© Libro N° 14077. Expedición A
La Tierra. Clarke, Arthur
C. Emancipación. Julio 26 de 2025
Título Original: © Expedition to Earth [History
Lesson] © 1949.
Versión Original: © Expedición A La Tierra. Arthur C. Clarke
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Arthur
C. Clarke
Expedición A
La Tierra
Arthur C. Clarke
Nadie podía
recordar cuando la tribu había comenzado su largo viaje: el país de las grandes
llanuras ondulantes que había sido su primer hogar no era ya más que un sueño
semiolvidado. Durante muchos años, Shann y su pueblo habían estado huyendo a
través de un país de bajas colinas y resplandecientes lagos, y ahora se
enfrentaban con las montañas. Aquel verano tenían que cruzar las tierras del
sol, y quedaba poco tiempo que perder.
El blanco terror
que había descendido desde los polos, pulverizando continentes y helando al
aire mismo por delante, estaba a menos de un día de marcha tras ellos. Shann se
preguntaba si los Glaciares podrían trepar las montañas del frente, y se
atrevía a encender en su corazón una pequeña llama de esperanza. Podrían quizá
constituir una barrera frente a la cual incluso el despiadado hielo golpease en
vano. En las tierras del sur, de las que hablaban las leyendas, su pueblo tal
vez encontrase por fin un refugio.
Tardaron muchas
semanas en descubrir un paso a través del cual pudiera avanzar la tribu y sus
animales. A medio verano habían acampado en un solitario valle donde el aire
era tenue y las estrellas brillaban con un resplandor que nadie había nunca
visto antes. El verano se iba alejando cuando Shann y sus dos hijos salieron a
explorar el camino. Treparon durante tres días, y durante tres noches durmieron
lo mejor que pudieron sobre las heladas piedras. Y a la cuarta mañana ya no
quedaba más frente a ellos sino una suave pen¬diente hasta un montículo de
piedras grises ele¬vado por otros viajeros, hacía ya siglos.
Shann sintió que
temblaba, y no de frío, mien¬tras caminaban hacia la pequeña pirámide de
pie¬dras. Sus hijos se habían rezagado, y nadie hablaba, pues era mucho lo que
se jugaba. Dentro de poco sabrían si todas sus esperanzas habían sido
traicionadas.
Al este y al oeste,
la pared de montañas se cur¬vaba como abrazando las tierras del llano. Abajo
yacían inacabables kilómetros de llanura ondulan¬te, y un gran río serpenteaba
a su través formando enormes lazos. Era tierra fértil; tierra en la cual la tribu
podría trabajar en sus cultivos, sabiendo que no sería necesario huir antes de
la cosecha.
Y entonces Shann
levantó sus ojos hacia el sur y vio la ruina de todas sus esperanzas. Pues
allí, al borde del mundo, resplandecía la luz mortal que tantas veces había
visto hacia el norte: el brillo del hielo bajo el horizonte.
No se podía
adelantar. Durante todos los años de huida, los glaciares del sur habían estado
avanzando a su encuentro. Pronto serían aplasta¬dos entre las movedizas paredes
de hielo...
Los glaciares del
sur no llegaron a las montañas hasta una generación más tarde. En aquel último
verano, los hijos de Shann llevaron los sagrados tesoros de la tribu al
solitario montículo de piedras que dominaba la llanura. El hielo, que había
an¬taño resplandecido bajo el horizonte, estaba ahora casi a sus pies; por la
primavera estaría astillán¬dose contra las paredes de la montaña.
Ahora nadie
entendía los tesoros; procedían de un pasado demasiado distante para la
comprensión de ningún hombre. Sus orígenes se perdían en las nieblas que
rodeaban la Edad de Oro, y el cómo habían pasado finalmente a poder de esa
tribu trashumante, era una historia que ahora nunca sería contada. Pues era la
historia de una civiliza¬ción que había pasado más allá de todo recuerdo.
En un tiempo, todas
aquellas melancólicas reli¬quias habían sido guardadas como un tesoro por
alguna buena razón, y luego se habían convertido en sagradas, pero su
significado se había perdido. La letra de los viejos libros se había
desvanecido hacía siglos, si bien mucho era aún legible, si hu¬biese habido
alguien para leerlo. Pero habían pa¬sado muchas generaciones desde que alguien
había sabido utilizar un tomo de logaritmos de siete ci¬fras, un atlas del
mundo, y la partitura de la Séptima Sinfonía de Sibelius, impresa, según
re¬zaba la cubierta, por H. K. Chu e Hijos, en la ciudad de Pekín, en el año
2021 de J. C.
