo en las maneras del joven guerrero, tan sincero
en el tono de su voz al hacerle ese sencillo ofrecimiento de hospitalidad a la
desconocida que había buscado refugio a su lado, que hasta la mujer más
desconfiada lo habría aceptado con tan pocas vacilaciones como Antonina, quien,
agradecida y sin titubear, se acostó en el lecho que él extendiera a sus pies.
Tan pronto la cubrió cuidadosamente con un
manto y dispuso el lecho en la posición que calculó que era la mejor para que
la joven recibiera todo el calor que despedía el combustible que se consumía
entre las llamas, Hermanrico se retiró al otro lado de la hoguera; y, apoyado
en su espada, se abandonó a las nuevas y absorbentes reflexiones que resultaba
natural que la presencia de la joven le despertaran.
No pensó en las obligaciones que el asedio le
imponía; tampoco recordó la escena de rabia y ferocidad que se había producido
cuando evadiera el cumplimiento de su aventurada promesa, ni la fiera
determinación que Goisvintha expresara al marcharse esa noche. Las
preocupaciones y dificultades que vendrían con la mañana, y que lo obligarían a
exponer a la fugitiva a la maldad de una enemiga sedienta de venganza; las mil
contingencias a las que pudiera exponerlos la diferencia entre sus sexos, sus
naciones y sus vidas, y que se opondrían a la continuidad de la protección
permanente que le había prometido; nada de ello le producía malos
presentimientos. Antonina, y sólo Antonina, ocupaba todas las facultades de su
mente y todos los sentimientos de su corazón. ¡Su nombre mismo sonaba en sus
oídos suave y melodioso!
Su vida previa lo había hecho un buen
conocedor de la lengua latina, pero sólo cuando la oyó en labios de Antonina
descubrió la natural tersura de su sonido, la elegancia de su estructura.
Palabra por palabra repasó en su mente sus variadas, sencillas y felices
expresiones, al tiempo que recordaba las miradas elocuentes, la rápida
gesticulación, los tonos cambiantes que acompañaran esas palabras, y
reflexionaba sobre cuan vasta era la diferencia entre esa joven hija de Roma y
las frías y taciturnas mujeres de su nación. El mismo misterio que rodeaba su
historia, que habría excitado la sospecha o el desprecio de hombres más
civilizados, no despertaba en él más emociones que las de la compasión y el
asombro. Ningún sentimiento de más baja naturaleza hacia la joven penetró en su
corazón. Antonina estaba a salvo bajo la protección del enemigo bárbaro,
después de haberse perdido por la intervención del senador romano. Para las
sencillas percepciones del godo, el hallazgo de tanta inteligencia unida a una
juventud tan extrema, de tanta belleza condenada a tan completa soledad,
constituía el encuentro con una aparición que lo deslumhraba, y no con una
mujer que lo hechizaba. No se habría atrevido ni a tocar la mano de la criatura
indefensa que reposaba ahora al abrigo de su tienda, a menos que ella se la
extendiera por su propia voluntad. Sólo podía pensar —con un deleite cuya
enormidad estaba lejos de estimar él mismo— en el ser solitario y misterioso
que había venido a él en busca de amparo y de ayuda; que había despertado en su
pecho nuevas sensaciones; y que ahora le parecía a su conmovida imaginación que
se había trenzado con el destino de su vida futura.
Estaba aún sumido en profundas meditaciones
cuando lo sobresaltó una mano que se posó de súbito sobre su brazo. Alzó la
vista y vio a Antonina, a quien imaginaba dormida en su lecho, de pie a su
lado.
—No puedo dormir —dijo la joven en voz baja y
llena de temor—, sin pedirte que perdones la vida de mi padre cuando entres en
Roma. Sé que estáis aquí para arrasar la ciudad, y, por lo que veo, es posible
que la ataquéis y la destruyáis esta misma noche. ¿Me prometes avisarme antes
de asaltar las murallas? Te diré el nombre y el domicilio de mi padre, para que
le perdones la vida igual que has perdonado la mía. Me ha negado su protección,
pero sigue siendo mi padre; ¡y recuerdo —que lo desobedecí en una ocasión,
cuando me hice de un laúd! ¿Me prometes que le perdonarás la vida? ¡Mi madre, a
quien no conocí, y que, por tanto, debe haber muerto, me amará en el otro mundo
por pedir por la vida de mi padre!
Con unas breves palabras Hermanrico calmó su
agitación, al explicarle la naturaleza y la intención del asedio godo, de modo
que la joven regresó al lecho. Al cabo de un corto tiempo, su respiración lenta
y regular le indicó al joven guerrero, que permanecía vigilante junto al fuego,
que al fin había olvidado la sucesión de desgracias del día gracias a la
bienvenida inconsciencia que proporciona el sueño.
CAPÍTULO X
LA GRIETA EN LAS
MURALLAS
Cuando Ulpio salió apresuradamente de la casa
de Numeriano en la mañana del asedio no lo hizo con la clara intención de
trasladarse a ningún lugar en especial ni de dedicarse a ninguna tarea
inmediata. Buscó las calles para dar rienda suelta a su alegría, al éxtasis que
henchía su corazón hasta casi hacérselo estallar. Todo su ser estaba exaltado
por esa abrumadora sensación de triunfo que urge a la naturaleza física a la
acción. Se apresuró a salir al aire libre como corre un niño por los campos en
un día soleado; su placer era demasiado arrebatado para poder contenerlo entre
cuatro paredes; su extraordinaria felicidad se ensanchaba irreprimible hasta
superar todos los límites artificiales del espacio.
¡Los godos estaban a la vista! Unas pocas
horas más y plantarían sus escalas en las murallas. En una ciudad con defensas
tan débiles como las de Roma, su ataque se vería casi instantáneamente coronado
por el éxito. Sedientas de botín, sus hordas furiosas caerían sobre las calles
indefensas. Aunque eran cristianos, el freno de la religión sería impotente, en
ese momento de feroz triunfo, para contener a una nación de merodeadores ante
la tentación del pillaje. ¡Las iglesias serían depredadas y destruidas; los
sacerdotes, asesinados si intentaban defender los tesoros eclesiásticos; el
fuego y la espada reducirían a cenizas hasta sus más remotos confines al
baluarte del cristianismo, y a la muerte y el olvido a los más osados de los
devotos cristianos! ¡Después, cuando el huracán de destrucción y crimen hubiera
arrasado la ciudad, cuando un pueblo nuevo estuviera maduro para otro gobierno
y otra religión, habría llegado la hora de devolverles a los dioses proscritos
de la antigua Roma su viejo poderío; de instar a los sobrevivientes de la
multitud diezmada a recordar el castigo que su apostasía a la antigua fe había
merecido y producido; de borrar de la memoria del hombre hasta el recuerdo de
la Cruz y reinstalar el paganismo en su trono de sacrificios, bajo su cúpula de
oro, más poderoso por las persecuciones sufridas, más universal por su súbita
restauración, que en toda la gloria de su pasado esplendor!
Esos eran los pensamientos que atravesaban la
febrilmente del pagano mientras, indiferente a lo que acontecía a su alrededor,
caminaba por las calles de la ciudad amenazada. Ya veía al ejército godo
preparar el camino, como inconsciente adelantado del retorno de los dioses,
para el despliegue de la grandiosa revolución que estaba decidido a encabezar.
El calor de su pasada elocuencia, el esplendor de su antiguo coraje henchían su
pecho mientras imaginaba el panorama que pronto verían sus ojos: una ciudad devastada,
un pueblo aterrorizado, un gobierno trastornado, una religión destruida.
¡Entonces se alzaría de las tinieblas y las ruinas, de la soledad, la
desolación y el desastre, y sería suyo el glorioso privilegio de convocar a un
pueblo infiel a retornar al antiguo objeto de su amor, a levantarse de su
postración bajo una Iglesia abatida y a buscar la prosperidad en templos
nuevamente colmados y en altares restaurados!
Todos los recuerdos de los últimos
acontecimientos se evaporaron de su mente. Numeriano, Vetranio, Antonina:
¡todos fueron olvidados ante la memorable llegada de los godos! Su esclavitud
en las minas, su última visita a Alejandría, su deambular previo: hasta ellos,
tan presentes en su memoria hasta la mañana del asedio, fueron barridos ahora
de su mente. La vejez, el aislamiento, la enfermedad —las tristes sensaciones
que hasta ese momento constituían para él la prueba de que seguía vivo—
desaparecieron de repente de su memoria como si no existieran; y ahora, al fin,
olvidó que era un paria y recordó en triunfo que era aún un sacerdote. Se
sintió animado por las mismas esperanzas, elevado por las mismas aspiraciones,
que en los días lejanos en que arengara a los vacilantes paganos del templo y
en que comenzara a conspirar para derrocar a la Iglesia cristiana.
¡El anciano errante entre las multitudes,
todavía esclavo, después de tantos años de sufrimiento y soledad, humillación y
crímenes, de la misma ambición suprema que destrozara la promesa de su primera
juventud, resultaba una prueba terrible y admonitoria de la influencia
todopoderosa que una idea fija puede ejercer sobre toda una vida! ¡Ver su
figura consumida y debilitada y después observar cómo la mente indomable
todavía gobernaba a ese cuerpo en ruinas que aún la obedecía —con cuánta
fidelidad se aprestaban a la acción, a su feroz mandato, los últimos recursos
exhaustos de desfallecido vigor; con cuánta rapidez, a su voz sarcástica, los
ojos hundidos volvían a brillar con una luz de esperanza y los labios pálidos y
finos se entreabrían mecánicamente en una sonrisa de triunfo— constituía un
horrible testimonio de la naturaleza eterna y misteriosa del pensamiento!
Pasaban las horas, pero Ulpio seguía andando sin saber hacia dónde o junto a
quiénes, ni hacer de ello el menor caso. Su corazón no sentía ningún
remordimiento por la desolación que había provocado en el cristiano que le
diera abrigo; su alma nunca se sobrecogió ante la previsión de las desgracias
que creía que se preparaba a hacer caer sobre la ciudad el enemigo que se
encontraba a sus puertas. El objetivo que habían sacralizado para él los muchos
tormentos y ofensas sufridos borraba ahora sus iniquidades recientes y
despojaba de su horror a las atrocidades por venir.
Otros podrían considerar destructores a los
godos, pero para él eran benefactores, porque eran los instrumentos de la ruina
que sería el cimiento de su reforma y la fuente de su triunfo. Nunca le pasó
por la imaginación la idea de que, siendo un habitante de Roma, compartía los
peligros que amenazaban al resto de los ciudadanos, y que en el momento del
ataque podría compartir su suerte. Sólo veía la nueva y magnifica perspectiva
que le abrían la guerra y la rapiña. Sólo pensaba en el tiempo que tendría que
transcurrir antes de que pudiera dar inicio a sus renovados esfuerzos, en los
órdenes de personas entre los cuales tendría que hacer oír su voz
sucesivamente, en los templos que seleccionaría para restaurar, en el barrio de
Roma que elegiría para ser el primero que acogiera su osada reforma.
Al cabo se detuvo; sus energías exhaustas
cedieron ante los esfuerzos que les exigiera y lo obligaron a considerar la
posibilidad de procurarse reposo y un refrigerio. Ya era mediodía. Su deambular
lo había hecho volver insensiblemente al barrio de su antiguo domicilio; se
encontraba detrás de la colina Pinciana, separado sólo por una franja de
terreno irregular y boscoso de la base de las murallas de la ciudad. El lugar
era muy solitario. Espesas arboledas y amplios jardines que se extendían a lo
largo de la ondulada falda de la colina lo separaban de las calles y las
mansiones situadas en terreno más elevado. A corta distancia hacia poniente
quedaba la Puerta Pinciana, pero un abrupto ángulo de las murallas y algunos
olivos que crecían cerca de ella obstruían la vista en esa dirección. Del otro
lado, hacia el este, se dejaban ver las almenas de las murallas, que se
extendían en línea recta hasta un punto en que doblaban hacia adentro en ángulo
recto y se ocultaban tras los muros de un palacio distante y los pinos de un
jardín público. El único ser viviente discernible en ese sitio apartado era un
centinela que pasaba de cuando en cuando por las almenas que, situadas como
estaban entre dos puestos de soldados, uno ubicado en la Puerta Pinciana y el
otro en el lugar donde la muralla describía el ángulo ya descrito, permanecían
desiertas, salvo por el guardia que vigilaba el segmento de las murallas dentro
de cuyos límites se encontraban situadas. En ese sitio el pagano dio reposo
durante un breve espacio de tiempo a su cuerpo agotado y comenzó a despertar
insensiblemente de las absorbentes meditaciones que hasta ese momento le
impidieran ver el problemático aspecto que ofrecía el mundo que lo rodeaba.
Escuchó por primera vez con claridad los
ruidos confusos que seguían alzándose de todos los barrios de Roma. El mismo
estruendo incesante de voces destempladas y pasos apresurados que llegara a sus
oídos por la mañana volvió a atraer su atención; pero no se mezclaban con él
las exclamaciones de aflicción, el entrechocar de las armas, los gritos de
furor y desafío; y eso aunque, como percibió por la posición del sol, el día
había avanzado lo suficiente para que el ejército godo hubiera podido avanzar
desde hacía mucho tiempo hasta el pie de las murallas. ¿Cuál podría ser la
causa de esa demora del asalto, de esa ominosa tranquilidad que se observaba en
las almenas de las murallas? ¿Se habría esfumado súbitamente el ímpetu de los
godos a la vista de Roma? ¿Se habría decidido sostener conversaciones de paz en
cuanto aparecieran los invasores? Volvió a prestar oído. No percibió ningún
sonido de naturaleza diferente a los que acababa de escuchar. Aunque sitiada,
era evidente que la ciudad —debido a alguna causa misteriosa— no estaba ni
siquiera amenazada de ataque.
De repente, por un senderito cercano que
contorneaba la base de las murallas, desembocó en el lugar donde se encontraba
una mujer precedida por un niño que le gritaba impaciente mientras corría:
—¡Corre, madre, corre! No hay nadie aquí. La
Puerta queda cerca. ¡Podremos echarles un vistazo a los godos!
Algo en las palabras que el niño le dirigía a
la mujer hizo sospechar a Ulpio desde ese mismo instante lo que muy poco
después comprobaría. Se incorporó y los siguió. Atravesaron el olivar junto a
las murallas hasta alcanzar el espacio abierto frente a la Puerta Pinciana.
Allí se había reunido un gran grupo de personas a las que los soldados que
cuidaban la escalera por la que se subía a las almenas de las murallas les
permitían ascender por turno. Tras una corta espera, Ulpio y los que con él
estaban pudieron satisfacer su curiosidad, como lo habían hecho otros antes.
Subieron a las murallas y contemplaron la vasta circunferencia que describían
las líneas godas, desplegadas en toda la zona de los suburbios y más allá.
Aunque el panorama de esa inmensa multitud
brillantemente iluminada por el sol del mediodía era terrible, casi sublime, no
resultaba lo bastante impresionante para silenciar la turbulenta locuacidad
enraizada en el carácter de los romanos. Hombres, mujeres y niños emitían
ruidosas y encontradas observaciones sobre lo que veían, en todos los tonos
posibles, desde los trémulos acentos del terror hasta las desaforadas
vociferaciones de la bravata.
Algunos se jactaban de la victoria que
obtendrían los romanos cuando llegaran los refuerzos que se esperaban de
Rávena. Otros predecían, con visible terror, un ataque a cubierto de la noche.
Aquí, un grupo denostaba en tono quedo y confidencial de la política del
gobierno en sus relaciones previas con los godos. Allá, una partida de
harapientos vagabundos se divertía confiándose pomposamente unos a otros su
absoluta convicción de que en ese mismo instante los bárbaros seguramente
temblaban en su campamento sólo de contemplar la todopoderosa Capital del
Mundo. De un lado llegaban ruidosas especulaciones sobre el tema de si los
godos serían expulsados de la posición que ocupaban frente a las murallas por
los soldados de Roma, o si se les honraría con una invitación a concluir un
tratado de paz con el augusto imperio al que de modo tan traicionero habían
osado invadir. De otro, se oían las voces de los más mesurados y respetables de
los espectadores, quienes expresaban sus temores de hambruna, deshonor y derrota
si las autoridades de la ciudad cometían la tontería de aventurarse a presentar
resistencia a Alarico y sus bárbaras huestes. Pero aunque había una gran
variedad de opiniones entre los ciudadanos presentes, todos concordaban en una
inevitable convicción: Roma había escapado de los horrores inmediatos de un
ataque para verse amenazada —si no recibía la ayuda de las legiones de Rávena—
por las previsibles calamidades de un asedio.
De la confusión de voces que se escuchaban a
su alrededor, sólo la palabra "asedio" llegó a oídos del pagano. Y le
produjo una plétora de emociones que lo abrumó. Todo lo que veía, todo lo que
oía, se relacionaba imperceptiblemente con esa expresión. Una súbita oscuridad,
imposible de disipar o evadir, pareció ensombrecer sus facultades por un
instante. Se abrió paso mecánicamente entre la multitud, descendió la escalera
de las murallas y regresó al sitio solitario donde viera por primera vez a la
mujer y al niño.
¡La ciudad estaba sitiada! ¡Eso significaba
que los godos estaban decididos a negociar la paz y no a conquistarla por las
armas! ¡La ciudad estaba sitiada! No era un error de la multitud ignorante:
había visto con sus propios ojos las tiendas y las posiciones del enemigo;
había escuchado a los soldados apostados en las murallas pontificar sobre el
admirable despliegue de las fuerzas de Alarico, sobre la imposibilidad de
establecer la menor comunicación con la campiña circundante, sobre la
vigilancia incesante que se había establecido a la navegación en el Tíber. No
había dudas sobre la cuestión: ¡los bárbaros se habían decidido por el asedio!
Cabían aún menos incertidumbres sobre los
resultados que produciría esa inimaginable política de los godos: ¡la ciudad se
salvaría! En ocasiones anteriores, Roma no había tenido escrúpulos en comprar
la retirada de todos sus enemigos que amenazaran las provincias distantes; y
ahora que el centro de su gloria, el pináculo mismo de su declinante poder, se
veía amenazado de una súbita e inesperada ruina, les entregaría a los godos los
tesoros de todo el imperio para comprar la paz y tentarlos a retirarse. Posiblemente
el Senado pospondría las necesarias concesiones con la esperanza de unos
refuerzos que nunca llegarían; pero tarde o temprano se producirían las
negociaciones; la riqueza meridional satisfaría la rapacidad septentrional; y
justo cuando parecía inevitable, las iglesias de Roma escaparían de la ruina
que habría sido el sólido cimiento de la revolución soñada por el pagano.
¿Acaso la fama del nombre de Roma conservaba
tanto de su antigua influencia que había atemorizado a los recios godos después
de que penetraran con tanto éxito en el territorio del imperio que habían
logrado llegar ante las murallas de su ostentosa capital? ¿Habría concebido
Alarico una idea tan exagerada de las fuerzas acantonadas en la ciudad como
para desconfiar, a pesar de sus multitudes, de tomarla por asalto? Eso tenía
que ser. Ninguna otra consideración podía haber inducido al general bárbaro a
abandonar un plan tan ambicioso como el de destruir a Roma. Con la posibilidad
de un ataque, el futuro del paganismo había adquirido brillantez; ¡con la
certidumbre de un asedio, se sumía de inmediato en las más desconsoladoras
tinieblas!
Abismado en esos pensamientos, Ulpio recorría
de un lado a otro su solitario refugio, totalmente desvanecida ya la exaltación
que le devolviera a sus facultades en la mañana el perdido vigor de la
juventud. Volvía a sentir los achaques de la vejez, volvía a recordar las
desgracias que habían hecho de su existencia un martirio infinito, volvía a
advertir la presencia en su interior de la ambición, como un castigo al que
estaba condenado a acoger de buen grado, como una maldición que hubiera nacido
para amar. Afirmar que sus sensaciones del momento eran las del reo que escucha
la orden de su ejecución habiendo estado convencido de que saldría libre, es
dar una levísima idea de las brutales emociones de rabia, dolor y desesperación
que se combinaban para destrozar el corazón del pagano.
Abrumado por el agotamiento físico y mental,
se dejó caer a la sombra de unos arbustos que crecían junto a la base de las
murallas. Allí tendido —tan inmóvil en su pesada lasitud que la vida misma
parecía haberlo abandonado—, uno de esos grandes lagartos verdes, tan comunes
en Italia, se subió a su hombro. Atrapó al animal —dudoso por un momento de si
sería de una especie venenosa— y lo examinó. A primera vista descubrió que era
de una clase inofensiva, y lo habría lanzado lejos sin hacer más caso de él si
no hubiera sido por un detalle de su aspecto que, en medio de la general
irritación de su estado de ánimo en ese momento, le produjo un extraño y súbito
placer contemplar.
A través de la piel translúcida y
exquisitamente moteada del lagarto pudo percibir las pulsaciones de su corazón,
y vio que latía con violencia a impulsos de la agonía de terror que le causaba
verse aprisionado por su mano. Mientras lo contemplaba y pensaba cuan
repetidamente se vería frustrado un ser tan pusilánime en sus humildes
preocupaciones, sus pequeños esfuerzos, sus cortos viajes de un montículo de
hierba a otro, por cien obstáculos que, aunque insignificantes para animales de
especies superiores, eran, no obstante, de crucial importancia para sabandijas
como él, comenzó a percibir una analogía incompleta, pero notable, entre su
propio destino y el de ese pequeño ser de la creación. Sintió que, en su
reducida esfera, la corta vida del humilde animal que contemplaba seguramente
era víctima de frustraciones y desencantos tan serios para el lagarto como las
más severas y destructivas aflicciones de las que él, en su existencia, fuera
víctima; y al contemplar las sutiles pulsaciones del pequeño corazón batiente
experimentó un placer cruel al advertir que había en la creación otros seres,
incluso algunos de los más insignificantes, que habían recibido como legado
parte de sus desgracias, y que sufrían unas migajas de su desesperación.
No obstante, al cabo de un corto tiempo sus
emociones adoptaron un tono más adusto y sombrío. Se cansó de contemplar al
animal y lo lanzó lejos de sí con desprecio. El lagarto desapareció en
dirección a las murallas, y casi al instante Ulpio oyó un leve sonido que
recordaba el de la caída de diminutas partículas de ladrillo o de una piedra
blanda, y que parecía proceder del muro a sus espaldas.
Era inexplicable que tal sonido proviniera de
una estructura tan sólida. Ulpio se incorporó, apartó los arbustos y se acercó
a la superficie de las majestuosas murallas. Para su sorpresa, se encontró con
que en muchos sitios el moho había carcomido tanto el muro que podía extraer
fácilmente los ladrillos con las manos. La causa del tenue sonido que escuchara
se explicaba ahora claramente: cientos de lagartos habían hecho su hogar en las
fisuras entre los ladrillos; el animal al que permitiera escapar había buscado
refugio en una de esas cavidades, y en la prisa de su huida había hecho caer
varios fragmentos sueltos que rodeaban su escondrijo.
No contento con el descubrimiento realizado,
Ulpio se apartó un poco y, clavando la vista en lo alto del muro a través de
algunos árboles que crecían a los pies de las murallas, vio que su superficie
estaba surcada en muchos lugares por grandes grietas irregulares, algunas de
las cuales llegaban casi hasta su cima. Además, advirtió que, en un punto, toda
la estructura se apartaba considerablemente de la perpendicular. Pasmado por lo
que veía, tomó un palo del suelo y lo insertó en una de las grietas más pequeñas
y bajas, y logró sin mayores dificultades introducirlo en toda su longitud en
el muro, parte del cual parecía hueco, y parte hecho de los mismos ladrillos
carcomidos que atrajeran su atención al inicio.
Era evidente que, a lo largo de varias yardas,
toda la estructura o bien había sido construida de modo endeble y negligente, o
bien había sufrido en algún momento una sacudida súbita y violenta. Ulpio dejó
el palo encajado en el muro para señalar el lugar, y estaba a punto de
retirarse cuando oyó los pasos de un centinela en lo alto de las murallas.
Súbitamente cauteloso, aunque en ese momento no habría sabido explicar por qué,
se mantuvo oculto al amparo de los árboles y los arbustos hasta que pasó el guardia;
después salió de su escondite tomando todas las precauciones y, tras retirarse
a cierta distancia, se entregó a una serie de pensamientos graves y
absorbentes.
Para que el lector entienda el fenómeno en el
que se centraba ahora la atención del pagano será necesaria una breve digresión
acerca de la historia de las murallas de Roma.
La circunferencia de la primera fortificación
de la ciudad, construida por Rómulo, era de trece millas. No obstante, la mayor
parte de esa gran área estaba ocupada por campos y jardines que el fundador del
imperio había querido preservar como tierra labrantía, a modo de precaución
contra los diferentes enemigos que lo amenazaban desde el exterior. Con el
gradual aumento del tamaño de Roma, sucesivos gobernantes ampliaron y
modificaron sus murallas. Pero no fue hasta el reinado del emperador Aureliano
(270 D.C.) que se efectuó una transformación importante o fuera de lo común de
las defensas de la ciudad. Ese soberano comenzó la erección de unas murallas de
veintiuna millas de circunferencia, que fueron finalmente completadas en el
reinado de Probo (276 D.C.) y restauradas por Belisario (537 D.C), y algunas de
cuyas secciones pueden admirarse hasta el presente en las fortificaciones de la
ciudad moderna.
En la fecha de nuestra historia (408 D.C), las
murallas permanecían tal como fueran construidas durante los reinados de
Aureliano y Probo. Eran en lo fundamental de ladrillos; y en algunas partes,
probablemente se había añadido al material básico una especie de piedra
arenisca blanda. En varios puntos de su circunferencia, en especial en la parte
que quedaba detrás de la Puerta Pinciana, las murallas estaban construidas a
manera de arcos, a trechos dispuestos en dos hileras, que formaban profundos
nichos. El método empleado para su construcción había sido, por lo general, el
opus reticulatum mencionado por Vitruvio, en cuya época se originó.
El opus reticulatum consistía en una serie de
pequeños ladrillos (o piedras) unidos en ángulo, y no de manera horizontal, lo
que le daba a la superficie de la muralla el aspecto de una suerte de sólida
red. Algunos arquitectos de la antigüedad consideraban que ese modo de
construcción no producía resultados duraderos, y Vitruvio afirma que algunos
edificios en los que lo había visto empleado se habían derrumbado. Resulta
difícil decidir sobre sus méritos sobre la base de las imperfectos muestras de
su uso que se conservan en los tiempos modernos. El aspecto actual de las
murallas en esa parte de la ciudad, que se conserva aún en la actualidad
inclinada con respecto a la perpendicular y agrietada en algunos lugares casi
desde la base hasta la cima, evidencia que era sin dudas insuficiente para
soportar el peso de la ladera de la colina Pinciana que se alza inmediatamente
detrás, en el escondrijo solitario descrito algunas páginas antes. Los
italianos de nuestros días le dan a esas ruinas el expresivo nombre de Il Muro
Torte, es decir, El Muro Torcido.
Quizás sea oportuno observar que resulta muy
improbable que se advirtiera la existencia de esa brecha natural en las
defensas de Roma, o que, de advertirse, fuera considerada con la menor
inquietud o preocupación por la mayoría de sus descuidados e indolentes
habitantes en el período en que transcurre esta narración. Se supone que era
evidente ya en tiempos de Aureliano, pero sólo la menciona Procopio, un
historiador del siglo VI, quien cuenta que Belisario, en sus intentos por
fortalecer las defensas de la ciudad contra un asedio de los godos, trató de
reparar ese punto débil de las murallas, pero se vio impedido de llevar
adelante sus propósitos por el pueblo devoto, que declaró que estaba bajo la
personal protección de San Pedro y que, en consecuencia, sería una impiedad
arreglarlo. El general se sometió sin protestas a la decisión de los habitantes
y no encontró motivos después para arrepentirse de su fácil conformidad,
porque, para emplear las palabras del escritor antes mencionado, "durante
el asedio ni el enemigo ni los romanos tuvieron en cuenta ese punto". Es
de suponer que un suceso tan extraordinario les otorgara a las murallas el
carácter sagrado que hizo que varias autoridades subsiguientes se abstuvieran
de emprender su reparación, lo que permitió que se conservaran torcidas y
rajadas a todo lo largo de las convulsiones de la Edad Media, y que así
siguieran hasta nuestros días, para dar fe de la veracidad de los historiadores
que incitan la curiosidad de anticuario del viajero de los tiempos modernos.
Retornemos a Ulpio. Es un rasgo peculiar del
carácter de los hombres que viven sometidos al influjo de una idea fija
distorsionar inconscientemente cualquier cosa que atraiga su atención en el
mundo circundante y relacionarla más o menos estrechamente con el único objeto
que su mente pondera. Desde que el pagano fuera expulsado del Templo, sus
facultades habían funcionado, sin que él mismo se percatara de ello, sólo en lo
relacionado con el osado proyecto que era la única razón de su existencia. De
ahí que, sometido a la influencia de esa parcialidad de sus sentimientos, en
cuanto comenzó a meditar sobre el descubrimiento que acababa de hacer en la
base de las murallas de la ciudad, su mente retornó de inmediato a las
ambiciosas reflexiones que la ocuparan en la mañana; y pasados apenas unos
momentos, empezó a concebir un atrevido y peligroso plan que absorbió sus
desasosegados pensamientos.
Reflexionó sobre las peculiaridades y la
posición del trozo de muralla que tenía ante sí. Aunque la rajadura más ancha e
importante de las que observara en él quedaba demasiado cerca de las almenas
para alcanzarla sin el auxilio de una escalera, había otras pegadas al suelo,
que sabía, por los resultados de la prueba que había hecho, que podían ser
ampliadas con éxito sin más instrumentos que el esfuerzo y la perseverancia. A
juzgar por el estado de la superficie, el interior del muro no ofrecería
obstáculos insalvables a un intento de penetración tan parcial que se limitara
a una altura y un ancho de unos pocos pies. Las almenas, ubicadas como estaban
entre dos puestos de acantonamiento de soldados, no se verían asaltadas por una
multitud curiosa. El centinela a cuya vigilancia estaban encomendadas sería, al
llegar la noche, el único ser viviente que pasaría por el lugar; y a esa hora
su atención necesariamente estaría concentrada —dadas las circunstancias en que
se encontraba la ciudad— en el panorama que quedaba del otro lado de las
murallas y no en el suelo y a sus espaldas. Por tanto, parecía cosa segura que
un hombre cauteloso que trabajara al amparo de la noche podría llevar a cabo
las investigaciones que quisiera al pie de las murallas.
Examinó los alrededores. La apariencia de
soledad era total. Los jardines privados de la colina, situados más arriba,
impedían toda comunicación por ese lado. Sólo se podía llegar al lugar por el
sendero que contorneaba la colina Pinciana y la base de las murallas. Dadas las
condiciones que imperaban en la ciudad, no era probable que nadie acudiera a
ese sitio solitario, desde donde nada se veía, y donde poco se oía, en vez de
mezclarse con la estimulante confusión que reinaba en las calles o dedicarse a
observar el campamento de los godos desde las posiciones en lo alto de las
murallas, que a todos les resultaban fácilmente accesibles. Además del carácter
clandestino que la soledad del lugar le garantizaba a cualquier labor que en él
se emprendiera, los árboles y la maleza que cubrían su parte más lejana, y que
ocultarían totalmente a un intruso durante la oscuridad de la noche de la más
penetrante observación desde lo alto de la muralla, constituían una ventaja
adicional.
Hechas esas reflexiones, no dudó de que un
hombre astuto y decidido pudiera ampliar impunemente cualquiera de las grietas
de la parte inferior del extremo más alejado de las murallas hasta hacer un
orificio lo bastante grande como para permitir el paso de una persona,
atravesarlas hasta su superficie exterior y partir de la ciudad y llegar al
campamento godo con la libertad que las puertas cerradas les negaban ahora a
todos los ciudadanos por igual. Para una mente colmada de aspiraciones como las
del pagano, descubrir que el asunto resultaba practicable equivalía a decidir
de modo irrevocable su inmediata ejecución. Resolvió comenzar su labor en las
murallas en cuanto llegara la noche; buscar —si la abertura resultaba y lo
favorecía la oscuridad— la tienda de Alarico; y una vez allí, informarle al rey
godo sobre la debilidad de las defensas de la ciudad y las dilapidadas
condiciones de las fortificaciones bajo la colina Pinciana, e insistir en que
el pago por su traición fueran las seguridades del jefe bárbaro (que no dudaba
que le serían inmediata y venturosamente concedidas) de que destruiría las
iglesias cristianas, saquearía los bienes de los cristianos y masacraría a los
sacerdotes cristianos.
Se retiró en silencio del lugar solitario que
se había convertido ahora en el centro de sus renovadas esperanzas y, de nuevo
en las calles de la ciudad, procedió a hacerse de un instrumento que le
facilitara la labor que pronto emprendería, y de alimentos que le dieran
fuerzas para llevar a cabo los esfuerzos planeados, para evitar el peligro de
que se lo impidiera la fatiga. Al pensar en lo osado de la traición que
proyectaba, volvió a sentir la exaltación de la mañana. Todos sus intentos
previos de reinstaurar el paganismo resultaban insignificantes ante este nuevo
plan. La defensa del Templo de Serapis, la conspiración de Alejandría, la
intriga con Vetranio eran los esfuerzos de un hombre; ¡pero esta proyectada
destrucción de los sacerdotes, las iglesias y los tesoros de toda una ciudad
por intermedio de un poderoso ejército movido por las maquinaciones de un solo
individuo sería la deslumbrante obra de un dios!
Las horas transcurrieron lentas. El sol
recorrió espléndido el firmamento y finalmente se puso, entre nubes rojas y
oscuras. Después reinaron el silencio y las tinieblas. Las fogatas de los
centinelas godos se encendieron una tras otra en el aire fosco. Se dobló la
guardia en los diferentes emplazamientos. Se desalojó al gentío de las almenas
de las murallas, y en las fortificaciones de la gran ciudad sólo resonó el eco
de los pasos de los incansables centinelas o el entrechocar de armas procedente
de las distantes cuarteles distribuidos a lo largo de las majestuosas murallas.
Fue entonces cuando Ulpio logró llegar a su
destino con toda cautela, por las calles menos frecuentadas, sin que nadie lo
advirtiera. El lugar, solitario y pantanoso, estaba envuelto en espesos
vapores. Lo único visible era el vago e incierto contorno de los palacios
situados en lo alto, y la masa, tan sumida en las tinieblas que semejaba
también una oscura capa de bruma, de las fortificaciones agrietadas. En el
rostro del pagano se dibujó una sonrisa de complacencia cuando advirtió el
espeso manto, tan oportuno, en que lo envolvía la atmósfera. Avanzó a tientas
entre la maleza hasta llegar a la base de las murallas. La recorrió lentamente,
midiendo al tacto el ancho de las diferentes rajaduras que alcanzaba con el
brazo extendido. Al cabo se detuvo junto a una mayor que las demás, se sacó de
entre los vestidos, donde la traía escondida, una ancha barra de hierro aguzada
por uno de sus extremos y comenzó a trabajar en la grieta.
El azar lo había llevado al lugar mejor
adaptado a sus propósitos. El único obstáculo en ese sitio eran unos espesos
herbazales y unas malezas de poca altura cerca de las murallas; el suelo estaba
cubierto sobre todo de un césped mullido y húmedo. De ahí que cuando aflojaba
con todo cuidado los ladrillos, estos al caer no hacían más ruido que un leve
siseo al rozar las ramas por entre las cuales descendían al suelo. Aunque el
sonido era insignificante, despertó la aprensión del receloso pagano. Puso a un
lado la barra de hierro y se deshizo de la maleza arrancándola de raíz o
partiendo sus ramas, hasta que logró hacer un claro de algunos pies de largo
frente a la base de las murallas. A continuación se dispuso a reiniciar su
penosa labor y, con las manos sangrantes por las heridas causadas por las
espinas que lo hincaran al disponer de la maleza, continuó su faena en el muro.
Prosiguió su tarea con total impunidad, ya que las tinieblas lo protegían de
miradas indiscretas; nadie se acercó a interrumpirlo en el desierto escenario
de sus operaciones; y de los dos centinelas apostados cerca del segmento de la
muralla que era el centro de todos sus esfuerzos, uno permanecía inmóvil en el
extremo más alejado del trecho que debía vigilar, y el otro iba y venía sin
descanso por las almenas entonando una canción disparatada y errática sobre la
guerra, las mujeres y el vino, que, por más libertad que le consintiera a sus
órganos de la visión, obstaculizaba el vigilante empleo de su sentido del oído.
Uno tras otro, los ladrillos cedieron ante los
vigorosos y oportunos esfuerzos de Ulpio. Ya había abierto un orificio oblicuo,
lo bastante grande para deslizarse por él, y se aprestaba a ampliarlo, cuando
un trozo del material carcomido del interior del muro cedió súbitamente a una
presión accidental de su barra de hierro y se hundió lentamente hacia adentro,
hasta caer en el fondo que, a juzgar por los leves sonidos que produjo, debió
haber estado compuesto por una mezcla de agua, suelo pantanoso y fragmentos de
ladrillos carcomidos. Después de escuchar atentamente para asegurarse de que el
leve ruido ocasionado por el hecho no había llegado a oídos ni picado la
curiosidad de los negligentes centinelas, Ulpio se introdujo a rastras en el
orificio que había hecho, tanteando el camino con su barra de hierro, hasta que
tocó el borde de una sima a cuyas profundidades no llegaba su báculo, y cuyo
ancho no pudo calcular.
Se detuvo, irresoluto; las tinieblas que lo
rodeaban eran impenetrables; por sus piernas trepaban sapos y otras sabandijas
vocingleras. La humedad del lugar comenzó a penetrarlo hasta los huesos; lo
excesivo de sus esfuerzos previos hacía temblar todo su cuerpo. Sin luz, no
podía intentar seguir su camino ni averiguar el tamaño y la profundidad de la
fosa que había contribuido a abrir. La noche avanzaba y la niebla se disipaba
velozmente; era necesario adoptar una decisión antes de que fuera demasiado
tarde. Salió reptando del orificio. En ese momento, el centinela se detuvo
exactamente encima de donde se encontraba el pagano e interrumpió súbitamente
su canción. Se produjo un instante de silencio durante el cual el alma de Ulpio
se estremeció a impulsos de una aprensión tan vivida como la que latiera en el
corazón del despreciado lagarto, cuya fuga había sido la guía que lo llevara a
realizar su descubrimiento en las murallas. No obstante, al cabo de un momento
oyó la voz del soldado que le comentaba contento al otro centinela:
—Camarada, ¿ves la luna? Está saliendo para
alegrarnos la guardia.
¡Nada se había descubierto! ¡Seguía a salvo!
Pero, si permanecía junto al orificio hasta que la luz de la luna disipara la
niebla, ¿qué seguridad tendría de que no lo detectaran? ¡Estaba convencido de
que debía marcharse!
¿Qué importaba una noche de más o de menos
para un proyecto como el suyo? Pasarían meses quizás antes de que los godos se
retiraran de las murallas. Mejor aceptar un retraso que arriesgarse a ser
descubierto. Decidió abandonar el lugar y regresar la noche siguiente armado de
una linterna cuya luz pudiera mantener oculta hasta penetrar en el orificio.
Una vez allí, resultaría invisible para los centinelas en lo alto: ella lo
guiaría para salvar todos los obstáculos y lo preservaría de todos los
peligros. Estaba convencido de que a pesar de su espesor, el interior de las
murallas estaba en condiciones tan ruinosas como su superficie. Bastaba con la
cautela y la perseverancia para garantizarles a sus esfuerzos el más rápido y
completo éxito.
Esperó hasta que el centinela retornó al
límite más distante de su zona de guardia, y después, tras recoger sin hacer
ningún ruido la maleza arrancada a su alrededor, cubrió con ella la entrada del
orificio en la superficie de la muralla y los fragmentos de ladrillo que habían
caído sobre el césped. Hecho eso, volvió a prestar oído para asegurarse de que
nadie lo había visto; y entonces, andando con el mayor sigilo, se marchó por el
sendero que contorneaba la colina Pinciana.
—¡Fuerza, paciencia y la noche de mañana!
—musitó el pagano al incorporarse a las calles de la ciudad y sumarse una vez
más a los ciudadanos de Roma.
CAPÍTULO XI
EL REGRESO DE
GOISVINTHA
Era de mañana. El sol había salido, pero su
luz estaba parcialmente oscurecida por espesos nubarrones que ya cubrían
ceñudos la claridad que luchaba por abrirse paso en el horizonte de levante. El
bullicio y la animación del nuevo día se propagaban gradualmente por todos los
rincones del campamento godo. La única tienda cuya cortina permanecía aún
cerrada, y en cuyas proximidades no se congregaba ningún grupo atareado atraído
por una discusión o convocado por una tarea era la de Hermanrico. El joven
caudillo permanecía de pie junto a las brasas agonizantes de su hoguera,
acompañado por dos guerreros a los que parecía darles algunas instrucciones
apresuradas. Su rostro expresaba inquietud y descontento, y aunque reprimió
parcialmente esas emociones mientras estuvo en presencia de sus compañeros,
ellas se tornaron perfectamente visibles, no sólo en su semblante, sino también
en sus maneras, cuando lo dejaron a solas velando ante su tienda.
Durante un tiempo caminó de un lado a otro con
paso regular, mientras miraba inquieto hacia las líneas occidentales del
campamento y de vez en cuando musitaba para sí una rápida exclamación de duda e
impaciencia. Con el primer hálito de la nueva mañana habían comenzado a
desvanecerse las deliciosas meditaciones que lo ocuparan junto a su hoguera
durante las horas de oscuridad de la noche. Y ahora, cuando el esperado retorno
de Goisvintha se hacía cada vez más próximo, su imagen hacía huir de la mente
del guerrero todo resto de las apacibles y felices cavilaciones en las que
estuviera sumido hasta entonces. Mientras más pensaba en su fatal promesa, en
la nacionalidad de Antonina, en sus deberes para con el ejército y el pueblo a
los que pertenecía, más dudosa le parecía la posibilidad de ofrecerle una
protección permanente a la joven romana sin correr el riesgo de envilecerse
como godo y perderse como guerrero; y más severa y ominosa resonaba en sus
oídos la innegable verdad de lo que Goisvintha le echara en cara al partir:
"Debes recordar tu promesa; ¡no podrías salvarla aunque quisieras!"
Cansado de unas cavilaciones que no hacían más
que ahondar su melancolía y aumentar sus dudas, y deseoso de sumergirse en un
olvido temporal e ilusorio de las ominosas reflexiones que lo embargaban a
pesar de sí mismo aprovechando —mientras le estaba aún concedido ese disfrute—
la compañía de su desdichada protegida, se encaminó a su tienda, apartó las
pesadas y gruesas cortinas de pieles de animales que cubrían su entrada y se
acercó al rudo lecho en el que Antonina aún dormía.
En ese momento, mientras contemplaba a la
joven dormida, un rayo de sol, tímido e incierto, atravesó los nubarrones y se
coló por la entrada de la tienda. Transitó su fluido curso por la mano y el
brazo desnudos de la joven, revoloteó sobre su pecho y su cuello, y bañó con un
resplandor fresco y fulgurante su rostro inmóvil y sereno. Poco a poco Antonina
comenzó a mover los miembros, sus labios se entreabrieron suavemente en una
media sonrisa, como si agradeciera el saludo de la luz; entornó ligeramente los
ojos, y después, deslumbrada por la claridad que penetró por entre sus párpados
abiertos, volvió a cerrarlos temblorosamente. Al cabo de unos momentos,
totalmente despierta, se hizo sombra con las manos sobre el rostro y,
sentándose en el lecho, se percató de la mirada de Hermanrico, que la
contemplaba fijamente con tristeza.
—Tu brillante armadura, tu nombre glorioso y
tus piadosas palabras me han acompañado hasta en mis sueños —le dijo Antonina
con aire de sorpresa—, ¡y ahora, cuando despierto, vuelvo a verte ante mí! ¡Es
una felicidad que me dé la bienvenida el sol que me ha alegrado toda la vida, y
que sea para verte a ti, que me has brindado un refugio en mi infortunio! Pero,
¿por qué —continuó con voz alterada e inquisitiva—, por qué me miras con ojos
de duda y de tristeza?
—Dormiste bien, libre de todo peligro —dijo
Hermanrico evasivo—. Cerré la entrada de la tienda para protegerte de la
humedad de la noche, pero ahora la abrí, porque el sol ya entibia el aire...
—¿Estás cansado de velar? —lo interrumpió
Antonina, poniéndose de pie y contemplando inquieta su semblante.
Pero Hermanrico no le respondió. Su rostro
estaba vuelto hacia la puerta de la tienda. Parecía esperar algún sonido. Era
evidente que no había oído su pregunta. Antonina siguió la dirección de sus
ojos. El panorama de la gran ciudad, a medias iluminada, a medias a oscuras,
según sus millares de edificaciones reflejaran la luz del sol o retuvieran las
sombras de las nubes, trajo a su mente de nuevo su petición de la noche
anterior relativa a la seguridad de su padre. Puso su mano sobre el brazo de su
compañero para atraer su atención y continuó de inmediato:
—¿No has olvidado lo que te pedí anoche? El
nombre de mi padre es Numeriano. Vive en la colina Pinciana. ¡Sálvalo,
Hermanrico, sálvalo! ¡Recuerda tu promesa!
Al oírla, el joven guerrero bajó los ojos y un
irreprimible estremecimiento sacudió todo su cuerpo. La última frase de la
petición de Antonina era exactamente igual a una súplica que oyera antes de
otros labios y en otros acentos, y que aún permanecía en su memoria. Antonina
le hacía la misma exigencia —Recuerda tu promesa—, que le planteara Goisvintha
para instarlo al asesinato. La petición del afecto concluía en los mismos
términos que la petición de la venganza. Al pensar en ambas, la piedad humana
de una y la crueldad demoníaca de la otra se alzaron en siniestro y
significativo contraste en la mente del godo, anunciándole todos los peligros
del enfrentamiento que se produciría al regreso de Goisvintha y disipando de
modo instantáneo las últimas esperanzas que se había atrevido a acariciar con
respecto a la fugitiva.
—No se ha ordenado el ataque a la ciudad; no
se pretende atacar. La vida de tu padre está a salvo de las espadas de los
godos —replicó sombrío en respuesta a las últimas palabras de Antonina.
La joven se apartó unos pasos de él mientras
le decía esas palabras y recorrió la tienda con ojos pensativos. El hacha de
guerra que Hermanrico blandiera durante la escena de la noche anterior yacía
aún en el suelo en un rincón. Al verla, regresó a su mente un torrente de
recuerdos terribles. Experimentó un violento sobresalto, un cambio súbito se
operó en su rostro, y cuando volvió a dirigirse a Hermanrico lo hizo con labios
temblorosos y con palabras casi ininteligibles.
—Ya sé por qué me miras con aire tan sombrío
—dijo—; ¡esa mujer va a regresar! Estaba tan absorta en mis sueños y en mis
pensamientos sobre mi padre y sobre ti, y en mis esperanzas para los días
venideros, que al despertar la había olvidado. ¡Pero ahora lo recuerdo todo! Va
a regresar —lo veo en tus ojos entristecidos——, ¡va a regresar para asesinarme!
¡Moriré ahora que confiaba tanto en mi vida futura! ¡No podré ser feliz!
¡Nunca! ¡Nunca!
El semblante del godo comenzó a ensombrecerse.
Musitó para sí varias veces:
—¿Cómo puedo salvarla?
Durante unos breves minutos en la tienda reinó
un profundo silencio, roto sólo por los sollozos de Antonina. Hermanrico se
volvió al cabo de unos instantes para mirarla. La joven se cubría los ojos con
las manos, las lágrimas corrían por entre sus dedos entreabiertos, su pecho se
agitaba como si sus emociones estuvieran a punto de abrirse paso al exterior de
forma palpable, y sus miembros temblaban de tal forma que casi no se sostenía
en pie. Al verla así, Hermanrico rodeó inconscientemente con su brazo la figura
esbelta, le apartó suavemente las manos del rostro y le dijo, aun cuando en su
corazón no creía en las palabras que pronunciaba:
—¡No tengas temor; confía en mí!
—¿Cómo puedo permanecer tranquila? —exclamó
Antonina alzando los ojos al rostro del joven caudillo con una mirada de
súplica—. ¡Anoche estaba tan contenta, me sentía tan segura, tenía tantas
esperanzas para el porvenir! ¡Y ahora tu aire de pesar, tu voz dubitativa me
dicen que para apaciguar mi angustia me has prometido más que lo que puedes
cumplir! ¡La mujer que te acompaña tiene un poder tan enorme sobre ambos que
resulta terrible hasta pensar en él! Regresará, logrará que tu corazón
destierre de él toda su compasión, me clavará los ojos con su mirada temible,
me matará a tus pies! ¡Moriré después de todo lo que he sufrido y todo lo que
he esperado! ¡Ah, Hermanrico, escapemos ahora que todavía estamos a tiempo! ¡Tú
no estás hecho para derramar sangre; tú eres demasiado compasivo para eso!
¡Dios no te hizo para destruir! ¡No puede ser que propendas a la crueldad y el
dolor, porque me ayudaste y me protegiste! ¡Huyamos! ¡Te seguiré adondequiera
que vayas! ¡Haré lo que me pidas! ¡Iré contigo más allá de esas distantes y
resplandecientes montañas que están a nuestras espaldas, a una tierra extraña y
lejana; porque en todas partes hay cosas bellas; en toda la superficie de este
mundo vasto y ancho hay bosques en los cuales vivir y valles a los cuales amar!
El godo la contempló con tristeza cuando
calló, pero no le dio ninguna respuesta. Las tinieblas se espesaban en su
corazón; las falsas palabras de consuelo murieron en sus labios.
—¡Piensa en cuántas cosas placenteras
disfrutaríamos, en cuántas veríamos! —continuó la joven con voz queda y
suplicante—. Seríamos libres para ir adonde quisiéramos; ¡nunca estaríamos
solos, ni tristes, ni cansados! ¡Yo te escucharía día tras día, mientras me
contabas historias del país donde nacieron los tuyos! ¡Te cantaría dulces
canciones que he aprendido a tocar en el laúd! ¡Ah, cuánto he llorado en mi
soledad por llevar una vida así! ¡Cómo he anhelado esa libertad y ese alegría!
¡Cómo he pensado en las tierras lejanas que visitaría, en las felices naciones
que descubriría, en los aires de montaña que respiraría, en los lugares
sombreados en los que reposaría, en los ríos cuyo curso seguiría, en las flores
que plantaría y los frutos que recogería! ¡Cómo he ansiado una existencia así!
¡Cómo he anhelado un compañero que la disfrutara tanto como yo! ¿Nunca has
sentido ese gozo que he imaginado, tú que has tenido libertad para ir adonde
has querido? Vayámonos de este lugar y yo te enseñaré a sentirlo, si no lo has
hecho. ¡Seré tan paciente, tan obediente, tan feliz! Nunca estaré triste, nunca
me quejaré; ¡pero huyamos, Hermanrico, huyamos mientras podemos! ¿Me retendrás
aquí para que me maten? ¿Me dejarás partir sola al ancho mundo? ¡Recuerda que
las puertas de la ciudad y las de mi hogar están cerradas para mí! ¡Recuerda
que no tengo madre y que mi padre me ha arrojado de su lado! ¡Recuerda que soy
una forastera en la tierra que fue hecha para mi disfrute! Piensa en cuan
pronto regresará la mujer que ha jurado asesinarme; piensa cuan terrible es
temer la muerte; y mientras aún podemos, partamos, Hermanrico. Hermanrico, si
te compadeces de mí, partamos.
Se agarró las manos y alzó los ojos al rostro
del guerrero con mirada implorante. A sus sentidos, aguzados como estaban por
el peligro, las maneras de Hermanrico le habían resultado más elocuentes que lo
que lo hubieran sido sus palabras, incluso de haberle él confesado la causa de
las dudas y las aprensiones que oprimían su mente. No había testimonio más
palpable de la inocencia del carácter de la joven y de la reclusión en que
transcurriera su vida, que su intento de combinar su huida de la furia de Goisvintha
con la adquisición de un compañero como el godo. Pero a la joven desamparada y
afectuosa que se veía lanzada de repente, sin un amigo, a un mundo hostil —una
desconocedora de las leyes que pautaban la vida social de sus prójimos—, ¿podía
acaso el corazón dictarle naturalmente otro deseo que la ansiedad por
procurarse un compañero después de haber hallado a un protector? En la
inocencia de su carácter, en la absoluta ignorancia de la humanidad, de la
influencia de las costumbres, de la adecuación de los sentimientos a las
diferencias de los sexos, imaginaba vanamente que la tranquila existencia que
le había descrito a Hermanrico bastaría para lograr sus fines, ya que le
resultaría igualmente atractiva a él, un guerrero y un godo, que a ella, una
joven solitaria, reflexiva y visionaria. Y, sin embargo, tan extraordinaria era
la ascendencia que había logrado en el corazón del joven caudillo con la magia
de su presencia, la frescura de su belleza y la novedad de sus maneras, que
éste, que habría apartado de su lado con desdén a cualquier otra mujer que le
hubiera dirigido una petición como la de Antonina, bajó los ojos con pesar
hacia el rostro de la joven cuando ella calló, y por un instante dudó acerca de
qué hacer.
En ese momento, cuando la atención de ambos
estaba fija en el otro, una tercera persona se acercó subrepticiamente a la
entrada de la tienda y, al verlos así juntos, rompió en una risa amarga e
insultante. Hermanrico alzó los ojos al instante, pero el sonido de esa voz
áspera y poco femenina le había resultado totalmente elocuente a Antonina.
Escondió el rostro en el pecho del godo y musitó sin aliento:
—¡Ha vuelto! ¡Moriré! ¡Moriré!
¡En efecto, había vuelto! Vio a Hermanrico y a
Antonina en una posición que no dejaba lugar a dudas de que durante su ausencia
había nacido en el corazón de su pariente un sentimiento más profundo que el
mero deseo de proteger a la víctima de su proyectada venganza. Hora tras hora,
mientras cumplía sus deberes junto al lecho de los soldados enfermos de
Alarico, había meditado en sus proyectos de revancha y sangre. Ni la enfermedad
ni la muerte que había contemplado a su alrededor habían ejercido una influencia
lo bastante potente sobre la terca ferocidad que era ahora lo único que animaba
su natural, para inclinarla a la compasión o amedrentarla hasta el
arrepentimiento. Robustecidas por la demora e incrementadas por la frustración,
las malas pasiones que la consumían no habían hecho más que aumentar su fuerza
y despertar sus energías más latentes durante la silenciosa vigilia que acababa
de realizar. La noche anterior había detestado a la joven por su nacionalidad;
ahora la odiaba por sí misma.
—¿Qué haces tú con los atavíos de un guerrero
godo? —exclamó burlona, apuntando a Hermanrico con un largo cuchillo de caza
que llevaba en la mano—. ¿Qué haces tú en un campamento godo? ¡Ve y arrodíllate
a las puertas de Roma, implórales de rodillas a los guardias que te admitan
entre sus ciudadanos; y cuando te pregunten por qué, muéstrales a esa joven!
¡Diles que la amas, que quieres casarte con ella; que no te importa que los
suyos hayan asesinado a tu hermano y a sus hijos! ¡Y después, cuando tú también
tengas hijos, bastardos godos contaminados con sangre romana, sé tu mismo
romano de corazón y mándalos a terminar lo que los conciudadanos de tu esposa
dejaron por hacer en Aquilea: mándalos a asesinarme!
Calló por un momento y dejó escapar una
carcajada mordaz. Entonces, su humor cambió de repente, avanzó unos pasos y
continuó en tono más alto y severo:
—Has roto tu promesa; me has mentido; has
olvidado tus infortunios y los míos; ¡pero aún recuerdas lo que te dije anoche
al partir! Te dije que había que sacrificarla; ¡y ahora que te niegas a
vengarme, haré buenas mis palabras matándola con mis propias manos! Para
defenderla a ella, tendrás que asesinarme a mí. ¡Tendrás que derramar su sangre
o la mía!
Dio un paso al frente, se alzó en toda su
majestuosa estatura, sus músculos se tensaron cuando levantó los brazos
desnudos sobre la cabeza. Durante un instante clavó los ojos relampagueantes en
la figura encogida de la joven; después, de inmediato, se abalanzó sobre ella y
trató de asestarle una cuchillada feroz a su cuello desnudo. Cuando el arma
descendía, Hermanrico le agarró la muñeca. Goisvintha luchó con furor para
soltarse, pero no lo logró.
El semblante del joven guerrero, que la
miraba, se cubrió de una palidez de muerte. Durante unos minutos recorrió
ansioso la tienda con la vista, presa de una agonía de desconcierto y
desesperación. El conflicto de intereses entre su deber para con su hermana y
su preocupación por salvar a Antonina atenazaba su corazón hasta perturbarlo
por completo. Vaciló un momento más, y durante ese corto lapso, el despotismo
de la costumbre tuvo fuerza suficiente para avasallar los dictados de la
compasión. Le gritó a la joven, al tiempo que retiraba el brazo que hasta ese
momento le sirivera de apoyo a Antonina:
—¡Vete! ¡Ten piedad de mí! ¡Vete!
Pero ella ni se percató de que le hablaba ni
lo escuchó. Se dejó caer de rodillas a los pies de la mujer y en voz baja y
quejumbrosa pronuncio con voz vacilante las siguientes palabras:
—¿Qué he hecho para merecer la muerte? ¡No fui
yo quien asesinó a tus hijos; nunca he visto un niño al que no amara de
inmediato; si hubiera visto a tus hijos, los habría amado también!
—¡Si hubiera conservado al hijo que salvé de
la masacre y te hubieras acercado a él —replicó con fiereza la mujer—,le habría
enseñado a golpearte con sus manitas! ¡Si le hubieras hablado, te habría
escupido en respuesta... así!
Aunque temblorosa, exhausta y aterrada, la
joven sintió el insulto y la sangre romana afluyó a sus pálidas mejillas. Se
volvió hacia Hermanrico, lo miró con aire suplicante, intentó hablarle y
después, dejándose caer al suelo, comenzó a llorar amargamente.
—¿Por qué le lloras, y le suplicas y le
hablas? —chilló Goisvintha apuntando a Hermanrico con la mano que conservaba
libre—. No tiene ni valor para protegerte ni honor para ayudarme. ¿Acaso crees
que me conmoverán tus lágrimas y tus ruegos? Pues te digo que los tuyos mataron
a mi esposo y a mis hijos, y que te odio por eso. ¡Te digo que has seducido a
Hermanrico hasta hacerlo amar a una romana y conseguir que me traicione, y que
por eso te mataré! ¡Te digo que no hay a todo lo largo y lo ancho de este imperio
ser viviente que lleve la sangre de tu país, o el nombre de tu nación, que no
destruyera yo si estuviera en mi poder! ¡Si los árboles mismos de ese camino
que ves allá pudieran sentir, les habría arrancado la corteza del tronco con
mis propias manos! ¡Si un pájaro de estos cielos hubiera volado a mi pecho,
manso y juguetón, lo habría aplastado a mis pies! ¿Y crees que tú escaparás?
¿Crees que no vengaré en ti la muerte de mi esposo y de mis hijos?
Al hablar, abrió mecánicamente las manos. El
cuchillo cayó al suelo. Hermanrico se agachó al instante y se hizo de él. Por
un momento Goisvintha lo miró frente a frente, ya sin que la sujetara, inmóvil,
muda. Entonces, como sobresaltada por una idea súbita, avanzó hacia la entrada
de la tienda, y con tono de maligno triunfo, le dirigió las siguientes
palabras:
—¡No lograrás salvarla! ¡Eres indigno de tu
nación y de tu nombre! ¡Les revelaré a tus hermanos del campamento tu cobardía
y tu traición! —Y salió corriendo de la tienda mientras les gritaba a unos
jóvenes guerreros que pasaban a corta distancia—: ¡Venid! ¡Venid! ¡Fritigerno,
Athanarico, Colias, Suerido, Witherico, Fravitta! ¡Rápido, aquí! ¡Hermanrico
tiene una cautiva en su tienda, una prisionera a quien os gustará ver! ¡Aquí!
¡Aquí!
En el grupo al que se dirigía se encontraban
algunos de los espíritus más turbulentos y despreocupados del ejército godo.
Acababan de relevarlos de sus deberes de la noche pasada y gozaban de libertad
para satisfacer la petición de Goisvintha. Apenas había esta acabado de hablar
cuando se volvieron y se dirigieron presurosos a la tienda, mientras le
gritaban a Hermanrico que sacara a la prisionera al aire libre para verla.
Probablemente esperaban divertirse con el
ridículo terror de alguna esclava romana a quien su compañero descubriera
acechante en los suburbios desiertos, porque cuando entraron en la tienda y no
vieron más que la figura encogida de la acongojada joven, hincada en tierra a
los pies de Hermanrico, se detuvieron como un solo hombre y miraron a su
alrededor presas de un asombro mudo.
—¡Miradla! —exclamó Goisvintha rompiendo el
momentáneo silencio—. ¡Esa es la prisionera romana que este valiente ha
conseguido! ¡Por esa niña temblorosa ha olvidado los odios de su pueblo! Ya le
importa más que su ejército, su general y sus compañeros. —¡Vosotros habéis
velado durante la noche a las puertas de la ciudad, mientras que él ha guardado
el sueño de la doncella romana! No esperéis que vuelva a participar de vuestras
faenas o a mezclarse en vuestros placeres. Alarico y sus guerreros ya no
cuentan con sus servicios: ¡su futuro rey está aquí encogido a sus pies!
Goisvintha había confiado en despertar la ira
y los celos de sus rudos interlocutores; pero el resultado de sus venenosas
burlas no estuvo a la altura de sus esperanzas. El humor del momento incitó a
los jóvenes a las chanzas, actitud infinitamente más negativa para los
intereses de Antonina con respecto a Hermanrico que las amenazas o las
recriminaciones. Recuperados de su desconcierto inicial, rompieron en
estruendosas y unánimes carcajadas.
—¡Marte y Venus capturados in fraganti! ¡Pero,
por San Pedro, no veo a Vulcano con su red! —exclamó Fravitta, a quien, como
había servido en el ejército romano y adquirido en él un vago conocimiento de
la antigua mitología y de la política moderna del imperio, sus compañeros lo
tenían por el ingenio del batallón al que estaba asignado.
—Me gusta su figura —bufó Fritigerno, un
gigante pesado y flemático, famoso por su imperturbable buen humor y su
capacidad a la hora de beber—. ¡Es tan poquita cosa y está tan debilita que
Hermanrico la puede empaquetar en su equipaje y llevarla sobre los hombros
adondequiera que vaya!
—¿Con qué mañas piensas tú, viejo chupador de
pellejos de vino, que logrará la doble hazaña de conservarla sólo para sí y de
mantenerla siempre caliente? —lo interrumpió Colias, un muchacho atolondrado,
coloradote, de dieciséis años, a quien se le concedía el privilegio de la
impertinencia en atención a su edad.
—¿Es ortodoxa o arriana? —preguntó con aire
grave Athanarico, quien se vanagloriaba de sus conocimientos teológicos y su
extraordinaria religiosidad.
—¡Y qué pelo tiene! —exclamó Suerido,
sarcástico—. ¡Es tan negro como el de los caballos de un escuadrón de hunos!
—¡Muéstranos su cara! ¿Qué tienda visitará
después? —gritó Witherico con una carcajada insolente.
—¡La mía! —contestó Fritigerno con aire de
complacencia—. ¿Cómo dice el estribillo de la canción...? "¡El dinero y el
vino traen la beldad a mi camino!" Yo tengo más de ambas cosas que
cualquiera de vosotros. ¡Irá a mi tienda!
Durante el curso de esas torpes bromas que se
sucedieron a toda velocidad, el desdén que expresara al principio el semblante
de Hermanrico se vio gradualmente sustituido por un talante de ira
irreprimible. Al oír las palabras de Fritigerno, perdió todo control sobre sí
mismo y avanzó amenazante, espada en mano, en dirección al afable gigante, que
no hizo ademán de retroceder o defenderse, sino que exclamó en tono
conciliador:
—¡Paciencia, hombre! ¡Paciencia! ¿Matarías a
un viejo camarada porque te gasta unas bromas? ¡Te envidio la buena suerte como
amigo, no como enemigo!
Tras ceder a la necesidad de bajar su espada
ante un hombre indefenso, Hermanrico comenzaba a responderle airado a
Fritigerno cuando ahogaron su voz las agudas notas de una trompeta que sonaron
cerca de su tienda. El grupo de bromistas que todavía rodeaba al joven godo
entendió de inmediato la señal. Todos volvieron las espaldas y se retiraron al
instante. Acababa de salir el último cuando el mismo veterano que hablara la
noche anterior con Hermanrico tras la partida de Goisvintha entró en la tienda
y le dirigió las siguientes palabras al joven caudillo:
—Se te ordena apostarte, con la división que
ya te espera, en un lugar que te mostrará un guía hacia el este de tu posición
actual. Apréstate a partir de inmediato; ¡no tienes ni un instante que perder!
Cuando oyó las palabras pronunciadas por el
anciano, Hermanuco se volvió a mirar a Goisvintha. Mientras permanecieron los
godos en la tienda se había mantenido sentada escuchando sus rudas bromas con
ira reprimida y desdén mudo; ahora se incorporó y avanzó unos pasos. Pero, de
repente, su avance se tornó inusitadamente vacilante; su rostro palideció; su
respiración se hizo agitada y trabajosa.
—¿Dónde la esconderás ahora? —exclamó
dirigiéndose a Hermanrico y amenazando a la joven con las manos extendidas—.
Abandónala en manos de tus compañeros o déjamela a mí; ¡en ambos casos está
perdida! ¡Triunfaré, triunfaré!
En ese momento su voz se convirtió en un
murmullo ininteligible; se tambaleó sobre sus pies. Era evidente que el
prolongado tumulto de pasiones que experimentara durante la noche en vela, y
las fieras y variadas emociones de la mañana, súbitamente llevadas a una crisis
por su exultación al oír el fatal mensaje del anciano guerrero, por fin habían
resultado superiores a las energías hasta de su poderosa constitución. Trató
todavía durante unos momentos de avanzar, de hablar, de arrancarle de las manos
a Hermanrico el cuchillo de caza; un instante después, cayó consciente a sus
pies.
Trastornado casi hasta la locura por las
sucesivas pruebas sufridas —la furiosa decisión de Goisvintha de torcer sus
propósitos todavía fresca en su mente, las palabras burlonas de sus compañeros
aún resonantes en sus oídos, su atención demandada sin reserva o demora por
inexorables deberes— Hermanrico sucumbió al fin a las dificultades de su
situación y abandonó presa de la desesperación toda esperanza de salvar a la
joven. Señaló en dirección a algunos alimentos que estaban en un rincón de la
tienda y a los campos circundantes, y le dijo a Antonina con voz entrecortada y
sombría:
—¡Toma esas provisiones y huye ahora que
Goisvintha no puede perseguirte! ¡Me resulta imposible seguir protegiéndote!
Hasta ese momento, Antonina había mantenido el
rostro oculto y había permanecido arrodillada en el suelo, inmóvil salvo cuando
un estremecimiento recorrió su cuerpo al escuchar las bromas groseras y burdas
de los godos; y muda, a no ser porque cuando Goisvintha cayera al suelo sin
sentido había dejado escapar una exclamación de terror. Pero ahora, al oír su
sentencia de destierro de los mismos labios que la noche anterior le
prometieran abrigo y protección, se incorporó al instante y le lanzó al joven
godo una mirada de una tristeza muda y una desesperación tales que este
retrocedió involuntariamente; y después, sin derramar una lágrima ni dejar
escapar un suspiro, sin una mirada de reproche ni una palabra de súplica,
petrificada y doblegada por un trance de terror y congoja absolutos, abandonó
la tienda.
Apresurando sus preparativos con la energía
inconsciente de un hombre decidido a desterrar sus pensamientos mediante la
acción, Hermanrico se colocó a la cabeza de sus tropas y abrió la marcha
rápidamente en dirección al este, más allá de la Puerta Pinciana. Dos de sus
asistentes que entraron por azar en la tienda tras su partida, al ver a
Goisvintha aún tendida en el suelo, la trasladaron a la sección del campamento
ocupada por las mujeres que acompañaban al ejército; y después, el reducido y
acogedor entoldado que hiciera las veces de hogar del godo, y que en tan pocas
horas fuera testigo de una ración tan elevada de miserias humanas y de un
despliegue tan fiero de humanos conflictos, quedó tan muda y solitaria como la
campiña desierta en la cual Antonina se veía ahora condenada a buscar refugio y
hogar.
CAPÍTULO XII
EL PASO DE LAS
MURALLAS
—¡Qué hermosa noche, Balbo! ¡Toda luz de luna
y nada de niebla! Anoche estuve de guardia en la Puerta Ostia y casi me asfixia
la neblina.
—Si hiciste guardia anoche en la Puerta Ostia,
estabas en mejor sitio que ahora. Las murallas son aquí tan solitarias como
unas ruinas de provincia. A la espalda no tenemos más que la colina Pinciana;
al frente, los suburbios vacíos; a los lados, ladrillos y piedra; y en nuestro
puesto, sólo nosotros mismos. ¡Que me crucifiquen como a San Pedro si existe
otro lugar en todas las murallas tan aburrido y solitario como este!
—Tú eres de los que encontrarían algo de qué
quejarse si te alojaran en alguno de los palacios que se ven allá. Es cierto
que el lugar es solitario; pero si resulta aburrido o no depende de nosotros,
sus honorabilísimos ocupantes. En lo que a mí concierne, estoy decidido a
contribuir a su animación mediante la loable empresa de regalarte, mi
descontentadizo amigo, con una serie infinita de los cuentos por los cuales, lo
digo sin ninguna vanidad, se me celebra a lo largo y ancho de los cuarteles de
Roma.
—Tú harás todos los cuentos que quieras, pero
ni imagines que voy a formar parte de tu auditorio.
—Atiéndeme o no, como te plazca. Aunque no me
escuches, explicaré mis cuentos para no perder la práctica. Se los contaré a
estos muros, o al aire, o a los difuntos dioses y diosas de la antigüedad, si
es que se ciernen furiosos en este momento sobre la ciudad, como quieren
hacernos creer algunos de los que aún no se han convertido; o a nuestros
vecinos los godos, si se adueña de ellos el súbito deseo de abandonar su
campamento para echarles un vistazo más cercano a las fortificaciones que con
tanta discreción se muestran remisos a atacar. O, si no consigo a ninguno de
los anteriores como adecuado y honorable público, le contaré mis cuentos al más
atento de todos los oyentes: yo mismo.
Y, sin más demora, el centinela echó mano de
su caudal de anécdotas con la fácil locuacidad de un hombre en posesión de una
bien merecida confianza en la perfección de sus habilidades como narrador.
Decidido a que su mohíno compañero lo escuchara, aun si no le prestaba
atención, hablaba en voz muy alta mientras iba y venía a paso vivo por el
espacio que tenía encomendado cuidar y reía con chusca regularidad y
complacencia cada broma que hacía en el curso de su mal recompensada narración.
Nunca imaginó, al hacer su relato, que su inicio hubiera sido recibido con
beneplácito por un oyente invisible, cuyas emociones eran muy diferentes a las
que dictaran las observaciones de su huraño compañero de guardia.
Fiel a su decisión, Ulpio se había agenciado
con parte de los salarios ahorrados durante sus años al servicio de Numeriano
una pequeña linterna en un comercio de un barrio apartado de Roma, y velando su
luz con un pedazo de tela gruesa y áspera, se había dirigido por el sendero
solitario a emprender su segunda noche de trabajo en las murallas. Llegó junto
a la fisura al comienzo del diálogo antes relatado, y escuchó con deleite la
vocinglera determinación del centinela de entretener a su compañero incluso a
su pesar. Mientras más alto y durante más tiempo hablara el soldado, menos
probable resultaba que se sospecharan u oyeran los trajines del pagano en el
interior del muro.
Apartando a un lado con delicadeza la
hojarasca que tapaba el orificio que había hecho la noche anterior, Ulpio se
introdujo en él hasta donde penetrara en aquella ocasión; y entonces, con una
mezcla de esperanza y aprensión que se adueñó de él con tanta fuerza que por un
momento casi no fue dueño de sus acciones, destapó su luz lenta y
cuidadosamente.
Su primera mirada instintiva fue para la sima
que se abría a sus pies. Vio de inmediato que era menos ancha y profunda de lo
que había imaginado. En ese sitio, el suelo había cedido bajo los cimientos de
las murallas, que se habían hundido y, con su peso, habían profundizado la
depresión del terreno blando sobre el que estaban construidos. Un pequeño
manantial (probablemente la causa del hundimiento del terreno) había brotado en
el espacio libre entre los ladrillos, a los cuales, poco a poco, año tras año,
había desgastado. Y no se había estancado allí. Había corrido alegre y
silenciosamente —un diminuto arroyuelo, liberado de su prisión en la tierra
sólo para penetrar en otra en las murallas— sin riberas de verde hierba, ni la
luz de un alborozante resplandor, ni admirados ojos humanos, ni más testigos de
su breve curso por las fisuras internas de la pared que un sapo hinchado o un
lagarto solitario; pero aun así, se había abierto camino en la oscuridad y
entre los escombros como sus hermanos que disfrutaban de la luz del sol en las
praderas o retozaban con las frescas brisas de las laderas de las montañas.
Tras apartar la vista del pequeño manantial,
Ulpio dirigió su atención hacia lo alto.
Exactamente encima de su cabeza, el material
que formaba el interior de la muralla presentaba una superficie lisa, pareja,
dura, que parecía capaz de resistir los más vigorosos intentos de demolición;
pero al echar una mirada a su alrededor, percibió a un costado y más hacia
adentro lo que daba la impresión de ser una irregularidad oscura e imprecisa
que prometía ser más proclive a los esfuerzos que se proponía emprender. Bajó a
la cavidad del arroyuelo y se subió a un montón de ladrillos partidos hasta alcanzar
un hueco que de inmediato comenzó a ensanchar para que le permitiera el paso.
Pulgada a pulgada amplió la grieta, se introdujo en ella, y se dio cuenta de
que se hallaba en un fragmento del vértice de uno de los arcos de cimentación,
que, aunque parcialmente destruido, aún se mantenía en pie, separado por
completo de la porción superior de las murallas a las cuales sirviera de base,
y gradualmente derrumbado en las oquedades del terreno.
Ulpio dirigió la vista hacia arriba. Una
grieta inmensa que se cernía sobre su cabeza extendía sus tortuosas
ramificaciones, en diversos puntos, hacia todas las partes visibles del muro.
En ese sitio, la estructura parecía haber sufrido una sacudida súbita y
tremenda. De no ser por el apoyo que le prestaban las más sólidas
fortificaciones situadas a ambos lados, no habría podido sostenerse en pie
después de esa conmoción. El pagano miró hacia lo alto, a las temibles
rajaduras que abrían sus fauces sobre su cabeza, con un ingobernable terror. Su
luz pequeña y vacilante no resultaba suficiente para alumbrar todo su
recorrido. Vistas así, en oscuro contraste con el resto de la porción hueca del
muro, semejaban poderosas serpientes que reptaban arrasando con todo en su
camino hacia las almenas de la cima de las murallas; y él, agachado en el
pináculo que ocupaba, con su pequeña luz a un costado, se veía reducido por la
indómita grandeza, por la vasta y solemne lobreguez de las masas oscuras,
sombrías, fantásticas que lo rodeaban, a la estatura de un pigmeo. De habérsele
podido ver desde lo alto de las murallas mientras trataba de atisbar con su
lámpara en las simas e irregularidades que quedaban a sus pies, habría
parecido, con su luz parpadeante, como un topo que se alumbrara con una
luciérnaga.
Se detuvo un instante para planear sus
próximos pasos. La inmovilidad hizo que la húmeda frialdad de la atmósfera le
resultara casi insoportable, pero le concedió una gran ventaja: pudo dedicarse
a escuchar sin que lo importunara el ruido de los ladrillos que se desbarataban
bajo sus pies cuando avanzaba.
A los pocos momentos oyó un sonido agudo,
lejano, unas veces más alto, otras más apagado, que ahora se aproximaba, ahora
se alejaba; ahora se hacía penetrante, después volvía a ser un leve y suave
rumor. De repente, esa música extraña, sobrenatural, se vio interrumpida por
una serie de retumbos prolongados, intensos, que recorrieron, majestuosos, las
fisuras allá en lo alto como truenos cautivos que lucharan por escapar de su
prisión. Completamente ignorante de que el primero de esos ruidos lo producía
el viento nocturno al colarse por las grietas entre los ladrillos de las
murallas un poco más lejos; y el segundo, los ecos que despertaban los pasos de
los centinelas en las oquedades irregulares de la parte superior; llevado por
la influencia del lugar y lo subrepticio de su tarea al apogeo de una
exaltación fanática que lo privaba momentáneamente de razón; lleno del
frenético entusiasmo que le provocaban sus planes y del temor que le inspiraban
las leyendas de seres y mundos invisibles que eran la base de su fe, Ulpio
creyó, al oír los sonidos que se escuchaban a su alrededor y en lo alto, que
los dioses de la antigüedad se cernían sobre su cabeza en invisible asamblea y
lo instaban con voces sobrenaturales y en una lengua desconocida a continuar
con su arriesgada empresa, a la que le garantizaban un pronto y completo éxito.
—¡Rugid y murmurad, y haced sonar vuestra
música huracanada en mis oídos! —exclamó el pagano alzando las manos
sarmentosas y dirigiéndose presa de un éxtasis salvaje a sus imaginadas
deidades—. ¡Vuestro servidor Ulpio no se detiene en el peregrinaje que lo
conduce a vuestros altares de nuevo concurridos! ¡A los pies de vuestros
santuarios he ofrendado en sacrificio la sangre, el crimen, el peligro, el
dolor, y también el orgullo, el honor, la alegría y el descanso! ¡El tiempo ha
pasado veloz a mi lado sin tocarme; mi niñez y mi juventud yacen sepultadas
desde hace tiempo en el oculto Leteo que es el sino de la vida; la vejez oprime
mis fuerzas con sus tentáculos; pero yo sigo velando junto a vuestros templos y
sirviendo a vuestra poderosa causa! ¡Se aproxima el momento de vuestra
venganza! ¡Monarcas del mundo, vuestro triunfo está al alcance de las manos!
Permaneció durante un tiempo en la misma
posición, con los ojos clavados en la insondable oscuridad allá en lo alto,
cautivado por los sonidos que —ya aumentando, ya disminuyendo— seguían flotando
a su alrededor. El tembloroso fulgor de su linterna teñía de un rojo bárbaro su
semblante lívido. La fría brisa agitaba su cabello hirsuto. En ese momento,
visto desde cierta distancia habría parecido un fantasma de fuego que expirara
en una niebla oscura; un gnomo postrado en actitud de adoración en las entrañas
de la tierra; un espíritu maldito en un purgatorio solitario que esperara la
llegada de un atisbo de belleza o de una bocanada de aire.
Al cabo de un rato despertó de su trance,
despabiló con cuidado la linterna que lo guiaba y se puso en camino para
penetrar hasta lo profundo de la gran grieta en la que acababa de entrar.
Se desplazó varios pies en dirección oblicua,
ahora arrastrándose sobre las cimas de los arcos de cimentación, ahora rodeando
los bordes salientes de la pared en ruinas, ahora descendiendo a abismos
oscuros, resbaladizos, llenos de escombros, hasta que de pronto la abertura se
estrechó en todas direcciones.
En el lugar que ocupaba ahora la atmósfera era
más tibia; podía distinguir vagamente manchas de un musgo oscuro que moteaban
aquí y allá la superficie irregular del muro; y en una o dos ocasiones, le
azotaron el rostro las largas briznas de una hierba plana que crecía en un
promontorio exactamente encima de su cabeza, y a las que agitaba el viento, al
que ahora sentía soplar por la estrecha hendidura que se aprestaba a ensanchar.
Era evidente que había llegado a unos pocos pies de la superficie exterior del
muro.
—Numeriano deambula por las calles buscando a
su hija —musitó el pagano al tiempo que depositaba a su lado la linterna, se
arremangaba la túnica dejando al descubierto los brazos temblorosos y blandía
la barra de hierro—, y los esclavos de su vecino el senador han salido en mi
persecución. Por todos lados me asedian mis enemigos; ¡pero aquí me río de la
búsqueda más acuciosa! ¡Para encontrar mi escondite tendrían que penetrar en
las murallas de Roma! ¡Para sacarme de mi madriguera, tendrán que atacarme esta
noche en el campamento de los godos! ¡Tontos! ¡Que cuiden de sí mismos! ¡Con el
último ladrillo que arranque de sus inocuas murallas sellaré la suerte de su
ciudad!
Rió para sí mismo al introducir con fuerza su
palanca en la rendija del muro. En algunos sitios los ladrillos cedían
fácilmente a sus esfuerzos; en otros, sólo lograba vencer su resistencia
haciendo uso de todas sus fuerzas. Resuelta e incesantemente prosiguió su
labor; ahora hiriéndose las manos en las superficies serradas de la abertura
ampliada, ahora dejando caer involuntariamente su instrumento debido a un
insoportable agotamiento; pero siempre trabajando con coraje, desafiando todos
los obstáculos que se le oponían, hasta que logró llegar al interior de la
nueva grieta.
Al introducirse con la linterna en la cavidad
que acababa de practicar advirtió que a menos que aumentara su altura no podría
continuar, ni siquiera arrastrándose. Irritado ante esa inesperada necesidad de
nuevos esfuerzos violentos, empecinado en su determinación de atravesar la
muralla a toda costa esa misma noche, comenzó a golpear hacia arriba
precipitadamente con todas sus fuerzas, en vez de aflojar gradual y suavemente
el material de la superficie que le obstaculizaba el paso, como hiciera antes.
A los pocos minutos, una porción considerable
de la pared, aglutinada en una sola masa compacta, se desplomó con la velocidad
de un rayo y lo arrastró en su caída. Ulpio quedó postrado bajo el derrumbe
sobre el arco de cimentación que le sirviera de apoyo, con el hombro derecho
aplastado y dislocado y su linterna hecha pedazos. Un quejido de irreprimible
angustia escapó de sus labios. Había quedado reducido a una impenetrable
oscuridad.
