© Libro N° 14411. El Primer Hombre De Roma. Saga Roma Vol 1. McCullough, Colleen. Emancipación. Octubre 25 de 2025
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EL PRIMER HOMBRE DE ROMA
Saga Roma Vol 1
Colleen McCullough
El Primer
Hombre De Roma
Saga Roma Vol
1
Colleen McCullough
Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización
occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se
inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a
ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad,
enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado.
El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un
militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se
casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos
luchan por el poder y la gloria.
Colleen McCullough
El primer hombre de Roma
Saga Roma Vol 1
eBook v1.7
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A mi buen amigo Frederick T. Mason, magnífico colega e inmejorable
persona, con cariño y gratitud.
PERSONAJES PRINCIPALES
CEPIO
Quinto Servilio Cepio, cónsul en 106 a. JC.
Quinto Servilio Cepio, su hijo
Servilia Cepionis, su hija
CÉSAR
Cayo Julio César, senador
Marcia de los Marcii Reges, su esposa y madre de:
Sexto Julio César, hijo mayor
Cayo Julio César, hijo menor
Julia Maior (Julia), hija mayor
Julia Minor (Julilla), hija menor
COTA
Marco Aurelio Cota, pretor (datos desconocidos)
Rutilia, su esposa; primer marido: su hermano Lucio Aurelio Cota, cónsul
en 118 a. JC. (murió poco después) Aurelia, su hijastra y sobrina
Lucio Aurelio Cota, su hijastro y sobrino
Cayo, Marco y Lucio Aurelio Cota, sus hijos con Rutilia
DECUMIO
Lucio Decumio, encargado de un "colegio" en una encrucijada
DRUSO
Marco Livio Druso Censor, cónsul en 112 a. JC., censor en 109 a. JC.
(murió ocupando el cargo)
Cornelia Escipión, su esposa separada, madre de:
Marco Livio Druso, hijo mayor
Mamerco Emilio Lépido Liviano, hijo menor, adoptado de pequeño Livia
Drusa, su hija
GLAUCIA
Cayo Servilio Glaucia, tribuno de la plebe en 102 a. JC., pretor en 100
a. JC.
YUGURTA
Yugurta, rey de Numidia, hijo bastardo de Mastanábal Bomílcar, su
hermanastro, barón
MARIO
Cayo Mario
Grania de Puteoli, su primera esposa
Marta de Siria, vidente
METELO
Lucio Cecilio Metelo Dalmático, pontífice máximo, cónsul en 119 a.
JC., hermano mayor de:
Quinto Cecilio Metelo, el Numídico, cónsul en 109 a. JC., censor en 102
a. JC.
Quinto Cecilio Metelo Pío, hijo del Numídico
Cecilia Metela Dalmática, sobrina y pupila del Numidico, hija de
Dalmático
RUTILIO RUFO
Publio Rutilio Rufo, cónsul en 105 a. JC.
Livia de los Drusos, su difunta esposa, hermana de Marco Livio Druso
Censor
Rutilia de los Rufos, su hermana, viuda de Lucio Aurelio Cota y esposa
de Marco Aurelio Cota
SATURNINO
Lucio Apuleyo Saturnino, tribuno de la plebe en 103 y 100 a. JC.
ESCAURO
Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, cónsul en 115 a. JC., censor
en 109 a. JC.
Marco Emilio Escauro, hijo de su primera esposa Cecilia Metela
Dalmática, su segunda esposa y madre de: Emilia Escaura
SERTORIO
Quinto Sertorio, cadete y tribuno militar
Ría de los Marios, su madre y prima de Cayo Mario
SILA
Lucio Cornelio Sila, cuestor en 107 a. JC., legado
Clitumna de Umbría, su madrastra, tía de Lucio Cavio Stichus Nicopolis,
esclava liberta, su querida Metrobio, adolescente actor de comedias
El primer año (110 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE MARCO MINUCIO RUFO Y ESPURIO POSTUMIO ALBINO
No teniendo ningún compromiso personal con los dos nuevos cónsules,
Cayo Julio César y sus hijos se limitaron a unirse al cortejo que se
iniciaba muy cerca de su casa; era el séquito del primer cónsul Marco Minucio
Rufo. Los dos cónsules vivían en el Palatino, pero la casa del segundo cónsul,
Espurio Postumio Albino, se hallaba en una zona más elegante. Corría el rumor
de que las deudas de Albino alcanzaban magnitudes astronómicas. Nada extraño,
pues era el precio del consulado.
No es que a Cayo Julio César le preocupasen las portentosas deudas
contraídas en aquel ascenso político, ni parecía probable que sus hijos
tuviesen que preocuparse por ello. Hacía cuatrocientos años que un Julio había
ocupado la marfileña silla curul, cuatro siglos desde que un Julio había sido
capaz de reunir una suma equivalente. Y la familia de los Julios era tan
fulgurante, tan augusta, que las oportunidades de llenar sus arcas se habían
sucedido de generación en generación, y, sin embargo, cada siglo que
transcurría, los Julios se veían cada vez más pobres. ¿Cónsul? ¡Imposible!
¿Pretor, magistratura inmediatamente inferior en la jerarquía? ¡Imposible! No,
un modesto y tranquilo puesto en los bancos traseros del Senado era el legado
de un Julio de los tiempos que corrían, incluidos los de la rama de la familia
llamada César por su profusa cabellera.
Así pues, la toga que el criado personal de Cayo Julio César le plegaba
sobre el hombro izquierdo, el tronco y le disponía sobre el brazo izquierdo,
era la toga blanca común de quien nunca había aspirado al alto cargo de la
silla curul. Sólo sus zapatos rojo carmesí, su anillo senatorial de hierro y la
banda roja de doce centímetros sobre el hombro derecho de su túnica
diferenciaban su atuendo del de sus hijos Sexto y Cayo, que llevaban zapatos
corrientes, un simple sello a guisa de anillo y la estrecha franja roja de
caballero en la túnica.
A pesar de que aún no había amanecido, la jornada comenzaba con ciertas
ceremonias: una breve plegaria con ofrenda de tortas saladas ante el altar de
los dioses en el atríum de la casa, y luego, cuando el criado de servicio en la
puerta anunciase que se veían antorchas bajando por la colina,
una reverencia a Jano Patulcio, el dios que propiciaba la buena apertura
de una puerta.
Padre e hijos salieron al callejón adoquinado para separarse; mientras
los dos jóvenes se unían a las filas de los caballeros que precedían al primer
cónsul, Cayo Julio César aguardaría a que pasase el propio Marco Minucio Rufo
con sus lictores para incorporarse al grupo de senadores que le seguían.
Marcia musitó una plegaria al dios Jano Clusivio, guardián de las
puertas que se cierran, para despedir a los criados y asignarles otras tareas.
Tras la marcha de los hombres, ella tenía que ocuparse de su propia excursión.
¿Dónde estaban las niñas? Unas risas le dieron la respuesta; procedían de la
reducida sala de estar, feudo de las muchachas. Allí estaban sus risueñas
hijas, las dos Julias, desayunando rebanadas de pan untadas con miel. ¡Qué
encantadoras eran!
Siempre se había dicho que todas las Julias que nacían eran un tesoro
por tener el peculiar y afortunado don de hacer felices a sus maridos. Y
aquellas dos Julias esperaban impacientes cumplir la tradición familiar.
Julia Maior —a quien llamaban Julia— iba a cumplir dieciocho años. Alta
y dotada de grave dignidad, tenía el pelo castaño leonado recogido en moño en
la nuca, y sus grandes ojos grises escrutaban el mundo con plácida seriedad.
Era una Julia apacible e intelectual.
Julia Minor —llamada Julilla— tenía dieciséis años y medio. Era el
último fruto del matrimonio y no había sido muy bien recibida hasta que, ya
crecida, su encanto había conquistado el blando corazón de sus padres y de los
tres hijos anteriores. Tenía un rostro color miel, y cutis, pelo y ojos eran de
una suave gradación ambarina. Por supuesto, las risas eran de Julilla. Ella
reía por todo. Era una Julia nerviosa y casquivana.
—¿Estáis listas, niñas? —inquirió la madre.
Se apresuraron a dar los últimos bocados al pegajoso pan, lavaron
delicadamente sus dedos en un cuenco de agua, los secaron con un paño y
salieron del cuarto con Marcia.
—Hace frío —dijo su madre, cogiendo unas capas de lana que le ofrecía un
criado. Unas capas pesadas y corrientes.
Las dos muchachas hicieron un gesto de desilusión pero no protestaron;
se avinieron a abrigarse como gusanos de seda, asomando el rostro entre
pliegues de lana. Abrigada de la misma guisa, Marcia formó al reducido séquito
de hijas con escolta de criados y abandonó la casa.
Vivían en aquella modesta casa del Germalus inferior del Palatino desde
los tiempos en que Sexto, el padre, se la había dejado a su hijo menor Cayo con
500 yugadas de buena tierra entre Bovillae y Aricia, legado suficiente para que
Cayo y su familia tuvieran medios para mantener el escaño del Senado, aunque
no, desgraciadamente, para ascender los peldaños del cursus honorum, la escala
honorífica que llevaba al pretorado y al consulado.
Sexto había tenido dos hijos y no había dejado la herencia a uno solo;
decisión un tanto egoísta, ya que implicaba que sus bienes —ya menguados,
porque él también tenía un padre sentimental y un hermano menor a quien había
que tener en cuenta— fuesen necesariamente divididos entre su hijo mayor Sexto
y Cayo el menor. El resultado fue que ninguno de los dos pudieron aspirar al
cursus honorum para llegar a ser pretor y cónsul.
Sexto, el hermano, no había sido un padre tan sentimental, y felizmente,
porque, con Popilia, había tenido tres hijos, carga intolerable para una
familia senatorial. Por consiguiente, se armó del valor necesario para
separarse de su hijo mayor, entregándolo en adopción a Quinto Lutacio Catulo,
que no tenía descendencia, con el consiguiente ingreso monetario y la seguridad
de que el muchacho adquirida una fortuna. El viejo Catulo era riquísimo y no
tuvo reparos en pagar una gran suma por adoptar a un hijo de origen patricio,
guapo y bastante inteligente. El dinero que el muchacho había procurado a
Sexto, su verdadero padre, fue cuidadosamente invertido en tierras e inmuebles
urbanos con la esperanza de que produjese rentas suficientes para que los dos
hijos menores de Sexto pudieran optar a magistraturas mayores.
Aparte del decidido hermano Sexto, la gran contrariedad de los Julios
César era su tendencia a alimentar más de un hijo y luego mostrarse
sentimentales ante la apurada situación en que se veían al tener más de
un vástago; eran incapaces de dominar sus sentimientos, cediendo en adopción
algunos de sus profusos retoños y procurando que los hijos que conservaban
matrimoniaran con buenos partidos. Por tal motivo, sus otrora grandes
propiedades iban disminuyendo en el transcurso de los siglos, y cada vez
sufrían mayores divisiones al heredarlas dos y tres hijos y tener que vender
parte de ellas para dotar a las hijas.
El esposo de Marcia era un Julio César de éstos y un padre demasiado
sentimental, muy orgulloso de sus hijos y demasiado apegado a sus hijas para
ser un buen romano razonable. El hijo mayor habría debido ser cedido en
adopción, y las dos hijas, prometidas hacía años en matrimonio a hombres ricos;
del mismo modo que el hijo menor habría debido prometerse con una novia rica.
Sólo con dinero es posible una buena carrera política. La sangre patricia hacia
tiempo que resultaba un lastre.
No fue un día de Año Nuevo muy propicio. Hacia un viento frío que
arrastraba una fina lluvia que mojaba peligrosamente los adoquines e
incrementaba el rancio hedor de un antiguo incendio que flotaba en el aire.
Había amanecido más tarde por las nubes que cubrían el cielo, y era un día
festivo que el pueblo humilde romano había optado por celebrar en sus reducidas
viviendas, tumbado en los jergones de paja, jugando a lo que llamaban esconder
la salchicha; porque si hubiese hecho buen tiempo, las calles habrían estado
atiborradas de gente de toda condición, camino de un buen punto de observación
para contemplar el esplendor del Foro Romano y del Capitolio. Pero, como hacía
mal día, Marcia y sus hijas pudieron avanzar cómodamente sin que la escolta de
criados tuviera que recurrir a la fuerza bruta para abrirles paso.
El callejón en el que estaba situada la casa de Cayo Julio César
desembocaba en el Clivus Victoriae, cercano a la Porta Romulana, la antigua
puerta de las murallas viejas de la ciudad del Palatino, con sus enormes
bloques pétreos dispuestos por el propio Rómulo, ya desbordadas y con
edificaciones sobre ellas y llenas de grafiti e iniciales de los visitantes en
aquellos seiscientos años. Doblando a la derecha para ascender por el
Clivus Victoriae, hacia la esquina en que el Germalus del Palatino
dominaba el Foro Romano, la comitiva alcanzaba su punto de destino cinco
minutos después; era una zona sin edificios desde la cual la vista era
magnífica.
Doce años atrás ocupaba aquel solar una de las mejores casas de Roma,
pero ahora apenas quedaban restos de aquella morada, de no ser por unas pocas
piedras medio cubiertas por la hierba. La panorámica era espléndida. Desde el
sitio en que los criados situaron las sillas plegables, Marcia y sus hijas
dominaban perfectamente el Foro Romano y el Capitolio y el apiñamiento en
declive del Subura, que acentuaba las colinas situadas al norte sobre la línea
del horizonte.
—¿Habéis oído? —dijo Cecilia, la esposa del mercader-banquero Tito
Pomponio. En avanzado estado de gestación, se hallaba sentada junto a su tía
Pilia, y ambas vivían dos calles más allá de la casa de los César.
—No. ¿El qué? —respondió Marcia, inclinándose hacia adelante. —Los
cónsules, los sacerdotes y los augures han iniciado el cortejo
después de medianoche para estar seguros de concluir a tiempo los ritos
y plegarias...
—¡Siempre hacen eso! —la interrumpió Marcia—. Si se equivocan, tienen
que empezar de nuevo.
—Lo sé, lo sé, ¡no soy tan ignorante! —replicó asperamente Cecilia,
molesta al saberse corregida por la hija de un pretor—. ¡Pero es que no han
cometido ningún error! Los auspicios han sido malos. Cuatro relámpagos por la
derecha y una lechuza en el lugar del augurio chillando como si la mataran. Y
ahora el tiempo... no vamos a tener un buen año, ni un buen par de cónsules.
—Eso te lo habría dicho yo sin necesidad de lechuza ni de relámpagos
—replicó Marcia, cuyo padre no había llegado a ser cónsul pero sí el praetor
urbanus constructor del gran acueducto que abastecía de agua potable a Roma, y
que figuraba en los anales como uno de los grandes gobernantes de todos los
tiempos—. Para empezar, ha sido una deleznable selección de candidatos y,
luego, los electores no han sabido elegir lo
mejorcito dentro de lo malo. Yo diría que Marco Minucio Rufo, pase;
¡pero Espurio Postumio Albino! Siempre han sido unos inútiles.
—¿Quién? —inquirió Cecilia, que era algo obtusa.
—El clan de los Postumios Albinos —respondió Marcia, dirigiendo la
mirada hacia sus hijas para comprobar si todo iba bien.
Se habían encontrado con cuatro muchachas, hijas de los dos Claudio
Pulcro, una tribu que no sabía comportarse; pero desde pequeñas se citaban
junto a la casa de Flaco para ir a la escuela, y no se podía interponer ninguna
barrera social contra aquella casta casi tan aristocrática como los Julios
César. Y tanto más, cuanto que los Claudio Pulcro también pugnaban perennemente
con los adversarios de la antigua nobleza y tenían muchos hijos que mermaban su
hacienda y su dinero. Ahora sus Julias habían trasladado sus escabeles hasta el
sitio que ocupaban las otras muchachas solas. ¿Dónde se hallarían sus madres?
Y, además, charlaban con Sila. Eso sí que no.
—¡Niñas! —chilló Marcia.
Dos cabezas envueltas en ropaje se volvieron hacia ella.
—Venid aquí inmediatamente.
Las muchachas regresaron.
—Por favor, mamá, ¿no podemos estar con nuestras amigas? —dijo Julilla
con mirada suplicante.
—No —replicó Marcia con tono inapelable.
Abajo, en el Foro Romano, se iba formando el cortejo en doble fila que
había discurrido desde la casa de Marco Minucio Rufo que confluía con otra
larga doble fila llegada desde la de Espurio Postumio Albino. Lo encabezaban
los caballeros, no tantos como habría habido de ser un buen día de Año Nuevo,
pero en número suficiente para reunir a unos setecientos. Conforme se hacía más
de día y la lluvia arreciaba, se dirigieron hacia la cuesta del Clivus
Capitolinus en donde, en la primera curva de la breve pendiente, aguardaban los
sacerdotes y matarifes con dos bueyes blancos sin defecto alguno, ataviados con
dogales de brillantes lentejuelas, cuernos dorados y guirnaldas en la cerviz.
Detrás de los caballeros iban los veinticuatro lictores de los nuevos cónsules,
y tras los lictores venían los
cónsules seguidos del Senado; los senadores con magistraturas mayores
luciendo toga bordada en púrpura y los demás con togas blancas. En la cola
formaban los que no tenían derecho a ir en el cortejo: curiosos y una
muchedumbre de clientes de los cónsules.
Bonito, pensó Marcia. Serían unos mil hombres ascendiendo despacio hacia
el templo de Júpiter Optimus Maximus, el gran dios de Roma, cuya impresionante
estatua se erguía en el lugar más elevado de la ciudad, hacia el sur de las dos
colinas que formaban el Capitolio. Los griegos construían sus templos a ras del
suelo, pero los romanos los alzaban sobre elevadas plataformas con grandes
escalinatas, y los peldaños que conducían al templo de Júpiter Optimus Maximus
no eran pocos. Bonito, pensó Marcia de nuevo al ver que los animales para el
sacrificio y la comitiva sacerdotal se unían al cortejo y éste continuaba hasta
que todos quedaban apiñados lo mejor posible en la restringida plaza al pie del
templo. En aquella multitud estaban su esposo y sus hijos, miembros de la clase
dirigente de la ciudad más poderosa del mundo.
* * *
En ella se encontraba también Cayo Mario, un ex pretor que lucía la toga
praetexta bordada en púrpura, y en sus zapatos senatoriales carmesíes, la
hebilla en forma de creciente propia de su cargo. Pero no le bastaba. Había
sido pretor cinco años atrás y habría debido ser cónsul hacía ya tres años.
Pero sabía que no le consentirían ser candidato al consulado. Nunca. ¿Por qué?
Porque no reunía los requisitos. Esa era la única razón. ¿Quién había oído
hablar de la familia de los Marios? Nadie.
Cayo Mario procedía del ámbito rural y era un soldado, una persona de la
que se decía que no sabía griego y que cuando se excitaba incurría en un latín
con dejos provincianos. No importaba que pudiese comprar y vender a medio
Senado; no importaba que en el campo de batalla fuese mejor general que la
mitad de los senadores. Lo que contaba era la sangre. Y su linaje era
deficiente.
Cayo Mario era natural de Arpinum, un lugar a pocos kilómetros de Roma,
cierto, pero peligrosamente próximo a la frontera entre el Lacio y el Samnio, y
por consiguiente un tanto sospechoso en cuanto a lealtades y tendencias. Los
samnitas seguían siendo los más recalcitrantes adversarios de Roma de todos los
pueblos itálicos. Arpinum había recibido plena ciudadanía romana tan sólo
setenta y ocho años atrás, y el distrito no gozaba aún de auténtica categoría
de municipio.
¡Ah, pero era muy bonito! Agazapado al pie de las cumbres apeninas, era
un feraz valle entre los ríos Melfa y Liris en el que se criaba una buena uva
para vino de mesa y de solera, de la que se obtenían cosechas con rendimientos
del ciento cincuenta por ciento; también había ovejas gordas que daban una lana
extraordinariamente fina. Un lugar apacible, verde, aletargado; más fresco de
lo previsto en verano y más cálido de lo normal en invierno. Las aguas de los
dos ríos eran abundantes en pesca; los espesos bosques de las montañas que
circundaban Arpinum continuaban proveyendo de excelente madera para naves y
casas. Y había pinos de tea y pinos de antorchas, encinas que en otoño
sembraban el suelo de bellotas para los cerdos; gruesos jamones y tocino dignos
de las mejores mesas de Roma, donde generalmente iban a parar.
La familia de Cayo Mario vivía en Arpinum hacía siglos y se sentía
orgullosa de su latinidad. ¿Era Mario un apellido volsco o samnita? ¿Conservaba
un acento osco, dado que había samnitas y volscos llamados Mario? ¡No! Mario
era latino. Él, Cayo Mario, era como el que más de aquellos altivos y engreídos
nobles que tanto se complacían en desdeñarle. De hecho —¡y eso era lo que más
le hería!—, era superior a todos ellos. Algo en su interior se lo decía.
¿Cómo puede un hombre explicar lo que siente? Era un sentimiento que
anidaba dentro de él y que no podía expulsar por mucho que lo intentara. Hacía
muchísimo tiempo que aquel sentimiento se había apoderado de su ser, tiempo más
que suficiente para que los acontecimientos de años sucesivos le mostrasen su
futilidad, impulsándole a la desesperación. Pero no se había rendido; aquel
sentimiento seguía alojado en su cerebro, tan vívido e indomable como antaño.
¡Qué extraño era el mundo!, pensaba Cayo Mario, mirando los rostros
inexpresivos de aquellos hombres con togas bordadas de púrpura que le rodeaban
en aquella hora triste y lluviosa del amanecer. No, no había entre ellos un
Tiberio ni un Cayo Sempronio Graco. Con excepción de Marco Emilio Escauro y
Publio Rutilio Rufo, el resto eran unos hombrecillos. Y, pese a todo, le
miraban por encima del hombro, a él, Cayo Mario, como a un presuntuoso
desconocido con más agallas que gracia. Simplemente porque por sus venas corría
mejor sangre. Pero todos sabían que, si se daban las circunstancias, él
llegaría a ser el primer hombre de Roma. Igual que Escipión el Africano, Emilio
Paulo, Escipión Emiliano y tal vez una docena más, que de ese modo los habían
llamado a lo largo de los siglos de existencia de la república.
El primer hombre de Roma no era el mejor hombre, sino el primero entre
otros iguales a él en grado y oportunidades. Y el primer hombre de Roma era
algo muchísimo mejor que la realeza, la autocracia, el despotismo o lo que
fuera. El primer hombre de Roma se aferra a ese título por simple preeminencia,
siempre consciente de que el mundo está lleno de Otros que pueden suplantarle,
legal y pacíficamente, al presentar una mejor clase de preeminencia. Ser el
primer hombre de Roma era más que ser cónsul. Los cónsules llegan y van al
ritmo de dos por año, mientras que en el transcurso de los siglos de existencia
de la república romana, sólo un puñado de hombres han recibido el saludo de
primer hombre de Roma.
En aquel momento no había ningún primer hombre en Roma; en realidad, no
lo había habido desde la muerte de Escipión Emiliano, diecinueve años atrás.
Marco Emilio Escauro estaba muy cerca de ello, sí, pero no contaba con poder
suficiente —auctoritas, como se decía, una mezcla de poder, autoridad y fama
peculiar en Roma— para merecer el título, y nadie se lo aplicaba, ¡salvo él
mismo!
De pronto, entre murmullos, se produjo un revuelo en la multitud de
senadores. El primer cónsul Marco Minucio Rufo estaba a punto de ofrecer su
buey blanco al gran dios, pero el animal se resistía, porque no había debido de
tener la prudencia de echarle en el pesebre forraje drogado. Ya
estaban todos comentando que no iba a ser un buen año. Los presagios
adversos durante la vigilia nocturna de los cónsules, el mal tiempo... y ahora
la primera de las dos víctimas bufaba y cabeceaba y la media docena de
ayudantes sacerdotales se las veían y deseaban para sujetarle por los cuernos y
las orejas. Estúpidos; habrían debido adoptar la precaución de anillarle el
hocico. Desnudo hasta la cintura, como el resto de los oficiantes, el acólito
portador del martillo para aturdirle no aguardaba a que alzase la testuz hacia
el cielo y la bajase hacia el suelo —posteriormente podría alegarse, sin duda,
que el animal la había alzado y humillado varias veces durante aquellos debates
por la supervivencia—. El oficiante avanzó un paso y abatió varias veces su
arma de hierro al no acertar a la primera. El ruido sordo del golpe fue seguido
inmediatamente de otro: el de las rodillas del buey al desplomar sus
ochocientos kilos sobre las losas. Luego, el matarife medio desnudo hizo caer
sobre el cuello el hacha de doble filo y todo se llenó de sangre; una pequeña
parte de ella la recogieron en las copas sacrificiales, pero el resto formó un
río pegajoso y vaporoso que se dispersó, fundiéndose y desapareciendo en el
suelo mojado por la lluvia.
Se conoce bastante bien a un hombre por la manera en que reacciona ante
el derramamiento de sangre, pensó Cayo Mario, abstrayéndose de aquella
ceremonia y esbozando una sonrisa con su carnosa boca, cuando observó a uno de
los presentes apartarse apresuradamente, la indiferencia de otro cuyo zapato
izquierdo se manchaba de sangre y los esfuerzos que hacía un tercero para
disimular que estaba a punto de vomitar.
¡Ajá! ¡Allí estaba el hombre! Aquel individuo joven, pero de edad más
que madura, situado junto a los caballeros, togado, aunque inferior pese a la
franja de caballero en el hombro izquierdo de la túnica. No llevaba allí mucho
tiempo, y ahora se alejaba cuesta abajo por el Clivus Capitolinus camino del
Foro. Pero a Cayo Mario le había dado tiempo a ver aquel fulgor en sus
extraordinarios ojos gris claro, absorbiendo la visión de la sangre con
fruición, con ansia. Desde luego no le conocía y se preguntó quién podría ser.
No era un cualquiera, evidentemente. Epiceno por su aspecto: una belleza
femenina y masculina a la vez, ¡y qué colores! Piel tan blanca como la leche y
cabello como el sol naciente. Una encarnación de
Apolo. ¿Habría sido así el dios? No. No había existido ningún dios con
los ojos de aquel mortal que acababa de marcharse; aquellos ojos eran los de
una persona que sufre, y es absurdo que un dios sufra, ¿no?
Aunque el segundo buey estaba mejor drogado, también se resistió, ¡vaya
si se resistió! Esta vez el del martillo falló el primer golpe y el pobre
animal embistió a ciegas, enloquecido. Luego, Otro con más sentido común le
asió por el bamboleante escroto y, en aquel espontáneo desconcierto de la
bestia, aturdidor y matarife actuaron de consuno. El buey cayó al suelo,
salpicando de sangre a todos los que estaban a menos de doce pasos, incluidos
los dos cónsules. Espurio Postumio Albino había quedado hecho una pena, igual
que su hijo menor Aulo, que estaba cerca, detrás de él. Cayo Mario los miró con
recelo, preguntándose si aquel augurio sería lo que él pensaba. En cualquier
caso, malas nuevas para Roma.
No obstante, su indeseable huésped —aquel sentimiento—, se negaba a
dejarle. A decir verdad, últimamente había aumentado como si se aproximara el
momento. El momento en que él, Cayo Mario, se convirtiera en el primer hombre
de Roma. Todas las partículas de su sentido común —y tenía de sobra— le decían
que aquel sentimiento era engañoso; una trampa que le perdería, conduciéndole a
la ignominia y a la muerte. Pero seguía sintiéndolo; tenía la sensación
indefectible de que llegaría a ser el primer hombre de Roma. ¡Absurdo!, argüía
el hombre de eminente sentido común que era; con cuarenta y siete años, había
quedado en sexto y último puesto entre los seis elegidos pretores cinco años
atrás, y era ya muy viejo para aspirar al consulado sin la ventaja de un nombre
y una buena lista de clientes. Había pasado su momento; para siempre.
Por fin comenzaban a investir a los cónsules. Aquel tan petulante era
Lucio Cecilio Metelo Dalmático, el que gozaba del título de pontífice máximo, y
que musitaba las plegarias finales. Poco faltaba para que el primer cónsul
Minucio Rufo ordenase al heraldo convocar al Senado a reunión en el templo de
Júpiter Optimus Maxímus. Allí fijarían la fecha de los festejos latinos en el
monte Albano, discutirían en qué provincias había que nombrar nuevo gobernador
y en cuáles mantenerlo; echarían a suertes las provincias para los pretores y
cónsules, y algún tribuno de la plebe
tomaría la iniciativa de hablar entusiásticamente del pueblo. Escauro
aplastaría al presuntuoso estúpido como a un escarabajo y uno de los
innumerables Cecilios Metelos disertaría monótona e incansablemente a propósito
de la decadencia de los principios éticos y morales de la nueva generación
romana, hasta que docenas de voces en torno a él se alzasen conminándole a
callar. El Senado de siempre, el pueblo de siempre, la Roma de siempre y el
Mario de siempre. Ya con cuarenta y siete años; pronto le colocarían sobre una
pira de troncos y astillas y desaparecería en una nube de humo. Adiós, Cayo
Mario. Saliste de las porquerizas de Arpinum. Nunca fuiste un romano.
El heraldo ya hacía sonar estrepitosamente la trompeta convocando al
Senado. Con un bostezo, Cayo Mario echó a andar, estirando el cuello para ver
si había alguien cerca a quien pisar por simple placer. Nadie; por supuesto.
Pero en aquel preciso momento reparó en Cayo Julio César, que le sonreía como
leyéndole el pensamiento.
Se detuvo y volvió la cabeza. Un simple senador sin voz y sin gran
influencia; era el más viejo de los Julios César que quedaban en el Senado
ahora que había muerto su hermano mayor Sexto. Era alto, más tieso que un
militar, todavía ancho de espaldas y con una armoniosa cabeza de fino cabello
plateado coronando su bello rostro surcado de arrugas. No era joven, debía
tener más de cincuenta y cinco años, pero parecía que fuese a convertirse en
uno de esos ancianos disecados que la nobleza patricia daba con monótona
regularidad y que acudían, con más de noventa años, pasito a paso, a todas las
reuniones del Senado del Pueblo y seguían disertando con admirable sentido
común. Esa clase de personas a las que no se puede matar con un hacha
sacrificial. Esa clase de personas que, cuando todo estaba bien atado, hacían
de Roma lo que era, a pesar de aquella plétora de Cecilios Metelos. Valían por
todos ellos juntos.
—¿Cuál de los Metelos pronunciará hoy la arenga? —inquirió César,
alcanzándole al descender por la escalinata del templo.
—El que aún tiene que ganarse el sobrenombre —respondió Cayo Mario,
moviendo sus profusas cejas cual miriápodos ensartados—. Quinto
Cecilio, el viejo Metelo sin más, hermano menor de nuestro reverendo
pontífice máximo.
—¿Y por qué él?
—Porque creo que el año que viene se presenta a cónsul y ya tiene que ir
metiendo el ruido necesario —respondió Cayo Mario, apartándose para que su
mayor en edad le precediera en la explanada de tierra ante el templo del gran
dios Júpiter Optimus Maximus.
—Sí, creo que tenéis razón —dijo César.
La vasta nave central del templo estaba en penumbra por ser un día muy
nublado, pero el rostro de arcilla roja del gran dios brillaba como iluminado
por dentro. Era una estatua muy antigua, hecha en terracota hacía siglos por el
famoso escultor etrusco Vulca, aunque paulatinamente se le habían añadido
túnica de marfil, cabellos de oro, sandalias de oro, rayo de oro, piel de plata
en brazos y piernas y uñas de oro en los dedos de manos y pies. Sólo el rostro
seguía siendo de aquella arcilla tan rojiza, y estaba afeitado al estilo
etrusco heredado por los romanos; la bobalicona sonrisa de su boca cerrada
curvaba sus labios casi hasta las orejas y le confería aspecto de padre necio,
dispuesto a no enterarse de que el hijo está prendiendo fuego a la casa.
A ambos lados de la capilla del gran dios se abrían dos espacios; el de
la izquierda albergando a su hija Minerva y el de la derecha a su esposa Juno.
Las dos divinidades estaban representadas por magníficas estatuas de oro y
marfil dentro de una cella, y ambas soportaban con resignación la presencia de
un huésped indeseado, porque cuando se construyó el templo, dos de los antiguos
dioses se negaron a abandonarlo, y los romanos, haciendo honor a su tradición,
dejaron los viejos dioses junto con los nuevos.
—Cayo Mario —dijo César—, ¿aceptaríais cenar conmigo mañana? ¡Qué
sorpresa! Cayo Mario parpadeó y aprovechó aquella fracción de
segundo para llegar a una conclusión. Indudablemente, algo se proponía
César. Pero no sería cosa de pacotilla. Y, desde luego, de los Julios César no
podía decirse que fuesen engreídos. Un Julio César no necesitaba serlo. Si se
lograba verificar el linaje hasta la línea masculina de Julio, Eneas,
Anquises y la diosa Venus, con certeza que no se encontraba ningún
baldón por unión con un cargador de muelles como entre los Cecilios Metelos.
—Gracias, Cayo Julio —respondió Mario—. Cenaré con vos encantado.
* * *
Lucio Cornelio Sila despertó aquel amanecer de Año Nuevo casi sobrio.
Vio que se hallaba tumbado exactamente donde debía estar; su madrastra a la
derecha y su querida a la izquierda, pero las dos damas —si eufemísticamente
así podía llamárselas— le daban la espalda y estaban vestidas. Por ello supo
que no le habían exigido sus deberes, deducción corroborada por el hecho de que
lo que había turbado su sueño era una enorme y dolorosa erección, no menos
venturosa. Por un instante permaneció tumbado, haciendo cara a aquel tercer ojo
suyo que le miraba desvergonzadamente desde el bajo vientre, pero, como de
costumbre, fue incapaz de vencer el desigual pugilato. Sólo cabía una solución:
satisfacer al ingrato. Pensando en ello, alargó la mano derecha y alzó el dobladilío
de la túnica de su madrastra y con la izquierda hizo lo propio con su querida.
Tras lo cual, las dos mujeres cejaron en su fingido sueño, se incorporaron y
comenzaron a maltratarle con puños y lengua, zarandeándole y golpeándole
inmisericordes.
—Pero ¿qué he hecho yo? —gimió él, haciéndose un ovillo para defenderse
y proteger su ingle, en la que la erección se había encogido como un odre
vacío.
No se hicieron esperar en decírselo las dos a la vez. De todos modos,
ahora ya recordaba el motivo; pero daba igual, porque las dos chillando al
unísono hacían ininteligible la explicación. ¡Malditos sean los ojos de
Metrobio! ¡Ah, pero qué ojos! De un negro brillante y líquido como jade pulido
y bordeados de pestañas negras tan largas que podían enrollarse en un dedo; tez
como la nata, pelo rizado cayéndole sobre los esbeltos hombros, y el trasero
más precioso del mundo. Con catorce años de edad y mil de vicio, el meritorio
del viejo actor Escilax era un guasón, un tormento, un puto, un tigrecillo.
En general, por entonces Sila prefería a las mujeres, pero Metrobio era
un caso aparte. En compañía de Escilax, el muchacho había acudido a la fiesta
vestido de Cupido en apoyo de la rubicunda Venus —encarnada por Escilax— con un
ridículo par de alitas atadas a la espalda y una escueta faldilla de seda floja
de Cos, teñida con algún sucedáneo de azafrán, que destiñó un poco —porque la
sala se hallaba muy cerrada y hacía mucho calor—, dejándole unas marcas
anaranjadas en la cara interna de los muslos, que sirvieron para llamar aún más
la atención sobre lo que apenas llevaba tapado.
Desde la primera mirada había fascinado a Sila, y Sila le había
fascinado a él. Porque, ¿cuántos hombres había en el mundo que tuvieran un
cutis tan blanco como la nieve y un pelo color del sol naciente, con ojos tan
claros que casi eran blancos? Y eso por no hablar de un rostro que había
desencadenado un tumulto en Atenas unos años antes, cuando Emilio, el que
carece de sobrenombre, había llevado oculto en su barco hasta Patrás al joven
Sila de dieciséis años, gozando de sus favores toda la travesía entre Patrás y
Atenas, siguiendo el rumbo más largo posible a lo largo de la costa del
Peloponeso.
Pero, en Atenas, Sila había sido drásticamente abandonado. Emilio era
demasiado importante para que nada empañase su virilidad. Si los romanos
detestaban la homosexualidad, los griegos la consideraban la forma más sublime
de amor. Por consiguiente, lo que uno ocultaba con temor y aversión, el otro lo
alardeaba ante los ojos de sus sorprendidos iguales. Sin embargo, en lo que a
Sila atañía, pronto una cosa resultó no ser mejor que la otra, porque no cabía
la menor duda de que el temor y la aversión añadían un factor picante y mucha
más liberalidad. Los griegos, como pronto comprobó, estaban poco dispuestos a
pagar por algo que fácilmente se obtenía gratis, aunque el precio fuese tan
asequiblemente bajo como el de Sila. En consecuencia, el jovenzuelo chantajeó a
Emilio para que le pagase un pasaje de primera de vuelta a Roma y dejó Atenas
para siempre.
Naturalmente, al hacerse mayor todo eso había cambiado. Una vez que le
creció la barba lo bastante para afeitársela todos los días y un vello
rojizo-dorado cubrió su pecho, se esfumó su atractivo para los hombres, y
con ello la liberalidad. Descubrió que las mujeres eran mucho más tontas
y mostraban una tendencia a emparejarse que las hacía explotables. De niño no
había conocido muchas mujeres, pues su madre había muerto cuando era demasiado
pequeño para acordarse de ella y quererla, y su padre, un borracho arruinado,
poco se ocupaba de su progenie. Sila tenía una hermana, Cornelia Sila, dos años
mayor que él, igualmente de gran atractivo físico, que había aprovechado la
ocasión para casarse con un rústico muy rico de Picenum llamado Lucio Nonio, y
se había trasladado al norte para disfrutar de los lujos que pudiera procurarle
la vida en Picenum. Con ello, el jovencillo Sila de dieciséis años quedó
enteramente al cuidado de su padre, lo cual afectó a la calidad de sus vidas,
principalmente en orden a la limpieza.
Luego, cuando Sila cumplió veinticuatro años, su padre volvió a casarse.
No fue el acontecimiento social del año, pero supuso un alivio para el joven,
que durante tantos años había tenido que arreglárselas para aportar el dinero
suficiente para saciar la sed del padre; porque la nueva mujer de su padre (por
nombre Clitumna, y nacida en el campo de Umbría) era viuda de un mercader muy
rico y se las había arreglado para heredar todos los bienes del difunto
destruyendo a la fuerza el testamento y despachando a su única hija a Calabria
casándola con un vendedor de aceite.
Lo que en principio vio Clitumna por encima del ajado Sila padre, fue al
hijo. Luego invitó a éste a compartir su cómoda casa en el Germalus del
Palatino y no tardó mucho en apear de la cama a su nuevo marido para ceder el
sitio al joven Sila. Sin saber cómo, en ese momento alumbró en él una leve
chispa de lealtad y afecto por su molesto padre y rechazó a Clitumna lo más
delicadamente posible e inmediatamente abandonó la casa.
Había reunido algunos ahorros y encontró dos habitaciones en el grupo de
viviendas del Esquilino, cerca del Agger, con un alquiler de tres mil
sestercios anuales que podía permitirse. Eso le procuraba una habitación para
él y otra para que el criado durmiera y cocinara; la ropa se la lavaba una
muchacha que vivía dos pisos más arriba, en la atiborrada casa de viviendas, y
que "servía" a varios inquilinos de diversas maneras. La muchacha
recogía una vez por semana la ropa sucia y se llegaba por una
calleja hasta una plazoleta irregular en una encrucijada de aquella
maraña de calles, en donde había un santuario, una taberna en la que se reunía
la cofradía del cruce y una fuente con un viejo Sileno por cuya boca manaba un
chorrito de agua, que caía en un estanque de piedra donado a la ciudad —entre
otros muchos— por un gran hombre de la antigüedad: Catón el censor, un hombre
tan práctico como baja era su cuna. Haciéndose sitio con los codos, la muchacha
batía las túnicas de Sila contra las piedras y solicitaba la ayuda de otras
lavanderas para retorcer las prendas (ya que ella hacia lo propio con las
demás) y luego regresaba con la colada bien doblada. Su precio era sencillo: un
fornicio rápido, y que nadie se enterara; y menos el vejestorio amargado con
quien vivía.
Y fue por entonces cuando él conoció a Nicopolis. Ciudad de la victoria,
significaba el nombre en su griego natal. Para él, desde luego, lo era: viuda,
bien acomodada y enamorada hasta la locura. El único inconveniente era que,
aunque le encantaba mantenerle con gran lujo, era demasiado astuta para darle
dinero. Igual que su madrastra Clitumna, se dijo entristecido. Las mujeres eran
tontas, pero tontas demasiado listas. O quizá fuese él demasiado transparente.
Dos años después de abandonar la espléndida casa de Clitumna, moría su
padre tras hundirse con toda alegría en una cirrosis terminal; y si él era el
precio que Clitumna estaba dispuesta a pagar para atrapar al hijo, surtió
efecto como treta, y más cuando Sila descubrió que Clitumna no mostraba
oposición alguna a compartir sus favores —y su cama— con Nicopolis, la furcia
griega. Los tres entablaron una cómoda relación en la casa del Palatino, una
relación que únicamente halló un molesto tropiezo: la debilidad de Sila por los
jovencitos. No era —perjuró a sus dos mujeres— una grave debilidad; a él no le
agradaban los inocentes ni le gustaba seducir a los hijos de los senadores que
correteaban por las zonas de entrenamiento del Campo de Marte, jugando a esgrima
con espadas de madera y saltando sobre piedras almohadilladas como si fuesen
caballos de verdad. No, a él le gustaban los putos, los guapitos profesionales
que se las sabían todas. La verdad era que le recordaban a él mismo cuando
tenía sus años.
Pero como sus mujeres detestaban a los putos, y él, pese a sus apetitos
sexuales, era muy hombre, procuraba contener esa tendencia de sus deseos en pro
de la armonía del hogar o bien se permitía echar una cana al aire sin que se
enterasen Clitumna y Nicopolis. Hasta aquella noche de fin de año, últimas
horas del consulado de Publio Cornelio Escipión Nasica y Lucio Calpurnio
Bestia, las últimas horas previas al consulado de Marco Minucio Rufo y Espurio
Postumio Albino. La velada de Metrobio, se habría denominado, de haber tenido
autoridad para ello Clitumna y Nicopolis.
A los tres les encantaba el teatro, pero no las obras intelectuales
griegas de Sófocles, Esquilo y Eurípides, con máscaras y profundas voces
gruñonas declamando poesía altisonante. No, a ellos les gustaba la comedia, las
obras latinas de Plauto, Nevio y Terencio, jocosas y desternillantes; y por
encima de todo, las simplezas mímicas y estúpidas representadas sin máscaras
con rameras desnudas, tontos torpes, prostitutas que aparecían a toque de
trompeta, bromas pesadas traídas por los pelos y tramas inverosímiles
improvisadas sobre la marcha e inspiradas en repertorios clásicos. Mariquitas
altas con culos postizos cimbreantes, el movimiento de un dedo más elocuente
que mil palabras, suegros con los ojos vendados que confundían tetas con
melones maduros, adúlteros locos y dioses borrachos. Nada era sagrado en el
reino de Mimo.
Tenían amistad con todos los comediantes y directores de Roma y
consideraban que una fiesta no era fiesta si no acudía un elenco de
"nombres". Para ellos el teatro trágico no existía, y en eso eran
auténticos romanos, porque los romanos eran partidarios de la carcajada.
Por lo tanto, a la fiesta de Año Nuevo en casa de Clitumna fueron
invitados Escilax, Astera, Milo, Pedocles, Dafne y Marsias. Era, naturalmente,
una fiesta de disfraces. A Clitumna le encantaba disfrazarse, igual que a
Nicopolis, y a Sila le divertían las transformaciones femeninas de cierto tipo,
aquellas en que se ve que el disfrazado es un hombre y hace reír a los demás
con sus payasadas al imitar a las mujeres.
Así que Sila se disfrazó de la Gorgona Medusa, con una peluca de
auténticas culebras vivas que hacían chillar espantados a todos los invitados
cada vez que inclinaba la cabeza y amenazaba con embestirlos,
complementado con una sutil túnica en seda de Cos que dejaba traslucir a
la concurrencia su gran serpiente propia. Su madrastra se disfrazó de mono,
dedicándose a hacer cabriolas y a rascarse un ropaje peludo, enseñando las
nalgas pintadas de azul. Nicopolis, bastante más ortodoxa, por ser bastante más
bonita que Clitumna, optó por transformarse en Diana cazadora, mostrando sus
esbeltas piernas y un seno perfecto, dedicándose a retozar por la sala,
haciendo que las flechitas de su carcaj sonaran al mismo tiempo que la música
de flautas, gaitas, campanas, liras y tambores.
La fiesta comenzó de lo más divertido con la aparición de Sila y su
disfraz de serpientes, un auténtico éxito; pero Clitumna vestida de mono era lo
más desternillante. Corrió el vino, y carcajadas y chillidos llenaron el jardín
del peristilo detrás de la casa y volvieron locos a todos los vecinos
conservadores durante las horas que el año viejo tardó en transformarse en año
nuevo. Luego, Escilax, el último invitado que llegó a la casa, cruzó el umbral
balanceándose sobre unos coturnos con suela de corcho, peluca rubio-dorado y
enormes tetas bajo un soberbio peplo y maquillado al estilo de una puta vieja.
¡Pobre Venus! Vestido de Cupido, le seguía Metrobio.
La serpiente grande de Sila, nada más verlo, se puso en guardia, cosa
que no gustó nada al mono ni a Diana cazadora. Aunque tampoco le gustó nada a
Venus-Escilax. Luego se sucedieron escenas tan alocadas como las de la farsa y
el mimo: un trasero azul cimbreándose, un seno desnudo balanceándose, una
peluca rubia desmelenándose, una serpiente humana cimbreándose y un jovencito
emplumado contoneándose. Y como colofón, el mejor zarandeo de todos a cargo de
Metrobio y Sila en un rincón, no tan discreto como habían previsto, disfrutando
de un cuerpo a cuerpo sodomítico.
Claro que sabía que cometía un grave error, pero no lo había podido
evitar. Desde el momento en que reparó en el tinte chorreando por aquellos
muslos sedosos, las largas pestañas encuadrando aquellos ojos brillantes,
negros como la noche, Sila se supo arrobado, encandilado, conquistado sin
remisión. Y cuando su mano rozó la sutil faldilla que llevaba el muchacho y la
alzó un poco para contemplar el encanto que cubría, tan lampiño y
morenito, nada en el mundo habría podido impedirle llegar a mayores y
arrastrar al chico hasta un rincón, detrás de un enorme puf, para poseerle.
Poco faltó para que la farsa se convirtiese en tragedia. Clitumna asió
una copa antigua de vidrio de Alejandría, la rompió e intentó con todas sus
ganas marcar el rostro de Sila. A la vista de lo cual, Nicopolis se abalanzó
sobre ella con un jarro de vino y Escilax se puso a perseguir a Metrobio
enarbolando uno de sus coturnos. Los demás interrumpieron la fiesta para
divertirse contemplándolos. Afortunadamente, Sila no estaba tan borracho para
haber perdido sus extraordinarias dotes físicas y supo contenerlos sin
contemplaciones. A Escilax le propinó tal mojicón en uno de los pintarrajeados
ojos, que se lo dejó contusionado durante un mes, a Diana le clavó en las
piernas las flechitas de su carcaj, y a Clitumna la tumbó sobre sus rodillas y
le propinó una azotaina que le dejó las nalgas más negras que azules. Tras lo
cual dio un beso de tornillo al muchacho en agradecimiento y se fue a la cama
indignadísimo.
Sólo aquel amanecer de Año Nuevo comprendió Sila lo que sucedía. Ya no
era farsa ni comedia, sino una extraña tragedia urdida más insidiosamente que
ninguna de las tramas ideadas por Sófocles en sus horas más bajas sobre las
payasadas entre hombres y dioses. Aquel día de Año Nuevo era el cumpleaños de
Sila. Treinta años exactamente.
En aquel momento volvió la vista a las dos mujeres que vociferaban hasta
desgañitarse en la cama. Ya no quedaba nada de la Medusa de la noche anterior,
pero las miró con tal furia, pena y odio, que ambas se quedaron inmediatamente
como si fuesen de piedra y permanecieron sentadas sin osar moverse mientras él
se ponía una túnica blanca limpia y un esclavo le endosaba la toga, una prenda
que no llevaba hacia años, salvo cuando iba al teatro. Sólo después de que hubo
salido se atrevieron las mujeres a moverse, se miraron mutuamente y rompieron a
llorar; no por su propio pesar, sino por el del hombre, que no acertaban a
entender.
Lo cierto es que Lucio Cornelio Sila, que aquel día cumplía treinta
años, vivía una mentira. Siempre había vivido una mentira. El mundo en el que
había vivido aquellos treinta años —un mundo lleno de borrachos,
mendigos, actores, putas, charlatanes y libertos— no era su mundo.
Abundaban en Roma los hombres con el apellido Cornelio, pero lo habían
adquirido porque un padre, un abuelo o alguien muchas generaciones antes,
esclavo o campesino, había pertenecido a un patricio de la alta aristocracia
llamado Cornelio. Cuando aquel patricio los emancipaba para celebrar una boda,
un cumpleaños o un entierro, o porque habían ahorrado de su salario el precio
de compra, tomaban su nombre y así se convertían en Cornelios. Todos aquellos
Cornelios eran clientes de algún Cornelio patricio en agradecimiento a la
ciudadanía que habían adquirido con el nombre.
Salvo Clitumna y Nicopolis, la gente que conocía a Lucio Cornelio Sila
suponían sin más que era un Cornelio de aquéllos, hijo, nieto o descendiente
tras varias generaciones de un Cornelio esclavo o campesino, y, por su físico
de bárbaro, era mucho más probable que fuese de ascendencia esclava que
campesina. Desde luego que había nobles patricios llamados Cornelio Escipión,
Cornelio Léntulo y Cornelio Merula, pero ¿quién había oído hablar de un
patricio llamado Cornelio Sila? ¡Nadie sabía siquiera lo que significaba la
palabra Sila!
Pero lo cierto era que Lucio Cornelio Sila, inscrito por los censores
con arreglo a sus medios entre los capiti censi, el censo por cabezas de las
masas romanas sin bienes de ningún tipo, era un noble patricio, hijo de un
noble patricio y nieto de un noble patricio, y así sucesivamente generación
tras generación hasta los tiempos de la fundación de Roma. Su linaje le
confería eminente elegibilidad para la gloria de la jerarquía política, el
cursus honorum. Por nacimiento tenía derecho al consulado.
Su tragedia la constituía su penuria, la incapacidad paterna para
aportar las rentas o las propiedades necesarias para inscribir a su hijo aunque
fuese en la más inferior de las cinco clases económicas, pues todo lo que el
padre le había legado era la ciudadanía monda y lironda. No era para Lucio
Cornelio Sila la franja roja en el hombro derecho de la túnica, la estrecha de
caballero o la ancha de senador. Los que le conocían le habían oído decir que
su tribu era la Cornelia, y se reían al oírlo, y, Suponiendo que era de
origen esclavo, imaginaban que sería una tribu urbana, la Esquilina o la
Suburana, porque la Cornelia rural era una de las cuatro más antiguas entre las
treinta y cinco tribus romanas y en ella no había miembros del censo por
cabezas.
En su trigésimo aniversario, Síla habría debido ingresar en el Senado,
como cuestor elegido aprobado por los censores o por simple derecho de
nacimiento, nombrado por los censores sin necesidad de ser cuestor electo.
Sin embargo, no era más que un simple juguete de dos mujeres, y no
abrigaba esperanza alguna de llegar a poseer una fortuna que le permitiese
ejercer su derecho de nacimiento. El año que se avecinaba era año de elección
de censores. ¡Quién pudiera presentarse ante el tribunal de inscripción del
Foro presentando pruebas de una fortuna productora de un millón de sestercios
de renta anual! Era el mínimo para los senadores. Pero, tal como estaban las
cosas, carecía totalmente de fortuna y sus ingresos nunca habían superado los
diez mil sestercios al año, incluso ahora que le mantenían las mujeres. La
definición de pobreza abyecta en Roma la daba la incapacidad de poseer un solo
esclavo, y eso significaba que había habido épocas en la vida de Sila en las
que había sido abyectamente pobre. El, un Cornelio patricio.
Durante aquellos dos años de osado desafío en los que había habitado la
vivienda de la ínsula en el Esquilino, cerca del Agger, se había visto obligado
a buscar trabajo en los muelles del puerto de Roma, bajo el Puente de Madera,
había cargado ánforas de vino y vaciado cargas de trigo para conservar ese
esclavo que para los demás era signo de no ser abyectamente pobre. Pero
conforme se había hecho mayor, fue creciendo su orgullo, o, mejor dicho, el
convencimiento de su grave humillación. Jamás había sucumbido a la acuciante
necesidad de conseguir un trabajo fijo, aprender un oficio en una fundición o
en una carpintería, o hacerse escriba, secretario de mercader o copiar
manuscritos para una editorial o una biblioteca de préstamos. Para trabajar en
los muelles, en los jardines del mercado o en cualquier obra, nadie hacia
preguntas, pero cuando uno va al mismo lugar de trabajo día tras día, todos
preguntan cosas. Además, Sila no podía tampoco alistarse en el ejército, porque
para eso también era necesario tener
propiedades. Con derecho por nacimiento a mandar un ejército, en su vida
había manejado la espada, montado a caballo ni arrojado una lanza; ni siquiera
en los terrenos de ejercicio y las plazas de entrenamiento de la Villa Pública
y el Campo de Marte. El, un Cornelio patricio.
Quizá si hubiese acudido a suplicar a algún amigo remoto de un patricio
de la familia se hubiese remediado su situación con la obtención de un buen
préstamo, pero el orgullo —que permitía que unas mujeres vulgares llenaran su
estómago— le impedía suplicar. La verdad es que no quedaban Cornelios patricios
de la rama de los Sila, sino Cornelios lejanos, indiferentes a sus apuros
económicos. Más valía ser un don nadie que alguien mascullando por las
obligaciones contraídas por un préstamo importante. El, un Cornelio patricio.
No tenía la menor idea de a dónde dirigirse al cruzar la puerta de la
casa de su madrastra, pero con sólo olfatear el aire húmedo se disipó su
angustia. Dados sus orígenes, extraño lugar para vivir había elegido Clitumna
en aquella calle ocupada por abogados famosos, senadores y caballeros de la
clase media, una zona demasiado baja en el Germalus del Palatino para contar
con vista, pero lo bastante próxima al centro político y comercial de la urbe:
el Foro Romano y las basílicas circundantes, con sus mercados y galerías de
soportales. Desde luego a Clitumna le complacía la seguridad de aquella
vecindad, lejos de los lupanares del Subura y los crímenes consiguientes, pero
sus ruidosas fiestas y equívocas amistades habían provocado numerosas y airadas
delegaciones de aquellos vecinos partidarios de la paz y la tranquilidad.
Flanqueaban su casa la del próspero mercader-banquero y director de empresa
Tito Pomponio y la del senador Cayo Julio César.
No es que la viesen mucho, pues era la ventaja (o el inconveniente,
según se mire) de las casas con vista interior de fachada sin ventanas y patio
central con jardín de peristilo, aislada de los vecinos por las habitaciones
que la rodeaban; pero no cabía duda de que cuando las fiestas de Clitumna
desbordaban el comedor y se extendían por el patio abierto y el jardín
peristilado, los ruidos estridentes cruzaban los límites de su propiedad y
constituían la principal molestia para el vecindario.
Ya había amanecido. Unos pasos más allá, Sila veía a las mujeres de Cayo
Julio César caminando recatadamente con sus zapatos de invierno de gruesa suela
de corcho y tacón más alto, y advirtió los delicados pies alzándose sobre la
basura. Irían a ver la ceremonia inaugural, pensó, mientras aminoraba el paso y
contemplaba aquellas figuras bien abrigadas con el aprecio natural de un hombre
de fuertes impulsos sexuales irrefrenables. La esposa era Marcia, hija del que
había construido el acueducto Aqua Marcia, mujer de poco más de cuarenta...
cuarenta y cinco, pero aún esbelta y de buen ver; una hembra alta, morena, con
muy buen aspecto. Aunque no se podía comparar con las hijas, unas auténticas
Julias, dos bellezas rubias; para Sila, era la menor la que se llevaba la
palma. Ya hacía tiempo que las veía ir de vez en cuando al mercado a comprar
con la mirada, porque sus bolsas, bien lo sabía él, eran tan delgadas como sus
cuerpos. Era una familia que conservaba el honor senatorial por los pelos. El
caballero Tito Pomponio, el vecino de Clitumna del otro lado, era mucho más
acomodado.
El dinero es lo que manda en el mundo. Sin dinero, un hombre no era
nada. No era de extrañar que cuando alguien alcanza un puesto en el que tiene
ocasión de robar para enriquecerse, no dude en hacerlo. Pero un hombre que
quiera enriquecerse en política, primero debe asegurarse de que le elijan
pretor; a partir de ese momento hace su fortuna y quedan compensados los años
de inversión. El destino del pretor es el gobierno de una provincia y en ella
es un dios que actúa a sus anchas. Si puede, organiza una guerra contra
cualquier tribu bárbara fronteriza, se apodera del oro y los tesoros sagrados,
vende los cautivos como esclavos y se embolsa el producto. Y si no hay
Posibilidades de guerra, quedan otros recursos: comerciar en grano a cambio de
materias primas, prestar dinero a interés exorbitante (y usar el ejército para
cobrarlo, en caso necesario), manipular los libros de recaudación de impuestos,
vender la ciudadanía romana a determinado precio o recibir comisiones ilícitas
por cédulas gubernamentales eximiendo a una ciudad de su tributo a Roma.
Dinero. ¿Cómo obtenerlo? ¿De qué manera conseguir suficiente dinero para
ingresar en el Senado? ¡Sueños, Lucio Cornelio Sila! ¡Sueños!
Cuando las mujeres de César doblaron a la derecha para tomar por el
Clivus Victoriae, Sila se dio cuenta de a dónde se dirigían. Iban al área
Flacciana, el lugar en que estaba emplazada la casa de Flaco. Cuando alcanzó el
principio de la cuesta de marchita hierba invernal, las damas se disponían a
sentarse en sus jamugas plegables y un fuerte individuo con aspecto de tracio
estaba montando una tienda, abierta en su parte delantera, para guarecer a su
ama de la lluvia que, por cierto, arreciaba. Sila vio que las dos Julias
permanecían un rato sentadas recatadamente junto a su madre y que, en cuanto
ella se puso a hablar con la esposa de Tito Pomponio, en avanzado estado de
gravidez, cogieron sus sillas y echaron a correr hacia donde estaban las cuatro
muchachas de Claudio Pulcro, sentadas bastante lejos de sus madres. ¿Las
madres? ¡Ah, sí! Licinia y Domitia. A las dos las conocía bien; se había
acostado con las dos. Sin mirar ,ni a derecha ni a izquierda, descendió la
cuesta y se encaminó hacia el grupo de muchachas.
—Señoras —saludó, inclinando la cabeza—. Hace mal día.
Todas las mujeres de la colina sabían quién era, penosa e interesante
consecuencia de su apurada situación. Aunque sus amigos del hampa siempre le
tomaban por uno de ellos, no se daba tal error entre la nobleza romana, porque
ellos sabían quién era y conocían su linaje e historia. Algunos le compadecían,
unas cuantas, como Licinia y Domitia, se divertían con él en la cama, pero
nadie le ayudaba.
Soplaba viento del nordeste y arrastraba un fuerte hedor a cremación,
una mezcla de carbón húmedo, cal y cadáveres en gran cantidad. En el verano
anterior se había incendiado todo el Vinimal y la parte alta del Esquilino; el
peor incendio de la historia de Roma, en el que había quedado carbonizada casi
una quinta parte de la ciudad hasta que el populacho consiguió demoler
suficientes edificios para hacer un cortafuegos ante aquel infierno de las
atiborradas viviendas de alquiler de las insulae del Subura y la parte baja del
Esquilino. Gracias al viento y a la anchura del Vicus Longus no se había
extendido el fuego al Quirinal, la colina más al norte dentro de las murallas
Servianas.
Aunque habían transcurrido seis meses desde el incendio, desde el lugar
en que se hallaba Sila en aquel momento, el solar de la casa de Flaco, se
veía la terrible cicatriz cubriendo las alturas hasta mil pasos detrás
del mercado Macellum, una milla cuadrada de tierra ennegrecida, edificios medio
derruidos y desolación. No se conocía el número de víctimas, pero habían sido
las suficientes para que ulteriormente no hubiese escasez de viviendas. La
reconstrucción era lenta, y sólo aquí y allá se veían andamios de madera de
treinta y más metros de altura, indicio de que una nueva insula de varios pisos
iba a engrosar la bolsa de algún propietario urbano.
Regocijándose interiormente, Sila advirtió el nerviosismo de Licinia y
Domitia al darse cuenta de que las saludaba a ellas, pero no pensaba ser
considerado y dejarlas en paz. ¡Que sufran, estas puercas tontas! Se preguntaba
si cada una sabría que él se había acostado con la otra, pero pensó que debían
ignorarlo, lo cual añadía un especial componente picante a aquel encuentro. Con
ojos alborozados, observó sus mutuas miradas furtivas y las que dirigían a las
otras mujeres que allí se hallaban, además de Marcia. ¡Oh, Marcia, no! ¡Pilar
de rectitud! ¡Monumento de virtud!
—Fue una semana horrible —dijo Licinia con voz excesivamente chillona,
sin apartar la vista de las colinas calcinadas.
—Sí —añadió Domitia con un carraspeo.
—¡Yo estaba aterrada! —balbució Licinia—. Entonces vivíamos en el
Carinae, Lucio Cornelio, y veíamos el fuego cada vez más cerca. Desde luego, en
cuanto se hubo extinguido, convencí a Apio Claudio para que nos mudásemos a
este lado de la ciudad. En ningún sitio se está a salvo del fuego, pero aquí
por lo menos tenemos el Foro y la marisma que nos separa del Subura.
—Fue precioso —dijo Sila, recordando las noches de aquella semana en que
había acudido a lo alto de la escalinata de las Vestales a contemplarlo,
imaginándose que el monstruoso espectáculo que veía era una ciudad enemiga tras
el saqueo ordenado por él, general de Roma—. ¡Precioso! — repitió.
La satisfacción con que pronunció aquella palabra hizo que Licinia
levantase la vista muy a su pesar, y lo que vio le hizo volver los ojos de
nuevo rápidamente, lamentando amargamente haberse entregado a aquel hombre.
Sila era demasiado peligroso, y no estaba muy bien de la cabeza.
—De todos modos, este viento no es nada benéfico —arguyó
iiigeniosamente. Mis primos Publio y Lucio Licinio compraron un gran terreno en
la parte destruida y dicen que dentro de unos años el precio se habrá elevado
mucho.
Era de la familia de Licinio Craso, uno de los multimillonarios de Roma.
¿Y por qué no podría él encontrar una novia rica, igual que había hecho aquel
Apio Claudio Pulcro? Muy sencillo, Sila: porque ningún padre, hermano o tutor
de una muchacha noble y rica consentiría semejante trato.
Se esfumaron sus deseos de entretenerse con las mujeres, y, sin decir
palabra, dio media vuelta y comenzó a descender la cuesta hacia el Clivus
Victoriae. Al pasar, advirtió que a las dos Julias las habían llamado al orden
y estaban de nuevo sentadas junto a la madre bajo el toldo. Las miró con sus
extraños ojos, sin fijarse mucho en la mayor pero recreándose en la pequeña.
¡Por los dióses que era preciosa! Un pastelillo de miel y néctar, un bocado
para los dioses del Olimpo. Sentía dolor en el pecho y se masajeó por debajo de
la túnica para calmarlo. No obstante, pudo percatarse de que la Julia menor se
volvía desde su asiento para mirarle mientras se alejaba.
Bajó la escalinata de las Vestales hasta el Foro Romano y tomó por el
Clivus Capitolinus hasta alcanzar las últimas filas de la multitud, ante el
templo de Júpiter Optimus Maximus. Uno de sus talentos particulares era su
capacidad para suscitar temblores de inquietud en la gente que le rodeaba, que
en seguida procuraban alejarse de él; solía emplearlo principalmente para
conseguir un buen asiento en el teatro, y ahora se servía de ello para ganar
acceso a las primeras filas de los caballeros, desde las que se veía
perfectamente el lugar del sacrificio. Aunque no tenía derecho a situarse allí,
sabía que nadie iba a echarle. Muy pocos caballeros sabían quién era, e incluso
entre los senadores había rostros que le eran desconocidos, pero había muchas
personas que le conocían y eso garantizaba que tolerasen su presencia allí.
Había cosas que ningún tipo de aislamiento del cauce de la vida pública
nobiliaria podía erradicar; quizá, después de tantas generaciones —diez siglos
ininterrumpidos—, se llevaran en la sangre a guisa de campanas de alerta que
suenan cuando se avecina un desastre o una desgracia. Por su
gusto, él nunca había optado por seguir los acontecimientos Políticos en
el Foro Romano, y había llegado a la conclusión de que era preferible
ignorarlos y no participar en aquella vida que le estaba vedada. Y, sin
embargo, allí, entre las primeras filas de los caballeros, supo que iba a ser
un año aciago. Su sangre se lo decía: iba a ser otro de los años malos de su
larga vida de años adversos desde que Tiberio Sempronio Graco había sido
asesinado y, luego, diez años después, su hermano Cayo Graco obligado al
suicidio. Los puñales habían brillado en el Foro y se había empañado la suerte
de Roma.
Era casi como si Roma fuese menguando, perdiendo el resuello político.
Una asamblea de mediocres e ineptos, pensó mientras recorría con la vista
aquellas filas. Allí estaban, de pie y medio dormidos, a pesar de la fría
llovizna, los responsables de que hubiesen muerto más de treinta mil valiosos
soldados romanos e itálicos en menos de diez años, la mayoría por culpa de la
ambición personal. De nuevo el dinero. Dinero, dinero. Aunque también
intervenía el poder. El poder, no había que subestimarlo jamás. ¿Cuál de los
dos era primero? ¿Cuáles los medios y cuál el fin? Probablemente era una
cuestión que dependía del individuo. ¿Quiénes de aquella reunión deleznable
eran los grandes, los capaces de engrandecer Roma en vez de mermarla?
El buey blanco se debatía. No era de extrañar, viendo al cónsul del año.
A mí no me gustaría prestar mi cuello blanco al matarife por pura complacencia
de Espurio Postumio Albino, por muy patricio que sea, pensó. Pero ¿de dónde
sacarían el dinero? Y en ese momento recordó que los Postumios Albino siempre
se casaban con ricas herederas. Malditos sean.
Ya brotaba la sangre. Un buey adulto tenía mucha sangre. Qué despilfarro
de potencia, de poder y de fuerza. Claro que... el color era bonito; carmesí
intenso, la sangre era escurridiza y espesa y chorreaba cuesta abajo por entre
los pies. Le fascinaba y no podía apartar los ojos de ella. ¿Todo lo que
encerraba energía tenía tono rojizo? El fuego, la sangre, su propio pelo, los
penes, los zapatos senatoriales, los músculos, el metal en fusión, la lava...
Había que marcharse. ¿Adónde? Alzó los ojos, aún con la imagen de
aquella escena sangrienta, y se cruzó con la mirada furiosa de un senador alto
con la toga praetexta de magistrado mayor. ¡Asombroso! ¡Aquél sí que era un
hombre! ¿Quién sería? No tenía el físico de ninguna de las familias famosas. A
pesar de vivir aislado de sus iguales, Sila conocía perfectamente sus rasgos
físicos distintivos.
Fuera quien fuese, aquél no era miembro de ninguna familia notable. Para
empezar, su nariz delataba en él algo de celta, y era demasiado bajo y estirado
para ser un romano de pura sangre. ¿Sería de Picenum? ¡Y vaya cejas tan
enormes! Sí, sería celta. Dos cicatrices de guerra en el rostro; pero no se lo
desfiguraban. Sí, un tipo formidable, fiero, orgulloso e inteligente. Una
verdadera águila. ¿Quién sería? Un antiguo cónsul no era, porque él los conocía
a todos; hasta los supervivientes más ancianos. Sería un pretor. Pero, desde
luego, no era pretor de aquel año, porque ésos estaban todos como una piña
detrás de los cónsules, en actitud de gran dignidad y tan pintiparados como
reinas viejas con almorranas.
¡Baaah! Sila dio bruscamente media vuelta y se alejó de aquella gente,
incluido el ex pretor con porte de águila. Había que marcharse. ¿Adónde? ¿Dónde
iba a ir, de no ser al único refugio de que disponía, entre los cuerpos húmedos
y avejentados de su madrastra y su querida? Se encogió de hombros con desdén.
Peores destinos y lugares había. Pero una voz interior le decía que no, no para
un hombre que aquel día habría merecido estar en el Senado.
* * *
El inconveniente de ser soberano ungido de visita en Roma era que no se
podía cruzar el pomerium o límite sagrado. Por eso Yugurta, rey de Numidia, se
vio obligado a pasar el día de Año Nuevo paseando de arriba abajo en la
carísima villa que había alquilado en la falda de la colina Pinciana con vista
a la gran curva del Tíber que circundaba el Campo de Marte. El agente que le
había proporcionado la residencia le habló maravillas de la panorámica, con la
vista a lo lejos del Janículo y de la
colina Vaticana y los verdes céspedes de las llanuras Marte y Vaticana
bordeadas por el Tíber. ¡Pero no había ríos comparables al gran padre Tíber de
Numidia! Aquel presuntuoso agente hablaba por hablar, ocultando el hecho de que
representaba a un senador que profesaba inquebrantable lealtad a la causa de
Yugurta, pero que ansiaba cerrar un trato con su villa que le procurase la suma
necesaria para abastecerse durante los meses venideros de las costosísimas
angulas. ¿Por qué se imaginaban que un hombre —¡y no digamos un rey!— por el
hecho de no ser romano tenía necesariamente que ser imbécil y dejarse engañar?
Yugurta sabía perfectamente quién era el dueño de la villa, y no ignoraba que
le engañaban en lo del alquiler, pero la franqueza tiene su momento y su lugar,
y Roma en el momento en que habían cerrado el trato de la villa no era un lugar
oportuno para la franqueza.
Allí estaba, sentado en el porche, ante el vasto jardín con peristilo,
sin nada que entorpeciera la vista. Pero para Yugurta era una vista exigua; y
cuando el viento soplaba en determinada dirección, el hedor del excremento
humano empleado como fertilizante para los jardines del mercado externo del
Campo de Marte, que bordean la Via Recta, era tan intenso que le hacía desear
haber elegido una residencia más alejada, por Bovillae o Tusculum. Acostumbrado
a las grandes distancias de Numidia, le parecía que el camino de quince millas
desde Bovillae o Tusculum era una fruslería Y como resultaba además que no
podía entrar en la ciudad, ¿de qué le servía que le hubiesen alojado casi
encima de su maldito límite sagrado?
Desde luego, si giraba noventa grados podía ver los farallones traseros
del Capitolio y la parte posterior del imponente templo de Júpiter Optimus
Maximus, en el que —como le aseguraban sus agentes— en aquel preciso momento
celebraban los nuevos cónsules la primera reunión senatorial del año en que
iban a desempeñar el cargo.
¿Cómo había que hacer los tratos con romanos? Si lo hubiera sabido no
habría estado tan preocupado como necesariamente tenía que admitir que estaba.
Al principio había parecido bastante sencillo. Su abuelo era el gran
Masinisa, artífice del reino de Numidia a partir de los despojos que Roma había
dejado de la Cartago púnica a lo largo de dos mil millas de la costa del norte
de Africa. Al principio, Masinisa había acaparado el poder con la explícita
connivencia de Roma, pero después, cuando hubo alcanzado un gran poderío y el
aire púnico de su administración comenzó a inquietar a los romanos, temerosos
del resurgir de una nueva Cartago, Roma había cambiado un tanto de actitud.
Afortunadamente para Numidia, Masinisa había muerto en el momento oportuno y,
sabiendo perfectamente que a un rey poderoso siempre le sucede uno débil, había
testado que Numidia fuese dividida por Escipión Emiliano entre sus tres hijos.
¡Era listo Escipión Emiliano! No dividió en tres partes el territorio de
Numidia, sino que dividió las funciones reales de los tres herederos. Al mayor
le encomendó la custodia del tesoro y los palacios, al mediano le nombró jefe
guerrero de Numidia y al más joven le otorgó las funciones de la ley y la
justicia. Lo cual significaba que el hijo que mandaba en el ejército no
disponía de dinero para fomentar la rebelión, el hijo que disponía del dinero
carecía de fuerzas para fomentarla, y el hijo que tenía la ley en su mano
quedaba sin dinero ni ejército para pensar en ella.
De todos modos, antes de que el tiempo y el resentimiento acumulado
hubieran fomentado la rebelión, los dos hijos menores murieron y quedó reinando
sólo el mayor, Micipsa. Pero los dos hermanos difuntos habían dejado hijos que
complicaban el futuro del reino: dos hijos legítimos y uno bastardo llamado
Yugurta. Uno de ellos ascendería al trono a la muerte de Micipsa, pero ¿cuál de
ellos? Después, ya con bastante edad, el propio Micipsa tuvo dos hijos, Adérbal
y Hiémpsal, y con ello la corte se convirtió en un hervidero de rivalidades,
dado que las edades de todos los posibles herederos seguían un orden totalmente
inadecuado. Yugurta, el bastardo, era el mayor, y los hijos del rey en
funciones eran unos niños.
Su abuelo Masinisa había repudiado a Yugurta, no tanto por ser bastardo,
sino porque su madre era de la clase más baja del reino, una muchacha nómada
beréber. Micipsa había heredado esa aversión de Masinisa hacia Yugurta, y al
ver que éste se había convertido en un varón
atractivo e inteligente, halló el medio de eliminar al pretendiente al
trono de más edad. Escipión Emiliano había pedido a Numidia tropas auxiliares
para cooperar en el sitio de Numancia, y lo que hizo Micipsa fue enviar la leva
militar al mando de Yugurta, pensando que perecería en Hispania.
Pero no había sucedido nada de eso, sino que Yugurta cumplió en la
guerra como un buen guerrero y además hizo buenos amigos entre los romanos,
sobre todo dos, que serían sus más íntimos y preciados, que por entonces eran
tribunos militares subalternos agregados al estado mayor de Escipión Emiliano,
por nombres Cayo Mario y Publio Rutilio Rufo. Los tres tenían la misma edad,
veintitrés años, y al final de la campaña, cuando Escipión Emiliano convocó a
Yugurta a su tienda del puesto de mando para declamar una homilía a propósito
de tratar honorablemente con Roma en lugar de con ningún romano en particular,
Yugurta se las compuso para mantener un rostro imperturbable Pues si algo había
aprendido por su contacto con los romanos durante el sitio de Numancia era lo
siguiente: que casi todos los que aspiraban a altos cargos públicos padecían
una carencia crónica de dinero. Es decir, que se les podía comprar.
Yugurta regresó a Numidia con una carta de Escipión Emiliano al rey
Micipsa en la que elogiaba tanto la valentía, el buen sentido y la superior
inteligencia del guerrero, que en el viejo Micipsa desapareció la aversión
heredada de su padre. Y aproximadamente cuando Cayo Sempronio Graco moría en el
bosque de Furrina, a los pies de la colina Janícula, el rey Micipsa adoptó
oficialmente a Yugurta y le elevó a la categoría de primer candidato al trono
de Numidia. Sin embargo tuvo la prudencia de señalar que Yugurta no podía
llegar a ser rey y que su papel se limitaba a la tutela de los dos herederos,
que ya alcanzaban la adolescencia.
Al poco de haber ordenado así las cosas, moría el rey Micipsa dejando
dos herederos de corta edad y a Yugurta de regente. Al cabo de un año,
Hiémpsal, el hijo menor de Micipsa, era asesinado por instigación de Yugurta,
mientras que el mayor, Adérbal, escapaba y huía a Roma, en donde compareció
ante el Senado y pidió a Roma la intervención en los asuntos de Numidia para
que privara a Yugurta de toda autoridad.
—¿Por qué los tememos tanto? —inquiría Yugurta, volviendo de sus
reflexiones a la realidad presente, aquella mañana en que el sutil velo de la
lluvia caía sobre los campos de maniobra y los jardines de los mercados,
Oscureciendo totalmente la orilla opuesta del Tíber.
Había unos veinte hombres en el porche, pero todos menos uno eran
guardaespaldas; no gladiadores mercenarios, sino los propios hombres de
Yugurta, indígenas de Numidia, los mismos que, de hecho, le habían traído la
cabeza del príncipe Hiémpsal siete años antes y que cinco años después le
habían obsequiado también con la cabeza del príncipe Adérbal.
La Única excepción —y la persona a quien Yugurta había dirigido la
pregunta— era un hombre alto, de rasgos semitas y casi de igual corpulencia que
el rey, sentado en una confortable silla a su lado. Un desconocido los habría
considerado parientes, lo que eran en realidad, pese a que se trataba de un
detalle que el rey prefería olvidar. La madre repudiada de Yugurta, simple
nómada de una tribu poco importante de los bereberes gétulos, era una muchacha
de humilde extracción a quien el destino había agraciado con un rostro y un
cuerpo dignos de Helena de Troya. Y el acompañante del rey, aquel horrible día
de Año Nuevo, era su hermanastro, hijo de la humilde madre y de un señor de la
corte con el que el padre de Yugurta la había casado por conveniencia. El hermanastro
se llamaba Bomílcar y le era muy fiel.
—¿Por qué los tememos tanto? —repitió Yugurta con mayor énfasis.
Bomílcar bostezó.
—Yo creo que la respuesta es fácil —respondió—. Lleva un casco de hierro
parecido a un orinal al revés, una túnica anaranjada, y encima una camisa larga
de malla. Va armado con una ridícula espada corta, un puñal casi igual, y una o
dos lanzas de punta corta. No es un mercenario y ni siquiera es pobre. Se llama
soldado de infantería romano.
Yugurta lanzó un gruñido y acabó asintiendo con la cabeza.
—Eso sólo responde en parte a mi pregunta, barón. Los soldados romanos
también son perecederos y mueren.
—Mueren pero resisten mucho —replicó Bomílcar.
—No, hay algo más. ¡No lo entiendo! Se les puede comprar como quien
compra pan en un horno, y eso debe querer decir que por dentro son tan blandos
como el propio pan. Pero no lo son.
—¿Te refieres a sus dirigentes?
—Sus dirigentes. ¡Los eminentes padres conscriptos del Senado son pura
corrupción! Y en consecuencia deberían ser pura decadencia, blandos,
insustanciales. Pero no lo son. Son tan duros como el pedernal, fríos como el
hielo y tan sutiles como un sátrapa parto. Nunca ceden. Te aseguras a uno, le
amansas hasta el servilismo y de repente desaparece y te encuentras tratando
con una cara distinta en circunstancias distintas.
—Y eso sí de pronto no te topas con uno a quien necesitas y no puedes
sobornar, y no porque no tenga un precio, sino porque, sea cual sea éste, tú no
puedes ofrecérselo, y no hablo de dinero —añadió Bomilcar.
—Los aborrezco a todos —farfulló Yugurta.
—Y yo. Pero eso no nos libra de ellos, ¿no es cierto?
—¡Numidia es mía! —exclamó el rey—. ¡Ellos ni siquiera la quieren!
Lo único que desean es entrometerse, ¡estorbar!
—No me preguntes, Yugurta, porque no lo sé —añadió Bomílcar extendiendo
las manos—. Lo único cierto es que estás aquí en Roma, sentado, y la solución
se halla en manos de los dioses.
Así es, pensó el rey de Numidia volviendo a sus pensamientos.
Cuando el joven Adérbal emprendió la fuga a Roma seis años antes,
Yugurta supo reaccionar inmediatamente. Envió a Roma una embajada con oro,
plata, joyas, obras de arte y todo lo necesario para halagar el gusto
nobiliario de un romano. Era curioso que no pudiera sobornárseles con mujeres o
muchachos; sólo con mercancías negociables. El resultado de la embajada había
sido bastante satisfactorio dadas las circunstancias.
A los romanos los obsesionaba aquello de los comités y las comisiones, y
nada los complacía más que enviar un grupito de funcionarios a un rincón remoto
del planeta para Investigar, pontificar, adjudicar y mejorar. Otro optaría por
ponerse a la cabeza de un ejército, pero los romanos se presentaban vestidos
con togas, escoltados por simples lictores y ni un solo
soldado a mano; comenzaban a dar órdenes y esperaban que se cumplieran
como si hubiesen llegado al frente de un ejército, Y, en su mayor parte, eran
obedecidos.
Lo que los volvía a situar ante la curiosa pregunta: ¿por qué los
tememos tanto? Pues porque los tememos. Pero ¿por qué? ¿Quizá porque siempre
hay entre ellos un Marco Emilio Escauro?
Había sido Escauro quien había impedido que el Senado se pronunciase a
favor de Yugurta cuando Adérbal llegó a Roma a quejarse. ¡Una sola voz en una
institución de trescientos individuos! Pero se había impuesto, había insistido
impertérrito en Solitario hasta ganárselos a todos. Y de ese modo había sido
por culpa de Escauro que había prevalecido un compromiso inaceptable para
Yugurta y para Adérbal, y se había nombrado una comisión de senadores romanos
encabezada por Lucio Opimio que viajó a Numidia y que, tras una investigación
in situ, decidió lo que debía hacerse. ¿Y qué es lo que hizo el comité? Dividir
el reino. A Adérbal le correspondió la parte oriental, con Cirta por capital,
una región más poblada y con más comercio, aunque no tan rica como la zona
occidental, que había correspondido a Yugurta, quien se encontró encajonado
entre Adérbal y el reino de Mauritania. Complacidos con la resolución, los
romanos habían regresado a su patria, y Yugurta se dispuso en seguida a vigilar
al ratón Adérbal en espera del momento propicio para saltar sobre él. A la par
que se guardaba las espaldas en el oeste casándose con la hija del rey de
Mauritania.
Cuatro años aguardó pacientemente para atacar a Adérbal y a su ejército
entre Cirta y su puerto de mar. Adérbal, vencido, se retíró a Cirta a organizar
la defensa, ayudado por un amplio e influyente contingente de mercaderes
romanos e itálicos que constituían la columna vertebral del comercio en
Numidia. Nada había de raro en cuanto a su presencia en el país, pues por todo
el planeta existían colonias de hombres de negocios romanos e itálicos al
frente del comercio local, aun en lugares poco conectados con Roma y sin
protección.
Naturalmente, la noticia de las hostilidades entre Yugurta y Adérbal
había llegado rápidamente al Senado, y éste reaccionó enviando un comité de
tres encantadores hijos de senadores (sería una valiosa experiencia para
los jóvenes; a Roma no le importaba mucho aquella rencilla) para que
echasen un rapapolvo a los númidas. Yugurta fue el primero en recibirlos; se
las arregló para que no entraran en contacto con Adérbal ni con la población de
Cirta y los hizo regresar a su país con ricos presentes.
Más tarde, Adérbal consiguió hacer llegar una carta a Roma en la que
pedía ayuda. Siempre partidario de Adérbal, Marco Emilio Escauro se dispuso a
partir inmediatamente hacia Numidia, a la cabeza de otro comité de
investigación. Pero era tan peligrosa la situación con que se encontró en
Africa, que los romanos se vieron obligados a permanecer dentro de los límites
de su provincia africana y, finalmente, a regresar a Roma sin haber intervenido
ante ninguno de los contendientes al trono ni haber podido influir en el curso
de la guerra. Después, Yugurta fue a más y tomó Cirta para, lógicamente,
ejecutar inmediatamente a Adérbal. Menos lógico resultó que Yugurta descargase
su rencor contra Roma y ejecutase a todos los mercaderes romanos e itálicos de
Cirta sin excepción, dado que con ello ofendía a Roma sin esperanzas de
conciliación.
La noticia de la matanza de romanos residentes en Cirta había llegado a
Roma quince meses atrás, en otoño. Y uno de los tribunos electos de la plebe,
Cayo Memio, había puesto el grito en el cielo en el Senado, a tal extremo que
no había manera de que Yugurta pudiese evitar la catástrofe por mucho que
sobornase. Al segundo cónsul, Lucio Calpurnio Bestia, se le ordenó acudir a
Numidia nada más asumir el cargo para demostrar a Yugurta que no podía asesinar
impunemente a los ciudadanos romanos.
Pero Bestia era sobornable y sucumbió a las ofertas de Yugurta, con el
resultado de que seis meses atrás éste había negociado una paz con Roma,
entregando al cónsul más de treinta elefantes de guerra, una modesta cantidad
de dinero para el erario de Roma y una cantidad mucho más importante, no
determinada, para sus propias arcas. Roma pareció quedar satisfecha y Yugurta
era, por fin, el indiscutible rey de Numidia.
Pero Cayo Memio, olvidando el hecho de que había concluido el plazo de
su cargo de tribuno de la plebe, no cerró la boca y prosiguió con tesón su
campaña de esclarecer del todo el asunto de Numidia, sin cejar en la acusación
de cohecho a Bestia, por haber aceptado dinero de Yugurta a
cambio de los derechos al trono. Y finalmente logró sus propósitos de
intimidar al Senado para que actuase. El Senado envió a Numidia al pretor Lucio
Casio Longino, con órdenes de traer a Roma al rey Yugurta para que facilitase a
Cayo Memio los nombres de los que había sobornado todos aquellos años. Si se le
hubiese requerido comparecer ante el Senado, la situación no habría sido tan
peligrosa; pero es que se le pedía que compareciera ante la plebe.
Cuando Casio el pretor llegó a Cirta y presentó al rey las
conminaciones, Yugurta no pudo negarse a acompañarle a Roma. Pero ¿por qué?
¿Por qué los temían tanto? ¿Qué podía realmente hacer Roma? ¿Invadir Numidia?
iSiempre habría más cónsules como Bestia que como Cayo Memiio! ¿Por qué,
entonces, los temían tanto? ¿Es que los romanos tenían tantas agallas como para
enviar tranquilamente a un solo hombre que con un único gesto pudiera imponerse
al rey de un país grande y rico?
Yugurta se había sometido. Preparó dócilmente su equipaje, eligió a dedo
unos cuantos notables para que le acompañasen, escogió los cincuenta mejores
miembros de la guardia real númida y se embarcó con Casio el pretor. De eso ya
hacía dos meses. Dos meses durante los cuales no había sucedido casi nada.
¡Oh, sí, Cayo Memio había cumplido su palabra! Había convocado una
asamblea de la plebe en el Circo Flaminio, fuera del perímetro del pomerium,
límite sagrado de la ciudad, con lo que se impedía la asistencia del soberano
ungido Yugurta. El propósito de aquella reunión era que todos los romanos
interesados, de alta o de baja condición, oyesen al rey de Numidia contestar a
las preguntas de Cayo Memio. A quiénes había sobornado y cuánto dinero había
pagado. Todo el mundo en Roma sabía las preguntas que Cayo Memio iba a formular
y por eso la convocatoria en el Circo Flaminio contó con una asistencia masiva,
sus gradas se llenaron y los que llegaron tarde se acomodaron en bancos de
madera con la esperanza de poderlas oír aun desde tan lejos.
Sin embargo, Yugurta sabía cómo enfocar su defensa, porque desde la
experiencia de Hispania y los años sucesivos había aprendido muy bien: sobornó
a un tribuno de la plebe.
A primera vista, el tribuno de la plebe era un cargo menor en la
jerarquía senatorial. Los tribunos de la plebe no tenían imperium, palabra sin
equivalente en el mundo númida. ¡Imperium! Pues bien, eso de ímperíum equivalía
al grado de autoridad que posee un dios en la tierra. Con aquello, un solo
pretor podía obligar a un gran rey a que le acompañase. Los gobernadores
provinciales tenían imPerium, los cónsules tenían ímperíum, los pretores tenían
imperium, curules y ediles tenían imperium, pero todos ellos poseían una clase
distinta de imperium. La única evidencia tangible de imperium era el lictor.
Los lictores eran ayudantes profesionales que iban delante del que ostentaba el
imperium abriéndole paso y llevando sobre el hombro izquierdo el fasces o haz de
varas sujetas con cintas rojas.
Los censores no tenían imperium. Ni los ediles de la plebe, ni los
cuestores. Tampoco lo tenían los que más interesaban a Yugurta en sus
propósitos: los tribunos de la plebe. Estos últimos eran los representantes
elegidos del pueblo, ese vasto conjunto de ciudadanos romanos sin derecho a la
alta distinción de ser patricios. Los patricios eran la aristocracia antigua,
aquellos cuya familia había formado parte de los padres de Roma. Cuatrocientos
años antes, cuando la república acababa de constituirse, sólo contaban los
patricios, pero conforme algunos plebeyos adquirieron dinero y poder e
ingresaron en el Senado ocupando una silla curul, también quisieron ser
aristócratas, y el resultado fueron los nobilis. Así, la doble aristocracia la
constituían los patricios y los nobles. Para ser noble bastaba con tener un
cónsul en la familia, y nada impedía que un plebeyo llegara a cónsul. De este
modo quedaban satisfechos el honor y la ambición de los plebeyos.
Los plebeyos tenían su propia asamblea de gobierno, a la que les estaba
vedada la asistencia y el voto a los patricios. Pero tan poderosos se habían
hecho los plebeyos, en detrimento de los patricios, que este nuevo organismo de
la Asamblea de la Plebe era quien asumía la mayor parte de la legislación. Para
que velaran por sus intereses, la plebe elegía diez tribunos renovables cada
año, y ésa era la peor característica del gobierno romano: que sus magistrados
sólo ocupaban el cargo durante un año, con la
consecuencia de que no se podía sobornar a una persona, al no saber si
iba a durar lo bastante para servir los intereses de uno. Así, cada año había
que sobornar a un hombre distinto, y generalmente había que sobornar a varios.
No, un tribuno de la plebe no tenía imperium ni era un magistrado mayor;
en apariencia, no contaba gran cosa. No obstante, habían logrado convertirse en
los magistrados más importantes del común y disponían de auténtico poder, ya
que eran los únicos con derecho a veto. Y era un veto que obligaba a todos;
sólo el dictador quedaba exento de él. Pero hacía casi cien años que no había
un dictador en funciones. Un tribuno de la plebe podía vetar a un censor, a un
cónsul, a un pretor, al Senado, a sus nueve colegas tribunos de la plebe, vetar
las reuniones, las asambleas, las elecciones, prácticamente cualquier cosa.
Además, su persona era sacrosanta; es decir, no se le podía impedir fisicamente
que ejecutara sus funciones. Y, además, hacía las leyes. El Senado no podía
legislar, sino únicamente recomendar la adopción de una ley.
Es indudable que todo esto tendía a establecer un sistema equilibrado de
controles para impedir la posible hegemonía política de un organismo o un
individuo. Si los romanos hubieran sido una raza superior de animales
políticos, el sistema habría dado resultado; pero como no lo eran, casi no
funcionaba. De entre todos los pueblos en la historia universal, los romanos
eran los más ingeniosos para encontrar subterfugios legales a la ley.
Por ello, el rey Yugurta sobornó a un tribuno de la plebe, un don nadie,
que no era miembro de las familias ilustres ni acaudalado. No obstante, Cayo
Bebio era tribuno electo de la plebe y, al esparcir ante sus ojos, sobre la
mesa, aquel montón de denarios de plata, se limitó a guardar el tesoro en doce
grandes sacos y se convirtió en sumiso servidor del rey de Numidia.
En las postrimerías del año viejo, Cayo Memio logró convocar la gran
asamblea en el circo Flaminio para que Yugurta compareciera ante ella. Allí,
con el rey en pie, sumiso en el estrado ante los miles de silenciosos
asistentes, Cayo Memio le hizo la primera pregunta.
—¿Sobornasteis a Lucio Opimio?
Pero antes de que el rey pudiese contestar, Cayo Bebio interrumpió
inesperadamente:
—¡Rey Yugurta, os prohíbo que respondáis a Cayo Memio!
No necesitaba decir nada más. Era el veto.
Conminado por el tribuno de la plebe a guardar silencio, Yugurta no
podía contestar legalmente, y la Asamblea de la Plebe se disolvió en medio de
los murmullos de protesta de los asistentes. Cayo Memio montó en tal estado de
cólera, que sus amigos tuvieron que contenerle y llevárselo a casa, mientras
Cayo Bebio abandonaba el circo con una actitud de sublime virtud que no
engañaba a nadie.
Sin embargo, el Senado no había concedido permiso a Yugurta para
regresar a su país, y por eso aquel día de Año Nuevo estaba allí sentado, en el
porche de aquella villa alquilada a un precio exorbitante, maldiciendo a Roma y
a los romanos. Ninguno de los dos nuevos cónsules le había dado indicio alguno
de verse interesado en un obsequio personal, ninguno de los nuevos pretores
merecía el esfuerzo de un soborno, y los nuevos tribunos de la plebe tampoco
parecían muy predispuestos.
El inconveniente del soborno es que no puede dejarse por las buenas en
el agua para que lo pesquen; primero el pescado tiene que salir a la superficie
y hacer glu-glu para dar muestras de que le interesa tragarse la presa dorada.
Si no hay nadie que muestre tal interés, hay que dejar flotar la carnada y
aguardar pacientemente lo más posible.
Pero, ¿cómo iba a poder estarse allí sentado pacientemente mientras su
reino era objeto de la codicia de otros pretendientes? Gauda, hijo legitimo de
Mastanábal, y Masiva, hijo de Gulusa, ostentaban fundadas pretensiones, aunque
no eran los únicos. Era vital regresar al país. Y él estaba allí, impotente. Y
si se marchaba sin permiso del Senado, su partida seria considerada un acto de
beligerancia. Por lo que le constaba, nadie en Roma quería la guerra, pero no
estaba muy seguro de qué postura adoptaría el Senado si abandonaba Roma. Aunque
no podía legislar, el Senado conservaba la última palabra en asuntos
exteriores, desde declarar la guerra hasta dictaminar en la gobernación de las
provincias romanas. Sus agentes le habían informado que Marco Emilio Escauro
estaba furioso por el veto de Cayo Bebio; y Escauro tenía gran ascendiente
sobre el Senado y ya le
había hecho reaccionar a su voluntad. La opinión de Escauro era que
Yugurta no prometía nada bueno para Roma.
Bomilcar, el hermanastro, permanecía sentado sin decir palabra,
aguardando a que Yugurta saliera de su abatimiento. Tenía noticias, pero
conocía de sobra al rey para no interrumpirle mientras se mostrase enfadado.
Era un hombre estupendo, Yugurta. ¡De una gran habilidad innata! Y había
padecido mucho por el accidente de su humilde origen. ¿Por qué sería tan
importante lo hereditario? La sangre púnica cartaginesa de la nobleza númida
era muy evidente en Yugurta, aunque también su sangre beréber por parte de madre.
Los dos eran pueblos semitas, pero los bereberes habían vivido mucho más tiempo
que los púnicos en el norte de Africa.
En Yugurta se equilibraban perfectamente los dos linajes semitas. De la
belleza beréber de la madre, había heredado los luminosos ojos grises, la nariz
recta y aquel rostro alargado y flaco de pómulos marcados, y la estatura.
Mientras que la sangre púnica de su padre se evidenciaba en el negro cabello de
finos rizos, el profuso vello, el cutis atezado y la fuerte estructura ósea.
Quizá por eso resultaba tan imponente; aquellos ojos causaban impacto en la
oscuridad. Y miedo. Helenizadas por siglos de contacto con los griegos, las
clases altas númidas vestían a la moda griega, cosa que verdaderamente no
favorecía a Yugurta, que presentaba mejor aspecto con cascos, coraza, grebas,
la espada al cinto y el caballo de guerra mordisqueando a su lado. Era una lástima,
pensó Bomílcar, que los romanos de la urbe no hubiesen visto nunca al rey con
atavío bélico; pero luego se estremeció al pensarlo. ¡Pensar aquello era tentar
al destino! Mejor sería ofrecer al día siguiente un sacrificio a la diosa
Fortuna para que los romanos no viesen nunca a Yugurta en atavío de guerra.
El rey comenzaba a tranquilizarse; su rostro se había ablandado. Era
horrible tener que poner fin a aquella paz tan arduamente lograda y agobiarle
con otra preocupación. Pero mejor que la supiera por boca de su barón más fiel,
su propio hermano, que dejar que le llegase la noticia a través de algún agente
imbécil, ávido de causar la máxima consternación.
—Mi señor... —comenzó a decir Bomilcar.
—Di —replicó Yugurta, volviendo hacia él sus ojos grises.
—Ayer me llegó un rumor en casa de Quinto Cecilio Metelo.
Aquello hería a Yugurta en lo más vivo, por supuesto. Bomílcar podía ir
donde quisiera en Roma porque no era un rey ungido; y era a él a quien
invitaban a cenar.
—¿El qué? —inquirió tajante.
—Masiva se ha presentado en Roma, y, lo que es más, ha conseguido que se
interese por su caso el cónsul Espurio Postumio Albino, y pretende que éste
presente una petición al Senado.
El rey se incorporó bruscamente, girando el asiento para mirar
directamente a Bomilcar.
—Me preguntaba yo a quién se dirigiría ese miserable gusano —dijo—.
Ahora ya lo sé. Pero ¿por qué a él y no a mi? Albino debe saber que yo le
pagaría mucho más de lo que Masiva puede darle.
—No, según mis informaciones —replicó Bomilcar, inquieto—. Sospecho que
han llegado a un acuerdo sobre la posibilidad de que a Albino le concedan el
gobierno de la provincia africana. Mientras estáis aquí detenido en Roma,
Albino se apresura a pasar a Africa con un buen ejército, cruza la frontera
hasta Cirta y todos vitorean a Masiva como rey de Numidia. Me imagino que el
rey Masiva de Numidia estaría muy predispuesto a pagar a Albino el precio que
ponga.
—¡Tengo que volver al país! —exclamó Yugurta.
—Lo sé. Pero ¿queréis decirme cómo?
—¿No crees que existe la posibilidad de influir sobre Albino? Aún tengo
dinero, y puedo conseguir más.
—Al nuevo cónsul no le gustáis —respondió Bomílcar meneando la cabeza—.
Olvidasteis enviarle un obsequio el día de su cumpleaños, el mes pasado; pero a
Masiva no se le olvidó. De hecho, se apresuró a enviar un regalo a Albino
cuando le eligieron cónsul y otro el día de su cumpleaños.
—¡Malditos sean mis agentes! —exclamó Yugurta enseñando los dientes—.
Empiezan ya a pensar que voy a perder la partida y ni se preocupan —añadió,
mordiéndose el labio y humedeciéndolo con la lengua —. ¿Voy a perderla?
—¿Vos? —replicó Bomilcar sonriendo—. ¡Jamás!
—No sé... ¡Masiva! ¿Te das cuenta de que le había olvidado totalmente?
Pensaba que estaba en Cirenaica con Tolomeo Apion —dijo Yugurta encogiéndose de
hombros, decidido a sobreponerse—. Puede que sea un falso rumor. ¿Quién te lo
dijo concretamente?
—El propio Metelo. El tiene que saberlo, porque estos días tiene bien
alerta los oídos, dado que proyecta presentarse al consulado el año que viene.
El no aprueba el acuerdo de Albino, porque si no, no me habría dicho una
palabra. Pero ya sabéis que Metelo es uno de los romanos más virtuosos, inmune
al soborno. Y no le gusta ver a reyes acampados a las puertas de Roma.
—Metelo puede permitirse el lujo de la virtuosa rectitud —replicó
Yugurta con aspereza—. ¿No es tan rico como Creso? Entre los dos se han
repartido Hispania y Asia. ¡Pero no se repartirán Numidia! Ni tampoco Espurio
Postumio Albino, mientras yo pueda impedirlo —dijo Yugurta irguiéndose en el
asiento—. Así que, ¿seguro que Masiva está aquí?
—Según Metelo, sí.
—Hay que esperar hasta saber cuál de los dos cónsules va a ser
gobernador de Africa y cuál de Macedonia.
—¡No me digáis que creéis en los sorteos! —replicó Bomílcar con desdén.
—Ya no sé qué pensar de los romanos —respondió el rey, pesimista—. Tal
vez lo tengan ya decidido, o tal vez sea preferible creer que el sorteo no es
una farsa y se deja en manos del azar. Así que, esperaré, Bomílcar. Cuando
conozca el resultado del sorteo, decidiré lo que hay que hacer.
Sin más palabras, volvió a dar la vuelta a la silla y siguió
contemplando la lluvia.
* * *
En la granja enjalbegada de blanco próxima a Arpinum había habido tres
hijos; Cayo Mario era el mayor, luego estaba su hermana María y luego otro
varón llamado Marco Mario. Las lógicas expectativas eran que
creciesen y ocupasen un lugar prominente en la sociedad de aquel
distrito y del pueblo en concreto, pero nadie habría soñado que ninguno de los
tres llegase a destinos más altos. Los Mario eran nobleza rural, señores de
campo francotes y de buen corazón, destinados, en apariencia, a ser para
siempre gentes importantes únicamente en su propio ámbito de Arpinum. La idea
de que uno de ellos llegara al Senado de Roma quedaba descartada. Catón el
censor ya había suscitado un considerable revuelo por sus orígenes campesinos,
y eso que procedía de un lugar tan próximo a Roma como Túsculo, a tan sólo
quince millas de las murallas de Servio. Por todo ello, un señor de Arpinum no
podía imaginar que su hijo llegase a ser senador de Roma.
No era por cuestión de dinerO, porque los Mario tenían dinero y vivían
muy bien. Arpinum era un lugar rico, con un vasto término de muchas millas
cuadradas, y la mayor parte de las tierras eran propiedad de tres familias: los
Mario, los Gratidiuso y los Tulio Cicerón. Cuando una de estas tres familias
necesitaba una esposa o un esposo de fuera, los sondeos no se efectuaban en
Roma, sino en Puteoli, donde vivía la familia de los Granio, que era el clan de
mercaderes marítimos más acaudalado procedente en sus orígenes de cerca de
Arpinum.
La novia de Cayo Mario se había obtenido por compromiso cuando él era
todavía un niño, y la muchacha aguardó pacientemente, creciendo en el hogar de
los Granio en Puteoli, ya que era siete años más joven que el novio. Pero
cuando Cayo Mario se enamoró no lo hizo de una mujer. Ni de un hombre. Se
enamoró del ejército, reconociendo en él a un compañero natural, alegre y
espontáneo de su vida. Se alistó de cadete al cumplir los diecisiete años y,
lamentando que no hubiese ninguna guerra importante en aquel momento, se las
compuso para servir constantemente en las filas de los oficiales más jóvenes de
las legiones consulares hasta que, a la edad de veintitrés años, le asignaron
un destino fijo a las órdenes de Escipión Emiliano en el sitio de Numancia.
No tardó mucho en hacerse amigo de Publio Rutilio Rufo y del príncipe
Yugurta de Numidia, pues tenían la misma edad y a los tres los tenía en gran
estima Escipión Emiliano, quien los llamaba el "trío terrible".
Ninguno
de los tres procedía de los círculos altos de Roma. Yugurta era
extranjero, la familia de Publio Rutilio Rufo no había formado parte del Senado
desde hacía más de cien años y hasta entonces no había conseguido acceder al
consulado, y Cayo Mario procedía de una familia señorial del campo. Por aquel
entonces, desde luego, a ninguno de los tres le interesaba la política, y lo
único que les preocupaba era la carrera militar.
Pero Cayo Mario era un caso especial. Había nacido para militar, pero,
sobre todo, había nacido para ostentar el mando.
"Sabe qué hacer y cómo hacerlo", decía Escipión Emiliano, con
un suspiro quizá de envidia. Y no es que Escipión Emiliano no supiera lo que
había que hacer y cómo, pero es que desde niño había oído hablar a generales en
el comedor de su casa y sólo él sabía realmente el grado de espontaneidad que
había en sus propias dotes militares. La verdad es que era muy poco. El gran
talento de Escipión Emiliano radicaba en su organización, no en sus dotes
militares. Estaba convencido de que si una campaña se proyectaba minuciosamente
en el puesto de mando, incluso antes de alistar al primer legionario, las dotes
militares no contaban mucho a la hora del resultado.
Mientras que en Cayo Mario era un don natural. A los diecisiete años era
todavía bajo y delgado, comía con melindres y seguía siendo un niño delicado,
mimado por la madre y secretamente despreciado por el padre. Luego, se ató el
primer par de botas militares, se abrochó las planchas de una buena coraza de
bronce sobre la fuerte camisa de cuero y creció en cuerpo y espíritu hasta ser
físicamente mayor que nadie y fuerte mentalmente en valor e independencia.
Momento en el que su madre comenzó a rehuirle y su padre a henchirse de
orgullo.
En opinión de Cayo Mario, no había una vida mejor que aquélla, en la que
se formaba parte integral de la más poderosa máquina militar jamás habida en el
mundo: la legión romana. No existía marcha ardua ni lección de esgrima pesada o
inútil ni tarea lo bastante humillante que apagase su creciente fervor y
entusiasmo. No importaba el servicio que le asignasen, siempre que fuese
militar.
En Numancia conoció a un cadete de diecisiete años que había llegado de
Roma a unirse a su selecto grupo a petición del propio Escipión Emiliano. El
muchacho era Quinto Cecilio Metelo, hermano menor del Cecilio Metelo que
adoptaría, tras una campaña contra las tribus dálmatas de los montes ilíricos,
el sobrenombre de Dalmático y sería nombrado pontífice máximo o sumo sacerdote
de la religión estatal.
El joven Metelo era un auténtico Cecilio Metelo, más aplicado que
brillante o con disposición para la tarea, aunque decidido a realizarla y
totalmente convencido de que podía llevárla a cabo de maravilla. Aunque la
lealtad a su clase impedía a Escipión Emiliano decirlo, es muy posible que
aquel jovenzuelo, especialista en todo, le irritase, ya que, poco después de su
llegada a Numancia, le consignó a las dulces mercedes del "trío
terrible" formado por Yugurta, Rutilio Rufo y Mario. Estós, cuya juventud
no dejaba lugar a la compasión, se mostraron tan resentidos como enojados
porque les encomendasen aquel testarudo estorbo, y la tomaron con el joven
Metelo, si no cruelmente, sí con dureza.
Mientras Numancia resistió y Escipión Emiliano estuvo ocupado, el
muchacho apechó con su suerte. Luego, Numancia cayó, fue arrasada y desde el
jefe de mayor categoría hasta el recluta de más baja condición recibieron
permiso para emborracharse. El "trío terrible" no fue menos, y lo
propio hizo Quinto Cecilio Metelo, pues resultó ser el día en que cumplía
dieciocho años. Ocasión en que el "trío terrible" consideró una broma
estupenda lanzar al homenajeado a una pocilga.
El muchacho salió sobrio del estiércol, maldiciendo y escupiendo.
—¡Arribistas desgraciados! ¿Quiénes os habéis creído que sois? ¡Yo os
lo diré! ¡Tú, Yugurta, un simple extranjero grasiento, indigno de lamer
las botas a los romanos! ¡Tú, Rutilio, un buscafavores venido a más! ¡Y tú,
Cayo Mario, un simple palurdo itálico que ni siquiera sabe griego! ¿Cómo os
atrevéis? ¿Cómo osáis siquiera? ¿Es que no comprendéis quién soy? ¿Os dais
cuenta de quién es mi familia? Soy un Cecilio Metelo. ¡Nosotros éramos reyes de
Etruria antes de que Roma fuese una simple idea! He aguantado durante meses
vuestros insultos, pero ¡ya basta! ¡Tratarme a mí como a un inferior! ¡Habráse
visto osadía...!
Yugurta, Rutilio Rufo y Cayo Mario permanecían sentados, balanceando las
piernas en la cerca de la cochiquera, parpadeando como lechuzas, impertérritos.
Luego, Publio Rutilio Rufo, que era un individuo sin par, capaz de una
erudición tan profunda como de una actuación militar sumamente práctica, pasó
una pierna por la valla y se puso a balancearse a horcajadas, esgrimiendo una
gran sonrisa.
—No me malinterpretes, Quinto Cecilio, de verdad que aprecio lo que
estás diciendo —replicó—, pero el inconveniente es que lo que tienes en la
cabeza es una cagarruta de cerdo en vez de una corona, ¡oh, rey de Etruria!
—añadió con una risita—. Ve a darte un baño y nos lo vuelves a decir, que
procuraremos no reírnos.
Metelo saltó la cerca y se frotó furioso la cabeza por verse obligado a
tener que seguir tan razonable consejo, y más, dado que se le ofrecía con
semejante sonrisa.
—¡Rutilio! —vociferó—. ¿Qué clase de nombre es ése, un adorno para los
rollos de los senadores? ¡Palurdos de Osca, eso es lo que sois! ¡Campesinos!
—Bueno, bueno —replicó risueño Rutilio Rufo—. Sé suficiente etrusco para
traducir perfectamente al latín el significado de Metelo —añadió volviéndose
sobre la cerca hacia Yugurta y Mario—. Quiere decir "liberado del servicio
de mercenario" —espetó muy serio.
Aquello era demasiado. El joven Metelo se abalanzó sobre Rutilio Rufo y
le hizo caer en el hediondo fango, donde los dos rodaron forcejeando y
golpeándose sin suficiente impulso para hacerse daño, hasta que Yugurta y Mario
pensaron que aquello era muy divertido y se les unieron. Muertos de risa,
estuvieron un rato en medio de los impúdicos cerdos, que en su condición de
tales no pudieron resistir el hozarlos detenidamente. Cuando el "trío
terrible" se cansó de sentarse encima de Metelo y restregarle bien con
estiércol, el muchacho se puso en pie como pudo y huyó.
—Esta me la pagaréis —espetó entre dientes.
—¡Bah, mete la cabeza! —dijo Yugurta, estallando en carcajadas.
La rueda —pensó Cayo Mario mientras salía de la tina de baño y cogía una
toalla— sigue dando vueltas pese a lo que hagamos. Las rencorosas palabras del
joven retoño de una familia nobilísima no dejaban de ser verdad. ¿Quiénes eran,
en realidad, ellos, el "trío terrible" de Numancia? Pues un
extranjero grasiento, un buscafavores venido a más y un palurdo itálico que no
sabía griego. Eso es lo que eran. Y era Roma quien se lo había enseñado.
Yugurta tenía que haber sido proclamado rey de Numidia hacía años, para
entrar por las buenas pero con firmeza en la órbita de los reyes clientes y
haber permanecido en ella con buenos consejos y tratamiento decoroso. Y, por el
contrario, sufría la implacable enemistad de la facción de Cecilio Metelo, y se
veía en Roma acorralado, luchando a la desesperada contra un grupo de
aspirantes al trono, forzado a comprar lo que su valía y su habilidad le
habrían podido procurar gratis y sin tapujos.
Y a aquel encantador Publio Rutilio Rufo, de pelo pajizo, pupilo
preferido del filósofo Panetio, admirado por todo el círculo de Escipión —
escritor, soldado, inteligente, político excelso—, le habían escamoteado el
consulado el mismo año en que Mano apenas había logrado un cargo de pretor.
Pero los antecedentes de Rutilio no sólo eran insuficientes, sino que había
incurrido en la enemistad de los Cecilio Metelo, lo cual significaba — igual
que en el caso de Yugurta— que automáticamente se convertía en enemigo de Marco
Emilio Escauro, fiel aliado de los Metelo y estrella de su facción.
En cuanto a Cayo Mario —como diría Quinto Cecilio Metelo, el Meneitos—,
había más que cumplido, mejor que ningún palurdo itálico de los que no saben
griego. ¿Por qué había decidido ir a Roma a buscar fortuna en la jerarquía
política? Muy sencillo: porque Escipión Emiliano pensaba que debía hacerlo.
(Escipión Emiliano no era ningún esnob, como la mayoría de los excelsos
patricios.) El valía demasiado para seguir siendo un caballero rural, había
dicho Escipión Emiliano. Y lo que era más importante, si no llegaba a ser
pretor, nunca mandaría un ejército de Roma.
Por eso Mario se había presentado a la elección de tribuno militar y la
había obtenido fácilmente; después había sido candidato a cuestor y, tras
recibir la aprobación de los censores, se vio convertido —él, un palurdo
itálico que no hablaba griego— en miembro del Senado de Roma. ¡Había sido
sorprendente! ¡Su familia en Arpinum estaba aturdida! Había servido en el
ejército, logrando ascender, pero, curiosamente, había sido el apoyo de Cecilio
Metelo lo que le había asegurado su elección de tribuno de la plebe en aquella
época tan reaccionaria que había seguido a la muerte de Cayo Graco.
La primera vez que Mario aspiró a la elección del Colegio de Tribunos de
la Plebe no lo consiguió; el año que la obtuvo, la facción de Cecilio Metelo
estaba convencida de que se lo merecía. Hasta que demostró lo contrario,
maniobrando enérgicamente para conservar la libertad de la Asamblea de la
Plebe, que, desde la muerte de Cayo Graco, nunca se había visto tan amenazada
con ser avasallada por el Senado. Lucio Cecilio Metelo el Dalmático trató de
impulsar una ley que permitiera recortar el derecho legislativo de la asamblea,
pero Cayo Mario la vetó. Y a Cayo Mario era imposible halagarle, engatusarle o
coaccionarle para que retirara el veto.
Pero aquel veto le costaría caro. Tras el año en el cargo como tribuno
de la plebe, intentó presentarse a una de las dos magistraturas edilicias
plebeyas, frustrándoselo el grupo de presión de Cecilio Metelo, por lo que se
vio obligado a realizar una ardua campaña por el pretorado, tropezando una vez
más con la oposición de Cecilio Metelo. Dirigido por Metelo el Dalmático, el
grupo recurrió a la habitual difamación, acusándole de ser impotente, abusar de
niños, ser coprófago, pertenecer a sociedades secretas del vicio báquico y
órfico, aceptar toda clase de sobornos y acostarse con su hermana y con su
madre. Pero también recurrieron a una modalidad más insidiosa de difamación que
resultó más eficaz, diciendo que Cayo Mario no era romano, sino un rústico itálico
insignificante, y que Roma tenía de sobra hijos auténticos para que sus
ciudadanos tuvieran que elegir pretor a Cayo Mario. Era un argumento eficaz.
Entre las críticas secundarias, aunque parecidas a las otras, la más
mortificante para el propio Mario era la constante insinuación de que resultaba
inaceptable para el cargo por no saber griego. Estigma que no era cierto,
porque hablaba muy bien el griego. No obstante, sus tutores eran del
Asia helenizada —su pedagogo procedía de Lampsacus, en el Helesponto, y
su gramático de Amisus, en la costa de Pontus— y hablaban un griego con fuerte
acento; por lo que Cayo Mario había aprendido este idioma con un gangueo que
delataba su incorrecta enseñanza y le relegaba a la categoría de alumno vulgar
poco cultivado. Por ello, se había visto abocado a considerarse derrotado: que
no supiera nada de griego o que supiera muchísimo griego de origen asiático, el
resultado era el mismo. En consecuencia, no hacía caso de la calumnia y se
negaba a hablar aquel idioma, exponente de la educación y la cultura de sus
conciudadanos.
De todos modos había logrado ser elegido el último de los pretores; por
los pelos, pero lo había conseguido. Y además había superado la acusación
amañada de soborno para obtener el cargo después de la elección. ¡Soborno!
¡Como si él pudiese aspirar a eso! No, en aquella época él no disponía de la
cantidad necesaria para comprar una magistratura. Lo que sí era cierto es que,
por fortuna, había entre los electores suficientes individuos que sabían de
primera mano su valor militar o que habían oído hablar de él a testigos
oculares; y el electorado romano siempre sentía debilidad por los buenos
mílites, y esa debilidad fue lo que le valió la elección.
El Senado le había destinado de gobernador a la lejana Hispania
Ulterior, pensando en aquello de "ojos que no ven, corazón que no
siente", y que quizá así seria más manejable. Pero como él era un militar
por antonomasia, su fama creció.
Los hispanos —sobre todo las tribus a medio someter de la Lusitania y
Cantabria— eran maestros en un tipo de guerra a la que la mayoría de los mandos
romanos no sabían adaptarse, del mismo modo que resultaba ajena al estilo
bélico de las legiones. Los hispanos nunca desplegaban sus fuerzas para la
batalla según el método tradicional, ni les preocupaba el criterio
universalmente admitido de que era mejor jugarse el todo por el todo con el
objetivo de ganar una batalla decisiva que incurrir en los agobiantes gastos de
una guerra larga. Ellos ya se habían percatado de que sostenían una larga
guerra, una guerra que tenían que prolongar lo más posible para conservar
su identidad celtibérica, pues se consideraban comprometidos en una
rebelión constante por su independencia social y cultural.
Pero al no disponer del dinero para hacer una guerra larga, practicaban
la guerrilla: tendían emboscadas, efectuaban incursiones, cometían asesinatos y
devastaban las propiedades en territorio enemigo. Entiéndase las propiedades de
los romanos. Nunca aparecían por donde se esperaba, nunca marchaban en columna
ni en agrupaciones numerosas; no se dejaban identificar por llevar uniforme o
portar armas y siempre atacaban de improviso, saliendo de no se sabía dónde,
para desaparecer sin dejar rastro entre los fantásticos riscos de las montañas
como si no hubieran existido. Los romanos acudían a inspeccionar una aldea, que
el servicio de espionaje había afirmado con certeza que estaba implicada en
alguna matanza, y el lugar resultaba hallarse tan tranquilo, inocente y cándido
como el asno más dócil y pacífico.
Hispania era una tierra fabulosamente rica, y por eso todos querían
poseerla. La primitiva población indígena ibera se había mezclado con elementos
celtas que habían invadido la península cruzando los Pirineos a lo largo de un
milenio, y las incursiones de los bereberes ,de la zona norte de Africa cercana
al estrecho que la separaba de Africa habían enriquecido aún más el crisol de
civilizaciones.
Mil años antes habían llegado los fenicios de Tiro, Sidón y Berito, en
la costa de Siria, y a continuación los griegos. Doscientos años atrás, quienes
arribaron fueron los cartagineses púnicos, descendientes de los fenicios sirios
que habían fundado un imperio con capital en Cartago, concluyendo con ello el
relativo aislamiento de la península Ibérica, pues los cartagineses habían
llegado a ella para explotar su riqueza minera en oro, plata, plomo, cinc,
cobre y hierro. En las montañas hispanas abundaban estos metales y la demanda
universal de productos manufacturados con unos u otros iba en rápido aumento.
El poder púnico se basaba en el mineral hispano. Incluso el estaño procedía de
Hispania, aunque no fuese el país de origen, pues se extraía en las fabulosas y
remotas islas Casitérides, o del estaño, en los confines del mundo civilizado,
llegando a Hispania a través de los pequeños
puertos del Cantábrico, desde donde seguía por las rutas comerciales de
la península hasta las costas mediterráneas.
Los navegantes cartagineses habían conquistado Sicilia, Cerdeña y
Córcega, lo cual los llevaría indefectiblemente a un enfrentamiento con Roma,
que había tenido lugar ciento Cincuenta años antes. Al cabo de tres guerras,
que se prolongaron a lo largo de cien años, Cartago sucumbía y Roma obtenía sus
primeras posesiones de ultramar, incluidas las minas de Hispania.
El sentido práctico de los romanos les hizo ver inmediatamente que lo
idóneo era gobernar la península a partir de dos sedes y la dividieron en dos
provincias: la Hispania Citerior o próxima y la Hispania Ulterior o lejana. El
gobernador de la Hispania Ulterior controlaba el sudoeste de la península,
desde la sede de las tierras extraordinariamente fértiles al sur del río Betis,
en cuya desembocadura se situaba la otrora poderosa ciudad fenicia de Gades. El
gobernador de la Hispania Citerior ejercía su jurisdicción sobre el nordeste de
la península, desde la sede en la llanura costera mediterránea frente a las
islas Baleares, cambiando de capital conforme a su antojo o las necesidades.
Las tierras más al oeste y al noroeste —Lusitania y Cantabria— permanecían
inexploradas en su mayor parte.
Pese al ejemplo que Escipión Emiliano había hecho con Numancia, las
tribus ibéricas seguían resistiéndose a la ocupación romana mediante
emboscadas, incursiones, matanzas y destrucciones de la propiedad. Así, Cayo
Mario, al llegar a aquel escenario singular, se dijo que él también podía
guerrear mediante la emboscada, la incursión, la matanza y la devastación. Y se
aplicó a ello con gran éxito, ampliando las fronteras de la Hispania romana a
Lusitania y las imponentes cadenas montañosas de grandes reservas minerales en
que nacían el Betis, el Anas y el Tagus.
No sería exagerado afirmar que conforme avanzaban las fronteras romanas,
los conquistadores iban apropiándose de recursos minerales cada vez más ricos,
sobre todo de plata, cobre y hierro. Y, naturalmente, el gobernador de la
provincia —que ampliaba las fronteras en nombre de Roma— era el avanzado de
quienes obtenían concesiones mineras. El erario
se llevaba su parte, pero prefería dejar la explotación y las
propiedades mineras en manos privadas, para que la extracción fuese mucho más
eficaz y la explotación más implacable.
Cayo Mario se hizo rico. Cada vez más rico. Todas las nuevas minas eran
suyas, totalmente o en parte, y esto, a su vez, le procuraba participación
encubierta en las grandes compañías que prestaban sus servicios en todo tipo de
operaciones comerciales, desde la compraventa de grano y fletes hasta las
operaciones bancarias y la realización de obras públicas, dentro del orbe
romano y la propia Roma.
Mario regresó de Hispania después de que sus tropas le nombraran
imperator, lo que significaba que podía solicitar un triunfo al Senado. En
consideración a los botines, diezmos y tributos con que había contribuido a las
rentas del Estado, el Senado no podía sino doblegarse a los deseos de las
tropas, y así Mario montó en el antiguo carro glorioso sobre el itinerario
tradicional del desfile triunfal, precedido de las pruebas palpables de sus
victorias y depredaciones, con carrozas que mostraban escenas étnicas de
remotos lugares y extrañas costumbres tribales, y soñó con llegar a ser cónsul
en el plazo de dos años. El, Cayo Mario, de Arpinum, el despreciado palurdo
itálico que no hablaba griego, sería cónsul de la ciudad más poderosa del
mundo. Y volvería a Hispania a completar su conquista y convertirla en dos
provincias romanas pacificadas y prósperas. Pero hacía cinco años que había
vuelto a Roma. ¡Cinco años! La facción de Cecilio Metelo había ganado: ya nunca
sería cónsul.
—Creo que me pondré el atuendo de brocado —dijo a su criado, que
aguardaba sus órdenes.
Muchos otros en la posición de Mario habrían optado por permanecer
tumbados en el baño, mientras los esclavos los enjabonaban, rascaban y
masajeaban, pero Cayo Mario prefería seguir haciéndolo él mismo, incluso en las
actuales circunstancias. Hay que decir que a sus cuarenta y siete años seguía
siendo un hombre muy atractivo, con un físico nada desdeñable. Por tranquilas
que fuesen las jornadas que vivía, si tenía tiempo, hacía bastante ejercicio
con pesas y barras, cruzaba a nado varias veces el Tíber por el
tramo llamado Trigarium, y volvía corriendo por el perímetro externo del
Campo de Marte hasta su casa en la ladera del Arx capitolino. Comenzaba a
escasearle algo el cabello en la parte superior de la cabeza, pero aún
conservaba suficientes rizos para peinárselos hacia adelante con muy buen
efecto. Qué remedio. Nunca había sido, ni nunca sería, una belleza. Un buen
rostro no le faltaba —incluso impresionante—, pero no podía compararse con el
de Cayo Julio César.
Interesante. ¿Por qué se preocupaba tanto del cabello y del atuendo para
lo que prometía no ser más que una comida familiar en el salón de un modesto
senador sin cargo de importancia? Un hombre que ni siquiera había sido edil, y
menos aún pretor... ¡Y él elegía nada menos que la túnica de brocado! La había
comprado hacia años, pensando en las fiestas que celebraría durante su
consulado y años subsiguientes, cuando fuese uno de los ex cónsules famosos,
los consulares, como los llamaban.
Era permisible ataviarse para una cena privada con ropas menos austeras
que la toga blanca y la túnica, en las que el único adorno era la franja roja;
aquella túnica bordada, con largos pliegues superpuestos, era una ostentación
de oro y púrpura. Afortunadamente no había leyes suntuarias en aquel momento
que prohibiesen a un hombre ataviarse lo más lujosamente que quisiera. Sólo
estaba la lex Licinia, que limitaba la cantidad de exquisiteces culinarias
costosas a ofrecer en la mesa, pero nadie la cumplía. Además, mucho dudaba él
de que la mesa de César estuviera atiborrada de sabrosos pescados y ostras.
Ni por un instante se le ocurrió a Cayo Mario buscar a su esposa antes
de salir. Hacía años que la tenía olvidada, por no decir que jamás había
pensado en ella. La boda había sido concertada durante la época asexuada de la
niñez y había desembocado en un período asexuado del adulto que no siente amor
ni afinidad tras veinticinco años sin hijos. Un hombre tan inclinado a lo
militar y tan fisicamente activo como Cayo Mario, buscaba solaz sexual sólo
cuando, en su necesidad, el azar le deparaba un encuentro con alguna mujer
atractiva; y no había tenido muchos en su vida. Disfrutaba así, de vez en
cuando, de una cana al aire con alguna mujer bonita que se
hubiera sentido atraída por su persona (si estaba libre y dispuesta),
con una doméstica o con alguna cautiva en las campañas.
Pero a su mujer, Grania, la tenía olvidada, aunque la tuviera a dos
pasos, recordándole que desearía dormir con él lo bastante a menudo para
concebir un hijo. Cohabitar con Grania era como hacer una marcha en medio de
una espesa niebla; lo que se sentía era tan amorfo, que se transformaba
subrepticiamente en algo igualmente indefinible, y lo más que uno sentía, a
veces, era un cambio en la temperatura ambiente o zonas de mayor humedad en un
sustrato generalmente viscoso. Cuando alcanzaba el orgasmo, si abría la boca
era para bostezar.
No sentía la menor compasión por Grania ni trataba de comprenderla. Ella
era sencillamente su esposa, su vieja gallina que nunca había lucido el plumaje
de pollita, ni siquiera en su juventud. No tenía ni idea de lo que hacía con
sus días y sus noches, ni le preocupaba. ¿Grania llevando una doble vida de
licenciosa depravación? Si alguien se lo hubiera insinuado se habría echado a
reír hasta llorar. Y con toda la razón, porque Grania era tan casta como
aburrida. ¡Grania de Puteoli no era ninguna lasciva Cecilia Metela (la hermana
de Dalmático y de Metelo y esposa de Lucio Licinio Lúculo)!
Sus minas de plata le habían servido para comprar aquella casa del Arx
capitolino que daba a la zona del Campo de Marte que limitaba con las murallas
servianas, el sector más caro de Roma; las minas de cobre le habían procurado
los mármoles de colores que recubrían las columnas y los suelos; las minas de
hierro le habían permitido pagar al mejor pintor mural de Roma para que
rellenara los espacios entre las pilastras y los tabiques con escenas de
cacerías de venados, jardines de flores y paisajes en trampantojo; sus
participaciones encubiertas en diversas compañías importantes le habían servido
para adquirir las estatuas y los bustos, las exóticas mesas de madera de cedro
con pedestal de marfil e incrustaciones de oro, los divanes y sillas asimismo
con incrustaciones doradas, las ricamente bordadas colgaduras y las puertas de
bronce. El propio Himeto había proyectado el extenso jardín peristilo,
prestando tan particular atención a la sutil combinación de aromas como de
cromatismo floral, y el
gran Dólico había trazado el gran estanque central con sus surtidores,
peces, lirios, lotos y las soberbias esculturas a gran escala de tritones,
nereidas, ninfas, delfines y serpientes marinas con bigotes.
A todo lo cual, hay que decirlo, Cayo Mario no daba la menor
importancia. Era la ostentación obligada y nada más. El dormía en un catre de
campaña en el cuarto más pequeño y sobrio de la casa, en el que las únicas
colgaduras eran su espada envainada en una pared, su maloliente capa militar en
la otra, y la única nota de color, la bandera vexillum, bastante mugrienta y
ajada que su legión preferida le había regalado al finalizar la campaña de
Hispania. ¡Eso era vida para un hombre! El único auténtico valor que el
pretorado y el consulado tenían para Cayo Mario era el hecho de que ambos
procuraban el mando militar de mayor rango. ¡Pero el consulado más que el
pretorado! Y ahora sabía que ya nunca sería cónsul. No votarían a un hombre sin
antepasados nobles, por muy rico que fuese.
Caminaba bajo la misma llovizna desapacible que habían sufrido el día
anterior. La humedad lo invadía todo. No había reparado —cosa típica en él
— en que llevaba una fortuna a cuestas; aunque había echado sobre su
lujosa vestimenta su viejo sagum de campaña, una gruesa capa grasienta y
hedionda que le resguardaba de los crueles vientos de los pasos alpinos y de
aquellos chaparrones del Epiro que duraban un día entero. La clase de prenda
propia de un militar. Su hedor le penetraba en la nariz como el aroma cálido de
una panadería, que abre el apetito y suscita en el vientre un calor voluptuoso
y amigable.
—¡Adelante, adelante! —dijo Cayo Julio César, recibiendo a su invitado
en la puerta y alargando sus cuidadas manos para recoger el sagum. Aunque, al
cogerlo, no lo soltó de inmediato en las manos del esclavo que estaba a la
expectativa, como si temiera que el olor fuera a impregnarle la piel, sino que
lo manoseó con respeto antes de entregárselo cuidadosamente —. Debe haber visto
muchas campañas —añadió sin pestañear ante el espectáculo de un Cayo Mario con
la vulgar ostentación de aquel atavío oro y púrpura.
—Es el único sagum que he tenido en mi vida —dijo Cayo Mario, sin darse
cuenta de que se le habían vuelto del revés los pliegues del lujoso atuendo.
—¿Es de Liguria?
—Naturalmente. Me lo regaló mi padre cuando cumplí diecisiete años y fui
a servir como cadete. Pero os diré una cosa —prosiguió, sin reparar en la
sencillez y pequeñez de la casa de Cayo Julio César mientras se dirigía al
comedor—, cuando tuve que equipar y vestir a las legiones, me aseguré de que
todas mis tropas recibían una prenda exactamente como ésa, porque no se puede
esperar que los soldados se conserven sanos si se calan hasta los huesos o se
hielan. Desde luego —añadió apresuradamente al recordar algo importante— no les
cobré más del precio militar habitual. Cualquier jefe que merezca el pan que se
come debe ser capaz de asumir los gastos extra a cargo de los botines extra.
—Y vos os lo merecéis, me consta —añadió César, sentándose en el borde
del lado izquierdo de la camilla central e instando a su invitado con un gesto
a que se acomodara a su derecha, en el sitio de honor.
Los criados los descalzaron y, al rehusar Cayo Mario que trajesen un
brasero, por la molestia del humo, les ofrecieron calcetines, que ambos
aceptaron, para, a continuación, acomodar el ángulo de reclinación situando a
su gusto los almohadones bajo el antebrazo. El escanciador se aproximó,
acompañado de un copero.
—Mis hijos vendrán pronto, y las mujeres antes de que comencemos a cenar
—dijo César, alzando la mano para que el escanciador se detuviera—. Cayo Mario,
espero que no me juzguéis tacaño con el vino si os requiero respetuosamente a
que lo toméis como yo voy a hacerlo, bien aguado. Me mueve una razón bien
fundada, pero no creo que pueda exponérosla tan pronto. En pocas palabras, el
motivo que puedo aducir en este momento es que a ambos nos conviene conservar
la cabeza despejada. Además, a las mujeres les molesta ver a los hombres beber
vino sin agua.
—Babear por efecto del vino no es una de mis debilidades —replicó Cayo
Mario, reclinándose e interrumpiendo rápidamente el servicio del escanciador
para, acto seguido, asegurarse de que le llenaba el resto de la
copa casi hasta el borde con agua—. Si un hombre estima como es debido
la compañía para aceptar una invitación a cenar, debe usar su lengua para
hablar y no para desbarrar.
—¡Bien dicho! —añadió César con una gran sonrisa.
—No obstante, me tenéis muy intrigado.
—Lo sabréis todo a su debido tiempo.
Se hizo el silencio y los dos dieron un sorbo al agua teñida de vino,
algo tensos. Dado que únicamente se conocían de saludarse con una inclinación
de cabeza cuando se cruzaban, de senador a senador, aquel intento inicial de
hacer amistad resultaba inevitablemente difícil. Sobre todo cuando el anfitrión
había vetado algo que podía haberlo propiciado bastante: el vino.
César carraspeó y dejó la copa en la estrecha mesa que rozaba el borde
interno de la camilla.
—Me parece, Cayo Mario, que no os entusiasma la cosecha de magistrados
de este año.
—¡Por los dioses que no! Y creo que lo mismo os sucede.
—Sí, son mediocres. A veces me pregunto si no será un error obstinarse
en que las magistraturas no duren más que un año. Tal vez, cuando tenemos la
suerte de elegir a un hombre idóneo para un cargo, deberíamos dejarle que lo
ocupase para que hiciera una mejor labor.
—Es algo tentador; si los hombres no fueran como son, podría dar buenos
resultados —replicó Mario—. Pero existe un inconveniente.
—¿Un inconveniente?
—¿Quién puede garantizarnos que un hombre sea de suficiente valía?
¿Él mismo? ¿El Senado? ¿Las Asambleas de la Plebe? ¿Los caballeros?
¿Los votantes, esos individuos incorruptibles inmunes al soborno?
César se echó a reir.
—Bueno, yo creo que Cayo Graco era un hombre de valía. Cuando se
presentó por segunda vez al cargo de tribuno de la plebe, yo le apoyé de todo
corazón... y le apoyé igualmente en el tercer intento. No es que mi apoyo
valiese de mucho, siendo patricio.
—Pues ahí está, Cayo Julio —asintió Mario con gesto pesimista—. Siempre
que surge un buen hombre en Roma le cierran el paso. ¿Y por qué?
Porque se preocupa más por Roma que por su familia, por una facción o
por el dinero.
—Yo no creo que eso sea algo exclusivo de los romanos —replicó César,
enarcando sus delicadas cejas hasta su arrugada frente—. La gente es como es, y
yo no hallo mucha diferencia entre romanos, griegos, cartagineses, sirios o
quienquiera que sea, al menos en lo que atañe a envidia o codicia. La única
manera posible de que un hombre idóneo para el cargo pueda conservarlo para
realizar todo lo que es capaz, es nombrarle rey. Pero de hecho, no a título
honorífico.
—Pero Roma nunca admitiría un rey —añadió Mario.
—Hace quinientos años que no. Y nos engrandecimos con los reyes.
Curioso, ¿no? Casi todos los pueblos prefieren el mando absolutista, menos
nosotros, los romanos. Y tampoco los griegos.
—Eso es porque Roma y Grecia están atestadas de hombres que se creen
reyes —replicó Mario sonriendo—. Y, desde luego, Roma no se transformó en una
auténtica democracia suprimiendo la monarquía.
—¡Claro que no! La verdadera democracia es una entelequia filosófica
griega. Mirad el desastre que ha sido para los griegos. ¿Y qué suerte nos
espera a nosotros, los razonables romanos? Roma es el gobierno de la mayoría
por una minoría: las familias ilustres —dijo César como quien no quiere la
cosa.
—Y de algún hombre nuevo predestinado —añadió Cayo Mario.
—Un hombre nuevo predestinado —asintió César con voz queda.
En aquel momento entraron en el comedor los dos hijos de la casa, tal
como deben hacerlo los jóvenes, viriles pero corteses, contenidos y sin
timidez, sin avasallar pero sin reprimirse.
Sexto Julio César era el mayor; aquel año cumplía los veinticinco y era
alto, de cabello castaño leonado y ojos grises. Acostumbrado a evaluar a
hombres jóvenes, Cayo Mario percibió algo extraño en él: un leve atisbo de
agotamiento en la piel bajo los ojos y un hermetismo fuera de lo normal.
Cayo Julio César, de veintidós años, era más fuerte que su hermano y
algo más alto; un muchacho de ojos azul intenso y cabello dorado. Muy
inteligente, aunque no un joven enérgico y porfiado, pensó Mario.
Juntos formaban una pareja de buenos mozos, con rasgos romanos y
elegantes, de los que cualquier senador se habría enorgullecido de ser el
progenitor. Los senadores del mañana.
—Sois afortunado con vuestros hijos, Cayo Julio —dijo Mario mientras los
jóvenes se acomodaban en la camilla dispuesta perpendicularmente a la derecha
del padre; si no había más invitados (a no ser que estuviese en una de esas
casas tan escandalosamente progresistas en las que las mujeres se quedaban a
cenar), la tercera camilla, perpendicular a la izquierda de Mario, quedaría
vacía.
—Sí, así lo creo —replicó César, sonriendo a sus hijos y mirándolos con
tanto respeto como cariño. Luego se volvió sobre el codo para mirar a Cayo
Mario y su expresión cambió a una cortés curiosidad—. Si no me equivoco, no
tenéis hijos, ¿cierto?
—No —respondió Mario sin mostrarse apenado.
—Pero estáis casado...
—áYa lo creo! —replicó Mario riendo—. Los militares tenemos eso, que
nuestra verdadera vida es el ejército.
—Claro —añadió César, y cambió de tema.
Mario advirtió que la charla introductoria era culta, animada y muy
considerada. En aquel hogar, nadie desmerecía a los demás y todos se llevaban
estupendamente, sin que existiesen discordias latentes ni cuchicheos. Sentía
curiosidad por ver cómo eran las mujeres, pues el padre, al fin y al cabo, no
representaba más que la mitad de aquel feliz resultado. Aunque estuviera casado
con una fondona de Puteoli, Mario no era nada tonto y sabía por experiencia que
no había ninguna esposa de la nobleza romana que no dispusiera de una buena
renta para la educación de los hijos. Fuese disoluta o remilgada, tonta o
inteligente, la esposa era una persona con la que había que contar.
Y en ese momento entraron las mujeres: Marcia y las dos Julias. ¡Un
encanto! Un auténtico encanto, la madre incluida. Los criados colocaron sillas
en el centro de la U que formaban las tres camillas y las estrechas mesas, de
modo que Marcia quedó sentada frente a su esposo, Julia frente a Cayo Mario y
Julilla frente a sus dos hermanos. Mario advirtió divertido
que la menor, cuando vio que sus padres no la miraban pero sí él, sacó
la lengua a sus hermanos.
Pese a la ausencia de sabrosos pescados y ostras y el consumo de vino
muy aguado, fue una cena deliciosa, servida por esclavos discretos y de aspecto
satisfecho, que en ningún momento discurrieron con rudeza entre las mujeres y
las mesas ni descuidaron detalle alguno. Los platos estaban muy bien guisados,
y el sabor natural de carnes, frutas y verduras sin ningún disfraz de salsas de
garum ni mezclas extrañas o exóticas especias de Oriente; de hecho, era la
clase de comida que más agradaba a un militar como Mario.
Aves asadas rellenas de pan y cebolla y hierbas frescas del huerto,
panecillos muy finos recién hechos, dos clases de aceitunas, albóndigas de masa
de finísima harina con huevo y queso, deliciosas salchichas pueblerinas a la
brasa untadas con una leve capa de ajo y miel diluida, dos excelentes ensaladas
de lechuga, pepino, chalote y apio (las dos con aderezo de vinagre y aceite de
distinto sabor) y una maravillosa mezcla hervida de brécol, calabacitas y
coliflor, guarnecida con aceite y almendra rallada. El aceite de oliva era
suave y de primera prensa, la sal, seca, y la pimienta, de primera calidad y en
grano, para que los comensales indicaran con un gesto al pimentero moler una
pizca en el almirez. La comida concluyó con tartitas de fruta, cubitos de semilla
de sésamo envueltas en miel silvestre de tomillo, empanadillas de pasas picadas
en jarabe de higo y dos espléndidos quesos.
—¡Arpinum! —exclamó Mario alzando un trozo del segundo queso y con el
rostro iluminado por un gesto que le hacía inopinadamente joven—. ¡Bien que
conozco este queso! Lo hace mi padre con leche de oveja de dos años, ordeñada
cuando tan sólo han pastado una semana en el prado del río en que crecen unas
hierbas especiales.
—¡Qué agradable! —comentó Marcia, sonriéndole sin el menor atisbo de
afectación o de turbación—. Siempre me ha gustado esa clase de queso, pero a
partir de ahora lo buscaré con mayor interés por ser el que hace Cayo Mario de
Arpinum. ¿Vuestro padre se llama también Cayo Mario?
Una vez retirado el último plato, las mujeres se levantaron y
abandonaron el comedor sin haber probado el vino, aunque habían cenado con buen
apetito, bebiendo agua profusamente.
Al levantarse, Julia dirigió una sonrisa a Mario, que a éste le pareció
de auténtica complacencia. La muchacha había sostenido una cortés conversación
con él siempre que la había iniciado, pero no había intentado terciar en el
diálogo que mantenían él y su padre; y no había parecido aburrirse, sino que
siguió con evidente interés y conocimiento toda la conversación de César y
Mario. Una muchacha encantadora y apacible, que no parecía fuera a convertirse
en una fondona.
Su hermana Julilla era un diablillo, encantadora, sí, pero con el
demonio en el cuerpo, se imaginaba Mario. Seguro que era mimada y caprichosa y
sabía arreglárselas para que sus padres la dejaran salirse con la suya; pero
había en ella algo más inquietante, porque Mario, buen conocedor de los
muchachos, también sabía evaluar con precisión a las jóvenes. Y aquella Julilla
le irritaba por sutilmente que fuese; algo en ella fallaba, estaba seguro. No
era exactamente faltada de inteligencia, aunque no era tan culta como su
hermana mayor y sus hermanos y no podía calificársela en absoluto de ignorante;
tampoco era vanidad, aunque era evidente que sabía que era guapa y ello le
complacía. Optó por dejar de pensar en Julilla, ya que eran cosas por las que
no pensaba preocuparse.
Los jóvenes permanecieron unos diez minutos más y luego se excusaron y
los dejaron solos. Ya había anochecido y las clepsidras comenzaban a gotear las
horas nocturnas, el doble de largas que las diurnas. Estaba mediado el invierno
y por primera vez el calendario coincidía con la estación, gracias al
puntilloso pontífice máximo Lucio Cecilio Metelo el Dalmático, quien opinaba
que la fecha debía coincidir con la estación; realmente, muy griego. ¿Qué más
daba mientras los ojos y los órganos sensores de la temperatura le señalaran a
uno la estación que era y el calendario oficial del Foro Romano indicara el mes
y el día?
Cuando los criados trajeron las lámparas, Mario advirtió que eran de
aceite de primera calidad y las mechas no de estopa basta, sino de hebra de
lino.
—Me gusta leer —dijo César, siguiendo la mirada del militar e
interpretando sus pensamientos con la misma sagacidad que había mostrado en su
encuentro fortuito el día anterior en el Capitolio—. Y, además, tampoco duermo
muy bien. Hace ya años, cuando los hijos eran pequeños para participar en los
cónclaves familiares, celebrábamos una reunión especial para decidir qué lujo
especial se permitía cada miembro. Recuerdo que Marcia eligió un buen cocinero,
pero como eso nos beneficiaba a todos, votamos para que, obtuviera un telar
nuevo, el último modelo de Patavium, y la clase de hilado que deseara por caro
que fuese. Sexto eligió poder ir de excursión a los Campos de Fuego, más allá
de Puteoli, varias veces al año. —Una expresión de ansiedad cruzó momentáneamente
su rostro, al tiempo que suspiraba—. Hay ciertos rasgos característicos en los
Julios César — prosiguió—, y el más conocido, aparte de ser rubios, es el mito
de que todas las Julias nacen con el don de hacer dichosos a sus maridos. Un
don de la fundadora de la casa, la diosa Venus; pero no me consta que la diosa
Venus hiciera dichosos a muchos mortales. Aunque tampoco Vulcano. ¡Ni Marte! En
cualquier caso, ése es el mito a propósito de las mujeres de los Julios. hay
otros dones menos salutíferos que nos fueron concedidos, como el que ha
heredado el pobre Sexto. Estoy seguro que habréis oído hablar del mal que le
aqueja, el asma... Cuando sufre un ataque, se le oye sibilar desde cualquier
lugar de la casa, y en los peores ataques se pone cianótico. Hemos estado a
punto de perderle en varias ocasiones.
¡Así que eso era lo que había detectado en el rictus del joven! Pobre
muchacho; asmático. Eso, indudablemente, afectaría a su carrera.
—Sí —dijo Mario—, conozco la enfermedad. Mi padre dice que es peor
cuando el aire está lleno del polvillo de la cosecha o del del estío, y que los
que la padecen deben evitar el contacto con animales, sobre todo caballos y
perros. Cuando haga el servicio militar, ponedle en la infantería.
—Ya lo descubrirá por sí mismo —replicó César con otro suspiro.
—Terminad vuestro relato sobre el cónclave familiar, Cayo Julio —
añadió Mario, fascinado.
¡Aquella democracia no tenía la más mínima isonomía en Grecia! ¡Qué
extraños eran aquellos Julios César! Para un foráneo curioso, eran unos pilares
patricios, sumamente correctos, de la comunidad; pero para quienes los conocían
resultaban enormemente heterodoxos.
—Bien, el joven Sexto eligió acudir periódicamente a los Campos de Fuego
porque parece que los humos sulfurosos le prueban. Y sigue yendo.
—¿Y vuestro hijo menor? —inquirió Mario.
—Cayo dijo que sólo había una cosa en el mundo que deseaba como
privilegio, aunque no se la pudiera considerar un lujo, y pidió poder elegir su
propia esposa.
—¡Por los dioses! —exclamó Mario agitando sus pobladas cejas—. ¿Y se lo
concedisteis?
—Sí, claro.
—Pero ¿y si cae en la habitual ceguera juvenil y se enamora de una
cualquiera o de una vieja furcia?
—Pues que se case con ella, si es lo que desea. De todos modos no creo
que el joven Cayo llegue a ser tan necio. Tiene la cabeza muy bien puesta sobre
los hombros —replicó el cariñoso padre.
—¿Os casasteis según el modo patricio tradicional, confarreatío para
toda la vida? —inquirió Mario, sin apenas dar crédito a lo que oía.
—Sí, claro.
—¡Por los dioses!
—Mi hija mayor, Julia, tiene también bien sentada la cabeza — prosiguió
César—. Ella solicitó ser miembro de la biblioteca de Fannio; yo, que había
solicitado lo mismo, consideré que no tenía sentido que lo fuésemos los dos y
le cedí mis derechos. Sin embargo, la pequeña, Julilla, no es nada sensata;
pero imagino que las mariposas no necesitan serlo. Les basta —se encogió de
hombros y sonrió irónico— con alegrar el mundo. No soportaría vivir en un mundo
sin mariposas, y como hemos sido lamentablemente imprevisores teniendo cuatro
hijos, es una ventura que nuestra mariposa viniera la última. Y una gracia que,
además, fuese hembra.
—¿Qué pidió ella? —dijo Cayo Mario, sonriente.
—Oh, más o menos lo que esperábamos: confites y ropa.
—¿Y vos os desprendisteis de vuestro título de socio de la biblioteca?
—Yo opté por la mejor lámpara de aceite con las mejores mechas y
llegué a un trato con Julia. Si ella me dejaba leer los libros que
sacase de la biblioteca, yo le dejaría mis lámparas para leer.
Mario dio rienda suelta a su sonrisa, complacido por la personalidad del
autor de aquella moraleja. ¡Qué vida tan sencilla y plácida llevaba! Rodeado de
una esposa y unos hijos a quienes se esforzaba en complacer y por quienes se
interesaba como individuos. No cabía duda de que no erraba en el análisis
caracterológico de su retoño, y el joven Cayo no elegiría una esposa del arroyo
del Subura.
—Cayo Julio —dijo con un carraspeo—, ha sido una velada deliciosa, pero
creo que ha llegado el momento de que me digáis por qué he debido mantenerme
sobrio.
—Si no os importa, despediré primero a los criados —replicó César—.
Tenemos el vino al alcance de la mano y ahora que ha llegado el momento de la
verdad no necesitamos ser abstemios.
Aquella escrupulosidad sorprendió a Mario, acostumbrado ya a la suma
indiferencia que las altas clases romanas mostraban respecto a sus esclavos
domésticos. No en cuanto al trato, porque solían ser considerados, sino que
parecían convencidos de que los criados eran seres inanimados, inmunes a las
conversaciones privadas; era una costumbre que Mario no había podido asumir.
También su padre era firme partidario de despedir a la servidumbre.
—Cotillean descaradamente, ¿sabéis? —añadió César una vez a solas, con
la gruesa puerta bien cerrada—, y al lado tenemos vecinos entrometidos. Roma es
una ciudad grande, pero en lo que respecta al chismorreo en el Palatino, es
como un pueblo. Marcia me ha contado que hay amigas suyas que hasta se rebajan
a pagar a sus criados para que les cuenten chismes, y que dan recompensas
cuando el chisme resulta cierto. Además, los criados también piensan y sienten,
y es preferible no implicarlos.
—Cayo Julio, merecíais haber sido cónsul y habríais sido nuestro
magistrado más eminente, digno de ser elegido censor —dijo Mario con asombrosa
sinceridad.
—Estoy de acuerdo, Cayo Mario, ¡lo habría merecido! Pero no tengo el
dinero necesario para aspirar a un alto cargo.
—Yo tengo ese dinero. ¿Es por lo que estoy aquí y por lo que e
permanecido abstemio?
—Mi apreciado Cayo Mario —replicó César, perplejo—, claro que Ya estoy
más cerca de los sesenta que de los cincuenta y mi carrera pública está
estancada. No, son mis hijos y los hijos de mis hijos lo que me preocupa.
Mario se irguió y se volvió en la camilla hacia su anfitrión, hizo lo
propio. Como tenía la copa vacía, Mario cogió el jarro ysirvió vino puro, dio
un sorbo y se quedó estupefacto.
—¿Es esto lo que has estado aguando toda la cena hasta dejarlo insípido?
—inquirió.
—¡Oh, no! —replicó César sonriendo—. No soy tan rico, os lo aseguro. El
vino que hemos estado aguando era uno corriente. Este lo guardo para ocasiones
especiales.
—Me halagáis —añadió Mario, mirándole cejijunto—. ¿Qué queréis de mi,
Cayo Julio?
—Ayuda. A cambio, yo os ayudaré —contestó César sirviéndose una copa del
vino selecto.
—¿Y cómo se llevará a cabo esa ayuda mutua? —Muy sencillo. Haciéndoos
miembro de mi familia. —¿Cómo?
—Os ofrezco una de mis hijas. La que más os guste —respondió
pausadamente César.
—¿Un matrimonio?
—¡Claro, un matrimonio!
—¡Ooooh! ¡Qué idea! —exclamó Mario, viendo inmediatamente las
posibilidades. Y sin añadir palabra, dio un sorbo del fragante Falerno.
—Todos se fijarán en vos si sois esposo de Julia —dijo César—.
