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Libro N° 14056. Principios De La Economía Política. Mill, John Stuart.

 


© Libro N° 14056. Principios De La Economía Política. Mill, John Stuart.  Emancipación. Julio 19 de 2025

  

Título Original: © Principios De La Economía Política. John Stuart Mill

 

Versión Original: © Principios De La Economía Política. John Stuart Mill

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LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRINCIPIOS DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

John Stuart Mill

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Principios De La Economía Política

John Stuart Mill

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título: Principios de Economía Política

 

Autor: John Stuart Mill

 

Editor: J. Laurence Laughlin

 

Fecha de lanzamiento: 27 de septiembre de 2009 [eBook n.° 30107]

Última actualización: 4 de octubre de 2022

 

Idioma: Inglés

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Principios De La Economía Política

 

Por

 

John Stuart Mill

 

Abreviado, con reseñas críticas y bibliográficas,

 

y notas explicativas y un bosquejo

 

de la Historia de la Economía Política,

 

Por

 

J. Laurence Laughlin, Ph. D.

 

Profesor adjunto de Economía Política en la Universidad de Harvard

 

Un libro de texto para universidades.

 

Nueva York:

 

D. Appleton y compañía,

 

1, 3 y 5 Bond Street.

 

1885

 

 

 

 

 

Contenido

Prefacio.

Introductorio.

Un bosquejo de la historia de la economía política.

Libros de consulta (de autores ingleses, franceses y alemanes).

Observaciones preliminares.

Libro I. Producción.

Capítulo I. De los Requisitos de la Producción.

§ 1. Los requisitos de la producción.

§ 2. El segundo requisito de la producción: el trabajo.

§ 3. Del capital como requisito de la producción.

Capítulo II. Del trabajo improductivo.

§ 1. Definición de trabajo productivo e improductivo.

§ 2. Consumo productivo e improductivo.

§ 3. Distinción entre trabajo para el suministro de consumo productivo y trabajo para el suministro de consumo improductivo.

Capítulo III. Del Capital.

§ 1. El capital es riqueza apropiada para el empleo reproductivo.

§ 2. Más capital dedicado a la producción que el realmente empleado en ella.

§ 3. Examen de casos ilustrativos de la idea del capital.

Capítulo IV. Proposiciones fundamentales respecto del capital.

§ 1. La industria está limitada por el capital.

§ 2. El aumento del capital da mayor empleo al trabajo, sin límites asignables.

§ 3. El capital es resultado del ahorro y todo capital se consume.

§ 4. El capital se mantiene gracias a la reproducción perpetua, como lo demuestra la recuperación de los países de la devastación.

§ 5. Efectos de la sufragación de los gastos del Gobierno mediante préstamos.

§ 6. La demanda de mercancías no es demanda de trabajo.

Capítulo V. Del capital circulante y fijo.

§ 1. Capital fijo y circulante.

§ 2. Aumento del capital fijo, cuando, a expensas del circulante, pueda ser perjudicial para los trabajadores.

§ 3. —Esto rara vez, o nunca, ocurre.

Capítulo VI. De las causas que afectan la eficiencia de la producción.

§ 1. Causas generales de la productividad superior.

§ 2. La combinación y la división del trabajo aumentan la productividad.

§ 3. Ventajas de la división del trabajo.

§ 4. Producción en gran escala y producción en pequeña escala.

Capítulo VII. De la Ley del Aumento del Trabajo.

§ 1. La ley del aumento de la producción depende de tres elementos: trabajo, capital y tierra.

§ 2. La Ley de Población.

§ 3. Con qué frenos se limita prácticamente el aumento de la población.

Capítulo VIII. De la Ley de Aumento de Capital.

§ 1. Medios para ahorrar en el excedente de artículos necesarios.

§ 2. Motivo del ahorro en el excedente de lo necesario.

§ 3. Ejemplos de deficiencia en la fuerza de este deseo.

§ 4. Ejemplos de exceso de este deseo.

Capítulo IX. De la Ley del Aumento de la Producción de la Tierra.

§ 1. La ley de la producción a partir del suelo, ley de rendimiento decreciente en proporción a la mayor aplicación del trabajo y del capital.

§ 2. Principio antagonista de la ley de rendimiento decreciente: el progreso de las mejoras en la producción.

§ 3. —En los ferrocarriles.

§ 4. —En las manufacturas.

§ 5. El derecho se aplica a la minería.

Capítulo X. Consecuencias de las leyes anteriores.

§ 1. Remedios para la debilidad del principio de acumulación.

§ 2. Incluso donde el deseo de acumular es fuerte, la población debe mantenerse dentro de los límites de la población procedente de la tierra.

§ 3. La necesidad de restringir la población no queda sustituida por el libre comercio de alimentos.

§ 4. —Ni por emigración.

Libro II. Distribución.

Capítulo I. De la Propiedad.

§ 1. La propiedad individual y sus oponentes.

§ 2. Se presenta el argumento del comunismo contra la propiedad privada.

§ 3. Los socialistas que recurren a la ayuda estatal.

§ 4. De varios esquemas menores, comunistas y socialistas.

§ 5. Se examinan las objeciones socialistas al actual orden de la Sociedad.

§ 6. La propiedad sobre la tierra es distinta de la propiedad sobre la cosa mueble.

Capítulo II. De los Salarios.

§ 1. De la competencia y de la costumbre.

§ 2. El Fondo de Salarios y las objeciones que se le plantean.

§ 3. Examen de algunas opiniones populares respecto a los salarios.

§ 4. Salvo ciertas circunstancias raras, los salarios altos implican restricciones a la población.

§ 5. La debida restricción de la población es la única salvaguardia de la clase trabajadora.

Capítulo III. De los remedios para los bajos salarios.

§ 1. Un salario mínimo legal o consuetudinario, con garantía de empleo.

§ 2. —Exigiría como condición medidas legales de represión de la población.

§ 3. Subsidios para el aumento del salario y del nivel de vida.

§ 4. Razones para esperar una mejora en la opinión pública sobre el tema de población.

§ 5. Dos medios para elevar los hábitos del pueblo trabajador: la educación y la colonización nacional y extranjera.

Capítulo IV. De las diferencias de salarios en los distintos empleos.

§ 1. Diferencias de salarios resultantes de distintos grados de atractivo en distintos empleos.

§ 2. Diferencias derivadas de los Monopolios Naturales.

§ 3. Efecto sobre los salarios de la competencia de personas que tienen otros medios de subsistencia.

§ 4. Salarios de las mujeres, ¿por qué son inferiores a los de los hombres?

§ 5. Diferencias de salarios originadas por leyes, combinaciones o costumbres.

Capítulo V. De las Ganancias.

§ 1. Las utilidades incluyen los intereses y los riesgos; pero, propiamente hablando, no incluyen los salarios de la superintendencia.

§ 2. El Mínimo de Utilidades; lo que produce Variaciones en la Cuantía de las Utilidades.

§ 3. Tendencia general de las ganancias a la igualdad.

§ 4. La causa de la existencia de cualquier ganancia: los adelantos de los capitalistas consisten en los salarios del trabajo.

§ 5. La tasa de ganancia depende del coste del trabajo.

Capítulo VI. De la renta.

§ 1. La renta como efecto de un monopolio natural.

§ 2. Ninguna tierra puede pagar renta excepto la tierra de tal calidad o situación que exista en menor cantidad que la demanda.

§ 3. La renta de la tierra es el exceso de su rendimiento sobre el rendimiento de la peor tierra en cultivo.

§ 4. —O al capital empleado en las circunstancias menos ventajosas.

§ 5. Opiniones opuestas sobre la ley de alquileres.

§ 6. La renta no entra en el costo de producción de los productos agrícolas.

Libro III. Intercambio.

Capítulo I. Del Valor.

§ 1. Definiciones de valor de uso, valor de cambio y precio.

§ 2. Condiciones del valor: utilidad, dificultad de obtención y transferibilidad.

§ 3. Mercancías limitadas en cantidad por la ley de oferta y demanda: Funcionamiento general de esta Ley.

§ 4. Casos varios comprendidos en la presente Ley.

§ 5. Mercancías susceptibles de multiplicación indefinida sin aumento de coste. Ley de su valor: coste de producción.

§ 6. El valor de estos bienes se confirma, a largo plazo, con su costo de producción a través de la interacción de la demanda y la oferta.

Capítulo II. Análisis definitivo del coste de producción.

§ 1. Del trabajo, elemento principal del coste de producción.

§ 2. Los salarios afectan los valores, sólo si son diferentes en distintos empleos; “grupos no competidores”.

§ 3. Las utilidades son un elemento del costo de producción.

§ 4. El coste de producción propiamente representado por el sacrificio o coste, tanto para el trabajador como para el capitalista; la relación de esta concepción con el coste del trabajo.

§ 5. Cuando los beneficios varían de un Empleo a otro, o se distribuyen en períodos desiguales de tiempo, afectan en consecuencia a los Valores.

§ 6. Elementos ocasionales del costo de producción: impuestos y rentas del suelo.

Capítulo III. De la renta en su relación con el valor.

§ 1. Mercancías susceptibles de multiplicación indefinida, pero no sin aumento de costo. Ley de su valor, costo de producción en las circunstancias más desfavorables.

§ 2. Dichas mercancías, cuando se producen en circunstancias más favorables, producen una renta igual a la diferencia de costos.

§ 3. Rentas de minas y pesquerías, rentas del suelo de edificios y casos de ganancia análogos a la renta.

§ 4. Resumen de las leyes del valor de cada una de las tres clases de mercancías.

Capítulo IV. Del Dinero.

§ 1. Las tres funciones del dinero: un denominador común de valor, un medio de intercambio, un “patrón de valor”.

§ 2. Oro y plata, ¿por qué son aptos para esos fines?

§ 3. El dinero es un mero invento para facilitar los intercambios, que no afecta las leyes del valor.

Capítulo V. Del valor del dinero en función de la demanda y la oferta.

§ 1. Valor del dinero, expresión ambigua.

§ 2. El valor del dinero depende de su cantidad.

§ 3. —Junto con la rapidez de la circulación.

§ 4. Explicaciones y limitaciones de este principio.

Capítulo VI. Del valor del dinero en función del coste de producción.

§ 1. El valor del Dinero, en estado de Libertad, se conforma al valor del Metal que en él se contiene.

§ 2. —Que se determina por el costo de producción.

§ 3. Esta ley, ¿cómo se relaciona con el principio establecido en el capítulo anterior?

Capítulo VII. Del doble patrón y de las monedas subsidiarias.

§ 1. Objeciones a un doble rasero.

§ 2. El uso de los dos metales como dinero y la gestión de las Monedas Subsidiarias.

§ 3. La experiencia de los Estados Unidos con un doble rasero de 1792 a 1883.

Capítulo VIII. Del crédito como sustituto del dinero.

§ 1. El crédito no es una creación sino una transferencia de los medios de producción.

§ 2. De qué manera ayuda a la producción.

§ 3. Función del Crédito en la economización del uso del Dinero.

§ 4. Letras de cambio.

§ 5. Pagarés.

§ 6. Depósitos y cheques.

Capítulo IX. Influencia del crédito sobre los precios.

§ 1. Lo que actúa sobre los precios es el Crédito, cualquiera que sea la forma en que se presente.

§ 2. El crédito tiene un poder adquisitivo, similar al dinero.

§ 3. Grandes extensiones y contracciones del crédito. Análisis de los fenómenos de una crisis comercial.

§ 4. Influencia de las diferentes formas de Crédito sobre los Precios.

§ 5. De qué depende el uso del Crédito.

§ 6. ¿Qué es esencial a la idea del Dinero?

Capítulo X. De un papel moneda inconvertible.

§ 1. ¿Qué determina el valor de un papel moneda inconvertible?

§ 2. Si se regula por el precio del lingote, como moneda inconvertible, puede ser seguro, pero no conveniente.

§ 3. Examen de la doctrina de que una Corriente inconvertible es segura, si representa Propiedad real.

§ 4. Experimentos con papel moneda en los Estados Unidos.

§ 5. Examen de la ganancia proveniente del aumento y emisión de papel moneda.

§ 6. Resumen del tema del dinero.

Capítulo XI. Del Exceso de Oferta.

§ 1. Se enuncia la teoría de un exceso general de oferta de mercancías.

§ 2. El suministro de mercancías en general no puede exceder la capacidad de compra.

§ 3. Nunca puede haber falta de demanda por falta de deseo de consumir.

§ 4. Origen y explicación de la noción de sobreoferta general.

Capítulo XII. De algunos casos peculiares de valor.

§ 1. Valores de mercancías que tienen un coste de producción conjunto.

§ 2. Valores de las diferentes especies de productos agrícolas.

Capítulo XIII. Del Comercio Internacional.

§ 1. El costo de producción no es un regulador de los valores internacionales. Ampliación del término «internacional».

§ 2. El intercambio de mercancías entre lugares distantes está determinado por diferencias no en sus costos absolutos, sino en los comparativos de producción.

§ 3. Los beneficios directos del comercio consisten en una mayor eficiencia de los poderes productivos del mundo.

§ 4. —Ni en un respiradero para las exportaciones, ni en las ganancias de los comerciantes.

§ 5. Beneficios indirectos del Comercio, Económicos y Morales; aún mayores que los Directos.

Capítulo XIV. De los Valores Internacionales.

§ 1. Los valores de las mercancías importadas dependen de las condiciones del intercambio internacional.

§ 2. Los valores de los productos extranjeros no dependen del costo de producción, sino de la demanda y la oferta recíprocas.

§ 3. —Como lo ilustra el comercio de telas y lino entre Inglaterra y Alemania.

§ 4. La conclusión se establece en la Ecuación de Demanda Internacional.

§ 5. El costo que para un país suponen sus importaciones depende no sólo de la relación de intercambio, sino de la eficiencia de su trabajo.

Capítulo XV. Del dinero considerado como mercancía importada.

§ 1. El dinero se importa de dos maneras: como mercancía y como medio de cambio.

§ 2. Como mercancía, obedece a las mismas leyes de valor que las demás mercancías importadas.

Capítulo XVI. De las Divisas.

§ 1. El dinero pasa de un país a otro como medio de intercambio, a través de las Bolsas.

§ 2. Distinción entre las variaciones en los Cambios que se autoajustan y aquellas que sólo pueden rectificarse mediante los Precios.

Capítulo XVII. De la distribución de los metales preciosos a través del mundo comercial.

§ 1. La sustitución del trueque por el dinero no produce diferencia alguna en las exportaciones e importaciones ni en la Ley de Valores Internacionales.

§ 2. El teorema anterior se ilustra con más detalle.

§ 3. Los metales preciosos, como dinero, tienen el mismo valor y se distribuyen según la misma ley que los metales preciosos como mercancía.

§ 4. Pagos internacionales que ingresan a la “cuenta financiera”.

Capítulo XVIII. Influencia de la moneda en los cambios y en el comercio exterior.

§ 1. Variaciones del cambio, que tengan su origen en la Moneda.

§ 2. Efecto del aumento repentino de una Moneda metálica, o de la creación repentina de Billetes de Banco u otros sucedáneos del Dinero.

§ 3. Efecto del aumento de un papel moneda inconvertible. Cambio real y nominal.

Capítulo XIX. Del tipo de interés.

§ 1. El tipo de interés depende de la demanda y la oferta de préstamos.

§ 2. Circunstancias que determinan la demanda y oferta permanentes de préstamos.

§ 3. Circunstancias que determinan las fluctuaciones.

§ 4. El tipo de interés no está realmente relacionado con el valor del dinero, pero a menudo se confunde con él.

§ 5. El tipo de interés determina el precio de los terrenos y de los valores.

Capítulo XX. De la Competencia de Diferentes Países en un Mismo Mercado.

§ 1. Causas que permiten a un país vender a un precio inferior al de otro.

§ 2. Los salarios elevados no impiden que un país venda salarios más bajos que otro.

§ 3. Los salarios bajos permiten a un país vender más barato que otro, cuando esto es propio de ciertas ramas de la industria.

§ 4. —Pero no cuando es común a todos.

§ 5. Bajas utilidades que afectan al comercio exterior.

Capítulo XXI. De la distribución, según se afecta por el intercambio.

§ 1. El cambio y el dinero no hacen diferencia en la ley del salario.

§ 2. En la ley de alquileres.

§ 3. —Ni en la ley de Ganancias.

Libro IV. Influencia del progreso de la sociedad en la producción y la distribución.

Capítulo I. Influencia del progreso de la industria y de la población sobre los valores y los precios.

§ 1. Tendencia del progreso de la sociedad hacia un mayor dominio sobre los poderes de la Naturaleza; mayor seguridad y mayor capacidad de cooperación.

§ 2. Tendencia a la disminución del valor y del coste de producción de todas las mercancías.

§ 3. —excepto los productos de la Agricultura y de la Minería, que tienen tendencia a subir.

§ 4. —esa tendencia que de tiempo en tiempo se ve contrarrestada por mejoras en la producción.

§ 5. Efecto del Progreso de la Sociedad en la moderación de las fluctuaciones del Valor.

Capítulo II. Influencia del progreso de la industria y de la población sobre las rentas, los beneficios y los salarios.

§ 1. Rasgos característicos del progreso industrial.

§ 2. Primeros dos casos, Población y Capital en aumento, estancadas las artes de producción.

§ 3. Las artes de la producción avanzan, el capital y la población se mantienen estacionarios.

§ 4. Resultados teóricos, si los tres elementos son progresivos.

§ 5. Resultados prácticos.

Capítulo III. De la tendencia de las utilidades al mínimo.

§ 1. Diferentes teorías sobre la caída de las ganancias.

§ 2. ¿Qué determina la tasa mínima de ganancia?

§ 3. En los países antiguos y opulentos, las ganancias suelen estar próximas al mínimo.

§ 4. —impedidos de alcanzarlo por revulsiones comerciales.

§ 5. —por mejoras en la producción.

§ 6. —por la importación de artículos necesarios y útiles baratos.

§ 7. —por la emigración del Capital.

Capítulo IV. Consecuencias de la tendencia de las ganancias al mínimo y del estado estacionario.

§ 1. La abstracción de capital no es necesariamente una pérdida nacional.

§ 2. En los países opulentos, la extensión de la maquinaria no es perjudicial sino beneficiosa para los trabajadores.

§ 3. El estado estacionario de riqueza y población es temido por algunos escritores, pero no indeseable en sí mismo.

Capítulo V. Del posible futuro de las clases trabajadoras.

§ 1. La posibilidad de mejora mientras los trabajadores sigan siendo meros receptores de salarios.

§ 2.—a través de pequeñas propiedades, en las que se comparte la ganancia del terrateniente.

§ 3. —mediante cooperación, por la cual se reparten los salarios del gerente.

§ 4. Cooperación distributiva.

§ 5. Cooperación productiva.

§ 6. Sociedad Industrial.

§ 7. Bancos Populares.

Libro V. De la influencia del gobierno.

Capítulo I. De los Principios Generales de la Tributación.

§ 1. Cuatro reglas fundamentales de la Tributación.

§ 2. Fundamento del principio de igualdad tributaria.

§ 3. ¿Debe aplicarse el mismo porcentaje a todas las cantidades de ingresos?

§ 4. ¿Debe aplicarse el mismo porcentaje a las rentas perpetuas y a las rentas terminables?

§ 5. El aumento de la renta de la tierra por causas naturales es objeto adecuado de una tributación peculiar.

§ 6. Los impuestos que recaen sobre el capital no son necesariamente objetables.

Capítulo II. De los Impuestos Directos.

§ 1. Impuestos directos, ya sea sobre la renta o sobre el gasto.

§ 2. Impuestos sobre el alquiler.

§ 3. —sobre las utilidades.

§ 4. —sobre los salarios.

§ 5. —sobre los ingresos.

§ 6. Impuesto sobre la vivienda.

Capítulo III. De los Impuestos sobre los Productos o Impuestos Indirectos.

§ 1. Un impuesto sobre todos los productos recaería sobre las ganancias.

§ 2. Los impuestos sobre determinados productos recaen sobre el consumidor.

§ 3. Efectos peculiares de los impuestos sobre los bienes necesarios.

§ 4. —cómo se modifica por la tendencia de las ganancias al mínimo.

§ 5. Efectos de los deberes discriminatorios.

§ 6. Efectos que producen sobre el Cambio Internacional los Derechos a la Exportación y a la Importación.

Capítulo IV. Comparación entre tributación directa e indirecta.

§ 1. Argumentos a favor y en contra de la tributación directa.

§ 2. ¿Qué formas de tributación indirecta son las más elegibles?

§ 3. Normas prácticas de imposición indirecta.

§ 4. Sistemas tributarios de los Estados Unidos y otros países.

§ 5. Resumen de los principios generales de la tributación.

Capítulo V. De la Deuda Nacional.

§ 1. ¿Es conveniente sufragar los gastos públicos extraordinarios mediante préstamos?

§ 2. No es conveniente redimir una Deuda nacional mediante una Contribución general.

§ 3. En qué casos es conveniente mantener un excedente de ingresos para la redención de la Deuda.

Capítulo VI. De una intervención del gobierno fundada en teorías erróneas.

§ 1. La doctrina de la protección a la industria nativa.

§ 2. —tuvo su origen en el Sistema Mercantil.

§ 3. —apoyados en argumentos de subsistencia nacional y defensa nacional.

§ 4. —con el fin de fomentar las industrias jóvenes; política colonial.

§ 5. —por motivos de salarios elevados.

§ 6. —con el fin de crear una diversidad de industrias.

§ 7. —porque reduce los precios.

Apéndice I. Bibliografías.

Apéndice II. Preguntas del examen.

Notas al pie

[pág. iii]

 

 

 

 

 

 

 

 


Prefacio.

Tras cinco años de estudio del tratado del Sr. Mill en el aula, no solo me convenció de la gran utilidad de lo que sigue siendo uno de los libros más lúcidos y sistemáticos publicados hasta la fecha, que abarcan toda la gama de estudios, sino que también me convenció de la necesidad de añadir elementos que reflejen los resultados de reflexiones posteriores, sin contradecir el tenor general del sistema del Sr. Mill; de ejemplos que lo adapten mejor a los estudiantes estadounidenses, centrando su atención en la aplicación de los principios a los hechos que nos rodean; de una bibliografía que facilite el acceso a autores de otras escuelas que ofrecen puntos de vista opuestos sobre cuestiones controvertidas; y de algunos intentos por aligerar aquellas partes de su obra en las que el Sr. Mill ahuyentaba al lector por su apariencia de excesiva abstracción, y hacerlas, si es posible, más fáciles de comprender para el estudiante que se acerca por primera vez a la Economía Política a través de este autor. Creyendo, también, que la omisión de mucho de lo que debería clasificarse propiamente bajo el título de Sociología o Filosofía Social, limitaría el campo a la Economía Política solamente, y ayudaría, tal vez, a [pág. iv]Con ideas más claras, me vi obligado a reducir los dos volúmenes en uno solo, con la esperanza, por supuesto, de que el libro más pequeño tentara a algunos lectores que dudaran en abordar su obra más extensa. En consonancia con el plan anterior, he abreviado el tratado del Sr. Mill, pero siempre he conservado sus propias palabras; aunque cabe mencionar que no siempre son palabras consecutivas. Todo lo que aparece en la letra grande de la página se ha tomado literalmente del Sr. Mill y, siempre que ha sido necesario usar una palabra para completar el sentido, se ha insertado entre corchetes. Todo el material adicional que he añadido se ha impreso en una letra más pequeña pero distintiva. El lector puede ver de un vistazo qué parte de la página es del Sr. Mill y cuál es mía.

Ha parecido necesario realizar la mayor cantidad de adiciones al tratado original en los temas de la Cuestión Salarial; de Salarios de Superintendencia; de Socialismo; de Costo de Producción; de Bimetalismo; de los experimentos con el Papel Moneda en este país; de Valores Internacionales; del Futuro de las Clases Trabajadoras (en el cual el capítulo fue reescrito íntegramente); y de Protección. El tratamiento de la Tenencia de la Tierra no se ha omitido por completo, pero no aparece como un tema independiente, ya que actualmente tiene menos valor como estudio elemental para los estudiantes estadounidenses. Los capítulos sobre Tenencia de la Tierra, el análisis de la moneda inglesa y gran parte del Libro V, sobre la Influencia del Gobierno, simplemente se han omitido. En un caso, he cambiado el orden de los capítulos, insertando el Cap. XV del Libro III, que trata sobre un patrón de valor, bajo el capítulo que trata sobre el dinero y sus funciones. En otros aspectos, se ha seguido el mismo orden que en la obra original.

Siempre que ha parecido posible, se han insertado ilustraciones americanas en lugar de inglesas o continentales.

[pág. v]

Para interesar al lector en los problemas domésticos, se han distribuido veinticuatro gráficos a lo largo del volumen, relacionados con nuestras propias circunstancias, con la expectativa, además, de que los diferentes métodos de representación gráfica aquí presentados induzcan a los estudiantes a aplicarlos a otras cuestiones. Son principalmente los que he empleado en mi clase. Se debe fomentar el uso y la preparación de dichos gráficos. Las primeras páginas del volumen se han dedicado a un "Esbozo de la Historia de la Economía Política", cuyo objetivo es relatar cómo hemos llegado a nuestro conocimiento actual de las leyes económicas. El estudiante que haya completado Mill dispondrá entonces de una bibliografía muy extensa de las diversas escuelas y autores entre los que podrá seleccionar lecturas adicionales, y seleccionar estas lecturas de forma que no se limiten exclusivamente al ámbito de una sola clase de autores. Sin embargo, para el momento en que se estudia Mill por primera vez, he añadido una lista de los libros más importantes para consulta. También he recopilado, en el Apéndice I, algunas bibliografías breves sobre el Arancel, sobre el Bimetalismo y sobre la Navegación Americana, que pueden ser de utilidad para aquellos que no tengan medios para consultar autoridades, y en el Apéndice II una serie de preguntas y problemas para uso del profesor.

En algunos casos he omitido por completo la declaración del Sr. Mill y la he sustituido por una versión más sencilla de la misma exposición, que consideré más fácil de comprender para un estudiante. Entre estos casos, destacan el argumento para demostrar que la demanda de mercancías no es demanda de trabajo, la doctrina de los valores internacionales y el efecto del progreso de la sociedad en los salarios, las ganancias y la renta. Queda a criterio del profesor determinar si he tenido éxito o no. Se han utilizado numerosas figuras y diagramas pequeños a lo largo del texto para... [pág. vi]sugerir los medios concretos para obtener una comprensión clara de un principio.

Para concluir, deseo agradecer mi ayuda a varios amigos en la preparación de este volumen, entre los que se encuentran el Profesor Charles F. Dunbar, el Dr. FW Taussig, el Dr. AB Hart y el Sr. Edward Atkinson.

J. Laurence Laughlin .
Universidad de Harvard, Cambridge, Massachusetts ,
septiembre de 1884.

Gráfico I

Gráfico II

[pág. 001]


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introductorio.

Un bosquejo de la historia de la economía política.

Bibliografía general. —No existe una historia general satisfactoria de la economía política en inglés. La obra de Blanqui, “ Histoire de l'économie politique en Europe ” (París, 1837), es desproporcionada y superficial, y tiene la desventaja de no comprender la escuela inglesa de economistas. Estudia para presentar la historia de los hechos económicos, más que la de las leyes económicas. El libro ha sido traducido al inglés (Nueva York, 1880).

Villeneuve-Bargemont, en su “ Histoire de l'économie politique ” (París, 1841), pretende oponer una “ economía política cristiana ” a la economía política “ inglesa ” y se entrega a discusiones religiosas.

Travers Twiss, " Vista del progreso de la economía política en Europa desde el siglo XVI " (Londres, 1847), marcó un avance al abordar el tema en los últimos cuatro siglos y separar la historia de los principios de la historia de los hechos. Es breve y solo un esbozo. Julius Kautz publicó en alemán la mejor historia existente, " Die geschichtliche Entwickelung der National-Oekonomie und ihrer Literatur " (Viena, 1860). (Véase Cossa, " Guía para el estudio de la economía política " , pág. 80). En su libro, Cossa ha proporcionado una vasta información sobre escritores, clasificada por épocas y países, y un valioso análisis de las divisiones de la economía política según diversos autores y su relación con otras ciencias. Es un manual muy recomendable. McCulloch, en su " Introducción a la riqueza de las naciones " , ofrece un breve esbozo del desarrollo de la doctrina económica. El editor desea reconocer su gran deuda informativa con su colega, el profesor Charles F. Dunbar, de la Universidad de Harvard.

El estudio sistemático para comprender las leyes de la economía política no se encuentra más allá del [pág. 002]Siglo XVI. La historia de la economía política no es la historia de las instituciones económicas, como tampoco la historia de las matemáticas es la historia de todo objeto con longitud, anchura y grosor. La historia económica es la historia de la evolución gradual en el pensamiento humano hacia la comprensión de las leyes que hoy constituyen la ciencia que estudiamos. Es esencialmente moderna .

Aristóteles II y Jenofonte comprendían parcialmente la teoría del dinero, y Platón III definió sus funciones con cierta precisión. Las leyes económicas de los romanos se resumían en la idea de enriquecer la metrópoli a costa de las dependencias. Durante la Edad Media no se realizó ningún estudio sistemático, y ni siquiera se sospechaba la naturaleza de las leyes económicas.

Cabe destacar que los primeros atisbos de la economía política se vislumbraron a través de las discusiones sobre el dinero y los extraordinarios movimientos del oro y la plata. En la época de Carlos V, nació el joven estudio, acompañado por el resurgimiento del saber, la Reforma, el descubrimiento de América y la gran caída del valor del oro y la plata. La sociedad moderna apenas comenzaba y ya había dado origen a las manufacturas: lanas en Inglaterra, sedas en Francia, Génova y Florencia; Venecia se había convertido en la gran ciudad comercial del mundo; la Liga Hanseática transportaba mercancías del Mediterráneo al Báltico; y para entonces, los judíos de Lombardía ya habían introducido la letra de cambio. Si bien el suministro de metales preciosos había sido relativamente constante hasta entonces, el constante aumento del comercio provocó una caída de los precios. Desde mediados del siglo XIV hasta finales del XV. [pág. 003]El poder adquisitivo del dinero aumentó en una proporción de cuatro a diez. A esta situación se sumó la gran afluencia de oro y plata del Nuevo Mundo. Los precios subieron de forma desigual; las clases comerciantes y manufactureras prosperaban, mientras que otras se encontraban deprimidas. En el siglo XVI, el precio del trigo se triplicó, pero los salarios solo se duplicaron; las clases trabajadoras de Inglaterra se deterioraron, mientras que otras se enriquecieron, lo que produjo profundos cambios sociales y la conocida oleada de pauperismo, junto con el auge de las clases mercantiles. Entonces se abrieron nuevos canales de comercio hacia Oriente y Occidente. Por supuesto, la gente apenas percibía el funcionamiento de estas causas económicas; aunque los libros comenzaban a insinuar la correcta comprensión de los movimientos y las verdaderas leyes del dinero.

Incluso antes de esta época, sin embargo, Nicole Orêsme, obispo de Lisieux (fallecido en 1382), había escrito inteligentemente sobre el dinero; 4 pero, alrededor de 1526, el astrónomo Copérnico ofreció una muy buena exposición de algunas de las funciones del dinero. Pero él, al igual que Latimer, 5 si bien observó los cambios económicos, no ofreció una explicación correcta. El señor de Malestroit, consejero del rey de Francia, sin embargo, con sus errores, indujo a Jean Bodin 6 a decir que el aumento de precios se debía a la abundancia de dinero traído de América. Pero se adelantó a su tiempo, al igual que William Stafford, 7 autor del primer tratado inglés sobre el dinero, quien demostró una comprensión perfecta del tema. Stafford comprendió claramente [pág. 004]la idea de que los precios altos no traían pérdidas a los comerciantes, grandes ganancias a quienes tenían arrendamientos largos y pérdidas a quienes no compraban ni vendían; que, en realidad, las mercancías se intercambiaban cuando el dinero pasaba de mano en mano.

Tal era la situación 8 que precedió al primer sistema general destinado a basarse en supuestas consideraciones económicas, mal entendidas, sin duda, pero aplicadas con vigor. Me refiero al conocido sistema mercantil que se extendió por Europa. 9 España, como primera receptora del oro y la plata americanos, le atribuyó un poder extraordinario y, mediante fuertes aranceles y prohibiciones, intentó conservar los metales preciosos para sí misma. Esto condujo a una creencia general en los principios del sistema mercantil y a su adopción por toda Europa. 1. Se sostenía que, donde abundaban el oro y la plata, no faltarían los artículos de primera necesidad; 2. Por lo tanto, los gobiernos debían hacer todo lo posible para asegurar una abundancia de dinero. Al observar que el comercio y el poder político parecían estar en manos de los estados con mayor cantidad de dinero, se buscó principalmente crear una relación de exportaciones e importaciones de bienes que generara una importación de dinero. La consecuencia natural de esto fue la política de crear una balanza comercial favorable mediante el aumento de las exportaciones y la disminución de las importaciones, lo que implicaba que la ganancia en el comercio internacional no era mutua. El error consistió en suponer que una nación podía vender sin comprar y en pasar por alto el carácter instrumental del dinero. Los errores incluso llegaron al extremo de crear legislación prohibitiva, con la esperanza de excluir las importaciones y mantener los metales preciosos en el país. El sistema [pág. 005]Se extendió por Europa, de modo que Francia (1544) e Inglaterra (1552) prohibieron la exportación de dinero en metálico. Pero, con la mayor paz de finales del siglo XVI, la expansión del comercio, el valor del dinero se estabilizó y los precios subieron con mayor lentitud.

Los escritores italianos estuvieron entre los primeros en discutir las leyes del dinero de manera inteligente, 10 pero una serie de ingleses perspicaces enriquecieron la literatura sobre el tema, 11 y se puede decir que cualquier estudio moderno de economía política recibió su primer impulso definido de Inglaterra y Francia.

La prohibición de la exportación de monedas era embarazosa para la Compañía de las Indias Orientales y los comerciantes; y Mun intentó demostrar que la libertad de exportación aumentaría la cantidad de oro y plata en un país, ya que las ganancias del comercio exterior traerían de vuelta más de lo que salía. Sin embargo, probablemente no tenían claro que la exportación de lingotes a Oriente fuera ventajosa, porque las mercancías que traían a cambio eran más valiosas en Inglaterra que los metales preciosos. El propósito de los mercantilistas era aumentar la cantidad de oro y plata en el país. Mun, con cierta perspicacia, incluso había señalado que el exceso de dinero era un mal; pero en 1663 el Parlamento inglés eliminó la restricción a la exportación de monedas. La herejía de la balanza comercial, según la cual las exportaciones siempre debían exceder... [pág. 006]Las importaciones (como si los comerciantes enviaran mercancías que, al pagarse en mercancías, debían devolverse con un valor inferior al de las enviadas) fueron el resultado del sistema mercantil, y han persistido en la mente de muchos hasta nuestros días. La política que buscaba asegurar una balanza comercial favorable y el plan de proteger las industrias nacionales tuvieron el mismo origen. Si todos los bienes de consumo se produjeran en el país y no se importara ninguno, se incrementarían las exportaciones y se traería más oro y plata al país. Como todos los países europeos adoptaron la teoría mercantil después de 1664, Inglaterra, Francia, Holanda y Alemania establecieron aranceles de represalia y prohibitivos entre sí. Luego, al observar que se pagaban grandes sumas por el transporte de mercancías, para que no se necesitara dinero para pagar a extranjeros en ninguna rama de la industria, se promulgaron leyes de navegación que exigían que las mercancías se importaran únicamente en barcos pertenecientes al país importador. Estos vestigios del sistema mercantil persisten hasta nuestros días en las leyes de transporte marítimo de este y otros países. 12

Una consecuencia natural de las leyes de navegación y del sistema mercantil fue la llamada política colonial, por la cual las colonias fueron excluidas de todo comercio excepto con la metrópoli. Una plantación como Nueva Inglaterra, que producía productos en competencia con Inglaterra, era vista con desaprobación por su empresa; y todo esto debido a la falacia, en la base del sistema mercantil. [pág. 007]sistema, que la ganancia en el comercio internacional no es mutua, sino que lo que un país gana otro debe perder. 13

Una exposición del mercantilismo no estaría completa sin una exposición de la forma que adoptó en Francia bajo la dirección de Colbert, el gran ministro de Luis XIV, de 1661 a 1683. Para crear una balanza comercial favorable, se dedicó a fomentar la producción nacional, mediante intentos de abolir los peajes y las aduanas vejatorias dentro del país, y mediante un extraordinario sistema de supervisión en los establecimientos manufactureros ( que ha sido el estímulo para un gobierno paternalista del que Francia nunca ha podido liberarse desde entonces). Se adoptaron procesos de Inglaterra, Alemania y Suecia, y surgieron nuevos establecimientos para la confección de tapices y artículos de seda; incluso los tamaños de las telas fueron regulados por Colbert, y los telares inadecuados para estos tamaños fueron destruidos. En 1671, los tintoreros de lana recibieron un código de instrucciones detalladas sobre los procesos y materiales que podían utilizarse. Mucho después, la industria francesa sintió la dificultad de lidiar con procesos estereotipados. Sin embargo, su sistema resultó naturalmente en una serie de medidas arancelarias (en 1664 y 1667). Primero se impusieron aranceles moderados a la exportación de materias primas, seguidos de fuertes aranceles a la importación de bienes extranjeros. Se prohibió el envío de monedas; pero el criterio de prosperidad de Colbert era la balanza comercial favorable. Se descuidó la agricultura francesa. El arancel de 1667 se basó en la teoría de que los extranjeros debían comprar necesariamente vinos, encajes y trigo franceses; que los franceses podían vender, pero no comprar; pero la ley de 1667 cortó la demanda de bienes franceses, y los portugueses... [pág. 008]Los vinos entraron al mercado. Inglaterra y Holanda tomaron represalias y cerraron los mercados extranjeros a Francia. Los productores de vino y trigo de este último país se arruinaron, y la población rural estuvo al borde de la inanición. Los últimos años de Colbert estuvieron llenos de desgracias y decepciones; y se dio una nueva ilustración de la falacia de que las ganancias del comercio internacional no eran mutuas.

A partir de esta época, los principios económicos comenzaron a comprenderse mejor. Cabe destacar que las primeras observaciones justas surgieron de debates sobre el dinero y, por consiguiente, sobre el comercio internacional. Hasta entonces, Inglaterra había proporcionado los escritores más perspicaces; ahora, Francia se convirtió en escenario de un nuevo movimiento. El mariscal Vauban, el gran soldado, y Boisguillebert , comenzaron a enfatizar la verdad de que la riqueza realmente consiste, no solo en dinero, sino en la abundancia de mercancías; que los países con abundancia de oro y plata no son más ricos que otros, y que el dinero es solo un medio de intercambio. Sin embargo, no fue hasta 1750 que comenzaron a aparecer evidencias de un avance real; pues el famoso plan de Law (1716-1720) solo sirvió como un lastre para el desarrollo de la verdad económica. Pero a mediados del siglo XVIII se produjo un resurgimiento intelectual: se publicó la «Enciclopedia» , Montesquieu escribió «El espíritu de las leyes», Rousseau empezaba a escribir y Voltaire se encontraba en la cúspide de su poder. En este movimiento, la economía política tuvo un papel importante, y de ahí surgió la primera escuela de economistas, los fisiócratas.

El fundador y líder de este nuevo grupo de pensadores económicos fue François Quesnay, 17 años , médico y favorito en [pág. 009]La corte de Luis XV. Dejando de lado su base ética de un orden natural de la sociedad y los derechos naturales del hombre, su doctrina principal, en resumen, era que el cultivo de la tierra era la única fuente de riqueza; que el trabajo en otras industrias era estéril; y que la libertad de comercio era una condición necesaria para una distribución sana. Aunque conocidos como los "economistas", también se les llamaba los "fisiócratas" o la "escuela agrícola". Quesnay y sus seguidores distinguían entre la creación de riqueza (que solo podía provenir de la tierra) y la unión de estos materiales, una vez creados, por el trabajo en otras ocupaciones. En este último caso, el trabajador no producía riqueza, según su teoría. Una consecuencia natural de esta visión apareció en una regla tributaria, por la cual todas las cargas del gasto estatal recaían únicamente sobre los terratenientes, ya que solo ellos recibían un excedente de riqueza (el famoso producto neto ) por encima de su sustento y gastos de producción. Esta postura, por supuesto, desconocía la antigua teoría mercantil de que el comercio exterior enriquecía a una nación únicamente al aumentar la cantidad de dinero. Para un fisiócrata, la riqueza de una comunidad no se incrementaba con el dinero, sino con la abundante producción de su propio suelo. De hecho, Quesnay argumentaba que el derecho de propiedad incluía el derecho a disponer libremente de ella, tanto en el país como en el extranjero, sin restricciones estatales. Esta doctrina se formuló con la conocida expresión « Laissez faire, laissez passer ». 19 Condorcet y Condillac favorecieron las nuevas ideas. Los «economistas» se pusieron de moda en Francia; e incluso se incluyeron entre ellos a José II de Austria, los reyes de España, Polonia, Suecia, Nápoles y Catalina. [pág. 010]de Rusia y el margrave de Baden. 20 La agricultura recibió, por tanto, un gran estímulo.

Quesnay contaba con muchos partidarios entusiastas, de los cuales el más conspicuo era el Marqués de Mirabeau 21 (padre de la Revolución), y su popularidad alcanzó su máximo esplendor alrededor de 1764. La idea de que el verdadero aumento de la riqueza no residía en el mero aumento del dinero, sino en los productos del suelo, los condujo naturalmente a una reacción contra el mercantilismo, pero también los volvió dogmáticos y autoritarios en su sistema unilateral, que no reconocía que el trabajo en todas las industrias creaba riqueza. Así como el sistema mercantil encontró en Colbert un gran ministro para llevar a la práctica esas opiniones a escala nacional, los fisiócratas encontraron en Turgot 22 un ministro, bajo el reinado de Luis XVI, que les brindó un campo nacional para poner a prueba las doctrinas de la nueva escuela. Dedicado con generosidad a mejorar la condición del pueblo mientras era intendente de Limoges (1751), fue nombrado interventor general de finanzas por Luis XVI en 1774. Turgot tenía la capacidad de separar la economía política de la política, el derecho y la ética. Su sistema de liberación de la industria de la interferencia gubernamental resultó en la abolición de numerosos abusos, la mayor libertad de movimiento del grano y la reducción de los impuestos. Pero la rigidez de los prejuicios nacionales... [pág. 011]Era demasiado fuerte como para permitirle el éxito. Tuvo poco tacto y planteó muchas dificultades. La propuesta de abolir las corvées (reparación obligatoria de caminos por parte de los campesinos) y sustituirlas por un impuesto sobre la tierra, llevó a su rey a una costosa lucha (1776), y los intentos de socavar el poder de Turgot tuvieron éxito. Con su caída, terminó la influencia de los economistas. El último de ellos fue Dupont de Nemours, 23 quien vio una popularidad temporal de los fisiócratas en los primeros años de la Revolución Francesa, cuando la Asamblea Constituyente impuso la carga de los impuestos sobre la tierra. Pero el fuego ardió intermitentemente por un momento, solo para extinguirse por completo.

Todo esto, sin embargo, fue la lenta preparación de un movimiento en economía política más nuevo y de mayor envergadura que el conocido hasta entonces, y que sentó las bases del estudio moderno tal como existe hoy. Las discusiones previas sobre el dinero y la importancia otorgada a la agricultura y a las consideraciones económicas por los economistas hicieron posibles los grandes logros de Adam Smith y la escuela inglesa. Una reacción en Inglaterra contra el sistema mercantil produjo una revolución completa en la economía política. Mucho antes habían surgido enérgicas protestas contra el mercantilismo, y las verdaderas funciones del dinero se habían comprendido correctamente. Más[pág. 012] Además, muchas de las doctrinas más importantes ya se habían debatido o publicado. Es cierto, al menos, que indicios de mucho de lo que causó un efecto tan asombroso en "La riqueza de las naciones" (1776) de Adam Smith ya se habían divulgado antes de que esta obra fuera escrita. Es difícil determinar a qué fuentes, entre los escritores menores, debía más. Dos, al menos, merecen considerable atención: David Hume y Richard Cantillon. El primero publicó sus "Ensayos económicos" en 1752, que contenían lo que incluso hoy se considerarían ideas ilustradas sobre el dinero, el interés, la balanza comercial, el comercio y los impuestos; y entre Hume y Adam Smith existía una amistad personal que se remontaba a 1748, cuando este último impartía una conferencia sobre retórica en Edimburgo. El alcance de los conocimientos de Cantillon y la posible deuda de Adam Smith con él se han reconocido recientemente. En un estudio reciente sobre Cantillon, el difunto profesor Jevons señaló que este anticipó muchas de las doctrinas que posteriormente se atribuirían a Adam Smith, Malthus y Ricardo. Es cierto que el autor de "La riqueza de las naciones" tomó la verdad donde la encontró, recibió sugerencias sustanciales de diversas fuentes, pero, tras dedicarse con especial éxito a la recopilación de datos, forjó con todo lo recopilado el primer sistema integral de economía política que el mundo había conocido hasta entonces; el cual señalaba que el trabajo era la base de la producción, no solo en la agricultura, como lo planteaba la escuela francesa, sino en todas las industrias; y que derribó todas las defensas del sistema mercantil medieval. Adam Smith combinó notablemente una precisión lógica y una [pág. 013]El poder de generalizar resultados a partir de datos confusos, con una consideración práctica e intuitiva de los hechos, es absolutamente necesario para grandes logros en la ciencia de la economía política. En Glasgow (1751-1764), Adam Smith impartió conferencias sobre teología natural, filosofía ética, jurisprudencia y economía política, convencido de que estas materias eran complementarias.

Una comprensión coherente y completa de los principios fue el gran logro de Adam Smith; 28 pues, aunque la "Riqueza de las Naciones" no estuvo exenta de defectos, ha sido la base de toda la discusión y el avance posterior en la economía política. En los Libros I y II se explica su propio sistema, mientras que el Libro IV contiene su análisis de la Escuela Agrícola y los ataques al sistema mercantil. Al ver claramente que el trabajo era la base de toda la producción (no solo en la agricultura), demuestra (Libros I y II) que la riqueza de un país depende de la destreza con la que se aplica su trabajo y de la proporción de trabajadores productivos e improductivos. Se explican las ganancias de la división del trabajo, y el dinero aparece como un instrumento necesario una vez que la sociedad ha alcanzado dicha división. Luego se le lleva a analizar los precios (precio de mercado) y el valor; y, dado que a partir del precio se produce una distribución entre los factores de producción, se le conduce a los salarios, la ganancia y la renta. Las funciones [pág. 014]Se explican en general los principios del capital; se separa el capital fijo del circulante; y se analiza la influencia del capital en la distribución del trabajo productivo e improductivo; la acumulación de capital, dinero, papel moneda e intereses. Por lo tanto, obtiene un conjunto coherente de ideas sobre producción, distribución e intercambio. En cuestiones de producción, no se ha avanzado mucho desde su época; y sus normas tributarias son ahora clásicas. Atacó vigorosamente la teoría de la balanza comercial y la desviación antinatural de la industria en Inglaterra por prohibiciones, subsidios y el arbitrario sistema colonial. En resumen, sostuvo que un plan para la regulación de la industria por parte del Gobierno era indefendible, y que dirigir a los particulares sobre cómo emplear su capital era perjudicial o inútil. Enseñó que un país será más próspero si sus vecinos son prósperos, y que las naciones no tienen interés en perjudicarse mutuamente. Sin embargo, fue humano que su trabajo fuera algo defectuoso. 29 Un nuevo período en la historia de la política [pág. 015]La economía, sin embargo, comienza con Adam Smith. Como dice Roscher, se sitúa en el centro de la historia económica.

Ahora aparecen nuevos escritores que añaden gradualmente piedra tras piedra a los buenos cimientos ya puestos, y elevan el edificio a proporciones más justas. La primera adición considerable proviene de una contribución de un clérigo rural, Thomas Robert Malthus, en su "Ensayo sobre los principios de la población" (1798). Contra la opinión de Pitt de que "el hombre que tenía una familia numerosa era un benefactor para su país", Malthus argumentó concluyentemente que "una comunidad perfectamente feliz y virtuosa, por ley física, está obligada a crecer muy rápidamente... Por naturaleza, el alimento humano aumenta en una lenta proporción aritmética; el hombre mismo crece en una rápida proporción geométrica, a menos que la necesidad y el vicio lo detengan". En su segunda edición (1803), además del control positivo del vicio y la necesidad, dio más importancia al control negativo del "autocontrol, moral y prudencial". Toda la teoría fue formulada crudamente al principio; y levantó la queja de que tal doctrina era incompatible con la creencia en un Creador benévolo. En esencia, la ley de población es simplemente que existe en la humanidad una tendencia y capacidad de aumentar su número más rápido que la subsistencia, y que este resultado realmente ocurrirá a menos que los controles lo retrasen o se encuentren nuevos medios para obtener la subsistencia. [pág. 016]surgir. Si un aumento indebido de la población condujo al vicio y la miseria, en la teoría de Malthus, ciertamente no se le debe acusar de sentimientos anticristianos si instó a una autolimitación por la cual se debería evitar ese mal resultado. Las doctrinas de Malthus provocaron una gran discusión: Godwin dice que para 1820 se habían escrito treinta o cuarenta respuestas al ensayo; y han seguido apareciendo. Las principales contribuciones han sido de AH Everett, “New Ideas on Population” (1823), quien creía que un aumento de los números aumentaba el poder productivo; de MT Sadler, “Law of Population” (1830), quien enseñó que la fertilidad humana variaba inversamente con los números, disminuyendo con la densidad de población; de Sir Archibald Alison, “Principles of Population” (1840), quien razonó inductivamente que la mejora material de la raza humana es una prueba de que el hombre puede producir más de lo que consume, o que en el progreso de la sociedad surgen necesariamente controles preventivos; Por W. R. Greg, “Enigmas de la Vida” (1873); y por Herbert Spencer, “Westminster Review” (abril de 1852) y “Principios de Biología” (parte VI, cap. XII y XIII), quienes desarrollaron un freno fisiológico: con el desarrollo mental desde etapas inferiores, se produce una mayor demanda de energía nerviosa, lo que causa una disminución de la fertilidad. Desde los estudios de Darwin, se ha admitido de forma generalizada que la tendencia innata de toda vida orgánica es aumentar hasta que la población alcanza el límite de la producción de alimentos; no que la población siempre haya sido así en todos los países. 31 Las enseñanzas de Malthus dieron lugar al sistema moderno de asilos de pobres, a partir de 1834 en Inglaterra, y corrigieron algunos de los abusos de la caridad indiscriminada.

Mientras que Adam Smith había formulado muy correctamente las leyes de la producción, Malthus, a su manera, estaba añadiendo nuevas leyes. [pág. 017]medios por los cuales se obtendría un mejor conocimiento de los principios de distribución; y el siguiente avance, debido a las intensas discusiones de la época sobre las leyes de los cereales, fue, por un progreso natural, la ley de los rendimientos decrecientes y la renta. Un descubrimiento independiente de la ley de la renta debe atribuirse a no menos de cuatro personas, 32 pero por la plena percepción de su verdad y su conexión con otros principios de la economía política, el crédito se le ha dado con razón a David Ricardo, 33 junto a Adam Smith, sin lugar a dudas, el mayor economista de la escuela inglesa. Curiosamente, aunque Adam Smith estaba inmerso en especulaciones abstractas, su "sagacidad sencilla" lo condujo a los resultados más prácticos; pero si bien Ricardo era un hombre de negocios experimentado y exitoso, fue él, por encima de todos los demás, quien estableció la economía política abstracta, en el sentido de un cuerpo de leyes científicas al que los fenómenos concretos, a pesar de las inconsistencias temporales, deben finalmente ajustarse. Su trabajo, por lo tanto, complementó el de Adam Smith; Y hay muy pocas doctrinas plenamente elaboradas hoy en día de las cuales no se hayan encontrado indicios en las declaraciones maravillosamente compactas de Ricardo. [pág. 018]Sin gracia expositiva, sus escritos parecen áridos, pero no por ello dejan de ser minas de valiosas sugerencias.

En el campo de la distribución y el intercambio, Ricardo realizó importantes aportaciones. Malthus y West habían demostrado que la renta no era un elemento del coste de producción; pero tanto Malthus como Ricardo parecían estar familiarizados con la doctrina de la renta mucho antes de que el primero publicara su libro. Ricardo, sin embargo, comprendió su conexión con otros aspectos del sistema de distribución. 34 La doctrina maltusiana de la presión demográfica sobre la subsistencia obligó naturalmente a reconocer la ley de los rendimientos decrecientes de la tierra; 35 pues, al cultivarse simultáneamente diferentes calidades de tierra, la mejor necesariamente producía mayores rendimientos que la más pobre; y la idea de que el pago de la renta se realizaba por un instrumento superior, y en proporción a su superioridad sobre el instrumento más pobre que la sociedad consideraba necesario utilizar, dio lugar a la ley de la renta. Ricardo, además, aplicó este principio en la medida en que afectaba a los salarios, las ganancias, los valores y la caída de las ganancias; pero no concedió suficiente importancia a la actuación de las fuerzas en forma de mejoras que actuaban en contra de la tendencia hacia la disminución de los rendimientos. La teoría de la renta todavía mantiene su lugar, aunque ha encontrado no poca oposición. 36 Una doctrina, tan importante por sus efectos sobre la libre circulación de personas, [pág. 019]El intercambio, fue claramente establecido por Ricardo, bajo el nombre de doctrina del “Costo Comparativo”, que es la razón de ser de todo comercio internacional.

La obra de Adam Smith se difundió rápidamente en otros países, además de las traducciones. J. B. Say ofreció una exposición sumamente lúcida y atractiva al público francés, “Traité d'économie politique” (1803), seguida, tras impartir conferencias en París entre 1815 y 1830, por un tratado más completo, 37 “Cours complète d'économie politique” (1828). Si bien no aportó muchas novedades, Say realizó un gran trabajo popularizando los resultados previos con un estilo alegre y dinámico, combinado con una buena organización y numerosas ilustraciones. La teoría de que la demanda y la oferta generales son idénticas es su contribución más importante al estudio. Aunque tradujo el libro de Ricardo, no comprendió que la renta no se incluía en el precio. La obra de Say fue posteriormente complementada por un italiano, Pellegrino Rossi, quien , en su “Cours d'économie politique” (1843-1851), naturalizó las doctrinas de Malthus y Ricardo en suelo francés. Su obra es de gran valor, y él y Say han dado origen a una activa escuela de [pág. 020]Economía política en Francia. En Suiza, Sismondi expuso los resultados de Adam Smith en su obra “De la richesse commerciale” (1803), pero pronto fue llevado a una nueva postura, explicada en sus “Nouveaux principes d'économie politique” (1819). Esto lo convirtió en el primero y más distinguido de los economistas humanitarios. Al observar los sufrimientos causados por los reajustes industriales tras la paz y los almacenes llenos de bienes sin vender, consideró que el exceso de producción sobre la capacidad de consumo era permanente y atacó la división del trabajo, la maquinaria que ahorraba mano de obra y la competencia. Temía que los descubrimientos que reemplazarían al trabajo continuaran, y se abogó por la abolición de las patentes, junto con la limitación de la población . Estos argumentos proporcionaron excelentes armas a los agitadores socialistas. Heinrich Storch pretendió difundir las ideas de Adam Smith en Rusia mediante su “Cours d'économie politique” (1815). Sin desarrollar más la teoría de la economía política, produjo un libro de mérito excepcional al señalar la aplicación de los principios a Rusia, particularmente en relación con el efecto de un progreso de la riqueza en la agricultura y las manufacturas; a los pasos naturales por los cuales un nuevo país cambia de un régimen agrícola a uno manufacturero ; y a las finanzas y la moneda, con una descripción del papel ruso depreciado desde Catalina II.

[pág. 021]

Para el siguiente avance, debemos volver la vista hacia Inglaterra. Pasando por alto a McCulloch 42 y Senior, un talentoso escritor, el legítimo sucesor de Ricardo es John Stuart Mill 43. Su padre, [pág. 022]James Mill, de 44 años, lo introdujo en un círculo de hombres capaces, de los cuales Bentham era el más capaz, aunque su padre, sin duda, ejerció la mayor influencia en su formación. Con apenas veintitrés años, en su primer libro, "Ensayos sobre algunas cuestiones no resueltas de la economía política" (1829-1830), alcanzó una alta posición como economista. De una forma u otra, todas sus aportaciones al estudio se encuentran aquí en una condición madura. Allí se presentaron las opiniones sobre el consumo productivo e improductivo, las ganancias, los métodos económicos y, especialmente, su muy inteligente investigación sobre los valores internacionales. Su "Lógica" (1843) contiene (Libro VI) una cuidadosa exposición de la relación de la economía política con otras ciencias y del método económico adecuado que debe adoptarse en las investigaciones. A través de sus "Principios de la economía política" (1848), ejerció una notable influencia en hombres de todo el mundo; No tanto por su gran originalidad, ya que, en realidad, solo expuso los principios de Ricardo de una forma mejor y más atractiva, sino principalmente por un método de tratamiento sistemático más lúcido y práctico que el alcanzado hasta entonces, al mejorar enormemente los áridos tratados de sus predecesores (incluido Ricardo, que era conciso y aburrido), al infundir un elemento humano en sus objetivos y por medio de ilustraciones y aplicaciones prácticas. Aun así, algunas partes de su libro muestran una tendencia a una excesiva afición por las declaraciones abstractas, probablemente inducida por su aversión a menospreciar sus razones (debido a su formación temprana), y por las limitaciones de su libro, que lo obligaron a omitir muchas posibles ilustraciones. Con una profunda simpatía por las clases trabajadoras, fue [pág. 023]En este libro, Mill se aventuró en el campo de la sociología, aunque comprendió claramente que la economía política era solo una de las ciencias, cuyo conocimiento era necesario para que un legislador tomara decisiones sobre cuestiones sociales. Mill muestra un avance con respecto a Ricardo en este tratado, al dar al estudio una orientación más práctica. Si bien es habitual atribuir a Mill la creación de las leyes de los valores internacionales, estas no son más que un desarrollo de la doctrina ricardiana del comercio internacional, y las discusiones de Mill sobre el progreso de la sociedad hacia el estado estacionario también fueron insinuadas, aunque de forma oscura, por Ricardo. En los volúmenes del Sr. Mill, el tema se desarrolla de forma tan simétrica como una demostración de geometría. Si bien defendía firmemente el libre comercio, 45 le dedicó poco espacio en su libro. En resumen, su libro sigue siendo el mejor tratado sistemático en lengua inglesa, aunque se ha avanzado mucho desde su época. 46

El que ha mejorado las concepciones anteriores y ha sido el único que ha hecho un avance muy importante en la ciencia desde los tiempos de Mill es JE Cairnes, 47 en sus “Principios rectores de la [pág. 024]Economía política recién expuesta” (1874). Casi ningún escritor anterior lo ha igualado en claridad lógica, originalidad, comprensión de los fenómenos económicos y lucidez estilística. Sometió el valor, la oferta y la demanda, el coste de producción y el comercio internacional a una rigurosa investigación, lo que nos ha aportado importantes aportaciones a nuestro conocimiento del estudio. La teoría del fondo de salarios fue reexaminada y formulada de una manera nueva, aunque el Sr. Mill la había abandonado. Cairnes, sin duda, la ha expuesto de la mejor manera. Su argumento sobre el libre comercio (Parte III, capítulo IV) es el más hábil y sólido que se puede encontrar entre los escritores modernos. Sin embargo, este volumen no es un tratado sistemático sobre todos los principios de la economía política; pero ningún estudiante puede pasar por alto estas importantes aportaciones para la correcta comprensión de la ciencia. Su “Método lógico de la economía política” (1875) es una exposición clara y eficaz del proceso que debe adoptarse en una investigación económica, y es un libro de excepcional mérito y utilidad, especialmente en vista de las crecientes diferencias en las mentalidades de economistas en cuanto al método.

Un grupo de escritores ingleses de gran talento en este período escribieron de tal manera que se ganaron mención en relación con Cairnes y Mill. Profesor W. Stanley Jevons 48 [pág. 025]Se opuso a los métodos de los hombres recién mencionados y aplicó el proceso matemático a la economía política, pero sin alcanzar nuevos resultados. Su obra más útil ha sido el estudio del dinero, que aparece en excelente forma en “El dinero y el mecanismo del intercambio” (1875), y en una investigación que mostró una caída del valor del oro desde los descubrimientos de 1849. En esta última, ha proporcionado un modelo para cualquier investigador posterior. Al igual que el profesor Jevons, T. E. Cliffe Leslie 49 se opuso a la antigua escuela inglesa (la llamada “ortodoxa” ), pero de una manera diferente, al promover con gran habilidad el uso del método histórico, del cual se hablará más al hablar de escritores alemanes posteriores. 50 También se distinguió por un estudio sobre la tenencia de la tierra, en su obra “Sistemas de tierra e industrialización” [pág. 026]Economía de Irlanda, Inglaterra y los países continentales” (1870), que fue una brillante exposición de las ventajas de las pequeñas propiedades.

Con mucho, el más capaz del grupo, tanto por sus dotes naturales como por su formación como banquero y editor financiero, fue Walter Bagehot. 51 En sus “Estudios económicos” (1880), analizó con notable perspicacia económica los postulados de la economía política y la postura de Adam Smith, Ricardo y Malthus; en su “Lombard Street” (cuarta edición, 1873), describe el mercado monetario con una vívida nitidez que implica la posesión de cualidades excepcionales para la escritura financiera; de hecho, fue también de esta manera práctica, como editor del “Economist” de Londres, 52 que se labró su gran reputación.

Entre los economistas ingleses vivos, el profesor Henry Fawcett, de 53 años , en su «Manual de Economía Política» (1865; sexta edición, 1883), es un fiel seguidor de Mill, prestando especial atención a la cooperación, la plata, la nacionalización de la tierra y los sindicatos. Es un defensor de la estricta teoría de los fondos salariales y un firme defensor del libre comercio. El profesor J. E. Thorold Rogers, de Oxford, también se mantiene alejado de los métodos de la vieja escuela. [pág. 027]Su mayor contribución ha sido una “Historia de la agricultura y los precios en Inglaterra”, de 1255 a 1793, en cuatro volúmenes 54 (1866-1882).

De todos los 55 escritores desde Cairnes, se puede decir que, si bien han añadido datos a los que tiene que ver la economía política y han puesto los principios a prueba de los hechos, no han hecho ninguna adición real al cuerpo de principios existente; aunque las cuestiones de distribución e impuestos ciertamente aún no están completamente resueltas, como lo demuestran las amplias diferencias de opinión expresadas sobre temas que caen dentro de estos encabezados por los escritores de hoy.

Queda ahora por completar este esbozo del crecimiento de la economía política con una breve reseña de los escritores del continente y de Estados Unidos, comenzando por Francia. En torno a la época de la fundación del "Economist" de Londres (1844) y del "The Statistical Journal" (1839) en Inglaterra, se fundó en París el "Journal des Économistes" (1842), que contiene numerosos artículos valiosos. En general, el escritor más popular desde J. B. Say ha sido Bastiat, quien aspiraba a ser el Cobden francés. Instó especialmente [pág. 028]Una nueva visión del valor, que definió como la relación establecida por un intercambio de servicios; que los productos de la naturaleza son gratuitos, por lo que el hombre no puede exigir nada excepto por un servicio dado. Principalmente como enemigo del proteccionismo, que consideraba un socialismo calificado, se ganó una reputación por su escritura popular e inteligente; y se le indujo a creer en una armonía general de intereses entre las clases industriales; pero en general no se puede decir que haya influido mucho en el curso del pensamiento francés. En cuanto al valor, la renta y la población, es indudablemente erróneo. Un escritor de mucha mayor profundidad que Bastiat, con una laboriosidad excepcional y un amplio conocimiento, fue Michel Chevalier, fácilmente el primero entre los economistas franceses modernos. Lideró el debate sobre la caída del oro, el proteccionismo, la banca y, en particular, sobre el dinero; ardiente defensor del libre comercio, tuvo suficiente influencia para inducir a Francia a firmar el tratado comercial de 1860 con Inglaterra. Uno de los escritores más hábiles sobre temas especiales es [pág. 029]Levasseur, 59 quien nos ha proporcionado una historia de las clases trabajadoras antes y después de la Revolución, y la mejor monografía existente sobre John Law. El más trabajador y confiable de los escritores recientes es el conocido estadístico Maurice Block, 60 mientras que economistas menos profundos fueron J. A. Blanqui 61 y Wolowski. 62 Este último se dedicó con entusiasmo. [pág. 030]a los bancos de emisión y al bimetalismo. Un pequeño grupo se dedicó principalmente a estudios sobre agricultura y tenencia de la tierra: H. Passy, Laveleye y Lavergne. Este último es, con mucho, el más importante, como lo demuestra su obra “L'économie rurale de la France depuis 1789” (1857), que ofrece un medio para comparar la agricultura francesa reciente con la anterior a la Revolución, como se describe en “Travels in France” (1789) de Arthur Young . El mejor tratado sistemático en francés es el “Précis de la science économique” (1862), de Antoine-Élise Cherbuliez, ginebrino . Los franceses fueron los primeros en producir una enciclopedia alfabética de economía. [pág. 031]de Coquelin y Guillaumin, titulado “Dictionnaire de l'économie politique” (1851-1853, tercera edición, 1864). Courcelle-Seneuil, 66 por su “Traité théorique et pratique d'économie politique” (segunda edición, 1867); y Baudrillart, por un buen compendio. Joseph Garnier, Dunoyer, 67 Paul Leroy-Beaulieu, 68 Reybaud, 69 De Parieu, 70 Léon Say, 71 Boiteau y otros, han realizado un excelente trabajo en Francia, y Walras 72 en Suiza.

Así como Cobden influyó en Bastiat, ambos influyeron en Alemania al crear lo que sus oponentes han denominado la «escuela de Manchester», liderada por Prince-Smith (fallecido en 1874). Han trabajado para asegurar la completa libertad de [pág. 032]Comercio e industria, e incluyen entre sus filas a muchos hombres de capacidad y erudición. Se han organizado congresos anuales con el propósito de difundir las ideas liberales, y se ha establecido una excelente revista, la “Vierteljahrschrift für Volkswirthschaft, Politik, und Kulturgeschichte” 73. Se han dedicado con éxito a reformas de las leyes laborales, los intereses, las viviendas obreras, el sistema monetario y la banca, y luchan por la abolición de los derechos de protección. Schulze-Delitzsch se ha ganado una merecida reputación por la creación de bancos populares y otras formas de cooperación. El traductor de Mill al alemán, Adolph Soetbeer 74, es la autoridad viva más eminente en la producción de metales preciosos y un vigoroso monometalista. La escuela está representada en el “Handwörterbuch der Volkswirthschaftslehre” (1865) de Reutzsch. Los otros escritores de este grupo son Von Böhmert, 75 Faucher, Braun, Wolff, Michaelis, Emminghaus, 76 Wirth, 77 Hertzka y Von Holtzendorf. El más conocido de los proteccionistas alemanes es Friedrich List, autor de “Das nationale System der politischen Oekonomie” (1841), cuyas doctrinas son muy similares a las de H. C. Carey en este país. 78 Un escritor competente sobre [pág. 033]Funciones administrativas y financieras 79 es Lorenz Stein, de Viena.

Pero los economistas alemanes son de interés, en la medida en que han establecido una nueva escuela que insta al uso del método histórico en la economía política, y es sobre la cuestión del método que gran parte del interés de hoy se centra. En 1814 Savigny introdujo este método en la jurisprudencia, y alrededor de 1850 se aplicó a la economía política. La nueva escuela afirma que los escritores "ortodoxos" ingleses comienzan por un proceso a priori , y por deducciones llegan a conclusiones que posiblemente son verdaderas de casos imaginarios, pero no son verdaderas del hombre como realmente actúa. Por lo tanto, afirman que las leyes económicas solo pueden descubrirse verdaderamente por inducción, o un estudio de los fenómenos primero, como medio para llegar a una generalización. Para ellos Bagehot 80 responde que la contabilidad científica, o las colecciones de hechos, en sí mismas no dan resultados que terminen en leyes científicas; por ejemplo, dado que los hechos de la banca cambian y varían cada día, nadie puede por inducción sola llegar a ninguna ley de la banca; O, por ejemplo, el estudio del pánico a partir de fenómenos concretos sería como intentar explicar el estallido de una caldera sin una teoría del vapor. Más recientemente, dado que parece que la nueva escuela afirma que la inducción no excluye la deducción, y como la vieja escuela nunca tuvo la intención de desvincularse de la "comparación de conclusiones con hechos externos", no existe una causa de diferencia como la que se ha presentado anteriormente. Sin duda, la insistencia en los méritos de la inducción será beneficiosa para los escritores "ortodoxos" , en el recurso más general a la recopilación de estadísticas y medios de verificación. También es sugerente que los líderes de la nueva escuela en Alemania... [pág. 034]e Inglaterra no han alcanzado resultados diferentes con su nuevo método, y en general concuerdan con las leyes desarrolladas por la antigua escuela inglesa. El economista no pretende que sus supuestos sean descripciones de las condiciones económicas existentes en un momento dado; simplemente las considera como fuerzas (que a menudo actúan de forma múltiple en un mismo punto u ocasión) que deben investigarse por separado, puesto que los fenómenos concretos son el resultado de varias fuerzas, que no se conocerán hasta que conozcamos la acción por separado de cada una de ellas.

El más destacado de la nueva escuela es Wilhelm Roscher, de 82 años , de Leipzig, quien escribió un tratado sistemático, «System der Volkswirthschaft» (1854, decimosexta edición, 1883), cuya primera parte contiene una magnífica colección de datos y autoridades. Coincide en los resultados con Adam Smith, Ricardo, Malthus y Mill, pero no parece conocer mucho de Cairnes. Este libro, sin embargo, es solo el primero de cuatro tratados que finalmente se destinaron a incluir la economía política de (2) la agricultura, (3) la industria y el comercio, [pág. 035]y (4) el estado y la comuna. El contemporáneo más capaz de Roscher, quien probablemente fue el primero en impulsar el método histórico, es Karl Knies, 83 en “Die politische Oekonomie vom Standpunkte der geschichtlichen Methode” (1853, segunda edición, 1881-1883). El tercero del grupo que fundó la escuela histórica es Bruno Hildebrand, de 84 años , de Jena, autor de “Die Nationalökonomie der Gegenwart und Zukunft” (1848).

La mentalidad alemana siempre ha estado familiarizada con la intervención del Estado, y ha surgido una clase de escritores que no solo defienden el método inductivo, sino que también creen firmemente en una estrecha conexión entre el Estado y la industria. Dado que la esencia del socialismo moderno reside en recurrir a la ayuda estatal, este grupo, con Wagner a la cabeza, ha recibido el nombre de "Socialistas de Cátedra " y ejerce actualmente una amplia influencia en Alemania. De estos escritores, Wagner , Engel, Schmoller, Von Scheel, Brentano, Held, Schönberg y Schäffle son los más destacados.

La escuela histórica ha recibido la adhesión de Émile [pág. 036]De Laveleye, de 87 años , en Bélgica, y otros economistas en Inglaterra y Estados Unidos. Si bien Cliffe Leslie ha sido el opositor más enérgico a los métodos de la vieja escuela, ha habido muchos otros de menor distinción. De hecho, el período, cuyo final marca el libro de JR McCulloch, fue uno en el que la vieja escuela aparentemente había llegado al final de su progreso, debido a una adhesión demasiado estricta a las deducciones basadas en premisas asumidas. El gran mérito de Mill fue haber iniciado el movimiento para adaptar mejor la economía política a la sociedad tal como existía realmente; y la escuela histórica probablemente dará un impulso muy deseable a los mismos resultados, aunque sus exageradas afirmaciones sobre el verdadero método de 88 años no puedan ser admitidas.

[pág. 037]

Los escritores italianos no han recibido hasta ahora la atención que merecen. Después de 1830, además de Rossi, quien viajó a Francia, estaban Romagnosi, quien se dedicó más a las relaciones de la economía con otros estudios; Cattanes, quien se dedicó a las cuestiones rurales y al libre comercio (combatiendo al alemán List); Scialoja, en la Universidad de Turín; y Francesco Ferrara, también en Turín de 1849 a 1858. Este último era seguidor de Bastiat y Carey en cuanto al valor y la renta, y al mismo tiempo un defensor radical del laissez-faire . Desde la unificación de Italia, ha surgido un renovado interés por los estudios económicos, al igual que en nuestro país después de la guerra. Se dice que el economista italiano vivo más eminente es Angelo Messedaglia, catedrático en Padua desde 1858. Ha destacado en temas estadísticos y financieros, y actualmente trabaja en un tratado sobre el dinero, «Moneta», del cual se ha publicado una parte (1882). Entre los demás destacan Marco Minghetti y Fedele Lampertico, el primero por un estudio de la conexión entre la economía política [pág. 038]con la moral, y por su carrera pública como estadista; este último por sus estudios sobre el papel moneda y otros temas. Carlo Ferrais presentó una buena monografía sobre “El dinero y la moneda forzosa” (1879); y Boccardo publicó una biblioteca de obras seleccionadas de los mejores economistas, y un extenso Diccionario de Economía Política, “Dizionario universale di Economia Politica e di Commercio” (2 vols., segunda edición, 1875). Luigi Luzzati es un firme defensor de la cooperación; y Elia Lattes realizó un estudio exhaustivo de los primeros bancos venecianos.

La economía política ha aprendido poco de los escritores estadounidenses. Ninguno de nuestros estadistas ha aportado nada a la ciencia, y solo Hamilton y Gallatin pueden considerarse economistas. Hamilton, en su famoso "Informe sobre las Manufacturas" (1791), compartió algunas de las concepciones erróneas de su época; pero este documento, junto con sus informes sobre un banco nacional y el crédito público, evidencian un verdadero poder económico. El "Memorial a Favor de la Reforma Arancelaria" (1832) de Gallatin es tan eficaz como el informe de Hamilton sobre las manufacturas y un sólido argumento contra el proteccionismo. Ambos se labraron una reputación como financieros prácticos.

“Con pocas excepciones, las obras producidas en los Estados Unidos han sido preparadas como libros de texto 89 por autores dedicados a la enseñanza universitaria y, por lo tanto, principalmente interesados en llevar los principios previamente elaborados por otros a la fácil comprensión de los estudiantes universitarios”. 90 De estos [pág. 039]Con algunas excepciones, “New Ideas on Population” 91 (1822) de Alexander H. Everett constituye una parte valiosa del debate posterior a la publicación del “Essay” de Malthus. Sin embargo, el escritor que más ha llamado la atención, tanto a nivel nacional como internacional, por su vigoroso ataque a las doctrinas de Ricardo es Henry Charles Carey. 92 A partir de “The Rate of Wages” (1835), desarrolló una nueva teoría del valor (véase “Principles of Political Economy”, 1837-1840), “que definió como una medida de la resistencia que debe superarse para obtener las cosas necesarias para el uso, o la medida del poder de la naturaleza sobre el hombre. En términos más simples, el valor se mide por el costo de reproducción. El valor de cada artículo disminuye así a medida que avanzan las artes, mientras que el inventario general de mercancías aumenta constantemente. Esto provoca una caída constante del valor del capital acumulado en comparación con los resultados del trabajo presente, de lo que se infiere una tendencia hacia la armonía, en lugar de la divergencia, de intereses entre el capitalista y el trabajador”. Esta teoría del valor 93 la aplicó a la tierra, e incluso al hombre, en su deseo de universalizarla. A continuación, afirmó haber descubierto una ley de producción creciente a partir de la tierra en su obra "Pasado, presente y futuro" (1848), que era diametralmente opuesta a la ley de rendimientos decrecientes de Ricardo. Su demostración fue histórica: de hecho, las tierras más pobres, no las más ricas, fueron las primeras en ser cultivadas. Esto, sin embargo, no explicaba el hecho de que diferentes grados de [pág. 040]La tierra se cultiva simultáneamente, en la cual se basa la doctrina de la renta de Ricardo. El constante aumento de la producción de tierra llevó naturalmente a Carey a creer en el crecimiento indefinido de la población. Sin embargo, fue lógicamente llevado a aceptar la supuesta ley de un límite máximo a los números sugerida por Herbert Spencer, basada en la disminución de la fertilidad humana. Intentó identificar leyes físicas y sociales, y fusionó su economía política en un sistema de "Ciencias Sociales" (1853) y su "Unidad de la Ley" (1872). Desde aproximadamente 1845 se volvió proteccionista, y sus escritos fueron vigorosamente controvertidos. En sus doctrinas sobre el dinero, es claramente mercantilista; 94 pero, con sus serios ataques a todo lo logrado en la ciencia hasta su época, ha contribuido enormemente a estimular la investigación y a lograr una mejor presentación de los resultados. Si bien es sin duda el escritor estadounidense más conocido, debido a su estilo prolijo y a una mentalidad ilógica, no ha tenido una gran influencia en sus compatriotas. 95

El efecto de la guerra civil comienza a manifestarse en una inequívoca tendencia hacia la investigación de cuestiones económicas, y existe un tono marcadamente enérgico que podría generar nuevas contribuciones de escritores estadounidenses. El general Francis A. Walker, de 96 años , en su estudio sobre “La cuestión de los salarios” (1876), combatió la teoría del fondo salarial y [pág. 041]Propuso en su lugar una doctrina según la cual los salarios se pagan con el producto y no con el capital acumulado. El profesor W. G. Sumner 97 es un escritor vigoroso de la escuela de Mill y Cairnes, y ha realizado una buena labor en favor de las doctrinas de la moneda sólida. Tanto el general Walker como el profesor Sumner se adhieren al método de investigación económica expuesto por el Sr. Cairnes; aunque varios economistas más jóvenes muestran la influencia de la escuela alemana. El profesor A. L. Perry, 98 del Williams College, adoptó la teoría del valor de Bastiat. También acepta la teoría del fondo de salarios, rechaza la ley de Malthus y, aunque cree en la ley de los rendimientos decrecientes de la tierra, considera la renta como la recompensa por un servicio prestado. Otro escritor, Henry George, 99 ha adquirido una prominencia excepcional gracias a un libro convincente, "Progreso y pobreza" (1880), que rechaza la doctrina de Malthus y argumenta que el aumento de la producción de cualquier tipo aumenta la [pág. 042]La demanda de tierras aumenta, aumentando así su valor. Sus conclusiones lo llevan a defender la nacionalización de la tierra. Aunque se opone a casi todo lo que la economía política ha producido hasta ahora, sus escritos han atraído una atención excepcional. El creciente interés por las cuestiones sociales y la falta general de formación económica, que impide una correcta apreciación de su razonamiento por parte del público en general, explican con creces la amplia atención que ha recibido.

Sin embargo, últimamente se ha mostrado una nueva actividad en el establecimiento de mejores instalaciones para el estudio de la economía política en las principales sedes del saber: Harvard, Yale, Cornell, Columbia, Michigan y Pensilvania; y JJ Lalor ha publicado una “Enciclopedia de la ciencia política” (1881-1884, tres volúmenes), siguiendo el ejemplo de los diccionarios franceses.

[pág. 043]


Libros de consulta (de autores ingleses, franceses y alemanes).

Tratados generales que forman un curso paralelo de lectura con Mill.

El “Manual de Economía Política” del profesor Fawcett (Londres, sexta edición, 1883) es una breve exposición del libro de Mill, con material adicional sobre los metales preciosos, la esclavitud, los sindicatos, la cooperación, los impuestos locales, etc.

El “Précis de la science économique” de Antoine-Élise Cherbuliez (París, 1862, 2 vols.) sigue la misma estructura que Mill y se considera el mejor tratado sobre ciencia económica en lengua francesa. Es metódico, profundo y claro, y distingue la economía política pura de la aplicada.

Otros libros excelentes en francés son: “Traité théorique et pratique d'économie politique” de Courcelle-Seneuil (1858), (París, segunda edición, 1867, 2 vols.), y un compendio de Henri Baudrillart, “Manuel d'économie politique” (tercera edición, 1872).

Los “Principios de Economía Política” de Roscher son un buen ejemplo del método histórico alemán; sus notas están repletas de datos; pero la traducción al inglés (Nueva York, 1878) es deficiente. Existe una excelente traducción al francés realizada por Wolowski.

El señor y la señora Marshall prepararon una obra elemental muy interesante: “The Economics of Industry” (Londres, 1879).

El profesor Jevons escribió un “Manual de economía política” (1878), que es una visión simple, a vista de pájaro, del tema en un ámbito muy limitado.

Obras Generales Importantes.

“La riqueza de las naciones” de Adam Smith (1776). La edición de McCulloch es quizás más útil que la de JET Rogers.

[pág. 044]

“Principios de economía política y tributación” de Ricardo (1817).

“Principios de economía política” de JS Mill (2 vols., 1848—sexta edición, 1865).

El “Handbuch der politischen Oekonomie” (Manual de la economía política) de Schönberg (1882) es un extenso tratado conjunto de veintiún autores de la escuela histórica.

“Principios rectores de la economía política” (1874) y “Método lógico” (1875), conferencias pronunciadas por primera vez en Dublín en 1857.

“Ciencias Sociales” de Carey (1877). Kate McKean lo ha resumido en un solo volumen.

“Economía política” de F. A. Walker (1883). Este autor difiere de otros economistas, especialmente en lo que respecta a los salarios y las cuestiones de distribución.

“Progreso y pobreza” de H. George (1879). En relación con esto, lea “Tierra y renta” de F. A. Walker (1884).

Tratados sobre temas especiales.

“Sobre el trabajo” de WT Thornton (1869).

“Teoría y práctica de la banca” de McLeod (segunda edición, 1875-1876).

“Traité théorique et pratique de statistique” de M. Block (1878).

“Teoría de los cambios exteriores” de Goschen (octava edición, 1875).

“Landed Interest” de J. Caird (cuarta edición, 1880), que trata de la tierra inglesa y el suministro de alimentos.

“Historia de la moneda estadounidense” de WG Sumner (1874).

“Notas de los Estados Unidos” de John Jay Knox (1884).

“El dinero y el mecanismo de intercambio” de Jevons (1875).

“Historia de los precios” de Tooke y Newmarch (1837-1856), en seis volúmenes.

“Traité de la ciencia de las finanzas” de Leroy-Beaulieu (1883). Se trata de una obra ampliada, en dos volúmenes, sobre impuestos y finanzas; “Essai sur la répartition des richesses” (segunda edición, 1883).

“La cuestión del salario” (1876); “El dinero” (1878), de FA Walker .

“Études sur les réformateurs contemporains, ou socialistes modernes” de L. Reybaud (séptima edición, 1864).

Diccionarios.

“Diccionario comercial” de McCulloch (edición nueva y ampliada, 1882).

La “Cyclopædia of Political Science” de Lalor (1881-84) está dedicada a artículos sobre ciencia política, economía política e historia estadounidense.

“Dictionnaire de l'économie politique” de Coquelin y Guillaumin (1851-1853, tercera edición, 1864), en dos grandes volúmenes.

[pág. 045]

Informes y estadísticas.

Son recomendables los “Compendios del Censo” de 1840, 1850, 1860 y 1870. Los volúmenes del décimo censo (1880) son de gran utilidad para todas las cuestiones, al igual que el “Atlas Estadístico” de F. A. Walker (1874).

La Oficina de Estadísticas de los Estados Unidos publica informes trimestrales, anuales un informe sobre “Comercio y Navegación” y otro sobre “Comercio Interno de los Estados Unidos”.

El «Resumen Estadístico» es una publicación anual del mismo departamento, compacta y útil. Data de tan solo 1878.

El Director de la Casa de la Moneda publica un informe anual sobre los metales preciosos y la circulación. Sus tablas son importantes.

El Contralor de la Moneda (especialmente durante la administración de JJ Knox) ha presentado importantes informes anuales sobre los sistemas bancarios de los Estados Unidos.

Los informes del Secretario del Tesoro tratan sobre las finanzas generales de Estados Unidos. Estos, junto con los dos últimos mencionados, están agrupados en el volumen de "Informes Financieros", pero a menudo se les suprimen las tablas.

Hay valiosos informes especiales al Congreso de los comisionados sobre tarifas, transporte marítimo y otros temas, publicados por el Gobierno.

El informe sobre la “Conferencia Monetaria Internacional de 1878” contiene una gran cantidad de material sobre cuestiones monetarias.

Los documentos parlamentarios británicos contienen varios resúmenes estadísticos anuales de gran valor, de los cuales el relativo a otros estados europeos resulta especialmente práctico y útil. Estos siempre se pueden adquirir a precios determinados.

El “Almanaque americano” de AR Spofford es un anuario de gran utilidad.

[pág. 047]


Observaciones preliminares.

Los escritores de Economía Política profesan enseñar o investigar la naturaleza de la riqueza y las leyes de su producción y distribución; incluyendo, directa o remotamente, el funcionamiento de todas las causas por las cuales la condición de la humanidad, o de cualquier sociedad de seres humanos, con respecto a este objeto universal del deseo humano, se vuelve próspera o lo contrario.

Cabe destacar que la economía política no incluye la ética, la legislación ni la ciencia del gobierno. Los resultados de la economía política se ofrecen al estadista, quien llega a una conclusión tras sopesarlos en relación con consideraciones morales y políticas. La economía política se distingue de la sociología; aunque es común incluir en la primera todo lo relativo a la vida social. Algunos autores distinguen entre la ciencia pura o abstracta y el arte aplicado, y solo podemos hablar de una ciencia de la economía política en el sentido de un conjunto de leyes o fórmulas abstractas. Sin embargo, esto no la hace menos práctica que la física, pues, una vez establecido un principio, su funcionamiento debe observarse de la misma manera que estudiamos la fuerza de la gravedad en una piedra que cae, incluso cuando es retardada por fuerzas opuestas. Una fuerza o tendencia económica también puede observarse con claridad, aunque otras influencias, actuando simultáneamente, impidan que el efecto esperado se produzca a raíz de su causa. En resumen, el objetivo de la economía política es investigar las leyes que rigen el fenómeno de la riqueza material. (Cf. Cossa, “ Guía ” , cap. iii.)

Mientras prevaleció el sistema [mercantil], se asumió, expresa o tácitamente, en toda la política de las naciones, [pág. 048]Que la riqueza consistía únicamente en dinero; o en metales preciosos que, cuando no estaban ya en estado de dinero, podían convertirse directamente en él. Según las doctrinas entonces prevalecientes, todo aquello que tendía a acumular dinero o lingotes en un país aumentaba su riqueza.

Más correctamente, los mercantilistas (en los siglos XVI y XVII) sostenían que donde había más dinero, se encontraría la mayor abundancia de artículos necesarios para la vida. 100

Cualquier actividad que expulsara metales preciosos de un país lo empobrecía. Si un país carecía de minas de oro o plata, la única industria que lo enriquecía era el comercio exterior, siendo la única que generaba ingresos. Cualquier rama del comercio que supuestamente generara más ingresos que los que ingresaba, por muy cuantiosos y valiosos que fueran los ingresos en otras formas, se consideraba un negocio perdedor. Se favorecía y fomentaba la exportación de bienes (incluso por medios extremadamente onerosos para los recursos reales del país), ya que, al estipularse que los bienes exportados se pagarían en dinero, se esperaba que los ingresos se generaran en oro y plata. La importación de cualquier cosa que no fueran metales preciosos se consideraba una pérdida para la nación por el precio total de los bienes importados, a menos que se importaran para ser reexportados con ganancias, o a menos que, al ser materiales o instrumentos de alguna industria del propio país, permitieran producir artículos exportables a menor costo, logrando así una mayor exportación. El comercio mundial era considerado como una lucha entre naciones, para conseguir cuál de ellas podía obtener la mayor parte del oro y la plata existentes, y en esta competencia ninguna nación podía ganar nada, excepto haciendo que las demás perdieran lo mismo o, al menos, impidiéndoles ganarlo.

La teoría mercantil no podía dejar de manifestarse en su verdadero carácter cuando los hombres comenzaron, incluso de manera imperfecta, [pág. 049]Explorar los fundamentos de las cosas. El dinero, como tal, no satisface ninguna necesidad; su valor reside en ser una forma conveniente de recibir ingresos de todo tipo, ingresos que posteriormente, en el momento que mejor le convenga, convierte en formas que le sean útiles. La diferencia entre un país con dinero y uno sin él sería solo de conveniencia; un ahorro de tiempo y esfuerzo, como moler con agua en lugar de a mano, o (para usar la ilustración de Adam Smith) como el beneficio derivado de las carreteras; y confundir el dinero con la riqueza es el mismo error que confundir la carretera, que puede ser la forma más fácil de llegar a la casa o a las tierras, con la casa y las tierras mismas.

El dinero, al ser instrumento de un importante propósito público y privado, se considera con razón riqueza; pero todo lo demás que sirve a cualquier propósito humano y que la naturaleza no ofrece gratuitamente, también es riqueza. Ser rico es poseer una gran cantidad de artículos útiles o los medios para comprarlos. Todo forma, por lo tanto, parte de la riqueza, que tiene poder adquisitivo; por la cual se daría a cambio cualquier cosa útil o agradable. Las cosas por las que no se podría obtener nada a cambio, por muy útiles o necesarias que sean, no son riqueza en el sentido en que el término se utiliza en Economía Política. El aire, por ejemplo, aunque es el más indispensable de los bienes, no tiene precio en el mercado, ya que puede obtenerse gratuitamente; acumularlo no reportaría ningún beneficio ni ventaja a nadie; y las leyes de su producción y distribución son objeto de un estudio muy diferente al de la Economía Política. Es posible imaginar circunstancias en las que el aire formaría parte de la riqueza. Si se volviera costumbre permanecer mucho tiempo en lugares donde el aire no penetra naturalmente, como en campanas de buceo hundidas en el mar, un suministro de aire proporcionado artificialmente tendría, como el agua transportada a las casas, un precio; y, si por alguna revolución en la naturaleza la atmósfera se volviera demasiado escasa para el consumo, [pág. 050]Si el aire pudiera ser monopolizado, podría adquirir un valor comercial muy alto. En tal caso, su posesión, más allá de sus propias necesidades, constituiría riqueza para su propietario; y la riqueza general de la humanidad podría parecer, a primera vista, incrementada por lo que sería una gran calamidad para ellos. El error residiría en no considerar que, por muy rico que se volviera el poseedor del aire a expensas del resto de la comunidad, todos los demás serían más pobres por todo lo que se verían obligados a pagar por lo que antes obtenían gratuitamente.

La riqueza, entonces, puede definirse como todas las cosas útiles o agradables que poseen valor de cambio; o, en otras palabras, todas las cosas útiles o agradables excepto aquellas que pueden obtenerse, en la cantidad deseada, sin trabajo ni sacrificio.

Esta es la definición usual de riqueza. Henry George (ver “ Progreso y Pobreza ” , pp. 34-37) considera que la riqueza consiste “ de productos naturales que han sido obtenidos, movidos, combinados, separados o modificados de otras maneras por el esfuerzo humano , de modo que sean aptos para la gratificación de los deseos humanos.... Nada de lo que la Naturaleza provee al hombre sin su trabajo es riqueza.... Por lo tanto, todas las cosas que tienen un valor de cambio no son riqueza. Solo pueden ser riqueza aquellas cosas cuya producción aumenta y cuya destrucción disminuye el agregado de la riqueza.... El aumento en los valores de la tierra no representa un aumento en la riqueza común, ya que lo que los terratenientes ganan con precios más altos lo perderán los arrendatarios o compradores que deben pagarlos ” . Jevons ( “ Primer ” , p. 13) define la riqueza muy apropiadamente como lo que es transferible, limitado en suministro y útil. FA Walker define la riqueza como que comprende “ todos los artículos de valor y nada más ” ( “ Economía Política ” , p. 5). La definición de Levasseur ( “ Précis ” , pág. 15) es “ todos los objetos materiales que poseen utilidad ” (es decir, el poder de satisfacer una necesidad). (Cf. varias definiciones en “ Political Economy ” de Roscher, sección 9, nota 3). Perry ( “ Political Economy ” , pág. 99) rechaza el término riqueza como un obstáculo para el progreso en la ciencia y adopta propiedad en su lugar, definiéndola como aquello “ que puede comprarse o venderse ” . Cherbuliez ( “ Précis ” , pág. 70) define la riqueza como el producto material de la naturaleza apropiado por el trabajo para las necesidades del hombre. Carey ( “ Social Science ” , i, 186) afirma que la riqueza consiste en el poder de disponer de los servicios de la naturaleza, incluyendo en la riqueza cosas intangibles como las cualidades mentales.

[pág. 053]


Libro I. Producción.

Capítulo I. De los Requisitos de la Producción.

§ 1. Los requisitos de la producción son dos: el trabajo y los objetos naturales apropiados.

Existe un tercer requisito de la producción: el capital (véase página 58 ). Dado que la limitación a solo dos requisitos se aplica únicamente a una condición primitiva de existencia, en cuanto el elemento tiempo entra en la producción, se hace necesaria una reserva de capital; es decir, en cuanto la producción requiere un plazo tal que durante la operación el trabajador no puede al mismo tiempo subsistir, el capital se convierte en un requisito de la producción. Esto también ocurre en cualquier división general del trabajo en una comunidad. Cuando un hombre fabrica una cabeza de alfiler, alguien debe proporcionarle alimento hasta que los alfileres estén terminados y se intercambien.

El trabajo puede ser corporal o mental; o, para expresar la distinción de forma más amplia, muscular o nervioso; y es necesario incluir en la idea, no sólo el esfuerzo en sí, sino todos los sentimientos de tipo desagradable, toda inconveniencia corporal o molestia mental relacionada con el empleo de los pensamientos, o de los músculos, o de ambos, en una ocupación particular.

La palabra “ sacrificio ” transmite una idea precisa de lo que sufre el trabajador y corresponde a la abstinencia del capitalista.

[pág. 054]

En cuanto a los demás requisitos —objetos naturales apropiados—, cabe destacar que algunos existen o crecen espontáneamente, de un tipo adecuado para satisfacer las necesidades humanas. Existen cuevas y árboles huecos capaces de brindar refugio; frutas, raíces, miel silvestre y otros productos naturales que sustentan la vida humana; pero incluso en estos casos se requiere generalmente una considerable cantidad de trabajo, no para crearlos, sino para encontrarlos y apropiárselos.

De los poderes naturales, algunos son ilimitados, otros limitados en cantidad. Por cantidad ilimitada, por supuesto, no se entiende literalmente, sino prácticamente ilimitada: una cantidad que excede el uso que, en cualquier circunstancia, o al menos en las actuales, se puede hacer de ella. En algunos países de reciente colonización, la tierra es prácticamente ilimitada en cantidad: hay más de la que puede utilizar la población actual del país, o cualquier posible ampliación de la misma para las generaciones futuras. Pero, incluso allí, la tierra con una ubicación favorable en cuanto a mercados o medios de transporte suele ser limitada en cantidad: no hay tanta como la que las personas ocuparían y cultivarían con gusto, o que de otro modo la utilizarían. En todos los países antiguos, la tierra cultivable, al menos la tierra con una fertilidad tolerable, debe clasificarse entre los agentes limitados en cantidad. El carbón, los minerales metálicos y otras sustancias útiles que se encuentran en la tierra son aún más limitados que la tierra.

Por ahora, solo comentaré que, mientras la cantidad de un agente natural sea prácticamente ilimitada, no puede, a menos que sea susceptible de monopolio artificial, tener valor en el mercado, ya que nadie dará nada por lo que se puede obtener gratuitamente. Pero tan pronto como una limitación se vuelve prácticamente efectiva —tan pronto como no hay tanta cantidad disponible como la que se podría apropiar y usar si se pudiera obtener pidiéndola—, la propiedad o el uso del agente natural adquieren valor de cambio.

Hace unos años, las tierras fértiles de nuestros Territorios Occidentales se podían conseguir prácticamente con solo pedirlas; pero ahora, desde que los ferrocarriles y el aumento de la población las han acercado a los mercados, han adquirido un valor de intercambio distintivo. El valor [pág. 055]de una mercancía (se puede prever) es la cantidad de otras cosas por las que puede intercambiarse.

Cuando se necesita más energía hidráulica en un distrito determinado que cascadas para abastecerla, se dará un equivalente por el uso de una cascada. Cuando se necesita más tierra para cultivo que la que posee un lugar, o que esta posee de cierta calidad y ciertas ventajas de ubicación, la tierra de esa calidad y ubicación puede venderse por un precio o arrendarse por una renta anual.

§ 2. El segundo requisito de la producción: el trabajo.

Ahora nos proponemos describir el segundo requisito de la producción, el trabajo, y señalar que puede ser directo o indirecto. Esta división y subdivisión se desprende de la clasificación que se presenta a continuación. Bajo el título de trabajo indirecto se clasifican todos los empleos auxiliares a la producción de cualquier artículo, y que, al proporcionar solo una pequeña parte del trabajo para dicho artículo (por ejemplo, el pan), son auxiliares a la producción de una gran cantidad de otros artículos; de ahí la interdependencia entre empleos, que se manifiesta de forma tan evidente en tiempos de depresión económica.

Nos parece insignificante sentarnos a una mesa llena de artículos de todas partes del mundo y de las islas más remotas: té de China, café de Brasil, especias de Oriente y azúcar de las Indias Occidentales; cuchillos de Sheffield, hechos con hierro de Suecia y marfil de África; plata de México y algodón de Carolina del Sur; todo ello alumbrado con aceite traído de Nueva Zelanda o del Círculo Polar Ártico. Y menos aún pensamos en la gran cantidad de personas cuya agencia unida se requiere para traer cualquiera de estos [pág. 056]productos terminados a nuestros hogares—de los comerciantes, aseguradores, marineros, constructores de barcos, fabricantes de cordelería y velas, fabricantes de instrumentos astronómicos, hombres de ciencia y otros, antes de que una libra de té pueda aparecer en nuestro mercado ” . 101

El trabajo 102 que culmina en la producción de un artículo apto para algún uso humano se emplea directamente en el producto o en operaciones previas destinadas a facilitar, quizás esenciales para la posibilidad de, las posteriores. Al hacer pan, por ejemplo, el trabajo empleado en el producto en sí es el del panadero; pero el trabajo del molinero, aunque empleado directamente en la producción no de pan sino de harina, forma parte igualmente de la suma total de trabajo mediante el cual se produce el pan; al igual que el trabajo del sembrador y del segador. Algunos podrían pensar que todas estas personas deberían ser consideradas como si emplearan su trabajo directamente en el producto; el maíz, la harina y el pan son una sola sustancia en tres estados diferentes. Sin entrar en debate sobre esta cuestión de mero lenguaje, aún existe el labrador, que preparó la tierra para la semilla, y cuyo trabajo nunca entró en contacto con la sustancia en ninguno de sus estados; y el fabricante de arados, cuya participación en el resultado fue aún más remota. Debemos agregar otro tipo de trabajo; el de transportar el producto desde el lugar de su producción hasta el lugar de su uso destinado: el trabajo de llevar el maíz al mercado, y del mercado al molinero, la harina del molinero al panadero, y el pan del panadero al lugar de su consumo final.

Además de las dos clases de trabajadores indirectos aquí mencionadas, aquellos que se dedican a la producción de materiales y aquellos que se dedican al transporte, hay varios otros a quienes se les paga una fracción del pan. Subsidiariamente al trabajo directo del panadero está el trabajo de todos aquellos que fabrican los instrumentos empleados en el proceso (como, por ejemplo, el horno). Los materiales cambian completamente de naturaleza con un solo uso, como cuando se quema el carbón o se hornea la harina para hacer pan; mientras que un instrumento, como un horno, es [pág. 057]Capaz de permanecer intacto durante muchas operaciones. El productor de materiales y el transportista reciben el pago del panadero con el precio del carbón y la harina que entrega en su puerta, de modo que el precio del pan se ve influenciado por estos pagos. Además, quienes, como la policía y los funcionarios de nuestro gobierno, actúan para proteger la propiedad y la vida, también deben clasificarse como trabajadores que contribuyen indirectamente a la producción del pan (y, mediante sus impuestos, el panadero contribuye a pagar los salarios de estos funcionarios). A una conexión más distante, aunque esencial, se encuentra otra clase: la de los trabajadores que capacitan a seres humanos en las ramas del conocimiento necesarias para adquirir la destreza adecuada en el manejo de los procesos e instrumentos de una industria. La adquisición de los rudimentos de la educación y, en muchos casos, el conocimiento más profundo de la química, la física y los estudios recónditos, son esenciales para la producción; y los profesores son trabajadores indirectos en la producción de casi todos los artículos del mercado. En este país, especialmente, los inventores son una clase de trabajadores indirectos esenciales para toda la producción final tal como se lleva a cabo actualmente. Las mejoras en los instrumentos de producción son resultado de una capacidad inventiva que ha dado a la maquinaria estadounidense fama mundial. Ellos, al igual que el profesor, también reciben una remuneración (una pequeña fracción, por supuesto) del resultado final, por vía indirecta, y modifican sustancialmente la facilidad o dificultad, el bajo coste o el encarecimiento de la producción en casi todas las ramas de la industria. En el ejemplo particular que se presenta, han mejorado los hornos, cocinas y estufas, de modo que se producen artículos iguales o mejores a un menor coste que antes. Todos estos trabajadores indirectos reciben, como remuneración, una fracción, algunos más, otros menos (cuanto más se alejan del proceso directo), del valor del resultado final.

§ 3. Del capital como requisito de la producción.

Pero hay otro grupo de trabajadores que debe contrastarse claramente con estos, en lo que respecta a las razones por las que reciben su remuneración. Se trata de los hombres que anteriormente se dedicaban a proporcionar la subsistencia y los artículos con los que las primeras clases de trabajo podían llevar a cabo sus operaciones.

El empleo previo de mano de obra es condición indispensable para toda operación productiva, incluso en la escala más pequeña. Salvo el trabajo del cazador y el pescador, casi ningún trabajo tiene un rendimiento inmediato. Las operaciones productivas requieren una continuidad para obtener sus frutos. A menos que el trabajador, antes de comenzar su trabajo, posea una [pág. 058]reserva de alimentos, o puede obtener acceso a las reservas de otra persona, en cantidad suficiente para mantenerse hasta que se complete la producción, no puede realizar ningún trabajo excepto el que pueda llevarse a cabo a intervalos irregulares, simultáneamente con la búsqueda de su subsistencia.

La posesión de capital es, por lo tanto, un tercer requisito de la producción, junto con la tierra y el trabajo, como se señaló anteriormente. Henry George ( « Progreso y Pobreza » , cap. IV) opina lo contrario: « El sustento de los obreros que construyeron las Pirámides no provenía de un acervo previamente acumulado » (¿acaso no olvida la historia del almacén de maíz de José?), « sino de las cosechas recurrentes del valle del Nilo » .

No puede obtener alimentos en abundancia; pues cualquier modo de obtenerlos requiere que ya haya alimentos almacenados. La agricultura solo produce alimentos después de meses; y, aunque el trabajo del agricultor no es necesariamente continuo durante todo el período, debe ocupar una parte considerable de él. No solo es imposible la agricultura sin alimentos producidos con antelación, sino que debe haber una cantidad muy grande por adelantado para que una comunidad considerable pueda subsistir completamente de la agricultura. Un país como Inglaterra o Estados Unidos solo puede continuar con la agricultura del año en curso porque la de años anteriores ha proporcionado, en esos países o en algún otro lugar, suficientes alimentos para sustentar a su población agrícola hasta la próxima cosecha. Solo pueden producir una cantidad limitada de otras cosas además de alimentos porque los alimentos almacenados al final de la última cosecha bastan para mantener no solo a los trabajadores agrícolas, sino también a una gran población trabajadora.

El derecho a remuneración basado en la posesión de alimentos, disponibles para el sustento de los trabajadores, es de otro tipo: remuneración por la abstinencia, no por el trabajo. Si una persona tiene provisiones de alimentos, puede consumirlas en su ociosidad, o alimentar a otros para que lo atiendan, o luchar por él, o cantar o bailar para él. Si, en lugar de estas cosas, las da a trabajadores productivos para su sustento... [pág. 059]Si les paga durante su trabajo, puede, y naturalmente lo hará, reclamar una remuneración del producto. No se conformará con un simple reembolso; si recibe solo eso, se encuentra en la misma situación que al principio y no ha obtenido ninguna ventaja al posponer la aplicación de sus ahorros a su propio beneficio o placer. Buscará algún equivalente a esta tolerancia: esperará que su anticipo de alimentos le sea devuelto con un aumento, llamado, en el lenguaje comercial, una ganancia; y la esperanza de esta ganancia generalmente habrá sido parte del incentivo que lo llevó a acumular reservas, al economizar en su propio consumo; o, en todo caso, lo que lo hizo renunciar a aplicarlas, una vez acumuladas, a su bienestar o satisfacción personal.

[pág. 060]


Capítulo II. Del trabajo improductivo.

§ 1. Definición de trabajo productivo e improductivo.

El trabajo es indispensable para la producción, pero no siempre tiene como efecto la producción. Existe mucho trabajo, y de gran utilidad, del cual la producción no es el objeto. Por consiguiente, el trabajo se ha dividido en productivo e improductivo. El trabajo productivo significa el que produce riqueza. Por lo tanto, volvemos a la cuestión abordada en nuestras [Observaciones Preliminares]: qué es la riqueza.

Por trabajo improductivo, por el contrario, se entenderá el trabajo que no culmina en la creación de riqueza material. Y todo trabajo, según nuestra definición actual, debe clasificarse como improductivo si culmina en un beneficio permanente, por importante que sea, siempre que el aumento de productos materiales no forme parte de dicho beneficio. El trabajo de salvar la vida de un amigo no es productivo, a menos que este sea un trabajador productivo y produzca más de lo que consume.

El principio que fundamenta la distinción es perfectamente claro, pero en muchos casos las personas pueden ser engañadas principalmente por cuestiones de hecho. Un clérigo puede ser clasificado a primera vista como un trabajador improductivo; pero, hasta que conozcamos los hechos, no podemos aplicar el principio de nuestra definición. A menos que sepamos que ningún clérigo, al inculcar normas de moralidad y autocontrol, logró que un holgazán o malhechor se convirtiera en un trabajador constante, no podemos decir que un clérigo sea un trabajador improductivo de riqueza material. Del mismo modo, el ejército o los oficiales de nuestro gobierno en Washington pueden o no haber contribuido a la producción de riqueza material según cumplan o no, de hecho, los propósitos protectores para los cuales... [pág. 061]Existen. Lo mismo ocurre con los profesores. Sin embargo, la palabra «improductivo» no implica menosprecio; es meramente una cuestión económica, y se refiere únicamente a las fuerzas que afectan la producción de riqueza.

El trabajo improductivo puede ser tan útil como el productivo; puede ser más útil, incluso en cuanto a una ventaja permanente; o su uso puede consistir únicamente en una sensación placentera, que al desaparecer no deja rastro; o puede no proporcionar ni siquiera esto, sino ser un desperdicio absoluto. En cualquier caso, la sociedad o la humanidad no se enriquecen con ello, sino que se empobrecen. Todos los productos materiales consumidos por alguien mientras no produce nada se restan, temporalmente, a los productos materiales que la sociedad habría poseído de otro modo.

Desperdiciar, sin embargo, es una desventaja que no se limita al trabajo improductivo. El trabajo productivo también puede serlo si se invierte más de lo que realmente contribuye a la producción. Si la falta de habilidad en los trabajadores, o de juicio en quienes los dirigen, provoca una mala aplicación de la labor productiva, el trabajo se desperdicia. El trabajo productivo puede empobrecer a una nación si la riqueza que produce, es decir, el aumento que produce en la reserva de bienes útiles o agradables, es de un tipo no deseado de inmediato: como cuando un producto es invendible porque se produce en una cantidad que excede la demanda actual; o cuando los especuladores construyen muelles y almacenes antes de que haya comercio.

§ 2. Consumo productivo e improductivo.

La distinción entre lo productivo y lo improductivo se aplica tanto al consumo como al trabajo. No todos los miembros de la comunidad son trabajadores, sino consumidores, y consumen de forma improductiva o productiva. Quien no contribuye en nada, directa o indirectamente, a la producción es un consumidor improductivo. Los únicos consumidores productivos son los trabajadores productivos; el trabajo de dirección está incluido, por supuesto, así como el de ejecución. Pero el consumo, incluso de los trabajadores productivos, no lo es todo. Existe un consumo improductivo por parte de los consumidores productivos. Lo que consumen para mantener o mejorar su salud, fuerza y capacidades... [pág. 062]El consumo de trabajo, o la formación de otros trabajadores productivos para que los sucedan, es consumo productivo. Pero el consumo en placeres o lujos, ya sea por parte de los ociosos o de los trabajadores, dado que la producción no es su objetivo ni se ve impulsada en modo alguno por ella, debe considerarse improductivo: con la reserva, quizás, de cierta cantidad de disfrute que puede clasificarse entre los bienes necesarios, ya que cualquier cantidad inferior a ella no sería compatible con la máxima eficiencia del trabajo. Solo el consumo productivo se destina a mantener y aumentar las capacidades productivas de la comunidad; ya sean las que residen en su suelo, en sus materiales, en la cantidad y eficiencia de sus instrumentos de producción, o en su gente.

Admito que ningún trabajo contribuye realmente al enriquecimiento de la sociedad, si se emplea en producir bienes para el uso de consumidores improductivos. El sastre que confecciona un abrigo para un hombre que no produce nada es un trabajador productivo; pero en pocas semanas o meses, el abrigo se desgasta, sin que quien lo usa haya producido nada para reemplazarlo, y la comunidad no se enriquece entonces con el trabajo del sastre que si se hubiera pagado la misma suma por un puesto en la ópera. Sin embargo, la sociedad se ha enriquecido con el trabajo mientras el abrigo ha durado. Estas cosas también [como el encaje y las piñas] son riqueza hasta que se consumen.

§ 3. Distinción entre trabajo para el suministro de consumo productivo y trabajo para el suministro de consumo improductivo.

Vemos, sin embargo, que existe una distinción más importante para la riqueza de una comunidad que incluso la que existe entre trabajo productivo e improductivo; a saber, la distinción entre el trabajo para el abastecimiento de consumo productivo y el de consumo improductivo; entre el trabajo empleado para mantener o aumentar los recursos productivos del país y el que se emplea de otra manera. Del producto del país, solo una parte se destina al consumo productivo; el resto abastece el consumo improductivo de los productores y la totalidad del consumo de la clase improductiva. Supongamos que la proporción del producto anual destinada al primer propósito asciende a la mitad; entonces, la mitad a los trabajadores productivos del país. [pág. 063]son todos los que se emplean en las operaciones de las que depende la riqueza permanente del país. La otra mitad se ocupa año tras año y de generación en generación en producir cosas que se consumen y desaparecen sin retorno; y lo que esta mitad consume se pierde tan completamente, en cuanto a cualquier efecto permanente sobre los recursos nacionales, como si se consumiera improductivamente. Supongamos que esta segunda mitad de la población trabajadora dejara de trabajar y que el gobierno la mantuviera en la inactividad durante un año entero: la primera mitad bastaría para producir, como lo habían hecho antes, sus propias necesidades y las de la segunda mitad, y para mantener intactas las existencias de materiales e implementos: las clases improductivas, de hecho, pasarían hambre o se verían obligadas a producir su propia subsistencia, y toda la comunidad se vería reducida durante un año a lo estrictamente necesario; pero las fuentes de producción no se verían afectadas, y el año siguiente no necesariamente habría una producción menor que si no hubiera ocurrido tal intervalo de inactividad. Mientras que si la situación hubiera sido a la inversa, si la primera mitad de los trabajadores hubiera suspendido sus ocupaciones habituales y la segunda mitad hubiera continuado con las suyas, el país al final del año se habría empobrecido por completo. Sería un gran error lamentar la gran proporción de la producción anual que, en un país opulento, se destina a cubrir el consumo improductivo. Que un excedente tan grande esté disponible para tales fines y se les aplique, solo puede ser motivo de congratulación.

Este principio puede verse mediante la siguiente clasificación:

(A) Ociosos; o trabajadores improductivos—por ejemplo, actores.
(B) Trabajadores productivos—por ejemplo, agricultores.
   (C) Produciendo riqueza para consumo productivo, la mitad de la producción anual.
   (D) Produciendo riqueza para consumo improductivo (A), la mitad de la producción anual.

[pág. 064]

El grupo D está formado por trabajadores productivos, y sus propios bienes necesarios se consumen productivamente, pero son suministrados por C, quien se mantiene a sí mismo y a D en existencia. Mientras C trabaje, tanto C como D pueden seguir produciendo. Si D dejara de trabajar, podrían seguir subsistiendo como antes gracias a C; pero A se vería obligado a producir para sí mismo. Pero, si C dejara de trabajar, D y C se quedarían sin los bienes necesarios para la vida y se verían obligados a cesar su trabajo habitual. De esta manera, se puede ver cuánto más importante es C que D para el aumento de la riqueza material, quienes trabajan para abastecer el consumo improductivo. Por supuesto, el grupo D es deseable por razones más allá de las económicas, porque su trabajo representa lo que se puede disfrutar más allá de las necesidades básicas.

[pág. 065]


Capítulo III. Del Capital.

§ 1. El capital es riqueza apropiada para el empleo reproductivo.

Se ha visto en los capítulos anteriores que, además de los requisitos primarios y universales de la producción, el trabajo y los agentes naturales, existe otro requisito sin el cual no son posibles las operaciones productivas más allá de los rudimentarios y escasos comienzos de la industria primitiva: a saber, un acervo, previamente acumulado, de los productos del trabajo anterior. Este acervo acumulado del producto del trabajo se denomina capital. Lo que el capital hace por la producción es proporcionar el refugio, la protección, las herramientas y los materiales que requiere el trabajo, y alimentar y mantener a los trabajadores durante el proceso. Estos son los servicios que el trabajo presente requiere del trabajo pasado y de su producto. Todo lo que se destina a este uso —destinado a proporcionar al trabajo productivo estos diversos prerrequisitos— es capital.

El profesor Fawcett, en su “ Manual ” (cap. ii), afirma: “ Dado que el trabajador debe alimentarse con alimentos previamente acumulados, [...] es necesario reservar algunos de los resultados del trabajo pasado para sustentar al trabajador mientras produce. El tercer requisito de la producción, por lo tanto, es un fondo reservado del consumo y dedicado al sustento de quienes participan en la producción futura... El capital no se limita a los alimentos que alimentan a los trabajadores, sino que incluye maquinaria, edificios y, de hecho, todo producto del trabajo humano que pueda aplicarse para apoyar su industria ” (cap. iv). El general Walker ( “ Economía Política ” , págs. 68-70) define el capital como la parte de la riqueza (excluyendo la tierra no cultivada y los agentes naturales) que se emplea en la producción de nuevas formas de riqueza. Henry George ( “ Progreso y Pobreza ” , pág. 41) retorna a la definición de Adam Smith: [pág. 066]La parte del capital de un hombre que espera que le genere ingresos se denomina capital. Cherbuliez ( « Précis » , pág. 70) señala la creciente interdependencia de las operaciones industriales a medida que la sociedad aumenta su riqueza, y que no existe una sola industria que no exija el uso de productos obtenidos mediante trabajo previo. « Estos productos auxiliares acumulados con vistas a la producción a la que están subordinados » forman lo que se denomina capital. Carey ( « Social Science » , iii, pág. 48) considera capital todo aquello que, de cualquier manera, forma la maquinaria mediante la cual la sociedad obtiene riqueza. La definición de Roscher es: « Todo producto reservado para fines de producción posterior » ( « Política Económica » , sección 42). Algunos consideran el trabajo como capital. 104

Un fabricante, por ejemplo, tiene una parte de su capital en forma de edificios, acondicionados y destinados a esta rama de la manufactura. Otra parte la tiene en forma de maquinaria. Una tercera parte consiste, si es hilandero, en algodón crudo, lino o lana; si es tejedor, en hilo de lino, lana, seda o algodón; y similares, según la naturaleza de la manufactura. Actualmente, no es habitual que proporcione directamente alimento y ropa a sus operarios; y pocos capitalistas, salvo los productores de alimentos o ropa, tienen una parte significativa de su capital en esa forma. En cambio, cada capitalista tiene dinero que paga a sus trabajadores, permitiéndoles así autoabastecerse. ¿Qué es, entonces, su capital? Precisamente la parte de sus posesiones, sea cual sea, que pretende emplear en la producción. No importa que una parte, o incluso la totalidad, esté en una forma que no pueda satisfacer directamente las necesidades de los trabajadores.

Se debe tener cuidado al distinguir entre riqueza, capital y dinero. El capital puede definirse sucintamente como la riqueza ahorrada dedicada a la reproducción , y las relaciones entre los tres términos mencionados pueden ilustrarse con la siguiente figura: El área del círculo, A, representa la riqueza de un país; el área del círculo inscrito, B, la cantidad de la riqueza total que se ahorra y se dedica a la reproducción, denominada capital. Pero el dinero es solo una parte del capital, como lo muestra el área del círculo C. Por lo tanto, puede ser claramente... [pág. 067]Se observa que no todo capital, B, es dinero; que no toda riqueza, A, es capital, aunque todo capital es necesariamente riqueza tal como se incluye en él. No siempre se comprende que el dinero es simplemente un artículo conveniente mediante el cual se intercambian otras formas de riqueza, y que una persona puede tener capital sin poseer nunca dinero real. En tiempos de depresión económica, lo que hoy es capital puede no satisfacer ningún deseo mañana (es decir, no tener demanda), y por lo tanto, temporalmente, puede, por así decirlo, desaparecer por completo de nuestros círculos superiores. Por el momento, al no tener valor de cambio, no puede ser riqueza, y por lo tanto, menos capital.

Supongamos, por ejemplo, que el capitalista es fabricante de ferretería y que su inventario, además de su maquinaria, consiste actualmente en su totalidad en artículos de hierro. Estos artículos no pueden alimentar a los trabajadores. Sin embargo, con un simple cambio en el destino de los mismos, puede alimentar a los trabajadores. Supongamos que [el capitalista convirtiera en salario lo que antes gastaba] en comprar plata y joyas; y, para que el efecto sea perceptible, supongamos que el cambio se produce a gran escala y que una gran suma se desvía de la compra de plata y joyas para emplear a trabajadores productivos, quienes, supondremos, anteriormente estaban, como el campesinado irlandés, medio empleados y medio alimentados. Los trabajadores, al recibir sus salarios aumentados, no los gastarán en plata y joyas, sino en alimentos. Sin embargo, no hay más alimentos en el país; ni trabajadores o animales improductivos, como en el caso anterior, cuyo alimento se destina a fines productivos. Por lo tanto, se importarán alimentos si es posible. Si no es posible, los trabajadores permanecerán por una temporada con su escasa asignación; pero la consecuencia de este cambio en la demanda de mercancías, ocasionado por el cambio en el gasto de los capitalistas de improductivo a productivo, es que el próximo año se producirá más alimentos y menos vajilla y joyería. De modo que, nuevamente, sin haber tenido nada que ver con la alimentación de [pág. 068]Para los trabajadores directamente, la conversión por parte de individuos de una parte de su propiedad, sin importar su tipo, de un destino improductivo a uno productivo ha tenido el efecto de que se asignen más alimentos al consumo de los trabajadores productivos. La distinción, entonces, entre capital y no capital no reside en el tipo de mercancías, sino en la mente del capitalista: en su voluntad de emplearlas para un fin en lugar de otro; y toda propiedad, por poco adecuada que sea para el uso de los trabajadores, es parte del capital, tan pronto como esta, o el valor que se recibirá de ella, se destina a la reinversión productiva.

§ 2. Más capital dedicado a la producción que el realmente empleado en ella.

Así como todo el producto del país dedicado a la producción es capital, a la inversa, todo el capital del país se dedica a la producción. Sin embargo, esta segunda proposición debe interpretarse con ciertas limitaciones y explicaciones. (1) Un fondo puede buscar un empleo productivo y no encontrar ninguno que se ajuste a las inclinaciones de su poseedor: en ese caso, sigue siendo capital, pero capital inactivo. (2) O bien, el stock puede consistir en bienes no vendidos, no susceptibles de aplicación directa a usos productivos y, por el momento, no comercializables: estos, hasta su venta, se encuentran en la condición de capital inactivo.

Esta no es una distinción importante. Los bienes son sin duda comercializables a cierto precio, si se ofrecen a un precio suficientemente bajo. Si nadie los quiere, entonces, por definición, no constituyen riqueza mientras se mantenga esa condición.

(3) [O] supongamos que el Gobierno impone un impuesto sobre la producción en una de sus primeras etapas, como, por ejemplo, gravando el material. El fabricante tiene que adelantar el impuesto antes de comenzar la fabricación y, por lo tanto, se ve obligado a acumular un fondo mayor que el requerido o que realmente se emplea en la producción que realiza. Debe tener un capital mayor para mantener la misma cantidad de trabajo productivo; o (lo que es equivalente) con un capital dado, mantiene menos trabajo. (4) Otro ejemplo: un agricultor puede entrar en su finca en una época del año en la que se le puede exigir pagar uno, dos o incluso [pág. 069]Tres cuartas partes de la renta antes de obtener cualquier beneficio del producto. Por lo tanto, esto debe pagarse con su capital.

(5) Finalmente, la gran parte del capital productivo de un país que se emplea en pagar los sueldos y salarios de los trabajadores evidentemente no es, en su totalidad, estrictamente indispensable para la producción. La parte que excede las necesidades reales de vida y salud (un exceso que, en el caso de los trabajadores cualificados, suele ser considerable) no se invierte en apoyar el trabajo, sino en remunerarlo, y los trabajadores podrían esperar esta parte de su remuneración hasta que se complete la producción.

La acumulación previa de mercancías necesarias para la producción debe ser inevitablemente suficiente para cubrir las necesidades básicas, pero no necesariamente mayor si el trabajador está dispuesto a esperar el monto adicional de su salario (el monto de su consumo improductivo) hasta la finalización de la operación industrial. De hecho, la acumulación debe ser suficiente para pagar al trabajador todos sus salarios semanales, por costumbre (dondequiera que exista una división considerable del trabajo), y también suficiente para comprar herramientas y materiales. Los diversos elementos del capital son materiales, instrumentos y medios de subsistencia, lo que le da a " instrumentos " su amplio significado, que incluye el dinero (la herramienta de intercambio) y otros aparatos necesarios para cada tipo específico de producción.

En verdad, sólo después de haberse acumulado ya un capital abundante pudo haber surgido la práctica de pagar por adelantado cualquier remuneración del trabajo que fuera más allá de la mera subsistencia, ya que lo que se paga de ese modo no se aplica realmente a la producción, sino al consumo improductivo de los trabajadores productivos, lo que indica un fondo para la producción lo suficientemente amplio como para permitir desviar habitualmente una parte de él a una mera conveniencia.

Se observará que he asumido que los trabajadores siempre subsisten gracias al capital: 105 y esto es obviamente así, aunque el capital no necesariamente tiene que ser proporcionado por una persona llamada capitalista.

[pág. 070]

El campesino no subsiste este año con el producto de la cosecha de este año, sino con el del año anterior. El artesano no vive del fruto de su trabajo, sino del trabajo previamente ejecutado y enajenado. Cada uno se sustenta con un pequeño capital propio, que repone periódicamente con el producto de su trabajo. El gran capitalista, de igual manera, se mantiene con fondos anticipados.

§ 3. Examen de casos ilustrativos de la idea del capital.

Lo que es virtualmente capital para el individuo, es o no capital para la nación, según que el fondo que, suponiendo que él no ha disipado, haya sido o no disipado por algún otro.

Considere el lector, en las cuatro suposiciones siguientes, si el capital dado ha desaparecido completamente del círculo del diagrama (página 67 ). En (3) y (4), la riqueza se disipa por completo; como ya no puede estar en el círculo A, tampoco puede, por supuesto, estar en el círculo B.

(1.) Por ejemplo, supongamos que una propiedad por valor de diez mil libras, perteneciente a A, se presta a B, agricultor o fabricante, y se emplea rentablemente en la ocupación de B. Constituye tanto capital como si perteneciera a B. A es en realidad agricultor o fabricante, no personalmente, sino en relación con su propiedad. Un capital por valor de diez mil libras se emplea en la producción —en el mantenimiento de trabajadores y el suministro de herramientas y materiales—, capital que pertenece a A, mientras que B se toma la molestia de emplearlo y recibe como remuneración la diferencia entre la ganancia que produce y el interés que paga a A. Este es el caso más simple.

(2.) Supongamos ahora que las diez mil libras de A, en lugar de ser prestadas a B, se prestan hipotecadas a C, un terrateniente, quien las emplea en mejorar la capacidad productiva de su finca, mediante cercas, drenaje, construcción de caminos o abonos permanentes. Esto es empleo productivo. Las diez mil libras son capital invertido, pero no... [pág. 071]Disipadas. Producen un rendimiento permanente; la tierra ahora proporciona un aumento de producción, suficiente en pocos años, si la inversión ha sido prudente, para reponer la cantidad y, con el tiempo, multiplicarla considerablemente. Aquí, pues, tenemos un valor de diez mil libras, empleado en aumentar la producción del país. Esto constituye un capital, por el cual C, si arrienda su tierra, recibe los rendimientos en forma nominal de aumento de la renta; y la hipoteca da derecho a A a recibir de estos rendimientos, en forma de intereses, la suma anual acordada.

(3.) Supongamos, sin embargo, que C, el terrateniente prestatario, es un derrochador que grava sus tierras no para aumentar su fortuna, sino para malgastarla, gastando el dinero en carruajes y entretenimientos. En uno o dos años se disipa, sin retorno. A es tan rico como antes; ya no tiene sus diez mil libras, pero tiene un gravamen sobre la tierra, que aún podría vender por esa cantidad. C, sin embargo, es diez mil libras más pobre que antes; y nadie es más rico. Podría decirse que son más ricos quienes han obtenido ganancias con el dinero mientras se gastaba. Sin duda, si C lo perdió jugando, o fue estafado por sus sirvientes, se trata de una mera transferencia, no de una destrucción, y quienes han ganado la cantidad pueden emplearla productivamente. Pero si C ha recibido el justo valor por su gasto en artículos de subsistencia o de lujo, que ha consumido para sí mismo o por medio de sus sirvientes o invitados, estos artículos han dejado de existir y no se ha producido nada para reemplazarlos; mientras que si la misma suma se hubiera empleado en la agricultura o la manufactura, el consumo que se habría producido se habría compensado con creces al final del año con nuevos productos, creados por el trabajo de quienes en ese caso habrían sido los consumidores. Por la prodigalidad de C, lo que se habría consumido con un rendimiento se consume sin rendimiento. Los comerciantes de C pueden haber obtenido una ganancia durante el proceso; pero, si el capital se hubiera gastado productivamente, los constructores, esgrimistas, fabricantes de herramientas y los comerciantes habrían obtenido una ganancia equivalente. [pág. 072]quienes abastecen el consumo de las clases trabajadoras; mientras que, al expirar el plazo (por no hablar de un aumento), C habría recibido las diez mil libras o su valor, lo cual ahora no ha recibido. Existe, por lo tanto, en el resultado general, una diferencia, en desventaja de la comunidad, de al menos diez mil libras, que corresponde al monto del gasto improductivo de C. Para A, la diferencia no es sustancial, ya que sus ingresos están garantizados, y mientras la garantía sea válida y el tipo de interés de mercado se mantenga, siempre puede vender la hipoteca a su valor original. Para A, por lo tanto, el gravamen de diez mil libras sobre el patrimonio de C es virtualmente un capital de esa cantidad; pero ¿lo es en relación con la comunidad? No lo es. A tenía un capital de diez mil libras, pero este se ha extinguido, disipado y destruido por la prodigalidad de C. A recibe ahora sus ingresos, no del producto de su capital, sino de alguna otra fuente de ingresos que pertenece a C, probablemente de la renta de su tierra, es decir, de los pagos que le hacen los agricultores con el producto de su capital.

(4.) Variemos aún más la hipótesis y supongamos que el dinero es prestado, no por un terrateniente, sino por el Estado. A presta su capital al Gobierno para financiar una guerra: compra al Estado los llamados títulos públicos; es decir, obligaciones del Gobierno de pagar una renta anual determinada. Si el Gobierno empleara el dinero en la construcción de un ferrocarril, este podría ser un empleo productivo, y la propiedad de A seguiría utilizándose como capital; pero como se emplea en la guerra, es decir, en el pago de oficiales y soldados que no producen nada, y en la destrucción de una cantidad de pólvora y balas sin retorno, el Gobierno se encuentra en la situación de C, el terrateniente derrochador, y las diez mil libras de A son capital nacional que existió en su momento, pero que ya no existe, prácticamente arrojado al mar, en lo que respecta a la riqueza o la producción; aunque por otras razones su empleo podría haber sido justificable. Los ingresos posteriores de A no provienen del producto de su propio capital, sino de los impuestos recaudados sobre dicho producto. [pág. 073]del capital restante de la comunidad; a quien su capital no le está dando ningún rendimiento, para indemnizarlo por el pago; todo está perdido y se ha ido, y lo que ahora posee es un derecho sobre los rendimientos del capital y la industria de otras personas.

La brecha en la capital del país se produjo cuando el Gobierno gastó el dinero de A: por lo que un valor de diez mil libras fue retirado o retenido del empleo productivo, colocado en el fondo para consumo improductivo y destruido sin equivalente.

Estados Unidos había obtenido préstamos a finales de la Guerra Civil, para el 31 de agosto de 1865, por $2,845,907,626; y, hasta el 30 de junio de 1881, el Gobierno había pagado $1,270,596,784 en intereses sobre sus bonos, provenientes de impuestos extraídos del producto del capital restante, como ingresos a los tenedores de bonos. Esto demuestra el enorme desperdicio de riqueza para Estados Unidos durante la guerra y, en consecuencia, la menor cantidad de capital existente hoy en este país; ya que, bajo los mismos incentivos para ahorrar, cuanto menor sea el círculo externo (riqueza), menor será el círculo interno (capital).

[pág. 074]


Capítulo IV. Proposiciones fundamentales respecto del capital.

§ 1. La industria está limitada por el capital.

La primera de estas proposiciones es que la industria está limitada por el capital. Emplear mano de obra en una manufactura es invertir capital en ella. Esto implica que la industria no puede emplearse en mayor medida que el capital disponible para invertir. De hecho, la proposición debe aceptarse tan pronto como se comprenda claramente. La expresión «aplicar capital» es, por supuesto, metafórica: lo que realmente se aplica es el trabajo, siendo el capital una condición indispensable. El alimento de los trabajadores y los materiales de producción no tienen poder productivo; pero el trabajo no puede ejercer su poder productivo si no se los provee. No puede haber más industria que la que se abastece de materiales para elaborar y alimentos para comer. Aunque parezca obvio, a menudo se olvida que la población de un país se mantiene y satisface sus necesidades no con el producto del trabajo presente, sino del pasado.

Por lo tanto, a medida que aumenta el capital, se puede emplear más mano de obra. Cuando los alborotadores de Pittsburgh, en 1877, destruyeron la propiedad, o el producto del trabajo pasado, no se dieron cuenta de que esa propiedad podía, pero ya nunca más podría, emplearse con fines productivos y, por lo tanto, sustentar a los trabajadores.

Consumen lo producido, no lo que está por producirse. Ahora bien, de lo producido, solo una parte se destina al sostenimiento del trabajo productivo; y no habrá ni puede haber más de ese trabajo que la porción [pág. 075]Así pues, la población asignada (que es la capital del país) puede alimentar y proveer de materiales e instrumentos de producción.

Dado que la industria está limitada por el capital, no podemos inferir, sin embargo, que siempre alcance ese límite. Puede que no haya tantos trabajadores disponibles como los que el capital podría mantener y emplear. Se sabe que esto ocurre en nuevas colonias, donde el capital a veces se ha desmoronado inútilmente por falta de mano de obra.

En los distritos agrícolas de nuestros estados del centro y oeste, en época de cosecha, las cosechas se han arruinado con frecuencia en los últimos años porque no se ha podido conseguir mano de obra. Anteriormente, el presidente John Adams no pudo contratar a un hombre en Washington para cortar leña en los bosques circundantes para calentar la Casa Blanca.

El consumo improductivo de trabajadores productivos, que ahora es abastecido en su totalidad por capital, podría cesar o posponerse hasta que llegara el producto, y con esa cantidad se podrían mantener trabajadores productivos adicionales.

[Los gobiernos] pueden crear capital. Pueden imponer impuestos y emplear la cantidad de forma productiva. Pueden hacer algo casi equivalente: pueden imponer impuestos sobre la renta o el gasto y destinar los ingresos al pago de la deuda pública. El titular del fondo, una vez pagado, seguiría deseando obtener ingresos de su propiedad, la mayor parte de los cuales, por lo tanto, se destinarían a empleo productivo, mientras que una gran parte se habría extraído del fondo para gastos improductivos, ya que las personas no pagan sus impuestos íntegramente con lo que habrían ahorrado, sino en parte, si no principalmente, con lo que habrían gastado.

§ 2. El aumento del capital da mayor empleo al trabajo, sin límites asignables.

Si bien, por un lado, la industria está limitada por el capital, por otro, todo aumento de capital proporciona, o puede proporcionar, empleo adicional a la industria; y esto sin límite asignable. No pretendo negar que el capital, o parte de él, pueda emplearse de forma que no apoye a los trabajadores, al estar destinado a maquinaria, edificios, mejoras de terrenos, etc. En cualquier gran aumento de capital, una parte considerable generalmente se empleará de esta forma, y solo cooperará con los trabajadores, no los mantendrá.

[pág. 076]

Cabe recordar, sin embargo, que la subsistencia es solo una parte o elemento del capital; que los instrumentos y materiales constituyen una gran parte del capital. Aun así, la cuestión del mero mantenimiento se debate con razón, pues hoy se afirma que, mientras los ricos se enriquecen cada vez más, los pobres carecen incluso del alimento necesario para subsistir; y a lo largo de esta discusión, el Sr. Mill tiene en cuenta que los trabajadores pueden vivir en la comunidad ya sea « medio alimentados o desempleados » .

Lo que pretendo afirmar es que la parte destinada a su manutención puede (suponiendo que no haya cambios en ningún otro aspecto) aumentarse indefinidamente, sin que ello impida encontrar empleo; en otras palabras, que si hay seres humanos capaces de trabajar y alimento para alimentarlos, siempre podrán emplearse en producir algo. Esto se opone firmemente a las doctrinas comunes. 106 No hay opinión más generalizada entre la humanidad que esta: que el gasto improductivo de los ricos es necesario para el empleo de los pobres.

Cabe destacar que, de hecho, después de que las artes han avanzado tanto en una comunidad que la humanidad puede obtener con su esfuerzo más de lo necesario para la subsistencia de todos, cualquier producción adicional que los nuevos descubrimientos y procesos hagan posible para la raza humana se consume de forma improductiva, y que, en consecuencia, la demanda de trabajo para el consumo improductivo es esencial para el empleo de todos los trabajadores existentes. Esto, sin embargo, es posible porque se ha generado suficiente capital para crear la demanda de trabajo. Sin embargo, es evidente que no es el gasto , sino el capital, lo que da empleo a los pobres.

Supongamos que cada capitalista llegase a opinar que, no siendo más meritorio que un trabajador bien llevado, no debería tener mejor suerte, y en consecuencia guardase, por motivos de conciencia, el excedente de sus ganancias; el gasto improductivo se vería entonces reducido a su límite más bajo, y se preguntaría: ¿cómo va a encontrar empleo el capital incrementado? [pág. 077]¿Quién comprará los bienes que producirá? Ya no hay clientes ni siquiera para los que se producían antes. Por lo tanto, se dice que los bienes permanecerán sin vender; se deteriorarán en los almacenes hasta que el capital se reduzca a su valor original, o mejor dicho, a una cantidad tan reducida como haya disminuido la demanda de los clientes. Pero esto es solo una parte del asunto. En el supuesto caso, ya no habría demanda de lujos por parte de los capitalistas y terratenientes. Pero, cuando estas clases convierten sus ingresos en capital, no aniquilan por ello su capacidad de consumo; simplemente la transfieren de sí mismas a los trabajadores a quienes dan empleo. Ahora bien, existen dos posibles suposiciones con respecto a los trabajadores: o hay, o no hay, un aumento de su número proporcional al aumento del capital. (1.) Si lo hay, el caso no presenta ninguna dificultad. La producción de artículos de primera necesidad para la nueva población sustituye la producción de artículos de lujo para una parte de la población anterior y proporciona exactamente la cantidad de empleo que se ha perdido. (2.) Pero supongamos que no hay aumento de población. Todo lo gastado previamente en artículos de lujo por capitalistas y terratenientes se distribuye entre los trabajadores existentes en forma de salarios adicionales. Supondremos que ya cuentan con suficientes artículos de primera necesidad.

¿Qué se deduce? Que los trabajadores se convierten en consumidores de lujos; y el capital previamente empleado en la producción de lujos aún puede emplearse de la misma manera; la diferencia radica en que los lujos se reparten entre la comunidad en general, en lugar de limitarse a unos pocos, suponiendo que la fuerza de su trabajo fuera físicamente suficiente para producir toda esta cantidad de indulgencias para todos. Así, el límite de la riqueza nunca es la falta de consumidores, sino de productores y de capacidad productiva. Cada aumento de capital proporciona al trabajo empleo adicional o remuneración adicional.

Que los trabajadores obtengan más ( a ) si los capitalistas se abstienen de gastos improductivos que ( b ) si gastan [pág. 078]El consumo improductivo de artículos es una cuestión difícil de comprender para muchos y requiere toda la explicación posible. Para empezar, nadie ha conocido jamás una comunidad cuyas necesidades estuvieran satisfechas: de hecho, la civilización nos conduce constantemente a nuevos campos de disfrute y resulta en una constante diferenciación de nuevos deseos. Satisfacer estas necesidades es el motor de casi toda la producción e industria. Por lo tanto, la falta de deseo de bienes no puede detener la producción. « El límite de la riqueza nunca es la escasez de consumidores » , sino la de la capacidad productiva.

Ahora bien, en el supuesto (2) del texto, recuerde que se supone que los trabajadores no están empleados hasta el máximo de su capacidad productiva. Si todos los capitalistas se abstuvieran del consumo improductivo y dedicaran esa cantidad de riqueza a la producción, entonces, dado que no puede haber producción sin trabajo, el mismo número de trabajadores les habría ofrecido en conjunto una mayor cantidad de artículos por su esfuerzo, lo que equivale a decir que reciben salarios adicionales.

Pero algunas personas desean ver el proceso en concreto, y el mismo principio puede ilustrarse con un caso práctico. Se supone que todos los trabajadores solo tienen lo necesario para vivir, pero ninguna de las comodidades, decencias ni lujos. Supongamos que A es un agricultor en Nueva York que también sabe tejer alfombras, y B, un leñador en Maine. A empieza a desear una casa mejor, y B desea una alfombra; ambos tienen comida, ropa y techo. Uno de los capitalistas que se abstiene del consumo improductivo, como se mencionó anteriormente, es X, quien, conociendo los dos deseos de A y B, se presenta como intermediario (es decir, ofrece un mercado para ambos, como se encuentra en cualquier centro comercial, así como en una tienda rural), proporcionando a A las herramientas, materiales, etc., y prometiéndole madera si fabrica la alfombra, y prometiéndole a B la alfombra si también produce la madera adicional. Para ser más concretos, X compra la alfombra de A y se la vende a B a cambio de madera. Así, se han creado dos nuevos artículos, y por su esfuerzo, A ha recibido salarios adicionales (ya sea en forma de madera o del dinero que le pagó por la alfombra), y B ha recibido salarios adicionales (ya sea en forma de una alfombra o del dinero que X le pagó por la madera). Si se considera que A y B representan a todos los trabajadores, y X a todos los capitalistas mencionados, en la multiplicidad de intercambios reales, se verá que A y B están creando nuevos artículos para satisfacer su propia demanda, en lugar de satisfacer la de X. Si sus necesidades primarias ya están satisfechas, entonces reciben sus salarios adicionales en forma de comodidades y decencia. Cuando la clase X renuncia a su consumo, pero añade esa cantidad al capital, no renuncia a su titularidad sobre ese capital, sino que transfiere el uso de [pág. 079]Esto, o su poder de consumo, a otros por el momento. Esta cuestión se analizará con más detalle en el § 6 .

§ 3. El capital es resultado del ahorro y todo capital se consume.

Un segundo teorema fundamental respecto al capital se relaciona con la fuente de la que proviene. Es el resultado del ahorro.

Si todas las personas gastaran en indulgencias personales todo lo que producen y todos los ingresos que reciben de la producción ajena, el capital no podría aumentar. Por lo tanto, debe haber existido algún ahorro, incluso en el estado más simple de relaciones económicas; las personas deben haber producido más de lo que utilizan, o utilizado menos de lo que producen. Es necesario que lo hagan aún más antes de poder emplear a otros trabajadores o aumentar su producción más allá de lo que pueden lograr con su propio trabajo. Si se dijera, por ejemplo, que la única manera de acelerar el aumento del capital es mediante el aumento del ahorro, probablemente se sugeriría la idea de una mayor abstinencia y una mayor privación. Pero es obvio que todo lo que aumenta la capacidad productiva del trabajo crea un fondo adicional para ahorrar y permite aumentar el capital, no solo sin privaciones adicionales, sino simultáneamente con un aumento del consumo personal. No obstante, aquí hay un aumento del ahorro, en el sentido científico. Aunque se consume más, también se ahorra más. Hay un mayor exceso de producción sobre el consumo. Consumir menos de lo que se produce es ahorrar. y ese es el proceso mediante el cual se incrementa el capital; no necesariamente consumiendo menos, en absoluto.

La idea económica del ahorro implica, por supuesto, la intención de utilizar la riqueza en la reproducción. El ahorro, sin este significado, solo resulta en el acaparamiento de riqueza, y mientras se acapare, esta cantidad no constituye capital. Para explicar el proceso mediante el cual surge el capital, Bastiat presentó la conocida ilustración del avión en sus « Sofismas de la Protección » . 107

Un teorema fundamental respecto del capital, estrechamente relacionado con el último que analizamos, es que, aunque se ahorre, [pág. 080]Y como resultado del ahorro, se consume. La palabra ahorro no implica que lo ahorrado no se consuma, ni siquiera necesariamente que su consumo se difiera; sino solo que, si se consume inmediatamente, no lo consume quien lo ahorra. Si simplemente se reserva para uso futuro, se dice que se atesora; y, mientras se atesora, no se consume en absoluto. Pero, si se emplea como capital, se consume en su totalidad, aunque no por el capitalista. Una parte se intercambia por herramientas o maquinaria, que se desgastan con el uso; otra por semillas o materiales, que se destruyen como tales al ser sembrados o procesados, y se destruyen por completo al consumir el producto final. El resto se paga en salarios a trabajadores productivos, que lo consumen para cubrir sus necesidades diarias; o si a su vez ahorran alguna parte, esta tampoco se suele atesorar, sino que (a través de cajas de ahorro, asociaciones de beneficencia o algún otro canal) se reutiliza como capital y se consume. Para el vulgo, no es evidente que lo ahorrado se consuma. Para ellos, todo aquel que ahorra se presenta como alguien que atesora. Quien gasta su fortuna en consumo improductivo es visto como alguien que distribuye beneficios a su alrededor, y es objeto de tal favor, que incluso quien gasta lo que no le pertenece goza de cierta popularidad; quien no solo destruye su propio capital, si es que alguna vez lo tuvo, sino que, con el pretexto de pedir prestado y bajo la promesa de devolverlo, se apropia del capital ajeno y lo destruye igualmente.

Este error común proviene de prestar atención solo a una pequeña parte de las consecuencias que se derivan del ahorro o del gasto; todos los efectos de ambos, que están fuera de la vista, están fuera de la mente. En un caso, se produce un desgaste de las herramientas, una destrucción de material y una cantidad de alimentos y ropa suministrada a los trabajadores, que estos destruyen con el uso; en el otro caso, se produce un consumo, es decir, una destrucción, de vinos, equipajes y muebles. Hasta ahora, la consecuencia para la riqueza nacional ha sido prácticamente la misma; se ha destruido una cantidad equivalente. [pág. 081]En ambos casos. Pero en el gasto, esta primera etapa es también la etapa final; esa cantidad específica del producto del trabajo ha desaparecido, y no queda nada; mientras que, por el contrario, quien ahorra, durante todo el tiempo que duró la destrucción, ha tenido obreros trabajando en la reparación; quienes finalmente han restituido, con un aumento, el equivalente de lo consumido.

Al realizarse casi todos los gastos con dinero, este se considera el elemento principal de la transacción; y como este no perece, sino que solo cambia de manos, la gente pasa por alto la destrucción que se produce en el caso del gasto improductivo. Al ser el dinero simplemente transferido, piensan que la riqueza también ha sido transferida del derrochador a otros. Pero esto es simplemente confundir dinero con riqueza. La riqueza destruida no era el dinero, sino los vinos, los carruajes y los muebles que se adquirían con él; y, al ser destruidos sin retorno, la sociedad colectiva se empobrece en consecuencia. En la medida en que una clase social es imprudente o lujosa, la industria del país se orienta a producir artículos de lujo para su uso; mientras que no solo disminuye el empleo para los trabajadores productivos, sino que la subsistencia y los instrumentos que los sustentan disminuyen.

§ 4. El capital se mantiene gracias a la reproducción perpetua, como lo demuestra la recuperación de los países de la devastación.

Volviendo a nuestro teorema fundamental. Todo lo que se produce se consume —tanto lo que se ahorra como lo que se dice que se gasta—, y lo primero con la misma rapidez que lo segundo. Todas las formas comunes del lenguaje tienden a disimular esto. Cuando se habla de la riqueza ancestral de un país, de las riquezas heredadas de los antepasados y expresiones similares, se sugiere la idea de que las riquezas así transmitidas se produjeron hace mucho tiempo, en el momento en que se dice que se adquirieron por primera vez, y que ninguna parte del capital del país se produjo este año, excepto lo que se haya añadido este año a la cantidad total. La realidad es muy distinta. La mayor parte, en valor, de... [pág. 082]La riqueza que ahora existe [en los Estados Unidos] ha sido producida por manos humanas en los últimos doce meses.

“ En el Estado de Massachusetts se estima que el capital, en promedio, perteneciente a cada individuo no excede los 600 dólares, y que el producto anual promedio per cápita es de unos 200 dólares; de modo que el capital total es el producto de sólo dos o tres años de trabajo ” . 108

La tierra subsiste, y es casi lo único que subsiste. Todo lo que se produce perece, y la mayoría de las cosas muy rápidamente. La mayoría de los tipos de capital no son aptos por naturaleza para conservarse a largo plazo. La Abadía de Westminster ha perdurado muchos siglos, con reparaciones ocasionales; algunas esculturas griegas han existido más de dos mil años; las Pirámides quizás duplican o triplican ese tiempo. Pero estos eran objetos dedicados a un uso improductivo. El capital se mantiene en existencia de siglo en siglo no por conservación, sino por reproducción perpetua; cada parte de él se usa y se destruye, generalmente muy pronto después de su producción, pero quienes lo consumen se emplean mientras tanto en producir más. El crecimiento del capital es similar al crecimiento de la población. Cada individuo que nace muere, pero cada año el número de nacidos supera al de fallecidos; la población, por lo tanto, siempre aumenta, aunque ninguna persona de quienes la componen haya sobrevivido hasta fecha muy reciente.

Este consumo y reproducción perpetuos del capital explican lo que a menudo ha suscitado asombro: la gran rapidez con la que los países se recuperan de un estado de devastación. La posibilidad de una rápida reparación de sus desastres depende principalmente de si el país ha sido despoblado. Si su población efectiva no ha sido extirpada en ese momento ni ha muerto de hambre posteriormente, entonces, con la misma habilidad y conocimiento que tenían antes, con sus tierras y mejoras permanentes intactas, y los edificios más duraderos probablemente intactos, o solo parcialmente dañados, tienen casi todos los requisitos para su [pág. 083]Cantidad anterior de producción. Si les queda suficiente alimento, o bienes valiosos para comprar alimentos, como para permitirles, con cualquier grado de privación, mantenerse vivos y en condiciones de trabajar, en poco tiempo habrán obtenido una producción tan grande y adquirido colectivamente una riqueza y un capital tan grandes como antes, simplemente por la continuidad del esfuerzo habitual que suelen emplear en sus ocupaciones. Esto tampoco demuestra ninguna fuerza en el principio del ahorro, en el sentido popular del término, ya que lo que ocurre no es una abstinencia intencional, sino una privación involuntaria.

El mundo, en cualquier período dado, tiene el poder, bajo las condiciones existentes de producción y habilidad, de crear cierta cantidad de riqueza, representada por el rectángulo interior W. Cada aumento en el poder de producción, derivado de la conquista de las fuerzas de la naturaleza, como el uso del vapor y la maquinaria que ahorra mano de obra, permite que la riqueza total se amplíe, como se muestra en la figura, hasta el rectángulo W'. Para la producción de riqueza se requieren trabajo, capital y tierra; por lo tanto, si el trabajo y la tierra no son destruidos por la guerra, no necesariamente existe todo el capital previo. Si existen los recursos necesarios para todos y solo las herramientas suficientes para realizar el trabajo, en pocos años se recreará toda la riqueza anterior, se recuperará la misma posición que antes y se seguirá incrementando lentamente la riqueza total tan rápido como lo permitan las mejoras en las artes de producción.

§ 5. Efectos de la sufragación de los gastos del Gobierno mediante préstamos.

[Se ha hecho una aplicación de esta verdad a la cuestión de aumentar los suministros gubernamentales para fines bélicos.] Los préstamos, al ser extraídos del capital (en lugar de los impuestos, que generalmente se habrían pagado con los ingresos y se habrían compensado en parte o en su totalidad con una mayor economía), deben, según los principios que hemos establecido, tender a empobrecer el país: sin embargo, los años en que el gasto de este tipo ha sido en mayor escala a menudo han sido años de gran prosperidad aparente: la riqueza y los recursos del país, en lugar de disminuir, han dado todas las señales de [pág. 084]aumento rápido durante el proceso y de dimensiones enormemente expandidas después de su cierre.

Durante nuestra guerra civil, al mismo tiempo que se destruía la riqueza a gran escala, existía la sensación generalizada de que el comercio era próspero y se amasaban grandes fortunas. Al final de la guerra, continuó un período de especulación y sobrecomercio hasta que tuvo un final desastroso con el pánico de 1873. Sin embargo, gran parte de esta especulación se debió a la inflación del papel moneda.

Supongamos el caso más desfavorable posible: que la cantidad total prestada y destruida por el Gobierno fuese sustraída por el prestamista de un empleo productivo en el que se había invertido. Por lo tanto, el capital del país se ve disminuido este año en una cantidad considerable. Pero, a menos que la cantidad sustraída sea enorme, no hay razón por la naturaleza del caso para que el próximo año el capital nacional no sea tan grande como siempre. El préstamo no puede haberse tomado de la parte del capital del país que consiste en herramientas, maquinaria y edificios. Debe haberse extraído íntegramente de la parte empleada en pagar a los trabajadores, y los trabajadores sufrirán en consecuencia. Pero si ninguno de ellos pasa hambre, si sus salarios pueden soportar tal reducción, o si la caridad se interpone entre ellos y la indigencia absoluta, no hay razón para que su trabajo produzca menos el próximo año que el anterior. Si producen tanto como de costumbre, habiendo recibido tantos millones de libras esterlinas menos, estos millones son ganados por sus empleadores. La brecha abierta en la capital del país se repara así instantáneamente, pero se repara a causa de las privaciones y a menudo de la miseria real de la clase trabajadora.

Como señala el Sr. Mill, durante las guerras napoleónicas, en Francia la retirada de trabajadores de la industria al ejército fue tan grande que provocó un aumento de los salarios y una caída de las ganancias del capital; mientras que en Inglaterra, dado que se envió capital, en lugar de hombres, al continente en la guerra, ocurrió exactamente lo contrario: la desviación de « cientos de millones de capital del empleo productivo » provocó una caída de los salarios. [pág. 085]y la prosperidad de la clase capitalista, mientras que los recursos productivos permanentes no disminuyeron.

Esto nos lleva a la controvertida cuestión a la que el Dr. Chalmers ha aludido muy específicamente: si los fondos que un gobierno necesita para gastos extraordinarios improductivos se obtienen mejor mediante préstamos, con los intereses únicamente cubiertos por los impuestos, o si los impuestos deberían gravarse de inmediato sobre la cantidad total; lo que, en el vocabulario financiero, se denomina recaudar la totalidad de los suministros en un año. El Dr. Chalmers se muestra firmemente a favor de este último método. Afirma que la idea común es que, al exigir la cantidad total en un año, se requiere algo imposible o muy inconveniente; que la gente no puede, sin grandes dificultades, pagar la totalidad de una vez con sus ingresos anuales; y que es mucho mejor exigirles un pequeño pago anual en forma de intereses que un sacrificio tan grande de una vez por todas. A lo que su respuesta es que el sacrificio se realiza por igual en ambos casos. Todo lo que se gasta no puede sino provenir de los ingresos anuales. La totalidad y cada parte de la riqueza producida en el país constituye, o contribuye a constituir, los ingresos anuales de alguien. La privación que se supone debe resultar de recibir la cantidad en forma de impuestos no se evita al tomarla en préstamo. El sufrimiento no se evita, sino que solo recae sobre las clases trabajadoras, las menos capaces y quienes menos deberían soportarlo: mientras que todos los inconvenientes, físicos, morales y políticos, producidos por mantener impuestos para el pago perpetuo de los intereses, se incurren en pura pérdida. Siempre que se retira capital de la producción, o del fondo destinado a la producción, para prestarlo al estado y gastarlo improductivamente, esa suma total se retiene de las clases trabajadoras: el préstamo, por lo tanto, se paga en realidad el mismo año; todo el sacrificio necesario para pagarlo se hace realmente; solo que se paga a las personas equivocadas y, por lo tanto, no extingue el derecho; y se paga con el peor de los impuestos, un impuesto exclusivamente a la clase trabajadora. Y, después de haber pasado, de esta manera tan dolorosa e injusta, [pág. 086]Todo el esfuerzo necesario para extinguir la deuda queda a cargo del país y del pago de sus intereses a perpetuidad.

Estados Unidos, por ejemplo, toma prestado capital de A, con el cual compra tiendas a B. Si el préstamo proviene íntegramente del país, el capital de A se toma prestado , cuando Estados Unidos debería haber tomado esa cantidad directamente mediante impuestos. Cuando A toma prestado el dinero, los trabajadores sufren el sacrificio, la titularidad de la suma total permanece en manos de A y la reclamación de A contra el Gobierno sigue vigente; mientras que, si la cantidad se obtiene mediante impuestos, la titularidad de la suma obtenida pertenece al estado y se paga a la persona adecuada.

La experiencia de Estados Unidos durante la Guerra Civil ilustra este principio. Se afirma que, de hecho, los gastos totales de la guerra fueron sufragados por los Estados del Norte, durante los cuatro años que duró, con sus excedentes; sin embargo, al final del conflicto, el país tenía una deuda de 2.800.000.000 de dólares.

Estados Unidos tomó prestado

$2,400,000,000

Ingresos durante ese tiempo

1.700.000.000

Costo total de la guerra

$4,100,000,000

En realidad, tomamos prestados solo unos 1.500.000.000 de dólares en lugar de 2.400.000.000, ya que (1) el Gobierno emitió papel que se depreció, y sin embargo lo recibió a la par en suscripciones para préstamos. Además, el costo total se habría reducido mucho si no hubiéramos emitido papel y (2) por lo tanto no hubiéramos aumentado los precios de los bienes para el estado, y (3) si no se hubiera creado una cuenta de intereses por los préstamos. Pero ¿podría el país haber recaudado la suma total cada año mediante impuestos? En el primer año fiscal después de la guerra, Estados Unidos pagó en impuestos de guerra 650.000.000 de dólares. Al comienzo de la contienda, al 30 de junio de 1862, el gasto fue de 515.000.000 de dólares, y para el 30 de junio de 1863, había ascendido a 1.098.000.000 de dólares; de modo que 600.000.000 de dólares de impuestos al año habrían pagado los gastos de la guerra y nos habrían dejado libres de deudas al final.

Una experiencia confirmatoria es la de Inglaterra durante las guerras continentales, 1793-1817:

Gastos totales de guerra

£1.060.000.000

Cargo por intereses sobre la deuda existente

235.000.000

Cantidad total requerida

£1,295,000,000

Ingresos de ese período

1.145.000.000

Déficit

£150.000.000

Para cubrir este déficit, el Gobierno en realidad aumentó [pág. 087]su deuda en 600 millones de libras. Un pequeño esfuerzo adicional habría generado 150 millones de libras más de ingresos y ahorrado 450 millones de libras a los contribuyentes. 109

Sin embargo, la situación práctica rara vez se corresponde exactamente con esta suposición. Los préstamos de los países menos ricos se otorgan principalmente con capital extranjero, que tal vez no se habría traído para invertirse con una garantía menor que la del Gobierno; mientras que los de los países ricos y prósperos generalmente se otorgan, no con fondos retirados del empleo productivo, sino con las nuevas acumulaciones que se generan constantemente a partir de los ingresos, y a menudo con una parte de ellos que, de no haberse tomado así, habría emigrado a colonias o buscado otras inversiones en el extranjero.

§ 6. La demanda de mercancías no es demanda de trabajo.

La afirmación del Sr. Mill sobre el teorema relativo al capital, discutida en el argumento de que « la demanda de mercancías no es demanda de trabajo » , requiere cierta simplificación. Para ello, represente con las letras del alfabeto A, B, C, ... X, Y, Z los diferentes tipos de mercancías producidas en el mundo que se intercambian entre sí al llegar a los consumidores. Este intercambio de mercancías, huelga decirlo, no aumenta el número ni la cantidad de mercancías ya existentes, ya que su producción, como hemos visto, requiere trabajo y capital en conexión con agentes naturales. El mero intercambio no altera la cantidad de mercancías producidas.

Para producir un arado, por ejemplo, el fabricante debe tener capital (en forma de subsistencia, herramientas y materiales) al que alguien ha renunciado mediante un proceso de ahorro para poder producir algo más, en este caso un arado. Este ahorro debe lograrse primero en una cantidad suficiente para mantener la producción diaria. Este capital se consume en su totalidad, pero a más o menos plazo (dependiendo de la operación industrial en particular) se reproduce en nuevas formas adaptadas a las necesidades existentes del hombre. Además, sin ningún nuevo esfuerzo de abstinencia, esta cantidad de capital puede volver a consumirse y reproducirse, y así continuar indefinidamente, tras haber sido ahorrada una vez (siempre que no se destruya mientras tanto, dejando así de ser capital, y también riqueza). El capital total del país, entonces, no es la suma [pág. 088]del capital de un año sumado al de otro; pero el del año anterior se reproduce de una forma nueva este año, más un incremento fraccional derivado de nuevos ahorros. Pero, una vez ahorrado, el capital puede continuar contribuyendo constantemente a la producción. Este arado, una vez fabricado, se intercambia (si se necesita uno y la producción se ajusta adecuadamente a la demanda) por otros productos, como alimentos, medios para reparar herramientas, etc., que devuelven al fabricante de arados todos los bienes consumidos en su fabricación (con un aumento, llamado ganancia).

Volviendo a nuestra ilustración del alfabeto, es evidente que una cierta cantidad de capital unida al trabajo (que constituye lo que podría llamarse un motor productivo) yace detrás de la producción de A (como el arado, por ejemplo), y a la cual se debe su existencia. Lo mismo es cierto para Z. Supongamos que se producen 5.000 de Z, de los cuales 4.000 son suficientes para reembolsar el capital utilizado por el trabajo en la operación, y que el propietario de la mercancía Z gasta los 1.000 Z restantes a cambio de 1.000 de la mercancía A. Es evidente (aún no se utiliza dinero) que este intercambio de bienes está regulado completamente por los deseos de las dos partes de la transacción. No se crean más bienes simplemente por el intercambio; el simple proceso de intercambio no mantiene ocupados a los trabajadores involucrados en A. Y, sin embargo, el propietario de Z tenía una demanda de la mercancía A; Su demanda carecía de valor, excepto por el hecho de su producción, que le otorgaba riqueza real, o poder adquisitivo, en forma de Z. Su demanda de la mercancía A no era lo que empleaba a los trabajadores involucrados en la producción de A, aunque la demanda (de ser conocida de antemano) los haría producir A en lugar de otro artículo; es decir, la demanda de una cantidad de riqueza por una cosa determinada determina la dirección que toma el propietario del capital A. Pero, dado que el intercambio es simplemente la forma en que se manifiesta la demanda, es evidente que la demanda no aumenta la producción y, por lo tanto, por sí misma, no emplea trabajo. Por supuesto, si no hubiera deseos, no habría demanda y, por lo tanto, no habría producción ni empleo de trabajo. Pero podemos concluir formulando la proposición de que la riqueza (Z) ofrecida por las mercancías (A) requiere el uso de otra riqueza (que no sea Z) como capital para respaldar la operación mediante la cual se producen esas mercancías (A). No influye en el empleo actual de mano de obra la necesidad que satisfacen los productores de A, ya sea terciopelo (destinado al consumo improductivo) o arados (destinados al consumo productivo). Incluso si Z ya no se ofrece a cambio de A, y si A ya no se fabrica, los trabajadores anteriormente ocupados en producir A —si se les avisa del cambio inminente; de lo contrario, se produce una pérdida—, al poseer la planta, pueden producir algo más que el propietario de Z necesite.

[pág. 089]

Ahora, en una comunidad, como la representada aquí, donde todos los trabajadores supuestamente están ocupados y todo el capital empleado en la producción de A, B, C, ... X, Y, Z, imaginemos la llegada de una tripulación náufraga. En lugar de intercambiar Z por A, como antes, el dueño de Z podría ofrecer su riqueza a la tripulación para que bailen para él. La pregunta esencial es: ¿se ofrece más empleo a la mano de obra con esta acción que con el intercambio anterior por A? Es decir, se trata simplemente de una cuestión de distribución de la riqueza entre los miembros de una comunidad. La mano de obra empleada en A no se ve expulsada de su empleo (si se le advierte). Ya no existe riqueza, pero su distribución es diferente: la tripulación, en lugar del antiguo dueño, ahora tiene 1000 de Z. En cuanto a la cuestión del empleo, no importa en qué condiciones la tripulación lo haya obtenido: podrían haber sido contratados para hacer fila y admirar al dueño de Z cuando salga. Pero, aun así, se puede asumir naturalmente que la tripulación fue empleada productivamente. En este caso, tras consumir la riqueza Z, han creado artículos en lugar de los que consumieron. Pero, aunque esta última operación es económicamente más conveniente para el crecimiento futuro de la riqueza, no se emplearon más trabajadores temporalmente que si la tripulación simplemente hubiera bailado. No se discutirán aquí las ventajas o desventajas del consumo productivo. Sin embargo, se pretende establecer la proposición de que la riqueza pagada en salarios o adelantada a los productores sustenta en sí misma el trabajo ; que la riqueza ofrecida directamente a los trabajadores de esta manera emplea más trabajo que cuando se ofrece simplemente a cambio de otros bienes, o, en otras palabras, mediante la demanda de mercancías; que una mayor demanda de mercancías no implica una mayor demanda de trabajo, ya que esta solo puede ser creada por el capital. La diferencia esencial radica en que, en un caso, el propietario de Z, al intercambiar bienes por A, no renunció a su capacidad de consumo; en el otro caso, al dar Z a la tripulación desempleada, en realidad realizó un proceso de ahorro al renunciar a su consumo personal y entregárselo a la tripulación. Si la tripulación lo utiliza de forma improductiva, al final es lo mismo que si el dueño de Z lo hubiera hecho; pero mientras tanto, los trabajadores adicionales estaban empleados. Si la tripulación se emplea productivamente, el ahorro obtenido perdurará indefinidamente, como se explicó anteriormente, y el mundo se enriquecerá gracias a la riqueza que este capital adicional pueda crear.

Ahora bien, se podría objetar que, si A ya no tiene demanda, los trabajadores de esa industria quedarán sin empleo. De ese empleo, sin duda, pero no de todos los demás. Mil Z pudieron comprar ciertos resultados de trabajo y capital en la industria A, cuando estaba en manos de su antiguo propietario; y ahora, cuando está en manos de la tripulación, [pág. 090]Controlar, como poder adquisitivo, los resultados equivalentes de trabajo y capital. La tripulación podría no querer los mismos artículos que el anterior propietario de Z, pero sí querrá el equivalente a 1000 de Z en algo, y ese algo se producirá ahora en lugar de A. El proceso completo puede representarse mediante este diagrama.

1. Z se intercambia por A y la tripulación permanece desempleada.

2. Aquí la tripulación posee Z, y ellos mismos intercambian Z por cualquier cosa que A pueda producir para satisfacer sus necesidades, y entonces la tripulación queda empleada.

Es posible que la intervención del dinero ciegue a algunas mentes a una comprensión adecuada de las operaciones descritas anteriormente. La suposición, tal como se da, se aplica a una condición de trueque, pero es igualmente cierta si se utiliza dinero. 110 Imaginemos una exhibición de todas las industrias del mundo, A, B, C, ... X, Y, Z, presentadas a la vista en un gran campo, y en el punto central el productor de oro y plata. Cuando se produce Z, se lleva al mostrador de oro y se intercambia por dinero; cuando se produce A, se hace lo mismo. Entonces, el primer dinero se da por A, y el segundo por Z, de modo que, en realidad, A se intercambia por Z a través del dinero, tal como se consideró antes. Ahora bien, un objetor podría decir: « Si A no se necesita, después de su producción, y no se puede vender, porque se ha retirado la demanda de Z, entonces el capital utilizado para A no se devolverá y los trabajadores de A quedarán sin empleo » . La respuesta es, por supuesto, que el estado de cosas aquí contemplado es permanente y normal, en el que la producción se adapta correctamente a los deseos humanos. Si se descubre que A no se necesita, después de su producción, se ha cometido un error industrial y la riqueza se desperdicia como si se quemara. Es una producción desorganizada. El problema no radica en la falta de demanda de lo que A puede producir (de otra cosa), sino en que los productores de A no producen lo que se deseaba, por ignorancia o falta de información temprana sobre la disposición de la riqueza de Z. En la práctica, sin embargo, se observará que la mayoría de los bienes se fabrican por encargo y , salvo en circunstancias excepcionales, [pág. 091]No se produce realmente a menos que se prevea un mercado. De hecho, como todo el mundo sabe, la función más importante de un empresario exitoso es la adaptación de la producción al mercado, es decir, a los deseos de los consumidores.

Hay otra forma de esta pregunta que merece una breve mención. Cabe destacar que gran parte de la actividad industrial actual no se dedica al consumo productivo, como alimento, vivienda y ropa, sino a proporcionar comodidades y lujos tanto a personas de bajos recursos como a personas de altos recursos, o al consumo improductivo. Ahora bien, si no existiera la demanda de lujos y comodidades, muchas grandes industrias dejarían de existir y la mano de obra se vería desempleada. ¿No es, entonces, la demanda de tales bienes una causa del actual empleo de mano de obra? No, no lo es. Los lujos y las comodidades son, por supuesto, objeto de las necesidades humanas; pero el deseo por sí solo, sin poder adquisitivo, no puede comprar ni producir estos bienes. Para obtener un piano, hay que producir bienes, lo que implica la posesión de capital para generar bienes, o poder adquisitivo, que se ofrezcan por un piano. Esto tampoco es suficiente. Incluso después de que un hombre, A, por ejemplo, ofrezca poder adquisitivo, no obtendrá un piano a menos que exista una acumulación de capital desempleado, junto con mano de obra disponible para fabricar el instrumento. Si todo el capital estuviera previamente ocupado, no se podría fabricar ningún piano, aunque A ofreciera un equivalente en bienes valiosos. Podría decirse que A mismo tiene los medios. Posee la riqueza , y si está dispuesto a renunciar al uso de esta riqueza o, en otras palabras, a ahorrarla dedicándola a la reproducción en la industria del piano —es decir, a crear el capital necesario para el propósito—, entonces el piano puede fabricarse. Pero esto demuestra una vez más que, no un mero deseo, sino la existencia de capital, es necesaria para la producción y, por lo tanto, para el empleo de mano de obra. Por lo tanto, una mayor demanda de mercancías no proporciona empleo adicional a la mano de obra, a menos que exista capital para sustentarla.

De esta proposición se derivan algunos corolarios importantes: ( a ) Cuando un país, mediante legislación, crea una demanda interna de mercancías, esto no genera, por sí mismo, empleo adicional. Si los bienes se hubieran comprado previamente en el extranjero, con total libertad, si se hubieran producido en el país, habrían requerido más capital y trabajo, o no se habrían importado del extranjero. Si se hubieran producido en el país, se requeriría, para comprarlos, más de lo que antes se enviaba al extranjero; o algunos tendrían que prescindir de él. La legislación no puede, ipso facto , crear capital, y solo mediante un aumento de capital se puede generar más empleo. Sin embargo, es posible que la legislación provoque un uso más eficaz del capital existente; pero esto debe ser una cuestión de hecho, que las circunstancias determinarán. [pág. 092]en cada caso particular. No es algo que deba regirse por principios.

b. ) De la proposición anterior se desprende también que los impuestos que gravan a los ricos, y que se pagan con el ahorro que obtienen de su consumo de lujos, no recaen sobre los pobres debido a una menor demanda de bienes; ya que, como hemos visto, dicha demanda no crea ni disminuye la demanda de mano de obra. Pero, si los impuestos que gravan a los ricos se pagan con el ahorro que estos habrían gastado en salarios, entonces, si el Gobierno gasta la cantidad de ingresos así obtenidos en la compra directa de mano de obra, como la de soldados y marineros, el impuesto no recae sobre la clase trabajadora en su conjunto. Cuando el Gobierno toma esa riqueza que antes era capital, la quema o la disipa en la guerra, deja de existir como medio para volver a producir riqueza o emplear mano de obra.

[pág. 093]


Capítulo V. Del capital circulante y fijo.

§ 1. Capital fijo y circulante.

Del capital empleado en la producción de cualquier mercancía, hay una parte que, tras ser utilizada, deja de existir como capital; ya no es capaz de prestar servicio a la producción, o al menos no el mismo servicio ni el mismo tipo de producción. Tal es, por ejemplo, la parte del capital que consiste en materiales. El sebo y el álcali con los que se fabrica el jabón, una vez utilizados en la fabricación, se destruyen como álcali y sebo. En la misma división debe ubicarse la parte del capital que se paga como salario o se consume para la subsistencia de los trabajadores. La parte del capital de un hilandero de algodón que este paga a sus trabajadores, una vez pagada, deja de existir como capital propio, ni como capital del hilandero de algodón. El capital que de esta manera cumple la totalidad de su función en la producción en la que se dedica, mediante un solo uso, se denomina capital circulante. El término, poco apropiado, se deriva de la circunstancia de que esta parte del capital debe renovarse constantemente con la venta del producto terminado, y cuando se renueva, se gasta perpetuamente en la compra de materiales y el pago de salarios, de modo que realiza su trabajo no manteniéndolo, sino cambiando de manos.