Después de golpearlo, la masa de pared había
rodado ligeramente hacia un costado. Mediante un esfuerzo desesperado, Ulpio
logró desembarazarse de ella, sólo para desmayarse a consecuencia del nuevo
suplicio que ello le causara.
Permaneció inconsciente durante un corto
tiempo en medio de la fría y oscura soledad. Después, al recobrar el sentido
tras esa primera conmoción, comenzó a sufrir en toda su severidad los feroces
espasmos, las sordas mordeduras, los palpitantes tormentos que eran las
terribles consecuencias de la herida recibida. Su brazo pendía inútil a su
costado; carecía tanto de pujanza como de fuerza de voluntad para mover sus
otros miembros sanos. Por un momento, sus jadeos profundos, quejumbrosos,
ahogados fueron un balbuceo de horribles maldiciones a medias formuladas;
después, su respiración acezante se detuvo de repente en su pecho y pudo oír la
sangre que goteaba lentamente de su hombro con lúgubre regularidad y que ya
había formado un charco a su lado.
Ahora sólo sentía en el miembro herido la
brisa cortante que se colaba por las grietas del muro. Rozaba su piel como
innumerables cuchillos de un hielo fino y afilado; penetraba sus carnes como
raudas chispas escapadas de un mar de plomo fundido. Hubo momentos, durante los
primeros tormentos de su agonía, en que, de haber tenido un arma y la fuerza
suficiente para usarla, habría sacrificado para siempre su ambición privándose
de la vida.
Pero el deseo de poner fin a sus sufrimientos
terminando con su existencia no duró mucho tiempo. Poco a poco, los dolores de
su cuerpo hicieron despertar una desazón más potente y bárbara en su mente, y
las dos agonías, la física y la mental, se enzarzaron en su interior en feroz
combate, privándolo de todo pensamiento que no fueran los creados o despertados
por ellas.
Durante un tiempo permaneció inerme en su
aflicción, ora dando rienda suelta mediante ahogados quejidos al implacable
tormento de sus heridas; ora lamentando entre maldiciones el fracaso de su
empresa en el preciso instante en que parecía triunfar en ella. Al cabo, los
latigazos del dolor parecieron hacerse cada vez menos frecuentes, al tiempo que
dejaba de saber de qué parte de su cuerpo procedían. Insensiblemente, su
capacidad de pensar y de sentir se embotó y durante un corto tiempo experimentó
un misterioso sosiego físico y mental que, sin embargo, no le devolvió las
fuerzas; y después, sus desordenados sentidos, carentes de guía y de freno,
cayeron víctimas de un súbito y terrible espejismo.
La impenetrable oscuridad que lo rodeaba le
pareció transformarse poco a poco en una incierta, opaca, neblinosa claridad,
como la que reflejan las nubes cuando amenaza tormenta a la caída de la tarde.
Pronto creyó ver que un fantástico entramado de hirviente vapor blanco
atravesaba esa atmósfera. Después, distinguió el trozo de pared que lo había
derribado al suelo, enormemente magnificado y dotado de capacidad de
movimiento, gracias al cual se encogió y se redujo misteriosamente, creció y se
deprimió, sin abandonar nunca el lugar que ocupaba cerca de él. Y después, de
su oscura y oscilante superficie se levantó un torrente de formas oscuras que
se trenzaron en lo alto con el entramado neblinoso y adoptaron la forma clara y
palpable de semblantes humanos, de muy diferentes edades y desfigurados por una
gran variedad de sufrimientos.
Había rostros infantiles orlados por graves
gusanos que pendían a sus costados como sucios rizos de cabello; rostros de
ancianos salpicados de sangre y tajados de heridas; rostros juveniles surcados
por lívidas zanjas por las que corrían incesantes lágrimas; rostros adorables
retorcidos en expresiones de agudo dolor, bárbara malevolencia y desesperada
lobreguez. Ninguno era exactamente igual al otro. Cada uno se distinguía por
una repugnante característica propia. No obstante, por más alterados que
estuvieran sus otros rasgos, los ojos de todos permanecían indemnes. Mudos e
incorpóreos, flotaban en incesantes miríadas hasta llegar al fantástico
entramado que parecía ensanchar sus ya enormes proporciones para recibirlos.
¡Allí se congregaban, en su anfiteatro de trasgos, y clavaban los ojos en
silencio, sin excepción, en el rostro del pagano!
Entretanto, los muros del costado comenzaron a
brillar con luz propia, encerrando en un marco de bordes irregulares la escena
de las caras fantasmales suspendidas en el aire. Después, las grietas de su
superficie se ensancharon y vomitaron las figuras contrahechas de sacerdotes e
ídolos de antaño, que avanzaron, cada una espantosamente deforme, burlándose de
los rostros del entramado, al tiempo que por detrás y dominando toda la escena,
se cernían sobre el conjunto formas oscuras y gigantescas cuyos vestidos tenían
una vaga y torva semejanza con las pieles de animales que usaban los godos, y
que blandían, en medio de los palpitantes vapores, potentes e incorpóreas armas
de guerra. Del espectral cónclave no escapaba el menor sonido. Un silencio como
de un mundo muerto y en ruinas dominaba la prodigiosa escena. Se habían apagado
los retumbantes ecos de los pasos de los centinelas y la tenue cantinela de los
vientos melancólicos. A los oídos del pagano ya no llegaba el sonido de la
sangre que aún goteaba de su herida; y hasta su agonía de terror era tan muda
como las visiones demoníacas que la despertaran. Parecieron transcurrir días,
años, siglos, mientras Ulpio yacía, presa de un trance de horror, con la vista
clavada en ese mundo de populosa y fantasmal oscuridad. Al cabo, la Naturaleza
cedió ante tamaña prueba; el espectral panorama giró en torno a él con temible
velocidad y sus sentidos buscaron alivio a la opresión que ellos mismos crearan
en un profundo y bienvenido desmayo.
El tiempo transcurrió lento, los vientos
ululantes agitaron muchas veces los resecos rizos de cabello sobre su frente,
como para animarlo a despertar y levantarse, antes de que recobrara el sentido.
Consciente una vez más de su situación y del dolor que le producía su herida,
se incorporó lentamente con ayuda del brazo sano y miró espantado a su
alrededor para tratar de percibir el menor rayo de luz. Pero la forma
serpenteante e irregular del camino que se había abierto a través del muro
impedía que la luz de la luna, que se colaba por las grietas más superficiales
que ensanchara, llegaran al lugar en el que ahora se encontraba. No podía ni
siquiera distinguir vagamente nada de lo que lo rodeaba. La oscuridad se cernía
sobre él con sus tinieblas triunfantes e impenetrables.
El suplicio que le produjera antes la herida
se había transformado en una pesada, sorda, constante sensación de dolor. La
visión que lo hiciera perder el sentido ya no era más que una forma vasta y
fantasmal en su memoria que poblaba la oscuridad de temibles reminiscencias y
no de figuras espantosas, y que lo urgía, con ansia incontenible y precipitada,
a escapar del solitario y sacrilego sepulcro, de la prisión de soledad y muerte
con que lo amenazaban sus propios desvelos fatales, en caso de que permaneciera
mucho más tiempo en las cavernas de las murallas.
—Debo salir de estas tinieblas a la luz; debo
respirar el aire de los cielos, o moriré en la humedad de esta bóveda— exclamó
con voz ronca y quejumbrosa, al tiempo que se incorporaba gradual y penosamente
hasta quedar agachado y se volvía lentamente para comenzar su proyectada
retirada.
Inició su trabajoso viaje apoyándose en el
brazo izquierdo y reptando unas pocas pulgadas cada vez. Las emociones de las
que había sido presa hacía tan poco aún agitaban su mente; arrastraba el brazo
derecho, que pendía inútil a su costado, como la cadena de un convicto, y las
superficies irregulares del terreno por el cual se arrastraba lentamente se lo
lastimaban.
Aquí se detenía aturdido en medio de la
oscuridad; allá lograba, con un esfuerzo convulso, no precipitarse en los
abismos ignotos que se abrían ante él, o perdía el poco terreno que había
ganado con afanes y agonías al verse obligado a volver sobre sus pasos ante un
obstáculo inesperado. Ahora rechinaba los dientes de angustia, después maldecía
desesperado, más tarde el cansancio lo dejaba sin aliento; pero aun así, con
una obstinación que tenía algo de heroico, nunca cejó en su feroz determinación
de escapar.
Lenta y penosamente, moviéndose al ritmo y con
la perseverancia de una tortuga, descorazonado, pero tan decidido como un
navegante que se aventura en un océano ignoto, reptó sin descanso en un curso
sin derrotero hasta que al cabo obtuvo la recompensa a sus prolongados
sufrimientos al percibir súbitamente un fino rayo de luna que se colaba por una
rendija de la oscura pared que se alzaba ante él. Los corazones de los reyes
magos, al avistar por primera vez la Estrella de Oriente, no experimentaron un
transporte más vivido que el que animó el corazón de Ulpio cuando vio la
estimulante y orientadora luz.
Un poco más de esfuerzo, un poco más de
paciencia, un poco más de angustia y logró de nuevo enderezar la figura
fantasmal y baldada frente al orificio externo del muro.
Estaba a punto de amanecer; la luna brillaba
con leve fulgor en el cielo plomizo y gris; una llovizna impalpable caía de las
nubes informes; la noche que moría dejaba en la tierra un rastro de desaliento
y desdicha, pero no abatía al pagano ni le hacía ver lo reprobable de su
conducta. Ulpio recorrió con la vista su solitario escondrijo sin percibir
ningún ser humano en sus despoblados rincones. Alzó la vista a las almenas y
vio que los centinelas se mantenían apartados y en silencio, envueltos en sus
pesadas capas y apoyados en sus fiables espadas. Era perfectamente evidente que
los avalares de su noche de sufrimiento y desesperación habían pasado
inadvertidos para el resto del mundo.
Lanzó una nueva mirada, acompañada por un
estremecimiento, a su brazo herido e inútil; después, clavó los ojos en las
murallas. Tras examinarlas con ojos graves y desafiantes, movió lentamente la
hojarasca con el pie para ocultar la pequeña abertura de su superficie
exterior. —Los días pasan, las heridas sanan, la suerte cambia —musitó el
anciano, abandonando su guarida con paso lento e inseguro—. ¡En las minas
soporté latigazos sin dejar escapar un suspiro; sentí cómo las cadenas
ahondaban cada día las úlceras que sus dientes de hierro habían abierto en mis
carnes, y, a pesar de todo, sobreviví para librarme de mis grilletes y curar
mis llagas! ¿Acaso esta nueva agonía será más capaz de vencerme que las del
pasado? ¡Volveré para vencer la resistencia de las murallas! ¡Mi brazo está
herido, pero mi propósito permanece incólume!
CAPÍTULO XIII
LA CASA DE LOS
SUBURBIOS
Retrocedamos unas horas y, apartándonos de las
murallas agrietadas, volvamos a los suburbios y la campiña que se ven desde lo
alto de sus almenas; dejemos de seguir los pasos y las oscuras maquinaciones
del maltrecho Ulpio y concentremos nuestra atención en la suerte de Hermanrico
y el destino de Antonina.
Aunque la tarde apenas terminaba, el godo les
había asignado a los guerreros a su mando las posiciones que debían ocupar
durante la noche en los desiertos suburbios de la ciudad. Cumplido ese deber,
quedó librado a la absoluta soledad de la vivienda abandonada que le servía de
albergue temporal.
La casa que ocupaba era la última de una calle
ancha e irregular; su frente daba a las murallas bajo la colina Pinciana, de
las que la separaba un jardín público de una media milla de extensión. Ese
lugar de recreo, otrora concurrido, estaba ahora totalmente vacío. Ninguna
forma humana alegraba sus melancólicas arboledas; las habitaciones de sus
alegres cenadores permanecían oscuras y desoladas; los puestos de los
vendedores de frutas y flores junto a los senderos que no hollaba ninguna
planta se mantenían desocupados. Melancólico y abandonado por todos, se
extendía como una fértil soledad al pie mismo de las murallas de una ciudad
atestada.
Y, sin embargo, su silencio tenía un encanto
indeciblemente solemne y confortante, ahora que las sombras de la noche próxima
oscurecían gradualmente los arriates de flores y los árboles. Había ganado en
refinamiento todo lo que perdiera en alegría; conservaba un sencillo atractivo,
aunque no deslumhraba la vista con su acostumbrada iluminación ni acariciaba el
oído con la música y las risas que se alzaban de él en tiempos de paz. Al
contemplar el panorama desde la terraza de su nuevo alojamiento, el recuerdo de
los atropellados sucesos de las últimas horas huyó de la memoria del joven
godo, dejando libres a sus sentidos para acoger las reflexiones que la noche
comenzaba insensiblemente a despertar y a dar forma en su mente.
Bajo esos auspicios, ¿hacia dónde derivaban
naturalmente los pensamientos de Hermanrico?
Desde la luz de la luna que ya comenzaba a
refulgir sobre las hojas temblorosas de las copas de los árboles a lo lejos
hasta las flores delicadas y sutiles trenzadas a los pilares de la terraza
desierta donde ahora se encontraba, todo lo que veía se relacionaba, en su
vivida e inculta imaginación, con el ser que le parecía el modelo perfecto y
elocuente de todo lo hermoso que existía en la Naturaleza. ¡Pensaba en
Antonina, a quien había protegido y a quien después abandonara; en Antonina, a
quien había perdido!
De imaginación feraz y pobres facultades de
razonamiento; dotado de grandes intuiciones éticas y poca firmeza moral;
demasiado fácil de influenciar y demasiado lento para tomar decisiones,
Hermanrico no había traicionado los intereses de la joven a causa de un
designio de su voluntad, sino de una debilidad de su carácter. Por tanto,
terminados ya los deberes del día, cuando el silencio y la soledad hacían
retroceder su memoria al abandono en que dejara en la mañana a su indefensa
protegida, ese acto de impaciencia e indecisión fatales le inspiraba fuertes
emociones de pesar y remordimiento. Si mientras permaneciera a su cuidado
Antonia había ejercido una insensible influencia sobre su corazón, ahora que
reflexionaba en la parte de culpa que le correspondiera en la escena de su
partida, la imagen de la joven ocupaba todos sus pensamientos, entristeciéndolo
y avergonzándolo al recordar el momento en que le negara el abrigo de su
tienda.
Todos los sentimientos que animaran sus
meditaciones en torno a Antonina la noche anterior duplicaban su intensidad
ahora que pensaba de nuevo en ella. Volvía a recordar sus palabras elocuentes y
a rememorar el encanto de sus gentiles e inocentes maneras; volvía a evocar la
belleza de sus formas. Todas las .expresiones cálidas, todas las entonaciones
de su voz cuando le solicitaba protección y compañía, todos los argumentos que
usara para conmoverlo revivían ahora en su memoria y se apoderaban de su corazón
con inconmovible influencia y creciente fuerza. Todas las apremiantes e
imperfectas imágenes de felicidad que Antonina evocara para convencerlo se
agigantaron y refulgieron ante sus ojos, hasta que su mente empezó a producir
visiones desconocidas para sus facultades, antes centradas solamente en
rivalidades, turbulencias y luchas. Las escenas conjuradas por las expresiones
más insignificantes y apresuradas de Antonina se alzaban ahora vagas y etéreas
ante su espíritu meditabundo. Encantadores rincones del mundo que había
visitado y después olvidado regresaban ahora a sus recuerdos, idealizados y
embellecidos al relacionarlos con ella. La joven se le aparecía ahora con todos
los atractivos de una imagen animada que cumplía todos los deberes y disfrutaba
de todos los placeres que le propusiera. La imaginaba feliz y lozana, viajando
alegre a su lado en la fresca mañana, las mejillas sonrosadas y el paso
elástico; la imaginaba deleitándolo con las canciones prometidas, inspirándolo
con su palabra elocuente en el dulce silencio de la noche; la imaginaba
durmiendo, suave, tibia, tranquila, entre sus brazos protectores, siempre
alegre y gentil; una niña por su edad y una mujer por sus capacidades; ¡a un
tiempo amante y compañera, maestra y alumna, seguidora y guía!
¡Todo eso podría haber sido! ¿Y ahora qué
estaría sucediendo?
¿Se rendía Antonina a su soledad, perecía de
frío y fatiga, rechazada por los crueles o escarnecida por los inconscientes? A
todos esos peligros y males la había expuesto, ¿y con qué fin? Con el de
conservar el inconstante favor y preservar la odiosa amistad de una mujer
desprovista hasta de las virtudes más comunes e instintivas de su sexo, cuyo
frenético anhelo de venganza confundía la justicia con la traición, la
inocencia con la culpa, la indefensión con la tiranía; cuyas prerrogativas,
dadas por la nación y el parentesco que los unían, deberían haber cedido en su
estimación a la malevolencia confesa de sus planes en el momento fatal en que
se los comunicara en toda su atrocidad ante las murallas de Roma. Dejó escapar
un quejido de desesperación al pensar en la indigna exigencia a la cual
sacrificara a la desvalida joven.
No obstante, su mente pronto abandonó esos
pensamientos para concentrarse en sus deberes y su fama, con lo que su
remordimiento se hizo algo menos agudo, aunque su pesar siguió siendo idéntico.
Si bien la influencia de la presencia y las
palabras de Antonina sobre el joven godo había sido extraordinaria, no había
llegado a ser tan fuerte como para sofocar en él por entero los instintos
guerreros de su sexo y su nación, ni para derrotar las potentes y beligerantes
intimidaciones de su educación y sus costumbres. La joven le había hecho
concebir nuevas emociones y había despertado en él nuevos pensamientos; había
avivado toda la bondad latente de su carácter para combatir la ruda
indiferencia, la desatinada energía que las enseñanzas y los ejemplos recibidos
convirtieran en su segunda naturaleza. Había logrado llegar a su mente para
iluminar sus rincones oscuros, ampliar sus estrecheces, embellecer los tesoros
que guardaba en bruto. Durante las breves horas en que se comunicara con él
había creado, había refinado, pero no había conseguido desviarlo por entero de
sus viejos hábitos y aficiones; no había logrado despojar de su falso brillo la
lucha bárbara ni de su pompa la fama guerrera; no había elevado en lo. más
íntimo de su carácter las inferiores facultades intelectuales a la altura de
las superiores capacidades morales. Sometido casi con igual fuerza al dominio
contrapuesto y simultáneo de dos amos, el Amor y el Deber, Hermanrico lamentaba
la pérdida de Antonina y, al mismo tiempo, se aferraba mecánicamente a la
antigua obediencia a las tiránicas exigencias de su nación y su fama que la
ocasionaran.
Dominado por sus encontradas emociones,
desprovisto de consuelo y consejo, la inactividad a la que se veía sometido lo
deprimía sensiblemente. Se incorporó impaciente y, tras ceñirse sus armas,
trató de huir de sus pensamientos abandonando el lugar que con su influencia
los había despertado. Le volvió la espalda a la ciudad y comenzó a caminar sin
rumbo por el complicado laberinto de las calles de los desiertos suburbios.
Después de dejar atrás las casas ocupadas por
las líneas godas y llegar a las ubicadas más cerca de la desolada campiña, la
escena que lo rodeaba se tornó tan impresionante como para absorber la atención
de cualquier hombre que no estuviera totalmente sumido en la consideración de
otros y más importantes asuntos.
La soledad que observaba ahora por todas
partes no era la de la destrucción: los edificios cercanos estaban en perfectas
condiciones; no era la soledad de la peste: no había cadáveres en las calles
que ningún pie hollaba; no era la soledad del enclaustramiento: no había
ninguna ventana atrancada, y pocas puertas permanecían cerradas. Era la soledad
que produce la desaparición de los seres humanos. Las salas de los teatros
estaban abiertas y vacías; los pórticos de las iglesias permanecían desiertos;
los bancos a las puertas de las posadas se mantenían desocupados; en los
mostradores de los tenderetes callejeros aún se veían abigarrados utensilios
domésticos que nadie compraba y por los que nadie velaba; trozos de carne y de
pan (tesoros destinados a adquirir pronto un valor superior al del oro y la
plata en la sitiada Roma) se podrían al aire libre, como la basura en los
estercoleros; juguetes infantiles, adornos femeninos, monederos, dinero,
prendas de amor, preciosos manuscritos yacían desperdigados aquí y allá en la
vía pública, tirados y abandonados por sus dueños en las prisas de la súbita y
general huida. Cada calle desierta hablaba con elocuencia de caros proyectos a
los que se renunciara en medio de la desesperación, de apreciados afanes
abandonados con desconsuelo, de encantadoras diversiones perdidas para siempre.
Del lugar habían partido hasta los animales domésticos, esos dioses lares de
ricos y pobres, que, o habían seguido a sus amos a la ciudad, o se habían
marchado, sin que nadie se lo impidiera o velara por ellos, a la campiña
circundante. Las mansiones, los baños públicos, el circo exhibían en vano su
abigarrada pompa y su suntuosa holgura; en sus recintos desiertos ni siquiera
deambulaban los godos, porque, ante la perspectiva del sometimiento de Roma, el
ejército se había contagiado del entusiasmo de su jefe por la magna tarea y
obedecía sin chistar sus órdenes de no saquear los suburbios, desdeñando los
tesoros comparativamente carentes de valor que los rodeaban, de los que podrían
apropiarse en cualquier momento, ante la idea de que las ricas arcas romanas se
abrirían rápidamente al reclamo de sus ávidas manos. ¡Mudos y silenciosos,
despoblados e intactos permanecían los afamados suburbios de la mayor ciudad
del universo, a los que no alumbraban ni el sol de la Naturaleza, ni el de la
Fortuna, ni el de la Gloria!
Por más que el panorama que se desplegaba ante
los ojos del joven godo era desconsolador e impresionante, no lograba debilitar
la poderosa influencia que sus meditaciones de la noche seguían ejerciendo
sobre su mente. Al igual que durante las horas previas la imagen de la joven
traicionada disipara el recuerdo de los deberes que había cumplido y se
opusiera al examen de las órdenes que aún debía seguir, ahora le impedía a sus
sentidos apreciar la escena solitaria que se desplegaba a su alrededor, la cual
veía pero no advertía. Mientras recorría las calles sombrías, sus vanos
arrepentimientos y recriminaciones de un lado, y sus predilecciones naturales e
inclinaciones adquiridas del otro, seguían dominándolo y batallando en su
interior, con tanta fuerza y tan incesantemente como en los momentos en que
despertaran, con la llegada de la noche, en la terraza de la casa desierta.
Había llegado ahora al límite de los edificios
de los suburbios. Ante él se extendía un panorama ininterrumpido de campos
tersos y rutilantes, y de bosques suaves, nebulosos, indefinibles. A un lado
quedaban algunos viñedos y huertos; al otro, una casa solitaria, la más
apartada de todas las edificaciones de la vecindad. Aunque se veía oscura y
triste, la contempló durante cierto tiempo con la atención mecánica de un
hombre más sumido en sus pensamientos que concentrado en la observación, y
avanzó poco a poco hacia ella, ensimismado en sus reflexiones, hasta que se
detuvo inconscientemente ante unos pocos peldaños irregulares que llevaban a su
puerta de entrada.
Interrumpidas sus meditaciones por su súbita
proximidad al objeto al que se acercara sin proponérselo, examinó por primera
vez la solitaria vivienda con verdadera atención.
La casa no se distinguía por nada notable,
salvo su aspecto extremadamente desolado, que parecía deberse en parte a su
aislamiento y en parte a la inusual ausencia de decoraciones de su fachada. Era
demasiado grande para haber sido el domicilio de un hombre pobre, demasiado
carente de pompa y adornos para haber sido la mansión de un rico. Quizás
perteneciera a un ciudadano o un extranjero de clase media: a un taciturno
septentrional, a un solitario egipcio, a un taimado judío. No obstante, aunque
no se apreciaba en ella ningún rasgo llamativo o curioso, el godo experimentó
una misteriosa, casi impaciente curiosidad por examinar su interior. No
encontraba causas ni descubría excusas para subir lentamente, como ya hacía,
los peldaños que llevaban a la entrada de la casa. Un imán invisible e
inexplicable lo atraía hacia ella. Al abrir de un empujón su puerta
entreabierta, sintió que habría seguido adelante aun cuando el mismo Alarico le
hubiera ordenado regresar de inmediato, o incluso si en ese sitio solitario lo
aguardaran agazapadas indudables evidencias de traición.
Entró en la casa. La claridad se coló por la
puerta abierta hasta el corredor en penumbra: el viento nocturno, veloz tras
sus huellas, sopló penetrante y lúgubre entre los pilares de piedra y en los
rincones ocultos y las alcobas deshabitadas del piso superior. No se apreciaba
ningún signo de vida, no se oía el sonido de un paso, no se veía ni siquiera un
artículo de uso doméstico. ¡Afuera, los suburbios desiertos semejaban un
páramo; adentro, la casa parecía un sepulcro vacío de cadáveres, pero que aun
así hablaba con elocuencia de la muerte!
El aposento abovedado y solitario ejercía una
inexplicable fascinación sobre el godo. Se detuvo inmóvil a la entrada,
contemplando soñador el sombrío panorama que se desplegaba ante sus ojos, hasta
que, súbitamente, una fuerte ráfaga de viento abrió de par en par la puerta,
que admitió, en consecuencia, una mayor claridad.
El lugar no estaba deshabitado. En un rincón
de la habitación, hasta entonces sumido en la oscuridad, se agazapaba una
persona. Estaba envuelta en una prenda oscura y acurrucada en forma indefinible
e inusual. Nada delataba su origen humano, salvo una mano pálida que contrataba
casi fantasmagóricamente a la fría luz de la luna con la estola negra que
sujetaba.
Vagas remembranzas de las terribles
supersticiones de la antigua fe de su nación se agolparon en la mente del joven
godo al descubrir al espectral ocupante de la habitación. Pero mientras
permanecía con la vista clavada en la figura inmóvil, esta comenzó a ejercer la
misma extraña influencia sobre su voluntad que le hiciera experimentar antes la
casa solitaria. Avanzó lentamente en dirección a la figura agazapada.
Esta no se movió con el ruido que hizo el
joven godo al acercarse. La mano pálida siguió sosteniendo la estola sobre la
figura encogida con la misma rígida inmovilidad. A pesar de su valentía,
Hermanrico se estremeció al inclinarse para tocar los dedos exangües y helados.
A influjos de esa acción, como dotada de una instantánea vitalidad por el
contacto con un ser viviente, la figura experimentó un súbito sobresalto.
Entonces, los pliegues de la estola oscura se
abrieron y dejaron al descubierto un rostro tan pálido como los pilares de
piedra que lo rodeaban; y se dejó oír la voz del ser solitario, que musitaba
con acento débil y apagado las siguientes palabras:
—¡Me ha olvidado y me ha abandonado! ¡Mátame
si quieres; estoy dispuesta a morir!
Y aunque era vacilante y destemplada, la voz
conservaba un barrunto de su antiguo tono musical; en los ojos pesados y
ausentes brillaba aún un rayo de su gracia natural. Con una súbita exclamación
de compasión y sorpresa, el godo dio un paso al frente, alzó en brazos a la
temblorosa proscrita y abandonando a influjos del impulso del momento la casa
solitaria, ganó en un instante la tierra firme y el cielo estrellado, unido una
vez más a la protegida que desamparara, a Antonina, a quien había perdido.
Le habló, la acarició, le imploró perdón, le
aseguró que cuidaría de ella de allí en adelante; pero Antonina ni le respondía
ni lo reconocía. No lo miraba a los ojos, no se movía entre sus brazos, no
imploraba clemencia. No daba signos de vida, salvo la queja que repetía a
intervalos regulares con acento lastimero: "¡Me ha olvidado, me ha
abandonado!", como si esa simple expresión condensara la certeza de la
inutilidad de su vida y su canto fúnebre ante la muerte esperada.
El rostro del godo palideció de tal forma que
hasta sus labios adquirieron un tono lívido. Empezó a temer que las pruebas
sufridas hubieran privado a Antonina de la razón. Se apresuró a llevarla con
paso tembloroso hasta la campiña cercana, porque alimentaba la tenue e
instintiva esperanza de que la vista de los bosques, campos y montañas que ella
le celebrara cuando le rogaba en la mañana que la protegiera, podrían ayudarla
a recuperar el conocimiento.
Corrió hasta alejarse al menos media milla de
los suburbios y alcanzar un promontorio rodeado de altos macizos de hierba y
espesas arboledas, desde el cual se apreciaba un panorama variado, aunque
angosto, del valle que quedaba a sus pies y de las fértiles llanuras que se,
extendían más allá.
En ese sitio el guerrero se detuvo con su
carga y, tras sentarse en el promontorio, intentó una vez más calmar el
trastorno y el terror de la joven. No pensó en los centinelas a los que había
abandonado; ni en su ausencia de los suburbios, que podía ser advertida y
castigada por una inesperada visita de sus superiores del campamento a su
emplazamiento desierto. La influencia social que mueve el mundo; el frágil
ídolo ante cuyo altar el orgullo aprende a inclinarse y la insensibilidad a
sentir; la suave, amable influencia de naturaleza tolerante, pero que domina
siempre —la influencia de la mujer, fuente de virtudes y crímenes, de glorias y
desastres terrenales— había silenciado en él, en ese momento de angustia y
expectación, todos los llamados del deber, y había vencido todos los obstáculos
interpuestos por dudas egoístas. Le hablaba ahora a Antonina con seducción
digna de una mujer, con la gentileza de un niño. La acariciaba con el ardor de
un amante, con la vivacidad de un hermano, con la bondad de un padre. El rudo
guerrero septentrional, cuya sola educación había sido la de las armas, y cuyas
aspiraciones juveniles habían sido encauzadas hacia la guerra, la sangre y la
gloria, poseía ahora la tierna elocuencia de la piedad y el amor, un celo
incansable y diestro, una paciencia tranquila y tenaz.
Gentil e infatigable se dio a la tarea de
calmarla; y muy pronto, para su alegría y su satisfacción, se percató, merced a
los lentos cambios que se hicieron gradualmente perceptibles en el rostro y las
maneras de la joven, de que sus esfuerzos se veían recompensados por el éxito.
Antonina se incorporó entre sus brazos, le clavó en el rostro una mirada
ausente, con la que después recorrió el paisaje claro y tranquilo, para volver
una vez más a fijarla en su compañero; y al cabo, entre violentos temblores, musitó
suavemente varias veces el nombre del joven godo, mientras lo miraba con
ansiedad y aprensión, como si, al tiempo que lo reconocía, temiera y dudara.
—Me llevas a la muerte —exclamó de repente—.
¡Tú, que una vez me protegiste; tú, que me abandonaste! Me dejarás a merced de
la mujer que tiene sed de mi sangre. ¡Ah, es horrible, horrible!
Calló, volvió el rostro, y tras experimentar
un violento estremecimiento se zafó del abrazo de Hermanrico. Tras unos
momentos de silencio, continuó:
—¡A lo largo de todo el día y durante la
primera parte de la fría noche aguardé en un lugar solitario la muerte que me
está destinada! ¡He sufrido sin quejas la soledad de mis horas de espera; he
escuchado con muy poco temor y sin ningún dolor la llegada de la enemiga que ha
jurado derramar mi sangre! ¡Dado que nadie me ama y que soy una forastera en mi
propia nación, no tengo nada por lo cual vivir! ¡Pero me resulta muy amargo que
seas tú el encargado de hacerme cumplir mi destino; que sea la mano de Hermanrico
la que me prive de la vida que tanto he luchado por preservar!
Su voz había cambiado; pronunció esas palabras
con un tono impresionante, acongojado y quedo. Sus acentos tranquilos y
apesadumbrados revelaban una resignación y una pena casi divinas que parecían
guardar una misteriosa e inexplicable armonía con la quietud melancólica del
paisaje nocturno. La Virgen, al contemplar la llegada del ángel de la
anunciación, no debió estar adornada de una belleza más pura y sencilla que la
que se observaba en el rostro de la hija desterrada de Numeriano mientras
miraba con faz pálida y tranquila y ojos dulces y sin lágrimas al cielo, cuya
claridad lunar alumbraba suavemente su figura.
Incapaz ya de controlar su agitación,
rebosante de admiración, dolor y desesperación al contemplar a la víctima de su
cruel impaciencia, Hermanrico se inclinó a los pies de la joven, y en los
apasionados acentos de un remordimiento verdadero le suplicó su perdón y le
prometió protección y amor. Todo lo que el lector ya conoce —sus amargas
recriminaciones de la tarde, su penoso deambular de la noche, la misteriosa
atracción que lo condujera a la casa solitaria, su alegría al encontrar de
nuevo a la protegida que había perdido—, todas esas confesiones se las hizo
ahora a Antonina con la elocuencia sencilla, pero vigorosa, de las emociones
pujantes y el arrepentimiento verdadero.
Poco a poco, Antonina despertó sorprendida de
su trance al escuchar las palabras de Hermanrico. Hasta la expresión del rostro
del godo y la gravedad de sus maneras, percibidas con la intuitiva agudeza de
su sexo, ejercieron una influencia benéfica y curativa sobre su mente. Se
incorporó de un salto, sus mejillas pálidas se cubrieron de un vivido rubor, se
inclinó y examinó ansiosa y anhelante el semblante del godo. Sus labios se
movieron, pero su respiración rápida y agitada ahogó las palabras que en vano se
esforzaba por pronunciar.
—Sí —continuó Hermanrico poniéndose de pie y
volviendo a atraerla a su lado— ¡no volverás a penar, ni a temer, ni a llorar!
Aunque has perdido a tu padre y eres una extraña entre los tuyos, aunque te han
amenazado y desterrado, conservarás la hermosura y la felicidad, porque cuidaré
de ti y nadie te hará daño; ¡trabajaré para ti y nunca carecerás de nada! ¡Mi
pueblo y mi familia, la fama y el deber: todo lo abandonaré para compensarte
por lo que has sufrido!
Al oír esas palabras del joven guerrero, la
frescura y la esperanza juveniles regresaron al corazón de la joven como el
agua a una primavera agostada por la sequía. Sus ojos se llenaron de lágrimas,
pero no dejó escapar un suspiro ni pronunció palabra. Su cuerpo tembló de
sorpresa y deleite, al tiempo que seguía mirándolo fijamente y escuchándolo con
atención.
—No temas más por tu seguridad; Goisvintha, a
quien temes, se encuentra lejos; no sabe que estamos aquí; ¡no puede seguir
nuestros pasos para amenazarte o hacerte daño! ¡Olvida tus sufrimientos y mis
pecados! Piensa sólo en cuan amargamente me he arrepentido de nuestra
separación de esta mañana, y en cuánto gozo me produjo nuestro reencuentro de
esta noche. ¡Ah, Antonina!, tu hermosura revela una enorme belleza; tu
juventud, una lozanía perfecta y nada infantil; tus palabras suenan en mis
oídos con la música de una canción antigua; ¡cuando alzo los ojos y te veo a mi
lado siento que vivo un sueño poblado por los espíritus que mis padres
adoraban!
Un rubor mezcla de confusión, placer y
sorpresa cubrió el rostro que la joven había vuelto a medias mientras escuchaba
las palabras del godo. Se puso de pie con una sonrisa de inefable gratitud y
deleite y apuntó al paisaje, al tiempo que le contestaba con voz suave:
—Caminemos un poco más, hasta donde la luna
brilla allá en el valle. ¡Mi corazón está a punto de estallar en este lugar de
sombras! ¡Vayamos allá, a la luz, que parece tan feliz como yo!
Emprendieron la marcha y, mientras avanzaban,
ella volvió a contarle los pesares del día transcurrido, su solitario y
desesperanzado deambular desde la tienda hasta la casa abandonada donde la
encontrara en la noche y donde se había resignado desde el principio a esperar
la muerte, que ya no le inspiraba horror. Esta nueva versión de su melancólica
narración no tenía ni asomo de reproche, ni una expresión de queja. Sólo para
volver a deleitarse con las exquisitas manifestaciones de arrepentimiento y
devoción que sabía que provocaría en Hermanrico era que le contaba una vez más
su historia de dolor.
Mientras avanzaban, y a medida que Antonina
escuchaba la ruda y ferviente elocuencia del lenguaje del godo y contemplaba la
profunda quietud del paisaje y la suave transparencia del cielo nocturno, su
mente, siempre dúctil a los efectos de la conmoción provocada por las más
violentas emociones, siempre pronta a recuperar su salud y ánimo usuales,
recobró su antiguo vigor y reasumió su acostumbrado equilibrio. Su memoria
comenzó de nuevo a poblarse de amados recuerdos, y su corazón a regocijarse con
sus ingenuas ansias y sus visionarios pensamientos. A pesar de todos sus
temores y sufrimientos, se sentía ahora venturosa gracias a una disposición
natural que los padecimientos no eran capaces de ensombrecer durante demasiado
tiempo ni el abandono de distorsionar; andaba tan feliz, tan olvidada del
pasado, t.an confiada en el futuro como en la noche cuando la conocimos en el
jardín de su padre mientras cantaba al son del laúd.
Sin darse cuenta, Antonina y Hermanrico se
habían apartado del camino y tomado por un sendero que los condujo a la verja
de una pequeña casa campestre, rodeada de jardines y viñedos, abandonada por
sus habitantes ante la proximidad de los godos al igual que los suburbios que
dejaran atrás. Atravesaron la verja y, al llegar al terreno que quedaba frente
a la casa, se detuvieron un momento para inspeccionar el lugar.
Los forrajeadores del ejército invasor habían
desnudado el valle de su hierba y los árboles tiernos de sus ramas, pero ese
era el único signo de destrucción que se observaba en la pequeña propiedad. La
casa, con su primoroso techo de paja y sus ventanas de diversas maderas; el
jardín, con su pequeña provisión de frutas y sus cuidados arriates de flores
exóticas, destinadas probablemente a adornar el banquete de un noble o la
estatua de un mártir, no habían ejercido ningún atractivo sobre los toscos
gustos de los soldados de Alarico. En el césped frente a la puerta de la casa
no se veía ni una huella; la hiedra se enredaba con su usual opulencia en los
pilares del porche de bajo puntal; y cuando Hermanrico y Antonina se
encaminaron al estanque que quedaba en un extremo del jardín, las pocas aves
acuáticas allí instaladas por los dueños de la quinta se acercaron nadando a la
orilla, como para dar la bienvenida, tras su soledad, a esas formas humanas.
Lejos de resultar melancólica, la quietud de
la granja desierta tenía algo de tranquilizador y atractivo. Sus dependencias
desvalijadas y sus terrenos saqueados, que de día habrían quizás parecido
desolados, se veían tan retirados, serenos y oscurecidos por la atmósfera
nocturna que no contrastaban violentamente con la tersura y la opulencia del
paisaje que los rodeaba. Al contemplar los campos iluminados y los bosques en
sombras, aquí entremezclados, allá alternados, que se extendían un gran trecho
hasta llegar a las distantes montañas, la elocuente voz de la naturaleza, cuyo
auditorio es el corazón humano y cuyo tema es el amor eterno, le habló con voz
inspiradora a sus sentidos atentos. Mientras examinaba con mirada firme y
arrobada el fulgurante panorama, Antonina extendió los brazos como si ansiara
que su belleza se transformara en una única forma viviente, en un espíritu lo
bastante humano como para poder hablarle y lo bastante visible como para
adorarlo.
—¡Tierra hermosa —musitó suavemente para sí
misma—, tus montañas son las atalayas de los ángeles, la luz de tu luna es la
sombra de Dios!
Sus ojos se llenaron de límpidas lágrimas de
felicidad; se volvió hacia Hermanrico, que la contemplaba, y continuó:
—¿Nunca has pensado que la luz, el aire y el
perfume de las flores quizás albergan algunos restos de las bellezas del Edén,
escapadas con Eva cuando se aventuró a un mundo solitario? Ellas refulgían y
alentaban por Eva, y Eva vivía y era hermosa en ellas. Estaban unidas la una a
las otras como el rayo de sol a la tierra que entibia. ¿Acaso la espada de los
querubines podía separarlas de un golpe? Cuando Eva partió, ¿las puertas
cerradas volvieron a encerrar en el Paraíso vacío toda la belleza que había crecido,
había brillado, se había trenzado a ella? ¿Ningún rayo de su luz original huyó
tras Eva hacia la desolación del mundo? ¿Ninguna huella de sus flores perdidas
quedó en el pecho que seguramente las aprisionaba antes? ¡Imposible! Parte de
sus posesiones del Edén deben haberle sido concedidas con el resto de su vida.
¡Eva debe haber refinado la atmósfera enrarecida de la tierra, cuando penetró
en ella, con el aliento de las brisas fragantes y el resplandor de luz de sol
que huyó con ella del Paraíso perdido! Y deben haberse robustecido y
abrillantado, y deben seguir ahora mismo robusteciéndose y abrillantándose, con
el lento correr de los años mortales, hasta que la tierra misma se convierta en
un Edén y vuelvan a ser uno con ese mundo oculto de perfecciones del cual aún
permanecen apartados. ¡Por eso, cuando contemplo el paisaje, la luz que veo
tiene un resplandor de Paraíso; y esta flor que troncho, un aliento de la
fragancia que antaño sintiera mi primera madre, Eva!
Aunque calló después de esas palabras, como si
esperara una respuesta, el godo permaneció en absoluto silencio. Ni su
naturaleza ni su situación lo inducían a participar de los locas fantasías y
los elevados pensamientos que guardaba el corazón de Antonina y que la
influencia del mundo natural hacía aflorar.
El misterio que rodeaba su situación actual,
su vaga remembranza de los deberes que abandonara, la incertidumbre sobre su
fortuna y su suerte futuras, la presencia del ser solitario tan
inseparablemente vinculado a sus emociones pasadas y su venidera existencia,
tan extrañamente atractivo por su sexo, su edad, su persona, sus desgracias y
sus dotes; todo ello contribuía a turbar sus facultades. Goisvintha, el
ejército, la ciudad sitiada, los suburbios abandonados parecían acorralarlo
como un círculo de incorpóreos y amenazantes jueces; y en medio de ellos se
alzaba la joven romana, con su elocuente semblante y sus palabras inspiradoras,
presta a urgido a marchar no sabía adonde, y capaz de influirlo sin que supiera
cómo.
Interpretando inconscientemente el silencio de
su compañero como un deseo de cambiar de escenario y de tema de conversación,
tras contemplar un momento más el jardín, Antonina abrió la marcha hacia la
casa deshabitada. Ambos caminantes quitaron el pasador de madera de la puerta
de la casa y, guiados por la brillante luz de la luna, entraron en su estancia
principal.
Los sencillos adornos de la pequeña pieza
permanecían intactos, y aunque eran sólo vagamente discernibles, le
proporcionaban, a ojos de los dos extraños, el mismo aspecto de humilde
comodidad que probablemente se la hiciera querida a sus exiliados ocupantes.
Cuando Hermanrico se sentó junto a Antonina en el sencillo banco que era el
mueble principal del lugar y contempló a través de la ventana el paisaje que
contemplaran en el jardín, la mágica quietud y la novedad de la escena
comenzaron a ejercer su influencia sobre sus lentas percepciones, como
influyeran antes sobre las más refinadas y sensibles facultades de la reflexiva
joven. Nuevas esperanzas y sosegadas ideas nacieron en su joven entendimiento,
y le comunicaron a su expresión una gentileza inusual, a su voz una suavidad
inusitada, cuando le dirigió las siguientes palabras a su compañera:
—Con un hogar como este, con este jardín, con
la campiña cercana, sin guerra, sin maestros severos, sin un amenazador
enemigo, con compañeros y ocupaciones que amaras, dime, Antonina, ¿no sería
completa tu felicidad?
Cuando se volvió hacia la joven para escuchar
su respuesta, vio que su semblante había cambiado. Su rostro había vuelto a
adoptar la expresión de profundo dolor que mostrara antes. Sus ojos estaban
clavados en la corta daga que pendía sobre el pecho del godo, que parecía haber
despertado en ella una serie de pensamientos melancólicos y desapacibles.
Cuando al fin habló, fue con voz triste y alterada, y con una expresión mezcla
de resignación y abatimiento.
—Debes dejarme, debemos separarnos de nuevo
—dijo—; la vista de tus armas me ha recordado lo que hasta ahora olvidara, todo
lo que dejé en Roma, todo lo que has abandonado ante las murallas de la ciudad.
¡Una vez pensé que podríamos escapar juntos de la confusión y el peligro que
nos rodeaba, pero ahora sé que es mejor que partas! ¡Debo decir adiós a mis
esperanzas y mi felicidad; debo volver a quedarme sola!
Calló por un instante, mientras luchaba por
recuperar el control de sí misma, y después continuó:
—¡Sí, debes dejarme y regresar a tu puesto
frente a la ciudad; porque el día del ataque sólo tú podrás cuidar de mi padre!
¡Hasta que sepa que está a salvo, hasta que lo vuelva a ver, le pida perdón y
le implore su amor, no me atreveré a alejarme de la peligrosa vecindad de Roma!
Regresa, por tanto, a tus deberes, tus compañeros y tus ocupaciones de renombre
militar; ¡y no olvides a Numeriano cuando se asalte la ciudad, ni a Antonina,
que queda pensando en ti en las solitarias llanuras!
Se puso de pie, como para dar el ejemplo de
que había que partir, pero la abandonaron las fuerzas y la decisión y se dejó
caer de nuevo en el banco, incapaz de moverse o de hablar.
Fuertes y encontradas emociones contendían en
el corazón del godo. Las palabras de la joven habían despertado los recuerdos
de sus casi olvidados deberes y robustecido la menoscabada influencia de sus
antiguas inclinaciones, hijas de su educación y de su raza. Tanto su conciencia
como su vocación se oponían a que disintiera de su urgente y generosa petición.
Durante unos pocos minutos permaneció sumido en profundas reflexiones; después
se incorporó y miró ansioso por la ventana, y más tarde a Antonina y la
habitación que ocupaban. Al cabo, como animado por una súbita determinación,
volvió a acercarse a su compañera y le dijo lo siguiente:
—Es justo que regrese. Haré lo que me pides y
partiré hacia el campamento (pero no hasta el amanecer); y tú, Antonina,
permanecerás aquí oculta y segura. Nadie vendrá a molestarte. Los godos no
volverán a visitar los campos que ya han saqueado; el granjero dueño de la casa
permanece prisionero en la ciudad sitiada; los campesinos de la campiña
circundante no se atreverán a acercarse tanto a las huestes invasoras; y
Goisvintha, a quien temes, ni siquiera conoce la existencia de este refugio.
Aquí, aunque solitaria, estarás segura; aquí podrás esperar mi regreso, cuando
la noche me dé la oportunidad de alejarme del campamento; y aquí te advertiré
con tiempo si se decide atacar la ciudad. Aunque sola, no estarás abandonada;
no volveremos a separarnos. ¡Vendré muy a menudo a mirarte, a escucharte, a
amarte! ¡Aquí te sentirás más feliz, incluso si el lugar es solitario, que en
el hogar del que te arrojó la ira de tu padre!
—¡Ah! ¡Con gusto me quedaré! ¡Te esperaré
gozosa! —exclamó la joven alzando los ojos resplandecientes al rostro de
Hermanrico—. ¡Nunca volveré a hablarte de cosas tristes; nunca volveré a
recordarte todo lo que he sufrido y todo lo que he perdido! ¡Cuan compasivo te
mostraste conmigo cuando te conocí en tu tienda; cuan doblemente compasivo te
muestras ahora! Me siento orgullosa cuando miro tu estatura, tu fuerza, tus
pesadas armas, y sé que te sientes feliz de estar conmigo; que socorrerás a mi
padre; que regresarás de tu resplandeciente campamento a esta granja donde
estaré esperándote. Ya he olvidado todas las desgracias que me han ocurrido;
¡ya me siento más feliz que en cualquier otro momento de mi vida! ¿Ves?, ¡ya no
lloro de pesar! ¡Si ves lágrimas en mis mejillas, son de una bienvenida dicha;
son lágrimas que inspiran a cantar y alegrarse!
Calló de repente, como si las palabras no
pudieran expresar su nueva alegría. Todas las emociones sombrías que hacía sólo
un rato la oprimieran se habían borrado por completo; y su joven y lozano
corazón, victorioso de la desesperación y la pena, se regocijaba bañado por su
atmósfera usual de alegría como el pájaro por la luz del sol mañanero en la
primavera.
Después, cuando tras un corto intervalo de
tiempo recobraron su anterior tranquilidad, ¡cuan rápida y suavemente
transcurrieron las tranquilas horas del resto de la noche para los dos seres
que velaban en la casa solitaria! ¡Con cuánto gozo se deleitó ella en revelarle
sus más ocultos pensamientos y hacerle sus inocentes confesiones al hijo de
otra nación y de experiencias diferentes a las suyas! Antonina extrajo de los
rincones de su memoria en que las atesoraba, y confió a los oídos del godo, las
reflexiones despertadas en su mente por los objetos de la naturaleza que
estudiara en secreto, por la poderosa imaginería que extrajera de su
conocimiento de la Biblia, por las melancólicas historias de las visiones de
los santos y los sufrimientos de los mártires que había aprendido y sobre las
que había meditado junto a su padre. Como corre el niño junto a su nodriza con
la historia de su primer juguete, como recurre la joven a su hermana con la
confesión de su primer amor, como se apresura el poeta a su amigo con el
proyecto de su primera composición, así demandó Antonina la atención de
Hermanrico con las primeras revelaciones del disfrute de sus sentidos y la
primera confesión de las emociones salidas de su corazón.
Mientras más la escuchaba el godo, más
perfecto se hacía el encanto de sus palabras, que eran casi poesía, y de su
voz, que era casi música. A medida que las inflexiones de su voz siempre
quedas, aunque variadas, llegaban tersas a sus oídos, los pensamientos de
Hermanrico instintivamente retornaban a los recuerdos que antes le relatara la
joven de su laúd perdido, y ello lo incitó a preguntarle con interés y
animación renovados de qué manera se había hecho de los conocimientos de canto
que le había asegurado que poseía.
—Conozco las odas de muchos poetas— dijo
Antonina, evitando, confundida, el nombre de Vetranio, que una respuesta
directa a la pregunta de Hermanrico le habría obligado a mencionar, —pero no
recuerdo ninguna completa, salvo aquellas cuyo tema son los espíritus y las
cosas de otros mundos, y la belleza invisible que podemos imaginar, pero no
ver. De ellas, hay una que fue la primera que aprendí y la que más me gustaba.
La cantaré, para que tengas la seguridad de que no te defraudaré de la promesa
que te hice de mostrarte mi arte.
Vaciló un momento. En su pecho despertaron
penosos recuerdos de los sucesos que siguieran a las últimas notas que entonara
en el jardín de su padre, y la privaron del uso de la palabra. No obstante,
tras un corto intervalo de silencio volvió a ser dueña de sí misma y comenzó a
cantar en un tono bajo y trémulo que armonizaba con el carácter de la letra y
con el aire de la melodía que había escogido.
LA MISIÓN DE LA
LÁGRIMA
I
La LÁGRIMA es la
hija, en el cielo nacida,
De la virginal
PENA, por GOZO seducida
Nacida entre
aflicciones, criada en el dolor
El mundo era aún
joven cuando a él descendió.
II
Su cuna no rodearon
los ángeles guardianes,
Antes de que a la
tierra iniciara su viaje;
Ningún ánima alegre
su forma acarició;
Al son de los
SUSPIROS la LÁGRIMA durmió.
III
Aunque el GOZO
intentó, con besos y caricias
Atraerla a su hogar
poblado de sonrisas;
Huyó llena de miedo
de la luz de su hogar
Para ir junto a
TRISTEZA a la noche total.
IV
Cuando llegó a la
tierra y escogió ocupación,
Fue la que a una
LAGRIMA cuadra por condición:
Santificar el goce
y conceder alivio
que la impotencia
niega al intenso suplicio.
V
Rechazada o bendita
cuando con su presencia
Aliviaba dolores o
paliaba la afrenta.
Y, hasta los
jubilosos aunque teman su nombre,
A menudo agradecen
su llegada a los hombres.
VI
Han pasado los años
y desde el alto cielo
Vigilada, prosigue
su labor con más celo:
Exiliada de lo
alto, nunca se marchará.
¡Vaya donde
quisiere, en el alma caerá!
Durante los
primeros minutos después de concluida la oda, Hermanrico casi no tuvo
consciencia de que Antonina había terminado de cantar; y cuando al fin la joven
alzó a él los ojos, su mudo pedido de aprobación era de una elocuencia tal que
una simple palabra le habría parecido al godo un agravio. En su pecho se
incubaba un rapto, una inspiración, una nueva vida. La hora y el lugar
completaban lo que había iniciado la magia de la canción. Su semblante
resplandecía ahora con una calidez meridional; sus palabras asumieron un fervor
romano. Poco a poco, a medida que conversaban, la voz de la joven se dejó oír
con menos frecuencia. Su espíritu sufría una transformación: de maestra, se
convertía en alumna.
A medida que Antonina escuchaba al godo, a
medida que sentía nacer en su interior nuevos sentimientos al calor de sus
palabras, sus mejillas comenzaron a resplandecer, su semblante se aclaró, sus
formas mismas parecieron revivir y espigarse. No desviaban su absorta atención
ni la intrusión de un pensamiento ni el despertar de un recuerdo. En las
palabras de su compañero no había ni frías dudas ni sombrías vacilaciones. El
uno hablaba, la otra escuchaba, ambos con todo el corazón, con el alma toda.
¡Mientras una revolución de alcance mundial condensaba sus fuerzas huracanadas
en torno a ellos; mientras la capital de un imperio se tambaleaba anunciando su
estrepitosa caída; mientras Goisvintha planeaba nuevas venganzas; mientras
Ulpio se afanaba por convertir en realidad su sangrienta y devastadora
conmoción; mientras todos esos oscuros ingredientes de desastre general y
contienda particular hervían y ganaban fuerzas en torno a ellos, Hermanrico y
Antonina olvidaron por completo, abstraídos en sí mismos, el tormentoso mundo
que los rodeaba; pensaban serenamente en un amor tranquilo; se daban un beso
con tanta pasión y lo devolvían con tanta ternura como si su existencia
transcurriera en los tiempos bucólicos de los poetas pastoriles, y sus deberes
y disfrutes futuros aguardaran por ellos en una tierra de eterna paz!
CAPÍTULO XIV
LA HAMBRUNA
Se aproxima el fin de noviembre. Ha
transcurrido casi un mes desde que tuvieran lugar los sucesos mencionados en el
capítulo anterior, pero las líneas godas siguen rodeando las murallas de la
ciudad. Roma, a la que dejamos orgullosa y opulenta aunque la ruina tocaba a
sus puertas, ha sufrido una terrible e inquietante transformación. Ahora que
nos acercamos a ella de nuevo, el dolor, el horror y la desolación ya cubren de
sombras sus majestuosos palacios y entenebrecen sus brillantes calles.
El espectro del Hambre se alza al fin
triunfante sobre la Pompa que lo menospreciaba; sobre el Placer que lo
desafiaba; sobre la Abundancia que lo amedrentaba en sus rondas secretas. Día
tras día, la insuficiente ración de alimentos de la ciudad se ha tornado más
escasa; el valor de las provisiones más bastas y sencillas ha seguido
aumentando; las reservas que la compasión y la caridad repartieran para
contentar al pueblo desfalleciente se han reducido hasta desaparecer. Para los
ricos aún queda grano en la ciudad: un tesoro comestible que se trueca por
tesoros en oro. Para los pobres, el sustento natural del hombre ya no existe;
la época de los abominables banquetes de la hambruna, los primeros días del
sacrificio del gusto a la necesidad, ya son una tétrica e irrevocable realidad.
Es de mañana. Una multitud triste y callada
avanza sobre los fríos adoquines de la Gran Plaza, frente a la Basílica de San
Juan de Letrán. El gentío habla en susurros. Los débiles lloran; los fuertes
tienen un aire sombrío; todos se mueven con paso lento y lánguido y llevan en
brazos a sus perros u otros animales domésticos. Rodean la muchedumbre los
extenuados guardias de la ciudad, con pájaros domesticados de extravagante
plumaje y melodiosa voz en las rudas manos; los siguen niños y doncellas que
ruegan en vano con tono lastimero que les devuelvan sus mascotas.
Al cabo, la extraña procesión se detiene
frente a un enorme caldero colocado sobre una gran fogata en medio de la plaza,
alrededor del cual aguardan los carniceros de la ciudad blandiendo sus
cuchillos y los legionarios romanos de más confianza amenazadoramente armados.
Se repite entonces una proclama en la que se ordena a la población que carece
de dinero para comprar alimentos que lleve a sus animales domésticos para
cocinarlos todos juntos en una olla común a fin de contribuir al sostenimiento
general.
Un momento después, en cumplimiento del
edicto, las aleladas mascotas de la multitud pasaron de las manos amorosas de
sus dueños a las rudas de los prestos carniceros. Durante unos momentos, los
apagados gritos de los animales, tan hambrientos como sus amos, se mezclaron
con los sollozos y las lamentaciones de las mujeres y los niños a quienes
pertenecía la mayoría de ellos. Y es que en esa primera etapa de la calamidad
que azotaba al pueblo, los rigores del hambre que extinguen la piedad y
eclipsan el dolor le resultaban aún desconocidos; y aunque perdía rápidamente
el ánimo, no se había sumido aún en los abismos de feroz desesperación que ya
se abrían invisibles a sus pies. Se experimentaron mil congojas, se vivieron
mil humildes tragedias durante los breves momentos que duró la separación entre
amos y mascotas. El niño le daba un último beso al pájaro que cantara sobre su
lecho; el perro suplicaba protección con los ojos por última vez del ama que
nunca antes había dejado de responder a su mirada con una caricia. Entonces se
produjo el corto intervalo de agonía y muerte; después, el vapor se elevó fiero
de la sórdida olla; más tarde, el gentío se dispersó por un rato; los afligidos
permanecieron cerca de la fogata; los hambrientos decidieron calmar su impaciencia
mediante una visita a la vecina iglesia.
Las naves laterales de mármol de la noble
Basílica albergaban a una sombría congregación. Sólo tres pequeñas velas
alumbraban el altar mayor. No se oían dulces voces entonando melodiosos himnos
y jubilosas alabanzas. Los monjes cantaban en tono ronco y con monótona armonía
los salmos penitenciales. Aquí y allá se veía una figura arrodillada vestida
con ropas de luto y absorta en secretas plegarias; pero prevalecía en la
mayoría de los asistentes una desgana como de ausente, o una hosca falta de
atención.
Cuando murieron en los majestuosos recintos de
la iglesia las notas sordas del último salmo, una procesión de piadosos
cristianos hizo su aparición a las puertas y avanzó lentamente hacia el altar.
Estaba integrada por hombres y mujeres descalzos, ataviados con ropajes negros,
y con el cabello despeinado cubierto de ceniza. De sus ojos manaban las
lágrimas, y se golpeaban el pecho al inclinar la frente sobre los peldaños de
mármol del altar.
Esa humilde expresión pública de penitencia
ante la calamidad que se abatía sobre la ciudad estaba confinada, sin embargo,
a sus pocos habitantes verdaderamente religiosos, y no despertaba ni la
atención ni las simpatías de la terca y desalmada población de Roma. Algunos
seguían acariciando la engañosa esperanza de ayuda prometida por la corte de
Rávena; otros creían que no pasaría mucho tiempo antes de que los godos
abandonaran impacientes su prolongado asedio para dedicarse a saquear los ricos
e indefensos campos del sur de Italia. Pero la misma confianza ciega en el
terror que ya no inspiraba el nombre de Roma, la misma fiera y temeraria
decisión de desafiar a los godos hasta el final, sostenía el vacilante coraje y
sofocaba los sentimientos de desaliento de la gran masa de la sufrida
población, desde el mendigo que escarbaba en la basura hasta el patricio que
suspiraba ante su novedoso y execrado sustento consistente en un simple pan.
Mientras los penitentes que formaban la
procesión antes descrita se encontraban aún ocupados en el cumplimiento de sus
deberes de penitencia y oración, que los demás asistentes al templo ni
advertían ni compartían, un sacerdote subió al gran pulpito de la Basílica para
hacerse cargo de la ingrata tarea de predicar paciencia y piedad a la
hambrienta multitud congregada a sus pies.
Comenzó su sermón recordando los principales
sucesos acontecidos en Roma desde el inicio del asedio godo. Aludió
discretamente al primer acontecimiento que mancillara los anales de la ciudad
sitiada: la ejecución de la viuda del general romano Estilicón, a causa de la
nunca comprobada sospecha de que había sostenido una correspondencia desleal
con Alarico y el ejército invasor; se detuvo un largo rato en las promesas de
ayuda procedentes de Rávena después de perpetrado ese acto de mal agüero. Habló
con admiración de la habilidad desplegada por el gobierno al adoptar las
necesarias e inmediatas reducciones de la ración diaria de alimentos; lamentó
la terrible escasez que, inevitablemente, siguió a esas imprescindibles
reducciones. Pronunció un elocuente elogio de la noble caridad de Laeta, la
viuda del emperador Flavio Graciano, quien, igual que su madre, dedicara las
provisiones adquiridas con las rentas imperiales a su disposición a socorrer,
en esa crucial coyuntura, a los pobres hambrientos y abatidos. Admitió que se
avecinaba una nueva escasez debido al agotamiento de las reservas de Laeta;
deploró la necesidad del momento de sacrificar los animales domésticos de los
ciudadanos; condenó los enormes precios que se exigían ya por los últimos
restos de alimentos que se encontraban; aseguró que todos estaban firmemente
persuadidos de que en unos pocos días llegaría la ayuda procedente de Rávena; y
terminó sus palabras informándole a la concurrencia que, como ya habían sufrido
tanto, bien podían sufrir con paciencia un poco más; y que si al cabo tenían la
mala fortuna de sucumbir a las calamidades, les resultaría un noble consuelo
morir por la causa de la Roma católica y apostólica, y que seguramente serían
canonizados como santos y mártires por la próxima generación de piadosos
cristianos en cuanto se reinstaurara una paz fértil y reparadora.
Aunque el sermón era de una florida
elocuencia, fue incapaz de inducir siquiera a uno de aquellos a quienes iba
dirigido a olvidar los sufrimientos del presente y fijar la atención en la
visión de las bienaventuranzas futuras expuestas a sus oyentes por el locuaz
sacerdote. Con los mismos murmullos quejosos y la misma expresión de odio y
desafío impotentes contra los godos que depusieran al entrar en la iglesia, los
congregados salieron ahora del templo para recibir de manos de los funcionarios
de la ciudad la exigua ración de repugnantes alimentos preparados en el caldero
de la plaza pública para saciar su hambre.
¡Y ved cómo de otros escondrijos del barrio
vecino de Roma, sus conciudadanos se aprestan a reunirse con ellos alrededor de
la olla a la señal convenida! El desmayado centinela, liberado de su guardia,
aparta la vista del desagradable panorama que ofrece el campamento godo y se
apresura a compartir la comida pública; el panadero despierta del sueño
conciliado sobre su mostrador vacío, el mendigo se levanta de la perrera ahora
libre de su anterior ocupante junto a la casa del carnicero, el esclavo
abandona su puesto junto a las brasas moribundas del fogón: todos se apresuran
a aumentar el número de los comensales invitados al horrible banquete. Los
congregados en la Basílica salen rápida y atropelladamente por sus majestuosas
puertas; los sacerdotes y los penitentes se retiran del pie del altar; y en la
gran iglesia, atestada sólo unos momentos antes, sólo permanece un hombre
solitario.
Desde el comienzo del servicio, sin que nadie
lo observara ni le dirigiera la palabra, ese individuo ha recorrido con paso
vacilante el círculo de los congregados, observando larga y cuidadosamente los
rostros con los que topaba. Ahora que el sermón ha concluido y que el último
rezagado ha abandonado la iglesia, deja el sitio desde el que ha escudriñado
con ansiedad a los miembros de la multitud que parte y se arrodilla con aire de
agotamiento junto a la base del pilar más próximo. Tiene los ojos hundidos y
las mejillas pálidas; los cabellos grises de su anciana cabeza son ralos y
escasos. No hace ningún intento por seguir a la multitud y compartir su
sustento; nadie se detiene para instarlo a ello, nadie regresa para conducirlo
junto a la olla común. Aunque débil y anciano, está totalmente abandonado en su
soledad y carece de todo consuelo para su dolor, sus amigos han perdido toda
traza de su existencia, sus enemigos han dejado ya de temerlo u odiarlo.
Arrodillado y solo junto al pilar, se cubre la frente con las manos pálidas y
temblorosas, sus ojos apagados se llenan de amargas lágrimas, y deja escapar de
vez en cuando entre profundos suspiros las siguientes exclamaciones, casi
inaudibles:
—¡Día tras día! ¡Día tras día! ¡Y mi hija
perdida no aparece! ¡Mi hija amada y afrentada no vuelve a mí! ¡Antonina!
¡Antonina!
Pocos días después de la distribución pública
de alimentos en la plaza de San Juan de Letrán, se vio al liberto favorito de
Vetranio dirigirse con paso lento y triste al palacio de su amo.
No le faltaban motivos al inteligente Carrio
para andar con aire de funeral y expresión de desconsuelo. Aunque el período
transcurrido desde que tuviera lugar la escena que ya hemos descrito en la
Basílica era breve, las condiciones imperantes en la ciudad habían empeorado de
modo terrible. La hambruna avanzaba con zancadas de gigante; cada hora la
dotaba de nuevo vigor; cada esfuerzo encaminado a alejarla sólo servía para
aumentar su creciente y pavoroso ascendiente. Uno tras otro, los placeres y
ocupaciones de la ciudad menguaban bajo la funesta tiranía de ese mal
universal, hasta que el espíritu público de Roma llegó a tener, en todas las
clases de la sociedad, una única y sombría fuente de inspiración: un desafío
cada vez más desesperado a la hambruna y a los godos.
El liberto entró en el palacio de su amo sin
que lo saludaran ni salieran a darle la bienvenida los otrora obsequiosos
esclavos de la portería. En los salones desiertos no resonaban ya los ecos de
arpas y niños cantores, de sonoras risas de mujer o de báquicas carcajadas
masculinas. El pulso del placer ya no parecía latir en el infeliz y
metamorfoseado hogar de Vetranio.
Apurando el paso tras entrar en la mansión,
Carrio se dirigió a la pieza donde el senador lo esperaba.
En dos triclinios separados por una mesita
estaban reclinados el señor del palacio y su pupila y compañera de Rávena, la
otrora vivaz Camila. La frente antes despejada de Vetranio había adquirido una
expresión severa y borrascosa; y ni miraba ni se dirigía a su invitada, quien,
por su parte, guardaba el mismo silencio y mostraba el mismo aire melancólico
que el senador. Toda huella de las antiguas peculiaridades del alegre y
elegante voluptuoso y de la vivaz y gárrula joven parecían haber desaparecido.
En la mesa entre ambos había una gran botella de vino de Falerno, y un
recipiente con un poco de sopa aguada en la que flotaba una torta de masa
parcamente salpicada con hierbas de las más corrientes. En lo que toca a los
usuales adornos de los aposentos privados de Vetranio, no se les veía por
ningún lado. Poemas, cuadros, joyas, laúdes, todos brillaban por su ausencia.
Hasta el "inestimable gatito de la raza más sagrada para los antiguos
egipcios" se había esfumado. Había sido robado, cocinado y comido por un
esclavo fugado que también cambiara su collar de rubíes por una cotorra flaca y
medio perro crudo.
—Lamento confesarlo, inestimable patrón, pero
he fracasado en mi misión —observó Carrio sacando de su manto varios saquitos
de dinero y joyeros que depositó con todo cuidado sobre la mesa—. El propio
prefecto ha colaborado con el registro de los graneros públicos y privados, y
ha llegado a la conclusión de que no queda en la ciudad ni un puñado de grano.
Ofrecí en el mercado cinco mil sestercios por un gallo y una gallina vivos,
pero me informaron que esa raza de animales se ha extinguido desde hace tiempo,
y que como con el dinero ya no se puede comprar comida, ni el más pobre de los
mendigos de Roma quiere aceptarlo. Ya no se puede adquirir ni al precio más
exorbitante el heno que compré ayer. Los que todavía conservan una reducidísima
reserva de alimentos la guardan y la ocultan con el mayor celo. Lo único que
pude obtener para consumo de los pocos esclavos que siguen fieles a la casa es
esta pequeña provisión de pellejos de perro que quedó de la distribución
pública de comida que se llevó a cabo hace algunos días en la plaza de la
Basílica de San Juan.
Y el liberto, con una mezcla de triunfo y
asco, sacó, mientras hablaba, su provisión de sucios pellejos.
—¿Con qué reservas contamos todavía? —inquirió
Vetranio después de tomar un largo trago del vino de Falerno, al tiempo que le
indicaba con un gesto a su sirviente que quitara de su vista los tesoros que
consiguiera.
—Tengo escondidos en un recipiente seguro,
porque no sé cuándo el hambre puede conducir a los esclavos a la desobediencia
—respondió Carrio—, siete bolsas de heno, tres cestas de carne de caballo
salada, una caja de dulces llena de avena y otra de perejil seco; los pájaros
cantores de la India permanecen intactos en su jaula; tenemos una gran
provisión de especias y nos quedan algunas botellas de la Salsa para
Ruiseñores.
—¿Qué aspecto tiene la ciudad? —lo interrumpió
Vetranio impaciente.
—Roma se ve tan lúgubre como un sepulcro
subterráneo —contestó Carrio con un estremecimiento—. Las personas se reúnen en
grupos mudos y hambrientos a las puertas de sus casas y en las esquinas; los
centinelas apostados en las murallas se tambalean en sus puestos; las mujeres y
los niños duermen exhaustos en el suelo de las iglesias; a los teatros no
asisten ni los actores ni el público; los baños resuenan con los gritos de los
que piden comida y maldicen a los godos; ya se cometen robos en las tiendas que
permanecen abiertas y no están custodiadas; y los bárbaros permanecen impávidos
en sus campamentos, sin que los amenacen las legiones que Rávena nos prometió,
y sin que nos ataquen en nuestra debilidad ni se apresten a levantar el asedio.
Nuestra situación se torna cada vez más peligrosa; me inspira una gran
confianza nuestra reserva de provisiones, pero...
—¡Arrójale tus esperanzas a la corte de Rávena
y el forraje de tus bestias a la turba vocinglera! —exclamó Vetranio con
repentina energía—. Ya es demasiado tarde para ceder; ¡si en los próximos días
no recibimos ayuda, la ciudad se convertirá en un desastre humano! ¿Y crees tú
que yo, que ya he perdido por esta suspensión pública de las diversiones
sociales mis placeres, mis ocupaciones y a mis compañeros, aguardaré tranquilo
la muerte lenta e innoble que nos amenazará entonces a todos? ¡No! ¡Nunca se
dirá de mí que morí de inanición con el rebaño, como un esclavo a quien su amo
abandona! ¡Aunque las fuentes de mi sala de banquetes tengan que permanecer
vacías, mis jarras y mis copas de vino centellearán todavía ante mis invitados!
Aún queda vino en la bodega, y especias y perfumes en las alacenas. ¡Invitaré a
mis amigos a un último festín, a una saturnalia en una ciudad hambrienta, al
banquete de la muerte, servido por el jovial Sileno y sus faunos! ¡Aunque las
Parcas hayan tejido para mí el destino de un perro, será la mano de Baco la que
corte el hilo fatal!
Sus mejillas estaban encendidas, sus ojos
centelleaban, toda la delirante energía de su determinación se leía en su
rostro mientras hablaba. Ya no era el juerguista ligero, amable, de palabra
fácil, sino un hombre apasionado, temerario, desesperado, a quien no le
importaban ninguna de las obligaciones y actividades que hasta entonces
ejercieran su influencia sobre la tersa superficie de su vida patricia. La
sorprendida Camila, que hasta ese momento había mantenido un silencio
melancólico, corrió hacia él con expresión de temor y el rostro cubierto de
lágrimas que no intentaba disimular. Carrio se quedó mirando el talante
desordenado de su amo con aire de desconcertado asombro, y olvidando su
cargamento de pellejos de perro, dejó que cayera al suelo. A continuación se
produjo un momento de silencio interrumpido súbitamente por la abrupta entrada
de una cuarta persona, pálida, temblorosa, falta de aliento, que no era otro
que el visitante de Vetranio en días pasados: el prefecto Pompeyano.
—¡Te doy la bienvenida a mi próximo festín de
copas rebosantes de vino y platos vacíos! —exclamó Vetranio llenando su vaso
con el centelleante vino de Falerno—.¡Seré yo quien ofrezca el último banquete
en Roma antes de que la ciudad sea aniquilada! ¡Los godos y la hambruna no
tendrán nada que ver con mi muerte! ¡El placer presidirá mis últimos momentos,
como ha presidido toda mi vida! ¡Moriré como Sardanápalo, rodeado por mis
amores y mis tesoros, y el último de los invitados que sobreviva a nuestra
fiesta dará fuego a mi palacio, como el real asirio dio fuego al suyo!
—No es momento para bromas —exclamó el
prefecto, echando una mirada a su alrededor con ojos turbados y mejillas
descoloridas—. ¡Nuestras desgracias no han hecho más que comenzar! ¡En la calle
más próxima yace el cadáver de una mujer, y —¡terrible presagio!— unas
serpientes rodean su cuello! ¡No tenemos dónde enterrarla, ni tampoco a los
miles que pueden morir como ella antes de que nos llegue ayuda! Los sepulcros
de la ciudad, que quedan fuera de las murallas, están en manos de los godos.
Alrededor del cuerpo se ha congregado una multitud horrorizada, porque acaba de
descubrir una verdad fatal que habríamos preferido ocultarle... —El prefecto
hizo una pausa, miró con aire atemorizado a sus oyentes y añadió con voz queda
y temblorosa:
—¡Los ciudadanos están muriendo de hambre en
las calles de Roma!
CAPÍTULO XV
LA CIUDAD Y LOS
DIOSES
Volvamos una vez más al campamento godo en los
suburbios al este de la Puerta Pinciana, y a Hermanrico y los guerreros a sus
órdenes, que aún ocupan esa posición en el gran círculo que forman las tropas
encargadas del asedio.
Los desplazamientos del joven caudillo
expresaban, por su diversidad y rapidez, la inquietud de que era presa su
mente. Apartaba con frecuencia los ojos de los guerreros que lo rodeaban para
clavarlos en el extremo remoto y opuesto de los suburbios, y en ocasiones
dirigía la vista a poniente como si esperara ansiosamente la llegada de una
hora específica de la noche próxima. Cansado al fin de dedicarse a ocupaciones
que era evidente que más que calmar su impaciencia la irritaban, se volvió
abruptamente y, avanzando hacia la ciudad, se dio a recorrer lentamente una y
otra vez el terreno baldío que separaba los suburbios de las murallas de Roma.
Continuaba examinando de cuando en cuando la
escena que lo rodeaba. Es difícil concebir un panorama más desolador, en la
tierra o en los cielos, que el que ahora se presentaba ante sus ojos.
El día opaco, sin sol, llegaba rápidamente a
su fin, y el portentoso cielo prometía una noche de tormenta. Espesas capas de
nubarrones negros e informes cubrían todo el firmamento, salvo en el extremo de
poniente, donde se apreciaba una estrecha franja de una pálida luz amarillenta,
rodeada por todos lados por los bordes compactos, irregulares, sin gradaciones,
de masas de un oscuro vapor. Un profundo silencio reinaba en toda la atmósfera.
El viento no dejaba oír su voz entre los árboles inmóviles. El movimiento y la
acción consustanciales a la naturaleza y la vida humana parecían encantados,
suspendidos, sofocados. El aire estaba saturado de un calor pesado; y todas las
cosas sobre la superficie terrestre, tanto las animadas como las inanimadas,
sentían la opresión que sobre ellas ejercían los elementos más volátiles. Las
personas que jadeaban en la ciudad azotada por el hambre, y las briznas de
hierba que pendían lacias en el seco césped del otro lado de las murallas,
sentían por igual su influencia extenuante.
Con el paso de las horas y el avance gradual y
subrepticio de la noche, una oscuridad uniforme envolvió uno tras otro los
objetos que Hermanrico era capaz de discernir desde el solitario baldío en el
que aún permanecía. Pronto la gran ciudad se desvaneció en la sombra vasta e
impenetrable, mientras que los suburbios y los llanos que los rodeaban
desaparecieron en la espesa oscuridad que cubría casi perceptiblemente el
suelo. Ahora el único objeto claramente visible era la figura de un cansado
centinela que estaba en las foscas almenas en lo alto de las murallas
agrietadas, cuyo cuerpo desmadejado, apoyado en su arma, se destacaba en agudo
relieve contra la fina, solitaria franja de luz que aún brillaba en las frías
extensiones del cielo de poniente cubiertas de nubes.
Pero con el gradual avance de la noche,
incluso ese espacio iluminado se desvaneció, se contrajo, desapareció, y con él
el centinela y la almena en la que estaba apostado. El dominio de las tinieblas
se hizo entonces universal. Densa y velozmente se extendieron por toda la
ciudad con sorprendente rapidez, como si el temible destino que comenzaba a
cumplirse en Roma hubiera obligado a la apariencia externa de la noche a
armonizar con su propia naturaleza auguradora de desastres.
De inmediato, mientras el joven godo aún
permanecía en su puesto de observación, se comenzó a oír el largo, quedo,
trémulo, absorbente retumbar del trueno lejano. Parecía proceder de una
distancia casi incalculable; haber emitido los primeros sonidos en su cuna en
el helado norte; haber recorrido las estancias cercadas de hielo de los
solitarios polos. No interrumpió la quietud pesada, misteriosa de la atmósfera,
sino que la ahondó. El mudo y frecuente resplandor de los relámpagos también
denotaba una suavidad estival. No eran los fieros relámpagos del invierno, sino
una claridad cálida, intermitente, casi fascinante por su leve, rápida
recurrencia, teñida por el resplandor de los cielos y no por la lumbre del
averno.
No soplaba el viento, no llovía; y el aire
estaba tan silencioso como si durmiera sobre el caos en los albores de una
nueva creación.
Entre los objetos que la fugaz luz de los
relámpagos iluminaba ante la vista de Hermanrico, el más fácil y claramente
discernible era la vasta superficie de las murallas agrietadas. Las grandes
piedras sueltas desperdigadas aquí y allá junto a su base, y el borde saliente
de sus amplias almenas se revelaban a sus ojos nítida, aunque
intermitentemente, durante los breves instantes de luz. Los relámpagos ya
llevaban cierto tiempo iluminando esa estructura de las defensas de la ciudad y
el terreno baldío que se extendía inmediatamente a continuación cuando la pared
lisa que permitían atisbar ocasionalmente se vio jaspeada de repente por una
bandada de pájaros que apareció en una zona alejada de las murallas, y que
comenzó a revolotear enloquecida de un lado a otro frente a su superficie.
Como los relámpagos continuaron alumbrando la
escena a intervalos, las figuras negras de los pájaros que giraban confusa e
ininterrumpidamente en torno al punto donde era evidente que una interrupción
inexplicable los había espantado, resultaban perceptibles para los ojos
avezados del godo como evanescentes chispas de fuego o copos de nieve. Al cabo
de cierto tiempo, desaparecieron con la misma rapidez con que habían aparecido,
con agudos chillidos de miedo que se oían a pesar del continuado retumbar del trueno;
e inmediatamente después, cuando la luz de un nuevo relámpago disipó las
tinieblas, Hermanrico vio un resplandor rojizo, como una chispa de fuego
incrustada en la superficie del muro, en la sección de las murallas de la cual
los pájaros volaran ahuyentados al inicio. Enseguida desapareció: se produjo en
la atmósfera un intervalo de oscuridad más prolongado que lo usual; y cuando el
godo aguzó la vista en la próxima ronda de relámpagos, percibió lo que de
momento y con muchas dudas le pareció una figura humana de pie sobre las
piedras junto a la base de las murallas.
Hermanrico experimentó un sobresalto de
asombro. Volvieron a cesar los relámpagos. En el ardor de su ansiedad por ver
más, forzó la vista con la vana esperanza de penetrar la oscuridad que lo
rodeaba. Las tinieblas parecían infinitas. De nuevo el relámpago iluminó la
escena unos instantes. Hermanrico clavó la vista en el muro: la figura seguía
allí.
Su corazón latió con fuerza; permaneció,
indeciso, en el lugar que ocupara desde que los primeros truenos llegaran a sus
oídos. ¿Acaso serían la luz y el hombre —una entrevista un instante, el otro
aún visible— meros fantasmas, hijos de un error de su vista deslumbrada por la
rápida sucesión de cambios atmosféricos en medio de los cuales se había visto
obligada a actuar? ¿O bien era indudable que había visto una forma humana y
había detectado una luz de naturaleza material? Quizás se preparaba en la
ciudad sitiada una extraña traición, un peligroso misterio, y su deber era
observarlo y desenmascararlo. Desenvainó la espada y, a riesgo de ser visto a
la luz de los relámpagos y oído en las pausas del trueno por el centinela
apostado en las murallas, avanzó resuelto hasta la base misma de las defensas
de la Roma hostil.
No oyó ningún sonido, no percibió ninguna luz,
no vio ninguna figura cuando, tras varios intentos infructuosos por alcanzar el
lugar donde las detectara, se detuvo al fin junto a las piedras sueltas que
sabía que se amontonaban al pie de las murallas. Estaba tan próximo a ellas que
pudo recorrer su superficie rugosa con la punta de la espada. Apenas había
examinado, valido de su arma, una sección de un poco más de diez yardas, cuando
esta tropezó con un borde afilado e irregular; y un repentino presentimiento le
reveló al instante que había encontrado el punto donde viera un momento la luz,
y que estaba parado sobre la misma piedra que ocupara después la figura del
hombre.
Tras vacilar un momento, estaba a punto de
subir un poco más por las piedras sueltas para examinar más de cerca la
irregularidad que acababa de descubrir en las murallas, cuando la luz vivida de
un relámpago, inusualmente prolongada, le reveló a una escasa yarda de
distancia y en la misma dirección que seguía, la figura que viera de lejos
desde el baldío que quedaba a sus espaldas.
