© Libro N° 14078. Lección De
Historia. Clarke,
Arthur C. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © Lección De Historia. Arthur C.
Clarke
Versión Original: © Lección De Historia. Arthur C. Clarke
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Arthur C. Clarke
Lección De
Historia
Arthur C. Clarke
Nadie recordaba
cuándo había comenzado la tribu su largo peregrinaje. La tierra de las grandes
planicies onduladas que había sido su primer hogar era ya solamente un sueño
casi olvidado.
Durante muchos
años, Shann y su gente habían huido por un país de colinas bajas y lagos
resplandecientes, y ahora las montañas quedaban justo frente a ellos. Este
verano debían cruzarlas hacia las tierras del sur. No había tiempo que perder.
El terror blanco que había bajado de los Polos, convirtiendo los continentes en
polvo y congelando el aire mismo, se encontraba a menos de un día de marcha
tras ellos.
Shann se preguntaba
si los glaciares podrían escalar las montañas, y en su corazón se atrevía a
alimentar una llama de esperanza. Quizá serian una barrera a la cual, incluso
el despiadado hielo, golpearía en vano. En las tierras del sur de las que
hablaban las leyendas su gente encontraría un refugio al fin.
Llevó semanas
descubrir un paso por el cual pudieran viajar la tribu y los animales. Cuando
llegó el verano, acamparon en un solitario valle donde el aire era ligero y las
estrellas brillaban con una claridad nunca antes vista.
El verano llegaba a
su ocaso cuando Shann tomó a sus dos hijos y se adelantó para explorar el
camino. Ascendieron durante tres días, y durante tres noches durmieron lo mejor
que pudieron sobre las congeladas rocas. Y a la cuarta mañana no había nada
delante de ellos más que una suave pendiente hacia un montículo de piedras
grises, erigido siglos antes por otros viajeros.
Shann sintió que
temblaba, pero no de frío, mientras caminaban hacia la pequeña pirámide de
piedras. Sus hijos se habían quedado atrás. Nadie hablaba, pues había demasiado
en juego. En poco tiempo sabrían si todas sus esperanzas habían sido
traicionadas.
Al este y al oeste,
la pared de montañas se curvaba, como si abrazara la tierra a sus pies. Debajo
yacían incontables kilómetros de sinuosa llanura, a través de la cual
serpenteaba un río en sorprendentes meandros. Era una tierra fértil, en la que
la tribu podría cultivar sabiendo que no habría necesidad de huir antes de que
llegara la cosecha.
Entonces Shann
volvió sus ojos hacia el sur, y vio la ruina de todas sus esperanzas. Pues
allí, en la orilla del mundo, brillaba esa luz de muerte que tantas veces había
visto en el norte... el fulgor del hielo en el horizonte.
No había camino
hacia adelante. Durante todos los años de huida, los glaciares del sur habían
estado avanzando para encontrarse con ellos. Pronto serían aplastados por las
movedizas paredes de hielo...
Los glaciares del
sur alcanzaron las montañas una generación después. En ese último verano .los
hijos de Shann llevaron los tesoros sagrados de la tribu al solitario montículo
que dominaba la planicie. El hielo que antes había brillado en el horizonte se
encontraba ahora bajo sus pies. Para la primavera seguramente estaría
estrellándose contra las paredes de las montañas.
Nadie comprendía
los tesoros ahora. Pertenecían a un pasado demasiado distante para el entendi~
miento de cualquier hombre. Sus orígenes se perdían en las brumas que rodeaban
a la Edad de Oro, y cómo habían llegado a esta tribu errante era una historia que
jamás podría ser contada. Pues se trataba de la. historia de una civilización
que había quedado más allá recuerdo.
Antes, estas
tristes reliquias habían sido atesoradas por una buena razón; sin embargo,
ahora se habían vuelto sagradas a pesar de que su significado se había perdido.
La impresión de los viejos libros, se había desvanecido hacía siglos, aunque la
mayoría de las inscripciones eran aún visibles... si ,es que había algo que
leer. Pero muchas generaciones habían pasado desde que alguien usara un juego
de logaritmos de siete cifras, un atlas del mundo y la partitura de la Séptima
sinfonía de Sibelius, impresa, según la solapa, por H. K. Chu e Hijos, en la
ciudad de Pekín, en el año 2371 d.C.