Afortunadamente no tenéis hijos ni tampoco hijas. Por lo tanto, la esposa que
toméis en esta fase de vuestra vida ha de ser joven y ser de ascendencia
fértil. Es muy comprensible que busquéis nueva esposa y a nadie le
extrañará. Pero si esa esposa es Julia, por ser ella de alto linaje patricio,
vuestros hijos llevarán sangre de los Julios, y el matrimonio con Julia,
indirectamente, os ennoblece, Cayo Mario. Todos se verán obligados a
consideraros de forma muy distinta a como lo hacen ahora, porque vuestro nombre
quedará potenciado con la gran dignitas, la valía pública y el rango de la
familia más augusta de Roma. Dinero no tenemos, pero si dignitas. Los Julios
César son descendientes directos de la diosa Venus a través de su nieto Julo,
hijo de su hijo Eneas. Y con ello quedaréis impregnado de nuestro esplendor.
César dejó la copa y suspiró sonriente.
—Os lo aseguro, Cayo Mario, ¡es cierto! Lamentablemente no soy el
primogénito de la familia de los Julios, pero conservamos las imágenes de cera
y nuestro linaje se remonta a más de mil años. El segundo nombre de la madre de
Rómulo y Remo, la llamada Rea Silvia, es Julia. Al yacer con Marte, concibió de
él dos gemelos, dimos forma mortal a Rómulo y así hasta Roma —añadió sonriendo
aún más, no con ironía, sino de profundo placer por sus ilustres antepasados—.
Éramos reyes de Alba Longa, la más grande de las ciudades latinas, y fue
nuestro antepasado Julo quien la fundó, y al ser saqueada por los romanos nos
trajeron a Roma y fuimos elevados en su jerarquía para reforzar el derecho de
Roma a ser la cuna de la raza latina. Y aunque nunca se reconstruyó Alba Longa,
actualmente el sacerdote del monte Albano es un Julio.
No podía evitarlo: le invadía un temor reverencial que contuvo. Pero no
dijo nada y se limitó a escuchar.
—A nivel más humilde —prosiguió César—, yo mismo tengo un aura no menos
famosa, aunque nunca haya tenido dinero para aspirar a cargos más altos. Mi
nombre es famoso entre los electores; los arribistas se disputan mi amistad, y
las centurias que votan en las elecciones consulares están llenas de
arribistas, como bien sabéis. Y soy muy respetado por mi nobleza. Mi dignitas
personal es irreprochable, igual que la de mi padre — concluyó en tono grave.
Nuevas perspectivas se abrían ante Cayo Mario, que no podía apartar sus
ojos del hermoso rostro de César. ¡Sí, claro que descendían de Venus! Y todos
eran hermosísimos. El fisico cuenta, y a lo largo de la historia siempre ha
sido mejor ser rubio. Los hijos que tenga con Julia pueden ser rubios y
conservar la larga y desigual nariz romana. Tendrán un físico estupendo y nada
corriente. Que es la diferencia entre los Julios César rubios de Alba Longa y
los Pompeyos rubios de Picenum. Los Julios César tienen un físico
inequívocamente romano, mientras que los Pompeyos parecen celtas.
—Todos saben que vos ansiáis ser cónsul —prosiguió César—. Vuestras
actividades en Hispania cuando fuisteis pretor os habrán procurado una
clientela, pero, lamentablemente, se rumorea que vos mismo sois un cliente, con
lo que vuestros clientes son los clientes de vuestro patrón.
—¡Es un infundio! —protestó Mario, enojado, mostrando los dientes, que
eran grandes, blancos y fuertes—. ¡Yo no soy cliente de nadie!
—Yo os creo, pero no es lo que opina la gente —replicó César—, y lo que
cree la gente es mucho más importante que la verdad. Cualquiera con sentido
común sabría descartar la idea de que sois el cliente de la familia Herenio,
porque el clan de los Herenios es muchísimo menos latino que el clan de Mario
de Arpinum. Pero los Cecilios Metelos afirman también que os tienen bajo su
patrocinio. Y a los Cecilios Metelos se les cree. ¿Por qué? Por lo siguiente:
porque la familia Fulcínía por parte de vuestra madre es etrusca y el clan
Mario posee tierras en Etruria, y Etruria es el feudo inmemorial de los
Cecilios Metelos.
—¡Ningún Mario, ni tampoco los Fulcinios, han sido jamás clientes de
ningún Cecilio Metelo! —espetó Mario, aún más airado—. ¡No tendrán valor para
afirmar que soy cliente suyo en ninguna situación en que los obliguen a
demostrarlo!
—Por supuesto —replicó César—. Pero os tienen una gran aversión personal
y eso concede mayor peso a sus afirmaciones. Es algo que no deja de comentarse
y se dice que es una aversión demasiado personal para que la causa sea que les
tocaseis las narices cuando erais tribuno de la plebe.
—¡Ya lo creo que es personal! —dijo Mario, soltando una artificiosa
carcajada.
—Explicádmelo.
—En cierta ocasión, en Numancia, tiré a una pocilga al hermano pequeño
de Dalmático, el que sin lugar a dudas va a ser cónsul el año que viene. En
realidad éramos tres, y es cierto que desde entonces ninguno de los tres hemos
llegado muy lejos con los romanos que manejan la verdadera influencia.
—¿Quiénes fueron los otros dos?
—Publio Rutilio Rufo y el rey Yugurta de Numidia.
—¡Ah! Misterio aclarado —dijo César juntando los dedos y llevándoselos a
los labios fruncidos—. Sin embargo, la acusación de que sois un cliente
deshonroso no es el único estigma en vuestro nombre, Cayo Mario. Hay otro más
difícil de borrar.
—Entonces, antes de hablar de ese otro estigma, Cayo Julio, ¿cómo
sugerís que ponga fin al rumor de que soy cliente? —inquirió Mario.
—Casándoos con una de mis hijas. Si os acepto por marido de una de mis
hijas, daré a entender al mundo que no veo prueba de verdad en la acusación de
clientelismo. ¡Y difundid la historia de la pocilga! Si es posible, haced que
Publio Rutilio Rufo la confirme. Así todos tendrán una explicación más
comprensible del origen de la aversión personal de Cecilio Metelo —dijo César
sonriendo—. Debió ser divertido.., un Cecilio Metelo a la altura de unos
cerdos... ¡y ni siquiera romanos!
—Fue divertido —asintió Mario escuetamente, instándole a continuar
—. ¿Cuál es el otro estigma?
—No me cabe la menor duda de que lo sabéis, Cayo Mario. —No se me ocurre
nada, Cayo Julio.
—Se dice que hacéis negocio.
—Pero —replicó Mario con un grito sofocado de asombro— ¿en qué se
diferencian mis negocios de los que realizan las tres cuartas partes de
los senadores? ¡No tengo acciones en ninguna comPañía que me permitan votar ni
influir en sus asuntos internos! ¡No soy más que un socio encubierto, un
capitalista! ¿Se dice eso de mí, que tomo parte activa en negocios?
—Claro que no, mi apreciado Cayo Mario. ¡Nadie hace lucubraciones!
Simplemente se os desprecia con un gesto y la simple frase de "hace
negocios". Sus implicaciones son innumerables y no se dice nada
concreto. Por lo que, a los que no tienen la prudencia de preguntar, se les
hace creer que vuestra familia se ha dedicado a los negocios desde hace
generaciones, que vos dirigís compañías, recogéis impuestos, os enriquecéis con
el suministro de grano —dijo César.
—Entiendo —contestó Mario con los labios prietos.
—Más vale que lo entendáis —dijo César amablemente.
—¡Yo no hago ningún negocio que no haga también Cecilio Metelo! De
hecho, puede que haga menos negocios que él.
—De acuerdo. Pero si yo hubiese sido vuestro consejero, Cayo Mario
—añadió César—, habría tratado de persuadiros de que evitaseis toda clase de
negocios que no fuesen tierras y propiedades. Vuestras minas no constituyen
ningún reproche; son propiedades buenas y estables. Pero para un hombre nuevo
los asuntos de compañías no convienen. Debíais haberos limitado a las únicas
empresas totalmente irreprochables para un senador tierras y propiedades.
—¿Queréis decir que mis actividades comerciales constituyen otro
impedimento para ser noble romano? —inquirió amargamente Mario.
—¡Exactamente!
Mario irguió el tronco. Alargarse en explicaciones de una evidente
injusticia era perder tiempo y energías. Por eso optó por pensar en el
atractivo proyecto de casarse con una muchacha de la familia de los Julios.
—¿De verdad creéis, Cayo Julio, que el matrimonio con una de vuestras
hijas mejoraría tanto mi imagen pública?
—No cabe la menor duda.
—Una Julia... ¿Y por qué no aspirar a casarme con una Sulpicia, una
Claudia, una Emilia o una Cornelia? Una muchacha de cualquiera de las viejas
familias patricias me favorecería lo mismo, si no más. Tendría el apellido
antiguo más una cobertura política mucho más actual —replicó Mario.
César, sonriente, meneó la cabeza.
—Me niego a aceptar la provocación, Cayo Mario, así que no volváis a
molestaros. Si, podríais casaros con una Cornelia o una Emilia, pero todos
comprenderían que simplemente la habríais comprado. La ventaja de
casaros con una Julia estriba en el hecho de que los Julios César nunca venden
sus hijas a nuevos ricos que ansían abrirse una carrera pública y obtener un
apellido noble para su progenie. El simple hecho de que se os permita desposar
a una Julia servirá para que la gente vea que sois merecedor de cualquier honor
político y que esos estigmas son puro infundio. Los Julios César siempre han
rehusado vender a sus hijas. Eso lo sabe todo el mundo. —César hizo una pausa
para reflexionar—. Aunque, os digo una cosa, no dudaré en recomendar
insistentemente a mis hijos que capitalicen nuestras peculiaridades y casen a
sus hijas con nuevos ricos lo antes posible.
Mario se arrellanó con la copa nuevamente llena.
—Cayo Julio, ¿por qué me ofrecéis esta oportunidad? —inquirió. —Hay dos
razones —respondió César con el entrecejo fruncido—. La
primera quizá no sea muy razonable, pero por ella llegué a la decisión
de anular nuestra tradicional reticencia familiar a capitalizar el matrimonio
de los hijos. Mirad, cuando ayer os vi en el Capitolio, tuve una premonición.
No es que yo sea dado a las premoniciones, entendedme, pero juro por todos los
dioses, Cayo Mario, que tuve la seguridad de que veía a un hombre al que, si le
daba la oportunidad, libraría a Roma de una terrible amenaza. Y también supe
que si no se os daba la oportunidad, Roma dejaría de existir —añadió
encogiéndose de hombros con un temblor—. Bien, todo romano es profundamente
supersticioso y es una característica muy acentuada en las familias de vieja
alcurnia. Yo creo en lo que siento. Ha transcurrido un día y sigo creyendo. Y
pensé, ¿no sería maravilloso que un humilde senador sin cargo importante diese
a Roma el hombre que ésta va a necesitar tan desesperadamente?
—Yo también lo siento —dijo Mario bruscamente—. Lo he sentido desde que
fui a Numancia.
—¡Pues ya está! Nosotros dos.
—¿Y la segunda razón, Cayo Julio?
—He llegado a una edad —dijo César con un suspiro— en la que debo
afrontar el hecho de que no he sabido mirar como debe un padre por el
futuro de mis hijos. Han tenido cariño. Comodidad material no les ha
faltado, sin llegar a un exceso agobiante. Educación, también la han tenido.
Pero todo lo que poseo es esta casa más quinientas yugadas en las colinas
albanas. —Se incorporó, cruzó las piernas y volvió a inclinarse—. Tengo cuatro
hijos, y son muchos, como bien sabéis. Dos hijos y dos hijas. Con lo que poseo
no aseguraré la carrera pública de mis hijos, ni siquiera como modestos
senadores como su padre. Si reparto mis propiedades entre los dos varones,
ninguno de los dos podrá aspirar a la candidatura de senador. Si se lo dejo
todo a Sexto, el mayor, lo más que podrá hacer es sobrevivir igual que yo,
mientras que Cayo, el pequeño, quedaría en tal penuria que ni siquiera podría
aspirar a la categoría de caballero. Efectivamente, le convertiría en un Lucio
Cornelio Sila. ¿Conocéis a Lucio Cornelio Sila?
—No —contestó Mario.
—Su madrastra vive en la casa de al lado. Es una mujer horrible,
insensata y de baja cuna, pero muy rica. No obstante, tiene un pariente de su
sangre que heredará la fortuna; un sobrino, creo. ¿Que cómo sé estos detalles?
La servidumbre de ser su vecino y la coincidencia de ser senador. La mujer me
acosó para que le redactase el testamento y no paró de hablar. Su hijastro,
Lucio Cornelio Sila, vive en la casa; según ella, porque no tiene donde caerse
muerto. Imaginaos: un Cornelio patricio, con edad para ocupar un puesto en el
Senado, sin la menor esperanza de poder acceder a él. ¡Es un indigente! Su rama
familiar hace tiempo que está en la ruina, el padre era prácticamente un don
nadie. Y para colmo de males, el progenitor de Lucio Cornelio cayó en las garras
del vino y lo poco que le quedaba hace años que se lo gastó en el vicio. El
padre fue quien se casó con mi vecina, la cual tiene bajo su techo al hijastro
desde que murió el marido, pero no está dispuesta a hacer nada por él. Vos,
Cayo Mario, habéis tenido infinitamente más suerte que Lucio Cornelio Sila, ya
que al menos vuestra familia era lo bastante acomodada para daros la propiedad
y las rentas propias de un senador cuando os llegó la oportunidad; vuestra
condición de hombre nuevo no os impidió el acceso al Senado cuando se presentó
la ocasión, mientras que si no hubieseis tenido los medios, eso os habría
estado vedado. Lucio Cornelio Sila es de un linaje impecable por parte de padre
y de madre, pero
su penuria le ha impedido acceder a un puesto al que habría tenido
perfecto derecho en la jerarquía vigente. Y creo que me preocupa enormemente el
bienestar de mi hijo menor para dejarle abocado a él, a sus hijos o a los hijos
de sus hijos a las circunstancias de Lucio Cornelio Sila —concluyó César,
apasionado.
—El nacimiento es un accidente —replicó Mario con idéntica pasión—. ¿Por
qué ha de tener el poder de determinar el curso de una vida?
—¿Y por qué ha de hacerlo el dinero? —arguyó César—. Vamos, Cayo Mario,
admitid que todo el mundo en todos los países aprecia el nacimiento y el
dinero. Yo encuentro que, en realidad, la sociedad romana es la más flexible de
todas; si la comparamos con el reino de los partos, Roma es tan ideal como la
hipotética república de Platón. En Roma se han dado casos en que un individuo
ha ascendido de la nada. Aunque os advierto que yo nunca he admirado a ninguno
de los que lo hicieron —añadió César, pensativo— porque el esfuerzo los
destruye como personas.
—En ese caso, quizá sea preferible que Lucio Cornelio Sila siga donde
está —dijo Mario.
—¡Ni mucho menos! —replicó César con firmeza—. Yo admito que en vuestro
caso ser un hombre nuevo os haya puesto en una situación injusta, Cayo Mario,
pero haciendo honor a la clase a la que pertenezco, no tengo más remedio que
deplorar el destino de Lucio Cornelio Sila —añadió, adoptando un gesto de
decisión comercial—. No obstante, lo que me preocupa ahora es el futuro de mis
hijos. Mis hijas, Cayo Mario, no tienen dote, y no puedo procurarles ninguna
renta, porque de hacerlo dejaría en la miseria a mis hijos. Eso significa que
mis hijas no tienen posibilidad alguna de casarse con hombres de su clase.
Perdonadme, Cayo Mario, si estimáis que mis palabras os ofenden, pero no me
refiero a hombres de vuestra condición. Me refiero... —hizo un gesto, agitando
las manos—. Volveré a decirlo. Me refiero a que tendré que casar a mis hijas
con hombres que no me gustan, que no admiro, que nada tienen en común con vos.
¡Tampoco las casaría con hombres de su propia clase si tampoco me gustaran! Lo
que yo deseo es un hombre decente y honrado, pero ya no tendré ocasión de
encontrarlo. Los que soliciten la mano de mis hijas serán los presuntuosos
ingratos a quienes antes mostraría la punta de la bota que la palma de
la mano. La situación es semejante a la que se da con una viuda rica: los
hombres decentes no la solicitan por temor a ser considerados unos cazadotes y
la única opción que a ella le queda es elegir un cazadotes.
César se rebulló en la camilla y se sentó en el borde con las piernas
colgando.
—¿Os importaría dar un paseo por el jardín, Cayo Mario? Ya sé que hace
frío, pero os daré algo para que os abriguéis. Ha sido una larga velada,
difícil para mí, y empiezo a sentir el cansancio.
Sin decir palabra, Mario se agachó, cogió los zapatos de César, le ayudó
a calzarlos y se los anudó con habilidad y rapidez. Luego hizo lo propio con
los suyos, se puso en pie y prestó apoyo con la mano al antebrazo de César.
—Por eso me complacéis —dijo éste—, por vuestra sensatez y sencillez.
Era un peristilo no muy grande, pero tenía un encanto poco habitual en
los jardines urbanos. A pesar de la época del año en que estaban, crecían
hierbas aromáticas que difundían deliciosos olores y la mayoría de las plantas
eran de hoja perenne. Los Julios César se resistían a abandonar las costumbres
rurales, advirtió Mario con un estremecimiento de cálida satisfacción. Bajo los
aleros, para que les diera el sol sin mojarse, colgaban cientos de ramitos de
hierba pulguera puesta a secar, igual que en casa de su padre en Arpinum. A
finales de enero las pondrían en todos los arcones de ropa y por los rincones
de la casa para ahuyentar pulgas, lepismas y todo tipo de insectos. Aquella
hierba se cortaba en el solsticio de invierno para secarla, y Mario no se imaginaba
que hubiese una casa en Roma en que la conociesen.
Como había habido un invitado a cenar, los candelabros que colgaban del
techo de la columnata que rodeaba el peristilo ardían débilmente y las
lamparitas de bronce que alumbraban los caminos del jardín proyectaban una
tenue luz ámbar a través de los delgadísimos cilindros de mármol que las
recubrían. Había cesado la lluvia, pero gruesas gotas de agua cubrían matas y
arbustos y el aire era frío y nebuloso.
Ninguno de los dos lo advertía. Con las cabezas juntas (eran los dos
altos y resultaba cómodo inclinar juntos la cabeza), paseaban despacio por los
caminos y, finalmente, se detuvieron junto a la fuente con estanque en medio
del jardín, en la que un cuarteto de ninfas sostenía unas antorchas en alto.
Como era invierno, el estanque estaba vacío y no corría la fuente.
Esto sí que es real pensó Cayo Mario (cuya fuente y estanque funcionaban
todo el año gracias a un sistema de calefacción). Ninguno de mis tritones,
delfines y cascadas me emocionan tanto como esta deliciosa fuente antigua.
—¿Os interesa casaros con una de mis hijas? —inquirió César muy
tranquilo, aunque parecía angustiado.
—Sí, Cayo julio, me interesa —dijo Mario, decidido.
—¿Os dolerá divorciaros de vuestra esposa?
—En absoluto —contestó Mario con un carraspeo—. ¿Qué deseáis que haga,
Cayo julio, a cambio del regalo de emparentar con vuestro apellido?
—Mucho, en realidad —dijo César—. Ya que entraréis en la familia a guisa
de un segundo padre más que como yerno, ¡privilegios de la edad!, espero que
dotéis a mi otra hija y contribuyáis al bienestar de mis dos hijos. En el caso
de la hija desafortunada y de mi hijo menor, dinero y propiedades constituyen
necesariamente parte de ello. Pero debéis estar dispuesto a hacer valer vuestra
influencia con mis dos hijos para que entren en el Senado y puedan iniciar la
carrera hacia el consulado, ¿entendéis? Mi hijo Sexto tiene un año más que el
mayor de los dos varones que mi hermano Sexto acogió, así que él es el primero
de esta generación de Julios César con edad para aspirar al consulado. Quiero
que sea cónsul en el año que le corresponde, doce después de entrar en el
Senado, en su cuarenta y dos aniversario. ¡Quiero esa distinción! Después,
Lucio, el hijo de mi hermano Sexto, será el primer cónsul juliano al año
siguiente.
Haciendo una pausa para contemplar el rostro de Mario en penumbra, César
efectuó un ademán tranquilizador.
—Oh, no creáis que ha habido ningún roce entre mi hermano y yo mientras
vivía, ni lo hay ahora entre yo, mis hijos y los dos suyos. Pero es
que un hombre debe ser cónsul en el año que le corresponde. Es mucho
mejor.
—Vuestro hermano Sexto adoptó a su hijo mayor, ¿verdad? —inquírió Mario,
esforzándose por recordar un hecho que nadie ignoraba en la sociedad romana.
—Sí, hace mucho tiempo. También se llamaba Sexto, que es el nombre que
damos a los primogénitos.
—¡Claro! ¡Quinto Lutacio Catulo! Lo habría recordado si hubiese usado el
César en su nombre, pero no lo hace, ¿verdad? Será sin duda el primer César que
alcance el consulado, porque es mucho mayor que todos los otros.
—No —replicó César, meneando enfáticamente la cabeza—. Ya no es un
César, sino un Lutacio Catulo.
—Tengo entendido que el viejo Catulo pagó bastante por la adopción —
dijo Mario—. En cualquier caso, la familia de vuestro hermano parece tener
bastante dinero.
—Sí, pagó mucho dinero. Igual que vos haréis por vuestra nueva esposa,
Cayo Mario.
—Julia. Quiero que sea Julia —dijo Mario.
—¿La pequeña no? —inquirió César con tono de sorpresa—. Bien, admito que
me alegra, aunque sólo sea por el hecho de que considero que una muchacha no
debe casarse antes de cumplir dieciocho años, y a Julilla aún le falta año y
medio para eso. Creo que habéis elegido bien. Sin embargo, yo siempre he
pensado que Julilla es la más atractiva e interesante de las dos.
—Es natural, siendo su padre —replicó Mario, sonriente—. No, Cayo julio,
vuestra hija pequeña no me atrae en absoluto. Si no está locamente enamorada
del hombre con quien se case, creo que le dará pesares. Yo soy demasiado mayor
para los caprichos de una jovencita, y Julia me parece que tiene igual sentido
común que atractivo físico. Me gusta todo en ella.
—Será una excelente esposa para un cónsul. —¿Creéis de verdad que
lograré ser cónsul?
—¡Desde luego! —contestó César, asintiendo con la cabeza—. Pero no de
inmediato. Casaos primero con Julia, y luego dejad que las cosas, y las
personas, vayan calmándose. Procurad encontrar una buena guerra un par de años,
pues será de gran ayuda que contéis con un triunfo militar reciente. Ofreced
vuestros servicios a alguien como legado mayor. Y al cabo de dos o tres años
presentaos candidato al consulado.
—Pero tendré cincuenta años —adujo Mario, entristecido—, y no se suele
elegir a quienes han rebasado tanto la edad habitual.
—Ya sois demasiado mayor. ¿Qué pueden importar otros dos o tres años? Os
servirán de mucho si sabéis emplearlos. No parecéis tan mayor, Cayo Mario; y
eso es un detalle importante. Si tuvierais aspecto avejentado sería muy
distinto. Por el contrario, encarnáis la auténtica imagen de la salud y el
vigor, y sois un hombre alto, lo cual siempre impresiona a los electores de las
centurias. De hecho, hombre nuevo o no, si no hubieseis incurrido en la
enemistad de los Cecilios Metelos habríais sido un buen candidato al consulado
hace tres años, cuando teníais la edad adecuada. Si fueseis un individuo bajito
con un brazo derecho débil, ni siquiera Julia os valdría de mucho. Pero con
vuestro físico, seréis cónsul. Perded cuidado.
—¿Qué deseáis exactamente que haga por vuestros hijos?
—¿En cuanto a propiedades?
—Sí —respondió Mario, olvidándose de su lujoso atuendo y sentándose en
un banco de mármol blanco sin pulimentar.
Como permaneció sentado en él un rato y estaba húmedo, al levantarse
dejó una mancha rosada de aspecto curiosamente natural. El tinte tirio del
traje había impregnado la porosidad del mármol, con lo que el banco, a su
debido tiempo, transcurrido un par de generaciones, se convirtió en una de las
piezas más preciadas que otro Cayo julio César donaría al domus publicus del
pontífice máximo. Pero para el Cayo julio César que concertó el matrimonio de
Cayo Mario, el banco sería un presagio; un maravilloso presagio. Cuando el
esclavo fue por la mañana a comunicarle el milagro y lo vio con sus propios
ojos (el esclavo sintió un respeto reverencial más que espanto, porque nadie
ignoraba el significado del color rojo), lanzó un suspiro de satisfacción.
Aquel banco manchado de rojo era presagio de que,
con aquel matrimonio de intereses, su familia se encaminaba hacia la
púrpura del cargo más alto en Roma. Y el detalle se incorporó a aquella extraña
premonición: sí, Cayo Mario tendría una intervención en los destinos de Roma
como nadie podía soñar. César quitó el banco del jardín y lo situó en el
atriun; pero nunca dijo a nadie cómo de la noche a la mañana había aparecido
aquella delicada mancha entreverada roja y rosa. ¡Un presagio!
—Para mi hijo Cayo necesito suficiente tierra para asegurarle un escaño
en el Senado —dijo César a su invitado, sentado en el banco—. En este momento
se da la circunstancia de que hay en venta seiscientas yugadas de excelentes
tierras junto a mi propiedad de quinientas en las colinas albanas.
—¿A qué precio?
—Tremendo, por su calidad y por estar tan cerca de Roma.
Desgraciadamente es el vendedor quien fija el precio —dijo César con un
profundo suspiro—. Cuatro millones de sestercios... un millón de denarios
—añadió con un esfuerzo.
—De acuerdo —respondió Mario, como si César hubiese hablado de cuatro
mil sestercios en lugar de cuatro millones—. Sin embargo, creo que sería
prudente que mantengamos este trato en secreto, de momento.
—¡Oh, por supuesto! —asintió César, vehemente.
—Mañana, yo mismo os traeré el dinero en metálico —dijo,Mario
sonriendo—. ¿Qué más deseáis?
—Espero que antes de que mi hijo mayor entre en el Senado ya seáis
cónsul y tengáis influencia y poder, por el cargo y por vuestro matrimonio con
Julia; y, en consecuencia, utilicéis este poder e influencia para que mis hijos
consigan diversos cargos. De hecho, si obtenéis ese legado militar durante dos
o tres años, deseo que llevéis con vos a mis dos hijos a la guerra. Tienen
experiencia; los dos han sido cadetes y suboficiales, pero necesitan más
servicio militar que favorezca sus carreras, y será idóneo que sirvan a
vuestras órdenes.
Personalmente, Mario no creía que ninguno de los dos jóvenes tuviese
grandes dotes de comandante, pero consideraba que sí podrían llegar a ser
buenos oficiales, y se limitó a decir:
—Los llevaré muy complacido, Cayo julio.
—En cuanto a su carrera política —prosiguió César—, tienen el
inconveniente de ser patricios, y, como bien sabéis, eso significa que no
pueden aspirar al cargo de tribunos de la plebe, y destacar como tribuno de la
plebe es con mucho el mejor sistema para ganarse buena fama política. Mis hijos
tendrán que optar por la carísima magistratura curul. Así que espero que tanto
en el caso de Sexto como en el de Cayo les aseguréis la elección de ediles
curules, con fondos suficientes para que celebren juegos y espectáculos que
hagan que el pueblo les recuerde con simpatía cuando se presenten a las
elecciones de pretor. Y si les hiciera falta comprar votos, espero que les
procuréis lo necesario.
—De acuerdo —dijo Cayo Mario, alargando la mano derecha con sorprendente
prontitud, dada la magnitud de las condiciones de César, que le obligaban a un
trato que iba a costarle como mínimo diez millones de sestercios.
Cayo julio César estrechó con fuerza y efusión aquella mano.
—¡Bien! —exclamó, y se echó a reír.
Regresaron a la casa y César ordenó a un criado adormilado que trajera
el viejo sagum de su invitado.
—¿Cuándo veré a Julia y hablaré con ella? —inquirió Mario en el momento
en que sacaba la cabeza por la abertura circular del sagum.
—Mañana por la tarde —respondió César, abriéndole la puerta—.
Buenas noches, Cayo Mario.
—Buenas noches, Cayo julio —respondió Mario, echando a andar bajo aquel
cortante viento del norte.
Llegó a su casa como flotando y con un calor que no sentía hacía mucho
tiempo. ¿Sería posible que aquel duende interior, la sensación, fuese algo que
iba a convertirse en realidad? ¡Cónsul! ¡Su familia pisaría de pleno derecho el
terreno sacrosanto de la nobleza romana! Si lo lograba, tenía que adoptar un
hijo. Otro Cayo Mario.
Las Julias compartían un saloncito de estar en el que se reunieron a la
mañana siguiente para desayunar. Julilla se mostraba extraordinariamente
inquieta y se balanceaba sobre un pie y otro, íncapaz de estarse quieta.
—¿Qué te pasa? —inquirió su hermana, exasperada.
—¿No lo sabes? Algo se está tramando y quiero ir al mercado de flores a
ver a Clodila, ¡se lo he prometido! Pero creo que vamos a tener que quedarnos
en casa para uno de esos aburridos cónclaves familiares — contestó la muchacha,
entristecida.
—No sabes apreciar las cosas —replicó Julia—. ¿Conoces a muchas chicas
que tengan el privilegio de decir su opinión en una reunión de familia?
—Bah, tonterías; son un aburrimiento y nunca se habla de nada
interesante... sólo de criados, de cosas que no podemos comprar y de tutores.
¡Yo quiero dejar la escuela; estoy harta de Homero y del plomo de Tucídides!
¿De qué le sirven a una muchacha?
—Le dan lustre de culta y bien educada —replicó Julia—. ¿No deseas un
buen marido?
—Para mí —replicó Julilla entre risitas— un buen marido no tiene nada
que ver con Homero y Tucídides. ¡Yo quiero salir esta mañana! —añadió
bailoteando por el cuarto.
—Si te has empeñado en salir, saldrás, porque te conozco —dijo Julia
—. ¿Por qué no te sientas y desayunas?
Una sombra apareció junto a la puerta y las dos muchachas alzaron la
vista, boquiabiertas. ¡Su padre estaba allí!
—Julia, quiero hablar contigo —dijo nada más entrar y sin hacer caso de
Julilla, su preferida.
—Oh, tata, ¿ni siquiera un besito? —inquirió ésta con un puchero. Él la
miró distraído y la besó en la mejilla, forzando una sonrisa.
—Mariposita, ¿por qué no te vas a hacer lo que tengas que hacer?
—Gracias, tata —dijo ella radiante de satisfacción—. ¡Gracias! ¿Puedo
ir al Porticus Margaritaria al mercado de flores?
—¿Cuántas perlas piensas comprar hoy? —inquirió el padre sonriendo.
—¡Millares! —respondió ella, apresurándose a salir del cuarto. Cuando
pasaba junto a él, César le puso un denario de plata en la mano.
—Ya sé que no llega ni para la perla más pequeña, pero puedes comprarte
un pañuelo —dijo.
—¡Oh, tata, gracias! ¡Gracias! —exclamó la muchacha, abrazándole y
besándole. Y salió.
—Siéntate, Julia —dijo César, mirando complacido a su hija mayor.
La muchacha, intrigada, se sentó pero no dijo palabra hasta que llegó
Marcia, quien tomó asiento a su lado.
—¿De qué se trata, Cayo julio? —inquirió Marcia, curiosa pero sin temor.
César permaneció de pie, cambiando el peso del cuerpo de un lado a otro,
y luego posó sus bellos ojos azules en Julia.
—Bien, querida, ¿te gustó Cayo Mario? —inquirió.
—Pues sí, tata.
—¿Por qué?
La muchacha reflexionó un instante.
—Por su forma de hablar sencilla y sincera, creo. Y por su falta de
afectación. Confirmó lo que yo imaginaba.
—¿Ah, sí?
—Sí. Es que por los chismes que corren por ahí... que si no habla
griego, que es un zoquete de pueblo, que su fama militar la ha adquirido a
expensas de otros y por capricho de Escipión Emilíano... A mí siempre me había
parecido que la gente hablaba demasiado, mucho y con sumo desprecio, para que
fuese cierto lo que se dice. Después de conocerle, estoy segura de que no me
equivoco. No es ningún patán y no creo que se comporte como un palurdo. ¡Es muy
inteligente! Y ha leído mucho. Oh, el griego que habla no suena muy bien, pero
es sólo por culpa del acento; la sintaxis y el léxico son excelentes. Igual que
el latín con que se expresa. Y sus cejas me parecen muy distinguidas, ¿no os
parece? Su gusto para la vestimenta es un poco ostentoso, pero supongo que es
culpa de la esposa.
Dicho lo último, Julia se quedó callada y como aturdida.
—¡Julia! ¡Sí que te ha gustado! —dijo César, con extraño tono de
respeto.
—Sí, tata, claro que me gustó —respondió ella, confusa.
—Me alegro de saberlo, porque vas a casarte con él —espetó César,
haciendo caso omiso en esta ocasión extraordinaria del famoso tacto diplomático
que le caracterizaba.
—¿Ah, sí? —inquirió Julia, perpleja.
—¿Es cierto? —añadió Marcia, muy tiesa.
—Sí —contestó César, tomando asiento finalmente.
—¿Y cuándo has tomado esa decisión? —inquirió Marcia con un peligroso
tono de resentimiento—. ¿Dónde ha visto él a Julia para pedir su mano?
—El no ha pedido su mano —respondió César a la defensiva—. Fui yo quien
le ofrecí a Julia. O a Julilla. Por eso le invité a cenar.
Ahora Marcia le miraba con expresión de sorpresa, como si estuviera
loco.
—¿Has ofrecido en matrimonio a un hombre nuevo, casi de tu edad, tu
hija, o una de tus dos hijas? —inquirió con enfado.
—Eso he hecho.
—¿Por qué?
—Me consta que sabes quién es.
—Claro que sé quién es.
—Entonces, sabrás que es uno de los hombres más ricos de Roma. —¡Pues
sí!
—Escuchad —replicó César muy serio, dirigiéndose a las dos—, sabéis de
sobra la situación en que estamos. Son cuatro hijos y no tenemos bastantes
bienes ni dinero para que abriguen esperanzas de un buen futuro. Dos varones
con cuna e inteligencia para llegar a donde sea, y dos muchachas con cuna y
belleza para casarse con lo mejor. Pero no tenemos dinero. Nos falta dinero
para el cursus honorum y para las dotes.
—Sí —asintió Marcia con voz desmayada.
Como su padre había muerto antes de que ella hubiese alcanzado edad
casadera, los hijos de la primera mujer se habían puesto de acuerdo con los
tasadores de los bienes para que a ella no le quedase casi nada. Cayo julio
César se había casado con ella por amor, y, como tenía una dote muy escasa, su
familia había dado consentimiento al matrimonio con gran
complacencia. Sí, se habían casado por amor y eso les había dado la
felicidad, la tranquilidad, tres hijos modélicos y una mariposilla preciosa.
Pero a Marcia siempre le había humillado que César no mejorara económicamente
casándose con ella.
—Cayo Mario necesita una esposa patricia de una familia cuya integridad
y dignitas sean tan impecables como su valía —dijo César—. Habría debido ser
cónsul hace tres años, pero los Cecilios Metelos lo impidieron, y él es un
hombre nuevo con una esposa de Campania y carece de relaciones familiares
capaces de hacer frente a ese clan. Nuestra hija le servirá para que Roma lo
tome en serio. Nuestra Julia dará a Cayo Mario categoría y enaltecerá su
dignitas, y su estima pública y su posición se multiplicarán por mil. A cambio,
Cayo Mario se ha comprometido a paliar nuestra situación económica.
—¡Oh, Cayo! —exclamó Marcia, con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Oh, padre! —añadió Julia a punto de llorar.
Al ver que a su mujer se le pasaba el enfado y que su hija parecía
contenta, César se sintió más tranquilo.
—Le vi anteayer en el acto de toma de posesión de los nuevos cónsules.
Lo curioso es que antes nunca había reparado en él, ni cuando era pretor ni
cuando se presentó inútilmente a cónsul. Pero el día de Año Nuevo, no sé si
sería exagerado decir que fue como si me cayera la venda de los ojos; y me di
cuenta de que es un gran hombre. Sé que Roma le va a necesitar. No sabría
deciros cuándo me vino la idea de ayudarnos mutuamente. Lo cierto es que al
entrar en el templo y verle junto a mí, la idea ya se me había ocurrido. Así
que aproveché la oportunidad y le invité a cenar.
—¿Y fuiste tú el que se lo propusiste y no al revés? —inquirió Marcia.
—Así es.
—¿Y acabarán nuestros apuros?
—Sí, Cayo Mario no será un romano natural de Roma, pero creo que es un
hombre de honor. Creo que cumplirá su parte del trato.
—¿Cuál es su parte del trato? —inquirió Marcia, cual práctica madre,
conectando mentalmente con el ábaco.
—Hoy nos entregará cuatro millones de sestercios en metálico para
comprar las tierras junto a las nuestras en Bovillac, con lo que nuestro hijo
Cayo dispondrá de bienes suficientes para conseguir un puesto en el Senado sin
necesidad de tocar la herencia de Sexto. Ayudará a nuestros dos hijos en el
nombramiento de ediles curules y en todo lo que sea necesario para que los
elijan cónsules cuando llegue el momento. Y, aunque no lo tratamos en detalle,
dará una buena dote para Julilla.
—¿Y qué va a hacer por Julia? —inquirió Marcia con sequedad. —¿Por
Julia? —repitió César estupefacto—. ¿Qué más puede hacer por
Julia además de casarse con ella? Nosotros no se la damos con dote y a
él le va a costar una fortuna este matrimonio.
—Normalmente una mujer aporta su dote para tener la seguridad de que
conserva cierta independencia económica después de casarse, sobre todo si se da
el caso de divorcio. Aunque hay mujeres con poco seso que entregan la dote al
marido, cierto que no todas, y si se rompe el matrimonio hay que especificar el
estado de la dote, incluso en el caso de que el esposo haya hecho uso de ella.
Yo insisto en que Cayo Mario dé una dote a Julia que la permita vivir en caso
de que se divorcie de ella —dijo Marcia en un tono que no admitía réplica.
—¡Marcia, no puedo pedirle más! —replicó César.
—Pues tendrás que pedírselo. En realidad, me sorprende que no se te
ocurriera pensarlo, Cayo julio —añadió ella con un suspiro de exasperación
—. Nunca entenderé por qué el mundo funciona con la falsa creencia de
que los hombres son más listos que las mujeres para los negocios. Y no es
verdad, está visto. Y tú, mi querido esposo, eres todavía más cándido. Julia es
la pieza clave de nuestro cambio de fortuna y tenemos que asegurar también su
futuro.
—Admito que tienes razón, querida —dijo César con voz hueca—, pero no
puedo pedirle a ese hombre más dinero.
Julia miró sucesivamente a su padre y a su madre. Desde luego no era la
primera vez que los veía discutir, sobre todo en lo relativo a dinero, pero sí
que era la primera vez que el tema de discrepancia era ella, y eso la afligía,
por lo que decidió intervenir.
—¡Ya está bien! Yo misma le pediré a Cayo Mario una dote. No me da miedo
y él lo entenderá.
—¡Julia! ¡Quieres casarte con él! —exclamó Marcia conteniendo un grito.
—Claro que sí, mamá. Me parece un hombre estupendo.
—Pero, hija, ¡casi es treinta años mayor que tú! Serás viuda dentro de
nada.
—Los jóvenes son aburridos; me recuerdan a mis hermanos. Prefiero
casarme con un hombre como Cayo Mario —dijo la muchacha—. Prometo ser una buena
esposa. Me amará y nunca lamentará el gasto.
—¿Quién lo habría pensado? —inquirió César sin dirigirse a nadie en
concreto.
—No te sorprendas tanto, tata. Pronto tendré dieciocho años y sabía que
este año procurarías buscarme marido; debo confesar que la perspectiva me
aterraba. No el matrimonio exactamente, sino quién fuera a ser el marido. Pero
anoche, cuando vi a Cayo Mario, pensé... pensé inmediatamente que sería
estupendo que me encontrases alguien como él —dijo Julia enrojeciendo—. No se
parece nada a ti, tata, y, sin embargo, es como tú, correcto, amable y honrado.
Cayo julio César miró a su esposa.
—¿No es raro placer que a uno le guste su propia hija? Amar a los hijos
es natural, pero que a uno le gusten, eso hay que aprender a hacerlo —dijo.
Dos encuentros con mujeres en un mismo día sirvieron para que Cayo Mario
se pusiera más nervioso que ante la perspectiva de atacar a un ejército enemigo
diez veces mayor que el suyo. El primero fue la visita inicial a su futura
esposa y a su suegra, y el otro, la última entrevista con su esposa legal.
La prudencia y la cautela recomendaban ver a Julia antes de
entrevistárse con Grania, para asegurarse de que no había inconvenientes
imprevistos. Así, a la hora octava del día, a media tarde, llegaba a la casa de
Cayo julio César, esta vez ataviado con la toga ribeteada de púrpura, sin
compañía y sin la descomunal carga de un millón de denarios de plata que
habría equivalido a un peso de 4.530 kilos, es decir, 160 talentos o 160
hombres bien cargados. Afortunadamente lo de "metálico" era un
término relativo, y Cayo Mario acudió a la cita con un cheque bancario.
Ya en el despacho de julio César, entregó a su anfitrión un rollo de
pergamino.
—Todo lo he hecho lo más discretamente posible —dijo mientras César
desenrollaba el pergamino y ojeaba las pocas líneas escritas—. Como veis, he
dispuesto el depósito de 200 talentos de plata a vuestro nombre en manos de
vuestros banqueros. No hay modo de que nadie pueda identificar que yo he
ordenado ese depósito, si no es con una gran pérdida de tiempo que ningún
banquero se permitiría por simple curiosidad.
—Pero es igual, porque parecerá que he aceptado un soborno. Si no fuera
tan poco importante senatorialmente, seguro que alguien de mi banco informaba
al pretor urbano —dijo César, dejando que el pergamino se enrollase y
poniéndolo a un lado.
—Mucho dudo de que nadie haya pagado tan alto soborno, incluso a un
cónsul con buena influencia —replicó Mario sonriendo.
—No había hecho un cálculo de los talentos —dijo César alargando la mano
derecha—. ¡Por los dioses que os he pedido un mundo! ¿Estáis seguro de no
haberos quedado empobrecido?
—En absoluto —respondió Mario, incapaz de zafarse del convulsivo apretón
de manos de César—. Si la tierra de que me hablasteis vale el precio que decís,
os he entregado cuarenta talentos de más, que son la dote de vuestra hija.
—No sé cómo agradecéroslo, Cayo Mario —dijo César, soltando finalmente
la mano del militar, cada vez más inquieto—. No hago más que repetirme que no
os vendo a mi hija, pero en este momento sí me lo parece. Y es cierto, Cayo
Mario, que no vendería a mi hija. Estoy convencido de que su futuro con vos y
el destino de los hijos que tengáis será ilustre. Estoy seguro de que la
cuidaréis como es debido y la querréis como yo deseo. — Su voz era ronca. No
habría sido capaz de conseguir una suma tan importante para la dote de Julia,
como deseaba Marcia, se puso en pie un tanto tembloroso, cogió el pergamino con
mayor naturalidad de la que le
dictaban su mente y su corazón, y se lo guardó en la bolsa que los
pliegues de la toga formaban bajo su brazo derecho libre—. No estaré tranquilo
hasta haberlo depositado en mi banco. Julia... —añadió vacilante— no cumple
dieciocho años hasta primeros de mayo, pero no quisiera retrasar la boda hasta
medíados de julio, así que, si os parece, podemos concertar la ceremonia para
el mes de abril.
—Aceptado por mi parte —respondió Mario.
—Yo ya lo había pensado así —prosiguió César, por ganas de seguir
hablando y romper aquel hielo que había creado—. Es una incomodidad cuando una
muchacha ha nacido justo al principio de la única época del año en que se
considera mala suerte casarse. No sé yo por qué el final de la primavera y el
principio del verano se consideran de mala suerte. Esperad aquí, Cayo Mario
—añadió cambiando de tono—. Os enviaré a Julia.
Ahora le tocaba a Cayo Mario estar en ascuas mientras esperaba en el
pequeño y ordenado despacho con profunda angustia. ¡Ojalá la muchacha no se
mostrara demasiado reacia! No había advertido en la actitud de César nada que
se lo indicara, pero sabía muy bien que había cosas que no se decían, y
anhelaba que Julia deseara casarse por propia voluntad. Pero ¿cómo iba a desear
una unión tan poco adecuada a su cuna, su belleza y su juventud? ¿Habría
derramado muchas lágrimas al saber la noticia? ¿No suspiraría ya por algún
joven hermoso de la aristocracia, que el sentido común y la necesidad le
vedaban? ¡Vaya marido para Julia: un itálico ya mayor que no hablaba griego!
La puerta que daba a la columnata al final del jardín peristilo se abrió
hacia dentro y el sol entró en el despacho como una fanfarria de trompetas,
cegador, ardiente y dorado. Julia aparecía enmarcada en aquel halo, con la mano
derecha alargada y sonriente.
—Cayo Mario —dijo con amable voz y risueña mirada.
—Julia —respondió él acercándose a estrechar su mano, sin saber qué
hacer con ella ni cómo reaccionar—. ¿Os ha dicho vuestro padre ... ? — añadió
con un carraspeo.
—Oh, sí —respondió ella sin que su sonrisa se borrase, antes bien
aumentó, sin que en su actitud se advirtiese nada pueril ni inmaduro. Muy al
contrario, parecía dominar perfectamente la situación con gran aplomo y
una actitud de real poderío, aunque sumisa.
—¿No os importa? —inquirió él, tajante.
—Me complace mucho —respondió ella mirándole con sus hermosos ojos
grises, cálidos y risueños; y, como para tranquilizarle, le apretó la mano con
afecto—. Cayo Mario, Cayo Mario, ¡no estéis tan preocupado! ¡De verdad que me
complace mucho!
Mario alzó la mano izquierda, estorbada por los pliegues de la toga, y
sostuvo la de ella entre las suyas, mirando aquellas uñas perfectamente ovales
y los rosados dedos.
—¡Ya soy un hombre mayor! —dijo.
—Pues me gustarán los hombres mayores, porque vos me gustáis. —¿Que os
gusto?
—¡Claro! —replicó ella parpadeando—. Si no, no me habría avenido a
casarme con vos. Mi padre es un hombre amabilísimo, no un tirano. Por mucho que
deseara que yo quisiera casarme con vos, jamás me habría obligado a hacerlo.
—Pero, ¿seguro que no os habéis forzado vos misma? —inquirió Mario.
—No era necesario —respondió ella con voz pausada.
—¡Seguro que hay un joven que os gusta más!
—Ninguno. Los jóvenes se parecen demasiado a mis hermanos.
—Pero... pero... —balbució él, buscando desesperadamente algún
inconveniente— ... ¡mis cejas!
—A mí me parecen maravillosas —respondió ella.
Mario notó que se ruborizaba sin poderlo remedíar, y esto le hizo perder
aún mayor aplomo; luego comprendió que por muy contenida y entera que ella se
mostrara, no dejaba de ser una muchacha inocente, que no se daba cuenta de lo
que él estaba pasando.
—Vuestro padre ha fijado la boda para abril, antes de vuestro
cumpleaños, ¿os parece bien? —inquirió.
—Bueno, no digo que no, sí él lo ha decidido —replicó ella frunciendo el
entrecejo—, pero yo preferiría que fuese en marzo, si a él y a vos os parece.
Me gustaría casarme el día de la fiesta de Anna Perenna.
Un día apropiado, pero también aciago. La fiesta de Anna Perenna,
celebrada en la primera luna llena de marzo, estaba muy vinculada a la luna y
al viejo Año Nuevo. En sí, el día de fiesta era venturoso, pero no el día
siguiente.
— ¿No teméis iniciar vuestra vida de desposada con mal presagio? —
inquirió él.
Ella puso su mano izquierda en la derecha de él y le miró muy seria. —Mi
madre me ha concedido muy poco tiempo para estar con vos —
dijo—, y hay una cosa que quiero aclarar entre los dos antes de que
venga. Mi dote —añadió, sustituyendo la sonrisa por un gesto de seria reserva—.
No es que piense que no vayamos a entendernos bien, Cayo Mario, porque no veo
nada en vos que me haga dudar de vuestro carácter o vuestra integridad, y ya
veréis que yo sabré comportarme. Si nos respetamos mutuamente, seremos felices.
Sin embargo, mi madre se ha empeñado en lo de la dote y mi padre está muy
angustiado por su actitud. Ella insiste en que debo tener dote por si un día
decidís divorciaros; pero mí padre se ve ya muy abrumado por vuestra
generosidad y detesta pediros más. Por eso dije que yo os lo pedíría, y lo hago
antes de que venga mi madre, porque es muy probable que diga algo sobre ello.
—No había codícia en su mirada, únicamente preocupación—. ¿No podríamos
establecer una suma aparte, conviniendo en que si, como yo espero, no hay
necesidad de divorcio, sea de ambos, y sí nos divorciásemos fuese mía?
¡Vaya abogada! Una verdadera romana. Todo muy bien expuesto, nada
ofensivo, y claro como el agua.
—Lo creo posible —respondió él muy serio.
—Tened la seguridad de que no la gastaré mientras esté casada con vos
—añadió ella—. En eso, soy honrada.
—Si eso es lo que deseáis, dadlo por hecho —replicó él—. Pero no hacen
falta condiciones. Me complace entregar una suma a vuestro nombre para que
hagáis lo que queráis.
—¿Del mismo modo que me elegisteis a mí en vez de a Julílla? — replicó
ella riendo—. No, gracias, Cayo Mario. Prefiero hacerlo
formalmente —añadió muy tranquila, alzando la vista—. ¿Queréis besarme
antes de que venga mi madre?
Su demanda de la dote no le había desconcertado, pero aquello sí. De
pronto comprendió lo importantísimo que era no hacer nada que la decepcionara
o, peor aún, que causara desagrado físico en ella. Y él, ¿qué sabía de besos,
de relaciones amorosas? Su orgullo no había jamás requerido afirmaciones por
parte de sus aisladas queridas a propósito de su capacidad amatoria, porque
realmente nunca le había preocupado lo que pensaban de él en ese aspecto ni del
modo de besar; y tampoco tenía la menor idea de lo que una muchacha esperaba de
su primer amante. ¿Tenía que abrazarla apasionadamente, o aquel primer contacto
había de ser casto y leve? ¿Lujuria o respeto, ya que el amor era en el mejor
de los casos una esperanza futura? Julia era una posibilidad desconocida, y él
no tenía indicio alguno de lo que esperaba o de lo que quería. Lo único que
sabía era que agradarla era lo que más le importaba.
Por fin se aproximó más a ella sin soltarle las manos y bajó la cabeza,
no mucho porque ella era muy alta. La muchacha tenía los labios juntos y fríos,
blandos y sedosos. Cerró los ojos y el instinto natural resolvió aquel dilema
al acercar su boca dispuesto a recibir lo que ella quisiera darle. Para Julia
era una experiencia totalmente nueva, algo que deseaba, ignorando lo que podría
traerle, pues César y Marcia habían mantenido a sus hijas vigiladas, refinadas
e ignorantes, aunque no excesivamente inhibidas. Aquella muchacha, tan
cultivada, no se había criado como su hermana menor, pero también tenía una
gran sensibilidad. La diferencia entre Julia y Julilla era más de calidad que
de capacidad.
Cuando sus manos pugnaron por soltarse, él las dejó caer en seguida, y
se habría apartado de ella si Julia no hubiese levantado inmediatamente los
brazos, echándoselos al cuello. El beso cobró calor, ella entreabrió los labios
y Mario volvió a alzar los brazos para abrazarla. La amplitud y los pliegues de
la toga impedían un contacto más íntimo, lo cual jugó a favor de ambos, pues
así llegó con naturalidad el final espontáneo de aquel exquisito momento de
mutua exploración.
Marcia, que había entrado sigilosamente, no pudo reprocharles nada,
pues, aunque los halló abrazados, la boca de Mario reposaba castamente sobre la
mejilla de ella, y Julia, con la mirada baja, permanecía tan contenta e
incólume como un gato bien acariciado.
Ninguno de los dos se turbó; se separaron y se volvieron hacia Marcia,
quien los miró —creyó observar Mario— con una sonrisa. De abolengo
aristocrático no tan antiguo como los Julios César, Mario notó en ella cierta
actitud de agravio, y comprendió que la mujer habría preferido ver a su hija
casada con alguien de su propia clase, aunque ello no hubiese supuesto ningún
ingreso pecuniario para la familia. Sin embargo, en aquel momento, la felicidad
de Mario era completa y podía hacer caso omiso del resentimiento de su futura
suegra, unos dos años más joven que él. Porque lo cierto es que ella tenía
razón: Julia debía haber sido para alguien más joven y mejor que un palurdo
itálico maduro que no sabía griego. ¡Lo cual no quería decir que ni por un
instante fuese a cambiar la idea de hacerla suya! Al contrario; demostraría a
Marcia que Julia se llevaba al mejor de los hombres.
—He pedido una dote, madre —dijo Julia inmediatamente—, y todo está
arreglado.
Marcia fingió con gran donaire que se molestaba.
—Eso era obligación mía —replicó—, No de mi hija ni de mi esposo. —Es
natural —añadió él, sonriente,
—Habéis sido muy generoso. Os damos las gracias, Cayo Mario.
—No estoy de acuerdo. Sois vosotros los generosos, porque Julia es una
perla que no tiene precio —replicó él.
Era una afirmación que se le quedó grabada, y cuando salió de la casa
poco después y vio que a la hora décima la luz aún alumbraba el regazo del
futuro, giró a los pies de la escalinata de las Vestales hacia la derecha en
vez de a la izquierda y rodeó el precioso templo redondo de Vesta para tomar
por el estrecho pasadizo entre la Regia y el Domus Publicus, saliendo a la Via
Sacra al pie de la breve cuesta llamada Clivus Sacer, que ascendió a vivo paso,
ansioso por alcanzar el Porticus Margaritaria antes de que se hubieran ido los
vendedores. En aquella gran galería cubierta, construida en
torno a un cuadrángulo central, estaban las mejores joyerías de Roma.
Debía su nombre a los vendedores de perlas que se habían establecido en ella
poco después de su construcción, época en la que, con la derrota de Aníbal, se
habían derogado las severas leyes prohibiendo la ostentación, y las mujeres
romanas se habían dedicado a gastar desenfrenadamente en toda clase de
bisutería.
Mario quería comprar una perla para Julia, y sabía dónde hacerlo, como
todos los romanos: la firma de Fabricio Margarita. El primer Marco Fabricio
había sido también el primer comerciante de perlas que había establecido tienda
en el recinto cuando las perlas que se vendían procedían de los moluscos de
agua dulce, de las ostras de roca y de arena y de cultivo marítimo, y eran
pequeñas y más bien oscuras. Pero Marco Fabricio era un gran especialista y
seguía casi olfateándolo el rastro de cualquier leyenda, viajando de Egipto a
la Arabia nabatea en busca de perlas oceánicas, Y las encontraba. Al principio
habían sido decepcionantes por su escaso tamaño y forma irregular, aunque
poseían el auténtico color blanco crema y procedían del Sinus Arabícus, en los
confines de Etiopía. Luego, conforme fue aumentando su fama, descubrió mercados
en los mares de la India y en la isla en forma de pera de Taprobana, al sur de
la India. Por entonces se dio el nombre de Margarita y fundó el monopolio del
comercio de perlas oceánicas. Ahora, en tiempos del consulado de Marco Micinio
Rufo y de Espurio Postumio Albino, su nieto —otro Marco Fabricio Margarita—
estaba tan bien surtido, que cualquier hombre rico podía tener la seguridad de
encontrar en su tienda la perla que deseara.
Fabricio Margarita tenía, efectivamente, una perla adecuada, pero Mario
no se la llevó a casa, porque decidió que la perfecta esfera color de luna y
de¡ tamaño de una canica fuese engarzada en un grueso collar de oro, adornado a
su vez con pequeñas perlas, proceso que iba a requerir unos días. La novedad
del deseo de regalar a una mujer un objeto precioso embargaba sus pensamientos,
mezclándose al recuerdo del beso y los deseos de ella de convertirse en su
esposa, Él no era muy mujeriego, pero sabía suficiente de mujeres para darse
cuenta de que Julia no era la clase de
muchacha que se daba sin entregar su corazón; y la idea de poseer un
corazón tan puro, tan joven y de sangre tan azul como el de Julia le movía a
una gratitud que le instaba a cubrirla de joyas. Él interpretaba aquella
decisión de la muchacha como un desagravio, un buen augurio. Era su perla que
no tenía precio, y debía obsequíarla con perlas, esas lágrimas de una remota
luna tropical que caían en el profundo océano y se solidificaban en el fondo. Y
encontraría para ella un adamas hindú, una piedra más dura que ninguna otra
sustancia conocida y del tamaño de una avellana, y una smaragdus verde de
brillo interno azulado del norte de la lejana Escitia... y un carbunculus, tan
brillante y luminoso como una ampolla llena de sangre reciente...
Grania estaba en casa, naturalmente. ¿Es que salía alguna vez? A partir
de la hora nona le esperaba cada día para cenar y retrasaba de vez en cuando la
colación, volviendo loco al carísimo cocinero, y muchas veces acababa por cenar
ella sola unos alimentos pensados para reactivar el perdido apetito de una
glotona que acababa de hacer un período de régimen.
La obra maestra culinaria del cocinero siempre se echaba a perder,
cenara o no Mario en casa; Grania había gastado una fortuna en un cocinero
especial capaz de convertir las recetas más raras y epicúreas en platos
exquisitos. Cuando Mario estaba en casa para cenar, le presentaban platos como
lirones rellenos de pasta de hígado de oca, los más diminutos pajarillos
aderezados con una exquisitez inimaginable, verduras exóticas y picantes
variedades de salsas demasiado ricas para su paladar y su estómago, por no
hablar de su bolsa. A semejanza de casi todos los militares, a él lo que más le
complacía era una rebanada de pan y un cuenco de puré de guisantes con tocino,
y no le importaba perderse una o dos comidas. Para él, la comida era
combustible para el cuerpo, no para el placer. Que Grania, al cabo de tantos
años de matrimonio, aún no se hubiese adaptado a ello, era exponente de la
distancia que lOs separaba.
Lo que estaba a punto de hacerle a Grania no acababa de comPlacer a
Mario, pese al poco afecto que le tenía. Su relación siemPre había estado
teñida de culpabilidad por su parte, porque él era consciente de que ella había
ido al matrimonio en busca de una vida de felicidad y bienestar
conyugal, con niños y comidas familiares, una vida centrada en Arpinum,
pero con muchos viajes a Puteoli y quizá unas vacaciones de dos semanas en Roma
en el mes de septiembre, durante los Iudi romani.
Pero desde la primera vez que la había visto hasta la primera noche que
había dormido con ella le había dejado tan sin cuidado que había sido incapaz
de fingir que le gustase y la deseara. No es que fuese fea, no; tenía un rostro
redondo bastante agradable, incluso le habían comentado que era hermoso, de
grandes ojos y una boca pequeña y carnosa. Tampoco es que fuese una arpía; en
realidad ella hacía todo lo posible por complacerle lo mejor que podía, pero el
inconveniente estribaba en que no podía complacerle, ni aunque llenase su copa
con cantárida y tomase clases de danza lasciva.
La mayor parte de su mala conciencia derivaba del hecho de saber que
ella no tenía la menor idea de por qué no podía gustarle, a pesar de las
numerosas preguntas al respecto; él nunca le daba una respuesta satisfactoria,
porque, sinceramente, tampoco sabía el motivo. Y eso era lo malo.
En los primeros quince años había realizado un encomiable intento por
mantener su silueta, que no estaba nada mal —buen busto, cintura estrecha,
caderas armoniosas—, y se cepillaba y secaba su pelo negro al sol después de
lavárselo para que se mantuviera muy brillante; se perfilaba los ojos castaño
claro con una línea negra de stibíum y tenía buen cuidado de no oler jamás a
sudor o al menstruo.
Si algo había cambiado en él aquella tarde de primeros de enero cuando
el criado le abrió la puerta de su casa, sólo era que por fin había encontrado
una mujer que le gustaba, con la que deseaba casarse y compartir su vida.
¿Quién sabe si comparando a las dos, Grania y Julia, encontraría por fin la
respuesta? Pero inmediatamente lo vio claro. Grania era pedestre, inculta, poco
refinada, casera: la mujer ideal para un caballero latino de campiña. Julia era
aristocrática, culta, majestuosa y diplomática: la esposa ideal para un cónsul
romano. Prometiéndole con Grania, su familia había asumido con toda lógica que
llevaría una vida de caballero rural, por ser ése su linaje, y le habían
elegido una esposa en consonancia. Pero Cayo Mario era un
águila que volaba sobre sus congéneres de Arpinum; aventurero y
ambicioso, de descollante inteligencia, un soldado integral con gran
imaginación, que había llegado lejos y pensaba llegar aún más, sobre todo ahora
que estaba prometido a Julia de los Julios César. ¡Era la esposa que quería! La
clase de esposa que necesitaba.
—¡Grania! —exclamó, dejando caer la pesada toga en el magnífico suelo de
mosaico del atrium y entrando en la mansión antes de que al criado le diera
tiempo a acercarse y recogerla para que los zapatos llenos de barro del amo no
enturbiaran su blancor.
—Sí, querido —contestó ella, acudiendo apresuradamente desde la sala de
estar, dejando una estela de horquillas, prendedores y migajas. Había
engordado, porque había aprendido a consolar su amarga soledad a base de dulces
y de higos en almíbar.
—Ven al tablinum, por favor —dijo él por encima del hombro mientras se
dirigía a grandes zancadas hacia el cuarto.
Ella llegó detrás, taconeando, solícita.
—Cierra la puerta —añadió Mario dirigiéndose a su silla preferida,
detrás del gran escritorio; tomó asiento y la obligó a sentarse, como un
cliente, enfrente de él, en una amplia repisa de malaquita pulimentada con
borde estampado en oro.
—Dime, querido —dijo ella sin temor alguno, pues él nunca se mostraba
rudo con ella ni la trataba mal en ningún aspecto, salvo en que la tenía
abandonada.
Mario puso ceño, mientras daba vueltas entre las manos a un ábaco de
marfil. Movía siempre las manos, porque eran tan atractivas como fuertes, de
palma cuadrada y dedos largos, y las utilizaba como un experto, con firmeza y
decisión. Ella, con la cabeza ladeada, miraba a aquel extraño con quien llevaba
casada veinticinco años. Un hombre guapo, seguía pareciéndole, igual que había
pensado miles de veces. ¿Le amaba aún? ¿Cómo iba a saberlo? Después de
veinticinco años, lo que sentía era como un complicado entramado desdibujado,
tan sutil en algunos puntos, que dejaba pasar la luz de su mente, y tan tupido
en otros, que se interponía como una cortina entre sus pensamientos y el vago
concepto de quién era
ella misma. ¡Rabia, dolor, perplejidad, resentimiento, pesar,
autocompasión, un sinnúmero de emociones! Algunas tan antiguas que ya casi las
había olvidado, y otras recientes y nuevas, porque tenía cuarenta y cinco años,
ya empezaba a faltarle la regla y su pobre vientre estéril comenzaba a
encogerse. Si algún sentimiento dominante había habido era el de la decepción
corriente, deprimente y mediocre; aquellos días, incluso hacía ofrendas a
Vediobis, el dios de las decepciones.
Los labios de Mario se abrieron para hablar; los tenía carnosos y
sensuales, pero se había forzado a adoptar un rictus de fuerza antes de
enfrentarse a ella. Grania se inclinó ligeramente hacia adelante para prestar
atención a lo que iba a decir, esforzándose al máximo por concentrar el interés
en cada fibra de su ser.
—Voy a divorciarme de ti —dijo él, entregándole el trozo de pergamino en
que a primera hora de la mañana había redactado la declaración de divorcio.
Apenas entendía lo que él acababa de decirle. Desenrolló el grueso y
hediondo rectángulo de piel sobre el escritorio y lo leyó con sus ojos de
présbita, hasta que las palabras motivaron una resPuesta. A continuación miró
sucesivamente al pergamino y al marido.
—No he hecho nada para merecerlo —dijo con voz apagada.
—No estoy de acuerdo —replicó él.
—¿Qué es lo que he hecho?
—No has sido una esposa conveniente.
—¿Y has tardado veinticinco años en llegar a esta conclusión? —No. Lo
sabía desde el principio.
—¿Y por qué no te divorciaste entonces?
—En aquel momento no me parecía importante.
¡Una herida tras otra, un insulto tras otro! El pergamino temblaba en su
mano; lo arrojó y apretó los puños.
—¡Sí, claro, es lo último! —exclamó, reaccionando finalmente,
enfurecida—. Nunca me has dado la menor importancia, ni siquiera para
divorciarte de mí. ¿Y por qué lo haces ahora?
—Quiero volver a casarme —respondió él.
—¿Tú? —inquirió ella con los ojos muy abiertos, pasando de la cólera a
la incredulidad.
—Sí. Me han propuesto una alianza matrimonial con una muchacha de una
antigua familia patricia.
—Warnos, Mario! Tú, el gran desdeñoso, ¿ahora te vuelves pretencioso?
—No; no creo —replicó él sin alterarse, ocultando su malestar con la
misma maestría que su mala conciencia—. Sencillamente, con este matrimonio por
fin podré ser cónsul.
El fuego de la indignación se extinguió en ella, apagado por el viento
frío de la lógica. Lo que decía era irrebatible. No cabía reprochárselo, ¿Cómo
oponerse a algo tan inevitable? Aunque nunca había hablado con ella de su
ostracismo político, ni se había quejado de lo despectivamente que le trataban,
ella lo sabía. Y había llorado por ello, enardecida, deseando encontrar un
medio para poder rectificar aquel pecado de omisión de los nobles romanos que
entretejían la política. Pero ¿qué podía hacer ella, una Grania de Puteoli? Era
rica, respetable e irreprochable como correspondía a una esposa, pero sin
influencia alguna y sin parientes que pudieran rectificar la injusticia que se
cometía con su esposo. Si él era un caballero rural latino, ella era la hija de
un mercader de Campania, lo más bajo de la escala social a los ojos de la
nobleza romana. Su familia no había gozado de la ciudadanía hasta hacía poco.
—Entiendo —comentó con voz desmayada.
Y él tuvo la suficiente compasión para no decir más y no comunicarle lo
ilusionado que estaba y el crisol de amor que comenzaba a arder en su dormido
corazón. Que creyese que no era más que una maniobra de conveniencia política,
—Lo siento, Grania —añadió en tono amable.
—Y yo, y yo —replicó ella temblando de nuevo, pero esta vez ante la
triste perspectiva de una vida sin marido, una soledad mayor y aún más
intolerable que la que conocía. ¿Vivir sin Cayo Mario? Inconcebible.
—Por si te sirve de consuelo, te diré que la alianza me fue ofrecida. Yo
no hice nada por buscarla.
—¿Quién es ella?
—La hija mayor de Cayo julio César.
—¡Una Julia! ¡Una mira muy alta! Sí que llegarás a cónsul, Cayo Mario.
—Sí, eso creo yo también —asintió él, jugueteando con su pluma de junco
favorita, el frasquito de porfirio de arena secatintas con su tapón perforado
de oro y el tintero hecho con un bloque pulimentado de amatista
—. Tienes tu dote, naturalmente, y tienes más que de sobra para tus
necesidades. Yo la invertí en empresas más rentables de las que había elegido
tu padre y ahora ha aumentado mucho. —Hizo un carraspeo—. Me imagino que
querrás vivir más cerca de tu familia, pero no sé si con tu edad no sería más
conveniente que tuvieses tu propia casa, y más ahora que ha muerto tu padre, y
tu hermano es el pater familias...
—Nunca has dormido lo bastante conmigo para darme un hijo —dijo ella,
doliéndole el alma entre las brumas de aquella fría soledad—. ¡Cuánto me
gustaría tener un hijo!
—¡Pues yo me alegro de que no lo tengas! Nuestro hijo sería mi heredero
y el matrimonio con Julia no le afectaría en nada. ¡ Sé razonable, Grania!
—añadió al advertir que no se había expresado bien—. Nuestros hijos ya serían
mayores y estarían viviendo su propia vida. No te servirían de consuelo.
—Pero por lo menos están los nietos —replicó ella con lágrimas en los
ojos—. ¡No estaría tan terriblemente sola!
—Hace años que te estoy diciendo que te hagas con un perrito faldero.
—Se lo había dicho sin maldad, con simple intención práctica—. Lo que deberías
hacer, en realidad, es volver a casarte —añadió, pensándolo mejor.
—¡Jamás! —chilló ella.
—Como quieras —replicó él encogiéndose de hombros—. Volviendo al sitio
en el que quieras vivir, estoy dispuesto a comprar una villa junto al mar en
Cumas para que te instales allí. Cumas está a una distancia razonable de
Puteoli en litera y así podrías ir a pasar con tu familia un par de días y
estar lo bastante apartada si no deseas que te molesten.
—Gracias, Cayo Mario —dijo ella, perdida toda esperanza.
—¡Oh, no me des las gracias! —replicó él levantándose y llegándose hasta
ella para ayudarla a ponerse en pie, poniéndole sin ningún afecto la mano bajo
el codo—. Sería conveniente que dijeras a mi mayordomo lo que sucede y que
pienses en los esclavos que quieres llevarte. Mañana ordenaré a uno de mis
agentes que encuentre una buena villa en Cumas. La mantendré a mi nombre,
claro, pero podrás tenerla en usufructo mientras vivas, o hasta que te cases. ¡
Sí, sí, ya sé que has dicho que no piensas hacerlo!, pero los pretendientes te
acosarán como moscas a la miel por tu fortuna. —Habían llegado a la puerta de
la sala de estar y Mario se detuvo, apartando la mano—. Te agradecería que te
hubieras marchado de aquí pasado mañana. Por la mañana, si es posible. Me imagino
que Julia querrá hacer cambios en la casa antes de trasladarse; vamos a
casarnos dentro de dos meses y no habrá mucho tiempo para llevar a cabo los
cambios que quiera. Así que, pasado mañana antes de mediodía. No puedo traerla
aquí a que vea la casa hasta que te hayas ido; no estaría bien.
Ella iba a preguntarle algo —cualquier cosa—, pero él ya se alejaba.
—No me esperes a cenar —voceó mientras cruzaba el vasto atrium—.
Voy a ver a Publio Rutilio y creo que cuando vuelva ya estarás acostada.
Bien; ya estaba. No se le partiría el corazón por tener que desalojar
aquella casona; siempre la había detestado. Y odiaba el caos urbano de
Roma. ¿Por qué habría elegido vivir en la fría ladera norte del Arx del
Capitolio? Era algo que ella nunca había entendido, aunque no ignoraba que la
lujosa categoría de la zona era un factor que había influido poderosamente en
Mario. Pero en las cercanías había tan pocas casas, que ir a visitar a las
amistades suponía una caminata subiendo y bajando escaleras, y aquello era una
zona residencial al margen de la política; los vecinos que había eran todos
príncipes mercaderes con poco interés por la política.
Hizo un gesto con la cabeza al criado que estaba a la espera fuera de la
sala de estar.
—Que venga inmediatamente el mayordomo —le ordenó.
Llegó el mayordomo, un majestuoso griego de Corinto, un hombre que se
había labrado una formación para luego venderse como esclavo para hacer fortuna
y poder aspirar a la ciudadanía romana.
—Estrofanto, el amo se divorcia de mí —dijo ella sin vergüenza alguna,
pues de nada tenía que avergonzarse—. Pasado mañana tengo que salir de la casa.
Ocúpate de mí equipaje.
El hombre hizo una reverencia para ocultar su perplejidad, pues aquél
era un matrimonio que él no esperaba ver roto sino por la muerte, dado que se
desarrollaba según las pautas de un profundo torpor más que en función de la
amarga pugna que suele conducir al divorcio.
—¿Vais a llevaros parte de la servidumbre, domina? —inquirió el griego,
seguro de que él seguiría en la casa porque pertenecía a Cayo Mario y no a
Grania.
—Al cocinero, desde luego. Y con el personal de cocina, porque si no, él
no se encontraría a gusto, ¿no crees? A mis criadas, mi costurera, mi
peluquera, mis esclavas de baño y los dos pajes —respondió ella, sin
ocurrírsele nadie más que necesitara y le apeteciera.
—Perfectamente, domina —respondió el mayordomo, alejándose acto seguido,
impaciente por chismorrear la noticia al resto de la servidumbre, y sobre todo
por darle al cocinero la noticia de su marcha. ¡A aquel engreído de los
pucheros no iba a gustarle mucho cambiar Roma por Puteoli!
Granía se puso a pasear por la espaciosa sala de estar, mirando aquel
confortable ambiente de desorden, sus pinturas, el costurero, el cofre
claveteado en que guardaba la ropita del niño que nunca había venido.
Como ninguna esposa romana elegía ni compraba los muebles, Cayo Mario no
la dejaría llevarse ninguno; sus ojos se iluminaron un instante y las lágrimas
acudieron a sus ojos, pero se contuvo. Lo cierto es que no disponía más que de
un día para dejar Roma, y Cumas no era precisamente un emporio. Bien, mañana
iría a comprar los muebles para la nueva villa. ¡Qué estupendo poder escoger lo
que a ella le gustaba! Iba a ser un día muy atareado y no le daría tiempo a
pensar ni a ceder al dolor. Ya comenzaba a disiparse un poco la pena y la
sorpresa; podía enfrentarse con la noche, ahora que tenía una expedición de
compras en perspectiva.
—¡Berenice! —exclamó llamando a la criada, que apareció inmediatamente—.
Voy a cenar; avisa a la cocina.
Halló papel para hacer la lista de compras entre los heterogéneos
objetos de su mesa de trabajo, y lo dejó preparado para hacerla en cuanto
acabase de cenar. Y él le había dicho algo más; sí, el perrito faldero. Se
compraría mañana un perrito faldero. Sería lo primero que apuntaría en la
lista.
La euforia le duró casi hasta el final de su cena solitaria, momento en
que salió de la impresión y se rindió al dolor. Se llevó las manos a la cabeza
y se tiró desesperadamente del pelo, lanzó verdaderos alaridos y vertió
abundantes lágrimas. Los criados salíeron en desbandada, dejándola sola en el
comedor, sollozando inconsolable sobre la tapicería rojo y gualda de la
camilla.
—¡Hay que ver! —exclamó amargamente el cocinero, dejando por un momento
de empaquetar sus cazuelas, pucheros y utensilios especiales, escuchando los
lamentos de su ama que llegaban claramente hasta allí a través del jardín
peristilo—. ¿Por qué tiene que llorar? Yo soy el que marcha al exilio... ella
lleva ya años en él, esa vieja cerda estúpida.
* * *
La suerte por la que se adjudicaba la provincia romana de Africa a
Espurio Postumio Albino salió el día de Año Nuevo; y aún no habían transcurrido
veinticuatro horas cuando clavaba en su mástil la bandera del príncipe Masiva
de Numidia.
Espurio Albino tenía un hermano, Aulo, diez años más joven, recién
ingresado en el Senado y con ganas de hacerse famoso. Así, mientras él se
dedicaba a maniobrar intensamente entre bastidores por cuenta de su nuevo
cliente el príncipe Masiva, a Aulo Albino le tocaba acompañar al príncipe a
todos los lugares públicos de ínterés de la ciudad, presentándole a los romanos
notables y musitando a los agentes de Masiva la clase de regalo que sería
adecuado enviar a los personajes que le iba presentando. Como casi todos los
miembros de la casa real de Numidia, Masiva era un semita de buena presencia y
físico atractivo, de gran inteligencia y capaz de derrochar encanto y
generosidad. Su principal ventaja radicaba no en la innegable legitimidad de
sus pretensiones, sino más bien en la división de opiniones entre los propios
romanos, porque no había emoción en un Senado unido, ni gracia en una sucesión
de votos unánimes, ni posibilidades de fama en la cooperación amistosa.
Al final de la primera semana de aquel nuevo año, Aulo Albíno presentó
oficialmente el caso del príncipe Masiva a la Cámara, y en su nombre reclamó el
trono de Numidia para la rama legítima. Fue el primer discurso de Aulo Albino y
un buen discurso. Los Cecílios Metelos siguieron atentamente la intervención,
aplaudieron al final y Marco Emilio Escauro apoyó complacido la petición de
Masiva, alegando que aquello era la respuesta a la irritante pregunta de qué
hacer a propósito de Numidia, situándola de nuevo en el recto camino con un rey
legal al frente del país y no un desesperado pretendiente cuyo linaje era
insuficiente para unir bajo su mando a todo el pueblo y que había logrado el
trono mediante el crimen y el soborno. Antes de que Espurio Albino cerrase la
sesión, se dejaba oír entre los senadores un murmullo indicando que estaban
dispuestos a votar en favor de la destitución del actual rey, sustituyéndolo
por Masiva.
—El agua hirviendo les llega al cuello —dijo Bomílcar a Yugurta—. De
repente, ya nadie me invita a cenar y nuestros agentes no hallan nadie que
los escuche.
—¿Cuándo va a votar el Senado? —inquirió el rey con voz tranquila y
firme.
—El Senado ha convocado la próxima reunión para el día decimocuarto
antes de las calendas de febrero, señor; es decir, dentro de siete días a
partir de mañana.
—Votarán en contra mía, ¿no es cierto? —dijo Yugurta irguiendo el
tronco.
—Sí, señor —respondió Bomílcar.
—En ese caso es inútil que siga intentando hacer las cosas al estilo
romano —añadió Yugurta, creciendo visiblemente en prestancia e irradíando una
temible majestad que había mantenido oculta desde su llegada a la península con
Lucio Cayo—, A partir de ahora haré las cosas a mi manera, al estilo númída.
La lluvia había cesado y lucía el sol. Los huesos de Yugurta añoraban
los vientos cálidos de Numidia, su cuerpo ansiaba la comodidad plácida y
generosa de su harén y su mente suspiraba por la lógica implacable de los
pactos sencillos al estilo númida. ¡Había llegado el momento de volver al país!
Tenía que empezar a reclutar un ejército porque los romanos no iban a
satisfacer sus deseos.
Comenzó a pasear arriba y abajo por el porche que flanqueaba el vasto
jardín peristilo y luego hizo una señal a Bomílcar y se dirigió con él al
centro del jardín, junto al surtidor.
—No nos oye ni un pájaro —dijo, al tiempo que Bomílcar prestaba suma
atención—. Masiva tiene que desaparecer —añadió decidido.
—¿Aquí, en Roma?
—Sí, y en el curso de estos siete días. Si Masiva no muere antes de que
el Senado vote, nuestro empeño será tanto más difícil. Muerto Masiva, no podrán
votar y ganaremos tiempo.
—Yo mismo le mataré —dijo Bomílcar.
Pero Yugurta meneó enérgicamente la cabeza.
—No, no! El asesino debe ser un romano —dijo—. Tu tarea consistirá en
encontrar el romano que acabe con él.
—¡Mi señor, estamos en un país extranjero! —replicó Bomílcar mirándole
horrorizado—. ¡No sabremos cómo ni dónde encontrarlo, ni a quién confiarnos!
—Pregunta a uno de nuestros agentes. Alguien debe haber en quien poder
confiar —replicó Yugurta.
Aquello ya era más concreto, y Bomílcar se puso a reflexionar,
mordisqueándose con sus fuertes dientes los pelos cortos de la barba bajo el
labio inferior.
—Agelasto —dijo finalmente—. Marco Servilio Agelasto, el hombre que
jamás sonríe. Su padre es romano, nació y se crió aquí, pero su corazón está
con su madre númida; estoy seguro.
—Lo dejo en tus manos. Hazlo —dijo el rey, alejándose por el paseo.
—¿Aquí, en Roma? —inquirió Agelasto, atónito.
—No sólo eso, sino, además, antes de siete días —contestó Bomílcar—. Si
el Senado vota a favor de Masiva, como está previsto, habrá guerra civil en
Numidia. Yugurta no cederá, tú lo sabes, y aunque estuviera dispuesto a ceder,
los gétulos no lo consentirían.
—Es que no tengo la menor idea de dónde encontrar un asesino! —Hazlo tú
mismo.
—¡No puedo! —gimió Agelasto.
—¡Hay que hacerlo! No me cabe duda de que en una gran ciudad como ésta
tiene que haber mucha gente dispuesta a matar por una buena suma — insistió
Bomílcar.
—¡Claro que la hay! La mitad del proletariado, a decir verdad. Pero yo
no tengo relaciones en esos círculos, ¡yo no conozco proletarii! ¡No pensarás
que puedo abordar al primero que vea con aspecto facineroso, mostrarle una
bolsa de oro y decirle que mate a un príncipe de Numidia! — gimió Agelasto.
—¿Por qué no? —replicó Bomílcar.
—Porque puede denunciarme al pretor urbano, sencillamente. —Enséñale
primero el oro, y ya verás como no te denuncia. En esta
ciudad todos tienen un precio.
—Quizá sea cierto, barón —respondió Agelasto—, pero no estoy dispuesto a
verificar tu teoría.
Y no hubo manera de que cambiara de opinión.
Todos decían que el Subura era lo peor de Roma, y al Subura se fue
Bomílcar, convenientemente disfrazado y sin ningún esclavo por escolta. Como a
todos los visitantes notables, le habían advertído que no se internase en la
depresión que había al nordeste del Foro Romano. Y ahora comprendía el porqué.
No es que los callejones del Subura fuesen más estrechos que los del Palatino,
ni los edificios tan opresivamente altos como los del Viminal y el Esquilino
superior. No, lo que diferenciaba al Subura a primera vista era la gente; más
gente que la que Bomílcar había visto en su vida. La gente se asomaba a
aquellos miles de ventanas, chillándose unos a otros, se abrían paso a codazos
entre aglomeraciones tan masivas que sólo se avanzaba a paso de caracol; la gente
se comportaba del modo más grosero y agresivo que se da en la especie humana;
escupía, meaba y echaba el agua sucia en cualquier sitio y se mostraba
dispuesta a pelearse con cualquiera por una simple mirada de través.
La segunda impresión fue la de una suciedad general y un hedor
insoportable. Conforme avanzaba desde el civilizado Argiletum hacía las Fauces
Suburae, como se llamaba al tramo inicial de la calle más importante del
barrio, Bomílcar no dejó ya de percibir más que malos olores y suciedad.
Desconchados y destrozados, en los muros de los edificios se veían regueros de
porquería; como si el mortero que juntaba ladrillos y madera fuese pura basura.
¿Por qué el año anterior —dio en pensar mientras caminaba— no habrían dejado
que ardiera todo aquel barrio en vez de esforzarse por salvarlo? ¡Nada ni nadie
del Subura merecía salvarse! Luego, la perplejidad sustituyó al asco, conforme
se iba adentrando, con cuidado de no alejarse de la Subura Maior, como se
llamaba la calle principal, y perderse por algún pasadizo lateral entre las
casas, porque sabía que, de hacerlo, quizá no encontrase la salida. Su asombro
crecía ante la vitalidad y la dureza de aquellas gentes y experimentó una
alegría incomprensible.
El lenguaje que escuchaba era una curiosa mezcla de latín, griego y
arameo, una jerga que posiblemente no entendieran más que los habitantes del
barrio, porque en sus largos paseos por Roma nunca había oído nada parecido.
Había tiendas por todas partes, fétidos tenduchos de comidas, al parecer
prósperos —dinero no debía de faltar—, alternando con numerosas panaderías,
charcuterías, bodegas y unas curiosas tiendecitas en las que parecía venderse
(por lo que pudo atisbar en su oscuro interior) toda clase de cosas, desde
trozos de bramante, hasta cazuciais lámparas y cirios de sebo. No obstante, el
negocio más generalizado era el de las comidas, pues cuando menos un tercio de
las tiendas se dedicaban a algún derivado del de la alimentación. También había
fábricas; se oía ruido sordo de prensas, chirríar de esmeriladoras y golpeteo
de telares, pero esa clase de ruido procedía de portales estrechos y de
bocacalles, mezclándose estrepitosamente con el de las viviendas de aquellas
casas de varios pisos. ¿Cómo podía la gente vivir allí?
Hasta las pequeñas plazas de los cruces principales estaban abarrotadas
de gente. No se explicaba cómo podían lavar la ropa en las fuentes ni circular
hasta sus casas cargados con cántaros de agua. No tenía más remedio que admitir
que Cirta —ciudad de la que él se sentía muy orgulloso como númida que era—,
comparada con Roma, era un pueblo. Y se imaginaba que incluso Alejandría
tendría un hormiguero como el del Subura.
No obstante, había lugares en los que los hombres se sentaban a beber y
pasar el tiempo. Solían estar situados en los cruces principales, pero aún así
no estaba muy seguro, porque no quería salirse de la vía principal. Todo
sucedía muy de prisa, en una sucesión de escenas rapidísimas que entreveía en
medio de aquel tropel, desde un hombre que aporreaba a un asno cargado, a una
mujer que pegaba a un niño cargado. Pero los oscuros interiores de aquellas...
—no sabía cómo llamarlas— tabernas de los cruces, eran oasis de relativa calma.
Bomílcar, hombre de buen físico y perfecta salud, decidió que lo mejor
era aventurarse y entrar en una de ellas. Al fin y al cabo, estaba en el Subura
para encontrar un asesino romano, lo cual le obligaba a hallar el medio
de entablar conversación con algún elemento del populacho del barrio.
Salió de la Subura Maior y tomó por el Vicus Patricii, una calle que
conducía a la colina del Viminal, y llegó a una taberna situada en un espacio
abierto triangular, intersección de la Subura Minor con el Vicus Patricii. Por
el tamaño del altar y de la fuente, se dio cuenta de que era un cruce con un
compitum muy importante. Al agachar la cabeza para cruzar el dintel de la
puerta, todas las caras del interior —y debía haber no menos de cincuenta— se
alzaron, girando en su dirección, al tiempo que cesaba el murmullo de las
conversaciones.
—Perdonad —dijo Bomílcar, buscando con la mirada, esforzadamente y sin
temor, el rostro del dueño.
¡Ah! Allá en el rincón de la izquierda. Pues, los demás, una vez pasada
la sorpresa inicial de ver una cara desconocida, dirigían, ahora, sus miradas
hacia aquél; un rostro romano, más que griego, perteneciente a un individuo
bajo, quizá de unos treinta y cinco años. Bomílcar se dirigió directamente a
él, deseando expresarse en un latín lo bastante bueno, pero obligado a hacerlo
en griego.
—Perdonad —repitió—. Debo ser culpable de intrusión, pero es que buscaba
una taberna en donde sentarme a tomar una copa de vino. Caminar da mucha sed.
—Esto, amigo, es un casino privado —replicó el hombre en un griego atroz
pero comprensible.
—¿No hay aquí tabernas públicas? —inquirió Bomílcar.
—En el Subura no, amigo. Estáis fuera de vuestro barrio. Volved a la Via
Nova.
—Ah sí, conozco la Via Nova, pero soy extranjero y pensé que uno se
pierde el verdadero ambiente de la ciudad si no visita el barrio más animado
—replicó Bomílcar, en una mezcla de viajero necio y forastero ignorante.
El dueño le miraba de arriba abajo, haciéndose una idea.
—¿Sed es lo único que tenéis, amigo? —inquirió.
—Suficiente sed para invitar a todos a una copa —replicó airoso
Bomílcar, siguiéndole el juego.
El que parecía mandar empujó al que tenía al lado fuera de la banqueta y
se la señaló con una palmada.
—Bien, si mis honorables colegas están de acuerdo, podemos nombraros
socio honorario. Sentaos, amigo. Los que estén a favor de hacer miembro
honorario a este caballero que digan sí —añadió volviendo la cabeza.
—¡Sí! —dijeron todos a coro.
Bomílcar buscó en vano con la mirada un dependiente y un mostrador,
lanzó un leve suspiro y puso la bolsa en la mesa, dejando que se escaparan por
el cuello un par de denarios de plata; o le asesinaban o le hacían miembro
honorario.
—Permítid —dijo al que mandaba.
—Bromido, trae un buen jarro para el caballero y la compañía —dijo aquél
al criado a quien había desalojado para hacerle sitio a Bomílcar—. Nos surtimos
de vino en la bodega que hay al lado —añadió, a guisa de explicación.
—¿Es suficiente? —inquirió Bomílcar echando unos cuantos denarios más.
—Para pagar una ronda, amigo, de sobra.
—¿Y para varias rondas? —inquirió, largando más monedas. Todos lanzaron
un suspiro, visiblemente relajados. El criado Bromido recogió las monedas y
salió por la puerta seguido de tres voluntarios, mientras Bomílcar daba la mano
al que mandaba.
—Mi nombre es Juba —dijo, presentándose.
—Lucio Decumio —respondió el otro, estrechándole la mano con fuerza—.
¡Juba! ¿Qué clase de nombre es ése? —inquirió.
—Moro. Soy de Mauritania.
—¿Mauri... qué? ¿Dónde está eso?
—En Africa.
—¿En Africa?
Era evidente que hubiera dado igual que al pobre Lucio Decumio le
hubiese dicho del país de los hiperbóreos.
—Muy lejos de Roma —añadió el miembro honorario—. Un país al oeste de
Cartago.
—¡Ah, Cartago! ¿Por qué no empezasteis por ahí? —replicó Lucio Decumio,
volviéndose a mirar fijamente a su interlocutor—. Creía que Escipión Emiliano
no dejó vivo a uno solo de los de allí.
—Y no los dejó. Pero Mauritania no es Cartago; está al oeste pero muy
lejos. Lo único que tienen en común es que están en Africa —respondió Bomílcar
pacientemente—. Lo que era Cartago es ahora la provincia romana de Africa; a
donde va a ir el cónsul de este año, Espurio Postumio Albino.
—¡Cónsules! —exclamó Lucio Decumio, encogiéndose de hombros—. Los
cónsules van y vienen, amigo; van y vienen. En el Subura nos da lo mismo, por
aquí no moran; ya me entendéis. Pero con tal que admitáis que Roma es quien
manda en el mundo, amigo, sois bien venido en Subura. Igual que los cónsules.
—Os aseguro que sé que Roma es quien manda en el mundo —dijo Bomílcar
con entusiasmo—. Mi amo, el rey Boco de Mauritania, me ha enviado a Roma para
solicitar del Senado que le nombren aliado del pueblo romano.
—Vaya, ¿qué te parece? —dijo Lucio Decumio, indolente. Bromido regresó,
tambaleante bajo el peso de una jarra enorme, seguido de otros tres igual de
cargados, y procedió a servir a todos. Comenzó por Decumio, que le dio un
fuerte golpe en el muslo.
—Por aquí, imbécil, ¿no tienes modales? Sirve primero al caballero que
nos ha invitado o te saco los hígados.
A los pocos segundos, Bomílcar tenía un vaso lleno, que alzó para
brindar.
—Por el mejor lugar y los mejores amigos que he encontrado hasta ahora
en Roma —dijo bebiendo el horrible vino con fingido deleite. ¡Por los dioses
que debían tener tripas de hierro!
Aparecieron también cuencos con pepinillos en vinagre, cebollas y
nueces, trozos de apio y rodajas de zanahoria y una mezcla hedionda de
pescadítos en salazón que desaparecieron en menos que canta un gallo.
Pero Bomílcar fue incapaz de probar nada.
—¡A vuestra salud, amigo Juba! —dijo Decumio.
—¡Juba! —corearon los demás, muy animados.
Al cabo de media hora, Bomílcar sabía más sobre la clase obrera romana
de lo que habría podido imaginar, y le pareció fascinante, aunque no se le
ocurrió pensar que sabía bien poco sobre la clase obrera de Numidia. Se enteró
de que todos los socios de aquel local trabajaban, que cada día se reunían en
él distintos miembros, y que la mayoría tenían un día libre cada ocho;
aproximadamente la cuarta parte de los que allí estaban exhibían en la nuca un
extraño cachivache cónico en señal de que eran libertos. Para su gran sorpresa,
advirtió que algunos de los otros eran esclavos, pero no parecían estar
discriminados respecto al resto, trabajaban en las mismas tareas con igual
paga, los mismos días y las mismas horas; cosa que a él le parecía extraña,
pero normal a los demás. Y, así, Bomílcar Comenzó a entender la verdadera
diferencia entre un esclavo y un hombre libre; un hombre libre podía ir y venir
a su antojo y elegir el trabajo que quisiera, mientras que un esclavo
pertenecía al patrón, era propiedad del patrón y no podía decidir su propia
vida. Muy distinto a la esclavitud en Numidia. Pero, claro, pensó objetivamente
—porque él era objetivo— que cada nación tiene distintos reglamentos a
propósito de los esclavos y no hay dos países iguales.
A diferencia de los socios ordinarios, Lucio Decumio era miembro
permanente.
—Soy el vigilante del casino —dijo, tan despejado como antes del primer
trago.
—¿Pero qué clase de asociación es exactamente? —inquirió Bomílcar,
tratando de prolongar la bebida lo más posible.
—Me imagino que no podéis entenderlo —respondió Lucio Decumio
—. Esto, amigo, es una asociación de encrucijada. Una hermandad y al
mismo tiempo una especie de colegio, registrado ante los ediles y el pretor
urbano y bendecido por el pontífice máximo. Las asociaciones de los cruces se
remontan a la época de los reyes, antes de la república. Actualmente hay
mucho poder en las encrucijadas de calles importantes. Me refiero a los
compita auténticos, no a los pequeños meaderos de cruce de callejuelas y
callejas. Sí, en los cruces hay mucho poder. Quiero decir... imaginaos que
fueseis un dios y pasaseis por Roma; os veríais un tanto desconcertado si
quisierais lanzar un rayo o una buena plaga, ¿no? Si subís al Capitolio, os
haréis buena idea de lo que quiero decir, pues veréis un montón de tejados
rojos, pegados unos a otros como las piezas de un mosaico. Pero si miráis con
más detenímiento podréis ver los sitios de confluencia de las calles
importantes, los compita que hay en la calle. Así que, si fueseis un dios, allí
es donde lanzaríais el rayo o desencadenaríais la plaga, ¿verdad? Pero nosotros
los romanos somos más listos, amigo. Muy listos. Los reyes estipularon que
nosotros mismos nos protegiésemos en los cruces, y por ello los pusimos bajo la
advocación de los lares con altares en su honor en todos ellos, que se
construyeron incluso antes que las fuentes. ¿No os habéis fijado en el altar
que hay en el muro, afuera? ¿Una especie de torrecilla?
—Sí —contestó Bomílcar, cada vez más confuso—. ¿Qué son exactamente los
lares? ¿Más de un dios?
—Oh, hay lares por todas partes... cientos, miles —respondió Decumio sin
precisar—. Roma está llena de lares. Dicen que toda Italia, aunque yo nunca he
viajado a Italia. Como no conozco a ningún soldado, no puedo decir si los lares
van a ultramar con las legiones. Pero aquí sí que los tenemos, en todos los
sitios en que hacen falta. Y somos las asociaciones de los cruces las que nos
encargamos de cuidar de los lares. Mantenemos el altar limpio para las
ofrendas, y la fuente también, apartamos los carros rotos, los cadáveres, en su
mayoría de animales, y quitamos los escombros cuando cae una casa. Y por Año
Nuevo celebramos esa gran fiesta que se llama la Compitalia. Fue hace un par de
días... por eso no tenemos dinero para comprar vino; nos lo gastamos todo y
cuesta tiempo volver a ahorrar.
—Entiendo —dijo Bomílcar, que no entendía nada, y se había quedado sin
saber qué eran aquellos viejos dioses romanos—. ¿Tuvisteis que pagar la fiesta
entre todos?
—Sí y no —respondió Lucio Decumio, rascándose el sobaco—. El pretor
urbano nos da algo de dinero, el suficiente para asar unos cerdos; depende de
quién sea el pretor urbano. Algunos son muy generosos, pero hay años en que son
muy roñosos.
La conversación derivó hacia curiosas preguntas sobre la vida en
Cartago; Era imposible hacerles comprender que existiese un país distinto en
Africa, porque sus conocimientos de historia y geografía parecían reducirse a
lo que habían visto en sus paseos por el Foro Romano, debido, al parecer, a que
el malestar político procuraba interés y un matiz circense al centro de Roma.
Así, era un tanto sesgado su concepto de la vida política de Roma, cuyo punto
culminante parecían haber sido los desórdenes que terminaron con la muerte de
Cayo Sempronio Graco.
Finalmente llegó el momento. Todos los socios se habían acostumbrado
tanto a su presencia, que ya pasaba inadvertido y, además, todos estaban
borrachos. Lucio Decumio seguía sobrio y no apartaba de Bomílcar sus ojos
vivarachos e inquisitivos. No podía ser simple casualidad que aquel juba
estuviera allí, en medio de gente de inferior condición. Aquél buscaba algo.
—Lucio Decumio —dijo Bomílcar, inclinándose de tal modo hacia el romano
que sólo él pudiese oírle—, me encuentro en un apuro, y me complacería que vos
me dijerais cómo podría solucionarlo.
—Decid, amigo.
—Mi amo, el rey Boco, es muy rico.
—Es de suponer, siendo rey.
—Lo que le preocupa al rey Boco es la posibilidad de seguir siendo rey
—añadió despacio Bomílcar—, porque hay un problema.
—¿El mismo que tenéis vos, amigo?
—Exactamente el mismo.
—¿Y,en qué os puedo ayudar? —inquirió Decumio, cogiendo una cebolla del
cuenco de salmuera y masticándola pensativo.
—En Africa, el asunto sería fácil de arreglar. El rey se limitaría a dar
una orden y el hombre que plantea el problema sería ejecutado —dijo Bomílcar,
deteniéndose y pensando en cuánto tardaría Decumio en entenderlo.
—¡Ajá! Entonces, el problema tiene nombre, ¿no es eso?
—Exacto. Masiva.
—Eso suena algo más latino que juba —comentó Decumio.
—Masiva es númida, no mauritano. —Las heces del vino fascinaban a
Bomílcar, que las revolvía con el dedo—. El inconveniente es que Masiva vive
aquí en Roma y nos está causando problemas.
—Ya entiendo por qué es un inconveniente que esté en Roma —dijo Decumio
en un tono que daba a su comentario diversas interpretaciones.
Bomílcar miró al romano, sorprendido por su agudeza y sutileza, y lanzó
un profundo suspiro.
—Y el problema resulta más peliagudo porque yo soy un extranjero en
Roma, ¿os dais cuenta? —dijo—, al tener que encontrar un romano que esté
dispuesto a matar al príncipe Masiva aquí, en Roma.
—Bueno, no es difícil —dijo Lucio Decumio sin parpadear.
—Ah, no?
—Con dinero, amigo mío, todo se consigue en Roma.
—¿Y podríais decirme a dónde debo acudir? —inquirió Bomílcar. —No
busquéis más, amigo, no busquéis más —respondió Decumio,
dando cuenta del último trozo de cebolla—. Yo cortaría el gaznate a
medio Senado con tal de poder comer ostras en vez de cebollas. ¿Cuánto se paga
por el trabajo?
—¿Cuántos denarios hay en esta bolsa? —dijo Bomílcar vaciándola sobre la
mesa.
—Para matar no hay bastantes.
—¿Y la misma cantidad en oro?
—¡Eso sí! —exclamó Decumio, dándose una fuerte palmada en el muslo—.
¡Trato hecho, amigo!
A Bomílcar le daba vueltas la cabeza, pero no a causa del vino, que
había derramado subrepticiamente en el suelo.
—Os entregaré la mitad mañana y la otra mitad cuando esté hecha la faena
—dijo, volviendo a guardar las monedas en la bolsa. Una mano sucia con uñas
asquerosas detuvo su movimiento.
—Dejad esto aquí como prueba de buena fe, amigo. Y volved mañana, pero
esperad afuera junto al altar. Iremos a hablar a mi casa.
—Allí estaré, Lucio Decumio —dijo Bomílcar poniéndose en pie y
dirigiéndose a la puerta—. ¿Habéis matado a alguien alguna vez? —añadió,
mirando el rostro sin afeitar del vigilante de la asociación.
—Una inclinación de cabeza es tan elocuente como un guiño para un
barbero ciego, amigo —dijo Decumio, llevándose el índice de la mano derecha al
lateral de la nariz—. En el Subura, un hombre no alardea.
Bomílcar sonrió satisfecho al romano y se perdió entre la densa multitud
de la Subura Minor.
Marco Livio Druso, que había sido cónsul dos años atrás, celebraba su
triunfo a mediados de la segunda semana de enero. Le habían designado
gobernador de la provincia de Macedonia el año en que era cónsul y, al tener la
suerte de una prórroga en el mando, había proseguido con éxito una guerra
fronteriza contra los escordiscos, una tribu celta hábil y bien organizada que
hostigaba constantemente a las tropas romanas en Macedonia. Pero en Marco Livio
Druso encontraron a un adversario de excepcional maestría que los supo reducir.
Las consecuencias fueron más beneficiosas para Roma de lo habitual; Druso tuvo
la suerte de tomar uno de los principales reductos rebeldes y en él halló
oculta una parte considerable del tesoro indígena. Casi todos los gobernadores
de Macedonia celebraban triunfos al final de su mandato, pero todos
coincidieron en que Marco Livio Druso merecía más que nadie aquel honor.
El príncipe Masiva era invitado del cónsul Espurio Postumio Albino en la
celebración, y se le asignó en el Circo Máximo un puesto de honor desde el que
pudiera contemplar cómodamente el largo desfile triunfal, maravillándose al ver
con sus propios ojos lo que tantas veces le habían contado sobre el sentido del
espectáculo de los romanos, que sabían organizarlo mejor que nadie.
Naturalmente hablaba muy bien griego y había entendido la arenga previa al
desfile; y ahora se había levantado del asiento, dispuesto a abandonar el circo
antes de que la última legión de Druso saliera por el extremo Capena de la
vasta pista. El grupo consular abandonó
el circo por una puerta privada que daba al Foro Boarium, subió
apresuradamente la escalinata de Cacus hacia el Palatino y prosiguió a buen
paso. Siguiendo el itinerario más recto posible, doce lictores encabezaban la
comitiva por pasadizos casi desiertos, marcando ruidosamente el paso sobre los
adoquines con sus gruesas botas invernales claveteadas.
Diez minutos después de haber abandonado sus asientos en el Circo
Máximo, el grupo de Espurio Albino descendía a toda prisa la escalinata de las
Vestales hacía el Foro Romano, camino del templo de Cástor y Pólux. Allí, en la
explanada de lo alto de la escalinata del imponente edificio, los dos cónsules
tenían que tomar asiento con sus invitados para asistir al desfile que desde la
altura del Velia descendería por la Vía Sacra hasta el Capitolio. Para no
ofender al triunfador, debían hallarse en su sitio cuando llegase el desfile.
—El desfile lo encabezan el resto de los magistrados y miembros del
Senado —había explicado Espurio Albino al príncipe Masiva—, y a los cónsules
del año se les invita siempre oficialmente a desfilar, así como a la fiesta que
el triunfador da a continuación al Senado en el templo de Júpiter Optimus
Maximus. Pero no está bien visto que los cónsules acepten esas invitaciones. Es
el día grande del triunfador, y él debe ser el personaje más distinguido de las
fiestas y disponer de la mayoría de los lictores. Por consíguiente, los
cónsules siempre contemplan el desfile desde un lugar Privilegiado y el
triunfador los saluda al pasar, pero sin que le hagan sombra.
El príncipe hizo signo de que lo entendía, pese a que siendo Un
extranjero con poco trato con los romanos todos se esforzaban Por explicarle
las cosas. A diferencia de Yugurta, él había pasado toda su vida en el Africa
no romana.
Cuando el grupo consular alcanzó la intersección de la escalinata vestal
con la Vía Nova, vio entorpecida su marcha por una gran multitud. Millares de
romanos se habían echado a la calle para contemplar el triunfo de Druso,
formando una especie de gigantesca vid que invadía todas las callejas del
Subura, convencidos de que el triunfo de Druso iba a ser de los memorables.
Cuando estaban de servicio portando los fasces dentro de
Roma, los lictores vestían togas blancas sin adornos, pero aquel día su
atuendo los hacía más anónimos que nunca, ya que los romanos que acudían como
espectadores a un triunfo se vestían de blanco, y hasta el último ciudadano se
había revestido con su toga alba en lugar de una simple túnica. Por eso los
lictores se las veían y deseaban para abrir paso al grupo consular, obligado a
aminorar el paso conforme se espesaba la muchedumbre. Cuando llegaron al templo
de Cástor y Pólux, el grupo casi se había desintegrado, y el príncipe Masiva,
custodiado por un guardaespaldas, se había quedado tan retrasado que había
perdido contacto con los demás.
Para su condición real resultaba ofensiva aquella actitud campechana e
irrespetuosa de centenares de personas que le rodeaban sin miramientos y le
alejaban a codazos de sus guardaespaldas; y hubo un instante en que los perdió
de vista.
Era el instante que Lucio Decumio había estado esperando, y lo aprovechó
para asestar el golpe con magistral eficacia, rápido y certero. Achuchado
contra el príncipe Masiva por un repentino tumulto, le clavó su puñal bien
afilado en el lado izquierdo del tórax y lo retorció brutalmente hacia arriba,
soltando la empuñadura al notar que la hoja estaba bien alojada y escurriéndose
entre doce o más personas antes de que la sangre comenzara a brotar y el
príncipe hubiese tenido tiempo de gritar. Efectivamente, Masiva se desplomó sin
un grito, y cuando su guardaespalda pudo apartar a los curiosos en círculo en
torno a su amo abatido, Lucio Decumio ya iba por la mitad del bajo Foro camino
del refugio del Argiletum, como una gota de agua en medio de un mar de togas
blancas.
Diez minutos transcurrieron hasta que alguien pensó en llevar la noticia
a Espurio Albino y a su hermano Aulo, ya instalados en el podio del templo, sin
preocuparse por la ausencia del príncipe Masiva. Los lictores se apresuraron a
acordonar la zona apartando a la multitud, y Espurio y Aulo Albino contemplaron
aquel cadáver que echaba por tierra sus planes.
—Habrá que dejarlo. No podemos ofender a Marco Livio Druso estropeándole
el triunfo —dijo por fin Espurio, volviéndose hacia el jefe de la escolta del
príncipe Masiva, formada por gladiadores romanos a sueldo, y
hablándole en griego—. Llevad al príncipe Masiva a su residencia y
aguardad mi llegada.
El hombre asintíó con la cabeza. Improvisaron una camilla con la toga
que les dio Aulo Albino y con ella envolvieron el cadáver, que retiraron seis
gladiadores.
Aulo asumió con menos entereza que su hermano aquel desastre, pues él
había sido el principal beneficiario de la generosidad de Masiva, mientras
Espurio optaba por aguardar a su campaña en Africa para instalar al príncipe en
el trono de Numidia. Además, Aulo era tan impaciente como ambicioso y anhelaba
superar en todo a su hermano mayor.
—¡Yugurta! —masculló—. ¡Ha sido Yugurta!
—No se podrá demostrar —replicó Espurio con un suspiro. Ascendieron la
escalinata del templo de Cástor y Pólux y volvieron a
ocupar sus asientos en el momento en que el cortejo de magistrados y
senadores aparecía por detrás de la mole del Domus publicus, el edificio
estatal residencia de las vírgenes vestales y del pontífice máximo. Sólo se
veía la cabeza, pero al cabo de un instante apareció todo el conjunto y la
numerosa comitiva avanzó cuesta abajo hasta el punto en que la Vía Sacra
desembocaba en la depresión de los comitia. Espurio y Aulo Albino permanecieron
sentados contemplando el desfile como si únicamente les importase el
espectáculo y honrar a Marco Livio Druso.
La reunión de Bomílcar con Lucio Decumio pasó inadvertida en el
mostrador de aquella bulliciosa cantina del extremo superior del Gran Mercado,
en donde a ambos les sirvieron una empanada de sabrosa salchicha de ajo. A
continuación se apartaron a un lado para dedicarse a consumir su caliente
golosina.
—Buena jornada tenemos, amigo —dijo Lucio Decumio.
—Sí, espero que acabe bien —musitó Bomílcar, cubierto completamente por
una capa con capucha.
—Amigo mío, es un día que puedo garantizaros que acabará perfectamente
—contestó complacido Lucio Decumio.
Bomílcar rebuscó bajo su capa y cogió la bolsa con la segunda parte del
oro para Decumio.
—¿Estáis seguro?
—Tan seguro como un hombre al que le huele el zapato sabe que ha pisado
una míerda —replicó Decumio.
La bolsa con el oro cambió de manos por arte de magia y Bomílcar se
dispuso a marcharse alegremente.
—Os doy las gracias, Lucio Decumio —dijo.
—¡No, amigo, soy yo el que os las da! —replicó Decumio sin moverse,
devorando encantado su empanada—. Ostras en vez de cebollas —añadió en voz
alta, dirigiéndose hacia las Fauces Suburae a paso alegre con la bolsa de oro
bien pegada al cuerpo.
Bomílcar salió de la ciudad por la puerta Fontinalis, apretando el paso
conforme disminuía la muchedumbre, y cruzó la puerta de la villa de Yugurta sin
tropezarse con nadie conocido. Una vez dentro, se desembarazó contento de la
capa. El rey se había mostrado muy amable aquel día y había dado permiso a los
esclavos de la casa para asistir al triunfo de Druso, obsequiándoles, además,
con un denario de plata; de manera que no había ojos extraños que fueran
testigos del regreso de Bomílcar, con excepción de los guardaespaldas fanáticos
y los criados númidas.
Yugurta se hallaba en el lugar habitual, sentado en el porche del primer
piso, sobre la puerta de la calle.
—Ya está —dijo Bomílcar.
—¡Oh, magnífico! —respondió el rey, apretando con fuerza el brazo de su
hermano y sonriendo.
—Me satisface que todo haya salido bien —añadió Bomílcar.
—¿Seguro que ha muerto?
—El asesino me ha dicho que está tan seguro como un hombre al que le
huele el zapato sabe que ha pisado una mierda —contestó Bomílcar con una
carcajada—. Un tipo pintoresco ese rufián romano; pero muy certero y con gran
temple.
—Cuando sepamos con certeza que mi querido primo ha muerto —dijo Yugurta
relajándose—, hay que convocar una reunión de nuestros agentes.
Hay que presionar al Senado para que reconozca mi derecho al trono y
tenemos que volver a Numidia —añadió con una mueca—. No hay que olvidar que aún
tengo que arreglar cuentas con mi querido hermanastro Gauda, ese inválido
profesional.
Pero hubo uno que no se presentó al darse la orden de comparecencia en
la villa de los agentes de Yugurta. Nada más enterarse del asesinato del
príncipe Masiva, Marco Servilio Agelasto pidió audiencia al cónsul Espurio
Albino, quien por medio de un secretario le hizo saber que estaba muy ocupado,
pero Agelasto insistió hasta que el desesperado secretario le condujo ante el
hermano menor del cónsul, Aulo, quien se quedó de piedra cuando oyó su
confesión. Llamaron a Espurio Albino, que escuchó impasible la historia de
Agelasto, le dio las gracias, tomó nota de su testimonio y de su dirección y le
despidió con tal exceso de cortesía que hizo sonreír a los presentes; pero no
al interesado.
—Lo tramitaremos ante el praetor urbanus lo más legalmente posible,
dadas las circunstancias —dijo Espurio una vez a solas con su hermano—. Es un
asunto demasiado importante para dejar que Agelasto presente el cargo; lo haré
yo personalmente, pero él es de suma importancia para el caso por ser el único
ciudadano romano de la conjura, aparte del misterioso asesino. Que el praetor
urbanus decida el procedimiento exacto para procesar a Bomílcar. Indudablemente
consultará al pleno del Senado para cubrirse las espaldas, pero sí hablo yo con
él, sugiriéndole el criterio legal de que al haber sido cometido el crimen en
Roma, en un día de triunfo y por mano de un ciudadano romano, el asunto
trasciende la circunstancia de la condición de extranjero de Bomílcar, creo que
podré disipar sus temores. Sobre todo si añado el hecho de que el príncipe
Masiva era cliente del cónsul y estaba bajo su protección. Es fundamental que
Bomílcar sea juzgado y declarado culpable en Roma por un tribunal romano. La
brutal audacia del crimen hará que la facción del Senado que apoya a Yugurta no
proteste. Tú, Aulo, dispónte a presentar la acusación ante el tribunal que se
decida. Yo me aseguraré de que se consulta al praetor peregrinus, que es el
encargado de los procesos de extranjeros. Quizá quiera asumír la defensa de
Bomílcar para no quebrantar la legalidad. En cualquier caso, Aulo, vamos a
impedir de una vez por todas que el Senado tenga la posibilidad de
apoyar la causa de Yugurta, y luego veremos si encontramos otro aspirante al
trono.
—¿El príncipe Gauda?
—Pues el príncipe Gauda, por incapaz que sea. Al fin y al cabo es el
hermanastro de Yugurta. Nos aseguraremos de que no venga a Roma a reclamar
personalmente sus derechos —añadió Espurio sonriendo—. ¡Te juro que este año
haremos nuestra fortuna en Numidia!
pero Yugurta había desechado todo plan de luchar siguiendo las reglas
romanas, y cuando el pretor urbano y sus lictores llegaron a la villa de la
colina Pinciana para detener a Bomílcar acusado de conjura y asesinato, el rey
estuvo tentado por un instante de negarse tajantemente a entregarle y ver qué
pasaba. Pero al final optó por alegar que ni la víctima ni el acusado eran
ciudadanos romanos y que no veía qué tenía que ver Roma en el asunto. El pretor
urbano replicó que el Senado había decidido que el acusado respondiese de los
cargos ante un tribunal romano, porque había pruebas de que el asesino era
ciudadano romano; un tal Marco Servilio Agelasto, caballero romano, había
presentado pruebas, declarando bajo juramento que a él le habían propuesto
cometer el crimen.
—En cuyo caso —adujo Yugurta, sin ceder—, el único magistrado con
autoridad para arrestar a mi notable es el pretor de extranjeros. ¡Mi notable
no es ciudadano romano, y mi lugar de residencia, que es también el suyo, está
fuera de la jurisdicción del pretor urbano!
—Os han informado mal, señor —replicó el pretor urbano pausadamente—. Es
competencia del praetor peregrinus, por supuesto, pero el ímperium del praetor
urbanus se extiende hasta la quinta marca miliaria a partir de Roma, y, en
consecuencia, vuestra villa se halla dentro de su jurisdicción y no de la del
pretor de extranjeros. Haced el favor de entregarnos al notable Bomílcar.
El notable Bomílcar fue entregado e inmediatamente conducido a los
calabozos de la Lautumiae, en donde debía permanecer hasta comparecer a juicio
ante un tribunal especial. Cuando Yugurta envió a sus agentes para solicitar
que dejasen en libertad a Bomílcar bajo fianza, o que al menos fuese confinado
en casa de un ciudadano acomodado en vez de aquellas
deleznables celdas de la Lautumiae, la solicitud fue denegada, por lo
que Bomílcar tuvo que seguir preso en la única cárcel de Roma.
La Lautumiae existía desde varios siglos atrás en que había sido
utilizada como cantera junto al Arx del Capitolio, y era por entonces un solar
lleno de bloques de piedra de tamaño heterogéneo que cubrían la ladera situada
a espaldas del bajo Foro Romano. En sus destartaladas celdas cabrían unos
cincuenta detenidos, sin ninguna clase de seguridad; los presos deambulaban a
voluntad por el recinto, impidiéndoles la fuga unos lictores de servicio, o, en
contadas ocasiones en que se trataba de un recluso verdaderamente peligroso,
los grilletes. Como la prisión solía estar vacía, constituía una novedad ver a
los lictores de guardia, y el encarcelamiento de Bomílcar pronto corrió de boca
en boca por Roma gracias a los lictores, que no hacían ascos a satisfacer la
curiosidad de los que se acercaban.
La plebeyez de Lucio Decumio era estrictamente social, porque en modo
alguno era aplicable a su magín, que funcionaba a la perfección, ya que obtener
el cargo de vigilante de la asociación del cruce no era grano de anís. Por
consiguiente, cuando un zarcillo de chismorreo penetró en el corazón del
Subura, Lucio Decumio sumó dos y dos y vio que eran cuatro. Así que se llamaba
Bomílcar, no juba, y era de nacionalidad númida, no mauritana... No cabía duda
de que se trataba de su hombre.
Aprobaba más que condenaba el engaño de Bomílcar, y allá se fue Lucio
Decumio a los calabozos de la Lautumiae, a los que tuvo acceso merced al simple
recurso de dirigir una gran sonrisa a los dos lictores de guardia, antes de
abrirse paso entre ellos con los codos.
—¡Ignorante de mierda! —exclamó uno de ellos tratando de golpearle.
—Mierda para tí! —replicó Decumio, escabulléndose tras una columna
medio derruída y esperando que cesaran las protestas de los guardianes.
Al carecer de agentes militares o civiles para hacer respetar la ley,
Roma solía obligar al colegio de lictores a aportar miembros del mismo para
todo tipo de extrañas tareas. Contaría el organismo con unos trescientos, todos
de gran estatura, mal pagados por el Senado y, por consiguiente, dependientes
de la generosidad de aquellos a quienes servían. Residían en un edificio con un
reducido terreno detrás del templo de los Lares Praestites en la Vía
Sacra, residencia que ellos encontraban agradable por el solo hecho de
estar situada detrás de la estructura alargada de la mejor posada de Roma, a la
que siempre podían llegarse a echar un trago. Los lictores escoltaban a los
magistrados con imperium y se disputaban la suerte de servir en el séquito de
un gobernador destinado al extranjero, porque así compartían los botines y
confiscaciones propios del cargo. Los lictores representaban a las trece
divisiones de Roma, llamadas curiae, y estaban obligados a prestar servicio de
guardia en la Lautumiae o en el cercano Tullianum, en el que los condenados a
muerte pasaban las últimas horas antes de ser estrangulados. Aquel servicio de
guardia era la tarea más denigrante que asignaba a los lictores el jefe de un
grupo de diez; era un servicio que no les reportaba propinas, sobornos ni nada,
y por ello ninguno puso interés en perseguir a Lucio Decumio dentro del
recinto. La hoja de servicio estipulaba que tenían que vigilar la puerta, y,
¡por Júpiter!, que más no pensaban hacer.
—¡Eeeh, amigo! ¿Dónde estáis? —voceó Decumio con tal fuerza que se le
habría oído en la basílica Porcia.
A Bomílcar se le erizó el vello de los brazos y la nuca y se puso en pie
de un salto. Ya está; esto es el final, pensó, esperando ver aparecer a Decumio
rodeado de una tropa de magistrados y funcionarios.
Y sí apareció Decumio, pero solo. Al ver a Bomílcar muy estirado, de pie
junto al muro frontal de la celda (que tenía una abertura sin reja ni puerta,
suficiente para salir y entrar a gatas, y que Bomílcar no lo hubiese hecho era
prueba de lo equivocado que estaba respecto a cómo los romanos pensaban y
actuaban, porque él no podía creer que el concepto de encarcelamiento fuese
ajeno a aquellas gentes), le sonrió alegremente y entró en el calabozo.
—¿Quién os ha descubierto, amigo? —inquirió reposando su delgada
anatomía en un bloque desprendido.
Dominando su tendencia a temblar, Bomílcar se humedeció los labios. —¡Si
no fuiste tú, necio, ahora sí que lo estás haciendo!
Decumio abrió unos ojos como platos y se le quedó mirando, hasta que la
luz se hizo en su caletre.
—Eh, eh, amigo, no os preocupéis de ese modo —replicó, apaciguándole—.
Aquí nadie nos oye; sólo hay dos lictores en la puerta y están a veinte pasos.
Me enteré de que os habían arrestado y pensé que lo mejor era venir a ver qué
había salido mal.
—Agelasto —contestó Bomílcar—. Marco Servilio Agelasto. —¿Queréis que
haga con él lo mismo que con el príncipe Masiva? —¿Por qué no te vas de aquí?
—espetó Bomílcar desesperado—. ¿No
comprendes que van a preguntarse por qué has venido? Si alguien vio tu
rostro cerca del príncipe Masiva, eres hombre muerto.
—Está bien, amigo, no os preocupéis. Nadie me conoce, y a nadie le
importa un bledo que esté aquí. De verdad que esto no son las mazmorras de los
partos, amigo. Sólo os han metido aquí para poner en apuros a vuestro señor;
nada más. Les importa un bledo si desaparecéis; así confirmaréis vuestra
culpabilidad —añadió, señalando la abertura.
—No puedo huir —replicó Bomílcar.
—Como queráis —dijo Decumio, encogiéndose de hombros—. Bueno, ¿y qué me
decís de ese tal Agelasto? ¿Queréis que lo quite de en medio? Lo haré por el
mismo precio, pagadero cuando lo haya hecho. Me fío de vos.
Bomílcar, fascinado, llegó a la lógica conclusión de que Lucio Decumio
no solamente hablaba en serio, sino que, indudablemente, era lo que debía
hacerse. De no ser por Yugurta, sí se habría escapado, pero si caía en la
tentación, sólo los dioses sabían lo que Podía sucederle al rey.
—Cuenta con otra bolsa de oro —dijo.
—¿Dónde vive ese fulano que, a juzgar por el nombre, nunca sonríe? —En
la colina Celia, en el Vicus Capiti Africae.
—¡Ah, un barrio nuevo muy bonito! —exclamó Decumio con fruición
—. Agelasto estará a buen recaudo, ¿eh? Pero no será difícil dar con él,
viviendo en un sitio en el que los pájaros cantan más fuerte que los vecinos.
No os preocupéis, haré vuestro encargo inmediatamente. Y cuando vuestro amo os
saque de aquí me pagáis. Basta con que me enviéis el oro a la asociación; allí
estaré esperándolo.
—¿Cómo sabéis que mi amo me sacará de aquí?
—¡Claro que lo hará, amigo! Sólo os han metido aquí para asustarle. En
cuanto pasen un par de días le dejarán que os saque bajo fianza. Pero luego
seguid mi consejo y marchaos a vuestro país lo más rápido posible. No os
quedéis en Roma, ¿entendéis?
—¿Y dejar aquí al rey a su merced? ¡No podría!
—¡Claro que podéis, amigo! ¿Qué creéis que van a hacerle aquí en Roma?
¿Darle un golpe en la cabeza y echarle al Tíber? ¡Ni hablar! No operan así,
amigo —dijo Lucio Decumio con la soltura de un experto—. Sólo hay una cosa por
la que asesinan: su adorada república. Ya conocéis las leyes, la constitución y
todo eso. Pueden matar a un tribuno del pueblo que les salga rana, o a dos,
como hicieron con Tiberio y Cayo Graco, pero no matar a un extranjero. En Roma,
no. No os preocupéis por vuestro amo, amigo. Apuesto algo a que le envían a su
país si vos os fugáis.
—¡Ni siquiera sabes dónde está Numidia ... ! —exclamó Bomílcar,
estupefacto—. Ni has estado en Italia —añadió en voz queda—, ¿y sabes cómo
actúan los nobles romanos?
—Bueno, es otra cosa —respondió Lucio Decumio levantándose, dispuesto a
marcharse—. Eso se mama de la madre, amigo, ¡de la leche materna! Nos viene por
la leche materna. Me explico: aparte de un golpe de suerte inesperado como el
que vos me habéis procurado, ¿dónde puede un romano pasarlo bien, cuando no hay
juegos, sino en el Foro? Y, además, tampoco hace falta ir allí en persona para
divertirse, porque te llega por sí solo, amigo. Igual que la leche materna.
—Te quedo agradecido, Lucio Decumio —dijo Bomílcar, dándole la mano—.
Eres el único hombre sincero que he conocido en Roma. Haré que te envíen el
dinero.
—¡No lo olvidéis, a la asociación! ¡Ah —añadió llevándose el índice al
lateral de la nariz—, si tenéis algún amigo que necesite una ayuda para
resolver algún problemita, decidle que no dude en contratar a alguien de fuera
de vuestro país! Me gusta esta clase de trabajo.
Agelasto murió, pero como Bomílcar estaba en la Lautumiae y a ninguno de
los lictores se le ocurrió relacionar a Decumio con el motivo del
encarcelamiento de Bomílcar, el proceso que Espurio y Aulo Albino
preparaban contra el notable númida perdió peso. Aún contaban con la
declaración de Agelasto, pero no cabía duda de que su ausencia como principal
testigo de cargo era un golpe para la acusación. Aprovechando la oportunidad
que se le presentaba con la muerte de Agelasto, Yugurta volvió a solicitar al
Senado la libertad bajo fianza de Bomílcar, y, aunque Cayo Memio y Escauro
hicieron un apasionado alegato en contra, finalmente se dio la libertad de
Bomílcar a condición de que Yugurta dejase bajo custodia romana a cincuenta de
su séquito, que quedaron repartidos por las casas de cincuenta senadores, y el
rey númida tuvo que entregar al Estado una fuerte suma para subvenir al
sustento de los rehenes.
Su causa, naturalmente, resultó irreparablemente perjudicada. No
obstante dejó de preocuparse porque vio que no había esperanzas de que Roma
aprobase su derecho al trono; no por el hecho de haber dado muerte a Masiva,
sino porque los romanos nunca habían pensado en darle el beneplácito. Le habían
estado atormentando durante años, haciéndole bailar al son que tocaban y
riéndose a sus espaldas. Así que, con el consentimiento del Senado o sin él, se
marchaba a su país para reunir un ejército y comenzar a entrenarlo para
enfrentarse a las legiones que le enviarían.
Bomílcar huyó a Puteoli en cuanto le pusieron en libertad y allí se
embarcó para Africa, impunemente. Tras lo cual, el Senado se lavó las manos en
el caso de Yugurta. Le dijeron que se marchase y le devolvieron los cincuenta
rehenes (pero no el dinero); que se marchase de ROma, saliera de Italia y los
dejara en paz.
La última panorámica de Roma que tuvo el rey de Numidia fue desde la
cumbre del Janículo, a la que ascendió montado en su caballo, simplemente para
contemplar la forma de aquella ciudad de su sino. Ahí estaba ante sus ojos
Roma, diseminada entre aquellas siete colinas y sus valles, en medio de cuestas
y declives, un mar de tejados rojos y muros de estuco de vivos colores, con
adornos dorados en el frontón de sus templos, que destellaban bajo el cielo en
haces de luz divina. Una ciudad de terracota bullente y llena de color, con
arboledas y verde hierba en los espacios abiertos.
Pero Yugurta no veía nada admirable. únicamente estuvo largo rato
mirándola, convencido de que no volvería a verla.
—Una ciudad en venta —dijo—, que cuando encuentra comprador se esfuma en
un abrir y cerrar de ojos.
Luego le volvió la espalda y se encaminó hacia la Via Ostiensis.
* * *
Clitumna tenía un sobrino. Como era el hijo de su hermana, no llevaba el
apellido familiar de Clitumnus; su nombre era Lucio Gavio Stichus, que para
Sila era indicio de que algún antepasado de su padre había sido esclavo. ¿De
dónde si no el sobrenombre de Stichus? Un nombre de esclavo, y aún más, porque
Stichus era el nombre de esclavo arquetípico, el nombre de broma, una irrisión.
Sin embargo, Lucio Gavio insistía en que a su familia le venía el nombre de su
antigua relación con la esclavitud, pues, como su Padre y su abuelo, Lucio
Gavio Stichus comerciaba en esclavos y dirigía una pequeña agencia bien montada
en el Porticus Metelli del Campo de Marte. No era una empresa de altos vuelos
que sirviera a las élites, sino un negocio bien asentado que servía a aquellos
cuya bolsa sólo les permitía tres o cuatro esclavos domésticos.
Era curioso, pensó Sila cuando el mayordomo le comunicó que el sobrino
del ama estaba en el despacho, cómo se le pegaban los Gavio. El compañero de
francachelas de su padre había sido Marco Gavio Broco, y también estaba aquel
querido anciano, el grammaticus Quinto Gavio Mirto. Los Gavio... No era un
apellido muy común, ni muy distinguido. Pero él había conocido a tres.
Bien, el Gavio, compañero de bebida de su padre, y el Gavio que había
procurado a Sila una formación más que notable, suscitaban en él sentimientos
que le enaltecían; pero Stichus era distinto. De haber sabido que Clitumna
esperaba la visita de su horrendo sobrino, no habría entrado en casa y se
habría quedado un rato en el atrium dilucidando qué hacer: huir de la casa o
encerrarse en algún lugar de la misma en el que Stichus no metiera su pegajoso
pico.
El jardín. Dirigió al mayordomo una inclinación de cabeza y una sonrisa
por su previsor aviso, pasó por delante del estudio y entró en el peristilo,
donde encontró un asiento algo calentado por el sol; en él se acomodó
dirigiendo la vista sin mirar a la horrorosa estatua de Apolo persiguiendo a
una Dafne, ya más laurel que ninfa. A Clitumna le encantaba y por eso la había
comprado, pero ¿cómo iba a haber tenido el Dios de la Luz un pelo amarillo tan
chillón, ojos de un azul tan repelente y un cutis tan empalagosamente rosado?
¿Cómo podía uno admirar a un escultor tan servil a los criterios del ascetismo,
que había convertido los dedos de Dafne en tallos verdes idénticos y los dedos
de sus pies en raicillas marrones idénticas? El desdichado no había parado mientes
—quizá pensando que era un detalle magistral— en embadurnar el seno humanoide
que le quedaba a la pobre ninfa con un hilillo de savia roja brotando del
pezón. Mirarla sin verla era el único remedio que le quedaba a Sila para no
destruirla, porque todos sus sentidos le acuciaban a coger un hacha y vengar
aquel ultraje.
—¿Qué hago yo aquí? —preguntó a la pobre Dafne, que habría debido tener
gesto de terror y, por el contrario, sonreía embobada.
Pero la ninfa no contestó.
—¿Qué hago yo aquí? —inquirió a Apolo.
Pero Apolo no contestó.
Alzó una mano para presionarse los ojos, los cerró y se entregó al
consabido proceso de autodisciplinarse en la aceptación —bueno, no exactamente—
en una modalidad de triste aguante. Gavio. Piensa en otro que no sea Stichus.
Piensa en Quinto Gavio Mirto, el que le había procurado una formación nada
desdeñable.
Le había conocido poco después de haber cumplido los siete años, cuando
era un niño delgado pero fuerte que trataba de ayudar al bruto de su padre a
volver a casa, a la habitación única en que vivían por entonces en el Vicus
Sandalarius. Sila padre se desplomó en plena calle y Quinto Gavio Mirto acudió
a ayudar al niño. Juntos llevaron al padre a casa; Mirto había quedado tan
fascinado por el físico del hijo y por la pureza del latín que hablaba, que
durante todo el camino no había cesado de hacerle preguntas.
Una vez que hubieron tumbado a Sila padre en el camastro de paja, el
anciano grammaticus había tomado asiento en la única silla disponible y había
comenzado a obtener del muchacho todos los detalles que él sabía de su familia.
Luego le dijo que era maestro y se ofreció a enseñarle gratuitamente a leer y
escribir. Le había enternecido la triste historia del pequeño Sila. ¿Un
Cornelio patricio, con evidentes capacidades, condenado el resto de su vida a
la penuria, entre lupanares, en una de las zonas más pobres de Roma? Y no se lo
pensó. A aquel niño había que enseñarle un medio de subsistencia que le
permitiese al menos ser dependiente o escriba. ¿Y si en virtud de algún milagro
cambiaba la suerte de Sila y se le presentaba la oportunidad de alcanzar el nivel
de vida que le correspondía, y que sólo su analfabetismo le vedaba?
Sila aceptó el ofrecimiento pero no admitió que fuese gratis; siempre
que podía, robaba cualquier cosa para entregar al viejo Quinto Gavio Mirto un
denario de plata o un pollo bien gordo. Y cuando fue algo mayor, se vendía al
mejor postor para conseguir ese denario de plata. Si Mirto sospechaba que
aquellos denarios eran producto de vender el honor, nunca dijo nada, porque era
lo suficientemente sagaz para comprender que con sus pagos el muchacho
demostraba su aprecio por aquella inesperada ocasión de aprender. Así que
aceptaba las monedas con gesto de complacencia y gratitud y jamás dio motivo
para que Sila sospechase que le apenaba pensar en su procedencia.
Aprender retórica y formar parte del equipo de un abogado famoso era un
sueño que Sila sabía imposible, lo cual era aún mayor incentivo para los
modestos esfuerzos de Quinto Gavio Mirto. Pues gracias a Mirto él era capaz de
hablar griego con el más puro acento ático y había adquirido los rudimentos
básicos de la retórica. La biblioteca de Mirto era amplia, y Sila había podido
leer a Homero, Píndaro, Hesíodo, Platón, Menandro, Eratóstenes, Euclides y
Arquímedes. Aparte de apreciar en latín a Enio, Accio, Casio Hemina y a Catón
el Censor. Enfrascándose en cuantos rollos de escritura caían en sus manos, fue
descubriendo un mundo en el que podía olvidarse de su situación durante unas
horas, un mundo de nobles héroes y grandes hazañas, hechos científicos y elucubraciones
filosóficas,
en el marco de la literatura y las matemáticas. Por fortuna, el único
bien que, antes del nacimiento de Sila, no había perdido su padre, era un
hermoso latín, y por eso el muchacho lo hablaba perfectamente, aunque también
dominaba a la perfección la jerga del Subura y un latín de clase baja bastante
correcto, que le permitía moverse sin dificultades en cualquier ámbito social
de Roma.
Quinto Gavio Mirto siempre había sentado su escuela en un rincón
tranquilo del Macellum Cuppedenis, los mercados de especias y flores que había
detrás del Foro Romano, en su lado este. Como no podía tener un local y
enseñaba en la vía pública, Mirto decía que qué mejor lugar para infundir
conocimientos en aquellas duras cabecitas romanas que entre el embriagador
perfume de rosas, violetas, pimienta y canela...
No era para Mirto el puesto de tutor de ningún retoño plebeyo mimado, ni
de un grupito exclusivo de hijos de caballeros en un aula decente, debidamente
aislada del barullo callejero. No, Mirto se contentaba con que su único esclavo
le colocara la cátedra y los taburetes de los alumnos en un lugar en que no les
atropellaran los que iban al mercado, y enseñaba a sus pupilos al aire libre a
leer, a escribir y la aritmética, entre gritos y voces y las canastas de los
vendedores de especias y de flores. Si no hubiera sido tan apreciado, además de
hacer un pequeño descuento a los niños y niñas cuyos padres tenían puestos en
el Cuppedenis, le habrían hecho desalojar, pero como gustaba a la gente y hacía
descuento en la enseñanza, le permitieron mantener la escuela en el mismo
rincón hasta su muerte, cuando Sila tenía quince años.
Mirto cobraba diez sestercios por semana a los alumnos, y solía dar
clase a diez o quince niños (siempre más niños que niñas, aunque siempre había
varias). Tenía unos ingresos de unos 5000 sestercios al año, de los que debía
pagar 2000 por una bonita y espaciosa habitación en una casa propiedad de uno
de sus primeros alumnos; gastaba 1000 sestercios en aceptable alimentación para
él y su anciano pero devoto esclavo y el resto lo gastaba en libros. Si no daba
clase, por ser día de feria o fiesta, se le veía fisgando en las bibliotecas,
librerías y editoriales de Argiletum, una amplia
calle que discurría desde el Foro Romano a lo largo de la basílica
Emilia y el Senado.
"¡Oh, Lucio Cornelio —acostumbraba a decir con desesperación
(aunque procuraba no mostrarlo), cuando después de la clase enseñaba al
muchacho por su cuenta para evitar que se maleara andando por la calle—, en
alguna parte de este mundo enorme un hombre o una mujer ha escondido las obras
de Aristóteles! ¡Si supieras cuánto anhelo leerlo! ¡Esa gran obra producto de
una mente... imagínate, el tutor de Alejandro Magno! Se dice que escribió sobre
todo lo imaginable, lo bueno y lo malo, estrellas y átomos, las almas y el
infierno, perros y gatos, hojas y músculos, dioses y hombres, sistemas de
pensamiento y el caos de la estulticia. ¡Qué regalo leer las obras perdidas de
Aristóteles!"
Luego se encogía de hombros, se relamía los dientes de aquel modo
irritante con que durante décadas sus alumnos le hacían burla a sus espaldas,
daba una palmada como signo de frustración y zascandileaba en medio del
agradable olor a cuero de los cubos de libros y el aroma acre del papel de la
mejor calidad.
"Es igual, es igual —añadía—. No me quejaré cuando tenga mi Homero
y mi Platón."
Cuando murió, como consecuencia de un resfriado, después de que su viejo
esclavo resbalara por las heladas escaleras y se rompiera la crisma (es
sorprendente, pensó Sila en aquella ocasión, cómo al deshacerse así la unión
entre dos personas desaparecen los dos extremos), se pudo comprobar cuánto se
le quería. No sufrió Quinto Gavio Mirto la lamentable indignidad de ir a parar
a los pozos de cal para pobres, detrás del Agger; no, le hicieron un funeral
con séquito, plañideros profesionales, elogio funerario, una pira con mirra,
incienso y bálsamo de Jericó y una preciosa tumba con sus cenizas. Se entregó
el óbolo a los guardianes del registro de difuntos del templo de Venus
Libitina, por cortesía de la excelente funeraria que se encargó de las
exequias, pagadas por dos generaciones de sus alumnos, que lloraron por él con
auténtico dolor.
Sila caminó con los ojos secos y la cabeza caliente en medio del tropel
que acompañó a Quinto Gavio Mirto fuera de la ciudad hasta el crematorio,
arrojó su ramo de rosas a la pira y dio por cuenta propia un denario a
la funeraria. Pero después, cuando su padre se derrumbó como un pelele sucio de
vino y su infeliz hermana hubo ordenado las cosas lo mejor que pudo, él se
sentó en un rincón de aquel cuarto en que antes habían vivido los tres,
ponderando con dolorosa incredulidad aquel tesoro que acababa de recibir.
Porque Quinto Gavio Mirto había dispuesto la hora de su muerte tan limpiamente
como su vida y su testamento había quedado registrado en poder de las vírgenes
vestales. Como no tenía dinero que legar, era un simple documento en el que
dejaba a Sila todas sus pertenencias: los libros y la preciosa maqueta del sol,
la luna y los planetas girando en torno a la tierra.
En ese momento, Sila rompió a llorar desesperadamente. Había muerto su
único y más querido amigo; todos los días de su vida vería la pequeña
biblioteca de Mirto y le recordaría.
"Algún día, Quinto Gavio —balbució entre espasmos y sollozos—,
encontraré las obras perdidas de Aristóteles."
Por supuesto que no pudo conservar mucho tiempo los libros y el
planetario. Un día, al llegar a casa, vio que el rincón en que tenía su
camastro de paja estaba vacío: no quedaba más que el camastro. Su padre había
cogido los tesoros acumulados con tanta adoración Por Quinto Gavio Mirto y los
había vendido para comPrar vino. Y ése fue el único momento en la vida de Sila
junto a su padre en que estuvo a punto de cometer un parricidio. Por fortuna
estaba presente su hermana y ella se interpuso entre los dos hasta que Sila
entró en razón. Poco después la hermana se casaba con Nonio y se trasladaba a
Picenum. En cuanto al joven Sila, nunca olvidó y nunca perdonó. Al final de su
vida, cuando poseía miles de libros y medio centenar de maquetas del universo,
aun pensaba en la biblioteca perdida de Quinto Gavio Mirto y en su dolor.
El truco mental había dado resultado. Síla volvió a la realidad y al
grupo de Apolo y Dafne tan horrorosamente policromado y realizado. Al apartar
los ojos de él, su mirada fue a parar a la estatua aún más horrible de Perseo
alzando la cabeza de la Gorgona, y casi se puso en pie de un salto, ya
dispuesto a enfrentarse a Stichus. Cruzó a zancadas el jardín hasta el
despacho, que era el cuarto normalmente reservado para el dueño de la casa y
que, al faltar, se le había cedido a él, que desempeñaba más o menos las
funciones de hombre de la casa.
Cuando Sila entró en el tablinun, el repugnante gordezuelo se encontraba
llenándose la cara de higos azucarados y pringando con los dedos los rollos de
los libros meticulosamente guardados en los casilleros de la pared.
—¡Ooooh! —chilló Stichus al ver a Sila, apartando las manos. —Suerte que
sé que eres demasiado estúpido para leer —dijo Sila,
chascando los dedos y dirigiéndose al criado que había en la puerta, un
bello griego que no valía ni la décima parte de lo que Clitumna había pagado—.
Trae un cuenco con agua y un trapo limpio y quita la porquería que ha dejado el
amo Stichus.
Sus extraños ojos, con la inmóvil malicia de una cabra, se clavaron en
el desgraciado Stichus, que intentaba limpiarse el pringue de las manos en la
túnica barata.
—Me gustaría que te quitases de la cabeza que tengo una colección de
libros con dibujos obscenos. ¡No la tengo! ¿Para qué? No lo necesito. Esas
cosas son para personas que no tienen agallas para hacer nada. Gente como tú,
Stichus.
—Algún día —replicó Stichus— esta casa y todo lo que hay en ella será
mío. ¡Ya verás como entonces no eres tan engreído!
—Espero que estés ofreciendo numerosos sacrificios para posponer ese
día, Lucio Gavio, porque es muy probable que sea el último de tu vida. Si no
fuese por Clitumna, te cortaría en trozos y te echaría a los perros.
Stichus se quedó mirando la toga que cubría el potente cuerpo de Sila y
arqueó las cejas, no es que Síla le diera miedo, pues le conocía hacía mucho
tiempo, pero sí que notaba una amenaza bullir en aquella orgullosa cabeza, y,
por consiguiente, procuraba evitarle. Modo de conducta al que le abocaba,
además, saber que a la tonta de su tía Clitu no había nadie capaz de hacerle
perder la ferviente devoción por aquel individuo. No obstante, cuando había
llegado una hora atrás, se había encontrado a tía Clitumna y a
su amiga del alma Nicopolis muy afectadas porque su querido Lucio
Cornelio había salído hecho una furia vestido con toga. Cuando Stichus supo
toda la historia por boca de Clitumna, desde la llegada de Metrobio hasta la
reyerta que siguió, mostró disgusto e incluso asco.
Se dejó caer en la silla de Sila y dijo:
—Vaya, vaya, hoy día, en Roma no se para. Hemos estado en la
inauguración de los cónsules, ¿no? ¡Qué risa! Tu antepasado no vale ni la mitad
que el mío.
Si¡la le levantó de la silla atenazándole con los dedos de la mano
derecha por un lado de la mandíbula y el pulgar izquierdo en el otro lado, una
presa tan dolorosa, que la víctima no pudo ni gritar, cuando hubo recuperado
aliento para hacerlo, vio la cara que ponía Sila y se contuvo, limitándose a
permanecer de pie tan callado y serio como su tía y su amiga del alma habían
estado aquel día al amanecer.
—Mi antepasado —replicó Sila afablemente— no es asunto tuyo.
Ahora, sal de mí despacho.
—¡No va a ser tu despacho para siempre! —espetó ahogadamente Stichus,
escurriéndose por la puerta y casi tropezando con el criado que volvía con el
cuenco de agua y un trapo.
—No cuentes con ello —respondió Síla a guisa de despedida.
El costoso esclavo entró sigilosamente con aire recatado, mientras Sila
le miraba de arriba abajo.
—Límpialo, flor de invernadero —dijo, y salió a reunirse con las
mujeres.
Stichus había huido de Sila para ir en busca de Clitumna, quien se había
encerrado con su adorado sobrino diciendo que no se la molestase, informó el
mayordomo como excusándose; por lo que Sila salió al porche que rodeaba el
jardín peristilo y se llegó a las habitaciones que ocupaba Nicopolis, su
querida. De la cocina, al fondo del jardín, junto al baño y la letrina,
llegaban sabrosos olores. Como la mayoría de las casas del Palatino, la de
Clitumna tenía conexión con el agua corriente y las cloacas y eso ahorraba a la
servidumbre la tarea de coger agua de una fuente pública y
llevar los orinales a la letrina pública más próxima o vaciarlos en un
sumidero.
—Mira, Lucio Cornelio —dijo Nicopolis dejando su labor— si por una vez
accedíeras a descender de tu pedestal aristocrático, sería mucho mejor.
Él tomó asiento en un cómodo diván, lanzó un suspiro y se arropó un poco
con la toga porque en aquel cuarto hacía frío, mientras la criada, a quien
llamaban Biti, le quitaba las botas de invierno. Era una chica graciosa y
vivaracha, con un nombre impronunciable, de una remota región de Bitínia, que
Clitumna había comPrado por casi nada a su sobrino, adquiriendo un tesoro sin
saberlo. Cuando terminó de desatarle las botas, salió resueltamente del cuarto
Y al poco rato volvió con unos gruesos calcetines, en los que embutió
cuidadosamente los pies del amo, perfectos y blancos como la nieve.
—Gracias, Biti —dijo Sila, sonriéndole y haciéndole con indolencia una
caricia en el pelo.
La muchacha se ruborizó. Una chiquilla deliciosa, pensó él con una
ternura que le sorprendió, hasta que dio en pensar que le recordaba a la vecina
Julilla.
—¿Qué quieres decir? —replicó a Nicopolis, quien, como de costumbre, no
parecía sentir el frío.
—¿Por qué tendría el rastrero y codicioso Stichus que heredarlo todo
cuando Clitumna vaya a reunirse con sus equívocos antepasados? Si cambiases un
poquitín de táctica, Lucio Cornelio, mi queridísimo amigo, te lo dejaría todo a
ti. ¡Y tiene mucho, créeme!
—¿Qué está haciendo ahora, quejarse de que le he ofendido? —inquirió
Sila, mientras cogía un cuenco de nueces que le ofrecía Biti con otra sonrisa.
—¡Pues claro! Y estoy segura que lo estará bordando con profusión. No es
que yo te reproche nada, porque es detestable, pero es de su sangre y le
quiere, y por eso no ve sus defectos. Pero a ti te quiere más, ¡desgraciado
altanero! Así que, cuando la veas, no adoptes esa actitud de glacial orgullo y
no te niegues a justificarte; cuéntale una historia de lo que ha hecho ese
pegajoso que sea mejor que la que él le está contando de ti.
Medio intrigado, medio escéptico, se la quedó mirando. —Sigue, no creo
que fuese tan idiota como para creérselo —dijo. —¡Oh, querido Lucio! Si tú
quieres puedes hacer que cualquier mujer
crea lo que se te ocurra contarle. ¡Inténtalo! Por una sola vez. Hazlo
por mí —dijo Nicopolis, mimosa.—No. Acabaría haciendo el tonto.
—Sabes que no —insistió ella.
—¡No hay dinero en el mundo que me haga doblegarme a los deseos de
Clitumna!
—No es que tenga todo el dinero del mundo, pero le sobra para hacerte
entrar en el Senado —musitó ella, seductora, tentándole.
—¡No! Estás equivocada; de verdad. Tiene esta casa, eso sí, pero se lo
gasta todo, y lo que no se gasta ella, se lo gasta el pegajoso.
—No es cierto. ¿Por qué crees que tiene a los banqueros pendientes de lo
que dice, como si fuera Cornelia, la madre de los Gracos? Tiene una buena
fortuna invertida a través de ellos, y no se gasta todas las rentas. Además,
hay que decir que al pegajoso tampoco le falta un sestercio. Mientras el
contable de su difunto padre y el director del negocio puedan trabajar, la
agencia de esclavos seguirá dando rendimiento.
Sila se incorporó de repente, deshaciendo los pliegues de la toga. —Nic,
no me estarás contando un cuento, ¿verdad?
—Te lo contaría, pero no sobre esto —replicó ella, enhebrando la aguja
con lana roja trenzada con oro.
—Vivirá cien años —dijo Sila, volviendo a reclinarse en el diván y
entregando el cuenco de nueces a Biti. Se le había pasado el apetito.
—De acuerdo en que puede vivir cien años —replicó Nicopolis, clavando la
aguja en el tapiz y pasándola con sumo cuidado, mientras, con sus negros ojos
contemplaba al impasible Sila—, pero también puede no vivirlos. No viene de una
familia de gente muy senecta, ¿sabes?
Afuera se oyó ruido. Sin duda, Lucio Gavio Stichus se despedía de
Clitumna.
Sila se puso en pie y dejó que la criada le pusiera unas pantuflas
griegas.
La enorme toga rozaba el suelo, pero no parecía advertirlo.
—De acuerdo, Nic, esta vez lo intentaré —dijo sonriendo—. ¡Deséame
suerte!
Y salió, sin darle tiempo a deseársela.
La entrevista con Clitumna no fue nada bien. Stichus había realizado un
sagaz trabajo y Síla era incapaz de humillar su orgullo y excusarse, como
aconsejaba Nicopolis.
—La culpa es toda tuya, Lucio Cornelio —decía Clitumna, impaciente,
retorciendo la costosa orla del chal entre sus dedos ensortijados—. ¡No haces
el menor esfuerzo por ser amable con mi pobre niño, mientras que él sí que lo
procura!
—Es un mugriento quiero y no puedo —masculló Sila entre dientes. Momento
en el que Nicopolis, que escuchaba detrás de la puerta, entró
airosamente en la habitación y se acurrucó en el diván junto a Clitumna,
mirando resignada a Sila.
—¿Qué sucede? —inquirió con aire de inocente.
—Mis dos Lucios —respondió Clitumna—, que no se llevan bien... ¡y yo los
quiero tanto ... !
Nicopolis desenganchó los dedos de los flecos, extrajo unas hebras que
se habían enredado en los intersticios de los engarces y levantó la mano de
Clitumna, arrimándola a su mejilla.
—¡Pobrecita! —canturreó—. Tus Lucios son dos gallitos; eso es lo que
pasa.
—Pues tienen que aprender a llevarse bien —dijo Clitumna—, porque mí
querido Lucio Gavio deja su apartamento y se viene a vivir con nosotros la
semana próxima.
—Pues yo me marcharé —dijo Sila.
Las dos mujeres comenzaron a chillar; Clitumna de un modo estridente y
Nicopolis como un gatito acorralado.
—¡No seáis ridículas! —musitó Sila, acercando el rostro a pocos
centímetros del de Clitumna—. Él, más o menos, sabe lo que pasa aquí, pero
¿creéis que va a tener estómago para vivir en la misma casa con un hombre que
se acuesta con dos mujeres, y una de ellas es su tía?
—¡Pero él quiere venir! —exclamó Clitumna, echándose a llorar—. ¿Cómo
voy a negárselo a mi sobrino?
—¡No te preocupes! Yo me marcho y así evitamos que tenga que quejarse
—replicó Sila.
Cuando ya iba a dejarlas, Nicopolis alargó la mano y le cogió del brazo.
—Sila, querido, ¡no te vayas! —le suplicó—. Mira, puedes dormir
conmigo, y cuando no esté Stichus, que Clitumna se venga con nosotros.
—¡Ah, sí, muy bonito! —terció Clitumna, muy tiesa—. ¡Lo quieres sólo
para ti, guarra codiciosa!
Nicopolis empalideció.
—Bien, ¿pues qué sugieres? ¡Por tu estupidez nos vemos en este lío!