Colocaron
reverentemente los libros en la pe¬queña cripta que había sido construida para
reci¬birlos. Luego siguió una abigarrada colección de fragmentos; monedas de
oro y platino, una teleobjetivo fotográfico roto, un reloj, una lámpara de luz
fría, un micrófono, la cuchilla de una máquina de afeitar eléctrica, algunas
minúsculas válvulas de radio, la escoria que había quedado cuando la gran marea
de la civilización bajó para siempre. Todo ello fue cuidadosamente guardado en
su lugar de reposo. Luego venían tres reliquias más, las más sagradas de todas
por ser las que eran menos comprendidas.
La primera era una
pieza de metal de forma ex¬traña, del matiz del calor intenso. En cierto modo
era el más melancólico de todos aquellos símbolos del pasado, pues hablaba de
la mayor hazaña del Hombre, y del futuro que pudo haber conocido. El pie de caoba
sobre el cual estaba montado llevaba una placa de plata con la inscripción:
«Encendedor
auxiliar del chorro de estribor de la nave espacial Estrella Matutina.
Tierra-Luna, 1985 de J. C.»
Luego seguía otro
milagro de la ciencia antigua: una esfera de plástico transparente con piezas
de metal de raras formas incrustadas en su interior. En su centro había una
pequeña cápsula de un elemento radiactivo sintético, rodeado de las pantallas
de conversión que desplazaba su radiación hasta la parte baja del espectro. En
tanto que el material permaneciese activo, la esfera sería una pequeña estación
transmisora de radio que emitía en todas direcciones. Solamente se habían
construido unas cuantas de esas esferas, destinadas a ser faros perpetuos de
las órbitas de los Asteroi¬des. Pero el Hombre nunca alcanzó los Asteroides, y
los faros nunca fueron utilizados.
Finalmente había
una lata circular plana, muy ancha en relación con su profundidad. Estaba muy
bien sellada, y cuando se la agitaba emitía un rui¬do. La tradición de la tribu
predecía un desastre si jamás era abierta, y nadie sabía que contenía una de las
mayores obras de arte de hacía cerca de mil años.
Se había terminado
el trabajo. Los dos hombres hicieron rodar las piedras colocándolas en su
lu¬gar, y comenzaron lentamente a descender la montaña. Incluso al fin, el
Hombre había pensado en el futuro, y había tratado de conservar algo para la
posteridad.
Aquel invierno las
grandes oleadas de hielo co¬menzaron su primer asalto a las montañas, ata¬cando
por el norte y por el sur. Los pies de las colinas fueron avasallados al primer
empuje, y los glaciares las pulverizaron. Pero las montañas se mantuvieron firmes,
y cuando llegó el verano el hielo se retiró por un tiempo.
Y así, invierno
tras invierno, continuó la bata¬lla, y el rugido de los aludes, el rechinar de
las rocas y las explosiones del astillado hielo llenaron de fragor el aire.
Ninguna de las guerras del Hom¬bre había sido tan feroz, ni había sumergido al
globo más completamente que ésta. Hasta que al fin las olas de la marea del
hielo comenzaron a abatirse y a descender lentamente a lo largo de las laderas
de las montañas que no habían nunca dominado del todo; a pesar que los pasos y
los valles estaban aún firmemente en su poder. La lucha no se había decidido,
pues los glaciares ha¬bían encontrado un digno rival.
Pero su derrota
había llegado demasiado tarde para ser de alguna utilidad al hombre.
Así fueron
transcurriendo los siglos, hasta que ocurrió algo que tiene que suceder por
fuerza, por lo menos una vez en la historia de cada uno de los mundos del
universo, por remotos y solitarios que sean.
La nave de Venus
llegó cinco mil años dema¬siado tarde, pero su tripulación nada sabía de ello.
Desde muchos millones de kilómetros de distan¬cia, los telescopios habían visto
el gran sudario de hielo que hacía de la Tierra el objeto más brillante del cielo
después del mismo Sol. Aquí y allá la deslumbradora sábana se veía manchada por
ne¬gras motas que revelaban la presencia de monta¬ñas casi enterradas. Eso era
todo. Los océanos, las llanuras y los bosques, los desiertos y los lagos, todo
que había sido el mundo del Hombre, estaba sellado bajo el hielo, quizá para
siempre.