Otra gran parte del capital, sin embargo, consiste en instrumentos de producción de carácter más o menos permanente; que producen su efecto no al separarse de ellos, sino al conservarlos; y cuya eficacia no se agota con un solo uso. A esta clase pertenecen los edificios, [pág. 094]Maquinaria y la mayoría de los instrumentos o herramientas. La durabilidad de algunos de ellos es considerable, y su función como instrumentos productivos se prolonga mediante numerosas repeticiones de la operación productiva. En esta clase debe incluirse también el capital invertido (como se dice) en mejoras permanentes del terreno. Así también, el capital invertido de una vez por todas, al iniciar una empresa, para preparar el terreno para operaciones posteriores: el gasto de abrir una mina, por ejemplo; de excavar canales, de construir carreteras o muelles. Se podrían añadir otros ejemplos, pero estos son suficientes. El capital que existe en cualquiera de estas formas duraderas, y cuya rentabilidad se distribuye a lo largo de un período de duración correspondiente, se denomina capital fijo.

Dentro del capital fijo, algunos tipos requieren ser renovados ocasional o periódicamente. Así ocurre con todos los implementos y edificios: requieren, a intervalos, una renovación parcial mediante reparaciones, y finalmente se desgastan por completo. En otros casos, el capital no requiere una renovación completa, salvo como consecuencia de algún accidente inusual. Un muelle o un canal, una vez construidos, no requieren, como una máquina, ser reconstruidos, a menos que se destruyan intencionalmente. El más permanente de todos los tipos de capital fijo es el empleado para aumentar la productividad de un agente natural, como la tierra.

Volviendo a la distinción teórica entre capital fijo y circulante, dado que toda la riqueza destinada a la reproducción se considera capital, existen partes del capital que no concuerdan con la definición de ninguno de sus tipos; por ejemplo, el stock de bienes terminados que un fabricante o comerciante posee en cualquier momento sin vender en sus almacenes. Pero este, aunque capital en cuanto a su destino, aún no es capital en ejercicio real; no se dedica a la producción, sino que primero debe venderse o intercambiarse, es decir, convertirse en un valor equivalente de otras mercancías; por lo tanto, aún no es capital fijo ni circulante, sino que se convertirá en uno u otro, o se dividirá eventualmente entre ambos.

[pág. 095]

§ 2. Aumento del capital fijo, cuando, a expensas del circulante, pueda ser perjudicial para los trabajadores.

Existe una gran diferencia entre los efectos del capital circulante y el capital fijo sobre el producto bruto del país. Al destruirse el capital circulante como tal, el resultado de un solo uso debe ser una reproducción igual a la cantidad total del capital circulante empleado, además de una ganancia. Sin embargo, esto no es en absoluto necesario en el caso del capital fijo. Dado que la maquinaria, por ejemplo, no se consume completamente en un solo uso, no es necesario que se reponga completamente con el producto de dicho uso. La máquina cumple la función de su propietario si, durante cada intervalo de tiempo, genera lo suficiente para cubrir los gastos de reparación y la pérdida de valor sufrida durante el mismo tiempo, con un excedente suficiente para generar la ganancia ordinaria sobre el valor total de la máquina.

De esto se desprende que todo aumento del capital fijo, al producirse a expensas del circulante, debe ser, al menos temporalmente, perjudicial para los intereses de los trabajadores. Esto es cierto no solo para la maquinaria, sino para todas las mejoras que invierten el capital; es decir, lo hacen permanentemente inaplicable al mantenimiento y la remuneración del trabajo.

Es muy probable que en los veinticinco años previos al pánico de 1873, debido al progreso de la invención, las industrias estadounidenses que empleaban mucha maquinaria se vieran excesivamente estimuladas en comparación con otras, y que el reajuste fuera un proceso lento y doloroso. Tras el colapso, un gran número de personas abandonó la manufactura para incorporarse a las industrias extractivas.

El argumento en el que se basan la mayoría de quienes sostienen que la maquinaria nunca puede ser perjudicial para la clase trabajadora es que, al abaratar la producción, crea una mayor demanda del producto que permite, en poco tiempo, que un mayor número de personas encuentre empleo en su producción. Este argumento no me parece tan convincente como se le atribuye comúnmente. El hecho, aunque expresado de forma demasiado general, es, sin duda, a menudo cierto. Los copistas que se quedaron sin trabajo con la invención de la imprenta... [pág. 096]Sin duda, pronto fueron superados en número por los cajistas e impresores que ocuparon su lugar; y el número de trabajadores empleados actualmente en la manufactura algodonera es mucho mayor que el que había antes de las invenciones de Hargreaves y Arkwright, lo que demuestra que, además del enorme capital fijo que ahora se destina a la manufactura, también se emplea un capital circulante mucho mayor que en cualquier otro momento anterior. Pero si este capital se extrajo de otros empleos, si los fondos que reemplazaron el capital invertido en maquinaria costosa no se obtuvieron mediante ahorros adicionales derivados de las mejoras, sino mediante giros sobre el capital general de la comunidad, ¿qué mejor opción tienen las clases trabajadoras para la simple transferencia?

Hay una máquina que se utiliza para dimensionar el hilo de algodón para prepararlo para el tejido, mediante la cual se seca sobre un cilindro de vapor; los salarios por asistencia eran solo de dos dólares por día, en comparación con un gasto de mano de obra de catorce dólares por día para lograr los mismos fines antes de que se inventara la máquina.

Todos los intentos de argumentar que las clases trabajadoras, como cuerpo colectivo, no pueden sufrir temporalmente por la introducción de maquinaria o por la inversión de capital en mejoras permanentes son, en mi opinión, necesariamente falaces. 111 Que sufrirían en el sector industrial específico al que se aplica el cambio es generalmente admitido y obvio para el sentido común; pero a menudo se dice que, aunque se retira empleo al trabajo en un sector, se le abre un empleo exactamente equivalente en otros, porque lo que los consumidores ahorran en el mayor abaratamiento de un artículo en particular les permite aumentar su consumo de otros, incrementando así la demanda de otros tipos de trabajo. Esto es plausible, pero, como se mostró en el capítulo anterior, implica una falacia: la demanda de mercancías es algo totalmente diferente de la demanda. [pág. 097]para el trabajo. Es cierto que los consumidores ahora tienen medios adicionales para comprar otras cosas; pero esto no creará las demás cosas, a menos que haya capital para producirlas, y la mejora no ha liberado capital alguno, aunque no haya absorbido parte de otros empleos.

Si la mejora ha reducido el coste de producción, a menudo ha sido necesario menos capital (así como menos trabajo) para producir la misma cantidad de bienes; o, lo que es lo mismo, un producto mayor con el mismo capital.

§ 3. —Esto rara vez, o nunca, ocurre.

Sin embargo, no creo que, en la práctica, las mejoras en la producción sean a menudo, si acaso alguna vez, perjudiciales, ni siquiera temporalmente, para las clases trabajadoras en su conjunto. Serían así si se produjeran repentinamente en gran cantidad, porque gran parte del capital invertido debe necesariamente, en ese caso, provenir de fondos ya empleados como capital circulante. Pero las mejoras siempre se introducen de forma muy gradual, y rara vez o nunca se realizan retirando capital circulante de la producción real, sino mediante el empleo del incremento anual. Dudo que se encuentre un solo ejemplo de un gran aumento del capital fijo en un momento y lugar donde el capital circulante no estuviera aumentando rápidamente de igual manera.

En Estados Unidos, si bien el costo por yarda de los productos manufacturados ha disminuido, haciéndolos accesibles a las clases más pobres que antes, el capital invertido en manufacturas ha aumentado, permitiendo emplear a un número mucho mayor de personas, como se puede apreciar en la siguiente comparación de 1860 con 1880, tomada de los últimos censos. (Compendio, 1880, págs. 928, 930).

Número de establecimientos.

Capital (Miles).

Número medio de manos empleadas.

Importe total pagado en salarios durante el año.

1860

140.433

$1,009,855

1.311.246

$378,878,966

1880

253.852

2.790.272

2.732.595

947.953.795

“ Hace cien años, una persona en cada familia de cinco o seis integrantes debía ser absolutamente necesaria para hilar y tejer. [pág. 098]“a mano las telas requeridas para la escasa vestimenta del pueblo; ahora una persona de cada doscientos o doscientos cincuenta sólo necesita trabajar en la fábrica para producir las telas de algodón y lana de la nación más ampliamente vestida del mundo ” . 112

A estas consideraciones debe añadirse que, aunque las mejoras disminuyeran temporalmente el producto agregado y el capital circulante de la comunidad, no por ello dejarían de tender a aumentarlos a largo plazo. Esta tendencia de las mejoras en la producción a generar una mayor acumulación y, por ende, a aumentar, en última instancia, el producto bruto, aunque lo disminuya temporalmente, adquirirá un carácter aún más marcado si se demuestra que existen límites asignables tanto a la acumulación de capital como al aumento de la producción de la tierra; una vez alcanzados dichos límites, todo aumento adicional de la producción debe detenerse; pero que las mejoras en la producción, cualesquiera que sean sus otros efectos, tienden a desviar aún más uno o ambos de estos límites. Ahora bien, estas son verdades que se manifestarán con mayor claridad en una etapa posterior de nuestra investigación. Se verá que la cantidad de capital que se acumulará, o incluso que se pueda acumular, en un país, y la cantidad de producto bruto que se acumulará, o incluso que se pueda acumular, guardan proporción con el estado de las técnicas de producción existentes en el mismo. y que toda mejora, aunque temporalmente disminuya el capital circulante y el producto bruto, en última instancia da cabida a una mayor cantidad de ambos de la que podría haber existido de otro modo. Esta es la respuesta concluyente a las objeciones contra la maquinaria; y la prueba que de ello se desprende del beneficio final que las invenciones mecánicas aportan a los trabajadores, incluso en el estado actual de la sociedad, se considerará en adelante concluyente. 113

[pág. 099]


Capítulo VI. De las causas que afectan la eficiencia de la producción.

§ 1. Causas generales de la productividad superior.

La causa más evidente de una mayor productividad son las llamadas ventajas naturales. Estas son diversas. La fertilidad del suelo es una de las principales. La influencia del clima [es otra ventaja y] consiste en disminuir las necesidades físicas de los productores.

En el hilado de hilo de algodón muy fino, el clima natural de Inglaterra ofrece en algunas zonas del país ventajas tales, en cuanto a humedad y condiciones eléctricas adecuadas, que la operación puede llevarse a cabo al aire libre; mientras que en Estados Unidos generalmente es necesario crear una atmósfera artificial. En el hilado común en nuestro país, se logra más cuando el viento sopla en un cuadrante que en otro. El viento seco del noroeste en Nueva Inglaterra reduce la cantidad de producto, mientras que el viento seco del noreste en Inglaterra tiene un efecto similar, y se dice que prácticamente ha obligado a los hilanderos de algodón de Manchester a Oldham, donde el clima es más uniformemente húmedo. Las razones completas de estos hechos aún no se han determinado.

Los expertos en la industria lanera también explican que la calidad y la fibra de la lana dependen del suelo y el clima donde pastan las ovejas. Cuando las ovejas de Ohio se trasladan a Texas, en pocos años su lana pierde la calidad distintiva que poseía y adquiere un nuevo carácter característico de las razas texanas. La lana producida en unas condiciones climáticas es muy diferente a la de otras, y los fabricantes la utilizan para distintos fines.

En regiones cálidas, la humanidad puede vivir cómodamente con viviendas menos perfectas y menos ropa; casi pueden prescindir del combustible, ese indispensable para la vida en climas fríos, salvo para usos industriales. También requieren menos alimentos. Entre las ventajas naturales, además del suelo y el clima, cabe mencionar [pág. 100]La mencionada abundancia de producción mineral, en situaciones convenientes y susceptible de explotación con mano de obra moderada, es un ejemplo de ello. Así son las minas de carbón de Gran Bretaña, que tanto compensan a sus habitantes por las desventajas del clima; y el recurso, casi tan inferior, que poseen este país y Estados Unidos consiste en un abundante suministro de mineral de hierro de fácil extracción, a poca profundidad y en la proximidad de depósitos de carbón disponibles para su explotación. Pero quizás una ventaja mayor sea la situación marítima, especialmente cuando se acompaña de buenos puertos naturales y, además, de grandes ríos navegables. Estas ventajas consisten, de hecho, en el ahorro en costos de transporte. Pero pocos, que no hayan considerado el tema, tienen una idea clara de la gran ventaja económica que esto conlleva.

Como segunda de las causas [generales] de una mayor productividad, podemos clasificar la mayor energía del trabajo. Por esta no se entiende energía ocasional, sino regular y habitual. El tercer elemento que determina la productividad del trabajo de una comunidad es la habilidad y el conocimiento existentes en ella, ya sean de los propios trabajadores o de quienes dirigen su trabajo. Es evidente que la productividad del trabajo de un pueblo está limitada por su conocimiento de las artes de la vida, y que cualquier progreso en dichas artes, cualquier mejor aplicación de los objetos o poderes de la naturaleza a usos industriales, permite que la misma cantidad e intensidad de trabajo generen una mayor producción. Un aspecto principal de estas mejoras consiste en la invención y el uso de herramientas y maquinaria. 114

La falta de sentido práctico, que hace que la mayoría de la clase trabajadora sean tan malos calculadores (que hace, por ejemplo, que su economía doméstica sea tan imprevisora, laxa e irregular) debe descalificarlos para cualquier trabajo que no sea de bajo grado inteligente y hacer que su industria sea mucho menos productiva de lo que podría ser de otra manera con igual energía. [pág. 101]Las cualidades morales de los trabajadores son tan importantes para la eficiencia y el valor de su trabajo como las intelectuales. Independientemente de los efectos de la intemperancia en sus facultades físicas y mentales, y de los hábitos volubles e inestables en la energía y la continuidad de su trabajo (puntos tan fáciles de entender que no es necesario insistir en ellos), es digno de reflexión cuánto del efecto total de su trabajo depende de su confiabilidad.

Entre las causas secundarias que determinan la productividad de los agentes productivos, la más importante es la seguridad. Por seguridad me refiero a la protección integral que la sociedad brinda a sus miembros.

§ 2. La combinación y la división del trabajo aumentan la productividad.

Al enumerar las circunstancias que promueven la productividad del trabajo, hemos omitido una: la cooperación, o la acción combinada de los números. De esta gran ayuda para la producción, un solo aspecto, conocido como División del Trabajo, ha atraído gran parte de la atención de los economistas políticos; con mucha razón, sin duda, pero excluyendo otros casos y ejemplos de la misma ley integral. En el levantamiento de pesos pesados, por ejemplo, en la tala de árboles, en el aserrado de madera, en la recolección de mucho heno o maíz durante un corto período de buen tiempo, en el drenaje de una gran extensión de tierra durante la corta temporada cuando tal trabajo puede realizarse adecuadamente, en el tensado de cuerdas a bordo de un barco, en el remo de grandes botes, en algunas operaciones mineras, en la construcción de un andamio para la construcción, y en la trituración de piedras para la reparación de una carretera, de modo que toda la carretera siempre se mantenga en buen estado: en todas estas operaciones simples, y miles más, es absolutamente necesario que muchas personas trabajen juntas, al mismo tiempo, en el mismo lugar y de la misma manera. [Pero] en el estado actual de la sociedad, la cría y alimentación de ovejas es la ocupación de un grupo de personas; aderezar la lana para prepararla para el hilandero es la de otro grupo; hilarla para hacer hilo, de un tercero; tejer el hilo para hacer paño, de un cuarto grupo; teñir la tela, de un quinto grupo; convertirla en un abrigo, de un sexto grupo. sin [pág. 102]contando la multitud de transportistas, comerciantes, factores y minoristas puestos en requisición en las etapas sucesivas de este progreso.

Sin cierta separación de empleos, se producirían muy pocas cosas. Supongamos un grupo de personas, o varias familias, empleadas todas de la misma manera; cada familia se asentara en un terreno propio, donde cultiva, mediante su trabajo, los alimentos necesarios para su sustento, y, como no hay personas que compren el excedente donde todos son productores, cada familia tendría que producir internamente cualquier otro artículo que consumiera. En tales circunstancias, si el suelo fuera medianamente fértil y la población no estuviera demasiado cerca de la subsistencia, existiría, sin duda, algún tipo de manufactura doméstica; la ropa para la familia podría, quizás, ser hilada y tejida en ella, probablemente por el trabajo de las mujeres (un primer paso en la separación de empleos); y una vivienda de algún tipo se construiría y se mantendría en buen estado gracias a su trabajo conjunto. Pero más allá de una alimentación sencilla (precaria además debido a las variaciones de las estaciones), una ropa tosca y un alojamiento muy imperfecto, sería casi imposible que la familia produjera algo más.

Supongamos que una compañía de artesanos, provista de herramientas y alimentos suficientes para su sustento durante un año, llega al país y se establece entre la población. Estos nuevos colonos se dedican a producir artículos de uso o adorno adaptados al gusto de una gente sencilla; y antes de que se agoten sus provisiones, las han producido en cantidades considerables y están dispuestos a intercambiarlas por más. La situación económica de la población terrateniente se ve ahora sustancialmente alterada. Se les brinda la oportunidad de adquirir comodidades y lujos. Cosas que, mientras dependían únicamente de su propio trabajo, nunca habrían podido obtener, porque no podían producirlas, ahora están accesibles para ellos si logran producir una cantidad adicional de alimentos y artículos de primera necesidad. Esto los incentiva a aumentar la productividad. [pág. 103]de su industria. Los nuevos colonos constituyen lo que se denomina un mercado para los excedentes de productos agrícolas; y su llegada ha enriquecido el asentamiento, no solo con los artículos manufacturados que producen, sino también con los alimentos que no se habrían producido si no hubieran estado allí para consumirlos.

No hay inconsistencia entre esta doctrina y la proposición que antes sosteníamos, 115 de que un mercado de mercancías no constituye empleo para la mano de obra. El trabajo de los agricultores ya contaba con empleo; no están en deuda con la demanda de los recién llegados para poder mantenerse. Lo que esa demanda hace por ellos es impulsar su trabajo a un mayor vigor y eficiencia; los estimula, con nuevos motivos, a nuevos esfuerzos.

De estas consideraciones se desprende que un país rara vez tendrá una agricultura productiva a menos que cuente con una gran población urbana o, como única alternativa, con un importante comercio de exportación de productos agrícolas para abastecer a la población de otros lugares. Utilizo el término «población urbana» para abreviar, para referirme a una población no agrícola.

Español Se encuentra que el poder productivo del trabajo aumenta al llevar la separación cada vez más lejos; al descomponer cada vez más cada proceso de la industria en partes, de modo que cada trabajador se limite a un número cada vez menor de operaciones simples. Y así, con el tiempo, surgen esos casos notables de lo que se llama la división del trabajo, con los que todos los lectores sobre temas de esta naturaleza están familiarizados. La ilustración de Adam Smith de la fabricación de alfileres, aunque tan conocida, es tan pertinente que me aventuraré una vez más a transcribirla: "El negocio de hacer un alfiler se divide en unas dieciocho operaciones distintas. Un hombre estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto lo afila, un quinto lo muele en la parte superior para recibir la cabeza; hacer la cabeza requiere dos o tres operaciones distintas; colocarla es un negocio peculiar; [pág. 104]Blanquear los alfileres es otra; incluso es un oficio en sí mismo el introducirlos en el papel... He visto una pequeña fábrica donde solo se empleaban diez hombres, y donde algunos de ellos, en consecuencia, realizaban dos o tres operaciones distintas. Pero aunque eran muy pobres y, por lo tanto, estaban mal equipados con la maquinaria necesaria, podían, con esfuerzo, fabricar entre todos unas doce libras de alfileres al día. En una libra hay más de cuatro mil alfileres de tamaño mediano. Esas diez personas, por lo tanto, podían fabricar entre todos más de cuarenta y ocho mil alfileres al día. Por lo tanto, cada persona, al fabricar una décima parte de cuarenta y ocho mil alfileres, podría considerarse que fabrica cuatro mil ochocientos alfileres al día. Pero si todos hubieran trabajado por separado e independientemente, y sin que ninguno de ellos hubiera sido educado en este peculiar oficio, ciertamente no podrían haber fabricado veinte, tal vez ni siquiera uno, alfileres al día.

§ 3. Ventajas de la división del trabajo.

Las causas de la mayor eficiencia que aporta la división del trabajo al trabajo son algunas demasiado conocidas como para requerir una especificación; pero vale la pena intentar enumerarlas por completo. Adam Smith las reduce a tres: «Primero, el aumento de la destreza en cada trabajador; segundo, el ahorro del tiempo que comúnmente se pierde al pasar de un tipo de trabajo a otro; y, por último, la invención de un gran número de máquinas que facilitan y acortan el trabajo, y permiten a un hombre realizar el trabajo de muchos».

(1.) De estos, el aumento de la destreza del trabajador individual es el más obvio y universal. No se sigue que porque algo se haya hecho con más frecuencia se hará mejor. Eso depende de la inteligencia del trabajador y del grado en que su mente trabaje junto con sus manos. Pero se hará con mayor facilidad. Esto es tan cierto para las operaciones mentales como para las corporales. Incluso un niño, después de mucha práctica, suma una columna de cifras con una rapidez que se asemeja a la intuición. El acto de hablar cualquier idioma, de [pág. 105]Leer con fluidez o tocar música a primera vista son ejemplos tan notables como conocidos. Entre los actos corporales, la danza, los ejercicios gimnásticos y la facilidad y brillantez en la ejecución de un instrumento musical son ejemplos de la rapidez y la facilidad que se adquieren mediante la repetición. En operaciones manuales más sencillas, el efecto se produce, por supuesto, aún antes.

(2.) La segunda ventaja enumerada por Adam Smith como resultado de la división del trabajo es una en la que, sin duda, él y otros le dan más importancia de la que merece. Para hacer justicia a su opinión, citaré su propia exposición: «Es imposible pasar rápidamente de un tipo de trabajo a otro que se realiza en un lugar diferente y con herramientas muy distintas. Un tejedor rural, que cultiva una pequeña granja, debe perder mucho tiempo yendo del telar al campo y del campo al telar. Cuando ambos oficios pueden realizarse en el mismo taller, la pérdida de tiempo es sin duda mucho menor. Sin embargo, incluso en este caso es muy considerable. Un hombre suele deambular un poco al cambiar de un trabajo a otro». No pretendo insinuar que estas consideraciones no tengan peso; pero creo que hay contraconsideraciones que se pasan por alto. Si un tipo de trabajo muscular o mental es diferente de otro, por esa misma razón es, en cierta medida, un descanso de ese otro; y si el mayor vigor no se obtiene de inmediato en la segunda ocupación, tampoco podría haberse prolongado indefinidamente la primera sin cierta relajación de energía. Es una experiencia común que un cambio de ocupación a menudo proporciona alivio donde de otro modo sería necesario un reposo completo, y que una persona puede trabajar muchas más horas sin fatiga en una sucesión de ocupaciones que si se limita a una sola. 116 Diferentes ocupaciones emplean diferentes músculos o diferentes energías de la mente, algunas de las cuales descansan y se refrescan mientras [pág. 106]Otros trabajan. El trabajo corporal en sí mismo descansa sobre el mental, y viceversa. La variedad misma tiene un efecto vigorizante en lo que, a falta de un término más filosófico, debemos llamar los espíritus animales, tan importantes para la eficiencia de todo trabajo no mecánico, y no sin importancia incluso para este.

(3.) La tercera ventaja que Adam Smith atribuye a la división del trabajo es, hasta cierto punto, real. Es más probable que se le ocurran inventos que ahorren trabajo en una operación específica cuanto más intensamente se concentre su atención en esa ocupación y se dedique continuamente a ella.

Esto tampoco puede ser del todo cierto. El fundador de la industria algodonera fue un barbero. El inventor del telar mecánico fue un clérigo. Un agricultor ideó la aplicación de la hélice. Un comerciante de artículos de lujo es uno de los experimentadores agrícolas más emprendedores. El diseño arquitectónico más notable de nuestros días ha sido realizado por un jardinero. La primera persona que abasteció de agua a Londres fue un orfebre. El primer constructor de carreteras inglesas a gran escala fue un hombre ciego, sin formación profesional. El padre de la navegación interior inglesa fue un duque, y su ingeniero fue un mecánico de molinos. El primer gran constructor de puentes de hierro fue un albañil, y el mayor ingeniero ferroviario comenzó su vida como ingeniero de minas de carbón .

(4.) La mayor ventaja (después de la destreza de los trabajadores) derivada de la minuciosa división del trabajo que se da en la industria manufacturera moderna es una que no menciona Adam Smith, pero que el Sr. Babbage ha destacado: la distribución más económica del trabajo al clasificar a los trabajadores según su capacidad. Diferentes partes de la misma serie de operaciones requieren distintos grados de habilidad y fuerza física; y quienes tienen la habilidad suficiente para las tareas más difíciles, o la fuerza suficiente para las más arduas, se vuelven mucho más útiles al ser empleados exclusivamente en ellas; las operaciones que todos son capaces de realizar se dejan a quienes no son aptos para otras.

[pág. 107]

La división del trabajo, como han señalado todos los autores sobre el tema, está limitada por la magnitud del mercado. Si, al separar la fabricación de alfileres en diez empleos distintos, se pueden fabricar cuarenta y ocho mil alfileres al día, esta separación solo será aconsejable si el número de consumidores accesibles es tal que requiera, diariamente, aproximadamente cuarenta y ocho mil alfileres. Si solo hay una demanda de veinticuatro mil, la división del trabajo solo puede llevarse a cabo ventajosamente en la medida en que se produzca diariamente esa cantidad menor. El aumento de la riqueza general del mundo, acompañado de la libertad de intercambio comercial, las mejoras en la navegación y las comunicaciones interiores por carreteras, canales o ferrocarriles, tiende a aumentar la productividad del trabajo de cada nación en particular, al permitir que cada localidad abastezca con sus productos específicos a un mercado tan amplio que una gran extensión de la división del trabajo en su producción es una consecuencia habitual. La división del trabajo también está limitada, en muchos casos, por la naturaleza del empleo. La agricultura, por ejemplo, no es susceptible de una división de ocupaciones tan grande como muchas ramas de la industria, porque sus diferentes operaciones no pueden ser simultáneas.

(5.) En los ejemplos anteriores, la ventaja obtenida se derivó del mero hecho de la separación de empleos, con total independencia de la forma en que estos se distribuyeran entre las personas que los desempeñaban, así como de los lugares donde se realizaban. Pero surge una ventaja adicional cuando los empleos son de tal naturaleza que, para su desempeño efectivo, requieren capacidades especiales en el trabajador o recursos naturales especiales en el lugar de operación. Sería un desperdicio manifiesto de poder especial obligar a una actividad meramente mecánica o rutinaria a un hombre apto para sobresalir en una carrera profesional; y, de igual manera, si una rama industrial se estableciera en un lugar que ofreciera mayores facilidades a una industria de otro tipo, se incurriría en un desperdicio de carácter análogo. En resumen, si bien muchas de las ocupaciones en las que se dedican los hombres son tales que, con la preparación adecuada, podrían ser igualmente desempeñadas por cualquiera de las personas que las realizan, o en cualquiera de las localidades en las que se establecen respectivamente, hay otras que exigen... [pág. 108]su desempeño efectivo depende de las calificaciones personales especiales y de las condiciones locales especiales; y la efectividad general de la industria productiva será, en igualdad de condiciones, proporcional a la integridad con que se logre la adaptación entre la ocupación, por un lado, y los individuos y las localidades, por el otro ” . 118

§ 4. Producción en gran escala y producción en pequeña escala.

Siempre que sea esencial para la máxima eficiencia del trabajo que se combinen muchos trabajadores, la escala de la empresa debe ser tal que agrupe a muchos trabajadores, y el capital debe ser suficiente para mantenerlos. Esto es aún más necesario cuando la naturaleza del empleo lo permite y la amplitud del mercado potencial fomenta una considerable división del trabajo. Cuanto mayor sea la empresa, mayor será la división del trabajo. Esta es una de las principales causas de las grandes manufacturas. Todo aumento en la actividad permitiría que el conjunto funcionara con una cantidad proporcionalmente menor de mano de obra.

Como regla general, los gastos de una empresa no aumentan proporcionalmente a la cantidad de negocios. Tomemos como ejemplo un conjunto de operaciones que solemos ver realizadas por una gran empresa, la Oficina de Correos. Supongamos que el negocio, digamos solo el del correo postal, en lugar de estar centralizado en una sola empresa, se dividiera entre cinco o seis compañías competidoras. Cada una de ellas estaría obligada a mantener un establecimiento casi tan grande como el que actualmente cubre el conjunto. Dado que cada una debe encargarse de la recepción y entrega de cartas en todas las zonas de la ciudad, debe enviar carteros a cada calle y a casi cada callejón, y esto, además, tantas veces al día como lo hace ahora la Oficina de Correos, para que el servicio se preste con la misma calidad. Cada una debe tener una oficina para recibir cartas en cada barrio, con todos los mecanismos auxiliares para recoger las cartas de las diferentes oficinas y redistribuirlas. A esto hay que añadir el número mucho mayor de funcionarios superiores. [pág. 109]que estarían obligados a supervisar y controlar a los subordinados, lo que implicaría no sólo un mayor coste en salarios para esos oficiales responsables, sino la necesidad, tal vez, de contentarse en muchos casos con un nivel inferior de calificación y así fracasar en el objetivo.

Si las ventajas obtenidas al operar a gran escala predominan en un caso particular sobre la atención más atenta y la mayor consideración a las pequeñas ganancias y pérdidas que suelen encontrarse en los pequeños establecimientos, puede determinarse, en un estado de libre competencia, mediante una prueba infalible. Dondequiera que existan establecimientos grandes y pequeños en el mismo sector, aquel de los dos que, en las circunstancias existentes, realice la producción con mayor ventaja podrá vender a menor precio que el otro. El poder de vender a menor precio permanentemente solo puede derivar, en términos generales, de una mayor eficiencia del trabajo; y esto, cuando se obtiene mediante una división más amplia del empleo o mediante una clasificación que tiende a una mayor economía de habilidades, siempre implica una mayor producción con el mismo trabajo, y no solo la misma producción con menos trabajo; aumenta no solo el excedente, sino también el producto bruto de la industria. Si no se requiere una mayor cantidad del artículo en cuestión y, en consecuencia, parte de los trabajadores pierde su empleo, el capital que los mantenía y empleaba también se libera, y el producto general del país aumenta mediante alguna otra aplicación de su trabajo.

Una parte considerable del ahorro de mano de obra que se logra al sustituir el sistema de producción a gran escala por el pequeño reside en el ahorro en el trabajo de los propios capitalistas. Si cien productores con pequeños capitales gestionan por separado el mismo negocio, la supervisión de cada empresa probablemente requerirá toda la atención de quien la dirige, al menos lo suficiente como para evitar que su tiempo o pensamientos se dispongan a nada más; mientras que un solo fabricante con un capital equivalente a la suma de los suyos, con diez o doce empleados, podría gestionar la totalidad de su volumen de negocio y, además, disponer de tiempo libre para otras ocupaciones.

[pág. 110]

La producción a gran escala se ve enormemente impulsada por la práctica de formar un gran capital mediante la combinación de numerosas pequeñas aportaciones; o, en otras palabras, mediante la formación de sociedades anónimas. Las ventajas de este principio son importantes, ya que (1) muchas empresas requieren un capital que supera las posibilidades del individuo o sociedad privada más adinerado. [Por supuesto], solo se puede recurrir al Gobierno para cualquier obra que requiera una gran combinación de recursos, ya que puede obtenerlos mediante impuestos obligatorios y ya está acostumbrado a la realización de grandes operaciones. Sin embargo, por razones bastante conocidas, la agencia gubernamental para la realización de operaciones industriales suele ser uno de los recursos menos elegibles cuando hay otros disponibles. De las ventajas mencionadas, una de las más importantes es (2) la relacionada con la cualificación intelectual y activa del director. El estímulo del interés individual ofrece cierta seguridad para el esfuerzo, pero este resulta de poca utilidad si la inteligencia empleada es de menor nivel, como ocurre necesariamente en la mayoría de las empresas dirigidas por las personas que se interesan principalmente en ellas. Cuando la empresa es grande y puede ofrecer una remuneración suficiente para atraer a un grupo de candidatos superior al promedio, es posible seleccionar para la dirección general, y para todos los puestos cualificados de tipo subordinado, personas con un grado de formación e inteligencia cultivada que compense con creces su menor interés en el resultado. Cabe destacar, además, que no es una consecuencia necesaria de la gestión de sociedades anónimas que las personas empleadas, ya sean en cargos superiores o subordinados, deban recibir salarios fijos en su totalidad. En el caso de los gerentes de sociedades anónimas y de los supervisores y controladores de muchos establecimientos privados, es práctica común vincular su interés pecuniario con el de sus empleadores, otorgándoles parte de su remuneración en forma de un porcentaje sobre las ganancias.

[pág. 111]

La posibilidad de sustituir el sistema de producción a gran escala por el pequeño depende, por supuesto, en primer lugar, de la magnitud del mercado. El sistema a gran escala solo puede ser ventajoso cuando se trata de realizar un gran volumen de negocios: implica, por lo tanto, una comunidad numerosa y próspera, o una gran apertura a la exportación.

En los países con los mercados más grandes, la mayor difusión de la confianza y la iniciativa comercial, el mayor incremento anual de capital y el mayor número de grandes capitales en manos de particulares, existe una tendencia a sustituir cada vez más, en una rama industrial tras otra, establecimientos pequeños por grandes. Estos casi siempre logran vender a precios más bajos que los pequeños comerciantes, en parte, se entiende, gracias a la división del trabajo y al ahorro que supone limitar el empleo de personal cualificado a casos que requieren habilidad; y en parte, sin duda, al ahorro de mano de obra derivado de la gran escala de las transacciones, ya que no cuesta más tiempo ni mucho más esfuerzo mental realizar una compra grande, por ejemplo, que una pequeña, y mucho menos que realizar varias pequeñas. Con vistas únicamente a la producción y a la mayor eficiencia del trabajo, este cambio es plenamente beneficioso.

Una sola gran empresa, en lugar de ser un monopolio, suele ser mejor que dos grandes empresas; pues hay poca probabilidad de competencia y precios más bajos cuando los competidores son tan pocos que pueden acordar no competir. Como dice el Sr. Mill respecto a los ferrocarriles paralelos: « Nadie puede desear ver el enorme desperdicio de capital y terreno (por no hablar del aumento de las molestias) que implica la construcción de un segundo ferrocarril para conectar los mismos lugares ya unidos por uno existente; mientras que los dos no realizarían el trabajo mejor que si lo hiciera uno solo, y al poco tiempo probablemente se fusionarían » . La tendencia real de las tarifas a la disminución en los ferrocarriles, antes de que se sugiriera la idea de los ferrocarriles paralelos, se ve claramente en el Gráfico V (pág. 137 ).

[pág. 112]


Capítulo VII. De la Ley del Aumento del Trabajo.

§ 1. La ley del aumento de la producción depende de tres elementos: trabajo, capital y tierra.

La producción no es algo fijo, sino creciente. Cuando no se ve frenada por malas instituciones o un bajo nivel de vida, el producto industrial suele tender a aumentar, estimulado no solo por el deseo de los productores de aumentar sus medios de consumo, sino también por el creciente número de consumidores.

Hemos visto que los requisitos esenciales de la producción son tres: trabajo, capital y agentes naturales. El término capital incluye todos los requisitos externos y físicos que son producto del trabajo, y el término agentes naturales, todos los que no lo son. El aumento de la producción, por lo tanto, depende de las propiedades de estos elementos. Es resultado del aumento de los propios elementos o de su productividad. Procedemos a considerar los tres elementos sucesivamente, con referencia a este efecto; o, en otras palabras, la ley del aumento de la producción, vista en relación con su dependencia, primero del trabajo, luego del capital y finalmente de la tierra.

§ 2. La Ley de Población.

El aumento del trabajo es el aumento de la humanidad; de la población. El poder de multiplicación inherente a toda vida orgánica puede considerarse infinito. Hay muchas especies de vegetales de las cuales una sola planta producirá en un año los gérmenes de mil; si tan solo dos llegan a la madurez, en catorce años se habrán multiplicado a dieciséis mil o más. Es solo un caso moderado de fecundidad en los animales ser capaces de cuadruplicar su número en un solo año; si tan solo lo hacen en medio siglo, [pág. 113]Diez mil habrán aumentado en dos siglos hasta alcanzar más de dos millones y medio. La capacidad de crecimiento es necesariamente una progresión geométrica: solo la proporción numérica es diferente.

La especie humana no es la excepción a esta propiedad de los seres organizados. Su capacidad de crecimiento es indefinida, y la multiplicación real sería extraordinariamente rápida si se ejerciera al máximo. Nunca se ejerce al máximo, y sin embargo, en las circunstancias más favorables conocidas, que son las de una región fértil colonizada por una comunidad industriosa y civilizada, la población ha continuado, durante varias generaciones, independientemente de la inmigración, duplicándose en poco más de veinte años.

Años.

Población.

Alimento.

25

11 molinos

incógnita

25

22 molinos

2x

25

44 molinos

3x

25

88 molinos

4x

25

176 molinos

5x

De esta tabla se desprende que si la población puede duplicarse en veinticinco años, y si los alimentos solo pueden aumentarse en x (la subsistencia de once millones) mediante la aplicación adicional de una cantidad igual de trabajo en la misma tierra en cada período, entonces al cabo de cien años se produciría una desproporción de ciento setenta y seis millones de personas, con subsistencia para solo cincuenta y cinco millones. Por supuesto, esto se evita limitando la población al nivel de la subsistencia, expulsando al excedente de población o importando alimentos de nuevas tierras.

En Estados Unidos, hasta 1860, la población se duplicó aproximadamente cada veinte años, mientras que en Francia prácticamente no hubo crecimiento. Se afirma que la población blanca de Estados Unidos entre 1790 y 1840 aumentó un 400,4 %, deduciendo la inmigración. El extraordinario avance de la población en nuestro país, donde la subsistencia es fácil de alcanzar, se aprecia en el gráfico de la página siguiente (n.º III ), que muestra la sorprendente rapidez del crecimiento en Estados Unidos en comparación con los países europeos más antiguos. La demanda constante de tierra se aprecia en el desplazamiento gradual hacia el oeste del centro de población, como se aprecia en el gráfico n.º IV (pág. 116), y en el rápido asentamiento de las zonas más alejadas de nuestro país, como lo muestran los dos gráficos (frontispicios), que representan visualmente, con colores más intensos, las áreas de los distritos más densamente poblados en 1830 y 1880.

[pág. 114]

Gráfico III: Población de los países europeos, siglo XIX.

[pág. 115]

§ 3. Con qué frenos se limita prácticamente el aumento de la población.

El obstáculo para una comprensión justa del tema surge de una noción demasiado confusa de las causas que, en la mayoría de los tiempos y lugares, mantienen el aumento real de la humanidad tan por debajo de su capacidad.

La conducta de las criaturas humanas está más o menos influida por la previsión de las consecuencias y por algunos impulsos superiores a los meros instintos animales; y, por lo tanto, no se propagan como los cerdos, sino que son capaces, aunque en grados muy desiguales, de ser impedidas por la prudencia o por los afectos sociales, de dar existencia a seres nacidos sólo para la miseria y la muerte prematura.

Malthus encontró una explicación a la anomalía de que en los pueblos suizos, con la mayor duración media de vida, había menos nacimientos, al notar que nadie se casaba hasta que la cabaña de un pastor quedaba vacante, y precisamente porque los inquilinos vivían tanto tiempo los recién llegados eran mantenidos fuera del lugar durante mucho tiempo.

A medida que la humanidad supera la condición de bestia, la población se ve frenada por el miedo a la necesidad, más que por la necesidad misma. Incluso donde no hay posibilidad de morir de hambre, muchos se ven igualmente impulsados por el temor de perder lo que se ha llegado a considerar la decencia de su situación vital. Entre las clases medias, en muchos casos individuales, existe una restricción adicional ejercida por el deseo de hacer más que mantener sus circunstancias, de mejorarlas; pero tal deseo rara vez se encuentra, o rara vez tiene ese efecto, en las clases trabajadoras. Si pueden criar una familia como ellos mismos fueron criados, incluso los más prudentes entre ellos suelen estar satisfechos. Con demasiada frecuencia ni siquiera piensan en eso, sino que confían en la fortuna o en los recursos que pueden encontrar en la caridad legal o voluntaria.

Gráfico IV: Movimiento hacia el oeste del centro de población.

Esta, en efecto, es la conocida doctrina maltusiana. El lector atento también consultará el « Ensayo » original de Malthus. El Sr. Bowen 119 y otros escritores se oponen a ella, argumentando que tiene [pág. 116]“ sin relación con los tiempos en que vivimos, ni con ninguno cercano ” . Cree que el poder productivo del mundo entero impide la necesidad de considerar la presión demográfica sobre la subsistencia como una realidad presente o futura. Esto, sin embargo, no niega la existencia de los principios de Malthus, sino que los opone solo en sus métodos de acción. El Sr. Rickards 120 sostiene que los alimentos del hombre —como, por ejemplo, el trigo— tienen el poder de crecer geométricamente más rápido que el hombre; pero omite considerar que para el crecimiento de estos alimentos se requiere tierra; que la tierra no es capaz de tal crecimiento geométrico; y que sin ella no se pueden cultivar los alimentos. Por supuesto, cualquier extensión de la superficie terrestre, como ocurrió cuando Inglaterra abolió las leyes del maíz y obtuvo sus alimentos de nuestras praderas, elimina la presión previa demográfica sobre la subsistencia. Ningún creyente en la doctrina maltusiana es tan absurdo como para sostener que el crecimiento de la población excede la subsistencia, sino que existe una « tendencia constante en toda vida animada a crecer más allá del alimento preparado para ella » , de lo cual nadie puede dudar. Esto no es incompatible con el hecho de que la subsistencia haya aumentado en cualquier momento más rápido que la población. Es como si un bloque de madera en el suelo fuera sometido a la acción de dos fuerzas opuestas, una que tiende a moverlo hacia adelante y la otra hacia atrás: si se mueve hacia atrás, eso no prueba la ausencia de otra fuerza que lo impulse, sino solo que la otra fuerza es la más fuerte de las dos. [pág. 117]y que el movimiento final es el resultado de las dos fuerzas. Es solo una generalización miope decir que, dado que el bloque avanza, no hay fuerza que se oponga a su avance. 121 El Sr. Doubleday sostiene que, a medida que las personas se alimentan mejor, se vuelven menos prolíficas. La respuesta del Sr. Mill, refiriéndose a las familias numerosas de la nobleza inglesa, es desafortunada. 122 En Suecia, el aumento del campesinado es seis veces mayor que el de la clase media y catorce veces mayor que el de la nobleza. La disminución de la fertilidad de las familias de Nueva Inglaterra ofrece una explicación más acertada, cuando se observa que, con el progreso de la riqueza material, los matrimonios tardíos son la regla. Cuando los habitantes de Nueva Inglaterra emigran a los estados del oeste, donde la mano de obra es demandada y donde es menos oneroso tener familias numerosas, no hay duda sobre su fertilidad. 123

(1.) En un estado social muy atrasado, como el de Europa en la Edad Media y muchas partes de Asia en la actualidad, la población se ve frenada por la hambruna. Esta no ocurre en años normales, sino en épocas de escasez, que en esos estados sociales son mucho más frecuentes y extremas de lo que Europa está acostumbrada. (2.) En un estado más avanzado, pocos, incluso entre los más pobres, se ven limitados a cubrir sus necesidades básicas, y a una mera suficiencia de las mismas: y el crecimiento se mantiene dentro de ciertos límites, no por el exceso de muertes, sino por la limitación de la natalidad. 124 Esta limitación se produce de diversas maneras. En algunos países, es el resultado de una autocontención prudente o consciente. Existe una condición a la que los trabajadores están acostumbrados: perciben que, al tener familias demasiado numerosas, deben hundirse por debajo de esa condición, o no podrán transmitirla a sus hijos; y no se someten a ella.

Hay otros casos en que la prudencia y la previsión, que tal vez no podrían ejercer los pueblos, [pág. 118]En sí mismas, son ejercidas por el estado para su beneficio; el matrimonio no se permite hasta que las partes contrayentes puedan demostrar que tienen la perspectiva de un sustento confortable. Hay lugares, además, en los que la causa limitante parece ser no tanto la prudencia individual, sino alguna costumbre general, y quizás incluso accidental, del campo. En los distritos rurales de Inglaterra, durante el siglo pasado, el crecimiento de la población se vio frenado muy eficazmente por la dificultad de obtener una casa de campo donde vivir. Era costumbre que los trabajadores solteros se alojaran con sus empleadores; era costumbre que los trabajadores casados tuvieran una casa de campo; y la norma de las leyes de pobres inglesas, por la cual una parroquia se encargaba del sustento de sus pobres desempleados, hizo que los terratenientes se mostraran reacios a promover el matrimonio. A finales del siglo, la gran demanda de hombres para la guerra y las manufacturas hizo que se considerara patriótico estimular la población; y casi al mismo tiempo, la creciente inclinación de los agricultores a vivir como los ricos, favorecida como estaba por un largo período de precios altos, los hizo desear mantener a los inferiores a mayor distancia, y, a los motivos pecuniarios que surgían de los abusos de las leyes de pobres se sumaron, gradualmente empujaron a sus trabajadores a casas, que los terratenientes ya no negaron permiso para construir.

Es raro que las mejoras en la condición de las clases trabajadoras hagan algo más que brindar un margen temporal, rápidamente compensado por un aumento en su número. A menos que, ya sea mediante una mejora general en su cultura intelectual y moral, o al menos elevando su nivel de vida habitual, se les enseñe a aprovechar mejor las circunstancias favorables, no se podrá hacer nada permanente por ellas; los planes más prometedores solo resultan en un pueblo más numeroso, pero no más feliz. No cabe duda de que [el nivel] está aumentando gradual, aunque lentamente, en los países más avanzados de Europa Occidental. 125 [pág. 119]Los ingresos y el empleo en Inglaterra nunca han aumentado tan rápidamente como en los últimos cuarenta años, pero cada censo desde 1821 ha mostrado un aumento proporcional de población menor que el del período precedente; y el producto de la agricultura y la industria francesas está aumentando en una proporción progresiva, mientras que la población muestra, en cada censo quinquenal, una proporción menor de nacimientos con respecto a la población.

Esto pone de manifiesto la estrecha relación entre la tenencia de la tierra y la población. Francia es eminentemente un país de pequeñas propiedades, y es indudable que este sistema ha frenado el crecimiento desmedido de la población. En sus pocas hectáreas, el campesino francés ve en el tamaño de su finca y la cantidad de su producción el límite de su subsistencia y la de su familia; como de ninguna otra manera prevé de antemano las consecuencias de la falta de alimentos derivada de su falta de prudencia. 126 De 1790 a 1815, el aumento medio anual de la población fue de 120.000 habitantes; de 1815 a 1846, la época dorada de la agricultura francesa, de 200.000; de 1846 a 1856, cuando la agricultura no prosperaba, de 60.000; de 1856 a 1880, el aumento no ha superado los 36.000 habitantes anuales. En Francia, la pregunta se le plantea al campesino propietario: ¿cuántos pueden subsistir con la cantidad de producto, no en una superficie ilimitada de tierra como en otras partes del mundo, sino en esta propiedad particular de pequeño tamaño? Mientras que en Inglaterra hay diez nacimientos por cada seis muertes, en Francia hay alrededor de diez nacimientos por cada nueve muertes. 127 En ningún país ha sido más atacada la doctrina de Malthus que en Francia, y sin embargo, en ningún otro país ha habido una obediencia más marcada a sus principios en la práctica. Dado que los franceses prácticamente no son un pueblo emigrante, la población se ha adaptado estrictamente a la subsistencia. Para el aumento relativo de la población en Francia y Estados Unidos, véase también el movimiento de las líneas que indican el aumento de la población en el gráfico n.º III (pág. 114 ).

[pág. 120]


Capítulo VIII. De la Ley de Aumento de Capital.

§ 1. Medios para ahorrar en el excedente de artículos necesarios.

Siendo los requisitos de la producción el trabajo, el capital y la tierra, como se ha visto en el capítulo anterior, los impedimentos para el aumento de la producción no surgen del primero de estos elementos. Pero la producción tiene otros requisitos, y de estos, el que consideraremos a continuación es el capital. No puede haber más gente en ningún país ni en el mundo que la que pueda mantenerse con el producto del trabajo pasado hasta que se genere el del trabajo presente [aunque no debe suponerse que el capital consista exclusivamente en alimentos]. Por lo tanto, a continuación debemos investigar las condiciones del aumento del capital: las causas que determinan la rapidez de su crecimiento y las limitaciones necesarias de dicho aumento.

Puesto que todo capital es producto del ahorro, es decir, de la abstinencia del consumo presente en vista de un bien futuro, el aumento del capital debe depender de dos cosas: la cantidad del fondo con el que se puede ahorrar y la fuerza de las disposiciones que impulsan a hacerlo.

[pág. 121]

(1.) El fondo del cual se puede ahorrar es el excedente del producto del trabajo, después de cubrir las necesidades básicas de todos los involucrados en la producción (incluyendo a quienes se dedican a reponer los materiales y a mantener el capital fijo en buen estado). No se puede ahorrar más que este excedente bajo ninguna circunstancia. En la medida en que esto ocurra, aunque nunca se ahorre, siempre se podría ahorrar. Este excedente es el fondo del cual se obtienen los disfrutes, a diferencia de las necesidades de los productores; es el fondo del cual subsisten todos los que no se dedican a la producción, y del cual se realizan todas las adiciones al capital. El capital del empleador constituye el ingreso de los trabajadores y, si este excede las necesidades básicas, les proporciona un excedente que pueden gastar en disfrutes o ahorrar.

Es evidente que todo el consumo improductivo del trabajador puede ahorrarse. Si consideramos la enorme suma que gastan las clases trabajadoras solo en bebida (y también en las grandes reservas de los sindicatos, recaudadas para las huelgas), es indiscutible que los trabajadores tienen el margen para ahorrar y convertirse en capitalistas. Las grandes acumulaciones en las cajas de ahorro por parte de pequeños depositantes en Estados Unidos también muestran, en cierta medida, cuánto se ahorra realmente. En 1882-1883, 2.876.438 personas depositaron en las cajas de ahorro de Estados Unidos 1.024.856.787 dólares, con un promedio por depositante de 356,29 dólares. Sin embargo, el consumo improductivo de todas las clases, no solo el de los trabajadores, es el fondo que puede ahorrarse. Siendo esa la cantidad que se puede ahorrar, la cantidad que se ahorre dependerá de la intensidad del deseo de ahorrar.

Cuanto mayor sea el producto del trabajo después de mantener a los trabajadores, mayor será la cantidad que se puede ahorrar. Esto también contribuye en parte a determinar cuánto se ahorrará. Parte del motivo del ahorro reside en la perspectiva de obtener ingresos del ahorro; en el hecho de que el capital empleado en la producción es capaz no solo de reproducirse, sino también de generar un incremento. Cuanto mayor sea la ganancia que se pueda obtener del capital, mayor será el motivo para su acumulación.

[pág. 122]

§ 2. Motivo del ahorro en el excedente de lo necesario.

Pero la disposición a ahorrar no depende enteramente del incentivo externo, sino de la cantidad de beneficios que se obtengan del ahorro. Ante el mismo incentivo económico, la inclinación es muy diferente en distintas personas y comunidades.

(2.) Toda acumulación implica el sacrificio de un bien presente en aras de un bien futuro.

Este es el motivo fundamental que subyace al deseo efectivo de acumulación, y es mucho más importante que cualquier otro. Es, en resumen, la prueba de la civilización. Para inducir a las clases trabajadoras a mejorar su condición y ahorrar capital, es absolutamente necesario inculcarles (mediante la educación o la religión) la creencia en una ganancia futura mayor que el sacrificio presente. Es, sin duda, el problema central de la formación del carácter, y pertenece a la sociología y la ética más que a la economía política.

Al sopesar el futuro frente al presente, la incertidumbre de todo lo futuro es un elemento principal; y esa incertidumbre es de grados muy diferentes. Por lo tanto , “todas las circunstancias” , que “aumentan la probabilidad de que la previsión que hacemos para el futuro sea disfrutada por nosotros mismos o por otros, tienden” justa y razonablemente “a fortalecer el deseo efectivo de acumular. Así, un clima o una ocupación saludables, al aumentar la probabilidad de vida, tiende a acrecentar este deseo. Cuando se dedican a ocupaciones seguras y viven en países saludables, las personas son mucho más propensas a ser frugales que en ocupaciones insalubres o peligrosas y en climas perniciosos para la vida humana. Los marineros y los soldados son pródigos. En las Indias Occidentales, Nueva Orleans y las Indias Orientales, el gasto de los habitantes es profuso. Estas mismas personas, que llegan a residir en las zonas prósperas de Europa y no se dejan llevar por la vorágine de la moda extravagante, viven económicamente. La guerra y la peste siempre traen consigo el despilfarro y el lujo, entre otros males que las acompañan. Por razones similares, todo lo que brinde seguridad a los asuntos de la comunidad favorece la fortaleza de este principio. En este sentido, la prevalencia general de la ley y [pág. 123]El orden y la perspectiva de la continuidad de la paz y la tranquilidad tienen una influencia considerable”. 128

Se afirma que la prevalencia del homicidio en ciertas partes de Estados Unidos ha tenido una influencia vital en el retraso del crecimiento material de esas secciones. Los estados del sur han recibido solo una fracción muy pequeña (del diez al trece por ciento) de la inmigración extranjera. " Un país donde la ley y el orden prevalecen a la perfección puede ver su prosperidad material frenada por un clima mortal y fatal; o, por otro lado, un pueblo puede destruir todas las ventajas derivadas de recursos naturales y clima incomparables por el desprecio persistente por la vida y la propiedad. Una confirmación bastante sorprendente de esta verdad económica la proporciona el hecho de que el homicidio ha sido tan destructivo para la vida en el sur como la fiebre amarilla. Aunque ha habido cuarenta mil muertes por fiebre amarilla desde la guerra, las muertes por homicidio, durante el mismo período, han sido aún mayores " . 129 La influencia del antiguo régimen esclavista , y sus influencias aún existentes, en el control de la inmigración extranjera al sur se puede ver en el gráfico a color, n.º VIII, que muestra la densidad relativa de habitantes nacidos en el extranjero en las diversas partes de Estados Unidos. El color más oscuro muestra la mayor población nacida en el extranjero.

Cuanto más perfecta sea la seguridad, mayor será la fuerza efectiva del deseo de acumular. Donde la propiedad es menos segura, o las vicisitudes que arruinan las fortunas son más frecuentes y severas, menos personas ahorrarán, y, de las que lo hacen, muchas necesitarán el incentivo de una mayor tasa de ganancia del capital para que prefieran un futuro incierto a la tentación del disfrute presente.

En las circunstancias, por ejemplo, de una tribu de cazadores, “se puede decir que el hombre es necesariamente imprevisto e indiferente al futuro, porque, en este estado, el futuro no presenta nada que pueda preverse o controlarse con certeza... Además de la falta de motivos que estimulen la previsión de las necesidades del futuro mediante las capacidades del presente, existe una falta de hábitos de percepción. [pág. 124]y la acción, lo que lleva a una conexión constante en la mente entre esos puntos distantes y la serie de eventos que los unen. Por lo tanto, incluso si se despiertan motivos capaces de producir el esfuerzo necesario para lograr esta conexión, queda la tarea de entrenar la mente para pensar y actuar de modo que se establezca.

§ 3. Ejemplos de deficiencia en la fuerza de este deseo.

Por ejemplo: “A orillas del río San Lorenzo hay varias pequeñas aldeas indígenas. La tierra desbrozada rara vez, casi diría nunca, se cultiva, ni se hacen incursiones en el bosque con tal fin. Sin embargo, el suelo es fértil y, de no ser así, el estiércol se acumula junto a sus casas. Si cada familia cercara medio acre de tierra, la cultivara y sembrara papas y maíz, obtendría lo suficiente para mantenerse durante la mitad del año. También sufren, de vez en cuando, una necesidad extrema, tanto que, sumada a la intemperancia ocasional, está reduciendo rápidamente su número. Esta apatía, para nosotros tan extraña, no proviene, en gran medida, de la repugnancia al trabajo; al contrario, se dedican a él con mucha diligencia cuando su recompensa es inmediata. Evidentemente, no es el trabajo necesario el obstáculo para una mayor extensión cultural, sino el retorno lejano de ese trabajo. Me han asegurado, de hecho, que entre algunas de las tribus más remotas, el trabajo así... El dinero gastado supera con creces el que dan los blancos. En el indio, los años venideros son demasiado lejanos como para causar una impresión suficiente; sin embargo, para obtener lo que el trabajo puede producir en cuestión de meses, trabaja con mayor asiduidad que el hombre blanco.

Esta visión de las cosas se ve confirmada por la experiencia de los jesuitas, en sus interesantes esfuerzos por civilizar a los indígenas del Paraguay. La verdadera dificultad residía en la imprevisión de la gente; su incapacidad para prever el futuro; y, en consecuencia, la necesidad de una supervisión minuciosa e incansable por parte de sus instructores. Así, al principio, si estos les dejaban el cuidado de los bueyes con los que araban, su indolente desconsideración probablemente los dejaría al anochecer todavía uncidos al apero. Peor aún, hubo casos en que los descuartizaron. [pág. 125]para cenar, pensando, cuando fueron reprendidos, que se excusaban suficientemente diciendo que tenían hambre”.

Como ejemplo intermedio, en cuanto a la fuerza del deseo efectivo de acumulación, entre el estado de cosas así descrito y el de la Europa moderna, merece atención el caso de los chinos. La durabilidad es una de las principales cualidades, que marca un alto grado de deseo efectivo de acumulación. El testimonio de los viajeros atribuye a los instrumentos fabricados por los chinos una durabilidad muy inferior a la de instrumentos similares construidos por los europeos. Se nos dice que las casas, a menos que sean de mayor categoría, son en general de ladrillos sin cocer, de arcilla o de vallas revocadas con tierra; los techos, de cañas fijadas a listones. Un mayor grado de resistencia en el deseo efectivo de acumulación haría que se construyeran con materiales que requieren un mayor gasto inmediato, pero son mucho más duraderos. Por la misma causa, mucha tierra que en otros países se cultivaría se encuentra desolada. Todos los viajeros observan grandes extensiones de tierra, principalmente pantanos, que permanecen en estado natural. Cultivar un pantano es generalmente un proceso que requiere varios años. Debe drenarse previamente, la superficie debe estar expuesta al sol durante mucho tiempo y se deben realizar muchas operaciones antes de que pueda producir una cosecha. Aunque probablemente produzca una ganancia muy considerable para El trabajo invertido en ella no se recupera hasta que ha transcurrido mucho tiempo. El cultivo de tales tierras implica un mayor deseo efectivo de acumulación que el que existe en el imperio. El grado de abnegación parece ser pequeño. Es su gran falta de previsión y frugalidad en este aspecto la causa de las escaseces y hambrunas que ocurren con frecuencia.

Que es un defecto de previsión, no de industria, lo que limita la producción entre los chinos es aún más evidente que en el caso de los indios semiagrícolas. «Donde los rendimientos son rápidos, donde los instrumentos creados requieren poco tiempo para materializar los acontecimientos para los que fueron creados», es bien sabido que «la gran [pág. 126]El progreso alcanzado en el conocimiento de las artes adaptadas a la naturaleza del país y a las necesidades de sus habitantes hace que la industria sea enérgica y eficaz. Lo que marca la prontitud con la que el trabajo se ve obligado a transformar los materiales más difíciles en instrumentos, donde estos instrumentos pronto dan lugar a los eventos para los que fueron creados, es la frecuente aparición, en muchos de sus lagos y ríos, de estructuras que se asemejan a los jardines flotantes de los peruanos: balsas cubiertas de tierra vegetal y cultivadas. De esta manera, el trabajo obtiene de los materiales sobre los que actúa beneficios muy rápidos. Nada puede superar la exuberancia de la vegetación cuando la energía vital de un sol radiante se ve favorecida por un suelo fértil y abundante humedad. Sucede lo contrario, como hemos visto, en los casos en que el rendimiento, aunque abundante, es lejano. Los viajeros europeos se sorprenden al encontrar estas pequeñas granjas flotantes junto a pantanos que solo requieren drenaje para ser cultivables.

Cuando un país ha llevado la producción hasta el límite de sus conocimientos, con una rentabilidad correspondiente a la intensidad media del deseo efectivo de acumulación en ese país, ha alcanzado lo que se denomina estado estacionario; el estado en el que no se producirá ninguna nueva adición de capital, a menos que se produzca alguna mejora en las técnicas de producción o un aumento en la intensidad del deseo de acumular. En el estado estacionario, aunque el capital no aumenta en general, algunas personas se enriquecen y otras se empobrecen. Quienes tienen un nivel de previsión inferior al habitual se empobrecen, su capital se deteriora y da cabida a los ahorros de quienes tienen un deseo efectivo de acumulación superior al promedio. Estos se convierten en los compradores naturales de las tierras, fábricas y otros instrumentos de producción propiedad de sus compatriotas menos previsores.

En China, si ese país ha alcanzado realmente, como se supone que lo ha hecho, el estado estacionario, la acumulación se ha detenido cuando los rendimientos del capital todavía son tan altos como lo indica una tasa de interés legalmente del doce por ciento, y prácticamente [pág. 127]Variando (se dice) entre el dieciocho y el treinta y seis. Por lo tanto, cabe presumir que ningún capital mayor al que el país ya posee puede emplearse con esta alta tasa de ganancia, y que una tasa inferior no ofrece a un chino la tentación suficiente como para inducirlo a abstenerse del disfrute actual. ¡Qué contraste con Holanda, donde, durante el período más floreciente de su historia, el gobierno podía habitualmente pedir prestado al dos por ciento, y los particulares, con buenas garantías, al tres por ciento!

§ 4. Ejemplos de exceso de este deseo.

En [los Estados Unidos y] los países más prósperos de Europa, se encuentran abundancia de pródigos; sin embargo, en una porción muy numerosa de la comunidad, las clases profesionales, manufactureras y comerciales, siendo las que, en términos generales, unen más medios con más motivos para ahorrar que cualquier otra clase, el espíritu de acumulación es tan fuerte que los signos de una riqueza en rápido aumento saltan a la vista de todos; y la gran cantidad de capital en busca de inversión excita asombro, siempre que circunstancias peculiares que dirigen gran parte de él hacia un solo canal, como la construcción de ferrocarriles o la aventura especulativa en el extranjero, ponen en evidencia la grandeza de la cantidad total.

Existen muchas circunstancias que, en Inglaterra, confieren una fuerza peculiar a la propensión a la acumulación. La prolongada exención del país de los estragos de la guerra y el período mucho más temprano que en otros lugares en que la propiedad estaba protegida contra la violencia militar o el expolio arbitrario han generado una confianza duradera y hereditaria en la seguridad de los fondos cuando se confían fuera de las manos del propietario, que en la mayoría de los demás países es de origen mucho más reciente y menos arraigada.

El crecimiento de la banca de depósito en Gran Bretaña, por lo tanto, avanza a pasos agigantados, mientras que en los países continentales avanza muy poco. La situación precaria de Francia, debido a las guerras, lleva a los ahorradores a atesorar en lugar de depositar sus ahorros. Pero en Estados Unidos se observa el mismo crecimiento que entre los ingleses. Los depósitos netos de los bancos nacionales de Estados Unidos en 1871 eran de 636 millones de dólares, pero en 1883 habían aumentado más del 83%. [pág. 128]por ciento, hasta $1,168,000,000. Las cuentas de depósito son la norma incluso para los pequeños comerciantes; y solo las cajas de ahorro de Massachusetts registraron depósitos en 1882-1883 por $241,311,362, y las de Nueva York por $412,147,213. Estados Unidos también se libra de los altos impuestos que se imponen en Europa para mantener un ejército y una armada extravagantes. Además, el efecto de las instituciones en el fomento de la prosperidad material es mucho más evidente en Estados Unidos que en Inglaterra, pues las barreras que se alzan contra el movimiento de las clases sociales bajas a las altas en este último país son inexistentes aquí, y, en consecuencia, hay más estímulo para adquirir los medios para mejorar la condición social de una persona.

Las causas geográficas que han convertido a la industria, y no a la guerra, en la fuente natural de poder e importancia para Gran Bretaña [y Estados Unidos], han impulsado a una proporción inusual de las personas más emprendedoras y enérgicas hacia la manufactura y el comercio; a satisfacer sus necesidades y satisfacer su ambición produciendo y ahorrando, en lugar de apropiándose de lo producido y ahorrado. Mucho dependió también de las mejores instituciones políticas de este país, las cuales, por el margen que han permitido a la libertad de acción individual, han fomentado la actividad personal y la autosuficiencia, mientras que, por la libertad que confieren de asociación y combinación, facilitan la empresa industrial a gran escala. Estas mismas instituciones, en otro de sus aspectos, estimulan de forma directa y potente el deseo de adquirir riqueza. El declive previo del feudalismo [en Inglaterra], al eliminar o debilitar en gran medida las odiosas distinciones entre las clases originalmente comerciantes y quienes estaban acostumbrados a despreciarlas, y al desarrollarse un sistema político que hizo de la riqueza la verdadera fuente de influencia política, su adquisición adquirió un valor ficticio, independiente de su utilidad intrínseca. Y, puesto que ser rico sin industria siempre ha constituido hasta ahora un paso en la escala social por encima de aquellos que son ricos por medio de la industria, se convierte en objeto de ambición ahorrar no sólo lo suficiente para obtener un gran ingreso mientras se está en el negocio, sino lo suficiente para retirarse del negocio y vivir en la abundancia con las ganancias obtenidas.

[pág. 129]

En [Estados Unidos,] Inglaterra y Holanda, desde hace mucho tiempo, y ahora en la mayoría de los demás países europeos, el segundo requisito para el aumento de la producción, el aumento de capital, no muestra tendencia a ser deficiente. En lo que respecta a este elemento, la producción puede aumentar sin límites. La limitación de la producción, que no consiste en un límite necesario al aumento de los otros dos elementos, trabajo y capital, debe depender de las propiedades del único elemento cuya cantidad es inherentemente limitada. Debe depender de las propiedades de la tierra.

[pág. 130]


Capítulo IX. De la Ley del Aumento de la Producción de la Tierra.

§ 1. La ley de la producción a partir del suelo, ley de rendimiento decreciente en proporción a la mayor aplicación del trabajo y del capital.

La tierra se diferencia de los demás elementos de la producción, el trabajo y el capital, en que no es susceptible de crecimiento indefinido. Su extensión es limitada, y la de sus formas más productivas es aún más limitada. También es evidente que la cantidad de productos que se pueden producir en una parcela determinada no es indefinida. Esta cantidad limitada de tierra y su productividad limitada constituyen los verdaderos límites al aumento de la producción.

La limitación a la producción derivada de las propiedades del suelo no es como el obstáculo que representa un muro, que se mantiene inamovible en un punto determinado y no obstaculiza el movimiento, salvo detenerlo por completo. Podríamos compararlo más bien con una banda altamente elástica y extensible, que rara vez se estira con tanta fuerza que no pueda estirarse más, pero cuya presión se siente mucho antes de alcanzar el límite final, y se siente con mayor intensidad cuanto más nos acercamos a él.

Después de una cierta, y no muy avanzada, etapa en el progreso de la agricultura —tan pronto como la humanidad se ha aplicado al cultivo con alguna energía, y ha aportado algunas herramientas tolerables— desde ese momento es la ley de la producción de la tierra que, en cualquier estado dado de habilidad y conocimiento agrícola, al aumentar el trabajo, el producto no aumenta en un grado igual; duplicar el trabajo no duplica el producto; o, para expresar lo mismo en otras palabras, todo aumento del producto se obtiene [pág. 131]Por un aumento más que proporcional en la aplicación del trabajo a la tierra. Esta ley general de la industria agrícola es la proposición más importante de la economía política. Si la ley fuera diferente, casi todos los fenómenos de la producción y distribución de la riqueza serían distintos.

No se suele considerar que en Estados Unidos, donde en muchas zonas escasamente pobladas se cultivan constantemente nuevas tierras, se pueda mantener una población adicional, dadas las condiciones actuales de destreza agrícola, con rendimientos cada vez mayores hasta cierto punto antes de que comience a operar la ley de rendimientos decrecientes. Donde se necesitan más trabajadores y se requiere más capital para cooperar en un nuevo país antes de que toda la tierra pueda producir su máximo rendimiento, en tal etapa de cultivo no puede decirse que la ley de rendimientos decrecientes ya se haya establecido.

Cuando, para aumentar la producción, se recurre a tierras de inferior calidad, es evidente que, hasta ahora, la producción no aumenta en la misma proporción que el trabajo. El significado mismo de tierra de inferior calidad es tierra que, con igual trabajo, produce una cantidad menor de producto. La tierra puede ser inferior en fertilidad o en situación. Una requiere una mayor cantidad proporcional de trabajo para cultivar el producto, la otra para llevarlo al mercado. Si la tierra A produce mil quarters de trigo con un desembolso dado en salarios, abono, etc., y, para producir otros mil, se debe recurrir a la tierra B, que es menos fértil o está más alejada del mercado, los dos mil quarters costarán más del doble de trabajo que los mil originales, y el producto agrícola aumentará en una proporción menor que el trabajo empleado en obtenerlo.

En lugar de cultivar la tierra B, sería posible, mediante un cultivo más intensivo, aumentar la producción de la tierra A. Se podría arar o gradar dos veces en lugar de una, o tres veces en lugar de dos; se podría cavar en lugar de arar; después de arar, se podría repasar con una azada en lugar de una grada, y pulverizar la tierra más completamente; se podría desherbar con mayor frecuencia o con mayor profundidad. [pág. 132]Los implementos utilizados pueden ser de mejor acabado o de construcción más elaborada; se puede aplicar una mayor cantidad o tipos de abono más caros o, cuando se aplican, se pueden mezclar con más cuidado e incorporar al suelo.

El ejemplo de las huertas en las cercanías de las grandes ciudades y pueblos muestra cómo el cultivo intensivo permite un aumento de la mano de obra y el capital con mayores rendimientos. Estas tierras, por su ubicación, son superiores para este propósito particular, aunque podrían ser inferiores en productividad absoluta en comparación con las ricas tierras de trigo de Dakota. Las granjas de Nueva Inglaterra y Nueva Jersey, en general, ya no se dedican al cultivo de cereales, pero (al ser expulsadas de este cultivo por las grandes líneas ferroviarias que han abierto el Oeste) se han adaptado para el cultivo de ganado, pastos, frutas, productos lácteos o vegetales; y, por lo tanto, han generado mayores ganancias a sus propietarios que las mismas tierras bajo el antiguo régimen . Incluso en tierras donde aún se puede cultivar algún grano, el maíz, el trigo sarraceno, la cebada, la avena y el centeno cubren las áreas cultivadas en lugar del trigo.

Las tierras inferiores, o las tierras más alejadas del mercado, por supuesto, producen una rentabilidad inferior, y una demanda creciente no puede satisfacerse a menos que aumente el coste y, por lo tanto, el precio. Si la demanda adicional pudiera seguir satisfaciéndose desde las tierras superiores, aplicando más trabajo y capital, a un coste proporcionalmente no mayor que el que producen la cantidad inicialmente demandada, los propietarios o agricultores de esas tierras podrían vender a un precio inferior al de todas las demás y acaparar todo el mercado. Las tierras de menor fertilidad o en una situación más remota podrían, sin duda, ser cultivadas por sus propietarios para su subsistencia o independencia; pero a nadie le interesaría cultivarlas para obtener beneficios. El hecho de que se pueda obtener una rentabilidad suficiente para atraer capital a dicha inversión demuestra que el cultivo en las tierras más aptas ha alcanzado un punto más allá del cual cualquier mayor aplicación de trabajo y capital no produciría, en el mejor de los casos, una rentabilidad mayor que la que se puede obtener con el mismo gasto en tierras menos fértiles o en una situación menos favorable.

[pág. 133]

“Pasa mucho tiempo”, dice un viajero fallecido en Estados Unidos, 130 , “antes de que un ojo inglés se acostumbre a la escasez de cosechas y a la agricultura descuidada (como diríamos) que es evidente. Se olvida que, donde la tierra es tan abundante y la mano de obra tan cara como aquí, se debe seguir un principio totalmente diferente al que prevalece en países populosos, y que la consecuencia será, por supuesto, una falta de orden, por así decirlo, y de acabado en todo lo que requiere trabajo”. De las dos causas mencionadas, la abundancia de tierra me parece la verdadera explicación, más que lo caro del trabajo; pues, por muy caro que sea el trabajo, cuando se necesita alimento, siempre se dedicará a producirlo con preferencia a cualquier otra cosa. Pero este trabajo es más eficaz para su fin al aplicarse a tierra nueva que si se empleara en cultivar la tierra ya ocupada.

El desplazamiento hacia el oeste de lo que podría llamarse el " centro del trigo " es bastante perceptible. Hasta hace poco, Minnesota ha sido un gran estado productor de trigo, y vastas extensiones de tierra se sembraron allí con ese grano cuando se abría el suelo por primera vez. Las ganancias de las primeras cosechas han sido enormes, pero ahora se dice que es más conveniente para los productores de trigo trasladarse a tierras más nuevas y venderlas a cultivadores de una clase diferente (de frutas y productos diversos), que producen para una población más densa. De esta manera, (en 1884) Dakota, en lugar de Minnesota, se ha convertido en el distrito de mayor producción de trigo. 131

Sólo cuando ya no quedan suelos por romper, pero los que, por su distancia o por su calidad inferior, exigen un aumento considerable de precio para que su cultivo sea rentable, puede resultar ventajoso aplicar el alto nivel de agricultura de Europa a cualquier tierra americana, excepto, tal vez, en las inmediaciones de las ciudades, donde el ahorro en el coste del transporte puede compensar la gran inferioridad en el rendimiento del suelo mismo.

[pág. 134]

El principio que se ha enunciado debe recibirse, sin duda, con ciertas explicaciones y limitaciones. Incluso cuando la tierra esté tan cultivada que la mera aplicación de trabajo adicional, o de una cantidad adicional de abono ordinario, no genere una rentabilidad proporcional al gasto, puede ocurrir que la aplicación de una cantidad mucho mayor de trabajo y capital adicionales para mejorar el suelo, mediante el drenaje o el abono permanente, sea tan generosamente remunerada por el producto como cualquier parte del trabajo y el capital ya empleados. En ocasiones, sería mucho más remunerada. Esto no podría suceder si el capital siempre buscara y encontrara el empleo más ventajoso.

§ 2. Principio antagonista de la ley de rendimiento decreciente: el progreso de las mejoras en la producción.

Que el producto de la tierra aumenta, en igualdad de condiciones , en una proporción decreciente con el aumento de la mano de obra empleada, es, como hemos dicho (salvo excepciones ocasionales y temporales), la ley universal de la industria agrícola. Sin embargo, este principio ha sido negado. Tanto es así que (se afirma) que la peor tierra cultivada actualmente produce tanto alimento por acre, e incluso con una cantidad dada de mano de obra, como nuestros antepasados lograron extraer de los suelos más ricos de Inglaterra.

La ley de los rendimientos decrecientes es el hecho físico en el que se basa la doctrina económica de la renta y requiere una cuidadosa atención. Carey afirma, en cambio, que existe una ley de productividad creciente, ya que, a medida que los hombres crecen en número e inteligencia, surge la capacidad de obtener más del suelo. 132 Algunos objetores incluso niegan que se cultiven diferentes calidades de tierra y que no haya necesidad de cultivar suelos inferiores. Si esto fuera cierto, ¿por qué medio acre de tierra no sería tan bueno como un Estado entero? Johnston 133 dice: “ En un país y entre colonos pobres... la tierra pobre es un término relativo. Se llama pobre a la tierra que no es adecuada para un hombre pobre, que con el simple desmonte y la quema no producirá buenas primeras cosechas. Así, lo que es tierra pobre para un hombre pobre puede resultar tierra rica para un hombre rico ” . 134 Además, como ocurre constantemente en nuestro país, a menudo ocurre que un ferrocarril puede hacer que nuevas tierras compitan con las antiguas en un momento dado. [pág. 135]Mercado; cuyo ejemplo más conspicuo es la competencia de los campos de cereales del oeste con las granjas del este. En estos distritos más antiguos, antes de la competencia, existía una serie determinada de calidades de tierra cultivada; tras la construcción del ferrocarril, se produjo una desorganización de las antiguas series: algunas tierras dejaron de cultivarse, otras permanecieron y algunas de las nuevas tierras entraron en la lista. El resultado es una nueva serie de calidades más adecuadas para satisfacer las necesidades de la población.

Esto, sin embargo, no prueba que la ley de la que hemos estado hablando no exista, sino solo que existe un principio antagonista en funcionamiento, capaz, durante un tiempo, de oponerse a la ley. Dicho principio existe, en antagonismo habitual con la ley del rendimiento decreciente de la tierra; y a su consideración procederemos ahora. No es otro que el progreso de la civilización. La parte más obvia es el progreso del conocimiento, la habilidad y la invención agrícolas. Los procesos agrícolas mejorados son de dos tipos: (1) algunos permiten que la tierra produzca un mayor producto absoluto, sin un aumento equivalente de trabajo; (2) otros no tienen el poder de aumentar el producto, pero sí el de disminuir el trabajo y el gasto necesarios para obtenerlo. (1.) Entre los primeros se encuentran el desuso de barbechos, mediante la rotación de cultivos, y la introducción de nuevos tipos de cultivo capaces de integrarse ventajosamente en la rotación. El cambio operado en la agricultura hacia finales del siglo pasado, con la introducción del cultivo del nabo, se considera una revolución. A continuación, se introducen nuevos alimentos con mayor contenido de nutrientes, como la patata, o especies o variedades más productivas de la misma planta, como el nabo sueco. En la misma categoría de mejoras se encuentran un mejor conocimiento de las propiedades de los abonos y de las formas más eficaces de aplicarlos; la introducción de nuevos y más potentes fertilizantes, como el guano, y la conversión para el mismo fin de sustancias previamente desperdiciadas; inventos como el arado del subsuelo o el drenaje con tejas, mediante los cuales se multiplica enormemente la producción de algunos tipos de tierras; mejoras en la cría o alimentación de [pág. 136]Ganado de labor; aumento del ganado, de los animales que consumen y convierten en alimento humano lo que de otro modo se desperdiciaría; y similares. (2.) Las otras mejoras, aquellas que disminuyen la mano de obra, pero sin aumentar la capacidad productiva de la tierra, son, por ejemplo, la construcción mejorada de herramientas; la introducción de nuevos instrumentos que ahorran trabajo manual, como las máquinas de aventar y trillar. Estas mejoras no aumentan la productividad de la tierra, pero son igualmente útiles que las primeras para contrarrestar la tendencia del costo de producción de los productos agrícolas a aumentar con el crecimiento de la población y la demanda.

§ 3. —En los ferrocarriles.

De efectos análogos a esta segunda clase de mejoras agrícolas se encuentran las mejores vías de comunicación. Buenos caminos equivalen a buenas herramientas. No importa si la economía de mano de obra se produce al extraer el producto del suelo o al transportarlo al lugar donde se consumirá.

Las funciones que desempeñan los ferrocarriles en el sistema de producción son sumamente importantes. Se encuentran entre las causas más influyentes que afectan el costo de producción de bienes, en particular aquellos que satisfacen las necesidades básicas del ser humano, entre las que la alimentación es la principal. El tonelaje transportado es enorme; y el costo de este servicio para los productores y consumidores de Estados Unidos es de una magnitud enorme. La considerable reducción en el costo del transporte por ferrocarril sorprenderá a quienes no hayan seguido el tema con atención; más aún, dado que se ha producido por causas naturales e independientemente de la legislación. Se dice que el maíz, la carne y los productos lácteos representan al menos el 50%, y el carbón y la madera alrededor del 30%, del tonelaje transportado por todos los ferrocarriles de Estados Unidos. Si se ha producido una reducción en el costo del transporte, también ha costado menos transportar los principales artículos de primera necesidad. Si la tarifa en 1880 se hubiera mantenido tan alta como entre 1866 y 1869, la cantidad de toneladas transportadas en 1880 habría costado a Estados Unidos entre 500 y 800 millones de dólares más que la tarifa real, debido a las reducciones en los ferrocarriles. Sin embargo, parece que este proceso de reducción culminó alrededor de 1879. Para ilustrar los hechos de este proceso, observe los cambios en el siguiente gráfico, n.º V. Se toman los ferrocarriles del estado de Nueva York, pero lo mismo ocurre con los de Ohio.

[pág. 137]

Gráfico V.

Costo de 20 barriles de harina, 10 de carne de res, 10 de cerdo, 100 bushels de trigo, 100 de maíz, 100 de avena, 100 libras de mantequilla, 100 de manteca de cerdo y 100 de lana de vellón, en la ciudad de Nueva York, en promedio de cada año, compilado por meses, en oro; comparado gráficamente con la disminución en el cargo por tonelada por milla, en todos los ferrocarriles del estado de Nueva York, durante el mismo período.

Año.

Precio en oro de productos agrícolas básicos (dólares)

Cargo por transportar una tonelada por milla. (Centavos)

Disminución de los gastos de ferrocarril por tonelada. (Centavos)

Disminución de las ganancias de los ferrocarriles por transportar una tonelada. (Centavos)

1870

776.02

1.7016

1.1471

.5545

1871

735.33

1.7005

1.1450

.5555

1872

675.92

1.6645

1.1490

.5155

1873

662.50

1.6000

1.0864

.5136

1874

748.54

1.4480

.9730

.4750

1875

696.40

1.3039

.9587

.3452

1876

651.74

1.1604

.8561

.3043

1877

751.95

1.0590

.7740

.2850

1878

569.81

.9994

.6900

.3094

1879

568.34

.8082

.5847

.2295

1880

631.32

.9220

.6030

.3190

1881

703.10

.8390

.5880

.2510

1882

776.12

.8170

.6010

.2160

1883

662.11

.8990

.6490

.2500

En 1855 el cargo por tonelada por milla era de 3,27 centavos, en comparación con 0,89 en 1883.

Toneladas movidas 1 m. en 1883 por los ferrocarriles de Nueva York

9.286.216.628

Al ritmo de 1855, costaría

$303,659,283

Costo real en 1883

83.464.919

Ahorro para el Estado

$220,194,364

[pág. 138]

El Sr. Edward Atkinson 135 explica esta reducción de costos como (1) la competencia de las vías fluviales, (2) la competencia entre ferrocarriles y (3) la competencia de otros países, lo que obliga a nuestros ferrocarriles a intentar colocar nuestros productos básicos en mercados extranjeros a un precio que garantice la continuidad de los envíos. Además de estas razones, también (4) se debe atribuir gran parte al progreso de las invenciones y a la reducción del costo del acero y de todos los aparatos necesarios para los ferrocarriles.

La gran importancia de los ferrocarriles se refleja en su influencia en la prosperidad comercial general y como lugar para grandes inversiones de un capital en rápido crecimiento. Sin embargo, la construcción de ferrocarriles ha continuado, a veces con mayor velocidad que en otras. En lugar de 33.908 millas de vías férreas al final de nuestra guerra, ahora (1884) tenemos más de 120.000 millas. El aumento en la distancia construida año tras año, con dos épocas distintas de mayor construcción —una de 1869 a 1873 y otra de 1879 a 1884—, se puede apreciar en las líneas cortas del gráfico adjunto, n.º VI .

No cabe duda de que la apertura de nuestro país occidental ha suscitado especulaciones en diferentes momentos. Y si se compara con el Gráfico n.° XVII ( Libro IV, Cap. III ), que muestra la cosecha total de cereales de Estados Unidos, se verá que desde 1879, si bien nuestra población ha aumentado del 12,5 % al 14 %, nuestra cosecha de cereales solo un 5 %, nuestro kilometraje ferroviario ha aumentado un 40 %.

El grado en que Estados Unidos ha impulsado la construcción de ferrocarriles, en comparación con los países europeos, a pesar de contar con una superficie mucho mayor, se muestra claramente en el Gráfico n.º VII . Esta aplicación de una forma de mejora para contrarrestar la ley de rendimientos decrecientes en Estados Unidos ha producido resultados extraordinarios, sobre todo si consideramos que probablemente aún no estamos utilizando todas nuestras mejores tierras o, en otras palabras, que aún no hemos experimentado la ley de rendimientos decrecientes en algunos distritos extensos.

Gráfico VI.

Millas de ferrocarril en funcionamiento el 1.º de enero de cada año y las millas agregadas en el año siguiente.

Año.

Millas de ferrocarril.

Miles agregó.

1865

33.908

1.177

1866

35.085

1.716

1867

36.801

2.449

1868

39.250

2.979

1869

42.229

4.615

1870

46.844

6.070

1871

52.914

7.379

1872

60.293

5.878

1873

66.171

4.107

1874

70.278

2.105

1875

72.383

1.713

1876

74.096

2.712

1877

76.808

2.281

1878

79.089

2.687

1879

81.776

4.721

1880

86.497

7.048

1881

93.545

9.789

1882

103.334

11.591

1883

114.925

6.618

Los ferrocarriles y los canales reducen prácticamente el coste de producción de todo lo que se envía al mercado por ellos; y, literalmente, también el de todos aquellos aparatos y ayudas para cuya producción sirven de transporte. Por medio de ellos, la tierra puede ser... [pág. 140]cultivadas, que de otro modo no habrían remunerado a los cultivadores sin un aumento de precios. Las mejoras en la navegación tienen, con respecto a los alimentos o materiales traídos de ultramar, un efecto correspondiente.

§ 4. —En las manufacturas.

A partir de consideraciones similares, se desprende que muchas mejoras puramente mecánicas, que, al menos en apariencia, no tienen ninguna conexión peculiar con la agricultura, permiten, sin embargo, obtener una cantidad determinada de alimentos con un menor gasto de mano de obra. Una gran mejora en el proceso de fundición del hierro tendería a abaratar los aperos agrícolas, a disminuir el coste de los ferrocarriles, de los carros y carretas, de los barcos y quizás de los edificios, y de muchas otras cosas a las que el hierro no se aplica actualmente por ser demasiado costoso; y, por consiguiente, a disminuir el coste de producción de alimentos. El mismo efecto se derivaría de una mejora en los procesos de lo que podríamos denominar manufactura, a los que se somete la materia prima de los alimentos tras su separación de la tierra. La primera aplicación de la energía eólica o hidráulica para moler maíz tendió a abaratar el pan tanto como lo habría hecho un descubrimiento agrícola muy importante; y cualquier gran mejora en la construcción de molinos de maíz tendría, en proporción, una influencia similar.

Aquellas mejoras manufactureras que no pueden contribuir a facilitar, en ninguna de sus etapas, la producción real de alimentos y, por lo tanto, no ayudan a contrarrestar ni retrasar la disminución del rendimiento proporcional del trabajo de la tierra, tienen, sin embargo, otro efecto prácticamente equivalente. Lo que no previenen, lo compensan en cierta medida. 136

Gráfico VII.

Relación entre millas de ferrocarril y áreas de estados y países: Estados Unidos y Europa. La proporción relativa es de 1 milla de ferrocarril por cada 4 millas cuadradas de área.

No.

Nombre.

Rango en tamaño.

Relativo.

1

Massachusetts

67

98

2

Bélgica

62

96

3

Inglaterra y Gales

29

88

4

Nueva Jersey

62

81

5

Connecticut

68

80

6

Rhode Island

71

65

7

Ohio

44

60

8

Illinois

32

59

9

Pensilvania

40

55

10

Delaware

69

53

11

Indiana

50

52

12

Nuevo Hampshire

65

45

13

Suiza

59

44

14

Nueva York

39

41

15

Iowa

33

39

16

Imperio alemán

4

38

17

Escocia

52

37

18

Maryland

63

36

19

Vermont

64

35

20

Irlanda

51

29

21

Michigan

31

28

22

Francia

5

27

23

Dinamarca

60

26

24

Países Bajos

57

25

25

Misuri

26

24

26

Wisconsin

34

23

27

Imperio austriaco

3

21

28

Virginia

45

19

29

Italia

13

18

30

Georgia

30

17

31

Kansas

22

16

32

Kentucky

46

15

33

Carolina del Sur

49

14

34

Tennesse

42

14

35

Minnesota

21

13

36

Alabama

36

13

37

Virginia Occidental

55

12

38

Rumania

41

12

39

Carolina del Norte

37

12

40

Maine

48

12

41

Nebraska

23

10

42

Misisipí

38

9

43

España

6

9

44

Portugal

47

9

45

Suecia

7

9

46

Arkansas

35

8

47

Luisiana

43

8

48

Colorado

16

8

49

California

8

7

50

Pavo

27

7

51

Texas

2

7

52

Utah

20

6

53

Florida

28

6

54

Dakota

7

6

55

Rusia en Europa

1

5

56

Nevada

15

5

57

Noruega

11

5

58

Oregón

18

4

59

Bulgaria

54

4

60

Nuevo Méjico

12

3

61

Wyoming

17

2

62

Territorio indio

25

2

63

Washington

24

1

64

Arizona

14

1

65

Idaho

19

1

66

Grecia

58

0

67

Montana

10

0

68

Bosnia y Herzegovina

53

0

69

Servia

56

0

70

Rumelia Oriental

61

0

71

Montenegro

70

0

72

Andorra

72

0

(Estados Unidos tiene aproximadamente una milla de ferrocarril por cada 540 habitantes. Europa tiene una milla por cada 3.000 habitantes, si se incluye a Rusia; aproximadamente una milla por cada 2.540, sin incluir a Rusia.)

Dado que los materiales de las manufacturas se obtienen todos de la tierra, y muchos de ellos de la agricultura, que suministra en particular todo el material para la confección, la ley general de la producción a partir de la tierra, la ley del rendimiento decreciente, debe, en última instancia, aplicarse tanto a la historia de la manufactura como a la de la agricultura. A medida que la población aumenta, y [pág. 142]La capacidad de la tierra para producir más productos se ve cada vez más limitada, y cualquier suministro adicional de materiales, así como de alimentos, debe obtenerse mediante un aumento más que proporcional del gasto de mano de obra. Sin embargo, el costo de los materiales constituye generalmente una porción muy pequeña del costo total de la manufactura; la mano de obra agrícola involucrada en la producción de bienes manufacturados es solo una pequeña fracción del trabajo total invertido en la mercancía.

El Sr. Babbage 137 ofrece una interesante ilustración de este principio. El hierro en barra, con un valor de 1 libra, se convirtió en valor al fabricarse en...

£

Hierro de hendidura, para clavos

1.10

Acero natural

1.42

Herraduras

2.55

Cañones de armas, ordinarios

9.10

Sierras para madera

14.28

Tijeras, lo mejor

446.94

Hojas de navaja

657.14

Mangos de espada, acero pulido

972.82

Sin embargo, no se puede decir de manufacturas como la tela de algodón grueso, en la que el aumento del coste del algodón crudo tiene un efecto inmediato en el precio de la tela, que el coste de los materiales constituye sólo una pequeña porción del coste de la manufactura. 138

Todo el trabajo [no dedicado a la preparación de materiales] tiende constante y fuertemente a disminuir a medida que aumenta la producción. Las manufacturas son mucho más susceptibles que la agricultura a mejoras mecánicas y dispositivos para ahorrar mano de obra. En consecuencia, en las manufacturas, las causas que tienden a aumentar la productividad de la industria predominan sobre la única causa que tiende a disminuirla; y el aumento de la producción, impulsado por el progreso de la sociedad, se produce no a un costo proporcional creciente, sino a uno que disminuye continuamente. Este hecho se ha manifestado en la caída progresiva de los precios y valores de casi todo tipo de bienes manufacturados durante los últimos dos siglos; una caída acelerada por las invenciones mecánicas de los últimos setenta u ochenta años, y susceptible [pág. 143]de prolongarse y extenderse más allá de cualquier límite que se pudiera especificar con seguridad. El beneficio podría incluso extenderse a las clases más pobres. El mayor abaratamiento de la ropa y el alojamiento podría compensarles el aumento del costo de su alimentación.

Así pues, no hay mejora posible en las artes de la producción que no ejerza, de una u otra forma, una influencia antagónica sobre la ley del rendimiento decreciente del trabajo agrícola. Y no son solo las mejoras industriales las que tienen este efecto. Las mejoras en el gobierno, y casi todo tipo de avance moral y social, operan de la misma manera. Lo mismo podemos decir de las mejoras en la educación. La inteligencia del trabajador es un elemento fundamental para la productividad del trabajo. La atención, la economía y la confianza general de los trabajadores son tan importantes como su inteligencia. Las relaciones amistosas y una comunidad de intereses y sentimientos entre trabajadores y empleadores son eminentemente importantes. En las clases ricas y ociosas, una mayor energía mental, una instrucción más sólida y un mayor sentido de conciencia, espíritu cívico o filantropía los capacitarían para generar y promover las mejoras más valiosas, tanto en los recursos económicos de su país como en sus instituciones y costumbres.

§ 5. El derecho se aplica a la minería.

Debemos observar que lo dicho sobre la agricultura es cierto, con escasas variaciones, para las demás ocupaciones que representa; para todas las artes que extraen materiales del globo. La industria minera, por ejemplo, suele producir un aumento de producción con un aumento de gasto más que proporcional.

Es peor, pues incluso su producción anual habitual requiere ser extraída con un gasto cada vez mayor de trabajo y capital. Como una mina no reproduce el carbón o el mineral extraído de ella, no solo todas las minas se agotan al final, sino que incluso cuando aún no muestran signos de agotamiento, deben ser explotadas a un costo cada vez mayor; los pozos deben excavarse más profundo, las galerías más profundas, y se debe aplicar mayor energía para mantenerlas limpias de agua; el producto debe ser... [pág. 144]Extraído de una mayor profundidad o transportado a una mayor distancia. La ley del rendimiento decreciente se aplica, por lo tanto, a la minería en un sentido aún más estricto que a la agricultura; pero el factor antagonista, el de las mejoras en la producción, también se aplica en un grado aún mayor. Las operaciones mineras son más susceptibles a mejoras mecánicas que las agrícolas: la primera gran aplicación de la máquina de vapor fue en la minería; y existen ilimitadas posibilidades de mejora en los procesos químicos mediante los cuales se extraen los metales. Existe otra contingencia, de ocurrencia frecuente, que sirve para contrarrestar el progreso de todas las minas existentes hacia el agotamiento: se trata del descubrimiento de nuevas, de igual o superior riqueza.

El profesor Jevons ha aplicado esta ley económica a la situación industrial de Inglaterra. 139 Si bien explica que el suministro de carbón barato es la base de la prosperidad manufacturera inglesa, insiste en que, si la demanda de carbón aumenta constantemente, inevitablemente se llegará a un punto en el futuro en que el aumento de la oferta solo pueda obtenerse a un mayor costo. Cuando el carbón cueste a Inglaterra tanto como a cualquier otra nación, su ventaja industrial exclusiva dejará de existir. En Estados Unidos, los depósitos de hierro periféricos del Lago Superior, el Lago Champlain y Pensilvania, según nos dicen los geólogos, encontrarán competencia derivada de los nuevos grados de mayor productividad en los depósitos más ricos de estados como Alabama. En ese caso, pasaremos de minas de hierro de menor calidad a mejores, pero después de que se realice el cambio, se establecerá una serie de diferentes grados de productividad como antes.

En resumen: todos los agentes naturales limitados en cantidad no solo están limitados en su capacidad productiva final, sino que, mucho antes de que dicha capacidad se desarrolle al máximo, ceden a cualquier exigencia adicional en términos cada vez más rigurosos. Sin embargo, esta ley puede suspenderse o controlarse temporalmente mediante cualquier medida que aumente el poder general de la humanidad sobre la naturaleza, y especialmente mediante cualquier ampliación de su conocimiento, y su consiguiente dominio, de las propiedades y poderes de los agentes naturales.

[pág. 145]


Capítulo X. Consecuencias de las leyes anteriores.

§ 1. Remedios para la debilidad del principio de acumulación.

De la exposición anterior se desprende que el aumento de la producción tiene dos límites: la deficiencia de capital o la de tierra. La producción se detiene, ya sea porque el deseo efectivo de acumulación no es suficiente para generar un mayor aumento de capital, o porque, por muy dispuestos que estén los poseedores de excedentes de ingresos a ahorrar una parte de ellos, la limitada tierra a disposición de la comunidad no permite emplear capital adicional con una rentabilidad equivalente a su abstinencia.

En países donde el principio de acumulación es tan débil como en las diversas naciones de Asia, el desiderátum económicamente considerado es un aumento de la industria y del deseo efectivo de acumulación. Los medios son, en primer lugar, un mejor gobierno; una mayor seguridad de la propiedad; impuestos moderados y la libertad de la exacción arbitraria bajo el nombre de impuestos; una tenencia de la tierra más permanente y ventajosa, asegurando al cultivador, en la medida de lo posible, los beneficios indivisos de la industria, la habilidad y la economía que pueda ejercer. En segundo lugar, la mejora de la inteligencia pública. En tercer lugar, la introducción de artes extranjeras, que elevan los rendimientos derivados del capital adicional a una tasa que corresponde a la baja intensidad del deseo de acumulación.

Un excelente ejemplo de lo que podría lograrse mediante este proceso se puede ver ante nuestros ojos en el actual desarrollo de México, al que han contribuido el capital y la empresa estadounidenses. [pág. 146]tan prominentemente dibujado últimamente. Todos estos remedios propuestos, de implementarse en México, sin duda resultarían en un notable aumento de la riqueza.

§ 2. Incluso donde el deseo de acumular es fuerte, la población debe mantenerse dentro de los límites de la población procedente de la tierra.

Pero hay otros países, e Inglaterra [y Estados Unidos] están a la cabeza, donde ni el espíritu de trabajo ni el deseo efectivo de acumulación necesitan estímulo. En estos países nunca habría escasez de capital si su crecimiento no se viera frenado ni estancado por una disminución excesiva de sus rendimientos. Es la tendencia de los rendimientos a una disminución progresiva la que provoca que el aumento de la producción a menudo vaya acompañado de un deterioro en la condición de los productores; y esta tendencia, que con el tiempo acabaría por completo con el aumento de la producción, es resultado de las condiciones necesarias e inherentes a la producción agrícola.

Esto, por supuesto, se basa en el supuesto de que no se pueden cultivar nuevas tierras, como las de Estados Unidos. Si no se prohíbe la importación de alimentos más baratos, la existencia de tierras nuevas y más fértiles en cualquier parte del mundo, al alcance del país en cuestión, constituye una influencia que actúa en contra de la tendencia. Sin embargo, la tendencia, o ley económica, sigue ahí, siempre vigente.

En todos los países que han superado una etapa muy temprana del progreso agrícola, todo aumento en la demanda de alimentos, ocasionado por el aumento de la población, siempre, a menos que haya una mejora simultánea en la producción, disminuirá la parte que, en una división justa, correspondería a cada individuo. Un aumento de la producción, a falta de extensiones de tierra fértil desocupadas o de nuevas mejoras que tiendan a abaratar los productos básicos, nunca puede obtenerse sin aumentar la mano de obra en una proporción mayor. La población debe trabajar más o comer menos, o bien obtener su alimento habitual sacrificando parte de sus otras comodidades habituales. Siempre que esta necesidad se pospone, es porque las mejoras que facilitan la producción continúan progresando; porque los recursos de la humanidad para hacer su trabajo más efectivo mantienen un [pág. 147]lucha en igualdad de condiciones con la Naturaleza y extorsiona nuevos recursos de sus renuentes poderes tan rápido como las necesidades humanas ocupan y absorben a los viejos.

De esto resulta el importante corolario de que la necesidad de restringir la población no es, como muchos creen, peculiar de una condición de gran desigualdad de propiedad. Un mayor número de personas no puede, en cualquier estado de civilización, estar colectivamente tan bien abastecido como uno menor. La tacañería de la naturaleza, no la injusticia de la sociedad, es la causa del castigo asociado a la superpoblación. Una distribución injusta de la riqueza ni siquiera agrava el mal, sino que, como mucho, lo hace sentir algo antes. Es en vano decir que todas las bocas que el aumento de la humanidad crea traen consigo manos. Las nuevas bocas requieren tanto alimento como las antiguas, y las manos no producen tanto.

Una vez alcanzado un grado de densidad suficiente para permitir los principales beneficios de la combinación del trabajo, todo aumento adicional tiende en sí mismo a perjudicar la condición media de la población; pero el progreso de la mejora tiene un efecto compensatorio y permite un aumento del número de personas sin deterioro alguno, e incluso consistentemente con un mayor promedio de bienestar. La mejora debe entenderse aquí en un sentido amplio, incluyendo no solo nuevas invenciones industriales o un uso extendido de las ya conocidas, sino también mejoras en las instituciones, la educación, las opiniones y los asuntos humanos en general, siempre que tiendan, como casi todas las mejoras, a dar nuevos motivos o nuevas facilidades a la producción.

El aumento de la población de los Estados Unidos ha sido enorme, como ya se ha visto, pero el aumento de la producción ha sido aún mayor, debido a la fertilidad de nuestra tierra, a las mejoras en las artes y a nuestro gran genio para la invención, como puede verse en la siguiente tabla (cantidades en segundo lugar). [pág. 148]El aumento constante de la valoración de nuestra riqueza va más rápido que el aumento de la población, de modo que se manifiesta en una riqueza media mayor para cada habitante .

Décadas.

Valuación.

Porcentaje de aumento.

Población.

Porcentaje de aumento.

Valoración per cápita.

1800

$1,742

..

5.308.483

..

$328

1810

2.382

37

7.239.881

36

329

1820

3.734

57

9.633.882

33

386

1830

4.328

16

12.866.020

34

336

1840

6.124

41

17.069.453

33

359

1850

8.800

44

23.191.876

36

379

1860

16.160

84

31.443.321

35

514

1870

30.068

86

38.558.371

23

780

1880

40.000

33

50.155.783

30

798

Si la capacidad productiva del país aumenta tan rápidamente como el aumento de la población exige un aumento de la producción, no es necesario obtener dicho aumento cultivando suelos más estériles que los peores ya cultivados, ni aplicando mano de obra adicional a los suelos antiguos con una ventaja reducida; en todo caso, esta pérdida de capacidad se compensa con la mayor eficiencia con la que, en el progreso de la mejora, se emplea la mano de obra en las manufacturas. De una forma u otra, se atiende al aumento de población, y todos están tan bien como antes. Pero si el crecimiento del poder humano sobre la naturaleza se suspende o se ralentiza, y la población no frena su crecimiento; si, con solo el control existente sobre los agentes naturales, estos son requeridos para un aumento de la producción; este mayor producto no se proporcionará a la población en aumento sin exigir, en promedio, un mayor esfuerzo de cada uno, o sin reducir, en promedio, a cada uno a una proporción menor del producto total.

Desde las grandes invenciones mecánicas de Watt, Arkwright y sus contemporáneos, el rendimiento del trabajo probablemente ha aumentado tan rápido como la población; y [pág. 149]Incluso la habría superado, si ese mismo aumento de la rentabilidad no hubiera generado una porción adicional del poder inherente de multiplicación de la especie humana. Durante los últimos veinte o treinta años, la expansión de los procesos agrícolas mejorados [en Inglaterra] ha sido tan rápida que incluso la tierra produce una mayor cantidad de dinero en proporción al trabajo empleado; el precio promedio del grano había bajado considerablemente, incluso antes de que la derogación de las leyes del grano aliviara de forma tan significativa, por el momento, la presión demográfica sobre la producción. Pero aunque las mejoras puedan, durante cierto tiempo, mantener el ritmo, o incluso superar, el crecimiento real de la población, con toda seguridad nunca alcanzan la tasa de crecimiento que esta es capaz de alcanzar: y nada podría haber evitado un deterioro general de la condición humana si no fuera porque la población se ha visto, de hecho, restringida. Si se hubiera restringido aún más, y se hubieran producido las mismas mejoras, se habría obtenido un dividendo mayor que el actual, para la nación o la especie en general. El nuevo terreno extraído de la naturaleza por las mejoras no se habría limitado por completo al mero apoyo de las cifras. Aunque el producto bruto no habría sido tan elevado, habría habido una mayor producción per cápita.

§ 3. La necesidad de restringir la población no queda sustituida por el libre comercio de alimentos.

Cuando el crecimiento de la población supera el progreso de las mejoras, y un país se ve obligado a obtener sus medios de subsistencia en condiciones cada vez más desfavorables, debido a la incapacidad de su tierra para satisfacer demandas adicionales, salvo en condiciones más onerosas, existen dos recursos con los que puede esperar mitigar esta desagradable necesidad, aun cuando no se produzca ningún cambio en los hábitos de la población respecto a su tasa de crecimiento. Uno de estos recursos es la importación de alimentos del extranjero. El otro es la emigración.

La admisión de alimentos más baratos de un país extranjero equivale a una invención agrícola que permite producir alimentos a un coste similarmente reducido en el país. Asimismo, aumenta la capacidad productiva del trabajo. El rendimiento fue... [pág. 150]Antes, se obtenía tanto alimento por tanto trabajo empleado en su producción; ahora, la recompensa es una mayor cantidad de alimentos por el mismo trabajo empleado en la producción de algodón, ferretería o cualquier otro producto a cambio de alimentos. Tanto una mejora como la otra retrasan la disminución del poder productivo del trabajo en cierta medida; pero tanto en un caso como en el otro, retoma inmediatamente su curso; la marea que ha retrocedido, al instante comienza a avanzar. Podría parecer, de hecho, que cuando un país obtiene su suministro de alimentos de una superficie tan extensa como todo el globo terráqueo, el aumento de la población en un pequeño rincón puede tener tan poco impacto en esa gran extensión, que sus habitantes pueden duplicar y triplicar su número sin percibir el efecto en una mayor tensión de los resortes de la producción ni en un aumento del precio de los alimentos en todo el mundo. Pero en este cálculo se pasan por alto varios aspectos.

En primer lugar, las regiones extranjeras de las cuales se puede importar maíz no abarcan todo el globo, sino casi exclusivamente aquellas partes del mismo que están en la vecindad inmediata de costas o ríos navegables; y de ellas no hay, en las regiones productivas de la tierra, una multitud tan grande como para ser suficiente durante un tiempo indefinido para una demanda en rápido crecimiento, sin una presión creciente sobre los poderes productivos del suelo.

En segundo lugar, incluso si el suministro se extrajera de la totalidad, en lugar de una pequeña parte, de la superficie de los países exportadores, la cantidad de alimentos que se podría obtener de ellos sin un aumento del costo proporcional seguiría siendo limitada. Los países exportadores de alimentos pueden dividirse en dos clases: aquellos con un fuerte deseo de acumulación y aquellos con un deseo débil. En Australia y los Estados Unidos de América, el deseo de acumulación es fuerte; el capital aumenta rápidamente y la producción de alimentos podría extenderse rápidamente. Pero en tales países, la población... [pág. 151]También crece con extraordinaria rapidez. Su agricultura debe abastecer su propia población en expansión, así como la de los países importadores. Por lo tanto, debido a la naturaleza del caso, deben verse rápidamente obligados, si no a tierras menos fértiles, al menos equivalentes, a tierras más remotas y menos accesibles, y a métodos de cultivo similares a los de los países antiguos, menos productivos en proporción al trabajo y al gasto.

Los extraordinarios recursos de Estados Unidos son apenas comprendidos, incluso por los estadounidenses. El gráfico n.° XVIII (véase Libro IV, Cap. III ) puede dar una idea de las posibilidades agrícolas de nuestro territorio. De él se desprende que la cantidad de tierra fértil en tan solo uno de nuestros estados —Texas— es mayor que la de Austria-Hungría.

Pero son pocos los países que, al mismo tiempo, cuentan con alimentos baratos y una gran prosperidad industrial, siendo solo aquellos donde las artes de la vida civilizada se han transferido plenamente a un suelo fértil y baldío. Entre los países antiguos, aquellos que pueden exportar alimentos lo hacen únicamente porque su industria está muy atrasada, ya que el capital, y por ende la población, nunca ha aumentado lo suficiente como para que los alimentos suban de precio. Tales países son Rusia, Polonia y Hungría.

Por lo tanto, la ley del rendimiento decreciente de la industria, siempre que la población progresa más rápidamente que la mejora, no es solamente aplicable a los países que se alimentan de su propio suelo, sino que en esencia se aplica igualmente a aquellos que están dispuestos a obtener sus alimentos de cualquier lugar accesible que pueda permitírselo al precio más bajo.

§ 4. —Ni por emigración.

Además de la importación de maíz, existe otro recurso al que puede recurrir una nación cuyo creciente número presiona con fuerza, no contra su capital, sino contra la capacidad productiva de su tierra: me refiero a la emigración, especialmente en forma de colonización. La eficacia de este remedio, en la medida de lo posible, es real, ya que consiste en buscar en otros lugares las extensiones de tierra fértil desocupadas que, si existieran en el país, cubrirían la demanda de una población cada vez mayor. [pág. 152]Se debe satisfacer la demanda de población sin que disminuya la productividad laboral. Por consiguiente, cuando la región a colonizar está cerca y los hábitos y gustos de la gente son suficientemente migratorios, este remedio es completamente eficaz. La migración desde las zonas más antiguas de la Confederación Americana a los nuevos Territorios, que a todos los efectos constituye una colonización, es lo que permite que la población continúe sin control en toda la Unión sin haber disminuido aún el rendimiento de la industria ni aumentado la dificultad de ganarse la vida.

La veracidad de esto se puede comprobar examinando el mapa incluido en los últimos censos, el 142, que muestra la residencia de los nativos del estado de Nueva York. La mayor o menor frecuencia de los nativos de Nueva York que residen en otros estados se muestra mediante diferentes grados de sombreado en el mapa. Un amplio distrito al oeste, hasta el Misisipi, muestra una densidad de nativos de Nueva York de entre dos y seis millas cuadradas, y una densidad menor desde Minnesota hasta el Territorio Indio, al otro lado del Misisipi. Lo mismo ocurre con otros estados más antiguos. La explicación de este desplazamiento es la misma que la del desplazamiento más amplio de Europa a América.

Es improbable que, incluso con las disposiciones más progresistas (en países más antiguos), se mantenga un flujo permanente de emigración suficiente para absorber, como en América, toda esa parte del crecimiento anual (cuando avanza a su máxima velocidad) que, al exceder el progreso alcanzado durante el mismo corto período en las artes de la vida, tiende a dificultar la vida de cada individuo de la comunidad en situación promedio. Y, a menos que esto se logre, la emigración no puede, ni siquiera desde un punto de vista económico, eliminar la necesidad de controlar la población.

La influencia de la inmigración a Estados Unidos desde países europeos, en la disminución de la tensión entre la alimentación y la población, es uno de los acontecimientos más notables de este siglo. Estados Unidos recibió aproximadamente una cuarta parte de su población total en 1880 desde el extranjero desde la fundación de la república, como se muestra en esta tabla:

[pág. 153]

Inmigración total a los Estados Unidos.

Periodos.

Números.

De 1789 a 1820

250.000 143

1820-1830

151.824

1831-1840

599.125

1841-1850

1.713.251

1851-1860

2.598.214

1861-1870

2.491.451

1871-1880

2.812.191

1881-1883

2.061.745

Total

12.677.801

De esta cifra, 5.333.991 procedían de las Islas Británicas, de los cuales 3.367.624 eran irlandeses.

Llegaron 3.860.624 alemanes, 593.021 escandinavos y 334.064 franceses. (Véase el «Resumen estadístico» de Estados Unidos, 1878, 1880, 1883).

Las causas que impulsan este movimiento humano —un movimiento sin parangón en la historia— son sin duda económicas. Al igual que la migración de las primeras razas teutónicas del Báltico al sur de Europa, se debe a la presión del número sobre la subsistencia.

Un estudio aún más interesante es el de las causas que intentan explicar la dirección de esta corriente tras llegar a nuestras costas. Es un hecho innegable que, hasta la fecha, los antiguos Estados esclavistas prácticamente no han recibido nada de esta vasta inmigración extranjera. 144 La distribución real de los nacidos en el extranjero en Estados Unidos se puede apreciar de forma muy interesante con la ayuda del mapa a color, Gráfico n.° VIII, que muestra las diferentes densidades de población nacida en el extranjero en las distintas partes de la Unión. Parece casi seguro que la creencia generalizada, hasta la fecha, en la inseguridad de la vida y la propiedad en los antiguos Estados esclavistas ha perjudicado la prosperidad material de esa zona.

Las diferentes edades de los habitantes nativos y extranjeros de Estados Unidos se pueden apreciar en los diagramas adjuntos 145, que comparan la población total de Estados Unidos con la de los nacidos en el extranjero. Esto puede compararse provechosamente con un diagrama similar sobre los chinos en Estados Unidos ( Libro II, Cap. III, § 3 ).

Agregado: 1870. Las cifras dan el número de miles de cada sexo.

Década de vida.

Machos.

Hembras.

1

136

132

2

115

114

3

87

90

4

62

63

5

47

44

6

31

27

7

17

15

8

7

7

9

2

2

Extranjero: 1870.

Década de vida.

Machos.

Hembras.

1

24

23

2

48

49

3

128

114

4

134

113

5

107

84

6

60

44

7

27

23

8

9

9

9

2

2

[pág. 155]


Libro II. Distribución.

Capítulo I. De la Propiedad.

§ 1. La propiedad individual y sus oponentes.

Las leyes y condiciones de la producción de riqueza comparten el carácter de las verdades físicas. No hay nada opcional ni arbitrario en ellas. No ocurre lo mismo con la distribución de la riqueza. Esta es una cuestión exclusivamente de institución humana. Una vez que las cosas existen, la humanidad, individual o colectivamente, puede hacer con ellas lo que desee. Puede ponerlas a disposición de quien quiera y en las condiciones que desee. La distribución de la riqueza depende de las leyes y costumbres de la sociedad. Las reglas que la determinan son las que dictan las opiniones y sentimientos de la parte gobernante de la comunidad, y varían mucho según la época y el país; y podrían variar aún más si la humanidad así lo decidiera. Aquí debemos considerar, no las causas, sino las consecuencias, de las reglas según las cuales se puede distribuir la riqueza. Estas, al menos, son tan poco arbitrarias y tienen el mismo carácter de leyes físicas que las leyes de la producción.

Procedemos, pues, a considerar los diferentes modos de distribución del producto de la tierra y el trabajo, que se han adoptado en la práctica o que pueden concebirse en teoría. Entre ellos, nuestra atención se centra, en primer lugar, en esa institución primaria y fundamental, en la que, a menos que [pág. 156]En algunos casos excepcionales y muy limitados, la estructura económica de la sociedad siempre ha resistido, aunque en sus aspectos secundarios ha variado y es susceptible de variar. Me refiero, por supuesto, a la institución de la propiedad individual.

La propiedad privada, como institución, no debe su origen a ninguna de las consideraciones de utilidad que abogan por su mantenimiento una vez establecida. Se sabe lo suficiente de épocas rudas, tanto de la historia como de estados sociales análogos en nuestra época, para demostrar que los tribunales (que siempre preceden a las leyes) se establecieron originalmente, no para determinar derechos, sino para reprimir la violencia y resolver disputas. Con este objetivo principal en mente, naturalmente legalizaron la primera ocupación, al considerar como agresor a la persona que primero comenzó la violencia, al desposeer o intentar desposeer a otro.

Al considerar la institución de la propiedad como una cuestión de filosofía social, debemos obviar su origen real en cualquiera de las naciones europeas existentes. Podemos suponer una comunidad libre de cualquier posesión previa; un grupo de colonos que ocupan por primera vez un país deshabitado. (1.) Si se adoptara la propiedad privada, debemos presumir que no estaría acompañada de ninguna de las desigualdades e injusticias iniciales que obstruyen el funcionamiento beneficioso del principio en la sociedad antigua. Debemos suponer que todo hombre o mujer adulto tendría asegurado el libre uso y disposición de sus facultades físicas y mentales; y los instrumentos de producción, la tierra y las herramientas, se dividirían equitativamente entre ellos, de modo que todos pudieran comenzar, en lo que respecta a los recursos externos, en igualdad de condiciones. También es posible concebir que, en esta distribución original, se compensaran los daños de la naturaleza y se restableciera el equilibrio asignando a los miembros menos robustos de la comunidad ventajas en la distribución, suficientes para equipararlos con el resto. Pero la división, una vez hecha, no volvería a ser interferida; los individuos quedarían librados a sus propios esfuerzos y a la [pág. 157]Oportunidades ordinarias para hacer un uso ventajoso de lo que les fue asignado. (2.) Si, por el contrario, se excluyera la propiedad individual, el plan que se adoptaría sería mantener la tierra y todos los instrumentos de producción como propiedad conjunta de la comunidad, y llevar a cabo las operaciones de la industria por cuenta común. La dirección del trabajo de la comunidad recaería en uno o más magistrados, a quienes podemos suponer elegidos por sufragio colectivo, y a quienes debemos asumir que obedecen voluntariamente. La división del producto sería, de igual manera, un acto público. El principio podría ser el de la igualdad completa o el de la distribución según las necesidades o méritos de los individuos, de cualquier manera que se ajuste a las ideas de justicia o política imperantes en la comunidad.

Los que atacan el principio de la propiedad individual pueden dividirse en dos clases: (1) aquellos cuyo plan implica igualdad absoluta en la distribución de los medios físicos de vida y disfrute, y (2) quienes admiten la desigualdad, pero basándose en algún principio, o supuesto principio, de justicia o conveniencia general, y no, como tantas de las desigualdades sociales existentes, dependiente únicamente de la casualidad. El nombre característico de este [primer] sistema económico es comunismo, palabra de origen continental, introducida recientemente en este país. El término socialismo, originario de los comunistas ingleses y adoptado por ellos como nombre para designar su propia doctrina, se emplea ahora en el continente en un sentido más amplio; no implica necesariamente comunismo ni la abolición total de la propiedad privada, sino que se aplica a cualquier sistema que exija que la tierra y los instrumentos de producción sean propiedad, no de individuos, sino de comunidades, asociaciones o del gobierno.

Cabe mencionar, además, que el socialismo se utiliza hoy en día en el sentido específico de un sistema que suprime la propiedad privada y pone el control del capital, el trabajo y las industrias combinadas del país en manos del Estado. La esencia [pág. 158]El socialismo moderno se caracteriza por la apelación a la ayuda estatal y el debilitamiento de la autoayuda individual. El término "colectivismo" también se utiliza actualmente por escritores alemanes y franceses para describir la organización de las industrias de un país bajo una gestión colectiva en lugar de individual. El colectivismo no es más que la expresión francesa para el sistema de socialismo de Estado.

§ 2. Se presenta el argumento del comunismo contra la propiedad privada.

La objeción que se suele hacer a un sistema de comunidad de bienes y distribución equitativa de los productos, de que cada persona estaría incesantemente ocupada en evadir su parte justa del trabajo, señala, sin duda, una verdadera dificultad. Pero quienes plantean esta objeción olvidan hasta qué punto existe la misma dificultad bajo el sistema que hoy en día gestiona nueve décimas partes de los negocios de la sociedad. Y aunque la "vigilancia del amo", cuando este es vigilante e inteligente, tiene un valor proverbial, debe recordarse que, en una granja o fábrica socialista, cada trabajador estaría bajo la vigilancia, no de un solo amo, sino de toda la comunidad. Si el trabajo comunista fuese menos vigoroso que el de un campesino propietario o un trabajador por cuenta propia, probablemente sería más enérgico que el de un trabajador asalariado, sin ningún interés personal en el asunto.

Otra de las objeciones al comunismo es que si a cada miembro de la comunidad se le asegurara la subsistencia, tanto para sí mismo como para cualquier número de hijos, con la única condición de estar dispuesto a trabajar, se pondría fin a la prudencial restricción a la multiplicación de la humanidad, y la población avanzaría a un ritmo que reduciría a la comunidad, a través de sucesivas etapas de creciente malestar, a la inanición. Pero el comunismo es precisamente el estado de cosas en el que cabría esperar que la opinión se manifestara con mayor vehemencia contra este tipo de intemperancia egoísta. Un aumento del número que disminuyera la comodidad o aumentara el trabajo de la masa causaría entonces (cosa que ahora no ocurre) inconvenientes inmediatos e inequívocos para cada individuo de la asociación; inconvenientes que entonces no podrían atribuirse a la avaricia de los empleadores ni a los injustos privilegios de los ricos.

[pág. 159]

Una dificultad más real es la de distribuir equitativamente el trabajo de la comunidad entre sus miembros. Hay muchos tipos de trabajo, y ¿con qué criterio se comparan? ¿Quién puede juzgar cuánto hilar algodón, distribuir mercancías de los almacenes, albañilería o deshollinar equivale a tanto arar? Además, incluso en el mismo tipo de trabajo, la igualdad nominal del trabajo sería una desigualdad real tan grande que el sentimiento de justicia se rebelaría contra su aplicación. No todas las personas son igualmente aptas para todo tipo de trabajo; y la misma cantidad de trabajo es una carga desigual para débiles y fuertes, resistentes y delicados, rápidos y lentos, torpes e inteligentes. 146

Si, por lo tanto, hubiera que elegir entre el comunismo con todas sus posibilidades y el estado actual de la sociedad con todos sus sufrimientos e injusticias, todas las dificultades, grandes o pequeñas, del comunismo serían insignificantes. Pero, para que la comparación sea aplicable, debemos comparar el comunismo en su máxima expresión con el régimen de propiedad individual, no tal como es, sino como podría ser. Las leyes de la propiedad nunca se han ajustado a los principios en los que se basa la justificación de la propiedad privada. Han convertido en propiedad cosas que nunca deberían ser propiedad, y en propiedad absoluta donde solo debería existir una propiedad limitada. La propiedad privada, en todas sus defensas, se supone que significa la garantía para los individuos de los frutos de su propio trabajo y abstinencia. La garantía que se les otorga de los frutos del trabajo y la abstinencia de otros, transmitidos sin ningún mérito ni esfuerzo propio, no es la esencia de la institución, sino una mera consecuencia incidental que, cuando alcanza cierto nivel, no promueve, sino que entra en conflicto con los fines que legitiman la propiedad privada. Para juzgar el destino final de la institución de la propiedad, debemos suponer que todo... [pág. 160]Rectificado, lo que hace que la institución funcione de forma opuesta al principio equitativo de proporción entre remuneración y esfuerzo, sobre el cual, en cada reivindicación que se haga pública, se supone que se fundamenta. Debemos suponer también el cumplimiento de dos condiciones, sin las cuales ni el comunismo ni ninguna otra ley o institución podrían degradar y desdichar la condición de la humanidad. Una de estas condiciones es la educación universal; la otra, una debida limitación del número de miembros de la comunidad. Con estas condiciones, no habría pobreza, ni siquiera bajo las instituciones sociales actuales; y, suponiendo esto, la cuestión del socialismo no es, como generalmente afirman los socialistas, una cuestión de refugiarse en el único refugio contra los males que ahora aquejan a la humanidad, sino una mera cuestión de ventajas comparativas, que el futuro determinará. Desconocemos demasiado lo que la agencia individual en su mejor forma, o el socialismo en su mejor forma, pueden lograr, como para estar capacitados para decidir cuál de los dos será la forma definitiva de la sociedad humana.

Si se me permite aventurar una conjetura, la decisión probablemente dependerá principalmente de una consideración: cuál de los dos sistemas es compatible con el mayor grado de libertad y espontaneidad humanas. Queda por determinar si el plan comunista sería compatible con ese desarrollo multiforme de la naturaleza humana, esas múltiples diferencias, esa diversidad de gustos y talentos, y la variedad de puntos de vista intelectuales, que no solo constituyen gran parte del interés de la vida humana, sino que, al provocar un choque estimulante entre los intelectos y presentar a cada uno innumerables nociones que no habría concebido por sí mismo, son el motor principal del progreso mental y moral.

§ 3. Los socialistas que recurren a la ayuda estatal.

Para fines generales, se puede lograr una comprensión más clara de los diversos esquemas observando que (1) una clase de socialistas pretende incluir al propio Estado dentro de su plan, y (2) otra clase aspira a formar comunidades separadas dentro del Estado y bajo su protección.

De este primer sistema no existen ejemplos actuales; pero el objetivo de la mayoría de las organizaciones socialistas en los Estados Unidos es... [pág. 161]Los Estados y Europa deben esforzarse por que el Estado asuma la producción y distribución de la riqueza. 147 Actualmente, los socialistas más activos se encuentran en Alemania. Sin embargo, el origen de esta influencia se remonta a Francia. 148 Louis Blanc, 149 en su « Organización del Trabajo » , considera la propiedad como el gran azote de la sociedad. El Gobierno, afirma, debería regular la producción; recaudar fondos para destinarlos sin intereses a la creación de talleres estatales, en los que los trabajadores elegirían a sus propios supervisores y todos recibirían el mismo salario; y las sumas necesarias deberían obtenerse de la abolición de la herencia colateral. La parte práctica importante de su plan era que los grandes talleres estatales, con la ayuda del Gobierno, imposibilitarían la competencia privada en esas industrias, y así propiciarían la transición del sistema privado al socialista.

El fundador del socialismo alemán moderno fue Karl Marx, de 150 años , y casi el único socialista que pretendió tener conocimientos económicos. Dirigió su ataque al sistema social actual contra la cuestión del valor, afirmando que la cantidad de trabajo necesaria para la producción de un artículo es la única medida de su valor de cambio. De esto se desprende que... [pág. 162]El derecho de propiedad, según el artículo, recae íntegramente en el trabajador, mientras que el capitalista, si reclama una parte del producto, es nada menos que un ladrón. Ningún sistema justo, afirma, puede existir correctamente mientras el salario se fije mediante un contrato libre entre empleador y trabajador; por lo tanto, el único remedio es la nacionalización de todos los elementos de producción: tierra, herramientas, materiales y todos los aparatos existentes, lo que implica, por supuesto, la destrucción de la institución de la propiedad privada. Una debilidad evidente de este plan es la disposición de que el Gobierno debe determinar qué bienes se producirán y que cada persona está obligada a realizar el trabajo que le asigna el Estado. En este caso, no hay elección de trabajo, y la tiranía de un amo sería suplantada por la tiranía de un amo múltiple, mayor, en los funcionarios del Gobierno. Además, no se puede admitir que el valor de cambio se determine únicamente por la cantidad de trabajo. Todos saben que el resultado de diez días de trabajo de un relojero experto no se intercambia por el resultado de diez días de trabajo de un trabajador no cualificado. De dos zapateros, uno puede producir un buen artículo y el otro uno de baja calidad, aunque ambos trabajen el mismo tiempo; por lo tanto, su valor de cambio no debería determinarse por la mera cantidad de trabajo empleado. Sobre todo, Marx extendería la igualdad salarial por el mismo tiempo también al gerente y al superintendente. En otras palabras, propone eliminar todos los incentivos para la adquisición o el ejercicio de una habilidad superior y destacada en cualquier trabajo de la vida, lo cual inevitablemente conduciría a una extensión letal de la mediocridad.

Este sistema obtuvo una atención indebida porque se convirtió en el instrumento de una propaganda socialista bajo el liderazgo de Ferdinand Lassalle. 151 Este líder activo, en 1863, fundó la “ Unión de Trabajadores ” Alemana, un año antes que la “ Asociación Internacional  . 152 En 1869, Liebknecht y sus amigos establecieron el “ Partido Socialdemócrata de los Trabajadores ” , que después de algunas dificultades absorbió a los seguidores de Lassalle en un congreso en Gotha en 1875, y formó el [pág. 163]Partido Socialista actual en Alemania. Su programa, 153 , anunciado en Gotha, es el siguiente:

I. El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura. Dado que el trabajo general rentable solo puede ser realizado por la sociedad humana, el producto total del trabajo pertenece a la sociedad —es decir, a todos sus miembros—, quienes tienen los mismos deberes y el mismo derecho a trabajar, cada uno según sus necesidades razonables.

En la sociedad actual, los medios de trabajo son monopolio de la clase capitalista. La clase obrera, por lo tanto, se vuelve dependiente de ellos y, en consecuencia, se ve sometida a todos los grados de miseria y servidumbre.

Para emancipar el trabajo es necesario que los medios de trabajo se transformen en propiedad común de la sociedad, que toda la producción sea regulada por asociaciones y que todo el producto del trabajo sea entregado a la sociedad y distribuido justamente en beneficio de todos.

Sólo la clase obrera puede emancipar al trabajo, pues frente a ella todas las demás clases no son más que una masa reaccionaria.

II. Guiado por estos principios, el Partido de los Trabajadores Sociales Alemanes, por todos los medios legales, lucha por un estado y una sociedad libres, por la ruptura de las leyes férreas del salario mediante la abolición del sistema de trabajo asalariado, la abolición de la explotación en todas sus formas y la eliminación de toda desigualdad social y política.

El Partido Social Obrero Alemán, aunque trabaja al principio dentro de sus confines nacionales, es plenamente consciente del carácter internacional del movimiento obrero general y está resuelto a cumplir todos los deberes que impone a cada obrero para hacer realidad la fraternidad de todos los hombres.

El Partido Social Obrero Alemán, con el fin de allanar el camino y resolver el problema social, exige la creación de asociaciones de producción social, apoyadas por el gobierno estatal y bajo el control de los trabajadores. Las asociaciones de producción se fundarán en tal número que permitan la organización social de toda la producción.

El Partido Social Obrero Alemán exige como base del gobierno estatal:

1. Sufragio universal, igual, directo y secreto, que, a partir del vigésimo año, obliga a todos los ciudadanos a votar en todas las elecciones estatales, de condado y municipales. El día de las elecciones debe ser domingo o festivo.

2. Legislación directa del pueblo; decisión sobre la guerra y la paz por el pueblo.

[pág. 164]

3. Capacidad general de portar armas; defensa popular en lugar de ejércitos permanentes.

4. Abolición de todas las leyes excepcionales, especialmente las relativas a la prensa, a las reuniones públicas y a las asociaciones; en una palabra, de todas las leyes que obstaculizan la libre expresión de las ideas y del pensamiento.

5. Administración gratuita de justicia por el pueblo.

6. Educación general, igual, popular y gratuita por el Gobierno en todas las clases e instituciones de enseñanza; deber general de asistir a la escuela; la religión debe ser declarada un asunto privado.

El Partido Social Obrero Alemán insiste en realizar en el estado actual de la sociedad:

1. La mayor ampliación posible de los derechos y libertades políticas de conformidad con las seis exigencias anteriores.

2. Un impuesto progresivo único sobre la renta para los estados, condados y ciudades, en lugar de los que se imponen en la actualidad y en lugar de los impuestos indirectos que gravan de manera desigual a la gente.

3. Derecho ilimitado de combinación.

4. Jornada laboral normal acorde con las necesidades de la sociedad; prohibición del trabajo dominical.

5. Prohibición del trabajo infantil y del trabajo de las mujeres en la medida en que perjudique su salud y su moralidad.

6. Leyes protectoras de la vida y la salud de los trabajadores; control sanitario de sus viviendas; supervisión de las minas, fábricas, industrias y trabajo a domicilio por funcionarios elegidos por los trabajadores; una ley eficaz que garantice la responsabilidad de los empleadores.

7. Regulación del trabajo penitenciario.

8. Autogobierno irrestricto de todos los bancos creados para la ayuda mutua de los trabajadores.

El esquema anterior también representa muy bien el carácter de los agitadores socialistas en Estados Unidos, quienes son principalmente extranjeros y tienen concepciones distintas del socialismo. Sobre esta forma de socialismo resulta interesante leer las opiniones posteriores del Sr. Mill en sus propias palabras.

Entre quienes se llaman socialistas, se pueden distinguir dos tipos de personas. En primer lugar, están (1) aquellos cuyos planes para un nuevo orden social, en el que se sustituya la propiedad privada y la competencia individual por otros motivos de acción, se basan en la escala de una comunidad aldeana o un municipio, y se aplicarían a todo un país mediante la multiplicación de tales [pág. 165]Unidades autoactivas; de este carácter son los sistemas de Owen, de Fourier y, en general, los socialistas más reflexivos y filosóficos. La otra clase (2), que proviene más del continente que de Gran Bretaña, y que podría llamarse socialistas revolucionarios, se propone una estrategia mucho más audaz. Su plan es la gestión de todos los recursos productivos del país por una autoridad central, el Gobierno general. Y con esta perspectiva, algunos de ellos declaran como propósito que las clases trabajadoras, o alguien en su nombre, tomen posesión de toda la propiedad del país y la administren para el beneficio general. El objetivo es sustituir de un plumazo la antigua por la nueva regla, y cambiar el bien obtenido con el sistema actual y sus grandes posibilidades de mejora, por una zambullida sin preparación alguna en la forma más extrema del problema de llevar adelante todo el ciclo de las operaciones de la vida social sin la fuerza motriz que siempre ha impulsado la maquinaria social. Hay que reconocer que quienes quieran jugar a este juego basándose en su propia opinión privada, aún no confirmada por ninguna verificación experimental, deben tener una confianza serena en su propia sabiduría por un lado, y una indiferencia ante el sufrimiento ajeno por el otro, algo que Robespierre y St. Just, hasta entonces ejemplos típicos de esos atributos unidos, apenas alcanzaron.

§ 4. De varios esquemas menores, comunistas y socialistas.

[De los esquemas que se pueden probar dentro de un estado], las dos formas elaboradas de socialismo no comunista, conocidas como saint-simonismo y fourierismo, están totalmente libres de las objeciones que suelen esgrimirse contra el comunismo. El esquema saint-simoniano 155 no contempla un igual, sino un [pág. 166]División desigual del producto; no propone que todos se ocupen por igual, sino de forma diferente, según su vocación o capacidad; la función de cada uno se asigna, como los grados en un regimiento, por elección de la autoridad dirigente, y la remuneración se establece mediante un salario, proporcional a la importancia, a ojos de dicha autoridad, de la función misma y de los méritos de quien la desempeña. Pero suponer que uno o unos pocos seres humanos, independientemente de su selección, podrían, mediante cualquier mecanismo de agencia subordinada, estar capacitados para adaptar el trabajo de cada persona a su capacidad y proporcionar la remuneración de cada uno a sus méritos, es una suposición casi demasiado quimérica para ser refutada. 156

La forma de socialismo más hábilmente combinada, y con la mayor previsión de objeciones, es la comúnmente conocida como fourierismo. 157 Este sistema no contempla la abolición de la propiedad privada, ni siquiera de la herencia: por el contrario, toma en consideración, como un elemento en la distribución del producto, tanto el capital como el trabajo. Propone que las operaciones de la industria sean llevadas a cabo por asociaciones de unos dos mil miembros, combinando su trabajo en un distrito de aproximadamente una legua cuadrada de extensión, bajo la guía de jefes seleccionados por ellos mismos (el "falansterio" ). En la distribución, primero se asigna un mínimo determinado para la subsistencia de cada miembro de la comunidad, sea o no capaz de trabajar. El resto del producto se comparte en ciertas proporciones, a determinar de antemano, entre los tres elementos: trabajo, capital y talento. [pág. 167]El capital de la comunidad puede ser propiedad de diferentes miembros en partes desiguales, quienes en ese caso recibirían, como en cualquier otra sociedad anónima, dividendos proporcionales. El derecho de cada persona a la parte del producto asignada al talento se calcula según el grado o rango que ocupa en los diversos grupos de trabajadores a los que pertenece, siendo estos grados en todos los casos otorgados por elección de sus compañeros. La remuneración, una vez recibida, no necesariamente se gastaría ni disfrutaría en común; habría grupos separados para quienes los prefirieran, y no se contempla otra comunidad de vivienda que la de todos los miembros de la asociación residiendo en el mismo conjunto de edificios; para ahorrar mano de obra y gastos, no solo en la construcción, sino en todas las ramas de la economía doméstica; y para que, al ser todas las operaciones de compraventa de la comunidad realizadas por un solo agente, la enorme porción del producto de la industria que ahora se lleva las ganancias de los simples distribuidores se reduzca a la mínima expresión posible.

El fourierismo fue probado en Virginia Occidental por discípulos estadounidenses, y defendido por Horace Greeley. Una forma modificada surgió en la famosa comunidad de Brook Farm (cerca de Dedham, Massachusetts), que atrajo allí a George Ripley, Margaret Fuller e incluso a George William Curtis y Nathaniel Hawthorne.

Se han establecido muchas comunidades más pequeñas en Estados Unidos, pero no se puede decir que hayan tenido éxito ni en número ni en prosperidad material. Los seguidores de Rapp, o los Harmonistas, en Pensilvania e Indiana; los Owenitas, 158 en Indiana; la comunidad de Zoar, en Ohio; los Inspiracionistas, en Nueva York. [pág. 168]y Iowa; los perfeccionistas, en Oneida y Wallingford—están todos sufriendo evidentemente las dificultades debidas a la ausencia de vida familiar, al creciente espíritu de independencia personal que aleja a los miembros más jóvenes de las organizaciones, 159 y la falta de esa capacidad ejecutiva que distingue al gerente exitoso en las empresas privadas.

§ 5. Se examinan las objeciones socialistas al actual orden de la Sociedad.

“Los ataques contra el orden social actual son vigorosos y serios, pero pueden ser acusados de exageración.

En primer lugar, es lamentablemente cierto que los salarios del trabajo ordinario, en todos los países de Europa, son lamentablemente insuficientes para satisfacer las necesidades físicas y morales de la población de forma tolerable. Pero cuando se alega además que incluso esta remuneración insuficiente tiende a disminuir; que existe, en palabras de M. Louis Blanc, une baisse continue des salaires ; la afirmación contradice toda información precisa y muchos hechos notorios. Aún no se ha demostrado que exista algún país en el mundo civilizado donde los salarios ordinarios del trabajo, estimados ya sea en dinero o en artículos de consumo, estén disminuyendo; mientras que en muchos otros están, en general, en aumento; un aumento que no se está volviendo más lento, sino más rápido. En ocasiones, hay ramas de la industria que están siendo gradualmente reemplazadas por otras, y en ellas, hasta que la producción se ajusta a la demanda, los salarios se deprimen.

“M. Louis Blanc parece haber caído en el mismo error que cometieron inicialmente Malthus y sus seguidores, el de suponer que la población tiene un mayor poder de [pág. 169]Si la subsistencia aumenta más que la subsistencia, su presión sobre esta debe ser cada vez más severa. Es un punto importante para la verdad cuando se ve que la tendencia a la superpoblación es un hecho que el comunismo, así como el orden social actual, tendría que abordar. Sea como sea, la experiencia demuestra que en el estado actual de la sociedad, la presión de la población sobre la subsistencia, que es la principal causa de los bajos salarios, aunque grave, no es un mal creciente; por el contrario, el progreso de todo lo que se llama civilización tiende a disminuirla, en parte por el aumento más rápido de los medios para emplear y mantener la mano de obra, en parte por las mayores facilidades que se abren a la mano de obra para desplazarse a nuevos países y campos de trabajo desocupados, y en parte por una mejora general en la inteligencia y la prudencia de la población. Por supuesto, es discutible qué forma de sociedad tiene el mayor poder para lidiar con éxito con la presión de la población sobre la subsistencia, y en esta cuestión hay mucho que decir a favor del socialismo. Pero no tiene derecho a ser considerado como el único medio para impedir la degradación general y creciente de la masa de la humanidad a través de la peculiar tendencia de la pobreza a producir superpoblación.

A continuación, debe observarse que los socialistas en general, e incluso los más ilustrados, tienen una noción muy imperfecta y parcial del funcionamiento de la competencia. Ven la mitad de sus efectos y pasan por alto la otra mitad. Olvidan que la competencia es causa tanto de precios y valores altos como de bajos; que los compradores de trabajo y de mercancías compiten entre sí, así como con los vendedores; y que, si es la competencia la que mantiene los precios del trabajo y de las mercancías tan bajos como están, es la competencia la que impide que bajen aún más. Para responder a esta consideración, los socialistas se ven obligados a afirmar que, cuando el competidor más rico se ha librado de todos sus rivales, domina el mercado y puede exigir el precio que desee. Pero en las ramas ordinarias de la industria, ningún competidor rico tiene el poder de impulsar [pág. 170]Excluyendo a todos los pequeños. Algunos negocios tienden a pasar de manos de pequeños productores o comerciantes a un número menor de grandes; pero esto ocurre cuando la posesión de un mayor capital permite la adopción de maquinaria más potente, más eficiente mediante procesos más costosos, o una forma de operar mejor organizada y económica. Esto permite al gran comerciante suministrar legítima y permanentemente el producto a un precio más bajo que a pequeña escala, para gran beneficio de los consumidores y, por ende, de las clases trabajadoras, y disminuyendo, pro tanto , ese desperdicio de recursos de la comunidad, del que tanto se quejan los socialistas, la multiplicación innecesaria de meros distribuidores y de las diversas clases a las que Fourier llama parásitos de la industria.

Otro punto sobre el que existe mucha confusión entre los socialistas, así como entre los sindicalistas y otros partidarios del trabajo contra el capital, se relaciona con la proporción en que se comparte realmente el producto del país y la cantidad que se desvía de quienes lo producen para enriquecer a otros. Cuando, por ejemplo, un capitalista invierte 20.000 libras en su negocio y obtiene de ello unos ingresos de (supongamos) 2.000 libras al año, la impresión general es que él es el beneficiario tanto de las 20.000 como de las 2.000 libras, mientras que los trabajadores no poseen nada más que sus salarios. Sin embargo, la verdad es que solo obtiene las 2.000 libras con la condición de no destinar ninguna parte de ellas a su propio uso. Tiene el control legal sobre ellas y podría malgastarlas si quisiera, pero si lo hiciera, no tendría la 2.000 libras al año también. Para todos los fines personales, ellos tienen el capital y él solo tiene las ganancias, que este solo le produce con la condición de que el capital mismo se emplee en satisfacer no sus propias necesidades, sino las de los trabajadores. Incluso de su propia participación, solo una pequeña parte le pertenece como propietario del capital. La parte del producto que recae sobre el capital, simplemente como capital, se mide por el interés del dinero, ya que eso es todo lo que obtiene el propietario del capital. [pág. 171]cuando no aporta a la producción nada más que el capital mismo.

El resultado de nuestro análisis de las diversas dificultades del socialismo nos ha llevado a la conclusión de que los diversos planes para gestionar los recursos productivos del país mediante la iniciativa pública, en lugar de la privada, merecen una prueba, y algunos de ellos podrían eventualmente demostrar su preferencia sobre el orden existente, pero que actualmente solo son viables para la élite de la humanidad, y aún deben demostrar su capacidad para capacitar a la humanidad en general para el estado de mejora que presuponen.

§ 6. La propiedad sobre la tierra es distinta de la propiedad sobre la cosa mueble.

A continuación se debe considerar qué incluye la idea de propiedad privada y por qué consideraciones debe limitarse la aplicación del principio.

La institución de la propiedad, limitada a sus elementos esenciales, consiste en el reconocimiento, en cada persona, del derecho a la disposición exclusiva de lo que ha producido con su propio esfuerzo o recibido, ya sea por donación o por acuerdo justo, sin coacción ni fraude, de quienes lo produjeron. El fundamento de todo esto es el derecho de los productores a lo que ellos mismos han producido. La propiedad no implica nada más que el derecho de cada uno a sus propias facultades, a lo que puede producir con ellas y a lo que pueda obtener por ellas en un mercado justo; junto con su derecho a cederlo a cualquier otra persona si así lo desea, y el derecho de esta a recibirlo y disfrutarlo.

De ello se deduce, por lo tanto, que si bien el derecho de legado, o donación después de la muerte, forma parte de la idea de propiedad privada, el derecho de herencia, a diferencia del legado, no lo hace. Que la propiedad de las personas que no han dispuesto de ella durante su vida pase primero a sus hijos y, en su defecto, a los parientes más cercanos, puede ser un acuerdo adecuado o no, pero no es consecuencia del principio de propiedad privada. No veo ninguna razón para que la herencia colateral deba existir. El Sr. Bentham propuso hace mucho tiempo, y otras altas autoridades han coincidido en la opinión, que, si no hay herederos ni en la línea descendente ni en la línea [pág. 172]En línea ascendente, la propiedad, en caso de sucesión intestada, debe ser revertida al estado. El padre tiene la obligación con la sociedad de esforzarse por convertir a su hijo en un miembro valioso y valioso de ella, y a los hijos de proporcionarles, en la medida de sus posibilidades, la educación, los recursos y los medios que les permitan comenzar con buenas posibilidades de alcanzar una vida plena, con sus propios esfuerzos. Todo hijo tiene derecho a esto; y no puedo admitir que, como hijo, tenga derecho a más.

Siendo el principio esencial de la propiedad asegurar a todas las personas lo que han producido con su trabajo y acumulado con su abstinencia, este principio no puede aplicarse a lo que no es producto del trabajo, la materia prima de la tierra. Si la tierra derivara su poder productivo completamente de la naturaleza, y no en absoluto de la industria, o si existiera algún medio para distinguir lo que se deriva de cada fuente, no solo no sería necesario, sino que sería el colmo de la injusticia, permitir que el don de la naturaleza fuera absorbido por individuos. [Pero] el uso de la tierra en la agricultura debe, de hecho, por el momento, ser necesariamente exclusivo; la misma persona que ha arado y sembrado debe poder cosechar.

Pero aunque la tierra no es producto de la industria, la mayoría de sus valiosas cualidades sí lo son. El trabajo no solo es necesario para usar el instrumento, sino casi igualmente para fabricarlo. A menudo se requiere una cantidad considerable de trabajo al principio, para limpiar la tierra para el cultivo. En muchos casos, incluso una vez limpia, su productividad es totalmente el resultado del trabajo y el arte. Uno de los suelos más áridos del mundo, compuesto por el material de las arenas de Goodwin, en el País de Waes en Flandes, ha sido tan fertilizado por la industria que se ha convertido en uno de los más productivos de Europa. El cultivo también requiere edificios y cercas, que son totalmente producto del trabajo. Los frutos de esta industria no se pueden cosechar en un corto período. El trabajo y el gasto son inmediatos, el beneficio se extiende a lo largo de muchos años, quizás a todo el futuro. Un propietario no incurrirá en este trabajo y gasto cuando otros, y no él mismo, se beneficien de ello. Si él [pág. 173]Cuando emprende tales mejoras, debe tener ante sí un período suficiente para aprovecharlas, y de ninguna manera está tan seguro de tener siempre un período suficiente como cuando su mandato es perpetuo.

Estas son las razones que justifican, desde un punto de vista económico, la propiedad de la tierra. Se observa que solo son válidas en la medida en que el propietario de la tierra sea su mejorador. Siempre que, en cualquier país, el propietario, en general, deja de ser el mejorador, la economía política no tiene nada que decir en defensa de la propiedad de la tierra, tal como allí se establece.

Cuando se habla de la "sacralidad de la propiedad" , debe recordarse siempre que dicha sacralidad no corresponde en el mismo grado a la propiedad territorial. Ningún hombre creó la tierra. Es la herencia original de toda la especie. Su apropiación es enteramente una cuestión de conveniencia general. Cuando la propiedad privada de la tierra no es conveniente, es injusta. Lo contrario ocurre con la propiedad de bienes muebles, y con todo lo producto del trabajo: sobre estos, el poder del propietario, tanto de uso como de exclusión, debe ser absoluto, excepto cuando ello resulte en un daño positivo para otros; pero, en el caso de la tierra, no debe concederse ningún derecho exclusivo a ningún individuo que no pueda demostrarse que produce un bien positivo. Conceder cualquier derecho exclusivo sobre una porción de la herencia común, mientras que otros no la tienen, ya es un privilegio. Ninguna cantidad de bienes muebles que una persona pueda adquirir mediante su trabajo impide a otros adquirirlos por los mismos medios; Pero, por la propia naturaleza del caso, quien posee la tierra impide que otros la disfruten. Cuando la tierra no está destinada a ser cultivada, no se puede aducir ninguna razón válida para que sea propiedad privada. Incluso en el caso de tierras cultivadas, un hombre a quien, aunque solo sea uno entre millones, la ley le permite poseer miles de acres como su única porción, no tiene derecho a pensar que todo esto le es dado para usar y abusar, y a tratarlo como si solo le incumbiera a él. [pág. 174]Las rentas o beneficios que pueda obtener de ella están a su sola disposición; pero con respecto a la tierra, en todo lo que haga con ella y en todo lo que se abstenga de hacer, está moralmente obligado y debería, siempre que el caso lo admita, ser legalmente obligado a hacer compatibles su interés y placer con el bien público.

[pág. 175]


Capítulo II. De los Salarios.

§ 1. De la competencia y de la costumbre.

Los economistas políticos en general, y sobre todo los ingleses, se han acostumbrado a hacer hincapié casi exclusivamente en el primero de [dos] factores [competencia y costumbre]; a exagerar el efecto de la competencia y a tener poco en cuenta el otro principio, el contradictorio. Tienden a expresarse como si creyeran que la competencia realmente produce, en todos los casos, lo que se pueda demostrar que tiende a producir. Esto es parcialmente comprensible si consideramos que solo mediante el principio de competencia la economía política puede aspirar a ser una ciencia. En la medida en que las rentas, las ganancias, los salarios y los precios estén determinados por la competencia, se pueden establecer leyes para ellos. Supongamos que la competencia es su regulador exclusivo, y se pueden establecer principios de amplia generalidad y precisión científica según los cuales se regularán. El economista político, con razón, considera que esta es su tarea propia; y, como ciencia abstracta o hipotética, no se le puede exigir a la economía política que haga, y de hecho no puede hacer, nada más. Pero sería un grave error de concepto sobre el curso real de los asuntos humanos suponer que la competencia ejerce de hecho esta influencia ilimitada. No me refiero a monopolios, ya sean naturales o artificiales, ni a ninguna interferencia de la autoridad con la libertad de producción o intercambio. Los economistas políticos siempre han tenido en cuenta estas causas perturbadoras. Hablo de casos en los que no hay nada que restrinja la competencia; ningún obstáculo. [pág. 176]ya sea por la naturaleza del caso o por obstáculos artificiales; pero en los cuales el resultado no está determinado por la competencia sino por la costumbre o el uso; la competencia o bien no ocurre en absoluto, o bien produce su efecto de una manera completamente diferente de la que comúnmente se supone que es natural para ella.

Como afirmó el Sr. Cairnes, la economía política es una ciencia, al igual que cualquier ciencia física reconocida: astronomía, química, fisiología. Los hechos económicos que encontramos son resultado de causas, entre las cuales existe una conexión constante e invariable. Por lo tanto, cuando hablamos de las leyes del fenómeno de la riqueza, nos referimos a las relaciones constantes que se manifiestan en los fenómenos económicos; y en la exposición de estas leyes reside la ciencia de la economía política. Cabe recordar que las leyes económicas son tendencias , no descripciones reales de condiciones dadas en un lugar determinado.

De hecho, la competencia solo se ha convertido, en grado considerable, en el principio rector de los contratos en una época comparativamente moderna. Cuanto más retrocedemos en la historia, más vemos que todas las transacciones y compromisos están sujetos a la influencia de costumbres fijas. Las relaciones, especialmente entre el terrateniente y el cultivador, y los pagos que este último realiza al primero, están determinados, en todos los estados de la sociedad, salvo en los más modernos, por los usos del país. La costumbre del país es la regla universal; nadie piensa en subir o bajar las rentas, ni en arrendar tierras, en condiciones distintas a las habituales. La competencia, como regulador de la renta, no existe.

Los precios, cuando no había monopolio, se sometían antes a la influencia de la competencia y están sujetos a ella de forma mucho más generalizada que las rentas. El comercio mayorista, en los grandes artículos de comercio, está realmente bajo el dominio de la competencia. Pero el precio al por menor, el precio pagado por el consumidor real, parece percibir muy lenta e imperfectamente el efecto de la competencia; y, cuando existe competencia, [pág. 177]A menudo, en lugar de bajar los precios, simplemente divide las ganancias derivadas de los altos precios entre un mayor número de comerciantes. La influencia de la competencia se hace sentir cada vez más en las principales ramas del comercio minorista de las grandes ciudades.

Toda remuneración profesional está regulada por la costumbre. Los honorarios de médicos, cirujanos y abogados, así como los honorarios de los abogados, son casi invariables. No por falta de competencia en estas profesiones, sino porque la competencia opera disminuyendo las posibilidades de que cada competidor reciba honorarios, no bajando los honorarios en sí.

Estas observaciones deben considerarse una corrección general que debe aplicarse siempre que sea pertinente, ya sea expresamente mencionada o no, a las conclusiones contenidas en las partes posteriores de este tratado. Nuestros razonamientos deben, en general, proceder como si los efectos conocidos y naturales de la competencia fueran realmente producidos por ella, en todos los casos en que no se vea restringida por algún obstáculo positivo. Cuando la competencia, aunque libre de existir, no existe, o cuando existe, pero sus consecuencias naturales son anuladas por cualquier otro agente, las conclusiones serán, en mayor o menor medida, inaplicables. Para evitar errores, al aplicar las conclusiones de la economía política a la vida real, debemos considerar no solo qué ocurrirá suponiendo el máximo de competencia, sino también en qué medida se verá afectado el resultado si la competencia no alcanza dicho máximo.

§ 2. El Fondo de Salarios y las objeciones que se le plantean.

Bajo el título de Salarios, deben considerarse, en primer lugar, las causas que determinan o influyen en los salarios del trabajo en general, y en segundo lugar, las diferencias que existen entre los salarios de los distintos empleos. Conviene mantener estas dos clases de consideraciones separadas; y al analizar la ley de salarios, proceder, en primer lugar, como si no existiera otro tipo de trabajo que el trabajo común no especializado, de grado medio de dureza y desgana.

Sin embargo, en el estado actual de la sociedad, la competencia debe ser considerada como el principal regulador de los salarios y las costumbres. [pág. 178]o el carácter individual sólo como circunstancia modificadora, y eso en un grado comparativamente leve.

Los salarios, entonces, dependen principalmente de la demanda y la oferta de trabajo; o, como se suele expresar, de la proporción entre población y capital. Por población se entiende aquí únicamente el número de la clase trabajadora, o mejor dicho, de quienes trabajan a cambio de un salario; y por capital, únicamente el capital circulante, y ni siquiera la totalidad de este, sino la parte que se gasta en la compra directa de trabajo. A esto, sin embargo, deben añadirse todos los fondos que, sin formar parte del capital, se pagan a cambio de trabajo, como los salarios de soldados, empleados domésticos y demás trabajadores improductivos. Lamentablemente, no existe una forma de expresar, con un término familiar, el total de lo que podríamos llamar el fondo salarial de un país; y, como los salarios del trabajo productivo constituyen casi la totalidad de ese fondo, es habitual pasar por alto la parte más pequeña y menos importante, y decir que los salarios dependen de la población y el capital. Será conveniente emplear esta expresión, recordando, sin embargo, considerarla como elíptica y no como una afirmación literal de toda la verdad.

Con estas limitaciones de los términos, los salarios no solo dependen de la cantidad relativa de capital y población, sino que, bajo el régimen de la competencia, no pueden verse afectados por ningún otro factor. Los salarios (es decir, por supuesto, el tipo general) no pueden aumentar, salvo por un aumento de los fondos totales empleados en la contratación de trabajadores, o una disminución del número de competidores; ni pueden disminuir, salvo por una disminución de los fondos destinados a la remuneración del trabajo, o por un aumento del número de trabajadores a pagar.

Esta es la simple afirmación de la conocida Teoría del Fondo de Salarios, que ha dado lugar a un debate no poco animado. Pocos economistas aceptan ahora esta doctrina cuando se enuncia como se ha dicho, sin modificaciones. El primer ataque a esta explicación de la tasa salarial provino de un panfleto, ahora muy escaso, escrito por F. D. Longe, titulado " Una refutación de la teoría del fondo de salarios de la economía política moderna " (1866). Dado que los trabajadores no compiten realmente entre sí,... [pág. 179]Consideraba la idea de salarios promedio tan absurda como la de un precio promedio de barcos y telas; declaró que no existía un fondo salarial predeterminado que necesariamente se gastara en mano de obra; y que la « demanda de mercancías » determinaba la cantidad de riqueza destinada al pago de salarios (p. 46). Si bien el llamado fondo salarial limita la cantidad total que los trabajadores pueden recibir, el empleador intentaría que sus trabajadores recibieran una cantidad lo más baja posible, de modo que el fondo agregado no influyera en el monto real pagado en salarios. La cantidad de trabajo a realizar, afirma, determina la cantidad de mano de obra a emplear. Casi al mismo tiempo (sin que el Sr. Longe lo supiera), WT Thornton estudiaba el mismo tema y atrajo considerable atención con su publicación « Sobre el trabajo » (1868), que en el Libro II, Cap. I, contenía un argumento extenso para demostrar que la oferta y la demanda (es decir, la proporción entre el fondo salarial y los trabajadores) no regulaban los salarios, y negaba la existencia de un fondo salarial predeterminado de monto fijo. Su ataque, sin embargo, presupone una concepción de ley económica muy diferente de la que consideramos correcta. Siendo la naturaleza de la humanidad la que la sustenta, será para su interés invertir tanto y no más en trabajo, y debemos creer que, en este sentido, existe una predeterminación de la riqueza que se pagará en salarios. Para realizar buenas inversiones, cierta cantidad debe, si los capitalistas persiguen sus mejores intereses, destinarse al pago del trabajo. 162 El argumento del Sr. Thornton atrajo mayor atención porque el Sr. Mill 163 admitió que el Sr. Thornton lo había inducido a abandonar su teoría del fondo salarial. Sin embargo, el tema fue retomado, reexaminado por el Sr. Cairnes 164 y planteado de forma más veraz. (1.) La riqueza total de un país (círculo A en el diagrama) es el límite exterior de su capital. La cantidad de capital que se ahorrará de esta cantidad depende del deseo efectivo de acumulación en la comunidad (como se establece en el Libro I, Cap. VIII ). El tamaño del círculo B dentro del círculo A, por lo tanto, depende del carácter de la gente. El fondo salarial, entonces, depende en última instancia de la magnitud de A, y próximamente de la magnitud de B. Nunca puede [pág. 180]ser mayor que B. Hasta ahora, al menos, su cantidad está " predeterminada " en sentido económico por leyes generales relativas a la acumulación de capital y la expectativa de ganancia. El círculo B se contrae y se expande bajo influencias que no tienen nada que ver con las negociaciones inmediatas entre capitalistas y trabajadores. (2.) Otra influencia entra ahora en juego para afectar la cantidad de capital realmente pagado como salario, una influencia también regida por causas generales fuera del alcance del trabajador o capitalista, es decir, el estado de las técnicas de producción. En la producción, las condiciones particulares de cada industria determinarán cuánto capital se destinará a materia prima, cuánto a maquinaria, edificios y todas las formas de capital fijo, y cuántos trabajadores se asignarán a una máquina dada para una cantidad dada de material. En algunos tipos de productos artesanales, la mayor parte del capital se destina a salarios, una cantidad menor a materiales y una proporción muy pequeña a maquinaria y herramientas. En muchas ramas de la agricultura y la pequeña explotación agrícola esto es cierto. Sin embargo, lo contrario ocurre en muchas manufacturas, donde se utiliza ampliamente la maquinaria. No hay dos industrias que mantengan la misma proporción entre los tres elementos. Por lo tanto, la naturaleza de la industria determinará si una mayor o menor proporción del capital se destinará a salarios. Huelga decir que esta situación no puede cambiar a petición de ninguna de las dos partes de la producción, Trabajo y Capital; responde únicamente al avance de la ciencia mecánica o la inteligencia general. Es imposible, entonces, obviar la conclusión de que causas generales restringen la cantidad que, bajo cualquier inversión normal, se destinará al pago de salarios. Solo dentro de los límites establecidos por estas fuerzas puede producirse una mayor expansión o contracción. (3.) Dentro de estos límites, por supuesto, pueden producirse cambios menores, de modo que no puede decirse que el fondo sea « fijo » o « absolutamente predeterminado » ; pero estos cambios deben ocurrir dentro de límites tan estrechos que no afecten significativamente el aspecto práctico de la cuestión. Cómo actúan estos cambios puede verse en parte de la siguiente ilustración de los principios anteriores:

Supongamos una fábrica de algodón establecida en uno de los valles de Vermont, cuyo propietario dispone de un capital de 140.000 dólares para su gestión. De este capital, 100.000 dólares se destinan a edificios, maquinaria e instalaciones. Si rota el capital restante (40.000 dólares) cada mes, supondremos que 28.000 dólares gastados en materias primas mantendrán ocupados a quinientos hombres con un gasto mensual de 12.000 dólares. El estado actual de la industria algodonera determina la relación entre una cantidad dada de algodón en rama y una cierta cantidad de maquinaria. Una cantidad fija de algodón, ni más ni menos, puede ser hilada por cada huso y tejida por cada telar; y la naturaleza del proceso determina [pág. 181]El número de trabajadores por máquina. Esta proporción es algo que un propietario debe obedecer si espera competir con otros fabricantes: la relación se fija para él, no por él. Ahora bien, suponiendo que cada uno de los quinientos trabajadores recibe un promedio de $1.00 al día, imaginemos una afluencia de francocanadienses que se ofrecen a trabajar, en promedio, por ochenta centavos al día. 165 Los quinientos hombres recibirán ahora solo $9,600 mensuales en lugar de $12,000, como antes, como fondo de salarios; el pago mensual de los salarios ahora es de casi el siete por ciento, mientras que antes era de casi el nueve por ciento del capital total invertido ($140,000). Así, se verá que el fondo de salarios puede cambiar con un cambio en la oferta de mano de obra; pero el punto a destacar es que se trata de un cambio en la subdivisión, $12,000, del total de $140,000. Es decir, esta alteración solo puede ocurrir dentro de los límites establecidos por la naturaleza de la industria. Ahora bien, si estos $2,400 (es decir, $12,000 menos $9,600) ahorrados del fondo de salarios se reinvirtieran, necesariamente deben dividirse entre materias primas, capital fijo y salarios en las relaciones existentes; es decir, solo el siete por ciento de los nuevos $2,400 se agregaría al fondo de salarios. Vale la pena llamar la atención sobre esto, aunque solo sea para mostrar que de esta manera se puede realizar fácilmente un cambio en el fondo de salarios mediante movimientos naturales; y que nadie puede ser tan absurdo como para decir que su monto es absolutamente fijo. Pero ciertamente está " predeterminado " en el sentido económico, en el sentido de que cualquier reinversión, así como los fondos anteriores, deben necesariamente distribuirse de acuerdo con los principios generales anteriores, independientemente del " regateo " en el mercado laboral. Lo siguiente es la declaración del Sr. Cairnes sobre el monto y la “ predeterminación ” del fondo de salarios:

Creo que, en el estado actual de la riqueza nacional, dada la naturaleza de los ingleses, una cierta perspectiva de ganancias determinará una cierta proporción de esta riqueza para la inversión productiva; que la cantidad así determinada aumentará a medida que se amplíe el campo de inversión, y que no aumentará más allá de lo que este campo pueda emplear a la tasa de ganancia que satisfaga las expectativas comerciales inglesas. Además, creo que, al producirse la inversión, la forma que adopte estará determinada por la naturaleza de las industrias nacionales ; determinada no por leyes del Parlamento ni en virtud de ninguna ley física, sino por la influencia de los intereses del inversor; mientras que esta, la forma de la inversión, determinará a su vez la proporción del capital total que se pagará como [pág. 182]Salarios a los trabajadores » . 166 En esta excelente y magistral concepción, la doctrina de un fondo de salarios no está sujeta a las objeciones que suelen esgrimirse en su contra. De hecho, con la excepción del profesor Fawcett, casi ningún economista cree en un fondo de salarios absolutamente fijo. En este sentido, y en vista de la explicación anterior, se comprenderá qué significa decir que los salarios dependen de la proporción del fondo de salarios con respecto al número de asalariados. 167

Al aplicar estos principios a la cuestión de las huelgas, resulta evidente que si estas resultan en una expansión real de todo el círculo B, al forzar el ahorro de gastos improductivos, se puede lograr un aumento real, en cierta medida, del fondo salarial; pero solo mediante el aumento del capital total. Sin embargo, si intentan aumentar uno de los elementos del capital, el fondo salarial, sin añadir también los demás elementos, capital fijo y materiales, en la proporción que determine la naturaleza de la industria, destruirán toda posibilidad de continuar la producción de forma normal, y el capitalista se verá obligado a retirarse de la empresa.

Francis A. Walker 168 también ofreció una solución a este problema en su obra " La cuestión de los salarios " (1876), donde sostiene que " los salarios, desde una perspectiva filosófica, se pagan con el producto de la industria presente y, por lo tanto, la producción proporciona la verdadera medida de los salarios " (p. 128). " Es la perspectiva de una ganancia en la producción lo que impulsa al empleador a contratar trabajadores; es el valor anticipado del producto lo que determina cuánto puede pagarle " (p. 144). Sin duda, los salarios pueden pagarse (y a menudo se pagan) con el producto actual; pero ¿ de qué cantidad? ¿Cuál es el principio de distribución? Siempre que el producto entrante sea una certeza moral (y, a menos que esto sea cierto, en ningún caso podrían pagarse salarios con el producto futuro), el ahorro es tan efectivo sobre él como sobre las acumulaciones reales del pasado; y la cantidad del producto futuro que se ahorrará y utilizará como capital está determinada por los mismos principios que rigen el ahorro de productos pasados. Un aumento del círculo A mediante una mayor producción hace posible un aumento del círculo B, pero ¿se ampliará? [pág. 183]Depende o no del principio de acumulación. Cuanto mayor sea la producción total de riqueza, mayores serán los salarios posibles , todos deben admitirlo; pero no parece claro que el general Walker nos haya dado una solución a la verdadera cuestión en cuestión. Cuanto más grande sea la casa que se construya, más grandes serán las habitaciones; pero de ahí no se sigue que las habitaciones sean necesariamente grandes, como atestiguará cualquier huésped de un hotel de verano.

§ 3. Examen de algunas opiniones populares respecto a los salarios.

Hay, sin embargo, algunos hechos que están en aparente contradicción con esta doctrina [la del Fondo de Salarios], y que nos corresponde considerar y explicar.

1. Por ejemplo, se suele decir que los salarios son altos cuando el comercio es próspero. La demanda de mano de obra en cualquier empleo es más apremiante, y se pagan salarios más altos, cuando hay una fuerte demanda del producto producido; y lo contrario ocurre cuando se produce lo que se denomina estancamiento: entonces se despide a los trabajadores y quienes se quedan deben someterse a una reducción salarial; aunque en estos casos no hay ni más ni menos capital que antes. Esto es cierto; y es una de esas complicaciones de los fenómenos concretos que oscurecen y disfrazan la acción de las causas generales; pero no es realmente incompatible con los principios establecidos. El capital que el propietario no emplea en comprar mano de obra, sino que mantiene ocioso en sus manos, es para los trabajadores, por el momento, lo mismo que si no existiera. Todo capital se encuentra, debido a las variaciones del comercio, ocasionalmente en este estado. Un fabricante, al encontrar poca demanda de su producto, se abstiene de emplear trabajadores para aumentar un inventario del que le resulta difícil disponer; O si continúa hasta que todo su capital esté inmovilizado en bienes sin vender, entonces al menos debe hacer una pausa hasta que pueda cobrar algunos de ellos. Pero nadie espera que ninguno de estos estados sea permanente; si así fuera, en la primera oportunidad trasladaría su capital a otra ocupación, en la que seguiría empleando mano de obra. El capital permanece desempleado durante un tiempo, durante el cual el mercado laboral está saturado y los salarios bajan. Después, la demanda se reactiva y quizás se vuelve inusualmente vigorosa, lo que permite al fabricante vender su mercancía. [pág. 184]Incluso más rápido de lo que puede producirlo; todo su capital alcanza entonces una eficiencia completa y, si puede, toma prestado capital adicional, que de otro modo se habría destinado a otro uso. Sin embargo, estas son solo fluctuaciones temporales: el capital que ahora permanece inactivo estará activo el próximo año; el que este año no pueda satisfacer la demanda quedará a su vez bloqueado en almacenes abarrotados; y los salarios en estos diversos departamentos fluctuarán en consecuencia; pero nada puede alterar permanentemente los salarios generales, excepto un aumento o una disminución del capital mismo (refiriéndose siempre a los fondos de todo tipo destinados al pago del trabajo) en comparación con la cantidad de trabajo que se ofrece para ser contratado.

2. Además, es común la idea de que los precios altos generan salarios altos, ya que los productores y comerciantes, al estar en mejor situación económica, pueden permitirse pagar más a sus trabajadores. Ya he mencionado que una demanda dinámica, que causa precios altos temporalmente, también causa salarios altos temporalmente. Pero los precios altos, por sí solos, solo pueden elevar los salarios si los comerciantes, al recibir más, se ven inducidos a ahorrar más y a incrementar su capital, o al menos sus compras de mano de obra. Los salarios probablemente serán temporalmente más altos en el empleo en el que los precios han subido, y algo más bajos en otros empleos; en cuyo caso, si bien la primera mitad del fenómeno llama la atención, la otra generalmente se pasa por alto o, si se observa, no se atribuye a la causa que realmente la produjo. Tampoco durará mucho el aumento parcial de los salarios: porque, aunque los comerciantes en ese empleo ganen más, no se sigue de ello que haya espacio para emplear una mayor cantidad de ahorros en su propio negocio: su capital creciente probablemente fluirá hacia otros empleos y allí contrarrestará la disminución previamente hecha en la demanda de trabajo por los ahorros disminuidos de otras clases.

Debe hacerse una clara distinción entre el salario real y el salario monetario; el primero es importante para el trabajador por ser sus ingresos reales. La cantidad de mercancías que satisfacen [pág. 185]Los deseos que el trabajador recibe por su esfuerzo constituyen su salario real. La mera cantidad de dinero que recibe por su esfuerzo, independientemente de su valor de intercambio, constituye su salario monetario. Dado que las funciones del dinero aún no se han explicado, es difícil analizar aquí la relación entre precios y salarios monetarios. Pero, como el valor total de los productos en una industria determinada es la suma de la cual se pagan tanto los salarios monetarios como las ganancias, este total aumentará o disminuirá (manteniendo constante la eficiencia del trabajo) con el precio del artículo en particular. Si el precio sube, las ganancias serán mayores que en otras áreas y se invertirá más capital en esa actividad; es decir, el capital demandará más trabajo y, hasta que se logre la igualación en todos los oficios entre salarios y ganancias, los salarios monetarios serán más altos en algunas industrias que en otras. 169

Cuando se hace referencia a la conexión entre salarios reales y precios, la cuestión es diferente. Los precios altos en general no modificarían los salarios reales en general . Pero si los precios altos provocan salarios monetarios más altos en determinadas ramas de actividad, entonces, dado que el movimiento no es general, quienes reciben más dinero obtendrán los medios para comprar más salarios reales. Y, como en la práctica, las variaciones de precios derivadas de un aumento de la demanda son parciales y no generales, a menudo ocurre que los precios altos producen salarios reales altos (no salarios altos en general) en algunos empleos, no en todos. (Para un estudio más profundo de esta relación entre precios y salarios, se recomienda al lector recordar esta discusión en relación con la que se presenta más adelante en el volumen, Libro III, Caps. XX y XXI ).