Los viejos libros
fueron colocados reverentemente en la pequeña cripta construida para
recibirlos. Siguió una heterogénea colección de fragmentos: monedas de oro y
platino, una lente de telefoto rota, un reloj de pulsera, una lámpara de luz
f:ria, un micrófono, la navaja de una afeitadora eléctrica, algunos diminutos
tubos de radio... los restos olvidado cuando la gran marea de la civilización
hubo menguado para siempre.
Todos estos tesoros
fueron cuidadosamente almacenados en su lugar de reposo. Entonces vinieron tres
reliquias más, las más sagradas de todas por, ser las menos comprendidas.
La primera era una
pieza de metal de extraña forma, que mostraba la coloración del calor intenso.
A su manera, se trataba del más patético de todos estos símbolos del pasado,
pues representaba el mayor logro del hombre y el futuro que pudo haber conocido.
El pedestal de caoba sobre el cual estaba montada llevaba una placa de plata
con la inscripción:
Encendedor Auxiliar
del Motor de Estribor
Nave Espacial
Lucero del Alba
Tierra-Luna, 1985
d.C.
Después siguió otro
milagro de la ciencia antigua: una esfera de plástico transparente incrustada
con piezas de metal de formas raras. En su centro había una pequeñísima cápsula
de un radioelemento sintético, rodeada por las pantallas convertidoras que desplazaban
su radiación muy por debajo del espectro. En tanto que el material siguiera
activo, la esfera sería un diminuto transmisor de radio, que emitía energía en
todas direcciones. Sólo se habían fabricado unas cuantas de estas esferas. Se
les había diseñado para que fueran faros perpetuos que marcaran las órbitas de
los asteroides. Pero el hombre nunca había llegado a los asteroides y las
esferas jamás fueron usadas.
Lo último de todo
era una lata circular y plana, ancha en comparación con su profundidad. Estaba
fuertemente sellada, y sonaba cuando se le agitaba. Las enseñanzas de la tribu
predecían que sobrevendría el desastre si se abría, y nadie sabía qué contenía
una de las más grandes obras de arte de casi mil anos atrás.
El trabajo había
terminado. Los dos hombres hicieron rodar las rocas hasta su lugar original y
comenzaron a descender lentamente por la ladera,:de la montaña. Hasta el fin,
el hombre había pensado en el futuro y había intentado preservar algo para la
posteridad.
Aquel invierno, las
grandes olas de hielo comenzaron su primer asalto contra las montañas, atacando
de norte a sur. Sus faldas fueron abatidas con la primera embestida, y los
glaciares las trituraron y pulverizaron. Pero las montañas permanecieron firmes,
y cuando llegó el verano el hielo se retiró por un tiempo.
De este modo,
invierno tras invierno, la batalla continuó; y el rugido de las avalanchas, la
demolición de la roca y los estallidos del hielo llenaron el aire de conmoción.
Ninguna guerra del hombre fue tan feroz como ésta, e incluso sus batallas nunca
arrasaron al planeta de este modo.
Finalmente, las
marejadas de hielo comenzaron a amainar y descender lentamente por los flancos
de las montañas que en realidad nunca habían abandonado. Pero todavía tenían en
su poder los valles y los pasos. La batalla terminó en tablas. Los glaciares se
habían topado con su igual, pero su derrota fue demasiado tardía para ser de
alguna utilidad al hombre.
Así pasaron los
siglos, y pronto ocurrió algo que debe ocurrir por lo menos una vez en la
historia de cada mundo del universo, sin importar cuán remoto y solitario sea.
La nave de Venus
vino cinco mil años después, pero su tripulación no sabía nada de esto. A pesar
de estar a muchos millones de kilómetros de distancia, los telescopios habían
visto la mortaja de hielo que hacía de la Tierra el más brillante objeto en el cielo
después del sol.
Aquí y allá la
deslumbrante sábana estaba herida por manchas negras que revelaban la presencia
de las casi enterradas montañas. Eso era todo. Los océanos ondulantes, las
planicies y los bosques, los desiertos y los lagos: todo lo que antes fue el
mundo del hombre estaba sellado bajo el hielo, quizá para siempre.