La nave se acercó a
la Tierra y estableció una órbita a unos mil kilómetros de distancia. Durante
cinco días circundó al planeta, mientras las cáma¬ras fotografiaban todo lo que
quedaba a la vista, y cien instrumentos recogían información que da¬ría años de
trabajo a los científicos venusianos. No se tenía intención de aterrizar, pues
no se veía razón para ello. Pero al sexto día el cuadro cam¬bió. Un avisador
panorámico, al límite de su am¬plificación, detectó la agonizante radiación del
viejo faro de cinco mil años. A través de los siglos ha¬bía estado enviando sus
señales, con fuerza cada vez menor, a medida que su corazón radiactivo iba
constantemente debilitándose.
El avisador
sintonizó la frecuencia del faro. En el cuarto de mandos, una campana demandó
aten¬ción. Un poco más tarde, la nave venusiana salió de su órbita y descendió
inclinándose hacia la Tie¬rra, en dirección a una cordillera que aún emer¬gía
orgullosa del hielo, y hacia un montículo de piedras grises que los años habían
apenas tocado.
* * *
El gran disco del
sol ardía ferozmente en un cielo que no estaba ya velado por las nubes, pues
las nubes que otrora ocultaran a Venus, se habían desvanecido por completo. La
fuerza que había ocasionado el cambio en la radiación solar, había condenado
una civilización, pero dado la vida a otra. Hacía menos de cinco mil años que
las gen¬tes semisalvajes de Venus habían visto el sol y las estrellas por vez
primera. La ciencia de la Tierra había comenzado con la astronomía, y lo mismo
había ocurrido con la de Venus, y en aquel mundo cálido y rico que el Hombre
nunca había visto, el progreso había sido increíblemente rápido.
Quizá los
venusianos habían sido afortunados. No conocieron nunca la Edad del
Oscurantismo que había mantenido encadenado al hombre du¬rante mil años; se
evitaron el largo camino indi¬recto a través de la química y de la mecánica, y
llegaron inmediatamente a las leyes más funda¬mentales de la física de la
radiación. En el tiempo que el hombre había requerido para pasar de las
Pirámides a las astronaves propulsadas por cohe¬tes, los venusianos habían
pasado del descubri¬miento de la agricultura a la misma antigravita¬ción, el
secreto final que el Hombre nunca había aprendido.
El tibio océano,
que todavía contenía la mayor parte de la vida del cálido planeta, proyectaba
lánguidamente sus olas contra la playa arenosa. Tan nuevo era aquel continente
que incluso las arenas eran gruesas y agudas; el mar no había te¬nido aún
tiempo de suavizarlas. Los científicos es¬taban echados, sumergidos a medias en
el agua, y sus hermosos cuerpos de reptiles brillaban a la luz del sol. Las
mejores mentes de Venus se habían congregado en aquella orilla desde todas las
islas del planeta. No sabían aún lo que iban a oír, ex¬cepto que se refería al
Tercer Mundo y a la raza misteriosa que lo había poblado antes de la lle¬gada
del hielo.
El Historiador
estaba sobre tierra, pues a los instrumentos que iba a emplear no les gustaba
el agua. A su lado había una gran máquina que atra¬jo muchas curiosas miradas
de sus colegas. Estaba evidentemente relacionada con la óptica, pues lle¬vaba
un sistema de lentes dirigido hacia una pan¬talla de material blanco emplazada
a una docena de metros.
El Historiador
comenzó a hablar. Recapituló brevemente lo poco que se había descubierto
referente al Tercer Planeta y su gente. Mencionó los siglos de investigación
infructuosa que habían fra¬casado en la investigación de uno solo de los
es¬critos de la Tierra. Aquel planeta había sido ha¬bitado por una raza de gran
habilidad técnica; eso, por lo menos, quedaba demostrado por las escasas piezas
de maquinaria que habían sido halladas bajo el montón de piedras de la montaña.
-No sabemos por qué
se extinguió una civili¬zación tan avanzada. Casi con seguridad sabía lo
suficiente para sobrevivir un Período Glacial. Debe haber habido algún otro
factor del cual nada sabemos. Quizá fue culpa de alguna enfer-medad o de alguna
degeneración racial. Ha sido, incluso, sugerido que los conflictos de tribu,
endémicos en nuestra propia especie en tiempos prehistóricos, pueden haber
continuado en el Tercer Planeta después de la introducción de la tecnología.