—¡Callaos las dos! —gruñó Sila con un tono que las dos conocían
perfectamente y temían más que a nada—. Veis tantas comedias que
comenzáis a vivirlas. ¡Despertad a la realidad y no seáis tan vulgares!
¡Detesto esta maldita situación y estoy harto de ser un medio hombre!
—¡No eres ningún medio hombre! ¡Eres dos mitades, una mía y otra de Nic!
—espetó Clitumna con grosería.
No sabía qué le mortificaba más, si la indignación o la ofensa.
Totalmente contenido, pero a punto de estallar, Sila miraba a sus torturadoras,
incapaz de pensar.
—¡No puedo continuar! —exclamó como sorprendido.
—¡Tonterías! Claro que puedes —replicó Nicopolis con la suficiencia de
quien sabe sin ningún género de dudas que tiene dominado a su hombre
—. Ahora vete y haz algo positivo. Mañana te sentirás mejor. Como
siempre te pasa.
Salir de aquella casa, ir a donde sea, hacer algo positivo. Sila tomó
calle arriba y sin darse cuenta fue desde el Germalus al Palatium, la parte del
Palatino que daba sobre el extremo del Circo Máximo y la puerta Capena.
Allí, las casas estaban más esparcidas y había más espacios verdes; el
Palatium no estaba muy de moda porque se encontraba muy alejado del Foro
Romano. Sin preocuparse por el frío que hacía para ir vestido sólo con la
túnica de estar en casa, se sentó en una piedra y contempló la
panorámica; no las gradas vacías del Circo Máximo, ni los preciosos
templos del Aventino, sino la perspectiva de su persona camino de un horrible
futuro, una masa de piel y huesos sin objetivo. Era un dolor parecido a un
cólico, sin el paliativo de la purga; comenzó a temblar hasta que oyó que le
rechinaban los dientes, sin darse cuenta de que estaba gimiendo.
—¿Os sentís mal? —oyó decir a una tímida vocecita.
Al principio no vio nada al mirar, pues el dolor le nublaba la vista,
pero luego se disipó aquella niebla y el rostro de la muchacha fue precisándose
desde la barbilla puntiaguda hasta el cabello rubio que enmarcaba aquella cara
en forma de corazón, con grandes ojos, unos ojos enormes color miel, que le
miraban compadecidos.
Se arrodilló ante él, abrigada en su capa casera de lana, igual que la
había visto en el solar de la casa de Flaco.
—Julia —dijo, estremeciéndose.
—No, Julia es mi hermana. A mí me llaman Julilla —replicó ella
sonriéndole—. ¿Estáis enfermo, Lucio Cornelio?
—No de un mal que pueda curar un físico. —Ya recuperaba el juicio y la
memoria; comprendía la mortificante verdad de lo que le había dicho Nicopolis:
al día siguiente estaría mejor. Y eso es lo que más odiaba—. Me gustaría mucho,
muchísimo, volverme loco —añadió—, pero no parece que sea posible.
—Si no podéis —dijo Julilla en la misma postura—, es que las Furias aún
no os quieren.
—¿Estás aquí sola? —inquirió en tono reprobatorio—. ¿En qué piensan tus
padres para dejarte andar fuera de casa a esta hora?
—Me acompaña mi criada —respondió ella, tranquila, balanceándose sobre
los talones. Por sus ojos cruzó un destello de malicia y se le fruncieron las
comisuras de los labios—. Es buena chica; muy fiel y discreta.
—¿Quieres decir que te deja ir a donde quieres y no lo cuenta? Pero un
día te descubrirán —dijo, él a quien siempre descubrían.
—Hasta que eso suceda, ¿a qué preocuparse?
No dijo nada más y permaneció mirándole a la cara con una inconsciente
curiosidad, deleitandose en la contemplación.
—Vete a casa, Julilla —dijo él con un suspiro—. Si se enteran, no digas
que has estado conmigo.
—¿Porque sois de mala ralea? —inquirió.
—Si te parece... —replicó él con desmayada sonrisa.
—¡Pues yo no lo creo!
¡Oh!, ¿qué dios la enviaría? ¡Gracias, dios desconocido! Se le
desentumecían los músculos y ya se sentía ligero, como si, efectivamente, un
dios benigno y propicio le hubiese tocado. Extraña sensación para quien no
conocía la bondad.
—Yó soy de mala ralea, Julilla —dijo.
—¡Tonterías! —replicó ella, muy segura de sí misma.
Por su experiencia, advirtió en seguida que Se trataba de un
enamoramiento de chiquilla, y le dieron ganas de disiparlo con un acto grosero
que la atemorizara. Pero le era imposible. A ella no; no se lo merecía. Para
aquella muchacha era capaz de buscar en la bolsa de los trucos y sacar al mejor
Lucio Cornelio Sila que conocía, sin artificio alguno, inocente, limpio y
presentable.
—Está bien, Julilla, te agradezco tu confianza —dijo sin mucha
convicción, sin saber lo que a ella le gustaría oír y con la esperanza de que
reflejase lo mejor de sí mismo.
—Me queda algo de tiempo —dijo ella muy seria—. ¿Podemos hablar? —Muy
bien —respondió él, haciéndole sitio en la piedra—. Siéntate
aquí, el suelo está húmedo.
—Dicen que sois una desgracia para vuestro apellido —comenzó a decir la
muchacha—. Pero yo no creo que sea así, mientras no hayáis tenido la
oportunidad de demostrar lo contrario.
—Me atrevería a decir que es tu padre el autor del comentario. —¿Qué
comentario?
—Que soy una desgracia para mi apellido.
—¡Oh, no! —replicó ella, perpleja—. ¡Tata no! Es el hombre más prudente
del mundo.
—Pues el mío era el más loco. Estamos en los dos extremos opuestos de la
sociedad romana, jovencita.
La muchacha estaba arrancando las altas hierbas que crecían al pie de la
piedra, extrayendo los largos rizomas y trenzándolas con sus diestros dedos.
—¡Tomad! —dijo entregándole lo que había confeccionado.
Se le cortó la respiración. Fue como una premonición espasmódica del
futuro, una visualización dolorosamente breve.
—¡Una corona de hierba! —exclamó maravillado—. ¡Oh, no! ¡No es para mí!
—¡Claro que sí! —insistió ella, y como él no hacía ademán de cogerla, se
inclinó y se la puso en la cabeza—. Debería ser de flores, pero en esta época
del año no las hay.
La muchacha no sabía lo que se hacía, pero él no pensaba explicárselo.
—Sólo se da una guirnalda de flores a quien se ama —dijo.
—Yo os amo —replicó ella con voz queda. —Pero eso es ahora, muchacha.
Algo pasajero. —¡No!
Sila se puso en pie y se la quedó mirando.
—¡Pero si no tienes más de quince años! —dijo.
—¡Dieciséis! —replicó ella sin pensárselo dos veces.
—Quince o dieciséis, ¿qué más da? Eres una niña.
—¡No soy una niña! espetó encolerizada y roja de indignación.
—Claro que lo eres —insistió él riendo—. Mírate: toda envuelta y gordita
como un cachorrillo.
Sí, así era mejor. Eso la contendría.
Pero sus palabras causaron mayor estrago, porque la muchacha se
desmoronó totalmente, perdiendo el ánimo y la ilusión que irradiaba.
—¡No soy bonita! —suspiró—. Yo creía que sí...
—Hacerse mayor es algo cruel —añadió Sila ásperamente—. Me imagino que
todos los padres dicen a sus niñas que son bonitas, pero la gente se rige por
otros criterios. Pero cuando seas mayor serás pasable y no te quedarás sin
marido.
—Sólo os quiero a vos —musitó ella.
—Eso es ahora. En cualquier caso, desengáñate, cachorrilla, y sal
corriendo antes de que te tire de la cola. ¡Vamos!
La muchacha echó a correr, dejando a la criada atrás llamándola en vano.
Sila se las quedó mirando hasta que desaparecieron cuesta abajo.
Aún tenía la corona de hierbas en la cabeza, y su color leonado
contrastaba fuertemente con los rojos rizos; alzó la mano y se la quitó, pero
no la arrojó, sino que se la quedó mirando entre las manos. Luego se la guardó
en la tunica y se alejó.
Pobre muchacha; al final la había herido. Pero no tenía más remedio
porque lo que menos necesitaba era complicarse la vida con la hija de la vecina
de Clitumna asomándose por la tapia. Y, además, hija de un senador.
A cada paso que daba, la corona de hierba le rascaba en la piel. Una
corona gramínea, donada en el Palatino, donde siglos atrás se había alzado la
primitiva ciudad de Rómulo, un hatillo de chozas ovaladas como la que aún se
conservaba con todo primor cerca de la escalinata de Caco. Una corona de hierba
que le había entregado una encarnación de Venus, una auténtica descendiente de
Venus, una Julia. Un presagio.
—Si se cumple, os edificaré un templo, Venus Victoriosa —dijo en voz
alta.
Porque por fin veía claro el camino. Un camino peligroso, arriesgado.
Pero, no obstante, con nada que perder y mucho que ganar.
El crepúsculo invernal se iba apagando cuando regresó a la casa y
preguntó dónde estaban las señoras. Estaban en el comedor, en conciliábulo,
esperándole para cenar. Que él era el tema de conversación, resultaba evidente
por el modo en que se separaron de un respingo en la camilla, haciéndose las
inocentes.
—Quiero algo de dinero —dijo sin preámbulos.
—Pero, Lucio Cornelio... —comenzó a decir Clitumna con aire de disgusto.
—¡Calla, vieja pesada! Quiero dinero.
—¡Pero, Lucio Cornelio!
—Voy a tomarme unas vacaciones —añadió él sin dar un paso hacia ellas—.
Tú verás. Si quieres que vuelva... si quieres más de lo que puedo
darte... dame mil denarios. Si no, me voy de Roma para siempre.
—Te daremos cada una la mitad —terció de pronto Nicopolis, mirándole a
la cara.
—Ahora —dijo él.
—A lo mejor no tenemos tanto en casa —replicó Nicopolis.
—Pues más vale que lo tengáis, porque no pienso esperar.
Cuando Nicopolis se llegó al cuarto del joven, quince minutos más tarde,
se lo encontró recogiendo sus cosas. Se sentó en la cama y le miró en silencio,
esperando que se dignara percatarse de su presencia. Pero fue ella quien tuvo
que hablar.
—Tendrás el dinero. Clitumna ha enviado al mayordomo a casa de su
banquero —dijo—. ¿Adónde vas a ir?
—Ni lo sé ni me importa. Basta con que sea lejos de aquí —respondió él,
guardando con precisos movimientos los calcetines doblados dentro de las botas.
—Haces el equipaje como un soldado.
—Tú qué sabes...
—Ah, en cierta ocasión fui amante de un tribuno militar. Vivía al ritmo
del tambor, ¿te imaginas? ¡Lo que hace una por amor cuando es joven! Le
adoraba. Y por eso le seguí a Hispania y a Asia —añadió con un suspiro.
—¿Y qué pasó después? —inquirió él, enrollando su segunda túnica de
mejor calidad en unas polainas de cuero.
—Le mataron en Macedonia, y yo volví a Roma. —El dolor le atenazaba el
corazón, pero no por su amante muerto, sino por Lucio Cornelio: un joven león
atrapado, destinado a algún sórdido circo. cPor qué se enamoraría una? Hacía
daño. Optó por forzar una sonrisa nada agradable
—. En su testamento me lo dejó todo a mí y me hizo rica. En aquella
época había grandes botines.
—Me sangra el corazón —dijo él, guardando sus navajas de afeitar en una
funda de lino y metiéndola en una alforja.
—Esta casa es asquerosa —dijo ella con una mueca—. ¡Cómo la odio! Todos
estamos amargados y descontentos. ¿Qué cosas agradables nos
decimos unos a otros? Muy pocas. Insultos y ofensas, rencores y
malevolencias. ¿Por qué estoy aquí?
—Querida, porque empiezas a deteriorarte —replicó él, abundando en sus
reflexiones sobre el pasado—. Ya no eres como cuando trotabas por Hispania y
por Asia.
—Y tú nos odias —replicó ella—. ¿Será ahí donde se origina este mal
ambiente? ¿En ti? Y cada vez están peor las cosas.
—De acuerdo. Por eso voy a marcharme una temporada —dijo él cerrando las
dos bolsas y levantándolas ágilmente—. Quiero ser libre. Quiero pasar un tiempo
en alguna ciudad del campo en que no conozcan mi maldita cara; comer y beber
hasta vomitar, dejar preñadas a una docena, enzarzarme en cincuenta peleas con
hombres de los que piensen que pueden vencerme con un brazo atado a la espalda,
hacerme a todos los niños bonitos que encuentre y dejarles el culo hecho cisco
—dijo con aviesa sonrisa—. Y luego, querida, te prometo que volveré mansamente
a casa para vivir contigo, el pegajoso y tía Cliti, y seremos felices.
Lo que no le dijo es que se llevaba a Metrobio; ni tampoco se lo diría
al viejo Scilax.
Ni tampoco dijo a nadie, ni siquiera a Metrobio, lo que se proponía.
Porque no se marchaba de vacaciones, sino en misión investigadora. Iba a
realizar indagaciones en el campo de la farmacología, la química y la botánica.
No regresó a Roma hasta finales de abril. Dejó a Metrobio en la elegante
casa de planta baja de Scilax, en la colina Celia, fuera de las murallas de
Servio, y después se dirigió a Vallis Camenarum a entregar el calesín y las
mulas que había alquilado allí, en unas caballerizas. Pagó la cuenta, se colgó
las alforjas del hombro izquierdo y se encaminó hacia Roma. No había llevado
ningún criado en aquel viaje; él y Metrobio se las habían arreglado con el
personal de los distintos albergues y posadas en que se habían alojado por toda
la geografía de la península.
Conforme caminaba por la Via Apia hacia el lugar en que la puerta Capena
interrumpe el paño de mampostería de veinte pies de altura de las murallas de
Roma, la ciudad le pareció muy atractiva; decía la leyenda que
las murallas Servianas las había levantado el rey Servio Tulio antes de
los tiempos de la república; pero, como la mayoría de los nobles, Sila sabía
que aquellas defensas datarían a lo sumo de trescientos años antes, cuando el
saqueo de Roma por los galos. Los galos habían llegado en nutridas hordas
procedentes de los Alpes, extendiéndose por el amplio valle del Po y avanzando
por el norte de la península en dirección este y oeste. Muchos se asentaron
sobre la marcha, sobre todo en Umbría y Piceno, pero los que siguieron la Via
Cassia cruzando Etruria se dirigieron expresamente a Roma y al llegar a ella
casi se la arrebataron a los romanos. Después de aquello se construyeron las
murallas Servianas, mientras los pueblos itálicos del valle del Po, toda la Umbría
y el norte de Piceno, se mezclaban en matrimonio con los galos, convirtiéndose
en mestizos despreciados. A partir de entonces, Roma no había vuelto a dejar
que sus murallas se deterioraran; había sido una dura lección, y el temor a los
bárbaros invasores seguía causando pavor en todos los romanos.
Aunque había algunas viviendas caras de alquiler en insulae, el paisaje
de la colina Celia era en su mayor parte bucólico hasta llegar a la puerta
Capena. En el Vallis Camenarum, que quedaba fuera de ella, no había más que
corrales, mataderos, naves de ahumados y prados para el pasto del ganado que
llegaba de toda la penínsuía a aquel gran mercado. Ya cruzando la puerta Capena
estaba la verdadera ciudad; no era aquella jungla atiborrada del Subura y el
Esquilino, pero se entraba ya en terreno urbano. Bordeó el Circo Máximo y subió
por la escalinata de Caco hasta el Germalus del Palatinó. De allí había un
corto trecho hasta la casa de Clitumna.
Una vez ante la puerta, respiró hondo y llamó con la aldaba. Las mujeres
le rodearon chillando. Era evidente que Nicopolis y Clitumna estaban encantadas
de verle; lloraban, gimoteaban y se le agarraron al cuello hasta que las
apartó; y después no dejaron de acosarle un solo instante.
—¿Dónde duermo yo ahora? —inquirió, negándose a entregar las alforjas al
criado.
—Conmigo —respondió Nicopolis, radiante, mirando a Clitumna, que, de
pronto, se mostraba abatida.
Al salir con Nicopolis al porche de columnas, mientras su madrastra se
quedaba en el vestíbulo retorciéndose las manos, Sila advirtió que la puerta de
la habitación estaba bien cerrada.
—Supongo que el pegajoso ya estará perfectamente instalado —dijo cuando
llegaron a las habitaciones.
—Mira —dijo ella, haciendo caso omiso de su pregunta, deseosa de mostrar
a Sila su nueva vivienda.
Le había dejado toda su espaciosa sala de estar y ella se había quedado
con un simple dormitorio y un cuarto mucho más pequeño. Sintió que su corazón
se llenaba de gratitud, y la miró un tanto entristecido; le gustaba fisicamente
más que nunca.
—¿Para mi? —inquirió.
—Para ti —contestó ella sonriendo.
—¿Y Stichus? —preguntó, tirando las alforjas en la cama, impaciente por
saber la mala noticia.
Claro que quería que la besara, que le hiciera el amor, pero le conocía
de sobra para saber que él no necesitaba desahogo sexual porque hubiese estado
apartado de las dos. El amor tendría que esperar; lanzó un suspiro y se limitó
al papel de informante.
—Stichus está perfectamente atrincherado —respondió, dirigiéndose a las
bolsas para vaciarlas.
Él la apartó con firmeza, dejó las bolsas en el suelo detrás de una arca
y
se sentó en su silla preferida, que estaba detrás de un escritorio
nuevo.
Nicopolis tomó asiento en la cama.
—Cuéntamelo todo —dijo.
—Pues sí, tenemos aquí a Stichus; duerme en el cuarto del señor de la
casa y utiliza el despacho, claro. En realidad ha sido mejor de lo que
esperábamos, en cierto sentido, porque tenerle todo el día encima es
insoportable, incluso para la propia Clitumna. Unos meses más, y seguro que lo
echa. Ha sido un acierto que te marchases, ¿sabes? —añadió, mullendo el montón
de almohadas con gesto ausente—. En aquel momento
no me lo pareció, lo confieso; pero tú tenias razón y la equivocada era
yo. Stichus entró en la casa como un general victorioso y tú no estabas para
hacerle sombra. ¡No sabes la que organizó! Tiró tus libros a la basura... No te
preocupes; los criados los recogieron. Y toda tu ropa y otros objetos. Como a
los criados tú les gustas y a él le odian, no se perdió ninguna de tus
pertenencias; lo tienes todo por ahí.
—Me alegro —dijo recorriendo con la vista las paredes y el bonito suelo
de mosaico—. Continúa.
—Clitumna estaba hecha una pena. No había podido pensar que fuera a
tirar tus cosas. En realidad, creo que no quería que él se viniera a vivir
aquí, pero como había dicho que sí, no podía volverse atrás; porque es de su
sangre, el hijo único de esa rama y todo eso. Clitumna no es muy lista, pero se
dio cuenta de que el único motivo por el que él le había pedido venirse a vivir
aquí era para que tu te largases. A Stichus le hacía falta, pero el que tú no
estuvieras aquí para ver que tiraba tus cosas le fastidió el placer que él
esperaba, porque no se produjo ningún enfrentamiento, ni hubo oposición; no
había nadie... Sólo la pasiva y malhumorada servidumbre, la llorona tía
Clitumna y yo... Bueno, yo hago como si no existiera.
La pequeña Biti entró sigilosamente con una bandeja de bollos,
empanadas, tortas y pasteles, la dejó en la esquina del escritorio, con una
tímida sonrisa dirigida a Sila, y miró a la correa de cuero que unía las dos
alforjas, que asomaba por detrás del arca. Y allá se dirigió para vaciarlas.
Sila se movió con tal rapidez, que Nicopolis no le vio apartar a la
muchacha. Estaba tranquilamente sentado en la silla y en un abrir y cerrar de
ojos se había levantado para apartar amablemente a la muchacha del arca. Le
sonrió, la pellizcó gentilmente en la mejilla y la hizo salir de la habitación.
Nicopolis se lo quedó mirando.
—¡Vaya, sí que te preocupan esas bolsas! dijo—. ¿Qué hay en ellas?
Pareces un perro defendiendo un hueso.
—Sírveme vino —dijo él, volviendo a sentarse y cogiendo una empanada de
carne.
Hizo lo que pedía, pero no estaba dispuesta a dejar la cosa así.
—Vamos, Lucio Cornelio, ¿qué hay en esas bolsas que no quieres que nadie
lo vea?
Ante él tenía una copa de vino puro.
Esbozó una sonrisa y alargó los brazos con exasperación.
HQué te piensas? ¡Me he pasado casi cuatro meses lejos de mis mujeres, y
confieso que no he estado pensando en vosotras todo el tiempo, pero sí que os
he recordado! Sobre todo cuando veía alguna cosilla que sabía que os podría
gustar a alguna de las dos.
A Nicopolis se le iluminó el rostro de satisfacción. Sila no era hombre
que hiciera regalos. De hecho, no recordaba una sola ocasión en que las hubiera
obsequiado, a ella o a Clitumna, con el más mínimo objeto, y conocía de sobra
la naturaleza humana para darse cuenta de que, más que prueba de pobreza, era
indicio de tacañería, porque el pobre regala aunque no tenga posibilidades.
—¡Oh, Lucio Cornelio! —exclamó radiante—. ¿De verdad? ¿Me lo enseñas?
—Cuando esté tranquilo y en su momento —respondió él. Giró la silla y
miró por la amplia ventana que tenía detrás—. ¿Qué hora es?
—No sé; será la hora octava. Pero aún no es hora de cenar.
Sila se puso en pie, fue hasta el arca y sacó las alforjas de detrás,
colgándoselas del hombro.
—Volveré antes de la hora de la cena —dijo.
Nicopolis, boquiabierta, le vio dirigirse a la puerta.
—¡Sila! ¡Eres el ser más irritante del mundo, te lo juro! Acabas de
llegar y ya te vas a no sé dónde. ¡No me extrañaría que fueses a ver a
Metrobio, ya que te fuiste con él de viaje...!
Sila se detuvo y sonrió, mirándola.
—Ah, ya. Scilax hizo una visita para quejarse, ¿no es eso?
—Y que lo digas. Llegó como una trágica en el papel de Antígona y se
marchó como un eunuco de comedia. ¡Si hubieras visto cómo imitaba Clitumna su
voz chillona! —y rió al recordarlo.
—Le está bien empleado a ese viejo puto. ¿Sabes que había impedido que
el muchacho aprendiese a leer y a escribir?
—¿No nos tienes confianza para dejarlas aquí? —inquirió ella, intrigada
de nuevo por las bolsas.
—No soy tonto —respondió él, saliendo del cuarto.
La curiosidad femenina. Era tonto por no haberlo previsto. Y allá se fue
con las bolsas hacia el Gran Mercado, donde durante la hora que siguió se
dedicó a gastarse los últimos denarios que le quedaban, el resto que había
pensado ahorrar para el futuro. ¡Las mujeres! ¡Unas puercas que se entrometen
en todo! ¿Cómo no lo había pensado?
Las alforjas pesaban con la carga de pañuelos y ajorcas, frívolas
chalinas orientales y chismes para el pelo; le abrió la puerta de casa de
Clitumna un criado, que le informó de que las señoras y el amo Stichus estaban
en el comedor y habían decidido esperar un momento antes de empezar.
—Diles que voy en seguida —dijo, dirigiéndose hacia la vivienda de
Nicopolis.
No parecía haber nadie a la vista, mas para mayor seguridad cerró las
contraventanas y echó el cerrojo a la puerta. Los regalos comprados
apresuradamente los amontonó en el escritorio, con algunos rollos de libros
nuevos. La bolsa de la izquierda no lá tocó y las primeras capas de ropa de la
derecha las echó en la cama. Luego extrajo del fondo dos pares de calcetines
enrollados y rebuscó hasta sacar dos frasquitos con tapón sellado con cera. A
continuación cogió una cajita corriente de madera que cabía perfectamente en la
mano y, como si fuera incapaz de resistir la tentación, abrió la ajustada tapa:
contenía un simple polvillo inerte amarillento. Volvió a cerrarla apretando
bien con los dedos y a continuación miró en derredor por el cuarto, con el
entrecejo fruncido. ¿Dónde?
Una fila de decrépitos relicarios en forma de templos ocupaban la
superficie de una mesa lateral alargada: restos de la casa de Cornelio Sila;
todo lo que había heredado de su padre y que éste no había podido vender para
procurarse vino. Cinco relicarios en forma de cubo de dos pies de arista; todos
con puertas pintadas flanqueadas por un porche de columnas, con un frontón
adornado con figuras de templo, y en el sencillo
entablamento debajo del frontón, un nombre masculino. Uno era el
antepasado del que descendían las siete ramas de la casa patricia de Cornelio;
otro un tal Publio Cornelio Rufino, cónsul y dictador más de doscientos años
atrás; otro, el hijo de éste, dos veces cónsul y una vez dictador durante las
guerras con los sannitas, y luego expulsado del Senado por atesorar plata; otro
era el primer Rufino con el nombre de Sila, sacerdote de Júpiter durante toda
su vida, y el último era su hijo, el pretor Publio Cornelio Sila Rufo, famoso
por ser el fundadór de los ludi Apollinares o juegos de Apolo.
Fue el relicario del primer Sila el que Lucio Cornelio abrió, con sumo
cuidado, porque la madera llevaba muchos años sin cuidar y estaba muy
deteriorada; otrora la pintura había sido vistosa y las pequeñas figuras en
relieve dejaban ver su trazo perfecto, pero ahora todo estaba desgastado y
astillado. Algún día encontraría dinero para restaurar aquellos recuerdos
ancestrales y tendría una casa con un atrium espléndido en el que los exhibiría
con orgullo. En cualquier caso, de momento le pareció adecuado esconder
aquellos dos frasquitos y la cajita con el polvo en el relicario de Sila, el
Flamen Dialis, el hombre más sagrado en la Roma de su tiempo, sacerdote del
templo de Júpiter Optimus Maximus.
Dentro del relicario había una máscara de tamaño natural con peluca y
exquisito naturalismo, por lo bien policromada que estaba. Miraban a Sila unos
ojos azules y no gris claro como los suyos; Rufino era de tez clara, pero no
tanto como la de su descendiente; el cabello, espeso y rizado, era rojo
zanahoria más que rojo dorado. Quedaba espacio a los lados de la máscara para
extraerla, pues estaba montada sobre un bloque en forma de cráneo, del que se
desprendía. La última ocasión en que la habían sacado había sido en el funeral
de su padre, que Sila había pagado en una serie de molestos encuentros con un
hombre que detestaba.
Cerró las puertas con sumo cuidado y luego tiró de la escalinata del
podio, que parecía lisa y sin fisuras pero que, igual que en un templo
auténtico, estaba hueca. Sila dio con el punto preciso y de los escalones
centrales surgió un cajoncito. No estaba destinado a ser escondrijo, sino como
receptáculo seguro para guardar la lista de las hazañas del finado, así
como una descrípción minuciosa de su estatura, modo de andar,
prestancia, hábitos físicos y marcas anatómicas relevantes. Cuando moría un
Cornelio Sila, se contrataba a un actor que portase la máscara e imitase lo más
perfectamente posible al antepasado, de modo que pareciese que había vuelto a
ver al último retoño de la noble casa salir de aquel mundo que él mismo antaño
había habitado.
El cajoncito guardaba, efectivamente, los documentos relativos a Publio
Cornelio Sila Rufino, el sacerdote; pero quedaba espacio suficiente para los
frasquitos y la caja. Sila los introdujo y tornó el cajoncito a su primitiva
posición, asegurándose de que el cierre quedaba camuflado. Su secreto estaría a
buen recaudo con Rufino.
Ya más tranquilo, abrió las contraventanas y descorrió el cerrojo de la
puerta. Luego recogió el montón de chucherías que había en el escritorio,
dirigiendo una sonrisa maliciosa a un rollo que eligió de entre los demás.
Naturalmente, Lucio Gavio Stichus ocupaba el puesto de invitado en el
extremo izquierdo de la camilla central; era uno de los pocos comedores en los
que las mujeres comían reclinadas en vez de sentadas en sillas rectas, ya que
ni Clitumna ni Nicopolis se regían por dogmas anticuados.
—Aquí tenéis, muchachas —dijo Sila, entregando el manojo de regalos a
sus dos adoradas, que seguían sus pasos en el comedor como dos girasoles. Había
elegido acertadamente: cosas que podían pasar por proceder de lugares fuera de
Roma, y prendas que ninguna mujer sentiría vergüenza de ponerse.
Pero antes de situarse hábilmente entre Clitumna y Nicopolis en la
primera camilla, dio una palmadita al rollo que llevaba y se lo entregó a
Stichus.
—Un regalito para ti, Stichus —dijo.
Mientras tomaba asiento entre las dos mujeres, que respondieron con
risitas y ronroneos, Stichus, sorprendido al verse obsequiado, desató las
cubiertas del libro y lo desplegó. Dos manchas rojas encendieron sus mejillas
llenas de acné y sus ojos protuberantes se clavaron en aquellos preciosos
dibujos coloreados de hombres con el pene erecto, que realizaban
unos con otros toda suerte de juegos atléticos. Con dedos temblorosos
enrolló el papiro y lo cerró, y a continuación tuvo que hacer acopio de valor
para mirar a su benefactor. Los temibles ojos de Sila despedían fuego por
encima de la cabeza de Clitumna, expresando su profundo desprecio.
—Gracias, Lucio Cornelio —dijo Stichus con un plañido.
—No hay de qué, Lucio Gavio —respondió Sila con voz ronca.
En aquel preciso momento llegó el primer plato o gustatio,
apresuradamente aumentado en honor a su regreso, sospechó Sila; ya que, aparte
de la normal ración de aceitunas, lechuga y huevos duros, incluía unas pequeñas
salchichas de faisán y trozos de atún en aceite. Sila comió con excelente
apetito, dirigiendo aviesas miradas a Stichus, que, solo en su camilla, veía a
su tía achucharse cuanto podía contra su adversario y a Nicopolis acariciarle
descaradamente la entrepierna.
—Bien, ¿y qué noticias hay en esta casa? —preguntó cuando retiraron el
primer plato.
—No gran cosa —respondió Nicopolis, más interesada por lo que estaba
manoseando.
—No la creo —dijo Sila, volviendo la cabeza hacia Clitumna, al tiempo
que le cogía la mano y comenzaba a besuquearle los dedos. Al ver el gesto de
disgusto de Stichus, comenzó a lamérselos voluptuosamente—. Dimelo tú, amor
—chupada—, porque me niego a creer —chupada— que no haya sucedido nada.
Felizmente en aquel momento llegó la fercula o plato principal; la
glotona Clitumna se soltó la mano bruscamente y se apoderó del cordero asado
con salsa de tomillo.
—Nuestros vecinos han estado muy atareados —dijo entre bocado y bocado—,
para compensar lo tranquilas que hemos estado nosotras desde que tú te fuiste
—suspiró—. La mujer de Tito Pomponio tuvo un niño en febrero.
—¡Por los dioses, otro futuro banquero aburrido y codicioso! — comentó
Sila—. Espero que Cecilia Pilia esté bien.
—¡Perfectamente! Ningún problema.
—¿Y por parte de los César? —inquirió, pensando en la deliciosa Julilla
y en la corona de hierba que le había dado.
—¡Ah, grandes noticias! —respondió Clitumna chupándose los dedos
—. Una boda por todo lo alto.
A Sila le dio un vuelco el corazón; fue como si le cayera una piedra a
plomo en el estómago, revolviéndole lo que había ingerido. Una sensación
sumamente extraña.
—¿Ah, sí? —dijo con displicencia.
—¡Ya lo creo! ¡La hija mayor
de César se ha casado nada menos que con Cayo Mario! Que asco, ¿no?
—Cayo Mario...
—¿Es que no le conoces? —inquirió Clitumna.
—Creo que no. Mario... Será un hombre nuevo.
—Exacto. Fue pretor hace cinco años, pero, naturalmente, nunca llegó al
Senado. Pero ha sido gobernador de la Hispania Ulterior, donde hizo una inmensa
fortuna. Minas y cosas parecidas —dijo Clitumna.
Por algún motivo, Sila recordó al hombre con semblante de águila en la
ceremonia inaugural de los nuevos cónsules, el que llevaba una toga bordada en
rojo.
—¿Qué aspecto tiene? —inquirió.
—Grotesco, querido. ¡Unas cejas enormes! Como orugas peludas — contestó
Clitumna, alargando la mano para coger los brécoles al vapor—. Y debe de tener
por lo menos treinta años más que Julia. Pobrecilla.
—¿Y qué tiene eso de extraño? —inquirió Stichus, pensando que le tocaba
decir algo—. En Roma, por lo menos la mitad de las casaderas matrimonian con
hombres que pueden ser sus padres.
—Yo no diría tanto como la mitad, Stichus —terció Nicopolis, frunciendo
el entrecejo—. Digamos que una cuarta parte.
—¡Repugnante! —replicó Stichus.
—¡Nada de repugnante! —replicó enérgicamente Nicopolis, irguiéndose para
mirarle furibunda—. Te diré una cosa, cara de pedo: en lo que atañe a una chica
joven, es preferible, y con mucho, un hombre mayor. ¡Al menos los hombres más
viejos saben ser más considerados y
razonables! Los peores amantes que he tenido eran todos menores de
veinticinco años. Los jóvenes se creen que lo saben todo, y no saben nada.
¡Paf. Como si te embistiera un toro, y se acabó cuando apenas ha empezado.
Como Stichus tenía veintitrés años se sintió ofendido.
—¡No me digas que tú te lo sabes todo! —exclamó sarcástico.
—Sé más que tú, cara de pedo —replicó ella, dirigiéndole una mirada
tajante.
—¡Vamos a pasarlo bien esta noche que ha vuelto nuestro querido Lucio
Cornelio! —exclamó Clitumna.
El querido Lucio Cornelio agarró inmediatamente a su madrastra y la
revolcó en la camilla, haciéndole cosquillas hasta obligarla a lanzar pavorosos
chillidos, y pataleó, con pataleo en el aire incluido. Nicopolis contraatacó
haciéndole cosquillas a él, y en la camilla se organizó un revoltijo.
Aquello era demasiado para Stichus. Aferrando su nuevo libro, se bajó de
su camilla y salió furioso del comedor, sin estar muy seguro de que hubiesen
advertido su partida. ¿Cómo iba a expulsar a aquel hombre? ¡Su tia estaba
entontecida! Ni siquiera mientras él había estado ausente había logrado
convencerla de que le echara. Lo único que había hecho era ponerse a llorar
porque sus dos queridos muchachos no se llevaban bien.
Aunque apenas había comido, Stichus no lo lamentaba porque en su
despacho tenía una buena provisión de comestibles: un tarro con sus estupendos
higos en almíbar, pastelitos de miel en una bandeja que el cocinero tenía orden
de mantener llena, mermeladas perfumadas que hacían la boca agua y que venían
de Partia, una caja de uvas gordas y jugosas, pasteles de miel y vino de miel.
Podía pasar sin cordero asado y brécoles. A él lo que le gustaba era el dulce.
Con la barbilla apoyada en la mano y una lámpara quintuple para disipar
las primeras sombras, Lucio Gavio Stichus masticaba higos en almíbar, mientras
ojeaba minuciosamente las ilustraciones del libro que Sila le había regalado,
leyendo los sucintos comentarios en griego. Naturalmente que el regalo era, por
parte de Sila, el modo de decirle que él no necesitaba
aquellos libros, porque lo había hecho todo, pero eso no anulaba su
interés. Stichus no era tan orgulloso. ¡Aaah! ¡Algo sucedía bajo su túnica
bordada! Y cambió la mano de la barbilla a la entrepierna, con furtiva
inocencia, innecesaria ante su único testigo: la jarra de higos en almíbar.
Respondiendo a un impulso que le mortificaba, Lucio Cornelio Sila caminó
a la mañana siguiente por el Palatino hacia el lugar del Palatium en que había
hablado con Julilla. Ya era primavera y las áreas de jardín aparecían llenas de
flores, narcisos y anémonas, jacintos, violetas y algunas rosas; los manzanos y
melocotoneros silvestres estaban en flor y lucían sus colores blanco y rosa, y
la piedra en que se había sentado en enero se hallaba ahora casi oculta por
abundantes hierbas altas.
Allí estaba Julilla con su sirvienta; parecía más delgada y más pálida.
Al verle, un salvaje destello de alegría brotó de sus ojos. ¡Preciosa! ¡Ah,
nunca había habido una mortal tan hermosa! Provocado por aquella visión, Sila
se detuvo, embargado por un temor próximo al pánico. Venus. Era Venus. Dueña de
la vida y la muerte. Porque, ¿qué era la vida sino el principio procreador, y
la muerte sino su extinción? Todo lo demás eran cosas superfluas que los fatuos
hombres inventaban para convencerse de que la vida y la muerte debían
significar algo más. Era Venus. ¿Le convertía eso a él en Marte, su igual en
divinidad, o era un simple Anquises, un hombre mortal a quien ella se entregaba
para divertirse en el espacio de un abrir y cerrar de ojos olímpico?
No, no era Marte. El destino le había dado una existencia de puro
adorno, e incluso de cachivache sin el menor valor. No podía ser más que
Anquises, el hombre cuya única fama residía en el hecho de que Venus le había
amado para divertirse. Temblando de rabia, dirigió a la muchacha su amarga
decepción y el veneno llenó sus venas, provocándole la imperiosa necesidad de
golpearla y transformarla de Venus en Julilla.
—Me dijeron que volvisteis ayer —dijo ella acercándosele.
—Has puesto espías, ¿no? —replicó él sin moverse del sitio.
—En nuestra calle no hace falta, Lucio Cornelio. Los criados se enteran
de todo —respondió ella.
—Bueno, espero que no pienses que he venido aquí a buscarte, porque no
es así. He venido aquí en busca de paz.
Le parecía imposible, pero su belleza se acrecentó. Mi dulce Julilla,
pensó. Irradiaba belleza, igual que Venus.
—¿Queréis decir que turbo vuestra paz? —inquirió ella, muy segura de si
misma para ser tan joven.
Él se echó a reír, fingiendo ligereza.
—¡Por los dioses, niña, aún tienes que crecer mucho! —dijo, volviendo a
reír—. He dicho que he venido aquí en busca de paz, lo cual significa que la he
encontrado, ¿no es así? Y, si razonamos lógicamente, llegamos a la conclusión
de que no turbas un ápice mi paz.
—¡Ni mucho menos! —replicó ella—. Simplemente significa que no
esperabais encontrarme aquí.
—Y eso y la indiferencia son una misma cosa —espetó él.
Era una pugna desigual, por supuesto, y la vio acobardarse, perder el
aura; una divinidad transformada en mortal. Contrajo el rostro, pero supo
contener las lágrimas; le miró perpleja, sin atinar a conciliar su aspecto
físico con las palabras que le dirigía y lo que le dictaba el corazón, que a
cada latido la decía que él había caído en sus redes.
—¡Os amo! —le dijo, como si eso lo explicase todo.
—¡Con quince años —replicó él con una carcajada—, qué sabrás del amor!
—¡Tengo dieciséis! —replicó ella.
—Mira, niña, ¡déjame en paz! —respondió Sila en tono cortante—. No sólo
eres una lata, sino que te estás convirtiendo en un estorbo.
Dicho lo cual le dio la espalda y se alejó sin volver la cabeza.
Julilla no se deshizo en lágrimas, aunque habría sido lo mejor, ya que
un buen llanto apasionado habrça podido convencerla de que estaba equivocada y
no tenía posibilidades de cazarlo. Pero lo que hizo fue dirigirse hacia donde
estaba su criada Krisis, simulando mirar al Circo Máximo, vacío.
—Me va a costar —dijo con la barbilla alta, igual que su orgullo—, pero
no importa, Krisis, tarde o temprano será mio.
—Me parece que no os quiere —comentó Krisis.
—¡Claro que me quiere! —replicó Julilla con desdén—. ¡Me quiere
desesperadamente!
Conociendo como conocía a Julilla, Krisis contuvo su lengua, y, en vez
de razonar con su ama, lanzó un suspiro.
—Como queráis —dijo, encogiéndose de hombros.
—Es lo que suelo hacer.
Caminaron hacia la casa, en medio de un extraño silencio, dado que eran
de la misma edad y se habían criado juntas. Pero al llegar al gran templo de la
Magna Mater, Julilla dijo con voz resuelta:
—No pienso comer.
—¿Y qué esperáis conseguir con eso? —inquirió Krisis. —En enero dijo que
estaba gorda. Y lo estoy. —¡Julilla, no lo estáis!
—Sí que lo estoy. Por eso no como dulces desde enero. Estoy un poco más
delgada, pero no lo bastante. Mira a Nicopolis: tiene unos brazos como
palitroques.
—¡Pero ella es vieja! —replicó Krisis—. Lo que a vos os favorece a ella
le perjudica. Además, vuestros padres se preocuparán si dejáis de comer...
Pensarán que estáis enferma.
—Bueno, así también lo pensará Lucio Cornelio —dijo Julilla—. Y se
preocupará mucho por mí.
Krisis no era capaz de rebatir aquel razonamiento, pues era poco
inteligente y nada sensible. Lo que hizo fue romper a llorar, lo que complació
enormemente a Julilla.
Cuatro días después del regreso de Sila a casa de Clitumna, Lucio Gavio
Stichus fue presa de un trastorno digestivo que le tuvo postrado. Clitumna,
asustada, llamó a media docena de los más reputados médicos del Palatino,
quienes diagnosticaron infección alimentaria.
—Vómitos, cólicos, diarrea... el cuadro habitual —dijo su portavoz, el
fisico romano Publio Popilio.
—¡Pero si él no ha comido nada distinto a nosotros! —adujo Clitumna, no
por eso muy tranquila—. En realidad, no come tan bien como nosotros, y eso es
lo que más me preocupaba.
—¡Ah, domina!, creo que os equivocáis —balbució el más entrometido de
todos, Atenodoro Siculo, un especialista famoso por su tesón investigador de
herencia griega, que había recorrido la casa, fisgando en todos los cuartos que
daban al atrium y los que rodeaban el jardín peristilo
—. ¿No ignoraréis que Lucio Gavio tiene una pastelería en su despacho?
—¡Bah! —replicó Clitumna—. Media pastelería. Unos cuantos higos y
dulces; nada más. En realidad, apenas los toca.
Los seis clínicos se miraron entre si.
—Domina, los come de día y de noche, según nos informa la servidumbre
—replicó Atenodoro, el griego de Sicilia—. Os sugiero que le convenzáis para
que prescinda de los dulces. Si comiese mejores alimentos, no sólo se paliarían
sus trastornos digestivos, sino que mejoraría su salud en general.
Lucio Gavio Stichus se estaba enterando de todo; tumbado en su lecho, en
extremo débil —por efecto de la fuerte purga— para protestar, miraba a uno y a
otro con sus ojos saltones conforme se desarrollaba la conversacion.
—Tiene granos y mal color de piel —dijo un griego de Atenas—. ¿Hace
ejercicio?
—No lo necesita —respondió Clitumna, con un primer atisbo de duda en su
contestación—. No para de andar de un lado para otro —por su negocio; os
aseguro que siempre está en danza.
—¿A qué os dedicáis, Lucio Gavio? —inquirió el físico hispano.
—Al tráfico de esclavos —contestó Stichus.
Como todos, salvo Publio Popilio, habían comenzado su existencia en Roma
como esclavos, sus ojos se tiñeron de una ictericia más intensa que la que
afectaba a Lucio Gavio y se apartaron de él, so pretexto de que se hacía tarde.
—Si quiere algo dulce, que se limite a tomar vino con miel —dijo Publio
Popilio—. Que ingiera alimentos sólidos durante un par de días más y cuando
vuelva a tener hambre dadle una dieta normal. Pero, digo normal,
domina! Judías, no dulces; ensaladas, no dulces. Colaciones frías, no
dulces.
El estado de Stichus mejoró durante la semana siguiente, pero nunca se
recuperó del todo. A pesar de que sólo ingería alimentos nutritivos y sólidos,
sufría accesos de náuseas, vómitos, dolores y disentería, no tan fuertes como
el ataque inicial, pero muy debilitantes. Y comenzó a perder peso de un modo
tan discreto, que nadie lo notaba.
A finales del verano se arrastraba ya con dificultad hasta su despacho
del Porticus Metelli, y eran ya cada vez más raros los días en que, tumbado en
un diván, podía disfrutar del sol. El estupendo libro ilustrado que Sila le
había regalado dejó de interesarle y la ingesta de cualquier tipo de alimento
se convirtió en un verdadero tormento. Sólo toleraba el vino con miel, y a
veces ni eso.
En septiembre le habían visitado todos los médicos de Roma y los
diagnósticos eran tan numerosos como variados; por no hablar de los
tratamientos, sobre todo cuando Clitumna comenzó a recurrir a curanderos.
—Que coma lo que quiera —decía un médico.
—Que no coma nada y que pase hambre —afirmaba otro.
—Que coma sólo judías —aconsejaba un físico de la tendencia persuasiva
pitagórica.
—Consolaos —aseveró el entrometido médico griego Atenodoro Siculo —, sea
lo que sea, no es contagioso. No obstante, tened la prevención de que los que
tengan contacto fisico con él o retiran su orinal, se laven bien las manos a
continuación y no se acerquen a los alimentos en la cocina.
Dos días después, Lucio Gavio moría. Abatida por el dolor, Clitumna
abandonó Roma inmediatamente después del funeral, rogando a Sila y a Nicopolis
que la acompañasen a Circei, en donde tenía una villa. Pero, aunque Sila la
acompañó hasta las playas de Campania, ni él ni Nicopolis quisieron irse de
Roma.
Al regresar de Circei, Sila besó a Nicopolis y abandonó el dormitorio
que le había cedido.
—Voy a volver a ocupar el despacho y mi antiguo cubículo —dijo—. Al fin
y al cabo, ahora que el pegajoso ha muerto, soy lo más parecido a un
hijo para ella. —Estaba metiendo los rollos con lujuriosas ilustraciones
en un cubo para quemarlos, cuando hizo una mueca de asco y levantó una mano
hacia Nicopolis, que le miraba desde la puerta—. ¡Mira esto! ¡No hay una sola
pulgada de este cuarto que no pringue!
La garrafa de vino con miel estaba sobre un anillo pringoso en la
preciosa consola de madera de cedro. Sila la levantó y miró enfurecido la marca
indeleble que había dejado en las armoniosas vetas espirales de la madera y
masculló entre dientes.
—¡Qué asco! ¡Adiós, pegajoso!
Tras lo cual arrojó la garrafa por la ventana al porche del jardín. Pero
se le fue la mano y aterrizó contra el pedestal de su grupo escultórico
preferido: Apolo persiguiendo a Dafne. Una enorme estrella de vino pegajoso
mojó la piedra lisa y comenzó a chorrear hasta el suelo. Nicopolis se llegó
corriendo a la ventana y se echó a reír.
—Tienes razón —dijo—. ¡Era un asqueroso!
A continuación mandó a la criadita Biti que limpiase el pedestal de la
estatua con un paño y agua.
Nadie advirtió los restos de polvo blanco adheridos al mármol, porque
también era blanco, y con el agua desapareció.
—Me alegro de que no acertaras en la estatua —dijo Nicopolis, sentándose
en las rodillas de Sila, mientras ambos miraban cómo Biti fregaba el pedestal.
—Yo lo lamento —replicó Sila; pero parecía muy contento.
—¿Lo lamentas? ¡Lucio Cornelio, habrías estropeado la pintura! Menos mal
que el pedestal es de mármol blanco.
—¡Bah! —replicó él, enseñando los dientes—. ¿Por qué tendré que estar
constantemente rodeado de tontos? —añadió, apeando a Nicopolis del asiento.
No había quedado ninguna mancha; Biti retorció el trapo y vació el cubo
en los pensamientos.
—¡Biti! —gritó Sila—. Lávate las manos, y lávatelas bien. No sabemos de
qué ha muerto Stichus, y sí que le gustaba mucho el vino con miel. ¡Vamos,
muévete!
Radiante porque él había advertido su presencia, Biti desapareció de
escena.
* * *
—Hoy he conocido a un joven de lo más interesante —dijo Cayo Mario a
Publio Rutilio Rufo.
Estaban sentados en el pórtico del templo de Tellus en el Carinae, que
se hallaba cerca de la casa de Rutilio Rufo y en el que áquel día ventoso de
otoño se tomaba bien el sol.
—Aquí da más sol que en mi peristilo —había comentado Rutilio Rufo,
conduciendo a su visita hacia un banco de madera de aspecto destartalado que
había en el recinto del espacioso templo—. En estos tiempos nuestros dioses
están muy abandonados, sobre todo mi querida vecina Tellus. Todos se dedican a
adorar y limpiar a la Magna Mater asiática y olvidan que la mejor protección
para Roma es su propia diosa de la tierra.
Fue precisamente para evitar la triste homilía sobre la diosa más
sombría, misteriosa y antigua de Roma que Cayo Mario había mencionado su
encuentro con aquel interesante joven. Y el comentario surtió efecto,
naturalmente, porque Rutilio Rufo no era inmune a la gente interesante, de la
edad o sexo que fuera.
—¿Y quién era? —inquirió, ya sentado, alzando su morro de viejo zorro al
sol, con los ojos placenteramente cerrados.
—El joven Marco Livio Druso, que debe de tener unos diecisiete o
dieciocho años.
—¿Mi sobrino Druso?
—¿Ah, sí? —replicó Mario, volviendo la cabeza para mirarle.
—Debe de serlo, si se trata del hijo de Marco Livio Druso, que celebró
el triunfo el pasado enero y va a presentarse a las elecciones de censor el año
que viene —respondió Rutilio Rufo.
—¡Oh, qué embarazoso! —dijo Mario riendo y moviendo la cabeza—. ¿Por qué
nunca recordaré esas cosas?
—Probablemente —replicó Rutilio Rufo secamente— porque mi esposa Livia,
quien, para refrescar tu bucólica memoria, era hermana del padre del
interesante joven, lleva muchos años muerta, nunca salía y nunca cenaba conmigo
cuando yo daba fiestas. Desgraciadamente, los Livios Drusos tienen tendencia a
quebrantar el espíritu de sus mujeres. Una mujercita adorable, mi esposa. Me
dio dos buenos hijos y jamás un disgusto. La adoraba.
—Lo sé —dijo Mario, molesto por haber sido aleccionado de aquel modo.
¿Es que no aprendería nunca? Por muy viejo amigo que fuese Rutilio Rufo, no
recordaba haber conocido a su mujer—. Deberías volver a casarte —dijo,
partidario como era aquellos días del matrimonio.
—¿Para qué, para no llamar la atención? No, gracias. Suficiente desahogo
a mis pasiones encuentro escribiendo cartas —dijo abriendo uno de sus ojos
azules y mirando a Mario—. Bien, ¿qué te pareció tan interesante en mi sobrino
Druso?
—Esta última semana me han abordado diversos aliados itálicos, de
distintos pueblos, quejándose amargamente de que Roma emplea desastrosamente
sus levas militares —respondió Mario pausadamente—. En mi opinión, se quejan
con razón. Hace más de una década que casi todos los cónsules desperdician la
vida de sus soldados... y con la misma despreocupación que si fuesen estorninos
o gorriones. Y los primeros en perecer son las tropas de aliados itálicos,
porque se ha convertido en costumbre utilizarlas en cabeza de las tropas
romanas en cualquier situación en que las vidas de éstas corran peligro. Es
raro el cónsul que sepa comprender que los soldados de los aliados itálicos son
tropas propiedad de los pueblos que las pagan y no de Roma.
Rutilio Rufo nunca hacía objeciones a una argumentación indirecta, y
conocía demasiado bien a Mario para pensar que lo que estaba diciendo no
guardara relación con su sobrino Druso. Por ello respondió complacido a la
aparente digresión.
—Los aliados itálicos se pusieron bajo la protección militar de Roma
para unificar la defensa de la península —dijo—, y a cambio de aportar sus
soldados se les concedió la categoría especial de aliados, recibiendo muchos
beneficios, uno de ellos, y no poco importante, el de la integración de
los pueblos de la península. Dan sus tropas a Roma para que todos luchemos por
una causa común. De otro modo, aún estarían guerreando entre sí, perdiendo en
ello, sin duda, más hombres de los que pueda haber perdido un cónsul.
—Eso es discutible —replicó Mario—. Podían haberse unido, formando una
nación itálica.
—Eso se ha logrado con la alianza con Roma, hace ya dos o tres siglos,
mi querido Cayo Mario; no sé a dónde quieres ir a parar —comentó Rutilio.
—Los delegados que han venido a verme sostienen que Roma utiliza a sus
tropas para luchar en guerras extranjeras que en nada benefician al común de
Italia —replicó Mario pacientemente—. El señuelo que agitamos ante los pueblos
itálicos fue la concesión de la ciudadanía romana. Pero hace casi ochenta años
que todos los pueblos itálicos o latinos tienen la ciudadanía, como sabes. Tuvo
que darse la revuelta de Fregelles para que el Senado concediera los derechos a
los pueblos latinos!
—Simplificas en exceso —replicó Rutilio Rufo—. A los aliados itálicos no
les prometimos emancipación total, sino una ciudadanía gradual a cambio de su
firme lealtad. Derechos latinos en primer lugar.
—Los derechos latinos significan bien poco, Publio Rutilio. A lo sumo,
una burda ciudadanía de segunda clase que no da derecho a votar en las
elecciones de Roma.
—Bien, sí; pero tienes que admitir que en los quince años transcurridos
desde la revuelta de Fregelles han mejorado las cosas para los que adquirieron
derechos latinos —replicó Rutilio Rufo, tenaz—. Todo el que desempeña una
magistratura en una ciudad con derechos latinos adquiere automáticamente la
ciudadanía romana para él y su familia.
—Lo sé, lo sé, y eso significa que ahora hay un notable contingente de
ciudadanos romanos en cada ciudad con derechos latinos... Sí, un contingente en
alza! Aparte de que la ley provee a Roma con nuevos ciudadanos de lo más
idóneo, hombres con propiedades y gran influencia local, hombres en quienes se
puede confiar que voten correctamente en Roma —espetó Mario.
—¿Y qué hay de malo en eso? —insistió Rutilio Rufo enarcando las cejas.
—¿Sabes, Publio Rutilio, que por liberal y progresista que seas en
muchos aspectos, de corazón eres un noble romano tan inaguantable como Cneo
Domicio Ahenobarbo? —replicó Mario, malhumorado—. ¿Acaso no ves que Roma e
Italia forman un todo unidas?
—No es cierto —respondió Rutilio Rufo, comenzando a perder la
continencia—. ¡Vamos, Cayo Mario! ¿Cómo puedes propugnar, sentado
tranquílamente, dentro de los muros de Roma, la igualdad política entre romanos
e itálicos? ¡Roma no es Italia! ¡Roma no ha llegado a ser por casualidad la
primera ciudad del orbe, ni lo ha hecho con tropas itálicas! Roma es distinta.
—Roma es superior, quieres decir —añadió Mario.
—¡Sí! —respondió Rutilio Rufo, envanecido—. Roma es Roma. Roma es
superior.
—¿Y no se te ha ocurrido nunca, Publio Rutilio, que si Roma admitiese
dentro de su hegemonía a toda Italia, incluida la Galia itálica y el valle del
Po, se vería engrandecida?
—¡Bobadas! Roma dejaría de ser Roma —replicó Rutilio.
—Y, lógicamente, Roma sería menos...
—Desde luego.
—Pero la situación actual es una farsa —insistió Mario—. ¡Italia es un
revoltijo! Tiene regiones con plena ciudadanía, regiones con derechos latinos,
regiones con la simple condición de aliadas... Lugares como Alba Fucentia y
Aesernia con derechos latinos, totalmente rodeadas de marsos y samnitas
itálicos, colonias con ciudadanía implantadas en medio de los galos del Po...
¿Cómo puede así existir un auténtico sentimiento de unidad, de identificación
con Roma?
—Sembrar colonias romanas y latinas entre los pueblos itálicos sirve
para mantenerlos enjaezados a nosotros —respondió Rutilio Rufo—. Los que gozan
de plena ciudadanía o de los derechos latinos no nos traicionarán. No les
traería cuenta traicionarnos, previendo las consecuencias.
—Te refieres a la guerra con Roma —dijo Mario.
—Bueno, no quiero decir tanto —replicó Rutilio Rufo—. Antes que nada
implicaría una pérdida de privilegios que las comunidades romanas y latinas no
podrían soportar. Y no hablemos ya de la pérdida de valía y posición social.
—Todo se reduce a la dignítas —dijo Mario.
—Exactamente.
—¿Así que crees que los hombres influyentes de esos núcleos romanos y
latinos servirán de impedimento para que los pueblos itálicos piensen en
aliarse contra Roma?
Rutilio Rufo hizo un gesto de perplejidad.
—Cayo Mario, ¿por qué adoptas esa postura? ¡No eres Cayo Graco ni ningún
reformista!
Mario se puso en pie y comenzó a pasear por delante del banco y luego se
volvió para dirigir sus fieros ojos, bajo sus no menos fieras cejas, hacia el
menudo Rutilio, agazapado y a la defensiva.
—Tienes razón, Publio Rutilio, no soy reformista, y sería risible
vincular mi nombre al de Cayo Graco. Pero soy hombre práctico y poseo una
inteligencia más que regular, de lo cual me enorgullezco. Además, no soy un
romano descendiente de romanos, como se esfuerzan por señalarme todos los que
lo son. Bien, quizá mi origen rural me confiera una especie de distanciamiento
del que los romanos descendientes de romanos son incapaces. Y veo el peligro de
ese revoltijo itálico. ¡Lo veo, Publio Rutilio, lo veo! Escuché hace unos días
lo que manifestaban los aliados itálicos, y barrunté que iban a soplar nuevos
vientos. Y, por el bien de Roma, espero que nuestros cónsules en años venideros
sean más prudentes en el empleo de las tropas itálicas que los de estos diez
últimos años.
—Y yo también, aunque por distintos motivos —dijo Rutilio Rufo—. El don
de mando mal empleado es un crimen, sobre todo cuando redunda en la pérdida de
vidas de la tropa, sea romana o itálica —irritado, alzó la vista hacia Mario—.
¡Siéntate, te lo rúego! Me duele el cuello.
Mario se sentó a regañadientes y estiró las piernas.
—Estás consiguiendo clientes entre los itálicos —dijo Rutilio Rufo.
—Cierto —contestó Mario, mirando su anillo de senador, de oro en vez de
hierro, pues sólo las familias senatoriales más antiguas mantenían la tradición
de hacerlo en hierro—. Pero no soy el único, Publio Rutilio. Cneo Domicio
Ahenobarbo ha enrolado a ciudades enteras como clientes por el simple
expediente de asegurarles reducción de impuestos.
—O incluso la exención, tengo entendido.
—Efectivamente. ¿Y no está Marco Emilio Escauro detrás de la captación
de clientes entre los itálicos del Norte? —dijo Mario.
—Sí, pero no me negarás que es menos fiero que Cneo Domicio — objetó
Rutilio, que era partidario de Escauro—. Al menos hace obras importantes en las
ciudades de sus clientes, deseca marismas y construye nuevos edificios
públicos.
—Lo admito, pero no olvides que los Cecilios Metelos en Etruria no
paran.
Rutilio Rufo lanzó un prolongado suspiro de impaciencia.
—Cayo Mario, ¡ojalá supiera por qué tardas tantísimo en decir lo que
tienes que decirme!
—Ni yo mismo lo sé muy bien —replicó Mario—. Unicamente que noto un mar
de fondo en el clan de las familias notables, un nuevo sentimiento de la
importancia de los aliados itálicos. No creo que sean conscientes de que esa
importancia pueda constituir un peligro para Roma, y sólo actúan por instinto,
sin entenderlo. ¿Será que barruntan algo...?
—Tú sí que barruntas algo —dijo Rutilio Rufo—. Bien, eres un hombre muy
sagaz, Cayo Mario. Y por mucho que te haya contrariado, también he tomado buena
nota de lo que me has dicho. A primera vista, un cliente es poca cosa. Su
patrón puede ayudarle mucho más de lo que él puede ayudar al patrón, salvo en
el caso de elecciones o de un desastre. En lo único que quizá pueda servirle es
negándose a actuar en contra de sus intereses. Los instintos son importantes;
estoy de acuerdo. Son como luces que iluminan zonas de hechos ocultos, muchas
veces antes que la propia lógica. Así que, tal vez tengas razón en cuanto a lo
del mar de fondo. Y quién sabe si alistar a todos los aliados itálicos a título
de clientes de una gran familia romana
no es el
medio para contrarrestar
ese peligro que
dices se cierne.
Sinceramente, no lo sé.
—Ni yo —dijo Mario—. Pero estoy alistando clientes.
—Y te vas por las ramas —añadió Rutilio Rufo, sonriendo—. Si no recuerdo
mal, empezamos hablando de mi sobrino Druso.
Mario dobló las piernas y se puso en pie tan súbitamente, que Rutilio
Rufo, que había vuelto a cerrar los ojos, se llevó un sobresalto.
—¡Ya lo creo! Ven, Publio Rutilio; no lleguemos tarde a que veas un
ejemplo del nuevo sentimiento hacia los aliados itálicos que hay entre las
familias notables.
—¡Voy, voy! —dijo Rutilio, poniéndose en pie—. Pero ¿adónde?
—Al Foro, por supuesto —respondió Mario, iniciando el descenso de la
rampa del templo hacia la calle—. Ahora mismo se está celebrando un juicio, y
espero que lleguemos antes de que concluya —añadió mientras caminaban.
—Me sorprende que lo supieras —dijo secamente Rutilio Rufo, dado que
Mario no era muy dado a preocuparse por los juicios del Foro.
—Y a mí me sorprende que no hayas asistido a él ninguno de estos días
—replicó Mario—. Al fin y al cabo, es el estreno de tu sobrino como abogado.
—¡No! —dijo Rutilio Rufo—. Se estrenó hace meses, como acusador del jefe
de los tribunos del Erario por apropiarse de unos fondos que habían
desaparecido misteriosamente.
—¡Ah! —exclamó Mario apretando el paso—. Ahora se explica la ausencia
que yo te reprochaba. Sin embargo, Publio Rutilio, deberías seguir más de cerca
la carrera del joven Druso. Si lo hubieras hecho, habrías entendido mejor mis
comentarios sobre los aliados itálicos.
—Ponme al corriente —dijo Rutilio Rufo, que comenzaba a acusar la
caminata. Mario siempre olvidaba que tenía las piernas más largas.
—Me llamó la atención porque oí una voz excelente declamar en latín
excepcional. Un nuevo orador, pensé, y me detuve a ver quién era. ¡Nada menos
que tu sobrino Druso! Aunque no sabía de quién se trataba hasta que
no lo pregunté, y aún me duele no haber relacionado su apellido con tu
familia.
—¿A quién acusa esta vez? —inquirió Rutilio Rufo.
—Eso es lo interesante; en esta ocasión no hace de acusador — respondió
Mario—, sino de defensor. ¡Y, además, ante el pretor de extranjeros! Es un caso
importante, con jurado y todo.
—¿Por homicidio de un ciudadano romano?
—No. Por bancarrota.
—No es nada frecuente —comentó Rutilio, jadeante.
—Tengo entendido que se trata de un juicio ejemplar —dijo Mario sin
aminorar el paso—. El demandante es el banquero Cayo Opio, y el demandado un
hombre de negocios marso de Marruvio llamado Lucio Frauco. Según el que me lo
ha contado, que es un observador jurídico profesional, Opio tiene un exceso de
deudores en sus cuentas de clientes itálicos y pensó que había llegado el
momento de hacer un juicio ejemplar con uno de ellos en Roma. Lo que pretende
es asustar al resto de los banqueros para mantener lo que me imagino son
intereses exorbitantes.
—El interés está establecido en un diez por ciento —dijo Rutilio Rufo
indignado.
—...Si eres romano —replicó Mario—, y, preferiblemente, romano de la
clase alta.
—Sigue así, Cayo Mario, y acabarás como los hermanos Graco...
muerto.
—¡Tonterías!
—Yo... preferiría irme a casa —dijo Rutilio Rufo.
—Te estás volviendo un flojo —dijo Mario, mirándole por encima del
hombro, unos pasos detrás de él—. Una buena campaña te vendría bien, Publio
Rutilio.
—Un buen descanso sí que me vendría bien —replicó Rutilio aminorando el
paso—. No sé a cuento de qué hacemos esto.
—Por un motivo: porque cuando dejé el Foro, a tu sobrino le quedaban dos
horas y media para hacer la defensa del caso —respondió Mario—. Es uno de esos
juicios experimentales, relacionados con el cambio de
procedimientos jurídicos. Se escucha primero a los testigos, luego se
conceden dos horas a la acusación para que exponga sus conclusiones y tres
horas a la defensa; después, el pretor de extranjeros pide al jurado el
veredicto.
—Pues no sé qué hay de malo en el procedimiento antiguo —replicó
Rutilio.
—No sé, pero creo que el procedimiento nuevo hace más interesante el
juicio para los observadores —dijo Mario.
Bajaban ya la cuesta del Clivus Sacer, aproximándose al bajo Foro; el
público ante el tribunal del pretor de extranjeros no había cambiado de sitio
durante la ausencia de Mario.
—Estupendo. Llegamos a tiempo para la peroración —comentó Mario. Marco
Livio Druso hacía aún uso de la palabra y el público le
escuchaba en medio de un respetuoso silencio. Se advertía sin lugar a
dudas que no llegaba, con mucho, a los veinte años; pero el novel abogado era
alto y fornido, de pelo negro y piel atezada. No era un letrado capaz de
ganarse a la audiencia por su físico, aunque tenía una cara agradable.
—¿No es sorprendente? —susurró Mario a Rutilio—. Tiene el don de dar la
impresión de que te está hablando a ti solo y a nadie mas.
Y era cierto. Incluso desde tan lejos —pues Mario y Rutilio estaban
detrás de una gran multitud— sus negros ojos parecían mirarlos a ellos, y a
ellos solos.
—En ningún sitio está escrito que por el hecho de que un hombre sea
romano tenga taxativamente el derecho de su parte —decía el joven—. No hablo en
nombre de Lucio Frauco, el acusado, ¡hablo en nombre de Roma! ¡Hablo en nombre
del honor! ¡Hablo en nombre de la integridad! ¡Hablo en nombre de la justicia!
No la clase de justicia de pacotilla que interpreta una ley en su sentido más
literal, sino de la justicia que interpreta la ley en su sentido más lógico. La
ley no debe ser una pesada y enorme losa que cae sobre el hombre,
convirtiéndole en algo uniforme, porque los hombres no son uniformes. La ley
debe ser una suave sábana que caiga sobre el individuo y bajo su amparo
igualitario muestre la peculiaridad del mismo. No debemos olvidar que nosotros,
ciudadanos de Roma, somos ejemplo
para el resto del mundo, y en particular por nuestras leyes y nuestros
tribunales. ¿Se ha visto nunca semejante meticulosidad en otra parte?
¿Semejante preparación? ¿Semejante clarividencia? ¿Semejante cuidado?
¿Semejante prudencia? ¿No lo admiten hasta los griegos de Atenas? ¿Los de
Alejandría? ¿Los de Pérgamo?
Su dominio de la retórica era excepcional, pese al grave inconveniente
de la estatura y el físico, que no se acomodaban a la toga. Porque para llevar
la toga de modo magistral, un hombre debía ser alto, ancho de hombros y
estrecho de caderas y dotado de airosos movimientos. Y Marco Livio Druso tenía
todo eso en contra suya. Pero hacía maravillas con su cuerpo, desde el más
mínimo ademán con el dedo hasta el más amplio movimiento del antebrazo. Eran
soberbios sus movimientos de cabeza, las expresiones del rostro, el cambio de
paso.
—Lucio Frauco, un itálico de Marruvio —siguió diciendo—, es la última
víctima, y no el culpable. Nadie, incluido Lucio Frauco, niega el hecho de que
falte esa gran suma de dinero entregada por Cayo Opio. Ni se cuestiona que esa
gran suma de dinero deba ser reintegrada a Cayo Opio, junto con los intereses
habidos por el préstamo. De una forma u otra, será reembolsada. Si hace falta,
Lucio Frauco está dispuesto a vender sus casas, sus tierras, sus inversiones,
sus esclavos, sus muebles... ¡todo lo que posee! ¡Bienes de sobra para
conformar la restitución!
Se llegó a la primera fila del jurado, mirando a los de las filas del
centro.
—Habéis escuchado a los testigos. Habéis escuchado a mi docto colega el
acusador. Lucio Frauco fue el prestatario. Pero no un ladrón. Por consiguiente,
afirmo que Lucio Frauco es la verdadera víctima de este fraude, no Cayo Opio,
su banquero. Si condenáis a Lucio Frauco, miembros del jurado, le sometéis al
pleno castigo de la ley que se aplica a quien no es ciudadano de nuestra gran
ciudad, ni poseedor de los derechos latinos. Todas las propiedades de Lucio
Frauco serán puestas a la venta, y ya sabéis lo que eso significa. No
alcanzarán ni con mucho su valor real e incluso puede que no lleguen ni para
restituir la suma en cuestión. —Esto último lo dijo con una elocuente mirada
hacia las filas laterales, en las que se hallaba
sentado en una silla plegable el banquero Cayo Opio, flanqueado por una
cohorte de funcionarios y contables—. ¡Bien! ¡Ni con mucho su valor real! Tras
lo cual, miembros del jurado, Lucio Frauco será vendido a cuenta de su deuda
hasta que cubra la diferencia entre la suma demandada y la suma obtenida por la
venta forzosa de sus propiedades. Bien; puede que Lucio Frauco haya sido poco
acertado en la elección de sus administradores, pero en el desenvolvimiento de
sus negocios, Lucio Frauco es muy dispuesto y obtiene buenos resultados. Pero
¿cómo podrá pagar su deuda si, privado y desposeído de sus propiedades, se le
vende como esclavo? ¿Le serviría acaso a Cayo Opio de escribano?
En ese momento el joven abogado concentraba toda su energía y tesón en
el banquero romano, un cincuentón de aspecto pacífico, que parecía arrobado por
su perorata.
—Para quien no es ciudadano romano, ser convicto de un cargo delictivo
significa antes que nada ser azotado. No castigado con la vara, como los
ciudadanos romanos, que sufren algo, aunque sobre todo en su dignidad. ¡No! ¡A
él se le azota! Se le golpea a diestro y siniestro con el látigo de púas hasta
que no le quede piel ni músculos y quede tullido para el resto de sus días, con
cicatrices peores que las de los esclavos de las minas.
A Mario se le erizaron los pelos de la nuca; porque habría jurado que
aquel joven le miraba directamente a él, que era uno de los propietarios más
importantes de minas, o la vista le jugaba una mala pasada. Pero ¿cómo habría
podido el joven Druso distinguir a una persona que había llegado tarde, detrás
de toda aquella multitud?
—¡Somos romanos! —exclamaba el joven—. Italia y sus ciudadanos están
bajo nuestra protección. ¿Vamos a comportarnos como propietarios de minas con
los que miran hacia nosotros como ejemplo? ¿Vamos a condenar a un hombre
inocente por un tecnicismo, por el simple hecho de que sea suya la firma del
documento de préstamo? Vamos a ignorar el hecho de que está dispuesto a llevar
a cabo la total restitución? ¿Es que vamos a concederle menos justicia que a un
ciudadano de Roma? ¿Vamos a azotar a un hombre que antes bien merecería llevar
un gorro de zopenco por su necedad al confiar en un ladrón? ¿Vamos a hacer
viuda a una esposa?
¿Dejar a unos niños huérfanos de su querido padre? ¡Claro que no,
miembros del jurado! Somos romanos: ¡el mejor linaje humano!
Con un revuelo de la lana blanca de su toga, el orador dio media vuelta
y se apartó del banquero, creando un instante de atención en el que todos los
ojos se apartaron del querellante para seguirle a él; todos los ojos, menos los
de algunos miembros del jurado en la primera fila, de aspecto no muy distinto a
los cincuenta y un miembros que lo componían. Y los ojos de Cayo Mario y Publio
Rutilio Rufo. Un miembro del jurado miraba impasible a Opio, moviendo el dedo
índice por la parte baja de la garganta, como si se rascase. La respuesta no se
hizo esperar: el banquero meneó casi imperceptiblemente su gruesa cabeza. Cayo
Mario comenzó a sonreír.
—Gracias, praetor peregrinus —dijo el joven haciendo una reverencia al
pretor de extranjeros, ya en actitud rígida y tímida, desposeído del espíritu
que había animado su peroración.
—Gracias, Marco Livio —contestó el pretor, dirigiendo una mirada al
jurado—. Ciudadanos de Roma, servíos inscribir vuestras tablillas y presentad
el veredicto al tribunal.
En el tribunal se produjo un movimiento generalizado, mientras los
jurados sacaban unos cuadraditos de cerámica blanca y lapiceros de carbón. Pero
no escribieron nada, sino que permanecieron mirando a la nuca de los que
ocupaban la primera fila. El que había dirigido la seña al banquero cogió el
lápiz y trazó una letra en la tablilla de cerámica y a continuación bostezó
aparatosamente, estirando los brazos por encima de su cabeza, con la tablilla
en la mano izquierda y los numerosos pliegues de la toga cayéndole sobre el
hombro del brazo que sostenía la tablilla en el aire. El resto de los jurados
escribió apresuradamente el veredicto y entregó las tablillas a los lictores
que recorrían las filas.
El pretor de extranjeros procedió personalmente al recuento, mientras el
público esperaba conteniendo la respiración; fue repasando tablilla por
tablilla y arrojándolas a uno de los dos cestos que tenía delante: casi todas
en uno y unas cuantas en el otro. Cuando acabó con las cincuenta y una, alzó la
vista.
—Absolvo —dijo—. Cuarenta y tres a favor y ocho en contra. Lucio Frauco
de Marruvio, ciudadano marso de nuestros aliados itálicos, este tribunal os
absuelve, con la sola condición de que efectuéis la total restitución como
habéis prometido. Podéis acordar los términos con Cayo Opio antes de que
concluya el día.
Eso fue todo. Mario y Rutilio Rufo aguardaron a que la multitud acabase
de dar la enhorabuena al joven Marco Livio Druso, hasta que sólo quedaron
rodeando al abogado sus entusiasmados amigos. Pero cuando el hombre alto de
fieras cejas y el hombre bajo, que todos sabían era el tío de Druso, se
aproximaron al grupo, éste se abrió respetuosamente.
—Enhorabuena, Marco Livio —dijo Mario, dándole la mano.
—Gracias a vos, Cayo Mario.
—Has estado muy bien —dijo Rutilio Rufo.
Se volvieron hacia el extremo de la Velia del Foro y comenzaron a andar.
Rutilio Rufo dejó que hablaran Mario y Druso, complacido de ver que su
joven sobrino tenía tan excelentes dotes de abogado, pero muy consciente de las
desventajas por su flemática actitud. El joven Druso, pensaba su tío Publio,
era más bien un cachorro sin sentido del humor, brillante pero curiosamente
pelmazo, que nunca tendría esa claridad de juicio capaz de discernir la
modalidad de las cosas grotescas que se avecinaban y que, conforme fuese
madurando, iría cosechando muchos pesares. Serio, tenaz, ambicioso, incapaz de
desistir ante cualquier problema que se le presentara, sí, pero, pese a todo
—se dijo el tío Publio para sus adentros—, no dejaba de ser un honorable
cachorro.
—Habría sido lamentable para Roma que tu cliente hubiera sido declarado
culpable —decía Mario.
—Sí, muy lamentable. Frauco es uno de los ciudadanos más importantes de
Marruvio y un personaje del pueblo marso. Desde luego que no será tan
importante una vez que haya pagado el dinero que debe a Cayo Opio; pero ya
ganará más —respondió Druso—. ¿Subis al Palatino? — inquirió el joven al llegar
a la Velia, deteniéndose ante el templo de Júpiter Stator.
—Ni mucho menos, sobrino —respondió Rutilio Rufo, abandonando sus
reflexiones—. Cayo Mario viene a cenar a casa.
El joven Druso hizo una solemne inclinación de cabeza a sus mayores y
comenzó a ascender despacio el Clivus Palatinus. A espaldas de Mario y Rutilio
Rufo apareció la figura poco agraciada de Quinto Servilio Cepio hijo, el mejor
amigo del joven Druso, echando a correr para alcanzar a su amigo que, aunque
debía haberle oído, no le aguardaba.
—Esa amistad no me gusta —dijo Rutilio Rufo, contemplando a las figuras
de los dos jóvenes perderse en la distancia.
—¿Por qué?
—Los Servilios Cepio son de intachable nobleza e inmensamente ricos,
pero con tan poco cerebro como solera aristocrática; por eso no es una amistad
entre iguales —contestó Rutilio Rufo—. Mi sobrino prefiere, por lo visto, la
clase de deferencia y adulación que le ofrece el joven Cepio que otro tipo de
compañía más estimulante con sus iguales que le rebaje los humos. Lástima;
porque temo, Cayo Mario, que la devoción de ese Cepio confiera a mi sobrino una
falsa impresión sobre su habilidad para dirigir a los demás.
—¿En la batalla?
Rutilio Rufo se detuvo de repente.
—¡Cayo Mario, hay otras actividades aparte de la guerra y otras
instituciones distintas al ejército! No, me refería a su quehacer en el Foro.
Aquella misma semana, Mario volvió a visitar a su amigo Rutilio Rufo y
le encontró absorto, haciendo el equipaje.
—Panetio agoniza —le dijo Rutilio, conteniendo las lágrimas.
—¡Mala noticia! —exclamó Mario—. ¿Dónde está? ¿Llegarás a tiempo?
—Eso espero. Está en Tarso y me ha pedido que vaya. ¡Es curioso que me
reclame a mí, con tantos romanos como ha tenido por discípulos!
—¿Y por qué no? —replicó Mario con cierto aire admirativo—. Al fin y al
cabo eres su mejor alumno.
—No, no —adujo Rutilio, como distraído.
—Me marcho a casa —dijo Mario.
—No digas tonterías —replicó Rutilio Rufo, conduciéndole a su despacho,
un cuarto sucio en extremo, lleno de escritorios y mesas atiborradas de libros,
en su mayoría medio desenrollados y algunos sujetos por el extremo, dejando
caer hasta el suelo una cascada de precioso papiro egipcio.
—Me quedaré en el jardín —dijo Mario con firmeza, no viendo otro sitio
donde descansar en medio de aquel caos, aunque sabedor de que Rutilio Rufo era
capaz de localizar rápidamente cualquier libro por muy desordenado que el
cuarto pareciera—. ¿Qué estás escribiendo? —inquirió al ver en una mesa un
largo documento en papel con tratamiento de Fanio, ya medio cubierto por la
inconfundible escritura de Rutilio, muy clara y fácil de leer, en contraste con
el desbarajuste del cuarto.
—Algo en lo que deseo tu consejo —contestó Rutilio invitándole a salir
—. Es un manual de información militar. Después de lo que me dijiste
sobre la ineptitud de los generales romanos estos últimos años, pensé que era
hora de que alguien competente redactase un tratado útil. Hasta el momento sólo
llevo escrito lo relativo a logística y planificación de bases, pero ahora voy
a comenzar con tácticas y estrategia, temas en los que tú eres experto. Así que
tendré que estrujarte la mollera.
—Dalo por hecho —dijo Mario sentándose en un banco de madera en aquel
pequeño jardín oscuro y bastante descuidado, lleno de yerbajos y con una fuente
que no funcionaba—. ¿Ha venido a visitarte Metelo? —inquirió.
—Pues sí, a primera hora de la mañana —contestó Rutilio, sentándose en
un banco enfrente de Mario.
—A mí también ha venido a verme esta mañana.
—Es sorprendente lo poco que ha cambiado nuestro Meneitos, Quinto
Cecilio Metelo —dijo Rutilio Rufo riendo—. Si hubiese tenido una porqueriza a
mano o mi fuente fuese digna de su nombre, creo que habría vuelto a tirarle.
—Te comprendo, pero no creo que hubiese sido una buena idea —dijo
Mario—. ¿Qué es lo que tenía que decirte?
—Que va a presentarse al consulado.
—¡Si es que tenemos elecciones...! ¿Qué diablos anima a esos dos
imbéciles a intentar por segunda vez ser tribunos de la plebe, cuando hasta los
Gracos salieron malparados?
—Yo no retrasaría las elecciones de las centurias, ni aun las del pueblo
—replicó Rutilio Rufo.
—¡Pues yo sí! Estos candidatos a un segundo mandato harían que sus
colegas vetasen las elecciones —alegó Mario—. Ya sabes cómo son los tribunos
del pueblo... una vez que acceden al poder no hay quien los pare.
—¡Ya lo creo que sé cómo son los tribunos del pueblo! —replicó Rutilio
riendo—. Yo fui uno de los peores. Igual que tú, Cayo Mario.
—Pues sí.
—Habrá elecciones, no temas —dijo Rutilio Rufo pausadamente—. Yo creo
que los tribunos del pueblo saldrán elegidos cuatro días antes de los idus de
diciembre, y los demás poco después.
—Y el Meneitos será cónsul —añadió Mario.
Rutilio Rufo se inclinó hacia adelante, juntando las manos.
—El está al corriente de algo.
—No te equivocas, amigo mio. Seguro que sabe algo que no sotros
ignoramos. ¿Sospechas el qué?
—Yugurta. Proyecta una guerra contra Yugurta.
—Eso es lo que yo imagino dijo Mario—. Lo que no sé es si la va a
iniciar él o Espurio Albino...
—Yo no creo que Espurio Albino tenga las agallas necesarias. Pero el
tiempo nos lo dirá —replicó Rutilio tranquilamente.
—Me ha ofrecido el cargo de legado mayor de su ejército..
—Y a mí también.
Se miraron mutuamente, sonriendo.
—Entonces más vale que nos enteremos de qué es lo que pasa —añadió Mario
poniéndose en pie—. Un día de estos tiene que llegar Espurio Albino para
celebrar las elecciones, ya que nadie le ha avisado de que vaya a producirse
ningún retraso.
—En cualquier caso tiene que haber salido de la provincia africana antes
de que le hayan llegado las noticias —dijo Rutilio Rufo, pasando de
largo ante el despacho.
—¿Vas a aceptar el ofrecimiento de Metelo? —Lo aceptaré si tú aceptas
también, Cayo Mario. —¡Bien!
—¿Cómo está Julia? —inquirió Rutilio, abriendo la puerta de la calle—.
No me va a dar tiempo a verla.
—¡Estupendamente, muy hermosa, gloriosa! —contestó Mario, radiante.
—¡Bah, vejancón idiota! —exclamó Rutilio, empujando a Mario a la calle—.
Mantén las orejas bien abiertas mientras estoy fuera y escríbeme si oyes ruido
de sables.
—Así lo haré. Que tengas buen viaje.
—¿En otoño? Ese barco será como un osario; y puedo ahogarme. —Qué va
—replicó Mario riendo—. El padre Neptuno no te querrá. No
estaría bien desbaratar los planes de Metelo.
Julia estaba encinta y muy contenta; el único agobio que sufría era la
constante preocupación de Mario.
—De verdad, Cayo Mario, estoy perfectamente —le dijo por enésima vez.
Era noviembre y el niño tenía que nacer en marzo, por lo que comenzaba a
notársele el vientre. Pero ella daba muestra de la lozanía de la maternidad,
totalmente exenta de trastornos o achaques.
—¿Seguro? —inquirió él, angustiado.
—¡Claro que si; déjame! —replicó ella, amable y sonriente.
Más tranquilo, el ufano esposo la dejó con las criadas en el cuarto de
labor y se dirigió al despacho. Era el único lugar de la gran mansión en el que
no se veía a Julia, el único lugar en que se olvidaba de ella. No es que
quisiera olvidarla, pero es que había momentos en que necesitaba pensar en
otras cosas.
En los acontecimientos de Africa, por ejemplo. Se sentó ante el
escritorio, tiró del rollo de papel y comenzó a escribir en su prosa directa y
sin adornos a Publio Rutilio Rufo, que había llegado sin novedad a Tarso
tras un apresurado viaje.
Asisto a todas las reuniones del Senado y de la plebe, y parece ser que
por fin pronto habrá elecciones. Ya era hora. Como tú dijiste: cuatro días
antes de los idus de diciembre. Publio Licinio Lúculo y Lucio Annio empiezan a
derrumbarse: no creo que logren un segundo mandato como tribunos de la plebe.
De hecho, la impresión general es que se las arreglaron para difundir el rumor
y que sus nombres cobraran mayor relieve ante los electores. Ambos son
consulables, pero ninguno de los dos ha conseguido causar impresión y no es de
extrañar que los tribunos de la plebe no los consideren reformadores. Así que,
¿qué mejor modo de causar impresión que entorpecer el voto popular por Roma?
Debo estar volviéndome cínico. ¿Es posible eso en el caso de un palurdo itálico
que no habla griego?
Como sabes, las cosas siguen muy tranquilas en Africa, aunque nuestros
espías comunican que Yugurta está reclutando y preparando un ejército muy
numeroso ¡y al estilo romano! No obstante, las cosas dejaron de estar
tranquilas cuando Espurio Albino llegó aquí hace más de un mes para celebrar
las elecciones. Hizo su informe al Senado, incluido el hecho de que ha reducido
su ejército a tres legiones, una de fuerzas auxiliares locales, otra de tropas
romanas ya estacionadas en Afríca y otra que se llevó consigo de Italia la
pasada primavera. Aún no han hecho el bautismo de sangre. Por lo visto, Espurio
Albino no siente mucha inclinación por el arte de la guerra. No puedo decir lo
mismo de Metelo.
Lo que sacó de quicio a nuestros venerables colegas del Senado fue la
noticia de que a Espurio Albino le ha parecido conveniente nombrar a su
hermanito Aulo Albino gobernador de la provincia africana ¡y comandante del
ejército de allí durante su ausencia! ¡Imagínate! Supongo que si Aulo Albino
hubiese sido su cuestor, el Senado no habría objetado nada, pero imagínate
—aunque te lo digo, de todos modos—: el cargo de cuestor no era suficiente para
Aulo Albino, así que su hermano le nombró legado mayor. ¡Sin aprobación del
Senado! Así que ahí tienes a nuestra provincia
de Africa, administrada en ausencia del gobernador por un exaltado de
treinta años sin ninguna esperiencia ni descollante inteligencia. Marco Escauro
estaba rabioso y dirigió al cónsul una diatriba que tardará en olvidar, te lo
aseguro. Pero ya está hecho. Lo único que cabe esperar es que el gobernador
Aulo Albino se comporte como es debido. Escauro lo duda. Yyo también, Publio
Rutilio.
La carta fue expedida a Publio Rutilio antes de que se celebrasen las
elecciones, y Mario esperaba que fuese la última, convencido de que para el Año
Nuevo su amigo habría regresado a Roma. Luego le llegó una carta de Rutilio
comunicándole que Panetio aun vivía y que había mejorado tanto al ver a su
antiguo alumno, que era muy probable que viviera unos meses más de lo que por
el progreso de su mal cabía esperar: "Nos veremos en primavera, antes de
que el Meneitos se embarque para Africa", decía Rutilio en su carta.
Por lo que Mario volvió a sentarse ante el escritorio en las
postrimerías del año viejo y escribió de nuevo a Tarso.
No tenías ninguna duda de que al Meneitos le eligieran cónsul, y tenías
razón. Sin embargo, el pueblo y los tribunos de la plebe sacaron tajada en las
elecciones antes de que votasen las centurias y no hubo sorpresas en ninguno de
ambos casos. Por lo que los cuestores asumieron el cargo el quinto día de
diciembre y los nuevos tribunos de la plebe el décimo día. El único nuevo
tribuno de la plebe que parece interesante es Cayo Mamilio Limetano. Ah, y tres
de los nuevos cuestores prometen. Los famosos oradores noveles y figuras del
foro, Lucio Licinio Craso y su buen amigo Quinto Mucio Escévola, son dos de
ellos, pero para mí es aún más interesante el tercero: un tipo muy impetuoso y
enérgico, de una familia plebeya reciente, llamado Cayo Servilio Glaucia, a
quien estoy seguro recordarás de cuando actuaba ante los tribunales; ahora se
dice que es el mejor legalista que ha tenido Roma. A mí no me gusta. Metelo
salió elegido en el primer puesto en los comicios de las centurias, así que
será cónsul mayor el año que viene. Marco Junio Silano le anduvo a la zaga,
pero el
voto fue muy conservador, de todos modos. No hay hombres nuevos entre
los pretores. De los seis, dos son patricios y un patricio adoptado por una
familia plebeya, que es nada menos que Quinto Lucio Catulo César. Por lo que
respecta al Senado, la votación fue excepcional y el nuevo año se presenta
prometedor.
Y luego, mi querido Publio Rutilio, estalló el trueno. Parece que a Aulo
Albino le tentaron los rumores de que había un gran tesoro oculto en la ciudad
númida de Suzul. Así que esperó a que su hermano el cónsul estuviera camino de
Roma para celebrar las elecciones e... ¡invadió Numidia! ¿Te imaginas? ¡A la
cabeza de tres miserables legiones sin experiencia! El asedio de Suzul fue un
fracaso, por supuesto. Los númidas cerraron las puertas y se rieron de él desde
los adarves de las murallas. Pero, en vez de admitir su incapacidad para llevar
a cabo un asedio, y no digamos una campaña, ¿qué hizo nuestro Aulo Albino?
¿Regresar a la provincia romana?, es como si te lo estuviera oyendo preguntar a
ti, que eres un hombre razonable. Pues sí, eso podría haber sido lo que tú
hubieras optado por hacer de haber estado en la situación de Aulo Albino, pero
no fue lo que él hizo. ¡El levantó el sitio y marchó a la Numidia occidental! A
la cabeza de sus tres miserables legiones sin experiencia. Yugurta le atacó en
plena noche cerca de la ciudad de Calama y le infligió tal derrota que el
hermanito del cónsul tuvo que rendirse sin condiciones. ¡Y Yugurta hizo pasar
bajo el yugo a todas las tropas romanas y auxiliares de Aulo Albino y, a
continuación, le obligó a poner su firma en un tratado, en el que se otorga
todo lo que no había podido conseguir del Senado!
La noticia llegó a Roma no a través de Aulo Albino, sino de Yugurta,
quien envió al Senado una copia del tratado acompañada de una carta en la que
se queja duramente de nuestra traición por haber invadido un país con ansias de
paz que no había levantado ni un dedo contra Roma. Cuando digo que Yugurta ha
escrito al Senado, quiero decir que tuvo arrestos para dirigirse a su irredento
enemigo Marco Emilio Escauro, dado su cargo de prínceps senatus. Una expresa
afrenta a los cónsules, naturalmente, el dirigir la carta al primero entre los
senadores. ¡Si hubieras visto lo furioso que estaba Escauro! Convocó
inmediatamente una reunión del Senado y
obligó a Espurio Albino a divulgar muchos hechos que hábilmente se
habían ocultado, incluido el de que no era tan ajeno a los planes de su
hermanito como había pretendido en principio. La cámara estaba atónita. Luego
las cosas se pusieron feas y la facción de Albino se apresuró a cambiar de
bando, dejando solo a Espurio, que tuvo que confesar que había sabido la
noticia del propio Aulo por una carta que había recibido días antes. Por
Espurio nos hemos enterado de que Yugurta ha ordenado regresar a Aulo al Africa
romana, prohibiéndole pisar la frontera de Numidia. Así que ahí ha quedado el
codicioso Aulo Albino, pidiendo instrucciones a su hermano.
Mario suspiró y desentumeció sus dedos. Lo que para Rutilio Rufo era un
placer, para él era un suplicio. "Vamos, Cayo Mario, sigue", dijo
para sus adentros. Y continuó.
Naturalmente, lo que más ha dolido ha sido que Yugurta haya obligado al
ejército romano a pasar bajo el yugo. Sucede raras veces, pero siempre causa
profunda conmoción en la ciudad, sin distinción de clases; yo, que es la
primera vez que soy testigo de ello, me siento tan conmovido, humillado y
hundido como el romano que más. Me atrevería a decir que a ti te habrá sido
igualmente doloroso, por lo que me alegro de que no estuvieses aquí y vieras
las escenas de la gente de luto, llorando y mesándose los cabellos, muchos
caballeros se quitaron la franja estrecha de la túnica, los senadores se
pusieron una franja estrecha en vez de ancha, y todo el territorio enemigo
delante del templo de Belona estaba lleno de ofrendas pidiendo castigo para
Yugurta. La fortuna le ha dado al Meneitos una preciosa campaña para el año que
viene, y tú y yo nos lo pasaremos muy bien, siempre que nos entendamos con él.
El nuevo tribuno de la plebe Cayo Mamilio pide la cabeza de Postumio
Albino y exige que su hermano Aulo Albino sea ejecutado por traición y que a
Espurio Albino se le juzgue también por traición, aunque sólo sea por la
estupidez de dejar de gobernador a su hermano durante su ausencia. De hecho,
Mamilio reclama que se constituya un tribunal especial y pretende
juzgar nada menos que ¡a todos los romanos que hayan tenido tratos
dudosos con Yugurta desde la epoca de Lucio Opimio! Y tal como están los ánimos
en el Senado, es posible que lo consiga. Todos pasarán bajo el yugo. Porque
todos coinciden en decir que el ejército y su comandante deberían haber muerto
luchando antes que someter a su país a tan abyecta humillación. En eso no estoy
de acuerdo, por supuesto, como supongo no lo estarás tú. Un ejército vale lo
que su comandante, independientemente de su fuerza.
El Senado redactó y despachó una dura carta para Yugurta, diciéndole que
Roma no puede ni quiere reconocer un tratado firmado a la fuerza por un hombre
sin imperium y, por consiguiente, sin autoridad del Senado del pueblo romano
para mandar un ejército, gobernar una provincia y concertar tratados.
Y para concluir, y no menos importante, Publio Rutilio, te diré que Cayo
Mamilio ha recibido mandato de la Asamblea de la plebe para formar un tribunal
especial y juzgar por traición a todos los que hayan tenido o se sospeche que
han tenido tratos con Yugurta. Esto te lo añado en el último día del año viejo.
Por una vez, el Senado aceptó con entusiasmo la legislación plebeya y Escauro
ya está confeccionando una lista de los que van a ser juzgados. A ello
contribuye con júbilo Cayo Memio, que por fin obtiene la revancha. Y lo que es
más, en ese tribunal especial de Mamilio las posibilidades de salir convicto de
traición son mayores que por el sistema tradicional en juicios realizados por
la Asamblea de centurias. Hasta el momento se han sabido los nombres de Lucio
Opimio, Lucio Calpurnio Bestia, Cayo Porcio Catón, Cayo Sulpicio Galba, Espurio
Postumio Albino y de su hermano. Pero, como es natural Espurio Albino está
reuniendo un equipo impresionante de abogados para defender ante el Senado que,
independientemente de lo que haya o no hecho su hermanito, no se le puede
someter legalmente a juicio porque nunca ha tenido imperium legal. De lo que se
deduce que Espurio Albino va a asumir la culpabilidad de Aulo, e indudablemente
le declararán culpable. Me extrañaría que, si las cosas van como yo
sinceramente espero, el promotor de todo esto, Aulo Albino, salga indemne de su
paso bajo el yugo.
Ah, y Escauro va ser uno de los tres presidentes de la Comisión Mamilia,
como se llama a este nuevo tribunal. Ha aceptado sin pensárselo dos veces.
Y eso es todo lo de este año viejo, Publio Rutilio. Un año
trascendental, dicen todos. Yo, que ya había perdido la esperanza, logré sacar
la cabeza por encima de las aguas políticas de Roma, gracias a mi casamiento
con Julia. El Meneitos ahora me hace la corte y otros que en el pasado ni
advertían mi presencia comienzan a hablarme como a un igual. Cuídate en el
viaje de vuelta y empréndelo pronto.
El segundo año (109 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE QUINTO CECILIO METELO Y MARCO JUNIO SILANO
Panatio murió en Tarso a mediados de febrero, con lo cual a Publio
Rutilio
Rufo le quedó poco tiempo para volver a Roma antes de iniciarse la
campaña. En principio había previsto hacer la mayor parte del viaje por tierra,
pero las prisas le obligaron a arriesgarse por mar.
—Y hemos tenido mucha suerte —dijo a Cayo Mario al día siguiente de
llegar a Roma, poco antes de los idus de marzo—, pues por una vez ha habido
vientos favorables.
—Ya te dije, Publio Rutilio —contestó Mario, sonriente—, que ni el padre
Neptuno osaría desbaratar los planes de Metelo. En realidad no ha sido ésa tu
única suerte, pues si hubieses estado en Roma, te habría competido la ingrata
tarea de ir a ver a los aliados itálicos para convencerlos de que aportaran
tropas.
—Que es lo que tú has estado haciendo, ¿no?
—Desde primeros de enero, cuando a Metelo le cayó en suerte organizar la
guerra en Africa contra Yugurta. Bah, no fue difícil reclutar tropas, dado que
toda Italia ardía en deseos de vengar la afrenta de pasar bajo el yugo. Pero
cada vez es más difícil encontrar hombres adecuados — contestó Mario.
—Entonces más vale que el futuro no depare más desastres militares a
Roma —añadió Rutilio Rufo.
—Esperemos.
—¿Cómo se ha portado Metelo contigo?
—Muy educadamente y lleno de consideración —contestó Mario—. Vino a
verme al día siguiente de su nombramiento y al menos tuvo la cortesía de
exponerme sinceramente sus motivos. Le pregunté qué quería de mí, y de ti por
ende, que tanto le habíamos ridiculizado cuando la campaña de Numancia, y me
dijo que Numancia le importaba un bledo. Que lo que le importaba era ganar la
guerra de Africa y que el mejor modo de lograrlo era contar con los servicios
de los dos hombres más preparados para enfrentarse a la estrategia de Yugurta.
—Muy listo —dijo Rutilio Rufo—. Así, como comandante en jefe, la gloria
será para él. ¿Qué importa quién le haga ganar la guerra, si será él quien
desfile en el carro triunfal y reciba todos los abrazos? El Senado no nos va a
conceder a ti ni a mí el sobrenombre de Numídico, sino a él.
—Bien, a él le hace más falta que a nosotros. Metelo es un Cecilio,
Publio Rutilio, lo que significa que es la cabeza la que rige su corazón, sobre
todo cuando su piel está en juego.
—¡Ah, lo has expresado muy acertadamente! —dijo Rutilio con admiración.
—Ya está presionando para que el Senado prolongue su mandato en Africa
un segundo año —añadió Mario.
—Lo que demuestra que ha tomado bastante bien la medida a Yugurta todos
estos años para comprender que someter a Numidia no va a ser fácil. ¿Cuántas
legiones lleva?
—Cuatro. Dos romanas y dos itálicas.
—Más las tropas que ya hay estacionadas en Africa... unas dos legiones
más. Sí, lo conseguiremos, Cayo Mario. Coincido contigo.
Mario se levantó del escritorio y fue a servir vino.
—¿Qué es eso que he oído de Cneo Cornelio Escipión? —inquirió Rutilio
Rufo, cogiendo a tiempo la copa que Mario le tendía, pues éste se echó a reír y
derramó la suya.
—¡Oh, Publio Rutilio, fue estupendo! De verdad, cada vez me sorprenden
más las bufonadas de los viejos nobles romanos. A Escipión le habían
respetablemente elegido pretor, concediéndole el gobierno de la Hispania
Ulterior, cuando se echaron a suertes las provincias de los pretores. ¿Y sabes
lo que hace? Ponerse en pie en el Senado y declinar solemnemente el honor de
ser gobernador de la Hispania Ulterior. ¿Por qué?, pregunta atónito Escauro,
que había supervisado el sorteo. Y Escipión le contesta: "Porque, sinceramente,
lo encuentro muy atractivo. Arrasaría la provincia." La cámara se venía
abajo de vítores, gritos de alegría, patadas y aplausos. Cuando por fin cesó el
alboroto, Escauro le dice: "De acuerdo, Cneo Cornelio, arrasaríais la
provincia." Así que ahora van a enviar a Quinto Servilio Cepio en su
lugar.
—El también la arrasará —dijo Rutilio Rufo, sonriendo.
—¡Claro, claro! Lo saben todos, hasta el propio Escauro. Pero Cepio al
menos tiene la gracia de fingir que no, de modo que Roma cierre los ojos a lo
que se hace en Hispania y la vida siga su curso —replicó Mario, volviendo a
sentarse tras el escritorio—. Me encanta este sitio, Publio Rutilio, de verdad.
—Me alegro de que a Silano no le envíen fuera.
—¡Por suerte, alguien tiene que gobernar Roma! Qué excusa! Está claro
que en el Senado hubo sus más y sus menos por prorrogar el cargo de gobernador
de Macedonia a Minucio Rufo. Y una vez cubierto eso, a Silano no le quedaba más
que Roma, en donde las cosas más o menos siguen como siempre. Silano a la
cabeza de un ejército es una perspectiva capaz de espantar al propio Marte.
—¡Desde luego!
—Hasta ahora ha sido un buen año —añadió Mario—. No sólo se salvó
Hispania de la suave mano de Escipión, y Macedonia de la de Silano, sino que en
la propia Roma han disminuido notablemente los villanos, si se me perdona que
califique de villanos a algunos de nuestros consulares.
—¿Te refieres a la Comisión Mamilia?
—Exactamente. Bestia, Galba, Qpimio, Cayo Catón y Espurio Albino han
sido condenados, y aún quedan más procesos, y no es de extrañar...
Cayo Memio ha asistido a ellos con gran asiduidad. Mamilio obtuvo
pruebas de connivencia con Yugurta, y Escauro es un presidente de tribunal
implacable, pues, aunque intervino en defensa de Bestia, luego cambió y votó su
condena.
—Un hombre debe ser flexible —dijo Rutilio Rufo sonriendo—. Escauro
tiene que ganarse su candidatura al consulado mostrando independencia, pero sin
eludir su obligación para con el tribunal. Escauro menos que nadie.
—El menos que nadie.
—¿Y adónde han ido los condenados? —inquirió Rutilio Rufo.
—Unos cuantos han elegido Massilia como lugar de exilio, pero Lucio
Opimio optó por la Macedonia occidental.
—Y Aulo Albino se salvó.
—Sí; Espurio Albino asumió toda la culpabilidad y el Senado votó para
permitírselo —contestó Mario con un suspiro—. Fue un buen razonamiento legal.
Julia entró en parto en los idus de marzo, y cuando las comadronas
comunicaron a Mario que no iba a ser nada fácil, él avisó inmediatamente a los
padres de su esposa.
—Nuestra sangre es demasiado antigua y gastada —dijo preocupado César a
Mario en el despacho de éste, a donde esposo y padre se habían retirado unidos
por un mutuo cariño y temor.
—¡La mía no! —replicó Mario.
—¡Pero eso a ella no la servirá de nada! Quizá ayude a su hija, si es
que la tiene, y debemos dar gracias por ello. Yo esperaba que al casarme con
Marcia mi linaje recibiese un refuerzo de sangre plebeya, pero, por lo que se
ve, Marcia es aún demasiado noble. Su madre era patricia, una Sulpicia. Ya sé
que hay quien dice que la sangre debe mantenerse pura, pero yo cada vez me doy
más cuenta de que las mujeres de las antiguas familias muestran tendencia a
sufrir hemorragia en el parto. ¿Por qué, si no, es mucho más alta la proporción
de mortalidad femenina entre las familias antiguas que entre las demás? —dijo
César, pasándose la mano por su plateado cabello.
Mario no podía estarse sentado; se puso en pie y comenzó a pasear de
arriba abajo.
—Al menos cuenta con todos los cuidados necesarios —dijo, haciendo un
ademán en dirección a la habitación del parto, de la que aún no había salido
ningún vagido.
—El otoño pasado no pudieron salvar al sobrino de Clitumna —dijo César,
cediendo al pesimismo.
—¿Quién? ¿Os referís a esa deleznable vecina vuestra?
—Sí, a esa Clitumna. Su sobrino murió en septiembre, tras una grave
enfermedad. Parece que era joven y estaba sano. Los médicos hicieron cuanto
estuvo en su mano, pero no pudieron evitar que muriese. Lo tengo grabado en la
memoria.
—¿Y por qué habríais de tenerlo grabado en la memoria? —replicó Mario,
mirando de hito en hito a su suegro—. ¿Qué relación existe?
—Las cosas siempre suceden en trío —contestó César mordiéndose el
labio—. La muerte del sobrino de Clitumna se ha producido muy cerca de vos y de
mí. Tiene que haber más muertes.
—Pues si así ha de ser, se producirán en esa familia.
—No necesariamente. Tiene que haber tres muertes, relacionadas de alguna
manera. Pero hasta que no se produzca la segunda, reto a cualquier adivino a
que diga cuál es la relación.
—¡Cayo Julio! ¡Cayo Julio! —exclamó Mario abriendo los brazos—.
¡Procurad ser optimista, os lo ruego! Nadie ha dicho aún que Julia esté en
peligro de muerte; simplemente me advirtieron que el parto no va a ser fácil.
Por eso mandé llamaros para que me ayudaseis a pasar este amargo trance y no
para que me deprimierais y me hicierais verlo todo negro.
—En realidad —dijo César, avergonzado, haciendo un esfuerzo—, me alegro
de que a Julia le haya llegado la hora del parto. Ultimamente no he querido
molestarla, pero cuando haya dado a luz, espero que tenga ocasión de hablar con
Julilla.
Mario opinaba que lo que le hacía falta a Julilla era una buena azotaina
paterna, pero fingió interesarse por lo que decía su suegro; al fin y al cabo,
él no había sido padre y ahora que estaba a punto de serlo (si todo iba bien),
tenía que admitir que podía acabar siendo un tata complaciente como Cayo Julio
César.
—¿Qué sucede con Julilla? —inquirió.
—Que no quiere comer —respondió César con un suspiro—. Hace ya tiempo
que no hay manera de hacerla comer, pero en los últimos cuatro meses la cosa ha
empeorado. ¡No deja de perder libras! Empieza a sufrir desmayos y se cae como
un saco al suelo. Pero los médicos no le encuentran nada.
¿Me volveré yo así de chocho?, se preguntaba Mario. Esa jovencita no
tiene nada que no se cure con una buena dosis de indiferencia. Pero, como
imaginó que había que hablar de ello, dio conversación al suegro. —Y os
gustaría que Julia averigüe lo que sucede, ¿no es eso?
—¡Naturalmente!
—Seguramente estará enamorada de alguien poco recomendable — replicó
Mario, acertando sin saberlo.
—¡Tonterías! —respondió César, tajante.
—¿Cómo podéis saberlo?
—Porque los médicos ya lo pensaron y yo hice mis averiguaciones —
respondió César, a la defensiva.
—¿A quién le preguntasteis? ¿A ella?
—¡Claro que sí!
—Habría sido más práctico preguntar a su criada.
—¡Oh, vamos, Cayo Mario!
—¿No estará embarazada?
—¡Oh, vamos, Cayo Mario!
—Escuchad, suegro, es inútil que queráis considerarme poco menos que un
insecto a estas alturas —dijo Mario sin consideraciones—. Formo parte de la
familia y no soy un extraño. Si yo, con mi limitadísima experiencia en cuanto a
jovencitas de dieciséis años, veo esa posibilidad, con mayor motivo deberíais
verla vos. Llamad a la criada a vuestro despacho y dadle una buena tunda hasta
que os diga la verdad. Seguro que es la confidente de Julilla y os lo confesará
todo si la interrogáis como es debido y la amenazáis de muerte.
—¡Eso no puedo hacerlo, Cayo Mario! —replicó César horrorizado ante tan
draconianas medidas.
—Quizá baste con un buen varapalo —insistió Mario pacientemente—. Una
buena azotaina y la simple mención de la tortura y os dirá todo lo que sepa.
—No puedo hacer eso —repitió César.
—Pues haced lo que gustéis —respondió Mario con un suspiro—. Pero no
penséis que sabéis la verdad porque se lo hayáis preguntado a Julilla.
—En mi familia siempre nos hemos dicho la verdad —añadió César.
Mario, sin contestar, se limitó a adoptar una expresión de escepticismo.
Se oyó llamar a la puerta del despacho.
—¡Adelante! —gritó Mario, alegrándose por la interrupción.
Era el médico griego bajito de Sicilia, Atenodoro.
—Dominus, vuestra esposa desea veros. Y creo que le haría bien si
fuerais con ella.
A Mario le dio un vuelco el corazón, contuvo la respiración y se le
congeló el gesto. César se había puesto en pie y miraba al fisico, condolido.
—¿Está... está...? —balbucía abatido.
—¡No, no! Perded cuidado, domíni, está bien —respondió el griego,
tranquilizándolos.
Cayo Mario nunca había visto a una mujer de parto y se hallaba
aterrorizado. Soportaba ver los muertos y mutilados en el campo de combate;
eran compañeros de armas, independientemente del bando en que lucharan, y un
hombre sabía que estaba en manos de la Fortuna en contarse o no entre ellos. En
el caso de Julia, la víctima era un ser muy querido, una persona digna de
ternura y protección a quien debía evitar todo posible dolor. Sin embargo,
Julia era víctima de él como un enemigo cualquiera, y yacía entre dolores en el
lecho por culpa de él. Inquietantes reflexiones para Cayo Mario.
No obstante, todo parecía ir bien cuando entró en la habitación de la
parturienta. Julia estaba en la cama. La silla especial del parto en la que la
sentarían cuando llegase la última fase del alumbramiento estaba discretamente
tapada en un rincón, y él no la vio. Para su gran alivio, Julia no parecía
agotada ni muy enferma, y nada más verle le sonrió radiante, estirando los
brazos.
El le cogió las manos y se las besó.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—¡Claro que sí! Me dicen que será algo laborioso y que perderé algo de
sangre —contestó ella, presa en aquel instante de un espasmo de dolor,
agarrándole las manos con una fuerza desconocida para él, y aferrándose unos
instantes hasta que se relajó de nuevo—. Quería verte —siguió diciendo, como si
no hubiera habido interrupción alguna—. ¿Puedo verte de vez en cuando o te
resultará demasiado angustioso?
—No, prefiero entrar a verte, amor mio —respondió él, inclinándose a
besarla en la frente, sobre la que le caían unos sedosos rizos. Notó con los
labios que estaban húmedos, como la piel. ¡Pobrecilla!
—No será nada, Cayo Mario —dijo ella, soltándole las manos—. Procura no
preocuparte. Sé que todo saldrá bien. ¿Está tata contigo?
—Sí.
Al girar sobre sus talones para salir, se dio de bruces con la fiera
mirada de Marcia, que estaba con otras tres matronas. ¡Por los dioses, allí
había alguien que no le perdonaría fácilmente que le hubiera hecho aquello a su
hija!
—Cayo Mario —oyó que le llamaba Julia, cuando ya estaba en la puerta.
Mario volvió la cabeza.
—¿Está el astrólogo?
—Aún no, pero han ido a buscarle.
—¡Ah, bien! —dijo ella, más tranquila.
El hijo de Mario nació veinticuatro horas más tarde en un mar de sangre
y casi le costó la vida a la madre. Pero sus deseos de supervivencia eran muy
fuertes, y una vez que los médicos la taponaron bien con torundas y elevaron
sus caderas, la hemorragia disminuyó y cesó por fin.
—Será un hombre famoso, dominus, y su vida estará llena de grandes
acontecimientos y aventuras —dijo el astrólogo, omitiendo sagazmente los
aspectos adversos, que los padres de un recién nacido no gustan de oír.
—Entonces, ¿vivirá? —se apresuró a preguntar César.
—Claro que vivirá, dominus —respondió el astrólogo, tapando con un dedo
mugriento una gran línea de oposición—. Ostentará el cargo más alto del país;
lo dice esta carta y cualquiera puede verlo —añadió, señalando con otro de sus
dedos mugrientos un trígono.
—Mi hijo será cónsul —dijo Mario rebosante de satisfacción.
—Sin duda —asintió el astrólogo—, pero el quintil señala que no será tan
gran hombre como su padre —añadió.
Lo cual complació aún más a Mario.
César sirvió dos copas del mejor vino de Falerno, sin agua, y entregó
una a su yerno, radiante de orgullo.
—¡A la salud de vuestro hijo y mi nieto, Cayo Mario!
Así, cuando al final de marzo el cónsul Quinto Cecilio Metelo se embarcó
para la provincia africana con Cayo Mario, Publio Rutilio Rufo, Sexto Julio
César, César hijo y cuatro prometedoras legiones, Cayo Mario navegaba con el
feliz convencimiento de que su mujer estaba fuera de peligro y de que su hijo
medraba. ¡Hasta su suegra se había dignado volver a hablarle!
—Habla con Julilla —dijo a su esposa antes de partir—. Tu padre está muy
preocupado por ella.
Sintiéndose más fuerte y rebosante de alegría porque su hijo era un bebé
grande y sano, Julia sólo lamentaba una cosa: no estar su ficientemente
restablecida para ir a pasar unos días con Mario a Campania antes de que dejara
Italia.
—Supongo que te refieres a esa tontería de no comer —dijo Julia,
acurrucándose más cómoda entre los brazos de Mario.
—Sólo sé lo que tu padre me ha contado, pero creo que se trata de eso
—respondió él—. Perdóname, pero es que no me interesan las jovencitas.
Su esposa, que era joven, sonrió para sus adentros, porque sabía que él
nunca pensaba en ella como tal, sino como una persona de su misma edad, madura
e inteligente.
—Hablaré con ella —dijo Julia, alzando la cabeza para besarle—. — ¡Oh,
Cayo Mario, qué lástima que no esté en condiciones de intentar darle al pequeño
Mario un hermanito o una hermanita!
Pero antes de que Julia tuviese ocasión de hablar con su macilenta
hermana, llegó la noticia de que los germanos venían sobre Roma y el pánico
cundió en toda la ciudad. Desde los tiempos de la invasión de Italia por los
galos, tres siglos antes, en que casi derrotaron al naciente estado romano, la
península había vivido bajo la amenaza de las incursiones de los bárbaros; para
defenderse de ellas, los pueblos itálicos habían unido su destino a Roma con
alianzas, y para contenerlos, Roma y sus aliados mantenían perpetuas guerras
limítrofes a lo largo de miles de kilómetros de
la frontera macedónica entre el mar Adriático y el Helesponto tracio.
Precisamente para reforzar tal sistema defensivo había abierto Cneo Domicio
Ahenobarbo una ruta entre la Galia itálica y los Pirineos apenas diez años
antes, sometiendo a las tribus asentadas en las riberas del Rhodanus con el
propósito de debilitarlas adaptándolas a las costumbres de Roma y poniéndolas
bajo su protección militar.
Hasta cinco años atrás, eran los bárbaros galos y celtas quienes mayor
temor causaban a Roma, pero después llegaron los germanos, y en comparación con
ellos, galos y celtas resultaban civilizados y tratables. Como todas las
pesadillas, tales temores tenían su origen no en lo que se conocía, sino,
precisamente, en lo que se desconocía. Los germanos habían surgido de la nada
(durante el consulado de Marco Emilio Escauro), y, tras infligir una denigrante
derrota al bien entrenado ejército romano (durante el consulado de Cneo Papirio
Carbo), desaparecieron de nuevo como si no hubieran existido. Misterioso e
inexplicable y totalmente ajeno a las pautas de comportamiento de los pueblos
que habitaban las riberas del Mediterráneo. ¿Por qué los germanos habían vuelto
grupas y desaparecido, cuando aquella denigrante derrota habría puesto a sus
pies a toda Italia como una mujer indefensa en una ciudad saqueada? ¡Era
absurdo!
Pero el caso es que habían dado la vuelta y habían desaparecido. Y
conforme transcurrieron los años desde la horrible derrota de Carbo, los
germanos se convirtieron en poco menos que un coco para asustar a los niños.
Aquel antiquísimo temor de una invasión de bárbaros volvió a recuperar su
entidad normal y a ser una mezcla de estremecedora aprehensión y risueña
incredulidad.
Y ahora, otra vez de la nada, volvían los germanos con sus hordas de
cientos de miles diseminándose por la Galia y cruzando los Alpes por el punto
en que el Rhodanus desembocaba en el lago Leman; y las tierras y tribus galas
que pagaban tributo a Roma —los pueblos eduo y ambarre— se veían inundadas de
germanos de tres metros de alto, de tez pálida, gigantes de leyenda, fantasmas
salidos de un inframundo bárbaro nórdico. En el valle cálido y fértil del
Rhodanus, los germanos se entregaban al pillaje,
arrasándolo todo a su paso, hombres y ratones, bosques y cercados, tan
indiferentes a las cosechas como a los pájaros del cielo.
La noticia llegó a Roma dos días demasiado tarde para haber hecho
regresar al cónsul Quinto Cecilio Metelo, que ya había desembarcado con su
ejército en la provincia de Africa. Por eso, el cónsul Marco Junio Silano, que
por su ineptitud había sido relegado al gobierno de Roma, donde menos daño
causaría, era la mejor figura que podía presentar el Senado, sometido al doble
peso de la costumbre y la ley. Porque a un cónsul en funciones no se le podía
pasar por alto en favor de otro comandante, si manifestába estar dispuesto a
emprender la guerra. Y Silano manifestó complacido que quería emprender la
guerra contra los germanos. Al igual que Cneo Papirio Carbo cinco años antes
que él, Silano imaginó carros germanos llenos de oro y codició ese oro.
Después de que Carbo provocara a los germanos para que le atacasen,
sufriendo una aplastante derrota, éstos no recogieron las armas y corazas que
los vencidos dejaron sobre sus muertos en la huida, o que abandonaron para
acelerarla, y la astuta Roma envió equipos para recuperar todo el armamento y
equipo posible; tesoro militar que aún se conservaba en distintos almacenes de
la ciudad, listo para su uso. Los limitados recursos de manufactura de armas y
equipo al inicio de la campaña habían sido agotados por Metelo para su
expedición africana, por lo que fue una suerte que las legiones que a toda
prisa movilizó Silano pudieran ser equipadas con aquella reserva. Aunque, desde
luego, los reclutas sin armas ni coraza; tuvieron que comprarlas al Estado, lo
que significaba que éste obtenía un pequeño beneficio de las legiones de
Silano.
Más difícil fue encontrar tropas para Silano. Los reclutadores
trabajaron con tesón y con la prisa agobiante que imponían las circunstancias;
muchas veces se hacía manga ancha respecto a los requerimientos estipulados, y
hombres ansiosos por prestar servicio y que no reunían los requisitos fueron
alistados apresuradamente, supliendo su falta de armamento con la reserva de
Carbo, deduciendo su coste de su paga de compensación por ausentes. A los
veteranos en retiro se les persuadió mañosamente para que abandonaran su
bucólica vida, a la mayoría sin gran esfuerzo, ya que la vida bucólica no
probaba a aquellos hombres que por haber superado la edad del servicio
no podían ser incluidos en las levas.
Y, por fin, todo estuvo listo. Marco Junio Silano partió para la Galia
Transalpina al mando de un magnífico ejército compuesto por siete legiones y
con un numeroso cuerpo de caballería formado por tracios con galos de las
regiones más pacificadas de la provincia romana de la Galia. Era fines de mayo,
ocho semanas después de que llegase a Roma la noticia de la invasión germánica.
En esos dos meses, Roma había reclutado, armado y entrenado someramente un
ejército de 50.000 hombres, incluidos caballería y no combatientes. Sólo una
pesadilla tan horrenda como los germanos podía haber provocado un esfuerzo tan
heroico.
—De todos modos, eso demuestra lo que los romanos somos capaces de hacer
cuando nos vemos obligados a ello —dijo Cayo Julio César a su esposa Marcia,
mientras regresaban a casa de ver partir a las legiones por la Via Flaminia
hacia la Galia itálica; espectáculo deslumbrante y enardecedor.
—Sí, con tal de que Silano esté a la altura de las circunstancias —
respondió Marcia que, como buena esposa de senador, se interesaba por la
política.
—Opinas que es un inepto —dijo César.
—Y tú también, lo que pasa es que no lo dices. De todos modos, al ver
tantos soldados desfilando por el puente Mulviano me alegré mucho de que
tengamos a Marco Emilio Escauro y a Marco Livio Druso de censores — dijo Marcia
con un suspiro de satisfacción—. Marco Escauro tiene razón: el puente Mulviano
está que se cae y no aguantará otra riada. ¿Qué haríamos, entonces, en caso de
que nuestras tropas estuvieran al sur del Tíber y tuvieran que marchar
precipitadamente hacia el Norte? Por eso me alegra que le hayan elegido; porque
prometió reconstruir ese puente. ¡Es un hombre estupendo!
César sonrió con cierta amargura, pero trató de ser justo y dijo:
—¡Escauro se está convirtiendo en una institución, maldita sea! Es un
actor, un embaucador y tres cuartos de impostor. No obstante, el cuarto que no
es impostor vale tanto como cualquier otro hombre completo, y supongo
que por eso le perdono. Además, tiene razón, necesitamos un nuevo plan
de obras públicas, y no sólo por mantener los niveles de empleo. Todos esos
tacaños minuciosos con rollo senatorial que hemos sufrido como censores estos
últimos años apenas valen el precio del papel que gastan para el censo. Justo
es decir que Escauro va a emprender algunas de las cosas que habían debido
iniciarse hace ya años. Aunque yo no apruebo la desecación de los pantanos de
Rávena ni su proyecto de canales y esclusas entre Parma y Mutina.
—¡Oh, vamos, Cayo Julio, sé generoso! —replicó Marcia, en tono algo
hiriente—. Es fantástico que refrene el Po. ¡Si los germanos invaden la Galia
Transalpina, no nos interesa que nuestros ejércitos queden aislados de los
pasos alpinos si el Po se desborda!
—Ya te he dicho que admito que es una buena cosa —dijo César—, pero me
parece curioso que, en general, haya mantenido su programa de obras públicas en
las regiones en que tiene clientes a porrillo y cuenta con posibilidades de
sextuplicarlos cuando estén terminadas —añadió con tesonera desaprobación—. La
Via Emilia va desde Arimino, en el Adriático, hasta Taurasia, en las
estribaciones de los Alpes occidentales... ¡Trescientas millas de clientes tan
unidos como los adoquines de la Via!
—Pues bien, que tenga suerte —replicó Marcia, tan tozuda como él—.
¡Supongo que también encontrarás algo para criticar el que haya reparado y
pavimentado la ruta de la costa occidental!
—Olvidas el ramal de Dertona que une la ruta de la costa a la Via Emilia
—añadió César en son de mofa—. ¡Y pondrá su nombre a todo el conjunto! ¡Via
Emilia Escaura! ¡Puf!
—¡Qué desabrido eres! —espetó Marcia.
—Y tú fanática —replicó César.
—Desde luego, hay veces en que desearía que no me gustases tanto —
añadió ella.
—Hay ocasiones en que podría decir lo mismo —replicó César.
Y en aquel momento llegó Julilla. Estaba delgadísima, y llevaba así ya
dos meses. Pues había descubierto un equilibrio por el que mostraba un aspecto
deplorable sin llegar a poner en peligro su vida por enfermedad,
cuando no por emaciación. La muerte no formaba parte del plan de la
jovencita y no se sentía decaída.
Tenía dos objetivos: uno, obligar a Lucio Cornelio Sila a admitir que la
amaba, y el otro, ablandar a sus padres para que cedieran, porque sólo dada esa
circunstancia existía la posibilidad de que su padre consintiera en que se
casase con Sila. Por muy joven y mimada que fuese, no cometió el error de
sobreestimar su poder frente al de su padre. Sí que la quería hasta el límite
de la tolerancia y le consentía todo cuanto sus recursos le permitían, pero en
lo tocante al matrimonio, él cumpliría sus deseos y no los de ella. Ah, y si
ella se avenía a aceptar el matrimonio con el hombre que él dispusiera, como
había hecho Julia, se mostraría complacido y encantado, y, desde luego, no
ignoraba ella que su padre buscaría a alguien que la cuidase, la amase y la tratase
siempre bien y con respeto. ¿Pero Lucio Cornelio Sila por esposo? Jamás
consentiría su padre en semejante matrimonio; y ni ella ni Sila podrían alegar
motivo alguno que le hiciera cambiar de parecer. Podía llorar, suplicar,
manifestar un ferviente amor, confesar todo lo que sentía; pero su padre se
negaría a dar su consentimiento. Y menos ahora que tenía en el banco una dote
de unos cuarenta talentos, un millón de sestercios, que hacían de ella un buen
partido y obstaculizaban las posibilidades de que Sila lograra convencer a su
padre de que únicamente quería casarse por amor. Eso si admitía que quería
casarse con ella.
De niña, Julilla nunca había mostrado poseer tan enorme paciencia, pero
ahora que la necesitaba, sabía emplearla. Paciente como un pájaro que empolla
un huevo huero, Julilla se entregó a su proyecto convencida de que si conseguía
lo que pretendía —casarse con Sila— tenía que desesperar y superar a todos los
que conocía, desde su víctima Sila hasta su guardián Cayo Julio César. Era
incluso consciente de algunos de los peligros que jalonaban el camino del
éxito: Sila, por ejemplo, podía casarse con otra, marcharse de Roma o enfermar
y morirse. Pero hizo cuanto pudo para evitar esas posibilidades, valiéndose
principalmente de su fingida enfermedad como arma dirigida al corazón de un
hombre del que sabía perfectamente que no aceptaría verla. ¿Cómo lo sabía? Porque
ya había intentado muchas veces verle durante los primeros meses de su regreso
a
Roma y había cosechado fracaso tras fracaso, culminando en el día en que
le había dicho —ocultos tras una columna del Porticus Margaritaria— que si no
le dejaba en paz, se iría de Roma para no volver.
El plan se había desarrollado despacio, a partir del germen primigenio
del primer encuentro, en que él se había mofado de ella motejándola de
cachorrilla gordita y obligándola a marcharse. Había dejado de comer dulces y
había perdido algo de peso, pero sin hacer ningún progreso. Sila, después de su
regreso a Roma, se había mostrado más grosero aún, y ella había adoptado una
postura más radical, dejando de comer. Al principio le había sido muy difícil,
pero luego descubrió que cuando mantenía suficiente tiempo aquel estado de
semiprivación sin sucumbir a la tentación de atiborrarse, disminuían sus deseos
de alimentarse y el estómago dejaba de aguijonearla.
Así, cuando Lucio Gavio Stichus había muerto ocho meses atrás, el plan
de Julilla iba alcanzando su objetivo; sólo quedaban algunos irritantes
inconvenientes por vencer: hallar el medio para que Sila siguiera pensando en
ella y encontrar la manera de mantener un equilibrio orgánico que impidiera un
trágico fin.
Lo de Sila lo solventaba con cartas.
Os amo y nunca me cansaré de decíroslo. Si las cartas son el único medio
de que me escuchéis, os lo diré por medio de cartas. Docenas, cientos, miles,
al paso de los años. Os sofocaré con cartas, os ahogaré con cartas, os
aplastaré con cartas. ¿Hay algo más romano que el género epistolar? Nos
alimentamos de cartas, del mismo modo que yo lo hago escribiéndoos. ¿Qué es la
comida si me negáis el alimento que ansían mi corazón y mi alma? Mi desalmado,
implacable y cruel amado, ¿cómo Podéis estar tan lejos de mí? Echad abajo el
muro que separa las dos casas, penetrad en mi cuarto y ¡besadme, besadme,
besadme! Pero no lo haréis. Parece que os lo oigo decir, mientras yo permanezco
en este lecho odiado, impedida para levantarme. ¿Qué he hecho para merecer
vuestra indiferencia y frialdad? Estoy segura de que bajo vuestra piel
blanquísima anida una mujercita, mi esencia confiada a vuestra vigilancia, de
tal modo
que la Julilla que vive en la casa de al lado en su horrendo y odiado
lecho no es más que una réplica vacía que cada vez se debilita más. Un día
desapareceré y no quedará de mi más que esa mujercita bajo vuestra blanca piel.
¡Venid a verme y ved lo que habéis hecho! Besadme, besadme, besadme. Os amo.
El equilibrio alimentario había resultado más difícil. Decidida a no
engordar, no dejaba de perder peso por mucho que se esforzase en permanecer en
un punto estacionario. Y luego, un día, el equipo de fisicos que durante meses
habían invadido su casa intentando inútilmente curarla, instaron a Cayo Julio
César a que la obligara a comer a la fuerza. Como médicos, habían delegado en
sus pobres padres aquel odioso cometido. Y, así, todos los de la casa se habían
armado de valor preparándose para aquello; desde el último esclavo hasta sus
hermanos Cayo y Sexto y sus propios padres Marcia y César. Había sido un
martirio que ninguno quería recordar después. La pobre Julilla chillando como
si la estuvieran matando y debatiéndose sin fuerzas, vomitando cada bocado,
escupiendo y atragantándose. Cuando, finalmente, César ordenó poner fin a aquel
horror, la familia se reunió y convino por unanimidad en que, pasara lo que
pasara, no podían seguir alimentándola a la fuerza.
Pero el escándalo que había organizado Julilla durante aquellos intentos
de obligarla a comer sirvió para dar la alerta y todo el vecindario se enteró
del problema que había en casa de César. Y no es que los padres hubiesen
ocultado aquello por vergüenza, sino que Cayo Julio César detestaba el
chismorreo y procuraba no dar pábulo a ningún comentario.
En ayuda de los padres de Julilla acudió nada menos que la vecina
Clitumna, provista de un alimento que aseguró no rechazaría Julilla y que no
vomitaría una vez ingerido. César y Marcia la acogieron como agua de mayo y
escucharon absortos lo que les dijo.
—Conseguid leche de vaca —dijo Clitumna dándose aires, encantada de ser
el centro de atención en casa de César—. Ya sé que no es fácil, pero creo que
hay un par de aldeanos en el valle Camenarum que tienen vacas lecheras. Luego,
por cada copa de leche echáis un huevo de gallina y tres
cucharadas de miel. Se bate bien hasta que se forme espuma arriba y se
le añade una copa de vino fuerte para terminar. No pongáis el vino antes de
batirlo porque no se formaría la bonita espuma. Si tenéis un vaso de vidrio,
servídselo en él, porque tiene un precioso aspecto rosado con la capa amarilla
de espuma. Si no lo devuelve, eso la mantendrá viva y bastante saludable
—añadió Clitumna, que recordaba perfectamente la época de huelga de hambre de
su hermana cuando le prohibieron casarse con un individuo nada recomendable de
Alba Fucentia, ¡nada menos que un encantador de serpientes!
—Probaremos —dijo Marcia con los ojos llorosos.
—Con mi hermana dio resultado —añadió Clitumna suspirando—. Cuando se le
pasó lo del encantador de serpientes, contrajo matrimonio con el padre de mi
pobre Stichus.
—Enviaré a alguien a Camenarum inmediatamente —dijo César poniéndose en
pie y saliendo del cuarto—. ¿Y los huevos de gallina? — inquirió, volviendo la
cabeza desde la puerta—. ¿Ha de ser un huevo décimo o uno corriente? —inquirió.
—Oh, los corrientes sirven —respondió Clitumna muy segura,
arrellanándose en el asiento—. Los de gran tamaño desequilibran la mezcla.
—¿Y la miel? —insistió César—. ¿Miel latina corriente o intentamos
conseguir miel de Himeto, o, cuando menos, sin contacto con humo?
—Sirve perfectamente la latina corriente —aseveró Clitumna—. ¿Quién
sabe? A lo mejor es el humo de la miel corriente lo que influye... Atengámonos
a la receta original, Cayo Julio.
—Muy bien —respondió César, desapareciendo de nuevo.
—¡Oh, ojalá lo tolere! —exclamó Marcia con voz temblorosa—. Vecina, ¡nos
está volviendo locos!
—Me lo imagino, pero no lo demostréis tanto; al menos en presencia de
Julilla —dijo Clitumna, que era capaz de ser razonable siempre que no le
afectara a ella, y que de buena gana habría dejado morir a la jovencita si
hubiese tenido conocimiento de aquellas cartas que se acumulaban en la
habitación de Sila—. No queremos ningún muerto más en nuestras casas — añadió
con gesto gazmoño y voz compungida.
—¡Naturalmente que no! —exclamó Marcia—. Clitumna, espero que se haya
paliado algo vuestro pesar por la pérdida de vuestro sobrino, aunque ya sé que
es difícil —añadió muy considerada, movida por su sentido de la conveniencia
social.
—Oh, ya me esfuerzo —respondió Clitumna, quien sufría por Stichus en
muchos aspectos, pero que en un aspecto fundamental había visto su vida más que
simplificada al cesar los enfrentamientos entre el difunto y su queridísimo
Sila. Y añadió un profundo suspiro, muy parecido a los de Julilla, aunque ella
eso lo ignoraba.
Aquella visita fue la primera de una serie, ya que al dar buen resultado
el brebaje, el matrimonio se vio profundamente obligado con su vulgar vecina.
—La gratitud puede resultar un lamentable inconveniente —comentaba Cayo
César, que procuraba esconderse en su despacho en cuanto oía sonar en el atrium
la voz chillona de Clitumna.
—¡Oh, Cayo Julio, no seas tan cascarrabias! —replicaba Marcia—. Clitumna
es muy amable y corremos el peligro de herir su sensibilidad con esa manía que
tienes de eludirla constantemente.
—¡Ya sé que es muy amable! —exclamaba el dueño de la casa, irritado —.
¡De eso es de lo que me quejo!
El plan estratégico de Julilla había complicado a tal extremo la vida de
Sila que, de haberlo sabido, la muchacha se habría sentido muy satisfecha. Pero
no sabía nada, porque él ocultaba a todos aquel tormento y fingía una
indiferencia a su triste estado que desconcertaba a Clitumna, siempre al cabo
de la calle sobre lo que sucedía pared por medio desde que había ejercido de
salvadora.
—Me gustaría que pasaras a saludar a la pobre chica —dijo impaciente
Clitumna aproximadamente en el momento en que Marco Junio Silano partía con sus
magníficas siete legiones por la Via Flaminia en dirección norte—. Pregunta por
ti a menudo, Lucio Cornelio.
—Tengo cosas más importantes que hacer que ir a visitar a una mujer de
la casa de César —replicó Sila ásperamente.
—¡Qué tontería más gorda! —replicó Nicopolis tajante—. No hay hombre que
tenga menos que hacer que tú.
—¿Y es culpa mía? —replicó él, volviéndose súbitamente hácia su querida
con tal gesto de ira que ella retrocedió asustada—. ¡Podía estar ocupado y
marchar con el ejército de Silano a luchar contra los germanos!
—¿Y por qué no has ido? —replicó Nicopolis—. Han reducido tanto los
requisitos de alistamiento, que estoy segura de que con tu apellido podrías
haberlo hecho.
Sila retrajo el labio superior, enseñando aquellos grandes y afilados
caninos que conferían a su sonrisa aquel desagradable aire feroz.
—Yo, un Cornelio patricio, marchar como un soldado raso en una legión?
—replicó—. ¡Antes prefiero que me vendan de esclavo los germanos!
—Puede que te veas satisfecho si no detienen a esos bárbaros. De verdad,
Lucio Cornelio, hay veces en que demuestras a la perfección que eres tu peor
enemigo. Figúrate, lo único que Clitumna te pide es el pequeño favor de que
pases a ver a una muchacha moribunda y tú te pones a gimotear que te trae sin
cuidado y que no tienes tiempo... ¡eres exasperante! —dijo ella con un destello
guasón en la mirada—. Al fin y al cabo, Lucio Cornelio, has de admitir que tu
vida aquí es muchísimo más cómoda desde que Lucio Gavio expiró tan
oportunamente.
Y comenzó a tararear la melodía de una cancioncilla popular que hablaba
de uno que había despachado a su rival en amores, saliendo impune.
—Ex...piró o...portu...namente —repitió con voz atiplada.
El rostro de Sila quedó paralizado pero curiosamente inexpresivo. —Mi
querida Nicopolis, ¿por qué no te llegas paseando hasta el Tíber y
me haces el enorme favor de lanzarte a él?
El tema de Julilla fue prudentemente obviado, pero era algo que parecía
surgir constantemente, y, en su interior, Sila se debatía, sabiéndose
vulnerable al no mostrar ningún interés. Cualquier día sorprenderían a aquella
estúpida criada con una de las cartas o a la propia Julilla escribiendo una, y
¿qué sucedería entonces? ¿Quién iba a creerse que él, con su fama,
no tenía nada que ver en aquella intriga? Una cosa era tener un pasado
turbulento, pero si los censores le consideraban culpable de corromper la moral
de la hija de un senador patricio, jamás podría ser candidato al Senado. Y él
estaba decidido a llegar al Senado.
Lo que anhelaba de verdad era marcharse de Roma, pero no se atrevía por
lo que pudiera hacer la muchacha en su ausencia. Y, por mucho que detestara
confesarlo, no se decidía a abandonarla mientras estuviera tan enferma. Por más
que se la hubiese infligido ella misma, no dejaba de ser una grave enfermedad.
No hacía más que darle vueltas en la cabeza a aquello, como un animal
desorientado, incapaz de pararse y de elegir un sendero lógico. Sacaba la
corona de hierba del escondrijo en uno de los relicarios ancestrales y se
sentaba con ella en las manos, casi llorando de angustia. Porque sabía a dónde
iba y lo que pensaba hacer, y aquella maldita muchacha era una tremenda
complicación, aunque fuese precisamente el origen de todo por aquello de la
corona de hierba. ¿Qué haría? ¡Qué haría! No poco le había costado hallar el
camino en el laberinto de sus intenciones para tener que enfrentarse además a
aquella complicación de Julilla.
Hasta pensó en el suicidio; él, que era el menos predispuesto de los
mortales a caer en aquella fantasía, dulce modo de dejarlo todo, sueño del que
no se despierta. Pero luego volvía a pensar en Julilla. Siempre acababa
pensando en Julilla. ¿Por qué? No la amaba; él era incapaz de amar. Sin
embargo, había veces en que la deseaba con apetito, anhelaba morderla, besarla
y poseerla hasta que gritase extasiada de placer. Y había otras ocasiones,
sobre todo cuando estaba tumbado sin dormir entre su querida y su madrastra, en
que la odiaba profundamente y deseaba tener su garganta entre las manos y ver
cómo se congestionaba su rostro y los ojos se le salían de las órbitas en el
último espasmo de vida. Pero luego le llegaba otra carta. ¿Por qué no las
tiraba o iba con ellas a su padre con gesto fiero, exigiendo que cesase aquel
acoso? No lo hacía. Leía aquellas súplicas apasionadas y desesperadas que la
criada le introducía en el seno de la toga en sitios muy concurridos para no
llamar la atención, y él se leía la misiva doce veces y la guardaba con las
demás en el relicario de sus antepasados.
Pero no cedió en su resolución de no verla.
La primavera dio paso al verano y después de éste llegaron los días
caniculares de agosto, en que Sirio, la estrella mayor del Can, brilló con
resentimiento sobre una Roma paralizada por el calor. Luego, cuando Silano
avanzaba confiadamente Rhodanus arriba contra las hormigueantes masas de
germanos, en Italia central comenzó a llover. Y no dejaba de llover. Lo que
para los habitantes de la soleada Roma era peor que la canícula; algo
deprimente, insoportable, preocupante por si se producían inundaciones y molesto
en todos los aspectos. Los mercados no podían abrir, la vida política era
imposible, hubo que aplazar los juicios y aumentó el índice de criminalidad.
Los hombres descubrían a sus esposas in flagrante &hdo y las asesinaban, el
agua entraba en los silos y humedecía el grano, el Tíber creció hasta anegar
las letrinas públicas, haciendo que los excrementos salieran flotando, hubo
carestía de verduras al inundarse varios centímetros el Campo de Marte y el
Campus Vaticanus, y las casas de mala calidad de las ínsulae comenzaron a
derrumbarse o agrietarse peligrosamente sus muros y cimientos. Todo el mundo
estaba resfriado; los viejos y los enfermos morían de pulmonía; los jóvenes, de
garrotillo y anginas, y, sin distinción de edad, de una misteriosa enfermedad
que paralizaba totalmente, y si el enfermo sobrevivía, le quedaba un brazo o
una pierna marchito, inútil.
Clitumna y Nicopolis comenzaron a pelearse a diario, y todos los días
Nicopolis musitaba a Sila lo bien que le había venido que Stichus muriera.
Luego, tras dos semanas de lluvia pertinaz, las nubes deshicieron sus
últimos jirones hacia el este y lució el sol. Roma era un puro vaho. Zarcillos
de vapor se extendían por adoquines y tejados, enrareciendo el aire. Todos los
balcones, galerías, porches de jardines y ventanas de la ciudad estaban llenos
de ropa enmohecida, contribuyendo a enrarecerlo más. Las casas en que había
niños pequeños —como la del banquero comercial Tito Pomponio— vieron de pronto
sus jardines peristilo llenos de pañales tendidos. Hubo que limpiar el verdín
de los zapatos, desenrollar los libros de las bibliotecas y examinarlos
detenidamente para eliminar los hongos y airear arcones y armarios.
Pero aquella fétida humedad tenía su compensación: la temporada de setas
fue fenomenal. Avidos como eran de los sabrosos hongos en forma de sombrilla,
después de un verano normalmente seco, todos los romanos, ricos y pobres, se
dedicaron a engullir setas.
Y Sila se vio de nuevo acosado por las cartas de Julilla, después de
aquellas dos maravillosas semanas que habían impedido que la criadita se le
cruzase y se las introdujera en la toga. Su obsesión por irse de Roma aumentó
al extremo de que comprendió que si no se sacudía aquel miasma pegajoso, aunque
sólo fuese por un día, se volvería loco sin remisión. Metrobio y su protector
Scilax estaban de vacaciones en Cumas, y como a Sila no le apetecía pasar a
solas aquel día de asueto, se llevó a Clitumna y a Nicopolis de excursión a su
lugar preferido.
—Vamos, muchachas —les dijo al tercer día de buen tiempo—, poneos algo
alegre que os llevo al campo.
Las "muchachas", que no se sentían nada juveniles, le miraron
con la ácida irrisión de quienes no están de humor para que turben su
tranquilidad y se negaron a salir del lecho comunitario, pese a que la calurosa
noche lo había dejado bañado en sudor.
—Necesitáis aire fresco —insistió él.
—Vivimos en el Palatino precisamente porque el aire aquí está muy bien
—replicó Clitumna, dándole la espalda.
—En este momento el aire del Palatino no es mejor que el de cualquier
otra parte de Roma, está cargado del hedor a alcantarilla y a agua sucia — dijo
él—. ¡Vamos, animaos! He alquilado un carruaje; iremos a Tibur, comemos en el
bosque, probamos a pescar, o compramos unos peces y un buen conejo recién
cazado, y volvemos antes de que anochezca mucho más felices.
—No —respondió Clitumna con voz quejumbrosa.
—Pero... —comenzó a decir Nicopolis, indecisa.
—Arréglate —la interrumpió rápidamente Sila—. Vuelvo de aquí a un
momento —añadió, estirándose con fruición—. ¡Ah, qué harto estoy de estar
encerrado en esta casa!
—Yo también —dijo Nicopolis, saltando de la cama.
Clitumna siguió tumbada de cara a la pared, mientras Sila iba a la
cocina a encargar una cesta de provisiones.
—Vente —dijo Sila a Clitumna, mientras se embutía una túnica limpia y se
ataba las sandalias.
Ella no contestó.
—Como quieras —añadió, dirigiéndose a la puerta—. Hasta la noche.
Clitumna siguió callada.
Por consiguiente, sólo fueron de campo Nicopolis y Sila, acompañados de
un gran cesto de sabrosa comida que les había preparado el cocinero
apresuradamente, con envidia de no ir él también. Al pie de la escalinata de
Caco los esperaba una calesa de dos ruedas; Sila ayudó a Nicopolis a montar y
él tomó las riendas.
—Allá vamos —exclamó alegremente, azuzando a las mulas y sintiendo una
dicha extraordinaria y una extraña sensación de libertad. Para sus adentros, se
dijo que se alegraba de que Clitumna no fuese con ellos. Ya estaba bien con
Nicopolis—. ¡Arre, arre! —gritó.
Las mulas arreaban bien y la calesa avanzaba alegremente por el valle de
Murcia, en el que se alzaba el Circo Máximo, hasta alcanzar la puerta Capena
por la que salió de la ciudad. Al principio el paisaje no era interesante ni
alegre, pues la carretera de circunvalación que tomó Sila para dirigirse hacia
el este atravesaba los grandes cementerios de Roma. Todo eran tumbas y más
tumbas, salvo los imponentes mausoleos y sepulcros de los ricos y nobles, que
flanqueaban las arterias que salían de la ciudad, y las simples lápidas de los
humildes. Todos los romanos y griegos, incluidos los más pobres y los esclavos,
soñaban con poder pagarse un monumento que atestiguara su existencia después de
muertos. Por eso, pobres y esclavos formaban parte de asociaciones funerarias y
aportaban lo poco que podían a aquellas fratrías, que administraban e invertían
cuidadosamente los ingresos; las malversaciones abundaban en Roma, como en
cualquier otra parte, pero las asociaciones funerarias estaban tan celosamente
controladas por los afiliados, que a los administradores no les quedaba más
remedio que ser honrados. Un buen funeral y una bonita tumba eran cosas
importantes.
Un cruce de carreteras constituía el punto central de la enorme
necrópolis situada en el Campus Esquilinus, y en el mismo cruce, entre unos
frondosos árboles sagrados, se alzaba el imponente templo de Venus Libitina;
dentro del podio se guardaban los libros de registro con los nombres de los
ciudadanos romanos difuntos, acompañados de arcas y más arcas con el dinero
pagado durante siglos por la inscripción. Por eso el templo poseía una gran
riqueza, y aunque los fondos eran del Estado, no se tocaban. Se trataba de la
Venus que regía a los muertos, no a los vivos, la Venus protectora de la
extinción de la fuerza procreadora. Y su templo era la sede central del gremio
de las empresas funerarias de Roma. Delante del templo había una explanada en
la que se levantaban las piras, y detrás de ella estaba el cementerio de los
pobres, una extensión siempre cambiante de fosas llenas de cadáveres, cal y
tierra. Eran pocos los que, ciudadanos o no ciudadanos, elegían ser inhumados,
aparte de los judíos, que recibían enterramiento en una zona especial, y los
aristócratas de la familia noble de los Cornelios, a quienes se daba sepultura
en la Via Apia. Por eso la mayoría de los sepulcros que convertían el Campus
Esquilinus en una densa ciudad de piedra, guardaban urnas con cenizas en lugar
de cuerpos en descomposición. Dentro del recinto sagrado de Roma no se
enterraba a nadie, ni siquiera a los grandes.
Pero, una vez que la calesa pasó bajo los arcos de los dos acueductos
que abastecían a las populosas colinas nordeste de la ciudad, el panorama
cambiaba. Por todas partes se veían campos de labrantío y viveros y, luego,
pastos y campos de trigo.
A pesar de los desperfectos causados por las lluvias en la Via
Tiburtina, que mostraba erosionada la gruesa capa de grava y polvo de toba que
recubría las losas, los pasajeros de la calesa iban muy contentos. El sol
calentaba atemperado por la brisa, la sombrilla de Nicopolis era lo
suficientemente amplia para dar sombra a los dos y las mulas se portaban bien.
Sila sabía de sobra que no convenía forzar la marcha y dejó a los animales que
trotaran tranquilos a su paso.
No se podía cubrir en un día el viaje de ida y vuelta a Tibur, pero el
paraje preferido de Sila estaba apenas comenzar la subida a Tibur, a cierta
distancia de Roma, en un bosque que se extendía hasta las estribaciones
cada vez más elevadas de la Gran Roca, la montaña más alta de Italia. La
carretera cruzaba el bosque en diagonal, cosa de una milla, antes de adentrarse
por campo abierto y seguir hacia el valle del Anio, una región sumamente fértil
y agrícola.
Pero aquel tramo de bosque de una milla era camino más difícil, y Sila
salió de la carretera y condujo a las mulas por una senda de carros que
discurría entre los árboles y luego moría.
—Ya hemos llegado —dijo, saltando del pescante y acercándose a Nicopolis
para ayudarla a apearse—. Ya sé que el lugar no parece muy bonito, pero si
andamos un poco te enseñaré un paraje que compensa el viaje.
Primero quitó el arnés a las mulas y las trabó; luego puso la calesa a
la sombra, cogió el cesto y se lo colgó al hombro.
—¿Cómo es que manejas tan bien las mulas y los arneses? —inquirió
Nicopolis, siguiendo cuidadosamente los pasos de Sila entre los árboles.
—Eso lo sabe hacer cualquiera que haya trabajado en el puerto de Roma
—contestó él por encima del hombro libre—. Ve despacio, que no falta mucho y no
tenemos prisa.
Realmente era temprano. Como estaban a primeros de septiembre, las doce
horas de luz diurna eran todavía largas de sesenta y cinco minutos, y aún
faltaban dos horas para el mediodía.
—Es un bosque virgen —dijo Sila— y seguramente por eso nadie hace leña.
Antiguamente en estas tierras se cultivaba trigo, pero cuando el grano comenzó
a traerse de Sicilia, Cerdeña y la provincia africana, los agricultores
marcharon a Roma y el bosque recuperó el terreno.
—Eres sorprendente, Lucio Cornelio —dijo ella—. ¿Cómo sabes tantas cosas
del mundo?
—Es un don que tengo. Lo que oigo o leo se me queda.
Llegaron a un hermoso claro lleno de hierba y flores otoñales;
margaritas, grandes macizos de rosales trepadores rosa y blancos y lupinas
rosas y blancas de largo tallo. Cruzaba el claro un riachuelo muy crecido por
las lluvias, con el lecho lleno de piedras desiguales, formando pozas y
espumosas cascadas. El sol hacía brillar sus aguas, surcadas por
libélulas y pajarillos.
—¡Es precioso! —exclamó Nicopolis.
—Lo descubrí el año pasado, cuando estuve fuera unos meses —dijo él,
dejando la cesta a la sombra—. Se me rompió una rueda de la calesa en el
lindero del bosque, donde empieza la senda, y tuve que enviar a Metrobio
montado en una mula a Tibur a que buscase ayuda. Y mientras esperaba estuve
explorando los alrededores.
No le hizo gracia a Nicopolis que el odiado y temido Metrobio hubiese
tenido el privilegio de haber visto primero aquel paraje, pero no dijo nada y
se limitó a sentarse en la hierba, rendida, viendo cómo Sila sacaba de la cesta
una gran bota de vino, que metió en un pequeño remanso del arroyo y sujetó con
unas piedras. A continuación se quitó la túnica, las sandalias y todo lo que
llevaba.
Aún era profunda la alegría que sentía Sila y tan cálida como el sol que
acariciaba su piel; se desperezó sonriente y dirigió una mirada al claro con un
afecto que nada tenía que ver con Metrobio ni con Nicopolis. Su placer se
originaba simplemente en el hecho de verse libre de los agobios y frustraciones
que jalonaban su vida cotidiana, soñando con algún lugar en el que el tiempo no
corriera, la política no existiera, a los hombres no los dividieran clases y el
dinero fuese algo por inventar. Sus ratos de felicidad eran tan escasos y
espaciados a lo largo de aquella ruta de su vida, que los recordaba con nítida
claridad: el día en que un revoltijo de líneas en un papel se transformó de
pronto en ideas comprensibles; el momento en que un hombre en extremo amable y
considerado le enseñó lo perfecto que podía ser el acto del amor; la estupenda
emancipación al morir su padre, y el descubrimiento de que aquel claro del
bosque era el único trozo de tierra que podía considerar suyo porque no era de
nadie que se preocupase de ir allí aparte de él. Y eso era todo. El inventario.