3. Otra opinión frecuente es que los salarios (es decir, por supuesto, los salarios monetarios) varían con el precio de los alimentos; suben cuando este sube y bajan cuando baja. Esta opinión es, en mi opinión, solo parcialmente cierta; y, en la medida en que lo es, no afecta en absoluto la dependencia de los salarios de la proporción entre capital y trabajo, ya que el precio de los alimentos, cuando afecta a los salarios, los afecta a través de esa ley. Los alimentos caros o baratos, debido a la variedad de estaciones, no afectan los salarios (a menos que se ajusten artificialmente a ellos por ley o caridad); o, más bien, tienden a afectarlos de forma contraria a lo que se supone, ya que en épocas de escasez la gente generalmente compite con mayor vehemencia por el empleo y perjudica al mercado laboral. Pero la carestía... [pág. 186]O el bajo precio de los alimentos, cuando es permanente y se puede calcular con antelación, puede afectar los salarios. (1.) En primer lugar, si los trabajadores tienen, como suele ser el caso, apenas lo suficiente para mantenerse en condiciones de trabajar y apenas les permite mantener al número normal de hijos, se deduce que, si los alimentos se encarecen permanentemente sin un aumento de salarios, un mayor número de niños morirá prematuramente; y, por lo tanto, los salarios finalmente serán más altos, pero solo porque el número de personas será menor que si los alimentos se hubieran mantenido baratos. (2.) Pero, en segundo lugar, incluso si los salarios fueran lo suficientemente altos como para permitir que los alimentos se encarezcan sin privar a los trabajadores y sus familias de lo necesario; aunque podrían soportar, físicamente hablando, estar en peor situación, tal vez no lo consentirían. Podrían tener hábitos de bienestar que fueran para ellos tan necesarios, y antes que renunciar a ellos, restringirían aún más su capacidad de multiplicación. De modo que los salarios subirían, no por el aumento de las muertes, sino por la disminución de los nacimientos. En estos casos, entonces, los salarios se adaptan al precio de los alimentos, aunque después de un intervalo de casi una generación. 170 Si los salarios eran previamente tan altos que podían soportar una reducción, cuyo obstáculo era un alto nivel de comodidad habitual entre los trabajadores, un aumento del precio de los alimentos, o cualquier otro cambio desventajoso en sus circunstancias, puede operar de dos maneras: ( a ) puede corregirse mediante un aumento de los salarios, provocado por un efecto gradual en el control prudencial de la población; o ( b ) puede reducir permanentemente el nivel de vida de la clase, en caso de que sus hábitos previos con respecto a la población resulten más fuertes que sus hábitos previos con respecto a la comodidad. En ese caso, el daño causado será permanente, y su condición deteriorada se convertirá en un nuevo mínimo, tendiendo a perpetuarse. [pág. 187]Se aplica a sí misma, como antes lo hacía el mínimo más amplio. Es de temer que, de los dos modos en que la causa puede operar, el último ( b ) sea el más frecuente, o al menos lo suficiente como para invalidar prácticamente todas las proposiciones que atribuyen una cualidad autorreparadora a las calamidades que azotan a las clases trabajadoras.

El caso inverso ocurre cuando, debido a las mejoras en la agricultura, la derogación de las leyes de cereales u otras causas similares, se abaratan los artículos de primera necesidad de los trabajadores, permitiéndoles, con los mismos salarios, disfrutar de mayores comodidades que antes. Los salarios no bajarán inmediatamente; incluso es posible que suban; pero caerán al final, de modo que los trabajadores no estarán en mejor situación que antes, a menos que durante este período de prosperidad se eleve permanentemente el nivel de comodidad que la clase considera indispensable. Desafortunadamente, este efecto beneficioso no es en absoluto previsible: es mucho más difícil elevar que reducir el nivel de vida que los trabajadores consideran más indispensable que casarse y formar una familia. Según la experiencia, el número de matrimonios aumenta invariablemente en épocas de alimentos baratos y pleno empleo.

Esto se puede comprobar a partir de algunas breves estadísticas sobre los matrimonios en Vermont y Massachusetts.

Año.

Vermont

Massachusetts

1860

2.179

12.404

1861

2.188

10.972

1862

1.962

11.014

1863

2.007

10.873

1864

1.804

12.513

1865

2.569

13.052

1866

3.001

14.428

1867

2.857

14.451

En Vermont, si bien el promedio de matrimonios se alcanzó en 1860 y 1861, descendió al estallar la guerra; aumentó en 1863, gracias al buen progreso de las armas del Norte; volvió a descender en 1864, durante el período de desánimo; y desde 1865 ha mantenido un promedio cada vez más alto. En la industria manufacturera de Massachusetts, el número descendió antes que en la agricultura de Vermont, al comienzo de las dificultades.

1856, julio a enero.

6.418

1857, enero a julio

5.803

1857, julio a enero.

5.936

1858, enero a julio

4.917

1858, julio a enero.

5.610

Los efectos del pánico financiero de 1857 en Massachusetts, [pág. 188]Muestran un movimiento similar en el número de matrimonios. La crisis llegó en octubre de 1857. En los tres meses siguientes a esa fecha, hubo 400 matrimonios menos.

Para producir una ventaja permanente, la causa temporal que los afecta debe ser suficiente para generar un gran cambio en su condición: un cambio que se percibirá durante muchos años, a pesar de cualquier estímulo que pueda generar durante una generación para el crecimiento de la población. Cuando, de hecho, la mejora es de esta magnitud, y crece una generación que siempre ha estado acostumbrada a un mayor nivel de comodidad, los hábitos de población de esta nueva generación se forman a partir de un mínimo más alto, y la mejora en su condición se vuelve permanente.

§ 4. Salvo ciertas circunstancias raras, los salarios altos implican restricciones a la población.

Los salarios dependen, pues, de la proporción entre la población trabajadora y el capital u otros fondos destinados a la compra de mano de obra; para abreviar, diremos el capital. Si los salarios son más altos en un momento o lugar que en otro, si la subsistencia y el bienestar de la clase de trabajadores asalariados son mayores, es simplemente porque el capital representa una mayor proporción de la población. No es la cantidad absoluta de acumulación o de producción lo que importa a la clase trabajadora; ni siquiera la cantidad de fondos destinados a la distribución entre los trabajadores; es la proporción entre esos fondos y el número de personas entre quienes se reparten. La condición de la clase trabajadora solo puede mejorarse modificando esa proporción en su beneficio; y todo plan para su beneficio que no se base en esto es, a efectos permanentes, un engaño.

En países como Norteamérica y las colonias australianas, donde el conocimiento y las artes de la vida civilizada y un gran deseo efectivo de acumulación coexisten con una extensión ilimitada de tierra desocupada, el crecimiento del capital se mantiene fácilmente al ritmo del máximo aumento posible de la población, y se ve frenado principalmente por la imposibilidad de conseguir suficientes trabajadores. Por lo tanto, todos los que puedan nacer pueden encontrar empleo sin saturar el mercado: cada [pág. 189]Una familia trabajadora disfruta en abundancia de lo necesario, muchas de las comodidades y algunos de los lujos de la vida; y, salvo en caso de mala conducta individual o incapacidad real para trabajar, la pobreza no existe ni es necesaria la dependencia. [En Inglaterra] el progreso de la manufactura algodonera ha sido tan gigantesco desde las invenciones de Watt y Arkwright, que el capital invertido en ella probablemente se ha cuadruplicado en el tiempo que la población requiere para duplicarse. Si bien, por lo tanto, ha atraído de otros empleos casi todas las manos que las circunstancias geográficas y los hábitos o inclinaciones de la gente ponían a disposición; y si bien la demanda que creó de mano de obra infantil ha atraído el interés pecuniario inmediato de los obreros a favor de promover, en lugar de frenar, el crecimiento de la población; sin embargo, los salarios en las grandes sedes de la manufactura siguen siendo tan altos que los ingresos colectivos de una familia ascienden, en promedio, a una suma muy satisfactoria. y todavía no hay señales de disminución, aunque el efecto también se ha sentido en el aumento del nivel general de los salarios agrícolas en los condados adyacentes.

Pero las circunstancias de un país o de una ocupación en las que la población puede aumentar impunemente a su ritmo máximo son raras y transitorias. Muy pocos países presentan la necesaria conjunción de condiciones. O bien las artes industriales son atrasadas y estacionarias, y por lo tanto el capital crece lentamente, o bien, al ser bajo el deseo efectivo de acumulación, el crecimiento pronto alcanza su límite; o bien, aunque ambos elementos se encuentren en su grado máximo conocido, el crecimiento del capital se ve frenado porque no hay tierra nueva a la que recurrir de tan buena calidad como la ya ocupada. Aunque el capital se duplique durante un tiempo simultáneamente con la población, para que todo este capital y población encuentren empleo en la misma tierra, no pueden, sin una sucesión sin precedentes de innovaciones agrícolas, seguir duplicando la producción; por lo tanto, si los salarios no bajan, las ganancias deben hacerlo; y, cuando las ganancias bajan, el crecimiento del capital se frena.

Excepto, por tanto, en los casos muy peculiares que he mencionado. [pág. 190]Como acabamos de mencionar, de los cuales el único de importancia práctica es el de una nueva colonia o un país en circunstancias equivalentes, es imposible que la población aumente a su ritmo máximo sin que disminuyan los salarios. En ningún país antiguo la población crece a un ritmo que se acerque a su ritmo máximo; en la mayoría, a un ritmo muy moderado; en algunos países, no crece en absoluto. Estos hechos solo pueden explicarse de dos maneras: o bien no se produce el número total de nacimientos que la naturaleza permite, y que ocurren en ciertas circunstancias; o bien, si se producen, una gran proporción de los que nacen muere. El retraso del crecimiento se debe a la mortalidad o a la prudencia; a la positiva del Sr. Malthus o a su control preventivo; y una u otra de estas dos opciones debe existir, y de hecho existe, con gran fuerza, en todas las sociedades antiguas. Donde la población no se controla mediante la prudencia de los individuos o del Estado, se controla mediante el hambre o la enfermedad.

§ 5. La debida restricción de la población es la única salvaguardia de la clase trabajadora.

Cuando una clase trabajadora, sin más propiedad que su jornal y sin esperanza de adquirirla, se abstiene de multiplicarse a un ritmo acelerado, creo que la causa siempre ha sido, hasta ahora, una restricción legal real o alguna costumbre que, sin intención por su parte, moldea insensiblemente su conducta o les ofrece incentivos inmediatos para no casarse. No se sabe en general en cuántos países de Europa se oponen obstáculos legales directos a los matrimonios imprudentes.

Donde no existe una ley general que restrinja el matrimonio, a menudo existen costumbres equivalentes. Cuando los gremios o corporaciones comerciales de la Edad Media estaban en pleno auge, sus estatutos o reglamentos se concibieron con una mirada muy vigilante hacia las ventajas que el oficio obtenía al limitar la competencia; y lograron, con gran eficacia, que los artesanos no se casaran hasta después de pasar por las dos etapas de aprendiz y oficial, y alcanzar el rango de maestro.

Lamentablemente, el sentimentalismo, más que el sentido común, suele presidir las discusiones sobre estos temas. [pág. 191]sobre la condición de los trabajadores, las lamentaciones por su miseria, las denuncias de todos los que se supone que son indiferentes a ella, los proyectos de un tipo u otro para mejorarla, no han sido en ningún país y en ningún tiempo del mundo tan abundantes como en la presente generación; pero hay un acuerdo tácito para ignorar totalmente la ley del salario, o desestimarla entre paréntesis, con términos tales como "maltusianismo de corazón duro" ; ¡como si no fuera mil veces más duro de corazón decir a los seres humanos que pueden, que no pueden, llamar a la existencia enjambres de criaturas que seguramente serán miserables y muy probablemente depravadas!

Pregunto, entonces, ¿es cierto o no que si su número fuera menor obtendrían salarios más altos? Esta es la pregunta, y no otra: y es inútil desviar la atención de ella atacando cualquier postura incidental de Malthus o de algún otro escritor, y pretendiendo que refutarla equivale a refutar el principio de población. Algunos, por ejemplo, han logrado una victoria fácil sobre una observación pasajera del Sr. Malthus, aventurada principalmente a modo de ilustración, de que el aumento de alimentos tal vez pueda asumirse como una proporción aritmética, mientras que la población aumenta de forma geométrica; cuando todo lector sincero sabe que el Sr. Malthus no hizo hincapié en este desafortunado intento de dar precisión numérica a cosas que no la admiten, y toda persona capaz de razonar debe ver que es totalmente superfluo para su argumento. Otros han concedido una enorme importancia a una corrección que los economistas políticos más recientes han hecho simplemente en el lenguaje de los primeros seguidores del Sr. Malthus. Varios escritores habían afirmado que la población tiende a crecer más rápido que los medios de subsistencia. La afirmación era cierta en el sentido en que la entendían, es decir, que la población, en la mayoría de las circunstancias, crecería más rápido que los medios de subsistencia si no fuera frenada ni por la mortalidad ni por la prudencia. Pero dado que estos frenos actúan con diferente fuerza en diferentes momentos y lugares, era posible interpretar el lenguaje de estos escritores como si hubieran querido decir que la población suele... [pág. 192]Ganando terreno sobre la subsistencia, y la pobreza de la gente cada vez mayor. Bajo esta interpretación, se argumentó que lo contrario es cierto: que a medida que la civilización avanza, el control prudencial tiende a fortalecerse y la población a disminuir su tasa de crecimiento, en relación con la subsistencia; y que es un error sostener que la población, en cualquier comunidad en desarrollo, tiende a crecer más rápido que, o incluso tan rápido como, la subsistencia. 171 El término «tendencia » se usa aquí en un sentido totalmente diferente al de los autores que afirmaron la proposición; pero, dejando de lado la cuestión verbal, ¿no se admite, por ambas partes, que en los países envejecidos la población presiona demasiado sobre los medios de subsistencia?

[pág. 193]


Capítulo III. De los remedios para los bajos salarios.

§ 1. Un salario mínimo legal o consuetudinario, con garantía de empleo.

El recurso más sencillo imaginable para mantener los salarios laborales en el nivel deseado sería fijarlos por ley; y este es prácticamente el objetivo de diversos planes que, en diferentes momentos, han estado, o siguen estando, vigentes para transformar la relación entre trabajadores y empleadores. Probablemente, nadie haya sugerido jamás que los salarios deban ser absolutamente fijos, ya que los intereses de todos los involucrados a menudo exigen que sean variables; pero algunos han propuesto fijar un salario mínimo, dejando que las variaciones por encima de ese nivel se ajusten mediante la competencia. Otro plan, que ha encontrado muchos defensores entre los líderes de los obreros, es la formación de consejos, que en Inglaterra se han denominado juntas locales de comercio, en Francia «conseils de prud'hommes» y otros nombres; compuestos por delegados de los trabajadores y de los empleadores, quienes, reunidos en conferencia, acordarían una tasa salarial y la promulgarían por autoridad, de obligado cumplimiento general para empleadores y trabajadores. El fundamento de la decisión no es el estado del mercado de trabajo sino la equidad natural; para disponer que los trabajadores tengan salarios razonables y los capitalistas ganancias razonables.

El recurso más sugerido por políticos y reformistas laborales en Estados Unidos es una ley de ocho horas, obligatoria para todos los empleadores. Sin embargo, cabe recordar que en muchas industrias existe el trabajo a destajo, y si se impone una reducción de horas, esto significará una reducción considerable en el salario que se puede ganar por día. [pág. 194]Incluso si todas las industrias fueran iguales en cuanto a la organización de su trabajo, este plan implica salarios más altos por el mismo trabajo, o los mismos salarios por menos trabajo, y, por consiguiente, un mayor costo de la mano de obra. Esto, entonces, afectaría las ganancias de inmediato; y las consecuencias probablemente se verían en una retirada de capital de muchas industrias, donde, como ahora, las ganancias son muy bajas. Cabe recordar, sin embargo, que en Estados Unidos se ha producido, por causas naturales, sin la ayuda de la legislación, una reducción muy marcada de las horas de trabajo, acompañada de un aumento de los salarios. Por ejemplo, en 1840, los operarios de Rhode Island en la sala de cardado de las fábricas de algodón trabajaban catorce horas diarias por $3.28 a la semana, mientras que en 1884 trabajaban once horas y recibían $5.40 a la semana. Este resultado se debe, muy probablemente, a la ganancia derivada de la invención de maquinaria que ahorra mano de obra.

Otros, por otro lado (pero estos son más filántropos que se interesan por las clases trabajadoras que por los propios trabajadores) se resisten a admitir la interferencia de la autoridad en los contratos laborales: temen que, si la ley interviniera, lo haría precipitada e ignorantemente; están convencidos de que dos partes con intereses opuestos, al intentar conciliar dichos intereses mediante la negociación a través de sus representantes, basándose en principios de equidad, cuando no se puede establecer una norma para determinar lo equitativo, solo exacerbarían sus diferencias en lugar de resolverlas; pero lo que es inútil intentar con la sanción legal, estas personas desean lograrlo con la moral. Todo empleador, creen, debería pagar salarios suficientes ; y si no lo hace voluntariamente, debería verse obligado a hacerlo por la opinión general; la prueba de salarios suficientes son sus propios sentimientos, o lo que suponen que son los del público. Esta es, en mi opinión, una representación justa de un conjunto considerable de opiniones existentes sobre el tema.

Deseo limitar mis observaciones al principio implícito en todas estas sugerencias, sin considerar las dificultades prácticas, por graves que sean. Supondré que mediante alguno de estos mecanismos los salarios podrían mantenerse por encima del nivel al que llegarían con la competencia. Esto equivale a decir, por encima del nivel máximo que puede permitirse con el capital existente. [pág. 195]consistente con el empleo de todos los trabajadores. Pues es un error suponer que la competencia simplemente mantiene bajos los salarios. Es también el medio por el cual se mantienen altos. Cuando hay trabajadores desempleados, estos, a menos que sean mantenidos por la caridad, se convierten en competidores por el trabajo, y los salarios bajan; pero cuando todos los que estaban desempleados han encontrado empleo, los salarios no bajarán, bajo el sistema de competencia más libre. Circulan ideas extrañas sobre la naturaleza de la competencia. Algunos parecen imaginar que su efecto es indefinido; que la competencia de los vendedores puede bajar los precios, y la competencia de los trabajadores puede reducir los salarios a cero, o a un mínimo inasignable. Nada puede ser más infundado. Los precios de los bienes solo pueden bajar mediante la competencia hasta el punto de atraer suficientes compradores para comprarlos; y los salarios solo pueden bajar mediante la competencia hasta que se dé cabida a todos los trabajadores para que participen en la distribución del fondo salarial. Si cayeran por debajo de este punto, una parte del capital permanecería desempleada por falta de trabajadores. Se iniciaría una contracompetencia por parte de los capitalistas y los salarios aumentarían.

La suposición del capítulo anterior sobre la competencia y la costumbre debe tenerse presente en todo este razonamiento. De hecho, no existe la movilidad laboral que garantice una competencia tan libre que garantice la igualdad salarial. En realidad, no hay competencia alguna entre los trabajadores de menor nivel y los de mayor cualificación. Por supuesto, la tendencia es la explicada por el Sr. Mill, y con el paso del tiempo se observa una movilidad laboral claramente mayor. Grandes cantidades de personas se trasladan de Escandinavia y otros países europeos a Estados Unidos, o de Inglaterra a Australia, impulsadas por el deseo de pasar de una comunidad con salarios bajos a otra con salarios más altos.

Por lo tanto, como la tasa de salarios que resulta de la competencia distribuye todo el fondo salarial entre toda la población trabajadora, si la ley o la opinión logran fijar salarios por encima de esta tasa, algunos trabajadores quedan sin empleo; y como no es la intención de los filántropos que éstos mueran de hambre, se les debe proveer de lo necesario. [pág. 196]Mediante un aumento forzoso del fondo salarial, es decir, mediante un ahorro obligatorio. No sirve de nada fijar un salario mínimo a menos que se estipule que se encuentre trabajo, o al menos salario, para todos los que lo soliciten. Esto, por lo tanto, siempre forma parte del plan y es coherente con las ideas de más personas de las que aprobarían un salario mínimo legal o moral. El sentimiento popular considera que es deber de los ricos, o del Estado, encontrar empleo para todos los pobres. Si la influencia moral de la opinión pública no induce a los ricos a ahorrar lo suficiente de su consumo para que todos los pobres trabajen con salarios razonables, se supone que es responsabilidad del Estado establecer impuestos para tal fin, ya sea mediante tasas locales o mediante la votación de fondos públicos. La proporción entre el trabajo y el fondo salarial se modificaría así en beneficio de los trabajadores, no mediante la restricción de la población, sino mediante un aumento del capital.

§ 2. —Exigiría como condición medidas legales de represión de la población.

Si esta exigencia a la sociedad pudiera limitarse a la generación actual; si solo fuera necesaria una acumulación obligatoria, suficiente para proporcionar empleo permanente con salarios suficientes a la población actual; tal proposición no tendría un defensor más ferviente que yo. La sociedad se compone principalmente de quienes viven del trabajo corporal; y si la sociedad, es decir, los trabajadores, prestan su fuerza física para proteger a las personas en el disfrute de sus bienes superfluos, tienen derecho a hacerlo, y siempre lo han hecho, con la reserva de la facultad de gravar dichos bienes superfluos con fines de utilidad pública; entre los cuales la subsistencia de las personas es el principal. Dado que nadie es responsable de haber nacido, ningún sacrificio pecuniario es demasiado grande para quienes tienen más que suficiente, con el fin de asegurar lo suficiente a todas las personas ya existentes.

Pero es algo completamente distinto cuando a quienes han producido y acumulado se les exige que se abstengan de consumir hasta haber dado alimento y ropa, no solo a todos los que existen ahora, sino a todos aquellos a quienes estos o sus descendientes consideren oportuno llamar a la existencia. Tal obligación [pág. 197]Si se reconociera y se actuara en consecuencia, suspendería todos los controles, tanto positivos como preventivos; nada impediría que la población aumentara a su ritmo más rápido; y como el crecimiento natural del capital, en el mejor de los casos, no sería más rápido que antes, los impuestos, para compensar la creciente deficiencia, debían avanzar con los mismos pasos gigantescos. Pero por muy eficientes que fueran, la creciente población no podría, como hemos demostrado tantas veces, aumentar la producción proporcionalmente; el excedente, una vez alimentados todos, guardaría una proporción cada vez menor con respecto a la producción total y a la población; y, al aumentar la población a una tasa constante, mientras que el aumento de la producción disminuyera, el excedente con el tiempo se absorbería por completo; los impuestos para el sustento de los pobres absorberían todos los ingresos del país; los contribuyentes y los receptores se fundirían en una sola masa.

Sería posible que el Estado garantizara empleo con salarios amplios a todos los que nacen. Pero si lo hace, está obligado, en aras de su propia protección y por el bien de todos los fines para los que existe el gobierno, a disponer que ninguna persona nazca sin su consentimiento. Dar generosamente al pueblo, ya sea por caridad o por empleo, sin someterlo a influencias tales que la prudencia actúe con fuerza sobre él, es prodigar los medios para beneficiar a la humanidad sin alcanzar el objetivo. Pero si se les quita la regulación de sus salarios; si se les garantiza un pago determinado, ya sea por ley o mediante el sustento de la comunidad, ninguna comodidad que se les pueda brindar hará que ni ellos ni sus descendientes consideren su propia moderación como el medio adecuado para preservarse en esa situación.

Las famosas leyes de pobres de Isabel, promulgadas en 1601, inicialmente buscaban socorrer a los pobres desamparados, enfermos, ancianos e impotentes, pero en su administración se otorgaba una parte a todos los que la solicitaban . A los empleadores, por supuesto, les resultaba más barato contratar mano de obra parcialmente pagada por la parroquia, y el trabajador agrícola independiente que no quería ir a la parroquia veía reducidos sus salarios por esta competencia. Esto continuó causando llanto. [pág. 198]mal hasta alcanzar las proporciones descritas por May: “ A medida que el costo del pauperismo, así fomentado, aumentaba, los contribuyentes más pobres se vieron reducidos a la pobreza. La tierra estaba mal cultivada por el trabajo de los pobres, y su renta consumida por las tasas parroquiales. En un período de cincuenta años, las tasas para pobres se cuadruplicaron y alcanzaron, en 1833, la enorme cantidad de £8,600,000. En muchas parroquias se acercaban al valor anual de la tierra misma ” . 173 Las antiguas leyes de pobres fueron derogadas, y en 1834 entró en vigor el sistema de casas de trabajo, que, si bien no negaba la subsistencia a todos los nacidos, requería que la prestación de ayuda se hiciera lo más desagradable posible, para estimular entre los pobres un sentimiento de repugnancia hacia toda ayuda de la comunidad. Esta es también la idea general de la ayuda a los pobres en Estados Unidos.

Cultivar el principio de autoayuda en cada trabajador es, sin duda, el objetivo correcto. En Estados Unidos, organizaciones benéficas voluntarias se han unido en algunas ciudades para supervisar todos los casos de pobreza mediante la presencia de varios visitantes en cada distrito, quienes aconsejan y aconsejan a los desafortunados, pero nunca dan dinero. Este sistema ha tenido mucho éxito y, al basar sus operaciones en el principio de autoayuda, ha demostrado con creces su derecho a una influencia cada vez mayor.

§ 3. Subsidios para el aumento del salario y del nivel de vida.

Además de los intentos de regular los salarios y asegurar artificialmente que todos los dispuestos a trabajar reciban un salario adecuado por su labor, debemos considerar otra clase de remedios populares que no pretenden interferir con la libertad de contratación; que dejan que los salarios sean fijados por la competencia del mercado, pero, cuando se consideran insuficientes, intentan, mediante algún recurso subsidiario, compensar la insuficiencia de los trabajadores. De esta naturaleza era el sistema de subsidios. Siendo el principio de este sistema, abiertamente, adaptar los recursos de cada familia a sus necesidades, era una consecuencia natural que se diera más a los casados que a los solteros, y a quienes tenían familias numerosas que a quienes no las tenían; de hecho, solía concederse un subsidio por cada hijo. Es obvio que esto es simplemente otra forma de fijar un salario mínimo.

Existe una tasa de salario, ya sea la más baja en la que se basa el [pág. 199]La gente puede, o lo mínimo con lo que consientan, vivir. Supongamos que son siete chelines semanales. Conmocionadas por la miseria de esta miseria, las autoridades parroquiales, con humanidad, la aumentan a diez. Pero los trabajadores están acostumbrados a siete, y aunque con gusto recibirían más, prefieren vivir con eso (como lo demuestra el hecho) antes que reprimir el instinto de multiplicación. Sus hábitos no mejorarán al darles la paga parroquial. Al recibir tres chelines de la parroquia, estarán tan bien como antes, aunque deberían aumentar lo suficiente como para reducir los salarios a cuatro chelines. En consecuencia, reducirán el número de personas a ese nivel; o, quizás, sin esperar un aumento en el número, hay suficientes trabajadores desempleados en el hospicio para producir el efecto de inmediato. Es bien sabido que el sistema de subsidios funcionó en la práctica de la manera descrita, y que bajo su influencia los salarios cayeron a un nivel inferior al conocido anteriormente en Inglaterra.

El impacto de un nivel de vida bajo sobre los salarios de quienes tienen uno más alto se ha observado en Estados Unidos, hasta cierto punto, con el desembarco de trabajadores chinos en nuestras costas, quienes mantienen un nivel de vida considerablemente inferior al de sus competidores estadounidenses o irlandeses. Si llegan en cantidades suficientes para conservar su nivel de vida bajo formando un grupo propio, y por lo tanto no se integran al grupo de trabajadores con un nivel de vida más alto, pueden, en la medida de su capacidad laboral, desalojar a otros trabajadores. Esto, además, es exactamente lo que hicieron los irlandeses, quienes expulsaron a los estadounidenses de las fábricas de Nueva Inglaterra, y quienes ahora están siendo expulsados, probablemente, por los francocanadienses, con un nivel de vida inferior al de los irlandeses. Los chinos llegan ahora sin sus familias, como se puede apreciar en el diagrama adjunto, en el que el lado sombreado representa a los hombres a la izquierda y el lado sin sombrear a las mujeres a la derecha de la línea perpendicular.

Década.

Machos.

Hembras.

1

6

4

2

106

12

3

351

37

4

283

15

5

139

3

6

32

1

7

10

0

8

1

0

9

0

0

[pág. 200]

Las líneas horizontales indican las edades, siendo la mayor cantidad de personas de unos treinta años. Se observará cuántos están en la flor de la vida y cuán pocos niños y mujeres hay.

No es necesario decir que aquí se aborda el aspecto económico de una cuestión cuya solución exige además muchas consideraciones éticas y políticas.

§ 4. Razones para esperar una mejora en la opinión pública sobre el tema de población.

¿Con qué medios, entonces, se combatirá la pobreza? ¿Cómo se remediará el mal de los bajos salarios? Si los recursos que se suelen recomendar no se adaptan, ¿no cabe pensar en otros? ¿Es el problema insoluble? ¿Puede la economía política no hacer nada, sino solo oponerse a todo y demostrar que no se puede hacer nada? Quienes consideran inútil que las clases trabajadoras sean inducidas a practicar la prudencia suficiente en cuanto al aumento de sus familias, porque hasta ahora no han llegado a ese punto, demuestran incapacidad para apreciar los principios comunes de la acción humana. Probablemente, para lograr ese resultado no se necesitaría nada más que una opinión generalizada de que es deseable.

Pero imaginemos qué sucedería si se generalizara entre la clase trabajadora la idea de que la competencia excesivamente numerosa es la principal causa de su pobreza. A menudo se nos dice que la percepción más completa de la dependencia de los salarios con respecto a la población no influirá en la conducta de un trabajador, porque no son los hijos que pueda tener los que tendrán un efecto negativo en el mercado laboral. Es cierto, y también es cierto, que la huida de un soldado no perderá la batalla; por lo tanto, no es esa consideración la que mantiene a cada soldado en su rango: es la desgracia que natural e inevitablemente acompaña a la conducta de cualquier individuo, la cual, si fuera seguida por la mayoría, todo el mundo puede ver que sería fatal. Rara vez se encuentran hombres que desafíen la opinión general de su clase, a menos que estén respaldados por un principio superior al respeto por la opinión, o por una sólida base de opinión en otras partes.

Si alguna vez la opinión se estableciera generalmente entre los [pág. 201]clase trabajadora que su bienestar requería una regulación debida del número de familias, la parte respetable y bien dirigida del cuerpo se conformaría a la prescripción, y sólo se eximirían de ella aquellos que tuvieran el hábito de restar importancia a las obligaciones sociales en general; y habría entonces una justificación evidente para convertir la obligación moral de no traer al mundo hijos que son una carga para la comunidad, en una obligación legal; así como en muchos otros casos del progreso de la opinión, la ley termina imponiendo a las minorías recalcitrantes obligaciones que, para ser útiles, deben ser generales, y que, por un sentido de su utilidad, una gran mayoría ha consentido voluntariamente en asumir.

La dependencia de los salarios del número de competidores por empleo es tan difícil de comprender o ininteligible para las clases trabajadoras, que grandes grupos de ellas ya la reconocen y la aplican habitualmente. Es algo familiar para todos los sindicatos: toda combinación exitosa para mantener altos los salarios debe su éxito a estrategias para restringir el número de competidores; todos los oficios cualificados se esfuerzan por controlar su propio número, y muchos imponen, o intentan imponer, como condición a los empleadores que no contraten más de un número prescrito de aprendices. Existe, por supuesto, una gran diferencia entre limitar su número excluyendo a otros y hacer lo mismo mediante una restricción impuesta a sí mismos; pero tanto uno como el otro muestran una clara percepción de la relación entre su número y su remuneración. El principio se entiende en su aplicación a cualquier empleo, pero no a la masa laboral general. Hay varias razones para ello: primero, la operación de las causas se ve más fácil y distintamente en el campo más circunscrito; segundo, los artesanos expertos son una clase más inteligente que los trabajadores manuales comunes; y el hábito de concertarse y de pasar revista a su condición general como oficio mantiene una mejor comprensión de sus intereses colectivos; tercero y último, son los más [pág. 202]providentes, porque son los que mejor están y los que más tienen para preservar.

§ 5. Dos medios para elevar los hábitos del pueblo trabajador: la educación y la colonización nacional y extranjera.

Para modificar los hábitos de los trabajadores, se requiere una doble acción, dirigida simultáneamente a su inteligencia y a su pobreza. Una educación nacional efectiva de los hijos de la clase trabajadora es lo primero; y, coincidentemente, un sistema de medidas que (como la Revolución francesa) erradique la pobreza extrema durante toda una generación. Sin entrar en cuestiones controvertidas, se puede afirmar sin escrúpulos que el objetivo de toda formación intelectual para las masas populares debe ser cultivar el sentido común; capacitarlas para formarse un juicio práctico y sólido de las circunstancias que las rodean. [Pero] la educación no es compatible con la pobreza extrema. Es imposible educar eficazmente a una población indigente. Para lograr este objetivo existen dos recursos: sin perjudicar a nadie, sin los riesgos de perjuicio que conlleva la caridad voluntaria o legal, y no solo sin debilitar, sino por el contrario, fortaleciendo todo incentivo para la laboriosidad y todo motivo para la previsión.

La primera es una gran medida nacional de colonización. Me refiero a una subvención de fondos públicos suficiente para expulsar de inmediato y establecer en las colonias a una fracción considerable de la población agrícola joven. Otros han demostrado que la colonización a escala adecuada podría llevarse a cabo sin costo alguno para el país, o sin costo alguno que no se reembolsara con certeza; y que los fondos requeridos, incluso a modo de anticipo, no provendrían del capital empleado en el mantenimiento de la mano de obra, sino de ese excedente que no puede emplearse con la rentabilidad necesaria para compensar la abstinencia del poseedor, y que, por lo tanto, se invierte en el extranjero o se malgasta en especulaciones descabelladas.

El segundo recurso sería dedicar todas las tierras comunes, que en adelante se dedicarían al cultivo, a la crianza de una clase de [pág. 203]Pequeños propietarios. Propongo que las tierras comunales se dividan en parcelas de cinco acres aproximadamente, para ser conferidas en propiedad absoluta a individuos de la clase trabajadora que las reclamen y las cultiven con su propio trabajo.

Esta sugerencia tiene el mismo propósito que la propuesta de que nuestro Gobierno debería conservar sus tierras públicas y ayudar a la formación de un gran número de pequeños agricultores, en lugar de fomentar, mediante enormes subvenciones, grandes propiedades en los estados y territorios occidentales. 174

Se debería dar preferencia a los trabajadores, y muchos de ellos han ahorrado lo suficiente para mantenerse hasta la primera cosecha, o tienen un carácter tal que incita a una persona responsable a adelantarles la cantidad necesaria a cambio de su garantía personal. Las herramientas, el abono y, en algunos casos, también los gastos de manutención, podrían ser proporcionados por la parroquia o por el estado; el interés del anticipo, al tipo de interés generado por los fondos públicos, se establecería como una renta perpetua, con la facultad del campesino de redimirlo en cualquier momento por un número moderado de años de compra. Estas pequeñas propiedades podrían, si se considerara necesario, ser indivisibles por ley; sin embargo, si el plan funcionara como se ha diseñado, no preveo ningún grado de subdivisión objetable. En caso de sucesión intestada, y a falta de un acuerdo amistoso entre los herederos, el gobierno podría comprarlas por su valor y volver a cederlas a otro trabajador que pudiera garantizar el precio. El deseo de poseer una de estas pequeñas propiedades probablemente se convertiría, como en el continente, en un incentivo a la prudencia y a la economía que impregnaría a toda la población trabajadora; y ese gran desideratum se proporcionaría a un pueblo de trabajadores asalariados, una clase intermedia entre ellos y sus empleadores, brindándoles la doble ventaja de un objeto para sus esperanzas y, como habría buenas razones para anticipar, un ejemplo para su imitación.

[pág. 204]

Sin embargo, sería de poca utilidad que se adoptara una o ambas de estas medidas de alivio, a menos que fueran en una escala que permitiera a todo el cuerpo de trabajadores asalariados que permanecen en el suelo obtener no sólo empleo, sino un gran aumento en sus salarios actuales, un aumento que les permitiera vivir y criar a sus hijos en un grado de comodidad e independencia del que hasta ahora han sido ajenos.

[pág. 205]


Capítulo IV. De las diferencias de salarios en los distintos empleos.

§ 1. Diferencias de salarios resultantes de distintos grados de atractivo en distintos empleos.

Al tratar los salarios, hasta ahora nos hemos limitado a las causas que los afectan en general y en conjunto ; las leyes que rigen la remuneración del trabajo ordinario o promedio, sin considerar la existencia de diferentes tipos de trabajo que habitualmente se pagan a tasas diferentes, dependiendo en cierta medida de leyes diferentes. Ahora consideraremos estas diferencias y examinaremos cómo afectan o se ven afectadas por las conclusiones ya establecidas.

Las diferencias, dice Adam Smith, surgen en parte “de ciertas circunstancias en los propios empleos, que, ya sea en realidad o al menos en la imaginación de los hombres, compensan una pequeña ganancia monetaria en algunos y compensan una gran ganancia en otros”. Considera que estas circunstancias son: “Primero, lo agradable o desagradable de los empleos en sí; segundo, la facilidad y el bajo costo, o la dificultad y el gasto de aprenderlos; tercero, la constancia o inconstancia del empleo en ellos; cuarto, la poca o gran confianza que debe depositarse en quienes los ejercen; y, quinto, la probabilidad o improbabilidad de éxito en ellos”.

(1.) “El salario del trabajo varía según la facilidad o la dificultad, la limpieza o la suciedad, la honorabilidad o la deshonra del empleo. Un herrero oficial, aunque sea artesano, rara vez gana tanto en doce horas como un minero, que es solo un obrero, en ocho. Su trabajo [pág. 206]No es tan sucio, es menos peligroso y se ejerce a la luz del día y en la superficie. El honor constituye una gran parte de la recompensa de todas las profesiones honorables. En cuanto a ganancias pecuniarias, considerando todo, su recompensa está, en su opinión, por debajo de la media. La deshonra tiene el efecto contrario. El oficio de carnicero es un negocio brutal y odioso; pero en la mayoría de los lugares es más rentable que la mayor parte de los oficios comunes. El más detestable de todos los empleos, el de verdugo público, está, en proporción a la cantidad de trabajo realizado, mejor pagado que cualquier oficio común.

(2.) “El empleo es mucho más constante”, continúa Adam Smith, “en algunos oficios que en otros. En la mayor parte de las manufacturas, un oficial puede tener empleo casi todos los días del año que pueda trabajar. Un albañil, por el contrario, no puede trabajar ni con heladas intensas ni con mal tiempo, y su empleo en cualquier otro momento depende de las visitas ocasionales de sus clientes. En consecuencia, corre el riesgo de quedarse sin trabajo con frecuencia. Por lo tanto, lo que gana mientras trabaja no solo debe mantenerlo mientras está inactivo, sino también compensarlo por esos momentos de ansiedad y desánimo que a veces le ocasiona la idea de una situación tan precaria”.

Cuando (1) la inconstancia del empleo se combina con (2) la dureza, la incomodidad y la suciedad del trabajo, a veces eleva los salarios del trabajo más común por encima de los de los artesanos más hábiles. Se supone que un minero que trabaja a destajo en Newcastle gana comúnmente aproximadamente el doble, y en muchas partes de Escocia hasta el triple, del salario del trabajo común. Sus altos salarios se deben en su totalidad a la dureza, la incomodidad y la suciedad de su trabajo. Su empleo puede, en la mayoría de las ocasiones, ser tan constante como desee. Los carboneros de Londres ejercen un oficio que en dureza, suciedad y desventuras casi iguala al de los mineros; y debido a la inevitable irregularidad en la llegada de los buques carboneros, [pág. 207]El empleo de la mayor parte de ellos es necesariamente muy inestable. Si los mineros, por lo tanto, suelen ganar el doble y el triple del salario del trabajo común, no debería parecer descabellado que los cargadores de carbón a veces ganen cuatro o cinco veces más. En la investigación realizada sobre su situación hace unos años, se descubrió que, al ritmo al que se les pagaba entonces, podían ganar aproximadamente cuatro veces el salario del trabajo común en Londres.

Estas desigualdades de remuneración, que se supone compensan las circunstancias desagradables de empleos particulares, serían, en ciertas condiciones, consecuencias naturales de una competencia perfectamente libre; y como entre empleos de aproximadamente el mismo grado y ocupados por personas casi del mismo tipo, sin duda, en su mayor parte se realizan en la práctica.

Pero es una visión completamente errónea de la situación presentar esta como la relación que generalmente existe entre empleos agradables y desagradables. Los trabajos realmente agotadores y los realmente repulsivos, en lugar de estar mejor pagados que otros, casi invariablemente son los peor pagados, porque los realizan quienes no tienen otra opción. Si los trabajadores en conjunto, en lugar de exceder, no alcanzaran la cantidad de empleo, el trabajo que generalmente desagrada no se emprendería, salvo por un salario superior al ordinario. Pero cuando la oferta de trabajo supera con creces la demanda, que encontrar empleo es una incertidumbre, y que se le ofrezca en cualquier condición un favor, la situación es totalmente opuesta. En parte por esta causa, y en parte por los monopolios naturales y artificiales, de los que hablaremos más adelante, las desigualdades salariales generalmente van en dirección opuesta al principio equitativo de compensación, erróneamente representado por Adam Smith como la ley general de la remuneración del trabajo.

(3.) Uno de los puntos mejor ilustrados por Adam Smith es la influencia que ejerce sobre la remuneración de un empleo la incertidumbre del éxito en él. Si las probabilidades de fracaso total son altas, la recompensa en caso de éxito debe ser... [pág. 208]Suficiente para compensar, según la estimación general, esas adversidades. Si pones a tu hijo de aprendiz de zapatero, es poco probable que aprenda a hacer un par de zapatos; pero si lo envías a estudiar derecho, es al menos veinte a uno si alguna vez adquiere la competencia suficiente para vivir del oficio. En una lotería perfectamente justa, quienes sacan los premios deberían ganar todo lo que pierden quienes no sacan nada. En una profesión donde veinte fallan por uno que acierta, este debería ganar todo lo que deberían haber ganado los veinte fracasados. Por muy extravagantes que parezcan a veces los honorarios de los abogados, su verdadera retribución nunca es igual a esto.

§ 2. Diferencias derivadas de los Monopolios Naturales.

Los casos anteriores son casos en los que la desigualdad de remuneración es necesaria para generar igualdad de atractivo y constituyen ejemplos del efecto igualador de la libre competencia. Los siguientes son casos de desigualdad real y se derivan de un principio diferente.

(4.) “Los salarios del trabajo varían según la pequeña o gran confianza que se deposite en los obreros. Los salarios de los orfebres y joyeros son superiores en todas partes a los de muchos otros obreros, no solo de igual ingenio, sino de un ingenio muy superior, debido a los materiales preciosos que se les confían”. La superioridad de la remuneración no es aquí consecuencia de la competencia, sino de su ausencia: no una compensación por las desventajas inherentes al empleo, sino una ventaja adicional; una especie de precio de monopolio, efecto no de un monopolio legal, sino de lo que se ha denominado monopolio natural. Si todos los obreros fueran dignos de confianza, no sería necesario pagar un salario extra a los orfebres en función de la confianza. Dado que el grado de integridad requerido se supone poco común, quienes logran aparentar poseerlo pueden aprovechar esta peculiaridad y obtener un salario mayor en proporción a su rareza.

Esta misma explicación de un monopolio natural se aplica exactamente a las causas que otorgan a los gerentes ejecutivos capaces, que supervisan las operaciones productivas, las recompensas usualmente altas por [pág. 209]trabajo bajo el nombre de " salarios de superintendencia " . Si los gerentes exitosos de fábricas de algodón o lana fueran tan abundantes, en proporción a la demanda, como los artesanos comunes, en proporción a la demanda, entonces los primeros no obtendrían mayores recompensas que los segundos. Los ejecutivos y gerentes empresariales capaces obtienen altos salarios únicamente sobre la base, como se explicó anteriormente, del monopolio; es decir, porque su número, debido a causas naturales, es reducido en relación con la demanda en todas las industrias del país.

(5.) Algunos empleos requieren un tiempo de aprendizaje mucho más largo y una formación mucho más costosa que otros; y en este sentido, como explicó Adam Smith, existe una razón inherente para que estén mejor remunerados. Por consiguiente, los salarios deben generar, además del salario ordinario, una anualidad suficiente para reembolsar estas sumas, con la tasa de ganancia habitual, dentro del número de años que [el trabajador] puede esperar vivir y estar en condiciones de trabajar.

Pero, independientemente de estos u otros monopolios artificiales, existe un monopolio natural a favor de los trabajadores cualificados frente a los no cualificados, lo que hace que la diferencia de remuneración supere, a veces en una proporción considerable, lo suficiente para igualar sus ventajas. Pero el hecho de que se requiera un curso de instrucción, incluso de bajo costo, o que el trabajador deba mantenerse durante un tiempo considerable con otras fuentes, basta en todas partes para excluir a la gran masa de trabajadores de la posibilidad de dicha competencia. Hasta hace poco, todos los empleos que requerían incluso la humilde educación de la lectura y la escritura solo podían ser reclutados entre una clase selecta, pues la mayoría no había tenido la oportunidad de adquirir esas habilidades.

Aquí se encuentra el germen de la idea, que ha sido elaborada detalladamente por el Sr. Cairnes 175 en su teoría de los grupos de trabajadores no competitivos: “ Lo que encontramos, en efecto, no es una población entera compitiendo indiscriminadamente por todas las ocupaciones, sino una serie de capas industriales superpuestas unas sobre otras, dentro de cada una de las cuales se encuentran los diversos candidatos para el empleo. [pág. 210]poseen un poder real y efectivo de selección, mientras que quienes ocupan los diversos estratos están, a todos los efectos de una competencia efectiva, prácticamente aislados unos de otros ” . (El Sr. Mill ciertamente comprendió esto plenamente y lo expresó claramente de nuevo en el Libro III, Cap. II, § 2 ).

Sin embargo, los cambios que se producen tan rápidamente en los usos e ideas están socavando todas estas distinciones; los hábitos o discapacidades que encadenaban a las personas a su condición hereditaria se están desvaneciendo rápidamente, y cada clase social está expuesta a una competencia cada vez mayor, al menos de la clase inmediatamente inferior. La relajación general de las barreras convencionales y las mayores facilidades educativas que ya están, y estarán en un grado mucho mayor, al alcance de todos, tienden a producir, entre muchos efectos excelentes, uno que es el contrario: tienden a reducir los salarios de la mano de obra cualificada.

§ 3. Efecto sobre los salarios de la competencia de personas que tienen otros medios de subsistencia.

Aún queda por notar una circunstancia modificadora que interfiere en cierta medida con el funcionamiento de los principios expuestos hasta ahora. Si bien es cierto, por regla general, que los ingresos del trabajo cualificado, y en especial de cualquier trabajo que requiera educación escolar, se encuentran a un nivel de monopolio debido a la imposibilidad, para la mayoría de la población, de obtener dicha educación, también es cierto que la política de las naciones, o la generosidad de los individuos, anteriormente contribuía en gran medida a contrarrestar el efecto de esta limitación de la competencia, al ofrecer instrucción eleemosinaria a un grupo mucho mayor de personas que las que habrían obtenido las mismas ventajas pagando su precio.

[Adam Smith ha señalado que] “siempre que la ley ha intentado regular los salarios de los obreros, siempre ha sido más bien para bajarlos que para subirlos. Pero en muchas ocasiones la ley ha intentado aumentar los salarios de los curas y, por la dignidad de la Iglesia, obligar a los rectores de las parroquias a darles más que la miserable manutención que ellos mismos estarían dispuestos a aceptar. Y en ambos casos la ley parece haber sido igualmente ineficaz, y nunca ha podido aumentarlos”. [pág. 211]los salarios de los curas o rebajar los de los obreros hasta el grado que se pretendía, porque nunca ha podido impedir ni a los unos el estar dispuestos a aceptar menos de lo legal, a causa de la indigencia de su situación y la multitud de sus competidores, ni a los otros recibir más, a causa de la competencia contraria de los que esperaban sacar provecho o placer de emplearlos”.

Aunque los premios monetarios más altos para una autoría exitosa son incomparablemente mayores que en cualquier época anterior, sin embargo, en cualquier cálculo racional de las posibilidades, en la competencia actual, casi ningún escritor puede aspirar a ganarse la vida con los libros, y hacerlo con revistas y reseñas se vuelve cada día más difícil. Solo los tipos de trabajo literario más problemáticos y desagradables, y aquellos que no otorgan fama personal, como la mayoría de los relacionados con los periódicos o las publicaciones periódicas más pequeñas, son de los que una persona culta puede depender ahora para subsistir. En estos casos, la remuneración es, en general, decididamente alta; porque, aunque expuestos a la competencia de los que solían llamarse "eruditos pobres" (personas que han recibido una educación erudita de alguna organización benéfica pública o privada), están exentos de la de los aficionados, ya que quienes cuentan con otros medios de subsistencia rara vez son candidatos para tales empleos.

Cuando una ocupación es ejercida principalmente por personas que obtienen la mayor parte de su subsistencia de otras fuentes, su remuneración puede ser prácticamente igual de inferior a los salarios de un trabajo igualmente arduo en otros empleos. El principal ejemplo de este tipo son las manufacturas domésticas. Cuando el hilado y el tejido se realizaban en cada casa de campo, por familias que obtenían su principal sustento de la agricultura, el precio de venta de sus productos (que constituía la remuneración de su trabajo) era a menudo tan bajo que se habría requerido una maquinaria muy perfeccionada para venderlo a un precio inferior. El monto de la remuneración en tal caso depende principalmente de la cantidad de la mercancía producida por este tipo de trabajo. [pág. 212]es suficiente para satisfacer la demanda total. Si no es así, y se necesita que algunos trabajadores se dediquen por completo al empleo, el precio del artículo debe ser suficiente para pagar a esos trabajadores al precio normal y, por lo tanto, para recompensar generosamente a los productores nacionales. Pero si la demanda es tan limitada que la manufactura nacional puede satisfacerla con creces, el precio se mantiene naturalmente al nivel más bajo que las familias campesinas consideran conveniente para continuar la producción. Hasta aquí, en cuanto a la remuneración del empleo secundario, el efecto para los trabajadores de contar con este recurso adicional es casi seguro (a menos que intervengan causas contrarias peculiares) una disminución proporcional de los salarios de su ocupación principal.

Por la misma razón, se observa que, en igualdad de condiciones , aquellos oficios en los que la esposa y los hijos del artesano colaboran suelen ser los peor pagados. Los ingresos que exigen los hábitos de la clase, y que casi con seguridad se multiplicarán, se compensan en esos oficios con las ganancias de toda la familia, mientras que en otros, los mismos ingresos deben obtenerse con el trabajo del hombre solo. Incluso es probable que sus ganancias colectivas asciendan a una suma menor que las del hombre solo en otros oficios, porque la restricción prudencial al matrimonio es inusualmente débil cuando la única consecuencia inmediata es una mejora de las circunstancias, pues las ganancias conjuntas de ambos contribuyen más a la economía doméstica después del matrimonio que antes.

Esta afirmación parece corroborarse con las estadísticas salariales 176 tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. En nuestras fábricas de algodón, donde las mujeres realizan ciertos trabajos con igual éxito que los hombres, los salarios de estos últimos son inferiores a los de otros empleos, donde las mujeres no pueden acceder.

Herreros, por semana: $16.74
Familia de cuatro: Cajoneros, fábrica de algodón—hombre, por semana: $5.50
Familia de cuatro: Cajoneras, fábrica de algodón—mujer, por semana: $5.50
Familia de cuatro: Mantenedores, dos niños: $4.50
Total: $15.50

[pág. 213]

En este caso, la familia de cuatro personas en conjunto recibe aproximadamente lo mismo que el salario de un solo herrero.

§ 4. Salarios de las mujeres, ¿por qué son inferiores a los de los hombres?

Cuando hombres y mujeres trabajan en el mismo empleo, si se trata de uno para el que poseen la misma capacidad física, no siempre reciben salarios desiguales. Las mujeres en las fábricas a veces ganan tanto como los hombres; y lo mismo ocurre en el tejido a mano, que, al pagarse por pieza, pone a prueba su eficiencia. Cuando la eficiencia es igual, pero el salario desigual, la única explicación posible es la costumbre. Pero la cuestión principal se refiere a los empleos específicos de las mujeres. La remuneración de estas siempre es, creo, muy inferior a la de empleos de igual habilidad e igual de desagradables realizados por hombres. En algunos de estos casos, la explicación es evidentemente la ya dada: como en el caso del servicio doméstico, cuyos salarios, en general, no están determinados por la competencia, sino que superan con creces el valor de mercado del trabajo, y en este exceso, como en casi todas las cosas reguladas por la costumbre, el sexo masculino obtiene, con diferencia, la mayor parte. En las ocupaciones en que los empleadores aprovechan plenamente la competencia, los bajos salarios de las mujeres, en comparación con los ingresos ordinarios de los hombres, son una prueba de que los empleos están saturados: aunque un número mucho menor de mujeres que de hombres se mantienen con salarios, las ocupaciones que la ley y el uso hacen accesibles a ellas son comparativamente tan pocas que el campo de su empleo está aún más saturado.

Sin embargo, en los empleos accesibles a las mujeres, como la sombrerería y la confección, algunas pueden cobrar precios excesivamente altos por su trabajo, ya que, al haberse ganado una reputación de habilidad y buen gusto, pueden exigir a los altos precios de sus artículos lo que en realidad son sus altos salarios. En estos empleos, las mujeres no pueden ganarse la vida no tanto por falta de trabajo, sino por no aportar a su profesión la destreza y las cualidades empresariales (debido, por supuesto, a su desacostumbrada crianza) necesarias para el éxito de cualquier persona, ya sea hombre o mujer.

[pág. 214]

Cabe observar que, en la situación actual, un grado suficiente de hacinamiento puede reducir los salarios de las mujeres a un mínimo mucho menor que el de los hombres. El salario, al menos para las mujeres solteras, debe ser igual a su manutención, pero no necesariamente superior; el mínimo, en su caso, es la miseria absolutamente necesaria para el sustento de un ser humano. Ahora bien, el punto más bajo al que la competencia más sobreabundante puede reducir permanentemente los salarios de un hombre es siempre algo superior. Cuando la esposa de un trabajador no contribuye, por costumbre general, a sus ingresos, el salario del hombre debe ser al menos suficiente para mantenerse a sí mismo, a una esposa y a un número adecuado de hijos para mantener a la población, ya que, si fuera menor, esta no se mantendría.

§ 5. Diferencias de salarios originadas por leyes, combinaciones o costumbres.

Hasta ahora, a lo largo de este análisis, hemos partido del supuesto de que la competencia es libre, en lo que respecta a la interferencia humana, y está limitada únicamente por causas naturales o por el efecto imprevisto de las circunstancias sociales generales. Sin embargo, la ley o la costumbre pueden interferir para limitar la competencia. Si las leyes de aprendizaje o las regulaciones de las entidades corporativas hacen que el acceso a un empleo específico sea lento, costoso o difícil, los salarios de dicho empleo pueden mantenerse muy por encima de su proporción natural con respecto a los salarios del trabajo común. Sin embargo, en algunos oficios, y hasta cierto punto, las combinaciones de trabajadores producen un efecto similar. Dichas combinaciones siempre fracasan en mantener los salarios a una tasa artificial a menos que también limiten el número de competidores. Dejando de lado las atrocidades que a veces cometen los trabajadores en forma de ultraje personal o intimidación, que no pueden ser reprimidas con demasiada rigidez, si el estado actual de los hábitos generales de la gente se mantuviera para siempre sin mejorar, estas combinaciones parciales, en la medida en que logran mantener altos los salarios de cualquier oficio limitando su número, podrían considerarse simplemente como una trinchera alrededor de un lugar particular contra los avances de la superpoblación y haciendo que los salarios de la clase dependan de su propia tasa de [pág. 215]aumentar, en lugar de depender de una clase más imprudente e imprevisora que la suya.

Para concluir este tema, debo repetir una observación ya hecha: existen tipos de trabajo cuyos salarios se fijan por costumbre, y no por competencia. Tales son los honorarios o cargos de profesionales: médicos, cirujanos, abogados e incluso procuradores.

[pág. 216]


Capítulo V. De las Ganancias.

§ 1. Las utilidades incluyen los intereses y los riesgos; pero, propiamente hablando, no incluyen los salarios de la superintendencia.

Tras abordar la participación del trabajador en el producto, pasamos a la participación del capitalista; las ganancias del capital o acciones; las ganancias de quien adelanta los gastos de producción: quien, con fondos en su poder, paga los salarios de los trabajadores o los mantiene durante el trabajo; quien proporciona los edificios, materiales, herramientas o maquinaria necesarios; y a quien, según los términos habituales del contrato, pertenece el producto, para que disponga de él a su antojo. Tras indemnizarlo por su desembolso, suele quedar un excedente, que constituye su ganancia; el ingreso neto de su capital [y habilidad]; la cantidad que puede permitirse gastar en artículos de primera necesidad o placeres, o que, mediante un mayor ahorro, puede aumentar su riqueza.

Así como el salario del trabajador es la remuneración del trabajo, una parte de las ganancias del capitalista son, según la acertada expresión del Sr. Senior, la remuneración de la abstinencia. Son lo que obtiene al abstenerse de consumir su capital para sus propios fines y permitir que lo consuman los trabajadores productivos para sus propios fines. Por esta abstención, exige una recompensa.

Sin embargo, de las ganancias que la posesión de un capital permite obtener, (1) solo una parte es propiamente equivalente al uso del capital mismo; es decir, tanto como una persona solvente estaría dispuesta a pagar por su préstamo. Esto, que como todos saben se llama interés, es todo lo que una persona puede obtener simplemente absteniéndose de... [pág. 217]Consumo inmediato de su capital y permitir que otros lo utilicen con fines productivos. La remuneración que se obtiene en cualquier país por la mera abstinencia se mide por la tasa de interés vigente sobre la mejor garantía; aquella que excluye cualquier posibilidad apreciable de perder el capital. Lo que una persona que supervisa el empleo de su propio capital espera ganar siempre es mayor, y generalmente mucho mayor, que esto. La tasa de ganancia supera con creces la tasa de interés. (2.) El excedente es en parte una compensación por el riesgo. Al prestar su capital con garantías irreprochables, corre poco o ningún riesgo. Pero si emprende un negocio por cuenta propia, siempre expone su capital a cierto riesgo, en muchos casos muy grave, de pérdida parcial o total. Por este riesgo debe ser compensado; de lo contrario, no lo incurrirá. (3.) Asimismo, debe ser remunerado por la dedicación de su tiempo y trabajo. El control de las operaciones de una industria suele recaer en quien aporta la totalidad o la mayor parte de los fondos con los que se llevan a cabo, y quien, según el acuerdo habitual, es el único interesado o el más interesado (al menos directamente) en el resultado. Ejercer este control con eficiencia, si la empresa es grande y compleja, requiere gran asiduidad y, a menudo, una habilidad extraordinaria. Esta asiduidad y habilidad deben ser remuneradas.

Las ganancias brutas del capital, las ganancias devueltas a quienes suministran los fondos para la producción, deben ser suficientes para estos tres propósitos; y las tres partes en que se puede considerar que se resuelve la ganancia pueden describirse respectivamente como interés, seguro y salarios de supervisión.

Dado que el riesgo es la causa que afecta la tasa de interés, sería mucho más sencillo considerar toda la recompensa por la abstinencia como interés, cuya tasa se ve afectada por el riesgo; y excluir cuidadosamente de las ganancias del capital el pago por la asiduidad y la habilidad, que es claramente el salario del trabajo. El salario de la supervisión, como cualquiera debe admitir tras un momento de reflexión, no tiene ninguna conexión necesaria con la posesión de capital. El objeto en el que se ocupa el trabajador no justifica su asociación. [pág. 218]Salarios con el nombre de esa cosa; porque un gerente altamente calificado supervise las operaciones del capital, no se deduce que posea capital ni que se le deba pagar por la posesión de capital. El hombre que palea cenizas no recibe salarios de cenizas, como tampoco quien supervisa el capital ajeno recibe la recompensa del capital. El pago por los servicios, tanto en un caso como en el otro, depende de la habilidad del gerente, al igual que ocurre con un mecánico común, aumentando o disminuyendo según su aptitud para el trabajo específico. La habilidad como gerente es la causa; el monto de la remuneración es la consecuencia. De ser así, entonces los salarios de la supervisión no tienen una conexión lógica, en sentido económico, con el capital como el factor que determina el monto de su recompensa, como tampoco afecta los salarios de cualquier trabajo. El pago por el uso del capital, simplemente como capital, puede verse en la cantidad que una viuda que no se dedica a negocios activos recibe de sus bienes invertidos en fideicomisos. Además, es cada vez menos cierto que el gerente de las operaciones industriales sea necesariamente el capitalista. Para comprobarlo, basta con observar a los gerentes ejecutivos (llamados " tesoreros " por costumbre) de las fábricas de algodón y lana, quienes reciben una remuneración completamente distinta del capital que hayan invertido en acciones de la corporación; y a los funcionarios de las grandes mutuas de seguros, quienes reciben los salarios de gerentes, pero por administrar el capital de otros. Por lo tanto, una gran parte —con mucho la mayor— de lo que suele llamarse ganancia debería considerarse salario, y las fuerzas que rigen su cuantía son las mismas que las que afectan a la cuantía de todos los demás tipos de salarios, como los que se analizaron en el capítulo anterior. El reconocimiento de esta distinción es de suma importancia y afecta profundamente a toda la cuestión de la distribución. Incluir los " salarios de supervisión " en las ganancias del capital supone complicar innecesariamente una de las cuestiones económicas más graves: las relaciones entre el capital y el trabajo.

§ 2. El Mínimo de Utilidades; lo que produce Variaciones en la Cuantía de las Utilidades.

La tasa de ganancia más baja que puede existir permanentemente es aquella que apenas alcanza, en un lugar y momento determinados, para compensar la abstinencia, el riesgo y el esfuerzo que implica el empleo del capital. De la ganancia bruta debe deducirse primero la cantidad necesaria para formar un fondo suficiente, en promedio, para cubrir todas las pérdidas derivadas del empleo. A continuación, debe proporcionar al propietario del capital un equivalente tal por abstenerse de consumirlo que le motive en ese momento a persistir en su abstinencia. La cantidad necesaria para formar este equivalente depende [pág. 219]En el valor comparativo que, en la sociedad dada, se asigna al presente y al futuro (en los términos utilizados anteriormente): en la fuerza del deseo efectivo de acumulación. Además, tras cubrir todas las pérdidas y remunerar al propietario por abstenerse de consumir, debe quedar algo para recompensar el trabajo y la habilidad de quien dedica su tiempo al negocio.

Tal es, pues, el mínimo de ganancias: pero ese mínimo es sumamente variable, y en algunos momentos y lugares extremadamente bajo, debido a la gran variabilidad de dos de sus tres elementos. Que la tasa de remuneración necesaria por la abstinencia, o en otras palabras, el deseo efectivo de acumulación, difiere ampliamente en los distintos estados de la sociedad y la civilización, se ha visto en un capítulo anterior. Existe una diferencia aún mayor en el elemento que consiste en la compensación por el riesgo.

La remuneración del capital en diferentes empleos, mucho más que la remuneración del trabajo, varía según las circunstancias que hacen que un empleo sea más atractivo o más repulsivo que otro. Por ejemplo, las ganancias del comercio minorista, en proporción al capital empleado, superan a las de los mayoristas o fabricantes, entre otras razones, porque se atribuye menos contraprestación al empleo. Sin embargo, la mayor de estas diferencias se debe a la diferencia de riesgo. Las ganancias de un fabricante de pólvora deben ser considerablemente mayores que la media para compensar los riesgos particulares a los que él y su propiedad están constantemente expuestos. Sin embargo, cuando, como en el caso de las aventuras marítimas, los riesgos particulares pueden conmutarse, y comúnmente se conmutan, por un pago fijo, la prima del seguro ocupa su lugar habitual entre los gastos de producción, y la compensación que el propietario del buque o cargamento recibe por dicho pago no figura en la estimación de sus ganancias, sino que se incluye en la reposición de su capital.

El mínimo de beneficios no puede incluir adecuadamente los salarios de superintendencia, ni tampoco está incluido, en la práctica, en el informe del Sr. Mill. [pág. 220]Las discusiones sobre el mínimo de ganancias se abordarán más adelante en este volumen. La influencia de los diversos elementos en la variación de la cantidad de ganancias podría expresarse de la siguiente manera: entre diferentes países y comunidades, con diferente deseo efectivo de acumulación, las ganancias pueden variar según el elemento de interés y riesgo; dentro del mismo distrito, donde el interés suele ser el mismo para el mismo título, las ganancias pueden variar según el riesgo asociado a diferentes industrias; y, dentro de las mismas ocupaciones, considerando el interés y el riesgo, los salarios de los supervisores pueden presentar una variación mayor que cualquiera de las otras dos causas, ya que un gerente hábil puede obtener una gran rentabilidad, mientras que uno pobre no. O bien, entre dos empleos, manteniendo el interés y el riesgo constantes, los salarios de los supervisores a veces producen una gran diferencia.

La parte de la ganancia bruta que constituye la remuneración del trabajo y la habilidad del comerciante o productor varía considerablemente según el empleo. Esta es la explicación que siempre se da de la extraordinaria tasa de ganancia de los boticarios. Existen casos, además, en los que se requiere una cantidad considerable de trabajo y habilidad para dirigir un negocio necesariamente de alcance limitado. En tales casos, se requiere una tasa de ganancia superior a la habitual para obtener únicamente la tasa de remuneración habitual.

Todos los monopolios naturales (es decir, aquellos que son creados por las circunstancias y no por la ley) que producen o agravan las disparidades en la remuneración de los diferentes tipos de trabajo, operan de manera similar entre los diferentes empleos del capital.

En este pasaje, el Sr. Mill señala claramente que las fluctuaciones salariales de un gerente se rigen por las mismas leyes que regulan las diferencias en las distintas remuneraciones del trabajo; sin embargo, las relaciona incorrectamente con el capital. Se observará que el Sr. Mill utiliza el término « ganancia bruta » en la página siguiente para evitar la dificultad, que inconscientemente le surge, de la presencia anómala del salario del gerente en la cuestión de la ganancia.

§ 3. Tendencia general de las ganancias a la igualdad.

Después de tener debidamente en cuenta estas diversas causas de desigualdad, a saber, la diferencia en el riesgo o la comodidad de los distintos empleos y los monopolios naturales o artificiales [que otorgan salarios mayores o menores de supervisión], [pág. 221]La tasa de ganancia del capital, en todos los empleos, tiende a la igualdad. La parte de la ganancia que constituye el interés propiamente dicho y que constituye la remuneración real por la abstinencia, es estrictamente la misma en el mismo momento y lugar, sea cual sea el empleo. La tasa de interés, sobre valores igualmente válidos, no varía según el destino del capital, aunque sí varía mucho ocasionalmente, según las circunstancias del mercado.

La situación es muy distinta con la ganancia bruta, que, si bien (como se verá más adelante) no varía mucho de un empleo a otro, varía enormemente de un individuo a otro y difícilmente puede ser la misma en dos casos. Depende del conocimiento, el talento, la economía y la energía del propio capitalista o de los agentes que emplea; de las circunstancias de sus contactos personales; e incluso del azar. Es difícil que dos comerciantes del mismo sector, incluso si sus productos son igualmente buenos y baratos, realicen su negocio con el mismo gasto o inviertan su capital en el mismo tiempo. Que capitales iguales generen ganancias iguales, como máxima general del comercio, sería tan falso como que igual edad o tamaño generen igual fuerza física, o que igual lectura o experiencia generen igual conocimiento. El efecto depende tanto de otros veinte factores como de la causa única especificada. En promedio (independientemente de las fluctuaciones ocasionales), los diversos empleos del capital se encuentran en una situación tal que ofrecen, no ganancias iguales, sino iguales expectativas de ganancias, a personas con capacidades y ventajas promedio. Por igual, me refiero a después de compensar cualquier inferioridad en la comodidad o seguridad de un empleo. Si no fuera así; si existieran, evidentemente, y según la experiencia común, mayores posibilidades de éxito económico en un negocio que en otros, más personas invertirían su capital en el negocio. Si, por el contrario, un negocio no se considera próspero; si se piensa que sus posibilidades de obtener ganancias son inferiores a las de otros empleos; el capital lo abandona gradualmente, o al menos no se atrae capital nuevo; y por este cambio en la distribución de [pág. 222]Al repartir el capital entre los empleos menos rentables y los más rentables, se restablece una especie de equilibrio.

Esto se puede mostrar fácilmente mediante un diagrama en el que el capital en un empleo está representado por AB , y que excede a CD , y el de otro empleo, por la cantidad de AF . No es necesario que todo el excedente, AF , se transfiera a CD para que los dos capitales sean iguales, sino solo AE , que, sumado a CD , iguala a CD con EB .

Este proceso de igualación, comúnmente descrito como la transferencia de capital de un empleo a otro, no es necesariamente la operación onerosa, lenta y casi impracticable que a menudo se presenta. En primer lugar, no siempre implica la retirada real del capital ya invertido en un empleo. En un estado de capital rápidamente progresivo, el ajuste suele producirse mediante las nuevas acumulaciones de cada año, que se dirigen preferentemente hacia los oficios más prósperos. Incluso cuando una transferencia real de capital es necesaria, no implica en absoluto que quienes se dedican al empleo improductivo abandonen el negocio y disuelvan sus establecimientos. Los numerosos y multifacéticos canales de crédito a través de los cuales, en las naciones comerciales, el capital desempleado se difunde por el campo de empleo, fluyendo en mayor abundancia hacia los niveles inferiores, son los medios por los cuales se logra la igualación. El proceso consiste en la limitación, por parte de una clase de comerciantes o productores, y la ampliación, por parte de otra, de la parte de su negocio que se realiza con capital prestado.

Los economistas políticos afirman que el capital se dirige a los oficios más rentables y abandona rápidamente los menos rentables y no rentables. Pero en los países comunes, este es un proceso lento, y algunas personas, que desean tener demostraciones visuales de verdades abstractas, se han inclinado a dudarlo porque no pueden verlo. El proceso sería suficientemente visible si tan solo se pudieran ver las cuentas de los corredores de letras y los banqueros. Si el comercio del hierro deja de ser tan rentable como... [pág. 223]Por lo general, se vende menos hierro; a menos ventas, menos letras; y, en consecuencia, disminuye el número de letras de hierro [en los bancos]. Por otro lado, si, como consecuencia de una mala cosecha, el comercio del maíz se vuelve repentinamente rentable, inmediatamente se crean letras de maíz en grandes cantidades y, si son buenas, se descuentan [en los bancos]. Así, el capital fluye con la misma seguridad e inmediatez hacia donde más se necesita y donde más se puede aprovechar, como el agua corre para encontrar su nivel. 177

En el caso de un sector en declive total, en el que es necesario que la producción no varíe ocasionalmente, sino que disminuya considerablemente y de forma permanente, o incluso se detenga por completo, el proceso de extraer el capital es, sin duda, lento y difícil, y casi siempre conlleva pérdidas considerables. Gran parte del capital invertido en maquinaria, edificios, obras permanentes, etc., no es aplicable a ningún otro fin o solo lo es tras costosas reformas; y rara vez se dedica tiempo a efectuar el cambio de la forma en que se lograría con la menor pérdida posible, es decir, evitando la reposición del capital invertido a medida que se desgasta. Además, al cambiar totalmente el destino de un capital, se sacrifica tanto la conexión establecida y la habilidad y experiencia adquiridas, que la gente siempre tarda mucho en decidirse, y casi nunca lo hace hasta mucho después de que un cambio de fortuna se haya vuelto desesperanzado.

En general, si bien las ganancias varían mucho entre individuos, e incluso entre un mismo individuo en distintos años, no puede haber mucha diversidad en el mismo momento y lugar en las ganancias promedio de diferentes empleos (salvo las diferencias permanentes necesarias para compensar la diferencia de atractivo), salvo en períodos cortos o cuando una recesión permanente se ha apoderado de un oficio en particular. Es cierto que, para personas con los mismos recursos, hay más probabilidades de amasar una gran fortuna en algunos empleos que en otros. Pero se observaría que en esos mismos empleos las quiebras también son más frecuentes, y que la probabilidad de mayor éxito se compensa con una mayor probabilidad de fracaso total.

[pág. 224]

§ 4. La causa de la existencia de cualquier ganancia: los adelantos de los capitalistas consisten en los salarios del trabajo.

Espero que las observaciones anteriores hayan aclarado suficientemente el significado de la expresión común «tasa ordinaria de ganancia» , así como el sentido y las limitaciones bajo las cuales esta tasa ordinaria tiene una existencia real. Ahora queda por considerar qué causas determinan su cuantía.

La causa de la ganancia es que el trabajo produce más de lo necesario para su sustento; la razón por la que el capital produce una ganancia es que los alimentos, la ropa, los materiales y las herramientas duran más que el tiempo necesario para producirlos; de modo que si un capitalista suministra estos bienes a un grupo de trabajadores, a condición de recibir todo lo que producen, estos, además de reproducir sus propios bienes e instrumentos, dispondrán de una parte de su tiempo para trabajar para el capitalista. Vemos así que la ganancia surge, no del intercambio, sino de la fuerza productiva del trabajo; y la ganancia general del país siempre es la que la fuerza productiva del trabajo genera, haya o no intercambio. Procedo, ampliando las consideraciones brevemente señaladas, a exponer con más detalle cómo se determina la tasa de ganancia.

Asumo, en todo momento, la situación que, cuando los trabajadores y los capitalistas son clases separadas, prevalece, con pocas excepciones, universalmente; es decir, que el capitalista adelanta todos los gastos, incluyendo la remuneración completa del trabajador. Que lo haga no es una cuestión de necesidad inherente; el trabajador podría esperar hasta que la producción esté completa para la parte de su salario que exceda lo estrictamente necesario, e incluso para la totalidad, si dispone de fondos suficientes para su sustento temporal. Pero en este último caso, el trabajador es, en esa medida, realmente un capitalista, que invierte capital en la empresa al aportar una parte de los fondos necesarios para su funcionamiento; e incluso en el primer caso, puede ser considerado de la misma manera, ya que, al aportar su trabajo a un precio inferior al de mercado, puede considerarse que presta la diferencia a su empleador y la recibe con intereses (según el principio que se calcule) de los ingresos de la empresa.

[pág. 225]

Se puede suponer, entonces, que el capitalista realiza todos los anticipos y recibe la totalidad del producto. Su ganancia consiste en el excedente del producto sobre los anticipos; su tasa de ganancia es la relación entre ese excedente y la cantidad adelantada.

Por ejemplo, si A adelanta 8.000 bushels de maíz a los trabajadores a cambio de 10.000 yardas de tela (y si un bushel de maíz se vende por el mismo precio que una yarda de tela), su ganancia consiste en 2.000 yardas de tela. La proporción del excedente (2.000) con respecto a 8.000, el desembolso (25 %), es la tasa de ganancia. No es la proporción de 2.000 con respecto a 10.000.

Pero ¿en qué consisten los anticipos? Por el momento, es necesario suponer que el capitalista no paga renta alguna; no tiene que comprar el uso de ningún agente natural apropiado. Sin embargo, aún no hemos considerado la naturaleza de la renta; y más adelante se verá que no se produce ningún error práctico en la cuestión que ahora examinamos al ignorarla.

Si, pues, dejando de lado la renta, investigamos en qué consisten los adelantos del capitalista para fines de producción, encontraremos que consisten en salarios del trabajo.

Una gran parte del gasto de todo capitalista consiste en el pago directo de salarios. Lo que no consiste en esto se compone de materiales e implementos, incluyendo edificios. Pero los materiales e implementos son producidos por el trabajo; y como nuestro supuesto capitalista no pretende representar un solo empleo, sino ser un prototipo de la industria productiva de todo el país, podemos suponer que fabrica sus propias herramientas y produce sus propios materiales. Lo hace mediante anticipos previos, que, a su vez, consisten íntegramente en salarios. Si suponemos que compra los materiales y las herramientas en lugar de producirlos, la situación no cambia: entonces reembolsa a un productor anterior los salarios que este le ha pagado. Es cierto que se los reembolsa con una ganancia; y, si hubiera producido las cosas él mismo, habría obtenido esa ganancia sobre esta parte de su gasto. [pág. 226]así como en todas las demás partes. Sin embargo, el hecho es que, en todo el proceso de producción, desde los materiales y las herramientas hasta el producto terminado, todos los anticipos han consistido únicamente en salarios, salvo que a algunos capitalistas involucrados, por conveniencia general, se les ha pagado su parte de las ganancias antes de que la operación se completara.

Esta idea puede ser más clara, quizás, si imaginamos una gran corporación que no solo fabrica telas de lana, sino que también posee ranchos de ovejas, donde se producen las materias primas; los talleres donde se fabrica toda la maquinaria; e incluso produce en su propiedad todos los alimentos, la ropa, el alojamiento y el consumo de los trabajadores que emplea. Se puede trazar una línea divisoria entre los ingresos de todas estas ramas de la industria, separando lo que son salarios de lo que son ganancias. Entonces, es fácil imaginar que todos los ingresos de un lado, que representan las ganancias, van a los capitalistas, sin importar si son miles, o un solo capitalista representando al resto, o una sola corporación que actúa en nombre de muchos pequeños capitalistas.

§ 5. La tasa de ganancia depende del coste del trabajo.

Así pues, parece que los dos elementos de los que dependen, y sólo ellos, las ganancias de los capitalistas son, en primer lugar, la magnitud del producto, es decir, la fuerza productiva del trabajo; y, en segundo lugar, la proporción de ese producto obtenida por los propios trabajadores, es decir, la relación que guarda la remuneración de los trabajadores con la cantidad que producen.

Así llegamos a la conclusión de Ricardo y otros: la tasa de ganancias depende de los salarios; aumenta cuando estos bajan y disminuye cuando suben. Sin embargo, al adoptar esta doctrina, debo insistir en una modificación fundamental en su redacción. En lugar de decir que las ganancias dependen de los salarios, digamos (lo que Ricardo realmente quiso decir) que dependen del coste de la mano de obra .

Esta es una cuestión completamente distinta a la relativa a la tasa salarial, ya analizada ( Libro II, Cap. II ). Esta se relacionaba con la cantidad de capital que cada trabajador, en promedio, recibía como salario real, y esta tasa promedio se veía afectada por el número de competidores por la mano de obra, en comparación con el capital existente, teniendo en cuenta la naturaleza de las industrias de un país. Un aumento de la población, que atraiga a más trabajadores a competir por el empleo, reducirá... [pág. 227]el monto promedio de los salarios reales recibidos por cada uno; y una disminución de la población traerá lo contrario. Sin embargo, ahora que estamos considerando el asunto desde el punto de vista del capitalista, la tasa de salarios es solo uno de los factores a considerar que afectan el costo de la mano de obra . La primera pregunta se refería a la distribución del capital; la segunda, a la cantidad en que la producción total es mayor que el capital total adelantado. Dado que todo capital consiste en adelantos al trabajo, la presente investigación se refiere a la cantidad de adelantos en comparación con la cantidad devuelta; es decir, la relación del capital total con la producción total que surge del uso de ese capital. En el diagrama antes utilizado ( pág. 179 ), la pregunta no es cómo se debe distribuir el contenido del círculo B, sino el tamaño relativo del círculo B con respecto al círculo A. Para producir el círculo A, es necesario adelantar lo que representa el círculo B.

Salarios y coste de la mano de obra; lo que el trabajo aporta al trabajador y lo que le cuesta al capitalista son ideas muy distintas, y es fundamental mantenerlas así. Para ello, es esencial no denominarlas, como casi siempre se hace, con el mismo nombre. Dado que los salarios, en debates públicos, tanto orales como impresos, se consideran desde la misma perspectiva de quienes pagan, con mucha más frecuencia que desde la de quienes los reciben, nada es más común que decir que los salarios son altos o bajos, refiriéndose únicamente a que el coste de la mano de obra [para el capitalista] es alto o bajo. Lo contrario sería más frecuente: el coste de la mano de obra suele ser mayor donde los salarios son más bajos. Esto puede deberse a dos causas: (1) En primer lugar, la mano de obra, aunque barata, puede ser ineficiente.

Los hechos presentados por el Sr. Brassey 178 ilustran plenamente este principio. Si bien los obreros franceses en sus astilleros reciben salarios inferiores por el mismo tipo de trabajo que los obreros ingleses en astilleros ingleses, construir barcos en Inglaterra cuesta menos por tonelada que en Francia. Se observó la misma correspondencia entre salarios altos y trabajo eficiente en la construcción de ferrocarriles en diferentes partes del mundo. Con diferentes caracteres, diferentes cantidades de energía industrial, inteligencia y resistencia, diferentes personas no tienen la misma eficiencia laboral. Se ha comprobado que la ineficiencia suele ir acompañada de bajos salarios. Aunque los salarios pagados por el trabajo ordinario en la construcción de ferrocarriles en la India eran... [pág. 228]Solo de nueve a doce centavos al día, y en Inglaterra de setenta y cinco a ochenta y siete centavos al día; sin embargo, construir una milla de ferrocarril en la India costaba lo mismo que en Inglaterra. El trabajador inglés pagaba el equivalente completo por su salario más alto. Además, mientras que un tejedor inglés opera de dos a tres veces más telares que su competidor ruso, se dice que el trabajador en Estados Unidos opera incluso más que el inglés. En los veleros estadounidenses, además, se requiere menos marineros, en relación con el tonelaje, que en los veleros ingleses. El Sr. Brassey, además, llegó a la conclusión de que la fuerza de trabajo, o eficiencia, de los trabajadores ingleses comunes era, en comparación con los franceses, de cinco a tres.

(2.) La otra causa que hace que los salarios y el coste de la mano de obra no sean criterios reales entre sí es el precio variable de los artículos que consume el trabajador. Si estos son baratos, los salarios, en el sentido que es importante para el trabajador, pueden ser altos, y sin embargo, el coste de la mano de obra puede ser bajo; si son caros, el trabajador puede estar en una situación miserable, aunque su trabajo pueda costarle mucho al capitalista. Esta última es la condición de un país superpoblado en relación con su tierra; en el cual, siendo caros los alimentos, la pobreza de la recompensa real del trabajador no impide que el trabajo cueste mucho al comprador, y coexisten bajos salarios y bajas ganancias. El caso opuesto se ejemplifica en los Estados Unidos de América. El trabajador allí disfruta de una mayor abundancia de comodidades que en cualquier otro país del mundo, excepto algunas de las colonias más recientes; Pero debido al bajo precio al que se pueden obtener estas comodidades (combinado con la gran eficiencia del trabajo), el coste de la mano de obra para el capitalista es considerablemente menor que en Europa. Esto debe ser así, ya que la tasa de ganancia es mayor, como lo indica el tipo de interés, que es del seis por ciento en Nueva York, mientras que en Londres es del tres o tres y cuarto por ciento.

El costo del trabajo es, entonces, en el lenguaje de las matemáticas, una función de tres variables: (1) la eficiencia del trabajo; (2) los salarios del trabajo (es decir, la recompensa real [o salario real] del trabajador); y (3) el mayor o menor costo 179 [pág. 229]en el que se pueden producir o comprar los artículos que componen esa verdadera recompensa. Es evidente que el coste de la mano de obra para el capitalista debe verse influenciado por cada una de estas tres circunstancias, y no por otras. Estas, por lo tanto, son también las circunstancias que determinan la tasa de ganancia; y esta no puede verse afectada de ninguna manera excepto por una u otra de ellas.

La eficiencia laboral, en este sentido, es sumamente importante en sus aspectos prácticos y en su impacto en la cuestión laboral, ya que, en función del coste de la mano de obra, es decir, como un elemento que afecta la cantidad de bienes adelantados a los trabajadores en comparación con la cantidad de bienes devueltos al empleador, incluye toda la influencia de la maquinaria, los dispositivos que ahorran mano de obra y los resultados de la invención. La cantidad de producto depende, para un avance dado, del tipo de maquinaria, su velocidad de funcionamiento y del estado general de las artes y las invenciones industriales. El aumento de la capacidad productiva de un solo trabajador en Estados Unidos ha sido casi increíble. En lugar de tejer telas a mano, como se hacía hace cien años, « un operario en Lowell, trabajando un año, puede producir la tela de algodón necesaria para abastecer a entre 1500 y 1800 chinos durante todo un año » . Además, es indudable que ninguna nación del mundo se compara con la nuestra en cuanto a la capacidad de inventar, construir y gestionar la maquinaria más ingeniosa y compleja. La capacidad inventiva pertenece a todas las clases sociales de nuestro país; y, al estudiar el coste de la mano de obra, debe tenerse muy presente que la eficiencia de la mano de obra estadounidense, en particular la combinada con electrodomésticos, es una de las principales causas de nuestra enorme producción. El resultado de esto, por ejemplo, ha sido que, sin reducir las ganancias, aunque el precio de la tela se ha reducido considerablemente, los empleadores han podido aumentar los salarios de los operarios y reducir sus horas de trabajo, gracias a que la maquinaria ha incrementado enormemente la producción para un gasto determinado. Como uno de los pocos datos que muestran esta tendencia en los últimos cincuenta años, cabe destacar la siguiente tabla, extraída de los libros de contabilidad de la fábrica de algodón Namquit en Bristol, Rhode Island:

Tipo de trabajo.

1841.

1884.

Ayuda en la sala de juegos, por semana

$3.28

$5.40

Destripadores de tarjetas, por semana

4.98

6.00

Tejedores, por semana

4.75

6.00

Supervisor de sala de cardado, por semana

7.00

13.50

Las horas semanales han disminuido al mismo tiempo de 84 a 66, mientras que el producto del molino en libras ha aumentado un 25 por ciento. Quizás sea innecesario decir que estas cifras representan los salarios actuales en [pág. 230]otros molinos en los mismos períodos; y que estos hechos pueden sustentarse con los registros de otros molinos.

En su efecto económico, también debemos considerar, bajo el concepto de eficiencia, toda la cuestión de las ventajas naturales del suelo, el clima y los recursos naturales. Trabajadores con la misma cualificación, con el mismo salario real y el mismo coste, producirán una cantidad mucho mayor de trigo en Dakota que en Vermont o Inglaterra. Esta es la razón principal por la que las ganancias son tan altas en Estados Unidos. En muchas industrias, contamos con ventajas naturales muy marcadas, lo que permite una alta remuneración del trabajo y, sin embargo, genera una alta ganancia para el capitalista. Esto se aplica no solo a la agricultura, sino a todas las industrias extractivas, como la producción de petróleo, madera, cobre, etc.

En resumen, toda la cuestión de la facilidad y dificultad de la producción, de su alto o bajo costo de producción, entendido en el sentido de gran o pequeño sacrificio (compárese cuidadosamente el Libro III, Cap. II, § 4 ), se enmarca en el elemento de la eficiencia, en el costo de la mano de obra. Se insiste mucho en que el lector relacione los diferentes componentes del sistema económico. Y las cuestiones del costo de la mano de obra y el costo de producción son de suma importancia para una comprensión adecuada de la economía política.

Si el trabajo se volviera generalmente más eficiente, sin ser mejor remunerado; si, sin ser menos eficiente, su remuneración disminuyera, sin que aumentara el coste de los artículos que la componen; o si dichos artículos se abarataran, sin que los trabajadores obtuvieran más; en cualquiera de estos tres casos, las ganancias aumentarían. Si, por el contrario, el trabajo se volviera menos eficiente (como podría ocurrir por la disminución del vigor físico, la destrucción de capital fijo o el deterioro de la educación); o si el trabajador obtuviera una mayor remuneración, sin que los artículos que la componen aumentaran de precio; o si, sin obtener más, lo que obtuvo se encareciera; las ganancias, en todos estos casos, disminuirían. Y no existe otra combinación de circunstancias en la que la tasa general de ganancia de un país, indistintamente en todos los empleos, pueda disminuir o aumentar.

La conexión entre la ganancia y los tres componentes del costo de la mano de obra probablemente se pueda ver mejor con la ayuda de la siguiente ilustración: partiendo de la premisa de que todavía no se utiliza el dinero, [pág. 231]Y que a los trabajadores se les paga con los artículos que sus salarios monetarios habrían comprado si se hubiera utilizado dinero. Para simplificar, supongamos que todos los artículos de consumo del trabajador están representados por maíz. Imaginemos una gran fábrica de lana que emplea a 500 hombres y les paga con maíz; y supongamos que una yarda de tela de lana se intercambia por un bushel de maíz en el mercado libre. Al principio, con una condición dada de eficiencia, supongamos que cada hombre produce un promedio de 1200 yardas de tela, por las cuales recibe 1000 bushels de maíz.

500 hombres, cada uno produciendo 1200 yardas, dan un producto total de 600 000 yardas.
500 hombres, cada uno con un salario de 1000 bushels, generan un gasto de 500 000 yardas.
Beneficio: 100 000 yardas.

(1.) Ahora supongamos un cambio que aumenta la eficiencia del trabajo hasta tal punto que cada trabajador produce 1.300 en lugar de 1.200 yardas; entonces la cuenta se mantendrá, si los otros elementos permanecen sin cambios:

500 hombres, cada uno produciendo 1300 yardas, dan un producto total de 650 000 yardas.
500 hombres, cada uno con un salario de 1000 bushels, generan un gasto de 500 000 yardas.
Beneficio: 150 000 yardas.

(2.) Si la eficiencia y el costo de producir alimentos siguen siendo los mismos que al principio, supongamos que ocurre un cambio que aumenta la cantidad de maíz que recibe cada trabajador de 1.000 a 1.100, o, como se dice, aumenta sus salarios reales; entonces la cuenta será:

500 hombres, cada uno produciendo 1200 yardas, dan un producto total de 600 000 yardas.
500 hombres, cada uno con un salario de 1100 bushels, generan un gasto de 550 000 yardas.
Beneficio: 50 000 yardas.

(3.) Si la eficiencia y los salarios reales siguen siendo los mismos, supongamos que hay un aumento tal en el costo para los empleadores de obtener maíz que están obligados a dar una yarda y una décima de sus productos por un bushel de maíz (1.000 bushels de maíz les cuestan 1.100 yardas de tela), entonces el enunciado se leerá:

500 hombres, cada uno produciendo 1200 yardas, dan un producto total de 600 000 yardas.
500 hombres, cada uno con un salario de 1000 bushels, generan un gasto de 550 000 yardas.
Beneficio: 50 000 yardas.

[pág. 232]


Capítulo VI. De la renta.

§ 1. La renta como efecto de un monopolio natural.

Siendo los requisitos de la producción el trabajo, el capital y los agentes naturales, la única persona, además del trabajador y el capitalista, cuyo consentimiento es necesario para la producción y que puede reclamar una parte del producto como precio de dicho consentimiento, es quien, por las disposiciones de la sociedad, posee poder exclusivo sobre algún agente natural. La tierra es el principal de los agentes naturales susceptibles de apropiación, y la contraprestación pagada por su uso se denomina renta. Los propietarios de tierras son la única clase, en número o importancia, que tiene derecho a una participación en la distribución del producto, mediante la propiedad de algo que ni ellos ni nadie más ha producido. Si existen otros casos similares, se comprenderán fácilmente al comprender la naturaleza y las leyes de la renta.

Es evidente de inmediato que la renta es el efecto de un monopolio. La razón por la que los terratenientes pueden exigir renta por sus tierras es que se trata de un bien que muchos necesitan y que nadie puede obtener sino de ellos. Si toda la tierra del país perteneciera a una sola persona, esta podría fijar la renta a su antojo. Sin embargo, no se conoce que exista este caso; y la única hipótesis que queda es la de la libre competencia, pues se supone que los terratenientes son, como de hecho lo son, demasiado numerosos para combinarse.

La proporción de tierra por cultivador muestra la cantidad limitada de tierra. Es muy conveniente mantener la conexión. [pág. 233]De una parte del tema con otra siempre que sea posible. « La renta agrícola, tal como existe en realidad » , dice el Sr. Cairnes, con razón , « no es consecuencia del monopolio del suelo, sino de su productividad decreciente » . La doctrina de la renta se basa en la ley de los rendimientos decrecientes; y solo por la presión de la población sobre la tierra se hace evidente la disminución de su productividad, ya sea por peores calidades o peores condiciones. O, para considerar las cosas en su secuencia natural, un aumento de la población requiere más alimentos; y esto implica recurrir a métodos más costosos o suelos más pobres, tan pronto como la tierra se ve forzada a tal extremo que no produce una mayor cosecha para la misma aplicación de trabajo y capital que antes. Al cultivarse simultáneamente diferentes calidades de tierra, las mejores deben, por supuesto, producir una mayor rentabilidad que las más pobres, y entonces se dan las condiciones bajo las cuales la tierra paga renta. Por lo tanto, quienes admiten la ley de los rendimientos decrecientes se ven inevitablemente conducidos a la doctrina de la renta.

§ 2. Ninguna tierra puede pagar renta excepto la tierra de tal calidad o situación que exista en menor cantidad que la demanda.

Un bien de cantidad limitada, aunque sus poseedores no actúen en concierto, sigue siendo un artículo monopolizado. Pero incluso monopolizado, un bien que es un don de la naturaleza y no requiere trabajo ni gasto para su existencia, si existe competencia entre sus poseedores, solo tendrá precio si existe en menor cantidad que la demanda.

Si se necesitara toda la tierra de un país para su cultivo, toda ella podría generar una renta. Pero en ningún país, independientemente de su extensión, las necesidades de la población exigen que se cultive toda la tierra cultivable. Los alimentos y demás productos agrícolas que la gente necesita, y que está dispuesta y puede pagar a un precio que remunere al agricultor, siempre pueden obtenerse sin cultivar toda la tierra; a veces, sin cultivar más que una pequeña parte; siendo, por supuesto, preferibles las tierras más fértiles o las que se encuentran en las situaciones más convenientes. Por lo tanto, siempre hay tierras que, en las circunstancias actuales, no pueden pagar renta; y ninguna tierra paga renta a menos que, por su fertilidad o situación, pertenezca a las clases superiores que existen en menor cantidad. [pág. 234]que la demanda—que no puede lograrse para producir todo el producto requerido por la comunidad, a menos que en términos aún menos ventajosos que el recurso a suelos menos favorecidos. (1.) La peor tierra que puede cultivarse como medio de subsistencia es la que apenas reemplazará la semilla y el alimento de los trabajadores empleados en ella, junto con lo que el Dr. Chalmers llama sus secundarios; es decir, los trabajadores requeridos para proporcionarles herramientas y con las restantes necesidades de la vida. Si una tierra dada es capaz de hacer más que esto no es una cuestión de economía política, sino de hecho físico. La suposición no deja nada para las ganancias, ni nada para los trabajadores excepto las necesidades: la tierra, por lo tanto, solo puede ser cultivada por los propios trabajadores, o de lo contrario con una pérdida pecuniaria; y, a fortiori , no puede en ninguna contingencia proporcionar una renta. (2.) La peor tierra que puede cultivarse como inversión de capital es aquella que, tras reponer la semilla, no solo alimenta a los trabajadores agrícolas y a sus auxiliares, sino que les proporciona el salario actual, que puede abarcar mucho más que lo estrictamente necesario, y deja, para quienes han adelantado los salarios de estas dos clases de trabajadores, un excedente igual a la ganancia que podrían haber esperado de cualquier otro empleo de su capital. (3.) Que una tierra determinada pueda producir más que esto no es meramente una cuestión física, sino que depende en parte del valor de mercado de la producción agrícola. Lo que la tierra puede hacer por los trabajadores y por el capitalista, además de alimentar a todos aquellos a quienes emplea directa o indirectamente, depende, por supuesto, del precio al que se pueda vender el resto de la producción. Cuanto mayor sea el valor de mercado de la producción, menor será el nivel de suelos a los que puede cultivarse, lo que a su vez proporciona al capital empleado la tasa de ganancia habitual.

Pero como las diferencias de fertilidad se suceden unas sobre otras por gradaciones insensibles, y las diferencias de accesibilidad, es decir, de distancia de los mercados, hacen lo mismo, y como hay tierras tan estériles que no podrían pagar su cultivo a ningún precio, es evidente que, cualquiera que sea la [pág. 235]Sea cual sea el precio, en cualquier región extensa debe haber tierra que, a ese precio, justifique los salarios de los cultivadores y genere al capital empleado la ganancia ordinaria, y nada más. Por lo tanto, hasta que el precio suba, o hasta que alguna mejora eleve esa tierra en particular a un nivel superior en la escala de fertilidad, no podrá pagar renta alguna. Es evidente, sin embargo, que la comunidad necesita el producto de esta calidad de tierra; ya que, si tierras más fértiles o mejor situadas que esta hubieran bastado para satisfacer las necesidades de la sociedad, el precio no habría subido lo suficiente como para que su cultivo fuera rentable. Esta tierra, por lo tanto, será cultivada; y podemos establecer como principio que, mientras no se cultive ninguna tierra de un país apta para el cultivo, y no excluida del mismo por obstáculos legales o ficticios, la peor tierra en cultivo real (en cuanto a fertilidad y situación) no paga renta.

§ 3. La renta de la tierra es el exceso de su rendimiento sobre el rendimiento de la peor tierra en cultivo.

Si, entonces, de la tierra cultivada, la parte que produce menos rendimiento al trabajo y al capital empleado en ella solo proporciona la ganancia ordinaria del capital, sin dejar nada para la renta, se proporciona un estándar [es decir, el "margen de cultivo" ] para estimar la cantidad de renta que producirán todas las demás tierras. Cualquier tierra produce tanto más que las ganancias ordinarias del capital como más que lo que produce la peor tierra cultivada. El excedente es lo que el agricultor puede permitirse pagar como renta al terrateniente; y dado que, si no lo pagara así, recibiría más que la tasa ordinaria de ganancia, la competencia de otros capitalistas, esa competencia que iguala las ganancias de los diferentes capitales, permitirá al terrateniente apropiárselo. Por lo tanto, la renta que producirá cualquier tierra es el exceso de su producto, más allá de lo que se devolvería al mismo capital si se empleara en la peor tierra cultivada.

Se ha negado que pueda haber tierra cultivada que no pague renta, porque los terratenientes (según se afirma) no permitirían que sus tierras fueran ocupadas sin pago. [pág. 236]Sin embargo, las tierras inferiores no suelen ocupar, sin interrupción, muchos kilómetros cuadrados de terreno; se encuentran dispersas aquí y allá, con parcelas de mejor calidad intercaladas, y quien arrienda la mejor tierra obtiene junto con ella los suelos inferiores que se alternan con ella. Paga una renta, nominalmente por toda la finca, pero calculada únicamente sobre el producto de aquellas partes (por pequeñas que sean) que pueden generar una rentabilidad superior a la tasa de ganancia común. Por lo tanto, es científicamente cierto que las partes restantes no pagan renta.

Este punto parece requerir una ilustración. Supongamos que todas las tierras de una comunidad tienen cinco grados diferentes de productividad. Cuando el precio de los productos agrícolas es tal que los grados uno, dos y tres se cultivan, las tierras de menor calidad no se cultivan. Cuando un hombre arrienda una finca, siempre obtiene tierras de distintos grados de fertilidad dentro de sus límites. Ahora bien, al determinar cuánto debe pagar como renta, el agricultor aceptará dar lo que aún le permita obtener una ganancia sobre su capital de explotación; si en sus campos encuentra tierras que no entran en la cuestión del alquiler, porque no rinden más que la ganancia de trabajarlas, después de arrendar la finca, le conviene cultivarla, simplemente porque le produce una ganancia y porque no está obligado a pagar renta por ella; si se le exige pagar renta por ella, perderá la tasa ordinaria de ganancia, no tendrá ninguna razón para cultivarla, por supuesto, y la dejará de cultivar. Además, supongamos que las tierras hasta el grado tres pagaran renta cuando A adquirió la finca; Ahora bien, si el precio de los productos agrícolas sube ligeramente, el grado cuatro puede pagar algo, pero posiblemente no lo suficiente como para justificar el pago de una renta al terrateniente. A invertirá capital para obtener esta rentabilidad, pero ciertamente no hasta que el precio lo justifique; es decir, no hasta que el precio le reembolse al menos el costo de trabajar la tierra, más la ganancia de su inversión. Pero la comunidad necesitaba esta tierra, o el precio no habría subido hasta el punto que permite su cultivo, incluso con ganancias, sin renta. Siempre debe haber alguna tierra afectada de esta manera.

§ 4. —O al capital empleado en las circunstancias menos ventajosas.

Supongamos, sin embargo, que hubiera una validez en esta objeción, que de ninguna manera se le puede conceder; que, cuando la demanda de la comunidad hubiera hecho subir los alimentos a un precio tal que remunerara el gasto de producirlos a partir de una cierta calidad de suelo, ocurriera, no obstante, [pág. 237]que si todo el suelo de esa calidad fuese retirado del cultivo, el aumento de la producción que requerían las necesidades de la sociedad se obtendría por el momento en su totalidad (como siempre ocurre parcialmente), no mediante una extensión del cultivo, sino mediante una mayor aplicación de trabajo y capital a la tierra ya cultivada.

Ya hemos visto que esta mayor aplicación de capital, permaneciendo inalteradas las demás circunstancias, siempre conlleva una menor rentabilidad proporcional. El aumento de precio permite tomar medidas para aumentar la producción, que no se habrían obtenido con ganancias al precio anterior. El agricultor utiliza abonos más caros o abona tierras que antes dejaba a la naturaleza; o consigue cal o marga a distancia para abonar el suelo; o lo pulveriza o desherba con mayor profundidad; o drena, riega o subsuela partes del mismo que, a precios anteriores, no habrían compensado el coste de la operación; y así sucesivamente. El agricultor o mejorador solo considerará si el desembolso realizado para este fin le será devuelto con la ganancia ordinaria, y no si quedará algún excedente para la renta. Por lo tanto, incluso si nunca se cultivara tierra por la que no se pagara renta, y además de una cantidad considerable, sería cierto que siempre existe capital agrícola que no paga renta, porque no genera nada más allá de la tasa ordinaria de ganancia: este capital es la parte del capital últimamente aplicada, aquella a la que se debió la última adición al producto; o (para expresar lo esencial del caso en una frase) la que se aplica en las circunstancias menos favorables. Pero la misma demanda y el mismo precio, que permiten a esta parte menos productiva del capital apenas reponerse con la ganancia ordinaria, permiten que todas las demás partes produzcan un excedente proporcional a la ventaja que poseen. Y este excedente es el que la competencia permite al terrateniente apropiarse.

Si la tierra estuviera toda ocupada y fuera de un solo tipo, la primera entrega de trabajo y capital produciría, digamos, veinte bushels de trigo; cuando el precio del trigo subió y se convirtió en [pág. 238]Si bien era rentable invertir más en la tierra, una segunda parte de la misma cantidad de trabajo y capital, al aplicarse, solo rindió quince bushels más; una tercera, diez bushels más; y una cuarta, cinco bushels más. La tierra ahora produce cincuenta bushels solo bajo la mayor presión. Pero, si fuera rentable invertir la misma parte de trabajo y capital simplemente por los cinco bushels que al principio habían generado veinte bushels, el precio debería haber subido para que cinco bushels se vendieran por tanto como los veinte; lo mismo, mutatis mutandis , ocurre con la segunda y tercera parte. De modo que, si la demanda es tal que requiere los cincuenta bushels, el capital agrícola que produjo los cinco bushels será el estándar según el cual se mide la renta del capital, que generó veinte, quince y diez bushels respectivamente. El principio es exactamente el mismo que si se invirtieran partes iguales de capital y trabajo en cuatro calidades de tierra diferentes, generando veinte, quince, diez y cinco bushels por cada parte. O, como si en la tabla de la página 240 , A, B, C y D representaran cada uno diferentes cuotas de la misma cantidad de trabajo y capital aplicadas al mismo lugar de tierra, en lugar de estar, como allí, aplicadas a diferentes calidades de tierra.

La renta de toda tierra se mide por el exceso de la rentabilidad de todo el capital empleado en ella por encima de lo que es necesario para reponer el capital con la tasa ordinaria de ganancia, o, en otras palabras, por encima de lo que el mismo capital rendiría si se empleara en circunstancias tan desventajosas como la parte menos productiva del mismo: ya sea que esa parte menos productiva del capital se vuelva así por emplearse en el peor suelo o por gastarse en extorsionar más producto de una tierra que ya rindió tanto como se podría desprender de ella en términos más favorables.

Será cierto que el agricultor exige la tasa ordinaria de ganancia sobre la totalidad de su capital; que cualquier rendimiento que le exceda de esta tasa está obligado a pagar al terrateniente, pero no consentirá en pagar más; que existe una parte del capital aplicada a la agricultura en circunstancias de productividad tales que solo produce las ganancias ordinarias; y que la diferencia entre el producto de este y el de cualquier otro capital de monto similar es la medida del tributo que ese otro capital puede y pagará, bajo el nombre de renta, al terrateniente. Esto constituye una ley de la renta, en la medida en que... [pág. 239]la verdad tal como puede ser una ley tal; aunque, por supuesto, modificada o perturbada, en casos individuales, por contratos pendientes, cálculos erróneos individuales, la influencia del hábito e incluso los sentimientos y disposiciones particulares de las personas involucradas.

La ley de la renta, en sentido económico, opera en Estados Unidos con la misma veracidad que en otros lugares, aunque aquí no existe una clase separada de terratenientes. En nuestro país, casi toda la tierra pertenece al cultivador; de modo que dos funciones, la del terrateniente y la del agricultor, se unen en una sola persona. Aunque se realiza un solo pago, este se compone claramente de dos partes: una al propietario por la calidad superior de su suelo, y la otra (a la misma persona, si el propietario es el cultivador) en concepto de ganancias sobre el capital de explotación del agricultor. La tierra que en Estados Unidos solo genera una ganancia sobre este capital no puede pagar renta. Y la tierra que puede generar más que una ganancia sobre este capital de explotación, devuelve ese excedente como renta, incluso si el agricultor es también propietario y terrateniente. El principio que regula la cantidad de ese excedente —que es el punto esencial— es el que determina la cantidad de renta económica, y se aplica en Estados Unidos o Finlandia, siempre que se cultiven diferentes calidades de tierra. El principio rector es el mismo, independientemente de si se paga a una persona como ganancia y a otra como renta, o si ambos pagos se realizan a la misma persona en dos circunstancias. Se ha argumentado que la ley de la renta no se aplica en Estados Unidos porque « el precio del grano y otros productos agrícolas no ha aumentado proporcionalmente al aumento de nuestra población, como debería haber ocurrido si la teoría de Ricardo fuera cierta, sino que ha disminuido desde 1830, aunque desde entonces nuestra población se ha más que triplicado » . 181 Esto pasa por alto el hecho de que ni siquiera hemos ocupado aún todas nuestras mejores tierras agrícolas, por lo que para algunos productos la ley de la productividad decreciente aún no se ha manifestado. La razón es que la extensión de nuestro sistema ferroviario solo en los últimos años ha permitido el cultivo de las tierras de grano realmente buenas. El hecho de que no haya habido aumento en los productos agrícolas se debe a la enorme extensión de tierras de cereales maravillosamente fértiles en Occidente y al bajo costo del transporte desde esos distritos hasta la costa.

Para una comprensión general de la ley de la renta la siguiente tabla mostrará cómo, bajo un aumento constante de la población (representado por cuatro avances diferentes de la población, en el [pág. 240]Primera columna), primero se cultivan las mejores tierras y luego las más pobres. Supongamos (1) que la tierra más fértil, A, al principio no paga renta; luego (2), cuando se necesiten más alimentos de los que la tierra A puede suministrar, será rentable cultivar la tierra B, pero que, hasta ahora, no paga renta. Pero si dieciocho bushels son una rentabilidad suficiente para una cantidad dada de trabajo y capital, entonces, cuando una cantidad igual de trabajo y capital invertidos en A produce veinticuatro bushels, seis de los cuales exceden la ganancia ordinaria y constituyen la renta de la tierra A, y así sucesivamente; C será la siguiente línea de comparación, y luego D; a medida que se cultivan las tierras más pobres, la renta de A aumenta.

Aumento de la población.

A

B

do

D

24 bushels

18 bushels

12 bushels

6 bushels

Producto total

Alquiler en bushels

Producto total

Alquiler en bushels

Producto total

Alquiler en bushels

Producto total

Alquiler en bushels

I.

24

0

..

..

..

..

..

..

II.

24

6

18

0

..

..

..

..

III.

24

12

18

6

12

0

..

..

IV.

24

18

18

12

12

6

6

0

§ 5. Opiniones opuestas sobre la ley de alquileres.

Bajo el nombre de renta se incluyen comúnmente muchos pagos que no son una remuneración por las propiedades originales de la tierra en sí, sino por el capital invertido en ella. Los edificios son tan distintos de la granja como el ganado o la madera que la alberga; y lo que se paga por ellos no puede llamarse renta de la tierra, como tampoco lo sería un pago por ganado si fuera costumbre que el terrateniente abastezca la granja para el arrendatario. Los edificios, al igual que el ganado, no son tierra, sino capital, regularmente consumido y reproducido; y todos los pagos realizados en contraprestación por ellos constituyen propiamente intereses.

Pero en cuanto al capital efectivamente invertido en mejoras, que no requiere renovación periódica, sino que se invierte de una vez por todas en dar a la tierra un aumento permanente de productividad, me parece que la rentabilidad de dicho capital pierde por completo el carácter de ganancia y se rige por los principios de la renta. Es cierto que un terrateniente no invertirá capital en mejorar su propiedad a menos que espere de la mejora un aumento de ingresos superior al interés. [pág. 241]De su inversión. Prospectivamente, este aumento de ingresos puede considerarse una ganancia; pero, una vez incurrido el gasto y realizada la mejora, la renta de la tierra mejorada se rige por las mismas reglas que la de la no mejorada.

El Sr. Carey (al igual que Bastiat) ha declarado que existe una ley de rendimientos crecientes de la tierra. Señala que todo lo que existe ahora podría reproducirse hoy a un costo menor que el de su producción original, gracias a nuestro avance en habilidades, conocimientos y todas las artes de la producción; que, por ejemplo, cuesta menos fabricar un hacha ahora que hace quinientos años; lo mismo ocurre con una granja, ya que una granja con una productividad determinada puede ponerse en cultivo a un costo menor hoy que el invertido originalmente en ella. La ganancia de la sociedad, todos lo reconocemos, ha sido tal que ahora producimos casi todo a un costo menor que hace mucho tiempo; pero clasificar una granja y un hacha juntos pasa por alto, de forma notable, el hecho de que la tierra no puede crearse mediante el trabajo y el capital, mientras que las hachas sí, y además indefinidamente. Tampoco puede el producto de la tierra aumentar indefinidamente a un costo decreciente. Esto a veces se niega apelando a los hechos: « Se puede demostrar con creces que, si tomamos dos períodos suficientemente distantes como para ofrecer una prueba justa, ya sean cincuenta, cien o quinientos años, la producción de la tierra en relación con el trabajo empleado en ella ha aumentado progresivamente » . 182 Pero esto no prueba que la tendencia existente a rendimientos decrecientes no haya sido más que compensada por el progreso de las artes y las mejoras. « El avance de un barco contra viento y marea no prueba que no existan viento y marea » .

En una obra titulada “El Pasado, el Presente y el Futuro”, el Sr. Carey presenta una objeción a la teoría de la renta de Ricardo, a saber, que, históricamente, las tierras que primero se cultivan no son las más fértiles, sino las áridas. “Observamos que el colono invariablemente ocupa las tierras altas y bajas, que requieren poco desmonte y ningún drenaje. Con el crecimiento de la población y la riqueza, se ponen en actividad otros suelos que ofrecen una mayor rentabilidad del trabajo, con una rentabilidad cada vez mayor del trabajo invertido en ellos”.

Cualquiera que sea el orden en que las tierras entren en cultivo, aquellas [pág. 242]Las tierras que, al ser cultivadas, producen el menor rendimiento, en proporción al trabajo requerido para su cultivo, siempre regularán el precio de los productos agrícolas; y todas las demás tierras pagarán una renta simplemente equivalente al excedente de su producción sobre este mínimo. Independientemente de las expresiones imprudentes que se hayan empleado ocasionalmente para describir la ley de la renta, estas dos proposiciones son todo lo que pretendía. Si, de hecho, el Sr. Carey pudiera demostrar que el rendimiento del trabajo de la tierra, suponiendo que la habilidad y la ciencia agrícolas son las mismas, no es un rendimiento decreciente, desmentiría un principio mucho más fundamental que cualquier ley de la renta. Pero en esto ha fracasado por completo.

Otra objeción contra la ley de los rendimientos decrecientes, y por ende contra la ley de la renta, es que el incremento potencial de los alimentos, por ejemplo, de un grano de trigo, es mucho mayor que el del hombre. 183 Nadie discute que un grano de trigo puede reproducirse más veces que el hombre, y esto también en un incremento geométrico; pero no sin tierra. Un grano de trigo necesita tierra en la que pueda multiplicarse, y este elemento necesario de su incremento es limitado; y es precisamente lo que limita la multiplicación de los granos de trigo. En la misma parcela de tierra, no se puede obtener más de lo que proviene de un acto de reproducción en el grano. Si un grano produce 100 de su especie, duplicar el capital no causará repetidamente un incremento geométrico en la tasa de reproducción de cada grano en esa misma tierra, de modo que un grano, mediante un solo proceso, produzca 200, 400, 800 o 1600 de su especie, porque no se puede multiplicar la tierra en una tasa como la que acompañaría esta reduplicación potencial del grano. No parecería que valga la pena responder a esta objeción si no fuese porque plantea algunas dificultades a los investigadores realmente honestos.

Otros, además, alegan como objeción contra Ricardo que si toda la tierra tuviera la misma fertilidad, aún podría generar una renta. Pero Ricardo dice precisamente lo mismo. También forma parte de la doctrina de Ricardo que, incluso independientemente de las diferencias de situación, la tierra de un país que se supone tiene una fertilidad uniforme pagaría, en su totalidad, bajo cierto supuesto, una renta, es decir, si la demanda de la comunidad lo exigiera. [pág. 243]que todo debe cultivarse, y cultivarse más allá del punto en el que una aplicación adicional de capital comience a traer consigo un rendimiento proporcional menor.

Esta es simplemente la cuestión, ya discutida, de si, si solo se cultivara una clase de tierra, parte del capital agrícola pagaría renta o no. Todo depende de si la población —y, por ende, la demanda de alimentos— ha aumentado hasta el punto de exigir el reconocimiento de la disminución de la productividad del suelo. En ese caso, se invertirían diferentes capitales, de modo que habría diferentes rendimientos para la misma cantidad de capital; y las inversiones de capital previas o más ventajosas en la tierra rendirían más que la tasa ordinaria de ganancia, que podría considerarse renta.

AL Perry 184 admite la ley de los rendimientos decrecientes, pero sostiene que, “ como la tierra es capital, y como toda forma de capital puede prestarse o alquilarse, y así volverse fructífera en manos de otro, la renta de la tierra no difiere esencialmente en su naturaleza de la renta de los edificios en las ciudades ni del interés del dinero ” . Henry George admite la ley de la renta de Ricardo en toda su extensión, pero curiosamente afirma: “ Independientemente del aumento de la población, el efecto de las mejoras en los métodos de producción e intercambio es aumentar la renta... El efecto de las mejoras que ahorran mano de obra será aumentar la producción de riqueza. Ahora bien, para la producción de riqueza se requieren dos cosas: mano de obra y tierra. Por lo tanto, el efecto de las mejoras que ahorran mano de obra será ampliar la demanda de tierra y, dondequiera que se alcance el límite de la calidad de la tierra en uso, poner en cultivo tierras de menor productividad natural, o extender el cultivo en las mismas tierras hasta un punto de menor productividad natural. Y así, si bien el efecto principal de las mejoras que ahorran mano de obra es aumentar la capacidad de la mano de obra, El efecto secundario es extender el cultivo y, cuando esto reduce el margen de cultivo, aumentar la renta ” . 185 Francis Bowen 186 rechaza la ley de Ricardo y dice: “ La renta depende, no del aumento, sino de la distribución de la población ” , afirmando que la existencia de grandes ciudades y pueblos determina la cantidad de renta que se paga por las tierras vecinas. 187

[pág. 244]

§ 6. La renta no entra en el costo de producción de los productos agrícolas.

La renta no forma realmente parte de los gastos de la producción [agrícola] ni de los avances del capitalista. Los fundamentos de esta afirmación son ahora evidentes. Es cierto que todos los agricultores arrendatarios, y muchas otras clases de productores, pagan renta. Pero hemos visto que quien cultiva la tierra, pagando una renta por ella, obtiene a cambio un instrumento de mayor potencia que otros instrumentos del mismo tipo por los que no se paga renta. La superioridad del instrumento es exactamente proporcional a la renta pagada. Si unas pocas personas tuvieran máquinas de vapor de mayor potencia que todas las existentes, pero limitadas por las leyes físicas a un número inferior a la demanda, la renta que un fabricante estaría dispuesto a pagar por una de estas máquinas no podría considerarse un aumento a su gasto, ya que al usarla ahorraría en sus otros gastos el equivalente a lo que le costó: sin ella, no podría realizar la misma cantidad de trabajo, a menos que incurriera en un gasto adicional igual a la renta. Lo mismo ocurre con la tierra. Los verdaderos gastos de producción son aquellos en los que se incurre en las peores tierras o por el capital empleado en las circunstancias menos favorables. Esta tierra o capital, como hemos visto, no paga renta, pero los gastos a los que está sujeto hacen que todas las demás tierras o capitales agrícolas estén sujetos a un gasto equivalente en forma de renta. Quien paga renta recupera su valor íntegro en ventajas adicionales, y la renta que paga no lo coloca en una situación peor, sino solo en la misma, que su compañero productor que no paga renta, pero cuyo instrumento es de menor eficiencia.

Los suelos son de todo tipo: algunos, si se cultivan, podrían reemplazar el capital, pero no generar ganancias; otros, una ganancia leve, pero no ordinaria; otros, la ganancia ordinaria. Es decir, « hay un punto hasta el cual es rentable cultivar, y más allá del cual no es rentable cultivar. El precio del maíz no se mantendrá, por mucho tiempo, a un nivel superior al suficiente para cubrir con la ganancia ordinaria el costo de la parte de la cosecha general que se produce con mayor gasto » . 188 Por razones similares, el precio no se mantendrá a un [pág. 245]Tasa más baja. Si, entonces, el costo de producción del grano está determinado por la tierra que repone el capital, produce solo la ganancia ordinaria y no paga renta, la renta no forma parte de este costo, ya que esa tierra no paga ni puede pagar renta alguna. McLeod, 189, sin embargo, afirma que no es el costo de producción lo que regula el valor de los productos agrícolas, sino el valor lo que regula el costo.

[pág. 249]


Libro III. Intercambio.

Capítulo I. Del Valor.

§ 1. Definiciones de valor de uso, valor de cambio y precio.

Es evidente que, de los dos grandes departamentos de la Economía Política, la producción de riqueza y su distribución, la consideración del Valor tiene que ver sólo con este último; y sólo con él en la medida en que la competencia, y no el uso o la costumbre, es el agente distribuidor.

El uso de una cosa, en economía política, significa su capacidad para satisfacer un deseo o servir a un propósito. Los diamantes poseen esta capacidad en gran medida y, de no ser así, no tendrían precio. El valor de uso, o, como lo llama el Sr. De Quincey, valor teleológico , es el límite extremo del valor de cambio. El valor de cambio de una cosa puede ser inferior, en cualquier medida, a su valor de uso; pero que pueda superarlo implica una contradicción; supone que las personas darán, para poseer una cosa, más del valor máximo que ellas mismas le atribuyen, como medio para satisfacer sus inclinaciones.

La palabra Valor, cuando se usa sin adjunto, significa siempre, en economía política, valor en el intercambio.

El valor de cambio debe distinguirse del precio. Los autores han empleado el precio para expresar el valor de una cosa en relación con el dinero: la cantidad de dinero por la que se intercambiará. Por lo tanto, al hablar del precio de una cosa, [pág. 250]De aquí en adelante, entiéndase su valor monetario; por valor, o valor de cambio de una cosa, su poder adquisitivo; el control que su posesión otorga sobre las mercancías comprables en general. ¿Qué se entiende por control sobre las mercancías en general? Una misma cosa se intercambia por una mayor cantidad de algunas mercancías y por una cantidad muy pequeña de otras. Un abrigo puede intercambiarse por menos pan este año que el pasado, si la cosecha ha sido mala, pero por más vidrio o hierro, si se ha deducido un impuesto sobre esas mercancías o se ha mejorado su fabricación. ¿Ha subido o bajado el valor del abrigo, en estas circunstancias? Es imposible decirlo: todo lo que se puede decir es que ha bajado en relación con una cosa y ha subido con respecto a otra. Supongamos, por ejemplo, que se ha inventado una maquinaria que permita tejer paño a la mitad del coste anterior. El efecto de esto sería la disminución del valor de un abrigo, y, si disminuyera por esta causa, no solo disminuiría en relación con el pan o el vidrio, sino con todos los bienes comprables, excepto aquellos que se vieran afectados en ese momento por una causa depresiva similar. Los cambios que se originan en las mercancías con las que lo comparamos afectan su valor en relación con esas mercancías; pero los que se originan en sí mismo afectan su valor en relación con todas las mercancías.

Existe algo así como un aumento general de precios. Todas las mercancías pueden subir su precio monetario. Pero no puede haber un aumento general de valores. Es una contradicción en los términos. A solo puede subir de valor al intercambiarse por una mayor cantidad de B y C; en cuyo caso, estos deben intercambiarse por una cantidad menor de A. No todas las cosas pueden subir en relación con las demás. Si la mitad de las mercancías en el mercado sube de valor de cambio, los términos mismos implican una caída de la otra mitad; y, recíprocamente, la caída implica una subida. Las cosas que se intercambian entre sí no pueden bajar ni subir todas, como una docena de corredores no pueden correr más rápido que todos los demás, o cien árboles superarse entre sí. Un aumento general o una caída general de precios equivale simplemente a una alteración. [pág. 251]en el valor del dinero, y es un asunto de total indiferencia, salvo en la medida en que afecta a los contratos existentes para recibir y pagar cantidades pecuniarias fijas.

Antes de comenzar la investigación sobre las leyes del valor y el precio, tengo una observación adicional que hacer. Debo advertir, de una vez por todas, que los casos que contemplo son aquellos en los que los valores y los precios se determinan únicamente por la competencia. Solo en la medida en que se determinen de esta manera, pueden reducirse a una ley asignable. Se debe suponer que los compradores son tan diligentes en comprar barato como los vendedores en vender caro.

Se recomienda al lector estudiar las definiciones de valor dadas por otros escritores. Cairnes 190 define el valor como “ la proporción en la que las mercancías en el mercado abierto se intercambian entre sí ” . FA Walker 191 sostiene que “ el valor es el poder que un artículo confiere a su poseedor, independientemente de la autoridad legal o los sentimientos personales, de ordenar, a cambio de sí mismo, el trabajo, o los productos del trabajo, de otros ” . Carey 192 dice: “ El valor es la medida de la resistencia que debe superarse para obtener esas mercancías o cosas requeridas para nuestros propósitos: del poder de la naturaleza sobre el hombre ” . El valor es, por lo tanto, para él, la antítesis de la riqueza, que es (según Carey) el poder del hombre sobre la naturaleza. En esta escuela, el valor es el servicio prestado por cualquiera que suministre el artículo para el uso de otro. Esta es también la idea de Bastiat, 193 “ le rapport de deux services échangés ” . Siguiendo a Bastiat, AL Perry 194 define el valor como “ siempre y en todas partes la relación de compra mutua establecida entre dos servicios por su intercambio ” . Roscher 195 explica el valor de cambio como “ la cualidad que los hace intercambiables por otros bienes ” . También hace una distinción entre utilidad y valor de uso: “ La utilidad es una cualidad de las cosas mismas, en relación, es cierto, con las necesidades humanas. El valor de uso es una cualidad que se les imputa, el resultado del pensamiento del hombre o su visión de ellas. Así, por ejemplo, en una ciudad asediada, las reservas de alimentos no aumentan en utilidad, pero sí su valor de uso ” . Levasseur 196 considera el valor como “ la relación resultante del intercambio ” — le rapport resultat de l'échange . Cherbuliez 197 afirma que “ el valor de un producto o [pág. 252]de un servicio puede expresarse sólo como los productos o servicios que obtiene a cambio... Si intercambio la cosa A por B, A es el valor de B, B es el valor de A ”. Jevons 198 define el valor como “ proporción en el intercambio ” .

§ 2. Condiciones del valor: utilidad, dificultad de obtención y transferibilidad.

Para que algo tenga valor de intercambio, se requieren dos condiciones: 1. Debe ser útil; es decir, como ya se explicó, debe contribuir a algún propósito, satisfacer algún deseo. Nadie pagará un precio ni se desprenderá de algo que sirva a algunos de sus propósitos para obtener algo que no les sirve a ninguno. 2. Pero, en segundo lugar, el objeto no solo debe tener alguna utilidad, sino que también debe ser difícil de conseguir.

La cuestión se centra en las condiciones esenciales para la existencia de cualquier valor. Cairnes (199) añade, con mucha razón, una tercera condición: « la posibilidad de transferir la posesión de los artículos objeto del intercambio » . Por ejemplo, un cargamento de trigo en el fondo del mar tiene valor de uso y dificultad de obtención, pero no es transferible. Jevons (siguiendo a J. B. Say) sostiene que « el valor depende enteramente de la utilidad » . Si la utilidad significa la capacidad de satisfacer un deseo, las cosas que simplemente tienen utilidad y no presentan dificultad de obtención no tendrían valor de cambio. F. A. Walker (201) cree que « el valor depende enteramente de la relación entre la demanda y la oferta » . Carey (202) sostiene que el valor depende únicamente del coste de reproducción del artículo en cuestión. Roscher 203 concluye que el valor de cambio se basa en una combinación del valor de uso con el valor de costo. Cherbuliez 204 define las condiciones del valor como dos: la capacidad de dar satisfacción y la imposibilidad de obtenerla sin esfuerzo. El primer elemento es subjetivo; está determinado completamente por las necesidades o deseos de las partes del intercambio. El segundo es objetivo; depende de consideraciones materiales, que son las condiciones de existencia de la cosa, y sobre las cuales las necesidades de quienes intercambian no tienen influencia alguna. Como es habitual, esta es una de las claras exposiciones de Cherbuliez. AL Perry 205 afirma que, si bien el valor siempre surge de los deseos de los hombres, nunca se realiza excepto a través de los esfuerzos de los hombres, y a través de estos esfuerzos como intercambio mutuo .

[pág. 253]

La dificultad de adquisición que determina el valor no siempre es la misma: (1) A veces consiste en una limitación absoluta de la oferta. Hay productos cuya cantidad es físicamente imposible de aumentar más allá de ciertos límites estrechos. Por ejemplo, los vinos que solo pueden cultivarse en condiciones particulares de suelo, clima y exposición. También se incluyen las esculturas antiguas; los cuadros de los grandes maestros; los libros o monedas raras, u otros artículos de anticuario. Entre ellos también se incluyen las casas y los terrenos edificables en una ciudad de cierta extensión.

De Quincey 206 ha presentado ingeniosos diagramas para representar las operaciones de los dos constituyentes del valor en cada uno de los tres casos siguientes: U representa la capacidad del artículo para satisfacer un deseo, y D la dificultad de obtención. En el primer caso, D no impide que el valor de cambio alcance cualquier nivel, y así sube y baja completamente según la fuerza de U. Siendo D prácticamente infinito, la línea horizontal, el valor de cambio, no se ve limitada por D, sino que sube hasta donde U, los deseos de los compradores, la permite.

(2.) Pero existe otra categoría (que abarca la mayoría de las cosas que se compran y venden), en la que el único obstáculo para su consecución reside en el trabajo y el gasto necesarios para producir la mercancía. Sin cierto trabajo y gasto, no se puede obtener; pero, cuando alguien está dispuesto a incurrir en ellos, no hay límite para la multiplicación del producto. Si hubiera suficientes trabajadores y maquinaria, se podrían producir miles de yardas de algodón, lana o lino por cada yarda que se fabrica actualmente.

En el caso (2), la línea horizontal, que representa el valor de cambio, sigue completamente la fuerza de D. La utilidad del artículo es muy grande, pero su valor solo está limitado por la dificultad de obtenerlo. En lo que respecta a U, el valor de cambio puede aumentar considerablemente, pero no superará el punto en que el artículo pueda ser... [pág. 254]obtenido. Las líneas punteadas debajo de la línea horizontal indican que el valor de cambio de los artículos de esta clase tiende a disminuir.

(3.) Existe un tercer caso, intermedio entre los dos anteriores y bastante más complejo, que por ahora me limitaré a indicar, pero cuya importancia en la economía política es enorme. Hay mercancías que pueden multiplicarse indefinidamente mediante trabajo y gasto, pero no mediante una cantidad fija de trabajo y gasto. Solo se puede producir una cantidad limitada a un coste determinado; si se necesita más, debe producirse a un coste mayor. A esta clase, como se ha repetido a menudo, pertenecen los productos agrícolas, y en general todos los productos brutos de la tierra; y esta peculiaridad es fuente de consecuencias muy importantes; una de las cuales es la necesidad de limitar la población; y otra, el pago de la renta.

En el caso (3), artículos como los productos agrícolas tienen un gran poder para satisfacer deseos, y si escasean, tendrían un alto valor. En lo que respecta a U, aquí también, como en el caso (2), el valor de cambio podría ascender a casi cualquier nivel, pero no puede superar lo que D permite. En mercancías de esta clase, afectadas por la ley de rendimientos decrecientes, la tendencia es que D aumente, y por lo tanto, el valor de cambio también, como lo indican las líneas punteadas sobre el valor de cambio.

§ 3. Mercancías limitadas en cantidad por la ley de oferta y demanda: Funcionamiento general de esta Ley.

Siendo estas las tres clases, en una u otra de las cuales deben ocupar su lugar todas las cosas que se compran y venden, las consideraremos en su orden. Y, en primer lugar, las cosas absolutamente limitadas en cantidad, como las esculturas o pinturas antiguas.

De estas cosas se suele decir que su valor depende de su escasez; otros dicen que depende de la oferta y la demanda. Pero esta afirmación requiere mucha explicación. La oferta de una mercancía es una expresión inteligible: significa la cantidad ofrecida a la venta; la cantidad que puede obtenerse, en un momento y lugar determinados, por quienes desean comprarla. Pero ¿qué se entiende por demanda? No el mero deseo por la mercancía. Un mendigo... [pág. 255]Puede desear un diamante; pero su deseo, por grande que sea, no influirá en el precio. Por lo tanto, los autores han dado un sentido más limitado a la demanda, definiéndola como el deseo de poseer, combinado con el poder adquisitivo. 207 Para distinguir la demanda en este sentido técnico de la demanda que es sinónimo de deseo, denominan a la primera demanda efectiva .

La oferta general consiste en las mercancías ofrecidas a cambio de otras mercancías; la demanda general, a su vez, si no existe dinero, consiste en las mercancías ofrecidas como poder adquisitivo a cambio de otras mercancías. Es decir, no se puede aumentar la demanda de ciertas cosas sin aumentar la oferta de algunos artículos que se recibirán a cambio de las mercancías deseadas. La demanda se basa en la producción de artículos con valor de cambio, en su sentido económico; y la medida de esta demanda es necesariamente la cantidad de mercancías ofrecidas a cambio de los bienes deseados. La oferta y la demanda general son, por lo tanto, recíprocas. Pero tan pronto como se introduce el dinero, o el poder adquisitivo general, el Sr. Cairnes 208 define « la demanda como el deseo de mercancías o servicios, que busca su fin mediante una oferta de poder adquisitivo general; y la oferta, como el deseo de poder adquisitivo general, que busca su fin mediante una oferta de mercancías o servicios específicos » . Sin embargo, muchas personas encuentran una dificultad porque insisten en separar la idea de oferta de la de demanda, debido a que los productores parecen ser una clase distinta en la comunidad, diferente de los consumidores. Que en realidad sean las mismas personas se explica fácilmente con la siguiente afirmación: « Un cierto número de personas, A, B, C, D, E, F, etc., se dedican a ocupaciones industriales: A produce para B, C, D, E, F; B para A, C, D, E, F; C para A, B, D, E, F, y así sucesivamente. En cada caso, el productor y los consumidores son distintos y, por lo tanto, por una falacia muy natural, se concluye que el conjunto de consumidores es distinto del conjunto de productores, siendo así que están compuestos precisamente por las mismas personas » .

Pero en lo que respecta a la demanda y la oferta de productos particulares (no la demanda y la oferta generales), el aumento de la demanda [pág. 256]No necesariamente va seguida de un aumento de la oferta, ni viceversa . De la producción total (que constituye la demanda general), una cantidad variable, a veces mayor, a veces menor, puede ser dirigida por el deseo de las personas a la compra de un bien determinado. Esto debe tenerse presente en relación con el futuro análisis de la sobreproducción. La identidad de la demanda general con la oferta general demuestra que no puede haber sobreproducción general: pero mientras exista la posibilidad de que la demanda de un bien en particular disminuya sin que esto produzca un efecto correspondiente en la oferta de dicho bien, por una conexión necesaria, vemos que puede haber sobreproducción de bienes específicos; es decir, una producción que excede la demanda.

La analogía matemática adecuada [entre la demanda y la oferta] es la de una ecuación . Si en algún momento son desiguales, la competencia las iguala, y esto se logra mediante un ajuste del valor. Si la demanda aumenta, el valor sube; si la demanda disminuye, el valor baja; si la oferta disminuye, el valor sube; y baja, si la oferta aumenta. El aumento o la caída continúan hasta que la demanda y la oferta vuelven a igualarse: y el valor que una mercancía aportará en cualquier mercado no es otro que el valor que, en ese mercado, genera una demanda suficiente para absorber la oferta existente o prevista.

El Sr. Cairnes 209 finalmente definió el valor de mercado como el precio «que es suficiente, y no más que suficiente, para mantener la oferta existente, con el excedente que las circunstancias hagan aconsejable, para satisfacer las nuevas ofertas futuras», lo cual no es más que una paráfrasis de las palabras «oferta existente o prevista» que acaba de utilizar el Sr. Mill. Por lo tanto, parece innecesario que el Sr. Cairnes añadiera: «Según el Sr. Mill, el precio real de mercado es el precio que iguala la oferta y la demanda en un mercado determinado; en mi opinión, el «precio de mercado adecuado» es el precio que iguala la oferta y la demanda, no como existente en el mercado en particular, sino en el sentido más amplio que he asignado a los términos. A este precio se aproximará, en mi opinión, el precio real de mercado , en proporción a la inteligencia y el conocimiento de los comerciantes».

[pág. 257]

Adam Smith, quien introdujo la expresión “demanda efectiva”, la empleó para denotar la demanda de quienes están dispuestos y son capaces de dar por el producto lo que él llama su precio natural, es decir, el precio que permitirá producirlo permanentemente y llevarlo al mercado. 210

Ésta es, pues, la Ley del Valor con respecto a todas las mercancías que no son susceptibles de ser multiplicadas a placer.

§ 4. Casos varios comprendidos en la presente Ley.

Son pocas las mercancías cuya oferta es natural y necesariamente limitada. Pero cualquier mercancía puede serlo artificialmente. El monopolista puede fijar el valor tan alto como desee, por debajo de lo que el consumidor no podría o no querría pagar; pero solo puede hacerlo limitando la oferta. El valor de monopolio, por lo tanto, no depende de ningún principio peculiar, sino que es una mera variación del caso común de la oferta y la demanda.

Además, aunque hay pocos productos cuya oferta no se ve afectada en ningún momento ni para siempre, cualquier producto puede serlo temporalmente; y con algunos productos esto suele ocurrir. Por ejemplo, la producción agrícola no puede aumentar en cantidad antes de la siguiente cosecha; la cantidad de maíz ya existente en el mundo es, a veces, todo lo que se puede tener durante un año. Durante ese intervalo, el maíz se asimila prácticamente a productos cuya cantidad no se puede aumentar. En el caso de la mayoría de los productos, se requiere cierto tiempo para aumentar su cantidad; y si la demanda aumenta, entonces, hasta que se pueda generar una oferta correspondiente, es decir, hasta que la oferta se ajuste a la demanda, el valor aumentará de tal manera que la demanda se ajuste a la oferta.

Existe otro caso exactamente inverso. Hay algunos artículos cuya oferta puede aumentar indefinidamente, pero no puede disminuir rápidamente. Hay cosas tan duraderas que su cantidad disponible es siempre muy grande en comparación con la producción anual. Oro. [pág. 258]Los metales más duraderos son este tipo de objetos, incluyendo las casas. La oferta de estos objetos podría disminuir de inmediato al destruirlos; pero esto solo sería beneficioso para el poseedor si tuviera el monopolio del artículo y pudiera compensarse por la destrucción de una parte con el aumento de valor del resto. Por lo tanto, el valor de estos objetos puede permanecer tan bajo durante mucho tiempo, ya sea por exceso de oferta o por disminución de la demanda, que detenga por completo la producción. La disminución de la oferta por desgaste es un proceso tan lento que se requiere un tiempo prolongado, incluso con una suspensión total de la producción, para restaurar su valor original. Durante ese intervalo, el valor se regulará únicamente por la oferta y la demanda, y aumentará muy gradualmente a medida que se agoten las existencias, hasta que se recupere un valor remunerador y la producción reanude su curso.

El valor total del oro y la plata en el mundo se estima de forma diversa entre $10,000,000,000 y $14,000,000,000; mientras que la producción anual tanto de oro como de plata en el mundo durante 1882-211 fue de solo $212,000,000. La pérdida de oro por abrasión es de aproximadamente 1/1000 anualmente, y la de plata de aproximadamente 1/700, pero mucho depende del tamaño de la moneda. Un cambio en la producción anual de metales preciosos puede tener un efecto perceptible en su valor solo después de un tiempo que permita que el cambio afecte la cantidad existente de una manera comparable a su cantidad anterior. Sin embargo, la cantidad de trigo producida se consume casi en su totalidad entre cosechas; y el suministro anual tiene una proporción muy grande con respecto a la cantidad existente. En consecuencia, el precio del trigo se verá muy afectado por la cantidad proveniente del producto anual.

Finalmente, hay mercancías cuyo valor, aunque susceptible de aumento o disminución en gran medida, incluso ilimitada, depende exclusivamente de la oferta y la demanda. Este es el caso, en particular, de la mercancía Trabajo, cuyo valor hemos tratado extensamente en el libro anterior; y hay muchos otros casos en los que será necesario recurrir a este factor. [pág. 259]Principio para resolver cuestiones complejas del valor de cambio. Esto se ejemplificará particularmente al tratar los valores internacionales; es decir, los términos de intercambio entre bienes producidos en diferentes países o, en términos más generales, en lugares distantes.

§ 5. Mercancías susceptibles de multiplicación indefinida sin aumento de coste. Ley de su valor: coste de producción.

Cuando la producción de una mercancía es resultado del trabajo y el gasto, independientemente de si la mercancía es susceptible de multiplicación ilimitada o no, existe un valor mínimo que constituye la condición esencial para su producción permanente. El valor en un momento dado es el resultado de la oferta y la demanda, y siempre es el necesario para crear un mercado para la oferta existente. Pero a menos que ese valor sea suficiente para compensar el coste de producción y, además, para satisfacer la expectativa ordinaria de ganancia, la mercancía no seguirá produciéndose. Los capitalistas no seguirán produciendo permanentemente con pérdidas. Cuando es evidente que dicha ganancia no se puede obtener, si las personas no retiran su capital, al menos se abstienen de reponerlo al consumirlo. El coste de producción, junto con la ganancia ordinaria, puede, por lo tanto, considerarse el precio o valor necesario de todo lo producido por el trabajo y el capital. Nadie produce voluntariamente ante la perspectiva de pérdidas.

Cuando una mercancía no solo se produce mediante trabajo y capital, sino que puede ser producida por ellos en cantidad indefinida, este Valor Necesario, el mínimo con el que se contentarán los productores, es también, si la competencia es libre y activa, el máximo que pueden esperar. Si el valor de una mercancía es tal que compensa el coste de producción no solo con la tasa de ganancia habitual, sino con una mayor, el capital se apresura a participar de esta ganancia adicional y, al aumentar la oferta del artículo, reduce su valor. Esto no es una mera suposición o conjetura, sino un hecho familiar para quienes están familiarizados con las operaciones comerciales. Siempre que se presenta una nueva línea de negocio, ofreciendo la esperanza de ganancias inusuales, y siempre que se cree que un comercio o una manufactura establecidos están produciendo una ganancia mayor de la habitual, es seguro que en poco tiempo habrá una producción o importación tan grande de [pág. 260]La mercancía no solo destruye la ganancia extra, sino que generalmente sobrepasa el límite y reduce su valor tanto como se había elevado previamente, hasta que el exceso de oferta se corrige mediante una suspensión total o parcial de la producción. Como ya se indicó, estas variaciones en la cantidad producida no presuponen ni exigen que nadie cambie de empleo. Quienes tienen un negocio próspero aumentan su producción aprovechando más su crédito, mientras que quienes no obtienen la ganancia habitual restringen sus operaciones y (en términos de manufactura) trabajan a jornada reducida. De esta manera se logra con seguridad y rapidez la igualación, no de las ganancias, quizás, sino de las expectativas de ganancias, en diferentes ocupaciones.

Como regla general, las cosas tienden a intercambiarse entre sí a valores que permiten a cada productor recuperar el costo de producción con la ganancia ordinaria; en otras palabras, valores que otorgan a todos los productores la misma tasa de ganancia sobre su inversión. Pero para que la ganancia sea igual cuando la inversión, es decir, el costo de producción, es igual, las cosas deben intercambiarse, en promedio, entre sí en proporción a su costo de producción; las cosas cuyo costo de producción es el mismo deben tener el mismo valor.

El Sr. Mill ha utilizado aquí el coste de producción casi exactamente en el sentido de coste de la mano de obra, excluyendo la ganancia (mientras que en el siguiente capítulo incluye parte de la ganancia en el análisis). Conviene, para mayor precisión, recopilar las frases anteriores en las que describe el coste de producción: « A menos que ese valor sea suficiente para reembolsar el coste de producción y para satisfacer, además , la expectativa ordinaria de ganancia, la mercancía no seguirá produciéndose » ; « el coste de producción, junto con la ganancia ordinaria, puede, por tanto, llamarse el precio necesario , o valor » ; « reembolsa el coste de producción, no solo con la tasa de ganancia habitual, sino con una mayor » ; « el coste de producción con la ganancia ordinaria; en otras palabras, una que proporcione a todos los productores la misma tasa de ganancia sobre su desembolso » ; « para que la ganancia sea [pág. 261]igual donde el desembolso, es decir, el coste de producción , es igual ” . Esta es una visión que utiliza claramente el coste de producción en el sentido del desembolso para el capitalista o coste de la mano de obra. De ninguna otra manera puede variar la ganancia con el “ costo de producción ” que en el sentido de que es lo que un artículo dado “ le cuesta al capitalista ” ; pero esa es la definición del Sr. Mill del coste de la mano de obra (p. 227 ). Sin embargo, es muy desconcertante cuando en la siguiente sección habla del “ valor natural, es decir, el coste de producción ” . Anteriormente, el valor incluía también el coste de producción y la ganancia. Habiendo señalado así cuál es la concepción del Sr. Mill del coste de producción, nos quedará en el próximo capítulo considerar si alguna otra visión del mismo es más satisfactoria.

Adam Smith y Ricardo denominaron Valor Natural (o Precio Natural) al valor de una cosa que es proporcional a su coste de producción. Con esto se referían al punto en torno al cual oscila el valor y al que siempre tiende a retornar; el valor central, hacia el cual, como lo expresa Adam Smith, gravita constantemente el valor de mercado de una cosa; y cualquier desviación del cual no es más que una irregularidad temporal que, en el momento en que existe, pone en movimiento fuerzas que tienden a corregirla. En un promedio de años suficiente para que las oscilaciones de un lado de la línea central se compensen con las del otro, el valor de mercado coincide con el valor natural; pero rara vez coincide exactamente con él en un momento determinado. El mar tiende en todas partes a nivelarse, pero nunca a un nivel exacto; su superficie siempre está agitada por las olas y a menudo por las tormentas. Basta con que ningún punto, al menos en alta mar, sea permanentemente más alto que otro. Cada lugar se eleva y se deprime alternativamente; pero el océano mantiene su nivel.

§ 6. El valor de estos bienes se confirma, a largo plazo, con su costo de producción a través de la interacción de la demanda y la oferta.

La influencia latente que hace que el valor de las cosas se ajuste a largo plazo al coste de producción es la variación que, de otro modo, se produciría en la oferta del producto. Esta aumentaría si el producto continuara vendiéndose por encima de su coste de producción, y disminuiría si cayera por debajo de dicho coste.

Si un dólar cubre el gasto de fabricación de una pala, entonces, cuando una pala, en virtud de una demanda repentina, aumenta su valor a uno, [pág. 262]Por cada dólar y diez centavos, los fabricantes obtenían una ganancia adicional de diez centavos. Esto no podía continuar así, ya que otro capital entraría en esta industria y aumentaría la oferta, de modo que una pala se vendería a solo un dólar; entonces, todos recibirían la ganancia promedio. Si, debido al cese de la demanda de palas, el precio bajara a noventa centavos, los fabricantes perderían diez centavos por cada pala fabricada y vendida. En consecuencia, dejarían de operar con pérdidas, se retiraría el capital y no se fabricarían palas hasta que la oferta se ajustara al gasto necesario para su fabricación (un dólar). De esta manera, siempre que el valor se desvía del costo normal, se pone en marcha ipso facto una serie de fuerzas que automáticamente lo restablecen a ese costo. Así, vemos de nuevo la naturaleza de una ley económica: el valor puede no corresponder exactamente con el costo de producción, pero existe una tendencia en todos los valores a ajustarse a ese costo, y esta tendencia obedecen irresistiblemente. Un cuerpo que posee peso no se mueve hacia abajo en todas las circunstancias (se pueden arrojar piedras hacia arriba), pero de todos modos la ley de la gravitación sigue siendo válida.

No es necesario que se produzca una alteración real de la oferta; y cuando la hay, la alteración, si es permanente, no es la causa, sino la consecuencia, de la alteración del valor. Si, en efecto, no se pudiera aumentar la oferta, ninguna disminución del coste de producción reduciría el valor; pero de ninguna manera es necesario que así sea . La mera posibilidad suele ser suficiente; los comerciantes son conscientes de lo que ocurriría, y su competencia mutua les lleva a anticipar el resultado bajando el precio.

Antes de que la luz eléctrica fuese aún conocida como un medio viable de iluminación (en 1878), el mero rumor de la invención de Edison, antes de que se hiciera público y mucho antes de que fuese practicable, provocó una grave caída en el precio de las acciones de gas.

Por lo tanto, es estrictamente correcto afirmar que el valor de las cosas cuya cantidad puede aumentarse a placer no depende (salvo accidentalmente y durante el tiempo necesario para que la producción se ajuste) de la oferta y la demanda; al contrario, la oferta y la demanda dependen de ella. Existe una demanda de una cierta cantidad del producto a su valor natural o de costo, y la oferta, a largo plazo, tiende a ajustarse a ella.

[pág. 263]

El Sr. Cairnes 213 afirma acertadamente: « La oferta de un producto siempre tiende a adaptarse a la demanda al precio normal. Puedo decir brevemente que por precio normal de un producto me refiero a aquel que basta, y no más que suficiente, para ofrecer a los productores la remuneración promedio y habitual por los sacrificios que realizan » .

Cuando en algún momento no se ajusta a esta norma, se debe a un error de cálculo o a un cambio en algunos de los elementos del problema; ya sea en el valor natural, es decir, en el coste de producción, o en la demanda, por una alteración del gusto del público, o en el número o la riqueza de los consumidores. Si se requiere un valor diferente del valor natural para que la demanda sea igual a la oferta, el valor de mercado se desviará del valor natural; pero solo temporalmente, pues la tendencia permanente de la oferta es ajustarse a la demanda que, según la experiencia, existe para la mercancía cuando se vende a su valor natural. Si la oferta es mayor o menor que esto, lo es accidentalmente, y proporciona una tasa de ganancia mayor o menor que la ordinaria, lo cual, bajo una competencia libre y activa, no puede continuar siendo así por mucho tiempo.

En resumen: la demanda y la oferta rigen el valor de todo lo que no puede aumentarse indefinidamente; salvo que incluso para ellos, cuando se producen industrialmente, existe un valor mínimo determinado por el coste de producción. Pero en todo lo que admite una multiplicación indefinida, la demanda y la oferta solo determinan las perturbaciones del valor durante un período que no puede exceder el tiempo necesario para alterar la oferta. Si bien rigen así las oscilaciones del valor, obedecen a una fuerza superior que hace que el valor graviten hacia el coste de producción, y que lo estabilizaría y lo mantendría allí si no surgieran continuamente nuevas influencias perturbadoras que lo desviaran de nuevo.

[pág. 264]


Capítulo II. Análisis definitivo del coste de producción.

§ 1. Del trabajo, elemento principal del coste de producción.

Los elementos que componen el Costo de Producción se han expuesto en la Primera Parte de esta investigación. 214 Se descubrió que el principal de ellos, y casi el único, era el Trabajo. Lo que la producción de una cosa le cuesta a su productor, o a su serie de productores, es el trabajo invertido en producirla. Si consideramos como productor al capitalista que realiza los anticipos, la palabra Trabajo puede sustituirse por la palabra Salario: lo que le cuesta el producto son los salarios que ha tenido que pagar. A primera vista, esto parece ser solo una parte de su gasto, ya que no solo ha pagado salarios a los trabajadores, sino que también les ha proporcionado herramientas, materiales y, quizás, edificios. Sin embargo, estas herramientas, materiales y edificios fueron producidos por el trabajo y el capital; y su valor, al igual que el del artículo a cuya producción están subordinados, depende del costo de producción, que a su vez se puede descomponer en trabajo. El costo de producción del paño no consiste completamente en los salarios de los tejedores; que son los únicos pagados directamente por el fabricante de telas. También incluye los salarios de los hilanderos y cardadores de lana, y, cabe añadir, los de los pastores, todos los cuales el fabricante de telas ha pagado con el precio del hilo. También incluye los salarios de los constructores y ladrilleros, que ha reembolsado en el precio del contrato de construcción de su fábrica. También incluye los salarios de los fabricantes de máquinas, fundidores de hierro y mineros. Y a estos hay que añadir los salarios de los transportistas que transportaron a cualquiera de [pág. 265]los medios y aparatos de producción al lugar donde se vayan a utilizar, y el producto mismo al lugar donde se vaya a vender.

En las palabras anteriores se confirma aquí la opinión de que, en la mente del Sr. Mill, el coste de producción se consideraba totalmente desde el punto de vista del capitalista y era idéntico al coste del trabajo para el capitalista.

El valor de las mercancías, por lo tanto, depende principalmente (pronto veremos si depende únicamente) de la cantidad de trabajo requerida para su producción, incluyendo en el concepto de producción la de su transporte al mercado. Pero dado que el coste de producción para el capitalista no es el trabajo, sino el salario, y dado que este puede ser mayor o menor, siendo la cantidad de trabajo la misma, parecería que el valor del producto no puede determinarse únicamente por la cantidad de trabajo, sino por la cantidad junto con la remuneración, y que los valores deben depender en parte del salario.

Ahora bien, la relación entre una cosa y otra no puede alterarse por ninguna causa que las afecte a ambas por igual. Un aumento o una disminución de los salarios generales es un hecho que afecta a todas las mercancías de la misma manera y, por lo tanto, no justifica que se intercambien entre sí en una proporción en lugar de otra. Si bien no existe un aumento general de valores, sí existe un aumento general de precios. En cuanto formamos claramente la idea de valores, vemos que los salarios altos o bajos no tienen nada que ver con ellos; pero que los salarios altos generan precios altos es una opinión popular y ampliamente extendida. El error que implica esta proposición solo se aprecia a fondo al abordar la teoría del dinero; por ahora, basta con decir que, de ser cierta, no puede existir un aumento real de salarios; pues si los salarios no pudieran subir sin un aumento proporcional del precio de todo, no podrían, para ningún propósito sustancial, subir en absoluto. Hay que recordar, también, que los precios elevados generales, incluso suponiendo que existan, no pueden ser de ninguna utilidad para un productor o comerciante, considerado como tal; porque, si aumentan sus ingresos monetarios, aumentan en el mismo grado. [pág. 266]Todos sus gastos. No hay manera de que los capitalistas puedan compensarse por un alto costo de la mano de obra mediante ninguna acción sobre los valores o los precios. No se puede evitar que se traduzca en bajas ganancias. Si los trabajadores realmente obtienen más, es decir, obtienen el producto de más trabajo, un porcentaje menor debe quedar como ganancia.

§ 2. Los salarios afectan los valores, sólo si son diferentes en distintos empleos; “ grupos no competidores ” .

Si bien los salarios generales , ya sean altos o bajos, no afectan los valores, si los salarios son más altos en un empleo que en otro, o si suben o bajan permanentemente en un empleo sin hacerlo en otros, estas desigualdades sí influyen en los valores. Por ejemplo, los productos fabricados con mano de obra cualificada se intercambian por el producto de una cantidad mucho mayor de mano de obra no cualificada, simplemente porque el trabajo está mejor remunerado. Hemos señalado anteriormente que la dificultad de pasar de una clase de empleo a otra muy superior ha hecho que, hasta ahora, los salarios de todas aquellas clases de trabajadores separados por una barrera muy marcada dependan más de lo que cabría suponer del aumento de la población de cada clase considerada por separado, y que las desigualdades en la remuneración del trabajo sean mucho mayores de lo que existiría si la competencia de los trabajadores en general pudiera aplicarse prácticamente a cada empleo en particular. De ello se deduce que los salarios en diferentes empleos no suben ni bajan simultáneamente, sino que son, durante períodos cortos y a veces incluso largos, casi independientes entre sí. Todas estas disparidades alteran evidentemente el coste relativo de producción de diferentes productos y, por tanto, estarán completamente representadas en su valor natural o promedio.

Esto es nuevamente un claro reconocimiento de la influencia de la teoría de Cairnes sobre los “ grupos no competidores ” . 215

Los salarios sí entran en el valor. Los salarios relativos del trabajo necesario para producir diferentes mercancías afectan a su valor tanto como las cantidades relativas de trabajo. [pág. 267]Es cierto que los salarios absolutos pagados no afectan los valores; pero tampoco la cantidad absoluta de trabajo. Si esta variara simultánea e igualmente en todas las mercancías, los valores no se verían afectados. Si, por ejemplo, se aumentara la eficiencia general del trabajo, de modo que todas las cosas, sin excepción, pudieran producirse en la misma cantidad que antes con una menor cantidad de trabajo, no se observaría rastro alguno de esta disminución general del coste de producción en los valores de las mercancías.

§ 3. Las utilidades son un elemento del costo de producción.

Hasta aquí, el trabajo o el salario como elemento del coste de producción. Pero en nuestro análisis, en el Primer Libro, de los requisitos de la producción, encontramos que existe otro elemento necesario además del trabajo. Existe también el capital; y, al ser este el resultado de la abstinencia, el producto, o su valor, debe ser suficiente para remunerar no solo todo el trabajo requerido, sino también la abstinencia de todas las personas que adelantaron la remuneración de las diferentes clases de trabajadores. El resultado de la abstinencia es la ganancia. Y la ganancia, como hemos visto, no es exclusivamente el excedente que le queda al capitalista tras ser compensado por su desembolso, sino que, en la mayoría de los casos, constituye una parte importante del propio desembolso. El hilandero de lino, cuyos gastos consisten en la compra de lino y maquinaria, ha tenido que pagar, en su precio, no solo los salarios del trabajo de cultivo del lino y la fabricación de la maquinaria, sino también las ganancias del cultivador, del lino-tratador, del minero, del fundidor de hierro y del fabricante de máquinas. Todas estas ganancias, junto con las del propio hilandero, fueron anticipadas por el tejedor en el precio de su material: el hilo de lino; y junto con ellas, las ganancias de un nuevo grupo de fabricantes de máquinas, y de los mineros y herreros que les suministraron su material metálico. Todos estos anticipos forman parte del costo de producción del lino. Por lo tanto, las ganancias, al igual que los salarios, entran en el costo de producción, que determina el valor del producto.

§ 4. El coste de producción propiamente representado por el sacrificio o coste, tanto para el trabajador como para el capitalista; la relación de esta concepción con el coste del trabajo.

Al analizar el costo de la mano de obra ( supra , págs. 225 , 226 ), el Sr. Mill encontró que los anticipos del productor inmediato consistían [pág. 268]No solo de salarios, sino también de herramientas, materiales, etc., en cuyo precio incluía las ganancias de un capitalista auxiliar que adelantaba el capital para fabricar dichas herramientas. Pero, entonces, si se estableciera una línea divisoria entre todos estos adelantos, separando salarios de ganancias, argumentó que, si todos los capitalistas (auxiliares e inmediatos) fueran uno, todos los adelantos del capitalista podrían considerarse salarios. En el análisis anterior, las ganancias no formaban parte del desembolso de los capitalistas. Y esto parece bastante correcto. Ahora, sin embargo, sugiere que el desembolso de los productores inmediatos debería incluir la ganancia del capitalista auxiliar. Es más, el Sr. Mill ahora incluye en el costo para el capitalista la ganancia del capitalista inmediato. Por ejemplo, en su ejemplo de la fabricación de lino, incluye no solo la ganancia del capital auxiliar dedicado al hilado y tejido, sino también la ganancia del capitalista inmediato y último, el fabricante de lino. Esto incluye en el costo de producción de un artículo una ganancia que no se realiza hasta que se produce el producto.

Ha llegado el momento de dar una idea más precisa del coste de producción. Todo el mundo admite, por ejemplo, que el coste de producción del trigo es menor en Estados Unidos que en Inglaterra. Si, por ejemplo, tres hombres con un capital de cien dólares pueden producir cien bushels de trigo en una parcela de terreno, A, en Estados Unidos, ocurrirá que esos mismos hombres y capital solo producirán sesenta bushels en una parcela, B, en Inglaterra.

En lenguaje corriente, decimos que el costo de producción es mayor en Inglaterra que en Estados Unidos, porque el mismo trabajo y capital producen aquí cien bushels por sesenta en Inglaterra; o, lo que es lo mismo, que menos trabajo y capital podrían producir sesenta bushels en Estados Unidos que sesenta bushels en Inglaterra. Si suponemos que una cuarta parte de la cosecha es ganancia y tres cuartas partes se asignan a salarios en ambos países, entonces en Estados Unidos los cien dólares de capital reciben veinticinco bushels de ganancia, mientras que en Inglaterra solo reciben quince; y los tres hombres reciben como salario en Estados Unidos veinticinco bushels cada uno, mientras que en Inglaterra reciben solo quince bushels cada uno. La primera inducción importante que debe hacerse es que, donde el costo de producción [pág. 269]Es bajo, los salarios y las ganancias son altos. La alta productividad de las industrias extractivas en Estados Unidos es la razón por la que los salarios y las ganancias son más altos aquí que en países más antiguos.

Ahora la segunda pregunta importante es, ¿el costo de producción está compuesto de salarios y ganancias, y es cierto que el costo aumenta con un aumento de salarios y ganancias? Ciertamente no. Los salarios y las ganancias son más altos en los Estados Unidos que en Inglaterra, pero nadie es tan absurdo como para decir que el costo de producción del trigo (como se explicó anteriormente) es más alto aquí que allí. Es exactamente porque el costo de producción del trigo es más bajo en los Estados Unidos que los salarios y las ganancias medidas en trigo son más altas aquí que en Inglaterra. Por lo tanto, no se puede asumir, como el Sr. Mill expone la doctrina, que el costo de producción está compuesto de salarios y ganancias. Cuando hablamos de un aumento en el costo de producción de un artículo dado, queremos decir que su producción requiere más trabajo y capital que antes; y de una disminución en el costo de producción, que requiere menos trabajo y capital que antes; En otras palabras , los trabajadores y los capitalistas se sacrifican más o menos en esfuerzo y abstinencia, respectivamente, para obtener un resultado determinado. Esta es la contribución al coste de producción que hace el Sr. Cairnes, y que se define brevemente de la siguiente manera : « En el caso del trabajo, el coste de producir una mercancía dada estará representado por el número promedio de trabajadores empleados en su producción —considerando al mismo tiempo la severidad del trabajo y el grado de riesgo que implica— multiplicado por la duración de sus labores. En el caso de la abstinencia, el principio es análogo; el sacrificio se medirá por la cantidad de riqueza de la que se abstiene, en relación con el riesgo incurrido, y multiplicada por la duración de la abstinencia » . 216

Esta visión del costo de producción considera, en el acto de producción, lo que el Sr. Mill no incluye: el costo, o sacrificio real, tanto para el trabajador como para el capitalista. Conviene, pues, establecer la relación entre el costo de producción, entendido en este mejor sentido, y el valor.

Dentro de grupos en competencia, donde el trabajo y el capital tienen libre elección para seleccionar las ocupaciones más remunerativas, los empleos más duros y desagradables serán los mejor pagados, y los salarios y las ganancias serán proporcionales al sacrificio que implique cada caso. De ser así, la cantidad pagada en salarios y ganancias representa los sacrificios en cada caso. [pág. 270]Ahora bien, el producto agregado de una industria es la fuente de la que se extraen sus salarios y ganancias: por lo tanto, los salarios y ganancias agregados deben variar con el valor del producto total. Si el valor total se aparta de la suma hasta ahora suficiente para pagar los salarios y ganancias dados, entonces algunos recibirán un pago proporcionalmente menor que su sacrificio. Por lo tanto, el valor de una mercancía dentro del grupo competidor debe ajustarse a los costos de producción. Si, por ejemplo ( a ), el valor en algún momento fuera tal que no le diera al trabajador el equivalente usual por su sacrificio, cambiaría su empleo a otro dentro del grupo donde pudiera obtenerlo; si ( b ) la parte del capitalista fuera en algún momento insuficiente para darle la recompensa usual por su abstinencia, cambiaría la inversión de su capital. Por lo tanto, dentro de los límites que permitan una libre competencia de trabajo y capital, el valor debe ajustarse al costo de producción.

No ocurre lo mismo, sin embargo, con los productos de grupos industriales no competitivos. Como demostró el Sr. Mill, la mano de obra no se transfiere libremente de un empleo a otro; y cabe señalar que el capital tampoco, aunque es mucho más flexible que la mano de obra. En un país grande y poco poblado, el capital no se mueve libremente por toda el área industrial; si así fuera, no prevalecerían diferentes tasas de ganancia, como todos sabemos que suceden en Estados Unidos. Ahora bien, como se indicó anteriormente, el valor total de las mercancías resultantes del esfuerzo de cada grupo de productores es la fuente de la que se obtienen los salarios y las ganancias. Los salarios y las ganancias agregados en cada industria variarán con el valor de los productos agregados. Pero este valor total depende de lo que se intercambie por los productos de otros grupos; es decir, este valor depende de la demanda recíproca de un grupo por las mercancías de los otros grupos, en comparación con la demanda de los otros grupos por sus productos. Por ejemplo, aunque el costo de producción es bajo en el grupo A, si la demanda de grupos externos fuera fuerte, el valor de cambio de los productos de A aumentaría, y A obtendría más de otros bienes a cambio; es decir, la producción total es grande, pero un segundo incremento, derivado de un mayor valor de cambio, se repartirá entre los trabajadores y capitalistas de A. Hace unos años, alrededor de 1878-1879, el valor del trigo en Estados Unidos aumentó debido a la mayor demanda de Europa, donde las cosechas habían sido inusualmente deficientes. No se había producido una caída en la productividad de la industria agrícola estadounidense que provocara el aumento de precio; pero la demanda relativa de trigo de otros grupos industriales, producto de la industria agrícola, elevó el valor de cambio del trigo y, por lo tanto, aumentó las remuneraciones industriales de quienes se dedicaban a la agricultura como trabajadores y capitalistas. Por lo tanto, [pág. 271]Se concluye que, dado que no existe libre circulación de mano de obra y capital entre grupos no competitivos, los salarios y las ganancias pueden mantenerse constantemente a tasas que no se corresponden con el sacrificio real, o el coste, para la mano de obra y el capital en los diferentes grupos; por lo tanto, sus productos no se intercambian entre sí en proporción a sus costes de producción. La demanda recíproca es la ley de su valor.

Se dirá de inmediato que la concepción anterior del coste de producción se opone por completo al lenguaje de los hombres de negocios prácticos. Constantemente hablan de salarios más altos o más bajos como un aumento de su coste de producción o como un efecto en su capacidad para competir con extranjeros. Un uso tan universal implica una base de verdad que exige atención. Los salarios representan un coste para el capitalista, es decir, la mayor parte del desembolso que realiza para obtener una determinada rentabilidad; pero ya hemos visto esto y, en el lenguaje de la Economía Política, lo hemos denominado « coste de mano de obra » para el capitalista. Cuando el mundo empresarial utiliza la frase «coste de producción», la emplea en el sentido de coste de mano de obra, como ya se ha explicado. Cuando los huelguistas les obligan a pagar más salarios, dicen que esto aumenta su « coste de producción » , es decir, el coste que les supone obtener su producto, y que afecta a sus beneficios. Esto, entonces, demostrará que no hay objeción que formular, en su verdadero sentido, contra la frase costo de producción, que surge de su mal uso en el lenguaje común de los negocios.

Sin embargo, merece atención la verdadera conexión entre la concepción correcta del costo de producción y el costo de la mano de obra. Esta se relaciona con el costo de la mano de obra a través de uno de sus elementos, la " eficiencia laboral " . Cuanto más productiva sea una industria, mayores serán sus salarios y ganancias, y es precisamente en este punto donde se debe prestar mayor atención a las relaciones entre el trabajo y el capital. Si se puede aumentar la productividad, es posible obtener salarios más altos, así como mayores ganancias. La correcta comprensión de la idea de que donde el costo de producción es bajo, los salarios y las ganancias son altos, arroja luz sobre muchas cuestiones industriales en Estados Unidos. En relación con el costo de la mano de obra, como he mostrado, significa que si las mercancías pueden producirse con un menor sacrificio para el trabajo y el capital mediante el uso de maquinaria y nuevos procesos, los salarios más altos son consistentes con un precio más bajo del producto en cuestión. Esto explica el hecho de que, debido a la habilidad o los recursos naturales, la mano de obra, aunque reciba salarios mucho más altos, puede producir artículos más baratos que los trabajadores con salarios más bajos. El Sr. Brassey 217 ha señalado que los salarios ingleses son más altos que en el continente; y, sin embargo, Inglaterra, debido a los bajos costos de producción, [pág. 272]Gracias a su habilidad, recursos naturales, etc., puede producir una cantidad mucho mayor de bienes con un gasto determinado que (manteniendo su tasa de ganancia habitual) generalmente puede vender a precios más bajos que sus competidores que emplean mano de obra más barata. Las mismas observaciones se aplican a Estados Unidos; pero la cuestión de la competencia extranjera se analizará con más detalle ( Libro III, Cap. XX ) después de estudiar el comercio internacional y los valores.

Y aquí conviene precisar qué debe entenderse por una " fluctuación del mercado " , a diferencia de los cambios del precio normal que hemos estado considerando. El precio normal, como hemos visto, se rige, según las circunstancias del caso [en cuanto a si existe o no libre competencia industrial], por una u otra de dos causas: el coste de producción y la demanda recíproca. Por lo tanto, un cambio en el precio normal es consecuencia de una alteración en una u otra de estas condiciones. Mientras la condición determinante —ya sea el coste de producción o la demanda recíproca— permanezca constante, el precio normal debe considerarse constante; pero, al permanecer constante el precio normal, el precio de mercado (que, como hemos visto, depende de la opinión de los comerciantes respecto al estado de la oferta y la demanda en relación con el artículo en particular) puede experimentar un cambio, es decir, puede desviarse hacia arriba o hacia abajo del nivel normal. Dichos cambios de precio, que ocurren mientras las condiciones permanentes de producción permanecen inalteradas, solo pueden ser temporales, y se activan, como “fuerzas que tienden inmediatamente a restablecer el estado normal de las cosas: por lo tanto, pueden describirse apropiadamente como ' fluctuaciones del mercado '  ” . 218

§ 5. Cuando los beneficios varían de un Empleo a otro, o se distribuyen en períodos desiguales de tiempo, afectan en consecuencia a los Valores.

Sin embargo, el valor, al ser puramente relativo, no puede depender de las ganancias absolutas, ni de los salarios absolutos, sino únicamente de las ganancias relativas. Las altas ganancias generales, como tampoco los altos salarios generales, pueden ser causa de altos valores, porque estos son un absurdo y una contradicción. En la medida en que las ganancias entran en el costo de producción de todas las cosas, no pueden afectar el valor de ninguna. Solo al entrar en mayor medida en el costo de producción de algunas cosas que de otras, pueden influir en el valor.

Sin embargo, las ganancias pueden entrar en mayor medida en las condiciones de producción de un producto que de otro, incluso [pág. 273]Aunque no haya diferencia en la tasa de ganancia entre ambos empleos, un producto puede generar ganancias durante un período más largo que el otro. El ejemplo que suele ilustrar este caso es el del vino. Supongamos una cantidad de vino y otra de tela, producidas con la misma cantidad de trabajo, y ese trabajo se paga al mismo precio. La tela no mejora con el almacenamiento; el vino sí. Supongamos que, para alcanzar la calidad deseada, el vino debe conservarse cinco años. El productor o comerciante no lo conservará a menos que al cabo de cinco años pueda venderlo por un precio mucho mayor que la tela, equivalente a la ganancia de cinco años, acumulada a interés compuesto. El vino y la tela se fabricaron con la misma inversión original. He aquí, pues, un caso en el que los valores naturales, relativos entre sí, de dos mercancías no se ajustan a su coste de producción solamente, sino a su coste de producción más algo más, a menos que, por el bien de la generalidad de la expresión, incluyamos el beneficio que el comerciante de vinos renuncia durante los cinco años en el coste de producción del vino, considerándolo como una especie de desembolso adicional, además de sus otros anticipos, desembolso por el cual debe ser indemnizado al final.