Algu¬nos filósofos mantienen que los conocimientos de maquinaria no implican
necesariamente un eleva¬do grado de civilización, y que es teóricamente
po¬sible que haya guerras en una sociedad que posea fuerza mecánica, navegación
aérea e incluso ra¬dio. Tal concepción es extraña a nuestras ideas, pero
debemos admitir su posibilidad, y evidente¬mente explicaría la perdición de
aquella raza.
»Se había siempre
supuesto que nunca sabríamos algo respecto a la forma física de las criaturas
que habitaron el Tercer Planeta. Durante siglos nues¬tros artistas han estado
representando escenas de la historia de aquel mundo muerto, poblándolo de toda
clase de seres fantásticos. La mayor parte de tales creaciones se nos han
asemejado más o menos, a pesar que se ha indicado con fre¬cuencia que el hecho
que nosotros seamos rep¬tiles no significa que toda la vida inteligente deba
necesariamente ser reptil. Ahora conocemos la respuesta a uno de los problemas
más desconcer¬tantes de la historia. Por fin, después de quinien-tos años de
investigación, hemos descubierto la forma exacta y la naturaleza de la vida
rectora del Tercer Planeta.
De los científicos
allí reunidos se alzó un mur¬mullo de asombro. A algunos les tomó tan de
sor¬presa, que desaparecieron un rato en la comodidad del océano, como
acostumbran a hacer todos los venusianos en momentos de tensión. El
Historia¬dor esperó hasta que sus colegas hubiesen reapa¬recido sobre el
elemento que tan poco les agrada¬ba. Él mismo se sentía cómodo, gracias a las
pe¬queñas salpicaduras que le llegaban continuamen¬te al cuerpo; debido a
ellas, podía vivir muchas ho¬ras sobre tierra, sin tener que retornar al
océano.
La agitación se
calmó lentamente y el confe¬renciante prosiguió:
-Uno de los objetos
más desconcertantes entre los hallados en el Tercer Planeta era un recipien¬te
metálico plano que contenía una gran cinta de material plástico transparente,
perforado por los bordes y arrollado apretadamente formando un carrete. Esa cinta
transparente pareció al principio estar desprovista de rasgos característicos,
pero al ser examinada con el nuevo microscopio subelectrónico se vio que no era
así. A lo largo de la superficie del material, e invisibles a nuestros ojos,
pero perfectamente definidas bajo una radiación adecuada, hay literalmente
miles de pequeñas imágenes. Se cree que fueron impresas sobre el material por
algún procedimiento químico, y que se han desvanecido al correr el tiempo.
»Tales imágenes
forman, al parecer, un docu¬mento de la vida tal como era sobre el Tercer
Planeta en el apogeo de su civilización. No son independientes; imágenes
consecutivas son casi idénticas, difiriendo solamente en detalles de
mo¬vimiento. El objeto de tal grabación es obvio; so¬lamente se requiere
proyectar las escenas en rápi¬da sucesión para crear la ilusión de un
movimien¬to continuo. Hemos construido una máquina para hacerlo, y aquí tengo
una reproducción exacta de la serie de imágenes.
»Las escenas que
ahora van a contemplar, nos transportan a muchos miles de años atrás, a los
grandes días del planeta hermano. Presentan una civilización muy compleja,
muchas de cuyas acti¬vidades sólo podemos comprender vagamente. La vida parece
haber sido muy violenta y muy enér¬gica, y mucho de lo que verán, es bastante
des¬concertante.
»Es evidente que el
Tercer Planeta estaba habi¬tado por cierto número de especies, ninguna de las
cuales era reptil. Eso es un golpe para nuestro orgullo, pero la conclusión es
inevitable. El tipo de vida dominante parece haber sido un bípedo de dos brazos,
que caminaba erguido y cubría su cuerpo con una especie de material flexible,
seguramente para resguardarse contra el frío, ya que incluso antes de la Edad
de Hielo aquel pla¬neta estaba a una temperatura muy inferior a la de nuestro
propio mundo.
»Pero no quiero
abusar más de vuestra pacien¬cia. Ahora verán la grabación de la que les he
estado hablando.
Una brillante luz
salió del proyector. Se oyó un suave zumbido, y aparecieron sobre la pantalla
cientos de extraños seres que se movían algo rígi¬damente de un lado a otro. La
imagen se ensanchó para abarcar a una de aquellas criaturas, y los científicos
pudieron comprobar que la descripción del Historiador había sido correcta. La
criatura poseía dos ojos, colocados bastante juntos, pero los demás adornos
faciales resultaban algo confusos. Había un gran orificio en la parte inferior
de la cabeza que estaba continuamente abriéndose y ce¬rrándose, y que
posiblemente estaba en cierto mo¬do relacionado con la respiración de la
criatura.