Ninguno de aquellos momentos se basaba en la apreciación de la belleza ni en el
proceso vital, sino que representaban la liberación del analfabetismo, el
placer erótico, la libertad respecto a la autoridad y el sentido de propiedad.
Y aquéllas eran las cosas que Sila apreciaba; las cosas que Sila quería.
Nicopolis le miraba fascinada, sin imaginarse ni por asomo el origen de
aquella dicha, maravillada de la impresionante blancura de aquel cuerpo al sol
—algo que nunca había visto— y aquel dorado fuego de cabeza, pecho e ingle. No
pudo resistirlo y se despojó de su ligero vestido y de la camisa que llevaba
debajo, con un largo faldón que le pasaba entre las piernas y se abrochaba por
delante, hasta quedarse también desnuda, gozando de la caricia del sol.
Se metieron en una de las pozas, conteniendo la respiración por la
impresión al sumergirse en el agua fría y allí estuvieron hasta calentarse con
el sol, mientras Sila jugueteaba con los erectos pezones de Nicopolis y sus
hermosos senos; luego se tumbaron en la espesa y blanda hierba e hicieron el
amor mientras se secaban. Después comieron pan, queso, huevos duros y alas de
pollo, regado todo con el vino fresco. Ella hizo una corona de flores para Sila
y otra para ella y se revolcó ahíta de felicidad.
—¡Esto es una maravilla! —exclamó—. ¡No sabe Clitumna lo que se ha
perdido!
—Clitumna nunca sabe lo que se pierde —dijo Sila.
—No te creas —replicó ella, distraída—. La pérdida del pegajoso sí la
nota.
Y comenzó a tararear la cancioncilla del crimen hasta que advirtió el
brillo en la mirada de Sila, señal de que estaba enfadándose. No es que
realmente creyera que Sila había provocado la muerte de Stichus, pero la
primera vez que lo había insinuado, había notado cierta inquietud en él y
seguía pensando en ello por simple curiosidad.
Bueno, era mejor dejarlo. Se puso en pie de un salto y estiró los brazos
hacia Sila, que seguía tumbado.
—Vamos, perezoso, que quiero dar un paseo por el bosque fresquito.
Él se levantó obediente, la cogió de la mano y se internaron en la
espesura, andando sobre la capa de hojas muertas que conservaba la tibieza de
aquel día soleado. Era una delicia ir descalzo.
¡Allí estaban! Un ejército en miniatura de las setas más exquisitas que
Nicopolis había visto en su vida. Todas ellas impolutas y sin la menor
marca de picadura de insecto ni mordedura de animal alguno;
blanquísimas, gordas, carnosas y de esbelto tallo; oliendo a tierra fresca.
—¡Oh, qué bien! —exclamó, arrodillándose ante ellas.
—Vamos —dijo Sila con una mueca.
—No, ¡no seas malo porque a tí no te gusten las setas! ¡Por favor, Lucio
Cornelio, por favor! Ve a donde está la cesta y tráeme un trapo; voy a coger
unas cuantas para la cena —dijo Nicopolis, decidida.
—A lo mejor son venenosas —replicó él sin moverse.
—¡Tonterías; qué van a ser venenosas! ¡Mira! No tienen ningún velillo en
las branquias, ni lunares, y no son rojas. Hacen un olor estupendo. Además,
esto no es un roble, ¿verdad? —dijo levantando la vista hacia el árbol al pie
del cual crecían las setas.
—No, no es un roble —contestó Sila, mirando las hojas lobuladas y
experimentando la visión de la inevitabilidad del destino, la mano de su diosa
protectora.
—¡Pues, anda, sé bueno! —dijo ella, mimosa.
—Bueno, como quieras —respondió él con un suspiro.
Toda una colonia de setas pereció a manos de Nicopolis, que las envolvió
en la servilleta que Sila había traído y las guardó cuidadosamente en la cesta
para preservarlas del calor.
—No sé por qué a ti y a Clitumna no os gustan las setas —dijo ya en la
calesa, con las mulas trotando decididas camino del establo.
—Nunca me han gustado —dijo Sila, distraído.
—Pues me las comeré yo todas —replicó Nicopolis con una risita. —De
todos modos, ¿a qué viene tanto interés en cogerlas, si se pueden
comprar por toneladas en el mercado, y baratísimas? —inquirió Sila.
—Estas son mías —respondió ella—. Las he encontrado yo misma, me
di cuenta de lo perfectas que eran, y las he cogido con mis propias
manos. Las que venden en el mercado son viejas y están llenas de gusanos,
agujeros, arañas y los dioses saben qué. Seguro que las mías son más ricas.
Eran más ricas. Cuando Nicopolis las llevó a la cocina, el cocinero las
tocó con reparos, pero tuvo que admitir que tenían buen aspecto y no olían mal.
—Fríelas ligeramente en aceite —dijo Nicopolis.
Daba la casualidad de que el esclavo encargado de las verduras había
traído aquella misma mañana un cesto de setas del mercado; resultaron tan
baratas que toda la servidumbre se había pasado el día comiéndolas. Por ello a
nadie le tentaron las recién llegadas, y el cocinero las aderezó tal como
Nicopolis le había indicado, con un poco de pimienta y zumo de cebolla. Ella
las devoró, azuzado su apetito por la jornada campestre y por la exagerada
mohína de Clitumna. Porque, claro, cuando ya era demasiado tarde para enviar un
criado a decirles que esperasen, Clitumna se había arrepentido de no ir de
campo; y sometida al sufrimiento de escuchar los panegíricos de la excursión
durante toda la cena, reaccionó de mala manera y afirmó que pensaba dormir
sola.
Dieciocho horas más tarde, Nicopolis sintió los primeros dolores
intestinales. Sufrió náuseas y se encontró mal, pero no tenía diarrea y dijo
que el dolor era soportable. ¡Cuán equivocada estaba! Luego vio que su orina
era rojiza y le entró el pánico.
Llamaron inmediatamente a los médicos y todos anduvieron de cabeza.
Clitumna envió criados a buscar a Sila, que había salido a primera hora sin
decir a dónde iba.
Cuando las pulsaciones de Nicopolis aumentaron y su presión sanguínea
descendió, los médicos se miraron muy serios. Le sobrevino una convulsión, su
respiración se hizo trabajosa y lenta y el corazón comenzó a experimentar
contracciones que desembocaron en un coma inexorable. Parece ser que a nadie se
le ocurrió pensar en las setas.
—Fallo renal —dijo Atenodoro de Sicilia, el físico más famoso del
Palatino.
Los demás corroboraron el diagnóstico.
Cuando Sila entró apresuradamente en la casa, Nicopolis moría de
hemorragia masiva interna, víctima, dijeron los médicos, de un colapso
sistémico.
—Habría que practicar la autopsia —dijo Atenodoro.
—Estoy de acuerdo —comentó Sila, sin decir nada de las setas.
—¿Es contagioso? —inquirió Clitumna con voz lastimera, más vieja y
desesperada que nunca.
Todos dijeron que no.
La autopsia confirmó la diagnosis de fallo renal y hepático; los riñones
y el hígado estaban hinchados, congestionados y afectados por la hemorragia,
que también había interesado el corazón, el estómago, el intestino delgado y el
colon. La seta de aspecto inocente llamada "destructora" había hecho
bien su efecto.
Sila organizó el funeral (Clitumna estaba muy deprimida) y encabezó el
nutrido cortejo mortuorio de actores de comedia y mimos, que sin duda habría
complacido a Nicopolis.
Cuando, posteriormente, Sila volvió a casa de Clitumna, halló a Julio
César esperándole. Sila se despojó de la toga negra de luto y se unió a
Clitumna y al visitante en la sala de estar. Había visto en contadas ocasiones
al senador Cayo Julio César y nunca había hablado con él. Que hiciera una
visita a Clitumna con motivo de la inoportuna muerte de una ramera griega, le
parecía muy extraño a Sila, y por ello se puso inmediatamente en guardia,
mostrándose puntillosamente correcto una vez hechas las presentaciones.
—Cayo Julio —dijo con una reverencia.
—Lucio Cornelio —respondió César, haciendo lo propio.
No Se estrecharon la mano; al sentarse Sila, César volvió a ocupar su
asiento con aparente tranquilidad y se volvió hacia Clitumna, reanudando una
apacible conversación.
—¿Por qué insistís en quedaros, querida? Marcia os está esperando. Que
os acompañe el mayordomo. En estas tristes circunstancias, una mujer necesita
la compañía de otra.
Sin decir una palabra, Clitumna se levantó y se dirigió a la puerta,
mientras el visitante metía la mano en su toga negra y extraía un pequeño rollo
de papel que dejó sobre la mesa.
—Lucio Cornelio, hace mucho tiempo que vuestra amiga Nicopolis me
encargó redactar su testamento y depositarlo en las Vestales. La señora
Clitumna lo conoce y por ello no hay necesidad de que asista a su lectura.
—¿Y...? —inquirió Sila, perplejo, sin saber qué decir y mirando a César
sin comprender.
—Lucio Cornelio, la señora Nicopolis os ha nombrado único heredero —dijo
César sin preámbulos.
—¿Es cierto? —replicó Sila, atónito.
—Así es.
—Bueno, supongo que si lo hubiera pensado, habría podido imaginarme que
estaba dispuesta a hacerlo —dijo Sila, recuperándose de su sorpresa—. Aunque me
da igual, pues todo lo que tenía lo había gastado.
—No es así, ¿sabéis? —replicó César, mirándole fijamente—. La señora
Nicopolis era bastante rica.
—¡Bah! —exclamó Sila.
—Cierto, Lucio Cornelio, era bastante rica. No tenía propiedades, pero
era viuda de un tribuno militar que obtuvo buenos botines. Todo lo que ella
heredó lo invirtió, y, según los datos verificados esta mañana, su fortuna
supera los doscientos mil denarios —dijo César.
No había duda de que Sila estaba francamente sorprendido. Al margen de
lo que César hubiese pensado de él hasta aquel momento, era evidente que el
hombre no tenía la menor idea de aquel testamento, pues permanecía estupefacto.
Luego se arrellanó en el asiento, se llevó las temblorosas manos a la
cara y, estremecido, musitó:
—¿Tanto? ¿Nicopolis?
—Efectivamente. Doscientos mil denarios; ochocientos mil sestercios, si
lo preferís. Una suma digna de un caballero.
—¡Oh, Nicopolis! —exclamó Sila, bajando las manos.
César se puso en pie y alargó la mano, que Sila estrechó, anonadado.
—No, Lucio Cornelio, no os levantéis —dijo César, muy amable—. Querido
amigo, no tengo palabras para deciros cuánto me alegro por vos. Sé que es
difícil paliar vuestro dolor en estos momentos, pero quiero que sepáis que
muchas veces he deseado con todo mi corazón que algún día os sonriera la
fortuna. Mañana iniciaré los trámites de verificación del
testamento. No faltéis al Foro en la segunda hora. Nos veremos junto al
altar de Vesta. Ahora, os deseo un buen día.
Una vez que César se hubo marchado, Sila se quedó un buen rato sentado
sin moverse. La casa estaba tan silenciosa como la tumba de Nicopolis; Clitumna
debía de estar en casa de Marcia y la servidumbre andaba de puntillas.
Debieron de transcurrir unas seis horas hasta que, por fin, se levantó,
entumecido y cansado, y se desperezó. La sangre comenzó a circularle y a llenar
de fuego su corazón.
—¡Lucio Cornelio, por fin te hallas en camino! —dijo, echándose a reír.
Aunque había comenzado discretamente, su risa fue en aumento hasta convertirse
en una escandalosa carcajada, que los criados escucharon aterrados sin
decidirse a entrar en la sala. Pero antes de que se hubiesen
armado de valor para hacerlo, Sila dejó de reír.
Clitumna envejeció casi de la noche a la mañana. Aunque sólo alcanzaba
los cincuenta años, la muerte de su sobrino había acelerado notablemente el
proceso de senectud, y la muerte de su querida amiga y amante culminaba aquella
decadencia. Ni el propio Sila era capaz de mitigar su depresión; ni el mimo y
la farsa la animaban a que saliera de casa, ni sus habituales visitantes,
Scilax y Mirsias, lograban hacerla sonreír. Lo que más la abrumaba era cómo se
reducía su círculo de íntimos y se acentuaba la realidad de su vejez. Si Sila
la abandonaba, dado que la herencia de Nicopolis le liberaba de su dependencia
económica, se quedaría totalmente sola. Una perspectiva que la horrorizaba.
Poco después de morir Nicopolis, mandó llamar a Cayo Julio César. —No se
puede dejar nada a los muertos —le dijo—, así que voy a
cambiar otra vez el testamento.
El testamento fue modificado y volvió a quedar depositado en su
casillero de las vestales.
Pero la depresión no cedía y Clitumna no hacía más que llorar, con
aquellas manos, otrora tan nerviosas, cruzadas en el regazo cual dos trozos de
pasta que aguardan que el cocinero las rellene. Todos estaban
preocupados y todos comprendían que no había nada que hacer salvo
esperar a que pasara el tiempo, que todo lo cura. Si es que llegaba el momento.
Para Sila había llegado.
La última misiva de Julilla decía así:
Os amo, pese a que los meses y los años me han demostrado el poco amor
con que me correspondéis y lo poco que os importa mi suerte. En junio cumplí
dieciocho años, y ya debería estar casada, pero he logrado aplazar esa horrible
necesidad poniéndome enferma. Quiero casarme con vos, sólo con vos, mi muy
querido, mi queridísimo Lucio Cornelio. Mi padre no sabe qué hacer; no se
atreve a presentarme un novio adecuado, y yo pienso seguir así hasta que
vengáis y me digáis que vais a casaros conmigo. En cierta ocasión dijisteis que
era una niña y que al crecer desaparecería mi amor por vos, pero a pesar del
tiempo transcurrido —casi dos años— se ha demostrado lo que mi amor vale, se ha
demostrado que mi amor por vos es tan inexorable como el regreso del sol desde el
sur todas las primaveras. Ya no está esa delgada dama griega a quien tanto
odiaba, maldecía y a quien mil veces deseé la muerte. ¿Veis los poderes que
tengo, Lucio Cornelio? ¿Por qué no os dais cuenta de que no podéis escapar de
mí? No hay corazón tan lleno de amor como el mío que no pueda recibir la
recíproca. Me amáis, sé que me amáis. Ceded, Lucio Cornelio, ceded. Venid a
verme, arrodillaos junto a mi lecho del dolor, apoyad vuestra cabeza en mi
pecho y dadme un beso. ¡No me condenéis a la muerte! Haced que viva. Casaos
conmigo.
Sí, a Sila le había llegado el momento. El momento de poner fin a muchas
cosas. El momento de desprenderse de Clitumna, de Julilla y de todos esos otros
horribles compromisos humanos que ataban su espíritu y arrojaban sombras tan
fantasmagóricas en su mente. Incluso de Metrobio debía prescindir.
Así, a mediados de octubre, Sila fue a llamar a la puerta de Cayo Julio
César a una hora en que podía esperar con toda confianza que estuviera en
casa. Y confiar también en que las mujeres estuviesen retiradas en sus
apartamentos, pues Cayo Julio César no era la clase de marido y padre que
permitiese que las mujeres de la casa tratasen con los clientes y varones
amigos. Pues, aunque parte del motivo de llamar a la puerta de César era
deshacerse de Julilla, no tenía ganas de verla, y todo su ser, toda su
capacidad reflexiva, toda su energía debía centrarse en Cayo Julio César y en
lo que pensaba decirle. Lo que tenía que decirle debía hacerse sin suscitar
sospechas ni desconfianza.
Ya había acudido con César a efectuar los requisitos de la verificación
del testamento y le habían entregado la herencia tan fácilmente y sin reproche,
que estaba doblemente receloso. Incluso al comparecer ante los censores,
Escauro y Druso, todo había ido como la seda, pues César se había empeñado en
acompañarle y en prestarse como garante de la autenticidad de los documentos
que debía presentar al escrutinio censorial. Al final, los propios Marco Livio
Druso y Marco Aurelio Escauro se habían puesto en pie, estrechando su mano para
darle su sincera enhorabuena. Era como un sueño. Pero ¿acaso no se vería
obligado a despertarse?
Porque lo cierto es que, sin la menor necesidad de forzarlo, había
conocido a Cayo Julio César y el contacto había madurado en una especie de
distante tolerancia amistosa. El nunca iba a casa de César; se limitaba a
fomentar su trato en el Foro. Los dos hijos de César estaban en Africa con su
cuñado Cayo Mario, pero Sila había llegado a conocer un poco a Marcia en las
semanas posteriores a la muerte de Nicopolis, cuando ella había estado
visitando asiduamente a Clitumna, y había comprendido claramente que la esposa
de César le miraba con recelo porque Clitumna, sospechaba él, no había sido tan
discreta como hubiera debido a propósito de la extraña relación del trío
formado por ella misma, Sila y Nicopolis. No obstante, sabía perfectamente que
Marcia le encontraba muy atractivo, aunque sus modales le dieran a entender que
la dama catalogaba ese atractivo a medio camino entre la belleza del escorpión
y la de la serpiente.
De ahí la angustia de Sila cuando llamó a la puerta de Cayo Julio César
a mediados de octubre, consciente de que ya no podía aplazar más la segunda
fase de su plan. Tenía que actuar antes de que Clitumna comenzara
a rehacerse. Y eso significaba que tenía que asegurarse el concurso de
César.
El criado le abrió inmediatamente y no dudó en dejarle pasar, lo que
significaba que figuraba en la lista de los que César estaba dispuesto a
recibir a cualquier hora en que se encontrara en casa.
—¿Recibe Cayo Julio? —inquirió.
—Sí, Lucio Cornelio. Aguardad, por favor —respondió el portero,
dirigiéndose inmediatamente al despacho de su amo.
Preparado a esperar un buen rato, Sila comenzó a pasearse por el modesto
atrium, advirtiendo que, comparado con aquella pieza tan simple y carente de
adornos, el atrium de Clitumna era como la antecámara del harén de un sátrapa
oriental. Y mientras pensaba en esas cosas, Julilla entró en el vestíbulo.
¿Cuánto tiempo haría que habría convencido a todos los criados que
estaban en la puerta de que la avisasen inmediatamente si entraba Lucio
Cornelio? ¿Y cuánto tiempo habría tardado el portero en avisar a César de su
visita?
Esas dos preguntas cruzaron por el cerebro de Sila en un abrir y cerrar
de ojos y con mayor rapidez que la reacción de su cuerpo al ver a la muchacha.
Se le doblaron las rodillas y tuvo que agarrarse a lo primero que
encontró a mano, que resultó ser un aguamanil plateado que había en una mesita,
y que, como no estaba sujeto a ella, cedió al apoyarse Sila en él y cayó al
suelo con tal estruendo que Julilla, tapándose la cara con las manos, salió
corriendo del recibidor.
El eco propagó el ruido cual si se tratase de la caverna de la Sibila de
Cumas y todos acudieron corriendo. Consciente de que debía estar completamente
demudado y de que le bañaba un sudor frío de espanto, Sila dejó que sus piernas
cediesen y se derrumbó bajo la toga hasta el suelo, donde quedó sentado con la
cabeza entre las rodillas y los ojos cerrados, tratando de borrar la imagen de
aquel esqueleto recubierto de piel dorada que era Julilla.
Cuando César y Marcia le ayudaron a levantarse y a caminar hasta el
despacho, no pudo menos que dar las gracias interiormente por su tez grisácea y
el color cárdeno de los labios, que le conferían el aspecto de un auténtico
enfermo.
Un trago de vino puro le devolvió en parte su aspecto normal y pudo
sentarse en el sofá, donde, con un suspiro, se pasó la mano por la frente. ¿Lo
habrían visto los padres? ¿Se habría escondido Julilla? ¿Qué diría? ¿Qué hacer?
César y Marcia mostraban semblante adusto.
—Lo siento, Cayo Julio —dijo Sila, dando otro sorbo de vino—. Ha sido un
desmayo... No sé qué me ha pasado.
—Tranquilizaos, Lucio Cornelio —dijo César—. Yo sé lo que os ha pasado.
Habéis visto un fantasma.
A aquel hombre no se le podía engañar, al menos no descaradamente.
Era demasiado inteligente y se daba cuenta de todo.
—¿Era la pequeña? —inquirió.
—Sí —respondió César, haciendo un ademán a su esposa para que saliera,
cosa que ella hizo en seguida sin rechistar.
—Hace años solía verla en el Porticus Margaritaria con sus amigas — dijo
Sila—, y pensaba que era el prototipo de la muchacha romana: siempre risueña,
nada vulgar... Luego, una vez que yo estaba en el Palatino dolorido, quiero
decir dolorido de espíritu, ¿me entendéis?
—Sí, creo que sí —dijo César.
—Ella pensó que estaba enfermo y me dijo si necesitaba algo. Yo no
estuve muy amable con ella, pensé que a vos no os gustaría que anduviera en
compañía de personas como yo. Pero ella no quiso marcharse y yo no quise ser
excesivamente grosero. ¿Sabéis lo que hizo? —añadió Sila con una mirada más
extraña de lo habitual, con las pupilas enormemente dilatadas y circundadas por
dos anillos color gris claro y otros dos exteriores gris oscuro, clavadas en
César como las de un ciego, con expresión inhumana.
—¿Qué hizo? —inquirió César con voz queda.
—¡Me trenzó una corona de hierba! Hizo una corona de hierba y me la puso
en la cabeza. ¡A mí! ¡Y yo... yo vi algo!
Se hizo un silencio que ninguno de los dos se atrevió a romper durante
un buen rato; ambos recapacitaron y pensaron, recíprocamente, si estaban ante
un aliado o un adversario.
—Bien —dijo finalmente César—, ¿para qué habéis venido a verme, Lucio
Cornelio?
Era el modo de manifestar que aceptaba la inocencia de Sila,
independientemente de la interpretación que diera a la conducta de su hija. Y
era también el modo de decir que no quería oír hablar más de aquel asunto de su
hija; y Sila, que había pensado en sacar a colación lo de las cartas de
Julilla, se abstuvo.
El primitivo propósito de ir a casa de César ya le aparecía lejano y
fuera de lugar, pero respiró hondo, se levantó del sofá, tomó asiento en una
silla más correcta frente al escritorio de César y adoptó la actitud de un
cliente.
—Quería hablaros de Clitumna —dijo—. O quizá fuera mejor que hablase de
ella a vuestra ésposa. Pero, indudablemente, al primero que debo decírselo es a
vos. Clitumna está fuera de sí y vos lo sabéis bien. Se halla deprimida, no
para de llorar y no sale de su apatía. A mí no me parece un comportamiento
normal, ni siquiera dentro de la pena que debe afectarla. La cuestión es que no
sé qué hacer por ella —prosiguió, respirando hondo—. Le debo un gran favor,
Cayo Julio. Sí, es una pobre mujer, vulgar, y no precisamente una perla para la
vecindad, pero yo tengo una obligación con ella. Fue muy buena con mi padre y
ha sido buena conmigo. Quisiera corresponder lo mejor posible, pero no sé cómo.
César se arrellanó en su asiento, percibiendo que había algo raro en
aquella solicitud. No es que dudase de lo que decía Sila, pues él mismo había
visto a Clitumna e incluso Marcia le había hablado bastante de su estado. No,
lo que le chocaba era que Sila viniese a pedirle consejo, porque no era propio
de su carácter, pensó César, que dudaba mucho de que Sila no supiera qué hacer
en relación a su madrastra, la cual, según los rumores, era también su querida.
A ese respecto, César no podía aventurar suposiciones, porque, dado que había
osado acudir en busca de ayuda, seguramente sería
una mentira, típico chismorreo del Palatino. Igual que el rumor de que
la madrastra de Sila tenía relaciones sexuales con la difunta Nicopolis y el de
que Sila mantenía relaciones sexuales con ambas ¡y al mismo tiempo! Marcia
había comentado que a ella le parecía una situación algo sospechosa, pero en
realidad no había podido dar prueba alguna de aquellos chismorreos. La aversión
de César a dar crédito a tales chismes no era simple ingenuidad, sino más bien
un disgusto personal no sólo dictado por su propio comportamiento, sino
igualmente reflejado en su criterio sobre el comportamiento de los demás. Una
cosa era contar con pruebas de algo y otra muy distinta las habladurías. Pese a
lo cual, había algo extraño en la visita de Sila.
Reflexionando sobre este particular, César llegó a una conclusión. Ni
por un instante pensó en que hubiese algo entre Sila y su hija menor, pero sí
era increíble que un hombre como aquél se desmayase al ver a una muchacha
esquelética. Luego estaba aquella historia de la corona de hierba que había
trenzado Julilla, cuyo significado, naturalmente, él conocía perfectamente.
Quizá se hubieran viSto pocas veces y más que nada de pasada, pero no cabía
duda de que algo había entre ellos. Y si sentían una cierta afinidad mutua, no
le gustaba nada. Julilla debía ser para un hombre capaz de hacerla destacar en
los círculos sociales a los que pertenecían los César.
Mientras César se arrellanaba en su asiento, haciéndose estas
reflexiones, Sila, repantigado en el suyo, se preguntaba qué estaría pensando
su anfitrión. Por culpa de Julilla, la entrevista no había salido ni mucho
menos conforme él esperaba. ¿Cómo no habría sabido dominarse? ¡Desmayarse él,
Lucio Cornelio Sila! Aquello le había delatado de tal modo, que ahora pocas
posibilidades tenía de explicarse ante el celoso padre, y, además, se había
visto obligado a contar parte de la verdad. De no haber sido por Julilla,
habría dicho toda la verdad, pero no creía que a César le complaciera echar un
vistazo a aquellas cartas. Ahora resultaba sospechoso ante César, y eso no le
gustaba nada.
—¿Y habéis pensado hacer algo respecto a Clitumna? —inquirió César.
—Pues sí —respondió Sila con el entrecejo fruncido—. Tiene una villa en
Circei, y he pensado que quizá sería una buena idea convencerla para que se
fuese allí una temporada.
—¿Y por qué me lo consultáis a mí?
Aún más inquieto, Sila se percató de la sima que se abría a sus pies y
se dispuso a salvarla.
—Tenéis razón, Cayo Julio. ¿Por qué os lo consulto? La verdad es que me
encuentro entre Escila y Caribdis, y he pensado que tal vez pudierais ser mi
tabla de salvación.
—¿Y en qué sentido podría yo salvaros? ¿A qué os referís? —Creo que
Clitumna piensa suicidarse —dijo Sila. —¡Ah!
—Se trata de cómo podría yo impedirlo. Yo soy un hombre, y al
desaparecer Nicopolis no existe ninguna mujer de la familia de Clitumna, ni
entre sus criadas, capaz de procurarle suficiente confianza y afecto para
ayudarla a salir del paso —dijo Sila inclinándose hacia adelante y
enardeciéndose—. ¡Ella no puede seguir en Roma, Cayo Julio! Pero ¿cómo voy a
mandarla a Circei sin que la acompañe una mujer de confianza? No creo que yo
sea la persona con la que desee estar en las actuales circunstancias, y además tengo
que hacer en Roma en este momento. Lo que había pensado es si vuestra esposa
estaría dispuesta a acompañarla en Circei unas semanas... Esta depresión
suicida no puede durarle, estoy seguro; pero en este momento me preocupa mucho.
La villa es muy cómoda, y aunque ya empieza a hacer frío, el lugar es muy sano
en cualquier época del año. A vuestra esposa le vendría bien un poco de aire
del mar.
A César, visiblemente relajado, parecía que le hubiesen quitado un gran
peso de encima.
—Comprendo, Lucio Cornelio, comprendo. Y más de lo que podáis pensar.
Efectivamente, mi esposa se ha convertido en la persona de quien más depende
Clitumna, pero, lamentablemente, yo no puedo prescindir de ella. Ya habéis
visto cómo está Julilla y no necesitáis que os diga la
desesperada situación en que nos vemos. Y ella, por mucho que aprecie a
Clituruna, tampoco consentiría en marchar.
—¿Y por qué no enviar también a Julilla con ellas? —dijo Sila muy
decidido—. ¡El cambio de aires podría sentarle estupendamente!
—No, Lucio Cornelio —replicó César, moviendo la cabeza—. Me temo que no
sea posible. Yo también tengo que hacer en Roma hasta la primavera. No sabría
qué hacer sin mi esposa y mi hija en Roma, y no es porque sea egoísta y no
quiera darles ese gusto, sino porque estaría constantemente preocupado por
ellas. Si Julilla se encontrara bien, sería distinto. Pero en las actuales
circunstancias, no.
—Lo comprendo, Cayo Julio, y lo siento —dijo Sila, poniéndose en pie.
—Enviad a Clitumna a Circei, Lucio Cornelio. Le vendrá bien añadió César
acompañando a su visita hasta la puerta de la casa y abriéndosela él
mismo.
—Gracias por aguantar mi necedad —dijo Sila.
—No tiene importancia. En realidad me alegra mucho que hayáis venido,
pues creo que ahora podré resolver mejor lo de mi hija. Confieso que lo
sucedido me ha hecho apreciaros más, Lucio Cornelio. Tenedme al corriente de
cómo está Clitumna añadió César, sonriente, dándole la mano.
Nada más cerrar la puerta, César fue en busca de Julilla. Estaba en la
sala de estar de Marcia, llorando desconsoladamente, apoyada en la mesa con la
cara hundida entre los brazos. Llevándose un dedo a los labios, la madre se
puso en pie al ver entrar a César y juntos salieron sigilosamente, dejándola
llorando.
—Es horrible, Cayo Julio dijo muy seria Marcia.
—¿Se han estado viendo?
Marcia se ruborizó un poco y meneó tan enérgicamente la cabeza que se le
soltaron las horquillas que sujetaban el moño, y el cabello cayó medio suelto
sobre la nuca.
—¡No, no se han estado viendo! —dijo retorciéndose las manos—. ¡Qué
vergüenza! ¡Qué humillación!
César cogió aquellas manos convulsas y las sujetó con firmeza.
—¡Cálmate, esposa, cálmate! Sólo faltaría que tú también enfermases.
Cuéntamelo.
—¡Qué engaño! ¡Qué indecoro!
Cálmate. Empieza por el principio.
—¡El no tiene que ver nada; es todo cosa de ella! Nuestra hija, Cayo
Julio, se ha pasado estos dos últimos años deshonrándose, deshonrando a su
familia, entregándose mentalmente a un hombre que no sólo es indigno de limpiar
el barro de su zapato, sino que ni siquiera la quiere. ¡Y hay más aún, Cayo
Julio, hay más! ¡Ha querido llamar su atención dejando de comer para imputarle
algo de lo que no es responsable! ¡Hay cartas, Cayo Julio! ¡Cientos de cartas
que le ha hecho llegar por medio de su doncella, acusándole de indiferencia y
despego, echándole la culpa de su enfermedad, rogándole que la amase, como una
perra rastrera!
Marcia derramaba lágrimas de decepción y de cólera.
—Cálmate —repitió César—. Vamos, Marcia, ya llorarás más tarde.
Tengo que hablar con Julilla y tú tienes que estar presente.
Marcia se calmó, se enjugó los ojos y juntos volvieron a la sala de
estar.
Julilla seguía sentada, llorando, y no advirtió la presencia de sus
padres. Con un suspiro, César tomó asiento en su silla preferida, metiendo la
mano en la toga y sacando un pañuelo.
—Toma, Julilla, suénate y deja de llorar; sé buena chica —dijo,
metiéndole el pañuelo bajo el brazo—. Ya está bien de lloros. Vamos a hablar.
El llanto de la muchacha respondía principalmente al terror de haber
sido descubierta, por lo que la voz tranquila, firme e imparcial de su padre la
animó a seguir su consejo. Dejó de llorar y se sentó con la cabeza gacha,
sacudida por convulsivos hipidos.
—Has dejado de comer por Lucio Cornelio, ¿verdad? —inquirió César.
La muchacha no contestó.
—Julilla, tienes que responder; no vas a conseguir nada callándote. ¿Es
Lucio Cornelio la causa de esto?
—Sí —musitó ella.
La voz de César siguió en aquel tono firme e imparcial, pero lo que
decía causaba aún mayor impresión en Julilla por su tono uniforme; nunca había
hablado con su hija de aquel modo, parecido al que empleaba cuando reprendía a
un esclavo por haber hecho alguna falta imperdonable.
—¿Aciertas a entender el dolor, la preocupación, el sufrimiento que has
causado a tu familia estos dos últimos años? Desde que comenzaste a dejar de
comer has sido el eje sobre el que hemos estado girando todos. No sólo tu madre
y yo, sino tus hermanos y tu hermana, nuestros leales y admirables sirvientes,
nuestros amigos, nuestros vecinos. Nos has puesto al borde de la demencia. ¿Y
por qué? ¿Puedes decirme por qué?
—No —musitó ella.
—¡Tonterías! ¡Claro que puedes! Has estado jugando con nosotros,
Julilla. Un juego cruel y egoísta, realizado con una paciencia y una maestría
dignas de mejor propósito. Te enamoras ¡a los dieciséis años! de un individuo
que sabes que es inadecuado, a quien nunca daría mi consentimiento. Una persona
que comprende su falta de condición y que no corresponde para nada a tus
sentimientos. Y entonces tú optas por el engaño, por la astucia con propósitos
maniobreros e indignos. No encuentro palabras, Julilla.
Tanto la hija como la madre escuchaban temblorosas.
—Creo que debo refrescar tu memoria, hija. ¿Sabes quién soy? Julilla,
con la cabeza gacha, no contestaba. —¡ Mírame!
La muchacha alzó la vista y fijó aterrorizada sus enrojecidos ojos en
César.
—No, ya veo que no sabes quién soy —dijo él sin levantar el tono—. Por
consiguiente, hija mía, tengo el deber de decírtelo. Soy el paterfamilias, el
responsable de este hogar. Mi palabra es ley; no se me puede reprochar nada de
lo que hago; puedo hacer y decir lo que quiera dentro de esta casa. No hay ley
del Senado y del pueblo de Roma que merme mi absoluta autoridad sobre mi hogar
y mi familia, pues Roma ha estructurado sus leyes para garantizar que la
familia romana esté por encima de cualquier ley salvo la del paterfamilias. Si
mi esposa comete adulterio, Julilla, puedo matarla o
hacer que la maten. Si mi hijo es convicto de torpeza moral o de
cobardía, o de alguna clase de indecencia social, puedo matarlo o hacer que lo
maten. Si alguien de mi hogar, esposa, hijos e hijas, madre o criados,
transgrede los límites de lo que considero conducta decente, puedo matarlo o
hacer que lo maten. ¿Comprendes, Julilla?
—Sí —contestó la muchacha, que no había apartado la vista de su padre.
—Me duele tanto como me avergüenza tener que decirte que has
transgredido los límites de lo que considero una conducta decente, hija mía.
Has hecho caer el oprobio sobre tu familia y los sirvientes de esta casa, pero
antes que nada sobre el paterfamilias. Le has convertido en un pelele, un
juguete. ¿Y por qué? Por puro placer, por simple satisfacción, por el más
abominable de los propósitos: tu sola persona.
—¡Pero es que le amo, tata! —protestó ella.
—¿Amarle? —vociferó César, indignado—. ¿Qué sabes tú de ese sentimiento
sin par, Julilla? ¿Cómo puedes mancillar la palabra "amor"
comparándola a cualquier rastrera imitación que hayas sentido? ¿Es amor
arruinar la vida de tu amado? ¿Es amor forzar a tu amado a un compromiso que no
desea y que él no ha pedido? ¿Es eso amor, Julilla?
—Pues no... —balbució ella—, pero yo creía que lo era —añadió acto
seguido.
Sus padres intercambiaron por encima de ella una mirada que reflejaba su
amargo dolor y que denotaba que comprendían, desilusionados, las limitaciones
de su hija.
—Créeme, Julilla, eso que te ha hecho comportarte tan injusta y
deshonrosamente no es amor —dijo César, poniéndose en pie—. No habrá más leche
de vaca, huevos ni miel. Comerás lo que comamos los demás, o no comerás nada.
No es asunto baladí para mí. Como padre y paterfamilias, desde que naciste te
he tratado con honor, con respeto, con consideración, con tolerancia. Y tú no
me has correspondido como es debido. No te repudio, ni voy a matarte o hacer
que te maten, pero a partir de ahora lo que hagas recaerá sobre tu cabeza. Me
has herido, a mi y a los míos, Julilla; y, lo que es quizá aún más
imperdonable, has herido a un hombre que no te
debe nada, porque ni te conoce ni es pariente tuyo. Más adelante, cuando
tu aspecto no sea tan lamentable, haré que te excuses ante Lucio Cornelio Sila.
No te pediré que te excuses con nosotros, pues has perdido nuestro amor y
respeto y eso invalida toda excusa.
Tras lo cual abandonó la estancia.
Julilla frunció el entrecejo e instintivamente se volvió hacia su madre,
tratando de refugiarse en sus brazos, pero Marcia retrocedió como si la
muchacha llevase un vestido envenenado.
—¡Qué vergüenza! —balbució indignada—. ¡Y todo por un hombre indigno de
besar el suelo que pisa César!
—¡Oh, madre!
—¡No hay madre que valga! ¿No querías ser mayor, Julilla, ser una mujer
para casarte? Pues apecha con lo que has organizado.
Y Marcia salió también del cuarto.
Cayo Julio César escribía así días más tarde a su yerno Cayo Mario:
Bien, la lamentable historia va disipándose. Me gustaría poder deciros
que Julilla ha aprendido la lección, pero mucho lo dudo. Con los años, Cayo
Mario, sabréis también lo que son los tormentos y dilemas de la paternidad y
ojalá pudiera ofreceros el paliativo de deciros que aprenderéis por mis
errores. Pero no es así. Pues, del mismo modo que es distinto cada niño que
nace en este mundo y hay que tratarlo de forma distinta, también los padres son
distintos. ¿En qué nos equivocamos con Julilla? Sinceramente, no lo sé. Ni
siquiera sé si nos equivocamos. Quizá sea una falta innata, intrínseca. Estoy
amargamente dolido, del mismo modo que lo está la pobre Marcia, como se
evidencia por su subsiguiente rechazo de cuantos intentos de afecto y
arrepentimiento muestra Júlilla. La niña sufre profundamente, pero me he
preguntado si debemos mostrarnos distantes de momento y creo que sí. Nunca le
faltó nuestro cariño pero nunca tuvimos ocasión de someterla a disciplina y
creo que para que escarmiente debe sufrir.
La justicia me obligó a visitar a nuestro vecino Lucio Cornelio Sila y
presentarle una excusa colectiva, que es lo único que podemos hacer hasta que
Julilla mejore de aspecto y pueda pedirle perdón en persona. Aunque se negaba a
ello, insistí para que nos entregase las cartas de Julilla, y por una vez me
valió mi condición de paterfamilias. Luego hice que Julilla las quemase no sin
antes obligarla a que nos leyese a Marcia y a mí las necedades que había
escrito. ¡Qué tremendo resulta tener que ser tan severo con alguien de la misma
sangre de uno! Pero mucho me temo que sólo con un escarmiento de esta índole
podamos llegar al corazón egoísta de Julilla.
Bien, basta de Julilla. Cosas mucho más importantes están sucediendo.
Quizá sea yo el primero que envía las noticias a la provincia de Africa, pues
me he prometido que ésta salga mañana mismo en un barco rápido que zarpe de
Puteoli. Marco Junio Silano ha sufrido una desastrosa derrota frente a los
germanos. Han perecido treinta mil hombres y el resto se hallan tan
desmoralizados, y sin un mando firme, que se han desbandado en todas
direcciones. Parece que a Silano no le importe, o quizá sea más exacto decir
que valora más su propia vida que seguir al frente de sus tropas, pues fue él
mismo quien trajo la noticia a Roma, pero con una versión tan edulcorada, que
evitó una manifestación pública de indignación, y cuando se supo la verdad, el
desastre ya había perdido capacidad de impresionar a la gente. Naturalmente, lo
que intenta es eludir la acusación de traición, y creo que lo conseguirá. Si la
comisión de Mamilio tuviera poderes para juzgarle, se le podría declarar
culpable, pero un juicio en la Asamblea de las centurias, con sus reglamentos y
procedimientos tan anticuados y tantos jurados... La opinión que predomina es
que no vale la pena iniciar el proceso.
Bien, es como si os oyera preguntar: ¿Qué hay de los germanos? ¿Invaden
en tropel las costas mediterráneas? ¿Huyen presa del pánico los habitantes de
Massilia? No. ¿Querréis creer que después de aniquilar al ejército de Silano no
tardaron en volver grupas y dirigirse al Norte? ¿Cómo se puede combatir con un
enemigo tan enigmático e imprevisible? Creedme, Cayo Mario, temblamos todos.
Porque volverán; más tarde o más
temprano, pero parece que volverán. Y no disponemos de mejores
comandantes para hacerles frente, sólo hombres como Marco Junio Silano. Como ya
es habitual, las legiones de los aliados itálicos fueron las que llevaron la
peor parte, aunque también han perecido muchos soldados romanos. El Senado
tiene que atender una avalancha de quejas de los marsos y los samnitas y de un
sinnúmero de pueblos itálicos.
Concluiré con algo más frívolo. En este momento sostenemos una hilarante
pugna con nuestro estimado censor Marco Emilio Escauro. El otro censor, Marco
Livio Druso, murió repentinamente hace tres semanas, lo cual puso abrupto fin
al lustrum de los censores y Escauro tendrá que abandonar el cargo. ¡Pero se
niega! Y ahí está lo gracioso. Nada más concluir el funeral de Druso, se reunió
el Senado e instó a Escauro a declinar sus tareas censoriales para cerrar
oficialmente el lustrum con la ceremonia habitual. Pero Escauro se negó,
diciendo que había sido elegido censor, que tenía en curso los contratos del
programa de obras públicas y que no podía dejarlo todo en tal Coyuntura.
—¡Marco Emilio, Marco Emilio, eso no te compete a ti! —le dijo Metelo
Dalmático, pontífice maximo—. La ley estipula que cuando muere el censor
durante el desempeño de su cargo, el lustrum ha acabado y su colega censor debe
dimitir inmediatamente.
—No me importa lo que diga la ley —replicó Escauro—. No puedo dimitir
inmediatamente y no voy a dimitir inmediatamente.
Le ruegan y le imploran, le gritan y le razonan en vano. Escauro está
decidido a crear un precedente pisoteando la tradición y seguir siendo censor.
Vuelven a rogarle y a suplicarle, a gritarle y a razonarle, hasta que él pierde
la paciencia y estalló:
—¡Me meo en todos vosotros! —les gritó, y siguió con sus contratos y
proyectos.
Así que el pontífice máximo Dalmático convocó otra reunión del Senado y
le obligó a dictar un consultum formal conminando a Escauro a la dimisión
inmediata. Acudió una comisión al Campo de Marte y allí dio con Escauro,
sentado en el podio del templo de Júpiter Stator, edificio que
había elegido como despacho por hallarse junto al Porticus Metelli, en
donde tienen su sede casi todos los contratistas de obras.
Bien, como sabéis, yo no soy partidario de Escauro. Es tan astuto como
Ulises y tan mentiroso como Paris, pero me habría gustado que le hubierais
visto apabullarlos. No sé cómo un personaje tan feo, bajito y delgaducho como
Escauro ha sido capaz de eso. ¡Si ni si quiera le queda un pelo en la cabeza!
Marcia dice que es por sus hermosos ojos verdes, su voz, aún más hermosa, y su
sentido del humor. Bien, lo del sentido del humor lo admito, pero los encantos
de su aparato visual y bucal se me escapan. Marcia alega que soy un hombre
típico, aunque no sé qué quiere decir con esto; mi experiencia me dice que las
mujeres siempre acaban escudándose en comentarios así cuando se ven acorraladas
por la lógica. Pero debe también haber alguna extraña lógica a tal éxito.
¿Quién sabe?, a lo mejor Marcia tiene razón.
Pues allí estaba aquel farsante, en medio de la magnificencia del mejor
templo de mármol de Roma y de las espléndidas estatuas ecuestres de los
generales de Alejandro Magno, que Metelo Macedónico trajo como pillaje de la
antigua capital macedónica de Pela. Allí estaba él dominando el conjunto. ¿Cómo
es posible que un enano romano calvo haga sombra a los magníficos caballos de
tamaño natural de Lisipo? Os juro que siempre que veo a los generales de
Alejandro de esas estatuas espero que bajen del pedestal y echen a correr en
esos corceles tan distintos como lo era Tolomeo de Parménides.
Me dejo llevar por la digresión. Volvamos a lo que decía. Cuando Escauro
vio a la comisión, hizo que se apartara aquella masa de contratistas y
permaneció sentado como un palo en su silla curul, con la toga perfectamente
plisada y un pie adelantado en la postura clásica.
—¿Y bien? —dijo, dirigiéndose al pontífice máximo Dalmático, que había
sido designado portavoz.
—Marco Emilio, el Senado ha dictado oficialmente un consultum ordenando
la inmediata dimisión de vuestra censoría —dijo éste, anonadado.
—No lo haré —contestó Escauro.
—¡Debéis hacerlo! —protestó Dalmático.
—¡No debo hacer nada! —replicó Escauro, volviéndoles el hombro y
atendiendo de nuevo a los contratistas—. ¿Dónde estábamos antes de que se me
interrumpiera tan groseramente?
—¡Por favor, Marco Emilio! —insistió Dalmático.
—¡Me meo en todos vosotros! ¡Me meo, me meo, me meo! —fue la única
respuesta a sus pontificales requerimientos.
Una vez que el Senado hizo cuanto podia, el asunto pasó a la Asamblea
del pueblo, con lo que revertía a la plebe algo que no se debía a su
iniciativa, dado que quien elige a los censores es la Asamblea de las
centurias. Así, la Asamblea de la plebe no celebró reunión alguna para tratar
de la actitud de Escauro, sino que remitió el asunto al Colegio de Tribunos
como última encomienda de su año en el cargo, instándole a que cesaran del
cargo como fuese a Marco Emilio Escauro.
Así pues, ayer, noveno día de diciembre, los tribunos de la plebe se
dirigieron al templo de Júpiter Stator encabezados por Cayo Mamilio Limetano.
—Me envía el pueblo de Roma, Marco Emilio, para cesaros en vuestro cargo
de censor —dijo Mamilio.
—Cayo Mamilio, como no he sido elegido por el pueblo, el pueblo no puede
cesarme —replicó Escauro con su brillante cráneo reluciendo al sol como una
manzana invernal.
—No obstante, Marco Emilio, el pueblo es soberano y el pueblo dice que
cedáis —insistió Mamilio.
—¡No voy a ceder! —le contestó Escauro.
—En ese caso, Marco Emilio, estoy autorizado por el pueblo para
arrestaros y encarcelaros hasta que dimitáis oficialmente —le replicó Mamilio.
—¡Ponedme la mano encima, Cayo Mamilio, y chillaréis con la voz de
soprano que teníais de jovencito! —le dijo Escauro.
Ante lo cual, Mamilio se volvió hacia la multitud que, como es natural,
se había apiñado para ver el espectáculo, y gritó:
—¡Pueblo de Roma, os pongo por testigo de que doy mi veto a toda
actividad censorial de Marco Emilio Escauro!
Y ahí acabó la cosa, por supuesto. Escauro enrolló sus contratos,
entregó las cosas a sus escribas, su esclavo plegó la silla de marfil y él
dirigió varias reverencias ante los aplausos de la multitud, a quien no hay
nada que más le encante que un enfrentamiento entre magistrados, y además adora
profundamente a Escauro por tener esa clase de coraje que todo romano admira en
sus magistrados. Luego descendió la escalinata del templo, propinó de pasada
una palmadita al caballo de Perdica, dio el brazo a Mamilio y salió de escena
con los laureles.
César dio un suspiro, se reclinó en la silla y decidió hacer unos
comentarios a las noticias que Mario —ni mucho menos tan prolífico en la
escritura como su suegro— le había enviado desde la provincia africana, en
donde, por lo visto, Metelo habia empantanado la guerra contra Yugurta como
consecuencia de un mediocre mando militar. O al menos ésa era la versión de
Mario, pese a que no coincidía con los informes que Metelo remitía al Senado.
Pronto sabréis, si es que no os ha llegado la noticia, que el Senado ha
prorrogado el mando de Quinto Cecilio en la provincia africana y al frente de
la guerra contra Yugurta. Estoy seguro de que no os sorprenderá lo más mínimo.
Y espero que, una vez sorteado ese gran obstáculo, Quinto Cecilio incrementará
la actividad bélica, ya que una vez que el Senado prorroga el mando de un
gobernador, éste puede estar seguro de que lo conservará hasta que él mismo
considere concluso el peligro de su provincia. Es una artera táctica para no
hacer nada hasta que vence el año del consulado y se concede el imperium
proconsular.
Aunque, ciertamente, coincido con lo que decís de que vuestro general se
ha mostrado enormemente tardo en no iniciar la campaña hasta casi finales de
verano, teniendo en cuenta que llegó a principios de primavera. Sus despachos
decían que el ejército necesitaba un buen entrenamiento y el Senado los dio por
buenos. Y es cierto; no acabo de entender porqué os
encomendó el mando de la caballería, siendo vos de infanteria; del mismo
modo que me parece que malgasta la valía de Publio Rutilio utilizándolo de
praefectus fabrum, cuando estaría mejor en el campo de batalla que yendo de un
lado para otro ocupándose de las columnas de abastecimiento y de la artillería.
Pero es prerrogativa del general emplear a sus hombres como desee, desde los
legados mayores hasta los soldados auxiliares.
Roma recibió encantada la noticia de la toma de Vaga, aunque veo que en
vuestra carta decís que la ciudad se rindió. Ah, os ruego me perdonéis por
salir en defensa de Quinto Cecilio. No sé por qué os indigna tanto que haya
nombrado a su amigo Turpilio comandante de la guarnición de Vaga. ¿Qué
importancia tiene?
Me ha causado mucha más impresión vuestra versión de la batalla del río
Mutul que el informe del despacho de Quinto Cecilio, lo que algo os consolará
por mi escepticismo y os servirá de testimonio de que sigo estando de vuestro
lado. Estoy convencido de que tenéis razón en decirle a Quinto Cecilio que el
mejor método para ganar la guerra contra Numidia es capturar a Yugurta, pues,
igual que vos, yo le considero el crisol de la resistencia.
Acabaré con otra noticia del Foro. Debido a la derrota del ejército de
Silano en la Galia Transalpina, el Senado ha anulado una de las últimas leyes
de Cayo Graco, la que limitaba el número de veces que uno puede alistarse.
Ahora ya no se requiere tener diecisiete años, estar diez años en filas para
quedar exento de levas, ni haber hecho seis campañas para estar totalmente
exento. Signo de los tiempos. Tanto Roma como Italia se van quedando sin tropas
para las legiones.
Cuidaos y escribid tan pronto como mis leves intentos como valedor de
Quinto Cecilio se hayan disipado y os permitan pensar en mi con afecto.
Sigo siendo vuestro suegro y sigo apreciándoos mucho.
Y con ésas, Cayo Julio César se dijo que era una carta llena de
noticias, buenos consejos y consuelo, que merecía la pena enviarse. Cayo Mario
la recibiría antes de que acabase el año.
Al final era casi mediados de diciembre cuando Sila acompañó a Clitumna
a Circei, muy solícito y amable. Aunque había temido que sus planes fracasaran
porque el tiempo hubiera mejorado el ánimo de Clitumna, el extraordinario
cambio de suerte siguió favoreciéndole, pues Clitumna continuó muy deprimida,
como Marcia debidamente comentó a César.
Comparada con las villas de la costa de Campania, la de Clitumna no era
excesivamente grande, pero si más que la casa del Palatino. A los romanos de
buena posición les gustaba pasar las vacaciones en casas de campo muy amplias y
con terreno. La de Clitumna estaba situada en un promontorio volcánico con
playa privada y se hallaba a cierta distancia de Circei, sin vecinos en las
proximidades. Uno de los muchos especuladores de viviendas, que solía ir a la
costa de Campania, la había construido en invierno tres años atrás, y Clitumna
decidió adquirirla al enterarse de que el constructor era un genio de la
fontanería y había instalado un baño de aspersión además de la bañera
tradicional.
Así, lo primero que hizo Clitumna nada más llegar fue darse una ducha,
tras lo cual cenó y después ella y Sila se fueron a dormir en habitaciones
separadas. Sila sólo estuvo en Circei dos días, dedicando todo su tiempo a
Clitumna, que seguía desanimada, aunque no quería dejarle marchar.
—Tengo una sorpresa para ti —dijo él mientras caminaban por el terreno
de la villa la mañana del día que regresaba a Roma.
Ni con esas palabras motivó reacción por parte de ella.
—¿Cuál? —inquirió, finalmente, Clitumna.
—Recibirás la sorpresa la primera noche de luna llena— contestó él,
misterioso.
—¿De noche? dijo ella, sin el menor interés.
—¡De noche y con luna llena! Es decir, con tal que sea una noche clara y
puedas ver la luna llena.
Estaban ante la alta fachada delantera de la villa, que, como casi
todas, estaba construida en una ladera y tenía un porche alto para sentarse a
contemplar el paisaje. Detrás de ella estaba el jardín peristilo, y detrás de
éste, la auténtica villa con la mayoría de las habitaciones. Los establos se
hallaban en la planta baja de la parte delantera, con vivienda para los
mozos de cuadra y sobre todo ello, el porche.
Ante la villa de Clitumna, el terreno descendía entre césped y matas de
rosales rastreros hasta el borde del acantilado, y a ambos lados había árboles
que preservarían la intimidad en caso de que construyesen otra casa en el
terreno contiguo.
Sila señaló un pinarcillo con cipreses que había a la izquierda.
—Es un secreto, Clitumna —dijo, con voz "gruñona", como ella
decía, siempre señal de una prolongada y deliciosa fornicación.
—¿Qué es un secreto? —inquirió ella, comenzando a reaccionar.
—Si te lo digo, deja de serlo —musitó él, mordisqueándole la oreja.
Ella se retorció un poquito y se animó.
—¿Ese secreto es lo mismo que la sorpresa de la noche de luna?
—Sí, pero no debes decirle nada a nadie; incluso lo de que te he
prometido una sorpresa. ¿Lo juras?
—Lo juro —dijo ella.
—Lo único que tienes que hacer es salir sigilosamente de la casa a la
tercera hora de oscuridad, dentro de ocho días a contar desde anoche, y venir
aquí completamente sola y te escondes en ese pinar —dijo Sila, acariciándole el
costado.
—¡Ooooh! ¿Es una buena sorpresa? —inquirió ella con voz chillona. —Será
la mayor sorpresa de tu vida —contestó Sila—. Y no es una
promesa vana, querida. Aunque pongo dos condiciones.
—¿Cuáles? —dijo ella, arrugando la nariz como una jovenzuela y poniendo
cara de tonta.
—Primero, que no tiene que enterarse nadie, ni siquiera Biti. Si se lo
cuentas a alguien, se estropea la sorpresa y yo me enfadaré mucho, mucho. Y a
ti no te gusta que me enfade mucho, ¿verdad, Clitumna?
—No, Lucio Cornelio —contestó ella temblando.
—Pues guarda el secreto. La recompensa será fantástica, una experiencia
totalmente nueva para ti —musitó él—. En realidad, si logras parecer muy
abatida hasta que recibas la sorpresa, será aún mejor. Te lo prometo.
—Seré buena, Lucio Cornelio —dijo ella con fervor.
Sila notaba que su imaginación trabajaba y sabía que Clitumna ya había
imaginado que la sorpresa iba a ser una compañía nueva y deleitosa, femenina,
atractiva, sexualmente complaciente, compatible y muy charlatana para animar el
largo día antes de la dulce noche. Pero ella conocía a Sila de sobra para saber
que debía atenerse a sus condiciones, o era capaz de quedarse él solo para
siempre con la persona que fuese, e incluso instalarla en un apartamento sólo
para ella, ahora que disponía del dinero de Nicopolis. Además, nadie podía
burlarse de Sila cuando hablaba en serio, razón por la cual los criados de
Clitumna contenían la lengua sobre lo que había habido entre su ama, Nicopolis
y Sila, y si alguna vez comentaban algo, lo hacían con tal temor que sus palabras
perdían gran parte del impacto.
—Hay otra condición —dijo él.
—¿Cuál, querido Lucio? —dijo ella arrimándose a él con coquetería. —Si
no hace una buena noche, no puede haber sorpresa. Así que hay
que amoldarse al tiempo que haga. Si la primera noche llueve, espera a
la segunda.
—Entiendo, Lucio Cornelio.
Sila marchó a Roma en una calesa alquilada, dejando a Clitumna guardando
fielmente el secreto y fingiendo obedientemente una aguda depresión. Hasta
Biti, que había dormido con su ama, pensó que se hallaba desesperada.
Nada más llegar a Roma, y a la casa de Clitumna en el Palatino, Sila
llamó al mayordomo, que se había quedado en la ciudad, dado que la villa de
Circei disponía para su cuidado de otro mayordomo, que le robaba descaradamente
cuando ella no estaba, lo mismo que hacía en iguales circunstancias el de la
casa del Palatino.
—¿Cuántos criados ha dejado aquí la señora, Iamus? —preguntó Sila,
sentado tras el escritorio del despacho; era evidente que había confeccionado
una lista, que tenía en la mano.
—Yo, dos mancebos, dos doncellas, un muchacho para ir al mercado y el
pinche, Lucio Cornelio —respondió el mayordomo.
—Pues tendrás que contratar a más gente, Iamus, porque dentro de cuatro
días voy a dar una fiesta.
Sila entregó la lista al perplejo mayordomo, que no sabía si protestar,
ya que Clitumna no le había hablado de ninguna fiesta durante su ausencia, ni
le apetecía la idea de que hubiera líos cuando llegasen las facturas. Pero Sila
calmó sus inquietudes.
—La fiesta es mía y la pago yo. Y daré una buena recompensa con dos
condiciones: una, que me ayudes totalmente a organizarla, y la otra, que no le
digas nada a la señora Clitumna cuando vuelva a casa, sea cuando sea. ¿Está
claro?
—Totalmente, Lucio Cornelio —contestó el mayordomo, con una gran
reverencia; la generosidad era un tema que cualquier esclavo que hubiese
alcanzado la categoría de mayordomo entendía casi tan bien como el modo de
manipular las cuentas caseras.
Y Sila se dispuso a alquilar bailarines, músicos, volatineros, magos,
payasos... pues iba a ser una fiesta sonada en todo el Palatino. Su última
visita fue a la casa del actor de comedias Scilax.
—Quiero contratar a Metrobio —dijo irrumpiendo en el cuarto que Scilax
había convertido en sala de estar en vez de en un despacho. Era la casa de un
sibarita, perfumada con incienso y canela, atiborrada de tapicerías, divanes y
almohadones rellenos con las lanas más selectas.
Scilax se incorporó indignado, justo en el momento en que Sila se
repantigaba voluptuosamente en un mullido diván.
—¡Sinceramente, Scilax, eres más blandengue que un flan y más decadente
que un potentado sirio! —comentó Sila—. ¿Por qué no te compras unos cuantos
almohadones de crin de caballo? ¡En estos divanes tiene uno la impresión de
caer en brazos de una puta gigantesca! ¡Uf!
—Me meo en tus gustos —balbució Scilax.
—Con tal de que me cedas a Metrobio, puedes mearte en lo que quieras.
—¿Y por qué iba a hacerlo, so salvaje? —replicó Scilax pasándose las manos por
el pelo minuciosamente peinado y teñido de rubio, parpadeando
con sus largas pestañas oscurecidas con stibium y poniendo los ojos en
blanco.
—Porque el muchacho no es tuyo en cuerpo y alma —respondió Sila,
probando con el pie otro almohadón a ver si era más duro.
—¡Claro que es mío en cuerpo y alma! ¡Y no ha vuelto a ser el mismo
desde que me lo robaste y te lo llevaste por Italia, Lucio Cornelio! ¡No sé lo
que le has hecho, pero desde luego me lo has estropeado!
—Le he hecho un hombre, ¿no es cierto? —dijo Sila sonriendo—. Ya no le
gustan tus porquerías, ¿eh? ¡Puaf! ¡Metrobio! —gritó con fuerte voz.
El muchacho acudió corriendo y se lanzó sobre Sila, cubriéndole de
besos.
Abrumado por la acogida, Sila dirigió un guiño a Scilax.
—Ríndete, Scilax, a tu puto le gusto más yo —dijo, y para demostrarlo,
alzó la faldilla del muchacho para que se viera la erección.
Scilax rompió a llorar y su cara se llenó de churretones de stibium.
—Vamos, Metrobio —dijo Sila, poniéndose dificultosamente en pie. En
la puerta se volvió para lanzar un papel doblado al lloriqueante
Scilax—. Hay una fiesta en casa de Clitumna dentro de cuatro días. Va a ser la
mejor fiesta que hayas visto; así que déjate de tristezas y ven. Si quieres
puedes recuperar a Metrobio.
Invitó a todo el mundo, incluso a Hércules Atlas, que se anunciaba como
el hombre más fuerte del mundo recorriendo Italia de un extremo a otro por
fiestas, ferias y festivales. Era un individuo que siempre se hacía ver por la
calle con una piel de león apolillada y un enorme garrote y que era una especie
de institución en el mundo de la farándula; pero raras veces se le invitaba a
fiestas para que exhibiera sus proezas de forzudo, porque cuando el vino
circulaba por su garganta como el agua por el Aqua Marcia, Hércules Atlas se
volvía muy agresivo y se enfadaba.
—Estás loco invitando a ese toro —comentó Metrobio, jugueteando con los
rizos de Sila, inclinado sobre su hombro para ver la nueva lista. El verdadero
cambio experimentado por Metrobio durante su viaje con Sila era que había
aprendido a leer y escribir. Scilax le había aleccionado en todas
sus artes, desde el oficio de actor hasta la sodomía, pero no le había
procurado la emancipación de las letras.
—Hércules Atlas es amigo mío —contestó Sila, besando los dedos del
muchacho uno por uno con mucho mayor deleite con que se lo hacía a Clitumna.
—¡Pero se vuelve loco cuando bebe! —replicó Metrobio—. Te destrozará la
casa, y a buen seguro a dos o tres invitados. ¡Contrátale para que actúe, pero
no le invites!
—No puedo hacer eso —dijo Sila, despreocupado, alargando la mano por
encima del hombro para sentar al muchacho en su regazo. Metrobio le echó los
brazos al cuello y alzó la cabeza, al tiempo que Sila le besaba los párpados
suavemente y con gran ternura.
—Lucio Cornelio, ¿por qué no te quedas conmigo? —inquirió el muchacho,
arrellanándose gozosamente en los brazos de Sila.
Los besos cesaron y Sila frunció el entrecejo.
—Estás mucho mejor con Scilax —replicó con sequedad.
—¡Qué va, de verdad que no! —protestó Metrobio, arrobado y abriendo sus
grandes ojos—. ¡A mí los regalos, las clases y el dinero no me importan, Lucio
Cornelio! ¡Prefiero estar contigo aunque seamos pobres!
—Tentadora oferta, y la aceptaría sin pensarlo si me propusiera seguir
siendo pobre —replicó Sila, abrazando al muchacho amorosamente—. Pero no voy a
seguir siendo pobre. Ahora tengo el dinero de Nicopolis y estoy muy ocupado
especulando con él. Algún día tendré lo bastante para poder aspirar al Senado.
—¡Al Senado! —exclamó Metrobio incorporándose y dándose la vuelta para
mirar a Sila de frente—. ¡No puedes, Lucio Cornelio, tus antepasados eran
esclavos como los míos!
—No, no eran esclavos —replicó Sila, devolviéndole la mirada—. Soy un
Cornelio patricio y tengo derecho al Senado.
—¡No lo creo!
—Pues es la verdad —replicó Sila, lacónico—. Por eso no puedo aceptar tu
ofrecimiento, por tentador que sea. Cuando sea candidato al Senado, tendré que
convertirme en modelo de decoro y se acabaron los
actores, los mimos y los chicos guapos dijo, dándole una palmada en la
espalda y apretándole—. Ahora, pon atención a esa lista y deja de menearte, que
no me dejas concentrar. Hércules Atlas viene de invitado y para actuar; y no se
hable más.
De hecho, Hércules Atlas fue de los primeros huéspedes en llegar. El
rumor de la juerga que se preparaba había corrido por la calle y los vecinos se
habían resignado a aguantar una noche de berridos, gritos, fuerte música y
golpes de lo más heterogéneo. Como de costumbre, era una fiesta de disfraces.
Sila encarnaba a la ausente Clitumna y se había puesto chales con flecos,
sortijas y una peluca de alheña con rizos en forma de salchicha, y
constantemente realizaba imitaciones de sus risitas disimuladas y contenidas y
de sus gritos y carcajadas. Como los invitados la conocían bien, su actuación
fue muy celebrada.
Metrobio apareció de nuevo con alas, pero en esta ocasión haciendo de
Icaro en vez de Cupido, con unas plumas muy hábilmente derretidas por los
bordes de modo que parecieran a medio desprender. Scilax se presentó de
Minerva, encarnando a una diosa hierática y hombruna con aspecto de vieja
ramera excesivamente maquillada. Cuando vio cómo Metrobio se pegaba a Sila, se
dedicó a emborracharse y en seguida se olvidó del escudo, la rueca, la lechuza
disecada y la lanza y, finalmente, los dejó en un rincón y se puso a llorar
hasta quedarse dormido.
Por ello, Scilax no fue testigo de las inacabables actuaciones, y de la
intervención de los cantantes, que comenzaban con melodías inmortales y
sorprendentes arpegios y concluían con lerdas cancioncillas como ésta:
A la cerda de mi hermana
sorprendieron con el molinero
dándole a la molienda
en el molino.
"Ya basta —dijo padre—,
te han dejado molida
más vale que te cases
o te mondo el trasero."
Canciones mucho más conocidas de los invitados, quienes coreaban la
letra.
Hubo bailarines que se quedaron en cueros con exquisito arte, mostrando
pubis perfectamente depilados; y un hombre con perros amaestrados que bailaban
casi igual de bien y con gestos aún más lúbricos; y hubo un número de
animalismo, que hizo una muchacha de Antioquía con un asno, que fue
entusiásticamente acogido por la concurrencia, cuyos componentes masculinos
quedaron demasiado impresionados por los atributos del burro para cortejar
posteriormente a la muchacha.
Hércules Atlas fue el último en actuar, justo antes de que la fiesta se
escindiese en el grupo de los demasiado ebrios para prestar interés a nada
sexual y los suficientemente bebidos para sólo interesarse en eso. Los
invitados se agruparon en la columnata del jardín peristilo, en medio del cual
se había situado Hércules Atlas sobre un resistente estrado. Tras unos
ejercicios de calentamiento, doblando barras de hierro y rompiendo unos troncos
de un papirotazo, el forzudo se dedicó a coger racimos de media docena de
mujeres, que lanzaban estridentes gritos, colocándoselas sobre los hombros, la
cabeza y en los brazos. Luego levantó un par de yunques y comenzó a rugir
estentóreamente, más feroz que un león del circo. En realidad lo estaba pasando
muy bien, pues el vino discurría por su garganta como el agua por el acueducto
de Aqua Marcia y sus tragaderas eran tan fenomenales como su fuerza. El
problema fue que cuantos más yunques cogía, más inquietas se ponían las
mujeres, hasta que sus gritos de placer se convirtieron en gritos de terror.
Sila salió al jardín y dio una discreta palmadita a Hércules Atlas en la
rodilla.
—Eh, muchacho, deja a las chicas —le dijo en tono de lo más amistoso —,
las estás lastimando con los hierros.
Hércules Atlas soltó a las mujeres inmediatamente, pero, enojadísimo,
cogió a Sila.
—¡A mí no me dices cómo tengo que actuar! —vociferó, haciéndole girar
vertiginosamente como si fuese la varita mágica del sacerdote de Isis y
provocando el desprendimiento de peluca, chal y faldas.
Hubo invitados presa del pánico y otros que optaron por intervenir,
saliendo al jardín a rogar al demente forzudo que soltara a Sila. Pero Hércules
Atlas dio satisfacción a todos, poniéndose a Sila bajo el brazo como si fuese
una canasta y abandonando la fiesta. No hubo manera de impedírselo: se abrió
camino entre los cuerpos que se le echaban encima como si fuese una nube de
mosquitos, al portero le propinó un golpe en la cara con el que le envió al
centro del recibidor y, luego, desapareció calle abajo sin soltar al
desesperado Sila.
Al llegar a la escalinata de las Vestales se detuvo.
—¿Lo he hecho bien, Lucio Cornelio? ¿Lo he hecho bien? —inquirió,
dejándole en el suelo con mucho cuidado.
—Lo has hecho perfecto —dijo Sila, tambaleándose—. Vamos, te acompaño a
tu casa.
—No hace falta —respondió Hércules Atlas, ajustándose la piel de león y
comenzando a descender la escalinata—. Está a un paso de aquí, Lucio Cornelio,
y la luna es casi llena.
—Sí, si, te acompaño —insistió Sila dándole alcance.
—Como quieras —dijo el forzudo, encogiéndose de hombros.
—Es que es mejor que te pague en casa que no en medio del Foro — explicó
Sila.
—¡Ah, sí! —respondió Hércules Atlas, dándose una palmada en su musculosa
frente—. No me acordaba de que no me habías pagado. Vamos.
El hercúleo tenía una vivienda de cuatro habitaciones en el tercer piso
de una ínsula en el Clivus Orbius, en los aledaños del Subura, aunque en un
vecindario mucho mejor. Nada más entrar, Sila advirtió que los esclavos,
aprovechando la ocasión, se habían tomado la noche libre pensando que cuando su
amo volviese no estaría en condiciones de hacer el recuento. No parecía que
hubiera ninguna mujer, pero Sila echó un vistazo.
—¿No está tu esposa? —inquirió.
—¡Detesto a las mujeres! —espetó Hércules Atlas.
En la mesa a la que se sentaron había un jarro de vino y algunos vasos.
Mientras el forzudo servía dos copas de vino, Sila sacó una gruesa bolsa que
llevaba oculta en una faja de lino en la cintura, desató el cordel que la
cerraba, sacó un papelillo, que escamoteó en su mano, y volcó la bolsa,
de la que brotó un chorro de monedas de plata con tanta rapidez, que tres o
cuatro rodaron hasta el suelo con un tintineo.
—¡Eh! —exclamó Hércules Atlas, poniéndose a gatas para recogerlas.
Mientras el forzudo se entretenía en el suelo recogiendo las monedas,
Sila abrió despreocupadamente el papelillo y echó el polvillo blanco que
guardaba en la copa que tenía más lejos de él y, a falta de otro adminículo,
revolvió con el dedo el vino hasta que Hércules Atlas se incorporó y volvió a
sentarse.
—Salud —dijo Sila, cogiendo la copa más próxima y chocándola con la del
forzudo en amistoso gesto.
—Salud y gracias por la estupenda velada —contestó Hércules Atlas,
alzando la cabeza y la copa y vaciándosela en la garganta sin respirar. Tras lo
cual, volvió a llenarla y se regó el gaznate del mismo modo.
Sila se levantó, arrimó su copa al forzudo, recogió la otra y se la
guardó en la túnica.
—Será un recuerdo —dijo—. Buenas noches —añadió, y cruzó la puerta sin
hacer ruido.
Todos dormían en la ínsula y el pasadizo enlosado alrededor del patio
central, cubierto con rejillas para impedir que se arrojase basura, estaba
desierto. A toda prisa, y sin hacer el menor ruido, Sila descendió los tres
pisos y salió a la estrecha calle sin que nadie le viera. En la primera
alcantarilla arrojó la copa que se había guardado, esperó a oir el chapoteo que
hizo al caer y, a continuación, tiró también el papelillo. Hizo un alto en la
fuente de Yuturna, junto a la escalinata de las Vestales, metió los brazos en
el agua hasta los codos y se lavó detenidamente. ¡Ya estaba! Tenía que hacer
desaparecer el menor rastro de polvillo que hubiera podido pegársele a la piel
mientras manipulaba el papelillo y revolvía el vino que Hércules Atlas con
tanta fruición se había bebido.
Pero no volvió a la fiesta; dio un gran rodeo al Palatino y tomó por la
Via Nova hacia la puerta Capena. Ya fuera de la ciudad, entró en uno de los
establos de alquiler de la zona. En pocas casas de Roma había mulas o caballos,
pues resultaba más barato alquilarlos.
El establo en que había entrado era de los más reputados, pero
negligente en cuanto a la seguridad y el único mozo de servicio estaba dormido
en un montón de paja. Sila le procuró un sueño más profundo con un golpe en la
nuca y luego recorrió tranquilamente la cuadra hasta dar con una mula que le
pareció lo bastante fuerte y dócil. Como nunca había ensillado una caballería,
le costó algo hacerlo, pero había oído contar que los animales contienen la
respiración mientras les pasan la cincha, y aguardó a que las costillas de la
muía recuperasen su posición normal para montar en la silla y golpearle los
flancos con los talones.
Aunque no era un buen jinete, no le daban miedo los caballos ni las
mulas, y confiaba en su suerte para aquella cabalgata. Las cuatro astas de la
silla bastaban para sostenerse bastante bien a horcajadas sobre el lomo del
animal, con tal de que no tuviese tendencia a encabritarse, y, a ese respecto,
las mulas eran más dóciles que los caballos. La única brida que había
conseguido embocar al animal era un bridón sencillo, pero la mula parecía
morderlo tranquilamente y tomó despreocupadamente por la Via Apia iluminada por
la luna, confiando en su habilidad para recorrer un buen trozo de camino antes
de que amaneciera. Sería media noche.
El viaje resultó agotador dada su poca costumbre de montar; seguir al
paso la litera de Clitumna era una cosa muy distinta a aquel cabalgar
apresurado. Al cabo de unas millas no podía aguantar el dolor de las piernas
colgando, ya no sabía cómo poner las nalgas para mantenerse erecto en la silla
y los testículos acusaban todas las sacudidas. Sin embargo, la mula caminaba
bien y mucho antes de que amaneciera estaba en Tripontium.
Allí salió de la Via Apia y tomó a campo traviesa hacia la costa, pues
había unos caminos que bordeaban los pantanos Pontinos y era un itinerario
mucho más corto y mucho más discreto que seguir por la Via Apia hasta
Terracina, para luego volver en dirección norte hasta Circei. Se detuvo en una
arboleda al cabo de unas diez millas; allí el terreno parecía seco y duro y no
se notaban mosquitos; ató la mula con un largo ronzal que había robado, colocó
la silla bajo un pino y se echó a dormir plácidamente.
Diez horas después, ya en pleno día, tras beber él y la mula en un
arroyo, reanudó la marcha. Oculto a las miradas de los curiosos por una
capa con capucha que había cogido en las cuadras, siguió al trote, con
mucha mayor prestancia, a pesar del fuerte dolor en la columna vertebral y el
escozor de trasero y testículos. No había comido nada, pero no tenía hambre; la
mula había pastado buena hierba y caminaba contenta y feliz. Al anochecer llegó
al promontorio en el que estaba situada la villa de Clitumna y desmontó con
auténtico alivio. Volvió a quitar la brida y la silla y trabó de nuevo la mula
para que pastase, pero él no se echó a descansar.
Había tenido suerte. La noche era ideal; tranquila y estrellada, y sin
ninguna nube que enturbiase el cielo azul oscuro. Cuando comenzó la segunda
hora nocturna, la luna llena asomó por las colinas del este y fue bañando el
paisaje con su extraño fulgor. Era una luz que daba potencia a la vista pero
que a la vez era invisible.
En su interior crecía la sensación de su propia impunidad, desplazando
al cansancio y al dolor y acelerando el fluir de su sangre fría, centrando su
intelecto, curiosamente apaciguado en una fase de brutal deleite. Era felix,
tenía suerte. Todo iba bien y continuaría bien. Y eso significaba que podía
abrírse camino en un aura de bienestar; podía pasarlo bien. Cuando se le había
presentado la oportunidad de deshacerse de Nicopolis, tan de repente, tan
inesperadamente, no había tenido tiempo de recrearse, sino de adoptar una
decisión súbita y dejar que transcurriesen las horas. En sus investigaciones
durante aquellas vacaciones con Metrobio había descubierto la
"destructora", pero había sido la propia Nicopolis quien la había
designado para su fallecimiento; él era un simple catalizador. Era la suerte la
que le había llevado allá; la suerte de él. Pero aquella noche era el cerebro
quien le había conducido hasta Circei y la suerte le ampararía hasta el final.
En cuanto al miedo, ¿de qué iba a tenerlo?
Allí estaba Clitumna, esperando a la sombra de los pinos; no impaciente
todavía, pero dispuesta a impacientarse si tardaba la sorpresa. Sin embargo,
Sila no se anunció inmediatamente; primero exploró toda la zona para asegurarse
de que había venido sola. Sí, estaba sola. Incluso en los establos y cuartos de
debajo del porche no había nadie.
Conforme se le acercó fue haciendo ruido para que se percatara de su
llegada y no asustarla. Por eso, cuando le vio surgir de la oscuridad, ya
estaba preparada y le abrió los brazos.
—¡Ah, eres tú! —musitó, echándosele al cuello con una risita—. ¡Mi
sorpresa! ¿Y mi sorpresa?
—Primero un beso —dijo él, con una sonrisa en la que, por primera vez,
sus dientes destacaron más blancos que su tez, tan extráña era la luna y mágico
el hechizo que le infundía.
Deseosa de él, Clitumna le ofreció con ansia sus labios. Y así estaba,
pegada a su boca y de puntillas, cuando él le rompió el pescuezo. Fue muy
fácil. Crac. Probablemente ella ni se dio cuenta, pues él no vio el menor asomo
de sospecha en sus ojos cuando empujó su cabeza hacia atrás con una mano,
mientras le mantenía la espalda recta con la otra. Un gesto tan rápido como un
golpe. Fácil. Crac. Un sonido brusco y definido que se propagó. Cuando la
soltó, esperando que se desplomara, ella se irguió aún más de puntillas y
comenzó a bailar con los brazos en jarras y balanceando obscenamente la cabeza
con sacudidas, brincos y estirones que culminaron en una vorágine hecha un
ovillo hasta que se desmoronó en un horrible y desgarbado enredo de codos y
rodillas. En ese momento le llegó el olor cálido y acre de orina y, después, el
hedor más fuerte de excrementos.
No gritó ni dio un salto para apartarse. Disfrutó inmensamente de la
escena y mientras ella bailaba para él, la estuvo mirando fascinado, hasta que,
al caer, la atisbó asqueado.
—Bien, Clitumna —masculló—, no has muerto como una señora.
Tuvo que levantarla, pese a que eso implicaba mancharse, mojarse,
pringarse. No debía quedar ninguna señal en la tierna hierba bañada por la
luna, ningún indicio de que se hubiera arrastrado un cadáver, que era el motivo
principal por el que había dispuesto que fuese una noche agradable. La levantó,
con excrementos y todo, y la llevó en brazos hasta el cercano borde del
acantilado, sujetando bien las vestiduras para que no cayeran las heces, pues
no quería dejar una estela en la hierba.
Ya estaba en el sitio previsto, al que había llegado sin vacilación por
haberlo marcado con una piedra blanca días antes, la primera vez que había
paseado por allí con ella. Sentía los músculos doloridos, al borde del espasmo.
En un artístico picado de vestiduras, la perdió para siempre,
cayendo a plomo sobre las rocas, cual fantasmagórico pájaro. Y allí
quedó desparramada, como una mota informe que el mar no haría desaparecer de no
ser por una galerna inusitada. Porque era vital que la encontrasen. El no
quería que la herencia fuese a parar al limbo.
Al amanecer ya tenía a la mula junto a un arroyo, pero antes de
acercarla a beber, fue él quien se metió en el agua sin quitarse la túnica de
mujer y limpió los restos de su madrastra Clitumna. Después faltaba otra cosa
por hacer, y la hizo nada más salir del agua. Llevaba al cinto un agudo puñal
en una funda; con la punta, unos dos centímetros más abajo del pelo, se hizo en
la frente un corte que empezó a sangrar inmediatamente como sucede con las
heridas en la cabeza; pero no quedó ahí la cosa. Tenía que presentar un aspecto
deplorable: puso el dedo anular y corazón a ambos lados del corte y tiró hasta
que la carne se abrió, agrandando considerablemente la herida. La hemorragia
aumentó y la sangre se esparció por la tela asquerosa y mojada del disfraz de
la fiesta en horrendos y llamativos churretones. ¡Así! ¡Estupendo! Del bolsillo
del cinturón sacó una compresa de lino y se la aplicó a la herida de la frente,
atándosela fuerte con una cinta. Le había chorreado la sangre en el ojo
izquierdo; enceguecido, se la limpió con la mano y fue a por la mula.
Cabalgó toda la noche, azuzando implacablemente al animal cuando
desfallecía, porque lo había cansado mucho; pero la mula sabía que iba camino
del establo y como tenía tendones más fuertes que un caballo, seguía avanzando.
Le gustaba Sila; ése era el secreto de su buen comportamiento. El animal
agradecía aquel simple bridón, más silencioso y cómodo que los bocados a que
estaba acostumbrada, y trotaba, medio galopaba, andaba al paso y volvía a
acelerar en cuanto podía, dejando un rastro de sudor sobre el camino. Porque la
mula nada sabía de la mujer desmadejada, con el cuello roto, antes de la
espantosa caída sobre las rocas al pie de su gran villa blanca. Ella se dejaba
cabalgar por Sila tal como era y lo encontraba muy amable.
A una milla del establo, Sila descabalgó y desensilló la mula, tirando
el arnés entre unas matas, y luego le dio una palmada en la grupa para
ahuyentarla en dirección a las cuadras, convencido de que hallaría el
camino. Pero cuando ya se dirigía hacia la puerta Capena vio que el animal le
seguía y tuvo que tirarle piedras para alejarlo; la mula se fue sacudiendo su
pobre rabo.
Oculto bajo la capa con capucha, Sila entró en Roma cuando el cielo
comenzaba a ponerse color perla por el este. En nueve horas de setenta y cuatro
minutos había cubierto cabalgando la distancia entre Circei y Roma, lo cual era
notable proeza para una mula cansada y un jinete que había aprendido a montar
en aquel viaje.
La escalinata de Caco unía el Circo Máximo con el Germalus del Palatino
y estaba rodeada por los terrenos más sagrados, poseedores del espíritu de la
primitiva ciudad fundada por Rómulo y en cuyos aledaños se encontraba la
covacha en la que la loba había amamantado a los gemelos Rómulo y Remo. A Sila
le pareció un lugar adecuado para abandonar su vestimenta y metió capa y venda
en un árbol hueco, detrás del monumento al Genius Loci. La herida comenzó a
sangrarle de nuevo, pero con menos fuerza. Por eso, los madrugadores de la
calle de Clitumna se quedaron sorprendidos al verle acercarse tambaleándose,
vestido con una túnica de mujer ensangrentada, sucia y destrozada.
En casa de Clitumna, los criados seguían en pie, pues no se habían
acostado desde la estampida de Hércules Atlas unas treinta y dos horas antes.
En cuanto el criado le franqueó la puerta y le vio en aquel estado, todos los
demás acudieron en su ayuda, saliendo de todas partes; le metieron en cama, le
bañaron y le esponjaron, llamaron al mismísimo Atenodoro de Sicilia para que le
examinara la herida y hasta el vecino Cayo Julio César acudió a ver qué había
sucedido, pues todo el Palatino le había andado buscando.
—Decidme lo que podáis —dijo César, sentándose a la cabecera de la cama.
El aspecto de Sila era muy convincente: tenía los labios azulados y con
mueca de dolor, su piel blanca estaba más pálida que nunca y sus ojos,
vidriados de agotamiento, estaban enrojecidos y congestionados.
—Ha sido una tontería —dijo, arrastrando las palabras—. No debí intentar
oponerme a Hércules Atlas; pero soy fuerte y sé defenderme, y no pensé que
pudiera conmigo, creí que era pura exhibición. Pero estaba borracho perdido y
me sacó en volandas sin que yo pudiera impedírselo. No recuerdo dónde, me dejó
en el suelo y yo quise huir, pero debió golpearme; no lo recuerdo. En resumen:
me desperté en una calleja del Subura, en donde debo haber estado tirado todo
un día, pero ya sabéis cómo es ese barrio. Nadie me prestó la menor ayuda; en
cuanto he podido moverme, he venido para casa. Eso es todo, Cayo Julio.
—Sois hombre de suerte —dijo César con los labios prietos—, porque si
Hércules Atlas os hubiese llevado a su casa, habríais compartido su suerte.
—¿Su suerte?
—Ayer vino a verme vuestro mayordomo, dado que no volvíais, y me
preguntó qué debía hacer. Cuando me explicó la historia, me fui con unos
gladiadores a sueldo a la vivienda del forzudo y lo encontramos todo
destrozado. No se sabe por qué Hércules Atlas había dejado la casa hecha un
verdadero desaguisado, con todos los muebles hechos astillas, las paredes
agujereadas a puñetazos, aterrorizando de tal manera a los vecinos de la
ínsula, que ninguno se había atrevido a acercarse. Lo encontramos tendido, muerto,
en medio de la sala de estar. Mi opinión es que debió rompérsele un vaso
cerebral y se volvió loco en su agonía. O bien que alguien le envenenó —añadió
César con una mueca de disgusto—. Moribundo organizó aquel cataclismo; supongo
que los criados debieron de encontrarle ya cadáver, pero se habían marchado
cuando yo llegué, y, como no hallamos dinero ni nada de valor, supongo que se
lo llevaron todo. ¿Le disteis algo por su actuación? Porque en el piso no había
nada.
Sila cerró los ojos sin necesidad de fingir cansancio.
—Le pagué por anticipado, Cayo Julio, así que no sé si tendría allí el
dinero.
—Bien, yo he hecho todo lo que he podido —dijo César levantándose y
mirando muy serio, aunque inútilmente, al yacente, que seguía con los ojos
cerrados—. Os compadezco profundamente, Lucio Cornelio —añadió—,
pero vuestra conducta no puede continuar. Mi hija casi perece de hambre
por una inmadura vinculación emotiva con vos, de la cual aún no se ha curado,
lo que significa que sois un vecino notablemente molesto. Si bien tengo que
admitir que nada habéis hecho por vuestra parte para fomentar en ella tal
sentimiento y, a la vez, debo confesar que ella os ha causado no menos
perjuicio. Todo lo cual me induce a aconsejaros que cambiéis de residencia. He
enviado un mensajero a vuestra madrastra en Circei para informarla de lo
acontecido durante su ausencia y al mismo tiempo hacerle saber que su presencia
en esta vecindad hace tiempo que ha dejado de ser deseable y es mejor que
busque casa en el Carinae o el Caelia. Somos una vecindad tranquila y me
dolería tener que presentar quejas y una denuncia al pretor urbano para
preservar nuestra tranquilidad y nuestro bienestar físico. Pero, bien que me
pese, Lucio Cornelio, estoy dispuesto a presentarla. Igual que sucede con el
resto de los vecinos; estoy harto.
Sila no se movió ni abrió los ojos; mientras César seguía en pie,
pensando hasta qué punto su reconvención había hecho efecto, sintió que le
zumbaban los oídos. Dio media vuelta y se marchó.
Pero fue Sila quien primero recibió carta de Circei, no Cayo Julio
César. Al día siguiente llegó un mensajero con una misiva del mayordomo de
Clitumna, diciendo que habían encontrado el cadáver del ama al pie del
acantilado que bordeaba la finca. Se había roto la crisma en la caída, pero no
había circunstancias sospechosas. Como era bien sabido, añadía el mayordomo, la
señora Clitumna se hallaba últimamente muy deprimida.
Sila sacó las piernas de la cama y se levantó.
—Preparadme un baño y la toga —dijo.
La pequeña herida de la frente iba curando rápidamente, aunque los
labios aún estaban negros y tumefactos. Pero, aparte de eso, nada había en su
aspecto que recordase el estado del día anterior.
—Ve a buscar a Cayo Julio César —dijo al mayordomo Iamus, una vez
vestido.
Sila sabía perfectamente que todo su futuro giraba en torno a aquella
entrevista. Gracias a los dioses que Scilax se había llevado a casa a Metrobio
desde la fiesta, a pesar de las protestas del muchacho, que quería
saber qué le había sucedido a su querido Sila. Esa circunstancia y la
pronta llegada de César al escenario del crimen constituían los únicos fallos
de su plan. ¡Qué suerte! ¡No cabía duda que tenía un ascendente de suerte! La
presencia de Metrobio en casa de Clitumna cuando el preocupado Iamus llamó a
César habría hecho la santísima irremediablemente a Sila. No, César nunca le
habría condenado por un rumor, pero de haber visto al muchacho con sus propios
ojos, la situación habría cambiado radicalmente. Y Metrobio no se habría
arredrado. Estoy pisando un terreno peligroso y debo parar, se dijo Sila para
sus adentros. Pensó en Stichus, en Nicopolis, en Clitumna, y sonrió. Si, ahora
ya podía parar.
Recibió a César con absoluto aspecto de patricio romano, vestido de
blanco inmaculado, con la franja estrecha de caballero adornando el hombro
derecho de su túnica, y el cabello de su magnífica cabeza peinado de una forma
atractiva pero muy varonil.
—Os ruego que me disculpéis por haceros venir de nuevo, Cayo Julio
—dijo, entregándole un rollo de papel—. Acabo de recibir esto de Circei y pensé
que deberíais verlo sin tardanza.
Impasible, César leyó despacio la carta, moviendo en silencio los
labios. Sila sabía que estaba reflexionando a propósito del escrito, palabra
por palabra. Cuando concluyó la lectura, dejó la carta.
—Es la tercera muerte —dijo en tono casi de alegría—. Vuestra casa ha
quedado lamentablemente diezmada, Lucio Cornelio. Aceptad mi pésame.
—Imaginé que habríais redactado el testamento de Clitumna —añadió Sila,
muy tieso—, si no, os aseguro que no os habría molestado.
—Sí, he redactado por orden suya varios testamentos; el último poco
después de la muerte de Nicopolis —respondió sin que se alterara aquella mirada
franca de sus ojos azules en el hermoso rostro; todo en él era cuidadosamente
legalista e imparcial—. Lucio Cornelio, os agradecería que me dijeseis qué
sentíais exactamente por vuestra madrastra.
Ahí estaba: el paso más delicado. Tenía que darlo con la seguridad y
agilidad de un gato sobre un borde lleno de cortantes cristales a una altura de
doce pisos.
—Recuerdo que en cierto momento os di mi opinión, Cayo Julio —
respondió—, pero me complace tener ocasión de hablar más ampliamente sobre
ella. Era una mujer muy estúpida y vulgar, pero da la casualidad de que yo la
apreciaba. Mi padre —añadió con una mueca— era un borracho incurable, y los
recuerdos de mi vida con él, y también durante varios años con mi hermana,
hasta que se casó para liberarse, son una pesadilla. No éramos gente bien
venida a menos, Cayo Julio, no llevábamos una vida que recordase para nada a
nuestros origenes, sino que éramos tan pobres que no teníamos ni un esclavo. De
no haber sido por la caridad de un maestro de la vía pública, yo, un patricio
de la gens Cornelius, ni siquiera habría aprendido a leer y escribir. No he
hecho servicio militar elemental en el Campo de Marte, ni aprendido a montar a
caballo, ni he sido alumno de ningún abogado de los tribunales. No sé nada de
la milicia, de retórica ni de la vida pública. Eso es lo que mi padre hizo de
mi. Por eso yo apreciaba a Clitumna. Ella, al casarse con él, nos llevó a vivir
en su casa; quién sabe si de haber seguido viviendo con mi padre en el Subura
no me habría vuelto loco un día y habría acabado matándole, ofendiendo
irremediablemente a los dioses. Pero, hasta el día de su muerte, fue ella quien
llevó la peor parte y yo me libré de sus furores. Sí, yo la apreciaba.
—También ella os apreciaba, Lucio Cornelio —dijo César—. Su testamento
es simple y claro: os deja todo lo que tenía.
¡Despacio, despacio! ¡Ni mucha alegría ni mucho pesar! Se hallaba ante
un hombre muy inteligente y con mucha experiencia en el ser humano.
—¿Me ha dejado lo suficiente para aspirar al Senado? —inquirió, mirando
de hito en hito a César.
—Más que suficiente.
—No... puedo creerlo —replicó Sila, flaqueando a ojos vistas—. ¿Estáis
seguro? Sé que era dueña de esta casa y de la villa en Circei, pero no creía
que tuviera mucho más.
—Pues os equivocáis; era una mujer muy rica, que tenía inversiones,
acciones e intereses en toda clase de empresas, así como en doce barcos
mercantes. Os recomiendo que invirtáis el capital de los barcos y las
acciones en propiedades. Tendréis que tener vuestros asuntos en perfecto
orden para satisfacer a los censores.
—¡Es un sueño! —exclamó Sila.
—No me extraña que lo veáis así, Lucio Cornelio. Pero tranquilizaos
porque es una realidad —añadió César pausadamente, sin que le extrañase la
reacción de Sila ni viese ninguna pena fingida, que su sentido común le dictaba
que una persona como Lucio Cornelio Sila jamás habría sentido por Clitumna, por
muy cariñosa que hubiera sido con su padre.
—Podría haber vivido aún muchos años —dijo Sila, como pensando en voz
alta—. Realmente la fortuna me sonríe, Cayo Julio. Nunca pensé que podría decir
eso. La echaré de menos, pero espero que en años venideros se comente que la
mejor contribución que pudo hacer a la vida pública fue morirse, porque aspiro
a hacer algo por mi clase y por el Senado.
¿Estaba bien dicho? ¿Se entendía la implicación que encerraba? —Estoy de
acuerdo, Lucio Cornelio, en que a ella le haría feliz saber
que usáis fructiferamente su legado —replicó César, expresando la idea
de Sila con mayor corrección—. Y espero que no celebréis más fiestas
desaforadas, ni sigáis con esas equívocas compañías...
—Cuando un hombre puede abrazar la vida que por su cuna le corresponde,
no necesita alegres fiestas ni amistades dudosas —respondió Sila con un
suspiro—. Eso era el modo de pasar el rato. Me atrevería a decir que no se os
oculta, pero esa vida que he llevado durante treinta años me colgaba del cuello
como una piedra de molino.
—Naturalmente que lo comprendo —comentó César.
—¡Pero ahora no hay censores! —exclamó Sila, aterrado por la
perspectiva—. ¿Qué puedo hacer?
—Bueno, aunque no es necesario elegir a otros hasta que hayan
transcurrido cuatro años, una de las condiciones de Marco Escauro para dimitir
voluntariamente ha sido precisamente que se elijan censores el próximo abril.
Hasta ese momento tendréis que esperar —dijo César con soltura.
Sila se ciñó la toga y lanzó un profundo suspiro.
—Cayo Julio, tengo otra cosa que pediros —dijo.
Los azules ojos de César adoptaron una expresión que Sila fue incapaz de
descifrar; era como si se esperara lo que iba a decirle. ¿Cómo era posible, si
se le acababa de ocurrir la idea? Una brillante idea, la más afortunada. Pues,
si César aceptaba, su candidatura al cargo de censor tendría mucho mayor peso
que el dinero y mayor trascendencia que sus alegaciones de linaje, empañadas
como estaban por la vida que había llevado.
—¿De qué se trata, Lucio Cornelio? —inquirió César.
—De que me consideréis como esposo de vuestra hija Julilla.
—¿A pesar de lo que os ha ofendido?
—Yo... la amo —respondió Sila, creyéndose sus propias palabras. —Por
ahora, Julilla no está ni mucho menos en condiciones de
considerar el matrimonio —replicó César—, pero tomo nota de vuestra
petición, Lucio Cornelio —añadió sonriendo—. Quizá, habida cuenta de tantos
inconvenientes, estéis hechos el uno para el otro.
—Ella me ofreció una corona de hierba —añadió Sila—. Y, ¿sabéis, Cayo
Julio, que a partir de entonces mi suerte ha cambiado?
—Os creo —dijo César, poniéndose en pie, dispuesto a marcharse—. No
obstante, de momento no comentaremos a nadie vuestras intenciones de casaros
con Julilla. Y, sobre todo, os encarezco a que no os acerquéis a ella, pese a
vuestros sentimientos, pues aún sigue esforzándose por salir de esa situación y
no quiero que se le brinde la solución fácil.
Sila acompañó a César hasta la puerta y le tendió la mano, sonriendo con
los labios cerrados, pues nadie mejor que su propio dueño para saber el efecto
que causaban aquellos caninos excesivamente largos y afilados, y no era
cuestión de dedicar a Cayo Julio César una de aquellas espeluznantes sonrisas.
No, a César había que mimarle y cortejarle. Sin saber la propuesta que el
propio César había hecho a Cayo Mario respecto a una de sus hijas, Sila llegaba
a idéntica conclusión. ¿Qué mejor método para hacerse valer ante los censores
que tener por esposa a Julilla, sobre todo teniéndola tan a mano y habiendo
estado a punto de morir por él?
—¡Iamus! —gritó nada más cerrar la puerta.
—Decid, Lucio Cornelio.
—No te preocupes por la cena. Que toda la casa guarde luto por la señora
Clitumna y ocúpate de que vuelvan los criados de Circei. Salgo inmediatamente
para encargarme del entierro.
Y me llevaré a Metrobio, pensó mientras hacía apresuradamente el
equipaje. Adiós a toda mi vida anterior, adiós a todo, adiós a Clitumna. No
echaré de menos nada, salvo a Metrobio. A él sí lo echaré de menos; y mucho.
El tercer año (108 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE SERVIO SULPICIO GALBA Y QUINTO HORTENSIO
Con la llegada de las lluvias de invierno, la guerra contra Numidia
llegó a
un sombrío estancamiento y ninguno de los dos bandos pudo desplegar sus
tropas. Cayo Mario recibió la carta de su suegro César y reflexionó sobre la
misma, preguntándose si el cónsul Quinto Cecilio Metelo sabría que iba a
convertirse en procónsul, al ver prorrogado su mandato al llegar el Año Nuevo,
y así tener asegurado el triunfo. Nadie en el cuartel general del gobernador en
Utica hablaba de la derrota de Junio Silano frente a los germanos ni de las
ingentes bajas de su ejército.
Lo que no quería decir, pensó resentido Mario, que Metelo ignorase esas
cuestiones; no, lo que sucedía era que el legado mayor Cayo Mario, como de
costumbre, sería el último en ser informado. Al pobre Rutilio Rufo le habían
encomendado la supervisión de las guarniciones de invierno fronterizas, lo cual
le ponía en contacto inmediato con cualquier rebrote de hostilidades que
pudiera producirse, y Cayo Mario, destinado al puesto de mando en Utica, se vio
a las órdenes directas ¡del hijo de Metelo!, un muchacho de veinte años,
ascendido a cadete a la sombra de su padre, que se recreaba en aquel cargo de
mandar en la guarnición y defensa de Utica, por lo que en cualquier asunto
militar relacionado con la ciudad Mario tenía que consultar con el
insufriblemente arrogante Meneítos hijo, como no tardaron en llamarle, y no
sólo Mario. Dado que Utica era una fortaleza alejada, las obligaciones de Mario
incluían realizar todas las tareas que el gobernador no quería hacer, tareas
más propias de un cuestor que de un legado mayor.
Así que la cosa estaba que ardía y la prudencia de Mario iba
progresivamente deteriorándose, en particular cuando Metelo hijo se divertía a
costa suya, cosa en la que se complacía desde que su padre le había comentado
que a él también le alegraba. La casi derrota del río Mutul había suscitado por
parte de Rutilio Rufo y de Mario una acerba crítica del general, llegando el
propio Mario a decirle que la mejor manera de ganar la guerra contra Numidia
era capturar a Yugurta.
—¿Cómo puedo hacerlo? —replicó Metelo, bastante escarmentado por su
primera batalla.
—Con un subterfugio —dijo Rutilio Rufo.
—¿Qué clase de subterfugio?
—Eso debéis idearlo vos mismo, Quinto Cecilio —añadió Mario.
Pero ahora que todos habían regresado a la provincia africana, y
dedicaban tranquilamente los días lluviosos a tareas rutinarias, Metelo tenía
su propio consejo, hasta que entró en contacto con un noble númida llamado
Nabdalsa y se vio obligado a llamar a Mario para que asistiera a la entrevista.
—Quinto Cecilio, ¿es que no podéis hacer vos mismo el trabajo sucio?
—inquirió a quemarropa Mario.
—¡Creedme, Cayo Mario, si estuviera aquí Publio Rutilio no os llamaría!
—espetó Metelo—. ¡Pero vos conocéis a Yugurta y yo no, y supongo que, en
consecuencia, sabéis mejor que yo cómo funciona la mente de un númida! Lo único
que quiero es que oigáis lo que dice ese Nabdalsa y me digáis después qué os
parece.
—Me sorprende que confiéis lo bastante en mí para creer que os vaya a
dar mi sincera opinión —replicó Mario.
Metelo enarcó las cejas, francamente desconcertado.
—Estáis aquí para luchar contra Numidia, Cayo Mario, ¿por qué no me
ibais a dar vuestra sincera opinión?
—Pues que pase ese Nabdalsa, Quinto Cecilio, y os corresponderé lo mejor
que pueda.
Mario sabía quién era Nabdalsa, aunque nunca le había visto. Era un
incondicional del príncipe Gauda, pretendiente legitimo al trono númida, y que
por entonces vivía en una finca casi regia no lejos de Utica, en la floreciente
ciudad que había nacido en el emplazamiento de la antigua Cartago. Nabdalsa
había venido de parte del príncipe Gauda en la vieja Cartago, y Metelo le
recibió en glacial audiencia.
Metelo explicó su plan y le manifestó que la manera más rápida de acabar
la guerra y resolver el contencioso de Numidia era capturando a
Yugurta. ¿Tenía el príncipe Gauda, o Nabdalsa, alguna idea de cómo
llevar a cabo dicha captura?
—Decididamente a través de Bomílcar, domínus —contestó Nabdalsa. —¿De
Bomílcar? —repitió Metelo, estupefacto—. Sí es su hermanastro,
su notable más leal!
—En este momento las relaciones entre ambos son muy tirantes — replicó
Nabdalsa.
—¿Debido a qué? —inquirió Metelo.
—Por la cuestión sucesoria, domínus. Bomílcar quiere que le nombren
regente pero Yugurta se niega.
—¿Regente? ¿Heredero no?
—Bomílcar sabe que no puede serlo, domínus, porque Yugurta tiene dos
hijos, aunque muy pequeños.
Metelo frunció el ceño, tratando de discernir los procesos mentales de
aquel caletre extranjero.
—¿Y por qué se niega Yugurta? Yo diría que la designación de Bomílcar es
una buena idea.
—Se trata del linaje, domínus —replicó Nabdalsa—. El notable Bomílcar no
es descendiente del rey Masinisa ni pertenece a su casa real.
—Comprendo —asintió Metelo—. Muy bien; ved, pues, lo que podéis hacer
para persuadir a Bomílcar de que debe aliarse con Roma. ¡Es sorprendente!
—añadió, dirigiéndose a Mario—. Yo había creído que un hombre con suficientes
títulos de nobleza para aspirar al trono sería el regente ideal.
—En nuestra sociedad, sí —respondió Mario—, pero en la de Yugurta es una
invitación al asesinato de sus hijos. ¿Cómo podría ascender Bomílcar al trono
sino matando a los herederos de Yugurta y fundando una nueva dinastía?
—Gracias, barón Bomílcar —dijo Metelo, volviéndose hacia Nabdalsa
—. Podéis partir.
Pero Nabdalsa no estaba dispuesto a irse. —Dominus, os suplico un
pequeño favor —dijo.
—¿De qué se trata? —inquirió Metelo con cara de pocos amigos.
—El príncipe Gauda está deseando veros y se pregunta por qué no se le ha
ofrecido la oportunidad. Vuestro año de gobernador de la provincia africana
está a punto de concluir, y el príncipe Gauda sigue esperando la ocasión de
saludaros.
—Si desea verme, ¿qué se lo impide? —replicó adusto el gobernador. —No
puede presentarse por las buenas, Quinto Cecilio —terció Mario
—. Debéis extenderle una invitación formal.
—Ah, bien, si de eso se trata, se le cursará una invitación —añadió
Metelo, ocultando una sonrisa.
Y la invitación fue extendida al día siguiente para que Nabdalsa pudiera
llevarla personalmente a la vieja Cartago, y así el príncipe Gauda fue a
entrevistarse con el gobernador.
No fue una entrevista muy halagüeña, pues dos hombres tan distintos como
Metelo y Gauda difícilmente podían avenirse. Débil y enfermizo y no muy
inteligente, Gauda adoptó la actitud que consideraba de ley y que Metelo juzgó
despótica, pues, al saber que era necesario enviar una invitación al real
personaje para que acudiera a verle, se imaginó que su visitante se mostraría
modesto y hasta obsequioso. Pero, muy al contrario, Gauda comenzó por
encolerizarse cuando Metelo no se levantó para saludarle y puso fin poco
después a la audiencia abandonando majestuosamente la residencia del
gobernador.
—¡Soy de la realeza! —protestó Gauda ante Nabdalsa.
—Nadie lo ignora, alteza —asintió Nabdalsa—, pero los romanos son muy
raros a ese respecto, y se consideran no menos superiores porque destronaron a
sus reyes hace cientos de años, gobernándose a sí mismos desde entonces sin
necesidad de reyes.
—¡Por mi como si adoran la mierda! —replicó Gauda ofendido—. ¡Soy hijo
legítimo de mi padre, mientras que Yugurta es un bastardo! ¡Cuando hago acto de
presencia entre ellos, los romanos deben ponerse en pie para recibirme,
inclinarse ante mí, ofrecerme un trono para sentarme y seleccionar unos
centenares de sus mejores soldados para ofrecérmelos como escolta!
—Cierto, cierto —replicó Nabdalsa—. Ya hablaré con Cayo Mario.
Quizá Cayo Mario pueda hacer entrar en razón a Quinto Cecilio.
Todos los númidas conocían a Cayo Mario y a Rutilio Rufo, pues Yugurta
había difundido su fama en sus primeros tiempos al regresar de Numancia y los
había visto a los dos varias veces durante su reciente estancia en Roma.
—Pues ved a Cayo Mario —dijo Gauda, retirándose a la antigua Cartago,
con una rabieta monumental, reconcomido por los desaires hechos por Metelo en
nombre de Roma, mientras Nabdalsa se procuraba discretamente una entrevista con
Cayo Mario.
—Haré lo que pueda, barón —dijo Mario con un suspiro.
—Os lo agradecería, Cayo Mario —añadió Nabdalsa, conmovido. —Vuestro
señor os hace responsable, ¿no es eso? —dijo Mario
sonriendo.
La mirada de Nabdalsa hablaba por sí sola.
—El inconveniente, amigo mío, es que Quinto Cecilio se considera
infinitamente superior por nacimiento a un príncipe númida, y dudo mucho de que
nadie, y menos yo, pueda hacerle cambiar de actitud. Pero lo intentaré, porque
deseo que podáis buscarme a Bomílcar. Eso es mucho más importante que las
rencillas entre gobernadores y príncipes —dijo Mario.
—La pitonisa siria dice que la familia de Cecilio Metelo va a entrar en
decadencia —añadió pensativo Nabdalsa.
—¿Qué pitonisa siria?
—Una mujer llamada Marta —contestó el númida—. El príncipe Gauda la
encontró en Cartago, donde al parecer fue abandonada hace años por un capitán
de barco que pensaba que le había echado una maldición. Al principio sólo la
consultaban los humildes, pero ahora su fama se ha extendido y reside en la
corte del príncipe. Le ha profetizado que llegará a ser rey de Numidia tras la
caída de Yugurta, cuya hora, dice, no ha llegado todavía.
—¿Y qué dice de la familia de Cecilio Metelo?
—Que toda la familia ha pasado el cenit de su poder e irá disminuyendo
en miembros y en riqueza, superada por otros, entre ellos vos mismo,
domínus.
—Quiero ver a esa augur siria —dijo Mario.
—No hay inconveniente, pero deberéis venir a la antigua Cartago, porque
ella no sale de la corte del príncipe —contestó Nabdalsa.
Una entrevista con la adivina siria implicaba una audiencia previa con
el príncipe Gauda. Mario escuchó resignado la retahíla de agravios contra
Metelo y aseguró que él no tenía la menor idea de cómo pensaba comportarse.
—Tened el convencimiento, alteza, de que cuando en mi mano esté se os
tratará con el respeto y la deferencia que por linaje os corresponde —dijo con
una reverencia aún más profunda de lo que Gauda habría esperado.
—¡Ese día llegará! —replicó entusiasmado Gauda, enseñando sus
deteriorados dientes—. Marta dice que seréis el primer hombre de Roma a no
tardar. Por tal motivo, Cayo Mario, quiero formar parte de vuestros clientes, y
me encargaré de que mis partidarios en la provincia africana se hagan
igualmente clientes vuestros. Y lo que es más, cuando sea rey de Numidia, todo
el país será cliente vuestro.
Mario escuchaba perplejo; a él, un simple pretor, se le ofrecía la clase
de clientes que el propio Cecilio Metelo ansiaba en vano. ¡Tenía que conocer a
aquella Marta, la adivina siria!
Tuvo ocasión de conocerla poco después porque ella misma solicitó verle,
y Gauda ordenó que le condujeran a su presencia en la enorme villa que ocupaba
como palacio provisional. Una mirada bastó para que Mario, al que hicieron
esperar en antesala, se diese cuenta de que la adivina era un huésped de
excepción, pues la vivienda estaba lujosamente amueblada, las paredes decoradas
con los mejores murales que había visto en su vida y los suelos recubiertos de
mosaicos que en nada desmerecían a los murales.
La siria entró vestida de rojo, otro signo honorífico, que generalmente
no se otorgaba a nadie que no fuese de sangre real. Y ella no era, ni mucho
menos, de sangre real, sino una anciana menuda, flaca y arrugada, que apestaba
a orines y que no se había lavado el cabello hacía años, sospechaba Mario.
Tenía aspecto extranjero, con una gran nariz delgada y aguileña que destacaba
en un rostro surcado por infinitas arrugas, y unos
ojos negros de fulgor tan fiero y vigilante como los de un águila. Sus
pechos pendían como bolsas llenas de guijarros, balanceándose bajo la tenue
camisa roja tiria que era lo único que llevaba de cintura para arriba. Llevaba
ceñido a la cintura un chal tirio, igualmente rojo, y manos y pies casi negros
por el tinte de alheña; al andar hacía sonar una infinidad de campanillas,
ajorcas, anillos y dijes de oro macizo. Fijado por una peineta de oro, un velo
de púrpura tiria cubría su nuca, y le caía sobre la espalda cual lacia bandera.
—Sentaos, Cayo Mario —dijo, señalándole una silla con un largo dedo
semejante a una garra, reluciente por los muchos anillos que ceñía.
Mario hizo lo que le indicaba, incapaz de apartar los ojos de aquel
atezado rostro senil.
—El príncipe Gauda me ha dicho que habéis vaticinado que seré el primer
hombre de Roma —dijo al tiempo que carraspeaba—. Quisiera saber algo más.
La adivina emitió una característica risita cacareante de vieja,
enseñando sus encías vacías, salvo un incisivo amarillento en la mandíbula
superior.
—Oh, sí, estoy segura de que lo seréis —contestó, dando una palmada para
que viniese un criado—. Tráenos una infusión de hojas secas y unos pastelillos
de los que me gustan. No tardará —añadió, dirigiéndose a Mario
—. Cuando lo traigan, hablaremos. Mientras, permaneceremos en silencio.
No queriendo ofenderla, Mario permaneció sentado en silencio, y
cuando llegó el humeante brebaje dio un sorbo a la copa que le tendió,
olfateándola, no muy convencido. No sabía mal, pero él no estaba acostumbrado a
tomar bebidas calientes; al quemarse la lengua, dejó a un lado la copa. Ella,
muy acostumbrada, lo tomaba a breves sorbos, ingiriéndolo con audible placer.
—Es delicioso —dijo la siria—, aunque supongo que preferiréis el vino.
—No —respondió Mario muy cortés.
—Tomad un pastelillo —musitó ella con la boca llena.
—No, muchas gracias.
—Bien, bien, entiendo —dijo ella, enjuagándose la boca con otro sorbo de
pócima caliente y alargando imperiosa una de sus garras—. Dadme la mano
derecha.
Mario obedeció.
—Os aguarda un gran destino, Cayo Mario —comenzó a decir escrutando
ardientemente las líneas de la palma—. ¡Qué mano! Refleja todo lo que acomete.
¡Y qué línea del cerebro! Rige vuestro corazón, rige vuestra vida, rige todo
menos los estragos del tiempo, Cayo Mario, pues ésos nadie los puede resistir.
Pero vos resistiréis mucho más que otros. Veo una grave enfermedad... pero la
superaréis en su primera manifestación... Enemigos que acechan, enemigos sin
número... pero los venceréis... Seréis cónsul al año siguiente del que acaba de
comenzar, es decir, el año que viene... Y después seréis cónsul seis veces
más... Siete veces en total seréis cónsul, y os llamarán el tercer fundador de
Roma, pues salvaréis a Roma del mayor de los peligros.
Notaba que el rostro le ardía como brasas removidas, en su cabeza sentía
un inmenso fragor, el corazón le latía como un tambor batido por el hortator
para estimular la velocidad de los remeros. Un espeso velo rojo tapaba su
vista; porque la siria decía la verdad. El lo sabía.
—Tenéis el amor y el respeto de una gran mujer —prosiguió Marta,
examinando ahora las rayas menores—, y su sobrino será el más grande entre los
romanos de todos los tiempos.
—No, ése soy yo —dijo Mario, ya con los reflejos más serenos, al oír
aquel vaticinio menos placentero.
—No, es su sobrino —insistió Marta—. Un hombre mucho más grande que vos,
Cayo Mario. Lleva vuestro primer nombre, Cayo, pero es de la familia de ella,
no de la vuestra.
Tomaba buena nota y no lo olvidaría.
—¿Y mi hijo? —inquirió.
—Vuestro hijo también será un gran hombre, pero no tan grande como su
padre ni vivirá con mucho tantos años como él. Pero aún estará vivo cuando
llegue vuestra hora.
La adivina retiró la mano y metió los sucios pies descalzos bajo el
diván con un tintineo y tañir de campanillas, ajorcas y pulseras.
—Ya he visto todo lo que había que ver, Cayo Mario —dijo arrellanándose
y cerrando los ojos.
—Os doy las gracias, adivina Marta —dijo él, poniéndose en pie y sacando
la bolsa—. ¿Cuánto...?
Marta abrió sus pérfidos ojos negros, diabólicamente vivos.
—A vos no os cobro nada. La compañía de los grandes es suficiente. Cobro
a los que son como el príncipe Gauda, que nunca será grande, aunque será rey
—añadió con otro cacareo—. Pero eso lo sabéis tan bien como yo, Cayo Mario,
pues aunque no tenéis el don de leer el futuro, sí que tenéis el de leer en el
corazón de los hombres; y el príncipe Gauda tiene un corazón mísero.
—Vuelvo a daros las gracias.
—Oh, tengo que pediros un favor —añadió la adivina cuando Mario se
hallaba ya casi en la puerta.
—Decidme —contestó Mario, volviéndose rápidamente.
—Cuando seáis cónsul por segunda vez, Cayo Mario, llevadme a Roma y
tratadme con honores. Tengo deseos de ver Roma antes de morir.
—Veréis Roma —dijo él, y salió.
¡Siete veces cónsul! ¡El primer hombre de Roma! ¡Tercer fundador de
Roma! ¿Qué destino más grande que aquél? ¿Qué roma no podía superarlo? Cayo...
Debía referirse al hijo de su joven cuñado, Cayo Julio César. Claro, su hijo
sería sobrino de Julia, el único que llevaría el nombre de Cayo, por supuesto.
—Por encima de mi cadáver —dijo Cayo Mario, montando en el caballo y
encaminándose a Utica.
Al día siguiente fue a entrevistarse con Metelo. El cónsul se hallaba
examinando unos documentos y cartas de Roma, pues la noche anterior había
llegado un barco retrasado por los temporales.
—¡Estupendas noticias, Cayo Mario! —dijo Metelo, por una vez afable
—. Han prorrogado mi mando en Africa, con imperium proconsular y con
buenas perspectivas de que lo prorroguen si necesito más tiempo.
Dejó a un lado el nombramiento y cogió otra hoja por simple exhibición,
pues era evidente que ya las había leído. Ninguno de los dos se limitó a hojear
en silencio los papeles con una mirada de comprensión, pues los dos sufrían la
necesidad de alzarse y leer en voz alta para facilitar el proceso.
—Es una suerte que mi ejército esté intacto, porque parece que la
escasez de tropa en Italia se ha agudizado, gracias a la acción de Silano en la
Galia. Ah, claro, no lo sabéis, es cierto. Pues sí, mi colega consular ha sido
derrotado por los germanos, con grandes pérdidas —añadió, cogiendo otro rollo,
que esgrimió—. Silano dice que en el campo de batalla había más de medio millón
de gigantes germanos. —Dejó el rollo en la mesa y enarboló otro en dirección de
Mario—. El Senado me notifica que ha anulado la lex Sempronia de Cayo Graco,
que limitaba el número de campañas completas exigibles. ¡Magnífico! Podemos
alistar a miles de veteranos en caso necesario —añadió, complacido.
—Es una decisión legislativa muy perjudicial —replicó Mario—. Si un
veterano desea retirarse al cabo de diez años o seis campañas completas, debe
permitírsele con la garantía de que no va a ser llamado nunca más a filas.
¡Estamos diezmando a los pequeños propietarios, Quinto Cecilio! ¿Cómo puede un
hombre abandonar sus escasas tierras al cabo, quizá, de veinte años de servicio
en las legiones, y esperar que éstas prosperen en su ausencia? ¿Cómo puede
engendrar hijos que le sustituyan en su granja y en las legiones? Cada vez
recae con mayor peso sobre la esposa la tarea de cuidar la tierra, y las
mujeres no poseen la fuerza, la previsión y la aptitud para ello. Deberíamos
procurarnos tropa de otra manera y protegerla de los generales.
—¡Cayo Mario, no es competencia vuestra —replicó Metelo con rostro
impasible y labios prietos— criticar la sabiduría de la más ilustre entidad que
nos gobierna! ¿Quién os créeis que sois?
—Quinto Cecilio, creo que ya me dijisteis en una ocasión, hace muchos
años, quién era: un palurdo itálico que no habla griego, si no recuerdo mal. Y
puede que sea verdad. Pero eso no me impide que diga lo que pienso de una mala
legislación —respondió Mario sin levantar la voz—. Nosotros, y
con ese "nosotros" me refiero al Senado, ilustre entidad de la
que tanto vos como yo formamos parte, estamos consintiendo que perezca toda una
clase de ciudadanos por no tener el valor y la presencia de espíritu para poner
coto a todos esos pretendidos generales que hemos estado nombrando durante
años. ¡La sangre de los soldados romanos no es para derrocharla, Quinto
Cecilio, sino para emplearla en una vida útil!
Mario se puso en pie y se inclinó sobre el escritorio de Metelo para
proseguir su diatriba.
—Cuando al principio estructuramos nuestro ejército, era para realizar
campañas en Italia, de manera que los hombres pudieran volver a sus hogares en
invierno para atender sus tierras, engendrar hijos y asesorar a sus mujeres.
Pero, hoy día, cuando un hombre se alista o se ve obligado a incorporarse por
la leva, le envían a ultramar y, en lugar de servir en una campaña que dure un
verano, está en filas dos años seguidos sin poder volver a casa, de modo que
esas seis campañas pueden suponerle doce y hasta quince años... ¡y fuera de su
patria! ¡Cayo Graco legisló en contra de eso para impedir que los pequeños
terratenientes itálicos no cayesen en las garras de los ganaderos
especuladores! —añadió con un forzado suspiro, mirando irónico a Metelo—. ¡Ah,
pero se me olvidaba, claro! Porque vos mismo sois uno de esos ganaderos
codiciosos, ¿no es cierto? ¡Y os encanta ver cómo van a parar a vuestras manos
esas pequeñas propiedades, cuando los hombres que deberían volver a casa caen
en suelo extranjero por culpa de la brutal desidia y la codicia de la
aristocracia!
—¡Ajá! ¡Ahora lo habéis dicho! —exclamó Metelo, poniéndose en pie de un
salto y aproximando el rostro al de Mario—. ¿Así que codicia y desidia
aristocrática? Tenéis lo de la aristocracia clavado muy hondo, ¿verdad? ¡Pues
os diré un par de cosas, advenedizo Cayo Mario! ¡El haberos casado con una
Julia de los Julios no os convertirá en aristócrata!
—Ni lo deseo —replicó desdeñoso Mario—. ¡Os desprecio a todos, con la
sola excepción de mi suegro, quien, de milagro, ha sabido seguir siendo un
hombre honrado a pesar de sus orígenes!
Ya hacía rato que hablaban a gritos y en la antecámara todos estaban
pendientes de la discusión.
—¡Dale, Cayo Mario! —decía un tribuno de la tropa.
—¡Dale donde duele, Cayo Mario! —añadía otro.
—¡Méate en ese chupapollas arrogante, Cayo Mario! —espetaba un tercero,
riendo.
Lo que demostraba que todos, hasta el último soldado, sentían mucha más
simpatía por Mario que por Quinto Cecilio Metelo.
Pero los gritos habían llegado más allá de la antecámara, y cuando el
hijo del cónsul irrumpió en el antedespacho, todo el personal consular simuló
estar trabajando eficientemente. Metelo hijo, sin dirigirles una mirada, abrió
la puerta del despacho de su padre.
—¡Padre, se oyen vuestras voces a varias millas! —exclamó el joven,
dirigiendo una mirada de odio a Mario.
Era de fisico muy parecido a su padre; de estatura y contextura medias,
pelo castaño, ojos marrones y relativamente bien parecido según los cánones
romanos, de forma que no tenía ninguna característica por la que hubiera
destacado entre la multitud.
La interrupción apaciguó a Metelo, aunque en nada palió la rabia de
Mario. Ninguno de los dos hizo ademán de querer sentarse de nuevo, y el joven
Metelo permaneció a un lado, alarmado y molesto, y apasionadamente predispuesto
a ponerse de parte de su padre, pero muy contenido, habida cuenta en particular
de las indignidades a que había sometido a Mario desde que su padre le había
nombrado comandante de la guarnición de Utica. Ahora veía por primera vez a un
Cayo Mario distinto, fisicamente crecido y con valentía, coraje e inteligencia
muy por encima de cualquier Cecilio Metelo.
—No tiene objeto proseguir la conversación, Cayo Mario —dijo Metelo,
ocultando el temblor de sus manos mediante el recurso de apoyarlas sobre el
escritorio—. En cualquier caso, ¿para qué queríais verme?
—He venido a deciros que quiero dejar el servicio en esta guerra a
finales del verano dijo Mario—. Vuelvo a Roma para presentarme a las elecciones
de cónsul.
—¿Cómo decís? —exclamó Metelo sin dar crédito a lo que acababa de
oír.
—Que marcho a Roma para participar en las elecciones consulares. —No lo
haréis —replicó Metelo—. ¡Habéis firmado como mi legado
mayor, y además con imperium de prepretor, durante mi mandato como
gobernador de la provincia africana. Me han prorrogado el cargo, lo que quiere
decir que el vuestro queda prorrogado.
—Podéis licenciarme.
—Si quisiera, sí; pero no quiero —respondió Metelo—. De hecho, si de mí
dependiera, Cayo Mario, os dejaría aquí en provincias para el resto de vuestros
días.
—No me obliguéis a hacer algo repugnante, Quinto Cecilio —dijo Mario en
tono más bien amistoso.
—¿Obligaros a hacer algo ¿qué? ¡Bah, salid de aquí, Mario! ¡Dedicaos a
algo útil y no me hagáis perder el tiempo! —añadió Metelo, advirtiendo la
mirada de su hijo y sonriéndole como en connivencia.
—Insisto en que se me releve del servicio en esta guerra para poder
presentarme a la elección de cónsul este otoño en Roma.
Envalentonado por la actitud cada vez más cerrada de mando y
superioridad de su padre, el Meneítos hijo comenzó a lanzar unas risitas que
estimularon a su progenitor.
—Os digo una cosa, Cayo Mario —añadió éste, sonriendo—. Tenéis casi
cincuenta años y mi hijo veinte. ¿Me aceptaríais la sugerencia de presentaros a
cónsul el mismo año que él lo haga? Por entonces habréis logrado ser aceptable
para el cargo de cónsul. Y estoy seguro que a mi hijo le encantará daros
algunas indicaciones.
Metelo hijo soltó una carcajada.
Mario los miró a ambos bajo sus erizadas cejas, con su cara de águila
mucho más orgullosa y altiva que la de ellos.
—Seré cónsul, Quinto Cecilio, perded cuidado —dijo—. Seré cónsul, no
una, sino siete veces.
Y salió del despacho, dejando a los dos Metelos boquiabiertos, entre
sorprendidos y atemorizados, preguntándose por qué no encontraban nada
divertida aquella arrogante afirmación.
Al día siguiente, Mario volvía a la antigua Cartago y pedía audiencia
con el príncipe Gauda.
Conducido a presencia de éste, hincó una rodilla en tierra y besó su
fría mano.
—¡Alzaos, Cayo Mario! —exclamó Gauda, encantado y alborozado porque
aquel hombre de impresionante aspecto le mostrara semejante respeto y
admiración.
Mario comenzó a incorporarse y luego volvió a dejarse caer sobre las dos
rodillas con los brazos tendidos.
—Alteza real —dijo—, no soy digno de estar en vuestra presencia, pues
vengo a vos como el más humilde de los suplicantes.
—¡Alzaos, alzaos! —chilló Gauda, en la gloria—. ¡De rodillas no prestaré
oídos a vuestras peticiones! Venid, sentaos a mi lado y decidme qué queréis.
El asiento que Gauda le indicaba estaba, efectivamente, a su lado,
aunque un escalón más bajo que el trono. Haciendo una profunda reverencia
mientras se dirigía a él, Mario se sentó en el borde, como deslumbrado por el
esplendor de quien sí estaba cómodamente sentado.
—Cuando decidisteis ser cliente mío, príncipe Gauda, acepté ese
extraordinario honor pensando en que podría hacer prosperar vuestra causa en
Roma; pues me proponía presentarme a la elección de cónsul el próximo otoño
—dijo Mario, haciendo una pausa con un profundo suspiro—. ¡Mas, ay, no podrá
ser! Quinto Cecilio Metelo va a quedarse en Africa porque le han prorrogado el
cargo de gobernador, lo que quiere decir que yo, como legado suyo que soy, no
puedo abandonar el servicio sin su consentimiento. Y cuando le he manifestado
que deseaba presentarme a la elección consular, me ha negado el permiso para
abandonar Africa antes que él.
El noble retoño de la casa real númida se puso rígido con la sencilla
iracundia de un inválido consentido. Bien que recordaba la negativa de aquel
Metelo a levantarse para recibirle, a hacerle una profunda reverencia, a
ofrecerle asiento en un trono, a asignarle una escolta romana.
—¡Pero eso no tiene sentido, Cayo Mario! —exclamó—. ¿Cómo podríamos
forzarle a cambiar de opinión?
—¡Señor, estoy asombrado de vuestra inteligencia y de lo bien que os
hacéis cargo de la situación! —exclamó Mario—. Es exactamente lo que debemos
hacer, forzarle a cambiar de idea. —Hizo una pausa—. Sé lo que vais a sugerir,
pero quizá sea preferible que salga de mis labios al tratarse de algo poco
limpio. Os ruego que me permitáis decirlo a mí.
—Decidlo —se apresuró a decir Gauda, magnánimo.
—Alteza real, hay que inundar Roma, el Senado y las asambleas del pueblo
con cartas. Cartas vuestras... y de los habitantes de las villas, de los
pastores, mercaderes y comerciantes de toda la provincia romana de Africa,
cartas informando a Roma de la ineptitud, de la enorme incompetencia de Quinto
Cecilio Metelo en la dirección de esta guerra contra el enemigo númida, cartas
explicando que los pocos éxitos de la campaña se deben a mí y no a él. ¡Miles
de cartas, mi señor! Y no escritas una sola vez, sino repetidas hasta la
saciedad, hasta que Quinto Cecilio ceda y me permita marchar a Roma para
presentarme a las elecciones a cónsul.
Gauda lanzó un resoplido de contento.
—¿No es sorprendente, Cayo Mario, nuestra compenetración? Cartas era
precisamente lo que yo iba a sugeriros.
—Ya os he dicho que lo sabía —replicó Mario, impaciente—. Pero, ¿es
posible, señor?
—¿Posible? ¡Claro que es posible! —exclamó Gauda—. Sólo hace falta
tiempo, influencia y dinero, Cayo Mario. Y entre los dos podemos conseguir
mucho más tiempo, influencia y dinero que Quinto Cecilio Metelo, ¿no creéis?
—Eso espero, desde luego —contestó Mario.
Naturalmente, Mario no se cruzó de brazos. Recorrió personalmente de
arriba abajo toda la provincia africana para ver a cuantos ciudadanos romanos,
latinos e itálicos había, pretextando necesidades de servicio por sus
constantes viajes. Era mensajero de un mandato secreto del príncipe Gauda,
prometiendo toda clase de mercedes una vez fuese rey de Numidia y asegurándose
la propia clientela de cuantos veía. Ni lluvia, ni fango, ni ríos
desbordados fueron obstáculo; era incansable acaparando clientes y
cosechando promesas de cartas y más cartas. Miles y miles de cartas. Cartas
suficientes para echar a pique el barco del Estado de Quinto Cecilio Metelo y
lograr su extinción política.
En febrero comenzaron a llegar las cartas de la provincia romana de
Africa a todos los personajes y organismos importantes de Roma; y no dejaron de
llegar en barcos sucesivos. Una de ellas, de Marco Cecilio Rufo, ciudadano
romano, propietario de cientos de iugera en el valle del río Bagradas e
importante productor de trigo para el mercado romano, decía:
Quinto Cecilio Metelo poco ha hecho en Africa si no es mirar por sus
propios intereses. Mi modesta opinión es que trata de prolongar esta guerra
para incrementar su gloria personal y sus ansias de poder. El pasado otoño dio
a conocer su política para debilitar la posición del rey Yugurta mediante la
quema de las cosechas del pais y el saqueo de las ciudades, en particular las
que guardaban tesoros. Como consecuencia, mis tierras y las tierras de muchos
ciudadanos romanos de esta provincia corren peligro, pues ahora los númidas
efectúan correrías de represalia en la provincia romana. Todo el valle del
Bagradas, tan importante para el abastecimiento de grano a Roma, vive bajo
constante amenaza.
Además, ha llegado a oídos míos y de otros muchos que Quinto Cecilio
Metelo es un inepto en el mando de sus legados, y no digamos del ejército. Ha
desperdiciado deliberadamente la capacidad de hombres veteranos de tanta valía
como Cayo Mario y Publio Rutilio Rufo, asignándoles, al uno, el mando de su
insignificante cuerpo de caballería, y al otro, tareas de praefectus fabrum. Su
comportamiento para con el príncipe Gauda, considerado por el Senado y el
pueblo de Roma legítimo rey de Numidia, ha sido insufriblemente arrogante,
desconsiderado y hasta cruel.
Para concluir, debo indicar que los pocos éxitos obtenidos en la campaña
de este año se deben estrictamente a los esfuerzos de Cayo Mario y Publio
Rutilio Rufo. Y me consta que no han recibido las gracias ni se les ha
atribuido el mérito debido. Quiero particularmente mencionar el buen
comportamiento de Cayo Mario y de Rutilio Rufo y condenar con toda
indignación la conducta de Quinto Cecilio Metelo.
Era una carta dirigida a uno de los comerciantes de trigo más
importantes de Roma, un hombre con gran predicamento entre senadores y
caballeros. Naturalmente, una vez que supo la vergonzosa conducta de Metelo en
la guerra, su voz llegó a toda clase de oídos interesados y su indignación
repercutió en muchos ámbitos con efecto inmediato. Y conforme se sucedían los
días y arreciaba el raudal de cartas, a su voz se sumaron otras muchas. Los
senadores comenzaron a temblar cuando se les aproximaba un banquero comercial o
un magnate naviero y la complaciente satisfacción del poderosisimo clan de
Cecilio Metelo fue disminuyendo a toda velocidad.
Y el clan de Cecilio Metelo cursó también cartas a su estimado miembro
Quinto Cecilio, procónsul en la provincia de Afríca, rogándole que aminorara su
arrogancia con el príncipe Gauda, que su hijo tratase con más consideración a
sus legados mayores y que hiciera lo posible por ganar en el campo de batalla
un par de sonadas victorias contra las tropas de Yugurta.
Luego estalló el escándalo de Vaga, que tras rendirse a Metelo a finales
de otoño, se sublevó a continuación y pasó a cuchillo a casi todos los
comerciantes itálicos. La revuelta la había propiciado Yugurta con la
connivencia nada menos que del propio Turpilio, comandante de la guarnición y
amigo íntimo de Metelo. Este cometió el error de salir en defensa de Turpilio
cuando Mario exigió públicamente que fuese juzgado ante un consejo de guerra,
por traición, y al llegar la historia a Roma a través de cientos de cartas dio
la impresión de que Metelo fuese tan culpable de traición como Turpilio. De
nuevo el clan de Cecilio Metelo cursó cartas a su apreciado Quinto Cecilio en
Utica, rogándole que eligiera mejor a sus amistades si seguía empeñado en
defenderlas de la acusación de traición.
Pasaron muchas semanas hasta que Metelo no tuvo más remedio que admitir
que Cayo Mario era el inspirador de la campaña de cartas a Roma; y aun forzado
a admitir la evidencia, tardó en comprender la importancia de
la guerra epistolar y más aún en contrarrestar sus efectos. ¿El, un
Cecilio Metelo, con la reputación maltrecha en Roma por boca de Cayo Mario, un
pretendiente plañidero y un puñado de vulgares comerciantes coloniales?
¡Imposible! Roma no funcionaba así. Roma era suya y no de Cayo Mario.
Cada semana, con la regularidad de un calendario, Mario se presentaba a
Metelo y le pedía le licenciara del servicio a finales de agosto, y, con la
misma regularidad, Metelo se lo negaba.
En favor de Metelo hay que señalar que tenía otras cosas en que pensar
aparte de Mario y unas insignificantes cartas que llegaban a Roma. La mayor
parte de sus energías las absorbía Bomílcar. A Nabdalsa le había costado varios
días concertar una entrevista con Bomílcar y muchos más convenir una reunión
secreta entre éste y Metelo. Pero a finales de marzo, por fin, ésta tuvo lugar
en un pequeño anexo de la residencia del gobernador en Utica, en la que
Bomílcar fue introducido a escondidas.
Se conocían bastante bien, por supuesto, pues era Metelo quien había
mantenido informado a Yugurta a través de Bomílcar durante sus desesperados
últimos días en Roma, y era Bomílcar, más que el rey, confinado en el pomerium
de la ciudad, quien había gozado de la hospitalidad de Metelo.
Sin embargo, en esta nueva entrevista no hubo muchos miramientos
sociales. Bomílcar se mostraba receloso, temiendo que se descubriese su
presencia en Utica, y Metelo no las tenía todas consigo en su nuevo papel de
jefe de espionaje.
Por eso fue directamente al grano.
—Quiero acabar esta guerra con las mínimas pérdidas posibles en hombres
y material, y lo más pronto posible —dijo—. Roma requiere mi presencia más en
otros puestos que en su avanzadilla en Africa.
—Sí, he sabido lo de los germanos —dijo Bomílcar con voz queda.
—Entonces comprenderéis mi premura —replicó Metelo.
—Desde luego. Sin embargo, no acierto a ver qué puedo hacer yo para
abreviar aquí las hostilidades.
—Me inclino a creer, por lo que me han informado, y tras largas
reflexiones estoy convencido de ello, que lo mejor y más rápido para el
futuro de Numidia y lo más positivo para Roma es eliminar al rey Yugurta
—dijo el procónsul.
Bomílcar miró pensativo a Metelo. Sabia muy bien que no era como Cayo
Mario ni como Rutilio Rufo. No, era más altanero, mucho más consciente de su
posición, pero no tan competente ni imparcial. Como para todos los romanos,
Roma era lo que contaba para él, pero el concepto de Roma que alentaba Cecilio
Metelo era muy distinto al de Cayo Mario. Lo que no acababa de entender
Bomílcar era la diferencia entre el Metelo de sus días en Roma y el Metelo que
gobernaba la provincia de Africa, pues, aunque sabía lo de las cartas, no
parecía apreciar su importancia.
—Es cierto que Yugurta es el crisol de la resistencia de Numidia ante
Roma —dijo Bomílcar—. Sin embargo, quizá no conozcáis la impopularidad de
Gauda; los númidas nunca consentirán que él sea su rey, legitimo o no.
Al oír el nombre de Gauda, un gesto de disgusto cruzó el rostro de
Metelo.
—¡Bah! —exclamó, con un gesto de desprecio—. ¡Un desastre como hombre, y
no digamos en caso de ser rey! —Clavó sus sagaces ojos marrones en el duro
rostro de Bomílcar—. Si algo le sucediera al rey Yugurta, yo... y Roma,
naturalmente, consideraríamos más adecuado que ocupase el trono de Numidia un
hombre cuyo sentido común y experiencia le hagan comprender que sirve mejor a
los intereses del país manteniéndolo como reino aliado de Roma.
—Estoy de acuerdo. Creo que así es como mejor se sirven los intereses de
Numidia —Bomílcar hizo una pausa y se humedeció los labios—. ¿Me consideraríais
como posible rey de Numidia, Quinto Cecilio?
—¡Por supuesto! —contestó Metelo.
—¡Bien! En ese caso colaboraré complacido en la eliminación de Yugurta.
—Pronto, espero —añadió Metelo, sonriendo.
—Tan pronto como sea posible. Queda descartado un intento de asesinato.
Yugurta anda con mucho cuidado. Además, cuenta con la absoluta lealtad de su
guardia personal. Y tampoco creo que tuviera éxito un
golpe de estado, porque la mayor parte de la nobleza está satisfecha con
el gobierno de Yugurta y su actuación en la guerra. Si Gauda fuese una
alternativa más atractiva, sería distinto. Yo... —añadió con una mueca— no
tengo sangre de Masinisa, lo que significa que necesitaré el apoyo de Roma para
poder ascender al trono...
—Entonces, ¿qué es lo que hay que hacer? —inquirió Metelo.
—Creo que la única solución está en llevar a Yugurta a una situación que
le haga caer en manos de una fuerza romana. No me refiero a una batalla, sino a
una emboscada. Luego podéis matarle allí mismo, o llevarle prisionero y hacer
después lo que queráis —dijo Bomílcar.
—Muy bien, barón Bomílcar. Espero que me aviséis con tiempo suficiente
para organizar la emboscada.
—Por supuesto. Las incursiones fronterizas constituyen la circunstancia
ideal. Yugurta piensa lanzar varias en cuanto el terreno esté lo bastante seco.
Pero os advierto, Quinto Cecilio, que quizá fracaséis varias veces antes de
poder capturar a alguien tan astuto como Yugurta. Al fin y al cabo no puedo
arriesgar mi vida, pues no sería de utilidad a Roma si muriese. Perded cuidado,
finalmente lograré hacerle ir hacia una buena celada. Ni el propio Yugurta
puede tentar tanto a la suerte.
En términos generales, Yugurta estaba satisfecho con el desarrollo de
los acontecimientos. Aunque había sufrido duros golpes por las incursiones de
Mario en las zonas más habitadas de su reino, sabía perfectamente que la gran
extensión de Numidia era su mejor ventaja y protección. Y las regiones
habitadas, a diferencia de lo habitual en otras naciones, al rey le importaban
menos que las regiones salvajes. La mayor parte de sus tropas, incluida la
caballería ligera, famosa en el mundo entero, la reclutaba entre los pueblos
seminómadas del interior del país e incluso en sus confines más remotos, allá
donde el paciente Atlas sostenía el cielo sobre sus hombros. Eran los pueblos
gétulo y garamante. La propia madre de Yugurta era de una tribu de Getulia.
Tras la rendición de Vaga, el rey se guardó mucho de no acumular dinero
o tesoros en ninguna ciudad situada sobre la línea de avance del
ejército romano, trasladándolo todo a ciudades como Zama y Capsa,
remotas, difíciles a la infiltración, edificadas a modo de fortalezas en picos
inexpugnables... y rodeadas de fanáticos y leales gétulos. Y Vaga, al final, no
había sido una victoria romana. Una vez más, Yugurta había comprado a un
romano: Turpilio, comandante de la guarnición y amigo de Metelo. ¡Ja!
No obstante, algo había cambiado. Conforme las lluvias invernales fueron
cediendo, Yugurta lo percibió cada vez con mayor claridad. La dificultad
estribaba en que no acertaba a dilucidar qué es lo que había cambiado. Su corte
estaba continuamente en movimiento por las fortalezas en que tenía repartidas
sus esposas y concubinas para tener asegurados por doquier rostros y brazos
amorosos. Pero algo sucedía. No era con sus órdenes, ni con sus ejércitos, las
líneas de aprovisionamiento ni la lealtad de las innumerables ciudades,
distritos y tribus. Lo que él barruntaba era algo más que un tufo, una
crispación, una comezón premonitoria de peligro en algo allegado. Aunque en
ningún momento relacionó esa premonición con su negativa a nombrar regente a
Bomílcar.
—Procede de la corte —comentó a Bomílcar mientras cabalgaban entre Capsa
y Cirta a finales de marzo, a la cabeza de una nutrida columna de caballería e
infantería.
Bomílcar volvió la cabeza y miró directamente a los ojos gris claro de
su hermanastro.
—¿De la corte?
—Algo se está tramando, hermano. Urdido y manejado por esa sabandija de
mierda de Gauda, me apostaría algo —añadió Yugurta.
—¿Te refieres a una revuelta palaciega?
—No estoy muy seguro. Sé que algo anda mal. Lo presiento.
—¿Un atentado?
—Quizá. ¡De verdad que no lo sé, Bomílcar! Miro en doce direcciones
distintas y tengo los oídos como si girasen como una veleta de tanta atención,
pero sólo mi nariz ha detectado algo raro. ¿Y tú? ¿No has notado nada?
—inquirió, totalmente confiado en el afecto y lealtad de Bomílcar.
—Pues yo no he notado nada —respondió éste.
Tres veces consiguió Bomílcar que el incauto Yugurta se encaminase a una
emboscada y tres veces logró Yugurta escapar indemne, sin sospechar de su
hermanastro.
—Cada vez son más listos comentó Yugurta después del fallo de la tercera
emboscada romana—. Esto es obra de Cayo Mario o de Rutilio Rufo, no de Metelo
—masculló—. Tengo un espía entre los míos, Bomílcar.
—Cabe la posibilidad —replicó éste, con la mayor serenidad posible—.
Pero ¿quién podría osar?
—No lo sé —respondió Yugurta con cara de pocos amigos—, pero ten la
seguridad de que tarde o temprano lo descubriré.
A finales de abril, Metelo invadía Numidia, persuadido por Rutilio Rufo
de contentarse en la primera fase con un objetivo menos importante que la
conquista de Cirta, la capital; por lo que las tropas romanas se dirigieron a
Tala. Llegó un mensaje de Bomílcar, que había atraído al propio Yugurta hacia
Tala, y Metelo intentó capturarle; pero no tenía dotes para caer sobre Tala con
la rapidez y decisión que requería; Yugurta escapó y el ataque se convirtió en
asedio. Un mes después caía Tala y, para gran satisfacción de Metelo, pudieron
apoderarse de un gran tesoro que Yugurta había llevado consigo y que se vio
obligado a abandonar en la huida.
Transcurrió mayo y, al llegar junio, Metelo marchó sobre Cirta, en donde
recibió otra agradable sorpresa al rendirse la capital sin lucha, con su
importante contingente de mercaderes itálicos y romanos de gran ascendiente pro
romano en la política de la ciudad. Además, Cirta detestaba a Yugurta, del
mismo modo que éste detestaba a Cirta.
Ya hacía calor y el terreno estaba muy seco, circunstancias normales en
esa época del año. Yugurta escapó de la deficiente red de espionaje romano
huyendo al sur a los campamentos de los gétulos y luego a Capsa, patria de la
tribu de su madre. Fortaleza muy bien fortificada en las recónditas montañas de
Getulia, Capsa era una referencia sentimental para Yugurta, pues allí había
vivido su madre a partir de la muerte de su esposo, el padre de Bomílcar. Y
allí era donde él había guardado su principal tesoro.
Fue a Capsa, donde, en junio, sus hombres le trajeron a Nabdalsa,
apresado cuando escapaba de la Cirta ocupada por los romanos, después de
que los espías del rey númida en el bando romano lograsen pruebas de la
traición de Nabdalsa y le informasen de ello. Aunque se sabía de tiempo atrás
que era partidario de Gauda, no le habían impedido moverse libremente por
Numidia, pues era un primo lejano con sangre de Masinisa y se le toleraba por
no considerarle peligroso.
—Pero ahora tengo pruebas —dijo Yugurta— de que has estado ayudando
activamente a los romanos. Si la noticia me decepciona, es sobre todo porque
has sido lo bastante necio para tratar con Metelo en vez de con Cayo Mario
—añadió, escrutando a Nabdalsa, sujeto por grilletes y con visibles signOs del
trato nada amable de sus captores—. Naturalmente, no lo has hecho solo
—prosiguió, pensativo—. ¿Quiénes de mis notables han estado en la conspiración?
Nabdalsa se negó a confesar.
—Dadle tortura —ordenó Yugurta, displicente.
La tortura en Numidia no era muy sofisticada, pero, como todos los
déspotas orientales, Yugurta disponía de mazmorras para encierros prolongados.
En una de aquellas mazmorras, sepultada en las entrañas de la mole rocosa en
que se alzaba Capsa, y a la que sólo se accedía por un laberinto de túneles
desde el palacio situado dentro de las murallas de la fortaleza, arrojaron a
Nabdalsa y en ella los brutales e infrahumanos soldados que siempre heredan esa
tarea le aplicaron el tormento.
Poco después hablaba y se sabía que había preferido servir a Gauda. Sólo
le habían arrancado los dientes y las uñas de una mano. Llamaron a Yugurta para
que oyera la confesión, y éste compareció incautamente, acompañado de Bomílcar.
Sabiendo que nunca saldría del mundo subterráneo en que iba a entrar,
Bomílcar alzó la vista a los espacios infinitos del brillante cielo azul,
olfateó el aire dulce del desierto y rozó con el anverso de la mano las hojas
sedosas de una mata en flor, como esforzándose por llevarse aquellos recuerdos
al más allá.
La celda, mal ventilada, hedia. Excrementos, vómitos, sudor, sangre,
agua sucia y piel seca formaban un miasma del averno, creando una
atmósfera que ningún mortal habría aguantado sin espanto. Hasta Yugurta
entró con un estremecimiento.
El interrogatorio continuaba con terrible dificultad, pues Nabdalsa
seguía sangrando profusamente por las encías y su nariz rota impedía contener
la hemorragia poniéndole una compresa en la boca. ¡Estúpidos!, pensó Yugurta,
presa de una mezcla de horror ante el aspecto de Nabdalsa y de rabia ante la
necedad de sus sicarios, que habían comenzado por la parte del cuerpo que más
indemne debía haber quedado.
Pero no importó mucho, porque, a la tercera pregunta de Yugurta,
Nabdalsa farfulló una palabra fundamental, que no fue difícil de entender en
medio de aquella hemorragia:
—Bomílcar...
—Dejadnos —dijo el rey a sus verdugos, con la elemental prudencia de
ordenarles quitar la daga a Bomílcar.
A solas con el rey y el semiinconsciente Nabdalsa, Bomílcar lanzó un
suspiro.
—Lo único que siento —dijo— es que esto habría matado a nuestra madre.
Fue lo más acertado que podía haber dicho en tales circunstancias,
porque le valió un solo golpe de hacha del verdugo, en vez de la muerte lenta
que su hermanastro el rey pensaba infligirle. —¿Por qué lo has hecho? —inquirió
Yugurta.
—Cuando tuve suficiente entendimiento para ser consciente de los años,
hermano —respondió Bomílcar, encogiéndose de hombros—, me di cuenta de cuánto
me habías engañado. Siempre me has tenido el mismo aprecio que a un mono con el
que se juega.
—¿Y qué querías? —replicó Yugurta.
—Oírte llamarme hermano delante de todo el mundo.
—¿Y elevarte por encima de tu condición? —replicó Yugurta, mirándole con
auténtica perplejidad—. ¡Mi querido Bomílcar, es el padre el que cuenta, no la
madre! Nuestra madre era una beréber de la tribu de los gétulos, y ni siquiera
era hija de un jefe; no transmite ninguna realeza. Si te llamase hermano
delante de todos, los que lo oyeran decir pensarían que te
adoptaba dentro del linaje de Masinisa. Y eso, como tengo dos hijos
herederos legítimos, sería cuando menos imprudente.
—Debías haberme nombrado tutor y regente —replicó Bomílcar.
—¿Elevándote, igualmente, por encima de tu condición? Mi querido
Bomílcar, lo impide la sangre de nuestra madre. Tu padre era un notable
sin importancia, casi un don nadie. Mientras que mi padre era el hijo legítimo
de Masinisa. Es de mi padre de quien heredo la realeza.
—Pero no eres hijo legítimo, ¿no es cierto?
—No lo soy, pero llevo su sangre y la sangre cuenta.
—Acaba pronto —dijo Bomílcar dándole la espalda—. He perdido y me toca
morir. Pero ten cuidado, Yugurta.
—¿Cuidado? ¿De qué? ¿De los intentos de asesinato? ¿De otras traiciones,
de otros traidores?
—De los romanos. Son como el sol, el viento y la lluvia. Al final todo
lo convierten en arena.
Yugurta llamó a voces a los torturadores, que acudieron en tromba
dispuestos a lo que fuera, pero al ver que no sucedía nada, permanecieron a la
espera de órdenes.
—Matadlos a los dos —dijo Yugurta dirigiéndose a la puerta—. Pero
hacedlo rápido. Y enviadme las cabezas.
Las cabezas de Bomílcar y Nabdalsa fueron clavadas en las puertas de
Capsa para que todos las viesen, pues una cabeza era un simple talismán de
venganza real sobre los traidores y se fijaba en un lugar público para que la
gente viese que había muerto el que lo merecía y evitar así que surgiese un
impostor.
Yugurta no sintió pena; simplemente se sintió más solo que nunca. Había
aprendido la lección de que un rey no debe confiar en nadie, ni en su propio
hermano.
Pero la muerte de Bomílcar trajo dos consecuencias inmediatas. Una, que
Yugurta se hizo muy escurridizo y nunca pasaba más de dos días en un mismo
sitio, no comunicaba a su guardia el próximo lugar a donde pensaba ir, ni
informaba de sus planes al ejército. La autoridad descansaba en la persona del
rey y de nadie más. La otra afectó a su suegro, el rey Boco de
Mauritania, que no había ayudado activamente a los romanos contra el
esposo de su hija, pero tampoco a él le había ayudado activamente contra los
romanos. Yugurta organizó inmediatamente sondeos por el reino de Boco e
incrementó las presiones para que el mauritano se aliase con Numidia para
expulsar de Africa a los romanos.