La nave se acercó
progresivamente a la Tierra y estableció una órbita a menos de mil seiscientos
kilómetros. Durante cinco días circunvoló el planeta, a la vez que las cámaras
grababan todo aquello que se podía ver y cien instrumentos recogían información
que aportaría a los científicos venusinos muchos años de trabajo y esfuerzo.
No planeaban
aterrizar realmente..No parecía que tuviera mucho sentido. Pero al sexto día el
cuadro cambió. Un monitor panorámico, llevado al límite de su capacidad de
amplificación, pudo detectar la agonizante radiación del faro de cinco mil años
de edad. A través de los siglos, éste había estado enviando su señal con fuerza
cada vez más menguada, pues su corazón radioactivo se debilitaba continuamente.
El monitor se
inmovilizó sobre la frecuencia del faro. En la sala de control, una campana
sonó reclamando atención. Poco tiempo
después, la nave venusina se liberó de su órbita y se dirigió rumbo a la
Tierra, hacia una cordillera montañosa que todavía se erguía orgullosamente por
encima del hielo, un montículo de rocas grises que los años casi no habían
tocado.
El gran disco del
sol ardía ferozmente en un cielo libre del velo de la bruma, pues las nubes que
antaño escondían a Venus se habían retirado completamente. Cualquiera que
hubiese sido la fuerza que causó el cambio en la radiación solar había condenad
a una civilización pero dio origen a otra. ,Menos de cinco mil años antes, el
pueblo semisalvaje de Venus había visto el sol y las estrellas por primera vez.
Así como la ciencia de la Tierra había comenzado con la astronomía, lo mismo
había ocurrido con la de Venus, y en el cálido y rico mundo que el hombre nunca
vio, el progreso fue increíblemente rápido.
Quizá los
habitantes de Venus habían sido afortunados. Ellos nunca conocieron la Edad del
oscurantismo que encadenó al hombre durante mil ,años. igualmente se perdieron
el gran rodeo por la química y la mecánica, y llegaron de inmediato a las leyes
más fundamentales de la física de la radiación. En el periodo de tiempo que le
llevó al hombre evolucionar de las primitivas pirámides a las naves espaciales
de propulsión a chorro, los venusinos habían pasado del descubrimiento de la
agricultura a la antigravedad misma: el secreto esencial que en la Tierra el
hombre nunca logró.
El tibio océano que
aún albergaba la mayoría de la vida del joven planeta deslizó sus olas
lánguidamente por la arenosa orilla. Tan nuevo era este continente que las
arenas eran gruesas y ásperas. Todavía no había pasado suficiente tiempo para
que el mar las suavizara.
Los científicos
estaban metidos a medias en el agua; sus hermosos cuerpos de reptil brillaban
bajo la luz del sol. Las mejores mentes de Venus que se habían reunido en esta
orilla venían de todas las islas del planeta. No sabían qué escucharían,
excepto que estaba relacionado con el Tercer Planeta y la misteriosa raza que
lo había poblado antes de la llegada del hielo.
El Historiador
estaba parado sobre la tierra, pues los instrumentos que deseaba usar no tenían
ningún aprecio por el agua. A su lado se encontraba una gran máquina que atrajo
muchas miradas ansiosas de sus colegas. Se vinculaba claramente con la óptica, pues
un sistema de lentes proyectaba sobre una pantalla de material blanco a unos
doce metros de distancia.
El Historiador
comenzó a hablar. Recapituló brevemente lo poco que habían descubierto en
relación con el Tercer Planeta y su gente.
Mencionó los siglos
de investigaciones infructuosas que no habían logrado interpretar una sola
palabra de los escritos de la Tierra. El planeta estaba habitado por una raza
de gran habilidad técnica. Por lo menos eso se había comprobado gracias a las
pocas piezas de maquinaria que se habían encontrado en el montículo de la
montaña.
- No sabemos por
qué se extinguió una civilización tan avanzada -observó-. Es casi seguro que
tuviera el suficiente conocimiento para sobrevivir a una Edad de Hielo. Debió
de haber otro factor de1 cual no sabemos nada. Posiblemente, una enfermedad o
una degeneración racial fue la causante. Se ha sugerido que los conflictos
endémicos a nuestra propia especie en los tiempos prehistóricos continuaran en
el Tercer Planeta después del advenimiento de la tecnología.