Durante el próximo intervalo de oscuridad
sintió algo inexpresablemente temible en esa ciega vecindad a la silente y
misteriosa forma, revelada de manera tan imperfecta por los relámpagos que
centelleaban sobre su cuerpo, todavía apenas entrevisto. El corazón del godo
pareció detenerse mientras permanecía, espada en mano, escudriñando las
sombrías tinieblas, en espera del próximo relámpago. Cuando al fin llegó, le
permitió ver los ojos llameantes del hombre clavados en su rostro; otro
resplandor y vio un dedo flaco colocado sobre sus labios en señal de que
guardara silencio; un tercero, y vio que el brazo del hombre apuntaba hacia el
terreno baldío a sus espaldas; y después, en el intervalo de oscuridad que se
produjo a continuación, sintió un aliento cálido junto a su oído y oyó una voz
que le susurraba en una pausa del trueno:
—Sigúeme.
Al instante Hermanrico sintió el roce
momentáneo del cuerpo del hombre cuando con paso sigiloso cruzó a su lado sobre
las piedras: no era momento de reflexiones o dudas. Siguió de cerca al
desconocido, cuya forma oscura divisaba moviéndose frente a él cada vez que los
relámpagos iluminaban por un breve instante la escena, hasta que llegaron a
unos árboles no muy distantes de las casas que ocupaban en los suburbios los
godos que estaban bajo su mando.
Allí el desconocido se detuvo junto al tronco
de un árbol que quedaba entre él y las murallas y se sacó del manto en jirones
una pequeña linterna —cuidadosamente velada con una tela que ahora quitó— que
alzó por encima de su cabeza para estudiar atenta y ansiosamente al godo.
Hermanrico intentó hablarle, pero el aspecto
del hombre, aunque apenas discernible a la pobre luz de su linterna, era tan
turbador y repulsivo que las palabras murieron en sus labios. El rostro del
desconocido era de una palidez espectral; sus mejillas hundidas estaban
surcadas por profundas arrugas; y sus ojos centelleaban con una expresión de
feroz desconfianza. Uno de sus brazos estaba cubierto de viejos vendajes y
sangre coagulada, y colgaba paralizado a su costado. La mano que sostenía la
lámpara temblaba de tal manera que ésta oscilaba continuamente. Sus miembros
inferiores eran esqueléticos y estaban tan descarnados que casi parecían
deformes; y era evidente cuan difícil le resultaba mantenerse erguido. Todo su
cuerpo parecía estarse consumiendo con una muerte lenta, mientras que su
expresión, ardiente y repulsiva, transmitía toda la energía de la primera
adultez y toda la osadía de la juventud.
¡Era Ulpio! ¡Las murallas habían sido
atravesadas! ¡La grieta había hecho buena su promesa!
Tras un prolongado examen del semblante y el
atuendo de Hermanrico, el hombre, con una expresión imperiosa que contradecía
extrañamente su voz vacilante, le dirigió las siguientes palabras:
—¿Eres godo?
—Sí —contestó el joven caudillo—, ¿y tú
eres...?
—Un amigo de los godos —fue la rápida
respuesta.
A continuación se produjo un instante de
silencio. Fue de nuevo el desconocido quien reinició el diálogo:
—¿Qué te hizo ir solo al pie de la muralla?
—inquirió, y al hablar sus ojos adoptaron una expresión de ingobernable
aprensión.
—Vi la figura de un hombre a la luz de los
relámpagos —respondió Hermanrico—. Me acerqué para estar seguro de que no me
engañaban los ojos, para descubrir...
—Sólo un hombre de tu nación sabrá de dónde
vengo y qué deseo —lo interrumpió el desconocido con fiereza—. Ese hombre es
Alarico, tu rey.
En el rostro del godo apareció una expresión
de sorpresa, indignación y desprecio al escuchar esa declaración del indefenso
desventurado que tenía frente a sí. El hombre lo advirtió, y haciéndole el
gesto de que guardara silencio, volvió a dirigirle la palabra:
—¡Escucha! —exclamó—. ¡Tengo algo que
revelarle al jefe de vuestras fuerzas que hará trepidar el corazón de todos los
hombres de este campamento, si es que vuestro rey os lo confía después de
saberlo de mis labios! ¿Te niegas aún a conducirme a su tienda?
Hermanrico rió con sorna.
—Mírame —continuó el hombre, inclinándose
hacia adelante y clavando los ojos con impaciencia salvaje en el rostro de su
interlocutor—.Estoy solo, herido, débil, viejo; soy un extraño para los tuyos,
un hombre hambriento e indefenso. ¿Me aventuraría a venir a vuestro campamento,
correría el riesgo de que tus camaradas me mataran por ser romano, osaría
incurrir en la ira de vuestro orgulloso jefe sin motivo?
Hizo una pausa, y después, con los ojos aún
clavados en el godo, continuó en tono más quedo y agitado:
—¡Niégame tu ayuda: deambularé por vuestro
campamento hasta encontrar a vuestro rey! ¡Hazme prisionero: tu violencia no
logrará que despegue los labios! ¡Mátame: nada ganarás con mi muerte! ¡O bien,
ayúdame, y te alegrarás hasta el último instante de tu vida de haberlo hecho!
¡Tengo algo tremendamente importante que comunicarle a Alarico; un secreto por
el cual he pagado con esto!
Señaló su brazo herido. La solemnidad de su
voz; la ruda energía de sus palabras; la inexorable determinación de su
aspecto; la negrura de la noche que los rodeaba; el retumbar del trueno que
parecía participar en el diálogo que sostenían; el impresionante misterio de
ese encuentro al pie de las murallas de la ciudad: todo ello comenzaba a
ejercer diversas y poderosas influencias sobre la mente del godo, con lo que
cambiaron insensiblemente los sentimientos que le inspiraran las primeras
palabras del hombre. Vaciló y después echó una ojeada cargada de dudas a las
líneas del campamento.
Se produjo un largo silencio que el
desconocido volvió a romper.
—¡Aprésame, encadéname, búrlate de mí, si
quieres! —exclamó a gritos y con ojos relampagueantes—, ¡pero condúceme a la
tienda de Alarico! ¡Te juro por el trueno que retumba sobre nuestras cabezas
que las palabras que le diré le resultarán más preciosas que la joya más
espléndida que pueda arrebatar de las arcas romanas!
Aunque visiblemente inquieto e impresionado,
Hermanrico aún vacilaba.
—¿Dudas todavía? —exclamó el hombre con
desdeñosa impaciencia—. ¡Hazte a un lado! ¡Iré yo solo hasta el mismo centro de
vuestro campamento! ¡Emprendí solo mi plan, no necesito ayuda tampoco para
llevarlo hasta su término! ¡Hazte a un lado!
Y pasó junto a Hermanrico, en dirección a los
suburbios, con el mismo aire de feroz energía en su rostro marchito que el que
le diera tan extraordinaria apariencia al inicio de su inusual entrevista con
el joven caudillo.
La osada determinación de su propósito, la
inconmovible diligencia en pos de un éxito arriesgado y dudoso que se
manifestaba en las palabras y las acciones de alguien tan desbocado y solo como
el desconocido, despertaron en el godo el sentimiento de irreprimible
admiración que inevitablemente produce la conjunción del valor moral con el
físico. Además de ese incentivo para ayudar al hombre, una ardiente curiosidad
por descubrir su secreto llenaba la mente de Hermanrico, y lo inclinaba aún más
a conducir a su decidido acompañante a la presencia de Alarico; porque era sólo
por ese medio que podía albergar esperanzas, después de la firme declaración
del hombre de que sólo se comunicaría en primera instancia con el rey, de
descifrar el objetivo de su misteriosa embajada. Animado por esos motivos, le
gritó al desconocido que se detuviera y le comunicó en breves palabras su
disposición a conducirlo al instante ante el jefe de los godos.
El hombre le indicó con un gesto que aceptaba
su oferta. Era evidente que su fortaleza física lo abandonaba velozmente; pero
aun así avanzó penosamente hacia el cuartel general del campamento, musitando y
gesticulando para sí de modo casi incesante. Sólo una vez le dirigió la palabra
a su guía; y lo hizo de modo pasmosamente abrupto y en tono de vehemente
intranquilidad y desconfianza, para preguntarle al joven godo si había
examinado alguna vez antes de esa noche la superficie de las murallas de la
ciudad. Hermanrico le contestó negativamente y prosiguieron la marcha en
absoluto silencio.
El camino hacia las líneas del campamento
seguía un rumbo oeste y estaba pobremente iluminado por las llamas de una
antorcha ocasional o el resplandor de alguna fogata distante. Los truenos
habían disminuido su frecuencia, pero habían aumentado en intensidad; leves
ráfagas de viento soplaban de cuando en cuando de occidente, y unas pocas gotas
de lluvia comenzaban a caer lentamente sobre la tierra sedienta. Los guerreros
que no estaban de guardia en los diferentes puestos de observación se habían
retirado al abrigo de sus tiendas; ninguno de los mil merodeadores y asistentes
que seguían al gran ejército permanecía en sus lugares de reunión usuales;
hasta las escasas voces que se dejaban oír sonaban distantes y apagadas. La
escena nocturna en las filas de los invasores de Italia era tan sombría y
desagradable como en las llanuras solitarias ante las murallas de Roma.
Al poco tiempo el desconocido advirtió que
llegaban a una parte más poblada, mejor iluminada y más fortificada del
campamento que la que habían atravesado antes; y el sonido líquido y
borboteante de las aguas del rápido Tíber llegó a sus atentos y desconfiados
oídos. Caminaron todavía unas pocas yardas; y entonces se detuvieron
súbitamente ante una tienda rodeada de muchas otras, cuyos accesos cuidaban
grupos de guerreros ricamente armados. Aquí Hermanrico se detuvo un instante
para intercambiar unas palabras con un centinela, quien, tras una breve espera,
alzó la cubierta que daba entrada a la tienda, y un momento después el
aventurero romano se encontraba, junto a su guía, en presencia del rey godo.
El interior de la tienda de Alarico estaba
forrado de pieles e iluminado por una pequeña lámpara colgada del poste central
que sostenía el techo. Los únicos muebles eran unos montones de pieles
desperdigados por el suelo y un arcón de madera grande y toscamente tallado
sobre el que reposaba una calavera humana vaciada y pulimentada hasta adoptar
la forma de una basta copa de vino. En la espaciosa tienda imperaba una rudeza
típicamente goda, una majestuosa simplicidad septentrional, que revelaban no
sólo sus espesas sombras, sus pocas luces y su carencia de pompa y esplendor,
sino incluso la apariencia y la ocupación de su distinguido ocupante.
Alarico estaba sentado a solas en el arcón de
madera ya descrito, contemplando con la frente inclinada y la mirada atenta
unas antiguas runas trazadas en la superficie tallada de un escudo de bronce y
plata de cinco pies de alto, apoyado contra uno de los costados de la tienda.
La luz de la lámpara, al caer sobre la superficie pulida del arma —a la que
hacían doblemente brillantes las pieles de colores oscuros contra las que
descansaba—, se reflejaba sobre la figura del jefe godo. Fulguraba en su amplia
coraza; revelaba sus labios firmes, levemente curvados en una expresión de
triunfo burlón; realzaba la forma magnífica de los músculos de su brazo, que se
apoyaba, cubierto por una apretada funda de cuero, en sus rodillas; destellaba
sobre una porción de sus cabellos cortos y rubios; y centelleaba en sus ojos
fijos, pensativos, viriles, a los que ocultaba parcialmente la sombra que
proyectaba su entrecejo fruncido; al tiempo que dejaba la parte inferior de su
cuerpo y su mano derecha, posada sobre la cabeza de un gran perro de lanas
echado a su lado, casi completamente en las sombras que proyectaba el
desordenado montón de gruesas pieles a los lados del arcón de madera. Estaba
tan completamente absorto en la contemplación de las runas trazadas entre las
figuras talladas de su inmenso escudo que no se percató de la entrada de
Hermanrico y el desconocido hasta que el gruñido del celoso perro lo distrajo
súbitamente de su ocupación. Alzó los ojos al instante; su mirada rápida,
penetrante, se posó un momento en el joven caudillo y después se detuvo
inquisitiva en la figura canija y contrahecha de su acompañante.
Acostumbrado a la brevedad y prontitud
militares exigidas por su jefe en todas las comunicaciones que le dirigían sus
subalternos, Hermanrico, sin esperar que lo interrogara ni tratar de justificar
o hacer un prefacio a su narración, le contó brevemente la conversación que
había tenido lugar entre él y el desconocido en la llanura próxima a la Puerta
Pinciana; y después aguardó respetuosamente la felicitación o la censura del
rey, según decidiera el azar del momento.
Tras volver a fijar los ojos en la persona del
romano y someterlo a un severo escrutinio, Alarico le dijo lo siguiente al
joven guerrero en el idioma de los godos:
—Deja conmigo al hombre: regresa a tu puesto y
espera allí las órdenes que pueda resultarme necesario enviarte esta noche.
Hermanrico partió de inmediato. Entonces,
dirigiéndose al desconocido por primera vez, y hablando en latín, el jefe godo
le indicó breve y elocuentemente a su incógnito visitante que se encontraban a
solas.
Las labios resecos del hombre se movieron, se
entreabrieron, temblaron; sus ojos enajenados y hundidos comenzaron a brillar
hasta lanzar destellos, pero parecía incapaz de pronunciar palabra; su rostro
se contorsionó horriblemente, en las comisuras de sus labios aparecieron unos
espumarajos, se tambaleó, y habría caído al suelo si el rey no lo hubiera
sujetado con su fuerte brazo y sentado en el arcón de madera que hasta ese
momento ocupara.
—¿Será posible que un romano hambriento haya
escapado de la ciudad sitiada? —musitó Alarico mientras tomaba la calavera que
hacía las veces de copa y obligaba al desconocido a tragar un poco del vino que
contenía.
El licor consiguió de inmediato devolverle la
normalidad al semblante del hombre y el sentido a su mente. Se incorporó por sí
solo de su asiento, se enjugó el sudor frío que cubría su frente y se irguió
delante del rey —el anciano solitario y desvalido frente al vigoroso señor de
miles rodeado por sus guerreros— sin un temblor en los ojos firmes ni una
plegaria en demanda de protección en los altivos labios.
—Yo, un romano —comenzó—, vengo de Roma,
combatida con el hambre por el invasor, para poner la ciudad, sus habitantes,
sus palacios y sus tesoros en manos de Alarico el godo.
El rey se estremeció, miró un momento al que
hablaba y a continuación volvió el rostro con impaciencia y desprecio.
—No miento —continuó entusiasta, con una
tranquila dignidad que logró impresionar la ruda sensibilidad del héroe godo—.
¡Mírame de nuevo! ¿De qué otro lugar que no sea Roma podría haber venido así
hambriento, marchito, consumido? No ha pasado ni una hora de mi salida de la
ciudad, y por donde yo la dejé pueden entrar esta noche las fuerzas de los
godos.
—La prueba de la cosecha está en la cantidad
del grano, no en la lengua del granjero. Muéstrame tus puertas abiertas y
creeré que me dices la verdad —replicó el rey con una risa ruda.
—Traiciono a la ciudad —continuó el hombre con
tono grave, —pero con una condición; concédemela y...
—Te concedo la vida —lo interrumpió Alarico,
altivo.
—¡La vida! —exclamó el romano, y su cuerpo
consumido pareció crecer, y su voz trémula hacerse firme y fuerte con la
amargura del desprecio—. ¡La vida! ¡No es lo que pido de tu poder! ¡Este cuerpo
en ruinas casi no tiene fuerzas suficientes para mantenerme vivo un día más!
¡No tengo hogar, ni seres queridos, ni amigos, ni bienes! ¡Llevo en Roma una
vida solitaria en medio de la multitud; soy un pagano en una ciudad de
apóstatas! ¡Qué me importa la vida! La estimo sólo porque puede servir a los
dioses, en cuyo instrumento de venganza contra la nación que los ha negado te
convertiré a ti y a tus huestes. Si me matas, será una señal que me envían de
que no soy digno de ellos. Moriré contento.
Calló. Mientras lo escuchaba, el rey había ido
perdiendo la brusquedad de maneras y la falta de interés que hasta entonces
mostrara, hasta asumir una actitud de atención y seriedad más acorde con su
alto cargo e importantes responsabilidades. Comenzó a dejar de considerar al
desconocido como un renegado corriente, un espía ordinario, un impostor
insustancial a quien podía echar de su tienda con desdén; empezó a verlo como
un hombre lo bastante importante para ser escuchado, y lo bastante ambicioso
para desconfiar de él. En consecuencia, volvió a ocupar el asiento que
abandonara durante la entrevista y le pidió con toda calma a su nuevo aliado
que le explicara la condición de la que dependía la prometida entrega de la
ciudad de Roma.
El semblante de Ulpio, alterado por el dolor y
el desaliento, se animó con un resplandor de triunfo al escuchar la repentina
prudencia y moderación de la petición real; alzó la cabeza orgulloso, avanzó
unos pasos y continuó en voz alta y tono abrupto:
—¡Prométeme el derribo de las iglesias
cristianas, el exterminio de los sacerdotes cristianos y la restauración
universal del culto a los dioses y esta noche serás el amo de la principal
ciudad del imperio, que te afanas en subvertir!
El atrevimiento, la vastedad, la insania de
maldad contenida en tal propuesta y proveniente de tal fuente asombraron tanto
a Alarico que quedó mudo por un momento. El desconocido, al advertir su
temporal incapacidad para responderle, rompió el silencio y continuó:
—¿Acaso es mi condición difícil de satisfacer?
Un conquistador es todopoderoso; puede derribar un culto de la misma manera que
derriba el gobierno de una nación. ¿Qué te importa, siempre que sean tuyos el
imperio, la fama y los tesoros, qué dioses adora el pueblo? ¿Es acaso un gran
precio por una fácil conquista cambiar algo que no amenaza ni tu poder, ni tu
renombre, ni tu riqueza? ¿Os maravilla que desee yo tal transformación? ¡Nací
para los dioses; a su servicio gané importancia y fama; por su causa he sufrido
humillaciones y dolores; por su restauración conspiraré, combatiré, moriré!
Júrame entonces que con el nuevo estado levantarás el antiguo culto e
introduciré en la ciudad por mi entrada secreta suficientes soldados godos para
asesinar con toda impunidad a los centinelas de guardia y abrir las puertas de
Roma a tu fuerza invasora. No sientas la tentación de despreciar la ayuda de un
hombre desconocido y carente de protección; los ciudadanos nunca cederán a
vuestro asedio; no queréis correr los peligros de un ataque; se dice que las
legiones de Rávena ya han partido en esta dirección. ¡Aunque soy un paria, te
digo aquí, en tu campamento, que vuestra más segura garantía de éxito somos lo
que he descubierto y yo mismo!
El rey se incorporó de un salto de su asiento.
—¿Quién es el tonto o el loco —exclamó
clavando los ojos con sarcasmo e indignación feroces en el rostro del
desconocido—, que parlotea en mi presencia sobre las legiones de Rávena y los
peligros de un ataque? ¿Acaso crees, renegado, que tu ciudad hubiera podido
resistírseme si yo hubiera elegido tomarla por asalto el mismo día que acampé
frente a sus murallas? ¿Sabes que vuestros afeminados soldados han desechado
los escudos de sus antepasados porque sus cuerpos canijos son demasiado débiles
para soportar su peso, y que la mitad de mi ejército triplica el número de los
guardias de Roma? ¡Ahora mismo, mientras estás aquí frente a mí, no tendría más
que ordenarlo y la ciudad sería aniquilada por el fuego y la espada, sin la
ayuda de uno solo de los miembros del rebaño de traidores que se esconde al
abrigo de sus mal defendidas murallas!
Tras esas palabras de Alarico, una fuerza
invisible pareció aniquilar tanto el cuerpo como la mente del infeliz a quien
las dirigiera. La conmoción que le produjo la respuesta del jefe godo pareció
idiotizarlo, como ciega la luz de un relámpago. Contempló al rey con mirada
atónita, mientras se pasaba la mano por el rostro, como para eliminar una
imaginaria opacidad de sus ojos; después dejó caer el brazo inerte a un
costado, inclinó la cabeza sobre el pecho y se lamentó con voz queda y ausente:
—¡La restauración de los dioses; esa es la
condición de la conquista; la restauración de los dioses!
—No he venido hasta aquí para ser el
instrumento de unos sacerdotes dementes y olvidados —exclamó Alarico con
desdén—. Dondequiera que tope con vuestros malditos ídolos, los fundiré para
fabricar armaduras para mis guerreros y herraduras para mis caballos;
¡transformaré vuestros templos en graneros y convertiré vuestras imágenes de
madera en leña para las hogueras de mis huestes!
—¡Mátame y calla! —gimió el hombre, mientras
retrocedía trastabillando hasta el costado de la tienda y se encogía ante las
inmisericordes palabras del godo, como el esclavo bajo el látigo.
—Les cedo a tus conciudadanos romanos el
derecho a derramar tu sangre —respondió el rey—; ¡sólo ellos son dignos de tal
hazaña!
Ni una sílaba de respuesta escapó ahora de los
labios del desconocido, y tras un intervalo de silencio Alarico continuó con
voz despojada de la quemante irritación de antes, y signada por una solemne
gravedad que le confería una dignidad y una fuerza irresistibles a cada una de
sus palabras:
—¡Mira los caracteres grabados aquí! —dijo,
señalando al escudo—. Son la maldición pronunciada por Odín contra la gran
opresora: Roma! Antaño esas palabras formaron parte de la fe de nuestros
padres; esa religión desapareció hace ya tiempo, pero las palabras permanecen;
ellas sellan el odio eterno del pueblo del norte al pueblo del sur; ellas
contienen el espíritu del destino magnífico que me ha traído hasta las murallas
de Roma. ¡Ciudadanos de un imperio abatido: la medida de vuestros crímenes está
colmada! El mando que vuestros antepasados ganaron por la fuerza, no lo
conservarán sus descendientes mediante la mentira. Durante doscientos años,
treguas insustanciales y poco duraderas han alternado con prolongadas y
sangrientas guerras entre tu pueblo y el mío. ¡Recordándolo, recordando los
maltratos a que fueron sometidos los godos en sus asentamientos de la Tracia,
el asesinato de los jóvenes godos en los pueblos de Asia, la masacre de los
rehenes godos en Aquilea, he venido —elegido por mandato divino— para lograr la
libertad y satisfacer la ira de mi nación humillando a sus pies el poderío de
la tiránica Roma! No es para combatir y derramar sangre que he acampado frente
a esas murallas. Es para aplastar, mediante el hambre y el dolor, el orgullo de
tu gente y el ánimo de tus gobernantes; para arrancaros vuestras riquezas
escondidas y despojaros de vuestro alardeado honor; para derribar mediante la
opresión a los opresores del mundo; para negaros la gloria de una resistencia e
imponeros la vergüenza de un sometimiento. ¡Es por eso que ahora me abstengo de
tomar por asalto vuestra ciudad y la cerco con un inconmovible asedio!
A medida que la declaración de su gran misión
salía a borbotones de entre los labios del rey godo, el espíritu de su elevada
ambición parecía irradiar a todo su cuerpo. Su noble estatura, sus hermosas
proporciones, su semblante autoritario parecieron adoptar una grandeza simple y
primitiva. En comparación con la figura encogida del descorazonado desconocido,
se veía casi sublime.
Una serie de prolongados estremecimientos
recorrió el cuerpo del pagano, quien, a pesar de eso, ni derramó una lágrima ni
pronunció palabra. La infructuosa defensa del Templo de Serapis, la derrotada
revuelta de Alejandría y la abortada intriga con Vetranio venían ahora a su
memoria para ahondar el horror de su presente y peor fracaso. Revivieron
terriblemente vividos en su memoria todos los detalles de su paso por las
murallas agrietadas. Recordó todas las sensaciones de su primera noche de labor
en medio de las tinieblas; todas las miserias de la tortura sufrida en su
segunda noche bajo la pared derribada; toda el dolor, el peligro y la
desesperación que acompañaran sus afanes siguientes —en los que perseverara a
pesar del hambre, la debilidad y el brazo inútil— hasta rebasar, en engañoso
triunfo, el último de los obstáculos del boquete que con tanto trabajo abriera.
Uno tras otro, esos recuerdos olvidados volvieron a su memoria al escuchar la
recriminación de Alarico, que revivía viejas dolencias, hurgaba en antiguas
heridas, abría nuevas llagas. Pero salvo por los estremecimientos que seguían
sacudiendo su cuerpo, ninguna señal externa traicionó el tormento interior que
lo aquejaba. Era demasiado fuerte para las palabras humanas, demasiado terrible
para la humana compasión: lo sufrió en absoluto silencio. Aun si su proyecto
era monstruoso, el castigo moral sufrido al intentar consumarlo era lo bastante
severo para ser digno del crimen proyectado.
Tras contemplar al hombre durante unos minutos
más, con una última mirada de desdén inmisericorde, Alarico llamó a uno de los
guerreros de guardia, y después de ordenarle que les pasara la voz a los
centinelas de que el desconocido estaba autorizado para atravesar con toda
libertad el campamento, se volvió hacia este último y le habló por última vez:
—¡Regresa a Roma por el mismo agujero por el
que como un reptil saliste, y alimenta a tus conciudadanos hambrientos con las
palabras que has.escuchado en la tienda del bárbaro!
El guardia se acercó, lo condujo fuera de la
presencia del rey, les dio a los centinelas las indicaciones necesarias y lo
dejó solo. Ulpio alzó una vez los ojos como clamando desesperado al cielo
adusto, pero tampoco ahora dejó escapar ni una palabra, ni una lágrima, ni un
lamento. Caminó despacio en medio de las espesas tinieblas y, tras darle la
espalda a la ciudad, se introdujo, sin importarle adonde lo llevaban sus pasos,
en las calles de los desolados y desiertos suburbios.
CAPÍTULO XVI
ENCUENTROS AMOROSOS
¿Quién que ha contemplado un cielo amenazador
y tempestuoso no ha sentido el placer de descubrir inesperadamente un pequeño
claro de azul sereno que sigue brillando entre las nubes de tormenta? Mientras
menos gusto haya sentido la mirada al recorrer la sombría vastedad del resto
del firmamento, con más alegría se posará finalmente en el pequeño oasis de luz
con el que tropiezan al cabo los ojos cansados y que, cuando cubría toda la
bóveda celeste, quizás sólo mereció una ojeada negligente. En comparación con
los tonos oscuros y luctuosos que lo rodean, ese pequeño retazo de azul
adquiere gradualmente el poder de conferirle al panorama más vasto y triste
cierto interés y animación que no poseía antes de que la mente reconociera en
la atmósfera de tormenta que lo circunda un punto que añade variedad a la
escena, un espectáculo cuya tristeza puede interesar, además de repeler.
¿Sería con sentimientos parecidos a esos
(aplicados, sin embargo, a la mente y no a los ojos) que el lector recorrió las
páginas dedicadas a Hermanrico y Antonina? ¿Acaso la felicidad descrita en
ellas le parece ahora brillar en medio del tormentoso curso de la narración
como brilla el trozo de cielo azul por entre las nubes arremolinadas? ¿Le
pareció esa perspectiva luminosa, al vislumbrarla, un jardín de sosiego en
medio del erial de fieras emociones que lo rodeaba? ¿Le dio ánimos, al
compararlo con lo sucedido antes, para adentrarse en el terreno de más sombríos
intereses que vendría a continuación? Si así lo impresionó, si puede aún
recordar la escena de la casa de la granja más allá de los suburbios con
emociones como esas, no pondrá reparos a dejar por un momento las nubes
arremolinadas y retornar al trozo de cielo azul; no se negará a que hagamos una
breve digresión sobre Antonina y sus solitarias llanuras antes de continuar con
la historia de Ulpio y la ciudad hambreada.
Durante el tiempo transcurrido desde que nos
separamos de ella, Antonina ha permanecido segura en su soledad, feliz en su
bien seleccionado retiro. Los pocos godos que aparecían de cuando en cuando en
la vecindad de su santuario nunca trasponían sus apacibles límites. La visión
de los campos arrasados y los graneros vacíos de la pequeña propiedad
abandonada bastaba invariablemente para desviar sus merodeos en otra dirección.
Los días pasaban tersa y velozmente para la gentil usurpadora de la abandonada
vivienda de la granja. El estrecho círculo de sus jardines y sus bosques
protectores condensaba para ella todos los placeres y ocupaciones de su nueva
vida.
Las sencillas provisiones abandonadas en la
casa, las frutas y vegetales que recogía en el jardín, bastaban ampliamente
para su sustento. La soledad bucólica del lugar ejercía sobre ella una
tranquila y soñadora fascinación, un encanto incesante, después del austero
aislamiento al que se viera sometida su existencia en Roma. Y cuando llegaba la
caída de la tarde y el sol comenzaba a bruñir las copas de los árboles hacia
poniente, entonces, tras las apacibles emociones del día solitario, llegaba la
hora de los absorbentes cuidados y las alegres expectativas: siempre los mismos
y siempre, sin embargo, deliciosamente renovados. Entonces las toscas ventanas
se cerraban con celo, la puerta hasta entonces abierta se atrancaba; la pequeña
lámpara —ahora invisible desde afuera— se encendía alegremente; y entonces la
señora de la casa y ejecutora de esos preparativos se resignaba a esperar, con
complacida ansiedad, la llegada del invitado a cuyo recibimiento estaban
destinados.
Y nunca aguardó en vano el arribo de esa
preciada compañía. Hermanrico recordaba su promesa de visitar constantemente la
vivienda de la granja, y la cumplía con toda la constancia del amor y todo el
entusiasmo de la juventud. Cuando les asignaba a los centinelas a su mando su
guardia de la noche, y la confianza que depositaban en él sus superiores lo
eximía de inspecciones durante las horas de oscuridad, dejaba el campamento,
atravesaba los desolados suburbios y llegaba a la vivienda donde la joven
romana lo esperaba; y regresaba a su puesto antes del amanecer para recibir las
comunicaciones que regularmente le transmitía a esa hora uno de sus
subordinados.
Y así, falaz con su nación, pero fiel a la
nueva Egeria de sus pensamientos y sus acciones —desleal a los requerimientos
de la venganza y la guerra, pero leal a los intereses de la tranquilidad y el
amor— procuraba, noche tras noche, la presencia de Antonina. Su pasión, aunque
opuesta a sus deberes de soldado, no había causado ningún deterioro de su
disposición. Los cambios que había producido en él lo ennoblecían. Había hecho
más variadas y exaltadas sus rudas emociones, porque no se inspiraba sólo en la
belleza y la juventud que veía, sino también en los pensamientos puros y la
ingenua elocuencia que oía. Y ella, la hija desterrada, la fuente en la cual el
guerrero del norte bebía esas sensaciones nuevas y más elevadas que nunca antes
experimentara, distinguía a su protector, su primer amigo y compañero además de
su primer amor, con una devoción que, por lo heterogénea y exaltada, la mente
puede imaginar, pero la pluma sólo puede describir de manera muy imperfecta.
Era una devoción nacida de la inocencia y la gratitud, del gozo y la pena, de
la aprensión y la esperanza. Era demasiado lozana, demasiado celestial para
aceptar ningún reproche hijo de una vergüenza artificial, ninguna reprobación
nacida de un artificial pudor. Recordaba, por su esencia, aunque no por su
objeto, la devoción de las primeras hijas de la Caída por sus hermanos y
señores.
Pero ya es hora de que retomemos el curso de
nuestra narración, aunque antes de reincorporarnos al excitante y rápido
presente será menester todavía volver la vista atrás unos momentos, hacia el
pasado colmado de acontecimientos.
Sin embargo, no es la paz, la belleza, el
placer lo que concita ahora nuestra atención. Es la ira, la enfermedad y el
crimen, es la obstinada y poco femenina Goisvintha lo que ahora nos ocupa.
Desde el día en que la violencia de sus encontradas emociones la privara del
sentido en el momento decisivo en que triunfaba sobre los escrúpulos de
Hermanrico y el destino de Antonina, una fiebre aniquiladora la había hecho
sufrir una parte de los amargos tormentos que habría deseado infligirles a
otros. Parte del tiempo permanecía sumida en un furioso delirio; parte, en un
desvalido agotamiento; pero nunca olvidó, fuera cual fuese la forma que
adoptaba su enfermedad, el desesperado propósito en cuya prosecución la
contrajera. Lentamente, tras algunas recaídas, recuperó al cabo su vigor, y con
él se robusteció y aumentó el feroz deseo de venganza que absorbía sus menores
pensamientos y gobernaba sus más nimias acciones.
Supo, a través de las noticias que le
llegaban, de la nueva posición que ocupaba Hermanrico en las líneas del asedio,
y los únicos acompañantes de su pariente de los que le hablaron eran los
guerreros a su mando. Pero aunque persuadida de la separación de Antonina y el
godo, su ignorancia de la suerte corrida por la joven era como una herida
enconada en su salvaje corazón. Dudosa de si habría convertido de modo
permanente a Hermanrico a sus ideas de venganza y muerte; vagamente sospechosa
de que en su ausencia el joven se hubiera informado sobre el lugar donde se
refugiara Antonina o sobre la dirección que tomara al huir; resueltamente
decidida aún a lograr la muerte de su víctima, estuviera donde estuviese,
aguardó con temblorosa ansiedad el día en que, recuperadas totalmente las
fuerzas y el dinamismo, pudiera volver a ejercer su influencia sobre el godo y
reemprender sus maquinaciones contra la seguridad de la joven fugitiva. El
momento en que se operó su total y largamente esperada recuperación fue precisamente
el día que precediera a la noche tormentosa que ya hemos descrito, y el primer
empleo que dio a sus renovadas energías fue enviarle al joven godo el mensaje
de que iría a verlo al lugar donde acampaba antes de la llegada de la noche.
Fue esa intimación la que causara la inquietud
en el ánimo de Hermanrico ya mencionada al inicio del capítulo precedente. La
noche allí descrita era la primera en que se veía privado, ante la amenaza de
la visita de Goisvintha, de la anticipación de saber que iría junto a Antonina,
como hacía habitualmente, bajo el amparo de la noche; porque no hacer caso del
ominoso aviso de su parienta equivalía a correr el riesgo de que se produjera
la más fatal de las revelaciones. Confiado hasta entonces en la engañosa
seguridad que le proporcionaba su enfermedad, había desterrado de su mente el
ingrato recuerdo de su existencia. Pero ahora que había recobrado las fuerzas y
con ellas la capacidad de cometer un crimen, Hermanrico sentía que para
preservar en secreto el escondite de Antonina y proteger su vida, debía oponer
la fuerza a la fuerza y la astucia a la astucia cuando Goisvintha fuera a
verlo, aun a riesgo de causarle a la solitaria joven, debido a su ausencia de
la casa de la granja, todas las aflicciones de la ansiedad y la aprensión.
Sumido en esas reflexiones, ansiando partir,
pero decidido a quedarse, aguardaba impaciente la llegada de Goisvintha, hasta
que el inicio de la tormenta, con la serie de sucesos misteriosos y absorbentes
que trajera aparejados, obligaron a sus pensamientos y sus acciones a tomar
otros rumbos. No obstante, cuando terminó su entrevista con el desconocido y el
rey godo y regresó, como se le indicara, a su puesto en el campamento, las
anteriores inquietudes, dejadas a un lado, pero no eliminadas, volvieron a ejercer
la misma influencia sobre él. Les preguntó ansioso a sus camaradas si
Goisvintha había llegado durante su ausencia y todos le dieron la misma
respuesta negativa.
Mientras escuchaba el sonido melancólico del
viento que se levantaba, el creciente retumbar del trueno, los chillidos agudos
de las distantes aves nocturnas que volaban raudas en busca de refugio, su
corazón se sintió embargado por emociones de tristeza y temor. Se asombraba
ahora de que los sucesos ocurridos, por sorprendentes y pasmosos que fueran,
hubieran logrado desviar su mente por un momento de las melancólicas
meditaciones en que estuviera sumida al final del día. Pensó en Antonina,
solitaria y desvalida, que oiría temerosa la tempestad y esperaría en vano por
su ya demorado arribo. Su imaginación le hizo ver peligros, conspiraciones y
crímenes, aderezados con todas las terribles exageraciones de los sueños. Hasta
el sonido rápido y monótono de las gotas de lluvia despertaba en él oscuras e
indefinibles premoniciones de desgracia. La pasión que hasta ese momento había
originado nuevos placeres cumplía ahora la otra mitad de su misión en la
tierra, y le causaba aflicciones antes desconocidas.
A medida que la tormenta aumentaba su fuerza y
que las tinieblas se espesaban, aumentaba su inquietud, que terminó por echar
por tierra la última débil resistencia de su vacilante firmeza. Tras
persuadirse de que después de un retraso tan largo Goisvintha no iría a verlo
hasta el día siguiente, y que cualquier comunicación de Alarico, de haber sido
enviada, ya habría llego a sus manos; incapaz de seguir combatiendo su
preocupación por la seguridad de Antonina; decidido a enfrentar las peores
calamidades con tal de no ausentarse de la casa de la granja en esos momentos
de tempestad y peligro, recorrió por última vez las posiciones de los atentos
centinelas y abandonó el campamento hasta la mañana siguiente.
CAPÍTULO XVII
LOS HUNOS
Más de una hora después de que Hermanrico
partiera del campamento, un hombre entró a toda prisa en la casa destinada a
albergue del joven caudillo. No hizo ningún intento por encender luz o fuego,
sino que se sentó en la pieza principal y, de cuando en cuando, musitaba
algunas palabras para sí mismo en una lengua extraña y bárbara.
Llevaba un corto tiempo en esa incómoda
soledad cuando lo interrumpió un asistente del campamento que llevaba una
pequeña lámpara, y al que seguía de cerca una mujer que, cuando el hombre se
levantó para preguntarle qué deseaba, anunció ser parienta de Hermanrico y
exigió ver de inmediato al godo.
Aunque el semblante de Goisvintha (porque era
ella) se veía macilento y espectral debido a su reciente dolencia y prolongada
agitación, comparado, a la luz de la lámpara, con el rostro y la figura del
individuo a quien se dirigía, parecía enormemente atractivo. Una nariz
aplastada, una tez cetrina, largos, ásperos, enmarañados rizos de un pelo
negrísimo, una barbilla huidiza sin sombra de barba, y unos ojos pequeños,
salvajes, hundidos, le daban a la fisionomía del hombre un carácter casi
bestial. Sus hombros anchos y fornidos remataban un cuerpo de estatura tan baja
cuanto atlética era su complexión; al mirarlo se veían los músculos de un
gigante en el cuerpo de un enano. Y, sin embargo, ese Hércules deforme no era
un error aislado de la Naturaleza, una extraordinaria excepción entre sus
semejantes, sino el prototipo de toda una raza tan contrahecha y repulsiva como
él. Era un huno.
Ese pueblo salvaje, que inspiraba terror
incluso a sus bárbaros vecinos, y que vivía sin gobierno, ni leyes, ni
religión, compartía un único sentimiento con el resto de la raza humana: el
instinto guerrero. Se puede afirmar que su historia había comenzado con sus
tempranas conquistas en China y que había proseguido con sus primeras victorias
sobre los godos, quienes los consideraban demonios y huían ante su llegada. Las
hostilidades entonces comenzadas entre las dos naciones fueron al cabo del
tiempo interrumpidas merced a la alianza temporal de los conquistados con el
imperio, y cesaron después con la gradual fusión de los intereses de ambos en
un sentimiento que a ambos animaba: el odio a Roma.
Merced a ese lazo de hermandad se unieron
públicamente los godos y los hunos, aunque en privado seguían siendo enemigos,
porque una de las naciones recordaba sus anteriores derrotas tan vividamente
como la otra recordaba sus anteriores victorias. A lo largo de sucesivos
desastres, disensiones y éxitos, prosiguieron su derrotero de guerra y rapiña,
a veces separados, a veces juntos, hasta el período en que se desarrolla
nuestra novela, cuando las fuerzas con las que Alarico montara su asedio
contaban entre sus filas de auxiliares bárbaros con un cuerpo de hunos,
quienes, admitidos a regañadientes como aliados de los godos, se encontraban
dispersos en todas las unidades del ejército en posiciones subordinadas, y de
quienes el individuo antes descrito era uno de los desdeñosamente favorecidos
con una promoción a una posición menor de mando, a las órdenes de Hermanrico
como jefe godo.
Una expresión de aversión, aunque no de
terror, cubrió la faz mustia de Goisvintha cuando se acercó al bárbaro y le
repitió su deseo de que la condujeran ante la presencia de Hermanrico. No
obstante, por segunda vez, el hombre no le respondió. Rompió a reír con
carcajadas breves y chillonas y meneó los anchos hombros con torpe hilaridad.
Las mejillas de la mujer se cubrieron un
instante de rubor y después retornaron a su palidez lívida, antes de dirigirle
las siguientes palabras:
—¡No vine hasta aquí para que se burlara de mí
un bárbaro, sino para que me recibiera un godo! Vuelvo a preguntarte: ¿dónde
está mi pariente Hermanrico?
—¡Se fue! —exclamó el huno. Y su risa se hizo
más salvaje y discordante.
Un súbito estremecimiento recorrió el cuerpo
de Goisvintha al advertir el tono del bárbaro y oír su respuesta. Sofocando con
dificultad su ira y su agitación, continuó con mirada aprensiva y tono de
súplica:
—¿Adonde se ha ido? ¿Hacia donde partió? Sé
que hace mucho que pasó la hora que señalé para nuestro encuentro, pero he
estado enferma durante varias semanas, y cuando me preparaba para marchar esta
tarde, mis dolencias pasadas parecieron súbitamente volver a aquejarme. Me
llevaron al lecho. Pero aunque las mujeres que me socorrieron me indicaron que
debía quedarme y reposar, encontré fuerzas al llegar la noche para escapar de
ellas y venir sola hasta aquí en medio de la tormenta y de la oscuridad, porque
estaba decidida, aunque ello me costara la vida, a encontrarme con Hermanrico,
como le prometiera por intermedio de mis mensajeros. Tú, que eres su compañero
de patrulla, debes saber adonde ha ido. Ve y dile lo que te he contado.
¡Esperaré su regreso!
—Su misión es secreta —se mofó el huno—. Se ha
marchado, pero sin decirme adonde. ¿Cómo podría yo, un bárbaro, saber por dónde
anda un ilustre godo? ¡No me corresponde conocer sus actividades, sino obedecer
sus órdenes!
—No te burles de tu obediencia —replicó
Goisvintha con una ansiedad que le cortaba el aliento—; te repito que sabes
adonde ha ido y debes decirme a qué ha marchado. Lo obedeces a él; aquí hay
dinero para hacer que me obedezcas a mí.
—Cuando dije que su misión era secreta no
mentía —dijo el huno mientras recogía codicioso las monedas que la mujer le
lanzara—; ¡pero no ha logrado mantenerla secreta para mí! ¡Los hunos somos
astutos! ¡Ajá, feos y astutos!
La desconfianza, que es la única emoción
elevada de un corazón criminal, casi le hizo adivinar a Goisvintha en ese
momento la información que aún no le había comunicado el huno. Sin embargo, ni
una palabra salió de sus labios, sino que le hizo un gesto al bárbaro para que
continuara.
—Ha ido a la casa de una granja que queda en
la llanura, más allá de los suburbios a nuestras espaldas. No regresará hasta
el amanecer —continuó el huno jugueteando descuidadamente con el dinero entre
sus grandes y callosas manos.
—¿Lo viste? —preguntó la mujer con voz
entrecortada.
—Lo seguí hasta la casa —contestó el bárbaro—.
Durante muchas noches lo vigilé, porque sospechaba de él; esta noche lo vi
partir. Hace muy poco que regresé después de seguirlo. La oscuridad no me lo
impidió; el lugar queda junto a la calzada que sale de los suburbios; el primer
sendero hacia el oeste lleva hasta la verja de su jardín. ¡Lo sé! ¡He
descubierto su secreto! ¡Soy más astuto que él!
—¿Para qué fue a la casa de la granja de
noche? —inquirió Goisvintha después de unos momento durante los cuales pareció
permanecer en silencio para fijar las últimas palabras del hombre en su
memoria—. ¿Eres lo bastante astuto para poder decirme eso?
—¿Por qué arriesgan los hombres su seguridad y
su vida, su dinero y su renombre? —rió el bárbaro—. ¡Los arriesgan por las
mujeres! Hay una joven en la casa de la granja; ¡la vi a la puerta cuando el
jefe entró!
Hizo una pausa, pero Goisvintha no le
respondió. Recordando que descendía de una raza de mujeres que mataban a sus
esposos, hermanos e hijos heridos con sus propias manos cuando se reunían con
ellas, después de una batalla, deshonrados por la derrota; recordando que el
fuego de la antigua ferocidad de esas antepasadas aún ardía en su corazón;
recordando todo cuanto esperara de Hermanrico y todo cuanto conspirara contra
Antonia; calculando en toda su importancia la conmoción producida por la
información que ahora recibía, resulta a un tiempo indeseable e imposible
describir sus emociones del momento. Durante algunos minutos ningún sonido que
no fuera el retumbar de los truenos, la respiración convulsiva de Goisvintha y
el tintineo de las monedas que el huno pasaba mecánicamente de una mano a la
otra, quebró el silencio que reinaba en la habitación.
—La labor de esta noche me rendirá una buena
cosecha de oro y plata —continuó el bárbaro, poniendo fin al silencio—. Tú me
has dado dinero para que hable; cuando el jefe regrese y se entere de que lo he
descubierto, él me dará dinero para que calle. ¡Mañana beberé con los hombres
más ilustres del ejército, aunque soy un huno!
Regresó a su asiento al terminar de pronunciar
esas palabras, y comenzó a llevar en la hoja de su espada, con una de las
monedas, el monótono compás del estribillo de una canción de borrachos,
mientras Goisvintha, pálida y sin aliento, de pie junto a la puerta de la
habitación, lo miraba con ojos fijos y ausentes. Al cabo la mujer dejó escapar
un profundo suspiro; cerró los puños involuntariamente a los costados; sus
labios se entreabrieron en una sonrisa amarga; y después, sin decirle una
palabra al huno, le volvió la espalda y abandonó la habitación callada y
subrepticiamente.
Al instante, un repentino cambio se operó en
el bárbaro. Se levantó de un salto, una mueca de odio y triunfo salvajes
apareció en su hirsuto entrecejo, y comenzó a recorrer la habitación de un lado
a otro como una bestia salvaje enjaulada,
—¡Al fin lo derribaré del pináculo de su
poder! —musitó feroz para sí mismo—. ¡Su parienta lo odiará por lo que le he
contado esta noche: me di cuenta cuando me habló! ¡Por abandonar su puesto es
posible que Alarico lo deshonre, lo destierre, lo ahorque! ¡Su suerte está en
mis manos; me libraré para siempre de él y de su mando! ¡Odio a este godo más
que a todos los restantes miembros de su nación! ¡Allí estaré cuando lo lleven
a rastras al árbol y lo humillen con su vergüenza como me ha humillado él con
mi deformidad!. —Calló para reír en complacida aprobación de su proyecto,
mientras apretaba el paso y se daba palmadas de gozo en la bárbara exaltación
de su triunfo.
Llevaba algún tiempo sumido en esas secretas
meditaciones cuando del otro lado de la puerta se dejó oír el sonido de unos
pasos. Los reconoció de inmediato y le indicó en voz queda a la persona que
estaba afuera que se aproximara. A la señal de su voz, entró un hombre de
complexión menos atlética, pero su doble en lo que a deformidad toca. A
continuación se produjo entre los dos hunos el siguiente diálogo, que comenzó
el recién llegado:
—¿Lo seguiste hasta la puerta?
—Hasta el mismo umbral.
—¡Entonces su caída es segura! He visto a
Alarico.
—¡Aplastaremos a ese muchacho al que le han
dado mando sobre nosotros que somos sus mayores, sólo porque es un godo y
nosotros somos hunos! Pero, ¿qué sucedió con Alarico? ¿Cómo lograste que te
oyera?
—Los godos que rodeaban su tienda me llamaron
burlonamente salvaje, y juraron que mis padres eran un demonio y una bruja.
¡Pero yo recordaba la época en que esos fanfarrones huían de sus pueblos cuando
nuestras tribus montadas en sus corceles negros los perseguían como si fueran
bestias! ¡Ajá! En esa época hasta sus labios palidecían de miedo.
—Cuéntame lo de Alarico; no tenemos mucho
tiempo —lo interrumpió el otro fiero.
—No contesté ni una palabra a sus
provocaciones —continuó su compañero—, sino que dije en voz muy alta que era un
aliado de los godos, que llevaba un mensaje para Alarico y que tenía tanto
derecho como cualquiera a que me concediera una audiencia. Mi voz llegó a oídos
del rey, que asomó la cabeza fuera de su tienda y me hizo una seña de que
entrara. Vi el odio a mi nación ensombrecerle los ojos cuando nos miramos, pero
le hablé con sumisión y en voz muy baja. Le conté cómo el caudillo a cuyas
órdenes nos pusiera había abandonado en secreto su responsabilidad; le dije
cómo habíamos visto muchas noches al guerrero que tanto ha favorecido dirigirse
a los suburbios; cómo esta noche, al igual que las anteriores, había salido
sigilosamente del campamento, y cómo tu lo habías seguido hasta su escondrijo.
—¿Y el tirano se enfureció?
—¡Sus mejillas enrojecieron, sus ojos
relampaguearon y sus dedos temblaron sobre la empuñadura de su espada mientras
se lo contaba! Cuando callé, me respondió que mentía. Me maldijo afirmando que
era un huno infiel que calumniaba a un caudillo cristiano. ¡Me amenazó con
ahorcarme! Le pedí que antes de matarme enviara algún mensajero a nuestras
posiciones para comprobar la verdad. Le ordenó a un guerrero que regresara aquí
conmigo. ¡Cuando llegamos, no encontramos rastros del cristianísimo caudillo y
nadie sabía adonde había ido! Regresamos a la tienda del rey; el guerrero a
quien honra le dijo lo mismo que el huno a quien desprecia. Entonces se
despertó la ira de Alarico. "¡Esta misma noche", exclamó, "le
indiqué personalmente que aguardara vigilante mis órdenes en el puesto que le
había sido asignado! Hasta a mi propio hijo castigaría por una desobediencia
semejante! Ve, lleva contigo a otros soldados de tus tropas —el que lo siguió
te guiará hasta su escondite— y tráelo prisionero a mi tienda!" Esas
fueron sus palabras. Nuestros compañeros nos esperan allá afuera; partamos sin
demora para que no pueda escapársenos.
—¿Y si ofrece resistencia —inquirió el otro al
tiempo que marchaba impaciente hacia la puerta—, qué dijo el rey que debíamos
hacer si ofrece resistencia?
—Matarlo con nuestras propias manos.
CAPÍTULO XVIII
LA CASA DE LA
GRANJA
A medida que avanzaba la noche aumentaba la
fuerza de la tormenta. En las llanuras, a campo abierto, era donde mejor se
podía apreciar su violencia. Allí ninguna voz desentonaba con la melancólica
música de los elementos; ninguna antorcha llameante luchaba contra las espesas
tinieblas ni imitaba a los brillantes relámpagos. El trueno proseguía sin
interrupciones su sinfonía tempestuosa, y el viento fiero lo acompañaba,
formando los acordes de una salvaje armonía cuando soplaba entre los árboles,
como si pulsara en sus ramas tremolantes las cuerdas de un arpa gigantesca.
En la pequeña pieza de la casa de la granja,
Hermanrico y Antonina, sentados uno junto al otro, escuchaban con muda atención
el creciente estruendo de la tempestad.
La habitación y sus ocupantes estaban
débilmente iluminados por las llamas de un fuego mortecino. La pequeña lámpara
de barro colgaba de su lugar usual del techo, pero su aceite se había acabado y
su luz se había extinguido. Un frutero de alabastro yacía roto a un lado de la
mesa, desde donde había caído al suelo sin que nadie lo notara. En la
habitación no había ningún otro adorno. Los ojos bajos y la constante expresión
de melancolía de Hermanrico revelaban las sombrías reflexiones en las que se
encontraba sumido. Con una mano entre las de él y la otra apoyada junto con su
cabeza en el hombro de su compañero, Antonina prestaba oído atento a la
sucesiva intensificación y disminución del viento. Su belleza se había tornado
más lozana y femenil durante su estancia en la granja. La alegría y la
esperanza parecían haber conquistado al fin toda la ración de su ser que la
naturaleza les asignara al nacer la joven. Incluso en ese momento de tempestad
y tinieblas, mientras escuchaba, con las mejillas encendidas y los ojos
brillantes, el avance de la tormenta nocturna, había más en su expresión de
asombro y pasmo que de agitación y temor.
Así absortos en sus pensamientos, Hermanrico y
Antonina permanecieron en silencio en su pequeño refugio hasta que las
divagaciones de ambos se vieron súbitamente interrumpidas por el ruido que hizo
al partirse la tranca de madera que aseguraba la puerta de la habitación cuya
presión, al combarse ante los repetidos embates del viento, no había podido
seguir sosteniendo el soporte podrido. Había algo inexpresablemente desolador
en el torrente de lluvia, viento y oscuridad que pareció invadir al instante la
habitación a través de la puerta abierta, cuando esta giró violentamente sobre
sus frágiles goznes hasta quedar de par en par. Antonina cambió de color y
sufrió un involuntario estremecimiento mientras que Hermanrico se levantó
rápidamente y volvió a cerrar la puerta, quitando el tosco pestillo del sostén
que lo sujetaba cuando no estaba en uso. Al hacerlo, echó una ojeada a la
habitación en busca de un sustituto para la tranca rota, pero no encontró en
ese momento nada adecuado para tal propósito, y musitó para sí mismo, al tiempo
que regresaba impaciente a su asiento:
—Mientras estemos aquí para vigilarla, el
pestillo será suficiente; es nuevo y fuerte.
Pareció estar a punto de volver a sumirse en
su melancolía anterior, pero la voz de Antonina reclamó su atención y lo
distrajo por el momento de sus pensamientos:
—¿Tiene la tempestad el poder de ponerte a ti,
un guerrero que desciende de una raza de héroes, tan pesaroso y triste?
—preguntó con acento de amable reproche—. ¡Hasta yo, al mirar estas paredes que
hablan con tanta elocuencia de mi felicidad, y mientras disfruto de tu
presencia, que es la fuente de esa felicidad, puedo oír el rugido de la
tormenta sin sentir el corazón apesadumbrado! ¿Por qué habría de oprimirnos con
su lobreguez la tormenta? ¿Acaso el trueno de las noches invernales no proviene
del mismo cielo que el sol de un día de verano? Eres tan joven, tan generoso,
tan valiente; me has amado, has tenido compasión de mí, me has brindado tu
ayuda; ¿por qué te pone tan silencioso y triste el lenguaje nocturno del cielo?
—No es por pesar que callo — ¡replicó
Hermanrico con una sonrisa forzada—, sino por el cansancio del mucho trabajo en
el campamento.
Ahogó un suspiro al hablar. Volvió a bajar la
cabeza. El combate entre su displicencia asumida y su real inquietud era
evidentemente desigual. Antonina se quedó mirándolo fijamente con la.mirada
vigilante del afecto, y su rostro se entristeció como el de él. Se apretó más a
su costado y siguió hablando con voz inquieta y suplicante:
—Tal vez lo que te deprime es la guerra entre
nuestras dos naciones, que ya nos ha separado y que puede volver a hacerlo
—dijo—; pero piensa, como yo, en la época de paz que vendrá, y no en la
contienda actual. ¡Piensa en los placeres que hemos compartido en el pasado y
en la felicidad de los momentos presentes —así unidos, así vivos, amantes, con
las esperanzas puestas el uno en el otro— y, como yo, no tendrás dudas sobre el
futuro que a ambos nos aguarda! Puede que nuestra tranquilidad retorne con la
temporada primaveral. El sereno cielo se reflejará entonces en un país en calma
y un pueblo feliz; y en esos días de sol y paz, ¿habrá entre la población
alegre corazones más regocijados que los nuestros?
Hizo una pausa. Un pensamiento o un recuerdo
repentinos la hicieron ruborizarse y titubear antes de proseguir. Iba ya a
continuar cuando un trueno más fuerte que los precedentes retumbó amenazador en
la casa y ahogó sus primeras palabras. El viento gimió, la lluvia golpeó contra
la puerta, el pestillo se sacudió con fuerza. Hermanrico volvió a levantarse y,
tras aproximarse al fuego, puso un nuevo pedazo de leña sobre los rescoldos
agonizantes. Su postración pareció comunicarse ahora a Antonina, quien no volvió
a dirigirle la palabra cuando se sentó de nuevo a su lado.
Pensamientos más terribles y angustiosos que
ninguno que hubiera tenido antes surgían en la mente del godo. La inquietud que
sintiera en el campamento de los suburbios era la tranquilidad misma comparada
con la angustia que ahora lo abrumaba. Revivían vengativos en su memoria todos
los deberes para con su nación, su familia y su profesión que había violado;
todos los recuerdos que reprimiera de las ocupaciones marciales descuidadas;
todas las enemistades impuestas por la guerra que echara a un lado. Y sin embargo,
aunque todos esos recuerdos eran sumamente vividos, no lograban debilitar su
apasionada devoción por Antonina, que hasta ese momento le ayudara a vencer la
influencia que sobre él ejercían. Coexistían los viejos recuerdos con las
nuevas emociones, los severos reproches del natural del guerrero con los
inquietos presentimientos del corazón del amante. Y ahora, su misterioso
encuentro con Ulpio; la inesperada recuperación de la salud de Goisvintha; el
sombrío comienzo y furioso desarrollo de la tempestad nocturna, comenzaron a
adoptar en su mente supersticiosa la índole de una serie de incidentes
inusuales y significativos, destinados a marcar el fatal retorno de la
influencia de su parienta sobre sus acciones y sobre la suerte de Antonina.
Una a una, su mente revivió laboriosamente, en
sus menores detalles, todas las circunstancias de sus diferentes encuentros con
la joven romana, desde la primera noche en que errara hasta su tienda hasta la
última velada feliz que pasara con ella en la casa desierta de la granja.
Después, retrocediendo más en el curso de su existencia, recordó su encuentro
con Goisvintha en los Alpes italianos; su presencia durante la muerte del
último hijo de la mujer, y su solemne promesa, tras escuchar el recuento de la masacre
de Aquilea, de vengarla de los romanos con sus propias manos. Agitado por esas
visiones opuestas del pasado, su imaginación poblaba el futuro de imágenes de
Antonina nuevamente en peligro, afligida y abandonada; de visiones del ejército
impaciente espoleado al fin a una feroz actividad, creando un caos generalizado
entre los romanos y obligándolo a incorporarse para siempre a sus vengadoras
filas. Su entendimiento no se representaba la posibilidad de resistirse o huir.
La duda, la desesperación y la aprensión se habían adueñado de sus facultades
impresionables, pero inertes. La noche misma, cuando la contemplaba, no le
parecía más oscura; los bárbaros truenos, cuando los escuchaba, más lúgubres;
el nombre de Goisvintha, al recordarlo, más ominoso, que las siniestras
visiones que excitaban su imaginación y agobiaban su mente cansada.
Había algo indescriptiblemente simple,
conmovedor y elocuente en la actitud de Hermanrico y Antonina, sentados uno
junto al otro en la solitaria casa de la granja: eran los únicos miembros de
sus respectivas naciones unidos por el afecto y la paz. La joven tenía ambas
manos posadas sobre el hombro de Hermanrico, y apoyaba en ellas la cabeza, con
el rostro vuelto hacia el interior de la habitación, con lo que su espeso
cabello negro se mostraba en toda su opulencia. El godo seguía con la cabeza
inclinada sobre el pecho, como si estuviera sumido en un profundo sueño, y sus
manos colgaban desmadejadas sobre la funda de su espada envainada, que tenía
sobre las rodillas. Sólo a intervalos despedía llamas el hogar: la leña que
Hermanrico acababa de echar al fuego no había prendido bien aún. En ocasiones,
la luz jugueteaba con los blancos pliegues de la túnica de Antonina; en otras,
con la pulida superficie de la coraza que Hermanrico se había quitado y
colocado en el suelo a su lado; en otras, por fin, con su espada y sus manos
posadas sobre ella; pero le faltaban fuerza y estabilidad para iluminar la
habitación, cuyas paredes y rincones permanecían en una oscuridad casi total.
El trueno aún retumbaba, pero la lluvia y el
viento se habían aplacado. Las horas nocturnas habían transcurrido con más
velocidad que lo que hemos tardado en describir los sucesos ocurridos en ellas.
Ya era medianoche.
Los únicos sonidos de la habitación que
llegaban a oídos de Antonina eran las rápidas sacudidas del pestillo, movido en
su soporte por el viento. Parecía que su áspera música guardara una monótona
regularidad con el transcurso de cada lento segundo, y que marcara el ritmo de
su paso eterno. Poco a poco la muchacha comenzó a prestarle a ese sonido agudo
y discordante la misma atención que le habría concedido en otro momento al
borboteo de un arroyo distante o a la armonía confortante de un laúd, pero en
el instante en que parecía adaptarse mejor a sus sentidos, cesó de repente y
una súbita racha de viento, como la que se colara por la puerta abierta al
partirse la tranca podrida, agitó sus cabellos e hizo ondear los pliegues de su
túnica ligera y suelto. Alzó el rostro y le susurró con voz trémula a
Hermanrico:
—La puerta volvió a abrirse; ¡el pestillo
cedió!
El godo despertó de su ensueño y alzó la vista
rápidamente. En ese instante recomenzaron las sacudidas del pestillo tan
súbitamente como habían cesado, y la atmósfera de la habitación recuperó su
anterior tranquilidad.
—Cálmate, amor —dijo Hermanrico afectuoso—; la
imaginación te ha engañado; la puerta está bien cerrada.
Mientras hablaba le apartó del rostro con una
caricia el cabello alborotado. Incapaz de dudar de la menor palabra que salía
de labios del joven, y al no escuchar ningún sonido sospechoso o inusual en la
habitación, Antonina no hizo ningún esfuerzo por confirmar sus sospechas.
Volvió a apoyar la cabeza en el hombro del godo, y aunque un vago recelo que le
hizo exhalar un suspiro irreprimible oprimía su corazón, no expresó sus
aprensiones. Tras prestar atención un momento más para convencerse de que el
pestillo seguía en su lugar, el godo se sumió insensiblemente en sus
interrumpidas meditaciones; de nuevo inclinó la cabeza, y de nuevo sus manos
regresaron mecánicamente a su anterior desmayo, una junto a la otra, sobre la
vaina de su espada.
Las llamas débiles y inconstantes seguían
alzándose y muriendo, alumbrando aquí y dejando aquel rincón en sombras; el
pestillo seguía sacudiéndose sin ceder; el trueno aún dejaba oír su tempestuoso
retumbar, pero el viento ya no era más que un lamento apagado y la lluvia
golpeaba cada vez con menos fuerza las ventanas. Los desvelados habitantes de
la casa de la granja no advirtieron ninguna alteración, casi no oyeron ningún
sonido nuevo. ¡Fatal seguridad! En los últimos minutos se había decidido
ominosamente su destino futuro: ya no estaban solos en su amado y predilecto
refugio.
No escucharon los pasos sigilosos en torno a
su morada; no vieron los ojos feroces que atisbaban hacia el interior de la
casa por una rendija de las ventanas; no advirtieron la figura tenebrosa que se
introducía por la puerta suave y rápidamente abierta y se deslizaba hasta la
esquina más oscura de la habitación. No obstante, mientras permanecían sentados
uno junto al otro, en muda comunión con sus jóvenes y apesadumbrados corazones,
la figura amenazadora de Goisvintha, amparada en el manto de la oscuridad
cómplice, se alzaba inmóvil y silenciosa a su lado mismo, bajo el techo que los
cubría y en la estancia que amaban.
Aunque el fuego de su pasada fiebre había
vuelto a circular por sus venas, aunque peregrinas visiones de los asesinatos
de Aquilea habían fulgurado en su mente como los terribles relámpagos lo
hicieran ante sus ojos, había atravesado los suburbios y recorrido la calzada,
y después había tomado el sendero que llevaba a la verja de la casa de la
granja sin vacilar y sin extraviarse. Haciendo caso omiso de las tinieblas y de
la tormenta, había acechado en torno a la casa, había quitado el pestillo,
había esperado un trueno fuerte para atravesar el umbral y se había escabullido
como una sombra hasta el rincón más oscuro de la habitación, con una paciencia
y una determinación que nada conseguía alterar. Y ahora que estaba cerca del
logro de sus peores deseos, ahora que espiaba a los dos seres que la habían
engañado y burlado, su feroz seguridad no la abandonó; sus labios temblaron
sobre sus dientes apretados, su pecho palpitó bajo sus vestidos empapados, pero
no dejó escapar ni suspiros ni maldiciones, ni siquiera se le escaparon una
sonrisa de triunfo o un gesto de ira.
No miraba a Antonina; sus ojos no se apartaban
ni porun momento de Hermanrico. Su mirada ansiosa seguía el curso caprichoso
del más leve y fugaz resplandor del hogar que iluminaba por momentos la figura
del godo. Pronto su atención se centró en las manos del joven colocadas sobre
la vaina de su espada; y entonces, lenta y oscuramente, nació en su interior
una nueva y fatal determinación. Las varias emociones que se observaban en su
rostro dieron paso a una expresión siniestra y, sin apartar los ojos del godo,
sacó lentamente de entre los pliegues de la parte superior de sus vestidos un
cuchillo largo y afilado.
Las llamas seguían temblando luminosas y
muriendo en la oscuridad; Hermanrico y Antonina se mantenían en la misma
posición, sumidos en sus pensamientos y en sí mismos, y Goisvintha permanecía
inconmovible, con el cuchillo entre las manos, vigilante, firme, muda.
Pero bajo su aspecto de tranquilidad rugía una
tormenta que oscurecía su mente y desgarraba su corazón. Dos veces guardó el
cuchillo y dos veces lo volvió a sacar; sus mejillas se tornaban cada vez más
pálidas, apretaba la mano crispada convulsivamente sobre el pecho y se apoyó
rendida contra la pared que quedaba a sus espaldas. En esa gran contienda de
secretas emociones no le dedicó ni un pensamiento a Antonina; su ira tenía una
dosis demasiado elevada de angustia para desencadenarse contra una extraña que
era, además, una enemiga.
Al cabo de unos momentos recuperó las fuerzas
y con ellas la entereza. Las últimas huellas de dolor y desesperación que
aparecieran en sus ojos se borraron en un instante. La rabia, la venganza, la
ferocidad relumbraban en ellos mientras avanzaba sigilosamente hasta llegar
junto al godo; y cuando el próximo fulgor del hogar lo iluminó, le clavó el
cuchillo en las manos con ferocidad. La herida fue rápida, fuerte y certera: le
había cortado desde el primero hasta el último tendón; lo había lisiado para
toda la vida.
En ese momento el fuego alcanzó el centro
mismo del trozo de leña que Hermanrico depositara en el hogar. La madera
chisporroteó alegre y emitió un brillante resplandor. ¡La habitación quedó tan
deslumbrantemente iluminada como si entre sus paredes se preparara una de las
fiestas de Navidad de la antigua Inglaterra!
La luz cálida y alegre le reveló al godo la
figura de su agresora antes de que el primer grito de angustia muriera en sus
labios o el primer estremecimiento de horror irreprimible terminara de recorrer
su cuerpo. Los gritos de su desventurada compañera cuando la escena de
venganza, alevosía y crimen relampagueó por un instante terrible ante sus ojos
parecieron no llegar a oídos del godo. Lanzó una mirada a sus manos inútiles en
el mismo instante en que la espada se deslizaba pesadamente al suelo. Después, sus
ojos se clavaron en Goisvintha, que permanecía a poca distancia, con su
cuchillo manchado de sangre y tan muda como él.
Ni la furia, ni el desafío, ni siquiera una
momentánea mueca causada por el sufrimiento físico desfiguraban el semblante
del joven caudillo. Un horror ausente y rígido, una indefensa desesperación que
no admitía las lágrimas ni las palabras, parecían haber petrificado la
expresión de su rostro en un gesto eterno y haber ahuyentado para siempre de
sus rasgos la juventud y la esperanza, como si hubiera estado preso desde la
niñez y una voz intentara seducirlo ahora con los placeres de la libertad desde
una reja empotrada en los muros de su celda. Ni siquiera cuando Antonina, tras
recobrarse de su primera agonía de terror, comenzó a besar convulsivamente sus
mejillas frías y a suplicarle que la mirara, volvió el rostro o apartó los ojos
de la figura de Goisvintha.
Al cabo, se dejaron oír en medio del desolado
silencio los profundos y firmes acentos de la voz de la mujer.
—¡Podrás aún ser un traidor de pensamiento y
de palabra, pero nunca más lo serás con tus actos! —comenzó apuntando a las
manos del godo con el cuchillo—. ¡Esas manos que han protegido una vida romana
nunca blandirán una espada romana ni volverán a profanar con su roce un arma
goda! Mientras te contemplaba en la oscuridad recordé cómo castigaban antaño
las mujeres de mi raza a los guerreros cobardes que huían derrotados. ¡Así te
he castigado! ¡El brazo que no sirvió a la causa de la hermana y los hijos de la
hermana —del rey y la nación del rey— no servirá a ninguna otra! ¡Ahora que me
he vengado en ti, he cumplido la mitad de mi venganza por los asesinatos de
Aquilea! ¡Ve, huye junto a los romanos que has escogido, a la ciudad de ella!
¡Tu vida de guerrero ha llegado a su fin!
Hermanrico no le respondió. Hay emociones —las
últimas de una vida— que despojan a la naturaleza de las más fuertes barreras
que las costumbres han erigido para contenerla, que revelan que en los pechos
de los más lejanos descendientes de una gran nación se esconden acechantes las
primeras y rudas percepciones sociales de las épocas primigenias de ese pueblo,
por más que los logros, la prosperidad y las transformaciones parezcan
separarlos moralmente de sus antepasados. Esas eran las emociones que nacían ahora
en el corazón del godo. Su cristianismo, su amor, su conciencia de la
existencia de altas metas y su contacto con nuevas ideas se difuminaban y lo
abandonaban como si nunca los hubiera conocido. Pensaba en sus manos mutiladas,
y en su interior no se agitaba otro espíritu que la antigua alma goda de
siglos; la inspiración de las tempranas canciones y los tempranos logros de ese
pueblo septentrional: la fama conquistada con el valor, la supremacía de la
fuerza.
¡En vano se esforzó Antonina, en medio de su
desesperación, por lograr una palabra de sus labios o una mirada de sus ojos;
en vano sus dedos temblorosos —tras rasgar sus vestidos para hacer vendas—
contuvo la sangre de sus manos heridas; en vano lo instó su voz a correr a
pedir la ayuda de sus compañeros en el campamento! ¡La mente de Hermanrico
estaba lejos, meditando en las leyendas de los campos de batalla de sus
antepasados, recordando cómo, incluso en el momento de la victoria, se mataban
si habían resultado lisiados en la contienda, cómo se mofaban de vivir para
algo que no fuera la lucha, cómo mutilaban a los traidores como Goisvintha lo
había mutilado a él. Esos eran los temas que encadenaban sus pensamientos, al
tiempo que sus sentidos seguían hechizados por la horrible fascinación que le
provocaba la proximidad de su agresora. Aunque se movía y respiraba, parecía
haber perdido hasta la percepción de su propia existencia.
—Pensaste engañarme mientras estaba enferma,
confiabas en aprovecharte de mi muerte —continuó Goisvintha devolviendo con
desprecio la mirada de su víctima—. Te fiaste de la noche, la oscuridad y la
tormenta; te protegían tu audacia, tu fuerza, lo secreto de esta guarida que
escogiste para tu traición; ¡pero tus estratagemas y tus expectativas han
fracasado! ¡En Aquilea aprendí a ser tan astuta y vigilante como tú! Descubrí
que habías abandonado el campamento y a tus guerreros; recorrí los senderos que
llevaban a tu escondite; ¡entré en él con el mismo sigilo con que hace tiempo
abandoné la casa donde mis hijos fueran asesinados! ¡Para alcanzar mi justa
venganza, he sido tan traicionera como lo habrías sido tú conmigo! ¡Recuerda a
tu hermano asesinado, recuerda al niño que deposité herido entre tus brazos y
que recibí de ellos muerto; recuerda tus juramentos olvidados y tus promesas
rotas, y haznos a tu nación, a tus deberes y a mí el desagravio —el último y
único— que en mi compasión he dejado en tu poder hacer; ¡el desagravio de tu
muerte!
Calló de nuevo, y de nuevo no recibió
respuesta. El godo seguía sin moverse y sin hablar, y Antonina —arrodillada
inconscientemente sobre la espada que ahora ya no tendría nunca utilidad para
Hermanrico— continuaba restañando la sangre que fluía de sus manos con un celo
mecánico que parecía privarla de la posibilidad de atender a nada más. Las
lágrimas corrían incesantes por sus mejillas, pero nunca se volvió hacia
Goisvintha, nunca interrumpió su tarea.
Mientras tanto, el fuego seguía ardiendo
ruidoso en el alegre hogar, y la tormenta, como negándose a sumarse al horror
producido por los humanos en la casa de la granja, cedía rápidamente. El trueno
retumbaba con menos frecuencia y menos fuerza, el viento alternaba con
intervalos de una calma silenciosa, y de cuando en cuando la luz de la luna se
colaba con brillo momentáneo por entre los jirones de las nubes que se
deshacían velozmente. En el firmamento de la noche de tormenta ya se adivinaba
el aliento de la mañana tranquila.
—¿Sigue la vida teniendo para ti la misma
magia? —continuó Goisvintha con tono de implacable reproche—. ¿Has olvidado,
además del espíritu de los tuyos, el fin para el cual vivían tus antepasados?
¿No está tu espada a tus pies? ¿No está el cuchillo en mis manos? ¿No te
ofrecen las aguas del Tíber, que corren allá hacia el mar, la tumba de olvido
que está al alcance de todos? ¡Muere entonces! ¡Sé un godo en tu hora postrera;
ni siquiera a los romanos les resultas ahora de utilidad! Tus camaradas ya han
descubierto tu deserción; ¿esperarás a que te ahorquen por insubordinación?
¿Vivirás para implorar la compasión de tus enemigos? ¿O, deshonrado e
indefenso, tratarás de escapar? Llevas la sangre de mi familia, pero te repito:
¡muere!
Los labios pálidos de Hermanrico temblaban;
miró por primera vez a Antonina, pero luchó en vano contra su invencible
desesperación al tratar de pronunciar unas palabras. Permaneció en silencio.
Goisvintha le volvió la espalda con desdén, se
aproximó al hogar y se sentó frente a él inclinando el rostro marchito hacia
las brillantes llamas. Durante algunos minutos permaneció sumida en sus malos
pensamientos, pero de sus labios no salió ningún sonido, y cuando al fin rompió
abruptamente el silencio no fue para dirigirse al godo ni para clavar en él los
ojos, como antes.
Todavía inclinada sobre el fuego, en
apariencia tan indiferente a la presencia de los dos seres cuya felicidad
acababa de destruir para siempre como si nunca hubieran existido, comenzó a
recitar con tono solemne, rítmico, mesurado, una leyenda de la época más
temprana y oscura de la historia de los godos, cuyo compás marcaba con el
cuchillo que aún sostenía entre las manos. La malevolencia de su expresión
mientras estaba entregada al canto revelaba de modo casi tan palpable el motivo
cruel que la animaba como la letra de la composición que entonaba:
El dios de la
tormenta eclipsa el firmamento
Las olas rompen
altas en loa a la borrasca:
Odín en su morada
oye el horrendo eco
Que el fiero mar
levanta con su golpe en las rocas.
Mientras, entre los
riscos perdidos en la arena
Está el joven AGNAR
con la doncella SIONA;
Las lágrimas son
suave rocío en sus mejillas,
Y el joven jefe
godo susurra con voz queda:
"Lisiado para
siempre en esta retirada,
Hoy es peor mi sino
que la temida muerte;
¡Débil, deforme,
inútil, ya nunca más podré
Ver el triunfo en
la guerra de la hueste marcial!
¡Tras un triunfo en
la liza y con todo su honor
Acaba ahora la vida
de AGNAR en este mundo!
"Cuando el
cuerpo deshecho sólo puede ceder,
Si vas en pos de un
nuevo combate y un laurel;
Cuando el brazo que
otrora decidió la contienda
Ya no puede la vida
inútil preservar;
Cuando las manos
juntas ya no consiguen nunca
Emplear la espada a
fondo matando al enemigo;
Entonces hay un
nombre que debes preservar,
Hay que enfrentar
la muerte; ¡vivir es ruin vergüenza!
Esa es la voluntad
de Odín; ¡no la resistas!
¡Esa es la orden
que ahora me apresto yo a cumplir!"
En ese punto de la leyenda Goisvintha hizo una
pausa y se volvió de repente para observar el efecto que provocaba en
Hermanrico. Todas las horribles implicaciones que tenía para él traspasaban el
corazón del godo. Abatió la frente y de sus labios escapó un quedo lamento.
Pero ni siquiera la evidencia del sufrimiento que causaba fundió la acerada
malevolencia de la resuelta Goisvintha.
—¿Recuerdas la muerte de Agnar? —exclamó—. ¡De
niño yo te la cantaba cuando ibas a dormir, y juraste, al oírla, que cuando
fueras hombre, si sufrías sus heridas, tendrías su misma muerte! ¡Agnar resultó
mutilado en una batalla victoriosa, y aun así se privó de la vida en el día de
su triunfo; tú, que has sido mutilado como resultado de tu traición, has
olvidado tu honor de niño y vivirás en las sombras de tu vergüenza! ¿Acaso has
olvidado esa antigua canción? La oíste de mis labios en tus primeros años; ¡escucha
y la oirás hasta el final: es el canto fúnebre por tu muerte cercana!
Continuó:
"¡SIONA, no
llores más!; allí donde yo voy
Los guerreros no
sienten ni pena ni dolor;
Levantan a lo alto
la hoja resplandeciente,
Y sus heridas sanan
sin que haya que atenderlas;
Sus flechas,
numerosas como la misma lluvia
Silban cortando el
aire al combatir allá;
Su vino es
escanciado en copas gigantescas,
¡Y su lecho
comparten doncellas virginales!
Pero no creas nunca
que muero satisfecho;
¡Lamento el hado
fiero que me libera ahora,
Cuando imagino,
SIONA, amada, novia mía,
Los gozos que ya
nunca disfrutaré a tu lado!
Educar a mis hijos
para que se incorporen,
Al campo de batalla
con la divisa goda;
Velar el sueño
tuyo, reír cuando tú rías,
Era la dicha sola
con que soñaba AGNAR;
Y ahora debo,
empero, olvidar esos sueños,
¡A AGNAR ya no le
tocan en suerte esos placeres!
¡Mira, donde la
luna ya no irradia su luz
Flotan los
nubarrones de la Noche ceñuda!
¡Los guerreros de
Odín celosos me acompañan
Junto a la mar que
encierra la tierra que pisamos!
El agua aulla un
canto fúnebre de difuntos
Es hora de que
muera; ¡Adiós; Adiós, amor!"
Se irguió
sonriente, presto para el salto mortal,
Voló de la alta
roca como un pájaro alado
Un salto y un
rugido del mar lo recibieron,
¡Y SIONA quedó sola
a la orilla del mar!
El viento bramó
hondo con sonido agorero
Mientras SIONA
lloraba al ver de AGNAR las huellas
Y los buitres
chillaban, porque el joven caudillo
Que hizo del campo
osario yacía entre los muertos.
Mientras recitaba con lento y rítmico énfasis
los últimos versos del poema, Goisvintha volvió a acercarse a Hermanrico. Pero
los ojos del godo ya no la buscaban. Su canto había calmado las emociones que
quería exacerbar. De las últimas estrofas de la leyenda, sólo las más patéticas
habían logrado atraer la atención del caudillo, y las embotadas facultades de
su corazón recuperaron su antiguo refinamiento al escucharlas. Una solemne
mezcla de amor, pena y piedad se hizo evidente en la mirada de afecto que dirigió
al semblante de la joven desesperada. Años de buenos pensamientos, una
existencia llena de tiernos cuidados, una eternidad de devoción juvenil
hablaban en esa elocuente, rápida, absorta mirada, y dotaron a la expresión del
godo de una belleza y una calma inefables, de una nobleza sobrenatural que se
acercaba a lo angélico y lo divino.
Goisvintha siguió instintivamente la dirección
de esa mirada y contempló, como él, el rostro de la joven romana. Una sombría
expresión de odio sustituyó a la burla que hasta ese momento alterara su
apasionado semblante. Mecánicamente, su brazo volvió a alzar a medias el
cuchillo, y los acentos de su voz iracunda quebraron una vez más el sagrado
silencio del afecto y el dolor.
—¿Es por la joven que desearías seguir
viviendo? —exclamó áspera—. ¡Lo vaticiné, cobarde, cuando te vi por vez
primera! ¡Para eso me preparé cuando te herí! ¡Me aseguré de que cuando mi ira
volviera a amenazar a la nueva dueña de tus pensamientos e inspiradora de tus
acciones, no fueras ya capaz de protegerla! ¿Crees que porque mi desdén lo ha
aplazado he abandonado la idea de cobrarme en ella mi venganza? ¡Hace mucho te
juré que moriría, y sigo firme en mi propósito! ¡A ti te he castigado, a ella
la mataré! ¿Puedes protegerla hoy de mi puñal como la protegiste en tu tienda?
¡Ante mi fuerza eres más débil que un niño!
Hizo silencio súbitamente, porque en ese
momento un ruido de pasos apresurados y de voces que porfiaban llegó de repente
desde el exterior. Al oírlo, una palidez espectral sustituyó al rubor de la ira
en las mejillas de Goisvintha. Con una prontitud nacida de la aprensión, agarró
la espada de Hermanrico sobre la que estaba arrodillada Antonina y la atravesó
en los soportes que normalmente sostenían la tosca tranca de la puerta. En un
instante, se oyeron los pasos en el sendero del jardín, y poco después la
puerta fue asaltada.
La espada no se quebró, pero la frágil barrera
cedió al segundo embate y cayó hacia adentro, hecha pedazos. De inmediato,
varias formas humanas oscurecieron el vano de la puerta, y el fuego del hogar
alumbró los repulsivos rostros de los dos hunos que iban al frente de la
partida, de completa armadura y con las espadas desnudas.
—¡Date preso por orden de Alarico —gritó uno
de los bárbaros—, o prepárate a morir por desertor!