A finales del verano, la posición de Quinto Cecilio Metelo en Roma
estaba totalmente socavada. No se oía un solo comentario favorable a su modo de
dirigir la guerra. Y seguían llegando cartas constantemente y en extremo
influyentes.
Tras la caída de Tala y la rendición de Cirta, la facción de Cecilio
Metelo consiguió recuperar algo de terreno en los grupos de presión de los
caballeros, pero luego llegaron más noticias dando a entender sin lugar a dudas
que ni la toma de Tala ni la de Cirta garantizaban el final de la contienda. Y
después se recibieron informes sobre innumerables y absurdas escaramuzas,
nuevos avances inútiles hacia el oeste de Numidia, sobre fondos mal empleados
de seis legiones mantenidas en pie de guerra y el enorme gasto para el tesoro,
sin que hubiera perspectivas de poner coto a tal dispendio. Gracias a Metelo,
la guerra contra Yugurta duraría sin duda otro año mas.
Las elecciones consulares fueron programadas para mediados de octubre y
el nombre de Mario, que ya corría de boca en boca, era uno de los más citados
como candidato. Pero el tiempo pasaba y él no se presentaba en Roma. Metelo
seguía erre que erre.
—Insisto en marchar —le dijo Mario por enésima vez.
—Insistid cuanto queráis —respondió Metelo—, pero no iréis.
—El año que viene seré cónsul —replicó Mario.
—¿Un arribista como vos? ¡Imposible!
—Tenéis miedo de que los electores me voten, ¿no es cierto? —inquirió
Mario sarcástico—. No me dejáis marchar porque sabéis que me elegirán.
—No puedo creer que ningún romano descendiente de romanos os vote, Cayo
Mario. No obstante, como sois un hombre inmensamente rico, podéis comprar los
votos. Si en alguna ocasión futura, que no será el año que
viene, fueseis elegido cónsul, tened la seguridad de que con suma
complacencia dedicaría todas mis energías a demostrar ante un tribunal que
habéis comprado el cargo.
—No necesito comprar el cargo, Quinto Cecilio. Nunca he comprado un
cargo; así que, haced como gustéis —replicó Mario aún más sarcástico.
Metelo cambió de ataque.
—Podéis estar seguro de que no os dejaré marchar. Como romano
descendiente de romanos, traicionaría a mi clase si os dejase ir. El consulado,
Cayo Mario, es un cargo para personas muy por encima de vuestros orígenes
provincianos. Los que ocupan la silla curul deben merecerla por su cuna, las
hazañas de sus antepasados y las suyas propias. Antes preferiría caer en
desgracia y morir que ver a un itálico de la frontera de los samnitas, un patán
analfabeto que ni debería haber sido pretor, sentado en la silla de marfil de
cónsul. Haced lo que queráis, pero a mí me tiene sin cuidado. Antes caer en
desgracia y morir que daros permiso para marchar a Roma.
—Si es necesario, Quinto Cecilio, tendréis ambas cosas —dijo Mario,
abandonando el despacho.
Publio Rutilio Rufo intentó conseguir una avenencia, preocupado por Roma
y por Mario.
—Dejad a un lado la política —les dijo—. Los tres hemos venido a Africa
a vencer a Yugurta, pero ninguno de los dos estáis dedicando vuestras energías
a tal fin. Más os preocupan vuestros intereses que derrotar al númida, ¡y ya
estoy harto de esta situación!
—¿Me estás acusando de negligencia, Publio Rutilio? —inquirió Mario,
peligrosamente calmo.
—¡No, claro que no! Te acuso de retener ese don genial que tienes para
la guerra. En cuanto a táctica y logística, valgo tanto como tú, pero en lo
tocante a estrategia, Cayo Mario, no tienes rival. Pero ¿has dedicado tiempo a
idear alguna estrategia destinada a ganar esta guerra? ¡No!
—¿Y dónde quedo yo ante esas alabanzas a Cayo Mario? —inquirió Metelo
con los labios prietos—. ¿Dónde quedo yo ante esos elogios a Publio Rutilio? ¿O
yo no soy importante?
—¡Sois importante, presumido recalcitrante, porque sois el comandante
titular de esta guerra! —espetó Rutilio Rufo—. ¡Y si os creéis que sois mejor
en táctica y logística que yo, o en táctica, logística y estrategia que Cayo
Mario, no os reprimáis y demostradlo! Pero es inútil. Y si son elogios lo que
queréis, estoy dispuesto a dedicaros unos cuantos: no sois tan venal como
Espurio Postumio Albino ni tan inepto como Marco Junio Silano, pero vuestro
gran inconveniente es que, desde luego, no sois tan brillante como os creéis.
Cuando demostrasteis suficiente inteligencia para nombrarnos a Cayo Mario y a
mí legados mayores, pensé que habíais mejorado con los años, pero me
equivocaba. Habéis desperdiciado nuestras dotes y el dinero del Estado; no
estamos ganando la guerra y nos encontramos empantanados en una fase
enormemente costosa. Así que, seguid mi consejo, Quinto Cecilio, y dejad que
Mario vaya a Roma. Dejad que Cayo Mario se presente a cónsul, y dejadme a mí
organizar nuestros recursos y proyectar las maniobras. En cuanto a vos, dedicad
vuestros esfuerzos a socavar la influencia de Yugurta sobre su pueblo. Os cedo
muy gustoso cualquier mérito de gloria, a condición de que dentro de estas
cuatro paredes estéis dispuesto a admitir la verdad de lo que digo.
—No admito nada —contestó Metelo.
Y así continuaban las cosas a finales de verano y en otoño. No había
modo de echar el guante a Yugurta; de hecho, parecía haber desaparecido de la
faz de la tierra. Cuando hasta el último soldado comprendió claramente que no
iba a producirse el encuentro entre el ejército romano y el númida, Metelo se
retiró del extremo oeste del país y montó su campamento ante Cirta.
Se había sabido que Boco de Mauritania había finalmente cedido a las
presiones de Yugurta, organizando un ejército y marchando al encuentro de su
yerno en algún lugar del sur. Y corría el rumor de que juntos pensaban marchar
sobre Cirta. Con la esperanza de poder, por fin, plantear batalla, Metelo había
tomado disposiciones, escuchando con más interés del habitual a Mario y a
Rutilio Rufo. Pero no se daría la batalla porque los dos ejércitos permanecían
separados por muchas millas y Yugurta no se dejaba atraer. Se produjo otro
estancamiento, en virtud del cual los romanos
permanecían en una posición notoriamente defendible para que Yugurta se
arriesgase a atacar, y el númida quedaba en una posición demasiado incierta
para que Metelo se arriesgase a levantar el campamento.
Faltaban doce días para las elecciones consulares en Roma cuando Quinto
Cecilio Metelo licenció oficialmente a Cayo Mario como legado mayor en la
campaña contra Yugurta.
—¡Marchaos! —dijo Metelo con dulce sonrisa—. Tened la seguridad, Cayo
Mario, de que haré que en Roma se sepa que os di de baja en el servicio antes
de las elecciones.
—Pensáis que no llegaré a tiempo —comentó Mario.
—No pienso nada, Cayo Mario.
—Eso, desde luego, es cierto —replicó Mario con aviesa sonrisa,
chascando los dedos—. Dadme el escrito oficial de mi baja.
Metelo le entregó las órdenes de marcha, con impávida sonrisa.
—Por cierto, Cayo Mario —dijo sin alzar la voz, cuando ya estaba en la
puerta—, acabo de recibir estupendas noticias de Roma: el Senado ha prorrogado
un año más mi mandato de gobernador en la provincia de Africa y al frente de la
guerra.
—Muy amable el Senado —comentó Mario mientras salía.
Momentos después, Mario espetó a Rutilio:
—¡Que le aspen! Se cree que ha hecho una jugarreta y que va a salirse
con la suya, pero se equivoca. ¡Voy a vencerle, Publio Rutilio, ya lo verás!
Voy a llegar a Roma a tiempo para que me elijan cónsul y luego voy a conseguir
que le deroguen la prórroga y que me den a mi el mando.
—Respeto mucho tu habilidad, Cayo Mario —dijo Rutilio Rufo, mirándole
pensativo—, pero en este caso será Metelo quien gane a la larga. No llegarás a
tiempo a Roma para las elecciones.
—Llegaré —replicó Mario, muy seguro de sí mismo.
Cubrió a caballo la distancia entre Cirta y Utica en dos días,
deteniéndose unas horas a dormir en el camino y exigiendo enérgicamente un
caballo de refresco cada vez que lo necesitaba. La segunda jornada, antes del
anochecer, tenía alquilada una modesta embarcación rápida en el
puerto de Utica; y al amanecer del tercer día zarpaba para Italia, tras
ofrecer un profuso sacrificio a los Lares Permarini en la playa antes de que la
luz comenzara a surgir por el horizonte.
—Navegáis hacia un gran destino que no podéis imaginar, Cayo Mario
—vaticinó el sacerdote que hizo la ofrenda a los dioses protectores de los
viajeros por mar—. Nunca he visto mejores presagios que los de hoy.
Sus palabras no fueron una sorpresa para Mario. Desde que Marta la
adivina siria le había predicho el futuro, no había flaqueado su convencimiento
de que las cosas saldrían tal como le había vaticinado. Así, mientras el barco
dejaba el puerto de Utica, se acodó tranquilamente en la borda y esperó a que
se alzara el viento. Este sopló del sudoeste y la nave pudo mantener una
velocidad de veinte millas marinas; así pudo cubrir la ruta entre Utica y Ostia
en tres dias. Un viento perfecto en una mar perfecta, que no obligó a cabotar
ni a hacer escala en ningún sitio para refugiarse ni avituallarse. Los dioses
estaban de su lado, como había profetizado Marta.
La noticia de su milagroso viaje alcanzó Roma antes que él, pese a que
en Ostia sólo se detuvo lo imprescindible para pagar el viaje y recompensar
generosamente al capitán. Así, cuando entró en el Foro Romano y desmontó ante
la mesa electoral del cónsul Aurelio, se encontró con una multitud a la espera,
que le aplaudió y vitoreó enardecida, dándole a entender que era el héroe del
momento. Rodeado de personas que le daban palmadas en la espalda y le sonreían
por su mágica aparición, se dirigió al cónsul suffectus, que había reemplazado
a Servio Sulpicio Galba, condenado por la comisión de Mamilio, y extendió la
carta de Metelo sobre la mesa.
—Excusadme que no haya perdido tiempo para cambiar mi atavío por la toga
blanca, Marco Aurelio —dijo—. He venido a inscribir mi nombre como candidato a
la elección consular.
—Con que demostréis que Quinto Cecilio os ha licenciado de sus
obligaciones para con él, con mucho gusto inscribiré vuestro nombre, Cayo Mario
—contestó el cónsul sustituto, emocionado por la acogida de la multitud y
viendo que los caballeros más influyentes de la ciudad se apresuraban a acudir
desde todas las basílicas y pórticos de los aledaños conforme se difundía la
noticia de la llegada de Mario.
¡Qué ensalzamiento! ¡Qué relieve cobraba su figura, destacada media
cabeza por encima de los que le rodeaban, con su fiera sonrisa! ¡Qué ancho de
hombros, para recibir sobre ellos la carga del consulado! Por primera vez en su
larga carrera, el patán provinciano que no hablaba griego supo lo que era la
experiencia de la adulación política; no era la estima sincera e íntegra de sus
soldados, sino la adoración veleidosa y oportunista de las masas del Foro. Y a
Cayo Mario le encantaba, no porque el criterio que tenía de sí se lo exigiera,
sino por la novedad, tan viciada e inexplicable.
Fueron los cinco días más febriles de su vida. No tenía tiempo ni
fuerzas para darle a Julia más que un rápido beso y nunca estaba en casa a una
hora en que pudiera ver a su hijo, pues el histérico recibimiento en el Foro al
presentar su candidatura no significaba que fuesen a elegirle, ya que la muy
influyente facción de Cecilio Metelo unía sus fuerzas a otras facciones
aristocráticas para impedirle el acceso a la silla curul. Su mejor recurso eran
los caballeros, gracias a sus relaciones con los asuntos de Hispania y a las
promesas del príncipe Gauda de concesiones en Numidia una vez accedido al
trono. Pero había muchos caballeros vinculados a las diversas facciones aliadas
en contra suya.
La gente hablaba, discutía, ponía en tela de juicio, debatía: ¿Sería
conveniente para Roma elegir cónsul al hombre nuevo Cayo Mario? Los arribistas
eran un riesgo; no sabían nada de la vida de la nobleza; cometían errores y los
nobles no. Eran distintos... Si, su esposa era una Julia de los Julios. Y su
carrera militar, un orgullo para Roma. Sí, claro, era tan rico que se podía
confiar plenamente en que estuviera exento de corrupción. Pero ¿cuándo se le
había visto en la tribuna? ¿Quién le había oído hablar de leyes o de
legislación? ¿No era cierto que había sido factor de disensión en el colegio de
los tribunos de la plebe hacía muchos años, con su arrogancia frente a quienes
conocían Roma y sus necesidades mejor que él, y esa nefanda ley por la que se
habían estrechado los puentes de votación en la saepta? ¡Y la edad que tenía!
Sería cónsul con sus buenos cincuenta años, y los hombres ya mayores no eran
buenos cónsules.
Y por encima de todas aquellas conjeturas y objeciones, la facción de
Cecilio Metelo sacó buen partido de la faceta más adversa de Cayo Mario,
aspirante a cónsul: él no era un romano descendiente de romanos, sino un
provinciano. ¿Es que Roma estaba tan falta de nobles romanos idóneos para que
hubiese que dar el consulado a un itálico arribista? ¡Había entre los
candidatos más de media docena de hombres mejores que Cayo Mario! Y todos
romanos y hombres honrados.
Naturalmente, Mario tomaba la palabra ante grupos pequeños y numerosos,
en el Foro Romano, en el Circo Flaminio, en el podio de los templos, en el
pórtico Metelo, en todas las basílicas. Y era buen orador, experto en retórica,
pese a que nunca había recurrido a sus dotes hasta después de acceder al Senado
y que sus cualidades oratorias las había perfeccionado escuchando a Escipión
Emiliano. Las multitudes prestaban atención y nadie se marchaba porque fuese
mal orador, aunque no pudiese rivalizar con Lucio Casio o con Catulo César. Le
hacían innumerables preguntas, algunas eran simples consultas de quienes
querían saber algo; otras, de sus enemigos y de los que deseaban ver la
diferencia entre sus respuestas y los informes de Metelo al Senado.
Las elecciones se llevaron a cabo con tranquilidad y orden y se
celebraron en la zona de votación del Campo de Marte, en el lugar llamado el
saepta. Las elecciones de las treinta y cinco tribus se convocaban en la zona
de comicios del Foro Romano, porque era más fácil organizar los votos tribales
en un recinto relativamente cerrado, pero las de la asamblea de las centurias,
al ser muchísimo más numerosas, exigían el despliegue de las mismas en las
cinco clases.
A medida que se fue recogiendo el voto de cada centuria, empezando con
la primera centuria de la primera clase, comenzó a configurarse una pauta y se
observó que Lucio Casio Longino era el más votado, pero el voto al segundo
cónsul era muy diversificado. Evidentemente, la primera y la segunda clase
votaban tan homogéneamente a Lucio Casio, que éste fue en cabeza en todas las
centurias y fue nombrado primer cónsul, que era el que ostentaba los fasces en
el mes de enero; mientras que el nombre del segundo cónsul no se supo hasta
casi el final de la votación de la tercera clase, por lo reñidos que estaban
los resultados entre Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo César.
Y llegó el final: el candidato triunfador a segundo cónsul era Cayo
Mario. Los Cecilios Metelos todavía habían podido influir en el voto de las
centurias, pero no al extremo de impedir la elección de Mario, circunstancia
que podía calificarse de gran triunfo personal de aquel palurdo provinciano que
no hablaba griego. Era un auténtico hombre nuevo, el primero de su familia en
obtener un puesto en el Senado, en sentar residencia en Roma, en labrarse una
inmensa fortuna y en destacar en el ejército.
A última hora de aquella tarde de las elecciones, Cayo Julio César dio
un festín familiar para celebrarlo. En aquellos agitados cinco días, sus únicos
contactos con Mario habían sido un apretón de manos en el Foro y otro rápido
apretón de manos en el Campo de Marte al reunirse las centurias.
—Has tenido una suerte increíble —dijo César, conduciendo a su invitado
de honor al comedor, mientras su hija Julia iba a buscar a su madre y a su
hermana.
—Lo sé —contestó Mario.
—Hoy seremos pocos hombres —prosiguió César—. Con mis dos hijos en
Africa, sólo puedo ofreceros otro hombre más como apoyo moral para que estemos
en igualdad con las mujeres.
—Tengo cartas de Sexto y Cayo Julio y muchas noticias de sus hazañas
—dijo Mario mientras se instalaban cómodamente en la camilla.
—Después me las daréis.
El tercer hombre prometido hizo su entrada en el comedor y Mario se
llevó una sorpresa al reconocer al joven, aunque ya hombre maduro, que había
visto entre los caballeros tres años atrás cuando el buey de la ofrenda del
nuevo cónsul Minucio Rufo tanto se había debatido ante el sacrificio. ¿Cómo
podían olvidarse aquella cara y aquel pelo?
—Cayo Mario —dijo César algo forzado—, quiero presentaros a Lucio
Cornelio Sila, no sólo mi vecino más próximo, sino también colega senador y
pronto mi segundo yerno.
—¡Caramba! —exclamó Mario, tendiendo su mano y estrechando la de Sila
efusivamente—. Sois hombre de suerte, Lucio Cornelio.
—Lo reconozco, desde luego —respondió Sila con sinceridad
César había querido ser un tanto ortodoxo en la disposición de la cena,
dejando la camilla principal para Mario y él y la segunda para Sila; no era por
ofender, como se apresuró a explicar, sino para que el grupo fuese algo más
espacioso y estuvieran más cómodos.
Qué curioso, pensó Mario intrigado, nunca he visto en Cayo Julio César
la más mínima inquietud, pero este extraño y apuesto individuo le inquieta, le
desequilibra...
En aquel momento entraron las mujeres, se sentaron en sillas rectas
frente a sus respectivas parejas y comenzó la cena.
Por mucho que procurase evitar dar la imagen de marido viejo, loco
perdido por su mujer, Mario no quitaba ojo de Julia, que en su ausencia se
había convertido en una encantadora y graciosa matrona que afrontaba airosa sus
nuevas responsabilidades; era una excelente madre para su hijo y la mejor de
las esposas. Por el contrario, Julilla no había crecido tan lozana, pensó
Mario. Claro que el no la había visto en los peores momentos de aquella
desnutrición que ya hacía tiempo que iba curando, pero que la había dejado con
lo que podía denominarse una endeble actitud frente a la vida: débil de cuerpo,
débil de intelecto, falta de experiencia y carente de alegría. Ferviente en la
palabra, agitada en sus ademanes, era una muchacha con tendencia al sobresalto,
incapaz de permanecer sentada correctamente en la silla, ni de contenerse en
llamar la atención de su prometido, por lo que éste se veía en ocasiones al
margen de la conversación entre Mario y César.
El lo llevaba bien, advirtió Mario, y parecía sinceramente pendiente de
Julilla, fascinado sin duda por el modo en que ella centraba las emociones en
su persona. Pero aquello no duraría más allá de los seis meses de matrimonio,
se dijo Mario. ¡Y menos siendo Lucio Cornelio Sila el marido! No había en él el
menor signo de inclinación por la compañía femenina ni inclinación a someterse
a la esposa.
Al final de la cena, César anunció que iba a su despacho para hablar con
Cayo Mario.
—Quedaos aquí si queréis o haced lo que os plazca —dijo pausadamente—.
Cayo Mario y yo hace mucho que no nos vemos.
—Ha habido cambios en vuestro hogar, Cayo Julio —dijo Mario una vez que
estuvieron cómodamente sentados en el tablíníum.
—Ya lo creo, y de ahí que quisiera hablaros sin tardanza.
—Bien, el próximo Año Nuevo seré cónsul y con eso mi vida queda en orden
—dijo Mario sonriente—. Todo os lo debo y, sobre todo, la felicidad de tener
una esposa perfecta, compañera ideal en mis quehaceres. He dispuesto de poco
tiempo para ella desde mi regreso, pero ahora que he ganado la elección pienso
poner remedio y dentro de tres días nos iremos con el niño a Baia a pasar un
més lejos del mundo.
—Me complace más de lo que os imagináis que habléis con tal afecto y
respeto de mi hija.
—Muy bien. Tratemos ahora de Lucio Cornelio Sila —dijo Mario
arrellanándose en el asiento—. Recuerdo que me hablasteis de un aristócrata sin
dinero para llevar la vida que le correspondía por nacimiento y cuyo nombre era
el de vuestro futuro yerno. ¿Qué ha sucedido para que cambiase la situación?
—Según él, pura suerte. Dice que si todo le sale igual como desde que
conoció a Julilla, tendrá que añadir el segundo sobrenombre de Félix al que
heredó de su padre, que era un borracho y un perdido, pero que casó con la
acaudalada Clitumna hace más de quince años y murió al poco. Lucio Cornelio
conoció a Julilla el día de Año Nuevo hace casi tres años, y ella le dio una
corona de hierba, sin conocer el significado de lo que hacía, y dice él que a
partir de ese momento cambió su suerte. Primero murió el sobrino de Clitumna,
que era su heredero; luego murió una mujer llamada Nicopolis, que le dejó una
pequeña fortuna, y tengo entendido que era su querida. Y meses después se
suicidaba Clitumna, que no tenía herederos, dejándole toda su fortuna, esta
casa de al lado, una villa en Circei y unos diez millones de denarios.
—¡Por los dioses que merece añadir el Félix a su nombre! —exclamó Mario
con cierta sequedad—. ¿Sois un ingenuo, Cayo Julio, o es que habéis comprobado
satisfactoriamente que Lucio Cornelio Sila no empujó a ninguno de los finados a
la barca de Caronte en la Estigia?
—No, Cayo Mario —replicó César sonriente, alzando la mano como parando
la flecha—, os aseguro que no soy ingenuo, pero no puedo implicar a Lucio
Cornelio en ninguna de las tres muertes. El sobrino murió tras un prolongado
trastorno intestinal y estomacal, la liberta griega murió de un fallo renal
generalizado en... cuestión de un par de días; a los dos les practicaron la
autopsia sin hallar nada sospechoso. En cuanto a Clitumna, se encontraba sumida
en una profunda depresión previa al suicidio, que llevó a cabo en Circei cuando
Lucio Cornelio se hallaba en Roma. He sometido a todos los esclavos domésticos
de Clitumna, aquí y en Circei, a exhaustivos interrogatorios, y mi modesta
opinión es que no sabremos nada respecto a Lucio Cornelio Sila. —Hizo una mueca—.
Siempre he sido contrario a torturar a los esclavos para hallar pruebas de un
crimen, porque considero que las pruebas obtenidas bajo tormento no valen una
cucharada de vinagre, pero no creo, francamente, que los esclavos de Clitumna
tengan nada que decir aunque se les torturase. Así que opté por no preocuparme.
—Estoy de acuerdo con vos, Cayo Julio. El testimonio de los esclavos
sólo es válido cuando lo dan libremente y resulta lógico y verídico.
—En fin, que como resultado de todo eso, Lucio Cornelio ha pasado de la
pobreza más abyecta a la más agradable opulencia en un par de meses — prosiguió
César—. De Nicopolis heredó lo bastante para inscribirse en el censo de
caballeros, y de Clitumna, de sobra para ingresar en el Senado. Gracias a la
alharaca que organizó Escauro ante la falta de censores, en mayo eligieron
otros dos; si no, Lucio Cornelio habría tenido que esperar varios años el
ingreso en el Senado.
—¡Ah, sí! —exclamó Mario riendo—. ¿Qué es lo que sucedió exactamente?
¿No quería nadie el cargo de censor? Vamos, que hasta cierto punto es lógico
que hayan nombrado a Fabio Máximo Eburno, pero ¿a Licinio Geta? Hace ocho años
le expulsaron del Senado los censores por conducta inmoral y sólo consiguió
ingresar de nuevo haciéndose elegir tribuno de la plebe.
—Cierto —asintió César—. No, yo creo que lo que sucedió fue que todos se
negaban a actuar de censores por temor a ofender a Escauro. Aspirar al
censorado les parecía algo así como mostrar falta de respeto y
lealtad a Escauro, y los que quedaban no tenían esa rara sensibilidad.
Os advierto que Geta es hombre fácil; sólo está en el cargo por los honores y
unos buenos puñados de plata de las empresas que concursan a las contratas del
estado. Mientras que Eburno... bueno, lo único que sabemos es que no está bien
de la cabeza, ¿no es cierto, Cayo Mario?
¡Ya lo creo!, pensó Mario. Era un hombre muy anciano, de origen
aristocrático sólo superado por el clan Julio, pero como el linaje de los
Fabios Máximo se había extinguido y sólo se mantenía por una serie de
adopciones, el Quinto Fabio Máximo que había sido elegido censor era un Fabio
Maximo adoptivo; había tenido un único hijo, a quien cinco años antes había
ejecutado por licencioso. Aunque no había ninguna ley que impidiese a Eburno,
en su condición de paterfamilias, ejecutar a su hijo, dar la muerte a una
esposa o a un hijo que vivieran bajo el techo del hogar era costumbre caída en
desuso hacia mucho tiempo, por lo que la resolución de Eburno había causado
horror en Roma.
—Os advierto que a Roma le viene muy bien que Geta tenga por colega a
Eburno —dijo Mario, pensativo—. No creo que pueda rapiñar mucho estando Eburno.
—Si, no digo que no tengáis razón, pero ¡qué lástima de su pobre hijo!
Eburno es realmente un Servilio Cepio, creedme, y los Servilios Cepio son muy
raros en lo que atañe a moral sexual. Más castos que Diana la Cazadora, y
además les gusta vocearlo. Es algo muy raro.
—Entonces, ¿qué censor le persuadió para que dejase ingresar a Lucio
Cornelio Sila en el Senado? —inquirió Mario—. Porque tengo entendido, ahora que
he asociado el rostro con el nombre, que no ha sido precisamente un ejemplo de
moralidad sexual.
—Oh, yo creo que ese relajamiento moral era más bien aburrimiento y
decepción —replicó César como quien no quiere la cosa—. No obstante, Eburno
miró por encima de su naricilla de Servilio Cepio y refunfuñó algo, es cierto.
Pero Geta habría sido capaz de admitir a un mono africano si se lo pagan bien.
Así que, al final, acordaron aceptar a Lucio Cornelio con ciertas condiciones.
—¡Ajá!
—Si. Lucio Cornelio es senador condicional; tiene que presentarse a las
elecciones de cuestor y ser elegido a la primera. Si no sale elegido, deja de
ser senador.
—¿Y lo conseguirá?
—¿Vos qué creéis, Cayo Mario?
—¿Con un nombre como ése? ¡Oh, saldrá elegido!
—Eso espero —dijo César, no muy convencido y más bien turbado. Lanzó un
suspiro y dirigió una apacible mirada con sus ojos azules a su yerno, sonriendo
tristemente—. Me había prometido, Cayo Mario, que después de vuestra
generosidad casándoos con Julia no os pediría ningún otro favor. Pero, claro,
es necia promesa, porque ¿cómo puede uno saber lo que hemos de necesitar el día
de mañana? Necesitar, necesitar... Necesito otro favor de vos.
—Lo que digáis, Cayo Julio —respondió Mario con afecto.
—¿Habéis tenido suficiente tiempo para hablar con vuestra esposa y saber
por qué Julilla casi se deja morir de hambre? —inquirió César.
—No —respondió Mario, mientras un fulgor de pura diversión cruzaba su
fuerte rostro de águila—. ¡El poco tiempo que hemos pasado juntos desde mi
regreso no lo hemos perdido charlando, Cayo Julio!
César se echó a reír.
—¡Ojalá mi hija menor fuese tan casta como la mayor! Pero no lo es.
Quizá sea culpa mía o de Marcia. La hemos mimado y consentido en muchas cosas
que a otros niños no se les consiente. Por otra parte, en mi modesta opinión,
hay un mal innato en Julilla. Antes de morir Clitumna, nos enteramos de que la
muy necia se había enamorado de Lucio Cornelio y quería obligarle, u obligarnos
a nosotros, o a las dos partes; es muy difícil saber qué pretendía, si es que
ella misma lo sabía. En cualquier caso, quería a Lucio Cornelio y sabía que yo
jamás daría consentimiento a tal unión.
—¿Y sabiendo que había entre ellos una relación secreta —inquirió Mario,
sorprendído—, habéis consentido en que se casen?
—¡No, no, Cayo Mario, Lucio Cornelio no estaba implicado en absoluto!
—protestó César—. Os aseguro que él nada tenía que ver con el comportamiento de
Julilla.
—Pero me decís que le obsequió con una corona de hierba en Año Nuevo...
—Fue un encuentro inocente, creedme, al menos por parte de él. Lucio
Cornelio no la animó... antes bien, trató de desalentarla. Y ella se ha
deshonrado a sí misma y a nosotros, porque, en realidad, trató de propiciar en
él la declaración de unos sentimientos que el joven sabía perfectamente que yo
nunca aprobaría. Que Julia os lo cuente y sabréis lo que quiero decir —concluyó
César.
—En ese caso, ¿cómo es que van a casarse?
—Bien, al heredar esa fortuna y acceder al lugar social que le
corresponde, me pidió la mano de Julilla. A pesar de su comportamiento para con
él.
—La corona de hierba —dijo Mario, pensativo—. Sí, entiendo que se
sintiera vinculado a ella, dado que ese obsequio hizo que su vida cambiase.
—Yo también lo comprendí, y por eso di mi consentimiento —añadió César
con un suspiro aún más profundo—. El inconveniente, Cayo Mario, es que no me
gusta nada Lucio Cornelio, al contrario de lo que me sucede con vos. Es un
hombre muy raro; hay algo en él que me da grima, y sin embargo no tengo la
menor idea de lo que pueda ser. Y uno debe siempre esforzarse en ser justo,
imparcial en sus juicios.
—Animaos, Cayo Julio; al final todo saldrá bien —dijo Mario—. ¿Qué
deseáis que haga?
—Que ayudéis a Lucio Cornelio a ser elegido cuestor —respondió César, un
poco nervioso por tratarse de un hombre para quien reclamaba el favor—. El
problema es que nadie le conoce. ¡Si, claro, todos conocen el apellido! Pero el
sobrenombre Sila ya casi no se oye y él no ha tenido ocasión de hacerse ver en
los tribunales del Foro cuando era más joven ni ha estado en la milicia. En
puridad, si un noble quisquilloso quisiera darle trascendencia, el no haber
servido como militar podría impedirle el acceso al cargo y cerrarle el camino
al Senado. Esperamos que nadie sea tan exigente, y a ese respecto estos dos
censores vienen al pelo, pues a ninguno de los dos se les ocurrió pensar que
Lucio Cornelio no hubiera tenido ocasión de entrenarse en el Campo de Marte o
haber formado parte de una
legión como joven tribuno militar. Por suerte, fueron Escauro y Druso
quienes le inscribieron como caballero, así que los nuevos censores asumirán
sencillamente que los anteriores hicieron todos los escrutinios con mayor
detenimiento. Escauro y Druso eran comprensivos y pensaron que había que dar a
Lucio Cornelio una oportunidad. Además, por aquel entonces no se planteaban
objeciones al Senado.
—¿Queréis que obtenga el cargo de Lucio Cornelio con sobornos? —
inquirió Mario.
César era lo bastante anticuado para mostrarse perplejo.
—¡Ni mucho menos! No digo que no fuese excusable el soborno si se
tratase de obtener el consulado, pero el de cuestor... ¡jamás! Además, sería
demasiado arriesgado porque Eburno ha echado el ojo a Lucio Cornelio y estará
al tanto de la más mínima para descalificarle y... procesarle. No, el favor que
os pido es distinto, y menos cómodo para vos si sale mal. Quiero que pidáis que
Lucio Cornelio sea vuestro cuestor personal, dándole esa alternativa de un
nombramiento personal. Como bien sabéis, cuando el electorado advierte que un
candidato a cuestor ha sido nombrado por el cónsul electo, le votan sin
reticencias.
Mario no contestó inmediatamente; estaba pensando en todas las
implicaciones. No importaba realmente que Sila fuese o no inocente de
complicidad en la muerte de su querida y su madrastra, sus benefactoras, porque
era muy probable que se dijera más adelante que las había matado si causaba
suficiente impacto político para ser candidato al consulado; alguien
desenterraría la historia y organizaría una campaña diciendo que las había
asesinado para hacerse con suficiente dinero para acceder a la carrera pública que
le estaba vedada por la pobreza de su padre: sería un regalo en manos de sus
rivales políticos. Tener por esposa a una hija de Julio César le serviría, pero
nada borraría completamente el estigma y, al final, habría muchos que lo
creerían, del mismo modo que había tantos que creían que Mario no hablaba
griego. Esa era la primera objeción. La segunda estribaba en el hecho de que a
Cayo Julio César no acababa de gustarle Sila, aunque no pudiera dar razones
explicitas. ¿Era más una cuestión de olfato que de raciocinio? ¿Instinto
animal? Y la tercera objeción era el carácter de Julilla.
Su Julia —ahora lo sabía— jamás se habría casado con un hombre al que no
considerara digno, por muchos apuros financieros en que se encontraran los
Julios César, mientras que Julilla había demostrado ser caprichosa, irreflexiva
y egoísta, la clase de muchacha incapaz de elegir un compañero que valiese la
pena aunque en ello le fuera la vida. Pero había elegido a Lucio Cornelio Sila.
Luego pensó en los César y revivió el momento de aquella mañana lluviosa
en el Capitolio, cuando había reparado en Sila mirando desangrarse al toro, y
supo qué era lo que había que hacer y qué respuesta dar. Lucio Cornelio Sila
era importante. Bajo ningún concepto había que dejarle caer en el anonimato.
Debía hacer frente al legado de su linaje.
—Muy bien, Cayo Julio —dijo sin la menor vacilación—. Mañana solicitaré
al Senado que me conceda el nombramiento de cuestor de Lucio Cornelio.
—¡Gracias, Cayo Mario! ¡Gracias! —dijo César, radiante.
—¿Podéis hacer que se casen antes de que se reúna la Asamblea del pueblo
para votar los cuestores? —inquirió.
—Se hará —contestó César.
Y así, una semana después, Lucio Cornelio Sila y Julia Minor, la hija
pequeña de Cayo Julio César, contraían matrimonio Según la antigua ceremonia de
confarreatio por la que dos patricios quedaban unidos de por vida. La carrera
de Sila daba una buena zancada al ser solicitado personalmente como cuestor por
el cónsul electo Cayo Mario y unirse por su matrimonio a una familia cuya
dignítas e integridad estaban por encima de todo reproche. Nada parecía
obstaculizar su triunfo.
¡Con qué júbilo se preparaba para su noche de bodas, él, a quien nunca
le había gustado verse atado a una esposa y a las responsabilidades de una
familia! Había dejado a Metrobio antes de solicitar a los censores su ingreso
en el Senado, y aunque la separación había estado más cargada de emoción de lo
que él estaba acostumbrado, pues el muchacho le amaba mucho y estaba
destrozado, Sila estaba firmemente decidido a prescindir para
siempre de aquella clase de relaciones. Nada debía obstaculizar su
carrera hacia la fama.
Aparte de eso, conocía de sobra su estado emocional y comprendía que
Julilla le era vital, y no sólo porque encarnara la suerte para él, bien que en
sus reflexiones él siempre atribuyera sus sentimientos respecto a ella
centrados en esa suerte; sucedía que él era incapaz de considerar amor sus
sentimientos hacia otra persona. El amor para Sila era un sentimiento de gente
inferior, y definido por esa gente inferior resultaba una cosa curiosa llena de
ilusiones y decepciones, a veces noble hasta la idiotez y otras bajo hasta la
amoralidad. Que Sila fuese incapaz de reconocerlo en si mismo se debía al hecho
de que el amor contradecía el sentido común, el sentido de conservación y la
claridad mental. En años venideros ni siquiera comprendió que su paciencia y esa
tolerancia para con aquella esposa caprichosa era la prueba de que realmente
necesitaba amor. Pero él atribuyó esa paciencia y esa tolerancia a un don
intrínseco de su propio carácter, incapaz de entenderse y autoestimarse,
incapaz de madurar.
Fue una clásica boda al estilo Julio César, mucho más digna que vulgar,
pese a que las bodas a que había asistido Sila siempre habían sido mucho más
vulgares que dignas; por lo que para él resultó asunto más molesto que
placentero. Sin embargo, llegó el momento en que ya no quedaron invitados
ebrios afuera del dormitorio y no tuvo que perder el tiempo echándolos de casa
a la fuerza. Cuando cubrió la corta distancia de una puerta a otra y cogió a
Julilla en brazos para cruzar el umbral, ya no quedaba ningún invitado.
Como en su vida no había habido vírgenes inexpertas, Sila arrostró sin
reparo alguno los acontecimientos inmediatos y se ahorró muchas preocupaciones
innecesarias. Independientemente del estado clínico de su virginidad, Julilla
era tan madura y tan fácil de pelar como un melocotón a punto de desprenderse
del árbol. Ella le contempló despojarse de la túnica de matrimonio y quitarse
la corona de flores, tan fascinada como excitada, y ella misma se despojó de
todas las prendas sin que él se lo dijera, del maquillaje nupcial de crema y
azafrán, de la tiara de lana de siete tiras de la cabeza y de los nudos y
ceñidores especiales.
Una vez desnudos, se miraron uno a otro con entera satisfacción: Sila
magníficamente bien formado y Julilla demasiado delgada, pero con aquella
gracia cimbreante que tanto aminoraba lo que en otra habría resultado anguloso
y feo. Y fue ella quien se acercó a él, le puso las manos en los hombros y con
exquisita y natural voluptuosidad unió su cuerpo al suyo, suspirando de deleite
cuando él la rodeó con sus brazos y comenzó a acariciarle la espalda
recorriéndosela con ambas manos.
'A él le encantaba su levedad, la ligereza acrobática con que podía
alzarla en volandas por encima de su cabeza y con que ella se retorcía sobre su
cuerpo. Nada de lo que le hacía la asustaba o la ofendía y toda maniobra la
repetía ella dentro de sus posibilidades. Enseñarla a besar fue cuestión de
segundos y, pese a ello, durante los años que vivieron juntos, ella jamás
dejaría de aprender a besar. Era una mujer preciosa y ardiente, deseosa de
complacerle y ansiosa porque él la complaciera. Toda suya; para él sólo. ¿Y
quién de los dos podía imaginar, aquella noche, que las cosas cambiarían para
ser menos perfectas, menos deseables?
—Si alguna vez se te ocurre mirar a otro, te mataré —dijo él durante una
pausa en sus escarceos.
—Te creo —respondió ella, recordando la acerba prédica de su padre a
propósito de los derechos del paterfamílias. Ahora había pasado de la potestad
paterna a la del esposo. Como patricia, no podía comportarse como si fuera su
querida. En ese aspecto, Nicopolis y Clitumna tenían ventaja en cuanto a sus
gustos.
La diferencia de estatura era poca, pues Julilla era bastante alta para
ser mujer y Sila no lo era mucho para ser hombre; así, las piernas de ella eran
algo más largas que las de él y se las apretaba entre las rodillas, maravillada
de la blancura de la piel comparada con el tono tostado de la suya.
—A tu lado parezco una asiria —le dijo cogiendo su brazo y levantándolo
para que viera el contraste.
—Yo no soy normal —dijo él secamente.
—Estupendo —replicó ella, inclinándose sobre él y besándole.
Ahora le tocaba a él contemplarla y observar el contraste y la esbeltez
de sus formas, parecidas a las de un muchacho. Le dio bruscamente la
vuelta con una mano poniéndola cabeza abajo y observó las líneas de
espalda, nalgas y muslos. Una preciosidad.
—Eres tan hermosa como un muchacho —dijo.
Ella intentó revolverse, indignada, pero él la mantuvo contra la
almohada.
—¡Qué divertido! ¡No digas que prefieres a los chicos, Lucio
Cornelio...!
Lo había dicho con toda inocencia, acompañándolo de risitas ahogadas en
la almohada.
—Eso creía hasta que te conocí a ti —replicó él.
—¡Tonto! —exclamó ella entre risas, pensando que lo decía en broma, al
tiempo que se zafaba de su brazo, se montaba a horcajadas en su pecho y se
arrodillaba en sus brazos—. ¡Por decir eso puedes mirar de cerca mi colita y
decirme si no parece un lanzón!
—¿Sólo mirar? —replicó él, subiéndosela hasta el cuello.
—¡Un muchacho! —repitió, aún divertida por la idea—. ¡Eres un tonto,
Lucio Cornelio!
Pero luego dejó de pensar en ello, inmersa en el descubrimiento de
nuevos placeres.
Como era de esperar, la Asamblea del pueblo eligió cuestor a Sila, y
aunque el año en que había de desempeñar el cargo no tenía que iniciarse hasta
el cinco de diciembre (aunque, como a todos los cuestores personales, no se le
exigiría presentarse hasta Año Nuevo, cuando su superior asumiera el cargo),
Sila se presentó al día siguiente de las elecciones en casa de Mario.
Ya estaba avanzado noviembre y amanecía más tarde, circunstancia que
Sila agradecía enormemente, pues sus excesos nocturnos con Julilla hacían que
le costase más que antaño levantarse. Pero sabía que tenía que presentarse
antes de que saliera el sol, porque el hecho de que Mario le hubiera solicitado
como cuestor personal cambiaba sutilmente su situación.
Aunque no se tratase de una clientela de por vida, Sila era, en la
práctica, cliente de Mario mientras desempeñase el cargo de cuestor, que
duraría todo el tiempo que aquél tuviera imperium en lugar del año
normal. Y un cliente no permanecía en la cama con su joven esposa cuando ya ha
amanecido, sino que se presenta en casa de su patrón con las primeras luces del
día para ofrecerle sus servicios con arreglo a lo que él le indique. Tal vez le
despida cortésmente o le pida que le acompañe al Foro o a cualquier basílica
para resolver algún negocio público o privado, o tal vez le encomiende alguna
tarea.
Aunque no llegaba con un retraso que mereciera reproche, se encontró con
el espacioso atrium de la casa de Mario lleno ya de los clientes más
madrugadores. Sila se dijo que algunos debían haber dormido en la calle, porque
la costumbre era recibirlos conforme llegaban. Lanzó un suspiro y se situó en
un rincón discreto, dispuesto a una larga espera.
Algunos personajes importantes tenían secretarios y nomenclatores que
clasificaban a los clientes matutinos, dejando a un lado la morralla y haciendo
pasar a los peces gordos. Pero Cayo Mario, advirtió Sila complacido, efectuaba
personalmente la criba sin necesidad de ayudante. Aquel hombre tan importante,
cónsul electo, y por consiguiente de suma relevancia para muchos en Roma, hacía
su propia selección con pasmosa celeridad, separando el grano de la paja con
mayor eficacia que ningún secretario. Al cabo de veinte minutos las
cuatrocientas personas que se apiñaban en el atrium y en los pórticos del
peristilo habían sido clasificadas y la mitad se marchaban contentos, llevando
cada cliente liberto u hombres libres de baja categoría un donativo entregado
por un Mario todo sonrisas y gestos de insistencia.
Bien, pensó Sila, puede que sea un arribista y más provinciano que
romano, pero sabe actuar. Ni Fabio ni Emilio habrían desempeñado mejor el papel
de patrón. No era necesario mostrar generosidad con los clientes si no lo
pedían y, aun en ese caso, era criterio del patrón negarla. Pero Sila advirtió
por la actitud de los que esperaban turno, conforme Mario iba de uno a otro,
que aquel hombre si tenía costumbre de ser generoso, bien que en sus modales se
transparentaba sutilmente la advertencia de que ¡ay del que cayera en la
codicia!
—¡Lucio Cornelio, no tenéis por qué aguardar aquí fuera! —dijo Mario al
llegar al rincón en que esperaba—. Pasad a mi despacho y sentaos
tranquilamente. Seré con vos en breve y hablaremos.
—No, Cayo Mario —replicó Sila sonriente, sin abrir los labios—. He
venido a ponerme a vuestra disposición como cuestor y esperaré complacido mi
turno.
—Podéis aguardar vuestro turno sentado en mi despacho. Si queréis actuar
bien como cuestor mio, más vale que veáis cómo resuelvo los asuntos —dijo
Mario, poniéndole una mano en el hombro y conduciéndole al tablinum.
Transcurridas tres horas quedó despachada la multitud de clientes, sin
prisas pero sin pausas; sus solicitudes incluían desde ayuda económica hasta
peticiones para que los tuviera en cuenta cuando se reanudase el comercio en
Numidia. Mario no les pedía nada a cambio, aunque era evidente que aquellos
favores implicaban la recíproca por parte de los favorecidos cuando el patrón
se lo pidiera, al día siguiente o años más tarde.
—Cayo Mario —dijo Sila una vez que hubo marchado el último cliente —,
como a Quinto Cecilio Metelo le han prorrogado el mando en Africa un año más,
¿cómo pensáis que podréis favorecer a vuestros clientes en la reanudación del
comercio con Numidia?
—Es cierto —respondió Mario, pensativo—. Quinto Cecilio seguirá en
Africa el año que viene, ¿no es eso? —Era claramente una pregunta ociosa y Sila
obvió contestarla, limitándose a observar fascinado cómo funcionaba el
raciocinio de Mario. ¡No era de extrañar que hubiese llegado a cónsul!—. Si,
Lucio Cornelio, he estado reflexionando sobre el problema de la presencia de
Quinto Cecilio en Africa y no es insoluble.
—Pero el Senado nunca os nombrará sustituto de Quinto Cecilio — añadió
Sila—. No es que esté aún muy al corriente de las tendencias políticas dentro
del Senado, pero si me consta la animosidad de los senadores más influyentes
respecto a vuestra persona, y la juzgo demasiado fuerte para que os enfrentéis
a ella.
—Muy cierto —dijo Mario, sin abandonar una sonrisa de complicidad —. Soy
un patán de provincias que no habla griego, por decirlo con
palabras de Metelo, a quien os diré que yo llamo el Meneítos, e indigno
de ser cónsul. Y eso sin tener en cuenta que tengo cincuenta años, edad
excesiva para el cargo y considerada inadecuada para el mando militar. Los
dados me son adversos en el Senado, pero siempre me lo han sido, ¿sabéis? Sin
embargo, aquí me tenéis: ¡cónsul a los cincuenta! Algo misterioso, ¿no es
cierto, Lucio Cornelio?
Sila sonrió, con la consiguiente mueca feroz, pero a Mario no pareció
inquietarle.
—Sí, Cayo Mario, lo es.
Mario se inclinó sobre el escritorio y juntó las manos sobre el fabuloso
mármol verde.
—Lucio Cornelio, hace muchos años descubrí la diversidad de maneras que
existen para despellejar un gato. Mientras hay quienes recorren el cursus
honorum sin un solo sobresalto, a mí me ha llevado tiempo. Pero no ha sido
tiempo perdido. Lo he dedicado a catalogar los modos de despellejar un gato.
Entre otras muchas cosas útiles. Daos cuenta de que cuando se espera la vez,
uno observa, evalúa y ata cabos. Yo nunca he sido un gran abogado ni experto en
nuestras leyes consuetudinarias, mientras que Metelo seguía los pasos en el
Foro de Casio Ravila y se aprendía hasta los requisitos para condenar a las
mismísimas vestales; bueno, es un decir. Yo estaba en el ejército y seguí en
él, y es mi especialidad. Sin embargo, no creo que me equivoque jactándome de
haber llegado a conocer mejor las leyes y la constitución que cincuenta Metelos
juntos. Yo veo las cosas desde fuera, porque mi cerebro no ha sido encauzado en
el carril de la rutina. Así que os digo que voy a derribar a Quinto Cecilio
Metelo de ese caballo de mando en Africa para sustituirle.
—Os creo —dijo Sila con un suspiro—, pero ¿cómo?
—Porque son unos inocentones legalistas —respondió Mario con desdén—.
Por el hecho de que tradicionalmente el Senado haya otorgado el cargo de
gobernador, a nadie se le ocurre pensar que, en puridad, los decretos
senatoriales no tienen peso de ley. Oh, todos lo saben si uno se toma la
molestia de hacérselo confesar, pero es un concepto que nunca ha calado, a
pesar de los escarmientos de los hermanos Graco. Los decretos
senatoriales sólo tienen el valor de costumbre, de tradición. ¡No de
ley! Hoy dia quien hace la ley es la Asamblea, Lucio Cornelio, y yo tengo mucho
más poder en la Asamblea de la plebe que ningún Cecilio Metelo.
Sila permanecía totalmente callado y hasta un poco atemorizado, cosa
rara en él. Por terrible que fuese la capacidad mental de Mario, no era eso lo
que atemorizaba a Sila. No, lo que le abrumaba era la experiencia nueva para él
de que un individuo vulnerable le hiciera aquellas confidencias. ¿Cómo sabía
Mario que podía confiar en él? La lealtad no había formado nunca parte de su
fama, y Mario no era esa clase de persona dispuesta a no haber averiguado a
fondo la reputación de alguien como él. Y, sin embargo, ahí estaba desvelándole
sus futuras intenciones y actos para que él las valorase, y depositando toda su
confianza en un cuestor desconocido, como si ya se la hubiese ganado.
—Cayo Mario —dijo, sin poder contenerse—, ¿qué me impediría llegarme a
casa de Cecilio Metelo después de salir de aquí y contarle todo lo que me
estáis diciendo?
—Pues, nada, Lucio Cornelio —respondió Mario, impasible.
—¿Por qué, pues, me confiáis todo esto?
—Oh, es muy fácil, Lucio Cornelio —respondió Mario—. Porque me dais la
impresión de ser un hombre muy capaz e inteligente. Y todo hombre capaz e
inteligente es altamente capaz de emplear su inteligencia ventajosamente y no
un estúpido para ponerse de parte de un Cecilio Metelo cuando un Cayo Mario le
está ofreciendo el estímulo y la tentación de varios años de trabajo
interesante y fructífero —dijo con un profundo suspiro—. ¡Eso es todo! Creo que
ha quedado bastante claro.
—Vuestros secretos están seguros conmigo —dijo Sila echándose a reír.
—Lo sé.
—De todos modos, quiero que sepáis que aprecio vuestra confianza. —Somos
cuñados, Lucio Cornelio. Estamos unidos por algo más que
los Julios César. Nosotros compartimos otra cosa: la suerte.
—¡Ah!, la suerte.
—La suerte es un signo, Lucio Cornelio. Tener suerte es ser dilecto de
los dioses. Tener suerte es ser un elegido —dijo Mario, mirando con gran
satisfacción a su nuevo cuestor—. Yo soy un elegido, y os he elegido
porque creo que también vos lo sois. Somos importantes para Roma, Lucio
Cornelio. Los dos dejaremos huella en Roma.
—Así lo creo yo —asintió Sila.
—Sí. Bien... dentro de un mes asumirá el cargo un nuevo Colegio de
Tribunos de la plebe. Cuando ese nuevo colegio esté en funciones, iniciaré mi
jugada de Africa.
—Vais a valeros de la Asamblea de la plebe para dictar una ley derogando
el decreto senatorial de prórroga del mando de Metelo en Africa —dijo Sila sin
una vacilación.
—Exactamente —contestó Mario.
—Pero ¿eso es legal? ¿Tendrá fuerza esa ley? —inquirió Sila, mientras
para sus adentros se decía hasta qué extremo un arribista muy inteligente,
emancipado de la tradición, podía trastornar todo el sistema.
—No hay nada en las tablillas que diga que no es legal, y, por
consiguiente, nadie puede reprochar que se lleve a cabo. Siento grandes deseos
de poner coto al Senado, y el modo mejor de hacerlo es socavar para siempre su
autoridad consuetudinaria de crear precedente.
—¿Por qué dais tanta importancia al mando en Africa? —inquirió Sila
—. Los germanos están a las puertas de Tolosa y son mucho más peligrosos
que Yugurta. Alguien tendrá que ir a la Galia para enfrentarse a ellos el año
que viene, y yo haría votos porque fueseis vos y no Lucio Casio.
—No me será posible —respondió Mario, muy seguro—. El primer cónsul es
nuestro estimado colega Lucio Casio y él desea el mando en la Galia frente a
los germanos. En cualquier caso, el mando en la guerra contra Yugurta es
fundamental para mi supervivencia política. Me he comprometido como valedor de
los intereses de los caballeros en la provincia africana y en Numidia, lo que
significa que debo hallarme en Africa cuando concluya la guerra para velar
porque mis clientes obtengan las concesiones que les he prometido. No sólo
habrá vastas extensiones de excelentes tierras para el cultivo del grano a
repartir, sino que, además, en Numidia se ha descubierto recientemente mármol
soberbio de primera calidad y grandes depósitos cupríferos. Aparte de que es un
país en el que se
hallan dos tipos de piedras preciosas muy apreciadas y gran cantidad de
oro. Unos importantes yacimientos a los que, desde que Yugurta es rey, Roma
tiene impedido el acceso.
—Muy bien, a por Africa, pues —dijo Sila—. ¿Qué puedo hacer para
ayudaros?
—Aprender, Lucio Cornelio, aprender. Voy a necesitar un cuerpo de
oficiales que sean algo más que simples hombres fieles. Quiero hombres capaces
de actuar por iniciativa propia sin que entorpezcan mis planes, hombres que
acrecienten mi habilidad y eficacia en lugar de mermarla. No tengo
inconveniente en compartir el mérito; hay suficiente mérito y gloria para todos
cuando se llevan bien las cosas y se da a las legiones ocasión de demostrar lo
que valen.
—Pero yo estoy muy verde, Cayo Mario.
—Lo sé —replicó él—, pero ya os lo he dicho: creo que valéis mucho.
Estad a mi lado, dadme lealtad y trabajad bien y yo os daré oportunidades para
que desarrolléis vuestras dotes. Igual que yo, empezáis tarde, pero nunca es
demasiado tarde. Yo ya soy, por fin, cónsul; con ocho años más de la edad
conveniente. Vos estáis por fin en el Senado, con tres años de retraso. Igual
que yo, vais a tener que concentraros en el ejército como trampolín hacia la
cumbre. Yo os ayudaré en todo lo posible. A cambio de ello, espero vuestra
ayuda.
—Me parece muy bien, Cayo Mario —dijo Sila con un carraspeo—. Os estoy
muy agradecido.
—No tenéis por qué estarlo. Si no creyera que ibais a corresponderme,
Lucio Cornelio, no estaríais sentado ahí —añadió Mario, tendiéndole la mano—.
¡Vamos, acordemos que entre nosotros no haya gratitud, sino simple lealtad y
camaradería de legionarios!
Cayo Mario había sobornado a un tribuno de la plebe, y no a uno
cualquiera. Porque Tito Manlio Mancino no vendía sus favores tribunicios
exclusivamente por dinero. Mancino quería causar impacto como tribuno de la
plebe y necesitaba una causa mejor que la única que para él contaba: poner toda
clase de impedimentos que se terciaran en el camino de la
familia patricia Manlio, de la que no era miembro. Su odio hacia los
Manlios alcanzaba fácilmente a todas las familias aristocráticas y nobles, la
de Cecilio Metelo incluida. Y así, aceptó las ofertas de Mario con plena
conciencia y apoyó sus planes con anticipado alborozo.
Los diez nuevos tribunos de la plebe asumieron su cargo el tercer día
antes de los idus de diciembre, y Tito Manlio Mancino no perdió el tiempo.
Aquel mismo día presentó una ley a la Asamblea de la plebe destinada a despojar
del mando de Africa a Quinto Cecilio Metelo y dárselo a Cayo Mario.
—¡El pueblo es soberano! —gritaba Mancino a la multitud—. ¡El Senado
está al servicio del pueblo y no es su amo! Si el Senado cumpliera sus
obligaciones con el debido respeto al pueblo de Roma, qué duda cabe de que
debería continuar sin objeciones. Pero cuando el Senado se vale de sus tareas
para proteger a sus propios miembros dirigentes a expensas del pueblo, hay que
impedírselo. Quinto Cecilio Metelo ha demostrado negligencia en el mando ¡y no
ha obtenido logro alguno! ¿Por qué, entonces, el Senado prorroga por segunda
vez su mandato un año más? Porque, pueblo de Roma, el Senado protege, como de
costumbre, a sus dirigentes a expensas del pueblo. En Cayo Mario, cónsul electo
para este año, el pueblo de Roma tiene un jefe mucho más digno. ¡Pero, según
los que mandan en el Senado, el nombre de Cayo Mario no reúne méritos! ¡Pueblo
de Roma, Cayo Mario, para ellos es un hombre nuevo, un arribista, no es nadie
por el solo hecho de no ser noble!
La multitud escuchaba entusiasmada. Mancino era buen orador y atacaba
con auténtica pasión aquel exclusivismo senatorial. Hacía tiempo que la plebe
no había tocado las narices al Senado, y muchos de sus dirigentes no elegidos
pero influyentes se mostraban preocupados porque su representación en el
gobierno de Roma perdía terreno. Por eso en aquellos momentos todo confluía en
favor de Cayo Mario: el sentimiento público, el disgusto de los caballeros y
diez tribunos de la plebe con ganas de tocar las narices al Senado.
El Senado respondió enviando a sus mejores oradores de condición plebeya
a perorar ante la Asamblea, incluidos Lucio Cecilio Metelo
Dalmático, pontífice máximo, que asumió fervientemente la defensa de su
hermano, y el cónsul electo Lucio Casio Longino. Pero Marco Emilio Escauro, que
habría podido subir la escalinata para defender al Senado, era un patricio y,
por consiguiente, no podía hablar en la Asamblea del pueblo. Obligado a
permanecer en los escalones del Senado, mirando la zona bien delimitada y
abarrotada de los comicios, en donde se reunía la Asamblea de la plebe, Escauro
tuvo que contentarse con escuchar sin podér intervenir.
—Nos derrotarán —dijo al censor Fabio Máximo Eburno, otro patricio
—. ¡Maldito Cayo Mario!
Maldito o no, Cayo Mario venció. La despiadada campaña de cartas
había cumplido brillantemente su cometido de volver contra Metelo a los
caballeros y a las clases medias, manchando su nombre y arruinando su poder
político. Claro que con el tiempo se recuperaría, porque su familia y sus
amistades tenían mucho poder. Pero de momento la Asamblea de la plebe,
hábilmente dirigida por Mancino, le había arrebatado el mando de Africa y su
nombre en Roma quedaba más emporcado que la cochiquera de Numancia. El mando de
Africa se lo quitó el pueblo aprobando una ley sin precedentes por la que se le
sustituía por Cayo Mario. Y una vez que la ley —en puridad un plebiscito— quedó
inscrita en las tablillas, fue guardada en el archivo de un templo y allí
quedaría como ejemplo y recurso para que, en el futuro, otros intentasen la
misma operación, otros que quizá no tuviesen la habilidad de Cayo Mario o
sus encomiables razones.
—No obstante —dijo Mario a Sila nada más aprobarse la ley—, Metelo no me
cederá sus legiones.
Efectivamente, había muchas cosas que aprender; cosas que él, un
Cornelio patricio, debía saber. A veces desesperaba de aprender como era
debido, pero luego consideraba la suerte que le asistía teniendo a Cayo Mario
de comandante y se tranquilizaba. Porque Mario siempre tenía tiempo para
explicarle las cosas y se preocupaba tanto como él por su ignorancia; y Sila
aumentaba sus conocimientos haciendo preguntas.
—Pero, ¿esa tropa no pertenece a la guerra que se sostiene contra
Yugurta y no debe estar en Africa hasta que termine?
—Puede quedar en Africa, pero sólo si Metelo lo quiere. Tendría que
anunciar a los soldados que quedan alistados hasta que termine la campaña y que
su remoción del mando no les afecta, pero no habrá quien le impida aferrarse al
criterio de que fue él quien los reclutó y que el compromiso de ellos termina
con el suyo. Conociendo a Metelo, sé que hará eso. Los licenciará y los
embarcará para Italia.
—Lo que significa que tendréis que reclutar otro ejército —dijo Sila—.
Ya entiendo. ¿Y no podríais esperar a que desembarque su ejército y volver a
alistarlo en vuestro nombre? —inquirió.
—Podría —respondió Mario—. Pero, desgraciadamente, no será posible.
Lucio Casio va a la Galia para enfrentarse a los germanos en Tolosa. Y eso es
inevitable, porque no nos interesa tener a medio millón de germanos a cien
millas de la ruta de Hispania y en la frontera de nuestra propia provincia. Así
que imagino que Casio ya habrá escrito a Metelo pidiéndole que vuelva a enrolar
a su ejército para la campaña de la Galia antes de que lo embarque en Africa.
—O sea, que así es como se hacen las cosas —dijo Sila.
—Por supuesto. Lucio Casio es el primer cónsul y tiene preferencia para
disponer de tropas. Metelo volverá con seis legiones bien entrenadas y serán
las tropas que Casio lleve a la Galia Transalpina sin lugar a dudas. Lo cual
significa que voy a tener que empezar de cero, reclutando gente bisoña,
entrenándola, equipándola e imbuyéndola de entusiasmo para hacer la guerra
contra Yugurta —dijo Mario con una mueca—. Lo cual significa asimismo que en mi
año de cónsul no tendré tiempo para montar la clase de ofensiva contra Yugurta
que yo querría si Metelo me dejase sus tropas. Y al mismo tiempo tendré que
asegurarme de que me prorrogan el mando en Africa otro año o me encontraré en
un brete y más perdido que el propio Metelo.
—Y ahora hay una ley registrada en las tablillas que crea un precedente
por el que os pueden arrebatar el mando igual que vos se lo habéis arrebatado a
él —dijo Sila con un suspiro—. ¿No es nada fácil, verdad? Nunca imaginé las
dificultades que debe uno afrontar para mantenerse a flote, y no digamos para
engrandecer a Roma.
Aquello le hizo gracia a Mario, que rió complacido, dando una palmada a
Sila en la espalda.
—No, Lucio Cornelio, no es nada fácil; pero por eso merece la pena
intentarlo. ¿Qué hombre realmente grande y de valía quiere un camino sin
obstáculos? Cuantos más obstáculos, mayor satisfacción se logra.
Era una respuesta desde una perspectiva personal, pero que no
solucionaba el principal problema de Sila.
—Ayer me dijisteis que Italia está completamente exhausta —dijo—. Que ha
muerto tanta gente que no pueden cubrirse las levas con ciudadanos romanos, y
que la oposición a ellas en la península aumenta día a día. ¿Dónde vais a
encontrar contingentes para formar cuatro buenas legiones? Porque, como habéis
dicho, no podéis derrotar a Yugurta con menos de cuatro legiones.
—Esperad a que sea cónsul, Lucio Cornelio, y veréis.
Fue lo único que pudo sacarle Sila.
Fueron las fiestas Saturnales las que hicieron que Sila adoptase una
decisión. En los tiempos en que Clitumna y Nicopolis habían compartido la casa
con él, esas festividades habían sido magníficos días de diversión y juerga con
los que cerrar el año. Los esclavos mandaban con un simple chasquido de dedos
mientras las dos mujeres se apresuraban entre risitas a cumplir sus órdenes,
todos se emborrachaban de lo lindo y él cedía su sitio en el lecho común a los
esclavos que quisiesen Clitumna y Nicopolis, a condición de gozar él del mismo
privilegio en el resto de la casa. Y una vez concluidas las Saturnales, las
cosas volvían a la normalidad como si nada hubiera sucedido.
Pero aquel primer año de su matrimonio con Julilla, Sila tuvo unas
Saturnales muy distintas: le pidieron que pasase las horas diurnas en la casa
de al lado con la familia de Cayo Julio César. También allí, durante los tres
días que duraban las fiestas, todo andaba revuelto: los esclavos eran servidos
por sus amos, se intercambiaban regalos unos a otros y se hacía todo lo posible
porque no faltase comida y vino en cantidad y calidad. Pero no cambiaban las
cosas. Los pobres criados permanecían tan estirados como
estatuas en las camillas del triclinio, sonriendo tímidamente cuando
César y Marcia iban apresuradamente del comedor a la cocina; a ninguno se le
habría ocurrido emborracharse y no habrían ni siquiera soñado hacer o decir
algo que hubiese resultado embarazoso al volver el hogar a la normalidad.
Cayo Mario y Julia también asistieron y parecían plenamente complacidos
por la manera de celebrarlo. Pero, claro, pensó Sila, resentido, Cayo Mario
ansiaba demasiado ser como ellos para dar un mal paso.
—¡Qué divertido! —comentó Sila una vez que él y Julilla se despidieron
la última noche, y como había tenido buen cuidado de fingir ante todos, ni la
propia Julilla se dio cuenta de que lo decía en plan irónico.
—No ha estado nada mal —dijo ella mientras entraban en su casa, en la
que durante aquellos tres días habían dado descanso a los criados.
—Me alegro de que te lo parezca —dijo Sila, echando el cerrojo a la
puerta.
—Y mañana tenemos la cena con Craso Orator —añadió Julilla bostezando y
estirándose—. Tengo muchas ganas de ir.
Sila se detuvo en medio del recibidor y se volvió hacia ella.
—Tú no vienes —dijo.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que has oído.
—Pero... pero... ¡yo creía que invitaban también a las esposas! —
exclamó, a punto de llorar.
—A algunas. A ti no —dijo él.
—¡Yo quiero ir! ¡Todo el mundo habla de esa cena y todas mis amigas
están muertas de envidia porque les he dicho que iba!
—Lo siento, pero no vas, Julilla.
Un esclavo algo borracho se les acercó cuando pasaban ante el despacho.
—¡Ah, qué bien que estéis en casa! Traedme vino... ¡y rápido! —les dijo.
—Ya han pasado las Saturnales —replicó Sila con voz queda—. Fuera,
imbécil.
El esclavo desapareció, repentinamente despejado.
—¿Por qué estás de tan mal humor? —inquirió Julilla cuando entraban en
el cubículo de dormir del amo de la casa.
—Nó estoy de mal humor —replicó él, abrazándola por detrás.
—¡Déjame! —exclamó ella soltándose.
—Pero ¿qué te pasa?
—¡Quiero ir a la cena de Craso Orator!
—Pues no puedes.
—¿Por qué?
—Julilla, porque no es la clase de fiesta que tu padre aprobaría —
contestó él pacientemente— y las pocas esposas que van no son mujeres del gusto
de tu padre.
—Ya no estoy bajo la potestad paterna y puedo hacer lo que quiera —
replicó ella.
—Sabes que no es verdad. Has pasado de la potestad de tu padre a la mía.
Y he dicho que no vas a ir.
Sin decir palabra, Julilla recogió sus ropas del suelo, se echó una
túnica por encima, le volvió la espalda y salió del cuarto.
—¡Que te diviertas! —le gritó Sila.
Por la mañana se mostró fría como el hielo, pero él no hizo caso; cuando
se disponía a salir para la cena de Craso Orator, no la encontró por ninguna
parte.
—Mujercilla caprichosa —masculló Sila.
El enfado podía haber sido divertido; que no lo fuese se debió a causas
que nada tenían que ver con el hecho en sí, sino que procedían de un ámbito
interior de Sila distinto al que ocupaba Julilla. A él no le atraía lo más
minimo la idea de cenar en la opulenta mansión del contratista Quinto Granio,
que era quien daba la cena. Al recibir la invitación le había causado un
absurdo placer, interpretándolo como una muestra de amistad de un importante
círculo de jóvenes senadores, pero luego le llegaron chismorreos sobre la
fiesta y comprendió que le invitaban por su turbulento pasado, para así añadir
una nota exótica a la lista de varones aristocráticos.
Mientras se encaminaba a la mansión, estaba en mejor disposición para
calibrar la clase de trampa en que se había metido casándose con Julilla y
entrando en el círculo de sus iguales por nacimiento. Porque era una
trampa. Y el hecho de vivir en Roma no constituía ningún paliativo. Estaba muy
bien para Craso Orator, tan bien situado que podía ir de fiesta en fiesta
deliberadamente pensada para desafiar el edicto de su propio padre sobre actos
suntuarios sin temor a perder el puesto en el Senado ni a los nuevos tribunos
de la plebe, y hasta permitirse el lujo de fingirse vulgar y grosero y aceptar
los rastreros favores de una seta como el contratista Quinto Granio.
Cuando entró en el vasto comedor de Quinto Granio vio a Colubra que le
sonreía por encima de un vaso de oro y piedras preciosas, y advirtió que le
hacía seña, invitándole a sentarse a su lado. No me he equivocado, se dijo para
sus adentros, aquí soy el bicho raro; dirigió a Colubra una esplendorosa
sonrisa y dejó que se ocupasen de su persona una plétora de obsequiosos
esclavos. ¡Nada de funciones privadas! El comedor estaba lleno de camillas para
que sesenta invitados celebrasen tumbados la elección de Craso Orator como
tribuno de la plebe. Quinto Granio no tiene ni idea de cómo dar una buena
fiesta, pensó Sila mientras se acomodaba junto a Colubra.
Cuando dejó la fiesta, seis horas después, mucho antes que ningún otro
invitado, estaba bebido y su estado de ánimo había pasado de la resignación con
su suerte a la clase de negra depresión que él pensó que nunca tendría una vez
que entrase en el círculo social adecuado. Se sentía frustrado, impotente e
insufriblemente solo, advertía de pronto. Desde el corazón hasta los dedos de
pies y manos anhelaba una compañía amorosa de su agrado, alguien con quien
reír, alguien sin propósitos anticipados, alguien enteramente suyo. Alguien con
ojos negros y rizos morenos y el culito más rico del mundo.
Y fue caminando con alas en los pies hasta la casa de Scilax el actor,
sin plantearse en ningún momento el riesgo que corría con su imprudente y necia
conducta. ¡Daba igual! Scilax estaría en casa; podría tomar una copa de vino
con agua y hablar de naderías con él, mientras se deleitaba mirando al
muchacho. Una visita inocente; nada más.
Pero la fortuna seguía sonriéndole. Sólo estaba Metrobio, a quien Scilax
había castigado sin salir mientras él iba a ver a unos amigos a Antium.
Metrobio allí solo. ¡Qué alegría! Le aturdía el amor, el deseo, la
pasión, la pena. Una vez saciados deseo y pasión, Sila sentó al muchacho en sus
rodillas y le abrazó casi llorando.
—¡Por los dioses que me siento morir de tanto que te echo de menos!
—exclamó
—¡Yo también te echo mucho de menos! —dijo el muchacho, acurrucándose en
sus brazos.
Se hizo un silencio. Metrobio sentía los convulsivos sollozos de Sila
contra su mejilla y ansiaba sentir sus lágrimas, pero bien sabía que eso era
imposible.
—¿Qué sucede, querido Lucio Cornelio? —inquirió.
—Estoy harto —respondió Sila, sin énfasis—. Esa gente son unos
hipócritas consumados y mortalmente aburridos. Buenas formas y modales en
público y, luego, sucios placeres cuando creen que nadie los ve. Esta noche me
cuesta ocultar el asco que me producen.
—Yo creía que serías feliz —dijo Metrobio con cierto ánimo. —Yo también
—añadió Sila en tono irónico y volvió a callarse. —¿Por qué has venido esta
noche? —He estado en una fiesta.
—¿Y no lo pasabas bien?
—No era como las que nos gustan a nosotros, precioso, sino como las que
dan ellos. Para ellos ha sido estupenda. Lo único que me apetecía era reírme, y
cuando volvía a casa me di cuenta de que no tenía con quién compartir mi risa.
¡Nadie!
—Excepto yo —dijo Metrobio, incorporándose—. Entonces, ¿me lo cuentas?
—Tú sabes quiénes son los Lucinios Craso, ¿verdad?
—Soy un chico de la farándula —replicó Metrobio, mirándose las uñas
—. ¿Qué puedo saber de las familias nobles?
—La familia de Lucinio Craso ha dado a Roma cónsules y algún
pontífice máximo... qué sé yo, ¡durante siglos! Es una familia riquisima
que produce hombres de dos clases: los morigerados y los sibaritas. El padre de
este Craso Orator era de los frugales y fue el autor de esa ridícula ley
suntuaria inscrita en las tablillas, ya sabes dijo Sila.
—Nada de dorados, nada de púrpuras, ni ostras ni vino de importación...
¿es ésa?
—Esa. Pero Craso Orator no parece llevarse bien con su padre y le
encanta vivir rodeado de todos los lujos imaginables. Y Quinto Granio, el
contratista, necesita un favor político de Craso Orator ahora que es tribuno de
la plebe; así que Quinto Granio dio esta noche una fiesta en honor de Craso
Orator. El lema —añadió Sila en tono algo más animado— era "¡Ignoremos la
lex Licinia sumptuaria!"
—¿Y por eso te invitaron a ti? —inquirió Metrobio.
—Me invitaron porque, al parecer, en los más altos círculos, es decir,
en los de Craso Orator, y no digamos en los de Quinto Granio, se me considera
un fascinante individuo de vida tan abyecta como alta fue mi cuna. Me imagino
que pensarían que iba a desvestirme y ponerme a cantar obscenidades, robándole
cuadro a Colubra.
—¿A Colubra?
—Colubra.
Metrobio lanzó un silbido.
—¡Si que te mueves en círculos altos! Me han dicho que cobra un talento
de plata por irrumatio.
—Es posible, pero a mi me lo ofreció gratis —dijo Sila sonriente—. No
acepté.
—Oh, Lucio Cornelio —dijo Metrobio, tembloroso—, no te busques enemigos
ahora que estás en el mundo que te corresponde. Las mujeres como Colubra son
muy poderosas.
—¡Bah! —exclamó Sila despreciativo—. ¡Me meo en todos ellos!
—Seguramente les gustaría —replicó Metrobio pensativo.
Al oírlo, Sila se echó a reír y se dispuso a contar la historia más
contento.
—Había unas cuantas mujeres casadas, de esas muy descaradas, con maridos
mortificados; dos Claudias y una dama con antifaz que decía
llamarse Aspasia, pero yo sé muy bien que es Licinia, la prima de Craso
Orator. ¿Te acuerdas que a veces me acostaba con ella?
—Lo recuerdo —respondió Metrobio, un poco mohíno.
—Aquello estaba lleno de oro y púrpura de Tiro —prosiguió Sila—. ¡Hasta
los trapos de limpiar los platos eran de púrpura de Tiro recamada en oro!
Tenías que haber visto al mayordomo aguardando a que su amo no mirase para
pasar el trapo y limpiar el vino derramado por alguno... Los trapos quedaron
hechos un asco, claro.
—Un asco —dijo Metrobio.
—Un asco —repitió Sila con un suspiro antes de continuar—. Las camillas
eran con incrustaciones de perlas. ¡De verdad! Y los invitados se dedicaron a
irlas arrancando, hasta dejarlas mondadas, guardándoselas en las servilletas de
oro y púrpura, y te digo que no había ni uno capaz de comprar el equivalente de
lo que ha robado sin notar el gasto.
—Menos tú —dijo Metrobio con voz queda, apartándole el pelo de la
frente—. Tú no has cogido perlas.
—Antes me habría muerto —respondió Sila, encogiéndose de hombros
—. De todos modos, eran pequeñas perlas de río.
—¡No lo estropees! —dijo Metrobio conteniendo la risa—. Me gusta
cuando te pones insufriblemente noble y orgulloso. —¿Tan malo soy? —dijo
Sila, besándole sonriente. —Muy malo. ¿Cómo fue la comida?
—Encargada. Ten en cuenta que las cocinas de Granio no habrían dado
abasto para atender a sesenta... bueno, cincuenta y nueve glotones de los más
grandes que he visto. Los huevos de gallina eran seleccionados del mayor tamaño
y algunos con doble yema. Los había también de cisne, de oca, de pato, de aves
marinas e incluso con cascarón dorado. Había ubres de lechoncilla rellenas,
aves cebadas con pasteles de miel y servidas en caldo de vino especial de
Falerno, caracoles traídos de Liguria, ostras venidas de Baia en calesa rápida,
y olía tanto a pimientas de las más caras, que tuve un acceso de estornudos.
Metrobio comprendió que Sila necesitaba hablar y desahogarse. En qué
mundo tan extraño debía hallarse ahora, y qué distinto a como él lo había
imaginado, aunque en realidad ya no recordaba cómo lo había imaginado.
Pero lo cierto es que Sila no hablaba mucho, nunca había sido hablador. ¡Y, de
repente, aquella noche charlaba por los codos! La visión de aquel rostro amado
era algo con lo que Metrobio ya no contaba, salvo de lejos. Y allí estaba, en
el umbral, con aspecto horrible, y necesitado de amor, ansiando hablar. ¡Sila!
Debía sentirse muy solo.
—¿Y qué más? —inquirió para que siguiera hablando.
Enarcó sus cejas, rojizas y doradas, que ya habían perdido el stibium
oscurecedor.
—Lo mejor aún no había llegado, ya verás. Lo trajeron brazos en alto,
sobre un cojín de púrpura de Tiro, en una bandeja de oro con piedras preciosas:
una enorme y sabrosa lubina del Tíber con una cabeza igual a la de un mastín
azotado. La pasearon repetidas veces por el comedor con más ceremonia que la
que se emplea para los doce dioses en un lectisternium. ¡A un pescado!
—¿Qué clase de pez es ése? —inquirió Metrobio, cejijunto.
—¡Lo sabes! —dijo Sila, echando hacia atrás la cabeza y mirándole—.
Una lubina del Tíber.
—Si lo sé, no me acuerdo.
—Sí, puede que no —añadió Sila, despacio—, porque eso no se ve en las
fiestas de cómicos. Te diré, joven Metrobio, que todo gastrónomo romano de
alcurnia que se precie, cae en una especie de éxtasis con sólo pensar en esa
clase de pez. Sí, es un pez que vive entre el puente de Madera y el puente
Emilio, bañando sus escamas en las aguas de las cloacas y al que le gusta tanto
comer la mierda de Roma, que ni se molesta en morder los anzuelos. Huelen a
mierda y saben a mierda. Los comes, y para mí es como comer mierda. ¡Pero
Quinto Granio y Craso Orator estaban extasiados y se les caía la baba, como si
la lubina del Tíber fuese una mezcla de néctar y ambrosía en vez de una lubina
perezosa, coprófaga!
Metrobio, sin poder contenerse, lanzó un eructo de asco.
—¡Bien hecho! —dijo Sila, y se echó a reír—. ¡Ah, si hubieses visto a
esos imbéciles que se creen los exquisitos de Roma con la mierda de Roma
chorreándoles por la barbilla...! —Se detuvo y lanzó un fuerte bufido—. No
los aguanto ni un día más; ni una hora. —Volvió a hacer una pausa—.
Estoy bebido; por culpa de esas horrendas Saturnales.
—¿Qué horrendas Saturnales?
—Aburridas, horrendas... qué más da. Otra clase de invitados de alcurnia
distinta a los de Craso Orator, Metrobio, pero igual de horrendos. Aburridos.
¡Aburridos hasta morir! —añadió encogiéndose de hombros—. Es igual. El año que
viene estaré en Numidia con algo en que hacer presa. ¡Estoy deseándolo! Roma,
sin ti... sin mis amigos, no la aguanto. —Le acometió un estremecimiento—.
Metrobio, estoy borracho. No debería estar aquí. Pero, ¡si supieras lo bien que
me encuentro contigo...!
—Lo único que sé es cuánto me gusta que estés —replicó Metrobio con
énfasis.
—Te ha cambiado la voz —dijo Sila, sorprendido.
—Ya era hora, Lucio Cornelio. Tengo diecisiete años. Suerte que no soy
muy alto y Scilax me ha enseñado a hacer el falsete, pero, últimamente, a veces
se me olvida y cada vez me cuesta más. Pronto me afeitare.
—¡Diecisiete años!
Metrobio se bajó de sus rodillas, se le quedó mirando muy serio y le
tendió la mano.
—¡Ven! Quédate conmigo un poco más. Puedes marcharte antes de que
amanezca.
—Esta vez me quedo —contestó Sila, levantándose de mala gana—, pero no
volveré.
—Lo sé —replicó Metrobio, cogiéndole el brazo y pasándoselo por los
hombros—. El año que viene estarás en Numidia y serás feliz.
El cuarto año (107 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE LUCIO CASIO LONGINO Y CAYO MARIO (I)
Nunca un consulado había tenido tanta importancia para su titular como
para Cayo Mario aquel su primer año de mandato. Procedió a la toma de
posesión el día de Año Nuevo, seguro de que su vela nocturna en espera de
presagios había sido irreprochable y que su buey blanco se había atiborrado de
forraje drogado. Solemne y distanciado, Mario configuraba la estampa perfecta
del cónsul, muy alto y mucho más distinguido que todos los que le rodeaban
aquella fría mañana soleada; el primer cónsul, Lucio Casio Longino, era bajo y
rechoncho, no imponía en la toga y quedaba totalmente ensombrecido por su
colega.
También Lucio Cornelio Sila tenía porte de senador, con su laticlavia de
franja ancha en el hombro derecho, secundando a su cónsul Mario en el papel de
cuestor.
Aunque no tenía el fasces para el mes de enero, pues el simbólico haz
era potestad del primer cónsul Casio hasta las calendas de febrero, Mario
convocó una reunión del Senado al día siguiente.
—En estos momentos —dijo a los senadores, casi todos presentes porque
desconfiaban de Mario—, Roma se ve obligada a guerrear en tres frentes, sin
contar Hispania. Necesitamos tropas para luchar en Numidia, Macedonia y contra
los germanos en la Galia. No obstante, en estos quince años desde la muerte de
Cayo Graco hemos perdido sesenta mil soldados romanos en los distintos campos
de batalla. Otros miles han quedado inútiles para el servicio. Repito la
duración de ese período, padres conscriptos: quince años. Ni siquiéra la mitad
de una generación.
La cámara guardaba silencio; entre los asistentes se encontraba Marco
Junio Silano, que había perdido más de un tercio de aquella cifra dos años
antes y aún se veía obligado a defenderse del cargo de traición. Nadie había
osado hasta aquel momento mencionar ante el Senado aquella tremenda cifra, pero
todos los presentes Sabían que, si acaso, Mario pecaba por defecto. Aturdidos
por la contundencia de aquellos números, pronunciados en latín provinciano, los
senadores escuchaban con atención.
—No podemos completar las levas —prosiguió Mario— por una razón de peso:
no hay hombres. La carencia de ciudadanos romanos y de individuos con derechos
latinos es abrumadora, pero la penuria de itálicos es aún peor. Aunque
alistásemos tropas en todos los distritos al sur del Arno, no podríamos
alcanzar el número que necesitamos para las campañas de este año. Supongo que
el ejército africano, las seis potentes legiones, entrenadas y equipadas,
regresarán a Italia con Quinto Cecilio Metelo para que mi estimado colega Lucio
Casio las emplee en la Galia Transalpina. Las legiones de Macedonia están
también equipadas y formadas por veteranos y estoy seguro de que seguirán
luchando bien a las órdenes de Marco Minucio y su joven hermano —hizo una pausa
para recobrar aliento, mientras la cámara permanecía en silencio—. Pero
subsiste el problema de la necesidad de un nuevo ejército para Africa. Quinto
Cecilio Metelo ha dispuesto de seis potentes legiones. Personalmente creo que
podría reducirse a cuatro el número de esas legiones si necesario fuera. ¡Pero
Roma no dispone de cuatro legiones de reserva! Para refrescaros la memoria, os
daré las cifras exactas de los elementos de un ejército de cuatro legiones.
No necesitaba Mario consultar ninguna nota. Bajo el palio de cónsul, en
pie ante la silla curul, citó las cifras de memoria.
—Con plenos efectivos, cada legión consta de cinco mil ciento veinte
soldados de infantería, más mil doscientos ochenta hombres libres no
combatientes y otros mil esclavos no combatientes. Luego tenemos la caballería,
una fuerza de dos mil jinetes, más dos mil hombres libres y esclavos no
combatientes como tropa de apoyo. Por consiguiente, me enfrento a la tarea de
reclutar veinte mil cuatrocientos ochenta soldados de infantería, cinco mil
ciento veinte hombres libres no combatientes, cuatro mil esclavos no
combatientes, ocho mil jinetes y ocho mil fuerzas auxiliares de caballería
—dijo recorriendo la cámara con la vista—. Bien, nunca ha sido difícil alistar
las tropas auxiliares y no lo será, dado que los requisitos para ello los
cumple un simple aparcero. Tampoco habrá dificultades con la caballería, ya
que, por tradición, Roma siempre ha tenido tropas a caballo de origen romano o
itálico; encontraremos los hombres que necesitemos en
Macedonia, Tracia, Liguria y Galia Transalpina, y ellos mismos aportarán
los caballos y las fuerzas auxiliares.
Hizo una pausa más prolongada, mirando a determinados senadores, como
Escauro, el fallido candidato consular Catulo César, el pontífice máximo Metelo
Dalmático, Cayo Memio, Lucio Calpurnio Piso Cesónimo, Escipión Nasica, Cneo
Domicio Ahenobarbo. Según la actitud que adoptaran aquéllos, los demás
senadores los seguirían como borregos.
—Nuestro Estado es frugal, padres conscriptos. Cuando expulsamos a los
reyes derogamos el concepto de organizar un ejército pagado fundamentalmente
por el Estado, y por tal motivo limitamos el servicio de las armas a los que
contaban con medios suficientes para adquirir el armamento, las armaduras y el
equipo auxiliar, requisito aplicable a todos los soldados, romanos, latinos
eitálicos, sin ninguna excepción. Un hombre que tiene propiedades está
dispuesto a defenderlas y se interesa por la conservación del Estado y de sus
propiedades. Está dispuesto a luchar de corazón. Por ese motivo nos hemos
mostrado reacios a tener un imperio de ultramar y constantemente hemos evitado
poseer provincias. Pero, tras la derrota de Perseo falló nuestro loable intento
de implantar un autogobierno en Macedonia, porque los macedonios no entendían
otro sistema que la autocracia. Y por eso tuvimos que incorporar Macedonia a
título de provincia romana porque no podíamos permitirnos el riesgo de unas
tribus bárbaras que invadieran su costa occidental, tan próxima a la costa
oriental de Italia. La derrota de Cartago nos obligó a hacernos cargo del
imperio cartaginés en Hispania, para no correr el riesgo de que otras naciones
se posesionasen del mismo. Entregamos la mayor parte del Africa cartaginesa a
los reyes de Numidia y sólo nos reservamos una pequeña provincia en torno a la
propia Cartago para impedir el resurgir púnico. Sin embargo, ved lo que ha
sucedido por ceder tanto territorio a los reyes númidas. Ahora nos vemos obligados
a conquistar Africa para defender nuestra pequeña provincia y contener las
flagrantes ansias expansionistas de un solo hombre: Yugurta. ¡Pues se trata,
padres conscriptos, de un solo hombre que nos trae en jaque! El rey Atala nos
legó Asia al morir ¡y aún seguimos tratando de eludir allí nuestras
responsabilidades provinciales! Cneo Domicio
Ahenobarbo abrió toda la costa de Galia entre Liguria y la Hispania
Citerior para que dispusiésemos para nuestros ejércitos de un corredor seguro,
estrictamente romano, entre Italia e Hispania, pero con ello nos hemos visto
obligados a crear otra provincia.
Mario carraspeó. ¡Qué silencio!
—Nuestros soldados luchan ahora en campañas fuera de Italia. Están lejos
de su patria largos períodos, tienen sus casas y tierras abandonadas, sus
mujeres los engañan, no engendran hijos. Con el resultado de que cada vez
tenemos menos voluntarios y nos vemos obligados a decretar levas. ¡Ningún
hombre que se dedique a la agricultura o tenga un negocio desea estar apartado
de su quehacer cinco, seis o siete años! Y cuando se le licencia corre el
riesgo de ser de nuevo llamado a filas cuando no hay voluntarios que se
presenten.
"Pero, sobre todo —continuó en tono sombrío—, ¡han muerto tantos
hombres de éstos en los últimos quince años! Y no han sido reemplazados. Toda
Italia carece de hombres con los requisitos necesarios para formar un ejército
romano tradicional. Bien, desde tiempos de la segunda guerra contra Cartago
—prosiguió cambiando otra vez de tono, con una voz que resonó en las vigas de
la antigua nave, construida en tiempos del rey Tulio Hostilio—, los
funcionarios de reclutamiento han tenido que hacer la vista gorda en lo
relativo a los requisitos de propiedad. Y después de la pérdida del ejército de
Carbo el Joven hace seis años, hemos incluso permitido la incorporación a filas
de hombres que ni siquiera podían pagarse la armadura, y menos el resto del
equipo. Si bien esto siempre se ha hecho de tapadillo, oficiosamente y siempre
como últimO recurso.
"Esa época se ha acabado, padres conscriptos. Yo, Cayo Mario,
cónsul del Senado y el pueblo de Roma, hago saber a los miembros de esta cámara
que voy a reclutar mis tropas, no por el sistema de leva obligatoria. ¡Yo
quiero soldados conscientes y no hombres que prefieren estar en su casa! ¿Y
dónde voy a encontrar unos veinte mil voluntarios, os preguntaréis? Bien, la
respuesta es sencilla. ¡Voy a hallarlos entre los del censo del estrato social
más bajo, aquellos tan pobres que no se les permite ingresar en ninguna de las
cinco clases! ¡Voy a buscar esos voluntarios entre los que no
tienen ni dinero, ni propiedades, y muchas veces ni siquiera trabajo
fijo! ¡Voy a buscar mis voluntarios entre aquellos a quienes nunca se les ha
dado la oportunidad de luchar por su país, de luchar por Roma!
Comenzó a oírse un murmullo que fue creciendo y generalizándose hasta
que toda la cámara gritaba estentórea: "¡No! ¡No! ¡No!"
Mario aguardaba impasible sin encolerizarse, a pesar de que la ira de
los senadores le envolvía y por doquier todo eran puños esgrimidos y rostros
congestionados, el ruido de más de doscientas sillas plegables moviéndose y el
frufrú de las togas de los que se ponían en pie y las arrojaban al suelo de
mármol, todo ello ensordecido por un pateo continuo.
Por fin cesó el alboroto, pues, a pesar de su indignación, los senadores
sabían que Mario aún tenía la palabra y su curiosidad no era menor que su ira.
—¡Podéis gritar, chillar y aullar hasta que las ranas críen pelo! —
vociferó Mario una vez apagadas las protestas—. ¡Pero os notifico desde este
mismo momento qué es lo que voy a hacer! ¡Y, además, no necesito vuestro
consentimiento! ¡No hay ninguna tablilla con una ley que me lo impida, pero en
cuestión de días habrá una que especifique que puedo hacerlo! ¡Una ley que
estipule que cualquier magistrado mayor legalmente elegido que necesite un
ejército, puede buscarlo entre los capite censi, los proletarii! ¡Porque voy a
presentar mi causa al pueblo!
—¡Jamás! —gritó Dalmático.
—¡Por encima de mi cadáver! —chilló Escipión Nasica. —¡No! ¡No! ¡No!
—gritaba la cámara como un solo hombre. —¡Esperad! —gritó la voz aislada de
Escauro—. ¡Esperad, esperad!
¡Dejadme que le refute!
Pero nadie escuchaba. La curia hostilia, sede del Senado desde la
instauración de la República, temblaba hasta los cimientos con el ensordecedor
griterío de los senadores.
—¡Vamos! —dijo Mario, saliendo como una tromba del Senado, seguido de su
cuestor Sila y su tribuno de la plebe Tito Manlio Mancino.
La multitud se había congregado en el Foro nada más oír los primeros
truenos de la tormenta y la zona de los comicios ya estaba atestada de
seguidores de Mario. El segundo cónsul y Mancino, el tribuno de la
plebe, descendieron la escalinata de la curia y cruzaron hacia la tribuna de
los espolones de barcos enemigos, detrás de la zona de votación, mientras el
patricio Sila permanecía en la escalinata del Senado.
—¡Oíd, oíd! —gritaba Mancino—. ¡Se convoca sesión de la Asamblea de la
plebe! ¡Convoco un contio!
Delante de la tribuna del orador, en el límite de los trofeos, se situó
Cayo Mario de tal forma que quedaba frente a la zona de comicios y el espacio
abierto del bajo foro; los situados en la del Senado le veían de espaldas y
cuando todos los senadores, menos los escasos patricios, comenzaron a bajar los
escalones hasta las divisiones de la zona de votación, desde donde le veían de
frente para vituperarle, las filas de sus partidarios y clientes convocados se
apretaron para cerrarles el paso. Hubo empujones y puñetazos, amenazas y
gritos, pero las huestes de Mario no cedieron. Sólo dejaron paso a los otros
nueve tribunos de la plebe, que se situaron detrás de los trofeos con grave
expresión, discutiendo en voz baja si iba a ser posible interponer el veto impunemente.
—¡Pueblo de Roma, dicen que no puedo hacer lo que es preciso para
asegurar la salvación de Roma! —gritó Mario—. ¡Roma necesita soldados! ¡Roma
necesita desesperadamente soldados! ¡Estamos rodeados de enemigos por todos los
frentes y a los nobles padres conscriptos, como de costumbre, les preocupa más
conservar su derecho heredado a gobernar que asegurar la salvación de Roma!
¡Son ellos, pueblo de Roma, quienes han agotado la sangre de romanos, latinos e
itálicos por su indiferente explotación de las clases que tradicionalmente han
servido en las filas del ejército romano! ¡Porque yo os digo que no quedan ya
hombres de esas clases! ¡Los que no han muerto en algún campo de batalla
gracias a la codicia, la arrogancia, la estupidez de algún cónsul con mando, están
inútiles para servir en las legiones!
"¡Pero existe una alternativa de reclutamiento, hay hombres
dispuestos y con ganas de ser soldados voluntarios de Roma! ¡Me refiero a los
proletarios, los ciudadanos de Roma o de Italia que son demasiado pobres para
tener voto en las centurias, demasiado pobres para tener tierra o un
negocio, demasiado pobres para adquirir el equipo de soldado! ¡Pero ya
es hora, pueblo de Roma, de que esos miles y miles de hombres sean llamados a
hacer algo más por Roma que formar cola siempre que se ofrece trigo barato o
abrirse camino a codazos para acudir al circo para divertirse en las fiestas, y
criar hijos e hijas a los que no pueden alimentar! ¡El que no tengan nada no
significa que no valgan nada! ¡Y ni se me ocurre pensar que amen menos a Roma
que cualquier hombre que se precie! ¡En realidad, creo que su amor por Roma es
más, muchísimo más puro que el amor del que alardean la mayoría de los
honorables miembros del Senado!
Mario se alzó sobre la punta de los pies en un arrebato de indignación y
abrió los brazos como abrazando a toda Roma.
—¡Tengo aquí a mis espaldas al colegio de tribunos que os va a solicitar
un mandato, pueblo de Roma, que el Senado me niega! ¡Os solicito el derecho a
recurrir a las posibilidades militares del proletariado! ¡Quiero que los
proletarios, de seres inútiles e insignificantes, se conviertan en soldados de
las legiones romanas! ¡Quiero ofrecer a los proletarios un empleo remunerado,
una profesión más que un trato! ¡Un futuro para ellos y para sus hijos con
honor, prestigio y posibilidades de mejora! ¡Quiero ofrecerles el sentido de
dignidad y de valía, la oportunidad de desempeñar un importante papel en el
progreso de la poderosa Roma!
Hizo una pausa, mientras los comicios le contemplaban en profundo
silencio, sin quitar la vista de su fiero rostro, de sus ojos de fuego, de
aquel tórax y aquel maxilar indomables.
—¡Los padres conscriptos del Senado niegan esa oportunidad a esos miles
de hombres! ¡Me niegan la oportunidad de requerir sus servicios, su lealtad, su
amor a Roma! ¿Y por qué? ¿Porque los conscriptos padres del Senado aman a Roma
más que yo? ¡No! ¡Porque se aman a sí mismos y a su clase más que a Roma y a
nadie más! ¡Por eso he venido a vosotros, pueblo de Roma, a pediros que me
deis, y deis a Roma, lo que el Senado le niega! ¡Dadme los capite censi, pueblo
de Roma! ¡Dadme a los más humildes y necesitados! ¡Dadme la oportunidad de
hacer de ellos unos ciudadanos de los que Roma pueda enorgullecerse, una clase
de ciudadanos a los que Roma dé empleo en lugar de sustentarlos, una clase de
ciudadanos
equipados, entrenados y pagados por el Estado para servir al Estado como
soldados con alma y corazón! ¿Me daréis lo que os pido? ¿Daréis a Roma lo que
necesita?
La multitud rompió a gritar, aclamando y pateando con denuedo, dando
rienda suelta a una tradición de diez siglos. Los nueve tribunos de la plebe se
miraban unos a otros y convinieron sin decir palabra en no interponer un veto.
Porque amaban la vida.
—¡Cayo Mario es un lobo rapaz enloquecido! —exclamó Marco Emilio Escauro
en el Senado una vez aprobada la lex Manlia, facultando a los cónsules a
reclutar voluntarios entre los capite censi—. ¡Cayo Mario es una úlcera
perniciosa en el cuerpo de esta cámara! ¡Cayo Mario es la única razón evidente
por la que, padres conscriptos, cerremos filas contra esos hombres nuevos y
jamás consintamos que se sienten en la parte de atrás de esta venerable
institución! Yo os pregunto, ¿qué sabe un Cayo Mario de la naturaleza de Roma,
de los imperecederos ideales de su tradicional gobierno?
"¡Soy princeps Senatus, portavoz de la cámara, y en todos los años
que llevo con esta institución de hombres a quienes venero como manifestación
que son del espíritu de Roma, nunca había visto un individuo tan peligroso y
bandolero como Cayo Mario! ¡Dos veces en tres meses se ha apoderado de las
sagradas prerrogativas del Senado pisoteándolas en el grosero altar del pueblo!
¡Primero anuló el edicto senatorial otorgando a Quinto Cecilio Metelo la
prórroga del mando en Africa, y ahora, para complacer sus ambiciones, se
aprovecha de la ignorancia del pueblo para atribuirse poderes de reclutamiento
militar antinaturales, desmedidos, irrazonables e inaceptables!
La asistencia a la sesión era muy nutrida. De los trescientos senadores
vivos, más de doscientos ochenta estaban presentes. Escauro y los otros jefes
de fila los habían sacado de sus casas y hasta del lecho de dolor, y allí se
hallaban en sus sillas plegables en las tres gradas superpuestas a ambos lados
de la curia hostilia, como una apretada bandada de gallinas blancas dormitando
en el palo, en la que sólo rompía la cegadora visión del blanco
el bordado rojo de las togas de los magistrados mayores. Los diez
tribunos de la plebe se encontraban sentados en su largo banco de madera a
nivel del suelo, a un lado de los únicos magistrados con derecho a estar
separados del cuerpo principal: dos ediles curules, seis pretores y dos
cónsules, acomodados en sus hermosas sillas de marfil labrado, realzadas sobre
un estrado al fondo de la nave, al lado opuesto de las enormes puertas de
bronce de la cámara.
En ese estrado se hallaba sentado Cayo Mario, junto y ligeramente detrás
del primer cónsul Casio; distanciamiento puramente espiritual. Mario parecía
tranquilo, contento y casi gatuno; escuchaba a Escauro sin inmutarse y sin
rencor. Lo había conseguido. Tenía el mandato y podía permitirse el ser
magnánimo.
—Esta cámara debe hacer cuanto esté en su mano para limitar el poder que
Cayo Mario acaba de conceder a los plebeyos. Porque los plebeyos deben seguir
siendo lo que siempre han sido, un conjunto de bocas hambrientas al que
nosotros, que somos más privilegiados, debemos cuidar, alimentar y tolerar, sin
pedirles a cambio ningún servicio. Puesto que no trabaja para nosOtros y es
inútil, y no es más que un simple dependiente, la esposa de Roma que no
trabaja, sin poder y sin voto, nada puede pedirnos que no queramos darle,
porque nada hace: simplemente existe.
"Pero, gracias a Cayo Mario, ahora nos encontramos con todos los
problémas y extravagancias de lo que debo calificar de ejército de soldados
profesionales, hombres que no tienen otra fuente de ingresos ni otra forma de
ganarse la vida, hombres que querrán estar en el ejército de una campaña a
otra, hombres que costarán al Senado grandes sumas. Hombres que, además, padres
conscriptos, pretenderán tener voz en los asuntos de Roma, pues hacen un
servicio por Roma, trabajan para Roma. Habéis oído al pueblo. Nosotros, el
Senado, que administramos el tesoro y distribuimos los fondos públicos de Roma,
tenemos que rascar las arcas de Roma y acopiar el dinero para equipar al
ejército de Cayo Mario con armas, armaduras y todos los pertrechos militares.
Igualmente el pueblo nos encomienda pagar a esos soldados periódicamente en
lugar de al final de la campaña, cuando
se dispone del botín para sufragar el desembolso. El coste de los
ejércitos de hombres insolventes quebrará las espaldas del Estado, qué duda
cabe.
—¡Tonterías, Marco Emilio! —le interpeló Mario—. ¡Hay tanto dinero en el
tesoro de Roma que el Estado no sabe qué hacer con él, porque, padres
conscriptos, nunca lo gastáis! ¡No hacéis más que atesorarlo!
Se oyeron murmullos y los rostros comenzaron a demudarse, pero Escauro
alzó el brazo imponiendo silencio.
—Sí, el tesoro de Roma es cuantioso —dijo—, que es como debe ser un
tesoro. Pese al coste de las obras públicas que realicé mientras fui censor, el
tesoro sigue siendo cuantioso. Pero ha habido tiempos en que ha sido muy
exiguo. Las tres guerras que sostuvimos contra Cartago nos dejaron al borde del
desastre económico. Entonces yo os pregunto: ¿qué hay de malo en procurar que
eso no vuelva a suceder? Mientras el tesoro sea cuantioso, Roma tendrá
prosperidad.
—Roma será más próspera si los proletarios tienen dinero en la bolsa
para gastarlo —replicó Mario.
—¡Eso no es cierto, Cayo Mario! —exclamó Escauro—. Los proletarios
malgastarán su dinero, desaparecerá de la circulación y no producirá.
Tras su réplica, Escauro se apartó de su escaño en la primera fila de la
grada y se acercó a las grandes puertas de bronce, donde toda la cámara podía
verle y oírle.
—Yo os digo, padres conscriptos, que debemos oponernos por todos los
medios a que en el futuro un cónsul se sirva de la lex Manlia para reclutar
tropas entre los proletarios. ¡El pueblo nos ha encomendado específicamente que
paguemos el ejército de Cayo Mario, pero nada en la ley que ha sido registrada
dice que tengamos que pagar el equipamiento de ningún futuro ejército de
pobres! Y eso es lo que debemos hacer: que en el futuro un cónsul electo coja
todos los pobres que quiera para formar sus legiones, pero cuando se dirija a
nosotros, custodios del dinero de Roma, para recabar fondos para el pago y los
equipos, nosotros se los neguemos.
"El Estado no puede permitirse enviar en campaña un ejército de
pobres. Así de simple. Los proletarios son irreflexivos, irresponsables y no
tienen respeto por la propiedad y los pertrechos. ¿Acaso un hombre al que
se le entrega gratuitamente la cota de malla, a costa del Estado, va a
cuidarla? ¡No! ¡Claro que no! ¡La dejará tirada, expuesta a la salinidad o a la
lluvia, y se oxidará; la colgará de una estaca en un campamento y se olvidará
de recogerla; la dejará a los pies de la cama de una prostituta extranjera y
luego se lamentará de que ésta se la haya robado para dársela a su amigo!
¡Nuestros soldados de siempre son propietarios, tienen casas a las que
regresar, dinero invertido, algo sólido y tangible cuyo valor conocen! Mientras
que los veteranos pobres constituirán un peligro, porque ¿cuántos de ellos
ahorrarán parte del dinero que les abone el Estado? ¿Cuántos depositarán su
parte del botín? No, llegarán al final de sus años de servicio sin casa a donde
ir, sin recursos para vivir. Ah, si, os oigo decir, ¿y qué hay de extraño en
eso en su caso, si ellos siempre han vivido al día? Pero, padres conscriptos,
esos militares pobres se acostumbrarán a que el Estado los alimente, los vista,
les dé cobijo. Y cuando al retirarse les falte todo, refunfuñarán igual que
esas esposas acostumbradas a gruñir cuando no hay dinero. ¿Es que se nos va a
pedir que demos una pensión a esos veteranos pobres?
"¡No debemos consentir que eso suceda! ¡Lo repito, colegas miembros
de este Senado del que soy portavoz, nuestra táctica en el futuro debe ir
encaminada a arrancar los dientes a esos insensatos que reclutan tropas entre
los proletarios, negándonos tesoneramente a contribuir con un solo sestercio al
coste de nuestros ejércitos!
Cayo Mario se puso en pie para replicar.
—¡Actitud más ridícula y de cortas miras sería difícil de ver hasta en
el harén de un sátrapa parto, Marco Emilio! ¿Por qué no queréis entenderlo? Si
Roma quiere seguir siendo lo que es en este momento, ¡Roma debe invertir en
todo su pueblo, incluidas las gentes que no tienen derecho a voto en los
comicios centuriados! Nos estamos quedando sin pequeños propietarios y
comerciantes enviándolos a la guerra, sobre todo cuando los ponemos bajo el
mando de incompetentes como Carbo y Silano... Ah, ¿estáis ahí, Marco Junio
Silano? ¡Perdonad!
"¿Qué hay de malo en procurarnos los servicios de un amplio
contingente de nuestra sociedad que hasta el momento le ha sido tan inútil a
Roma como las ubres a un toro? ¡Si la única objeción real que se aduce
es que habremos de ser algo más dadivosos con las apolilladas reservas del
tesoro, es que somos tan necios como cortos de vista! Vos, Marco Emilio, estáis
convencido de que los proletarios resultarán ser unos soldados desastrosos.
¡Pues bien, yo creo que serán estupendos soldados! ¿Y vamos a seguir
quejándonos de tener que pagarlos? ¿Vamos a negarles una recompensa como retiro
al final de su servicio activo? ¿Es eso lo que queréis, Marco Emilio?
"Pues a mí me gustaría ver que el Estado entrega parte de sus
tierras públicas para que un soldado proletario, cuando se retire, tenga
derecho a una pequeña parcela para cultivarla o venderla. Una especie de
pensión. Y una aportación de sangre nueva más que necesaria en las filas más
que diezmadas de los pequeños propietaríos rurales. ¿Cómo no va ser eso bueno
para Roma? Caballeros, caballeros, ¿cómo es posible que no veáis que Roma sólo
obtendrá mayor riqueza si está dispuesta a compartir su prosperidad con la
morralla de su mar además de con las ballenas?
Pero la cámara se puso en pie en medio de un tumulto y el primer cónsul,
Casio Longino, decidió que lo mejor era la prudencia; declaró cerrada la sesión
y despidió a los padres conscriptos.
Mario y Sila se dispusieron a encontrar 20480 soldados de infantería,
5120 hombres libres no combatientes, 4000 esclavos no combatientes, 8000
soldados de caballería y 8000 hombres para tropas auxiliares.
—Yo me encargo de Roma y tú del Lacio —dijo Mario en un susurro—. Dudo
mucho de que tengamos que recorrer toda Italia. ¡Vamos a conseguirlo, Lucio
Cornelio! Por mucho que qúieran impedírnoslo, vamos a conseguirlo. He encargado
a nuestro suegro Cayo Julio que se ocupe de los fabricantes y mayoristas de
armaduras, y he enviado gente a Africa a que traigan a sus hijos para que nos
ayuden. No veo que Sexto y Cayo hijo tengan madera de jefes, pero son
excelentes subordinados, trabajadores, inteligentes y leales.
Se dirigieron al despacho en el que les esperaban dos hombres. Uno de
ellos era un senador de unos treinta y tantos años y el otro un joven que a lo
sumo tendría dieciocho.
Mario se los presentó a su cuestor.
—Lucio Cornelio, te presento a Aulo Manlio, a quien le he pedido que sea
uno de mis legados mayores —dijo señalando al senador. Uno de los Manlios
patricios, pensó Sila. Mario tenía amigos y clientes de toda clase
—. Y este joven es Quinto Sertorio, hijo de una prima mía, Maria de
Nersia, a quien siempre he llamado Ría. Voy a asignarlo a mi guardia personal.
Un sabino, pensó Sila. Había oído decir que eran inestimables en el
ejército, un poco heterodoxos, pero de valentía sin par y de espíritu
indomable.
—Bien, vamos a ponernos a trabajar —dijo el hombre de acción, el hombre
que había estado esperando más de veinte años para poner en práctica sus ideas
renovadoras de lo que debía ser el ejército romano—. Nos repartiremos las
tareas. Aulo Manlio, tú te encargas de los caballos, los carros, los
pertrechos, las tropas auxiliares y la intendencia, desde el aprovisionamiento
hasta la artillería. Mis cuñados, los dos hijos de Julio César, no tardarán en
llegar y te ayudarán. Quiero que lo tengas todo listo para zarpar hacia Africa
a finales de marzo. Puedes recurrir a la ayuda que consideres necesaria, pero
yo te sugeriría que empezases juntando las tropas auxiliares y que conforme
progresa el reclutamiento vayan ayudando los mejores. Así ahorrarás dinero y
ellos van adquiriendo experiencia.
El tal Sertorio miraba a Sila, al parecer fascinado, mientras que éste
le miraba a él más fascinado que a Mario, al que ya se había acostumbrado. No
es que Sertorio fuese sensualmente atractivo, pero irradiaba una potencia poco
común en alguien tan joven. Fisicamente prometía ser inmensamente fuerte cuando
alcanzase la madurez, y quizá fuese eso lo que contribuía a impresionar tanto a
Sila, ya que, aunque era de buena estatura, su desarrollo muscular era tal, que
daba la impresión de ser más bajo; tenía una cabeza cuadrada de cuello grueso y
unos ojos llamativos, marrón claro, hundidos y de mirar decidido.
—Mi idea es zarpar a finales de abril con el primer contingente de
tropas —prosiguió Mario, mirando a Sila—. Tú te encargarás de seguir
organizando las legiones que falten, Lucio Cornelio, y de encontrarme una
buena caballería. Me gustaría que lo pudieras tener todo organizado a
finales de julio. Y a ti, Sertorio —añadió, volviéndose hacia el joven—, te
mantendré en danza, no te preocupes. No puedo consentir que se diga que tengo a
mis parientes sin hacer nada.
—Me gusta la danza, Cayo Mario —respondió el joven sonríendo y hablando
pausadamente, como pensándoselo.
El proletariado se apresuró a alistarse masivamente. Nunca se había
visto una cosa así en Roma, ni nadie del Senado esperaba tal respuesta por
parte de un sector social en el que nunca se había molestado en pensar, salvo
en épocas de escasez de trigo en las que era prudente abastecerle con grano
barato para evitar peligrosos desórdenes.
En pocos días el número de voluntarios alistados con categoría de
ciudadano romano alcanzó los 20480 previstos, pero Mario no interrumpió el
enganche.
—Si hay más, los alistaremos —dijo a Sila—. Metelo tiene seis legiones;
no sé por qué no iba yo a tener igual número. ¡Sobre todo cuando el Senado paga
los gastos! Es algo que no volverá a repetirse, si damos crédito a Escauro, y
mi instinto me dice que Roma necesitará esas dos legiones más. En cualquier
caso, este año no conseguiremos organizar una campaña como es debido, así que
lo mejor es centrarse en la instrucción y en los pertrechos. Lo positivo es que
esas seis legiones estarán formadas por ciudadanos romanos y no auxiliares
itálicos, lo cual significa que en años sucesivos seguiremos disponiendo de
proletarii itálicos para enganchar y numerosos proletarios del censo de Roma.
Todo salió según lo previsto; cosa que no era de extrañar estando Mario
al mando, como pudo comprobar Sila. A finales de marzo, Aulo Manlio navegaba de
Neápolis a Utica, con caballos, ballestas, catapultas, provisiones y las mil
cosas necesarias en un ejército. Nada más desembarcar en Utica, los barcos de
transporte regresaron a Neápolis y recogieron a Cayo Mario, que zarpó con sólo
dos de las seis legiones. Sila permaneció en Italia para terminar de pertrechar
y organizar las otras cuatro
y reunir la caballería. Finalmente fue a las regiones de la Galia
itálica, al norte del Po, en donde reclutó magníficos jinetes de origen celta.
Hubo otros cambios en el ejército de Mario aparte de la tropa básica,
pues, al ser soldados sin tradición militar, ignoraban completamente en qué
consistía y no mostraron oposición ni rechazo. Durante muchos años, la antigua
unidad táctica denominada manípulo había quedado demasiado reducida para
contener a los ejércitos abigarrados e indisciplinados con que tenían que
combatir muchas veces las legiones; la cohorte, tres veces mayor que el
manípulo, la había ido sustituyendo en la práctica, pero nadie había
reestructurado las legiones en cohortes en lugar de manípulos, ni cambiado la
jerarquía de los centuriones para ajustarla al mando por cohortes. Y eso fue lo
que hizo Mario la primavera y el verano de su primer año de consulado. A partir
de entonces, salvo como unidad de adorno en los desfiles, el manípulo dejó de
existir oficialmente y quedó sustituido por la cohorte.
Pero había inconvenientes imprevistos en la organización de un ejército
de proletarios. Los antiguos soldados de Roma sabían leer y contar y no
presentaban inconveniente en cuanto a reconocer banderas, cifras, letras y
símbolos, mientras que los que formaban el ejército de Mario eran en su mayoría
analfabetos que apenas sabían de números. Sila instauró un programa formando
agrupaciones de ocho hombres que ocupasen la misma tienda y entre los que
hubiese uno por lo menos capaz de leer y escribir, a quien se le concedió
antigüedad respecto a sus camaradas a cambio de enseñarles a interpretar los
números, las letras, los símbolos y los estandartes, así como a leer y
escribir, en la medida de lo posible. Pero el programa avanzaba despacio y la
alfabetización tendría que posponerse hasta que las lluvias invernales
impidieran las operaciones.
El propio Mario inventó un nuevo punto de reunión sencillo y muy emotivo
para sus legiones, asegurándose de que se aleccionaba a toda la tropa con temor
y reverencia al respecto. Dio a todas las legiones una preciosa águila de plata
con las alas abiertas montada en un mástil plateado; el águila la portaría el
aquilifer o soldado considerado el más fuerte de su legión, revestido de una
piel de león y una armadura de plata. El águila,
decía Mario, era el símbolo de Roma para las legiones y todos los
soldados estaban obligados al atroz juramento de estar dispuestos a morir antes
que consentir que el águila cayese en manos del enemigo.
Mario sabía perfectamente lo que hacía. Habiendo pasado media vida en el
ejército, y siendo la clase de hombre que era, tenía firmes opiniones y sabía
mucho más sobre la tropa que ningún aristócrata. Sus orígenes rurales le
capacitaban para la observación y su inteligencia superior le facultaba
perfectamente para deducir ideas a partir de tales observaciones. Por haberse
visto detenido en su carrera personal y haber sido su innegable valía utilizada
para el medro de sus superiores, Cayo Mario llevaba esperando muchos años antes
de conseguir el consulado, y se los había pasado pensando.
La reacción de Quinto Cecilio Metelo ante el gran revuelo que Mario
había provocado en Roma sorprendió hasta a su propio hijo, dado que a Metelo
siempre se le había considerado una clase de hombre racional y con dominio de
sí mismo. Pero cuando le llegó la noticia de que se quedaba sin mando en Africa
y tenía que cedérselo a Mario, se volvió loco y se puso a llorar y a chillar,
mesándose los cabellos y golpeándose el pecho, y, en vez de hacerlo en su
despacho, dio el espectáculo en plena plaza del mercado de Utica, para asombro
de la población púnica. Aun después del primer amago de indignación, una vez
abandonada la residencia oficial, la simple mención del nombre de Mario bastaba
para desencadenar otro ataque de ruidoso llanto, sazonado con ininteligibles
alusiones a Numancia, a un determinado trío y a unos cerdos.
Pero la carta que recibió de Lucio Casio Longino, primer cónsul electo,
consiguió animarle bastante, y durante unos días estuvo dedicado a organizar la
desmovilización de sus seis legiones, tras obtener de ellas el acuerdo para que
se realistasen con Lucio Casio nada más llegar a Italia. Pues, como le decía
Casio en la carta, estaba decidido a conseguir resultados mucho mejores en la
Galia Transalpina contra los germanos y sus aliados los volcos tectosagos que
el arribista Mario en Africa, al carecer éste de tropas.
Ignorante de la solución de Mario al problema (no la conocería hasta
regresar a Roma), Metelo salió de Utica a finales de marzo con sus seis
legiones para dirigirse al puerto de Hadrumetum, a unas cien millas al sur de
Utica, donde aguardó mohíno hasta que le llegó la noticia de que había
desembarcado Mario para asumir el mando de la provincia. En Utica había dejado
a Rutilio Rufo para recibirle.
Así, al desembarcar Mario, fue Rutilio quien le esperaba en el muelle y
quien formalmente mandaba en la provincia.
—¿Dónde está el Meneítos? —inquirió Mario de camino hacia el palacio del
gobernador.
—Sumido en una tremenda depresión en Hadrumetum con sus legiones
—contestó Rutilio con un suspiro—. Ha hecho juramento ante Júpiter Stator de no
verte ni hablarte.
—Qué estúpido... —dijo Mario, sonriendo—. ¿Has recibido mis cartas
hablando de los capíte censii y las nuevas legiones?
—Claro. Y me duelen los tímpanos de tanto oír los elogios que hace de ti
ese Aulo Manlio desde que ha llegado. Es una magnífica estructura, Cayo Mario.
—Pero cuando le miró, Rutilio no sonreía—. Te harán pagar esa audacia, amigo.
¡Ya lo creo que te la harán pagar!
—Sabes que no. ¡Los tengo bien a raya y juro por los dioses que los
mantendré así hasta que muera! Voy a triturar ese Senado, Publio Rutilio.
—No podrás. Al final será el Senado quien te triture a ti.
—¡Jamás!
Y Publio Rutilio no pudo sacarle de ahí.
Utica presentaba una imagen inmejorable; acababan de enjalbegar las
casas después de las lluvias de invierno y tenía el aspecto de una ciudad
limpia y reluciente de construcciones de cierta altura, árboles en flor, cálida
atmósfera y gentes ataviadas con vivos Colores. En sus placitas abundaban los
quioscos y tabernas y en su centro crecían árboles que daban sombra. Adoquines
y losas aparecían limpios. Al igual que la mayor parte de las ciudades romanas,
griegas de Asia Menor y púnicas, contaba con una buena red de pozos y cloacas,
buenos baños públicos y un buen abastecimiento de
aguas traídas por un acueducto desde las colinas que la rodeaban, azules
en la distancia.
—Publio Rutilio, ¿qué vas a hacer? —inquirió Mario al entrar en el
despacho del gobernador, en donde tomaron asiento, risueños al ver a los ex
servidores de Metelo hacer reverencias al nuevo comandante—. ¿Quieres seguir
aquí como legado mío? No he querido ofrecer el cargo máximo a Aulo Manlio.
—No, Cayo Mario —contestó Rutilio, moviendo enfático la cabeza—. Regreso
a Italia. Como el Meneítos se marcha, mi plazo cumple y ya estoy harto de
Africa. Te lo diré sinceramente: no me apetece ver al pobre Yugurta cargado de
cadenas, que es como acabará ahora que tienes tú el mando. No, yo me marcho a
Roma a tomarme un descanso, escribir lo que pueda y ver a los amigos.
—¿Y si un día no muy lejano te pido que te presentes al consulado como
colega mio?
—Pero ¿qué estás urdiendo? —replicó Rutilio, sorprendido, mirándole de
hito en hito.
—Me lo han vaticinado, Publio Rutilio: seré cónsul de Roma nada menos
que siete veces.
Otro se habría echado a reír o sencillamente habría desechado con desdén
semejante afirmación, pero no Publio Rutilio Rufo. Conocía bien a Mario.
—Gran destino. Te pone por encima de tus iguales, y yo soy demasiado
romano para aprobarlo. Pero si ésa es tu suerte, nada podemos hacer ni tú ni
yo. ¿Si me gustaría ser cónsul? ¡Claro que sí! Considero un deber ennoblecer a
mi familia. Pero resérvalo para un año en que me necesites, Cayo Mario.
—Así lo haré —respondió satisfecho Mario.
Cuando la noticia del nombramiento de Mario como comandante en jefe de
la guerra llegó a oídos de los dos reyes africanos, Boco se atemorizó y se
apresuró a regresar a Mauritania, abandonando a Yugurta frente al cónsul. A
Yugurta no le intimidó la deserción de su suegro ni el nuevo cargo de
Mario; se dedicó a reclutar gétulos y a esperar acontecimientos, dejando
al romano la iniciativa.
A finales de junio estaban ya en la provincia africana cuatro de las
seis legiones, y Mario, satisfecho con sus progresos, las condujo a Numidia, en
donde se dedicó al saqueo de poblaciones, pillaje de granjas y escaramuzas sin
trascendencia para darles el bautismo de sangre e ir forjando tenazmente su
pequeño ejército. Pero cuando Yugurta vio la potencia de la tropa romana y
advirtió las implicaciones de su composición mediante proletarios, decidió
arriesgarse a plantear batalla para recuperar Cirta.
Pero Mario acudió en auxilio de la guarnición antes de que cayese y al
númida no le quedó más remedio que hacerle frente, con lo cual los nuevos
soldados tuvieron ocasión de acallar las críticas que había suscitado en Roma
su reclutamiento. Después del combate, Mario, alborozado, pudo escribir al
Senado que sus tropas formadas por pobres se habían comportado admirablemente,
luchando tan valiente y animosamente como las primeras, aunque no tuviesen
intereses y propiedades en la capital. De hecho, su ejército de proletarios
combatió con tal ardor contra Yugurta, que éste tuvo que abandonar escudo y
lanza para que no le capturasen.
Sabido el resultado del enfrentamiento por el rey Boco, éste envió
mensajeros a Mario solicitando volver a ser cliente de Roma; como Mario no le
respondiese, volvió a enviarlos. Finalmente, Mario accedió a recibir a una
delegación, la cual se apresuró a regresar a Mauritania para comunicar a su rey
que el romano no quería ninguna clase de tratos con él. Por lo tanto, a Boco no
le quedó más remedio que morderse las uñas, reconcomiéndose por haber accedido
a los halagos de su yerno.
El propio Mario estaba lo bastante ocupado pacificando progresivamente
el terreno que arrebatara a Yugurta con el propósito fundamental de impedirle
obtener reclutas y aprovisionamientos en los fértiles valles y ricas zonas
costeras de su reino, y al mismo tiempo cerrarle las posibilidades de ingresos
monetarios. Sólo entre los gétulos y garamantes, tribus bereberes del interior,
podía Yugurta encontrar apoyo y soldados sin temor a que el armamento y los
tesoros cayeran en manos de los romanos.
Julilla dio a luz una sietemesina debilucha en junio, y a finales de
julio su hermana Julia traía al mundo, al término normal del embarazo, un
hermoso niño sano, un hermanito para el pequeño Mario. Sin embargo, fue el
débil retoño de Julilla el que sobrevivió, y el robusto niño de Julia murió en
los días en que las fétidas miasmas de agosto rodearon con sus malignos
tentáculos las colinas de Roma, causando una epidemia de fiebres tifoideas.
—No digo que esté mal una niña —dijo Sila a su esposa—, pero antes de
que regrese a Africa volveré a dejarte embarazada, y esta vez tendrás un niño.
Insatisfecha por haberle dado a Sila una niña llorona y debilucha,
Julilla se dedicó a engendrar un niño con gran entusiasmo. Curiosamente, había
superado el parto de su niña sietemesina mucho mejor que su hermana Julia, aun
estando delgada y enfermiza y a pesar de su constante nerviosismo. Mientras que
Julia, mejor formada fisicamente y más preparada emocionalmente para los
avatares del matrimonio y la maternidad, tuvo un segundo parto muy penoso.
—Al menos tenemos una niña para casarla con quien nos convenga cuando
llegue el caso —comentó Julilla aquel otoño a su hermana, tras la muerte de su
segundo hijo, y a sabiendas de que estaba de nuevo embarazada—. Espero que el
que venga sea niño —añadió, apresurándose a coger el pañuelo para sonarse
ruidosamente.
Aún no recuperada de su desconsuelo, Julia mostraba menos paciencia y
simpatía con su hermana que antaño, y por fin entendía por qué su madre,
Marcia, había comentado entristecida que Julilla no tenía enmienda.
Curioso, pensaba, que pueda una criarse con una persona y no llegar
nunca a entenderla del todo. Julilla envejecía a toda marcha, no fisicamente o
siquiera mentalmente, sino más bien en virtud de un proceso espiritual muy
destructivo. La desnutrición había causado un raro estrago en ella,
incapacitándola para llevar una vida feliz. O quizá la nueva Julilla siempre
había existido por debajo de las risitas, simplezas y encantadores detalles de
chiquilla que hacían las delicias del resto de la familia.
Había que creer que la enfermedad era la causa de aquel cambio, se decía
Julia, apenada; hay que creer en esa causa externa, porque si no habría que
admitir que era congénita.
Julilla únicamente sería siempre bonita, con su mágica tez color miel y
ámbar, su gracia de movimientos y su perfecto rostro. Pero aquellos días se la
veía con ojeras y dos pliegues que ya surcaban su rostro entre las mejillas y
la nariz, con las comisuras de los labios caídos. Sí, tenía aspecto cansado,
insatisfecho, nervioso. En sus palabras trascendía un leve deje quejumbroso y
seguía lanzando aquellos exagerados suspiros, un hábito inconsciente pero
enormemente irritante. Igual que su manía de sonarse.
—¿Tienes algo de vino? —dijo Julilla de pronto.
Julia se quedó perpleja, algo escandalizada por un lado y al mismo
tiempo molesta por reaccionar de forma tan gazmoña, pues al fin y al cabo ya
había muchas mujeres que bebían vino y ello había dejado de considerarse un
signo de decadencia moral, salvo en círculos que a ella misma le parecían
terriblemente intolerantes y pacatos. Pero si una hermana, de apenas veinte
años y criada en el hogar de Cayo Julio César, pide vino a media mañana sin
haber comido nada y no habiendo ningún hombre a la vista... ¡era preocupante!
—Claro que tengo vino —contestó.
—Me encantaría tomar una copa —dijo Julilla, que se había estado
reprimiendo, porque sabía que su hermana podía hacer algún comentario y no era
agradable hacerse reprender por una hermana mayor, más virtuosa y de mejor
posición. Pero al final no había podido aguantarse, tanto más cuanto que ya
habían agotado la conversación.
Aquellos días se veía incapaz de aguantar a su familia, no le interesaba
nada; le aburría. Y sobre todo la admirada Julia, esposa del cónsul, que con
gran rapidez se estaba convirtiendo en una de las matronas jóvenes más
apreciadas de Roma. Nunca daba un mal paso, Julia. Feliz con su destino,
enamorada de su horroroso Mario, esposa modelo, madre ejemplar. Qué aburrido.
—¿Sueles beber vino por las mañanas? —inquirió su hermana sin particular
énfasis.
Un encogimiento de hombros, un revoloteo de manos, con una mirada
furiosa por el comentario, pero al mismo tiempo sin tomarlo en serio.
—Bueno, Sila lo hace, y le gusta que le acompañen.
—¿Sila? ¿Le llamas por el sobrenombre?
—¡Oh, Julia, qué anticuada eres! —replicó Julilla, echándose a reír—.
¡Claro que le llamo por el sobrenombre! ¡No vivimos en el Senado! Hoy día, en
nuestros círculos, todo el mundo emplea el sobrenombre; es de buen gusto.
Además, a Sila le gusta que le llame así; dicé que le hace muy mayor que le
llamen Lucio Cornelio.
—Pues entonces es que soy anticuada —replicó Julia, esforzándose por no
sonar irónica. Una sonrisa iluminó su rostro, y quizá fuese la luz, pero
parecía mucho más joven que su hermana y más hermosa—. Claro que es explicable,
porque Cayo Mario no tiene sobrenombre.
Trajeron el vino y Julilla sirvió una copa, haciendo caso omiso de la
jarra de alabastro con agua.
—Siempre he pensado en eso —dijo, dando un buen trago—. Pero seguro que
cuando derrote a Yugurta es de suponer que adopte un buen sobrenombre. Aunque
creo que ese estirado y desabrido Metelo hará que el Senado le deje celebrar un
triunfo y asumir el cognomen de Numídico. ¡El sobrenombre de Numídico habrían
debido reservarlo para Cayo Mario!
—Metelo el Numídico —añadió Julia, puntillosa con la realidad— ha
merecido ese triunfo, Julilla, porque ha matado a muchos númidas y ha traído un
buen botín. Y si quería llamarse el Numídico y el Senado le ha autorizado, pues
ya está. Además, Cayo Mario siempre ha dicho que a él le basta con el simple
apellido latino de su padre. Sólo hay un Cayo Mario, mientras que hay docenas
de Cecilios Metelos. Ya verás como mi esposo no necesita diferenciarse de la
multitud por algo tan artificial como un cognomen. Mi Mario será el primer
hombre de Roma, y eso gracias a su capacidad sin igual.
¡Qué fastidio oír a Julia alabando los méritos de Cayo Mario! Los
sentimientos de Julilla respecto a su cuñado eran una mezcla de gratitud
natural por su generosidad y de disgusto, producto de la influencia de sus
nuevas amistades, que le despreciaban por arribista, y en consecuencia
despreciaban a su esposa. Julilla volvió a llenar su copa y cambió de tema.
—Es bueno este vino, hermana. Aunque, claro, Mario se lo puede permitir
—dijo dando otro sorbo más breve que los de la primera copa—. ¿Estás enamorada
de Mario? —inquirió, percatándose de pronto de que realmente no lo sabía.
Julia se ruborizó y, molesta por ello, contestó en un tono a la
defensiva. —¡Claro que estoy enamorada! Y, además, le echo muchísimo de menos.
Supongo que no hay nada de malo en ello, incluso entre los círculos
que tú frecuentas. ¿No amas tú a Lucio Cornelio?
—¡Sí! —exclamó Julilla, a su vez a la defensiva—. Pero yo no le echo de
menos ahora que está lejos, tenlo por seguro. Porque si está fuera dos o tres
años no volveré a estar embarazada en cuanto nazca éste —añadió, sonándose—. Mi
concepto de la felicidad no es ir por ahí con un talento más de peso. A mí me
gusta flotar como una pluma y detesto sentirme pesada. En todo el tiempo que
llevo casada no he hecho más que estar embarazada o a punto de quedarme. ¡Uf!
—Tu obligación es estar embarazada —añadió Julia, muy tranquila. —¿Y por
qué las mujeres no podemos aspirar a un trabajo? —replicó
Julilla, ya con los ojos húmedos.
—¡Bah, no seas absurda! —replicó Julia tajante.
—Pues es horroroso estar obligada a vivir esta vida —añadió finalmente
Julilla, sublevada bajo los efectos del vino, que comenzaba a animarla. Hizo un
esfuerzo y sonrió—. ¡No discutamos, Julia! Ya es bastante lamentable que
nuestra madre no sea capaz de tener la cortesía de dirigirme la palabra.
Y era cierto, se dijo Julia. Marcia no había perdonado a su hija menor
el comportamiento para con Sila, aunque el motivo era realmente un misterio. La
frialdad del padre había durado sólo unos días, después de lo cual volvió a
tratar a Julilla con todo el cariño y la alegría motivados por el inicio de su
recuperación física; pero la frialdad de la madre continuaba. ¡Pobre Julilla!
¿Sería verdad que a Sila le gustaba que le acompañase bebiendo vino por la
mañana, o era una excusa? ¡Mira que llamarle Sila! Qué poco respeto.
Sila llegó a Africa al final de la primera semana de septiembre con las
dos últimas legiones y ocho mil magníficos jinetes celtas de la Galia itálica,
y se halló con un Mario febrilmente dedicado a preparar una importante
expedición a Numidia, que le recibió alborozado y le puso inmediatamente manos
a la obra.
—He obligado a Yugurta a huir —dijo Mario, eufórico—, a pesar de no
tener el ejército completo. Ahora que has llegado tú, vamos a atacar a fondo,
Lucio Cornelio.
Sila le entregó las cartas de Julia y de Cayo Julio César, y a
continuación se armó de valor y le dio el pésame por la muerte de su segundo
hijo.
—Te ruego que aceptes mis sentimientos por el fallecimiento de tu
pequeño Marco Mario —dijo con torpeza, sabedor de que su propia hijita, la
enclenque Cornelia Sila, seguía con vida.
Una sombra cruzó el rostro de Mario, pero sólo duró un instante.
—Gracias, Lucio Cornelio. Tiempo habrá para hacer más hijos; además,
tengo al pequeño Mario. ¿Estaban bien la madre y el hijo cuando los
dejaste?
—Muy bien. Y los Julios César también.
—¡Estupendo! —exclamó Mario, olvidando inmediatamente los asuntos
familiares, dejando las cartas en una mesita y llegándose al escritorio, en el
que tenía desplegado un mapa de piel de ternera tratada con un proceso
especial—. Llegas justo a tiempo para hacerte una idea directa de Numidia.
Dentro de una semana salimos para Capsa. —Los despiertos ojos castaño
escrutaron el rostro de Sila, pelado por el sol—. Lucio Cornelio, te aconsejo
que busques en los mercados de Utica un sombrero bien fuerte con ala lo más
ancha posible. Ya sé que has estado por toda Italia este verano, pero el sol de
Numidia es mucho más intenso y aquí uno se abrasa como yesca.
Era cierto; la blanca e impoluta tez de Sila, hasta entonces indemne por
una vida fundamentalmente sedentaria, acusaba los avatares al aire libre de
aquellos meses de viaje por Italia, entrenando tropas y aprendiendo él mismo lo
más posible. Su orgullo no le había permitido permanecer a la sombra mientras
los demás sufrían el sol, y por orgullo se había impuesto
llevar el casco ático, símbolo de su alcurnia, que no le protegía
convenientemente. Ya había pasado lo peor, pero tenía muy poco pigmento cutáneo
para que estuviera atezado, y las zonas ya curtidas y en curso de curación eran
tan blancas como siempre; sus brazos habían salido mejor librados que la cara,
y era muy posible que pasado un tiempo brazos y piernas pudiesen aguantar la
insolación, pero jamás su rostro.
Algo debió de imaginar Mario mientras observaba la reacción de Sila a su
consejo de procurarse un sombrero, porque tomó asiento y señaló la bandeja con
el vino.
—Lucio Cornelio, desde que entré en las legiones, a los diecisiete años,
siempre he causado irrisión por una cosa u otra. Al principio, por ser
escuálido y pequeño; luego, por ser demasiado grande y torpe. No hablaba
griego; era provinciano y no de Roma. Así que me hago cargo de lo humillado que
te sientes por tener una piel blanca tan delicada; pero para mi es más
importante, como comandante jefe, que tengas buena salud y te sientas
fisicamente cómodo y no que conserves lo que consideras tu imagen ante tus
iguales. ¡Búscate un sombrero! Y sujétatelo con un pañuelo de mujer, con cintas
o con un cordón oro y púrpura si lo encuentras. ¡Y riete tú de ellos! Hazlo
como algo excéntrico, y pronto observarás como nadie se fija. Te recomiendo
también que busques alguna crema o ungüento que reduzca la cantidad de sol que
absorbe la piel. Y si la más adecuada apesta a perfume, ¿qué más da?
—Tienes razón —dijo Sila con una sonrisa—. Es un excelente consejo.
Lo seguiré, Cayo Mario.
—Bien.
Se hizo el silencio y Sila notó que Mario estaba nervioso e inquieto,
pero no a causa de él, estaba seguro. Y de pronto el cuestor comprendió el
motivo. ¿No le había sucedido lo mismo a él? ¿No sucedía igual en Roma?
—Los germanos —dijo.
—Los germanos —repitió Mario, estirando el brazo para coger su taza de
vino con mucha agua—. ¿De dónde han venido y adónde se dirigen, Lucio Cornelio?
Sila tuvo un estremecimiento.
—Se dirigen a Roma, Cayo Mario. Eso es lo que todos presentimos. De
dónde vienen, no lo sabemos. Quizá sea cosa de Némesis. Lo único que sabemos es
que no tienen patria y se teme que quieran apoderarse de la nuestra.
—Serían tontos si no lo hicieran —añadió Mario, sombrío—. Esas
incursiones en la Galia son conatos, Lucio Cornelio. Están haciendo tiempo y
armándose de valor. Serán bárbaros, pero hasta el bárbaro más inculto sabe que
si quiere asentarse en el Mediterráneo tiene que habérselas con Roma. Los
germanos llegarán.
—Estoy de acuerdo. Pero no creas que somos los únicos en pensarlo; ésa
es la impresión que predomina actualmente en Roma. Una horrible preocupación,
un nefando temor a lo inevitable. Y no nos ayudan nada nuestras derrotas —dijo
Sila—. Todo se conjura en favor de los germanos. Hay gente, incluso del Senado,
que va por ahí hablando de nuestra perdición como si ya se hubiese consumado. Y
hay quien habla de los germanos como un castigo divino.
—Un castigo, no —replicó Mario—. Una prueba —añadió, dejando la copa y
cruzando las manos—. Dime qué sabes de Lucio Casio. Los escasos despachos
oficiales no dicen nada.
—Bien —comenzó Sila, con una mueca—, con las seis legiones que trajo
Metelo de Africa..., por cierto, ¿qué te parece lo de el Numidico?..., se
encaminó por la Via Domitia hacia Narbo, a donde por lo visto llegó a
principios de julio, después de una marcha de dos meses. Eran buenas tropas y
podía haber avanzado más rápido, pero nadie le reprocha que no haya abusado de
ellas alprincipio de lo que prometía ser una dura campaña. Gracias a la
decisión de Metelo el Numídico de no dejar un solo hombre en Africa, todas las
legiones de Casio estaban reforzadas por dos cohortes, lo que da una cifra
aproximada de cuarenta mil soldados de infantería, más una gran fuerza de
caballería que fue aumentando sobre la marcha con galos sometidos; unos tres
mil jinetes. Es un gran ejército.
—Eran buenos hombres —dijo Mario con un gruñido.
—Sí. Los ví cuando cruzaban el valle del Po camino del paso alpino del
monte Genava. Yo estaba reclutando la caballería y, aunque te cueste
creerlo, Cayo Mario, nunca había visto un ejército romano marchando en
formación, en filas cerradas, todos bien armados y equipados y con los furgones
de pertrechos. ¡Un espectáculo inolvidable! —añadió con un suspiro—. En fin...,
parece que los germanos han llegado a un acuerdo con los volcos tectosagos, que
dicen ser parientes suyos, y les han cedido tierras al nordeste de Tolosa.
—De acuerdo en que los galos son casi tan misteriosos como los germanos,
Lucio Cornelio —dijo Mario, inclinándose hacia adelante—, pero, según los
informes, galos y germanos no son de la misma raza. ¿Cómo pueden los volcos
tectosagos llamar parientes a los germanos? Al fin y al cabo, ellos ni siquiera
son galos de pelo largo; han vivido en los alrededores de Tolosa desde mucho
antes que Hispania fuese nuestra, hablan griego y comercian con nosotros. No lo
entiendo.
—Pues yo tampoco lo sé. Y parece que nadie —contestó Sila. —Perdona que
te haya interrumpido, Lucio Cornelio. Continúa. —Lucio Casio marchó desde la
costa hasta Narbo por la estupenda vía
construida por Cneo Domicio y dispuso su ejército en posición de combate
en una zona próxima a Tolosa. Los volcos tectosagos se habían aliado con los
germanos y se enfrentaba a una poderosa fuerza; pero Lucio Casio supo atraerlos
al combate en un terreno adecuado y los derrotó estrepitosamente. Como buenos
bárbaros, tras la derrota no permanecieron en las proximidades, sino que
germanos y galos huyeron de Tolosa y de nuestros ejércitos.
Hizo una pausa, con el entrecejo fruncido, dio un sorbo de vino y volvió
a dejar la copa.
—Me lo dijo Popilio Lenas en persona, que vino por mar desde Narbo poco
antes de zarpar yo.
—Pobre infeliz, será el chivo expiatorio del Senado —dijo Mario.
—Desde luego —asintió Sila, enarcando cauteloso las cejas.
—Los despachos dicen que Casio siguió a los bárbaros fugitívos — añadió
Mario.
—Sí, así es —contestó Sila, asintiendo con la cabeza—. Casio los vio
partir de Tolosa, huyendo por las dos oríllas del Garumna hacia el mar en
absoluto desorden, como era de esperar. Yo diría que él los despreció
como bárbaros patanes, porque no se preocupó de desplegar el ejército en
formación adecuada para perseguirlos.
—¿No puso las legiones en orden de marcha defensiva? —inquirió Mario
incrédulo.
—No. Quiso perseguirlos como si emprendiera una marcha normal, llevando
todos los pertrechos, incluido el botín de los carros abandonados por los
germanos. Como sabes, la calzada romana termina en Tolosa, y el avance por el
Garumna en territorio extraño fue lento; además, Casio se preocupó más que nada
de proteger la columna de pertrechos.
—¿Y por qué no los dejó en Tolosa?
—Por lo visto no confiaba en los pocos volcos que quedaban en Tolosa
—respondió Sila encogiéndose de hombros—. Bien, cuando había avanzado a lo
largo del Garumna hasta Burdigala, los germanos y los galos habían tenido al
menos quince días para recuperarse de la derrota. Se habían refugiado en
Burdigala, que por lo visto es mucho mayor que el oppidum galo habitual y muy
fortificada, y no digamos surtida de armas. Las tribus locales no querían un
ejército romano en sus tierras y se pusieron totalmente del lado de los
germanos y los galos, aportando más tropas y albergándolas en Burdigala. Luego
prepararon una ingeniosa emboscada a Lucio Casio.
—¡Necio! —exclamó Mario.
—Nuestro ejército había acampado al este cerca de Burdigala, y cuando
Casio decidió avanzar para atacar, dejó los pertrechos en el campamento,
protegidos por la fuerza de media legión aproximadamente. ¡No!, cinco cohortes.
¡Ya me aprenderé la terminología!
—Por supuesto, Lucio Cornelio —dijo Mario con una sonrisa—. Yo me
encargo. Sigue.
—Parece que Casio confiaba totalmente en no encontrar resistencia y dio
orden de marcha hacia Burdigala sin siquiera cerrar filas, avanzar en cuadro o
mandar avanzadillas. El ejército cayó en una trampa perfecta y los germanos y
los galos prácticamente lo aniquilaron. El propio Casio cayó en el campo de
batalla con su legado mayor. En total, Popilio Lenas calcula
que habrán perecido en Burdigala treinta y cinco mil soldados —concluyó
Sila.
—Tengo entendido que Popilio Lenas había quedado en el campamento
guardando los pertrechos —dijo Mario.
—Exacto. Él oyó el fragor de la batalla, naturalmente, porque estaba
contra el viento, que lo arrastraba algunas millas, pero la primera noticia que
tuvo del desastre fue cuando vio a un puñado de los nuestros huyendo hacia el
campamento para buscar refugio. Esperó y esperó, pero no llegaban más soldados.
Los que aparecieron fueron los germanos y los galos. Dice que eran miles y
miles, rodeando el campamento como una plaga de ratones. Todo el paisaje era
una masa viviente de bárbaros ebrios por el triunfo y fuera de si, esgrimiendo
cabezas de romanos en las lanzas y aullando cantos guerreros; gigantes con el
pelo erizado con barro seco y cayéndoles en grandes trenzas rubias sobre los
hombros. Una visión aterradora, me dijo Lenas.
—Que en el futuro veremos cada vez más, Lucio Cornelio —comentó Mario,
muy serio—. Continúa.
—Lenas podría haber resistido, claro, pero ¿con qué objeto? Lo más
razonable era salvar lo poco que quedaba del ejército para poder utilizarlo en
el futuro. Y es lo que hizo. Izó bandera blanca y salió él mismo del campamento
a entrevistarse con los jefes, con la lanza invertida y la vaina de la espada
vacía. Le perdonaron la vida a él y a los supervivientes, y para demostrarnos
que no eran tan codiciosos como creíamos ¡le dejaron llevar los pertrechos! Lo
único que nos quitaron fueron los tesoros que Casio había tomado de botín
—añadió con un hondo suspiro—. No obstante, hicieron pasar a todos bajo el yugo
y luego los escoltaron hasta Tolosa —y se aseguraron de que continuaban hasta
Narbo.
—Estos últimos años hemos pasado demasiadas veces bajo el yugo — dijo
Mario apretando los puños.
—Y ésa es la causa principal del furor popular en Roma contra Popilio
Lenas —dijo Sila—. Tendrá que responder de la acusación de traición, pero por
lo que contó no creo que comparezca ante el tribunal. Me parece que
recogerá todo lo que tenga de valor y emprenderá rápidamente un exilio
voluntario.
—Es lo lógico; al menos así paliará en algo su desgracia, porque si
espera a ser juzgado, el Estado se lo confiscará todo —dijo Mario, dando un
golpe en el mapa—. ¡Pero nosotros, Lucio Cornelio, no vamos a correr la suerte
de Lucio Casio! ¡Por las buenas o por las malas, vamos a restregar la cara de
Yugurta por el polvo y vamos a regresar a Italia a pedir un mandato para
combatir a los germanos!
—Bien, Cayo Mario, ¡brindo por eso! —exclamó Sila alzando su taza.
La expedición contra Capsa fue un éxito muy por encima de lo previsto,
pero, como todos admitieron, sólo gracias al mando sin par de Mario. Su legado
Aulo Manlio, en cuya caballería Mario no confiaba demasiado porque en sus filas
había númidas que se decían hombres de Roma y de Gauda, hizo creer a sus
fuerzas que se trataba de una expedición para buscar forraje, por lo que las
noticias que le llegaron a Yugurta resultaron muy engañosas.
Así, cuando Mario se presentó con sus legiones ante Capsa, el númida le
creía aún a cien millas de allí. Nadie había informado a Yugurta de que los
romanos habían almacenado agua y grano para cruzar las tierras áridas entre el
río Bagradas y Capsa. Cuando la inexpugnable fortaleza se vio rodeada por un
mar de cascos romanos, sus habitantes se rindieron sin presentar combate. Pero,
una vez más, Yugurta logró escapar.
Había llegado el momento de dar a Numidia y a los gétulos una lección,
pensó Mario. Y a pesar de que Capsa no había ofrecido resistencia, dio permiso
a los soldados para saquear, violar y quemar y para que todos los adultos,
hombres y mujeres, fueran pasados por las armas. Sus tesoros y las grandes
sumas de dinero de Yugurta fueron cargados en carros y Mario sacó
tranquilamente su ejército de Numidia, para pasar el invierno en Utica antes de
que comenzaran las lluvias.
Su ejército de proletarios se había ganado el descanso. Halló gran
placer en redactar para el Senado una elocuente carta (para que la leyese Cayo
Julio César) elogiando el espíritu, el valor y la moral de su ejército de
proletarios; y no pudo resistir la tentación de añadir que, visto el
desastroso mando de Lucio Casio Longino, su colega en el consulado, estaba
convencido de que Roma tendría más necesidad de ejércitos formados por el
capite censi.
Publio Rutilio Rufo le decía en su carta, a finales de año:
¡Si hubieras visto qué caras tan congestionadas! Tu suegro les leyó el
comunicado con potente voz e impresionantes tonos senatoriales, de modo que
hasta los que se tapaban los oídos no tuvieron mas remedio que escucharlo.
Metelo el Meneítos —también conocido actualmente por Metelo el Numídico— le
miraba con ojos asesinos. El ha perdido su ejército en el Garumna, y tú
alardeando de héroes harapientos bien vivitos... "¡No hay justicia!",
dijo después, tras lo cual yo me volví y le repliqué: "Desde luego, Quinto
Cecilio, porque si hubiera justicia no te llamarías el Numídico." No le
hizo mucha gracia, pero a Escauro le dio por reír, claro. Dirás lo que quieras
de Escauro, pero tiene un buen sentido del humor, por no hablar del sentido del
ridículo; eso, mas que nadie. Como no puede decirse lo mismo de sus amigotes, a
veces me pregunto si no los escogerá expresamente para reírse por lo bajo de
sus afectaciones.
Lo que asombra, Cayo Mario, es la intensidad de tu buena estrella. Ya sé
que a ti te traía sin cuidado, pero ahora puedo decirte que yo no pensaba que
tuvieras la menor posibilidad de que te prorrogasen el mandato en Africa otro
año. ¿Y qué sucede a continuación? Perece Lucio Casio con el mayor y más
experimentado ejército de Roma, dejando al Senado y a la facción que lo domina
sin argumentos para oponerse a tí. Tu tribuno de la plebe, Mancino, requirió a
la Asamblea de la plebe y obtuvo sin dificultad alguna un plebiscito para
prorrogar tu mandato en la provincia de Africa. El Senado no hizo objeción,
ante la evidencia, incluso para ellos mismos, de que van a necesitarte. Roma es
una ciudad muy inquieta últimamente. La amenaza de los germanos pende sobre nuestras
cabezas y muchos dicen que no hay hombre capaz de disipar esa amenaza. ¿Dónde
están los Escipiones Africanos, los Emilios Paulos, los Escipiones Emilianos?,
se preguntan. Pero tú tienes un grupo leal de devotos partidarios, Cayo
Mario, y desde la muerte de Casio cada vez dicen mas en voz alta que tú
eres el hombre que surgirá para contener la amenaza germana. Entre ellos se
cuenta el legado acusado de traición en Burdigala, Cayo Popilio Lenas.
Como eres un palurdo itálico inculto que no habla griego, voy a contarte
una historia.
Erase una vez un rey de Siria muy, muy malo, llamado Antioco. Pero no
era el primer rey del país que se llamaba Antioco y no era el Grande (su padre
se atribuyó ese sobrenombre para diferenciarse), y hubo varios con ese nombre.
El era Antioco IV, el cuarto rey de Siria llamado Antíoco. Aunque Siria era un
reino rico, el rey Antioco IV codiciaba el reino vecino de Egipto, en el que
reinaban conjuntamente sus primos Tolomeo Filometor, Tolomeo Evergetes (Gran
Vientre) y Cleopatra (como era la segunda Cleopatra, tuvo también varias
descendientes con su nombre, ella era Cleopatra II). Me gustaría decir que
reinaban en perfecta armonía, pero no era así. Hermanos y hermana, marido y
mujer (si, en los reinos de oriente es permisible el incesto), llevaban
luchando varios años entre sí y habían llegado casi a arruinar las fértiles
tierras del gran río Nilo. Así, cuando el rey Antioco IV de Siria decidió
conquistar Egipto, pensó que le resultaría muy fácil gracias a las rencillas de
sus primos, los dos Tolomeos y Cleopatra II.
Pero, ay, nada más salir de Siria, una serie de intentos de sedición le
obligaron a regresar para cortar unas cuantas cabezas, desmembrar unos cuantos
cuerpos, arrancar dientes y probablemente rajar unos cuantos vientres. Y
durante cuatro años estuvo cortando cabezas, brazos, piernas, arrancando
dientes y rajando vientres, y luego se dispuso de nuevo a conquistar Egipto.