Los científicos
contemplaron fascinados cómo aquellos extraños seres se veían complicados en
una serie de aventuras fantásticas. Había una lu¬cha increíblemente violenta
con otra criatura algo diferente. Parecía cierto que ambos debían resul¬tar
muertos, pero no; al terminar, ninguno de los dos parecía haber sufrido nada.
Luego venía una furiosa carrera sobre kilómetros de campo en un artefacto
mecánico de cuatro ruedas capaz de ex¬traordinarias hazañas de locomoción. La
carrera terminaba en una ciudad llena de otros vehículos que se movían en todas
direcciones a velocidades de espanto. Nadie se sorprendió al ver que dos de las
máquinas chocaban de frente, con resultado devastador.
Después de aquello,
los acontecimientos resulta¬ban aún más complicados. Era evidente que se
requerirían muchos años de investigación para analizar todo lo que allí
ocurría. Se comprendía también claramente que aquello era una obra de arte,
algo estilizada, más bien que una reproduc¬ción exacta de la vida tal como
había sido sobre el Tercer Planeta.
Cuando terminó la
sucesión de imágenes, la ma¬yor parte de los científicos estaban anonadados.
Había una ráfaga final de movimiento, durante la cual la criatura que había
sido el centro del inte¬rés, se veía envuelta en una catástrofe tremenda, pero
incomprensible. La imagen se contrajo hasta quedar reducida a un círculo,
centrado en la ca¬beza de aquella criatura. La última escena era la imagen
ampliada de su cara, que evidentemente expresaba alguna fuerte emoción, sin que
pudiera adivinarse si era de rabia, pena, desafío, resigna¬ción, u otro sentimiento.
La imagen se
desvaneció; por un instante apare¬cieron en la pantalla algunas letras, y luego
todo terminó.
Durante varios
minutos reinó un completo si¬lencio, salvo por el susurro de las olas sobre la
arena. Los científicos estaban demasiado anonada¬dos para hablar. Aquella
pasajera visión de la civilización de la Tierra había producido un efecto
devastador sobre sus mentes. Y entonces comenzaron a hablar en pequeños grupos,
comentando, primeramente en murmullos, y luego en voz más alta, a medida que
aparecía más claro el signifi¬cado de lo que acababan de ver. Luego el
Histo¬riador reclamó de nuevo su atención:
-Proyectamos ahora
-comenzó-, un vasto programa de investigación para extraer de esa grabación
toda la información posible. Ya se da¬rán cuenta de los problemas planteados;
especial¬mente los psicólogos se enfrentan con una tarea inmensa. Pero no dudo
que tendremos éxito. Dentro de otra generación, ¿quién sabe lo que ha¬bremos
llegado a saber de esa maravillosa raza? Antes de terminar, contemplemos
nuevamente a nuestros remotos parientes, cuya sabiduría quizá sobrepasó la
nuestra, pero de quienes tan poco ha sobrevivido.
Una vez más
apareció sobre la pantalla la ima¬gen final, inmóvil esta vez, pues se había
deteni¬do el proyector. Con un sentimiento semejante al respeto, los
científicos contemplaron aquella está¬tica figura del pasado, mientras a su vez
el pe¬queño bípedo les contemplaba con su caracterís¬tica expresión de un mal
genio arrogante.
Para siempre este
sería el símbolo de la raza humana. Los psicólogos de Venus analizarían sus
acciones y observarían todos sus movimientos has¬ta que pudiesen reconstruir su
mente. Se escribi¬rían sobre él miles de libros. Se idearían compli¬cadas
filosofías para explicar su comportamiento. Pero todo aquel trabajo, toda
aquella investiga¬ción, sería en vano.
Quizá aquella
solitaria y orgullosa figura de la pantalla sonreía sardónicamente a los
científicos, que comenzaban su trabajo, interminable e inútil. Su secreto
estaría seguro en tanto durase el uni¬verso, pues nadie conseguiría nunca leer
el perdi¬do lenguaje de la Tierra. Millones de veces en los siglos por venir,
resplandecerían sobre la pantalla aquellas últimas palabras, y nadie adivinaría
nun¬ca su significado:
Una Producción Walt
Disney.
F I N

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