El godo se había puesto de pie cuando la
puerta cayera al suelo. La llegada de sus perseguidores pareció devolverle las
energías perdidas, despertarlo de un solo golpe de un hechizo todopoderoso. Una
expresión de triunfo y desafío iluminó sus rasgos firmes al oír la exigencia
del huno. Por un momento se inclinó hacia Antonina, que se había aferrado a él,
desmayada. Su boca tembló y sus ojos brillaron cuando besó su mejilla fría. En
ese instante pasaron por su mente como un relámpago lo desesperado de su situación,
la inutilidad de su existencia mutilada, la ignominia que le aguardaba al
regresar al campamento. En ese instante lo asaltaron, pero no lo vencieron, los
peores horrores de la separación y la muerte, los más fieros embates del amor y
la desesperación; en ese instante rindió tributo final al afecto y se hizo
fuerte por última vez con el brío de la intrepidez viril y la espartana
resolución.
Se desprendió de los brazos de la joven; el
antiguo espíritu heroico de su nación conquistadora tomó posesión de cada uno
de sus nervios; sus ojos volvieron a brillar espléndidos con el perdido fulgor
guerrero, sus miembros recuperaron su firmeza, su rostro, la calma; se enfrentó
a los hunos con aire de autoridad y sonrisa desdeñosa, y no se oyó en su voz el
más leve temblor al presentarles el pecho desnudo y exclamar con firme voz de
mando:
—¡Hiere! ¡No me entrego!
Los hunos se abalanzaron sobre él con gritos
feroces y enterraron sus espadas en su cuerpo. Su tibia sangre joven brotó como
un surtidor y se derramó sobre el suelo de la casa que fuera el altar del amor
para el corazón del cual manaba. Sin un suspiro de sus labios ni un gesto de su
rostro, cayó muerto a los pies de sus enemigos; ¡todo el valor de su
disposición, toda la bondad de su corazón, todo el vigor de su cuerpo quedaron
reducidos en un breve instante a una materia onerosa y sin sentido!
Antonina presenció el asesinato, pero se libró
de ser testigo de la muerte. Cayó sin sentido junto a su joven guerrero; su
vestido estaba manchado de sangre, su cuerpo permanecía tan inmóvil como el de
él.
—¡Déjalo aquí para que se pudra! ¡El orgullo
por su superioridad no le servirá ahora ni para tener una tumba! —les gritó el
huno que encabezaba la partida a sus compañeros, mientras limpiaba la sangre de
su espada en las ropas del cadáver.
—Y la mujer —preguntó uno de sus camaradas—,
¿la dejamos libre o la llevamos prisionera?
Al hablar, señalaba a Goisvintha, que durante
la breve escena del asesinato pareció perder el uso de sus facultades. En todo
su transcurso no había movido un dedo ni pronunciado una palabra.
El huno la reconoció como la mujer que lo
había interrogado y sobornado en el campamento.
—Es parienta del traidor y ha abandonado las
tiendas sin permiso —respondió—. Llevadla prisionera ante Alarico; será nuestro
testigo de que hicimos lo que nos ordenó. En cuanto a la joven —continuó
echándole una mirada a la sangre en la túnica de Antonina y empujándola
descuidadamente con el pie—, puede que esté muerta también, porque ni se mueve
ni habla, y puede quedarse donde está, como su protector, sin tumba. En cuanto
a nosotros, es hora de que partamos; al rey le impacientan las tardanzas.
Cuando la sacaban con rudeza de la casa,
Goisvintha se estremeció y trató de detenerse un momento al pasar junto al
cuerpo del godo. La muerte, que puede extinguir las enemistades y separar a los
amantes, se alzaba ante ella terrible y atractiva ahora que le echaba una
última mirada a su hermano asesinado y recordaba a su esposo muerto. Sus ojos
no derramaron lágrimas, su voz no rompió en lamentos, pero su corazón
experimentó una sacudida, una última sacudida momentánea de dolor y piedad, que
la hizo murmurar mientras la sacaban a la fuerza:
—¡Aquilea! ¡Aquilea! ¡Y para esto fue que te
sobreviví!
Los soldados se retiraron. Durante unos
minutos reinó un silencio total en la habitación donde la joven inconsciente
yacía inmóvil junto a todo lo que quedaba del objeto de su primer amor juvenil.
Pero al poco rato, de nuevo unos pasos indicaron que alguien se acercaba a la
puerta de la casa; eran dos godos que formaran parte de la escolta del huno, y
que se acercaron al cadáver del caudillo. Rápidamente y en absoluto silencio lo
cargaron y lo llevaron al jardín. Allí abrieron con sus espadas una fosa poco
profunda en el césped fresco y salpicado de flores, y una vez que depositaron
en ella el cuerpo, la cubrieron a toda prisa y se fueron rápidamente sin
regresar a la casa.
Los dos hombres eran guerreros que habían
servido a las órdenes de Hermanrico. Merced a muchas acciones mediante las que
les demostrara su generosidad y les infundiera aliento, el joven caudillo se
había ganado su rudo afecto. Lamentaban su suerte, pero no se habían atrevido a
discutir la sentencia u oponerse a su cumplimiento. Sin encomendarse a nadie,
habían abandonado en secreto las filas de sus camaradas para ejercer el último
privilegio y obedecer el postrer dictado de la bondad humana. No pensaron en la
joven que quedaba sola, abandonada en su desolación, y se apresuraron a
regresar a su puesto antes de que fuera demasiado tarde.
El césped acariciaba el cuerpo del joven
guerrero; las flores deshojadas ejercían una suave presión contra sus frías
mejillas; la fragancia de la nueva mañana exhalaba suavemente su puro aroma en
torno a la sencilla tumba. A su alrededor florecían las plantas delicadas que
las manos de Antonina cultivaran para complacer sus ojos. Cerca se alzaba la
vivienda que desde el primero hasta el último beso que depositara en los labios
de la joven habían hecho sagrada; y a su alrededor se extendían en todas
direcciones las llanuras y los bosques que habían sido, junto con la imagen de
Antonina, el objeto de sus más queridos pensamientos. ¡Yacía, en la muerte, en
el centro del círculo mágico de las mayores alegrías de su vida! ¡La suya era
una tumba más apropiada para los restos mortales de su espíritu afortunado y
generoso que la fosa de un cruento campo de batalla o los sepulcros desolados
de una tierra septentrional!
CAPÍTULO XIX
EL GUARDIÁN RETORNA
A SUS DEBERES
La tumba recién cavada no queda confiada mucho
tiempo a la solemne vigilancia de la Soledad y la Noche. Transcurridos unos
pocos minutos, su blanda superficie es hollada por pasos humanos y una mirada
humana examina atentamente su pequeño y sencillo túmulo.
Pero no es Antonina, a quien amara Hermanrico,
ni Goisvintha, cuya sed de venganza lo perdiera, quien ahora contempla la
tierra que cubre el cadáver del joven guerrero. Es un desconocido, un paria, un
hombre olvidado, deshonrado, abandonado; es el solitario y derrotado Ulpio
quien ahora examina con ojos indiferentes el apacible jardín y la tumba
elocuente.
El pagano era otra víctima fatal de las
infaustas fortunas encomendadas al cuidado de la noche. La catástrofe que
destrozara el cuerpo del joven que ahora yacía bajo tierra había alcanzado
también la mente del anciano que se encontraba sobre su sencilla sepultura. El
cuerpo de Ulpio, con todas sus dolencias, estaba allí; pero el alma de feroz
paciencia e indomable osadía que lo enfervorizaran aun en medio de sus
quebrantos había desaparecido. ¡El velo del olvido había caído para siempre
sobre la prolongada angustia de su vida de dolor! Alarico lo había echado, pero
Ulpio no había regresado a la ciudad adonde el rey lo enviara. Durante toda la
noche había deambulado por los solitarios suburbios, luchando en la más
absoluta soledad y en medio de espantosos sufrimientos por conservar el control
de su mente. La pérdida de todas las esperanzas que depositara en los godos
maduró rápidamente hasta lanzar por tierra al intelecto que hiciera nacer sus
aspiraciones. ¡Su razón rompió las cadenas que durante tanto tiempo la
aprisionaran, la pervirtieran, la degradaran! Al cabo, tras errar sin rumbo
durante algún tiempo, había tirado del cuerpo inútil, ya libre de la mente
peligrosa, hasta llegar el jardín de la casa de la granja en el que ahora se
encontraba, y en el que miraba alternativamente los terrones que cubrían la
tumba del caudillo y el fulgor rojizo del fuego que salía de la melancólica
habitación por el vano de la puerta despedazada.
Sus facultades, más que totalmente destruidas,
estaban fatalmente trastornadas. Su penetración, su firmeza y su astucia habían
desaparecido; pero todavía conservaba restos de memoria, inútiles e
inmanejables, y una cierta capacidad de percepción momentánea. Su vergonzoso
fracaso en la tienda de Alarico, que fuera la causa de la pérdida de sus
facultades, se había borrado de su mente como si nunca hubiera ocurrido, pero
recordaba fragmentos de su existencia anterior; aún conservaba una vaga
conciencia del propósito que guiara toda su vida.
Esos pensamientos embrionarios, desconectados
e intermitentes, revoloteaban en su mente turbia como exhalaciones luminosas
sobre un pantano: nacían y morían, inofensivos y engañosos, discontinuos e
irregulares. Lo que retenía de su pasado lo recordaba con indiferencia, y lo
consideraba con una curiosidad tan ausente como si se tratara del quimérico
espectáculo de las luchas, infortunios y esperanzas de otro hombre que actuara
a instancias de un misterioso influjo cuyos fines y razones no le interesaba
averiguar. En lo que toca al futuro, sus pensamientos permanecían totalmente en
blanco. Y el presente era una discordante combinación de agotamiento físico y
letargo mental.
La frialdad de la intemperie bajo el ancho
cielo lo estremeció. El frío que desafiara en las bóvedas de las murallas
agrietadas penetró hasta sus huesos en el jardín de la casa de la granja; sus
miembros, que desdeñaran el reposo en el largo viaje desde Roma hasta el
campamento de los godos, temblaban ahora de tal modo que con gusto se sentó en
el suelo a descansar. Durante unos breves momentos permaneció sentado,
contemplando con aire ausente y atemorizado la morada abierta, como si deseara
entrar pero no se atreviera. Al cabo, la tentación del resplandor rojizo del
fuego pareció vencer su indecisión; se incorporó con dificultad, y lentamente,
vacilante, penetró en la casa.
Había avanzado como un ladrón unos pocos
pasos, había sentido sólo un momento el bienvenido calor del hogar, cuando la
figura de Antonina, aún inconsciente en el suelo, capturó su atención; se le
acercó con ansiosa curiosidad y, alzándola en brazos, la hizo objeto de un
largo y detallado escrutinio.
Durante algunos momentos, mientras con gesto
mecánico de afecto senil le apartaba de la frente el cabello desordenado,
ninguna señal de haberla reconocido salió de sus labios o apareció en su
semblante. En eso se encontraba —reviviendo de modo tan espantoso los restos de
la bondad de su juventud en la locura de su ancianidad— cuando la cuerda de un
instrumento musical, enrollada en un pedacito de madera dorada, cayó del pecho
de la muchacha; Ulpius la recogió del suelo: era el fragmento del laúd roto que
Antonina llevaba consigo desde la noche cuando, en su inocente dolor, lo mojara
con sus lágrimas en su alcoba de doncella.
Aunque minúsculo, ambiguo, insignificante, ese
pequeño recuerdo tocó las fibras de la mente destrozada del pagano que la forma
y la presencia elocuentes de su desvalida dueña no habían logrado conmover; su
memoria voló al instante al jardín de la colina Pinciana y a sus antiguos
deberes en el hogar de Numeriano, pero no le habló de las calamidades que sus
actos le provocaran después a su crédulo patrono. En su imaginación se dibujó
una única imagen: la de su servidumbre en el hogar del cristiano; y al mirar
ahora a la joven no pudo asumir otra actitud que la del "guardián que
retorna a sus deberes".
—¿Qué hará aquí con su música? —murmuró
aprensivo—. ¡Esta no es la casa de su padre, y este jardín no está en la cima
de la colina!
Al examinar con curiosidad la habitación, las
manchas rojas del suelo atrajeron de repente su atención. Un pánico, un terror
demencial parecieron sobrecogerlo al instante. Se incorporó con un grito de
horror y, todavía con la joven en brazos, salió apresuradamente al jardín
temblando y sin aliento, como si huyera atemorizado del arma de un asesino.
La conmoción del violento traslado y el súbito
efecto del aire fresco le devolvieron el sentido a Antonina en cuanto Ulpio,
incapaz de seguirla sosteniendo, la apoyó contra el pequeño túmulo de césped
que marcaba la posición de la tumba del joven caudillo; la joven abrió los ojos
con aire de desvarío: su primera mirada fue para la puerta destrozada y la
habitación vacía. Se levantó, avanzó unos pasos en dirección a la casa, después
se detuvo rígida, sin aliento, muda y, volviéndose lentamente, clavó los ojos
en la tierra removida.
La tumba revelaba con toda elocuencia quién
era su ocupante. La coraza de Hermanrico, que los soldados habían pensado
enterrar junto al cuerpo que protegiera en otros tiempos, había quedado
olvidada en las prisas del enterramiento secreto, y aunque parcialmente
sepultada por la tierra removida, estaba a la vista: ¡era un monumento sencillo
para una tumba sencilla! ¡Los ojos secos y dilatados de Antonina contemplaron
la coraza como si quisiera memorizar cada brizna de hierba, cada terrón que la
rodeaban! Su cabello ondeaba revuelto en torno a sus mejillas, agitado por el
leve viento; pero su rostro no mostraba ninguna expresión, sus miembros no
hacían ningún gesto. Su mente se afanaba y trepidaba, como aplastada bajo un
fardo quemante; pero su corazón permanecía mudo y su cuerpo inmóvil.
Antonina no se había percatado de la presencia
de Ulpio. De pronto, el pagano se movió hasta quedar frente a ella y Antonina
lo miró. Una expresión momentánea de sorpresa y desconfianza destelló en sus
ojos, de los cuales la intensa desesperación había ahuyentado la natural y
femenina ternura; pero también esa expresión desapareció rápidamente. Le volvió
la espalda al pagano, se arrodilló junto a la tumba y apretó el rostro y el
pecho contra el pequeño túmulo de yerba.
¡Ahora que su mente comenzaba a penetrar los
misterios, a sondear los más oscuros abismos de las calamidades ocurridas
durante esa larga noche, no había una voz que la confortara, una mano que la
acariciara! ¡Desamparada y privada de consuelo, a la luz cada vez más mortecina
de las pocas estrellas que alumbraban en el firmamento, rodeada por la sublime
quietud de la naturaleza ya tranquila, permanecía de rodillas ante el altar de
la muerte y alzaba su alma hacia el alto cielo, con su sagrada ofrenda de dolor
humano!
Se mantuvo así un largo rato, y cuando al fin
se incorporó —cuando, tras acercarse al pagano, clavó en él sus ojos secos y
tristes—, Ulpio retrocedió ante su mirada, al tiempo que sus facultades
embotadas trataban en vano de recuperar su antigua capacidad de evocación,
perdida para siempre. Nada salvo el recuerdo que despertara el fragmento del
laúd renació en su interior, y se limitó a susurrarle a Antonina con voz queda
y suplicante:
—¡A casa, a casa! ¡Tu padre puede llegar antes
que nosotros; a casa!
Cuando llegaron a oídos de Antonina las
palabras "casa" y "padre" —esos dioses lares de la vida
primera de su corazón— todo el aspecto de la joven sufrió un cambio
instantáneo, de una celeridad eléctrica. Alzó al cielo las manos pálidas; la
ternura femenina se adueñó de nuevo de su corazón; y cuando volvió a
arrodillarse sobre la tumba, sus sollozos resonaron en el aire tranquilo y
fragante.
Con el cadáver de Hermanrico a sus pies, con
la habitación salpicada de sangre a sus espaldas, con un ejército hostil y una
ciudad asolada por el hambre un poco más lejos, fue sólo gracias a ese torrente
de lágrimas, a esa pasión benéfica de gentiles emociones, que pudo alzarse
sobre los múltiples horrores de su situación en el preciso momento en que
parecía perder a la vez la razón y la vida. ¡Lloró copiosa, amargamente, sin
reservas, sobre la amable y maternal tierra — sobre el paciente y fraterno
suelo en el que se posara la planta ligera del primer hijo de una raza que no
fue creada para la muerte— que guarda en su seno protector a los seres queridos
que depositamos llorando en ella para que duerman; esos que estarán confinados
aún en lo más abismal de sus profundidades cuando la refulgente presencia de
los espíritus que retornan brille sobre su cuerpo renovado, y el amor se
reanude con perfección angélica en el punto en que la muerte lo dejó en
suspenso merced a la fragilidad de los mortales!
—¡A casa, tu padre te espera, a casa! —repitió
el pagano con aire ausente, alejándose lentamente mientras hablaba.
Al sonido de su voz, Antonina se levantó de un
salto y agarrándolo del brazo con dedos temblorosos para impedir que siguiera
avanzando, lanzó una mirada de temor a su semblante insensible y surcado de
arrugas. Al mirarlo así pareció al fin reconocerlo. En su expresión se
mezclaron el miedo y el asombro con el dolor y la desesperación, y cayó a sus
pies, clamando en tonos de honda súplica:
—¡Ah, Ulpio, si es que eres Ulpio, ten piedad
de mí y llévame junto a mi padre! ¡Mi padre! ¡Mi padre! ¡En este mundo desolado
no me queda más que mi padre!
—¿Por qué me reclamas a mi por tu laúd roto?
—le respondió Ulpio con una sonrisa vacua y sin sentido—. ¡No fui yo quien lo
hizo pedazos!
—¡Lo han matado! —gritó Antonina trastornada,
haciendo caso omiso de la respuesta del pagano—. ¡Los vi sacar sus espadas para
matarlo! ¡Mira, su sangre me ha salpicado, a mi, a Antonina, a quien protegió y
amó! ¡Mira allí una tumba, su tumba, lo sé! ¡No lo he vuelto a ver; está ahí
abajo, ahí abajo! ¡Debajo de las flores que cultivé para él! ¡Lo mataron; y lo
enterraron, no sé cuándo! ¡O quizás fuiste tú, tú, quien lo enterró! ¡Lo has
ocultado bajo la tierra fría del jardín! ¡Se ha ido, ah, se ha ido para siempre!
Y volvió a arrojarse arrebatada y
violentamente sobre la tumba. Tras mirarla fijamente un momento, Ulpio se
acercó y la levantó del suelo.
—¡Vamos —exclamó irritado— la noche avanza y
tu padre nos espera!
—¡Las murallas de Roma se interponen entre mi
padre y yo! ¡Nunca volveré a ver ni a mi padre ni a Hermanrico! —exclamó
Antonina, que ahora recordaba mejor toda la desdicha de su situación, con voz
de amarga angustia, al tiempo que intentaba liberarse de las manos del pagano.
¡Las murallas de Roma! Al oír esas palabras,
la mente de Ulpio se abrió para dejar pasar un torrente de oscuros recuerdos
que reemplazaron las visiones que hasta ese momento la embargaran. Rió con aire
de triunfo.
—¡Las murallas de Roma se inclinan ante mí!
—exclamó en tono exultante—, ¡Las perforé con mi buena barra de hierro! ¡Me
escurrí a través de ellas con mi brillante linterna! ¡Los espíritus rugieron a
mi alrededor, y me lanzaron al suelo, y se rieron de mí en medio de las espesas
tinieblas, pero atravesé las murallas! El trueno retumbó a mi alrededor cuando
me arrastraba por las tortuosas grietas; ¡pero logré abrirme paso entre ellas!
¡Salí triunfante al otro lado! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos! ¡Regresaremos!
¡Puedo encontrar el camino aun en medio de la oscuridad! ¡Puedo burlar a los
centinelas! ¡Recorrerás el sendero que abrí entre los muros!
El rostro de la joven perdió por un momento su
expresión de dolor y quedó rígido de horror al contemplar los ojos llameantes
del pagano, porque la terrible sospecha de su demencia penetró en su mente.
Quedó inerme, temblorosa, sin hacer resistencia a las manos que la sujetaban,
sin intentar engañarlo para que partiera solo ni calmarlo para que pospusiera
sus planes.
—¿Por qué atravesé las murallas? —musitó el
pagano con voz queda y llena de asombro, deteniéndose de pronto cuando estaba a
punto de echar a andar—. ¿Por qué arranqué los ladrillos y me interné en los
suburbios oscuros?
Calló, y durante unos momentos batalló con sus
pensamientos incoherentes e infecundos; pero un velo, unas tinieblas, una
devastación que en vano trató de disipar ocultaban a Alarico y el campamento
godo. Suspiró con amargura. —¡Lo he olvidado!— y todavía sujetando a Antonina
de la mano la arrastró tras él a la verja del jardín.
—¡Déjame —gritó ella al llegar al sendero que
conducía a la calzada—. ¡Ah, ten piedad y déjame morir donde él murió!
—¡Tranquila, o te arranco los miembros uno a
uno como arranqué las piedras de las murallas para atravesarlas! —le susurró
con acento fiero mientras ella batallaba por soltarse—. ¡Regresarás conmigo a
Roma! ¡Recorrerás el camino que abrí en los muros agrietados!
El terror, la angustia, el agotamiento
triunfaron sobre los débiles esfuerzos de Antonina. Mientras se dejaba conducir
de la mano mecánicamente por el pagano, sus labios modularon unas palabras
mitad plegaria mitad imprecación, pero fueron sólo un murmullo.
La temerosa y discordante pareja marchó a la
luz cada vez pálida de las estrellas por el camino frío y solitario, y atravesó
los suburbios sombríos y desiertos. ¡Helada, obediente, impasible, la joven
abatida caminaba como en sueños junto a su guía, que poco conservaba de humano!
Exclamaciones incoherentes, que se alternaban de modo horrible entre una
simplicidad pueril y una fiera maldad, escapaban sin cesar de los labios del
pagano, pero Ulpio nunca volvió a dirigirse a su aterrorizada compañera.
Marchando a toda velocidad llegaron a las líneas godas; y allí el orate aflojó
el paso y se detuvo, como una fiera, para examinar el terreno al acercarse a la
zona habitada por el hombre.
Todavía sin ninguna oposición por parte de
Antonina, cuyas facultades de observación se encontraban petrificadas por el
terror hasta reducirla a una total inacción; aún allí, al alcance de la dudosa
ayuda de los enemigos de su nación, el pagano avanzó sigilosamente por los
lugares más solitarios del campamento y, orientado por la misteriosa astucia de
su raza miserable, logró evadir la vigilancia de los centinelas soñolientos.
Nunca desconcertado por la oscuridad —porque la luna se había ocultado—, guiado
siempre por el instinto animal que suele acompañar su enfermedad, atravesó el
terreno baldío que separaba el campamento enemigo de la ciudad y llegó
triunfante al montón de piedras que marcaba su puerta de entrada a las murallas
agrietadas.
Se detuvo un momento y, tras volverse hacia la
joven, le señaló orgulloso la oscura y estrecha brecha por la que estaba a
punto de introducirse. Después, tras tirar hacia sí de la muchacha casi
desmayada, escrutar atentamente las almenas de las murallas y avanzar tan
silenciosamente como si el suelo estuviera cubierto de hierba, penetró en la
oscura grieta con su indefensa compañera.
Cuando desaparecieron en el interior de las
murallas, la noche —tormentosa, accidentada, fatal— llegaba a su fin; y el
hambriento centinela apostado en las defensas de la ciudad sitiada despertó de
sus sombrías y absorbentes reflexiones, porque se percató de que el nuevo día
alboreaba por levante.
CAPÍTULO XX
DE NUEVO EN LAS
MURALLAS
Lento y pesaroso el centinela ubicado en lo
alto de las agrietadas murallas alzó los ojos a las nubes del oriente, a las
que comenzaban a iluminar las luces del alba. Aunque el amanecer gris y
neblinoso mostraba un aspecto desolado, era, sin embargo, el panorama más
atractivo que se ofrecía a las lánguidas miradas del hambriento soldado. Volver
la vista a la ciudad que quedaba a sus espaldas equivalía a contemplar el
sombrío osario del hambre y de la muerte; bajarla al baldío del otro lado de
las murallas implicaba ver el cadáver de su compañero de guardia, quien,
enloquecido por las punzadas de hambre que sufriera durante la noche, se había
arrojado del baluarte hacia una muerte anhelada en el suelo que quedaba a sus
pies. Famélico y desesperado, el centinela se agachó en lo alto del muro que ya
no tenía fuerzas para recorrer ni intención de defender, ansiando unos
alimentos que no tenía esperanzas de agenciarse, mientras contemplaba el gris
amanecer desde su solitario puesto.
Mientras estaba absorto en su contemplación,
el lóbrego silencio de la escena se vio roto súbitamente por el sonido de
ladrillos que caían al suelo junto a la base interior de las murallas, seguido
por apagadas súplicas de piedad y liberación que llegaron a sus oídos,
extrañamente mezcladas con incoherentes expresiones de desafío y exultación que
pronunciaba una segunda voz. El centinela volvió lentamente la cabeza y, al
mirar hacia abajo, vio a sus pies a una joven que luchaba por desasirse de las
manos de un anciano que la llevaba a toda prisa en dirección a la Puerta
Pinciana.
Durante un instante, los ojos de la joven
toparon con la mirada ausente del centinela, y con un último esfuerzo de sus
energías y una mayor vehemencia en sus súplicas, la muchacha volvió a pedir
ayuda; pero el soldado ni se movió ni le respondió. Estaba tan exhausto que lo
único que lo habría impresionado habría sido la aparición de comida. Como el
resto de sus conciudadanos, se encontraba sumido en el pesado estupor del
hambre, egoísta, insensible, brutalizado. No había desastre que pudiera
deprimirlo ni atrocidad que lo conmoviera. La hambruna había roto todos los
lazos sociales, agostado todo sentimiento humano entre los ciudadanos sometidos
al asedio; y él tenía tanta hambre como los demás.
De ahí que, al oír las súplicas de ayuda cada
vez más apagadas de la joven, no hiciera el menor esfuerzo por mover sus
lánguidos miembros; y observó con mirada turbia y mecánica cómo el anciano la
llevaba a rastras, hasta que en un recodo del camino al pie de la colina
Pinciana la perdió de vista; entonces volvió los ojos lentamente al cielo
nublado que contemplara con anterioridad, y su mente se sumió de nuevo en sus
dolorosas e infecundas reflexiones, como si sólo un instante antes no se
hubiera producido un hecho que acosaba a sus menguadas facultades.
Si merced a algún recurso misterioso hubiera
podido mirar desde las almenas donde cumplía su melancólica guardia hacia el
interior de los cimientos de las murallas en el momento en que rompía el alba,
habría visto algo capaz de transformar hasta su indolente vigilancia en atenta
atención e involuntaria sorpresa.
Se le habrían mostrado entonces, zigzagueantes
entre trozos irregulares del muro en ruinas, ahora ocultos en las sombras de
oscuras simas, ahora prominentes sobre los vértices de elevados arcos, los
tenebrosos pasajes serpenteantes abiertos por Ulpio en las murallas carcomidas,
y no lúgubremente solitarios, ni poblados sólo por los reptiles propios del
lugar, sino recorridos en todo su laberíntico trayecto por formas humanas.
Habría percibido entonces al fiero y resuelto pagano avanzando con paso seguro
y solemne en medio de la oscuridad, vencedor de todos los obstáculos,
arrastrando tras de sí, como a un perro fiel, a la joven cuya desventurada
suerte la había condenado a caer en su poder. Habría podido ver a la muchacha
casi desmayada, a veces postrada en los lugares más elevados del pasaje,
mientras su temible guía descendía a una nueva sima y después se volvía para
tirar de ella hacia un foso aún más profundo y oscuro; a veces inclinada en
pose de súplica, al tiempo que sus labios dejaban escapar un último ruego
desesperado y sus miembros temblaban con un esfuerzo final para escapar de las
garras implacables de su captor. Y todo el tiempo, en las acciones de Ulpio
ante todo lo que se interponía en su camino, habría apreciado la misma fiera
tenacidad de propósitos que afianzaba constantemente su delirante decisión de
lograr que su víctima lo siguiera en su tránsito por las murallas, y que lo
guiaba siempre, merced a un extraño instinto, a superar todas las dificultades
y a sortear todos los peligros, hasta hacerlo salir triunfante, con su
prisionera aún en su poder, de nuevo libre para recorrer las calles desoladas y
mezclarse con los hambrientos ciudadanos de Roma.
Y ahora, cuando después de los peligros y las
angustias se encontraba una vez más en su ciudad natal, ¿qué esperanzas tenía
Antonina de lograr un último refugio bajo el techo de su padre y de alcanzar un
postrer consuelo merced a sus esfuerzos por volver a ganarse el amor del
anciano? Al llegar a Roma, de la memoria deshilvanada del pagano había
desaparecido todo recuerdo del paso por la brecha de las murallas. Un vacío,
tan desolado como el que la embargara la noche de su llegada junto a la tumba
del joven caudillo en el jardín de la casa de la granja, se adueñó de su razón
perdida. Siguió andando sin advertir lo que lo rodeaba, sin pensar, carente de
objetivo y esperanzas, empujado por una misteriosa inquietud, olvidado hasta de
la presencia de Antonina que lo seguía, pero sujetándola aún mecánicamente de
la mano y arrastrándola consigo sin saber adonde.
Y ella, por su parte, no hacía ya ningún
esfuerzo por liberarse. Había visto al centinela impasible ante sus súplicas;
había contemplado las paredes de la casa de su padre alejarse de sus ojos
anhelantes a medida que Ulpio, inmisericorde, la arrastraba cada vez más lejos
de su puerta distante; y había perdido la última y leve esperanza de regresar a
su hogar, la última ansia de vida, porque la certidumbre de su indefensión
pesaba como un gran fardo sobre su mente. Mientras seguía al pagano a una
extenuación y una muerte rápidas, con paso cansado, resignada, presa de una
desesperación absoluta, su corazón estaba embargado por el recuerdo del joven
guerrero asesinado y el de su padre, de cuyo lado partiera en la hora de su
cólera.
Ulpio y Antonina se alejaron de la Puerta
Pinciana y llegaron al Campo de Marte, donde el aspecto de la ciudad sitiada y
la situación de sus malhadados habitantes se desplegaban total y terriblemente
a la vista de todos. En la superficie de ese noble perímetro, antaño atestado
de afanosas multitudes que lo recorrían en todas direcciones guiadas por sus
diversas ocupaciones o caprichos, no llegaban ahora a veinte los caminantes.
Esos pocos que aún conservaban las energías o la fuerza de voluntad para recorrer
la mayor vía pública de Roma, andaban a hurtadillas, con los ojos fijos en la
nada, las bocas cubiertas por las manos exangües; cada uno solo, desconfiado,
mudo, feroz, como dementes en sus celdas; todos inquietos como espectros
perturbados en un paraje de tumbas.
Esos eran los ciudadanos que aún deambulaban
por el Campo de Marte y, a su paso, en cualquier dirección que se volvían,
tropezaban con el terrible número de muertos y agonizantes: las víctimas de la
peste que se había desatado ahora en la ciudad infectada, y que se unía al
hambre en su labor de desolación y muerte. Alrededor de las fuentes públicas,
donde el agua aún borboteaba fresca como en el estío de la prosperidad y la
paz, era donde se habían congregado los habitantes más pobres de la Roma
sitiada para expirar. Algunos conservaban todavía fuerzas suficientes para
beber con avidez del borde de los depósitos de piedra, en los cuales otros
yacían muertos, con las cabezas y los hombros sumergidos en el agua, ahogados
por falta de energías para echarse atrás después del primer trago. Los niños
subían sobre los cadáveres de sus padres para llegar hasta el borde de las
fuentes; los padres contemplaban con aire ausente los cuerpos de sus hijos, que
ora flotaban ora se hundían en el agua en la cual habían caído sin que nadie
los ayudara a salir ni lamentara su muerte.
En otras partes del lugar, junto a las puertas
abiertas de los teatros e hipódromos, en los pórticos de los palacios y los
baños ya sin custodia, yacían los cuerpos descoloridos de los que habían muerto
antes de llegar a las fuentes —sobre todo mujeres y niños— rodeados, en
terrible contraste, por los enseres del lujo y las invenciones desechadas del
vicio: triclinios dorados, mesas repujadas, cornisas enjoyadas, cuadros y
estatuas obscenos, manuscritos de canciones licenciosas espléndidamente
enmarcados y extravagantemente iluminados, que todavía colgaban de sus sitios
de costumbre en los majestuosos salones de mármol. Un poco más lejos, en las
calles secundarias y los patios retirados, donde el cadáver del comerciante
reposaba sobre su mostrador vacío; donde el soldado de la guardia de la ciudad
cayera rendido antes de terminar su ronda; donde el rico mercader yacía víctima
de la peste sobre sus últimas reservas de los repugnantes alimentos que se
procurara con su oro, se veía al asesino y al ladrón, ora devorando con
voracidad los desechos esparcidos a su alrededor, ora cayendo muertos sobre los
cuerpos que acababan de despojar.
En toda la extensión de la escena, lejos y
cerca, fueran cuales fuesen los horrores que en cada sitio ocurrían, reinaba un
silencio enrarecido, sobrenatural. No se oía ni un sonido; los vivos guardaban
tanto silencio como los muertos; el crimen, el sufrimiento, la desesperación
eran todos mudos; en el cuartel no sonaba la trompeta; en la iglesia no tañían
las campanas; hasta la espesa llovizna que derramaban las nubes negras e
inmóviles, que oscurecía con sus frías sombras el contorno de los edificios
distantes y el pináculo de los majestuosos palacios, caía al suelo sin ruido.
En el cielo no había viento, ni ecos en la tierra; la desolación reinante
abrumaba la vista; el vasto silencio pesaba sobre los oídos: parecía la última
ciudad de un mundo exhausto que regresara sin ruido al caos primigenio.
Por entre esa atmósfera de oscuridad y muerte;
a lo largo de esos senderos de peste y hambre; sin mirar y sin ser vistos, el
pagano y su prisionera avanzaron lentamente hacia el barrio de la ciudad que
quedaba en dirección opuesta al monte Pincio. A las embotadas facultades de
Ulpio no las iluminaba aún la luz de una idea; seguía andando con aire ausente
y detrás de él seguía la joven, cada vez más débil.
Sumida en el estupor causado por la debilidad
física y la desesperación mental, Antonina no pronunciaba palabra, no alzaba la
cabeza, no miraba a los lados. Había dejado incluso de sentir la presión de la
mano firme y helada del pagano. Por su mente desfilaban visiones incorpóreas de
esferas ultraterrenas dotadas de una encantadora belleza y pobladas por
espíritus felices con sus antiguas formas terrenales, donde una prolongada
existencia sin la amenaza de la muerte transcurría apacible y soñadora, sin trazas
del tiempo ni huellas de dolor. De su memoria desaparecieron las aflicciones y
las desgracias, y todo temor ante el peligro que representaba el demente a cuya
merced se encontraba. Y era en ese estado que avanzaba débilmente, guiada por
la voluntad de Ulpio, sin considerar el peligro que corría ni angustiarse por
la suerte que le estaba reservada.
Dejaron atrás la gran estructura circular del
Panteón, se internaron en las largas y estrechas calles que morían en la orilla
del río y llegaron por fin a las márgenes del Tíber, muy cerca del islote que
aún hoy se alza en medio de sus aguas. Allí, por primera vez, el pagano se
detuvo mecánicamente y dirigió la mirada ausente de sus ojos extraviados a los
muros que, haciendo un ángulo abrupto con la dirección que hasta allí habían
seguido, rodeaban el Janículo y su masa irregular de edificaciones, en la orilla
opuesta del río.
Al pasar súbitamente de la actividad al
reposo, las fuerzas exhaustas de Antonina, que hasta ese momento habían dotado
a sus miembros de un poder anómalo de resistencia, cedieron repentinamente. La
joven cayó a tierra inerme y muda; su cabeza se inclinó hacia el duro suelo
como si se tratara de una ansiada almohada, pero no encontró apoyo, porque el
pagano mantenía agarrada su mano con presión férrea. Parecía, merced a su
enfermedad, inconsciente de que su prisionera se hallaba a su lado. Toda
evocación relacionada con ella, todo recuerdo de la posición que ocupara en la
casa de su padre, habían desaparecido de su memoria. Una ceguera aun más
absoluta parecía afectar sus percepciones físicas; sus ojos recorrían
lentamente una y otra vez el panorama que se desplegaba ante ellos, pero nada
veían; su respiración anhelante era violenta y rápida; su pecho hundido se
hinchaba como si encerrara una agonía profunda y terrible: era evidente que
estaba a punto de producirse una nueva crisis de demencia.
En ese momento, apareció en la calle una de
las bandas de merodeadores —los desesperados criminales del hambre y de la
peste— que aún recorrían la ciudad. Al ver al pagano y a la joven, blandieron
sus armas con manos temblorosas y sus rostros macilentos se iluminaron; pero al
acercarse, una ojeada a las figuras de ambos les bastó para echar por tierra
todas sus esperanzas de arrebatarles botín o comida. Por un instante
permanecieron junto a sus víctimas potenciales, como debatiendo si asesinarlas
por el puro placer de hacerlo, cuando la aparición de dos mujeres que salían
sigilosamente de una casa un poco más distante en la misma calle con una cesta
cubierta por unos harapos atrajo su atención. Se volvieron de inmediato para
seguir a las que llevaban la cesta y de nuevo Ulpio y Antonina quedaron solos a
la orilla del río.
La aparición de los asesinos no había logrado,
como todas las demás escenas y sucesos de la ciudad, devolverle la razón a
Ulpio. No los había mirado ni había huido de ellos cuando lo rodearan; pero
ahora que se habían marchado, volvió lentamente la cabeza en la dirección que
tomaran. Su mirada recorrió las húmedas piedras de la calle, dos cadáveres que
yacían sobre ellas a corta distancia, la figura de una esclava, abandonada
cerca de la pared de una casa, que empleaba sus últimas energías en beber la
turbia agua de lluvia que caía por la canal que se hallaba a su lado; y siguió
sin interesarse en nada de lo que sus ojos le revelaban. El próximo objeto que
por azar atrajo su atención inconstante fue un templo desierto. Se dio de
inmediato a la tarea de contemplar el solitario edificio, que estaba llamado a
inaugurar una nueva y amenazadora fase de la oscura tragedia del final de su
vida.
Al atravesar la ciudad no había hecho caso de
muchos templos situados en lugares mucho más prominentes y de estructura mucho
más formidable que el que ahora observaba. Este era una edificación que no
tenía ni una altura notable ni una extraordinaria belleza. Sus estrechos
pórticos y su oscura entrada más bien llamaban a desviar la vista que a
clavarla en ellos; pero poseía un atractivo más poderoso que todas las glorias
de la arquitectura y todas las grandezas de la ubicación, capaz de hacer que se
concentraran en él las errátiles facultades cuyos más elevados y graves fines
habían cesado para siempre: estaba dedicado a Serapis, el ídolo que había sido
la deidad de su primera creencia y la inspiración de su postrera batalla por
restaurar su fe. Tallada en el pórtico estaba la imagen del dios monstruoso de
tres cabezas rodeado por una serpiente, obediente a su mandato.
Durante los primeros momentos ninguna señal
visible reveló el torrente de emociones que inundó los pensamientos ausentes de
Ulpio al distinguir la bien conocida y tanto tiempo amada imagen del dios
egipcio. Su insensibilidad anímica pareció incluso ahondarse, ya que mantenía
la vista clavada con rígida intensidad en el pórtico del templo. Seguía así
inmóvil, como si lo que veía lo hubiera petrificado en el lugar, cuando las
nubes, que habían ido oscureciéndose cada vez más a medida que avanzaba la
mañana, y que, todavía cargadas de electricidad, se amontonaban para recomenzar
la tormenta de la noche anterior, estallaron abruptamente en un trueno que
retumbó sobre su cabeza.
Al oír ese sonido amenazador, como si se
tratara de la señal sobrenatural que esperaba para despertar —como si en un
breve instante renacieran los recuerdos de todo lo que tan resueltamente
realizara la noche anterior al son de los truenos— recobró instantáneamente el
movimiento. Su semblante se iluminó, su cuerpo se irguió; soltó la mano de
Antonina, alzó los brazos al cielo iracundo en frenético triunfo y,
trastabillando, cayó de rodillas junto a la base de los peldaños del templo.
Fueran cuales fuesen los recuerdos de su paso
por las murallas junto a la colina Pinciana y de los afanes y peligros
subsiguientes revividos al escuchar el trueno, todos desaparecieron de su mente
con la misma rapidez con que habían surgido y dejaron en libertad a su memoria
errática para retrotraerse a las escenas que resultaba más lógico que
despertara en ella la imagen de Serapis. Remembranzas de sus gozos infantiles
en el Templo de Alejandría, de los entusiasmos de su juventud, de los triunfos
de su primera madurez —todas incoherentes y desorientadas, pero todas
brillantes, gloriosas, embriagadoras— pasaron como un relámpago por su mente
destrozada. Por sus mejillas marchitas corrieron raudas las lágrimas, las
primeras que derramaba desde sus felices años juveniles. Se apretó la frente
febril, golpeó en éxtasis, con las manos resecas, los fríos y húmedos peldaños
del templo. Musitó ahogadas interjecciones, balbuceó extraños mimos, se humilló
arrebatado de placer ante las paredes del templo, como un perro que ha
encontrado a su amo perdido y hace arrumacos cariñosos a sus pies. Es cierto
que era un criminal, pero el gozo de su abyección, la exultación en su
miserable aislamiento de la humanidad, eran una visión degradante penosa de
contemplar.
Al cabo de un rato su estado de ánimo cambió.
Se puso de pie y, con los miembros temblorosos robustecidos por un vigor
juvenil, subió los peldaños del templo hasta llegar a su puerta. Se volvió por
un momento y miró a la calle antes de penetrar en los dominios sagrados de su
destemplada imaginación. Para él, el cielo nublado brillaba con el fulgor del
Oriente soleado. Las calzadas romanas pobladas de cadáveres que se extendían
ante sus ojos estaban embellecidas por majestuosos árboles y repletas de
personas felices; y en las oscuras piedras a sus pies, donde yacían aún los
cuerpos que sus ojos no veían, ya columbraba a los sacerdotes de Serapis con su
reverenciado guardián, su amado Macrino a la cabeza, que avanzaban para
recibirlo y darle la bienvenida en el recinto del dios egipcio. Visiones como
esa pasaron soberbias ante el pagano, que permanecía triunfante en los peldaños
del templo, y alumbraron a sus ojos, con una luz meridiana, los rincones
oscuros de la edificación cuando, tras esa breve pausa, volvió la espalda a la
calle y desapareció por la puerta del lugar sagrado.
La lluvia era más fuerte que antes; el trueno,
una vez comenzado, retumbaba profunda y frecuentemente; Antonina se levantó del
suelo y miró a su alrededor, temerosa en el primer momento de encontrar la
figura de Ulpio. En la calle no quedaba ni un ser viviente. La esclava
abandonada seguía apoyada en la pared de la casa como cuando el pagano llegara
a las inmediaciones del templo, pero ahora estaba muerta. No había a la vista
ninguna otra banda de asaltantes. Una soledad total reinaba en todas
direcciones hasta donde los ojos alcanzaban a ver.
En el momento en que Ulpio soltara su mano,
Antonina había caído al suelo inerme y resignada, pero no tan exhausta que no
sintiera o no pudiera pensar. Mientras permaneció tendida en el frío pavimento
su mente siguió percibiendo visiones de una muerte rápida y de una vida
tranquila en la muerte como un estadio futuro. Pero a medida que transcurrían
los minutos sin que sonara en sus oídos una voz áspera, ni una mano
inmisericorde la arrastrara, ni percibiera el sonido de pasos ominosos, sus
pensamientos sufrieron un cambio gradual; el instinto de conservación renació
en ella lentamente; y cuando se incorporó para contemplar el sombrío panorama,
las posibilidades de una huida con éxito y la seguridad que le brindaba en ese
momento la soledad de la calle la despabilaron como si fueran una voz de
aliento o una inesperada promesa de ayuda.
Volvió a advertir lo que la rodeaba: sintió la
lluvia que le empapaba la ropa, el trueno que retumbó sobre su cabeza la hizo
estremecer, contempló con horror los cadáveres sobre las piedras. Se apoderó de
ella un deseo irresistible de huir del lugar, de escapar de la escena de
desolación aunque cayera exhausta por el esfuerzo en la próxima calle. Se
incorporó lentamente; sus miembros temblaban de indisposiciones prematuras,
pero logró ponerse en pie. Avanzó vacilante alejándose del río; pasó aturdida
entre largas filas de casas desiertas y llegó a un jardín público en torno a un
pequeño cenador cuyo pórtico desierto le ofrecía cobijo y escondite. Allí, por
tanto, buscó refugio, ovillada en el rincón más oscuro del edificio, y con la
cara entre las manos, como para no ver ninguna de las espantosas aunque
cambiantes escenas que se desarrollaban ante sus ojos.
Pensamientos y recuerdos penosos la asaltaban
en medio de su trastornadora confusión. Todo lo que había sufrido desde que
Ulpio la obligara a abandonar la casa de la granja en los suburbios —el
peregrinaje nocturno por la llanura, el temible paso de las murallas— revivía
en su memoria mezclado ahora por primera vez con vagas ideas de la peste y la
hambruna que asolaban la ciudad y con súbitas aprensiones de que Goisvintha
pudiera aún seguirla, cuchillo en mano, por las calles solitarias; al tiempo
que, pasivamente preponderante sobre estas diversas fuentes de angustia y
temor, la escena de la muerte del joven caudillo pesaba sobre su corazón
afligido como un fardo helado. Le parecía sentir apretada aún contra su pecho
la hierba húmeda de su tumba; el último beso que le diera temblaba todavía en
sus labios; sabía, aunque no se atrevía a mirarla, que su sangre aún manchaba
sus vestidos.
Tanto si se decidía a incorporarse y continuar
huyendo como si volvía a ovillarse en el pórtico, resignada por un amargo
momento a morir bajo el cuchillo de Goisvintha, si es que Goisvintha estaba
próxima; o a caer una vez más en manos de Ulpio, si es que Ulpio la había
seguido hasta su escondite, nunca la abandonaba la aplastante sensación de que
había perdido para siempre a su amado protector, de que nunca más vería al
amigo de su breve temporada de felicidad, de que Hermanrico, que la había
salvado de la muerte, había caído asesinado a su lado en la flor de su juventud
y de su fuerza. A partir del crimen en la casa de la granja estaba, por primera
vez, sola; y por primera vez sentía ahora todo el rigor de su aflicción y
comprendía cuan tenebroso se presentaba el panorama para su futuro.
Pero aunque el peso de su desolación parecía
haberse tornado continuo, casi eterno, poco después lo sustituyeron
sentimientos de una tristeza más tierna y un dolor más resignado. La innata e
inocente fuerza de carácter que la hiciera arrostrar con paciencia los rigores
de su educación juvenil y mantener la confianza a lo largo de todas las pruebas
a las que se viera sometida después de ser desterrada del hogar de su padre;
esa fuerza que nunca la había abandonado hasta que las horribles escenas de
asesinato y muerte de la noche anterior se desplegaran en triunfante horror
ante sus ojos, y que, incluso entonces, quedara en suspenso pero no muriera, no
podía menos que recuperar su benéfica influencia sobre su corazón. Mientras
permanecía aún agazapada en su refugio solitario, la última esperanza —el ansia
de recobrar la compañía y el amor de su padre— que la hiciera apartarse de la
tumba del joven caudillo y llevar a cabo un último esfuerzo por liberarse de
Ulpio cuando éste la obligara a atravesar las murallas agrietada, revivió
súbitamente.
Se volvió a incorporar y contempló la ciudad
desolada y el cielo tormentoso, pero ahora con ojos calmados y bien abiertos.
Sus recuerdos del pasado se tiñeron de la ternura del dolor juvenil; sus
visiones del futuro se tornaron pacientes, solemnes y serenas. Pasaron por su
imaginación, convertidas en refugio para su corazón fatigado, imágenes hermosas
de su primer protector —el único que ahora le quedaba—, de su antiguo hogar, de
la soledad de su jardín en la colina Pinciana. Bajó los escalones del cenador
sin sentir aprensión por la posible cercanía de sus enemigos ni dudar de su
decisión, porque ya sabía qué faro guiaría ahora su senda. Sus ojos se llenaron
de lágrimas al llegar al jardín, pero su paso no vaciló nunca, su semblante
nunca perdió su expresión, mezcla de tranquila aflicción y tenues esperanzas.
Una vez más alcanzó las peligrosas calles y, musitando para sí misma "¡Mi
padre! ¡Mi padre!", como si esas sencillas palabras fueran la mano que la
guiaba y la providencia que la protegía, emprendió su marcha solitaria en
dirección al Pincio.
Era conmovedor, hermoso, casi sublime ver a la
joven, liberada hacía sólo unas pocas horas por senderos peligrosos y manos
criminales de circunstancias que comenzaran con una traición y culminaran con
la muerte, pasar ahora, resuelta y sola, por las calles de una opulenta ciudad
aquejada por la más honda angustia humana y el más tenebroso crimen. Verla
marchar así en busca de su objetivo, superior a todos los horrores de la
desolación y la muerte que se interponían en su camino, revelando
inconscientemente en el suave sonido de la palabra "padre", que aún
murmuraban sus labios de cuando en cuando, el propósito puro que la sostenía,
el firme heroísmo que la mantenía en su incierto curso, era una noble evidencia
del gran poder sobre el mundo y sus peligros con que el más simple de los
afectos puede armar al más frágil de los seres. Las tormentas del cielo caían
sobre su cabeza, los crímenes y los sufrimientos de Roma cubrían de tinieblas
el camino de su peregrinaje, pero ella seguía adelante con firmeza como un
espíritu auxiliador que recorriera parajes terrestres con la refulgente
invulnerabilidad que le concedieran su misión de misericordia y sus santos
pensamientos; como un rayo de luz que se alimentara de la fuerza de su propia
belleza, en medio de las tempestades y la oscuridad de una esfera que le
resultaba ajena.
Llegó de nuevo al Campo de Marte. De nuevo
pasó junto a las fuentes públicas, aún convertidas en anómalos lechos de los
agonizantes y sepulcros de los muertos; de nuevo recorrió los sombríos caminos,
donde los más fuertes de los hambrientos habitantes de la ciudad todavía iban y
venían en medio de un feroz silencio y un hostil retraimiento. Nadie le habló y
casi nadie le dirigió una mirada a lo largo de su solitario trayecto. Estaba
sola entre los solos, abandonada entre otros tan abandonados como ella.
El ladrón, al pasar a su lado, se percataba de
que tenía tan poco interés para un saqueador como el más pobre de los
ciudadanos que agonizaba a su alrededor. El patricio, que marchaba con paso
vacilante en busca del refugio de los muros de su palacio, la evitaba al
considerarla una suplicante más por la dádiva que no podía dar, y apretaba el
paso al acercársele en la calle. Sin protección, pero sin sufrir ninguna
molestia, huyendo de su soledad y de sus amargos recuerdos hacia el abrigo del
amor de su padre, como huyera de niña de sus primeros temores para refugiarse
en el calor de los brazos paternos, llegó al fin al pie de la colina Pinciana,
y al fin subió por las calles tan a menudo recorridas en los tranquilos días de
antaño.
Al pasar junto a los portales y las
edificaciones anexas al palacio de Vetranio presenció un espectáculo
impresionante y ominoso. Tras las majestuosas rejas de acero que protegían el
edificio, los esclavos del senador, consumidos por el hambre, trastabillaban y
vacilaban bajo el peso de copas rebosantes de vino que intentaban, exhaustos,
llevar a las habitaciones interiores. De los balcones pendían abigarradas
colgaduras, las estatuas de la fachada de mármol estaban adornadas con
guirnaldas de hiedra. ¡En medio de la ciudad sitiada, y en impía burla a la
hambruna y la epidemia que la azotaban hasta sus más remotos confines —a la
choza y al palacio por igual—, se desarrollaban en ese malhadado hogar los
preparativos de un triunfal banquete!
Haciendo caso omiso del sorprendente aspecto
que presentaba la casa de Vetranio, con los ojos fijos en un punto en el que se
centraba toda su atención, con paso cada vez más vivo, Antonina se aproximó al
hogar del cual fuera expulsada en medio del temor y al que regresaba presa del
dolor. ¡Un último esfuerzo, un último sentimiento de sobrecogedora anticipación
y llegó por fin a la verja del jardín!
Se echó hacia atrás la espesa cabellera que la
lluvia había pegado a su frente; echó una rápida ojeada a su alrededor;
advirtió la ventana de su alcoba con la vieja y sencilla cortina aún en su
lugar de costumbre; vio los árboles tan recordados, las flores de los arriates
que tanto cuidara, con sus corolas ahora inclinadas tristemente bajo el cielo
encapotado. Su corazón se estremeció en su pecho, pareció de repente faltarle
el aliento mientras recorría el sendero del jardín y ascendía los peldaños del
umbral. La puerta estaba entreabierta. ¡Con un último esfuerzo la abrió de par
en par y penetró una vez más —sin ayuda y sin nadie que le diera la bienvenida,
pero confiada en encontrar consuelo, perdón y amor— en el primero y el último
de sus santuarios, en el recinto de las paredes de su hogar!
CAPÍTULO IX
LAS DOS ENTREVISTAS
Es la tarde del primer día del asedio godo; el
lugar, el palacio de Vetranio en Roma. En una de las habitaciones de su mansión
se encuentra sentado el gallardo dueño de casa, liberado al fin de la larga
sesión convocada por el Senado en ocasión del inesperado sitio de la ciudad.
Aunque en el domicilio del senador aún imperan, en esos momentos de inminente
peligro para pobres y ricos en Roma, la misma absoluta disciplina, la misma
regularidad elegante y la misma pompa opulenta que lo distinguieran en tiempos
normales, Vetranio parece no compartir la tranquilidad de su hogar patricio.
Sumido en mudas reflexiones, completamente indiferente a lo que acontece a su
alrededor, en sus maneras se aprecia una severidad inusual, y en su rostro un
disgusto inusitado. Dos damas que lo acompañan le prodigan en vano todos los
halagos para devolverle la risa. No reclama los servicios de los músicos que
esperan sus órdenes, los manjares de su mesa permanecen intactos, y hasta
"el inestimable gatito de la raza más venerada por los antiguos
egipcios" retoza a sus pies sin que advierta su presencia y lo aplauda. Es
evidente que, al menos por el momento, toda su habitual ecuanimidad filosófica
ha desaparecido de la mente del senador.
El silencio —hasta ese momento desconocido en
las habitaciones del palacio— ya había reinado en ellas sin interrupción
durante un tiempo, cuando el liberto Carrio interrumpió las meditaciones de
Vetranio e hizo huir a las damas que lo acompañaban al anunciar con voz sonora
que el prefecto Pompeyano deseaba sostener una entrevista a solas con el
senador Vetranio.
Un instante después el primer magistrado de
Roma entró en la habitación. Era un hombre grueso, de pequeña estatura y
aspecto innoble. Señales de indolencia e irresolución se observaban, claramente
impresas, en su apariencia y su expresión. Desde que se le veía por primera vez
era obvio que su mente giraba, como una veleta, en cualquier dirección, a
impulsos de la opinión ajena, pero que era totalmente incapaz de tomar
decisiones por sí mismo. Sólo se sabía de una determinación resuelta a la que
el prefecto Pompeyano hubiera llegado sin ayuda de nadie, y ella había
consistido en decidir una feroz discusión entre un obispo y un general sobre
los méritos relativos de dos equilibristas rivales de igual fama.
—¡He venido, querido amigo —dijo el prefecto
en tono agitado—, para pedir tu opinión, en este momento de terrible
responsabilidad para todos nosotros, sobre el plan de operaciones propuesto por
el Senado en la sesión de hoy! Pero antes —continuó precipitadamente, al notar,
con el instinto certero de un viejo sibarita, que los tentadores manjares de la
mesa de Vetranio permanecían intactos—, permíteme recuperar mis energías
exhaustas mediante una visita a tu siempre bien provista mesa. Ah, querido
amigo, cuando pienso en la temible escasez de las reservas de provisiones de la
ciudad y en el lapso de tiempo que podemos esperar que se mantenga este maldito
asedio, me siento inclinado a creer que sólo los dioses saben —quiero decir,
San Pedro— cuánto tiempo más podremos dar empleo a nuestra digestión y
ocupación a nuestros cocineros.
—He observado —prosiguió el prefecto después
de un rato, con la boca todavía llena de estofado de pavo real—, he observado,
estimado colega, la melancolía de tus maneras y el absoluto silencio que
guardaste durante las deliberaciones del día de hoy. ¿Opinas que hemos adoptado
una decisión errónea? ¡No es imposible! ¡Nuestra confusión ante esta inesperada
aparición de los bárbaros puede haber nublado nuestra usual penetración! ¡Si
por alguna casualidad disientes de nuestros planes, te ruego que me comuniques
tus objeciones sin reservas!
—De nada disiento, porque nada oí —replicó
Vetranio huraño—. Durante la sesión del Senado estaba tan concentrado en un
importante asunto personal que permanecí sordo a las deliberaciones. Sé que
estamos sitiados por los godos; ¿por qué no los expulsan del lugar que ocupan
frente a las murallas?
—¡Sordo a nuestras deliberaciones! ¡Que se
expulse a los godos del lugar que ocupan frente a las murallas! —repitió con
voz desfallecida el prefecto—. ¿Cómo puedes pensar en asuntos personales en un
momento como este? ¿Sabes el peligro que corremos? ¿Sabes que nuestros amigos
han quedado tan atónitos con esta terrible calamidad que andan como quienes no
acaban de despertar de un sueño? ¿No has visto las calles llenas de multitudes
despavoridas e indignadas? ¿No has subido a las almenas en lo alto de las murallas
para contemplar las innumerables huestes de desalmados godos que nos rodean por
todos lados, interceptan nuestros suministros de provisiones procedentes del
campo y nos amenazan con una rápida hambruna, a menos que los refuerzos que
ansiamos lleguen de Rávena?
—No he subido a las almenas ni observado con
atención las multitudes en las calles —contestó Vetranio indiferente.
—Pero aunque no hayas visto nada tú mismo,
seguramente has oído hablar de lo que otros vieron —insistió el prefecto—;
debes saber al menos que las legiones con las que contamos en la ciudad no
bastan para defender más que la mitad del circuito de las murallas. ¿Nadie te
ha informado que si el jefe de los bárbaros quisiera pasar del asedio al asalto
es más que probable que no pudiéramos rechazarlo con éxito? ¿Sigues sordo a
nuestras deliberaciones cuando mañana tu palacio puede arder contigo adentro,
cuando puede reducírsenos al hambre, cuando podemos estar condenados a un
deshonor eterno al vernos obligados a negociar la paz? ¡Sordo a nuestras
deliberaciones cuando una calamidad tan inimaginable como esta invasión ha
caído como un rayo nada menos que frente a nuestras murallas! ¡Me asombras! ¡Me
abrumas! ¡Me horrorizas!
Y en su desmesurada sorpresa, el asombrado
prefecto llegó a dejar a un lado su estofado de pavo real y avanzó, blandiendo
su copa de vino, para mirar más de cerca el semblante de su imperturbable
anfitrión.
—Si no tenemos fuerza suficiente para expulsar
a los godos de Italia —replicó Vetranio sin alterarse—, tú y el Senado sabéis
que somos lo bastante ricos como para comprarlos para que se marchen a los más
apartados confines del imperio. Si no tenemos espadas suficientes para luchar,
nos alcanzan el oro y plata para pagar.
—¡Bromeas! Recuerda nuestro honor y los
refuerzos que aún confiamos que lleguen de Rávena— dijo el prefecto con tono
reprobador.
—El honor ha perdido la importancia que tuvo
en tiempos de los Césares —replicó el senador—. Nuestros días de combatientes
ya terminaron. Hemos tenido héroes suficientes para gozar de una reputación de
buenos guerreros. ¡En cuanto a los refuerzos en los que aún confías, no
llegarán! Mientras el emperador permanezca a salvo en Rávena, nada le
importarán las calamidades que puedan sufrir los romanos.
—Pero olvidas tus deberes —lo apremió el
asombrado Pompeyano, pasando del reproche a la exhortación—. ¡Olvidas que este
es un momento en que se deben hacer a un lado todos los intereses personales!
Olvidas que he venido a pedirte consejo; que me confunden los mil proyectos que
me llegan de los más variados lugares para gobernar con éxito la ciudad durante
el asedio; que vengo a ti en tu condición de amigo y hombre ilustre para que me
ayudes a decidir entre los diversos consejos que se sometieron a mi consideración
hoy en el Senado.
—¡Escribe el parecer de cada senador un una
tira de pergamino, échalas todas en una urna y guíate para gobernar la ciudad
en las condiciones actuales por la primera que extraigas al azar! —dijo
Vetranio con una sonrisa burlona.
—¡Ay, amigo mío, amigo mío, eres cruel al
burlarte así de mí! —exclamó el prefecto, desolado—. ¿Quieres realmente
convencerme de que ignoras que con los centinelas de que disponemos ya hemos
redoblado la guardia de las murallas? ¿Intentas afirmar con seriedad que no
oíste el proyecto de Saturnino para reducir imperceptiblemente la ración diaria
de comida? ¿O las recomendaciones de Emiliano de que se debe evitar que el
pueblo reflexione sobre los peligros y calamidades que lo acechan
proporcionándole incesantes diversiones en los teatros y los hipódromos? ¿Acaso
quieres decir que permaneces realmente indiferente ante los horrores de nuestra
actual situación? ¡Por las almas de los apóstoles, Vetranio, comienzo a pensar
que no crees en los godos!
—Ya te he dicho que por el momento me
encuentro ocupado por asuntos personales que me impiden atender los públicos
—dijo Vetranio impaciente—. ¡Debatid cuanto queráis, aprobad los proyectos que
deseéis: me niego a intervenir en vuestras deliberaciones!
—¡Esta es la última y mayor de todas las
calamidades! —musitó el rechazado prefecto para sí mismo mientras volvía a
ocupar mecánicamente su puesto ante la mesa—. ¡Ahora cuando el consejo y la
cooperación me resultan más preciosos que las joyas, no obtengo ninguno de los
dos! Nadie me ofrece las sabias y salvadoras sugerencias que, en mi condición
de primer magistrado de esta ciudad imperial, es mi derecho exigir a todos; ¡y
el hombre en quien más confiaba es el que más me defrauda! Pero, Vetranio,
óyeme una vez más —continuó, dirigiéndose al senador—; si los peligros que nos
acechan fuera de las murallas no te afectan, hay un importante asunto que se ha
decidido dentro de ellas y que debe importarte. Después de tu partida del
Senado, se acusó a Serena, la viuda de Estilicón, como se acusara antes a su
esposo, de mantener una correspondencia secreta y desleal con los godos; y se
la ha condenado, como se condenara a su esposo, a la pena de muerte. Yo no
encontré ninguna evidencia que justificara la sanción; pero el gentío, presa de
un frenesí unánime, vociferó que era culpable y que debía morir; y que cuando
los bárbaros se enteraran del castigo impuesto a su secreta aliada, se
retirarían consternados de Roma. Ese era otro punto discutible que en vano me
esforcé en aclarar; pero el Senado y el pueblo fueron más sabios que yo, y
Serena fue condenada a morir estrangulada mañana a manos del verdugo público.
Hasta ahora siempre fue una mujer de buena reputación, y es la madre adoptiva
del emperador. Muchos dudan ahora de que su esposo Estilicón haya sido
realmente culpable de mantener la correspondencia con los godos de la que se le
acusó; y yo, por mi parte, dudo mucho de que Serena merezca morir a nuestras
manos. ¡Te ruego, Vetranio, al menos ayúdame con tu opinión sobre este asunto!
El prefecto esperó una respuesta con ansiedad,
pero Vetranio ni lo miró ni le contestó. Era evidente que el senador no había
oído ni una palabra de lo que le había dicho.
Esa recepción a su petición final de ayuda
produjo sobre el peticionario el efecto que quizás estaba destinada a
conseguir: el prefecto Pompeyano abandonó la habitación desesperado.
Poco después de la partida de Pompeyano,
Carrio volvió a entrar en la habitación y le dirigió a su amo las siguientes
palabras:
—¡Me resulta penoso comunicártelo,
reverenciado patrón, pero tus esclavos han regresado después de fracasar en su
búsqueda!
—Dale a un nuevo grupo de ellos la descripción
de la joven y haz que continúen sus esfuerzos durante la noche, no sólo en las
calles, sino también en todos los lugares de diversión de la ciudad. ¡Tiene que
estar en Roma, y tienen que encontrarla! —dijo el senador con aire sombrío.
Carrio hizo una profunda inclinación y estaba
a punto de abandonar la habitación cuando la voz de su amo lo hizo detenerse en
el umbral.
—Si un anciano llamado Numeriano quiere verme
—dijo Vetranio—, hazlo pasar de enseguida.
—Hacía sólo un momento que había abandonado la
habitación cuando traté de encontrarla —continuó el senador hablando para sí
mismo—, ¡pero cuando salí de la casa ya no estaba por los alrededores! Se debe
haber mezclado sin proponérselo con la multitud que los godos empujaron hacia
la ciudad, y por eso permaneció oculta a mi vista. ¡Tan joven y tan inocente!
¡Hay que encontrarla! ¡Hay que encontrarla!
Calló al sumirse de nuevo en sus profundos y
melancólicos pensamientos. Al cabo de un largo rato, lo sacó de su
ensimismamiento el sonido de unos pasos sobre el suelo de mármol. Levantó la
vista. La puerta se había abierto sin que lo notara, y un anciano avanzaba con
paso lento y tembloroso hacia su triclinio de seda. Era el apesadumbrado y
doliente Numeriano.
—¿Dónde está? ¿La han encontrado? —preguntó el
padre echando una mirada de ansiedad a la habitación, como si esperara
encontrar en ella a su hija.
—Mis esclavos aún la buscan —dijo Vetranio con
voz desconsolada.
—¡Ah, qué dolor, qué dolor! ¡Qué mal la
juzgué! ¡Qué mal la juzgué! —exclamó el anciano mientras se volvía para
marcharse.
—Escúchame antes de partir —dijo Vetranio
deteniéndolo con suavidad—. ¡Te he hecho mucho daño, pero te resarciré
encontrando a tu hija! ¡Cuando había mujeres que se habrían sentido orgullosas
de despertar mi admiración, no debía haber intentado privarte de tu hija!
Recuerda, cuando la recobres, y la recobrarás, que desde el primer momento en
que la engatusé para que oyera mi laúd hasta la noche en que tu desleal
sirviente me condujo a su alcoba, ha sido inocente en este malhadado asunto.
¡Sólo yo he sido culpable! Acababa de despertar cuando la descubriste entre mis
brazos, y mi entrada en su alcoba fue tan sorpresiva para ella como para ti.
¡De no haber estado aturdido por los vapores del vino y por la confusión que me
produjo tu súbita aparición, la habría protegido de tu ira antes de que fuera
demasiado tarde! Los sucesos de esta mañana, aunque confusos, me han convencido
de que estaba equivocado con respecto a vosotros dos. Ahora sé que tu hija era
demasiado pura para ser el objeto de mis maquinaciones; y creo que, por más
erróneos que puedan parecer, tus propósitos al apartarla del mundo como lo
hiciste eran honestos. ¡Nunca cometí un error más fatal en mi búsqueda de
placeres que cuando traspuse las puertas de tu hogar!
Al pronunciar esas palabras, Vetranio no hacía
más que dar voz a los sentimientos que las inspiraban. Como ya hemos señalado,
aunque la superficialidad de su carácter y la licencia que le concedía su
posición social lo habían convertido en un libertino, no era desalmado ni
criminal por naturaleza. Otros padres lo habían hecho antes objeto de su
cólera, pero su generosidad los había apaciguado a todos. Otras hijas habían
llorado, pero siempre habían encontrado consuelo en el esplendor de su palacio
y la amabilidad de su natural. De ahí que al intentar el rapto de Antonina,
aunque se había preparado para encontrar obstáculos inusitados, no esperara
peores resultados de su nueva conquista que los que le produjeran sus
anteriores lances galantes. Pero cuando en la soledad de su hogar y en total
posesión de sus facultades repasó todas las circunstancias de su tentativa,
desde el momento en que se introdujo en la alcoba aprovechando que la joven
dormía hasta el instante en que Antonina huyera de su hogar; cuando recordó la
inexorable y concentrada ira de Numeriano y la agonía y la desesperación de la
joven; cuando pensó en el inconsolable arrepentimiento del padre engañado y en
la fatal partida de la hija ofendida, se sintió culpable de un crimen y no de
una mera imprudencia; se convenció de que había incurrido en la temible
responsabilidad de destruir la felicidad de un padre realmente virtuoso y de
una hija verdaderamente inocente. A un hombre cuya vida tenía como solo sentido
procurarse una sucesión ininterrumpida de placeres, cuya única ocupación era
satisfacer la refinada sensualidad que los hábitos de toda una vida habían
convertido en la sustancia misma de su alma, y que derramaba esplendor y
despertaba sonrisas donde quiera que lo llevaban sus pasos, el desasosiego
mental producido por su calamitosa invasión al hogar de Numeriano le resultaba
tan penoso como el amarguísimo remordimiento que habría provocado en una mente
de más altos principios. De ahí que ordenara la búsqueda de Antonina y le
expresara al padre su arrepentimiento a partir de una genuina convicción de que
sólo la más cabal reparación del error cometido le devolvería la tranquilidad
cuya pérdida, como él mismo dijera, lo había tornado sordo a las decisiones del
Senado e indiferente a la invasión de los godos.
—Dime —continuó después de hacer una pausa—,
¿adonde marchó Ulpio? Es preciso encontrarlo. Quizás pueda revelarnos el
refugio de Antonina. Se le detendrá e interrogará.
—Partió de mi lado de repente. Desde mi
ventana lo vi mezclarse en las calles con la multitud, pero no sé adonde marchó
—contestó Numeriano, y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo al hablar del
impenitente pagano.
De nuevo se produjo un breve intervalo de
silencio. El dolor del acongojado padre era, en su humildad y desesperación,
una reconvención viviente que hizo vacilar instintivamente al senador, a pesar
de su desidia y libertinaje usuales. Durante unos momentos trató en vano de
combatir la influencia reprobadora e intimidante que ejercía sobre él la mera
presencia del hombre dolorido a quien tan fatalmente perjudicara. Al cabo de un
momento, recuperó el suficiente control de sí mismo para dirigirle a Numeriano algunas
otras expresiones de consuelo y esperanza; pero le hablaba a unos oídos que no
lo escuchaban. El padre había vuelto a sumirse en su tristeza, y cuando el
senador calló, se limitó a musitar para sí mismo:
—¡Se ha perdido! ¡Ay! ¡Se ha perdido para
siempre!
—No, no se ha perdido para siempre —exclamó
Vetranio con vehemencia—. ¡Tengo riquezas y poder suficientes para hacer que la
busquen hasta los confines de la tierra! Se capturará a Ulpio y se le
interrogará; se le hará prisionero, se le torturará si es necesario.
Encontraremos a tu hija. ¡Nada es imposible para un senador romano!
—¡No sabía que la quería hasta la mañana en
que tan mal la juzgué y la desterré de mi hogar! —continuó el anciano hablando
aún para sí mismo—. Perdí todo rastro de mis padres y de mi hermano, mi esposa
se fue de mi lado para siempre, sólo me queda Antonina; ¡y ahora también ella
ha desaparecido! Ni siquiera mi gran ambición, que en un tiempo pensé que era
todo para mí, conforta ahora mi alma; porque la anhelaba, ¡ay,
inconscientemente la anhelaba!, a través de mi hija. ¡Destrocé su laúd, pensé
que era una desvergonzada, la eché de mi casa! ¡Ah, cómo me equivoqué, cómo me
equivoqué!
—Quédate aquí y reposa en una de las alcobas
hasta que mis esclavos regresen por la mañana. Así podrás conocer de inmediato
el resultado de la búsqueda durante la noche —dijo Vetranio con voz bondadosa y
compasiva.
—¡Oscurece, oscurece! —gimió el padre mientras
avanzaba con paso vacilante hacia la puerta—; ¡pero de nada importa, porque
hasta la luz del día me parece ahora oscura! Debo irme; tengo deberes que
cumplir en la capilla. Para ti la noche significa reposo; ¡para mí, desventura
y oración!
Con esas palabras partió. Recorrió lentamente
las calles que llevaban a su capilla, echando ojeadas penetrantes a los
habitantes de la ciudad sitiada que pasaban a su lado. Llegó a su destino con
cierta dificultad, porque Roma estaba aún atestada de hombres armados que
corrían de un lado a otro y de turbas desordenadas de ciudadanos que se
abalanzaban hacia todos los espacios cuya amplitud les permitía congregarse.
Las nuevas de la desgracia que le había acontecido ya eran de conocimiento de
sus oyentes, quienes intercambiaban inquietos murmullos cuando llegó a la
sencilla y penumbrosa capilla y subió lentamente al pulpito para comenzar el
servicio leyendo el capítulo de la Biblia que les había indicado que
estudiarían esa noche, y que era el quinto del Evangelio de San Marcos. Cuando
comenzó, su voz vacilaba, su rostro estaba cubierto de una palidez fantasmal,
sus manos temblaban perceptiblemente; pero leyó sin interrupciones en voz baja
y entrecortada, con dolor y dificultad evidentes, hasta llegar al siguiente
versículo: "Mi hija se está muriendo." En ese punto se detuvo de
repente, intentó en vano continuar durante algunos minutos, y después se cubrió
el rostro con las manos, se derrumbó sobre el pulpito y comenzó a llorar con
grandes sollozos. Su apenado y sorprendido auditorio inmediatamente se congregó
a su alrededor, lo alzó en brazos y se dispuso a conducirlo a su hogar. No
obstante, cuando llegaron a la puerta de la capilla, Numeriano les pidió
amablemente a sus compañeros que lo dejaran y regresaran para continuar el
servicio ellos mismos. Siempre implícitamente obedientes a sus menores deseos,
los miembros de su pequeña grey, conmovidos hasta las lágrimas ante el
espectáculo del sufrimiento de su maestro, lo obedecieron y retornaron en
silencio a sus asientos. En cuanto se vio solo, Numeriano abandonó el local
musitando para sí mismo:
—¡Debo unirme a quienes la buscan! ¡Debo
ayudarlos a encontrarla!
Y volvió a mezclarse con las turbas de
ciudadanos que abarrotaban las calles oscuras.
CAPÍTULO XXI
PADRE E HIJA
Aunque a primera vista parece abandonada en la
mañana que ahora nos ocupa, la casa de Numeriano no está deshabitada. En uno de
los dormitorios, tendido en su lecho sin nadie que vele a su lado, yace el amo
de la pequeña vivienda. Lo vimos por última vez mezclado con la hambrienta
congregación de la Basílica de San Juan de Letrán, buscando aún a su hija en
medio de la confusión causada por la distribución pública de alimentos durante
la primera etapa de los infortunios que asolaban a Roma. Desde entonces, se ha
afanado y ha sufrido mucho, y ahora han llegado al fin las horas de desvalida
soledad tan constantemente temidas, el día tan diferido de la postración.
Desde los primeros períodos del asedio, cuando
todo a su alrededor en la ciudad sufría cambios cada vez más terribles; cuando
la hambruna desembocaba velozmente en epidemia y muerte; cuando las esperanzas
y los propósitos humanos menguaban y desfallecían gradualmente con cada día
transcurrido, sólo él permanecía fiel a una sola labor, animado por un solo
objetivo; era el único de sus conciudadanos al que ningún suceso externo podía
influir para bien o para mal, para hacerle concebir esperanzas o inspirarle
temor.
En cada calle de Roma, a todas horas, en medio
de cualquier clase de personas, se le veía constantemente enfrascado en la
misma búsqueda sin esperanzas. Cuando la multitud irrumpió furiosa en los
graneros públicos para hacerse por la fuerza de las últimas reservas de grano
acaparadas para consumo de los ricos, él estaba a sus puertas observando a los
que salían. Cuando manzanas de casas fueron abandonadas por todos menos los
muertos, se le vio adentro, de ventana en ventana, buscando en cada habitación
su tesoro perdido. Cuando algunos, en los primeros días de la peste, unieron
sus esfuerzos en un vano intento por arrojar al otro lado de las majestuosas
murallas los cuerpos que cubrían las calles de la ciudad, se mezcló con ellos
para escudriñar los rígidos rostros de los muertos. En parajes solitarios,
donde el padre que aún no había sido privado de sus afectos se esforzaba por
llevar a su hijo agonizante para que no muriera en el camino desierto, sino al
amparo de un techo; donde la esposa, fiel aún a sus deberes, recogía el último
aliento de su esposo con muda desesperación, se le veía pasar y mirar a todos
por un breve instante con ojos atentos y tristes. Pero fuera donde fuera, y
viera lo que viera, ni pedía consuelo ni recababa ayuda. Marchaba adelante,
como un peregrino en su senda solitaria, como un observador a quien nadie
observara, en busca de una dádiva que sólo él anhelaba.
Cuando la hambruna comenzó a hacerse sentir en
la ciudad, pareció no advertir su llegada; no hizo ningún esfuerzo por
procurarse de antemano las provisiones que le garantizaran el sustento durante
unos días; si asistió a las primeras distribuciones públicas de comida, fue
para proseguir la búsqueda de su hija entre la multitud que lo rodeaba. Habría
sido una de las primeras víctimas del hambre, de no haberse encontrado en su
deambular solitario con algunos miembros de la congregación que su piedad y su
elocuencia reunieran antaño.
Esas personas, a cuyas súplicas de que
suspendiera su búsqueda sin esperanzas siempre respondía con el mismo rechazo
firme y paciente, vigilaron atentamente sus pasos y proveyeron preocupados sus
necesidades. Le llevaron invariablemente a la casa una ración de las
provisiones que conseguían. Se acordaban de su maestro en su hora de aflicción,
como lo reverenciaran en los días de su vigor; se afanaban tanto por preservar
su vida como lo hicieran para sacar provecho de la instrucción que les
brindaba; si antes lo escuchaban como discípulos, ahora lo atendían como hijos.
Pero estaba escrito que sobre esa, al igual
que sobre todas los demás acciones dictadas por la bondad humana, el hambre
ejerciera gradual e ineluctablemente su dominio. La provisión de alimentos
reunida por la congregación disminuía considerablemente con cada día que
pasaba. Cuando la peste hizo su tenebrosa aparición, el número de los que
visitaban al afligido maestro en su hogar o de los que lo seguían por las
calles lúgubres comenzó a decrecer fatalmente.
Y entonces, cuando los comestibles que lo
sostuvieran y la atención dedicada a él disminuyeron, las energías del infeliz
padre, sometidas a tan dura prueba, comenzaron a disminuir cada vez con mayor
rapidez. Cada mañana al levantarse su paso era más vacilante, su corazón estaba
más oprimido, su deambular por la ciudad era menos resuelto y prolongado. Al
cabo lo abandonaron totalmente las fuerzas; los sobrevivientes de su
congregación, al acercarse a su hogar con sus últimas provisiones de comida, lo
encontraron postrado de agotamiento junto a la verja de su jardín. Lo llevaron
al lecho, colocaron a su lado la caritativa ofrenda y, tras dejar con él a uno
de ellos para que lo protegiera de ladrones y asesinos, abandonaron la casa
desesperados.
Durante varios días el guardián permaneció
fiel en su puesto, hasta que los sufrimientos provocados por la falta de
alimentos pudieron más que su vigilancia. Temiendo que, en su extrema
necesidad, podría verse tentado a arrebatarle al anciano lo poco que quedaba de
sus reducidas provisiones, huyó de la casa para procurarse en las calles algún
sustento, aunque fuera abominable; a partir de ese momento Numeriano quedó
indefenso en su solitaria vivienda.
Cuando lo vimos por primera vez en las escenas
que estas páginas describen, era un hombre de propósitos austeros y energías
inagotables; un valiente reformador que vencía todos los obstáculos que se
interponían en su camino; un exitoso maestro que imponía su voluntad sobre
todos los que lo escuchaban; un padre que discurría orgulloso sobre el estado
futuro que destinaba a su hija. Ahora su aspecto era muy distinto. Con la
ambición perdida, el espíritu quebrantado y el cuerpo desvalido, apartado de su
hija por su propia decisión, yacía en el lecho solitario sumido en un letargo
semejante a la muerte. El frío viento que se colaba por la ventana abierta no
despertaba ninguna sensación en su insensible organismo; la taza de agua y los
escasos restos de vulgares alimentos permanecían al alcance de su mano, pero
era incapaz de percibirlos. Sus ojos abiertos estaban fijos en lo alto, aunque
lo embargaba un estupor como el de quien duerme profundamente o el de quien ya
está destinado a la tumba, salvo que, de cuando en cuando, sus labios se movían
lentamente con una larga y penosa inspiración, o un rubor de fiebre teñía sus
mejillas hundidas con un tinte cambiante y pasajero.
Aunque su apariencia indicaba que vacilaba
entre la vida y la muerte, sus facultades conservaban una débil vitalidad. Sin
que las despertara ninguna influencia externa ni las gobernara ningún freno
mental, creaban ahora ante sus ojos, en plena vigilia, una extraña visión, tan
palpable como un hecho real.
Le parecía que no reposaba en su alcoba, sino
en un mundo misterioso inundado por una atmósfera crepuscular,
inexpresablemente tranquilizadora y amable para sus ojos doloridos. En esa
suave claridad podía discernir, cada cierto tiempo, etéreas representaciones de
las escenas de las que fuera partícipe mientras buscaba a su hija perdida. Las
calles sombrías y las casas solitarias abandonadas a los muertos insepultos,
que explorara, aparecían y desaparecían ante sus ojos en solemne sucesión; y de
vez en vez, cuando se esfumaba una visión y antes de que brotara otra, oía a lo
lejos el sonido de amables voces femeninas que murmuraban con acento solemne:
"La búsqueda se ha hecho con penitencia, paciencia y oración, y no ha sido
en vano. ¡La que se ha perdido regresará; el ser amado volverá a tu lado!"