Esta vez, Siria, en su ausencia, permaneció tranquila y obediente y el rey
Antioco IV invadió Egipto, se apoderó de Pelusio, descendió por el delta hasta
Menfis, la conquistó y comenzó a remontar por la orilla contraria hacia
Alejandría.
Como habían destruido el pais y el ejército, los hermanos Tolomeos y su
hermana-esposa Cleopatra II no tuvieron mas remedio que acudir a Roma, la
nación más fuerte,poderosa y admirada por todos. Para recuperar Egipto, el
Senado y el pueblo de Roma (que en aquel entonces concordaban
mejor de lo que hoy puede imaginarse, o al menos eso dicen los libros de
historia) enviaron a su valiente cónsul Cayo Popilio Lenas. Cualquier otro país
habría dado a su adalid un ejército entero, pero a Cayo Popilio Lenas el Senado
y el pueblo de Roma le dieron sólo doce lictores y dos escribas. No obstante,
como se trataba de una misión en el extranjero, a los lictores se les permitió
llevar las túnicas rojas y los fasces, para que Cayo Popilio Lenas no fuera sin
protección. Zarparon en un barquito y llegaron a Alejandría en el momento en
que el rey Antioco IV ascendía por el brazo canópico hacia la gran ciudad en
que se habían refugiado los egipcios.
Ataviado con su toga bordada en púrpura y precedido de sus doce lictores
de rojo enarbolando los fasces, Cayo Popilio Lenas salió de Alejandría por la
puerta del Sol y avanzó hacia el Este. No era ya joven y se ayudaba para
caminar de un largo palo, con paso tan plácido como su rostro. Como sólo los
bravos y heroicos romanos construían buenas carreteras, pronto se vio caminando
en medio de una polvareda. Pero ¿disuadió eso a Cayo Popilio Lenas? ¡No! El
siguió caminando hasta que, cerca del enorme hipódromo en el que los
alejandrinos asistían a las carreras de caballos, se tropezó con un muro de
soldados sirios y tuvo que detenerse.
El rey Antioco IV de Siria se adelantó a recibirle.
—¡Roma nada tiene que ver con los asuntos de Egipto! —dijo el asirio
amenazador, con el entrecejo fruncido.
—Siria, tampoco —replicó Cayo Popilio Lenas, sonriendo tranquilo y
sereno.
—Regresad a Roma —dijo el rey.
—Regresad a Siria —contestó Cayo Popilio Lenas.
Pero ninguno de los dos retrocedió un palmo.
—Estáis ofendiendo al Senado y al pueblo de Roma —añadió Cayo Popilio
Lenas al cabo de un rato, mirando fijamente al rostro feroz del asirio—. Se me
ha ordenado que os haga regresar a Siria.
El rey rompió a reír sin parar.
—¿Y cómo me vais a hacer regresar? ¿Dónde está vuestro ejército?
—No necesito ejército, rey Antioco IV —respondió Cayo Popilio Lenas
—. Todo lo que Roma es, ha sido y será, lo tenéis ante vos aquí mismo.
Yo soy Roma, igual que el mayor ejército romano. Y en nombre de Roma os vuelvo
a repetir, ¡regresad a vuestro país!
—No —replicó Antioco IV
Y Cayo Popilio Lenas dio un paso adelante y, pausadamente, con el
extremo del palo, trazó un círculo en el polvo alrededor del rey Antíoco IV,
que se vio así dentro de éL.
—Antes de que salgáis de ese círculo, rey Antíoco IV, os aconsejo que os
lo penséis —dijo Cayo Popilio Lenas—. Y cuando salgáis de él, hacedlo en
dirección este y regresad a vuestro país.
El rey no contestaba ni se movía. Popilio Lenas tampoco decía nada ni se
movía. Como Cayo Popilio Lenas era romano y no necesitaba ocultar su rostro,
todos veían su expresión dulce y serena. Pero el rey Antioco IV cubría el suyo
tras una espesa y rizada barba, y aun así no lograba ocultar su ira. Pasó el
tiempo y, entonces, dentro del círculo, el poderoso rey de Siria dio media
vuelta, miró hacia el Este y salió de él en esa dirección, regresando a Siria
con todo su ejército.
Camino de Egipto, el rey Antioco IV había invadido la isla de Chipre que
pertenecía a Egipto y que la necesitaba porque Chipre daba madera para naves y
casas, trigo y cobre. Así que, después de dejar a los alborozados egipcios en
Alejandría, Cayo Popilio Lenas zarpó hacia Chipre, y allí se encontró con el
ejército sirio de ocupación.
—Marchaos —les dijo. Y así lo hicieron.
Cayo Popilio Lenas regresó a Roma y allí dijo tranquilo y sereno y con
sencillas palabras que había hecho regresar al rey Antioco IV a Siria, salvando
a Egipto y a Chipre de un cruel destino. Ojalá pudiese concluir la historia
diciendo que los Tolomeos y su hermana Cleopatra II vivieron y reinaron felices
después de esto, pero no fue así. Siguieron luchando entre sí, asesinando a sus
parientes y arruinando al país.
Parece que te estoy oyendo decir "¡Por todos los dioses!, ¿por qué
me cuentas esas historias infantiles?" Sencillo, mi querido Cayo Mario.
¿Cuántas veces, de niño, en las rodillas de tu madre, no habrás oído la
historia de Cayo Popilio Lenas y del círculo en torno al rey de Siria? Bueno,
quizá en Arpinum las madres no lo cuenten, pero en Roma es habitual. Desde los
de más alcurnia hasta los más humildes, todos los niños romanos conocen la
historia de Cayo Popilio Lenas y del círculo en torno a los pies del rey de
Siria.
Así, yo te pregunto, ¿cómo ha podido el nieto del héroe de Alejandría
marchar al exilio sin tener que someterse a proceso? Proceder voluntariamente
al exilio es admitir la culpabilidad, y yo, por mi parte, considero que Cayo
Popilio Lenas hizo lo que había que hacer en Burdigala. Y el resultado de ello
fue que Popilio Lenas tuviese que someterse a un juicio.
El tribuno de la plebe Cayo Celio Caldo (actuando por cuenta de un grupo
senatorial que no nombraré, pero que puedes figurarte, un grupo decidido a
hacer recaer el oprobio de Burdigala sobre cualquiera que no sea Lucio Casio,
naturalmente) juró que haría condenar a Lenas. Pero como el único tribunal que
juzga la traición es el que se ocupa de los encartados por el asunto de
Yugurta, el juicio hubo de celebrarse en la Asamblea de las centurias, a la luz
pública y con los portavoces de las centurias proclamando el veredicto para que
todos lo oyeran. "¡CONDEMNO!" "¡ABSOLVO!" ¿Quién, después
de haber escuchado en las rodillas de su madre la historia de Cayo Popilio
Lenas y el círculo en torno a los pies del rey de Siria, habria osado gritar
"¡CONDEMNO!"?
Pero ¿crees que eso disuadió a Caldo? Claro que no. Lo que hizo fue
decretar una ley en la Asamblea de la plebe por la que se incluye el voto
secreto de las elecciones para los juicios por traición. Así las centurias
llamadas a votar tienen la garantía de que no se conoce la opinión individual
de sus miembros. La ley fue aprobada rápidamente.
Al comenzar diciembre, Cayo Popilio Lenas fue juzgado en la Asamblea de
las centurias con el cargo de traición. Se realizó una votación secreta como
Caldo quería, pero todo lo que hicimos unos cuantos fue arrimarnos al colosal
jurado y musitar: "Erase una vez un noble y valiente cónsul llamado Cayo
Popilio Lenas...", y ahí acabó todo.
Cuando contaron los votos, todos decían "ABSOLVO".
Así que puedes decir que si se ha hecho justicia, ha sido por encima de
todo gracias a los cuentos infantiles.
El quinto año (106 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE QUINTO SERVILIO CEPIO Y CAYO ATILIO SERRANO
Cuando Quinto Servilio Cepio recibió el mandato para marchar contra los
volcos tectosagos de Galia y sus aliados germanos, ya tranquilamente
asentados en las cercanías de Tolosa, era perfectamente consciente de que iban
a dárselo. Tuvo lugar el primer día del Año Nuevo, en la sesión del Senado en
el templo de Júpiter Optimus Maximus, tras la ceremonia inaugural. Quinto
Servilio Cepio, en su primer discurso como nuevo primer cónsul, anunció a la
nutrida asamblea que él no utilizaría el ejército romano de nueva creación.
—Emplearé los tradicionales soldados romanos, no los pobres del censo
por cabezas —dijo, entre vítores y aplausos.
Claro que hubo senadores que no aplaudieron, pues Cayo Mario no estaba
solo en aquel Senado totalmente hostil. Buen número de los senadores de los
bancos de atrás eran lo bastante clarividentes para comprender la lógica de la
posición de Mario frente a los irreductibles, e incluso entre las familias
ilustres había senadores con criterio independiente; pero el grupo de
conservadores que se sentaban en la primera fila de la cámara, junto a Escauro,
era el que dictaba la política senatorial; cuando ellos vitoreaban, los demás
les secundaban y la cámara emitía su voto a ejemplo suyo.
A este grupo pertenecía Quinto Servilio Cepio, y era la activa presión
de la facción lo que hizo que los padres conscriptos autorizasen un ejército de
ocho legiones para que Quinto Servilio Cepio demostrase a los germanos que no
eran bien recibidos en las tierras del Mediterráneo, y a los volcos tectosagos
de Tolosa que no les traía cuenta acoger a los germanos.
Unos cuatro mil soldados de la tropa de Lucio Casio habían vuelto a
alistarse, pero casi todas las tropas auxiliares de su primitivo ejército
habían perecido con el resto, y la caballería que se salvó volvió a
desperdigarse por sus tierras de origen con la tropa auxiliar y sus caballos.
Así, Quinto Servilio Cepio se enfrentaba a la tarea de reunir cuarenta y un mil
soldados de infantería más doce mil de tropas auxiliares, ocho mil esclavos
auxiliares y cinco mil jinetes con sus cinco mil servidores. Todo ello en una
Italia
esquilmada de hombres con los debidos requisitos de propietarios, ya
fuesen romanos, latinos o de origen itálico.
Las técnicas de reclutamiento de Cepio eran asombrosas. No es que él
participase directamente o siquiera se molestase en ver cómo iban a encontrarse
aquellos hombres, sino que pagó a un equipo de gente y envió a su cuestor,
mientras él se dedicaba a otras cosas más propias de un cónsul. Así, las levas
se hicieron a la fuerza, obligando a la gente a incorporarse a filas no sólo
contra su voluntad, sino llegando a secuestrarla y sacando a los veteranos de
grado o por fuerza de sus casas. Reclutaban tanto al hijo de catorce años y con
el aspecto desarrollado de un granjero, como a su abuelo de sesenta años de
aspecto juvenil. Y si la familia no podía aportar el dinero para equipar a los
reclutados, siempre había alguien a mano para anotar el precio de los pertrechos
y confiscar la pequeña propiedad como garantía. Quinto Servilio Cepio y sus
partidarios se hicieron con gran número de tierras. Pero cuando, a pesar de
todo, no se pudo juntar suficientes hombres entre los ciudadanos romanos y
latinos, acosaron inmisericordes a los aliados itálicos.
De este modo, Cepio logró, al fin, reunir sus cuarenta y un mil soldados
de infantería y doce mil hombres libres de tropas auxiliares según el método
tradicional, para que el Estado no tuviese que pagar armas, armaduras y equipo.
Y dado el predominio de legiones formadas por aliados itálicos, la mayor carga
financiera de aquel ejército recayó más sobre los pueblos aliados que sobre
Roma. Como consecuencia, el Senado ofreció a Cepio un voto de agradecimiento y
no tuvo inconveniente en abrir su bolsa para pagar jinetes de Tracia y de las
dos Galias. Mientras Cepio se daba cada día mayores aires de grandeza, los
elementos conservadores de Roma hablaban maravillas de él siempre que
encontraban quien los escuchara.
El resto de las cosas que realizó Cepio en persona mientras sus
pandillas de secuestro asolaban la península itálica, tuvieron todas que ver
con la recuperación del poder por parte del Senado. De un modo u otro, el
Senado había ido perdiendo fuerza desde los tiempos de Tiberio Graco, unos
treinta años atrás. Primero éste, luego Fulvio Flaco, después Cayo Graco y
luego un conjunto de hombres nuevos y de nobles reformistas, habían ido
cercenando la intervención senatorial en las tareas de las principales
sedes legislativas.
De no haber sido por los recientes ataques de Cayo Mario a los
privilegios senatoriales, es muy posible que Cepio no se hubiera visto imbuido
de tal celo y decisión por restablecer las cosas en su marco tradicional. Pero
Mario había revuelto el avispero senatorial y la consecuencia durante las
primeras semanas del consulado de Cepio fue un deplorable obstáculo para la
plebe y los caballeros que la dirigían.
En su calidad de patricio, Cepio convocó a la Asamblea del pueblo, de la
que no había sido expulsado, y la obligó a decretar una ley despojando a los
caballeros del tribunal de extorsiones, que lo habían recibido de Cayo Graco;
de nuevo el jurado de estos tribunales volverían a constituirlo exclusivamente
miembros del Senado en quienes poner la defensa de sus intereses. Fue una
acerba batalla en la Asamblea del pueblo, en la que el apuesto Cayo Memio a la
cabeza de un grupo de senadores se opuso a la maniobra de Cepio. Pero Cepio se
salió con la suya.
Una vez que se hubo impuesto, a finales de marzo, el primer cónsul salió
con las ocho legiones y una importante fuerza de caballería en dirección a
Tolosa, con la cabeza llena de ilusiones, no tanto por la gloria sino por la
modalidad más privada de incrementar su fortuna. Pues Quinto Servilio Cepio era
un auténtico Servilio Cepio, para quien la ocasión de aumentar su fortuna
durante su mandato de gobernador era muchísimo más halagadora que sus deseos de
gloria militar. Había sido pretor-gobernador en la Hispania Ulterior, cuando
Escipión Nasica había declinado el nombramiento alegando que no podían confiar
en él, y le había ido muy bien. Ahora que era cónsul-gobernador, esperaba que
le fuera mucho mejor.
De haber sido habitualmente posible enviar tropas por mar de Italia a
Hispania, Cneo Domicio Ahenobarbo no habría tenido necesidad de abrir la ruta
por tierra a lo largo de la costa de la Galia Transalpina; pero lo cierto era
que los vientos dominantes y las corrientes marinas dificultaban la navegación
entre las dos penínsulas. Así pues, las legiones de Cepio, igual que las de
Lucio Casio el año anterior, tuvieron que cubrir a pie la distancia de más de
mil millas entre Campania y Narbo. Y no es que a las legiones les
importase la marcha, porque todos temían y detestaban el mar, y les
horrorizaba mucho más la travesía que el hecho material de caminar mil millas.
Para empezar, tenían acostumbrados desde la infancia los músculos a caminar de
prisa durante largas distancias, ya que la marcha era el modo más cómodo de
locomoción.
Las legiones de Cepio invirtieron en el viaje de Campania a Narbona algo
más de setenta días, lo que quiere decir que cubrieron una media de menos de
quince millas diarias; una marcha lenta, entorpecida por una gran caravana de
pertrechos y el cuantioso ganado, vehículos privados y animales que tenían
derecho a llevar los soldados romanos con propiedades, enrolados según el
sistema tradicional.
En Narbo, un pequeño puerto reorganizado por Cneo Domicio Ahenobarbo
para servir los intereses de Roma, el ejército descansó el tiempo suficiente
para recuperarse de la marcha pero sin ablandarse. A principios de verano,
Narbo era un lugar delicioso en cuyas diáfanas aguas abundaban gambas,
langostas, grandes cangrejos y toda clase de peces; en el fango al final de las
salinas, junto a la desembocadura del Atax y el Rustino, había, además de
ostras, sabrosos salmonetes. De todos los pescados conocidos por las legiones
romanas en sus expediciones, aquellos salmonetes del fango estaban considerados
como los más exquisitos. Estos peces se escondían en el fango y había que
hacerlos salir para ensartarlos cuando se revolcaban tratando de volver a
hundirse.
Los legionarios no sufrían de agujetas, estaban habituados a andar, y
sus sandalias de gruesa suela, ceñidas a los tobillos, llevaban tachuelas para
hacer un menor contacto con el suelo, amortiguar la pisada y que no se les
pegasen los guijarros. Pero era una delicia nadar en aquel mar, descansando los
músculos doloridos, y los que hasta entonces habían eludido las clases de
natación eran allí descubiertos, para poner en seguida remedio a su ignorancia.
Las muchachas de la localidad, como las de cualquier otro lugar, se volvían
locas por los uniformes; durante dieciséis días, Narbo fue un hervidero de
padres encolerizados, hermanos ahítos de venganza, risitas femeninas,
legionarios lascivos y peleas tabernarias, actividades que
mantenían a los capitanes prebostes atareados y a los tribunos militares
de muy mal humor.
A continuación, Cepio reunió sus tropas y avanzó por la excelente
carretera construida por Cneo Domicio Ahenobarbo entre la costa y la ciudad de
Tolosa. En el lugar en que el río Atax, procedente de los Pirineos, tuerce en
ángulo recto su curso hacia el sur, la siniestra fortaleza de Carcaso se erguía
en lo alto. A partir de allí, las legiones salvaron las alturas que separan las
aguas del río Garumna de los riachuelos que desembocan en el Mediterráneo y
entraron por fin en las fértiles llanuras aluviales de Tolosa.
Como de costumbre, Cepio tuvo la inmensa suerte de hallarse con que los
germanos se habían enemistado con sus aliados los volcos y el rey Copilo de
Tolosa les había ordenado evacuar la región. Así, Cepio se encontró con que los
únicos adversarios para sus ocho legiones eran los desventurados volcos,
quienes echaron una ojeada a las nutridas filas con coraza metálica que
descendían las faldas de las colinas como una interminable serpiente, y
convinieron en que la discreción era con mucho preferible al valor. El rey
Copilo y sus huestes se dirigieron a las fuentes del Garumna para dar la alerta
a las diversas tribus de la región y esperar a ver si Cepio era tan incauto
como lo había sido Lucio Casio el año anterior. Tolosa, en manos de hombres
viejos, se rindió inmediatamente. Cepio no cabía en sí de gozo.
¿Por qué ese alborozo? Porque Cepio sabía lo del oro de Tolosa. Y ahora
podía caer en sus manos sin necesidad de combatir. ¡La suerte sonreía a Quinto
Servilio Cepio!
Ciento setenta años antes, los volcos tectosagos se habían incorporado a
una migración gala, dirigida por el segundo de los dos famosos reyes celtas
llamado Breno. Este segundo Breno había invadido Macedonia y entrado en
Tesalia, venció a las defensas griegas en el paso de las Termópilas, para luego
penetrar en Grecia central y el Epiro, saqueando y pillando los tres templos
más ricos del mundo, el de Dodona en el Epiro, el de Zeus en Olimpia y el
santuario del oráculo de Apolo en Delfos. Luego, los griegos contraatacaron y
los galos se retiraron al norte con su botín. Breno murió de
resultas de una herida y sus planes se vinieron abajo. En Macedonia, las
tribus, al verse sin jefe, decidieron cruzar el Helesponto para pasar a Asia
Menor, donde fundaron una avanzadilla del pueblo galo llamada Galacia. Pero
hubo quizá una mitad de los galos tectosagos que quiso volver a Tolosa en vez
de cruzar el Helesponto, y en una gran asamblea todas las tribus acordaron que
a aquellos añorantes galos se les confiaran las riquezas producto del pillaje
en medio centenar de templos, entre ellos los de Dodona, Olimpia y Delfos. Pero
se trataba de un simple depósito, porque los volcos, de regreso a Tolosa,
tenían que guardar las riquezas de toda aquella migración hasta que las tribus
volvieran y las reclamasen. Para facilitar el viaje, los volcos lo fundieron
todo: estatuas macizas de oro, jarrones de plata de un metro de alto, copas y
platos, trípodes de oro, coronas de oro y plata fueron a parar al crisol.
Cuando lo tuvieron todo en lingotes, mil carros cargados pusieron rumbo oeste
por los apacibles valles del Danubio, y llegaron al cabo de varios años al
Garumna y a Tolosa.
La historia había llegado a oídos de Cepio siendo gobernador de la
Hispania Ulterior tres años antes, y desde entonces había soñado con encontrar
el oro de Tolosa, pese a que su informante hispano le había asegurado que aquel
tesoro era un mito. En Tolosa no había oro, así lo juraban todos los que habían
visitado la ciudad de los volcos tectosagos. Los volcos no tenían más riqueza
que su generoso río y las fértiles tierras. Pero Cepio confiaba en su suerte;
estaba convencido de que el oro estaba en Tolosa. Si no, ¿cómo había sabido él
la historia en Hispania, y había recibido después la encomienda de seguir los
pasos de Lucio Casio hasta Tolosa, encontrándose con que los germanos habían
partido y pudiendo tomar la ciudad sin lucha? Porque la fortuna estaba de su
parte.
Se despojó del atuendo militar, vistió su toga bordada en púrpura y
recorrió las calles bastante primitivas de la ciudad, fisgando en todos los
escondrijos y huecos de la fortaleza; y aun recorrió todos los campos y prados
que rodeaban las afueras de la ciudad, más de estilo hispano que galo.
Efectivamente, Tolosa tenía poco espíritu galo; allí no había druidas ni notaba
la característica aversión gala por los entornos urbanos. Los templos
y sus recintos estaban construidos a la manera de los de las ciudades
hispanas, con pintorescos jardines con lagos y riachuelos artificiales
alimentados por el Garumna. ¡Una delicia!
Como no encontraba nada, Cepio puso al ejército a trabajar en busca del
oro; una búsqueda con ambiente festivo, realizada por unas tropas ya sin la
angustia de un enfrentamiento con el enemigo y ansiosas de cobrar su parte del
fabuloso botín.
Pero no daban con el oro. Si, en los templos se hallaron algunos objetos
de gran valor, pero sólo unos pocos y nada de barras de oro. Y la ciudadela fue
una gran decepción, como ya había comprobado el propio Cepio: nada más que
armas y dioses de madera, recipientes de asta y platos de cerámica. El rey
Copilo vivía con gran sencillez y no había sótanos secretos de almacenamiento.
Entonces, Cepio tuvo una genial idea y mandó a los soldados excavar en
los jardines que rodeaban los templos. En vano. Ni una sola zanja, aun la más
profunda, reveló el menor indicio de oro. Los zahoríes enarbolaron sus varitas
de mimbre sin obtener la menor señal que las hiciera vibrar o doblarse como
arcos. Del recinto de los templos, la búsqueda pasó a los campos de labor y a
las calles de la ciudad, pero todo fue inútil. Y mientras el paisaje se iba
pareciendo cada vez más a la obra de un topo gigante enloquecido, Cepio no
paraba de pasearse y pensar.
En el Garumna había pesca abundante, incluido el salmón y ciertas
variedades de carpa, y como el río alimentaba los lagos de los templos, también
en éstos proliferaban los peces. A los legionarios de Cepio les resultaba más
fácil pescarlos en los lagos que en el río, de ancho y profundo cauce y
corriente rápida; así, paseando de arriba abajo, no veía más que soldados
prendiendo moscas y haciendo cañas con ramas de sauce. Pensativo y sin dejar de
pasear, llegó hasta el lago más grande. Y alli, absorto en sus pensamientos,
contempló distraídamente el juego que producía la luz en las escamas de los
abundantes peces, dando mil centelleos y fulgores entre los juncos. Eran en su
mayoría reflejos plateados, pero de vez en cuando fulguraba una carpa con un
brillo aurífero.
La idea se fue abriendo paso en su subconsciente y, de pronto, le
acometió y estalló en su cerebro. Mandó llamar a su cuerpo de ingenieros y les
ordenó vaciar el lago; no fue una tarea difícil y, desde luego, valió la pena.
El oro de Tolosa se hallaba en el fondo de aquellos estanques sagrados, oculto
por el fango, los juncos y los residuos naturales de muchas décadas.
Una vez seco y amontonado el último lingote de oro, Cepio fue a examinar
el botín y tuvo que contener un grito. No había querido asistir a la operación
porque, por su carácter, le gustaba sorprenderse. ¡Y menuda sorpresa! Pasmado
quedó en realidad, porque habría unas cincuenta mil barras de oro de unas
quince libras, un total de 15000 talentos. Y, además, diez mil barras de plata
de veinte libras: 3.500 talentos de plata. Luego, los zapadores encontraron más
plata en los lagos, pues resultaba que los volcos habían utilizado su tesoro
para hacer piedras de plata maciza para moler, y una vez al mes las sacaban del
río y las dedicaban a moler trigo para tener provisión de harina durante un
mes.
—Muy bien —dijo enérgicamente Cepio—. ¿Cuántos carros podemos dedicar a
transportar el oro a Narbo?
La pregunta se la había hecho a Marco Furio, su praefectus fabrum, el
encargado de los aprovisionamientos, pertrechos, equipos, arreos, forrajes y
todo lo necesario para mantener un ejército en campaña.
—Quinto Servilio, tenemos mil carros de pertrechos, de los cuales en
este momento hay vacíos un tercio. Pongamos trescientos cincuenta, haciendo un
esfuerzo. Si cada carro carga unos treinta y cinco talentos, que ya está bien
aunque no es un peso excesivo, necesitaremos unos trescientos cincuenta carros
para la plata y cuatrocientos cincuenta para el oro — respondió Marco Furio,
que no era miembro de la antigua familia de los Furios, sino nieto de un
esclavo Furio, y en aquel entonces cliente y banquero de Cepio.
—Pues entonces mejor será que enviemos primero la plata en trescientos
cincuenta carros, la descarguemos en Narbo y que los carros vuelvan a Tolosa
para transportar el oro —dijo Cepio—. Entretanto, haré
que las tropas descarguen otros cien carros para luego poder enviar el
oro en un solo convoy.
A finales de julio, la plata había llegado a la costa, fue descargada, y
los carros habían vuelto a Tolosa a por el oro. Cepio, cumpliendo su palabra,
se había agenciado otros cien carros.
Mientras cargaban el oro, Cepio se paseaba arrobado entre los sacos de
áureos ladrillos, sin poder resistir la tentación de acariciar uno de vez en
cuando. Mordiéndose el canto de la mano, pensando con tesón, lanzó un suspiro y
dijo:
—Mejor será que partas con el oro, Marco Furio. Alguien con alta
autoridad debe estar en Narbo hasta que se embarque la última barra. La plata
ya está camino de Roma, ¿verdad? —añadió, volviéndose hacia su liberto griego
Bias.
—No, Quinto Servilio —contestó Bias, sumiso—. Los barcos de transporte
que viajaron con gran carga, con los vientos de invierno a principios de año se
hallan dispersos. Sólo he podido localizar doce buenas naves, y consideré más
prudente reservarlas para el oro. La plata está bien guardada en un almacén.
Creo que cuanto antes embarquemos el oro para Roma, mejor. Cuando vayan
llegando mejores barcos, los reservaré para la plata.
—Bueno, la plata quizá podamos enviarla por tierra —dijo Cepio sin
pensarlo mucho.
—Aun con los riesgos de naufragio, Quinto Servilio, yo preferiría el mar
para las barras de oro y de plata —replicó Marco Furio—. Por tierra existen
muchos riesgos a causa de las tribus alpinas.
—Sí, tienes razón —dijo Cepio con un suspiro—. ¡Oh, es un sueño!, ¿no es
cierto? ¡Estamos enviando a Roma más oro y plata de la que hay en todos sus
tesoros juntos!
—Cierto, Quinto Servilio —añadió Marco Furio—. Es magnífico.
El oro salió de Tolosa en cuatrocientos cincuenta carros a mediados de
agosto. Lo escoltaba una sola cohorte de legionarios, pues la vía romana
cruzaba por terreno civilizado que no se había alzado contra Roma en
mucho tiempo y los agentes de Cepio le habían informado de que el rey
Copilo con sus guerreros seguían en Burdigala, esperando a que el cónsul se
aventurase por el camino que había llevado a Lucio Casio a la muerte.
Una vez alcanzada Carcaso, la carretera seguía virtualmente cuesta abajo
hasta el mar, por lo que aumentó el ritmo del convoy de carros. Todos iban
contentos y despreocupados; los soldados de la cohorte comenzaban ya a bromear
diciendo que se olía el aire salino; sabían que al anochecer entrarían en las
calles de Narbo y no pensaban más que en ostras, salmonetes y mujeres.
Los asaltantes, en número de un millar, surgieron dando alaridos por la
derecha de un espeso bosque que bordeaba la carretera por ambos lados,
desplegándose delante del primer carro y del último, a unas dos millas más
atrás, con la cohorte de escolta distribuida la mitad en cada extremo. En poco
tiempo no quedó un soldado romano con vida y los conductores de los carros
fueron simples montones de cuerpos desmadejados.
Había luna llena y era una noche cálida; durante las horas en que el
convoy de carros había esperado a que se hiciera de noche, no había habido
tráfico alguno en ambas direcciones de la carretera, pues las vías romanas eran
para el movimiento de tropas, y el comercio en aquella región de la provincia
era escaso entre la costa y el interior, sobre todo desde que los germanos se
habían asentado en las cercanías de Tolosa.
Cuando ya la luna estaba alta, volvieron a enganchar las mulas a los
carros y parte de los atacantes montaron al pescante, mientras el resto
flanqueaba el convoy. En el punto en que el bosque ya no bordeaba la carretera,
la caravana tomó por una franja costera en la que pastaban las ovejas. Al
amanecer tenían a la vista Ruscino y su río. El convoy volvió a entrar en la
Via Domicia y cruzó los Pirineos a la luz del día.
Pasados los Pirineos, siguió un camino tortuoso, alejado de todas las
vías romanas, hasta cruzar el río Sucro a la izquierda de la ciudad de
Saetabis, y de allí se encaminó a la llanura de los Juncos, una zona desierta y
árida situada entre dos sistemas montañosos hispánicos, pero que no se
utilizaba como atajo por su falta de agua. Después se perdió su rastro y los
agentes de Cepio nunca supieron a dónde fue a parar el oro de Tolosa.
Un mensajero que llevaba un despacho de Narbo tuvo la mala fortuna de
hallar los montones de cadáveres a lo largo del tramo de carretera que bordeaba
el bosque al este de Carcaso, y al presentarse ante Quinto Servilio Cepio, en
Tolosa, éste se desmoronó y rompió a llorar. Lloró por la suerte de Marco
Furio, de la cohorte de soldados romanos y por las viudas y huérfanos que
dejaban en Italia, pero sobre todo lloró por aquellos montones relucientes de
barras de oro, por la pérdida del oro de Tolosa. ¡No era justo! ¿Qué había
sucedido con su suerte?, se lamentaba. Y no cesaba de llorar. Ataviado con toga
negra de luto, túnica negra y sin franja en el hombro derecho, Cepio volvió a
llorar cuando mandó formar al ejército y les comunicó la noticia que ya se había
difundido por el campamento.
—Pero al menos aún tenemos la plata —dijo, enjugándose las lágrimas
—. La plata sola garantiza una buena ganancia para todos al final de la
campaña.
—Yo estoy agradecido dentro de lo malo —comentó un veterano a su
compañero de tienda que, como él, había sido obligado a abandonar la granja en
Umbría, a pesar de haber servido antes en diez campañas durante más de quince
años.
—¡No me digas! —replicó el compañero, algo más lento en su discurrir, a
causa de una antigua herida en la cabeza.
—¡Ya lo creo! ¿Tú has visto algún general que comparta el oro con
nosotros, la escoria de la tropa? No sé cómo, pero siempre encuentran alguna
razón para quedárselo ellos. Ah, y el erario se lleva una parte; así es como se
las arreglan para quedárselo: sobornando a los del Tesoro. Al menos nos darán
algo de plata, y de plata había una montaña. Pero claro, con todo el revuelo
que se ha organizado con la pérdida del oro, al cónsul no le quedaba más
remedio que ser justo repartiendo la plata.
—Ya te entiendo —dijo el compañero—. Vamos a pescar un salmón gordo para
cenar, ¿eh?
El año avanzaba y el ejército de Cepio aún no había entrado en combate,
salvo la malhadada cohorte destinada a escoltar el oro de Tolosa. Cepio
escribió a Roma contando toda la historia desde la marcha de los germanos hasta
la pérdida del oro, y pidió instrucciones.
En octubre le llegó la respuesta, que era más o menos la que se
esperaba: se le ordenaba permanecer en las cercanías de Narbo con su ejército,
invernar allí y esperar nuevas órdenes en primavera. Lo que significaba que le
habían prorrogado un año el mando y seguía siendo gobernador de la Galia
romana.
Pero no era igual sin el oro. Cepio se mostraba irritable y mohíno y a
veces lloraba; sus oficiales advirtieron que le costaba sentarse y no hacía más
que pasear arriba y abajo. La impresión general era que se debía a su carácter
y nadie creía que derramase lágrimas por la muerte de Marco Furio y de sus
soldados. Cepio lloraba por el oro perdido.
* * *
Una de las principales características de una larga campaña en tierra
extranjera es el modo en que el ejército y su jerarquía de mando se amoldan a
un estilo de vida en el que el país extranjero llega a adquirir categoría de
hogar semipermanente. A pesar de todos los movimientos de incursiones y
expediciones, el campamento cobra aspecto de ciudad y la mayoría de los
soldados encuentran mujer y casi todas ellas dan a luz; tiendas, tabernas y
comerciantes se multiplican fuera de las fortificaciones y las casuchas de
adobe para las mujeres y los niños crecen como setas en un improvisado sistema
de callejas.
Tal era la situación en el campamento romano en las afueras de Utica, y,
en menor grado, la del campamento de Cirta. Como Mario elegía a sus centuriones
y tribunos militares con gran cuidado, el período de las lluvias invernales,
durante el cual no se combatía, se dedicaba, además de a la instrucción y a
maniobras, a dividir a la tropa en octetos de afinidad por tiendas y a
solventar los mil y un problemas disciplinarios que por fuerza se dan entre
tantos hombres obligados a vivir juntos durante plazos tan largos.
Con la llegada de la primavera africana, cálida, lujuriante, fértil y
seca, el campamento entró en ebullición, con un movimiento parecido al que le
acomete al caballo por un extremo y recorre su piel hasta el otro. Sacaban los
equipos para la campaña que se avecinaba, encargaban la redacción de
testamentos a los escribas de las legiones, se limpiaban y engrasaban
las cotas de malla, se afilaban espadas y dagas, se rellenaban los cascos con
fieltro en previsión del calor y de las abolladuras, se examinaban
minuciosamente las sandalias para reponerles los clavos, se remendaban túnicas,
y cualquier pertrecho gastado o estropeado se mostraba al centurión y se
devolvía a intendencia para que lo reemplazara.
En invierno había llegado de Roma un cuestor del Tesoro con la paga de
las legiones y ello provocó un aumento de la actividad entre los funcionarios,
dedicados a la contabilidad y al pago de la tropa. Como sus soldados eran
insolventes, Mario había creado dos fondos obligatorios para ingresar en ellos
parte de la soldada de cada hombre: un fondo para el entierro digno de los
legionarios que muriesen fuera de Italia y no en combate (si morían luchando,
el entierro lo pagaba el Estado) y un fondo de ahorro en el que se guardaba el
dinero de la tropa hasta que se licenciase.
El ejército de Africa sabía que le esperaban grandes acciones en la
primavera del consulado de Cepio, aunque esto sólo se sabía en las altas
esferas del mando. Recibieron órdenes de marcha ligera, lo cual significaba que
no habría que formar un convoy de pertrechos de varias millas en carros tirados
por bueyes, sino de carros con mulas capaces de seguir el paso de la marcha y
acampar cada noche. Ahora todos los soldados estaban obligados a llevar su
equipo a la espalda, lo que hacían muy ingeniosamente, colgado de un fuerte
palo desbastado que portaban sobre el hombro izquierdo, con los adminículos de
afeitarse, las túnicas de muda, calcetines, calzones de invierno y pañuelos
para el cuello para evitar el roce de la cota de malla, todo ello dentro de la
manta enrollada y metido en una funda de cuero y con el sagum, la capa circular
para la lluvia; y en una bolsa de piel, cubiertos y cazuela, cantimplora, un
mínimo de raciones para tres días, una estaca ya cortada para la empalizada del
campamento, las herramientas de atrincheramiento que les entregasen, un cubo de
cuero, una cesta de mimbre, una sierra y una hoz, y productos para cuidar las
armas y la armadura. El escudo, guardado en una funda de piel fina, lo llevaban
colgado a la espalda debajo de su equipo, mientras que el casco, desprovisto
del penacho de crin de caballo, cuidadosamente guardado, lo metían con lo
demás, se lo colgaban del pecho o lo llevaban puesto si marchaban para
atacar. El soldado siempre se quitaba la cota de malla para la marcha y se
ceñía a la cintura las veinte libras de peso con el cinturón para distribuir la
carga en las caderas. Al lado derecho del cinturón fijaba la espada en la vaina
y a la izquierda la daga, igualmente envainada, para portarlas en las marchas.
No llevaba las dos lanzas.
Cada ocho hombres disponían de una mula en la que cargar la tienda de
cuero, los piquetes y las lanzas, además de las raciones suplementarias si no
se las repartían cada tres dias. Ochenta legionarios y veinte auxiliares
formaban una centuria al mando de un centurión, y cada centuria disponía de un
carro tirado por una mula en el que iba el resto de los pertrechos: ropa,
herramientas, armas de reserva, parapetos de mimbre para la fortificación del
campamento, raciones cuando no se repartían durante períodos largos y otras
cosas. Si se desplazaba todo el ejército sabiendo que no iba a volver sobre sus
pasos al final de la campaña, todas las pertenencias, desde los botines a la
artillería, se transportaba en carros tirados por bueyes que le seguían varias
millas a retaguardia fuertemente vigilados.
Cuando, en primavera, Mario se puso en marcha hacia Numidia occidental,
dejó los pertrechos pesados en Utica. No obstante, era un impresionante desfile
de tropas que se alargaba hasta el infinito, pues cada legión con sus carros de
mulas y artillería ocuparía una milla, y Mario avanzaba en dirección oeste con
seis legiones y la caballería. De todos modos, ésta la dispuso sobre los
flancos de la infantería, con lo cual la columna se extendía unas seis millas.
En campo abierto no había posibilidad de emboscadas y el enemigo no
podía lanzar un ataque simultáneo por sorpresa sobre todo el largo de la
columna, y en un ataque parcial, el resto de la tropa se habría lanzado contra
los agresores, rodeándolos.
No obstante, cada noche se cursaba la misma orden: acampar. Lo que
significaba medir y marcar un área lo bastante grande para albergar a todos los
hombres y animales del ejército, excavar hondas trincheras, fijar en el fondo
las estacas afiladas llamadas stimuli, levantar taludes de tierra y
empalizadas. Pero, al final, todos —excepto los centinelas—, podían
dormir como un tronco, a sabiendas de que el enemigo no podía infiltrarse con
suficiente rapidez para tomar el campamento por sorpresa.
Fueron los hombres de este ejército, el primero totalmente formado por
"el censo por cabezas", los que se autobautizaron "mulas de
Mario", porque el cónsul los había cargado como mulas. En los ejércitos al
estilo tradicional, formados por propietarios, hasta la clase de tropa marchaba
con los efectos cargados en mulas, burros o esclavos, y los que no podían
procurárselos, alquilaban espacio de carga a los que disponían de él. En
consecuencia, se tenía un mal control del número de carros y furgones, porque muchos
eran privados. Y, por lo tanto, un ejército al estilo antiguo marchaba más
despacio y con menor eficacia que el de Mario y otros similares que le
sucederían en los seis siglos siguientes.
Mario había dado a los proletarios del "censo por cabezas" un
trabajo útil y un salario por hacerlo. Pero, aparte de eso, pocos favores les
hizo, salvo rebanar por arriba y por abajo el borde curvado del viejo escudo de
infantería de metro y medio de altura, porque si no los soldados no habrían
podido llevarlo a la espalda bajo el palo con los efectos; el nuevo escudo era
noventa centimetros más bajo y no chocaba con la carga ni les pegaba en los
talones durante la marcha.
Y así se dirigieron hacia el oeste de Numidia en una columna de seis
millas de largo, cantando a grito pelado himnos de marcha para guardar el paso
y sentir la camaradería militar; avanzando juntos, cantando juntos y formando
una compacta máquina humana que todo lo arrollaba a su paso. A la mitad de la
columna marchaba el general Mario con su estado mayor y los carros de mulas que
transportaban sus efectos, cantando como los demás. Ningún oficial iba a
caballo, porque era incómodo y llamaba la atención aunque llevaban caballos a
mano para el caso de un ataque en el que el general necesitara ver desde lo
alto para observar el despliegue y distribuir sus órdenes.
—Saquearemos todas las ciudades, pueblos y aldeas que vayamos
encontrando —dijo Mario a Sila.
Y el programa se llevó a rajatabla, con la adición de algunos silos y
almacenes de ahumados que se pillaron para aumentar los aprovisionamientos,
además de la violación de las mujeres que encontraban, porque los soldados
echaban de menos a sus mujeres y la homosexualidad estaba penada con la muerte.
Pero sobre todo, la tropa ansiaba tomar un botín, que no estaba permitido
guardar como propiedad privada, sino que quedaría sumado a los fondos del
ejército.
Cada ocho días el ejército se tomaba un descanso, y siempre que llegaba
a un punto en que la costa coincidía con la ruta de marcha, Mario concedía tres
días para descansar, nadar, pescar y comer bien. A finales de mayo se
encontraban al oeste de Cirta, y a finales de julio habían alcanzado el río
Muluya, cubriendo seiscientas millas hacia el oeste.
Había sido una campaña fácil; el ejército de Yugurta no se había dejado
ver, las poblaciones no podían ofrecerles resistencia y en ningún momento les
había faltado comida ni agua. El inexorable régimen de galleta, gachas de
legumbres, tocino salado y queso salado se había visto adornado con suficiente
carne de cabra, pescado, ternera, cordero, frutas y verduras para que todos
estuvieran de buen humor, y el vino agrio que a veces daba el ejército se había
visto mejorado con cerveza beréber de cebada y buen vino.
El río Muluya constituía la frontera entre Numidia y Mauritania
oriental. Si a finales del invierno era un turbulento torrente, a mediados de
verano quedaba reducido a una serie de pozas y a finales de otoño se hallaba
completamente seco. En medio de aquella llanura, no muy distante del mar, se
alzaba un abrupto elevamiento volcánico en el que Yugurta había construido una
fortaleza. Y en ella —le habían informado a Mario sus espías— se guardaba un
gran tesoro porque la fortaleza era el cuartel general occidental de Yugurta.
El ejército romano llegó a la llanura, se aproximó a las altas riberas
que el río había excavado y construyó un campamento permanente lo más cerca
posible de la fortaleza de la montaña. Luego, Mario, Sila, Sertorio y Aulo
Manlio, con el resto de los mandos, se dedicaron a estudiar la inexpugnable
posición.
—Hay que descartar la idea de un asalto frontal —dijo Mario—. Y, la
verdad, no veo el modo de sitiarla.
—Porque no hay ningún modo de sitiarla —dijo sin vacilación el joven
Sertorio, que había efectuado varias inspecciones del picacho desde todos los
ángulos.
Sila alzó la cabeza para ver la cumbre, bajo el ala de su sombrero.
—Creo que vamos a estarnos aquí abajo plantados sin poder subir —
dijo, con una sonrisa—. Aunque construyésemos un caballo gigantesco de
madera, no podríamos hacerlo llegar hasta las puertas.
—Ni tampoco una torre de asalto —añadió Aulo Manlio.
—Bien; tenemos un mes por delante antes de regresar al Este — concluyó
Mario—. Vamos a pasarlo acampados aquí, haciendo la vida lo más agradable
posible a los hombres. Lucio Cornelio, mira a ver de dónde vas a aprovisionarte
de agua, y, después, busca río abajo unas pozas profundas para el baño. Aulo
Manlio, organiza grupos de pesca para que vayan hasta el mar, que queda a unas
diez millas, según los exploradores. Mañana, tú y yo cabalgaremos a lo largo de
la costa para echar un vistazo. No van a correr el riesgo de hacer una
incursión fuera de la fortaleza para atacarnos, así que podemos dejar que la
tropa se divierta. Quinto Sertorio, encárgate del aprovisionamiento de fruta y
verdura.
—Esta campaña ha sido como unas vacaciones —dijo Sila a Mario cuando
estuvieron solos en la tienda—. ¿Cuándo voy a tener el bautismo de sangre?
—Deberías haber estado en Capsa, aunque se rindieron sin lucha dijo
Mario, mirando inquisitivo a su cuestor—. ¿Te estás aburriendo, Lucio Cornelio?
—En realidad, no —contestó Sila, ceñudo—. No me habría imaginado lo
interesante que es esta forma de vida; siempre hay algo útil que hacer,
problemas interesantes que resolver. ¡Ni siquiera me importa la contabilidad!
Lo que sucede es que necesito entrar en combate. Mira tu caso: cuando tenías mi
edad ya habías participado en cincuenta batallas, mientras que yo soy un
novato.
—Ya entrarás en combate, Lucio Cornelio, y espero que pronto.
—¿Ah, sí?
—Claro. ¿Por qué crees que estamos aquí, tan lejos de todo centro
importante?
—No, no me lo digas. ¡Déjame adivinarlo! —replicó Sila sin dejarle
seguir—. Estás aquí porque... porque esperas darle un buen susto al rey Boco
para que no se alíe con Yugurta... Porque si Boco se une a Yugurta, éste se
sentirá lo bastante fuerte para atacar.
—¡Excelente! —dijo Mario, sonriendo—. Este país es tan grande, que
podríamos pasarnos diez años recorriéndolo de arriba abajo sin llegar a
encontrar a Yugurta. Si éste no contara con los gétulos arrasando las regiones
habitadas, se habría acabado su resistencia, pero los tiene a ellos. Sin
embargo, es demasiado orgulloso para hacerse a la idea de un ejército romano
haciendo de las suyas por las ciudades de Numidia, y no cabe duda de que debe
de estar pasando apuros por nuestros pillajes, sobre todo por el de sus
reservas de grano. De todos modos es lo bastante astuto para arriesgarse a una
batalla campal estando yo al mando. A menos que empujemos a Boco para que se
una a él, y en ese caso los moros formarían una buena fuerza de veinte mil
hombres y cinco mil excelentes jinetes. Así que, si Boco se le une, Yugurta
atacará. Estoy seguro.—
—¿Y no te preocupa que con Boco nos sobrepase en número?
—¡No! Seis legiones romanas bien entrenadas y con buen mando pueden
hacer frente a cualquier enemigo, por nutrido que sea.
—Pero Yugurta ha aprendido a hacer la guerra con Escipión Emiliano en
Numancia —replicó Sila—, y luchará al estilo romano.
—Hay otros reyes extranjeros que luchan al estilo romano —replicó
Mario—, pero no tienen tropas romanas. Nuestros métodos han sido concebidos
para que se adapten a la mentalidad y carácter de nuestra gente, y en este
aspecto no hago distingos entre romanos, latinos e itálicos.
—¿Disciplina? —inquirió Sila.
—Y organización —dijo Mario.
—Pero ninguna de esas cosas nos va a llevar a la cumbre de esa montaña
—replicó Sila.
—¡Cierto! —añadió Mario, riendo—. Pero siempre hay una posibilidad,
Lucio Cornelio.
—¿Cuál?
—La suerte —respondió Mario—. Nunca olvides la suerte.
Se habían hecho buenos amigos, pues, aunque eran muy distintos, había
una similitud básica entre ambos: ninguno de los dos era de mentalidad ortodoxa
y ambos eran capaces de gran desprendimiento y pasión. Pero la semejanza más
importante era que tanto a Mario como a Sila les gustaba hacer su cometido lo
mejor posible. Los aspectos de su carácter que habrían podido separarlos
estaban latentes durante aquellos primeros años en que el joven no podía
esperar rivalizar a ningún nivel con el mayor, y el más joven no necesitaba
utilizar su sangre fría, del mismo modo que el mayor no necesitaba hacer gala
de su iconoclastia.
—Hay quienes sostienen que un hombre es el propio artífice de su suerte
—dijo Sila, estirando los brazos por encima de la cabeza.
Mario abrió unos grandes ojos, con la consiguiente elevación de sus
espesas cejas.
—¡Desde luego! ¿Pero no es bonito saber que se tiene?
Publio Vagienio, que procedía del agro de Liguria y servía en un
escuadrón auxiliar de caballería, se encontró con más trabajo del que le
gustaba cuando Mario montó el campamento a orillas del río Muluya. Suerte que
la llanura estaba cubierta por una espesa capa de hierba, plateada por el sol
estival, de modo que el pasto de los miles de mulas del ejército no
representaba un problema, pero los caballos eran más delicados y comían a
regañadientes aquella correosa cobertura vegetal. Por eso había que llevarlos
al norte de la fortaleza, en el centro de la llanura, a que pastaran en un
sitio en que las aguas subterráneas habían estimulado el crecimiento de hierba
más tierna.
Si el comandante no hubiese sido Mario, pensaba enfurruñado Publio
Vagienio, la caballería habría acampado aparte, cerca de unos pastos adecuados.
Pero no; Cayo Mario no quería tentar a los de la fortaleza y había ordenado que
todas las tropas acampasen juntas. Así que todos los
días los escuchas tenían que asegurarse de que el enemigo no acechase
por los alrededores y luego los auxiliares de caballería llevaban a los
animales a pastar, para volver a traerlos de nuevo al campamento por la tarde;
ello implicaba atar a los caballos, para que pastaran sin peligro de que
escaparan.
Así, todas las mañanas, Publio Vagienio tenía que montar en uno de sus
dos corceles y llevarlo con el otro al centro de la llanura hasta los buenos
pastos, trabarlos para que pacieran apaciblemente todo el día y volver a cubrir
las cinco millas que los separaban del campamento, en donde, apenas habían
comenzado (le parecía a él) sus horas de descanso, ya tenía que reunir de nuevo
a los caballos y volver a lo mismo. A lo que había que añadir que a nadie de
caballería le gustaba andar al paso.
No obstante, nada estipulaba que hubiese que volver al paso al
campamento después de que pastasen los animales. Por consiguiente, Publio
Vagienio hizo unas modificaciones en su programa. Como montaba a pelo y sin
brida —sólo un necio habría dejado silla y brida todo el día en pleno campo—,
tomó la costumbre de colgarse una bolsa de agua al hombro y un zurrón con
comida a la cintura cuando salía del campamento. Luego, tras soltar a los dos
animales cerca de las laderas del monte de la fortaleza, se retiraba a la
sombra a dejar pasar el día.
En su cuarto viaje colocó tranquilamente la cantimplora y el zurrón en
un declive entre peñascos, lleno de fragantes flores, se acomodó en una
hondonada, cerró los ojos y se adormeció. En ese momento sopló una ráfaga de
viento procedente de la montaña, de un fuerte olor muy curioso. Un olor que a
Publio Vagienio le hizo abrir los ojos, excitado, e incorporarse de un salto.
Porque era un olor que él conocía: caracoles. ¡Caracoles grandes, gordos,
dulces, suculentos, pura ambrosía!
En los Alpes costeros de Liguria y en los todavía más altos allende
aquéllos —que era la tierra de origen de Publio Vagienio— había caracoles. Los
había comido desde pequeño, y gracias a los caracoles se había acostumbrado a
echar ajo a todo lo que comía. Publio Vagienio era un avezado gastrónomo de
caracoles, soñaba criarlos algún día para comercializarlos, e incluso llegar a
criar una nueva especie. Hay quien tiene
olfato para los vinos, otros para los perfumes, pero Publio Vagienio
tenía olfato para los caracoles. Y aquel aroma de caracoles que traía el viento
procedente del monte de la fortaleza le decía que allí arriba había caracoles
de una exquisitez sin igual.
Con la diligencia del cerdo que sigue un rastro de trufas, se dispuso a
responder al estímulo de su sentido olfatorio, ascendiendo por la falda de
aquella altura hasta la colonia de caracoles. Desde que había llegado a Africa
en septiembre del año anterior con Lucio Cornelio Sila, no había probado un
solo caracol. Los caracoles africanos tenían fama en todo el orbe, pero él no
había logrado descubrir dónde anidaban, y los que llegaban a Utica y Cirta iban
directamente a la mesa de los tribunos y legados, si es que no iban
directamente a Roma.
Otra persona sin tanto acicate no habría dado con aquella fumarola de
vapores volcánicos hacía tiempo extinguidos, porque se encontraba tras un muro
de basalto, aparentemente compacto, formado por enormes cristales a guisa de
columnas; pero Publio Vagienio, con la nariz baja, siguió el rastro hasta
descubrir una gran chimenea en un punto disimulado por un efecto óptico. En el
transcurso de millones de años de inactividad, el viento había llenado de polvo
la abertura a ras del terreno y éste se acumulaba a gran altura contra la
pared, pero aún quedaba sitio para acceder al interior de la cavidad. Tendría
unos siete metros de ancho y tal vez setenta y cinco hasta lo alto, por donde
asomaba un pedazo de cielo. Era de paredes verticales, que a cualquiera le habrían
parecido inaccesibles, pero Publio Vagienio era un buen escalador, además de un
goloso de caracoles que seguía el rastro de una delicia gustatoria inenarrable.
Y se puso a escalar la fumarola, con dificultad, si, pero sin correr el menor
riesgo de despeñarse.
Al coronarla, salió a una plataforma herbosa de unos treinta metros de
largo y quince de ancho en el punto máximo de su proyección, que era donde
terminaba la chimenea. Como el paraje estaba situado en la cara norte del
escabroso promontorio volcánico —que era en realidad el resto erosionado de la
erupción de lava, pues la montaña externa había desaparecido muchos eones
atrás—, la cornisa se hallaba constantemente humedecida por filtraciones,
algunas de las cuales chorreaban por el borde
de la fumarola, aunque la mayor parte escurría rocas abajo por una
fisura que había en la plataforma, dominada casi toda ella por un risco de más
de cien metros. Y ese acantilado que la dominaba tenía en su base una
concavidad llena de filtraciones con una espesa cortina de helechos, musgo,
plantas muscíneas y juncos; había una zona en que se filtraba tanta agua de la
roca por la enorme presión de la montaña, que brotaba un pequeño riachuelo que
salpicaba en su descenso y discurría con las otras filtraciones hasta el borde
de la cornisa. Era evidente que por eso los pastos por aquel lado de la llanura
eran de hierba más tierna.
La gran concavidad había sido antaño un depósito de musgos, que
penetraba en profundidad en el hueco del tapón volcánico, acumulaba agua y
emergía a la superficie, donde lo erosionaban fuertemente los vientos y las
heladas. Algún día, se dijo el experto montañero Publio Vagienio, aquel
imponente muro de basalto quedaría tan socavado que se desplomaría, sepultando
la concavidad, la cornisa y la vieja chimenea volcánica.
La gran concavidad era un criadero de caracoles por su filtración
incesante, que en aquella tierra tan seca producía una bolsa de aire húmedo
llena de gran cantidad de humus y diminutos insectos, tan codiciados por los
caracoles, siempre en sombra, y protegida de los vientos por el farallón que,
en dos tercios de la longitud de la cornisa, se alzaba sobre ella en forma
convexa desviando los vientos.
Aquello apestaba a caracoles, pero a unos caracoles que Publio Vagienio
no conocía, según su nariz. Cuando por fin vio uno, tuvo que contener un grito.
¡El caparazón era tan grande como la palma de la mano! Y en seguida vio
docenas, cientos de ellos; el más pequeño con un caparazón tan largo como su
dedo índice y algunos más largos que la mano abierta. Sin dar crédito a lo que
veía, trepó a la concavidad, explorándola lleno de asombro, y llegó hasta su
extremo, donde encontró una auténtica pista ascendente de caracoles que no
acababa.
La pista llegaba a una grieta que daba paso a una concavidad más
estrecha llena de helechos. Cada vez había más caracoles. Y de pronto se
encontró al otro extremo del muro extraplomado, vio que tendría más de treinta
metros escalables y siguió trepando hasta que, al coronarlo, se
tropezó con un caracol gigante: la lava seca y erosionada del tapón de
lava en la cima del extraplomo. Aterrado, contuvo un grito, y se escondió sin
perder tiempo tras una roca. A menos de doscientos metros sobre su cabeza
estaba la fortaleza. La pendiente era tan suave que habría podido subirla sin
ningún cayado con pincho; y la muralla de la fortaleza era tan baja que habría
podido saltarla sin necesidad de que le empujasen desde abajo.
Publio Vagienio volvió sobre sus pasos por la pista de caracoles, llegó
a la parte baja de la concavidad y recogió media docena de los caracoles más
gordos, que envolvió en unas hojas húmedas y se guardó entre pecho y túnica.
Después, acometió el dificil descenso, con el impedimento de su preciosa carga,
pero estimulado por ella y haciendo proezas de escalada. Finalmente llegó a la
hondonada florida.
Un buen trago de agua y se sintió mejor. Los caracoles estaban bien,
pegajosos y vivos. Como no pensaba compartirlos con nadie, los metió en el
zurrón con las hojas y unos puñados de humus más seco recogido en la hondonada,
que mojó con agua de la bota. Ató bien el zurrón para que no se escapasen y lo
dejó a la sombra.
Al día siguiente cenó como un rey, pues se trajo la cazuela para cocer
dos de sus presas, acompañándolas con ajo. ¡Qué caracoles! Estaba claro que el
tamaño en nada influye para que los caracoles estén duros; al contrario, lo que
hace es dotarlos de otros sabrosos matices y procurar más carne para comer sin
necesidad de hurgar tanto.
Durante seis días la cena consistió en un par de caracoles, y efectuó
otro viaje a la fumarola para coger otra media docena. Pero el séptimo día su
conciencia comenzó a remorderle. De haber sido otra persona con mayor capacidad
de análisis, habría constatado que aquel aguijoneo interno aumentaba en
proporción aritmética a los retortijones provocados por el hartón de caracoles.
Al principio pensó que era un mentula egoísta por guardarse los caracoles sólo
para él, cuando tenía buenos amigos en su escuadrón. Luego dio en pensar en la
circunstancia de haber descubierto una vía de escalada a la montaña.
Tres días más estuvo luchando con su conciencia, pero, finalmente,
sufrió un ataque de gastritis que casi acaba con su afición por los caracoles
y que incluso le hizo desear no haberlos probado. Eso le decidió.
No se entretuvo en informar al jefe del escuadrón; fue directamente a la
cúspide.
La tienda del general, con su bandera, estaba situada aproximadamente en
el centro del campamento, junto a la intersección de la vía praetoria, que unía
la puerta principal con la trasera, y la vía principalis, que unía las dos
puertas laterales; a ambos lados había una explanada para las asambleas. Allí,
en una estructura de recias pieles, sostenidas por una armadura de madera,
tenía Cayo Mario su puesto de mando y su cuartel; a la sombra de un toldo que
se extendía ante la entrada principal había una mesa y una silla, ocupadas por
el tribuno militar del día, cuyo cometido era cribar a los que deseaban ver al
general y hacer llegar a su destino las diversas órdenes. Había, a ambos lados
de la puerta, dos centinelas en posición de descanso pero vigilantes, aliviados
en la monotonía del servicio por la circunstancia de que podían escuchar lo que
hablaba el tribuno con los visitantes que acudían a la tienda.
Estaba de servicio Quinto Sertorio y lo hacía con gran placer. Le
gustaba aquello de resolver problemas de abastecimiento, disciplina, moral y
atender a los que solicitaban algo, y le encantaban las tareas cada vez más
difíciles e importantes que le encomendaba Mario. Si había un caso de culto a
la personalidad, la palma se la llevaba Quinto Sertorio por su admiración hacia
Mario, que para él representaba la encarnación perfecta del señor-soldado. Nada
de lo que Cayo Mario le hubiese pedido le habría resultado desagradable a
Quinto Sertorio, y, mientras que otros tribunos militares noveles detestaban
estar de servicio en la tienda del general, a Quinto Sertorio le encantaba.
Cuando el ligur de las tropas auxiliares de caballería llegó hasta su
mesa con el paso característico de los que se pasan la vida montados con las
piernas colgando, Quinto Sertorio le miró con curiosidad. Era un individuo de
aspecto poco atractivo y tenía una cara que únicamente podía haber parecido
agradable a su madre, pero llevaba bien ajustada la cota de mallas, lucía en
las botas ligures de montar de suela blanda unas relucientes espuelas y sus
polainas de cuero estaban bastante limpias. Era de esperar
que oliese un poco a caballo, porque era un aroma que impregnaba a todo
el ejército y no había nada que hacer por mucho que se bañaran o lavaran la
ropa.
Dos pares de ojos que se observan mutuamente, complacidos.
Ninguna condecoración, pensó Quinto Sertorio; pero tampoco la caballería
había realizado acción alguna.
Joven para ese cargo, pensó Publio Vagienio, pero tiene un aspecto
militar como he visto en pocos de estos romanos andarines, que no saben nada de
caballos.
—Se presenta Publio Vagienio, del
escuadrón ligur de
caballería.
Querría ver a Cayo Mario.
—¿Grado? —inquirió Quinto Sertorio.
—Soldado de caballería.
—¿Qué deseas?
—Es un asunto privado.
—El general —replicó Quinto Sertorio con una sonrisa— no suele recibir a
soldados rasos auxiliares de caballería, y más cuando no vienen acompañados por
su tribuno. ¿Dónde está el tuyo?
—Él no sabe que he venido —respondió Publio Vagienio, con cara de
terco—. Es un asunto privado.
—Cayo Mario está muy ocupado.
Publio Vagienio apoyó las manos en la mesa y se inclinó sobre el
tribuno, casi asfixiándole con el olor a ajo.
—Mirad, joven, decidle a Cayo Mario que tengo una propuesta que le
interesará mucho, pero no pienso decírsela a nadie más que a él. Nada más.
Sin alterar la mirada ni la expresión y conteniendo las ganas de reír,
Quinto Sertorio se levantó.
—Espera ahí, soldado —dijo.
El interior de la tienda estaba dividido en dos zonas por una partición
de piel con una raja en el centro. La sección más interior constituía la
vivienda de Mario y la más externa hacía las veces de despacho. Esta primera
sección era, con mucho, la más grande y en ella había una serie de sillas y
mesas plegables, cartapacios con mapas, maquetas de obras de asedio
realizadas por los zapadores, basándose en la montaña del Muluya, y
anaqueles portátiles con casilleros llenos de documentos, rollos, libros y
papeles.
Cayo Mario estaba sentado en su silla curul de marfil a un lado de la
gran mesa plegable a modo de escritorio, con su legado Aulo Manlio al otro lado
y su cuestor Lucio Cornelio Sila en medio. Era evidente que estaban ocupados en
la tarea que más detestaban, pero tan cara a los burócratas encargados del
Tesoro: los libros de contabilidad. Quinto Sertorio advirtió en seguida que era
una reunión preliminar, pues de haber sido una sesión oficial habrían estado
acompañados de los funcionarios y escribas.
—Cayo Mario, perdonad que os interrumpa —dijo Sertorio con cierta
timidez.
Algo en su tono hizo que los tres hombres alzaran la vista para mirarle.
—Estás perdonado, Quinto Sertorio. ¿Qué hay? —dijo Mario,
sonriendo.
—Es que no sé si os hará perder el tiempo, pero hay un soldado de la
caballería ligur que insiste en veros y no quiere decir para qué.
—Un soldado ligur de caballería —repitió Mario, despacio—. ¿Y qué dice
su tribuno?
—Es que no ha consultado con el tribuno.
—Ah, es un asunto secreto, ¿eh? —añadió Mario, mirando sagazmente a
Sertorio—. ¿Y por qué tengo que recibirle, Quinto Sertorio?
—Si pudiera contestaros desempeñaría mucho mejor mi trabajo — respondió
Sertorio sonriendo—. De verdad que no lo sé, pero tengo la impresión, aun a
riesgo de equivocarme, de que deberíais recibirle, Cayo Mario. Es una
impresión.
—Que pase —dijo Mario, dejando un papel que tenía en la mano.
El verse ante el estado mayor no hizo mella alguna en la seguridad de
Publio Vagienio, que se cuadró parpadeando bajo la luz más tenue de la tienda,
sin mostrar ninguna intimidación.
—El soldado Publio Vagienio —dijo Sertorio, disponiéndose a marchar.
—Quédate, Quinto Sertorio —dijo Mario—. Bien, Publio Vagienio,
¿qué quieres decirme?
—Muchas cosas —respondió el ligur.
—¡Pues dilo, hombre!
—¡En seguida, en seguida! —replicó Publio Vagienio sin acobardarse
—. Primero voy a exponeros mi caso. ¿Os digo la información o mi
propuesta de negocio?
—¿Tiene que ver una cosa con la otra? —inquirió Aulo Manlio.
—Segurísimo, Aulo Manlio.
—Pues di primero lo del negocio —terció Mario con cara de palo—. Me
gusta la aproximación indirecta.
—Caracoles —dijo Publio Vagienio.
Los cuatro romanos le miraron sin decir palabra.
—Esa es mi propuesta de negocio —añadió pausadamente el ligur—. Unos
caracoles. ¡Los caracoles más grandes y sabrosos que existen!
—Ah, por eso apestas a ajo —comentó Sila.
—Sin ajo no puedo comer caracoles —replicó Vagienio.
—¿Y en qué podemos ayudarte con lo de los caracoles? —inquirió Mario.
—Deseo una concesión —contestó Vagienio— y que me presentéis a buenos
clientes en Roma para venderlos.
—Entiendo —dijo Mario, mirando a Manlio, Sila y Sertorio. Ninguno
sonreía—. Bien, acordada la concesión; me imagino que podremos arreglar lo de
la presentación. ¿Y cuál es la información que dices?
—He encontrado un camino para subir a la montaña. Sila y Aulo Manlio se
irguieron en su asiento.
—Has encontrado un camino que asciende a la montaña —dijo Mario
pausadamente.
—Sí.
Mario se puso en pie detrás de la mesa. —Enséñamelo —dijo.
—¡Sí, Cayo Mario, claro, os lo enseñaré! —replicó Vagienio dando un paso
atrás—. Pero cuando hayamos recogido los caracoles.
—¿Y no pueden esperar? —terció Sila con gesto amenazador.
—¡No, Lucio Cornelio, no es posible! —respondió el ligur, demostrando
que conocía perfectamente los nombres de los mandos—. La vía hasta la cumbre
pasa por la pista de los caracoles, ¡y son mios! ¡Los mejores caracoles del
mundo! Mirad —añadió, descolgando el zurrón de su absurda ubicación cruzado
sobre la larga espada de caballería, para abrirlo y extraer cuidadosamente un
caracol de dieciséis centímetros, que puso en la mesa de Mario.
Los cuatro lo miraron perplejos, sin decir palabra. Como la superficie
de la mesa estaba fresca y lustrosa, al cabo de un rato el caracol comenzó a
salir de su concha, porque tenía hambre y llevaba en el zurrón de Publio
Vagienio bastante tiempo, estirándose poco a poco como una tortuga, elevando la
concha y desplegando su cuerpo bajo ella en viscosas protuberancias disformes.
Una de las protuberancias adoptó forma de cola y el extremo contrario se
configuró en achaparrada cabeza con unas antenas gelatinosas surgidas como por
ensalmo. Una vez completada la metamorfosis, todos pudieron oír cómo mordía la
hoja en que Publio Vagienio le había envuelto.
—Esto sí que es un caracol —dijo Cayo Mario.
—¡Ya lo creo! —añadió jadeante Quinto Sertorio.
—Con caracoles así se podría alimentar un ejército —comentó Sila, a
quien los caracoles le apetecían tan poco como las setas.
—¡Precisamente! —exclamó Publio Vagienio—. ¡No quiero que esos mentulae
glotones me quiten los caracoles! —Todos hicieron una mueca—. ¡Hay muchos
caracoles, pero quinientos soldados darian cuenta de ellos! Lo que yo quiero es
llevarlos a Roma para criarlos, y no deseo que me destrocen el criadero.
¡Quiero esa concesión y que nadie de este ejército de cunní me estropee la
parcela donde están los caracoles!
—Un ejército de cunni, si que es —dijo Mario muy serio.
—Se da el caso —terció Aulo Manlio con su marcado acento de clase alta—
de que puedo ayudaros, Publio Vagienio. Tengo un cliente en Tarquinia, en
Etruria, ¿sabéis?, que ha montado un lucrativo y selecto negocio en los
mercados Cuppedenis, de Roma, ¿sabéis?, para la venta de caracoles. Se llama
Marco Fulvio, no es un Fulvio noble, ¿sabéis?, y yo
mismo le presté algún dinero hace un par de años. Ahora le va bien, pero
imagino que llegaría con mucho gusto a un acuerdo cuando vea este magnifico...
realmente magnífico, Publio Vagienio... caracol.
—Trato hecho, Aulio Manlio —dijo el ligur.
—¿Nos enseñas ahora el camino a la cumbre? —inquirió Sila, impaciente.
—En seguida, en seguida —respondió Vagienio volviéndose hacia Mario, que
se ataba las botas—. Primero quiero ver qué dice el general para asegurarme que
no se destruye la parcela de los caracoles.
Mario acabó de atarse las botas y se incorporó, mirando de hito en hito
a Vagienio.
—Publio Vagienio —dijo—, ¡eres un hombre al que aprecio! Unes un buen
sentido comercial a un firme espíritu patriótico. No temas: tienes mi palabra
de que se respetará la parcela de los caracoles. Ahora, haz el favor de
guiarnos hasta ese camino.
Cuando, poco después, el grupo explorador se dispuso a salir, se vio
aumentado por el jefe de zapadores. Cabalgaron para ganar tiempo. Vagienio en
su mejor caballo; Mario en el corcel viejo pero muy elegante, que montaba
principalmente en los desfiles; Sila, haciendo honor a su preferencia, en una
mula, y Aulo Manlio, Quinto Sertorio y el zapador, en caballos jóvenes de la
reserva.
La fumarola no presentaba dificultades para el zapador.
—Será fácil construir una escalera hasta arriba —comentó, observando la
altura de la misma—. Hay espacio.
—¿Cuánto tardarás? —inquirió Mario.
—Tengo unos carros con tablones y vigas. Así que... un par de días,
trabajando día y noche.
—Pues manos a la obra —dijo Mario, mirando a Vagienio con admiración—.
Debes de ser unas tres cuartas partes de cabra para subir por ahí —dijo.
—La montaña le hace a uno —respondió modestamente el ligur. —Bien, tus
caracoles no correrán peligro cuando esté la escalera —
añadió Mario mientras regresaban al sitio de los caballos—. Y si les
sucede
algo, ya me encargaré yo de ajustar cuentas.
Cinco días después, la fortaleza del Muluya caía en poder de Cayo Mario,
junto con un fabuloso botín de monedas y barras de plata y mil talentos de oro;
se hizo también con dos cofrecillos, uno lleno de finísimos y rojisimos
carbunculus y el otro de unas piedras desconocidas, unos cristales largos con
facetas naturales, cuidadosamente pulimentados, de rosa oscuro por un extremo y
con toda la gama del verde por el otro.
—¡Una fortuna! —dijo Sila alzando una de aquellas curiosas piedras que
los indígenas llamaban lychnítes.
—¡Ya lo creo! ¡Ya lo creo! —exclamó Mario, relamiéndose.
En cuanto a Publio Vagienio, fue condecorado en una revista general del
ejército y se le recompensó con nueve phalerae de plata maciza, que eran unos
medallones de relieve cincelado montados en grupos de tres sobre bandas
engastadas en plata para llevarlos al pecho sobre la coraza o la cota de
mallas. A él le agradó aquella distinción, pero le complacía mucho más que
Mario hubiese cumplido su palabra, protegiendo del pillaje los caracoles,
cubriendo la subida a la cumbre con pieles para que los soldados no pudieran
imaginar las exquisiteces que circulaban morosamente por la concavidad de los
helechos. Una vez tomada la fortaleza, Mario ordenó derruir la escalera. Y no
sólo eso, sino que Aulo Manlio escribió a su cliente el innoble Marco Fulvio
acordando una sociedad para cuando acabase la campaña africana y Publio
Vagienio quedase licenciado.
—Os advierto, Publio Vagienio —dijo Mario mientras le imponía las nueve
phalerae de plata—, que los cuatro esperamos la justa compensación en años
venideros de tener caracoles gratis en nuestra mesa, y una participación para
Aulo Manlio.
—Contad con ello —dijo Publio Vagienio, que había comprobado
apesadumbrado la desaparición de su afición por los caracoles desde aquella
indigestión. Pero ahora los veía con el ojo vigilante del conservador, más que
del consumidor.
A finales de agosto, el ejército emprendió el camino de regreso desde
las tierras fronterizas, bien alimentado porque era época de cosecha. La
visita a los confines del país del rey Boco dio el resultado apetecido,
pues el monarca, convencido de que una vez conquistada Numidia Mario no iba a
detenerse, decidió unirse a la suerte de Yugurta y se apresuró a conducir su
ejército moro al río Muluya, donde se entrevistó con su yerno, que había
esperado a que Mario se fuera para volver a ocupar su saqueada fortaleza.
Los dos reyes siguieron a los romanos en su marcha hacia el este, sin
prisa por atacar y a suficiente distancia para no ser avistados. Y cuando Mario
se hallaba a cien millas de Cirta cayeron sobre él.
Estaba oscureciendo y el ejército romano estaba montando el campamento.
Pese a ello, el ataque no los sorprendió del todo porque Mario procedía a
montar los campamentos con escrupulosas medidas de seguridad. Los agrimensores
habían marcado las cuatro esquinas con sus respectivas estacas y a continuación
todo el ejército procedió con meticulosa precisión a situarse en el interior
del recinto previsto, dirigiéndose maquinalmente cada legión a su ubicación,
con cada cohorte y cada centuria bien distribuidas dentro de las mismas. Nadie
entorpeció los movimientos de los demás y ninguno se equivocó ocupando más
espacio del previsto. Metieron también el convoy de pertrechos, y las tropas
auxiliares de las respectivas centurias condujeron las mulas de cada octeto y
el carro de la centuria, mientras los mozos montaban los establos y colocaban
los carros. Con las herramientas de excavar, las estacas de empalizada y su
respectivo armamento, los soldados se situaron en los segmentos de perímetro
asignados, trabajando con cota de mallas, espada y puñal al cinto y las lanzas
clavadas en tierra, con el escudo apoyado en ellas y el casco colgado de las
mismas por delante para que en caso de una ráfaga de viento no se volcasen. De
ese modo, toda la tropa tenía a mano el casco, el escudo y la lanza sin dejar
de trabajar.
Los exploradores no localizaron al enemigo, dieron parte de que todo
estaba tranquilo y fueron a ocupar sus puestos en la construcción del
campamento. Ya se había ocultado el sol, y fue bajo la escasa luz crepuscular
que precede a la noche cuando los ejércitos númida y mauritano surgieron por
detrás de unas crestas y cayeron sobre el campamento a medio terminar.
La lucha se entabló en la oscuridad y fue una pugna desesperada,
desfavorable a los romanos durante unas horas, pero Quinto Sertorio surtió a
las tropas auxiliares de antorchas de tea para que Mario pudiera observar el
campo y ver cómo se desarrollaba el combate; a partir de ese momento, las cosas
comenzaron a cambiar. Sila se distinguió notablemente, reuniendo a las tropas
que comenzaban a huir despavoridas y apareciendo en todos los sitios en que era
preciso como por arte de magia, pero en realidad porque tenía un don militar
congénito que le hacía prever dónde iba a darse un punto débil. Con la espada
ensangrentada y lleno él mismo de sangre, luchó como un veterano, valiente en
el ataque, prudente en la defensiva y magnífico en los trances apurados.
A la octava hora de la noche, la victoria era de los romanos. Los
ejércitos númida y mauritano se retiraron en bastante buen orden, dejando en el
campo de batalla miles de soldados, mientras que Mario sufría pocas bajas.
Por la mañana, el ejército romano se puso en marcha, pues Mario había
decidido que no era momento para descansar. Los romanos muertos fueron
debidamente incinerados y los cadáveres del enemigo quedaron para los buitres.
Las legiones avanzaban en cuadro, con la caballería delante y detrás de la
compacta columna, y las mulas y el convoy de pertrechos en el centro. Si sobre
la marcha se producía un segundo ataque, la maniobra que tenían que hacer los
soldados era ponerse de cara a los lados del cuadrado, mientras la caballería
se situaba formando alas. La tropa llevaba el casco puesto, con el penacho de
crines de colores flameando al viento, y portaba el escudo sin funda y las dos
lanzas. No se relajaría la vigilancia hasta que avistasen Cirta.
El cuarto día, cuando estaba previsto alcanzar Cirta a la noche
siguiente, los dos reyes volvieron a atacar. Pero esta vez encontraron a Mario
preparado. Las legiones formaron en cuadrados, cada uno de ellos configurando
un enorme cuadrilátero, con los pertrechos en el centro, y a continuación estos
cuadriláteros se deshicieron en filas para duplicar su espesor frente al
enemigo. Como siempre, Yugurta contaba con miles de caballos númidas para
romper el frente de los romanos. Soberbios jinetes,
sus guerreros montaban sin silla ni brida y no llevaban armadura,
confiando en la fuerza y la rapidez de la embestida, en su coraje y en la
impecable precisión con que manejaban la jabalina y la espada larga. Pero ni su
caballería ni la de Boco pudieron abrir brecha en el centro del cuadrado romano
y sus fuerzas de infantería se estrellaron contra un compacto muro de
legionarios.
Sila combatía en primera línea con la primera cohorte de la primera
legión, pues Mario estaba dirigiendo la táctica y el elemento sorpresa era
mínimo; cuando las líneas de infantería de Yugurta cedieron, fue Sila quien
dirigió la carga, seguido de cerca por Sertorio.
El angustioso deseo de verse libre de Roma para siempre, hizo que
Yugurta sostuviese el combate lo más posible, y cuando optó por retirarse ya
era demasiado tarde; no le quedaba más remedio que debatirse contra las tropas
romanas, ya animadas con la moral del triunfo. La victoria que obtuvieron fue
absoluta y terminante. Los ejércitos númida y mauritano fueron destrozados,
quedando casi todos sus hombres muertos en el campo de batalla. Pero Yugurta y
Boco consiguieron huir.
Mario cabalgó hasta Cirta a la cabeza de una columna exhausta pero
jubilosa. Ya no habría guerra a gran escala en Africa, y todos lo sabían. Esta
vez Mario acuarteló a sus tropas dentro de Cirta para no exponerlas al enemigo,
y las distribuyó entre los hogares de la desventurada población númida, con la
cual formó las brigadas que al día siguiente envió a limpiar el campo de
batalla, quemar los montones de cadáveres enemigos y recoger los de los romanos
para hacerles los funerales adecuados.
Quinto Sertorio quedó encargado de disponer todas las condecoraciones
que Mario quería imponer en una revista general del ejército tras la cremación
de los caídos, cuya ceremonia también le encomendó. Como era la primera vez que
asistía a aquella clase de operación, no tenía ni idea de cómo organizarla,
pero era inteligente y mañoso y encontró a un centurión veterano primus pilus,
quien le informó.
—Lo que tienes que hacer, Quinto Sertorio —le dijo el veterano—, es
coger todas las condecoraciones de Cayo Mario y exponerlas en el estrado del
general para que la tropa vea cómo ha sido su carrera de soldado. Estos
son buenos chicos, proletarios o no, pero no saben nada de la vida
militar ni vienen de una familia con tradición castrense. ¿Cómo van a saber qué
clase de soldado ha sido Cayo Mario? ¡Yo sí! Porque he estado con él en todas
las campañas en que ha luchado desde... Numancia.
—Pero no creo que tenga aquí las condecoraciones —dijo Sertorio,
consternado.
—¡Claro que las tiene, joven Sertorio! —replicó el veterano de cien
batallas y escaramuzas—. ¡Son las que le dan suerte!
Y, si, cuando se presentó ante él, Cayo Mario confesó un tanto incómodo
que había llevado sus condecoraciones a lo largo de toda la campaña, hasta que
Sertorio le comentó la observación del veterano a propósito de la suerte.
Los habitantes de Cirta se echaron a la calle, pues era una ceremonia
impresionante: el ejército entero desfilando en atavío de gala, cada legión con
su águila de plata envuelta en los laureles de la victoria y todos los
estandartes de las centurias —el vexillum— también cubiertos con laurel. Todos
los soldados exhibían sus condecoraciones, pero como era un ejército nuevo,
sólo unos cuantos centuriones y media docena de soldados exhibían brazaletes,
torcas y medallones. Naturalmente, Publio Vagienio portaba sus phalerae de
plata.
¡Ah, pero nadie hacía sombra a Cayo Mario!, pensaba el admirado Quinto
Sertorio, mientras aguardaba turno para que le impusiera la corona de oro por
un solo combate en el campo de batalla. También Sila aguardaba su corona de
oro.
Allí estaban, colocadas todas en el estrado a sus espaldas, las
condecoraciones de Cayo Mario: seis lanzas de plata por muerte al enemigo en
combate en seis ocasiones, un estandarte vexíllum rojo .bordado en oro y con
flecos de oro por dar muerte a varios hombres en un solo combate en la misma
ocasión, dos escudos con incrustaciones de plata con la forma ovalada antigua
por resistir tenazmente en una posición. Luego estaban las condecoraciones que
portaba: coraza de cuero endurecido en lugar de la normal de bronce plateado de
oficial mayor, y sobre ella llevaba sus phalerae en los arneses con
incrustaciones de oro, nada menos que tres
juegos de nueve de oro, dos en el pecho y uno a la espalda; seis torcas
de oro y cuatro de plata, pendientes de correillas en hombros y espaldas, así
como brazos y muñecas llenos de pulseras, armillas de oro y plata. Luego
estaban las coronas. En la cabeza llevaba la corona cívica de hojas de roble,
concedida a quien hubiese salvado la vida de sus compañeros, resistiendo en el
lugar de la hazaña hasta el final de la batalla; dos coronas más de hojas de
roble colgaban de dos lanzas de plata, como muestra de haber ganado la corona
cívica nada menos que tres veces; en otras dos lanzas de plata colgaban dos
coronas de oro en forma de hojas de laurel, por su notable valor; en la quinta
lanza pendía una corona miira de oro con almenas, por haber sido el primero en
escalar las murallas de una ciudad enemiga, y de la sexta lanza colgaba una
corona vallarís de oro, ganada por haber sido el primero en saltar la valla de
un campamento enemigo.
¡Qué hombre!, pensó Quinto Sertorio, haciendo mentalmente el catálogo de
los trofeos. Sí, las únicas condecoraciones que le faltaban eran la corona
naval, concedida al valor en batalla naval, pero, como Mario nunca había
combatido en el mar, era una omisión lógica, y la corona gramínea, la simple
corona de hierba concedida a quien por su solo valor e iniciativa hubiese
salvado a una legión o a un ejército. La corona de hierba sólo se había
concedido unas cuantas veces en la historia de la república, la primera vez al
legendario Lucio Sicio Dentato, que había ganado nada menos que veintiséis
coronas distintas, pero sólo una corona gramínea; a Escipión el Africano
durante la segunda guerra contra Cartago. Sertorio frunció el entrecejo,
esforzándose en recordar los otros condecorados. ¡Ah, sí!, Publio Decio Mus,
que la había ganado en la primera guerra samnita, y Quinto Fabio Máximo
Verrucosis Cunctator, por ir a la zaga de Aníbal por toda Italia, evitando que
cayera en la tentación de atacar a Roma.
Luego nombraron a Sila para entregarle su corona de oro y un juego de
nueve phalerae de oro por su valor durante la primera de las dos batallas
contra los africanos. ¡Qué complacido parecía y qué enaltecido! Quinto Sertorio
había oido decir que era un individuo bastante frío y que tenía una vena de
crueldad, pero desde que estaban juntos en Africa no había visto pruebas de
tales acusaciones; y, desde luego, de haber sido cierto, Cayo
Mario no le habría apreciado tanto como demostraba. Evidentemente,
Quinto Sertorio no entendía que cuando las cosas iban bien y la vida era
agradable, con suficiente estímulo mental y fisico, la frialdad y la crueldad
quedaban temporalmente ocultas; tampoco sabía que Sila era lo bastante astuto
para saber que Cayo Mario no era hombre a quien conviniera mostrar el lado más
siniestro de su carácter. Realmente, Lucio Cornelio Sila había hecho gala de un
comportamiento irreprochable desde que Mario le había nombrado cuestor, y lo
había mantenido sin esfuerzo.
—¡Oh!, —exclamó Quinto Sertorio, sobresaltado. Estaba tan profundamente
inmerso en sus pensamientos que no había oído que le nombraban, hasta que su
criado le dio un codazo, casi tan orgulloso como él mismo. Se dirigió rápido
hacia el estrado y, firme, aguardó a que el gran Cayo Mario le impusiera la
corona de oro, para recibir a continuación los vítores del ejército y estrechar
la mano de Cayo Mario y de Aulo Manlio.
Una vez repartidos las torcas, pulseras, medallones y estandartes y
después que algunas cohortes recibieran condecoraciones de oro y plata para las
astas de sus banderas, habló Cayo Mario.
—¡Bravo, proletarios! —exclamó frente a la tropa condecorada—. ¡Habéis
demostrado ser más valientes, más decididos, más trabajadóres, más inteligentes
que nadie! ¡Las astas de muchos estandartes quedarán ahora adornadas con
condecoraciones! ¡Así tendrán algo que mirar en Roma cuando desfilemos en
triunfo! ¡Y a partir de este momento ningún romano podrá decir que los
proletarios no ganan batallas para Roma!
Acababa de comenzar noviembre con sus prometedoras lluvias cuando llegó
una embajada del rey Boco de Mauritania. Mario dejó que se cocieran en su
propia salsa durante unos días, sin hacer caso de sus prisas.
—Estarán más suaves que un guante —le dijo a Sila momentos antes de
recibirlos—. ¡No pienso perdonar al rey Boco —dijo nada mas entrar la
comisión—, así que marchaos! Me estáis haciendo perder el tiempo.
El portavoz era Bogud, hermano menor del rey Boco; el príncipe Bogud dio
un paso al frente antes de que Mario hiciera seña a sus lictores de que
despidieran a la embajada.
—¡Cayo Mario, mi hermano el rey sabe de sobra la gravedad de sus
transgresiones! —dijo—. No demanda tu perdón, ni pide que solicitéis al Senado
del pueblo de Roma que vuelvan a admitirle como amigo y aliado. Lo que pide es
que en primavera mandéis una embajada con dos de vuestros legados mayores a su
corte de Tingis, junto a las columnas de Hércules. El les explicará con todo
detalle por qué se alió con el rey Yugurta, y sólo pide que le escuchen. No
quiere que le repliquen nada, sino que os lo informen a vos para que respondáis
en persona. ¡Os ruego que concedáis ese favor a mi hermano el rey!
—¿Qué, enviar a dos de mis principales hasta Tingis a principios de la
época de campaña? —inquirió Mario con fingida sorpresa—. ¡No! Lo único que haré
es enviarlos a Saldae.
Se trataba de un pequeño puerto cercano al de Rusicade, en Cirta, y
todos los miembros de la embajada alzaron las manos horrorizados.
—¡Imposible! —exclamó Bogud—. ¡Mi hermano el rey quiere evitar a toda
costa un encuentro con Yugurta!
—En Icosium —dijo Mario, nombrando otro puerto a unas doscientas millas
al oeste de Rusicade—. Enviaré a mi legado mayor Aulo Manlio y a mi cuestor
Lucio Cornelio Sila a Icosium, pero ahora, príncipe Bogud, no en primavera.
—¡Imposible! —exclamó Bogud—. ¡El rey está en Tingis! —¡Bobadas!
—exclamó Mario, despreciativo—. El rey está camino de
Mauritania con el rabo entre piernas. Si enviáis un corcel rápido para
que le alcance, no tendrá dificultad alguna en llegar a Icosium al tiempo que
mis legados se embarcan —añadió mirando imperioso a Bogud—. Es mi mejor y
última oferta. O eso, o nada.
Bogud aceptó. La embajada embarcó dos días más tarde junto con Aulo
Manlio y Sila en una nave con destino a Icosium, después de haber enviado un
corcel rápido que diera alcance a los maltrechos restos del ejército moro.
—Nos estaba esperando cuando zarpamos, como tú previste —dijo Sila un
mes más tarde, al regresar.
—¿Dónde está Aulo Manlio? —inquirió Mario.
—Aulo Manlio no se encontraba bien —respondió Sila con ojos risueños— y
decidió regresar por tierra.
—¿Es una indisposición grave?
—Nunca he visto a nadie que se maree tanto —respondió Sila.
—¡Ah, no lo sabía! —añadió Mario, sorprendido—. Entonces, supongo que
serías tú el más consciente de lo que dijeran en la entrevista.
—Sí —contestó Sila—. Ese Boco es un hombrecillo divertido. Parece una
bola de tanto comer dulces. Muy ampuloso por fuera y muy tímido por dentro.
—Es una combinación que se da —comentó Mario.
—Bien, está claro que teme a Yugurta; en eso no creo que mienta. Y si le
diésemos garantías de que no tenemos intención alguna de quitarle el trono,
creo que se plegaría complacido a los intereses de Roma. Pero Yugurta le trae
de cabeza.
—Yugurta nos trae de cabeza a todos. ¿Seguiste el método de Boco de no
decir nada o le contestaste?
—Primero le dejé hablar —dijo Sila—, pero luego contesté. Pretendía
darse aires regios y despedirme, y yo le dije que la entrevista era una
iniciativa unilateral que en nada vinculaba a tus representantes.
—¿Y qué más le dijiste?
—Que si era un rey inteligente, prescindiría de Yugurta y se avendría a
la política de Roma.
—¿Y cómo reaccionó?
—Bastante bien, desde luego; quedó más que sumiso.
—Pues veremos qué pasa ahora —dijo Mario.
—He descubierto una cosa —añadió Sila—. Que a Yugurta no le quedan
hombres para reclutar. Hasta los gétulos se niegan a entregarle más tropas.
Numidia está muy cansada de la guerra y casi nadie, tanto de los habitantes
sedentarios como de la población nómada, cree que exista la menor posibilidad
de victoria.
—Pero ¿nos entregarían a Yugurta?
—No, claro que no —respondió Sila meneando la cabeza.
—No importa —replicó Mario, sonriente—. ¡El año que viene, Lucio
Cornelio! El año que viene le cogeremos.
Poco antes de que concluyera el año, Cayo Mario recibió de Publio
Rutilio Rufo una carta que se había retrasado mucho por una serie de
temporales.
Sé que querías que me presentara a cónsul contigo, Cayo Mario, pero me
ha surgido una oportunidad que habría sido necio perder. Sí, el año que viene
seré candidato al consulado, y mañana inscribiré mi nombre. De momento parece
haberse secado el pozo y no se presenta nadie importante. Parece que te oigo
decir: "Cómo, ¿no vuelve a presentarse Quinto Lutacio Catulo César?"
No, últimamente está de capa caída por lo evidente que resulta que pertenece a
la facción partidaria de todos los cónsules responsables de la pérdida de
tantas vidas humanas. Hasta ahora el que más posibilidades tiene es una especie
de hombre nuevo; nada menos que Cneo Malio Máximo. No está nada mal; yo podría
entenderme con él, y estoy casi seguro que es el candidato más idóneo.
Te han prorrogado el mando otro año, como seguramente ya sabes.
En este momento, Roma es una ciudad muy aburrida; apenas tengo qué
contarte y poquisimo en cuanto a escándalos. Los tuyos están bien; el pequeño
Mario es un gozo y una delicia, muy dominante y adelantado para su edad, y
vuelve loca a su madre de lo travieso que es, como deben ser los niños. Sin
embargo, tu suegro no se encuentra bien, aunque, como buen César, nunca se
queja. Parece que le sucede algo en la voz y no hay manera de paliarlo por
mucha miel que tome.
¡Y no tengo nada más que contarte! Es horroroso. ¿De qué podría
hablarte? Apenas he llenado una página. Ah, está lo de mi sobrina Aurelia.
"¿Y quién diablos es esa Aurelia?", te oigo decir. Además, no te
interesará lo más mínimo. Es igual. Seré breve. Seguro que conoces la historia
de Helena de Troya, a pesar de que seas un provinciano que no habla griego. Era
tan hermosa, que todos los reyes y príncipes de Grecia la codiciaban
en matrimonio. Pues así es mi sobrina. Tan preciosa, que en Roma todos
quieren casarse con ella.
Todos los hijos de mi hermana Rutilia son hermosos, pero Aurelia es algo
más que hermosa. Cuando era niña, todos lamentaban el rostro que tenía; decían
que era demasiado huesudo, demasiado duro, demasiado qué sé yo. Pero ahora que
va a cumplir dieciocho años, todo el mundo hace elogios de ese mismo rostro.
Te diré que yo la quiero mucho. ¿Por qué? me imagino que preguntarás.
Cierto, generalmente no me interesan las hijas de mis parientes cercanos, y
tampoco mi hija ni mis dos nietas. Pero sí sé por qué aprecio a mi querida
Aurelia. Por su criada. Cuando cumplió trece años, mi hermana y su esposo
—Marco Aurelio Cota— decidieron que tuviese una criada fija que hiciera las
veces de compañera y vigilanta. Así, compraron una buena muchacha y se la
dieron a Aurelia, quien al poco les dijo que no quería aquella chica.
—¿Por qué? —preguntó mi hermana Rutilia.
—Porque es perezosa —contestó la chiquilla de trece años.
Los padres volvieron a ver al tratante y se esmeraron en elegir otra
criada, que Aurelia también rechazó.
—¿Por qué? —preguntó mi hermana.
—Porque se cree que puede dominarme —le contestó Aurelia.
Y sus padres volvieron por tercera vez y examinaron con Espurio Postumio
Glicón los libros para encontrar otra. Debo añadir que las tres que habían
escogido eran muy instruidas, griegas y muy bien habladas.
Pero Aurelia tampoco quiso a la tercera criada.
—¿Por qué? —volvió a preguntarle mi hermana Rutilia.
—Porque es una oportunista; ya le está haciendo guiños al mayordomo
—contestó Aurelia.
—¡Bueno, pues ve tú misma a elegir! —dijo mi hermana, harta. Cuando
Aurelia regresó a casa con la elegida, la familia se quedó
atónita. Había traído a una chica de dieciséis años de la tribu gala de
los arvernos, una criatura altísima y &lrasia, de rostro rosado y nariz
chata, ojos azul claro, un pelo horrorosamente cortado (su antiguo amo se lo
había cortado para venderlo para pelucas) y los pies y las manos mas
enormes que habían visto en su vida en hombre o mujer. Aurelia dijo que se
llamaba Cardixa.
Bien, como tú sabes, Cayo Mario, a mí siempre me han intrigado los
antecedentes de los esclavos domésticos; siempre me ha chocado que dediquemos
mucho más tiempo a decidir el menú de un banquete que a saber los orígenes de
aquellos a quienes confiamos nuestra ropa, nuestra persona, nuestros hijos y
hasta nuestra reputación. Y me llamó en seguida la atención que mi sobrina de
trece años hubiese elegido aquella horrenda Cardixa, precisamente con toda la
razón, pues ella quería una persona fiel, hacendosa, sumisa y bien
intencionada, más que alguien con buen aspecto, que hablase griego como un
indígena (¿no lo hablan todas?) y pudiese sostener una conversación con ella.
Así que me preocupé por enterarme de los datos de Cardixa, lo que no fue
difícil, pues pregunté a Aurelia, que conocía su historia. La habían vendido
cautiva con la madre cuando tenía cuatro años, después de que Cneo Domicio
Ahenobarbo conquistase la región de los arvernos y crease la provincia de la
Galia Transalpina. Poco después de llegar las dos a Roma, murió la madre, por
lo visto de melancolía; la niña se convirtió en una especie de doncella,
obligada a ir y venir con orinales, almohadas y cojines. Poco después de perder
su encanto de niña, la vendieron varias veces y fue creciendo hasta convertirse
en la espingarda que yo vi el día que Aurelia la trajo a casa. Uno de los amos
la había vejado sexualmente a la edad de ocho años, otro la azotaba cada vez
que su esposa la regañaba y un tercero la había enseñado a leer y escribir con
su propia hija, que era terca para el estudio.
—Y por compasión te la has traído a casa —comenté yo.
Ahora, Cayo Mario, verás por qué quiero más a esta muchacha que a mi
propia hija. Mi comentario no le gustó nada. Dio un respingo hacia atrás, como
una serpiente; y me contestó:
—¡Ni mucho menos! La compasión es admirable, tío Publio, así nos lo
dicen los libros y los padres, pero yo no creo que sea una buena justificación
para elegir una criada. Si la vida de Cardixa ha dejado mucho
que desear, no es culpa mía. Y no tengo capacidad moral para rectificar
su infortunio. Yo la he elegido porque estoy segura de que será jiel,
trabajadora, sumisa y bien intencionada. Una buena encuadernación no es
garantía de que el libro merezca la pena leerse.
Ah, ¿no te gusta a ti también un poco, Cayo Mario? ¡Trece años que tenía
entonces! Y lo más curioso es que esto, dicho ahora con mi atroz escritura,
puede sonar pedante o hasta insensible si yo no supiera que no era pedante ni
insensible. ¡Sentido común, Cayo Mario! Mi sobrina tiene sentido común.
¿Cuántas mujeres conoces con una virtud como ésa? Todos quieren casarse con
ella por su rostro, su cuerpo y su fortuna, cuando yo preferiría entregarla a
alguien que apreciase ese sentido común. Pero ¿cómo saber quién se merece ese
favor? Esa es la inquietante cuestión que nos planteamos.
Nada más dejar la carta, Mario cogió la pluma y una hoja de papel.
Mojó el estilete en el tintero y escribió decidido:
Claro que lo entiendo. ¡Aprovecha, Publio Rutilio! Cneo Malio Máximo
necesitará toda la ayuda que sea posible; y tú serás un cónsul excelente. En
cuanto a tu sobrina, ¿por qué no la dejas que escoja ella el marido? Parece que
lo ha hecho bien en lo de la criada. Aunque yo, sinceramente, no veo que sea
para tanto. Lucio Cornelio me dice que es padre de un hijo, pero la noticia le
llegó por Cayo Julio, no de Julilla. ¿Me harías el favor de echar un vistazo a
esa joven? Porque no creo que Julilla sea como tu sobrina en cuestión de
sentido común, y tampoco conozco a quien pedírselo, teniendo en cuenta que no
voy a dirigirme a su tata. Te doy las gracias por informarme de que Cayo Julio
no se encuentre bien. Espero que cuando recibas ésta seas ya cónsul.
El sexto año (105 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE PUBLIO RUTILIO RUFO Y CNEO MALIO MÁXIMO
Aunque Yugurta aún no era un fugitivo en su propio pais, las partes de
éste más pacificadas y orientales habían llegado a un acuerdo con los
dominadores romanos, aceptando la inevitabilidad de su poder. Sin embargo, la
capital, Cirta, estaba situada en el centro y Mario pensó que era más prudente
invernar en ella en lugar de hacerlo en Utica. La población de Cirta nunca
había demostrado gran cariño al rey, pero Mario conocía de sobra a Yugurta para
saber que se volvía ún individuo de lo más peligroso —y de lo más encantador—
cuando se le presionaba. Y no sería buena política dejar Cirta a merced de la
seducción del númida. Sila quedó en Utica de gobernador de la provincia romana,
mientras Aulo Manlio recibía licencia para volver a Italia. Manlio regresó a
Roma con los dos hijos de Cayo Julio César, ninguno de los cuales quería dejar
Africa. Pero Mario, preocupado por la carta de Rutilio, pensó que era mejor que
César tuviera a sus hijos a su lado.
En enero del nuevo año, el rey Boco de Mauritania se decidió por fin;
pese a sus vínculos de parentesco con Yugurta dijo que se aliaría formalmente
con Roma si ésta se dignaba tenerle por aliado. Se trasladó de lol a Icosium,
lugar en que se había entrevistado con Sila y el mareado Manlio dos meses
atrás, y desde allí envió una pequeña embajada a Mario. Lamentablemente no se
le ocurrió que Mario fuese a invernar en cualquier otro lugar que no fuera
Utica, y, como consecuencia, el reducido grupo se dirigió a esta ciudad,
alejándose muy al norte de Cirta y de Cayo Mario.
Eran cinco embajadores moros, incluido también esta vez el joven
príncipe Bogud, hermano del rey, pero la comitiva viajaba con poco aparato y
sin escolta, pues Boco no quería dificultades con Mario ni mostrarse
intimidatorio y bélico. Además, tampoco deseaba llamar la atención de Yugurta.
Por tanto, la caravana parecía una simple expedición de mercaderes ricos
regresando a casa con el producto de una buena temporada, por lo que resultaba
una buena tentación para las partidas de bandoleros que habían
surgido con la fragmentación de Numidia y la impotencia de su rey para
evitar que se apoderasen de la propiedad ajena. Cuando el grupo vadeaba el río
Ubus, algo más abajo de Hippo Regius, lo atacaron unos ladrones y les robaron
todo menos las ropas; incluso los esclavos y criados les quitaron para
venderlos en algún mercado lejano.
Quinto Sertorio y su excepcional cerebro se hallaban a las órdenes de
Mario, lo que significaba que Sila contaba con oficiales menos perspicaces. No
obstante, consciente de ello, había adoptado la costumbre de echar
personalmente un vistazo a las puertas del palacio del gobernador en Utica, y
por suerte vio a aquel grupo de desaseados que inútilmente trataban de que les
franqueasen la entrada.
—¡Tenemos que ver a Cayo Mario! —decía una y otra vez el príncipe
Bogud—. ¡Somos embajadores del rey Boco de Mauritania, os lo aseguro!
Sila reconoció a tres de ellos y se apresuró a acercarse.
—Déjalos pasar, idiota —espetó al tribuno de guardia, que dio el brazo a
Bogud para ayudarle a caminar, pues se notaba que llevaba los pies llagados—.
Ya os explicaréis después, príncipe —añadió tajante—. Ahora necesitáis un baño,
ropa limpia y descanso.
Horas después escuchaba el relato de Bogud.
—Hemos tardado más de lo previsto en llegar —concluyó Bogud—, y temo que
mi hermano el rey se haya desesperado. ¿Po demos ver a Cayo Mario?
—Cayo Mario está en Cirta —respondió Sila—. Os insto a que me digáis qué
desea el rey y yo lo comunicaré a Cirta. Si no, Se producirá aún más retraso.
—Somos parientes del rey, quien solicita a Cayo Mario que nos envíe a
Roma para suplicar directamente al Senado qúe vuelva a aceptar como cliente a
nuestro soberano —dijo Bogud.
—Entiendo —dijo Sila poniéndose en pie—. Príncipe Bogud, aposentaos
cómodamente aquí y esperad. Voy a avisar en seguida a Cayo Mario, pero
tardaremos unos días en saber su respuesta.
Vaya, vaya, vaya —decía la carta de Mario que llegó a Utica unos días
después—, esto puede ser muy interesante, Lucio Cornelio. No obstante, debo
tener sumo cuidado. El nuevo cónsul, Publio Rutilio Rufo, me dice que nuestro
querido amigo Metelo Numídico, el Meneítos, va por ahí diciendo a todos los que
le escuchan que va a procesarme por extorsión y corrupción en la administración
provincial. Así que no puedo facilitarle municiones. Por suerte tendrá que
buscarse pruebas porque yo nunca he extorsionado ni fomentado la corrupción;
bueno, imagino que tú lo sabes mejor que nadie. Así que lo que quiero que hagas
es lo siguiente.
Concederé audiencia al príncipe Bogud en Cirta, lo cual quiere decir que
tendrás que traer la embajada aquí. Sin embargo, antes de hacer nada, reúne a
todos los senadores romanos, tribunos del Tesoro y representantes del Senado
del pueblo de Roma que puedas, así como a los ciudadanos romanos importantes de
la provincia africana, y los traes a Cina. Quiero entrevistarme con Bogud
delante de todos los notables romanos para que escuchen lo que diga y aprueben
por escrito lo que decida hacer.
Sila dejó la carta entre carcajadas.
—¡Ah, muy bien hecho, Cayo Mario! —exclamó hablando a solas entre las
cuatro paredes de su despacho.
E inmediatamente fue a fastidiar a sus tribunos y oficiales de
administración, ordenándoles recorrer de arriba abajo la provincia en busca de
notables romanos.
Porque, dada la importancia como abastecedora de trigo a Roma, la
provincia africana era el lugar que más les gustaba visitar a los senadores
trotamundos. Además, era un país exótico y precioso; en primavera, los vientos
predominantes soplaban del cuadrante norte y era una ruta marítima hacia
oriente más segura que la del mar Adriático para los que no tuvieran prisa. Y
aunque fuese la época de las lluvias, eso no quería decir que lloviese todos
los días; los días que no llovía, el tiempo era delicioso comparado con el
invierno europeo, y curaba rápidamente los sabañones del viajero.
Sila pudo encontrar dos senadores trotamundos y dos terratenientes que
estaban de viaje (uno de ellos el poderoso Marco Cecilio Rufo), más un
funcionario mayor del Tesoro que estaba de vacaciones, un plutócrata romano
propietario de un importante negocio de importación de trigo, y que solía
viajar a Utica para ocuparse de las cosechas.
—Pero lo bueno —dijo a Cayo Mario nada más llegar a Cirta dos semanas
después— ha sido dar nada menos que con Cayo Bilieno, que en su viaje hacia la
provincia de Asia decidió pasar unos días en Africa. Así que te he conseguido
un pretor con imperium proconsular. Tenemos también un cuestor del Tesoro, Cneo
Octavio Ruso; el pobre acababa de desembarcar en Utica con la paga del ejército
antes de que yo partiera, y me lo traje.
—Lucio Cornelio, ¡no sabes cuánto te aprecio! —dijo Mario con una gran
sonrisa—. ¡Sí que aprendes de prisa!
Antes de recibir a la embajada mora, Mario convocó una reunión de los
notables romanos.
—Voy a exponeros la situación, nobles señores, tal como es, y después de
entrevistarme en presencia vuestra con el príncipe Bogud y los embajadores,
quiero que lleguemos a una decisión conjunta respecto al rey Boco. Es preciso
que todos demos por escrito nuestra opinión para que Roma esté informada y se
sepa que no me extralimité en mi autoridad — dijo Mario a los senadores,
Terratenientes, mercaderes, al tribuno del Tesoro, al cuestor y al gobernador
provincial.
El resultado de la entrevista fue el que Mario había previsto; había
expuesto la situación a los notables romanos con minuciosidad y elocuencia y
con el vehemente apoyo de su cuestor Sila. Un tratado de paz con Boco era muy
deseable, concluyeron los notables, y la mejor manera de llevarlo a cabo era
enviando a tres de los embajadores moros a Roma, acompañados por el cuestor del
Tesoro Cneo Octavio Ruso, mientras los otros dos regresaban a la corte de Boco
como muestra de la buena fe de Roma.
Así pues, Cneo Octavio Ruso acompañó a Bogud y a dos primos suyos a
Roma, a donde llegaron a primeros de marzo y a los que inmediatamente escuchó
el Senado en una reunión extraordinaria. Se celebró en el templo de
Belona porque el asunto implicaba una guerra en el extranjero con un rey
extranjero y Belona era la diosa romana de la guerra, por consiguiente mucho
más antigua que Marte, siendo su templo el lugar de reunión cuando se trataban
asuntos de guerra.
El cónsul Publio Rutilio Rufo dio al Senado el veredicto con las puertas
del templo abiertas de par en par para que la multitud apiñada en el exterior
pudiera oírlo.
—Decid al rey Boco —dijo Rutilio Rufo con su voz potente y clara— que el
Senado y el pueblo de Roma recuerdan una ofensa y un favor. Vemos claramente
que el rey Boco se arrepiente sinceramente de su ofensa, por lo que sería una
grosería por parte del Senado y el pueblo de Roma negarle el perdón. Por
consiguiente, queda perdonado. Sin embargo, el Senado y el pueblo de Roma
exigen que el rey Boco nos brinde un favor de igual magnitud, pues actualmente
no tenemos un favor que recordar con la ofensa. No estipulamos cuál ha de ser
ese favor y lo dejaremos totalmente al criterio del rey Boco. Cuando se nos
haya mostrado tan inequívocamente como la ofensa, el Senado y el pueblo de Roma
tendrán mucho gusto en conceder al rey Boco de Mauritania un tratado de amistad
y alianza.
Boco recibió la respuesta a finales de marzo, entregada en persona por
Bogud y los otros dos embajadores. El terror a las represalias romanas superó
al temor del rey por su persona y, en lugar de retirarse al lejano Tingis junto
a las columnas de Hércules, Boco optó por quedarse en Icosium, razonando que
Cayo Mario le trataría con frialdad, pero nada más. Y para defenderse de
Yugurta, trajo a Icosium otro ejército moro y fortificó lo mejor posible la
pequeña ciudad portuaria.
Bogud fue a ver a Mario a Cirta.
—Mi hermano el rey ruega y suplica a Cayo Mario que le diga qué favor
puede hacer por Roma de similar magnitud a la ofensa —solicitó Bogud de
rodillas.
—¡Levantaos, levantaos! —exclamó Mario, malhumorado—. ¡No soy un rey,
sino procónsul del Senado y el pueblo de Roma! ¡Nadie se humilla ante mi, pues
me denigra tanto como al humillado!
—¡Cayo Mario, ayudadnos! —exclamó Bogud perplejo, incorporándose
—. ¿Qué favor puede desear el Senado?
—Os ayudaría si pudiera, príncipe Bogud —respondió Mario mirándose
las uñas.
—¡Pues enviad a un oficial vuestro a hablar con el rey! Quizá entre los
dos puedan encontrarlo.
—De acuerdo —contestó de repente Mario—. Irá Lucio Cornelio Sila a
hablar con el rey. A condición de que la reunión se celebre a media distancia
entre Cirta e Icosium.
—Naturalmente, es Yugurta el favor que queremos —dijo Mario a Sila,
mientras su cuestor se disponía a embarcar—. ¡Ah, daría mis colmillos por ir en
tu lugar, Lucio Cornelio! Pero como no puedo, me alegra mucho enviar a un
hombre que tiene un buen par de ellos.
—Una vez que los clave —dijo Sila con una sonrisa—, dificil es que
suelten la presa.
—¡Pues clávalos el doble de fuerte de parte mía! ¡Y si puedes, tráeme a
Yugurta!
Así, con gran ánimo y una férrea determinación, Sila zarpó para
Rusicade. Llevaba consigo una cohorte de legionarios romanos, una cohorte de
tropas itálicas, de la tribu de los pelignos de Samnio, con armamento ligero,
una escolta personal de honderos de las islas Baleares y un escuadrón de
caballería, la unidad ligur de Publio Vagienio. Era mediados de mayo.
Durante toda la travesía se fue irritando, a pesar de que era buen
marino y había descubierto que le gustaba mucho el mar y los barcos. Era una
expedición venturosa. Y muy importante para él. Lo sabía como si se lo hubieran
vaticinado. Y era curioso que nunca había propiciado una entrevista con Marta
la siria, pese a que Cayo Mario le había instado a ello; su negativa nada tenía
que ver con que fuese incrédulo o rechazara las supersticiones. Como buen
romano, Lucio Cornelio era muy supersticioso, incluso hasta el pavor. Pero por
mucho que anhelase que otro ser humano le confirmase sus propias previsiones
sobre su gran destino, conocía muy bien
su debilidad y su lado oscuro para acudir sereno a una sesión de
adivinación como había hecho Mario.
No obstante, mientras navegaba por la bahía de Icosium, se arrepentía de
no haber consultado a Marta. Su futuro parecía oprimirle como una pesada manta
y no sabía ni podía apreciar lo que le aguardaba. Grandes cosas; pero también
malas. Casi solo entre sus iguales, Sila notaba la presencia obsesiva y
tangible del mal. Los griegos habían filosofado interminablemente sobre su
naturaleza, y muchos argüían negando su existencia, pero Sila sabía que si
existía; y mucho se temía que existiera dentro de su propio ser.
La bahía de Icosium merecía una ciudad majestuosa, pero en realidad no
contaba más que con una modesta población agazapada en el interior, junto a una
abrupta cadena de montañas costeras que llegaba hasta el mar, protegiéndola y
aislándola al mismo tiempo. Durante las lluvias de invierno desembocaban allí
varios torrentes y había en ella una docena de islas a guisa de hermosas naves
llenas de cipreses como si fueran mástiles. Era un bonito lugar, pensó Sila.
En la playa aguardaba una tropa de aproximadamente mil bereberes a
caballo, sin silla, brida ni coraza, al estilo númida; sólo con un juego de
jabalinas en la mano, espada larga y escudo.
—¡Ah —exclamó Bogud en el momento en que él y Sila desembarcaban del
primer esquife—, el rey ha enviado a su hijo preferido a recibiros, Lucio
Cornelio!
—¿Cómo se llama? —inquirió Sila.
—Volux.
El joven se aproximó, armado igual que sus hombres, pero en un corcel
enjaezado con silla y brida. Sila advirtió complacido su modo de estrechar la
mano y sus modales. Pero ¿dónde estaba el rey? Su vista de águila no localizaba
por ninguna parte el habitual tumulto y movimiento que acompaña la presencia de
un monarca.
—El rey se ha retirado a las montañas del sur, a unas cien millas, Lucio
Cornelio —dijo el príncipe conforme se dirigían a un puesto desde el que Sila
pudiera ver el desembarco de tropas y pertrechos.
—Eso no figuraba en el trato con Cayo Mario —replicó Sila con un
escozor.
—Lo sé —contestó Volux, turbado—. Es que el rey Yugurta no anda lejos.
—¿Es una trampa, príncipe Volux? —inquirió Sila, helándosele la sangre
en las venas.
—¡No, no! —exclamó el joven alzando las manos—. iOs juro por todos los
dioses, Lucio Cornelio, que no es una trampa! Pero Yugurta se huele algo porque
le dieron a entender que el rey mi padre volvía a Tingis, pero se ha quedado
aquí en Icosium. Yugurta se ha aproximado a las montañas con un pequeño
ejército de gétulos, insuficiente para atacarnos, pero lo bastante fuerte para
que no podamos atacarlo. El rey mi padre decidió alejarse del mar para hacerle
creer a Yugurta que si espera a alguien de Roma, aguarda su llegada por tierra.
Y Yugurta le ha seguido. El númida no sabe que habéis llegado, estamos seguros.
Habéis hecho muy bien en venir por mar.
—Yugurta se enterará en seguida de mi presencia —replicó Sila con gesto
grave, pensando en los escasos mil quinientos hombres de su tropa.
—Esperemos que no; al menos de momento —dijo Volux—. Hace tres días salí
con mil hombres del campamento de mi padre, como si fuera de maniobras, y nos
aproximamos al mar. Oficialmente no estamos en guerra con Numidia, así que
Yugurta no tiene ningún motivo para atacarnos, pero tampoco sabe lo que
pretende hacer el rey mi padre y no se atreve a enfrentarse a nosotros hasta
saber algo más. Os aseguro que optó por permanecer vigilando nuestro campamento
al sur y que sus exploradores no se acercarán a Icosium mientras mis tropas
patrullen por la zona.
Sila miró escéptico al joven pero no dijo nada de sus aprensiones. No
eran muy prácticos aquellos soberanos moros. Inquieto, además, por el lentísimo
desembarco —porque en Icosium sólo había veinte barcazas, y veía que aquello
iba a durar hasta el día siguiente—, bostezó y se encogió de hombros. No había
por qué preocuparse: Yugurta lo sabría o no lo sabría.
—¿Dónde está situado Yugurta? —inquirió.
—A unas treinta millas del mar, en una pequeña llanura en el centro de
las montañas, al sur de aquí. En el único camino directo entre Icosium y el
lugar donde se encuentra mi padre —contestó Volux.
—¡Ah, estupendo! ¿Y cómo voy a ver a vuestro padre sin enfrentarme
primero a Yugurta?
—Puedo conduciros dando un rodeo de modo que él no se entere — replicó
animoso Volux—. ¡De verdad que si, Lucio Cornelio! ¡El rey mi padre confía en
mí, os ruego que confiéis también! Sin embargo —añadió tras pensar un
instante—, creo que será mejor que dejéis aquí vuestra tropa. Correremos un
riesgo menor yendo pocos.
—¿Y por qué habría de confiar en vos, príncipe Volux? —inquirió Sila
—. No os conozco. Incluso apenas conozco al príncipe Bogud... ni al rey
vuestro padre. Podríais haber decidido no cumplir vuestra palabra y entregarme
a Yugurta. ¡Yo sería una buena presa!, y mi captura constituiría un grave
inconveniente para Cayo —Mario, como bien sabéis.
Bogud no dijo nada, sino que cada vez parecía más apesadumbrado; pero el
joven Volux no cedía.
—¡Pues pedidme algo para demostraros que somos dignos de confianza!
—gritó.
Sila, con una sonrisa lobuna, se lo pensó.
—Muy bien —dijo con súbita decisión—. Me tenéis cogido, así que ¿qué
otra cosa puedo hacer? —añadió, mirando fijamente al moro con sus extraños
ojos, bailando cual dos joyas bajo el ala de su amplio sombrero de paja,
curioso tocado para un soldado romano, ya famoso en aquellos días desde Tingis
a Cirenaica y por doquiera que se hablase de las hazañas en fuegos de
campamento y hogares: el héroe romano albino con sombrero.
Debo confiar en mi suerte, se decía para sus adentros, pues nada me dice
que no vaya a conservarla. Es una prueba, un tanteo a la confianza propia, el
modo de demostrar a todos, desde el rey Boco hasta su hijo y al que está en
Cirta, que soy su igual —¡sino, superior!— a lo que la Fortuna me depare en el
camino. Un hombre no descubre de qué está hecho si huye. Seguiré adelante.
Tengo la suerte de mi parte. Porque me la he buscado yo mismo, y bien.
—En cuanto oscurezca —dijo a Volux— iremos los dos con una pequeña
escolta de caballería al campamento de vuestro padre. Mis
hombres se quedarán aquí para que si Yugurta advierte presencia romana
crea que estamos únicamente en Icosium y que vuestro padre va a acudir aquí
para la entrevista.
—¡Pero hoy no hay luna! —replicó Volux, consternado.
—Lo sé —dijo Sila con su fiera sonrisa—. Es lo mejor, príncipe Volux.
Tendremos sólo la luz de las estrellas. Y vais a conducirme a través del
campamento de Yugurta.
—¡Es una locura! —exclamó Bogud con los ojos desorbitados.
—Eso sí que es un reto —dijo Volux con ojos brillantes y sonriendo
complacido.
—¿Estáis de acuerdo? —añadió Sila—. Cruzamos el campamento de Yugurta,
entrando por un lado sin que la guardia nos vea ni nos oiga, por la misma via
praetoria, sin despertar a ningún hombre ni caballo, y salimos por el otro sin
que nadie nos vea ni nos oiga. ¡Hacedlo, príncipe Volux, y sabré que puedo
confiar en vos! Y en vuestro padre el rey, por añadidura.
—De acuerdo —dijo Volux.
—Estáis locos —añadió Bogud.
Sila decidió dejar a Bogud en Icosium, por no tener absoluta confianza
en aquel miembro de la familia real. Su retención revistió gran cortesía, pero
quedó encomendado a la vigilancia de dos tribunos militares con órdenes de no
perderle de vista.
Volux buscó en Icosium los cuatro caballos mejores que había para andar
de noche y Sila optó por su mula, convencido como estaba de que era mucho mejor
que cualquier caballo; y no olvidó su sombrero. El grupo se componía de Sila,
Volux y tres nobles moros, y todos excepto Sila montaban sin silla ni brida.
—No llevamos nada de metal que suene y pueda descubrirnos —dijo Volux.
Sila, sin embargo, optó por ensillar la mula y ponerle un simple ronzal
de cuerda.
—Crujirán, pero si caigo haría más ruido —dijo.
Nada más oscurecer, los cinco desaparecieron en la negra noche sin luna.
Pero un fulgor iluminaba el cielo, pues no había habido viento que lo empañase
con polvo, y lo que a primera vista parecían nubecillas dispersas, eran
aglomeraciones de estrellas y se distinguía bien el camino. Las monturas no
iban herradas y sus cascos hacían un ruido sordo en el camino de piedra que
cruzaba una serie de barrancos y rodeaban la bahía de Icosium.
—Confiemos en la suerte para que no se quede coja ninguna caballería
—dijo Volux en una ocasión en que su caballo tropezó sin llegar a ningún
percance.
—Debéis confiar en mi suerte, al menos —respondió Sila.
—No habléis —terció uno de la escolta—. En noches sin viento como ésta,
las voces se oyen a millas de distancia.
Continuaron en silencio, escrutando esforzadamente la menor partícula de
luz conforme discurrían las millas, y cuando comenzaron a atisbar, tras una
cresta, el fulgor anaranjado de los fuegos mortecinos de la hondonada donde se
hallaba el campamento de Yugurta, supieron dónde estaban. Poco después miraban
hacia abajo y fue como ver una pequeña ciudad perfectamente ordenada.
Descabalgaron, Volux dejó a Sila a un lado y se puso manos a la obra.
Pacientemente, Sila vio cómo los moros forraban los cascos de los caballos con
una especie de zapato, un zapato que, generalmente, tenía suela de madera y que
se usaba para que en los terrenos pedregosos no les entrasen piedrecillas en la
parte tierna del casco; estos protectores tenían suela de grueso fieltro y se
sujetaban con dos correas de cuero que pasaban por delante y se cerraban por
detrás con una hebilla.
Cabalgaron un rato para adaptarse a la marcha amortiguada y, luego,
Volux se puso a la cabeza en la última media milla que les separaba del
campamento de Yugurta. Era de suponer que hubiera centinelas y patrullas a
caballo, pero los cinco jinetes no vieron nada en movimiento. Acostumbrado al
arte militar de Roma, Yugurta había montado un campamento al estilo romano,
pero Sila advirtió un detalle indígena que sabía que a Mario le fascinaba, y
era que no habían sido capaces de hacerlo
con la paciencia y meticulosidad debida. Así, Yugurta, sabiendo que
Mario y su ejército estaban en Cirta y que Boco no tenía capacidad ofensiva, no
se había preocupado por excavar trincheras y simplemente había levantado un
pequeño talud de tierra, tan fácil de superar a caballo, que Sila pensó que
estaba destinado más a mantener los caballos dentro que a impedir la intrusión.
Pero si Yugurta hubiese sido un auténtico romano, el campamento habría tenido
sus defensas a base de trincheras, estacas, empalizadas y muros, pese a lo
seguro que hubiera podido sentirse.
Los cinco jinetes llegaron a la barrera de tierra, a unos doscientos
pies a la derecha de la puerta principal, que en realidad no era más que una
gran brecha, y superaron sin dificultad el talud. Dentro del recinto, los cinco
maniobraron las monturas para avanzar pegados al muro por la tierra recién
excavada que amortiguaba aún más sus pasos en dirección a la puerta principal.
Allí vieron una guardia, pero los hombres dirigían su atención hacia el
exterior y estaban a suficiente distancia de la brecha para poder oír a los
cinco jinetes, que tomaron por la amplia avenida que atravesaba el centro del
campamento hasta la puerta trasera. Sila, Volux y los tres nobles moros
cubrieron la media milla de la via praetoria paseando tranquilamente y al final
salieron de ella para volver a acercarse al muro por dentro y cruzarlo sin
ningún riesgo cuando consideraron que se hallaban suficientemente lejos de los
que vigilaban la puerta de atrás.
Una milla más adelante, quitaron las suelas a los caballos.
—¡Lo hemos conseguido! —musitó orgulloso Volux, descubriendo con su
sonrisa los blancos dientes—. ¿Confiáis ahora en mí, Lucio Cornelio?
—Confío, príncipe Volux —respondió Sila, devolviéndole la sonrisa.
Avanzaron casi al trote, con cuidado de que los animales no se fatigasen
ni tropezaran, y poco después llegaban a un campamento beréber. Los
cuatro caballos cansados que Volux ofreció a cambio de animales de refresco
eran muy superiores a los de los bereberes, y la mula resultó una novedad, por
lo que obtuvieron cinco caballos y la cabalgata prosiguió sin pausa durante el
día. Sila sudaba bajo el ala protectora de su sombrero.
Poco después de caer la tarde alcanzaron el campamento del rey Boco,
distinto al de Yugurta pero mayor. Sila se detuvo bruscamente cuando aún
se hallaban lejos de la vista de los centinelas.
—No es que desconfíe, príncipe Volux —dijo—, pero es que noto una
especie de comezón en los dedos. Vos sois el hijo del rey y podéis entrar y
salir en cualquier momento sin ningún inconveniente, mientras que yo soy
extranjero, un ser desconocido. Así que voy a tumbarme aquí lo más cómodamente
que pueda y aguardaré a que veáis a vuestro padre, os aseguréis de que todo
está bien y volváis a buscarme.
—Yo no me tumbaría —dijo Volux.
—¿Por qué?
—Por los escorpiones.
A Sila se le erizó el vello de la nuca y tuvo que contenerse para no dar
un respingo; como en Italia no había insectos venenosos, todo romano o itálico
abominaba de arañas y escorpiones. Respiró hondo, sin preocuparse de las gotas
de sudor frío que le corrían por la frente, y miró con su blanca faz a Volux.
—Bueno, no voy a estar de pie las horas que tardéis en venir a buscarme,
y no pienso volver a montar en ese animal —replicó—. Así que correré el riesgo
de los escorpiones.
—Como queráis —dijo Volux, que ya admiraba a Sila como a un héroe y
ahora le miraba con auténtico temor.
Sila se tumbó en un trozo de tierra blanda, hizo un hoyo para la cadera,
formó un montoncillo a guisa de almohada y, con una plegaria mental y la
promesa de un sacrificio a la diosa Fortuna para que mantuviese alejados a los
escorpiones, cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. Cuando Volux
regresó al cabo de cuatro horas le encontró igual, y pudo haberle matado. Pero
la Fortuna estaba de parte de Sila en aquel entonces y Volux era un amigo de
verdad.
La noche era fría y a Sila le dolía todo el cuerpo.
—¡Ah, esto de andar subrepticiamente como un espía es para jóvenes!
—exclamó, estirando la mano para que Volux le ayudase a ponerse en pie. Luego
atisbó una sombra detrás del príncipe y se puso tenso.
—No os preocupéis, Lucio Cornelio, es un amigo de mi padre. Se llama
Dabar —se apresuró a decir Volux.
—Otro primo del rey vuestro padre, imagino.
—En realidad, no. Dabar es primo de Yugurta y, como él, hijo bastardo de
una mujer beréber. Ha unido su suerte a nosotros porque Yugurta no quiere tener
rivales en su corte.
Le dieron una vasija de sabroso vino sin agua y Sila la vació sin
respirar; notó que aminoraba su dolor y el frío se desvanecía. Después comió
pastelillos de miel, un trozo de cabrito con muchas especias y otra frasca de
vino, que en aquel momento a él le pareció el mejor que había bebido en su
vida.
—¡Ah, ya me siento mejor! —dijo estirando los músculos—. ¿Qué noticias
hay?
—Esa picazón vuestra era un aviso, Lucio Cornelio —dijo Volux—.
Yugurta le ha tomado la delantera a mi padre.
—¿He sido traicionado?
—¡No, no! Pero la situación ha cambiado. Dabar, que estaba allí, os lo
explicará.
Dabar se sentó en cuclillas para estar igual que Sila.
—Por lo visto, Yugurta se enteró de que una delegación de Cayo Mario iba
a ver a mi rey —dijo en voz queda—. Naturalmente, eso le hizo suponer que era
la razón por la que mi rey no había regresado a Tingis, y decidió estar cerca a
la expectativa, situándose entre mi rey y cualquier embajada que llegase de
Cayo Mario por mar o por tierra, y envió a Aspar, uno de sus principales, para
que se sentase a la derecha de mi rey y escuchase todo lo que se trataba entre
él y los romanos.
—Comprendo —dijo Sila—. ¿Qué hacemos, entonces?
—Mañana, el príncipe Volux os escoltará y os conducirá ante mi rey como
si hubieseis venido juntos desde Icosium. Afortunadamente, Aspar no ha
advertido la llegada del príncipe esta noche. Hablaréis con mi rey como si
hubieseis llegado de parte de Cayo Mario y por iniciativa de él y no a petición
de mi rey. Pediréis al rey que abandone a Yugurta, y mi rey se negará con
evasivas. Os pedirá que acampéis en las cercanías durante diez días mientras
reflexiona sobre lo que le habéis pedido. Iréis al campamento y esperaréis Pero
mi rey vendrá a veros en persona mañana por la noche en
un sitio distinto y entonces podréis hablar sin temor —dijo Dabar
mirando de hito en hito a Sila—. ¿Es satisfactorio, Lucio Cornelio?
—Completamente —respondió Sila con un gran bostezo—. El único
inconveniente es dónde puedo descansar esta noche y tomar un baño. Apesto a
caballo y noto bichos correrme por la entrepierna.
—Volux os ha dispuesto un cómodo campamento cerca de aquí — respondió
Dabar.
—Pues llevadme a él —dijo Sila poniéndose en pie.
Al día siguiente, Sila tuvo la fingida entrevista con Boco. No le fue
difícil saber quién de los nobles presentes era el espía de Yugurta; Aspar
estaba a la izquierda del trono de Boco, con mayor majestad que el propio
monarca, y nadie se atrevía a acercársele ni a mirarle con la naturalidad
propia de los iguales.
—¿Qué voy a hacer, Lucio Cornelio? —gimió Boco aquella misma noche, al
entrevistarse con Sila a escondidas.
—Un favor a Roma —dijo Sila.
—Decidme el favor que desea Roma y lo haré. Oro, joyas, tierras,
soldados, caballería, trigo... lo que digáis, Lucio Cornelio. Vos sois romano y
debéis saber lo que ese misterioso mensaje del Senado quiere decir. ¡Porque yo
no lo sé! —añadió Boco, temblando de miedo.
—Todo eso que habéis enumerado, rey Boco, Roma puede encontrarlo sin
misterios —replicó Sila con desdén.
—¿Qué, entonces? ¡decídmelo! —suplicó Boco.
—Creo que vos mismo os lo habréis imaginado, rey Boco, aunque comprendo
que no lo confeséis —contestó Sila—. ¡Yugurta! Roma quiere que le entreguéis a
Yugurta pacíficamente, sin derramamiento de sangre. Ya se ha derramado bastante
sangre en Africa, se han perdido muchas tierras, se han quemado muchas aldeas y
se ha perdido mucha riqueza. Pero mientras Yugurta siga libre, ese terrible
desgaste continuará, para mal de Numidia, inconveniente de Roma y desgracia
también de Mauritania. ¡Entregadme, pues, a Yugurta, rey Boco!
—¿Me pedís que traicione a mi yerno, el padre de mis nietos, mi pariente
del linaje de Masinisa?
—Eso os pido —replicó Sila.
—¡No puedo! —dijo Boco, rompiendo a llorar—. ¡No puedo, Lucio Cornelio,
no puedo! Somos bereberes y púnicos, y la ley de los pueblos nómadas nos une.
¡Lo que queráis, Lucio Cornelio! ¡Hare lo que queráis para conseguir el
tratado! ¡Cualquier cosa, menos traicionar al esposo de mi hija!
—Cualquier cosa es inaceptable —replicó Sila con frialdad.
—¡Mi pueblo nunca me lo perdonaría!
—Roma nunca os perdonará. Y eso es peor.
—¡No puedo! —exclamó Boco, echándose a llorar con gruesos lagrimones que
le resbalaban por su rizada barba—. ¡Por favor, Lucio Cornelio, por favor! ¡No
puedo!
—Entonces, no habrá tratado —dijo Sila, volviéndole despectivo la
espalda.
Durante los ocho días siguientes siguió repitiéndose aquella farsa,
mientras Aspar y Dabar iban y venían entre el agradable campamento de Sila y el
pabellón real con mensajes que no guardaban relación con la resolución de Boco,
que era algo secreto entre Sila y el propio Boco y sólo se hablaba por las
noches. Sin embargo, para Sila estaba claro que Volux conocía lo que pensaba el
rey, pues éste ahora le evitaba lo más que podía y cuando se veían parecía
enfadado, dolido y desconcertado.
A Sila, aquello le divertía; descubría que le gustaba aquella sensación
de poder y majestad en su condición de parlamentario de Roma. Y lo que es más,
le agradaba ser la implacable gota de agua que desgastaba la supuesta piedra
real. El, que no era rey, tenía poder sobre los reyes. El, un romano, era el
que ostentaba el auténtico poder. Y eso era embriagador y muy apetecible.
La noche del octavo día, Boco convocó a Sila al lugar secreto de
reunión.
—De acuerdo, Lucio Cornelio; lo haré —dijo el rey, con ojos enrojecidos
por el llanto.
—¡Magnífico! —se apresuró a decir Sila.
—¿Pero cómo podría hacerlo?
—Muy sencillo —respondió Sila—. Enviáis a Aspar a decirle a Yugurta que
queréis entregarme a él.
—No me creerá —respondió Boco, desconsolado.
—¡Claro que sí! Yo os digo que sí. Si las circunstancias fuesen
distintas, es precisamente lo que haríais, rey Boco.
—¡Pero vos sólo sois un cuestor!
—¿Tratáis de decir que un cuestor romano no vale tanto como un rey
númida? —replicó Sila riendo.
—¡No! ¡Claro que no!
—Os lo voy a explicar, rey Boco —dijo Sila, amable—. Soy un cuestor
romano, y es cierto que ese título en Roma corresponde a lo más bajo de la
jerarquía senatorial. Sin embargo, soy también un Cornelio patricio, mi familia
está emparentada con Escipión el Africano y mi linaje es mucho más antiguo y
más noble que el vuestro y el de Yugurta. Si a Roma la gobernasen reyes, esos
reyes serían seguramente miembros de la familia de los Cornelios. Y, además,
soy el cuñado de Cayo Mario. Nuestros hijos son primos. ¿Lo entendéis ahora
mejor?
—¿Y Yugurta... Yugurta sabe todo eso? —musitó el rey de Mauritania. —Hay
pocas cosas que ignore Yugurta —respondió Sila, arrellanándose
y a la espera.
—Muy bien, Lucio Cornelio, se hará como decís. Enviaré a Aspar á
Yugurta, diciéndole que me presto a traicionaros —dijo el rey irguiéndose, con
la dignidad un poco maltrecha—. Pero debéis decirme cómo debo proceder
exactamente.
Sila se inclinó y habló enérgicamente.
—Le diréis a Yugurta que venga aquí dentro de dos noches, prometiéndole
que le entregaréis al cuestor romano Lucio Cornelio Sila. Le informaréis que el
cuestor se halla solo en el campamento, tratando de arrancaros una alianza con
Cayo Mario. El sabe que es cierto, porque Aspar se lo ha estado contando. Y
sabe también que no hay soldados romanos a menos de cien millas, por lo que no
vendrá con su ejército. Y cree que os
conoce, rey Boco, y no se imaginará que va a ser él quien será entregado
y no yo. —Sila hizo como si no advirtiese la mueca de repulsa de Boco—. No es
vuestro ejército lo que Yugurta teme, sino el de Cayo Mario. Estad seguro de
que vendrá, y vendrá confiado en lo que le cuenta Aspar.
—¿Y qué haré cuando se sepa que Yugurta no ha regresado a su campamento?
—Os aconsejo fervientemente, rey Boco —respondió Sila con su feroz
sonrisa—, que en cuanto me hayáis entregado a Yugurta, levantéis el campamento
y os dirijáis lo más aprisa posible a Tingis.
—¿Y no necesitáis mi ejército para mantener preso a Yugurta? —dijo el
rey, mirando tembloroso a Sila—. ¡No tenéis nadie que os ayude a llevarle a
Icosium!
—Lo único que me hace falta son unos buenos grilletes con cadenas y seis
de vuestros caballos más veloces —contestó Sila.
Sila estaba deseando que llegase el momento sin experimentar la más
mínima duda ni inquietud. ¡Sí, su nombre quedaría para siempre vinculado a la
captura de Yugurta! Poco importaba que actuase por orden de Cayo Mario; era su
valor, su inteligencia y su iniciativa los que habían logrado la hazaña, y eso
nadie se lo podía quitar. No es que pensara que Cayo Mario fuese a atribuirse
el mérito; Cayo Mario no codiciaba la gloria, pues sabía que ya la había
alcanzado. Y no se opondría a que corriera la voz de que era él quien había
capturado a Yugurta. Para un patricio, la clase de fama necesaria para
garantizarle la elección a cónsul la obstaculizaba el impedimento de no poder
ser tribuno de la plebe. Por consiguiente, un patricio tenía que recurrir a
otros medios para obtener la aprobación y asegurarse que el electorado sabía
que era un miembro de valía de su familia. Yugurta le había costado muy caro a
Roma. Y toda Roma sabría que Lucio Cornelio Sila, infatigable cuestor, había
logrado él solo capturar al númida.
Así, cuando se reunió con Boco en el lugar previsto, iba confiado,
eufórico y deseoso de acabar.
—Yugurta no espera veros con cadenas —dijo Boco—. Cree que habéis
solicitado verle con intención de convencerle de que se rinda, y me ha
encargado que lleve bastantes hombres para haceros cautivo, Lucio Cornelio.
—Bien —respondió Sila, lacónico.
Cuando llegó Boco con Sila, seguido de una nutrida fuerza de caballería
mora, Yugurta los esperaba, escoltado únicamente por un grupo de sus barones,
entre los que se hallaba Aspar.
Sila espoleó a su cabalgadura y se adelantó a Boco para ir al encuentro
de Yugurta, desmontó y extendió la mano en gesto universal de paz y amistad.
—Rey Yugurta —dijo, y aguardó.
Yugurta miró la mano extendida y desmontó para estrecharla.
—Lucio Cornelio.
Mientras se desarrollaba la escena, la caballería mora había rodeado en
silencio a los protagonistas, y, mientras Sila y Yugurta se daban la mano, la
captura se efectuó tan limpia y suavemente como habría deseado el propio Cayo
Mario. Los barones númidas fueron sorprendidos sin tener tiempo de desenvainar
la espada y Yugurta fue reducido y tumbado en tierra. Cuando le dejaron ponerse
en pie, estaba sujeto por grilletes en las muñecas y los tobillos, con unas
cadenas que le permitían una postura encogida.
Sila advirtió, a la luz de las antorchas, que sus ojos eran muy claros
para una tez tan oscura; además, su corpulencia era notable y se conservaba
bien, pero los años habían marcado bastante su rostro aguileño y parecía mucho
mayor que Cayo Mario. Sila comprendió que podía llevarlo donde quisiera sin
necesidad de escolta.
—Ponedle en el bayo grande —dijo a los soldados de Boco, mientras
observaba cómo fijaban las cadenas a unos ganchos de la silla especial. Luego
comprobó la cincha y las hebillas y dejó que le ayudasen a subir a otro bayo,
cogió la brida del caballo del cautivo y la ató a su propia silla. Si a Yugurta
le daba por encabritar la montura, no tendría espacio ni podría arrebatarle la
brida. Las cuatro monturas de reserva fueron atadas juntas y unidas a la silla
de Yugurta por una cuerda corta. Así no tendría posibilidad
de maniobra. Finalmente, para mayor seguridad, otra cadena unía el
grillete de la mano izquierda a un grillete en la muñeca izquierda de Sila.
Sin decir una palabra a los moros desde el momento en que Yugurta había
sido capturado, Sila azuzó al caballo y se alejó, seguido dócilmente de la
montura del cautivo, obligada por las riendas y la cadena que la unían al
captor. Los cuatro caballos de reserva siguieron detrás, y al poco rato habían
desaparecido entre las sombras de los árboles.
Boco lloraba, mientras Volux y Dabar le contemplaban desalentados.
—¡Padre, dejadme que le alcance! —suplicó de pronto Volux—. ¡No
puede cabalgar de prisa con tanto estorbo... puedo alcanzarle!
—Ya es tarde —dijo Boco, cogiendo el fino pañuelo que le entregaba su
criado para enjugarse los ojos y sonarse—. Ése no se dejará coger. Somos niños
indefensos comparados con Lucio Cornelio Sila, que es un romano. No, hijo, el
destino del pobre Yugurta ya no está en nuestras manos. Tenemos que pensar en
Mauritania. Ya es hora de que regresemos a nuestro querido Tingis. Quizá
nuestro lugar no esté en el Mediterráneo.
Durante una milla aproximadamente, Sila cabalgó sin decir palabra ni
aminorar el paso. Retenía su júbilo, su inenarrable placer, su deslumbramiento,
con la misma fuerza que la brida de su prisionero Yugurta. Sí, si efectuaba la
divulgación como era debido sin merma de las hazañas de Cayo Mario, la historia
de la captura de Yugurta se uniría a las maravillosas leyendas que las madres
contaban a los niños: el joven Marco Curcio arrojándose a la sima del Foro
Romano, el heroísmo de Horacio Coclés resistiendo en el puente de Madera frente
a Lars Pórsena de Clusio, el círculo trazado en torno a los pies del rey de
Siria por Cayo Popilio Lenas, Lucio Junio Bruto dando muerte a sus traidores
hijos, Cayo Servilio Ahala dando muerte a Espurio Melio, heredero del trono de
Roma. La captura de Yugurta por Lucio Cornelio Sila se uniría a aquellas
historias, pues contaba con los ingredientes adecuados, incluido el paso por el
centro del campamento númida.
Pero él no tenía naturaleza de novelista, soñador y fantasioso, y pronto
desechó aquellas ideas al llegar el momento de hacer un alto y desmontar.
Con cuidado de no aproximarse a Yugurta, se dirigió a la cuerda que
sujetaba los cuatro caballos de reserva, la cortó y dispersó a los animales a
pedradas en todas direcciones.
—Ya veo —dijo Yugurta, mirando cómo Sila volvía a montar agarrándose a
las crines del caballo—. Vamos a cabalgar cien millas en las mismas monturas,
¿eh? Ya me decía yo cómo ibais a trasladarme de un caballo a otro... —añadió
riendo, sarcástico—. ¡Mis fuerzas de caballería os darán alcance, Lucio
Cornelio!
—Espero que no —replicó Sila, tirando del caballo del cautivo.
En lugar de dirigirse directamente hacia el mar, tomó por una pequeña
llanura que cruzó sin detenerse aquella noche de principios de verano, bajo la
sola luz de una raja de luna al oeste. A lo lejos se perfilaba una cadena
montañosa, totalmente negra, delante de la cual, mucho más cerca, destacaba un
montón de enormes piedras desordenadas, por encima de unos árboles
desperdigados y pequeños.
—¡El sitio exacto! —exclamó Sila eufórico, lanzando un agudo silbido. De
detrás de las piedras surgió su escuadrón de caballería ligur, cada hombre con
dos caballos de repuesto; sin decir palabra, se aproximaron a
Sila y al prisionero con los caballos de refresco. Y dos mulas.
—Hace seis días que los mandé venir aquí a esperarme, rey Yugurta — dijo
Sila—. El rey Boco creía que había venido solo, pero ya veis que no. Hice que
Publio Vagienio me siguiera los pasos, para que regresara luego a por la tropa
y me esperaran aquí.
Libre de estorbos, Sila contempló cómo trasladaban al númida de caballo,
que ahora quedaba encadenado a Publio Vagienio. Rápidamente se alejaron del
lugar, dando un rodeo de varias millas por el nordeste para evitar el
campamento de Yugurta.
—Supongo que vuestra majestad —dijo Publio Vagienio con gran deferencia—
no sabrá decirme en qué paraje de Cirta puedo encontrar caracoles... O en
cualquier otra parte de Numidia; igual me da.
A fines de junio había terminado la guerra de Africa. Yugurta fue
alojado cierto tiempo en un lugar adecuado en Utica, mientras Mario y Sila
se reponían. Allí trajeron a sus dos hijos Iampsas y Oxyntas para
hacerle compañía, mientras su corte se desintegraba y comenzaba la competencia
por los cargos influyentes bajo el nuevo régimen.
El rey Boco consiguió del Senado el tratado de amistad y alianza con
Roma y el príncipe Gauda, el inválido, se convirtió en el rey Gauda de una
Numidia mucho más reducida. Boco obtuvo el resto del territorio de manos de una
Roma demasiado atareada en otros lugares para anexionar tan extensos terrenos a
su provincia africana.
En cuanto hubo disponible una pequeña flota de naves mercantes capaces
de una travesía segura, Mario embarcó al rey Yugurta y a sus hijos en una de
ellas y le envió a Roma cautivo. El peligro númida desaparecía del horizonte
con la neutralización de Yugurta.
Con ellos zarpó Quinto Sertorio, dispuesto a combatir contra los
germanos en la Galia Transalpina, después de solicitar licencia a su primo
Mario.
—Yo soy un soldado, Cayo Mario —dijo muy serio el joven contubernalis—,
y aquí la guerra ha terminado. Recomendadme a vuestro amigo Publio Rutilio Rufo
para que me dé un puesto en la Galia Ulterior.
—Id con mi agradecimiento y bendición, Quinto Sertorio —respondió Mario
con raro afecto—. Y dad recuerdos a vuestra madre.
—¡Así lo haré, Cayo Mario! —respondió Sertorio lleno de júbilo.
—Recordad, joven Sertorio —dijo Mario el día en que éste y Yugurta
zarpaban hacia Italia—, que os necesitaré en el futuro. Así que cuidaos
en la batalla si tenéis la suerte de encontrarla. Roma ha premiado vuestro
coraje y capacidad con la corona de oro, con phalerae, torcas y pulseras
también de oro; notables distinciones para alguien tan joven. Pero no tengáis
prisa, Roma va a necesitaros vivo, no muerto.
—Conservaré la vida, Cayo Mario —dijo el joven Sertorio.
—Y no vayáis a la guerra nada más desembarcar en Italia —añadió Mario—.
Quedaos algún tiempo con vuestra querida madre.
—Así lo haré, Cayo Mario —dijo Quinto Sertorio.
Nada más salir el joven, Sila miró a su superior con ojos irónicos.
—Te pones como una gallina clueca que sólo tiene un huevo —dijo.
—¡Bah, tonterías! —masculló Mario—. Es primo mío por parte de madre y a
ella la quiero mucho.
—Qué duda cabe —replicó Sila sonriendo.
—¡Vamos, Lucio Cornelio, confiesa que aprecias a Sertorio tanto como yo!
—añadió Mario riendo.
—No tengo inconveniente en confesarlo, Cayo Mario, ¡pero yo no me pongo
como una clueca!
—¡Mentulam caco! —espetó Mario.
Y eso puso fin a la conversación.
* * *
Rutilia, que era la única hermana de Publio Rutilio Rufo, gozaba de la
rara distinción de tener por esposos a dos hermanos. Su primer marido había
sido Lucio Aurelio Cota, colega consular de Metelo Dalmático, pontífice máximo
unos catorce años atrás, el mismo año en que Cayo Mario había sido tribuno de
la plebe y le había desafiado.
Rutilia se había desposado con Aurelio Cota siendo una jovencita,
mientras que él ya había estado casado y tenía un hijo de nueve años, también
llamado Lucio. Se casaron el año después de que Fregelles fuese arrasada por
rebelarse contra Roma, y el año en que Cayo Graco asumió por primera vez el
cargo de tribuno de la plebe tuvieron una hija llamada Aurelia. El hijo de
Lucio Cota había cumplido diez años y se alegró mucho de tener una hermanita,
porque quería mucho a su madrastra Rutilia.
Al cumplir Aurelia los cinco años, su padre, Lucio Aurelio Cota, murió
repentinamente a los pocos días de concluir su consulado. La viuda Rutilia, con
veinticuatro años, buscó amparo en Marco, el hermano más joven de Lucio Cota,
que aún estaba sin casar. Se enamoraron y, con el consentimiento de su padre y
su hermano, Rutilia casó con su cuñado Marco Aurelio Cota, once meses después
de la muerte de Lucio Cota. Bajo la protección de Marco, Rutilia trajo a su
hijastro y sobrino de Marco, Lucio hijo, y a su hija y sobrina de Marco,
Aurelia. La familia creció en seguida, pues Rutilia dio a Marco un hijo llamado
Cayo menos de un año después;
otro hijo, Marco,, al año siguiente y, finalmente, otro hijo, Lucio,
siete años después.
Aurelia era la única hembra que había dado a luz Rutilia y se encontraba
en una situación increíble: por parte de padre tenía un hermanastro mayor que
ella y por parte de madre, tres hermanastros más jóvenes que ella, que además
eran primos carnales porque su padre era tío de ellos. Para los que no estaban
al corriente, podía resultar de lo más sorprendente, sobre todo si lo
explicaban los niños.
—Es mi prima —decía Cayo Cota, señalando a Aurelia.
—Es mi hermano —replicaba ella, señalándole a él.
—Es mi hermana —decía a su vez Marco Cota, señalando a Aurelia.
—Es mi primo —concluía Aurelia, señalando a Marco Cota.
Y así podían pasarse horas; no era de extrañar que la gente no acabara
de entenderlo. Mas los complejos vínculos de sangre no preocupaban a aquel
grupo de niños resueltos y tercos, que tanto se querían y que mantenían una
cariñosa relación con Rutilia y su segundo marido, un matrimonio perfecto.
Los Aurelios era una de las familias ilustres, y la rama de Aurelio Cota
ostentaba el cargo senatorial con bastante antigüedad, aunque era nueva en la
nobleza conferida por el consulado. Ricos gracias a sus acertadas inversiones,
grandes herencias de tierras y Sagaces matrimonios, los Aurelios Cota podían
tener muchos hijos sin necesidad de buscar adopción para algunos, y podían dar
una buenísima dote a las hijas.
Por lo tanto, la camada que vivía bajo el techo de Marco Aurelio Cota y
su esposa Rutilia constituía un buen partido, pero además tenía muy buen
físico. Y Aurelia, la única hembra, era la más guapa.
—¡Impecable! —era la opinión de Lucio Licinio Craso Orator, uno de sus
más apasionados, e importantes, pretendientes.
—¡Una gloria! —era como lo expresaba Quinto Mucio Escévola, el mejor
amigo y primer primo de Craso Orator, quien también figuraba entre los
pretendientes.
—¡Apabullante! —decía Marco Livio Druso, que era primo de Aurelia y
ansiaba casarse con ella.
—¡Helena de Troya! —era como la describía Cneo Domicio Ahenobarbo hijo,
ansioso de obtener su mano.
La situación era, efectivamente, como la había explicado Publio Rutilio
Rufo en su carta a Cayo Mario: todos en Roma querían casarse con Aurelia. Que
algunos de los pretendientes estuvieran casados no los descalificaba ni
deshonraba, porque el divorcio era fácil y la dote de Aurelia tan grande, que
nadie tenía por qué preocuparse de perder la dote de otra esposa.
—Verdaderamente, me siento como el rey Píndaro cuando todos los
príncipes y reyes venían a pedirle la mano de Helena —comentó Marco Aurelio
Cota a Rutilia.
—Pero él tenía a Odiseo para solucionar el dilema —replicó Rutilia.
—¡Ojalá pudiese yo tenerlo! A cualquiera de ellos que se la dé, los
demás se sentirán ofendidos.
—Igual que Píndaro —dijo Rutilia asintiendo con la cabeza.
Y en éstas el Odiseo de Marco Cota vino a cenar, aunque Publio Rutilio
Rufo era más bien Ulises, por ser romano descendiente de romanos. Una vez que
los niños, Aurelia incluida, se hubieron ido a la cama, la conversación giró,
como siempre, en torno al matrimonio de la joven. Rutilio Rufo escuchó
atentamente y, llegado el momento preciso, dio su opinión; lo que no dijo a su
hermana y a su cuñado fue que quien realmente había dado la solución era Cayo
Mario, cuya carta acababa de recibir.