Considerando el costo de producción como la cantidad de mano de obra y abstinencia requeridas para la producción, y no como lo considera el Sr. Mill, como la cantidad de salarios y ganancias, lo anterior es simplemente un caso donde, en la producción de vino, la duración de la abstinencia es mayor que en la producción de tela. Si existe libre movimiento de mano de obra y capital entre ambas industrias, se intercambiarán proporcionalmente a los sacrificios involucrados; de modo que el vino se intercambiaría por más tela, porque hubo más sacrificio. La misma explicación se aplica al siguiente ejemplo:

Todas las mercancías fabricadas mediante maquinaria se asimilan, al menos aproximadamente, al vino del ejemplo anterior. En comparación con las mercancías fabricadas íntegramente mediante trabajo inmediato, las ganancias se incluyen con mayor frecuencia en su coste de producción. Supongamos dos mercancías, A y B, cuya producción requiere un año cada una, mediante un capital que analizaremos a continuación. [pág. 274]En esta ocasión, denotemos el producto en dinero y supongamos que son 1.000 £. A se fabrica íntegramente con trabajo inmediato, gastándose las 1.000 £ directamente en salarios. B se fabrica con mano de obra que cuesta 500 £ y una máquina que cuesta 500 £, y la máquina se desgasta con un año de uso. Los dos productos tendrán exactamente el mismo valor, que, si se calcula en dinero y las ganancias son del 20 % anual, será de 1.200 £. Pero de estas 1.200 £, en el caso de A, solo 200 £, o una sexta parte, son ganancias; mientras que en el caso de B no solo hay 200 £, sino 500 £ (el precio de la máquina) como parte de las ganancias del fabricante de la máquina; lo cual, si suponemos que la máquina también tardó un año en producirse, es de nuevo una sexta parte. De modo que en el caso A sólo una sexta parte del rendimiento total es beneficio, mientras que en el caso B el elemento de beneficio comprende no sólo una sexta parte del total, sino una sexta parte adicional de una gran parte.

De la proporción desigual en que, en diferentes empleos, las ganancias se incorporan a los anticipos del capitalista y, por lo tanto, a los rendimientos que este exige, se desprenden dos consecuencias en cuanto al valor: (1) La primera es que las mercancías no se intercambian simplemente en proporción a las cantidades de trabajo requeridas para producirlas, ni siquiera considerando las tasas desiguales a las que se remunera permanentemente el trabajo de los diferentes tipos.

(2.) Una segunda consecuencia es que cualquier aumento o disminución de las ganancias generales tendrá un efecto sobre los valores. No, en efecto, elevándolos o disminuyéndolos en general (lo cual, como hemos dicho tantas veces, es una contradicción y una imposibilidad), sino alterando la proporción en que los valores de las cosas se ven afectados por la desigual duración de la ganancia. Cuando dos cosas, aunque fabricadas con igual trabajo, tienen un valor desigual porque una debe rendir ganancias durante más años o meses que la otra, esta diferencia de valor será mayor cuando las ganancias sean mayores y menor cuando sean menores. El vino, que debe rendir cinco años más de ganancias que la tela, lo superará en valor mucho más si las ganancias son del cuarenta por ciento que si son solo del veinte por ciento.

[pág. 275]

De esto se desprende que incluso un aumento general de los salarios, cuando implica un aumento real del coste de la mano de obra, influye en cierta medida en los valores. No los afecta de la manera que se supone vulgarmente, elevándolos universalmente; pero un aumento del coste de la mano de obra reduce las ganancias y, por lo tanto, reduce el valor natural de las cosas en las que las ganancias entran en una proporción mayor que la media, y aumenta el de aquellas en las que entran en una proporción menor que la media. Todas las mercancías en cuya producción la maquinaria desempeña un papel importante, especialmente si esta es muy duradera, disminuyen su valor relativo cuando bajan las ganancias; o, lo que es equivalente, el valor de otras cosas aumenta en relación con ellas. Esta verdad se expresa a veces con una fraseología más plausible que sólida, diciendo que un aumento de los salarios eleva el valor de las cosas fabricadas mediante el trabajo en comparación con las fabricadas mediante maquinaria. Pero las cosas hechas por maquinaria, lo mismo que cualquier otra cosa, se hacen por trabajo, es decir, el trabajo que hizo la maquinaria misma; la única diferencia es que las ganancias entran algo más abundantemente en la producción de cosas para las que se usa maquinaria, aunque el elemento principal del gasto sigue siendo el trabajo.

§ 6. Elementos ocasionales del costo de producción: impuestos y rentas del suelo.

El costo de producción consta de varios elementos, algunos constantes y universales, y otros ocasionales. Los elementos universales del costo de producción son los salarios del trabajo y las ganancias del capital. Los elementos ocasionales son los impuestos y cualquier costo adicional ocasionado por la escasez de algunos de los artículos necesarios. Además de los elementos naturales y necesarios del costo de producción —trabajo y ganancias—, existen otros artificiales y ocasionales, como, por ejemplo, un impuesto. Los impuestos sobre el lúpulo y la malta forman parte del costo de producción de estos artículos tanto como los salarios de los trabajadores. Los gastos que impone la ley, así como los que impone la naturaleza de las cosas, deben reembolsarse con la ganancia ordinaria del valor del producto, o los productos no seguirán produciéndose. Pero la influencia de los impuestos sobre el valor está sujeta a las mismas condiciones que la de los salarios y las ganancias. No es... [pág. 276]No se trata de impuestos generales, sino de impuestos diferenciales, lo que produce el efecto. Si se gravaran todas las producciones de forma que se obtuviera un porcentaje igual de todas las ganancias, los valores relativos no se verían alterados en absoluto. Si solo se gravaran unas pocas mercancías, su valor aumentaría; y si solo unas pocas quedaran sin gravar, su valor disminuiría.

Pero el caso en el que el valor de escasez opera principalmente incrementando el costo de producción es el de los agentes naturales. Estos, cuando no son apropiados y están disponibles para su consumo, no entran en el costo de producción, salvo en la medida del trabajo necesario para acondicionarlos para su uso. Incluso cuando son apropiados, no adquieren valor (como ya hemos visto) por el mero hecho de la apropiación, sino únicamente por la escasez, es decir, por la limitación de la oferta. Pero es igualmente cierto que a menudo sí lo son.

Nadie puede negar que la renta a veces entra en el costo de producción [de productos distintos a los agrícolas]. Si compro o alquilo un terreno y construyo allí una fábrica textil, la renta del terreno forma legítimamente parte de mis gastos de producción, que deben ser compensados con el producto. Y dado que todas las fábricas se construyen sobre terreno, y la mayoría de ellas en lugares donde el terreno es particularmente valioso, la renta pagada por ella debe, en promedio, compensarse con el valor de todos los productos fabricados en las fábricas. En el capítulo siguiente se mostrará en qué sentido es cierto que la renta no entra en el costo de producción ni afecta el valor de los productos agrícolas .

Estos elementos ocasionales del coste de producción, como impuestos, seguros, rentas del suelo, etc., deben considerarse como un aumento en la cantidad de capital requerida para la operación de producción en cuestión y, en consecuencia, resultan en un aumento del coste de producción, ya que se recompensa la abstinencia, ya sea por mayor o por mayor tiempo. Por lo tanto, si estos elementos no son universales (o comunes a todos los artículos), afectarán el valor de cambio de las mercancías donde exista libre competencia.

[pág. 277]


Capítulo III. De la renta en su relación con el valor.

§ 1. Mercancías susceptibles de multiplicación indefinida, pero no sin aumento de costo. Ley de su valor, costo de producción en las circunstancias más desfavorables.

Hemos investigado las leyes que determinan el valor de dos clases de mercancías: la clase pequeña, cuyo valor, limitada a una cantidad definida, está completamente determinado por la oferta y la demanda, salvo que su coste de producción (si lo tiene) constituye un mínimo por debajo del cual no puede caer permanentemente; y la clase grande, que puede multiplicarse ad libitum mediante trabajo y capital, y cuyo coste de producción fija tanto el máximo como el mínimo al que pueden intercambiarse permanentemente [si existe libre competencia]. Pero aún queda un tercer tipo de mercancías por considerar: aquellas que tienen no uno, sino varios costes de producción; cuya cantidad siempre puede incrementarse mediante trabajo y capital, pero no en la misma cantidad de trabajo y capital; de las cuales se puede producir una cantidad determinada a un coste dado, pero una cantidad adicional no sin un coste mayor. Estas mercancías forman una clase intermedia, que comparte las características de ambas. La principal de ellas es la producción agrícola. Ya hemos hecho amplia referencia a la verdad fundamental de que en la agricultura, dado el estado actual de la técnica, duplicar el trabajo no duplica la producción; Que, si se requiere una mayor cantidad de producto, el suministro adicional se obtiene a un costo mayor que el primero. Donde cien quarters de maíz son todo lo que se requiere actualmente de las tierras de una aldea dada, si el crecimiento de la población obliga a producir cien más, ya sea mediante la roturación de tierras peores ahora sin cultivar, o mediante un cultivo más elaborado de las tierras ya aradas, los cien adicionales, o al menos una parte de ellos, podrían costar el doble o el triple por quarter que el suministro anterior.

[pág. 278]

Si los primeros cien quarters se cultivaran con el mismo gasto (cultivando solo la mejor tierra), y si dicho gasto se compensara con la ganancia ordinaria a un precio de 20 chelines por quarter, el precio natural del trigo, siempre que no se necesitara más de esa cantidad, sería de 20 chelines ; y solo podría subir o bajar por encima de ese precio debido a las vicisitudes de las estaciones u otras variaciones ocasionales en la oferta. Pero si la población del distrito aumentara, llegaría un momento en que se necesitarían más de cien quarters para alimentarla. Debemos suponer que no hay acceso a ningún suministro extranjero. Por hipótesis, no se pueden producir más de cien quarters en el distrito, a menos que se cultiven tierras de peor calidad o se modifique el sistema de cultivo a uno más costoso. Ninguna de estas medidas se logrará sin un aumento de precio. Este aumento de precio se producirá gradualmente por la creciente demanda. Mientras el precio haya subido, pero no lo suficiente como para compensar con la ganancia ordinaria el coste de producir una cantidad adicional, el valor incrementado de la oferta limitada participa de la naturaleza de un valor de escasez. Supongamos que no basta cultivar la tierra de segunda calidad, o la tierra de segundo grado de lejanía, por una ganancia menor a 25 chelines el quarter; y que este precio también es necesario para remunerar las costosas operaciones mediante las cuales se podría obtener una mayor producción de la tierra de primera calidad. Si es así, el precio subirá, debido al aumento de la demanda, hasta llegar a 25 chelines. Ese será ahora el precio natural; siendo el precio sin el cual la cantidad, para la cual la sociedad tiene una demanda a ese precio, no se producirá. A ese precio, sin embargo, la sociedad puede continuar durante algún tiempo más; podría continuar quizás eternamente, si la población no aumentara. El precio, una vez alcanzado ese punto, no volverá a retroceder permanentemente (aunque puede caer temporalmente por una abundancia accidental); Ni avanzará más mientras la sociedad pueda obtener el suministro que necesita sin un segundo aumento del coste de producción.

En el caso supuesto, diferentes porciones del suministro de [pág. 279]El maíz tiene diferentes costos de producción. Aunque los veinte, cincuenta o ciento cincuenta quarters adicionales se hayan producido a un costo proporcional a 25 s. , los cien quarters originales por año todavía se producen a un costo solo proporcional a 20 s. Esto es evidente si el suministro original y el adicional se producen en diferentes calidades de tierra. Es igualmente cierto si se producen en la misma tierra. Supongamos que la tierra de la mejor calidad, que produjo cien quarters a 20 s. , se ha convertido en ciento cincuenta mediante un proceso costoso, que no sería rentable emprender sin un precio de 25 s. El costo que requiere 25 s. se incurre solo por cincuenta quarters: los primeros cien podrían haber continuado produciéndose indefinidamente al costo original y con el beneficio, en esa cantidad, de todo el aumento de precio causado por el aumento de la demanda: nadie, por lo tanto, incurrirá en el gasto adicional por los cincuenta adicionales, a menos que solo ellos paguen por la totalidad. Los cincuenta, pues, se producirán a su precio natural, proporcional al coste de su producción, mientras que los otros cien producirán ahora 5 chelines 1/2 más que su precio natural, es decir, que el precio correspondiente y suficiente para remunerar su menor coste de producción.

Si la producción de cualquier porción, incluso la más pequeña, de la oferta requiere como condición necesaria un precio determinado, ese precio se obtendrá para todas las demás. No podemos comprar un pan más barato que otro porque el maíz con el que se elaboró, al cultivarse en un suelo más fértil, le haya costado menos al agricultor. Por lo tanto, el valor de un artículo (es decir, su valor natural, que es lo mismo que su valor promedio) se determina por el costo de la porción de la oferta que se produce y se comercializa al mayor costo. Esta es la Ley del Valor de la tercera de las tres clases en las que se dividen todas las mercancías.

§ 2. Dichas mercancías, cuando se producen en circunstancias más favorables, producen una renta igual a la diferencia de costos.

Si la parte del producto cultivado en circunstancias más desfavorables obtiene un valor proporcional a su costo de producción; todas las porciones cultivadas en circunstancias más favorables, [pág. 280]vendiendo como deben hacerlo al mismo valor, obtienen un valor más que proporcional a su costo de producción.

Sin embargo, los propietarios de esas porciones del producto gozan de un privilegio: obtienen un valor que les rinde más que la ganancia ordinaria. Esta ventaja depende de la posesión de un agente natural de calidad peculiar, como, por ejemplo, una tierra más fértil que la que determina el valor general de la mercancía; y cuando este agente natural no les pertenece, quien lo posee puede exigirles, en forma de renta, la totalidad de la ganancia adicional derivada de su uso. De este modo, llegamos por otro camino a la Ley de la Renta, investigada en el capítulo final del Segundo Libro. La renta, como vemos de nuevo, es la diferencia entre los rendimientos desiguales de las diferentes partes del capital empleado en la tierra. Cualquier excedente que produzca cualquier porción del capital agrícola, además de lo que produce la misma cantidad de capital en el suelo más desfavorable o bajo el modo de cultivo más costoso, al que las demandas sociales obligan a recurrir, ese excedente se pagará naturalmente como renta de ese capital al propietario de la tierra en la que se emplea.

El análisis de la renta se aborda aquí íntegramente desde la perspectiva del valor, mientras que antes ( Libro II, Cap. VI ) la ley de la renta se alcanzaba mediante una limitación de la cantidad de tierra debido a la influencia de la población. En el primer caso, la renta y el producto se expresaban en bushels. Al introducir ahora el precio (como símbolo conveniente del valor), en lugar del aumento de la demanda de población por separado en nuestro ejemplo (pág. 240 ), se observará cómo la misma operación, considerada únicamente en relación con el valor, nos lleva a la misma ley:

Precio por bushel.

A

B

do

D

24 bushels

18 bushels

12 bushels

6 bushels

Valor total del producto.

Alquilar.

Valor total del producto.

Alquilar.

Valor total del producto.

Alquilar.

Valor total del producto.

$1.00

$24.00

$0.00

....

....

....

....

....

$1.33

$32.00

$8.00

$24.00

$0.00

....

....

....

$2.00

$48.00

$24.00

$36.00

$12.00

$24.00

$0.00

....

$4.00

$96.00

$72.00

$72.00

$48.00

$48.00

$24.00

$24.00

[pág. 281]

Durante mucho tiempo los economistas políticos, e incluso Adam Smith, creyeron que el producto de la tierra siempre tiene un valor de monopolio porque, según ellos, además de la tasa ordinaria de ganancia, siempre produce algo más por renta. Ahora vemos que esto es erróneo. Algo no puede tener un valor de monopolio cuando su oferta puede aumentarse indefinidamente si solo estamos dispuestos a asumir el coste. Mientras exista tierra apta para el cultivo, que al precio actual no pueda cultivarse de forma rentable, debe haber tierra un poco mejor, que genere la ganancia ordinaria, pero no permita renta alguna. Y esa tierra, si se encuentra dentro de los límites de una finca, será cultivada por el agricultor; de lo contrario, probablemente por el propietario o por alguna otra persona con tolerancia. Al menos, es difícil que exista alguna tierra de este tipo, cultivada.

La renta, por lo tanto, no forma parte del costo de producción que determina el valor de los productos agrícolas. La tierra o el capital en peores condiciones entre los efectivamente empleados no paga renta, y esa tierra o capital determina el costo de producción que regula el valor de todo el producto. Por lo tanto, la renta no es, como ya hemos visto, causa de valor, sino el precio del privilegio que la desigualdad de los rendimientos de las diferentes porciones de los productos agrícolas confiere a todos, excepto a la porción menos favorecida.

La renta, en resumen, simplemente iguala las ganancias de los diferentes capitales agrícolas, al permitir que el terrateniente se apropie de todas las ganancias adicionales ocasionadas por la superioridad de las ventajas naturales. Si todos los terratenientes renunciaran unánimemente a su renta, solo la transferirían a los agricultores, sin beneficiar al consumidor; pues el precio actual del grano seguiría siendo una condición indispensable para la producción de parte de la oferta existente, y si una parte obtuviera ese precio, la totalidad lo obtendría. Por lo tanto, la renta, a menos que se incremente artificialmente mediante leyes restrictivas, no representa una carga para el consumidor: no eleva el precio del grano y no perjudica al público de ninguna otra manera, salvo si... [pág. 282]Si el Estado lo hubiera conservado o hubiera impuesto un equivalente en forma de impuesto territorial, habría sido entonces un fondo aplicable al beneficio general en lugar del privado.

Por consiguiente, la nacionalización de la tierra no beneficiaría en nada a las clases trabajadoras al reducir el precio que para ellas o para cualquier consumidor tienen los alimentos o los productos agrícolas.

§ 3. Rentas de minas y pesquerías, rentas del suelo de edificios y casos de ganancia análogos a la renta.

Las producciones agrícolas no son los únicos productos que tienen varios costos de producción diferentes a la vez y que, como consecuencia de esa diferencia y en proporción a ella, generan una renta. Las minas también son un ejemplo. Casi todas las materias primas extraídas del interior de la tierra —metales, carbón, piedras preciosas, etc.— se obtienen de minas con una fertilidad considerablemente diferente, es decir, que producen cantidades muy diferentes de producto con la misma cantidad de trabajo y capital. Quizás haya casos en los que sea imposible extraer de una veta específica, en un tiempo dado, más de una cierta cantidad de mineral, porque solo hay una superficie limitada de la veta expuesta, en la que no se puede emplear simultáneamente a más de un cierto número de trabajadores. Pero esto no ocurre en todas las minas. En las minas de carbón, por ejemplo, debe buscarse otra causa de limitación. En algunos casos, los propietarios limitan la cantidad extraída para no agotar la mina demasiado rápido; en otros, se dice que existen asociaciones de propietarios para mantener un precio de monopolio limitando la producción. Cualesquiera que sean las causas, es un hecho que existen minas de diferentes grados de riqueza en explotación, y dado que el valor del producto debe ser proporcional al coste de producción en la mina más pobre (fertilidad y situación en conjunto), es más que proporcional al de la mejor. Todas las minas con un producto superior al de la peor explotada producirán, por lo tanto, una renta igual al excedente. Pueden producir más; y la peor mina puede, a su vez, producir una renta. Al ser las minas comparativamente pocas, sus calidades no se gradúan gradualmente entre sí, como lo hacen las calidades de la tierra; y la demanda puede ser tal que mantenga el valor del producto considerablemente por encima del coste de producción en la peor mina explotada actualmente, sin [pág. 283]siendo suficiente para poner en funcionamiento algo aún peor. Durante el intervalo, el producto se encuentra realmente en un valor de escasez.

La pesca es otro ejemplo. Las pesquerías en alta mar no se apropian, pero las pesquerías en lagos o ríos casi siempre lo hacen, al igual que los criaderos de ostras u otras zonas de pesca específicas en las costas. Podemos tomar la pesca del salmón como ejemplo de toda la clase. Algunos ríos son mucho más productivos en salmón que otros. Sin embargo, ninguno, sin agotarse, puede satisfacer más que una demanda muy limitada. Por lo tanto, todos los demás, si se apropian, proporcionarán una renta igual al valor de su superioridad.

Tanto en el caso de las minas como de la pesca, el orden natural de los acontecimientos puede verse interrumpido por la apertura de una nueva mina o pesquería de calidad superior a algunas de las ya en explotación. En este caso, cuando las cosas se hayan ajustado permanentemente, el resultado será que la escala de calidades que abastece el mercado se habrá acortado en el extremo inferior, mientras que se habrá introducido una nueva en la escala en un punto superior; y la peor mina o pesquería en explotación —la que regula las rentas de las calidades superiores y el valor del producto— será una mina o pesquería de mejor calidad que la que la regulaba previamente.

La renta del suelo de un edificio, y la de un jardín o parque anexo, no será inferior a la que el mismo terreno proporcionaría en la agricultura, pero puede ser superior hasta un límite indefinido; el excedente se obtiene por consideración a la belleza o a la conveniencia, que a menudo consiste en mayores facilidades para obtener ganancias económicas. Los terrenos de notable belleza suelen tener una oferta limitada y, por lo tanto, si tienen una gran demanda, su valor es escaso. Los terrenos superiores solo en conveniencia se rigen por los principios ordinarios de la renta. La renta del suelo de una casa en un pequeño pueblo es apenas superior a la de un terreno similar en campo abierto.

Supongamos que los distintos tipos de tierra están representados por el alfabeto; que aquellos que están por debajo del 0 no pagan renta agrícola, y que [pág. 284]todas las tierras aumentan en fertilidad y situación a medida que nos acercamos al principio del alfabeto, pero las que, hasta K, se utilizan en agricultura; las que, por encima de K, se utilizan de forma más rentable para fines de construcción, a saber:

A, B, C, ... | K, L, M, N, O, | ... X, Y, Z.

Ahora bien, ocurrirá que se elija un terreno para fines de construcción independientemente de su fertilidad para fines agrícolas. No será cierto, como algunos podrían pensar, que ningún terreno se usará para construcción hasta que pague una renta superior a la renta agrícola más alta pagada por cualquier terreno. No es cierto, por ejemplo, que si se selecciona N para un terreno edificable, deba pagar una renta tan alta como la renta agrícola de K, la tierra más fértil cultivada. Debe pagar una renta superior a la que pagaría si se cultivara. Solo es necesario que pague más de lo que la misma tierra (no mejor) pagaría como renta si se usara solo para agricultura.

Las rentas de muelles, muelles y puertos, la energía hidráulica y muchos otros privilegios pueden analizarse con principios similares. Tomemos, por ejemplo, el caso de una patente o privilegio exclusivo para el uso de un proceso que reduce el coste de producción. Si el valor del producto sigue estando regulado por el coste para quienes se ven obligados a persistir en el proceso anterior, el titular de la patente obtendrá una ganancia adicional equivalente a la ventaja que su proceso ofrece sobre el de ellos. Esta ganancia adicional es esencialmente similar a la renta, y a veces incluso asume la forma de esta, ya que el titular de la patente permite a otros productores el uso de su privilegio a cambio de un pago anual.

Las ganancias adicionales que cualquier productor o comerciante obtiene gracias a un talento superior para los negocios o a acuerdos comerciales superiores son muy similares. Si todos sus competidores tuvieran las mismas ventajas y las utilizaran, el beneficio se transferiría a sus clientes a través de la disminución del valor del artículo; solo lo conserva para sí mismo porque puede llevar su producto al mercado a un costo menor, mientras que su valor se determina por uno más alto. 219

[pág. 285]

§ 4. Resumen de las leyes del valor de cada una de las tres clases de mercancías.

Un resumen general de las leyes del valor, donde existe un libre movimiento de trabajo y capital, puede hacerse ahora brevemente en la forma siguiente:

El valor de cambio tiene tres condiciones, a saber:
1. Utilidad, o capacidad de satisfacer un deseo (U).
2. Dificultad de obtención (D), según la cual hay tres clases de mercancías.
3. Transferibilidad.

De la segunda condición, hay tres clases:
1. Aquellos con oferta limitada, por ejemplo, cuadros antiguos o artículos monopolizados.
2. Aquellos cuya oferta puede aumentar indefinidamente mediante el uso de trabajo y capital.
3. Aquellos cuya oferta se obtiene a un coste que aumenta gradualmente, según la ley de los rendimientos decrecientes.

De aquellos con oferta limitada, su valor está regulado por la oferta y la demanda. El único límite es EE. UU.

De aquellos cuya oferta es susceptible de aumento indefinido, su valor normal y permanente está regulado por el Costo de Producción, y su valor temporal o de mercado está regulado por la Oferta y la Demanda, oscilando en torno al Costo de Producción (que consiste en la cantidad de trabajo y abstinencia requerida).

De aquellos cuyo suministro se obtiene a un costo gradualmente creciente, su valor normal está regulado por el costo de producción de aquella porción de la cantidad total de la cantidad total necesaria, que se lleva al mercado al mayor gasto, y su valor de mercado está regulado por la oferta y la demanda (como en la clase 2).

Si no hay libre competencia entre industrias, entonces el valor de aquellos productos que, como se ha dicho en la clasificación anterior, dependen del costo de producción, se regirá por la ley de demanda recíproca.

[pág. 286]


Capítulo IV. Del Dinero.

§ 1. Las tres funciones del dinero: un denominador común de valor, un medio de intercambio, un “ patrón de valor ” .

Habiendo procedido hasta ahora en la determinación de las leyes generales del Valor, sin introducir la idea del Dinero (excepto ocasionalmente para ilustración), es hora de que ahora agreguemos esa idea y consideremos de qué manera los principios del intercambio mutuo de mercancías son afectados por el uso de lo que se denomina un Medio de Intercambio.

Como ha señalado el profesor Jevons 220 , el dinero realiza tres servicios distintos, que la mente puede separar y que merecen una definición y explicación por separado:

1. Una medida común, o denominador común, de valor.

2. Un medio de intercambio.

3. Un estándar de valor.

Sin embargo, FA Walker, 221 , dice: « El dinero es el medio de intercambio. Cualquier cosa que realice esta función, este trabajo, es dinero, sin importar de qué esté hecho... Lo que realiza el trabajo monetario es la cosa-dinero » .

(1.) [Si no tuviéramos dinero], el primer y más obvio [inconveniente] sería la falta de una medida común para valores de diferentes tipos. Si un sastre solo tuviera abrigos y quisiera comprar pan o un caballo, sería muy complicado determinar cuánto pan debería obtener por un abrigo o cuántos abrigos debería dar por un caballo. El cálculo tendría que reiniciarse con datos diferentes cada vez que intercambiara sus abrigos por un artículo distinto, y no habría precio actual ni cotizaciones regulares de valor. Es mucho más fácil comparar diferentes longitudes expresando [pág. 287]ellos en un lenguaje común de pies y pulgadas, por lo que es mucho más fácil comparar valores por medio de un lenguaje común de [dólares y centavos].

La necesidad de un denominador común de valores (un término excelente, introducido por Storch), a cuyos términos se puedan reducir y comparar los valores de todos los demás bienes, es tan grande como la necesidad de que los habitantes de los diferentes estados de Estados Unidos tengan un idioma común que les permita comunicar sus ideas a toda la nación. Un hombre puede tener un caballo, cuyo valor desea comparar en algún término común con el valor de su casa, aunque quizás no desee vender ninguno. La tasación estatal para impuestos no existiría sin este denominador común, o registro, de valor.

(2.) La segunda función es la de medio de intercambio. La distinción entre esta función y el denominador común del valor radica en que este último mide el valor, mientras que el primero lo transfiere. El dueño del caballo, tras haber medido su valor comparándolo con un objeto dado, podría desear intercambiarlo por otras cosas. Esto revela la necesidad de otra cualidad en el dinero.

Los inconvenientes del trueque son tan grandes que, sin medios más convenientes para efectuar intercambios, la división de empleos difícilmente habría alcanzado un alcance considerable. Un sastre, que solo tuviera abrigos, podría morir de hambre antes de encontrar a alguien con pan para vender que necesitara un abrigo; además, no necesitaría tanto pan a la vez como el que valiera un abrigo, y este no podría dividirse. Por lo tanto, cada persona se apresuraría a vender sus bienes a cambio de cualquier cosa que, aunque no se ajustara a sus necesidades inmediatas, tuviera una gran demanda general y fuera fácilmente divisible, de modo que pudiera estar seguro de poder comprar con ellos cualquier cosa que se ofreciera. El artículo que la gente elegiría conservar para sus compras debe ser uno que, además de ser divisible y de deseo general, no se deteriore con el tiempo. Esto reduce la elección a un pequeño número de artículos.

Esta necesidad se explica bien con los siguientes hechos aportados por el profesor Jevons: “ Hace algunos años, señorita Zélie, [pág. 288]Una cantante del Théâtre Lyrique de París realizó una gira profesional alrededor del mundo y ofreció un concierto en las Islas de la Sociedad. A cambio de una melodía de « Norma » y algunas otras canciones, recibiría una tercera parte de los ingresos. Al contabilizarlos, se descubrió que su parte consistía en tres cerdos, veintitrés pavos, cuarenta y cuatro pollos, cinco mil cocos, además de una cantidad considerable de plátanos, limones y naranjas. En las Islas de la Sociedad, sin embargo, las monedas escaseaban; y, como mademoiselle no podía consumir una parte considerable de los ingresos, se vio en la necesidad de alimentar a los cerdos y las aves de corral con la fruta .

(3.) La tercera función deseada del dinero es lo que suele denominarse « estándar de valor » . Quizás FA Walker 223 la exprese mejor como « estándar de pagos diferidos » . Su existencia se debe al deseo de tener un medio para comparar el poder adquisitivo de una mercancía en un momento dado con su poder adquisitivo en otro momento distante; es decir, que, para contratos largos, los intercambios puedan mantenerse en proporciones invariables al inicio y al final de los contratos. No hay distinción entre esta función y la primera, salvo la que surge de la introducción del tiempo . Al mismo tiempo y lugar, el « estándar de valor » se da en el denominador común del valor.

Una Medida de Valor, 224 en el sentido ordinario de la palabra medida, significaría algo por comparación con lo cual podemos determinar el valor de cualquier otra cosa. Si consideramos, además, que el valor en sí es relativo y que dos cosas son necesarias para constituirlo, independientemente de la tercera que lo mide, podemos definir una Medida de Valor como algo mediante cuya comparación con otras dos cosas cualesquiera, podemos inferir su valor relativo.

En este sentido, cualquier mercancía servirá como medida de valor en un momento y lugar determinados, ya que siempre podemos inferir la proporción en que las cosas se intercambian entre sí, cuando conocemos la proporción en que cada una se intercambia por cualquier tercera cosa. Servir como una medida conveniente de valor es una de las funciones de la mercancía seleccionada como medio. [pág. 289]de intercambio. Es en esa mercancía que habitualmente se estiman los valores de todas las demás cosas.

Pero el desiderátum que buscan los economistas políticos no es una medida del valor de las cosas en el mismo tiempo y lugar, sino una medida del valor de la misma cosa en diferentes tiempos y lugares: algo por comparación con lo cual se pueda saber si una cosa dada tiene mayor o menor valor ahora que hace un siglo, o en este país que en Estados Unidos o China. Para que el precio monetario de una cosa en dos períodos diferentes mida la cantidad de cosas en general por las que se intercambiará, la misma suma de dinero debe corresponder en ambos períodos a la misma cantidad de cosas en general; es decir, el dinero siempre debe tener el mismo valor de cambio, el mismo poder adquisitivo general. Ahora bien, esto no solo no es cierto para el dinero, ni para ninguna otra mercancía, sino que ni siquiera podemos suponer ningún estado de circunstancias en el que lo fuera.

Siendo muy claro que el dinero, o los metales preciosos, no permanecen absolutamente estables en valor durante largos períodos, la única manera en que se puede establecer adecuadamente un “ estándar de valor ” es mediante el “ estándar de valor múltiple ” propuesto, enunciado de la siguiente manera:

Se tomarán varios artículos de uso general ( maíz, carne de res, papas, lana, algodón, seda, té, azúcar, café, índigo, madera, hierro, carbón y otros), en una cantidad definida de cada uno, tantas libras, bushels, cuerdas o yardas, como se requiera para formar el estándar requerido. El valor de estos artículos, en las cantidades especificadas, y todos de calidad estándar, será determinado mensual o semanalmente por el Gobierno, y la suma total [en dinero] que permita comprar esta lista de bienes se promulgará oficialmente. Las personas podrán entonces, si así lo desean, celebrar sus contratos para pagos futuros en términos de este estándar múltiple o tabular. 225 A, quien había tomado prestados $1,000 de B en 1870 por diez años, anotaría el valor monetario total de todos estos artículos que componen el estándar múltiple, que supondremos es de $125 en 1870. En consecuencia, A se comprometería a pagar a B ocho unidades múltiples en diez años (es decir, ocho veces $125, o $1,000). Pero, si otras cosas cambian de valor relativamente [pág. 290]En dinero durante estos diez años, la misma suma de dinero —$1,000— en 1880 no le devolverá a B el mismo poder adquisitivo que perdió en 1870. Ahora bien, si en 1880, cuando su pagaré vence, se examina la lista del gobierno y se descubre que el valor de las mercancías en general ha caído en relación con el oro, la unidad múltiple no ascenderá a tanto oro como en 1870; quizá cada unidad pueda tener un valor de solo $100. En ese caso, A está obligado a devolver solo ocho unidades múltiples, lo que le cuesta solo $800 en dinero, mientras que B recibe de A el mismo poder adquisitivo sobre otras mercancías que le prestó. B no tenía derecho a diez unidades, ya que la caída de todas las mercancías en relación con el oro no se debió a sus esfuerzos. Por otra parte, si entre 1870 y 1880 los precios hubieran subido, mutatis mutandis , las ocho unidades habrían costado a A más de 1.000 dólares en oro; pero éste habría estado justamente obligado a devolver a B la misma cantidad de poder adquisitivo que recibió de éste.

§ 2. Oro y plata, ¿por qué son aptos para esos fines?

Por consenso tácito, casi todas las naciones, desde tiempos muy remotos, se inclinaron por ciertos metales, especialmente el oro y la plata, para este propósito. Ninguna otra sustancia reúne las cualidades necesarias en tal grado, con tantas ventajas secundarias. Estas eran las cosas que más agradaban a todos poseer, y que era casi seguro encontrar otros dispuestos a recibir a cambio de cualquier producto. Se encontraban entre las sustancias más imperecederas. También eran portátiles y, al contener gran valor en poco volumen, se ocultaban fácilmente; una consideración de suma importancia en una época de inseguridad. Las joyas son inferiores al oro y la plata en cuanto a divisibilidad; y sus cualidades son muy diversas, difíciles de distinguir con precisión sin gran dificultad. El oro y la plata son eminentemente divisibles y, cuando están puros, siempre son de la misma calidad; y su pureza puede ser comprobada y certificada por una autoridad pública.

Jevons 226 ha establecido con más detalle los requisitos para un dinero perfecto como:

1. Valor.

2. Portabilidad.

3. Indestructibilidad.

4. Homogeneidad.

5. Divisibilidad.

6. Estabilidad del valor.

7. Cognibilidad.

[pág. 291]

En consecuencia, aunque las pieles se han empleado como moneda en algunos países, el ganado en otros, en la Tartaria china los cubos de té apretados, las conchas llamadas cauris en la costa de África Occidental, y en Abisinia hoy en día, los bloques de sal gema, oro y plata han sido generalmente preferidos por las naciones que pudieron obtenerlos, ya sea por la industria, el comercio o la conquista. A las cualidades que originalmente los recomendaron, se les añadió otra, cuya importancia solo se desarrolló gradualmente. De todos los productos básicos, se encuentran entre los menos influenciados por cualquiera de las causas que producen fluctuaciones de valor. Ningún producto básico está completamente libre de tales fluctuaciones. El oro y la plata han sufrido, desde el comienzo de la historia, una gran alteración permanente de valor, desde el descubrimiento de las minas americanas.

En la época actual, la apertura de nuevas fuentes de suministro, tan abundantes como los Montes Urales, California y Australia, podría marcar el comienzo de otro período de declive, sobre cuyos límites sería inútil especular por el momento. Pero, en general, ningún producto está tan poco expuesto a las variaciones. Fluctúan menos que casi cualquier otro en su coste de producción. Y, debido a su durabilidad, la cantidad total disponible es siempre tan grande en proporción a la oferta anual, que el efecto sobre el valor, incluso de un cambio en el coste de producción, no es repentino: se requiere un tiempo muy prolongado para disminuir sustancialmente la cantidad disponible, e incluso aumentarla considerablemente no es un proceso rápido. Por lo tanto, el oro y la plata son más aptos que cualquier otro producto para ser objeto de compromisos de recepción o pago de una cantidad determinada en un plazo determinado.

Desde que el Sr. Mill escribió, se han producido dos grandes cambios en la producción de metales preciosos. Los descubrimientos de oro, brevemente mencionados por él, han provocado un enorme aumento de las reservas de oro existentes (véase el gráfico n.° IX , cap. VI ), y una caída del valor del oro en los veinte años posteriores a los descubrimientos, según el célebre estudio del Sr. Jevons, 227 de nueve [pág. 292]al quince por ciento. Otro cambio tuvo lugar, un cambio en el valor de la plata, en 1876, que ha resultado en una caída permanente de su valor desde entonces (véase el gráfico No. X , Cap. VII ). Antes de esa fecha, la plata se vendía a unos 60 d. por onza en el mercado central del mundo, Londres; y ahora se mantiene alrededor de 52 d. por onza, aunque una vez cayó a 47 d. , en julio de 1876. A pesar de las expresiones de confianza del Sr. Mill en su estabilidad de valor, aunque ciertamente más estable que otras materias primas, los eventos de los últimos treinta y cinco años han demostrado plenamente que ni el oro ni la plata, la plata mucho menos que el oro, pueden servir con éxito como un " patrón de valor " perfecto durante un período de tiempo considerable.

Cuando el oro y la plata se convirtieron prácticamente en un medio de intercambio, al convertirse en los objetos por los que la gente generalmente vendía y con los que generalmente compraba cualquier cosa que tuviera que vender o comprar, surgió la idea de la acuñación. Mediante este proceso, el metal se dividía en porciones convenientes, de cualquier tamaño, y guardando una proporción reconocida entre sí; y se evitaba la molestia de pesar y ensayar cada vez que cambiaba de propietario, un inconveniente que, en el caso de compras pequeñas, pronto se habría vuelto insoportable. Los gobiernos consideraron conveniente tomar la iniciativa y prohibir toda acuñación por parte de particulares.

§ 3. El dinero es un mero invento para facilitar los intercambios, que no afecta las leyes del valor.

Debe ser evidente, sin embargo, que la mera introducción de un modo particular de intercambiar cosas entre sí, intercambiando primero una cosa por dinero y luego intercambiando el dinero por otra cosa, no hace ninguna diferencia en el carácter esencial de las transacciones. No es con dinero que las cosas se compran realmente. Los ingresos de nadie (excepto los del minero de oro o plata) se derivan de los metales preciosos. Los [dólares o centavos] que una persona recibe semanalmente o anualmente no son lo que constituye su ingreso; son una especie de boletos u órdenes que puede presentar para el pago en cualquier tienda que desee, y que le dan derecho a recibir un cierto valor de cualquier mercancía que elija. El agricultor paga a sus trabajadores y a su terrateniente en estos boletos, como el plan más conveniente para él y para ellos; [pág. 293]Pero su verdadero ingreso es la parte que les corresponde de su maíz, ganado y heno, y no hay diferencia esencial entre que se lo distribuya directamente o lo venda por ellos y les pague el precio. En resumen, no puede haber nada más insignificante en la economía social que el dinero; salvo como un mecanismo para ahorrar tiempo y trabajo. Es una máquina para hacer con rapidez y comodidad lo que se haría, aunque con menos rapidez y comodidad, sin él; y, como muchas otras máquinas, solo ejerce una influencia propia, distinta e independiente cuando falla.

La introducción del dinero no interfiere con el funcionamiento de ninguna de las Leyes del Valor establecidas en los capítulos anteriores. Las razones que hacen que el valor temporal o de mercado de las cosas dependa de la oferta y la demanda, y sus valores promedio y permanentes de su costo de producción, son tan aplicables a un sistema monetario como a un sistema de trueque. Las cosas que mediante trueque se intercambiarían entre sí, si se vendieran por dinero, se venderían por una cantidad igual, y por lo tanto, se intercambiarían entre sí, aunque el proceso de intercambio consista en dos operaciones en lugar de una sola. Las relaciones de las mercancías entre sí permanecen inalteradas por el dinero; la única relación nueva introducida es su relación con el dinero mismo; cuánto o cuán poco dinero se intercambiarán; en otras palabras, cómo se determina el Valor de Cambio del dinero mismo. El dinero es una mercancía, y su valor se determina, como el de otras mercancías, temporalmente por la oferta y la demanda, permanentemente y en promedio por el costo de producción.

[pág. 294]


Capítulo V. Del valor del dinero en función de la demanda y la oferta.

§ 1. Valor del dinero, expresión ambigua.

El valor del dinero es, en apariencia, una expresión tan precisa y libre de malentendidos como cualquier otra en la ciencia. El valor de una cosa es aquello por lo que se intercambia; el valor del dinero es aquello por lo que se intercambia el dinero: su poder adquisitivo. Si los precios son bajos, el dinero comprará mucho de otras cosas y su valor es alto; si los precios son altos, comprará poco de otras cosas y su valor es bajo. El valor del dinero es inverso al de los precios generales: baja cuando suben y sube cuando bajan. Cuando una persona presta a otra, así como cuando le paga salarios o alquileres, lo que transfiere no es simplemente dinero, sino un derecho a un cierto valor de la producción del país, a elegir libremente; el prestamista ha comprado previamente este derecho al entregar a cambio una parte de su capital. Lo que realmente presta es una cantidad determinada de capital; el dinero es el mero instrumento de transferencia. Pero el capital suele pasar del prestamista al receptor mediante dinero o una orden de cobro, y en cualquier caso, es en dinero como se calcula y estima. Por lo tanto, el préstamo de capital se denomina universalmente préstamo de dinero; el mercado de préstamos, mercado monetario; quienes tienen su capital disponible para invertirlo en préstamo, la clase adinerada; y el equivalente dado por el uso del capital, o, en otras palabras, el interés, no solo se denomina interés del dinero, sino, mediante una tergiversación más burda, valor del dinero.

§ 2. El valor del dinero depende de su cantidad.

El valor o poder adquisitivo del dinero depende, [pág. 295]En primer lugar, en la demanda y la oferta. Pero la demanda y la oferta, en relación con el dinero, se presentan de forma algo diferente a la demanda y la oferta de otras cosas.

La oferta de una mercancía se refiere a la cantidad ofrecida para la venta. Pero no es habitual hablar de ofrecer dinero para la venta. No se suele decir que las personas compren o vendan dinero. Sin embargo, esto es meramente un accidente del lenguaje. De hecho, el dinero se compra y se vende como cualquier otra cosa, siempre que otras cosas se compren y se vendan con dinero. Quien vende maíz, sebo o algodón, compra dinero. Quien compra pan, vino o ropa, vende dinero al comerciante de esos artículos. El dinero con el que las personas ofrecen comprar es dinero ofrecido para la venta. La oferta de dinero, entonces, es la cantidad que las personas desean gastar; es decir, todo el dinero que poseen, excepto el que atesoran, o al menos mantienen como reserva para contingencias futuras. La oferta de dinero, en resumen, es todo el dinero en circulación en ese momento.

La demanda de dinero, a su vez, comprende todos los bienes ofrecidos a la venta. Todo vendedor de bienes es un comprador de dinero, y los bienes que trae consigo constituyen su demanda. La demanda de dinero se diferencia de la demanda de otras cosas en que está limitada únicamente por los recursos del comprador.

En esta última afirmación, el Sr. Mill se equivoca al definir la demanda como « cantidad demandada » . En este caso, tiene la idea correcta de la demanda de dinero; pero la demanda de dinero no difiere, como él cree, de la demanda de otras cosas, ya que, en nuestra perspectiva corregida de la demanda de otras cosas (pág. 255 ), se encontró que la demanda de otras cosas distintas del dinero también estaba limitada por los recursos del comprador. 228

[pág. 296]

Así como la totalidad de los bienes en el mercado compone la demanda de dinero, la totalidad del dinero constituye la demanda de bienes. El dinero y los bienes se buscan mutuamente para ser intercambiados. Son recíprocamente oferta y demanda. Es indiferente que, al caracterizar los fenómenos, hablemos de la demanda y la oferta de bienes o de la oferta y la demanda de dinero. Son expresiones equivalentes.

Suponiendo que el dinero en manos de los individuos aumentara, y que las necesidades e inclinaciones de la comunidad en cuanto al consumo se mantuvieran exactamente iguales, el aumento de la demanda afectaría a todos por igual, y se produciría un alza general de precios. Supongamos, por tanto, que a cada libra, chelín o penique en posesión de alguien, se añadiera repentinamente otra libra, chelín o penique. Habría una mayor demanda de dinero y, en consecuencia, un mayor valor monetario, o precio, para todo tipo de cosas. Este aumento de valor no beneficiaría a nadie; no supondría ninguna diferencia, salvo la de tener que calcular [dólares y centavos] en cantidades mayores. Se trataría de un aumento de valor únicamente en dinero, un bien que solo se necesita para comprar otras cosas; y no permitiría a nadie comprar más que antes. Los precios habrían subido en cierta proporción, y el valor del dinero habría bajado en la misma proporción.

Cabe destacar que esta proporción sería precisamente aquella en la que la cantidad de dinero hubiera aumentado. Si se duplicara todo el dinero en circulación, los precios se duplicarían. Si solo se incrementara una cuarta parte, los precios subirían una cuarta parte. Habría una cuarta parte más de dinero, que se utilizaría en su totalidad para comprar bienes de algún tipo. Cuando hubiera habido tiempo para que el aumento de la oferta monetaria llegara a todos los mercados, o (según la metáfora convencional) permeara todos los canales de circulación, todos los precios habrían subido una cuarta parte. Pero el aumento general de precios es independiente de este proceso de difusión e igualación. Incluso si algunos precios subieran más y otros menos, [pág. 297]El aumento promedio sería de una cuarta parte. Esto es consecuencia necesaria del hecho de que se habría otorgado una cuarta parte más de dinero por la misma cantidad de bienes. Por lo tanto, los precios generales serían, en cualquier caso, una cuarta parte más altos.

De modo que el valor del dinero, en igualdad de condiciones, varía inversamente a su cantidad; cada aumento de cantidad disminuye su valor, y cada disminución lo aumenta, en una proporción exactamente equivalente. Cabe observar que esta es una propiedad peculiar del dinero. No encontramos que sea cierto para las mercancías en general que cada disminución de la oferta aumente su valor exactamente en proporción a la deficiencia, ni que cada aumento lo reduzca en la misma proporción que el exceso. Algunas cosas suelen verse afectadas en mayor proporción que el exceso o la deficiencia, otras en menor; porque, en casos ordinarios de demanda, el deseo, al ser por la cosa en sí, puede ser mayor o menor; y la cantidad que la gente está dispuesta a gastar en ella, siendo en cualquier caso limitada, puede verse afectada en grados muy desiguales por la dificultad o facilidad de obtención. Pero en el caso del dinero, deseado como medio de compra universal, la demanda consiste en todo lo que la gente tiene para vender; y el único límite a lo que están dispuestos a dar es el límite que impone el no tener nada más que ofrecer. Como quiera que se intercambian todos los bienes por todo el dinero que entra al mercado para ser desembolsado, se venderán por menos o por más, exactamente según se traiga menos o más.

§ 3. —Junto con la rapidez de la circulación.

Podría suponerse que siempre circula en un país una cantidad de dinero igual en valor a la totalidad de los bienes en venta en ese momento. Pero esto sería un completo error. El dinero gastado tiene el mismo valor que los bienes que compra; pero la cantidad de dinero gastada no es lo mismo que la cantidad en circulación. A medida que el dinero pasa de mano en mano, la misma pieza se gasta muchas veces antes de que todos los bienes en venta a la vez se compren y finalmente se retiren del mercado; y cada libra o dólar debe contarse. [pág. 298]por tantas libras o dólares como veces cambie de manos para lograr este objetivo.

Si asumimos que la cantidad de bienes en venta y el número de veces que se revenden son cantidades fijas, el valor del dinero dependerá de su cantidad, junto con el número promedio de veces que cada pieza cambia de manos en el proceso. La totalidad de los bienes vendidos (considerando cada reventa de los mismos bienes como una cantidad añadida a los bienes) se ha intercambiado por la totalidad del dinero, multiplicado por el número de compras realizadas en promedio por cada pieza. En consecuencia, al ser la cantidad de bienes y de transacciones la misma, el valor del dinero es inversamente proporcional a su cantidad multiplicada por lo que se denomina la velocidad de circulación. Y la cantidad de dinero en circulación es igual al valor monetario de todos los bienes vendidos, dividido por el número que expresa la velocidad de circulación.

Esto puede expresarse en lenguaje matemático, donde V es el valor del dinero, Q es la cantidad en circulación y R el número que expresa la rapidez de circulación, de la siguiente manera:

V = 1 / (Q × R).

La frase "rapidez de circulación" requiere algún comentario. No debe entenderse como el número de compras realizadas por cada pieza de dinero en un tiempo determinado. El tiempo no es lo que hay que considerar. El estado de la sociedad puede ser tal que cada pieza de dinero apenas realice más de una compra al año; pero si esto se debe al pequeño número de transacciones —a la escasa actividad comercial, a la falta de actividad en el tráfico o a que el tráfico existente se realiza principalmente mediante trueque— no constituye razón para que los precios sean más bajos ni el valor del dinero más alto. Lo esencial no es la frecuencia con la que el mismo dinero cambia de manos en un tiempo determinado, sino la frecuencia con la que cambia de manos para realizar una cantidad determinada de tráfico. Debemos comparar el número de compras realizadas por el dinero en un tiempo determinado, no con el tiempo en sí, sino con los bienes vendidos en ese mismo tiempo. Si cada pieza de [pág. 299]Si el dinero cambia de manos un promedio de diez veces, mientras que las mercancías se venden por un valor de un millón de libras esterlinas, es evidente que el dinero necesario para la circulación de dichas mercancías es de 100.000 libras esterlinas. Y, a la inversa, si el dinero en circulación es de 100.000 libras esterlinas, y cada pieza cambia de manos, mediante la compra de mercancías, diez veces al mes, las ventas de mercancías por dinero que se realizan cada mes deben ascender, en promedio, a 1.000.000 de libras esterlinas. [El punto esencial a considerar es] el número promedio de compras realizadas por cada pieza para alcanzar un determinado monto monetario de transacciones.

No cabe duda de que la rapidez de la circulación varía mucho de un país a otro. Un pueblo ahorrativo con escasas facilidades bancarias, como los franceses, suizos, belgas y holandeses, acumula monedas mucho más que un pueblo imprudente como los ingleses, o incluso un pueblo precavido con un sistema bancario perfecto, como los escoceses. Muchas circunstancias también afectan la rapidez de la circulación. Los ferrocarriles y los rápidos barcos de vapor permiten que las monedas y los lingotes se remitan con mayor rapidez que antes; los telégrafos evitan su traslado innecesario, y la aceleración del correo tiene un efecto similar. Tan diferentes son los hábitos comerciales de los distintos pueblos que, evidentemente, no existe proporción alguna entre la cantidad de moneda en un país y el total de los intercambios que puede efectuar. 229

§ 4. Explicaciones y limitaciones de este principio.

La proposición que hemos establecido respecto a la dependencia de los precios generales con la cantidad de dinero en circulación debe entenderse como aplicable únicamente a un estado de cosas en el que el dinero —es decir, el oro o la plata— es el instrumento exclusivo de intercambio y, de hecho, pasa de mano en mano con cada compra, siendo desconocido el crédito en cualquiera de sus formas. Cuando el crédito entra en juego como medio de compra, distinto del dinero en efectivo, descubriremos en adelante que la conexión entre los precios y la cantidad de medio circulante es mucho menos directa e íntima, y que dicha conexión, tal como existe, ya no admite una forma de expresión tan simple. Que un aumento de la cantidad de dinero eleva los precios y una disminución los baja, es la proposición más elemental de la teoría de [pág. 300]Moneda, y sin ella no tendríamos la clave para ninguna de las demás. Sin embargo, en cualquier estado de cosas, excepto el simple y primitivo que hemos supuesto, la proposición solo es verdadera, permaneciendo todo lo demás igual.

Se asume habitualmente que siempre que hay una mayor cantidad de dinero en el país, o en existencia, se produce necesariamente un aumento de precios. Pero esto no es en absoluto una consecuencia inevitable. En ninguna mercancía, es la cantidad existente, sino la cantidad ofrecida para la venta, la que determina su valor. Cualquiera que sea la cantidad de dinero en el país, solo la parte que entra en el mercado de mercancías y se intercambia allí por bienes afectará los precios. Cualquier aumento en la cantidad de esta porción de dinero en el país tiende a elevar los precios.

Esta afirmación necesita una modificación, ya que el cambio en las cantidades de especie en las reservas bancarias, particularmente de Inglaterra y los Estados Unidos, determina la cantidad de crédito y poder adquisitivo concedido, y por lo tanto afecta los precios de esa manera; pero los precios no se ven afectados por el intercambio real de esta especie por bienes.

Sucede con frecuencia que una cantidad considerable de dinero ingresa al país, se invierte allí como capital y vuelve a salir sin haber actuado jamás en el mercado de materias primas, sino únicamente en el mercado de valores o, como se lo denomina comúnmente, aunque de manera impropia, el mercado monetario.

Un extranjero que desembarque en el país con un tesoro probablemente preferiría invertir su fortuna a interés; lo que supondremos que haría de la manera más obvia, compitiendo por una parte de las acciones, obligaciones ferroviarias, letras mercantiles, hipotecas, etc., que están siempre en manos del público. Al hacerlo, elevaría los precios de esos diferentes valores, o en otras palabras, bajaría el tipo de interés; y dado que esto perturbaría la relación previamente existente entre el tipo de interés del capital en el propio país y el de [pág. 301]En países extranjeros, probablemente induciría a algunos de quienes tenían capital flotante buscando empleo a enviarlo al extranjero para inversión extranjera, en lugar de comprar valores en el país al precio adelantado. De este modo, podría salir tanto dinero como el que había entrado previamente, mientras que los precios de las materias primas no habrían mostrado rastro alguno de su presencia temporal. Este es un caso que merece gran atención; y es un hecho que ahora se empieza a reconocer que el flujo de metales preciosos de un país a otro está determinado mucho más de lo que se suponía anteriormente por el estado del mercado de préstamos en diferentes países, y mucho menos por el estado de los precios.

Si en algún momento se produce un aumento en el número de transacciones monetarias, algo que continuamente puede suceder debido a las diferencias en la actividad especulativa e incluso en la época del año (ya que ciertos tipos de negocios se realizan sólo en temporadas particulares), un aumento de la moneda que sólo sea proporcional a este aumento de transacciones y no sea de mayor duración, no tiene tendencia a elevar los precios.

Por ejemplo, los banqueros de las ciudades del Este envían cada año en otoño a Occidente, cuando se recogen las cosechas, grandes sumas de dinero para liquidar transacciones de compra y venta de grano, lana, etc., pero este dinero vuelve a fluir a los grandes centros de negocios en poco tiempo para pagar las compras a los comerciantes orientales.

[pág. 302]


Capítulo VI. Del valor del dinero en función del coste de producción.

§ 1. El valor del Dinero, en estado de Libertad, se conforma al valor del Metal que en él se contiene.

Pero el dinero, al igual que las mercancías en general, tiene su valor determinado por la oferta y la demanda. El regulador último de su valor es el coste de producción.

Suponemos, por supuesto, que las cosas se dejan a su suerte. Los gobiernos no siempre han dejado las cosas a su suerte. Hasta hace poco, la política de todos los gobiernos era prohibir la exportación y la emisión de moneda; mientras que, al fomentar la exportación e impedir la importación de otras cosas, procuraban un flujo constante de dinero. Con esta estrategia, satisfacían dos prejuicios: atraían, o creían atraer, más dinero al país, lo que, según creían, equivalía a mayor riqueza; y ofrecían, o creían ofrecer, a todos los productores y comerciantes, precios altos, que, aunque no representan una ventaja real, la gente siempre tiende a suponer que sí lo son.

Sin embargo, debemos suponer un estado, no de regulación artificial, sino de libertad. En ese estado, y suponiendo que no se cobre por la acuñación de monedas, el valor del dinero se ajustará al valor del lingote del que está hecho. Una libra de oro o plata en moneda y el mismo peso en lingote se intercambiarán con precisión. En el supuesto de libertad, el metal no puede valer más en estado de lingote que en estado de moneda; pues, como puede fundirse sin pérdida de tiempo y prácticamente sin gasto, esto se haría, por supuesto, hasta que la cantidad en circulación disminuyera considerablemente. [pág. 303]para igualar su valor con el de una moneda del mismo peso en lingotes. Sin embargo, cabe pensar que la moneda, aunque no puede ser de menor valor, puede ser, y al ser un artículo manufacturado, de mayor valor que el lingote que contiene, según el mismo principio según el cual el lienzo vale más que un peso igual de hilo de lino. Esto sería cierto si el Gobierno, en este país y en algunos otros, no acuña moneda gratuitamente para quien proporciona el metal. Sin embargo, si el Gobierno, como es razonable, carga el gasto de acuñación sobre el tenedor mediante un cargo para cubrirlo (lo que se realiza devolviendo una cantidad en moneda menor a la recibida en lingotes, lo que se denomina señoreaje), el valor de la moneda aumentará, en la medida del señoreaje, por encima del valor del lingote. Si la Casa de la Moneda retuviera un uno por ciento para cubrir los gastos de acuñación, sería contrario al interés de los tenedores de lingotes que se acuñaran hasta que la moneda superara al lingote en al menos esa fracción. Por lo tanto, la moneda se mantendría un uno por ciento más alta en valor, lo cual solo podría lograrse manteniendo una cantidad un uno por ciento menor que si su acuñación fuera gratuita.

En Estados Unidos no existía cargo por señoreaje sobre el oro y la plata hasta 1853, cuando se cobraba un 0,5% como interés por la demora si la moneda se entregaba inmediatamente tras el depósito de lingotes; en 1873 se redujo a un quinto del 1%; y en 1875, mediante una disposición de la Ley de Reanudación, se abolió por completo (sin embargo, el depositante pagaba por la aleación de cobre). Para los dólares comerciales, como era consecuente con su condición de lingotes acuñados y no de dinero legal, se cobraba un señoreaje equivalente simplemente al costo de la acuñación, que era del 1,25% en Filadelfia y del 1,5% en San Francisco sobre el valor real.

§ 2. —Que se determina por el costo de producción.

El valor del dinero, pues, se conforma permanentemente, y en estado de libertad casi inmediatamente, al valor del metal del que está hecho; con el añadido, o no, de los gastos de acuñación, según que estos gastos sean soportados por el individuo o por el Estado.

Para la mayoría de los países civilizados, el oro y la plata son [pág. 304]Productos extranjeros: y las circunstancias que rigen el valor de estos productos plantean algunas cuestiones que aún no estamos preparados para examinar. Por el momento, por lo tanto, debemos suponer que el país objeto de nuestras investigaciones se abastece de oro y plata mediante sus propias minas [como en el caso de Estados Unidos], dejando para futuras consideraciones la medida en que nuestras conclusiones requieran modificaciones para adaptarlas al caso más habitual.

De las tres clases en que se dividen las mercancías —las de oferta absolutamente limitada, las que se pueden obtener en cantidad ilimitada a un coste de producción determinado y las que se pueden obtener en cantidad ilimitada, pero a un coste de producción creciente—, los metales preciosos, al ser producto de las minas, pertenecen a la tercera clase. Por lo tanto, su valor natural es, a largo plazo, proporcional a su coste de producción en las circunstancias más desfavorables, es decir, en la peor mina que sea necesario explotar para obtener el suministro requerido. Una libra de oro, en los países productores de oro, tenderá en última instancia a intercambiarse por la misma cantidad de cualquier otra mercancía que se produzca a un coste igual al suyo; entendiéndose por su propio coste el coste en mano de obra y gastos en las fuentes de suministro menos productivas que la demanda existente en ese momento hace necesario explotar. El valor medio del oro se ajusta a su valor natural de la misma manera que el valor de otras cosas se ajusta al suyo. Supongamos que se vendiera por encima de su valor natural; Es decir, por encima del valor equivalente al trabajo y los gastos de la minería, y a los riesgos inherentes a una rama industrial en la que nueve de cada diez experimentos suelen fracasar. Una parte de la masa de capital flotante que busca inversión se dirigiría a la minería; la oferta aumentaría, y el valor disminuiría. Si, por el contrario, se vendiera por debajo de su valor natural, los mineros no obtendrían la ganancia ordinaria; disminuirían su trabajo; si la depreciación fuera grande, algunas de las minas de menor calidad... [pág. 305]Tal vez dejaran de funcionar por completo: y una caída en el suministro anual, impidiendo que el desgaste anual se compensara completamente, reduciría gradualmente la cantidad y restablecería el valor.

Español Cuando se examina más de cerca, los siguientes son los detalles del proceso: Si el oro está por encima de su valor natural o de costo (la moneda, como hemos visto, se ajusta en su valor al lingote), el dinero tendrá un alto valor y los precios de todas las cosas, incluida la mano de obra, serán bajos. Estos precios bajos reducirán los gastos de todos los productores; pero, como sus ganancias también se reducirán, ningún productor obtendrá ventaja, excepto el productor de oro; cuyas ganancias de su mina, independientemente del precio, serán las mismas que antes y, al ser menores sus gastos, obtendrá ganancias adicionales y se verá estimulado a aumentar su producción. E converso , si el metal está por debajo de su valor natural; ya que esto es tanto como decir que los precios son altos y los gastos monetarios de todos los productores inusualmente grandes; por esto, sin embargo, todos los demás productores se verán compensados por mayores ganancias monetarias; El minero solo no extraerá de su mina más metal que antes, mientras que sus gastos serán mayores: al verse sus ganancias, por lo tanto, disminuidas o aniquiladas, disminuirá su producción, si no abandonará su empleo.

De esta manera, el valor del dinero se ajusta al coste de producción del metal del que está hecho. Sin embargo, conviene repetir (lo dicho anteriormente) que este ajuste tarda mucho en producirse, tratándose de un producto tan deseado y, a la vez, tan duradero como los metales preciosos. Al ser tan utilizados, no solo como dinero, sino también para la fabricación de vajillas y adornos, existe constantemente una gran cantidad de estos metales; sin embargo, su desgaste es tan lento que una producción anual relativamente pequeña basta para mantener el suministro y compensar cualquier aumento que pueda requerirse por el aumento de los bienes en circulación o por la mayor demanda de artículos de oro y plata por parte de los consumidores adinerados. Incluso si este pequeño suministro anual se detuviera por completo, [pág. 306]Se necesitarían muchos años para reducir la cantidad lo suficiente como para generar una diferencia significativa en los precios. La cantidad puede aumentarse mucho más rápidamente de lo que puede disminuirse; pero el aumento debe ser muy grande para que se note en la masa de metales preciosos existente en todo el mundo comercial. Por lo tanto, los efectos de todos los cambios en las condiciones de producción de metales preciosos son, al principio, y continúan siendo durante muchos años, cuestiones únicamente de cantidad, con poca referencia al costo de producción. Esto es especialmente cierto cuando, como en la actualidad, se han abierto simultáneamente muchas nuevas fuentes de suministro, la mayoría de ellas viables solo con mano de obra, sin capital previo más allá de un pico y comida para una semana, y cuando las operaciones son aún completamente experimentales, siendo completamente incierta la productividad permanente comparativa de las diferentes fuentes.

Para conocer los datos sobre la producción de metales preciosos, véase la investigación del Dr. Adolf Soetbeer, 230, de la que se extrajo el Gráfico IX. Merece un estudio minucioso. Las cifras de cada período, en la parte superior de los espacios respectivos, indican la producción anual media durante esos años. El último período fue añadido por mí a partir de cifras extraídas de los informes del Director de la Casa de la Moneda de los Estados Unidos. Otras fuentes accesibles para la producción de metales preciosos son las tablas de los apéndices del Informe del Comité de la Cámara de los Comunes sobre la « Depreciación de la Plata » (1876); las Actas oficiales francesas de la Conferencia Monetaria Internacional de 1881, que dan las cifras de Soetbeer a una fecha posterior a la de su publicación antes mencionada; los diversos documentos parlamentarios británicos; y los informes del director de nuestra Casa de la Moneda. Desde 1850 se ha producido más oro que en todo el período anterior, de 1492 a 1850. Antes de 1849, el producto medio anual del oro, sobre el producto total de oro y plata, era del 36 %; durante los veintiséis años que concluyeron en 1875, ha sido del 7,5 %. El resultado ha sido un aumento en los precios del oro que ha descendido hasta 1862,231, como lo muestra el siguiente gráfico. [pág. 308]Se observará cuánto más subieron los precios durante la depresión después de 1858 que durante un período de condiciones similares después de 1848. El resultado, se puede decir, fue predicho por Chevalier. 232

Gráfico IX.

Gráfico que muestra la producción de metales preciosos, según su valor, desde 1493 hasta 1879.

Años.

Plata.

Oro.

Total.

1493-1520

$2,115,000

$4,045,500

$6,160,500

1521-1544

4.059.000

4.994.000

9.053.000

1545-1560

14.022.000

5.935.500

19.957.500

1561-1580

13.477.500

4.770.750

18.248.250

1581-1600

18.850.500

5.147.500

23.998.000

1601-1620

19.030.500

5.942.750

24.973.250

1621-1640

17.712.000

5.789.250

23.501.250

1641-1660

16.483.500

6.117.000

22.600.500

1661-1680

15.165.000

6.458.750

21.623.750

1681-1700

15.385.500

7.508.500

22.894.000

1701-1720

16.002.000

8.942.000

24.944.000

1721-1740

19.404.000

13.308.250

32.712.250

1741-1760

23.991.500

17.165.500

41.157.000

1761-1780

29.373.250

14.441.750

43.815.000

1781-1800

39.557.750

12.408.500

51.966.250

1801-1810

40.236.750

12.400.000

52.636.750

1811-1820

24.334.750

7.983.000

32.317.750

1821-1830

20.725.250

9.915.750

30.641.000

1831-1840

26.840.250

14.151.500

40.991.750

1841-1850

35.118.750

38.194.250

73.313.000

1851-1855

39.875.250

137.766.750

177.642.000

1856-1860

40.724.500

143.725.250

184.449.750

1861-1865

49.551.750

129.123.250

178.675.000

1866-1870

60.258.750

133.850.000

194.108.750

1871-1875

88.624.000

119.045.750

207.669.750

1876-1879

110.575.000

119.710.000

230.285.000

Gráfico que muestra el aumento de los precios promedio del oro después de los descubrimientos de oro de 1849 a 1862.

Sin embargo, la caída de los precios entre 1873 y 1879, debido al pánico comercial del año anterior, se considera, en mi opinión, algo injustamente, como evidencia de una apreciación del oro. El artículo del Sr. Giffen en el Statistical Journal , vol. xlii, es la base sobre la que el Sr. Goschen fundó un argumento en el Journal of the Institute of Bankers ( Londres), mayo de 1883, que atrajo considerable atención. Por otro lado, véase Bourne, Statistical Journal, vol . xlii. La afirmación de que el valor del oro ha subido parece particularmente precipitada, sobre todo si consideramos que, tras los pánicos de 1857 y 1866, el valor del dinero subió, por razones que no afectaron al oro, un quince y un veinticinco por ciento, respectivamente.

La misma razón por la cual los metales preciosos son más recomendados para usarse como materiales para fabricar dinero —su durabilidad— es también la misma razón que, para todos los efectos prácticos, los ha exceptuado de la ley del costo de producción y ha causado [pág. 309]Su valor depende prácticamente de la ley de la oferta y la demanda. Su durabilidad es la razón de las vastas acumulaciones existentes, y es esto lo que hace que el producto anual sea muy pequeño en relación con la oferta total existente, impidiendo así que su valor se ajuste, salvo después de un largo período de años, al coste de producción de la oferta anual.

§ 3. Esta ley, ¿cómo se relaciona con el principio establecido en el capítulo anterior?

Dado que, sin embargo, el valor del dinero se ajusta realmente, como el de otras cosas, aunque más lentamente, a su coste de producción, algunos economistas políticos han objetado rotundamente la afirmación de que el valor del dinero depende de su cantidad combinada con la rapidez de circulación, lo cual, según ellos, supone una ley para el dinero que no existe para ninguna otra mercancía, cuando en realidad se rige por las mismas leyes. A esto podemos responder, en primer lugar, que la afirmación en cuestión no presupone ninguna ley peculiar. Se trata simplemente de la ley de la oferta y la demanda, que se reconoce como aplicable a todas las mercancías, y que, en el caso del dinero, como en el de la mayoría de las demás cosas, está controlada, pero no anulada, por la ley del coste de producción, ya que este no tendría ningún efecto sobre el valor si no pudiera tenerlo sobre la oferta. Pero, en segundo lugar, existe realmente, en cierto sentido, una conexión más estrecha entre el valor del dinero y su cantidad que entre el valor de otras cosas y su cantidad. El valor de otras cosas se ajusta a los cambios en el coste de producción, sin requerir, como condición, que haya una alteración real de la oferta: la alteración potencial es suficiente; y, si hay una alteración real, es solo temporal, excepto en la medida en que el valor alterado pueda influir en la demanda y, por lo tanto, requerir un aumento o disminución de la oferta, como consecuencia, no como causa, de la alteración del valor. Ahora bien, esto también es cierto en el caso del oro y la plata, considerados como artículos de gasto para ornamento y lujo; pero no es cierto en el caso del dinero. Si el coste permanente de producción del oro se redujera en una cuarta parte, podría suceder que no se comprara más para chapado, dorado o joyería que antes; y, de ser así, aunque el valor bajara, la cantidad extraída de las minas para estos fines [pág. 310]Los fines no serían mayores que antes. No así con la porción utilizada como dinero: dicha porción no podría disminuir su valor en una cuarta parte a menos que realmente aumentara en una cuarta parte; pues, a precios un cuarto más altos, se requeriría un cuarto más de dinero para realizar las compras habituales; y, de no ser así, algunas mercancías quedarían sin compradores y los precios no podrían mantenerse. Por lo tanto, las alteraciones en el costo de producción de los metales preciosos no influyen en el valor del dinero excepto en la proporción justa en que aumentan o disminuyen su cantidad; lo cual no puede decirse de ninguna otra mercancía. Por lo tanto, considero que sería un error, tanto desde el punto de vista científico como práctico, descartar la proposición que afirma una conexión entre el valor del dinero y su cantidad.

Sin embargo, existen casos en los que el cambio potencial de los metales preciosos afecta su valor monetario de la misma manera que afecta el valor de otras cosas. Un caso así fue el cambio en el valor de la plata en 1876. Las causas habituales que se atribuyen a esa grave caída del valor fueron el gran aumento de la producción de las minas de Nevada; la desmonetización de la plata por parte de Alemania; y la disminución de la demanda de exportación a la India. Es cierto que las exportaciones de plata de Inglaterra a la India disminuyeron de aproximadamente $32,000,000 en 1871-1872 a aproximadamente $23,000,000 en 1874-1875; pero nada de la plata aumentada de Nevada se exportó de Estados Unidos a Londres, ni Alemania había puesto más de $30,000,000 de su plata en el mercado; 233 y, sin embargo, el precio de la plata cayó tanto que la depreciación ascendió al 20,25 % en comparación con el precio promedio entre 1867 y 1872. Sin embargo, el cambio de valor se produjo sin un cambio correspondiente en la cantidad real en circulación. Por lo tanto, la relación entre los precios y las cantidades de los metales preciosos no es tan exacta, sobre todo en lo que respecta a la plata, como el Sr. Mill pretende hacernos creer; y, por lo tanto, sus valores se ajustan más a la ley general de la oferta y la demanda, de la misma manera que afecta a otras cosas además del dinero.

Es evidente, sin embargo, que el coste de producción, a largo plazo, regula la cantidad, y que cada país (salvo fluctuaciones temporales) poseerá y tendrá en [pág. 311]Circulación, solo la cantidad de dinero que realizará todos los intercambios requeridos, manteniendo un valor acorde con su costo de producción. Los precios de las cosas serán, en promedio, tales que el dinero se intercambiará por su propio costo en todos los demás bienes; y, precisamente porque no se puede evitar que la cantidad afecte el valor, esta misma cantidad (por una especie de mecanismo autoactuante) se mantendrá en la cantidad consistente con ese estándar de precios: en la cantidad necesaria para realizar, a esos precios, todas las operaciones que se le exigen.

[pág. 312]


Capítulo VII. Del doble patrón y de las monedas subsidiarias.

§ 1. Objeciones a un doble rasero.

Aunque las cualidades necesarias para que una mercancía sea utilizada como dinero rara vez se reúnen en una perfección considerable, hay dos mercancías que las poseen en un grado eminente y casi igual: los dos metales preciosos, como se les llama, oro y plata. Por ello, algunas naciones han intentado componer su medio circulante con estos dos metales indistintamente.

Existe una evidente conveniencia en utilizar el metal más costoso para pagos mayores y el más económico para pagos menores; la única cuestión radica en la mejor manera de hacerlo. El método más frecuentemente adoptado ha sido establecer una proporción fija entre los dos metales [decidir por ley, por ejemplo, que dieciséis granos de plata equivalgan a un grano de oro]; y que cada persona con un dólar pueda pagar libremente, ya sea en uno o en el otro metal.

Si sus valores naturales o de costo mantuvieran siempre la misma proporción, el acuerdo sería inobjetable. Sin embargo, esto dista mucho de ser cierto. El oro y la plata, aunque son los productos menos variables en valor, no son invariables ni varían siempre simultáneamente. El valor permanente de la plata, por ejemplo, disminuyó más que el del oro con el descubrimiento de las minas americanas; y esas pequeñas variaciones de valor que ocurren ocasionalmente no afectan a ambos metales por igual. Supongamos que se produjera tal variación: el valor relativo de los dos metales dejara de coincidir con su tasa. [pág. 313]proporción—uno u otro de ellos ahora será evaluado por debajo de su valor en lingotes, y habrá una ganancia que obtener al fundirlo.

Supongamos, por ejemplo, que el oro aumenta de valor en relación con la plata, de modo que la cantidad de oro en un soberano vale ahora más que la cantidad de plata en veinte chelines. Se producirán dos consecuencias. Ningún deudor considerará ya su interés pagar en oro. Siempre pagará en plata, porque veinte chelines son de curso legal para una deuda de una libra, y puede obtener plata convertible a veinte chelines por menos oro que el que contiene un soberano. La otra consecuencia será que, a menos que un soberano pueda venderse por más de veinte chelines, todos los soberanos se fundirán, ya que como lingotes comprarán una mayor cantidad de chelines de los que intercambian como moneda. Lo inverso de todo esto ocurriría si la plata, en lugar del oro, fuera el metal que hubiera aumentado en valor comparativo. Un soberano no valdría ahora ni veinte chelines, y quien tuviera una libra para pagar preferiría pagarlo con un soberano; Mientras que las monedas de plata se recolectarían para fundirlas y venderlas como lingotes de oro a su valor real, es decir, por encima de la tasación legal. Por lo tanto, el dinero de la comunidad nunca consistiría realmente en ambos metales, sino solo en el que, en ese momento, mejor convenía a los intereses de los deudores; y el tipo de cambio cambiaría constantemente de un metal a otro, con una pérdida, en cada cambio, del costo de acuñar el metal en desuso.

Esta es la operación mediante la cual se implementa la ley de Sir Thomas Gresham (un comerciante de la época de Isabel) según la cual « el dinero de menor valor expulsa al dinero de mayor valor » , siendo ambos pagos legales entre particulares. Un ejemplo célebre es el de las monedas recortadas de Inglaterra, recibidas por el Estado en igualdad de condiciones que las monedas nuevas y perfectas antes de 1695. Ahorcaron a hombres y mujeres, pero no impidieron la aplicación de la ley de Gresham ni la desaparición de las monedas perfectas. Cuando el Estado rechazó las monedas recortadas a su valor legal, al dejar de recibirlas como pago, [pág. 314]Con el aumento de los impuestos, los problemas cesaron. 234 Jevons ofrece una ilustración impactante de la misma ley: « En la época del tratado de 1858 entre Gran Bretaña, Estados Unidos y Japón, que abrió parcialmente este último país a los comerciantes europeos, existía en Japón un sistema monetario muy curioso. La moneda japonesa más valiosa era el kobang, que consistía en un delgado disco ovalado de oro de unas dos pulgadas de largo y una pulgada y cuarto de ancho, con un peso de doscientos granos y ornamentado de forma muy primitiva. Circulaba en las ciudades de Japón por cuatro itzebús de plata, pero valía en moneda inglesa unos 18 chelines y 5 peniques , mientras que el itzebú de plata equivalía solo a aproximadamente 1 chelín y 4 peniques [cuatro itzebús equivalían en moneda inglesa a 5 chelines y 4 peniques ]. Los primeros comerciantes europeos disfrutaron de una rara oportunidad de obtener beneficios. Al comprar los kobangs al tipo de cambio nativo, triplicaron su dinero, hasta que los nativos, al darse cuenta de lo que se estaba haciendo, retiraron de la circulación el resto del oro » . 235

Parece, por lo tanto, que el valor del dinero está sujeto a fluctuaciones más frecuentes cuando ambos metales son de curso legal con una valoración fija que cuando el patrón exclusivo de la moneda es el oro o la plata. En lugar de verse afectado únicamente por las variaciones en el coste de producción de un metal, está sujeto a desajustes con respecto a los de dos. El tipo particular de variación a la que una moneda se vuelve más propensa al tener dos patrones legales es una caída de valor, o lo que comúnmente se denomina depreciación, ya que prácticamente uno de los dos metales siempre será el patrón cuyo valor real haya caído por debajo del valor nominal. Si la tendencia de los metales es al alza, todos los pagos se realizarán en el que haya subido menos; y, si tiende a bajar, entonces en el que haya bajado más.

Si bien están sujetos a fluctuaciones más frecuentes, los precios no siguen las fluctuaciones extremas de ambos metales, como algunos suponen, y como lo muestra el siguiente diagrama. 236 A representa la línea del valor del oro y B de la plata, en relación con un tercer producto representado por la línea horizontal. Superponiendo estas curvas, C mostraría la línea de variaciones extremas , mientras que, dado que los precios seguirían al metal que cae en [pág. 315]Valor D: mostraría la evolución real de las variaciones. Si bien las fluctuaciones son más frecuentes en D, son menos extremas que en C.

Gráfico que muestra la línea de precios bajo un doble estándar.

§ 2. El uso de los dos metales como dinero y la gestión de las Monedas Subsidiarias.

El plan de un doble rasero todavía es propuesto de vez en cuando por algún escritor u orador como una gran mejora en la actualidad.

Es probable que, para la mayoría de sus partidarios, su principal mérito resida en su tendencia a una especie de depreciación, existiendo siempre una gran cantidad de partidarios de cualquier método, abierto o encubierto, para rebajar el tipo de cambio. [Pero] la ventaja, sin las desventajas de un doble patrón, parece obtenerse mejor en aquellas naciones donde solo uno de los dos metales es de curso legal, pero el otro también se acuña y se le permite pasar por el valor que le asigne el mercado.

Cuando se adopta este plan, es natural que el metal más costoso se compre y venda como artículo de comercio. Pero las naciones que, como Inglaterra, adoptan el más costoso de los dos como patrón, recurren a un recurso diferente para mantenerlos en circulación, a saber: (1) convertir la plata en moneda de curso legal, pero solo para pequeños pagos. En Inglaterra, nadie puede ser obligado a recibir plata en pago por una cantidad superior a cuarenta chelines. A esta regulación se suma necesariamente otra, a saber: (2) que la moneda de plata debe tener un valor, en comparación con el oro, ligeramente superior a su valor intrínseco; que no debe [pág. 316]En veinte chelines, la cantidad de plata equivalente a un soberano; pues, si existiera, una ligera variación del mercado a su favor la haría valer más que un soberano, y sería rentable fundir la moneda de plata. La sobrevaloración de la moneda de plata incentiva la compra de plata y su envío a la Casa de la Moneda para su acuñación, ya que se devuelve a un valor superior al que le corresponde; esto, sin embargo, se ha evitado (3) limitando la cantidad de plata acuñada, que no se deja, como la del oro, a la discreción de los particulares, sino que la determina el Gobierno y se limita a la cantidad que se supone necesaria para pequeños pagos. La única precaución necesaria es no valorar la plata tan alto que provoque una fuerte tentación a la acuñación privada.

§ 3. La experiencia de los Estados Unidos con un doble rasero de 1792 a 1883.

La experiencia de Estados Unidos con un doble patrón, que se extendió de 1792 a 1873 sin interrupción, y de 1878 a la actualidad, constituye una valiosa fuente de instrucción sobre el funcionamiento práctico del bimetalismo. Si bien nominalmente hemos tenido un doble patrón, en realidad hemos tenido solo uno o hemos estado en transición entre uno y otro; y la historia de nuestra acuñación de monedas ilustra de forma contundente que los valores naturales de ambos metales, a pesar de toda la legislación, varían tanto entre sí que no se puede mantener una proporción constante durante mucho tiempo; y que « la moneda pobre desplaza a la buena » , según la afirmación de Gresham. Para mayor claridad, el período puede dividirse, de acuerdo con los cambios legislativos, en cuatro partes:

I. 1792-1834. Transición del oro a la plata.

II. 1834-1853. Transición de la plata al oro.

III. 1853-1878. Moneda única de oro (excepto 1862-1879, período del papel).

IV. 1878-1884. Transición del oro a la plata.

I. Con la creación de la Casa de la Moneda, Hamilton acordó el uso de oro y plata en nuestra moneda, en una proporción de 15 a 1: es decir, que la cantidad de plata pura en un dólar debía ser quince veces el peso del oro en un dólar. Así, mientras que los diversos dólares españoles que circulaban entonces en Estados Unidos parecían contener en promedio unos 371-1/4 granos de plata pura, y dado que Hamilton creía que el valor relativo de mercado del oro y la plata era de aproximadamente 1 a 15, añadió 1/15 de 371-1/4 granos, o 24-3/4 granos de oro puro, al dólar de oro. Era el mejor ejemplo posible de bimetálico. [pág. 317]Se encontró un sistema, y la tasa de acuñación se concibió para ajustarse a la tasa del mercado. Si se hubiera podido mantener esta conformidad, no habría habido perturbaciones. Pero ya existía una causa que afectaba el suministro de uno de los metales —la plata— con total independencia de la legislación, y sin afectar en consecuencia al oro.

Dos períodos de producción de plata, en los cuales esta fue grande en relación con el oro, se destacan prominentemente en la historia de este metal. (1) Uno fue la enorme producción de las minas del Nuevo Mundo, que se extendió desde 1545 hasta aproximadamente 1640, y (2) el único otro período de gran producción comparable con este (es decir, en cuanto a la producción de plata en relación con el oro) fue el que duró de 1780 a 1820, debido a la riqueza de las minas de plata mexicanas. El primer período de noventa y cinco años fue más largo que el segundo, que duró solo cuarenta años; sin embargo, mientras que durante el primer período se produjo aproximadamente cuarenta y siete veces más plata que oro en promedio, la cantidad anual promedio de plata producida en relación con el oro fue probablemente un poco mayor entre 1780 y 1820. El efecto del primer período en la disminución de la relación entre la plata y el oro es bien conocido en la historia de los metales preciosos (véase el Gráfico X para la caída del valor de la plata en relación con el oro). Que el efecto del segundo período sobre el valor de la plata no haya sido mayor que el que realmente se causó —no ha sido pequeño— solo se explica por las leyes del valor del dinero. Si se vierte la misma cantidad de agua en un depósito pequeño que en uno grande, el nivel del primero aumentará más que el del segundo. La gran producción del primer período se sumó a unas existencias de plata muy pequeñas; la del segundo período se sumó a unas existencias incrementadas por la gran producción anterior que acabamos de mencionar. La pequeñez del producto anual en relación con la cantidad total existente en el mundo requiere cierto tiempo, incluso para una producción de plata cuarenta y siete veces mayor que la de oro, para que surta efecto sobre el valor de las existencias totales de plata. El efecto de este proceso empezó a sentirse poco después de que Estados Unidos decidiera aplicar un doble rasero. Por esta razón, el valor de la plata estaba disminuyendo alrededor de 1800, y, aunque el producto anual de plata se redujo drásticamente después de 1820, su valor continuó disminuyendo incluso después, porque el aumento de la producción, que se remonta a 1780, apenas comenzaba a hacerse sentir. Así, tenemos el fenómeno —que a algunos les resulta muy difícil de comprender— de una caída en la producción anual de plata, acompañada de una disminución de su valor en relación con el oro.

Esta disminución del valor de la plata comenzó a afectar la acuñación de monedas de los Estados Unidos ya en 1811, y en 1820 [pág. 319]La desaparición del oro fue tema recurrente. El proceso por el cual se produce este resultado es simple y se adopta en cuanto se observa un margen de beneficio derivado de una divergencia entre las proporciones de la Casa de la Moneda y del mercado. En 1820, la proporción de mercado entre el oro y la plata era de 1 a 15,7; es decir, la cantidad de oro en un dólar (24,75 granos) se intercambiaba por 15,7 veces más granos de plata en el mercado, en forma de lingotes; mientras que en la Casa de la Moneda, en forma de moneda, se intercambiaba por solo 15 veces más granos de plata. Un corredor con 1.000 dólares de oro podía comprar con ellos en el mercado suficientes lingotes de plata (1.000 × 15,7 granos) para acuñar, al presentarlos en la Casa de la Moneda, 1.000 dólares en piezas de plata, y aun así obtener como beneficio por la operación 700 granos de plata. Mientras esto sea posible, la plata (la moneda más barata) se presentará en la Casa de la Moneda, y el oro (la moneda más cara) se convertirá en una mercancía demasiado valiosa para ser utilizada como dinero cuando la plata, más barata, sea legalmente igual de válida. Por lo tanto, la mejor moneda desaparece de la circulación, como ocurrió en Estados Unidos antes de 1820, debido a la caída del valor de la plata. Cabe mencionar que algunos autores han argumentado seriamente que la plata no bajó, sino que el oro subió de valor, debido a la demanda de Inglaterra de reanudar su valor en 1819. 237 La cronología desmiente esta teoría, pues el cambio en el valor de la plata comenzó demasiado pronto como para haberse debido a las medidas inglesas, aun cuando no se hayan dado razones concluyentes anteriormente de por qué la plata debería haber bajado naturalmente de valor.

Gráfico X. Gráfico que muestra los cambios en los valores relativos del oro y la plata desde 1501 hasta 1880. De 1501 a 1680 se asigna un espacio a cada 20 años; de 1681 a 1871, a cada 10 años; de 1876 a 1880, a cada año.

II. El cambio en los valores relativos del oro y la plata finalmente obligó a Estados Unidos a modificar su tasa de acuñación en 1834. Teníamos dos opciones: (1) aumentar la cantidad de plata en el dólar hasta que el dólar de plata valiera intrínsecamente el oro en el dólar de oro; o (2) devaluar la pieza de dólar de oro hasta que su valor se redujera proporcionalmente a la depreciación de la plata desde 1792. Se adoptó esta última solución, sin considerar el efecto sobre los contratos ni la integridad de nuestro patrón monetario: se extrajo el 6,589 % del dólar de oro, dejándolo con 23,22 granos de oro puro; y como el dólar de plata se mantuvo sin cambios (371 ¼ granos), la tasa de acuñación establecida fue de 1 a 15,988, o, como se suele decir, de 1 a 16. ¿Se correspondía esto con la tasa de mercado vigente entonces? No. Tras observar la anterior caída constante de la plata, y creyendo que continuaría, el Congreso esperaba anticipar cualquier caída adicional al aumentar ligeramente la proporción de oro a plata en la acuñación que la del mercado. Esto se logró estableciendo la proporción de oro a plata en la acuñación en 1 a 15,988, mientras que la proporción del mercado en 1834 era de 1 a 15,73. En este caso, [pág. 320]De nuevo, surgió la dificultad derivada del intento de equilibrar una proporción sobre un punto de apoyo móvil. Se observará que la ley de 1834 impulsó otro cambio en la acuñación de monedas: fuerzas de tipo similar, pero operando en dirección exactamente opuesta a las anteriores a 1834. Un dólar de oro acuñado se intercambiaba ahora por más granos de plata en la Casa de la Moneda (15,98) que en forma de lingotes en el mercado (15,73). Por lo tanto, sería más rentable acuñar oro que intercambiarlo como lingotes. El oro se envió a la Casa de la Moneda, mientras que la plata comenzó a retirarse de la circulación, siendo ahora más valiosa como lingote que como moneda. Para 1840, un dólar de plata valía 102 centavos en oro. 238 Este movimiento, que desplazaba la plata por el oro, recibió un impulso sorprendente e inesperado con los descubrimientos auríferos de California y Australia en 1849, ya mencionados, y redujo el valor del oro en relación con la plata, al reducir el valor del oro. Aquí, de nuevo, se presentó otra causa natural, independiente de la legislación e imprevisible, que alteró el valor de uno de los metales preciosos, y en dirección exactamente opuesta a la del período anterior, cuando la plata se depreció por el aumento de las minas mexicanas. En 1853, un dólar de plata valía 104 centavos de oro (es decir, un dólar de oro que contenía 23.22 granos); pero, algunos años antes, todos los dólares de plata habían desaparecido del mercado y solo circulaba el oro. Durante gran parte de este período, tuvimos en realidad un patrón único de oro, ya que el otro metal no podía mantenerse en la moneda.

III. Tras nuestra experiencia previa, la imposibilidad de mantener ambos metales en la acuñación juntos, en igualdad de condiciones, pasó a ser generalmente reconocida y aceptada por el Congreso en la legislación de 1853. Esta ley no introdujo cambios adicionales para adaptar la Casa de la Moneda a las tasas del mercado, sino que se mantuvo conforme con la circulación del oro. Sin embargo, hasta entonces no se habían tenido en cuenta los principios en los que se basa una acuñación subsidiaria, como explicó el Sr. Mill en la última sección ( § 2 ). La ley de 1853, si bien aceptaba el patrón oro único, tenía como propósito el reajuste de las monedas subsidiarias, que, junto con las monedas de un dólar de plata, habían salido de circulación. Antes de esto, dos medios, cuatro cuartos o diez monedas de diez centavos contenían la misma cantidad de plata pura que la moneda de un dólar (371 ¼ granos); por lo tanto, cuando resultó rentable retirar las monedas de un dólar y sustituirlas por oro, se obtuvo exactamente el mismo beneficio retirando dos medios o cuatro cuartos en plata. Por esta razón , toda la plata subsidiaria había salido de circulación y no había calderilla en el país. La legislación de 1853 rectificó este error: (1) [pág. 321]reduciendo la cantidad de plata pura en un dólar de moneda subsidiaria a 345.6 granos. Al reducir considerablemente la cantidad de plata equivalente a un dólar de monedas pequeñas, esta era más valiosa en esa forma que como lingote, y no había razón para fundirla ni retirarla (ya que incluso si el oro y la plata cambiaban considerablemente en sus valores relativos, 345.6 granos de plata no podían subir lo suficiente como para igualar el valor de un dólar de oro, cuando 371-¼ granos valían solo 104 centavos del dólar de oro); (2) esta sobrevaloración de la plata en moneda subsidiaria causaría un gran flujo de plata a la Casa de la Moneda, ya que la plata sería más valiosa en moneda subsidiaria que como lingote; pero esto se evitó mediante la disposición (sección 4 de la ley de 1853) de que la cantidad de la moneda pequeña debía limitarse según la discreción del Secretario del Tesoro; y, (3) para que la moneda pequeña sobrevalorada no se utilizara para otros fines que no fueran el cambio, su curso legal se limitó a pagos que no excedieran de cinco dólares. Este sistema, un patrón oro único para pagos grandes y plata para pequeños, se mantuvo sin discusión y con gran comodidad hasta la época de la guerra, cuando el papel moneda (1862-1879) desplazó (de nuevo por su bajo precio) tanto al oro como a la plata. El papel era mucho más barato que el más barato de los dos metales.

Valores relativos del oro y la plata, por meses, en 1876.

El mero hecho de que la pieza de dólar de plata no hubiera circulado desde mucho antes de 1853 llevó a las autoridades a eliminar las disposiciones para la acuñación de dólares de plata y en 1873 a eliminarla de la lista de monedas legales (en una proporción de 1 a 15,98, [pág. 322]La proporción obsoleta, fijada desde 1834, es lo que se conoce como la « desmonetización » de la plata. No tuvo ningún efecto en la circulación de dólares de plata, ya que no se utilizaban, y no se habían utilizado durante más de veinticinco años. Hasta entonces, no había habido ningún deseo de usar plata, ya que era más cara que el oro; de hecho, resulta un tanto humillante para nuestro sentido de honor nacional recordar que no fue hasta que el valor de la plata cayó tan sorprendentemente (en 1876) que surgió la agitación a favor de su uso en la acuñación de monedas. Cuando un dólar de plata valía 104 centavos, nadie lo quería como medio para liquidar deudas; cuando llegó a valer 86 centavos, fue capaz de servir a los deudores incluso mejor que los billetes verdes, que entonces se apreciaban. Así, mientras que desde 1853 (e incluso antes) teníamos legalmente dos patrones, el de oro y el de plata, pero en realidad sólo uno, el del oro, desde 1873 hasta 1878 tuvimos legalmente y en realidad sólo un patrón, el del oro.

Cabe añadir que he mencionado que el dólar de plata contenía 371-¼ granos de plata pura. Por supuesto, se mezcla aleación con la plata pura, suficiente, en 1792, para que el dólar original pesara 416 granos en total, su peso estándar . En 1837, la cantidad de aleación se cambió de 1/12 a 1/10 del peso estándar, lo que ( al no variar los 371-¼ granos de plata pura) dio como resultado un peso total del dólar de 412-½ granos, de ahí el nombre familiar asignado a esta pieza. En 1873, además, se permitió a la Casa de la Moneda estampar su sello y emblemas —a lo que no era dinero en absoluto, sino un lingote acuñado— en 378 granos de plata pura (420 granos, estándar), conocido como el dólar comercial . Con esto se pretendía que la plata estadounidense fuera más útil en el comercio asiático. Las naciones orientales se preocupan casi exclusivamente por la plata en sus pagos. El dólar mexicano de plata contenía 377-¼ granos de plata pura; el yen japonés, 374-4/10; y el dólar estadounidense, 371-¼. Al hacer que el " dólar comercial " fuera ligeramente más pesado que cualquier moneda utilizada en el mundo oriental, se abriría un nuevo mercado para nuestra plata; y al gobierno de Estados Unidos simplemente se le pidió que certificara la pureza y el peso acuñándolo, siempre que los propietarios de plata pagaran los gastos de acuñación. Inadvertidamente, el dólar comercial se incluyó en la lista de monedas de curso legal en la ley de 1873 para pagos de cinco dólares, pero, al descubrirse esto, se derogó en 1876. Por lo tanto, el dólar comercial no era una moneda legal en ningún sentido (aunque contenía más plata que el dólar de 412-½ granos). Dejaron de acuñarse en 1878, momento en el que se habían ganado $ 35,959,360.

IV. En febrero de 1878, un movimiento indiscreto e irrazonable indujo al Congreso a autorizar la reacuñación de la pieza de dólar de plata a la proporción obsoleta de 1834 (1 a 15,98), mientras que [pág. 323]La proporción del mercado era de 1 a 17,87. Una inversión tan extraordinaria de todos los principios sólidos y tal ceguera a nuestra experiencia previa solo se podía explicar por el deseo de obligar a este país a usar solo plata como moneda, y tenía su origen en los propietarios de minas de plata, ayudados por el deseo de los deudores de una unidad barata para liberarse de su deuda. No se pretendía establecer un doble rasero al respecto; pues era evidente para el más ignorante que una desproporción tan grande entre las proporciones de la Casa de la Moneda y del mercado debía conducir inevitablemente a la desaparición total del oro. Esto sucedería si los propietarios pudieran traer su plata libremente, en cualquier cantidad, a la Casa de la Moneda para su acuñación ( " Acuñación Libre " ), y así intercambiar plata por monedas de oro con el fin de retirar oro, ya que el oro se intercambiaría por menos como moneda que como lingotes. Este resultado inmediato fue impedido por una disposición de la ley que impedía la libre acuñación de plata y exigía al propio Gobierno comprar y acuñar al menos 2.000.000 de dólares mensuales. Esto retrasó, pero no impedirá en última instancia, el cambio del actual patrón oro a un patrón plata único. A un ritmo de 24.000.000 de dólares anuales, es solo cuestión de tiempo que el Tesoro se vea obligado a pagar, por sus desembolsos regulares de la deuda pública, cantidades de plata suficientes para sacar al oro de la circulación. En febrero de 1884, se temía que esto ya estuviera cerca, y prácticamente se alcanzó en agosto siguiente. A menos que se derogue la ley muy pronto, se presenciará el incómodo espectáculo de un desequilibrio gradual de los precios, y en consecuencia del comercio, derivado de un cambio de patrón.

Para que se puedan ver los movimientos alternativos de plata y oro hacia la Casa de la Moneda para su acuñación, se adjunta una declaración de la acuñación durante los períodos antes mencionados, que muestra bien los efectos de la ley de Gresham.

Relación entre la Casa de la Moneda y el mercado.

Período.

Monedas de oro.

Dólares de plata acuñados.

1:15 (plata baja en el mercado)

1792-1834

$11,825,890

$36,275,077

1:15.98 (oro a la baja en el mercado)

1834-1853

224.965.730

42.936.294

1:15.98 (oro a la baja en el mercado)

1853-1873

544.864.921

5.538.948

Patrón oro único.

1873-1878

166.253.816

........

1:15,98 (plata más baja, pero sin acuñación gratuita)

1878-1883

354.019.865

147.255.899

De esto se desprende que el Tesoro ha impuesto una acuñación de casi el doble de dólares de plata. [pág. 324]desde 1878 como se acuñaron en toda la historia de la Casa de la Moneda antes, desde la creación del Gobierno.

Cabe preguntarse por qué el dólar de plata de 412.5 granos, con un valor intrínseco de tan solo 86 a 89 centavos, no se deprecia hasta alcanzar ese valor. El Gobierno compra la plata, posee la moneda y conserva todo lo que no puede inducir al público a recibir voluntariamente; por lo tanto, solo una parte del total de la acuñación queda fuera del Tesoro. La mayoría de las monedas emitidas se devuelven para depósito y se reciben a cambio certificados de plata. Al no haber acuñación libre ni mayor cantidad en circulación que la que satisface la demanda de cambio, en lugar de billetes pequeños, las piezas de dólar circularán a su valor completo, según el principio de moneda subsidiaria, aunque sobrevaloradas. Y los certificados de plata prácticamente pasan por un proceso de redención constante al recibirse a cambio de derechos de aduana al igual que el oro. Cuando su cantidad se vuelve demasiado grande para ser necesaria para tales fines, entonces podemos esperar la depreciación con razón. 240

Existen, pues, los siguientes tipos de moneda de curso legal en los Estados Unidos en 1884: (1) Monedas de oro (si no están por debajo de la tolerancia); (2) el dólar de plata de 412-½ granos; (3) billetes de los Estados Unidos (excepto los de aduanas y los intereses de la deuda pública); (4) monedas subsidiarias de plata, hasta la cantidad de cinco dólares; y (5) monedas menores, hasta la cantidad de veinticinco centavos.

La cuestión de un doble rasero ha provocado un debate vehemente y ha dado lugar a una considerable bibliografía desde la caída de la plata en 1876. Existe una opinión generalizada, mejor representada en Estados Unidos por F. A. Walker y S. D. Horton, que sostiene que los valores relativos del oro y la plata pueden mantenerse inalterados, a pesar de todas las causas naturales, mediante la fuerza de la ley, la cual, siempre que suficientes países se unan al plan, fijará la tasa de cambio en la moneda para todos los grandes países comerciales, y de este modo mantendrá la tasa de acuñación equivalente a la tasa del lingote. La dificultad con este plan, incluso si fuera completamente suficiente, ha residido hasta ahora en los obstáculos para un acuerdo internacional. Tras varias conferencias monetarias internacionales, en 1867, 1878 y 1881, el proyecto parece haber sido prácticamente abandonado por todos, excepto por los más optimistas. (Para una lista más completa de autoridades en bimetalismo, véase el Apéndice I ).

[pág. 325]


Capítulo VIII. Del crédito como sustituto del dinero.

§ 1. El crédito no es una creación sino una transferencia de los medios de producción.

El crédito tiene un gran poder, pero no, como muchos parecen suponer, mágico; no puede crear algo de la nada. ¡Con cuánta frecuencia se habla de la concesión de crédito como equivalente a la creación de capital, o como si el crédito fuera en realidad capital! Parece extraño que sea necesario señalar que, al ser el crédito solo un permiso para usar el capital de otra persona, los medios de producción no pueden aumentarse con él, sino solo transferirse. Si los medios de producción y de empleo de mano de obra del prestatario aumentan con el crédito concedido, los del prestamista se reducen en la misma medida. La misma suma no puede ser utilizada como capital tanto por el propietario como por la persona a quien se presta; no puede proporcionar todo su valor en salarios, herramientas y materiales a dos grupos de trabajadores a la vez. Es cierto que el capital que A ha tomado prestado de B y que utiliza en su negocio sigue formando parte de la riqueza de B para otros fines; puede concertar acuerdos fiándolos y, cuando sea necesario, pedir prestado una suma equivalente con la garantía del mismo. De modo que, a simple vista, podría parecer que tanto B como A lo usaron a la vez. Pero una simple consideración mostrará que, cuando B cede su capital a A, su uso como capital recae únicamente en A, y que B no obtiene ningún otro beneficio de él, salvo que su derecho final sobre él le permita obtener el uso de otro capital de un tercero, C.

§ 2. De qué manera ayuda a la producción.

Pero, aunque el crédito nunca es nada más que una transferencia de capital de mano en mano, es generalmente, y [pág. 326]Naturalmente, una transferencia a manos más competentes para emplear el capital eficientemente en la producción. Si no existiera el crédito, o si, debido a la inseguridad general y la falta de confianza, se practicara escasamente, muchas personas que poseen más o menos capital, pero que, debido a sus ocupaciones o por falta de la habilidad y el conocimiento necesarios, no pueden supervisar personalmente su uso, no obtendrían ningún beneficio: sus fondos quedarían inactivos o, quizás, se malgastarían y se aniquilarían en intentos ineficaces de obtener ganancias. Todo este capital se presta ahora a interés y se pone a disposición de la producción. El capital, en estas circunstancias, constituye una gran parte de los recursos productivos de cualquier país comercial y es naturalmente atraído por aquellos productores o comerciantes que, al estar en el negocio más grande, tienen los medios para emplearlo con mayor provecho, porque son los más deseosos de obtenerlo y los que pueden ofrecer la mejor seguridad. Por lo tanto, aunque los fondos productivos del país no se incrementen con el crédito, se les exige un estado de actividad productiva más completo. A medida que se extiende la confianza en la que se basa el crédito, se desarrollan medios para que incluso las porciones más pequeñas de capital, las sumas que cada persona conserva para afrontar contingencias, se pongan a disposición para usos productivos. Los principales instrumentos para este propósito son los bancos de depósito. Donde estos no existen, una persona prudente debe mantener una suma suficiente disponible en su poder para satisfacer cualquier demanda a la que tenga la más mínima razón para creerse vulnerable. Sin embargo, cuando se ha desarrollado la práctica de mantener esta reserva no en su propia custodia, sino con un banquero, muchas pequeñas sumas, previamente inactivas, se acumulan en manos del banquero; y el banquero, al aprender por experiencia qué proporción de la cantidad es probable que se necesite en un momento dado, y sabiendo que, si un depositante requiere más que el promedio, otro requerirá menos, puede prestar el resto, es decir, la mayor parte, a productores y comerciantes: con ello, se suma la cantidad, no al capital existente, [pág. 327]pero a eso en el empleo, y haciendo un aporte correspondiente a la producción agregada de la comunidad.

Si bien el crédito es indispensable para que todo el capital del país sea productivo, también es un medio para que el talento industrial del país se aproveche mejor para fines de producción. Muchas personas que carecen de capital propio o lo tienen muy escaso, pero poseen aptitudes para los negocios reconocidas y apreciadas por algunos capitalistas, pueden obtener adelantos en efectivo o, con mayor frecuencia, bienes a crédito, lo que contribuye a que su capacidad industrial contribuya al aumento de la riqueza pública.

Tales son, en general, los usos del crédito para los recursos productivos del mundo. Pero estas consideraciones solo se aplican al crédito otorgado a las clases trabajadoras: productores y comerciantes. El crédito otorgado por los comerciantes a consumidores improductivos nunca supone un aumento, sino siempre un detrimento, de las fuentes de riqueza pública. Transfiere, en uso temporal, no el capital de las clases improductivas a las productivas, sino el de las productivas a las improductivas.

§ 3. Función del Crédito en la economización del uso del Dinero.

Pero una parte más compleja de la teoría del crédito es su influencia en los precios, causa principal de la mayoría de los fenómenos mercantiles que desconciertan a los observadores. En un contexto comercial donde se otorga habitualmente mucho crédito, los precios generales dependen en cualquier momento mucho más del estado del crédito que de la cantidad de dinero . Pues el crédito, aunque no es poder productivo, es poder adquisitivo; y quien, teniendo crédito, lo utiliza para comprar bienes, crea la misma demanda de los mismos y tiende a elevar su precio tanto como si realizara compras equivalentes con dinero en efectivo.

El crédito que ahora debemos considerar como un poder adquisitivo distinto e independiente del dinero no es, por supuesto, el crédito en su forma más simple, la del dinero prestado por una persona a otra y pagado directamente en sus manos; porque, cuando el prestatario lo gasta en compras, hace la [pág. 328]Compra con dinero, no con crédito, y no ejerce ningún poder adquisitivo adicional al que otorga el dinero. Las formas de crédito que generan poder adquisitivo son aquellas en las que no se transfiere dinero en ese momento, y muy a menudo no se transfiere en absoluto; la transacción se incluye con una gran cantidad de otras transacciones en una cuenta, y no se paga nada más que un saldo. Esto ocurre de diversas maneras, que examinaremos a continuación, comenzando, como es nuestra costumbre, por la más simple.

Primero: Supongamos que A y B son dos comerciantes que realizan transacciones entre sí como compradores y vendedores. A compra a B a crédito. B hace lo mismo con A. Al final del año, la suma de las deudas de A con B se compara con la suma de las deudas de B con A, y se determina a qué lado corresponde el saldo. Este saldo, que puede ser inferior al importe de muchas de las transacciones individualmente, y necesariamente inferior a la suma de las transacciones, es todo lo que se paga en dinero; y quizás ni siquiera esto se pague, sino que se transfiera a una cuenta corriente para el año siguiente. Un solo pago de cien libras puede, de esta manera, bastar para liquidar una larga serie de transacciones, algunas de ellas por valor de miles.

Pero, en segundo lugar: Las deudas de A a B pueden pagarse sin intervención de dinero, aun cuando no haya deudas recíprocas de B a A. A puede satisfacer a B transfiriéndole una deuda que le debe una tercera persona, C. Esto se hace convenientemente por medio de un instrumento escrito, llamado letra de cambio, que es, de hecho, una orden transferible de un acreedor a su deudor, y cuando es aceptada por el deudor, es decir, autenticada por su firma, se convierte en un reconocimiento de deuda.

§ 4. Letras de cambio.

Las letras de cambio se introdujeron por primera vez para ahorrar los gastos y el riesgo de transportar metales preciosos de un lugar a otro.

El comercio entre Nueva York y Liverpool ofrece un ejemplo constante de los usos de una letra de cambio. Supongamos que A, en Nueva York, envía un cargamento de trigo por valor de 100.000 dólares, o [pág. 329]20.000 libras a B en Liverpool; supongamos también que C en Liverpool (independientemente de las negociaciones entre A y B) envía, aproximadamente al mismo tiempo, un cargamento de rieles de acero a D en Nueva York, también por valor de 20.000 libras. Sin el uso de letras de cambio, B se habría visto obligado a enviar 20.000 libras en oro a través del Atlántico, y D también, con riesgo de pérdida para ambos. Mediante las letras de cambio, las mercancías se intercambian entre sí, y se ahorra toda transmisión de dinero.

A tiene deudas en Liverpool y vende su derecho a este dinero a cualquiera que desee realizar un pago en Liverpool. Acude a su banquero (el intermediario entre exportadores e importadores y quien negocia dichas letras), y allí encuentra a D, quien pregunta por alguien que tenga deudas en Liverpool, ya que D le debe a C en Liverpool por su cargamento de rieles de acero. A emite una escritura de cambio por las 20.000 libras que B le debe y, al vendérsela a D, recibe inmediatamente sus 20.000 libras en Nueva York. El procedimiento es el siguiente:

Nueva York , 1 de enero de 1884 .

A la vista [o sesenta días después de la fecha] de esta primera letra de cambio (segunda y tercera no pagadas), pague a la orden de D [el importador de rieles de acero] £ 20,000, valor recibido, y cargue la misma a la cuenta de

[Firmado] A [exportador de trigo].
A B [comprador de trigo],
Liverpool, Inglaterra.

D ha pagado 100.000 dólares, o 20.000 libras, a A por un título de propiedad sobre dinero al otro lado del Atlántico en Liverpool, y con este título puede saldar su deuda con C por los ferrocarriles. D endosa la letra de cambio, como sigue:

Pagar a la orden de C [vendedor de rieles de acero], Liverpool, valor en cuenta. D [importador de rieles de acero].

A B [el comprador de trigo].

De esta manera, D transfiere su titularidad de las 20.000 libras a C, envía la letra por correo ( primero en un vapor, segundo en otro, para asegurar la transmisión) a C, quien entonces exige a B que le pague las 20.000 libras en lugar de que B las envíe a través del Atlántico a A; y las cuatro personas han realizado sus pagos de forma más segura gracias a este conveniente mecanismo. Esta es la forma más sencilla de la transacción y no altera el principio en el que se basa, cuando, como es el caso, un banquero compra las letras de A y las vende a D, ya que A representa a todos los exportadores y D a todos los importadores.

[pág. 330]

Las letras de cambio, al resultar convenientes para pagar deudas a distancia sin el gasto de transportar metales preciosos, se extendieron considerablemente por otro motivo. Es habitual en todo comercio otorgar un plazo de crédito para las mercancías compradas: tres meses, seis meses, un año o incluso dos, según la conveniencia o la costumbre del sector. Un comerciante que ha vendido mercancías con vencimiento a seis meses, pero desea recibir el pago antes, emite una letra de cambio a su deudor, pagadera a seis meses, y obtiene el descuento de la letra por parte de un banquero u otro prestamista; es decir, le transfiere la letra, recibiendo el importe menos los intereses por el plazo restante. Una de las principales funciones de las letras de cambio se ha convertido en servir como medio para que una deuda de una persona pueda así estar disponible para obtener crédito de otra.

Se emiten letras de cambio entre las distintas ciudades de Estados Unidos. En el oeste, el factor que compra grano o lana para una empresa neoyorquina gira a sus corresponsales neoyorquinos, y esta letra (generalmente certificada mediante el conocimiento de embarque) se presenta para descuento en los bancos occidentales; y, si hay muchas letras, es posible que se envíen fondos al oeste para satisfacer estas demandas. Pero las compras del oeste en Nueva York servirán, aunque sea un poco más adelante, para compensar en cierta medida esta fuga de fondos; y los fondos volverán a fluir hacia el este, como las mercancías se mueven hacia el oeste, prácticamente intercambiadas entre sí mediante letras. Sin embargo, últimamente hay menos movimiento de fondos, ahora que las ciudades occidentales han acumulado más capital propio.

Las notas emitidas como consecuencia de una venta real de bienes no pueden considerarse, por ese motivo, como representativas de bienes reales. Supongamos que A vende bienes por valor de 100 libras a B a seis meses de crédito y recibe una letra a seis meses por ellos; y que B, un mes después, vende los mismos bienes, con el mismo crédito, a C, recibiendo una letra igual; y que C, al mes siguiente, los vende a D, recibiendo una letra igual, y así sucesivamente. Es posible entonces que, al cabo de seis meses, existan seis letras de 100 libras cada una simultáneamente, y es posible que cada una de ellas haya sido descontada. [pág. 331]De todos estos proyectos de ley, sólo uno representa una propiedad real.

El alcance de las ventas reales de una persona limita el importe de sus pagarés reales; y, dado que en el comercio es sumamente deseable que el crédito se otorgue a todas las personas en una proporción regular y debida, la medida de las ventas reales de una persona, certificada por la apariencia de las letras emitidas en virtud de dichas ventas, constituye una regla general, aunque muy imperfecta en muchos aspectos. Cuando una letra emitida a nombre de una persona se paga a otra (o incluso a la misma persona) para saldar una deuda o un crédito pecuniario, cumple una función que, de no existir la letra, requeriría dinero: cumple las funciones de la moneda. Este es un uso al que se aplican a menudo las letras de cambio.

Muchas letras, tanto nacionales como extranjeras, acaban por presentarse al pago completamente cubiertas de endosos, cada uno de los cuales representa o bien un nuevo descuento, o bien una transacción pecuniaria en la que la letra ha cumplido las funciones de dinero.

§ 5. Pagarés.

Una tercera forma en que se utiliza el crédito como sustituto del dinero es la de los pagarés.

La diferencia entre una letra de cambio y un pagaré radica en que la primera es una orden de pago, mientras que el segundo es una promesa de pago. En el pagaré, el promitente es el principal responsable; en la letra de cambio, el librador solo queda obligado tras un recurso ineficaz al librado.

En Estados Unidos, un comerciante occidental que compra a crédito artículos de algodón por valor de 1000 dólares a una casa de comisión de Boston, suele entregar su pagaré por ese importe, el cual se pone a la venta o se presenta en un banco para su descuento. Sin embargo, este plan transfiere todo el riesgo a quien descontó el pagaré. En Estados Unidos, estos pagarés son las formas de crédito más utilizadas entre comerciantes y compradores. Sin embargo, la costumbre es bastante diferente en Inglaterra y Alemania (y, en general, se afirma, en el continente), donde se emplean letras de cambio. Una casa en Londres vende artículos de algodón por valor de 1000 dólares a A, en Carlisle, a un crédito de sesenta días, emite una letra de cambio contra A, que es una exigencia de pago a A en un plazo determinado (por ejemplo, sesenta días), y si este la acepta, constituye una obligación legal. La casa londinense recibe esta letra (quizás añadiendo su propia... [pág. 332]nombre de la empresa como endosantes del papel) y lo presenta para descuento en un banco de Londres. Esto explica por qué, cuando una industria específica prospera y se venden muchos bienes, se ofrece más papel para descuento en los bancos (cf. pág. 222 ), y por qué el capital fluye con facilidad en esa dirección.

Es principalmente en esta última forma [pagarés] que, en los países comerciales, se ha convertido en una ocupación expresa emitir tales sustitutos del dinero. Los comerciantes de dinero desean prestar, no solo su capital, sino también su crédito, y no solo la parte de este consistente en fondos efectivamente depositados en ellos, sino también su capacidad de obtener crédito del público en general, en la medida en que consideren que pueden emplearlo con seguridad. Esto se hace de manera muy conveniente prestando sus propios pagarés pagaderos al portador a la vista; el prestatario está dispuesto a aceptarlos como dinero, porque el crédito del prestamista hace que otras personas los reciban voluntariamente en las mismas condiciones, en compras u otros pagos. Estos pagarés, por lo tanto, cumplen todas las funciones de la moneda y hacen innecesaria una cantidad equivalente de dinero, que anteriormente estaba en circulación. Sin embargo, como son pagaderos a la vista, pueden ser devueltos en cualquier momento al emisor y se le puede exigir dinero por ellos, éste debe, bajo pena de quiebra, conservar consigo tanto dinero como le permita hacer frente a cualquier reclamación de ese tipo que pueda esperarse que ocurra dentro del tiempo necesario para proveerse de más; y la prudencia también requiere que no intente emitir billetes más allá de la cantidad que la experiencia muestra que puede permanecer en circulación sin ser presentada para el pago.

Una vez descubierta la conveniencia de este modo de (por así decirlo) acuñar crédito, los gobiernos han recurrido al mismo recurso y han emitido sus propios pagarés para pagar sus gastos, un recurso tanto más útil porque es el único modo en que pueden pedir dinero prestado sin pagar intereses.

§ 6. Depósitos y cheques.

Un cuarto modo de hacer que el crédito responda a los propósitos del dinero, por el cual, cuando se lleva lo suficientemente lejos, el dinero [pág. 333]Puede quedar completamente superada, y consiste en realizar pagos con cheques. La costumbre de reservar el efectivo disponible para uso inmediato o para cubrir necesidades contingentes en manos de un banquero, y realizar todos los pagos, excepto los pequeños, mediante órdenes bancarias, se está extendiendo en este país a una proporción cada vez mayor del público. Si quien realiza el pago y quien lo recibe mantienen su dinero con el mismo banquero, el pago se realiza sin intervención monetaria, mediante la simple transferencia de su importe en los libros del banco del acreedor al acreedor. Si todas las personas en [Nueva York] guardaran su efectivo en el mismo banco y realizaran todos sus pagos mediante cheques, no se requeriría ni utilizaría dinero para ninguna transacción que comenzara o terminara en [Nueva York]. Este límite ideal casi se alcanza, de hecho, en lo que respecta a las transacciones entre comerciantes [mayoristas]. Es principalmente en las transacciones minoristas entre comerciantes y consumidores, y en el pago de salarios, donde ahora circula dinero o billetes, y solo cuando las cantidades son pequeñas. En cuanto a los comerciantes y grandes comerciantes, habitualmente realizan todos los pagos de sus negocios mediante cheques. Sin embargo, no todos tratan con el mismo banquero, y cuando A entrega un cheque a B, B suele ingresarlo no en el mismo banco, sino en otro. Pero la conveniencia de los negocios ha dado origen a un acuerdo que convierte a todas las entidades bancarias de una ciudad, para ciertos fines, en prácticamente un solo establecimiento. Un banquero no envía los cheques que ingresa en su entidad bancaria a los bancos que los emiten ni exige dinero por ellos. Existe un edificio llamado Cámara de Compensación, al que cada [miembro de la asociación] envía, cada tarde, todos los cheques de otros banqueros que ha recibido durante el día, y allí se canjean por los cheques que le corresponden a él y que han llegado a manos de otros banqueros, pagándose los saldos únicamente en efectivo. o incluso éstos no en dinero, sino en cheques.

Una cámara de compensación es simplemente una barandilla circular que contiene tantas aberturas como bancos hay en la asociación; un empleado [pág. 334]Cada banco presenta, en forma de fajo de cheques, al abrirlo, todos los créditos de su banco contra los demás y anota el importe total. Un empleado toma los cheques, distribuye cada uno al empleado del banco contra el que se gira, y el saldo restante al abrirlo constituye el total de los créditos de todos los demás bancos contra él mismo; esta suma total se compensa con los créditos de ese banco contra los demás. La diferencia, a favor o en contra del banco, según el caso, puede liquidarse mediante un cheque. 241

El monto total de los intercambios realizados a través de la Cámara de Compensación de Nueva York en 1883 fue de $40,293,165,258 (o aproximadamente veinticinco veces el total de nuestra deuda nacional de ese año), y los saldos pagados en dinero representaron solo el 3.9% de los intercambios. 242 Para valiosas explicaciones sobre este tema, consulte Jevons, “ El dinero y el mecanismo del intercambio ” , capítulos XIX-XXIII. La explicación de las funciones de un banco, capítulo XX, es muy buena.

[pág. 335]


Capítulo IX. Influencia del crédito sobre los precios.

§ 1. Lo que actúa sobre los precios es el Crédito, cualquiera que sea la forma en que se presente.

Habiendo formado ya una idea general de las formas en que el crédito se ofrece como sustituto del dinero, debemos considerar cómo el uso de estos sustitutos afecta el valor del dinero o, lo que es equivalente, los precios de las mercancías. Huelga decir que el valor permanente del dinero —los precios naturales y promedio de las mercancías— no se trata aquí. Estos se determinan por el coste de producción o de obtención de los metales preciosos. A la larga, una onza de oro o plata se intercambiará por la misma cantidad de cualquier otra mercancía que pueda producirse o importarse al mismo coste. Y una orden, un pagaré o una letra pagadera a la vista por una onza de oro, mientras el crédito del emisor esté intacto, no vale ni más ni menos que el oro mismo.

Sin embargo, no nos ocupamos ahora de los precios finales o promedio, sino de los precios inmediatos y temporales. Estos, como hemos visto, pueden desviarse considerablemente del estándar de coste de producción. Entre otras causas de fluctuación, hemos descubierto que una es la cantidad de dinero en circulación. En igualdad de condiciones, un aumento del dinero en circulación eleva los precios; una disminución los baja. Si se lanza a la circulación más dinero del que puede circular a un valor acorde con su coste de producción, el valor del dinero, mientras dure el exceso, se mantendrá por debajo del estándar de coste de producción, y los precios generales se mantendrán por encima del tipo natural.

Pero ahora hemos descubierto que hay otras cosas, como [pág. 336]Como los billetes, letras de cambio y cheques, que circulan como dinero y cumplen todas sus funciones, surge la pregunta: ¿Acaso estos diversos sustitutos influyen en los precios de la misma manera que el dinero mismo? Entiendo que los billetes, letras o cheques, como tales, no influyen en absoluto en los precios. Lo que sí influye en los precios es el crédito, en cualquier forma que se presente, independientemente de si da lugar a instrumentos transferibles capaces de entrar en circulación o no.

§ 2. El crédito tiene un poder adquisitivo, similar al dinero.

El dinero influye en los precios únicamente al ofrecerse a cambio de mercancías. La demanda que influye en los precios de las mercancías consiste en el dinero ofrecido por ellas. El dinero que no está en circulación no tiene efecto sobre los precios.

En el caso del pago con cheques, las compras se realizan, en cualquier caso, si bien no con el dinero en posesión del comprador, sino con el dinero al que tiene derecho. Sin embargo, puede realizar compras con el dinero que solo espera tener, o incluso que solo finge esperar. Puede obtener bienes a cambio de sus aceptaciones pagaderas en el futuro, o mediante su pagaré, o mediante un simple crédito contable, es decir, mediante una mera promesa de pago. Todas estas compras tienen exactamente el mismo efecto en el precio que si se realizaran con dinero contante y sonante. El poder adquisitivo que una persona puede ejercer se compone de todo el dinero que posee o se le debe, y de todo su crédito. Para ejercer la totalidad de este poder, solo encuentra un motivo suficiente en circunstancias especiales, pero siempre lo posee; y la parte que ejerce en cualquier momento es la medida del efecto que produce en el precio.

Supongamos que, con la expectativa de que un producto suba de precio, decide no solo invertir en él todo su dinero disponible, sino también obtener a crédito de los productores o importadores la cantidad que su opinión sobre sus recursos le permita obtener. Es fundamental que todos comprendan que, al actuar así, produce un mayor efecto en el precio que si limitara sus compras al dinero que realmente tiene. [pág. 337]En mano. Crea una demanda del artículo por la totalidad de su dinero y crédito en conjunto, y aumenta el precio proporcionalmente a ambos. Y este efecto se produce, aunque no exista ninguno de los instrumentos escritos llamados sustitutos de la moneda; aunque la transacción no dé lugar a una letra de cambio ni a la emisión de un solo billete de banco. El comprador, en lugar de obtener un simple crédito contable, podría haber emitido una letra por el importe, o podría haber pagado los bienes con billetes de banco prestados para tal fin a un banquero, realizando así la compra no a su propio crédito con el vendedor, sino al crédito del banquero con el vendedor, y al suyo propio con el banquero. De haberlo hecho, habría producido un efecto en el precio tan grande como con una simple compra por el mismo importe a crédito contable, pero no mayor. El crédito en sí, no la forma y el modo en que se otorga, es la causa operativa.

§ 3. Grandes extensiones y contracciones del crédito. Análisis de los fenómenos de una crisis comercial.

La inclinación del público mercantil a aumentar su demanda de mercancías utilizando la totalidad o gran parte de su crédito como poder adquisitivo depende de sus expectativas de ganancia. Cuando existe la impresión general de que el precio de alguna mercancía probablemente subirá debido a una demanda adicional, una cosecha escasa, obstáculos a la importación o cualquier otra causa, los comerciantes tienden a aumentar sus existencias para aprovechar el aumento previsto. Esta disposición tiende a producir el efecto esperado: una subida del precio; y, si la subida es considerable y progresiva, atrae a otros especuladores que, mientras el precio no haya comenzado a bajar, están dispuestos a creer que seguirá subiendo. Estos, mediante nuevas compras, producen un nuevo avance, y así, una subida del precio, para la cual originalmente existían razones racionales, a menudo se ve acentuada por compras meramente especulativas, hasta superar con creces lo que justificaban las razones originales. Después de un tiempo, esto empieza a percibirse, el precio deja de subir y los tenedores, creyendo que es hora de obtener ganancias, están ansiosos por vender. Entonces el precio comienza a bajar, los tenedores se apresuran a entrar al mercado para evitar una pérdida aún mayor y, [pág. 338]Como pocos están dispuestos a comprar en un mercado a la baja, el precio cae mucho más repentinamente de lo que subió. Quienes compraron a un precio superior al que justificaba un cálculo razonable, y se vieron afectados por la repulsión antes de darse cuenta, pierden en proporción a la magnitud de la caída y a la cantidad del producto que poseen o se han comprometido a pagar.

Este es el caso extremo ideal de lo que se denomina una crisis comercial. Se dice que hay una crisis comercial cuando un gran número de comerciantes y comerciantes tienen, o temen tener, dificultades para cumplir con sus compromisos. La causa más común de esta dificultad general es la caída de los precios tras su aumento por un espíritu especulativo, intenso en grado, que se extiende a muchos productos. Cuando, tras tal aumento, se produce la reacción y los precios comienzan a bajar, aunque al principio quizás solo por el deseo de los tenedores de obtener ganancias, cesan las compras especulativas; pero, si esto fuera todo, los precios solo caerían al nivel desde el que subieron, o al que justifica el estado del consumo y la oferta. Sin embargo, caen mucho más; Pues así como, cuando los precios subían y todos aparentemente amasaban fortunas, era fácil obtener casi cualquier cantidad de crédito, ahora, cuando todos parecen estar perdiendo y muchos fracasan por completo, es difícil que las empresas de reconocida solidez obtengan siquiera el crédito al que están acostumbradas, y del cual les resulta un gran inconveniente prescindir, porque todos los comerciantes tienen compromisos que cumplir, y como nadie está seguro de que la parte de sus recursos que ha confiado a otros estará disponible a tiempo, a nadie le gusta desprenderse de dinero en efectivo ni posponer su reclamación. A estas consideraciones racionales se suma, en casos extremos, un pánico tan irracional como el anterior exceso de confianza; se pide dinero prestado a corto plazo a casi cualquier tipo de interés, y las ventas de bienes para pago inmediato se realizan con casi cualquier sacrificio. Así, los precios generales, durante una revuelta comercial, caen tanto por debajo del nivel habitual como [pág. 339]Durante el período anterior de especulación se elevaron por encima de él; la caída, así como el aumento, no se originaron en nada que afecte al dinero, sino en el estado del crédito.

El profesor Jevons formuló seriamente una teoría según la cual, dado que las cosechas mundiales eran la causa del buen o mal comercio, y que su escasez se acompañaba regularmente de dificultades comerciales, una causa periódica de malas cosechas, de encontrarse, explicaría la constante recurrencia de las crisis comerciales. Afirmaba haber encontrado esta causa en las manchas solares, que privan periódicamente a los cultivos de esa fuente de crecimiento que suele proporcionar el sol cuando no aparecen manchas. 243 Esta teoría no ha recibido una aceptación generalizada.

En Estados Unidos se produjeron desastres financieros en 1814, 1819, 1825, 1837-1839, 1857 y 1873. Los de 1837 y 1873 parecen haber sido los más graves en sus efectos; pero este campo, en lo que respecta al estudio científico, no se ha explorado a fondo, y aún queda mucho por aprender sobre estas crisis en Estados Unidos. La crisis de 1873 se debió a la excesiva construcción de ferrocarriles. Se testificó 244 sobre los bancos de Nueva York en 1873 que « su capital necesario para fines legítimos se prestó prácticamente en ciertos rieles de hierro, traviesas, puentes y material rodante, llamados ferrocarriles, muchos de ellos instalados en lugares donde estos materiales eran prácticamente inútiles » .

Debido a los efectos de la rápida comunicación por vapor, pero especialmente del telégrafo eléctrico, el crédito moderno es muy diferente de lo que era hace cincuenta años. Hoy en día, una conmoción en la Bolsa de Viena se siente el mismo día en París, Londres y Nueva York. Una crisis comercial en un gran centro monetario se siente en todos los demás puntos del mundo que tienen conexiones comerciales con él. Además, como dice Cherbuliez 245 : « Un país está más expuesto a las crisis cuanto más avanzado es su desarrollo económico. Hay ciertas enfermedades que solo atacan a las personas mayores que han alcanzado cierto grado de vigor y madurez » .

§ 4. Influencia de las diferentes formas de Crédito sobre los Precios.

De hecho, esto no implica que el crédito se utilice más porque pueda serlo. Cuando el estado del comercio no ofrece una tentación particular para realizar grandes compras a crédito, los comerciantes utilizarán solo una pequeña parte del poder crediticio, y dependerá únicamente de la conveniencia que la parte... [pág. 340]El poder adquisitivo que utilizan se adoptará de una forma u otra. Un solo ejercicio del poder crediticio, ya sea (1) crédito contable, constituye solo la base de una sola compra; pero, si (2) se emite una letra de cambio, esa misma porción de crédito puede servir para tantas compras como veces cambie de manos la letra; mientras que (3) cada billete emitido otorga al crédito del banquero un poder adquisitivo por esa cantidad en manos de todos los tenedores sucesivos, sin menoscabar la capacidad que estos puedan tener para efectuar compras con su propio crédito. En resumen, el crédito tiene exactamente el mismo poder adquisitivo que el dinero; y así como el dinero influye en los precios no solo en proporción a su cantidad, sino a su cantidad multiplicada por el número de veces que cambia de manos, también lo hace el crédito; y el crédito transferible de mano en mano es, en esa proporción, más potente que el crédito que solo realiza una compra.

Existe una forma de transacciones de crédito (4) mediante cheques bancarios y transferencias en los libros bancarios, que es exactamente similar en todos los aspectos a los billetes, ofreciendo las mismas facilidades para la concesión de crédito y capaz de influir en los precios con la misma fuerza. Un banco, en lugar de prestar sus billetes a un comerciante o comerciante, podría abrir una cuenta con él y abonar en ella la suma que había acordado adelantar, con el acuerdo de que no debería girar dicha suma de ninguna otra manera que no fuera mediante cheques a favor de aquellos a quienes tuviera que realizar pagos. Estos cheques podrían incluso circular de mano en mano como billetes; sin embargo, lo más común es que el receptor los deposite en manos de su propio banquero y, cuando necesite el dinero, extienda un nuevo cheque contra él; por lo tanto, un objetor podría argumentar que, dado que el cheque original se presentaría muy pronto para su pago, cuando deba pagarse en billetes o monedas, se deben proporcionar billetes o monedas por un importe igual como último medio de liquidación. Sin embargo, no es así. La persona a quien se transfiere el cheque puede posiblemente tratar con el mismo banquero, y el cheque puede regresar al mismo banco en el que fue girado.

[pág. 341]

Este es un caso muy frecuente en los distritos rurales; de ser así, no se requerirá ningún pago, sino que una simple transferencia en los libros del banco liquidará la transacción. Si el cheque se ingresa en un banco diferente, no se presentará al cobro, sino que se liquidará por compensación con otros cheques; y, en circunstancias favorables a una concesión general de créditos bancarios, un banquero que haya otorgado más crédito y, por lo tanto, tenga más cheques librados a su nombre, también recibirá más cheques de otros banqueros, y solo tendrá que proporcionar pagarés o efectivo para el pago de saldos; para lo cual, la reserva ordinaria de los banqueros prudentes, un tercio de su pasivo, será suficiente.

§ 5. De qué depende el uso del Crédito.

El crédito otorgado a alguien por sus negociantes no depende de la cantidad de billetes o monedas en circulación en ese momento, sino de su opinión sobre su solvencia. Si alguna consideración de carácter más general entra en su cálculo, es solo en tiempos de presión en el mercado crediticio, cuando no tienen la certeza de poder obtener el crédito del que han estado acostumbrados; e incluso entonces, lo que consideran es el estado general del mercado crediticio, y no (dejando de lado las teorías preconcebidas) la cantidad de billetes. En cuanto a la disposición a conceder crédito, la disposición de un comerciante a usar su crédito depende de sus expectativas de ganancia, es decir, de su opinión sobre el probable precio futuro de su mercancía; una opinión basada en el alza o la baja ya en curso, o en su juicio prospectivo sobre la oferta y la tasa de consumo. Cuando un comerciante extiende sus compras más allá de sus medios de pago inmediatos, comprometiéndose a pagar en un momento determinado, lo hace con la expectativa de que la transacción habrá finalizado favorablemente antes de ese momento, o de que entonces dispondrá de fondos suficientes provenientes de sus otras transacciones. El cumplimiento de estas expectativas depende de los precios, pero no especialmente de la cantidad de billetes. Es obvio, sin embargo, que los precios no dependen del dinero, sino de las compras. Dinero que se deja en manos de un banquero, y no se retira. [pág. 342]El crédito utilizado para comprar mercancías, o utilizado para fines distintos a la compra de bienes, no tiene mayor efecto sobre los precios que el crédito que no se utiliza. El crédito utilizado para comprar mercancías afecta los precios de la misma manera que el dinero. Por lo tanto, el dinero y el crédito tienen un efecto exactamente igual sobre los precios.

En nuestras grandes ciudades, a menudo se observa que el dinero abunda, pero nadie parece querer usarlo (es decir, nadie con valores seguros). La incapacidad de encontrar inversiones e industrias con una tasa de ganancia satisfactoria —todo lo cual depende del carácter y la actividad empresarial de las personas— impedirá el uso del crédito, independientemente de cuántos billetes, dólares o oro haya en el país. Es imposible incentivar la inversión simplemente aumentando el número de contadores mediante los cuales se intercambian las mercancías; es decir, aumentando el dinero. La razón por la que se necesita más crédito es porque se ve que es posible aumentar la producción de una manera que encuentre otras mercancías listas para ser ofrecidas (es decir, demandadas) a cambio de esa producción. Por lo tanto, el crédito normal, sobre una base sana, aumenta o disminuye con la actividad o la monotonía del comercio. La especulación, o la expansión descontrolada del crédito, por otro lado, tiende a ser generada por una abundancia de dinero, que ha inducido tasas bajas para los préstamos y se mueve con las fluctuaciones de la opinión pública. Por crédito normal entendemos que la riqueza representada por el crédito está realmente a disposición de los prestatarios; en una crisis, la cantidad de riqueza que se supone que representa el crédito es mucho mayor que la que está a disposición de los prestamistas. 246

§ 6. ¿Qué es esencial a la idea del Dinero?

Se ha debatido mucho sobre si varias de estas formas de crédito, y en particular si los billetes, deben considerarse dinero. Parece ser parte esencial de la idea del dinero que sea de curso legal. Un papel inconvertible de curso legal se reconoce universalmente como dinero; en francés, la expresión papier -monnaie significa inconvertibilidad, y los billetes convertibles son simplemente billetes de porte . Un instrumento que se vería privado de todo valor por la insolvencia de una empresa no puede ser dinero en ningún sentido en el que el dinero se oponga al crédito. O no es dinero, o es dinero y crédito.

[pág. 343]

De todo el estudio de los fundamentos del dinero ( Libro III, Capítulo IV ), parecería que la parte esencial de la idea del dinero es que debe tener valor en sí mismo. Nadie se desprende de bienes valiosos por un medio de intercambio que no posee valor; y hemos visto que las legislaturas no pueden controlar el valor natural ni siquiera de los metales preciosos otorgándoles curso legal. Mucho menos podría hacerse con el papel moneda. Por lo tanto, el papel moneda puede, como instrumento de crédito, ser un sustituto del dinero; pero, de acuerdo con la prueba anterior, no puede considerarse propiamente dinero en el sentido pleno. Por supuesto, el papel moneda, los cheques, etc., desempeñan algunas de las funciones del dinero con la misma eficacia que los metales preciosos. F. A. Walker sostiene que todo lo que realiza el trabajo monetario es dinero; pero excluye los cheques de su catálogo de cosas que pueden servir como dinero. Sin embargo, es prácticamente irrelevante lo que incluimos bajo dinero, siempre que se comprendan bien sus funciones; es simplemente una cuestión de nomenclatura, y no debe preocuparnos.

[pág. 344]


Capítulo X. De un papel moneda inconvertible.

§ 1. ¿Qué determina el valor de un papel moneda inconvertible?

Tras demostrar la experiencia que los billetes, sin valor intrínseco, con la simple indicación escrita de su equivalencia a una cierta cantidad de francos, dólares o libras, podían circular como tales y generar para sus emisores el mismo beneficio que las monedas que pretendían representar, los gobiernos comenzaron a pensar que sería una estrategia acertada apropiarse de este beneficio, sin la condición a la que estaban sujetos quienes emitían tales sustitutos del dinero, de dar, cuando fuera necesario, como signo, el significado. Decidieron intentar liberarse de esta desagradable obligación y hacer que un billete emitido por ellos pasara por una libra, simplemente llamándolo libra y consintiendo en recibirlo como pago de impuestos.

En el caso supuesto, las funciones del dinero las desempeña una cosa cuyo poder para realizarlas se deriva únicamente de la convención; pero la convención es suficiente para conferir dicho poder, ya que para que una persona acepte algo como dinero, incluso a cualquier valor, no se necesita más que la persuasión de que otros se lo quitarán en las mismas condiciones. La única pregunta es qué determina el valor de dicha moneda, ya que no puede ser, como en el caso del oro y la plata (o el papel canjeable por ellos a voluntad), el coste de producción.

[pág. 345]

Hemos visto, sin embargo, que incluso en el caso de la moneda metálica, el factor inmediato que determina su valor es su cantidad. Si la cantidad, en lugar de depender de los motivos mercantiles ordinarios de ganancias y pérdidas, pudiera ser fijada arbitrariamente por la autoridad, el valor dependería de la orden de dicha autoridad, no del costo de producción. La cantidad de papel moneda no convertible en metales a opción del tenedor puede fijarse arbitrariamente, especialmente si el emisor es el poder soberano del Estado. Por lo tanto, el valor de dicha moneda es completamente arbitrario.

El valor del papel moneda depende, por supuesto, principalmente de la cantidad emitida. El nivel general de valor depende de la cantidad ; pero también observamos que las desviaciones de este nivel general, que podrían provocar una depreciación mayor que la que podría deberse únicamente a la cantidad, se deben a cualquier evento que socave la confianza de cualquier persona en obtener el valor existente por su papel. Con ello, se rompe la convención que asociaba el valor real (la idea esencial del dinero) con este papel. El dinero fiduciario —es decir, un trozo de papel que no contiene una promesa de pago de un dólar, sino una simple declaración de que se trata de un dólar—, separa, por lo tanto, el papel de cualquier conexión con el valor. Y, sin embargo, observamos que el dinero fiduciario tiene cierto valor, aunque fluctuante, en ciertos momentos: si el Estado lo recibe por impuestos, si es una liquidación legal de obligaciones, entonces, en esa medida, a cierta cantidad se le asigna un valor igual a la riqueza representada por los impuestos o las deudas. Jevons señala sobre este punto 247 que, si « la cantidad de billetes emitidos se mantuviera dentro de límites tan moderados que cualquiera que deseara obtener el valor metálico de los billetes pudiera encontrar a alguien dispuesto a pagar impuestos y, por lo tanto, a dar monedas por billetes » , se podría asegurar la estabilidad del valor. Si hay más en circulación de lo que cumple estas funciones, se depreciará en proporción a la cantidad en función de los usos que se le asignen; de modo que la relación entre la cantidad y los usos es lo único que puede dar valor al dinero fiduciario , pero a partir de cierto punto en la emisión, otras fuerzas distintas a la mera cantidad comienzan a afectar el valor. Aunque el papel ni siquiera constituye una promesa de pago, la forma de expresión en su cara, o el término utilizado para su designación, generalmente tiende, por la fuerza de la convención y la costumbre, a otorgarle un valor popular.

[pág. 346]

Aunque el Estado no prometa pagar un dólar, siempre que dicho papel moneda tenga algún poder adquisitivo (lo cual ha ocurrido muy pocas veces, y solo por períodos cortos), se encontrará que existe una vaga comprensión popular de que el Estado pretende, en algún momento, canjear los billetes con valor en moneda por una cantidad determinada. En los primeros casos de dinero irredimible en nuestras colonias, se prometían ingresos fiscales o recursos similares como medio de canje. En cierta medida, aunque mínima, la idea de valor se asociaba con dicho papel. La cantidad real emitida no medía la depreciación. El papel sí se depreciaba con el aumento de las emisiones. Pero solo se depreciaba en la medida en que el aumento de las emisiones demostraba a la comunidad que cada vez había menos posibilidades de obtener algún valor por él. En otras palabras, llegamos a la experiencia familiar, conocida por muchos, de un papel moneda cuyo valor depende de las opiniones de la gente del país. Esto era parcialmente cierto, incluso en el caso de nuestros propios billetes verdes, que no eran dinero fiduciario , sino promesas de pago (aunque entonces no redimibles), como puede verse por el movimiento de la línea en el Gráfico XII (pág. 359 ), que representa las fluctuaciones de nuestro papel moneda durante la guerra civil. El movimiento ascendente de la línea, que indica la prima del oro durante nuestra última guerra, representa, por supuesto, en consecuencia, la depreciación del papel. Cada victoria o derrota de las armas de la Unión aumentaba o disminuía la prima del oro; era el registro de la opinión del pueblo sobre el valor que debía asociarse al papel. El segundo y tercer recurso a la emisión de billetes verdes se consideraban confesiones de dificultades financieras; fue esto lo que produjo el efecto en su valor. No fue solo la cantidad, sino también lo que causó la emisión de la cantidad. Es, por supuesto, claro que el valor de un papel moneda como los billetes verdes, que eran las promesas de pago de un país rico, guardaría una relación definida con la cantidad real emitida; Esto se aprecia en el nivel generalmente más alto de la línea en el gráfico, que muestra un poder adquisitivo en constante disminución a medida que aumentaban las emisiones. Pero lo que más preocupaba a la gente era la posibilidad de una redención definitiva; y la prima del oro era prácticamente un indicador de las apuestas .Sobre esta posibilidad. En 1878, cuando se observó que la reserva del Secretario Sherman aumentaba hasta alcanzar un monto efectivo, y cuando se hizo evidente que tendría los medios (es decir, el valor representado por todos los títulos que probablemente se presentarían) para reanudar el 1 de enero de 1879, la prima disminuyó gradualmente. El descenso general del nivel en este último período no se debió a una disminución en la cantidad en circulación, ya que la contracción se había detenido en 1868, y esto fue consecuencia de la ley de reanudación de mayo de 1878.

[pág. 347]

Supongamos que, en un país cuya moneda es totalmente metálica, se emite repentinamente papel moneda, equivalente a la mitad de la circulación metálica; no por un banco ni en forma de préstamos, sino por el Gobierno, para el pago de salarios y la compra de mercancías. Al aumentar repentinamente el valor de la moneda a la mitad, todos los precios subirán, incluyendo los de todo lo fabricado en oro y plata. Una onza de oro manufacturado se volverá más valiosa que una onza de oro acuñado, por una diferencia superior a la habitual que compensa el valor de la mano de obra; y será rentable fundir la moneda para su fabricación, hasta que se haya restado a la moneda, por la sustracción de oro, lo mismo que se le había añadido con la emisión de papel. Entonces, los precios volverán a su nivel inicial, y no habrá cambios, salvo que un papel moneda habrá sustituido la mitad de la moneda metálica existente. Supongamos, ahora, una segunda emisión de papel; se reanudarán los mismos efectos. Y así sucesivamente, hasta que desaparezca por completo el dinero metálico [véase el Cuadro n.° XIV , Cap. XV , para la exportación de oro de Estados Unidos tras la emisión de nuestro papel moneda en 1862]: es decir, si se emite papel de una denominación tan baja como la moneda de menor valor; de lo contrario, quedará la cantidad que requiera la conveniencia para los pagos menores. El aumento de la cantidad de oro y plata disponible para fines ornamentales reducirá en cierta medida, durante un tiempo, el valor del artículo; y mientras esto sea así, aunque se haya emitido papel para la cantidad original de circulación metálica, permanecerá en circulación junto con él tanta moneda como sea necesario para mantener el valor de la moneda por debajo del valor reducido del material metálico; pero, al caer el valor por debajo del coste de producción, una interrupción o disminución del suministro de las minas permitirá que el excedente sea retirado por los agentes ordinarios de destrucción, tras lo cual los metales y la moneda recuperarán su valor natural. Suponemos aquí, como [pág. 348]He supuesto en todo momento que el país tiene minas propias y no tiene relaciones comerciales con otros países, porque en un país que tiene comercio exterior, las monedas que se vuelven superfluas por la emisión de papel se retiran por un método mucho más rápido.

La afirmación del Sr. Mill de que, si no se emite papel de una denominación tan baja como la moneda de menor valor, « quedará lo que la conveniencia requiera para los pagos menores » , no es cierta. Durante nuestro reciente experimento con papel depreciado, esta fue tal que, para julio de 1862, expulsó a las monedas de plata subsidiarias, por lo que nos vimos obligados a sustituirlas por papel moneda fraccionario. Mediante una enmienda introducida el 17 de junio de 1862 en la ley que autorizaba una segunda emisión de 150.000.000 de dólares en billetes verdes, se ordenó que « no se emitirá ningún billete por la fracción de un dólar, y que no más de 35.000.000 de dólares serán de denominaciones inferiores a cinco dólares » (ley, aprobada finalmente el 11 de julio de 1862). Aunque no existían billetes fraccionarios, los billetes de un dólar desplazaron a la plata subsidiaria, simplemente porque el papel se había depreciado a un valor inferior al de los 345,6 granos de plata en dos mitades o cuatro cuartos de dólar. Para el 2 de julio, la desaparición de la moneda pequeña se observó claramente. Supongamos que el valor del oro se representa por 100; y un dólar de plata pequeña (345,6 granos), en relación con un dólar de oro, por 96. Ahora bien, si el papel se deprecia a 90, en relación con el oro, desplazará a la plata subsidiaria a 96, de acuerdo con la ley de Gresham.

Hasta este punto, los efectos del papel moneda son prácticamente los mismos, sea convertible en especie o no. Es cuando los metales han sido completamente reemplazados y expulsados de la circulación que la diferencia entre el papel convertible y el inconvertible comienza a ser efectiva. Cuando el oro o la plata han salido completamente de la circulación y una cantidad igual de papel los ha reemplazado, supongamos que se añade una nueva emisión. La misma serie de fenómenos se reanuda: los precios suben, entre otros, los precios de los artículos de oro y plata, y se convierte en un objetivo, como antes, obtener moneda para convertirla en lingotes. Ya no hay moneda en circulación; pero, si el papel moneda es convertible, aún se puede obtener moneda de los emisores a cambio de billetes. Por lo tanto, todos los billetes adicionales que se intentan poner en circulación [pág. 349]Una vez que los metales hayan sido completamente reemplazados, volverá a los emisores a cambio de moneda; y no podrán mantener en circulación tal cantidad de papel convertible que reduzca su valor por debajo del metal que representa. Sin embargo, no ocurre lo mismo con una moneda inconvertible. Su aumento (si la ley lo permite) no tiene límite. Los emisores pueden aumentarla indefinidamente, reduciendo su valor y elevando los precios proporcionalmente; en otras palabras, pueden depreciar la moneda sin límite.

Tal poder, independientemente de quién lo posea, es un mal intolerable. Toda variación en el valor del medio circulante es perjudicial: perturba los contratos y expectativas existentes, y la exposición a tales cambios vuelve totalmente precario todo compromiso pecuniario a largo plazo. Quien compra para sí mismo o dona a otro una anualidad de cien dólares, no sabe si equivaldrá a doscientos o a cincuenta dólares dentro de unos años. Por grande que fuera este mal si dependiera sólo del accidente, es todavía mayor cuando se pone a disposición arbitraria de un individuo o de un grupo de individuos que pueden tener cualquier tipo o grado de interés en ser atendidos por una fluctuación artificial de las fortunas y que tienen, en todo caso, un fuerte interés en emitir tanto como sea posible, siendo cada emisión en sí misma una fuente de ganancias, sin agregar que los emisores pueden tener, y, en el caso de un título del gobierno, siempre tienen, un interés directo en reducir el valor de la moneda, porque es el medio en el que se calculan sus propias deudas.

La Corte Suprema de los Estados Unidos había decidido en diciembre de 1870, mediante la segunda decisión sobre moneda de curso legal, que la emisión de billetes verdes (inconvertibles entre 1862 y 1879) era constitucional en tiempos de guerra; sin embargo, se consideró que la reemisión de estos billetes después de la guerra, cuando no se podía alegar una emergencia bélica, era inconstitucional. Sin embargo, esta opinión fue refutada por la desafortunada decisión de la Corte Suprema, dictada por el juez Gray en marzo de 1884, que anunció la doctrina de que la conveniencia de la emisión de papel moneda de curso legal debía ser determinada únicamente por el Congreso; y que, si el Congreso juzgaba conveniente la emisión, esta se encontraba dentro de los límites de dichas disposiciones. [pág. 350]De la Constitución (sección 8), que otorgó al Congreso los medios para hacer lo necesario y apropiado para ejercer las facultades que le fueron expresamente concedidas. Nada puede impedir ahora al Congreso, si así lo decide, emitir papel moneda de cualquier tipo, incluso si carece de valor. Es espantoso reflexionar sobre el desastre que podría acarrear al país una creciente ola de repudio entre los deudores, que se manifestara a través de un Congreso superficial y plástico (como en el caso de la acuñación de monedas de plata en 1878).

§ 2. Si se regula por el precio del lingote, como moneda inconvertible, puede ser seguro, pero no conveniente.

Para que el valor de la moneda esté protegido contra alteraciones intencionales y sea lo menos susceptible posible a fluctuaciones accidentales, los metales preciosos, los artículos menos susceptibles de variación en valor, se han convertido en el estándar de valor del medio circulante en todos los países civilizados; y no debería existir papel moneda cuyo valor no pueda ajustarse al suyo. Esta máxima fundamental nunca se ha olvidado por completo, ni siquiera por los gobiernos que más han abusado del poder de crear papel moneda inconvertible. Si bien no han manifestado (como generalmente lo han hecho) la intención de pagar en especie en un futuro indefinido, al menos, al dar a sus emisiones de papel los nombres de sus monedas, han hecho una declaración virtual, aunque generalmente falsa, de mantenerlas a un valor correspondiente al de las monedas. Esto es factible, incluso con papel moneda inconvertible. De hecho, no existe el freno automático que conlleva la convertibilidad. Pero existe un indicio claro e inequívoco para juzgar si la moneda se ha depreciado y en qué medida. Ese indicio es el precio de los metales preciosos. Cuando los tenedores de papel moneda no pueden exigir que las monedas se conviertan en lingotes, y cuando no queda ninguno en circulación, el precio de los lingotes sube y baja como cualquier otra cosa; y si está por encima del precio de acuñación —si una onza de oro, que se acuñaría al equivalente de [$18.60], se vende por [$20 o $25] en papel moneda—, el valor de la moneda se ha desplomado justo por debajo del valor de una moneda metálica. Si, por lo tanto, la emisión de papel moneda inconvertible estuviera sujeta a [pág. 351]reglas estrictas, una de las cuales es que, siempre que el precio del oro en lingotes subiera por encima del precio de la casa de la moneda, las emisiones debían contraerse hasta que el precio de mercado del oro en lingotes y el precio de la casa de la moneda volvieran a estar de acuerdo, dicha moneda no estaría sujeta a ninguno de los males usualmente considerados inherentes a un papel inconvertible.

Pero, además, tal sistema monetario no tendría ventajas suficientes para recomendar su adopción. Una moneda inconvertible, regulada por el precio del lingote, se ajustaría exactamente, en todas sus variantes, a una convertible; y la única ventaja obtenida sería la exención de la necesidad de mantener reservas de metales preciosos, lo cual no es una consideración muy importante, especialmente porque un gobierno, mientras no se sospeche de su buena fe, no necesita mantener reservas tan grandes como los emisores privados, al no estar tan expuesto a demandas grandes y repentinas, ya que nunca puede haber duda real de su solvencia.

Desde 1879, Estados Unidos considera que una reserva de entre 130.000.000 y 140.000.000 de dólares es suficiente para billetes en circulación por un valor de 346.000.000 de dólares, y los billetes verdes están ahora a la par del oro.

A esta pequeña ventaja se opone, en primer lugar, la posibilidad de manipulación fraudulenta del precio del oro en lingotes para influir en la moneda, como en las ventas ficticias de maíz, para influir en los promedios, de la que tanto se quejó con razón mientras las leyes del maíz estaban vigentes. Pero una consideración aún más importante es la importancia de adherirse a un principio simple, comprensible para la capacidad más inculta. Todo el mundo puede entender la convertibilidad; todo el mundo ve que lo que se puede cambiar en cualquier momento por cinco [dólares] vale cinco [dólares]. La regulación mediante el precio del oro en lingotes es una idea más compleja y no se recomienda a través de las mismas asociaciones familiares. No habría la misma confianza, por parte del público en general, en una moneda inconvertible así regulada, que en una convertible; y la persona más instruida podría dudar razonablemente de si tal regla sería [pág. 352]Como es probable que se acate inflexiblemente. Al no ser bien comprendidos por el público los fundamentos de la norma, la opinión pública probablemente no la aplicaría con tanta rigidez y, en cualquier circunstancia difícil, probablemente se volvería en su contra; mientras que para el propio Gobierno, una suspensión de la convertibilidad parecería una medida mucho más contundente y extrema que una flexibilización de lo que podría considerarse una norma algo artificial. Por lo tanto, existen numerosas razones a favor de una moneda convertible, en lugar incluso de la inconvertible mejor regulada. La tentación de sobreemitir, en ciertas emergencias financieras, es tan fuerte que no se permite nada que tienda, por mínimo que sea, a debilitar las barreras que la restringen.

El gobierno francés, durante la guerra franco-prusiana (1870), emitió papel inconvertible según este plan, como explicó el Sr. Mill; pero, actuando a través del Banco de Francia, llevó a cabo sus emisiones con tanto éxito que los billetes nunca se depreciaron más de medio punto porcentual. Sin embargo, esta fue una gestión muy poco común del papel inconvertible, ya que las emisiones fueron limitadas a medida que el precio del oro en papel subía por encima de la paridad.

§ 3. Examen de la doctrina de que una Corriente inconvertible es segura, si representa Propiedad real.

De vez en cuando se encienden proyectores con planes para remediar todos los males económicos de la sociedad mediante una emisión ilimitada de papel inconvertible. La idea, en realidad, tiene un gran atractivo. Poder saldar la deuda nacional, sufragar los gastos del gobierno sin impuestos y, en definitiva, enriquecer a toda la comunidad, es una perspectiva brillante, una vez que uno es capaz de creer que imprimir unos pocos caracteres en trozos de papel lo solucionará. No se podía esperar más de la piedra filosofal. 248

Como estos proyectos, aunque a menudo fracasan, siempre resucitan, no es superfluo examinar una o dos de las falacias [pág. 353]mediante las cuales los conspiradores se imponen. Una de las más comunes es que no se puede emitir papel moneda en exceso mientras cada billete emitido represente una propiedad o tenga una base de propiedad real sobre la que apoyarse. Estas frases, de representar y apoyarse, rara vez transmiten una idea clara; cuando lo hacen, su significado se limita a que los emisores del papel deben tener propiedad, ya sea propia o confiada a ellos, por el valor de todos los billetes que emiten, aunque no se aclara con qué propósito; pues, si la propiedad no puede reclamarse a cambio de los billetes, es difícil adivinar de qué manera su mera existencia puede servir para mantener su valor. Supongo, sin embargo, que se pretende garantizar que los tenedores sean finalmente reembolsados, en caso de que cualquier evento adverso provoque la liquidación de toda la empresa. Con base en esta teoría, se han ideado muchos planes para «convertir en moneda todo el territorio del país» y similares.

En la medida en que esta noción tenga alguna conexión con la razón, parece originarse en la confusión de dos males completamente distintos a los que está expuesto el papel moneda. Uno es la insolvencia de los emisores; la cual, si el papel se basa en su crédito —si promete pago en efectivo, ya sea a la vista o en cualquier momento futuro—, por supuesto, priva al papel de cualquier valor que derive de la promesa. A este mal también está expuesto el crédito en papel, por muy moderado que se utilice; y contra él, una condición de que todas las emisiones se basen en la propiedad, como por ejemplo, que los billetes solo se emitan con la garantía de algún objeto valioso, expresamente comprometido para su rescate, sería realmente eficaz como medida de precaución. Pero la teoría no tiene en cuenta otro mal, inherente a los billetes de la empresa, compañía o gobierno más solvente: su depreciación por su emisión excesiva. Los asignados, durante la Revolución Francesa, fueron un ejemplo de una moneda basada en estos principios. Los asignados “representaban” una inmensa cantidad de bienes de gran valor, [pág. 354]Es decir, las tierras de la corona, la iglesia, los monasterios y los emigrantes, que posiblemente ascendían a la mitad del territorio de Francia. Eran, de hecho, órdenes o asignaciones sobre esta masa de tierra. El gobierno revolucionario tuvo la idea de "acuñar" estas tierras; pero, para ser justos, no contemplaron originalmente la inmensa multiplicación de emisiones a la que finalmente se vieron obligados por la quiebra de todos los demás recursos financieros. Imaginaron que los asignados regresarían rápidamente a los emisores a cambio de tierras, y que podrían reemitirlos continuamente hasta que se vendieran todas las tierras, sin tener en ningún momento más que una cantidad muy moderada en circulación. Su esperanza se vio frustrada: la tierra no se vendió tan rápido como esperaban; los compradores no estaban dispuestos a invertir su dinero en posesiones que probablemente serían recuperadas sin compensación si la revolución sucumbía; los trozos de papel que representaban la tierra, al multiplicarse prodigiosamente, no pudieron mantener su valor, como lo habría hecho la tierra misma si se hubiera llevado toda al mercado a la vez. Y el resultado fue que al final se necesitó un asignado de quinientos francos para pagar una taza de café.

Se ha dicho que el ejemplo de los asignados no es concluyente, ya que un asignado solo representaba la tierra en general, pero no una cantidad definida. Para evitar su depreciación, se afirma que lo adecuado habría sido tasar todos los bienes confiscados a su valor en metálico y emitir asignados hasta ese límite, pero no más allá; otorgando a los tenedores el derecho a exigir cualquier terreno, a su valor registrado, a cambio de asignados por la misma cantidad. No cabe duda de la superioridad de este plan sobre el realmente adoptado. De haberse seguido este procedimiento, los asignados nunca se habrían depreciado tan desproporcionadamente; pues, dado que habrían conservado todo su poder adquisitivo en relación con la tierra, por mucho que hubiera disminuido con respecto a otros bienes, antes de perderlo. [pág. 355]Si hubieran perdido gran parte de su valor de mercado, probablemente se habrían traído para intercambiarlos por tierras. Sin embargo, cabe recordar que su no depreciación presupondría que no continuarían en circulación más que si hubieran sido convertibles en efectivo. Por muy conveniente que hubiera sido, en tiempos de revolución, esta moneda convertible en tierra a la vista, como mecanismo para vender rápidamente una gran cantidad de tierra con el menor sacrificio posible, es difícil ver qué ventaja tendría, como sistema permanente de un país, sobre una moneda convertible en moneda; mientras que no es difícil ver cuáles serían sus desventajas, ya que la tierra tiene un valor mucho más variable que el oro y la plata; y además, al ser la tierra, para la mayoría de las personas, más una carga que una posesión deseable, salvo para ser convertida en dinero, la gente se sometería a una depreciación mucho mayor antes de exigir tierra que antes de exigir oro o plata. 249

Se ha dicho que los asignados circulaban sin curso legal. Fueron recibidos por el tesoro francés, y se aprobó una ley que condenaba a un hombre a seis años de prisión por intercambiar oro o plata por asignados a un valor superior al nominal o facial de estos últimos. Las emisiones posteriores, llamadas mandatos , no representaban tierras, sino que eran directamente intercambiables por ellas. Incluso ese tipo de dinero no es más valioso que una cantidad proporcional de ingresos fiscales por tierras. En muy poco tiempo, los mandatos valían 1/1000 de su valor facial, y los asignados mucho menos. Los asignados, además, no estaban limitados en cantidad al valor monetario de las tierras que representaban. Para 1796, se habían emitido 45.000.000.000 de francos de asignados.

§ 4. Experimentos con papel moneda en los Estados Unidos.

La experiencia de las colonias antes de nuestra Revolución es rica en ejemplos que advierten sobre la emisión excesiva de papel moneda inconvertible. Los de Rhode Island 250 y la provincia... [pág. 356]De Massachusetts, las 251 son las más conspicuas, quizás porque las conocemos mejor, pero otras colonias sufrieron en igual medida. La experiencia de estas últimas ilustra mejor que cualquier otra, quizás, no solo la teoría general del papel moneda inconvertible, sino también el mecanismo de sustentar el papel mediante el pago de intereses sobre los billetes. Aunque las emisiones desde 1690 se habían depreciado, en 1702 se emitieron 10.000 libras más en billetes, porque, como se decía, había escasez de dinero. Siempre es notable que cuantas más emisiones de papel moneda se hacen, mayor es el clamor por la escasez, similar a la sed de un bebedor empedernido tras la primera euforia. Sobre las nuevas emisiones se pagaba un cinco por ciento de interés, e incluso se reservaban impuestos especiales como garantía de su pago. El año 1709 fue testigo de una nueva expedición a Canadá, y también del incumplimiento de las promesas de la provincia, cuando se emitieron 20.000 libras más en billetes. La recaudación de los impuestos para pagar los billetes se aplazó dos años en 1707; cuatro años en 1709; cinco años en 1710; seis años en 1711. Para 1712, se habían depreciado un treinta por ciento, cuando se les aplicó el encanto del curso legal, pero sin resultado. La idea del valor no se asociaba con ellos en la mente de la gente, y desconfiaban de las promesas. El resultado habitual se produjo. La gente se dividió políticamente sobre la cuestión monetaria, y los partidos comenzaron a agitar a favor de bancos que emitieran billetes basados en bienes raíces, o de préstamos del estado a particulares con intereses anuales. Estos hechos muestran la serie de males que siguieron a la primera desviación inocente del mantenimiento de una moneda equivalente a la moneda metálica. La gente olvidó, o desconoció, la naturaleza del dinero ni las funciones que desempeñaba. No comprendieron que la creación de papel moneda no creaba riqueza. Este experimento concluyó recién en 1750 (31 de marzo), cuando la provincia tuvo la valentía de reanudar los pagos en especie. El resultado fue la transferencia del comercio de las Indias Occidentales de las colonias emisoras de papel a Massachusetts y la prosperidad constante de sus intereses comerciales.

Gráfico XI. Moneda continental, emisión y depreciación.

La emisión de papel moneda como medio para obtener préstamos forzosos del pueblo, cuando parece no haber otra forma de obtener fondos, ha quedado plenamente ilustrada en nuestro país con la moneda continental emitida durante nuestra Revolución. Sin embargo, no se considera que esto también vaya acompañado de un proceso por el cual cada deudor recibe una contribución forzosa de su acreedor. El Congreso no tenía facultades para imponer impuestos, y la separación... [pág. 358]Los estados no lo harían; y esto se ha considerado como excusa para emitir ese conocido papel moneda, que ha dado lugar al dicho popular de ausencia de valor: « no vale un continental » . Sin entrar en detalles, en un año, 1779, el Congreso emitió 140.000.000 de dólares, con un valor en moneda de tan solo 7.000.000 de dólares. Sin embargo, declararon con valentía que el papel no se había depreciado, ¡sino que el precio de la moneda había subido! Se hicieron intentos legales para reprimir la prima de la plata; pero las resoluciones no crean riqueza tan rápido como se puede imprimir dinero. La depreciación fue más rápida que las emisiones (véase el Gráfico n.º XI , en el que la línea negra representa las cantidades emitidas y la línea discontinua la depreciación del papel, comenzando en 100); y, finalmente, el 18 de marzo de 1780, el Congreso decidió admitir una depreciación y la reanudó en plata a razón de un dólar en plata por cuarenta en papel.

La cuestión de la emisión gubernamental de papel moneda surgió de nuevo en Estados Unidos en 1862, durante la Guerra de Secesión, y parte de nuestra moneda actual es resultado de la política adoptada entonces. Sin embargo, el primer paso —el que generalmente cuesta— se dio el 17 de julio de 1861, cuando el Tesoro emitió 50 millones de dólares en " billetes a la vista " , sin intereses. Estos billetes, sin embargo, no se convirtieron en moneda de curso legal. Podían utilizarse para el pago de salarios y otras obligaciones de Estados Unidos. Cabe señalar que el Tesoro sopesó los argumentos a favor y en contra de la emisión de papel moneda al inicio del experimento, y podemos ver cómo estas opiniones se materializaron a medida que avanzamos. A favor de la emisión de papel moneda se argumentó que podríamos pedir prestado una gran cantidad sin intereses, como en el caso de la moneda continental; que no habría ningún gasto más allá de la moneda necesaria para mantener el papel a la par; y que el país obtendría una moneda uniforme. Por otra parte, se observó que podría haber tentaciones de emitir sin previsiones de rescate; que incluso si se mantuviera un fondo, una perturbación del mercado monetario precipitaría una demanda de moneda, y todo ello sobre este fondo único; y, por último, que existían todos los peligros de una sobreemisión. El Secretario Chase 254 decidió entonces [pág. 359]contra las emisiones de papel. Sin embargo, los bonos del gobierno no se vendieron, y el intento de los bancos hacia fines de 1861 de mantener $150,000,000 en bonos provocó una suspensión de pagos en especie, el 31 de diciembre de 1861. Sin ninguna política tributaria, el país fue a la deriva, hasta que en un espasmo de terror al ver una Tesorería vacía, el Congreso aprobó la ley de curso legal (25 de febrero de 1862), emitiendo $150,000,000 en papel en forma de promesas de pago. Un comité de banqueros demostró que la emisión podría haberse evitado vendiendo bonos a su precio de mercado; pero el Congreso no los vendería por debajo de la par. No habría sido necesario emitir papel. En cuatro meses se autorizó otra emisión de $150,000,000 (11 de julio de 1862); y una tercera emisión por un monto similar (3 de marzo de 1863), por un total de $450,000,000. La depreciación se produjo (véase el Cuadro No. XII ), ya que, como anticipó el Secretario Chase, no se previó su rescate. Se declararon de curso legal, pero esta idea esencial no preservó su valor; ni la disposición de que se percibieran para impuestos (excepto aduanas) sirvió para este propósito.

Los efectos de la depreciación fueron tan nefastos como se puede imaginar. (1) Los gastos del Gobierno aumentaron por el alza de precios, de modo que (2) nuestra deuda nacional se volvió cientos de millones mayor de lo necesario; (3) comenzó una especulación viciosa con el oro, que condujo a la perturbación del comercio legítimo y a mayores variaciones en los precios; (4) la existencia de papel depreciado dio lugar posteriormente a todos los planes deshonestos para pagar las obligaciones monetarias de los Estados Unidos en emisiones baratas, para la ruina de su crédito y honor; y (5) se ha convertido prácticamente en una parte establecida de nuestra circulación y una posible fuente de peligro.

De los $450,000,000, $50,000,000 se reservaron para depósitos temporales; pero en julio de 1864, $431,000,000 estaban en circulación. En ese momento (30 de junio de 1864), el Congreso, manteniendo claramente la opinión de que la emisión de papel era solo una medida temporal, prohibió cualquier emisión adicional. El Secretario McCulloch, inmediatamente después del fin de la guerra, comenzó a contraerse, y, por una resolución de la rama inferior del Congreso (18 de diciembre de 1865), se manifestó una cordial concurrencia a las medidas de contracción. Por supuesto, el regreso de la senda del crédito inflado y los altos precios fue doloroso, y el Congreso comenzó a sentir la presión de sus electores. Si no hubieran cedido, gran parte de la gravedad de la crisis de 1873 podría haberse evitado; Pero (el 12 de abril de 1866) prohibieron cualquier contracción mayor a $4,000,000 mensuales. Esto fue una falta de coraje no prevista por el Secretario Chase. Esto se demostró nuevamente (el 4 de febrero de 1868) con una ley que prohibía terminantemente al Secretario reducir aún más la moneda, que ahora se encontraba... [pág. 360]En $356,000,000. Esto marca un cambio importante en la actitud del Gobierno, en comparación con 1862. Tras el pánico de 1873, la crisis del papel moneda produjo su efecto habitual: la demanda de más dinero, y, como en la provincia de Massachusetts en 1712, los partidos se dividieron en torno a la cuestión de la inflación o la contracción. Un proyecto de ley para ampliar las emisiones del Gobierno a $400,000,000 (y los billetes del banco nacional también a $400,000,000) fue aprobado por ambas Cámaras del Congreso, y afortunadamente solo nos salvamos de ello gracias al veto del presidente Grant (22 de abril de 1874). Este fue otro hito en la historia de nuestro papel moneda. Sin embargo, el Secretario Richardson ya había reemitido, sin autorización, $26,000,000 de los $44,000,000 retirados por el Secretario McCulloch, y el saldo pendiente ascendía, por lo tanto, a $382,000,000. Se aprobó una medida de compromiso (20 de junio de 1874) que mantuvo esta cantidad en circulación.