Tal como comenzara, la visión se prolongó un
largo rato. Ahora las escenas que había presenciado pasaban lentamente ante sus
ojos; ahora las suaves voces murmuraban misericordiosas en su oído. Al cabo
desaparecieron las primeras y las segundas callaron; entonces se produjo un
largo intervalo de silencio después del cual la luz gris y tranquila iluminó
lentamente un punto en el cual vio a su hija perdida que avanzaba en su
dirección.
Llegó a su lado, se inclinó amorosa sobre él;
sus ojos, con su antigua expresión paciente, de niña, lo miraron con pena. El
corazón del anciano revivió con un sentimiento de pavor y contrición
inenarrables, con emociones de amor y dolorosa esperanza; recuperó el habla y
susurró trémulo:
—¡Hija! ¡Hija! ¡Me he arrepentido con amargo
dolor del daño que te hice; te he buscado en medio de mi soledad en este mundo,
durante el largo día y la tenebrosa noche! ¡Y ahora Dios, en su misericordia,
te ha enviado para que me perdones! Te he amado; he llorado por ti.
Las palabras murieron antes de llegar a sus
labios, porque ahora sus sentidos se habían agudizado. Sintió las lágrimas
tibias que corrían por sus mejillas; se percató de que lo rodeaban unos brazos
amorosos; oyó una voz que repetía con tierno acento:
—¡Padre, habíame como solías; ámame, padre, y
perdóname, como me amabas y me perdonabas cuando era niña!
El sonido de esa voz tan recordada, que
siempre le hablara con bondad y reverencia; que le dirigiera, la última vez,
palabras de desesperada súplica; que casi había perdido la esperanza de volver
a oír en este mundo, penetró todo su ser, como la música que nos despierta en
el silencio de la noche. Sus ojos perdieron su expresión ausente; se incorporó
de repente en el lecho; vio que lo que comenzara como una visión había
terminado como una realidad; que su sueño había sido el anuncio de la
satisfacción de sus ansias; que su hija le había sido devuelta en su forma
corporal; e inclinó la cabeza, y tembló y lloró sobre su pecho con la
sobrecogedora plenitud de su gratitud y su goce.
Durante algunos momentos, Antonina, calmando
con el resuelto heroísmo del afecto sus propias emociones tumultuosas de temor
y aprensión, se esforzó por tranquilizar y consolar a su padre, que perdía
fuerzas por momentos. Se sentía casi paralizada de horror al pensar que ahora,
cuando tras arrostrar penas y peligros al fin regresaba junto a Numeriano, este
expiraría en sus brazos; pero aun así no la abandonó su determinación. La
última esperanza de su breve y amarga existencia era la de revivir a su padre, y
se aferró a ella con la tenacidad que nace de la desesperación.
Le habló con voz serena; le rogó que recordara
que su hija había vuelto para cuidar de él, para ser su pupila obediente como
antaño. ¡Vanos esfuerzos! Cuando aún las palabras no habían terminado de salir
de sus labios, los brazos de Numeriano, que la abrazaban, se aflojaron; su
cabeza se hizo más pesada sobre su pecho. En medio de la desesperación del
momento, Antonina se apartó de su lado y miró alrededor en busca de la ayuda
que nadie se aprestaba a prestarle. La taza de agua, las últimas provisiones de
comida, atrajeron su vista. Con rápido instinto las tomó: la esperanza, el
éxito, la salvación dependían de esos miserables restos. Introdujo la comida a
la fuerza en la boca de su padre; le humedeció con el agua los labios
agrietados y la frente reseca. Durante un instante de horrible suspenso lo vio
todavía inconsciente; entonces, revivieron las funciones vitales; volvió a
abrir los ojos, que fijó con la fuerza del hambre en el miserable alimento. Lo
devoró con avidez; tomó hasta la última gota de agua de la taza; volvió a
hundirse en el lecho. Pero ahora la sangre aletargada circulaba de nuevo por
sus venas; su corazón latía menos débilmente: estaba salvado. Antonina lo
advirtió al inclinarse sobre él; ¡salvado por su hija perdida en la hora de su
regreso! ¡Sintió un éxtasis de triunfo y gratitud cuyo súbito fulgor ningún
recuerdo doloroso podía amargar! Se arrodilló junto al lecho, casi desfallecida
por sus propias emociones. ¡Sobre la tumba del joven guerrero había alzado su
corazón a los Cielos en agonía y dolor; y ahora, junto a su padre, elevaba toda
su alma al Creador con temblorosas exclamaciones de agradecimiento y esperanza!
Así —uno recuperando lentamente lo que quedaba
de vida y de vigor en su debilitado organismo, la otra aún embargada por
absorbentes emociones de gratitud— permanecieron un largo rato el padre y la
hija. Y cuando la mañana comenzó a ceder su lugar al mediodía, la tempestad
empezó a amainar. Gradual y solemnemente, volaron lejos las vastas nubes de
tormenta y el brillante cielo azul apareció por entre las fantásticas fisuras
que se abrieron entre ellas. Las gotas de lluvia, cada vez más escasas, caían
leves y argentadas sobre la tierra, y las brisas y la luz del sol comenzaron a
atravesar a intervalos irregulares la atmósfera de Roma, infectada por la
peste. Amortiguados aún por las sombras de las nubes que se alejaban flotando,
los primeros rayos de sol se colaron con suave fulgor por las ventanas de la
alcoba de Numeriano. Juguetearon, tibios y vivificantes, sobre su rostro
agostado, como heraldos del cielo, de donde provenían, que llevaran un mensaje
de resurrección y esperanza. Su fresco y gentil roce pareció devolverle la
vida. Una vez más se incorporó y se volvió hacia su hija; y ahora su corazón
latía con un gozo saludable, y sus brazos no se cerraron en torno a ella con el
desvalimiento de la enfermedad, sino con la acogida del amor.
Cuando le habló, las palabras que salían de
sus labios eran casi incoherentes; se mezclaban en ellas confusas frases de
ternura, contrición, agradecimiento. Todo el entusiasmo innato de su carácter,
todo el amor latente por su hija que durante años sofocara su austeridad y
desviara su ambición, se expresaba al fin ahora.
Temblorosa y muda entre sus brazos, Antonina
se esforzaba en vano por devolverle sus caricias y por responder a sus palabras
de bienvenida. Ahora sabía por primera vez cuan profundo era el afecto que su
padre sentía por ella; cuan ajena a su verdadero natural había sido la
severidad que asumiera en sus relaciones previas; y en el rápido torrente de
nuevos sentimientos y antiguos recuerdos producidos por la deliciosa sorpresa
que le proporcionaba ese descubrimiento, quedó muda. Se limitaba a escuchar
ansiosa, cortado el aliento, las frases de su padre. Sus palabras, aunque
vacilantes y confusas, eran de un cariño que nunca antes le había escuchado;
eran las que la madre que no había tenido no pronunciara junto a su cama de
niña; y anidaron divinamente consoladoras en su corazón, como mensajes de
perdón salidos de labios de ángeles.
Poco a poco la voz de Numeriano se hizo más
tranquila. Alzó a su hija en los brazos y posó anhelante en su rostro los ojos
atentos y piadosos.
—¡Has vuelto! ¡Has vuelto! —musitó mientras la
miraba—, ¡Para no irte nunca más! ¡Has vuelto, hermosa y paciente, y más
bondadosa y tierna que nunca! Ámame y perdóname, Antonina. Te busqué en medio
de la soledad y la desesperación más amargas. ¡No me recuerdes como era, sino
piensa en mí como soy ahora! Hubo días, cuando eras aún una niña, en que mi
único pensamiento era cómo consentirte y deleitarte, y ahora esos días han
regresado. No leerás libros sombríos; nunca volverás a separarte de mí; tocarás
dulces melodías en el laúd; ¡llevarás guirnaldas de flores que yo te traeré!
Encontraremos amigos y alegres compañeros; ¡llevaremos con nosotros la alegría
donde quiera que vayamos! ¡Hijos como tú son una bendición de Dios, y esa
bendición me ha tocado en suerte, me ha levantado de entre los muertos! Mi
Antonina me enseñará a adorar a Dios, como yo le enseñé a ella en otros
tiempos. Orará por mí en la mañana, y orará por mí en la noche; y cuando no lo
sepa, cuando duerma, iré callado junto a su lecho y velaré su sueño, de modo
que cuando abra los ojos sea yo lo primero que vea; porque son los ojos de mi
hija, que me ha sido devuelta; ¡no hay nada en el mundo que pueda hablarme como
ellos de alegría y de paz!
Calló por un momento y miró transido de gozo
el rostro de su hija, vuelto hacia él. Su semblante se entristeció un poco al
contemplarla; tomó sus largos cabellos —todavía húmedos y desordenados por la
lluvia— y los apretó contra sus labios, su rostro, su cuello. Después, al ver
que Antonina intentaba hablar, al ver las lágrimas que inundaban sus ojos, la
atrajo más hacia sí y continuó en voz más queda y apresurada:
—¡Calla! ¡Calla! ¡No más dolor, no más
lágrimas! No me cuentes dónde has estado, no me hables de lo que has sufrido,
porque, ¿no sería cada palabra un reproche? ¡Y tú has venido a perdonarme y no
a reprocharme! ¡Que no me obliguen tus labios a recordar que fui yo quien te
apartó de mi lado! ¡Recordemos sólo que nos hemos vuelto a encontrar; pensemos
que Dios ha aceptado mi penitencia y perdonado mi pecado al devolverme a mi
hija! O, si es que hemos de hablar de los días de nuestra separación, que ya
han terminado, cuéntame cómo estuviste tranquila y segura; ¡alégrame contándome
que no todo fueron peligros y penas en ese amargo destino que mi ira culpable
forjó para mi propia hija! Dime que no sólo encontraste enemigos en tu huida,
sino también protectores; que no todos fueron duros contigo como lo fui yo; que
aquellos de quienes solicitaste amparo y resguardo te recibieron como habrían
recibido una petición de caridad y benevolencia de labios de amigos queridos!
¡Cuéntame sólo sobre quienes te brindaron protección, Antonina, porque eso me
consolará, y has venido a consolarme!
Mientras esperaba la respuesta de Antonina, la
sintió temblar sobre su pecho y vio el estremecimiento que recorrió su cuerpo.
La desesperación de su voz —aunque su única respuesta fueron las sencillas
palabras "Hubo uno", y después calló, incapaz de seguir— penetró como
un cuchillo de hielo hasta su corazón.
—¿No ha venido? —continuó Numeriano
apresurado—. ¿Por qué no está aquí? Busquémoslo ahora mismo. Debo expresarle mi
gratitud con la mayor humildad. Debo mostrarle que merecía que me devolvieran a
mi Antonina.
—¡Ha muerto! —dijo la joven con voz ahogada,
flaqueando entre los brazos que la rodeaban al recordar en todo su horror los
sucesos de la noche pasada—. Lo asesinaron a mi lado. ¡Ah, padre, padre; él me
amaba; él te habría reverenciado y protegido!
—¡Que Dios misericordioso lo reciba entre sus
benditos ángeles y lo honre como a uno de los sagrados mártires! —exclamó el
padre alzando al cielo los ojos suplicantes y cuajados de lágrimas—. ¡Que su
espíritu, si aún puede ver lo que ocurre en este mundo, sepa que su nombre se
inscribirá en mi corazón junto al de mi hija; que pensaré en él como en un
amado compañero, y que lloraré por él como por un hijo que me hubiera sido
arrebatado!
Calló y bajó los ojos al rostro de Antonina,
que aún se lo hurtaba. Ambos sentían que se había forjado un nuevo lazo de
afecto entre ellos debido a lo que cada uno dijera, pero ahora ambos
permanecieron en silencio.
Durante ese intervalo, los pensamientos de
Numeriano se apartaron de las reflexiones que hasta entonces los habían
ocupado. Las pocas palabras penosas que su hija pronunciara habían bastado para
desterrar de su corazón la plenitud del gozo, y para desviarlo del alegre
disfrute del presente hacia los tenebrosos recuerdos del pasado. Dudas y
temores vagos se mezclaban ahora con su gratitud y sus esperanzas, e
involuntariamente sus pensamientos retornaron a lo que habría querido olvidar
para siempre: la mañana en que expulsara a Antonina de su hogar.
Nacieron en su mente alarmantes e infundadas
aprensiones sobre el posible regreso del traicionero pagano y su licencioso
patrón tras el regreso de su víctima, desesperantes certidumbres acerca de su
propia indefensión y debilidad. Sus ojos recorrieron la habitación con mirada
ausente, sus manos se cerraron temblorosas sobre el cuerpo de su hija; y
entonces, soltándola de repente, se incorporó como presa del pánico y exclamó:
—¡Hay que asegurar las puertas! ¡Ulpio puede
estar cerca; el senador puede regresar!
.Intentó atravesar la habitación, pero las
fuerzas no lo acompañaron; se apoyó en la pared y repitió sin aliento:
—¡Asegura las puertas! ¡Ulpio! ¡Ulpio!
—mientras le hacía señas a Antonina de que bajara.
La joven lo obedeció temblorosa. El recuerdo
de su paso por la grieta de las murallas y de su terrible recorrido por las
calles de Roma le hizo descender las escaleras con una aprensión que superaba
incluso la de su padre.
La puerta permanecía entreabierta, como la
dejara al entrar a la casa. Antes de cerrarla y asegurarla a toda prisa, echó
una ojeada rápida a la calle. Las figuras macilentas de los esclavos aún iban y
venían penosamente en medio de los preparativos de la parodia de festejo que se
realizaban en casa de Vetranio, y aquí y allá unas pocas formas fantasmagóricas
yacían por tierra contemplándolos presas de un lánguido asombro. Aún reinaba en
todo el resto de la calle la fatídica calma de la plaga y la hambruna.
Antonina se apresuró a subir para asegurarle a
su padre que había obedecido sus órdenes y que ya estaban a salvo de toda
intrusión. Pero durante su breve ausencia, una nueva y más trágica posibilidad
de desastre había nacido en la mente del anciano.
Cuando la joven entró en la habitación se
percató de que Numeriano había regresado al lecho y de que sostenía entre las
manos el pequeño cuenco de madera, ya vacío, que contuviera su última provisión
de comida. No pronunció palabra al verla entrar; su rostro se veía rígido de
horror y desesperación mientras contemplaba el cuenco vacío, y musitaba con
aire ausente:
—¡Era la última reserva que quedaba, y fui yo
quien la consumió! ¡Las fieras del bosque les llevan alimentos a sus hijos, y
yo le he arrebatado a la mía el último bocado!
En un instante, el total desamparo de su
situación, olvidado con las alegrías del encuentro, se plasmó vividamente en la
mente de Antonina. Trató de insuflarle a su padre consuelo y esperanza; pero
las temibles realidades del hambre que padecía la ciudad se alzaban ahora de
modo palpable ante sus ojos y sofocaron en sus labios las vanas palabras de
sosiego. En medio de la aún populosa Roma, a la vista de las llanuras
circundantes donde el sol creador maduraba hora tras hora la vegetación de un
suelo feraz, donde los campos y los graneros desplegaban profusamente sus
abundantes frutos, el padre y la hija se miraron ahora, tan imposibilitados de
renovar sus agotadas provisiones de alimentos como si se encontraran
abandonados en una balsa tras un naufragio en un mar inexplorado, o desterrados
en una isla desierta cuyos productos hubieran sido agostados por vientos
infectos y cuyas áridas costas lamieran aguas tan destructoras como las que
hierven en las ciudades de las llanuras.
El silencio que reinó un largo rato en la
habitación, las amargas reflexiones que aún embargaban al desesperado padre y a
la paciente hija y que los mantenían mudos, se vieron al cabo interrumpidos por
una voz hueca y melancólica que pronunciaba en la calle, a manera de anuncio
público, las siguientes palabras:
—Yo, Publio Dalmacio, mensajero del Senado
romano, proclamo que para limpiar las calles de cadáveres, el prefecto pagará
tres mil sestercios por cada diez cuerpos que sean arrojados al otro lado de la
muralla. Este es el decreto fiel del Senado.
La voz calló, pero no se percibió en respuesta
ni el sonido de aplausos ni el murmullo de la multitud. Entonces, tras un
intervalo de silencio, se volvió a oír a lo lejos cuando el mensajero repitió
el decreto en otra calle; después, el silencio volvió a reinar sobre todas las
cosas, más terriblemente impenetrable que antes.
Cada palabra de la proclama, tanto cuando se
repitiera en la distancia como cuando se pronunciara bajo su ventana, había
llegado a oídos de Numeriano. Su mente, ya sumida en la desesperación, quedó
presa de lo que había escuchado en la voz agorera del heraldo, con una
fascinación tan absorbente como la que atrapa el ojo del viajero, mareado en lo
alto de un precipicio, al contemplar el espectáculo del abismo que se abre bajo
sus plantas. Cuando finalmente murieron los últimos ecos de la proclama, el
infeliz padre dejó caer el cuenco vacío que hasta ese momento sostuviera
mecánicamente y, con una mirada de temor dirigida a su hija, gimió para sí
mismo:
—¡Arrojarán los cadáveres al otro lado de las
murallas! ¡Los muertos serán lanzados a los vientos del cielo! ¡No podemos
esperar ayuda en la ciudad! ¡Oh, Dios, Dios! ¡Es posible que ella muera! ¡Que
arrojen su cadáver como los demás, y que yo viva para verlo!
Se levantó del lecho de un tirón; por un
momento pareció haber perdido la razón y avanzó vacilante hasta la ventana
gritando:
—¡Comida! ¡Comida! ¡Daré mi casa y todo lo que
contiene por un bocado de comida; no tengo con qué alimentar a mi hija, que
mañana morirá de hambre ante mis ojos si no encuentro comida! ¡Soy un ciudadano
romano; exijo ayuda del Senado! ¡Comida! ¡Comida!
En tono cada vez más apagado siguió gritando
lo mismo desde la ventana, pero no le respondieron voces compasivas o burlonas.
De los reunidos en la calle ante el palacio de Vetranio —ahora un número mayor
de personas— ni uno se volvió para mirarlo. Durante días y días se habían oído,
sin que ya nadie les prestara atención, peticiones infructuosas como la suya a
todas horas y en todas las calles de Roma, ahora resonando en el aire pesado
con los tonos agudos del delirio, ahora casi inaudibles con los últimos
murmullos entrecortados del agotamiento y la desesperación.
Numeriano habría seguido un largo tiempo
pidiendo en vano ayuda y piedad de un pueblo que había dejado de prestar la una
y de sentir la otra si su hija no se hubiera aproximado a él y, llevándolo
suavemente a su lecho, no le hubiera dicho con acento tierno y solemne:
—¡Recuerda, padre, que Dios envió a los
cuervos para alimentar a Elias y colmó el cántaro de la viuda! ¡El no nos
abandonará, porque nos ha devuelto el uno al otro, y no me ha mandado aquí a
morir de hambre, sino a cuidarte!
—¡Dios ha abandonado a la ciudad y a todo lo
que hay en ella! —respondió Numeriano trastornado—. ¡El ángel de la destrucción
se pasea por nuestras calles y la Muerte camina a su sombra! ¡En este día en
que la esperanza y la felicidad parecían sonreímos, nuestro pequeño hogar ha
sido condenado! ¡Los viejos y los jóvenes, los exhaustos y los avizores yacen
por igual en las calles; la hambruna ha dispuesto de todos; la hambruna
dispondrá también de nosotros; ¡no tenemos socorro ni escape! Yo, que habría
muerto pacientemente por la seguridad de mi hija, debo morir ahora en medio de
la desesperación, dejándola sin un amigo en este mundo vasto, lúgubre,
peligroso; en la ciudad sombría de la angustia, el horror, la muerte, donde
afuera acechan nuestros enemigos y puertas adentro matan el hambre y la peste!
¡Ah, Antonina! ¡Has regresado a mi lado por un corto tiempo; el día de nuestra
segunda separación ya está próximo!
Durante unos momentos inclinó la cabeza y los
sollozos ahogaron sus palabras; después se puso en pie de nuevo trabajosamente.
Haciendo caso omiso de las súplicas de Antonina, intentó otra vez atravesar la
habitación, sólo para comprobar de nuevo que sus débiles fuerzas no lo
sostenían. Al dejarse caer jadeante en un asiento sus ojos adoptaron una
expresión extraviada y anómala: la desesperación de su mente y la debilidad de
su cuerpo se habían unido para hacerle perder parcialmente la razón. Cuando su
hija se le aproximó temerosa para calmarlo y socorrerlo, le hizo una seña
impaciente de que se apartara, y comenzó a hablar con voz apagada, ronca,
monótona, mientras se apretaba la frente con una mano y recorría incesantemente
con la vista todos los objetos que había en la habitación.
—¡Escucha, hija, escucha! —comenzó con tono
apremiado—; ¡Te repito que no hay comida ni en la casa ni en Roma! Estamos
sitiados; nos han arrebatado los graneros de los suburbios y los terrenos de
cultivo de las llanuras; en la ciudad hay una gran hambruna; los que aún comen,
ingieren extraños alimentos que asquean a los hombres cuando se mencionan.
¡Hasta eso buscaría, pero no tengo fuerzas para ir a las callejas y
arrebatárselos a otros a punta de espada! Soy viejo y estoy débil y abatido;
¡yo moriré primero y dejaré huérfana a mi buena y bondadosa hija, a quien tanto
tiempo busqué y a quien quise como a mi unigénita!
Calló un instante, no para prestar oído a las
palabras de aliento y esperanza que Antonina le dirigiera mecánicamente
mientras hablaba, sino para ordenar sus pensamientos erráticos, para hacer
acopio de las fuerzas que lo abandonaban. Su voz adquirió un matiz más
acuciante y su semblante asumió una expresión de energía y ansiedad súbitas,
como si un nuevo plan hubiera nacido en su mente. Después de ese intervalo de
silencio continuó así:
—Pero aunque mi hija me pierda, aunque muera
en el momento en que más ansiaba vivir para ella, no debo dejarla desvalida; la
enviaré junto a los miembros de mi congregación, que me han abandonado, pero
que se arrepentirán cuando se enteren de mi muerte y recibirán a Antonina para
honrarme. ¡Escucha, escucha! Debes decirles que recuerden todo lo que les
revelé sobre mi hermano, de quien me separé en mi juventud; mi hermano, a quien
nunca más he vuelto a ver. Puede que viva aún, puede que sea posible encontrarlo;
deben buscarlo, porque para ti, que no tendrás padre ni guardián, el sería
ambas cosas. ¡Puede que esté ahora en Roma, puede que sea rico y poderoso,
puede que tenga comida sobrante y un refugio seguro contra enemigos y
desconocidos! Atiende, hija, mis palabras: en estos últimos días he pensado
mucho en él; lo he visto en sueños como lo vi por última vez en casa de mi
padre; era más feliz y más querido que yo; y lleno de envidia y de odio
abandoné a mis padre y me separé de él. ¡No sabías nada de esto, pero ahora
debes saberlo, para que cuando yo muera puedas buscar a alguien que te proteja!
Recibí con ira el adiós de mi hermano y huí de mi hogar —antes recordaba bien
aquellos días, pero ahora todo se desvanece de mi memoria—, después viví largos
años de desasosiego y cambios y nunca lo volví a encontrar; hombres de muchas
naciones fueron mis compañeros, pero él no estaba entre ellos; después sufrí
grandes aflicciones, me arrepentí, conocí el temor de Dios y regresé al hogar
de mi padre. Desde entonces han pasado los años, no sé cuántos; podía decir
cuántos eran cuando le hablé de mi vida previa a él; a mi amigo, cuando nos
encontramos cerca de la Basílica de San Pedro, antes de que comenzara el asedio
de la ciudad, mientras mirábamos la puesta de sol y conversábamos sobre la
época en que éramos compañeros; pero ahora hasta la memoria me falla; el hambre
que nos amenaza con la separación y la muerte oscurece con su sombra mis
pensamientos; ¡pero escúchame; escúchame con paciencia; por ti, debo continuar!
—¡Ahora no, padre, ahora no! ¡En otro momento,
en un día más feliz! —murmuró Antonina con voz trémula y suplicante.
—Cuando llegué, mi hogar había desaparecido
—continuó el anciano, triste, sin advertir ni atender sus palabras—. Otras
casas habían sido construidas donde antes se alzara la nuestra; nadie pudo
darme razón de mis padres y de mi hermano; entonces regresé y mis antiguos
compañeros me resultaron odiosos; los abandoné y me persiguieron con sus
burlas. Escucha, escucha. Partí en secreto contigo una noche para escapar de
ellos y para completar mi expiación donde ellos no estuvieran cerca para
obstaculizarla; y viajamos durante muchos días hasta llegar a Roma, donde fundé
mi hogar. Pero temí que los compañeros de los que había abominado me
descubrieran y volvieran a perseguirme; y en la nueva ciudad donde me asenté me
hice llamar por otro nombre que no era el que llevaba antes; supe así que
perderían todo rastro de mí y que estaría a salvo de esos hombres a quienes
ahora consideraba mis enemigos, ¡Ve, hija! ¡Apresúrate! ¡Trae tu tablilla y
anota los nombres que te diré, porque ellos te permitirán encontrar a quien te
proteja cuando yo me haya ido! No le digas que eres hija de Numeriano, porque
no conoce ese nombre; dile que eres la hija de Cleandro, su hermano, que murió
ansiando reunirse con él. ¡Anota, anota con cuidado, Cleandro! ¡Ese es el
nombre que me dio mi padre y que llevé hasta que huí de mis malvados compañeros
y lo cambié, temeroso de que me siguieran! ¡Cleandro! ¡Anótalo y recuérdalo!
¡Cleandro! Mis visiones me han revelado que hallarás a mi hermano. ¡No lo
encontraré yo, sino tú! ¡Tus tablillas, tus tablillas! Escribe su nombre junto
al mío, se llama...
Calló de repente. De súbito recuperó sus
facultades mentales que, trastornadas, pero no anuladas por las pruebas que
había sufrido, oscilaban entre el letargo y la animación, y al recobrar parte
de su acostumbrado equilibrio, Numeriano tomó conciencia de su propio extravío.
Las vagas revelaciones que hiciera sobre su vida pasada (que el lector
recordará que se asemejaban al intercambio sostenido sobre el mismo tema con el
granjero fugitivo, y que antes relatáramos) se le mostraron en toda su
incongruencia e inutilidad. Su rostro se ensombreció, suspiró amargamente para
sí mismo:
—¡Comienzo a perder la razón! ¡Me falla el
juicio, que debiera servirme para guiar a mi hija, y la resolución que debiera
ser su sostén! ¿Cómo podría ella encontrar a mi hermano, a quien no he podido
encontrar yo desde que era un joven? ¡Para vencer el hambre que nos amenaza a
ambos no le ofrezco más que palabras vanas! ¡Sus fuerzas comienzan a flaquear;
su rostro, que tanto gustaba yo de contemplar, se consume ante mis ojos! ¡Que
Dios se apiade de nosotros! ¡Que Dios se apiade de nosotros!
Regresó vacilante a su lecho, con la cabeza
inclinada sobre el pecho; en ocasiones un leve quejido salía de sus labios,
pero no volvió a hablar.
Aunque era presa ahora de una intensa
postración, a Antonina le resultaba menos penoso verlo así que escuchar las
incoherentes revelaciones salidas de sus labios unos momentos antes, y que,
asombrada y temerosa, había temido que fueran las terribles señales de la
pérdida de la razón de su padre. Cuando volvió a avanzar para llegar junto a
él, tembló al sentir que el agotamiento se adueñaba rápidamente de ella, pero
luchó contra su naciente desesperación y se esforzó por pensar sólo en los
medios para resistir y las posibilidades de encontrar alivio a la situación de
ambos.
El silencio que reinaba en la habitación en la
que ahora permanecían sentados uno junto al otro, era profundo y lúgubre. Una
brisa leve ora soplaba desfalleciente por la ventana abierta, ora amainaba; los
intermitentes rayos de sol aparecían y se desvanecían con el paso etéreo de las
nubes por los cielos. El tiempo avanzaba inflexible, y la Naturaleza variaba
tranquilamente en el marco de los límites que le eran propios; y aún ninguna
esperanza, ningún proyecto salvador, nada que no fueran sombríos recuerdos y
terribles anticipaciones ocupaban la mente de Antonina; pero justo cuando
inclinaba la cabeza cansada, justo cuando sus sensaciones, su fortaleza y hasta
el dolor mismo parecían derivar hacia un letargo nefasto despoblado de sueños,
nació en su mente para animarla, despertarla, inspirarla, un último pensamiento
cuyas conexiones o causas resultaban inexplicables. Se incorporó de un salto.
—¡El jardín, padre, el jardín! —exclamó sin
aliento—. ¡Recuerda los alimentos que crecen en el jardín! ¡Anímate, nos quedan
provisiones, Dios no nos ha abandonado!
Numeriano alzó el rostro al oírla hablar; su
faz asumió una expresión aún más triste y desesperanzada; miró a su hija en un
silencio ominoso y le puso la mano temblorosa sobre un brazo para detenerla
cuando se aprestaba rauda a abandonar la habitación.
—No me prohibas salir —le suplicó Antonina
ansiosa—. ¡Conozco cada rincón del jardín, porque era mío en nuestras épocas
felices; nuestra última esperanza reside en el jardín, y debo registrarlo sin
demora! Apruébame —añadió con voz queda y melancólica—; ¡aprueba, querido
padre, todo lo que ahora hago! Después de que nos separamos sufrí un cruel
dolor, que pesa como un fardo oscuro sobre todos mis pensamientos; no me queda
más consuelo que el privilegio de atender a tu bienestar; mi única esperanza de
alivio es ocuparme de ti!
Mientras Antonina hablaba, el anciano le
apretó más fuerte el brazo; pero cuando calló, dejó caer su mano e inclinó la
cabeza como señal muda de que se sometía a su ruego. La joven lo contempló un
momento tan silenciosa como él; después salió de la habitación con paso vivo e
inseguro.
Al llegar al jardín tomó inconscientemente el
sendero que llevaba al claro donde en otros tiempos tanto le gustara tocar en
secreto su laúd y contemplar las distantes montañas tumbadas bajo la tibia
atmósfera que las noches estivales derramaban sobre su azul vastedad. ¡Con
cuánta elocuencia hablaba el pequeño terreno de los tranquilos sucesos ya idos
para siempre: de las alegrías, las esperanzas, las alegres ocupaciones que
comienzan con el día que las reseña y pasan como ese día para no retornar nunca
iguales; únicamente la memoria puede preservarlas tal como eran, y el corazón
sólo puede volver a sentirlas bajo una nueva forma al estar privadas de la
presencia del compañero, del incidente del momento ya vivido, que eran la clave
del encanto del pasado y constituyen la imperfección del presente!
¡Tiernos y numerosos fueron los recuerdos que
el paisaje circundante despertó en la triste dueña del jardín, que volvía a
recorrer su pequeño dominio! ¡Vio el claro donde nunca más podría sentarse a
cantar con los mismos sentimientos que antaño inspiraran su música; vio las
corolas mustias de las flores que nunca podría cuidar con el mismo regocijo
pueril que la animara antaño! ¡Aunque aún era joven, las emociones ya idas de
sus días juveniles nunca renacerían tal como fueran antes, igual que las aguas
crecidas que corren por su lecho para no regresar nunca a la fuente que les dio
origen! Los recuerdos de los años transcurridos —del joven guerrero que yacía
helado bajo la pesada tierra, del padre abatido que se lamentaba desesperanzado
en la habitación de los altos— oprimieron su corazón cuando les volvió la
espalda a los arriates de flores, no, como en otras épocas, para proclamar su
felicidad al son de la música del laúd, sino para rebuscar laboriosamente una
fuente de sustento para la vida.
Al principio, cuando se inclinó en el suelo en
los lugares del jardín donde sabía que había plantado con sus propias manos
frutas y vegetales, las lágrimas la cegaron; se las enjugó rápidamente y miró
alrededor con ansiedad.
¡Otros habían cosechado el campo que Antonina
confiaba en que le proporcionaría abundantes frutos! En los primeros tiempos de
la hambruna, los miembros de la congregación de Numeriano habían recorrido el
jardín y recolectado para él todo lo que contenía; no sólo sus productos más
exquisitos, sino también los más humildes, se habían agotado; la tierra yerma
estaba cubierta de hojas marchitas, y sobre ellas se balanceaban en el aire
ramas desnudas. Antonina recorrió todos los senderos, rebuscando entre las zarzas
y los abrojos, que le daban un aspecto ruinoso al jardín desolado; exploró los
rincones más ocultos con la penosa perseverancia que es hija de la
desesperación; pero dondequiera que se volvía encontraba la misma aridez. En
ese terreno otrora fértil, en el que se adentrara con tan gozosa confianza en
sus recursos, sólo quedaban unas pocas raíces descompuestas, olvidadas entre
enmarañados herbazales y flores mustias.
Al acopiarlas, Antonina se percató de que
apenas bastaban para una comida exigua, y regresó lentamente a la casa.
Mientras subía los peldaños de la entrada no dejó escapar una palabra, ni una
lágrima corrió por sus mejillas: sus esperanzas, sus temores, su entendimiento,
sus sensaciones mismas se habían embotado desde el momento en que descubriera
que en el jardín, como en la casa, la inexorable hambruna se había adelantado
para disponer de sus últimas posibilidades de alivio.
Entró en la habitación y, todavía con las
raíces resecas entre las manos, avanzó mecánicamente hasta el lecho de su
padre. Durante su ausencia, las facultades mentales y físicas de Numeriano
habían cedido al cansancio: el anciano estaba sumido en un profundo y pesado
sueño.
Antonina experimentó cierto alivio al advertir
que se veía libre durante un tiempo de la inevitable necesidad de confesarle lo
fútil de las esperanzas que ella misma despertara. Se arrodilló junto a
Numeriano y apartó con suavidad los cabellos que le cubrían la frente; después
corrió la cortina de la ventana, porque temía que la brisa que se colaba por
ella lo despertara. Una extraña y secreta satisfacción ante la idea de
dedicarle a su padre cada momento del tiempo y cada partícula de la energía que
le restaban —una pronta resignación a la muerte, a morir por él— se adueñó de
su corazón y ocupó allí el lugar de toda otra aspiración y todo otro
pensamiento.
A continuación comenzó a moverse por la
habitación con una prudente tranquilidad que nada lograba alterar; preparó sus
raíces escuálidas con un paciente cuidado que nada interrumpió. Incapaz de
sentir, merced al cúmulo de desgracias de su situación, nuevos dolores y
aprensiones, podía aún realizar instintivamente las sencillas tareas que como
mujer e hija le correspondían, como las habría realizado en una época de paz y
en el seno de un hogar próspero. ¡Es así que los afectos primeros sobreviven al
agotamiento de todas las emociones tormentosas y todas las ambiciones de años
posteriores, que pueden ocupar, pero no absorber, el espíritu que nos anima; es
así que cuando el clamor de las pasiones encontradas se apaga al calor de su
propia furia, su voz amistosa y familiar vuelve a hablarnos, serena y nutricia
como al inicio, cuando la mente se movía segura dentro de los límites de su
simplicidad original y el corazón aún latía feliz en la pura tranquilidad de su
reposo primero!
La última y exigua comida estuvo pronto lista;
Antonina la probó y la encontró amarga y desabrida —hasta a los más vigorosos
les habría resultado difícil preservar la vida con alimentos tan poco
apropiados—, pero la puso a un lado con tanto cuidado como si se tratara del
plato más exquisito del más abundante festín.
Nada había cambiado mientras se mantuvo
entregada a su solitaria tarea: su padre seguía durmiendo; el mismo sombrío
silencio reinaba en la calle. Se fue a la ventana y descorrió un poco la
cortina para que la brisa tibia que venía del exterior soplara sobre su frente
fría. La misma inefable resignación, la misma extraña quietud que se abatiera
sobre sus facultades desde que llegara a la habitación seguía dominándolas. Los
objetos que la rodeaban no lograban captar su atención; los recuerdos y los
presentimientos no abandonaban su mente. Una impavidez marmórea cubría su
semblante; en ocasiones sus ojos se trasladaban mecánicamente de los bocados de
comida que conservaba a su lado hasta su padre dormido, según revivía o se
apagaba su única idea fija de dedicarse a atenderlo hasta que el débil pulso de
la vida latiera en él por última vez; pero no mostraba ninguna otra evidencia
de vida física o actividad mental. Sentada como estaba en la habitación en
semipenumbra junto al lecho donde reposaba su padre, con el semblante
tranquilo, pálido, inmóvil y el cuerpo envuelto en ropajes de un blanco
frígido, por momentos se asemejaba a una de las devotas penitentes de la
Iglesia primitiva, designada para velar en las casas visitadas por la parca y
sorprendida en su santa vigilia por la llegada de la muerte.
Pasó el tiempo; las monótonas horas del día
dieron paso de nuevo a la noche; y la peste y la hambruna corrían su curso en
las calzadas romanas condenadas a una terrible suerte. Para el padre y la hija
la arena del reloj pasaba rauda; y ninguno de los dos comprobaba su mengua. El
durmiente seguía sumido en su reposo y la guardiana aún velaba a su lado; pero
ahora su mirada cansada se posaba en la calle, atraída inconscientemente por el
sonido de voces que al fin subía de ella a intervalos, y por la luz de antorchas
y lámparas que se encendían en el gran palacio del senador Vetranio a medida
que el sol se ponía poco a poco en el horizonte y las ígneas nubes que lo
rodeaban se apagaban en los vapores de la ya próxima noche. Antonina tenía la
vista clavada en el cuadro que se desarrollaba a sus pies, pero no hacía ningún
movimiento ni su rostro asumía otra expresión que no fuera la solemne y ausente
paz que lo embargaba.
Entretanto, el breve, suave crepúsculo
refulgía sobre la tierra y daba paso a la fría luna, solitaria en el cielo sin
estrellas; ¡entonces, a su pálida señal, las sigilosas tinieblas se espesaron
lentamente en torno a la Ciudad de la Muerte!
CAPÍTULO XXII
EL BANQUETE DEL
HAMBRE
De todas las profecías, probablemente las que
con más frecuencia resultan erróneas son las que tenemos más tendencia a
aventurar al tratar de predecir el efecto de los sucesos en el carácter de los
hombres. Nunca se ven más frecuentemente desmentidos nuestros pronósticos que
en esos intentos de estimar por anticipado la influencia de las' circunstancias
sobre la conducta, no sólo la de los demás, sino incluso la propia. Cuando
ocurren los hechos, los hombres a quienes juzgamos a la luz de nuestras
observaciones previas de ellos, actúan bajo su influjo como contradicciones
vivientes de su propio carácter. El amigo con el que mantenemos un trato social
cotidiano en el curso de la vida y el héroe favorito de nuestros estudios
históricos en el curso de la página, desconciertan, exceden o frustran nuestras
expectativas. Y al final nos percatamos de que resulta tan vano prever una
causa de las arbitrarias incoherencias de la índole humana como fijarles un
límite.
Pero aunque especular sobre la futura conducta
de los demás al calor de circunstancias por venir no sirva a menudo más que
para poner en evidencia la falacia de nuestras más sabias predicciones,
contemplar la naturaleza de dicha conducta después de que se desarrolla es un
útil empleo para la curiosidad y puede quizás resultar una fructífera fuente de
instrucción. Acontecimientos similares ocurridos en diferentes períodos se
despojan de su monotonía y adquieren nueva importancia a partir de los siempre
cambiantes efectos que producen en el carácter humano. De ahí que en el gran
acontecimiento que sirve de base a nuestra narración, el asedio de Roma,
encontremos quizás poco, si lo consideramos como un mero suceso, que lo
distinga notablemente de cualquier otro asedio previo a la ciudad: el mismo
afán de gloria y venganza, de riquezas y poder que llevó a Alarico a sus
murallas, llevó antes que él a otros invasores. Pero si observamos el efecto
que la marcha de los godos sobre Italia tuvo sobre los habitantes de la
capital, encontraremos abundante material para un examen novedoso y una
sorpresa sin límites.
Advertiremos, como pasmoso ejemplo de las
incoherencias del carácter humano, el espectáculo de todo un pueblo que
respondía con un resuelto desafío a una abrumadora invasión extranjera que se
hallaba a sus puertas, justamente en el período en que había caído de modo más
irremediable de las alturas de la gloría a los abismos de la degradación; que
resistía a un enemigo todopoderoso con inflexible obstinación, en nombre del
mismo honor de Roma que mancillara vilmente u olvidara con negligencia durante
siglos. Veríamos morir de hambre resueltamente por la causa de su país a
hombres que hasta ese momento rieran ante la mera mención del patriotismo; a
hombres que no se detenían ante ninguna villanía para obtener riquezas
vacilando antes de emplear sus ganancias mal habidas para adquirir el más
importante de todos los bienes: la paz y la seguridad propias. Se podrían citar
ejemplos del inimaginable efecto producido por el sitio de Roma en el carácter
de los habitantes de las más diversas clases sociales de la ciudad, desde las
inferiores hasta las más altas, desde la de los patricios hasta la de los
plebeyos; pero introducirlos aquí sería aceptar una interrupción demasiado
larga en el curso de la presente narración. Si abordamos el tema con todos sus
detalles, debe ser sólo en un caso claramente vinculado a las necesidades
reales de nuestra historia; y es posible encontrar tal caso, en esta coyuntura,
en la conducta del senador Vetranio bajo el influjo de las peores calamidades
resultantes del asedio de Roma por los godos.
¿Quién —podría preguntarse— conociendo el
carácter de ese hombre, la frivolidad de su índole, su voluptuoso afán de
diversiones y comodidades sin fin, su horror ante la más ligera proximidad de
una aflicción o un dolor, lo habría imaginado capaz de rechazar con desdén
todas las pequeñas posibilidades de seguridad presente y prosperidad futura que
su poder y su riqueza ilimitados le habrían podido procurar, incluso en una
ciudad azotada por la hambruna, y de alzarse súbitamente a las sublimes cimas
de la desesperación criminal con la decisión de abandonar la vida por indigna
de ser vivida en el momento en que dejaba de correr por el cómodo cauce de su
existencia anterior? Y sin embargo, a esa decisión había llegado ahora; y lo
que es todavía más extraordinario, había encontrado entre las filas de los
patricios a otros que se le habían unido en esa determinación.
El lector recordará su alocado anuncio al
prefecto Pompeyano, durante la etapa temprana del asedio, de la orgía que tenía
intención de celebrar; ese anuncio iba a convertirse ahora en realidad.
Vetranio había invitado a sus convidados al Banquete del Hambre. ¡Un escogido
número de senadores de la gran ciudad vindicaría su fama de osadía muriendo
como los libertinos que fueron; rehusando despreciativos la perspectiva de
morir de hambre, como el rebaño de los hombres comunes, sobre la base de una
ración diaria cada vez menor de comida abominable; haciendo una salida triunfal
de una vida de sumisión y sinsabores, ahogados en torrentes de vino y
alumbrados por las llamas del palacio más opulento de Roma!
La intención inicial había sido la de mantener
esa extraviada decisión en total secreto, para que la tremenda catástrofe
cayera sobre los restantes pobladores de la ciudad como un prodigio del cielo,
pero los esclavos encargados de organizar el banquete suicida habían sido
sobornados con vino para que realizaran sus tareas, y en el descuido de la
embriaguez habían revelado a otros todo lo que oían dentro de las paredes del
palacio. La noticia pasó de boca en boca. La perspectiva de presenciar el
incendio del palacio y el suicidio ebrio de los desesperados comensales bastaba
para animar hasta la curiosidad embotada de una turba hambrienta.
En la noche escogida, personas procedentes de
todos los barrios de la ciudad arrastraron sus miembros cansados hasta la
colina Pinciana. Muchos murieron en el trayecto; muchos desistieron de la
decisión de llegar al término del viaje y buscaron refugio en las casas vacías
a lo largo'del camino; muchos encontraron oportunidad para el saqueo y el
crimen mientras se dirigían a su destino, y ello los tentó a abandonar su
empeño; pero muchos perseveraron en sus propósitos, los moribundos arrastrados
por los vivos, los cobardes espoleados por las burlas malévolas de los
temerarios, hasta que llegaron a las puertas del palacio. Eran sus voces, que
llegaran a sus oídos desde la calle, las que habían despabilado las
desfallecientes facultades de Antonina, aunque no lograron revivirlas; y allí,
en el ancho pavimento, se hallaban tumbados los ciudadanos de una ciudad
extenuada, una asamblea de apestados y criminales, ¡una horda hambrienta y
terrible!
La luna, abrillantada por la creciente
oscuridad, iluminaba ahora diáfanamente la calle y revelaba la escena
impresionante y heterogénea que se desarrollaba en un reducido espacio.
El lado del camino en el que se alzaba el
palacio de Vetranio estaba ocupado, hasta donde alcanzaba la vista en la noche,
por las arboledas y edificaciones anexas a la mansión del senador. En el
extremo más alto y alejado de la calle —mirando desde la Puerta Pinciana— un
ancho pasaje abovedado unía los terrenos del palacio a ambos lados de la calle,
que después se extendían hasta topar con los árboles del jardincito del hogar
de Numeriano. Paralela a esa casa, pero separada de ella por un pequeño
espacio, había una larga hilera de edificios que se alquilaban por pisos a
diferentes inquilinos, y que se alzaban hasta una altura peligrosa, porque en
la antigua Roma, como en el Londres moderno, debido a los altos precios del
suelo en una ciudad superpoblada, los constructores sólo podían aumentar el
espacio de una vivienda haciendo una inconveniente adición a su altura. Más
allá de esos edificios de vivienda se alzaban los árboles que rodeaban otra
morada patricia, y todavía más allá, las casas hacían un giro brusco, y no se
veía nada más en línea recta que algunos objetos indistintos y nebulosos en la
distancia.
El aspecto de la calle frente a la mansión de
Vetranio, de no haber estado ocupada por los repulsivos grupos que allí se
habían formado, habría sido muy hermoso en el momento sobre el que escribimos.
La fachada noblemente simétrica del palacio, con su graciosa sucesión de largos
pórticos y estatuas colosales, contrastaba con la apariencia pintorescamente
irregular de la casa de Numeriano y de los grandes edificios que quedaban a su
costado. Las suaves masas indistintas de follaje desplegadas paralelamente a lo
largo de los extremos más cercanos de la calle, a las que el pasaje abovedado
daba término y conectaba con el jardín del lado opuesto, en el que había unos
altos pinos que se recortaban gigantescos contra el cielo transparente; la
brillante iluminación que se filtraba hasta el pavimento a través de las
coloridas cortinas de las ventanas del senador, en inmediato contraste con la
apacible luz de la luna que alumbraba el panorama más distante; todo ello
formaba un cuadro en el que se mezclaban lo natural y lo artificial en las más
exquisitas proporciones; un cuadro cuyas poesía y belleza inefables habrían
hechizado, en otra noche, el ojo más indiferente y exaltado la mente más
frivola. Pero ahora, colmado de grupos de personas macilentas de hambre y deformadas
por la enfermedad; quebrantada su quietud a intervalos sombríos por gritos
encontrados de súplica, desafío y desesperación, sus más soberbias
perfecciones, hijas de la Naturaleza y del Arte, parecían refulgir con amarga
burla en torno a la miseria humana que su esplendor ponía al descubierto.
Más de cien personas —en su mayoría de las
clases más bajas— se congregaban frente al malhadado hogar del senador. Algunos
recorrían lentamente la calle de un lado a otro, y la luz que los rodeaba
dotaba a sus figuras de un aspecto incorpóreo y solemne; pero la mayoría
permanecía tumbada en el pavimento entre la pared de la casa de Numeriano y la
entrada de las altas edificaciones a su costado. Iluminados por el resplandor
directo de la luz que salía por las ventanas del palacio, esos grupos,
apelotonados en las poses convulsas que producen el sufrimiento y la
desesperación, habían adquirido un aspecto temible y sobrenatural. Sus rostros
consumidos, sus vestidos en harapos, sus cuerpos macilentos, aquí postrados,
allá semincorporados, estaban bañados por un tenaz resplandor rojizo. Muy por
encima de ellos, en las ventanas de los altos edificios cuyos pisos ocupaban
ahora los muertos, unos pocos individuos (los mercenarios guardianes de los
moribundos) sacaban las cabezas para ver el palacio del otro lado de la calle,
y sus rostros marchitos se veían pálidos a la clara luz de la luna. A veces se
oían sus voces, que exhortaban burlonas a los congregados debajo a derribar las
fuertes verjas de acero del palacio y arrancar la copa rebosante de vino de los
labios de su dueño. A veces, los que estaban a sus pies les respondían con
insultos que se alzaban en coro delirante, mezclados con los lamentos de las
mujeres y los niños, los quejidos de los apestados y las súplicas de los
hambrientos, que les rogaban caridad y ayuda a los esclavos que iban y venían
tras las rejas del palacio.
En los intervalos, cuando el tumulto de voces
exhaustas se debilitaba un poco, se oía un sonido monótono, de golpes
regulares, producido por los que habían encontrado huesos mondos durante el
trayecto hasta el palacio, y golpeaban con ellos el pavimento, en sitios
abrigados, pidiendo comida. El viento, que fuera fresco por el día, había
cambiado al atardecer, y ahora soplaba desde el este en bocanadas lentas,
débiles, calientes, portadoras de la peste. Trozos de los vestidos harapientos
de algunos de los cuerpos postrados que yacían más expuestos a su paso,
ondeaban lentamente con cada ráfaga, como estandartes plantados por la Muerte
en las defensas a punto de caer rendidas de la ciudadela de la Vida. El viento
se colaba por las ventanas abiertas del palacio, cálido y mefítico, como
contaminado por el aliento de las palabras furiosas e impúdicas que llevaba
hasta la sala de banquetes donde se encontraban los temerarios invitados del
senador. Al recorrer las escenas que se desplegaban a su paso, adquiría una portentosa
significación: parecía soplar como la atmósfera que exudan los abismos de horno
del centro de la tierra y exhalar siniestras advertencias sobre una fatal
convulsión de toda la trama de la Naturaleza en la calle atestada y lúgubre.
Ese era el panorama que se desplegaba frente
al palacio y esos los espectadores reunidos con feroz ansiedad para ser
testigos de la destrucción del hogar del senador. Mientras tanto, en el
interior del edificio ya estaba a punto de comenzar la fatal orgía.
Los esclavos (quienes, a partir de las
calamidades acaecidas en la ciudad sitiada habían relajado con absoluta
impunidad la usual obediencia implícita a sus amos) habían acordado que en
cuanto concluyeran los últimos preparativos estarían en libertad de ocuparse de
su propia seguridad abandonando el palacio maldito. Ya se podía advertir a
algunos de los más débiles y pusilánimes salir a toda prisa hacia los jardines
por las puertas traseras, como ingenieros que, tras colocar la carga para volar
un tren, escaparan antes de que se produjera la explosión. La mayoría de los
sirvientes que aún permanecían en el palacio se dedicaban a beber de las jarras
de vino que se les habían entregado para que conservaran hasta el último
momento las fuerzas desfallecientes.
La bufonada de la ocasión se había extendido
incluso a sus vestidos: sus cuerpos consumidos estaban ataviados con libreas
verdes y fajas de color cereza. Bebían en absoluto silencio. En sus filas no se
advertía la menor señal de libertinaje o embriaguez. Confusamente apelotonados,
como tratando de protegerse unos a otros, de vez en cuando les lanzaban rápidas
ojeadas de sospecha y aprensión a unos seis u ocho sirvientes de más categoría
que iban una y otra vez hasta el extremo más alejado del corredor ocupado por
sus camaradas, y que en ocasiones avanzaban por los rectos pasillos que desde
allí conducían a las puertas delanteras de la mansión, donde parecían
intercambiar furtivas señales con algunos de los congregados en la calle. Se
habían corrido vagos rumores sobre la existencia de una conspiración secreta
entre algunos de los esclavos principales y ciertos rufianes escogidos,
encaminada a asesinar a todos los ocupantes del palacio, apoderarse de sus
tesoros y, después de abrir las puertas de Roma a los godos, escapar con el
botín en medio de la confusión del pillaje de Roma. Nada se había averiguado de
cierto, pero los pocos domésticos que se mantenían apartados eran objeto de la
unánime sospecha de sus compañeros, que los vigilaban con ojos ansiosos mientras
bebían su vino. Aunque la escena que se desarrollaba entre los esclavos que aún
permanecían en el palacio era diferente de la que protagonizaban los grupos
dispersos en la calle, la primera era, a su manera, un anuncio tan sombrío de
una calamidad en ciernes como la segunda.
La gran sala de banquetes del palacio,
preparada como estaba ahora para una festividad, mostraba un aspecto
desconocido y melancólico.
Las macizas mesas aún se extendían a todo lo
largo de la noble habitación, rodeadas por lujosos triclinios, como en épocas
pasadas; pero en sus brillantes superficies no había ni el menor vestigio de
comida. Ricas jarras, garrafas y copas, todas rebosantes de vino, ocupaban la
mesa del banquete. Arriba, colgadas del techo a poca altura, ardían diez
grandes lámparas, cuyo número se correspondía con el de los comensales
reunidos, que, de los cientos de calaveras que se hartaran a expensas de
Vetranio durante las espléndidas veladas que ya nunca se repetirían, eran los
únicos que se habían mostrado dispuestos a asistir al jolgorio. En el extremo
de la habitación más alejado de la gran puerta .de entrada colgaba una gruesa
cortina negra, aparentemente destinada a mantener en el misterio un objeto que
se encontraba detrás de ella. Delante de la cortina ardía una lamparita de
cristal amarillo colocada sobre una alta base dorada, y debajo y a su
alrededor, amontonados contra las paredes laterales y sobre parte de la mesa,
había una masa heterogénea y confusa de objetos suntuosos, todos de naturaleza
más o menos inflamable, y todos rociados con aceites perfumados. Cientos de
yardas de colgaduras de espléndida variedad, rollos de manuscritos, abigarrados
vestidos de todos los colores, juguetes, utensilios, innumerables muebles de
madera repujada con hermosos y raros diseños habían sido descuidadamente
apilados contra las paredes de la habitación y se alzaban en un alto montón
hacia el techo.
En todos los espacios de las mesas que no
estaban ocupados por las jarras de vino se habían colocado joyas de oro y
piedras preciosas que deslumhraban la vista con su brillo, mientras que en
extraordinario contraste con la magnificencia tan profusamente desplegada, en
una de las esquinas de la habitación más cercanas a la puerta se advertía un
viejo pedestal de madera, cubierto por una burda tela, en el que había uno o
dos cuencos del barro más corriente que contenían lo que podría denominarse una
"papilla" de salvado cocido y carne de caballo salada. El olor
repulsivo que quizás despidiera ese extraño compuesto era ahogado por los
diversos perfumes que se habían dispersado en la habitación, que, al mezclarse
con la brisa cálida que se colaba desde la calle por las ventanas, producían
una atmósfera tan opresiva y debilitante, a pesar de la seducción artificial
que constituían para el sentido del olfato, como el aire de una celda o los
vapores de un pantano.
Aunque la transformación del aspecto de la
sala de banquetes resultaba notable, no era más que un débil reflejo del
deterioro sufrido por la apariencia del anfitrión y sus invitados. Vetranio
estaba reclinado a la cabeza de la mesa, vestido con una estola escarlata.
Cubría su pecho una toalla bordada, con borlas y festones morados unidos por
aros de oro, y brazaletes de plata y marfil adornaban sus brazos. Pero el
atuendo era lo único que quedaba del hombre de otros tiempos. La inclinación de
su cabeza se semejaba a la que produce la vejez; sus brazos enjutos parecían
casi incapaces de sostener el peso de los adornos que refulgían en ellos; sus
ojos habían adoptado una permanente expresión de trastorno y enajenación; y una
palidez mortal cubría las mejillas otrora turgentes y joviales que tantas
amantes besaran, en rapto mercenario, en épocas pasadas. Tanto en su apariencia
como en sus maneras el elegante voluptuoso que conocimos en la corte de Rávena
estaba total e irremisiblemente cambiado. Los otros ocho patricios que se
reclinaban en los triclinios en torno a su transformado anfitrión —algunos
vocingleros e irreflexivos, otros sombríos e idiotizados— también habían
sufrido la ordalía del asedio, el hambre y la peste.
Esos eran los reunidos, representados en lo
alto por nueve de las lámparas encendidas. La décima y última indicaba la
presencia de un invitado más, que se reclinaba en su triclinio un poco apartado
del resto.
Ese individuo era un jorobado; su rostro
enjuto y huesudo era de un tamaño repulsivamente desproporcionado en relación
con su cuerpo diminuto, que parecía doblemente despreciable envuelto como
estaba en una túnica ancha y de colores abigarrados. Salido de los estratos más
bajos de la plebe, había conquistado gradualmente el favor de sus superiores
con su habilidad para las parodias burdas y para proveer los medios que
satisficieran los peores vicios de todos los que empleaban sus servicios.
Después de perder a la mayor parte de sus clientes durante el asedio y de
hallarse librado a morir de hambre, había obtenido permiso ahora, como último
recurso, para participar en el Banquete del Hambre, a fin de animarlo con una
última exhibición de sus bufonadas y de morir con sus amos como viviera con
ellos: como un esclavo, un parásito, un imitador de los peores de sus vicios y
los más horrendos de sus crímenes.
Al inicio de la orgía, casi lo único que se
oía era el entrechocar de las copas de vino, los ocasionales murmullos de los
comensales y las voces confusas de los congregados afuera, que se colaban por
la ventana desde la calle. El desesperado pacto, ahora que su ejecución había
finalmente comenzado, sobrecogió a los comensales al principio a pesar de sí
mismos. Al cabo de un rato, cuando se hizo una pausa de relativo silencio
—cuando una temporal calma se impuso a los sonidos procedentes del exterior,
cuando se vaciaron las copas de vino y reposaron sobre la mesa por un momento
antes de que fueran de nuevo llenadas—, Vetranio se levantó vacilante y tras
anunciar con una sonrisa de burla que iba a pronunciar la apología fúnebre
propia y de sus amigos, apuntó a la pared que quedaba a sus espaldas como a un
objeto destinado a despertar el asombro o la hilaridad de sus temperamentales
invitados.
En la parte superior de la pared se habían
colocado varias estatuillas de bronce y mármol que representaban todas al dueño
del palacio y estaban todas adornadas con láminas de oro. Debajo se podían ver
los contratos de arriendo de sus haciendas, escritos en diversos colores sobre
pergamino blanco; y todavía más abajo, rayado en el mármol con caracteres
superficiales e irregulares, estaba nada menos que su epitafio, compuesto por
él mismo. Su traducción sería más o menos la siguiente:
¡Detente, Espectador!
Si has cultivado con reverencia los placeres
del gusto,
haz un alto en estas ilustres ruinas
de lo que fue un palacio;
y lee con respeto, sobre esta piedra,
el epitafio de
VETRANIO, el senador.
Fue el primero en inventar una
Salsa para Ruiseñores exitosa:
su genio atrevido y creativo añadió mucho, y
habría
añadido aún más al
ARTE DE LA GASTRONOMÍA;
pero por desgracia para los intereses de la
ciencia
vivió en la época en que los bárbaros godos
sitiaron
LA CIUDAD IMPERIAL;
¡la hambruna lo dejó sin recursos para sus
experimentos gustativos,
y la peste lo privó de cocineros a los cuales
instruir!
Desafiado en todo sentido por la fuerza de
circunstancias
adversas, y convencido de que su vida ya no
era de utilidad para
los intereses culinarios de Roma,
invitó a amigos escogidos a ayudarlo,
bebió a conciencia hasta la última gota del
vino que quedaba
en sus bodegas,
encendió la pira funeraria de él y de sus
invitados
en la sala de banquetes de su propio palacio
y murió, como había vivido,
¡como el patriótico CATÓN
de la gastronomía de su país!
—¡Ved —exclamó Vetranio señalando al epitafio
con aire de triunfo—, ved en cada línea de esas palabras elocuentes la garantía
de mi resuelta adhesión al compromiso que nos une aquí y las bases de mi justo
reclamo al respeto de la posteridad por mis servicios a la más útil de las
artes, que practiqué en beneficio de la especie! ¡Leed amigos, hermanos,
mártires también de la gloria, y mientras leéis, regocijaos conmigo por la hora
de nuestra partida de este teatro mancillado, que ya no es digno de la celebración
de los Juegos de la Vida! ¡Pero antes de que continúe el banquete, escuchadme:
este es mi último discurso, que pronuncio en mi calidad de arbitro de nuestro
fúnebre cónclave, de anfitrión del Banquete del Hambre!
"¿Quién se resignaría a consumirse
innoblemente vencido por la lenta superioridad del hambre, o a perecer bajo el
acero centelleante de la espada del conquistador bárbaro, cuando se le ofrece
la posibilidad de optar por una muerte como la nuestra? ¿Cuando el vino corre
resplandeciente para ahogar los sentidos en la indiferencia, y un palacio y
todos sus tesoros son el escenario de la juerga y la radiante pira funeraria?
¡Los grandes filósofos de la India —los inspirados gimnosofistas— murieron como
lo haremos nosotros! ¡Calano ante Alejandro, Zamaro en presencia de Augusto,
encendieron las hogueras que los consumieron! ¡Sigamos su glorioso ejemplo!
¡Los gusanos no harán presa de nuestros cuerpos, no aullarán discordantes
plañideras a sueldo en nuestros funerales! ¡Purificados por el resplandor del
fuego primigenio, desapareceremos triunfantes de la vista de amigos y enemigos,
y seremos un maravilloso espectáculo para este mundo y una visión de gloria
para los mismos dioses!
"¿Es acaso un día más o menos de vida lo
que nos importa ahora? ¡No; es sólo hacia la muerte más fácil y noble que
pueden volverse nuestras aspiraciones! ¡No hay uno entre nosotros a quien
puedan ya interesarle las preocupaciones de la existencia!
"Aquí, a mi derecha, se encuentra
reclinado mi estimado camarada de mil banquetes, Furio Balburio Plácido, quien,
cuando navegábamos por el lago Lucrine se quejaba de intolerables molestias si
una mosca se posaba en los dorados pliegues de su sombrilla; quien penaba por
una tierra de oscuridad cimeria si un rayo de sol penetraba a través del dosel
de seda de la terraza de su jardín; ¡y quien ahora le disputa un bocado de
carne de caballo al más miserable de sus esclavos y cambiaría la más rica de
sus villas campestres por un cesto del pan más vil! ¡Ah, Furio Balburio
Plácido, ¿de qué puede servirte ya la vida?
"Allá, a mi izquierda, distingo el
semblante alterado, pero aún expresivo, del resuelto Tacío, que castigaba con
cien latigazos a un esclavo si no le traía su agua tibia en cuanto la ordenaba;
el mismo cuyo sereno desprecio por todos los miembros de la especie humana con
excepción de él mismo lo dispusieran otrora entre los más grandes filósofos de
la humanidad; ¡hasta él deambula ahora por su palacio sin que nadie lo sirva y
adula al plebeyo que le vende una ración de asqueroso salvado! ¡Ah, admirado
amigo, sabio Tacio, dime, ¿hay algo en Roma que te haga posponer tu viaje a los
Campos Elíseos?
"¡Un poco más lejos en la mesa veo,
bebiendo copiosamente mientras hablo, oh, Marco Moecio Moemio, tu figura antaño
rolliza y jovial! Tú, que solías otrora regocijarte de lo largo de tu nombre,
porque les permitía a tus amigos beber más al brindar con una copa por cada una
de sus letras, dime, ¿qué sala de banquetes que no sea esta permanece abierta
para ti? Y así, privado en la ciudad de tus triunfos sociales, ¿qué te
convencería de no hacer de nuestra solemnidad festiva tu última juerga en este
mundo?
"Y tú también, gracioso jorobado,
príncipe de los parásitos, inescrupuloso Reburro, ¿dónde que no sea en este
Banquete del Hambre te proporcionarán tus bufonadas ahora un trago de vino
reanimador? ¡Tus amos te han dejado abandonado en el estercolero del que
saliste! ¡Nunca más harás zalemas en su nombre cuando pidan préstamos ni
bravuconadas cuando pagan! ¡No harás más falsas acusaciones de envenenamiento o
empleo de la magia para enviar a prisión a sus enojosos acreedores! ¡Ah,
oficioso sicofante, ya tus ocupaciones son cosa del pasado! ¡Bebe mientras
puedas y después abandona tus despojos al arráyente lodo!
"Y vosotros, mis cinco amigos restantes,
a quienes, poco deseoso de más demoras, me dirigiré colectivamente, pensad en
la época cuando la sospecha de una enfermedad infecciosa de cualquiera de
vuestros compañeros bastaba para separaros del más querido de ellos; cuando los
esclavos que venían de sus palacios se veían sometidos a largas abluciones
antes de acercarse a vuestra presencia; y al recordarlo, reflexionad que la
mayoría de nosotros, quizás todos, nos reunimos aquí ahora ya contagiados por
la peste, y entonces decidme, ¿qué de bueno tiene penar por una vida que ya no
os pertenece?
"No, amigos, hermanos de este banquete;
al sentir que cuando la vida no tiene valor es locura vivirla, no podéis
renunciar a la espléndida decisión que nos une, no podéis deteneros en vuestra
gozosa partida de este mundo; ¡os agravio al dudarlo! Permitidme, en cambio,
reclamar vuestra atención para un tema más digno: la enumeración de las
ceremonias festivas que marcarán el curso del banquete. Concluida esa tarea,
después de realizar como corresponde la ceremonia de daros la última bienvenida
a estos salones, me uno a vosotros una vez más en vuestro homenaje final a la
deidad que preside nuestras vidas sociales, ¡al dios del Vino!
"No os resulta nuevo, conocedores como
sois de las antiguas y amenas costumbres de la mesa, que algunos de los que nos
precedieron acostumbraban a pedirle que presidiera sus banquetes a uno de los
grandes espíritus avezados en la filosofía, haciendo así las veces de maestro
además de ser un comensal. Me he ocupado de revivir esa tradición; y como
nuestra reunión no tiene paralelos en lo heroico de su propósito, me propuse
invitar a él a alguien también sin paralelo, fuera como maestro o como
comensal. Animado por una original idea, sin que lo advirtieran mis esclavos,
auxiliado sólo por mi niño cantor, el fiel Glyco, he logrado esconder detrás de
esa cortina negra a un invitado a nuestra juerga distinto a todos con los que
habéis compartido antes un banquete, cuya aparición en el momento adecuado os
llenará de irresistible asombro, y cuyo discurso —pleno no sólo de sabiduría
humana— se inspirará en los secretos nocturnos de la tumba. A mi lado, en este
pergamino, están las preguntas que le dirigirá Reburro al Oráculo de los
Misterios de Otras Esferas cuando se corra la cortina.
"¡Ved ante vosotros, en esas jarras, todo
lo que queda de mis bodegas antaño bien surtidas, y todo lo que ofrezco a los
paladares de mis invitados! Asistimos al Banquete del Hambre, y ningún alimento
más vulgar que el vino inspirador se admitirá en la mesa de la bacanal. No
obstante, si alguno de vosotros, en sus últimos momentos, siente la debilidad
de contaminar sus labios con una comida digna sólo de los gusanos, puede
dirigirse a la pobre y mezquina mesa, símbolo de la pobre y mezquina comida que
en ella se encuentra, y que está allá, a oscuras, a mis espaldas. Allí
encontrará (en cantidad apenas suficiente para miserable sustento de un hombre)
los últimos bocados del más vil alimento que quedan en el palacio. En lo que a
mí toca, mi decisión es irrevocable; ¡sólo la generosa copa de vino tocará mis
labios!
"Allá encima están diez lámparas que se
corresponden con el número de los amigos aquí reunidos. A medida que el vino
nos venza, los comensales que permanezcan indemnes a nuestras libaciones
extinguirán, una tras otra, esas imágenes inflamadas de la vida; ¡y el último
de ellos, tras encender esta antorcha con la última lámpara, dará culminación
al banquete y celebrará su glorioso final encendiendo la pira funeraria con mis
tesoros, amontonados allá, junto a las paredes de mi palacio! ¡Si pierdo el
sentido antes que vosotros, juradme que aquel que pueda aún llevarse la copa a
los labios después de que haya caído de las manos de los demás, encenderá la
pira! Juradlo por vuestras amantes perdidas, vuestros amigos perdidos, vuestros
tesoros perdidos! ¡Juradlo por vuestras propias vidas, dedicadas a los placeres
del vino y a la purificación mediante el fuego!
Cuando con los ojos relampagueantes y el
rostro encendido Vetranio se dejó caer de nuevo en su triclinio, sus
compañeros, inflamados por el vino que ya habían bebido, se pusieron de pie,
copa en mano, y se volvieron hacia él. Sus voces discordantes pronunciaron al
unísono el juramento; y después, cuando regresaron a su anterior posición,
todos clavaron los ojos en la cortina negra presas de ardiente curiosidad.
Habían advertido la expresión siniestra y
sarcástica de Vetrano al mencionar a su invitado oculto; sabían que el jorobado
Reburro, entre sus muchas otras habilidades para las bufonadas, era un diestro
ventrílocuo; y sospechaban la presencia de una imagen espantosa o grotesca de
un dios o demonio pagano en el rincón oculto, al que la payasada del parásito
dotaría de voz. Todos esperaban ansiosamente comentarios blasfemos sobre la
vida, la muerte y la inmortalidad. Vetranio percibió la impaciencia general porque
se corriera la cortina, y tras pedir silencio con un gesto, exclamó imperioso:
—Aún no ha llegado la hora ¡Hay que beber más,
hay que servir más libaciones antes de que se revele el misterio de la cortina!
¡Aquí! ¡Glyco! —continuó volviéndose hacia el niño cantor, quien había entrado
en silencio en la habitación—, ¡ha llegado tu hora! ¡Afina la lira y recita mi
última oda, que os he dedicado a vosotros! ¡Que la belleza de la poesía presida
el banquete de la Muerte!
El niño avanzó tembloroso; su rostro antes
rozagante se veía ahora marchito y sin color; sus ojos estaban clavados con una
mirada de terror en la cortina negra; su semblante revelaba de manera palpable
que lo atormentaba un recuerdo secreto y abrumador que había aniquilado todas
sus demás facultades y percepciones. Desviando el rostro del de su amo con aire
casi culpable, ese frágil y degradado ser, triste exponente de docilidad
descarriada y juventud envilecida, se detuvo junto al triclinio de Vetranio.
No obstante, aún fiel a los deberes de su
profesión, deslizó los dedos flacos y temblorosos por las cuerdas de la lira y
preludió mecánicamente el inicio de la oda. Pero el silencio atento que se
produjo permitió que llegaran a la sala del banquete con más claridad los
confusos ruidos que producían los congregados en la calle; y en ese momento,
por sobre los demás sonidos, se alzó —ronca, arrebatada, terrible— la voz de un
hombre.
—No me digáis —gritó—, que del palacio sale
aroma de perfumes. ¡Son vapores malolientes! ¡Ved, se asientan aquí y me
sofocan! ¡Bañan el cielo y la tierra, y a los hombres que se mueven a nuestro
alrededor, en un fiero resplandor verde!
Entonces, las voces de otros hombres y
mujeres, agudas y salvajes, lo interrumpieron a coro:
—¡Paz, Davo! ¡Despiertas a los muertos que te
rodean!
—Ocúltate en la oscuridad; has contraído la
peste; tienes la piel arrugada y las encías sin dientes!
—¡Cuando prendan fuego al palacio te van a
arrojar a las llamas para purificar tu caparazón podrido!
—¡Canta! —exclamó Vetranio furioso al advertir
los estremecimientos que recorrían el cuerpo del niño y lo mantenían mudo—.
¡Tañe la lira, como la tañó Timothetis en presencia de Alejandro! ¡Ahoga en
melodías el ladrido de los perros que esperan por los restos de nuestro
banquete en la calle!
Débil y vacilante, con voz insegura y exangüe,
el aterrorizado Glyco comenzó a entonar la filosofía pagana de su canción, con
el espantoso acompañamiento de los ruidos salvajes e ininterrumpidos de las
voces quejumbrosas que llegaban del exterior. La oda decía así:
A GLYCO
¡Ah, Glyco! ¿Te adornas de flores
Que pierden sus bellos colores
Más lento que el gozo, tan breve?
¡Los leales que hoy son tu solaz
Son nada, son barro mendaz,
Mentiras de la Muerte aleve!
El gozo que inspirar solías
Si leves la lira tañían
Ligeros y raudos tus dedos,
Brotar ha de otra destreza.
¡El canto, ida ya tu belleza
Será en otro son y otro ruedo!
La nube que asciende hasta el sol,
Que irradia su bello fulgor
Y parte sin decirnos dónde
Es copia del lapso fugaz
De la vida, ¡y después, al final,
Del río y el fiero Caronte!
Cuando otros lo quieren nacemos
Y en la vida ciegos cedemos,
A la búsqueda del placer;
¡Lo digno, lo único heroico
Es morir cual fieles estoicos,
Acto último en nuestro poder!
¿Quién quiere entre amargos fracasos
Esperar del Sino el acaso
Si la vida cobra su precio?
¡Ah, no! Cuando el filo se embota
Tiremos la vida ya rota
Ufanos en nuestro desprecio!
—¡Un brindis a la salud de Glyco! ¡Un buen
trago en honor a un cantante celestial que ha bajado a la tierra! —exclamaron
los comensales alzando sus copas cuando concluyó la oda y vaciándolas hasta la
última gota. Pero sus aplausos ebrios no llegaron a los oídos a los que se
dirigían. La voz del niño, al cantar la última estrofa de la oda, había
adquirido súbitamente un tono agudo, casi sobrenatural, y después había vuelto
a bajar al susurrar las últimas notas; y ahora, cuando sus disolutos oyentes
volvieron hacia él sus miradas de aprobación, lo vieron de pie ante ellos,
frío, rígido y mudo. Un instante después, su rostro paralizado se contrajo en
una mueca súbita; su cuerpo se tambaleó, como desgarrado por un espasmo; cayó
pesadamente al suelo. Los que estaban más cerca se acercaron a él con paso
inseguro y lo alzaron en brazos. Su alma había roto las ataduras del vicio con
que otros la maniataran; la voz de la Muerte le había susurrado al esclavo del
Crimen, ese gran déspota, "¡Sé libre!"
—¡Hemos oído la voz del cisne cantando su
propio himno fúnebre! —dijo el patricio Plácido mirando alternativamente con
piedad sensiblera el cadáver del niño y el rostro de Vetranio, que había
adquirido una involuntaria expresión de dolor y remordimiento.
—¡Nuestro milagro de belleza, nuestro niño
dios de la melodía, ha partido antes que nosotros hacia los Campos Elíseos!
—musitó Reburro, el jorobado, con acento áspero y sarcástico.
Entonces, en el corto intervalo de silencio
que se produjo a continuación, las voces procedentes de la calle —unidas en
esta ocasión al ruido de unos pasos que se acercaban por el pavimento—
volvieron a oírse claramente en la sala de banquetes.
—¡Noticias! ¡Noticias! —gritaron los refuerzos
frescos que se incorporaban a la horda ya reunida frente al palacio—.
¡Manteneos juntos, los que aún queréis seguir viviendo! ¡Unos desconocidos han
atraído a calles despobladas a ciudadanos que andaban solos, y nadie ha vuelto
a verlos! ¡En una carnicería se han encontrado tarros de carne recién salada
aunque en la ciudad ya no quedan bestias que sacrificar! ¡Manteneos juntos!
¡Manteneos juntos!
—¡Ningún caníbal de la plebe profanará el
cuerpo de mi pobre niño! —exclamó Vetranio despertando de su breve letargo de
dolor—. ¡Tacio! ¡Marco! ¡Vosotros que aún podéis manteneros de pie! ¡Llevémoslo
a la pira funeraria! ¡Ha muerto primero: sus cenizas se consumirán primero!
Los dos patricios a quienes se había dirigido
se levantaron y lo ayudaron a llevar el cuerpo al extremo más alejado de la
habitación y a colocarlo sobre la mesa que estaba delante de la cortina negra,
entre los montones de telas y muebles apilados contra las paredes. Después,
mientras sus invitados regresaban atrompicones a sus lugares, Vetranio, todavía
junto al cadáver, y alzando en sus manos inseguras una pequeña jarra de vino,
exclamó con tono de feroz exultación:
—¡Ha llegado la hora; el banquete del Hambre
ha concluido; ha comenzado el banquete de la Muerte! ¡Un brindis a la salud del
invitado oculto tras la cortina! ¡Escanciad el vino, bebed, mirad!
Tomó un largo trago de la jarra y corrió la
negra colgadura que quedaba por encima de su cabeza. Los comensales embriagados
dejaron escapar un grito de terror y asombro al ver en el rincón ahora expuesto
a la vista de todos el cadáver de una anciana vestida de blanco y sentada en un
alto trono negro, con la faz vuelta hacia ellos y los brazos (sostenidos
mediante un artificio) extendidos hacia la mesa del banquete, como si realiara
una acusación. La lámpara de cristal amarillo que ardía en lo alto lanzaba sobre
la anciana una luz pavorosa y vacilante; el cadáver tenía los ojos abiertos y
la mandíbula caída; las largas trenzas grises colgaban pesadas a ambos lados de
las mejillas blancas y hundidas.
—¡Mirad! —exclamó Vetranio señalando al
cadáver—, ¡mirad a mi invitada secreta! ¿Quién mejor que los muertos para
presidir el banquete de la Muerte? ¡Con la ayuda de Glyco y gracias a la
oscuridad de la noche cómplice, me hice del primer cadáver que encontré en la
calle y lo coloqué ahí, sin que nadie lo sospechara: el más adecuado ídolo de
nuestras devociones y filósofo de nuestro banquete! ¡Otro brindis en honor a la
reina de las juergas mortales, a la maestra de los misterios de los mundos
desconocidos, rescatada de corromperse insepulta para sucumbir entre las llamas
consagradas, junto a los senadores de Roma! ¡Un brindis! ¡Un brindis a la salud
de la gran madre, antes de que comience sus revelaciones místicas! ¡Escanciad
el vino, bebed!
Exaltados por el ejemplo de su anfitrión,
recuperados de su momentáneo pasmo, ya previamente inflamados por la loca
temeridad de la incontinencia, los invitados se pusieron de pie y respondieron
a la fanfarronada de Vetranio con gritos desenfrenados. La escena en ese
momento era casi sobrenatural. El salvaje desorden de las mesas ricamente
puestas; el vino derramado de las jarras caídas al suelo; las grandes lámparas
que ardían con luz brillante y serena sobre la confusión; los gestos fieros,
los semblantes desordenados de los juerguistas que blandían sus copas enjoyadas
por sobre sus cabezas en frenético triunfo; y, por otro lado, el cuadro sombrío
y aterrador en el otro extremo del salón: la cortina negra, la luz que ardía
solitaria sobre su alto pedestal, el niño muerto sobre la mesa del banquete, el
amo de pie a su lado que, como un espíritu maligno, apuntaba hacia arriba, en
gesto de burla, al cadáver vestido de blanco de la mujer que se alzaba en pose
tan poco natural, con los delgados brazos extendidos y el semblante espectral
que parecía moverse cuando la luz débil y vacilante lo alumbraba; todo ello
constituía una combinación casi sobrenatural que es posible pintar, pero no
describir. Era la encarnación de la visión de un hechicero, un apocalipsis del
pecado triunfante sobre los últimos .restos mortales del mundo en las bóvedas
de la muerte.
—¡A lo tuyo, Reburro —exclamó Vetranio cuando
el tumulto se apaciguó—, a tus preguntas sin más tardanza! ¡Observa a la
maestra con la cual te comunicarás! Estudia con atención el pergamino que
tienes en tus manos. ¡Pregunta, y hazlo con voz fuerte: les hablas a los
muertos imperturbables!
Desde poco antes de que se develara el
cadáver, el jorobado había permanecido aparte, sentado en el extremo de la
habitación opuesto al rincón oculto por la cortina negra, estudiando el
manuscrito que contenía la lista de preguntas y respuestas del impío diálogo
que sostendría, con ayuda de sus habilidades de ventrílocuo, con el cuerpo
profanado. Al correrse la cortina, había levantado la vista un momento para
saludar la aparición del cuadro que ella ocultara con una carcajada de regocijo
brutal, y de inmediato había reinciado el examen del blasfemo interrogatorio
confiado a su cuidado. Cuando Vetranio le ordenó que comenzara, se puso de pie,
atravesó la habitación con paso inseguro en dirección al cadáver y, a medida
que se aproximaba a él, comenzó el diálogo en voz alta y burlona:
—¡Habla, miserable resto de decrépita
mortalidad!
Hizo una pausa después de pronunciar esas
palabras y, tras colocarse en una posición en que la luz de la lámpara le
dejaba ver el semblante solemne y pétreo de la muerta, la miró desafiante,
instantáneamente sufrió una aterradora transformación: dejó caer al suelo el
manuscrito, su cuerpo deforme se encogió y trastabilló, dejó escapar un grito
agudo de reconocimiento, más parecido al aullido de una bestia salvaje que a la
voz de un hombre.
De inmediato, cuando los restantes invitados
se incorporaron para interrogarlo o mofarse de él, volvió lentamente el rostro
hacia ellos. Aun en su imprudencia y ebriedad, el aspecto del jorobado los
redujo al más absoluto silencio. Su rostro había adquirido un tono cadavérico,
como el del cuerpo que estaba sobre su cabeza; gruesas gotas de sudor corrían
por él como gotas de lluvia; sus ojos muy abiertos y secos recorrieron con
mirada feroz los sorprendidos semblantes de sus compañeros, y, al tiempo que
extendía hacia ellos los brazos con los puños apretados, musitó con voz ronca y
entrecortada:
—¿Quién ha hecho esto? ¡MI MADRE! ¡MI MADRE!
Cuando esas pocas palabras —de enorme
significación, aunque sencillas en sí mismas— llegaron a oídos de aquellos a
quienes estaban dirigidas, quienes no estaban ya sumidos en la más absoluta
insensibilidad se miraron entre sí casi sobrios por un momento, y todos
igualmente mudos. Ahora no se oía en la mesa del banquete ni el entrechocar de
las copas de vino; sólo se escuchaba el sonido, por momentos estrepitoso o más
sofocado, de las voces de terror, cinismo y angustia procedentes de la calle; y
los roncos y convulsivos acentos del jorobado, que volvía de vez en cuando a
pronunciar las palabras terribles con que identificara al cadáver:
—¡MI MADRE! ¡MI MADRE!