—Es muy sencillo, Marco Aurelio —dijo.
—Pues si lo es, los árboles no me dejan ver el bosque —respondió Marco
Cota—. ¡Ilumíname, Ulises!
Rutilio Rufo sonrió.
—No, no veo que haya que cantar y bailar como hizo Ulises —dijo—.
Estamos en la Roma moderna y no en la antigua Grecia. No podemos degollar un
caballo en cuartos y hacer que todos los pretendientes de Aurelia de pie sobre
ellos te juren fidelidad, Marco Aurelio.
—¡Y menos antes de que sepan quién es el afortunado! —comentó Cota,
riendo—. ¡Qué románticos eran los antiguos griegos! No, Publio Rufo, mucho me
temo que tendré que habérmelas con una colección de romanos acostumbrados al
litigio y a traer las cosas por los pelos.
—Por eso mismo —contestó Rutilio Rufo.
—Bien, hermano, no nos tengas en ascuas y explícanoslo —terció Rutilia.
—Como he dicho, querida Rutilia, es muy sencillo. Que sea ella quien
elija marido.
Cota y su esposa se le quedaron mirando.
—¿Crees que eso es prudente? —inquirió Cota.
—En esta situación no hay prudencia que valga. ¿Qué tenéis que perder?
—replicó Rutilio Rufo—. No necesitáis que se case con un hombre rico, y entre
los pretendientes no hay ningún cazafortunas, así que, dejadla que lo elija
ella. Además, ni los Aurelios, ni los Julianos, ni los Cornelios pueden atraer
a los arribistas; aparte de que Aurelia tiene muy buen sentido común, no es
nada sentimental y menos aún romántica. ¡Ya veréis como no os defrauda!
—Tienes razón —dijo Cota, asintiendo con la cabeza—. No creo que exista
un mortal capaz de hacer perder la cabeza a Aurelia.
Al día siguiente, Cota y Rutilia llamaron a Aurelia a la sala de estar
de la madre con la intención de decirle lo que habían decidido sobre su futuro.
La muchacha entró; no irrumpió a grandes zancadas, contoneándose ni a
pasitos. Aurelia caminaba sin florituras, con movimientos rápidos y eficaces
con los que accionaba caderas y nalgas en una escueta discreción, manteniendo
los hombros rectos, la barbilla erguida y la cabeza alta. Quizá pecara por
exceso de parquedad, porque era alta y más bien exigua de senos, pero vestía
con gran esmero, no usaba tacones altos de corcho y prescindía de joyas.
Llevaba el abundante pelo liso y marrón claro severamente recogido en un moño
de forma que no se viera por delante y no turbase ni ablandase su rostro. Nunca
había ensuciado con cosméticos su fresca y ebúrnea piel sin mácula, ligeramente
rosada en torno a los increíbles pómulos y algo más oscura en los hoyuelos. Tan
recta y moldeada como si la hubiese cincelado Praxiteles, su nariz era lo
bastante larga para recusar cualquier insinuación de sangre celta, por lo que
se le podían perdonar sus carencias en otro aspecto, es decir, su falta de
protuberancias y curvas romanas. Su boca, de exuberante carmesí y con
deliciosas comisuras, poseía ese fruncido particular que impulsaba
irrefrenablemente a los hombres el ansia de besar aquellos labios florecientes.
Y, además, en aquel rostro tan maravilloso en forma de corazón, con su barbilla
con hoyuelo, su despejada frente y su actitud de matrona, brillaba un par de
ojos enormes, que todos insistían en que no eran azul oscuro, sino púrpura,
enmarcados por unas largas y espesas pestañas y coronados por unas cejas negras
finas, curvilíneas y sedosas.
Interminables eran las discusiones de los hombres en aquellas cenas
(pues podía preverse con toda certeza que entre los invitados habría tres o
cuatro de sus pretendientes oficiales) a propósito de qué era lo que constituía
el principal atractivo de Aurelia. Algunos decían que residía en aquellos ojos
púrpura sin par; otros porfiaban en que era su notable piel inmaculada; había
quien se mostraba partidario del impresionante cincelado de sus rasgos faciales
y algunos musitaban apasionados elogios a propósito de sus labios, su barbilla
con hoyuelo o sus delicados pies y manos.
—No es ninguna de esas cosas y al mismo tiempo son todas —rezongó Lucio
Licinio Craso Orator—. ¡Necios! ¡Es una virgen vestal libre... una Diana, no
una Venus! Una mujer inalcanzable. Ahí radica su atractivo.
—No, son los ojos los púrpura —terció el hijo menor de Escauro, príncipe
del Senado, otro Marco como su padre—. ¡Es ese color púrpura, noble! Es un
presagio viviente.
Pero cuando el presagio viviente entró en la sala de estar de su madre
con aquel aspecto habitual tan tranquilo e impoluto, ningún aura de dramatismo
la envolvía. Efectivamente, el carácter de Aurelia no era nada inclinado al
drama.
—Siéntate, hija —dijo Rutilia, sonriente.
Aurelia tomó asiento y cruzó las manos sobre el regazo.
—Queremos hablarte de tu matrimonio —dijo Cota con un carraspeo,
esperando que ella dijera algo que le ayudase a dilucidar la situación. Pero
Aurelia no decía nada; se limitó a mirarle con un distanciado interés y nada
más.
—¿Tú qué piensas? —añadió Rutilia.
—Pues espero que elijáis a alguien que me guste —contestó la muchacha,
frunciendo los labios y encogiéndose de hombros.
—Sí, eso esperamos —añadió Cota.
—A ti, ¿quién no te gusta? —inquirió Rutilia.
—El hijo de Cneo Domicio Ahenobarbo —respondió Aurelia sin vacilación.
—¿Algún otro? —dijo Cota, admitiendo para sus adentros la lógica de
aquella repulsa.
—El hijo de Marco Emilio Escauro.
—¡Oh, qué pena! —exclamó Rutilia—. Yo le encuentro muy simpático, de
verdad.
—Sí, es muy simpático, pero es tímido —replicó Aurelia.
—¿Y no te gustaría un marido tímido, Aurelia? —inquirió Cota sin ocultar
su sonrisa—. Serías tú quien mandara...
—Una buena esposa romana no manda.
—Nada de Escauro; ya oyes a Aurelia —añadió Cota, balanceando el torso
de delante a atrás—. ¿Alguien más que no te guste?
—Lucio Licinio.
—¿Qué inconveniente le encuentras?
—Está gordo —respondió Aurelia con un mohín.
—No te atrae, ¿eh?
—Es prueba de falta de voluntad, padre.
Había veces en que Aurelia llamaba padre a Cota, otras veces era tío,
pero nunca lo decía por las buenas sin pensarlo; cuando hablaba como padre, era
padre, y cuando actuaba como tío, era tío.
—Tienes razón —dijo Cota.
—¿Hay alguno con el que prefieras casarte por encima de los demás?
—inquirió Rutilia, optando por la táctica directa.
—No, madre, en realidad no —respondió la muchacha sin hacer ningún
mohín—. Prefiero que seáis vosotros quienes adoptéis la decisión.
—¿Qué es lo que esperas del matrimonio? —inquirió Cota.
—Un esposo adecuado a mi rango que haga honor al suyo... Varios hijos.
—¡Una respuesta de libro de texto! —exclamó Cota.
—Díselo, Marco Aurelio, ¡vamos! —dijo Rutilia, mirando a su esposo con
un asomo risueño en los ojos.
Cota volvió a carraspear.
—Bien, Aurelia, nos estás planteando un buen problema —dijo—. En el
último recuento registré treinta y siete peticiones formales de matrimonio, y a
ninguno de los pretendientes se le puede descartar por inadecuado. Algunos son
de mayor rango que nosotros, otros de fortuna mucho más importante y otros
incluso de alcurnia y fortuna superior a la nuestra. Lo cual es un dilema. Si
elegimos nosotros a tu esposo, nos crearemos muchos enemigos, y no es que nos
preocupe, pero entorpecería más tarde el camino social de tus hermanos. Supongo
que lo comprendes.
—Sí, padre —respondió Aurelia, muy seria.
—En fin, tu tío Publio ha sido el que ha dado la única solución posible.
Que seas tú quien elija marido, hija mía.
—¿Yo? —replicó Aurelia conteniendo un grito, presa de turbación por
primera vez.
—Tú.
Se llevó las manos a las enrojecidas mejillas y miró horrorizada a Cota.
—¡No puedo hacer eso! —exclamó—. ¡No es... no es romano!
—Es cierto —añadió Cota—. No es romano; es rutiliano. —Necesitábamos un
Ulises que nos solucionara el enigma, y por
fortuna tenemos uno en la familia —dijo Rutilia.
—¡Oh! —exclamaba Aurelia rebulléndose inquieta—. ¡Oh, oh!
—¿Qué sucede, Aurelia? ¿No puedes adoptar una decisión por ti misma?
—inquirió Rutilia.
—No, no es eso —respondió la muchacha, recuperando sus colores normales,
para luego empalidecer—. Es que... Bueno, bien —añadió, encogiéndose de
hombros—. ¿Puedo retirarme?
—Claro, hija.
Ya en la puerta, se volvió, mirando muy seria a Cota y a Rutilia.
—¿De cuánto tiempo dispongo para decidirme? —inquirió.
—Oh, no corre prisa —respondió Cota, complaciente—. A finales de enero
cumples dieciocho años, pero nada obliga a que tengas que casarte al ser mayor
de edad. Piénsatelo bien.
—Gracias —dijo Aurelia, saliendo del cuarto.
Su reducida habitación era uno de los cubículos que daban al atrium, un
cuartito oscuro sin ventana; en un hogar tan lleno de afecto y cuidado, a la
hija única no se le habría permitido dormir en un sitio menos protegido. Sin
embargo, al ser la única hembra entre tantos hombres, estaba muy consentida y
habría podido fácilmente resultar una muchacha mimada de haber tenido esa
tendencia. Afortunadamente, no era así. La familia afirmaba con unanimidad que
era imposible que Aurelia saliera mimada porque no había en ella un sólo átomo
de codicia ni de envidia. Lo que no quería decir que fuese dulce y adorable; de
hecho, resultaba mucho más fácil admirarla y respetarla que quererla, porque no
era extrovertida.
De niña escuchaba impasible las vanaglorias de su hermano mayor o de los
otros hermanos; cuando se hartaba, le daba un mamporro que le dejaba el oído
zumbando y se marchaba sin decir palabra.
Como era la única chica, los padres pensaron que necesitaba un espacio
propio al que no tuviesen acceso los muchachos, y le habían designado una
habitación muy soleada que daba al jardín peristilo y también criada propia, la
incomparable Cardixa. Cuando Aurelia se casase, Cardixa la acompañaría al nuevo
hogar.
Nada más ver a Aurelia entrar en el cuarto con aquella expresión,
Cardixa se dio cuenta de que acababa de suceder algo importante; pero no dijo
nada, ni esperó que ella le dijese qué era, pues la amable y agradable relación
entre ama y criada no incluía confidencias de muchacha. Era evidente que
Aurelia necesitaba estar a solas, y Cardixa salió del cuarto.
Los gustos de la propietaria se advertían en aquella habitación, cuyas
paredes estaban en su mayor parte llenas de casilleros con numerosos rollos de
libros. En un escritorio había hojas de papel en blanco, plumas de junco,
tablillas de cera, un curioso estilete de hueso para inscribir la cera,
pastillas
comprimidas de tinta de sepia para disolverlas en agua, un tintero con
tapadera, un recipiente perforado lleno de arena fina secante y un ábaco.
En un rincón destacaba un telar grande de Patavium, y en la pared de
detrás, docenas de largos hilados de lana colgando de clavijas de los más
variados colores y grosores, rojos y morados, azules y verdes, rosas y crema,
amarillos y naranja, porque a Aurelia le encantaba hacerse la ropa y le
gustaban mucho los colores vivos. En el telar había un buen trozo de labor en
hilado finísimo color flamígero: nada menos que el velo de matrimonio de
Aurelia; la tela color azafrán del vestido de boda estaba ya acabada y se
hallaba doblada en un estante para cuando llegase el momento de confeccionarlo,
pues traía mala suerte cortarlo y coserlo antes de que el novio se hubiese
comprometido contractualmente.
Cardixa, que era muy hábil, tenía medio acabado un biombo plegable de
celosía hecho con madera africana; los trozos pulidos de calcedonia, jaspe,
cornalina y ónix con que pensaba hacer las incrustaciones en los dibujos de
hojas y flores, estaban cuidadosamente envueltos en una caja de madera labrada,
muestra también de su maestría.
Aurelia fue cerrando las contraventanas, dejándolas abiertas lo
suficiente para que entrase aire y algo de luz; el hecho de que cerrase las
contraventanas era señal de que no quería que la molestara nadie, ni hermanos
ni criados. Luego se sentó en el escritorio, muy turbada y desconcertada, cruzó
las manos y se puso a pensar.
¿Qué haría Cornehlia, madre de los Gracos?
Este era el criterio por el que Aurelia se regía en todo. ¿Qué haría
Cornelia, madre de los Gracos? ¿Qué pensaría Cornelia, madre de los Gracos?
¿Qué sentiría Cornelia, madre de los Gracos? Porque Cornelia, madre de los
Gracos, era el ídolo de Aurelia, la mujer ejemplar, la guía a la que seguir
para hablar y para actuar.
Entre los libros que cubrían las paredes de su estudio estaban las
cartas y ensayos de Cornelia, madre de los Gracos, así como cualquier trabajo
publicado en el que se mencionase su nombre.
¿Y quién era aquella Cornelia, madre de los Gracos? Todo lo que una
noble romana debía ser, desde el nacimiento hasta la tumba. Esa era.
La hija menor de Escipión el Africano, implacable perseguidor de Aníbal
y conquistador de Cartago, se había desposado con el noble Tiberio Sempronio
Graco a los diecinueve años, cuando él contaba cuarenta y cinco; su madre,
Emilia Paula, era hermana del gran Emilio Paulo, con lo que Cornelia, madre de
los Gracos, era doblemente patricia.
Su conducta como esposa de Tiberio Sempronio Graco había sido
irreprochable, y en los casi veinte años de matrimonio le dio —incansable
— doce hijos. Cayo Julio César probablemente habría sostenido que por la
constante endogamia de dos familias muy antiguas —los Cornelios y los Emilios—
los hijos fueron enfermizos, porque de eso no había duda. Pero ella,
infatigable, persistió y crió a sus hijos con meticulosos cuidados y gran
cariño y consiguió que tres de ellos crecieran saludables. El primero que llegó
a hacerse mayor fue una hija, Sempronia; el segundo, un varón que heredó el
nombre del padre, Tiberio, y el tercero fue otro varón llamado Cayo Sempronio
Graco.
De exquisita formación y digna hija de su padre, que adoraba todo lo
griego como el máximo exponente de la cultura, ella misma fue la maestra de sus
tres hijos (y de los que de los otros nueve vivieron lo suficiente para recibir
enseñanza), vigilando todas las facetas de su formación. Al morir su esposo,
quedó con Sempronia, de quince años, Tiberio Graco, de doce, el pequeño Cayo
Graco, de dos años, y algunos de los nueve que no sobrepasaron la niñez.
Los pretendientes a la viuda eran legión, pues había dado pruebas de
fertilidad con asombrosa regularidad y aún estaba en edad de concebir; era,
además, hija del Africano, sobrina de Paulo y viuda de Tiberio Sempronio Graco.
Y estaba muy sana.
Entre los pretendientes estaba nada menos que el rey Tolomeo Evergetes,
Gran Vientre, en aquel entonces rey de Cirenaica y posteriormente de Egipto,
que viajaba a menudo a Roma en los años entre su destronamiento en Egipto y su
reinstauración nueve años después de la muerte de Tiberio Sempronio Graco. Por
entonces no hacía más que castigar con sus quejas los cansados oídos del
Senado, conspirar y sobornar para lograr recuperar el trono perdido.
Al morir Tiberio Sempronio Graco, el rey Tolomeo Evergetes tenía ocho
años menos que Cornelia, madre de los Gracos, que contaba treinta y seis años,
y era mucho más esbelto por la zona ventral que en años posteriores, cuando el
primo carnal y yerno de Cornelia, Escipión Emiliano, alardeó de haber expulsado
al horrible y obeso rey de Egipto, indecentemente vestido. El monarca insistía
y suspiraba por su mano con la misma insistencia que por el trono de Egipto,
pero con poco éxito. Cornelia, la madre de los Gracos, no era para un simple
rey extranjero, por muy rico y poderoso que fuese.
De hecho, Cornelia, madre de los Gracos, había decidido que una
auténtica noble romana, casada con un noble romano durante casi veinte años, no
tenía por qué volver a casarse. Y así, todos los pretendientes se vieron
rechazados con suma cortesía y la viuda se esforzó en su soledad por educar a
sus hijos.
Cuando Tiberio Graco fue asesinado, siendo tribuno de la plebe, ella
siguió con la frente muy alta, manteniéndose muy por encima de las
insinuaciones de la implicación de su primo carnal Escipión Emiliano en el
asesinato, y también totalmente al margen de la incompatibilidad conyugal
existente entre su hija Sempronia y su esposo Escipión Emiliano. Luego, cuando
hallaron muerto misteriosamente a Escipión Emiliano y se rumoreó que a él
también le habían asesinado —nada menos que su esposa, o su hija —, Cornelia
supo mantenerse perfectamente distanciada. Al fin y al cabo tenía un hijo que
cuidar y preparar para su floreciente carrera pública: su querido Cayo Graco.
Cayo Graco murió violentamente cuando su madre iba a cumplir setenta
años, y todos pensaron que, finalmente, aquel duro golpe sería el fin de
Cornelia, madre de los Gracos. Pero no; ella siguió viviendo con la frente muy
alta, viuda, sin sus espléndidos hijos y con el único retoño que le quedaba: la
amargada y estéril Sempronia.
—Tengo que criar a mi pequeña Sempronia —decía, refiriéndose a la hija
de Cayo Graco, un bebé.
Lo que hizo fue marcharse de Roma, aunque no dejara la vida social. Se
retiró a su enorme villa de Miseno, a semejanza de ella, una muestra sin
igual del buen gusto, refinamiento y esplendor que Roma podía ofrecer al
mundo. Allí recopiló sus cartas y ensayos y amablemente consintió en que el
anciano Sosio de Argileto hiciera una edición, después de que sus amistades le
suplicaran que no las dejara desconocidas para la posteridad. Igual que su
autora, aquellos escritos rebosaban gracia, encanto e inteligencia, pese a ser
solemnes y profundos. Y en Miseno se incrementaron, pues en Cornelia, madre de
los Gracos, la edad no mermó la inteligencia, erudición e interés por las
cosas.
Cuando Aurelia tenía dieciséis años y Cornelia, madre de los Gracos,
ochenta y tres, Marco Aurelio Cota y su esposa Rutilia hicieron una visita de
cortesía —más que una simple cortesía fue un acontecimiento esperado por todos—
a Cornelia, madre de los Gracos, en un viaje de paso por Miseno. Llevaban a
toda la tribu infantil, incluido el altanero Lucio Aurelio Cota, que,
naturalmente, con sus veintiséis años no se consideraba un verdadero miembro de
la tribu. A todos les recomendaron estar muy calladitos, graves como vestales
pero muy alerta; nada de juguetear, de risitas ni de dar patadas a las sillas,
so pena de muerte tras insufribles tormentos.
Pero Cota y Rutilia no tenían necesidad de preocuparse esgrimiendo
aquellas amenazas tan contrarias a su carácter. Cornelia, madre de los Gracos,
sabía todo lo que había que saber sobre niños pequeños y niños grandes, y su
nieta Sempronia era un año más pequeña que Aurelia. Encantada de verse en
compañía de niños tan interesantes y vivaces, la anciana lo pasó muy bien y
estuvo con ellos mucho más rato de lo que sus devotos esclavos consideraban
prudente, porque ya estaba muy débil y no se le iba aquel color violáceo de los
labios y los lóbulos de las orejas.
La pequeña Aurelia salió fascinada, con una sola idea: cuando fuese
mayor, juró, ella abrazaría los mismos criterios de fortaleza, resistencia,
integridad y paciencia romanas de Cornelia, madre de los Gracos. A raíz de
aquella visita su biblioteca aumentó en obras de la anciana señora y ella
adoptó la decisión de seguir la pauta de tan notable vida.
No se repitió la visita, pues al invierno siguiente moría Cornelia,
madre de los Gracos, sentada en su silla, con la cabeza erguida, agarrada a la
mano
de su nieta. Acababa de comunicar a la niña su compromiso formal con
Marco Fulvio Flaco Bambalio, único miembro viviente de la familia de los
Fulvios Flacos, que había perecido apoyando a Cayo Graco. Era adecuado, explicó
a la pequeña Sempronia, que, como única heredera de la gran fortuna de los
Sempronios, la aportara como dote a una familia desprovista de ella por la
causa de Cayo Graco. Cornelia, madre de los Gracos, se complació igualmente en
decir a su nieta que aún contaba con suficiente influencia en el Senado para
suspender las cláusulas de la lex Voconia de mulierum hereditatibus, en la
eventualidad de que algún primo remoto apelase y reclamara sus derechos sobre
la gran fortuna alegando aquella ley antifeminista. La suspensión, añadió, se
prolongaba hasta la siguiente generación, en previsión de que otra mujer
demostrase ser la única heredera directa.
La muerte de Cornelia, madre de los Gracos, sobrevino de forma tan
repentina que toda Roma se congratuló, pues era bien cierto que los dioses
habían amado, y puesto duramente a prueba, a Cornelia, madre de los Gracos. Por
ser una Cornelia, fue inhumada en lugar de incinerada. Sólo la gens de los
Cornelios, entre las grandes familias romanas, conservaban el cadáver intacto.
Su mausoleo fue una espléndida tumba en la Via Latina, que siempre tuvo flores
recién cortadas, y que con el paso de los años fue santuario y altar, aunque
nunca se reconociera oficialmente el culto. Toda mujer romana que aspiraba a
las virtudes atribuidas a Cornelia, madre de los Gracos, rezaba y dejaba flores
en la tumba. Se había convertido en una diosa, pero de una modalidad nueva; un
ejemplo de indomable espíritu ante la adversidad.
¿Qué haría Cornelia, madre de los Gracos? Aurelia, por primera vez, no
hallaba respuesta. Ni la lógica ni el instinto podían ayudar a que a Aurelia le
entrara en la cabeza que sus padres le hubiesen dado libertad para elegir
esposo por sí misma. Desde luego entendía los motivos por los que su tío Publio
lo había sugerido; su formación clásica era lo suficientemente amplia como para
apreciar el paralelismo entre su persona y Helena de
Troya, bien que Aurelia no se considerase tan fatalmente hermosa, y
menos aún tan pretendida.
Finalmente llegó a la única conclusión que habría aprobado Cornelia,
madre de los Gracos. Tenía que revisar todos los pretendientes con sumo cuidado
y elegir el mejor. Eso no significaba el que más le gustara, sino el que más se
ajustara al ideal romano. Por consiguiente, tenía que ser de buena cuna, al
menos de una familia senatorial, y de una cuya dignítas, cuyo aprecio público y
categoría en Roma se remontasen a varias generaciones desde los tiempos de la
fundación de la república sin mella ni tacha alguna; debía ser valiente, inmune
a toda clase de excesos, exento de codicia por el dinero, por encima de toda
sospecha de soborno o prostitución ética, y dispuesto, en caso necesario, a dar
la vida por Roma y su honor.
¡Nada menos! La dificultad estribaba en cómo iba a ser capaz, una joven
que siempre había vivido en el hogar, de juzgar con la necesaria certeza. Por
ello decidió hablar con las tres personas adultas de su familia: Marco Cota y
Rutilia y su hermanastro Lucio Aurelio Cota. Les preguntaría su sincera opinión
sobre cada uno de los pretendientes. Los tres consultados se quedaron atónitos,
pero trataron de ayudarla lo mejor posible; lamentablemente, los tres
confesaron que tenían prejuicios personales que probablemente deformaban sus
opiniones, por lo que Aurelia no pudo aclarar sus dudas.
—No hay ninguno que realmente le guste —dijo Cota, entristecido, a su
esposa.
—¡Es que ni uno siquiera! —añadió Rutilia, suspirando.
—¡Es increíble, Rutilia! Una muchacha de dieciocho años que no suspire
por nadie... ¿Qué le pasa?
—¿Y cómo voy a saberlo? —replicó Rutilia, sintiéndose a la defensiva
—. ¡De mi familia no le viene!
—¡Pues de la mía tampoco! —replicó Cota, que a continuación superó
su exasperación besando a su esposa, para volver a hundirse en la
depresión
—. Mira, me atrevería a apostar que acabará diciendo que ninguno le
conviene.
—No me extrañaría —dijo Rutilia.
—¿Y qué vamos a hacer, entonces? Si no andamos con cuidado, acabaremos
siendo los padres de la primera solterona en la historia de Roma.
—Yo creo que lo mejor es que la enviemos a mi hermano —dijo Rutilia
—. Y que hable con él del asunto.
—¡Excelente idea! —añadió Cota con súbita alegría.
Al día siguiente, Aurelia fue de la mansión de Cota, en el Palatino, a
casa de Publio Rutilio Rufo en el Carinae, acompañada de su criada
Cardixa y de dos enormes esclavos galos, cuyas tareas eran múltiples y
variadas, pero todas basadas en gran fuerza física. Ni Cota ni Rutilia
quisieron entorpecer la entrevista de Aurelia con su tío. Habían concertado la
hora, pues como cónsul que era dedicado a gobernar a Roma, para que Cneo Malio
Máximo reclutase el gran ejército que pensaba llevar a la Galia Transalpina a
finales de primavera, Rutilio Rufo era un hombre muy ocupado, aunque siempre
dispuesto a solventar los problemas familiares que se presentaran.
Marco Cota había pasado a ver a su cuñado antes del amanecer para
explicarle la situación, con el consiguiente regocijo de Rutilio Rufo.
—¡Ah, esa pequeña! —exclamó, sobrecogido por la risa—. Una auténtica
virgen. Bien, bien, habrá que asegurarse de que hace una buena elección y no se
queda virgen para el resto de sus días, por muchos maridos e hijos que tenga.
—Espero que halles solución, Publio Rutilio —dijo Cota—, porque yo no
veo el menor rayo de luz.
—Yo sé lo que hacer —respondió Rutilio Rufo con suficiencia—. Envíamela
antes de la hora décima para que cene conmigo. Yo la mandaré a casa en una
litera bien custodiada, no te preocupes.
Al llegar Aurelia, Rutilio Rufo envió a Cardixa y a los dos guardias
galos a las dependencias de los criados para que cenasen y esperasen, y a
Aurelia la condujo al comedor y la acomodó en una silla de manera que pudiese
conversar cómodamente con él y con cualquiera que se sentase a su izquierda.
—No espero más que a un solo invitado —dijo mientras se acomodaba en el
triclinio—. ¡Brrr! Hace frío, ¿verdad? ¿Qué te parecen unos calcetines
calentitos, sobrina?
Cualquier otra muchacha de dieciocho años habría preferido morir antes
que ponerse algo tan poco atractivo como un par de calcetines de lana, pero
Aurelia no; ella consideró juiciosamente la temperatura del cuarto en relación
con su estado de ánimo y aceptó.
—Gracias, tío Publio —dijo.
Llamaron a Cardixa para que pidiera unos calcetines al mayordomo, cosa
que hizo al instante.
—¡Qué muchacha tan razonable eres! —dijo Rutilio Rufo, que sentía
verdadera devoción por el sentido común de Aurelia, del mismo modo que otro se
habría extasiado ante una perla oceánica hallada en una concha de los bajíos de
Ostia. Al no ser un gran admirador de las mujeres, no se le ocurría pensar que
esa virtud del sentido común era rara tanto en hombres como en mujeres, y
siempre procuraba buscar su ausencia en las féminas y, naturalmente, la
encontraba. Así, Aurelia era su perla exótica, hallada en los bajíos de la
feminidad. Y la atesoraba.
—Gracias, tío Publio —respondió Aurelia, fijando su atención en Cardixa,
que estaba arrodillada quitándole los zapatos.
Las dos muchachas estaban distraídas con los calcetines, cuando hicieron
pasar al invitado. Ninguna de las dos se molestó en levantar la cabeza al oír
los saludos y el ruido que hacía al sentarse a la izquierda del anfitrión.
Aurelia volvió a incorporarse y miró a Cardixa a los ojos con una de sus
escasas sonrisas.
—Gracias —dijo.
Cuando ya estaba bien incorporada y dirigió los ojos a su tío y al
invitado, conservaba aquella sonrisa más el rubor producido por haber estado
inclinada. Arrebatadora.
Y el invitado se quedó arrobado. Igual que Aurelia.
—Cayo Julio, te presento a Aurelia, hija de mi hermana —dijo Publio
Rutilio Rufo con voz pausada—. Aurelia, tengo el gusto de presentarte al
hijo de mi buen amigo Cayo Julio César, Cayo como el padre, pero no es
el hijo mayor.
Con los ojos color malva más abiertos de lo habitual, Aurelia miraba lo
que el destino le deparaba y no volvió a pensar en el ideal romano ni en
Cornelia, madre de los Gracos. O quizá sí lo hiciese en lo más profundo de su
ser, porque supo estar a la altura, aunque sólo el tiempo se lo confirmaría. En
aquel momento sólo veía aquel rostro largo romano, con nariz larga romana, unos
ojos intensamente azules, un pelo ondulado rubio y una preciosa boca. Y, tras
aquel debate interno y aquella deliberación no menos profunda por inútil,
resolvió el dilema de la forma más natural y satisfactoria posible:
enamorándose.
Sí, claro que hablaron. En realidad fue una cena de lo más agradable.
Rutilio Rufo se limitó a acodarse sobre el brazo izquierdo y los dejó que se
explayaran, regocijado por su habilidad en haber elegido, entre los cientos de
jóvenes que conocía, el que más pudiera agradar a su preciosa perla oceánica.
Ni que decir tiene que a él le agradaba mucho el joven Cayo Julio César, del
que esperaba mucho en el futuro. Era un romano de lo más fino; cosa lógica,
porque pertenecía a una de las familias de más alcurnia. Y como Rutilio Rufo
era un romano descendiente de romanos, le complacía aún más que cristalizara
aquella atracción entre el joven Cayo Julio César y su sobrina —cosa en la que
él tenía plena confianza— y así se forjaría un vínculo casi familiar entre él y
su viejo amigo Cayo Mario. Los hijos del joven Cayo Julio César con su sobrina
Aurelia serían primos hermanos de los hijos de Cayo Mario.
Normalmente demasiado tímida para interrogar a nadie, Aurelia se olvidó
de sus modales y abrumó a preguntas al joven Cayo Julio César. Se enteró así de
que había estado en Africa con su cuñado Cayo Mario en el cargo de tribuno
militar, y que le habían condecorado en varias ocasiones: con una corona
muralis por la batalla en la ciudadela del Muluya, con un estandarte tras la
primera batalla en las afueras de Cirta y con nueve phalerae de plata por la
segunda batalla de Cirta. En esta última le habían herido gravemente en el
muslo y había vuelto a Italia honorablemente licenciado. Aunque todo esto no le
había resultado fácil sacárselo, porque él
estaba más interesado en contarle las hazañas de su hermano mayor Sexto
en las mismas campañas.
Supo también que aquel mismo año le habían nombrado acuñador, y era uno
de los tres jóvenes a quienes en edad presenatorial se les concedía la
oportunidad de aprender el funcionamiento de la economía de Roma, encargándolos
de la acuñación de moneda.
—El dinero desaparece de la circulación —dijo el joven, que nunca había
tenido una interlocutora tan fascinante y fascinada—. Nuestro trabajo consiste
en hacer más dinero, pero no a nuestro antojo, sino según determina el Tesoro.
Sólo acuñamos lo que ellos estipulan para un solo año.
—¿Y cómo puede desaparecer una cosa tan sólida como una moneda?
—inquirió Aurelia frunciendo el entrecejo.
—Oh, puede caerse por una alcantarilla o quemarse en un incendio —
respondió el joven César—. Algunas monedas llegan a desgastarse, pero la
mayoría desaparecen porque las atesoran. Y cuando el dinero se atesora, no
cumple su cometido.
—¿Cuál es su cometido? —inquirió Aurelia, que nunca se había interesado
gran cosa por el dinero, dado que sus necesidades eran sencillas y sus padres
se las cubrían.
—Cambiar constantemente de mano —respondió el joven César—. Eso se llama
circulación. Cuando el dinero circula, bendice a las manos por las que pasa.
Con él se compran mercancías, trabajo, propiedades. Pero debe circular
constantemente.
—Y tenéis que hacer dinero nuevo para sustituir a las monedas que se
atesoran —concluyó Aurelia, pensativa—. Sin embargo, las monedas atesoradas
siguen ahí, ¿no? ¿Qué sucede si, por ejemplo, de pronto una gran cantidad de
monedas atesoradas vuelve a la circulación?
—Entonces baja el valor del dinero.
Tras su primera lección de economía básica, Aurelia optó por conocer el
aspecto físico de la acuñación.
—Nosotros somos los que decidimos qué es lo que se inscribe en las
monedas —dijo el joven César, animado y cautivado por su extasiada
interlocutora.
—¿Os referís a la Victoria en la biga?
—Bueno, es que resulta más fácil poner en una moneda un carro de dos
caballos que uno de cuatro, por eso la Victoria monta una biga en vez de una
quadriga —respondió él—. Pero a los que tenemos algo de imaginación nos
gustaría hacer algo más original que la simple Victoria o Roma. Si al año se
hacen cuatro emisiones de monedas, cada uno de nosotros elige el motivo que
deben llevar.
—¿Y ya tenéis algo elegido? —inquirió Aurelia.
—Sí, lo hemos echado a suertes y a mí me tocó el denario de plata. Así
que los denarios de este año tendrán la cabeza de Iulo, hijo de Eneas por un
lado, y el Aqua Marcia por el otro para conmemorar a mi abuelo Marcius Rex
—respondió el joven César.
Después, Aurelia se enteró de que en otoño iba a presentarse a las
elecciones a tribuno militar; su hermano Sexto había sido elegido tribuno
militar aquel mismo año y marchaba a las Galias con Cneo Malio Maximo.
Una vez acabado el último plato, el tío Publio envió a su sobrina a casa
en una litera, como había prometido, mientras convencía a su invitado para que
permaneciese algo mas.
—Tomaremos un par de copas de vino sin agua —dijo—. He bebido tanta agua
que voy a tener que ir afuera a mear un cubo entero.
—De acuerdo —dijo el invitado, riendo.
—¿Qué te parece mi sobrina? —inquirió Rutilio Rufo una vez que les
sirvieron un excelente reserva de Toscana.
—¡Es como si me preguntaseis si me gusta vivir! ¡No hay otra
alternativa!
—¿Tanto te ha gustado?
—¿Si me ha gustado? Ya lo creo. Me he enamorado —contestó el joven
César.
—¿Quieres casarte con ella?
—¡Pues claro! Pero media Roma también lo quiere, según tengo entendido.
—Es cierto, Cayo Julio. ¿Y eso te disuade?
—No. Pediré su mano a su padre... a su tío Marco, quiero decir. Y
trataré de volver a verla y mover su corazón. Merece la pena probar, porque sé
que yo le gusto.
—Sí, eso me ha parecido —dijo Rutilio Rufo sonriendo y bajando de la
camilla—. Bien, vete a casa, joven Cayo Julio, y di a tu padre lo que piensas
hacer y mañana vas a ver a Marco Aurelio. Yo estoy cansado y voy a acostarme.
Aunque con Rutilio Rufo se había mostrado muy confiado, el joven Cayo
César se fue a casa menos esperanzado. La fama de Aurelia era mucha y muchos
amigos suyos habían pedido su mano; Marco Cota había puesto en la lista a unos
si y a otros no. Entre los que lo habían conseguido había nombres mucho más
ilustres que el suyo, por el simple hecho de que estaban vinculados a enormes
fortunas. Ser un Julio César poco significaba, aparte de una distinción social
tan firme que ni la pobreza podía anular su aura. Pero ¿cómo iba a competir con
Marco Livio Druso, Escauro hijo, Licinio Orator, Mucio Escévola o el mayor de
los hermanos Ahenobarbos? Ignorando que a Aurelia le habían dado libertad para
elegir marido, el joven César se imaginó que tenía muy pocas posibilidades.
Cuando cruzó el umbral y tOmó por el pasillo que conducía al atríum, vio
que aún había luz en el despacho de su padre y contuvo unas lágrimas inopinadas
antes de llegar sin hacer ruido a la puerta entreabierta y llamar.
—Pasa —dijo una voz cansada.
Cayo Julio César se moría. En la casa todos lo sabían, incluido el
propio Cayo Julio César, aunque nadie decía nada. La enfermedad se había
presentado en forma de dificultades para deglutir, debido a un mal insidioso
que al principio se desarrollaba tan despacio que era difícil discernir si
realmente empeoraba. Luego había empezado a hablar como en un graznido y a eso
habían seguido unos dolores, al principio soportables, pero ahora ya eran
constantes y Cayo Julio César no podía tragar nada sólido. Hasta el momento se
había negado a ver a un médico por más que Marcia se lo suplicase todos los
días.
—Padre.
—Entra y hazme compañía, joven Cayo —dijo César, que tenía sesenta años
pero que a la luz de la lámpara parecía un anciano de ochenta. Había perdido
tanto peso que se le notaban los huesos, el cráneo era ya una calavera y el
continuo sufrimiento había apagado sus ojos azul oscuro. Alargó la mano hacia
su hijo y sonrió.
—¡Oh, padre! —dijo el joven, tratando virilmente de contener la emoción
de su voz, sin conseguirlo; cruzó el cuarto, cogió la mano, se la besó, y
después se acercó y rodeó con sus brazos aquellos hombros esqueléticos,
arrimando su mejilla a los plateados cabellos.
—No llores, hijo —balbució César—. Pronto ya no estaré. Mañana viene
Atenodoro Sículo.
Un romano no lloraba. O se suponía que no debía llorar. Al joven César
le parecía un falso código de conducta, pero contuvo sus lágrimas, se apartó y
tomó asiento cerca de su padre para conservar su esquelética mano entre las
suyas.
—Tal vez Atenodoro sepa un remedio —dijo.
—Atenodoro sabrá lo que sabemos todos; que tengo una excrecencia
incurable en la garganta —dijo César—. De todos modos, tu madre espera un
milagro, pero ya estoy demasiado mal para contar con que Atenodoro pueda
realizarlo. He seguido viviendo por una sola razón: para asegurarme de que
todos los miembros de la familia tienen su futuro asegurado y verlos a todos
felizmente situados. —Hizo una pausa y con la mano libre alcanzó la copa de
vino puro que era ya su único consuelo físico. Dio un par de sorbitos y prosiguió—:
Tú eres el que queda, joven Cayo —musitó—. ¿Qué puedo desear para ti? Hace
muchos años te concedí un lujo que aún no has reclamado; la libertad de elegir
esposa. Creo que ha llegado el momento de que lo hagas. Descansaría más feliz
si supiera que quedas decentemente establecido.
El joven César alzó la mano de su padre y se la arrimó a la mejilla,
inclinándose para sujetarle el escuálido brazo.
—La he encontrado, padre —dijo—. La he conocido esta noche... ¿No es
extraño?
—¿En casa de Publio Rutilio? —inquirió César, perplejo.
—Creo que ha hecho de tercerón —dijo el joven sonriendo.
—Extraño papel para un cónsul.
—Sí —dijo el joven con un suspiro—. ¿Habéis oído hablar de su sobrina
Aurelia, la hijastra de Marco Aurelio?
—¿Esa famosa beldad? Todo el mundo debe de haber oído hablar.
—Exacto. Pues de ella se trata.
César puso cara de preocupación.
—Tu madre me ha dicho que tiene una cola de pretendientes que da la
vuelta a la casa, y entre ellos los solteros más ricos y nobles de Roma; me han
contado que hasta los hay que no son solteros.
—Es la pura verdad —respondió el joven Cayo—. ¡Pero, perded cuidado,
pienso casarme con ella!
—Si tu inclinación por ella es cierta, vas a buscarte un mal futuro
—dijo César, muy serio—. Las beldades de ese tipo no son buenas esposas, Cayo.
Resultan mimadas, caprichosas, veleidosas y respondonas. Déjala para otro y
elige una muchacha más humilde —añadió con gesto más relajado—. Afortunadamente
no eres nadie en comparación con Lucio Licinio Orator o Cneo Domicio hijo,
aunque seas patricio. Marco Aurelio no te hará caso, estoy seguro. Así que no
entregues a esa muchacha tu corazón sin pensar en otras.
—¡Se casará conmigo, tata, ya verás!
Ante semejante argumento, Cayo Julio César no tuvo fuerzas para hacer
cambiar de opinión a su hijo y dejó que le ayudase a ir hasta el lecho que
ocupaba él solo, dado lo agitado y escaso que era su sueño.
Aurelia iba tumbada boca abajo en la litera perfectamente cerrada por
cortinas, que avanzaba bamboleándose por las colinas entre la casa de su tío
Publio y la de su tío Marco. ¡Cayo Julio César hijo! ¡Qué estupendo, era ideal!
Pero ¿querría casarse con ella? ¿Qué habría pensado Cornelia, madre de los
Gracos?
Cardixa, que compartía la litera con su ama, la miraba con suma
atención. Era una Aurelia desconocida. Erguida en un rincón, sosteniendo con
cuidado un candil de alabastro para que la litera no fuese totalmente a
oscuras, resultaban evidentes los síntomas de un profundo cambio. Veía
aquel cuerpo nervioso y tenso de Aurelia ahora relajado y distendido, no
apretaba tanto los labios y sus pestañas apenas celaban un destello en sus
ojos. Como era muy inteligente, Cardixa sabía perfectamente el motivo del
cambio: aquel joven tan bien parecido que Publio Rutilio había ofrecido casi
como plato principal. ¡El viejo zorro! Pues si, Cayo Julio César hijo era un
hombre estupendo; ideal para Aurelia; había algo que se lo decía.
Independientemente de lo que Cornelia, madre de los Gracos, hubiera
hecho en similares circunstancias, cuando se levantó por la mañana, Aurelia ya
sabía lo que tenía que hacer. Lo primero fue enviar a Cardixa a casa de los
César con un billete para el joven.
"Pídeme en matrimonio", decía escuetamente.
Luego, ya no hizo nada. Se quedó en su estudio y apareció en las
comidas, haciéndose notar lo menos posible, consciente de que había cambiado, y
evitando que sus padres lo notaran antes de decidirse a actuar.
Al día siguiente aguardó a que Marco Cota terminara de despachar
tranquilamente con sus clientes, porque el secretario le había comunicado que
no tenía que asistir a ninguna sesión del Senado ni de la plebe y pensaba
quedarse en casa un par de horas más.
—Padre.
Cota levantó la vista de los papeles del escritorio.
—Ah, hoy toca padre, ¿no? Pasa, hija, pasa —dijo sonriéndole con
afecto—. ¿Quieres que venga tu madre?
—Sí, por favor.
—Pues ve a buscarla.
La muchacha salió para regresar al poco con Rutilia.
—Sentaos, señoras.
Ambas se sentaron una al lado de otra en un diván.
—Bien, Aurelia, dinos.
—¿Ha habido algún nuevo pretendiente? —preguntó ella sin más. —Pues, sí.
Ayer vino a verme el joven Cayo Julio César, y como nada
tengo contra él, le apunté en la lista. Con lo que ahora son treinta y
ocho.
Aurelia se ruborizó. Cota la miraba fascinado, porque nunca la había
visto perder la continencia. Vio asomar la punta de su lengua rosada, que
humedecía los labios, y advirtió que Rutilia, igualmente intrigada por aquel
rubor, se había girado en el diván para mirar a su hija.
—Ya me he decidido —dijo la muchacha.
—¡Estupendo! ¿Quién es? —instó Cota.
—Cayo Julio César hijo.
—¿Qué? —exclamó Cota sin salir de su asombro.
—¿Quién? —inquirió Rutilia, igualmente pasmada.
—Cayo Julio César hijo —repitió Aurelia pacientemente.
—¡Vaya, vaya! —dijo Cota, sonriente—. El último caballo inscrito gana la
carrera.
—¡La apuesta de mi hermano! —exclamó Rutilia—. ¡Por los dioses que es
listo! ¿Cómo se le ocurriría?
—Es un hombre extraordinario —dijo Cota a su esposa—. Conociste al joven
Cayo anteayer —añadió dirigiéndose a Aurelia— en casa de tu tío... ¿Era la
primera vez que le veías?
—Sí.
—Y quieres casarte con él.
—Si.
—Querida niña, es un hombre relativamente pobre —dijo la madre—. No
tendrás ningún lujo siendo esposa de Cayo Julio, ¿lo sabes?
—Una no se casa para vivir en el lujo.
—Me alegro de que tengas sentido común para darte cuenta de eso, hija.
Sin embargo, no es el hombre que yo te habría elegido —añadió Cota, no muy
contento.
—Quisiera saber por qué, padre —replicó Aurelia.
—Son una familia rara. Demasiado... heterodoxa. Y están vinculados
ideológicamente, y familiarmente, a Cayo Mario, un hombre que yo detesto
profundamente —respondió Cota.
—Al tío Publio le agrada Cayo Mario —replicó Aurelia.
—Tu tío Publio a veces se deja llevar por mal camino —contestó Cota,
ceñudo—. No obstante, no está tan embrutecido como para votar contra su
propia clase en el Senado a favor de Cayo Mario, mientras que no puedo
decir lo mismo de los Julios de la rama de los Cayos. Tu tío Publio ha
combatido con Cayo Mario muchos años y es comprensible que eso cree un vínculo.
Pero Cayo Julio César padre recibió a Cayo Mario con los brazos abiertos y ha
influido para que toda la familia le estime.
—¿Y no se casó Sexto Julio con una de las Claudias más humildes, no hace
mucho? —inquirió Rutilia.
—Eso creo.
—Bien, pues es una unión irreprochable. Tal vez los hijos no estimen
tanto a Cayo Mario como tú crees.
—Son cuñados, Rutilia.
—Padre, madre —terció Aurelia—, vosotros me dejasteis que eligiera. Voy
a casarme con Cayo Julio César, no se hable más —añadió con firmeza pero sin
insolencia.
Cota y Rutilia la miraron consternados, pero comprendiendo que la fría y
sensible Aurelia estaba enamorada.
—Es cierto —dijo Cota tajante, pensando en que la mejor alternativa era
salir lo mejor posible del asunto—. ¡Bien, dejadme! —añadió, dirigiendo un
gesto a las dos mujeres—. Tengo que mandar hacer treinta y siete cartas a los
escribas. Y supongo que tendré que ir a ver a Cayo Julio César padre, y al
hijo.
La carta circular que envió Marco Aurelio Cota decía así:
Tras profunda consideración decidí consentir en que mi sobrina y pupila
Aurelia eligiese esposo por sí misma. Mi esposa, y madre suya, estuvo de
acuerdo. Ésta es para anunciar que Aurelia ya ha elegido. Su esposo será Cayo
Julio César, hijo menor del padre conscripto Cayo Julio César. Confío en que os
unáis a mí ofreciendo toda suerte de parabienes a la pareja en su próximo
matrimonio.
El secretario miró a Cota con ojos desorbitados.
—¡Vamos, no os quedéis ahí, manos a la obra! —dijo el cónsul con
excesiva brusquedad para ser un hombre tan morigerado—. Quiero treinta y
siete copias dentro de una hora, dirigidas a los de esta lista —añadió
señalando el papel que tenía en la mesa—. Las firmaré para que se entreguen en
mano inmediatamente.
El secretario se puso en acción al mismo tiempo que se difundía el
rumor, que fácilmente alcanzó a los destinatarios antes que las cartas. Muchos
fueron los corazones heridos y los nuevos rencores cuando se supo la noticia,
pues era evidente que la elección de Aurelia era emocional y nada práctica, lo
que la hacía más imperdonable, pues a ninguno de los pretendientes que ocupaban
los primeros puestos de la lista le gustó verse desplazado por el hijo menor de
un simple senador sin voto, por muy ilustre que fuese su linaje. Además, el
afortunado era demasiado bien parecido, y eso solía considerarse una ventaja
injusta.
Una vez repuesta de la primera impresión, Rutilia se sintió inclinada a
aprobar la elección de su hija.
—¡Ah, piensa en los niños que tendrá! —le dijo a Cota, mientras éste se
ataviaba con la toga bordada en púrpura para aventurarse a visitar la casa de
Julio César, situada en una zona menos lujosa del Palatino—. Dejando el dinero
aparte, es una buena unión para un Aurelio, y no digamos un Rutilio. Los
Julianos son un linaje de gran solera.
—Los linajes de solera no dan para comer —gruñó Cota.
—¡Oh, vamos, Marco Aurelio, no está tan mal! La relación con Mario ha
servido a los Julios para aumentar enormemente su fortuna, y seguirá
haciéndolo. No veo nada que impida al joven Cayo Julio ser cónsul. Me han
contado que es muy inteligente y capaz.
—Lo que sí es es guapo —replicó Cota, poco convencido.
No obstante, se colocó bien la magnífica toga, él que también era un
hombre guapo, aunque con la tez rubicunda de los Cotas, una familia cuyos
miembros no llegaban a una edad muy avanzada por ser proclives a la apoplejía.
El joven Cayo Julio César no estaba en casa, le dijeron, y optó por
preguntar por el padre, sorprendiéndose cuando el mayordomo le miró con gesto
grave.
—Excusadme, Marco Aurelio, que pregunte —dijo el hombre—, porque Cayo
Julio no se encuentra bien.
Era la primera noticia que tenía Cota de que estuviera enfermo;
pensándolo bien, se dio cuenta de que, efectivamente, hacía tiempo que
no
le veía por el Senado.
—Espero —dijo.
—Cayo Julio os recibirá —dijo el mayordomo al regresar al poco rato, y
condujo a Cota al despacho—. Os prevengo para que no os sorprenda su aspecto.
Agradecido por el aviso, Cota contuvo su reacción cuando aquellos dedos
descarnados hicieron el inmenso esfuerzo de tenderse para estrecharle la mano.
—Marco Aurelio, es un placer —dijo César—. ¡Sentaos, sentaos! Lamento no
poder levantarme, pero el mayordomo os habrá dicho que no me encuentro bien
—añadió con un esbozo de sonrisa—. Puro eufemismo: me estoy muriendo.
—Oh, vamos... —replicó Cota, incómodo, sentándose en el borde de la
silla, olfateando; había un olor particular en aquel cuarto, algo desagradable.
—Sí, tengo una excrecencia en la garganta. Esta mañana me lo ha
confirmado Atenodoro Siculo.
—Lamento oíroslo decir, Cayo Julio. Vuestra ausencia en la cámara se
hará notar dolorosamente, en particular por parte de mi cuñado Publio Rutilio.
—Un buen amigo —dijo César, parpadeando fatigosamente con sus ojos
enrojecidos—. Me imagino por qué habéis venido, Marco Aurelio, pero os ruego
que me lo expongáis.
—Cuando la lista de pretendientes de mi sobrina y pupila Aurelia creció
tanto y con nombres tan importantes que temí elegirle esposo por no dejar a mis
hijos con más enemigos que amigos, opté por permitir que lo eligiera ella misma
—dijo Cota—. Hace dos días conoció a vuestro hijo menor en casa de su tío
Publio Rutilio, y hoy me ha comunicado que le ha elegido por esposo.
—Y a vos os desagrada tanto como a mi —dijo César.
—Así es —respondió Cota con un suspiro—. Pero como he dado mi palabra,
debo cumplirla.
—Yo hice la misma concesión a mi hijo hace muchos años —añadió César,
sonriendo—. Acordemos, pues, llevar el asunto lo mejor posible y esperemos que
nuestros hijos tengan más sentido común que nosotros.
—Efectivamente, Cayo Julio.
—Querréis conocer los datos de mi hijo...
—Me los hizo saber él al pedirme la mano.
—Quizá no los haya expuesto debidamente. Cuenta con tierras suficientes
para asegurarse un puesto en el Senado, pero de momento, nada más —dijo César—.
Desgraciadamente no estoy en posición de poder adquirir una segunda casa en
Roma, y eso es un inconveniente, porque esta casa es para mi hijo mayor Sexto,
que acaba de casarse y vive en ella con su esposa, que ya se encuentra encinta.
Mi muerte es inminente, Marco Aurelio. Después, Sexto será el paterfamilias y
mi hijo menor tendrá que buscarse otro sitio al casarse.
—Sabréis, sin duda, que Aurelia tiene una cuantiosa dote —replicó Cota
—. Quizá, lo más razonable sería invertirla en una casa —añadió con un
carraspeo—. De su padre, mi hermano, heredó una buena cantidad que ha estado
invertida todos estos años. Pese a las alzas y bajas del mercado, en estos
momentos ascenderá a unos cien talentos. Con cuarenta talentos se puede comprar
una casa más que aceptable en el Palatino o el Carinae. Naturalmente, se
pondría a nombre de vuestro hijo, pero si se produjera el divorcio, vuestro
hijo repondría la suma que costase la casa. Sin embargo, aparte del divorcio, a
Aurelia aún le quedaría dinero suficiente para no pasar necesidades.
—No me agrada la idea de que mi hijo viva en una casa adquirida por su
esposa —dijo César con el entrecejo fruncido—. Constituiría una arrogancia por
su parte. No, Marco Aurelio, creo que es necesaria otra cosa para salvaguardar
el dinero de Aurelia mejor que comprando una casa de la que no será
propietaria. Con cien talentos puede comprarse una insula en excelentes
condiciones en cualquier zona del Esquilino. Y debe comprarse a
su nombre, a nombre de Aurelia. La joven pareja puede vivir en la planta
baja sin necesidad de pagar alquiler y vuestra sobrina contará con las rentas
de las otras viviendas, una suma mucho más interesante que la que pudiera
obtener con otra clase de inversión. Mi hijo deberá esforzarse personalmente en
ganar el dinero para comprar una casa, y de ese modo se verá estimulado en su
valía y ambición.
—¡No puedo consentir que Aurelia viva en una insula! —replicó Cota
horrorizado—. No, separaré cuarenta talentos para comprar una casa y dejaré los
otros sesenta talentos bien invertidos.
—Una insula a su nombre —repitió César sin ceder; sofocado, hizo un gran
esfuerzo por respirar, inclinándose hacia adelante.
Cota le sirvió una copa de vino y se la puso en la mano, que tenía
agarrotada, ayudándole a llevársela a los labios.
—Ya estoy mejor —dijo César, al cabo de un rato.
—Quizá debiera marcharme —dijo Cota.
—No, zanjemos este asunto ahora, Marco Aurelio. Estamos de acuerdo en
que este enlace no es el que ninguno de los dos habríamos deseado para la
pareja. Pues bien, no se lo pongamos tan fácil. Que sepan cuál es el precio del
amor. Si están hechos el uno para el otro, algo de dificultad no hará más que
estrechar la unión, si no es así, esa misma dificultad acelerará la ruptura.
Vamos a dejar que Aurelia conserve la dote entera, sin herir más de lo debido
el orgullo de mi hijo. ¡Una insula, Marco Aurelio! Debe ser de impecable
construcción; así que aseguraos de que confiáis la inspección a gente honrada.
Y no seáis muy exigente en cuanto a la situación — prosiguió con un hilo de
voz—. Roma está creciendo a pasos agigantados, aunque el mercado de casas de
bajo precio es más estable que el de las viviendas para gente que prospera.
Cuando los tiempos son malos, los que están ascendiendo socialmente,
retroceden; así que siempre hay gente buscando viviendas más baratas.
—¡Por los dioses, mi sobrina convertida en una vulgar casera! — exclamó
Cota, resistiéndose a la idea.
—¿Y por qué no? —inquirió César con sonrisa cansina—. Me han dicho que
es una beldad sin par. ¿No le acomodaría el papel? Si no es así,
quizá debiera pensárselo dos veces antes de casarse con mi hijo.
—Cierto que es una belleza sin par —respondió Cota, sonriendo
desmedidamente por algún chiste privado—. Os la traeré para que la conozcáis,
Cayo Julio, y que vos mismo la convenzáis. Ésta es mi última palabra —añadió,
poniéndose en pie y dando una palmadita en el escuálido hombro de César—, y que
sea Aurelia quien decida qué hacer con la dote. Planteadle vos mismo lo de la
insula y yo le aconsejaré la compra de una casa. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió César—. Pero enviadla pronto, Marco Aurelio.
Mañana a mediodía.
—¿Se lo diréis a vuestro hijo? —Naturalmente. El la recogerá mañana.
En circunstancias normales, Aurelia no se andaba con veleidades a la
hora de vestirse para salir; le gustaban los colores fuertes, combinándolos,
pero siempre lo decidía sin vacilaciones y con lógica, como hacía en todo lo
demás. Sin embargo, cuando le dijeron que iba a recogerla su prometido para ir
a ver a sus futuros suegros, se puso nerviosa. Finalmente se decidió por una
camisa de lana fina color cereza con una túnica de lana rosada lo bastante fina
para dejar transparentar el color más fuerte de debajo, y encima de ella otra
de rosa más pálido, tan fina como su velo de matrimonio. Se bañó, se perfumó
con esencia de rosas, pero se peinó el pelo hacia atrás, recogiéndolo en un
discreto moño y rechazó el colorete y el stibium que le ofreció su madre.
—Hoy estás muy pálida —insistió Rutilia—. Son los nervios. ¡Vamos, haz
el favor, estarás mejor con un poco de colorete en las mejillas y un perfilado
en los ojos!
—No —respondió Aurelia.
La palidez no tuvo la menor importancia, en cualquier caso, porque
cuando se presentó el joven Julio César a recogerla, las mejillas de Aurelia se
arrebolaron mejor que con los cosméticos de su madre.
—Cayo Julio —dijo a guisa de saludo, ofreciéndole la mano.
—Aurelia —contestó él, estrechándosela.
Tras lo cual, ninguno supo qué hacer.
—Bueno, ¡adiós! —terció Rutilia, irritada; se le hacía raro entregar su
primera hija a aquel apuesto joven, sintiéndose ella misma una jovencita.
La pareja dejó la casa, seguidos por Cardixa y los galos.
—Debo advertiros que mi padre no se encuentra bien —dijo el joven César
sin dejarse llevar por la emoción—. Sufre una excrecencia maligna en la
garganta, y tememos perderlo pronto.
—¡Oh! —exclamó Aurelia.
—Recibí vuestro billete —dijo él al doblar una esquina— y no perdí
tiempo en ir a ver a Marco Aurelio. ¡No puedo creerme que me hayáis elegido!
—No puedo creerme el haberos encontrado —contestó ella.
—¿Creéis que Publio Rutilio lo hizo expresamente?
La pregunta provocó en ella una sonrisa.
—Desde luego —contestó.
Siguieron andando y doblaron la siguiente esquina.
—Ya veo que no sois habladora —dijo el joven César.
—No —respondió Aurelia.
Y ésa fue toda la conversación que atinaron a sostener antes de llegar a
casa de César.
El ver a la novia de su hijo hizo que César cambiase algo de idea. ¡No
era una beldad mimada y caprichosa! Era todo lo que había oído decir de ella y
más —¡una beldad sin par!—, pero no según el estereotipo. Y volvió a decirse
que todos los encomios estaban más que justificados. ¡Qué magníficos hijos
engendrarían! Hijos que él no viviría para verlos.
—Siéntate, Aurelia —dijo con voz apenas audible, señalándole una silla
cerca de él pero algo enfrentada para que le viera. Su hijo se sentó al otro
lado.
—¿Qué te ha dicho Marco Aurelio de la conversación que sostuvimos?
—inquirió el anciano una vez que estuvieron acomodados.
—Nada —contestó Aurelia.
César expuso la discusión que había mantenido con Cota respecto a la
dote, sin andarse con rodeos a propósito de su opinión ni de la de Marco
Aurelio.
—Tu tío, como tutor, dice que decidas tú. ¿Quieres una casa o una
insula? —inquirió, mirándola a los ojos.
¿Qué haría Cornelia, madre de los Gracos? Esta vez sabía la respuesta:
Cornelia, madre de los Gracos, haría lo más honorable, por duro que fuese. Sólo
que ahora ella tenía dos honores a considerar; el de su amado y el suyo propio.
Elegir la casa sería, con mucho, más cómodo y bien visto, pero que el dinero de
la esposa les procurase la casa, heriría el orgullo de su amado.
Aurelia apartó la mirada de César y la dirigió gravemente a su hijo.
—¿Vos qué preferís? —le dijo.
—Decidid vos, Aurelia —respondió él.
—No, Cayo Julio, decidid vos. Voy a ser vuestra esposa, y quiero ser una
esposa como es debido y estar donde debo estar. Vos seréis el cabeza de
familia; todo lo que os pido a cambio es que siempre me expliquéis las cosas
sincera y noblemente. Elegid vos dónde hemos de vivir. Yo me avengo a lo que
decidáis, de palabra y obra.
—Entonces le diremos a Marco Aurelio que busque una insula y registre
los derechos de propiedad a vuestro nombre —dijo el joven César sin dudarlo—.
Deberá ser la propiedad más rentable y bien construida que encuentre, y estoy
de acuerdo con mi padre en que la situación no tiene importancia. Viviremos en
una planta baja espaciosa hasta que pueda adquirir una casa unifamiliar. Os
mantendré a vos y a los hijos con las rentas de mis tierras, naturalmente. Lo
que significa que vos seréis plena responsable de vuestra insula y yo no
intervendré para nada.
Aurelia dio muestras de estar satisfecha, pero no dijo nada.
—¡No eres muy habladora! —dijo César, asombrado.
—No —contestó Aurelia.
Cota tuvo que trabajar con denuedo, aunque su intención era encontrar
para su sobrina un buen inmueble en una de las mejores zonas de Roma. Pero no
había manera; lo mirara como lo mirara, la inversión mejor y más rentable era
una insula bastante grande en pleno corazón del Subura. No era un inmueble
nuevo (lo había hecho construir el dueño unos treinta años
antes, y desde entonces él había ocupado una de las dos grandes
viviendas de la planta baja, que estaban hechas a conciencia), tenía base y
cimientos de piedra y hormigón de quince pies de profundidad y cinco pies de
ancho; los muros exteriores de carga tenían dos pies de grueso y por ambas
caras contaban con un revestimiento irregular de ladrillo y mortero denominado
opus incertum, enlucido con una resistente mezcla de cemento y gravilla; las
ventanas tenían todas un marco moldurado de ladrillo y toda la estructura
estaba reforzada con vigas de madera de un pie cuadrado de sección y por lo
menos cincuenta pies de largo; los pisos, de mezcla de conglomerado, se
aguantaban también sobre vigas de un pie cuadrado de sección los más bajos, y
sobre tablones los más altos; el amplio patio de luces recibía bastante carga,
pero estaba reforzado con una serie de pilares de dos pies de grueso situados
cada cinco pies a lo largo del perímetro, en los que se insertaban gruesas
vigas de madera a la altura de cada piso.
Los nueve pisos de nueve pies de alto del inmueble representaba una
altura bastante modesta —la mayoría de las insulae de la zona tenían de dos a
cuatro pisos más—, pero ocupaban todo un pequeño triángulo en la intersección
del Subura Minor con el Vicus Patricii. El vértice daba a ese cruce y los lados
discurrían a lo largo del Subura Minor y del Vicus Patricii, mientras que la
base la constituía la bocacalle que unía esas dos arterias.
La habían visto después de descartar muchas otras; Cota, Aurelia y el
joven César se habían acostumbrado al paso diligente de un pequeño y elocuente
vendedor de impecables orígenes romanos. ¡Nada de empleados libertos griegos en
la agencia inmobiliaria de Torio Postumio!
—Observad el enlucido de las paredes, por dentro y por fuera —decía el
agente—. No se ve una sola grieta, los cimientos son tan firmes como la presa
de un avariento en su última barra de oro... Ocho tiendas, todas alquiladas a
largo plazo, y ningún problema con los inquilinos ni con la renta... Dos
viviendas en la planta baja con salones de recepción de doble altura... Dos
viviendas en el primer piso y ocho viviendas por piso hasta el sexto... Doce
viviendas en el séptimo y doce en el octavo; las tiendas tienen todas vivienda
encima... En las de la planta baja hay espacio extra en falsos techos en los
cubículos de dormir...
Y no paraba de encomiar las ventajas del inmueble, pero Aurelia, al cabo
de un rato, dejó de escucharle y se puso a pensar. Que le aguantasen tío Marco
y Cayo Julio. Era un mundo desconocido para ella, pero estaba decidida a
dominarlo, y si eso implicaba un estilo de vida muy distinta, mejor.
Sí, claro, tenía sus temores, y no le apetecía tanto embarcarse en dos
nuevos estilos de vida de la noche a la mañana, es decir, el nuevo estilo de
vida del matrimonio y el de vivir en una insula, pero también estaba
descubriendo en sí misma una audacia, nacida de una sensación de libertad
demasiado incipiente para asimilarla plenamente. Su ignorancia de cualquier
otro estilo de vida lehabía servido para evitar cualquier sentimiento de hastío
o de frustración durante su infancia, que había sido una época muy atareada,
dedicada a las distintas materias de formación. Pero ahora surgía el
matrimonio, y se veía pensando qué sería de ella si no podía llenar su vida con
tantos hijos como había tenido Cornelia, madre de los Gracos, y raro era el
varón noble que quisiera más de dos hijos. Por naturaleza, Aurelia era activa,
trabajadora; por nacimiento, se había visto coartada en su voluntad de hacer
cosas, y ahora estaba a punto de convertirse en propietaria y en esposa, y era
muy consciente de que con lo primero, al menos, se le presentaba una insólita
oportunidad de trabajar. Y no un simple trabajo, sino una ocupación interesante
y estimulante.
Miró en derredor con sus fulgurantes ojos y fue construyendo mentalmente
un esquema, imaginándose cómo podría ser.
Las dos amplias viviendas de la planta baja diferían en tamaño, pues el
propietario constructor del inmueble había puesto gran esmero en su propia
vivienda. En comparación con la mansión Cota del Palatino, era muy pequeña; de
hecho, la mansión de su tío era mayor que la planta baja entera de aquella
insula, con sus tiendas y la taberna de la intersección.
Aunque en el comedor cabrían sólo las tres camillas habituales y el
despacho era más pequeño que el de cualquier casa particular, los techos eran
altos; el tabique entre ambos era más bien una divisoria que no llegaba al
techo para que la luz y el aire del patio llegaran al comedor y al estudio que
estaba detrás. El pequeño recibidor (no se le podía realmente llamar
atrium) tenía un buen piso de cerámica y bonitas paredes con frescos, y
las dos columnas del centro eran de madera maciza pintada imitando el mármol;
el aire y la luz entraban a través de una gran reja de la fachada, entre una
tienda y la escalera de los pisos superiores. Después del recibidor había tres
cubículos de dormir, carentes de ventanas como era habitual, y otros dos
después del despacho, uno de ellos más grande. Había un cuartito que ella podía
dedicar a su sala de estar, y entre éste y el hueco de la escalera, un cuarto
más pequeño que podría usar Cardixa. Pero lo mejor era que había un cuarto de
baño y una letrina, pues, como el agente señaló con júbilo, la insula se
hallaba sobre uno de los principales colectores de Roma y tenía suministro oficial
de agua.
—Hay una letrina pública enfrente, en el Subura Minor, y los baños del
Subura están al lado —dijo el agente inmobiliario—. Por el agua no hay
problema. Estáis a una altura ideal: lo bastante bajo para recibir un buen
caudal de los depósitos de las murallas y lo bastante alto para no temer las
crecidas del Tíber; la toma de agua es mayor que las que hacen ahora, ¡y eso
suponiendo que una casa nueva pueda conectarse a la red! Naturalmente, el
propietario anterior se reservó el suministro de agua y el desagüe al colector,
porque los inquilinos lo tienen resuelto a la puerta misma en el cruce y
enfrente con las letrinas y los baños.
Aurelia le escuchaba sin perder palabra, porque le habían dicho que en
su nuevo estilo de vida no dispondría de agua corriente y letrina; si algo la
deprimía por el hecho de vivir en una insula era la circunstancia de no tener
su propio cuarto de aseo y su retrete. Ninguno de los otros inmuebles que
habían visto tenía agua ni letrina, pese a que algunos estaban en barrios
mejores. Si antes no había sabido decidir si aquella insula era la mejor, ahora
estaba segura.
—¿Cuál es la renta que se percibe? —inquirió el joven César.
—Diez talentos al año; un cuarto de millón de sestercios.
—¡Bien, bien! —dijo Cota, asintiendo con la cabeza.
—Los gastos de mantenimiento del edificio son mínimos porque su
construcción es de primera calidad —dijo el agente—. Lo que, por otra parte,
significa que siempre está alquilado al completo. Muchas de estas
edificaciones se caen o se abarquillan como el corcho. ¡Esta no! Tiene
dos fachadas y la tercera da a una bocacalle más ancha de lo habitual, lo que
quiere decir que hay menos probabilidades de que se propague un incendio
cercano. Sí, es un inmueble tan sólido como un barco de Granius. Puedo
asegurarlo.
Como era absurdo circular por el Subura en una litera o una silla
portátil, Cota y el joven César habían traído al par de galos como escolta
suplementaria y ellos acompañaron a Aurelia a pie. No es que existiera gran
peligro, porque era mediodía y todos los que llenaban las calles estaban más
interesados en sus cosas que en molestar a la hermosa Aurelia.
—¿Qué te ha parecido? —inquirió Cota conforme descendían la leve cuesta
de Fauces Subura hasta el Argiletum y se disponían a cruzar el extremo inferior
del Foro Romano.
—¡Oh, sí, creo que es ideal! —contestó ella, volviéndose a mirar al
joven César—. ¿Estáis de acuerdo, Cayo Julio?
—Sí, creo que nos convendrá —dijo él.
—Pues entonces, de acuerdo. Esta tarde cerraré el trato. Por noventa y
cinco talentos es una buena compra, aunque no sea una ganga. Y os quedan cinco
talentos para los muebles.
—No —dijo con firmeza el joven César—, de los muebles me encargo yo. No
creáis que me falta dinero; mis tierras de Bovillae me dan una buena renta.
—Lo sé, Julio César —replicó Cota pacientemente—. ¿No recordáis que me
lo dijisteis?
No lo recordaba. Aquellos días, en lo único que pensaba el joven César
era en Aurelia.
Se casaron en abril, un día espléndido de primavera, con todos los
auspicios favorables; incluso Cayo Julio César mejoró un poco.
Rutilia y Marcia lloraron; la una porque Aurelia era el primero de sus
hijos que se casaba, y la otra porque era el último hijo el que se le casaba.
Asistieron también Julia y Julilla, y Claudia, esposa de Sexto, pero no fue
ningún marido. Mario y Sila seguían en Africa y Sexto César estaba
reclutando tropas en Italia y no consiguió permiso del cónsul Cneo Malio
Máximo.
Cota quiso alquilar una casa en el Palatino para que la pareja pasara el
primer mes de casados.
—Primero habituaros a estar casados y luego acostumbraos a vivir en el
Subura —dijo, preocupado por su única hija.
Pero la pareja se negó con firmeza, así que el recorrido del cortejo
nupcial fue muy largo y la novia fue aclamada, por así decirlo, por todo el
Subura. El joven César se alegró enormemente de que el velo cubriese el rostro
de su amada y supo aguantar animoso las bromas obscenas, sonriente y saludando
con inclinaciones de cabeza durante la marcha.
—Es nuestro nuevo vecindario y más vale que sepamos llevarnos bien con
él —dijo—. No escuches.
—Yo más bien los disolvería —dijo Cota, que quería haber alquilado
gladiadores de escolta; la abigarrada masa y el índice de criminalidad le
asqueaban profundamente. Y no menos aquel lenguaje.
Cuando llegaron a la insula de Aurelia llevaban a la zaga una buena
multitud, animada por la idea de que habría vino para todos y dispuesta a
participar en la fiesta. Sin embargo, cuando el joven César abrió la puerta
principal y cogió a su esposa en brazos para cruzar el umbral, Cota, Lucio Cota
y los dos galos contuvieron a la multitud para que los recién casados pudieran
entrar y cerrar la puerta a sus espaldas. Entre gritos de protesta, Cota se
alejó del Vicus Patricii con la cabeza muy alta.
Dentro sólo estaba Cardixa; Aurelia había decidido emplear el dinero que
le quedaba para comprar servidores, pero lo había dejado para después de la
boda, porque quería hacerlo ella misma, sin tener que aguantar la presencia de
su madre o de su suegra. El joven César también tenía que comprar criados
—mayordomo, escanciador, secretario, empleado y un ayuda de cámara—, pero más
necesitaba Aurelia: dos criadas para la limpieza, una lavandera, un cocinero y
un pinche, dos doncellas y un forzudo. No era una vivienda enorme, pero
bastaría.
Estaba oscureciendo, pero en el interior la penumbra era mayor aún,
circunstancia que no habían imaginado en su anterior visita a plena luz del
día. La luz que entraba por el patio central de los nueve pisos llegaba
muy disminuida, igual que la procedente de la calle, bordeada por altos
inmuebles. Cardixa había encendido las lámparas, pero eran insuficientes para
iluminar los rincones; la criada se había retirado a su cuarto para dejar a
solas a los recién casados.
El ruido fue lo que más sorprendió a Aurelia. Entraba por todas partes:
de la calle, de la escalera a los pisos de arriba, del patio de luces... hasta
el suelo parecía retumbar. Chillidos, maldiciones, golpes, conversaciones a voz
en grito, altercados con vituperios, niños de pecho que lloraban, críos
berreando, hombres y mujeres que tosían y escupían, una banda atronando con
tambores y timbales, canciones, mugidos de bueyes, balidos de ovejas, mulas y
asnos que rebuznaban, carros con infernal traqueteo y risotadas.
—¡Oh, no podremos ni siquiera pensar! —dijo Aurelia conteniendo las
lágrimas—. ¡Cayo Julio, cuánto lo siento! ¡No había pensado en el ruido!
El joven César era lo bastante inteligente y sensible para darse cuenta
de que, en parte al menos, aquel arrebato de nervios se debía, más que al
ruido, a la tensión provocada por la precipitación de los últimos días en los
preparativos de la boda. El mismo la había sufrido, ¿cómo no iba a ser mayor en
su mujercita?
—No te preocupes, ya nos acostumbraremos —replicó riendo—. Ya verás como
dentro de un mes ni nos damos cuenta. Además, en el dormitorio no se oirá tanto
—añadió, cogiéndola de la mano y notando que temblaba.
Desde luego, el cubículo dormitorio del paterfamilias, al que se accedía
a través del despacho, era más tranquilo. Aunque era un cuarto totalmente
oscuro y sin ventilación, de no dejar abierta la puerta del despacho, y,
además, tenía un falso techo para guardar cósas.
El joven César dejó a Aurelia en el despacho y fue a por una lámpara al
recibidor. Cogidos de la mano, entraron en el cubículo y se quedaron
extasiados. Cardixa lo había llenado de flores, cubriendo el lecho con
fragantes pétalos; junto a las paredes había dispuesto toda clase de floreros
con rosas, hojas de vid y violetas, y en una mesa había un jarro de vino, otro
de agua, dos copas de oro y una gran bandeja de pastelillos de miel.
Ninguno de los dos era tímido. Por ser romanos, estaban debidamente
informados de las cuestiones sexuales, por discretos que fuesen. Todo romano
que podía permitírselo prefería la intimidad para los asuntos del cuerpo, sobre
todo si había que desnudarse, pero no eran personas inhibidas. Naturalmente, el
joven César había tenido sus aventurillas, pero su rostro ocultaba su verdadero
carácter, y, a juzgar por aquella cara, no se hubiese creído que, pese a sus
dotes innegables, era fundamentalmente un hombre retraído, sin la fuerza y la
resolución de los agresivos personajes políticos; un hombre en quien los demás
podían confiar, pero más capaz de hacerlos progresar a ellos que de abrirse
paso él.
La corazonada de Publio Rutilio Rufo había sido acertada: el joven César
y Aurelia se compenetraban. El era tierno, considerado, respetuoso y amante
cálido más que impetuoso; quizá si la pasión le hubiera consumido, se la habría
contagiado a ella; pero ninguno de los dos lo sabría. Hicieron el amor con
delicadas caricias, suaves besos y sin precipitarse. Les satisfacía y se
sentían inspirados. Y Aurelia pudo decirse para sus adentros que seguramente se
habría ganado la incondicional aprobación de Cornelia, madre de los Gracos,
porque había cumplido su obligación exactamente como Cornelia, madre de los
Gracos, debía haberla cumplido, con un placer y un gozo que garantizaban que el
acto en sí jamás rigiese su vida ni dictara su comportamiento fuera del lecho
conyugal, y también garantizaba el que nunca detestara aquel lecho matrimonial.
* * *
Durante el invierno que Quinto Servilio Cepio pasó en Narbo llorando su
oro perdido, recibió una carta del joven abogado Marco Livio Druso, uno de los
pretendientes más fervientes de Aurelia, y uno de los más decepcionados.
Tenía diecinueve años al morir mi padre el censor, quien me dejó en
herencia no sólo sus bienes, sino también el cargo de paterfamilias. Quizá por
suerte, la única carga molesta fue mi hermana de trece años, por ser huérfana
de padre y madre. En aquel entonces, mi madre Cornelia se ofreció a admitir a
mi hermana en su casa, pero, naturalmente, yo me negué. Aunqe no hubo divorcio,
sé que conocéis la frialdad que existía entre mis padres y que llegó a su punto
culminante cuando mi padre dispuso que mi hermano fuese adoptado. Mi madre
siempre le quiso más que a mi y, al convertirse en Marco Emilio Lépido Liviano,
alegó que era muy joven y fue a vivir con él en el nuevo hogar, en donde,
efectivamente, encontró una clase de vida mucho más libre y licenciosa de la
que habría tenido bajo el techo de mi padre. Os refresco la memoria en estas
cosas por pundonor, pues considero mancillado mi honor por la conducta vil y
egoísta de mi madre.
Me enorgullezco de haber criado a mi hermana Livia Drusa como
corresponde a su alta posición. Tiene ahora dieciocho años y está en edad
casadera. Igual que yo mismo, Quinto Servilio, con mis veinticinco años. Sé que
existe la costumbre de aguardar hasta pasados los veinticinco años para casarse
y sé que hay muchos que prefieren esperar hasta entrar en el Senado, pero yo no
puedo. Soy el paterfamilias y el único Livio Druso varón que queda de mi
generación. Mi hermano Mamerco Emilio Lépido Liviano ya no puede reclamar sus
derechos al nombre de Livio Druso ni a heredar parte de la fortuna. Por
consiguiente, me incumbe a mí el casarme y procrear, si bien al morir mi padre
había decidido esperar hasta que mi hermana tuviese edad para casarse.
Era una carta tan rígida y formalista como su autor, pero Quinto
Servilio Cepio no encontraba falta en ello; él había sido buen amigo del padre
del
joven, del mismo modo que lo eran su hijo y el joven.
Por consiguiente, Quinto Servilio, desearía, como cabeza de familia,
proponeros una alianza matrimonial a vos, cabeza de vuestra familia. Por
cierto, no he considerado oportuno hablar de este asunto con mi tío Publio
Rutilio Rufo. Aunque nada tengo contra él como marido de mi tía Livia y padre
de sus hijos, no creo tampoco que su sangre y su carácter tengan suficiente
categoría como para que su consejo cuente. Por ejemplo, hace poco llegó a mis
oídos que había convencido a Marco Aurelio Cota para que permitiese a su
hijastra Aurelia elegir esposo por si misma. Difícil es imaginar actitud más
antirromana. Y naturalmente, ella eligió a un guapo mozo llamado Julio César,
un muchacho débil y pobre que nunca llegará a nada.
Ya estaba. Con eso ajustaba cuentas con Publio Rutilio Rufo. Al pobre
Marco Livio Druso le habían dado calabazas, pero también habían herido su
dignitas.
Al decidir esperar a mi hermana, pensé que evitaba a mi futura esposa la
responsabilidad de acogerla en su casa y corresponder a su conducta. No veo
virtud alguna en transmitir las tareas de uno a quienes no puede esperarse que
las desempeñen con igual esmero.
Lo que os propongo, Quinto Servilio, es que consintáis en darme en
matrimonio a vuestra hija, Servilia Cepionis, y permitáis que vuestro hijo
Quinto Servilio se case con mi hermana Livia Drusa. Es una solución ideal para
ambas familias. Nuestros lazos conyugales se remontan a muchas generaciones y
tanto mi hermana como vuestra hija tienen dotes iguales, lo cual significa que
no habrá dinero que cambie de manos, una ventaja en estos tiempos de escasez
monetaria.
Os ruego me comuniquéis vuestra decisión.
En realidad no había nada que decidir; era el enlace que Quinto Servilio
Cepio había soñado, pues la fortuna de los Livio Druso era inmensa, igual
que su alcurnia.
Contestó inmediatamente:
Mi apreciado Marco Livio, estoy encantado. Tenéis mi permiso para hacer
todos los preparativos.
Druso abordó el asunto con su amigo Cepio hijo, ansiando preparar el
terreno antes de que llegase la carta que, indudablemente, Quinto Servilio
Cepio dirigiría a su hijo; mejor que Cepio hijo viese su próximo matrimonio tan
deseable como impuesto por una orden paterna.
—Me gustaría casarme con tu hermana —le dijo a Cepio hijo, algo más
bruscamente de lo que había previsto.
Cepio hijo parpadeó sin contestar.
—Y me gustaría que tú te casases con mi hermana —añadió Druso.
Cepio hijo parpadeó sucesivamente, pero no contestó.
—Bien, ¿qué me dices? —inquirió Druso.
Finalmente, Cepio hijo centró su cerebro (que no era tan grande como su
fortuna ni su alcurnia) y contestó:
—Tendré que pedírselo a mi padre.
—Ya lo he hecho yo —replicó Druso—. Y está encantado.
—¡Ah! Pues bien —dijo Cepio hijo.
—¡Quinto Servilio, quiero saber qué te parece a ti! —añadió Druso,
exasperado.
—Bien, a mi hermana le gustas, así que no hay nada que objetar. Y a mí
me gusta tu hermana, pero...
—¿Pero qué? —inquirió Druso.
—No creo que yo le guste a ella.
Ahora fue Druso el que se quedó perplejo.
—¡Bah, tonterías! ¿Cómo no vas a gustarle? ¡Eres mi mejor amigo! ¡Claro
que le gustas! Es un arreglo ideal; así todos seguiremos juntos.
—Pues me encantará —añadió Cepio hijo.
—¡Bien! —exclamó Druso—. Ya he hablado todo lo que hay que hablar en la
carta que le escribí a tu padre. Por las dotes y todo lo demás. No hay
de qué preocuparse.
—Muy bien —dijo Cepio hijo.
Estaban sentados en un banco, bajo una espléndida encina que había junto
al estanque de Curcio, en la parte baja del Foro Romano; acababan de comer unas
deliciosas empanadas sin levadura rellenas con una mezcla muy bien aderezada de
lentejas con cerdo picado.
Druso se puso en pie, entregó la servilleta a su criado personal y
aguardó a que le revisara la impoluta túnica por si tenía manchas de comida.
—¿Adónde vas con tanta prisa? —inquirió Cepio hijo.
—A casa, a comunicar la noticia a mi hermana —contestó Druso—. ¿No crees
que deberías ir a casa a decírselo a la tuya? —añadió enarcando una de sus
puntiagudas cejas.
—Supongo... —contestó Cepio hijo, no muy seguro—. ¿Y por qué no se lo
dices tú? A ella le gustas.
—¡No, necio, tienes que decírselo tú! En este momento estás in loco
parentis y es tu obligación, del mismo modo que me sucede a mí con Livia Drusa.
Tras lo cual, tomó Foro adelante hacia la escalinata de las Vestales.
Su hermana estaba en casa. ¿Dónde, si no? Como Druso era el cabeza de
familia, y su madre —Cornelia— tenía prohibida la entrada, Livia Drusa no podía
abandonar la casa un instante sin permiso de su hermano. Y no se atrevía a
escapar un solo momento, porque a ojos de él estaba marcada por el oprobio de
su madre y considerada una criatura débil y corruptible a la que no se podía
consentir el menor desliz; él habría pensado lo peor de ella, aunque no hubiera
hecho nada malo.
—Por favor, di a mi hermana que venga al despacho —dijo al mayordomo
nada más entrar.
La casa tenía fama de ser la mejor de Roma y había sido concluida al
morir Druso el censor. Por hallarse situada en el punto más alto del acantilado
del Palatino, sobre el Foro Romano, la vista desde el balcón porticado de su
último piso era magnífica. Junto a ella estaba el área
Flacciana, el solar en que había estado edificada la casa de Marco
Fulvio Flaco, y más allá se hallaba la cása de Quinto Lutacio Catulo César.
De auténtico estilo romano, incluso los muros contiguos al solar vacío
eran sin ventanas. Una tapia alta con una fuerte puerta demadera y dos puertas
para mercancías constituía la fachada al Clivus Victoriae, que era su parte
trasera; la fachada delantera estaba del lado de la panorámica, con tres pisos
y sobre pilares y firmemente cimentada en el borde del acantilado. El último
piso, al mismo nivel que el Clivus Victoriae, era la vivienda de la familia;
almacenes, cocinas y habitaciones de los criados se hallaban en el piso de
abajo y no llegaban hasta el fondo de la construcción por la pendiente del
acantilado.
Las puertas de entrada de mercancías daban directamente al jardín
peristilo, que era tan espacioso que contaba con seis magníficos árboles de
loto bien desarrollados e importados como pimpollos de Africa noventa años
antes por Escipión el Africano, que había sido propietario del solar. Florecían
todos los veranos, derramando una lluvia de pétalos rojos, anaranjados y
amarillo fuerte —había dos de cada color— que duraban un mes y llenaban de
aroma la casa; más adelante se llenaban de hojitas compuestas de color verde
claro parecidas a helechos, y en invierno quedaban desnudos, permitiendo el
paso de los rayos de sol al patio. Había un largo estanque poco profundo de
mármol blanco con cuatro fuentes de bronce del gran Mirón en las esquinas, y
estatuas de bronce de tamaño natural, también de Mirón y de Lisipo, dispuestas
en su perímetro, representando sátiros y ninfas, Artemisa, Acteón, Dionisos y
Orfeo. Eran todas de bronce pintado de sorprendente naturalismo, por lo que a
primera vista parecía haber en el jardín una reunión de dioses.
Una columnata dórica rodeaba los laterales del peristilo y el lado
opuesto al de la calle; eran columnas de madera pintada de amarillo, con base y
capitel en vivos colores. El suelo de la columnata era de cerámica pulimentada
y las paredes estaban pintadas en llamativos tonos verdes, azules y amarIllos,
y en los espacios que marcaban las pilastras de cerámica roja colgaban pinturas
de los mejores artistas: un niño con uvas de Zeuxis, una Locura de Ajar de
Parrasio, desnudos masculinos de Timantes, un
retrato de Alejandro Magno del gran Apeles y un caballo de este mismo
artista, tan realista, que parecía pegado a la pared visto desde el extremo de
la columnata.
El despacho daba al tramo de la columnata del lado de las grandes
puertas de bronce, y el comedor, al lado opuesto. Tenía un atrium tan grande
como la casa de César, iluminado por una abertura rectangular en el techo
soportada por columnas en sus cuatro esquinas y los lados mayores del estanque.
Las paredes estaban decoradas con realistas trampantojos simulando pilastras,
pedestales y entablamentos, y los paneles entre ellas, decorados con cubos en
blanco y negro, tan tridimensionales que parecían saltar de la pared, sobre un
profuso fondo de motivos florales. Los colores eran fuertes, dominando el rojo,
acompañado de azules, verdes y amarillos.
Los relicarios ancestrales con las máscaras de cera de los antepasados
de los Livios Drusos estaban perfectamente conservados, por supuesto. Sobre
unos pedestales pintados llamados hermas, porque su ornamentación eran falos,
había bustos de antepasados, dioses, mujeres de la mitología y filósofos
griegos, todos ellos de impresionante realismo pictórico. Bordeaban el
impluvium estatuas de tamaño natural, pintadas y muy realistas, unas sobre
pedestal de mármol y otras dispuestas simplemente en el suelo. Pendían grandes
lámparas de plata y oro del ornamentado y profundo techo de escayola (estaba
pintado simulando un cielo estrellado entre filas de flores de escayola dorada)
y había otras de pie de más de dos metros, sobre un suelo de mosaico policromo
representando una orgía de Baco con las bacantes, bailando, bebiendo, dando de
comer a los ciervos y enseñando a beber a los leones.
Druso no advertía aquella magnificencia porque estaba acostumbrado a
ella y no le impresionaba; habían sido su padre y su abuelo los que se
interesaban con un gusto ejemplar por las obras de arte.
El mayordomo encontró a la hermana de Druso en el porche que daba al
atrium. Livia Drusa siempre estaba más sola que la una. La casa era tan grande
que ni siquiera tenía la excusa de necesitar pasear por la calle, y cuando le
apetecía comprar, su hermano hacía venir a varios tenderos y vendedores que
desplegaban sus productos en los espacios de la columnata
y luego el mayordomo pagaba todo lo que ella había elegido. Mientras que
las dos Julias habían recorrido las zonas más respetables de Roma bajo el ojo
vigilante de su madre o de sirvientes de confianza, Aurelia visitaba
constantemente a parientes y amigas de la escuela y las Clitumnas y Nicopolis
romanas llevaban una vida tan libre que hasta comían recostadas, Livia Drusa
vivía en un absoluto enclaustramiento, prisionera de una riqueza y un lujo tan
excelsos que no se le permitía el menor desliz; era, igualmente, la víctima de
la fuga de aquella madre que había optado por vivir su vida.
Livia Drusa tenía diez años cuando su madre —una Cornelia de los
Escipiones— había abandonado la casa familiar de los Livios Drusos. La niña
había quedado al cuidado de un padre indiferente, que prefería pasar el día
paseando por la columnata mirando sus obras de arte, y de una serie de criadas
y tutores demasiado impresionados por el poder de los Livios Drusos para hacer
amistad con ella; a su hermano mayor, que por entonces tenía trece años, apenas
lo veía. Tres años después de que su madre dejase la casa con su hermano menor
Mamerco Emilio Lépido Liviano, como ahora se le llamaba, se habían trasladado
de la vieja casa a este vasto mausoleo; y allí se encontraba perdida, era un
pequeño átomo que se desplazaba sin objeto por aquellos espacios infinitos, privada
de cariño, conversación, compañía y cosas que ver. La muerte de su padre, casi
inmediatamente después del traslado, no había cambiado para nada su situación.
Tan poco acostumbrada estaba a la risa, que cuando a veces le llegaba
desde las atestadas celdillas sin ventilación de los sirvientes en el piso de
abajo, no sabía qué era y a qué se debía. El único mundo al que había entregado
sus afectos era el de los rollos de libros, ya que nadie le impedía leer y
escribir y era algo que hacía sin trabas a diario, emocionándose con la cólera
de Aquiles y las hazañas de griegos y troyanos, los relatos de héroes, de
monstruos, de dioses y mujeres mortales, por los que aquéllos parecían suspirar
cual si fuesen más deseables que las inmortales. Por la época en que tuvo que
superar ella sola la sorpresa de las manifestaciones físicas de la pubertad,
pues no tenía a nadie que le explicase a qué se debían ni lo que
había que hacer, su naturaleza ávida y apasionada descubrió la belleza
de la poesía amorosa. Además de saber el griego tan bien como el latín,
descubrió a Alcmán, inventor (o eso se decía) del poema de amor, y luego leyó
los cantos a doncellas de Píndaro, a Safo y a Asclepíades. El anciano Sosio del
Argiletum, que a veces hacía paquetes con todo lo que tenía en la tienda y los
mandaba a casa de Druso, no tenía idea de quién era el lector, imaginándose que
era el propio Druso. Así, poco después de que Livia Drusa cumpliese diecisiete
años, comenzó a enviarle libros del nuevo poeta Meleagro, un autor muy
vitalista y muy inclinado a los temas eróticos y amorosos. Más fascinada que
reacia, Livia Drusa descubrió la literatura erótica y gracias a Meleagro despertó,
por fin, sexualmente.
Y eso no le hizo ningún bien, porque no salía ni veía a nadie. En
aquella casa habría sido impensable tener escarceos con algún esclavo o que un
esclavo hubiese hecho insinuaciones a Livia Drusa. A veces veía a los amigos de
su hermano Druso, pero sólo de pasada; salvo en el caso de su mejor amigo,
Cepio hijo. Y a Cepio hijo, corto de piernas, con granos en la cara y nada
exótico, ella lo comparaba con los bufones de las comedias de Menandro o con el
repugnante Tersites a quien Aquiles deformó de un manotazo cuando le acusó de
haber fornicado con el cadáver de Pentesilea, la reina de las amazonas.
Y no es que Cepio hijo hiciera cosas que la obligasen a recordar a los
bufones o a Tersites, sino que su febril imaginación había atribuido a esos
personajes el rostro de Cepio hijo. Su héroe de la antigüedad preferido era el
rey Odiseo (pensaba en él en griego y por eso le daba el nombre en griego),
pues le gustaba el habilísimo modo en que solucionaba los dilemas de los demás,
y para ella aquel galanteo a la esposa, y luego el luto que ella le había
guardado veinte años frente a sus pretendientes en espera de su regreso, era la
historia de amor homérica más romántica y emocionante. Y a Odiseo se lo
representaba con el rostro del joven que ella había visto un par de veces en el
porche de la casa que había debajo de la de Druso. Es decir, la de Cneo Domicio
Ahenobarbo, que tenía dos hijos; pero ninguno de ellos era el joven que ella
había visto, porque a ellos sí los había conocido de pasada una vez que habían
acudido a visitar a su hermano.
Odiseo tenía el pelo rojo y era zurdo (aunque si hubiera leído con más
cuidado habría descubierto que tenía las piernas demasiado cortas en relación
con el tronco, y habría perdido su entusiasmo por él, ya que las piernas cortas
era lo que más detestaba Livia Drusa), igual que el extraño joven que había
visto en el porche de Domicio Ahenobarbo. Era muy alto, de anchos hombros, y la
toga le caía de un modo que daba a entender que el resto del cuerpo era esbelto
y fuerte. Su rojo cabello brillaba al sol y tenía una cabeza altiva de largo
cuello, la cabeza de un rey como Odiseo. Incluso desde tan lejos como le había
visto, era evidente su nariz aguileña, aunque no había podido distinguir nada
más del rostro; a pesar de ello estaba segura de que tendría los ojos grandes y
de color gris claro, como los del rey Odiseo de Itaca.
Así que, cuando leyó los abrasadores poemas de amor de Meleagro, se vio
en el papel de la muchacha o del joven seducidos por el poeta, y el poeta era
inexorablemente el joven de la casa de Ahenobarbo. Si acaso Livia Drusa pensaba
en Cepio hijo, era con una mueca de asco.
—Livia Drusa, Marco Livio quiere veros ahora mismo en su despacho —dijo
el mayordomo, interrumpiendo su sueño, que consistía en permanecer lo que fuese
necesario en el porche abalconado para ver aparecer al joven pelirrojo en la
casa que estaba a unos diez metros más abajo.
Naturalmente, la convocatoria la sacó de su abstracción y tuvo que
seguir al mayordomo al piso de abajo.
Druso estaba en el escritorio leyendo, pero levantó la vista nada mas
entrar su hermana, con gesto tranquilo, indulgente, más que de distanciado
interés.
—Siéntate —dijo, señalándole una silla enfrente del escritorio.
Livia Drusa tomó asiento con igual calma e igual seriedad que su
hermano, a quien raramente había oído reír y muy pocas veces veía sonreír. Lo
mismo que él habría podido decir de ella.
Con cierta alarma, Livia Drusa notó que la observaba con más
detenimiento de lo habitual. Su interés era una tarea por poderes, una
inspección que efectuaba por cuenta de Cepio hijo. Pero, naturalmente,
ella no podía saberlo.
Sí, era muy bonita, se dijo; y aunque fuese de baja estatura, al menos
no sufría la tara familiar de las piernas cortas. Tenía muy buena silueta, con
pechos llenos y altos, cintura estrecha y caderas redondas; manos y pies eran
delicados y pequeños —señal de hermosura— y no se mordía las uñas, sino que las
llevaba bien cuidadas. Tenía una barbilla espigada, frente amplia y nariz
bastante larga y un tanto aquilina. En cuanto a boca y ojos, cumplía todos los
requisitos de la auténtica hermosura, pues tenía unos ojos grandes y bien
abiertos y una boca pequeña en forma de capullo de rosa. El cabello, espeso y
bien peinado, era negro, igual que los ojos, las cejas y las pestañas.
Sí, Livia Drusa era bonita. Aunque, claro, no era una Aurelia, pensó con
una penosa contracción de su corazón al simple recuerdo de su adorada. ¡Con qué
premura había escrito a Quinto Servilio nada más enterarse del inminente
matrimonio de Aurelia! Pues tanto mejor. No había nada malo en los Aurelios,
pero ni en riqueza ni en categoría social podían compararse con los Servilios
patricios. Además, siempre le había gustado la joven Servilia Cepionis, y no
tenía reparos en hacerla su esposa.
—Querida, te he encontrado esposo —dijo sin preámbulos, muy contento por
su decisión.
La noticia era un sobresalto para ella, pero supo mantenerse lo bastante
impasible; luego se humedeció los labios y preguntó:
—¿Quién, Marco Livio?
—¡Un muchacho inmejorable y muy buen amigo! —respondió él,
entusiasmado—. Quinto Servilio hijo.
Su rostro se contrajo en un gesto de auténtico horror y abrió los labios
para hablar sin poder hacerlo.
—¿Qué sucede? —inquirió el hermano, sorprendido. —No puedo casarme con
él —musitó Livia Drusa. —¿Por qué?
—¡Es repulsivo... repugnante!
—¡No seas absurda!
Livia Drusa comenzó a mover la cabeza con enérgica vehemencia. —¡No me
casaré con él, no lo haré!
Una siniestra idea acudió a la mente de Druso, pensando en su madre; se
puso en pie, dio la vuelta a la mesa y se plantó ante su hermana.
—¿Has estado viéndote con alguno?
Livia Drusa dejó de mover la cabeza y alzó la vista, ofendida.
—¿Yo? ¿Cómo voy a conocer a nadie, encerrada en esta casa toda mi vida?
¡Los únicos hombres que he visto son los que traes tú, y ni siquiera tengo
ocasión de hablar con ellos! ¡Si los invitas a cenar y a mí no me dejas
sentarme a la mesa... Sólo en las ocasiones en que viene a cenar ese horrible
Quinto Servilio hijo!
—¡Cómo te atreves! —replicó él montando en cólera; no le cabía en la
cabeza que alguien juzgase a su mejor amigo de forma distinta a la suya.
—¡No me casaré con él! —gritó ella—. ¡Antes la muerte!
—Ve a tu habitación —dijo él, impertérrito.
Ella se puso en pie y se dirigió a la puerta que daba a la columnata.
—No a tu sala de estar, Livia Drusa; a tu dormitorio. Y no salgas hasta
que entres en razón.
Ella le dirigió una mirada de ira, pero dio media vuelta y salió por la
puerta del atrium.
Druso permaneció junto a la silla en la que había estado sentada su
hermana, procurando dominar su indignación. ¡Qué absurdo! ¡Cómo se atrevía a
rebelarse!
Al cabo de un rato logró dominar su genio y coger por los cuernos
aquella irritación, aunque sin saber qué hacer con ella. En toda su vida nadie
le había llevado la contraria; nadie le había puesto en una situación en la
cual le resultara imposible ver una salida lógica. Acostumbrado a que le
obedeciesen y a ser tratado con una deferencia y un respeto poco frecuentes
para una persona tan joven como él, no sabía qué hacer. De haber conocido mejor
a su hermana —y no tenía más remedio que admitir que no la conocía en
absoluto—, si viviera su padre... si su madre... ¡Vaya apuro! ¿Qué haría?
Doblegarla un poco, se dijo. Y mandó venir al mayordomo.
—La señora Livia Drusa me ha ofendido —dijo con admirable calma y sin
mostrar ira—, y le he ordenado que no salga de su dormitorio. Hasta que puedas
ponerle cerrojo, ten a alguien de guardia constante en la puerta. Envíale una
mujer a quien no conozca para que la atienda y bajo ningún concepto la dejes
salir del cuarto. ¿Está claro?
—Perfectamente, Marco Livio —respondió el mayordomo, impasible.
Y así comenzó la pugna. Livia Drusa quedó confinada en una prisión más
reducida de lo que ella estaba acostumbrada, aunque no tan oscura y sin
ventilación como la mayoría de las celdas de dormir, porque estaba pared por
medio del porche y tenía una reja cerca del techo. Pero no dejaba de ser una
sombría prisión. Cuando pidió libros para leer y papel para escribir, descubrió
lo siniestra que era porque se lo negaron. Cuatro paredes que configuraban un
espacio cuadrado de dos metros y medio de lado, con una cama, un orinal y
comidas monótonas e insípidas que le traía en una bandeja una mujer
desconocida: ésa fue la suerte de Livia Drusa.
Mientras tanto, Druso no tuvo más remedio que ocultar a su mejor amigo
la actitud de su hermana y no perder un solo minuto. Después de ordenar el
encierro de su hermana, volvió a revestirse de la toga y se dirigió a la
cercana casa de Cepio hijo.
—¡Ah, bien! —dijo Cepio hijo, sonriendo como un bendito.
—He creído conveniente volver a hablar contigo —dijo Druso, sin mostrar
intención de sentarse y sin tener idea de lo que iba a hablar con él.
—Bien, antes ve a ver a mi hermana, Marco Livio, ¿te parece? Está
deseando verte.
Al menos eso era buena señal; habría recibido la noticia del compromiso,
si no con alegría, sí con ecuanimidad, pensó el desilusionado Druso.
Estaba en la sala de estar, y no cabía duda de que había aceptado bien
la propuesta, porque se puso en pie de un salto nada más entrar él y se le echó
al pecho, para su gran disgusto.
—¡Oh, Marco Livio! —exclamó, alzando los ojos hacia él con ávida
adoración.
¿Por qué no le habría mirado Aurelia así? Pero desechó resueltamente
aquella reflexión y dirigió una sonrisa a la estremecida Servilia Cepionis. No
era una beldad y tenía las piernas cortas de su familia, pero al menos se había
librado de la congénita tendencia a los granos —igual que su hermana Livia— y
tenía unos ojos preciosos, de dulce y tierna expresión, bastante grandes,
oscuros y brillantes. Aunque no la amaba, pensaba que con el tiempo llegaría a
quererla, y siempre le había gustado.
Le dio, pues, un beso en la boca, al que, para su sorpresa, ella
correspondió cumplidamente, y estuvo un rato charlando con ella.
—¿Y vuestra hermana, Livia Drusa, está contenta? —preguntó Servilia
Cepionis cuando él se disponía a dejarla.
—Muy contenta —respondió Druso, hierático—. Desgraciadamente no se
encuentra bien en este momento —añadió.
—¡Oh, qué lástima! Bien, decidle que cuando se encuentre en condiciones
de recibir visitas pasaré a verla. Vamos a ser doblemente cuñadas, pero
prefiero que seamos amigas.
—Gracias —contestó él con una sonrisa.
Cepio hijo aguardaba impaciente en el despacho de su padre, que él
utilizaba ahora que su progenitor se hallaba ausente.
—Estoy encantado —dijo Druso, tomando asiento—. A tu hermana le complace
la unión.
—Ya te dije que le gustabas —replicó Cepio hijo—. ¿Y cómo ha recibido
Livia Drusa la noticia?
—Encantada —contestó Druso, decidido ya a mentir descaradamente—.
Desgraciadamente la he encontrado en cama con fiebre. Ya había venido el médico
y está algo preocupado. Parece ser que hay complicaciones y teme que pueda ser
algo contagioso.
—¡Por los dioses! —exclamó Cepio hijo, palideciendo.
—Ya veremos —dijo Druso para tranquilizarle—. ¿Te gusta mucho mi
hermana, verdad, Quinto Servilio?
—Mi padre dice que es el mejor partido a que puedo aspirar, que he
tenido muy buen gusto. ¿Tú le has dicho a ella que me gusta?
—Sí —siguió mintiendo Druso—. Es una cosa evidente desde hace ya un par
de años.
—Hoy ha habido carta de mi padre; ya estaba en casa cuando yo volví.
Dice que Livia Drusa es tan rica como noble y que a él también le complace
—dijo Cepio hijo.
—Bien, en cuanto se encuentre mejor, cenaremos juntos y hablaremos de la
boda. A primeros de mayo, ¿no? Antes de la época de mala suerte — dijo Druso
poniéndose en pie—. No puedo quedarme, Quinto Servilio; tengo que volver a casa
a ver cómo sigue mi hermana.
Tanto Cepio hijo como Druso habían sido elegidos tribunos militares y
tenían que ir a la Galia Ulterior con Cneo Malio Máximo, pero la alcurnia, la
riqueza y la influencia política mandaban, y mientras que el relativamente
modesto Sexto César ni siquiera conseguía permiso de sus tareas de
reclutamiento para asistir a la boda de su hermano, a Cepio y a Druso aún no
los habían obligado a incorporarse a su destino. Evidentemente, Druso no
preveía dificultad alguna en organizar un doble enlace para primeros de mayo,
pese a que por entonces los dos novios habrian debido estar cumpliendo sus
deberes militares, y aun cuando el ejército estuviera camino de la Galia,
siempre podían alcanzarlo.
Dictó órdenes a toda la servidumbre para el caso de que viniesen Cepio
hijo o su hermana preguntando por el estado de Livia, y redujo la dieta de ésta
a pan ácimo y agua. Durante cinco días la dejó totalmente sola y luego mandó
traerla al despacho.
Livia Drusa entró parpadeando por la falta de costumbre a la luz, con
paso inseguro y mal peinada. Se le notaba en los ojos que no había dormido,
pero su hermano no vio en ellos signos de haber llorado. Le temblaban las manos
y la boca y tenía el labio inferior en carne viva.
—Siéntate —dijo Druso, muy escueto.
La muchacha se sentó.
—¿Qué piensas respecto a casarte con Quinto Servilio?
Todo su cuerpo comenzó a temblar y el poco color que animaba su tez
desapareció.
—No quiero —respondió. Su hermano se inclinó hacia adelante, juntando
las manos.
—Livia Drusa, soy el cabeza de familia y tengo dominio absoluto sobre tu
vida. Incluso, derecho absoluto sobre tu muerte. Pero sucede que te quiero
mucho, y no me gusta hacerte daño, y me apena verte sufrir. Y ahora tú sufres y
yo estoy apenado. Pero somos romanos y eso para mí lo es todo. Para mí
significa más de lo que tú significas. ¡Más de lo que significa nadie! Lamento
muchísimo que no te guste mi amigo Quinto Servilio, ¡pero vas a casarte con él!
Es tu deber como romana obedecerme, como bien sabes. Quinto Servilio es el
esposo que tenía pensado nuestro padre para ti, del mismo modo que su padre
tenía previsto que Servilia Cepionis fuese mi esposa. Hubo una época en que
pensé en elegir yo mismo esposa, pero los acontecimientos han venido a
demostrar que mi padre, su espíritu se halle en paz, era más prudente que yo.
Aparte de eso, tenemos el inconveniente de una madre que no supo responder al
ideal de mujer romana. Gracias a ella, la responsabilidad que te incumbe es
mucho mayor. Nada de lo que digas o hagas debe dar lugar a que nadie piense que
tú también arrastras esa tara.
Livia Drusa lanzó un profundo suspiro y, más temblorosa aún, volvió a
decir:
—¡No quiero!
—Querer no viene aquí al caso —replicó Druso, imperturbable—. ¿Quién te
crees que eres, Livia Drusa, para anteponer tus querencias personales al honor
y a la posición de tu familia? Tienes que hacerte a la idea de que te casarás
con Quinto Servilio y con nadie más. Si insistes en esta rebeldía, no te
casarás con nadie. De hecho, no volverás a salir de tu dormitorio en el resto
de tus días. Allí estarás, día tras día, sin compañía ni asueto, para siempre
—añadió mirando impasible a su hermana con dos ojos cual negras piedras—. Y lo
digo en serio, hermana. Ni libros, ni papel, sólo pan y agua, nada de baño, ni
espejo ni criadas; nada de ropa limpia, ni ropa de cama, ni brasero en
invierno, ni mantas de más, ni zapatos, ni chanclas, ni cinturones, ni ceñidores,
ni cintas de ninguna clase, ni tijeras
para cortarte las uñas y el pelo, ni cuchillos para suicidarte; y si
intentas morir de hambre, haré que te hagan tragar la comida a la fuerza.
Dio un chasquido con los dedos, que hizo entrar al mayordomo con una
presteza tal que daba a entender que había estado escuchando tras la puerta.
—Lleva a mi hermana a su dormitorio, y traémela mañana al amanecer,
antes de que entren los clientes.
El mayordomo tuvo que ayudarla a ponerse en pie tomándola del brazo para
sacarla del despacho.
—Mañana espero la contestación —añadió Druso.
El mayordomo no dijo palabra mientras la conducía a través del atrium;
con firmeza, pero sin brusquedad, la hizo entrar en el dormitorio, cerró la
puerta y echó el cerrojo que Druso le había ordenado poner.
Estaba oscureciendo; Livia Drusa sabía que no quedaban más de dos horas
para que se hiciera totalmente de noche y la negrura más absoluta la envolviera
durante la larga noche invernal. Hasta entonces no había llorado. Un fuerte
sentimiento de tener la razón se unía a la profunda indignación que la había
mantenido firme durante los tres primeros días con sus noches; después se había
consolado pensando en la desgracia de las heroínas que conocía por sus
lecturas: Penélope, con su espera de veinte años, era la primera de la lista,
por supuesto, pero también a Dánae la había encerrado su padre en el dormitorio
y a Ariadna la había abandónado Teseo en la playa de Naxos... En todos los
casos había sido para bien: Odiseo había regresado a casa, había nacido Perseo
y a Ariadna la había rescatado un dios...
Pero con las palabras de su hermano aún retumbándole en los oídos, Livia
Drusa comenzó a comprender la diferencia entre la literatura y la vida real. La
buena literatura nunca había tenido por objeto ser un ejemplo o un eco de la
vida real, sino que estaba hecha para abstraer al lector momentáneamente de la
vida, liberando su mente de consideraciones para posibilitar su solaz con el
glorioso lenguaje de vívidas composiciones de palabras en forma de ideas
imaginarias o fantasiosas. Al menos Penélope había gozado de la libertad de su
palacio y de la compañía de su hijo; Dánae había recibido deslumbrada la lluvia
de oro y Ariadna lo único que había sufrido era el alfilerazo del rechazo de
Teseo antes de que la esposase
alguien mucho más grande que él. Pero en la vida real, a Penélope la
habrian violado, obligándola a casarse por la fuerza y asesinando a su hijo, y
Odiseo nunca habría regresado a casa; Dánae y su hijo habrian flotado en el
arcón hasta que el mar se lo hubiera tragado y Ariadna se habría quedado
encinta de Teseo, muriendo, abandonada, de sobreparto...
¿Se aparecería Zeus en una lluvia de oro para librar de su prisión a una
Livia Drusa en la Roma moderna? ¿O cruzaría por aquel cuartucho oscuro Dionisos
en su carro tirado por leopardos? ¿Tensaría Odiseo su enorme arco y mataría a
su hermano y a Cepio hijo con la misma flecha? ¡No! ¡Claro que no! Todos
aquellos personajes habían vivido hacía más de mil años... si es que habían
existido fuera de las inmortales palabras de los poetas.
¿Era ése el sentido de la inmortalidad, cobrar vida en unas líneas
indelebles del poeta en vez de animar para siempre a la carne?
Se había aferrado de algún modo a la idea de que su héroe pelirrojo del
balcón de Ahenobarbo, diez metros más abajo, se enteraría de su aflicción,
rompería la reja de su celda y la llevaría a vivir a una isla encantada en
medio de un mar oscuro como el vino. Y lo había soñado mentalmente en las
horribles horas tan alto como Odiseo, inteligente, ingenioso, fantásticamente
valiente. ¡Qué despreciable obstáculo sería para él la casa de Marco Livio
Druso cuando supiera que allí estaba ella cautiva!
Pero aquella noche era distinto. Aquella noche era el principio real de
una prisión que no tenía final feliz ni liberación milagrosa. ¿Quién sabía que
estaba encerrada, salvo su hermano y los criados? ¿Y quién de los criados iba a
osar contravenir las órdenes de su hermano o apiadarse de ella enfrentándose a
su furor? No es que fuese un hombre cruel, bien lo sabía, pero estaba
acostumbrado a que le obedeciesen y, ella, su hermana, era tan suya como el
último de los esclavos o los perros que tenía en el pabellón de caza de Umbría.
Su palabra era ley y sus deseos órdenes. Lo que ella quisiera no tenía validez
y, por lo tanto, no existía más que en su propia imaginación.
Sintió un picor bajo el ojo izquierdo y luego un chorretón caliente y
acre por la mejilla. Algo goteó en el dorso de su mano. Sintió picor en el ojo
derecho y otro reguero en la mejilla derecha; el gotear aumentaba, era como
una lluvia de verano que empieza y arrecia. Livia Drusa estaba llorando
porque tenía el corazón destrozado; se balanceaba de adelante atrás, se
enjugaba la cara, sus ojos bañados en lágrimas y la nariz húmeda. Y no cesaba
de llorar, profundamente acongojada. Estuvo llorando horas en un estigio océano
de dolor, prisionera de la voluntad de su hermano y de su propia rebeldía a
doblegarse a ella.
Pero cuando el mayordomo fue a abrir la puerta, introduciendo el
deslumbrante fulgor de la lámpara en el frío y fétido dormitorio, estaba
sentada en el borde de la cama con los ojos secos y apaciguada. Se puso en pie
y salió del cuarto delante de él, cruzando el vasto y lujoso atrium hasta el
despacho de su hermano.
—¿Y bien? —inquirió Druso.
—Me desposaré con Quinto Servilio —contestó ella.
—Muy bien; pero te exijo algo más, Livia Drusa.
—Te complaceré en todo lo que quieras, Marco Livio —dijo ella,
imperturbable.
—Bien —dijo él, dando un chasquido con los dedos, e inmediatamente
acudió el mayordomo—. Que lleven vino con miel y pastelillos a la sala de estar
del ama Livia Drusa y que su doncella le prepare el baño.
—Gracias —dijo ella, lacónica.
—Es un placer hacerte feliz, Livia Drusa, siempre que te comportes como
una buena romana y hagas lo que debes. Espero que te muestres con Quinto
Servilio como cualquier joven a quien alegra el matrimonio. Le dirás que te
complace y le tratarás con absoluta deferencia, respeto, interés y dedicación.
En ningún momento, ni siquiera en la intimidad del dormitorio cuando estéis
casados, le darás el más minimo indicio de que no es el marido que deseas.
¿Comprendes? —inquirió con severidad.
—Comprendo, Marco Livio —respondió ella.
—Ven conmigo.
La condujo al atrium, en cuyo rectángulo cenital comenzaba a clarear la
luz perlada, más pura que la de las lámparas y más débil pero más luminosa. En
la pared había un pequeño altar a los dioses del hogar, los Lares y los
Penates, flanqueados por unas preciosas miniaturas de templos
que albergaban las imágenes de los hombres famosos de la familia, desde
su difunto padre el censor hasta los primeros antepasados. Y allí, Marco Livio
Druso le hizo prestar el terrible juramento a los terribles dioses romanos,
carentes de imagen y mitología, de humanidad, simples personificaciones de
cualidades mentales y no divinidades con figura de seres reales; y para no
incurrir en su desagrado, Livia Drusa juró ser una amante esposa de Quinto
Servilio Cepio hijo.
Después la dejó marchar a su sala de estar, en donde la esperaban el
vino con miel y los pastelillos. Livia Drusa dio unos sorbos de vino e
inmediatamente se sintió mejor, pero su garganta rechazaba la simple idea de
deglutir un solo pastelillo; los dejó a un lado, sonriendo a la doncella, y se
levantó.
—Voy a bañarme —dijo.
Aquella tarde, Quinto Servilio Cepio y su hermana, Servilia Cepionis,
acudieron a cenar con Marco Livio Druso y su hermana Livia Drusa, en amigable
cuarteto con planes matrimoniales. Livia Drusa actuó en conformidad con su
juramento, dando gracias por no ser de familia muy risueña, por lo que a nadie
extrañó que permaneciese en solemne actitud, pues fue lo que todos hicieron.
Con voz queda y mostrando interés, conversó con Cepio, mientras su hermano se
dedicaba a atender a Servilia Cepionis, por lo que poco a poco fueron cediendo
los temores de Cepio hijo. ¿Por qué habría pensado él que no le gustaba a Livia
Drusa? Estaría macilenta a causa de su enfermedad, pero no cabía duda del
amable entusiasmo con que acogía los magistrales planes de su hermano para celebrar
una doble boda a primeros de mayo, antes de que Cneo Malio Máximo iniciara el
paso de los Alpes.
Antes de la época de mala suerte. Aunque para mí todas son épocas de
mala suerte, pensó Livia Drusa. Pero no dijo nada.
* * *
Hemos tenido un invierno inquietante y una primavera en la que ha
imperado el pánico, escribió Publio Rutilio Rufo a Cayo Mario, en junio,
antes de que llegase a Roma la noticia de la captura de Yugurta y del
fin de la guerra de Africa. Los germanos por fin se han puesto en movimiento y
han penetrado al sur de nuestra provincia por el curso del río Rhodanus. Se han
estado recibiendo cartas urgentes de nuestros aliados galos y eduos desde
finales del año pasado diciendo que sus indeseados huéspedes, los germanos,
iban a ponerse en marcha. Luego, en abril, llegó la primera delegación edua a
decirnos que los germanos habían limpiado los graneros de eduos y ambarres para
cargar sus carros. Sin embargo, habían dicho que se dirigían a Hispania, y los
del Senado, que creen más prudente quitar importancia a la amenaza germana,
difundieron en seguida la noticia.
Suerte que Escauro no es de éstos, ni tampoco Cneo Domicio Ahenobarbo.
Así que, poco después de que Cneo Malí o y yo iniciásemos el consulado, hubo
una numerosa facción que nos instó a reclutar un nuevo ejército para caso de
urgencia y a Cneo Malio se le encomendó reunir seis legiones.
Rutilio Rufo se puso tenso, como para defenderse de una invectiva de
Mario, y sonrió entristecido.
Sí, ya sé, ya sé. No te enfades, Cayo Mario, y déjame exponerte la
situación antes de que empieces a pisotearme la cabeza, ¡y no me refiero a esa
masa de hueso y carne de encima de los hombros! Sé que por derecho me habría
correspondido reclutar y mandar ese ejército, lo sé muy bien. Soy el primer
cónsul, tengo una larga y fructífera carrera militar y hasta cierto grado de
fama porque por fin se ha publicado mi manual bélico. Mientras que mi colega
Cneo Malio casi no tiene experiencia.
¡Pues todo es culpa tuya! Mi relación contigo es bien sabida y creo que
tus enemigos en la cámara antes prefieren que Roma perezca en un aluvión de
germanos que satisfacerte a ti y a los tuyos en modo alguno. Así que, Metelo el
Meneítos, el Numídico, se puso en pie y efectuó un magnífico discurso diciendo
que yo era demasiado viejo para mandar un ejército y que se sacaría mayor
provecho de mis innegables talentos dejándome el gobierno de Roma. Le siguieron
como borregos que van tras el que los
lleva al matadero y aprobaron los decretos al efecto. ¿Por qué no me
enfrenté a ellos?, te oigo decir. ¡Oh, Cayo Mario, yo no soy como tú! Yo no
tengo ese arranque de odio destructor que tú sientes por ellos ni tu fenomenal
energía. Así que me he contentado con insistir en que a Cneo Malio se le den
unos legados veteranos aptos y con experiencia, y al menos esto se ha hecho.
Tiene a Marco Aurelio Escauro de ayudante: sí, he dicho Aurelio, no Emilio,
pues lo único que tiene en común con nuestro amigo de la cámara es el cognomen.
No obstante, sospecho que su capacidad militar es mucho mayor que la del famoso
Escauro. ¡Eso espero para bien de Roma y de Cneo Malio!
En definitiva, Cneo Malio lo ha hecho bastante bien. Optó por reclutar
entre el censo por cabezas y puso como ejemplo tu ejército africano como prueba
de la efectividad de los proletarios. A finales de abril, cuando llegaron las
noticias de que los germanos se dirigirían hacia el sur, penetrando en nuestra
provincia, Cneo Malio disponía ya de seis legiones, todas de romanos o de
proletarios latinos. Pero luego llegó la delegación de los eduos, y por primera
vez el Senado dispone de un cálculo seguro del número de germanos que componen
esta migración. Hemos sabido, por cierto, que los germanos que mataron a Lucio
Casio en Aquitania, y cuyo número creíamos que totalizaba un cuarto de millón,
eran en realidad tres veces menos. Así que, según los eduos, unos ochocientos
mil germanos, entre guerreros, mujeres y niños, se dirigen actualmente hacia la
costa de la Galia y el mar Mediterráneo. Es increíble, ¿verdad?
La cámara autorizó a Cneo Malio a reclutar otras cuatro legiones para
que su ejército tenga un total de diez legiones y cinco mil soldados de
caballería. Por entonces ya se había difundido por toda Italia la noticia de la
llegada de los germanos, pese a los esfuerzos del Senado por calmar los ánimos.
Estamos muy preocupados, sobre todo porque hasta la fecha no los hemos vencido
en ningún combate. Desde tiempos de Carbo todo han sido derrotas. Y hay quienes
dicen ahora, sobre todo entre la gente ordinaria, que nuestro famoso refrán de
que seis buenas legiones romanas vencen a un cuarto de millón de bárbaros
indisciplinados es pura merda. Ya te digo, Cayo Mario, toda Italia está
atemorizada. Y yo no se lo reprocho.
Supongo que, debido al temor generalizado, varios aliados itálicos han
cambiado su política de los últimos años y han aportado voluntariamente tropas
al ejército de Cneo Malio. Los samnitas han enviado una legión de infantería
con armamento ligero y los marsos han aportado una magnífica legión de
infantería al estilo romano. Contamos con una legión mixta de Umbría, Etruria y
Piceno. Así que, como podrás imaginarte, nuestros padres conscriptos están como
el gato que ha cazado un ratón, pagados de si mismos y muy satisfechos. De las
cuatro legiones suplementarias, tres las pagan y mantienen los aliados
itálicos.
Todo eso es positivo, pero hay un aspecto negativo, claro. Tenemos una
escasez abrumadora de centuriones, lo cual quiere decir que ninguna de las
nuevas tropas de proletarios alistadas han recibido instrucción adecuada y la
única legión de este tipo de las cuatro últimas va casi sin preparación. Su
legado Aurelio sugirió que Cneo Malio repartiese a los centuriones veteranos
uniformemente entre las siete legiones de proletarios, teniendo en cuenta que
no más del cuarenta por ciento de todos ellos han tomado parte en combate real.
Los tribunos militares son buenos y hay bastantes, pero no necesito decirte que
son los centuriones quienes mantienen la coherencia de centurias y cohortes.
Con toda sinceridad, temo lo que pueda pasar. Cneo Malio no es mala
persona, pero no le veo capaz de guerrear contra los germanos. Es una opinión
que el propio Cneo Malio me corroboró cuando se puso en pie en la cámara a
finales de mayo y dijo que no podía asegurar que toda su tropa supiera lo que
se debe hacer en el campo de batalla. ¡Siempre hay quienes no saben qué hacer
en el campo de batalla, pero uno no se pone en pie en el Senado a decirlo!
¿Y qué hizo el Senado? Enviar órdenes a Quinto Cepio en Narbo para que
se trasladase inmediatamente con su ejército al Rhodanus y se uniese al de Cneo
Malio en cuanto éste llegue allí. Por una vez el Senado no aplazó una decisión
y el mensaje salió por correo a caballo y en menos de dos semanas de Roma a
Narbo. Ayer recibimos su respuesta. ¡Y vaya respuesta!
Naturalmente, las órdenes senatoriales decían que Quinto Cepio se
subordinase con sus tropas al imperium del cónsul del año. Todo perfectamente
normal y legal. El cónsul del año pasado tiene imperium proconsular, pero en
cualquier empresa conjunta es el cónsul del año el que asume el mando.
¡Ah, Cayo Mario, pero eso no le apetecía a Quinto Cepio! ¿Pensaba
sinceramente la cámara que él, un Servilio patricio descendiente directo de
Cayo Servilio Ahala, iba a avenirse a ser subordinado de un advenedizo y hombre
nuevo que no tiene efigies de antepasados en sagrarios ancestrales, que un
hombre ha llegado al consulado sólo porque nadie de mejor linaje se ha
presentado a la elección? Hay cónsules y cónsules, decía Quinto Cepio. ¡Te juro
que eso es lo que alegaba! En su año hubo bastantes candidatos, pero este año
lo más que pudo presentar Roma fue un noble menor arruinado (yo) y un
presuntuoso nuevo rico con más dinero que gusto (Cneo Malio). Así que, Quinto
Cepio concluía su carta diciendo que desde luego marcharía inmediatamente hacia
el Rhodanus, pero que cuando llegase esperaba encontrar un correo senatorial
que le aguardase con la noticia de que se le nombraba comandante supremo de ese
ejército mixto. Y añadía que con Cneo Malio a sus órdenes todo iría
estupendamente.
La mano comenzaba a dolerle; Rutilio Rufo dejó la pluma de junco con un
suspiro y se masajeó los dedos, con el entrecejo fruncido y sin mirar a nada.
Se le cerraban los párpados y cabeceaba; se despabiló con un respingo y, como
sentía mejor la mano, siguió escribiendo.
¡Qué carta tan larga! Pero es que no habrá quien te esplique las cosas
con tanta sinceridad, y debes saberlas. La carta de Quinto Cepio estaba
dirigida a Escauro, príncipe del Senado, y no a mí, y, naturalmente, ya conoces
a nuestro querido Marco Emilio Escauro. Leyó la horrenda carta ante el Senado
con patentes muestras de sádica satisfacción. Realmente, babeaba. ¡Ah, y puso
los perros en danza! Hubo rostros congestionados, puños alzados y una gresca
entre Cneo Malio y Metelo el Meneitos, que yo
interrumpí llamando a los lictores del vestíbulo de la Curia, iniciativa
que a Escauro no le gustó. ¡Oh, qué día para Marte! Lástima no haber podido
embotellar aquella ardiente atmósfera para haber arrojado contra los germanos
el arma más ponzoñosa con que cuenta Roma.
El resultado es que, efectívamente, habrá un correo esperando a Quinto
Cepio a orillas del Rhodanus, pero las nuevas órdenes serán exactamente iguales
que las anteriores. Tiene que ponerse a las órdenes de Cneo Malio Máximo,
cónsul del año legalmente elegido. Es una lástima que el necio se atribuyese un
cognomen como Máximo, ¿no? Algo así como regalarse una corona de hierba cuando
te han salvado tus hombres y no al revés. No sólo es el colmo ese autobombo,
sino que, además, cuando no se es un Fabio, lo de Máximo es de una presunción
insoportable. Claro, él sostiene que su abuela era una Fabia Máxima y que su
abuelo lo usaba, pero yo sé que no es cierto. Y dudo mucho lo de Fabia Máxima.
Bien, aquí me tienes, como un corcel de guerra que ha vuelto al prado,
deseando encontrarme en la piel de Cneo Malio y, por el contrario, agobiado por
cruciales decisiones, como, por ejemplo, si podemos dar este año una nueva capa
de pez a los silos estatales después de haber pagado el equipamiento de siete
nuevas legiones de proletarios. ¿Querrás creer que con toda Roma no hablando
más que de los germanos, la cámara estuvo discutiendo ese tema ocho días? ¡Es
para volverse loco!
Pero tengo una idea y voy a ponerla en práctica. Venzamos o nos derroten
en la Galia, la voy a poner en práctica. Como en toda Italia no queda un solo
hombre que llegue a la altura del zapato a ningún centurión, voy a reclutar
instructores militares en las escuelas de gladiadores. Capua está llena de
escuelas de gladiadores, y de las mejores. Así que, ¿no es lo más acertado,
dado que Capua es el campamento base de nuestras nuevas tropas? Si Lucio
Tidlipus puede contratar suficientes gladiadores para dar un gran espectáculo
en los junerales de su abuelo, más lo necesita Roma. Y al mismo tiempo, te digo
que voy a seguir reclutando del censo por cabezas.
Ya te mantendré informado. ¿Qué tal van las cosas en la tierra de los
comedores de lotos, las sirenas y las islas encantadas? ¿Aún no has
conseguido ponerle los grilletes a Yugurta? Seguro que ya falta poco.
Metelo el Meneitos está un poco nervioso estos días porque no acaba de
decidirse en si arremeter contra ti o contra Cneo Malio. Naturalmente,
pronunció un magnífico discurso a favor de que diesen el mando a Quinto
Servilio y me procuró el inopinado placer de hundirle la argumentación con unas
cuantas flechas.
¡Por los dioses, Cayo Mario, cómo me deprimen! ¡No hacen más que
proclamar las proezas de sus malditos antepasados, cuando lo que Roma necesita
ahora es un genio militar de carne y hueso! Date prisa y vuelve a Italia. Te
necesitamos, porque yo no puedo enfrentarme a todo el Senado; no puedo.
Había una posdata:
Por cierto, se han producido un par de curiosos incidentes en Campania.
No me gusta nada, aunque tampoco acierto a ver por qué se han producido. A
principios de mayo hubo una revuelta de esclavos en Nuceria, que fue fácilmente
sofocada y cuya consecuencia ha sido la ejecución de treinta pobres criaturas
de todos los rincones del mundo. Pero luego, hace tres días, volvió a estallar
otra revuelta, esta vez en un gran campo de las afueras de Capua, para esclavos
varones de baja calidad, en el que aguardaban la venta a compradores que
necesitaban un centenar para mano de obra en muelles, canteras o para el empuje
de ruedas. Esta vez participaron unos doscientos cincuenta esclavos. Fue
sofocada rápidamente ya que cerca de Capua había varias cohortes recién reclutadas.
Unos cincuenta revoltosos perecieron en la lucha y al resto se los ejecutó
inmediatamente. Pero no me gusta, Cayo Mario. Es mal augurio. En este momento,
los dioses no están de nuestro lado. Lo noto.
Y seguía otra posdata:
En este momento me llegan malas noticias para ti. Cuando mi carta ya
estaba lista para que Marco Granio de Puteoli la llevase en su nave más
rápida que zarpará a finales de semana para Utica, he preferido decirte
lo que ha sucedido. Tu querido suegro, Cayo Julio César, murió esta tarde. Como
sabes, hacía tiempo que padecía una malignidad en la garganta. Y esta tarde se
echó sobre su espada. Estoy seguro de que estarás de acuerdo en que ha elegido
la mejor alternativa. Nadie debe constituir una carga para sus seres queridos,
y más cuando se ve mermado en su dignidad e integridad de ser humano. ¿Quién de
nosotros prefiere aguardar la muerte cuando la vida le obliga a yacer en sus
propios excrementos o a que un esclavo le limpie esos excrementos? No, cuando
un hombre es incapaz de dominar su vientre o su garganta, debe eliminarse. Yo
creo que Cayo Júlio habría optado por hacerlo antes, de no haber sido porque
estaba preocupado por su hijo menor, que como creo que ya sabrás, se casó hace
poco. Hace tan sólo dos días fui a ver a Cayo Julio y pudo susurrarme en medio
de su ahogo que se habían disipado sus dudas respecto al matrimonio del joven
Cayo Júlio, porque la hermosa Aurelia —si, ya sé que es mi adorada sobrina— era
la mujer ideal para su hijo. Así que ave atque vale, Cayo Julio César.
Casi al final de junio, el cónsul Cneo Malio Máximo inició la larga
marcha hacia el noroeste, con sus dos hijos en el estado
mayor y los veinticuatro tribunos militares elegidos aquel año,
distribuidos entre siete de las diez legiones. Sexto Julio César, Marco Livio
Druso y Quinto Servilio hijo iban con él, igual que Quinto Sertorio, elegido
tribuno militar. De las tres legiones de aliados itálicos, la enviada por los
marsos era la mejor entrenada y combativa de las diez; la mandaba un noble
marso de veinticinco años llamado Quinto Popedio Silo, asesorado por un legado
romano, naturalmente.
Como Malio Máximo se empeñó en cargar con suficiente trigo para dos
meses a cuenta del Estado, su caravana de pertrechos era enorme y la marcha muy
lenta; en la decimoséptima jornada aún no había alcanzado Fanum Fortunae, en el
Adriático. Hablando con dureza y apasionadamente, el legado Aurelio pudo
convencerle para que dejase los pertrechos bajo la escolta de una legión y
siguiera adelante con las otras nueve, la caballería y
el equipo ligero. Había costado convencer a Malio Máximo de que sus
tropas no iban a morir de hambre antes de alcanzar el Rhodanus y que más tarde
o más temprano los pertrechos llegarían sin contratiempos.
Al tener una marcha mucho más corta por terreno llano, Quinto Servilio
Cepio llegó al gran río antes que Malio Máximo. Había traído sólo siete
legiones, pues la octava la había embarcado a la Hispania Citerior, y llegaba
sin caballería, a la que había desbandado el año anterior por considerarla un
gasto innecesario. A pesar de las órdenes y las conminaciones de los legados,
Cepio se había negado a salir de Narbo hasta que le llegase comunicación por
mar desde Esmirna. Y no estaba de buen humor: cuando no se quejaba de la
lamentable tardanza de su enlace entre Esmirna y Narbo, abominaba de la
insensibilidad del Senado al pensar que iba a ceder el mando de su gran
ejército a un tapón como Malio Máximo. Pero al final se vio obligado a marchar
sin su carta y dejó instrucciones explícitas en Narbo para que se la expidiesen
en cuanto llegara.
Aun así, Cepio alcanzó cómodamente el punto de destino mucho antes que
Malio Máximo. En Nemausus, una pequeña ciudad comercial de la región occidental
de las vastas marismas del delta del Rhodanus, le llegó el correo del Senado
con las nuevas órdenes.
No se le había ocurrido a Cepio que su carta no hubiera conseguido
ablandar a los padres conscriptos, y más leyéndola en la cámara nada menos que
Escauro. Así, cuando abrió el cilindro y ojeó la breve respuesta del Senado, se
sintió ofendido. ¡Imposible! ¡Intolerable! El, un Servilio patricio,
¿doblegarse a los caprichos de Malio Máximo, un nuevo rico? ¡Jamás!
Los espías romanos comunicaron que los germanos ya habían emprendido la
marcha hacia el sur, cruzando las tierras de los celtas alóbroges, inveterados
enemigos de Roma, que así se veían entre dos fuegos: Roma, el enemigo conocido,
y los germanos, el enemigo desconocido. Ya hacía dos años que la comunidad
druida venía diciendo a todas las tribus galas que no había sitio en Galia para
que se asentasen los germanos. Desde luego no serían los alóbroges quienes
cediesen tierra suficiente para crear una patria para un pueblo mucho más
numeroso que el
suyo; y estaban demasiado cerca de los eduos y los ambarres para saber
de sobra el destrozo que los germanos habían hecho en las tierras de las
intimidadas tribus. Por consiguiente, los alóbroges se retiraron a las
escarpaduras de sus queridos Alpes y se dedicaron a hostigar todo lo posible a
los germanos.
Los germanos abrieron brecha en la provincia romana de la Galia
Transalpina, al norte del puesto comercial de Vienne, a finales de junio
avanzaron sin obstáculo. Aquella masa humana de casi ochocientas mil personas
descendió por la orilla oriental del Rhodanus porque sus llanuras eran más
amplias y seguras y menos expuestas a las combativas tribus del interior de la
Galia y las Cevenas.
Al saber esto, Cepio dejó expresamente la Via Domicia en Nemausus y, en
lugar de cruzar las marismas del delta por la larga calzada construida por
Ahenobarbo, marchó con su ejército en direccción norte por la orilla occidental
para mantener el río entre él y los germanos. Era a mediados del mes Sextilis.
Había enviado desde Nemausus un correo a toda prisa a Roma con otra
carta para Escauro, manifestando sin más que no aceptaría órdenes de Malio
Máximo. Tras lo cual, la única ruta que podía tomar con honor era al oeste del
río.
En la orilla oriental del Rhodanus, a unas cuarenta millas del punto en
que la Vía Domicia lo cruzaba por una larga calzada que concluía cerca de
Arelatum, había una ciudad comercial romana de cierta importancia llamada
Arausio. Cepio situó su ejército de 40.000 infantes y 15.000 soldados de tropas
auxiliares en un campo fortificado y aguardó a que Malio Máximo apareciese por
la orilla contraria, esperando que el Senado contestase a su carta.
Malio Máximo llegó, antes que la respuesta del Senado, a finales de
julio y situó sus 55000 soldados de infantería y 30000 auxiliares en un campo
fortificado a orillas del río, cinco millas al norte de Arausio aprovechando el
curso fluvial como línea de defensa y abastecimiento de agua.
El terreno al norte del campamento era ideal para una batalla, pensó
Malio Máximo, considerando el río como su mejor protección, pero ése fue su
primer error. El segundo fue destacar los 5.900 soldados de caballería y
enviarlos de avanzadilla treinta y cinco millas al norte. Y su tercer error fue
nombrar a su legado más capaz, Aurelio, comandante de la caballería, privándose
así de sus consejos. Todos los errores formaban parte de la gran estrategia
concebida por Malio Máximo, quien pensaba utilizar la caballería de Aurelio
como freno al avance germano, no para entablar batalla, sino para ofrecer a los
bárbaros una primera visión de la resistencia romana. Porque Malio Máximo
quería tratar sin combate, con la esperanza de que los germanos volvieran
pacíficamente grupas hacia la Galia central, lejos de la ruta en dirección sur
por la provincia romana. Todas las batallas anteriores entre los germanos y
Roma se las había impuesto ésta a los bárbaros y sólo después de ellas se
habían avenido éstos a abandonar pacíficamente el territorio romano. Por ello,
Malio Máximo abrigaba esperanzas a propósito de su gran estrategia, y no sin
fundamento.
Sin embargo, su primer cometido era trasladar a Cepio de la orílla
occidental a la oriental. Resentido aún por la insultante e irrazonable carta
de Cepio que Escauro había leído en la cámara, Malio Máximo dictó una breve e
inequívoca orden a Cepio: "Cruzad inmediatamente el río con vuestro
ejército y venid a mi campamento." Y la entregó a unos mensajeros para que
la trasladaran inmediatamente en barca.
Cepio envió su respuesta a Malio Máximo con la misma barca, diciéndole
con igual concisión que él, un Servilio patricio, no admitía órdenes de ningún
mercachifle pretencioso y que se quedaba donde estaba, en la orilla occidental.
En la siguiente misiva, Malio Máximo decía:
Como supremo comandante del campo, os repito mi orden de trasladaros con
el ejército al otro lado del río sin más dilación. Os ruego consideréis esta
segunda orden como la última. Si persistierais en desafiarme, procederé contra
vos por la vía legal en Roma bajo la acusación de alta traición y vuestra
altanera actitud será la prueba.
Cepio le contestó con no menor animosidad:
No admito que seáis el comandante supremo de campo. Sí, iniciad los
procedimientos contra mí por traición. Yo iniciaré procedimientos por traición
contra vos. Como los dos sabemos quién ganará, os exijo que me cedáis
inmediatamente el mando.
Malio Máximo contestó aún con mayor altivez y así continuaron las cosas
hasta mediados de septiembre, en que llegaron seis senadores de Roma,
destrozados por la rapidez y la incomodidad del viaje. Rutilio Rufo, el cónsul
en Roma, había logrado enviar aquella embajada, pero Escauro y Metelo el
Numídico se las habían arreglado para boicotearla negándose a que se
incorporase a ella ningún senador con categoría consular o verdadera influencia
política. El más importante de los seis senadores era un simple pretor de
moderado linaje, nada menos que Marco Aurelio Cota, cuñado del propio Rutilio
Rufo. Pocas horas después de llegar la embajada al campamento de Malio Máximo,
Cota se daba cuenta de la gravedad de la situación.
Por ello se puso manos a la obra con gran energía y pasión, virtudes
habitualmente ausentes en su persona, centrando su acción en Cepio. Pero Cepio
no cedía. Tras una visita al campamento de la caballería, treinta millas al
norte, volvió al ataque con redoblada decisión, porque el legado Aurelio le
había llevado a escondidas hasta un promontorio desde el que pudo contemplar la
amplitud frontal del avance germano.
—Teníais que estar en el campamento de Cneo Malio —dijo Cota
palideciendo.
—Si quisiésemos plantear batalla, si —respondió Aurelio sin perder la
calma, pues él ya llevaba días observando el avance germano y se había
acostumbrado—. Pero Cneo Malio piensa que podremos repetir los anteriores
éxitos, que siempre han sido diplomáticos. Siempre que los germanos han
combatido ha sido porque los hemos obligado. No tengo la menor intención de
iniciar nada y estoy seguro que, así, ellos tampoco
tomarán la iniciativa. Tengo conmigo un equipo de muy buenos intérpretes
y hace días que los alecciono sobre lo que quiero decir cuando los germanos
envíen a sus jefes para parlamentar, y estoy convencido de que lo harán cuando
vean que hay un enorme ejército romano esperándolos.
—¡Pero eso ya deben de saberlo! —replicó Cota.
—Lo dudo —respondió Aurelio, impasible—. Ellos no se mueven con arreglo
a la técnica militar. Aunque hayan oído hablar de los escuchas, hasta ahora no
se han preocupado en emplearlos. Se limitan a avanzar y a afrontar las cosas
tal como se presentan; eso es lo que nos parece a Cneo Malio y a mí.
—Primo, tengo que regresar lo antes posible al campamento de Cneo Malio
—dijo Cota, dando media vuelta al caballo—. Tenemos que conseguir como sea que
ese estirado estúpido de Cepio cruce el río, o si no, que desaparezca.
—Estoy de acuerdo —dijo Aurelio—. No obstante, Marco Aurelio de los
Cota, si es factible me gustaría que volvieseis aquí en cuanto os envíe recado
de que una delegación germana ha venido a parlamentar. ¡Con vuestros cinco
colegas! A los germanos les impresionará que el Senado haya enviado a seis
representantes desde Roma para tratar con ellos — añadió sonriendo irónico—.
¡No vamos a decirles que los ha enviado para tratar con nuestros necios
generales!
El estirado y estúpido Quinto Servilio Cepio estaba — inexplicablemente—
de mejor humor y se hallaba más dispuesto a escuchar a Cota cuando éste cruzó
el Rhodanus al día siguiente.
—¿A qué se debe esta súbita alegría, Quinto Servilio? —inquirió Cota,
sorprendido.
—Acabo de recibir carta de Esmirna —contestó Cepio—. Una carta que
esperaba hacía meses —añadió, aunque sin decir cuál era el contenido que
provocaba su contento—. De acuerdo —prosiguió—, mañana cruzaré a la otra orilla
—señaló sobre el mapa con su varilla de marfil rematada por un águila de oro,
que usaba para mostrar el alto grado de su imperium—. Cruzaré por aquí.
—¿Y no sería más prudente cruzarlo al sur de Arausio? —inquirió Cota.
—¡Ni mucho menos! —respondió Cepio—. Cruzándolo al norte estaré
más cerca de los germanos.
Cumpliendo su palabra, Cepio levantó el campamento al amanecer del día
siguiente y se dirigió a un vado que había a unas veinte millas al norte de la
fortaleza de Malio Maximo, a unas diez millas escasas del lugar en que estaba
acampada la caballería de Aurelio.
Cota y sus cinco colegas del Senado se dirigieron a caballo al norte
para estar en el campamento de Aurelio cuando llegasen los jefes germanos para
parlamentar. Por el camino se encontraron con Cepio en la orilla oriental,
cuando ya había vadeado el Rhodanus casi todo el ejército. Pero lo que vieron
sus ojos hizo que se les cayera el alma a los pies, porque era evidente que
Cepio se disponía a montar un campamento fortificado en aquel lugar.
—¡Oh, Quinto Servilio, aquí no podéis quedaros! —exclamó Cota mientras
detenían los caballos sobre un otero desde el que se dominaba el emplazamiento,
donde ya los hombres se apresuraban a excavar trincheras y a apilar tierra para
hacer taludes.
—¿Por qué no? —replicó Cepio, enarcando las cejas.
—Porque veinte millas río abajo ya hay un campamento lo bastante grande
para alojar a vuestras legiones y a las diez que ya albergan... ¡Allí es donde
tenéis que estar, Quinto Servilio! No aquí, demasiado lejos de Aurelio, que
está mas al norte, y de Cneo Malio, que está al sur, y no podríais ayudar a
ninguno de los dos. ¡Por favor, Quinto Servilio, os lo suplico! Plantad un
campamento provisional para esta noche y dirigíos por la mañana hacia el sur
para reuniros con Cneo Malio —dijo Cota, dando a su súplica el mayor tono
perentorio posible.
—Dije que cruzaría el río —respondió Cepio—, pero no me comprometí a
hacer nada más una vez cruzado. Tengo siete legiones entrenadas al máximo, con
soldados experimentados. Y no sólo eso, sino que son propietarios, ¡auténticos
soldados romanos! ¿Creéis seriamente que voy a consentir el compartir un
campamento con la escoria de Roma y del agro latino, compartirlo con braceros y
labriegos que no saben leer ni escribir? ¡Marco Cota, antes prefiero morir!
—Y puede que así sea —replicó secamente Cota.
—Ni yo ni mi ejército —prosiguió Cepio, obcecado—. Estoy veinte millas
al norte de Cneo Malio y su repugnante chusma, lo que significa que encontraré
primero a los germanos. ¡Y los venceré, Marco Cota! ¡Ni un millón de bárbaros
son capaces de vencer a siete legiones de auténticos soldados romanos! ¿Pensáis
que voy a consentir que ese mercader de Malio se lleve un ápice del mérito?
¡No! ¡Quinto Servilio Cepio tendrá su segundo triunfo en las calles de Roma
como vencedor único! Y Malio, que contemple el desfile.
Cota se inclinó sobre la silla del caballo, alargó la mano y agarró a
Cepio del brazo.
—Quinto Servilio —dijo con la mayor severidad y seriedad con que había
hablado en su vida—, ¡os ruego que unáis vuestras fuerzas a las de Cneo Malio!
¿Qué cuenta más para vos, Roma victoriosa o el triunfo de la nobleza de Roma?
¿Importa quién venza con tal de que venza Roma? ¡Esto no es una escaramuza
fronteriza contra unos escordiscos ni una campaña sin importancia contra los
lusitanos! ¡Vamos a necesitar el ejército más grande y mejor que jamás hayamos
puesto en pie y vuestra contribución es vital! Los hombres de Cneo Malio no han
tenido para entrenarse el tiempo que han tenido los vuestros, y vuestra
presencia entre ellos los animará, les dará ejemplo. ¡Porque yo os digo muy en
serio que habrá batalla! Algo me lo dice. Indistintamente de cómo los germanos
hayan actuado en el pasado, esta vez va a ser distinto. Han probado nuestra
sangre y les ha gustado; han probado nuestro temple y nos han visto débiles.
¡Está en juego Roma, Quinto Servilio, no su nobleza! Pero si persistís en
permanecer aislado del otro ejército, os lo digo sin ambages, el futuro de la
nobleza de Roma peligrará. Tenéis en vuestras manos el futuro de Roma y el de
vuestra clase. ¡Os ruego que hagáis lo que es debido por las dos! Id mañana al
campamento de Cneo Malio y uníos a sus fuerzas.
Cepio accionó el caballo para apartarse, zafándose de Cota.
—No. Me quedo aquí —dijo.
Cota y sus cinco compañeros cabalgaron hacia el norte hasta el
campamento de la caballería, mientras Cepio montaba un campamento más
pequeño pero idéntico al de Malio Máximo a la orilla del río.
Los senadores llegaron justo a tiempo, porque los parlamentarios
germanos se presentaron en el campamento de Aurelio a la mañana siguiente. Eran
cincuenta, de edades entre cuarenta y sesenta años, pensó el aterrado Cota, que
nunca había visto hombres tan grandes; no había ninguno que no midiese un metro
ochenta y la mayoría tenía quince centímetros más. Traían enormes caballos, con
arreos desaliñados y descuidados para los romanos, cascos cubiertos de largo
pelo, las crines cayéndoles sobre los ojos y ninguno ensillado, sino con
simples bridas.
—Tienen caballos como elefantes de guerra —dijo Cota.
—Sólo unos pocos —añadió Aurelio sin impresionarse—. La mayoría montan
caballos galos corrientes; supongo que éstos serán los más vistosos.
—¡Mira a ese joven! —exclamó Cota, observando a uno no mayor de treinta
años que, desmontando por detrás del caballo, adoptaba una postura despectiva y
tranquila, mirándole como si no tuviese la menor importancia.
—Aquiles —añadió Aurelio, impávido.
—Yo creía que los germanos sólo llevaban una capa —dijo Cota,
advirtiendo los calzones de cuero del jinete.
—Dicen que en Germania si, pero los que nosotros hemos visto llevan
calzones como los galos.
Llevaban calzones, pero a ninguno se le veía camisa en aquel clima
caluroso. Muchos portaban pectorales de oro cubriéndoles el pecho de un pezón a
otro y todos portaban en bandolera la vaina vacía de la espada. Iban cubiertos
de oro —pectorales, adornos del casco, vainas de la espada, cinturones,
correajes, hebillas, pulseras y collares— pero ninguno exhibía la torca celta.
A Cota, los cascos le parecieron fascinantes, sin borde y en forma de puchero;
algunos llevaban adornos geométricos sobre las orejas con magníficos cuernos,
alas o tubos huecos con ramos de plumas tiesas, mientras que otros simulaban
serpientes, cabezas de dragón, aves horrendas o leopardos de abiertas fauces.
Todos iban afeitados y llevaban el pelo rubio muy largo, en trenzas o
suelto. Su tez no era tan rosada como la de los galos, notó Cota, sino algo más
dorada. No había ninguno pecoso ni con el pelo rojo; eran de ojos azul
claro, sin verde ni gris. Incluso el más viejo estaba en magnífica
forma, sin panza y con aspecto del guerrero que no ha cedido a la molicie;
cierto que los romanos no sabían que los germanos mataban a los que se echaban
a perder.
Los parlamentos se efectuaron por medio de los intérpretes de Aurelio,
casi todos ellos eduos y ambarres, aunque había tres germanos capturados por
Carbo antes de su derrota. Lo que querían, dijeron los barones germanos, era un
pacífico derecho de paso por la Galia Transalpina, porque se dirigían a
Hispania. Fue Aurelio quien condujo la primera fase de las conversaciones,
ataviado con su uniforme de gala: coraza de plata en forma de torso, casco
ático de plata con plumas rojas y la doble faldilla de tiras de cuero llamada
pteryges sobre túnica carmesí. Con arreglo a su cargo consular, llevaba una
capa morada atada a los hombros de la coraza y cinturón carmesí ceñido y
anudado ritualmente sobre la misma, por encima de la cintura, con la insignia
de general.