Cuando se aprobó la Ley de Reanudación (14 de enero de 1875), la disposición de que, por cada $100 de nuevos billetes emitidos por bancos nacionales, se retiraran $80 de billetes estadounidenses, resultó en una contracción de estos últimos de $382,000,000 a $346,000,000. Esto se debió a que no se preveía un aumento en los billetes estadounidenses cuando los bancos nacionales retiraran sus propias emisiones; y después de la crisis, muchos bancos naturalmente lo hicieron. La culminación de la política del Congreso llegó con una ley (31 de mayo de 1878) que prohibía terminantemente cualquier retiro posterior de billetes estadounidenses, y actualmente nos encontramos con un límite inelástico de $346,000,000. Finalmente, en 1877 y 1878, el secretario Sherman, ayudado por una situación muy afortunada de comercio exterior, comenzó a acumular oro para llevar a cabo las disposiciones de la ley de reanudación, que le exigía reanudar los pagos en especie el 1 de enero de 1879. Logró reunir 133.000.000 de dólares en oro, y el 17 de diciembre de 1878, la prima sobre el oro desapareció, y la reanudación se llevó a cabo discretamente el día señalado, sin ninguna interrupción en los negocios.

Pero es un hecho significativo que, incluso después de todos los males que la sobreemisión ha infligido a nuestro país, a pesar de la tentación de usar indebidamente el papel moneda si se permite, a pesar de todas las advertencias históricas, parece existir una peligrosa aquiescencia ante la presencia del papel moneda gubernamental en nuestra moneda. Es una trampa abierta, que incita al mal cuando surgen emergencias repentinas. No debe permitirse que siga existiendo.

§ 5. Examen de la ganancia proveniente del aumento y emisión de papel moneda.

Otra de las falacias que sustentan a los defensores de una moneda inconvertible es la idea de que un aumento de la moneda impulsa la industria. El Sr. Attwood sostenía que un aumento de precios producido por un aumento [pág. 361]El papel moneda estimula a cada productor a realizar sus máximos esfuerzos y pone a pleno rendimiento todo el capital y el trabajo del país; y esto ha ocurrido invariablemente en todos los períodos de alza de precios, cuando el aumento fue suficientemente grande. Sin embargo, supongo que el incentivo que, según el Sr. Attwood, despertó este inusual ardor en todas las personas dedicadas a la producción debió ser la expectativa de obtener más mercancías en general, más riqueza real, a cambio del producto de su trabajo, y no simplemente más billetes. Esta expectativa, sin embargo, debió verse defraudada, por los propios términos de la suposición, ya que, al suponer que todos los precios subían por igual, nadie recibía realmente un mejor pago por sus bienes que antes. Se calcula que el mundo entero persistirá para siempre en la creencia de que más billetes significan más riqueza, y nunca descubrirá que, con todo su papel, no pueden comprar más de nada que antes. En los períodos que el señor Attwood confundió con tiempos de prosperidad, y que eran simplemente (como deben ser todos los períodos de precios altos bajo una moneda convertible) tiempos de especulación, los especuladores no pensaban que se estaban enriqueciendo porque los precios altos durarían, sino porque no durarían, y porque quien lograra obtener ganancias mientras duraran se encontraría, después del retroceso, en posesión de una mayor cantidad de [dólares], sin que estos se hubieran vuelto de menor valor.

La versión de Hume de la doctrina difería ligeramente de la del Sr. Attwood. Pensaba que no todos los productos subirían de precio simultáneamente y que, por lo tanto, algunas personas obtendrían una ganancia real al obtener más dinero por lo que tenían para vender, mientras que los artículos que deseaban comprar podrían no haber subido aún. Y quienes obtendrían esta ganancia siempre serían (parece creer) los primeros en llegar. Sin embargo, parece obvio que, por cada persona que gana más de lo habitual, necesariamente hay otra que gana menos. El perdedor, si las cosas sucedieran como Hume supone, sería el vendedor de los productos. [pág. 362]Los que suben más lentamente; quien, por el supuesto, vende sus mercancías a los precios antiguos a compradores que ya se han beneficiado de los nuevos. Este vendedor ha obtenido por su mercancía solo la cantidad de dinero acostumbrada, mientras que hay algunas cosas que ese dinero ya no puede comprar tanto como antes. Por lo tanto, si sabe lo que está sucediendo, subirá el precio, y entonces el comprador no obtendrá la ganancia que se supone estimula su industria. Pero si, por el contrario, el vendedor desconoce la situación y solo la descubre cuando, al invertir su dinero, descubre que no le rinde tanto, entonces obtiene menos de la remuneración ordinaria por su trabajo y capital; y, si la industria del otro comerciante se ve estimulada, parecería que la suya, por la causa opuesta, se ve perjudicada.

La emisión de billetes representa una ganancia manifiesta para los emisores, quienes, hasta su devolución, obtienen su uso como si fueran capital real. Y, mientras los billetes no sean una adición permanente a la moneda, sino que simplemente sustituyan al oro o la plata en la misma cantidad, la ganancia del emisor no representa una pérdida para nadie; se obtiene al ahorrarle a la comunidad el gasto del material más costoso. Pero, si no hay oro ni plata que sustituir —si los billetes se añaden a la moneda, en lugar de sustituir su parte metálica—, todos los tenedores de moneda pierden, por la depreciación de su valor, el equivalente exacto de lo que gana el emisor. Se les impone un impuesto en su beneficio.

Pero además del beneficio obtenido por los emisores, o por otros a través de ellos, a expensas del público en general, existe otra ganancia injusta obtenida por una clase más amplia: aquellos que tienen obligaciones pecuniarias fijas. Todas estas personas se liberan, mediante una depreciación de la moneda, de una parte de la carga de sus deudas u otros compromisos; en otras palabras, parte de la propiedad de sus acreedores se les transfiere gratuitamente. A primera vista, podría pensarse que esto representa una ventaja para la industria, ya que las clases productivas son grandes prestatarias y generalmente deben. [pág. 363]Deudas mayores con los improductivos (si incluimos entre estos últimos a todas las personas que no ejercen la actividad empresarial) que las que las clases improductivas les deben, especialmente si se incluye la deuda nacional. Solo así un aumento general de precios puede ser una fuente de beneficio para productores y comerciantes, al disminuir la presión de sus cargas fijas. Y esto podría considerarse una ventaja si la integridad y la buena fe no importaran para el mundo, y para la industria y el comercio en particular.

§ 6. Resumen del tema del dinero.

Antes de pasar a otra rama de nuestro tema, puede ser útil para aclarar las ideas recopilar en la forma de la siguiente clasificación los puntos principales discutidos (en los capítulos IV a X ) bajo el título de dinero y crédito, como continuación de una clasificación similar del valor:

[pág. 364]

El dinero mide y transfiere valor.:

(1.) Por lo tanto, los metales preciosos son los más utilizados debido a sus cualidades peculiares.

(2.) Su valor, a largo plazo, depende del coste de producción en la mina más pobremente explotada (Clase III); pero prácticamente de la demanda y la oferta (Clase I). Y (si no existe crédito) su valor varía exactamente con la oferta, que se expresa por V = 1/(Q × R)

(3.) Bajo dos estándares legales, obedece la ley de Gresham (por ejemplo, la experiencia de Japón y Estados Unidos).

(4.) Los sustitutos del dinero, llamados crédito (que no es capital, sino que convoca capital inactivo).

De estos sustitutos del dinero, (1) el uso del crédito no depende de la calidad de las monedas y los billetes, y (2) varios tipos de crédito.

De estos diversos tipos de crédito, hay (1) créditos contables, (2) letras de cambio, (3) pagarés y (4) cheques procesados a través de una cámara de compensación.

De los pagarés, los hay de (1) particulares, (2) bancos (bancos de monedas o bancos de tierras, etc.) o (3) gobiernos.

Entre los billetes del Gobierno, hay (1) Convertibles o (2) Inconvertibles.

[pág. 365]


Capítulo XI. Del Exceso de Oferta.

§ 1. Se enuncia la teoría de un exceso general de oferta de mercancías.

Después de la exposición elemental de la teoría del dinero contenida en los últimos capítulos, volveremos a una cuestión de la teoría general del valor que no pudo ser discutida satisfactoriamente hasta que la naturaleza y las operaciones del dinero fueran comprendidas en cierta medida, porque los errores contra los cuales tenemos que luchar se originan principalmente en una mala comprensión de esas operaciones.

Dado que el fenómeno del exceso de oferta y los consiguientes inconvenientes o pérdidas para el productor o comerciante pueden existir en el caso de cualquier producto, muchas personas, incluidos algunos distinguidos economistas políticos, 255 han pensado que puede existir con respecto a todos los productos; que puede haber una sobreproducción general de riqueza; una oferta de productos en conjunto que supere la demanda; y una consiguiente condición deprimida de todas las clases de productores.

Me parece que la doctrina implica tanta inconsistencia en su concepción misma que me resulta considerablemente difícil ofrecer una explicación que sea a la vez clara y satisfactoria para sus defensores. Coinciden en sostener que puede haber, y a veces hay, un exceso de producción en general que supera la demanda; que cuando esto sucede, no se pueden encontrar compradores a precios que reembolsen el coste de producción con una ganancia; que se produce una depresión general de precios o valores (rara vez... [pág. 366]Precisamente al distinguir entre ambos, los productores se encuentran más pobres en lugar de más ricos cuanto más producen. En consecuencia, el Dr. Chalmers inculca en los capitalistas la práctica de una restricción moral en relación con la búsqueda de ganancias, mientras que Sismondi desaprueba la maquinaria y los diversos inventos que incrementan el poder productivo. Ambos sostienen que la acumulación de capital puede avanzar demasiado rápido, no solo para el interés moral, sino también para el interés material de quienes producen y acumulan; y exhortan a los ricos a protegerse de este mal mediante un consumo improductivo abundante.

§ 2. El suministro de mercancías en general no puede exceder la capacidad de compra.

Cuando estos autores hablan de que la oferta de bienes supera la demanda, no queda claro a cuál de los dos elementos de la demanda se refieren: al deseo de poseer o a los medios de compra; si lo que quieren decir es que, en tales casos, existen más productos consumibles de los que el público desea consumir o simplemente más de los que puede pagar. Ante esta incertidumbre, es necesario examinar ambos supuestos.

Se observará aquí que el Sr. Mill utiliza el término demanda en el sentido en que defendimos que debería usarse ( Libro III, Cap. I, § 3 ), y no como “ cantidad demandada ” . El estudiante también debe conectar la presente discusión sobre la sobreproducción con la referencia anterior a ella, Libro I, Cap. IV, § 2 .

En primer lugar, supongamos que la cantidad de mercancías producidas no es mayor que la que la comunidad estaría dispuesta a consumir; ¿es posible, en ese caso, que exista una demanda insuficiente de todas las mercancías por falta de medios de pago? Quienes así lo piensan no han considerado qué constituye el medio de pago de las mercancías. Se trata simplemente de mercancías. Los medios de cada persona para pagar la producción de otras personas consisten en los que posee. Todos los vendedores son, inevitablemente, compradores ex vi termini . Si pudiéramos duplicar repentinamente la capacidad productiva del país, duplicaríamos la oferta de mercancías en todos los mercados; pero, de golpe, duplicaríamos el poder adquisitivo.

[pág. 367]

Todos traerían una doble demanda, además de la oferta; todos podrían comprar el doble, porque cada uno tendría el doble que ofrecer a cambio. Es probable, de hecho, que ahora exista una superfluidad de ciertas cosas. Aunque la comunidad duplicaría voluntariamente su consumo agregado, podría ya tener tanto como desee de algunos bienes, y podría preferir consumir más del doble de otros, o invertir su mayor poder adquisitivo en algo nuevo. De ser así, la oferta se adaptará en consecuencia, y el valor de las cosas seguirá ajustándose a su costo de producción. En cualquier caso, es un completo absurdo que todas las cosas disminuyan de valor y que, en consecuencia, todos los productores reciban una remuneración insuficiente. Si los valores permanecen iguales, el destino de los precios es irrelevante, ya que la remuneración de los productores no depende de cuánto dinero, sino de cuántos artículos de consumo obtienen por sus bienes. Además, el dinero es una mercancía; y, si se supone que todas las mercancías se duplican en cantidad, debemos suponer que el dinero también se duplica, y entonces los precios no caerían más que los valores.

§ 3. Nunca puede haber falta de demanda por falta de deseo de consumir.

Se demuestra así que una sobreoferta general, o un exceso de todos los bienes por encima de la demanda, siempre que esta consista en medios de pago, es imposible. Pero cabe suponer que no es la capacidad de compra, sino el deseo de poseer, lo que es insuficiente, y que el producto general de la industria puede ser mayor que el que la comunidad desea consumir —al menos la parte de la comunidad que tiene un equivalente que dar—.

Esta es, con mucho, la forma más plausible de la doctrina y, a diferencia de la que examinamos primero, no implica una contradicción. Fácilmente puede haber una mayor cantidad de un producto en particular de la que desean quienes tienen la capacidad de comprarlo, y es concebible, en abstracto, que esto ocurra con todos los productos. El error radica en no percibir que, aunque todos los que tienen un equivalente para dar podrían estar completamente provistos de todos los bienes consumibles, [pág. 368]Si desean un artículo, el hecho de que sigan aumentando la producción demuestra que no es así . Supongamos la hipótesis más favorable: una comunidad limitada, donde cada miembro posee tantos artículos de primera necesidad y todos los lujos conocidos como desee, y, dado que no es concebible que personas cuyas necesidades estén completamente satisfechas trabajen y economicen para obtener lo que no desean, supongamos que llega un extranjero y produce una cantidad adicional de algo que ya había en abundancia. Se dirá que hay sobreproducción. Cierto, respondo; sobreproducción de ese artículo en particular. La comunidad no quería más, pero quería algo. Los antiguos habitantes, en efecto, no querían nada; pero ¿acaso el extranjero no quería algo? Al producir el artículo superfluo, ¿trabajaba sin motivo? Ha producido, pero lo incorrecto en lugar de lo correcto. Quizás quería comida, y ha producido relojes, de los que todos estaban suficientemente abastecidos. El recién llegado trajo consigo al país una demanda de bienes igual a la que podía producir con su laboriosidad, y era su responsabilidad asegurarse de que la oferta que trajera fuera adecuada a dicha demanda. Si no podía producir algo capaz de despertar una nueva necesidad o deseo en la comunidad, para cuya satisfacción alguien cultivaría más alimentos y se los daría a cambio, tenía la alternativa de cultivar alimentos para sí mismo, ya sea en tierras nuevas, si había alguna desocupada, o como arrendatario, socio o sirviente de algún antiguo ocupante, dispuesto a ser relevado parcialmente del trabajo. Ha producido algo que no se necesitaba, en lugar de lo que se necesitaba, y él mismo, quizás, no es el tipo de productor que se necesita; pero no hay sobreproducción; la producción no es excesiva, sino simplemente desorganizada. Vimos antes que quien trae bienes adicionales al mercado aporta un poder adquisitivo adicional; ahora vemos que también aporta un deseo adicional de consumir, ya que si no tuviera ese deseo, no se habría molestado en producir. [pág. 369]Por tanto, ninguno de los elementos de la demanda puede faltar cuando hay una oferta adicional, aunque es perfectamente posible que la demanda sea de una cosa y la oferta, desgraciadamente, de otra.

No se tiene suficientemente en cuenta, además, que todo el progreso de la civilización resulta en una diferenciación de nuevas necesidades y deseos. Por ejemplo, con el desarrollo del sentido artístico, los artículos de uso común cambian por completo su forma; y los avances en las artes revelan nuevos bienes que satisfacen los deseos del mundo, y por estas nuevas satisfacciones, la gente está dispuesta a trabajar y producir para alcanzarlas. Con la educación también se amplían los horizontes y se perfecciona la percepción del gusto, lo que crea deseos de cosas nuevas que antes no se deseaban. Por lo tanto, una breve reflexión nos llevará inevitablemente a ver que ninguna persona ni comunidad ha tenido, ni probablemente tendrá jamás, satisfechas todas sus necesidades. Hasta donde conocemos al hombre, no parece posible que la demanda disminuya jamás debido a la saciedad de todas las satisfacciones materiales.

§ 4. Origen y explicación de la noción de sobreoferta general.

Ya he descrito el estado de los mercados de mercancías que acompaña a lo que se denomina una crisis comercial. En tales momentos, existe un excedente de mercancías por encima de la demanda de dinero; en otras palabras, hay una escasez de dinero. Ante la repentina desaparición de una gran masa de crédito, nadie desea desprenderse de dinero contante y sonante, y muchos están ansiosos por obtenerlo a cualquier precio. Por lo tanto, casi todos son vendedores, y apenas hay compradores: de modo que puede haber, aunque solo mientras dure la crisis, una depresión extrema de los precios generales, debido a lo que podría llamarse indistintamente un exceso de mercancías o una escasez de dinero. Pero es un grave error suponer, como Sismondi, que una crisis comercial es el efecto de un exceso general de producción. Es simplemente la consecuencia de un exceso de compras especulativas. No se trata de una llegada gradual de precios bajos, sino de una repentina retracción de precios excesivamente altos: su causa inmediata es una contracción del crédito, y el remedio no es una disminución de la oferta, sino la restauración de la confianza. También es evidente que este trastorno temporal de los mercados es solo un mal. [pág. 370]Porque es temporal. Siendo la caída únicamente de los precios monetarios, si los precios no volvieran a subir, ningún comerciante perdería, ya que el precio menor le valdría tanto como el precio mayor anterior. En ningún caso este fenómeno responde a la descripción que estos célebres economistas han dado del mal de la sobreproducción. Ese declive permanente en las circunstancias de los productores, por falta de mercados, que estos autores contemplan, es una concepción que la naturaleza de una crisis comercial no respalda.

El otro fenómeno del cual parece derivar la noción de un exceso general de riqueza y una acumulación excesiva es uno de naturaleza más permanente, a saber, la caída de las ganancias y el interés que naturalmente ocurre con el progreso de la población y la producción. La causa de esta disminución de las ganancias es el aumento del costo de mantener la mano de obra, que resulta de un aumento de la población y de la demanda de alimentos, que supera el avance de la mejora agrícola. Esta importante característica en el progreso económico de las naciones será considerada y discutida a fondo en el libro siguiente. 256 Obviamente, es algo totalmente diferente de la falta de mercado para las mercancías, aunque a menudo se confunde con ella en las quejas de las clases productoras y comerciantes. La verdadera interpretación del estado moderno o actual de la economía industrial es que casi no hay negocios que no se puedan realizar, si la gente se contenta con hacerlos con pequeñas ganancias; Y esto lo saben perfectamente todas las personas activas e inteligentes en los negocios: pero incluso quienes cumplen con las necesidades de su tiempo se quejan de lo que cumplen y desearían que hubiera menos capital, o , como ellos lo expresan, menos competencia, para obtener mayores ganancias. Sin embargo, las bajas ganancias son algo diferente de la deficiencia. [pág. 371]La demanda, la producción y la acumulación que simplemente reducen las ganancias no pueden llamarse exceso de oferta ni de producción. La verdadera naturaleza del fenómeno, sus efectos y límites necesarios, se verá cuando tratemos este tema en particular.

[pág. 372]


Capítulo XII. De algunos casos peculiares de valor.

§ 1. Valores de mercancías que tienen un coste de producción conjunto.

Se han investigado las leyes generales del valor en los casos más importantes del intercambio de mercancías en un mismo país. Examinamos, en primer lugar, el caso del monopolio, en el que el valor se determina por una limitación natural o artificial de la cantidad, es decir, por la oferta y la demanda; en segundo lugar, el caso de la libre competencia, cuando el artículo puede producirse en cantidad indefinida al mismo coste; en cuyo caso el valor permanente se determina por el coste de producción, y solo por las fluctuaciones de la oferta y la demanda; en tercer lugar, un caso mixto, el de los artículos que pueden producirse en cantidad indefinida, pero no al mismo coste; en cuyo caso el valor permanente se determina por el mayor coste necesario para obtener la oferta requerida; y, por último, hemos descubierto que el dinero en sí mismo es una mercancía de tercera clase; que su valor, en un estado de libertad, se rige por las mismas leyes que los valores de otras mercancías de su clase; y que los precios, por lo tanto, siguen las mismas leyes que los valores.

De esto se desprende que la demanda y la oferta gobiernan las fluctuaciones de los valores y precios en todos los casos, y los valores y precios permanentes de todas las cosas cuya oferta está determinada por cualquier agente que no sea el de la libre competencia: pero que, bajo el régimen de competencia, las cosas se intercambian, en promedio, entre sí a tales valores y se venden a tales precios que ofrecen una expectativa igual de ventaja a todas las clases de productores; lo que solo puede suceder cuando las cosas [pág. 373]se intercambian entre sí en proporción a su coste de producción.

Aquí, una vez más, hay un claro reconocimiento del verdadero significado del costo de producción y su influencia determinante dentro de un grupo competidor, que ha sido visto en todo su significado por el Sr. Cairnes.

A veces ocurre [sin embargo] que dos mercancías diferentes tienen lo que podría denominarse un coste de producción conjunto. Ambas son productos de la misma operación, o conjunto de operaciones, y el desembolso se incurre en beneficio de ambas conjuntamente, no en parte por una y en parte por la otra. Se tendría que incurrir en el mismo desembolso por cualquiera de las dos si la otra no se necesitara o no se utilizara en absoluto. Hay no pocos ejemplos de mercancías asociadas de esta manera en su producción. Por ejemplo, el coque y el gas de hulla se producen a partir del mismo material y mediante la misma operación. En un sentido más parcial, el cordero y la lana son un ejemplo; la carne de vacuno, los cueros y el sebo; los terneros y los productos lácteos; y los pollos y los huevos. El coste de producción no puede tener nada que ver con la determinación del valor relativo de las mercancías asociadas. Solo determina su valor conjunto. El coste de producción no determina sus precios, sino la suma de sus precios. Un principio es la falta de prorrateo de los gastos de producción entre ambos.

Dado que el costo de producción no nos basta, debemos recurrir a una ley del valor anterior al costo de producción, y más fundamental, la ley de la oferta y la demanda. Esta ley establece que la demanda de una mercancía varía con su valor, y que este se ajusta de modo que la demanda sea igual a la oferta. Esto nos proporciona el principio de reparto que buscamos.

Supongamos que se produce y vende cierta cantidad de gas a un precio determinado, y que el residuo de coque se ofrece a un precio que, junto con el del gas, compensa los gastos con la tasa de ganancia ordinaria. Supongamos también que, al precio fijado para el gas y el coque respectivamente, todo el gas encuentra un mercado fácil, sin [pág. 374]Ya sea excedente o deficiencia, pero que no se pueden encontrar compradores para todo el coque correspondiente. El coque se ofrecerá a un precio más bajo para forzar un mercado. Pero este precio más bajo, junto con el precio del gas, no será remunerativo; la fabricación, en su conjunto, no cubrirá sus gastos con la ganancia ordinaria y, en estas condiciones, no continuará. El gas, por lo tanto, debe venderse a un precio más alto para compensar la deficiencia de coque. Consecuentemente, la demanda se contrae, la producción se reduce ligeramente; y los precios se estabilizan cuando, por el efecto conjunto del aumento del gas y la caída del coque, se vende mucho menos del primero y mucho más del segundo, de modo que ahora existe un mercado para todo el coque resultante de la actual producción de gas.

O supongamos el caso inverso: que a los precios actuales se necesita más coque del que se puede suministrar con las operaciones requeridas por la demanda existente de gas. El coque, al encontrarse ahora en escasez, subirá de precio. Toda la operación rendirá una tasa de ganancia superior a la habitual, y se atraerá capital adicional a la fabricación. La demanda insatisfecha de coque se cubrirá; pero esto no puede lograrse sin aumentar también la oferta de gas; y, como la demanda existente ya estaba completamente cubierta, una mayor cantidad solo puede encontrar mercado bajando el precio. El equilibrio se alcanzará cuando la demanda de cada artículo se ajuste tan bien a la del otro, que la cantidad requerida de cada uno sea exactamente la misma que se genera al producir la cantidad requerida del otro.

Por lo tanto, cuando dos o más mercancías tienen un costo de producción conjunto, sus valores naturales relativos entre sí son aquellos que crearán una demanda para cada una, en proporción a las cantidades en que son producidas por el proceso productivo.

§ 2. Valores de las diferentes especies de productos agrícolas.

Otro caso de valor que merece atención es el de los diferentes tipos de productos agrícolas. El caso no presentaría nada peculiar si se consideraran diferentes productos agrícolas. [pág. 375]Se cultivaban indiscriminadamente y con igual ventaja en los mismos suelos, o en suelos completamente diferentes. La dificultad surge de dos cosas: primero, que la mayoría de los suelos son más aptos para un tipo de producto que para otro, sin ser absolutamente inadecuados para ninguno; y, segundo, la rotación de cultivos.

Para simplificar, limitaremos nuestra suposición a dos tipos de productos agrícolas; por ejemplo, el trigo y la avena. Si todos los suelos fueran igualmente adecuados para el trigo y la avena, ambos se cultivarían indistintamente en todos los suelos, y su coste relativo de producción, al ser el mismo en todas partes, determinaría su valor relativo. Si el mismo trabajo que produce tres cuartos de trigo en un suelo dado siempre produce en ese mismo suelo cinco cuartos de avena, los tres y los cinco cuartos tendrían el mismo valor. De hecho, tanto el trigo como la avena pueden cultivarse en casi cualquier suelo capaz de producirlos.

Es evidente que cada grano se cultivará con preferencia en los suelos más adecuados para él que para el otro; y, si la demanda se satisface únicamente con estos, los valores de ambos granos no tendrán relación entre sí. Pero cuando la demanda de ambos es tal que exige que cada uno se cultive no solo en los suelos especialmente adecuados para él, sino también en suelos intermedios que, sin estar específicamente adaptados a ninguno, son aproximadamente igualmente adecuados para ambos, el coste de producción en esos suelos intermedios determinará el valor relativo de ambos granos; mientras que la renta de los suelos específicamente adaptados a cada uno se regulará por su capacidad productiva, considerada con referencia únicamente a ese [grano] al que son particularmente aplicables. Hasta aquí, la cuestión no presenta ninguna dificultad para quien esté familiarizado con los principios generales del valor.

Esto se puede demostrar fácilmente mediante un diagrama, en el que A representa el grado de tierra mejor adaptado para la avena; B, C, D, respectivamente, tierras de productividad decreciente para la avena, hasta [pág. 376]Se alcanza E, que es, quizás, igualmente bueno para la avena o el trigo; a , b , c , d y E también representan las tierras de trigo, comenzando con a . La renta de A o B se determina mediante una comparación con la calidad de tierra cultivada con avena que genere la menor rentabilidad, como E, por ejemplo. Así, si todas las tierras de trigo están cultivadas, la tierra a o b se compara con E, pero en relación con la capacidad de E para producir trigo.

Puede ocurrir, sin embargo, que la demanda de uno de los dos, como por ejemplo el trigo, supere la del otro, no solo ocupando los suelos especialmente adecuados para el trigo, sino también absorbiendo aquellos igualmente adecuados para ambos, e incluso invadiendo aquellos más adecuados para la avena. Para crear un incentivo para esta distribución desigual del cultivo, el trigo debe ser relativamente más caro y la avena más barata que según el coste de su producción en la tierra media. Su valor relativo debe ser proporcional al coste en la calidad de la tierra, sea cual sea, en la que la demanda comparativa de ambos granos requiera que ambos se cultiven. Si, a juzgar por el estado de la demanda, los dos cultivos se encuentran en tierras más favorables para uno que para el otro, uno será más barato y el otro más caro, en relación entre sí y con las circunstancias en general, que si la demanda proporcional fuera la que supusimos inicialmente.

Como en el diagrama recién mencionado, si la demanda de trigo fuerza su cultivo hacia abajo, no solo hacia la tierra E, apta para ambos indistintamente, sino, aún más lejos, hacia tierras aún menos adaptadas para el trigo (aunque buenas tierras para la avena), el trigo puede ser empujado hacia abajo por un tallo de la V y hacia arriba por el otro hacia D, o incluso hacia C. Entonces, el valor del trigo estará regulado por el costo de producción en C, y la renta estará determinada por una comparación entre la productividad de a , b , etc. (que corre hacia abajo a través de E), con C. El precio del trigo será alto en relación con la avena, que ahora se cultiva solo en tierras, A, B, más adecuadas para el cultivo de avena, y cuyo costo de producción en C es mucho menor que en D o E.

Aquí, pues, obtenemos una nueva ilustración, de una manera algo diferente, del funcionamiento de la demanda, no como un perturbador ocasional del valor, sino como un regulador permanente del mismo, unido con el coste de producción o complementario del mismo.

[pág. 377]


Capítulo XIII. Del Comercio Internacional.

§ 1. El costo de producción no es un regulador de los valores internacionales. Ampliación del término « internacional » .

Algunas cosas son físicamente imposibles de producir, excepto en circunstancias particulares de calor, suelo, agua o atmósfera. Pero hay muchas cosas que, aunque podrían producirse localmente sin dificultad y en cualquier cantidad, se importan de lejos. La explicación popular sería que es más barato importarlas que producirlas: y esta es la verdadera razón. Pero esta razón misma requiere otra. De dos cosas producidas en el mismo lugar, si una es más barata que la otra, la razón es que puede producirse con menos trabajo y capital, o, en una palabra, a menor coste. ¿Es esta también la razón entre cosas producidas en diferentes lugares? ¿Las cosas nunca se importan sino de lugares donde pueden producirse con menos trabajo (o menos del otro elemento de coste, el tiempo) que en el lugar al que se traen? ¿Se aplica la ley de que el valor permanente es proporcional al coste de producción tanto entre mercancías producidas en lugares distantes como entre las producidas en lugares adyacentes?

Descubriremos que no. A veces, algo puede venderse más barato si se produce en un lugar distinto de aquel donde puede producirse con el mínimo esfuerzo y abstinencia.

Esto no podría ocurrir entre lugares adyacentes. Si la orilla norte del Támesis tuviera una ventaja sobre la orilla sur en la producción de zapatos, no se producirían zapatos en la orilla sur; los zapateros se trasladarían con sus capitales a la orilla norte, o se habrían establecido allí originalmente; pues, al ser competidores [pág. 378]En el mismo mercado que los del norte, no podrían compensar su desventaja a expensas del consumidor; la cantidad de esta recaería íntegramente sobre sus ganancias; y no se contentarían con una ganancia menor, cuando, simplemente cruzando un río, podrían aumentarla. Pero entre lugares distantes, y especialmente entre diferentes países, las ganancias pueden seguir siendo diferentes; porque las personas no suelen trasladarse, ni a sí mismas ni a sus capitales, a un lugar lejano sin un motivo muy fuerte. Si el capital se trasladara a lugares remotos del mundo con la misma facilidad y por un incentivo tan pequeño como se traslada a otro barrio de la misma ciudad —si la gente trasladara sus fábricas a América o China siempre que pudiera ahorrar un pequeño porcentaje en sus gastos—, las ganancias serían iguales (o equivalentes) en todo el mundo, y todo se produciría en los lugares donde el mismo trabajo y capital lo producirían en mayor cantidad y con la mejor calidad. Incluso ahora se puede observar una tendencia hacia tal estado de cosas: el capital se está volviendo cada vez más cosmopolita; Hay mucha mayor similitud de costumbres e instituciones que antes, y mucha menos alienación de sentimientos entre los países más civilizados, que tanto la población como el capital ahora se desplazan de uno a otro con mucha menos tentación que antes. Pero aún existen diferencias extraordinarias, tanto de salarios como de ganancias, entre las distintas partes del mundo.

Por lo tanto, entre todos los lugares distantes, en cierta medida, pero especialmente entre diferentes países (estén o no bajo el mismo gobierno supremo), pueden existir grandes desigualdades en la rentabilidad del trabajo y el capital, sin que estos se desplacen de un lugar a otro en tal cantidad que nivelen dichas desigualdades. El capital perteneciente a un país permanecerá, en gran medida, en él, incluso si no existe ninguna forma de emplearlo en la que no sea más productivo en otro lugar. Sin embargo, incluso un país en estas circunstancias podría, y probablemente lo haría, comerciar con [pág. 379]Otros países. Exportaría artículos de algún tipo, incluso a lugares que pudieran fabricarlos con menos trabajo que él; porque esos países, suponiendo que tuvieran ventaja sobre él en todas las producciones, tendrían mayor ventaja en algunas cosas que en otras, y les interesaría importar los artículos en los que su ventaja fuera menor, para poder emplear más trabajo y capital en aquellos en los que fuera mayor.

Podría parecer que se requiere una teoría especial del valor para el comercio internacional, en comparación con el comercio interno, debido a que en el primero no existe libre circulación de mano de obra y capital de un país a otro. Pero veremos que no se necesita una nueva teoría. Como se señaló anteriormente, 258 mercancías se intercambian entre sí a sus costos relativos dondequiera que exista la libre competencia que asegura una perfecta facilidad de movimiento para la mano de obra y el capital. Se ha asumido habitualmente que el capital y la mano de obra se mueven libremente entre diferentes partes de un mismo país, pero no entre diferentes países. Sin embargo, esto no es coherente con la realidad. Vimos que existían grupos industriales que no competían dentro de una misma nación. El Sr. Mill aquí, de manera directa, sugiere esto, al hablar de “ lugares distantes ” . Por lo tanto, la adición hecha a la exposición del Sr. Mill por el Sr. Cairnes 259 es que el término “ internacional ” (a falta de un término mejor) debe aplicarse a aquellas condiciones, ya sea dentro de un país o entre dos países, que, debido a la inmovilidad real del trabajo y el capital de una ocupación a otra, proporcionan una interferencia sustancial con la competencia industrial. Los obstáculos a la libre circulación del trabajo y el capital que producen las condiciones llamadas “ internacionales ” son: 1. “ Distancia geográfica; 2. Diferencia en las instituciones políticas; 3. Diferencia en el idioma, la religión y las costumbres sociales; en una palabra, en las formas de civilización ” . Estas diferencias existen entre Maine y Montana; o incluso entre dos estados colindantes, Ohio y Kentucky, uno libre y el otro un antiguo estado esclavista. En el pasado, el trabajo y el capital no se han movido libremente ni siquiera a través de la línea de Mason y Dixon. No existe, pues, un tratamiento del comercio internacional y de los valores separado de las leyes del valor ya establecidas para los grupos no competidores, puesto que tampoco existe libre competencia entre todos los grupos industriales de un país.

[pág. 380]

§ 2. El intercambio de mercancías entre lugares distantes está determinado por diferencias no en sus costos absolutos, sino en los comparativos de producción.

Como he dicho en otra parte 260 después de Ricardo (el pensador que más ha contribuido a aclarar este tema), 261 «no es una diferencia en el coste absoluto de producción lo que determina el intercambio, sino una diferencia en el coste comparativo . Podría ser ventajoso para nosotros obtener hierro de Suecia a cambio de algodón, incluso si las minas de Inglaterra, así como sus fábricas, fueran más productivas que las de Suecia; pues si tenemos una ventaja de la mitad en algodón y solo una ventaja de un cuarto en hierro, y pudiéramos vender nuestro algodón a Suecia al precio que Suecia pagaría por él si lo produjera ella misma, obtendríamos nuestro hierro con una ventaja [sobre Suecia] de la mitad, así como nuestro algodón. A menudo, al comerciar con extranjeros, podemos obtener sus productos con un menor gasto de mano de obra y capital que el que les cuestan a ellos mismos. El trato sigue siendo ventajoso para el extranjero, porque el producto que recibe a cambio, aunque nos haya costado menos, le habría costado más».

Esto puede ilustrarse de la siguiente manera:

Artículos intercambiados.

Inglaterra.

Suecia.

Algodón.

10 días de trabajo producen x yardas.

15 días de trabajo producen x yardas.

Hierro.

12 días de trabajo producen y cwts.

15 días de trabajo producen y cwts.

Aquí Inglaterra tiene ventaja sobre Suecia tanto en algodón como en hierro, ya que puede producir x yardas de algodón con diez días de trabajo por cada quince días en Suecia, e y quintales de hierro con doce días de trabajo por cada quince días en Suecia. El barco que lleva x yardas de algodón a Suecia y allí lo intercambia, como es habitual, por y quintales de hierro, trae de vuelta a Inglaterra lo que le costó a Suecia quince días de trabajo, mientras que el algodón con [pág. 381]El hierro que se compró le costó a Inglaterra solo diez días de trabajo. De modo que Inglaterra también obtuvo su hierro con una ventaja sobre Suecia de la mitad de diez días de trabajo; y, sin embargo, Inglaterra tenía una ventaja absoluta sobre Suecia en hierro de una cantidad menor (es decir, de una cuarta parte de doce días de trabajo). Debe entenderse claramente que por diferencia en el costo comparativo nos referimos a una diferencia en el costo comparativo de producir dos o más artículos en el mismo país , y no a la diferencia de costo del mismo artículo en los diferentes países comerciales. En este ejemplo, por ejemplo, es la diferencia en los costos comparativos en Inglaterra tanto del algodón como del hierro (no los diferentes costos del algodón en Inglaterra y Suecia) lo que explica la existencia del comercio exterior.

Para ilustrar los casos en los que no se produce intercambio de mercancías entre dos países y aquellos en los que sí, supongamos que Estados Unidos tiene ventaja sobre Inglaterra en la producción tanto de hierro como de maíz. Supongamos primero que la ventaja es igual en ambos productos: el hierro y el maíz, cada uno de los cuales requiere 100 días de trabajo en Estados Unidos, requieren 150 días de trabajo en Inglaterra. De ello se deduce que el hierro de 150 días de trabajo en Inglaterra, si se envía a Estados Unidos, equivaldría al hierro de 100 días de trabajo en Estados Unidos; por lo tanto, si se intercambia por maíz, se intercambiaría por maíz de solo 100 días de trabajo. Pero se suponía que el maíz de 100 días de trabajo en Estados Unidos era la misma cantidad que el de 150 días de trabajo en Inglaterra. Por lo tanto, con 150 días de trabajo en hierro, Inglaterra solo obtendría en Estados Unidos la cantidad de maíz que podría producir con 150 días de trabajo en su país. Y, al importarlo, tendría que asumir además el costo del transporte. En estas circunstancias, no se produciría intercambio. En este caso, se suponía que los costos comparativos de ambos artículos en Inglaterra y Estados Unidos serían los mismos, aunque los costos absolutos fueran diferentes; en esta suposición, vemos que ninguno de los dos países ahorraría mano de obra al limitar su industria a una de las dos producciones e importar la otra.

Es diferente cuando lo comparativo y no meramente [pág. 382]Los costos absolutos de ambos artículos difieren en los dos países. Si, mientras que el hierro producido con 100 días de trabajo en Estados Unidos se producía con 150 días de trabajo en Inglaterra, el maíz producido en Estados Unidos con 100 días de trabajo no podía producirse en Inglaterra con menos de 200 días de trabajo, surgiría inmediatamente un motivo adecuado para el intercambio. Con una cantidad de hierro que Inglaterra produjera con 150 días de trabajo, podría comprar tanto maíz en Estados Unidos como el que se produjera allí con 100 días de trabajo; pero la cantidad producida allí con 100 días de trabajo sería tan grande como la producida en Inglaterra con 200 días de trabajo. Por lo tanto, al importar maíz de Estados Unidos y pagarlo con hierro, Inglaterra obtendría por 150 días de trabajo lo que de otro modo le costaría 200, lo que representaría un ahorro de 50 días de trabajo en cada repetición de la transacción; y no solo un ahorro para Inglaterra, sino un ahorro absoluto; Porque no se obtiene a expensas de Estados Unidos, quien, con maíz que le costó 100 días de trabajo, ha comprado hierro que, de producirse localmente, le habría costado lo mismo. Estados Unidos, por lo tanto, bajo esta suposición, no pierde nada; pero tampoco obtiene ninguna ventaja del comercio, ya que el hierro importado le cuesta tanto como si se fabricara localmente. Para que Estados Unidos gane algo con el intercambio, debe reducirse algo de la ganancia de Inglaterra: el maíz producido en Estados Unidos con 100 días de trabajo debe poder comprarle a Inglaterra más hierro del que Estados Unidos podría producir con esa cantidad de trabajo; más, por lo tanto, del que Inglaterra podría producir con 150 días de trabajo, obteniendo así Inglaterra el maíz que le habría costado 200 días a un costo superior a 150, aunque inferior a 200. Inglaterra, por lo tanto, ya no gana la totalidad del trabajo que se ahorran conjuntamente al comerciar entre sí. 262

[pág. 383]

El caso en el que tanto Inglaterra como los Estados Unidos se beneficiarían del comercio puede mostrarse brevemente de la siguiente manera:

Artículos intercambiados.

Estados Unidos.

Inglaterra.

Maíz.

100 días de trabajo producen x autobús.

200 días de trabajo producen x autobús.

Hierro.

125 días de trabajo producen y toneladas.

150 días de trabajo producen y toneladas.

El barco que transporta x bushels de maíz de Estados Unidos a Inglaterra puede intercambiarlos allí por al menos y toneladas de hierro (lo que le cuesta a Inglaterra 150 días de trabajo, ya que x bushels en Inglaterra costarían 200 días de trabajo) y traerlo a casa, obteniendo para Estados Unidos la diferencia entre los 100 días de trabajo en maíz pagados por las y toneladas de hierro y los 125 días que el hierro habría costado aquí si se hubiera producido en el país. En este caso, Estados Unidos tiene una ventaja sobre Inglaterra tanto en maíz como en hierro, pero aun así surgirá un comercio internacional, porque Estados Unidos obtendrá una ganancia debido al menor costo del maíz en comparación con el costo del hierro. Nuestra ventaja comparativa está en el maíz. Inglaterra, además, al enviar y toneladas de hierro a Estados Unidos , obtiene a cambio x bushels de maíz. Producir el maíz por sí misma le habría costado 200 días de trabajo, pero lo compró con solo 150 días de trabajo gastados en hierro. La ventaja comparativa de Inglaterra está en el hierro. Entonces, ambos países ganarán.

El Sr. Bowen 263 da un ejemplo de comercio internacional donde un país tiene ventaja en ambos productos que entran en el intercambio: “ Los habitantes de Barbados, favorecidos por su clima tropical y suelo fértil, pueden producir provisiones más baratas que nosotros en Estados Unidos. Y, sin embargo, Barbados compra casi todas sus provisiones de este país. ¿Por qué? Porque, si bien Barbados nos supera en la capacidad de producir provisiones a bajo precio, nos supera aún más en su capacidad para producir azúcar y melaza. Si Barbados tiene una ventaja de una cuarta parte en la producción de provisiones, tiene una ventaja de la mitad con respecto a los productos exclusivamente tropicales; y le conviene emplear todo su trabajo y capital en la rama de producción donde su ventaja sea mayor. Así, al comerciar con nosotros, puede obtener nuestro pan y carne con un menor gasto de trabajo y capital que el que nos cuestan a nosotros. Si, por ejemplo, un barril de harina cuesta diez días de trabajo en Estados Unidos y solo ocho días de trabajo en Barbados, los barbadenses aún pueden comprar con rentabilidad. la harina de esta [pág. 384]país, si pueden pagarla con azúcar, que les cuesta solo seis días de trabajo; y la gente de este país puede venderles la harina o comprarles el azúcar con rentabilidad, siempre que el azúcar, si se produce en Estados Unidos, cueste once días de trabajo... Estados Unidos recibe azúcar, que les habría costado once días de trabajo, pagándola con harina que les cuesta solo diez días. Barbados recibe harina, que les habría costado ocho días de trabajo, pagándola con azúcar que le cuesta solo seis días. Si Barbados produjera ambos productos con mayor facilidad, pero en la misma medida, no habría motivo para el intercambio .

Cabe decir, sin embargo, que en la práctica ningún empresario considera la cuestión del " costo comparativo " al realizar envíos de mercancías al extranjero; que solo piensa en si el precio aquí, por ejemplo, es menor que en Londres. Y, sin embargo, el hecho mismo de que los precios sean menores aquí implica que el oro tiene un alto valor en relación con el producto en cuestión; mientras que en Londres, si se debe devolver dinero como pago, y si los precios son altos allí, eso implica que el oro tiene allí un valor comparativo menor que las mercancías, y, en consecuencia, que el oro es el artículo más barato para enviar a Estados Unidos. La doctrina, por lo tanto, es tan válida para el oro o los metales preciosos como para otras mercancías. 264 Puede expresarse con las siguientes palabras del Sr. Cairnes: « La condición inmediata que determina el intercambio internacional es el estado de los precios comparativos en los países que intercambian respecto a las mercancías objeto del comercio. Pero los precios comparativos dentro de los límites de cada país se determinan por dos principios distintos: dentro del rango de competencia industrial efectiva, por el costo de producción; fuera de ese rango, por la demanda recíproca » . 265

§ 3. Los beneficios directos del comercio consisten en una mayor eficiencia de los poderes productivos del mundo.

De esta exposición se desprende en qué consiste el beneficio del intercambio internacional, o, en otras palabras, del comercio exterior. Dejando de lado que permite a los países obtener bienes que no podrían producir por sí mismos, su ventaja reside en un empleo más eficiente de las fuerzas productivas mundiales. Si dos países que comerciaban juntos intentaran, en la medida de lo físicamente posible, producir para sí mismos lo que ahora importan el uno del otro, el trabajo y el capital de ambos países... [pág. 385]Si no fueran tan productivos, los dos juntos no obtendrían de su industria una cantidad tan grande de mercancías como cuando cada uno se emplea en producir, tanto para sí mismo como para el otro, las cosas en las que su trabajo es relativamente más eficiente. La adición así realizada al producto de los dos combinados constituye la ventaja del comercio. Es posible que uno de los dos países sea completamente inferior al otro en capacidad productiva, y que su trabajo y capital pudieran emplearse con mayor ventaja al ser trasladados físicamente al otro. El trabajo y el capital que se han invertido en hacer habitable a Holanda habrían producido un rendimiento mucho mayor si se hubieran transportado a América o Irlanda. El producto de todo el mundo sería mayor, o el trabajo menor, de lo que es, si todo se produjera donde existe la mayor facilidad absoluta para su producción. Pero las naciones no emigran en masa , al menos en los tiempos modernos ; y, mientras el trabajo y el capital de un país permanecen en el país, se emplean más beneficiosamente en producir, para los mercados extranjeros así como para los propios, las cosas en las que se encuentra en menor desventaja, si no hay ninguna en la que posea una ventaja.

La base fundamental de todo comercio, o intercambio de mercancías, es la división del trabajo o la separación de empleos. Más allá de la ganancia habitual derivada de la división del trabajo, derivada de una mayor destreza, existen ganancias derivadas del desarrollo de las capacidades o recursos especiales que poseen individuos o localidades particulares. Los intercambios internacionales se basan principalmente en las ventajas especiales que ofrecen ciertas localidades para el desarrollo de industrias específicas.

El único caso, de hecho, en el que las aptitudes personales influyen significativamente en el comercio entre naciones es cuando las naciones en cuestión ocupan diferentes grados en la escala de civilización... El ejemplo más notable que el mundo haya visto jamás de un comercio exterior determinado por las cualidades personales peculiares de quienes se dedicaban a su administración es el que proporcionaron los estados sureños de la Unión Americana antes de la abolición de la esclavitud. El efecto de esa institución fue dar un carácter industrial muy distintivo a la población trabajadora de esos estados, que los incapacitaba para casi todas las ocupaciones, salvo para un número muy limitado de ellas, pero les otorgaba cierta aptitud especial para ellas. En consecuencia, casi toda la industria del país... [pág. 386]se dedicó a la producción de dos o tres materias primas, en cuyo cultivo se demostró que la industria esclavista era eficaz; y estas se utilizaron, mediante un intercambio con países extranjeros, como medio para abastecer a los habitantes con todos los demás requisitos... En general, sin embargo, parecería que esta causa [aptitudes personales] no es muy importante en el comercio internacional ” . 266

En resumen, el comercio internacional no es más que una extensión del principio de división del trabajo, y las ganancias en productividad que surgen de este último son exactamente las mismas que las del primero.

§ 4. —Ni en un respiradero para las exportaciones, ni en las ganancias de los comerciantes.

Según la doctrina ahora expuesta, la única ventaja directa del comercio exterior reside en las importaciones. Un país obtiene bienes que no podría haber producido en absoluto, o que debería haber producido con un mayor gasto de capital y trabajo que el costo de los bienes que exporta para pagarlos. Así, obtiene una mayor oferta de los bienes que necesita, con el mismo trabajo y capital; o la misma oferta, con menos trabajo y capital, dejando el excedente disponible para producir otros bienes. La teoría vulgar ignora este beneficio y considera que la ventaja del comercio reside en las exportaciones: como si no lo que un país obtiene, sino lo que pierde mediante su comercio exterior, constituyera su ganancia. Un mercado ampliado para sus productos, un consumo abundante de sus bienes, una salida para sus excedentes, son las expresiones con las que se ha acostumbrado a designar los usos y recomendaciones del comercio con países extranjeros. Esta noción es comprensible si consideramos que los autores y líderes de opinión en cuestiones mercantiles siempre han sido, hasta ahora, la clase vendedora. Se trata en verdad de una reliquia sobreviviente de la Teoría Mercantil, según la cual, siendo el dinero la única riqueza, vender, o, en otras palabras, intercambiar bienes por dinero, era (para los países que no tenían minas propias) la única manera de enriquecerse, y la importación de bienes, es decir, desprenderse del dinero, se restaba en gran medida del beneficio.

[pág. 387]

La noción de que el dinero por sí solo es riqueza ha quedado obsoleta hace tiempo, pero ha dejado atrás a muchos de sus descendientes. La teoría de Adam Smith sobre los beneficios del comercio exterior consistía en que este proporcionaba una salida para el excedente de producción de un país y permitía que una parte de su capital se reabasteciera con ganancias. La expresión "excedente de producción" parece implicar que un país tiene la necesidad de producir el maíz o la tela que exporta; de modo que la parte que no consume, si no se necesita y se consume en otro lugar, se produciría en un despilfarro absoluto o, si no se produjera, la parte correspondiente del capital permanecería inactiva, y la masa de producción del país se vería disminuida considerablemente. Cualquiera de estas suposiciones sería completamente errónea. El país produce un artículo exportable que excede sus propias necesidades, no por una necesidad inherente, sino como la forma más económica de abastecerse de otros bienes. Si se le impidiera exportar este excedente, dejaría de producirlo y ya no importaría nada, al no poder producir un equivalente. Pero el trabajo y el capital empleados en la producción para la exportación se emplearían en la producción de los objetos deseables previamente importados; o, si algunos no se pudieran producir, en la producción de sustitutos. Estos artículos, por supuesto, se producirían a un coste mayor que el de las cosas con las que se habían comprado previamente en países extranjeros. Pero el valor y el precio de los artículos aumentarían proporcionalmente; y el capital se repondría, con la ganancia ordinaria, de los rendimientos, tanto como cuando se empleaba en la producción para el mercado extranjero. Los únicos perjudicados (tras el inconveniente temporal del cambio) serían los consumidores de los artículos previamente importados, quienes se verían obligados a prescindir de ellos, consumiendo en su lugar algo que no les gustara tanto, o a pagar un precio más alto por ellos.

Si se dice que el capital empleado actualmente en el extranjero [pág. 388]Si el comercio no pudiera encontrar empleo para abastecer el mercado interno, podría responder que se trata de la falacia de la sobreproducción general, analizada en un capítulo anterior; pero en este caso particular, la cuestión es demasiado evidente como para recurrir a una teoría general. No solo vemos que el capital del comerciante encontraría empleo, sino qué empleo. Se crearía empleo igual al que se eliminaría. Al cesar la exportación, también cesaría la importación por un valor equivalente, y toda la parte de los ingresos del país que se había gastado en productos importados estaría lista para invertirse en los mismos productos producidos en el país, o en otros en su lugar. El comercio es prácticamente un modo de abaratar la producción; y en todos estos casos, el consumidor es el último beneficiado; el comerciante, al final, se asegura de obtener su beneficio, independientemente de si el comprador obtiene mucho o poco por su dinero.

Por el contrario , si por alguna razón, como la eliminación de aranceles, se retirara capital de la producción de artículos de consumo nacional y los bienes importados ocuparan su lugar, la propia importación de bienes extranjeros implicaría un aumento de la producción correspondiente en este país para pagar los bienes importados. El capital así desocupado en una industria en la que no teníamos ventaja comparativa (cuando la competencia se liberalizó) se emplearía necesariamente en las industrias en las que sí teníamos ventaja, y abastecería —y el capital transferido sería el único medio de abastecimiento— los bienes que se enviarían al extranjero para pagar aquellos que, según el supuesto, ahora se importan, pero que antes se producían en el país. El resultado es una mayor productividad de la industria y, por lo tanto, una mayor suma de la que se pueden obtener beneficios tanto del trabajo como del capital. Siempre que el capital, sin restricciones de apoyo artificial, deja un empleo sin ser rentable, significa que ese empleo es naturalmente, y en sí mismo, menos productivo que el funcionamiento habitual de otras industrias del país, y por lo tanto menos rentable tanto para el trabajo como para el capital que la mayoría de las otras ocupaciones.

§ 5. Beneficios indirectos del Comercio, Económicos y Morales; aún mayores que los Directos.

Tal es, pues, la ventaja económica directa del comercio exterior. Pero existen, además, efectos indirectos que deben considerarse beneficios de orden superior. (1) Uno de ellos es el [pág. 389]La tendencia de toda ampliación del mercado a mejorar los procesos de producción. Un país que produce para un mercado mayor que el suyo puede introducir una división del trabajo más amplia, hacer un mayor uso de la maquinaria y es más propenso a realizar inventos y mejoras en los procesos de producción. Todo lo que provoque que se produzca una mayor cantidad de algo en el mismo lugar tiende al aumento general de la capacidad productiva mundial. 267 Existe (2) otra consideración, principalmente aplicable a una etapa temprana del avance industrial. La apertura del comercio exterior, al familiarizarlos con nuevos objetos o tentarlos con la adquisición más fácil de cosas que antes no creían alcanzables, a veces genera una especie de revolución industrial en un país cuyos recursos estaban previamente subdesarrollados por falta de energía y ambición en la población; induciendo a quienes se conformaban con escasas comodidades y poco trabajo a trabajar más arduamente para satisfacer sus nuevos gustos, e incluso a ahorrar y acumular capital para una satisfacción aún más completa de esos gustos en el futuro.

Pero (3) las ventajas económicas del comercio son superadas en importancia por sus efectos intelectuales y morales. Es difícil sobreestimar el valor, en el actual bajo estado de desarrollo humano, de poner a los seres humanos en contacto con personas diferentes a ellos, y con modos de pensamiento y acción distintos de los que conocen. El comercio es ahora, lo que antaño fue la guerra, la principal fuente de este contacto. Dicha comunicación siempre ha sido, y es peculiarmente en la época actual, una de las principales fuentes de progreso. Finalmente, (4) el comercio enseñó a las naciones a ver con benevolencia la riqueza y la prosperidad de las demás. Antes, el patriota, a menos que fuera lo suficientemente avanzado en cultura como para sentir el mundo como su país, deseaba que todos los países fueran débiles, pobres y mal gobernados, excepto el suyo: ahora ve en su riqueza y [pág. 390]El progreso es una fuente directa de riqueza y progreso para su propio país. Es el comercio el que está volviendo rápidamente obsoleta la guerra, al fortalecer y multiplicar los intereses personales que se le oponen naturalmente. Y puede decirse sin exagerar que la gran extensión y el rápido crecimiento del comercio internacional, al ser la principal garantía de la paz mundial, es la gran garantía permanente para el progreso ininterrumpido de las ideas, las instituciones y el carácter de la raza humana.

[pág. 391]


Capítulo XIV. De los Valores Internacionales.

§ 1. Los valores de las mercancías importadas dependen de las condiciones del intercambio internacional.

El valor de las mercancías producidas en un mismo lugar, o en lugares suficientemente adyacentes como para que el capital pueda circular libremente entre ellos —digamos, para simplificar, las mercancías producidas en el mismo país— depende (salvo fluctuaciones temporales) de su coste de producción. Pero el valor de una mercancía traída de un lugar lejano, especialmente de un país extranjero, no depende de su coste de producción en el lugar de procedencia. ¿De qué depende, entonces? El valor de una cosa en cualquier lugar depende del coste de su adquisición en ese lugar; lo cual, en el caso de un artículo importado, significa el coste de producción del artículo que se exporta para pagarlo.

Si, entonces, Estados Unidos importa vino de España, dando por cada pipa de vino un fardo de tela, el valor de cambio de una pipa de vino en Estados Unidos no dependerá de lo que haya costado la producción del vino en España, sino de lo que haya costado la producción de la tela en Estados Unidos. Aunque el vino haya costado en España el equivalente a solo diez días de trabajo, si la tela cuesta en Estados Unidos veinte días de trabajo, el vino, al ser traído a Estados Unidos, se intercambiará por el producto de veinte días de trabajo estadounidense, más el costo del transporte, incluyendo la ganancia habitual sobre el capital del importador durante el tiempo que esté bloqueado y sin otro uso. 268

El valor, entonces, de un producto extranjero en cualquier país, [pág. 392]Depende de la cantidad de productos nacionales que debe entregarse al país extranjero a cambio. En otras palabras, el valor de las mercancías extranjeras depende de los términos del intercambio internacional. ¿De qué dependen, entonces, estos? ¿Qué es lo que, en el caso supuesto, hace que una pipa de vino de España se intercambie con Estados Unidos por exactamente esa cantidad de tela? Hemos visto que no es su coste de producción. Si la tela y el vino se fabricaran en España, se intercambiarían a su coste de producción en España; si se fabricaran en Estados Unidos, [posiblemente] se intercambiarían a su coste de producción en Estados Unidos. Pero, al fabricarse toda la tela en Estados Unidos y todo el vino en España, se encuentran en circunstancias a las que ya hemos determinado que la ley del coste de producción no es aplicable. Por consiguiente, debemos, como ya hicimos en un caso similar, recurrir a una ley antecedente, la de la oferta y la demanda; y en esto encontraremos de nuevo la solución a nuestra dificultad.

§ 2. Los valores de los productos extranjeros no dependen del costo de producción, sino de la demanda y la oferta recíprocas.

Se ha explicado previamente que las condiciones llamadas « internacionales » son aquellas, ya sea dentro de una nación o entre dos naciones separadas, que impiden la libre circulación de mano de obra y capital de un grupo de industrias a otro, o de una localidad a otra distante. Incluso si la lana pudiera fabricarse más barata en Inglaterra que en Estados Unidos, sabemos que ni el capital ni la mano de obra abandonarían fácilmente Estados Unidos para ir a Inglaterra, aunque podrían ir de Rhode Island a Massachusetts con incentivos similares. Si se pueden fabricar zapatos con menos ventajas en Providence que en Lynn, la industria del calzado se trasladará a Lynn; pero de ello no se deduce que la industria inglesa del calzado se trasladaría a Lynn, incluso si las ventajas de esta última fueran mayores que las de Inglaterra. Si no hay obstáculos para la libre circulación de mano de obra y capital entre lugares u ocupaciones, y si un lugar u ocupación puede producir a un menor coste que otro, entonces habrá una migración de los instrumentos de producción. Dado que no existe libre circulación de mano de obra y capital entre un país y otro, dos países se encuentran en la misma relación que dos " grupos no competidores " dentro del mismo país, como se explicó anteriormente. Una vez comprendido plenamente este hecho, [pág. 393]El tema de los valores internacionales se simplifica enormemente. No difiere de la cuestión de los valores nacionales, para los cuales encontramos 269 que la dependencia del costo de producción no se mantenía, sino que sus valores se regían por la oferta y la demanda recíprocas.

Se debe prestar atención a la verdadera naturaleza de la presente investigación. No se trata aquí de las causas del comercio internacional entre dos países: esto se ha tratado en el capítulo anterior y se ha determinado que es una diferencia en el coste comparativo. La cuestión ahora es el valor de cambio , es decir, la cantidad de otras mercancías por las que se intercambiará una mercancía dada. Se supone que existen razones para el comercio; pero ahora queremos saber cuál es la ley que determina las proporciones del intercambio. ¿Por qué un artículo se intercambia por una cantidad mayor o menor de otro? No, como hemos visto, porque uno cueste más o menos producir que el otro.

En el comercio entre los Estados Unidos e Inglaterra en hierro y maíz, antes mencionado (pág. 383 ), se vio que 100 días de trabajo de maíz compran de Inglaterra hierro que le habría costado a los Estados Unidos 125 días de trabajo. Inglaterra envía 150 días de trabajo de hierro y compra a los Estados Unidos maíz que le habría costado 200 días de trabajo. Pero ¿qué regla fija las proporciones entre 100 y 125 para los Estados Unidos, y entre 150 y 200 para Inglaterra, en las que se realizarán los intercambios? El comercio aumenta la productividad de ambos países, pero ¿en qué proporción compartirán los dos países esta ganancia? La respuesta es, brevemente, en la proporción establecida por la demanda y la oferta recíprocas , es decir, la fuerza relativa, comparadas entre sí, de las demandas de los dos países respectivamente de hierro y maíz. Sin embargo, esto puede ser capaz de explicarse en una forma simple.

A tiene palas y B avena para vender; y cada uno desea obtener el artículo del otro. ¿Dará A una pala por un bushel de avena o dos? ¿Dará B dos bushels de avena por una pala? Esto depende de la intensidad del deseo de A por la avena; la intensidad de su demanda puede inducirlo a dar dos palas por un bushel. Pero el intercambio también depende de B. Si no tiene una gran necesidad de palas, y A tiene un fuerte deseo de avena, B obtendrá más palas por avena que de otra manera, posiblemente dos palas por un bushel de avena; es decir, la avena tendrá un mayor valor de cambio. Si, por el contrario, a A le interesa menos la avena que a B las palas, el intercambio resultará en un aumento del valor de las palas en relación con la avena. Cuando dos mercancías se intercambian entre sí, sus valores de cambio dependerán completamente de la intensidad relativa de la demanda. [pág. 394]de cada lado por el otro producto. Y esta simple expresión de la oferta y la demanda recíprocas es también la ley de los valores internacionales.

Si en lugar de palas y avena sustituimos hierro y maíz, y el comercio se realiza entre Inglaterra y Estados Unidos, la cantidad de maíz necesaria para comprar una cantidad dada de hierro dependerá de las demandas relativas de maíz de Inglaterra y de hierro de Estados Unidos. Algo podría reducir la demanda inglesa de nuestros productos de pan, y estos tendrán entonces un menor valor de cambio en relación con el hierro (si mantenemos nuestra demanda), y sus precios bajarán. Pero si, por otro lado, Inglaterra tiene malas cosechas y, en consecuencia, una gran demanda de maíz, y si nuestra demanda de hierro no es excesiva al mismo tiempo, entonces nuestros productos de pan se revalorizarán. Y esto fue precisamente lo que ocurrió entre 1877 y 1879. Ahora bien, en el ejemplo anterior de maíz y hierro, ¿cómo podemos saber si x bushels de maíz (el producto de 100 días de trabajo en Estados Unidos) se intercambiarán por exactamente y toneladas de hierro inglés? Esto, de nuevo, dependerá de las demandas recíprocas de maíz y hierro de ambos países, respectivamente. Además, ya se habrá observado que la relación de intercambio no se puede determinar con exactitud, ya que varía con las condiciones cambiantes, es decir, los deseos de los pueblos de los dos países, junto con sus medios de compra.

Sin embargo, estas variaciones pueden determinarse en cuanto a sus límites extremos. La demanda recíproca no puede llevar el valor de cambio en ninguno de los dos países más allá del límite establecido por el coste de producción del artículo. Por ejemplo, una necesidad urgente de maíz en Inglaterra (si Estados Unidos tiene una demanda baja de hierro inglés) no puede llevar la tasa de cambio a un punto tal que Inglaterra ofrezca mucho más de 150 días de trabajo en hierro por x bushels de maíz estadounidense que supere los 200 días de trabajo en hierro. Se verá de inmediato, entonces, que si ese fuera el caso, Inglaterra produciría el maíz por sí misma; y que entonces no obtendría ganancia alguna del comercio. La tasa de cambio estará, por lo tanto, limitada por la demanda recíproca, por un lado, al coste de producción (200 días de trabajo) del maíz inglés. Por otra parte, si la suposición fuera invertida y los Estados Unidos tuvieran una gran demanda de hierro, pero Inglaterra tuviera poca necesidad de nuestro maíz, entonces no ofreceríamos más de 125 días de trabajo de maíz por y toneladas de hierro, porque con ese gasto de trabajo podríamos producir el hierro nosotros mismos.

En los ejemplos anteriores, hemos considerado únicamente el caso del comercio de maíz y hierro. Si el maíz representara todos los bienes que Inglaterra necesita, y el hierro todos los bienes ingleses que Estados Unidos necesita, las conclusiones serían exactamente las mismas. [pág. 395]Lo mismo. Las proporciones de una miríada de cosas, cada una regida por su demanda recíproca particular, que se intercambian entre sí, dan un resultado general por el cual los bienes enviados se intercambian por los bienes devueltos a las tasas fijadas por las demandas recíprocas que actúan sobre todos los bienes. Los bienes son pagos por bienes; la proporción de intercambio depende de la oferta y la demanda recíprocas. Si ahora añadimos más países al ejemplo, simplemente aumentamos el número de personas (aunque en diferentes países) que necesitan nuestros bienes, en contrapartida de nuestras demandas de los bienes de este mayor número de personas. Si Francia, Alemania e Inglaterra necesitan nuestro grano, también debemos tener cierta demanda de los bienes de Francia, Alemania e Inglaterra; y la misma ley de la demanda recíproca da la proporción de intercambio. Que esta explicación sea consistente con los hechos se ve al observar con qué interés los exportadores de productos básicos estadounidenses observan las condiciones que aumentan o disminuyen la demanda extranjera de estos productos, considerándolas como las causas que afectan directamente a su valor de cambio o precio.

Al añadir el coste del transporte, se incrementará el precio del maíz para Inglaterra y del hierro para Estados Unidos. Pero, como es sabido, un aumento de precio afecta la demanda; y, al verse afectada la demanda de ambas partes, se alcanzará finalmente una nueva tasa de intercambio acorde con la intensidad de los deseos de ambas. Por lo tanto, ¿quién pagará la mayor parte del coste del transporte, Inglaterra o Estados Unidos? Esto dependerá, de nuevo, de si Inglaterra tiene la mayor demanda relativa de productos estadounidenses, en comparación con la demanda de Estados Unidos de productos ingleses.

Por lo tanto, no se puede establecer una regla absoluta para la división del costo, ni tampoco para la división de la ventaja; y de ello no se sigue que, en cualquier proporción en que se divida uno, el otro se dividirá en la misma proporción. Es imposible decir, si se pudiera eliminar el costo del transporte, si el país productor o el importador se beneficiarían más. Esto dependería de la evolución de la demanda internacional.

El costo del transporte tiene un efecto más. Sin él, toda mercancía (si se supusiera libre comercio) se importaría o exportaría regularmente. Un país no produciría nada para sí mismo que no produjera también para otros países. Pero, como consecuencia del costo del transporte, hay muchas cosas, especialmente artículos voluminosos, que todos, o casi todos, [pág. 396]Cada país produce internamente. Tras exportar los productos en los que puede emplearse con mayor ventaja e importar aquellos en los que se encuentra en mayor desventaja, existen muchos productos intermedios, cuyo costo relativo de producción difiere tan poco entre ese país y el de otros, que el costo del transporte absorbería más que el ahorro total en costos de producción que se obtendría al importar uno y exportar otro. Este es el caso de numerosos productos de consumo común, incluyendo las calidades más básicas de muchos artículos alimenticios y manufacturados, cuyos tipos más finos son objeto de un amplio comercio internacional.

§ 3. —Como lo ilustra el comercio de telas y lino entre Inglaterra y Alemania.

El Sr. Mill ilustra aún más el funcionamiento de la ley de demanda recíproca con el caso de un comercio entre Inglaterra y Alemania de telas y lino, como sigue:

“Supongamos que diez yardas de paño cuestan en Inglaterra tanto trabajo como quince yardas de lino, y en Alemania tanto como veinte”. Partiendo de esta suposición, a Inglaterra le interesaría importar lino de Alemania, y a Alemania, importar tela de Inglaterra. Cuando cada país producía ambos productos para sí mismo, se intercambiaban diez yardas de tela por quince yardas de lino en Inglaterra y veinte en Alemania. Ahora se intercambiarán por la misma cantidad de yardas de lino en ambos países. ¿Por qué cantidad? Si se intercambian por quince yardas, Inglaterra estará igual que antes y Alemania se beneficiará por completo. Si se intercambian por veinte yardas, Alemania estará como antes e Inglaterra obtendrá el beneficio completo. Si se intercambian por una cantidad intermedia entre quince y veinte, la ventaja se repartirá entre ambos países. Si, por ejemplo, se intercambian diez yardas de tela por dieciocho yardas de lino, Inglaterra obtendrá una ventaja de tres yardas por cada quince, y Alemania ahorrará dos de cada veinte. El problema es: ¿cuáles son las causas que determinan la proporción en que se intercambiarán la tela de Inglaterra y el lino de Alemania? Supongamos, entonces, que por el efecto de lo que Adam Smith... [pág. 397]llama al regateo del mercado, diez varas de tela, en ambos países, se cambian por diecisiete varas de lienzo.

La demanda de una mercancía, es decir, la cantidad que puede encontrar comprador, varía, como ya hemos comentado, según el precio. En Alemania, el precio de diez yardas de tela es ahora de diecisiete yardas de lino, o la cantidad de dinero equivalente en Alemania a diecisiete yardas de lino. Siendo ese el precio, existe una cantidad específica de yardas de tela que tendrá demanda o encontrará compradores a ese precio. Existe una cantidad determinada de tela, superior a la cual no se podría vender a ese precio; inferior a la cual, a ese precio, no se satisfaría plenamente la demanda. Supongamos que esta cantidad es 1000 veces diez yardas.

Ahora, dirijamos nuestra atención a Inglaterra. Allí, el precio de diecisiete yardas de lino equivale a diez yardas de tela, o la cantidad de dinero equivalente en Inglaterra a diez yardas de tela. Existe una cantidad específica de yardas de lino que, a ese precio, satisfará exactamente la demanda, y no más. Supongamos que esta cantidad es 1000 veces diecisiete yardas.

Así como diecisiete yardas de lino equivalen a diez yardas de tela, mil veces diecisiete yardas equivalen a mil veces diez yardas. Al valor de cambio actual, el lino que necesita Inglaterra pagará exactamente la cantidad de tela que, en las mismas condiciones de intercambio, necesita Alemania. La demanda de ambas partes es suficiente para satisfacer la oferta de la otra. Se cumplen las condiciones exigidas por el principio de la oferta y la demanda, y ambas mercancías seguirán intercambiándose, como suponíamos, en la proporción de diecisiete yardas de lino por diez yardas de tela.

Pero nuestras suposiciones podrían haber sido diferentes. Supongamos que, al tipo de cambio supuesto, Inglaterra hubiera estado dispuesta a consumir una cantidad de lino no mayor que 800 veces diecisiete yardas; es evidente que, al tipo de cambio supuesto, esto no habría bastado para pagar las 1.000 veces [pág. 398]Diez yardas de tela que supusimos que Alemania necesitaría al valor estimado. Alemania no podría adquirir más de 800 yardas a ese precio. Para obtener las 200 yardas restantes, lo cual no podría hacer sino pujando más, ofrecería más de diecisiete yardas de lino a cambio de diez yardas de tela; supongamos que ofreciera dieciocho. A este precio, Inglaterra quizás estaría inclinada a comprar una mayor cantidad de lino. Consumiría, posiblemente, a ese precio, 900 yardas. Por otro lado, al haber subido el precio de la tela, la demanda alemana probablemente habría disminuido. Si, en lugar de 1000 yardas, ahora se contenta con 900 yardas, estas pagarían exactamente las 900 yardas de lino que Inglaterra está dispuesta a aceptar al precio modificado; la demanda de ambas partes será suficiente para reducir la oferta correspondiente. y diez yardas por dieciocho será el tipo de cambio al que, en ambos países, se cambiará la tela por el lino.

Lo contrario de todo esto habría ocurrido si, en lugar de 800 por diecisiete yardas, hubiéramos supuesto que Inglaterra, a razón de diez por diecisiete, habría adquirido 1200 por diecisiete yardas de lino. En este caso, es Inglaterra cuya demanda no se satisface plenamente; es Inglaterra quien, al pujar por más lino, alterará el tipo de cambio en su propia desventaja; y diez yardas de tela caerán, en ambos países, por debajo del valor de diecisiete yardas de lino. Con esta caída de la tela, o, lo que es lo mismo, este aumento del lino, la demanda de tela de Alemania aumentará y la de lino de Inglaterra disminuirá, hasta que el tipo de cambio se haya ajustado de tal manera que la tela y el lino se paguen exactamente entre sí; y, una vez alcanzado este punto, los valores se mantendrán sin más alteraciones.

§ 4. La conclusión se establece en la Ecuación de Demanda Internacional.

“Puede considerarse, por tanto, como establecido, que cuando dos países comercian entre sí en dos mercancías, el valor de cambio de estas mercancías en relación entre sí se ajustará a las inclinaciones y circunstancias de los consumidores de ambos lados, de tal manera que las cantidades [pág. 399]Las necesidades de cada país, de los artículos que importa de su vecino, deberán ser exactamente suficientes para cubrir sus necesidades mutuas. Así como las inclinaciones y circunstancias de los consumidores no pueden resumirse en ninguna regla, tampoco las proporciones en que se intercambiarán ambos productos. Sabemos que los límites de la variación son la relación entre sus costos de producción en un país y la relación entre sus costos de producción en el otro. Diez yardas de tela no pueden intercambiarse por más de veinte yardas de lino, ni por menos de quince. Pero pueden intercambiarse por cualquier cantidad intermedia. Por lo tanto, las proporciones en que se puede dividir la ventaja del comercio entre las dos naciones son diversas. Las circunstancias de las que depende, de forma más remota, la parte proporcional de cada país solo admiten una indicación muy general.

Si, por lo tanto, se pregunta qué país obtiene la mayor parte de las ventajas del comercio que realiza, la respuesta es: aquel cuyas producciones tienen mayor demanda en otros países, y una demanda más susceptible de aumentar gracias a un abaratamiento adicional. En la medida en que las producciones de un país poseen esta propiedad, dicho país obtiene todos los productos extranjeros a menor costo. Obtiene sus importaciones más baratas cuanto mayor es la intensidad de la demanda de sus exportaciones en los países extranjeros. También obtiene sus importaciones más baratas cuanto menor es la magnitud e intensidad de su propia demanda. El mercado es más barato para aquellos cuya demanda es pequeña. Un país que desea pocas producciones extranjeras, y solo una cantidad limitada de ellas, mientras que sus propias mercancías tienen una gran demanda en países extranjeros, obtendrá sus importaciones limitadas a un costo extremadamente bajo, es decir, a cambio del producto de una cantidad muy pequeña de su trabajo y capital.

La ley que hemos ilustrado puede denominarse apropiadamente Ecuación de la Demanda Internacional. Puede enunciarse concisamente de la siguiente manera: el producto de un país se intercambia por el producto de otros países a los valores necesarios para que la totalidad de sus exportaciones puedan... [pág. 400]Pagar exactamente la totalidad de sus importaciones. Esta ley de los Valores Internacionales no es más que una extensión de la ley más general del Valor, que llamamos la Ecuación de la Oferta y la Demanda. 270 Hemos visto que el valor de una mercancía siempre se ajusta de tal manera que la demanda se iguala al nivel exacto de la oferta. Pero todo comercio, ya sea entre naciones o individuos, es un intercambio de mercancías, en el que las cosas que cada uno tiene que vender constituyen también sus medios de compra: la oferta aportada por uno constituye su demanda de lo aportado por el otro. De modo que la oferta y la demanda no son más que otra expresión de la demanda recíproca; y decir que el valor se ajustará para igualar la demanda con la oferta es, de hecho, decir que se ajustará para igualar la demanda de un lado con la del otro.

La tendencia de las importaciones a equilibrar las exportaciones puede verse en el Gráfico No. XIII , en la página siguiente, que muestra la relación entre las exportaciones e importaciones únicamente de mercancías, y excluyendo el metal precioso, hacia y desde Estados Unidos. De 1850 a 1860, tras el descubrimiento de metales preciosos en este país, enviamos grandes cantidades de oro y plata fuera del país, puramente como mercancías, de modo que, si incluyéramos los metales preciosos entre las exportaciones de esos años, las exportaciones totales serían casi iguales a las importaciones totales. La transferencia de oro en ese momento se efectuó exactamente igual que la de otras mercancías; de modo que hasta la fecha de la guerra civil hubo un equilibrio muy evidente entre exportaciones e importaciones. Luego vino la guerra, con el período de extravagancia y especulación posterior, que condujo a grandes compras en el extranjero, y que solo concluyó con el pánico de 1873. Desde entonces, se necesitaron más exportaciones que importaciones para cubrir las grandes compras del período anterior; Y la época de grandes exportaciones, de 1875 a 1883, compensó las condiciones opuestas del período anterior. Parecería, por lo tanto, que habíamos alcanzado un período normal alrededor del año 1882. 271 Se proporcionará una descripción más completa de las fluctuaciones de las exportaciones e importaciones en torno al equilibrio cuando se introduzca el dinero en el comercio internacional. La descripción completa también debe incluir la cuenta financiera.

[pág. 401]

Gráfico XIII. Valor de las mercancías importadas a (línea punteada) y exportadas desde (línea negra) los Estados Unidos de 1835 a 1883 .

[pág. 402]

§ 5. El costo que para un país suponen sus importaciones depende no sólo de la relación de intercambio, sino de la eficiencia de su trabajo.

Pasamos ahora a otra parte esencial de la teoría del tema. Hay dos maneras en que un país obtiene productos más baratos mediante el comercio exterior: en el sentido del valor y en el sentido del coste: (1.) Los abarata en el primer sentido, al depreciarse en relación con otros bienes; la misma cantidad se intercambia, en el país, por una cantidad menor que antes de otros productos del país. Volviendo a nuestras cifras originales [del comercio con Alemania en tela y lino]: en Inglaterra, todos los consumidores de lino obtuvieron, tras la apertura del comercio, diecisiete yardas o una cantidad mayor de yardas por la misma cantidad de todos los demás bienes por los que antes solo obtenían quince. El grado de abaratamiento, en este sentido, depende de las leyes de la demanda internacional, tan profusamente ilustradas en las secciones anteriores. (2.) Pero, en el otro sentido, el del coste, un país abarata un producto cuando obtiene una mayor cantidad del mismo con el mismo gasto de trabajo y capital. En este sentido del término, la baratura depende en gran medida de una causa de distinta naturaleza: un país obtiene sus importaciones más baratas en proporción a la productividad general de su industria nacional; a la eficiencia general de su trabajo. El trabajo de un país puede ser, en conjunto, mucho más eficiente que el de otro: la totalidad o la mayoría de los bienes que pueden producirse en ambos pueden producirse en uno a un coste absoluto menor que en el otro; lo cual, como hemos visto, no impedirá necesariamente que ambos países intercambien bienes. Los bienes que el país más favorecido importará de otros son, por supuesto, aquellos en los que es menos superior; pero, al importarlos, adquiere, incluso en esos bienes, la misma ventaja que posee en los artículos que ofrece a cambio. El costo de sus importaciones depende de dos variables: (1) la cantidad de sus propios bienes que ofrece a cambio, y (2) el coste de esos bienes. De estos, solo el último depende de la eficiencia de su trabajo; el primero depende de la ley de los valores internacionales; es decir, de la [pág. 403]intensidad y extensibilidad de la demanda extranjera de sus productos, en comparación con su demanda de productos extranjeros.

La alta productividad de cualquier industria en nuestro país tiene, por lo tanto, dos resultados: (1) genera un total mayor, del cual la mano de obra y el capital locales pueden obtener mayores beneficios; y (2) las materias primas, al ser más baratas en comparación con otras de producción más difícil, proporcionan precisamente los artículos que con mayor probabilidad se exportan, de acuerdo con la doctrina del costo comparativo. En Estados Unidos, aquellos productos en cuya producción la mano de obra y el capital son más eficientes, y por lo tanto generan los mayores beneficios, son precisamente los artículos que más ingresan a nuestro comercio exterior. Es decir, obtenemos artículos extranjeros más baratos precisamente porque estas exportaciones nos cuestan menos mano de obra y capital. Estos, por supuesto, dado que vivimos en un país cuyos recursos naturales aún no se han explotado plenamente, son en gran parte productos de las industrias extractivas, como puede verse en la siguiente tabla del valor de los bienes que ingresaron en mayor medida a nuestro comercio exterior de exportación en 1883:

Algodón en bruto

$247,328,721

Productos de pan

208.040.850

Provisiones y animales

118.177.555

aceites minerales

40.555.492

Madera

26.793.708

Tabaco

22.095.229

Estas seis clases de productos están organizadas en el orden en que entran en nuestro comercio de exportación, y son las seis que aparecen primeras y más altas en la lista.

[pág. 404]


Capítulo XV. Del dinero considerado como mercancía importada.

§ 1. El dinero se importa de dos maneras: como mercancía y como medio de cambio.

El grado de progreso que hemos alcanzado ahora en la teoría del comercio exterior nos permite suplir lo que anteriormente era deficiente en nuestra visión de la teoría del dinero; y esto, cuando se complete, nos permitirá a su vez concluir el tema del comercio exterior.

El dinero, o el material que lo compone, es, en Gran Bretaña y en la mayoría de los demás países, una mercancía extranjera. Por lo tanto, su valor y distribución deben regularse, no por la ley del valor vigente en países vecinos, sino por la que se aplica a las mercancías importadas: la ley de los valores internacionales.

En la discusión que ahora nos disponemos a iniciar, utilizaré los términos dinero y metales preciosos indistintamente. Esto puede hacerse sin inducir a error, pues se ha demostrado que el valor del dinero, cuando consiste en metales preciosos o en papel moneda convertible en ellos a la vista, se rige enteramente por el valor de los propios metales, del cual nunca difiere permanentemente, salvo por el coste de la acuñación, cuando este lo paga el individuo y no el Estado.

El dinero ingresa a un país de dos maneras diferentes. Se importa (principalmente en forma de lingotes) como cualquier otra mercancía, por ser un artículo de comercio ventajoso. También se importa en su otra función, como medio de intercambio, para pagar alguna deuda con el país, ya sea por bienes exportados o por cualquier otro concepto. La existencia de estas dos formas distintas de flujo de dinero hacia un país, [pág. 405]Mientras que otros productos se introducen habitualmente solo en el primero de estos modos, ocasionan algo más de complejidad y oscuridad que la que existe en el caso de otros productos, y solo por esta razón es necesaria una exposición especial y minuciosa.

§ 2. Como mercancía, obedece a las mismas leyes de valor que las demás mercancías importadas.

En la medida en que los metales preciosos se importan mediante el comercio ordinario, su valor debe depender de las mismas causas y ajustarse a las mismas leyes que el valor de cualquier otra producción extranjera. Es principalmente de esta manera que el oro y la plata se difunden desde los países mineros hacia el resto del mundo comercial. Son los productos básicos de dichos países, o al menos se encuentran entre sus principales artículos de exportación; y se exportan con fines especulativos, al igual que otros productos exportables. Por lo tanto, la cantidad que un país (por ejemplo, Inglaterra) dará de su propia producción por una cierta cantidad de lingotes dependerá, si suponemos solo dos países y dos productos, de la demanda de lingotes en Inglaterra, en comparación con la demanda en el país minero (que llamaremos Estados Unidos 272 ) de lo que Inglaterra tiene para ofrecer.

Los lingotes que necesita Inglaterra deben cubrir con precisión el algodón u otros productos ingleses que necesita Estados Unidos. Sin embargo, si sustituimos esta simplicidad por el grado de complejidad que realmente existe, la ecuación de la demanda internacional debe establecerse no entre los lingotes que se necesitan en Inglaterra y los algodones o paños que se necesitan en Estados Unidos, sino entre el total de las importaciones de Inglaterra y el total de sus exportaciones. La demanda de productos ingleses en países extranjeros debe equilibrarse con la demanda de productos ingleses en Inglaterra; y todos los productos extranjeros, entre ellos los lingotes, deben intercambiarse por productos ingleses en proporciones que, por su efecto sobre la demanda, establezcan este equilibrio.

No hay nada en la naturaleza peculiar o los usos de la [pág. 406]Los metales preciosos deberían ser una excepción a los principios generales de la demanda. Si se necesitan para fines de lujo o artísticos, la demanda aumenta con su bajo precio, de forma tan irregular como la de cualquier otro producto. Si se requieren para la compra de dinero, la demanda aumenta con su bajo precio de forma perfectamente regular, siendo la cantidad necesaria siempre inversamente proporcional a su valor. Esta es la única diferencia real, en cuanto a la demanda, entre el dinero y otras cosas.

El dinero, entonces, si se importa únicamente como mercancía, al igual que otros productos importados, tendrá el menor valor en los países cuyas exportaciones tienen la mayor demanda extranjera y que a su vez tienen la menor demanda de productos extranjeros. A estas dos circunstancias, sin embargo, es necesario añadir otras dos, que se producen a través del coste del transporte. El coste de obtener lingotes se compone de dos elementos: los bienes utilizados para comprarlos y el coste del transporte; de este último, los países productores de lingotes asumirán una parte (aunque incierta) en el ajuste de los valores internacionales. El coste del transporte corresponde en parte al transporte de las mercancías a los países productores de lingotes y en parte al de su regreso; ambos elementos se ven influenciados por la distancia a las minas; y el primero también se ve muy afectado por el volumen de las mercancías. Los países cuya producción exportable consiste en manufacturas de alta calidad obtienen lingotes, así como todos los demás artículos extranjeros, ceteris paribus , a un coste menor que los países que solo exportan productos brutos voluminosos.

Para ser completamente precisos, por lo tanto, debemos decir: Los países cuyas producciones exportables (1) tienen mayor demanda en el extranjero, (2) contienen el mayor valor en la menor cantidad, (3) están más cerca de las minas y (4) tienen menor demanda de productos extranjeros, son aquellos en los que el dinero tendrá el menor valor, o, en otras palabras, en los que los precios suelen ser más altos. Si no hablamos del valor del dinero, sino de su costo (es decir, la cantidad de trabajo del país que debe invertirse para obtenerlo), [pág. 407]Debemos añadir (5) a estas cuatro condiciones de baratura una quinta condición, a saber, «cuya industria productiva sea la más eficiente». Esta última, sin embargo, no afecta en absoluto el valor del dinero, estimado en mercancías; afecta la abundancia general y la facilidad con la que se pueden obtener todas las cosas, dinero y mercancías juntas. 273

El gráfico adjunto, n.º XIV , en la página siguiente, muestra el excedente de las exportaciones de Estados Unidos de monedas y lingotes de oro y plata sobre las importaciones, y el excedente de las importaciones sobre las exportaciones. El movimiento de la línea sobre la línea de base horizontal muestra claramente la gran cantidad de metales preciosos que hemos estado enviando al exterior desde nuestras minas, simplemente como un artículo de exportación regular, como mercancía. De 1850 a 1879, las exportaciones claramente no tienen la naturaleza de pagos para balanzas comerciales, ya que indica un movimiento constante hacia el exterior (con la excepción del primer año de la guerra, cuando llegó oro a este país). El aumento fenomenal de las exportaciones de metales preciosos durante la guerra, y hasta 1879, se debió a que teníamos un papel moneda depreciado, que enviaba los metales fuera del país como mercancía. Este gráfico debe estudiarse en relación con el gráfico n.º XIII .

Gráfico XIV. Gráfico que muestra el exceso de exportaciones e importaciones de monedas y lingotes de oro y plata, procedentes de y hacia los Estados Unidos, de 1835 a 1883. La línea, cuando está por encima de la línea base, muestra el exceso de exportaciones; cuando está por debajo, el exceso de importaciones.

De las consideraciones anteriores, se desprende que quienes sostienen que el valor del dinero, en países donde es un producto importado, debe estar completamente regulado por su valor en los países que lo producen, y no puede aumentar ni disminuir de forma permanente a menos que se produzca algún cambio en el coste de producción en las minas, están en grave error. Por el contrario, cualquier circunstancia que altere la ecuación de la demanda internacional con respecto a un país en particular no solo puede, sino que debe, afectar el valor del dinero en ese país, permaneciendo invariable su valor en las minas. La apertura de una nueva rama del comercio de exportación desde Inglaterra; un aumento de la demanda extranjera de productos ingleses, ya sea por el curso natural de los acontecimientos o por la derogación de aranceles; una restricción a la demanda en Inglaterra de productos extranjeros, mediante la imposición de aranceles de importación en Inglaterra o de aranceles de exportación en otros lugares; estos y todos los demás acontecimientos de tendencia similar... [pág. 409]Las importaciones de Inglaterra (lingotes y otros bienes en conjunto) dejarían de ser equivalentes a las exportaciones; y los países que reciben sus exportaciones se verían obligados a ofrecer sus productos, y entre ellos los lingotes, a precios más bajos para restablecer la demanda; y así, Inglaterra obtendría dinero más barato y, en general, una gama de precios más alta. Un país que, por cualquiera de las causas mencionadas, obtiene dinero más barato, también obtiene todas sus demás importaciones más baratas.

No es en absoluto necesario que la mayor demanda de productos ingleses, que permite a Inglaterra abastecerse de lingotes a un precio más bajo, se refleje en los países mineros. Inglaterra podría no exportar absolutamente nada a esos países, y aun así ser el país que obtuviera lingotes de ellos en las condiciones más bajas, siempre que existiera una demanda suficientemente intensa en otros países extranjeros de productos ingleses, que se pagarían indirectamente con oro y plata de los países mineros. La totalidad de sus exportaciones es lo que un país intercambia por la totalidad de sus importaciones, y no sus exportaciones e importaciones hacia y desde un país en particular.

[pág. 410]


Capítulo XVI. De las Divisas.

§ 1. El dinero pasa de un país a otro como medio de intercambio, a través de las Bolsas.

Hasta ahora hemos considerado los metales preciosos como una mercancía, importada como cualquier otra mercancía en el comercio común, y hemos examinado las circunstancias que en ese caso determinarían su valor. Pero estos metales también se importan con otra finalidad: la de ser un medio de intercambio; no como un artículo de comercio para ser vendido por dinero, sino como dinero en sí mismo, para pagar una deuda o efectuar una transferencia de propiedad.

El dinero se envía de un país a otro con diversos fines; sin embargo, el más común es el pago de bienes. Para mostrar en qué circunstancias el dinero se transfiere realmente de un país a otro para este o cualquier otro de los fines mencionados, es necesario explicar brevemente la naturaleza del mecanismo mediante el cual se lleva a cabo el comercio internacional, cuando este no se realiza mediante trueque, sino a través del dinero.

En la práctica, las exportaciones e importaciones de un país no solo no se intercambian directamente entre sí, sino que a menudo ni siquiera pasan por las mismas manos. Cada una se compra y paga por separado con dinero. Sin embargo, hemos visto que, incluso dentro de un mismo país, el dinero no pasa de mano en mano cada vez que se realizan compras con él, y mucho menos ocurre esto entre diferentes países. La forma habitual de pagar y recibir mercancías, entre países, es mediante letras de cambio.

Un comerciante de los Estados Unidos, A, ha exportado productos estadounidenses. [pág. 411]Mercancías, consignándolas a su corresponsal, B, en Inglaterra. Otro comerciante en Inglaterra, C, ha exportado mercancías inglesas, supuestamente de valor equivalente, a un comerciante, D, en Estados Unidos. Evidentemente, es innecesario que B, en Inglaterra, envíe dinero a A, en Estados Unidos, y que D, en Estados Unidos, envíe una suma igual a C, en Inglaterra. Una deuda puede aplicarse al pago de la otra, ahorrando así el doble costo y riesgo del transporte. A emite una letra de cambio contra B por la cantidad que B le debe: D, teniendo una cantidad igual que pagar en Inglaterra, compra esta letra de cambio a A y la envía a C, quien, al vencimiento del plazo de vencimiento de la letra, la presenta a B para su pago. De este modo, la deuda de Inglaterra con Estados Unidos y la de Estados Unidos con Inglaterra se pagan sin enviar ni una onza de oro o plata de un país al otro. 274

Esto implica (si excluimos por el momento cualquier otro pago internacional que no sea el que se produce en el curso del comercio) que las exportaciones e importaciones se compensan mutuamente, o, en otras palabras, que se establece la ecuación de la demanda internacional. En tal caso, las transacciones internacionales se liquidan sin transferencia de dinero de un país a otro. Sin embargo, si Estados Unidos debe una suma mayor a Inglaterra que la que debe Inglaterra a Estados Unidos, o viceversa , las deudas no pueden simplemente cancelarse entre sí. Una vez aplicada una, en la medida de lo posible, a cubrir la otra, el saldo debe transmitirse en metales preciosos. De hecho, el comerciante que tenga la cantidad a pagar la pagará incluso entonces mediante una letra. Cuando una persona tiene que enviar una remesa a un país extranjero, no... [pág. 412]No busca personalmente a alguien que tenga dinero para recibir de ese país ni le pide una letra de cambio. En este, como en otras ramas del negocio, existe una clase de intermediarios o corredores que conectan a compradores y vendedores, o se interponen entre ellos, comprando letras a quienes tienen dinero para recibir y vendiéndolas a quienes tienen dinero para pagar. Cuando un cliente acude a un corredor por una letra de París o Ámsterdam, este le vende quizás la letra que él mismo haya comprado esa mañana a un comerciante, o quizás una letra de su propio corresponsal en la ciudad extranjera; y, para que su corresponsal pueda pagar, a su vencimiento, todas las letras que ha emitido, le remite todas las que ha comprado y no ha revendido. De esta manera, estos corredores se encargan de la liquidación total de las transacciones pecuniarias entre lugares distantes, recibiendo una pequeña comisión o porcentaje sobre el importe de cada letra que venden o compran. Ahora bien, si los corredores se encuentran con que se les solicitan letras, por una parte, por un importe mayor al que se les ofrece, no por ello se niegan a entregarlas; pero como, en ese caso, no tienen forma de que los corresponsales sobre los que se emiten sus letras las paguen a su vencimiento, salvo mediante la transmisión de parte del importe en oro o plata, exigen a quienes les venden las letras un precio adicional, suficiente para cubrir el flete y el seguro del oro y la plata, con una ganancia suficiente para compensarles por su esfuerzo y por la ocupación temporal de una parte de su capital. Los compradores están dispuestos a pagar esta prima (como se la denomina), porque de lo contrario tendrían que asumir los gastos de remitir ellos mismos los metales preciosos, y quienes la hacen parte de su negocio especializado la obtienen con menor coste. Pero, aunque solo algunos de los que tienen una deuda que pagar tendrían que remitir dinero, todos estarán obligados, por la competencia mutua, a pagar la prima; y los corredores, por la misma razón, están obligados a pagársela a aquellos cuyas letras compran. Lo contrario de todo esto ocurre, si en la comparación de las exportaciones e importaciones el país, [pág. 413]En lugar de tener un saldo que pagar, tiene un saldo que recibir. Los corredores se encuentran con que se les ofrecen más letras de las que les son suficientes para cubrir las que deben emitir. En consecuencia, las letras sobre países extranjeros se descuentan; y la competencia entre corredores, extremadamente activa, les impide retener este descuento como beneficio propio y los obliga a cederlo a quienes compran las letras para su remesa.

Cuando Estados Unidos tuviera que pagar a Inglaterra la misma cantidad de dólares que Inglaterra, un grupo de comerciantes estadounidenses necesitaría letras, y otro grupo tendría letras que vender, por la misma cantidad de dólares; y, en consecuencia, una letra de Inglaterra por 1.000 dólares se vendería exactamente por 1.000 dólares, o, en la fraseología de los comerciantes, el tipo de cambio estaría a la par. Como Inglaterra también, bajo este supuesto, tendría la misma cantidad de dólares que pagar y recibir, las letras de Estados Unidos estarían a la par en Inglaterra, siempre que las letras de Inglaterra estuvieran a la par en Estados Unidos.

Sin embargo, si Estados Unidos tuviera que pagar a Inglaterra una suma mayor que la que recibiría de ella, habría personas que requerirían letras sobre Inglaterra por una cantidad de dólares mayor que las letras emitidas por personas a quienes se les debía dinero. Una letra sobre Inglaterra por $1,000 se vendería entonces por más de $1,000, y se diría que las letras tienen un sobreprecio. Sin embargo, el sobreprecio no podría exceder el costo y el riesgo de realizar la remesa en oro, junto con una ganancia insignificante; porque, de ser así, el deudor preferiría enviar el oro a comprar la letra.

Si, por el contrario, los Estados Unidos tuvieran más dinero que recibir de Inglaterra que el que pagar, se ofrecerían letras por una cantidad de dólares mayor que la que se necesita para remitir, y el precio de las letras caería por debajo de la par: una letra de 1.000 dólares podría comprarse por algo menos de 1.000 dólares, y se diría que las letras estaban con descuento.

Cuando Estados Unidos tiene más que pagar que recibir, Inglaterra tiene más que recibir que pagar, y viceversa . [pág. 414]Por lo tanto, cuando en Estados Unidos las letras de Inglaterra tienen una prima, en Inglaterra las letras de Estados Unidos tienen un descuento; y, cuando las letras de Inglaterra tienen un descuento en Estados Unidos, las letras de Estados Unidos tienen una prima en Inglaterra. Si están a la par en cualquiera de los dos países, lo están, como ya hemos visto, en ambos. 275

Así suceden las cosas entre países o lugares que tienen la misma moneda. Sin embargo, aún persiste tanta barbarie en las transacciones de las naciones más civilizadas, que casi todos los países independientes optan por afirmar su nacionalidad teniendo, para su propio inconveniente y el de sus vecinos, una moneda propia. Para nuestro propósito actual, esto simplemente implica que, en lugar de hablar de sumas iguales de dinero, debemos hablar de sumas equivalentes . Por sumas equivalentes, cuando ambas monedas están compuestas del mismo metal, se entienden sumas que contienen exactamente la misma cantidad de metal, en peso y pureza.

La cantidad de oro en la libra esterlina equivale a más de $4.8666 de nuestras monedas de oro. Si los billetes ofrecidos son aproximadamente iguales a los solicitados, un título de crédito sobre una libra en Inglaterra se venderá por $4.86. Si se solicitan muchos, pero quedan pocos disponibles, su precio subirá, por supuesto; pero no podrá superar los $4.90, ya que aproximadamente 3.25 centavos son suficientes para cubrir los gastos de corretaje, seguro y flete por libra esterlina en un envío de oro a Londres. Por lo tanto, para obtener dinero de un acreedor en Londres, nadie pagará más por una libra en forma de letra de lo que estaría obligado a pagar por enviarla en lingotes. Las letras de cambio, por lo tanto, no pueden subir de precio más allá del punto ($4.90+), ya que, en lugar de pagar una suma mayor por una letra, se enviará oro. Este punto se denomina " punto de envío " del oro. Cuando los tipos de cambio estén a $4.90, se descubrirá que el oro se está exportando. Por otro lado, cuando la oferta de letras supera la demanda, su precio baja. Un hombre que tenga una letra en Londres para vender (es decir, un derecho sobre una libra en Londres) no la venderá a un precio inferior a 4,86 dólares, por un importe superior al coste de transportar el oro. Dado que este coste es de unos 3,25 centavos, las letras no pueden caer por debajo de 4,83 dólares. Cuando el cambio se realiza a ese precio, será... [pág. 415]Se descubrió que el oro llega a Estados Unidos desde Inglaterra. Este precio es el punto de embarque para las importaciones de oro. Esto, por supuesto, solo aplica a las letras a la vista.

Antiguamente, se calculaba el cambio según una escala de porcentajes, siendo el valor real de aproximadamente 109. Esto se abandonó después de la guerra.

Cuando las letras de cambio de países extranjeros tienen un precio elevado, se suele decir que el tipo de cambio es desfavorable para el país. Para comprender estas frases, debemos prestar atención a lo que significa realmente «el tipo de cambio», en el lenguaje mercantil. Se refiere al poder que tiene la moneda del país para comprar la moneda de otros países. Suponiendo que 4,86 dólares sea el valor nominal exacto, cuando se requieren más de 1.000 dólares para comprar una letra de 205 libras, 1.000 dólares de moneda estadounidense valen menos que su equivalente real en moneda inglesa: esto se denomina un tipo de cambio desfavorable para Estados Unidos. Sin embargo, las únicas personas en Estados Unidos para quienes es realmente desfavorable son quienes tienen dinero para pagar en Inglaterra, pues acuden al mercado de letras como compradores y tienen que pagar un precio elevado; pero para quienes tienen dinero para recibir en Inglaterra, la misma situación es favorable, pues acuden como vendedores y reciben el precio elevado. La prima, sin embargo, indica que existe un saldo adeudado por los Estados Unidos, que debe eventualmente liquidarse en metales preciosos; y puesto que, según la antigua teoría, el beneficio de un comercio consistía en traer dinero al país, este prejuicio introdujo la práctica de llamar al cambio favorable cuando indicaba un saldo a recibir, y desfavorable cuando indicaba uno a pagar; y las frases, a su vez, tendían a mantener el prejuicio.

§ 2. Distinción entre las variaciones en los Cambios que se autoajustan y aquellas que sólo pueden rectificarse mediante los Precios.

A primera vista, podría suponerse que cuando el tipo de cambio es desfavorable, o, en otras palabras, cuando las letras tienen una prima, esta siempre debe ascender al equivalente completo del costo de la transmisión monetaria. Sin embargo, un pequeño excedente de importaciones sobre las exportaciones, o cualquier otra pequeña cantidad de deuda a pagar a países extranjeros, no suele afectar los tipos de cambio en la medida del costo y el riesgo del transporte de lingotes. La duración del crédito concedido generalmente permite, por parte de algunos deudores, un aplazamiento. [pág. 416]De pago, y mientras tanto, la balanza puede inclinarse en sentido contrario y restablecer la igualdad de deudas y créditos sin ninguna transmisión real de los metales. Y esto es más probable, ya que existe un poder de autoajuste en las variaciones del propio tipo de cambio. Las letras tienen una prima porque se ha importado un valor monetario mayor que el exportado. Pero la prima en sí misma representa una ganancia adicional para quienes exportan. Además del precio que obtienen por sus mercancías, retiran el dinero y obtienen la prima. Por otro lado, representa una disminución de la ganancia para quienes importan. Además del precio de las mercancías, tienen que pagar una prima por la remesa. De modo que lo que se denomina un tipo de cambio desfavorable incentiva la exportación y desalienta la importación. Y si el saldo adeudado es pequeño y es consecuencia de una perturbación meramente casual en el curso ordinario del comercio, pronto se liquida en mercancías y la cuenta se ajusta mediante letras, sin la transmisión de lingotes. No ocurre lo mismo, sin embargo, cuando el exceso de importaciones sobre las exportaciones, que ha desfavorecido el tipo de cambio, surge de una causa permanente. En ese caso, lo que perturbó el equilibrio debió ser el estado de los precios, y este solo puede restablecerse actuando sobre ellos. Es imposible que los precios sean tales que provoquen un exceso de importaciones y, sin embargo, que las exportaciones se mantengan permanentemente a la par con las importaciones gracias a la ganancia adicional derivada de la prima sobre las letras; pues, si las exportaciones se mantuvieran a la par con las importaciones, las letras no tendrían prima y la ganancia adicional no existiría. Es a través de los precios de las mercancías que debe administrarse la corrección.

Por lo tanto, las perturbaciones del equilibrio de las importaciones y exportaciones, y las consiguientes perturbaciones del cambio, pueden considerarse de dos clases: unas casuales o accidentales, que, si no son en una escala demasiado grande, se corrigen por sí mismas mediante la prima de las letras, sin ninguna transmisión de los metales preciosos; las otras que surgen del estado general de los precios, que no pueden corregirse sin la sustracción [pág. 417]de dinero real de la circulación de uno de los países, o una aniquilación del crédito equivalente a él.

Cabe observar que los intercambios no dependen del saldo de deudas y créditos con cada país por separado, sino con todos los países en conjunto. Estados Unidos puede tener una deuda con Inglaterra; pero esto no implica que el intercambio con Inglaterra sea en contra de Estados Unidos ni que las letras sobre Inglaterra tengan un valor superior, ya que puede existir un saldo adeudado a Estados Unidos desde Holanda o Hamburgo, y Estados Unidos puede pagar sus deudas con Inglaterra con letras sobre esos lugares; lo que técnicamente se denomina arbitraje cambiario. Existe un pequeño gasto adicional, en parte comisión y en parte pérdida de interés, al liquidar las deudas de esta manera indirecta, y en la medida de esa pequeña diferencia, el intercambio con un país puede variar con respecto al intercambio con otros.

Un uso común de las letras de cambio es aquel en el que, cuando se trata de tres países, dos de ellos pueden liquidar sus cuentas a través del tercero, si ambos países tienen relaciones con dicho país. Los comerciantes de Nueva York pueden comprar a China, pero China puede no comprar a Nueva York, aunque ambos tengan relaciones con Londres.

Supongamos que A compra té por valor de 1000 libras a F, en Hong Kong; B exporta trigo (1000 libras) a C, en Londres; D ha enviado algodón por valor de 1000 libras a E, en Hong Kong. A puede pagar a F a través de Londres sin necesidad de transferir monedas. A compra el crédito de B sobre C por 1000 libras y lo envía a F. E desea pagar a D en Londres el algodón que le compró; por lo tanto, compra a F por 1000 libras el crédito que ahora tiene (es decir, una letra de cambio sobre Londres) contra C por 1000 libras. E lo envía a D y, cuando D lo cobra de C, se completa el ciclo de intercambios sin transferir los metales preciosos.

[pág. 418]


Capítulo XVII. De la distribución de los metales preciosos a través del mundo comercial.

§ 1. La sustitución del trueque por el dinero no produce diferencia alguna en las exportaciones e importaciones ni en la Ley de Valores Internacionales.

Habiendo examinado ahora el mecanismo por el cual se llevan a cabo realmente las transacciones comerciales entre las naciones, tenemos ahora que preguntar si este modo de llevarlas a cabo hace alguna diferencia en las conclusiones respecto de los valores internacionales, a las que llegamos previamente sobre la hipótesis del trueque.

La analogía más cercana nos llevaría a presumir lo negativo. No encontramos que la intervención del dinero y sus sustitutos influyera en la ley del valor aplicada a lugares adyacentes. Cosas que habrían tenido el mismo valor si el modo de intercambio hubiera sido el trueque valen sumas iguales de dinero. La introducción del dinero es simplemente la adición de una mercancía más, cuyo valor se rige por las mismas leyes que el de todas las demás. No nos sorprenderá, por lo tanto, descubrir que los valores internacionales también se determinan por las mismas causas bajo un sistema monetario y de letras que bajo un sistema de trueque, y que el dinero tiene poca influencia en el asunto, salvo proporcionar un modo conveniente de comparar valores.

Todo intercambio es, en esencia y efecto, trueque; quien vende mercancías por dinero, y con ese dinero compra otras mercancías, en realidad compra esas mercancías con sus propias mercancías. Y lo mismo ocurre con las naciones: su comercio es un mero intercambio de exportaciones por importaciones; y, se emplee dinero o no, las cosas solo se mantienen en su estado permanente cuando las exportaciones y las importaciones se compensan mutuamente. Cuando esto sucede... [pág. 419]En este caso, se adeudan sumas iguales de dinero de cada país al otro, las deudas se liquidan mediante letras y no hay saldo pendiente de pago en metales preciosos. El comercio se encuentra en un estado similar al que en mecánica se denomina estado de equilibrio estable.

Pero el proceso mediante el cual las cosas vuelven a este estado cuando se desvían de él no es, al menos en apariencia, el mismo en un sistema de trueque que en un sistema monetario. En el primero, el país que necesita más importaciones de las que sus exportaciones pueden pagar debe ofrecer sus exportaciones a un precio más bajo, como único medio para crear una demanda suficiente para restablecer el equilibrio. Cuando se utiliza dinero, el país parece actuar de forma totalmente distinta. Recibe las importaciones adicionales al mismo precio que antes y, al no exportar equivalente, la balanza de pagos se vuelve en su contra; el intercambio se vuelve desfavorable y la diferencia debe pagarse en dinero. Esta es, en apariencia, una operación muy distinta de la anterior. Veamos si difiere en su esencia o solo en su mecanismo.

Sea Estados Unidos el país que tiene el saldo pendiente de pago, 276 , e Inglaterra el país que lo recibe. Mediante esta transmisión de metales preciosos, la cantidad de moneda disminuye en Estados Unidos y aumenta en Inglaterra. Puedo asumir esto libremente. Suponemos ahora que hay un exceso de importaciones sobre exportaciones, debido a que la ecuación de la demanda internacional aún no está establecida: que, a precios ordinarios, existe una demanda permanente en Estados Unidos de más bienes ingleses de los que los bienes estadounidenses requeridos en Inglaterra a precios ordinarios pueden pagar. En este caso, si no se modificaran los precios, habría un saldo monetario que se renovaría perpetuamente. Es necesario reducir permanentemente las importaciones o aumentar las exportaciones, lo cual solo puede lograrse mediante [pág. 420]precios; y por lo tanto, incluso si los saldos se pagan al principio con fondos acumulados o mediante la exportación de lingotes, llegarán al final a la circulación, porque hasta que eso ocurra, nada podrá detener el drenaje.

Por lo tanto, cuando el estado de los precios es tal que la ecuación de la demanda internacional no puede establecerse, y el país requiere más importaciones de las que puede pagar con las exportaciones, esto indica que tiene en circulación más metales preciosos o sus sustitutos de los que puede mantener permanentemente, y debe necesariamente desprenderse de algunos de ellos para restablecer el equilibrio. En consecuencia, la moneda se contrae: los precios caen, y entre ellos, los precios de los artículos exportables, por lo que, en consecuencia, surge una mayor demanda en países extranjeros; mientras que los productos importados posiblemente han subido de precio debido a la afluencia de dinero al extranjero, y en cualquier caso no han participado en la caída general. Pero, hasta que el mayor abaratamiento de los productos estadounidenses induzca a los países extranjeros a percibir un mayor valor monetario, o hasta que el mayor encarecimiento (positivo o comparativo) de los productos extranjeros haga que Estados Unidos perciba un menor valor monetario, las exportaciones estadounidenses no estarán más cerca de compensar las importaciones que antes, y el flujo de metales preciosos que había comenzado a salir de Estados Unidos continuará. Esta salida continuará hasta que la caída de los precios en Estados Unidos ponga al alcance del mercado extranjero algún producto que Estados Unidos no enviaba anteriormente; o hasta que la reducción del precio de los bienes que sí enviaba haya generado una demanda en el extranjero de una cantidad suficiente para pagar las importaciones, favorecida quizás por una reducción de la demanda estadounidense de productos extranjeros, debido a su mayor precio, ya sea positivo o comparativo.

Ahora bien, este es el mismo proceso que tuvo lugar en nuestra suposición original del trueque. Por lo tanto, no solo el comercio entre naciones tiende al mismo equilibrio entre exportaciones e importaciones, se emplee o no dinero, sino que los medios por los cuales se establece este equilibrio son esencialmente... [pág. 421]Lo mismo. El país cuyas exportaciones no son suficientes para pagar sus importaciones las ofrece en condiciones más bajas, hasta que logra forzar la demanda necesaria: en otras palabras, la ecuación de la demanda internacional, tanto en un sistema monetario como en uno de trueque, es la ley del comercio internacional. Todo país exporta e importa exactamente los mismos bienes, y en la misma cantidad, tanto en un sistema como en el otro. En un sistema de trueque, el comercio gravita hacia el punto en que la suma de las importaciones se intercambia exactamente por la suma de las exportaciones; en un sistema monetario, gravita hacia el punto en que la suma de las importaciones y la suma de las exportaciones se intercambian por la misma cantidad de dinero. Y, dado que las cosas que son iguales a una misma cosa son iguales entre sí, las exportaciones e importaciones que son iguales en precio monetario se intercambiarían, si no se usara dinero, precisamente entre sí. 277

[pág. 422]

§ 2. El teorema anterior se ilustra con más detalle.

Procedamos a examinar en qué medida el beneficio de una mejora en la producción de un artículo exportable es participado por los países que lo importan.

La mejora puede consistir en el abaratamiento de algún artículo que ya era un producto básico del país, en el establecimiento de una nueva rama industrial o en algún proceso que haga exportable un artículo que hasta entonces no se había exportado. Será conveniente comenzar con el caso de una nueva exportación, por ser el más sencillo de los dos.

[pág. 423]

El primer efecto es que el precio del artículo baja y surge una demanda en el extranjero. Esta nueva exportación altera el equilibrio, altera los intercambios, el dinero fluye hacia el país (que supondremos que es Estados Unidos) y continúa fluyendo hasta que los precios suben. Este aumento de precios frenará en cierta medida la demanda en países extranjeros del nuevo artículo de exportación y disminuirá la demanda existente en el extranjero de los demás productos que Estados Unidos solía exportar. Por lo tanto, las exportaciones disminuirán; al mismo tiempo, el público estadounidense, [pág. 424]Al tener más dinero, tendrán mayor poder adquisitivo. Si aprovechan este mayor poder adquisitivo, aumentarán las importaciones; y con esto, y el freno a las exportaciones, se restablecerá el equilibrio entre importaciones y exportaciones. Como resultado, los países extranjeros tendrán que pagar más caro que antes por sus demás importaciones y obtener el nuevo producto más barato, pero no tanto como Estados Unidos. Digo esto, consciente de que el artículo tendría el mismo precio (excepto el coste del transporte) en Estados Unidos y en otros países. Sin embargo, el bajo precio del artículo no se mide únicamente por su precio monetario, sino por su comparación con los ingresos monetarios de los consumidores. El precio es el mismo para los consumidores estadounidenses y extranjeros; pero los primeros pagan ese precio con los ingresos monetarios que han aumentado gracias a la nueva distribución de los metales preciosos, mientras que los segundos probablemente han visto disminuidos sus ingresos monetarios por la misma causa. Por lo tanto, el comercio no ha aportado al consumidor extranjero la totalidad, sino solo una parte, del beneficio que el consumidor estadounidense ha obtenido de la mejora; mientras que Estados Unidos también se ha beneficiado de los precios de los productos extranjeros. Así pues, cualquier mejora industrial que conduzca a la apertura de una nueva rama del comercio de exportación beneficia a un país no solo por el bajo precio del artículo en el que se ha producido la mejora, sino también por el abaratamiento general de todos los productos importados.

Cambiemos ahora la hipótesis y supongamos que la mejora, en lugar de crear una nueva exportación desde Estados Unidos, abarata una existente. Supongamos que el producto en el que se produce la mejora es la tela [de algodón]. El primer efecto de la mejora es que su precio baja y aumenta la demanda en el mercado exterior. Sin embargo, esta demanda es de cuantía incierta. Supongamos que los consumidores extranjeros aumentan sus compras en la misma proporción del abaratamiento, o, en otras palabras, que invierten en tela... [pág. 425]La misma suma de dinero que antes; el mismo pago agregado que antes se deberá de países extranjeros a Estados Unidos; el equilibrio de exportaciones e importaciones se mantendrá inalterado, y los extranjeros obtendrán el máximo provecho del mayor abaratamiento de la tela. Pero si la demanda extranjera de tela es de tal naturaleza que aumenta en una proporción mayor que el abaratamiento, se deberá a Estados Unidos una suma mayor que la anterior por tela, y cuando se pague elevará los precios estadounidenses, incluido el precio de la tela; este aumento, sin embargo, afectará solo al comprador extranjero, ya que los ingresos estadounidenses aumentarán en una proporción correspondiente; y el consumidor extranjero, por lo tanto, obtendrá una ventaja menor que Estados Unidos de la mejora. Si, por el contrario, el abaratamiento de la tela no extiende la demanda extranjera de ella en un grado proporcional, se deberá a Estados Unidos una suma menor de deudas que antes por tela, mientras que habrá la suma habitual de deudas de Estados Unidos a países extranjeros. La balanza comercial se volverá en contra de Estados Unidos, se exportará dinero, los precios (incluidos los de la tela) caerán y, con el tiempo, la tela se abaratará para el comprador extranjero en una proporción aún mayor que la que la mejora ha abaratado para Estados Unidos. Estas son las mismas conclusiones que se deducirían de la hipótesis del trueque. 278

El resultado de la discusión precedente no puede resumirse mejor que en las palabras de Ricardo. 279 «Habiendo sido elegidos el oro y la plata como medio general de circulación, se distribuyen, por la competencia del comercio, en proporciones tales entre los diferentes países del mundo que se adaptan al tráfico natural que tendría lugar si no existieran tales metales, y el comercio entre países fuera puramente de trueque». Sobre este principio, tan fértil en consecuencias, antes del cual la teoría del comercio exterior era un caos ininteligible, el Sr. [pág. 426]Ricardo, aunque no profundizó en sus ramificaciones, fue el verdadero creador.

Según los principios del comercio que hemos explicado anteriormente, la misma regla se aplicará a la distribución del dinero en diferentes partes de un mismo país, especialmente en un país grande con diversos tipos de producción, como Estados Unidos. El medio de intercambio, debido a la competencia comercial, se distribuirá en proporciones tales entre las diferentes partes de Estados Unidos, por leyes naturales, que se ajuste al número de transacciones que se realizarían si no existiera dicho medio. Por esta razón, encontramos más dinero en los llamados grandes centros financieros, porque allí hay más intercambios de bienes. En las zonas escasamente pobladas del Oeste habrá menos dinero precisamente porque hay menos transacciones que en los distritos más antiguos y poblados. De modo que no podía haber peor locura que la siguiente legislación del Congreso para distribuir la circulación del banco nacional: “ Que $150.000.000 del importe total de los billetes circulantes autorizados a emitirse se distribuirán entre asociaciones en los Estados, en el Distrito de Columbia y en los Territorios, de acuerdo con la población representativa ” (ley del 3 de marzo de 1865).

§ 3. Los metales preciosos, como dinero, tienen el mismo valor y se distribuyen según la misma ley que los metales preciosos como mercancía.

Ahora es necesario investigar de qué manera esta ley de distribución de los metales preciosos por medio de los intercambios afecta el valor de cambio del dinero mismo, y cómo concuerda con la ley por la cual encontramos que el valor del dinero se regula cuando se importa como un mero artículo de mercancía.

Las causas que introducen o expulsan dinero de un país (1) a través de los intercambios, para restablecer el equilibrio comercial, y que, por lo tanto, elevan su valor en algunos países y lo reducen en otros, son las mismas causas de las que dependería el valor local del dinero si nunca se importara, excepto (2) como mercancía, y nunca, excepto directamente de las minas. Cuando el valor del dinero en un país disminuye permanentemente (1) [como medio de intercambio] por su entrada a través de la balanza comercial, la causa, si no es la disminución del coste de producción, debe ser una de aquellas que obligan a un nuevo ajuste, más favorable para el país, de la ecuación de la demanda internacional, a saber, un aumento de la demanda externa de sus productos, o [pág. 427]Una menor demanda de su parte de países extranjeros. Ahora bien, una mayor demanda extranjera de los productos básicos de un país, o una menor demanda nacional de productos importados, son las causas que, según los principios generales del comercio, permiten a un país comprar todas las importaciones y, en consecuencia, (2) los metales preciosos, a un valor menor. Por lo tanto, no existe contradicción, sino la más perfecta concordancia, en los resultados de las dos formas diferentes [(1) como medio de intercambio; y (2) como mercancía] en que se pueden obtener los metales preciosos. Cuando el dinero [como medio de intercambio] fluye de un país a otro como consecuencia de los cambios en la demanda internacional de productos básicos, y al hacerlo altera su propio valor local, simplemente produce, mediante un proceso más rápido, el efecto que, de otro modo, se produciría más lentamente por una alteración en la amplitud relativa de las corrientes por las que los metales preciosos [como mercancía] fluyen a diferentes regiones del mundo desde los países mineros. Así como vimos antes que el uso del dinero como medio de intercambio no altera en lo más mínimo la ley de la que dependen los valores de otras cosas, ya sea en el mismo país o a nivel internacional, tampoco altera la ley del valor de los metales preciosos en sí; y hay en toda la doctrina de los valores internacionales, tal como está ahora establecida, una unidad y armonía que son una fuerte presunción colateral de verdad.

§ 4. Pagos internacionales que ingresan en la “ cuenta financiera ” .

Antes de cerrar esta discusión, es conveniente señalar de qué manera y grado las conclusiones precedentes se ven afectadas por la existencia de pagos internacionales que no se originan en el comercio, y por los cuales no se espera ni se recibe ningún equivalente ni en dinero ni en mercancías, como un tributo, o remesas, o intereses a acreedores extranjeros, o un gasto gubernamental en el exterior.

Para empezar, el caso del trueque. Dado que las supuestas remesas anuales se realizan en mercancías y son exportaciones sin retorno, ya no es necesario que las importaciones y las exportaciones se paguen mutuamente; por el contrario, debe haber un excedente anual de exportaciones sobre [pág. 428]Importaciones, equivalentes al valor de la remesa. Si, antes de que el país quedara sujeto al pago anual, el comercio exterior se encontraba en su equilibrio natural, ahora será necesario, para efectuar las remesas, inducir a los países extranjeros a exportar más, lo cual solo puede lograrse ofreciendo esas exportaciones en condiciones más favorables o, en otras palabras, pagando más caros los productos extranjeros. Los valores internacionales se ajustarán de tal manera que, ya sea mediante mayores exportaciones, menores importaciones o ambas, se generará el excedente requerido en las exportaciones, y este excedente se convertirá en una situación permanente. El resultado es que un país que realiza pagos regulares al extranjero, además de perder lo que paga, pierde algo más, debido a las condiciones menos ventajosas en las que se ve obligado a intercambiar sus productos por productos extranjeros.

Los mismos resultados se obtienen al suponer la existencia de dinero. Suponiendo que el comercio se encuentra en equilibrio al iniciarse las remesas obligatorias, la primera remesa se realiza necesariamente en dinero. Esto baja los precios en el país remitente y los eleva en el país receptor. El efecto natural es que se exportan más mercancías que antes y se importan menos, y que, únicamente por el comercio, se adeudará constantemente un saldo monetario del país receptor al país pagador. Cuando la deuda anual con el país tributario se iguale al tributo anual u otro pago regular que este deba, no se producirá ninguna otra transferencia de dinero; el equilibrio entre exportaciones e importaciones dejará de existir, pero sí el de los pagos; el intercambio estará a la par, las dos deudas se compensarán entre sí y el tributo o la remesa se pagará prácticamente en bienes. El resultado para los intereses de ambos países será el ya señalado: el país pagador dará un precio más alto por todo lo que compre al país receptor, mientras que este último, además de recibir el tributo, obtiene los productos exportables del país tributario a un precio más bajo.

[pág. 429]

Se ha visto, como en el Gráfico n.º XIII , que, considerando las exportaciones e importaciones simplemente como mercancías, no existe, de hecho, un equilibrio real en un momento dado de acuerdo con la ecuación de la demanda internacional. Otro elemento, la " cuenta financiera " entre Estados Unidos y países extranjeros, debe considerarse antes de que podamos conocer todos los factores necesarios para generar la ecuación. Si hubiéramos estado tomando prestado principalmente de Inglaterra, Holanda y Alemania, deberíamos adeudar una suma anual regular en concepto de intereses, y nuestras exportaciones deberían, por regla general, ser exactamente ese mismo importe (en condiciones normales y adecuadas) que las importaciones. O, tomemos otro caso, si se toma prestado capital en Europa para ferrocarriles en Estados Unidos, este capital generalmente llega en forma de importaciones de diversos tipos; pero, si nuestras exportaciones no son suficientes de inmediato para equilibrar el aumento de las importaciones, nos endeudamos durante un tiempo; o, en otras palabras, para establecer el equilibrio, enviamos valores estadounidenses al extranjero en lugar de exportaciones reales. Este envío de valores no se ve ni se registra como parte de las exportaciones; Y así nos encontramos con un período, como el de la guerra y la posguerra, de 1862 a 1873, de un gran exceso de importaciones. Desde 1873, el país prácticamente ha estado pagando la deuda contraída en el período anterior; y ha habido un gran exceso de exportaciones sobre importaciones, y una aparente discrepancia en el equilibrio. Sin embargo, nuestros bonos gubernamentales y otros valores han estado regresando a nosotros, generando una corriente de retorno para equilibrar el exceso de exportaciones. 280 En resumen, el uso de valores y diversas formas de endeudamiento permite diferir el período de pago real, de modo que un exceso de importaciones en un momento puede compensarse con un exceso de exportaciones en otro, generalmente posterior. Además, los grandes gastos de las personas que viajan por Europa nos obligarán a remitir al extranjero en forma de exportaciones más de lo que normalmente compensaría nuestras importaciones con la cantidad gastada por los viajeros. Por lo tanto, las operaciones financieras entre Estados Unidos y países extranjeros deben considerarse cuidadosamente al establecer la ecuación entre nuestras exportaciones e importaciones. Tal como la formuló el Sr. Cairnes, 281 la ecuación de la demanda internacional debería enunciarse de forma más amplia, como sigue: “ El estado de la demanda internacional que resulta en equilibrio comercial se alcanza cuando la demanda recíproca de los países comerciantes produce una relación tal de exportaciones e importaciones entre ellos que permite a cada país, mediante sus exportaciones, liquidar todos sus pasivos externos ” . Si fuéramos un gran país prestamista en lugar de un gran país prestatario, tendríamos, por regla general, un exceso permanente de importaciones.

[pág. 430]


Capítulo XVIII. Influencia de la moneda en los cambios y en el comercio exterior.

§ 1. Variaciones del cambio, que tengan su origen en la Moneda.

En nuestra investigación sobre las leyes del comercio internacional, comenzamos con los principios que determinan los intercambios y los valores internacionales bajo la hipótesis del trueque. A continuación, demostramos que la introducción del dinero como medio de intercambio no modifica las leyes de intercambio ni los valores entre países, ni entre individuos, ya que los metales preciosos, bajo la influencia de esas mismas leyes, se distribuyen en proporciones tales entre los diferentes países del mundo que permiten que se realicen los mismos intercambios, y a los mismos valores, que en un sistema de trueque. Finalmente, consideramos cómo el valor del dinero se ve afectado por las alteraciones en el estado del comercio derivadas de alteraciones en la demanda y la oferta de mercancías o en su coste de producción. Queda por considerar las alteraciones en el estado del comercio que no se originan en las mercancías, sino en el dinero.

El oro y la plata pueden variar como otras cosas, aunque su costo de producción no es tan probable como el de otras. Su demanda en países extranjeros también puede variar. Puede aumentar por un mayor uso de los metales para fines artísticos y ornamentales, o porque el aumento de la producción y las transacciones ha generado un mayor volumen de negocios a través del medio circulante. Puede disminuir por las razones opuestas; o, [pág. 431]De la extensión de los recursos económicos que eliminan parcialmente el uso de la moneda metálica. Estos cambios influyen en el comercio entre otros países y los países mineros, así como en el valor de los metales preciosos, según las leyes generales del valor de las mercancías importadas, que se han expuesto con suficiente detalle en los capítulos anteriores.

Lo que me propongo examinar en el presente capítulo no son aquellas circunstancias que afectan al dinero y que alteran las condiciones permanentes de su valor, sino los efectos producidos en el comercio internacional por variaciones casuales o temporales en el valor del dinero, que no tienen conexión con ninguna causa que afecte su valor permanente.

§ 2. Efecto del aumento repentino de una Moneda metálica, o de la creación repentina de Billetes de Banco u otros sucedáneos del Dinero.

Supongamos en cualquier país un medio circulante puramente metálico y un aumento repentino y fortuito; por ejemplo, al poner en circulación grandes cantidades de dinero ocultas en un período previo de invasión extranjera o disturbios internos. El efecto natural sería un aumento de precios. Esto frenaría las exportaciones y estimularía las importaciones; las importaciones superarían a las exportaciones, los intercambios se volverían desfavorables y una nueva reserva de dinero se difundiría por todos los países con los que el supuesto país comerciaba, y desde ellos, progresivamente, por todo el mundo comercial. El dinero así desbordado se extendería con la misma intensidad por todos los países comerciales. Seguiría fluyendo hasta que las exportaciones e importaciones se equilibraran de nuevo; y esto (ya que no se supone ningún cambio en las circunstancias permanentes de la demanda internacional) solo podría ocurrir cuando el dinero se hubiera difundido de forma tan uniforme que los precios hubieran subido en la misma proporción en todos los países, de modo que la alteración del precio sería prácticamente ineficaz, y las exportaciones e importaciones, aunque con una valoración monetaria más alta, serían exactamente las mismas que originalmente. Esta disminución del valor del dinero en todo el mundo (al menos si la disminución fuese considerable) causaría una suspensión, o al menos una disminución, del suministro anual de [pág. 432]Las minas, dado que el metal ya no tendría un valor equivalente a su mayor coste de producción. Por lo tanto, el desperdicio anual no se recuperaría por completo, y las causas habituales de destrucción reducirían gradualmente la cantidad total de metales preciosos a su nivel anterior; tras lo cual, su producción se reanudaría a su escala anterior. El descubrimiento del tesoro, por lo tanto, solo produciría efectos temporales; a saber, una breve perturbación del comercio internacional hasta que el tesoro se hubiera difundido por todo el mundo, y luego una caída temporal del valor del metal por debajo del coste de producción u obtención; dicha caída se corregiría gradualmente mediante una disminución temporal de la producción en los países productores y de la importación en los países importadores.

Los mismos efectos que surgirían del descubrimiento de un tesoro acompañan el proceso por el cual los billetes, o cualquier otro sustituto del dinero, sustituyen a los metales preciosos. Supongamos 282 que Estados Unidos poseyera una moneda, totalmente metálica, de 200 millones de dólares, y que de repente se pusieran en circulación 200 millones de dólares en billetes. Si estos fueran emitidos por los banqueros, se emplearían en préstamos o en la compra de valores, lo que provocaría una caída repentina del tipo de interés, lo que probablemente haría que gran parte de los 200 millones de dólares en oro saliera del país como capital, buscando un tipo de interés más alto en otros lugares, antes de que hubiera tiempo para que los precios se modificaran. Pero supongamos que los billetes no son emitidos por banqueros ni prestamistas de ningún tipo, sino por fabricantes, para el pago de salarios y la compra de materiales, o por el Gobierno [como, por ejemplo, los billetes verdes] para sus gastos ordinarios, de modo que todo el importe se trasladaría rápidamente a los mercados de mercancías. El siguiente sería el orden natural de consecuencias: todos los precios subirían considerablemente. La exportación prácticamente cesaría; la importación se incrementaría enormemente. [pág. 433]Se estimularía. Se produciría un gran aumento en la balanza de pagos, los tipos de cambio se volverían en contra de Estados Unidos, hasta cubrir el costo total de la exportación de dinero; y el excedente de moneda se distribuiría rápidamente entre los diversos países del mundo, según su proximidad geográfica y comercial a Estados Unidos.

Un estudio del Gráfico No. XIV mostrará cómo esta descripción se ajusta exactamente al caso de nuestro país, cuando el aumento de precios estimuló las importaciones de mercancías (ver Gráfico No. XIII ) en 1862 y envió oro fuera del país.

La salida continuaría hasta que las monedas de todos los países se nivelaran; con esto no me refiero a que el dinero tuviera el mismo valor en todas partes, sino a que las diferencias fueran solo las que existían antes, y que correspondían a diferencias permanentes en el costo de su obtención. Cuando el aumento de precios se hubiera extendido por igual a todos los países, las exportaciones e importaciones volverían a su nivel inicial, se equilibrarían y los tipos de cambio volverían a la par. Si una suma de dinero de 200 millones de dólares, distribuida en todo el mundo comercial, fuera suficiente para elevar el nivel general de forma perceptible, el efecto no duraría mucho. Al no haberse producido ninguna alteración en las condiciones generales de adquisición de los metales, ni a nivel mundial ni en ninguna parte del mismo, el valor reducido ya no sería remunerativo, y el suministro de las minas cesaría parcial o totalmente hasta que se absorbieran los 200 millones de dólares. 283

Se habrán producido, sin embargo, efectos de otra índole: 200.000.000 de dólares, que antes existían en el fondo improductivo. [pág. 434]En forma de dinero metálico, se han convertido en lo que es, o puede llegar a ser, capital productivo. Esta ganancia la obtiene inicialmente Estados Unidos a expensas de otros países, quienes se han apropiado de la superfluidad de este artículo costoso e improductivo, dándole un valor equivalente en otras mercancías. Gradualmente, la pérdida se compensa para esos países con la disminución de la afluencia de las minas, y finalmente el mundo ha obtenido un aumento virtual de 200 millones de dólares en sus recursos productivos. El ejemplo de Adam Smith, aunque tan conocido, merece ser repetido una vez más por su extrema pertinencia. Compara la sustitución del papel por los metales preciosos con la construcción de una autopista aérea, mediante la cual el terreno ahora ocupado por carreteras quedaría disponible para la agricultura. Así como en ese caso una parte del suelo, así también en este caso una parte de la riqueza acumulada del país, se vería liberada de una función en la que solo se empleaba para hacer productivos otros suelos y capitales, y se volvería aplicable a la producción. la función que antes cumplía, ahora la desempeña igualmente bien un medio que no cuesta nada.

El valor que se ahorra a la comunidad al prescindir así del dinero metálico es una clara ganancia para quienes proporcionan el sustituto. Tienen acceso a 200 millones de dólares de medio circulante que solo les han costado el gasto de una placa de grabado. Si emplean este aumento en sus fortunas como capital productivo, el producto del país aumenta y la comunidad se beneficia tanto como con cualquier otro capital de igual cuantía. Que se emplee así o no depende, en cierta medida, del modo de emisión. Si lo emite el Gobierno y lo emplea para pagar deuda, probablemente se convertiría en capital productivo. Sin embargo, el Gobierno puede preferir emplear este recurso extraordinario en sus gastos ordinarios; puede malgastarlo inútilmente o convertirlo en un mero sustituto temporal de los impuestos por una cantidad equivalente; en cuyo último caso, el ahorro lo realizan los contribuyentes en general, que lo añaden a sus [pág. 435]capital o gastarlo como ingreso. Cuando [una parte del] papel moneda es suministrada, como en nuestro país, por compañías bancarias, la cantidad se convierte casi en su totalidad en capital productivo; pues los emisores, al estar siempre expuestos a ser requeridos a reembolsar el valor, tienen fuertes incentivos para no malgastarlo, y los únicos casos en que no se obtiene son los de fraude o mala administración. Siendo la profesión de un banquero la de prestamista, la emisión de billetes es una simple extensión de su ocupación habitual. Presta el dinero a agricultores, fabricantes o comerciantes, quienes lo emplean en sus diversos negocios. Así empleado, produce, como cualquier otro capital, salarios y ganancias de acciones. La ganancia se reparte entre el banquero, que recibe intereses, y una sucesión de prestatarios, generalmente por períodos cortos, quienes, tras pagar los intereses, obtienen una ganancia adicional o una ventaja equivalente a la ganancia. El capital mismo, a la larga, se convierte completamente en salarios y, al ser reemplazado por la venta de la producción, vuelve a serlo. De esta manera, se crea un fondo perpetuo por valor de $200,000,000 para el mantenimiento del trabajo productivo y se incrementa la producción anual del país con todo lo que pueda producirse mediante un capital de ese valor. A esta ganancia debe añadirse un ahorro adicional para el país: el suministro anual de los metales preciosos necesarios para reparar el desgaste y otros desperdicios de una moneda metálica.

Por lo tanto, la sustitución de los metales preciosos por papel debe hacerse siempre en la medida que sea compatible con la seguridad, sin retener una cantidad de moneda metálica mayor que la necesaria para mantener, tanto de hecho como en la creencia pública, la convertibilidad del papel.

Pero como el oro necesario para la exportación se extrae casi invariablemente de las reservas de los bancos, y nunca es probable que se saque directamente de la circulación mientras los bancos sigan siendo solventes, la única ventaja que puede obtenerse al conservar parcialmente una moneda metálica para los fines diarios es que los bancos pueden ocasionalmente reponer sus reservas con ella.

[pág. 436]

§ 3. Efecto del aumento de un papel moneda inconvertible. Cambio real y nominal.

Cuando el dinero metálico haya sido totalmente reemplazado y expulsado de la circulación por una cantidad igual de billetes de banco, cualquier intento de mantener una cantidad aún mayor de papel en circulación debe ser un completo fracaso si los billetes son convertibles [en oro].

Esto plantea la cuestión central entre el " Principio Monetario " y el " Principio Bancario " . Este último, sostenido por Fullerton, Wilson, Price y Tooke (en sus escritos posteriores), sostenía que, si los billetes eran convertibles, su valor no podía diferir del valor del metal en el que se convertían; mientras que el primero, defendido por Lord Overstone, G. W. Norman, el Coronel Torrens, Tooke (en sus escritos anteriores) y Sir Robert Peel, implicaba que incluso un papel convertible estaba sujeto a sobreemisiones. Esta última corriente dio origen a la Ley Bancaria de 1844. 284

Una nueva emisión desencadenaría de nuevo la misma serie de consecuencias que ya había provocado la expulsión de la moneda de oro. Los metales serían, como antes, necesarios para la exportación, y para ello se exigirían a los bancos la totalidad de los billetes superfluos, que, por lo tanto, no podrían mantenerse en circulación. Si, en efecto, los billetes fueran inconvertibles, no habría tal obstáculo para el aumento de su cantidad. Un papel inconvertible funciona de la misma manera que uno convertible, mientras quede moneda que pueda sustituir; la diferencia empieza a manifestarse cuando toda la moneda se retira de la circulación (excepto la que se pueda conservar para la conveniencia del cambio pequeño), y las emisiones siguen aumentando. Cuando el papel empieza a superar en cantidad a la moneda metálica que sustituyó, los precios, por supuesto, suben; los artículos que valían 25 dólares en dinero metálico pasan a valer 30 dólares en papel inconvertible, o más, según el caso. Pero este aumento de precio no estimulará la importación ni desalentará la exportación, como en los casos antes examinados. Las importaciones y exportaciones están determinadas por los precios metálicos de las cosas, no por los precios del papel; y sólo cuando el papel puede cambiarse a placer por los metales, los precios del papel y los precios metálicos deben corresponder.

[pág. 437]

Supongamos que Estados Unidos es el país que tiene el papel moneda depreciado. Supongamos que parte de la producción estadounidense pudiera comprarse, mientras la moneda aún era metálica, por 25 dólares y venderse en Inglaterra por 27,50 dólares, cubriendo la diferencia los gastos y riesgos, y generando una ganancia para el comerciante. Debido a la depreciación, este producto costará ahora en Estados Unidos 30 dólares y no podrá venderse en Inglaterra por más de 27,50 dólares; sin embargo, se exportará como antes. ¿Por qué? Porque los 27,50 dólares que el exportador puede obtener en Inglaterra no son papel moneda depreciado, sino oro o plata; y dado que en Estados Unidos el precio del oro o la plata ha subido en la misma proporción que otros bienes, si el comerciante trae el oro o la plata a Estados Unidos, puede vender sus 27,50 dólares [en moneda] por 33 dólares [en papel moneda] y obtener, como antes, un 10 % por beneficios y gastos.

Así pues, parece que una depreciación de la moneda no afecta al comercio exterior del país: esto ocurre exactamente como si la moneda mantuviera su valor. Pero, aunque el comercio no se ve afectado, los tipos de cambio sí lo son. Cuando las importaciones y las exportaciones están en equilibrio, el tipo de cambio, en una moneda metálica, estaría a la par; una letra de cambio de Inglaterra por el equivalente a 25 dólares valdría 25 dólares. Pero al haber llegado a valer 30 dólares en Estados Unidos 25 dólares, o la cantidad de oro que contienen, una letra de cambio de Inglaterra por 25 dólares valdrá 30 dólares. Por lo tanto, cuando el tipo de cambio real está a la par, habrá un tipo de cambio nominal contra el país equivalente al importe de la depreciación. Si la moneda se deprecia un 10%, un 15% o un 20%, independientemente de cómo varíe el tipo de cambio real, derivado de las variaciones de las deudas y los créditos internacionales, el tipo de cambio cotizado siempre diferirá en un 10%, un 15% o un 20%. Por muy alta que sea esta prima nominal, no tiene ninguna tendencia a enviar oro fuera del país con el fin de girar una letra contra él y sacar provecho de la prima; porque el oro así enviado debe obtenerse, no de los bancos y a la par, como en el caso de una moneda convertible, sino en el mercado, con un avance de precio igual [pág. 438]A la prima. En tales casos, en lugar de decir que el tipo de cambio es desfavorable, sería más correcto decir que el valor nominal ha cambiado, ya que ahora se requiere una mayor cantidad de moneda estadounidense para que sea equivalente a la misma cantidad de moneda extranjera. Sin embargo, los tipos de cambio siguen calculándose según el valor nominal. Por lo tanto, los tipos de cambio cotizados, cuando una moneda se deprecia, se componen de dos elementos o factores: (1) el tipo de cambio real, que sigue las variaciones de los pagos internacionales, y (2) el tipo de cambio nominal, que varía con la depreciación de la moneda, pero que, si existe alguna depreciación, siempre debe ser desfavorable. Dado que la magnitud de la depreciación se mide exactamente por el grado en que el precio de mercado del lingote excede la valoración de la Casa de la Moneda, contamos con un criterio seguro para determinar qué parte del tipo de cambio cotizado, atribuible a la depreciación, puede deducirse como nominal, representando el resultado así corregido el tipo de cambio real.

La misma perturbación de los intercambios y del comercio internacional que produce una mayor emisión de billetes convertibles se produce igualmente por las extensiones de crédito que, como se demostró ampliamente en un capítulo anterior, tienen el mismo efecto sobre los precios que un aumento de la moneda. Siempre que las circunstancias han impulsado el espíritu especulativo hasta el punto de ocasionar un gran aumento de las compras a crédito, los precios monetarios suben, tanto como habrían subido si cada persona que compra a crédito lo hubiera hecho con dinero. Por lo tanto, todos los efectos deben ser similares. Como consecuencia de los altos precios, se frena la exportación y se estimula la importación; aunque, de hecho, el aumento de la importación rara vez espera la subida de precios, que es consecuencia de la especulación, ya que algunos de los grandes artículos de importación suelen estar entre los que primero se manifiestan en exceso de especulación. Por lo tanto, en tales períodos, suele haber un gran exceso de importaciones sobre las exportaciones; y, cuando llega el momento de pagarlas, los tipos de cambio se vuelven desfavorables y el oro se escapa del mercado. [pág. 439]País. Esta fuga de oro afecta a los precios [al retirar oro de las reservas bancarias y, por lo tanto, al detener los préstamos y el uso del crédito, o el poder adquisitivo]: su efecto es hacerlos retroceder. Una vez iniciada, la recesión generalmente se convierte en una derrota total, y la inusual ampliación del crédito se convierte rápidamente en una inusual contracción del mismo. En consecuencia, cuando el crédito se ha extendido imprudentemente y el espíritu especulativo se ha llevado al exceso, el giro de los mercados y la consiguiente presión sobre los bancos para obtener oro para la exportación suelen ser la causa inmediata de la catástrofe.

Un vistazo al Gráfico n.º XIII ilustrará la situación aquí descrita. Después de la guerra, y hasta 1873, mientras Estados Unidos se encontraba bajo la influencia de precios altos y una especulación pocas veces igualada en nuestra historia, el gran exceso de importaciones resultante se volvió muy sorprendente. Se trataba de una situación comercial malsana y anormal. La repentina reversión del comercio causada por la crisis de 1873 es igualmente impactante, y, a medida que los precios caían, las exportaciones comenzaron a aumentar. El efecto del colapso del crédito sobre el comercio internacional queda claramente marcado por las líneas del gráfico.

[pág. 440]


Capítulo XIX. Del tipo de interés.

§ 1. El tipo de interés depende de la demanda y la oferta de préstamos.

Los dos temas de Moneda y Préstamos, aunque en sí mismos distintos, están tan íntimamente mezclados en el fenómeno de lo que se llama el mercado monetario, que es imposible entender uno sin el otro, y en muchas mentes los dos temas están mezclados en la más inextricable confusión.

En el libro 285 anterior definimos la relación entre el interés y la ganancia. Descubrimos que la ganancia bruta del capital puede distinguirse en tres partes: la remuneración por el riesgo, la remuneración por el trabajo y la remuneración del capital mismo, respectivamente. Estas partes pueden denominarse seguro, salario de supervisión e interés. Tras compensar el riesgo, es decir, tras cubrir las pérdidas promedio a las que el capital está expuesto, ya sea por las circunstancias generales de la sociedad o por los riesgos del empleo específico, queda un excedente que, en parte, se destina a compensar al propietario del capital por su abstinencia y, en parte, al empleador por su tiempo y esfuerzo. Cuánto se destina a uno y cuánto a otro se refleja en la remuneración que, al separar ambas funciones, el propietario del capital puede obtener del empleador por su uso. Se trata, evidentemente, de una cuestión de oferta y demanda. La demanda y la oferta no tienen en este caso un significado o efecto diferente del que tienen en todos los demás. El tipo de interés será tal que iguale la demanda de préstamos con la oferta. [pág. 441]De ellos. Será tal que, en la misma medida en que algunas personas deseen pedir prestado a esa tasa, otras estarán dispuestas a prestar. Si se ofrece más de lo que se demanda, el interés bajará; si se demanda más de lo que se ofrece, subirá; y en ambos casos, hasta el punto en que se restablezca la ecuación de oferta y demanda.

El deseo de pedir prestado y la disposición a prestar se ven más o menos influenciados por cualquier circunstancia que afecte al estado o las perspectivas de la industria o el comercio, ya sea en general o en cualquiera de sus ramas. Por lo tanto, el tipo de interés de los valores, que es el único que debemos considerar aquí (ya que los intereses en los que influyen consideraciones de riesgo pueden aumentar hasta cualquier monto), rara vez es, en los grandes centros de transacciones monetarias, exactamente el mismo durante dos días seguidos; como lo demuestran las constantes variaciones en los precios cotizados de los fondos y otros valores negociables. Sin embargo, debe existir, como en otros casos de valor, un tipo que (en el lenguaje de Adam Smith y Ricardo) podría llamarse el tipo natural; un tipo de interés en torno al cual oscile el tipo de mercado y al que siempre tienda a retornar. Esta tasa depende en parte de la cantidad de acumulación que se realiza en manos de personas que no pueden ocuparse por sí mismas del empleo de sus ahorros, y en parte del gusto comparativo existente en la comunidad por las actividades industriales activas o por el ocio, la comodidad y la independencia de un rentista.

§ 2. Circunstancias que determinan la demanda y oferta permanentes de préstamos.

En circunstancias [ordinarias], los productores y comerciantes más prósperos tienen su capital plenamente empleado, y muchos pueden realizar transacciones comerciales en una medida considerablemente mayor de la que les corresponde. Estos son, por naturaleza, prestatarios: y la cantidad que desean pedir prestada y que pueden garantizar constituye la demanda de préstamos para el empleo productivo. A estos deben sumarse los préstamos requeridos por el Gobierno, los terratenientes u otros consumidores improductivos que pueden ofrecer garantías sólidas. Esto constituye la masa de préstamos con demanda habitual.

[pág. 442]

Ahora bien, es concebible que exista, en manos de personas reticentes o incapacitadas para dedicarse personalmente a los negocios, (1) una masa de capital igual, e incluso superior, a esta demanda. En ese caso, se produciría un exceso habitual de competencia por parte de los prestamistas, y el tipo de interés guardaría una baja proporción con respecto a la tasa de beneficio. El interés se vería obligado a bajar hasta un punto que, o bien tentaría a los prestatarios a solicitar préstamos por una cantidad mayor de la que razonablemente esperaban poder emplear en sus negocios, o bien desalentaría a una parte de los prestamistas hasta el punto de obligarlos a abstenerse de acumular o a esforzarse por aumentar sus ingresos mediante negocios por cuenta propia, asumiendo los riesgos, si no las labores, del empleo industrial.

Las bajas tasas de interés, más bien, tientan a las personas a tomar algún riesgo adicional y a realizar inversiones que ofrecen una mayor tasa de dividendos; de modo que un período de bajo interés es un momento en el que las empresas especulativas encuentran víctimas y luego, debido a inversiones malas y sin valor, se pierde en realidad gran parte de los fondos prestables; reduciendo así la cantidad total de préstamos más cerca de la demanda que daría lugar a una tasa de interés ordinaria.

(2.) Por otro lado, el capital que poseen quienes prefieren prestarlo a interés, o cuyas aficiones les impiden supervisar personalmente su empleo, puede ser inferior a la demanda habitual de préstamos. Puede ser absorbido en gran parte por las inversiones proporcionadas por la deuda pública y las hipotecas, y el resto puede no ser suficiente para satisfacer las necesidades del comercio. En tal caso, el tipo de interés se elevará lo suficiente como para restablecer, de alguna manera, el equilibrio. Cuando la diferencia entre el interés y la ganancia es pequeña, muchos prestatarios pueden no estar dispuestos a aumentar sus responsabilidades y a comprometer su crédito por una remuneración tan pequeña; o algunos, que de otro modo se habrían dedicado al negocio, pueden preferir el ocio y convertirse en prestamistas en lugar de prestatarios; u otros, atraídos por los altos intereses y la fácil inversión de su capital, pueden retirarse del negocio antes y con menos fortunas de las que habrían obtenido en otras circunstancias.

[pág. 443]

O, por último, en lugar de que el capital sea aportado por personas ajenas al sector empresarial, el hecho de proporcionarlo puede convertirse en un negocio. Una parte del capital empleado en el comercio puede ser aportada por prestamistas profesionales. Sin embargo, estos prestamistas deben tener más que un simple interés; deben obtener la tasa de beneficio habitual sobre su capital, considerando el riesgo y todas las demás circunstancias. [Pues] nunca será rentable para quien pide prestado para su negocio pagar una ganancia completa por un capital del que solo obtendrá una ganancia completa; y el préstamo de dinero, como empleo para el abastecimiento regular del comercio, solo puede ser realizado por personas que, además de su propio capital, puedan prestar su crédito, o, en otras palabras, el capital de otras personas. Un banco que presta sus billetes presta capital que toma prestado de la comunidad, y por el cual no paga intereses.

Sin embargo, en los últimos años, a los bancos generalmente no se les permite emitir billetes sobre su crédito simple. Este privilegio se ha abusado con tanta frecuencia en este país que ahora, en el sistema bancario nacional, una parte separada de los recursos se reserva para la seguridad de los billetes en circulación (como también ocurre en el Banco de Inglaterra desde 1844). Por lo tanto, no es generalmente cierto que los bancos ahora creen los medios para otorgar préstamos emitiendo billetes con los que obtienen capital prestado de la comunidad sin pagar intereses. Sin embargo, dependen casi por completo de los depósitos.

Un banco de depósito presta capital que recauda de la comunidad en pequeñas cantidades, a veces sin pagar intereses, y, si paga intereses, paga mucho menos de lo que recibe; pues los depositantes, que de otra manera podrían obtener, en su mayoría, intereses por tan pequeños saldos sin que valga la pena preocuparse, se alegran de recibir incluso un poco. Con este recurso secundario, los banqueros pueden obtener, prestando a interés, la tasa ordinaria de ganancia sobre su propio capital. El capital disponible depositado en los bancos, junto con los fondos de quienes, ya sea por necesidad o preferencia, viven de los intereses de su propiedad, constituyen el fondo general de préstamos del país; y [pág. 444]La cantidad de este fondo agregado, al compararla con las demandas habituales de productores y comerciantes, así como con las del Gobierno y los consumidores improductivos, determina la tasa de interés permanente o promedio, que siempre debe ser tal que ajuste estas dos cantidades. 286 Pero, si bien la totalidad de esta masa de capital prestado influye en la tasa de interés permanente , las fluctuaciones dependen casi por completo de la parte que está en manos de los banqueros; pues es esa parte casi exclusivamente la que, al prestarse solo por corto tiempo, está continuamente en el mercado buscando inversión. El capital de quienes viven de los intereses de su propia fortuna generalmente ha buscado y encontrado alguna inversión fija, como los fondos públicos, las hipotecas o los bonos de empresas públicas, inversión que, salvo bajo tentaciones o necesidades particulares, no se altera.

§ 3. Circunstancias que determinan las fluctuaciones.

Las fluctuaciones en el tipo de interés surgen de variaciones en la demanda o en la oferta de préstamos. La oferta es susceptible a variaciones, aunque menos que la demanda. La disposición a prestar es mayor de lo habitual al comienzo de un período de especulación y mucho menor durante la revulsión posterior. En épocas especulativas, tanto los prestamistas como otras personas tienden a ampliar sus negocios extendiendo su crédito; prestan más de lo habitual (al igual que otras clases de comerciantes y productores emplean más de lo habitual) capital que no les pertenece. Por consiguiente, estos son los períodos en que el tipo de interés es bajo; aunque también para esto (como veremos enseguida) existen otras causas. Durante la revulsión, por el contrario, el interés siempre aumenta desmesuradamente, porque, si bien existe una necesidad acuciante de endeudamiento por parte de muchas personas, existe una reticencia general a prestar. 287

[pág. 445]

Esta reticencia, en su punto más extremo, se denomina pánico. Se produce cuando una sucesión de quiebras inesperadas ha creado en el público mercantil, y a veces también en el público no mercantil, una desconfianza generalizada en la solvencia de los demás; esto lleva a todos no solo a rechazar nuevos créditos, salvo en condiciones muy onerosas, sino a reclamar, de ser posible, todo el crédito ya concedido. Se retiran depósitos de los bancos; se devuelven los pagarés a los emisores a cambio de dinero en metálico; los banqueros aumentan su tipo de descuento y retienen sus anticipos habituales; los comerciantes se niegan a renovar las letras mercantiles. En tales momentos, las consecuencias más desastrosas se experimentaban anteriormente ante el intento de la ley de impedir que se diera o se aceptara un tipo de interés superior a un cierto límite. Quienes no podían pedir prestado al cinco por ciento tenían que pagar, no el seis o el siete, sino el diez o el quince por ciento, para compensar al prestamista por arriesgarse a las sanciones de la ley; o tenían que vender valores o bienes por dinero en efectivo con un sacrificio aún mayor.

En varios estados de este país existe la perniciosa y perjudicial costumbre de ilegalizar cualquier interés superior a una tasa determinada. Si bien los negocios legítimos suelen realizarse en gran medida a crédito —hasta que se cobra el producto de las ventas a crédito—, la tasa de interés diaria es fundamental para el comercio. Por lo tanto, cuando surge una demanda repentina de préstamos, sin duda se pagará una tasa superior a la legal, infringiendo la ley, si obtener un préstamo es absolutamente necesario para salvar al prestatario de la ruina comercial. El efecto de una tasa legal es detener los préstamos justo cuando son más esenciales para el sector empresarial. Sería mucho mejor adoptar una escala móvil como la que existe en los grandes bancos europeos, que permite que la tasa de interés aumente con la demanda. Nadie, por lo tanto, con una buena garantía, necesita préstamos si está dispuesto a pagar las altas tasas; y quienes no estén realmente necesitados aplazarán su solicitud hasta que pase la emergencia repentina. En Nueva York ya se ha eliminado la sanción legal por prestar a tasas superiores a las legales en los préstamos a la vista. y ha mitigado las fluctuaciones extremas de los tipos de cambio en un mercado cuando la necesidad financiera compite con la ley.

Excepto en tales períodos, la cantidad de capital disponible en préstamo está sujeta a pocas variaciones más que las que surgen del proceso gradual de acumulación; proceso que, [pág. 446]Sin embargo, en los grandes países comerciales, es suficientemente rápido para explicar la recurrencia casi periódica de estos ataques de especulación; ya que, cuando han transcurrido algunos años sin una crisis y no se ha abierto ningún canal nuevo y tentador para la inversión en el ínterin, siempre se encuentra que ha ocurrido en esos pocos años un aumento tan grande de capital en busca de inversión como para haber reducido considerablemente la tasa de interés, ya sea indicada por los precios de los valores o por la tasa de descuento de las letras; y esta disminución del interés tienta a los poseedores a incurrir en riesgos con la esperanza de un retorno más considerable.

La demanda de préstamos varía mucho más que la oferta y abarca ciclos anuales más largos en sus fluctuaciones. Una época de guerra, por ejemplo, es un período de sequías inusuales en el mercado crediticio. En tales momentos, el gobierno suele solicitar nuevos préstamos y, como estos suelen sucederse rápidamente mientras dura la guerra, el tipo de interés general se mantiene más alto en tiempos de guerra que en tiempos de paz, sin tener en cuenta la tasa de ganancia, y la industria productiva se ve privada de sus suministros habituales.

Durante la última guerra, Estados Unidos se encontró con que no podía obtener préstamos ni siquiera al seis o siete por ciento. Al recibir papel depreciado a la par por sus bonos, en realidad accedió a pagar seis dólares oro por cada préstamo de cien dólares en papel (que, en el peor de los casos, valían solo cuarenta dólares oro), lo que equivalía al quince por ciento. Esta alta tasa se debió en gran medida al debilitamiento del crédito del Gobierno; pero aun así, es cierto que la tasa era más alta porque Estados Unidos competía en el mercado por grandes préstamos. Ahora, el Gobierno puede reembolsar sus bonos al tres por ciento.

Y la influencia de estos préstamos no cesa del todo cuando el Gobierno deja de contratar otros, pues los ya contratados siguen proporcionando una inversión para una cantidad mucho mayor del capital disponible del país, que, si se pagara la deuda nacional, se añadiría a la masa de capital que busca inversión y (independientemente de las perturbaciones temporales) no podría sino, hasta cierto punto, reducir permanentemente la tasa de interés.

[pág. 447]

El rápido pago de la deuda pública por parte de Estados Unidos, de 137.823.253 dólares en 1882-1883 y más de 100.000.000 dólares en 1883-1884, ha retirado la inversión anterior de enormes sumas de fondos prestables y, en la misma medida, ha aumentado la oferta en el mercado. Sin duda, esto contribuye a mantener la tasa de interés actual muy baja. Sin embargo, que la tasa se mantenga permanentemente baja dependerá de si el campo de la inversión en Estados Unidos ya está prácticamente ocupado. Creemos que no lo está.

El mismo efecto sobre los intereses que producen los préstamos gubernamentales para gastos de guerra se produce por la repentina apertura de cualquier modalidad nueva y generalmente atractiva de inversión permanente. El único ejemplo de este tipo en la historia reciente, a una escala comparable a la de los préstamos de guerra, es la absorción de capital en la construcción de ferrocarriles. Este capital debió provenir principalmente de depósitos bancarios o de ahorros que se habrían depositado, destinados a ser utilizados en última instancia en la compra de valores de personas que habrían empleado el dinero de la compra en descuentos u otros préstamos con interés; en cualquier caso, se trataba de un giro contra el fondo general de préstamos. De hecho, es evidente que, a menos que los ahorros se hubieran realizado expresamente para ser utilizados en la aventura ferroviaria, la cantidad así empleada debió provenir del capital real de personas con negocios o del capital que se les habría prestado.

§ 4. El tipo de interés no está realmente relacionado con el valor del dinero, pero a menudo se confunde con él.

De las consideraciones anteriores se desprende, aunque no fuera evidente de otro modo, el grave error que supone imaginar que el tipo de interés guarda una relación necesaria con la cantidad o el valor del dinero en circulación. Un aumento del tipo de cambio en sí mismo no tiene efecto alguno, ni puede tenerlo, sobre el tipo de interés. Un papel moneda emitido por el Gobierno para cubrir sus gastos ordinarios, por muy excesivo que sea su emisión, no afecta en absoluto al tipo de interés. Disminuye, en efecto, el poder del dinero para comprar mercancías, pero no su poder para comprar dinero. Si cien dólares permiten comprar una anualidad perpetua de cuatro dólares al año, [pág. 448]La depreciación que hace que los cien dólares valga solo la mitad de lo que valdrían antes tiene exactamente el mismo efecto en los cuatro dólares y, por lo tanto, no puede alterar la relación entre ambos. A menos que, de hecho, se sepa y se calcule que la depreciación será solo temporal, pues la gente podría estar dispuesta a prestar la moneda depreciada en condiciones más favorables si esperara recibir el reembolso en dinero de su valor completo.

Al considerar el efecto de las prácticas bancarias al fomentar los excesos de la especulación, se suele atribuir un inmenso efecto a sus emisiones de billetes, pero hasta hace poco apenas se prestaba atención a la gestión de sus depósitos, aunque es indudable que sus imprudentes concesiones de crédito se producen con mayor frecuencia mediante sus depósitos que mediante sus emisiones. El Sr. Tooke afirma: «Suponiendo que todos los depósitos que recibe un banquero sean en moneda, ¿no está él, al igual que el banquero emisor, expuesto a la insistencia de los clientes, a quienes puede ser imprudente rechazar préstamos o descuentos, o a verse tentado por un interés elevado? ¿Y no podría verse inducido a usurpar tanto sus depósitos que, en circunstancias bastante probables, no pueda satisfacer las demandas de sus depositantes?».

En realidad, las cuestiones más difíciles de la banca se centran en las funciones de descuento y depósito. La separación de la Emisión del Departamento Bancario por la ley de 1844, que renovó los estatutos del Banco de Inglaterra, lo deja perfectamente claro. Tras eliminar por completo de su efecto sobre el crédito toda influencia debida a las emisiones, Inglaterra ha tenido que afrontar las mismas dificultades que antes, lo que demuestra que la verdadera cuestión se refiere a las dos funciones esenciales de la banca: descuento y depósito. Desde 1844, se han producido los disturbios comerciales de 1847, 1857, 1866 y 1873. Si bien no es posible la expansión de billetes sin el correspondiente depósito de especie.

§ 5. El tipo de interés determina el precio de los terrenos y de los valores.

Antes de abandonar el tema general de este capítulo, haré la observación obvia de que la tasa de interés determina el valor y el precio de todos esos artículos vendibles que se desean y compran, no por sí mismos, sino para [pág. 449]Los ingresos que pueden generar. Los fondos públicos, las acciones de sociedades anónimas y todo tipo de valores tienen un precio elevado en proporción a la baja tasa de interés. Se venden al precio que genere la tasa de interés de mercado sobre el precio de compra, considerando las diferencias en el riesgo incurrido o cualquier circunstancia de conveniencia.

El precio de la tierra, las minas y todas las demás fuentes fijas de ingresos depende igualmente del tipo de interés. La tierra suele venderse a un precio más alto, en proporción a los ingresos que genera, que el de los fondos públicos, no solo porque se considera, incluso en Inglaterra, algo más segura, sino porque su posesión está asociada a ideas de poder y dignidad. Pero estas diferencias son constantes, o casi constantes; y, en las variaciones de precio, la tierra sigue, cæteris paribus , las variaciones permanentes (aunque, por supuesto, no las diarias) del tipo de interés. Cuando el interés es bajo, la tierra naturalmente será cara; cuando el interés es alto, será barata.

Un terreno que hace cincuenta años daba una rentabilidad anual de 100 dólares, si el tipo de interés habitual era el 10%, se vendería por 1000 dólares. Si la rentabilidad del terreno se mantiene igual (100 dólares) hoy, y si el tipo de interés habitual es ahora del 5%, el mismo terreno se vendería por 2000 dólares, ya que 100 dólares es el 5% de 2000 dólares.

Cabe decir que el precio de un bono también varía con su plazo de vigencia. A la misma tasa de interés, un bono con una duración de varios años es una mejor inversión que uno con una duración corta. El leñador, al observar dos árboles con el mismo diámetro en la base, estima el valor total de cada uno según su altura . Por otro lado, un bono con una duración corta puede valer menos que uno con una duración larga, aunque el primero tenga una tasa de interés más alta. Es decir, para retomar el ejemplo, un árbol, aunque no sea muy alto, aunque sea más grande en la base, puede no tener tantos metros cuadrados como otro, quizás con un diámetro menor en la base, pero que se eleva mucho más.

[pág. 450]


Capítulo XX. De la Competencia de Diferentes Países en un Mismo Mercado.

§ 1. Causas que permiten a un país vender a un precio inferior al de otro.

En la terminología del Sistema Mercantil, no hay palabra más recurrente ni de mayor trascendencia que «vender a precios inferiores» . Se hablaba, y se habla aún con mucha frecuencia, de vender a precios inferiores a los de otros países —no de ser vendido a precios inferiores por otros países— casi como si fueran los únicos fines para los que existen la producción y las mercancías.

Las naciones pueden, al igual que los comerciantes individuales, competir con intereses opuestos en los mercados de algunos productos, mientras que en otros se encuentran en la relación más ventajosa de clientes recíprocos. El beneficio del comercio no reside, como se creía antiguamente, en los productos vendidos; sino que, dado que los productos vendidos son el medio para obtener los que se compran, una nación se vería privada de la verdadera ventaja del comercio, es decir, las importaciones, si no pudiera inducir a otras naciones a aceptar sus productos a cambio; y, a medida que la competencia de otros países la obliga a ofrecer sus productos a precios más bajos, so pena de no venderlos, las importaciones que obtiene mediante su comercio exterior se obtienen a un mayor costo.

Un país (A) sólo puede vender a un precio inferior al de otro (B) en un mercado dado, hasta el punto de expulsarlo completamente de éste, con dos condiciones: (1) En primer lugar, debe tener (A) una ventaja mayor que el segundo país (B) en la producción del artículo exportado por ambos; entendiéndose por ventaja mayor (como ya se ha explicado tan detalladamente) no de manera absoluta, [pág. 451]pero en comparación con otras mercancías; y (2) en segundo lugar, tal debe ser su relación (la de A) con el país cliente respecto de la demanda de los productos de cada uno, y tal el estado consecuente de los valores internacionales, como para ceder al país cliente más que toda la ventaja poseída por el país rival (B); de lo contrario, el rival todavía podrá mantener su posición en el mercado.

Supongamos un comercio entre Inglaterra y Estados Unidos de hierro y trigo. Inglaterra, capaz de producir diez quintales de hierro al mismo coste que quince bushels de trigo, Estados Unidos al mismo coste que veinte bushels, y ambos productos intercambiándose entre ambos países (sin contar el coste del transporte) a un tipo de cambio intermedio, digamos diez por diecisiete. Estados Unidos no podría verse permanentemente a un precio inferior al de su precio en el mercado inglés y ser expulsado de él, a menos que lo hiciera un país (como la India) que ofreciera no solo más de diecisiete, sino más de veinte bushels de trigo por diez quintales de hierro. De no ser así, la competencia solo obligaría a Estados Unidos a pagar más por el hierro, pero no le impediría exportar trigo. Por lo tanto, el país que pudiera vender a un precio inferior al de Estados Unidos debía, en primer lugar, ser capaz de producir trigo a un coste menor, en comparación con el hierro, que el propio Estados Unidos. Y, en segundo lugar, debía tener tal demanda de hierro u otros productos ingleses que la obligara, incluso al convertirse en la única ocupante del mercado, a otorgar a Inglaterra una ventaja mayor que la que Estados Unidos podría otorgar renunciando a la totalidad del suyo; a ofrecer, por ejemplo, veintiún bushels por diez quintales. Porque si no —si, por ejemplo, la ecuación de la demanda internacional, tras excluir a Estados Unidos, diera una proporción de dieciocho por diez—, Estados Unidos sería ahora la nación que vende a menor precio; y llegaría un punto, quizás diecinueve por diez, en el que ambos países podrían mantener su posición y vender en Inglaterra suficiente trigo para pagar el hierro u otros productos ingleses que, en estos términos de intercambio recientemente ajustados, tenían demanda. De igual manera, Inglaterra, como exportadora de hierro, solo podría ser expulsada del mercado estadounidense por algún rival cuyas ventajas superiores en la producción de hierro la permitieran, y cuya intensidad de demanda de productos estadounidenses la obligara, a ofrecer diez quintales. de hierro, no solo por menos de diecisiete bushels de trigo, sino por menos de quince. En ese caso, Inglaterra ya no podría continuar el comercio sin pérdidas; pero, en cualquier caso, a corto plazo [pág. 452]De esto, ella simplemente se vería obligada a dar a los Estados Unidos más hierro por menos trigo del que había dado anteriormente. 288

Así pues, parece que la alarma por estar permanentemente a precios inferiores a los reales puede tomarse con demasiada facilidad; puede tomarse cuando lo que realmente cabe prever no es la pérdida del comercio, sino el pequeño inconveniente de continuarlo con una ventaja reducida; un inconveniente que recae principalmente sobre los consumidores de productos extranjeros, y no sobre los productores o vendedores del artículo exportado. No es motivo suficiente de aprensión para los productores [estadounidenses] descubrir que algún otro país puede vender [trigo] en mercados extranjeros, en un momento determinado, un poco más barato de lo que ellos mismos pueden permitirse con el estado actual de precios en [Estados Unidos]. Supongamos que no se venden temporalmente y que sus exportaciones disminuyen; las importaciones superarán a las exportaciones, se producirá una nueva distribución de los metales preciosos, los precios bajarán y, como todos los gastos monetarios de los productores [estadounidenses] disminuirán, podrán (si el caso no se ajusta a lo indicado en el párrafo anterior) volver a competir con sus rivales.

La pérdida que [los Estados Unidos] sufrirán no recaerá sobre los exportadores, sino sobre aquellos que consumen productos importados; quienes, con ingresos monetarios reducidos en cantidad, tendrán que pagar el mismo precio o incluso un precio mayor por todas las cosas producidas en países extranjeros.

Pero el mundo empresarial consideraría lo que ocurría bajo las leyes económicas como un gran y temido desastre si esto implicaba una caída de los precios y la salida del oro del país. Quienes poseían grandes existencias de bienes sufrirían durante ese tiempo; y así, al principio, podría suceder que los « exportadores » , en el sentido de agentes exportadores (no los productores, quizás, del artículo exportable), sufrieran pérdidas. Al final, por supuesto, los consumidores de importaciones sufren. Pero, temporalmente, y aparentemente, los exportadores pierden.

§ 2. Los salarios elevados no impiden que un país venda salarios más bajos que otro.

De acuerdo con la doctrina precedente, un país no puede vender a menor precio ningún producto, a menos que el país rival [pág. 453]Tiene un incentivo mayor que él mismo para dedicar su trabajo y capital a la producción de la mercancía; esto se debe a que, al hacerlo, genera un mayor ahorro de trabajo y capital, que se reparte entre él y sus clientes, lo que se traduce en un mayor aumento del producto global. Por lo tanto, la venta a bajo precio, aunque supone una pérdida para el país que la vende a bajo precio, es una ventaja para el mundo en general; el comercio sustituto economiza más trabajo y capital de la humanidad y añade más a su riqueza colectiva que el comercio reemplazado. La ventaja, por supuesto, consiste en poder producir la mercancía de mejor calidad, o con menos trabajo (en comparación con otros productos); o quizás no con menos trabajo, sino en menos tiempo; con una detención menos prolongada del capital empleado. Esto puede deberse a mayores ventajas naturales (como el suelo, el clima, la riqueza de las minas); una mayor capacidad, natural o adquirida, de los trabajadores; una mejor división del trabajo y mejores herramientas o maquinaria. Pero en esta teoría no hay cabida para el caso de salarios más bajos. Esta, sin embargo, según las teorías comúnmente difundidas, es una causa frecuente de ventas a bajo precio. Constantemente oímos hablar de la desventaja en la que trabaja el productor estadounidense, tanto en los mercados extranjeros como en el suyo propio, debido a los salarios más bajos que pagan sus competidores extranjeros. Se nos dice que estos salarios más bajos les permiten, o están a punto de permitirles, vender a precios más bajos y desplazar al fabricante estadounidense de todos los mercados en los que no está artificialmente protegido.