Al cabo, Vetranio, que fue el primero en
recobrarse, se dirigió al aterrorizado y abyecto ser en tonos que, aun a su
pesar, revelaban un espanto y una contención inusuales:
—¡Cómo, Reburro! —exclamó—, ¿la bebida te ha
privado hasta tal punto de la razón que llamas madre al primer cadáver que
encontré por casualidad en la calle y por casualidad traje aquí? ¿Fue acaso
para que nos hablaras de tu madre, que, viva o muerta, ni conocemos ni nos
preocupa, que te admitimos entre nosotros? Tus orígenes son oscuros; tu
herencia, de harapos, ¿qué nos pueden interesar tus padres plebeyos? —continuó,
al tiempo que volvía a llenar su copa y asumía un aire de falsa ira—. ¡A tu
diálogo sin más retrasos, o te arrojaremos por las ventanas a reunirte con tus
iguales, la chusma que está en la calle!
El jorobado no contestó a las amenazas del
senador ni con palabras ni con gestos. Para él, la presencia de la muerta
ahogaba la voz de los vivos. El castigo sufrido había destrozado su ser moral,
como habría destrozado un rayo su ser físico. Su alma se debatía en la agonía
ante la idea de la espantosa fatalidad que erigiera a la madre muerta en juez
del hijo envilecido; esa fatalidad que había dirigido inconscientemente la mano
del senador a seleccionar el cadáver de la madre ultrajada como objeto de la alevosa
bufonada del hijo irreflexivo, justo al final de su impía carrera. Su pasado
desfiló ante sus ojos, por primera vez, como una visión malsana, como una
pesadilla de horror, impureza y crimen. Avanzó a tropezones por la habitación,
apoyándose en las paredes, como si la oscuridad de la medianoche cubriera sus
ojos, y se agachó junto a la ventana abierta. De la calle subían las voces
malvadas y ominosas; lo rodeaba el inmisericorde grupo de sus amos; ante él se
alzaba la visión acusadora del cadáver.
No habría pasado mucho tiempo antes de que
alguien lo interrumpiera en su refugio de no ser por un suceso que apartó de él
la atención de Vetranio y de sus invitados. Tras beber furiosamente para borrar
todo recuerdo de la catástrofe que acababan de presenciar, tres de los
juerguistas habían sucumbido a las malas consecuencias de un exceso que sus
organismos debilitados no estaban en condiciones de soportar. Uno tras otro,
con breves intervalos entre ellos, habían caído sin sentido sobre sus
triclinios, y una tras otra, las tres lámparas más cercanas habían sido
extinguidas. El resto de los comensales parecía destinado a sufrir el mismo
rápido fin, con excepción de Vetranio y los dos patricios reclinados a su
derecha y a su izquierda. Esos tres conservaban el aspecto de ser dueños de sí
mismos, pero en sus semblantes se advertía un cambio sombrío. Sus rostros
trastornados ya no mostraban las anteriores expresiones de bestial jovialidad y
fiera temeridad; se espiaban entre sí silenciosos, con ojos vigilantes y
suspicaces; cada uno de ellos, al llenar su copa de vino, blandía con gesto
elocuente la antorcha con la que el último bebedor encendería la pira
funeraria. A medida que decrecía el número de sus rivales y se extinguía la
llama de lámpara tras lámpara, la competencia fatal por la supremacía suicida
adquiría un nuevo y profundo interés, y hacía olvidar todo otro propósito y
objetivo. El cadáver al pie de la mesa del banquete y el infeliz que se
ovillaba en su infortunio junto a la ventana pasaban igualmente inadvertidos.
En las mentes aturdidas y brutalizadas de los comensales sólo quedaba una
sensación: la intensidad de la expectación que precede al resultado de un
combate a muerte.
Pero poco después —despertando la atención que
de otro modo nunca le habrían prestado— se oyó la voz del jorobado —en cuyo
pecho había nacido el arrepentimiento— que hacía con tono salvaje y quejumbroso
una extraña confesión de envilecimiento y pecado que a nadie estaba dirigida y
que brotaba de las profundidades de su alma herida. Se incorporó a medias, y
con los ojos hundidos clavados en el cadáver, de sus labios salieron las
siguientes palabras:
—¡La última vez que la vi con vida fue cuando
se me acercó en la calle —sola, débil y pobre— para rogarme que volviera a su
lado en su vejez y su soledad; y para recordarme cuánto me había amado en mi
niñez precisamente porque era deforme, y cómo me había cuidado a lo largo de
los caminos romanos para que nadie abusara o se burlara de mí! Las lágrimas
corrían por sus mejillas; ¡se arrodilló ante mí en el pavimento! ¡Y yo, que la
abandoné por su pobreza para convertirme en un esclavo en los palacios de los malditos
ricos, le arrojé un puñado de monedas, como a un mendigo que me molestara, y
seguí mi camino! ¡Murió desamparada! ¡Su cuerpo estaba insepulto, y yo no lo
sabía! ¡El hijo que abandonó a su madre no volvió a verla nunca más, hasta que
se alzó ante él, vengativa, horrible, sin vida! ¡Una visión de muerte que nunca
podrá olvidar! ¡Ay del maldito por su deformidad y por el cadáver de su madre!
Hizo una pausa y volvió a caer al suelo,
abyecto y mudo. El tiránico Tacio, tras examinarlo con una mueca de cólera hija
de la embriaguez, tomó un vaso vacío y mostró intenciones de lanzarlo con su
mano vacilante a la figura postrada del jorobado, cuando un grito —el de una
mujer— que se alzó sobre el creciente estrépito proveniente de la calle, resonó
penetrante y turbador en la sala de banquetes. El patricio desistió de su
propósito al oírlo, y le prestó mecánico oído, con la atención mezcla de
necedad y astucia de la embriaguez.
—¡Auxilio! ¡Auxilio! —chilló la voz bajo las
ventanas del palacio—; ¡aún me sigue; se abalanzó sobre mi hijo muerto, que yo
llevaba en brazos! Cuando me lancé al suelo para protegerlo con mi cuerpo, lo
vi acechando la oportunidad de tirar de él por uno de sus miembros para
arrebatármelo; en sus ojos se veían el hambre y la locura; lo ahuyenté, huí,
aún me sigue! ¡Salvadnos! ¡Salvadnos!
En ese instante, el sonido de fieros alaridos
y pasos apresurados, seguido por el ruido aterrador que producían los fuertes
golpes asestados en varios puntos de la reja de acero que guardaba las puertas
del palacio, ahogó súbitamente la voz de la mujer. En el intervalo entre los
golpes, que eran lentos, concertados y regulares, se podían oír los gritos
entrecortados que intercambiaban los enfurecidos infelices, que apelaban a sus
últimas energías para golpear como lo hacían:
—¡Más duro, más! Por las puertas traseras nos
impiden la entrada aquellos a quienes sí se les permitirá saquear el palacio.
¡Vosotros, los que queráis compartir el botín, golpead de firme! A vuestros
pies tenéis las piedras, las puertas de entrada cederán a vuestros golpes.
Al mismo tiempo, procedente de las
habitaciones de los bajos, subió un sonido confuso de pasos fuertes y voces
acaloradas. Se oyó el ruido de puertas que se abrían y se cerraban
violentamente; gritos e insultos resonaron a lo largo de los majestuosos
corredores de piedra que conducían de los salones de espera de los esclavos a
la escalinata principal; la traición en el interior del edificio era tan
evidente como la violencia que seguía manifestándose en el asalto a las puertas
desde el exterior. No sin motivo los esclavos habían sospechado de sus jefes;
en la casa de la desvergüenza y la muerte se habían organizado bandas para
proceder al pillaje y el asesinato; por la puerta del jardín se había admitido
en secreto a los cofrades de la calle, quienes la habían atrancado y vigilado
para impedir la entrada a otros intrusos; un sino diferente al que impíamente
habían dispuesto para sí mismos amenazaba a los infortunados senadores, a manos
de los esclavos a los que oprimieran y de los plebeyos a los que despreciaran.
A la primera indicación del asalto desde
afuera y las primeras señales de la traición fraguada en el propio palacio,
Vetranio, Tacio y Marco se levantaron de un salto de sus triclinios; los demás
comensales, incapaces ya de pensar o actuar, esperaban su suerte sumidos en una
letárgica insensibilidad. Sólo esos tres hombres comprendían el peligro que los
amenazaba, y enloquecidos por el alcohol, desafiaron, en su feroz
desesperación, a la muerte que les estaba deparada.
—¡Oíd! ¡Ya se acercan; la chusma se ha
rebelado —exclamó Vetranio burlón—, para arrebatarnos la vida que despreciamos
y los tesoros a los que hace ya tiempo que renunciamos! Ha llegado la hora;
¡encenderé la pira para que nos consuma juntos a nosotros y a nuestros
asesinos!
—¡Espera! —exclamó Tacio, arrebatándole la
antorcha de las manos —, ¡primero hay que defender la entrada, o antes de que
prendan las llamas los esclavos estarán aquí! ¡Amontonemos detrás de las
puertas todo lo que se pueda mover: triclinios, mesas, cadáveres!
Mientras hablaba avanzó a toda prisa hacia el
rincón donde se encontraba la cortina negra, para darles el ejemplo a sus
compañeros apoderándose del cuerpo de la mujer; pero no había recorrido más de
la mitad de la longitud de la habitación cuando el jorobado, que lo había
seguido sin que lo advirtiera, se abalanzó sobre él y con un grito penetrante,
mientras le apretaba el cuelo con las manos, lo tiró al suelo, maltrecho y sin
sentido:
—¿Quién osa tocar ese cadáver que es mío?
—chilló el infeliz contrahecho dejando en el suelo a su víctima y amenazando
con sus manos manchadas de sangre a Vetranio y a Marco, que permanecían
inmóviles, trastornados e indecisos acerca de si vengar a su camarada o
parapetar la puerta—. ¡El hijo rescatará a la madre! ¡Voy a enterrarla!
¡Expiación! ¡Expiación!
Saltó sobre la mesa sin dejar de hablar,
arrancó con fuerza irresistible las cuerdas que ataban el cuerpo al trono, lo
tomó en brazos y en un instante alcanzó la puerta. Al tiempo que dejaba escapar
gritos feroces e incoherentes, mezcla de angustia y desafío, la abrió de un
tirón y avanzó unos pasos dispuesto a descender, pero tropezó en lo alto de la
escalinata con la banda de asesinos que subían apresurados, con espadas
desenvainadas y flameantes antorchas, a comenzar su obra de pillaje y muerte.
Quedó inmóvil ante ellos, con los miembros contrahechos tan firmemente
plantados en el suelo como si se aprestara a bajar la escalera de un salto y el
cadáver apretado contra el pecho; el rostro espectral de la muerta estaba
vuelto hacia los recién llegados, sus brazos desnudos aún permanecían
extendidos como sobre la mesa del banquete; su pelo gris echado hacia atrás se
mezclaba con el de su hijo: a la luz vacilante de las antorchas, que iluminaban
con un resplandor rojizo y salvaje al jorobado y su temible carga, los muertos
y los vivos parecían unidos en una única figura monstruosa.
Amontonados en la escalera, inmóviles, los
asesinos dejaron morir en sus labios los gritos de venganza y furia;
permanecieron un momento con los ojos mecánicamente clavados en las víctimas a
las que esperaran sorprender con tanta facilidad, como hechizados por el
espantoso obstáculo que se oponía a su avance; pasado un instante, un pánico
supersticioso se apoderó de ellos; cuando el jorobado dio unos pasos
disponiéndose a bajar, a sus ojos aterrorizados el cadáver pareció a punto de
abrirse paso a la fuerza entre sus filas. Ignorantes de su introducción en el
palacio, creyendo, con el renacer de sus temores serviles, que se trataba de un
fruto espectral de los encantamientos mágicos de los senadores, se volvieron al
unísono y huyeron escaleras abajo. El sonido de sus gritos de miedo se fue
apagando en dirección al jardín a medida que se precipitaban por las puertas
secretas de la parte posterior del edificio. Entonces se oyeron con espantosa
claridad los pasos pesados y regulares del jorobado que recorría tras ellos los
corredores solitarios, con su fardo de muerte; después también murió ese sonido
y en la sala del banquete no se oyó más que el agudo ruido de los golpes que
los congregados en la calle les seguían propinando a las rejas de acero.
Pero incluso ese sonido se hizo más espaciado;
el fuerte metal resistía triunfante los esfuerzos más enconados de la chusma
exhausta que lo atacaba; con el paso de los minutos, los golpes se tornaron más
débiles y más escasos; pronto fueron sólo tres, asestados a largos intervalos;
después uno, seguido por exclamaciones de intensa desesperación; y después, un
gran silencio imperó en el palacio y en la calle, donde sólo unos pocos
momentos antes el alboroto y la confusión despertaran tantos ecos en el aire nocturno.
En el salón del banquete esa rápida sucesión
de acontecimientos —transcurridos en apenas unos minutos— pasó ante los ojos de
Vetranio y Marco como una serie de visiones, sin que sus mentes las asimilaran
ni las comprendieran. Insensatos en su obstinada temeridad, ofuscados por el
espectáculo de los peregrinos peligros que los rodeaban —amenazantes, pero
inofensivos; aterradores, pero transitorios—, ninguno de los dos senadores
movió un músculo ni pronunció palabra, desde que Tacio cayera víctima del
ataque del jorobado hasta que el último golpe contra las rejas del palacio y el
último sonido de voces procedentes de la calle dieran paso al silencio.
Entonces, el salvaje curso de la exultación producida por la embriaguez,
suspendido durante ese breve intervalo, se reanudó con ferocidad duplicada.
Insensibles, en cuanto cesaron, a las escenas conminatorias y terribles de las
que habían sido testigos, se miraron el uno al otro con aire de triunfante
ligereza.
—¡Escucha! —exclamó Vetranio—, las turbas de
la calle, débiles y cobardes como siempre, desisten de sus ridículos esfuerzos
por forzar las puertas de mi palacio! ¡Contempla las mesas de nuestro banquete,
aún vírgenes de la intrusión de los sirvientes amotinados, ahuyentados por la
muerte de la presencia de mis invitados como un rebaño de ovejas a la vista de
un perro! ¡Dime, oh, Marco!, ¿no hice bien en colocar el cadáver al pie de la
mesa de nuestro banquete? ¡Qué maravillas ha producido, blandido por el frenético
Reburro como enseña de las huestes de la muerte, contra los cobardes esclavos
cuya única suerte adecuada es la opresión y cuyo solo sentimiento es el miedo!
¡Mira, ya somos libres de continuar y darle fin al banquete como habíamos
planeado! ¡Los dioses mismos han intervenido para protegernos de los demás
mortales, a quienes despreciamos! ¡Otro brindis de agradecimiento al invitado
que ha partido, y que ha sido el instrumento de nuestra salvación, gracias a
Júpiter omnipotente!
El único de los juerguistas que reaccionó a
las palabras de Vetranio fue Marco. Después de vaciar las copas con el brindis
propuesto, él y Vetranio —los únicos dos combatientes que quedaban en pie—
recorrieron lentamente el salón, cada uno por un lateral, contemplando con
desdén a sus compañeros ya postrados y extinguiendo todas las lámparas salvo
las dos que ardían sobre sus propios triclinios. Después, tras regresar a la
cabecera de la mesa, volvieron a ocupar sus puestos, dispuestos a no
abandonarlos hasta que no se decidiera la fatal contienda y llegara el momento
de encender la pira.
La antorcha estaba en el suelo entre ambos, y
las últimas jarras de vino al alcance de sus manos. De sus labios no escapó ni
una palabra que quebrara el profundo silencio que reinaba ahora en el palacio.
Cada uno hizo al otro objeto de un severo y escrutador examen, y copa tras
copa, bebieron en alternancia lenta y regular. La orgía, que hasta ese momento
fuera un espectáculo de envilecimiento y violencia brutales, ahora que se
restringía sólo a dos hombres —cada uno de ellos igualmente impasible a pesar de
las escenas de horror que presenciaran, cada uno compitiendo con el otro por el
logro de la depravación suprema— asumió una apariencia de iniquidad casi
inhumana, de torneo por conquistar una satánica superioridad en el pecado.
Durante un corto tiempo los semblantes de
ambos rivales en el suicidio mostraron poca alteración; pero habían bebido
hasta ese punto del exceso en el que el vino actúa como su propio antídoto o
ahoga con fatal sofoco los pulsos de la vida. Ambos estaban próximos a una
crisis en el enfrentamiento, y el primero que la experimentó fue Marco.
Vetranio, que lo contemplaba, observó que su rostro, que hasta ese momento
estaba pálido, casi sin color, se teñía de un rubor violáceo. Sus ojos se
dilataron de súbito; comenzó a jadear. La garrafa de vino, con la que trató en
un último esfuerzo de llenar su copa, se escapó de sus manos y cayó al suelo.
En su rostro, cuando por un instante se incorporó a medias y miró fijamente a
su compañero, y después, sin una palabra ni un lamento, volvió a caer sobre su
triclinio, se advertía la fija mirada de la muerte.
¡Se había decidido la contienda de la noche!
¡Al anfitrión del banquete y dueño del palacio le estaba reservado poner fin al
primero e incendiar el segundo!
Una sonrisa malévola de triunfo entreabrió los
labios de Vetranio, quien se levantó y extinguió la lámpara que ardía junto a
la suya. Hecho eso, agarró la antorcha. Alzó la vista y recorrió con mirada
ausente sus tesoros y las figuras de los patricios muertos o inconscientes que
lo rodeaban, y que serían pasto de las llamas aniquiladoras merced a la acción
que se disponía a ejecutar. La sensación de solemne soledad nocturna en el
palacio condenado al fuego comenzó a impresionar de modo vivido y dispar su mente,
que recuperaba un poco de su agudeza acostumbrada gracias a la reacción física
que producía en él ahora la extravagancia misma de los excesos de la noche. Su
memoria comenzó a evocar confusamente las escenas, lejanas o recientes,
asociadas con la mansión que estaba a punto de destruir. En un momento
revivieron ante sus ojos la pompa de pasados banquetes, los joviales grupos de
comensales, ya idos o muertos; en otro, le pareció volver a vivir su excursión
secreta de la noche previa a ese último festín; su sigiloso regreso con el
cadáver recogido en la calle; sus afanes para colocarlo en pose chusca detrás
de la cortina negra; la invención del diálogo que pronunciaría ante él el
jorobado. Después, sus pensamientos retornaron a los más nimios detalles de la
confusión y el desánimo que cundieran entre los miembros de su casa cuando
comenzaran a hacerse sentir en la ciudad las penurias de la hambruna; y más
tarde, sin relación o causa visible, volaron de repente a la mañana en que se
apresurara por los senderos más solitarios de su propiedad para encontrarse con
el traidor Ulpio ante la verja del jardín de Numeriano. Una vez más, la imagen
de Antonina —presente con tanta frecuencia en su imaginación desde que sus ojos
ya no pudieran recrearse en el modelo que diera vida al recuerdo— se alzó
palpable ante él. La recordó escuchando sentada a su lado el sonido de su laúd;
despertando, aturdida y aterrada, entre sus brazos; huyendo trastornada ante la
ira de su padre. La imaginó seguramente ya muerta, en su belleza y su
inocencia, entre los miles de víctimas de la hambruna y la peste.
Esas y otras reflexiones, que se atrepellaron
con la rapidez de un torbellino en su mente, no alteraron su fatal propósito:
sólo pospusieron su ejecución. Su demora en encender la antorcha era la
inconsciente tardanza del suicida, seguro en su determinación, antes de
llevarse a los labios el veneno, cuando la Vida se alza ante sus ojos como cosa
del pasado y se detiene por un momento tremendo en el borde del oscuro abismo
que separa el presente del futuro; ¡ya no más peregrino del Tiempo, todavía no
heredero de la Eternidad!
Así, en el salón en semipenumbra, rodeado de
las víctimas a las que había urgido a que lo precedieran en el enfrentamiento a
la suerte común, se encontraba el solitario amo del gran palacio; y así
hablaban en su interior las voces misteriosas de sus últimos pensamientos en
este mundo. Gradualmente se calmaron e hicieron silencio, y los oscuros velos
de la quietud y el vacío absolutos cubrieron su mente. Sobresaltándose, como
quien despierta de un trance, volvió a sentir la antorcha en su mano, y de
nuevo con una expresión de fiera desesperación en los ojos, la encendió con
mano firme en la lámpara que colgaba sobre su cabeza.
El rocío caía puro sobre el suelo infecto; la
brisa leve cantaba entre las hojas de los árboles el quedo himno del alba al
Poder que le daba vida; la noche había expirado y de ella había nacido ya la
mañana cuando Vetranio, con la antorcha encendida en las manos, avanzó hacia la
pira funeraria.
Ya había recorrido la mayor parte de la
longitud de la habitación cuando un leve sonido de pasos en una escalera que
conducía a los jardines del palacio y se comunicaba con el extremo más alejado
de la entrada de la sala de banquetes a través de una puertecita con
incrustaciones de marfil atrajo súbitamente su interés. Vaciló en su fatal
propósito y prestó atención al lento y regular sonido, cada vez más próximo,
que, aunque tenue, llegó con misteriosa fuerza a sus oídos en medio del
silencio lúgubre de todo lo que lo rodeaba. Cuando los pasos se acercaron, alzó
la antorcha y clavó los ojos en la puerta con intensa expectación. Esta se
abrió y apareció frente a él la figura de una joven vestida de blanco. La miró
un instante con ojos desconcertados, y de inmediato cayó de sus manos la
antorcha, que siguió ardiendo sobre el suelo de mármol sin que le prestara más
atención. Era Antonina.
El rostro de la joven estaba cubierto de una
extraña palidez translúcida; sus mejillas, otrora suaves y turgentes habían
perdido su belleza infantil; su expresión mansa, de tristeza y desesperanza
inefables, le confería ün aspecto de espiritual y sencilla solemnidad. Al
licencioso senador le pareció cambiada, terriblemente cambiada; ya no era el
ser que despertara su anterior admiración, pero sus ojos melancólicos
conservaban aún lo bastante de su antiguo aire de bondad y paciencia, que había
sobrevivido a toda la angustia y el espanto sufridos, como para evocar, incluso
en su estado actual, a la joven que fuera. Antonina había penetrado en el
recinto del desenfreno y el suicidio y había avanzado hasta colocarse entre la
pira funeraria y el hombre desesperado que había jurado encenderla; y aunque
era una criatura débil e indefensa, la influencia que ejercía su presencia, en
ese momento y en esa forma, era poderosa, como si se tratara de un espíritu de
salvación y de censura, armado con la omnipotencia de los Cielos para atemperar
los propósitos humanos.
Pasmado, espantado, como si viera una
aparición salida de la tumba, Vetranio contempló a la joven a quien amara con
la pasión egoísta que lo caracterizaba; la joven a quien llorara como a alguien
perdido para siempre con el dolor más sincero de su vida, y a quien veía ahora
ante él, alterada, suplicante, desolada, henchida de emociones que lo
enmudecían de sorpresa e incluso de temor en el preciso instante en que se
aprestaba a quitarse la vida. Mientras seguía aún contemplándola en silencio,
la oyó dirigirse a él con acento quedo, melancólico, implorante, que al llegar
a sus oídos después de las voces de terror y desesperación que se alzaran a su
alrededor durante la noche, le parecieron inflexiones nunca antes oídas.
—Numeriano, mi padre, se consume de hambre
—comenzó—; ¡si no recibe ayuda, es posible que muera antes de que amanezca!
Eres rico y poderoso; vengo a ti, sin que me quede otra cosa por la cual vivir
que su vida, a rogarte algún alimento para él!
Calló, superada momentáneamente por sus
emociones y clavó los ojos ansiosos en el rostro del senador. Entonces, al
percatarse de que este trataba en vano de contestarle, dejó caer la cabeza
sobre el pecho y continuó con voz aún más queda:
—En medio de mi dolor y de mi pena, intenté
conservar la paciencia durante la larga noche que termina; me pesaban los ojos,
me abandonaba el ánimo; sola y exhausta habría entregado con gusto mi alma a
Dios, su hacedor; ¡pero tenía el deber de luchar por mi vida y por la de mi
padre, ahora que he vuelto a su lado tras perder todo lo demás! Incapaz de
pensar, moverme o llorar, velaba y esperaba durante las horas de la noche con
tu palacio frente a mis ojos; pero cuando amaneció, sentí que disminuía el peso
que atenazaba mi corazón; recordé que el palacio que veía era el tuyo; y aunque
las puertas estaban cerradas, sabía que podía llegar hasta aquí por el jardín
que linda con el de mi padre. ¡Sólo a ti podía suplicar piedad en Roma! Así que
me apresuré a venir, para que no me venciera la debilidad, recordando que
fuiste el causante de muchos de mis infortunios, pero confiada en que cuando me
volvieras a ver te compadecerías de mí por todo lo que he sufrido. Me costó
mucho trabajo atravesar el jardín, no me resultó fácil encontrar el camino para
llegar hasta aquí: ¿me despedirás tan desvalida como llegué? Fuiste el primero
que me enseñó a desobedecer a mi padre al regalarme el laúd; ¿te negarás ahora
a ayudarme a socorrerlo? ¡El es todo lo que me queda en el mundo! ¡Ten piedad
de él!. ¡Ten piedad de mí!
Volvió a levantar los ojos al rostro de
Vetranio, quien entreabrió los labios temblorosos, pero no emitió ningún
sonido. Su semblante aún mostraba una expresión de confusión y pasmo: se limitó
a señalar lentamente hacia la cabecera de la mesa del banquete. A Antonina, ese
simple gesto le resultó más elocuente que cualquier palabra: al instante se
encaminó con paso cansado en dirección al lugar que él le indicara.
A la luz de la única lámpara que aún ardía,
Vetranio la vio pasar a su lado —fortalecida por la inspiración del bondadoso
propósito que la animaba, sin concederse una pausa— entre los cuerpos de los
suicidas que fueran sus compañeros. Una vez llegada al extremo de la
habitación, Antonina tomó de la mesa una garrafa de vino, y del pedestal
ubicado detrás de ella el cuenco de piltrafas despreciado por los comensales
del fatal banquete, y regresó de inmediato junto a Vetranio, que no se había
movido. Allí se detuvo un momento, como si fuera a volver a hablarle, pero sus
emociones la vencieron. De las fuentes que la desesperación y el sufrimiento
habían secado, volvieron a manar, al calor de la gratitud y la esperanza, las
lágrimas tanto tiempo contenidas. Miró al senador, mudo como ella, y la
expresión de su rostro en ese instante quedó grabada en la mente de Vetranio
para siempre, mientras conservó la memoria. Después, con paso vacilante y
apresurado, la joven partió por donde había venido, y Vetranio volvió a quedar
solo en el gran palacio que su malsana influencia sobre la voluntad de otros
había convertido en una espantosa sepultura.
No hizo ningún esfuerzo por seguirla o
detenerla. La antorcha aún ardía en el suelo a su lado, pero no se inclinó a
recogerla; se dejó caer en uno de los triclinios desocupados, atontado por lo
que acababa de ocurrir. Lo que ni las súplicas, ni las amenazas, ni la fiera
oposición habrían conseguido, lo había logrado la aparición de Antonina, que lo
había obligado a detenerse en el preciso instante en que se disponía a poner en
práctica su fatal designio.
Recordó que desde el primer día en que la
viera la joven había ejercido una misteriosa influencia sobre todo el curso de
su vida; que el ardiente deseo de poseerla le había hecho abandonar sus
ocupaciones habituales, e incluso había interferido con sus diversiones; que
toda su energía y todas sus riquezas no habían bastado para encontrarla cuando
huyera de casa de su padre; que la primera sensación de remordimiento que
experimentara en su vida se había debido a la conciencia de la responsabilidad
que le cabía en el triste destino de la joven. Al recordar todo eso y
reflexionar en el hecho de que, de haberse acercado a él antes, Antonina se
habría retirado atemorizada por el alboroto de sus compañeros ebrios, y de
hacerlo después habría encontrado el palacio envuelto en llamas; al pensar
también en su súbita presencia en la sala de banquetes, cuando la creía muerta,
y cuando, debido a que llegaba en el momento en que él se disponía a encender
la pira, la influencia sobrenatural que ejercía sobre su ánimo resultaba más
irresistible, lo estremeció el vago sentimiento de temor supersticioso que
habita intuitivamente en la mente de todos los hombres, y que nunca antes
experimentara. Clavó los ojos en la puerta por la que la joven había partido,
como si esperara verla regresar. El destino de Antonina parecía estar
prodigiosamente entrelazado con el suyo; a un gesto de ella, su vida parecía
cambiar y hasta su muerte se posponía. Las emociones que sometían a la inacción
sus facultades físicas no tenían nada de arrepentimiento o purificación moral:
era víctima de una parálisis mental momentánea.
Los segundos indetenibles continuaron
transcurriendo y Vetranio seguía postergando la consumación de la ruina a la
que la bacanal de la noche diera comienzo. Lentamente, la suave luz del día
aumentó su intensidad y el fulgor de su belleza, y comenzó a calentar los
cuerpos fríos e inertes del salón silencioso y a hacer palidecer el débil
resplandor de la lámpara que se consumía; ni una negra cortina de humo ni el
rojo resplandor de un fuego devorador se alzaron para extinguir su hermoso
lustre; el rugido de las llamas no interrumpió la murmuradora tranquilidad
mañanera de la naturaleza ni sobresaltó el pesado reposo de los exhaustos
desventurados que dormían tumbados sobre el pavimento. El noble palacio
permaneció incólume sobre sus firmes cimientos; los ornamentos de sus pórticos
y sus estatuas brillaron, como siempre, acariciados por los rayos del sol
naciente; ¡y la mano de su dueño, que había jurado destruirlo y destruirse a sí
mismo, siguió colgando exánime cerca de la antorcha que yacía extinguida en inofensivas
cenizas a sus pies!
CAPÍTULO XXIII
LOS ÚLTIMOS
ESFUERZOS DE LOS SITIADOS
Regresemos a la calle frente al palacio. Las
calamidades producidas por. el asedio habían azotado ferozmente a los
congregados allí durante la noche. La muchedumbre turbulenta y feroz de hacía
sólo unas horas no dejaba escapar ahora ni el sonido de una voz. Algunos,
vencidos por el agotamiento y la insensibilidad en medio de un paroxismo de
hambre, yacían con medio puño embutido en la boca, como si en su voraz locura
hubieran pretendido alimentarse de su propia carne. Otros abrían de cuando en
cuando los ojos lánguidos que, víctimas de lo extremo de sus sufrimientos, ya
no veían el edificio cuya destrucción se habían congregado para contemplar,
sino una imaginada visión de mesas ricamente servidas y de un rápido socorro
que, como en burla, les provocaba el delirio producido por el hambre y la
enfermedad.
El sol apenas se había alzado sobre el
horizonte cuando la aparición de una procesión desusada —integrada en parte por
ciudadanos y en parte por funcionarios del Senado—, encabezada por dos hombres,
y que se acercaba lentamente desde el extremo de la calle que conducía hacia el
centro de la ciudad atrajo súbitamente la atención de aquellos que aún
conservaban la posibilidad de advertir lo que sucedía a su alrededor. El grupo
se detuvo frente al palacio de Vetranio, y los miembros de la multitud que lo
contemplaban y que todavía no habían perdido todas las esperanzas, se enteraron
de la alentadora noticia de que la procesión que veían era una comitiva de paz,
y de que los dos hombres que la encabezaban eran el español Basilio, gobernador
de una provincia, y Johannes, el jefe de los escribanos imperiales, designados
embajadores para concluir un tratado con los godos.
Al enterarse de esas nuevas, hombres que antes
parecían incapaces de realizar el menor movimiento se incorporaron penosa, pero
resueltamente, y se agolparon en torno a los dos embajadores como si se tratara
de dos ángeles bajados del cielo para liberarlos de la servidumbre y la muerte.
Mientras tanto, algunos funcionarios del Senado, al encontrar cerradas las
puertas delanteras del palacio, se dirigieron a la entrada del jardín, en la
parte posterior del edificio, para entrevistarse con su dueño. La ausencia de
Vetranio y sus amigos de las deliberaciones del gobierno se había atribuido a
su disgusto ante la obstinada e inútil resistencia presentada a los godos. Por
tanto, ahora que se había optado por la rendición, se había considerado
sencillo y conveniente reclamarles de modo perentorio el cumplimiento de sus
deberes. Además, los ordenanzas del Senado tenían otro motivo para tratar de
introducirse en el palacio. La decisión ampliamente comentada de Vetranio y sus
compañeros de morir entre las llamas en medio del frenesí de una última orgía
—negada o desatendida mientras se analizaban los peligros más inminentes que
corría la ciudad— produjeron cierta aprensión e intranquilidad entre los
miembros de la asamblea romana una vez que sus mentes se liberaron de parte del
peso que las oprimía al resolverse a negociar la paz.
En consecuencia, a los enviados al palacio se
les había encargado impedir su destrucción, si es que la misma realmente se
había planeado, así como convocar a los allí reunidos para que volvieran a
ocupar su lugar en el Senado. El lector podrá imaginar qué posibilidades tenían
de cumplir su doble misión cuando al fin llegaron a la sala de banquetes.
Encontraron a Vetranio en la misma posición que asumiera desde la partida de
Antonina. Tras despertar, merced a los recién llegados, del estupor que hasta
ese momento embargara sus facultades, insistió en su desesperado propósito;
hizo un esfuerzo por arrancar de su sitio la lámpara que aún ardía débilmente y
encender la pira a despecho de toda oposición. Pero sus energías, tensadas ya
al máximo, lo abandonaron. Pronunciando impotentes amenazas de resistencia y
venganza, cayó desmadejado y sin fuerzas en brazos de los funcionarios del
Senado, quienes impidieron sus propósitos. Uno de ellos partió de inmediato,
mientras sus compañeros permanecían en el palacio, para comunicarles la
situación a los líderes del grupo que permanecía afuera. Tras oír su informe,
los dos embajadores avanzaron lentamente, apartándose de la comitiva que los
había acompañado, seguidos sólo por unos pocos asistentes seleccionados; era
una triste y mezquina embajada la enviada por el pueblo que antaño impusiera su
dominio, sus costumbres y hasta su idioma en Oriente y Occidente, para
parlamentar con los bárbaros cuyos padres esclavizara en procura de una paz
vergonzosa.
Tras la partida de los embajadores, todos los
presentes capaces aún de andar se dirigieron al Foro para esperar su regreso, y
allí se les unieron habitantes de otras partes de la ciudad. Se sabía que las
primeras informaciones sobre el resultado de la embajada se darían en ese
lugar, y la impaciencia producida por la ansiedad de oírlas, la penosa
intensidad de las últimas esperanzas de salvación, parecieron contener
momentáneamente hasta a la muerte en su fatal avance por entre las filas de los
sitiados. En silencio y llenos de aprensión, los congregados contaban los
lentos momentos de la espera, y contemplaban con mirada extraviada cómo se
acortaban cada vez más las sombras a medida que el sol subía por el cielo hacia
su cénit.
Al fin, al cabo de una ausencia que pareció
infinita, los embajadores regresaron a Roma. Ninguno de los dos pronunció
palabra al atravesar a toda prisa la multitud; pero su aspecto de terror y
desesperación resultaba muy elocuente para todos los que los contemplaban:
habían fracasado en su misión.
Durante algún tiempo pareció que ningún
miembro del gobierno reunía valor suficiente para salir a arengar al pueblo a
propósito de la fracasada embajada. No obstante, al cabo de un largo rato, el
prefecto Pompeyano, instado en parte por las egoístas súplicas de sus amigos, y
en parte por su amor pueril a las apariciones públicas, que aún conservaba a
pesar de las ansiedades y aprensiones del momento, salió a uno de los balcones
de la primera planta del senado para dirigirles la palabra a los ciudadanos.
El primer magistrado de Roma ya no era el
personaje pomposo y corpulento cuya intromisión en la privacidad de Vetranio al
comienzo del asedio describimos antes. Las escasas carnes superfluas que aún
conservaba su rostro colgaban de él como un traje mal cortado; su tono se había
tornado lacrimoso; los gestos de oratoria con los cuales solía adornar
profusamente sus discursos habían desaparecido; nada quedaba del individuo
original, salvo la grandilocuencia de su lenguaje y la impúdica complacencia
con que revelaba la alta estima en que se tenía a sí mismo, y que ahora
contrastaba de modo abyecto con su actitud abatida y su descorazonadora
narración de la humillación y la derrota sufridas.
—¡Romanos, que cada uno de vosotros haga gala
personal de las heroicas virtudes de un Régulo o un Catón! —comenzó el
prefecto—. ¡No nos ha sido dado firmar un pacto con los bárbaros! ¡Es el propio
Alarico, el azote del imperio, quien comanda las fuerzas invasoras! ¡Vanos
fueron los dignos argumentos del grave Basilio; fútil la persuasiva retórica
del astuto Johannes, dirigidos al criminal y vanidoso godo! Al ser admitidos a
su presencia, los embajadores, deseosos de inspirarle un temor que lo obligara
a capitular, le explicaron en detalle, con sagaz y encomiable patriotismo, la
pericia de los romanos en el manejo de las armas, su disposición a combatir y
el vasto número de ellos que aguardaba detrás de las murallas de la ciudad. Me
ruborizo al repetir la respuesta del bárbaro. En medio de incontenibles
carcajadas, contestó: "¡Mientras más espesa es la hierba, más fácil es
cortarla!" Sin amilanarse aún, los embajadores cambiaron de táctica y
hablaron con condescendencia de su disposición a comprar la paz. A esa
propuesta, la insolencia de Alarico traspuso todos los límites de la arrogancia
bárbara. "No levantaré el asedio", exclamó, "hasta que se me
entregue todo el oro y la plata de la ciudad, todos los bienes que guardan sus
casas y todos los esclavos procedentes de los países septentrionales."
"¿Qué nos dejas entonces, oh, rey?", preguntaron nuestros
sorprendidos embajadores. "¡VUESTRAS VIDAS!", respondió el godo
implacable. Al oírlo, hasta el resuelto Basilio y el sabio Johannes
desesperaron. Solicitaron un plazo para comunicarle sus palabras al Senado y
abandonaron sin más demora el campamento enemigo. ¡Ese fue el fin de la
embajada; esa la arrogante ferocidad del bárbaro adversario!
El prefecto hizo una pausa obligado por la
debilidad y la falta de aliento. No obstante, su discurso no había concluido.
Había descorazonado al pueblo con su narración de lo que les ocurriera a los
embajadores; procedería entonces a consolarlo con un recuento de lo que le
sucediera a él, de modo que, tras unos momentos de silencio, continuó:
—¡Pero aun así, oh, ciudadanos de Roma, no hay
por qué desesperar! Todavía nos queda una esperanza de salvación; y he sido yo
quien la ha descubierto. Durante la ausencia de los embajadores me entrevisté
con unos toscanos que llegaron a Roma unos días antes del inicio del asedio, y
que comentaron que tenían un plan para salvar la ciudad que sólo le
comunicarían al prefecto. Siempre preocupado por el bienestar público,
arrostrando el peligro de una posible traición de esos desconocidos a causa de
mi cargo, les concedí una entrevista privada. Me contaron algo sorprendente y
milagroso. Al pueblo de Nevea, que queda, como todos sabéis, en la ruta que
tomaron los bárbaros para avanzar hacia Roma, lo salvó de las huestes
saqueadoras una terrible tempestad de truenos y relámpagos. Esa tempestad no
fue producto, como pudierais imaginar, de una accidental conmoción de los
elementos, sino que la desencadenó sobre las cabezas de los invasores la
intervención expresa de las deidades tutelares del lugar, invocadas por sus
habitantes, quienes, ante el peligro que se avecinaba, retornaron a la práctica
de su antigua fe. ¡Eso me contaron los toscanos, y les recomendaron a los
romanos que hicieran uso de los piadosos recursos empleados por los pobladores
de Nevea! En lo que a mí toca, admito que tengo fe en su plan. La antigüedad de
nuestra fe anterior aún me resulta venerable. Las plegarias de los sacerdotes
de nuestra nueva religión no han logrado que se produzca una intervención
milagrosa y salvadora en nuestro favor; ¡imitemos, por tanto, el ejemplo de los
habitantes de Nevea, y mediante la fuerza de nuestras invocaciones,
desencadenemos los truenos de Júpiter sobre el campamento de los bárbaros!
Confiemos nuestra salvación a la poderosa intercesión de los dioses a los que
nuestros padres veneraban; esos dioses que ahora, quizás, se vengan por nuestro
abandono de sus templos con las calamidades que nos aquejan. ¡Me dirigiré de
inmediato a proponerle al obispo Inocencio y al Senado que se celebren solemnes
sacrificios públicos en el Capitolio! ¡Os dejo en la gozosa certidumbre de que
los dioses, aplacados por nuestra renovada fidelidad a sus altares, no les
negarán a los ciudadanos de Roma la protección sobrenatural que les concedieron
a los habitantes de un pueblo de provincia!
Ni aplausos ni expresiones de desaprobación
siguieron a la notable propuesta del prefecto para salvar a la ciudad de los
sitiadores mediante la pública apostasía de los sitiados. Cuando desapareció de
los ojos de los reunidos, estos se marcharon mudos. Eran presas de una
desesperación general que sofocaba hasta la posibilidad de un último arranque
de discordia y crimen; se resignaban a su suerte con la sombría indiferencia de
seres en quienes se hubieran extinguido todas las sensaciones humanas, todas
las pasiones mortales, buenas o malas. El prefecto marchó a su malhadada
gestión de proponerle la práctica del paganismo al obispo de una iglesia
cristiana; pero ni el gobierno ni los ciudadanos sugirieron siquiera un
esfuerzo provechoso en pro de la salvación de la ciudad.
Y así llegó a su fin también ese día: más
triste y desastroso, más lleno de peligros, desgracias y abatimiento que los
que lo precedieran.
Cuando amaneció el día siguiente no se
advertían en el Capitolio preparativos para celebrar ceremonias de la antigua
fe. El Senado y el obispo no se atrevían a incurrir en la responsabilidad de
autorizar una restauración pública del paganismo; los ciudadanos, sin
esperanzas de socorro, fuera divino o humano, permanecían tan indiferentes como
los muertos a todo lo que ocurría a su alrededor. Había en Roma un hombre que
podría haber tenido éxito en la empresa de concitar sus lánguidas energías para
la práctica del paganismo; pero, ¿dónde estaba y a qué se dedicaba?
Ahora, cuando se le presentaba sin procurarla,
más tentadora y favorable que lo que se hubiera atrevido a esperar hasta en sus
más fantásticas visiones de éxito, la oportunidad que había buscado tan
resuelta e infructuosamente durante una larga vida de sufrimientos,
humillaciones y crímenes, ¿dónde estaba Ulpius? Oculto a los ojos de los
hombres, como un reptil asqueroso, en su escondrijo del templo abandonado,
ahora desvariando en torno a sus ídolos presa de una furia insana, ahora
postrado ante ellos en adoración idiota; más inútil a los intereses de su fe,
en ese momento crítico de su destino, que el más débil de los niños que se
arrastraban hambrientos por las calles; víctima de sus malvadas maquinaciones
en el preciso instante en que podrían haberlo llevado al triunfo; objeto del
peor castigo que se puede sufrir en este mundo, por el cual los malvados
fracasan, se condenan y reciben su merecido, tanto aquí como en el más allá,
merced a sus propios pecados.
Pasaron otros tres días. Los senadores, cuyo
número disminuía rápidamente debido a la peste, ocupaban su tiempo en vanas
deliberaciones ó se sumían en un silencio malhumorado. Cada mañana, los
agotados centinelas oteaban el panorama desde las almenas con la infructuosa
esperanza de distinguir las tanto tiempo prometidas legiones de Rávena en
camino hacia Roma; y cada mañana, la devastación y la muerte ganaban terreno
entre los infelices sitiados. Al fin, al cuarto día, el Senado abandonó toda
esperanza de ulterior resistencia y acordó la rendición, fuera cual fuese el
resultado. Se resolvió que otra embajada integrada por el pleno del Senado, y
seguida por una considerable comitiva, marchara a ver a Alarico; que se hiciera
un nuevo intento de persuadirlo a disminuir las ruinosas demandas planteadas a
los conquistados; y que, de fracasar lo anterior, se abrieran las puertas de la
ciudad, y ésta y sus habitantes quedaran librados a su misericordia.
En cuanto la comitiva de esa última embajada
romana se congregó en el Foro, se le unió de inmediato, a pesar de la oposición
que se le hizo, una buena parte de los habitantes de la ciudad que conservaban
fuerzas suficientes para mover sus cuerpos lánguidos y enfermos, y que, ante lo
desesperado de la situación, habían decidido aprovechar a toda costa la
apertura de las puertas y huir de la ciudad infectada en la que se encontraban
prisioneros, indiferentes a la posibilidad de perecer bajo las espadas de los
godos o de agonizar, privados de ayuda, en las llanuras. Hacía tiempo que se
había perdido toda capacidad de imponer el orden; los pocos soldados que
rodeaban a los senadores vieron frustrados sus esfuerzos por hacer retroceder a
los congregados y después se resignaron a no presentar más resistencia a sus
deseos.
El abatido cortejo marchó en silencio y con
paso cansino a lo largo de los espléndidos caminos, tan a menudo recorridos al
compás de una atronadora música marcial y de los gritos de las multitudes que
aplaudían los desfiles triunfales de la Roma victoriosa; y a medida que
avanzaba, de todas las calles salían a unírsele figuras consumidas, semejantes
a espectros. Entre ellas había dos que, cuando la embajada se aproximó a la
Puerta Pinciana, se apresuraron a mezclarse con sus compañeros de sufrimientos,
y en cuya fortuna en la atribulada ciudad se ha fijado más particularmente
nuestra atención. Para explicar su presencia en la escena (si es que se
requiriera tal explicación) resulta necesario hacer una momentánea digresión
del curso de los acontecimientos en los últimos días del asedio y regresar a la
mañana cuando Antonina partiera del palacio de Vetranio para retornar a casa de
su padre con su socorro de alimentos y vino.
El lector ya conoce, por la breve y sencilla
narración de la joven, la historia de las últimas horas de su triste vigilia
nocturna junto a su padre desfalleciente, y los motivos que la impulsaron a ir
al palacio del senador a pedir, en medio de su desesperación, la ayuda de aquel
a quien sólo recordaba como el disoluto destructor de la tranquilidad de que
disfrutara bajo el techo de su padre. Por tanto, resulta mejor seguirla
mientras regresa junto a su padre por los jardines del palacio. Ningún otro ser
viviente recorría los senderos cubiertos de hierba que transitaba apresurada
con paso vacilante, esos mismos senderos que recordaba vagamente haber
explorado por primera vez cuando en otra época se aventurara a seguir los
distantes sonidos del laúd de Vetranio. A pesar de la vaga y opresiva sensación
de soledad y dolor que experimentaba, ese recuerdo permaneció penosamente
presente en su mente, inexplicablemente mezclado con las sombrías y temibles
aprensiones que colmaban su corazón mientras avanzaba a toda prisa, hasta que
llegó una vez más al hogar de su padre; una vez allí, al volver a aproximarse a
su lecho, todo otro sentimiento quedó olvidado ante el vago y pavoroso temor de
que a pesar de toda su perseverancia y del éxito de su misión de devoción filial,
hubiera llegado demasiado tarde.
El anciano aún vivía; sus ojos cansados la
miraron felices cuando la joven lo despertó para que compartiera los preciosos
donativos de la mesa del banquete del senador. El padre y la hija
justipreciaron la pobre comida que los suicidas desdeñaran y la modesta garrafa
de vino que habrían vaciado indiferentes de un trago, como el sustento salvador
y fortificante de varios días. Después de consumir cuanto osaron de su precaria
reserva, guardaron cuidadosamente lo que restaba. Era la última señal, la
última promesa de vida en la que confiaban: la humilde, aunque preciosa
provisión que era la única certidumbre de mantener alejados, por unos pocos
días más, los tormentos del hambre y la separación que les impondría la muerte.
Entonces, con la pequeña reserva de alimentos
y de vino bien a la vista como un faro que podía conducirlos a buen puerto, una
serenidad profunda y soporífera —el sueño de las facultades agobiadas y
exhaustas—se apoderó de sus mentes. Bajo su influencia tranquilizadora y
misteriosa, todas las impresiones tristes y calamitosas de la ciudad, todas las
evidencias fatales que los rodearan durante el asedio, se disiparon de su
memoria como esos objetos cuyos contornos se hacen difusos al alejarse, hasta
que los ojos los dejan de distinguir. Poco a poco, mientras terminaba el día de
la primera e infructuosa embajada, sus pensamientos volaron suavemente al mundo
de los acontecimientos del pasado que el paso del tiempo había desdibujado en
el olvido. Los más antiguos recuerdos de su primera infancia revivieron en la
memoria de Antonina, y se mezclaron singularmente con tristes remembranzas de
las palabras y las miradas postreras del joven guerrero que expirara a su lado,
y con la idea tranquila y solemne de que el espíritu amado, liberado de la
esfera de las sombras, quizás sobrevolara ahora la quieta tumba del jardín
donde derramara ella sus amarguísimas lágrimas de soledad y aflicción; ¡o tal
vez se movía a su lado —invisible y bendita presencia— mientras permanecía
sentada a los pies de su padre y lloraba por su separación en este mundo!
No había en sus emociones amargura o agonía:
ellas calmaban y purificaban el corazón en que anidaban. La joven era capaz,
por primera vez, de hablarle ahora al anciano, sin tener que interrumpir su
melancólico relato, de los días en que estuviera ausente de su lado, de las
breves alegrías y las prolongadas tristezas de sus horas de exilio. En
ocasiones su padre la escuchaba con penosa y muda atención; o bien, cuando ella
hacía una pausa, le hablaba de consuelo y esperanza, como Antonina lo oyera
hablarles a los miembros de su congregación cuando aún estaba firmemente
resuelto a sacrificarlo todo en aras de la reforma de la Iglesia. A veces,
cediendo a la influencia de sus pensamientos, que retornaban a los días idos,
el anciano le revelaba a la joven los variados sucesos de su vida pasada, no,
como antes, con acento vacilante y ojos extraviados, sino con una voz tan
calmada y un lenguaje tan coherente que Antonina no dudaba de la extraña y
asombrosa narración que escuchaba. Una vez más, Numeriano mencionó la imagen
aún viva en su mente de su hermano perdido (cuando se separara de él en la
infancia); de la tierra que abandonara en años posteriores; del cambio de su
nombre —de Cleandro a Numeriano— para confundir a sus antiguos compinches, si
es que aún lo buscaban; y de su ardiente deseo de volver a ver al compañero de
su hogar primero, que ahora que su hija le había sido devuelta, cuando ninguna
otra aspiración en este mundo le quedaba por satisfacer, seguía siendo, al
término de su vida, el último afán de su corazón.
En esa comunión pasaron el padre y la hija las
breves horas de suspensión de la sentencia de muerte por hambre dictada contra
la ciudad en la que residían: así vivieron, en una especie de tranquilo
paréntesis de la existencia, de calmada pausa entre los afanes del pasado y los
afanes venideros de la ardua labor de la vida.
Pero se acercaba velozmente el término de esos
breves días de reposo tras largos sufrimientos y dolores. La pequeña reserva de
alimentos disminuía con la misma rapidez que las provisiones ansiosamente
acopiadas antes; y en la mañana de la segunda embajada a Alarico, se vaciaron
la garrafa de vino y el cuenco de comida. El breve sueño de seguridad había
concluido: ¡las terribles realidades de la lucha por la vida habían
recomenzado!
¿Adonde o a quién volverse ahora en busca de
ayuda? El asedio continuaba; la comida que acababan de terminar era la última
que quedaba en la mesa del senador; dirigirse de nuevo al palacio equivalía a
correr el riesgo de una negativa, quizás incluso de un insulto, como resultado
de una segunda súplica de ayuda a quien seguramente ya había agotado toda
posibilidad de proporcionarla. En eso pensaba Antonina cuando colocó el cuenco
vacío en el lugar que ocupara antes, pero se guardó sus pensamientos. Vio, con
horror, que volvía a aparecer en el semblante de su padre la misma expresión de
desesperación, casi de frenesí, que alterara los rasgos de su rostro el día en
que regresara a su lado. Una vez más el anciano se encaminó con paso inseguro a
la ventana, denostando en medio de su amargo desaliento contra la seguridad y
la esperanza ilusorias que lo habían mantenido inactivo durante los últimos
días en lo tocante a los intereses de su hija. Pero al mirar ahora el panorama
de la ciudad asediada, vio la turba que marchaba presurosa por la lúgubre calle
que quedaba a sus pies, con toda la rapidez que les permitían sus agotados
miembros, para.unirse a la embajada. Oyó las palabras de aliento que se
dirigían unos a otros para avanzar y aprovechar la última oportunidad de
escapar por las puertas abiertas de los horrores del hambre y de la peste; y se
—contagió de la desesperación y la temeridad que se adueñara de sus compañeros
de sufrimiento de un extremo a otro de Roma.
Se volvió al instante, tomó de la mano a su
hija y la arrastró hacia afuera de la habitación, mientras le ordenaba ir con
él a unirse a los ciudadanos en su huida antes de que fuera demasiado tarde.
Aturdida por sus palabras y sus acciones, Antonina intentó en vano, mientras lo
obedecía, transmitirle el temor a los godos que su amarga experiencia le
inspiraba, ahora que su único protector entre ellos yacía en la tumba.
Numeriano, como el resto de la población de la ciudad, había perdido toda
aprensión, toda duda, toda posibilidad de ejercer el juicio, al quedar
embargado por una única idea fija: la de escapar de los fatales confines de
Roma.
Fue así que se mezclaron con la multitud que
se apelotonaba miedosa a la cola de la embajada, y se incorporaron como
pudieron a sus filas. Cuando se abrió la Puerta Pinciana para que pasaran los
embajadores y su comitiva, el sol brillaba en el puro cielo azul y el viento
llevaba a la ciudad las notas penetrantes y amenazadoras de las trompetas del
campamento godo. Como un solo hombre, la muchedumbre intentó abrirse paso en
masa detrás de ellos; pero ahora se movía en un espacio estrecho, y se le
oponía un gran refuerzo de la guardia de la ciudad. Tras un breve
enfrentamiento, resultó reducida y se cerraron las puertas. Unos pocos de los
más fuertes, que iban al frente, consiguieron seguir a los embajadores; la
mayoría, sin embargo, permaneció del lado de adentro de la puerta, arracimados
contra ella en su impaciencia y su desesperación, como prisioneros que
aguardaran su liberación o que se aprestaran a escapar.
Entre ellos —los más débiles entre los
débiles— se encontraban Numeriano y Antonina, cercados por la multitud e
impedidos tanto de huir de la ciudad como de volver a su hogar.
CAPÍTULO XXIV
LA TUMBA Y EL
CAMPAMENTO
Mientras la segunda y última embajada del
Senado avanza hacia la tienda del rey godo; mientras las calles de Roma
permanecen desiertas salvo de cadáveres, y la multitud de los vivos se agolpa
en muda expectación tras la barrera de la Puerta Pinciana, al fin se nos
presenta la oportunidad de volver nuestra atención hacia una escena que
abandonamos hace largo tiempo. Regresemos a la casa de la granja de los
suburbios y contemplemos una vez más el tranquilo jardín y la tumba de
Hermanrico.
La calma del día luminoso y cálido es más pura
alrededor del sendero retirado que conduce a la casita. Aquí la hierba
ondulante deja escapar la agradable fragancia de las flores silvestres; el
zumbido adormecedor y monótono de los insectos colma el aire leve y sereno; los
rayos del sol, interceptados aquí y allá por los macizos de árboles, caen en
manchas irregulares de luz sobre el suelo en sombras; y, salvo los pájaros que
de vez en cuando sobrevuelan el lugar, cantando a su paso, ningún ser vivo
participa en la tranquila escena hasta que, al llegar a la verja que da paso al
jardín, nos asomamos a su interior. Allí, al final del pequeño sendero circular
que sus pasos perseverantes han abierto día tras día, se ve la figura de una
mujer solitaria que da vueltas lentamente alrededor del montículo de hierba que
señala la tumba del joven godo.
Durante algún tiempo continúa su ronda, con
una regularidad mecánica e imperturbable, como si en torno a ese estrecho
círculo se alzará una barrera que le impidiera desviar sus pasos. Al cabo de un
rato, cuando su recorrido la lleva junto a la verja hace una pausa, avanza unos
pasos hacia ella, después retrocede y vuelve a comenzar su monótona ruta, hasta
que, tras interrumpir de nuevo la marcha, logra finalmente apartarse de las
cercanías de la tumba, atravesar la verja y recorrer el sendero hasta llegar a
la calzada, para desde allí marchar lentamente hasta el límite oriental del
campamento godo. La expresión hierática, espectral, poco femenina de su rostro
nos revela que es la misma mujer que vimos por última vez cuando cometía el
crimen en la granja, pero a no ser por eso es difícil reconocerla. Su cuerpo
antes vigoroso y erguido ahora está encorvado y enjuto; rizos blancos e
hirsutos de su cabello ondean en torno a su rostro consumido; ha perdido toda
la ruda majestad de sus formas; nada indica que se trata de Goisvintha, que
recorre como un fantasma la escena del crimen, salvo la expresión salvaje que
envilece su semblante y revela la maldad de su corazón, sediento aún de
destrucción y venganza.
Desde el momento en que la viéramos por última
vez, cuando los hunos la separaron del cadáver de su pariente, la casa de la
granja ha sido el destino constante de su peregrinaje desde el campamento, el
refugio elegido en el cual rumia en silencio sus feroces ansias. Poco inclinado
a castigar a una mujer a la que consideraba demente por ausentarse de las
tiendas de las godos —ausencia que ninguna importancia tenía para el ejército o
para él— Alarico la había despachado impaciente cuando la llevaran a su presencia.
Los soldados que regresaron después a enterrar el cuerpo de su caudillo en el
jardín de la casa de .la granja se las ingeniaron para informarle en secreto
del acto de caridad que habían llevado a cabo a pesar de los riesgos que
conllevaba; pero no había sostenido ningún otro intercambio con ninguno de sus
antiguos conocidos.
Todas las acciones de Goisvintha confirmaban
la apresurada conclusión de los godos de que su razón se había extraviado, de
modo que la evitaban, igual que Goisvintha los evitaba a ellos. Su ración
diaria de alimentos se depositaba en un sitio determinado del campamento, como
si se tratara de un animal demasiado salvaje para que lo cuidara una mano
humana. Cada cierto tiempo, la mujer abandonaba subrepticiamente su deambular e
iba a buscarla. Su abrigo nocturno no era el de los suyos, ante las murallas de
Roma; sus pensamientos no eran los de los demás godos. Viuda, sin hijos, sin
amigos, agresora de su último pariente vivo, se movía en su propio mundo
secreto poblado de pérdidas, desolación y crimen.
Sin embargo, la existencia sombría y solitaria
que ahora llevaba no estaba empañada por la locura o los remordimientos
causados por su responsabilidad en la suerte de Hermanrico. Desde el instante
en que el joven guerrero expiara con su muerte el olvido de los odios de su
nación y los infortunios infligidos a sus parientes, Goisvintha sólo pensaba en
él como en una víctima más cuyo deshonor y pérdida debía vengar en los romanos
con sangre romana, y maduraba sus planes de vindicación con una firme voluntad que
ni el tiempo, ni la soledad, ni la debilidad física lograban borrar.
Iba y venía durante horas seguidas, en medio
de la noche silenciosa o a pleno mediodía, en torno a la tumba del guerrero,
rumiando sus vengativos pensamientos, hasta que una feroz anticipación del
triunfo daba alas a sus pies y hacía fulgurar sus ojos vigilantes. Entonces,
entraba en la casa de la granja y, tras sacar el cuchillo del sitio en que lo
escondía entre sus vestidos, pasaba y repasaba su punta lentamente por el hogar
ante el que mutilara a Hermanrico con sus propias manos, y desde el cual éste avanzara,
sin un temblor, a enfrentar las espadas de los hunos. Algunas veces, cuando las
tinieblas cubrían la tierra, se plantaba —como una aparición oscura y
amenazadora— sobre la propia tumba, y cantaba, ululando en el viento ululante,
fragmentos de oscuras leyendas septentrionales, cuyo espantoso contenido era
siempre de angustia y crimen, de celdas de tortura y muerte por la espada
aniquiladora, y mezclaba con ellas la sombría historia de la masacre de Aquilea
y sus feroces juramentos de venganza contra los hogares romanos. El solitario
merodeador que pasaba a altas horas junto a la casa de la granja de regreso al
campamento, oía los acentos roncos y monótonos de su voz y apuraba el paso. El
habitante de la campiña cercana amante de las aventuras que se acercaba al
jardín al abrigo de la noche para contemplar desde lejos el campamento godo,
veía su silueta, nebulosa y amenazadora, y huía atemorizado del lugar. Ni
desconocidos ni amigos interrumpían su terrible soledad. ¡La inicua presencia
de la crueldad y el crimen mancillaba, sin que nada lo impidiera, las escenas
que exaltaran otrora la ternura y el amor, y que santificaran la juventud y la
belleza!
Pero ahora el jardín de la casa de la granja
permanece solitario, el espíritu del mal que lo ronda se ha apartado de la
tumba; los pasos de Goisvintha han recorrido los mismos senderos de los
suburbios por los cuales el joven godo se apresurara ansioso antaño en su
peregrinaje nocturno de amor, y ante los ojos de la mujer se alzan —oscuras,
cercanas, odiadas— las murallas de Roma. Ahora deambula, como lo ha hecho antes
a menudo, a lo largo de esas inútiles defensas de la ciudad derrotada,
aguardando la primera oportunidad de penetrar por las puertas cerradas durante
tanto tiempo. Sigámosla.
Mientras pasaba lentamente junto a las tiendas
godas en camino hacia el acantonamiento de la Puerta Pinciana, su atención
estaba concentrada en las anchas almenas. Una vez llegada allí, un desorden y
una confusión inusuales sacudieron por primera vez su apatía. Miró hacia la
tienda de Alarico y vio ante ella las figuras consumidas y amilanadas de la
comitiva de la embajada, que esperaba la sentencia del capitán de las huestes
septentrionales. Los comentarios de los godos reunidos en esa parte del
campamento pronto le revelaron a Goisvintha que había sido a través de la
Puerta Pinciana que salieran los peticionarios romanos, y que, por tanto, era
muy probable que esa fuera la entrada que se volviera a abrir para admitirlos
de vuelta a la ciudad. Con esa información en mente, comenzó a calcular el
número de los enemigos ya vencidos que se congregaban frente a la tienda del
rey, y después sumó a ellos mentalmente los que seguramente participaban en la
entrevista que se celebraba adentro, al tiempo que se alejaba mecánicamente
cada vez más hacia el terreno yermo frente a las murallas de la ciudad.
Poco a poco volvió el rostro hacia Roma:
comenzaba a fraguar un propósito atrevido, una decisión fatal largamente
acariciada durante los días y las noches de su solitario deambular.
—Las filas de la embajada —musitó en tono
intenso y meditativo— son muy densas. Donde hay muchos por fuerza reinan la
confusión y el apresuramiento; marchan juntos y no saben cuántos son; no se
percatarán de si hay uno más o uno menos entre ellos.
Calló. Su espectral semblante sufrió extrañas
y sombrías alteraciones de color y expresión. Se sacó del pecho la cimera
ensangrentada de su esposo, que llevaba consigo desde el día de su muerte; al
contemplarla, su rostro se tornó lívido y adoptó una horrible expresión de
rabia, ferocidad y desesperación. De repente, alzó la vista hacia la ciudad,
fiera y desafiante, como si las grandes murallas que se alzaban frente a ella
fueran un enemigo mortal que la acorralaba en una lucha a muerte.
—¡La viudas y las madres despojadas de sus
hijos beberán de tu sangre—gritó, al tiempo que extendía la mano sarmentosa en
dirección a Roma—, aunque los ejércitos de su nación trafiquen con sus
desgracias a cambio de unas bolsas de plata y oro! ¡He reflexionado sobre el
asunto en mi soledad y soñado con él mientras dormía! ¡Me he jurado entrar en
Roma y vengar a mi familia asesinada, yo sola entre miles! ¡Ahora, ahora
cumpliré mi promesa! ¡Tú, ciudad manchada de sangre, cuna de cobardes y de
traidores, enemiga de los desvalidos y asesina de los débiles! ¡Tú, que
enviaste a Aquilea a los matadores de mi esposo y a los asesinos de mis hijos!
¡No espero más ante tus murallas! Hoy me confundiré con tus ciudadanos que
retornan, arriesgándome a todo, y franquearé rodeada de romanos las puertas de
Roma! ¡Me ocultaré durante el día, astuta y vigilante, en tus solitarias
madrigueras, para caer sobre ti de noche, como secreta enviada de la muerte!
¡Buscaré a los jóvenes y los débiles en los rincones despoblados; los privaré
de la vida cuando estén inermes en medio de las más espesas tinieblas;
aniquilaré a tus hijos como sus padres aniquilaron en Aquilea a los hijos de
los godos! Tu chusma me descubrirá y se levantará contra mí; me hará pedazos y
arrastrará mi cuerpo destrozado por las calles; ¡pero eso será después de que
yo haya visto correr bajo mi cuchillo la sangre que he jurado derramar! ¡Mi
venganza será completa, y los tormentos y la muerte serán para mí amigos
bienvenidos, redentores por los que aguardo!
Volvió a callar; la feroz expresión de triunfo
del fanático que arde en la hoguera relumbraba en su rostro; de repente, sus
ojos cayeron de nuevo sobre la cimera maculada y volvió a adoptar un aire de
desesperación; su voz, cuando volvió a hablar, era queda y plañidera:
—Estoy cansada de vivir; cuando haya
completado mi venganza, caerán las cadenas que me mantienen prisionera en esta
tierra; en el mundo de las sombras veré a mi esposo, y volveré a acunar a mis
pequeños en mi regazo. Nada me ata a los vivos; ansio reunirme con los
espíritus que deambulan por los recintos de los muertos.
Permaneció unos minutos más con los ojos secos
clavados en la cimera. Pero pronto la influencia del espíritu maligno revivió
con toda su fuerza: alzó la cabeza de repente, se mantuvo un instante sumida en
profundas reflexiones; y después retrocedió rápidamente por donde había venido.
En ocasiones musitaba quedamente:
—Tengo que apresurarme antes de que sea
demasiado tarde; debo ocultar mi rostro y cambiar mis vestidos. ¡Allá, entre
las casas, debo registrar, y registrar rápido!
En ocasiones reiteraba sus planes de venganza,
sus exclamaciones de triunfo por sus delirantes planes. Al recapitular su
proyecto, el recuerdo de Antonina despertó en su mente; y entonces, una cruenta
superstición oscureció sus pensamientos y le confirió un carácter vago y
soñador a sus palabras.
Cuando volvió a hablar, fue para musitar que
la víctima que había escapado dos veces de sus manos quizás seguiría aún viva;
que las influencias sobrenaturales que a menudo guiaran a los antiguos godos en
la hora de la venganza podrían tal vez guiarla a ella y dirigir el golpe de su
mortífera arma —el último golpe antes de que la descubrieran y la asesinaran—
directamente al corazón de la joven. Pensamientos como esos —desquiciados y
oscuros— se sucedieron con rapidez en su mente; pero fuera que los expresara en
palabras y acciones, fuera que los reprimiera y guardara silencio, nunca vaciló
ni se detuvo en su veloz avance. Sus energías estaban a la altura de cualquier
contingencia; y su férrea voluntad les impedía flaquear ni por un instante.
Llegó a una calle retirada de los suburbios
desiertos; y, tras lanzar una ojeada para asegurarse de que nadie la veía,
entró en una de las casas abandonadas por sus habitantes al aproximarse los
sitiadores. Dejó atrás rápidamente las habitaciones delanteras y se detuvo al
fin en. una de las alcobas; y allí encontró, entre otros bienes desechados en
la huida, los vestidos de la dueña del aposento.
Seleccionó una túnica romana, una estola y
unas sandalias de los colores y las texturas más comunes que pudo encontrar; y
tras doblarlas para que abultaran lo menos posible, las escondió entre sus
propias ropas. Después, evitando a todos los que se tropezaba en su camino,
regresó hacia la tienda del rey; pero cuando estaba próxima a ella se desvió
sigilosamente hacia Roma, hasta llegar a un edificio en ruinas que quedaba a
medio camino entre la ciudad y el campamento. En ese escondite se puso su
disfraz, se cubrió a medias la cabeza y el rostro con la estola, y desde allí
—calmada, vigilante, decidida, la mano en el cuchillo bajo el vestido,
musitando los nombres de su esposo y sus hijos asesinados— permaneció acechando
la calzada que llevaba a la Puerta Pinciana.
Dejémosla allí unos instantes y vayamos a la
tienda de Alarico, donde el Senado sigue suplicando piedad y paz al Arbitro del
Imperio.
En ese momento, la embajada ya había agotado
su capacidad de intercesión, aparentemente sin que el jefe de los godos
reconsiderara su primera e inmisericorde decisión de fijar el rescate de Roma
al precio de todos los objetos de valor que contenía la ciudad. En la gran
tienda reinaba ahora un silencio momentáneo. En un extremo, congregados en un
grupo apretado e irregular, se encontraban los exhaustos y descorazonados
miembros del Senado, apoyados por los asistentes a los que se había permitido
que los acompañaran; en el otro, se alzaban las majestuosas figuras de Alarico
y de los guerreros que integraban su consejo de guerra. El espacio vacío en
medio de la tienda estaba ocupado por un conjunto de armas que separaba a los
representantes de las dos naciones, y que, accidental, aunque palpablemente,
simbolizaba la feroz hostilidad que dividiera en el pasado y que seguiría
dividiendo durante mucho tiempo al pueblo del Norte y el pueblo del Sur.
El rey godo se había adelantado unos pasos a
sus guerreros y se apoyaba en su espada, grande y pesada. Su mirada firme
recorría los rostros de los abatidos senadores, contemplando, con fría y cruel
penetración, todos los cambios que el sufrimiento y la desesperación habían
impreso en su aspecto. El impasible y sarcástico examen del conquistador se
detuvo en los trajes sucios, las mejillas consumidas, los miembros temblorosos
de cada uno de ellos. Aunque deshonrados y humillados, algunos de los
embajadores sintieron con más intensidad, precisamente por la extrema
indefensión en que se encontraban, el insulto que silenciosa y deliberadamente
se les infligía. Se removían inquietos en su lugar e intercambiaban susurros
con voces quedas y amargas. Al cabo, uno de ellos alzó los ojos del suelo y
rompió el silencio. El viejo espíritu romano, que largos años de frivolidad y
degradación deliberadas no habían logrado pervertir por entero, cubrió de rubor
su rostro pálido y enjuto cuando pronunció las siguientes palabras:
—Hemos suplicado, hemos ofrecido, hemos
prometido; ¡nada más pueden hacer los hombres! ¡Abandonados por nuestro
emperador y aplastados por la peste y el hambre, nada nos queda sino perecer en
una inútil resistencia ante las murallas de Roma! ¡Estaba en manos de Alarico
conquistar una fama imperecedera mostrándose clemente con los infortunados
hijos de una nación ilustre; pero ha preferido intentar expoliar a una ciudad
gloriosa y subyugar a un pueblo que sufre! Que recuerde, sin embargo, que
aunque la destrucción pueda saciar sus ansias de venganza y el pillaje
enriquecer sus arcas, el día de la revancha llegará. ¡El imperio cuenta aún con
soldados y con héroes que encabezarán confiados la batalla, aunque estén
rodeados por los cadáveres de sus compatriotas asesinados en las calles de una
Roma saqueada!
Una momentánea expresión de ira e indignación
se adueñó del semblante de Alarico al escuchar ese atrevido discurso, pero la
reemplazó de inmediato una sonrisa sardónica.
—¡Cómo! ¡Tenéis aún soldados ante los cuales
los bárbaros deben temblar por sus conquistas! —exclamó—. ¿Dónde están? ¿Acaso
se dirigen hacia aquí, o están emboscados, o se esconden detrás de fuertes
murallas, o no han encontrado el camino al campamento godo? ¡Ja! ¡He aquí a uno
de ellos! —exclamó avanzando hacia un macilento y desarmado guardia del Senado
que retrocedió ante su fiera mirada—. ¡Pelea, hombre! —continuó en voz más
alta—. ¡Pelea por la Roma imperial mientras aún hay tiempo! ¡Has perdido tu espada;
toma la mía y vuelve a ser un héroe!
Con una ruda carcajada, a la que hicieron eco
los guerreros que se encontraban a su espalda, le lanzó su poderosa arma al
infeliz objeto de su sarcasmo. La empuñadura golpeó con fuerza el pecho del
hombre, que trastabilló y cayó indefenso al suelo. Los godos redoblaron sus
risas; pero ahora su jefe no se unió a ellas. Sus ojos relampaguearon de desdén
triunfante al tiempo que señalaba al romano caído y exclamaba:
—¡Así se desploma el Sur bajo la espada del
Norte! ¡Así se inclinará el Imperio ante la autoridad de los godos! Decidme,
ahora que veis a estos romanos ante nosotros, ¿no nos hemos vengado acaso de
todo lo que nos han hecho? ¡No mueren combatiendo bajo el filo de nuestras
espadas, sino que viven para suplicarnos piedad, como niños aterrorizados por
el látigo!
Hizo una pausa. Su recio y noble semblante
asumió poco a poco una expresión meditativa. Los embajadores avanzaron unos
pasos, quizás para hacer un último ruego, quizás para partir desalentados; pero
Alarico les hizo una seña con la mano que indicaba que mantuvieran silencio y
permanecieran donde se encontraban. En su interior se debatían, en dura
batalla, la sed del merodeador por el botín inmediato y la grandiosa ambición
de gloria futura del conquistador. Caminó hasta la abertura de la tienda y,
tras hacer a un lado de un manotazo su cortina de pieles, contempló a Roma en
silencio. La deslumbrante majestad de los templos y los palacios de la poderosa
ciudad que se alzaban ante sus ojos, fulgurantes bajo el sol de un cielo sin
nubes, capturó su atención un largo rato. Poco a poco, sueños de un señorío
futuro en medio de esas estructuras sin rival cuya destrucción y pillaje
dependían de una palabra suya, colmaron su alma anhelante y salvaron a la
ciudad de su ira. Se volvió hacia los embajadores y les dirigió las siguientes
palabras con la voz y el aire de un ser de una esfera superior a aquella en la
que ellos se movían:
—Cuando el conquistador godo reine en Italia,
los palacios de sus mandatarios aún estarán en pie para servirle de albergue.
Fijaré un rescate menor; perdonaré a Roma.
Del grupo de guerreros que estaba a sus
espaldas se alzó un murmulló. Su jefe les negaba por primera vez la rapiña y la
destrucción que tan ardientemente anhelaran. Cuando sus sordas protestas
llegaron a sus oídos, Alarico clavó en ellos al instante sus ojos severos y
repitió con tono deliberadamente autoritario:
—Fijaré un rescate menor; perdonaré a Roma.
Recorrió, uno a uno, los semblantes de sus
feroces seguidores. Ni una palabra de crítica salió de sus labios, ni un gesto
de impaciencia se observó entre sus filas; mantuvieron un silencio absoluto,
mientras el rey volvía a avanzar hacia los embajadores y proseguía:
—Fijo el rescate de la ciudad en cinco mil
libras de oro, treinta mil libras de plata... —de repente calló, como si
meditara los términos que impondría. Los senadores, aliviados por un momento
ante el inesperado anuncio de Alarico de que moderaría sus demandas, volvieron
a desesperanzarse al pensar en el tributo que se les exigía y recordar sus
tesoros agotados. Pero no era el momento de discutir o dilatar, y respondieron
al unísono, aunque ignorantes de los medios de que se valdrían para cumplir su
promesa:
—¡El rescate será pagado!
El rey los miró cuando hablaron, como
asombrado de que hombres a los que había privado de toda posibilidad de
elección osaran hacer gala de ella para aceptar unos términos que no tenían más
remedio que aprobar. Renació en él el espíritu de burla al contemplar de nuevo
a la inerme y humillada embajada, y volvió a reír al dar continuación a sus
palabras, dirigidas en parte al mudo grupo de los guerreros a sus espaldas:
—El oro y la plata no son más que las primeras
retribuciones del tributo; la recompensa de mi ejército no será sólo la riqueza
del enemigo. Los romanos os habéis reído de nuestras rudas pieles de oso y
nuestras pesadas armaduras; ¡pues nos vestiréis con vuestros trajes de gala!
Añadiréis al oro y la plata del rescate cuatro mil togas de seda y tres mil
piezas de tela escarlata. ¡Mis bárbaros dejarán de ser bárbaros! ¡Haré de ellos
patricios, epicúreos, romanos!
Los miembros de la fatídica embajada
levantaron la vista ante esas palabras, en muda súplica de piedad al
conquistador triunfante; pero todavía iban a seguir siendo víctimas de la
rapacidad y la burla aplastantes de Alarico:
—¡Un momento! —exclamó—. ¡Hay más, más aún!
Sois una nación de buenos anfitriones; ¡nuestros banquetes rivalizarán con los
vuestros cuando os hayamos despojado de los trajes que vestís en ellos! ¡Al
oro, la plata, la seda y la tela añadiré algo más: tres mil libras de pimienta,
esa preciosa mercancía adquirida en países lejanos con vuestras enormes
riquezas! ¡Ved que la traigan con el resto del rescate, hasta el último grano!
¡Adobaremos la carne de nuestros animales como hacéis que adoben las de los
vuestros!
Tras pronunciar esas palabras les volvió
bruscamente la espalda a los senadores y empezó a dirigirse en el idioma de los
godos y con tono de chanza al consejo de guerreros que lo acompañaba. Algunos
de los embajadores inclinaron la cabeza en señal de muda resignación; otros,
con la absoluta ofuscación de hombres trastornados por lo visto y oído durante
la entrevista que ahora concluía, trajeron malhadadamente a colación los pactos
violados antaño al inquirir mecánicamente, según las fórmulas de dichos acuerdos,
qué garantías del pago del rescate exigirían los sitiadores.
—¡Garantías! —exclamó Alarico con fiereza
retomando de inmediato su tono más severo—. ¡Ved allí las futuras garantías que
tienen los godos de la buena fe de Roma! —y apartando la cortina de la tienda
señaló orgulloso las largas líneas de su campamento, que rodeaban toda la
porción visible de las murallas de la ciudad derrotada.
Los embajadores recordaron la masacre de los
rehenes de Aquilea y la evasión del pago del tributo prometido antaño, y
contemplaron mudos la escena que se desplegaba ante sus ojos desde la entrada
de la tienda.
—Recordad las condiciones del rescate
—continuó Alarico en tono de advertencia—, ¡recordad las garantías con que
cuento de que se pagará con prontitud! De esa forma viviréis seguros un breve
tiempo, y festejaréis y estaréis contentos, mientras vuestros territorios os
sigan perteneciendo. ¡Idos, he hablado, basta ya!
Se apartó bruscamente de los senadores y la
cortina de la tienda cayó tras ellos cuando salieron. La ordalía del arbitraje
había concluido; la sentencia final había sido pronunciada; había llegado el
momento de disponerse a cumplirla.
Las noticias de que al fin se habían acordado
términos de paz llenaron a los romanos que aguardaban ante la tienda de una
felicidad que no oscurecían ni las reflexiones sobre el pasado ni las
premoniciones acerca del futuro. Impedidos por los godos que los rodeaban en el
campamento de poner en práctica su temerario plan de huir a los campos;
imposibilitados de regresar a Roma por el cierre de las puertas que habían
traspuesto por la fuerza; expuestos en su indefensión a la brutal befa del
enemigo mientras aguardaban en una larga agonía de suspenso por el fin de la
peligrosa entrevista entre Alarico y los miembros del Senado, se habían visto
sometidos a los más extremos sufrimientos y se habían sumido unánimemente en la
desesperación, de modo que las nuevas sobre la conclusión del pacto sonaban en
sus oídos como una promesa de salvación.
Ninguna de las aprensiones que despertara en
la mente de sus superiores la vastedad del tributo exigido empañaba el éxtasis
irreflexivo de su gozo ante la perspectiva del levantamiento del asedio. Se
incorporaron con exclamaciones de impaciencia y placer para regresar a la
ciudad de la que huyeran descorazonados. Adularon como perros a los embajadores
e incluso a los feroces godos. En la marcha desde Roma habían conservado
mecánicamente cierto orden, pero ahora se apresuraron a retornar sin distinción
de lugar y sin disciplina: senadores, guardias, plebeyos, todos juntos en la
desordenada igualdad que caracteriza a una turba.
Embargados por las seguridades tan
recientemente adquiridas, ninguno reparó en el edificio en ruinas junto a la
calzada; ninguno percibió la figura embozada que salió furtiva de él para
unirse a la retaguardia del grupo y que, después, con paso sigiloso y rostro
recatado, se incorporó a lo más denso del gentío. La atención de los
embajadores seguía centrada en sus presentimientos de que no se lograría reunir
el rescate; los ojos de la multitud estaban clavados en la Puerta Pinciana; sus
oídos sólo percibían sus propias exclamaciones de gozo. No uno, sino muchos
desconocidos disfrazados habrían podido unirse a su tumultuoso avance sin ser
observados o requeridos.
De ahí que volvieran a entrar presurosos a la
ciudad, donde miles de ojos acongojados pugnaban por verlos, y miles de oídos
atentos porfiaban por escuchar las alegres noticias que traían del campamento
godo. Se oyeron, procedentes de todos lados, el sonido de llantos histéricos y
risas insensatas, los débiles quejidos de los exhaustos al morir, víctimas de
su súbito transporte, y los confusos clamores de los fuertes que habían
sobrevivido a todas las calamidades y al fin veían la salvación a la mano. Aún
callados y graves, los embajadores atravesaron el gentío para dirigirse de
nuevo al Foro; y, a medida que avanzaban, la multitud se dispersó poco a poco
para abrirles paso. Enemigos, amigos y desconocidos —todos aquellos a quienes
la implacable hambruna había enfrentado según sus intereses y simpatías—
estaban ahora unidos como una familia ante la expectativa de un rápido alivio a
su situación.