»Algunos filósofos
sostienen que el conocimiento de las máquinas no implica necesariamente un
grado de civilización, y es teóricamente posible tener guerras en una sociedad
que posee poder mecánico, vuelo e incluso radio. Tal concepción es ajena a
nuestro pensamiento, pero debemos admitir la posibilidad. Con seguridad estaría
relacionada con ocaso de la raza perdida.
»Siempre se ha
asumido que nunca sabremos nada acerca de la forma física de aquellas criaturas
que vivieron en el Planeta Tres. Durante siglos, nuestros artistas han
representado escenas de la historia del mundo muerto, poblándolo con toda
suerte de seres fantásticos. La mayoría de estas creaciones se asemejan a
nosotros más o menos claramente, a pesar de que con frecuencia se ha señalado
que no porque nosotros seamos reptiles, toda la vida inteligente debe ser
necesariamente de nuestra especie.
«Ahora conocemos la
respuesta a uno de los más desconcertantes problemas de la historia. Al fin,
tras cientos de años de investigación, hemos descubierto la forma y naturaleza
exactas de la vida que rigió el Tercer Planeta.»
Hubo un murmullo de
asombro de los científicos allí reunidos. Algunos fueron sorprendidos de tal
manera que desaparecieron por un momento bajo la comodidad del océano; algo que
absolutamente todos los venusinos se inclinaban a hacer en momentos de tensión.
El Historiador esperó hasta que sus colegas emergieron del elemento que tanto
les disgustaba. Él, sin embargo, se encontraba bastante cómodo, gracias a las
pequeñas duchas que continuamente rociaban su cuerpo. Con su ayuda, podía vivir
sobre la tierra durante bastantes horas, antes de tener que volver de regreso
al océano.
La emoción
disminuyó gradualmente, y el conferencista continuó:
- Uno de los más
enigmáticos objetos encontrados en el Planeta Tres fue un recipiente plano de
metal que contenía una gran extensión de un material plástico transparente,
perforado en las orillas y enrollado firmemente a una bobina. Al principio,
esta cinta transparente no parecía tener ningún rasgo característico, pero un
examen con el nuevo microscopio subelectrónico ha demostrado que éste no es el
caso. A lo largo de la superficie del material, invisible a nuestros ojos pero
perfectamente claro bajo la radiación correcta, hay, literalmente, miles de
pequeñas pinturas. Se cree que fueron impresas sobre el material por algún
medio químico, y se han difuminado con el paso del tiempo.
»Aparentemente,
estos cuadros componen un registro de la vida del Tercer Planeta en la cumbre
de su civilización. No son independientes. Las pinturas consecutivas son casi
idénticas, y difieren únicamente en el pequeño detalle del movimiento. Sólo es
necesario proyectar las escenas en una rápida sucesión para provocar una
ilusión de movimiento continuo. Hemos fabricado una máquina para hacer esto, y
tengo aquí una reproducción exacta de la secuencia de cuadros.
»Las escenas de las
que ahora serán testigos nos llevan muchos miles de años atrás, hacia los días
grandiosos de nuestro hermano planeta. Muestran una civilización compleja,
muchas de cuyas actividades sólo podemos comprender vagamente. La vida parece
haber sido violenta y energética, y mucho lo que verán es un tanto misterioso.
»Es claro que el
Tercer Planeta estaba habitado por varias especies, ninguna de ellas de los
reptiles. Eso es un mazazo a nuestro orgullo, pero la conclusión es ineludible.
El tipo de vida dominante parece haber sido un bípedo de dos brazos. Caminaba
erguido y cubría su cuerpo con algún material flexible, probablemente para
protegerse del frío, pues incluso antes de la Edad de Hielo ese planeta estaba
a una temperatura mucho más baja que el nuestro. Pero no abusaré de su
paciencia durante más tiempo. Ahora verán el registro del cual he estado
hablando.»
El proyector
despidió una brillante luz. Hubo un suave zumbido, y sobre la pantalla
aparecieron cientos de seres extraños moviéndose bruscamente hacia adelante y
hacia atrás. La pintura se extendía para abrazar a- una de las criaturas, y los
científicos pudieron ver que la descripción del Historiador había sido
correcta.