Cabe recordar que, como hemos visto anteriormente, el comercio internacional, en la práctica, depende de precios comparativos dentro del mismo país (aunque el exportador no haga una comparación conscientemente). Enviamos trigo al extranjero porque su precio es bajo en comparación con ciertos productos manufacturados; es decir, enviamos el trigo, pero no los productos manufacturados. Sin embargo, hasta ahora, esto solo considera los precios comparativos en el mismo país. Sin embargo, no lograremos en la práctica la aplicación de los principios anteriores, al usar los términos precios y dinero, si no admitimos que, en materia de subvaloración, también existe una comparación entre el precio absoluto de los productos en un país y el precio absoluto. [pág. 454]Precio de los mismos bienes en el país competidor. Por ejemplo, el trigo no se envía a Inglaterra a menos que el precio sea más bajo aquí que allá. Si India o Marruecos enviaran trigo al mercado inglés, en estrecha competencia con Estados Unidos, y el precio bajara en Londres, significaría que, de continuar nuestros envíos de trigo a Inglaterra, tendríamos que desprendernos de él con una menor ventaja en el mercado internacional. En el ejemplo ya utilizado, debemos, por ejemplo, ofrecer más de diecisiete bushels de trigo por diez quintales de hierro. La caída del precio del trigo, sin variación alguna en el del hierro, implica la necesidad de ofrecer una mayor cantidad de trigo por la misma cantidad de hierro, quizás diecinueve o veinte bushels por diez quintales de hierro. Si el precio bajara tanto que se necesitaran veintiún bushels para pagar diez quintales de hierro, entonces estaríamos completamente a la baja; y el precio aquí, comparado con el de Londres, sería un indicio de ello. De modo que la comparación de precios aquí con los precios en el extranjero es simplemente un registro de las condiciones en que se realizan nuestros intercambios internacionales; pero no la causa de la existencia del comercio internacional. Si el precio cae tanto en un mercado extranjero que no podemos vender trigo allí, simplemente significa que hemos alcanzado el límite de nuestras ventajas comparativas en las tasas de cambio de trigo y hierro; por lo tanto, nos vemos obligados a ofrecer veinte o más bushels de trigo por diez quintales de hierro.

Pero en todo esto, cabe destacar que este precio debe incluir también la rentabilidad del capital y ser igual a la remuneración habitual del capital en otras industrias competidoras, es decir, la tasa de ganancia ordinaria. Al exportar trigo desde Estados Unidos, el capital comprometido insistirá en obtener la tasa de ganancia que se encuentra en otras ocupaciones a las que puede destinarse en Estados Unidos. Ahora bien, el precio, si representa el valor (que se supone que en este caso se rige por el coste de producción), es la suma con la que se pagan los salarios y las ganancias. Si el precio bajara en el mercado exterior, podría no haber medios para pagar los salarios y la tasa de ganancia habituales. En ese caso, probablemente oiríamos quejas de los transportistas sobre la falta de ganancias en la exportación de trigo y sobre una caída del comercio. En otras palabras, dado que el capitalista es quien gestiona la operación y el primer afectado, la disminución de la ventaja en el comercio exterior derivada de la competencia generalmente se manifiesta primero en una disminución de las ganancias. El precio, entonces, es el medio por el cual determinamos si un determinado artículo nos da la ventaja comparativa que asegurará una ganancia en el comercio internacional.

Un artículo exportable cuyo precio en este país es bajo, ya que [pág. 455]Por esta razón, se selecciona como producto de exportación: es aquel cuyo costo es bajo. Si el costo es bajo, significa que la industria es muy productiva; que el mismo capital y trabajo producen más por su esfuerzo en ella que en otras industrias. Y, sin embargo, es precisamente en las industrias más productivas donde se pueden pagar, y se pagan, salarios y ganancias más altos. Aunque cada artículo se vende a bajo precio, la gran cantidad producida hace que la suma total, o valor, con la que se pagan las recompensas industriales, las ganancias y los salarios, sea alta. Es decir, el precio puede ser muy bajo (más bajo, también, en comparación directa con los precios en el extranjero) y, aun así, pagar los salarios y las ganancias vigentes en este país. En consecuencia, aunque los salarios y las ganancias puedan ser muy altos (en comparación con países más antiguos) en aquellas industrias de Estados Unidos cuya productividad es alta, el hecho mismo de este bajo costo, y por consiguiente este bajo precio (donde la competencia es efectiva), es lo que hace que el producto sea apto para la exportación. Por lo tanto, inevitablemente llegamos a una situación en la que vemos que los salarios altos y los precios bajos van naturalmente de la mano en un producto exportable. En la práctica, ciertamente, los altos salarios, al elevar el precio, no nos impiden, al comparar nuestro precio con el de Inglaterra, enviar mercancías al extranjero, ya que enviamos mercancías al extranjero desde nuestros empleos más productivos. Como ejemplo de este principio, se observa que las principales exportaciones de Estados Unidos, en 1883, fueron algodón, pan, víveres, tabaco, aceites minerales y madera.

Pero, dado que en la práctica se realiza una comparación directa entre los precios de aquí y los de Inglaterra (por ejemplo), para determinar si el comercio puede ser rentable, constantemente oímos decir que no podemos exportar bienes al extranjero debido al alto precio de nuestra mano de obra. Huelga decir que no oímos esto de quienes se dedican a las industrias extractivas mencionadas, que generan grandes exportaciones y que, sin duda, son muy productivas; generalmente se oye con respecto a ciertos tipos de productos manufacturados. La dificultad no surge con respecto a los artículos en los que tenemos la mayor ventaja en productividad, sino a aquellos en los que tenemos una menor ventaja. Si la mayoría de las ocupaciones son tan productivas que aseguran una remuneración generalmente alta al trabajo y al capital en todo el país, estas industrias en una situación menos ventajosa —al no ser tan productivas como otras (ya sea por falta de habilidad o buena gestión, el alto costo de la maquinaria y los materiales, las peculiaridades del clima o los altos impuestos)— no pueden pagar la alta remuneración habitual al trabajo y, al mismo tiempo, obtener para el capitalista la misma alta remuneración que puede recibir en cualquier otro lugar del país. Porque, a un precio suficientemente bajo como para justificar una exportación, la cantidad producida por una cantidad dada de trabajo y [pág. 456]El capital no produce un valor total tan grande como el que se da en la mayoría de las demás ocupaciones a la misma cantidad de trabajo y capital, y con el cual se pueden pagar los altos salarios y ganancias habituales. La menor productividad de una industria, comparada con otras industrias del mismo país, es, entonces, la verdadera causa que le impide competir con países extranjeros de forma consistente y obtener la tasa de ganancia ordinaria. Es la alta tasa de ganancias, así como los altos salarios comunes en el país, lo que impide vender al extranjero. Es absurdo decir que se trata solo de los altos salarios: se trata también de las altas ganancias. Por supuesto, si las industrias menos productivas desean competir con Inglaterra, y si pagan —como sabemos que deben hacerlo— los altos salarios debidos a la productividad general de las industrias de nuestro país, deben aceptar menores ganancias por el placer de tener ese deseo particular. No es posible que produzcamos todo igual de bien aquí; ni es posible que Inglaterra produzca todo igual de bien. Si deseamos enviar algún producto a Inglaterra, debemos recibirlo de ella. Para obtener las ganancias derivadas de nuestra productividad, debemos desear fervientemente que Inglaterra también cuente con algún producto en el que tenga ventaja comparativa, para que pueda existir cualquier comercio. Sin embargo, en mi opinión, no vale la pena continuar en esta discusión considerando la posición de quienes pretenden impedirnos cualquier comercio exterior.

Nuestros altos salarios actuales deberían ser motivo de felicitación, ya que se deben a la alta productividad general de nuestros recursos o, en otras palabras, a sus bajos costos; y es de esperar que se mantengan altos por mucho tiempo. No parecemos estar en peligro inminente de no tener bienes que podamos exportar en cantidades que nos permitan comprar todo lo que deseemos importar del extranjero. (Véase el Gráfico n.º XIII y observe el gran aumento de las exportaciones al mismo tiempo que se sabe que los salarios son más altos en este país que en el extranjero). Mientras los salarios se mantengan altos, es posible que no estemos dispuestos a ver satisfecho ese deseo falso e ignorante que lleva a algunas personas a pensar que deberíamos producir, con la misma calidad que cualquier competidor en el mundo, todo lo que se fabrica. Si, como se señaló en la discusión sobre el costo de la mano de obra, 289 debemos necesariamente asociar con la eficiencia del trabajo todas las ventajas naturales bajo las cuales el trabajo trabaja, es fácil ver que los salarios altos son totalmente consistentes con los precios bajos; y que los altos salarios no nos impiden hoy tener un comercio de exportación sin igual. Incluso si todos los salarios y todas las ganancias fueran más bajos, afectaría a todas las industrias por igual, y algunas serían aún más productivas en términos relativos. [pág. 457]a otros, y la misma desigualdad persistiría. Sin embargo, si aprendemos a utilizar mejor nuestros materiales, a usar maquinaria con mayor impacto en la cantidad producida, a adaptar nuestras industrias a nuestro clima, a obtener materias primas más baratas y a liberarnos de impuestos excesivos e irrazonables, sería difícil predecir qué productos no podríamos fabricar en competencia con el resto del mundo. Porque, como país, casi nunca hemos tenido la ventaja de tales condiciones para favorecer nuestro comercio exterior.

El Sr. Mill pasa ahora a considerar el sugerente hecho de que los salarios son más altos en Inglaterra que en el continente y, sin embargo, los ingleses no tienen dificultad en vender a precios más bajos que sus rivales continentales.

Antes de examinar esta opinión desde el principio, vale la pena considerarla brevemente como una cuestión de hecho. ¿Es cierto que los salarios de la mano de obra manufacturera son más bajos en países extranjeros que en Inglaterra, en cualquier sentido en que los bajos salarios representen una ventaja para el capitalista? El artesano de Gante o Lyon puede ganar menos salario por día, pero ¿no trabaja menos? Considerando los grados de eficiencia, ¿su trabajo le cuesta menos a su empleador? Aunque los salarios sean más bajos en el continente, ¿no es el costo de la mano de obra, que es el verdadero elemento de la competencia, casi el mismo? Así parece ser la opinión de jueces competentes, y se confirma por la escasa diferencia en la tasa de ganancia entre Inglaterra y los países continentales. Pero, de ser así, es absurda la opinión de que los productores ingleses puedan ser vendidos a precios más bajos por sus rivales continentales por esta causa. Solo en América la suposición es admisible prima facie . En América, los salarios son mucho más altos que en Inglaterra, si entendemos por salario las ganancias diarias de un trabajador; Pero el poder productivo del trabajo americano es tan grande -su eficiencia, combinada con las circunstancias favorables en que se ejerce, lo hace tan valioso para el comprador- que el costo del trabajo es más bajo en América que en Inglaterra, como lo prueba el hecho de que la tasa general de ganancias y de interés es mucho más alta.

§ 3. Los salarios bajos permiten a un país vender más barato que otro, cuando esto es propio de ciertas ramas de la industria.

Pero ¿es cierto que los salarios bajos, incluso en el sentido de bajo costo de la mano de obra, permiten a un país vender más barato en el mercado? [pág. 458]¿Mercado extranjero? Me refiero, por supuesto, a los bajos salarios, comunes a toda la industria productiva del país.

Si los salarios, en cualquiera de los sectores industriales que abastecen las exportaciones, se mantienen, artificialmente o por alguna causa accidental, por debajo del nivel general de salarios del país, esto representa una verdadera ventaja en el mercado exterior. Disminuye el costo comparativo de producción de esos artículos en relación con otros, y tiene el mismo efecto que si su producción requiriera mucha menos mano de obra. Tomemos, por ejemplo, el caso de Estados Unidos con respecto a ciertos productos básicos. En ese país, el tabaco y el algodón, dos importantes artículos de exportación, se producen mediante trabajo esclavo, mientras que los alimentos y las manufacturas generalmente son producidos por trabajadores libres, que trabajan por cuenta propia o reciben un salario. A pesar de la menor eficiencia del trabajo esclavo, no cabe duda razonable de que, en un país donde los salarios del trabajo libre son tan altos, el trabajo realizado por esclavos es una mejor opción para el capitalista. Sea como fuere, este menor costo de la mano de obra, al no ser general, sino limitado a esos empleos, es una causa tan importante del abaratamiento de los productos, tanto en el mercado nacional como en el extranjero, como si se hubieran fabricado con una menor cantidad de mano de obra. Si los esclavos de los estados del sur se emanciparan y sus salarios alcanzaran el nivel general de los ingresos del trabajo libre en América, ese país podría verse obligado a eliminar algunos de los artículos cultivados por esclavos de su catálogo de exportaciones, y ciertamente no podría vender ninguno de ellos en el mercado extranjero al precio actual. Su abaratamiento es en parte artificial, comparable al que se produce con una bonificación a la producción o a la exportación; o, considerando los medios por los que se obtiene, una comparación más adecuada sería con el abaratamiento de los bienes robados.

Gráfico XV.

Hasta qué punto el Sr. Mill estaba equivocado se puede apreciar en el Gráfico n.° XV , que muestra el enorme aumento de la producción de algodón bajo el régimen de trabajo libre en comparación con el de trabajo esclavo en Estados Unidos. La abolición de la esclavitud ha supuesto una ganancia económica para el Sur. Además, las exportaciones de algodón en rama han aumentado de 644.327.921 libras en [pág. 460]En 1869, las exportaciones de tabaco aumentaron de 181.527.630 a 235.628.360 libras en 1883; mientras que en años similares, las exportaciones de tabaco aumentaron de 181.527.630 a 235.628.360 libras. En otras palabras, las exportaciones de tabaco aumentaron un 30%, y las de algodón en rama, nada menos que un 255%. Además, los precios del algodón y el tabaco no son más altos ahora que antes de 1850.

Una ventaja de una economía similar, aunque de carácter moral muy diferente, es la que poseen las manufacturas nacionales: telas producidas en el tiempo libre de familias parcialmente ocupadas en otras actividades, que, al no depender de los productos de la manufactura para su subsistencia, pueden permitirse venderlos a cualquier precio, por bajo que sea, que consideren que vale la pena producir. El obrero de Zúrich es hoy fabricante, mañana agricultor, y cambia de ocupación con las estaciones en un ciclo continuo. La industria manufacturera y la labranza avanzan de la mano, en una alianza inseparable, y en esta unión de ambas ocupaciones reside el secreto de por qué el sencillo e inculto fabricante suizo siempre puede competir y prosperar frente a esos grandes establecimientos dotados de grandes recursos económicos y (lo que es aún más importante) intelectuales.

En el caso de estas manufacturas nacionales, el costo comparativo de producción, del cual depende el intercambio entre países, es mucho menor que en proporción a la cantidad de mano de obra empleada. Los trabajadores, considerando las ganancias de su telar solo como una parte, si es que alguna, de su manutención real, pueden permitirse trabajar por una remuneración inferior al salario más bajo que puede existir permanentemente en los empleos mediante los cuales el trabajador debe sustentar todos los gastos de una familia. Trabajando, como lo hacen, no para un empleador, sino para sí mismos, puede decirse que realizan la manufactura sin costo alguno, salvo el pequeño gasto de un telar y del material; y el límite de la baratura posible no es la necesidad de vivir de su oficio, sino ganar lo suficiente con el trabajo para que ese empleo social de sus horas de ocio no sea desagradable.

§ 4. —Pero no cuando es común a todos.

Estos dos casos, el del trabajo esclavo y el del trabajo doméstico, [pág. 461]Las manufacturas ejemplifican las condiciones bajo las cuales los bajos salarios permiten a un país vender sus productos a precios más bajos en mercados extranjeros y, en consecuencia, vender a precios más bajos que sus competidores o evitar ser vendido a precios más bajos por ellos. Sin embargo, los bajos salarios no confieren tal ventaja cuando son comunes a todas las ramas de la industria. Los bajos salarios generales nunca han provocado que un país venda a precios más bajos que sus competidores, ni los altos salarios generales le han impedido hacerlo.

Para demostrar esto, debemos recurrir a un principio elemental que se analizó en un capítulo anterior. 290 Los salarios bajos en general no causan precios bajos, ni los salarios altos precios altos, dentro del propio país. Los precios en general no aumentan por un aumento de salarios, como tampoco lo harían por un aumento en la cantidad de trabajo requerida en toda la producción. Los gastos que afectan a todos los productos por igual no influyen en los precios. Si el fabricante de paños o cuchillería, y nadie más, tuviera que pagar salarios más altos, el precio de su producto subiría, al igual que si tuviera que emplear más trabajo; porque de lo contrario, obtendría menos ganancias que otros productores y nadie se dedicaría a ese trabajo. Pero si todos tienen que pagar salarios más altos, o todos tienen que emplear más trabajo, la pérdida debe aceptarse; como afecta a todos por igual, nadie puede esperar librarse de ella cambiando de trabajo; por lo tanto, cada uno se resigna a una disminución de las ganancias, y los precios se mantienen como estaban. De igual manera, los salarios bajos en general, o un aumento general en la productividad laboral, no bajan los precios, sino que aumentan las ganancias. Si los salarios bajan (entendiendo por salarios el costo de la mano de obra), ¿por qué, por esa razón, debería el productor bajar su precio? Podría decirse que se verá obligado por la competencia de otros capitalistas que ocuparán su puesto. Pero otros capitalistas también pagan salarios más bajos, y al competir con él no ganarían nada más que lo que ya ganan. La tasa de pago del trabajo, así como la cantidad... [pág. 462]de lo que se emplea no afecta ni al valor ni al precio de la mercancía producida, excepto en la medida en que es peculiar de esa mercancía y no común a las mercancías en general.

Sin embargo, sin que se produzca ningún cambio en la productividad de ninguna industria, si el precio del artículo aumentara, por ejemplo, debido a una mayor demanda, el valor total de los productos de la industria aumentaría en poder adquisitivo, y así habría una mayor suma a dividir entre trabajo y capital. Si existiera libre competencia, más capital se trasladaría a esta industria con la esperanza de obtener mayores ganancias, y así los salarios subirían. Por lo tanto, es posible que salarios altos y precios altos vayan de la mano, pero no como causa y efecto. De hecho, el cambio de precio generalmente precede al cambio de salarios. Por otro lado, si bien los salarios bajos no son la causa de precios bajos ni los salarios altos de precios altos, ambos pueden coexistir, debido a una causa común: el pequeño o gran valor del producto total. 291

Dado que los bajos salarios no son causa de precios bajos en el propio país, tampoco lo llevan a ofrecer sus productos en mercados extranjeros a un precio inferior. Es cierto que, si el costo de la mano de obra es menor en Estados Unidos que en Inglaterra, Estados Unidos podría vender su algodón a Cuba a un precio inferior al de Inglaterra y, aun así, obtener una ganancia tan alta como la del fabricante inglés. Pero el hilandero de algodón estadounidense no hará su comparación con la ganancia del fabricante inglés, sino con las ganancias de otros capitalistas estadounidenses. Estos disfrutan, al igual que él, del beneficio de un bajo costo de mano de obra y, en consecuencia, tienen una alta tasa de ganancia. El hilandero de algodón también debe tener esta alta ganancia: no se contentará con la ganancia inglesa. Es cierto que puede continuar durante un tiempo con esa tasa más baja, en lugar de cambiar de empleo; y un comercio puede continuar, a veces durante un largo período, con una ganancia mucho menor que la que se hubiera obtenido originalmente. Los países que tienen un bajo costo de mano de obra y altas ganancias no por esa razón venden más barato que otros, pero sí se oponen a un [pág. 463]Una resistencia más obstinada a venderse a precios inferiores a los que les corresponden, porque los productores a menudo pueden aceptar una disminución de ganancias sin ser incapaces de vivir, e incluso prosperar, gracias a su negocio. Pero esto es todo lo que su ventaja les aporta; y no perseverarán en esta resistencia cuando un cambio de época que les proporcione ganancias iguales a las del resto de sus compatriotas se haya vuelto manifiestamente desesperanzado.

§ 5. Bajas utilidades que afectan al comercio exterior.

También vale la pena mencionar una tercera clase de comunidades pequeñas, pero en este caso mayoritariamente independientes, que se han mantenido y enriquecido prácticamente sin producción propia (excepto barcos y equipo marítimo), mediante un mero comercio de transporte y de almacenamiento; comprando productos de un país para venderlos con ganancias en otro. Tales fueron Venecia y las ciudades hanseáticas.

Cuando los venecianos se convirtieron en agentes del comercio general del sur de Europa, apenas tenían competidores: sin ellos, la cosa no habría sido posible, y sus ganancias no tenían límite, salvo el de lo que la ignorante nobleza feudal podía y quería dar por los lujos desconocidos que se les presentaban por primera vez. Posteriormente, surgió la competencia, y el beneficio de esta operación, como el de otras, se rigió por las leyes naturales. El comercio de transporte fue asumido por Holanda, un país con producción propia y un gran capital acumulado. Las demás naciones de Europa también contaban ahora con capital de sobra y eran capaces de gestionar su comercio exterior por sí mismas; pero Holanda, al tener, debido a la variedad de circunstancias, una tasa de beneficio nacional más baja, podía permitirse el transporte para otros países con un anticipo menor sobre el coste original de las mercancías del que habrían requerido sus propios capitalistas. Y Holanda, por lo tanto, absorbió la mayor parte del comercio de transporte de todos aquellos países que no lo reservaron para sí mismos mediante leyes de navegación, 292 construidas, como las de Inglaterra, para ese propósito expreso.

[pág. 464]

En Estados Unidos, a principios de siglo, una política de represalia contra Inglaterra nos dio un conjunto de leyes de navegación, copiadas de los estatutos medievales de Inglaterra y el continente, que aún se conservan. Estas leyes no permiten a un estadounidense comprar un buque en el extranjero y navegar bajo nuestra bandera sin pagar enormes aranceles; una disposición que pretende fomentar la construcción naval en Estados Unidos. Incluso con esta legislación, los barcos, de hecho, no se construyen aquí para el comercio exterior; y nuestros constructores navales prácticamente solo abastecen el cabotaje (que no está abierto a extranjeros). La posibilidad de comprar barcos en cualquier lugar y registrarlos bajo nuestra bandera libres de aranceles es lo que se entiende por la demanda de " buques libres " . Esto, sin embargo, tiene que ver con la construcción naval. Pero ser propietario de un barco o navegarlo es algo muy distinto. La capacidad de obtener una rentabilidad del capital y la mano de obra invertidos en un barco tan alta como la de otras ocupaciones abiertas a los estadounidenses es otra cosa. Incluso si tuviéramos " barcos libres " , la mayor rentabilidad de otras industrias en nuestro país, especialmente en términos de ganancias, podría llevar a los capitalistas a descuidar un negocio menos productivo por uno más productivo. En 1884, el Congreso eliminó, con gran acierto, muchas restricciones vejatorias sobre los barcos, que reducían las ganancias de la navegación, y aún está por verse si con ello podremos recuperar parte de nuestro comercio exterior. Actualmente, tenemos un tonelaje muy pequeño, incluso en la parte del transporte marítimo dedicada al transporte de nuestras propias mercancías.

[pág. 465]


Capítulo XXI. De la distribución, según se afecta por el intercambio.

§ 1. El cambio y el dinero no hacen diferencia en la ley del salario.

La división del producto entre las tres clases —obreros, capitalistas y terratenientes—, considerada sin referencia alguna al intercambio, parecía depender de ciertas leyes generales. Conviene ahora considerar si estas mismas leyes siguen operando cuando la distribución se realiza mediante el complejo mecanismo del intercambio y el dinero, o si las propiedades del mecanismo interfieren con los principios rectores y los modifican.

La división principal del producto del esfuerzo humano y la frugalidad se da, como hemos visto, en tres partes: salarios, ganancias y rentas. Estas partes se reparten entre quienes tienen derecho a ellas en dinero y mediante un proceso de intercambio; o, mejor dicho, el capitalista, quien, según las disposiciones sociales habituales, conserva el producto, paga en dinero a los otros dos participantes el valor de mercado de su trabajo y tierra. Si examinamos de qué dependen el valor pecuniario del trabajo y el valor pecuniario del uso de la tierra, descubriremos que son las mismas causas por las que se regularían los salarios y las rentas si no hubiera dinero ni intercambio de mercancías.

Es evidente, en primer lugar, que la ley del salario no se ve afectada por la existencia o inexistencia del intercambio o del dinero. Los salarios dependen de la relación entre la población y el capital [teniendo en cuenta la naturaleza de las industrias de un país]; y así sería si todo el capital del mundo fuera propiedad de una asociación, o si los capitalistas... [pág. 466]Quienes lo comparten mantenían un establecimiento para la producción de todos los artículos de consumo comunitario, pues el intercambio de mercancías no existía. Como la relación entre capital y población, salvo en las nuevas colonias, depende de la fuerza de los frenos que frenan el crecimiento demográfico demasiado rápido, se puede decir, popularmente, que los salarios dependen de los frenos demográficos; que, cuando el freno no es la muerte por hambre o enfermedad, los salarios dependen de la prudencia de los trabajadores; y que los salarios en cualquier país suelen estar al nivel más bajo al que el trabajador está dispuesto a permitir que se reduzcan antes que restringir la multiplicación.

Sin embargo, lo que aquí se entiende por salario es la escala real de bienestar del trabajador; la cantidad que obtiene de las cosas que la naturaleza o el hábito le han hecho necesarias o agradables: salarios en el sentido en que son importantes para quien los recibe. En el sentido en que son importantes para quien los paga, no dependen exclusivamente de principios tan simples. Los salarios en el primer sentido, aquellos de los que depende el bienestar del trabajador, los llamaremos salarios reales o salarios en especie. Los salarios en el segundo sentido podemos llamarlos, por el momento, salarios monetarios; suponiendo, como es lícito, que el dinero permanezca invariable mientras tanto, sin que se alteren las condiciones en las que se produce u obtiene el medio circulante. Si el dinero en sí no sufre variaciones de coste, el precio monetario del trabajo es una medida exacta del coste del trabajo y puede utilizarse como un símbolo conveniente para expresarlo [si se supone que la eficiencia del trabajo también permanece constante].

Los salarios monetarios del trabajo son un resultado compuesto de dos elementos: primero, los salarios reales, o salarios en especie, o, en otras palabras, la cantidad que el trabajador obtiene de los artículos ordinarios de consumo; y, segundo, los precios monetarios de dichos artículos. En todos los países antiguos —todos los países en los que el crecimiento de la población se ve frenado en algún grado por la [pág. 467]Dificultad para obtener la subsistencia: el precio monetario habitual del trabajo es el que permite a los trabajadores, entre sí, comprar los bienes sin los cuales no pueden o no quieren mantener la población a su ritmo habitual de crecimiento. Dado su nivel de bienestar (y por nivel de bienestar en una clase trabajadora se entiende que, en lugar de renunciar a lo cual, se abstendrán de multiplicarse), los salarios monetarios dependen del precio monetario, y por lo tanto del coste de producción, de los diversos artículos que los trabajadores consumen habitualmente: porque, si sus salarios no les permiten obtener una cantidad determinada de estos, su aumento disminuirá y sus salarios subirán. De estos artículos, los alimentos y otros productos agrícolas son tan importantes que dejan poca influencia a cualquier otro.

Es en este punto que podemos recurrir a los principios establecidos en esta Tercera Parte. El coste de producción de alimentos y productos agrícolas se analizó en un capítulo anterior. Depende de la productividad de la tierra menos fértil o de la parte del capital menos productivamente empleada, que las necesidades de la sociedad han requerido para fines agrícolas. El coste de producción de los alimentos cultivados en estas circunstancias menos ventajosas determina, como hemos visto, el valor de cambio y el precio monetario del conjunto. Por lo tanto, en cualquier estado dado de los hábitos de los trabajadores, sus salarios monetarios dependen de la productividad de la tierra menos fértil o del capital agrícola menos productivo: del punto al que ha llegado el cultivo en su progresión descendente, en su invasión de las tierras estériles y su creciente presión sobre las capacidades de las más fértiles. Ahora bien, la fuerza que impulsa el cultivo en esta trayectoria descendente es el aumento de la población; Mientras que la fuerza contraria, que frena el descenso, es el perfeccionamiento de la ciencia y la práctica agrícolas, que permite que el mismo suelo produzca, con el mismo trabajo, rendimientos más amplios. El coste de la parte más costosa del producto del cultivo es una expresión exacta del estado, en un momento dado, de la población. [pág. 468]y las habilidades agrícolas siempre están en conflicto entre sí.

Se observará, en esta exposición, que el Sr. Mill se refiere a un país antiguo, con una población tan densa que los números siempre apremian la subsistencia; cuyos salarios son tan bajos que apenas cubren las necesidades básicas de los trabajadores. Es evidente que estas no son las condiciones económicas de Estados Unidos. En primer lugar, el margen de cultivo es alto: solo se cultivan suelos de alta productividad, y la rentabilidad del trabajo y del capital es, en consecuencia, muy elevada. Los altos salarios se combinan con los bajos precios de los alimentos. La población actual no es tan numerosa como para requerir para el cultivo de alimentos tierras que no sean de muy alta fertilidad. La posibilidad de obtener una alta remuneración por el trabajo (en comparación con las industrias europeas), debido a la prevalencia general de altos rendimientos en Estados Unidos, ha resultado en el establecimiento de un estándar más alto para nuestros trabajadores. Siendo el estándar relativamente tan alto, no existe una relación estrecha entre el crecimiento de la población y el precio de los alimentos. Porque, por regla general, los salarios no son tan bajos que cualquier cambio en el costo de producción de alimentos requiera un control de la población. Existe un margen considerable por encima de lo necesario en los salarios reales de los trabajadores en Estados Unidos, que puede destinarse a comodidades, decencia y diversiones.

§ 2. En la ley de alquileres.

El grado de productividad de este margen extremo es un indicador del estado actual de la distribución de la producción entre las tres clases: trabajadores, capitalistas y terratenientes. Cuando la demanda de alimentos de una población en aumento no puede satisfacerse sin extender el cultivo a tierras menos fértiles o incurrir en gastos adicionales, con una rentabilidad menor, en tierras ya cultivadas, es condición necesaria para este aumento de la producción agrícola que el valor y el precio de dicha producción suban primero. El precio de los alimentos siempre será, en promedio, tal que la tierra menos favorecida y la parte menos productiva del capital empleado en las mejores tierras apenas compensarán los gastos con la ganancia ordinaria. Si la tierra y el capital menos favorecidos hacen lo mismo, todas las demás tierras y capitales producirán una ganancia adicional, igual a los ingresos de la producción adicional debido a su mayor productividad; y esta ganancia adicional se convierte, por competencia, en el premio de los terratenientes. Intercambio. [pág. 469]Y, por lo tanto, el dinero no influye en la ley de la renta: es la misma que la encontramos originalmente . La renta es el rendimiento adicional que obtiene el capital agrícola cuando se emplea con ventajas especiales; el equivalente exacto de lo que esas ventajas permiten a los productores economizar en el coste de producción: el valor y el precio del producto se regulan por el coste de producción para aquellos productores que no tienen ventajas; por el rendimiento de la parte del capital agrícola cuyas circunstancias son las menos favorables.

§ 3. —Ni en la ley de Ganancias.

Al estar regulados, pues, los salarios y la renta por los mismos principios cuando se pagan en dinero que si se distribuyen en especie, se deduce que las ganancias también lo son. Pues el excedente, después de reponer los salarios y pagar la renta, constituye las ganancias.

En el último capítulo del Segundo Libro, descubrimos que los avances del capitalista, analizados en sus elementos fundamentales, consisten en la compra o el mantenimiento de mano de obra, o en las ganancias de los antiguos capitalistas; y que, por lo tanto, las ganancias, en última instancia, dependen del Coste de la Mano de Obra, que disminuye cuando este aumenta y aumenta cuando disminuye. Procuremos analizar con más detalle el funcionamiento de esta ley.

Hay dos maneras en que el Costo de la Mano de Obra, correctamente representado (suponiendo que el dinero es invariable, al igual que la eficiencia) por los salarios monetarios del trabajador, puede aumentar. El trabajador puede obtener mayores comodidades; los salarios en especie (salarios reales) pueden aumentar. O bien, el crecimiento demográfico puede obligar a la agricultura a tierras inferiores y procesos más costosos, elevando así el costo de producción, el valor y el precio de los principales artículos de consumo del trabajador. En cualquiera de estos supuestos, la tasa de ganancia disminuirá.

Si el trabajador obtiene mercancías más abundantes sólo por razón de su mayor baratura, si obtiene una cantidad mayor, pero no en general un coste mayor, aumentarán los salarios reales, pero no los salarios monetarios, y habrá [pág. 470]Nada que afecte la tasa de ganancia. Pero, si obtiene una mayor cantidad de mercancías cuyo costo de producción no disminuye, obtiene un costo mayor; sus salarios monetarios son más altos. El gasto de este aumento en los salarios monetarios recae completamente sobre el capitalista. No hay manera concebible de librarse de él. Podría decirse —como solía decirse— que se librará de él subiendo el precio. Pero esta opinión ya la hemos refutado completamente, y en más de una ocasión. 294

La doctrina, en efecto, de que un aumento de salarios provoca un aumento equivalente de precios es, como ya observamos, contradictoria: pues, si así fuera, no habría un aumento de salarios; el trabajador no obtendría más de ningún producto que antes, por mucho que aumentara su salario monetario; un aumento de los salarios reales sería imposible. Siendo esto igualmente contrario a la razón y a los hechos, es evidente que un aumento de los salarios monetarios no eleva los precios; que los salarios altos no son causa de precios altos. Un aumento de los salarios generales repercute en las ganancias. No hay alternativa posible.

Habiendo descartado el caso en el que el aumento de los salarios monetarios y del costo de la mano de obra surge de que el trabajador obtiene salarios en especie más amplios, supongamos ahora que surge del aumento del costo de producción de los bienes que consume, debido a un aumento de la población no acompañado de un aumento equivalente de la habilidad agrícola. El aumento de la oferta requerida por la población no se obtendría a menos que el precio de los alimentos subiera lo suficiente como para remunerar al agricultor por el aumento del costo de producción. Sin embargo, el agricultor en este caso sufre una doble desventaja. Tiene que continuar su cultivo en condiciones de productividad menos favorables que antes. Por esto, al ser una desventaja que le pertenece solo como agricultor y no compartida por otros empleadores, según los principios generales del valor, se verá compensado por un aumento del precio de su mercancía; de hecho, hasta que este aumento haya tenido lugar [pág. 471]En su lugar, no llevará al mercado el aumento requerido de producción. Pero este mismo aumento de precio lo involucra en otra necesidad, por la cual no es compensado. Debe pagar salarios monetarios más altos a sus trabajadores [si conservan la misma cantidad de salario real]. Esta necesidad, al ser común a todos los demás capitalistas, no justifica un aumento de precio. El precio subirá hasta colocarlo en una situación tan favorable, en términos de ganancias, como la de otros empleadores de mano de obra; subirá para compensarlo por el mayor trabajo que ahora debe emplear para producir una cantidad dada de alimentos; pero el aumento de salario de ese trabajo es una carga común a todos, y por la cual nadie puede ser indemnizado. Se pagará íntegramente con las ganancias.

Así, vemos que el aumento salarial, cuando es común a todos los trabajadores productivos y representa un mayor coste de la mano de obra, siempre y necesariamente va en detrimento de las ganancias. Invirtiendo los casos, encontraríamos de igual manera que la disminución salarial, cuando representa una disminución real del coste de la mano de obra, equivale a un aumento de las ganancias. Pero la oposición de interés pecuniario así indicada entre la clase de los capitalistas y la de los trabajadores es, en gran medida, solo aparente. Los salarios reales son muy diferentes del coste de la mano de obra, y generalmente alcanzan su máximo en los momentos y lugares donde, debido a las condiciones favorables en que la tierra produce todo el producto que se le requiere, siendo bajos el valor y el precio de los alimentos, el coste de la mano de obra para el empleador, a pesar de su amplia remuneración, es comparativamente bajo, y la tasa de ganancia, en consecuencia, alta, como ocurre actualmente en Estados Unidos. Obtenemos así una confirmación completa de nuestro teorema original de que las ganancias dependen del costo del trabajo; o, para expresar el significado con mayor precisión aún, la tasa de ganancia y el costo del trabajo varían inversamente entre sí, y son efectos conjuntos de las mismas agencias o causas.

[pág. 475]


Libro IV. Influencia del progreso de la sociedad en la producción y la distribución.

Capítulo I. Influencia del progreso de la industria y de la población sobre los valores y los precios.

§ 1. Tendencia del progreso de la sociedad hacia un mayor dominio sobre los poderes de la Naturaleza; mayor seguridad y mayor capacidad de cooperación.

En los países líderes del mundo, y en todos los demás que se encuentran bajo su influencia, existe al menos un movimiento progresivo que continúa con escasa interrupción año tras año y de generación en generación: un progreso en la riqueza; un avance en lo que llamamos prosperidad material. Todas las naciones que solemos llamar civilizadas aumentan gradualmente en producción y población; y no hay razón para dudar de que no solo estas naciones continuarán creciendo así durante algún tiempo, sino que la mayoría de las demás naciones del mundo, incluidas algunas aún no fundadas, emprenderán sucesivamente la misma trayectoria. Por lo tanto, nuestro primer objetivo será examinar la naturaleza y las consecuencias de este cambio progresivo, los elementos que lo constituyen y los efectos que produce en los diversos factores económicos cuyas leyes hemos estado analizando, y especialmente en salarios, ganancias, rentas, valores y precios.

De los rasgos que caracterizan este movimiento económico progresivo de las naciones civilizadas, el que primero llama la atención, por su conexión íntima con los fenómenos de la producción, es el crecimiento perpetuo y, hasta donde la previsión humana puede llegar (1), ilimitado, de la capacidad del hombre. [pág. 476]Poder sobre la naturaleza. Nuestro conocimiento de las propiedades y leyes de los objetos físicos no muestra signos de acercarse a sus límites definitivos: avanza más rápidamente y en un mayor número de direcciones a la vez que en cualquier época o generación anterior, y ofrece vislumbres tan frecuentes de campos inexplorados que justifican la creencia de que nuestro conocimiento de la naturaleza está aún en pañales.

Otro cambio que siempre ha caracterizado, y sin duda seguirá caracterizando, el progreso de la sociedad civilizada es (2) un aumento continuo de la seguridad de las personas y la propiedad. De esta mayor seguridad, uno de los efectos más infalibles es un gran incremento tanto de la producción como de la acumulación. La industria y la frugalidad no pueden existir donde no existe una probabilidad preponderante de que quienes trabajan y ahorran puedan disfrutar.

Uno de los cambios que acompañan infaliblemente al progreso de la sociedad moderna es (3) una mejora en la capacidad empresarial de la humanidad en general. No quiero decir que la sagacidad práctica de cada ser humano sea mayor que antes. Lo que se pierde en la eficiencia individual de cada uno se compensa con creces con la mayor capacidad de acción conjunta. Obras de todo tipo, impracticables para el salvaje o el semicivilizado, son realizadas diariamente por las naciones civilizadas, no por la grandeza de las facultades de los agentes, sino por el hecho de que cada uno puede confiar con certeza en los demás para la parte del trabajo que respectivamente realizan. En resumen, la característica peculiar de los seres civilizados es la capacidad de cooperación; y esta, como otras facultades, tiende a mejorar con la práctica y se vuelve capaz de asumir un ámbito de acción cada vez más amplio.

Este progreso ofrece espacio y margen para un aumento indefinido del capital y la producción, y para el aumento de la población, que es su acompañante habitual. No hay muchos motivos para temer que el crecimiento de la población supere al de la producción. Sin embargo, es muy posible que se produzca un gran progreso en la industria. [pág. 477]Mejora, y en los signos de lo que comúnmente se denomina prosperidad nacional; un gran aumento de la riqueza agregada, e incluso, en algunos aspectos, una mejor distribución de la misma; que no solo los ricos se enriquecerían más, sino que muchos de los pobres se enriquecerían; que las clases intermedias se volverían más numerosas y poderosas, y que los medios de vida placenteros se difundirían cada vez más, mientras que la gran clase, en la base del conjunto, aumentaría solo en número, y no en comodidad ni en cultura. Por lo tanto, al considerar los efectos del progreso de la industria, debemos admitir como una suposición, por mucho que desaprobemos como un hecho, un aumento de la población tan prolongado, tan indefinido y posiblemente incluso tan rápido como el aumento de la producción y la acumulación.

§ 2. Tendencia a la disminución del valor y del coste de producción de todas las mercancías.

Los cambios que el progreso de la industria provoca o presupone en las circunstancias de la producción van necesariamente acompañados de cambios en los valores de las mercancías.

El valor permanente de todas las cosas que no están bajo monopolio natural ni artificial depende, como hemos visto, de su coste de producción. (1.) Pero el creciente poder que la humanidad adquiere constantemente sobre la naturaleza incrementa cada vez más la eficiencia del esfuerzo humano o, en otras palabras, disminuye el coste de producción. Todas las invenciones que permiten producir una mayor cantidad de cualquier mercancía con el mismo trabajo, o la misma cantidad con menos trabajo, o que abrevian el proceso, de modo que no es necesario adelantar el capital empleado durante tanto tiempo, reducen el coste de producción de la mercancía. Sin embargo, como el valor es relativo, si se introdujeran invenciones y mejoras en la producción para todas las mercancías, y todas en la misma medida, no se producirían alteraciones en los valores.

En cuanto a los precios, en estas circunstancias se verían afectados o no, según las mejoras en la producción se extendieran o no a los metales preciosos. Si los materiales del dinero fueran una excepción a la disminución general del coste de producción, el valor de todas las demás cosas caería en relación con el dinero; es decir, habría una caída general. [pág. 478]precios en todo el mundo. Pero si el dinero, como otras cosas, y en la misma medida que otras, se obtuviera en mayor abundancia y a bajo precio, los precios no se verían más afectados que los valores.

En cuanto a los metales preciosos, cabe señalar que desde 1850 se ha producido un gran aumento en su cantidad, probablemente en mayor proporción que la necesidad derivada del aumento de las transacciones. Esto es cierto en el caso de la plata; y se admite que también lo es en el caso del oro incluso alrededor de 1865. El Sr. Goschen ha afirmado que, desde entonces, especialmente desde 1873, el oro no ha existido en una cantidad que le permita mantener su proporción anterior en relación con las materias primas, y que se ha apreciado. Una apreciación, por supuesto, se reflejaría en una bajada de los precios del oro. Por otro lado, creo que el oro no se ha apreciado. Los precios, incluso durante el colapso del crédito después del pánico de 1873 hasta 1879, no fueron tan bajos como en 1845-1850, como lo demuestra la siguiente tabla tomada del " Economist " de Londres : 2.200 indica el precio de un número dado de artículos en 1845-1850, como base de la tabla con la que se comparan los precios de otros años:

Año.

Números índice.

1845-1850

2.200

1857, 1 de julio

2.996

1 de enero de 1858

2.612

1865

3.575

1866

3.564

1867

3.024

1868

2.682

1869

2.666

1870

2.689

1871

2.590

1872

2.835

1873

2.947

1874 (Depresión)

2.891

1875 (Depresión)

2.778

1876 (Depresión)

2.711

1877 (Depresión)

2.723

1878 (Depresión)

2.529

1879 (Depresión)

2.202

1880

2.538

1881

2.376

1882

2.435

1883

2.343

Pero el progreso de la sociedad, en particular en la dirección de procesos de manufactura mejorados y abaratados, ha reducido enormemente el costo de un gran número de artículos de consumo común. Este proceso ya se ha visto en la disminución de la tarifa del transporte ferroviario (véase el Gráfico n.° V ). Además, los años de depresión son precisamente aquellos en los que siempre hay una economía forzada, y generalmente constituyen un período en el que el abaratamiento alcanza su máximo potencial. Por lo tanto, si los precios han tendido a bajar, debido a la reducción del costo de producción derivada de las mejoras —y si, por regla general, no son inferiores a los de 1850—, esto demuestra que aún se sustentan en el auge de la gran producción de oro de este siglo. Y [pág. 479]Incluso el acceso a tierras más fértiles en el mundo ha impedido un aumento en los precios de los productos agrícolas que compensaría la caída de los bienes manufacturados. Es decir, el hecho de que los precios no hayan caído tanto como cabría esperar indica que el oro ha impedido que la reducción de costos, gracias al progreso de la industria, se perciba plenamente.

Las mejoras en la producción no son la única circunstancia que acompaña al progreso de la industria, lo cual tiende a disminuir el costo de producción, o al menos de obtención, de bienes. (2.) Otra circunstancia es el aumento del intercambio entre diferentes partes del mundo. A medida que el comercio se extiende y los intentos ignorantes de restringirlo mediante aranceles se vuelven obsoletos, los bienes tienden cada vez más a producirse en lugares donde su producción puede llevarse a cabo con el menor costo de mano de obra y capital para la humanidad. (3.) Mucho dependerá también de la creciente migración de mano de obra y capital a zonas desocupadas del planeta, cuyo suelo, clima y situación, gracias a los amplios medios de exploración actuales, prometen no solo una gran rentabilidad para la industria, sino también grandes facilidades para producir bienes adecuados a los mercados de los países antiguos. Si bien es probable que la industria colectiva de la tierra aumente en eficiencia mediante la extensión de la ciencia y de las artes industriales, una fuente aún más activa de mayor abaratamiento de la producción se encontrará, probablemente, durante algún tiempo en las consecuencias que se irán desarrollando gradualmente del libre comercio y en la escala creciente en que se llevarán a cabo la emigración y la colonización.

Por las causas ya enumeradas, a menos que otras lo contrarresten, el progreso permite a un país obtener, a un costo real cada vez menor, no solo sus propias producciones, sino también las de países extranjeros. De hecho, todo lo que disminuye el costo de sus propias producciones, cuando son exportables, le permite, como ya hemos visto, obtener sus importaciones a un costo real menor.

§ 3. —excepto los productos de la Agricultura y de la Minería, que tienen tendencia a subir.

¿No son suficientes en algunos casos causas de carácter opuesto, puestas en funcionamiento por el mismo progreso, no sólo para neutralizar sino para vencer a las primeras y convertirlas en... [pág. 480]¿La tendencia descendente del costo de producción a un movimiento ascendente? Ya sabemos que existen tales causas y que, en el caso de las clases más importantes de productos básicos, alimentos y materiales, existe una tendencia diametralmente opuesta a la que hemos mencionado. El costo de producción de estos productos tiende a aumentar.

Esta no es una propiedad inherente a los propios productos. Si la población fuese estacionaria y la producción de la tierra nunca necesitara aumentar en cantidad, no habría motivo para un mayor coste de producción. 295 Los únicos productos industriales que, si la población no aumentase, estarían sujetos a un aumento real del coste de producción, son aquellos que, al depender de un material no renovable, son total o parcialmente agotables, como el carbón y la mayoría de los metales, si no todos; pues incluso el hierro, el más abundante y útil de los productos metálicos, que forma parte de la mayoría de los minerales y de casi todas las rocas, es susceptible de agotamiento en lo que respecta a sus minerales más ricos y más manejables.

Sin embargo, cuando la población aumenta, como siempre ha ocurrido, entra en vigor esa ley fundamental de la producción a partir del suelo, sobre la que tan frecuentemente hemos tenido ocasión de explayarnos: la ley de que el aumento de la mano de obra, en cualquier estado dado de habilidad agrícola, conlleva un aumento desproporcionado de la producción. El coste de producción de los frutos de la tierra aumenta, en igualdad de condiciones , con cada aumento de la demanda.

El Sr. Cairnes ha hecho algunas contribuciones esenciales al debate sobre los cambios de valor que surgen del progreso de la sociedad: 296 “ Cuando una colonia se establece en un nuevo país, el curso de su desarrollo industrial sigue naturalmente el carácter de las oportunidades que se ofrecen a la empresa industrial. [pág. 481]por el medio ambiente. Estos, por supuesto, variarán bastante, según la parte del mundo en la que se ubique la nueva sociedad; pero, hablando en términos generales, serán tales que atraerán la mayor parte de la actividad industrial de la nueva gente hacia una o más de esas ramas de la industria que se han denominado convenientemente " extractivas " . La agricultura, las actividades ganaderas y mineras, y la tala de árboles, se encuentran entre las principales de dichas industrias " . A estas actividades se aplica " esa ley de la Economía Política, o, más propiamente, de la naturaleza física, que el Sr. Mill ha caracterizado correctamente como la proposición más importante de la ciencia económica: la ley, como él la expresó, de la " productividad decreciente " . Puede enunciarse brevemente así: en cualquier estado dado de las artes de la producción, los rendimientos de la industria humana empleada en los agentes naturales serán, hasta cierto punto, el máximo que esos agentes naturales, cultivados con el grado de habilidad aplicado a ellos, son capaces de producir; pero, una vez superado este punto, aunque una mayor aplicación de trabajo y capital genere un mayor rendimiento, no generará un rendimiento proporcionalmente mayor; por el contrario, cada nuevo aumento del gasto —suponiendo siempre que la habilidad empleada para aplicarlo siga siendo la misma que antes— se acompañará de un rendimiento que disminuye constantemente... Lo que ahora me interesa mostrar es la manera en que, con el progreso de la sociedad, la ley en cuestión afecta el curso de los valores normales de todos los productos que caen bajo su influencia.

“ La clase de productos en cuya producción las facilidades que poseen las nuevas comunidades, en comparación con las antiguas, alcanzan su mayor auge, son aquellos de los cuales la madera y la carne pueden tomarse como tipo, y comprende artículos como lana, caza, pieles, cueros, cuernos, brea, resina, etc. La circunstancia que afecta más poderosamente el curso de los valores en los productos de la industria extractiva, y en los productos que acabamos de mencionar entre el resto, es el grado en que admiten ser transportados de un lugar a otro, es decir, su portabilidad , que depende, como ocurre, en parte de su durabilidad y en parte de su volumen ” . Se descubre que, tomando la madera y la carne como tipo (una posee portabilidad en un grado mucho mayor que la otra), en el asentamiento temprano de un nuevo país, el artículo portátil, como la madera, aumenta de precio de inmediato “ a un nivel inferior al que prevalecía en los países antiguos solo por el costo del transporte ” ; por otro lado, los artículos perecederos como la carne están “ confinados a un mercado, si no al inmediato [pág. 482]La localidad donde se produce, al menos para los países limítrofes, y al producirse en nuevos países a muy bajo costo, su valor durante las primeras etapas de su crecimiento es necesariamente bajo. Pero, a medida que la población avanza y la agricultura invade los pastizales naturales originalmente disponibles para la cría de ganado, y más aún a medida que se hace necesario cultivar tierras para el pastoreo, el costo de la carne aumenta constantemente. A medida que aumenta la población , aumentará la demanda de productos lácteos, huevos, frutas pequeñas, verduras frescas, leche, etc., y por lo tanto, resulta más rentable destinar tierras cercanas a centros poblados a estos productos perecederos que a los productos de la agricultura a gran escala. Casi todos los que conocen los altos precios de la mantequilla, los huevos y las verduras en las grandes ciudades, en comparación con sus precios en las zonas rurales, conocen los fenómenos que ilustran este principio. Además, a medida que una mayor densidad de población se asienta en nuestras praderas occidentales, ahora dedicadas a ranchos y vastas zonas de pastoreo para el ganado —ya que el ganado en general requiere una gran extensión de tierra—, el costo de la carne aumentará. Por lo tanto, los precios de los artículos perecederos aumentarán sin ningún límite, salvo el establecido por el aumento de la población, y no podrán ser controlados por la fuerza de la competencia de otros lugares distantes, como ocurre con productos tan fácilmente transportables como la madera y la lana. Sin embargo, lo que se ha dicho sobre la transportabilidad de la carne se modificará en cierta medida con la introducción de procesos mejorados de transporte de carne en vagones frigoríficos; pero aún existen productos de los cuales La carne solo se tomaba como tipo.

No existe una tendencia similar con respecto a los artículos manufacturados. La tendencia va en la dirección contraria. Cuanto mayor sea la escala de las operaciones manufactureras, más económicas pueden ser, en general. Sin embargo, como las manufacturas dependen de la agricultura, la minería o los productos naturales de la tierra para obtener sus materiales, la industria manufacturera está sujeta, en lo que respecta a uno de sus elementos esenciales, a la misma ley que la agricultura. Pero la materia prima generalmente representa una porción tan pequeña del costo total que cualquier tendencia a un aumento progresivo en ese único artículo se ve contrarrestada por la disminución que se produce continuamente en todos los demás elementos; disminución a la que actualmente es imposible asignarle un límite.

De ello se deduce que los valores de cambio de los artículos manufacturados, [pág. 483]En comparación con los productos agrícolas y mineros, estos presentan, a medida que la población y la industria avanzan, una clara tendencia a la baja. Siendo el dinero un producto de las minas, también puede afirmarse, como regla general, que los artículos manufacturados tienden, a medida que la sociedad avanza, a bajar su precio. La historia industrial de las naciones modernas, especialmente durante los últimos cien años, confirma plenamente esta afirmación.

En cuanto a las manufacturas, a diferencia de las materias primas, cabe destacar que , si bien la tendencia de los precios en el sector de las materias primas es, en general, ascendente, en el de los bienes manufacturados la tendencia es, no menos sorprendente, en la dirección opuesta. Las razones de esto son sumamente claras. En primer lugar, la división del trabajo —el primero y más poderoso de todos los abaratadores de la producción, pero para el cual en la industria extractiva existe un alcance muy limitado— encuentra en la industria manufacturera un campo de aplicación casi ilimitado; y, en segundo lugar, es también en la industria manufacturera donde la maquinaria , el otro gran abaratador de la producción, se puede emplear a mayor escala y, de hecho, se ha empleado con el mayor éxito. De estos hechos, junto con el hecho adicional de que la invención industrial no se produce per saltum , sino gradualmente —una invención siempre pisando los talones a otra— y que su avance parece no estar sujeto a ninguna limitación, se deduce, digo, de estas consideraciones, que esa parte del coste de los bienes manufacturados Los bienes que pertenecen propiamente al proceso manufacturero deben, con el progreso de la sociedad, sufrir una disminución constante... En todas las grandes ramas de la industria manufacturera, la parte del coste incurrida en el proceso de fabricación tiene en general una gran proporción con la representada por la materia prima, mientras que la influencia de la invención industrial, en la reducción de esta parte del coste, es, como todos saben, grande e incesante en su acción ” .

Como se ha dicho, « los dos grandes abaratadores de la producción son la división del trabajo y la maquinaria, y el grado en que estas se pueden aplicar a la manufactura depende principalmente de la escala en que se lleva a cabo el proceso de fabricación. Por lo tanto, las manufacturas que se producen a gran escala son aquellas en las que podemos esperar la mayor reducción de costos; en las que, por lo tanto, la caída de precios, con el progreso de la sociedad, será más marcada. Pero las manufacturas que se producen a mayor escala son aquellas para las que existe una mayor demanda, es decir, son las que entran más ampliamente en el consumo de la gran masa de la gente. Son [pág. 484]También, debo añadir, aquellos en los que una caída de precio tiende a estimular un gran aumento de la demanda. Todos los tipos comunes de ropa, muebles y utensilios entran en el ámbito de esta observación; y es en estos, más que en los bienes consumidos exclusiva o principalmente por las clases más ricas, donde deberíamos, por consiguiente, encontrar los mayores abaratamientos. Pero los artículos de consumo común son aquellos en los que la cantidad de manufactura que se les dedica guarda una proporción menor con respecto a la materia prima que en el caso de las manufacturas más elaboradas. Por lo tanto, estas manufacturas más burdas sufrirían los efectos del aumento del coste de la materia prima de forma más sensible que las refinadas. Sin embargo, no se puede suponer que compense las ventajas debidas a las causas que he señalado, que recaen en los productos más comunes. Es en esta clase de bienes donde se han logrado las reducciones de precio más notables en el pasado, y es en ellos, probablemente, donde presenciaremos en el futuro los mayores resultados de este tipo .

§ 4. —esa tendencia que de tiempo en tiempo se ve contrarrestada por mejoras en la producción.

El aumento del costo de producción, tanto absoluto como comparativo, de la producción agrícola depende del conflicto entre dos factores antagónicos: el crecimiento de la población y la mejora de las habilidades agrícolas. En algunos, quizás en la mayoría de los estados de la sociedad (considerando toda la superficie terrestre), tanto la habilidad agrícola como la población son estacionarias o aumentan muy lentamente, y el costo de producción de alimentos, por lo tanto, es casi estacionario. En una sociedad con un crecimiento de la riqueza, la población generalmente crece más rápido que la habilidad agrícola y, en consecuencia, los alimentos tienden a encarecerse; pero hay épocas en que surge un fuerte impulso hacia la mejora agrícola. Este impulso se ha manifestado en Gran Bretaña durante los últimos quince o veinte años [antes de 1847]. En Inglaterra y Escocia, la habilidad agrícola ha aumentado recientemente considerablemente más rápido que la población, hasta el punto de que los alimentos y otros productos agrícolas, a pesar del aumento de la población, pueden cultivarse a un costo menor que hace treinta años; y la abolición de las Leyes del Grano ha dado un impulso adicional al espíritu de mejora. En otros países, y particularmente en Francia, el mejoramiento de la agricultura gana terreno aún más decididamente que el de la población, porque, aunque [pág. 485]La agricultura, salvo en algunas provincias, avanza lentamente; la población avanza más lentamente todavía, e incluso con lentitud creciente, y su crecimiento se ve frenado no por la pobreza, que disminuye, sino por la prudencia.

Además, el abaratamiento del transporte ha permitido que Inglaterra y el continente reciban el trigo de nuestros estados occidentales a bajo precio, incluso después de haberlo transportado a mercados transatlánticos. Los nuevos métodos para obtener alimentos del extranjero funcionan de igual manera que las mejoras en el país.

§ 5. Efecto del Progreso de la Sociedad en la moderación de las fluctuaciones del Valor.

Hasta aquí, sobre el efecto del progreso social en los valores y precios permanentes o promedio de las mercancías. Queda por considerar cómo dicho progreso afecta sus fluctuaciones. La respuesta a esta pregunta es indudable: tiende en gran medida a disminuirlas.

En sociedades pobres y atrasadas, como en Oriente y en Europa durante la Edad Media, podían existir diferencias extraordinarias en el precio de un mismo producto en lugares no muy distantes entre sí, debido a que la falta de carreteras y canales, la imperfección de la navegación marítima y la inseguridad de las comunicaciones en general impedían el transporte de los productos desde lugares donde eran baratos a lugares donde eran caros. Los bienes más sujetos a fluctuaciones de valor, aquellos directamente influenciados por las estaciones, y especialmente los alimentos, rara vez se transportaban a grandes distancias. En consecuencia, la mayoría de los años existía, en alguna parte de cualquier país extenso, una escasez real; mientras que una deficiencia, aunque considerable, que se extendiera a todo el mundo, es [ahora] algo casi desconocido. En la época moderna, por lo tanto, solo hay escasez donde antes habría habido hambruna, y abundancia en todas partes, mientras que antiguamente habría escasez en algunos lugares y superfluidad en otros.

El mismo cambio se ha producido con respecto a todos los demás artículos de comercio. La seguridad y el bajo costo de las comunicaciones, que permiten cubrir una deficiencia en un lugar con el excedente de otro, a un precio moderado o incluso bajo. [pág. 486]Un pequeño avance sobre el precio ordinario hace que las fluctuaciones de precios sean mucho menos extremas que antes. Este efecto se ve muy favorecido por la existencia de grandes capitales pertenecientes a los llamados comerciantes especulativos, cuyo negocio consiste en comprar bienes para revenderlos con ganancias. Estos comerciantes, que naturalmente compran los artículos cuando están más baratos y los almacenan para volver a comercializarlos cuando el precio sube inusualmente, tienden a igualar los precios o, al menos, a moderar sus desigualdades. Los precios de las cosas no bajan tanto en un momento dado ni suben tanto en otro, como lo harían si no existieran los comerciantes especulativos.

El Sr. Mill utiliza el término « especulativo » en un sentido distinto al habitual en este país. Los comerciantes que compran grano al contado y lo almacenan no son especuladores en el sentido en que se usa el término entre nosotros; pero aquellos jugadores que compran, « para entrega futura » , grano que nunca ven y que venden de la misma manera, se conocen aquí como especuladores.

Parece, entonces, que las fluctuaciones de valores y precios derivadas de las variaciones de la oferta o de las alteraciones de la demanda real (a diferencia de la especulativa) se moderarán a medida que la sociedad avanza. Respecto a las derivadas de errores de cálculo, y en especial de las alternancias de expansión indebida y contracción excesiva del crédito, que ocupan un lugar tan destacado entre los fenómenos comerciales, no se puede afirmar lo mismo con la misma certeza. Dichas vicisitudes, que comienzan con la especulación irracional y terminan con una crisis comercial, no se han vuelto hasta ahora menos frecuentes ni menos violentas con el crecimiento del capital y la expansión de la industria. Más bien, se puede decir que se han acentuado, como suele decirse, debido a una mayor competencia, pero, como prefiero decir, a una menor tasa de ganancias e intereses, lo que hace que los capitalistas se sientan insatisfechos con el curso normal de las ganancias mercantiles seguras. La conexión de esta baja tasa de ganancia con el crecimiento de la población y la acumulación es uno de los puntos que se ilustrarán en los capítulos siguientes.

[pág. 487]

El Sr. Cairnes también añade algunas investigaciones sobre las fluctuaciones del valor: « Hasta ahora he examinado las leyes derivadas del valor únicamente en la medida en que se ejemplifican en las fluctuaciones de los precios normales . Será interesante ahora considerar si es posible descubrir en las fluctuaciones de los precios de mercado algún fenómeno correspondiente.»

Considerando las manufacturas en primer lugar , es evidente de inmediato que, en cuanto a las condiciones de protección, las circunstancias del caso son tales que garantizan, en general, (1.) gran rapidez y gran certeza en la comercialización de los productos. Una mesa de pino puede fabricarse en pocas horas, una pieza de tela en pocas semanas y una casa de tamaño mediano en un mes o poco más. Mesas, telas y casas pueden producirse con certeza en cualquier cantidad requerida. De ello se desprende que es casi imposible que, en circunstancias normales, el precio de venta de un producto manufacturado supere con creces su precio normal durante un período prolongado. (2.) La naturaleza de las manufacturas es, en general, tal que las hace admirablemente aptas para el transporte a distancia. Por lo tanto, cualquier aumento considerable de precio atraerá con bastante seguridad suministros de fuentes remotas. (3.) Además, considerando su relación con las necesidades humanas, creo que puede decirse de los bienes manufacturados que, o bien la necesidad de ellos no es muy urgente, o bien, cuando la hay, se pueden encontrar sustitutos fácilmente. De todas estas circunstancias resulta que... el avance del precio... atrae la oferta o disuade a los compradores, ... impidiendo cualquier gran desviación de los términos usuales del mercado.

Pasando ahora a los productos de la industria agrícola, ganadera o, más generalmente, extractiva , encontramos que las circunstancias bajo las cuales esta clase de bienes se comercializa son , en todos los aspectos , extremadamente diferentes de las que acabamos de examinar, y tales que permiten un margen de desviación mucho mayor para el mercado respecto al precio normal. En este caso, el período de producción es más largo, el resultado del proceso mucho más incierto, el producto a la vez más perecedero y menos transportable, y las necesidades humanas en relación con él son, en su mayoría, de tipo más urgente: (1.) El período más corto dentro del cual se pueden realizar adiciones al suministro de alimentos y materias primas de tipo vegetal es, en general, un año, y, si el producto es de origen animal, el mínimo es considerablemente mayor. (2.) Además, el agricultor puede decidir la extensión del terreno que dedicará a un cultivo en particular o el número de cabezas de ganado que mantendrá; pero los rendimientos reales variarán según la temporada y pueden resultar muy superiores o muy inferiores a sus cálculos. Todas estas circunstancias presentan obstáculos para el ajuste de la oferta y la demanda y, en consecuencia, tienden a producir desviaciones frecuentes y extensas del mercado [pág. 488]del precio normal. Las demás condiciones del caso tampoco son suficientes para neutralizar la influencia de tales factores perturbadores. (3.) La naturaleza, de hecho, de algunos de los principales productos agrícolas los hace suficientemente aptos para el transporte a larga distancia y, en consecuencia, tiende a corregir las fluctuaciones de precio. Pero, por otro lado, (4.) la relación de estos productos con las necesidades humanas es tal que aumenta considerablemente la tendencia a la fluctuación violenta inherente a las condiciones de su producción. Esto es especialmente cierto con el producto, sea cual sea, que constituye el alimento básico de un pueblo. Pues obsérvese la naturaleza peculiar de las necesidades humanas con respecto a dicho producto. Son de tal naturaleza que, dada la cantidad de población, la cantidad de alimento básico requerida es casi fija, y esto prácticamente independientemente del precio. Excepto entre los más pobres, un mayor abaratamiento no estimulará un mayor consumo; mientras que, por otro lado, todos, a cualquier precio dentro del alcance de sus posibilidades, obtendrán su suministro habitual. La consecuencia es que, cuando ocurre incluso una deficiencia o un exceso moderado en el suministro de alimentos básicos de un pueblo, en un caso ( a ), la competencia de los consumidores por su cantidad habitual de alimentos rápidamente hace subir el precio de forma muy desproporcionada a la disminución de la oferta; en el otro ( b ), como nadie está inclinado a aumentar su consumo habitual, la competencia de los vendedores, en su afán por encontrar un mercado para la parte superflua de la oferta, es igualmente poderosa para deprimirla .

[pág. 489]


Capítulo II. Influencia del progreso de la industria y de la población sobre las rentas, los beneficios y los salarios.

§ 1. Rasgos característicos del progreso industrial.

Continuando con la investigación sobre la naturaleza de los cambios económicos que se producen en una sociedad en proceso de progreso industrial, consideraremos a continuación el efecto de dicho progreso en la distribución del producto entre las diversas clases que lo comparten. Podemos centrarnos en el sistema de distribución más complejo, que prácticamente incluye a todos los demás: aquel en el que el producto de las manufacturas se reparte entre dos clases: obreros y capitalistas, y el producto agrícola entre tres: obreros, capitalistas y terratenientes.

Los rasgos característicos de lo que comúnmente se entiende por progreso industrial se resumen principalmente en tres: aumento del capital, aumento de la población y mejoras en la producción; entendiendo esta última expresión, en su sentido más amplio, como el proceso de adquisición de bienes a distancia, así como el de producción de los mismos. Será conveniente comenzar considerando cada una de las tres causas operando por separado; tras lo cual podemos suponer que se combinan de la manera que consideremos oportuna. 298

§ 2. Primeros dos casos, Población y Capital en aumento, estancadas las artes de producción.

Para mayor claridad formaremos dos grupos generales de estas causas:

A. La influencia de la población y el capital ( las mejoras permanecen estacionarias ).

B. La influencia de las mejoras ( la población y el capital permanecen estacionarios ).

[pág. 490]

Tomaremos primero A, y bajo esta división haremos por conveniencia dos suposiciones separadas:

I. La primera es que, mientras la población aumenta, el capital permanece estacionario. De esta manera, podemos estudiar por separado el funcionamiento de uno de los factores del progreso social, la población, y observar su influencia en las rentas, las ganancias y los salarios. Dado que solo se distribuye la misma cantidad de riqueza en forma de capital entre más trabajadores (1), los salarios reales deben disminuir; por lo tanto, si el mismo capital compra más trabajo y obtiene más producción (2), las ganancias aumentan. Ahora bien, si los trabajadores eran tan acomodados antes como para sufrir la reducción de los salarios no en su alimentación, sino en sus otras comodidades, entonces, si cada trabajador consume tantos alimentos como antes, y si, como se supone, hay más trabajadores, se requerirá una mayor cantidad de alimentos del suelo. Este suministro solo puede producirse a un mayor costo, y, a medida que se recurra al cultivo de suelos de menor calidad (3), las rentas aumentarán. Esta última acción (3), sin embargo, influirá en el aumento de las ganancias (2). Pues solo mediante una reducción de los salarios reales aumentaron las ganancias; pero si el costo de los alimentos, es decir, los salarios reales, ha aumentado desde entonces, entonces uno de los elementos que componen el costo de la mano de obra ha subido y, en esa medida, compensará la caída de los salarios reales; de modo que las ganancias no aumentarán tanto como si las rentas no hubieran subido. El resultado de esta primera suposición es, entonces, que el terrateniente es el principal ganador:

I. (1.) Los salarios bajan.
(2.) Las ganancias suben (menos si suben los alquileres).
(3.) Los alquileres suben.

II. Abordaremos ahora la segunda suposición del punto A: que mientras el capital avanza, la población permanece estacionaria. Entonces, por supuesto (1), los salarios subirán; y, como no hay ninguna mejora que abarate el coste de sus salarios reales, habrá un aumento del coste de la mano de obra para el capitalista, y (2) las ganancias disminuirán. Si, ahora, los trabajadores, en mejor situación económica, demandan más alimentos, estos costarían más, al reducirse el margen de cultivo, y (3) las rentas inevitablemente subirían. Pero no solo los trabajadores han recibido más salarios reales, sino que, desde ese cambio, el coste de estos salarios reales, como se acaba de describir, ha aumentado. Por lo tanto, (2), las ganancias disminuirían aún más que con el aumento de los salarios reales. En esta suposición, en consecuencia, mientras el trabajador gana, también lo hace el terrateniente:

II. (1.) Los salarios suben.
(2.) Las ganancias bajan (más si suben los alquileres).
(3.) Los alquileres suben.

A. Ahora nos resulta fácil tener en cuenta los efectos totales bajo A y ver cuál es la acción combinada de I y [pág. 491]II sería. Es decir, si tanto el capital como la población (con las mejoras manteniéndose estacionarias) aumentan, ¿cuál será el efecto sobre los salarios, las ganancias y la renta? Por supuesto, debemos suponer que el capital y la población simplemente se mantienen al mismo ritmo; y en ese caso (1) los salarios reales se mantienen iguales, cada trabajador recibe la misma cantidad y la misma calidad de mercancías que antes. Por lo tanto, si cada trabajador recibe la misma cantidad que antes, y hay muchos más trabajadores, habrá una mayor demanda de alimentos sobre la tierra, se cultivarán tierras más pobres y el costo de los productos aumentará. Entonces (3) las rentas aumentan. Pero si cada trabajador recibe la misma cantidad de salarios reales que antes, y el costo de estos ha aumentado, como se acaba de explicar, se producirá un aumento en el costo de la mano de obra que debe provenir de las ganancias. (2) Las ganancias disminuirán. Por lo tanto, los resultados de A en la distribución, tomados por separado de B, son que el propietario del capital pierde; pero el propietario de la tierra nuevamente gana.

A. (1.) Los salarios son los mismos.
(2.) Las ganancias caen.
(3.) Las rentas suben.

§ 3. Las artes de la producción avanzan, el capital y la población se mantienen estacionarios.

Ahora, volvamos a nuestro primer grupo general de causas, B: un avance en las artes de producción (mientras que el capital y la población permanecen estacionarios). Ahora podemos estudiar por sí mismos el efecto de las mejoras en los salarios, las ganancias y la renta. Los efectos generales derivados de la introducción generalizada de maquinaria en la agricultura y las manufacturas, y la reducción del costo del transporte a vapor, han sido la disminución del valor de los artículos consumidos principalmente por las clases trabajadoras. Para mayor claridad, imaginemos que la mejora se produce repentinamente. El primer efecto será la disminución del valor y el precio de los artículos que entran en los salarios reales de los trabajadores; y, si estos consisten principalmente en alimentos, habrá un aumento en el margen de cultivo y una disminución de las rentas (3). Se ha demostrado previamente (299) que las mejoras retrasan o retrasan la ley de los rendimientos decrecientes de la tierra (o la compensan en las manufacturas), y por lo tanto, reducen las rentas. El suelo más pobre cultivado ahora es de mejor calidad que antes, y el producto se obtiene a un menor costo y valor; De esta manera, la tierra con la que se comparan las mejores calidades para determinar la renta no está separada de estas por una diferencia tan grande. A primera vista, parecería que los intereses del terrateniente se oponían a las mejoras, ya que reducen las rentas; pero, en la práctica, no es así, como pronto veremos.

Hemos visto que las mejoras abaratan el precio de los artículos [pág. 492]que se incorporan al salario real del trabajador. Habiendo tenido una suma dada como salario monetario antes del cambio, cuando se produjo la repentina mejora, los precios para el trabajador bajaron, y con ese mismo salario monetario se compraron más (1) salarios reales. Si no ocurriera nada más, podríamos ver que las mejoras aumentaron los salarios reales sin disminuir (2) las ganancias (ya que el costo de la mano de obra permanece igual, ya que la reducción del costo de los artículos consumidos fue exactamente proporcional al aumento del salario real). Y, si los trabajadores optaran por mantener este nivel más alto, esta sería la situación. Lamentablemente, sin embargo, en la práctica tienden a conformarse con el antiguo nivel de vida; y la cantidad de salarios reales para mantener el antiguo nivel de vida puede obtenerse ahora por menos salarios monetarios. Mientras que solo la misma cantidad, sin ningún aumento, puede vivir con el nuevo nivel (más alto), una cantidad mayor puede vivir con el antiguo nivel (más bajo). En resumen, los obstáculos para el crecimiento de la población se eliminarán con la posesión de salarios monetarios más altos. Después de una generación, es muy probable que exista un número mayor de trabajadores que vivan con el mismo nivel de salario real (o posiblemente con uno ligeramente superior), y los salarios monetarios habrán caído.

Ahora podemos comprender mejor que antes cuál sería el resultado práctico de las causas bajo B. (3.) La renta ha bajado; los salarios nominales han bajado (aunque (2) los salarios reales no lo hayan hecho); y, dado que los salarios reales no han bajado en la misma proporción en que se ha reducido su coste, (2) las ganancias habrán aumentado. El resultado general de las causas bajo B únicamente, actuando como se acaba de describir, será entonces:

B. (1.) Los salarios reales permanecen iguales; los salarios monetarios disminuyen.
(2.) Las ganancias aumentan.
(3.) Las rentas caen.

§ 4. Resultados teóricos, si los tres elementos son progresivos.

Hemos considerado, por una parte, en el apartado A, el modo en que la distribución del producto en renta, beneficios y salarios se ve afectada por el aumento ordinario de la población y del capital; y, por otra parte, en el apartado B, cómo se ve afectada por las mejoras en la producción, y más especialmente en la agricultura, como sigue:

A. (1.) Salarios iguales. B. (1.) Salarios reales iguales, salarios nominales menores.
A. (2.) Ganancias menores. B. (2.) Ganancias mayores.
A. (3.) Rentas mayores. B. (3.) Rentas menores.

Los efectos se contrastan claramente. En A, observamos una tendencia al aumento de las rentas (3), un mayor coste de la mano de obra y una caída de las ganancias (2); en B, una caída de las rentas (3), una disminución del coste de la mano de obra y un aumento de las ganancias (2). Por lo tanto, hemos analizado [pág. 493]Las fuerzas que impulsan el progreso de la industria se encuentran en dos fuerzas distintas y antagónicas, que actúan una contra la otra. Si, en cualquier período, las mejoras (B) avanzan más rápido que la población y el capital (A), la renta y los salarios nominales tenderán a la baja y las ganancias al alza. Si, por el contrario, la población avanza más rápido que las mejoras (B), los trabajadores sufrirán una reducción en la cantidad o calidad de sus alimentos o, en caso contrario, la renta y los salarios nominales aumentarán progresivamente y las ganancias disminuirán.

§ 5. Resultados prácticos.

Este, sin embargo, no es el resultado final y práctico. Hasta ahora hemos supuesto que las mejoras, B, se producen repentinamente. De hecho, la habilidad agrícola se difunde lentamente, y las invenciones y descubrimientos son, en general, solo ocasionales, no continuos en su acción, como lo es el aumento del capital y la población. Dado que rara vez ocurre que la mejora tenga tanto el impulso de la población y el capital como para reducir la renta o aumentar la tasa de ganancia, la población casi en todas partes " pisa los talones a la mejora agrícola " y anula sus efectos tan rápido como se producen.

La razón por la que las mejoras agrícolas rara vez reducen la renta es que rara vez abaratan los alimentos, sino que solo evitan que se encarezcan; y rara vez, o nunca, dejan tierras sin cultivar, sino que solo permiten que se adquieran tierras cada vez peores para abastecer una demanda creciente. Lo que a veces se denomina el estado natural de un país semicultivado, es decir, que la tierra es altamente productiva y se obtienen alimentos en gran abundancia con poco trabajo, solo es cierto en países no ocupados colonizados por un pueblo civilizado. En Estados Unidos, la peor tierra cultivada es de alta calidad (excepto a veces en las inmediaciones de mercados o medios de transporte, donde una mala calidad se compensa con una buena situación); e incluso si no se realizaran más mejoras en la agricultura o la locomoción, el cultivo aún tendría que descender muchos escalones antes de que se detuviera el crecimiento de la población y el capital. Pero en Europa hace quinientos años, aunque tan escasamente poblada en comparación con la población actual, es probable que la peor tierra bajo el arado fuera, debido al rudimentario estado de la agricultura, tan improductiva como la peor tierra cultivada hoy, y que el cultivo se hubiera acercado tanto al límite último de la labranza rentable en aquellos tiempos como en los [pág. 494]Presente. Lo que las mejoras agrícolas realizadas desde entonces han logrado realmente es, al aumentar la capacidad de producción de la tierra en general, permitir que la labranza se extienda a tierras de una calidad natural mucho peor que la que en ese momento habría admitido un capitalista con fines de lucro; posibilitando así un aumento mucho mayor del capital y la población, y eliminando cada vez más la barrera que los restringe. Mientras tanto, la población presiona con tanta fuerza contra la barrera que nunca queda margen visible para aprovecharla, pues cada centímetro de terreno que la mejora deja vacante es inmediatamente ocupado por sus columnas en avance. Por lo tanto, la mejora agrícola puede considerarse no tanto una fuerza contraria al crecimiento de la población como una relajación parcial de las ataduras que lo limitan.

Ahora bien, como las mejoras permiten que en última instancia se cultive una calidad de tierra mucho peor, bajo la presión constante del aumento de la población y del capital, las mejoras permiten que la renta (3) al final aumente gradualmente hasta un límite mucho más alto del que podría haber alcanzado de otra manera.

Si se introdujera repentinamente una gran mejora agrícola, podría reducir la renta durante un período considerable, permitiéndole recuperar el terreno perdido gracias al progreso de la población y el capital, y posteriormente seguir creciendo. Pero al producirse, como siempre ocurre, de forma muy gradual, no provoca un retroceso ni en la renta ni en el cultivo; simplemente permite que una siga aumentando y que la otra se extienda, mucho después de que, de otro modo, se habrían detenido.

Dado que, de hecho, B nunca se adelanta a A, sino que lo sigue, el resultado general será el que encontramos en A: un aumento de las rentas (3) y un mayor coste de la mano de obra para el capitalista, derivado de un mayor coste de la subsistencia de los trabajadores y una caída de las ganancias (2). El efecto de un avance más rápido de las mejoras, en cualquier momento dado, mejorará temporalmente la condición de los trabajadores y también aumentará las ganancias; pero, si va seguido inmediatamente de un aumento de la población, los terratenientes se beneficiarán de la mejora en el aumento de la renta. El resultado final, entonces, es el siguiente:

[pág. 495]

(1.) Salarios reales, probablemente más altos.
(2.) Ganancias caen.
(3.) Alquileres suben.

Es posible que a veces se produzca una combinación diferente a la anterior en las causas que subyacen al progreso social: (1.) Puede haber un período en el que el capital crezca más rápidamente que la población, y en el que parezca que también hay una era de mejoras industriales. Entonces, tanto los salarios como las ganancias serán altos, y será un período de satisfacción general. (2.) Si el capital continúa creciendo, pero las mejoras son escasas, los salarios subirán; pero las ganancias deben sufrir una caída. En este país, donde la población aún no ha aumentado lo suficiente como para afectar seriamente la subsistencia, y donde el capital crece con increíble rapidez, estos casos se ejemplifican a menudo. Los extraordinarios recursos de los Estados más nuevos han permitido un crecimiento ilimitado de la población, y el capital no ha tenido dificultades para encontrar inversión. Sin embargo, aquellos Estados que han soportado las desventajas del antiguo régimen esclavista están muy por detrás de los demás. Los cambios en la clasificación de los Estados, en cuanto a población, en cada década, como se observa en el Gráfico n.º XVI, son sugerentes.

[pág. 496]

Gráfico XVI. Cambios en la clasificación de los estados en la escala de población relativa, de 1790 a 1880.

[pág. 497]


Capítulo III. De la tendencia de las utilidades al mínimo.

§ 1. Diferentes teorías sobre la caída de las ganancias.

La tendencia de las ganancias a disminuir a medida que la sociedad avanza, mencionada en el capítulo anterior, fue reconocida tempranamente por los autores de industria y comercio; pero, al no comprenderse entonces las leyes que rigen las ganancias, el fenómeno se atribuyó a una causa errónea. Adam Smith consideraba que las ganancias estaban determinadas por lo que llamó la competencia del capital. En su opinión, la competencia del capital reduce las ganancias mediante la bajada de precios; esta suele ser la forma en que una mayor inversión de capital en un sector en particular reduce las ganancias de dicho sector. Pero, si este era su significado, pasó por alto que la caída del precio, que, si se limita a un producto, en realidad reduce las ganancias del productor, deja de tener ese efecto en cuanto se extiende a todos los productos; porque, cuando todo ha bajado, nada ha bajado realmente, excepto nominalmente; e incluso calculados en dinero, los gastos de cada productor han disminuido tanto como sus ganancias. A menos que, en efecto, el trabajo sea la única mercancía cuyo precio monetario no haya bajado, cuando todas las demás sí lo han hecho; de ser así, lo que realmente ha ocurrido es un aumento de los salarios; y es eso, y no la caída de precios, lo que ha reducido las ganancias del capital. Hay otra cosa que Adam Smith pasó por alto: que la supuesta caída universal de precios, debido a una mayor competencia entre capitales, es algo inalcanzable. Los precios no se determinan solo por la competencia de los vendedores, sino también por la de los compradores; tanto por la demanda como por la oferta. La demanda que afecta los precios monetarios consiste en todo el dinero en el... [pág. 498]Las manos de la comunidad destinadas a invertirse en mercancías; y, mientras la proporción de este con respecto a las mercancías no disminuya, no habrá caída de los precios generales. Ahora bien, independientemente de cómo aumente el capital y dé lugar a una mayor producción de mercancías, una parte completa del capital se destinará a la actividad de producir o importar dinero, y la cantidad de dinero aumentará en proporción igual a la cantidad de mercancías. Pues, si este no fuera el caso, y si el dinero, por lo tanto, como supone la teoría, adquiriera constantemente mayor poder adquisitivo, quienes lo produjeran o importaran obtendrían ganancias cada vez mayores; y esto no podría ocurrir sin atraer mano de obra y capital a esa ocupación desde otros empleos. Si realmente se produjera una caída general de los precios y un aumento del valor del dinero, solo podría ser consecuencia del aumento del coste de producción, debido al agotamiento gradual de las minas.

Por lo tanto, no es defendible en teoría que el aumento del capital produzca o tienda a producir una disminución general de los precios monetarios. Tampoco es cierto que cualquier disminución general de precios, a medida que el capital aumenta, se haya manifestado en la práctica. Los únicos productos que han bajado de precio con el progreso social son aquellos en los que se han producido mejoras en la producción mayores que las ocurridas en la producción de metales preciosos; como, por ejemplo, todos los tejidos. Otros productos, en lugar de bajar de precio, han subido de precio porque su coste de producción, comparado con el del oro y la plata, ha aumentado. Entre estos se encuentran todos los tipos de alimentos, comparándolos con un período histórico muy anterior. Por lo tanto, la doctrina de que la competencia del capital reduce las ganancias al bajar los precios es incorrecta de hecho, así como errónea en principio.

El Sr. Wakefield, en su Comentario sobre Adam Smith y sus importantes escritos sobre la colonización, adopta una perspectiva mucho más clara del tema y llega, mediante una serie de deducciones sustancialmente correctas, a conclusiones prácticas que me parecen justas e importantes. La explicación del Sr. Wakefield sobre la caída de las ganancias es, en resumen, la siguiente: la producción está limitada, no [pág. 499]No solo por la cantidad de capital y de trabajo, sino también por la extensión del campo de empleo. Este campo de empleo para el capital es doble: la tierra del país y la capacidad de los mercados extranjeros para adquirir sus productos manufacturados. En una extensión limitada de tierra, solo una cantidad limitada de capital puede emplearse con ganancias. A medida que la cantidad de capital se acerca a este límite, la ganancia disminuye; cuando se alcanza este límite, la ganancia desaparece y solo puede restaurarse mediante la ampliación del campo de empleo, ya sea mediante la adquisición de tierras fértiles o la apertura de nuevos mercados en países extranjeros, donde se puedan comprar alimentos y materiales con los productos del capital nacional. 300

§ 2. ¿Qué determina la tasa mínima de ganancia?

En todo momento y lugar existe una tasa de ganancia particular, la mínima que inducirá a la gente de ese país y época a acumular ahorros y a emplearlos productivamente. Esta tasa mínima de ganancia varía según las circunstancias. Depende de dos elementos: uno es la fuerza del deseo efectivo de acumulación; la estimación comparativa, hecha por la gente de ese lugar y época, de los intereses futuros al compararlos con los presentes. Este elemento afecta principalmente la inclinación a ahorrar. El otro elemento, que afecta no tanto la disposición a ahorrar como la a emplear los ahorros productivamente, es el grado de seguridad del capital invertido en operaciones industriales. Al emplear fondos que una persona pueda poseer como capital por cuenta propia, o al prestarlos a otros para que los empleen, siempre existe un riesgo adicional, además del que se incurre al mantenerlos inactivos bajo su propia custodia. Este riesgo adicional es grande en proporción a la inseguridad del estado general de la sociedad: puede ser equivalente al veinte, treinta o cincuenta por ciento, o a no más del uno o dos por ciento; algo, sin embargo, siempre debe serlo. y para ello la expectativa de beneficio debe ser suficiente para compensar.

[pág. 500]

Habría motivos suficientes para ahorrar una cierta cantidad, incluso si el capital no generara ganancias. Existiría un incentivo para ahorrar en épocas de bonanza; para reservar algo para la enfermedad y la dolencia, o como medio de ocio e independencia en la etapa final de la vida, o para ayudar a los hijos en el comienzo. Sin embargo, los ahorros que solo tienen estos fines no tienden mucho a aumentar la cantidad de capital permanente. El ahorro que se suma al capital nacional suele provenir del deseo de las personas de mejorar su condición de vida, o de cuidar de sus hijos u otras personas, independientemente de sus esfuerzos. Ahora bien, para la fuerza de estas inclinaciones influye considerablemente cuánto del objetivo deseado se pueda lograr con una cantidad y duración determinadas de abnegación; lo cual, a su vez, depende de la tasa de ganancia. Y en todos los países existe una tasa de ganancia por debajo de la cual las personas, en general, no encontrarán motivos suficientes para ahorrar con el mero propósito de enriquecerse o de dejar a otros en mejor situación que ellos. Por lo tanto, cualquier acumulación por la cual se aumenta el capital general requiere como condición necesaria una cierta tasa de ganancia, una tasa que una persona promedio considerará como un equivalente de la abstinencia, con el agregado de un seguro suficiente contra el riesgo.

Ya he observado que esta tasa mínima de ganancia, inferior a la cual no es consistente con un mayor aumento del capital, es menor en algunos estados de la sociedad que en otros; y puedo añadir que el tipo de progreso social característico de nuestra civilización actual tiende a disminuirla: (1.) En primer lugar, uno de los efectos reconocidos de ese progreso es un aumento de la seguridad general. La destrucción por guerras y el expolio por violencia privada o pública son cada vez menos temibles. Los riesgos que conlleva la inversión de ahorros en empleo productivo requieren, por lo tanto, una tasa de ganancia menor para compensarlos que la que se requería hace un siglo, y en el futuro requerirán menos que la actual. (2.) En segundo lugar, también es una de las consecuencias de [pág. 501]La civilización permite que la humanidad se vuelva menos esclava del momento y más habituada a llevar sus deseos y propósitos hacia un futuro lejano. Este aumento de la previsión es un resultado natural de la mayor seguridad con la que se puede anticipar el futuro; y se ve, además, favorecido por la mayoría de las influencias que la vida industrial ejerce sobre las pasiones e inclinaciones de la naturaleza humana. A medida que la vida presenta menos vicisitudes, los hábitos se consolidan y las grandes recompensas son cada vez menos esperables por otros medios que no sean la perseverancia, la humanidad se muestra más dispuesta a sacrificar la indulgencia presente por objetivos futuros. Pero, aunque la tasa mínima de ganancia puede variar, y aunque especificar cuál es exactamente en un momento dado sería imposible, dicho mínimo siempre existe; y, sea alto o bajo, una vez alcanzado, no puede haber mayor aumento de capital por el momento. El país ha alcanzado entonces lo que los economistas políticos conocen como el estado estacionario.

§ 3. En los países antiguos y opulentos, las ganancias suelen estar próximas al mínimo.

Llegamos ahora a la proposición fundamental que este capítulo pretende inculcar. Cuando un país ha poseído durante mucho tiempo una gran producción y una cuantiosa renta neta de la que ahorrar, y cuando, por lo tanto, ha existido durante mucho tiempo los medios para generar una gran adición anual de capital (al no contar, como Estados Unidos, con una gran reserva de tierra fértil aún sin explotar), una de las características de dicho país es que la tasa de ganancia se encuentra habitualmente, por así decirlo, a un palmo del mínimo, y el país, por lo tanto, al borde mismo del estado estacionario. Quiero decir que se requeriría poco tiempo para reducir las ganancias al mínimo si el capital continuara aumentando a su ritmo actual y no se produjeran circunstancias que tendieran a elevar la tasa de ganancia mientras tanto.

En Inglaterra, el tipo de interés ordinario de los títulos gubernamentales, en los que el riesgo es prácticamente nulo, puede estimarse en un poco más del tres por ciento: por lo tanto, en todas las demás inversiones, el interés o beneficio calculado sobre (exclusivamente de lo que es propiamente una remuneración por el talento) [pág. 502]o esfuerzo) debe ser mucho mayor que esta cantidad, ya que equivale al grado de riesgo al que se considera expuesto el capital. Supongamos que en Inglaterra incluso una ganancia neta tan pequeña como el uno por ciento, sin incluir el seguro contra riesgos, constituiría un incentivo suficiente para ahorrar, pero que una cantidad inferior no lo sería. Ahora bien, afirmo que la mera continuación del actual aumento anual del capital, si no ocurriera ninguna circunstancia que contrarrestara su efecto, bastaría en pocos años para reducir la tasa de ganancia neta al uno por ciento.

Para cumplir las condiciones de la hipótesis, debemos suponer un cese total de la exportación de capital para la inversión extranjera. Debemos suponer que todos los ahorros de la comunidad se invierten anualmente en empleos realmente productivos dentro del propio país, sin que se abran nuevos canales mediante inventos industriales ni mediante una sustitución más amplia de los procesos más conocidos por otros de menor calidad.

La dificultad de encontrar empleo remunerado cada año para tanto capital nuevo no radicaría en la falta de mercado. Si el nuevo capital se distribuyera adecuadamente entre diversas formas de empleo, generaría demanda para su propio producto, y no habría motivo para que una parte de dicho producto permaneciera disponible más tiempo que antes. Lo que sí sería, no solo difícil, sino imposible, sería emplear este capital sin someterse a una rápida reducción de la tasa de ganancia.

A medida que el capital aumentaba, la población también aumentaba, o no. De no ser así, los salarios subirían y se distribuiría un mayor capital en salarios entre el mismo número de trabajadores. Al no haber más trabajo que antes, ni mejoras que lo hicieran más eficiente, no habría aumento alguno en la producción; y, como el capital, por mucho que aumentara, solo obtendría el mismo rendimiento bruto, el ahorro total de cada año se restaría en la misma cantidad de las ganancias del año siguiente y de todos los años posteriores.

[pág. 503]

Esto puede ilustrarse suponiendo que todo el capital se entrega a los productores en un recipiente que se devuelve lleno al final del período de producción con el desembolso original, más un anticipo llamado ganancia. BC representa el desembolso total, AC el producto total y AB la ganancia en B C. Ahora, como las condiciones de producción siguen siendo las mismas, el mismo número de trabajadores puede producir, como antes, no más que AC; aunque en el segundo año parte de la ganancia del año anterior, representada por DB, se ahorra y se agrega al desembolso por el capitalista. Si DC es ahora el desembolso de capital, la ganancia solo puede ser AC, menos DC, o AD; es decir, la ganancia del segundo año se reduce en DB, exactamente la cantidad de ahorro del año anterior. Y esto se repetiría cada año sucesivo, cada ahorro agregado a BC se restaría exactamente en la misma cantidad de las ganancias del año siguiente y de cada año posterior .

Huelga decir que, en tales circunstancias, las ganancias caerían muy pronto, hasta el punto de que cesaría el crecimiento del capital. Un aumento del capital, mucho más rápido que el de la población, alcanzaría pronto su límite extremo, a menos que fuera acompañado de una mayor eficiencia laboral (mediante inventos y descubrimientos, o una mejor educación mental y física), o a menos que algunos de los trabajadores ociosos o improductivos se volvieran productivos.

Si la población aumentara con el aumento del capital y en proporción a él, la caída de las ganancias seguiría siendo inevitable. El aumento de la población implica una mayor demanda de productos agrícolas. En ausencia de mejoras industriales, esta demanda solo puede satisfacerse con un mayor costo de producción, ya sea cultivando tierras de peor calidad o mediante un cultivo más elaborado y costoso de las tierras ya cultivadas. Por lo tanto, el costo de la subsistencia del trabajador aumenta y, a menos que este se someta a un deterioro de su condición, las ganancias deben caer. En un país antiguo como Inglaterra, si, además de suponer que se suspende toda mejora en la agricultura nacional, suponemos que no hay un aumento de la producción en países extranjeros para el mercado inglés, la caída de las ganancias sería muy rápida. Si ambas vías para un mayor suministro de alimentos fueran [pág. 504]Si se cerraran las granjas y la población siguiera aumentando, como se dice, a un ritmo de mil al día, todas las tierras baldías cultivables en el estado actual de la economía pronto lo serían, y el coste de producción y el precio de los alimentos aumentarían tanto que, si los trabajadores recibieran el aumento salarial necesario para compensar el aumento de sus gastos, las ganancias pronto alcanzarían el mínimo. La caída de las ganancias se frenaría si los salarios no subieran, o lo hicieran en menor medida; pero el margen que se puede obtener con un deterioro en la condición de los trabajadores es muy limitado: en general, no pueden soportar una gran reducción; cuando pueden, también tienen un nivel de necesidades más alto, y no lo harán . En general, por lo tanto, podemos asumir que en un país como Inglaterra, si el actual ahorro anual se mantuviera, sin ninguna de las circunstancias que contrarrestan la influencia natural de dicho ahorro en la reducción de las ganancias, la tasa de ganancia alcanzaría rápidamente el mínimo, y toda acumulación de capital cesaría por el momento.

El Sr. Carey, por otro lado, afirma la existencia de una ley de rendimientos crecientes de la tierra, y que, si bien los salarios aumentan constantemente con el progreso de la sociedad, existe una disminución en la tasa de ganancia, aunque los rendimientos crecientes permiten un aumento de la ganancia absoluta, si no proporcional. Es decir, aunque los salarios aumentan más proporcionalmente que la ganancia, aún queda una cantidad bruta mayor por repartir entre los capitalistas como ganancia, de un producto mayor.

§ 4. —impedidos de alcanzarlo por revulsiones comerciales.

¿Cuáles son, entonces, estas circunstancias contrarias que, en el estado actual de cosas, mantienen una lucha relativamente igual contra la tendencia a la baja de las ganancias e impiden que los grandes ahorros anuales que se producen en este país depriman la tasa de ganancia mucho más cerca de ese punto mínimo al que siempre tiende y que, por sí sola, alcanzaría tan rápidamente? Los agentes que se oponen a ello son de varios tipos.

El primero de ellos es el desperdicio de capital en períodos de exceso de comercio y especulación temeraria, y en las revueltas comerciales. [pág. 505]Por lo que siempre siguen estos tiempos. Se abren minas, se construyen ferrocarriles o puentes, y se inician muchas otras obras de rentabilidad incierta, y en estas empresas se invierte mucho capital que no produce ningún rendimiento o ninguno adecuado a la inversión. Se construyen fábricas y se instala maquinaria que excede las necesidades del mercado o las que puede mantener en funcionamiento. Incluso si se mantienen en funcionamiento, el capital no se invierte menos; se ha convertido de capital circulante en capital fijo y ha dejado de influir en los salarios o las ganancias. Además, se produce un gran consumo improductivo de capital durante el estancamiento que sigue a un período de sobrecomercio general. Los establecimientos cierran o se mantienen funcionando sin obtener beneficios. Tales son los efectos de una revuelta comercial; y que tales revueltas sean casi periódicas es consecuencia de la propia tendencia de las ganancias que estamos considerando. Al cabo de unos años sin crisis, se ha acumulado tanto capital adicional que ya no es posible invertirlo con la rentabilidad habitual. Todos los valores públicos suben de precio, el tipo de interés de los mejores valores mercantiles baja mucho, y la queja generalizada entre los empresarios es que no se gana dinero. Pero la disminución de las ganancias seguras induce a la gente a escuchar con atención cualquier proyecto que ofrezca, aunque con riesgo de pérdida, la esperanza de una mayor tasa de beneficio; y surgen especulaciones que, con las consiguientes revulsiones, destruyen o transfieren a extranjeros una cantidad considerable de capital, producen un aumento temporal de los intereses y los beneficios, abren espacio para nuevas acumulaciones, y se reinicia la misma ronda.

Esta, sin duda, es una causa importante que frena la caída de las ganancias al mínimo, al eliminar ocasionalmente una parte de la masa acumulada que las obliga a bajar. Pero esta no es, como podría inferirse del lenguaje de algunos escritores, la causa principal. Si lo fuera, el capital del país no aumentaría; pero en Inglaterra sí aumenta considerablemente y rápidamente. Esto se demuestra por la creciente productividad de casi todos los impuestos. [pág. 506]por el continuo crecimiento de todos los signos de la riqueza nacional y por el rápido aumento de la población, mientras que la condición de los trabajadores ciertamente no está en declive en general. 301

§ 5. —por mejoras en la producción.

Esto nos lleva al segundo factor contraproducente, a saber, las mejoras en la producción. Estas evidentemente tienen el efecto de ampliar lo que el Sr. Wakefield denomina el campo de empleo; es decir, permiten acumular y emplear una mayor cantidad de capital sin deprimir la tasa de ganancia, siempre que no aumenten proporcionalmente los hábitos y necesidades del trabajador. Si la clase trabajadora aprovecha al máximo el mayor abaratamiento, es decir, si los salarios nominales no bajan, las ganancias no aumentan ni se retrasa su caída. Pero, si los trabajadores se mantienen al nivel de la mejora en su condición y, por lo tanto, vuelven a su estado anterior, las ganancias aumentarán. Todas las invenciones que abaratan los bienes consumidos por los trabajadores, a menos que sus necesidades aumenten en un grado equivalente, con el tiempo reducen los salarios nominales y, al hacerlo, permiten acumular y emplear un mayor capital, antes de que las ganancias vuelvan a su nivel anterior.

Las mejoras que solo afectan a los bienes consumidos exclusivamente por las clases más ricas no operan exactamente de la misma manera. El abaratamiento del encaje o del terciopelo no tiene ningún efecto en la disminución del coste de la mano de obra; y no se puede señalar ningún modo en que pueda elevar la tasa de ganancia, de modo que dé cabida a un mayor capital antes de que se alcance el mínimo. Sin embargo, produce un efecto prácticamente equivalente: reduce, o tiende a reducir, el propio mínimo. En primer lugar, el mayor abaratamiento de los artículos de consumo fomenta la inclinación al ahorro, al proporcionar a todos los consumidores un excedente que pueden guardar, de acuerdo con su estilo de vida habitual. En segundo lugar, cualquier [pág. 507]Permite que las personas vivan igual de bien con un ingreso menor, lo que las inclina a reservar capital para obtener una tasa de ganancia menor. Si las personas pueden vivir con una independencia de [$1,000] al año de la misma manera que antes con [$2,000], algunas se verán inducidas a ahorrar con la esperanza de uno, mientras que la perspectiva más remota del otro las habría disuadido. Por lo tanto, todas las mejoras en la producción de casi cualquier mercancía tienden, en cierta medida, a ampliar el intervalo que debe transcurrir antes de llegar al estado estacionario.

§ 6. —por la importación de artículos necesarios y útiles baratos.

Equivalente en efecto a las mejoras en la producción es la adquisición de cualquier nueva capacidad para obtener productos baratos de países extranjeros. Si los artículos de primera necesidad se abaratan, ya sea por mejoras internas o por importaciones del extranjero, ocurre lo mismo con los salarios y las ganancias. A menos que el trabajador obtenga y, mediante una mejora de su nivel habitual, conserve el beneficio total, el coste de la mano de obra disminuye y la tasa de ganancia aumenta. Mientras se puedan seguir importando alimentos para una población en crecimiento sin que disminuya su precio, se detiene la disminución de las ganancias, causada por el crecimiento de la población y el capital, y la acumulación puede continuar sin que la tasa de ganancia se acerque al mínimo. Y sobre esta base, algunos creen que la derogación de las leyes del grano ha abierto [a Inglaterra] una larga era de rápido crecimiento del capital con una tasa de ganancia constante.

Antes de indagar si esta expectativa es razonable, cabe hacer una observación que difiere mucho de las ideas comúnmente aceptadas. El comercio exterior no necesariamente amplía el campo de empleo del capital. Cuando el comercio exterior abre espacio para más capital con la misma ganancia, es porque permite obtener los artículos de primera necesidad o los artículos de consumo habitual del trabajador a un menor costo. Puede hacerlo de dos maneras: mediante la importación de esos mismos productos o de los medios y aparatos para producirlos. El hierro barato tiene, en cierta medida, el mismo efecto sobre las ganancias y el costo de... [pág. 508]La mano de obra es tan barata como el maíz, porque el hierro barato produce herramientas baratas para la agricultura y maquinaria barata para la confección. Pero un comercio exterior, que ni directa ni indirectamente aumenta el precio de los bienes consumidos por los trabajadores, no tiende, como tampoco una invención o descubrimiento en un caso similar, a aumentar las ganancias ni a frenar su caída; simplemente sustituye la producción de bienes para los mercados extranjeros en lugar de la producción nacional de lujos, dejando el empleo para el capital ni mayor ni menor que antes.

Por supuesto, cabe suponer que, con el aumento del capital, también aumenta la población; pues, de no ser así, el consiguiente aumento de salarios reduciría las ganancias, a pesar del bajo precio de los alimentos. Supongamos, entonces, que la población de Gran Bretaña continúa creciendo al ritmo actual y demanda cada año un suministro de alimentos importados considerablemente mayor que el del año anterior. Este aumento anual en la demanda de alimentos de los países exportadores solo puede lograrse mediante grandes mejoras en su agricultura o mediante la aplicación de un gran capital adicional al cultivo de alimentos. El primer caso probablemente será un proceso muy lento, debido a la rudeza e ignorancia de las clases agrícolas de los países exportadores de alimentos de Europa, mientras que las colonias británicas y Estados Unidos ya poseen la mayoría de las mejoras realizadas, en la medida en que se adaptan a sus circunstancias. Queda, como recurso, la extensión del cultivo. Y a este respecto, cabe destacar que el capital necesario para lograr dicha extensión aún está, en su mayor parte, por crearse. En Polonia, Rusia, Hungría y España, el crecimiento del capital es extremadamente lento. En Estados Unidos es rápido, pero no más rápido que la población. El principal fondo disponible actualmente para abastecer a este país con una importación de alimentos que aumenta cada año es la parte del ahorro anual de Estados Unidos que hasta ahora se ha destinado al crecimiento de las empresas manufactureras de Estados Unidos, y que el libre comercio de maíz podría desviar de ese propósito al cultivo de alimentos para nuestro mercado. Esta limitada fuente de suministro, a menos que se produzcan grandes mejoras en la agricultura, [pág. 509]No se puede esperar que se mantenga el ritmo de la creciente demanda de una población que crece tan rápidamente como la de Gran Bretaña; y, si nuestra población y nuestro capital continúan aumentando con su rapidez actual, el único modo en que se pueden seguir suministrando alimentos a bajo precio a uno es enviando al otro al extranjero para producirlos.

Gráfico XVII. Cultivos de cereales de los Estados Unidos.

Año.

Bushels.

1865

1.127.499.187

1866

1.343.027.868

1867

1.329.729.400

1868

1.450.789.000

1869

1.491.412.100

1870

1.629.027.600

1871

1.528.776.100

1872

1.664.331.600

1873

1.538.892.891

1874

1.455.180.200

1875

2.032.235.300

1876

1.962.821.600

1877

2.178.934.646

1878

2.302.254.950

1879

2.434.884.541

1880

2.448.079.181

1881

2.699.394.496

1882

2.699.394.496

1883

2.623.319.089

Ni siquiera los estadounidenses tienen un conocimiento adecuado de la capacidad productiva de Estados Unidos. Los campos de cereales aún no están todos ocupados; y podemos producir fácilmente el consumo total de algodón del mundo con esa cantidad de tierra, solo en Texas, por la cual toda la superficie cultivable de ese estado supera la superficie correspondiente del imperio de Austria-Hungría (véase el Gráfico n.° XVIII , que muestra la notable proporción de tierra que posee Estados Unidos en comparación con los países europeos); y las exportaciones de alimentos agrícolas de Estados Unidos son ahora seis veces superiores a las de 1850, aproximadamente la época en que el Sr. Mill hizo las declaraciones anteriores. Inmensas áreas de nuestro suelo aún no han sido... [pág. 510]La tierra ha sido quebrada por el arado, y la cantidad de cereales cultivados en Estados Unidos parece estar en constante aumento. De hecho, la mayor cosecha de cereales hasta la fecha en este país fue la de 1882. La comparación de las cosechas de los últimos años con las que siguieron a la guerra (como se observa en el Gráfico n.° XVII ) muestra un aumento muy sugerente, ya que indica dónde se ha dado empleo a un gran número de trabajadores y dónde se ha invertido nuestro capital en rápido crecimiento. 302

§ 7. —por la emigración del Capital.

Esto nos lleva a la última de las fuerzas contrarias que frenan la tendencia a la baja de las ganancias en un país cuyo capital crece más rápido que el de sus vecinos y, por lo tanto, sus ganancias se acercan al mínimo. Se trata del flujo constante de capital hacia colonias o países extranjeros en busca de mayores ganancias que las que se pueden obtener en el país. Creo que esta ha sido, durante muchos años, una de las principales causas que han frenado la caída de las ganancias en Inglaterra. Tiene un doble efecto: en primer lugar, produce el mismo efecto que un incendio, una inundación o una crisis comercial: se lleva una parte del aumento de capital del que procede la reducción de las ganancias; en segundo lugar, el capital así llevado no se pierde, sino que se emplea principalmente en la fundación de colonias, que se convierten en grandes exportadores de productos agrícolas baratos, o en la expansión y, quizás, la mejora de la agricultura de comunidades más antiguas.

En países más avanzados en industria y población, y por lo tanto con una tasa de ganancia más baja que otros, siempre existe, mucho antes de alcanzar el mínimo real, un mínimo práctico, es decir, cuando las ganancias han caído tan por debajo de las de otros países que, de caer aún más, toda la acumulación posterior se iría al extranjero. Mientras existan países antiguos donde el capital crece muy rápidamente y países nuevos donde la ganancia se mantiene alta, las ganancias en los países antiguos no disminuirán a un ritmo que detenga la acumulación: la caída se detiene en el punto que envía el capital al extranjero.

[pág. 511]


Capítulo IV. Consecuencias de la tendencia de las ganancias al mínimo y del estado estacionario.

§ 1. La abstracción de capital no es necesariamente una pérdida nacional.

La teoría del efecto de la acumulación sobre las ganancias debe mitigar considerablemente, o mejor dicho, destruir por completo, en países donde las ganancias son bajas, la enorme importancia que solían conceder los economistas políticos a los efectos que un evento o una medida gubernamental pudiera tener al aumentar o disminuir el capital del país. Hemos visto que la escasez de ganancias demuestra que el espíritu de acumulación es tan activo y que el aumento del capital ha avanzado a un ritmo tan rápido que supera las dos contrapartes: las mejoras en la producción y el aumento de la oferta de artículos de primera necesidad baratos del extranjero. Una extracción repentina de capital, a menos que sea de una cantidad desmesurada, no tendría ningún efecto real en el empobrecimiento del país. Después de unos meses o años, existiría en el país tanto capital como si no se hubiera extraído. La extracción, al aumentar las ganancias y los intereses, daría un nuevo impulso al principio acumulativo, que rápidamente llenaría el vacío. Probablemente, el único efecto que se seguiría de ello sería que durante algún tiempo se exportaría menos capital y se desperdiciaría menos en especulaciones arriesgadas.

En primer lugar, pues, esta visión de las cosas debilita enormemente, en un país rico y trabajador, la fuerza del argumento económico contra el gasto de dinero público en fines realmente valiosos, aunque laboriosamente improductivos. En los países pobres, el capital del país requiere el cuidado diligente del legislador; este está obligado [pág. 512]Ser sumamente cautelosos al no usurparla y favorecer al máximo su acumulación interna y su introducción desde el extranjero. Pero en países ricos, poblados y altamente cultivados, el elemento deficiente no es el capital, sino la tierra fértil; y lo que el legislador debería desear y promover no es un mayor ahorro agregado, sino una mayor rentabilidad del ahorro, ya sea mediante un mejor cultivo o mediante el acceso a los productos de tierras más fértiles en otras partes del mundo.

Las mismas consideraciones nos permiten descartar como indigno de consideración uno de los argumentos comunes contra la emigración como medio de alivio para la clase trabajadora. Se dice que la emigración no beneficia a los trabajadores si, para sufragar el costo, se debe sustraer tanto del capital como de la población. Si una décima parte de los trabajadores de Inglaterra fuera trasladada a las colonias, y con ella una décima parte del capital circulante del país, los salarios, las ganancias o ambos se beneficiarían enormemente al disminuir la presión del capital y la población sobre la fertilidad de la tierra. Solo los terratenientes sufrirían alguna pérdida de ingresos; e incluso ellos, solo si la colonización llegara al extremo de disminuir el capital y la población, pero no si simplemente se llevara el crecimiento anual.

§ 2. En los países opulentos, la extensión de la maquinaria no es perjudicial sino beneficiosa para los trabajadores.

A partir de los mismos principios, podemos llegar ahora a una conclusión definitiva respecto a los efectos que la maquinaria, y en general la inversión de capital con fines productivos, produce sobre los intereses inmediatos y finales de la clase trabajadora. La propiedad característica de esta clase de mejoras industriales es la conversión del capital circulante en fijo; y se demostró en el primer libro 303 que, en un país donde el capital se acumula lentamente, la introducción de maquinaria, mejoras permanentes de la tierra y similares, podría ser, temporalmente, extremadamente perjudicial; ya que el capital así empleado podría tomarse directamente del... [pág. 513]El fondo salarial, la subsistencia de la población y el empleo laboral se redujeron, y el producto bruto anual del país, de hecho, disminuyó. Pero en un país con grandes ahorros anuales y bajas ganancias, no deben temerse tales efectos. Simplemente extrae por un orificio lo que ya fluía por otro; o, si no, el mayor espacio vacante que queda en el depósito no hace más que generar una mayor cantidad de flujo. En consecuencia, a pesar de los perjudiciales trastornos del mercado monetario ocasionados por las grandes sumas que se están invirtiendo en ferrocarriles, no estoy de acuerdo con quienes temen cualquier daño, de esta fuente, a los recursos productivos del país. No por el absurdo argumento (que para cualquiera familiarizado con los elementos del tema no necesita refutación) de que el gasto ferroviario es una mera transferencia de capital de mano en mano, por la cual nada se pierde ni se destruye. Esto es cierto respecto a lo que se gasta en la compra de tierras; una parte también de lo que se paga a los agentes, asesores, ingenieros y agrimensores, es ahorrada por quienes la reciben, y se convierte nuevamente en capital; pero lo que se invierte en la construcción de buena fe del ferrocarril mismo se pierde y desaparece; una vez gastado, es incapaz de volver a pagarse en salarios o de aplicarse al mantenimiento de los trabajadores; en resumen, el resultado es que se han consumido muchos alimentos, ropa y herramientas, y en su lugar el país tiene un ferrocarril.

De estas consideraciones se desprende que la conversión de capital circulante en fijo, ya sea mediante ferrocarriles, fábricas, barcos, maquinaria, canales, minas u obras de drenaje e irrigación, no es probable, en ningún país rico, que disminuya el producto bruto ni la cantidad de mano de obra empleada. Casi ningún aumento de capital fijo permite al país contener eventualmente un capital circulante mayor del que de otro modo podría poseer y emplear dentro de sus propios límites; pues casi ninguna creación de capital fijo, cuando tiene éxito, no abarata los artículos en los que habitualmente se gastan los salarios.

[pág. 514]

En cuanto a los efectos sobre la condición material de la clase asalariada, dado que parece claro que el capital crece más rápido que las mejoras, y probablemente incluso más rápido que la población, se deduce que en países donde las clases trabajadoras están evidentemente creciendo en inteligencia, sus salarios aumentan con el progreso de la sociedad. Esta parece ser, sin duda, la enseñanza de los últimos estudios del Sr. Giffen (véase Libro IV, Cap. III, § 5 ).

§ 3. El estado estacionario de riqueza y población es temido por algunos escritores, pero no indeseable en sí mismo.

¿Hacia qué punto final tiende la sociedad mediante su progreso industrial? Cuando el progreso cese, ¿en qué condiciones podemos esperar que deje a la humanidad?

Los economistas políticos siempre han tenido claro, con mayor o menor claridad, que el aumento de la riqueza no es ilimitado; que al final de lo que denominan estado progresivo se encuentra el estado estacionario; que todo progreso en la riqueza no es más que un aplazamiento de este, y que cada paso adelante es una aproximación a él. Ahora hemos llegado a reconocer que este objetivo final está siempre lo suficientemente cerca como para ser plenamente visible; que siempre estamos al borde de él, y que, si no lo hemos alcanzado hace mucho tiempo, es porque el objetivo mismo se nos escapa. Los países más ricos y prósperos alcanzarían muy pronto el estado estacionario si no se realizaran más mejoras en las artes productivas y si se detuviera el flujo de capital de esos países hacia las regiones incultas o mal cultivadas del planeta. Adam Smith siempre asume que la condición de la masa popular, aunque no sea realmente precaria, debe verse limitada y limitada en un estado estacionario de riqueza, y solo puede ser satisfactoria en un estado progresivo. La doctrina de que, por muy distante que sea la lucha incesante para posponer nuestra perdición, el progreso de la sociedad debe «terminar en aguas poco profundas y en miserias», lejos de ser, como muchos todavía creen, una malvada invención del señor Malthus, fue afirmada expresa o tácitamente por sus más distinguidos predecesores, y solo puede ser combatida con éxito sobre la base de sus principios.

Incluso en un estado progresivo de capital, en los países viejos, es indispensable una restricción consciente o prudencial de la población, para evitar que el aumento de los números supere [pág. 515]El aumento del capital y el deterioro de la condición de las clases más desfavorecidas de la sociedad. Donde no existe, en la población, o en una gran proporción de ella, una resistencia firme a este deterioro —una determinación de preservar un nivel establecido de bienestar—, la condición de la clase más pobre se hunde, incluso en un estado progresivo, hasta el punto más bajo que consienten soportar. La misma determinación sería igualmente eficaz para mantener su condición en el estado estacionario, y tendría la misma probabilidad de subsistir.

Por lo tanto, no puedo considerar el estado estacionario del capital y la riqueza con la aversión indiferenciada que tan generalmente manifiestan hacia él los economistas políticos de la vieja escuela. Me inclino a creer que, en general, representaría una mejora considerable respecto a nuestra situación actual.

Solo en los países atrasados del mundo el aumento de la producción sigue siendo un objetivo importante; en los más avanzados, lo que se necesita económicamente es una mejor distribución, siendo un medio indispensable una restricción más estricta de la población. Por otro lado, podemos suponer que esta mejor distribución de la propiedad se logra mediante el efecto conjunto de la prudencia y la frugalidad de los individuos, y de un sistema legislativo que favorezca la igualdad de fortunas, en la medida en que sea compatible con el justo derecho del individuo a los frutos, grandes o pequeños, de su propia industria. Podemos suponer, por ejemplo (según la sugerencia formulada en un capítulo 304 anterior ), una limitación de la suma que cualquier persona puede adquirir por donación o herencia, a la cantidad suficiente para constituir una independencia moderada. Bajo esta doble influencia, la sociedad exhibiría estas características principales: un cuerpo de trabajadores bien pagados y adinerados; sin enormes fortunas, salvo las ganadas y acumuladas durante una sola vida; pero un cuerpo de personas mucho mayor que el actual, no solo exento de los trabajos más rudos, sino con suficiente [pág. 516]Ocio, tanto físico como mental, a partir de detalles mecánicos, para cultivar libremente las virtudes de la vida y ofrecer ejemplos de ellas a las clases menos favorecidas para su desarrollo. Esta condición social, tan preferible a la actual, no solo es perfectamente compatible con el estado estacionario, sino que, al parecer, se alinea con él más naturalmente que con cualquier otro.

Sin duda, hay espacio en el mundo, incluso en los países antiguos, para un gran aumento de población, suponiendo que las artes de la vida sigan mejorando y el capital aumente. Pero incluso si fuera inocuo, confieso que veo muy pocas razones para desearlo. La densidad de población necesaria para que la humanidad obtenga, en el mayor grado posible, todas las ventajas tanto de la cooperación como de las relaciones sociales se ha alcanzado en todos los países más poblados. Si la tierra debe perder esa gran parte de su encanto que debe a cosas que el aumento ilimitado de la riqueza y la población le arrebataría, con el mero propósito de permitirle sustentar una población mayor, pero no mejor ni más feliz, espero sinceramente, por el bien de la posteridad, que se contenten con permanecer estacionarios mucho antes de que la necesidad los obligue a ello.

Es casi innecesario recalcar que una condición estacionaria de capital y población no implica un estado estacionario de mejora humana. Incluso las artes industriales podrían cultivarse con el mismo fervor y éxito, con la única diferencia de que, en lugar de servir únicamente al aumento de la riqueza, las mejoras industriales producirían su legítimo efecto: reducir el trabajo. Hasta ahora, es cuestionable si todos los inventos mecánicos realizados hasta la fecha han aligerado el trabajo diario de cualquier ser humano. Han permitido que una mayor población viva la misma vida de trabajo penoso y encarcelamiento, y que un mayor número de fabricantes y otros amasen fortunas. Han aumentado las comodidades de la clase media.

La afirmación de que las invenciones no han “ alivio el trabajo diario de ningún ser humano ” ha sido mal citada de forma persistente. [pág. 517]Por muchas personas y se ha excluido de su contexto. El Sr. Mill sostiene categóricamente que la situación de los trabajadores podría haber mejorado si hubiera habido alguna limitación demográfica; que es el crecimiento constante de la población a medida que la sociedad progresa lo que destruye las ganancias que las mejoras brindan a las clases trabajadoras. Pero es casi seguro que los hechos sustanciales de la declaración del Sr. Mill ya no son ciertos. En Estados Unidos, los salarios han aumentado, con una ganancia adicional en precios más bajos; y el Sr. Giffen muestra el mismo progreso en Inglaterra. Además, viajeros del continente hablan de un movimiento similar que ya se observa allí. La declaración del Sr. Giffen, en su comparación 305 con hace cincuenta años, es la siguiente:

Si bien los salarios nominales han aumentado, como hemos visto, las horas de trabajo han disminuido. Es difícil estimar la magnitud de esta disminución, pero tras recopilar una o dos noticias dispersas, me inclinaría a decir que casi un 20 %. Esta reducción se ha producido al menos en los sectores textil, de ingeniería y de la construcción de viviendas. El trabajador recibe entre un 50 % y un 100 % más de dinero por un 20 % menos de trabajo; en cifras redondas, ha ganado entre un 70 % y un 120 % en cincuenta años en rendimiento monetario. Es posible, por supuesto, que el trabajador pueda hacer tanto, o casi tanto, en un período más corto como en sus horas más largas. Aun así, existe la ventaja de dedicar menos tiempo a su tarea, algo que muchas de las clases que aún se esfuerzan día a día en el trabajo agradecerían .

[pág. 518]


Capítulo V. Del posible futuro de las clases trabajadoras.

§ 1. La posibilidad de mejora mientras los trabajadores sigan siendo meros receptores de salarios.

Probablemente nunca ha habido un momento en que se haya prestado tanta atención a las condiciones materiales y sociales de la clase trabajadora como en los últimos años. El gran auge de la literatura y la difusión del periódico han brindado a todos los lectores, incluso allí donde las organizaciones benéficas públicas y privadas no han enviado testigos directos de la miseria, un conocimiento más explícito de la clase trabajadora que nunca. La revelación de la pobreza y la miseria existentes se interpreta, a menudo erróneamente, como una prueba de la creciente degradación de los trabajadores, y la causa se ha atribuido a la crueldad codiciosa de los capitalistas. Los casos de injusticia derivados de las relaciones entre empleadores y empleados ocurrirán mientras la naturaleza humana siga siendo imperfecta. Pero el mundo espera que se desarrolle una relación diferente a la de patrón y trabajador, en la que no solo se eviten muchos males reconocidos, sino que también se apliquen nuevas fuerzas para liberar al trabajador de su dependencia de otras clases de la comunidad.

Actualmente, vivimos bajo un régimen de propiedad privada y competencia. Pero ciertamente, el progreso del trabajador no es lo que puede despertar grandes esperanzas para el futuro, mientras siga siendo un mero receptor de salarios. El progreso de las mejoras industriales ha resultado, dice el Sr. Cairnes, en « una mejora temporal de la condición del trabajador, seguida de un aumento de la población y una mayor demanda de la mercancía abaratada... Las mercancías de los trabajadores, sin embargo, son en su mayor parte mercancías de productos básicos, o en las que la materia prima constituye el principal elemento del valor (la ropa es, en realidad, la única excepción importante); y de todas estas mercancías, la ley bien conocida es que un aumento de la cantidad solo puede obtenerse, en igualdad de condiciones, a un coste proporcional creciente. Así, ha sucedido que la ganancia en productividad obtenida mediante procesos mejorados, después de una generación, se ha perdido en gran medida... [pág. 519]es decir, por cualquier beneficio que pueda derivarse de ello en favor de salarios y ganancias... El gran aumento de la riqueza del país no se ha destinado ni a ganancias ni a salarios, ni tampoco al público en general [como consumidores], sino a engrosar un fondo en constante crecimiento incluso mientras sus propietarios duermen: la renta de los dueños de la tierra... El rendimiento total de la tierra ha aumentado enormemente; pero el costo de la parte más costosa del producto, que es la que determina el precio total, se mantiene prácticamente igual. Por lo tanto, las ganancias no han aumentado en absoluto, y la remuneración real del trabajador, considerando todo el campo laboral, solo ha aumentado ligeramente; en todo caso, en un grado muy alejado del progreso general de la industria .

En estas condiciones, parece que la única esperanza de mejora para las clases trabajadoras reside en la limitación de la población, o al menos en un aumento numérico menor que el del capital y las mejoras. Sin embargo, es posible que el Sr. Cairnes, como muchos otros, no haya reconocido la magnitud de la mejora que se está produciendo en los salarios del trabajador bajo el orden social vigente. Aunque oímos hablar mucho de los agravios de los trabajadores —y sin duda existen—, es indudable que su condición ha mejorado enormemente en los últimos cincuenta años; en gran medida, en mi opinión, porque las mejoras han superado a la población, porque amplias áreas de tierra fértil en países nuevos y pacíficos han absorbido el excedente de población de los países más antiguos, y porque las zonas disponibles en países más nuevos, como Estados Unidos, aún no se han cubierto con una población lo suficientemente densa como para mantener los salarios reales por debajo de un nivel relativamente alto. Los hechos que sustentan esta opinión, en lo que respecta a Gran Bretaña, se encuentran en una investigación reciente 307 del Sr. Giffen, estadístico de la Junta de Comercio Inglesa. Por una reducción considerable en las horas de trabajo diario, el trabajador ahora recibe un salario promedio un 70 % superior al de hace cincuenta años, como se puede observar en la siguiente tabla:

[pág. 520]

Ocupación.

Lugar.

Salario hace cincuenta años, por semana.

Salario, tiempo actual, por semana.

Aumento o disminución, cantidad, por ciento.

Carpinteros

Manchester

24 0

34 0

10 0 (+) 42

Glasgow

14 0

26 0

12 0 (+) 85

albañiles

Mánchester 308

24 0

36 0

12 0 (+) 50

Glasgow

15 0

27 0

12 0 (+) 80

masones

Mánchester 309

24 0

29 10

5 10 (+) 24

Glasgow

14 0

23 8

9 8 (+) 69

Mineros

Staffordshire

2 8 310

4 0 311

1 4 (+) 50

Tejedores de patrones

Huddersfield

16 0

25 0

9 0 (+) 55

Estropajos de lana

"

17 0

22 0

5 0 (+) 30

Hilanderos de mulas

"

25 6

30 0

4 6 (+) 20

Tejedores

"

12 0

26 0

14 0 (+) 115

Urdidores y proyectores

"

17 0

27 0

10 0 (+) 58

Bobinadoras y enrolladores

"

6 0

11 0

5 0 (+) 83

Tejedores (hombres)

Bradford

8 3

20 6

12 3 (+) 150

Bobinado y urdido

"

7 9

15 6

7 9 (+) 100

Hilado (niños)

"

4 5

11 6

7 1 (+) 160

Con el aumento de los salarios, los precios no son mucho más altos que hace cincuenta años. Pero la evidencia más clara de su mejora en la situación material se encuentra en la siguiente tabla, que muestra la cantidad de alimentos consumidos per cápita por la población total de Gran Bretaña:

Artículos.

1840.

1881.

Tocino y jamones, Libras.

0.01

13.93

Mantequilla, Libras.

1.05

6.36

Queso, libras.

0,92

5.77

Grosellas y pasas, Libras.

1.45

4.34

Huevos, No.

3.63

21.65

Patatas, Libras.

0.01

12.5

Arroz, libras.

0.90

16.32

Cacao, Libras.

0.08

0.31

Café, libras.

1.08

0.89

Maíz, trigo y harina de trigo, libras.

42.47

216.92

Azúcar sin refinar, libras.

15.20

58,92

Azúcar refinada, Libras.

Nulo.

8.44

Té, libras.

1.22

4.58

Tabaco, Libras.

0.86

1.41

Vino, galones.

0,25

0.45

Licores, galones.

0,97

1.08

Malta, bushels.

1.59

1.91 312

Surge entonces de inmediato la pregunta de si las estadísticas demuestran que el capital ha ganado en consecuencia o si el aumento ha sido proporcionalmente menor que el de los salarios. [pág. 521]Dice el Sr. Giffen: “ Si el retorno al capital se hubiera duplicado, como los salarios de las clases trabajadoras parecen haberse duplicado, el ingreso agregado de las clases capitalistas devuelto al impuesto sobre la renta ahora sería de £800,000,000 en lugar de £400,000,000.... El capitalista, como tal, obtiene un interés bajo por su dinero, y el retorno agregado al capital no es una tercera parte del ingreso agregado del país, que puede estimarse en no menos de £1,200,000,000 ” . Se encuentra, además, como una sugerencia de que la propiedad está más generalmente difundida, que mientras que hubo 25,368 propiedades ingresadas para sucesión en 1838, de un valor promedio de £2,160 cada una, hubo 55,359 propiedades en 1882 de un valor promedio de £2,500 cada una.

Sin embargo, el enorme aumento de la riqueza, posibilitado por las mejoras y el crecimiento del capital, habría mejorado aún más la situación de todos si la población hubiera sido algo más limitada. En la actualidad, la ganancia material ha sido considerable a pesar del aumento de la población de 16.500.000 en 1831 a casi 30.000.000 en 1881. En otras palabras, los terratenientes han obtenido grandes beneficios, mientras que los trabajadores han recibido mucho más de lo que el Sr. Cairnes suponía.

Existen datos muy impactantes sobre Estados Unidos que apuntan en la misma dirección que los del Sr. Giffen. Los gráficos n.º XIX y XX muestran vívidamente hasta qué punto el aumento de la productividad de una industria, derivado de una mayor destreza y eficiencia laboral en relación con la maquinaria mejorada, ha permitido a los fabricantes reducir constantemente el precio de sus productos y, sin embargo, aumentar los salarios de sus operarios. Lo que era cierto para estas dos fábricas de algodón era cierto para otras en Nueva Inglaterra; pues el salario pagado por estas fábricas era el vigente en el país en 1830 y 1884. Si bien cada huso y telar se ha vuelto mucho más eficiente, vemos en el gráfico n.º XIX que la producción promedio de cada operario aumentó constantemente de 4321 yardas por año en 1830 a 28 032 yardas en 1884; Y esto fue lo que hizo posible el correspondiente aumento en la tasa salarial de $164 en 1830 a $290 en 1884. La suma de $290 al año como promedio para cada trabajador es un estipendio demasiado pequeño para causar satisfacción general; pero quien no vea que $290 es una posesión alegre en comparación con $164 debe estar realmente deprimido. Hay, entonces, abundantes motivos para creer que en los últimos cincuenta años la condición de las clases trabajadoras en los Estados Unidos ha mejorado materialmente. La proporción decreciente del precio que va al capital es un hecho significativo e ilustra la tendencia de las ganancias a caer con el aumento del capital. 313 La misma verdad parece ser [pág. 522]como se ve en la tabla dada en un capítulo anterior, 314 , donde se han aumentado los salarios, pero las horas diarias han bajado de trece a once desde 1840.

§ 2.—a través de pequeñas propiedades, en las que se comparte la ganancia del terrateniente.

Hasta ahora hemos considerado las posibilidades de mejora en un orden industrial que mantenga la separación actual entre capitalistas y trabajadores. Pero esto no considera el futuro, cuando el cultivo en Estados Unidos se vea obligado a reubicarse en tierras inferiores, y no queden más tierras por ocupar, y cuando el capital ya no pueda crecer tan rápido como la población. ¿Cuál debe ser la perspectiva final para los asalariados? O, en términos más prácticos, ¿cuál es la perspectiva actual para quienes perciben salarios y para quienes parece deseable una distribución más equitativa del producto? ¿Cómo pueden escapar de la servidumbre de la dependencia de la acumulación ajena?

En este sentido, y de suma importancia, se abre la posibilidad a todos los propietarios de pequeñas propiedades de participar en el incremento que corresponde a los propietarios de tierras. Se ha observado que los propietarios de tierras se benefician constantemente de las inevitables tendencias del progreso industrial. Si un gran propietario se beneficia, ¿por qué no debería ser el mismo el incremento si diez propietarios poseyeran la propiedad en lugar de uno? Cuanto más se subdivida la tierra, mayor será el reparto del enorme incremento derivado de la renta entre un mayor número de propietarios. Esta, en mi opinión, es la razón más poderosa para fomentar la pequeña propiedad en todos los países. Cuanto mayor sea la extensión de la pequeña propiedad entre la clase trabajadora, mayor será su participación en la parte del producto que corresponde al propietario de la tierra debido al crecimiento continuo de la población. Si, entonces, la ganancia derivada de las mejoras se transfiere en gran medida a los terratenientes, como cree el Sr. Cairnes, sería absolutamente necesario difundir entre las clases trabajadoras la doctrina de que si poseen sus propias casas y compran la tierra en la que viven, en esa medida se enriquecerán mientras duermen, independientemente de sus otros esfuerzos. Una tierra que vale $500 hoy, comprada con los ahorros de un trabajador, además del respeto propio que le brinda, aumentará de valor con el [pág. 523]densidad de población, y llegar a valer 600 dólares o más sin ningún otro sacrificio suyo.

§ 3. —mediante cooperación, por la cual se reparten los salarios del gerente.

Se descubrirá, sin embargo, que, de las diversas recompensas industriales, las ganancias tienden a disminuir; por " ganancias " se entiende únicamente el interés y el seguro otorgados por la abstinencia y el riesgo en el uso del capital; pero que los salarios del gerente (salarios de supervisión) son mayores de lo que comúnmente se supone en relación con otras recompensas industriales, debido a la posición de monopolio que prácticamente ostenta la capacidad ejecutiva competente para gestionar con éxito grandes intereses empresariales. Para el trabajador, este cuantioso pago al gerente parece corresponder a la posesión de capital. Ahora sabemos que esto es erróneo. Los salarios del gerente son pagos de exactamente la misma naturaleza que los salarios de cualquier trabajador. No importa si los salarios se pagan por trabajo manual o intelectual. El pago al capital, en sí mismo, conocido como interés (con seguro contra el riesgo), está disminuyendo inequívocamente, incluso en Estados Unidos. Y, sin embargo, vemos que los hombres obtienen enormes recompensas mediante operaciones industriales; pero estos rendimientos son, en esencia, únicamente salarios de gerente. Pues en muchos casos, como se ha discutido hasta ahora, hemos visto que el gerente no es el propietario del capital que emplea. ¿A qué nos lleva esto? Inevitablemente, a la conclusión de que el trabajador, si quiere convertirse en algo más que un simple receptor de salarios, en el sentido ordinario, debe ascender en la escala de trabajadores hasta alcanzar la habilidad y el poder necesarios para controlar los salarios del gerente. La importancia de este principio para el trabajador no puede exagerarse, y de él se derivan importantes consecuencias para toda la condición social de las clases bajas. Nos lleva directamente a los medios por los cuales las clases bajas pueden ascender a una posición superior —cuyos detalles concretos, por supuesto, son difíciles, pero, al no estar incluidos en la economía política, deben dejarse a la sociología— y constituye la base esencial de la esperanza para cualquier extensión adecuada de la cooperación productiva. En resumen, la cooperación debe su existencia a la posibilidad de dividir el salario del empresario, en mayor o menor medida, entre los llamados asalariados, o la " clase trabajadora " . Y es desde esta perspectiva que la cooperación se percibe con mayor veracidad y precisión que de cualquier otra manera. Pues cabe decir que, en algunas de sus formas, la cooperación ofrece los resultados económicos más prometedores para la condición del trabajador que se han alcanzado hasta ahora en el largo debate sobre las relaciones entre el trabajo y el capital.

§ 4. Cooperación distributiva.

Mi objetivo será, pues, describir las principales formas en que se ha manifestado el principio cooperativo. En general, se pueden decir cuatro: (1) cooperación distributiva, mediante la cual los bienes ya producidos se compran y venden a [pág. 524]miembros sin la ayuda de comerciantes minoristas; (2) cooperación productiva, mediante la cual se forman asociaciones para producir y fabricar bienes para el mercado; (3) cooperación productiva parcial en forma de sociedades industriales entre trabajadores y empleadores, sin prescindir de estos últimos; y (4) bancos cooperativos o bancos populares. Existen, por supuesto, muchas otras formas en las que se ha aplicado el principio de cooperación; pero estas cuatro son probablemente las más características.

La cooperación distributiva es a la vez la forma más sencilla y exitosa, no solo porque requiere menos capital que cualquier otra para su creación, sino también porque exige menor capacidad empresarial y ejecutiva. El número de personas capaces de gestionar una pequeña tienda minorista es mucho mayor que el de las personas aptas para asumir el control de las complejas tareas que implica la gestión de las tiendas mayoristas, o, en todo caso, de fábricas. La cooperación distributiva tiene su origen en que se puede prescindir por completo de los gastos de un intermediario entre el productor y el consumidor, y en que se ha acumulado más capital en el negocio de la distribución del que se podría emplear económicamente. Su capacidad educativa sobre los trabajadores involucrados, enseñándoles a ahorrar, mostrando la necesidad de métodos empresariales e inculcando los elementos de la gestión industrial, es de gran importancia. Por lo tanto, es la mejor vía de acceso para cualquier experimento cooperativo posterior o más complejo, experimentos que solo pueden intentarse después de haber ahorrado el capital adecuado y de haber descubierto o desarrollado mediante formación la capacidad ejecutiva necesaria. En Inglaterra, la cooperación comenzó su historia en los almacenes de distribución y finalmente ha propiciado tal estímulo de autoayuda en el trabajador, que ahora los gimnasios, bibliotecas, jardines y otros resultados cooperativos han demostrado la sabiduría de recurrir a los trabajadores para su propio esfuerzo. Bajo el sistema que separa a empleadores de empleados, los salarios altos no son el único beneficio que los receptores podrían desear; pues a veces se descubre que los trabajadores mejor pagados son los más imprudentes e intemperantes. 316 Para los trabajadores más ignorantes y poco cualificados de los estratos más bajos, el objetivo parecería ser no solo dar más salarios, sino dar más de tal manera que pueda despertar nuevos y mejores motivos, un deseo, así como una posibilidad de mejora. La autoayuda debe ser estimulada, no amortiguada por una dependencia agobiante de una clase de superiores o del Estado. El extraordinario crecimiento de la cooperación es uno de los signos más alentadores de los tiempos modernos. La cooperación distributiva se originó en Rochdale, Inglaterra, alrededor de 1844, con unos pocos trabajadores deseosos de ahorrarse los altos precios que se pagaban por los víveres de mala calidad. Al unirse, adquirieron... [pág. 525]Té en cajas y azúcar en toneles, que vendían a cada socio a precio de mercado. Les sorprendió la gran ganancia que obtuvieron con la operación, que dividieron proporcionalmente al capital suscrito. Pronto se les unieron otros; adquirieron un almacén, y en 1882 contaban con 10.894 socios, con un capital social de 1.576.215 dólares y unas ganancias realizadas ese año de 162.885 dólares. Han construido costosos molinos de harina a vapor, y la sociedad ocupa dieciocho sucursales en Rochdale. Se han mantenido bibliotecas con más de 15.000 volúmenes y clases de ciencias, lenguas y artes técnicas, a las que asisten 500 estudiantes. La ampliación del almacén de Rochdale obligó a establecer un establecimiento mayorista propio. Actualmente es una gran institución con sucursales en Londres y Newcastle. Posee fábricas en Londres, Manchester, Newcastle, Leicester, Durham y Crumpsall ; y depósitos en Cork, Limerick, Kilmallock, Waterford, Tipperary, Tralee y Armagh para la compra de mantequilla, patatas y huevos. Tiene compradores en Nueva York y Copenhague, y posee dos barcos de vapor. Cuenta con un departamento bancario con una facturación anual de más de 12 millones de libras esterlinas . 317

Las siguientes cifras para Inglaterra y Gales cuentan su propia historia en cuanto al progreso de la cooperación: 318

1862.

1881.

Número de miembros

90.000

525.000

Capital: Compartir

428.000

5.881.000

Capital: Préstamo

55.000

1.267.000

Ventas

2.333.000

20.901.000

Beneficio neto

165.000

1.617.000

Varias personas aportan una suma cada una para constituir el capital social de una tienda, y se selecciona a una persona para encargarse de la compra y el cuidado de la mercancía. Las ventajas del plan son: (1) repartición entre los cooperativistas de todas las ganancias netas del comercio minorista; (2) ahorro en publicidad, ya que los socios siempre compran sin solicitud; (3) ausencia de pérdidas por deudas incobrables, ya que solo se permiten ventas al contado; y (4) protección contra fraudes en cuanto a la calidad de la mercancía, ya que no hay incentivos para obtener ganancias por adulteraciones. A menudo se observa que el capital se renueva diez veces al año; mientras que el coste de gestión en las tiendas mayoristas de Rochdale no alcanza el uno por ciento de las ganancias.

[pág. 526]

Español La disposición de las obligaciones en el debido orden de prioridad, que ha sido recomendada por el Sr. Holyoake, 319 es como sigue: de los fondos en la tienda, el pago debe hacerse, (1) de los gastos de administración; (2) de los intereses debidos sobre todos los préstamos; (3) de una cantidad equivalente al diez por ciento del valor del stock fijo para cubrir la depreciación anual por desgaste; (4) de los dividendos sobre el capital suscrito de los socios; 320 (5) de la suma que sea necesaria para una extensión del negocio; (6) del dos y medio por ciento de la ganancia restante, después de que todos los artículos anteriores se hayan previsto, para fines educativos; (7) del residuo, y solo eso, entre todas las personas empleadas y socios de la tienda, en proporción al monto de sus salarios, o de sus respectivas compras durante el trimestre. 321 El pago de dividendos a los clientes sobre sus compras parece considerarse ahora un elemento esencial del éxito.

§ 5. Cooperación productiva.

La cooperación productiva presenta muchas dificultades serias, la principal de las cuales es la necesidad de capacidad de gestión. Alguien en la asociación debe conocer bien los mercados mayoristas, las expectativas de cosechas relacionadas con los materiales utilizados, el momento oportuno para comprar; debe conocer a fondo los procesos de producción específicos, la mejor maquinaria, la mejor adaptación de la mano de obra al fin dado; debe conocer los caprichos de los compradores y estar dispuesto a modificar sus productos en consecuencia; en resumen, un hombre eminentemente capacitado para el éxito en su propia fábrica es esencial para la gestión rentable de una cooperativa. Ya se ha visto cuán grande es la variación en las ganancias debido a los salarios de los gerentes; y muy a menudo, solo su habilidad, prudencia y experiencia marcan la diferencia entre el fracaso y el éxito en los negocios. A menos que los cooperativistas estén dispuestos a pagar por los servicios de un buen gerente una suma tan alta como la que este podría obtener en su propia empresa. [pág. 527]establecimiento, no pueden conseguir el talento que hará que su empresa tenga éxito. 322

En Francia, los talleres nacionales de Louis Blanc, fundados en 1848, fueron un fracaso. En ningún otro lugar se ha visto con mayor claridad el desastroso resultado de la ayuda estatal que en Francia, donde la Asamblea Constituyente votó 3.000.000 de francos para experimentos cooperativos, todos los cuales fracasaron. Curiosamente, la cooperación distributiva no ha tenido éxito en Francia, ya que, debido a la generalizada aversión al sistema salarial, los trabajadores solo intentan proyectos productivos. Y su éxito en esto no ha sido mayor del que cabría esperar, cuando la inexperiencia se aplica a una tarea que excede sus capacidades. 323

En Gran Bretaña y Estados Unidos se han realizado algunos experimentos exitosos de producción; y el Sr. Holyoake 324 sostiene que, si bien los trabajadores ciertamente envidian el salario del gerente, las asociaciones productivas son posibles cuando son administradas por una junta directiva elegida. Además, insiste en que, como en la cooperación distributiva, si las ganancias se comparten con los clientes, se asegurará tanto la popularidad como la continuidad de la clientela sin el costo de la publicidad ni gastos como los de viajeros y comisiones. El plan de operaciones real con el que se han alcanzado éxitos en Inglaterra parece ser, en resumen, el siguiente: (1) Ahorrar capital, principalmente a través de asociaciones cooperativas; (2) comprar o arrendar locales; (3) contratar gerentes, contables y funcionarios con los salarios ordinarios que dichos hombres puedan obtener en el mercado según su capacidad; (4) tomar prestado capital a crédito de la asociación; (5) pagar sobre el capital suscrito por los miembros la misma tasa de interés que sobre el capital prestado; (6) considerar como ganancia solo lo que queda después de pagar la renta, los materiales, los salarios, todos los gastos comerciales y los intereses del capital; y (7) dividir las ganancias según los salarios de todos los funcionarios, los salarios de los trabajadores y las compras de los clientes. Las fábricas y molinos que han surgido de la expansión de las asociaciones de distribución, como en Rochdale, parecen, y es natural, haber tenido mucho éxito. Gradualmente, se han capacitado para el trabajo y sus clientes estaban asegurados de antemano. Es decir, donde se han reducido las dificultades de la función del gerente, tienen mayores posibilidades de éxito. Sin embargo, cabe señalar que las asociaciones productivas se beneficiarán en gran medida de la eficiencia del trabajo cuando trabajen para su propio beneficio; y esta es una consideración importante que debe destacarse a favor de tales asociaciones.

[pág. 528]

El Molino Sun, 325 en Oldham, Inglaterra, se fundó en 1861 para hilar algodón gracias a la iniciativa de varias cooperativas. Con un capital social de 250.000 dólares y un préstamo de capital similar, puso en funcionamiento 80.000 husos. En 1874, contaban con un capital social de 375.000 dólares (todo suscrito excepto 1.000 dólares) y una cantidad igual de préstamo de capital, mientras que el valor total de la planta se estimaba en 615.000 dólares. Se destinó un 2,5 % anual a la depreciación del molino y un 7,5 % a la maquinaria; de modo que en los primeros diez años se destinó un total de 160.000 dólares a la depreciación de la propiedad. Las ganancias han oscilado entre el 2 % y el 40 %; y, si bien solo se pagó un 5 % de interés sobre el préstamo de capital, se generaron grandes dividendos sobre el capital social. En los últimos años Sun Mill ha obtenido un beneficio medio del 12,5 por ciento, aunque se sabe que el comercio del algodón ha sufrido durante este tiempo una grave depresión.

Sin embargo, muchos experimentos han fracasado; y a veces, cuando tienen éxito (como en el caso de la Asociación de Sombrereros de Newark, Nueva Jersey 326 ), los trabajadores no desean compartir sus beneficios y prácticamente forman una corporación por sí mismos. El mero hecho de que a veces tengan éxito es importante. Además, tienen la oportunidad de asegurar mediante salarios esa capacidad ejecutiva en la comunidad que existe independientemente de la posesión de capital. Y hoy en día, en las grandes corporaciones, el gerente no es necesariamente (aunque a menudo lo es) un gran propietario de capital. El último informe anual del Congreso Cooperativo (1882) muestra la existencia en Inglaterra y Escocia de asociaciones productivas para la fabricación de telas, franela, fustán, calcetería, colchas, estambre, clavos, relojes, lino y seda, así como para la ingeniería, la imprenta y la explotación de canteras; y estas son solo algunas de ellas. 327

En Estados Unidos ha habido tanto éxitos como fracasos. En enero de 1872, varios maquinistas y otros trabajadores organizaron en la ciudad de Beaver Falls, Pensilvania, una Asociación Cooperativa de Fundición para la fabricación de estufas, loza hueca y piezas fundidas finas. Con un capital reducido de tan solo 4.000 dólares, han prosperado constantemente, pagando salarios al precio del mercado y distribuyendo dividendos anuales, además de todos los gastos e intereses de la planta, de entre el 12 % y el 15 %. En 1867, treinta trabajadores fundaron una fundición cooperativa en Somerset, Massachusetts, con un capital aproximado de 14.000 dólares. [pág. 529]Entre 1874 y 1875, la compañía gastó $5,400 en nuevos moldes y patrones, y aun así obtuvo una ganancia neta de $11,914. En 1876, contaba con un capital de $30,000 y un fondo de excedentes de $28,924 .

§ 6. Sociedad Industrial.

Las dificultades de la cooperación productiva derivadas de la necesidad de una gestión cualificada, junto con la insatisfactoria relación existente entre empleadores y trabajadores cuando están completamente separados, han dado lugar a un prometedor plan de asociación industrial, mediante el cual el gerente conserva el control de las operaciones comerciales, pero comparte sus ganancias con los trabajadores. La ganancia, derivada de una mayor eficiencia, mayor economía y una mano de obra superior, compensa al gerente por la deducción voluntaria de su parte, y los trabajadores reciben una parte adicional; además, educa al trabajador en métodos industriales, le muestra las dificultades de la gestión y lo estimula a adquirir hábitos de ahorro y a una mayor regularidad en el trabajo. Este sistema es especialmente adecuado para aquellos trabajadores que no estarían a la altura de las exigencias de la cooperación productiva.

El principio se probó en uno de los ferrocarriles belgas. « Se consumían noventa y cinco kilogramos de coque por cada legua de carrera, pero se sabía que era más de lo necesario; el problema era cómo remediarlo. Se ofreció a los hombres involucrados una bonificación de 3,5 peniques por cada hectolitro de coque ahorrado, sobre este promedio de noventa y cinco por legua, y esta insignificante bonificación obró el milagro. El trabajo se realizó igual de bien, o incluso mejor, con cuarenta y ocho kilogramos de coque en lugar de noventa y cinco; solo la mitad, o casi, ahorrada gracias a un trabajo minucioso, a un costo probablemente inferior a la décima parte del ahorro » . 329

El experimento que más ha atraído la atención en el pasado ha sido el de los señores Briggs en sus minas de carbón de Yorkshire, Inglaterra. 330 Las relaciones entre los propietarios y los trabajadores eran pésimas. « Todos los dueños del carbón son unos demonios, y Briggs es el príncipe de los demonios » , decían los mineros, cuando no optaban por enviar cartas amenazando con disparar a los propietarios. En 1865, los señores Briggs probaron el plan de una sociedad industrial con sus trabajadores, por puras razones comerciales. El setenta por ciento del coste de la extracción de carbón consistía en salarios y el quince por ciento en materiales que habitualmente se desperdiciaban. Toda la propiedad... [pág. 530]Se valoró y dividió en acciones de $50 cada una, de las cuales los propietarios conservaron dos tercios, junto con el control del negocio. El tercio restante de las acciones se ofreció a los empleados. Si algún suscriptor era demasiado pobre para pagar $50 por una acción, los dividendos y pagos subsiguientes se destinarían a la compra de la acción. Tras reservar una asignación justa para gastos, como la amortización del capital, siempre que las ganancias restantes superaran el diez por ciento del capital, ese excedente se dividiría en dos partes iguales: una se distribuiría entre todos los empleados de la compañía en proporción a sus salarios, y la otra se retendría con el capital. En años anteriores, solo una vez obtuvieron un diez por ciento de ganancia sobre su capital, y dos veces solo un cinco por ciento. En el primer año tras la entrada en vigor del nuevo sistema, las ganancias totales fueron del catorce por ciento, y el cuatro por ciento del excedente se dividió: dos para la bonificación a los trabajadores y dos para el capital, de modo que el capital recibió el doce por ciento. En el segundo año, las ganancias fueron del dieciséis por ciento, en el tercero, del diecisiete por ciento; el primer año, los trabajadores recibieron, además de sus salarios, 9.000 dólares; en el segundo, 13.500; en el tercero, 15.750. El efecto moral fue notable. Se trabajó con regularidad, se ejerció la paciencia, se mejoraron los hábitos y los hombres se orientaron hacia una vida mejor. El plan funcionó con éxito durante años, pero finalmente fue interrumpido por la presión de los sindicatos externos, que obligaron a los trabajadores a renunciar al acuerdo.

Un experimento similar fue llevado a cabo por los señores Brewster, fabricantes de carruajes de Nueva York. Ofrecieron a sus trabajadores el diez por ciento de sus ganancias, antes de deducir los intereses sobre el capital invertido o de pagar por los servicios de la empresa como gerentes. En un año, se repartieron hasta 11.000 dólares entre los trabajadores. De nuevo, como en el caso de la mina de carbón Briggs, el experimento llegó a su fin debido a una sumisión irrazonable a la presión de los trabajadores externos durante una huelga. 331

Pero, en general, la asociación industrial 332 ofrece un gran campo para [pág. 531]Ese tipo de mejora que vale más que un simple aumento salarial y que parece permitir aliviar la pesada carga de la inactividad entre los estratos más bajos y desesperanzados de la sociedad. Y es posible que despierte en ellos las facultades que posteriormente puedan emplearse en los problemas más difíciles de la cooperación productiva. 333

[pág. 532]

§ 7. Bancos Populares.

En Alemania, la lucha entre las dos teorías —la autoayuda y la ayuda estatal— fue librada por Schultze-Delitsch —es decir, Schultze de Delitsch, una ciudad de Sajonia— y Lasalle, y la victoria le correspondió al primero. En consecuencia, Schultze-Delitsch logró aplicar el principio cooperativo en Alemania para otorgar crédito a los trabajadores para la compra de herramientas, etc., cuando su única seguridad era su reputación. Esta forma de cooperación sirve para brindar a los trabajadores enérgicos y trabajadores un medio que, mediante la posesión de crédito, les permite ascender a la categoría de pequeños capitalistas y, así, ampliar sus posibilidades de mejora. Mientras que los esquemas de cooperación descritos anteriormente otorgaban a los asalariados una parte del incremento no ganado de la tierra y tendían a darles una parte del salario del gerente, el plan de Schultze era ayudarlos a obtener una participación en las ventajas inherentes a la posesión de capital. El capital se acumularía mediante sus propios esfuerzos y, en su plan, dependía del principio de autoayuda. El siguiente es el plan adoptado por los bancos:

Cada socio está obligado a realizar un pago semanal a las acciones comunes. Tan pronto como esta alcance cierta suma, se le permite obtener un préstamo que exceda su participación en proporción inversa al monto de su depósito. Por ejemplo, después de depositar un dólar, se le permite pedir prestados cinco o seis; pero, si depositó veinte dólares, solo se le permite pedir prestados treinta. La garantía que está obligado a ofrecer es la suya y la de otros dos socios de la asociación, quienes se convierten en responsables solidarios. No puede tener activos que excedan el monto de sus depósitos, ni tampoco sus avalistas; el banco se basa simplemente en la reputación de los tres, y las dos garantías en la reputación de su principal; y lo notable es que la garantía ha sido considerada suficiente, que el interés de los empleados en las instituciones y el temor a la opinión de sus colegas han dado lugar a una muestra de honestidad y puntualidad como quizás no se encuentre en la historia de ninguna otra institución bancaria. Tal es la confianza que inspiran estas instituciones que mantienen depósitos o préstamos de terceros. partes, un importe que exceda en más de tres cuartas partes el importe total de su propio capital. [pág. 533]Las contribuciones mensuales de los socios pueden ser tan bajas como diez centavos, pero la cantidad que cada socio puede tener en algunos bancos no supera los siete u ocho dólares, y en ningún caso los trescientos. Tiene derecho a pedir prestado el importe total de su depósito sin aval; si desea pedir prestado una suma mayor, debe prestarla de la manera descrita. La responsabilidad de los socios es ilimitada. Inicialmente se intentó limitar la responsabilidad al capital depositado, pero no inspiró confianza, y la iniciativa no prosperó hasta que se estableció la responsabilidad general de todos los socios. Cada socio, al ingresar, está obligado a pagar una pequeña cuota, que se destina a la formación o mantenimiento de un fondo de reserva, aparte del capital activo. Las ganancias provienen de los intereses pagados por los prestatarios, que ascienden entre el ocho y el diez por ciento, una cifra que puede no parecernos muy elevada, pero en Alemania es muy alta. No se paga más del cinco por ciento sobre el capital prestado de terceros. Todas las ganancias se distribuyen en dividendos entre los miembros de la asociación, en proporción al monto de sus depósitos —después del pago de los gastos de administración, por supuesto— y la asignación de un cierto porcentaje al fondo de reserva. Como ya hemos mencionado, cada miembro tiene derecho a pedir prestado hasta el monto de su depósito sin garantía; pero, si solicita un préstamo mayor, la obtención de un préstamo y, en caso afirmativo, su monto lo decide la junta directiva, que, al igual que todos los directivos bancarios, se guía en la toma de decisiones considerando tanto las circunstancias del banco como las del prestatario. Todos los asuntos de la asociación son discutidos y decididos en última instancia por una asamblea general compuesta por todos los miembros. 334 La mayor parte del capital prestado por los bancos se obtiene de fuentes externas a crédito de las asociaciones. En 1865 , había 961 de estas instituciones en Alemania; en 1877, había 1827, con más de un millón de miembros, con un capital de 40 millones de dólares, más 100 millones de dólares en préstamos, y una facturación de 550 millones de dólares. 335

[pág. 537]


Libro V. De la influencia del gobierno.

Capítulo I. De los Principios Generales de la Tributación.

§ 1. Cuatro reglas fundamentales de la Tributación.

Una de las cuestiones más controvertidas, tanto en la ciencia política como en la política práctica en este período particular, se relaciona con los límites adecuados de las funciones y la agencia de los gobiernos.

Consideraremos primero los efectos económicos que surgen de la manera en que los gobiernos desempeñan sus funciones necesarias y reconocidas.

Pasaremos luego a ciertas interferencias gubernamentales que he llamado de tipo opcional (es decir, que sobrepasan los límites de las funciones universalmente reconocidas) que hasta ahora han tenido lugar, y en algunos casos todavía tienen lugar, bajo la influencia de falsas teorías generales.

La primera de estas divisiones es de carácter sumamente diverso, ya que las funciones necesarias del gobierno, y aquellas que son tan manifiestamente convenientes que nunca o muy rara vez han sido objetadas, son demasiado diversas para ser clasificadas de forma simple. Comenzamos, bajo el primer encabezado, con la teoría de la tributación.

Las cualidades deseables, económicamente hablando, en un sistema tributario han sido incorporadas por Adam Smith en cuatro máximas o principios que, habiendo sido generalmente aceptados por escritores posteriores, puede decirse que se han convertido en [pág. 538]clásicos, y este capítulo no puede comenzarse mejor que citándolos: 336

1. Los súbditos de cada estado deben contribuir al sostenimiento del gobierno, en la medida de lo posible, en proporción a sus respectivas capacidades; es decir, en proporción a los ingresos que respectivamente disfrutan bajo la protección del estado. En la observancia o descuido de esta máxima reside lo que se denomina igualdad o desigualdad tributaria.

2. El impuesto que cada persona está obligada a pagar debe ser cierto y no arbitrario. El momento, la forma y la cantidad del pago deben ser claros y evidentes para el contribuyente y para cualquier otra persona. La certeza de lo que cada persona debe pagar es, en materia tributaria, un asunto de tanta importancia que, según creo, la experiencia de todas las naciones demuestra que un grado considerable de desigualdad no es tan grave como un grado muy pequeño de incertidumbre.

3. Todo impuesto debe recaudarse en el momento o de la manera que sea más conveniente para el contribuyente pagarlo. Los impuestos sobre bienes de consumo, como los artículos de lujo, son pagados finalmente por el consumidor, y generalmente de una manera que le resulta muy conveniente. Los paga poco a poco, a medida que tiene la oportunidad de comprarlos. Como también tiene la libertad de comprar o no comprar, según le plazca, será su propia culpa si alguna vez sufre algún inconveniente considerable a causa de dichos impuestos.

4. Todo impuesto debe estar concebido de tal manera que saque y excluya del bolsillo del pueblo lo menos posible por encima de lo que aporta al tesoro público del estado. Un impuesto puede sacar o excluir del bolsillo del pueblo mucho más de lo que aporta al tesoro público de las cuatro maneras siguientes: Primero, su recaudación puede requerir un gran número de funcionarios, cuyos salarios pueden absorber la mayor parte del producto del impuesto, y cuyos beneficios pueden imponer otro impuesto adicional sobre [pág. 539]el pueblo”. En segundo lugar, puede desviar una parte del trabajo y el capital de la comunidad de un empleo más productivo a uno menos productivo. En tercer lugar, por las confiscaciones y otras sanciones en las que incurren aquellos desafortunados individuos que intentan sin éxito evadir el impuesto, puede arruinarlos con frecuencia y, por lo tanto, poner fin al beneficio que la comunidad podría haber obtenido del empleo de sus capitales. Un impuesto imprudente ofrece una gran tentación al contrabando. En cuarto lugar, al someter a la gente a las frecuentes visitas y al odioso examen de los recaudadores de impuestos, puede exponerlos a muchos problemas, vejaciones y opresiones innecesarias” : a lo que puede agregarse que las regulaciones restrictivas a las que a menudo se someten los oficios y las manufacturas, para evitar la evasión de un impuesto, no solo son en sí mismas problemáticas y costosas, sino que a menudo oponen obstáculos insuperables para realizar mejoras en los procesos.

§ 2. Fundamento del principio de igualdad tributaria.

El primero de los cuatro puntos, la igualdad de impuestos, requiere un examen más completo, por ser una cosa a menudo mal entendida y sobre la cual se han llegado a acreditar hasta cierto punto muchas nociones falsas, debido a la ausencia de principios definidos de juicio en la mente popular.

¿Por qué debería ser la igualdad la regla en materia de impuestos? Porque debería serlo en todos los asuntos de gobierno. Un gobierno no debe hacer distinción entre personas o clases en cuanto a la fuerza de sus derechos. Si alguien soporta menos de la parte que le corresponde de la carga, otra persona debe sufrir más de la que le corresponde. La igualdad de impuestos, por lo tanto, como máxima política, significa igualdad de sacrificio. Significa distribuir la contribución de cada persona a los gastos del gobierno, de modo que no sienta ni más ni menos inconveniente por su parte del pago que cualquier otra persona experimenta por la suya. Sin embargo, hay personas que consideran los impuestos pagados por cada miembro de la comunidad como un equivalente al valor recibido, en forma de servicio a sí mismo; y prefieren basar la justicia de que cada uno contribuya en proporción a sus medios en que quien tiene [pág. 540]El doble de propiedad a proteger recibe, según un cálculo preciso, el doble de protección, y debería, según los principios de negociación y venta, pagar el doble por ella. Sin embargo, dado que la suposición de que el gobierno existe únicamente para la protección de la propiedad no es una que deba adherirse deliberadamente, algunos partidarios consecuentes del principio de quid pro quo observan que, al requerirse protección tanto para las personas como para la propiedad, y al recibir la misma protección para todos, un impuesto de capitación de una suma fija per cápita es un equivalente adecuado para esta parte de los beneficios del gobierno, mientras que la parte restante, la protección de la propiedad, debe pagarse en proporción a la propiedad. Pero, en primer lugar, no es admisible que la protección de las personas y la de la propiedad sean los únicos fines del gobierno. En segundo lugar, la práctica de establecer valores definidos sobre cosas esencialmente indefinidas y convertirlas en base de conclusiones prácticas es particularmente fértil en las falsas perspectivas de las cuestiones sociales. No se puede admitir que estar protegido al poseer diez veces más bienes sea estar diez veces más protegido. Si quisiéramos estimar el grado de beneficio que diferentes personas obtienen de la protección del gobierno, tendríamos que considerar quiénes sufrirían más si se les retirara dicha protección: a esta pregunta, si es que se pudiera dar alguna respuesta, sería que sufrirían más quienes fueran más débiles mental o físicamente, ya sea por naturaleza o por posición.

§ 3. ¿Debe aplicarse el mismo porcentaje a todas las cantidades de ingresos?

Partiendo, pues, de la máxima de que deben exigirse sacrificios iguales a todos, debemos indagar si esto se cumple realmente, al hacer que cada uno contribuya con el mismo porcentaje de sus recursos económicos. Muchos sostienen la negativa, argumentando que una décima parte deducida de unos ingresos bajos supone una carga mayor que la misma fracción deducida de unos ingresos mucho mayores; y en esto se basa el popular plan del llamado impuesto progresivo sobre la propiedad, es decir, un impuesto sobre la renta en el que el porcentaje aumenta con el monto de los ingresos.

En la mejor consideración que puedo dar a esta pregunta, [pág. 541]Me parece que la parte de verdad que contiene la doctrina surge principalmente de la diferencia entre un impuesto que puede ahorrarse de los lujos y uno que recorta, aunque sea mínimamente, las necesidades básicas. Quitarle mil libras al año a quien posee diez mil no lo privaría de nada que realmente contribuya ni al sustento ni a la comodidad de la vida; y, si tal fuera el efecto de quitarle cinco libras a alguien cuyos ingresos son de cincuenta, el sacrificio exigido a este último no solo es mayor, sino totalmente inconmensurable, al impuesto al primero. La manera de ajustar estas desigualdades de presión que parece más equitativa es la recomendada por Bentham: dejar sin impuestos un mínimo de ingresos, suficiente para cubrir las necesidades básicas. Supongamos que [$250] al año basta para cubrir las necesidades básicas de vida y salud, y para protegerlo del sufrimiento físico habitual, pero sin ninguna indulgencia. Este debería ser el mínimo, y los ingresos que lo excedan deberían tributar no sobre su importe total, sino sobre el excedente. Si el impuesto es del diez por ciento, un ingreso de [$300] debería considerarse como un ingreso neto de [$50] y gravarse con [$5] anuales, mientras que un ingreso de [$5,000] debería gravarse como uno de [$4,750]. Un ingreso que no exceda los [$250] no debería tributar en absoluto, ni directamente ni mediante impuestos sobre los artículos de primera necesidad; pues, como se supone que este es el ingreso mínimo que el trabajo debería poder obtener, el gobierno no debería participar en su reducción.

Tanto en Inglaterra como en el continente se ha defendido un impuesto progresivo sobre la propiedad , con el argumento declarado de que el Estado debería utilizar este instrumento tributario para mitigar las desigualdades de la riqueza. Deseo, como cualquiera, que se adopten medidas para disminuir dichas desigualdades, pero no para aliviar al pródigo a expensas del prudente. Gravar las rentas mayores con un porcentaje mayor que las menores es imponer un impuesto a la industria y la economía; imponer una penalización a las personas por [pág. 542]Habiendo trabajado más duro y ahorrado más que sus vecinos. No son las fortunas ganadas, sino las no ganadas, las que conviene al bien público limitar. Respecto a las grandes fortunas adquiridas por donación o herencia, la facultad de legar es uno de esos privilegios de propiedad que son susceptibles de regulación por razones de conveniencia general; y ya he sugerido, como el modo más adecuado de restringir la acumulación de grandes fortunas en manos de quienes no las han ganado con esfuerzo, una limitación de la cantidad que cualquier persona debería poder adquirir por donación, legado o herencia. Considero que las herencias y los legados, que superen cierta cantidad, son sujetos de tributación muy adecuados; y que los ingresos derivados de ellos deberían ser tan cuantiosos como sea posible sin dar lugar a evasiones, por donación inter vivos u ocultación de bienes, que serían imposibles de controlar adecuadamente. El principio de graduación (como se lo llama), es decir, el de imponer un porcentaje mayor sobre una suma mayor, aunque su aplicación a la tributación general sería en mi opinión objetable, me parece justo y conveniente cuando se aplica a los deberes de legado y herencia.

La objeción a un impuesto progresivo sobre la propiedad se aplica con mayor intensidad a la propuesta de un impuesto exclusivo sobre lo que se denomina "propiedad realizada", es decir, la propiedad que no forma parte de ningún capital invertido en negocios, o mejor dicho, en negocios bajo la supervisión del propietario; como la tierra, los fondos públicos, el dinero prestado con hipoteca y las acciones en sociedades anónimas. Salvo la propuesta de aplicar una esponja a la deuda nacional, ninguna violación tan palpable de la honestidad común ha encontrado suficiente apoyo en este país, durante la presente generación, como para ser considerada dentro del ámbito de discusión. No tiene el paliativo de un impuesto progresivo sobre la propiedad, el de imponer la carga sobre quienes mejor pueden soportarla; pues la "propiedad realizada" incluye la porción mucho mayor de [pág. 543]La provisión para quienes no pueden trabajar consiste, en gran parte, en fracciones extremadamente pequeñas. Difícilmente puedo concebir una pretensión más descarada que la de que la mayor parte de la propiedad del país, la de comerciantes, fabricantes, agricultores y tenderos, esté exenta de su parte de impuestos; que estas clases solo comiencen a pagar su parte después de retirarse del trabajo, y si nunca se jubilan, queden exentas de ella por completo. Pero ni siquiera esto da una idea adecuada de la injusticia de la propuesta. La carga que recae exclusivamente sobre los propietarios de la porción más pequeña de la riqueza de la comunidad ni siquiera gravaría a esa clase de personas en sucesión perpetua, sino que recaería exclusivamente sobre quienes la componían al momento de la imposición del impuesto. Como la tierra y esos valores específicos generarían a partir de entonces una renta neta menor, en relación con el interés general del capital y las ganancias del comercio, el equilibrio se rectificaría mediante una depreciación permanente de esos tipos de propiedad. Los futuros compradores adquirirían terrenos y valores a un precio reducido, equivalente al impuesto peculiar, el cual, por lo tanto, evitarían pagar; mientras que los poseedores originales seguirían soportando la carga incluso después de desprenderse de la propiedad, ya que habrían vendido sus terrenos o valores con una pérdida de valor equivalente al pleno dominio del impuesto. Su imposición equivaldría, por lo tanto, a la confiscación para usos públicos de un porcentaje de su propiedad igual al porcentaje que el impuesto gravaba sobre sus ingresos.

La propuesta anterior ha sido extendida, por quienes en Estados Unidos apelan al prejuicio de clase, a una propuesta para gravar los ingresos de quienes poseen bonos del gobierno. Ocurrió que, por ejemplo, los seis dólares de ingresos por un bono de cien dólares de Estados Unidos no se consideraron, durante la guerra, un equivalente suficiente para el riesgo de prestar cien dólares al estado; por lo tanto, el Congreso acordó eximirlos de impuestos. Para un prestamista es lo mismo recibir el seis por ciento directamente del gobierno, o recibir el siete por ciento y estar obligado a devolver el uno por ciento al tesoro en forma de impuestos; pero para el gobierno es otra cosa, porque si vende un bono gravado... [pág. 544]Con un interés del siete por ciento, no recupera la totalidad del impuesto del uno por ciento, sino el impuesto del uno por ciento menos el costo de su imposición. En otras palabras, el Gobierno, en este último caso, paga un interés del seis por ciento más el costo de la imposición; y, en consecuencia, obtiene un préstamo más barato en forma de un bono libre de impuestos, como se esperaba cuando se dictó la disposición. Si, por lo tanto, se impusiera un impuesto sobre los bonos, este recaería exclusivamente sobre sus actuales tenedores, ya que, al disminuir los ingresos netos del bono, reduce su precio de venta, como se explicó anteriormente. 338

§ 4. ¿Debe aplicarse el mismo porcentaje a las rentas perpetuas y a las rentas terminables?

La cuestión de si las ganancias del comercio no pueden ser gravadas con un tipo impositivo inferior al de los ingresos derivados de intereses o rentas es parte de la cuestión más amplia de si los ingresos vitalicios deberían estar sujetos al mismo tipo impositivo que los ingresos perpetuos; si los salarios, por ejemplo, o las anualidades, o las ganancias de las profesiones, deberían pagar el mismo porcentaje que los ingresos de la propiedad hereditaria.