Pero en la muchedumbre que ahora se dispersaba
había una persona cuyas emociones ocultas eran diferentes a las de los gozosos
millares de seres humanos que la rodeaban. Las mujeres y los niños, tan
embargados como ella por sus propios sentimientos, pasaban a su lado sin ver la
intensa y feroz atención que revelaban sus ojos mientras los contemplaba con
fijeza hasta perderlos de vista. En el recinto de la ciudad, la desconocida
enemiga esperaba por las traicioneras tinieblas de la noche, y lo hacía sin que
la advirtieran. Se mantenía en el mismo lugar al que la compacta multitud la
confinara, incluso ahora que lentamente pasaban a su lado las personas y el
espacio en torno a ella se despejaba. Pero bajo su calma y su silencio
exteriores se agazapaban las más salvajes pasiones que pugnaran jamás por
liberarse del débil freno de la voluntad humana; hasta el severo control de
Goisvintha sobre sí misma se tambaleó al verse dentro de las murallas de Roma.
Nadie la había mirado con sospecha; ni uno
sólo de los integrantes del. gentío se había aproximado a ella para empujarla
hacia afuera cuando penetró por las puertas rodeada por los ciudadanos
desprevenidos. Sin que nadie la detectara, tanto por la laxa vigilancia de sus
enemigos como por la estratagema de su disfraz, había llegado al fin a las
calles de Roma, como jurara, sin los ejércitos de su nación, como solitaria
vengadora de la sangre vertida.
No era un sueño, una visión engañosa y fugaz.
El cuchillo estaba en sus manos; las calles se extendían ante ella; los seres
humanos que las colmaban eran romanos; terminaban ya las horas del día; la
cercanía de su1 venganza era tan cierta como la de las tinieblas que la harían
posible. Una salvaje exultación aceleró su pulso vital cuando pensó en los
espantosos planes de asesinato y venganza secretos que enfrentaban ahora en
fatal enemistad a la mujer solitaria que era contra la población indefensa de
toda una ciudad. Mientras sus ojos recorrían lentamente de un extremo a otro la
móvil muchedumbre; mientras reflexionaba en el tiempo que quizás transcurriría
antes de que la descubrieran y la mataran —antes de sufrir el martirio por ser
fiel a su sangre—, momento que esperaba con desdén, sus manos ocultas temblaron
bajo sus ropas y reiteró en un susurro:
—Esposo, hijos, hermano: ¡son cinco las
muertes que debo vengar! ¡Recordad Aquilea! ¡Recordad Aquilea!
De'repente, mientras seguía con la vista a los
grupos que se alejaban, sus ojos se posaron en una persona; al instante dio un
paso al frente; después se contuvo abruptamente y retrocedió hacia un punto
donde la multitud era todavía compacta, siempre con la vista fija en el mismo
lugar. Había visto a la víctima que le arrancaran dos veces de entre las manos,
en el campamento y en la casa de la granja, y que ahora se ponía a su alcance
por tercera vez en las calles de Roma. La posibilidad de venganza que menos
esperaba era la que primero llegaba. Una vaga y opresiva sensación de temor se
mezcló en su corazón con un sentimiento de triunfo: ¡un poder sobrenatural
parecía guiarla con rapidez, por encima de todos los obstáculos de este mundo,
hacia el climax de su venganza!
Se escondió entre el gentío; siguió observando
a la joven desde un punto más distante; pero su disimulo era ya vano: los ojos
de ambas se habían encontrado. Su estola se había deslizado cuando diera un
brusco paso al frente, y en ese instante Antonina la había visto.
Numeriano, que atravesaba lentamente la
multitud con su hija sintió que la mano de la joven apretaba más la suya y
advirtió que su rostro había adquirido una súbita rigidez; pero el cambio sólo
duró un instante. Antes de que pudiera pronunciar palabra, Antonina lo tomó del
brazo y lo arrastró hacia adelante con espasmódica energía. Después, con voz
casi inaudible, queda, sin aliento, diferente a la suya usual, Numeriano la oyó
exclamar al tiempo que seguía apresurándolo:
—¡Está ahí, detrás de nosotros! ¡Viene a
matarme como lo mató a él! ¡A casa! ¡A casa!
Ya exhausto por el rudo contacto con la
multitud debido a la prolongada debilidad y a las dolencias naturales de su
edad; confundido por el aspecto y las acciones de Antonina y por su
sorprendente mención de un peligro desconocido que le transmitía con sus
entrecortadas" exclamaciones de temor, el primer impulso de Numeriano,
mientras apretaba el paso a su lado, fue el de pedir protección y ayuda al
gentío que los rodeaba. Pero aunque hubiera podido señalar a la persona que
provocaba su alarma en medio de esa heterogénea turba de todas las naciones, su
petición tampoco habría obtenido respuesta. De todos los síntomas provocados
por la temible severidad de las privaciones sufridas por los sitiados, ninguno
era más común que esas aberraciones mentales que producen visiones de peligros,
de enemigos, de muerte, tan palpables como para hacer que quienes los sufran
imploren la ayuda de los demás contra las espantosas creaciones de su propio
delirio. En consecuencia, la mayoría de aquellos a quienes se dirigían las
súplicas de Numeriano pasaron a su lado sin hacer caso de ellas. Algunos le
pidieron, sin darle mayor importancia, que recordara que ya no había más
enemigos, que se acercaba la paz, y que una comida nutritiva, de la que
seguramente pronto podría disfrutar, era el único auxilio que requería un
hombre hambriento. En medio de ese período de horror y sufrimiento que se
acercaba a su fin nadie veía nada extraordinario en la confusión del padre y el
terror de la hija. De ahí que continuaran su incierta huida sin ninguna
protección, y que Goisvintha les siguiera los pasos.
Ya habían comenzado el ascenso a la Colina
Pinciana cuando Antonina se detuvo de repente y se volvió para mirar hacia
atrás. A sus pies, la calle estaba aún atestada, pero los ojos de la joven,
aguzados por el peligro, penetraron entre el gentío y distinguieron enseguida
la ancha túnica y la alta figura, aún a la misma distancia de ella y de su
padre, inmóvil ahora que ellos se habían detenido. Por un momento, Antonina
clavó los ojos en la mirada de terror y el rostro trastornado e inerme de su
padre; pero al instante, el misterioso instinto de conservación que coexiste
con el instinto del miedo —y que dota al animal más indefenso de la astucia
necesaria para afinar su fuga y ocupa el lugar de la razón, la reflexión y la
decisión cuando todas han desaparecido de la mente— le advirtió del fatal error
de permitir que su perseguidora la siguiera hasta su hogar.
—¡Allí no! ¡Allí no! —dijo con voz
entrecortada cuando Numeriano intentó continuar el ascenso—. ¡Nos verá cuando
lleguemos a la puerta! ¡Por las calles! ¡Ah, padre, sálvame, es posible que
logremos esquivarla en las calles! ¡Allí están los guardias, la gente! ¡Atrás!
¡Atrás!
Numeriano tembló al percatarse del terror de
su rostro y de sus gestos; pero era vano interrogarla u oponerse a sus deseos.
Nada, salvo la fuerza, habría logrado detenerla; ni órdenes ni súplicas
obtenían otra respuesta que la misma exclamación entrecortada:
—¡Adelante, padre! ¡Adelante, si es que
quieres salvarme!
Antonina era insensible a toda sensación que
no fuera el miedo, e incapaz de toda acción salvo la de huir.
Dando vueltas y revueltas, avanzando siempre
al mismo paso rápido, tomaron sin darse cuenta por las calles intrincadas que
llevaban a la orilla del río; y la vengadora aún seguía a su víctima, tan fiel
como la sombra a la sustancia; constante, celosa, incansable, como el sabueso
que sigue una huella reciente.
Y ahora la hija dejó de percibir hasta el
sonido de la voz de su padre; ya no sentía la presión de su mano ni su
presencia a su lado. Al cabo, frágil y debilitada, volvió a detenerse y a mirar
atrás. La calle a la que habían llegado se encontraba muy tranquila y
despoblada: en su extremo final caminaban dos esclavos. Mientras se les pudo
ver, ningún ser viviente apareció en el camino a espaldas de Numeriano y
Antonina; pero en cuanto se perdieron de vista, una sombra avanzó sigilosa
sobre el pavimento de un pórtico lejano; y al instante Goisvintha apareció en
la calle.
El sol alumbró con fuerza la oscura figura que
se detuvo y que, por un momento, miró furtiva a su alrededor. Goisvintha dio un
paso y Antonina no esperó más. Se volvió para reemprender su inútil huida; y de
nuevo su padre, que sólo percibía como causa de su misterioso temor a una mujer
solitaria que, si bien los seguía, no intentaba detenerlos o incluso dirigirles
la palabra, se aprestó a acompañarla hasta el fin, abandonada toda otra
esperanza de garantizar su seguridad. El terror atenazaba cada vez más las
facultades de la joven que seguía recorriendo a toda prisa, insensible a lo que
la rodeaba, las calles que conducían al Tíber. No era Numeriano, ni Roma, ni la
luz del sol en una gran ciudad lo que veían sus ojos; lo que volvía a vivir era
la tormenta, el asesinato, la noche en la casa de la granja.
Continuaron la rápida huida y la incesante
persecución, como si ninguna de las dos fuera a tener fin; pero ya se
aproximaban a su escenario definitivo. Durante su recorrido por las calles, la
mente de Numeriano se había recuperado gradualmente de su confusión y su alarma
iniciales; al cabo de un rato, se convenció de la necesidad de tomar una
decisión fulminante y decisiva, mientras había tiempo aún de salvar a Antonina
de perecer víctima de su propio temor. Aunque una vaga y terrible premonición
de desastre y muerte embargaba su corazón, adoptó la firme resolución de
desentrañar de inmediato, costará lo que costase, el tenebroso misterio de los
peligros que las palabras y los actos de su hija le indicaban que los
acechaban, porque le inspiraba el único motivo lo bastante poderoso para
reanimar todas las energías de su vida pasada que el sufrimiento y la
enfermedad no habían aniquilado aún: la salvación de su hija. Algo de la
firmeza y el vigor anteriores del intrépido reformador de la Iglesia asomó a sus
ojos mortecinos cuando se detuvo y, abrazando a Antonina, le impidió .continuar
su huida.
La joven intentó escapar, pero sólo débilmente
y por un momento. Comenzaban a abandonarla las fuerzas y el sentido. No intentó
mirar a sus espaldas; su corazón le decía que Goisvintha aún los seguía, y no
se atrevió a verificar su terrible convicción. Sus labios se movieron, pero
sólo para dejar escapar un ruego perturbado y vano:
—¡Hermanrico! ¡Ah, Hermanrico! —fue todo lo
que musitó.
Habían llegado a la larga calle que corría
paralela a la orilla del Tíber. Los habitantes de la ciudad se habían retirado
a sus hogares o se habían encaminado al Foro para oír las informaciones sobre
el plazo del pago del rescate. Cuando Numeriano recorrió la calle con la vista,
sólo vio a Goisvintha; y ésta, tras asegurarse cuidadosamente de que la calle
estaba desierta, avanzaba ahora hacia ellos a paso rápido.
Por un momento el padre la miró fijamente a
medida que se aproximaba, y en ese instante tomó su decisión. A sus pies, unos
peldaños conducían al estrecho umbral de un pequeño templo, que era el edificio
más cercano. Ignorante de si Goisvintha contaba con cómplices secretos para su
incesante persecución, decidió utilizar el lugar como refugio al menos temporal
de Antonina, al tiempo que obligaría a la mujer a declararle sus intenciones
ante su puerta, si es que los seguía hasta allí. Enseguida comenzó a subir los
peldaños con la exhausta joven a su lado. Cuando llegó al umbral, la hizo
atravesar la entrada y se detuvo para volver a examinar los alrededores.
Goisvintha se había esfumado.
Sin dejarse engañar por la súbita desaparición
de la mujer y creer que se había marchado de la calle, todavía animado por el
propósito de conducir a su hija a un lugar tranquilo donde pudiera sentirse
segura casi de inmediato y volviera a ser dueña de sí misma, Numeriano penetró
con Antonina en el templo. Decidió permanecer allí unos momentos antes de salir
a vigilar la calle desde el pórtico.
La iluminación del edificio era pobre;
penetraba sólo por una pequeña abertura en el techo y por la estrecha puerta,
donde su paso se veía obstaculizado por el saliente del pórtico exterior. En el
oscuro interior, un montón desordenado de objetos oscuros y aparentemente
pesados se alzaba hacia el techo. De forma irregular, apilados en extraño
desorden, de color oscuro en su mayoría, aunque aquí y allá brillaban algunos
puntos de un resplandor metálico, dichos objetos tenían una apariencia
misteriosa, indefinida y estremecedora. Resultaba imposible, con una primera
ojeada a su confusa disposición, descubrir qué eran, o adivinar para qué habían
sido amontonados en el suelo de un templo desierto. Desde el momento en que
atrajeran los ojos de Numeriano, su atención se centró en ellos, y al
contemplarlos, una leve sospecha —vaga, inexplicable, sin aparente causa u
objeto— le heló el corazón.
Se había adelantado un paso para examinar el
espacio que quedaba oculto detrás de esa columna cuando se vio detenido
súbitamente por la aparición de un hombre que emergió del lugar, vestido con el
ondulante traje de bordes púrpuras y el fajín blanco de los sacerdotes
pagarlos. Antes de que padre o hija pudieran pronunciar palabra, antes incluso
de que lograran dar un paso para marcharse, el hombre se les aproximó y, tras
colocar una mano en el hombro de cada uno, los contempló en silencio.
En el momento en que el desconocido se les
acercaba, Numeriano alzó una mano para rechazarlo y, al hacerlo, clavó los ojos
en su semblante, iluminado en ese instante por un rayo de luz procedente de la
puerta. Su brazo quedó extendido y rígido, y después cayó inerte a su costado,
al tiempo que la expresión de horror del rostro de la joven pareció reflejarse
en el de su padre. Ninguno de los dos intentó quitar de su hombro la pesada
mano del morador del templo, y ambos permanecieron inmóviles, tan mudos como
él.
CAPÍTULO XXV
EL TEMPLO Y LA
IGLESIA
Era Ulpio. El pagano no sólo había cambiado de
vestido, sino también de aspecto y manera de conducirse. Se le veía más firme y
erguido; su rostro había adquirido un tono opaco, atezado; sus ojos, otrora tan
hundidos y faltos de brillo, estaban ahora bien abiertos y relampagueaban con
el fulgor de la locura. Daba la impresión de que a medida de que sus facultades
mentales se deterioraban hasta la total bancarrota, sus capacidades físicas
recuperaban su vigor.
Ningún ojo humano había presenciado por qué
medios viles y secretos había sobrevivido a la hambruna; qué sustento inaudito
había satisfecho las ansias del hambre inexorable; ¡pero allí, en su sombría
guarida, había vivido, se había movido, y súbita e inexplicablemente se había
fortalecido el demente, el paria, después de que los habitantes de la ciudad
agotaran todos sus recursos conjuntos, emplearan en vano toda su riqueza común
y languidecieran y murieran por millares a su alrededor!
Aún posaba sus manos firmes sobre el padre y
la hija, y aún ambos lo contemplaban —mudos, como muertos— hechizados por su
mirada; inmóviles, como helados por el roce de sus dedos. Su presencia ejercía
sobre ambos una fatal fascinación. La capacidad para actuar, suspendida ya en
Antonina cuando entraran en su malhadado refugio, había ahora abandonado
también a Numeriano; pero en su caso, la idea de un enemigo que los aguardaba
en la calle no formaba parte del irresistible ascendiente que lo retenía
indefenso ante el enemigo que encontrara en el templo. Era un sentimiento de un
terror más profundo y de un horror más tenebroso. Porque ahora, al contemplar
la espantosa faz de Ulpio, al mirar las vestiduras prohibidas del sacerdocio
con que estaba ataviado el pagano, no veía sólo al traidor que se había
confabulado contra la prosperidad de su hogar, sino también al demente, al
leproso moral de la familia humana, a un Alma muerta en un Cuerpo vivo, al
Desheredado de la Divina Luz de la Vida que los mortales tienen el terrible
privilegio de compartir con los ángeles de Dios.
Aún sostenía a Antonina pegada a su costado,
pero su gesto era inconsciente. En apariencia, estaba tan indefenso como su
indefensa hija cuando Ulpio soltó lentamente los hombros de ambos, los separó,
y tras entrelazar sus dedos descarnados y fríos con los de ellos, comenzó a
hablarles.
Su voz era profunda y solemne, pero su acento,
duro y monótono, no parecía expresar ninguna emoción humana. Sus ojos, lejos de
ganar en brillantez al hablar, adoptaron un aire de ausente y desmayada
insensibilidad. La relación entre el acto de hablar y el acto concomitante y
aclaratorio de mirar que se observa en todos los hombres, parecía no existir en
su caso. Producía espanto ver su rostro como de muerto y, al mismo tiempo,
escuchar su voz de ser viviente.
—¡He aquí que los fieles están llegando al
Templo! —murmuró el pagano—. Los buenos servidores del poderoso culto se reúnen
a la voz de su sacerdote! ¡Ved cómo las gentes dispersas se congregan en la
noche en las lejanas provincias, donde los enemigos de los dioses se aprestan a
profanar las arboledas sagradas, para trasladarse hasta el altar de Serapis!
¡Millares de adoradores se arrodillan bajo los majestuosos pórticos, mientras
que adentro, en el recinto secreto donde la luz es tenue, donde el aire vibra
en torno a las deidades que alientan sobre sus pedestales de oro, el gran
sacerdote Ulpio lee el destino que nos depara el Futuro, desplegado ante sus
ojos como las páginas de un libro!
Cuando calló, aún con las manos de sus
cautivos entre las suyas, les clavó los ojos, que volvieron a brillar y
dilatarse; pero su mirada no indicaba que reconociera ni al padre ni a la hija.
El delirio de su imaginación lo había transportado al templo de Alejandría;
revivía los días en que su gloria alcanzara su punto culminante, cuando los
cristianos temblaban ante él como ante su más feroz enemigo y los paganos se
agolpaban a su alrededor como en torno a su última esperanza. Las víctimas de
su olvidada traición no eran para él más que dos de los muchos fieles atraídos
por la fama de su elocuencia; por la triunfante notoriedad de su poder para
proteger a los adeptos del antiguo credo. Pero su locura no siempre se
manifestaba así: tenía momentos de una extraordinaria exaltación. Entonces
imaginaba que volvía a arrojar a los atacantes cristianos desde lo alto de los
muros del templo sitiado, como cuando el obispo de Alejandría decretara la
destrucción de la imagen de Serapis. Sus gritos de furia, sus extraviadas
exclamaciones de desafío se oían desde lejos, en medio del solemne silencio de
la Roma azotada por la peste. Quienes, en los peores momentos del asedio godo,
se desplomaban de hambre al pasar frente al pequeño templo, constituían una
terrible realidad de muerte que alimentaba las visiones de combates y matanzas
del demente. Mientras yacían agonizantes en la calle, esas víctimas de la
hambruna escuchaban la voz enajenada que los maldecía por ser cristianos, se
regocijaba al creerlos enemigos a quienes derrotara con sus propias manos y
exhortaba a sus imaginarios adeptos a arrojar a los que mataban sobre los
muertos que yacían en la calle, hasta que los cuerpos de los sitiadores del
templo formaran una barrera alrededor de sus muros que impidiera el paso de sus
camaradas vivos. En ocasiones se alborozaba en su. delirio por su ilusoria
creencia en el renacimiento de las repugnantes y sanguinarias ceremonias de la
superstición pagana. Entonces se arremangaba la túnica y ordenaba a gritos el
sacrificio; cometía tenebrosas e innombrables atrocidades, porque de nuevo los
muertos y los agonizantes yacían a sus pies, para darle carne a la sombra de
sus malvados pensamientos; y la Peste y el Hambre eran como hijas de su
voluntad que se encargaban de proveer las víctimas para ofrendar ante el altar.
En otros momentos, cuando pasaba el ataque de
furia y yacía jadeante en el rincón más oscuro del templo, su demencia asumía
un tono de pesadumbre. Su voz se tornaba queda y plañidera; su memoria deshecha
—vaga e incontrolable— remontaba las oscuras aguas del pasado; y su lengua
pronunciaba fragmentos de palabras y frases que murmurara en el regazo de su
padre; adioses y deseos infantiles que susurrara al oído de su madre; inocentes
y anhelantes preguntas que le dirigiera a Macrino, el sumo sacerdote, cuando
entrara al servicio de los dioses en Alejandría. Sus recuerdos infantiles, la
gentileza de las palabra y la poesía de los pensamientos de sus días juveniles
revivían en sus palabras entrecortadas, merced al influjo arbitrario e
inescrutable de su dolencia; renovadas en su vejez de locura y crimen;
balbucidas en inconsciente befa por sus labios, en cuyas comisuras aún sé
acumulaban los espumarajos, mientras los últimos relámpagos del desvarío
todavía relampagueaban en sus ojos.
Esa placidez del lenguaje y esa solidez de la
memoria tan anormales, esa mentirosa apariencia de meditativo y melancólico
control sobre sí mismo, a menudo se prolongaban sin interrupción durante largos
períodos de tiempo; pero más tarde o más temprano se producía el repentino
cambio; la falsa cadena de pensamientos se rompía en un instante; la palabra
que pronunciaba en ese momento quedaba a medias; los miembros agotados
retornaban convulsivamente a la acción; y a medida que se disipaban sus
ensueños de paz y renacían sus fantasías de violencia, el demente se rebelaba
de nuevo furioso y recorría una y otra vez, guiado por sus visiones, su
santuario del templo y cuando la noche era oscura y la muerte se encontraba más
atareada en Roma, las casas abandonadas, pobladas sólo por los agonizantes, y
las calles silenciosas cubiertas de cadáveres.
Sin embargo, había acontecimientos posteriores
de su existencia que nunca acudían a su memoria. La antigua y familiar imagen
idolátrica de Serapis, que lo atrajera al templo a su regreso a Roma, absorbía
en sí y en los recuerdos a ella asociados todo cuanto permanecía activo de sus
facultades paralizadas. Su deslealtad en el hogar de Numeriano, su paso por la
hendidura de las murallas, el aplastante rechazo de que fuera víctima en la
tienda de Alarico no ocupaban ni por un instante sus errantes pensamientos. Las
nubes que se cernían sobre su mente se abrían para permitirle atisbos de los
afanes y los éxitos de los inicios de su carrera, pero cubrían con impenetrable
oscuridad los días posteriores de su vida terrible.
¡Ese era el ser a cuya merced, por una
misteriosa fatalidad, se encontraban ahora el padre y la hija; esa la
existencia —solitaria, sin esperanzas, aborrecible— del implacable y artero
traidor de antaño!
Desde que Ulpio callara, la presión de sus
manos se había incrementado gradualmente, y sus ojos habían comenzado a
recorrer el lugar lenta e inquisitivamente. Si ese cambio hubiera sido síntoma
de que se acercaba otro de sus paroxismos de furia, las vidas de Numeriano y
Antonina habrían sido sacrificadas al instante; pero todo lo que denotaba era
el avivamiento de las elevadas y tenebrosas ideas de celebridad y éxito, de
honor e influencia sacerdotales, de esplendor y gloria de los dioses, que
motivaran sus últimas palabras. De repente, avanzó unos pasos hacia el interior
del templo sin soltar a las víctimas de .su peligroso capricho, a quienes
condujo hasta el gran montón de objetos que atrajera la atención de Numeriano
al penetrar en la edificación.
—¡Arrodillaos y adorad! —gritó el demente
furibundo, volviendo a ponerles las manos sobre los hombros y empujándolos al
suelo—. Os halláis ante los dioses, en presencia de su sumo sacerdote!
La joven inclinó la cabeza y se cubrió el
rostro con las manos, pero el padre examinó tembloroso la informe columna. Sus
ojos se habían acostumbrado insensiblemente a la pobre iluminación del templo,
y ahora distinguía mejor los objetos que formaban la masa que se alzaba ante
él. Cientos de imágenes de los dioses hechas de oro, plata y madera, muchas de
las de ese último material de tamaño mayor que el natural; baldaquinos,
vestimentas, muebles, utensilios, todos de antiguas formas paganas, se
amontonaban en el suelo sin orden ni concierto hasta unos quince pies de
altura. La columna tenía algo de espantoso y grotesco a la vez. Las monstruosas
figuras de los ídolos, con las rudas tallas de sus ropajes y sus armas
simbólicas, yacían en las posiciones más diversas y disparatadas, y exhibían
las líneas más caprichosas, sobre todo las que ocupaban la parte superior del
conjunto, hasta donde, evidentemente, las había lanzado desde el suelo la misma
mano que levantara la estructura. Las colgaduras entremezcladas con las
imágenes y los muebles se enredaban aquí en torno a ellos como serpientes,
colgaban allá hasta el suelo, ondeando lentas y solemnes con la brisa que se
colaba por la puerta del templo. Los objetos más pequeños de oro y plata,
desperdigados irregularmente en el conjunto, brillaban como ojos deslumbrantes;
mientras que la columna misma, en ese lugar y tan pobremente iluminada,
semejaba un monstruo vasto e informe: ¡la tenebrosa encarnación de las más
sangrientas supersticiones del paganismo, una excrecencia de atmósferas
rezumantes y ruinas inmundas, de la sombra y la oscuridad, de una soledad
maldita e infecta!
Incluso por la posición que ocupaba, además de
por los objetos que la formaban, la columna presentaba un aspecto siniestro y
estremecedor; su contorno desigual, más ancho en la cima, se inclinaba
peligrosamente en dirección a la puerta; parecía como que bastara empujarla con
la mano para que perdiera su incierto equilibrio y cayera al instante a tierra
como una masa compacta.
Muchas horas de duro trabajo, una prolongada y
furtiva labor, se habían consagrado a la erección de la insólita y vacilante
estructura; pero era obra de una sola mano. Noche tras noche, el —pagano
penetraba en los templos desiertos de las calles circundantes y los despojaba
de sus contenidos para enriquecer su amado altar; la retirada de los ídolos de
sus lugares habituales, que a un hombre menos poseído le habría parecido un
sacrilegio, era a sus ojos el terrible privilegio del sumo sacerdote. Había
acarreado pesadas cargas y roto de un tirón fuertes cierres; había recorrido
una y otra vez durante muchas horas seguidas las mismas calles sombrías, sin
descansar en su tarea; había amontonado unos sobre otros tesoros e imágenes;
había reforzado la base y aumentado la altura de su preciosa y sagrada columna;
cada vez que se derrumbaba y caía al suelo, había reparado y reconstruido, con
una paciencia y una perseverancia resueltas que ni los reveses ni la fatiga
lograban vencer, esa nueva torre de Babel que ansiaba elevar hasta el Olimpo
del techo del templo. El propósito más anhelado de su quimérica superstición
era rodearse de innumerables deidades y reunir a innumerables fieles, para
hacer del lugar sagrado que habitaba un portentoso Panteón y un punto de encuentro
de las dispersas congregaciones del mundo pagano. Esa era la ambición que hacía
que su locura llegara al más feroz fanatismo; y ahora, erguido en toda su
estatura, con sus cautivos a sus pies, sus ojos relampagueantes con^ templaron
despavoridos a sus ídolos; alzó los brazos en solemne, extático triunfo, y
entonó con voz queda sus invocaciones disparatadas, incoherentes,
fragmentarias, ante el bárbaro altar levantado con su solo esfuerzo.
Fuera cual fuese el efecto que ejercieron en
Numeriano los delirantes;.y confusos conjuros de Ulpio, Antonina ni los
advirtió ni los escuchó, porque ahora que la voz del demente había descendido
hasta no ser más que un murmullo, y que sus ojos cerrados le impedían ver los
objetos que la rodeaban, sus sentidos comenzaron a percibir en el templo
sonidos en los antes no cayera en cuenta.
La rápida corriente del Tíber lamía los
cimientos de un costado del edificio, en cuyo interior se oía con singular
claridad el límpido y adormecedor borboteo del agua. Pero, además, otro sonido
más penetrante llegaba también a sus oídos. En el remate del techo del templo
aún se conservaban varias hileras de campanillas doradas, dispuestas allí
originalmente en parte con la intención de adornar esa porción de la estructura
exterior, en parte para que el ruido que producían al agitarlas el viento
espantara a los pájaros que se posaban en el edificio sagrado. El sonido de
esas campanas era argentado y agudo; cuando la brisa era fuerte, tintineaban
todas a una alegre y continuamente; cuando amainaba, sus notas eran tenues,
intermitentes e irregulares, casi quejumbrosas en su pura levedad metálica.
Pero por más que variara su tono bajo la caprichosa influencia del viento,
parecía mezclarse siempre maravillosamente, en el interior del templo, con el
quedo y eterno borbotear del río, que llenaba las menores pausas del agradable
tintineo de las campanas y conservaba su suave y monótona armonía, casi
inaudible, cuando ellas dejaban oír su canto.
Había algo en esa extraña, inusual combinación
de sonidos que se oía en el abovedado interior de la pequeña edificación, que
resultaba singularmente simple, atractivo y espiritual; mientras más oído se le
prestaba, más completamente olvidaba la mente todo recuerdo de su verdadero
origen, y poco a poco formaba a partir de ella fantasías cada vez niás
caprichosas, hasta que las campanas, con su diminuto repiqueteo, llegaban a
parecer las alegres voces de un arroyo celestial que flotaran sobre sus
frágiles burbujas, gozando de la suave corriente que las murmuraba al fluir.
A pesar del peligro de su situación y del
terror que la mantenía muda y arrodillada, el efecto que produjo en Antonina la
extraña combinación musical de la corriente de agua y las campanas fue lo
bastante fuerte, cuando la oyó por primera vez, para disipar toda emoción que
no fuera de sorpresa y admiración. Se descubrió el rostro y lanzó una mirada
mecánica hacia la puerta, como si pensara que el sonido procedía de la calle.
En ese momento, la luz del sol poniente, que
se colaba entre dos de los pilares que rodeaban el templo, iluminaba con
brillante resplandor el liso pavimento de la entrada. Un enjambre de insectos
revoloteaba atontado en la luz tibia y suave, y su leve y monótono zumbido no
interrumpía, sino que ahondaba, el absoluto silencio que reinaba en el exterior
del edificio. Pero una alteración del sosiego que presidía la tranquila y
despejada escena estaba a punto de ocurrir; no había pasado un minuto cuando
Antonina, que seguía contemplándola, vio una sombra oscura que cruzaba sigilosa
el pavimento soleado, la misma sombra que viera por última vez cuando al
detenerse en su huida para mirar hacia atrás en la calle desierta. Al principio
creció y se alargó lentamente, después permaneció estacionaria, más tarde se
alejó y desapareció tan paulatinamente como había avanzado, y entonces la joven
oyó, o creyó oír, un leve sonido de pasos que se retiraban por las columnatas
laterales en dirección al costado del edificio que lindaba con el río.
Antonina dejó escapar un leve grito de horror
al tiempo que se refugiaba entre los brazos de su padre, pero este no la
escuchó. La voz de Ulpio había vuelto a adoptar su tono alto y hueco; había
levantado a Numeriano del suelo agarrándolo del brazo con una mano fuerte y tan
fría que pareció helar el corazón del anciano, con la cual lo mantuvo inmóvil e
inerme como presa de un hechizo fatal.
—¡Escuchad! ¡Escuchad! —exclamó el pagano,
agitando su mano libre como si se dirigiera a una vasta concurrencia—.
¡Promuevo a este hombre a la condición de servidor del sumo sacerdote! Ha
llegado al altar sagrado desde un país lejano; se muestra dócil y obediente
ante el tabernáculo de los dioses; su suerte futura está echada; morará en el
templo hasta el día de su muerte! ¡Celebrará ante mí ataviado con vestiduras
blancas, mecerá el humeante incensario y hará sacrificios a mis pies!
Calló. Una expresión sombría y siniestra
apareció en sus ojos al pronunciar la palabra "sacrificio"; musitó
para sí con aire de duda:
—¡El sacrificio! ¿Ha llegado ya la hora del
sacrificio? —y lanzó una mirada hacia la puerta.
El sol aún ponía su brillo alegre sobre el
pavimento; los insectos seguían revoloteando en círculos en la suave luz; ya no
se veían sombras ni se oían pasos lejanos; sólo se escuchaba la alegre música
del agua borboteante y del tintineo argentado de las campanas. Durante unos
breves momentos, el demente examinó la calle presa de ansiedad, sin pronunciar
palabra ni mover un músculo. El ataque de furia estaba a punto de adueñarse de
él, a partir de que la idea del sacrificio atravesara como un relámpago las tinieblas
de su mente; pero una vez más, se pospuso su llegada. Volvió lentamente la
cabeza en dirección al interior del templo.
—El sol aún brilla en los patios exteriores
—musitó muy quedo, —¡no ha llegado aún la hora del sacrificio! ¡Ven! —continuó
en voz más alta, sacudiendo del brazo a Numeriano—, ¡es hora de que el servidor
del templo revise el lugar del sacrificio y afile el cuchillo destinado a la
víctima antes de que se ponga el sol! ¡Siervo: levántate y sigúeme! Hasta ese
momento, Numeriano no había hablado ni intentado escapar. Aunque nos ha llevado
cierto número de páginas describir los acontecimientos precedentes, ellos se
habían desarrollado en un período de tiempo tan corto que el anciano no había
logrado recuperarse de la primera y sobrecogedora conmoción que le produjera el
encuentro con Ulpio. Pero ahora, aunque seguía temeroso, sintió que había
llegado el momento de luchar por su libertad.
—¡Apártate y déjanos partir! ¡No puede volver
a haber ninguna relación entre nosotros! —exclamó, con el valor temerario que
produce la desesperación, mientras tomaba de la mano a Antonina y intentaba
desasirse de las garras del demente. Pero su esfuerzo fue en vano; Ulpius lo
sujetó con más fuerza y dejó escapar una carcajada triunfal:
—¡Cómo! ¡El servidor del templo siente terror
del sumo sacerdote y no se atreve a penetrar en el lugar del sacrificio!
—exclamó—. ¡No temas, siervo! ¡El todopoderoso, que rige sobre la vida y la
muerte, sobre el tiempo y el futuro, se muestra bondadoso con los servidores
que elige! ¡Vamos, vamos! ¡Al lugar de tinieblas y expiación, donde sólo yo soy
omnipotente y todas los demás criaturas tiemblan y obedecen! ¡A tu lección,
discípulo! ¡Al ponerse el sol la víctima debe ser coronada!
Cuando se aprestaba a obligarlo a avanzar,
miró un instante el rostro de Numeriano y sus ojos se encontraron. En la fiera
autoridad de su gesto y la salvaje exultación de su mirada, el padre vio
repetirse de forma más aberrante la actitud y la expresión que observara en el
pagano la mañana en que perdiera a su hija. Todas las circunstancias de esa
hora desventurada —la alcoba vacía, la hija desterrada, el triunfo del traidor,
la angustia del traicionado— pasaron como un relámpago por su mente y se
alzaron ante sus ojos tan vividas como un cuadro. Dejó de batallar; toda la
capacidad de resistencia de su cuerpo y de su mente estaban aniquiladas. Hizo
un esfuerzo por apartar a Antonina de su lado, como si olvidando a la enemiga
oculta fuera del templo, tratara de facilitar su fuga por la puerta abierta
mientras la atención del demente aún no se había posado en ella. Pero más allá
de ese último esfuerzo del fuerte instinto del amor paterno, toda otra emoción
dinámica parecía haber muerto en él.
En vano intentó disociar a la hija de la
suerte que quizás esperaba al padre. El terror que le producía a ella la oscura
sombra sobre el pavimento era superior a toda otra aprensión. Antonina se
aferró con más fuerza a su padre y le apretó todavía más la mano. De modo que
cuando el pagano avanzó hacia el interior del templo, no fue sólo Numeriano
quien lo siguió al lugar del sacrificio, sino ella también. Caminaron hasta la
parte trasera de la columna de los ídolos. Detrás había una alta división
dorada con incrustaciones de madera que llegaba hasta el techo, y que separaba
la parte anterior del templo de la posterior. En la división había un pasaje
abovedado de techo bajo, protegido por puertas talladas similares a las del
frente del edificio, y por él pasaron Ulpio y sus prisioneros al otro recinto
del templo.
La habitación a la que llegaron era
considerablemente más pequeña que el primer aposento del templo que acababan de
abandonar. El techo y el suelo tenían una inclinación descendente y el sonido
de las profundas aguas del Tíber llegaba allí con más claridad que en la parte
anterior del edificio. Cuando entraron, el lugar estaba muy oscuro: la columna
de ídolos interceptaba hasta la poca luz que podría haber penetrado por su
estrecha entrada; pero las densas tinieblas pronto se disiparon. Arrastrando a
Numeriano consigo hacia la izquierda de la habitación, Ulpio abrió una especie
de tragaluz de madera y un vivido rayo de sol se coló de inmediato por una
pequeña abertura circular practicada en esa parte del templo.
Al hacerlo quedó iluminada una vasta cavidad
en la pared más alejada de la habitación, lo bastante alta para admitir a un
hombre de pie, pero que se comunicaba mediante una abertura casi perpendicular
con un foso cuyo fondo resultaba imposible columbrar, porque de ese insondable
abismo artificial no brotaba luz, y la vista no alcanzaba a penetrar más que
unos pocos pies por su boca. En el estrecho espacio de la base que quedaba
visible se advertían los primeros peldaños de una escalera que evidentemente conducía
hacia lo profundo de la cavidad. En las paredes abruptamente inclinadas que la
rodeaban por todas partes alguien había pintado, con los brillantes colores de
los frescos antiguos, representaciones de las deidades de la mitología, todas
en actitud de descender a la cripta, y todas seguidas por ninfas que portaban
guirnaldas de flores, hermosos pájaros y otros aditamentos similares de las
ceremonias votivas del paganismo. El repulsivo contraste entre los brillantes
colores y las graciosas formas de los frescos, y el aspecto amenazante y
sombrío de la cavidad que decoraban, subrayaba intensamente la estremecedora
significación del carácter de la estructura. Sus malvados usos previos parecían
indeleblemente inscritos en toda ella, como los crímenes y tormentos del pasado
permanecen indeleblemente inscritos en el rostro humano; la mente se impregnaba
en ella de aterradoras ideas de mortales traiciones, secretas atrocidades,
temibles refinamientos de la tortura que ningún no iniciado contemplara y que
ninguna resolución humana fuera nunca lo suficientemente firme para resistir.
Pero esas impresiones no eran producto sólo de
lo que se veía en la extraña cripta y en torno a ella, sino también de lo que
allí se oía. El viento penetraba en la cavidad a través de una abertura
invisible, situada en algún punto a cierta distancia, y todo indicaba que algo
interceptaba su paso, porque subía hasta la boca de la cripta con un silbido
agudo y penetrante, y en ocasiones producía otro sonido más próximo, que
recordaba el violento entrechocar de muchos objetos metálicos. El ruido del
viento y el borboteo de la corriente del Tíber parecían proceder de una
distancia mayor que la que justificaba la estrechez de la parte trasera del
templo y la proximidad del río a sus cimientos. Resultaba evidente que la
cripta no iba recta hacia el exterior, sino que describía una curva por debajo
del edificio hacia su parte anterior, mediante algún extraño enredo de pasajes
o laberinto de cavernas artificiales que quizás fueran construidos mucho tiempo
atrás como mazmorras para los vivos o sepulcros para los muertos.
—¡El lugar del sacrificio! ¡Aja! ¡El lugar del
sacrificio!—exclamó el pagano exultante mientras obligaba a Numeriano a llegar
hasta la entrada de la cavidad y apuntaba solemnemente hacia las tinieblas de
sus profundidades.
El padre clavó la vista en la sima, sin
volverse ni una vez a mirar a Antonina, sin intentar volver a luchar por su
libertad. Los amores y las esperanzas de este mundo comenzaban a desvanecerse
de su corazón: oraba. Las palabras solemnes de la imploración cristiana salían
en un quedo murmullo de sus labios, en el altar de la idolatría y la sangre,
entremezcladas con las incoherentes exclamaciones del demente que lo mantenía
cautivo y que ahora había posado sus ojos relampagueantes en las tinieblas de
la cripta, a medias olvidado de los prisioneros que retenía junto a su entrada,
ya que era presa de la sombría fascinación que sobre él ejercía.
El rayo de sol que entraba por la abertura
circular de la pared iluminaba fantásticamente las disímiles figuras de los
tres, tan extrañamente reunidas a la boca del abismo que se abría a sus pies.
Por sobre sus cabezas, en torno a ellos, sombras: en el malhadado recinto no
había más luz que la del vivido rayo de sol que caía sobre la macilenta figura
de Ulpio, que seguía apuntando a las tinieblas; sobre el semblante tenso de
Numeriano, que oraba con la amargura de quien aguarda la muerte esperada; y
sobre la figura frágil y juvenil de Antonina, aferrada temblorosa a su padre.
¡Era una escena solemne y ultraterrena!
Mientras tanto, la sombra que la joven
advirtiera en el suelo ante la puerta del templo volvió a aparecer allí, pero
no para retirarse como antes; un instante después, Goisvintha penetró sigilosa
en el recinto anterior del edificio que abandonaran sus ocupantes precedentes.
Pasó silenciosa junto a la columna de los ídolos, echó una mirada al aposento
posterior del templo y vio, a la luz del rayo de sol, a las tres figuras
reunidas, sombrías e inmóviles, en la boca de la cavidad. Su primera mirada fue
para el pagano, que le inspiraba sospechas y un temor instintivos, y cuyo
propósito al mantener cautivos al padre y a la hija no podía adivinar; la
siguiente fue para Antonina.
La muchacha ocupaba una posición resguardada;
aún sostenía la mano de su padre, de modo que este la amparaba parcialmente con
su cuerpo; e, inconscientemente, se había colocado bajo el brazo levantado de
Ulpio, que agarraba el hombro de Numeriano. Al advertirlo, y recordando que
Antonina ya se le había escapado en dos ocasiones, Goisvintha vaciló por un
momento, y después, con paso cuidadoso y gesto de disgusto, comenzó a
retroceder de nuevo hacia la puerta del templo.
—¡Aún no, aún no ha llegado el momento!
—musitó mientras volvía a introducirse en su escondrijo—; ¡la luz les da de
lleno; la muchacha está a la vista y los otros la protegen! ¡Está en medio de
los dos hombres! No ha llegado el momento de dar el golpe; ¡el tajo del
cuchillo debe ser certero y seguro! ¡Certero, porque esta vez debo matarla!
¡Seguro, porque tengo otras venganzas que cobrarme además de la que me cobro en
ella! ¡Yo, que he sido paciente y astuta desde la noche de mi huida de Aquilea,
seguiré siendo paciente y astuta! Si atraviesa la puerta, la mataré cuando
salga; si permanece en el templo...
Goisvintha hizo una pausa y alzó la vista; el
sol poniente alumbró con su llameante resplandor su rostro marchito; sus ojos
relumbraron feroces bajo la intensa luz.
—¡Se acercan las tinieblas! —continuó—; la
noche será espesa y negra en los oscuros recintos del templo; ¡la veré y ella
no me verá! ¡Se acerca la oscuridad; mi venganza es segura!
Cerró los labios, y con fatal perseverancia
continuó vigilando y esperando, tan resueltamente como vigilara y esperara
hasta entonces. El romano y la goda, opuestos por su sexo, su nación y su
suerte; el orate que soñaba con las sanguinarias supersticiones del paganismo
ante el altar del templo y la asesina que maduraba sus cruentos planes bajo el
pórtico del templo estaban ahora unidos por una misteriosa identidad de
expectativas que ninguno de los dos sospechaba o se comunicara: cuando el sol
desapareciera del firmamento habría llegado la hora del sacrificio.
* * *
Se produce ahora una pausa momentánea en el
curso de los acontecimientos. Ciertos hechos ocurridos y que narraremos a
continuación hacen necesario aprovechar este intervalo para informar al lector
acerca de la naturaleza y el empleo verdaderos de la cripta excavada en la
pared el templo, cuyo aspecto externo ya hemos descrito.
La peculiaridad más saliente de la religión
pagana puede muy bien compararse con la característica más peculiar de la
construcción de los templos paganos. Ambos estaban diseñados para atraer la
atención general por sus solos efectos externos, que eran, en ambos casos, un
reflejo falso y engañoso de su sustancia interna. En el templo, cuando las
personas adoraban bajo las largas columnatas o contemplaban los majestuosos
pórticos desde la calle, era lógico que imaginaran que el interior de la
estructura poseía una majestad y una simetría similares, y no se les permitía
descubrir cuan lamentablemente contrariaba ese interior las brillantes
expectativas que el exterior estaba tan bien calculado para inspirar; cuan poco
se correspondían los oscuros y estrechos recintos de los ídolos, las criptas
secretas y los sombríos aposentos internos con la promesa de las grandes
escalinatas, las amplias extensiones de pavimento y los macizos pilares que
centelleaban al sol en su exterior. De igual manera en el caso de la religión,
el adepto resultaba atraído por el esplendor de las procesiones; por la pompa
de los augurios; por la poesía de una superstición que poblaba los bosques que
habitaba de ágiles dríades y las fuentes de las que bebía de vigilantes
náyades; que les adjudicaba a las montañas y los lagos, al sol, la luna y las
estrellas, a todo lo que lo rodeaba, sus fantásticas alegorías o sus graciosas
leyendas de belleza y amor; pero no se le permitía profundizar su relación con
la religión más allá de ese primer encuentro; ahí concluía su iniciación. Se le
mantenía ignorante de los oscuros y peligrosos abismos que se abrían bajo esa
tersa y atractiva superficie; se le dejaba con la impresión de que lo que se
mostraba era sólo el preludio de su futuro descubrimiento de las bellezas
ocultas de los ritos paganos; no se le permitía ver las lastimosas imposturas,
las repulsivas orgías, los espantosos encantamientos, los cruentos sacrificios
humanos perpetrados en secreto, que eran la repugnante sustancia real de la
hermosa forma externa. Su primera ojeada al templo resultaba tan engañosa para
sus ojos como mistificadora para su mente la primera impresión que le producía
la religión.
Era con esos misterios ocultos y culpables del
culto pagano que estaba íntimamente relacionada la cripta ante la cual se
encontraba ahora Ulpio con sus cautivos.
Los sacrificios humanos que realizaban los
romanos eran de dos tipos: públicos y secretos. En los inicios de la república,
los primeros se llevaban a cabo anualmente; más tarde se prohibieron; Augusto,
quien sacrificaba a sus prisioneros de guerra ante el altar de Julio César, los
revivió; y posteriormente —aunque renovados en ocasiones por motivos
específicos en los reinados subsiguientes— se eliminaron por completo de las
ceremonias del paganismo durante el resto del período imperial.
Los sacrificios secretos se practicaron
durante mucho más tiempo. Estaban relacionados con los misterios más esotéricos
de la mitología; se realizaban a espaldas de la supervisión gubernamental; y
probablemente continuaron hasta la extinción general de la superstición pagana
en Italia y en las provincias. Muchos y muy variados eran los recintos
construidos para la inmolación secreta de víctimas humanas en diferentes partes
del imperio —tanto en las ciudades muy pobladas como en los bosques solitarios—
y, entre ellos, uno de los más notables y el que durante más tiempo se conservó
fue la gran cavidad excavada en la pared del templo que Ulpio escogiera como
solitario escondrijo en Roma.
La cripta no se había construido meramente con
el fin de ocultar la inmolación y el cadáver de la víctima. A su construcción
se había añadido un sanguinario artificio que consistía en colocar en la propia
cavidad el instrumento del sacrificio, de manera que no era un mero recinto,
sino, por decirlo de alguna manera, el devorador de su presa humana. Al pie de
la escalera (cuyo inicio, como ya hemos observado, era lo único que resultaba
visible desde la entrada abierta en el recinto del templo) se había dispuesto
la imagen de un dragón de bronce.
El cuerpo del monstruo, que sobresalía del
otro lado de la escalera, casi en ángulo recto con la pared, se desplazaba en
todas direcciones mediante unos muelles de acero que se comunicaban con uno de
los escalones inferiores y también con una espada colocada en la garganta de la
imagen y que servía como de lengua del dragón. Las paredes se estrechaban en
torno a los escalones, de modo que en las proximidades del dragón sólo cabía un
cuerpo humano. A la menor presión en el peldaños con el cual se comunicaba el
muelle, el cuerpo del monstruo se inclinaba hacia adelante y la espada salía de
su garganta al instante, a una altura del suelo que la hacía atravesar
necesariamente algún órgano vital de la persona que bajaba. El cuerpo, que se
desprendía por su propio peso de la espada, caía por un túnel abierto debajo
del dragón que descendía en dirección opuesta a la de las escaleras, y se
depositaba en una reja de hierro bañada por las aguas del Tíber, que corría
bajo los cimientos abovedados del templo. A la reja se llegaba por un pasaje
subterráneo secreto que salía del frente del edificio, y que les permitía a los
sacerdotes encargados del sacrificio llegar hasta donde se encontraba el
cadáver, atarle unos pesos y, tras abrir la reja, arrojarlo al río, de modo que
nunca más lo vieran ojos humanos.
En la época en que se autorizaba que esa
máquina de destrucción cumpliera el propósito para el cual el horrible ingenio
de sus inventores la construyeran, sus víctimas eran sobre todo jóvenes
doncellas. Coronadas de flores y ataviadas con ropajes blancos, se las instaba
a la inmolación con ricos presentes y con las seguridades de que el único
objetivo de su fatal expedición hacia lo profundo de la cripta consistía en
revivir las pinturas que adornaban sus paredes (que ya describimos algunas
páginas atrás) ofrendando sus dones ante el altar del ídolo que se encontraba
en el fondo.
En los días de los que escribimos, hacía
muchos años —desde la primera prohibición del paganismo— que el dragón no se
alimentaba de sus presas usuales. La humedad había corroído y aflojado poco a
poco las escamas de su cuerpo; y cuando las movía el viento que penetraba por
debajo y silbaba en su tortuoso recorrido por el túnel que corría en el fondo
en una dirección y subía en otra hacia lo alto por la escalera de la cripta,
producía el entrechocar que ya hemos mencionado que se dejaba oír en ocasiones
desde la boca de la cavidad. Pero los muelles que movían el mortal mecanismo
del aparato, protegidos en su interior, seguían resistiendo el lento avance del
tiempo y el desuso, y estaban tan a punto como siempre para ejecutar el fatal
propósito para el que fueran diseñados.
El destino último del dragón de bronce era el
de la religión cuyas más cruentas supersticiones encarnaba: caer bajo el
irresistible embate del cristianismo. Poco después de la época en que se
desarrolla nuestra narración, tras un accidente ocurrido en el interior del
edificio bajo el cual estaba situado, y que relataremos más adelante, su
exterior se desmanteló para utilizar sus pilares como materiales para la
construcción de una iglesia. Un monje que había estado presente en la
destrucción de otros templos paganos, y que se ofreció para inspeccionar su
contenido, exploró la cripta excavada en la pared. Con una antorcha en una mano
y una barra de hierro en la otra, bajó a la cripta, tanteando las paredes y los
escalones a medida que descendía. Por primera y última vez la espada salió
inocua de la garganta del monstruo cuando el monje hizo presión con su barra de
hierro sobre el peldaño fatal, antes de pisarlo. Ese mismo día se destruyó y se
arrojó el aparato a las aguas del Tíber, donde antes se arrojara a sus
víctimas.
* * *
Han pasado algunos minutos desde que dejamos
al padre y a la hija junto al pagano ante la entrada de la cripta; y aún no
parece haberse producido ningún cambio en las posiciones de los tres. Pero la
voz de Ulpio, que sigue con los ojos clavados en la sima abierta a sus pies, es
más alta, y sus palabras se han tornado más claras. Temibles recuerdos
relacionados con ese lugar comienzan a remover su memoria fatigada, a levantar
el oscuro velo del olvido de sus pensamientos estériles.
—¡Bajan allá, hasta el fondo! —exclamó
abruptamente, apuntando a las oscuras profundidades de la cripta—, ¡y nunca
vuelven a salir a la luz del día! ¡El gran Destructor vigila allá debajo en su
soledad, y sus ojos penetran las tinieblas esperando a que se aproximen! ¡Oíd!
¡El silbido de su respiración es como el entrechocar de las armas en una lucha
a muerte!
En ese momento el viento movió las escamas
sueltas del dragón. Por un instante Ulpio guardó silencio, prestando oído al
ruido que producían. Por primera vez una expresión de temor apareció en su
rostro. Su memoria revivía oscuramente los detalles de su descubrimiento de la
mortífera maquinaria que guardaba la cripta, cuando hiciera del templo su
hogar, cuando —lleno de confusos recuerdos de ritos y encantamientos
misteriosos, de los sacrificios secretos a los que asistiera y realizara en
Alejandría— encontrara y recorriera el pasaje subterráneo que conducía hasta la
reja de hierro debajo del dragón. Cuando el viento amainó y con él el
entrechocar de metales, comenzó a enumerar para sí mismo, con acentos lentos y
solemnes, esos recuerdos.
—¡He visto al Destructor; el Invisible se me
ha revelado! —musitó—. Llegué hasta la reja de hierro; las aguas impacientes se
afanaban y pugnaban a mis pies mientras yo contemplaba el lugar de las
tinieblas. Me habló una voz. "¡Busca una luz y contémplame desde lo alto!
¡Busca una luz! ¡Busca una luz!" ¡El sol, la luna y las estrellas no
alumbraban allí! ¡Pero en la ciudad, cuando recorría por las noches las casas
de los muertos, había visto lámparas encendidas; y la lámpara alumbraba cuando
no lo hacían ni el sol, ni la luna, ni las estrellas! Desde qué puse el pie en
los primeros peldaños miré hacia abajo y vi al Poderoso en su dorado fulgor; y
no me aproximé, sino que observé y presté oído presa del temor. ¡La voz de
nuevo! ¡La voz se dejó oír de nuevo! "¡Ofréceme sacrificios secretos, como
los ofrecen tus hermanos! ¡Dame a los vivos donde están los vivos! ¡Y a los
muertos donde se hallan los muertos!" El aire subía helado y la voz calló,
y la lámpara era como el sol, la luna y las estrellas, ¡no alumbraba en el
lugar de las tinieblas!
Mientras hablaba, las escamas metálicas
sueltas volvieron a entrechocar en la cripta, porque el viento aumentaba con la
llegada de la noche.
—¡Oíd! ¡La señal para preparar el sacrificio!
—gritó el pagano volviéndose bruscamente hacia Numeriano—. ¡Escucha, siervo!
Los vivos y los muertos están a nuestro alcance. El aliento del Invisible los
derriba en las calles y en las casas; se tambalean en los caminos y caen ante
los peldaños del templo. Cuando llegue la hora saldremos a buscarlos. Por mi
mano descienden a la caverna que está a nuestros pies. ¡Sea que los arrojemos
muertos o que bajen vivos, caen por la reja de hierro donde el agua salta y se
goza de recibirlos! ¡Mi tarea es conducirlos al sacrificio arriba, y la tuya
esperar por ellos debajo, alzar los barrotes y echarlos al río para que se los
trague! ¡Los muertos caen primero: los vivos a quienes ejecuta el Destructor
siguen después!
Calló de súbito. Por primera vez, sus ojos se
posaron en Antonina, cuya existencia parecía haber olvidado hasta entonces. Una
sonrisa repulsiva, mezcla de astucia y satisfacción, transformó al instante su
rostro al mirarla y después desviar la vista significativamente hacia la
cripta.
—¡Aquí hay una! —le susurró a Numeriano
tomándola del brazo—. Mantenía cautiva, ¡se acerca la hora!
Hasta ese momento Numeriano no había
reaccionado a las palabras de Ulpio, pero cuando este tocó a Antonina, esa
simple acción bastó para volver a activar la resistencia —aun inútil— del
padre. Liberó el brazo de Antonina de la mano de Ulpio y retrocedió con ella
—sin aliento, alerta, desesperado— hasta la pared que quedaba a sus espaldas.
El demente rió con orgullosa aprobación.
—¡Mi siervo me obedece y se apodera de la
cautiva! —exclamó—. ¡Recuerda que se acerca la hora y se aferra a la presa!
¡Ven! —continuó—, ¡ven a la otra habitación! ¡Es hora de que busquemos más
víctimas para el sacrificio antes de que se ponga el sol! ¡El Destructor es
poderoso, y hay que obedecerlo!
Avanzó hasta la entrada que conducía al primer
recinto del templo y esperó allí a que se le reuniera Numeriano, quien —por
primera vez separado de Ulpio— permanecía paralizado en la misma posición y
lanzaba miradas ansiosas a su alrededor. No había ninguna posibilidad de
escapar; las únicas salidas del lugar eran, de un lado, la boca de la cripta,
del otro, el pasaje a través de la división. La única esperanza consistía en
seguir al pagano hasta el gran recinto del templo, mantenerse a prudente
distancia de él y aguardar una oportunidad de huir por la puerta de entrada. La
calle, tan desolada cuando la contemplara por última vez, podía ahora
encontrarse más poblada. Era posible que pasaran ciudadanos o guardias a
quienes darles una voz desde el templo; era posible que apareciera algún
auxilio. Mientras avanzaba con Antonina, esos pensamientos atravesaron con
rapidez la mente del padre, sin que los acompañara en ese momento el recuerdo
de la desconocida que los siguiera desde la Puerta Pinciana, o los de la desgana
de la población hambrienta para prestar ayuda en una emergencia. Viendo que
venían tras él como había ordenado, Ulpio los precedió en el trayecto hasta la
columna de los ídolos; pero una extraña y súbita alteración se hizo evidente en
su manera de andar. Hasta ese momento había caminado con el paso de un hombre
joven, fuerte y resuelto; ahora arrastraba las piernas con tanta lentitud y
dificultad como si hubiera recibido una herida mortal. Avanzó vacilante, con un
abatimiento mayor que el que justificaban sus años; dejó caer la cabeza sobre
el pecho y comenzó a quejarse y a emitir murmullos confusos en tono quedo y
moroso.
Ya se había adelantado hasta la columna de los
ídolos, a medio camino de la puerta del templo, cuando Numeriano, cuya mirada
penetrante advirtiera el brusco cambio de su conducta, olvidando la simulación,
que podía ser aún de la mayor importancia, se dejó llevar por su primer impulso
y, apretando el paso con Antonina a su lado, intentó rebasar al pagano y
escapar. Pero de inmediato Ulpio detuvo su lento avance, se tambaleó, extendió
las manos con un gesto crispado y, tras agarrar del brazo a Numeriano, trastabilló
con él hasta dar contra la pared lateral del templo. Los dedos del torturado
infeliz se cerraron como si no fueran a abrirse nunca más, como presas de la
rigidez de la muerte, como en el último y frenético gesto de un hombre que se
ahoga.
Había trabajado incesantemente día y noche
bajo la implacable tiranía de su locura, alzando cada vez más alto su altar de
ídolos y pronunciando sus invocaciones ante los dioses en el lugar del
sacrificio; y ahora, en el momento en que alcanzaba el triunfo en su feroz
propósito, cuando su pretendido siervo y su pretendida víctima se encontraban
más a su merced; ahora cuando sus facultades, ya sometidas a una presión
excesiva, se tensaban al máximo, había hecho presa de él el tan pospuesto
paroxismo, que era el precursor del reposo, del único reposo que le concedía su
espantosa suerte: un cambio de forma (el triste cambio ya descrito) de su
insania. Porque en los raros períodos en que dormía, su sopor no equivalía a
inconsciencia ni a descanso; era un trance poblado de sueños terribles: cuando
se adormecía, su lengua hablaba, sus miembros se movían como cuando estaba
despierto. Era sólo cuando sus visiones del orgullo, el poder, los fieros
conflictos y las atrevidas resoluciones de sus años de madurez cedían su lugar
a los ensueños sosegados y tranquilos de su niñez, que sus facultades exhaustas
reposaban, y con ellas descansaba su cuerpo en la inmóvil languidez de la
fatiga absoluta. En esos momentos, si sus labios pronunciaban algunas palabras,
eran como los murmullos de un sueño feliz e infantil; porque las frases
inocentes de su infancia que ellas revivían, parecían traerle consigo también,
por un tiempo, el inocente sosiego de su niñez.
—¡Vete! ¡Vete! ¡Huye ahora que estás libre!
—gritó Numeriano soltando la mano de Antonina y apuntando a la puerta. Pero la
joven se negó por segunda vez a dar un paso. Ninguno de los horrores o peligros
del templo borraba de su mente ni por un instante el recuerdo de la noche en la
casa de la granja de los suburbios. Volvió el rostro hacia la entrada desierta,
clavó los ojos en ella con la persistente atención que produce el terror y, a
las palabras de su padre, contestó con un susurro espantado:
—¡Goisvintha! ¡Goisvintha!
El pagano seguía con los dedos crispados con
la rigidez de la muerte; se apoyó en la pared, tan inmóvil como si la vida y la
capacidad de acción lo hubieran abandonado para siempre. El paroxismo había
pasado; su rostro, contraído en una mueca hacía sólo un instante, estaba ahora
en reposo; pero era un reposo que producía horror en quienes lo contemplaban.
De sus ojos entrecerrados brotaban lágrimas que corrían por sus mejillas
marchitas y arrugadas; lágrimas que no eran una impresionante expresión de
angustia mental (porque sus labios exhibían una sonrisa ausente e inalterable),
sino la mera efusión mecánica de la debilidad física que la pasada crisis de
agonía dejara tras de sí. En sus rasgos no se advertía la menor traza de
capacidad de reflexión o percepción: su rostro era la faz de un idiota.
Numeriano, que lo miró un instante, se
estremeció y desvió la vista, espantado del espectáculo. Pero se aproximaba una
prueba más tremenda a su resolución, y no la podía evitar. Al poco rato, la voz
de Ulpio volvió a resultar audible; pero ahora su tono era débil, lastimero,
casi pueril, y las palabras que pronunciaba eran suaves palabras de amor y
bondad, que, saliendo de esos labios, y pronunciadas en ese lugar, producían
miedo. El templo y todo lo que él contenía se habían desvanecido de los ojos y
la memoria del demente. Bajo la temible y sobrenatural influencia de su
enfermedad, retrocedió en un instante por el oscuro valle del ruin peregrinaje
de la vida hasta los aposentos tanto tiempo atrás abandonados de su hogar
infantil. ¡Mientras que físicamente permanecía en el lugar de sus más recientes
crímenes, en lo que tocaba a su conciencia mental, el desheredado de la razón y
la humanidad reposaba entre los brazos de su madre, como lo hiciera antes de
partir hacia el templo de Alejandría, y su corazón se comunicaba con el de
ella, y sus ojos la contemplaban como la contemplaran antes de que la fatal
ambición de su padre separara para siempre al hijo de su progenitura!
—¡Madre! ¡Regresa, madre! —musitó—. ¡No
dormía; te vi entrar, sentarte junto a mi cama y llorar cuando me besaste!
¡Regresa y siéntate a mi lado! ¡Me voy lejos, muy lejos, y quizás nunca vuelva
a oír tu voz! ¡Qué felices seríamos, madre, si me quedara para siempre a tu
lado! Pero es la voluntad de mi padre que vaya al templo en otro país y viva
allí para hacerme sacerdote, y debo obedecerlo. ¡Tal vez no regrese nunca, pero
no nos olvidaremos el uno del otro! ¡Recordaré tus palabras cuando solíamos
hablar alegres, y tú recordarás las mías!
Cuando Ulpio no había terminado aún de
pronunciar la primera frase, de repente Antonina sintió temblar a su lado el
cuerpo de su padre. Despegó los ojos de la puerta, donde los había tenido
clavados hasta ese momento, y lo miró. La mano del pagano le había soltado el
brazo; era libre de partir, de huir como ansiara hacerlo hacía sólo unos
minutos; y aún así, no hacía un gesto. Su hija lo tocó, le habló; pero ni
respondió ni se movió. Lo que llenaba de terror lo más íntimo del alma de
Numeriano y paralizaba sus miembros no era la mera conmoción que le produjera
la brusca transición del lenguaje de Ulpio, que había pasado del frenesí del
crimen a los murmullos del amor; no era el mero asombro de oír, merced a la
locura, revelaciones sobre sus primeros años que nunca escaparan de sus labios
durante su época de desleal servidumbre en la casa de la Colina Pinciana. Había
algo más en lo que oyera. Las palabras que escuchara parecían haber sellado su
suerte de un solo golpe y para siempre. Sus ojos, clavados en pleno rostro del
demente, estaban dilatados de horror; el sonido de su respiración agitada,
ronca, convulsiva, se mezcló durante los momentos de silencio que se produjeron
a continuación con el repiqueteo de las campanas en lo alto y con el borboteo
del agua en lo profundo: ¡con la adormecedora música del templo que elevaba su
alegre himno vespertino al término del día!
—¡Lo recordaremos, madre! ¡Lo recordaremos!
—continuó el pagano con voz muy queda—, ¡y nuestros recuerdos nos harán
felices! ¡Mi hermano, que no me ama, te amará a ti cuando yo me haya ido!
¡Cuando camines por mi jardincito pensarás en mí al contemplar las flores que
hemos plantado y regado juntos en las tardes, cuando el cielo nos mostraba toda
su gloria y todo alrededor guardaba silencio! ¡Escucha, madre, y dame un beso!
¡Cuando me vaya a ese país lejano, haré un jardín como el de aquí; y plantaré
las mismas flores que hemos plantado; y en las tardes saldré a regarlas, a la
misma hora en que tú sales a regar mis flores aquí en la casa; y así, cuando ya
no podamos vernos, será como si todavía trabajáramos juntos en el jardín, como
trabajamos ahora!
La joven seguía con la vista fija y ansiosa
clavada en su padre. Los ojos de Numeriano conservaban su tensa expresión de
horror, pero ahora enjugaba mecánicamente con una de sus manos, como si no se
percatara de que lo hacía, los espumarajos que el paroxismo había dejado en las
comisuras de la boca del demente; y entre los lamentos que dejaba oír, Antonina
discernía frases como "¡Dios mío! ¡Piedad, Dios mío! ¡Tú que me lo has
devuelto así... así, peor que muerto! ¡Piedad! ¡Piedad!"
La luz en el pavimento bajo el pórtico del
templo se apagaba a ojos vista: el sol se había puesto.
El demente habló por tercera vez, pero su voz
había perdido su anterior mesura; era quejosa, lastimera, inimaginablemente
triste; sus ensueños del pasado ya comenzaban a sufrir una alteración:
—¡Adiós, hermano, hasta dentro de muchos años!
—exclamó—. Tú no me has dado el amor que te di; ¡no es mía la culpa de que
nuestro padre me amara más y de que me eligiera para enviarme al templo a ser
un sacerdote ante el altar de los dioses! No es mía la culpa de no participar
en tus juegos favoritos y de no haberme unido a los compañeros que escogiste;
¡ha sido la voluntad de nuestro padre que no viviera yo como tú has vivido, y
la obedezco! Me has hablado con ira y te has apartado de mi lado desdeñoso; ¡pero
te digo adiós de nuevo, Cleandro, te perdono y te amo!
Habría seguido hablando, pero un largo grito
de agonía que salió de labios de Numeriano y retumbó discordante en el recinto
del templo ahogó su voz; después, el anciano cayó con el rostro contra el suelo
a los pies del pagano. ¡El lúgubre y terrible destino se había cumplido! ¡El
entusiasta del bien y el fanático del mal; el hombre que se afanara por
reformar la Iglesia y el que lo hiciera por devolverle al Templo su esplendor;
el amo que había recibido al sirviente en su hogar y había confiado en él, y el
sirviente que había traicionado en ese hogar la confianza de su amo; los dos
personajes, separados hasta ese momento por la sublime discordia entre el bien
el mal escenificaban ahora el reencuentro tremendo de hermanos que compartían
un origen y, que, cuando niños, se cobijaran bajo un mismo techo!
Ese secreto no se había revelado cuando el
buen cristiano socorriera al pagano abandonado de todos que deambulaba sin
hogar por las calles de Roma; ninguna palabra dicha al azar había aludido a él
cuando el embustero le contara la supuesta historia de su vida al benefactor
que se aprestaba a engañar; o cuando, en la primera mañana del asedio, las
maquinaciones del sirviente triunfaran sobre la confianza del amo; ¡el destino
quería que se revelara en las palabras del delirio, en las etapas finales de la
locura, cuando el que lo confesaba no estaba consciente de lo que decía y sus
ojos estaban ciegos a la verdadera naturaleza de lo que veía; cuando las voces
terrenales que quizás hubieran podido en otros tiempos instarlo al
arrepentimiento, al reconocimiento y al amor, se habían convertido para él en
sonidos sin sentido; cuando, por una cruel y estremecedora fatalidad, era sobre
el hermano que había trabajado en pro de la verdadera fe que caía el peso
abrumador de la terrible revelación, sin que pudiera compartirlo con el que
había trabajado en pro de la falsa! Pero las sentencias pronunciadas en el
Tiempo proceden del tribunal de esa Eternidad a la que tienden los misterios de
la vida y en la cual todos serán revelados, y nada esperan de los ciclos
humanos ni se ajustan a la humana justicia, sino que le hablan al alma en el
lenguaje de la inmortalidad, que se escucha en este mundo y se interpretará en
el venidero.
Olvidada por un instante hasta de la
posibilidad de que Goisvintha tal vez continuara afuera esperando su
oportunidad, Antonina, que llamaba desesperada a su padre e intentaba en vano
alzarlo del suelo, olvidó, trastornada por la tribulación tremenda del momento,
las revelaciones sobre su pasado que Numeriano le hiciera en los peores días de
la hambruna en Roma. No advirtió el nombre de Cleandro que pronunció en su
inconsciencia el pagano y que había oído entonces mencionar a su padre como el
que abandonara al separarse de los compañeros que escogiera en sus días de
pecado. Para ella, toda la escena no era más que una nueva amenaza de peligro,
una nueva visión de terror, más ominosa que todas las precedentes.
Aunque el velo de tinieblas con que los
recuerdos involuntarios y balsámicos del pasado habían cubierto la capacidad de
percepción de Ulpio era espeso, el penetrante grito de angustia del padre
pareció atravesarlo como un súbito rayo de luz. El demente abrió al instante
los ojos que mantuviera entrecerrados y los clavó, al principio con mirada
aletargada, en el altar de los ídolos. Agitó las manos frente a su rostro, como
si apartara los pliegues de un pesado manto que oscureciera su vista; pero sus
errátiles pensamientos no regresaron a su antiguo derrotero de ferocidad y
crimen. Cuando volvió a hablar, sus palabras aún se inspiraban en las visiones
de sus primeros años; pero ahora eran los pasados en el templo de Alejandría.
Sus expresiones eran más bruscas, más incoherentes que antes; pero seguían
mostrando las mismas evidencias de una misteriosas e instintiva capacidad de
recordar vividamente, resultado del repentino cambio en la naturaleza de su
insania. Divagaba (aún como si hablara sin propósito ni conciencia) sobre los
detalles de su primer contacto con el servicio a los dioses, y aunque confundía
el orden en que habían tenido lugar, recordaba su esencia, tal como se
relataran en el capítulo titulado "el aprendiz del Templo".
Ahora, en su imaginación, volvía a contemplar
desde la cúspide del Templo de Serapis la centelleante vastedad del Nilo y la
extensa campiña que lo rodeaba; y ahora caminaba orgulloso por las calles de
Alejandría junto a su tío Macrino, el sumo sacerdote. Ahora deambulaba de
noche, curioso y atemorizado, por las sombrías criptas y los corredores
subterráneos del recinto sagrado; y ahora escuchaba complacido el bondadoso
saludo y los estimulantes elogios de Macrino durante la primera entrevista que
sostuvieran. Pero en ese momento, y cuando aún se refería a esa ocasión, su
memoria volvió a oscurecerse e intentó en vano recordar las circunstancias que
rodeaban la evidencia más palmaria del interés del sumo sacerdote en su pupilo,
y de su preocupación por identificarlo por completo con su nuevo protector y
sus nuevos deberes: el otorgamiento hecho al niño tembloroso de uno de sus
propios nombres para que lo llevara como futura distinción.
Hay que recordar que uno de los eslabones
principales de la misteriosa cadena de fatalidades que se había forjado para
mantener separados a los hermanos después de que se volvieran a encontrar en la
adultez era que ambos, por causas muy diferentes, habían abandonado los nombres
que recibieran en el hogar paterno; uno de ellos, por voluntad y propósitos
propios, se había transformado de Cleandro, el camarada de temerarios y
criminales, en Numeriano, el predicador del Evangelio y reformador de la
Iglesia, mientras que (para citar palabras del capítulo sexto) "el joven
Emilio se transformó ya para siempre en el pupilo Ulpius", por orden
expresa y sugerente de su superior, el sumo sacerdote Macrino.
Mientras el pagano intentaba aún
infructuosamente revivir los sucesos relacionados con el cambio de su nombre a
su llegada a Alejandría y, debatiéndose con la losa del olvido que oprimía sus
pensamientos, intentaba por primera vez apartarse de la pared en la cual hasta
ese momento se apoyara; mientras Antonina seguía esforzándose en vano por
recordarle a su padre, que yacía postrado a los pies del pagano, los terribles
imperativos del momento, la figura de Goisvintha se recortó una vez más en la
puerta del templo. De pie en el umbral, a la luz agonizante del día, era una
silueta sombría e indistinta que escrutaba atentamente el oscuro interior del
templo. Al percatarse del cambio de posición del padre y de la hija, dejó
escapar una sofocada expresión de triunfo, pero en el preciso instante en que
salía ese sonido de sus labios, oyó, o creyó oír, un ruido en la calle a sus
espaldas. Ni siquiera en ese momento la abandonaron el celo y la astucia, la
calculada y fatal decisión de esperar con inconmovible paciencia el momento
adecuado para propinar el golpe deliberada e impunemente. Se volvió al
instante, caminó hasta el peldaño superior del templo y se detuvo allí unos
momentos, examinando vigilante el espacio abierto que se extendía ante ella.
Pero en esos pocos segundos la escena en el
interior del templo volvió a cambiar. El demente, que aún oscilaba entre recaer
en su ataque de furia y continuar bajo la influencia del tranquilo estado de
ánimo que el grito de Numeriano interrumpiera prematuramente, se percató de la
presencia de Goisvintha cuando al acercarse obstruyera la luz que entraba por
la puerta del templo. Su presencia, aunque momentánea, era para él la de
alguien que no estaba antes; alguien que se había colocado en una extraña
posición entre las sombras del interior y la débil luz del exterior: era un
nuevo objeto de interés que se presentaba ante sus ojos en el momento en que
pugnaba por recuperar su imperfecta visión usual, y el ascendiente que ejerció
sobre él fue instantáneo y todopoderoso.
Se estremeció, asombrado, como quien despierta
súbitamente de un sueño profundo; violentos temblores sacudieron un momento su
cuerpo; después volvió a recuperar sus anteriores y prodigiosas fuerzas; el
demonio se agitó en él con renovada furia, arrancó sus vestiduras de la mano
débil de Numeriano que, tendido a sus pies, las sujetaba, y tras alcanzar en
unas zancadas la columna de los ídolos extendió las manos en solemne
imprecación:
—¡El sumo sacerdote se ha dormido ante el
altar de los dioses! —exclamó a gritos—, ¡pero éstos han sido pacientes con su
bien amado; su rayo no lo ha fulminado por su crimen! ¡Ahora el servidor
retorna al servicio: comienzan los ritos de Serapis!
Numeriano aún permanecía postrado, abatido;
lentamente, todavía en el suelo, juntó las manos y se oyó su voz, que suplicaba
en tono quedo y ahogado, como si una plegaria incesante fuera su última
esperanza de conservar la razón:
—¡Dios! ¡Tú que eres el Señor de la
Misericordia, ten piedad de él! —musitó—. Tú que aceptas el arrepentimiento,
concédele que se arrepienta, Si en algún momento te he servido sin tacha, pon
ese servicio en su balanza; ¡haz que Tu ira caiga sobre mí!
—¡Oid! ¡Ya suenan las trompetas del
sacrificio! —lo interrumpió la voz enardecida del pagano, que le dio la espalda
al altar y extendió los brazos presa de frenética inspiración—. ¡El estruendo
de la música y la voz del regocijo se elevan desde las cumbres de las más altas
montañas! ¡Humea el incienso; y las bailarinas entran, salen y dan vueltas en
torno a los pilares del templo! ¡El buey del sacrificio no tiene mácula; sus
cuernos son dorados: la corona y el fajín adornan su cabeza; el sacerdote se
para ante él con el pecho desnudo; vierte la libación de la copa; la sangre
corre sobre el altar! ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Arranca con las manos ensangrentadas
el corazón mientras aún está tibio; el futuro se revela ante tus ojos en las
entrañas palpitantes; míralas y lee; lee!
Mientras hablaba, Goisvintha había penetrado
en el templo. La calle seguía vacía; no había nadie que pudiera prestar auxilio
en las inmediaciones.
No avanzó de inmediato, sino que se escondió
cerca de la puerta, tras un saliente de la columna de los ídolos, y se quedó
esperando a que la evolución del ataque de Ulpio lo hiciera apartarse de
Antonina, frente a la cual se encontraba ahora. Pero no había entrado
inadvertida; Antonina había vuelto a verla. Y ahora la angustia de la muerte,
cuando es un joven quien perece inerme en la flor de la edad, hizo presa de la
joven, que exclamó con voz queda y plañidera, al tiempo que se arrodillaba
junto a Numeriano:
—¡Voy a morir, padre, voy a morir como murió
Hermanrico! ¡Mírame y habíame antes de que muera!
Su padre aún oraba; nada oyó, porque su
corazón sangraba en procura de expiación ante el altar de su hogar infantil, y
su alma permanecía en comunión con su Hacedor. La voz que respondió a la de
Antonina fue la de Ulpio.
—¡Ah, hermosos son los jardines que rodean los
altares sagrados, y majestuosos los árboles que entretejen sus ramas con las
resplandecientes aras! —exclamó, presa del éxtasis que le producían sus nuevas
visiones—. ¡Mirad, romperá el día y hay que dar la bienvenida con un sacrificio
a los espíritus de la luz! ¡El sol se oculta tras las montañas y los rayos del
sol poniente se agitan sobra la víctima que está bajo el cuchillo del sacerdote
encargado de la adoración! ¡La luna y las estrellas brillan en lo alto del
firmamento, y cuando reinan las tinieblas hay que saludar con sangre a los
Genios de la Noche!
Tras sus palabras, el lamento de Antonina
prosiguió en tono cada vez más quedo:
—¡Voy a morir, padre, voy a morir!.
Y al unísono, se escuchaba la voz suplicante
de Numeriano:
—¡Dios Misericordioso, salva a los indefensos
y perdona a los afligidos! ¡Señor del Juicio, muestra tu bondad a tus
servidores que han pecado!
¡Y mezclada de modo discordante con ambas
voces, la extraña música del templo seguía dejando oír su hipnótica melodía
compuesta por el borboteo del agua que corría y el fino tintineo de las
campanas!
—¡Adorad! ¡Emperadores, ejércitos, naciones,
glorificadme y adoradme! —vociferó el demente con voz de trueno en la que
reverberaban el triunfo y la autoridad, cuando sus ojos tropezaron por primera
vez con la figura de Numeriano postrado a sus pies—. ¡Adorad al semidiós que
viaja con las deidades por esferas desconocidas para el hombre! He oído los
lamentos de los insepultos que vagan por las riberas del Lago de los Muertos:
¡adorad! He contemplado el río cuya oscura corriente ruge y brama al atravesar
las cavernas de la noche eterna: ¡adorad! ¡He visto a las furias con un collar
de serpientes en torno a sus cuellos marchitos y las he seguido hasta ver cómo
les arrojaban sus antorchas a los espectros desfallecientes! He permanecido
inconmovible en medio del tumulto huracanado del infierno: ¡adorad, adorad,
adorad!
Se volvió de nuevo hacia el altar de los
ídolos, llamando a los dioses a proclamar su deificación y, en el mismo
instante en que se apartó, Goisvintha se abalanzó sobre su víctima. Antonina
estaba arrodillada con el rostro vuelto hacia el interior del templo cuando la
asesina la agarró por la larga cabellera y le clavó el cuchillo en el cuello.
Los acentos quejumbrosos de la joven, que lloraba su cercana muerte, terminaron
con un leve gemido; extendió los brazos y cayó sobre el cuerpo de su padre.
Poseída de un feroz sentimiento de triunfo,
Goisvintha alzó el brazo para volver a clavar su cuchillo; pero en ese instante
el demente lanzó una mirada a su alrededor.
—¡El sacrificio! ¡El sacrificio! —gritó, y se
lanzó de un salto, como una bestia, a su cuello. Goisvintha trató en vano de
defenderse con el cuchillo cuando sintió que sus largas uñas se clavaban en su
carne y que la lanzaba de espaldas al suelo. Entonces, Ulpio aulló y farfulló
unas frases sin sentido, presa de frenética exultación, le puso un pie sobre el
pecho y la escupió.
El contacto del cuerpo de la joven al caer, el
breve pero terrible estrépito del ataque que había sucedido casi sobre su
cabeza, los gritos penetrantes, ensordecedores del orate, sacudieron a
Numeriano del trance de desesperanzadores recuerdos en que se hallaba sumido,
lo despertaron de su agonía de suplicante oración: levantó la vista.
La escena con la que toparon sus ojos era de
las que paralizan toda facultad excepto las de la actuación mecánica; de las
que hacen desaparecer todo pensamiento de las mentes de los hombres, congelan
las palabras en sus labios, inmovilizan la expresión de sus rostros. La
frialdad de la tumba pareció exhalar su aliento sobre Numeriano cuando
contempló la terrible catástrofe; sus ojos estaban vidriosos y ausentes; sus
labios entreabiertos y yertos; hasta el recuerdo del encuentro con su hermano
parecía haberse borrado de su memoria cuando se inclinó sobre su hija y le
envolvió el cuello con un trozo de su túnica. La muda, exánime, espectral
inmovilidad de la muerte parecía haberse apoderado de su semblante cuando,
haciendo caso omiso de su debilidad y de sus años, la alzó en brazos, se detuvo
unos momentos ante la puerta y volvió la vista lentamente en dirección a Ulpio
antes de avanzar con paso firme y regular. El pagano mantenía el pie sobre el
pecho de Goisvintha cuando el padre pasó a su lado; sus ojos continuaban
clavados en ella; pero sus gritos de triunfo habían cesado; reía y musitaba
incoherencias.