La criatura tenía
dos ojos, colocados muy cerca el uno del otro, pero el resto de los adornos
faciales eran un tanto oscuros. Había un gran orificio en la porción baja de la
cabeza, que se abría y cerraba continuamente. Quizá tenía algo que ver con
respiración.
Los científicos
miraban hechizados cómo el extraño ser se veía involucrado en una serie de
aventuras fantásticas. Tenía un conflicto de increíble violencia con otra
criatura ligeramente diferente. Daba la sensación de que ambos debían morir,
pero cuando todo terminó ninguno parecía herido.
Entonces vino una
furiosa carrera por kilómetros de tierra en un artefacto mecánico con cuatro
ruedas, que era capaz de extraordinarias hazañas de locomoción. El recorrido
terminó en una ciudad atestada de vehículos moviéndose en todas direcciones a
velocidades pasmosas. Nadie parecía sorprendido de ver a dos de las máquinas
chocar de frente con resultados devastadores.
Después de eso, los
eventos se tornaron aún más complicados. Ahora era ya bastante obvio que
costaría muchos años de investigación analizar y comprender todo lo que estaba
ocurriendo. Quedaba también muy claro que el registro era una obra de arte,
algo estilizada, más que una reproducción, exacta de la vida tal como había
sido en el Tercer Planeta.
La mayoría de los
científicos se sentían completamente aturdidos cuando la secuencia de cuadros
terminó. Hubo una ráfaga final de movimiento, en la cual la criatura que había
sido el centro de interés se veía envuelta en una tremenda pero incomprensible catástrofe.
La pintura se contraía en un círculo, centrado en la cabeza de la criatura.
La última escena
era una imagen amplificada de su cara, que evidentemente expresaba alguna
poderosa emoción. Pero no se podía adivinar si era furia, dolor, desafío,
resignación o algún otro sentimiento. El cuadro se desvaneció. Por un momento
aparecieron algunas letras sobre la pantalla, y luego había terminado.
Hubo completo
silencio durante varios minutos, excepto por el suave chapoteo de las olas
sobre la arena. Los científicos estaban demasiado apabullados hablar. La fugaz
vista de la civilización terrestre había tenido un efecto aniquilador en sus
mentes. Luego comenzaron a hablar entre ellos unos pequeños grupos, primero en
murmullos y luego más y más fuertemente conforme las implicaciones de lo que
habían visto se esclarecían. Poco después, el Historiador solicitó atención y
se dirigió de nuevo a los allí reunidos.
- Estamos planeando
-dijo- un amplio programa de investigación para extraer todo el conocimiento
disponible en este registro. Se están elaborando miles de copias para su
posterior distribución a todos los trabajadores. Apreciarán ustedes los
problemas a los cuales nos estamos enfrentando. Los psicólogos en particular
tienen una inmensa tarea por delante.
»Pero no dudo que
tendremos éxito. En una generación más, ¿quién podrá decir que no habremos
comprendido a esta fantástica raza? Pero antes de irnos, veamos de nuevo a
nuestros primos lejanos, cuya sabiduría pudo haber superado a la nuestra, pero
de la cual ha sobrevivido tan poco.»
Una vez más, el
cuadro final fulguró sobre pantalla, esta vez inmóvil, pues el proyector había
sido detenido. Con algo semejante al espanto, los científicos pusieron su
atención en la imagen fija del pasado, mientras que a su vez el bípedo los
contemplaba con su característica expresión de mal carácter.
Por el resto del
tiempo simbolizaría a la raza humana. Los psicólogos de Venus analizarían sus
acciones y contemplarían cada uno de sus movimientos hasta que pudieran
reconstruir su mente. Se escribirían miles de libros sobre él. Intrincados
filósofos se las ingeniarían para explicar su conducta.
Sin embargo, toda
esta labor, todas estas investigaciones serían completamente inútiles. Quizá la
orgullosa y solitaria figura de la pantalla les sonreía sardónicamente a los
científicos que comenzaban su eterna y estéril búsqueda.
Su secreto estaría
seguro mientras el universo existiera, pues ahora nadie podría leer el perdido
lenguaje de la Tierra. Esas pocas palabras resplandecerían sobre la pantalla
millones de veces en las épocas por venir, y nadie lograría adivinar nunca su significado:

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