El impuesto vigente [en Inglaterra] trata todos los tipos de ingresos por igual, 339 tomando sus [cinco peniques] por libra tanto de la persona cuyos ingresos fallecen con ella como del terrateniente, accionista o acreedor hipotecario, quien puede transmitir su fortuna intacta a sus descendientes. Esto es una injusticia visible; sin embargo, no viola aritméticamente la regla de que la tributación debe ser proporcional a los recursos. Cuando se dice que un ingreso temporal debe tributar menos que uno permanente, la respuesta es irresistible: tributa menos: pues el ingreso que dura solo diez años paga el impuesto solo diez años, mientras que el que dura para siempre paga para siempre. La defensa de los ingresos predeciblemente duraderos no se basa en razones aritméticas, sino en las necesidades y sentimientos humanos. No es porque el beneficiario temporal tenga menos recursos, sino porque tiene mayores necesidades, que debería ser gravado con un tipo impositivo más bajo.

A pesar de la igualdad nominal de ingresos, A, un rentista de £1.000 al año, no puede permitirse pagar £100 de ese ingreso tan bien como B, que obtiene la misma suma anual de bienes hereditarios; A tiene generalmente una demanda sobre sus ingresos que [pág. 545]B no tiene que ahorrar para sus hijos ni para otras personas; a lo cual, en el caso de salarios o ganancias profesionales, generalmente debe añadirse una provisión para sus años posteriores; mientras que B puede gastar todos sus ingresos sin perjudicar su vejez y aún tenerlo todo para darlo a otros después de su muerte. Si A, para cubrir estas necesidades, debe reservar 300 libras de sus ingresos, deducirle 100 libras, como el impuesto sobre la renta, es deducir 100 libras de 700 libras, ya que debe deducirse solo de la parte de sus recursos que puede gastar en su propio consumo. Si lo distribuyera proporcionalmente entre lo que gasta y lo que ahorra, restando 70 libras de su consumo y 30 libras de su ahorro anual, su sacrificio inmediato sería proporcionalmente igual al de B; pero sus hijos o su vejez estarían peor provistos como consecuencia del impuesto. El capital que se acumularía para ellos sería un décimo menos, y sobre el ingreso reducido proporcionado por este capital reducido ellos serían gravados una segunda vez con el impuesto sobre la renta, mientras que los herederos de B sólo serían gravados una vez.

Por tanto, el principio de igualdad de tributación, interpretado en su único sentido justo, igualdad de sacrificio, exige que una persona que no tiene medios para cuidar de su vejez o de aquellos en quienes está interesado, excepto ahorrando de sus ingresos, debería tener condonado el impuesto sobre toda aquella parte de sus ingresos que se aplique real y de buena fe a ese fin.

Si, de hecho, se pudiera confiar en la conciencia de los contribuyentes, o se pudiera garantizar la exactitud de sus declaraciones mediante precauciones colaterales, la forma correcta de calcular un impuesto sobre la renta sería gravar únicamente la parte de los ingresos destinada al gasto, eximiendo lo ahorrado. Pues cuando se ahorra y se invierte (y todos los ahorros, en general, se invierten), se paga impuesto sobre la renta por los intereses o beneficios que genera, a pesar de que ya se haya gravado el capital. Por lo tanto, a menos que los ahorros estén exentos del impuesto sobre la renta, los contribuyentes tributan dos veces por lo que ahorran, y solo [pág. 546]Gravar una vez lo que gastan. Gravar la suma invertida, y luego también el producto de la inversión, es gravar dos veces la misma porción de los recursos del contribuyente.

Ningún impuesto sobre la renta es realmente justo si no se exime el ahorro; y ningún impuesto sobre la renta debería aprobarse sin esta disposición, si la forma de las declaraciones y la naturaleza de la evidencia requerida pudieran organizarse de tal manera que se evitara que la exención se aprovechara fraudulentamente, ahorrando con una mano y endeudándose con la otra, o gastando al año siguiente lo que se había considerado libre de impuestos como ahorro el año anterior. Pero, si no se puede idear un plan para la exención del ahorro real, suficientemente libre de riesgo de fraude, es necesario, como siguiente punto de justicia, tener en cuenta, al calcular el impuesto, lo que deberían ahorrar las diferentes clases de contribuyentes. Al fijar la proporción entre ambos tipos, inevitablemente debe haber algo de arbitrariedad; quizás una deducción de una cuarta parte a favor de las rentas vitalicias sería tan poco objetable como cualquier otra que pudiera hacerse.

De las ganancias netas de las personas que ejercen el comercio, una parte, como se indicó anteriormente, puede considerarse como interés sobre el capital, con carácter perpetuo, y la parte restante como remuneración por la habilidad y el trabajo de supervisión. El excedente, más allá del interés, depende de la vida del individuo, e incluso de su continuidad en el negocio, y tiene derecho a la exención total permitida a las rentas terminantes.

§ 5. El aumento de la renta de la tierra por causas naturales es objeto adecuado de una tributación peculiar.

Supongamos que existe un tipo de ingreso que tiende constantemente a aumentar, sin esfuerzo ni sacrificio alguno por parte de los propietarios: aquellos propietarios que constituyen una clase en la comunidad, a quienes el curso natural de las cosas enriquece progresivamente, consistentemente con total pasividad por su parte. En tal caso, no violaría los principios en los que se fundamenta la propiedad privada si el Estado se apropiara de este aumento de riqueza, o de parte de ella, a medida que surge. Esto no sería propiamente quitarle nada a nadie; simplemente sería aplicar una acumulación de riqueza, creada por las circunstancias, al beneficio de la sociedad, en lugar de... [pág. 547]permitiendo que se convierta en un apéndice inmerecido de las riquezas de una clase particular.

Ahora bien, esto es precisamente lo que ocurre con la renta. El progreso ordinario de una sociedad que aumenta su riqueza tiende constantemente a aumentar los ingresos de los terratenientes, a proporcionarles una mayor cantidad y una mayor proporción de la riqueza de la comunidad, independientemente de cualquier esfuerzo o gasto que ellos mismos tengan. Se enriquecen, por así decirlo, mientras duermen, sin trabajar, arriesgar ni economizar. ¿Qué derecho tienen, según el principio general de justicia social, a este aumento de riqueza? ¿En qué les habría perjudicado si la sociedad, desde el principio, se hubiera reservado el derecho de gravar el aumento espontáneo de la renta hasta el máximo requerido por las exigencias financieras? El único modo admisible de proceder sería mediante una medida general. El primer paso debería ser una tasación de toda la tierra del país. El valor actual de toda la tierra debería estar exento del impuesto; pero transcurrido un intervalo durante el cual la sociedad hubiera aumentado en población y capital, se podría hacer una estimación aproximada del aumento espontáneo acumulado en la renta desde que se realizó la tasación. El precio promedio de los productos serviría de criterio: si este hubiera aumentado, sería seguro que la renta habría aumentado, y (como ya se ha demostrado) incluso en una proporción mayor que el aumento del precio. Con base en este y otros datos, se podría estimar aproximadamente cuánto valor se había añadido a la tierra del país por causas naturales; y al establecer un impuesto general sobre la tierra, que por temor a errores de cálculo se situaría considerablemente dentro del monto así indicado, se garantizaría que no se afectaría ningún aumento de ingresos que pudiera resultar del capital invertido o del trabajo realizado por el propietario.

Con referencia a dicho impuesto, quizás un criterio más seguro que un aumento de las rentas o del precio del grano sería un aumento general del precio de la tierra. Sería fácil mantener el impuesto dentro de un límite que redujera el valor de mercado de la tierra por debajo de su valoración original; y [pág. 548]Hasta ese momento, cualquiera que fuese el monto del impuesto, no se haría ninguna injusticia a los propietarios.

En 1870, el Sr. Mill asumió la presidencia de la Asociación de Tenencia de Tierras, uno de cuyos objetivos era: « Reclamar para beneficio del Estado la interceptación mediante impuestos del futuro aumento no devengado de la renta de la tierra (en la medida en que pueda determinarse), o una gran parte de dicho aumento, que se produce continuamente, sin esfuerzo ni desembolso alguno por parte de los propietarios, simplemente debido al crecimiento de la población y la riqueza; reservando a los propietarios la opción de ceder su propiedad al estado al valor de mercado que haya adquirido en el momento en que la Legislatura adopte este principio » . Se argumenta contra este plan que, si el Gobierno asume el aumento de la renta, también debería compensar las pérdidas derivadas de la disminución de las rentas, siempre que se produzca un reajuste del valor de la tierra. 340

§ 6. Los impuestos que recaen sobre el capital no son necesariamente objetables.

Además de las reglas precedentes, a veces se establece otra regla general de tributación, a saber, que debe recaer sobre la renta y no sobre el capital.

Disponer que los impuestos recaigan exclusivamente sobre la renta, y no sobre el capital, escapa al poder de cualquier sistema fiscal. No hay impuesto que no se pague en parte con lo que de otro modo se habría ahorrado; ningún impuesto cuyo importe, de ser condonado, se emplearía íntegramente en un aumento del gasto, y ninguna parte se reservaría como incremento del capital. Por lo tanto, todos los impuestos se pagan, en cierto sentido, en parte con cargo al capital; y en un país pobre es imposible imponer un impuesto que no impida el aumento de la riqueza nacional. Pero, en un país donde abunda el capital y el espíritu de acumulación es fuerte, este efecto de la tributación apenas se siente. Quitarle al capital mediante impuestos lo que la emigración eliminaría o una crisis comercial destruiría, es solo hacer lo que cualquiera de esas causas habría hecho: a saber, crear un espacio libre para un mayor ahorro.

Por lo tanto, no puedo atribuir ninguna importancia, en un país rico, a la objeción formulada contra los impuestos sobre legados y herencias, de que son impuestos sobre el capital. Es perfectamente cierto que lo son. Como observa Ricardo, si se toman 100 libras [pág. 549]Si alguien recibe un impuesto sobre la vivienda o el vino, probablemente lo ahorrará, o parte de él, viviendo en una casa más barata, consumiendo menos vino o recortando gastos; pero si se le quita la misma suma por haber recibido un legado de 1.000 libras, considera el legado como solo 900 libras y no se siente más incentivado que en cualquier otro momento (probablemente se siente bastante menos incentivado) a economizar en sus gastos. Por lo tanto, el impuesto se paga íntegramente con capital; y hay países en los que esto constituiría una seria objeción. Pero, en primer lugar, el argumento no se aplica a ningún país que tenga deuda nacional y dedique parte de sus ingresos a saldarla, ya que el producto del impuesto, así aplicado, sigue siendo capital y simplemente se transfiere del contribuyente al tenedor del fondo. Pero la objeción nunca es aplicable a un país que crece rápidamente en riqueza.

[pág. 550]


Capítulo II. De los Impuestos Directos.

§ 1. Impuestos directos, ya sea sobre la renta o sobre el gasto.

Los impuestos son directos o indirectos. Un impuesto directo es aquel que se exige a las mismas personas que, según se pretende o se desea, deberían pagarlo. Los impuestos indirectos son aquellos que se exigen a una persona con la expectativa y la intención de que se indemnice a expensas de otra, como los impuestos especiales o los aranceles. El productor o importador de un producto está obligado a pagar impuestos sobre él, no con la intención de imponerle una contribución especial, sino de gravar a través de él a los consumidores del producto, de quienes se supone que recuperará el importe mediante un aumento en el precio.

Los impuestos directos gravan la renta o el gasto. La mayoría de los impuestos sobre el gasto son indirectos, pero algunos son directos, ya que no recaen sobre el productor o vendedor de un artículo, sino directamente sobre el consumidor. Un impuesto inmobiliario, por ejemplo, es un impuesto directo sobre el gasto si se aplica, como suele ocurrir, al ocupante de la vivienda. Si se aplica al constructor o propietario, sería un impuesto indirecto. Un impuesto sobre las ventanas es un impuesto directo sobre el gasto, al igual que los impuestos sobre caballos y carruajes.

Las fuentes de ingresos son la renta, las ganancias y los salarios. Esto incluye todo tipo de ingresos, excepto las donaciones y el saqueo. Se pueden imponer impuestos sobre cualquiera de los tres tipos de ingresos, o un impuesto uniforme sobre todos ellos. Los consideraremos en orden.

§ 2. Impuestos sobre el alquiler.

Un impuesto sobre el alquiler recae íntegramente sobre el propietario. [pág. 551]No existen medios para trasladar la carga a nadie más. Esto no afecta el valor ni el precio de los productos agrícolas, pues este se determina por el costo de producción en las circunstancias más desfavorables, y en esas circunstancias, como hemos demostrado tantas veces, no se paga renta.

Esto, sin embargo, en rigor, solo es cierto respecto a la renta resultante de causas naturales o de mejoras realizadas por los arrendatarios. Cuando el terrateniente realiza mejoras que aumentan la capacidad productiva de su tierra, recibe una remuneración adicional del arrendatario; y este pago, que para el terrateniente constituye propiamente una ganancia sobre el capital, se confunde con la renta. Un impuesto sobre la renta, si se extendiera a esta parte de la misma, desalentaría a los terratenientes de realizar mejoras; pero cualquier obstáculo que impida que las mejoras se realicen de la manera en que la gente prefiere, a menudo impedirá que se realicen; y por esta razón, un impuesto sobre la renta sería inoportuno a menos que se pudiera idear algún medio para excluir de su aplicación la parte de la renta nominal que puede considerarse ganancia del terrateniente.

§ 3. —sobre las utilidades.

Un impuesto sobre las ganancias, al igual que un impuesto sobre la renta, debe, al menos en su aplicación inmediata, recaer íntegramente sobre el contribuyente. Al verse afectadas todas las ganancias por igual, no se puede obtener ningún alivio mediante un cambio de empleo. Si se impusiera un impuesto sobre las ganancias de cualquier rama de actividad productiva, este prácticamente incrementaría el coste de producción, y el valor y el precio del artículo aumentarían en consecuencia; por lo tanto, el impuesto recaería sobre los consumidores del producto y no afectaría las ganancias. Pero un impuesto general e igual sobre todas las ganancias no afectaría los precios generales y recaería, al menos inicialmente, únicamente sobre los capitalistas.

Sin embargo, existe un efecto ulterior que, en un país rico y próspero, debe tenerse en cuenta. Puede operar de dos maneras diferentes: (1.) La reducción de las ganancias y la consiguiente mayor dificultad para amasar una fortuna o ganarse la vida mediante el empleo de capital, pueden actuar como estímulo para las invenciones y el uso [pág. 552]de ellos cuando se realizan. Si se aceleran considerablemente las mejoras en la producción, y estas abaratan, directa o indirectamente, alguno de los bienes que consume habitualmente el trabajador, las ganancias pueden aumentar, y lo suficiente como para compensar todo lo que se les quita por el impuesto. En ese caso, el impuesto se habrá realizado sin pérdida para nadie, ya que el producto del país se habrá incrementado en una cantidad igual o, en ese caso, mucho mayor. Sin embargo, incluso en este caso, el impuesto debe considerarse pagado con las ganancias, porque quienes las reciben son quienes se beneficiarían si se eliminara.

Pero (2.) aunque la extracción artificial de una parte de las ganancias tendría una tendencia real a acelerar las mejoras en la producción, no se producirían mejoras considerables, o solo de tal naturaleza que no aumentarían las ganancias generales en absoluto, o no las aumentarían tanto como el impuesto las había disminuido. De ser así, la tasa de ganancia se acercaría a ese mínimo práctico al que se aproxima constantemente. En su primera imposición, el impuesto recae íntegramente sobre las ganancias; pero el aumento de capital que el impuesto impide, de haberse mantenido, habría tendido a reducir las ganancias al mismo nivel; y en cada período de diez o veinte años se encontrará menos diferencia entre las ganancias actuales y las que habrían sido en ese caso, hasta que finalmente no haya diferencia y el impuesto recaiga sobre el trabajador o el terrateniente. El efecto real de un impuesto sobre las ganancias es hacer que el país posea en un período dado un capital menor y una producción agregada menor y que el estado estacionario se alcance antes y con una suma menor de riqueza nacional.

Incluso en países que no acumulan tan rápido como para estar siempre dentro de un corto intervalo del estado estacionario, parece imposible que, si el capital se acumula, su acumulación no se vea retardada en algún grado por la abstracción de una parte de sus ganancias; y, a menos que el efecto de estimular mejoras sea un contrapeso total, es [pág. 553]Es inevitable que una parte de la carga recaiga sobre el capitalista, ya sea sobre el trabajador o el terrateniente. Uno u otro siempre sale perdiendo ante una tasa de acumulación reducida. Si la población continúa creciendo como antes, el trabajador sufre; si no, el cultivo se ve frenado en su avance y los terratenientes pierden la renta que les habría correspondido. Los únicos países en los que un impuesto sobre las ganancias parece probable que sea una carga permanente y exclusiva para los capitalistas son aquellos donde el capital es estacionario, porque no hay nueva acumulación. En tales países, el impuesto podría no impedir que el antiguo capital se mantenga por costumbre o por la renuencia a someterse al empobrecimiento, y así los capitalistas podrían seguir soportando la totalidad del impuesto.

§ 4. —sobre los salarios.

Pasamos ahora a los impuestos sobre los salarios. Su incidencia es muy diferente, según se trate de salarios gravados como los del trabajo ordinario no cualificado o de la remuneración de empleos cualificados o privilegiados, ya sean manuales o intelectuales, que quedan fuera de la competencia por un monopolio natural o conferido.

Ya he señalado que, en el actual estado de pobreza de la educación popular, todos los niveles superiores de trabajo intelectual o educado tienen un precio de monopolio, superando los salarios de los trabajadores comunes en un grado muy superior al que se debe al gasto, las dificultades y la pérdida de tiempo que requiere la cualificación para el empleo. Cualquier impuesto sobre estas ganancias, que las mantenga por encima (o no por debajo) de su justa proporción, recae sobre quienes lo pagan; no tienen forma de subsistir a expensas de ninguna otra clase. Lo mismo ocurre con los salarios ordinarios, en casos como el de Estados Unidos o el de una nueva colonia, donde, al crecer el capital tan rápidamente como la población, los salarios se mantienen gracias al aumento del capital y no a la adhesión de los trabajadores a un nivel fijo de comodidades. En tal caso, podría producirse algún deterioro de su condición, ya sea por un impuesto o por cualquier otra causa, sin frenar el crecimiento de la población. En ese caso, el impuesto recaería sobre los trabajadores. [pág. 554]ellos mismos, y los reduciría prematuramente a ese estado inferior al que, en la misma suposición con respecto a sus hábitos, en todo caso se habrían reducido en última instancia, por la inevitable disminución en la tasa de aumento del capital, a través de la ocupación de toda la tierra fértil.

Algunos objetarán que, incluso en este caso, un impuesto sobre los salarios no puede ser perjudicial para los trabajadores, ya que el dinero recaudado, al gastarse en el país, regresa a ellos a través de la demanda de trabajo. Sin embargo, sin recurrir a principios generales, podemos basarnos en un evidente reductio ad absurdum . Si tomar dinero de los trabajadores y gastarlo en mercancías es devolverlo a los trabajadores, entonces, tomar dinero de otras clases y gastarlo de la misma manera, debe ser darlo a los trabajadores; en consecuencia, cuantos más impuestos recaude un gobierno, mayor será la demanda de trabajo y más opulenta la condición de los trabajadores, una proposición cuyo absurdo es evidente.

En la mayoría de las comunidades, los salarios se rigen por el nivel de vida habitual de los trabajadores, y por debajo del cual no se multiplicarán. Donde exista dicho nivel, el impuesto sobre los salarios correrá a cargo de los propios trabajadores durante un tiempo; pero, a menos que esta depresión temporal tenga el efecto de reducir el propio nivel, el crecimiento de la población se verá frenado, lo que elevará los salarios y restaurará a los trabajadores a su condición anterior. ¿Sobre quién recaerá el impuesto, en este caso? Un aumento salarial ocasionado por un impuesto debe, como cualquier otro aumento del coste de la mano de obra, ser sufragado con las ganancias. Intentar gravar a los jornaleros, en un país antiguo, es simplemente imponer un impuesto adicional a todos los empleadores de mano de obra común; a menos que el impuesto tenga el efecto mucho peor de reducir permanentemente el nivel de subsistencia confortable en la mente de la clase más pobre.

Encontramos en las consideraciones precedentes un argumento adicional para la opinión, ya expresada, de que la tributación directa debe limitarse a la clase de ingresos que no [pág. 555]Exceden lo necesario para una vida saludable. Estos ínfimos ingresos provienen principalmente del trabajo manual; y, como vemos ahora, cualquier impuesto que se les imponga, o bien degrada permanentemente los hábitos de la clase trabajadora, o bien recae sobre las ganancias, y grava a los capitalistas con un impuesto indirecto, además de su parte de los impuestos directos; lo cual es doblemente objetable, tanto por violar la regla fundamental de igualdad como por las razones que, como ya se ha demostrado, hacen que un impuesto peculiar sobre las ganancias sea perjudicial para el patrimonio público y, en consecuencia, para los medios que la sociedad posee para pagar cualquier impuesto.

§ 5. —sobre los ingresos.

Pasamos ahora de los impuestos sobre los distintos tipos de ingresos a un impuesto que se pretende gravar equitativamente sobre todos ellos; en otras palabras, un Impuesto sobre la Renta. El análisis de las condiciones necesarias para que este impuesto sea congruente con la justicia se anticipó en el capítulo anterior. Por lo tanto, supondremos que se cumplen estas condiciones. Son, en primer lugar, que los ingresos inferiores a cierta cantidad estén totalmente exentos de impuestos. Este mínimo no debe ser superior a la cantidad suficiente para cubrir las necesidades básicas de la población actual. La segunda condición es que los ingresos superiores al límite se graven solo en proporción al excedente que lo exceda. En tercer lugar, que todas las sumas ahorradas e invertidas de los ingresos estén exentas del impuesto; o, si esto no fuera factible, que las rentas vitalicias y las rentas de negocios y profesiones estén gravadas con menos impuestos que las rentas hereditarias.

Un impuesto sobre la renta, calculado equitativamente según estos principios, sería, en justicia, el menos excep- cional de todos los impuestos. La objeción, en el estado actual de moralidad pública, es la imposibilidad de determinar los ingresos reales de los contribuyentes. A pesar de la naturaleza inquisitiva del impuesto, ningún poder inquisitivo, tolerado por un pueblo más dispuesto a someterse a él, permitiría a los funcionarios de Hacienda calcular el impuesto con base en el conocimiento real de las circunstancias de los contribuyentes. Rentas, salarios, anualidades y todos los ingresos fijos, [pág. 556]Puede determinarse con exactitud. Pero las ganancias variables de las profesiones, y aún más las ganancias de los negocios, que el interesado no siempre puede determinar con exactitud, aún menos pueden ser estimadas con imparcialidad por un recaudador de impuestos. La confianza principal debe depositarse, y siempre se ha depositado, en las declaraciones realizadas por la propia persona. Por lo tanto, el impuesto, cualesquiera que sean los principios de igualdad que se apliquen, es en la práctica desigual en uno de los peores sentidos, y recae con mayor rigor sobre los más concienzudos.

Es de temer, por lo tanto, que la equidad inherente al principio del impuesto sobre la renta no se aplique en la práctica. Esta consideración nos llevaría a coincidir con la opinión que, hasta hace poco, ha prevalecido generalmente: que los impuestos directos sobre la renta deben reservarse como un recurso extraordinario para grandes emergencias nacionales, en las que la necesidad de una cuantiosa recaudación adicional supera cualquier objeción.

Las dificultades de un impuesto justo sobre la renta han dado lugar a la propuesta de un impuesto directo de un porcentaje determinado, no sobre los ingresos, sino sobre los gastos; el importe total del gasto de cada persona se determinaría, como lo es actualmente el importe de los ingresos, a partir de las declaraciones proporcionadas por los propios contribuyentes. La única garantía seguiría siendo la veracidad de las personas, y no hay razón para suponer que sus declaraciones sean más fiables en lo que respecta a sus gastos que a sus ingresos. Los impuestos sobre el gasto actualmente vigentes, tanto en este país como en otros, recaen únicamente sobre determinados tipos de gasto y no difieren de los impuestos sobre los productos básicos más que en que los paga directamente quien los consume o utiliza, en lugar de ser adelantados por el productor o vendedor y reembolsados en el precio. Los impuestos sobre caballos y carruajes, perros y sirvientes son de esta naturaleza. Evidentemente, recaen sobre las personas a quienes se les imponen: quienes utilizan el producto gravado. Un impuesto de descripción similar, y más importante, es el impuesto a la vivienda, que debe considerarse con algo más de extensión.

[pág. 557]

§ 6. Impuesto sobre la vivienda.

La renta de una casa consta de dos partes: la renta del suelo y lo que Adam Smith denomina renta de la construcción. La primera se determina según los principios ordinarios de la renta. Es la remuneración que se paga por el uso del terreno ocupado por la casa y sus dependencias; y varía desde un simple equivalente a la renta que el suelo ofrecería en la agricultura hasta las rentas de monopolio pagadas por ubicaciones ventajosas en vías públicas concurridas. La renta de la casa misma, a diferencia del suelo, es el equivalente a la mano de obra y el capital invertidos en la construcción. El hecho de que se reciba en pagos trimestrales o semestrales no modifica los principios que la regulan. Comprende la ganancia ordinaria sobre el capital del constructor y una anualidad, suficiente al tipo de interés vigente, tras pagar todas las reparaciones a cargo del propietario, para reponer el capital original cuando la casa se deteriore o al vencimiento del plazo habitual de un contrato de arrendamiento de construcción.

Un impuesto de un porcentaje determinado sobre la renta bruta recae sobre ambas porciones por igual. Cuanto mayor sea el precio de alquiler de una vivienda, mayor será la contribución al impuesto, ya sea por la calidad de la vivienda o por la de la vivienda misma. Sin embargo, la incidencia de estas dos porciones del impuesto debe considerarse por separado.

La mayor parte del impuesto sobre la renta de la construcción debe recaer en última instancia sobre el consumidor, es decir, el ocupante. Dado que las ganancias de la construcción ya no superan la tasa ordinaria, si el impuesto recayera sobre el propietario y no sobre el ocupante, serían inferiores a las ganancias de los empleos no gravados, y no se construirían viviendas. Sin embargo, es probable que durante algún tiempo después de la primera imposición del impuesto, una gran parte recaiga no sobre el inquilino, sino sobre el propietario de la vivienda. Una gran proporción de los consumidores no podría permitirse, o no optaría por, pagar su renta anterior con el impuesto adicional, sino que se contentaría con una vivienda de menor tamaño. Por lo tanto, las viviendas superarían la demanda durante un tiempo. [pág. 558]La consecuencia de tal exceso, en el caso de la mayoría de los demás artículos, sería una disminución casi inmediata de la oferta; pero un bien tan duradero como las viviendas no disminuye rápidamente en cantidad. De hecho, dejarían de construirse nuevos edificios de la clase para la que había disminuido la demanda, salvo por razones especiales; pero mientras tanto, la superfluidad temporal reduciría los alquileres, y los consumidores obtendrían, quizás, casi el mismo alojamiento que antes, por el mismo pago total: alquiler e impuestos juntos. Sin embargo, gradualmente, a medida que las viviendas existentes se deterioraran o que el aumento de la población exigiera una mayor oferta, los alquileres volverían a subir, hasta que fuera rentable reanudar la construcción, lo cual no ocurriría hasta que el impuesto se transfiriera completamente al ocupante. En definitiva, por lo tanto, el ocupante soporta la parte del impuesto sobre la renta que recae sobre el pago realizado por la vivienda en sí, exclusivamente sobre el terreno sobre el que se asienta.

El caso es parcialmente diferente con la parte que constituye un impuesto sobre la renta del suelo. Dado que los impuestos sobre la renta, propiamente dichos, recaen sobre el propietario, se supone que un impuesto sobre la renta del suelo debe recaer sobre el propietario del terreno, al menos después del vencimiento del contrato de arrendamiento de la construcción. Sin embargo, no recaerá íntegramente sobre el propietario, a menos que al impuesto sobre la renta del suelo se le añada un impuesto equivalente sobre la renta agrícola. La renta más baja de un terreno arrendado para construcción es muy ligeramente superior a la que ese mismo terreno produciría en la agricultura, ya que es razonable suponer que el terreno, salvo circunstancias excepcionales, se arrienda o vende para construcción tan pronto como su valor para ese fin sea claramente mayor que para el cultivo. Por lo tanto, si se estableciera un impuesto sobre las rentas del suelo sin establecerse también sobre las rentas agrícolas, reduciría, a menos que fuera de una cantidad insignificante, el rendimiento de las rentas del suelo más bajas por debajo del rendimiento ordinario de la tierra, y frenaría la construcción ulterior de manera tan efectiva como si fuera un impuesto sobre las rentas de construcción, hasta que la mayor demanda de una población en crecimiento, o una disminución de la oferta por las causas ordinarias de destrucción, hubiera aumentado la renta en un equivalente completo. [pág. 559]Para el impuesto. Pero lo que eleva las rentas del suelo más bajas eleva todas las demás, ya que cada una supera a la más baja por el valor de mercado de sus ventajas peculiares. Si, por lo tanto, el impuesto sobre las rentas del suelo fuera una suma fija por pie cuadrado, y las situaciones más valiosas no pagaran más que las menos solicitadas, este pago fijo recaería finalmente sobre el ocupante. Supongamos que la renta del suelo más baja fuera de $50 por acre y la más alta de $5,000, un impuesto de $5 por acre sobre las rentas del suelo elevaría finalmente la primera a $55, y la segunda, en consecuencia, a $5,005, ya que la diferencia de valor entre las dos situaciones sería exactamente la misma que antes: los $5 anuales, por lo tanto, los pagaría el ocupante. Pero se supone que un impuesto sobre la renta del suelo es una parte de un impuesto a la vivienda que no es un pago fijo, sino un porcentaje sobre la renta. Por lo tanto, suponiendo que el terreno más barato pagara, como antes, 5 $, el más caro pagaría 500 $, de los cuales solo 5 $ podrían atribuirse al ocupante, ya que la renta seguiría siendo solo de 5005 $. En consecuencia, 495 $ de los 500 $ recaudados del terreno caro recaerían sobre el propietario del terreno. 341 Por lo tanto, un impuesto inmobiliario debe considerarse en un doble aspecto: como un impuesto a todos los ocupantes de viviendas y como un impuesto sobre las rentas del terreno.

En la gran mayoría de las viviendas, la renta del suelo representa solo una pequeña proporción del pago anual por la vivienda, y casi la totalidad del impuesto recae sobre el ocupante. Solo en casos excepcionales, como en las situaciones más comunes en las grandes ciudades, el elemento predominante en la renta de la vivienda es la renta del suelo; y, entre los pocos tipos de ingresos que pueden ser objeto de impuestos especiales, estas rentas del suelo ocupan el lugar principal, siendo el ejemplo más significativo existente de enormes acumulaciones de riqueza adquiridas rápidamente, y en muchos casos inesperadamente, por unas pocas familias, por la simple casualidad de poseer ciertas parcelas de tierra sin haber contribuido a su adquisición con el menor esfuerzo, desembolso o riesgo. Por lo tanto, en la medida en que un impuesto sobre la vivienda recaiga sobre el propietario del terreno, no está sujeto a ninguna objeción válida.

[pág. 560]

En la medida en que recae sobre el ocupante, si se proporciona justamente al valor de la vivienda, es uno de los impuestos más justos e irreprochables. Ninguna parte del gasto de una persona refleja mejor sus recursos ni guarda, en general, una proporción más cercana a ellos. La igualdad de este impuesto solo puede cuestionarse seriamente por dos motivos. El primero es que un avaro puede eludirlo. Esta objeción se aplica a todos los impuestos sobre el gasto; solo un impuesto directo sobre la renta puede afectar a un avaro. La segunda objeción es que una persona puede necesitar una vivienda más grande y cara, no por tener mayores recursos, sino por tener una familia más numerosa. Sin embargo, no tiene derecho a quejarse de esto, ya que tener una familia numerosa es una decisión personal; y, en lo que respecta al interés público, es algo que debe desalentarse más que promoverse. 342

Se debería tasar la casa, no a su precio de venta, sino al costo de reconstruirla, y esta tasación podría corregirse periódicamente con una deducción por lo que haya perdido con el tiempo o lo que haya ganado con reparaciones y mejoras. El importe de la tasación corregida constituiría un capital, cuyos intereses, al precio actual de los fondos públicos, constituirían el valor anual al que se tasaría el edificio para el impuesto.

[pág. 561]

Así como los ingresos inferiores a cierta cantidad deberían estar exentos del impuesto sobre la renta, también las viviendas con un valor inferior al establecido deberían estarlo del impuesto inmobiliario, según el principio universal de eximir de todo impuesto los bienes indispensables para una vida saludable. Para que los ocupantes de viviendas, así como de casas, se beneficien, como corresponde en justicia, de esta exención, los propietarios podrían optar por tasar por separado cada parte de la vivienda ocupada por un inquilino independiente.

[pág. 562]


Capítulo III. De los Impuestos sobre los Productos o Impuestos Indirectos.

§ 1. Un impuesto sobre todos los productos recaería sobre las ganancias.

Por impuestos sobre los productos se entiende comúnmente aquellos que se recaudan ya sea sobre los productores o sobre los transportistas o comerciantes que intervienen entre ellos y los compradores finales para el consumo; la frase está, por costumbre, limitada a los impuestos indirectos, es decir, aquellos que adelanta una persona para ser, como se espera y se pretende, reembolsados por otra.

Los impuestos sobre las mercancías se aplican a la producción dentro del país, a su importación, o a su transporte o venta dentro del mismo, y se clasifican respectivamente como impuestos especiales, aranceles aduaneros, peajes y derechos de tránsito. Independientemente de la categoría a la que pertenezcan y de la etapa del progreso de la comunidad en la que se impongan, equivalen a un aumento del coste de producción; en sentido amplio, este término incluye el coste de transporte y distribución o, dicho de forma común, el de llevar la mercancía al mercado.

Cuando el costo de producción aumenta artificialmente mediante un impuesto, el efecto es el mismo que cuando aumenta por causas naturales. Si solo se ven afectados uno o unos pocos productos, su valor y precio aumentan, compensando al productor o comerciante por la carga peculiar; pero si existiera un impuesto sobre todos los productos, exactamente proporcional a su valor, no se obtendría tal compensación; no habría un aumento general de los valores, lo cual es un absurdo, ni de los precios, que dependen de causas completamente diferentes. Sin embargo, como ha señalado el Sr. McCulloch, se produciría una perturbación. [pág. 563]De valores, algunos en descenso, otros en ascenso, debido a una circunstancia cuyo efecto sobre valores y precios ya analizamos: la diferente durabilidad del capital empleado en distintas ocupaciones. El producto bruto de la industria consta de dos partes: una que sirve para reponer el capital consumido, mientras que la otra es la ganancia. Ahora bien, un capital igual en dos ramas de producción debe tener las mismas expectativas de ganancia; pero si una mayor proporción de una que de la otra es capital fijo, o si este capital fijo es más duradero, habrá un menor consumo de capital en el año y se requerirá menos para reponerlo, de modo que la ganancia, si es absolutamente la misma, constituirá una mayor proporción de los rendimientos anuales. Para obtener de un capital de $1,000 una ganancia de $100, un productor podría tener que vender productos por un valor de $1,100, el otro solo por un valor de $500. Si a estas dos ramas de la industria se les impone un impuesto del cinco por ciento ad valorem , a la última se le aplicarán solo $25, y a la primera $55. dejando a uno $75 de ganancia, al otro solo $45. Por lo tanto, para igualar sus expectativas de ganancia, el precio de una mercancía debe subir, el de la otra debe bajar, o ambos. 343 Las mercancías fabricadas principalmente mediante trabajo inmediato deben aumentar de valor, en comparación con las fabricadas principalmente mediante maquinaria. No es necesario profundizar en esta rama de la investigación.

§ 2. Los impuestos sobre determinados productos recaen sobre el consumidor.

Un impuesto sobre cualquier producto, ya sea que grave su producción, importación, transporte o venta, ya sea una suma fija de dinero por una cantidad determinada o un derecho ad valorem , por regla general, aumentará el valor y el precio del producto al menos en la misma cantidad que el impuesto. Son pocos los casos en los que no los eleva en más de esa cantidad. En primer lugar, hay pocos impuestos sobre la producción que no se consideren necesarios para imponer regulaciones restrictivas a los fabricantes o comerciantes a fin de controlar la evasión fiscal. Estos [pág. 564]Las regulaciones son siempre fuente de problemas y molestias, y generalmente de gastos, por lo cual, al ser desventajas peculiares, los productores o comerciantes deben ser compensados en el precio de su mercancía. Estas restricciones también interfieren frecuentemente con los procesos de fabricación, obligando al productor a realizar sus operaciones de la manera más conveniente para los ingresos, aunque no la más económica ni eficiente para los fines de producción. Cualquier regulación, impuesta por ley, dificulta al productor la adopción de procesos nuevos y mejorados. Además, la necesidad de adelantar el impuesto obliga a los productores y comerciantes a operar con capitales mayores de los que serían necesarios de otro modo, sobre la totalidad de los cuales deben recibir la tasa ordinaria de ganancia, aunque solo una parte se emplee en sufragar los gastos reales de producción o importación. El precio del artículo debe ser tal que genere una ganancia sobre su valor natural, en lugar de una ganancia solo sobre su valor natural. Tampoco debe olvidarse que cualquier actividad que requiera un mayor capital en cualquier comercio o negocio limita la competencia en dicho sector y, al otorgar una especie de monopolio a unos pocos comerciantes, puede permitirles mantener el precio por encima de lo que permitiría la tasa ordinaria de ganancia, o bien obtenerla con un menor esfuerzo para mejorar y abaratar sus productos. En estos diversos casos, los impuestos sobre los productos a menudo cuestan al consumidor, debido al aumento de precio del artículo, mucho más de lo que aportan al erario público. Existe otra consideración adicional: el mayor precio que exige el impuesto casi siempre frena la demanda del producto; y, dado que muchas mejoras en la producción requieren cierta demanda para ser viables, dichas mejoras se ven obstaculizadas, y muchas de ellas incluso se impiden. Es bien sabido que las ramas de producción en las que menos mejoras se realizan son aquellas en las que interviene el funcionario fiscal; y que, en general, nada impulsa más las mejoras. [pág. 565]en la producción de un bien es más conveniente eliminar un impuesto que restringe el mercado para ese bien.

§ 3. Efectos peculiares de los impuestos sobre los bienes necesarios.

Estos son los efectos de los impuestos sobre las mercancías, considerados en general; pero, dado que existen algunas mercancías (las que componen los bienes de primera necesidad del trabajador) cuyo valor influye en la distribución de la riqueza entre las diferentes clases de la comunidad, es necesario analizar con más detalle los efectos de los impuestos sobre esos artículos en particular. Si se aplica un impuesto, por ejemplo, al maíz, y el precio aumenta proporcionalmente, el aumento de precio puede operar de dos maneras: primero, puede empeorar la situación de las clases trabajadoras; temporalmente, de hecho, es difícil que no lo haga. Si disminuye su consumo de los productos de la tierra o les obliga a recurrir a alimentos que el suelo produce en mayor abundancia y, por lo tanto, a un menor costo, contribuye en esa medida a que la agricultura se reubique en tierras más fértiles o procesos menos costosos, y a reducir el valor y el precio del maíz; que, por lo tanto, finalmente se establece en un precio que no aumenta por el importe total del impuesto, sino solo por una parte. En segundo lugar, sin embargo, puede ocurrir que el bajo precio de los alimentos gravados no reduzca el nivel habitual de las necesidades del trabajador, sino que, por el contrario, los salarios, al influir en la población, aumenten, en períodos más o menos largos, para compensar a los trabajadores por su parte del impuesto, compensación que, por supuesto, se realiza a expensas de las ganancias. Los impuestos sobre los artículos de primera necesidad deben, por lo tanto, tener uno de dos efectos: o bien empeoran la situación de las clases trabajadoras, o bien exigen a los propietarios del capital, además de la cantidad adeudada al estado por sus propios artículos de primera necesidad, la cantidad adeudada por los consumidos por los trabajadores. En este último caso, el impuesto sobre los artículos de primera necesidad, al igual que un impuesto sobre los salarios, equivale a un impuesto peculiar sobre las ganancias; lo cual es, como cualquier otro impuesto parcial, injusto y especialmente perjudicial para el aumento de la riqueza nacional.

Queda por hablar del efecto sobre la renta. Suponiendo (lo que suele ocurrir) que el consumo de alimentos no disminuya, será necesario el mismo cultivo que antes. [pág. 566]Para satisfacer las necesidades de la comunidad, el margen de cultivo, para usar la expresión del Dr. Chalmers, permanece donde estaba; y la misma tierra o capital que, como el menos productivo, ya regulaba el valor y el precio de todo el producto, continuará regulándolos. El efecto que un impuesto sobre los productos agrícolas tendrá en la renta depende de si afecta o no a la diferencia entre la rentabilidad de esta tierra o capital menos productivo y la rentabilidad de otras tierras y capitales. Ahora bien, esto depende de la forma en que se impone el impuesto. Si es un impuesto ad valorem , o, lo que es lo mismo, una proporción fija del producto, como el diezmo, por ejemplo, evidentemente reduce las rentas del trigo. Pues toma más trigo de las mejores tierras que de las peores, y exactamente en la medida en que son mejores, de modo que la tierra con el doble de productividad paga el doble al diezmo. Lo que toma más de la mayor de dos cantidades que de la menor, disminuye la diferencia entre ellas. La imposición de un diezmo sobre el trigo supondría también quitar un diezmo a la renta del trigo: porque, si reducimos una serie de números en un décimo cada uno, las diferencias entre ellos se reducen en un décimo.

Por ejemplo, supongamos que hay cinco calidades de tierra que, en la misma extensión y con el mismo gasto, producen respectivamente 100, 90, 80, 70 y 60 bushels de trigo, siendo este último el de menor calidad que la demanda de alimentos obliga a cultivar. La renta de estas tierras será la siguiente:

La tierra que produce 100 bushels generará una renta de 100-60, o 40 bushels.
La que produce 90 bushels, una renta de 90-60, o 30 bushels.
La que produce 80 bushels, una renta de 80-60, o 20 bushels.
La que produce 70 bushels, una renta de 70-60, o 10 bushels.
La que produce 60 bushels, no generará renta.

Ahora bien, impongámonos un diezmo que tome de estos cinco trozos de tierra 10, 9, 8, 7 y 6 bushels respectivamente, siendo la quinta calidad la que regula el precio, pero devolviendo al agricultor, después del pago del diezmo, no más de 54 bushels:

[pág. 567]

La tierra que produce 100 bushels, reducida a 90, rendirá una renta de 90-54, o 36 bushels.
La que produce 90 bushels, reducida a 81, rendirá una renta de 81-54, o 27 bushels.
La que produce 80 bushels, reducida a 72, rendirá una renta de 72-54, o 18 bushels.
La que produce 70 bushels, reducida a 63, rendirá una renta de 63-54, o 9 bushels.

Y que producir 60 bushels, reducidos a 54, no rendirá, como antes, renta alguna. De modo que la renta de la tierra de primera calidad ha perdido cuatro bushels; la de la segunda, tres; la de la tercera, dos; y la de la cuarta, una; es decir, cada una ha perdido exactamente una décima parte. Por lo tanto, un impuesto sobre una proporción fija del producto reduce, en la misma proporción, la renta del grano.

Pero solo se reduce la renta del trigo, y no la renta estimada en dinero ni en ninguna otra mercancía. Pues, en la misma proporción en que se reduce la cantidad de la renta del trigo, aumenta el valor del trigo que la compone. Con el diezmo, 54 bushels valdrán en el mercado lo que antes valían 60; y nueve décimas partes se venderán, en todos los casos, por el mismo precio que las diez décimas partes anteriores. Por lo tanto, los terratenientes serán compensados en valor y precio por lo que pierdan en cantidad, y sufrirán solo en la medida en que consuman su renta en especie o, tras recibirla en dinero, la gasten en productos agrícolas; es decir, solo sufren como consumidores de productos agrícolas, y en común con todos los demás consumidores. Considerados como terratenientes, tienen los mismos ingresos que antes; el diezmo, por lo tanto, recae sobre el consumidor, y no sobre el terrateniente.

El mismo efecto se produciría en la renta si el impuesto, en lugar de ser una proporción fija de la producción, fuera una suma fija por trimestre o por bushel. Un impuesto que cobra un chelín por bushel extrae más chelines de un campo que de otro, en la misma proporción en que produce más bushels; y funciona exactamente como el diezmo, excepto que este no solo tiene la misma proporción en todas las tierras, sino también en todo momento, mientras que una suma fija por bushel representará una proporción mayor o menor, según el precio del grano sea barato o caro.

Existen otras modalidades de gravar la agricultura, que afectarían la renta de manera diferente. Un impuesto proporcional a la renta... [pág. 568]Recaería íntegramente sobre la renta y no elevaría en absoluto el precio del grano, que se regula por la parte del producto que no paga renta. Un impuesto fijo de una cantidad por acre cultivado, sin distinción de valor, tendría efectos directamente opuestos. Al no extraer más de las mejores calidades de tierra que de las peores, las diferencias se mantendrían igual que antes, y en consecuencia, las rentas del grano serían las mismas, y los terratenientes se beneficiarían plenamente del aumento de precio. Dicho de otro modo: el precio debe subir lo suficiente para que las peores tierras paguen el impuesto, permitiendo así que todas las tierras que producen más que las peores paguen no solo el impuesto, sino también un aumento de la renta a los terratenientes. Sin embargo, estos impuestos no se refieren tanto al producto de la tierra como a la tierra misma. Los impuestos sobre el producto, propiamente dichos, ya sean fijos o ad valorem , no afectan la renta sino que recaen sobre el consumidor; sin embargo, las ganancias generalmente representan la totalidad o la mayor parte de la porción que se recauda sobre el consumo de las clases trabajadoras.

§ 4. —cómo se modifica por la tendencia de las ganancias al mínimo.

Lo anterior, entiendo, es una explicación correcta de cómo funcionan los impuestos sobre los productos agrícolas cuando se aplican inicialmente. Sin embargo, cuando son antiguos, su efecto puede ser diferente. Ahora bien, el efecto de la acumulación, cuando va acompañada de su acompañamiento habitual, el aumento de la población, es aumentar el valor y el precio de los alimentos, elevar la renta y reducir las ganancias; es decir, lograr precisamente lo mismo que un impuesto sobre los productos agrícolas, excepto que este no aumenta la renta. El impuesto, por lo tanto, simplemente anticipa el aumento de precios y la caída de las ganancias que se habrían producido en última instancia por el mero progreso de la acumulación, mientras que al mismo tiempo impide, o al menos retrasa, dicho progreso. Si la tasa de ganancia fuera tal que el efecto del diezmo la redujera al mínimo práctico, tras un lapso que habría permitido un aumento de una décima parte del progreso natural de la riqueza, el consumidor no pagaría más de lo que habría pagado si el diezmo nunca hubiera existido. habrá dejado de pagar cualquier parte de ella, y quien realmente la pagará es el propietario, [pág. 569]a quienes priva del aumento de la renta que para entonces les habría correspondido. En cada punto sucesivo de este intervalo de tiempo, una menor carga recaerá sobre el consumidor y una mayor sobre el terrateniente; y, en última instancia, el mínimo de ganancias se alcanzará con un capital y una población menores y una renta más baja que si la situación no se hubiera visto alterada por la imposición del impuesto. Si, por otro lado, el diezmo u otro impuesto sobre los productos agrícolas no reduce las ganancias al mínimo, sino a un nivel superior, la acumulación no se detendrá, sino que solo se ralentizará; y, si la población también aumenta, el doble aumento continuará produciendo sus efectos: un aumento del precio del grano y un aumento de la renta. Sin embargo, estas consecuencias no se producirán con la misma rapidez que si la tasa de ganancia más alta hubiera continuado. Al cabo de veinte años, el país tendrá una población y un capital menores que los que habría tenido para entonces de no ser por el impuesto. Los terratenientes percibirán una renta menor, y el precio del grano, al haber aumentado a un ritmo menor, no será ni una décima parte superior al que habría alcanzado para entonces si no hubiera existido el impuesto. Por lo tanto, una parte del impuesto ya habrá dejado de recaer sobre el consumidor y recaerá sobre el terrateniente, y la proporción será cada vez mayor con el paso del tiempo.

Pero aunque los diezmos y otros impuestos sobre los productos agrícolas, cuando son de larga data, no aumentan el precio de los alimentos y reducen las ganancias en absoluto, o, si lo hacen, no lo hacen en proporción al impuesto, la abolición de dichos impuestos, cuando existen, no disminuye menos el precio y, en general, aumenta la tasa de ganancia. La abolición del diezmo reduce en una décima parte el costo de producción y, en consecuencia, el precio de todos los productos agrícolas; y, a menos que aumente permanentemente las necesidades del trabajador, reduce el costo de la mano de obra y aumenta las ganancias. La renta, estimada en dinero o en mercancías, generalmente se mantiene igual; estimada en productos agrícolas, aumenta. El país añade lo mismo, mediante la abolición del diezmo, al margen que lo separa de la renta estacionaria. [pág. 570]Estado que quedó aislado de ese margen por el diezmo cuando se impuso inicialmente. La acumulación se acelera considerablemente y, si la población también aumenta, el precio del grano comienza a recuperarse inmediatamente y la renta a subir, transfiriendo así gradualmente el beneficio de la remisión del consumidor al terrateniente.

§ 5. Efectos de los deberes discriminatorios.

Hasta ahora hemos investigado los efectos de los impuestos sobre las mercancías, partiendo del supuesto de que se aplican imparcialmente a cualquier modo en que la mercancía pueda producirse o comercializarse. Se abre otra clase de consideraciones si suponemos que esta imparcialidad no se mantiene y que el impuesto no grava la mercancía, sino algún modo específico de obtenerla.

Supongamos que un producto puede fabricarse mediante dos procesos diferentes —como un producto manufacturado puede producirse a mano o con vapor—, el azúcar puede obtenerse de caña de azúcar o de remolacha, y el ganado puede engordarse con heno y cultivos verdes, o con tortas oleaginosas y desechos de cervecerías. Es interés de la comunidad que, de los dos métodos, los productores adopten el que produzca el mejor producto al menor precio. Siendo este también el interés de los productores, a menos que estén protegidos de la competencia y de las sanciones por indolencia, el proceso más ventajoso para la comunidad es aquel que, si el Gobierno no interfiere, finalmente les conviene adoptar. Supongamos, sin embargo, que se grava uno de los procesos y no se grava, o se grava con uno de menor cuantía, el otro. Si el proceso gravado es el que los productores no habrían adoptado, la medida carece de valor. Pero si el impuesto recae, como por supuesto se pretende, sobre el que habrían adoptado, crea un motivo artificial para preferir el proceso libre de impuestos, aunque sea inferior a los dos. Por lo tanto, si tiene algún efecto, hace que la mercancía se produzca de peor calidad o con un mayor coste de mano de obra; hace que se desperdicie gran parte del trabajo de la comunidad y del capital empleado en mantener y remunerar [pág. 571]Ese trabajo se gasta tan inútilmente como si se empleara en contratar hombres para cavar y rellenar hoyos. Este desperdicio de trabajo y capital constituye un aumento en el costo de producción de la mercancía, lo que eleva su valor y precio en una proporción proporcional, y así los propietarios del capital quedan indemnizados. La pérdida recae sobre los consumidores; aunque el capital del país también se ve eventualmente disminuido por la disminución de sus medios de ahorro y, en cierta medida, de sus incentivos para ahorrar.

Por lo tanto, el tipo de impuesto, que se clasifica como impuesto discriminatorio, transgrede la regla de que los impuestos deben extraer lo mínimo posible del contribuyente, más allá de lo que aportan al erario público. Un impuesto discriminatorio obliga al consumidor a pagar dos impuestos distintos, de los cuales solo uno se paga al Gobierno, y con frecuencia es el menos oneroso. Si se impusiera un impuesto al azúcar de caña, dejando libre de impuestos el azúcar de remolacha, mientras se siguiera utilizando azúcar de caña, el impuesto se pagaría al erario público y podría ser tan inobjetable como la mayoría de los demás impuestos; pero si el azúcar de caña, que antes era más barato que el de remolacha, ahora fuera más caro, y se sustituyera considerablemente por azúcar de remolacha, y en consecuencia se desbrozaran campos y se establecieran fábricas, el Gobierno no obtendría ingresos del azúcar de remolacha, mientras que los consumidores pagarían un impuesto real. Pagarían por el azúcar de remolacha más de lo que habían pagado antes por el azúcar de caña, y la diferencia se destinaría a indemnizar a los productores por una parte del trabajo del país en realidad desperdiciado al producir con el trabajo de (digamos) trescientos hombres lo que podría obtenerse mediante el otro proceso con el trabajo de doscientos.

Un ejemplo interesante, en los últimos años, del funcionamiento de un arancel discriminatorio se encuentra en el caso de las diferentes calidades de azúcar importadas a Estados Unidos. Nuestro arancel impuso ciertos aranceles sobre diferentes grados de azúcar clasificados por color, basándose en la teoría de que el color era una prueba de la concentración de la sacarina. Los cargamentos se examinaron y compararon con azúcares clasificados herméticamente sellados en botellas de vidrio y distribuidos por los Países Bajos. [pág. 572]Las autoridades, de ahí el nombre de " estándar holandés " . Los grados del n.° 1 (melado) al n.° 10 debían ir a la refinería antes de su consumo; pero los grados hasta el n.° 13, aunque algunos podían consumirse de inmediato, solían enviarse para su elaboración en azúcares blandos y duros de la más alta calidad. Siempre que el azúcar se obtenía por evaporación en calderas abiertas o pasando la melaza por una capa de arcilla, la intensidad de la sacarina y el color se complementaban bastante bien. Pero con la invención de la cuba de vacío y la rueda centrífuga, mediante las cuales el azúcar se reduce mediante un proceso más corto y efectivo, el azúcar de cierto grado de color, según el estándar holandés, contenía un dulzor mucho mayor que el producido con los métodos antiguos. Por lo tanto, a los plantadores cubanos se les permitía enviar azúcar a este país con un arancel que, en realidad, se aplicaba a grados muy inferiores, y por lo tanto pagaban menos arancel que otros azúcares. Los productos de un país se discriminaban en favor de otro. La dificultad se resolvió utilizando el polariscopio, que proporcionó una prueba química absoluta del dulzor, independientemente del color.

Uno de los casos más comunes de aranceles discriminatorios es el de un impuesto sobre la importación de un producto susceptible de producción nacional, sin un impuesto equivalente sobre la producción nacional. Un producto nunca se importa permanentemente, a menos que pueda obtenerse en el extranjero con un coste de mano de obra y capital, en general, menor que el necesario para producirlo. Por lo tanto, si mediante un arancel sobre la importación resulta más barato producir el artículo que importarlo, se invierte una cantidad adicional de mano de obra y capital, sin ningún resultado adicional. El trabajo es inútil y el capital se gasta en pagar a personas por no hacer nada laboriosamente. Todos los aranceles aduaneros que incentivan la producción nacional del artículo gravado constituyen, por lo tanto, una forma sumamente derrochadora de generar ingresos.

Esta característica se aplica en grado particular a los derechos de aduana sobre los productos de la tierra, a menos que estén compensados por impuestos especiales sobre la producción nacional. Dichos impuestos aportan menos al tesoro público, en comparación con lo que obtienen de los consumidores, que cualquier otro impuesto al que suelen estar sujetas las naciones civilizadas. Si la producción de trigo en un país es de veinte millones de quarters, y el consumo de veintiún millones, se importa anualmente un millón, y si en este... [pág. 573]Se impone un impuesto que eleva el precio en diez chelines por quarter. El precio que se incrementa no es solo el del millón, sino el de los veintiún millones. Suponiendo la suposición más favorable, pero extremadamente improbable, de que no se frene en absoluto la importación ni aumente la producción nacional, el estado obtiene ingresos de solo medio millón, mientras que los consumidores pagan diez millones y medio. Estos diez millones son una contribución a los agricultores locales, quienes se ven obligados por la competencia a cederlo todo a los terratenientes. El consumidor paga así a los propietarios de tierras un impuesto adicional, equivalente a veinte veces el que paga al estado. Supongamos ahora que el impuesto realmente frena la importación. Supongamos que la importación se detiene por completo en años ordinarios, al descubrirse que el millón de quarters puede obtenerse mediante un cultivo más elaborado o mediante la fragmentación de tierras inferiores, con un aumento inferior a diez chelines sobre el precio anterior; digamos, por ejemplo, cinco chelines por quarter. Los ingresos ahora no obtienen nada, salvo las importaciones extraordinarias que pueden ocurrir en épocas de escasez. Pero los consumidores pagan anualmente un impuesto de cinco chelines sobre los veintiún millones de quarters, lo que suma 5.250.000 libras esterlinas. De esta cantidad, las 250.000 libras restantes se destinan a compensar a los productores del último millón de quarters por el trabajo y el capital malgastados por la imposición de la ley. Los 5.000.000 libras restantes se destinan a enriquecer a los terratenientes, como antes.

Tal es el funcionamiento de lo que técnicamente se denominan leyes de cereales, cuando se promulgan por primera vez; y así continúa su funcionamiento mientras tengan algún efecto en el aumento del precio del cereal. La diferencia entre un país sin leyes de cereales y un país que las ha tenido durante mucho tiempo no radica tanto en que este último tenga un precio más alto o una renta mayor, sino en que tiene el mismo precio y la misma renta con un capital agregado menor y una población menor. La imposición de leyes de cereales eleva las rentas, pero retrasa el progreso de la acumulación que en poco tiempo las habría elevado en la misma medida. La derogación de las leyes de cereales tiende a reducir las rentas, pero desencadena una fuerza que, en un estado progresivo de [pág. 574]capital y población, restablece e incluso aumenta la cantidad anterior.

Lo que hemos dicho sobre los aranceles a la importación en general es igualmente aplicable a los aranceles discriminatorios que favorecen la importación desde un lugar o de una manera particular, en contraposición a otros; como la preferencia otorgada a los productos de una colonia o de un país con el que existe un tratado comercial; o los aranceles más altos que imponían anteriormente nuestras leyes de navegación a las mercancías importadas por medios distintos a los británicos. Cualquier otra cosa que se alegue a favor de tales distinciones, siempre que no sean nulas, resultan económicamente derrochadoras. Inducen a recurrir a un modo más costoso de obtener un producto en lugar de uno menos costoso, y, por lo tanto, hacen que una parte del trabajo que el país emplea en abastecerse de productos extranjeros se sacrifique sin contrapartida.

§ 6. Efectos que producen sobre el Cambio Internacional los Derechos a la Exportación y a la Importación.

Hay un punto más, relacionado con el funcionamiento de los impuestos sobre las mercancías transportadas de un país a otro, que requiere atención: la influencia que ejercen sobre los intercambios internacionales. Todo impuesto sobre una mercancía tiende a elevar su precio y, en consecuencia, a disminuir su demanda en el mercado donde se vende. Por lo tanto, todos los impuestos sobre el comercio internacional tienden a producir una perturbación y un reajuste de lo que hemos denominado la ecuación de la demanda internacional.

Los impuestos al comercio exterior son de dos tipos: impuestos a las importaciones y impuestos a las exportaciones. Desde el primer punto de vista, parecería que ambos impuestos son pagados por los consumidores del producto; por consiguiente, los impuestos a las exportaciones recaen íntegramente sobre los extranjeros, mientras que los impuestos a las importaciones recaen íntegramente sobre el consumidor nacional. Sin embargo, la situación real es mucho más compleja.

Al gravar las exportaciones, podemos, en ciertas circunstancias, lograr una distribución de las ventajas del comercio más favorable para nosotros. En algunos casos, podemos ingresar en nuestras arcas, a expensas de los extranjeros, no solo la totalidad del impuesto, sino más que el impuesto; en otros casos, deberíamos ganar exactamente... [pág. 575]el impuesto; en otros, menos que el impuesto. En este último caso, una parte del impuesto corre por nuestra cuenta; posiblemente la totalidad, posiblemente incluso, como demostraremos, más que la totalidad.

Volviendo al supuesto caso de un comercio entre Inglaterra y Estados Unidos de hierro y maíz, supongamos que Estados Unidos grava sus exportaciones de maíz, ya que el impuesto no se considera lo suficientemente alto como para inducir a Inglaterra a producir maíz para sí misma. El precio al que se puede vender el maíz en Inglaterra aumenta con el impuesto. Esto probablemente disminuirá la cantidad consumida. Puede disminuirla tanto que, incluso con el aumento de precio, no se requerirá un valor monetario tan alto como antes. O puede no disminuirla en absoluto, o tan poco que, como consecuencia del mayor precio, se compre un valor monetario mayor que antes. En este último caso, Estados Unidos obtendrá, a expensas de Inglaterra, no solo el importe total del arancel, sino más; pues, al aumentar el valor monetario de sus exportaciones a Inglaterra, mientras que sus importaciones se mantienen constantes, fluirá dinero a Estados Unidos desde Inglaterra. El precio del maíz subirá en Estados Unidos y, en consecuencia, en Inglaterra; pero el precio del hierro bajará en Inglaterra y, en consecuencia, en Estados Unidos. Exportaremos menos maíz e importaremos más hierro hasta que se restablezca el equilibrio. Por lo tanto, parece (lo que a primera vista resulta bastante sorprendente) que, al gravar sus exportaciones, Estados Unidos, en ciertas circunstancias concebibles, no solo obtendría de sus clientes extranjeros el importe total del impuesto, sino que también abarataría sus importaciones. Las abarataría de dos maneras: las obtendría por menos dinero y tendría más dinero para comprarlas. Inglaterra, por otro lado, sufriría doblemente: tendría que pagar por su maíz un precio incrementado no solo por el impuesto, sino también por la afluencia de dinero a Estados Unidos, mientras que el mismo cambio en la distribución del medio circulante le dejaría con menos dinero para comprarlo. 344

[pág. 576]

Este, sin embargo, es solo uno de tres casos posibles. Si, tras la imposición del arancel, Inglaterra requiere una cantidad de maíz tan reducida que su valor total es exactamente el mismo que antes, la balanza comercial no se vería afectada; Estados Unidos ganaría el arancel, Inglaterra lo perdería, y nada más. Si, a su vez, la imposición del arancel ocasiona una caída tal en la demanda que Inglaterra requiere un valor pecuniario menor que antes, nuestras exportaciones ya no compensarán nuestras importaciones; el dinero deberá transferirse de Estados Unidos a Inglaterra; y la participación de Inglaterra en la ventaja del comercio aumentará. Debido al cambio en la distribución del dinero, el maíz bajará en Estados Unidos y, por lo tanto, también bajará en Inglaterra. Por lo tanto, Inglaterra no pagará la totalidad del impuesto. Por la misma causa, el hierro subirá en Inglaterra y, en consecuencia, en Estados Unidos. Cuando esta alteración de los precios ha ajustado de tal manera la demanda que el grano y el hierro vuelven a pagarse uno al otro, el resultado es que Inglaterra ha pagado sólo una parte del impuesto, y el resto de lo que se ha recibido en nuestro tesoro ha salido indirectamente de los bolsillos de nuestros propios consumidores de hierro, que pagan un precio más alto por ese producto importado como consecuencia del impuesto a nuestras exportaciones, mientras que al mismo tiempo ellos, como consecuencia de la salida de dinero y la caída de los precios, tienen menores ingresos monetarios con los que pagar el hierro a ese precio adelantado.

No es imposible suponer que al gravar nuestras exportaciones no solo no obtendríamos nada del extranjero, ya que el impuesto se pagaría de nuestro propio bolsillo, sino que incluso podríamos obligar a nuestra propia gente a pagar un segundo impuesto al extranjero. Supongamos, como antes, que la demanda de maíz de Inglaterra disminuye tanto con la imposición del arancel que requiere un valor monetario menor que antes, pero que la situación es tan diferente con el hierro en Estados Unidos que, cuando el precio sube, la demanda no disminuye en absoluto, o disminuye tan poco que el valor monetario requerido es mayor que antes. El primer efecto de imponer el arancel es, como antes, que el maíz exportado ya no compensará el hierro importado.

[pág. 577]

Por lo tanto, el dinero fluirá de Estados Unidos a Inglaterra. Un efecto es el aumento del precio del hierro en Inglaterra y, consecuentemente, en Estados Unidos. Pero esto, en lugar de detener la salida de dinero, solo la agrava, ya que, a mayor precio, mayor valor monetario del hierro consumido. Por lo tanto, el equilibrio solo puede restablecerse mediante el otro efecto, que se produce simultáneamente: la caída del maíz en el mercado estadounidense y, consecuentemente, en el inglés. Incluso cuando el maíz haya caído tanto que su precio con aranceles solo sea igual al precio inicial sin aranceles, no es necesariamente que la caída se detenga, ya que la misma cantidad de exportaciones que antes no será suficiente para pagar el mayor valor monetario de las importaciones; y aunque los consumidores ingleses ahora no solo tienen maíz al precio anterior, sino también mayores ingresos monetarios, no es seguro que estén dispuestos a emplear el aumento de sus ingresos en aumentar sus compras de maíz. El precio del maíz, por lo tanto, tal vez deba caer, para restablecer el equilibrio, más que el monto total del derecho; Inglaterra podría estar en condiciones de importar maíz a un precio más bajo cuando está sujeto a impuestos que cuando no lo está; y esta ganancia la obtendrá a expensas de los consumidores americanos de hierro, quienes, además, serán los verdaderos pagadores de todo lo que se reciba en sus propias aduanas bajo el nombre de derechos sobre la exportación de maíz.

En general, sin embargo, podría haber pocas dudas de que un país que impusiera tales impuestos tendría éxito en hacer que los países extranjeros contribuyeran con algo a sus ingresos; pero, a menos que el artículo gravado sea uno por el cual su demanda sea extremadamente urgente, rara vez pagarán la totalidad del monto que el impuesto genera. 345

[pág. 578]

El resultado de esta investigación puede, entonces, formularse en general de la siguiente manera: el país que tenga la demanda más fuerte de los productos de otros países en comparación con la demanda de otros países por sus propios productos pagará la carga del derecho de exportación.

Hasta aquí los derechos sobre las exportaciones. Ahora pasemos al caso más común de los derechos sobre las importaciones: «Hemos tenido un ejemplo de un impuesto sobre las exportaciones, es decir, sobre los extranjeros, que recae parcialmente sobre nosotros. Por lo tanto, no nos sorprendería que encontráramos un impuesto sobre las importaciones, es decir, sobre nosotros mismos, que recae parcialmente sobre los extranjeros.»

En lugar de gravar el maíz que exportamos, supongamos que gravamos el hierro que importamos. El arancel que ahora suponemos no debe ser lo que se denomina un arancel protector, es decir, un arancel lo suficientemente elevado como para inducirnos a producir el artículo en el país. Si tuviera este efecto, destruiría por completo el comercio tanto del maíz como del hierro, y ambos países perderían la ventaja que obtenían anteriormente intercambiando estos productos. Suponemos un arancel que podría disminuir el consumo del artículo, pero que no nos impediría seguir importando, como antes, el hierro que consumiéramos.

El equilibrio del comercio se vería perturbado si la imposición del impuesto redujera, en lo más mínimo, la cantidad de hierro consumido. Pues, como el impuesto se recauda en nuestra propia aduana, el exportador inglés solo recibe el mismo precio que antes, mientras que el consumidor estadounidense paga uno más alto. Por lo tanto, si disminuye la cantidad comprada, aunque se pueda invertir una suma mayor en el artículo, Estados Unidos deberá pagar una menor a Inglaterra: esta suma ya no será equivalente a la que Inglaterra debe a Estados Unidos por el maíz, por lo que el saldo deberá pagarse en efectivo. Los precios bajarán en Inglaterra y subirán en Estados Unidos; el hierro bajará en el mercado inglés; el maíz subirá en el estadounidense. Los ingleses pagarán un precio más alto por el maíz. [pág. 579]y tendrán menores ingresos monetarios para comprarlo; mientras que los americanos obtendrán hierro más barato, es decir, su precio superará al que era antes en menos del monto del impuesto, mientras que sus medios para comprarlo aumentarán con el aumento de sus ingresos monetarios.

Si la imposición del impuesto no disminuye la demanda, el comercio quedará exactamente igual que antes. Importaremos y exportaremos lo mismo; pagaremos todo el impuesto de nuestro bolsillo.

Pero la imposición de un impuesto sobre un producto casi siempre disminuye la demanda en mayor o menor medida; y nunca, o casi nunca, puede aumentarla. Por lo tanto, puede establecerse como principio que un impuesto sobre productos importados, cuando realmente funciona como un impuesto, y no como una prohibición total o parcial, casi siempre recae parcialmente sobre los extranjeros que consumen nuestros bienes; y que esta es una forma en que una nación puede apropiarse, a expensas de extranjeros, de una parte mayor de la que le correspondería de otra manera del aumento de la productividad general del trabajo y el capital del mundo, que resulta del intercambio de productos entre naciones.

Por lo tanto, tienen razón quienes sostienen que los impuestos sobre las importaciones son pagados parcialmente por extranjeros; pero se equivocan cuando afirman que lo pagan los productores extranjeros. No es a quien le compramos, sino a todos los que nos compran, a quienes recae espontáneamente una parte de nuestros derechos aduaneros. Es el consumidor extranjero de nuestros productos exportados quien se ve obligado a pagar un precio más alto por ellos porque mantenemos los derechos fiscales sobre los bienes extranjeros.

Solo hay dos casos en los que los derechos sobre las mercancías pueden, en cualquier grado o forma, recaer sobre el productor. Uno es cuando el artículo es un monopolio estricto y se encuentra a un precio de escasez. En este caso, el precio está limitado únicamente por los deseos del comprador (la suma obtenida por la oferta restringida es el máximo que los compradores estarían dispuestos a pagar antes que prescindir de ella). Si el Tesoro intercepta una parte de esta, el precio no puede aumentarse más para compensar el impuesto. [pág. 580]y debe pagarse con las ganancias del monopolio. Un impuesto sobre vinos raros y caros recaerá íntegramente sobre los viticultores, o mejor dicho, sobre los propietarios de los viñedos. El segundo caso, en el que el productor a veces soporta una parte del impuesto, es más importante: el caso de los derechos sobre el producto de la tierra o de las minas. Estos podrían ser tan altos que disminuyeran considerablemente la demanda del producto y obligaran al abandono de algunas de las calidades inferiores de la tierra o de las minas. Suponiendo que este fuera el efecto, los consumidores, tanto en el propio país como en aquellos que lo comercializaban, obtendrían el producto a un menor costo; y solo una parte, en lugar de la totalidad, del derecho recaería sobre el comprador, quien sería indemnizado principalmente a expensas de los propietarios de las tierras o de las minas en el país productor.

Los aranceles a la importación pueden, entonces, dividirse en dos clases: (1) los que tienen el efecto de incentivar alguna rama específica de la industria nacional [derechos de protección], (2) y los que no lo tienen [derechos de renta]. Los primeros son puramente perjudiciales, tanto para el país que los impone como para quienes comercian con él. Impiden un ahorro de mano de obra y capital que, de permitirse, se dividiría en alguna proporción entre el país importador y los países que compran lo que ese país exporta o podría exportar.

La otra clase de aranceles son aquellos que no incentivan una forma de adquirir un artículo a expensas de otra, sino que permiten que el intercambio se realice como si el arancel no existiera y generan el ahorro de mano de obra que constituye el incentivo tanto del comercio internacional como de cualquier otro comercio. Entre estos se encuentran los aranceles sobre la importación de cualquier producto que no pueda producirse en el país, y los aranceles que no son lo suficientemente elevados como para compensar la diferencia de gasto entre la producción del artículo en el país y su importación. Del dinero que ingresa al tesoro de cualquier país mediante impuestos de este tipo, solo una parte es pagada por los ciudadanos de ese país; el resto, por los consumidores extranjeros de sus bienes.

[pág. 581]

Sin embargo, este último tipo de impuestos son, en principio, tan inelegibles como los primeros, aunque no precisamente por el mismo motivo. Un derecho protector nunca puede ser causa de ganancia, sino siempre y necesariamente de pérdida, para el país que lo impone, siempre que sea eficaz para su fin. Un derecho no protector, por el contrario, en la mayoría de los casos sería una fuente de ganancia para el país que lo impone, en la medida en que cargar parte del peso de sus impuestos sobre otros es una ganancia; pero sería un medio que rara vez sería aconsejable adoptar, al ser fácilmente contrarrestado por un procedimiento exactamente similar por la otra parte.

Si Estados Unidos, en el caso ya supuesto, pretendiera obtener para sí más de su parte natural de la ventaja del comercio con Inglaterra, imponiendo un arancel al hierro, Inglaterra solo tendría que imponer un arancel al maíz suficiente para disminuir la demanda de ese artículo aproximadamente en la misma medida en que el impuesto había disminuido la demanda de hierro en Estados Unidos. La situación entonces sería como antes, y cada país pagaría su propio impuesto, a menos que, de hecho, la suma de ambos aranceles excediera la ventaja total del comercio, pues en ese caso el comercio y su ventaja cesarían por completo.

Por lo tanto, no habría ninguna ventaja en imponer aranceles de este tipo con la intención de obtener beneficios como se ha señalado. Pero, cuando una parte de los ingresos proviene de impuestos sobre las mercancías, estos a menudo pueden ser tan poco objetables como el resto. Es evidente, también, que las consideraciones de reciprocidad, que son completamente irrelevantes cuando se debate un arancel protector, son de importancia material cuando se discute la derogación de aranceles de esta otra descripción. No se puede esperar que un país renuncie a la facultad de gravar a los extranjeros a menos que estos, a cambio, practiquen la misma tolerancia hacia sí mismo. La única manera en que un país puede evitar ser perjudicado por los aranceles fiscales impuestos por otros países sobre sus mercancías es imponer aranceles fiscales correspondientes sobre los suyos. Solo debe tener cuidado de que [pág. 582]“Esos derechos no deben ser tan altos como para exceder todo lo que queda de la ventaja del comercio y poner fin a la importación por completo, haciendo que el artículo se produzca en el país o se importe de otro mercado más caro”.

Por « reciprocidad » se entiende que, cuando un país admite mercancías libres de aranceles de otro país, este último también admitirá las mercancías del primero sin aranceles; o, como suele ocurrir, si no están libres de aranceles, a una tasa inferior a la habitual. Hasta hace pocos años, teníamos un tratado de reciprocidad con Canadá, pero actualmente no está en vigor; y se está considerando un acuerdo para estrechar las relaciones comerciales con México.

[pág. 583]


Capítulo IV. Comparación entre tributación directa e indirecta.

§ 1. Argumentos a favor y en contra de la tributación directa.

¿Son los impuestos directos o indirectos los más elegibles? A una persona no le disgusta tanto el pago como el acto de pagar. Le disgusta ver la cara del recaudador de impuestos y ser sometido a su exigencia perentoria. Quizás, también, el dinero que se le exige pagar directamente de su bolsillo sea el único impuesto que está completamente seguro de pagar. Que un impuesto de dos chelines por libra de té, o de tres chelines por botella de vino, eleva el precio de cada libra de té y botella de vino que consume en esa cantidad y más, es innegable; es un hecho, y así se pretende, y él mismo, a veces, es perfectamente consciente de ello; pero apenas tiene impacto en sus sentimientos y asociaciones prácticas, sirviendo para ilustrar la distinción entre lo que simplemente se sabe que es cierto y lo que se siente como tal. La impopularidad de los impuestos directos, en contraste con la facilidad con la que el público consiente en dejarse estafar con los precios de los productos básicos, ha generado en muchos defensores de la mejora una mentalidad totalmente opuesta a la anterior. Sostienen que la misma razón que hace que los impuestos directos sean desagradables los hace preferibles. Con ellos, cada uno sabe cuánto paga realmente; y, si vota por una guerra o cualquier otro lujo nacional costoso, lo hace con la vista puesta en su coste. Si todos los impuestos fueran directos, la tributación sería mucho más perceptible que ahora, y habría una garantía, que ahora no existe, de economía en el gasto público.

[pág. 584]

Aunque este argumento no carece de fuerza, es probable que su peso disminuya constantemente. La verdadera incidencia de los impuestos indirectos se comprende cada día con mayor frecuencia y se reconoce con mayor frecuencia. La mera distinción entre pagar directamente al recaudador de impuestos y contribuir con la misma suma mediante la intervención del comerciante de té o el comerciante de vinos ya no marca la diferencia entre la aversión u oposición y la aquiescencia pasiva.

Si nuestros ingresos actuales [de $400,000,000 en 1883] se recaudaran en su totalidad mediante impuestos directos, sin duda surgiría una gran insatisfacción por tener que pagar tanto; pero mientras la razón no sea la guía de la gente, como implicaría un cambio de opinión por una causa tan irrelevante, una aversión tan grande a los impuestos podría ser un bien innegable. De los [$400,000,000] en cuestión, casi [$60,000,000] están comprometidos, bajo las más estrictas obligaciones, con aquellos cuyas propiedades han sido prestadas y gastadas por el estado; y, mientras esta deuda permanezca sin ser pagada, una mayor impaciencia por los impuestos conllevaría un gran riesgo de incumplimiento de la ley. De hecho, la parte del gasto público dedicada al mantenimiento de establecimientos civiles y militares [$206,000,000] (es decir, todo excepto los intereses de la deuda nacional) ofrece, en muchos de sus detalles, amplio margen de recorte. Si se incrementara la aversión pública a los impuestos tanto como sería la consecuencia de limitarlos a la forma directa, las clases que se benefician del mal uso del dinero público probablemente podrían ahorrar lo que les beneficia, a expensas de lo que solo sería útil para el público.

Sin embargo, existe un argumento frecuente a favor de los impuestos indirectos, que debe rechazarse por completo por basarse en una falacia. A menudo se nos dice que los impuestos sobre los bienes son menos gravosos que otros impuestos, porque el contribuyente puede eludirlos al dejar de utilizar el bien gravado. Ciertamente, puede, si ese es su objetivo, privar al Gobierno del dinero; pero lo hace sacrificando su propio dinero. [pág. 585]Indulgencias, que (si decidiera someterse a ellas) le compensarían igualmente por la misma cantidad que se le quita mediante impuestos directos. Supongamos un impuesto al vino, suficiente para añadir [$25] al precio de la cantidad de vino que consume al año. Solo tiene (se nos dice) que disminuir su consumo de vino en [$25], y se libra de la carga. Es cierto, pero si los [$25], en lugar de aplicarse al vino, se le hubieran quitado mediante un impuesto sobre la renta, podría, al gastar [$25] menos en vino, ahorrar igualmente el importe del impuesto, de modo que la diferencia entre ambos casos es realmente ilusoria. Si el Gobierno le quita al contribuyente [$25] al año, ya sea de una forma u otra, exactamente esa cantidad debe ser recortada de su consumo para que permanezca en la misma situación que antes; y en cualquier caso, se le impone el mismo sacrificio, ni más ni menos.

Por otro lado, los impuestos indirectos tienen la ventaja de que lo que cobran al contribuyente se recibe en el momento y de la manera que le conviene. Se paga en el momento en que, de todos modos, tiene que realizar un pago; por lo tanto, no causa problemas adicionales ni (a menos que el impuesto se aplique a artículos de primera necesidad) ningún inconveniente que no sea inseparable del pago del importe. Además, salvo en el caso de artículos muy perecederos, puede elegir el momento oportuno para almacenar el producto y, en consecuencia, para pagar el impuesto. El productor o comerciante que adelanta estos impuestos, de hecho, a veces se ve sometido a inconvenientes. pero, en el caso de mercancías importadas, este inconveniente se reduce al mínimo mediante lo que se llama el Sistema de Almacenamiento, bajo el cual, en lugar de pagar el impuesto en el momento de la importación, sólo está obligado a hacerlo cuando retira las mercancías para el consumo, lo que rara vez ocurre hasta que ha encontrado realmente, o tiene la perspectiva de encontrar inmediatamente, un comprador.

La objeción más fuerte, sin embargo, a la recaudación de la totalidad o la mayor parte de un gran ingreso mediante impuestos directos, es la imposibilidad de evaluarlos de manera justa sin una cooperación consciente por parte de los contribuyentes, que no es de esperar. [pág. 586]En el actual estado de desmoralización pública, en el caso del impuesto sobre la renta, ya hemos visto que, a menos que sea factible eximir totalmente los ahorros, la carga no puede distribuirse con justicia entre quienes obtienen ingresos de negocios o profesiones; y esto es admitido por la mayoría de los defensores de la tributación directa, quienes, me temo, generalmente superan la dificultad dejando a estas clases sin impuestos y limitando su impuesto proyectado sobre la renta a la "propiedad realizada", forma en la que ciertamente tiene el mérito de ser una forma muy fácil de saqueo. Pero ya se ha dicho suficiente para condenar este recurso. Hemos visto, sin embargo, que el impuesto sobre la vivienda es una forma de tributación directa que no está sujeta a las mismas objeciones que un impuesto sobre la renta, y de hecho, está sujeta a tan pocas objeciones de cualquier tipo como quizás cualquiera de nuestros impuestos indirectos. Pero sería imposible recaudar, solo mediante un impuesto inmobiliario, la mayor parte de los ingresos sin producir una superpoblación muy objetable, por el fuerte motivo que tendrían todas las personas de evitar el impuesto restringiendo el alojamiento en sus viviendas.

Como hemos visto, se puede obtener cierta cantidad de ingresos sin incurrir en injusticia mediante un impuesto peculiar sobre la renta. Además de (1) el impuesto territorial, 346 y (2) un equivalente a los ingresos derivados de los derechos de timbre sobre la transmisión de tierras, he sostenido que en el futuro se podrían imponer otros impuestos, (3) para que el estado pueda participar en el aumento progresivo de los ingresos de los terratenientes por causas naturales. (4) Los legados y las herencias, como hemos visto, deberían estar sujetos a impuestos suficientes para generar ingresos considerables. Con estos impuestos y (5) un impuesto inmobiliario de cuantía adecuada, creo que habríamos alcanzado los límites prudentes de la tributación directa. El resto de los ingresos tendría que provenir de impuestos sobre el consumo. [pág. 587]Y la pregunta es, ¿cuáles de estos son los menos objetables?

§ 2. ¿Qué formas de tributación indirecta son las más elegibles?

Existen algunas formas de impuestos indirectos que deben excluirse perentoriamente. (1.) Los impuestos sobre los productos básicos, a efectos fiscales, no deben funcionar como derechos de protección, sino que deben recaudarse imparcialmente sobre cualquier modo en que se puedan obtener los artículos, ya sea producidos en el propio país o importados. (2.) También debe excluirse todos los impuestos sobre los artículos de primera necesidad, o sobre los materiales o instrumentos empleados en su producción. Dichos impuestos siempre pueden invadir lo que debería quedar sin gravar, los ingresos apenas suficientes para una existencia saludable; y en el supuesto más favorable, es decir, que los salarios aumenten para compensar a los trabajadores por el impuesto, funciona como un impuesto peculiar sobre las ganancias, lo cual es a la vez injusto y perjudicial para la riqueza nacional. 347 Lo que queda son los impuestos sobre los artículos de lujo. Y estos tienen algunas propiedades que los recomiendan fuertemente. En primer lugar, nunca pueden, bajo ninguna circunstancia, afectar a aquellos cuyos ingresos se gastan en artículos de primera necesidad; mientras que sí alcanzan a quienes gastan lo necesario en indulgencias. Además, funcionan en algunos casos como una ley suntuaria útil, y la única útil. Gran parte del gasto de las clases altas y medias en la mayoría de los países no se incurre por el placer que ofrecen las cosas en las que se gasta el dinero, sino por consideración a la opinión pública y la idea de que se esperan ciertos gastos de ellos, como un apéndice de su posición social; y no puedo sino pensar que este tipo de gasto es un tema muy deseable. [pág. 588]Impuestos. Cuando se compra algo no por su uso sino por su precio, lo barato no es recomendable.

§ 3. Normas prácticas de imposición indirecta.

Para reducir al máximo los inconvenientes y aumentar las ventajas derivadas de los impuestos sobre las mercancías, se sugieren las siguientes reglas prácticas: 1. Obtener la mayor cantidad de ingresos posible de aquellos artículos de lujo que tienen mayor conexión con la vanidad y menor con el disfrute real, como los artículos y adornos personales de mayor valor. En cuanto a los caballos y carruajes, dado que para muchas personas, por salud o constitución, estos no son tanto lujos como necesidades, el impuesto pagado por quienes solo poseen un caballo de montar o un solo carruaje, especialmente los de menor valor, debe ser bajo; mientras que los impuestos deben aumentar rápidamente con el número de caballos y carruajes y su precio. 2. Siempre que sea posible, exigir el impuesto no al productor, sino directamente al consumidor, ya que, al gravarlo, el precio siempre aumenta más, y a menudo mucho más, que el mero importe del impuesto. 3. Pero como los únicos impuestos indirectos que generan grandes ingresos son los que gravan artículos de consumo universal o muy general, y como, por lo tanto, es necesario establecer impuestos sobre los bienes de lujo, es decir, sobre cosas que brindan placer en sí mismas y se valoran por ello más que por su costo, estos impuestos deberían, de ser posible, ajustarse de modo que recaigan con la misma proporción sobre los ingresos pequeños, moderados y altos. Esto no es fácil, ya que los bienes sujetos a los impuestos más productivos son consumidos proporcionalmente en mayor medida por los miembros más pobres de la comunidad que por los ricos. El té, el café, el azúcar, el tabaco y las bebidas fermentadas difícilmente pueden gravarse de tal manera que los pobres no soporten más de la carga que les corresponde. Se podría lograr una solución aumentando considerablemente el impuesto sobre las calidades superiores, utilizadas por los consumidores más ricos, en proporción a su valor; pero en algunos casos, la dificultad de ajustar el impuesto al valor... [pág. 589]Para evitar la evasión, se dice, desconozco con qué veracidad, que es insuperable; por lo que se considera necesario imponer el mismo impuesto fijo a todas las calidades por igual. 4. En la medida en que sea coherente con las reglas anteriores, la tributación debería concentrarse en unos pocos artículos en lugar de distribuirse entre muchos, para que los gastos de recaudación sean menores y se interfiera de forma onerosa y vejatoria con el menor número posible de empleos. 5. Entre los lujos del consumo general, la tributación debería aplicarse preferentemente a los estímulos, porque estos, aunque en sí mismos son indulgencias tan legítimas como cualquier otro, son más propensos que la mayoría a un uso excesivo, de modo que el control del consumo, que naturalmente surge de la tributación, se aplica en general mejor a ellos que a otras cosas. 6. En la medida en que otras consideraciones lo permitan, la tributación debería limitarse a los artículos importados, ya que estos pueden gravarse con un menor grado de interferencia vejatoria y con menos efectos secundarios negativos que cuando se recauda un impuesto sobre el campo o el taller. Los derechos de aduana son, en igualdad de condiciones , mucho menos objetables que los impuestos especiales; pero deben aplicarse únicamente a productos que no pueden, o al menos no quieren, producirse en el propio país; de lo contrario, su producción allí debe prohibirse (como ocurre con el tabaco en Inglaterra) o someterse a un impuesto especial de cuantía equivalente. 7. Ningún impuesto debe mantenerse tan alto que ofrezca un motivo para su evasión, demasiado fuerte para ser contrarrestado por los medios ordinarios de prevención; y, especialmente, ningún producto debe gravarse tan alto que dé lugar a una clase de delincuentes: contrabandistas, destiladores ilegales, etc.

La experiencia de Estados Unidos está llena de lecciones en este sentido. Durante la guerra, impusimos un impuesto interno sobre las bebidas destiladas, de una cuantía tan elevada que no solo generó menos ingresos que un impuesto menor, sino que generó fraudes gigantescos, corrupción pública e innumerables artimañas para evadir el pago. La siguiente tabla muestra cómo la producción, como lo indica el impuesto, disminuyó cuando este era excesivo. Esto provocó evasiones por parte de los destiladores. Diversas experiencias han demostrado que con una tasa menor, los ingresos aumentan considerablemente.

[pág. 590]

Año.

Ganancia.

Producción indicada por el impuesto (galones).

Monto del impuesto.

1862-1863

$3,200,000

16.000.000

Julio de 1862, 20 c. por galón.

1867-1868

14.200.000

7.000.000

Enero de 1865, $2 por galón.

1868-1869

34.200.000

16.000.000

Julio de 1868, 50 c. por galón.

1869-1870

39.200.000

18.000.000

La cantidad real alcanzada por los impuestos es muy inferior a la que se sabe que se utilizó realmente para entre diez y quince millones de galones, o casi la mitad del producto. La transparencia de los fraudes puede juzgarse por el hecho de que las bebidas espirituosas de prueba se vendían abiertamente en el mercado, e incluso se cotizaban a precios corrientes, a entre cinco y quince centavos menos por galón que la tasa impositiva y el costo promedio de fabricación. 348

Debo dejar que quienes posean los conocimientos prácticos necesarios decidan de qué manera sería más ventajoso gravar los artículos de manufactura más finos que consumen los ricos. La dificultad radicaría en lograrlo sin interferir de forma inadmisible con la producción. En países como Estados Unidos, que importan la mayor parte de las manufacturas más finas que consumen, el asunto presenta pocas dificultades; e incluso donde solo se importa la materia prima, esta puede gravarse, especialmente las calidades que se emplean exclusivamente en las telas que utilizan los consumidores más ricos. Así, en Inglaterra, un arancel aduanero elevado sobre la seda cruda sería coherente con los principios; y quizá sería viable gravar las calidades más finas de hilo de algodón o lino, ya sea hilado en el país o importado.

§ 4. Sistemas tributarios de los Estados Unidos y otros países.

Ahora valdrá la pena examinar el Cuadro Nº XXI , que muestra de qué manera los Estados Unidos han aumentado sus ingresos y considerar hasta qué punto se han seguido las reglas correctas de tributación.

I. A modo de comparación, presentaré el último presupuesto anual de los Estados Unidos para dejar claro de qué fuentes obtiene el país sus ingresos:

[pág. 591]

Gráfico XXI.

Presupuesto de los Estados Unidos, año que termina el 30 de junio de 1883.

[En millones y décimas de millón.]

Ingresos:

Aduanas

$214.7

Impuestos internos

144.7

Impuesto directo

.1

Venta de terrenos públicos

7.9

Misceláneas

30.8

Ingresos ordinarios netos

$398.2

 

Gastos:

Departamento de Guerra

$48.9

Departamento de la Marina

15.3

Indios

7.3

Pensiones

66.0

Misceláneas

68.7

Gastos ordinarios netos

$206.2

Intereses de la deuda pública

59.2

Total

$265.4

Esto deja un superávit de $132,839,444 sobre todos los gastos, y nuestro problema ahora es dónde reducir los impuestos. El interés anual está disminuyendo con el pago de la deuda pública, habiendo caído de su cifra máxima de $143,781,591 en 1867 a $59,160,131 en 1883. 349 Nuestros impuestos nacionales son prácticamente todos indirectos: los impuestos internos se aplican principalmente al tabaco y las bebidas destiladas, y nuestros aranceles recaen sobre casi todos los artículos que se pueden importar, tanto materiales como manufacturas.

En Estados Unidos, los impuestos directos sobre bienes inmuebles y muebles se aplican generalmente a nivel estatal, condal y municipal. De hecho, casi la totalidad de los impuestos perceptibles corresponden al impuesto predial y, dado que los impuestos estatales y condales son muy bajos, la carga casi siempre se debe a los gastos municipales y locales. La gente parece no ser consciente de la enorme carga nacional, ya que los impuestos son indirectos y solo incrementan los precios de los productos básicos. Se observará que otros países recurren más a los impuestos directos que Estados Unidos. De hecho, la comparación de las formas en que diferentes países recaudan sus ingresos puede, naturalmente, mostrarnos cómo podemos aprovechar su experiencia.

II. El sistema inglés es especialmente interesante, porque, después de haber tenido un esquema extendido de derechos aduaneros, lo abandonaron y aumentaron sus ingresos, algunos sobre artículos importados, [pág. 592]es cierto (generalmente en aquellos que no se pudieron producir en Inglaterra), pero mediante el impuesto sobre la renta y otras formas. 350

En 1842, Sir Robert Peel halló 1200 artículos sujetos a derechos de aduana. Empezó (1) eliminando todas las prohibiciones; (2) reduciendo los derechos sobre las materias primas al 5 % o menos; (3) limitando los tipos de los productos parcialmente manufacturados al 12 %; y (4) los de los productos totalmente manufacturados al 20 %. Actualmente, los derechos de aduana solo se aplican a la cerveza, el cartón, la achicoria, el chocolate, el cacao, el café, los frutos secos, la vajilla, los licores, el té, el tabaco y el vino. El siguiente presupuesto indica las fuentes de ingresos de Gran Bretaña: 351

Presupuesto de Gran Bretaña, 1883.

[En millones y décimas de millón.]

Ingresos:

Aduanas

$98.4

Impuestos especiales (como los del tabaco y las bebidas alcohólicas)

134.9

Sellos

58.5

Impuesto sobre la tierra

5.2

tareas domésticas

8.9

Impuesto sobre la renta

60.9

Oficina de correos

36.5

Telégrafo

8.6

Tierras de la Corona

2.0

Intereses (sobre préstamos, Canal de Suez, etc.)

6.1

Misceláneas

26.4

Total

$446.4

[pág. 593]

Gastos:

Intereses de la deuda nacional

$148.4

Ejército, marina, etc.

157.1

Departamentos de costos de ingresos

45.1

Obras públicas

9.1

Departamentos públicos, salarios, etc.

12.5

Ley y justicia

35.7

Educación, ciencia y arte

22.9

Colonial y consular

3.4

Lista civil

2.0

Pensiones

2.0

Misceláneas

6.8

Gastos totales

$445.0

De esto se desprende que en concepto de impuestos sobre la tierra, la renta y la vivienda, Gran Bretaña recauda mediante impuestos directos unos 75.000.000 de dólares, y en concepto de aduanas e impuestos especiales, mediante impuestos indirectos, unos 233.000.000 de dólares.

III. El siguiente es el sistema adoptado por Alemania (Prusia):

Presupuesto alemán, 1881-1882.

[En millones y décimas de millón.]

Ingresos:

(1.) Rentas de propiedad de dominios y bosques

$11.7

De minas y salinas

2.5

De los ferrocarriles

22.5

Misceláneas

5.0

$41.7

(2.) Lotería Real

1.0

(3.) Oficina de Justicia

$12.7

Puertos y puentes

.5

13.2

(4.) Impuestos directos

$35.5

(5.) Impuestos indirectos (para Prusia)

12.3

Total de ingresos

$103.6

 

Gastos:

(1.) Lista civil

3.0

(2.) Deuda

25.0

(3.) Varios ministerios, escuelas, etc.

49.5

(4.) Pensiones

4.0

(5.) Varios

19.5

Gastos totales 352

$101.0

Los impuestos directos prusianos incluyen (1) un impuesto territorial, (2) un impuesto inmobiliario, (3) un impuesto sobre la renta, (4) un impuesto de clase, (5) un impuesto comercial y (6) impuestos varios.

[pág. 594]

IV. La forma en que se abastecen los franceses se puede ver en la siguiente declaración: 353

Presupuesto francés, 1881.

[En millones y décimas de millón.]

Ingresos:

Impuestos directos

$75.9

Impuestos similares

4.7

Registro, sellos, etc.

135.1

Bosques

7.6

Aduanas (y derechos de sal $3,5)

65.4

Impuestos indirectos (incluido el tabaco)

209.7

Correos y telégrafos

27.2

Misceláneas

29.8

Total de ingresos

$555.4

 

Gastos:

Deuda pública, etc.

$249.0

Funciones generales de los ministerios

243.7

Gastos administrativos, costos de recaudación de ingresos, etc.

58.5

Misceláneas

3.5

Gastos totales

$554.7

Los impuestos directos son (1) sobre la propiedad; (2) uno similar a nuestro impuesto de capitación junto con una especie de impuesto sobre la renta; (3) un impuesto sobre puertas y ventanas; y (4) uno sobre las licencias.

§ 5. Resumen de los principios generales de la tributación.

Siguiendo el estilo de nuestra clasificación y resumen del tema del valor y del dinero, puede ser conveniente insertar aquí una recapitulación de los diversos principios bajo el tratamiento de los impuestos. 354

[pág. 595]

Comparación entre impuestos directos e indirectos.

Los “Cánones de la Tributación” de Adam Smith . —Un impuesto debe ser: I. Igual (en cuanto al sacrificio que implica). II. Cierto. III. Oportuno. IV. Totalmente para el Estado.

Un impuesto puede ser:
directo o
indirecto (sobre productos básicos).

Los impuestos directos son:
Sobre los ingresos.
Sobre los gastos.

Los impuestos sobre la renta son:
Generales.
Especiales.

Impuestos generales sobre la renta. El mejor impuesto, si todos fueran honestos. Tal como están las cosas, recae con mayor peso sobre los concienzudos. Deberían reservarse para emergencias. Todos los ahorros y una cantidad fija de todos los ingresos deberían estar exentos.

Los impuestos especiales recaen sobre:
Alquiler.
Salarios.
Ganancias.

Impuestos sobre la renta. Se refiere a la renta agrícola. Recae íntegramente sobre el terrateniente y, si no se compensa con impuestos a otras clases, es injusta. Puede combinarse con un impuesto sobre las ganancias, si se trata de la renta derivada de las mejoras del terrateniente.

Los impuestos sobre los salarios son:
Sobre trabajadores calificados.
Sobre trabajadores no calificados.

Los salarios calificados tienen un precio de monopolio y los impuestos sobre ellos los pagan los trabajadores, siempre que los salarios no se reduzcan por debajo de su justa proporción.

Salarios no cualificados. (1) Población disminuida por ello. Pagada con las ganancias. (2) Población estacionaria. Repartida entre las ganancias y los salarios. (3) Población en aumento a pesar de ello. Recae íntegramente sobre los salarios.

Impuestos sobre las Ganancias. Podrían estimular la producción y, por lo tanto, ser un bien general, ya que contribuyen al estado y no empobrecen a nadie. De lo contrario, si las ganancias se ven realmente disminuidas por el impuesto, el capital también podría verse disminuido. Esto (a) puede, o (b) no puede, disminuir la población. Si (a), el margen de cultivo deja de extenderse y parte del impuesto, pro tanto , recae sobre los terratenientes. Si (b), los salarios bajan y parte del impuesto recae sobre el trabajador. El resultado total se acerca más al estado estacionario.

Los impuestos sobre el gasto están sujetos a las mismas objeciones que el impuesto general sobre la renta. Pueden ser:
impuestos de tasación.
Impuesto sobre la vivienda.

Impuestos evaluados, como por ejemplo sobre sirvientes, perros, etc. Son rígidamente directos .

Los impuestos sobre la vivienda son:
sobre la renta del edificio y
sobre la renta del suelo.

El impuesto inmobiliario sobre el alquiler del edificio lo paga el ocupante. Este impuesto es indirecto .

Los impuestos inmobiliarios sobre la renta del suelo son (1.) con, o (2.) sin un impuesto equivalente sobre la renta agrícola. (1.) Son pagados por el propietario del suelo en su totalidad y, por lo tanto, son directos . (2.) Son pagados en parte por el ocupante y, por lo tanto, son indirectos .

Los impuestos indirectos son: Impuestos especiales,
Aduanas o
Peajes.

Los impuestos indirectos pueden recaer sobre inversiones de capital (1.) a largo plazo o (2.) a corto plazo.

Los impuestos indirectos sobre las inversiones a largo plazo son siempre desaconsejables, en vista del Canon IV.

Los impuestos indirectos sobre las inversiones a corto plazo están sujetos a las leyes de los impuestos indirectos. 1. Gravar las vanidades en lugar de los disfrutes positivos (por ejemplo, las libreas en lugar de los sirvientes). 2. El consumidor, y no el productor, debería pagar al recaudador de impuestos (Canon IV). Es decir, recaudar el impuesto lo más cerca posible del consumidor real. 3. Los impuestos sobre los disfrutes reales deben mantenerse lo más iguales posible para los grandes y los pequeños medios. 4. Gravar la menor cantidad posible de artículos. Inglaterra grava solo un número muy pequeño de importaciones. Estados Unidos grava casi todo lo importado. 5. Gravar los estímulos fiscales libremente. Estados Unidos recauda 91.000.000 de bebidas espirituosas y licores, y 42.000.000 de tabaco (1883). 6. Gravar las importaciones de productos no fabricados en el país, o cuya producción nacional está sujeta a un impuesto especial (ingresos internos) igual al impuesto aduanero. 7. Mantener la tasa impositiva baja para obtener la mayor cantidad de ingresos.

[pág. 596]


Capítulo V. De la Deuda Nacional.

§ 1. ¿Es conveniente sufragar los gastos públicos extraordinarios mediante préstamos?

Ahora debe considerarse la cuestión de hasta qué punto es correcto o conveniente recaudar dinero para los fines del gobierno, no mediante la imposición de impuestos por la cantidad requerida, sino tomando una parte del capital del país en forma de préstamo y cargando al ingreso público únicamente los intereses.

Esta cuestión ya se abordó en el Primer Libro. 355 Observamos que si el capital obtenido en préstamos se extrae de fondos ya sea dedicados a la producción o destinados a ser empleados en ella, su desvío de dicho propósito equivale a detraer la cantidad de los salarios de las clases trabajadoras. En este caso, el endeudamiento no sustituye la acumulación de suministros durante el año. Un gobierno que toma prestado efectivamente obtiene la cantidad durante el año, y además mediante un impuesto exclusivo a las clases trabajadoras, lo cual no habría sido peor si hubiera satisfecho sus necesidades mediante impuestos declarados; y en ese caso, la transacción, y sus perjuicios, habrían terminado con la emergencia; mientras que, mediante el método indirecto adoptado, el valor exigido a los trabajadores lo obtiene, no el estado, sino quienes los emplean, quedando el estado a cargo de la deuda y de sus intereses a perpetuidad. El sistema de préstamos públicos, en tales circunstancias, puede considerarse el peor que, en el estado actual de la civilización, [pág. 597]Todavía está incluido en el catálogo de expedientes financieros.

Sin embargo, señalamos que existen otras circunstancias en las que los préstamos no conllevan estas consecuencias perniciosas: a saber, primero, cuando se toma prestado capital extranjero, el excedente de la acumulación general mundial; o, segundo, cuando se trata de capital que no se habría ahorrado en absoluto si no hubiera existido esta modalidad de inversión, o que, tras ahorrarse, se habría malgastado en empresas improductivas o se habría enviado a buscar empleo en países extranjeros. Cuando el progreso de la acumulación ha reducido las ganancias al mínimo definitivo o al mínimo práctico —a una tasa inferior a la cual detendría el aumento del capital o enviaría la totalidad de las nuevas acumulaciones al extranjero—, el gobierno puede interceptar anualmente estas nuevas acumulaciones, sin afectar el empleo ni los salarios de las clases trabajadoras del propio país, ni quizás de ningún otro. En esta medida, por lo tanto, el sistema de préstamos puede continuar sin estar sujeto a la condena total y perentoria que le corresponde cuando sobrepasa este límite. Lo que se necesita es un índice para determinar si, en una serie determinada de años, como durante la última gran guerra, por ejemplo, se ha superado el límite o no.

Tal índice existe, a la vez cierto y obvio. ¿Aumentó el Gobierno la tasa de interés mediante sus operaciones de préstamo? Si solo abrió un canal para el capital que de otro modo no se habría acumulado, o que, de acumularse, no se habría empleado en el país, esto implica que el capital que el Gobierno tomó y gastó no podría haber encontrado empleo al tipo de interés vigente. Mientras los préstamos se limiten a absorber este excedente, evitan cualquier tendencia a la baja de la tasa de interés, pero no pueden provocar ningún aumento. [Pero] En la medida en que los préstamos del gobierno, durante la guerra, hicieron que la tasa de interés superara lo que era antes y lo que ha sido desde entonces, aquellos [pág. 598]Los préstamos son responsables de todos los males descritos. Si se objeta que los intereses solo aumentaron porque las ganancias aumentaron, respondo que esto no debilita, sino que refuerza, el argumento. Si los préstamos gubernamentales produjeron el aumento de las ganancias por la gran cantidad de capital que absorbieron, ¿por qué medios pudieron haber tenido este efecto, a menos que reduciendo los salarios? Quizás se dirá que lo que mantuvo altas las ganancias durante la guerra no fueron las letras de cambio hechas sobre el capital nacional por los préstamos, sino el rápido progreso de las mejoras industriales. Esto, en gran medida, fue cierto; y, sin duda, alivió las dificultades de las clases trabajadoras e hizo que el sistema financiero implementado fuera menos activamente dañino, pero no menos contrario a los principios. Estas mismas mejoras en la industria abrieron espacio para una mayor cantidad de capital; y el Gobierno, al drenar gran parte de las acumulaciones anuales, no impidió que ese capital existiera finalmente (pues empezó a existir con gran rapidez tras la paz), pero sí impidió que existiera en ese momento y sustrajo una parte, mientras duró la guerra, de la distribución entre los trabajadores productivos. Si el Gobierno se hubiera abstenido de tomar este capital en préstamo y hubiera permitido que llegara a los trabajadores, pero hubiera aumentado los suministros que necesitaba mediante un impuesto directo a las clases trabajadoras, habría producido (en todos los aspectos, salvo el gasto y la inconveniencia de recaudar el impuesto) los mismos efectos económicos que produjo, salvo que ahora no tendríamos la deuda. El camino que realmente tomó fue, por lo tanto, peor que el peor modo que podría haber adoptado para aumentar los suministros dentro del año; y la única excusa o justificación que admite (en la medida en que esa excusa pudiera alegarse con certeza) fue la necesidad imperiosa. la imposibilidad de recaudar una suma anual tan enorme mediante impuestos, sin recurrir a impuestos que, por su odiosidad o por la facilidad de evasión, habría sido impracticable imponer. 356

[pág. 599]

Cuando los préstamos gubernamentales se limitan a los excedentes del capital nacional, o a aquellas acumulaciones que no se producirían de no ser por un desbordamiento, al menos no están sujetos a esta grave condena. En este caso, por lo tanto, la cuestión es, en realidad, lo que comúnmente se supone que es en todos los casos: a saber, una elección entre un gran sacrificio inmediato y uno pequeño prolongado indefinidamente. En este sentido, parece racional pensar que la prudencia de una nación dictará la misma conducta que la prudencia de un individuo: someterse inmediatamente a la privación que pueda soportar fácilmente y, solo cuando cualquier carga adicional la aflija o paralice demasiado, cubrir el resto hipotecando sus ingresos futuros. Es una excelente máxima hacer que los recursos presentes sean suficientes para las necesidades presentes; el futuro tendrá sus propias necesidades que atender. Por otro lado, puede razonablemente considerarse que, en un país que aumenta su riqueza, los gastos necesarios del gobierno no aumentan en la misma proporción que el capital o la población; Por lo tanto, cualquier carga se siente cada vez menos y, dado que aquellos gastos extraordinarios del gobierno en los que se puede incurrir son en su mayoría beneficiosos más allá de la generación existente, no hay injusticia en hacer que la posteridad pague una parte del precio, si el inconveniente sería extremo de sufragarlo todo con los esfuerzos y sacrificios de la generación que primero lo sufrió.

§ 2. No es conveniente redimir una Deuda nacional mediante una Contribución general.

Cuando un país, con o sin razón, se ha endeudado, ¿es conveniente tomar medidas para saldarla? En principio, es imposible no mantener la afirmación.

Se han contemplado dos métodos para saldar la deuda nacional: de inmediato mediante una contribución general o gradualmente mediante un excedente de ingresos. El primero sería incomparablemente mejor, si fuera viable; y sería viable si se pudiera hacer justamente mediante la tasación únicamente de la propiedad. Si la propiedad soportara la totalidad de los intereses de la deuda, podría, con gran ventaja para sí misma, saldarla; [pág. 600]Ya que esto equivaldría simplemente a entregar a un acreedor el capital principal, cuyos ingresos anuales ya le pertenecían por ley, y equivaldría a lo que hace un terrateniente al vender parte de su patrimonio para liberar el resto de una hipoteca. Pero la propiedad, huelga decirlo, no paga, ni se le puede exigir justamente que pague, la totalidad de los intereses de la deuda. Cualquiera que sea la contribución adecuada de la propiedad a los gastos generales del estado, en la misma proporción, y no en mayor, debería contribuir tanto a los intereses como al reembolso de la deuda nacional. Sin embargo, si se admite esto, es fatal para cualquier plan para la extinción de la deuda mediante una tasación general a la comunidad. Los propietarios podrían pagar su parte del importe sacrificando su propiedad y tener los mismos ingresos netos que antes.

Si una persona posee una propiedad, AB, que le genera $1,000 de ingresos, y paga $10 al año en impuestos como parte de los intereses de la deuda pública, supongamos que la parte de su patrimonio, representada por X, que le genera $10 anuales (y cuyo rendimiento ha transferido anualmente al estado), se desdobla, y que posteriormente se le exime de su parte de impuestos. Entonces, tras haber pagado el valor capitalizado (X) de lo que constituía su parte del impuesto anual al estado por la deuda pública, tendría los mismos ingresos netos que antes, ya que nunca pudo disfrutar de los ingresos de X.

Si quienes no tienen acumulaciones, sino solo ingresos, tuvieran que compensar con un solo pago el equivalente a la carga anual que les imponen los impuestos para pagar los intereses de la deuda, solo podrían hacerlo contrayendo una deuda privada igual a su parte de la deuda pública; mientras que, debido a la insuficiencia, en la mayoría de los casos, de la garantía que podrían ofrecer, los intereses ascenderían a una suma anual mucho mayor que su parte de la que ahora paga el Estado. Además, una deuda colectiva sufragada por impuestos tiene, sobre la misma deuda repartida entre individuos, la inmensa ventaja de ser prácticamente un seguro mutuo. [pág. 601]Entre los contribuyentes. Si la fortuna de un contribuyente disminuye, sus impuestos disminuyen; si se arruina, cesan por completo, y su parte de la deuda se transfiere íntegramente a los miembros solventes de la comunidad. Si se le impusiera como obligación privada, seguiría estando sujeto a ella, incluso sin dinero.

Cuando el Estado posee bienes, ya sean tierras o de otro tipo, que no existen razones sólidas de utilidad pública para mantener a su disposición, estos deben emplearse, en la medida de lo posible, en la liquidación de deudas. Cualquier ganancia ocasional o donación divina se destina naturalmente al mismo fin. Además, la única manera justa y viable de liquidar o reducir una deuda nacional es mediante un excedente de ingresos.

§ 3. En qué casos es conveniente mantener un excedente de ingresos para la redención de la Deuda.

La conveniencia, per se , de mantener un superávit para este propósito no admite, creo, ninguna duda.

Sin embargo, no siempre es aconsejable mantener un excedente de ingresos para la extinción de la deuda. La ventaja de saldar la deuda nacional reside en que nos permitiría eliminar la peor parte de nuestros impuestos. Pero de esta peor parte, algunas partes deben ser peores que otras, y eliminarlas sería proporcionalmente un beneficio mayor que eliminar el resto. Si renunciar a un excedente de ingresos nos permitiera prescindir de un impuesto, deberíamos considerar el peor de todos nuestros impuestos como precisamente el que mantenemos para, en última instancia, abolir impuestos menos perjudiciales. En un país en desarrollo, cuyos ingresos crecientes le permiten eliminar ocasionalmente las partes más inconvenientes de sus impuestos, considero que el aumento de los ingresos debería canalizarse mediante la supresión de impuestos, en lugar de mediante la liquidación de la deuda, mientras persistan gravámenes muy objetables. En el estado actual de Inglaterra, por lo tanto, considero que es una buena política del Gobierno, cuando se cuenta con un superávit aparentemente permanente, eliminar los impuestos, siempre que estos se seleccionen correctamente. Incluso cuando no queden impuestos que no sean aptos para formar parte de un superávit permanente. [pág. 602]En el sistema actual, es prudente continuar la misma política mediante reducciones experimentales de dichos impuestos, hasta que se descubra el punto en que se pueda recaudar una cantidad determinada de ingresos con la menor presión posible sobre los contribuyentes. Posteriormente, considero que el excedente de ingresos que pudiera surgir de cualquier aumento adicional en la producción de los impuestos no debería condonarse, sino destinarse a la amortización de la deuda. Eventualmente, podría ser conveniente asignar la totalidad de la producción de impuestos específicos a este fin, ya que habría mayor seguridad de que la liquidación persistiera si el fondo destinado a ello se mantuviera separado y no se mezclara con los ingresos generales del estado. Los derechos sucesorios serían especialmente adecuados para tal fin, ya que los impuestos pagados, tal como se pagan con capital, se emplearían mejor en reembolsar el capital que en sufragar gastos corrientes. Si se realizara esta asignación por separado, cualquier excedente posterior derivado del aumento de la producción de los demás impuestos y del ahorro en intereses sobre las sucesivas porciones de deuda pagadas, podría constituir una base para la condonación de impuestos.

Español El monto relativo de la deuda pública de los Estados Unidos puede verse, por el Gráfico No. XXII , desde una fecha temprana hasta 1880. Desde la guerra, el excedente de ingresos de los Estados Unidos ha sido constantemente asignado para el pago de la deuda pública contraída durante la última guerra, hasta que, con la reducción de la deuda y la caída en el cargo de interés, nuestros ingresos son ahora mucho mayores que los gastos que estamos (1884) realmente en dificultades debido al excedente. Hasta la fecha, el Tesoro ha podido usar su exceso de ingresos en la redención de la deuda vencida; pero la rapidez del pago ha sido tal que en dos años o más no existirá deuda vencida para ser redimida: quedan $250,000,000 de bonos del 4-½ por ciento, pero no vencen hasta 1891; Y los bonos del 4% por un monto de $737,620,700 no vencen hasta 1907. Habiendo recaudado una gran cantidad de ingresos bajo la presión de la guerra, parece muy difícil para la gente ahora entender por qué se impusieron originalmente fuertes aranceles, y a menudo se sugiere que el superávit debería mantenerse y que deberían crearse nuevos canales de gasto (como pensiones enormes), simplemente para mantener los altos impuestos. La dificultad, sin embargo, radica en que el superávit innecesario existe debido a las aduanas. [pág. 603]Derechos recaudados para fines bélicos. Pero la pesada carga de los impuestos de guerra no debe continuar, aumentando el costo de producción en todas las industrias, sin causar un daño mayor que el que ocasionaría la fugaz —y única posible— dificultad de una redistribución del capital en algunos casos; especialmente porque dicha distribución del capital se realizará de industrias menos productivas a industrias más productivas; de lo contrario, no se produciría ningún cambio.

La situación de la deuda externa y el progreso logrado en su reducción pueden estudiarse en el Gráfico n.º XXIII . La de Estados Unidos es excepcional. La deuda con intereses, según el último informe del Secretario del Tesoro de 1883, se ha reducido a 1.312.446.050 dólares, y la reducción es más notable que la que indica el gráfico del año 1880.

[pág. 604]

Gráfico XXIII. Reducción de la deuda nacional en diversos países.

[pág. 605]


Capítulo VI. De una intervención del gobierno fundada en teorías erróneas.

§ 1. La doctrina de la protección a la industria nativa.

Procedemos a las funciones de gobierno que pertenecen a lo que he denominado, a falta de una mejor denominación, la clase opcional; aquellas que a veces son asumidas por los gobiernos y a veces no, y que no se admite unánimemente que deban ejercer. Comenzaremos revisando las falsas teorías que, en ocasiones, han fundamentado actos de gobierno más o menos perjudiciales económicamente.

De estas teorías falsas, la más notable es la doctrina de la Protección a la Industria Nativa, una frase que significa la prohibición o el desaliento, mediante fuertes aranceles, de los productos extranjeros que se pueden producir en el país. Si la teoría de este sistema hubiera sido correcta, las conclusiones prácticas que se basaban en ella no habrían sido irrazonables. La teoría sostenía que comprar productos producidos en el país era un beneficio nacional, y la introducción de productos extranjeros, generalmente, una pérdida nacional. Siendo evidente, al mismo tiempo, que el interés del consumidor es comprar productos extranjeros con preferencia a los nacionales cuando son más baratos o mejores, el interés del consumidor parecía, en este sentido, contrario al interés público; estaba seguro de que, si se dejaba llevar por sus propias inclinaciones, haría lo que, según la teoría, era perjudicial para el público.

Sin embargo, en nuestro análisis de los efectos del comercio internacional se demostró, como lo habían demostrado a menudo los ex [pág. 606]Los escritores afirman que la importación de mercancías extranjeras, en el tráfico ordinario, solo se produce cuando, económicamente hablando, se trata de un bien nacional, al permitir obtener la misma cantidad de mercancías a un menor coste de mano de obra y capital para el país. Por lo tanto, prohibir esta importación o imponer aranceles que la impidan implica reducir la eficiencia de la mano de obra y el capital del país en la producción, y obligar a desperdiciar la diferencia entre la mano de obra y el capital necesarios para la producción nacional de la mercancía y los necesarios para producir los bienes con los que se puede comprar en el extranjero. La magnitud de la pérdida nacional así ocasionada se mide por el exceso del precio al que se produce la mercancía sobre el precio al que podría importarse. En el caso de los bienes manufacturados, la diferencia total entre ambos precios se absorbe para indemnizar a los productores por el desperdicio de mano de obra o del capital que la sustenta. Quienes supuestamente se benefician, es decir, los fabricantes de los artículos protegidos (a menos que formen una empresa exclusiva y tengan un monopolio contra sus propios compatriotas y extranjeros), no obtienen mayores ganancias que los demás. Todo es una pérdida para el país y para el consumidor.

De las industrias de un país, se dice que algunas " necesitan protección " y otras no; es decir, las industrias que operan con relativa desventaja son las únicas que necesitan protección para continuar operando. Por desventaja relativa se entiende un mayor costo relativo, o sacrificio, para la misma cantidad de trabajo y capital. Las industrias que no pueden generar un valor tan grande por el trabajo y el capital invertidos como otras industrias más rentables son las que se dice que " necesitan protección " . Dondequiera que existan aranceles protectores, quienes los imponen implican que allí la producción se lleva a cabo en condiciones más onerosas que en otros lugares u ocupaciones competidoras. Una vez que se supone que los aranceles han protegido las ocupaciones en situación menos ventajosa, se puede decir que todas las industrias tendrán entonces las mismas oportunidades. " Sin duda " , como dice el Sr. Cairnes, " se igualarían, como si se obligara a cada persona a moverse con un peso atado a la pierna. El peso, [pág. 607]De hecho, sería un impedimento para la locomoción, pero, siempre que en cada caso fuera exactamente proporcional a la fuerza de la extremidad que lo arrastraba, nadie... tendría motivos para quejarse. Nadie caminaría tan rápido como si sus extremidades estuvieran libres, pero entonces su vecino estaría igualmente atado, y, si tardaba el doble en llegar a su destino que antes, al menos tendría compañía en su viaje . 357

§ 2. —tuvo su origen en el Sistema Mercantil.

La política restrictiva y prohibitiva se basó originalmente en el llamado Sistema Mercantil, que, al representar la ventaja del comercio exterior como la única fuente de ingresos, incentivó artificialmente la exportación de bienes y desalentó su importación. Las únicas excepciones al sistema fueron las exigidas por el propio sistema. Los materiales e instrumentos de producción fueron objeto de una política contraria, dirigida, sin embargo, al mismo fin: se importaron libremente y no se permitió su exportación, para que los fabricantes, al contar con suministros más baratos de los insumos necesarios para la fabricación, pudieran vender más barato y, por lo tanto, exportar más. Por una razón similar, se permitía e incluso se favorecía la importación, cuando se limitaba a la producción de países que supuestamente obtendrían del país aún más de lo que este obtenía de ellos, enriqueciéndolo así mediante una balanza comercial favorable. Como parte del mismo sistema, se fundaron colonias, con la supuesta ventaja de obligarlas a comprar nuestros productos, o al menos a no comprar los de ningún otro país: a cambio de esta restricción, generalmente estábamos dispuestos a asumir una obligación equivalente con respecto a los productos básicos de los colonos. Las consecuencias de la teoría se llevaron tan lejos que no era inusual incluso otorgar primas a la exportación e inducir a los extranjeros a comprar a [Inglaterra] en lugar de a otros países mediante una baratura que [Inglaterra] producía artificialmente, pagando parte del precio con [sus] propios impuestos. Esto va más allá del punto al que ha llegado hasta ahora cualquier comerciante privado en su competencia. [pág. 608]Para los negocios. Ningún comerciante, creo, ha tenido la costumbre de sobornar a los clientes vendiéndoles productos con pérdidas permanentes, compensándolos con otros fondos que tenía.

El principio de la Teoría Mercantil ha sido abandonado incluso por escritores y gobiernos que aún se aferran al sistema restrictivo. Cualquier influencia que este sistema ejerza sobre la opinión pública, independientemente de los intereses privados expuestos a pérdidas reales o temidas por su abandono, se deriva de falacias distintas a la antigua noción de los beneficios de acumular dinero en el país. La más efectiva de estas es el engañoso argumento de emplear a nuestros compatriotas y a nuestra industria nacional, en lugar de alimentar y apoyar la industria extranjera. La respuesta a esto, a partir de los principios establecidos en capítulos anteriores, es evidente. Sin recurrir al teorema fundamental, discutido en una parte inicial del presente tratado, 358 , respecto a la naturaleza y las fuentes de empleo, basta con decir, como suelen decir los defensores del libre comercio, que la alternativa no es emplear a nuestra propia gente y a extranjeros, sino emplear a una clase y a otra de nuestra propia gente. El producto importado siempre se paga, directa o indirectamente, con el producto de nuestra propia industria; esta industria, al mismo tiempo, se vuelve más productiva, ya que, con el mismo trabajo y desembolso, podemos disponer de una mayor cantidad del artículo. Quienes no han considerado bien el tema tienden a suponer que la exportación de un equivalente en nuestra propia producción, por los artículos extranjeros que consumimos, depende de contingencias: del consentimiento de los países extranjeros para flexibilizar sus propias restricciones, o de si aquellos a quienes les compramos se ven inducidos por esa circunstancia a comprarnos más; y que, si estas cosas, o cosas equivalentes a ellas, no ocurren, el pago debe hacerse en dinero. Ahora bien, en primer lugar, [pág. 609]No hay nada más objetable en un pago en efectivo que en el pago por cualquier otro medio, si el estado del mercado lo convierte en la remesa más ventajosa; y el dinero en sí mismo se adquirió primero, y se repondría, mediante la exportación de un valor equivalente de nuestros propios productos. Pero, además, un intervalo muy corto de pago en efectivo bajaría los precios tanto que, o bien detendría una parte de la importación, o bien generaría una demanda extranjera de nuestros productos, suficiente para pagar las importaciones. Concedo que esta perturbación de la ecuación de la demanda internacional sería, en cierta medida, perjudicial para nosotros en la compra de otros artículos importados; y que un país que prohíbe algunos productos extranjeros, en igualdad de condiciones , obtiene los que no prohíbe a un precio menor del que tendría que pagar de otro modo. Para expresarlo en otras palabras: un país que destruye o impide por completo ciertas ramas del comercio exterior, anulando así una ganancia general para el mundo, que se compartiría en cierta proporción entre él y otros países, en ciertas circunstancias, obtiene, a expensas de extranjeros, una porción mayor de la que le correspondería de la ganancia derivada de la parte de su comercio exterior que permite subsistir. Pero incluso esto solo puede lograrlo si los extranjeros no mantienen prohibiciones o restricciones equivalentes contra sus productos. En cualquier caso, la justicia o conveniencia de destruir una de dos ganancias para absorber una porción bastante mayor de la otra no requiere mucha discusión; la ganancia que se destruye, además, es la mayor de las dos en proporción a la magnitud de las transacciones, ya que es la que el capital, al dejarse llevar por sí mismo, se supone que busca con preferencia.

§ 3. —apoyados en argumentos de subsistencia nacional y defensa nacional.

Derrotada como teoría general, la doctrina proteccionista encuentra apoyo en algunos casos particulares en consideraciones que, cuando realmente vienen al caso, involucran intereses mayores que el mero ahorro de mano de obra: los intereses de la subsistencia nacional y de la defensa nacional. 359 Las discusiones sobre el maíz[pág. 610] Las leyes han familiarizado a todos con el argumento de que debemos ser independientes de los extranjeros para el sustento del pueblo; y las Leyes de Navegación se basaron, tanto teórica como profesionalmente, en la necesidad de mantener una reserva de marineros para la armada. Sobre este último tema, admito de inmediato que el objetivo justifica el sacrificio; y que un país expuesto a una invasión marítima, si no puede contar con suficientes barcos y marineros propios para asegurar los medios de dotación de una flota adecuada en caso de emergencia, tiene todo el derecho a obtener dichos medios, incluso sacrificando económicamente el bajo costo del transporte. Cuando se promulgaron las leyes de navegación inglesas, los holandeses, gracias a su pericia marítima y a su baja tasa de beneficio en el país, pudieron transportar a otras naciones, incluida Inglaterra, a precios más bajos que los que estas podían ofrecerse a sí mismas; lo que colocó a todos los demás países en una gran desventaja comparativa a la hora de obtener marineros experimentados para sus buques de guerra. Las leyes de navegación, que subsanaron esta deficiencia y que, al mismo tiempo, supusieron un duro golpe para el poder marítimo de una nación con la que Inglaterra mantenía frecuentes hostilidades, fueron probablemente, aunque económicamente desventajosas, políticamente convenientes. Pero los barcos y marineros ingleses ahora pueden navegar tan barato como los de cualquier otro país, manteniendo al menos una competencia igualitaria con las demás naciones marítimas, incluso en su propio comercio. Los fines que en su día justificaron las leyes de navegación ya no las requieren, y no justifican esta injusta excepción a la regla general del libre comercio.

Desde la introducción de los barcos de vapor y el avance de la invención en artefactos navales, la defensa de las leyes de navegación, alegando que mantienen una " semilla de marineros " para la armada, ha quedado prácticamente obsoleta. El " marinero " empleado en los buques de guerra modernos se asemeja más al artesano de una fábrica; necesita tener relativamente pocos conocimientos del mar, ya que la época de los veleros ha quedado atrás en lo que respecta a la guerra naval. El vapor y los aparatos mecánicos ahora hacen lo que antes hacían el viento y la vela.

Si bien el Sr. Mill cree que las leyes de navegación eran económicas, es decir, [pág. 611]es, en lo que respecta al aumento de la riqueza, desventajoso, pero cree que pueden haber sido " políticamente convenientes " . Es posible, por ejemplo, que las represalias de los Estados Unidos y otros países contra Inglaterra a principios de este siglo provocaran la remisión de las restricciones inglesas a la navegación extranjera. Pero otra cosa muy distinta es decir que dichas leyes produjeron la capacidad de navegar barcos más baratos. Que las leyes de navegación inglesas de 1651 desarrollaron la navegación inglesa no está respaldado por muchas pruebas; mientras que se muestra muy claramente que la navegación inglesa languideció y sufrió bajo ellas. 360 Además, bajo el régimen del vapor y el hierro (que extrajo las ventajas peculiares de Inglaterra en hierro y carbón), en toda su historia la navegación inglesa nunca prosperó más que desde la abolición en 1849 de las leyes de navegación, eventos que han tenido lugar desde que el Sr. Mill escribió.

Estados Unidos aún se ve agobiado por leyes de navegación adaptadas a las condiciones medievales y por los vestigios de una época en que las represalias eran la causa de su promulgación. Mientras los barcos de madera se dedicaban al transporte marítimo, las ventajas naturales de Estados Unidos nos otorgaron una posición privilegiada en el océano. Ahora, sin embargo, cuando se trata de hierro, acero y carbón más baratos para los barcos de hierro y acero, estamos en posible desventaja, y la mayor parte de las leyes de navegación propuestas actualmente tienen como objetivo atraer capital, ya sea mediante el aumento de precios mediante aranceles sobre los barcos y los materiales, o mediante primas y subsidios directos de industrias en las que tenemos ventajas, para la construcción naval. Y hasta hace poco no se ha hecho distinción entre la construcción naval y la propiedad de barcos (o la navegación). En el último año (1884), se han eliminado muchas cargas sobre la navegación naval; pero incluso cuando se nos permite navegar en barcos en igualdad de condiciones con los extranjeros, todavía no podemos construirlos con un coste tan pequeño como Inglaterra (lo que se prueba por la propia demanda de los constructores de buques de hierro de retener los derechos de protección), y nuestras leyes todavía no nos permiten comprar barcos en el extranjero y navegar en ellos bajo nuestra propia bandera. 361

En cuanto a la subsistencia, la defensa de los proteccionistas ha sido tan frecuente y triunfalmente acogida que no requiere mayor atención aquí. El país que obtiene sus provisiones de la mayor superficie es el que cuenta con mayor y más abundante abastecimiento de alimentos. Es ridículo fundamentar un sistema general de política en un peligro tan improbable como el de estar en guerra con todas las naciones del mundo a la vez; o [pág. 612]Supongamos que, incluso si fuera inferior en el mar, un país entero pudiera ser bloqueado como una ciudad, o que los productores de alimentos de otros países no estuvieran tan ansiosos por no perder un mercado ventajoso como nosotros por no vernos privados de su maíz.

En países donde el sistema de protección está en declive, pero aún no se ha abandonado por completo, como Estados Unidos, se ha puesto de manifiesto una doctrina que constituye una especie de compromiso entre el libre comercio y la restricción: la que sostiene que la protección por la protección misma es inapropiada, pero que no hay nada objetable en tener tanta protección como la que incidentalmente pueda resultar de un arancel establecido únicamente para generar ingresos. Incluso en Inglaterra se lamenta a veces que no se haya mantenido un "arancel fijo moderado" sobre el maíz, debido a los ingresos que generaría. Sin embargo, independientemente de la improcedencia general de los impuestos sobre los artículos de primera necesidad, esta doctrina pasa por alto que los ingresos se perciben solo por la cantidad importada, pero que el impuesto se paga sobre la cantidad total consumida. Hacer que el público pague mucho para que el tesoro reciba poco no es una forma válida de obtener ingresos. En el caso de los artículos manufacturados, la doctrina implica una inconsistencia palpable. El objetivo del arancel como medio de ingresos es incompatible con que proporcione, incluso incidentalmente, protección alguna. Sólo puede funcionar como protección en la medida en que impide la importación, y en la medida en que impide la importación no proporciona ningún ingreso.

§ 4. —con el fin de fomentar las industrias jóvenes; política colonial.

El único caso en el que, según los meros principios de economía política, los aranceles protectores pueden ser defendibles es cuando se imponen temporalmente (especialmente en una nación joven y en ascenso) con la esperanza de naturalizar una industria extranjera, perfectamente adecuada a las circunstancias del país. La superioridad de un país sobre otro en una rama de producción a menudo surge únicamente de haberla iniciado antes. Puede que no exista una ventaja inherente por una parte, ni desventaja por la otra, sino solo una superioridad presente de la habilidad y la experiencia adquiridas. Un país que aún tiene esta habilidad y experiencia por adquirir puede ser mejor en otros aspectos. [pág. 613]adaptados a la producción que los que se utilizaban anteriormente; y, además, es acertado el comentario del Sr. Rae de que nada tiende más a promover mejoras en cualquier rama de la producción que su experimentación bajo nuevas condiciones. Pero no se puede esperar que los individuos, bajo su propio riesgo, o mejor dicho, con pérdida segura, introduzcan una nueva manufactura y carguen con la carga de continuarla hasta que los productores hayan alcanzado el nivel de formación de aquellos con los que los procesos son tradicionales. Un derecho de protección, continuado durante un tiempo razonable, será a veces la forma menos inconveniente en que la nación pueda recaudar impuestos para financiar tal experimento. Pero la protección debe limitarse a los casos en que existan buenas razones para creer que la industria que fomenta podrá prescindir de ella con el tiempo; ni se debe permitir que los productores nacionales esperen que se les mantenga más allá del tiempo necesario para una prueba justa de lo que son capaces de lograr.

La gran dificultad de esta propuesta radica en que introduce (lo cual es incompatible con el sistema general del Sr. Mill) la base socialista de la ayuda estatal, en lugar de la autoayuda. Si las industrias nunca se autofinancian, entonces, por supuesto, se trata de una apropiación indebida de la propiedad de sus ciudadanos cuando un gobierno toma una parte de los impuestos de las industrias productivas y la otorga a una menos productiva para compensar sus deficiencias. La única teoría posible para proteger a las industrias jóvenes es que, si se protegen temporalmente, estas podrían pronto consolidarse y mantenerse por sí solas. El Sr. Mill nunca contempló otra cosa. Pero al poner en práctica esta teoría, se encuentra constantemente la dificultad de que la industria, una vez que ha aprendido a depender de la ayuda del Estado, nunca llega a una etapa en la que esté dispuesta a renunciar a la asistencia de las autoridades. La dependencia de la legislación genera falta de autosuficiencia y destruye el estímulo para el progreso y la buena gestión. Se dice: “ Nunca ha habido un caso en la historia del país en que los representantes de dichas industrias, que han disfrutado de protección durante largos años, hayan estado dispuestos a someterse a una reducción del arancel o la hayan propuesto. Pero, por el contrario, sus demandas de aranceles cada vez más altos son insaciables y nunca cesan ” . 362 La cuestión de hecho, como [pág. 614]La pregunta sobre si Estados Unidos debe o no su actual posición manufacturera a la protección que recibió cuando nuestras industrias eran jóvenes parece tener respuesta, y una respuesta que muestra que la protección se impuso generalmente después de que las industrias se afianzaron, y que los derechos sobre las importaciones aportaron muy poca ayuda. 363

La siguiente explicación del Sr. Mill 364 sobre el significado que se le da a su argumento de la protección a las industrias jóvenes por parte de quienes lo han aplicado a los Estados Unidos será de no poco interés:

El pasaje se ha utilizado para demostrar la inaplicabilidad del libre comercio en Estados Unidos, y con un propósito similar en las colonias australianas, erróneamente en mi opinión, pero ciertamente con mayor verosimilitud que en Estados Unidos, pues Australia es en realidad un país nuevo cuya capacidad para desarrollar manufacturas aún no se ha probado; pero las zonas manufactureras de Estados Unidos —Nueva Inglaterra y Pensilvania— ya no son países nuevos; han desarrollado manufacturas a gran escala, y con el beneficio de altos aranceles de protección, durante al menos dos generaciones; sus operarios han tenido tiempo completo para adquirir la habilidad manufacturera en la que los de Inglaterra los precedieron; existe amplia experiencia que demuestra que la supuesta incapacidad de sus manufacturas para competir en el mercado estadounidense con las de Gran Bretaña no se debe simplemente a su reciente creación, sino al hecho de que la mano de obra y el capital estadounidenses pueden, en las circunstancias actuales de América, emplearse con mayor rentabilidad y mayor beneficio para la riqueza nacional en la producción de otros artículos. Nunca he recomendado ni recomendado toleraba cualquier industria protectora excepto con el propósito de permitir que la rama industrial protegida, en un plazo muy moderado, se independizara de la protección. Ese plazo moderado en el [pág. 615]Estados Unidos ha sido superado, y si el algodón y el hierro de América todavía necesitan protección contra los del otro hemisferio, es a mi juicio una prueba completa de que no deben tenerla, y que cuanto más se prolongue, mayor será la injusticia y el desperdicio de los recursos nacionales.

Solo hay una parte del plan proteccionista que requiere mayor atención: su política hacia las colonias y dependencias extranjeras; la de obligarlas a comerciar exclusivamente con el país dominante. Un país que así se asegura una demanda extranjera adicional para sus productos, sin duda se beneficia en la distribución de las ganancias generales del mundo comercial. Sin embargo, dado que esto desvía la industria y el capital de la colonia de los canales que se han demostrado más productivos, ya que son aquellos hacia los que la industria y el capital tienden a fluir espontáneamente, se produce una pérdida, en general, para el poder productivo mundial, y la metrópoli no gana tanto como hace perder a la colonia. Por lo tanto, si la metrópoli se niega a reconocer cualquier reciprocidad de obligaciones, impone un tributo a la colonia de forma indirecta, mucho más opresivo y perjudicial que el directo.

§ 5. —por motivos de salarios elevados.

El análisis del Sr. Cairnes sobre la cuestión de los salarios afectados por el arancel es tal que lo he citado con la mayor extensión posible: “ La postura adoptada en Estados Unidos es que la protección solo es necesaria y solo se solicita cuando la industria estadounidense se encuentra en desventaja, en comparación con la industria de países extranjeros... Los salarios medidos en dinero son más altos en Estados Unidos que en Europa y, por lo tanto, se argumenta que el costo de producción de mercancías es mayor... Los altos salarios en Estados Unidos no son exclusivos de ninguna rama de la industria, sino universales en toda su extensión. Si, por lo tanto, un salario alto demuestra un alto costo de producción, y un alto costo de producción demuestra la necesidad de protección, se deduce que los agricultores de Illinois y los plantadores de algodón de los estados del sur tienen tanta necesidad de promover la legislación como los hilanderos de algodón de Nueva Inglaterra o los fabricantes de hierro de Pensilvania. Un criterio que conduce a tales resultados debe, creo, considerarse suficientemente condenado. La falacia es, en realidad,... que todos [pág. 616]Las industrias no son en todos los países igualmente favorecidas o desfavorecidas por naturaleza, y, por lo tanto, no tienen la misma necesidad de este cuidado protector. Si los proteccionistas estadounidenses no están dispuestos a exigir derechos de protección a favor del agricultor de Illinois frente a la competencia de su rival inglés, están obligados a admitir que un alto costo de producción no es incompatible con una competencia efectiva, o bien que un salario alto no demuestra un alto costo de producción; y si esto no es así en Illinois, entonces quisiera saber por qué la situación debería ser diferente en Pensilvania o en Nueva Inglaterra. Si un salario alto en el primero de estos estados es consistente con un bajo costo de producción, ¿por qué no podría serlo un salario alto en Pensilvania con un bajo costo de producción de carbón y hierro?

La tasa salarial, ya sea medida en dinero o en la remuneración real del trabajador, proporciona un criterio aproximado del costo de producción, ya sea del dinero o de las mercancías que componen la remuneración real del trabajador, pero en un sentido inverso al que se entiende en el argumento en cuestión : en otras palabras, una tasa salarial alta indica no un costo de producción alto, sino bajo. 366 ... Así, en Estados Unidos, la tasa salarial es alta, ya sea medida en oro o en los artículos más importantes de consumo del trabajador, lo que demuestra que el costo de producir oro, así como el de producir esas otras mercancías, es bajo en Estados Unidos... Les pediría [a quienes se oponen] que consideren cuáles son las verdaderas causas de la alta remuneración de la industria estadounidense. Seguramente se admitirá que, en última instancia, estas se reducen a la única gran realidad de su alto poder productivo... Por lo tanto, debo sostener que la alta escala de remuneración industrial en Estados Unidos, en lugar de ser evidencia de un alto costo de producción en ese país, es una clara evidencia de un bajo costo de producción —es decir, en primer lugar, del oro y, en segundo lugar, de las mercancías que constituyen principalmente los salarios reales del trabajo—, una descripción que abarca tanto las materias primas más importantes de la industria como los artículos más importantes del consumo general. En cuanto a las mercancías no incluidas en esta descripción, el criterio de los salarios no guarda ninguna relación constante con su costo y, por lo tanto, [pág. 617]Simplemente irrelevante para el punto en cuestión. Y ahora podemos ver a qué se reduce realmente esta reivindicación de protección a la industria estadounidense, basada en la elevada escala de remuneración estadounidense : es una exigencia de ayuda legislativa especial en consideración a la posesión de instalaciones industriales especiales; una queja, en resumen, contra la excepcional generosidad de la naturaleza.

Quizás me pregunten aquí: ¿Cómo, si el caso es así —si la alta tasa de remuneración industrial en Estados Unidos es solo evidencia de un bajo costo de producción— se explica el hecho, ya que es un hecho indudable, de que los habitantes de Estados Unidos no pueden competir en mercados neutrales, en la venta de ciertos productos importantes, con Inglaterra y otros países europeos? 367 Nadie dirá que los habitantes de Nueva Inglaterra, Nueva York y Pensilvania carecen de alguna cualidad industrial que posean los trabajadores de cualquier país del mundo. ¿Cómo sucede, entonces, que, disfrutando de ventajas industriales superiores a las de otros países, no pueden competir con ellos en los mercados comerciales generales? Intentaré responder a esta objeción con imparcialidad y, en primer lugar, permítanme exponer mi argumento con respecto al costo de producción en Estados Unidos. No sostengo que sea bajo en el caso de todos los productos que se pueden producir en el país, sino solo en el de un grupo grande, muy importante, pero aún limitado. Con respecto a los productos que quedan fuera de este grupo, sostengo Que la tasa salarial simplemente no constituye una prueba del costo de su producción, en un sentido u otro. Pero, en segundo lugar, ruego al lector que considere qué significa la supuesta " incapacidad " de Nueva Inglaterra y Pensilvania para competir, digamos, con Manchester y Sheffield, en la fabricación de percal y cuchillería. Lo que significa, y solo puede significar, es que no pueden hacerlo de manera consistente y obtener la tasa de remuneración en su industria que se aplica en Estados Unidos . Si tan solo los trabajadores y capitalistas estadounidenses se contentaran con los salarios y las ganancias vigentes en Gran Bretaña, no conozco nada que les impida mantenerse en cualquier mercado al que Manchester y Sheffield puedan enviar sus productos. Y esto nos lleva al meollo de la cuestión. En gran parte del gran campo industrial, los habitantes de Estados Unidos disfrutan, en comparación con los de Europa, de (1) ventajas de un tipo muy excepcional; en el resto (2) la ventaja es menos marcada, o (3) están a la par con los europeos, o (4) posiblemente... son, en algunos casos, [pág. 618]En desventaja. Al dedicarse a las ramas industriales en las que su ventaja sobre Europa es mayor, obtienen rendimientos industriales proporcionalmente altos; y, mientras se limiten a estas ocupaciones, pueden competir en mercados neutrales contra el resto del mundo y aun así obtener las altas recompensas derivadas de sus recursos excepcionalmente ricos. Pero los ciudadanos de la Unión se niegan a limitarse a estos límites liberales. Quieren abarcar todo el ámbito de la actividad industrial y les cuesta no obtener los mismos frutos en todos los ámbitos. Deben competir con Sheffield y Manchester, y aun así obtener los beneficios de Chicago y San Luis. Deben emplear las condiciones de producción europeas y obtener resultados estadounidenses. ¿Qué es esto sino contradecir las leyes de la naturaleza? Estas leyes han asignado a una amplia gama de industrias desarrolladas en Estados Unidos una alta escala de rendimiento, muy superior a la que Europa puede exigir, y a unas pocas más, un rendimiento en una escala que no supera la proporción europea. La empresa estadounidense se involucraría en todos los departamentos por igual y obtendría en todos los casos las altas recompensas que la naturaleza ha asignado solo a algunos. Aquí encontramos el verdadero significado de la « incapacidad » de los estadounidenses para competir con la « mano de obra pobre » de Europa. No pueden hacerlo y, al mismo tiempo, asegurar la tasa de rendimiento estadounidense por su trabajo. La incapacidad, sin duda, existe, pero se debe, no a las desventajas, sino a las excepcionales ventajas de su posición. Es como si un artesano cualificado se quejara de no poder competir con el terrateniente. Que se contente con el salario del terrateniente, y nada le impedirá entrar en la palestra incluso contra este rival.

Se suele afirmar que los salarios se mantienen altos en Estados Unidos gracias a la existencia de industrias protegidas. Sin embargo, lo cierto es que estas industrias deben pagar los altos salarios actuales, determinados por la productividad general de todas las industrias del país. Al analizar los hechos, sorprende la pequeña proporción de trabajadores estadounidenses empleados en ocupaciones que deben su existencia al arancel. Una visión general del número relativo de trabajadores en diferentes ocupaciones puede verse en el Gráfico n.° XXIV , basado en los resultados del censo de 1880. Vale la pena examinar los datos: 369

(1.) Agricultura

7.670.493

(2.) Manufactura, mecánica y minería

3.837.112

(3.) Comercio y transporte

1.810.256

(4.) Servicios profesionales y personales

4.074.238

Todas las ocupaciones

17.392.099

[pág. 619]

Gráfica XXIV. Gráfica que muestra, para Estados Unidos, en 1880, la relación entre la población total mayor de diez años y el número de personas que se reportan dedicadas a cada clase principal de ocupación remunerada. Compilado por el Editor a partir de los resultados del Décimo Censo. Nota: El recuadro interior representa la proporción de la población que se contabiliza como dedicada a ocupaciones remuneradas. El espacio sin sombrear entre los recuadros interior y exterior representa la proporción de la población que no se contabiliza como tal.

[pág. 620]

De la segunda clase, menos de 450.000 trabajadores trabajan en las principales industrias protegidas: algodón, lana y siderurgia, en conjunto. Cabe destacar que, según los datos del censo, esta clase incluye a panaderos, herreros, ladrilleros, constructores, carniceros, ebanistas, carpinteros, carpinteros, fabricantes de carruajes, etc., ocupaciones similares prácticamente exentas del arancel (en lo que respecta a su protección). De modo que, como máximo, hay menos de un millón de trabajadores empleados en industrias directamente sujetas al arancel, y la cifra es, sin duda, muy inferior al millón. Cuando algunos autores afirman, por lo tanto, que la existencia de aranceles aduaneros permite a las industrias (incluso las dedicadas a la producción de algodón, lana, hierro y acero) emplear a menos de un millón de trabajadores, de modo que la remuneración se fija para los 16 millones restantes de trabajadores en Estados Unidos, manteniendo altos los salarios de esos 16 millones pagando los salarios actuales a menos de un millón, la extravagancia e ignorancia de la afirmación son evidentes; mientras que, por otro lado, se observa claramente que las causas que determinan los salarios generalmente altos para los 16 millones son las que rigen la mayoría de las ocupaciones, y que a los menos de un millón se les deben pagar los salarios que se pueden obtener en otras industrias más productivas. Los hechos, por lo tanto, confirman de forma contundente los principios antes expuestos.

La confirmación —si es que ahora parece necesaria— puede encontrarse en un estudio realizado por nuestro hábil estadístico, Francis A. Walker, sobre las causas que han influido en el crecimiento de las manufacturas estadounidenses. Este crecimiento no ha sido proporcional, según él, a la notable capacidad inventiva e industrial de nuestro pueblo ni a la riqueza de nuestros recursos nacionales: « Respondo que la causa de ese relativo fracaso reside, primordialmente, en el extraordinario éxito de nuestra agricultura, como ya se ha insinuado en lo que se ha dicho sobre la inversión de capital. Las enormes ganancias de cultivar un suelo virgen sin necesidad de fertilización artificial; las ventajas que una población dispersa obtiene del privilegio de seleccionar para la labranza solo los lugares más selectos, los más accesibles, fértiles y fáciles de arar; y la consiguiente abundancia de alimentos y otros artículos de primera necesidad de que disfruta la clase agrícola, han tendido continuamente a menospreciar las industrias mecánicas, tanto a ojos del capitalista, que busca la inversión más rentable. [pág. 621]de sus ahorros y del trabajador, buscando aquella ocupación que le prometiera el apoyo más liberal y constante.

Ha sido la competencia entre la agricultura y el comercio lo que, a lo largo de todo el siglo de nuestra independencia nacional, ha frenado con mayor eficacia el crecimiento de las manufacturas. Un pueblo con el privilegio de cultivar un suelo razonablemente fértil, en las condiciones antes mencionadas, puede asegurar su subsistencia hasta el límite máximo de su bienestar físico. Si ese pueblo posee la ventaja adicional de una gran destreza en el uso de herramientas y una gran destreza para afrontar las grandes y pequeñas exigencias de la ocupación y el cultivo de la tierra, los frutos de su trabajo incluirán no solo todo lo esencial para la salud y el bienestar, sino también muchos bienes de lujo .

Cabe mencionar, a este respecto, que los trabajadores ya están comprendiendo las causas prácticas y reales que afectan sus salarios —de forma más directa que cualquier sistema arancelario—, al mostrar una considerable alarma ante la inmigración de extranjeros, como los mineros húngaros y los trabajadores italianos, que voluntariamente ofrecen salarios inferiores a los suyos. En otras palabras, están empezando a comprender, de forma práctica, que el aumento de la población tiene un efecto mucho mayor en la reducción de los salarios que cualquier otra cosa. Mientras la inmigración sea libre para cualquier raza o nacionalidad, no existe la " protección de los trabajadores nacionales " ; la única protección para ellos —y no pretendo que tales medidas sean deseables— puede provenir únicamente de las fuerzas que limitan el número de trabajadores que compiten con ellos. Cualquier otra protección para los trabajadores que no sea la prohibición de la inmigración —en la que nadie piensa (excepto los chinos)— es un engaño económico. En lugar de “ protegerlos ” hasta el punto de permitirles salarios más altos, el arancel aumenta el costo de la ropa de lana y otros artículos de su consumo, además de obligar al capital a emplearse en empleos que producen menores rendimientos y, de ese modo, aseguran salarios más bajos.

§ 6. —con el fin de crear una diversidad de industrias.

Debe tenerse presente que la Economía Política se ocupa únicamente del fenómeno de la riqueza material; no proporciona fundamentos éticos ni políticos para la acción. Es perfectamente concebible que un legislador, al tomar una decisión, tenga que sopesar las ganancias económicas con las pérdidas morales o políticas, y que opte por renunciar a las primeras para evitar las segundas. Pero la verdad económica permanece inalterada. La Economía Política, por ejemplo, a la pregunta: ¿Hay alguna ganancia en el comercio internacional?, responde inequívocamente que sí. ¿Sería una pérdida de riqueza para la comunidad que los bienes que antes se compraban en el extranjero ahora se produjeran en el país? La respuesta es que, sin duda, sí. Pero en este caso, autores inteligentes han argumentado con acierto que un Estado [pág. 622]Tiene otros fines que alcanzar además de la simple acumulación de riquezas; debe aspirar a asegurar la mayor influencia moral, social y edificante posible para las clases trabajadoras; y si bien el libre intercambio de bienes puede aumentar la riqueza, puede perjudicar el bienestar social y político de una nación. En la medida en que estas son cuestiones sociales y políticas, no pertenecen a la Economía Política. Pero el argumento más común es que, bajo el libre intercambio, Estados Unidos se convertiría en un país puramente agrícola , su horizonte social se reduciría y se produciría un menor nivel de actividad industrial; en lugar de lo cual, se dice, deberíamos, mediante la protección, mantener la existencia de industrias diversificadas que estimulen mejor la mentalidad nacional y fomenten una mayor iniciativa empresarial en todas las ramas de la industria. Sin embargo, este argumento a favor de la " diversidad de industrias " no es meramente sociológico; solo puede discutirse a fondo desde una perspectiva económica y merece aún más atención que la breve que le dedicamos aquí.

En primer lugar, tan pronto como un país puramente agrícola alcanza una mínima densidad de población —una densidad que solo justifica la introducción del principio de división del trabajo—, se produce una inevitable diferenciación de actividades, totalmente ajena a la legislación y por causas naturales. No se requiere que toda la población se dedique a la agricultura para abastecer de alimentos al conjunto. Mediante la división del trabajo, un solo hombre dedicado a la agricultura puede producir el sustento para sí mismo y para muchos otros. « En la actualidad, Estados Unidos cuenta con tan solo cinco personas dedicadas a la agricultura por cada milla cuadrada de área poblada » . Junto a la agricultura, surge rápidamente una amplia gama de industrias: el zapatero, el carpintero, el herrero, el carretero, el pintor, el constructor, el albañil y todos los empleos comunes que surgen en cualquier comunidad pequeña desde la primera división del trabajo. Además, el término « agricultura » se utiliza a menudo en un sentido demasiado limitado, limitándose únicamente a la producción de alimentos (aunque incluso en ese sentido limitado emplea a casi la mitad del número total de nuestros trabajadores). En un país nuevo, el campo natural de empleo se encuentra en las industrias extractivas , que incluyen la preparación para el mercado no solo de alimentos, sino también de todos los minerales, carbón, aceites, pieles, cuero, lana, madera y las industrias estrechamente relacionadas con ellos; todos los empleos que transportan estos productos de una parte del país a otra (que actualmente emplean a más de una novena parte de nuestros trabajadores); y servicios profesionales y personales de una amplia gama. Por lo tanto, incluso si nos viéramos obligados a prescindir por completo de las manufacturas, las industrias extractivas implicarían necesariamente una amplia diversidad de empleos.

La verdadera pregunta, sin embargo, para la mayoría de las personas se centra en: [pág. 623]La siguiente etapa de la evolución industrial es la de la fabricación de los productos mencionados de las " industrias extractivas " . Cabe recordar que un país no posee la misma capacidad para producir cada uno de estos productos o cualquier otro: la madera que antes se encontraba cerca de los grandes ríos puede desaparecer en el interior; las fuentes de petróleo pueden ser más o menos fértiles; o los yacimientos minerales pueden ser más o menos ricos, más o menos accesibles que los de otros países. Entendiendo esto, tan pronto como la demanda en el país requiera una mayor cantidad de un artículo en particular, el costo puede aumentar según la ley de rendimientos decrecientes hasta que un país extranjero, con agentes de producción inferiores en comparación con los nuestros, pueda abastecer nuestros mercados. Todo depende de si Estados Unidos necesita más artículos de los que se pueden producir con agentes naturales de calidad superior a los que poseen los extranjeros, considerando el costo del transporte a este país. Aunque la competencia extranjera aparezca cuando alcancemos agentes naturales de calidad inferior, esto no significa que algunos de los artículos en cuestión no se produzcan. Lo que debería quedar claro es que el intercambio sin trabas entre países no impedirá la existencia de diversas industrias, sino que solo limitará la producción a aquellos agentes que sean los más adecuados. Esto se puede apreciar mejor con un diagrama simple:

Hierro y carbón: Inglaterra

7

6

5

4

3

2

1

Hierro y carbón: Estados Unidos

4

3

2

1

Trigo: Inglaterra

4

3

2

1

Trigo: Estados Unidos

7

6

5

4

3

2

1

Inglaterra puede tener siete grados diferentes de productividad en sus suministros de hierro y carbón, de los cuales los grados 1, 2 y 3 son superiores al mejor de Estados Unidos, mientras que los grados 1, 2, 3 y 4 de Estados Unidos solo pueden compararse con los grados 4, 5, 6 y 7 de Inglaterra. Mientras Inglaterra pueda abastecerse a sí misma y a Estados Unidos también con carbón y hierro de los tres grados superiores, Estados Unidos no podrá explotar el grado 1 en su territorio. Pero si el suministro para Inglaterra y el mundo requiere explotar el grado 5, Estados Unidos puede iniciar la industria con su mejor grado, aunque este sea muy inferior al mejor de Inglaterra. Asimismo, si Estados Unidos tiene tres grados de tierras de trigo superiores al mejor de Inglaterra, la capacidad de Inglaterra para cultivar trigo depende de si Estados Unidos puede o no abastecerse a sí misma e Inglaterra con los grados 1, 2 y 3. Si debemos recurrir al grado 4, Inglaterra puede comenzar a cultivar trigo tan bien como nosotros. En resumen, [pág. 624]Bajo un sistema de libre intercambio, probablemente sea posible una diversidad tan grande como bajo protección, pero solo de tal manera que se aprovechen al máximo las ventajas de cada industria en particular. Se pueden producir cantidades menores en algunas ramas y mayores en otras bajo un sistema libre que bajo uno restrictivo, pero con la mayor ganancia que surge de un ajuste comercial adecuado y sano. Se abandonarían las empresas con menores recursos en cada ocupación, pero no toda la industria en sí. Ninguna clase de personas siente la competencia de sus rivales más que los agricultores ingleses desde que el trigo americano llegó a los mercados ingleses, y sin embargo, esto no significa que Inglaterra no pueda producir un bushel de trigo. El hecho es, simplemente, que algunas tierras fueron abandonadas del cultivo y se realizó un reajuste en beneficio de quienes buscaban alimentos más baratos. Lo mismo ocurre con nosotros: el libre intercambio no nos obligaría a abandonar por completo las industrias del hierro y el carbón, ya que las mejores minas mantendrían esa ocupación para diversificar las demás .

Hasta ahora, la explicación se refiere únicamente a las industrias extractivas , o aquellas industrias afectadas por la ley de rendimientos decrecientes cuando se demanda una mayor cantidad. La verdadera pregunta se plantea en cuanto a la fabricación de estos materiales. Pero aquí contamos con mayores recompensas industriales, en forma de salarios y beneficios, que en Inglaterra; debemos obtener más de una industria que Inglaterra para satisfacernos. Por lo tanto, nuestros tipos de ocupación deben ser, hasta cierto punto, más productivos que los ingleses, para que se mantengan libres de competencia. Pero tenemos esta superioridad, en lo que respecta a nuestro mercado interno, debido a causas naturales: (1) materias primas baratas (si exceptuamos la lana y otros productos cuyo precio aumenta por el arancel); (2) ventaja sobre Inglaterra en el coste del transporte de las materias primas; y (3) en el coste del transporte, de nuevo, de los productos terminados para llegar a nuestros mercados. Ahora bien, los procesos de fabricación que no requieren mucha mano de obra para los materiales, especialmente cuando los artículos son voluminosos, se llevan a cabo en este país sin temor a la competencia extranjera. Y la gama de esta clase de manufacturas es sorprendentemente amplia. Incluye manufacturas de hierro, como estufas y utensilios cotidianos; de cuero, como cuero, arneses, etc.; y de madera, como muebles de uso común. La lista es demasiado larga para detallarla aquí. Estas industrias no se sustentan gracias al arancel; y una diversidad tan amplia surgiría bajo un sistema de libre intercambio, así como de restricciones. De hecho, si se eliminaran los aranceles sobre las llamadas « materias primas » , es muy probable que existiera una diversidad más amplia que nunca.

[pág. 625]

Y, sin embargo, se dirá, hay algunas cosas que no podemos producir en libre competencia con Inglaterra. Por supuesto que las hay; y es de esperar que continúen así por mucho tiempo. Si no hay ciertos tipos de productos que los extranjeros puedan producir con mayor provecho que nosotros, entonces no habrá posibilidad alguna de comercio exterior; ya que, si no pueden enviarnos nada, no pueden obtener nada de nosotros. Negar esta postura equivale a afirmar que el comercio de exportación e importación de Estados Unidos (que ascendió en 1883 a más de 1.500.000.000 de dólares) no genera beneficios, y sería mejor destruirlo por completo, para que unas pocas industrias en las que no tenemos ventajas naturales (y que emplean a menos de una decimoséptima parte de los trabajadores de Estados Unidos) continúen con pérdidas para la productividad general de nuestro trabajo y capital, y, por consiguiente, con una disminución general de salarios y ganancias.

§ 7. —porque reduce los precios.

El argumento —menos frecuente ahora que antes—, extraído inductivamente de las estadísticas, de que la protección no eleva los precios, ya que, tras la imposición de aranceles, se produce una mayor cantidad, se aprovechan las ventajas de una gran producción y, por lo tanto, el precio del producto manufacturado baja aquí más que antes de la imposición del arancel. Se sostiene entonces que la protección no eleva los precios. Por supuesto, se entiende que se refiere a los precios de los productos protegidos, una precaución necesaria, ya que se citan nuestros propios productos agrícolas (no protegidos) para demostrar que los precios son más bajos aquí que en Inglaterra.

Nadie, sin embargo, negará que se ha producido una caída en los precios de las telas y los productos manufacturados. Esto es resultado de una ley general del valor y de las tendencias de un estado industrial progresivo. 372 Las causas de esta caída reconocida estarían presentes, independientemente de la existencia de aranceles. Es el resultado del avance general de las mejoras, como lo demuestra la aplicación de nuevos inventos y el despliegue de habilidad e ingenio en nuevos procesos. Decir que se debe a un arancel es un completo non sequitur. La veracidad de esto se puede apreciar al observar que un país como Inglaterra, sin aranceles, participa en la caída general de los precios de los productos manufacturados por igual que el país con altos aranceles aduaneros. Las causas deben ser más amplias que los aranceles, si se observa que actúan por igual en países con aranceles y sin aranceles.

Pero no se puede negar el hecho mismo de que la protección sí eleva los precios de los bienes protegidos en el mercado interno. No debe hacerse una comparación entre los precios actuales en este país y los de hace veinte o cuarenta años, ya que esto solo mostraría la marcha general de... [pág. 626]Mejoras en este país; pero debe hacerse una comparación entre los precios actuales en este país y los precios actuales en países extranjeros. Por ejemplo, ¿el arancel aumenta el precio de los artículos de lana y la ropa para todos los consumidores mucho más allá de lo que sería si se eliminara el arancel sobre las lanas importadas? La mera existencia de un arancel protector es la respuesta a esto. Si el arancel no aumenta el precio, ¿por qué la industria lanera desea que se mantengan los aranceles? Si los productos se pueden vender tan baratos aquí como los productos extranjeros, ¿por qué los proteccionistas quieren aranceles? Los aranceles tienen como objetivo mantener los productos extranjeros fuera de nuestros mercados; y serían innecesarios si nuestros productos se pudieran vender tan baratos como los productos extranjeros.

Sin embargo, los hechos demuestran que la afirmación de principio antes mencionada se ve corroborada por las estadísticas. En 1883, aunque el salario semanal promedio en Massachusetts era más de un 77 % superior al de Inglaterra, el trabajador estadounidense tenía que pagar más por los artículos que componían su salario real; y en esa medida, perdió la ventaja de su mayor remuneración en este país. Esto se puede apreciar en las siguientes cifras, 373, que muestran, en porcentajes, si los precios son más altos o más bajos aquí que en Inglaterra:

Clases de artículos.

Porcentaje más alto.

Porcentaje más bajo.

Comestibles

16

Provisiones, incluyendo carne, huevos, mantequilla y patatas.

23

Productos secos (todos los grados)

13

Botas, zapatos y zapatillas

62

Ropa

45

Y, sin embargo, a pesar de los altos precios, el 31 % del gasto del trabajador de Massachusetts representa mayor comodidad y un mejor entorno familiar que el del trabajador inglés. Si el estadounidense pudiera comprar a precios ingleses, tendría un excedente de nada menos que el 37 % para disfrutar de más (después de considerar las rentas más altas que se pagan aquí que en Inglaterra). En otras palabras, los precios más altos impiden al trabajador estadounidense obtener la superioridad en comodidad que cabría esperar al saber que tiene una ventaja del 77 % sobre el trabajador inglés en los salarios recibidos.

[pág. 627]

Para que el lector pueda encontrar fácilmente los argumentos de los proteccionistas, se le remite a los siguientes libros:

Carey, " Principios de las Ciencias Sociales " (3 vols.). El argumento, en resumen, es que todas las industrias deberían mantenerse dentro de los límites de un país para evitar el comercio exterior. La transformación del producto terminado, sostiene, debería tener lugar cerca del lugar donde se producen las materias primas, de modo que una parte menor recaiga en los intermediarios o transportistas.

En su “ Economía política ” de Bowen , capítulo XX, se aboga por la protección porque se considera necesaria para garantizar la diversidad de industrias y porque reduce los precios de los bienes importados.

Los “ Sofismas del libre comercio ” de Sir JB Byles son una respuesta a los “ Sofismas de la protección ” de Bastiat, este último traducido al inglés por Horace White.

“ La cuestión arancelaria ” , de Erastus B. Bigelow . Se trata de una de las discusiones más acertadas, desde el punto de vista proteccionista, basada en tablas estadísticas y comparaciones de la política de Inglaterra y los Estados Unidos.

El “ Manual del proteccionista ” de Stebbins es una declaración breve y útil.

El libro " Government Revenue " de Ellis H. Roberts es el formato en el que presentó sus conferencias sobre proteccionismo en la Universidad de Cornell (1884), y constituye la última declaración derivada de ese enfoque. Analiza extensamente la historia de los impuestos en varios países; sostiene que los salarios son más altos aquí que en Inglaterra gracias a la protección; que nuestras manufacturas prosperan más que nuestra agricultura, etc.

La “ Economía Nacional ” de Frederick List es la declaración alemana de protección, basada en gran medida en los propios argumentos de Carey.

“ The Congressional Globe ” contiene numerosos discursos de miembros del Congreso sobre el arancel; y la Asociación del Hierro y el Acero de Filadelfia envía panfletos explicando la posición proteccionista.

Los argumentos a favor del libre comercio también se pueden encontrar en “ ¿La protección protege? ” de WM Grosvenor . Él estudia los resultados de los diversos aranceles de los Estados Unidos y proporciona muchas tablas y colecciones de estadísticas muy valiosas relacionadas con esta cuestión.

La “ Historia de la protección en los Estados Unidos ” de WG Sumner es un relato muy vigoroso de los males de los diversos aranceles y del sistema proteccionista.

Los “ Informes ” de DA Wells como Comisionado Especial de Ingresos y sus numerosos panfletos (véase el catálogo del editor de Putnams) son [pág. 628]lleno de hechos y da los resultados de un estudio especial del tema que afecta a los Estados Unidos.

“ Economía política ” de AL Perry ofrece una visión radical del libre comercio.

“ Libre comercio y protección ” de Henry Fawcett explica las causas que han retrasado la adopción más general del libre comercio.

Los Principios Rectores de la Economía Política de JE Cairnes ofrecen el análisis más acertado de los principios económicos involucrados en la cuestión que se haya ofrecido hasta ahora al lector. Además, casi todos nuestros autores sistemáticos sobre economía política (excepto, quizás, Bowen y RE Thompson) apoyan el sistema de libre intercambio con argumentos económicos.

[pág. 631]


Apéndice I. Bibliografías.

Una breve bibliografía de los aranceles de los Estados Unidos.

I. Obras generales. —El “Informe especial sobre la legislación arancelaria aduanera de los Estados Unidos” de Young contiene extractos útiles de los debates del Congreso, así como valiosas tablas de derechos; en el índice, pág. cciii, bajo “Ley arancelaria”, se encontrarán referencias y fechas de todas las leyes hasta 1870. Véase también “Historia de la moneda estadounidense” de Sumner y sus “Conferencias sobre la protección en los Estados Unidos” ; “Economía política” de AL Perry , cap. xiii; “¿Protege la protección?” de Grosvenor. Un estudio valioso es “Estudios sobre el arancel aduanero de la zona americana” de EJ James . Para diferentes puntos de vista, véase “Ciencia social” de Carey; “Historia financiera de los Estados Unidos” de Bolles , vol. ii, libro i, cap. v, libro iii, caps. iii a x; y “Manual del proteccionista estadounidense” de Stebbins .

II. Períodos anteriores. — “Impuestos en los Estados Unidos, 1789-1816” de H. C. Adams ; “Protección a las industrias jóvenes” de F. W. Taussig ; las obras de Hamilton, Madison, Jefferson, Webster y Clay; “Manual del estadista” ; y, por supuesto, los Debates en el Congreso, etc. Véase también “Recursos de los Estados Unidos” de Bristed; “Visión estadística del comercio de los Estados Unidos” de Pitkin ; “Anales estadísticos” de Seybert (1818); y el “Almanaque americano”.

III. Documentos Destacados. —Informes de Hamilton: “Informe sobre Manufacturas”, Obras, ii, págs. 192-284, o Documentos del Estado Americano, Finanzas, i, 123-144. Dallas, Informe del Tesoro de 1816, Documentos del Estado Americano, Finanzas, iii, 87-91.

Un informe de suma importancia y trascendencia es el "Memorial a favor de la reforma arancelaria" de Albert Gallatin (1832). Impreso por separado. Lamentablemente, no figura en sus obras completas.

Informe de Walker, véase Informe financiero, 3 de diciembre de 1845.

Informe de JQ Adams de 1832, Documentos del Congreso, 1831-1832, HR No. 481.

“Informes como Comisionado Especial de Ingresos” de DA Wells , 1866, Documentos del Senado, segunda sesión, Trigésimo noveno Congreso, vol. I, N.º 2; 1868, Documentos Ejecutivos de la Cámara, segunda sesión, Cuadragésimo Congreso, [pág. 632]vol. ix, núm. 81; 1869, Documentos ejecutivos de la Cámara, tercera sesión, cuadragésimo congreso, vol. vii, núm. 16; 1869, Documentos ejecutivos de la Cámara, segunda sesión, cuadragésimo primer congreso, vol. v, núm. 27; y su artículo en los Ensayos del Cobden Club (segunda serie).

“Discursos, direcciones y cartas” de WD Kelley .

“Informe de la Comisión Arancelaria”, 1882 (dos vols.). Documentos Varios de HR, n.° 6, Parte I, 47.º Congreso, segunda sesión.

IV. Argumento de la pobreza y la mano de obra. —Véase Taussig, “Protección a las industrias jóvenes”, pág. 69, nota 1; discurso de Calhoun, Obras, iv, págs. 201-212; discurso de Greeley de 1843; “Política” de Cooper , págs. 99-109; Obras de Webster, v, págs. 161-235; Cairnes, “Principios rectores”, págs. 382-388. Decimoquinto Informe Anual de la Oficina de Estadística de Massachusetts (1884), por Carroll D. Wright. DA Wells, “Princeton Review”, noviembre de 1883, pág. 261; Schoenhof, “Salarios y Comercio”.

V. Panorama de las primeras manufacturas. —Bishop, “Historia de las manufacturas americanas” ; Batchelder, “Introducción y primeros avances de la manufactura algodonera en Estados Unidos” ; N. Appleton, “Origen de Lowell” ; GS White, “Memorias de Samuel Slater” ; BF French, “Historia del auge y progreso del comercio del hierro en Estados Unidos, 1621-1857” ; H. Scrivenor, “Historia del comercio del hierro” ; “Boletín de la Asociación Nacional de Manufacturas de Lana”, ii, págs. 479-488. Tench Coxe, “Declaración de las artes y manufacturas de Estados Unidos, 1810” (1814).

VI. Vista posterior de las manufacturas :

(1.) La manufactura de hierro . —Véase Swank's “Reports of Iron and Steel Association”, 1882; ibid., “Census Report”, 1880; ibid., “Iron Trade”, 1876; JS Newberry, para un excelente artículo en “International Review”, i, págs. 768-780.

Para el acero Bessemer, Swank, “Informe del Censo”, 1880, págs. 149-153; y Schoenhof, “Influencias Destructivas del Arancel”, cap. VII. AS Hewett, Discurso en el Congreso, 16 de mayo de 1882. Impreso por separado.

(2.) Lana, lanas y algodones. —Producción e importación de lana, véase “United States Statistical Abstract” ; “Tariff Commission Report”, i, págs. 1782-1785; ii, pág. 2432.

Producción e importación de lanas, véase “Boletín de fabricantes de lanas”, vii, pág. 359; “Informes de comercio y navegación”.

Prosperidad de los fabricantes de lana después de 1867, véase Wells, «La lana y el arancel» (carta al «New York Tribune», 20 de marzo de 1873); RW Robinson, artículo de diciembre de 1872, en «Bulletin of Woolen Manufacturers», iii, pág. 354. Edward Harris, «Memorial de los fabricantes de artículos de lana al Comité de Medios y Arbitrios», Washington, 1872. John L. Hayes, «El vellón y el telar».