La luna se alzaba suave, leve, tranquila sobre
las quietas calles cuando Numeriano descendió los escalones del templo con su
hija en brazos; y tras un instante de confusión y duda, instintivamente
reemprendió el recorrido lento y funerario de la desierta calzada en dirección
a su hogar. Pronto, cuando hubo avanzado un trecho, vio a la luz de la luna, en
el otro extremo de la calle, un pequeño grupo de personas que caminaban en su
dirección con paso tranquilo y regular. Cuando se acercaron, vio que uno de ellos
llevaba un libro abierto y otro un crucifijo, y que otros seguían a esos dos
primeros con las manos unidas y las cabezas inclinadas. Después, al cabo de
unos momentos, la fresca brisa que soplaba en su dirección le llevó las
siguientes palabras, pronunciadas con lentitud y reverencia:
—Dios no te ha castigado tanto como mereces.
¿Crees que puedes penetrar en los misterios de Dios y llegar hasta lo más
profundo de su
serí
En ese momento aflojó la brisa, las palabras
se hicieron indistintas, pero la procesión siguió avanzando. Al aproximarse, se
dejó oír de nuevo con toda claridad la voz del lector:
—Si estás cargado de pecado, aléjalo de ti; no
des lugar en tu casa a la maldad. Así podrás alzar limpia la frente y estarás
tranquilo y sin temor; echarás en el olvido tus sufrimientos; los olvidarás
como el agua que pasa. Tu vida brillará más que el sol al mediodía.
El lector se detuvo y cerró el libro; porque
ahora Numeriano había alcanzado a los miembros de la pequeña procesión, quienes
lo veían inmóvil y mudo ante ellos a la clara luz de la luna, con la cabeza de
su hija, a la que llevaba en brazos, sobre su hombro.
En otro momento habría reconocido los rostros
de algunos de los que se congregaron en torno a él como los de los adeptos de
su antigua congregación que habían sobrevivido. El grupo con el que se había
encontrado estaba integrado por los pocos cristianos sinceros de Roma, que se
reunieran al promulgarse la noticia de que Alarico había ratificado los
términos de paz, para recorrer la ciudad en un inútil intento de despertar en
la irreflexiva población un sentimiento de contrición por sus pecados mediante
la lectura de la Biblia y las exhortaciones, y para dar muestra de devota
gratitud por el cercano fin de los horrores del asedio.
Pero ahora que los tenía frente a frente,
Numeriano no demostró ni con palabras ni con ademanes reconocer a los que lo
rodeaban. A todas las preguntas que le dirigieron contestó con gestos nerviosos
que ninguno entendió. A todas las promesas de ayuda y protección que sus
adeptos de antaño generosamente le ofrecieron desde el primer momento de dolor
y conmiseración, respondió con la misma mirada ausente y alelada. Sólo habló
cuando lo liberaron de su carga y se dispusieron bondadosamente a llevar entre
todos a la joven inconsciente hasta la casa de su padre; y lo hizo con voz
débil y suplicante, para rogarles que le permitieran sostener su mano por el
camino, para ser el primero en sentir su pulso... si es que aún latía.
Regresaron por donde habían venido: ¡era una
procesión afligida y lenta la que ahora se dirigía a casa de Numeriano! Al
emprender la marcha, el lector volvió a abrir el Libro Sagrado, y sus palabras
se elevaron a lo alto en la balsámica y celestial serenidad de las primeras
horas de la noche:
—Feliz el hombre al que Dios reprende; no
rechaces la reprensión del Todopoderoso. Si él hace una herida también la
vendará; si con su mano da el golpe, también da el alivio.
CAPÍTULO XXVI
EXPIACIÓN
Al igual que en el curso de la Vida cada
hombre sigue su senda como si llevara a un lado las buenas pasiones y al otro
las malas; y, viendo sus resultados en las acciones de su prójimo, su atención,
aunque aún atraída por el espectáculo de lo noble y lo virtuoso, se siente
tentada de repente por el opuesto despliegue de lo vil y criminal; así, en el
curso de esta narración, cuyo objetivo es reflejar la Vida, el lector que nos
ha acompañado hasta aquí y que puede sentirse inclinado a seguir a la pequeña
procesión de devotos cristianos, a caminar junto al padre afligido y a sostener
con él la mano de su desventurada hija, debe, no obstante, someterse a las
condiciones de la historia y retornar durante un tiempo a la contemplación de
sus pasajes más oscuros de culpa y de terror; debe volver al templo, pero sólo
por una última vez.
La escena que se desarrollaba ante el altar de
los ídolos avanzaba rápidamente hacia su fatal clímax.
El arrebato del pagano se había agotado en su
propia furia; su insania adquiría una forma más tranquila y peligrosa; sus ojos
se tornaron astutos y suspicaces; todas sus acciones comenzaron a delatar una
deliberación y un celo sigilosos. Levantó lentamente el pie del pecho de
Goisvintha, y al mismo tiempo alzó una mano para tumbarla de un manotazo si
intentaba escapar. Al ver que la caída la había dejado inconsciente, se retiró
a un rincón del templo, tomó de allí una cuerda y, tras volver a su lado, le ató
los brazos a la espalda por las muñecas y las manos. La cuerda se incrustó en
la carne de la mujer; el dolor le devolvió el sentido; su cuerpo sufría un
dolor insoportable en el mismo lugar en que hiriera al joven caudillo en la
casa de la granja más allá de los suburbios.
Un minuto después, sintió que la arrastraban
por el suelo hacia la parte posterior del edificio. El orate la alzó para que
pasara la reja del pasaje al que daba paso la división y, tras amarrar a los
barrotes el extremo de la cuerda, la dejó allí. En esa parte del templo reinaba
una absoluta oscuridad, su verdugo no le dirigió ni una palabra, Goisvintha no
pudo ni siquiera tener un atisbo de su aspecto; pero sí lo escuchó reír para sí
mismo con tono ronco y monótono, a veces cerca, a veces de nuevo distante.
Se consideró perdida, prematuramente condenada
a los tormentos y a la muerte que había previsto; pero su decisión y su energía
masculinas no desfallecieron. La misma intensidad del dolor que le producía la
cuerda atada a sus muñecas, al forzarla a hacer un feroz esfuerzo físico para
resistirla, fortaleció sus nervios de acero. No pidió ayuda a gritos ni imploró
la piedad del pagano. El sombrío fatalismo que heredara de sus salvajes
antepasados sostuvo su orgullo suicida.
Al cabo de un corto tiempo, la risa de Ulpio,
que se movía de aquí para allá en medio de las tinieblas del templo, fue
sofocada por el sonido de la voz de la mujer —honda, quejumbrosa, pero firme—
al pronunciar sus últimas palabras, que eran como los salvajes poemas
luctuosos, las fieras canciones funerarias que entonaban los antiguos godos
cuando morían abandonados en el cruento campo de batalla o cuando los arrojaban
atados a profundas mazmorras para que fueran presas de las víboras y los
áspides. Estas fueron sus palabras:
—¡Juré que me vengaría! Cuando me alejaba de
Aquilea con un hijo cadáver y otro herido; cuando franqueaba en la noche las
altas murallas y oía el estruendo de las olas que batían cerca de la ribera
donde enterré al muerto; cuando deambulaba en medio de las tinieblas por el
desnudo páramo y por los bosques solitarios; cuando escalaba los flancos
vírgenes de las montañas y buscaba refugio en la caverna junto a las aguas del
lago oscuro.
"¡Juré que me vengaría! Cuando los
guerreros llegaron en su marcha adonde me encontraba y el estruendo de las
trompetas y el entrechocar de las armaduras resonó en mis oídos; cuando saludé
a mi pariente, Hermanrico, un poderoso caudillo a la vera del rey, en medio de
las huestes invasoras; cuando vi a mi último hijo, muerto como los demás, y
supe que yacería lejos de los suyos y de los otros a quienes los romanos
asesinaron antes que a él.
"¡Juré que me vengaría! Cuando el
ejército acampó frente a Roma y Hermanrico y yo contemplamos las grandes
murallas en la tarde brumosa; cuando la hija de los romanos estaba prisionera
en nuestra tienda y la vi apoyada en mi regazo; cuando por su causa mi pariente
se convirtió en un traidor e impidió que la ajusticiara; cuando entré sin ser
vista en la solitaria casa de la granja para cumplir en él la sentencia con mi
cuchillo; cuando lo vi morir a mis pies como mueren los desertores, sabiendo
que era una romana quien lo había tentado a traicionar a los suyos y le había
impedido ver lo justo de la venganza.
"¡Juré que me vengaría! Cuando caminé en
torno a la tumba del caudillo que era el último de mi raza; cuando abandoné el
ejército de los míos para dirigirme a la ciudad de los asesinos de mis hijos;
cuando seguí los pasos de la romana que por dos veces se me había escapado,
mientras huía de mí por las calles; cuando vigilé e hice gala de paciencia
entre los pilares del templo, y aguardé para dar el golpe a que el sol se
pusiera y a que la víctima estuviera indefensa.
"¡Juré que me vengaría! ¡Y he cumplido mi
juramento: del cuchillo aún gotea su sangre; he ejecutado lo fundamental de mi
venganza! ¡Los demás que debía haber matado quedan para otros! Porque ahora voy
junto a mi esposo y mis hijos; ahora se aproxima la hora en que me reuniré con
sus espíritus en el Mundo Crepuscular de las Sombras y en que fundaré mi hogar
en el Valle del Reposo Eterno! El Destino lo ha querido; ¡es suficiente!
Pronunció esas últimas palabras con voz
temblorosa y débil. El dolor que le producían las ataduras de las muñecas
estaba al fin privándola del sentido, venciendo, a pesar de toda su
resistencia, su tenaz fortaleza. Durante un corto tiempo siguió hablando de vez
en cuando, pero sus frases eran fragmentarias e incoherentes. En un momento aún
se vanagloriaba de su venganza; al siguiente se regocijaba de la imaginada
contemplación del cuerpo de la joven todavía tendido frente a ella; y sus manos
se agitaban aprisionadas por las cuerdas, en un esfuerzo por volver a
apoderarse del cuchillo y dar otro golpe. Pero pronto de sus labios dejó de
salir todo sonido, salvo el de su ruidosa, densa, irregular respiración, que
mostraba que aún estaba consciente y que aún vivía.
Mientras tanto, el orate había pasado al
recinto posterior del templo y había cerrado el tragaluz a través del cual
penetrara la luz en el lugar cuando entraran Numeriano y Antonina. Las espesas
tinieblas se tragaron hasta el negro abismo de la boca de la cripta del dragón,
con todos los demás objetos del lugar. Pero no había oscuridad que pudiera
confundir los sentidos de Ulpio en el templo, —cuyos rincones todos había
visitado en su incansable deambular de día y de noche. Como guiado por una
misteriosa agudeza visual, se dirigió sin vacilaciones a la entrada de la
cripta, se arrodilló frente a ella con las manos en el primero de los peldaños
por los que se descendía, escuchó, atento y conteniendo la respiración, los
sonidos que subían del abismo; escuchó, ensimismado, inmóvil, como un ser
formidable y sobrenatural, como un mago que aguardara por una voz de los
oráculos del Infierno, como un espíritu de la Noche que contemplara las
cavernas del centro de la tierra y observara los misterios de la creación subterránea,
los pulsos gigantescos de la Acción y el Calor, que son las fuentes de la vida
que hacen girar al mundo.
Las ráfagas intermitentes de viento silbaban
quejumbrosas y agrestes al ascender por la cavidad; el río se debatía y
borboteaba en la reja de hierro allá en lo profundo; las escamas sueltas del
dragón entrechocaban al roce de la brisa nocturna, y esos sonidos seguían
siendo para él como el idioma de los dioses, que le producía un temible rapto y
lo colmaba, en la terrible degradación de su ser, como con un alma nueva.
Escuchó un largo rato. Lo estremecieron fragmentos de delirantes fantasías —las
vanas ansias de la mente desahuciada por recobrar su divino derecho, adquirido
por el mero hecho de nacer, de pensar sin límites— que lo mantuvieron allí
arrodillado, inmóvil y mudo. Pero al cabo, en medio del sombrío silencio del
recinto, oyó la voz de Goisvintha que se alzaba una vez más y en tono ronco y
desesperado clamaba por luz y por ayuda. La agonía del dolor y el suspenso, la
horrible sensación de oscuridad y quietud, de cautiverio en soledad y lento
tormento habían logrado al fin lo que ningún peligro desembozado, ninguna
amenaza ordinaria de muerte violenta habrían producido. Goisvintha cedía al
miedo y la desesperación, yacía postrada por un temor paralizante y
supersticioso. Expiaba con la suya las desdichas que les había infligido a
otros, y se estremecía al experimentar por primera vez en la vida el terror de
la indefensión.
Ulpio se incorporó de inmediato de la boca de
la cripta y avanzó sin vacilaciones en medio de la oscuridad hasta la puerta de
la división, pero pasó junto a su prisionera sin detenerse un instante. Entró
en el recinto anterior del templo y comenzó a tantear en el suelo en busca del
cuchillo que la mujer dejara caer cuando la atara. Reía de nuevo para sí mismo,
porque el espíritu del mal lo instaba a poner en práctica un nuevo plan, a
ensayar un brutal refinamiento de la crueldad y el engaño.
Encontró el cuchillo y, tras regresar con él
junto a Goisvintha, cortó las cuerdas que le ataban las muñecas. Entonces (la
mujer había callado al sentirse aliviada de lo más agudo de sus sufrimientos)
le susurró quedamente al oído:
—¡Sigúeme y escapa!
Trastornada y confundida por la oscuridad y el
misterio que la rodeaban, Goisvintha intentó en vano penetrar las tinieblas
mientras Ulpius la conducía al recinto. Intentó hablar cuando el orate la hizo
colocarse frente a la boca de la cripta; pero sólo sonidos quedos e
incoherentes salieron de su garganta crispada. Todavía no había luz; todavía el
quemante, mordiente dolor de sus muñecas (aliviadas sólo un instante cuando
Ulpio cortara las cuerdas) continuaba y aun se incrementaba; y todavía sentía
la presencia del ser invisible a su lado, al que las tinieblas no cegaban, y
que apresaba y dejaba en libertad a su arbitrio.
Fiera, resuelta y rencorosa por naturaleza,
Goisvintha era en ese momento una terrible evidencia del poder envilecedor del
crimen: la abrumaba el peso de sus propias ansias culpables de venganza, que se
alzaban ahora para aniquilarla en la hora de su triunfo, auxiliadas por la
Oscuridad, cuyos peligros los inocentes y los débiles han podido enfrentar; por
el Suspenso, cuya agonía han resistido; por el Dolor, cuyo tormento han
soportado con paciencia.
—¡Baja, baja hasta el fondo por la empinada
escalera y escapa! —susurró el demente con voz suave e incitante—. ¡Las
tinieblas de arriba llevan a las luces de abajo! ¡Baja, hasta el fondo!
Mientras hablaba, la soltó. Goisvintha vaciló,
se estremeció y retrocedió: pero de nuevo sintió que Ulpio la empujaba hacia
adelante, y otra vez escuchó su voz susurrante:
—¡Las tinieblas de arriba llevan a las luces
de abajo! ¡Baja, hasta el fondo!
La desesperación le dio firmeza para avanzar,
y el temor, esperanzas de escapar. Sus brazos lastimados temblaron cuando los
extendió para tantear las paredes de ambos lados de la cripta. El horror de la
muerte en medio de la más absoluta oscuridad, infligida por manos invisibles, y
la anhelante y postrera ansia de ver una vez más la luz del firmamento habían
llegado en ella a su punto más alto cuando comenzó a bajar lenta y recelosa los
fatales peldaños.
Mientras Goisvintha descendía, el pagano
volvió a adoptar su anterior posición a la entrada de la cripta y contuvo la
respiración para oír lo que sucedía. Parecían transcurrir varios minutos entre
escalón y escalón a medida que la mujer bajaba. De repente, Ulpio la oyó
detenerse, como presa del pánico en medio de la oscuridad, y le llegó su voz en
un gemido: —¡Luz! ¡Luz! ¡Ah, dónde habrá luz!
El orate se incorporó y extendió las manos
para empujarla si intentaba regresar, pero Goisvintha reemprendió el descenso.
Oyó dos veces su pesado paso en los peldaños, entonces se produjo un intervalo
de profundo silencio, después un agudo, chirriante entrechocar de metales
resonó penetrante en la cripta, seguido por el ruido de una caída sorda,
pesada, que se oyó débilmente en lo profundo, y después nada volvió a
interrumpir el viejo y familiar sonido del lugar. ¡Se había cumplido el
sacrificio al Dragón!
* * *
El demente fue hasta los escalones de la
entrada del edificio sagrado y contempló la calle que resplandecía a la luz de
la luna italiana. No conservaba ningún recuerdo de Numeriano y de Antonina, ni
de los sucesos que tuvieran lugar antes en el templo. Meditaba imperfectamente,
con un vago sentimiento de orgullo y triunfo, en el sacrificio que ofreciera en
el altar del Dragón de Bronce. Regocijándose así en secreto, permanecía ahora
inactivo. Absorto en sus erráticas reflexiones, pospuso la tarea de recorrer
los pasajes subterráneos que conducían a la reja de hierro donde yacía el
cuerpo de Goisvintha, lamido por las aguas que se colaban por los barrotes, y
que sólo aguardaba por su mano para ser arrojado al río, que ya devorara todos
los sacrificios anteriores.
La luz de la luna que se escurría entre los
pilares del pórtico iluminaba su figura alta y solitaria. Firme y erguido ante
las puertas del templo, el viento hacía ondear lentamente sus holgadas
vestiduras: semejaba un genio espectral del paganismo y no un ser humano. Pero,
aunque parecía inanimado, sus ojos diligentes se mantenían vigilantes, siempre
gobernados por la incansable suspicacia de la insania. Transcurrieron apacibles
los minutos y su afanosa vigilancia siguió sin descubrir otro panorama que no fuera
el de la desolada calzada y el de las altas y sombrías viviendas que la
flanqueaban por ambos lados. No obstante, pronto su atención se vería atraída
por cosas muy diferentes, por sucesos que interrumpirían la quietud de la
tranquila calle con el estrépito de la acción y de la vida.
Todavía examinaba atento el angosto panorama
que se desplegaba ante sus ojos, mientras imaginaba vagamente el fatal descenso
de Goisvintha a la cripta y pensaba triunfante en su cadáver que ahora yacía
sobre la reja en lo profundo, cuando el rojo resplandor de una antorcha que
lanzaba fantásticos reflejos sobre el pavimento iluminado por la luna, y cuya
pureza parecía manchar, captó su atención.
La luz había aparecido al final de la calle
que llevaba a la zona central de la ciudad, y al poco tiempo dejó ver con toda
claridad un grupo de cuarenta o cincuenta personas que avanzaban hacia el
templo. El pagano las observó ansioso a medida que se aproximaban. El grupo
estaba compuesto por sacerdotes, soldados y ciudadanos; los sacerdotes portaban
antorchas, los soldados llevaban martillos, palancas y otras herramientas
similares, o se encorvaban bajo el peso de grandes baúles con cierres de
hierro; muy cerca de ellos se apiñaba el gentío, como protegiéndolos con celoso
cuidado. La extraña procesión estaba encabezada por dos hombres que marchaban
considerablemente por delante de ella: un sacerdote y un soldado. Cuando su
paso rápido los aproximó al templo, fue posible advertir que sus semblantes
pálidos, consumidos por el hambre, mostraban una expresión de impaciencia y
exultación.
Ulpio no se movió, pero mantuvo clavados en
ellos sus ojos penetrantes a medida que avanzaban. No era por gusto que ahora
permanecía vigilante y amenazador a la entrada de su sombrío altar. Había sido
testigo de las primeras humillaciones infligidas al derrotado paganismo y ahora
sería testigo de las últimas. Había inmolado todos sus afectos y todas sus
esperanzas, todas sus facultades físicas y mentales, la felicidad de su
infancia, los entusiasmos de su juventud, el valor de su adultez, la razón de
su senectud en el altar de sus dioses; ¡y ahora le exigían aún más al
solitario, al criminal, al demente en su defensa y en aras de su causa! ¡El
Senado había proclamado un decreto que legalizaba el saqueo de los tesoros
conservados en los templos de Roma!
Gobernantes de un pueblo empobrecido por
exacciones previas, y custodios sólo de un tesoro exhausto, los mandatarios de
la ciudad habían intentado en vano, apelando a los recursos ordinarios,
encontrar los medios para pagar el fuerte rescate exigido por Alarico como
precio de la paz. La única posibilidad que quedaba de hacer frente a la
emergencia consistía en despojar a los templos paganos de los enjoyados
ornamentos y utensilios y de los ídolos de oro y plata que se sabía que
contenían, y que merced a la influencia misteriosa y hereditaria de la
superstición, cuyo poder es la más prolongada labor de la verdad destruir,
habían permanecido intactos y respetados, tanto por el pueblo como por el
Senado, después de que la religión que representaban fuera prohibida por las
leyes y abandonada por la nación.
Ese último expediente para librar a Roma del
asedio había sido adoptado casi en cuanto fuera concebido. La impaciencia del
pueblo hambriento para que se reuniera de inmediato el rescate le concedió poco
tiempo al Gobierno para los tediosos preliminares de sus deliberaciones. De
inmediato se proveyó a los soldados de los instrumentos necesarios para la
tarea que se les ordenara; algunos miembros escogidos del Senado y el pueblo
los siguieron, para verificar que dispusieran honestamente del botín público; y
los sacerdotes de las iglesias cristianos se ofrecieron para santificar la
expedición con su presencia, y se pusieron a la cabeza con sus antorchas para
registrar todas los recintos secretos de los templos que podían albergar
tesoros. La singular recaudación de la suma del rescate comenzó a toda prisa al
final del día, en cuanto se autorizó. Ya se había reunido mucho; ofrendas
votivas muy costosas habían sido arrebatadas de los altares, donde durante
tanto tiempo permanecieran intactas; ocultos baúles repletos de utensilios
sagrados habían sido descubiertos y forzados; los ídolos habían sido despojados
de sus preciosos ornamentos y arrancados de sus macizos pedestales; y ahora la
procesión de buscadores de oro, que avanzaba a lo largo de la orilla del Tíber,
llegaba ante el pequeño templo de Serapis y se disponía a vaciarlo también a
toda prisa de los objetos de valor que albergaba.
El sacerdote y el soldado, que ya habían
llegado hasta los peldaños de la entrada del templo, les gritaron a sus
compañeros que venían detrás que se apresuraran. Ante ellos se alzaba, a la
pálida luz de la luna, desde la altura que ocupaba, la extraña y solitaria
figura de Ulpio, que semejaba una aparición: un pagano ataviado con las
espléndidas vestiduras del sacerdocio, salido de la tumba para atajar las manos
de los depredadores ante el altar de sus dioses.
El soldado dejó caer su arma al suelo y,
temblando de los pies a la cabeza, se negó a avanzar. Pero el sacerdote, un
hombre alto, severo, demacrado, siguió adelante indefenso e impávido. Se
santiguó solemnemente mientras subía lentamente los peldaños; clavó la vista
inalterable en el demente, que lo miró a su vez con ojos relampagueantes; y
exclamó con voz fuerte y áspera:
—¡Hombre o demonio! ¡Apártate en nombre de
Cristo, a quien niegas!
Durante unos instantes, mientras el sacerdote
se aproximaba, el pagano apartó la vista y miró al gentío y a los soldados
armados que avanzaban con rapidez. Sus dedos se cerraron en torno al mango del
cuchillo de Goisvintha, que hasta ese momento sostuviera descuidadamente en las
manos, y exclamó en tono quedo y concentrado:
—¡Aja, el asedio, el asedio de Serapis!
El sacerdote, que ya se encontraba en el mismo
peldaño que él, extendió una mano para hacerlo a un lado, y en ese momento
recibió la cuchillada. Trastabilló, alzó la mano de nuevo para persignarse la
frente y, al hacerlo, rodó muerto hasta la calle.
El soldado, paralizado por un terror
supersticioso a unos pocos pies del cuerpo, les pidió ayuda a gritos a sus
compañeros. Blandiendo el arma ensangrentada en gesto de desafío, mientras los
veía correr en confuso grupo hasta la base de los peldaños del templo, Ulpio
entró en el edificio y cerró y encadenó las puertas.
Entonces, los reunidos en torno al cadáver del
sacerdote oyeron al demente gritar presa de un frenesí, como si arengara a un
gran número de adeptos, que vertieran el plomo fundido y la arena ardiente; que
tiraran abajo todas las escalas plantadas contra los muros; que masacraran a
todos los prisioneros que hubieran subido a lo alto de las murallas para
lanzarse al asalto; y al contemplar el edificio desde la calle, vieron
intermitente y fugazmente, por entre los barrotes de las puertas cerradas, la
figura de Ulpio con los brazos extendidos, el largo cabello gris y las
vestiduras blancas flotantes a sus espaldas, que corría en círculos por el
templo repitiendo sus salvajes gritos de guerra paganos. El gentío debilitado y
supersticioso tembló; un espectro que girara en el vórtice de un huracán no
habría sido más terrible a sus ojos.
Pero los sacerdotes presentes en la multitud,
furiosos por el asesinato de uno de los suyos, reanimaron el valor de los que
los rodeaban. Hasta los gritos de Ulpio fueron ahogados por el sonido de sus
voces, que prometían, al mayor volumen que conseguían vociferar, recompensas
celestiales y terrenales —la salvación, dinero, la absolución, ascensos— a
todos los que los siguieran a lo alto de los peldaños y a forzar las puertas
del templo. Animados por las palabras de los sacerdotes y confiados al percibir
lo crecido de su número, los miembros más osados de la turba se hicieron de un
tronco que estaba a orillas del río y, empleándolo a manera de ariete, la
emprendieron contra las puertas. Pero estaban debilitados por el hambre y no
podían impulsarse mucho, porque tenían que subir los peldaños del templo para
empujar contra las puertas: el hierro se estremeció cuando lo golpearon, pero
las bisagras y el cerrojo permanecieron inconmovibles. Se aprestaban a
intentarlo de nuevo cuando una tremenda conmoción —un fragor como si todo el
pesado techo del edificio se hubiera derrumbado— los hizo retroceder
aterrorizados a la calle.
Regresando a causa de la visión de los hombres
armados, los sacerdotes y la multitud que avanzaban a invadir su santuario, a
los días en que defendiera el gran Templo de Serapis en Alejandría de enemigos
de similar apariencia, aunque muy superiores en número; persuadido con el
renacer de ésas, las visiones más sanguinarias de su insania, de que aún
combatía con el apoyo de sus adeptos a los fanáticos cristianos en la sagrada
fortaleza de antaño, el pagano no había hecho uso de su sagacidad y precaución
usuales al desplazarse en la oscuridad. Corría de un lado a otro alentando a
sus supuestos seguidores y regocijándose en sus delirios de exterminio y éxito,
olvidando, en su frenesí, todo lo que el templo contenía.
Mientras daba vueltas y vueltas en su
delirante carrera en torno al altar de los ídolos, su vestido se enganchó en un
saliente de una de sus esquinas y se rasgó. De inmediato, la masa gigantesca se
bamboleó, pero todavía no se derrumbó. No obstante, algunos de los ídolos más
pequeños cayeron al suelo, y con ellos se vino abajo y cayó a los pies del
pagano una imagen de Serapis que estaba parcialmente sostenida por ellos: una
figura pesada y monstruosa, de tamaño natural, tallada en madera, con
incrustaciones de oro, plata y piedras preciosas. Pero eso fue todo: sólo los
objetos más superficiales de una sección de la peligrosa estructura se
desprendieron, pero la columna permaneció en su lugar.
El demente tomó en sus brazos la imagen de
Serapis y avanzó a ciegas con ella por el pasaje de la división hasta el
recinto posterior del templo. En ese instante resonó en todo el edificio la
conmoción del primer asalto contra las puertas. Al oírlo, Ulpio gritó:
—¡Nos asaltan! ¡Nos asaltan! ¡Hombres del
Templo, los dioses y el sumo sacerdote os guían al combate! —y aún con el ídolo
en brazos corrió hacia la entrada y chocó violentamente contra la parte
posterior de la columna.
La inestable masa de imágenes y muebles de
muchos templos, más pesada en la cúspide, osciló, se desintegró y sus pedazos
cayeron contra las puertas y contra las paredes a ambos lados de ellas. Herido
y sangrante, derribado por la parte inferior de la columna que cayera contra la
división al derrumbarse la superior, el furor de Ulpio no hizo más que aumentar
ante el desastre que lo rodeaba. Batalló para volver a incorporarse, trepó a la
cima de la masa caída —ahora desperdigada por el suelo del templo, pero
contenida en una dirección por la división, y en la otra por la pared opuesta y
las puertas—, y todavía aferrado a la imagen de Serapis, arengó cada vez más
fuerte a "los hombres del Templo" a subir con él a lo alto de las
almenas para verter sobre los sitiadores el plomo fundido.
Los sacerdotes fueron de nuevo los primeros en
acercarse a las puertas del edificio tras la conmoción que se oyera en su
interior. La lucha por la posesión del templo había asumido para ellos el
carácter de una guerra santa contra la idolatría y la magia, de un combate
sagrado que debía sostener la Iglesia en nombre de su servidor martirizado al
inicio de la contienda. Fortalecidos en su fanático valor, avanzaron como un
solo hombre hasta las puertas. Algunas de las imágenes más pequeñas de la
columna derribada habían salido por entre los barrotes, y detrás de ellos se
veían los grandes ídolos, las masas de muebles rotos, los largos ropajes y las
costosas colgaduras, entremezclados en las posiciones más caprichosas: ¡era un
caos disforme de objetos amontonados por un terremoto! Más arriba y hacia
adentro, se distinguía vagamente a través de los intersticios superiores de la
puerta la parte inferior de la túnica del pagano que daba sus órdenes desde lo
alto de su altar derribado, con su ídolo entre los brazos.
Los sacerdotes sintieron una inmediata
convicción de la certeza del triunfo cuando comprendieron la causa de la
conmoción que se produjera en el interior del templo. Uno de ellos agarró una
pequeña imagen que había caído al pavimento cerca de él, y alzándola ante los
reunidos abajo, exclamó exultante:
—¡Hijos de la Iglesia, el misterio ha sido
revelado! ídolos más preciosos que este yacen por centenares sobre el suelo del
templo. ¡No es un demonio, sino un hombre, un solo hombre, quien aún nos
desafía adentro! ¡Un ladrón que quiere robarles a los romanos el rescate que
han de pagar por sus vidas! A su alrededor tiene el botín que ha obtenido en
muchos templos; recordad que mientras más nos acercábamos a este lugar, más
escasos se hacían los despojos de la idolatría que encontrábamos; ¡el asesino
de vuestro santo hermano se ha apoderado del tesoro que es vuestro, del tesoro
que os librará de la hambruna, y que está allí, desperdigado a sus pies! ¡A las
puertas! ¡A las puertas de nuevo! ¡La absolución de todos sus pecados para los
hombres que entren por las puertas!
De nuevo levantaron el tronco; de nuevo
asaltaron las puertas; y de nuevo estas se mantuvieron firmes. Ahora estaban
reforzadas por la barricada que formaba la columna derribada; parecía inútil
intentar tirarlas sin un refuerzo de hombres, o sin emplear contra ellas los
proyectiles más pesados, las más potentes máquinas de guerra.
La multitud dejó escapar un grito de furia al
escuchar la risa hueca del orate que, en el templo, se regocijaba con su
derrota. Las palabras del sacerdote, al aplacar sus miedos supersticiosos,
habían despertado las mortíferas pasiones que hace nacer la superstición. Unos
pocos se dirigieron a toda prisa al cuartel más cercano en busca de ayuda; pero
la mayoría se apelotonó alrededor del templo; algunos gritaban impotentes
insultos contra el ladrón del botín público; otros se unieron a las exigencias
de los sacerdotes de que se rindiera. Pero el clamor no se prolongó demasiado:
¡fue súbita y singularmente acallado por la voz de un hombre que le gritaba al
resto que prendieran fuego al templo!
Casi no había terminado de decirlo cuando
todos comenzaron a repetir sus palabras con aire de triunfo.
—¡Fuego al templo! —gritó el gentío feroz—.
¡Quemadlo con el ladrón adentro! ¡Un horno! ¡Un horno! ¡Para que de paso se
fundan el oro y la plata! ¡Fuego al templo! ¡Fuego al templo!
Los integrantes más activos de la muchedumbre
(que había crecido mucho, porque se le había unido gente dispersa de todos los
rincones de la ciudad) entraron en las viviendas que quedaban a sus espaldas y
regresaron a los pocos minutos con todas las sustancias inflamables que
encontraron. Inmediatamente se alzó ante las puertas un montón de materia
combustible de dos o tres pies de altura, y soldados y ciudadanos se
adelantaron con antorchas para encenderlo. Pero el sacerdote que había hablado
antes les hizo una señal de que se detuvieran:
—¡Esperad! —gritó—; ¡el destino de ese cuerpo
está en manos del pueblo, pero el destino de su alma es asunto de la Iglesia!
Entonces, volviéndose hacia el templo, se
dirigió al orate con voz solemne y severa:
—¡Ha llegado tu hora! ¡Arrepiéntete, confiesa
y salva tu alma!
—¡Seguid matando! ¡Seguid matando! —le
respondió desde adentro la voz enardecida—. ¡Matad hasta que no quede ni un
solo cristiano! ¡Victoria! ¡Serapis! ¡Mirad como caen de nuestros muros! ¡Se
retuercen sangrando en el suelo a nuestros pies! ¡No hay mas religión que la de
los dioses! ¡Seguid matando! ¡Seguid matando!
—¡Encended la hoguera! —gritó el sacerdote—.
¡El mismo se condena! ¡Anatema! ¡Anatema! ¡Morirá maldito!
De inmediato le dieron fuego en varios puntos
al combustible seco. Era un adelanto de los autos de fe: la quema de un hereje
en el siglo V. Cuando las llamas se elevaron, el gentío retrocedió para
contemplar su rápido avance. Los sacerdotes, en una hilera al frente de la
multitud, extendieron las manos denunciando al templo y repitieron al unísono
la horrible excomunión de la Iglesia Romana.
* * *
El fuego se propagó de las puertas a los
ídolos que estaban dentro. Ulpio ya no se encontraba de pie sobre su altar
derribado, sino sobre su pira funeraria; y la imagen a la que se aferraba era
el poste al que se hallaba atado. Un resplandor rojizo, apagado al inicio,
comenzaba a abrillantarse a sus pies; las llamas, rápidas y silenciosas,
subieron y bajaron y volvieron a subir en varios puntos, iluminando el interior
del templo con una luz intermitente y cambiante. Las formas torvas y oscuras de
los ídolos parecían ondular y crisparse como seres vivos sometidos al tormento,
a medida que el fuego y el humo alternativamente las mostraban y las ocultaban.
Una inmovilidad de muerte se adueñó del rostro y el cuerpo del pagano que, con
los ojos clavados en el suelo, contemplaba cómo las deidades de su fe
engendraban su destrucción. ¡Su mejilla —la mejilla que descansara en su niñez
sobre el pecho de su madre— estaba apoyada en el pecho dorado del dios Serapis,
su implacable amo en vida, su almohada en la muerte!
—¡Asciendo! ¡Asciendo al mundo de la luz con
las deidades a las que he servido! —musitó—. ¡El fulgor de su presencia es como
un fuego llameante; el humo de su aliento se levanta a mi alrededor como el
humo del incienso! ¡Oficio en los Templos de las Nubes; y la gloria de la
eterna luz del sol brilla a mi alrededor mientras adoro! ¡Asciendo! ¡Asciendo!
El humo giraba en espesas vaharadas sobre su
cabeza; la fiera voz del fuego que se propagaba velozmente rugía a su
alrededor; las llamas saltaban a sus pies; sus vestiduras se incendiaron y
ardieron con un radiante esplendor mientras la pira se abría para recibirlo.
* * *
El tiempo había transcurrido. La contienda
entre el Templo y la Iglesia había terminado. Los sacerdotes y el pueblo
formaban un círculo más amplio en torno al edificio maldito; todo lo que era
inflamable en él había ardido; el humo y las llamas sólo salían ahora a
intervalos por las puertas, y ambos se aplacaron gradualmente. Entonces, la
multitud se aproximó más al templo y, al mirar hacia adentro, sintió el calor
del horno que había encendido.
Las rejas de hierro estaban al rojo vivo; de
la gran masa detrás de ellas (que todavía despedía resplandor en algunos
puntos, y que se estremecía y se agitaba con su mismo calor) se elevó
lentamente hasta el techo de piedra del edificio, ahora ennegrecido por el
humo, una delgada y transparente columna de vapor. Los sacerdotes buscaron
concienzudamente el cadáver del pagano; vieron dos objetos oscuros y
chamuscados, casi fundidos, sobre un montón de cenizas cerca de las puertas, en
un punto donde el fuego ya se había apagado; pero resultaba imposible discernir
cuál era el hombre y cuál el ídolo.
Mientras las llamas rugían, algunos se habían
percatado de la necesidad de procurarse los medios para entrar en el templo. Ya
se habían conseguido las herramientas adecuadas para abrir las puertas, y la
turba ya sumergía sus baldes en el Tíber y echaba agua dondequiera que se
advertían restos del fuego. Pronto desaparecieron todos los obstáculos; los
soldados penetraron en el edificio con sus espadas desenvainadas, caminaron
sobre el negro cieno de cenizas empapadas de agua que cubría lo que fuera antes
el altar de los ídolos, y tras arrojar hacia la calle los desechos y las
imágenes de piedra, que el fuego no había consumido, cavaron en lo que quedaba,
como si se tratara de una mina recién descubierta, en busca del oro y la plata,
que el fuego no podía destruir.
¡El pagano había vivido con sus ídolos y había
muerto con sus ídolos! Y ahora que los tiraban, a él también lo tiraban junto
con ellos. ¡Al reducir a añicos las negras ruinas de su altar escarbando entre
ellas, los soldados mezclaban con esos fragmentos los de su cuerpo! ¡Al lanzar
al río los desechos que le pasaban desde el interior del templo, el gentío
arrojaba a las aguas lo que quedaba de él con lo que quedaba de sus dioses! Y
cuando el templo quedó vacío, cuando los ciudadanos se hubieron llevado todos
los tesoros que encontraron, cuando de todo lo que había ardido sólo quedaban
unos pocos montoncitos de polvo, ¡el viento de la noche arrastró consigo las
cenizas de Ulpio con las cenizas de las deidades a las que Ulpio sirviera!
CAPÍTULO XXVII
LA VIGILIA DE LA
ESPERANZA
Se abre ahora ante nosotros una nueva
perspectiva. Los escarpados senderos por los que ha transcurrido hasta ahora
nuestra ruta se hacen más llanos a medida que nos aproximamos a su término.
Roma, tan largo tiempo oscura y sombría a nuestras miradas, se ilumina al fin
como un campo cuando pasa la lluvia y los primeros rayos del sol que retorna se
cuelan entre las nubes. Han pasado algunos días, y en ellos los templos han
sido despojados de todas su riquezas; los romanos conquistados han comprado el
perdón de los bárbaros; la ciudad derrotada ha pagado su rescate.
El ejército godo permanece aún acampado en
torno a las murallas, pero las puertas están abiertas, se han instalado
mercados de alimentos en los suburbios, en los ríos se ven barcos, y en las
calzadas, carretas cargadas de provisiones que se dirigen hacia Roma. Todos los
tesoros que ocultaran los ciudadanos se truecan ahora por comida; los
comerciantes que controlan el mercado cosechan un rico botín; pero los
hambrientos sacian su apetito, los débiles reviven, todos se sienten
satisfechos.
Es el final del segundo día desde que los
godos permitieran la venta libre de provisiones y otorgaran permiso para salir
de la ciudad. Las puertas ya se han cerrado ante la llegada de la noche y los
habitantes de Roma regresan silenciosos a sus hogares, cargados de alimentos.
Sus ojos no topan ya con las terribles huellas del avance de la peste y la
hambruna en cada calle; los cadáveres han sido retirados y los enfermos han
encontrado cuidados y abrigo. Roma ya se ha desembarazado de sus impurezas, y
las virtudes de la vida doméstica comienzan a revivir allí donde existían
antes. La muerte ha diezmado a todas las familias, pero los sobrevivientes
vuelven a reunirse en los salones sociales. Hasta los más terribles criminales,
los más abyectos parias de la población, participan inofensivos durante un
tiempo de los primeros beneficios generales que trae consigo la paz.
Seguir a los ciudadanos a sus hogares; conocer
sus pensamientos, sus palabras, sus acciones, el efecto que sobre ellos
ejerciera el fin de los horrores del bloqueo; contemplar a los habitantes de
toda una ciudad recuperarse de una especie de profundo desmayo y las diversas
formas que adoptan los primeros síntomas de reanimación en las distintas clases
de la sociedad —los malos y los buenos, los ricos y los pobres— constituiría
material suficiente para una novela de profundo interés humano, para un drama
de las pasiones que agrupara cautivante escenas extrañas, complejas y
chocantes. Pero otra tarea reclama nuestra atención, que no se vuelve hacia un
motivo de interés colectivo, sino hacia uno de índole individual; abandonamos
la observación de la masa general del pueblo para concentrarnos sólo en
Numeriano y Antonina, para entrar de nuevo en la casita de la colina Pinciana.
La habitación donde el padre y la hija
sufrieran juntos los tormentos del hambre durante el asedio presentaba un
aspecto muy distinto al que mostraba cuando la ocuparan por última vez. Las
paredes antes desnudas estaban ahora cubiertas por ricas y gruesas colgaduras;
y el sencillo lecho y la mesa pobre de antaño habían sido sustituidos por lo
más lujoso y acabado en materia de muebles en la época. En un extremo de la
habitación, tres mujeres, auxiliadas por una niña pequeña, preparaban unos
platos de frutas y vegetales; en el otro, dos hombres que sostenían una animada
conversación en voz baja volvían de vez en cuando la mirada ansiosa hacia un
lecho colocado contra la tercera pared de la alcoba, en el cual yacía Antonina,
mientras Numeriano la observaba en silencio. La punta del cuchillo de
Goisvintha había penetrado profundamente, pero el propósito fatal del asesinato
se había frustrado hasta el momento.
Los ojos de la joven estaban cerrados, y sus
labios permanecían entreabiertos con la debilidad del sufrimiento; una de sus
manos se apoyaba lánguida en la rodilla de su padre. En su rostro pálido había
una leve expresión de dolor, de la más sutil melancolía, y de cuando en cuando
escapaba de su pecho un profundo y estremecedor suspiro; ¡la conmovedora
confesión última que hacía la naturaleza de su propia debilidad! El anciano,
sentado a su lado, tenía clavados en ella los ojos atentos e inquisitivos. A
veces alzaba la mano y acariciaba suave y mecánicamente los largos rizos del
cabello de la joven, desparramado sobre la cabecera del lecho; pero no se
volvía nunca para comunicarse con las otras personas presentes en la
habitación: permanecía sentado como si sólo viera la figura de su hija yacente
ante él y no oyera más que el leve soplo de su respiración junto a su oído.
Ya estaba oscuro, y una lámpara colgada del
techo proyectaba una luz suave y uniforme en la habitación. Los semblantes de
las personas que la ocupaban mostraban pocas evidencias de una salud y una
fuerza que contrastaran con el aspecto de la joven herida; todos habían sufrido
la extenuante visita del hambre, y todos, como ella, estaban pálidos y
lánguidos. En la escena imperaba una extraña e indescriptible armonía. Hasta la
calma de la absorbente expectativa y la temblorosa esperanza que expresaba la
faz de Numeriano parecía reflejarse en las acciones de quienes lo rodeaban, en
el silencio en que las mujeres llevaban a cabo su tarea, en los murmullos cada
vez más quedos de la conversación de los hombres. Algo en el ambiente que
reinaba en la habitación producía esa sensación de solemne y sobrenatural
quietud que asociamos con la idea abstracta de la religión.
Uno de los dos hombres que conversaban en voz
baja era el patricio Vetranio; el otro, un celebrado médico de Roma.
Tanto el semblante como las maneras del
senador eran una melancólica prueba de que la orgía de su palacio lo había
afectado para el resto de su vida. Su aspecto delataba lo que era: un hombre
cuyos carácter y complexión habían cambiado para siempre. Sus ojos mostraban
una expresión permanente de ansiedad y tristeza; su rostro demacrado se
crispaba de vez en cuando con una contracción nerviosa involuntaria de los
músculos; era evidente que el efecto paralizador de la francachela que pusiera
fin a la vida de sus compañeros lo acompañaría hasta el fin de su existencia.
Mientras escuchaba la conversación de su interlocutor, en sus maneras no se
advertía ni rastro de su desdeñosa seguridad en sí mismo, de su fácil
afabilidad patricia; parecía haber envejecido varios años desde el día en que
presidiera la mesa de "El Banquete del Hambre".
—Sí —dijo el médico, un hombre impasible y
tranquilo que hablaba mucho, pero que pronunciaba todas sus palabras con
deliberado énfasis—, sí, como iba diciendo, la herida, en sí misma, no era
mortal. Si la hoja del cuchillo hubiera penetrado cerca del centro del cuello,
habría muerto al momento. Pero pasó por afuera y por detrás, sin afectar los
grandes vasos; no tocó ningún órgano vital.
—¡Y aún así insistes en afirmar que dudas de
que se recupere! —exclamó Vetranio en voz muy baja y triste.
—Así es —continuó el médico—. Debe haber
estado exhausta física y mentalmente cuando recibió la herida. La he observado
atentamente. ¡Lo sé! No hay nada en ella de la salud y la fuerza naturales de
la juventud que pueda combatir los efectos de la herida. He visto a ancianos
morir de lesiones de las que los jóvenes se recuperan, porque en ellos la vida
perdía su capacidad de resistencia: ¡esta joven se encuentra en la misma
situación de los ancianos!
—¡Ellos murieron y yo quedé vivo, y ella
morirá y yo seguiré vivo! ¡Lo habré perdido todo... todo! —suspiró Vetranio con
amargura para sí mismo.
—Los recursos de nuestro arte se han agotado
—continuó el otro—; sólo nos queda vigilar atentamente y esperar con paciencia;
en las próximas horas se decidirá si vive o muere; en este momento tiene las
mismas posibilidades de una cosa que de la otra.
—¡Lo habré perdido todo... todo! —repitió el
senador, con tristeza, como si no hubiera reparado en las últimas palabras de
su interlocutor.
—Si muere —dijo el médico, hablando en tono
más cálido, porque, a pesar de sí mismo, sintió lástima ante el espectáculo del
absoluto abatimiento de Vetranio—; si muere, al menos sabrás que hiciste todo
lo posible por salvarle la vida. Su padre, inútil por su letargo y por su edad,
sólo era capaz de velar junto a su lecho, como lo ha hecho día tras día; pero
tú no has escatimado nada, no has olvidado nada. Todo lo que he pedido, lo has
traído; las cortinas en toda la habitación y el lecho en que reposa son tuyos;
fuiste tú quien trajo los primeros alimentos frescos de los mercados recién
abiertos. Te dije que la joven rememoraba incesantemente lo sufrido; que era
necesario protegerla de sus propios recuerdos; que la presencia de mujeres a su
alrededor podía hacerle bien; que la llegada ocasional de una niña a la
habitación podía calmar su imaginación, podía hacerla fijarse en lo que
sucedía, en vez de pensar en lo pasado; ¡tú las encontraste y las enviaste
aquí! He visto padres menos preocupados por sus hijos, amantes por sus amadas,
que tú por esta joven.
—Mi destino está en sus manos —lo interrumpió
Vetranio volviendo la vista con aire supersticioso hacia la frágil figura
tendida en el lecho—. Desconozco los misterios que los cristianos llaman su Fe,
pero ahora creo en el alma. Creo que un alma alberga el destino de otra, ¡y que
su alma alberga el destino de la mía!
El médico sacudió la cabeza con aire jocoso.
Su profesión había determinado su filosofía: era un materialista tan ardiente
como el propio Epicuro.
—Escucho —dijo Vetranio—; ¡desde que la conocí
se operó un cambio en todo mi ser; era como si su vida se entretejiera con la
mía! No influí sobre ella más que para hacerle mal: ¡la amé y fue desterrada de
su hogar! Envié a mis esclavos a registrar Roma noche y día; puse en juego todo
mi poder y mis riquezas para encontrarla; y, por primera vez, fracasé en mis
propósitos. Sentía que era yo el culpable de su desaparición... ¡de su muerte!
Pasaron los días; la vida me resultaba una carga; llegó la hambruna. Tú sabes
de qué manera decidí poner fin a mis días; ¡los rumores del Banquete del Hambre
deben haberte llegado, como les han llegado a otros!
—Así es —contestó el médico—. Y veo con mis
propios ojos, en su rostro —añadió tras una pausa momentánea—, el desastre que
produjo ese malhadado banquete. Amigo mío, ¡haz caso de mi consejo! Abandona
para siempre la confusión de tu palacio romano y vete a respirar el aire
tranquilo del campo. Las fuerzas que tuvieras antaño se han ido para no volver;
si quieres seguir viviendo, cuida las que aún te restan.
—Escúchame —continuó Vetranio en tono quedo y
sombrío—. Me encontraba solo en mi palacio maldito; los amigos a los que había
convencido para cortejar a la muerte yacían inanimados a mi alrededor; ¡tenía
en las manos la antorcha con la que habría de encender nuestra pira funeraria
para escapar de este mundo abominable! Me aproximé triunfante para prender las
llamas aniquiladoras, y la vi a ella de pie ante mí...¡a ella, a quien busqué
cuando la creía perdida y a quien había llorado por muerta! Sentí que una mano
poderosa me arrancaba la antorcha; ¡cayó al suelo! Volvió a partir; pero yo
carecía de fuerzas para recoger la tea: aún tenía ante mis ojos su mirada, su
rostro, su figura... ¡parecía interponerse entre la antorcha y yo!
—¡Más bajo! ¡Habla más bajo! —lo interrumpió
el médico al contemplar con asombro y lástima patentes el aspecto agitado del
senador—. Retrasa tu propia recuperación y turbas el reposo de la joven con
palabras como esas.
—¡Al entrar en el palacio —continuó Vetranio
retomando su anterior tono más moderado— los funcionarios del Senado me
encontraron en el mismo lugar en que ella me dejó! Siguieron pasando los días;
yo miraba las calles y pensaba en los compañeros a los que llevé a la muerte y
en mi juramento de compartir su suerte, que nunca cumplí. Me habría atravesado
el corazón con mi daga; ¡pero su rostro seguía allí, ante mis ojos, mis manos
estaban atadas! Fue en ese momento cuando la vi por segunda vez, ¡vi que la llevaban
cargada, que estaba herida, muerta! Ya me había salvado una vez, ¡me salvaba
ahora de nuevo! Supe que se me ofrecía la oportunidad, después de haberle hecho
tanto mal, de hacerle un bien; después de fracasar en mi intento de encontrarla
cuando estaba perdida, lograr salvarla cuando se encontraba agonizante;
¡después de sobrevivir a la muerte de los amigos sentados a mi mesa, seguir
viviendo para esforzarme por dar la vida y no sólo para destruirla! Eso fue lo
que pensé, es lo que pienso aún... pero sólo desde que la vi a ella! ¿Sabes por
qué creo que su alma alberga la suerte de la mía? ¿Es posible que me veas
consumido, destrozado, envejecido antes de tiempo, privado de amigos, perdidos
para siempre los lozanos sentimientos de la juventud, y que no comprendas que
su vida es mi vida? ¿Que si ella muere se habrá malogrado el único propósito
bueno de mi existencia? ¿Que habré perdido toda razón para seguir viviendo?
¡Todo, todo!
Cuando Vetranio pronunció esas palabras
finales, la joven entreabrió los ojos y los volvió lánguidamente hacia su
padre. Hizo un esfuerzo para levantar la mano de su rodilla a su cuello en una
caricia; pero sus fuerzas no le permitieron ni siguiera ese leve movimiento. La
mano se alzó unas pocas pulgadas antes de volver a caer; una lágrima se deslizó
lentamente por la mejilla de la joven, que volvió a cerrar los ojos, pero no
pronunció palabra.
—Mira —dijo el médico señalando a Antonina—,
¡la marea de la vida está en su punto más bajo! Si es que va a subir de nuevo,
lo hará esta noche.
Vetranio no respondió; se dejó caer en el
asiento contiguo al del médico y se cubrió el rostro con la túnica.
El médico, al ver la condición del senador y
reflexionar sobre la extraña y apresurada confesión que le acababa de hacer,
comenzó a sospechar que los sucesos que en fecha reciente viviera su cliente le
habían trastornado la razón. Aunque era un filósofo, el hombre de ciencia nunca
había observado los síntomas físicos del primer efecto regenerador de las
influencias buenas y puras sobre una mente envilecida; nunca había contemplado
las reveladoras señales de palabra y de acción que indican el avance de la revolución
mental que tiene lugar cuando la antigua naturaleza se transforma en la nueva;
para él no existían esos objetos de contemplación. Tocó a Vetranio en el hombro
con suavidad:
—Levántate —le dijo—, y partamos. Están con
ella quienes mejor pueden cuidarla. Sólo nos queda esperar y confiar.
Regresaremos a primera hora de la mañana.
Antes de irse le dio sus últimas instrucciones
a una de las mujeres encargadas del cuidado de la joven, y acompañado por el
senador, quien sin hablar se incorporó mecánicamente para seguirlo, salió de la
habitación.
Después de su partida, el silencio sólo fue
interrumpido por el sonido de un murmullo ocasional y de pasos ligeros y
rápidos que iban y venían. Más tarde, las mujeres sirvieron en los vasos los
remedios refrescantes y reanimadores preparados para la noche, y se acercaron a
Numeriano como para hablarle, pero éste, al verlas, les hizo un gesto de
impaciencia con la mano; y ellas también se marcharon, a esperar en una
habitación cercana hasta que se requirieran de nuevo sus servicios.
Nada cambió en la actitud del padre cuando
quedó a solas en el aposento de la enferma, que en el lapso de unas horas podía
convertirse en el aposento de la muerte. Permaneció sentado contemplando a
Antonina y acariciando de cuando en cuando los rizos desordenados de su
cabello, como soliera hacer antes. La noche era hermosa y estrellada: el aire
fresco del templado clima invernal del Sur soplaba suavemente sobre la tierra;
la gran ciudad se sumía rápidamente en el silencio; a veces llegaba de las
calles principales un tenue eco de voces y de las distantes notas de una música
marcial que sonaba festiva en el campamento godo cuando los sitiadores
cambiaban la guardia.
Pero pronto se acallaron esos ruidos, y la
quietud de Roma se asemejó a la que reinaba en torno al lecho de la joven
herida.
Día tras día, noche tras noche, desde el
asesinato en el templo, Numeriano se había mantenido en el mismo sitio, al lado
de su hija. Hora tras hora lo encontraban absorto en su prolongada vigilia de
esperanza: el curso de su vida parecía suspendido por la sola influencia que
ahora lo embargaba. En los breves intervalos en que su agotamiento físico lo
vencía y lo hacía abandonar su melancólica tarea, los que lo rodeaban habían
observado que, incluso durante sus breves períodos de adormecimiento,
permanecía con el rostro vuelto hacia la cabecera de la cama, como atraído por
una fuerza irresistible, por un poderoso ascendiente que sentía inclusive en
medio del más profundo reposo de sus sentidos y la más pesada fatiga de su
mente exhausta y su corazón desfalleciente y atormentando. A los amigos que lo
rodeaban no les hablaba, sino que se comunicaba con ellos por señas; parecía no
confiar, ni dudar, ni desesperar a la par de ellos; todas sus facultades se
tensaban para vibrar en un único punto, y permanecían sordas e insensibles en
todos los demás.
Pero en dos ocasiones se le había oído
pronunciar algunas palabras además de las más simples y escasas. La primera
vez, cuando Antonina pronunciara el nombre de Goisvintha al recobrar el sentido
tras recibir la herida, le había respondido ansioso con reiteradas
declaraciones de que ya no había nada que temer, porque al salir del templo
había visto a la asesina morir bajo el pie del pagano. La segunda vez, cuando
se mencionaron en un descuido delante de él los rumores que circulaban en Roma
de que se había quemado a un desconocido sacerdote pagano que estaba escondido
en el Templo de Serapis rodeado de inmensos tesoros, se vio al anciano
sobresaltarse y temblar, y se le oyó orar por el alma que aguardaba ahora ante
el temible trono del Juicio; musitar unas palabras sobre una vana restauración
y un encuentro demasiado tardío; lamentarse por el horror que se espesaba en
torno a él, por las esperanzas infructuosamente renacidas, y por una pérdida
más terrible que la que sufriera antes ningún mortal; suplicar que su hija, lo
último que le quedaba, no le fuera también arrebatada; y pronunciar muchas
otras frases parecidas, que todos los que las escuchaban consideraron resultado
de las divagaciones de una mente cuyas más elevadas facultades se encontraban
debilitadas por el agotamiento y el dolor.
Había transcurrido una hora interminable de la
noche desde que el padre y la hija quedaran a solas y en la melancólica
habitación no se había pronunciado una palabra ni se había realizado un
movimiento. Pero al comenzar la segunda hora, la joven volvió a entreabrir los
ojos y se removió penosamente en su lecho. Acostumbrado a interpretar el
significado de sus menores acciones, Numeriano se levantó y le trajo uno de los
remedios que prepararan las mujeres. Después de que la joven bebió, sus ojos se
encontraron con los de su padre, clavados en ella con una muda y triste
pregunta, y sus labios se cerraron y adoptaron una expresión que él recordaba
que siempre asumieran cuando, de niña, adelantaba el rostro en silencio para
que él la besara. El terrible contraste entre su estado actual y el de entonces
venció la resistencia pasiva, la paciente resignación del abatido anciano: dejó
caer al suelo la taza vacía, se arrodilló al lado del lecho y se lamentó en voz
alta.
—¡Ah, padre, padre! —exclamó la voz débil y
quejumbrosa desde el lecho—. ¡Voy a morir! ¡No olvidemos que el tiempo que nos
queda para estar juntos es cada vez más corto, y pasémoslo lo más alegremente
que podamos!
Numeriano levantó la cabeza y la miró,
ausente, anhelante, impotente, como si ya la muerte los hubiera separado.
—He intentado vivir con agradecimiento y
humildad —dijo Antonina al tiempo que dejaba escapar un leve suspiro— y he
ansiado hacer más bien en este mundo que el que he logrado. ¡Pero ahora me
perdonarás, padre, como siempre me has perdonado! ¡Has sido paciente conmigo
durante toda mi vida, más paciente de lo que yo merecía! ¡Pero no tuve una
madre que me enseñara a amarte como debía, que me enseñara lo que sé ahora que
mi muerte está próxima, y que no tengo ya ni tiempo ni ocasión de poner en
práctica!
—¡Calla! ¡Calla! —murmuró el anciano
asustado—. ¡Vivirás! Dios es bueno y sabe que ya hemos sufrido bastante. ¡La
maldición de la separación postrera no se ha lanzado contra nosotros! ¡Vive!
¡Vive!
—¡Padre! —dijo la joven con ternura—, ¡en
nosotros alienta algo que ni la muerte puede separar! En el otro mundo seguiré
pensando en ti cuando pienses en mí! ¡Cada vez que ansies verme te seguiré
viendo, aun cuando ya no esté! Cuando salgas y te sientes a la sombra de los
árboles en el claro del jardín donde que yo solía sentarme; cuando contemples
las llanuras y montañas lejanas que yo solía contemplar; cuando leas por las
noches la Biblia que hemos leído juntos y recuerdes a Antonina; cuando te
acuestes apesadumbrado a descansar; ¡entonces te veré, entonces sabrás que te
miro! ¡Te sentirás tranquilo y consolado, incluso junto a mi tumba, porque no
pensarás en el cuerpo que yace allí, sino en el espíritu que espera por ti,
como te he aguardado aquí tan a menudo cuando estabas lejos y sabía que la
caída de la tarde te traería de nuevo al hogar!
—¡Calla! ¡Vivirás! ¡Vivirás! —repitió
Numeriano en el mismo tono quedo y ausente. Las fuerzas que aún lo sostenían
estaban todas en esas sencillas palabras: eran el sustento de una esperanza
nacida de la agonía y acunada por la desesperación.
—¡Ah, si pudiera vivir! ——dijo la joven en voz
muy baja—, ¡si pudiera vivir sólo unos pocos días más, cuántas cosas tendría
por las cuales vivir!
Intentó inclinar el rostro hacia su padre
mientras hablaba, porque las palabras salían cada vez más quedas de sus labios:
el agotamiento volvía a vencerla. Pronunció el nombre de Hermanrico, mencionó
la tumba de la casa de la granja y volvió de nuevo su atención a su padre. Los
últimos sonidos débiles que pronunció estaban dirigidos a él, y su contenido
era aún de consuelo y esperanza.
Pronto el anciano, inclinado sobre ella, vio
que sus ojos se cerraban de nuevo —esos ojos inocentes y bondadosos que incluso
ahora conservaban su antigua expresión mientras que el rostro en el que estaban
engastados palidecía y se consumía—, y vio cómo las tinieblas y la noche se
apoderaban del alma de su hija.
—Duerme —murmuró con voz asustada, al tiempo
que volvía a ocupar su sitio junto al lecho—. Llaman sueño a la muerte, ¡pero
en su rostro no se ve la muerte!
La noche siguió su transcurso. Las mujeres que
cuidaban de la enferma regresaron a la habitación hacia la medianoche,
sorprendidas de que sus servicios aún no se hubieran requerido. Vieron la
expresión solemne y serena del rostro consumido de la joven; la absorta
atención de Numeriano, sentado en la misma actitud a su lado; y volvieron a
salir en silencio, sin pronunciar palabra, ni siquiera un murmullo. En el
aspecto mismo de la habitación había algo temible e impresionante; la Muerte,
que todo lo destruye, libraba en ella un combate mortal con la Juventud y la
Belleza, que adornan, y los ojos del anciano solitario seguían a solas el
terrible curso de la contienda.
Llegó la mañana y aún no se advertía ningún
cambio. En una ocasión, cuando la lámpara que alumbraba la habitación comenzaba
a extinguirse a la llegada de la aurora, Numeriano se levantó y examinó de
cerca el rostro de su hija: imaginó en ese momento que su semblante se movía,
pero se percató de que lo había engañado el parpadeo de la luz agonizante;
seguía presa de la misma inmovilidad. Acercó su oído a los labios de la joven
por un instante, y después volvió a su lugar, que ya no volvió a abandonar. La
lenta circulación de su sangre parecía haber hecho una pausa; esperaba como
espera un hombre con la cabeza sobre el cadalso antes del descenso del hacha,
como espera una madre para escuchar que el soplo de la vida ha entrado en su
hijo recién nacido.
El sol salió brillante en el cielo sin nubes.
Cuando sus rayos nacientes entibiaron el aire fresco y penetrante del amanecer,
las mujeres volvieron a entrar en la habitación, corrieron un poco la cortina y
abrieron la ventana. La luz del alba iluminó hermosa y glorificadora el rostro
de la joven; la brisa tenue y suave desordenó los rizos más leves de su
cabello. En otra época, eso la habría despertado, pero ahora no lo hizo.
Poco después, se oyó en el salón de los bajos,
a través de la puerta entreabierta del cuarto, la voz de la niña que permanecía
en la casa con las mujeres. La pequeña subía lentamente la escalera, cantando
para sí misma su balbuciente canción matutina. La precedía una paloma
domesticada, comprada en el mercado de provisiones de extramuros, pero que la
madre de la niña había preservado para que fuera la mascota y compañera de
juegos de su hija. El pájaro entró en la habitación batiendo las alas y
arrullando, se posó en la cabecera del lecho y comenzó a componerse las plumas.
Las mujeres se habían contagiado del suspenso que embargaba al anciano y no
hicieron un gesto para indicarle a la niña que se retirara ni que se llevara a
la paloma del sitio donde se había posado: como él, aguardaban. Pero las notas
suaves y apaciguadoras del pájaro no ejercían ningún efecto sobre los oídos de
la joven, ni los rayos de luz sobre su rostro: seguía sin despertar.
La niña entró y, haciendo una pausa en su
canción, se subió a un costado del lecho. Extendió una de sus manitas para que
la paloma se posara, tocó suavemente con la otra el hombro de Antonina y besó
con sus frescos labios rosados la mejilla pálida de la joven.
—Mi pájaro y yo hemos venido a curar a
Antonina esta mañana —dijo con aire grave.
¡Los párpados inmóviles, pesadamente cerrados,
se movieron! Se estremecieron, se abrieron, se cerraron y volvieron a abrirse.
La mirada de los ojos era vaga, amodorrada, inconsciente; ¡pero Antonina vivía!
¡Antonina había despertado al fin a la luz de un nuevo día en este mundo!
La mirada fija y acuciante del padre seguía
clavada en la joven; pero en su semblante se advertía un vacío, una ausencia de
todo signo de sensación y de vida. Las mujeres, que miraban alternativamente a
Antonina y a él, se echaron a llorar; la niña volvió a entonar muy suavemente
su canción mañanera, dedicada ahora a la joven herida, ahora a la paloma.
En ese momento aparecieron en escena Vetranio
y el médico. Este último avanzó hasta el lecho, levantó de él a la niña y
examinó a Antonina cuidadosamente. Al cabo, en parte dirigiéndose a Numeriano,
en parte hablando para sí mismo, dijo:
—Ha dormido profundamente durante un largo
rato, sin moverse, casi sin respirar: a quienes lo contemplaran, ese sueño les
habría parecido el de la muerte.
El anciano no respondió, pero las mujeres
asintieron con fuerza.
—Se ha salvado —continuó el médico,
apartándose sin prisa del lecho y sonriéndole a Vetranio—. Habrá que cuidarla
durante mucho tiempo aún.
—¡Salvado! ¡Salvada!— repitió alborozada la
niña, que corrió a subirse al regazo de Numeriano, mientras que la paloma,
libre, revoloteaba en la habitación. El padre bajó la vista cuando llegó a sus
oídos la voz clara y joven. Las fuentes de la alegría, tanto tiempo secas en su
corazón, volvieron a manar al ver las manitas alzadas hacia él con aire de
súplica; dejó caer la cabeza cana; lloró.
A una señal del médico las mujeres condujeron
a la niña fuera de la habitación. Todos los presentes guardaban el silencio
característico de las emociones profundas y solemnes; sólo se oían los
contenidos sollozos del anciano y las leves notas, cada vez más lejanas, de la
voz de la niña, que aún entonaba su canción matutina. Pero ahora, la letra de
su canto era una sola palabra, alborozadamente reiterada:
—¡SALVADA! ¡SALVADA!
CONCLUSIÓN
UBI THESAURUS IBI
COR
Poco después de la apertura de los mercados de
abastos frente a las puertas de Roma, los godos levantaron su campamento de los
alrededores de la ciudad y se retiraron a sus cuarteles de invierno en Toscana.
Las negociaciones subsiguientes entre Alarico y la corte y el gobierno de
Rávena fueron conducidas con astuta moderación por el conquistador y con
arrogante audacia por el conquistado, y terminaron finalmente en el reinicio de
las hostilidades. Roma fue sitiada dos veces más por "los bárbaros".
En la última ocasión, la ciudad fue saqueada, sus palacios quemados, sus
tesoros robados: sólo se salvaron de la destrucción los monumentos de la
religión cristiana.
Pero nuestra narración ya no volverá a
ocuparse de los godos; la relación con ellos que ha mantenido hasta aquí se
cierra con el fin del primer sitio de Roma. No es posible seguir reclamando la
atención del lector hacia los acontecimientos históricos; nuestro pequeño
espectáculo, organizado para su disfrute, ha concluido. No obstante, si ha
sentido algún interés por Antonina y aún lo conserva, no se negará a seguirnos
para verla por última vez antes de que nos digamos adiós.
Había transcurrido más de un mes desde la
retirada del ejército sitiador a sus cuarteles de invierno cuando algunos
ciudadanos de Roma se reunieron en las llanuras de extramuros para disfrutar de
uno de esos bucólicos festivales de la antigüedad que aún celebran, a usanza
diferente, pero con el mismo espíritu, los italianos de nuestros días.
El lugar escogido era un terreno llano cerca
de la Puerta Pinciana, al fondo del cual se levantaba un espeso pinar, y que
miraba al norte, hacia la suave campiña que rodea Roma. Los congregados eran
sobre todo personas de las clases más bajas. Sus diversiones eran la danza, la
música, las competencias de fuerza y los juegos de azar y, sobre todo, teniendo
en cuenta que se trataba de una población que había sufrido recientemente los
rigores del hambre, abundante comida y bebida: un prolongado, grave, extático
disfrute de la capacidad de masticación y el sentido del gusto.
En el grupo había algunos individuos cuya ropa
y modales revelaban que, al menos en cuanto al hábito externo, estaban un poco
por encima del conjunto general. Esas personas iban y venían por diferentes
partes del lugar, y se dedicaban a observar, sin mezclarse en las diversiones.
No obstante, había uno de ellos que fuera cual fuese la dirección que tomaba,
se mantenía aislado. En la mano llevaba una carta abierta, a la que miraba de
cuando en cuando, y parecía totalmente absorto en sus pensamientos. Ese hombre,
a quien resultaba fácil particularizar tanto por su misma persona como por la
peculiaridad de su situación en ese momento, no era otro que el favorito de
Vetranio, el encargado en otra época de suministrarle sus placeres, el
industrioso Carrio.
El liberto (a quien presentamos por última vez
al lector en el capítulo XIV, cuando exhibía ante Vetranio la provisión de
desperdicios que consiguiera durante la hambruna, para consumo del palacio)
había logrado en fecha reciente incrementar mucho la confianza que su amo
depositaba en él. Durante la organización del Banquete del Hambre había evitado
con toda discreción expresar el menor deseo de salvarse de la catástrofe en
medio de la cual el senador y sus amigos habían decidido perecer. Después de
conseguir un lugar seguro en el cual esconderse, aguardó el final de la orgía,
y cuando descubrió que tras su inesperado fin su amo seguía vivo, volvió a
aparecer ante él como un servidor fiel, listo para asumir sus ocupaciones de
costumbre con el mismo celo de siempre.
Tras la dispersión de sus sirvientes durante
la hambruna y la confusión general del sistema social de Roma, al levantarse el
asedio Vetranio no encontró a su lado nadie en quien confiar excepto Carrio, y
en él confió. Y no fue una elección errónea: es cierto que el liberto era
egoísta y sórdido, pero esas mismas cualidades garantizaban su fidelidad a su
amo, siempre que éste conservara el poder para castigar y la capacidad para
premiar. La carta que llevaba ahora en las manos le había sido enviada a una villa
propiedad de Vetranio —de la que acababa de regresar—, situada en las orillas
de la bahía de Nápoles, y estaba escrita por el senador en Roma. La parte
introductoria de la comunicación parecía interesar poco al liberto: contenía
elogios a su diligencia en alistar la casa de campo para que la ocupara su
dueño de inmediato, y expresaba el ardiente deseo de su amo de abandonar Roma
lo más rápidamente posible para vivir en perfecta tranquilidad, respirando el
aire revivificador del mar, como le aconsejaran los médicos. Era la última
parte de la carta la que Carrio leía y releía, y sobre la que después meditaba
con una atención y un esfuerzo mental inusuales. Decía lo siguiente:
"Debo ahora confiarte una misión que
ejecutarás con toda fidelidad si valoras mi favor y respetas las riquezas que
pueden garantizar tu recompensa. Cuando te fuiste de Roma, dejaste a la hija de
Numeriano en peligro de muerte: ya se ha recuperado. Algunas preguntas que le
dirigí durante su convalecencia me han permitido averiguar muchas cosas que no
conocía de su historia, y ellas me han inducido a adquirir, por razones
exclusivamente personales, una casa y unos terrenos cercanos a los suburbios.
(Las dimensiones del lugar y su ubicación están en el pergamino adjunto a esta
carta). El granjero que cultivaba esa propiedad sobrevivió a la hambruna y
continuará encargándose de la granja, que es ahora mía. Pero es mi voluntad que
el jardín y todo lo que contiene se mantengan a la entera disposición de
Numeriano y de su hija, quienes es posible que lo visiten a menudo; y de
quienes, a partir de ahora, se considerará que ocupan mi lugar y cuentan con mi
autoridad. Tú dividirás tu tiempo entre la supervisión de los pocos esclavos
que dejo en el palacio en mi ausencia y la del granjero y los trabajadores que
he instalado en la granja; y responderás ante mí por el debido cumplimiento de
tus deberes y los de quienes están a tus órdenes, en la seguridad de que si
cumples bien esta misión, estarás trabajando en pro de tus propios intereses en
este asunto y en todos los demás."
La carta concluía ordenándole al liberto que
regresara a Roma un día específico, y que se dirigiera a la casa de la granja a
una hora precisa para encontrarse allí con su amo, quien tenía otras
indicaciones que darle, y que visitaría la recién adquirida propiedad antes de
emprender el viaje a Nápoles.
La perplejidad de Carrio al leer el pasaje que
hemos citado de la carta de su patrono fue absoluta. Recordando los incidentes
asociados con el inicio de las relaciones entre Vetranio y Antonina y su padre,
la mera circunstancia de que el senador comprara una granja para satisfacer lo
que era sin dudas un capricho pasajero de la joven no lo habría asombrado
demasiado. Pero que a ese acto siguiera la inmediata separación del senador de
la hija de Numeriano; que nada ganara Antonina, después de todo, de esas tierras
que Vetranio había adquirido evidentemente a instancias de ella, más que la
autoridad sobre una pequeña franja de jardín; y, al mismo tiempo, que se
insistiera en la inviolabilidad de ese privilegio carente de valor en términos
de una gravedad y una firmeza que el senador nunca utilizara antes; todas esas
eran incoherencias que el ingenio de Garrió no lograba explicar. El liberto
había nacido y se había criado en el vicio; el vicio lo había alimentado, lo
había vestido, le había ganado la libertad, le había dado el carácter, la
reputación, el limitado poder de que gozaba: vivía en él como en la atmósfera
que respiraba; hablarle de una acción cuya única motivación fuera un principio
de integridad pura equivalía a plantearle un problema que no podía resolver. Y,
sin embargo, desde cierto punto de vista, resultaba imposible declararlo
totalmente indigno. Ignorante de toda distinción entre el bien y el mal, se
equivocaba al pensar debido a su absoluta incapacidad para considerar las cosas
de manera justa.
Por más que lo dejaran perplejo sus
instrucciones, las siguió en ese momento —y continuó siguiéndolas en los días
ulteriores— al pie de la letra. Si trabajar en pro de los intereses propios
fuera un arte, Carrio merecía ser profesor titular del mismo. Llegó a la casa
de la granja no ya puntualmente, sino antes de la hora fijada; y tras reunir al
honesto granjero y a los trabajadores, les explicó todos los particulares de la
autoridad que su patrón había depositado en él, con una florida y perentoria
solemnidad de palabra que desconcertó e impresionó a sus sencillos oyentes. Al
llegar al jardín encontró en él a Antonina y a Numeriano. A la joven la habían
llevado allí todos los días en una litera desde que se recuperara, y su padre
la había seguido. Ahora nunca se separaban; cuando la ansiedad por su hija se
hubo calmado, el anciano volvió a recordar de manera más precisa el terrible
descubrimiento que hiciera en el templo y la aún más terrible catástrofe
siguiente; y buscaba constante refugio contra el horror de sus recuerdos en la
presencia de su hija.
Durante la entrevista con el padre y la hija,
el liberto observó, por una vez en la vida, un respeto involuntario y sincero;
pero les habló brevemente y los volvió a dejar a solas enseguida. Aunque
humildes e indefensos, lo impresionaron; pensaban, hablaban, actuaban como
seres de naturaleza diferente a la suya; tenían una relación, aunque no sabía
cuál, con el misterio de la tumba del jardín; aun en presencia del emperador se
habría sentido seguro de sí mismo, pero en la de ellos se sentía confuso. Por
tanto, se dirigió al escenario más amable del festival que se celebraba en las
inmediaciones de la casa de la granja, para esperar allí la hora de la llegada
de su amo, y para reeditar su perplejidad con una nueva lectura de la carta de
Vetranio.
Ya se aproximaba la hora en que el liberto
debía regresar al sitio señalado. Enrolló cuidadosamente el pliego con las
instrucciones, se detuvo unos minutos para mirar con aire ausente las
diversiones que hasta ese momento llamaran tan poco su atención y, tras
volverles la espalda, atravesó el pinar para regresar a la granja. Sigámoslo.
Al otro lado de la arboleda, un sendero
llevaba a través de unos campos hasta la casa de la granja. Carrio vaciló un
momento; después avanzó lentamente para aguardar a su amo en el camino que
conducía a la calzada. En ese punto nos separaremos de él para acceder al
jardín por la verja de entrada.
Los árboles, los arriates de flores y los
trechos de hierba permanecían iguales; nada se había añadido o quitado desde
los melancólicos días de antaño, pero en la tumba de Hermanrico se apreciaba un
cambio. El césped que la cubría se había renovado, y en las orillas del sendero
abierto por Goisvintha alguien había sembrado pequeños arbustos de
siemprevivas. En un extremo del montículo se alzaba una cruz de mármol blanco
con una lacónica inscripción en latín: ORAD POR LOS MUERTOS.
La luz del sol alumbraba serena la tumba, y a
Numeriano y Antonina, sentados a su lado. A veces, cuando el jolgorio se hacía
más ruidoso en el bucólico festival, les llegaban sus ecos tenues, apagados; a
veces escuchaban las voces de los jornaleros de los campos vecinos, que
conversaban mientras trabajaban; pero ningún otro sonido era lo bastante fuerte
para que lo distinguieran. Los semblantes del padre y de la hija conservaban la
expresión de melancolía y debilidad que dejaran tras sí el dolor y el sufrimiento;
pero en ellos se leía también resignación y paz: una resignación acrecentada
por las duras lecciones del dolor; y una paz más pura porque se la transmitían
el uno a la otra, como el fuerte e inmortal amor del que nacía.
Había algo distinto en el aspecto y la actitud
de la joven, mientras estaba sentada pensando en el joven guerrero muerto en su
defensa y por su amor y trataba de acercar los arbustos para que crecieran más
cerca de la tumba, y ella, por mucho que hubiera cambiado, recordaba, aunque en
forma diferente, la antigua poesía y la serenidad de cuando la conociéramos
cantando al son de su laúd en el jardín de la colina Pinciana. La casa de la
granja no le producía sentimientos de horror y desesperación. El suyo no era el
dolor que se aparta egoísta de todo cuanto revive el recuerdo de los muertos; a
su memoria regresaban como espíritus guardianes cuyo retorno agradecía, y
dotaban de un mejor propósito a la vida más santa y de una naturaleza más noble
a los más puros pensamientos.
Permanecían así sentados junto a la tumba
—tristes, pero conformes; con los pies lastimados por su peregrinaje en la
vida, pero dispuestos a seguir con paciencia el viaje— cuando se oyó en el
sendero a sus espaldas un estruendo inusual, un sonido de ruedas en movimiento
mezclado con el eco confuso de voces. Miraron en esa dirección y vieron a
Vetranio que entraba en el jardín, solo, por la verja.
El senador avanzó lentamente; el insidioso
veneno que instilara en sus venas el Banquete del Hambre era palpablemente
visible cuando la clara luz del sol iluminaba su rostro pálido y consumido.
Sonrió bondadoso al dirigirse a Antonina; pero los sufrimientos físicos y la
agitación mental que esa sonrisa intentaba ocultar se revelaron en su voz
insegura.
—Esta es la última vez que nos veremos en
muchos años... puede que sea la última vez que nos vemos —dijo—. Sólo he
pospuesto el inicio de mi viaje para verte instalada como guardiana del sitio
que es el más precioso para ti en este mundo; ¡dueña de lo poco que te he dado!
Hizo una pausa momentánea y señaló a la tumba;
después continuó:
—¡Nunca sabrás, nunca podré decirte, cuánto te
debo! Recuerda sólo que me llevo conmigo tu recuerdo, como compañero en la
soledad hacia la que parto. ¡Haz por mí el esfuerzo de seguir tranquila, buena,
hasta feliz; y perdona al senador de antaño, sin olvidar al amigo que se aleja
hoy de ti enfermo y afligido, pero también paciente y esperanzado! ¡Adiós!
Su mano tembló al adelantarla; el rubor cubrió
las mejillas de la joven, que musitó unas confusas palabras de gratitud, y que,
inclinándose sobre ella, se la llevó a los labios. El corazón de Vetranio latió
con fuerza; la acción de la joven había revivido una esperanza que no se
atrevía a acariciar; pero contempló el rostro exangüe y triste de Antonina, la
tumba que se alzaba luctuosa a su lado, y volvió a sofocarla. Se demoró aún
unos instantes para despedirse del anciano, y después se volvió rápidamente,
atravesó la verja y desapareció de la vista de ambos.
Al volver a ocupar su sitio, Antonina mojó con
sus lágrimas el césped a sus pies. Cuando volvió a alzar el rostro y vio que su
padre la miraba, se apretó a su costado y rodeó su cuello con uno de sus
brazos; el otro fue bajando lentamente hasta que su mano se posó en las hojas
más altas de los arbustos que crecían alrededor de la tumba.
* * *
¿Permaneceremos aún algún tiempo en el jardín
de la casa de la granja? ¡No! ¡Para nosotros, como para Vetranio, ha llegado la
hora de partir! ¡Abandonemos la escena mientras la paz reina aún en torno a las
murallas de Roma, mientras los corazones del padre y de la hija siguen
reposando seguros tras las pruebas por las que se han visto obligados a pasar!
Aquí, al fin, se posa sobre un terreno apacible la narración que nos ha
conducido por una ruta oscura y tormentosa; ¡y aquí le daremos fin!
De la misma forma, el viajero que sigue el
curso de un río marcha durante el día entre las rocas y los precipicios que lo
bordean desde el escabroso manantial que le da origen, pero cuando se acerca la
noche, se detiene y descansa en el sitio donde la ribera está cubierta de
hierba y la corriente fluye tranquila.
FIN

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