Producción e importación de algodones, véase “Informes de comercio y navegación” ; Informe del censo de 1880.

[pág. 633]

(3.) Seda. —Manufactura desde 1860, véanse “Informes de la Asociación de la Seda” ; Wyckoff, “Manufactura de Seda en los Estados Unidos” (1883), para la historia reciente, págs. 42-51. Wyckoff, “Los Artículos de Seda de América” (1880), sobre métodos de fabricación, caps. ii, iv, vi.

(4.) Derechos azucareros. —DA Wells, “Princeton Review”, vi (noviembre de 1880), págs. 319-335; y “La industria azucarera de los Estados Unidos y el arancel” (1878).

VII. Arancel actual. —El libro de Heyl, “United States Duties on Imports” (1881), contiene todas las leyes vigentes a la fecha de su publicación y presenta todas las leyes desde el año 1861 en su totalidad. Es utilizado por los funcionarios estadounidenses.

“Derechos de importación desde 1867 hasta 1883 inclusive” (Cámara de Representantes, Documentos Varios, No. 49, Cuadragésimo octavo Congreso, primera sesión) establece los derechos para cada artículo por años y reduce los específicos a tasas ad valorem .

“El arancel existente sobre las importaciones a los Estados Unidos”, 1884 (Documento del Senado, Informe, No. 12, cuadragésimo octavo Congreso, primera sesión).

Una breve bibliografía del bimetalismo.

El Informe de la Conferencia Monetaria Internacional de 1878 (pág. 754) contiene una extensa bibliografía sobre el dinero, a cargo de S. Dana Horton. El tercer volumen de Chevalier de su «Cours d'Économie politique», titulado «Monnaie», también incluye una bibliografía.

I. Patrón de valor. —Véase Jevons, “El dinero y el mecanismo del intercambio”, caps. iii, xxv; S. Dana Horton, “Oro y plata”, cap. iv, pág. 36; F. A. Walker, “Economía política”, págs. 363-368, “Dinero, comercio e industria”, págs. 56-77; Wolowski, “El oro y la plata”, págs. 7, 22, 207; Mill, “Principios de economía política”, libro iii, cap. xv; Walras, “Journal des Économistes”, octubre de 1882, págs. 5-13.

II. Teoría Bimetálica. —Horton, “Oro y Plata”, pág. 29; F. A. Walker, “Dinero, Comercio e Industria”, pág. 157; “Economía Política”, pág. 408; Giffen, “Fortnightly Review”, vol. xxxii (1879), pág. 279; Wolowski, “El Oro y la Plata”, pág. 35; Jevons, ibíd., cap. xii; A. J. Wilson, “Reciprocidad, Bimetalismo y Reforma Agraria”, pág. 107; S. Bourne, “Comercio, Población y Alimentos”, pág. 227; Seyd, “El Declive de la Prosperidad”, y los diversos panfletos de Cernuschi.

III. Funcionamiento de la Ley de Gresham. —Macaulay, cap. XXI para la moneda recortada de 1695; Jevons, ibíd., págs. 80-85, también ofrece un ejemplo tomado de la moneda japonesa; para el caso de Francia, véase “Informe del Comité Selecto de la Cámara de los Comunes sobre la Depreciación de la Plata, 1876”, pág. xlii, y Apéndice, págs. 86, 148; para los Estados Unidos, véase supra , libro iii, cap. vii, § 3. Véase también “Tratado sobre las Monedas del Reino” de Lord Liverpool , cap. xii, para los cambios en la moneda de Inglaterra.

[pág. 634]

IV. Efecto compensatorio de dos estándares. —Jevons, ibíd., págs. 139, 140; FA Walker, “Economía política”, págs. 411-416; Wolowski, “L'Or et l'Argent”, pág. 28; Maniquí, “Journal des Économistes”, agosto de 1878, pág. 202.

V. Efecto de una Liga de Estados, o Ley, en el Valor Relativo del Oro y la Plata. —Giffen, “Fortnightly Review”, vol. xxxii (1879), págs. 285-290; Wolowski, “L'Or et l'Argent”, págs. 23, 24, 31; FA Walker, “Political Economy”, pág. 410, “Report of the International Monetary Conference, 1878”, pág. 74; Sumner, “Princeton Review”, vol. iv, pág. 563; S. Dana Horton, “Report of the International Monetary Conference, 1878”, pág. 741; Bourne, “Trade, Population, and Food”, págs. 228, 230; Jevons, “Contemporary Review”, vol. xxxix (1881), pág. 750; S. Newcomb, “International Review” (1879), pág. 314.

VI. Producción de oro y plata; valor relativo de ambos metales. —Ad. Soetbeer, Petermann's “Mittheilungen”, n.° 57; “House of Commons Report on Depreciation of Silver”, 1876, Apéndice, págs. 11, 12, 24; Bourne, “Statistical Journal”, vol. xlii, pág. 409, presenta las cifras de Sir H. Hay corregidas por él mismo hasta 1878; Spofford, “American Almanac”, 1878, presenta tablas del “Journal des Économistes” ; las cifras de Seyd, Hay, Jacob, y Tooke y Newmarch se encuentran en el “House of Commons Report”, mencionado anteriormente. Véase también, supra , libro iii, cap. vi , para referencias.

Los valores relativos del oro y la plata desde 1834, según las tablas de Pixley y Abell (Londres), son fiables. Antes de 1834 existe mucha incertidumbre. Soetbeer, ibíd., cita las cotizaciones de Hamburgo desde 1687. Otra tabla, probablemente incorrecta en algunos puntos, es la de White; véase “Informe de la Conferencia Monetaria Internacional”, 1878, pág. 647.

VII. Desmonetización de la plata por parte de Alemania. —Para una copia de las leyes de 1871 y 1873, véase el “Informe de los Directores de la Casa de la Moneda de los Estados Unidos, 1873” , pág. 82; el “Informe de la Cámara de los Comunes sobre la Depreciación de la Plata”, 1876, pág. 18; la “Conferencia Monetaria Internacional”, 1881, índice, pág. 215 para “Alemania”.

VIII. Unión Latina. —Para el tratado, véase “Journal des Économistes”, mayo de 1866; “House of Commons Report”, ibid, xxxviii, Apéndice, págs. 92, 98, 106-109, 116; “Report of Monetary Conference”, 1878, págs. 779-787.

IX. Flujo de plata hacia el este. —Las cifras de Sir Hector Hay posteriores a 1851, “Informe de la Cámara de los Comunes”, ibíd., apéndice, pág. 24, son las más completas y deben combinarse con las cifras de Pixley y Abell para los años anteriores a 1851, ibíd., apéndice, pág. 21. Véase también Bourne, “Statistical Journal”, 1879, pág. 422; Waterfield, “Informe de la Cámara de los Comunes” , ibíd., apéndice, págs. 171, 172, 174; Quetteville, ibíd., pág. 184; “Conférence Monétaire Internationale”, 1881, pág. 197; “Economist” de Londres, 24 de febrero de 1883, suplemento, pág. 7; “Parliamentary Documents”, 1881, vol. [pág. 635]xciii; “Informe del Director de la Casa de la Moneda de los Estados Unidos”, 1880 (en el Informe Financiero, 1880, pág. 194); J. B. Robertson, “Westminster Review”, vol. cxv, pág. 200.

X. Depreciación de la plata, 1876. —Causes, Bourne, ibíd., págs. 206, 212, 222, 233; Wilson, ibíd., pág. 128; “Informe de la Cámara de los Comunes”, ibíd.; Sumner, “Princeton Review”, vol. iv, pág. 570; S. Newcomb, “International Review”, vol. vi (1879), pág. 326; Cochut, “Revue des Deux Mondes”, 1, diciembre de 1883, pág. 514; Cairnes, “Ensayos” ; F. Bowen, “Informe de la Minoría de la Comisión de la Plata de los Estados Unidos”, 1878.

Sobre la supuesta causa del pánico de 1873, véase Williamson, “Contemporary Review”, abril de 1879; Seyd, “Decline of Prosperity” ; Bourne, ibid., págs. 226, 227.

XI. Apreciación del oro. —Giffen, “Statistical Journal”, vol. xlii, pág. 36, inició la teoría para el período 1873-1879. Véase también Bourne, “Statistical Journal”, vol. xlii, pág. 406; S. Newcomb, “International Review”, 1879, pág. 329; Wolowski, ibíd., págs. 29, 30; Goschen, “Journal of the Institute of Bankers” (Londres), vol. iv, parte vi, mayo de 1883; Patterson, “Statistical Journal”, vol. xlii, pág. 1; para la tabla de precios, véase “Economist” de Londres (p. ej., 28 de diciembre de 1878).

XII. Bimetalismo en los Estados Unidos. —Véase supra , libro iii, cap. vii ; para una amplia gama de materiales, véase “Informe de la Conferencia Monetaria Internacional”, 1878; “Money and Legal Tender” de Linderman ; los Informes Financieros de los Estados Unidos; y Documentos del Congreso. Para las leyes de acuñación de monedas de 1792, 1834, 1853, 1873 y 1878, véase el folleto “Extractos de las Leyes de los Estados Unidos relativas a la Moneda y las Finanzas”, de CF Dunbar. Para una descripción detallada de la aprobación de la Ley de 1873, véase “Informe del Contralor de la Moneda”, 1876, pág. 170. Situación actual, “Atlantic Monthly”, mayo de 1884, “El Peligro de la Plata”.

Una breve bibliografía del transporte marítimo americano.

I. Leyes de navegación inglesas. —Macpherson's “Annals”, ii, págs. 442, 484; Scobell, “Collection of Acts”, pág. 176; Ruffhead, “Statutes at Large”, iii, pág. 182; Roger Coke, “Treatise on Trade” (1671), pág. 36; Sir Josiah Child, “New Discourse on Trade” (1671); Sir Matthew Decker, “Essay on the Causes of the Decline of Foreign Trade” (1744); Joshua Gee, “Trade and Navigation of Great Britain” (1730); Lindsay, “History of Merchant Shipping and Ancient Commerce” ; McCulloch, “Dictionary of Commerce” (nueva edición), artículos “Navigation” y “Colonial Trade” ; ibid., edición de Adam Smith, nota xii, pág. 534; Huskisson, discursos, iii, 13, 351; Levi, “Historia del comercio británico”, pág. 158.

[pág. 636]

II. Leyes de Navegación de los Estados Unidos. — “Estatutos de los Estados Unidos en General”, i, 27, 287, 305; Ley de 1817, Estatutos, iii, 351; Estatutos Revisados (1878), “Comercio y Navegación”, pág. 795; Lord Sheffield, “Observaciones sobre el Comercio de los Estados Unidos” ; Pitkin, “Perspectiva Estadística del Comercio de los Estados Unidos”, cap. i; D. A. Wells, “Nuestra Marina Mercante”, cap. v; “Anales Estadísticos” de Seybert ; Macgregor, “Estadísticas Comerciales de América”.

III. Crecimiento del transporte marítimo estadounidense. —Rápido crecimiento, 1840-1856. Levi, “Historia del comercio británico”, pág. 582; Bigelow, “Cuestión arancelaria”, Apéndice n.° 57; “Harper's Magazine”, enero de 1884, pág. 217; Lindsay, “Historia de la navegación mercante”, iii, pág. 187; para la construcción naval, véase el Informe de la Oficina de Estadística de los Estados Unidos, “Comercio y navegación”, 1881, pág. 927; para el tonelaje, ibíd., págs. 928-930; véase también “Resumen estadístico de los Estados Unidos” ; Informe de Dingley a la Cámara de Representantes, 15 de diciembre de 1882, n.° 1827, 47.º Congreso, segunda sesión, págs. 5, 8, 254.

IV. Buques de vapor y de hierro. —Preble, “Historia de la navegación a vapor” ; Colden, “Vida de Fulton” ; Porter, “Progreso de la Nación”, sección 3, cap. iv; Nimmo, “Informe al Secretario del Tesoro sobre el Comercio Exterior de los Estados Unidos y la Decadencia del Transporte Marítimo Americano” (1870); Informe de Dingley, págs. 4, 23; Kelley, “La cuestión de los buques”, apéndice ii, pág. 208.

V. Declive del transporte marítimo estadounidense. — “Informe sobre comercio y navegación” (1881), págs. 927, 928; Lindsay, ibíd., iii, págs. 83, 187, 593, 645; ibíd., iv, págs. 163-180, 292, 316, 376; “North American Review”, octubre de 1864, pág. 489; “Informe sobre comercio y navegación”, 1881, lxv, págs. 915, 916, 922, 934; Lynch, Informe a la Cámara de Representantes sobre “Causas de la reducción del tonelaje estadounidense”, 17 de febrero de 1878, págs. ix, 80, 176, 195-213; Remisión de derechos, Estatutos Revisados de los Estados Unidos (edición de 1878), sección 2.513; Informe sobre “Comercio y Navegación”, xi, 83, 210; Informe de Dingley; Nimmo, “Decadencia del transporte marítimo estadounidense” (que proporciona varios gráficos), pág. 17, “El funcionamiento práctico de nuestras relaciones de reciprocidad marítima” (1871); Kelley, ibíd.; Informes de la Cámara de Comercio de Nueva York; Sumner, “¿Deben los estadounidenses poseer barcos?” en “North American Review”, junio de 1880; Codman, “Barcos libres” ; para obtener ganancias por tasas elevadas en los Estados Unidos, Informe de Dingley, pág. 4.

VI. Cargas para los armadores. —Derechos de tonelaje, Wells, pág. 179; salarios de los marineros, Estatutos Revisados, secciones 4.561, 4.578, 4.580-4.584, 4.600; tasas consulares, Informe de Dingley, pág. 9; pilotaje, impuestos, Wells, pág. 172 y siguientes ; véase también la Ley de 1884, que abolió muchas de estas cargas.

[pág. 637]


Apéndice II. Preguntas del examen.

Los siguientes problemas y preguntas se han organizado para explicar al lector la naturaleza de los exámenes establecidos por las universidades inglesas y estadounidenses. Se han extraído de trabajos presentados. Es innecesario aclarar, quizás, que estas preguntas no agotan el tema, y son solo algunas de las muchas que podrían añadirse.

Definiciones .

1. Defina brevemente: Capital Fijo; Consumo Improductivo; Ley de Rendimientos Decrecientes; Deseo Efectivo de Acumulación; Ley de Incremento del Trabajo; Comunismo; Fondo de Salarios; Salarios de Superintendencia; Salarios Reales; Valor; Precio; Demanda; Medio de Intercambio; Ley de Gresham.

2. Explique cuidadosamente los siguientes términos: Consumo productivo, Demanda efectiva, Margen de cultivo, Costo de producción, Valor del dinero, Costo del trabajo, Riqueza y Abstinencia.

3. Explique los siguientes términos: salario real, capital fijo, sistema de subsidios, margen de cultivo, precio, demanda, medio de cambio, señoreaje, valor del dinero y letra de cambio.

4. Defina oferta, valor del dinero, consumo productivo, costo de producción, costo del trabajo, valor de cambio, ley de producción de la tierra, tasa de ganancia, capital y ley de Gresham.

5. Define Economía Política: Indica las partes en que puede dividirse y muestra cómo se relacionan entre sí.

Mano de obra .

6. Distinga entre trabajo directo e indirecto y dé una ilustración de la distinción.

7. Aplicar la distinción entre trabajo productivo e improductivo, y consumo productivo e improductivo, respectivamente, a cada uno de [pág. 638]las siguientes personas: un sastre, un arquitecto, un rentista, un marinero y un albañil.

8. ¿Se considera a un actor un trabajador productivo? ¿Al inventor de una máquina? ¿A un pastelero?

9. ¿En cuál de las dos clases de trabajadores, productivos e improductivos, colocarías a los siguientes?

(1.) Los funcionarios de nuestro Gobierno.

(2.) El fabricante de un órgano.

(3.) Un organista.

(4.) Un maestro de escuela.

(5.) Un artista.

(6.) El que hace un artículo para el cual no hay ninguna utilidad.

10. Clasifique como productivos o improductivos a los siguientes trabajadores: un clérigo, un fabricante de instrumentos musicales, un actor, un soldado y un fabricante de encajes.

Capital.

11. Explique detalladamente qué entiende por capital y qué función desempeña en la producción. Considere si lo siguiente debe incluirse en el capital: (1) las facultades originales y adquiridas del trabajador, (2) las propiedades originales del suelo, (3) las mejoras en la tierra, (4) el crédito, (5) las existencias no vendidas en manos de un comerciante, (6) los artículos comprados pero aún en manos del consumidor.

12. ¿Un préstamo nacional aumenta el capital de un país?

13. Infórmate hasta qué punto, en qué casos o en qué sentido puede decirse que una vivienda común, un hotel, una escuela, una comisaría, un teatro y una fortificación forman parte de la capital del país.

14. Discuta cuidadosamente la cuestión de si el dinero depositado en un banco (o el grano depositado en un granero) es siempre capital o si su naturaleza económica depende de las intenciones de su propietario.

15. ¿Las acciones de ferrocarril, las reservas de vino, de trigo, las municiones de guerra y la tierra deben considerarse capital o no?

16. Explique detalladamente si considera que los bonos de Estados Unidos son capital o no.

17. ¿Es una inversión en fondos públicos capital o no? Justifique sus razones.

18. ¿De qué manera un gran gasto con fines militares afecta las operaciones del capital y del trabajo?

19. Distinga entre riqueza y capital. Demuestre que no existe un límite al empleo del capital para mejorar la condición de los miembros de una comunidad.

20. “Si hay seres humanos capaces de trabajar y alimento para alimentarlos, siempre podrán emplearse en producir algo”. Explique el significado de esto detalladamente.

[pág. 639]

21. ¿Qué se quiere decir cuando se afirma que la riqueza sólo puede cumplir las funciones del capital al ser consumida total o parcialmente?

22. Explique e ilustre la afirmación de que la demanda de productos no es demanda de trabajo.

23. Demuestre que el gasto de dinero no necesariamente aumenta la demanda de trabajo.

24. ¿De qué manera una demanda general de lujos afectaría a los trabajadores productivos y a la riqueza de la comunidad?

25. En una comunidad donde se emplea todo el capital, ¿cuál sería el efecto si un empleador retirara gradualmente parte de su capital y lo gastara en lujos personales?

26. Se sostiene que «la demanda de mercancías, que solo se puede obtener mediante el trabajo, es una demanda de trabajo tanto como la demanda de carne de res es una demanda de bueyes». Critique esta postura.

27. “Se suele decir que, aunque se le quita empleo al trabajo en un sector, se le crea un empleo exactamente equivalente en otros, porque lo que los consumidores ahorran al abaratarse un artículo en particular les permite aumentar su consumo de otros, incrementando así la demanda de otros tipos de trabajo”. Señale la falacia.

28. Un estudiante universitario, entre los aplausos de los comerciantes, compró veinte chalecos, con el pretexto de que beneficiaba al comercio. Examine la viabilidad económica de su acción.

29. Un hombre invirtió parte de su capital en un préstamo a un estado que posteriormente repudió sus deudas. Acto seguido, el hombre abandonó su carruaje, despidió a los jardineros superfluos y redujo el número de su personal doméstico. Examine el efecto de estos cambios en el empleo laboral en el distrito donde reside.

30. En el siglo XVI se produjo un gran cambio en el modo de gasto. Se despidió a los criados, se redujeron los hogares y la demanda de mano de obra se sustituyó por la de mercancías. ¿Cómo afectaría este cambio a los salarios y por qué?

31. Algunos suponen que el gasto de los ricos en entretenimientos costosos beneficia el comercio. ¿Cuál es su opinión al respecto?

32. A es un ausente que gasta sus ingresos en el extranjero. B gasta sus ingresos principalmente en cuadros y otras obras de arte estadounidenses. C gasta la mayor parte de sus ingresos en sirvientes estadounidenses. D ahorra y compra bonos estadounidenses. E emplea la mayor parte de sus ingresos en la producción de manufacturas. Explique los diversos efectos de estos diferentes modos de gasto en la riqueza de Estados Unidos y en la clase trabajadora del país.

33. Compare los efectos económicos de sufragar los gastos de guerra (1) mediante préstamos y (2) mediante un aumento de los impuestos.

[pág. 640]

34. Defina el término capital y distinga entre capital fijo y circulante, dando ejemplos de cada uno.

35. Distinga entre capital fijo y circulante, y señale en qué medida, o de qué manera, cada uno de los siguientes artículos pertenece a una u otra clase: una casa de habitación, una cosecha de maíz, un carro, un cargamento de carbón, un lingote de oro, una locomotora de ferrocarril, un fardo de productos de algodón.

36. De los siguientes, ¿cuáles clasificaría usted como capital fijo y cuáles como capital circulante: el efectivo en manos de un comerciante, una fábrica de algodón, un arado, los diamantes en una joyería, una locomotora, las semillas de un vivero, los invernaderos, el abono; las herramientas de un carpintero, la madera, los clavos?

37. Si en un país como éste se fija una gran cantidad de capital en la construcción de ferrocarriles, ¿qué efecto tendrá este cambio por sí solo sobre la clase trabajadora, suponiendo que el capital sea (1) nacional o (2) tomado prestado total o parcialmente del extranjero?

38. ¿A qué conclusión llega el Sr. Mill respecto a las objeciones al uso de maquinaria que ahorra mano de obra?

39. ¿La ampliación de la maquinaria es beneficiosa para los trabajadores?

40. ¿Cuál es “la respuesta concluyente a las objeciones contra la maquinaria” ?

Eficiencia de la producción.

41. Explique brevemente las causas principales de las que depende la productividad del trabajo.

42. ¿Cuáles son las principales formas en que surgen ventajas de la división del trabajo?

43. ¿Cuáles son las principales ventajas de la división del trabajo? ¿En qué casos y por qué es mejor desarrollar una empresa productiva a gran escala?

44. ¿En qué circunstancias y en qué profesiones puede llevarse a cabo al máximo la división del trabajo?

45. Muestre cómo la cantidad de capital disponible y la extensión del mercado de productos limitan la división del trabajo.

Población.

46. Dé una breve declaración de la teoría de la población de Malthus, explicando los diferentes controles sobre la población en las distintas etapas de la civilización.

47. Enuncie la ley de población de Malthus y resuma el razonamiento mediante el cual la estableció. Explique las objeciones que se han presentado contra la postura de Malthus y critíquelas.

48. Cuando el crecimiento de la población supera el progreso de las mejoras, ¿cuáles son los medios de alivio para el trabajador?

[pág. 641]

49. ¿En su opinión, la mayor facilidad de emigración anula la ley maltusiana de población o no, y por qué?

50. Explique la ley de rendimiento decreciente y la doctrina maltusiana de la población; y trace la conexión entre ellas.

Aumento de la producción.

51. Compare los motivos de ahorro en el caso de los salvajes y en un país como Estados Unidos. Indique las causas de la diversidad en la intensidad del deseo efectivo de acumulación.

52. Se dice que el capital se acumula mediante el ahorro; ¿qué es el ahorro? ¿Es el dinero acumulado un ahorro mientras se acumula?

53. ¿En qué medida la creciente productividad de la industria manufacturera tiende a neutralizar el efecto que la disminución de la productividad de la industria agrícola tiene sobre las ganancias?

54. ¿Qué conclusión, en cuanto al límite del aumento de la producción, deduce el Sr. Mill de su investigación de las leyes de los diversos requisitos de la producción?

Propiedad.

55. ¿Cuáles son los elementos esenciales de la propiedad? ¿Son los fundamentos de la propiedad de la tierra los mismos que los de la propiedad de los bienes muebles?

56. Da los que consideras que son los principales argumentos a favor de la institución de la propiedad privada, en oposición a la propiedad común.

57. ¿Qué argumentos sugiere el Sr. Mill a favor de alguna redistribución de la propiedad territorial?

58. ¿Cuáles son los argumentos económicos a favor y en contra del comunismo?

59. ¿De qué manera y por qué medios quieren los socialistas alterar la actual distribución de la riqueza?

60. Esboce las principales formas del socialismo comunista y no comunista.

61. ¿Debe limitarse el poder de legado?

Salarios.

62. ¿De qué depende, según Mill, la tasa salarial? Por lo tanto, demuestre la falacia de las soluciones propuestas popularmente para los salarios bajos.

63. Enuncie y examine las principales teorías que se han expuesto acerca de las circunstancias que regulan el nivel general de salarios, indicando cuáles considera correctas y por qué.

64. El Sr. Thornton argumenta que el fondo de salarios no está “determinado” ni “limitado” : no está “determinado”, porque no existe ninguna “ley” que obligue a los capitalistas a dedicar una parte de su riqueza al pago de salarios. [pág. 642]del trabajo, ni están moralmente obligados a hacerlo; ni están limitados, porque nada les impide aumentar la parte de su riqueza que destinan a ello. Critique este argumento y, si discrepa de la opinión del Sr. Thornton, indique las causas que determinan y limitan el fondo en cuestión.

65. Explique con precisión qué entiende por “fondo de salarios” y las condiciones de las que depende su crecimiento.

66. Explique en general las circunstancias que determinan el salario. Mencione algunas razones por las que los salarios deberían ser más altos en una ocupación que en otra.

67. ¿De qué manera la carestía o lo barato de los alimentos afecta a los salarios monetarios?

68. ¿Qué determina—

(1.) ¿Cuál es la tasa general de salarios en un país?

(2.) ¿Cuáles son las tasas relativas de salarios en diferentes empleos?

69. ¿Qué causa diferentes tasas de salarios en distintos empleos y mediante qué métodos se podrían aumentar los salarios?

70. ¿Cómo se explica el hecho de que algunos de los trabajos más desagradables sean los peor pagados?

71. ¿Cuáles son, según el Sr. Mill, los medios más prometedores para la mejora de las clases trabajadoras?

72. En la isla de Laputa se promulgó una ley que obligaba a cada trabajador a trabajar con la mano izquierda atada a la espalda, y la ley se justificó alegando que la demanda de mano de obra se duplicaba con creces. Examine este argumento.

73. Algunos mineros del carbón exigen una reducción de la producción para mantener sus salarios. Examinen en qué medida, si es que se logra, este resultado se derivaría de la acción propuesta.

74. Discuta cualquier solución para los salarios bajos que se haya sugerido o pueda sugerirse.

75. ¿Por qué los salarios de las mujeres son habitualmente inferiores a los de los hombres?

Beneficios .

76. ¿Cuál es la causa de la existencia de las ganancias? ¿Y cuáles son, según el Sr. Mill, las circunstancias que determinan las respectivas participaciones del trabajador y del capitalista?

77. (1.) ¿Cuál es la tasa de ganancia más baja que puede existir permanentemente? (2.) ¿Por qué este mínimo es variable?

78. Analice la remuneración que recibe cualquiera de los siguientes: (1) el propietario de una fábrica de algodón que administra su propia fábrica; (2) un comerciante que dirige su propio negocio; (3) un accionista de ferrocarriles; (4) un tenedor de fondos gubernamentales.

79. ¿En qué partes podemos dividir el rendimiento que suele ser [pág. 643]¿Se llama ganancia? ¿Cuál de estas porciones recibiría un comerciante que opera con capital prestado?

80. Analice el pago denominado ganancias en sus diversos elementos. Señale en qué aspectos las ganancias del empleador difieren o se asemejan a los salarios pagados a otras clases de trabajadores.

81. Se afirma que «las ganancias tienden a la igualdad». ¿Qué condiciones deben cumplirse para que esta posición pueda mantenerse?

82. ¿Cómo se puede conciliar la supuesta tendencia de los beneficios a la equivalencia en diferentes empleos con la notoria diferencia en los beneficios de diferentes individuos?

83. ¿Cuál de los elementos de la ganancia tiene mayor influencia en su importe? Explícalo comparando las causas que regulan cada elemento.

84. ¿Cómo concilia Mill los altos salarios en Estados Unidos con la ley de ganancias de Ricardo?

85. Explique la proposición de que la tasa de ganancias depende del costo de la mano de obra, indicando cuidadosamente qué elementos están incluidos en el costo de la mano de obra.

86. Explique qué conexión puede haber entre un aumento de población y cualquiera de los elementos que intervienen en el costo de la mano de obra.

87. ¿Qué efecto tendría un aumento o disminución de la población sobre el costo de la mano de obra?

88. Explique la opinión de Mill sobre el costo de la mano de obra como función de tres variables, considerando los pasajes en los que dice: 1. “Si sin que la mano de obra se vuelva menos eficiente, su remuneración disminuye, no se produce un aumento en el costo de los artículos que la componen ”; 2. “Si el trabajador obtiene una mayor remuneración, sin que los artículos que la componen sean más baratos ; o si, sin obtener más, lo que obtiene se vuelve más costoso ” : las ganancias en los dos últimos casos sufrirían una disminución; y analizando: primero, si la remuneración de la mano de obra disminuye, ¿qué puede significar para el capitalista el costo de los artículos que la componen? Segundo, si el trabajador obtiene una mayor remuneración, ¿qué puede significar para el capitalista el mayor precio de los artículos que la componen?

89. ¿Es la contienda entre el capital y el trabajo permanente y fundamental? En caso negativo, justifique su respuesta.

90. ¿Cuál es el efecto sobre los salarios y las ganancias de la introducción de maquinaria?

Alquilar.

91. ¿Qué conexión existe entre la ley de Malthus y la doctrina de la renta de Ricardo?

92. ¿Cuál es la razón por la cual los propietarios de tierras pueden exigir renta?

[pág. 644]

93. Explique e ilustre la distinción entre renta y ganancias. ¿En qué casos son prácticamente indistinguibles?

94. Se ha observado con frecuencia que en América la tierra está mucho menos cultivada que en Inglaterra. Explique las razones económicas de esto.

95. ¿Cómo se aplica la teoría de la renta en un país como Estados Unidos, donde el agricultor es dueño de su tierra en lugar de arrendarla?

96. ¿Cómo es que algún capital agrícola paga renta, incluso si no se recurre a diferentes calidades de tierra?

97. Dé una breve descripción de la teoría de la renta y señale a qué pagos no habitualmente llamados renta se puede aplicar la teoría.

98. Enuncie brevemente la teoría de la renta de Ricardo y demuestre que, si fuera verdadera, las siguientes afirmaciones de Adam Smith deben ser falsas:

“La mina de carbón más fértil regula el precio del carbón en todas las demás minas del vecindario”.

“En el precio del maíz, una parte paga la renta del terrateniente, otra los salarios y otra la ganancia del agricultor”.

99. ¿Por qué la actividad agrícola paga renta y la actividad algodonera (excluyendo la renta de la tierra) no paga nada? Define renta.

100. “A medida que aumenta la población, las rentas estimadas en maíz aumentan, y el precio del maíz sube; por lo tanto, las rentas tienden doblemente a aumentar”. Demuestre esto.

101. El profesor Rogers aduce, para refutar la teoría común de la renta, el hecho de que las tierras cerca de Nueva York pagan una renta alta, mientras que las tierras de la misma fertilidad natural en los estados del oeste no pagan renta. ¿Hasta qué punto admite la fuerza de esta objeción?

102. Examine la siguiente doctrina:

Si la invención y el perfeccionamiento continúan, la eficiencia del trabajo aumentará aún más y la cantidad de trabajo y capital necesarios para producir un resultado determinado disminuirá aún más. Las mismas causas conducirán a la utilización de esta nueva ganancia de poder productivo para la producción de mayor riqueza; el margen de cultivo se ampliará de nuevo y la renta aumentará, tanto en proporción como en cantidad, sin que se incrementen los salarios ni los intereses. Y así, la renta aumentará constantemente, aunque la población se mantenga estacionaria. —Henry George, « Progreso y Pobreza » (pág. 226).

103. ¿Qué respuesta se da a la objeción del Sr. Carey a la teoría de la renta de Ricardo, de que en realidad son las tierras más pobres, no las más ricas, las que se ponen primero a cultivo?

104. Explique cómo la tierra, “incluso dejando de lado las diferencias de situación… pagaría renta en su totalidad, bajo cierta suposición”.

105. Explique claramente cómo es posible que las tierras de un país que tienen una fertilidad uniforme paguen renta.

106. “Si la tierra tuviera una superficie perfectamente lisa e igual en todas partes, [pág. 645]y si todo fuese cultivado y cultivado exactamente de la misma manera, no existiría tal cosa como la renta”. Examine esta proposición.

107. Demuestre que el alquiler no aumenta el precio del pan.

108. ¿Cómo se demuestra que “la renta no forma realmente parte de los gastos de producción ni de los anticipos del capitalista”?

109. (1.) ¿Qué relación existe entre el precio de los productos agrícolas y la cantidad de renta pagada? (2.) ¿Puede la renta afectar el precio?

110. “La renta es el efecto y no la causa del precio”. Demuéstrelo.

111. ¿La renta entra o no en el coste de producción de los siguientes bienes: el trigo, la tela, el vino de los mejores viñedos?

112. “La renta surge de la diferencia entre los suelos menos fértiles y los más fértiles, y del hecho de que los primeros han sido cultivados... La renta es la diferencia entre el precio de mercado de los productos y el coste de producción”. Armonice estas afirmaciones.

113. Para que los pagos reales que efectúan los agricultores a los terratenientes correspondan en general a la “renta económica”, ¿qué condiciones deben observarse?

114. ¿Qué se supone, en cuanto a la competencia, en todo el razonamiento del Sr. Mill sobre salarios, ganancias y renta? Explique su efecto en cada caso.

Valor.

115. Enumere, compare y critique todas las opiniones que conozca y que se hayan tenido sobre la naturaleza, el origen o la medida del valor en el cambio.

116. Define con precisión qué es lo que da valor a los objetos y señala las causas que varían el valor del mismo objeto en diferentes circunstancias.

117. ¿Acaso los hombres se sumergen hasta el fondo del mar para obtener perlas porque son valiosas, o son valiosas las perlas porque los hombres deben sumergirse hasta el fondo del mar para obtenerlas?

118. Existen tres formas de dificultad de logro. Indique la ley del valor aplicable a cada una.

119. Explique el significado económico exacto de las palabras oferta y demanda.

120. Cuando se dice que el valor de ciertos productos depende de la oferta y la demanda, ¿qué se entiende por demanda?

121. Si la oferta de todos los productos se duplicara de repente, ¿se producirían cambios en sus valores relativos o no, y por qué?

122. Enumere las leyes que regulan los valores permanentes y temporales de los productos agrícolas.

123. ¿En qué medida el valor de las mercancías depende de la cantidad de trabajo necesaria para su producción?

[pág. 646]

124. ¿Tiene el término valor de cambio algún significado preciso cuando comparamos épocas o lugares muy alejados entre sí?

125. ¿Qué se entiende por precio natural (o normal) y precio de mercado de las mercancías? ¿En qué medida pueden diferir?

126. ¿Un aumento general de salarios eleva los precios de las mercancías en general o no, y por qué? ¿Tiende a provocar algún cambio en los precios relativos de las mercancías o no, y por qué?

127. Supongamos que los salarios se duplicaran, ¿se verían afectados los valores de las mercancías? ¿Cuál sería el efecto de tal aumento salarial sobre los precios y las ganancias?

128. ¿Los salarios y las ganancias están influenciados por los precios?

129. ¿Pueden los empleadores recuperarse mediante un aumento de precios por un aumento de—

(a.) ¿Salarios en empleos particulares?

(b.) ¿Salarios generales?

¿Qué relación tiene esta pregunta con la eficacia del sindicalismo?

130. ¿Los valores dependen de los salarios?

131. Explique la siguiente afirmación: “Es cierto que los salarios absolutos pagados no tienen efecto sobre los valores; pero tampoco lo tiene la cantidad absoluta de trabajo”.

132. Explique la afirmación de que “las altas ganancias generales no pueden, al igual que los altos salarios generales, ser causa de altos valores... En la medida en que las ganancias entran en el costo de producción de todas las cosas, no pueden afectar el valor de ninguna”.

133. Explique detalladamente por qué los capitalistas no pueden compensarse por un alto costo general del trabajo mediante ninguna acción sobre los valores y los precios.

134. “El valor de una mercancía depende de su coste de producción”. ¿En qué condiciones es esto cierto y qué causas lo impiden?

135. Describa los obstáculos que impiden el libre movimiento del capital hacia aquellos campos que aparentemente ofrecen el mayor rendimiento por su empleo.

136. Dé el análisis de JS Mill del “costo de producción”, y también el del profesor Cairnes, con los argumentos a favor y en contra de cada uno.

137. Analice el costo de producción. ¿Cuál es su relación con el costo de la mano de obra?

138. Dé un análisis del costo de producción de cualquier producto.

139. Muestre cuidadosamente la distinción entre salarios, costo de la mano de obra y costo de producción.

140. Defina claramente valor, precio, salario real y costo de producción.

141. Defina salario real, salario monetario, costo de la mano de obra.

[pág. 647]

Dinero.

142. Señale la diferencia entre las concepciones científicas y populares implicadas en los términos riqueza y dinero.

143. Demuestre la falacia de confundir capital con dinero. ¿Puede haber un exceso de capital?

144. ¿Qué es el dinero? ¿A qué tipo de necesidad debe su existencia? ¿Qué artículos se han utilizado como dinero? Enumere las cualidades que hacen que una mercancía sea apta para servir como dinero.

145. ¿Cuáles son las cualidades necesarias en cualquier mercancía para que pueda servir como dinero?

146. Distinguir con precisión las funciones del dinero.

147. ¿Hasta dónde es posible un patrón fijo de valor?

148. ¿Qué efecto tiene la gran durabilidad del oro y la plata sobre el valor del dinero?

149. ¿Hasta qué punto la ley de la oferta y la demanda regula el valor del dinero?

150. Explique detalladamente cómo es que el valor de los metales preciosos se ve afectado “sólo por cuestiones de cantidad, con poca referencia al costo de producción”.

151. ¿Qué se puede decir de lo siguiente: “Algunos economistas políticos han objetado por completo la afirmación de que el valor del dinero depende de su cantidad combinada con la rapidez de circulación; lo cual, piensan, supone una ley para el dinero que no existe para ninguna otra mercancía” ?

152. ¿En qué condiciones es cierto que “el valor del dinero es inversamente proporcional a su cantidad” ?

153. Explique cuidadosamente lo siguiente: “El valor medio del oro se ajusta a su valor natural de la misma manera que los valores de las demás cosas se ajustan a su valor natural”.

154. ¿En qué diversos significados se utiliza la frase «el valor del dinero» ? ¿En qué medida el valor del dinero, en cada uno de estos significados, depende de (1) el coste de producción y (2) la oferta y la demanda?

155. ¿Están los valores del oro y de la plata sujetos exactamente a las mismas leyes naturales que las demás mercancías?

156. Da las explicaciones y calificaciones necesarias para que sea verdadera la siguiente proposición: “La cantidad de moneda en cada país está regulada por el valor de las mercancías que han de circular en ella”.

157. ¿Sería el mundo más rico si cada individuo en él descubriera de repente que la cantidad de dinero en su posesión se duplica?

158. ¿Hasta qué punto o de qué manera considera usted correcto decir que el nivel general de precios de un país depende de la cantidad de monedas de oro existente en ese país?

[pág. 648]

159. Una sola buena cosecha provoca una caída considerable en el valor del trigo ; pero un gran aumento en el suministro anual de oro proveniente de las minas tiene poco efecto en su valor general. ¿Cómo se explica la diferencia?

160. Muestre el efecto de establecer un doble estándar.

161. Muestre cómo la ley de Gresham se ilustra con la historia de la moneda en los Estados Unidos entre 1834 y 1873.

162. ¿Qué efecto tuvo el descubrimiento de oro en este siglo sobre la acuñación de monedas de los Estados Unidos?

163. ¿Cuál es el sistema mediante el cual se acuña y emite la moneda de plata pequeña de los Estados Unidos?

164. Indique brevemente el objetivo de la Ley de acuñación de monedas de los Estados Unidos de 1853.

Crédito.

165. ¿Cómo se define el crédito? Clasifique los documentos crediticios.

166. Se ha dicho que «el crédito es capital». ¿Es así o no?

167. Defina capital y examine el significado del término en las siguientes afirmaciones:

a. ) La demanda de mercancías no puede crear capital.

b. ) El crédito no es una creación, sino una transferencia de capital.

c. ) Los salarios dependen de la proporción entre población y capital.

168. Indique la ley del valor del dinero que rige los precios generales. ¿Qué cambio debe hacerse en la declaración si se considera el crédito?

169. ¿Qué papel desempeñan los instrumentos de crédito, distintos de los billetes de banco, en el intercambio de mercancías?

170. Mencione algunas de las principales características de una crisis crediticia.

171. ¿Qué son los billetes inconvertibles? ¿Qué objeciones existen a este tipo de moneda?

172. ¿Es posible que una moneda inconvertible mantenga el mismo valor que una moneda convertible? Y, de ser así, ¿cómo? Suponiendo que sea posible, ¿qué objeciones existen, no obstante?

173. «Nada está sujeto a más variaciones que el papel moneda, incluso cuando es limitado y no tiene garantías; por la sencilla razón de que, al no tener valor propio, depende de la idea que cada persona se forma de esas garantías». Comentario sobre este pasaje.

174. ¿Cómo es que un dólar malo cumple la misma función de compra que uno bueno hasta que se descubre? ¿Acaso da igual que esté hecho de oro o no?

175. ¿Hasta qué punto un gobierno es capaz de dar valor ficticio a un papel o a una moneda metálica?

[pág. 649]

176. En un país con papel moneda inconvertible, ¿cómo se puede determinar si las emisiones son excesivas o no, y por qué?

177. ¿Cuál será el efecto si el medio circulante de un país aumenta más allá de su cantidad natural?

(1) ¿cuando el medio es moneda?

(2) ¿cuando se trata de moneda y papel convertible?

(3) ¿cuando es papel inconvertible?

178. ¿Cuál es el error que supone, frecuentemente hecho por escritores y oradores públicos, que la moneda de un país debería aumentar en proporción proporcional a su riqueza y población?

179. ¿De qué depende el deseo de usar el crédito? ¿Qué relación existe entre la cantidad de billetes y monedas en circulación y el uso del crédito?

180. Compare las ventajas y desventajas de una moneda metálica y de un papel moneda.

181. Un miembro del Congreso abogó por la expansión del papel moneda con el siguiente argumento: «Nuestra moneda, al igual que todo lo demás, debe seguir el ritmo de nuestro crecimiento como nación... Francia tiene una circulación per cápita de treinta dólares; Inglaterra, de veinticinco; y nosotros, con nuestra extensión territorial y mejoras, ciertamente necesitamos más que cualquiera de los dos». Exprese su opinión sobre este argumento.

182. Trace los efectos, inmediatos y últimos, sobre los precios generales de ( a ) un sistema ampliado de crédito, ( b ) una mayor emisión de papel moneda, y ( c ) un aumento en las existencias de metales preciosos, respectivamente.

183. ¿Cuál es el error en la noción común de que “no se puede emitir papel moneda en exceso mientras cada billete represente una propiedad o tenga una base de propiedad real sobre la cual descansar” ?

184. Explique la acción del sistema de cheques y cámaras de compensación y establezca qué se entiende por restablecimiento del trueque.

Sobreproducción .

185. Exponga la relación entre la oferta y la demanda como agregados, por ejemplo, entre la oferta agregada de bienes en una comunidad dada y la demanda agregada de ellos, y muestre la relación del principio involucrado con la doctrina de la “sobreproducción general”.

186. Demuestra que el aumento del capital y la extensión de la industria no pueden conducir a una sobreproducción general de mercancías.

187. ¿Cuál es el error de quienes creen en el peligro de la sobreproducción?

188. Distinguir un “exceso de oferta” de una “crisis comercial”.

189. Dé la esencia del examen que Mill hace de las teorías del exceso de oferta.

190. “Cuando la producción es totalmente igual al consumo, todo descubrimiento en las artes o en la mecánica es una calamidad, porque sólo añade [pág. 650]el disfrute de los consumidores, la oportunidad de obtener mercancías a un precio más barato, mientras que priva a los productores incluso de la vida misma”. Discuta esta opinión de Sismondi.

191. Explique la diferencia entre las teorías del Dr. Chalmers y del Sr. Mill sobre la sobreproducción y el exceso de oferta.

Casos peculiares de valor.

192. Producir paja cuesta lo mismo que producir grano: ¿cómo se explica entonces el valor comparativamente bajo de la paja?

193. Supongamos que se prevé un aumento considerable en el precio de la lana, ¿cómo deberían esperar los agricultores que se vean afectados los precios del cordero y por qué?

194. Explique el funcionamiento de las leyes del valor por las cuales se regulan los precios relativos de la lana y el cordero.

Comercio internacional y valores.

195. ¿Cuál es el significado de la afirmación de que “no es una diferencia en el coste absoluto de producción lo que determina el intercambio [de mercancías entre países], sino una diferencia en el coste comparativo ” ?

196. ¿Cuáles son las ventajas que un país obtiene del comercio exterior?

197. Explique claramente el siguiente pasaje: “A menudo podemos, al comerciar con extranjeros, obtener sus productos con un gasto menor de trabajo y capital que el que les cuestan a los propios extranjeros”.

198. ¿Existe alguna diferencia esencial entre el comercio entre países, entre condados y condados, o incluso entre personas? ¿Cuál es la verdadera naturaleza del comercio en todos los casos?

199. ¿Por qué es necesario hacer una declaración diferente de las leyes del valor para los productos extranjeros y para los nacionales? ¿Cuál es la causa de la existencia del comercio internacional?

200. ¿Cómo afectaría una disminución grave de la eficiencia de Inglaterra, en comparación con otros países, en la producción de manufacturas, a la escala de los ingresos monetarios y los precios en Inglaterra, y por qué?

201. El Sr. Mill relaciona el valor de los productos nacionales con el «costo de producción» ; el de los productos extranjeros con el «costo de adquisición». Examine la veracidad de esta distinción.

202. Se dice que en el mercado interno el valor de las mercancías depende del costo de producción, mientras que en el mercado externo depende del costo de adquisición. Comente esta distinción.

203. ¿Es el costo de producción el regulador de los valores internacionales?

204. Analice la siguiente afirmación: “El valor internacional está regulado de la misma manera que el valor interprovincial o interparroquial. Los carbones y [pág. 651]“El intercambio de lúpulo entre Northumberland y Kent se basa en los mismos principios que el intercambio de hierro y vino entre Lancashire y España”. —Ruskin, “Munera Pulveris”, pág. 84.

205. ¿Qué determina el valor de los productos importados?

206. ¿Por qué el costo de producción no determina el valor de las mercancías importadas de un país extranjero? ¿Falta también en el caso de las mercancías importadas de lugares distantes del mismo país?

207. El Sr. Mill ha basado toda su doctrina del «comercio internacional y los valores internacionales» en el hecho de que no hay mucha migración de capital y mano de obra de un país a otro. Explique y comente la afirmación anterior.

208. ¿Cuáles son las causas que determinan para una nación el costo de sus importaciones?

209. De la teoría de los valores internacionales, según lo establecido por Mill, se desprende que la residencia permanente de estadounidenses en Europa puede incrementar el costo de las importaciones extranjeras para los estadounidenses que residen en el país. Explique de qué manera.

210. Supongamos dos países, A y B, aislados del resto del mundo y que se establece un comercio entre ellos. Como consecuencia de la disminución de la eficacia del trabajo de A, el coste de producción de cada artículo que se puede producir en ese país aumenta considerablemente, pero la relación entre los costes de dos artículos cualesquiera permanece constante. ¿Cuál será, si lo hubiera, el efecto de este cambio en el comercio entre A y B? ¿Su respuesta depende de que utilice la expresión «coste de producción» en un sentido diferente al que le atribuyen algunos economistas?

211. Demuestre que cada país obtiene sus importaciones a un costo menor en proporción a la eficiencia de su trabajo.

Cambios Extranjeros.

212. ¿Cuál es el límite ordinario de la prima de las letras de cambio extranjeras y por qué?

213. ¿Cuáles son los principales efectos en los mercados de divisas que produce el estallido de una guerra? Explique el hecho de que en 1861 los tipos de cambio de Inglaterra en América cayeron considerablemente por debajo del punto de referencia.

214. Supongamos que la próxima cosecha en Inglaterra fuese muy deficiente y se necesitaran suministros extraordinarios de grano americano. ¿Cómo afectaría esto probablemente al precio de las letras de cambio entre Inglaterra y América, y a las ganancias por la exportación de manufacturas inglesas a este último país, y por qué?

215. Rastrea el proceso mediante el cual los metales preciosos se extendieron desde las minas por todo el mundo.

[pág. 652]

216. Supongamos que el intercambio entre Inglaterra y los Estados Unidos es fuertemente contrario a Inglaterra, ¿cómo afectará este hecho al comercio de exportación e importación entre los dos países y por qué?

217. ¿Qué se entiende por cambios en contra de un país?

218. Enumere las principales circunstancias que afectan el tipo de cambio entre dos países. ¿Cómo se determina el tipo de cambio?

219. ¿Cómo se distribuyen el oro y la plata entre los diferentes países comerciales? ¿Entre las distintas partes de un mismo país?

220. Describa los efectos de las emisiones grandes y continuas de papel moneda inconvertible sobre los precios de los productos básicos, sobre las importaciones y exportaciones y sobre los mercados de divisas.

221. Indique las condiciones bajo las cuales el comercio internacional puede existir de forma permanente. ¿Cuál será el efecto final de un gran movimiento de oro extranjero sobre los precios, las importaciones y las exportaciones en el país receptor?

222. Enuncie la teoría del valor del dinero (es decir, del “dinero metálico” ) y aclare cualquier inconsistencia aparente entre las siguientes afirmaciones: (1.) El valor del dinero depende del coste de producción en las peores minas; (2.) El valor del dinero varía inversamente proporcional a su cantidad multiplicada por su rapidez de circulación; (3.) Los países cuyos productos tienen mayor demanda en el extranjero y contienen el mayor valor en la menor cantidad, que están más cerca de las minas y tienen la menor demanda de producciones extranjeras, son aquellos en los que el dinero tendrá el menor valor.

228. El Sr. Wells describe así los efectos de la depreciación del papel moneda en Estados Unidos: «Imposibilita la venta en el extranjero de productos que han costado demasiado en el país y atrae de otros países productos de mano de obra más barata, pagada en una moneda más sólida. Exagera las importaciones, a la vez que destruye nuestra capacidad de pago en especie». Indique su grado de acuerdo con las deducciones aquí establecidas, indicando las razones en las que discrepa.

224. Cuando las divisas son manifiestamente desfavorables para un país, y la causa es un saldo de endeudamiento, el equilibrio puede restablecerse de dos maneras. Indique y explique el funcionamiento de cada una.

225. ¿Qué condiciones determinan que un país tenga un rango de precios general alto? ¿En qué medida esto resulta ventajoso?

226. ¿Cuál es el efecto de la imposición de un tributo por un país a otro sobre el curso del comercio entre ellos y los términos en que intercambian mercancías, y por qué?

227. ¿Por qué razones las exportaciones de una nación pueden habitualmente superar o ser inferiores a sus importaciones?

228. Explique el cambio real y nominal.

229. Exponga la teoría del Sr. Mill sobre la influencia que ejerce una moneda convertible sobre el comercio exterior.

[pág. 653]

230. ¿Cuál es el efecto de una moneda depreciada sobre (1) el comercio exterior y (2) los tipos de cambio?

Interés.

231. ¿Cómo determina el tipo de interés general el precio de venta de acciones y terrenos?

232. ¿Existe alguna relación entre la tasa de interés y el valor del dinero?

233. ¿Cuáles son las relaciones entre el interés y la ganancia? ¿De qué causas depende el tipo de interés?

234. “Alto interés significa mala seguridad”. Comenta este dicho.

235. ¿El tipo de interés se ve afectado por la oferta de metales preciosos?

236. ¿Qué determina la tasa de interés de los fondos prestables? ¿Es la tasa de interés corriente [u ordinaria] la medida de la abundancia o escasez relativa del capital ?

237. ¿Cuáles son las principales causas que determinan el tipo de interés?

238. Si es cierto que en América todo hombre, por rico que sea, se dedica a algún negocio, pero que en Inglaterra muchos hombres ricos no tienen oficio ni profesión, ¿cómo se afecta en consecuencia el tipo de interés en cada país y por qué?

239. ¿Cómo tiende una caída en el poder adquisitivo del dinero a afectar, si es que lo hace, y por qué, (1) la tasa de interés, (2) el precio de la tierra, (3) el precio de los bonos del gobierno, (4) el precio de los adornos y vajilla de oro y plata?

Competencia extranjera.

240. Explique los fundamentos de la proposición del Sr. Mill de que los bajos salarios generales nunca hicieron que ningún país vendiera a precios inferiores a los de sus competidores, ni los altos salarios generales le impidieron hacerlo. Si considera que la proposición requiere aclaración, justifique.

241. (1.) ¿Cuál es la verdadera teoría según la cual un país vende a precios más bajos que otro en un mercado extranjero? (2.) ¿Qué peso debe atribuirse al hecho de que haya salarios generalmente más altos o más bajos en uno de los países competidores?

242. Discuta la cuestión de si un nivel alto de salarios necesariamente pone al comercio de un país en desventaja con respecto a un país donde el nivel de salarios es más bajo.

243. ¿Cuáles son las condiciones bajo las cuales un país puede vender permanentemente a un precio inferior al de otro en un mercado extranjero?

244. Señale claramente la conexión entre los salarios monetarios de los trabajadores en los Estados Unidos y la productividad del suelo.

245. En los Estados del Este, los moldeadores de hierro ganan entre catorce y diecisiete dólares semanales; en California, sus salarios oscilan entre veintiuno y veintisiete dólares. ¿A qué se debe esta variación?

[pág. 654]

Progreso de la sociedad .

246. ¿Cuáles son las razones del cambio en los valores normales de los productos manufacturados y agrícolas, respectivamente, durante el progreso de la sociedad?

247. Los salarios y las ganancias en diferentes empleos y vecindarios no son uniformemente proporcionales al esfuerzo de trabajo y la abstinencia, de los cuales son las respectivas recompensas. Clasifique las circunstancias que impiden esta correspondencia y muestre en qué medida es probable que se reduzca su efecto ( a ) por el progreso económico general y ( b ) por la extensión de la división del trabajo.

248. ¿Qué es la ley de rendimientos decrecientes? ¿Puedes señalar alguna conexión entre esta ley y los siguientes fenómenos?

a. ) Densidad de población.

b. ) Tasa de salario.

c. ) Tasa de ganancias en diferentes países.

249. Esboce la influencia sobre las rentas y las ganancias de un aumento de la población y del capital simultáneamente con un estado estacionario de las artes de producción.

250. ¿Hay motivos para creer que el Sr. Mill ha subestimado el poder del hombre para ampliar el área de producción y facilitar el mercado de alimentos? De ser así, ¿en qué medida se modifica su teoría de la población y se alejan los riesgos que había indicado?

251. Compare los efectos sobre la renta, las ganancias y los salarios de una mejora repentina en la producción ( a ) de alimentos, ( b ) de algunos artículos manufacturados consumidos en gran medida por las clases trabajadoras.

252. Trace la conexión entre la teoría de la renta de Ricardo y la disminución de la tasa general de ganancias a medida que aumenta la población de un país. Explique claramente la conexión que existe entre salarios y ganancias.

253. ¿Qué efecto se produce sobre las rentas, las ganancias y los salarios, respectivamente, en un país como Francia, donde la población es estacionaria y el capital avanza?

254. Si el capital continuara aumentando y la población no, explique la proposición de que “todos los ahorros de cada año se restarían exactamente en esa misma cantidad de las ganancias del año siguiente y de cada año subsiguiente”, si las mejoras fueran estacionarias.

255. ¿Cómo tiende el progreso social e industrial a afectar los precios de la tierra, las materias primas y las manufacturas, respectivamente, y por qué?

256. El valor capitalizado de la tierra surge, en el progreso de la sociedad, de dos causas: una que afecta a la tierra en común con todas las inversiones, y otra que es peculiar de la tierra.

[pág. 655]

257. “La tendencia de las mejores comunicaciones es reducir los alquileres existentes”. ¿Hasta qué punto es esto cierto y en qué sentido?

258. ¿Cuál sería el efecto sobre las ganancias, los salarios y las rentas de una mejora en un artículo manufacturado consumido por la clase trabajadora?

259. Explique la doctrina de la tendencia de las ganancias al mínimo, la causa de esa tendencia y las circunstancias que la contrarrestan.

260. ¿Cuál fue la doctrina de Adam Smith sobre la disminución de las ganancias en las comunidades progresistas? Critique su argumento.

261. Mencione algunas de las principales causas que, en el progreso ordinario de la sociedad, tienden respectivamente a aumentar o a reducir la tasa actual de ganancias.

262. ¿Por qué las ganancias tienden a disminuir a medida que aumenta la población y cómo se puede retrasar o prevenir este resultado?

263. ¿Cuál es el efecto de un aumento general de los salarios nominales, además de considerar una mayor eficiencia del trabajo, en los precios, las ganancias y la renta? Justifique su respuesta.

264. ¿Cómo tiende el progreso general de la sociedad en términos de riqueza y eficiencia industrial a afectar la tasa de salarios, la tasa de ganancia y la tasa de renta, respectivamente?

265. ¿Cuál es el efecto general del progreso de la sociedad sobre el terrateniente, el capitalista y el trabajador?

El futuro de las clases trabajadoras.

266. Examinar las influencias de la maquinaria sobre la condición económica de las clases trabajadoras.

267. Mencione y discuta algunos de los remedios populares para los salarios bajos, y especialmente el efecto de la subdivisión de la propiedad de la tierra entre los propietarios campesinos.

268. Explique brevemente qué se entiende por cooperación e indique las formas más destacadas que asume el movimiento cooperativo.

269. ¿Qué se entiende por sistema cooperativo de industria? Indique cómo este sistema puede afectar, para bien o para mal, la productividad del trabajo; y mencione los beneficios morales, o de otro tipo, que se podrían esperar.

270. ¿Cuáles son las dificultades en el camino de la cooperación para la producción de objetos comercializables?

271. Explícales las ventajas de la sociedad industrial, en la cual los trabajadores comparten, en proporción a los salarios recibidos, la mitad de los beneficios del negocio más allá de un mínimo fijo que se asigna a los empleadores.

[pág. 656]

Impuestos.

272. ¿Cómo se justifica que el Estado se encargue de cualquier fabricación o servicio que podría ser realizado por la empresa privada?

273. Enumere los cánones tributarios de Adam Smith.

274. Examine el argumento a favor de la recuperación por parte del Estado de lo que se llama el incremento no ganado en el valor de la tierra que surge del desarrollo de la sociedad.

275. Un cuadro de Gainsborough y una casa en Broadway se venden el mismo año al mismo precio; al cabo de cincuenta años, cada uno se vende por cinco veces su precio inicial. ¿Hay alguna razón, y de ser así, cuál, para que el aumento deba ser confiscado para beneficio público en un caso y no en el otro?

276. Explique la incidencia de los impuestos sobre los salarios.

277. ¿Por qué un impuesto sobre las ganancias, si no se producen mejoras, debe recaer sobre el trabajador y el capitalista?

278. Explique qué efecto, si lo hay, se producirá en el precio del maíz por:

(1) un impuesto sobre la renta;

(2) un diezmo;

(3) un impuesto de una cantidad determinada por acre, independientemente del valor;

(4) un impuesto de tanto por bushel.

279. ¿Sobre quién recae un impuesto sobre una proporción fija del producto agrícola?

280. Discuta la cuestión de si el impuesto sobre la renta debe ser un impuesto sobre la renta y la propiedad o sobre los gastos.

281. Discuta la conveniencia de un impuesto sobre la renta progresivo.

282. Exponga los argumentos que considere más sólidos tanto a favor como en contra de eximir los ahorros del impuesto sobre la renta.

283. Explique las condiciones que deben observarse al imponer impuestos sobre los productos.

284. ¿Qué impuestos recupera un comerciante en el precio de los artículos que vende, y cuáles no?

285. Pruebe con las cuatro máximas de Adam Smith la política de impuestos indirectos sobre los artículos de primera necesidad.

286. Toda imposición indirecta viola el cuarto canon de Adam Smith.

287. Discuta lo siguiente:

Un hombre con 100.000 dólares en bonos estadounidenses llega a Boston, alquila una casa...; así vive en el lujo... Estoy a favor de gravar inversiones ociosas como esta y de permitir que las inversiones en manufacturas queden exentas de impuestos.

288. Compare las ventajas y desventajas de los impuestos directos e indirectos.

[pág. 657]

289. ¿Sobre qué principios se rigen actualmente los impuestos en este país?

290. Explique los argumentos a favor y en contra de la política de mantener un superávit con el fin de redimir una deuda nacional.

291. Al estimar la capacidad de Estados Unidos para pagar su deuda pública, es habitual incluir entre los datos de la cuestión el aumento de la productividad industrial en ese país. ¿Hasta qué punto es pertinente esta consideración?

Protección.

292. Mencione algunos de los principales argumentos esgrimidos a favor de los aranceles proteccionistas.

293. Relacione el principio de la división del empleo (o del trabajo) con la política de libre comercio y las funciones del gobierno.

294. Esboce los efectos de los derechos discriminatorios, incluido el funcionamiento de las leyes sobre los cereales.

295. Examine el siguiente argumento, modificando, si lo considera necesario, la doctrina del librecambista sobre el punto planteado: La creencia del librecambista es que se añade un derecho de aduana al precio del artículo al que se aplica. Si el artículo es importado, según su teoría, el aumento del precio va al tesoro público; si el artículo se fabrica en el país, el aumento del precio va al bolsillo del productor. Pero en el primer caso no hay protección; y la competencia impedirá el segundo. Por lo tanto, la protección no aumenta el precio del artículo protegido. Si se impone un derecho de aduana a un producto y su precio no aumenta en consecuencia, ¿qué inferencia puede extraer?

296. ¿En qué circunstancias creía el Sr. Mill que los Estados nacientes podrían estar justificados al adoptar una política de protección? Critique su opinión y, si está de acuerdo con ella, dé algunos ejemplos de su aplicación.

297. Los proteccionistas estadounidenses alegan que los altos salarios vigentes en Estados Unidos les impiden competir con la mano de obra pobre de Europa. Examine los fundamentos de esta afirmación y considere hasta qué punto justifica la protección de la industria estadounidense.

298. Una tasa alta de salarios indica, no un costo alto, sino un costo bajo de producción para todos los bienes medidos en los cuales la tasa de salarios es alta.

Explique y pruebe esta proposición e ilustrela con las circunstancias de los Estados Unidos.

299. Indique bajo qué limitaciones es correcta la proposición de que las ganancias varían inversamente con los salarios. Explique las circunstancias que hacen que prevalezcan tasas de salarios y ganancias más altas en un país joven, como Estados Unidos, que en Inglaterra.

300. En Estados Unidos los salarios son mucho más altos que en Inglaterra, pero [pág. 658]La tasa general de ganancias también es mayor, según el Sr. Mill. ¿Cómo concilia ambos hechos?

301. Examine lo siguiente:

Me parece que la protección es absolutamente esencial para fomentar el capital, e igualmente necesaria para la protección del trabajador estadounidense... Debe tener buena alimentación en cantidad suficiente, buena ropa, escuelas para sus hijos, comodidades en su hogar y una oportunidad justa para mejorar su situación. Para ello, lo protegería de la competencia con los trabajadores a medio pagar de los países europeos. — Congressional Globe .

302. Un periódico estadounidense dijo sobre el incendio de Chicago: «El dinero para reponer lo quemado no se enviará al extranjero para enriquecer a los fabricantes extranjeros; pero, gracias a la sabia política de protección que ha fortalecido las industrias estadounidenses, estimulará nuestras propias manufacturas, acelerará el funcionamiento de nuestras fábricas y dará empleo a miles de trabajadores desocupados». Comente este pasaje.

303. ¿Sobre quién recae un impuesto a las importaciones, si no es prohibitivo?

304. ¿En qué casos los derechos sobre los productos importados recaerían sobre los productores?

305. ¿Los impuestos a las importaciones son de alguna manera pagados por los extranjeros?

306. Analice los efectos de los aranceles sobre las exportaciones.

307. Describir los efectos de los derechos sobre la importación de materias primas y distinguir, con ejemplos, entre los derechos que violan y los que no violan el principio de libre comercio.

308. ¿Es posible que un país, mediante leyes, absorba una mayor proporción de las ventajas del comercio exterior de la que obtendría naturalmente? Analice la cuestión en detalle.

309. Por lo tanto, tienen razón quienes sostienen que los impuestos sobre las importaciones son pagados parcialmente por extranjeros; pero se equivocan cuando afirman que lo es el productor extranjero. No es a quien le compramos, sino a todos los que nos compran, a quienes recae espontáneamente una parte de nuestros derechos aduaneros. Explique y examine las razones de esta conclusión.

310. Enuncie el principio que determina la relación entre el monto de las importaciones de un país y el de sus exportaciones, y muestre cómo esta relación se ve afectada por un sistema de derechos protectores.

 

EL FIN.

[pág. 659]


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CIENCIA.

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Manual de Fisiología de Coming. Con 24 láminas y numerosos grabados en madera. 12 meses. 324 páginas.

Manual de Youmans sobre Ciencia Doméstica. Una explicación popular del calor, la luz, el aire, los alimentos y la limpieza, en sus principios científicos y aplicaciones domésticas. Con numerosos diagramas ilustrativos. 12 meses. 470 páginas.

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Manual de ciencias. Editado por los profesores Huxley , Roscoe y Balfour Stewart .

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Física: Balfour Stewart .

Geografía física: A. Geikie .

Geología: A. Geikie .

Fisiología: M. Foster .

Astronomía: JN Lockyer .

Botánica: JD Hooker .

Lógica: WS Jevons .

Geometría inventiva: WG Spencer .

Piano: Franklin Taylor .

Economía política: WS Jevons .

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[pág. 660]

FÍSICA.

Filosofía Natural de Quackenbos. Una mirada a los descubrimientos más recientes en las diversas ramas de la física. 12 meses. 455 páginas.

La edición revisada de este libro de texto estándar sigue siendo una de las favoritas en las escuelas. Sus numerosas ilustraciones (338) y descripciones completas de experimentos la adaptan especialmente para su uso en instituciones con poco o ningún aparato, y destaca especialmente por mostrar la aplicación de los principios científicos en la vida cotidiana.

Filosofía Natural de Ganot. Para escuelas y público en general. Traducido y editado por E. Atkinson , Ph.D., FCS. Edición revisada. 12 meses. Profusamente ilustrado. 575 páginas.

Elementos de Física de Arnott ; o Filosofía Natural. Séptima edición, editado por Alexander Bain , Doctor en Derecho, y Alfred Swaine Taylor , Doctor en Medicina, FRS. 873 páginas.

Tratado elemental de filosofía natural. Por A. Privat Deschanel , exprofesor de física en el Liceo Louis-le-Grand, inspector de la Academia de París. Traducido y editado, con ampliaciones, por J. D. Everett, profesor de filosofía natural en el Queen's College de Belfast. En cuatro partes. 12 meses. Tela flexible. Parte I. Mecánica, hidrostática y neumática. Parte II. Calor. Parte III. Electricidad y magnetismo. Parte IV. Sonido y luz. Completo en un solo volumen, 8vo. 1156 páginas. Ilustrado con 783 finos grabados sobre madera y tres láminas a color.

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Sonido: Una serie de experimentos sencillos, entretenidos y económicos sobre los fenómenos del sonido, para estudiantes de todas las edades. Por Alfred M. Mayer . 12 meses. 178 páginas.

D. APPLETON & CO., Editores,

NUEVA YORK, BOSTON, CHICAGO, SAN FRANCISCO.

[pág. 661]


Gráficos.

Gráfico XII. Fluctuaciones del precio del oro, del 1 de enero de 1862 a diciembre de 1865.

[pág. 662]

Gráfico XVIII. Representación gráfica de las áreas comparativas de los estados y territorios de Estados Unidos y los países de Europa, omitiendo Rusia y Alaska.

[pág. 663]

Gráfico XIX. Cifras reales, compiladas por Edward Atkinson a partir de las cuentas de dos fábricas de algodón de Nueva Inglaterra, sobre salarios, coste de la mano de obra, etc., de 1830 a 1884, que trabajaban con hilo Standard Sheetings n.° 14.

[pág. 664]

Cuadro XX. Comparación de 1840 con 1883-1884, de las relaciones de trabajo y capital en las mismas fábricas.

[pág. 665]

Gráfico XXI Parte 1.

[pág. 666]

Gráfico XXI Parte 2.

[pág. 667]

Gráfico XXII. Capital pendiente de la deuda pública de 1791 a 1881.


Notas al pie

1.

Sin embargo, Blanqui dedica difusamente casi la mitad de su «Historia de la Economía Política» al período anterior al siglo XVI, cuando aún no se reconocían las leyes político-económicas. A. L. Perry, «Economía Política» (decimoctava edición, 1883), también dedica treinta y cinco de sus ochenta y siete páginas al período en el que no existía un estudio sistemático de la economía política.

2.

Jenofonte, “Medios para aumentar los ingresos del Ática”, cap. ix; véase también su “Economía”; y Aristóteles, “Política”, b. i, cap. vi, b. iii, cap. i.

3.

“República”, b. ii.

4.

Roscher exhumó este libro, titulado “De Origine, Natura, Jure et Mutationibus Monetarum”, y fue reimpreso en 1864 por Wolowski en París, junto con el tratado de Copérnico, “De Monetae Cudendae Ratione”.

5.

Sermón en la Cruz de San Pablo, 1549 (véase también Jacob, “Sobre los metales preciosos”, págs. 244, 245).

6.

1530-1596. Ver II. “J. Bodin et son temps” de Baudrillart (París, 1853). Bodin escribió “Réponse aux paradoxes de M. de Malestroit touchant l'enchérissement de toutes les choses et des monnaies” (1568) y “Discours sur le rehaussement et la diminution des monnaies” (1578).

7.

“Un breve concepto de política inglesa” (1581). El libro se publicó con las iniciales “WS” y durante mucho tiempo se consideró obra de Shakespeare.

8.

Para obtener información sobre este y un período posterior, consulte Jacob, "Sobre los metales preciosos" (1832), una historia de la producción y la influencia del oro y la plata desde los tiempos más remotos. Se le considera una autoridad de primer orden. El "Ensayo sobre la Nueva España" de Humboldt ofrece estimaciones y datos sobre la producción de metales preciosos en América. Levasseur realizó un excelente estudio en su "Historia de las clases trabajadoras en Francia hasta la Revolución". Para el pauperismo y su historia, se puede consultar, por supuesto, la "Historia de las Leyes de Pobres" de Nicholl .

9.

Véase Cossa, “Guía”, pág. 119.

10.

Véase Antonio Serra, “Breve Trattato delle Cause che possono fare abbondare li Regni d'Oro e d'Argento”, Nápoles, 1613.

11.

Thomas Mun, “El tesoro de Inglaterra mediante el comercio exterior” (publicado en 1640 y 1664); “Consejos del Consejo de Comercio” (1660), en “Select Tracts on Money” de Lord Overstone ; Sir William Petty, “Aritmética política”, etc. (alrededor de 1680); Sir Josiah Child, “Nuevo discurso sobre el comercio” (1690); Sir Dudley North, “Discurso sobre el comercio” (1691); Obras de Davenant (1690-1711); Joshua Gee, “Comercio y navegación de Gran Bretaña” (1730); Sir Matthew Decker (según McCulloch, William Richardson), “Ensayo sobre las causas de la decadencia del comercio exterior” (1744); Sir James Steuart, “Una investigación sobre los principios de la economía política” (1767). Para este período, consulte también “Historia del comercio” de Anderson (1764), “Anales del comercio” de Macpherson (1803) y “Observaciones sobre el comercio de los estados americanos” de Lord Sheffield (1783).

12.

La Ley de Navegación Inglesa de 1651 suele describirse como la causa del declive de la navegación holandesa. Los impuestos impuestos por sus guerras son más bien la causa, como nos lo demuestra la historia. Sir Josiah Child (1668 y 1690) habla de una grave depresión del comercio inglés y afirma que el bajo tipo de interés entre los holandeses perjudica el comercio inglés. Esto no demuestra que las leyes favorecieran significativamente la navegación inglesa. Además, Gee, un firme defensor de la teoría mercantil, afirma en 1730 que el comercio marítimo estaba languideciendo. Sir Matthew Decker (1744) confirma las impresiones de Gee. Parece muy probable que la supremacía comercial de Inglaterra se adquiriera por causas internas y a pesar de sus leyes de navegación. El autor anónimo de “Britannia Languens” confirma esta opinión.

13.

Ésta fue, en esencia, toda la enseñanza de uno de los escritores más destacados e inteligentes, Sir James Steuart (1767), “Principios de economía política”. Véase también “Carey's Socialwissenschaft und das Merkantilsystem” (1866) de Held , que sitúa a Carey entre los mercantilistas.

14.

Forbonnais, “Récherches sur les Finances de la France” (1595-1721); Pierre Clément, “Histoire de Colbert et de son administración” (1874); “Cartas, instrucciones y memorias de Colbert” (1861-1870); “Historia del sistema protector en Francia” (1854); Martin, “Histoire de France”, tomo xiii.

15.

“Dólar real” (1707).

dieciséis.

“Factum de la Francia” (1707).

17.

Cuando Quesnay tenía sesenta y un años, escribió el artículo "Fermiers" en la "Encyclopædia" (de Diderot y D'Alembert) en 1756; artículo “Granos”, en el mismo, 1757; “Tableau económico”, 1758; “Máximas generales del gobierno económico de un rey” ; “Problema económico” ; “Diálogos sobre el comercio y sobre los trabajos de los artesanos” ; “Derecho natural” (1768). La “Collection des principaux économistes”, editada por E. Daire (1846), es una colección que contiene las obras de Quesnay, Turgot y Dupont de Nemours. Véase también Lavergne, “Les économistes françaises du 18 e siècle” (1870); y H. Martin, “Historia de Francia”. El “Tableau économique” de Quesnay era el Corán de la escuela.

18.

De χράτησις τῆς φύσεως, como indicación de reverencia por las leyes naturales.

19.

Las palabras no fueron inventadas por Quesnay, sino que formaban la frase que un comerciante, Legendre, usaba para dirigirse a Colbert; aunque posteriormente se atribuyó, como Perry, «Economía Política» (p. 46) y Cossa (p. 150), a uno de los economistas, Gournay. (Véase Wolowski, en su ensayo prefijado a «Economía Política de Roscher», p. 36, traducción americana).

20.

El margrave Karl Friedrich fue el autor de “Abrégé des principes de l'économie politique” (1775) y aplicó el sistema fisiocrático de impuestos a dos de sus pueblos con resultados desastrosos.

21.

Publicó una primera obra sobre “Población” (1756); la “Teoría del impuesto” (1760); y “Filosofía rural” (1763). En esta última obra, Mirabeau adoptó el “Tableau économique” como clave del tema y lo clasificó junto con el descubrimiento de la imprenta y del dinero.

22.

En 1742, Turgot, con apenas veinte años, se presentó como un escritor sólido sobre el papel moneda en cartas al abad Cicé. Las doctrinas fisiocráticas se presentaron de forma más inteligible en su obra más extensa, «Reflexiones sobre la formación y la distribución de las riquezas» (1766). Tres obras de Turgot, sobre la propiedad minera, el interés del dinero y la libertad en el comercio de cereales, gozan de gran prestigio. Para obras que tratan sobre Turgot, véase Batbie, «Turgot, filósofo, económico y administrador» (1861); Mastier, «Turgot, su vida y su doctrina» (1861); Tissot, «Turgot, su vida, su administración y sus obras» (1862).

23.

Fue editor de las obras de Quesnay y Turgot, y escribió una "Mémoire de Turgot" (1817). Se opuso a la emisión de asignaciones durante la Revolución Francesa y, tras caer en desgracia, escapó por poco del cadalso. Tras haber sido corresponsal de Jefferson, cuando Napoleón regresó de Elba, llegó a Estados Unidos y se estableció en Delaware, donde falleció en 1817. La conexión entre los economistas y los redactores de nuestra Constitución es interesante, ya que explica algunas peculiaridades introducidas en nuestro sistema tributario en dicho documento. Los únicos impuestos directos reconocidos por la Corte Suprema bajo nuestra Constitución son el impuesto de capitación y el impuesto territorial; y es en este sentido que se cuestiona la constitucionalidad del impuesto sobre la renta (un impuesto directo).

24.

Uno de los primeros es el de Roger Coke (1675), en el que aboga por el libre comercio y ataca las leyes de navegación. El “Discurso sobre el Comercio” de Sir Dudley North (1691) argumenta que el mundo entero, en lo que respecta al comercio, es un solo pueblo y explica que el dinero es solo una mercancía.

25.

Joseph Harris, funcionario de la Casa de la Moneda de Londres, publicó una exposición muy clara de este tema en su “Ensayo sobre el dinero y las monedas” (1757); pero, ochenta años antes, Rice Vaughan había dado una declaración satisfactoria en su “Tratado del dinero”.

26.

“Contemporary Review”, enero de 1881, “Richard Cantillon”. Adam Smith había citado a Cantillon en su análisis de los salarios laborales, libro I, cap. VIII, y evidentemente conocía su libro.

27.

Nacido en 1723 y fallecido en 1790, era once años menor que Hume. Profesor de Lógica (1751) y Filosofía Moral (1752) en Glasgow, publicó un tratado de filosofía ética titulado «Teoría de los Sentimientos Morales» (1739). Dugald Stewart es la autoridad en cuanto a la vida de Smith, habiendo recibido información de un contemporáneo suyo, el profesor Miller (véase la edición de Playfair de las obras de Smith); pues Adam Smith destruyó todos sus propios documentos en su última enfermedad. Sus conferencias sobre economía política en Glasgow esbozaron los resultados tal como aparecieron en «La Riqueza de las Naciones» ; no fue hasta 1764 que renunció a su cátedra y pasó dos años en el continente (doce meses de ellos en Francia). A su regreso a casa, se encerró durante diez años en el estudio tranquilo y publicó “La riqueza de las naciones” en 1776. (Véase también la introducción de McCulloch a su edición de “La riqueza de las naciones” y “Estudios económicos” de Bagehot, iii.)

28.

Una mirada al tratado de Sir James Steuart (1767) sobre “La riqueza de las naciones” muestra las grandes cualidades de Adam Smith; el primero era una serie de ensayos separados, aunque de amplio alcance, pero ciertamente sin ningún plan consistente.

29.

a .) Entró en una vaga discusión sobre el trabajo como medida de valor. ( b .) Una tasa legal de interés recibió su apoyo, y su argumento fue refutado eficazmente por Bentham ( “Defensa de la usura” ). ( c .) Aunque no estaba de acuerdo con la escuela francesa en que la agricultura es la única industria que produce más de lo que consume, y por lo tanto la tierra paga renta, sin embargo, piensa que produce más en proporción al trabajo que otras industrias; que las manufacturas vinieron después; y la exportación y el comercio después de ellas. Este error, sin embargo, no modificó sus conclusiones más importantes. Thorold Rogers e incluso Chevalier, sin embargo, afirman que Adam Smith se inspiró en la escuela francesa. ( d .) En la discusión de la renta, no logró llevar sus ideas a un fin legítimo y no llegó a la verdadera doctrina. Si bien insinuó la conexión correcta entre precio y renta, aún creía que la renta formaba parte del precio. Del principio fundamental de la doctrina de la renta, la ley de los rendimientos decrecientes, no tenía un conocimiento completo, pero se aproximó bastante. Señala que en las colonias, cuando la tierra fértil ha sido ocupada en su totalidad, las ganancias disminuyen. ( e .) Al afirmar que todo animal se multiplica naturalmente en proporción a los medios de subsistencia y está limitado por ellos, Adam Smith pasó por alto la ley de población de Malthus. De hecho, Cantillon se acercó bastante.

El Libro III de su «Riqueza de las Naciones» se centra en la política europea de fomento del comercio a expensas de la agricultura, y tiene menos interés para nosotros. El Libro V trata los ingresos del soberano, y gran parte de este tema está obsoleto; pero su análisis de los impuestos sigue siendo de suma importancia.

30.

Entre los liberales ingleses cautivados por la Revolución Francesa y por teorías como las de Condorcet, se encontraba William Godwin, autor de "Justicia Política" (1793) y del "Inquirer" (1797), quien abogó por la abolición del gobierno e incluso del matrimonio, ya que la práctica universal de la regla de oro alargaría la vida. Malthus afirma que su estudio surgió como respuesta a las doctrinas del "Inquirer", y aplicó sus principios a las ideas de Condorcet y Godwin. Fue una época en la que el pauperismo exigía la atención de todos. Malthus favoreció la derogación de las antiguas leyes de pobres, por considerar que destruían la independencia de carácter entre los pobres.

Malthus también escribió “Principios de Economía Política” (1821) y “Definiciones de Economía Política” (1827), pero el primero no contribuyó a su reputación. Creía en la imposición de impuestos al grano importado y cedió en su adhesión a la doctrina de la sobreproducción. Pero, por otro lado, fue uno de los varios escritores que, casi al mismo tiempo, descubrieron la verdadera teoría de la renta. Su padre era amigo de Godwin y corresponsal de Rousseau. (Véase Bagehot, “Estudios Económicos”, pág. 135).

31.

Véase Cairnes, “Método Lógico”, Lección VII, para la mejor exposición moderna de la cuestión. También, Roscher, “Principios de Economía Política”, lib. v., cuyas notas extensas proporcionan información sobre hechos y libros. H. Carey, “Ciencias Sociales” (edición de 1877), iii, págs. 263-312, se opone a la doctrina, al igual que Bowen, “Economía Política Americana” (1870), cap. viii, y Henry George, “Progreso y Pobreza” (1880), págs. 81-134.

32.

J. Anderson, “Investigación sobre la naturaleza de las leyes del maíz” (1777), “Recreación agrícola”, vol. V, pág. 401 (1801); Sir Edward West, “Ensayo sobre la aplicación del capital a la tierra” (1815); Rev. TR Malthus, “Investigación sobre la naturaleza y el progreso de la renta” (1815). Los dos últimos aparecieron después de que los descubrimientos de Anderson cayeran en el olvido, pero a él se le atribuye el honor de ser el primero.

33.

Nacido en 1772 de padres judíos, Ricardo falleció en 1824. Siendo un rico banquero que amasó una fortuna en la Bolsa, se retiró tempranamente de los negocios. Los debates sobre la Ley de Restricción y las leyes de cereales lo llevaron a investigar las leyes que regían los temas del dinero y la renta. Se hizo conocido inicialmente por sus "Cartas sobre el alto precio del oro en lingotes" (1810). A la "Respuesta al Sr. Bosanquet" (1811) y a la "Investigación sobre la renta" (1815), le siguieron su obra más importante, "Principios de economía política e impuestos" (1817). Ingresó en la Cámara de los Comunes desde Portarlington, un pequeño municipio de Irlanda, y ejerció influencia en los debates sobre la reanudación de las operaciones. Aunque no formó parte del comité, sus opiniones sobre el papel depreciado están prácticamente plasmadas en el famoso "Informe sobre el Oro en lingotes" (1810). Tooke, en su "Historia de los precios", afirma que los resultados de la restricción no se conocieron hasta la época de las contribuciones de Ricardo. Ni Mill ni Say han tenido una influencia tan grande como la que obtuvo Ricardo a través de las páginas de su “Economía Política”.

34.

Johann Heinrich von Thünen, un rico terrateniente de Mecklemburgo, en su obra "Der isolirte Staat in Beziehung auf Landwirthschaft und National-Oekonomie" (1826), trabajó completamente solo, pero alcanzó prácticamente la misma ley de renta que la de Ricardo. Al difundir las doctrinas de Adam Smith, influyó en escritores alemanes posteriores.

35.

El primer reconocimiento distintivo de esta importante ley física, según McCulloch (Introducción a “La riqueza de las naciones”, lv), fue en una obra fantasiosa de dos volúmenes, titulada “Principes de tout gouvernement”, publicada en 1766: “Quand les cultivateurs, devenus nombreux, auront défriché toutes les bonnes terres; par leur augmentation sucesive, et par la continuité du défrichement, il se trouvera un point ou il sera plus avantageux à un nouveau colon de prendre à ferme des terres fécondes, que d'en défricher de nouvelles beaucoup moins bonnes” (I, p. 126). Sin embargo, el autor desconocía la importancia de su descubrimiento.

36.

Carey, “Social Science” (I, cap. iv, v), y Bowen, “American Political Economy” (cap. ix), han negado la doctrina de la renta de Ricardo. La supuesta conexión entre el libre comercio y las enseñanzas de Ricardo sobre la renta ha predispuesto a los proteccionistas en su contra. El libre comercio se deriva de la teoría del comercio internacional y no tiene nada que ver con las principales doctrinas de Ricardo. Es cierto que Ricardo era un firme defensor del libre comercio. De las opiniones opuestas sobre la renta, el argumento de Carey es el más importante.

37.

Say atrajo considerable atención por su teoría de los excedentes. Basó su idea del valor completamente en la utilidad , que recientemente ha sido retomada por el profesor Jevons. Ricardo respondió a Say sobre este punto en una edición posterior de su «Economía Política». Véase Cairnes, «Principios Clave», pág. 17. Como defensor del libre comercio y opositor a la interferencia gubernamental, fue más allá que su maestro, Adam Smith. A Napoleón no le gustó esta parte de la enseñanza de Say, argumentando que destruiría un imperio de adamant, e intentó inducirlo a modificar su postura, pero fue en vano. La segunda edición no se publicó hasta 1815.

38.

Educado en Bolonia, se trasladó a Ginebra en 1816 y fue llamado (1833) por el gobierno francés para suceder a Say en el Colegio de Francia. En 1845 fue enviado como ministro a Roma, donde lideró el movimiento revolucionario y fue asesinado en 1848. Sus conferencias fueron taquigrafiadas por uno de sus discípulos, Porée, y posteriormente publicadas.

39.

Malthus, quien sostenía que el consumo improductivo de los ricos era deseable para los pobres, apoyó a Sismondi. Esta última fue contestada por Say y McCulloch ( «Edinburgh Review», marzo de 1821), a la que Sismondi replicó en su segunda edición, en 1827, y luego se retiró del debate económico.

40.

Originario de Riga y educado en Alemania, Storch recibió del zar Alejandro la tarea de instruir a sus hijos, los grandes duques Nicolás y Miguel, y su tratado es la recopilación de sus conferencias. Con escasos conocimientos de Malthus o Ricardo, se aproximó a la doctrina de la renta. Su implacable denuncia de la corrupción administrativa rusa provocó que el gobierno prohibiera la publicación de la traducción rusa.

41.

Español Cossa, “Guide” (p. 173), señala a Sartorius, Lüder, Kraus y Schlözer como maestros de Adam Smith, en Alemania, seguidos más tarde por G. Hufeland, JFE Lotz y LH von Jakob; el conde Hogendorp y Gogel, en Holanda; el conde Szecheny, en Hungría, y (pp. 211-213) a Cagnazzi, Bosellini, Ressi, Sanfilippo y Scuderi (los dos últimos proteccionistas), en Italia. Fuoco (1825-1827), en Italia, vio por primera vez el valor de la teoría de la renta de Ricardo, mientras que Gioja se opuso a Adam Smith y Say. Pero KH Rau (fallecido en 1870), en su “Lehrbuch der politischen Oekonomie” (1826, quinta edición 1864), tuvo la influencia más extensa en Alemania al exponer el sistema de Adam Smith, con las mejoras adecuadas. Otro escritor importante de esta escuela fue FBW von Hermann, “Staatswirthschaftliche Untersuchungen” (1832).

42.

De 1810 a 1840, la economía política fue un tema de estudio predilecto en Inglaterra, y muchos escritores merecen mención. Entre ellos, destacan Huskisson, un gran financiero; Thomas Tooke (1773-1858), quien inició su inigualable "Historia de los precios" (1823); Lord Overstone (Samuel Jones Loyd), "Tracts and other Publications on Metallic and Paper Currency" (1858); Robert Torrens (1784-1864), "Essay on the Production of Wealth" (1821); el arzobispo Whately, "Introductory Lectures" (1831) y "Easy Lessons on Money Matters" (1831); Cobden y Sir Robert Peel; N. W. Senior (1790-1864), profesor de Economía Política en Oxford, publicó un artículo sobre «Economía Política» (1836) en la «Encyclopædia Metropolitana» y «Lecturas sobre el Costo de Obtener Dinero» (1830). Senior demostró una gran capacidad para analizar el costo de producción y supera con creces a McCulloch en cuanto a capacidad real. JR. McCulloch (1789-1864), quien precedió a Mill, escribió un buen pero árido libro de texto: «Principios de Economía Política» (1825), «Tratado sobre los Principios, la Práctica y la Historia del Comercio» (1833), un excelente «Diccionario de Comercio» (última edición ampliada, 1882) y «Literatura de Economía Política» (1845). Editó las obras de Ricardo, incluyendo una biografía, y publicó una “Colección Selecta de Tratados Escasos y Valiosos sobre el Dinero” (1856), “Un Tratado sobre los Principios y la Influencia Práctica de los Impuestos y el Sistema de Financiación” (1845). No aportó nada prácticamente nuevo al estudio. La señorita Harriet Martineau (1802-1876) escribió algunas historias admirables, aunque algo extensas, que ilustraban los diversos principios de la economía política, tituladas “Ilustraciones de Economía Política” (1859). Este período en Inglaterra estuvo marcado por la abolición de las Leyes del Maíz (1846) y las Leyes de Navegación (1849), la aprobación de la Ley Bancaria (que separó la emisión del departamento bancario, 1844) y el abandono general de los derechos de protección. Cf. Noble, “Legislación Fiscal, 1842-1865” (1867).

43.

Nacido en 1806, murió en 1873. Para su extraordinaria educación, véase su “Autobiografía”. Cuando tenía trece años, comenzó el estudio de la economía política a través de conferencias de su padre mientras caminaba; luego (1819) leyó a Ricardo y Adam Smith, y a los catorce viajó a Francia, donde vivió durante un tiempo con JB Say. Ingresó en la Oficina de las Indias Orientales a los diecisiete años, se ocupó finalmente de llevar la correspondencia para los directores, donde permaneció hasta 1858. Cuando tenía unos veinte años, Mill se reunía dos veces por semana en Threadneedle Street, de 8:30 a 10 a. m. , con un club de economía política, compuesto por Grote, Roebuck, Ellis, Graham y Prescott, donde discutían los libros de James Mill y Ricardo, y también las “Disertaciones sobre el valor” de Bailey . En estas discusiones, principalmente con Graham, Mill elaboró su teoría de los valores internacionales. En 1865, ingresó al Parlamento por Westminster y durante tres años tuvo una carrera singular, característica e independiente, pero sin influencia. Su adhesión a dos reformas radicales, el sufragio femenino y los cambios en la tenencia de la tierra, le hicieron perder influencia considerable.

44.

Escribió la «Historia de la India» (1773-1836) (1817-1819) y «Elementos de economía política» (1821). Mantuvo una estrecha relación con Ricardo, Bentham, Austin y Zachary Macaulay.

45.

En su argumento sobre las "industrias nacientes" y su declaración sobre las leyes de navegación (B. v, cap. x, §1), concedió un amplio margen al libre comercio; pero en una carta privada de 1866 (véase "Nation" de Nueva York, 29 de mayo de 1873), negó que pretendiera que el argumento de las "industrias nacientes" se aplicara a Estados Unidos. No consideraba a Nueva Inglaterra ni a Pensilvania como países jóvenes dentro de los límites de su interpretación. Véase también "Protection to Young Industries" de Taussig (1883).

46.

WT Thornton (1813-1880), en su volumen "Sobre el trabajo: sus reclamaciones injustificadas y sus derechos legítimos" (1869), atacó la postura de Mill sobre la oferta y la demanda, así como sobre los salarios, por lo que Mill, en consecuencia, abandonó su doctrina salarial, en la "Fortnightly Review" del 1 de mayo de 1869. Sin embargo, el Sr. Cairnes rescató la teoría del Fondo Salarial de Mill en sus "Principios rectores" (1874). Thornton también escribió "Sobrepoblación y su remedio" (1846) y un excelente libro, "Aboga por la propiedad campesina" (1848). Véase también "Siglo XIX", agosto de 1879, para una respuesta de Thornton al Sr. Cairnes sobre la cuestión salarial.

47.

James Eliot Cairnes nació en Drogheda en 1824; estudió en el Trinity College de Dublín, donde fue nombrado profesor Whately en 1856. Tras haber sido profesor de Economía Política en el Queen's College de Galway, abandonó Irlanda en 1866 para aceptar la cátedra de Economía Política en el University College de Londres. Ese mismo año, a causa de un ataque de reumatismo inflamatorio, sufrió una enfermedad dolorosa y progresiva que lo dejó físicamente indefenso y presagiaba una muerte segura en un futuro próximo. Los tres años previos a su muerte, mientras trabajaba con un dolor insoportable, fueron el período de su mayor actividad literaria. Recopiló sus «Ensayos sobre Economía Política, Teórica y Aplicada» (1873), en los que analizó con gran habilidad el efecto de los descubrimientos de oro; publicó sus «Principios Rectores» (1874) y una edición ampliada de su «Método Lógico» (segunda edición, 1875). La primera edición de este último libro fue el resultado de conferencias impartidas en Dublín alrededor de 1858. En sus primeros años, el interés que sentía por Estados Unidos lo llevó a un estudio riguroso y magistral de “El poder esclavista: su carácter, trayectoria y probables peligros” (1862); “La revolución en América” (1862). Posteriormente, escribió “Colonización y gobierno colonial” (1864) y “Sufragio negro” (1866). Finalmente, sucumbió a su enfermedad mortal y falleció prematuramente el 8 de julio de 1875. El profesor Fawcett escribió una breve reseña de su carácter personal en la “Fortnightly Review”, 1 de agosto de 1875, pág. 149.

48.

El profesor Jevons (1835-1882) estudió en el University College de Londres y trabajó entre 1854 y 1859 en la Real Casa de la Moneda de Australia, donde se interesó por la cuestión del oro. Escribió un estudio sobre “Una grave caída en el valor del oro constatada” (1863), que atrajo gran atención. Excelente metafísico y matemático, no dedicó todo su tiempo a la economía. En 1866 se convirtió en profesor de Lógica y Profesor Cobden de Economía Política en el Owens College de Manchester, aunque posteriormente fue profesor de Economía Política en el University College de Londres. En 1881 abandonó la docencia académica para dedicarse a la literatura. Investigó la permanencia del suministro de carbón inglés en “La cuestión del carbón” (segunda edición, 1866). “La teoría de la economía política” (1871) contiene su aplicación del método matemático y una bibliografía de intentos similares. “Los Ferrocarriles y el Estado” se encuentra en sus “Ensayos y Discursos” (1874). Preparó un libro elemental, “Manual de Economía Política” (segunda edición, 1878). Colaboró en revistas, especialmente en el “London Statistical Journal”. Sus últimos libros fueron “El Estado en Relación con el Trabajo” (1882), que aborda la cuestión de la interferencia estatal; y “Métodos de Reforma Social” (1883), que contiene un artículo sobre las sociedades industriales. También planteó la teoría de que la presencia de manchas solares afectaba negativamente a la agricultura y que, al presentarse con cierta regularidad, producía una constante sucesión de crisis comerciales. (Véase “Nature”, XIX, 33, 588). A la temprana edad de cuarenta y siete años, lamentablemente se ahogó mientras se bañaba cerca de Bexhill, Inglaterra (1882).

49.

Al igual que Cairnes, Thomas Edward Cliffe Leslie era originario de Irlanda y estudió en el Trinity College de Dublín. Ingresó en la abogacía, pero abandonó el derecho cuando le ofrecieron la cátedra de Economía Política en el Queen's College de Belfast. Además de su análisis de la tenencia de la tierra, publicó "Filosofía política y moral" (1874). Sufrió de mala salud durante mucho tiempo y falleció el 28 de enero de 1882. Su volumen "Sistemas de la tierra" está actualmente agotado (1884) y escasea. También se dedicó a la reforma financiera.

50.

Véase pág. 33 .

51.

Nacido en 1826, fallecido en 1877. Se familiarizó tempranamente con la banca gracias a la Stuckey Banking Company, en Somersetshire; estudió en el University College de Londres. En 1858 se casó con la hija de James Wilson, editor del periódico londinense "Economist", a quien sucedió. Fue un estudioso de la política excepcional, como lo demuestran sus obras "English Constitution" (segunda edición, 1872), "Physics and Politics" (1872) y "Literary Studies" (segunda edición, 1879). También escribió "Depreciation of Silver" (1877).

52.

Fundada en 1848, es sin duda la publicación económica más útil para las cuestiones inglesas.

53.

Nació en 1833. Perdió la vista por un disparo accidental en 1858, pero fue elegido profesor de Economía Política en Cambridge en 1863. Su "Manual" y la "Situación económica del trabajador británico" (1865) le dieron prestigio; en 1865 ingresó al Parlamento y, desde 1880, ha sido Director General de Correos en la administración del Sr. Gladstone. Ha publicado "Pauperismo, sus causas y remedios" (1871), "Discursos" (1878) y "Libre comercio y protección" (1878). Su esposa (nacida en 1847), Millicent Garret Fawcett, redujo su "Manual" a "Economía política para principiantes" (1869) y también escribió "Cuentos de economía política" (1874). Falleció el 13 de noviembre de 1884.

54.

También publicó “Economía Social” (1872); un breve “Manual de Economía Política” (tercera edición, 1878); y una obra de gran envergadura, “Seis Siglos de Trabajo y Salarios: Historia del Trabajo Inglés”, 1250-1883 (1884). Editó “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith y escribió “Cobden y la Opinión Política Moderna” (1873) y “La Cuestión Colonial”, en los Ensayos del Club Cobden (1872).

55.

Entre otros libros, cabe mencionar los admirables “Theory of Foreign Exchanges” (octava edición, 1875) de G. J. Goschen; “Reports and Speeches on Local Taxation” (1872); “Work and Wages” (tercera edición, 1883) de T. Brassey ; “Bullion and the Foreign Exchanges” (1868) de E. Seyd; “Dictionary of Political Economy” (solo un vol., AC, 1863, publicado) de HD McLeod, un escritor excéntrico ; y “Theory and Practice of Banking” (segunda edición, 1875-1876) de H. Sidgwick; “Principles of Political Economy” (1883); “Landed Interest” (cuarta edición, 1880) de J. Caird; y “History of British Commerce” (1872) de L. Levi .

56.

Frédéric Bastiat (1801-1850) comenzó su carrera en una casa comercial en Bayona, pero se hizo conocido inicialmente por un artículo, "De l'influence des tarifs français et anglais sur l'avenir des deux peuples", publicado en el "Journal des Économistes" de 1844, y, en consecuencia, tuvo un breve período de actividad literaria. La agitación por las leyes del grano en Inglaterra y el movimiento revolucionario de 1848 lo llevaron a escribir principalmente contra el proteccionismo y el socialismo. Tradujo los discursos de Cobden, "Cobden et la Ligue" (1845). Sus argumentos contra el proteccionismo, "Sophismes économiques" (1846-1847), se han traducido y publicado en este país; pero la exposición más extensa de su doctrina sobre la disminución del valor con el desarrollo de la civilización y la armonía de todos los intereses se encuentra en "Harmonies économiques" (1850). En este sentido, su posición no es muy diferente de la de Carey. Sus otros libros fueron “Capital et renta” (1849), dirigido contra los préstamos gratuitos; “Protectionisme et communisme” (1849), que muestra que la protección es el comunismo para los ricos; “Propriété et loi” (1848), dirigida contra el socialismo; y “Essais sur l'économie politique” (1853); “Le Libre-échange” (1855). “Œuvres complètes”, 7 tom. (1855-1864).

57.

Carey, sin embargo, afirmó, con probable razón, que Bastiat tomó prestada la idea de él, y Bastiat no salió bien parado en la controversia. Casi nadie ha seguido la teoría del escritor francés, excepto el profesor A. L. Perry, del Williams College de Massachusetts, quien ha basado su argumento general en esta visión del valor. Véase también Cairnes, «Ensayos sobre Economía Política», pág. 312.

58.

Chevalier (1806-1879) llamó la atención por primera vez con un experimento sansimonista entre 1830 y 1833. Tras viajar por Estados Unidos y escribir excelentes libros sobre el país y sus ferrocarriles, se convirtió en profesor del Collége de France, donde sus conferencias se recopilaron en un "Cours d'économie politique" (1842-1850; segunda edición, 1855-1866). Su tercer volumen, "La Monnaie", es un tratado de referencia sobre el dinero, con una extensa bibliografía. Su tratado "Examen du système commerciale connu sous le nom de système protecteur" (1851) está algo desactualizado. En su libro “De la Baisse, probable de l'or” (1859), traducido por Richard Cobden, sostuvo que, a menos que se impidiera, el oro desplazaría a la moneda francesa, a diferencia de Faucher, quien consideraba que la caída sería temporal y disminuiría progresivamente. Otros libros son “De l'industrie manufacturière en France” y “La liberté du travail” (1848).

59.

Émile Levasseur (nacido en 1828) fue profesor en Alençon, 1852-1854, y elegido miembro de la Academia de Ciencias en 1868. Ha publicado “Récherches historiques sur le système de Law” (1854); “La cuestión del oro” (1858); “Histoire desclasses ouvrières en France después de la conquista de Jules César jusqu'à la révolution” (1859); la misma historia continuó, “Depuis 1789 jusqu'à nos jours” (1867); “La Francia industrial” (1865); “Cours d'économie rurale, la France et ses colonies” (1868); “Précis d'économie politique” (cuarta edición, 1883).

60.

Nacido en Berlín en 1816, pero desde 1821 residente en Francia. Estuvo relacionado durante mucho tiempo con la Oficina de Estadística General y el Ministerio de Agricultura y Comercio, pero en 1861 dejó el cargo y se dedicó por completo al trabajo privado. En este año recibió el premio Montyon de estadística, que no se concedía desde 1857. Sus principales libros son: “Des charge de l'agriculture dans les divers pays de l'Europe” (1850), obra coronada por el Instituto; “Statistique de la France, comparada con los diversos estados de Europa” (1860); “Le dictionnaire de l'administration française” (segunda edición, 1878); “Les Finances de la France depuis 1815” (1863); “Los teóricos del socialismo en Alemania” (1872); y en relación con M. Guillaumin, “L'annuaire de l'économie politique”, desde 1856.

61.

Jérôme-Adolphe Blanqui ainé (1798-1854) sucedió en 1833 a la cátedra de JB Say en el Conservatorio de Artes y Oficios y fue uno de los fundadores del “Journal des économistes”. Además de su “Histoire de l'économie politique en l'Europe” (1837-1852), publicó un “Résumé de l'histoire du commerce et de l'industrie” (1826); “Précis élémentaire d'économie politique” (1826); “Rapports, histoire de l'exposition des produits de l'industrie française en 1827” (1827); “Cours d'economie politique” (2 vols., 1837-1838) y notas de Huskisson y JB Say.

62.

Louis Wolowski (1810-1876), de origen polaco, fue el principal antagonista de Chevalier y profesor de Legislación en el Conservatoire des Arts et Métiers (1839); Fundó el primer Crédit Foncier de París y fue elegido miembro del Instituto en lugar de Blanqui. En 1875 fue elegido senador. Fue un escritor fértil: “Mobilisation du Crédit Foncier” (1839); “De la organización del trabajo” (1846); “Études de l'économie politique et de statistique” (1848); “Enrique IV, economista, introducción de la industria de la soja en Francia” (1855); “Introducción de la economía política en Italia” (1859); “Las finanzas de la Rusia” (1864); “La cuestión de los bancos” (1864); su testimonio en la “Enquête sur les principes et les faits généraux qui régissent la circulation monétaire et fiduciaire” (1866); “La banca de Angleterre y las bancas de Écosse” (1867); “La libertad comercial y los resultados del tratado de comercio de 1860” (1868); “L'or et l'argent” (1870); “El cambio y la circulación” ; y una traducción de Roscher.

63.

Hippolyte-Philibert Passy (1793-1880) se formó en el ejército y sirvió en Waterloo. Destacó más como estadista que como economista. En 1838 ingresó en la Academia en sustitución de Talleyrand, pero la política lo dejó desocupado, y escribió «Los sistemas de cultura y su influencia en la economía social» (1846) y «Las causas de la desigualdad de las riquezas» (1849).

64.

El señor Léonce de Lavergne (1809-1880) llegó de Toulouse a París en 1840, fue elegido diputado en 1846, miembro del Instituto en 1855 y profesor del Instituto Agronómico de Versalles. También fue autor de “L'économie rurale de l'Angleterre, de l'Écosse, et de l'Irlande” (1854), traducido al inglés (1855); “L'agriculture et la población” (1857), una sorprendente confirmación del malthusianismo; “Les économistes françaises du dixhuitième siècle” (1870). También ha contribuido en gran medida a la "Revue des Deux Mondes" y al "Journal des Économistes". Para una reseña personal de Cliffe Leslie, véase “Fortnightly Review”, febrero de 1881.

65.

Nació en Ginebra en 1797 y falleció en Zúrich en 1869. Tras estudiar derecho, se convirtió en abogado y, en 1833, en profesor de Derecho en sustitución de Rossi. En 1837, fue nombrado profesor de Economía Política y Derecho Público en Ginebra. También fue miembro del Gran Consejo Suizo. Además de su tratado, escribió: «Riqueza o pobreza» (1840); «El socialismo es la barbarie» (1848); «Estudios sobre las causas de la miseria» (1853); y colaboró en la elaboración del «Diccionario de la economía política».

66.

JG Courcelle-Seneuil (nacido en 1813) abandonó su carrera comercial para convertirse en escritor, primero para revistas y más tarde para el “Dictionnaire politique” (editado por Pagnerre). En 1848 fue vinculado al Ministerio de Hacienda, y llamado a una cátedra de Economía Política en Santiago, Chile, 1853-1863. Su obra principal es un “Traité théorique et pratique d'économie politique” (1858), pero también publicó “La crédit de banque” (1840), reformas para el banco de Francia; “Traité des opérations de banque” (1852; sexta edición, 1876); “Traité des entreprises industrielles, comerciales y agricoles” (1854); “Estudios sobre la ciencia social” (1862); “Leçons élémentaires d'économie politique” (1864); “El banco libre” (1867); “Libertad y socialismo” (1868); y artículos en el “Dictionnaire de l'économie politique”.

67.

Murió en 1862; autor de “De la libertad del trabajo” (1845).

68.

Profesor de Economía Política en el Collége de France, autor de un extenso y competente “Traité de la science des Finances” (tercera edición, 1883). También ha publicado “De l'état moral et intelectual des populaciones ouvrières et de son influence sur le taux des salaires” (1868); “Récherches economiques, historiques, et statistiques sur les guerres contemporaines” (1869); “La question ouvrière au XIX siècle” (segunda edición, 1882); “L'administration locale en France et en Angleterre” (1872); “El trabajo de las mujeres del siglo XIX” (1873); “Essai sur la répartition des richesses” (1880; segunda edición, 1883); y “De la colonización chez les peuples modernes” (1882).

69.

Publicó dos volúmenes sobre el socialismo (véase la lista de libros, pág. 44 ). En varios volúmenes sobre el «Régimen de las manufacturas», describió la situación de las industrias de la seda, la lana, el algodón y el hierro.

70.

El más ferviente defensor del monometalismo en Francia. También escribió un buen trabajo sobre tributación, «Traité des impôts» (4 vols., 1866-1867).

71.

Su “Informe sobre la indemnización de guerra” al Cuerpo Legislativo da cuenta de la operación de cambio más maravillosa de los tiempos modernos, surgida del pago de la indemnización de Francia a Alemania (1871-1873).

72.

Un defensor del método matemático.

73.

Fundada en 1863, publicada en Berlín y editada por el Dr. Eduard Wiss.

74.

Secretario de la Cámara de Comercio de Hamburgo durante mucho tiempo y actualmente profesor honorario en la de Göttingen.

75.

Profesor de Economía Política en Zúrich en 1866, desde 1875 director de estadística en Dresde y editor de "Der Arbeiterfreund". Hizo un valioso estudio sobre las asociaciones industriales, “Die Gewinnbetheiligung” (segunda edición 1878). También escribió “Freiheit der Arbeit” (1858) y “Beiträge zur geschichte des Zunftwesens” (1861).

76.

Su obra más importante es “Das Armenwesen und die Armengesetzebung in Europäischen Staaten” (1870). Algunos ensayos seleccionados de este libro han sido traducidos al inglés por EB Eastwick, “Poor Relief in Different Parts of Europe” (1873).

77.

Max Wirth está en Viena y se ha dedicado a una “Geschichte der Handelskrisen” (1874), incluida la crisis de 1873. El barón von Hock ha escrito una historia de las finanzas de Francia y de los Estados Unidos: “Die Finanzen und die Finanzgeschichte der vereinigten Staaten von Amerika” (1867).

78.

Este libro ha sido traducido al inglés por GA Matile, con notas de Stephen Colwell (1856).

79.

También merecen mención Mohl sobre administración, y Rau y A. Wagner sobre finanzas. Stein, entre otras obras, es autor de un manual, «Die Verwaltungslehre» (1870).

80.

“Revista quincenal” (1876).

81.

En “El pasado y el presente de la economía política” de Ely (pág. 9) queda claro que la nueva escuela no difiere tanto en la realidad como en la apariencia de los métodos de los escritores ingleses, como Cairnes.

82.

La primera parte del tratado de Roscher (nacido en 1817), también conocido como "Grundlagen der Nationalökonomie", ha sido traducido aquí por JJ Lalor en dos volúmenes, "Principles of Political Economy" (1878), con un ensayo de Wolowski sobre el método histórico. En 1840 fue nombrado profesor particular en Gotinga y profesor extraordinario en 1843. En 1844 fue nombrado catedrático en Erlangen, pero desde 1848 permaneció en Leipzig. A continuación, se presenta una lista de las obras de Roscher:

“Grundriss zu Vorlesungen über die Staatswirthschaft nach geschichtlicher Methode” (1843); “Kornhandel und Theuerungspolitik” (tercera edición, 1852); “Untersuchungen über das Colonialwesen” ; “Verhältniss der Nationalökonomie zum klassischen Alterthume” (1849); “Geschichte der englischen Volkswirthschaftslehre im 16. und 17. Jahrhunderts” ; "Ein nationalökonom. Princep der Forstwirthschaft" ; “Ansichten der Volkswirthschaft aus dem geschichtlichen Standpunkte” (segunda edición, 1861); “Die deutsche Nationalökonomie an der Grenzscheide des 16. und 17. Jahrhunderts” (1862); “Gründungsgeschichte des Zollvereins” (1870); “Betrachtungen über die Währungsfrage der deutschen Müntzreform” (1872); “Geschichte der Nationalökonomie in Deutschland” (1874); “Nationalökonomie des Ackerbaues” (octava edición, 1875). Sus historias de economía política en Inglaterra y Alemania son particularmente valiosas (ver reseña de Cliffe Leslie, “Fortnightly Review”, julio de 1875). Pero no estima correctamente a los escritores ingleses cuando toma a McLeod como tipo; y Carey es el único estadounidense al que se refiere.

83.

Profesor en Marburgo, luego en la Universidad de Friedburg, en Brisgovia, y actualmente en Heidelberg. También estudió ferrocarriles (1853), telégrafos (1857), y dinero y crédito, «Geld und Credit» (1873-1879).

84.

Murió en 1878. Se dedicó principalmente a la crítica de otros sistemas y parece ser el menos capaz de los tres.

85.

“Socialistas de la Catedral” o “Socialistas Profesionales”.

86.

Con diferencia, el más capaz es Adolph Wagner, de Berlín, editor del “Lehrbuch der politischen Oekonomie” de Rau (1872). También publicó “Die russische Papierwährung” (1868); “Staatspapiergeld, Reichs-Kassen Scheine, und Banknoten” (1874); “Unsere Müntzreform” (1877); “Finanzwissenschaft” (1877); y “Die Communalsteuerfrage” (1878).

El Dr. Eduard Engel fue anteriormente director de la Oficina de Estadística de Prusia. El profesor Gustav Schönberg, de Tubinga, con la ayuda de otros veintiún economistas, produjo un gran “Handbuch der politischen Oekonomie” (1882). La escuela ha expresado sus doctrinas peculiares en el “Zeitschrift für die gesammte Staatswissenschaft” (trimestral, fundado en 1844, Tubinga) y en el “Jahrbücher für Nationalökonomie” (establecido en Jena, 1863). Véase también “Rede über die sociale Frage” de A. Wagner (1872), “Die Theorie der socialen Frage” de H. v. Scheel (1871) y “Ueber einige Grundfrage des Rects und der Volkswirthschaft” de G. Schmoller (1875). AEF Schäffle, ex Ministro de Comercio en Viena, ganó una reputación considerable con “Das gesellschaftliche System der menschlichen Wirthschaft” (tercera edición, 1873).

87.

Émile de Laveleye (nacido en 1822) estudió derecho en Gante, pero desde 1848 se dedicó a la economía política y a las cuestiones públicas. A través de las páginas de la “Revue des Deux Mondes” llamó la atención en 1863, y al año siguiente fue nombrado profesor de Economía Política en la Universidad de Lieja. En 1869 fue elegido miembro correspondiente de la Academia de Ciencias. Si bien fue un fértil escritor sobre temas políticos, produjo “La question d'or” (1860); “Ensayo sobre la economía rural de Bélgica” (1863); un estudio sobre “Suisse”, véase “Revue des Deux Mondes”, 15 de abril de 1863; “Études d'économie rurale, la Neerlande” (1864); “La marché monetaire depuis cinquante ans” (1865); “Sistemas de tierras de Bélgica y Holanda”, en el volumen del Cobden Club sobre “Tenencia de la tierra” (1870); “Dinero bimetálico”, traducido por G. Walker (1877); “El socialismo contemporáneo” (1881); “Éléments d'économie politique” (1882), que satisface cierta demanda moderna de “economía política ética”.

88.

Leslie encontró apoyo en un documento bien conocido leído ante la Asociación para el Avance de la Ciencia (ver “London Statistical Journal”, diciembre de 1878; ver también “Penn Monthly”, 1879), por J. K. Ingram, quien afirmaba que la vieja escuela aislaba el estudio de los fenómenos económicos de otros fenómenos sociales, y que el sistema de Ricardo no solo era demasiado abstracto, sino que sus conclusiones eran de un carácter tan absoluto que eran poco adecuadas para el uso real. Robert Lowe (Lord Sherbrooke) respondió a Leslie e Ingram ( “Nineteenth Century”, noviembre de 1878). Para la mayor parte de esta literatura será necesario consultar las revistas. Cliffe Leslie, “Fortnightly Review” (noviembre de 1870), colocó a Adam Smith entre los economistas inductivos; D. Syme atacó los viejos métodos, “Westminster Review”, vol. xcvi (1871); Cairnes representó a la vieja escuela y discutió las nuevas teorías, “Economía política y Comte”, en “Fortnightly Review”, vol. xiii, pág. 579 (1870), “Economía política y laissez faire”, vol. xvi, pág. 80 (1871), y en 1872; véase también su admirable “Método lógico” ; F. Harrison discutió los límites de la economía política, ibid. (1865), y respondió a Cairnes en un artículo sobre “Cairnes sobre la economía política y M. Comte”, “Fortnightly Review”, vol. xiv, pág. 39 (1870). W. Newmarch prestó atención al trabajo de Ingram, “Statistical Journal” (1871). Leslie, “Fortnightly Review” (1875), y G. Cohn, ibid. (1873), escribieron sobre la economía política en Alemania. Leslie también contribuyó con un artículo sobre “Economía política y sociología”, “Fortnightly Review”, vol. xxxi, pág. 25 (1879), y el “Bicentenario de la economía política”, en “Bankers' Magazine”, vol. xxxii, pág. 29. Leslie examinó el método filosófico, “Penn Monthly” (1877); Jevons vio la única esperanza para el futuro en el método matemático, “Fortnightly Review” (1876); McLeod pregunta, “¿Qué es la economía política?” en “Contemporary Review” (1875); Maurice Block entró en la discusión, “Penn Monthly” (1877), y “Bankers' Magazine”, marzo y noviembre de 1878. Henry Sidgwick responde a Leslie en un artículo sobre “Método económico”, en “Fortnightly Review”, vol. xxxi (1879), pág. 301. Véase también el ensayo de Wolowski que precede a “Political Economy” de Roscher (traducción al inglés); la propia declaración de Roscher en los capítulos II y III de la Introducción a su “Political Economy”,y “Nuevas Tendencias de la Economía Política” de Laveleye (1879). Véase también “Penn Monthly”, vol. VII, pág. 190, y “Bankers' Magazine”, vol. xxxiii, págs. 601, 698, 761; vol. xxxvi, págs. 349, 422; S. Newcomb, por su admirable ensayo “Sobre el Método y el Ámbito de la Economía Política”, “North American Review” (1875), vol. CXXI, pág. 241, donde se defiende firmemente el método “ortodoxo” ; y una postura extrema a favor del método histórico en el panfleto “El Pasado y el Presente de la Economía Política”, de R.T. Ely (1884).

89.

Daniel Raymond, “Los elementos de la economía política” (1820). Thomas Cooper, “Conferencias sobre los elementos de la economía política” (1826); “Un manual de economía política” (1834). Willard Phillips, “Un manual de economía política” (1828); “Proposiciones relativas a la protección y el libre comercio” (1860). Presidente Francis Wayland (1796-1865), “Los elementos de la economía política” (1837). Henry Vethake, “Principios de la economía política” (1838). Desde 1840 hasta la guerra civil aparecieron “Principios de la economía política” de F. Bowen (1856), luego cambiado a “Economía política estadounidense” (1873), que se oponía a la doctrina maltusiana y defendía la protección; “Economía política” de John Bascom (1859); y “Vías y medios de pago” de Stephen Colwell (1859). Después de la guerra, “La ciencia de la riqueza” (1866), de Amasa Walker, profesor del Amherst College y padre de FA Walker.

90.

Prof. CF Dunbar, “North American Review”, enero de 1876, en una admirable reseña de la ciencia económica en Estados Unidos durante el siglo pasado (1776-1876).

91.

Véase supra , pág. 16 .

92.

Carey (1793-1879), hijo de un exiliado irlandés, comenzó su carrera empresarial a los doce años. A los veintiocho, era socio principal de la editorial Carey & Lea de Filadelfia, de la que se jubiló en 1835 para dedicarse por completo a la economía política. Sus obras más importantes han sido traducidas al francés, italiano, portugués, alemán, sueco, ruso, magiar y japonés. Escribió trece volúmenes en octavo, tres mil páginas en panfleto y el doble para la prensa escrita. Véase «Proceedings of the American Academy of Science» (1881-1882, pág. 417) y «Memoir of Henry C. Carey» de W. Elder (5 de enero de 1880). Este último ofrece una lista de sus libros.

93.

Las “Harmonies économiques” de Bastiat aparecieron en 1850, y la cuestión de su deuda con Carey fue discutida, más bien desfavorablemente para Bastiat, en una serie de cartas en el “Journal des économistes” de 1851.

94.

Véase un hábil estudio de Adolphe Held, “Carey's Socialwissenschaft und das Merkantilsystem” (1866).

95.

Su sistema también aparece en los libros de discípulos: E. Peshine Smith, "Manual de Economía Política" (1853), "Preguntas del Día" de William Elder (1871), y "Ciencia Social y Economía Nacional" de Robert E. Thompson (1875). Kate McKean ha realizado una condensación de "Ciencia Social" de Carey en un solo volumen, en octavo.

96.

Hijo de Amasa Walker y ex profesor de Economía Política e Historia en la Escuela Científica de Sheffield del Yale College, se hizo famoso por su trabajo estadístico relacionado con el censo de Estados Unidos. Su "Atlas Estadístico de los Estados Unidos" (1874) es inigualable. También publicó "Dinero" (1878); "Dinero, Comercio e Industria" (1879); "Economía Política" (1883); y "Tierra y Renta" (1884). Este último libro responde a diversos ataques a la doctrina de la renta de Ricardo, y en particular a "Progreso y Pobreza" de Henry George . En 1883, el general Walker asumió la presidencia del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en Boston. También es reconocido como defensor del bimetalismo.

97.

Profesor de Ciencias Políticas y Sociales en Yale College y autor de “Historia de la Moneda Estadounidense” (1874); “Conferencias sobre la Historia del Proteccionismo en los Estados Unidos” (1877); “Lo que las Clases Sociales se Deben Entre Sí” (1883). Es un monometalista y se ha dedicado con ahínco a la defensa del libre comercio. Su último libro es un estudio de sociología, no de economía política.

98.

Ha escrito “Economía política” (decimoctava edición, 1883), y también “Introducción a la economía política”, obra elemental sobre la misma base que la anterior.

99.

Henry George nació en Filadelfia en 1839, huyó al mar y en 1857 entró en una imprenta en San Francisco. En 1871 fue uno de los fundadores del "San Francisco Post", que abandonó en 1875 y obtuvo un cargo público. Empezó a exponer sus opiniones en un panfleto titulado "Nuestra Tierra y Política Agraria" (1871), pero no fue hasta que el relativo ocio de su ocupación (1875) le brindó la oportunidad de emprender seriamente el estudio que dio lugar a su "Progreso y Pobreza". Este volumen se comenzó en el verano de 1877 y se terminó en la primavera de 1879. Huelga decir que las ventas del libro han sido fenomenales. También aplicó su doctrina de la tierra a Irlanda en un panfleto titulado "La Cuestión Agraria Irlandesa" (1882). Su último libro es una colección de ensayos titulada "Problemas Sociales" (1884). Actualmente reside en Nueva York.

100.

Cf. pág. 4 , supra .

101.

Bowen, “Economía política estadounidense”, pág. 25.

102.

Éste es el comienzo del Capítulo II del tratado original.

103.

Éste es su “sacrificio”, que corresponde al esfuerzo del trabajador.

104.

Véase la nota 1 de Roscher, sección 42, para varias definiciones de capital.

105.

El general Walker ( «Economía Política», Parte II, Cap. IV) adopta la misma postura, aunque aparentemente incoherente con su doctrina sobre la tasa salarial. Sin embargo, la «tasa salarial» es algo distinto de la fuente de subsistencia del trabajador. Véase Libro II, Capítulo II, § 2 .

106.

La opinión mencionada arriba en el texto es la de los creyentes en la sobreproducción, de los cuales los más distinguidos son el Sr. Malthus, el Dr. Chalmers y Sismondi.

107.

Página 371, traducción al inglés, NY (1871).

108.

Edward Atkinson, “Trabajo y capital, aliados, no enemigos”, pág. 60.

109.

Cf. Bowen, “Economía política estadounidense”, pág. 399.

110.

Las funciones del dinero se analizan más adelante en el volumen, y no se propone desarrollarlas aquí.

111.

Véase, para el argumento de que la maquinaria necesariamente perjudica al trabajo, “Land and Labor”, William Godwin Moody (1883); y para la respuesta, “North American Review”, mayo de 1884, pág. 510.

112.

Edward Atkinson, “Trabajo y capital, aliados, no enemigos”, pág. 33.

113.

Véase el libro iv, cap. iv .

114.

Véase “Economía de maquinaria y manufacturas” del Sr. Babbage .

115.

Libro I, cap. iv, § 6 .

116.

El uso constante de los mismos músculos, como hacen los batidores de oro o los escritores, produce muy a menudo parálisis.

117.

“Plutología” de Hearn , pág. 279.

118.

Cairnes, “Principios rectores”, págs. 299, 300.

119.

“American Political Economy”, pág. 134. Véase también el artículo “Maltusianismo, darwinismo y pesimismo”, de “North American Review”, noviembre de 1879.

120.

Véase Cairnes, “Método lógico”, págs. 170-177.

121.

Véase también Walker, “Wages Question”, cap. VI, y Roscher, “Political Economy”, libro V, caps. I, II, III.

122.

Véase “Hereditary Genius” de Galton , págs. 131-135.

123.

Véase también Edward Jarvis, “Atlantic Monthly”, 1872, y FA Walker, “Social Science Journal”, vol. V, 1873, pág. 71. Para más información, véase “Sketch of the History of Political Economy”, pág. 16.

124.

Éste es el “control preventivo” del señor Malthus, mientras que la limitación mediante la guerra, el hambre, etc., es el “control positivo”.

125.

Esto queda plenamente confirmado por el discurso inaugural del Sr. Giffen como Presidente de la Sociedad Estadística de Londres, el 20 de noviembre de 1883, infra , libro IV, cap. V, § 1. (Véase el “Statistical Journal” de Londres, 1883.)

126.

Véase “Agriculture et Population” de Lavergne , págs. 305-316.

127.

Para ver tablas de nacimientos y muertes relativas, véase “Statesman's Year-Book”, pág. 253.

128.

Esta y las citas subsiguientes fueron tomadas por el Sr. Mill de “Nuevos principios de economía política” de Rae.

129.

“International Review”, artículo “Colonización”, 1881, pág. 88. Véase H. V. Redfield, “Homicidio en el Norte y el Sur”, 1880.

130.

“Cartas desde América”, de John Robert Godley, vol. ip 42. Véase también “Viajes por América”, de Lyell , vol. ii, pág. 83.—Mill.

131.

Cf. “American Agriculture”, “Princeton Review”, mayo de 1882, por FA Walker.

132.

“Ciencias Sociales”, vol. iii, pág. 19.

133.

“Notas sobre América del Norte”, 1851, vol. ii, págs. 116, 117.

134.

Véase también Cairnes, “Método lógico”, pág. 35.

135.

Agradezco al Sr. Atkinson las pruebas avanzadas de las tablas adjuntas. Véase su artículo en el “Journal of the American Agricultural Association”, vol. I, núms. 3 y 4, pág. 154, y un análisis posterior en el suplemento del “Manufacturers' Gazette” de Boston, 9 de agosto de 1884, titulado “El ferrocarril, el agricultor y el público”. Sus cifras se extrajeron principalmente del “Railway Manual” de Poor.

136.

Cf. Libro IV, Cap. I .

137.

“Economía de las manufacturas”, págs. 163, 164.

138.

Cf. Libro IV, Cap. I, § 4 .

139.

“La cuestión del carbón” (1866).

140.

Henry George, al igual que los socialistas, cree que la pobreza surge de la injusticia social, y en este punto discrepa de la enseñanza actual. Sin embargo, la cuestión puede analizarse mejor en el apartado «Distribución».

141.

Henry Gannet, “International Review”, 1882, pág. 503.

142.

Volumen sobre población, pág. 481.

143.

Estimado.

144.

Véase el artículo “Colonización”, “International Review”, 1881, pág. 88.

145.

Consulte el “Atlas estadístico” de FA Walker .

146.

Para una discusión más detallada de la diferencia entre los poderes motrices bajo la propiedad privada y bajo el comunismo, véase la obra póstuma de Mr. Mill, “Chapters on Socialism”, “Fortnightly Review”, 1879 (vol. xxxi).

147.

Para una exposición de las diversas formas del socialismo de Estado moderno, y de aquella que aboga por la nacionalización de la tierra (en “Progreso y Pobreza” de H. George y “La Nacionalización de la Tierra, su Necesidad y sus Objetivos” de Alfred Russel Wallace ), véase un capítulo de la sexta edición de Henry Fawcett de su “Manual” (1884). Para un tratado general y valioso sobre el socialismo, aunque no describe planes mucho posteriores a los de Owen, véase “Estudios sobre los reformadores, o socialistas modernos” de Louis Reybaud (séptima edición, 1864). Se incluye una excelente bibliografía (vol. ii, págs. 453-470).

148.

Pierre Joseph Proudhon (nacido en 1809) realizó un conocido ataque a la propiedad privada en su obra "¿ Qué es la propiedad?" (1840). Su respuesta fue: "Es un robo". Véase también Ely, "Socialismo francés y alemán" (1883), pág. 140.

149.

Louis Blanc (nacido en 1813, fallecido en 1882). Su obra principal, «Organización del Trabajo», apareció en 1840 en las columnas de la «Revue du Progrès».

150.

Karl Marx (nacido en 1818, fallecido en 1883) publicó “La crítica de la economía política” (1859); y una ampliación del mismo libro bajo el nuevo título de “El Capital” (1867), del cual solo ha aparecido el primer volumen, sobre “El proceso de producción del capital”. Esta fue ampliada en 1872 a 822 páginas. Gran parte de la obra está repleta de extractos de informes parlamentarios sobre la condición de los trabajadores ingleses. Antes de la Revolución de 1848, editó una revista comunista y se vio obligado a abandonar el país después, lo que lo condujo a Londres. Fue un hábil escritor de historia y política. Marx fue asistido por Friedrich Engels, quien escribió “La situación de las clases trabajadoras en Inglaterra” (1845). Véase Ely, ibíd., cap. x.

151.

Nacido en 1825, hijo de un rico comerciante judío. En filosofía y jurisprudencia, se ganó el elogio de Humboldt y Boeckh. Pero la vanidad y la ambición desmedida frenaron su éxito gracias a sus grandes habilidades y a su carácter enérgico. Finalmente, murió en un duelo en 1864. Aparece como antagonista de Schultze (o Delitzsch), abogando por la ayuda estatal contra la autoayuda del creador de los Bancos Populares.

152.

Para una descripción de esta sociedad, véase “Communism and Socialism” (1880), “Nineteenth Century”, julio de 1878, y Ely, ibid., cap. xi.

153.

Véase Nueva York , “Nation”, núms. 684, 686.

154.

De sus “Capítulos sobre el socialismo” póstumos , “Fortnightly Review”, 1879, pág. 513 (vol. xxxi), y escrito en 1869.

155.

El conde de Saint-Simon sirvió en nuestra Guerra de Independencia en el ejército francés, siendo muy joven, y terminó una vida de infortunio y pobreza en 1825, un mes después de la publicación de su "Nouveau Christianisme" (Woolsey, "Communism and Socialism", pág. 107). Para una descripción más completa, véase R.T. Ely, "French and German Socialism", pág. 53; A.J. Booth, "Saint-Simon and Saint-Simonism" (Londres, 1871); y Reybaud, ibíd.

156.

Este experimento, llevado a cabo en Francia, planteó por primera vez la cuestión de la justicia legal de conceder un derecho absoluto a la propiedad heredada, y entre sus discípulos estuvieron los economistas Michel Chevalier y Adolphe Blanqui, y el filósofo Auguste Comte.

157.

Fourier nació en Besançon en 1772. Escribió la «Teoría de los Cuatro Movimientos» (1808); «Tratado sobre la Asociación Doméstica y Agrícola» (1822); «La Teoría de la Unidad Universal» (1841). Falleció en 1837. Véase Ely, ibíd., pág. 81; «La Destinée Sociale» de Victor Considérant (cuarta edición, 1851); y Reybaud, ibíd.

158.

Robert Owen (padre de Robert Dale Owen), nacido en 1771, en 1799 trabajaba en la famosa fábrica New Lanark Mills, de la cual Jeremy Bentham era uno de los socios. En 1825 compró Harmony, en Indiana, al Sr. Rapp. Creía en la plena comunidad de bienes; que el Gobierno debía emplear el excedente de mano de obra que no había demanda; y que, hasta que los miembros se capacitaran completamente, los asuntos debían ser gestionados por una sola persona (como en el sansimonismo).

159.

Para Brook Farm, véase “Historia del socialismo estadounidense” de Noyes , capítulo xi, y la biografía de “George Ripley”, de O.B. Frothingham (1882). En general, también para experimentos estadounidenses, véase “Las sociedades comunistas de los Estados Unidos” de Charles Nordhoff; “Comunistas estadounidenses” de W.A. Hinds (1878); “Comunismo y socialismo” de Woolsey (1880); y “Socialismo estadounidense” de Noyes (1870).

160.

Los extractos en letra grande de esta sección provienen de los "Capítulos sobre el Socialismo" del Sr. Mill ( Fortnightly Review, 1879), siendo solo el comienzo de una obra más extensa iniciada en 1869 y publicada tras su fallecimiento. Resultan interesantes porque presentan sus conclusiones veinte años después de la redacción de su "Economía Política" .

161.

“Método lógico”, págs. 34, 36.

162.

Cf. Cairnes, “Principios rectores”, págs. 180-188.

163.

En la “Fortnightly Review”, 1 de mayo de 1869.

164.

“Principios rectores”, págs. 149-189.

165.

Contando seis días a una semana y cuatro semanas a un mes.

166.

“Principios rectores”, pág. 185.

167.

El Sr. Thornton respondió al Sr. Cairnes ( «Siglo XIX», agosto de 1879). Henry Sidgwick, «Fortnightly Review», 1 de septiembre de 1879 , hizo una breve exposición del estado de la controversia sobre el fondo de salarios. Véase también W.G. Sumner, «Princeton Review», «Salarios» , noviembre de 1882.

168.

Presentó la misma perspectiva en la “North American Review”, vol. cxx, enero de 1875. En su “Political Economy” (1883), propone una teoría de la distribución más extensa. Véase “Atlantic Monthly”, julio de 1883, pág. 129.

169.

Véase Cairnes, “Principios rectores”, pág. 209.

170.

Esta proposición debe tenerse presente para el futuro análisis del costo de producción de alimentos y su relación con el costo de la mano de obra. Libro II, Cap. V, § 5 .

171.

El señor Carey adopta esta postura.

172.

Véase la explicación de una ley económica, Libro II, Cap. II, § 1 .

173.

“Historia constitucional de Inglaterra”, vol. ii, pág. 563. Véase también “Historia de las leyes de pobres”, de Nicholls , vol. ii, pág. 303.

174.

Para una discusión más amplia de las ventajas de las pequeñas propiedades, véase el Libro IV, Cap. V, § 2 .

175.

“Principios rectores”, págs. 64-69.

176.

Véase Young, “El trabajo en Europa”.

177.

Walter Bagehot, “Lombard Street”, pág. 13.

178.

“Trabajo y salario”.

179.

Se aconseja al lector que considere, en relación con esto, la discusión anterior sobre la relación entre los salarios y el precio de los alimentos (págs. 185 , 186 ).

180.

“Método lógico”, pág. 206.

181.

“Economía política estadounidense”, pág. 164.

182.

Rickards, “Población y capital”, pág. 135.

183.

Rickards, ibíd., pág. 75.

184.

“Economía política”, pág. 288.

185.

“Progreso y pobreza”, págs. 220, 221.

186.

“Economía política estadounidense”, pág. 164.

187.

Para otros escritores opuestos a la doctrina de la renta sostenida por Ricardo y Mill, véase Bonamy Price, “Practical Political Economy”, cap. x; McLeod, “Principles of Economic Philosophy”, cap. x; y JET Rogers, “Manual of Political Economy”, cap. xii.

188.

Cairnes, “Método lógico”, pág. 199.

189.

“Teoría y práctica bancaria”, vol. I, pág. 13. Cf. Cairnes, “Método lógico”, pág. 106.

190.

“Principios rectores”, pág. 11.

191.

“Economía política”, pág. 5.

192.

“Ciencias Sociales”, vol. i, pág. 158.

193.

“Armonías”, pág. 171.

194.

“Economía política”, pág. 126.

195.

“Economía Política” , Introducción, Cap. I, § 5.

196.

“Précis d'Économie politique”, pág. 175.

197.

“Précis de la Science économique”, vol. yo, pág. 202.

198.

“Manual de economía política”, pág. 98.

199.

“Principios rectores”, pág. 15.

200.

“Teoría de la Economía Política”, págs. 82-91. Véase Cairnes, ibíd., págs. 17-19.

201.

“Economía política”, pág. 92.

202.

“Ciencias Sociales”, vol. ii, pág. 335.

203.

“Economía Política” , Introducción, Cap. I, § 5.

204.

“Resumen”, pág. 206.

205.

“Economía política”, pág. 165.

206.

“Lógica de la Economía Política”.

207.

Aunque aquí utiliza el término demanda en su sentido propio, un poco más adelante el Sr. Mill lo define como la «cantidad demandada». Como lo vuelve a utilizar en el sentido propio al analizar el exceso de dinero ( Libro III, Cap. V ), la oferta ( Libro III, Cap. XI ) y el comercio exterior ( Libro III, Cap. XIV ), he omitido de su presente exposición su evidentemente inconsistente uso del término.

208.

“Principios rectores”, pág. 25.

209.

“Principios rectores”, pág. 108.

210.

Véase su capítulo sobre “Precio natural y de mercado”, libro I, cap. VII.

211.

“Informe del Director de la Casa de la Moneda”, 1883, pág. 69.

212.

Supra , pág. 222 .

213.

“Principios rectores”, pág. 41.

214.

Libro I, Cap. I, § 2 .

215.

Véase supra , pág. 210 .

216.

“Principios rectores”, parte i, cap. iii, pág. 87.

217.

“Trabajo y salario”.

218.

“Principios rectores”, pág. 136.

219.

FA Walker ( “Economía política”, pp. 248-259) amplía esta idea y la convierte en el eje central de toda su teoría de la distribución entre trabajadores, capitalistas y terratenientes.

220.

“El dinero y el mecanismo de intercambio”, cap. iii.

221.

“Economía política”, pág. 127.

222.

“El dinero y el mecanismo de intercambio”, pág. 1.

223.

“Economía política”, pág. 144.

224.

La sustancia del capítulo anterior del Sr. Mill, XV (Libro III), se inserta aquí en su conexión directa con las funciones del dinero.

225.

F. A. Walker, «Economía Política», pág. 363. Un alemán, el conde Soden (1805), Joseph Lowe (1822) y G. Poulett Scrope (1833), propusieron este esquema. Véase Jevons, «El dinero y el mecanismo del intercambio», cap. XXV.

226.

“El dinero y el mecanismo de intercambio”, pág. 31.

227.

“Una grave caída en el valor del oro” (1863).

228.

F. A. Walker define la demanda de dinero como «la ocasión para el uso del dinero al efectuar intercambios; en otras palabras, es la cantidad de trabajo monetario que debe realizarse» ( «Economía Política», p. 133); y la oferta de dinero como «la fuerza monetaria disponible para realizar el trabajo monetario que la demanda de dinero indica que debe realizarse, en la comunidad dada, en el momento dado. La oferta de dinero se mide por... la cantidad de dinero y la rapidez de circulación» (ibid., p. 136).

229.

Jevons, “El dinero y el mecanismo de intercambio”, págs. 336, 339.

230.

“Edelmetall-Production”, en “Mittheilungen” de Petermann , Ergänzungsheft, n.° 57.

231.

Véase “Una grave caída en el valor del oro” de Jevons .

232.

En su libro “De la Baisse probable de l'Or” (1859). Véase también “Essays” de Cairnes. Para autoridades sobre el nuevo oro, véase “California” de Robinson (Larkin's and Mason's Reports, págs. 17, 33); Executive Documents of United States, 1848, I, 1; “Colony of Victoria” de Westgarth, págs. 122, 315; Wood, “Sixteen Months in the Gold Diggings”, pág. 125; “Cyclopædia” de Lalor , II, pág. 851; Walker, “Money”, parte i, caps. vii, viii. Para los efectos probables, véase “North American Review”, octubre de 1852; “History of Prices” de Tooke , vi, pág. 224; “Statistical Journal”, 1878, pág. 230; Levasseur, “Question de l'Or”. En cuanto a cuánto se redujo el valor del oro, Jevons, “Serious Fall”, etc.; “Statistical Journal”, 1865; ibíd., 1869, pág. 445; y “Essays in Finance” de Giffen , pág. 82.

233.

“Informe de la Cámara de los Comunes sobre la depreciación de la plata”, 1876, pág.

234.

Véase Macaulay, “Historia de Inglaterra”, cap. xxi.

235.

“El dinero y el mecanismo de intercambio”, pág. 84.

236.

Jevons, ibíd., pág. 138.

237.

Véase S. Dana Horton, “Oro y plata”, 1877, pág. 84 y siguientes.

238.

Véase Linderman, “Dinero y curso legal”, pág. 161.

239.

Director de la Casa de la Moneda, Informe, 1883, pág. 49, y Linderman, ibid., pág. 173.

240.

Véase “Atlantic Monthly”, “The Silver Danger” , mayo de 1884.

241.

Véase “International Review”, septiembre de 1876; y para una explicación más detallada de los bancos, véase “Atlantic Monthly”, 1882, págs. 196, 695, 696.

242.

“Informe del Contralor de la Moneda”, 1883, pág. 34.

243.

Véase “Naturaleza”, xix, 33, 588.

244.

Véase “Money” de Walker , pág. 473.

245.

Vol. i, pág. 302. Véase “Historia de la moneda estadounidense” de Sumner y “El dinero” de Walker , donde encontrarán mucho material valioso.

246.

Véase Cherbuliez, vol. i, pág. 299.

247.

“El dinero y el mecanismo de intercambio”, pág. 232.

248.

Para el famoso plan de John Law (1718-1720) en Francia, conocido como la "Burbuja del Misisipi", la mejor referencia es el "Système de Law" de Levasseur (1854). Consúltese también "La Burbuja del Misisipi" de M. Thiers (traducido por F. F. Fiske, 1859); "Economía Política" de Steuart (1767); y el "Diccionario de Economía Política" de McLeod , artículo sobre "La banca en Francia".

249.

Para una mejor y breve descripción de la emisión de asignaciones, véase “Paper Money Inflation in France” del presidente A. D. White. Véase también F. A. Walker, “Money”, págs. 336-347; “Assignats” de Bazot ; y “History of the French Revolution” de Alison , vol. II, pág. 606.

250.

Véase “Algunos relatos de los billetes de crédito o papel moneda de Rhode Island, 1710-1786”, en “Rhode Island Historical Tracts”, n.º 8 (1880), de ES Potter y SS Rider.

251.

Véase la obra de Felt, "Historia de la Moneda de Massachusetts". Consulte también a Minot, Hutchinson y Gouge. Walker, "Money", y Sumner, "Historia de la Moneda Americana", han aportado numerosos relatos sobre experimentos con papel en Estados Unidos, y merecen ser estudiados en profundidad.

252.

Véase Walker, “Money”, pág. 329.

253.

Véase “United States Notes” (1884) de JJ Knox ; los Informes Financieros durante y desde la guerra hasta 1879; “Financial History of the War” (Historia Financiera de la Guerra) de Spaulding (1869); “American Political Economy” (Economía Política Americana) de Bowen, cap. XV; “Chapters of Erie” (Capítulos de Erie), de H. Adams y F. A. Walker; y las voluminosas páginas del “Congressional Globe”. Para las decisiones en los casos de curso legal, véase “Banker's Magazine”, 1869-1870, pág. 712, y 1871-1872, págs. 752 y 780. El profesor C. F. Dunbar ha recopilado una recopilación de estatutos que afectan a las finanzas de Estados Unidos, especialmente desde 1860, en un pequeño folleto (publicado por Sever, Cambridge, Massachusetts).

254.

Informe de 1861.

255.

El Sr. Malthus, el Dr. Chalmers, el Sr. de Sismondi y varios escritores menores. Es especialmente probable que, en tiempos de depresión económica, las revistas de la época contengan argumentos que demuestren una sobreproducción general.

256.

Libro IV, Cap. II .

257.

Éste es prácticamente el argumento de un librito, “El ahorro excesivo, causa de dificultades comerciales” (1884), de Uriel H. Crocker.

258.

Libro III, Cap. II, § 4 .

259.

“Principios rectores”, págs. 302-307.

260.

“Ensayos sobre algunas cuestiones no resueltas de economía política”, Ensayo I.

261.

En un tiempo creí que el Sr. Ricardo había sido el único autor de la doctrina, ahora universalmente aceptada por los economistas políticos, sobre la naturaleza y la magnitud del beneficio que un país obtiene del comercio exterior. Pero el Coronel Torrens, con la reedición de uno de sus primeros escritos, "Los economistas refutados", ha establecido al menos una reivindicación conjunta con el Sr. Ricardo sobre el origen de la doctrina, y una exclusiva sobre su primera publicación. — Mill .

262.

En esta ilustración he conservado casi exactamente las palabras citadas por el Sr. Mill del libro de su padre, “Elementos de economía política” de James Mill, pero las he modificado cambiando el comercio de Polonia a los Estados Unidos y hablando de hierro en lugar de tela.

263.

“Economía política estadounidense”, pág. 481.

264.

Para un análisis más completo de esta cuestión, véase Cairnes, “Leading Principles”, pág. 319 y siguientes.

265.

“Principios rectores”, pág. 323.

266.

Cairnes, “Principios rectores”, pág. 301.

267.

Libro I, cap. VI, § 4 .

268.

En este ejemplo he cambiado la ilustración de Inglaterra a Estados Unidos.

269.

Libro III, Cap. II, § 4 .

270.

Libro III, Cap. I, § 3 .

271.

Véase “Statistical Abstract”, 1883, págs. 32, 33.

272.

Esta sustitución se ha realizado para Brasil.

273.

Ver el final del último capítulo.

274.

También he modificado las ilustraciones de este capítulo para que se apliquen a los Estados Unidos.

275.

Los ejemplos de esta y la siguiente sección se han modificado para que se apliquen a los Estados Unidos.

276.

He cambiado los nombres de los países en las ilustraciones contenidas en este capítulo, pero no he alterado más el lenguaje más allá del cambio ocasional de un pronombre.

277.

El extracto adjunto del ensayo aparte [ “Algunas cuestiones pendientes de economía política” ] mencionado anteriormente facilitará el seguimiento del fenómeno. Está adaptado al caso imaginario utilizado para ilustrar dicho ensayo: el comercio de telas y lino entre Inglaterra y Alemania.

En primer lugar, podemos hacer cualquier suposición respecto al valor del dinero. Supongamos, por lo tanto, que, antes de la apertura del comercio, el precio de la tela era el mismo en ambos países, es decir, seis chelines por yarda. Como se suponía que diez yardas de tela se intercambiaban en Inglaterra por quince yardas de lino, y en Alemania por veinte, debemos suponer que el lino se vende en Inglaterra a cuatro chelines por yarda, y en Alemania a tres. El costo del transporte y la ganancia del importador se dejan, como antes, sin considerar.

En este estado de precios, es evidente que la tela aún no se puede exportar de Inglaterra a Alemania; pero el lino sí se puede importar de Alemania a Inglaterra. Así será; y, en primer lugar, el lino se pagará en efectivo.

La salida de dinero de Inglaterra y su entrada a Alemania elevará los precios monetarios en este último país y los bajará en Alemania. El lino subirá en Alemania por encima de los tres chelines por yarda, y la tela por encima de los seis chelines. El lino en Inglaterra, al ser importado de Alemania, caerá (ya que el costo del transporte no se calcula) al mismo precio que en ese país, mientras que la tela caerá por debajo de los seis chelines. Tan pronto como el precio de la tela sea más bajo en Inglaterra que en Alemania, comenzará a exportarse, y el precio de la tela en Alemania caerá al nivel de Inglaterra. Mientras la tela exportada no sea suficiente para pagar el lino importado, el dinero continuará fluyendo de Inglaterra a Alemania, y los precios, en general, seguirán bajando en Inglaterra y subiendo en Alemania.

Sin embargo, con la caída del precio de la tela en Inglaterra, también caerá en Alemania, y su demanda aumentará. Con el aumento del precio del lino en Alemania, también subirá en Inglaterra, y su demanda disminuirá. Al bajar el precio de la tela y subir el del lino, existiría un precio particular para ambos artículos al que la tela exportada y el lino importado se compensarían mutuamente. En este punto, los precios se mantendrían, porque el dinero dejaría de fluir de Inglaterra a Alemania. El resultado de este punto dependería completamente de las circunstancias e inclinaciones de los compradores de ambas partes. Si la caída del precio de la tela no aumentara mucho la demanda en Alemania, y el aumento del lino no redujera rápidamente la demanda en Inglaterra, tendría que gastar mucho dinero antes de que se restableciera el equilibrio; la tela bajaría mucho, y el lino subiría, hasta que Inglaterra, quizás, tuviera que pagar casi tanto por ella como cuando la producía para sí misma. Pero, si, por el contrario, la caída del precio de la tela provocara un aumento muy rápido de la demanda en Alemania, y el aumento del lino en Alemania redujera muy rápidamente la demanda en Inglaterra de... Gracias a la primera baratura generada por la apertura del comercio, la tela pronto alcanzaría para pagar el lino, el intercambio de dinero entre ambos países sería escaso, e Inglaterra obtendría una gran parte de los beneficios del comercio. Por lo tanto, al suponer el uso del dinero, hemos llegado a la misma conclusión que, al suponer el trueque, se mantenía.

La forma en que el comercio beneficia a ambas naciones es bastante clara. Alemania, antes del inicio del comercio, pagaba seis chelines por yarda por paño; ahora lo obtiene a un precio más bajo. Sin embargo, esta no es toda su ventaja. Como los precios monetarios de todos sus demás productos han subido, los ingresos monetarios de todos sus productores han aumentado. Esto no les supone una ventaja al comprarse entre sí, porque el precio de lo que compran ha subido en la misma proporción que sus medios de pago; pero sí les supone una ventaja al comprar cualquier cosa que no haya subido, y, más aún, cualquier cosa que haya bajado. Por lo tanto, se benefician como consumidores de tela, no solo en la medida en que la tela ha bajado, sino también en la medida en que otros precios han subido. Supongamos que esto es una décima parte. La misma proporción de sus ingresos monetarios que antes bastará para satisfacer sus otras necesidades; y el resto, al aumentar una décima parte, les permitirá comprar una décima parte más de tela que antes, aunque La tela no había bajado, pero sí lo ha hecho; de modo que ganan doblemente. Compran la misma cantidad con menos dinero y tienen más para gastar en sus otras necesidades.

En Inglaterra, por el contrario, los precios monetarios generales han bajado. Sin embargo, el lino ha bajado más que el resto, al haber bajado de precio por la importación de un país donde era más barato; mientras que los demás han bajado únicamente por la consiguiente salida de dinero. A pesar de la caída general de los precios monetarios, los productores ingleses se mantendrán en los mismos niveles en todos los demás aspectos, y saldrán ganando como compradores de lino.

Cuanto mayor sea la entrada de dinero necesaria para restablecer el equilibrio, mayor será la ganancia de Alemania, tanto por la caída de la tela como por el aumento de sus precios generales. Cuanto menor sea la entrada de dinero necesaria, mayor será la ganancia de Inglaterra, ya que el precio del lino seguirá bajando y sus precios generales no se reducirán tanto. Sin embargo, no debe pensarse que los precios monetarios altos son un bien y los precios monetarios bajos un mal en sí mismos. Pero cuanto más altos sean los precios monetarios generales en un país, mayores serán sus recursos para comprar esos productos, que, al ser importados del extranjero, son independientes de las causas que mantienen los precios altos en el país.

En la práctica, la tela y el lino no tendrían, como se supone aquí, el mismo precio en Inglaterra y Alemania: cada uno sería más caro en el país importador que en el productor, debido al coste del transporte, más la ganancia ordinaria sobre el capital del importador durante el tiempo medio transcurrido antes de que la mercancía pudiera venderse. Pero de ello no se sigue que cada país pague el coste del transporte de la mercancía que importa; pues añadir este elemento al precio puede frenar más la demanda de un lado que del otro; y la ecuación de la demanda internacional, y el consiguiente equilibrio de pagos, podría no mantenerse. El dinero fluiría entonces de un país a otro hasta que, como ya se ha ilustrado, se restableciera el equilibrio; y, al lograrlo, un país pagaría más que su propio coste de transporte, y el otro menos. — Mill .

278.

Véase el Libro III, Cap. XVIII, § 5, de la obra original de Mill.

279.

“Principios de economía política y tributación”, tercera edición, pág. 143.

280.

Para un estudio sumamente bueno sobre las condiciones de nuestro comercio exterior hasta 1873, y una profecía del pánico de 1873, véase Cairnes, “Leading Principles”, págs. 364-374.

281.

“Principios rectores”, pág. 357.

282.

Las ilustraciones de este capítulo también se han modificado, pero sólo en la medida en que sean aplicables a los Estados Unidos.

283.

Supongo aquí un estado de cosas en el que la minería de oro y plata constituye una rama permanente de la industria, llevada a cabo bajo condiciones conocidas; y no el estado actual de incertidumbre, en el que la recolección de oro es un juego de azar, llevado a cabo (por ahora) con espíritu de aventura, no con el de una actividad industrial regular. — Mill. Sin embargo, cabe recordar que la minería de oro y plata no ha sido —a pesar de sus importantes efectos en el valor de los metales— nada parecido a una rama permanente de la industria, sino que, en general, se han obtenido grandes avances repentinos y fortuitos gracias a descubrimientos fortuitos. — JLL

284.

Véase Walker, “Money”, cap. XIX.

285.

Libro II, Cap. V, § 1 .

286.

No incluyo en el fondo general de préstamos del país los capitales, por grandes que sean a veces, que se emplean habitualmente en la compra y venta especulativa de fondos públicos y otros valores.— Mill.

287.

En Nueva York, durante estas crisis, el tipo de interés ha subido varias veces hasta el 400 o 500 por ciento anual.

288.

En esta ilustración he conservado lo más fielmente posible la forma dada por el Sr. Mill para el comercio entre Inglaterra y Alemania en telas y lino.

289.

Libro II, Cap. V, § 5 .

290.

Libro II, Cap. II, § 3 .

291.

Cf. Cairnes, “Principios rectores”, pág. 209.

292.

Para una breve bibliografía sobre nuestras propias leyes de navegación y la cuestión del transporte marítimo, véase el Apéndice I.

293.

Libro III, Cap. III, § 1 .

294.

Supra , Libro III, Cap. II, § 2 , y Cap. XX, § 4 .

295.

Henry George, sin embargo, afirma que, “independientemente del aumento de la población, el efecto de las mejoras en los métodos de producción e intercambio es aumentar la renta” ( “Progreso y pobreza”, pág. 220).

296.

“Principios rectores”, Parte I, cap. v.

297.

Para la distinción entre valores normales y de mercado, véase supra , Libro III, Cap. II, § 4 , y pág. 269 .

298.

Antes de comenzar este debate, se aconseja al lector revisar la relación entre las ganancias y el costo de la mano de obra, y la dependencia de este último de sus tres factores, Libro II, Cap. V, § 5 .

299.

Libro I, Cap. IX

300.

El Sr. Mill elogió, como el tratamiento más científico del tema con el que se había encontrado, un “Ensayo sobre los efectos de la maquinaria”, de William Ellis, “Westminster Review”, enero de 1826.

301.

Aunque sus necesidades ahora atraen más atención gracias a la difusión de periódicos y libros baratos, la situación de la clase trabajadora es sin duda mejor que hace cincuenta años. Véase “El progreso de las clases trabajadoras en el último medio siglo” (1884) del Sr. Robert Giffen, mencionado en el Libro IV, Cap. V, § 1 .

302.

Una comparación del gráfico Nº XVII con el gráfico Nº VI proporcionará algunos medios para saber si la construcción de ferrocarriles ha avanzado más rápido de lo que justifica el aumento de nuestras cosechas (véase supra , pág. 138 ).

303.

Libro I, Cap. V, § 2 .

304.

Libro II, Cap. I, § 6 .

305.

“El progreso de las clases trabajadoras en el último medio siglo” (1884), pág. 8.

306.

“Principios rectores”, págs. 278-280.

307.

“El progreso de las clases trabajadoras en el último medio siglo” (1884), siendo su discurso inaugural como presidente de la Sociedad Estadística de Londres, el 20 de noviembre de 1883.

308.

1825.

309.

1825.

310.

Salario por día.

311.

Salario por día.

312.

Año 1878.

313.

Estos molinos no han podido pagar regularmente el diez por ciento, como se menciona en el Cuadro Nº XIX , sino que simplemente se ha supuesto que el capital demandaba el diez por ciento, a fin de demostrar que, para tal dividendo, se requería una proporción decreciente del precio para cumplir con esa estimación.

314.

Libro II, Cap. V, § 5 ; véase también “North American Review”, mayo de 1884, pág. 517.

315.

Para la influencia de las pequeñas propiedades en la restricción del crecimiento demográfico excesivo, véase supra , pág. 119. Para una descripción más general de los beneficios derivados de dichas propiedades, consúltese la obra original de Mill, Libro II, Caps. VI y VII, y “Land Systems” de T. E. Cliffe Leslie .

316.

Cf. EL Godkin, “North American Review”, 1868, pág. 150.

317.

Fawcett, “Manual de Economía Política” (última edición), capítulo sobre Cooperación.

318.

Giffen, “El progreso de las clases trabajadoras en el último medio siglo”, pág. 19.

319.

“Historia de la cooperación en Inglaterra” (2 vols., 1879), pág. 105.

320.

El Sr. Holyoake ( “Historia de la Cooperativa en Inglaterra”, pág. 99) cita lo siguiente de la experiencia de otra persona: “Mi libreta de ahorros muestra que pagué £1 el 3 de noviembre del año pasado (1860) para hacerme socio de una cooperativa. No he pagado nada desde entonces, y ahora se me acreditan £3, 16 chelines y 6 peniques , casi el 300% de mi capital en un solo año. Por supuesto, esto se debe a que mis compras fueron grandes en proporción a mi inversión. En una cooperativa, se obtiene un cinco por ciento del dinero que se invierte como accionista; y, si la cooperativa se gestiona bien, se obtiene un siete y medio por ciento adicional”.

321.

Para una descripción completa de los pasos adecuados a seguir para establecer una tienda, con muchos detalles prácticos, consulte “Co-operation as a Business” de Charles Barnard, pág. 119.

322.

Cf. Walker, “La cuestión de los salarios”, pág. 276.

323.

Godkin, “Revista norteamericana”, 1868.

324.

“Historia de la cooperación”, vol. ii, cap. ix.

325.

Holyoake, “Historia de la cooperación”, pág. 131.

326.

Godkin, “Revista norteamericana”, 1868.

327.

Págs. 27, 31, 32.

328.

Barnard, “La cooperación como negocio”, págs. 150-152.

329.

Holyoake, “Historia de la cooperación”, pág. 235.

330.

Véase Thornton, “On Labor”, pág. 370. Véase también “Parliamentary Documents”, 1868, 1869, xxxi; “Trades-Unions of England”, del conde de París; “Work and Wages”, de Brassey, cap. xiii.

331.

Véase Walker, “Wages Question”, pág. 283. Véase también Mill, Libro IV, Cap. VII, § 5, para un relato de los experimentos de M. Leclaire en Francia con pintores de casas.

332.

Véase también Von Böhmert, “Gewinnbetheiligung”, segunda edición, 1878, y “Métodos de reforma social” de Jevons (1883). El profesor Jevons ( “El Estado en relación con el trabajo”, págs. 146, 147) ha proporcionado una breve bibliografía, que reproduzco aquí:

Charles Babbage, “Economía de las manufacturas”, cap. xxvi; HC Briggs, “Asociación de Ciencias Sociales”, 1869; HC y A. Briggs, “Evidence before the Trades-Union Commission”, 4 de marzo de 1868, preguntas 12.485 a 12.753 [Documentos parlamentarios]; “El historial de asociaciones industriales” ; Pare, “Agricultura cooperativa” (Longmans) 1870; Jean Billon, “Participation des Ouvriers aux Bénéfices des Patrons”, Ginebra, 1877; Fougerousse, “Patronos y Obreros de París” (Chaix), 1880; Sedley Taylor, “Society of Arts Journal”, 18 de febrero de 1881, vol. xxix, págs. 260-270; también en “Nineteenth Century”, mayo de 1881, págs. 802-811, “On Profit-Sharing” ; JC Van Marken, “La Question Ouvrière: Essai de Solution Pratique” (Chaix) 1881.

333.

En la última edición de su “Manual”, el profesor Fawcett describe así un experimento cooperativo en agricultura:El que más ha llamado la atención fue realizado hace casi cuarenta años por el Sr. Gurdon en su finca de Assington, cerca de Sudbury, en Suffolk. El Sr. Gurdon quedó tan impresionado por la miserable condición de los trabajadores agrícolas empleados en su finca, que se sintió impulsado a hacer algo por ellos. Cuando una de sus granjas quedó vacía, ofreció arrendarla a la renta ordinaria, 150 libras al año, a los trabajadores que la trabajaban. Como, por supuesto, no tenían suficiente capital para cultivarla, en primera instancia les prestó el ganado y los aperos necesarios. De hecho, los trabajadores se constituyeron en una sociedad con once acciones, y a ningún trabajador se le permitía poseer más de una. El plan tuvo tanto éxito que en pocos años se había ahorrado lo suficiente de las ganancias para reembolsar todo lo adelantado, y el ganado y los aperos pasaron a ser propiedad de los trabajadores. Cada acción aumentó considerablemente de valor. El Sr. Gurdon estaba tan... Muy animado, no solo por las ventajas económicas obtenidas por los trabajadores, sino también por la mejora general de su condición, que años después arrendó otra granja más grande en condiciones similares. Aunque nunca se ha publicado un informe contable, las notables ventajas económicas obtenidas por los trabajadores quedan demostradas por el hecho de que, tras disfrutar de salarios al menos tan altos como los que se pagaban en el distrito, en pocos años pudieron convertirse en propietarios de una valiosa propiedad, consistente en el ganado y los aperos de las granjas. Una de las circunstancias más significativas y esperanzadoras relacionadas con el experimento es que no fue llevado a cabo por un grupo selecto de hombres; y si tanto pudieron hacer trabajadores que probablemente se encontraban entre los menos educados del país, se puede concluir con razón que cuando la inteligencia de nuestra población rural se haya desarrollado mejor, la cooperación podrá aplicarse de forma más completa a la agricultura, y con resultados aún más sorprendentes que los obtenidos en Assington... En la descripción que se ha dado con frecuencia del sistema de propiedad campesina, se muestra cuán poderosamente se estimula la laboriosidad del trabajador. El sentimiento de propiedad. Cuando cultiva su propia parcela, se esfuerza al máximo, porque sabe que disfrutará de todo lo que produce su trabajo. Cada año, con el uso extendido de maquinaria en la agricultura, se hace más ventajoso cultivar a gran escala. Por lo tanto, cuando la agricultura cooperativa se haga viable, la tierra podrá ser cultivada por asociaciones de trabajadores, y así se podrán asegurar muchas de las ventajas asociadas con el sistema de propiedad campesina, a la vez que se evitarán las desventajas de la pequeña agricultura. El progreso hacia la agricultura cooperativa será, sin duda, lento y gradual.

334.

Godkin, “North American Review”, 1868. Véase también Hermann Schultze-Delitsch, “Die Entwickelung des Genossenschaftswesens in Deutschland” (1870). Este eminente filántropo murió el 29 de abril de 1883. Para otras formas de cooperación, creación de asociaciones, etc., véase Barnard, “Co-operative as a Business” ; Pajot, “Du Progrès par les Sociétés de Secours Mutuels” (1878).

335.

Véase “Economía de la industria”, del Sr. y la Sra. Marshall, pág. 223.

336.

“La riqueza de las naciones”, Libro V, cap. ii.

337.

Libro II, Cap. I, § 6 .

338.

Libro III, Cap. XIX, § 5 .

339.

Actualmente se aplica un tipo impositivo más alto a los ingresos procedentes de la tierra que a los ingresos profesionales.

340.

Cf. Walker, “Tierra y renta”, pág. 134.

341.

He cambiado las sumas mencionadas en esta ilustración a nuestro propio dinero.

342.

Otra objeción común es que a menudo se requieren viviendas grandes y costosas, no como residencia, sino para fines comerciales. Sin embargo, es un principio reconocido que los edificios, o partes de ellos, ocupados exclusivamente para fines comerciales, como tiendas, almacenes o fábricas, deben estar exentos del impuesto inmobiliario.

También se ha objetado que el alquiler de las viviendas en los distritos rurales es mucho más bajo que en las ciudades, y más bajo en algunas ciudades y en algunos distritos rurales que en otros; por lo que un impuesto proporcional a este nivel tendría una desigualdad de presión correspondiente. A esto, sin embargo, se puede responder que, en lugares donde el alquiler de las viviendas es bajo, las personas con los mismos ingresos suelen vivir en casas más grandes y mejores, y por lo tanto gastan en alquiler de viviendas una proporción aproximadamente igual de sus ingresos de lo que podría parecer a primera vista. O, si no, lo más probable es que muchos de ellos vivan en esos lugares precisamente porque son demasiado pobres para vivir en otro lugar y, por lo tanto, tienen el mayor derecho a que se les apliquen impuestos bajos. En algunos casos, es precisamente porque la gente es pobre que el alquiler de las viviendas se mantiene bajo. — Mill.

343.

Aquí también he cambiado las cantidades a nuestro propio dinero.

344.

Esta ilustración también ha sido modificada, pero sólo en la medida en que se ajuste al comercio entre Inglaterra y los Estados Unidos.

345.

Probablemente el ejemplo más claro conocido de grandes ingresos obtenidos de extranjeros mediante un impuesto a las exportaciones es el comercio del opio con China. El alto precio del producto, bajo el monopolio gubernamental (equivalente a un alto arancel de exportación), tiene tan poco efecto desincentivador de su consumo que se dice que ocasionalmente se vendió en China por hasta su peso en plata .

346.

Un impuesto territorial es, en su justa medida, una prueba de que el Estado reclama un derecho sobre el suelo y que actúa ante el contribuyente, por así decirlo, en lugar del terrateniente. Sin embargo, este impuesto suele ser tan bajo que no disminuye significativamente la renta de la tierra. En su sentido más amplio, es un impuesto sobre la renta.

347.

Algunos argumentan que los materiales e instrumentos de toda producción deberían estar exentos de impuestos; pero estos, cuando no se utilizan para la producción de artículos de primera necesidad, parecen ser tan adecuados para ser gravados como el artículo terminado. Es principalmente en relación con el comercio exterior que dichos impuestos se han considerado perjudiciales. A nivel internacional, pueden considerarse como derechos de exportación y, salvo en casos en que un derecho de exportación sea aconsejable, deberían ir acompañados de una reducción equivalente sobre la exportación. Sin embargo, no hay razón suficiente para no gravar los materiales e instrumentos utilizados en la producción de cualquier cosa que sea en sí misma un objeto adecuado de tributación. — Mill.

348.

Véase la “Cyclopædia” de Lalor, el artículo “Distilled Spirits”, de David A. Wells.

349.

“Resumen estadístico de los Estados Unidos”, 1883, págs. 2, 3.

350.

El antiguo estado de cosas fue bien descrito por Sydney Smith: “Debemos pagar impuestos sobre todo artículo que entra en la boca, cubre la espalda o se coloca bajo los pies. Impuestos sobre todo lo que es agradable a la vista, oído, tacto, olfato y gusto. Impuestos sobre el calor, la luz y la locomoción. Impuestos sobre todo lo que hay sobre la tierra y las aguas bajo la tierra. Sobre todo lo que viene del extranjero o se cultiva en casa. Impuestos sobre las materias primas. Impuestos sobre todo valor que se le añade por la industria del hombre. Impuestos sobre la salsa que mima el apetito del hombre y la droga que le devuelve la salud. Sobre el armiño que decora al juez y la cuerda que cuelga al criminal. Sobre los clavos de bronce del ataúd y sobre las cintas de la novia. En la cama o en la mesa, acostados o en reposo, debemos pagar. El joven imberbe maneja su caballo gravado con una brida gravada en un camino gravado, y el inglés moribundo, vertiendo su medicina (que ha pagado el 7 por ciento) en una cuchara (que ha pagado 30%), se deja caer de nuevo en su lecho de chintz (que ha pagado el 22%), hace testamento y expira en los brazos del boticario (que ha pagado 100 libras por el privilegio de ejecutarlo). Todos sus bienes son gravados entonces entre el 2% y el 10%; además del proceso de sucesión, se exigen grandes honorarios por enterrarlo en el presbiterio: sus virtudes se transmiten a la posteridad en mármol gravado, y luego es reunido con sus padres para no pagar más impuestos.

351.

“Almanaque de reforma financiera”, 1883, págs. 107-109.

352.

“Handbuch der Verfassung und Verwaltung in Preussen und dem Deutschen Reich”, por Graf Hue de Grais (segunda edición, 1882), pág. 138.

353.

"Le Budget. Revenus et Dépenses de la France", por M. Block (1881), págs.57, 82.

354.

Tomado, con modificaciones, de “Problemas en economía política” de Milnes, pág. 377.

355.

Libro I, Cap. IV, § 5 .

356.

Aunque el señor Mill hizo referencia a las guerras francesas de principios de este siglo, sus palabras se aplican también a las circunstancias de nuestra propia guerra tardía, de 1861-1865.

357.

Cairnes, “Principios rectores”, págs. 381, 382.

358.

Libro I, Cap. IV .

359.

El Sr. Mill aborda aquí consideraciones políticas que no deben incluirse en un análisis puramente económico. (Véase el comienzo del § 6 ).

360.

Véase “Bosquejo de la historia de la economía política”, supra , pág. 6 , nota 1.

361.

Para consultar la bibliografía sobre la cuestión del transporte marítimo en los Estados Unidos, véase el Apéndice I.

362.

DA Wells, “Ensayos del Club Cobden”, segunda serie, pág. 533.

363.

Véase “Protección a las industrias jóvenes tal como se aplica en los Estados Unidos” (1883), de F. W. Taussig.

364.

En una carta escrita el 26 de febrero de 1866 al Sr. Horace White, publicada en el “Tribune” de Chicago y reimpresa en el “Nation” de Nueva York el 29 de mayo de 1873.

365.

Los empresarios usan constantemente el término "costo de producción" cuando en realidad se refieren a lo que para el economista se expresa como "costo de la mano de obra". Si el costo de la mano de obra aumenta, se reduce la rentabilidad —donde perciben las dificultades de la competencia—, pero dicen que el costo de producción ha subido: para ellos, solo ha subido el costo, es decir, el "costo de la mano de obra", no el "costo de producción".

366.

Cf. Cairnes, “Principios rectores”, págs. 324-341; y supra , Libro III, Cap. II, § 4 .

367.

Tampoco se considera el hecho (suficientemente establecido por el Sr. Brassey) de que Inglaterra ofrece salarios más altos a sus operarios que el continente, y aun así, Inglaterra puede vender a precios más bajos que Francia y Alemania en mercados neutrales. Es evidente, sin embargo, que Inglaterra solo puede vender a precios más bajos en ocupaciones en las que tiene ventajas.

368.

Cairnes, “Principios rectores”, págs. 382-388.

369.

“Compendio”, 1880, págs. 1343-1377.

370.

“Princeton Review”, 1883, pág. 222.

371.

En la actualidad, en Estados Unidos sólo hay cinco personas dedicadas a la agricultura por cada milla cuadrada de superficie poblada.

372.

Libro IV, Cap. I, § 2 .

373.

“Decimoquinto informe anual de la Oficina de Estadística de Massachusetts, 1884”, por Carroll D. Wright.

374.

Véase “Problemas en la economía política” de Milnes .

 


*** FIN DEL LIBRO ELECTRÓNICO DEL PROYECTO GUTENBERG PRINCIPIOS DE ECONOMÍA POLÍTICA ***

 

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