Cota observaba la escena hechizado, más aterrado de lo que jamás se
habría imaginado, incluso en la más profunda desesperación, porque sabía que
contemplaba el ocaso de Roma. En los meses venideros turbarían su sueño
aquellos señores de la guerra germanos; de tal modo que, por el día, andaba a
trompicones con los ojos enrojecidos y la cabeza cargada, y, aunque por el
cansancio acabara en cierto modo con su desvelo, a veces se encontraba sentado
en la cama, sobresaltado, boquiabierto, porque cabalgaban con sus caballos
gigantescos en alguna pesadilla menos siniestra. Los servicios de espionaje
informaron que su fuerza era superior a tres cuartos de millón, y que por lo
menos había trescientos mil guerreros gigantescos. Como todos los de su
categoría, Cota había visto no pocos guerreros bárbaros, escordicios, iapudas,
salasios y carpetanos, pero nunca nada como aquellos germanos. Todo el mundo
consideraba gigantes a los galos, pero comparados con los germanos eran hombres
corrientes.
Y el peor terror de todos es que propiciaban la perdición de Roma,
porque Roma no los tomaba en serio y no dirimía aquella rencilla de clases.
¿Cómo podía Roma abrigar esperanzas de vencerlos si dos generales romanos se
negaban a colaborar y se insultaban mutuamente, condenando a
sus respectivos soldados? Si Cepio y Malio Máximo actuaban
conjuntamente, Roma pondría en el campo de batalla cerca de cien mil hombres,
lo cual era una proporción aceptable si la moral era alta, el entrenamiento
bueno y el mando competente.
¡Oh, pensó Cota, sufriendo un retortijón intestinal, he vislumbrado el
destino de Roma! No podremos resistir a estas hordas rubias. No podremos
sobrevivir.
Finalmente, Aurelio interrumpió la conversación y cada bando se apartó
para conferenciar.
—Bien, algo hemos aprendido —dijo Aurelio a Cota y a los otros cinco
senadores—. Ellos no se denominan germanos. De hecho, se consideran tres
pueblos distintos, a los que llaman cimbros, teutones y un tercer grupo
bastante heterogéneo formado por diversos pueblos más pequeños que se unieron a
cimbros y teutones durante su marcha errante, que son los marcomanos, queruscos
y ti gurinos, según mi intérprete germano, y cuyo origen es más celta que
germano. —¿Marcha errante? —inquirió Cota—. ¿Cuánto tiempo han estado errando?
—Ni ellos mismos lo saben, pero muchos años. Quizá el tiempo de una generación.
Ese joven que parece un Aquiles bárbaro era un niño cuando su tribu, los
cimbros, abandonó sus tierras de origen. —¿Tienen un rey? —inquirió Cota. —No,
se rigen por un consejo de jefes de tribus; esos que veis son la mayoría. Sin
embargo, ese que parece un Aquiles bárbaro va adquiriendo un rápido ascendiente
en el consejo y sus partidarios le llaman rey. Se llama Boiorix y es, con gran
diferencia, el más agresivo. A él le trae sin cuidado el solicitar el permiso
para que les dejemos transitar por el sur; dice que la fuerza es derecho y se
muestra partidario de interrumpir las conversaciones y seguir su camino a
riesgo de lo que sea. —Peligrosamente joven para creerse rey. Estoy de acuerdo
en que es un riesgo —dijo Cota—. ¿Y quién es aquél? Sin ningún prurito, señaló
a un hombre de unos cuarenta años que llevaba un deslumbrante pectoral con unas
cuantas libras más de oro. —Teutobodo de los teutones, jefe de sus notables.
Parece que a él también le empieza a gustar el título de rey. Igual que
Boiorix, piensa que la fuerza es derecho y que deben seguir hacia el sur esté o
no de acuerdo Roma. Mis dos
intérpretes germanos de la época de Carbo me han dicho que ahora su
ánimo es muy distinto al de entonces, que han cobrado confianza en sí mismos y
que nos desafían —dijo Aurelio mordiéndose el labio—. Es que han convivido con
los eduos y los ambarres suficiente tiempo para aprender mucho sobre nosotros,
y las cosas que han sabido de Roma han disipado sus temores. Y no sólo eso,
sino que hasta ahora, si excluimos el primer combate con Lucio Casio, cosa
fácil, por otra parte, teniendo en cuenta las secuelas, lo cierto es que nos
han vencido siempre. Ahora Boiorix y Teutobodo les dicen que no hay ningún
motivo para temernos porque estemos mejor armados y entrenados; que somos como
el coco infantil: fantasía y humo. Boiorix y Teutobodo quieren la guerra y, después
de acabar con Roma, proseguir su marcha y asentarse donde gusten. Se reanudaron
las conversaciones, pero ahora Aurelio presentó a los seis senadores, ataviados
con sus togas y escoltados por los doce lictores con túnica carmesí y gruesos
cinturones de servicio en el extranjero repujados en oro, más los fasces y el
hacha. Desde luego que los germanos los habían visto, pero al serles
presentados, se quedaron mirando maravillados aquellas vestiduras blancas tan
poco marciales. ¿Así eran los romanos? Sólo Cota vestía la toga praetexta
bordada en púrpura de magistrado curul, y a él dirigían aquellas extrañas
arengas ininteligibles.
Aguantó bien, dadas las circunstancias, orgulloso, altivo, tranquilo y
con frases pausadas. A los germanos no les parecía deleznable enrojecer de
rabia, salpicar de saliva al hablar enardecidos y golpearse con el puño la
palma de la otra mano, pero resultaba evidente que los aturdía aún más y los
inquietaba la inquebrantable tranquilidad de los romanos.
Desde el principio de su intervención en las conversaciones, la
respuesta de Cota fue no. No, la migración no podía proseguir hacia el sur; no,
el pueblo germano no tenía derecho a transitar por ningún territorio ni
provincia romanos; no, Hispania no era un punto de destino aceptable, a menos
que fuesen a asentarse en Lusitania o en Cantabria, porque el resto de la
península era romano. Tenían que volver atrás. Dirigirse al norte, fue la
réplica constante de Cota; que volvieran a su país, fuese el que fuese, o
que se retirasen más allá del Rhenus a la propia Germania y se asentaran
allí entre los de su pueblo.
Hasta que anocheció no volvieron a montar los germanos en sus caballos
para alejarse. Los últimos en marchar fueron Boiorix y Teutobodo; el joven
volvió la cabeza para contemplar a los romanos lo más posible sin que en su
mirada se advirtiese complacencia ni admiración. Aurelio tiene razón, es el
propio Aquiles, pensó Cota, para quien, al principio, la comparación le había
parecido un misterio, pero que luego advirtió que en aquel bello rostro
brillaba la obstinación y el implacable deseo de venganza del héroe tesalio.
Aquél también era un hombre al que le gustaría exhibirse mientras sus soldados
morían como moscas, tan sólo por el pundonor. A Cota le dio un vuelco el
corazón, desalentado, porque ¿no era, en definitiva, lo mismo que le sucedía a
Quinto Servilio Cepio?
A las dos horas de anochecer había luna llena; libres del estorbo de las
togas, Cota y sus cinco enmudecidos compañeros cenaron con Aurelio y se
dispusieron a cabalgar en dirección sur.
—Esperad hasta mañana —suplicó Aurelio—. No estamos en Italia, aquí no
hay calzadas romanas seguras y no conocéis el terreno. Unas cuantas horas, qué
pueden importar...
—No, quiero estar en el campamento de Quinto Servilio al amanecer —
respondió Cota— para convencerle de que se una a Cneo Malio. Le pondré al
corriente de lo que ha sucedido hoy aquí y, después, independientemente de lo
que él haga, seguiré hasta el campamento de Cneo Malio; no pienso dormir hasta
hablar con él.
Se dieron la mano, y, conforme los senadores con su escolta de lictores
y criados se perdían entre las densas sombras proyectadas por la luna, la
silueta de Aurelio permaneció claramente delineada con el brazo alzado,
diciendo adiós.
Volveremos a vernos, se dijo Cota para sus adentros, pensando en él; un
hombre valiente, un romano excepcional.
Cepio no quiso escuchar a Cota, y menos a la voz de la razón.
—Aquí estoy y aquí me quedo —fue lo único que dijo.
Por lo tanto, Cota siguió su ruta tras calmar la sed en el campamento
medio acabado de Cepio, decidido a llegar al de Cneo Malio Máximo a mediodía
como muy tarde.
Al amanecer, mientras Cota y Cepio no lograban ponerse de acuerdo, los
germanos iniciaron el avance. Era el segundo día de octubre, el tiempo seguía
siendo bueno y no hacía frío. Cuando las primeras filas de la masa germana
llegaron a las vallas del campamento de Aurelio, las rebasaron como una marea.
Aurelio no llegó a comprender lo que pasaba; él había imaginado, lógicamente,
que tendría tiempo para ensillar los escuadrones de caballería y que la
empalizada, extraordinariamente bien fortificada, resistiría la embestida de
los bárbaros el tiempo suficiente para sacar sus tropas por la puerta trasera e
intentar una maniobra de flanco. Pero no fue así. Era tal la masa envolvente de
germanos que el campamento se vio rodeado por todas partes en cuestión de minutos
y los bárbaros lo asaltaron a millares por los cuatro lados. No estando
acostumbradas a luchar a pie, las tropas de Aurelio hicieron lo que pudieron,
pero aquello fue una carnicería más que una batalla. A la media hora, apenas
quedaba un romano vivo, y Marco Aurelio Escauro cayó prisionero antes de poder
echarse sobre la espada.
Llevado a presencia de Boiorix, Teutobodo y del resto de los cincuenta
jefes que habían acudido a parlamentar, Escauro supo conducirse con insuperable
entereza, cabeza erguida y gesto altivo, sin que le afectasen las ofensas y
agresiones que le infligieron ni le obligasen a agachar la cabeza. Le metieron
en una gran jaula de mimbre, obligándole a contemplar cómo hacían una pira con
buena leña, le prendían fuego y la dejaban arder. Aurelio miraba con las
piernas erguidas, sin temblarle las manos ni mostrar temor alguno ni aferrarse
a las barras de su reducida prisión. Como no formaba parte del plan que Aurelio
muriese asfixiado por el humo o que pereciese rápidamente consumido por las
llamas, aguardaron a que se hiciesen brasas y luego colgaron la jaula sobre
ellas para asarle vivo. Pero fue él quien venció, aunque fuese una victoria
pírrica, pues no dejó que de su boca saliera un solo estertor o grito de agonía
ni encogió las piernas. Murió como un auténtico noble romano para que su
conducta les enseñara
la verdadera dimensión de Roma y se grabara en sus mentes la urbe capaz
de dar hombres como él, un romano descendiente de romanos.
Los germanos permanecieron dos días junto a las ruinas del campamento de
caballería romana y luego prosiguieron la marcha hacia el sur con la misma
falta de planificación. Al llegar a la altura del campamento de Cepio siguieron
avanzando a millares, hasta que los aterrorizados soldados de Cepio perdieron
toda esperanza de contarlos y algunos optaron por abandonar la coraza y cruzar
a nado a la otra orilla del Rhodanus. Pero eso era el último recurso que Cepio
había previsto exclusivamente para sí; quemó todas las barcas de su flotilla y
situó una fuerte guardia a lo largo de la orilla, mandando ejecutar a cualquier
fugitivo. Aislados en un auténtico mar de germanos, los 55.000 soldados y
tropas auxiliares del campamento de Cepio no podían hacer más que esperar a ver
si aquella marea pasaba sin causarles daño.
El sexto día de octubre, las primeras filas germanas alcanzaron el
campamento de Malio Máximo, que había optado por no mantener al ejército en su
interior, formando las diez legiones en campo abierto en dirección norte, antes
de que los germanos, ya claramente visibles, cercasen el campamento, con las
tropas desplegadas en la zona anterior a las primeras estribaciones de los
Alpes, situados a unas cien millas al este. Las legiones aguardaron, cara al
norte, unas junto a otras, cubriendo una distancia de cuatro millas, lo cual
fue el cuarto error de Malio Máximo, ya que no sólo podía ser fácilmente
rebasado por el flanco, dado que no disponía de caballería para proteger la
desguarnecida derecha, sino que, además, el despliegue era muy débil en
profundidad.
No le habían llegado noticias de lo ocurrido en el norte, en el
campamento de Aurelio, ni en el de Cepio, y no disponía de nadie para que,
disfrazado, se llegase hasta las hordas bárbaras, pues a los intérpretes y
exploradores los había enviado al norte con Aurelio. Por consiguiente, su única
opción era esperar la llegada de los germanos.
Lógicamente, su puesto de mando era la torre más alta de las defensas
del campamento, y allí se situó con su estado mayor a caballo y listo para
llevar al galope las órdenes a las distintas legiones; entre el personal de
estado mayor se hallaban sus dos hijos y el joven retoño de Metelo el
Meneítos. Quizá porque Malio Máximo considerase a la legión de marsos de Quinto
Popedio Silo la más disciplinada y preparada, quizá porque juzgase preferible
sacrificar a esa tropa en vez de a los romanos, aun cuando se tratara de
escoria romana, fue ésta la que situó más al este de la primera línea, a la
derecha del despliegue y sin ninguna protección de caballería. Junto a ella se
encontraba la legión reclutada a principios de año, al mando de Marco Livio
Druso, quien tenía de ayudante a Quinto Sertorio. Luego estaban las fuerzas
auxiliares samnitas y a continuación otra legión romana de reclutas más
veteranos; cuanto más se aproximaba la línea al río, menor preparación tenían
las legiones y más tribunos militares había entre ellas para infundirles ánimo.
La legión de tropas totalmente bisoñas de Cepio hijo cubría la orilla del
Rhodanus, y a su lado había más tropas bisoñas al mando de Sexto César.
Parecía existir una ligera planificación en el ataque germano iniciado
dos horas después del amanecer del sexto día de octubre, casi simultáneo con el
efectuado al campamento de Cepio.
Ninguno de los 55000 soldados de Cepio sobrevivió a las hordas germanas
que los rodeaban, ya que éstas simplemente desbordaron los tres lados del
campamento que daban a la parte de tierra, aplastándolo hasta que heridos y
muertos quedaron entremezclados en informe montón. Cepio no perdió un segundo y
en cuanto vio que la tropa no podía contener aquella marea, se apresuró a
llegarse a la orilla, montar en la barca y ordenar a los remeros que le
llevasen al otro lado a toda velocidad. Un puñado de sus hombres intentó
salvarse a nado, pero había tal cantidad de germanos dando hachazos y tajos,
que ningún romano tuvo tiempo ni sitio para despojarse de la cota de malla de
veinte libras de peso ni de apenas desabrocharse el casco; por lo que todos los
que intentaron nadar perecieron ahogados. Cepio y sus remeros fueron
prácticamente los únicos supervivientes.
A Malio Máximo le fue algo mejor. Luchando valientemente contra aquellos
gigantes, los marsos perecieron casi hasta el último hombre, igual que Druso y
la legión que combatía junto a ellos. Silo cayó herido en el costado y Druso
quedó inconsciente de un golpe recibido con la
empuñadura de una espada germana, poco después de que su legión entrara
en combate; Quinto Sertorio intentó, a caballo, reagrupar a sus hombres, pero
no hubo manera de contener el ataque germano, cuyos caídos eran reemplazados
inmediatamente por tropas de refresco; y sus reservas eran inagotables.
Sertorio cayó también, herido en el muslo, en el punto más vulnerable de
inserción de los grandes músculos de la pierna; que la herida de lanza cortase
los nervios y se detuviese a poca distancia de la arteria femoral fue un simple
albur de la guerra.
Las legiones más próximas al río dieron media vuelta y entraron en el
agua, logrando en su mayoría desprenderse del pesado equipo antes de cruzar a
nado el Rhodanus. Cepio hijo fue el primero que cedió a la tentación, mientras
que Sexto César resultó arrollado por sus propios soldados al intentar detener
la retirada y quedó mutilado de la cadera izquierda.
Pese a las protestas de Cota, los seis senadores fueron trasladados a la
orilla occidental antes de iniciarse la batalla, pues Malio Máximo había
insistido en que, dado que eran observadores civiles, debían abandonar el campo
y verlo todo desde un lugar seguro.
—Si caemos, debéis sobrevivir para llevar la noticia al Senado y al
pueblo de Roma —dijo.
Era costumbre romana respetar la vida de los vencidos, ya que los
guerreros útiles alcanzaban los más altos precios en los mercados de esclavos
destinados al trabajo, ya fuera en minas, puertos, canteras o en la
construcción. Pero ni celtas ni germanos perdonaban la vida de sus adversarios,
pues preferían esclavizar a los que hablaban su propia lengua y sólo en la
cantidad que les imponía su estilo de vida poco estructurado.
Así, tras una breve hora de batalla nada gloriosa, cuando las huestes
germanas se proclamaron vencedoras, sus soldados fueron pasando por entre los
miles de cadáveres romanos para rematar a los supervivientes. Afortunadamente
no fue una acción disciplinada ni sistemática, pues, de haberlo sido, ninguno
de los veinticuatro tribunos militares habría sobrevivido a la batalla de
Arausio. Druso yacía inconsciente, de manera que les pareció muerto a todos los
germanos que pasaron por su lado, y
Quinto Popedio Silo, que asomaba por debajo de un montón de marsos
muertos, estaba tan lleno de sangre que también pasó inadvertido. Incapaz de
moverse por tener la pierna totalmente paralizada, Quinto Sertorio se fingió
cadáver. Y Sexto César, totalmente visible, respiraba tan trabajosamente y
tenía el rostro tan congestionado, que ningún germano de los que le vieron se
molestó en poner fin a una vida tan a punto de extinguirse.
Los dos hijos de Malio Máximo perecieron galopando de un lado para otro
llevando las órdenes de su aturdido padre, pero el hijo de Metelo el Numídico,
el Meneitos joven, era duro de pelar, y al ver la irremediable derrota instó al
impávido Malio Máximo y a media docena de sus ayudantes a saltar las
empalizadas y acercarse a la orilla, donde los hizo subir a una barca. La
acción de Metelo hijo no estuvo totalmente dictada por el simple deseo de
supervivencia, pues era valeroso; lo que sucedió es que prefirió aplicar ese
valor a salvar la vida de su comandante.
A la quinta hora del día todo había terminado. Los germanos emprendieron
una vez más el camino hacia el norte y cubrieron las treinta millas que los
separaban de sus millares de carros en torno al campamento del fenecido
Aurelio. En el campamento de Malio Máximo y en el de Cepio habían descubierto
algo maravilloso: grandes existencias de trigo y alimentos y suficientes
vehículos, mulas y bueyes para llevárselos. No es que no los atrajera el oro,
el dinero, las ropas y las armas y corazas, pero las vituallas de Malio Máximo
y de Cepio eran el principal atractivo de su botín y no dejaron una sola loncha
de tocino ni un tarro de miel, apoderándose, además, de centenares de amphorae
de vino.
Uno de los intérpretes germanos, capturado al invadir el campamento de
Aurelio y devuelto a su etnia cimbra, no llevaba entre los suyos más que unas
horas, cuando se dio cuenta de que había vivido tanto tiempo entre romanos que
no tenía añoranza alguna de volver a vivir entre los bárbaros. Cuando no le
veía nadie, robó un caballo y cabalgó en dirección sur hacia Arausio, siguiendo
una ruta muy apartada al este del río para no tropezarse con la desastrosa
derrota romana y evitar el hedor de los cadáveres.
El noveno día de octubre, tres días después de la batalla, entraba al
paso con su exhausto corcel por la calle principal enlosada de la próspera
ciudad, buscando inútilmente a alguien a quien dar la noticia. Toda la
población había huido ante el avance de los germanos, pero al final de la calle
principal atisbó en torno a la villa del personaje más importante de Arausio
—ciudadano romano, naturalmente— y vio que había movimiento.
Aquel personaje de Arausio era un galo llamado Marco Antonio Meminio,
por haberle sido concedida la ciudadanía por un Marco Antonio, merced a sus
servicios al ejército de Cneo Domicio Ahenobarbo diecisiete años antes.
Exaltado por tal distinción y ayudado por el patrocinio de la familia de
Antonio para la obtención de concesiones mercantiles entre la Galia Transalpina
y la Italia romana, Marco Antonio Meminio se había enriquecido
extraordinariamente. Era ya el principal magistrado de la ciudad y había tratado
de convencer a sus conciudadanos para que se quedasen en Arausio, al menos
hasta saber si la batalla que se libraba al norte resultaba o no favorable a
Roma. Al no conseguirlo, él había optado por quedarse, limitándose,
prudentemente, a enviar fuera de la ciudad a sus hijos a cargo del pedagogo,
enterrar su oro y esconder la trampilla de su bodega tapándola con una gran
losa. Su mujer prefirió quedarse con él en vez de irse con los niños, y así los
dos pequeños, acompañados de un grupo de fieles servidores, habían oído los
lamentos de angustia que traía el viento desde el campamento de Malio Máximo.
Como ni romanos ni germanos llegaban a la ciudad, Meminio había enviado
a un esclavo a que averiguase qué había sucedido, y aún estaba abrumado por la
noticia cuando el primero de los oficiales romanos de alta graduación que
habían salvado el pellejo entró en la ciudad. Se trataba de Cneo Malio Máximo y
su grupo de ayudantes, que llegaban más como animales drogados camino del
sacrificio ritual que como militares romanos; esta impresión de Meminio la
corroboró el comportamiento del hijo de Metelo el Numídico, que los dirigía con
la dureza y el ahínco de un perro de pastor. Meminio y su esposa salieron a
recibir al grupo y lo invitaron a entrar en la villa; les dieron comida y vino,
y trataron de que les hicieran un relato coherente de lo acaecido. Pero fue inútil;
el único que conservaba el
sentido común, el joven Metelo, sufría un impedimento bucal que le
impedía hablar, y Meminio y su esposa no sabían griego y únicamente se
expresaban en un rudimentario latín.
Durante los dos siguientes días llegaron más, aunque pocos, y ningún
soldado raso, pese a que un centurión dijo que había algunos miles en la orilla
occidental que deambulaban atontados y sin rumbo fijo. Cepio fue el último en
llegar, acompañado de su hijo, Cepio el joven, con quien se había encontrado en
la orilla occidental cuando bajaba hacia Arausio. Cuando Cepio supo que Malio
Máximo estaba en casa de Meminio, se negó a quedarse y optó por encaminarse a
Roma, llevándose a su hijo. Meminio le dio dos calesines con tiro para cuatro
mulas y le puso en camino con provisiones y cocheros.
Abatido por el dolor de haber perdido a sus dos hijos, Malio Máximo fue
incapaz de preguntar por los seis senadores hasta tres días después; hasta ese
momento, Meminio ni siquiera sabía de su existencia, pero cuando Malio Máximo
le instó a organizar un grupo de búsqueda, él puso pegas, temiendo que los
germanos aún anduviesen por el campo de batalla, y le invadió una enorme
preocupación ante la perspectiva de que tanto él y su esposa como sus abatidos
huéspedes se dispusieran a emprender la huida.
Tal era la situación cuando el intérprete germano llegó a Arausio y
localizó a Meminio. Este comprendió en seguida que el recién llegado traía
importantes noticias, pero, desgraciadamente, no se entendían en latín y a
Meminio no se le ocurrió llevarle a presencia de Malio Máximo. Le dio albergue
y le indicó que esperase hasta que llegase alguien con dominio del idioma para
interrogarle.
Con Cota a la cabeza, la embajada de senadores se había aventurado a
cruzar de nuevo el río en cuanto los germanos volvieron grupas hacia el norte,
dispuesta a buscar supervivientes en aquella horrible carnicería. Incluidos
lictores y sirvientes, totalizaban veintinueve, que se dedicaron a cumplir
temerosamente la tarea ante el posible regreso de los germanos. El tiempo
transcurría y nadie acudía a ayudarlos.
Druso había recobrado el sentido al oscurecer, se había pasado la noche
medio consciente, y al amanecer se hallaba lo bastante repuesto para poder
arrastrarse en pos de su único deseo: encontrar agua. El río quedaba a tres
millas y el campamento casi tan lejos, así que se encaminó hacia la derecha,
con la esperanza de encontrar algún riachuelo en las primeras estribaciones del
terreno. A pocos metros de allí se tropezó con Quinto Sertorio, quien hizo una
seña con una mano al verle.
—No puedo moverme —dijo Sertorio, lamiéndose los agrietados labios
—. Tengo la pierna muerta... Esperaba que llegase alguien... y creí que
era un germano.
—Me muero de sed —farfulló Druso—. Voy a buscar agua y vuelvo. Todo eran
cadáveres, áreas y más áreas de cuerpos sin vida, pero sobre
todo en la imprecisa ruta de Druso en busca de agua, porque había caído
en la primera línea al principio de la batalla y los romanos, sin avanzar un
centímetro, no habían hecho más que retroceder. Si Sertorio no hubiese caído
también en primera línea y se hubiera hallado entre los montones de cadáveres
más retrasados, Druso no le habría visto.
Despojado de su pesado casco ático, Druso iba con la cabeza descubierta;
un soplo de aire movió un mechón de cabello sobre una hinchazón encima del ojo
derecho, y era tal la contusión, tan tensa estaba la piel y tan sanguinolenta
la frente, que aquel simple roce del pelo hizo que cayera de rodillas atenazado
por el dolor.
Pero las ganas de vivir eran enormes. Volvió a incorporarse como pudo y
siguió andando hacia el este, pensando en que no tenía con qué coger agua y que
habría otros, como Sertorio, muertos de sed. Quejándose por efecto del agudo
dolor al agacharse, quitó el casco a dos marsos muertos y siguió, llevándolos
colgados de las correillas.
En medio del campo de cadáveres de los marsos había un borriquillo
aguador, parpadeando sus amables ojos de largas pestañas a la vista de aquella
carnicería, pero incapaz de moverse por tener trabado el ronzal en el brazo de
un cadáver sepultado bajo otros cuerpos. El animal había tratado de zafarse,
pero lo único que había conseguido había sido apretar más la soga del ronzal,
de tal modo que se le veía la carne abotagada entre las
tirantes correas. Druso, que había conservado el puñal, cortó la soga a
la altura del brazo inerte y se la ató al cinturón para que, en caso de
desmayarse, el jumento no pudiera escapar, pero el animal, contento de ver a un
ser humano, aguardó pacientemente a que Druso calmara su sed y luego le siguió
mansamente.
En un extremo del enorme revoltijo de cadáveres en torno al asno había
dos piernas que se movían; en medio de repetidos grunidos de dolor, que el
burro repetía entristecido, Druso logró apartar una serie de cadáveres y vio
que había destapado a un oficial marso con vida. Su coraza de bronce estaba
rota en el lado derecho, por debajo del brazo, y por un orificio de la enorme
raja salía, mas que sangre, un flujo rosáceo.
Con el mayor cuidado que pudo, Druso sacó al oficial de entre los
cadáveres hasta un trozo de hierba pisoteada y comenzó a desabrocharle la
coraza por el lado izquierdo. El oficial tenía los ojos cerrados, pero una vena
del cuello le latía con fuerza, y cuando Druso le quitó la coraza, estirando de
ella sobre pecho y abdomen, lanzó un fuerte grito.
—¡Cuidado! —añadió en tono irritado en el más puro latín.
Druso se detuvo un instante y siguió desabrochando la camisa de cuero.
—¡Estáte quieto, necio! —dijo—. Sólo intento ayudarte. ¿Quieres agua,
antes?
—Agua —balbució el oficial marso.
Druso le dio de beber con el casco y se vio recompensado con la mirada
de dos ojos verde amarillos, que le recordaron las serpientes; los marsos eran
adoradores de serpientes, bailaban con ellas, las encantaban y hasta les daban
la lengua. Con aquellos ojos, no era de extrañar.
—Me llamo Quinto Popedio Silo —dijo el marso—. Un irrumator de ocho pies
de altura me cogió desprevenido —dijo, cerrando los ojos, al tiempo que dos
lagrimones le corrían por las ensangrentadas mejillas—. Mis hombres han muerto
todos, ¿verdad?
—Eso me temo —contestó Druso en voz baja—. Y los míos y los de todos,
creo, Me llamo Marco Livio Druso. Ahora aguanta, que voy a moverte haciendo
fuerza.
La herida estaba restañada, pues, gracias a la lana de la túnica, la
espada germana no había penetrado mucho. Druso sintió las costillas rotas al
agarrarle, pero la coraza, el justillo de cuero y las costillas habían impedido
que la hoja profundizase en el tórax.
—Te salvarás —dijo—. ¿Puedes ponerte en pie apoyándote en mi? Tengo un
compañero de mi legión que espera ayuda. Así que, o te quedas aquí y vienes
cuando puedas o vienes ahora conmigo.
Otro roce del pelo en la ceja en carne viva le hizo dar un alarido de
dolor.
Quinto Popedio Silo consideró la situación.
—Tal como estás no podrás ayudarme —dijo—. A ver si puedes darme mi
puñal; cortaré un trozo de la tunica para vendarme la herida. No puedo seguir
sangrando en medio de este tártaro.
Druso le dio el puñal y se alejó con el burro.
—¿Dónde estás? —inquirió Silo.
—Una legión más allá —contestó Druso.
Sertorio seguía inconsciente. Bebió con gran fruición y después
consiguió sentarse. Su herida era peor que la de Druso y la del marso, y era
evidente que era incapaz de moverse si no le ayudaban los dos. Así que Druso se
sentó a su lado y se quedó quieto para descansar, hasta que una hora después
apareció Silo. El sol ya estaba alto y hacía calor.
—Tendremos que llevar los dos a Quinto Sertorio lejos de los cadáveres
para que no se le infecte la herida —dijo Silo—. Luego, creo que lo mejor será
hacerle algún sombrajo y ver si queda alguien vivo por ahí.
Lo hicieron todo con agobiante lentitud y horribles dolores, pero
finalmente lograron dejar a Sertorio lo más cómodo posible y los dos se
dedicaron a buscar a alguien. No habían andado mucho, cuando a Druso le
acometió un acceso de náuseas y se vio obligado a hacerse un ovillo en el
polvo, sacudido por espasmos del diafragma y el estómago, lanzando gemidos de
agonía. Poco más entero que él, Silo se dejó caer a su lado, y el burro, que
seguía amarrado al cinturón de Druso, aguardó pacientemente.
Luego, Silo, echándose sobre el costado, examinó la hinchazón de la
frente de Druso y lanzó un gruñido.
—Marco Livio, si no puedes aguantar el dolor, creo que se te calmaría
bastante si te sajo ese bulto con el puñal y dejamos que sangre. ¿De acuerdo?
—¡A la Hidra me enfrentaría con tal de hallar alivio! —masculló Druso.
Antes de aplicar la punta del puñal, Silo farfulló un encantamiento en una
lengua que Druso no consiguió identificar; no era osco, porque ésa la entendía
él bien. Lo que estaba salmodiando era un encantamiento de serpientes, pensó
Druso, y se sintió curiosamente tranquilo. El dolor era insoportable y perdió
el sentido. Mientras estaba inconsciente, Silo extrajo la mayor cantidad
posible de pus y flujo, enjugándolo con un trozo de túnica que arrancó a Druso.
Cuando éste comenzaba a volver en sí, le
arrancó otro trozo.
—¿Te sientes mejor? —inquirió.
—Mucho mejor —contestó Druso.
—Si te lo vendase, te dolería más. Toma, límpiatelo con esto si te
ciega; tarde o temprano dejará de supurar —dijo Silo, alzando la vista hacia el
implacable sol—. Tenemos que buscar una sombra o pereceremos, lo que quiere
decir que el joven Sertorio también perecería —añadió, poniéndose en pie.
Cuanto más se aproximaban al río más signos de vida veían entre aquella
carnicería: gemidos, débiles gritos de auxilio, movimientos.
—Esto es una ofensa a los dioses —dijo Silo, cabizbajo—. Nunca he visto
una batalla peor planeada. ¡Nos han ejecutado! ¡Maldigo a Cneo Malio Máximo!
¡Que mi gran serpiente portadora de luz se enrosque a los sueños de Cneo Malio
Máximo!
—Estoy de acuerdo. Ha sido un fracaso y el mando ha sido peor que el de
Casio en Burdigala. Pero hay que repartir la responsabilidad por igual, Quinto
Popedio. Si Cneo Malio tiene culpa, ¡qué no tendrá Quinto Servilio Cepio!
¡Cómo le dolía tener que decir aquello, tratándose nada menos que del
padre de su esposa!
—¿Cepio? ¿Y él qué tiene que ver? —inquirió Silo.
La herida ya no le dolía tanto; Druso comprobó que podía volver
fácilmente la cabeza para mirar a Silo.
—¿Es que no lo sabes? —replicó.
—¿Qué va a saber un itálico de las decisiones del mando romano? —
contestó Silo, escupiendo despectivamente en el suelo—. Nosotros hemos venido a
combatir y no intervenimos para nada en cómo ha de plantearse el combate, Marco
Livio.
—Bien, desde el momento en que llegó de Narbo, Quinto Servilio se negó a
colaborar con Cneo Malio —dijo Druso con un estremecimiento—. No quiso aceptar
órdenes de un hombre nuevo.
Silo miró a Druso de hito en hito, clavando sus ojos verdeamarillos en
los negros del romano.
—¿Quieres decir que Cneo Malio quería que Quinto Servilio viniese a este
campamento?
—¡Claro! Igual que los seis senadores que vinieron de Roma. Pero Quinto
Servilio se negó a ponerse bajo el mando de un hombre nuevo.
—¿Quieres decir que fue Quinto Servilio quien mantuvo separados los dos
ejércitos...?
Silo no daba crédito a lo que estaba oyendo.
—Sí; Quinto Servilio, que es mi suegro —tenía que decirlo—. Estoy casado
con su única hija. ¿Cómo puedo soportarlo? Su hijo es mi mejor amigo y está
casado con mi hermana... ha luchado aquí con Cneo Malio y ha muerto...
supongo... —El líquido que Druso se enjugaba del rostro era principalmente
lágrimas—. ¡El orgullo, Quinto Popedio! ¡El necio e inútil orgullo!
Silo se había detenido.
—Ayer murieron seis mil soldados marsos con sus dos mil servidores... ¿y
tú me dices que ha sido porque un necio romano de alta alcurnia tiene inquina a
otro necio romano de menor alcurnia? —exclamó Silo, rabioso y bufando de
furor—. ¡Que la gran serpiente portadora de luz acabe con los dos!
—Algunos de tus hombres estarán vivos —dijo Druso, no por excusar a sus
superiores, sino por tratar de animar a aquel hombre a quien apreciaba
enormemente.
Le embargaba un profundo dolor, un dolor que nada tenía que ver con la
herida física, el dolor producto de una pena horrorosa. El, Marco Livio Druso,
que no había conocido hasta aquel momento la realidad de la vida, lloraba de
vergúenza al pensar en una Roma dirigida por hombres capaces de causar tanto
dolor por sus rencillas sociales.
—No, han muerto —respondió Silo—. ¿Por qué crees que tardé tanto en
llegar a donde estaba Quinto Sertorio? Estuve recorriendo el campo, mirando.
Muertos. ¡Muertos todos!
—Y los míos —añadió Druso, sin dejar de llorar—. Aguantamos la avalancha
por la derecha y no teníamos ni un solo escuadrón de caballería.
Poco después avistaban a lo lejos al grupo senatorial y pidieron
auxilio.
Marco Aurelio Cota llevó en persona a los tribunos militares a Arausio,
caminando pacientemente las cinco millas detrás de un carro de bueyes, que era
el medio mejor para hacer el viaje. Dejó a sus colegas tratando de organizar lo
que pudieran en aquel caos. Marco Antonio Meminio logró convencer a algunos
elementos de las tribus galas que vivían en las alquerías cercanas para que se
llegasen al campo de batalla y ayudasen en lo que fuera posible.
—Estamos ya en la tarde del tercer día —dijo Cota a Meminio nada más
llegar— y habrá que hacer algo con los cadáveres.
—La población ha huido y los granjeros están convencidos de que los
germanos volverán... No tenéis idea de lo difícil que es convencer a nadie para
que vaya a ayudaros —respondió Meminio.
—No sé dónde están los germanos —replicó Cota— y no me explico por qué
tomaron en dirección norte. Pero, de momento, no se les ha vuelto a ver.
Desgraciadamente no tengo a nadie para enviarle de exploración. Ahora lo más
importante son los muertos.
—¡Oh! —exclamó Meminio, dándose una palmada en la frente—. Hace unas
cuatro horas llegó un hombre, y por lo que he podido entender, porque no le
comprendo bien, es uno de los intérpretes germanos que estaban en el
campamento de la caballería. Habla latín, pero no entiendo su acento.
¿Queréis verle? Quizá quiera serviros de explorador.
Cota mandó traer al germano, y lo que le dijo cambió todos sus planes.
—Han tenido una tremenda disputa; el consejo de jefes se halla dividido
y tres pueblos han seguido rutas distintas —dijo el intérprete.
—¿Una disputa entre los jefes, dices?
—Bueno, entre Teutobodo de los teutones y Boiorix de los cimbros, al
menos, al principio —respondió el germano—. Los guerreros regresaron a poner en
marcha los carros y el consejo se reunió para repartir el botín. Habían
capturado gran cantidad de vino en los tres campamentos romanos y el consejo
estuvo bebiendo. Luego, Teutobodo dijo que había tenido un sueño cuando iba
camino de los carros y que se le apareció el gran dios Ziu, que le dijo que si
su pueblo continuaba la marcha hacia el sur por tierras romanas, los romanos le
infligirían una derrota por la cual guerreros, mujeres y niños acabarían
vendidos como esclavos. Entonces él dijo que iba a conducir a los teutones a
Hispania por tierras de los galos y no de los romanos. Pero Boiorix lo
desaprobó tajantemente, acusó a Teutobodo de cobarde y anunció que los cimbros
pasarían por tierras romanas, hicieran lo que hicieran los teutones.
—¿Estás seguro de ello? —inquirió Cota, sin dar crédito a lo que oía—.
¿Cómo lo has sabido? ¿Te lo han dicho o estabas tú presente?
—Estaba allí, dominus.
—¿Y por qué estabas allí? ¿Cómo es que estabas con ellos?
—Yo aguardaba que me llevasen a los carros de los cimbros, porque soy
cimbro. Todos estaban borrachos y nadie advirtió mi presencia. Pero me di
cuenta de que ya no quería ser germano y decidí enterarme de lo que pudiera
hasta escapar.
—¡Sigue, sigue! —dijo Cota, impaciente.
—Bien, el resto de los jefes se sumó a la disputa; entonces, Getorix,
jefe de los marcomanos, los queruscos y los tigurinos, propuso llegar a un
acuerdo quedándose en las tierras de los eduos y los ambarres, pero, excepto su
pueblo, nadie quiso aceptarlo. Los jefes teutones se pusieron de parte de
Teutobodo y los jefes cimbros de parte de Boiorix. Así que, ayer, el
consejo acabó con la disensión de los tres pueblos. Teutobodo ha dado
orden a los teutones de seguir hasta la lejana Galia y proseguir su ruta hacia
Hispania por tierras de los cardurcios y los petrocoros. Getoríx y su pueblo
van a quedarse entre los eduos y ambarres, y Boiorix va a conducir a los
cimbros a la otra orilla del gran río Rhodanus para marchar hacia Hispania por
fuera de las tierras romanas.
—¡Así que por eso no se los ve! —exclamó Cota.
—Sí, domínus. No van a ir hacia el sur por tierras romanas —dijo el
germano.
Cota volvió con Marco Antonio Meminio y le comunicó la noticia con una
gran sonrisa.
—¡Corred la voz, Marco Meminio, y lo antes posible! Hay que enterrar
esos cadáveres antes de que se contaminen tierras y aguas, pues la peste
causaría mayores males a las gentes de Arausio que los germanos —dijo Cota—.
¿Dónde se encuentra Quinto Servilio Cepio? —añadió, ceñudo, mordiéndose el
labio.
—Camino de Roma, Marco Aurelio.
—¿Qué decís...?
—Salió hacia Roma con su hijo sin pérdida de tiempo para llevar la
noticia —respondió Meminio, sorprendido.
—¡Ah, claro! —exclamó cabizbajo Cota—. ¿Viaja por tierra?
—Claro, Marco Aurelio. Le facilité calesines de cuatro mulas de mis
propios establos.
Cota se puso en pie animado por una nueva energía.
—Llevaré a Roma la noticia de Arausio —dijo—. Volaré si es necesario y
llegaré antes que Quinto Servilio. ¡Lo juro! Marco Meminio, dadme el mejor
caballo que podáis. Saldré para Massilia en cuanto amanezca.
Cabalgó al galope hasta Massilia, sin escolta, cambiando de caballo en
Glanum y en Aquae Sextiae, llegando al mar siete horas después de salir de
Arausio. En el gran puerto fundado por los griegos siglos antes nada se sabía
de la gran batalla librada hacía cuatro días, pero Cota se encontró la ciudad
—tan elegante y griega, blanca y luminosa— embargada por un ambiente de temor
ante la llegada de los germanos.
La casa del etnarca destacaba entre las demás, y hacia ella se encaminó
Cota con toda la arrogancia y premura de un magistrado curul romano que va a un
negocio concreto. Como Massilia gozaba de amistosas relaciones con Roma sin
someterse a la ley romana, Cota podría haber sido cortésmente despedido, pero
no fue así, naturalmente. Sobre todo después de que el etnarca y algunos de sus
consejeros que vivían cerca escucharon lo que les expuso.
—Quiero el barco más rápido de que dispongáis y los mejores marineros y
remeros de Massilia —dijo—. Sin carga que disminuya su marcha, pero llevaré dos
equipos de reserva de remeros pór si hay que remar contra el viento o en mala
mar. ¡Porque os juro, etnarca Arístides, que estaré en Roma dentro de tres
días, aunque sea necesario remar todo el día! No navegaremos costeando, sino en
línea recta hasta Ostia, tal como sepa el mejor piloto de Massilia. ¿Cuándo es
la próxima marea?
—Tendréis el barco y la tripulación al amanecer, Marco Aurelio,
precisamente a la hora de la nueva marea —contestó el etnarca con amable voz—.
¿Quién paga? —añadió, tosiendo con gran delicadeza.
Un típico griego de Massilia, se dijo Cota para sus adentros. —Hacedme
una factura —contestó—. Paga el Senado y el pueblo de
Roma.
Inmediatamente le hicieron la factura; Cota miró el precio astronómico y
lanzó un gruñido.
—Es una tragedia que las malas noticias cuesten tanto como una nueva
guerra contra los germanos —dijo, mirando al etnarca Arístides—. ¿No me
rebajáis unas dracmas?
—Sí que es una tragedia —repitió el etnarca con voz pausada—, pero los
negocios son los negocios. Ese es el precio, Marco Aurelio. Tomadlo o dejadlo.
—Lo tomo —respondió Cota.
Cepio y su hijo no se molestaron en dar un rodeo y hacer la obligada
etapa en Massilia que habría efectuado cualquier viajero por carretera. Nadie
sabía mejor que Cepio —que había estado un año en Narbo y otro en
Hispania cuando era pretor— que los vientos siempre soplaban en sentido
adverso en el Sinus Gallicus. Él seguiría la Vía Domicia por el valle del río
Druentia, cruzaría la Galia itálica por el paso del Mons Genava y seguiría a la
mayor velocidad posible por la Via Emilia y la Via Flaminia. Esperaba poder
cubrir setenta millas diarias si obtenía buenos animales de refresco en las
paradas y esperaba que su imperium proconsular se lo facilitase. Y así fue.
Conforme transcurrían las millas, Cepio comenzó a sentirse seguro de que
llegaría incluso antes que el correo senatorial. Había cruzado con tanta
rapidez los Alpes, que los voconcios, siempre al acecho de viajeros romanos
vulnerables que transitaban por la Via Domicia, no tuvieron ni tiempo de
organizar un ataque contra los dos calesines al galope.
Cuando llegó a Ariminum, al final de la Via Emilia, estaba seguro de que
cubriría la distancia entre Arausio y Roma en siete días, gracias a las buenas
calzadas y numerosas mulas de refresco. Y comenzó a tranquilizarse. Podía estar
exhausto y sufrir una cefalea fenomenal, pero sería su versión de lo que había
sucedido en Arausio la primera que conocería Roma, y eso constituiría nueve
décimas partes a su favor. Cuando aparecieron los Fanum Fortunae y los
calesines tomaron por la Via Flaminia para cruzar los Apeninos y descender al
valle del Tíber, Cepio se consideró vencedor. Su versión de la batalla de
Arausio sería la que Roma tomaría por la verídica.
Pero la Fortuna tenía otro favorito. Marco Aurelio Cota cruzó el Sinus
Gallicus desde Massilia a Ostia con vientos que oscilaron entre ideales y
nulos; una travesía muchísimo mejor que la previsible. Cuando caía el viento,
los remeros profesionales se sentaban a los portarremos, el hortator comenzaba
a marcar el ritmo con el tambor y treinta musculosas espaldas se aplicaban a la
tarea con tesón. Era un barco pequeño, construido para la navegación rápida más
que para la mercante, y a Cota se le antojaba sospechosamente una nave de
guerra massiliota, bien que no estaban permitidas sin previo consentimiento de
Roma. Sus dos bancos de remos, quince por cada borda, estaban acoplados a los
portarremos protegidos por unas cubiertas a las que fácilmente se habría podido
adaptar una fila de fuertes escudos para convertirlas en plataformas de combate
en un abrir y
cerrar de ojos; y aquella grúa aparejada en la cubierta de popa era de
una extraña construcción. ¿No iría allí alojada una fuerte catapulta?, se
preguntaba Cota. La piratería era una provechosa industria que abundaba de un
extremo a otro del Mediterráneo.
Sin embargo, no era hombre que pusiese objeciones a un regalo de la
Fortuna. Así que se limitó a asentir con la cabeza sin gran convicción cuando
el capitán le explicó que se dedicaba al transporte de pasajeros y que las
cubiertas de los portarremos eran idóneas para que éstos estirasen las piernas,
ya que los camarotes eran algo rudimentarios. Antes de zarpar, el capitán le
había hecho ver que dos equipos de remeros de reserva era excesivo, dado que
sus hombres eran los mejores de la profesión y sabrían mantener una buena
velocidad con un solo equipo. Y Cota se alegraba de haber accedido, pues así
llevaban menos peso y el viento permitía descansar a los remeros cuando
parecían estar a punto de agotarse.
El barco había zarpado del magnífico puerto de Massilia al amanecer del
día once de octubre y echaba el ancla en el paupérrimo puerto de Ostia el día
anterior a los idus, tres días más tarde exactamente. A las tres horas, Cota
entraba en casa del cónsul Publio Rutilio Rufo, espantando a los clientes como
un zorro a las gallinas.
—¡Fuera! —gritó al que estaba sentado en la silla ante el escritorio de
Rutilio Rufo, dejándose caer agotado en ella, mientras el cliente se apresuraba
a salir del despacho.
A mediodía se había convocado al Senado a una reunión urgente en la
curia hostilia; Cepio y su hijo trotaban en aquel momento por las últimas
millas de la Via Emilia.
—Dejad las puertas abiertas —dijo Publio Rutilio Rufo al jefe de los
empleados—. De esta reunión debe ser testigo el pueblo. Y que todo lo que se
diga se tome palabra por palabra y quede transcrito.
Para la precipitación con que se había convocado, la asistencia fue
multitudinaria, ya que, de acuerdo con ese modo inexplicable con que las
noticias se difunden antes de darlas a la opinión, se había extendido ya el
rumor por Roma de que había habido una gran derrota en la Galia frente a
los germanos. La escalinata de la zona de comicios al pie de la curia
hostilia se iba llenando rápidamente de gente, igual que las escalinatas y
espacios cercanos.
Estando al corriente de las cartas de Cepio, protestando contra Malio
Máximo y exigiendo suprema autoridad, y temiendo que volviera a suscitarse el
debate, los padres conscriptos estaban nerviosos. Como hacía semanas que no
tenían noticias de Cepio, el esforzado Marco Emilio Escauro estaba en situación
de desventaja y lo sabía. Así, cuando el cónsul Rutilio Rufo mandó que las
puertas de la cámara permanecieran abiertas, Escauro no osó impugnarlo y mandar
cerrarlas. Ni tampoco Metelo el Numídico. Todas las miradas se centraban en
Cota, a quien se había dado una silla cerca del estrado en el que presidía la
silla curul de su cuñado Rutilio Rufo.
—Marco Aurelio Cota ha llegado a Ostia esta misma mañana —dijo Rutilio
Rufo—. Hace tres días estaba en Massilia y el día anterior se encontraba en
Arausio, cerca del punto de estacionamiento de nuestros ejércitos. Ruego a
Marco Aurelio Cota que tome la palabra y advierto a la cámara que esta reunión
quedará registrada palabra por palabra.
Naturalmente, Cota se había bañado y cambiado, pero eran evidentes las
huellas del cansancio en su rostro habitualmente rubicundo, y la pesadez de
gestos al ponerse en pie corroboraban su fatiga.
—Padres conscriptos, el día anterior al nones de octubre se entabló una
batalla en Arausio —comenzó diciendo Cota, sin necesidad de elevar la voz dado
el aplastante silencio de la cámara—. Los germanos nos aniquilaron. Han muerto
ochenta mil soldados.
Ni una exclamación, ni un murmullo. Nadie se movía, los senadores
permanecían sentados en profundo silencio, como si estuvieran en la cueva de la
Sibila de Cumas.
—Digo ochenta mil soldados, y no sólo eso: los muertos de las tropas
auxiliares son veinticuatro mil más, y no cuento los muertos de la caballería.
Con voz neutra e inexpresiva, Cota continuó explicando detalladamente al
Senado lo que había sucedido desde el momento en que él y sus cinco
compañeros habían llegado a Arausio, las infructuosas discusiones con
Cepio, el ambiente de confusión y malestar creado por la sarcástica actitud de
Cepio ante las órdenes de Malio Máximo y cómo algunos se habían puesto de su
parte, como era el caso del propio hijo de Cepio; el aislamiento del procónsul
Aurelio y su caballería para resultar militarmente eficaces.
—Los cinco mil soldados con sus auxiliares y todos los animales
perecieron en el campamento de Aurelio. El legado Marco Aurelio Escauro fue
hecho prisionero por los germanos y de él hicieron víctima ejemplar. Le
quemaron vivo, padres conscriptos. Y según me ha dicho un testigo presencial,
murió con gran entereza y valor.
Podían verse rostros demudados entre los senadores, porque la mayoría
tenían hijos, hermanos, primos y sobrinos en uno de los dos ejércitos; lloraban
en silencio, ahogando los sollozos en sus togas e inclinados en sus asientos,
tapándose el rostro con las manos. Sólo Escauro, príncipe del Senado, se
mantenía erguido, con dos rosas de rubor en las mejillas y la boca en un rictus
inmóvil.
—Todos los que estáis presentes sois responsables —prosiguió Cota—,
porque en la delegación que enviasteis no había ningún senador con categoría
consular, y yo, un simple ex pretor, era el único magistrado curul de los seis.
Como consecuencia, Quinto Servilio Cepio se negó a tratar con nosotros de igual
a igual por linaje y alcurnia. Ni por experiencia. No, él interpretó nuestra
insignificancia, nuestra poca influencia, como indicio de que el Senado le
respaldaba en su desacato a Cneo Malio Máximo. ¡Y con toda la razón, padres
conscriptos! ¡Si hubieseis querido que Quinto Servilio obedeciese la ley,
subordinándose al cónsul del año, habríais enviado una delegación de categoría
consular! Pero no lo hicisteis. Enviasteis deliberadamente cinco pedarii y un
ex pretor a tratar con uno de los miembros de esta cámara más antiguos y más
obstinadamente elitistas.
No se alzaba ninguna cabeza y cada vez había mayor número de ellas
ocultas bajo la toga. Pero Escauro, príncipe del Senado, seguía erguido como un
palo, sin quitar sus ojos de brasa del rostro de Cota.
—La rencilla entre Quinto Servilio Cepio y Cneo Malio Máximo impidió la
unión de sus fuerzas y, en lugar de disponer de un sólido ejército
de no menos de diecisiete legiones y más de cinco mil caballos, Roma
puso en el campo de batalla dos ejércitos a veinte millas de distancia entre
sí, con el más pequeño cerca del avance germano y alejado del cuerpo de
caballería. Quinto Servilio Cepio me dijo en persona que no pensaba compartir
su triunfo con Cneo Malio Máximo y que había situado expresamente su ejército
demasiado al norte del de Cneo Malio para que éste no pudiera participar en el
combate.
Cota cobró aliento de forma tan ruidosa en aquel silencio, que Rutilio
Rufo tuvo un sobresalto. Escauro no. Junto a Escauro, Metelo el Numídico asomó
despacio bajo la toga su rostro impertérrito.
—Aun dejando a un lado la desastrosa querella entre ambos, padres
conscriptos, lo cierto es que ni Quinto Servilio ni Cneo Malio poseen
suficiente talento militar para vencer a los germanos. No obstante, de los dos
comandantes, es Quinto Servilio quien más reproches merece, pues no sólo fue
tan deleznable general como Cneo Malio, sino que además despreció la ley. ¡Se
puso por encima de la ley, la consideró un simple adminículo para inferiores!
Un auténtico romano, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado —esto lo dijo
dirigiéndose al portavoz de la cámara, que no se inmutó—, pone la ley por
encima de todo, consciente de que bajo su imperio no existen diferencias
sociales, sino un sistema de comprobaciones y equilibrios que hemos
expresamente dispuesto para que nadie se considere por encima de sus
semejantes. Pero Quinto Servilio Cepio se comportó como el primer hombre de
Roma. ¡Pero según la ley, él no puede ser primer hombre de Roma! Así, yo os
digo que Quinto Servilio transgredió la ley, mientras que Cneo Malio es
simplemente un general inepto.
Nadie hablaba ni se movía, y Cota lanzó un suspiro.
—Arausio es un desastre peor que el de Cannas, colegas senadores. Ha
perecido la flor y nata de Roma. Lo sé porque estaba allí. Puede que hayan
sobrevivido trece mil soldados, y éstos, las tropas más bisoñas, huyeron sin
orden ni concierto, abandonando armas y corazas en el campo para cruzar el
Rhodanus a nado. Aún siguen desperdigados y errabundos por el margen occidental
del río, y por algunos informes que he recibido, se hallan tan
atemorizados por los germanos, que prefieren ocultarse a correr el
riesgo de que los recuperen para volver a alistarlos en el ejército romano.
Tratando de detener esa fuga masiva, el tribuno Sexto Julio César fue arrollado
por sus propias tropas. Me complace informar que vive, pues yo mismo le hallé
en el campo de batalla, donde había sido dado por muerto por los germanos. Yo y
mis compañeros, un total de veintinueve, fuimos los únicos que pudimos socorrer
a los heridos; durante casi tres días no nos ayudó nadie. Aunque la mayoría de
los caídos en el campo de batalla eran cadáveres, no cabe duda de que han
muerto algunos que podrían haber salvado la vida de haber habido alguien a mano
que los auxiliase.
Pese a su férreo autodominio, Metelo el Numídico comenzó a menear
insistentemente la cabeza. Cota lo advirtió y miró al enemigo de Cayo Mario,
que era amigo personal suyo, pues Cota no era ferviente partidario de Mario.
—Vuestro hijo, Quinto Cecilio Metelo el Numidico, ha sobrevivido
indemne, pero no es un cobarde. Salvó al cónsul Cneo Malio y a algunos de su
estado mayor. Sin embargo, si han perecido los dos hijos de Cneo Malio. De los
veinticuatro tribunos militares electos, sólo han salvado la vida tres, Marco
Livio Druso, Sexto Julio César y Quinto Servilio Cepio hijo. Marco Livio y
Sexto Livio están gravemente heridos. Quinto Servilio hijo, que mandaba la
legión de tropas más bisoñas cerca del río, se salvó cruzándolo a nado, ignoro
en qué circunstancias de integridad personal.
Cota hizo una pausa para carraspear, preguntándose si el gran alivio en
la mirada de Metelo el Numidico era principalmente porque se hubiese salvado su
hijo o por haberse enterado de que no había sido un cobarde.
—Pero estas bajas no son nada comparadas con el hecho de que ningún
centurión veterano de ninguno de los dos ejércitos ha sobrevivido. ¡Roma se ha
quedado sin oficiales, padres conscriptos! El gran ejército de la Galia
Transalpina no existe. —Hizo otra pausa—. Nunca existió, por culpa de Quinto
Servilio Cepio.
Afuera de las grandes puertas de bronce de la curia hostilia, los que
estaban más cerca para oír lo que se decía iban difundiendo las noticias y la
multitud seguía aumentando y ahora se extendía por el Argiletum, el Clivus
Argentarius, el bajo Foro Romano y por detrás de la fuente de los
Comicios. Era una muchedumbre gigantesca pero silenciosa: lo único que se oía
eran sollozos. Roma había perdido la batalla crucial y los germanos tenían vía
libre hacia la península itálica.
Antes de que Cota pudiera sentarse, se oyó hablar a Escauro.
—¿Y dónde se hallan en este momento los germanos, Marco Aurelio?
¿Estaban muy al sur de Arausio cuando salisteis para traer la noticia?
—Sinceramente, no lo sé, príncipe del Senado. Cuando concluyó la
batalla, que sólo duró cuestión de una hora, los germanos volvieron grupas
hacia el norte, por lo visto para recoger sus carros, mujeres y niños, que
habían dejado al norte del campamento de caballería. Pero cuando yo salí no
habían vuelto. Hablé con un germano que Marco Aurelio Escauro había tenido de
intérprete cuando vinieron los jefes germanos a parlamentar, a quien al
capturar y reconocer como germano no hicieron daño, y, según él, los bárbaros
discutieron y se dividieron en tres grupos. Por lo visto ninguno de estos tres
grupos se siente con suficiente valor para continuar solo hacia el sur por
nuestro territorio y se dirigen a Hispania por diversas rutas a través de las
tierras de los galos cabelludos. Pero esa rencilla la indujo el vino romano
cobrado en el botín y no puede preverse si será duradera. Tampoco es muy seguro
que el intérprete dijera la verdad o parte de la verdad. Dice que se escapó y
regresó porque ya no quiere ser germano, pero pudiera ser que los propios
germanos le enviasen para disipar nuestros temores y hacer más fácil presa en
nosotros. Lo único que puedo deciros con certeza es que cuando yo partí no
había indicios de movimiento germano hacia el sur —respondió Cota, tomando
asiento.
Rutilio Rufo se puso en pie.
—No es ocasión para entrar en debate, padres conscriptos —dijo—. Ni para
recriminaciones y más enfrentamientos. Hoy es día de acción.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! —exclamó alguien en las filas de atrás. —Mañana
son los idus de octubre —prosiguió Rutilio Rufo— y eso
quiere decir que ha concluido la temporada de campañas. Pero nos queda
muy poco tiempo si queremos evitar que los germanos invadan Italia en cualquier
momento, como parece probable. He formulado un plan de
actuación que voy a presentaros, pero antes voy a hacer una solemne
advertencia. Al menor signo de discusión, disensión o cualquier otra forma de
partidismo en la cámara, presentaré el plan al pueblo y haré que lo apruebe la
Asamblea de la plebe. Así, os privaré, conscriptos padres, de vuestra
prerrogativa a dirigir los asuntos relativos a la defensa de Roma. La conducta
de Quinto Servilio Cepio es exponente de la gran debilidad de la institución
senatorial, es decir, su negativa a admitir que la casualidad, la fortuna y la
suerte a veces se concatenan y hacen surgir hombres de las capas sociales más
bajas con grandes dotes que todos nosotros consideramos inherentes al linaje y
a la tradición para gobernar al pueblo de Roma y tener el mando de sus ejércitos.
Se había dado la vuelta, dirigiendo la voz hacia las puertas abiertas, y
su palabra se difundía por encima de la multitud hacia la zona de los comicios.
—Vamos a necesitar todos los hombres útiles de toda Italia, eso desde
luego. Desde los del censo por cabezas hasta las órdenes y clases del Senado,
¡todos los hombres útiles! Por lo tanto os pido un decreto pidiendo a la
Asamblea de la plebe que redacte inmediatamente una ley prohibiendo a todo el
que tenga entre diecisiete y treinta y cinco años abandonar las costas de
Italia o cruzar el Arnus y el Rubico hacia la Galia itálica. Mañana quiero que
haya correos dispuestos para dirigirse al galope a todos los puertos de la
peninsula con órdenes para que ninguna nave acepte hombres libres útiles como
marineros ni pasajeros. Eludir el servicio militar se penará con la muerte,
tanto por parte del que lo eluda como del que lo consienta.
Nadie decía una palabra; ni Escauro, príncipe del Senado, ni Metelo el
Numídico, ni Metelo Dalmático, pontífice máximo, ni Ahenobarbo padre, ni Catulo
César, ni Escipión Nasica. Bien, pensó Rutilio Rufo. Así no habrá oposición a
la ley.
—Todo el personal disponible será enviado a reclutar soldados de todas
las clases desde el censo por cabezas hasta la senatorial. Y eso significa,
padres conscriptos, que los que entre vosotros tengan treinta y cinco años o
menos irán inmediatamente destinados a las legiones, independientemente del
número de campañas en que hayáis servido anteriormente. Si aplicamos
la ley con energía, conseguiremos soldados. Si no, mucho me temo que no
obtengamos los precisos. Quinto Servilio limpió las últimas bolsas de pequeños
propietarios en toda Italia y Cneo Malio alistó a casi setenta mil proletarios
del censo por cabezas como soldados o tropas auxiliares.
"Así que tendremos que tener en cuenta los ejércitos que tengamos
en otros países. En Macedonia sólo disponemos de dos legiones, las dos
auxiliares y a las que posiblemente sea imposible desplazar. En Hispania, dos
legiones en la provincia Ulterior y una en la Citerior; dos de ellas son
romanas y la otra de tropas auxiliares, y no sólo tienen que permanecer allí,
sino que deben reforzarse notablemente ya que los germanos se proponen invadir
Hispania.
Hizo una pausa, y Escauro, príncipe del Senado, se hizo oir por fin.
—¡Adelante, Publio Rutilio! —exclamó enojado—. ¡Pasad a Africa y a
Cayo Mario!
Rutilio Rufo parpadeó, fingiendo sorpresa.
—¡Ah, gracias, príncipe del Senado, gracias! ¡Si no lo hubierais
mencionado, podría haberlo olvidado! ¡Por algo os llaman el perro guardián del
Senado! ¿Que haríamos sin vos?
—¡Ahorraos vuestros sarcasmos, Publio Rutilio! —masculló Escauro
—. ¡ Continuad!
—¡Desde luego! Hay tres aspectos de la guerra en Africa que deseo
mencionar. El primero es su acertada conclusión, con un enemigo
totalmente batido, un rey enemigo con su familia que en estos momentos se
encuentra en Roma como rehén en casa de nuestro noble Quinto Cecilio Metelo el
Meneítos... oh, os ruego que me perdonéis, Quinto Cecilio, el Numídico, quería
decir. Bien, que se encuentra aquí en Roma.
—El segundo aspecto —prosiguió— es la existencia de un ejército de seis
legiones formadas por proletarios, sí, pero estupendamente entrenados,
valientes y con excelentes oficiales, desde los centuriones más jóvenes y
cadetes tribunos hasta los legados. Y cuenta con una fuerza de caballería de
dos mil jinetes igualmente avezados y valientes.
Rutilio Rufo se detuvo, dio media vuelta y dirigió a los senadores una
sonrisa de lobo.
—El tercer aspecto, padres conscriptos, es un hombre. Un solo hombre. Me
refiero, naturalmente, al procónsul Cayo Mario, comandante en jefe del ejército
de Africa y único artífice de una victoria tan absoluta que merece parangón con
las victorias de Escipión Emiliano. El peligro en Africa para los ciudadanos de
Roma, sus propiedades, su provincia y el abastecimiento de trigo ha
desaparecido. De hecho, Cayo Mario nos ha legado una Africa tan pacificada que
ni siquiera es necesario dejar allí una legión para guarnecerla.
Bajó del estrado en el que estaban las sillas curules y por las losas
blancas y negras del antiguo suelo se dirigió a las puertas, desde donde
llegara su voz al Foro.
—Roma necesita un general más que soldados y centuriones. Como dijo en
cierta ocasión el propio Cayo Mario en esta misma cámara, millares y millares
de soldados romanos han perecido en los pocos años que van desde la muerte de
Cayo Graco... ¡única mente por la incompetencia de los hombres que los mandaban
a ellos y a los centuriones! Y cuando Cayo Mario dijo estas palabras, Italia
tenía cien mil hombres más de los que tiene en este momento. ¿Y cuántos
soldados, centuriones y fuerzas auxiliares ha perdido Cayo Mario?
¡Prácticamente ninguno, padres conscriptos! Hace tres años llevó seis legiones
a Africa y aún cuenta con esas seis legiones en perfecto estado. ¡Seis legiones
veteranas, seis legiones con centuriones!
Hizo una pausa y alzó la voz cuanto podía.
—¡Cayo Mario es la solución a la necesidad que tiene Roma de un general
competente!
Su silueta pequeña y delgada se destacó unos instantes contra la masa de
los que escuchaban en el porche, mientras regresaba a lo largo de la cámara
hasta el estrado, donde se detuvo.
—Habéis escuchado a Marco Aurelio Cota decir que había habido una
rencilla entre los germanos, y que de momento parece que han desistido de
migrar a través de la provincia de la Galia Transalpina. Creo que no deberíamos
quedarnos tan tranquilos por ese informe. Debemos tomarlo con escepticismo y
que no nos haga incurrir en mayores necedades. No obstante, un hecho parece
cierto: disponemos de este invierno para
prepararnos. Y la primera fase de preparación debe ser nombrar a Cayo
Mario procónsul en la Galia, con un imperium que no se le derogue hasta que
venzamos a los germanos.
Se oyó un murmullo generalizado, precursor de protestas. Y luego se alzó
la voz de Metelo el Numídico.
—¿Dar a Cayo Mario el gobierno de la Galia Transalpina con imperium
proconsular de varios años? —inquirió con tono de incredulidad—. ¡Por encima de
mi cadáver!
Rutilio Rufo dio una patada y esgrimió el puño.
—¡Ah, por los dioses, ya empezamos! —exclamó—. Quinto Cecilio, ¿aún no
entendéis la magnitud de nuestros apuros? ¡Necesitamos un general de la
categoría de Cayo Mario!
—Necesitamos sus tropas —replicó Escauro, príncipe del Senado, alzando
la voz—. ¡No necesitamos a Cayo Mario! Hay otros tan buenos como él.
—¿Os referís a vuestro amigo Quinto Cecilio el Meneitos, Marco Aurelio?
—replicó Rutilio Rufo con ironía—. ¡No digáis bobadas! Quinto Cecilio estuvo
dos años en Africa perdiendo el tiempo; lo sé porque yo estaba allí. Yo he
servido con Quinto Cecilio, y lo de Meneítos es un buen epíteto para él, porque
es tan indeciso calculando como una mujer veleidosa. Y también he colaborado
con Cayo Mario, y quizá no sea pedir demasiado que algunos miembros de esta
cámara recuerden que yo mismo no soy de despreciar en el terreno militar. ¡A mi
se me habría debido dar el mando en la Galia Transalpina y no a Cneo Malio
Maximo! Pero eso es agua pasada y no tengo tiempo que perder en reproches.
"¡Os repito, padres conscriptos, que la apurada situación de Roma
exige urgentemente que cese ese alcahueteo de unos cuantos en la cima de este
noble árbol! Os lo repito, padres conscriptos, a los que os sentáis en el
tercio medio de los dos lados de esta cámara, a los que os sentáis en el tercio
posterior de ambos lados de esta cámara, que sólo hay un hombre con capacidad
para conjurar este peligro! ¡Y que ese hombre es Cayo Mario! ¡Qué importa que
no figure en el registro genealógico! ¿Qué más da que no sea un romano
descendiente de romanos? ¡Quinto Servilio Cepio es un
romano auténtico y mirad dónde nos ha dejado! ¿Sabéis dónde nos ha
dejado? ¡En la pura mierda!
Rutilio Rufo clamaba indignado y con miedo, miedo de que no
comprendieran el motivo de su propuesta.
—¡Honorables miembros de esta cámara, hombres de bien, compañeros
senadores! ¡Os suplico que en esta ocasión dejéis a un lado vuestros
prejuicios! ¡Tenemos que dar a Cayo Mario poder proconsular en la Galia
Transalpina todo el tiempo que sea preciso hasta que los germanos retrocedan a
Germania!
Esta última súplica apasionada dio resultado. Se había hecho con ellos.
Escauro lo sabía y Metelo el Numídico también se daba cuenta.
El pretor Manio Aquilio se puso en pie; era un hombre de probada
alcurnia, pero de una familia cuya historia estaba sembrada de más actos de
codicia que de gloria. Había sido su padre quien, en las guerras ulteriores a
cuando el rey Atala de Pérgamo legó su reino a Roma, había vendido todo el
tertitorio de Frigia al rey Mitrídates del Ponto por una gran suma de oro,
dejando por ello el misterioso oriente de la Asia Menor occidental.
—Publio Rutilio, pido la palabra —dijo.
—Hablad —contestó Rutilio Rufo, sentándose, agotado.
—¡Pido la palabra! —exclamó irritado Escauro, príncipe del Senado.
—Después de Manio Aquilio —dijo Rutilio Rufo conciliador.
—Publio Rutilio, Marco Emilio, padres conscriptos —comenzó correctamente
Aquilio—, coincido con el cónsul en que sólo hay un hombre con capacidad para
sacarnos de apuros, y estoy de acuerdo en que ese hombre es Cayo Mario. Pero la
solución que nuestro estimado cónsul propone no es la adecuada. No podemos
restar posibilidades a Cayo Mario con un imperium proconsular limitado a la
Galia Transalpina. En primer lugar, ¿qué sucederá si la guerra trasciende de la
Galia Transalpina? ¿Qué sucederá si se extiende a la Galia itálica, a Hispania
o a la propia Italia? ¡Pues que el mando pasaría automáticamente al gobernador
correspondiente o al cónsul del año! Cayo Mario cuenta con muchos enemigos en
esta cámara. Y yo, para empezar, no estoy muy seguro de que esos enemigos
antepongan el interés de Roma a sus rencores. La negativa de Quinto
Servilio Cepio a colaborar con Cneo Malio Máximo constituye inequívoco
ejemplo de lo que sucede cuando un miembro de la antigua nobleza antepone su
dignitas a la dignitas de Roma.
—¡Estáis en un error, Manio Aquilio! —interpeló Escauro—. ¡Quinto
Servilio mantuvo su dignitas idéntica a la de Roma!
—Os agradezco la rectificación, príncipe del Senado —replicó Aquilio,
tranquilo y con una inclinación de cabeza que no podía tacharse de irónica
—. Hacéis muy bien en corregirme. ¡La dignitas de Roma y la de Quinto
Servilio Cepio son idénticas! Pero ¿por qué sostener que la dignitas de Cayo
Mario sea inferior a la de Quinto Servilio Cepio? ¡Qué duda cabe de que la
contribución personal de Cayo Mario es bastante alta, si no más alta, a pesar
de que sus antepasados no tuvieran nada! ¡La carrera personal de Cayo Mario es
ilustre! ¿Piensa, por ello, algún miembro de esta cámara que Cayo Mario
anteponga Arpinum a Roma? ¿Cree seriamente algún miembro de esta cámara que
Cayo Mario piensa en Arpinum como si no fuese una parte integrante de Roma?
¡Todos nosotros tenemos antepasados que fueron hombres nuevos! ¡Hasta Eneas,
que llegó al Lacio desde la lejana Ilión! ¡El era un hombre nuevo! Cayo Mario
ha sido pretor y cónsul, ennobleciéndose con ello, y sus descendientes serán
nobles hasta el final de los tiempos.
La mirada de Aquilio recorrió las filas de togas blancas.
—Veo hoy aquí a varios padres conscriptos que llevan el nombre de Porcio
Catón. Pues su abuelo era un hombre nuevo. Sin embargo, ¿no consideramos hoy a
estos Porcios Catones pilares de esta cámara, nobles descendientes de un hombre
que en su día causaba el mismo efecto en romanos con el nombre de Cornelio
Escipión, del mismo modo que Cayo Mario lo causa hoy en otros con el nombre de
Cecilio Metelo?
Se encogió de hombros, bajó del estrado e imitó a Rutilio Rufo, cruzando
la cámara para situarse junto a las puertas abiertas.
—Es Cayo Mario y no otro quien debe ostentar el mando supremo contra los
germanos. ¡Independientemente de donde se plantee la guerra! Por consiguiente,
no basta con investir a Cayo Mario con imperium proconsular limitado a la Galia
Transalpina.
Se volvió de cara a los senadores y elevó la voz tonante.
—Como es evidente, Cayo Mario no se halla aquí para dar su opinión, y el
tiempo corre como un corcel desbocado. Cayo Mario debe ser cónsul. Es el único
modo de concederle el poder que va a necesitar. ¡Hay que hacerle candidato a
las próximas elecciones consulares... candidato in absentia!
Se alzó un creciente murmullo de protesta, pero Manio Aquilio prosiguió
y logró atraer la atención de los senadores.
—¿Puede alguien aquí negar que los hombres de las centurias son lo mejor
del pueblo? Pues yo os digo, ¡dejad que decidan los hombres de las centurias!
¡Que elijan cónsul a Cayo Mario in absentia o que no lo elijan! Porque la
decisión de conceder el mando supremo es de suma responsabilidad para que la
adopte esta cámara. Y también lo es para la Asamblea de la plebe o para todo el
pueblo. ¡Yo os digo, padres conscriptos, que la decisión de otorgar el mando
supremo en la guerra contra los germanos debe trasladarse a esa capa del pueblo
romano que más cuenta, los ciudadanos de primera y segunda clase que voten en
su propia asamblea comitia centuriata!
¡Ah, aquí tenemos a Ulises!, pensó Rutilio Rufo. ¡Nunca se me habría
ocurrido! Ni lo apruebo. Pero, qué duda cabe que ha neutralizado a la facción
de Escauro. No, desde luego, no habría dado resultado plantear la cuestión del
imperium de Cayo Mario a las tribus del pueblo y que el asunto lo hubiesen
dirigido los tribunos de la plebe en un ambiente de gritos, chillidos y hasta
de disturbios. Para hombres como Escauro, la Asamblea de la plebe es una excusa
para alegar que es el populacho quien gobierna Roma. Pero los ciudadanos de
primera y segunda clase ¡sí son una clase distinta de romanos! Pero que muy
hábil, Manio Aquilio.
Primero propones algo inaudito, como es que se elija a alguien cónsul
cuando ni siquiera está presente para asumir el cargo, y luego haces saber a la
facción de Escauro que debe someterse la decisión a los mejores ciudadanos de
Roma. Y si esta ciudadanía ejemplar de Roma no quiere a Cayo Mario, lo único
que tiene que hacer es organizar la primera y segunda clase de las centurias
para que vote por otros dos hombres. Si quieren a Cayo Mario, lo que deben
hacer es votarle a él y a otro. Y apostaría que la
tercera clase no va a tener la posibilidad de votar. El elitismo queda
satisfecho.
La única objeción legal de poca monta es esa condición in absentia.
Manio Aquilio tendrá que recurrir en eso a la Asamblea de la plebe, porque el
Senado no se lo concederá. ¡Hay que ver cómo se retuercen de contento en sus
bancos los tribunos de la plebe! Ellos no plantearán el veto; presentarán la
dispensa in absentia a la Asamblea y ésta, deslumbrada por el espectáculo de
diez tribunos de la plebe totalmente de acuerdo, dictará una ley especial que
permita elegir cónsul a Cayo Mario in absentia. Si, claro, Escauro, Metelo el
Numídico y los demás harán mención del poder vinculante de la lex Villia
annalis que estipula que nadie puede volver a ser cónsul hasta transcurridos
diez años. Pero Escauro, Metelo el Numídico y los suyos van a perder.
Hay que tener ojo con este Manio Aquilio, se dijo Rutilio Rufo,
volviéndose en su silla para mirar. ¡Sorprendente!, pensó. Se pasan años
sentados, tan recatados y amables como una virgen vestal, y luego, de repente,
se presenta la oportunidad, se quitan la piel de cordero y aparece el lobo.
Manio Aquilio, eres un lobo.
* * *
Poner orden en Africa era un placer, no sólo para Cayo Mario, sino
también para Lucio Cornelio Sila. Cierto que habían cambiado los deberes
militares por tareas administrativas, pero a ninguno de los dos le desagradaba
el desafío de reorganizar totalmente la provincia africana y los dos reinos
circundantes.
Ahora era Gauda el rey de Numidia; no es que fuese un personaje de mucho
fuste, pero tenía a su hijo, el príncipe Hiempsal, que sería rey a no tardar,
pensaba Mario. Recuperada su categoría oficial de amigo y aliado del pueblo de
Roma, Boco de Mauritania se vio con un reino notablemente ampliado por la
cesión de la Numidia occidental. Donde antes el río Muluya marcaba la frontera
oriental, habia ahora una región de cincuenta millas en dirección de Cirta y
Rusicade. La mayor parte de Numidia oriental había
quedado incorporada a una provincia africana mucho más grande gobernada
por Roma, de modo que Mario pudo otorgar a los caballeros y terratenientes
clientes suyos las ricas tierras costeras de la Sirte menor, incluida la
antigua y aún poderosa ciudad púnica de Leptis Magna, así como el lago Tritonis
y el puerto de Tacape. Para uso propio, él se reservó las grandes y fértiles
islas de la Sirte menor, pues tenía proyectos para ellas, sobre todo para
Meninx y Cercina.
—cuando hayamos licenciado al ejército —dijo Mario a Sila—, existe el
problema de qué hacer con los hombres. Son todos del censo por cabezas, lo que
significa que no tienen tierras ni negocios a los que volver. Podrán alistarse
en otros ejércitos, y supongo que es lo que hará la mayoría, pero no todos. No
obstante, el Estado es el dueño del equipo y no podrán quedárselo, lo cual
quiere decir que sólo podrán alistarse en ejércitos de proletarios. Como
Escauro y Metelo se oponen en el Senado a que el Estado financie esta clase de
ejército, creo que son escasas las posibilidades futuras de este tipo de tropa,
al menos hasta que se contenga a los germanos. ¿No sería estupendo participar
en esa campaña, Lucio Cornelio? Ah, pero nunca lo consentirían.
—Yo daría mis colmillos —dijo Sila.
—Puedes ahorrártelos —replicó Mario.
—Sigue con lo que decías de los que quieran licenciarse —añadió Sila.
—Creo que el Estado debe a los soldados proletarios algo más que su
parte del botín al final de la campaña. Yo creo que debía recompensarlos
con una parcela para que tengan con qué vivir cuando se retiren. En otras
palabras, hacerlos ciudadanos dignos con algunos medios.
—¿Una versión militar de los asentamientos que intentaron introducir los
Gracos? —inquirió Sila, frunciendo algo el entrecejo.
—Exacto. ¿Por qué no te parece bien?
—Pensaba en la oposición del Senado.
—Bien, a mí se me ha ocurrido que esa oposición sería menor si la tierra
en cuestión no fuese ager publicus en el término de Roma, porque bastaría con
insinuar que se tocase el ager publicus para buscar jaleo. No, esas tierras las
arriendan gente muy poderosa. Lo que tengo pensado es
solicitar permiso al Senado, o al pueblo, si el Senado lo deniega, para
asentar a los soldados proletarios en buenas parcelas en Cercina y Meninx, aquí
en la Sirte africana. Dar a cada hombre cien iugera, pongamos por caso, y se
conseguirían dos cosas positivas para Roma. Primero, ese hombre y sus
compañeros constituirían el núcleo de un cuerpo entrenado que podría ser
llamado a filas en caso de otra guerra en Africa. Y segundo, esos hombres
traerían Roma a las provincias, sus ideas, sus costumbres, la lengua y el modo
de vida.
—No sé, Cayo Mario —dijo Sila—, a mi lo segundo me parece un error. Las
ideas, las costumbres y el idioma son cosas que pertenecen a Roma. Injertarlas
en el Africa púnica, con sus bereberes y sus moros, me parece una traición a
Roma.
Mario alzó los ojos al cielo.
—Lucio Cornelio, ¡cómo se ve que eres un aristócrata! Habrás vivido en
ambientes bajos, pero piensas como un elitista —dijo Mario, volviendo a lo que
estaba haciendo—. ¿Tienes las listas con todos los detalles del botín? Los
dioses nos valgan si se nos olvida detallar hasta el último clavo ¡y por
quintuplicado!
—Los empleados del erario, Cayo Mario, son las heces del pellejo de vino
romano —replicó Sila, rebuscando entre los papeles.
—De cualquier pellejo de vino, Lucio Cornelio.
En los idus de noviembre llegó carta a Utica del cónsul Publio Rutilio
Rufo. Mario había adoptado la costumbre de leerle las cartas a Sila, a quien
agradaba aquel estilo picante de Rutilio Rufo aún más que al propio Mario, por
ser más ilustrado. Sin embargo, Mario se hallaba solo en el despacho cuando le
trajeron la carta y esto le complació, porque así tenía ocasión de leerla
primero para familiarizarse con el texto, ya que le sacaba de quicio que Sila
le oyera susurrar silabeando las interminables frases tratando de dividirlas
por palabras.
Pero apenas acababa de empezar a leerla en voz alta, cuando se puso en
pie de un salto, estremecido.
—¡Por Júpiter! —exclamó, y salió apresuradamente a buscar a Sila.
Entró en su despacho, pálido y enarbolando el rollo.
—¡Lucio Cornelio, carta de Publio Rutilio!
—¿Y bien? ¿Qué sucede?
—Cien mil romanos muertos —comenzó a decir Mario, repitiendo en voz alta
trozos que ya había leído—. Ochenta mil son soldados... Los germanos nos
aniquilaron... Ese necio de Cepio se negó a unir su campamento con el de Malio
Máximo... se empeñó en quedarse veinte millas más al norte... el joven Sexto
César está gravemente herido, y el joven Sertorio... Sólo tres de los
veinticuatro tribunos militares han salvado la vida... No quedan centuriones...
Los soldados supervivientes eran la tropa más bisoña y han desertado...
Aniquilada una legión entera formada por los marsos; el pueblo marso ya ha
presentado una protesta al Senado... Reclama grandes daños, a través de los
tribunales si es preciso... También los samnitas están furiosos...
—¡Por Júpiter! —masculló Sila, arrellanándose desmayadamente en la
silla.
Mario siguió leyendo para sus adentros, murmurando de vez en cuando
frases para Sila, y luego hizo un ruido de lo más extraño; Pensando que le
había dado algún ataque, Sila se puso en pie de un respingo, pero, sin que le
diera tiempo a separarse del escritorio, supo el porqué.
—¡Soy... soy... cónsul! —musitó Mario, abrumado.
—¡Por Júpiter! —exclamó Sila, paralizado y boquiabierto.
Mario comenzó a leer en voz alta la carta de Rutilio Rufo, sin
preocuparse en si separaba mal las palabras.
No había acabado el día cuando el pueblo ya sabía la noticia. Mario
Aquilio ni siquiera tuvo tiempo de volver a su asiento antes de que los diez
tribunos de la plebe abandonaran su banco, cruzando como flechas la puerta
camino de la tribuna de los Espolones para dirigírse a la multitud reunida en
la fuente de los Comicios, que debía ser media Roma, pues la otra media llenaba
el bajo Foro. Naturalmente, el Senado en pleno siguió a los tribunos de la
plebe, dejando a Escauro y a nuestro querido amigo el Meneítos gritando ante
doscientas sillas tumbadas por el suelo.
Los tribunos de la plebe convocaron la Asamblea del pueblo y, sin
pérdida de tiempo, se plantearon dos plebiscitos. Siempre me sorprende que
seamos capaces en un abrir y cerrar de ojos de redactar mucho mejor algo que en
otras circunstancias otros tardan meses enteros. Lo que demuestra que esos
otros lo que hacen es desmenuzar buenas leyes y convertirlas en malas. Cota me
había dicho que Cepio venía camino de Roma a toda velocidad para imponer su
versión, pero que pretendía conservar su imperium quedándose fuera del pomerium
mientras su hijo y los suyos la difundían por la ciudad. De ese modo pensaba
quedar a salvo, protegido por su imperium, hasta que su versión de los
acontecimientos fuese la oficial. Me imagino que pensaría, sin duda con toda la
razón, conseguir una prórroga del cargo de gobernador conservando así el
imperium y la Galia Transalpina el tiempo suficiente hasta que se hubiese
disipado el escándalo.
Pero la plebe frustró sus deseos. Votaron de forma aplastante la
anulación inmediata de su imperium. Así que cuando Cepio llegue a las afueras
de Roma se encontrará más desnudo que Ulises en la playa. En el segundo
plebiscito, Cayo Mario, el funcionario electoral (yo) propuso incluir tu nombre
como candidato al consulado, pese a que no pudieras estar presente en Roma para
la fecha de las elecciones.
—¡Eso es obra de Marte y Belona, Cayo Mario! —exclamó Sila—. Un regalo
de los dioses de la guerra.
—¿Marte y Belona? ¡No! Esto es obra de la Fortuna, Lucio Cornelio.
¡Nuestra amiga la Fortuna!
Siguió leyendo:
Por cierto, una vez propuestos los plebiscitos, nada menos que Cneo
Domicio Ahenobarbo —me imagino que considerándolo interés privado, ya que se
las da de fundador de la provincia de la Galia Transalpina— intentó hablar
desde la tribuna de los Espolones en contra del plebiscito y de tu nombramiento
de cónsul in absentia. Bien, ya sabes lo coléricos que son en esa familia y lo
arrogantes y llenos de genio que se muestran todos. Pues
Cneo Domicio babeaba de rabia y cuando la multitud se cansó de oírle y
le abucheó, ¡él quiso hacerla callar! Y yo creo que por tratarse de Cneo
Domicio habría tenido bastantes posibilidades, pero algo falló en su cabeza o
en su corazón porque se desplomó allí mismo muerto más tieso que un pollo. Eso
apaciguó un tanto los ánimos, la Asamblea se levantó y la gente se fue a sus
casas. Pero lo importante ya estaba hecho.
Los plebiscitos se aprobaron al día siguiente por la mañana sin que
hubiese una sola tribu disconforme. Y así yo pude ponerme a organizar las
elecciones. Y no perdí el tiempo, créeme. Con una cortés solicitud al colegio
de tribunos de la plebe lo puse todo en marcha. A los pocos días habían elegido
al nuevo colegio, con unos miembros muy aguerridos y mejores; me imagino que
por tratarse de asuntos de guerra y de generales. Tenemos al hijo mayor del
dolorosamente finado Cneo Domicio Ahenobarbo y al hijo mayor del dolorosamente
finado Lucio Casio Longino. Tengo entendido que Casio se ha presentado para
demostrar que no todos los de su familia son irresponsables asesinos de
soldados romanos, así que te será de buena utilidad a ti, Cayo Mario. También
está Lucio Marcio Filipo y, figúrate, un Clodio del numeroso clan de los
Claudios Clodio. ¡Por los dioses, cómo se reproducen!
La Asamblea de las centurias votó ayer con el resultado de que, como
decía líneas más arriba, Cayo Mario fue elegido primer cónsul por todas las
centurias de la primera clase más todas las de la segunda clase necesarias para
alcanzar el cómputo. A algunos viejos senadores les habría gustado bloquear tus
posibilidades, pero es de dominio público tu condición de promotor honorable y
sincero partidario de los negocios (sobre todo después de tu escrupuloso
cumplimiento de todas las promesas que hiciste en Afríca), y los caballeros
votantes no han tenido remordimientos de conciencia ante minucias tales como
las de presentarte al segundo consulado al cabo de tres años o de ser candidato
a cónsul in absentia.
Mario levantó la vista del rollo con expresión eufórica.
—¿Qué te parece, Lucio Cornelio, ese mandato del pueblo? ¡Cónsul por
segunda vez y ni siquiera sabía que me presentaba! —añadió levantando los
brazos como si quisiera tocar las estrellas—. Llevaré a Roma a Marta la
adivina. ¡Verá con sus propios ojos mi triunfo y la toma de posesión el mismo
día, Lucio Cornelio! Porque acabo de tomar una decisión: celebraré mi triunfo
el día de Año Nuevo.
—Y saldremos para la Galia —añadió Sila, mucho más interesado en esa
perspectiva—. Es decir, si me llevas, Cayo Mario.
—¡Querido amigo, no podría pasarme sin ti! ¡Ni sin Quinto Sertorio!
—Acaba la carta —dijo Sila, pensando que necesitaba más tiempo para
asimilar aquellas noticias tan asombrosas antes de tratarlas más
detenidamente con Mario.
Así que, cuando nos veamos, Cayo Mario, será para traspasarte los
poderes del cargo. Ojalá pudiera decir que estoy totalmente satisfecho conmigo
mismo. Por el bien de Roma era vital que te diesen el mando en la guerra contra
los germanos, pero ¡ojalá se hubiera podido hacer de un modo más ortodoxo!
Pienso en los enemigos que se sumarán a los que ya tienes, y tiemblo. Has
provocado muchos cambios en la maquinaria de producción legislativa. Sí, ya sé
que todos han sido necesarios para mantenerte, pero, como decían los griegos de
Odiseo, la hebra de su vida era tan fuerte que rozaba todas las otras hasta
romperlas. Creo que Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, tiene cierta
razón de su parte en la actual situación, porque a él no se le puede imputar la
intolerancia tan estrecha de miras del Numídico. Escauro ve, igual que yo, cómo
van desapareciendo los antiguos métodos romanos. Yo entiendo que Roma se está
cavando su propia fosa, y que si se pudiera confiar en el Senado para que te
dejase enfrentarte con los germanos a tu manera, serían innecesarias esas
sorprendentes medidas nuevas, extraordinarias y poco ortodoxas. Pero me duele,
no obstante.
La voz de Mario no temblaba ni vacilaba, decidido como estaba a leerle
toda la carta a Sila, pese a que la conclusión no fuese tan halagadora y
disminuyese su gran contento.
—Ya queda poco —dijo—. Voy a acabarla.
Tengo que añadir, para terminar, que tu candidatura disuadió a todos los
partidarios del honor y la alcurnia; algunas personas decentes que habían
inscrito su nombre como candidatos, lo retiraron. Igual hizo Quinto Lutacio
Catulo César, diciendo que contigo colaboraría con menos ganas que con su
perro. En consecuencia, tu colega consular será elegido a suertes. Lo que no
debe desanimarte más de lo debido, porque estoy seguro de que no te dará
guerra. Sé que estás deseando saber quién es, pero sólo te diré de él que es
venal, aunque creo que eso ya lo sabes. ¿Su nombre? Cayo Flavio Fimbria.
—¡Ah, le conozco! —dijo Sila con desdén—. Un habitual de los lupanares
de una Roma que era la mía, no la suya. Y más torcido que la pata de atrás de
un perro —añadió mostrando los blancos dientes—. Lo que quiere decir, Cayo
Mario, que no le dejes alzar esa pata y mearte.
—Daré un buen salto rápido de lado —contestó Mario muy serio,
extendiendo la mano hacia Sila, que la estrechó—. Lucio Cornelio, hagamos la
promesa de vencer a los germanos. Tú y yo.
El ejército de Africa, con su comandante al frente, zarpó de Utica rumbo
a Puteoli a finales de noviembre, en medio de una gran animación. La mar estaba
en calma para aquella época del año y ni el Septentrio ni el Corus, o viento
noroeste, entorpecieron la travesía. Y eso era exactamente lo que Mario
esperaba; su carrera iba viento en popa, la Fortuna estaba a sus órdenes igual
que sus soldados. Además, Marta, la adivina siria, le había vaticinado un viaje
tranquilo. Iba con él en la nave insignia, rebosando reverencias y cacareos
desdentados, parecida a un saco de huesos, que los marineros, siempre
supersticiosos, miraban con recelo y esquivaban temerosos. El rey Gauda no
había querido dejarla marchar, pero ella se había sentado en el suelo de mármol
frente al trono para echar mal de ojo al
monarca y a toda la casa real. Tras lo cual todo fueron prisas porque se
marchase.
En Puteoli, Mario y Sila fueron recibidos por uno de los recién
nombrados cuestores del erario, un hombre muy enérgico, ansioso por ver el
estadillo del botín, pero no por eso menos deferente. A Mario y a Sila les
complació colaborar amablemente y, como tenían unos registros contables
irreprochables, todo fueron sonrisas. El ejército acampó en las afueras de
Capua, rodeado de nuevos reclutas entrenados por los gladiadores alistados por
Rutilio Rufo, a quienes secundaban los veteranos centuriones de Mario. Lo
lamentable, sin embargo, era la escasez de nuevos reclutas. Italia era un pozo
seco y la situación no mejoraría hasta que hubiese una nueva generación de
hombres de diecisiete años lo bastante numerosa para nutrir las filas. Hasta el
censo por cabezas estaba exhausto, al menos entre los ciudadanos romanos.
—Dudo mucho que el Senado apruebe el reclutamiento de proletarios
itálicos —dijo Mario.
—No les queda otro remedio —añadió Sila.
—Cierto. Si les presiono; pero en este momento no me interesa, ni le
interesa a Roma, presionarlos.
Mario y Sila se separaban hasta el día de Año Nuevo. Sila, por supuesto,
podía entrar en la ciudad, pero Mario, investido aún con el imperium
proconsular, no podía cruzar el límite sagrado de la ciudad sin perderlo. Así
pues, Sila se marchaba a Roma y Mario a su villa de Cumas.
El cabo Misenum constituía la impresionante lengua de tierra al norte de
la llamada bahía de Crater, un enorme y seguro fondeadero dotado de buenos
puertos como Puteoli, Neapolis, Herculaneum, Stabiae y Surrentum. Una tradición
inmemorial decía que la bahía había sido un volcán gigantesco que había
explotado dejando entrar al mar. Aún era evidente la actividad volcánica, pues
los Campos de Fuego iluminaban amenazantes por las noches los cielos más allá
de Puteoli por efecto de las llamas que surgían de las grietas del suelo y
había por doquier charcos de barro con burbujas hirvientes y llamativos restos
amarillos de incrustaciones azufrosas con encrespados chorros gaseosos que
crecían y disminuían. Y,
además, estaba el Vesuvius, una abrupta montaña rocosa de muchos miles
de pies, de la que se decía que había sido un volcán activo, aunque nadie sabía
en qué época, pues el Vesuvius dormía apaciblemente desde los tiempos de la
historia.
A ambos lados del estrecho cuello del cabo Misenum había dos pequeñas
ciudades y una serie de misteriosos lagos. En la parte externa estaba Cumas y
en el lado de la bahía, Baiae; los lagos eran de dos clases: uno con agua
sumamente pura y cálida, ideal para el cultivo de ostras, y otro de agua muy
caliente con leves ondas de vapores sulfurosos. De todas las localidades
marítimas a las que los romanos acudían a descansar, Cumas era la más lujosa,
mientras que Baiae estaba prácticamente sin explotar. De hecho, más parecía
irse convirtiendo en una piscifactoría comercial por mano de media docena de
entusiastas que se dedicaban al cultivo de ostras, dirigidos por el patricio
arruinado Lucio Sergio, quien esperaba recuperar la fortuna familiar
produciendo y enviando ostras a los epicúreos y gastrónomos romanos más
pudientes.
La villa de Mario en Cumas se hallaba situada sobre un gran acantilado
que dominaba una panorámica con las islas de Aenaria, Pandataria y Pontia, tres
picos con pendientes y llanuras perdidos en la lejanía, a guisa de cumbres que
surgieran de un plano de neblina azul tenue. En aquella villa aguardaba Julia a
su esposo.
Hacía más de dos años y medio que no se habían visto; Julia ya casi
tenía veinticuatro años y Mario cincuenta y dos. Este sabía que ella anhelaba
volver a verle, porque había viajado de Roma a Cumas en una época del año en
que son frecuentes las tempestades por mar, mientras que en Roma se está
estupendamente. La costumbre le impedía viajar constantemente acompañando a su
esposo, en particular si éste cumplía cualquier clase de encargo público. No
podía acompañarle a las provincias, ni en ninguno de sus viajes por Italia, a
menos que él la invitase formalmente, y estaban mal vistas esas invitaciones.
En verano, cuando las esposas de los nobles romanos se retiraban a una
localidad marítima, ellos iban a acompañarlas siempre que podían pero hacían el
viaje separados; y si
pasaban unos días en la granja o en una de las villas de las afueras de
Roma, raras veces las llevaban a ellas.
Julia no era precisamente recelosa; había estado escribiendo a Mario una
vez a la semana durante su ausencia y éste había correspondido con la misma
regularidad. Ninguno de los dos era dado al chismorreo, por lo que su
correspondencia tendía a ser breve y ceñida a los asuntos familiares, pero sí
que estaba llena de afecto y cariño. Naturalmente que a ella no le importaba
que hubiera habido otras mujeres en su larga ausencia, y Julia era demasiado
bien educada y formada para ocurrírsele preguntar, ni esperaba que él se lo
dijese por iniciativa propia. Eran cosas que formaban parte del mundo de los
hombres y en las que no se inmiscuía una esposa. En ese aspecto, como su madre
Marcia había tenido la prevención de advertirle, tenía la suerte de estar
casada con un hombre treinta años mayor que ella, con un apetito sexual —decía
Marcia— más contenido que el de un hombre joven, del mismo modo que sería mucho
mayor su placer al volver a ver a su esposa.
Pero ella le había echado de menos dolorosamente, no por el simple hecho
de que le amaba, sino porque, además, Mario la complacía. De hecho, le gustaba,
y por eso la separación había sido más dura, porque le había faltado a la vez
un amigo que era esposo y amante.
Cuando él entró en su sala de estar sin previo aviso, Julia se puso en
pie con turbación y notó que sus piernas no le respondían; tuvo que volver a
sentarse. ¡Qué alto era! ¡Qué bronceado y lleno de vida! No parecía más viejo,
en absoluto, si acaso, más joven de lo que ella recordaba. El le dirigía su
mejor sonrisa —sus dientes seguían impecables—, aquellas fabulosas y pobladas
cejas brillaban reflejando el fulgor de aquellos ojos negros y extendía hacia
ella sus grandes y hermosas manos. ¡Y ella sin poder moverse! ¿Qué pensaría?
Nada malo, por lo visto, porque cruzó el cuarto y la puso suavemente en
pie, sin mostrar intención de abrazarla y limitándose a mirarla con una sonrisa
de admiración. Luego le cogió la cabeza entre las manos y le besó tiernamente
párpados, mejillas y labios. Julia le echó los brazos al cuello, se apretó
contra él y hundió el rostro en su pecho.
—¡Oh, Cayo Mario, qué alegría verte! —exclamó.
—A mí también me alegra verte, esposa —respondió él, acariciándole la
espalda; ella notó que le temblaban las manos.
—¡Bésame, Cayo Mario! —dijo ella alzando la cabeza—. ¡Bésame como es
debido!
El reencuentro fue tal como ambos habían imaginado: lleno de cariño y
cargado de pasión. Y no sólo eso, sino que concurría, además, el deleite del
pequeño Mario y la pena compartida por la muerte del segundo hijo.
Para mayor complacencia del agradecido padre, el pequeño Mario era un
niño precioso, alto, fuerte, con un buen color de tez y grandes ojos grises que
miraban con calma a su progenitor. Mario sospechaba que estaba poco
disciplinado, pero todo eso cambiaría. El diablillo pronto descubriría que a un
padre no se le domina ni manipula; un padre es para reverenciar y respetar,
igual que él, Cayo Mario, había reverenciado y respetado a su querido padre.
Había otras penas aparte de la muerte del segundo hijo; Julia había
perdido a su padre, cosa que él sabía, pero ahora se enteró delicadamente, por
medio de Julia, de la muerte de su propio padre. Había muerto después de saber
que le habían elegido cónsul por segunda vez en circunstancias tan
extraordinarias; había tenido una muerte rápida y afortunada, un ataque
cardíaco que le había sobrevenido mientras el anciano hablaba con unos amigos
del recibimiento que Arpinum iba a tributar a su más ilustre hijo.
Mario hundió el rostro entre los senos de Julia y lloró; eso le sirvió
de consuelo y le permitió comprender que todo había sucedido a su debido
tiempo. Su madre, Fulcinia, había muerto siete años antes, dejando solo a su
padre, y si la Fortuna no había permitido que el anciano volviera a ver a su
hijo, la diosa al menos había consentido en que conociera su excelsa
distinción.
—Entonces no tiene objeto que vaya a Arpinum —dijo ulteriormente Mario a
Julia—. Nos quedaremos aquí, amor mío.
—Publio Rutilio no tardará en venir. Lo hará en cuanto se hallen algo
más organizados los tribunos de la plebe. Creo que teme que resulten difíciles,
porque algunos son muy inteligentes.
—Pues, hasta que llegue Publio Rutilio, mi dulce, queridísima y hermosa
esposa, ni siquiera hablaremos de esa cosa tan irritante como es la política.
El regreso de Sila fue muy distinto. Para empezar, lo emprendió sin el
placer sencillo y abierto de Mario. Y no quería saber por qué era así, pues,
igual que Mario, él también había guardado continencia sexual durante los dos
años en Africa, naturalmente por motivos distintos al del amor conyugal, pero
la había guardado. La página nueva y prístina con que había dado por concluida
su antigua vida no debía ser ensuciada; nada de corrupción ni deslealtad a su
superior, nada de intrigas ni maniobras para lograr el poder, nada de
intimidaciones, de debilidades camales, nada que pudiera enturbiar el honor o
dignitas de Cornelio.
Actor hasta la médula, había asumido completamente el nuevo papel que el
cargo de cuestor de Mario le imponía y lo vivía en su mente y en todos sus
actos, gestos y palabras. Hasta entonces no había dejado de gustarle, porque le
había ofrecido constante diversión, grandes retos y enorme satisfacción. Como
no podía encargar su propia imago en cera hasta ser cónsul o lo bastante famoso
y célebre en algún aspecto, optó por encargar a Magio del Velabrum un pedestal
para sus trofeos de guerra, la corona de oro, las phalerae y las torcas, y
dedicarse con gran entusiasmo a supervisar la instalación de aquel testimonio
de sus proezas en el atrium de la casa. Los años en Africa habían sido una
revancha, y aunque nunca llegaría a ser ningún gran jinete, se había convertido
en uno de los soldados mejor dotados del mundo. El trofeo de Magio daría
testimonio de ello a los romanos.
Sin embargo... Toda su antigua vida seguía igual allí en Roma; y lo
sabía. Las ganas de ver a Metrobio, su gusto por lo exótico, los enanos, los
travestidos, las viejas putas y los infames personajes, su execrable desprecio
por las mujeres que utilizaban sus poderes para dominarle, la capacidad de
prescindir de un tipo de vida cuando se hacía intolerable, la nula disposición
a aguantar a los tontos y aquella ambición que le corroía y le consumía...
Había terminado la gira teatral africana, pero no buscaba un descanso
prolongado; el futuro presentaba otras perspectivas. Y sin embargo...
Roma era el escenario en que se había formado su antiguo yo; en Roma quedaba
todo por descubrir, desde la ruina a la frustración. Y así, emprendió viaje a
Roma de mala gana, consciente de los profundos cambios que en él se habían
operado, pero también consciente de que, en realidad, poco había cambiado.
Actor entre dos actos, no era un ser que se hallase a gusto.
Julilla le esperaba con una actitud muy distinta a la de Julia respecto
a Mario, convencida de que le amaba mucho más que Julia a Mario. Para Julilla,
cualquier evidencia de disciplina o autocontrol era prueba irrefutable de una
clase de amor inferior; el amor de rango supremo debía rebasar y derribar las
barreras espirituales, aniquilar todo indicio de pensamiento racional, rugir
tempestuoso, aplastar todo a su paso como un elefante. Y esperaba enfebrecida,
incapaz de dedicarse a nada que no fuese la frasca de vino, cambiar de vestido
varias veces al día o peinarse de una manera u otra; volvía locos a los
criados.
Y todo eso lo lanzó sobre Sila como un palio tejido a base de las más
tupidas telarañas. Nada más entrar en el atrium, allí la encontró, cruzando
como una loca el vestíbulo para echarse en sus brazos extasiada; antes de
haberla podido contemplar para motivar sus sentimientos, ella ya le había
pegado los labios a los suyos como una sanguijuela, chupándole, devorándole,
retorciéndose, húmeda, negra y sanguinolenta. Se aferraba con las manos a sus
partes pudendas, hacia ruidos de lo más lascivo y ni siquiera se retuvo en
enroscársele con las piernas en aquel recinto tan poco íntimo y en presencia de
una docena de irónicos esclavos, totalmente desconocidos para Sila.
No pudo evitarlo: alzó las manos y le desprendió los brazos, al tiempo
que echaba atrás la cabeza y se zafaba de aquella boca glotona.
—¡Conteneos, señora! —exclamó—. ¡No estamos solos!
Ella contuvo un grito, como si le hubiera escupido en la cara, pero
había servido para reducir su ardor. Con inigualable torpeza, se cogió de su
brazo y siguió con Sila por el peristilo hasta su sala de estar, en los
antiguos aposentos de Nicopolis.
—¿Es esto lo bastante íntimo? —inquirió, algo desdeñosa.
Pero Sila ya había perdido el ánimo y no quería que aquella boca y
aquellas manos se abrieran camino hacia los rincones más íntimos de su ser, sin
consideración a la sensibilidad de las capas que vulneraban.
—¡Después, después! —replicó, dirigiéndose a una silla.
Julilla permaneció de pie, asustada y perpleja, como si fuese el fin del
mundo. Estaba más hermosa que nunca, pero se la notaba más frágil y delicada,
con sus delgados brazos asomando por un vestido que él en seguida reconoció
como la última moda —un hombre con el pasado de Sila nunca perdía ese instinto
para reconocer los estilos— y aquellos ojos enormes, con algo de loca, hundidos
en las órbitas entre un denso sombreado negro y azul.
—¡No lo entiendo! —chilló sin moverse de donde estaba y devorándole con
la mirada, no con la avidez del reencuentro, sino con esa especie de
fascinación que se siente ante alguien que no se sabe si es amigo o enemigo.
—Julilla —respondió él con la paciencia que tan bien dominaba—, estoy
cansado. Aún no me ha dado tiempo a acostumbrarme a andar en tierra. Apenas
conozco a la servidumbre, y como no estoy en absoluto ebrio, tengo las
inhibiciones naturales respecto a la licencia que puede permitirse un
matrimonio en público.
—¡Pero yo te amo! —protestó ella.
—Eso espero. Igual que yo a ti. No obstante, hay ciertos límites —
replicó él hierático, deseoso de que todo en el ámbito romano fuese lo
correcto, desde la esposa y la casa hasta la carrera en el Foro.
Cuando, durante aquellos dos años, había pensado en Julilla, no había
realmente recordado la clase de persona que era, sino solamente su aspecto y su
frenético y apasionado comportamiento en la cama. De hecho, había pensado en
ella como un hombre piensa en su querida, no en la esposa. Ahora contemplaba a
la joven esposa, y pensó que resultaría una querida mucho más preciada siendo
alguien a quien viese a su comodidad, con quien no tuviese que compartir la
casa ni presentarla a sus amigos y socios.
Nunca debí casarme con ella, pensó. Me dejé llevar por una visión del
futuro a través de los ojos de ella, pues eso es lo único que hizo: servir de
medio para transmitir una visión entre la Fortuna y su elegido. No me
detuve a pensar que habría docenas de jóvenes mujeres nobles más
convenientes para mí que esta pobre tonta que quiso matarse de hambre por mi
amor. Eso ya es un exceso. Y no es que me importe el exceso, sino el exceso
dirigido a mi persona. ¡No, lo que me gusta es el exceso cuando lo hago yo!
¿Por qué he pasado mi vida unido a mujeres que me atosigan tanto?
El rostro de Julilla se alteró. Su mirada sufrió un desvío en aquellas
órbitas inflexibles del rostro, con un destello que no expresaba amor ni
lujuria. ¡Ah, sí! ¿Qué haría ella sin el vino... el fiel y amigable vino? Sin
pararse a pensar, se acercó a una mesita y se sirvió una copa de vino puro, que
vació de un solo trago; sólo en ese momento se acordó de Sila y se volvió hacia
él con una pregunta en la mirada.
—¿Vino, Sila? —inquirió.
—¡Deja eso inmediatamente! —replicó él con ceño—. ¿Es que sueles beber
de esa manera?
—¡Necesitaba beber! —contestó ella inquieta—. Estás muy frío y
deprimente.
—Ya lo creo —replicó él con un suspiro—. Pierde cuidado, Julilla. Ya
mejoraré. O quizá tengas razón... sí, sí, dame vino —añadió, arrebatándole casi
la copa que ella le había estado ofreciendo y bebiendo de ella a sorbos
—. La última vez que tuve noticias tuyas... no escribes mucho, que
digamos, ¿verdad?
Las lágrimas le corrían a ella por las mejillas, pero no sollozaba.
—¡Odio escribir cartas!
—Eso está claro —replicó él secamente.
—Bueno, ¿qué decías? —inquirió ella, sirviéndose otra copa, que despachó
con igual rapidez que la primera.
—Iba a decir que la última vez que supe de ti, entendí que teníamos dos
hijos. Un niño y una niña, ¿no? No es que te molestases en decirme lo del niño;
tuve que enterarme por tu padre.
—Estaba enferma —respondió ella sin dejar de llorar. —¿No voy a ver a
los niños?
—¡Oh, están ahí! —respondió ella, señalando irritada hacia la parte
posterior del peristilo.
Sila la dejó enjugándose las lágrimas con el pañuelo y sirviéndose otra
copa.
Los vio a través de la ventana del cuarto de juegos, pero ellos no se
percataron de su presencia; se oía una voz de mujer, pero él nada más veía los
dos pequeños de su sangre. Una niña, sí, ya de dos años y medio, y un niño que
debería tener año y medio.
La pequeña era una delicia; la muñequita más preciosa que había visto en
su vida, con una cabecita llena de rizos pelirrojos y dorados, cutis de leche y
rosas, mejillas con hoyuelos y unos ojos grandes muy azules bajo sus sedosas
cejas doradas. Feliz, sonriente y llena de cariño por su hermanito.
El niño, aquel hijo que Sila no conocía, era todavía más encantador. Ya
caminaba —¡bien!— y estaba desnudito; por eso andaba su hermana detrás de él,
debía hacerlo a menudo; ¡y también hablaba! El bergante no paraba de parlotear
con la hermanita. Y se reía. Se parecía a César; el mismo rostro largo y
atractivo, el mismo pelo espeso dorado, los mismos ojos azules vivaces que los
de su finado suegro.
Y el adormecido corazón de Lucio Cornelio Sila no se despertó con un
simple bostezo, desperezándose, sino que saltó al mundo del sentimiento como
habría saltado Atenea desarrollada y armada de la frente de Zeus, haciendo
sonar el clarín. En el umbral, se arrodilló y extendió hacia ellos los brazos,
trémulo.
—Ha llegado tata —dijo— Tata ha vuelto a casa.
Los pequeños no lo dudaron un instante y echaron a correr a sus brazos,
cubriendo de besos su rostro extasiado.
Publio Rutilio Rufo no fue el primer magistrado que visitó a Mario en
Cumas. Apenas acababa de reinstalarse en la rutina del hogar el héroe africano,
cuando el mayordomo entró a preguntarle si recibiría a Lucio Marcio Filipo.
Intrigado por lo que querría Filipo, pues Mario no le conocía
y sólo sabía de su familia por detalles muy superficiales, dijo que le
hiciera pasar al despacho.
Filipo no se anduvo con rodeos y fue directamente al grano. Era un
hombre de aspecto tranquilo, pensó Mario —demasiada carne en la cintura y
demasiada sotabarba—, pero conservaba la arrogancia y el aplomo del clan de los
Marcios, que se decían descendientes de Anco Marcio, cuarto rey de Roma y
constructor del puente de Madera.
—No me conocéis, Cayo Mario —dijo, mirándole con sus ojos marrón oscuro
directamente a la cara—, así que pensé en aprovechar la primera oportunidad
para corregir la situación... dado que sois el primer cónsul del año que viene
y que yo soy tribuno de la plebe recién elegido.
—Muy amable por vuestra parte en corregir la situación —contestó Mario
con una franca sonrisa.
—Si, supongo que sí —añadió con voz queda Filipo, reclinándose en la
silla y cruzando las piernas, un gesto que Mario jamás se había atrevido a
hacer por considerarlo poco masculino.
—¿Qué deseáis de mi, Lucio Marcio?
—Pues, bastante —respondió Filipo adelantando la cabeza, mostrando, de
pronto, un rostro menos blando y claramente feroz—. Me encuentro en un apuro
económico, Cayo Mario, y pensé que me incumbía, por así decirlo, ofreceros mis
servicios como tribuno de la plebe. Se me ocurrió, por ejemplo, si no
necesitaríais que se aprobase alguna ley o simplemente saber que podíais contar
con un leal partidario entre los tribunos de la plebe en Roma mientras os
encontráis fuera de ella conteniendo al lobo germano. ¡Esos estúpidos! Aún no
se han dado cuenta de que Roma es un lobo, ¿no es cierto? Pero ya lo
comprobarán, no me cabe la menor duda. Si hay alguien que pueda demostrarles la
naturaleza vulpina de Roma, ése sois vos.
La mente de Mario había trabajado con singular rapidez durante aquel
preámbulo. También él se recostó en la silla, pero sin cruzar las piernas.
—En realidad, mi querido Lucio Marcio, hay una pequeña ley que me
gustaría aprobase la Asamblea de la plebe sin que se levantara revuelo. Y me
encantaría ayudaros a solventar vuestros apuros económicos si me evitáis ese
obstáculo legislativo.
—Cuanto más generoso sea el donativo a mí causa, Cayo Mario, menor
revuelo levantará la ley —respondió Filipo con una gran sonrisa.
—¡Estupendo! Decid el precio —dijo Mario.
—¡Oh, así... tan bruscamente...!
—Decid el precio —repitió Mario.
—Medio millón —contestó Filipo.
—De sestercios... —añadió Mario.
—De denarios —replicó Filipo.
—Ah, bien, por medio millón de denarios quiero algo más que una simple
ley —dijo Mario.
—Por médio millón de denarios, Cayo Mario, obtendréis mucho más.
No sólo mis servicios mientras desempeñe el cargo, sino también después.
Os lo prometo.
—Pues, trato hecho.
—¡Qué fácil! —exclamó Filipo, relajándose—. ¿Qué es lo que puedo hacer
por vos?
—Necesito una ley agraria —contestó Mario.
—¡Eso ya no es fácil! —replicó inmediatamente Filipo, con cara de
sorpresa—. ¿Para qué demonios queréis una ley agraria? Yo necesito dinero, Cayo
Mario, pero sólo si voy a vivir para gastar lo que me quede después de pagar
las deudas. No entra en mis proyectos morir apaleado en el Capitolio, pues os
aseguro, Cayo Mario, que yo no soy un Tiberio Graco.
—La ley es de naturaleza agraria, pero no contenciosa —dijo Mario,
apaciguándolo—. Os aseguro, Lucio Marcio, que no soy un reformador ni un
revolucionario y que tengo previstas otras cosas para los pobres de Roma que
darles el precioso ager publicus. Los alistaré en las legiones y les haré sudar
las tierras que se les concedan. No se le dará a nadie nada sino a cambio de
algo, pues el hombre no es una bestia.
—Pero ¿qué otra tierra hay para dar que no sea el ager publicus? ¿O es
que intentáis que el Estado compre más o conquiste otras tierras? Eso requiere
dinero —replicó Filipo, manteniendo su inquieta actitud.
—No hay por qué alarmarse —respondió Mario—. La tierra en cuestión ya
está en manos de Roma. Mientras conserve el imperium proconsular en
Africa se dictará en mi provincia el USO de la tierra confiscada al
enemigo; la puedo arrendar a mis clientes o venderla al mejor postor, o
concedérsela a un rey extranjero como parte de sus dominios. Unicamente debo
tener la seguridad de que el Senado confirma mis disposiciones.
Mario cambió de postura, se inclinó hacia delante y prosiguió:
—Pero no tengo la menor intención de pillarme los dedos para solaz de
Metelo el Numídico, así que me propongo actuar como siempre he hecho,
estrictamente de acuerdo con la ley o la costumbre general precedente. Así
pues, el día de Año Nuevo voy a ampliar mis potestades proconsulares en Africa
sin dar a Metelo el Numidico el menor pretexto.
"Las principales disposiciones relativas al territorio adquirido en
nombre del Senado y el pueblo de Roma ya han recibido sanción senatorial, pero
hay un asunto que quiero abordar, y es tan delicado, que deseo llevarlo a cabo
en dos etapas. Una el año que viene y la otra al siguiente.
"Vuestro cometido, Lucio Marcio, consistirá en poner en marcha la
primera fase. En pocas palabras, creo que si Roma ha de seguir organizando
ejércitos como es debido, las legiones deben constituir una carrera atractiva
para los que pertenecen al censo por cabezas, y no una simple alternativa a la
que se vean impulsados por celo patriótico en las situaciones de urgencia, o
por aburrimiento en otras circunstancias. Si se le ofrecen los incentivos de
siempre, un modesto salario y una modesta parte del botín que produzca la
campaña, no se sentirán atraídos. Mientras que si se les ofrece una buena
parcela de tierra para que se asienten o la vendan al retirarse, tendrán un
buen incentivo para hacerse soldados. Ahora bien, no puede ser tierra en
Italia, ni veo por qué tiene que ser en Italia.
—Creo que vislumbro lo que queréis, Cayo Mario —dijo Filipo, mordiéndose
el grueso labio inferior—. Es interesante.
—Eso creo. He reservado las islas de la Sirte menor africana como
terrenos para asentamiento de mis soldados del censo por cabezas que estén
licenciados, lo que, gracias a los germanos, no se producirá de momento. Así,
quiero que el pueblo dé su aprobación para asentar a mis soldados en Meninx y
Cercina. Pero tengo enemigos que tratarán de obstaculizarlo, por
el simple hecho de que siempre se han dedicado a ponerme obstáculos —
dijo Mario.
—Desde luego, enemigos sí que tenéis, Cayo Mario —dijo Filipo,
asintiendo con la cabeza repetidas veces.
Sin saber con certeza si la afirmación encerraba sarcasmo, Mario lanzó
una desdeñosa mirada a Filipo y continuó:
—Vuestro cometido, Lucio Marcio, consistirá en proponer una ley a la
Asamblea de la plebe para reservar las islas de la Sirte menor africana dentro
del ager publicus de Roma sin que puedan arrendarse, dividirse ni venderse si
no es mediante futuros plebiscitos. No mencionaréis nada respecto a los
soldados ni al censo por cabezas. Lo único que tenéis que hacer, muy suavemente
y como de pasada, es aseguraros de que esas islas quedan a buen recaudo de
manos codiciosas. Es fundamental que mis enemigos no sospechen que soy yo quien
está detrás de la ley.
—Bien, eso creo que puede hacerse —dijo Filipo, animado.
—Muy bien. El día en que la ley entre en vigor, haré que mis banqueros
depositen medio millón de denarios a vuestro nombre de tal modo que a mí no se
me vincule para nada a vuestro cambio de fortuna —dijo Mario.
—Cayo Mario, tenéis a vuestra disposición un tribuno de la plebe — dijo
Filipo, poniéndose en pie y extendiendo la mano—. Y lo que es más, seguiré
siendo vuestro servidor durante toda mi carrera política.
—Me alegra oírlo —dijo Mario, estrechándole la mano. Pero nada más
cruzar Filipo la puerta, pidió agua tibia y se lavó las manos.
—Que emplee el soborno no quiere decir que me gusten los que soborno
—dijo Mario a Publio Rutilio Rufo cuando éste llegó a Cumas cinco días más
tarde.
—Bueno, desde luego, cumplió su palabra —replicó Rutilio Rufo, poniendo
cara de resignación—. Promulgó tu modesta ley agraria como si fuese cosa
enteramente suya y la defendió con tal lógica que nadie pensó en hacer objeción
alguna. Es muy listo ese Filipo, aunque algo rastrero. Se apuntó laureles de
patriota diciendo a la Asamblea que pensaba que una parte nimia e
insignificante de las vastas tierras africanas debían reservarse,
depositarlas en una especie de banco es la expresión que empleó, para el
uso futuro del pueblo romano. Entre tus enemigos, hubo incluso quienes pensaron
que sólo lo hacía por irritarte, y la ley se aprobó sin la menor réplica.
—¡Estupendo! —dijo Mario, con un suspiro de alivio—. De momento, tengo
la seguridad de que esas islas quedan a mi entera disposición. Necesito más
tiempo para demostrar la valía de la legión de proletarios antes de proceder a
premiarlos con una parcela como retiro. Ya te imaginas el comentario: al
soldado romano de antes no hacía falta sobornarle con el regalo de tierras,
¿por qué ha de dársele al nuevo soldado un trato preferencial? —añadió
encogiéndose de hombros—. Bueno, basta de ese asunto. ¿Qué novedades hay?
—He aprobado una ley que permite al cónsul nombrar tribunos de la plebe
suplementarios sin celebrar elección en casos de verdadera urgencia para el
Estado —dijo Rutilio.
—Siempre pensando en el futuro. ¿Y has elegido alguno conforme a dicha
ley?
—Veintiuno. El mismo número de los que perecieron en Arausio.
—¿Incluido?
—El joven Cayo Julio César.
—¡Esa si que es una buena noticia! Casi todas las de parientes no lo
son. ¿Recuerdas a Cayo Lusio? ¿El que se casó con Gratidia, la hermana de mi
cuñado?
—Vagamente. ¿De Numancia?
—Ese. ¡Menudo tipo! Pero muy rico. Bien, pues tuvieron un hijo que ahora
tiene veinticinco años, y me han suplicado que lo lleve conmigo a la guerra
contra los germanos. Yo no conozco al barbián, pero he tenido que aceptar,
porque si no mi hermano Marco no me habría dejado en paz.
—Hablando de tus numerosos parientes, te complacerá saber que el joven
Quinto Sertorio está en Nersia con su madre y estará recuperado para
acompañarte a la Galia.
—¡Estupendo! También Cota vuelve a la Galia este año, ¿eh?
—¡Por favor, Cayo Mario! —replicó Rutilio Rufo—. ¿Tú crees que un ex
pretor con cinco senadores sin relevancia para razonar con los de la alcurnia
de Cepio...? Pero yo conocía a Cota, mientras que Escauro, Dalmático y el
Meneítos no le conocían. A mi no me cabe la menor duda de que entre lo salvable
estaba Cota.
—¿Y Cepio, ya ha vuelto?
—Con el agua al cuello, pero se debate como puede para mantenerse a
flote, no creas. Yo pienso que, con el tiempo, se las arreglarán para que le
llegue a la nariz. Hay una corriente popular de animadversión contra él, y sus
amigos de las primeras filas casi no pueden evitarlo.
—¡Estupendo! Deberían meterle en el Tullianum y dejarle morir de hambre
dijo Mario, tajante.
—Después de hacerle cortar leña para ochenta mil piras funerarias —
añadió Rutilio Rufo con aviesa sonrisa.
—¿Y qué hay de los marsos? ¿Se apaciguan?
—¿Te refieres al proceso por daños y perjuicios? La cámara pasó el
contencioso a los tribunales, claro, pero no se ganó con ello amistades para
Roma. El comandante de la legión marsa, que se llama Quinto Popedio Silo, vino
a Roma decidido a comparecer como testigo, y me imagino que no adivinas quién
estaba dispuesto a testificar también —dijo Rutilio Rufo.
—Pues no, no lo adivino. ¿Quién? —respondió Mario, sonriente. —Nada
menos que mi sobrino el joven Marco Livio Druso. Por lo visto
se conocieron después de la batalla, porque la legión de Druso estaba en
primera línea junto a la de Silo. Para Cepio fue un golpe cuando mi sobrino,
que es yerno suyo, inscribió su nombre para testificar en un caso directamente
relacionado con su conducta en el campo de batalla.
—Es un cachorro con dientes afilados —dijo Mario, recordando al joven
Druso en el Foro.
—Ha cambiado mucho desde Arausio —añadió Rutilio Rufo—. Es como si se
hubiera hecho mayor.
—Así Roma tendrá alguien de valía para el futuro —dijo Mario.
—Yo creo que sí, pero es que he advertido un profundo cambio en todos
los supervivientes de Arausio —añadió Rutilio Rufo, entristecido—. ¿Sabes
que aún no han podido recuperar a todos los soldados que escaparon
cruzando el Rhodanus a nado? Ni creo que los recuperen.
—Yo los encontraré —aseguró Mario—. Son del censo por cabezas, lo que
significa que yo soy responsable.
—Eso le incumbe a Cepio, naturalmente —dijo Rutilio Rufo—. Pero él trata
de achacar la responsabilidad a Cneo Malio y a la escoria del censo por
cabezas, como llama a ese ejército. A los marsos no les gusta nada que les
llamen censo por cabezas, y a los samnitas tampoco; además, mi sobrino Marco
Livio ha manifestado en público bajo juramento que los proletarios nada
tuvieron que ver en la derrota. Es un buen orador y sabe moverse en la tribuna.
—¿Y cómo es que siendo yerno de Cepio le critica? —inquirió Mario,
curioso—. Yo me imaginaba que hasta a los más contrarios a Cepio les
horripilaría tal falta de lealtad familiar.
—El no critica a Cepio... al menos directamente. En realidad es muy
limpio. ¡No dice nada en contra de Cepio! Lo único que hace es rechazar la
acusación de Cepio de que la derrota fue por culpa del ejército de proletarios
de Cneo Malio. Pero he observado que el joven Marco Livio y el hijo de Cepio ya
no están tan unidos como antes, y es un gran inconveniente porque Cepio hijo
está casado con mi sobrina, la hermana de Druso —dijo Rutilio Rufo.
—¿Y qué puedes esperarte si todos tus malditos nobles se empeñan en
casarse con sus respectivas primas en vez de incorporar sangre nueva? —
inquirió Mario, encogiéndose de hombros—. Bueno, basta de eso. ¿Alguna otra
noticia?
—Unicamente sobre los marsos; mejor dicho, los aliados itálicos. Se nos
ponen las cosas mal, Cayo Mario. Como sabes, hace meses que intento reclutar
soldados, pero los aliados itálicos se niegan a colaborar. Cuando les pedí el
censo por cabezas itálico, ya que insisten en que no quedan propietarios con
edad de ir a filas, me dijeron que tampoco les quedan proletarios.
—Pero hay población agrícola; supongo que es posible —adujo Mario.
—¡Bobadas! Son braceros, pastores, mano de obra migrante, menestrales...
lo que abunda en toda comunidad agrícola. Pero los aliados itálicos repiten que
no hay proletarios. ¿Por qué?, les he preguntado yo en una carta, y me
responden que todos los itálicos que habrían podido figurar en el censo por
cabezas son ahora esclavos romanos, casi todos ellos llevados por deudas de
cautiverio. ¡Oh, es muy grave! —dijo Rutilio Rufo
—. Todos los pueblos itálicos han dirigido acerbas cartas al Senado
protestando por el tratamiento que les da Roma; no sólo la Roma oficial, sino
los ciudadanos romanos con posiciones de poder. Los marsos, los pelignos, los
picentinos, los úmbricos, los samnitas, los apúleos, los lucanos, los etrurios,
los marrucinos, los vestinos... ¡todos, Cayo Mario!
—Bueno, ya sabemos que hacía tiempo que se veía venir el problema —dijo
Mario—. Espero que la amenaza general de los germanos sirva de aglutinante para
toda la península.
—Yo no lo creo —replicó Rutilio Rufo—. Todos esos pueblos alegan que
Roma ha mantenido tanto tiempo fuera de sus hogares a esos propietarios, que
sus granjas y negocios han caído en la ruina por falta de atención, y que los
que han tenido la suerte de sobrevivir sirviendo militarmente a Roma se
encuentran endeudados con terratenientes romanos o negociantes de ciudadanía
romana. Y alegan que por eso Roma tiene ahora su censo por cabezas a guisa de
esclavos diseminados por todo el Mediterráneo. Y añaden que más que nada se
hallan en Africa, Cerdeña y Sicilia, que es donde Roma necesita esclavos con
experiencia agrícola.
Mario comenzó también a inquietarse.
—No tenía ni idea que las cosas hubiesen llegado a tal extremo —dijo —.
Yo tengo también muchas tierras en Etruria y en ellas se incluyen numerosas
granjas confiscadas por deudas. Pero ¿qué otra cosa puede hacerse? Si no
hubiese comprado las granjas, habrían ido a parar a manos de Metelo o de su
hermano Dalmático. Yo heredé propiedades en Etruria de la familia de mi madre
Fulcinia y por eso he concentrado mis bienes en Etruria. Pero, sí, el caso es
que allí soy un gran terrateniente.
—Y apostaría algo a que no sabes lo que hicieron tus administradores con
los hombres de las granjas confiscadas —dijo Rutilio.
—Cierto, no lo sé —respondió Mario con aire molesto—. No tenía idea de
que tuviésemos tal número de esclavos itálicos. ¡Eso es como esclavizar
romanos!
—Eso también lo hacemos con los romanos que incurren en deudas.
—Cada vez menos, Publio Rutilio.
—No digo que no.
—Ya me ocuparé de las quejas de los itálicos cuando asuma el cargo —
dijo Mario con decisión.
La insatisfacción de los itálicos se mantuvo amenazadora como fondo
durante aquel diciembre, centrada en las tribus guerreras de las tierras de la
meseta central detrás de los valles del Tíber y el Lirís, encabezada por los
marsos y los samnitas. Pero había otros movimientos latentes, en contra de los
privilegios de la nobleza romana y generados por otros nobles romanos.
Efectivamente, los nuevos tribunos de la plebe eran muy activos.
Resentido porque su padre fuese uno de los generales incompetentes más odiados
del momento, Lucio Casio Longino sometió a discusión una sorprendente ley en
una reunión contio de la Asamblea de la plebe; todos aquellos a quienes la
Asamblea hubiese despojado de su imperium, debían perder también su puesto en
el Senado. Aquello era declarar la guerra a Cepio en venganza. Ya que,
naturalmente, se asumía que Cepio, si se le juzgaba por traición según el
sistema en vigor, resultaría absuelto, pues gracias a su poder y su riqueza,
contaba con el apoyo de numerosos caballeros de la primera y segunda clase,
mientras que la ley de la Asamblea de la plebe que le despoja de su puesto en
el Senado era algo muy distinto, y a pesar de la tenaz oposición de Metelo el
Numídico y sus colegas, el proyecto tenía buenos visos de convertirse en ley.
Lucio Casio no quería que le afectara el odio a que se había hecho acreedor su
padre.
Y en aquel momento estalló la tormenta religiosa, sobreponiéndose por su
furia a todas las demás consideraciones. Era algo inevitable por su aspecto
cómico, dada la complacencia romana por el ridículo. Cuando Cneo Domicio
Ahenobarbo cayó muerto en la tribuna de los Espolones durante la polémica por
la candidatura in absentia de Cayo Mario al consulado, dejó
inevitablemente un cabo sin atar. El era un pontífice, un sacerdote de
Roma, y con su muerte se producía una vacante en el colegio de pontífices. En
aquel momento, el pontífice máximo era el anciano Lucio Cecilio Metelo
Dalmático, y entre los sacerdotes se contaban Marco Emilio Escauro, príncipe
del Senado, Publio Licinio Craso y Escipión Nasica.
Los nuevos sacerdotes los nombraba el colegio, llenando la vacante de un
plebeyo con un plebeyo y de un patricio con un patricio; los colegios de
sacerdotes y de augures generalmente se componían de plebeyos y patricios por
igual, y, según la tradición, el nuevo miembro designado debía pertenecer a la
familia del fallecido para que así el cargo de sacerdote y de augur pasase de
padres a hijos, de tío a sobrino o de primo a primo. Había que conservar el
honor y la dignitas de la familia. Y, naturalmente, Cneo Domicio Ahenobarbo
hijo, ya cabeza de su rama familiar, esperaba ser nombrado en sustitución de su
padre.
Pero existía un problema, y se llamaba Escauro. Cuando el colegio de
pontífices se reunió para proceder a la elección del nuevo miembro, Escauro
anunció que él no era partidario de que al finado Ahenobarbo le sustituyera su
hijo. Una de las razones que no manifestó, aunque subyacía a todo lo que alegó
y estaba bien patente en el ánimo de los trece sacerdotes que le escuchaban,
era que Cneo Domicio Ahenobarbo había sido un individuo terco, irascible e
intratable que había engendrado un hijo aún peor. A ningún noble romano le
importaba la idiosincrasia de los de su clase y todos estaban dispuestos a
admitir una amplia gama de rasgos de carácter poco admirables, a condición,
claro, de que no prevaleciese la opinión del indeseado. Pero los colegios
sacerdotales eran entidades de relaciones muy cerradas y se reunían en el
reducido recinto de la Regia, el pequeño despacho del pontífice máximo; y el
joven Ahenobarbo sólo tenía treinta y tres años. Para los que, como Escauro,
habían aguantado a su padre tantos años, la perspectiva de tener que soportar
al hijo era insufrible. Por suerte, Escauro contaba con dos buenas razones que
exponer a sus colegas para que no cedieran el cargo a Ahenobarbo hijo.
La primera era que al morir Marco Livio Druso el censor, el cargo
sacerdotal no había sido para su hijo, que por entonces contaba diecinueve
años, por considerársele excesivamente joven. La segunda, que el joven
Marco Livio Druso de pronto había dado muestras alarmantes de querer abandonar
su legado natural de profundo conservadurismo, y a Escauro le parecía que si se
le daba el cargo paterno, eso le haría volver al redil del vínculo tradicional
de sus antepasados. Su padre había sido un tenaz enemigo de Cayo Graco, pero,
sin embargo, por el modo en que se conducía en el Foro, el joven Druso parecía
un Cayo Graco. Existían circunstancias límite, arguyó Escauro, y, sobre todo,
el trauma de Arausio. Por consiguiente, ¿qué mejor alternativa que elegir al
joven Druso para sustituir a su padre?
Los otros trece sacerdotes, incluido Dalmático, pontífice máxímo,
consideraron que era una magnífica solución al dilema de Ahenobarbo, y más
teniendo en cuenta que el finado había reservado un cargo de augur para su hijo
Lucio poco antes de morir. La familia no podría argüir que quedaba indignamente
despojada de influencia sacerdotal.
Pero cuando Cneo Domicio Ahenobarbo se enteró de que el ansiado cargo
sacerdotal iba a concederse a Marco Livio Druso, no le hizo ninguna gracia. A
decir verdad le indignó, y en la primera reunión del Senado anunció que iba a
querellarse contra Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, por sacrilegio.
La excusa fue la adopción de un patricio por un plebeyo, un complicado asunto
que requería la aprobación del colegio de pontífices y de los lictores de las
treinta curias; el joven Ahenobarbo alegaba que Escauro no había cumplido
debidamente los requisitos. Perfectamente consciente de la motivación real de
aquella súbita manifestación de meticulosidad sacerdotal, la cámara no se
inmutó. Ni tampoco Escauro, que simplemente se puso en pie y miró de arriba
abajo al rubicundo Ahenobarbo.
—Es que vos, Cneo Domicio, que ni siquiera sois pontífice, vais a acusar
a Marco Emilio, pontífice y portavoz de la cámara, de sacrilegio? — le
interpeló con voz tonante—. ¡Id a entreteneros con el nuevo juguete de la
Asamblea plebeya hasta que crezcáis!
Y su intervención parecía haber puesto punto final al asunto, pues
Ahenobarbo salió como una flecha del Senado, entre carcajadas, rechiflas y
gritos.
Pero Ahenobarbo no se dio por vencido. Escauro le había dicho que fuera
a entretenerse con su juguetito de la Asamblea de la plebe, y eso fue
precisamente lo que hizo. Dos días después había presentado una nueva ley y
antes de que concluyese el año lograba aprobarla tras previa discusión y
votación: la lex Domítia de Sacerdotiis estipulaba que, en el futuro, los
nuevos miembros del cuerpo sacerdotal o augural no los elegirían los miembros
vivos del colegio, sino una asamblea especial de las tribus, y que cualquiera
podía ser candidato al cargo.
—Muy sutil —comentó Metelo Dalmático, pontífice máximo, a Escauro—.
¡Pero que muy sutil!
Escauro reía como un poseso.
—¡oh, Lucio Cecilio, admitid que nos la ha jugado magistralmente! —
respondió finalmente, enjugándose los ojos llorosos de tanto reír—.
Precisamente empieza a gustarme.
—En cuanto la diñe otro, seguro que se presenta a la elección —añadió
Dalmático en tono lóbrego.
—¿Y por qué no? —terció Escauro—. Se lo ha ganado.
—Pero ¿y si soy yo? ¡Sería pontífice máximo!
—¡Ah, para nosotros sería un estupendo progreso! —añadió Escauro,
impenitente.
—Me han dicho que ahora va a por Marco Junio Silano —dijo Metelo el
Numidico.
—Exacto, por haber iniciado una guerra ilegal contra los germanos en la
Galia Transalpina —añadió Dalmático.
—Bien, pues que la Asamblea de la plebe juzgue a Silano por ello, ya que
el cargo de traición supondrá que pase a las centurias —dijo Escauro, con un
silbido—. ¡Es fantástico! Empiezo a lamentar que no le hayamos elegido para
sustituir a su padre.
—¡Vamos, no digáis tonterías! —replicó Metelo el Numídico—. Parece que
os divierte la jugarreta...
—¿Y por qué no? —inquirió Escauro, fingiendo sorpresa—. ¡Estamos en
Roma, padres conscriptos! ¡Y Roma ha de hacer honor a su nombre
dejando que la nobleza compita saludablemente!
—¡Tonterías, tonterías! —exclamó Metelo el Numídico, furioso porque Cayo
Mario estuviera a punto de ser cónsul otra vez—. ¡La Roma que conocimos ya no
existe! Se elige cónsul por segunda vez al cabo de tres años a quien ni
siquiera estaba en Roma revestido de la toga candida, se forman las legiones
con el censo por cabezas, se eligen sacerdotes y augures, el pueblo deroga las
decisiones de gobierno del Senado, el Estado desembolsa fortunas para organizar
los ejércitos y los hombres nuevos y los arribistas son los que mandan. ¿Esto
qué es?
El séptimo año (104 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE CAYO MARIO (II) Y CAYO FLAVIO FIMBRIA
El octavo año (103 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE CAYO MARIO (III) Y LUCIO AURELIO ORESTES
El noveno año (102 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE CAYO MARIO (IV) Y QUINTO LUTACIO CATULO CÉSAR
Se había encomendado a Sila la organización del desfile triunfal de
Mario,
y él siguió escrupulosamente las órdenes e instrucciones de éste a pesar
de sus reservas personales.
—Quiero que todos los actos se lleven a cabo con precisión y rapidez —
le había dicho Mario a Sila en la primera reunión en Puteoli nada más
desembarcar de Africa—. Llegar al Capitolio a la sexta hora como muy tarde, y
de allí directamente a la ceremonia de investidura consular y a la reunión del
Senado. Que todo vaya rápido, porque quiero que lo memorable sea la fiesta. Al
fin y al cabo es una doble fiesta: mi triunfo como general y como nuevo primer
cónsul. ¡Así que quiero una celebración de primera, Lucio Cornelio! Nada de
huevos duros y quesos corrientes, ¿me entiendes? Comida de la mejor y más cara,
bailarinas, cantantes y músicos de los mejores y mejor pagados, platos de oro y
manteles púrpura.
Sila le había escuchado con el alma a los pies. Nunca dejaría de ser un
palurdo pretencioso, pensó. Así pues, un desfile apresurado y ceremonias
oficiales rápidas, seguido de una fiesta tal como decía. ¡Una fiesta
pretenciosa y vulgar!
Pero él siguió las instrucciones al pie de la letra. Y a Roma llegaron
carros con tinajas de barro, impermeabilizadas con cera por dentro, llenas de
bandejas de ostras de Baiae, cangrejos de río de Campania y gambas de la bahía
Crater, y otros carros similares trajeron angulas, lucios y róbalos del tramo
superior del Tíber, mientras que un equipo especial de pescadores se dedicaba a
la captura de lubinas en las desembocaduras de las cloacas de la ciudad; se
enviaron a los abastecedores capones, patos, cochinillos, cabritos, faisanes y
corzos cebados con pastelillos de miel borrachos, para que los rellenasen y
guarneciesen; de Africa llegó un buen cargamento de caracoles gigantes, con
saludos para Mario y Sila de Publio Vagienio, pidiéndoles informes de cómo
reaccionaban los gastrónomos romanos.
Por lo tanto, con el desfile triunfal de Mario, Sila estuvo ocupado y
alerta, pensando en que cuando tuviera lugar su propio triunfo, lo haría tan
grande como el de Emilio Paulo, de forma que discurriese durante tres días
por el antiguo itinerario; ya que dedicar tiempo y esplendor a un
desfile era sinónimo del aristócrata que desea que el pueblo comparta el
júbilo, mientras que prolongar el tiempo y el esplendor de la fiesta en el
templo de Júpiter era muestra de provincianismo para impresionar a unos cuantos
privilegiados.
No obstante, Sila logró que el desfile fuese memorable. Hubo carrozas
que mostraban todo detalle relevante de las campañas africanas, desde los
caracoles del Muluya hasta la sorprendente adivina Marta, que era el centro de
atención del contingente indígena, reclinada en un diván púrpura y oro sobre
una inmensa carroza, réplica del salón del trono del príncipe Gauda en la vieja
Cartago y acompañada de un actor que encarnaba al propio Mario y otro figurando
a Gauda con babuchas puntiagudas. Sobre un carro pesado lujosamente adornado,
Sila colocó todas las condecoraciones militares de Mario; había montones de
piezas de saqueo, montones de trofeos, consistentes en corazas enemigas,
montones de objetos dispuestos de modo que los curiosos pudiesen verlos bien; montones
de leones, monos y exóticos simios enjaulados y dos docenas de elefantes que
avanzaban batiendo sus enormes orejas. Desfilaban las seis legiones del
ejército de Africa, desprovistas de lanzas, puñales y espadas y portando unos
palos con guirnaldas de laureles.
—¡Alzad los pies y desfilad, cunni! —exclamó Mario, arengando a sus
soldados en el desgastado césped de la Villa Publica antes de iniciarse el
desfile—. Yo tengo que estar en el Capitolio a la hora sexta y no podré
vigilaros personalmente, pero no os salvará ningún dios si me falláis, ¿me oís
bien, fellatores?
Les encantaba que les hablase con palabras obscenas. Pero el caso es que
Mario les encantaba, hablase como hablase, pensó Sila.
También Yugurta desfiló, revestido de su atuendo real de púrpura y
ceñida por última vez la cabeza con la cinta con borlas llamada diadema, además
de todos sus collares, anillos y pulseras de oro y piedras preciosas
resplandecientes al sol, pues era un día de invierno ideal, ni muy frío ni
ventoso. Acompañaban a Yugurta sus dos hijos, también de púrpura.
Cuando Mario envió a Yugurta a Roma, éste no acababa de creérselo, pues
estaba convencido de que había salido con Bomílcar para nunca más volver a
aquella ciudad de terracota y brillantes colores, de columnas pintadas,
llamativos muros, llena por todas partes de estatuas de aspecto tan real que al
contemplarlas uno imaginaba que en cualquier momento iban a comenzar a
declamar, a pelear, a galopar o a llorar. No había aquel blancor africano en
Roma, donde ya casi no se construía con ladrillo y no se enjalbegaban los
muros, sino que se pintaban. Era una urbe de colinas y acantilados, de jardines
con agudos cipreses y pinos como parasoles, templos enhiestos sobre altos
podios con victorias aladas conduciendo quadrigae en la cima de los frontones,
una ciudad en la que aún se notaba la cicatriz ya verdeante del gran incendio
en el Viminal y el alto Esquilino. Roma, la ciudad en que todo se vendía. ¡Qué
tragedia no haber podido encontrar el dinero para comprarla! Qué distinto
habría sido todo.
Quinto Cecilio Metelo el Numídico le había traído como honorable
huésped, aunque no se le había permitido salir de la casa. Era de noche cuando
le habían introducido en aquella casa en la que había estado confinado durante
meses, recluso en un porche que dominaba el Foro Romano y el Capitolio,
reducido a pasear arriba y abajo por el jardín peristilo como un león
enjaulado. Su orgullo no le permitía estar decaído y todos los días corría un
poco, hacía flexiones, boxeaba, tocaba con la barbilla la rama que había
elegido como barra. Ahora, marchando en el desfile triunfal de Mario, deseaba
que los ciudadanos romanos le admirasen, quería estar seguro de que le tomaban
por un temible adversario, no por un indolente potentado oriental.
Con Metelo el Numídico se había mantenido reservado, negándose a
complacer el ego de un romano a expensas del otro, con gran decepción para su
anfitrión, como pudo comprobar en seguida. El Numídico esperaba que él le diese
pruebas de que Mario había abusado de su posición de procónsul, pero el que
Metelo no consiguiese sus propósitos había resultado un secreto placer para
Yugurta, que sabía a quién de los dos romanos temía y cuál de los dos le
agradaba que le hubiese vencido. Cierto que el Numídico era un gran noble y
tenía cierta integridad, pero como hombre y
como soldado no le llegaba a Cayo Mario a la altura de las sandalias.
Por lo que atañía a Metelo el Numídico, sin duda Cayo Mario se comportaba como
un malnacido, y Yugurta, que dominaba todo lo referente a la bastardía, se
mantenía más vinculado a Mario en una extraña y lamentable camaradería.
La noche anterior a la entrada de Cayo Mario en Roma en desfile triunfal
y como cónsul por segunda vez, Metelo el Numídico y su poco hablador hijo
habían invitado a Yugurta y a sus dos hijos a cenar. El otro invitado que
había, a petición del propio Yugurta, era Publio Rutilio Rufo. De los que
habían luchado juntos en Numancia a las órdenes de Escipión Emiliano, sólo
faltaba Cayo Mario.
Fue una velada muy extraña. Metelo el Numídico se había esmerado al
máximo para ofrecer una fiesta por todo lo alto, porque, como había
manifestado, no tenía intención alguna de comer a expensas de Cayo Mario tras
la reunión inaugural del Senado en el templo de Júpiter Optimus Maximus.
—Pero apenas quedan a la venta cangrejos, ostras, caracoles ni nada
especial —dijo el Numídico antes de cenar—. Mario ha vaciado los mercados.
—¿Y se lo reprocháis? —inquirió Yugurta, al ver que Rutilio Rufo no
decía nada.
—A Cayo Mario se lo reprocho todo —contestó Metelo.
—Pues no deberíais hacerlo. Si hubiese salido de vuestras filas de la
alta nobleza, Quinto Cecilio, os parecería muy bien. Pero no es así; Cayo Mario
es un producto de la propia Roma. No me refiero a la Roma ciudad o a la Roma
nación, sino a Roma, la diosa inmortal, el genio de la ciudad, el espíritu
dinámico. Se necesitaba un hombre y ahí está —dijo Yugurta de Numidia.
—Hay entre nosotros quienes poseen el debido linaje y antepasados
capaces de hacer lo que ha hecho Cayo Mario —replicó tercamente el Numídico—.
En realidad debería haberlo hecho yo. Pero Cayo Mario me robó el imperium y
mañana me va a arrebatar el premio. Por ejemplo — añadió dolido y mordaz al
observar un leve gesto de incredulidad en Yugurta—, no fue verdaderamente Cayo
Mario quien os capturó; el que os
capturó pertenecía a un linaje ancestral: Lucio Cornelio Sila. Puede
decirse, y en la modalidad de un silogismo válido, que quien ha puesto fin a la
guerra ha sido Lucio Cornelio y no Cayo Mario. —Lanzó un suspiro, sacrificando
sus propias pretensiones de preeminencia en la lógica jerarquía aristocrática a
la persona de Lucio Cornelio Sila—. De hecho, Lucio Cornelio reúne las
características de un buen romano.
—¡No! —espetó Yugurta, consciente de que era objeto de la atención de
Rutilio Rufo—. Ese es un leopardo con muchas manchas, mientras que Cayo Mario
no se anda con pamplinas. No sé si me entendéis...
—No tengo la más remota idea de lo que queréis decir —replicó el
Numídico, envarado.
—Yo sé perfectamente lo que queréis decir —terció Rutilio Rufo sonriendo
complacido.
Yugurta le dirigió la antigua sonrisa de los tiempos de Numancia. —Cayo
Mario es un fenómeno —añadió—, el fruto ideal de un árbol
ordinario olvidado que crece fuera del huerto. A esos hombres no hay
quien los pare ni los tuerza, mi querido Quinto Cecilio. Tienen corazón,
riñones, cerebro y un aura de inmortalidad, que les permite vencer todos los
obstáculos que surgen a su paso. Son mimados de los dioses! Los dioses les
prodigan todos los dones de la Fortuna. Por eso Cayo Mario avanza recto y aun
cuando se ve obligado a torcer su camino, sigue recto.
—¡Cuánta razón tenéis! —dijo Rutilio Rufo.
—¡Lu... Lu... Lucio Cor... Cor... Cornelio es me... me... mejor! —terció
el joven Metelo, irritado.
—¡No! —replicó Yugurta, moviendo la cabeza enérgicamente—. Nuestro amigo
Lucio Cornelio es listo... tiene agallas... y quizá corazón. Pero no creo que
tenga esa vena de inmortalidad en su mente. A él le parecen normales los
caminos retorcidos. No hay guerra de elefantes para un hombre que prefiere ir
en mula. ¡Ah, sí, es valiente como un toro! No hay nadie que en combate sea más
rápido dirigiendo una carga, formando una columna de apoyo, tapando una brecha
o deteniendo una centuria en desbandada. Pero: Lucio no oye a Marte, mientras
que Cayo Mario siempre oye a Marte. Por cierto, me imagino que Mario debe de
ser un derivado
latino de "Marte" ¿Quizá hijo de Marte? ¿No lo sabéis?
¡Sospecho que no queréis saberlo, Quinto Cecilio! Lástima. El latín es una
lengua de poderoso sonido; muy dura, pero rítmica —concluyó el númida.
—Habladme más de Lucio Cornelio —dijo Rutilio Rufo, al tiempo que cogía
un trozo de pan blanco y un huevo.
Yugurta estaba atacando con verdadera fruición los caracoles, que no
había probado desde su llegada a Roma.
—¿Y qué queréis que os diga? Es un producto de su clase. Todo lo que
hace lo hace bien. Tan bien, que nueve testigos de cada diez no podrían decir
si lo hace con toda naturalidad o como consecuencia de una actitud
perfectamente meditada. Yo, en el tiempo que he pasado en su compañía, no he
podido saber cuál es su inclinación natural o su verdadero ámbito. Oh, ganará
guerras y gobernará, de eso no me cabe la menor duda, pero nunca con una
auténtica inspiración mental —la salsa chorreaba por la barbilla del huésped de
honor, y dejó de hablar mientras un criado le limpiaba la piel y la barba; tras
lo cual eructó estentóreamente y prosiguió—: El siempre opta por el oportunismo
porque carece de ese poder aplastante que sólo dimana de ese don mental de la
inmortalidad. Si existen dos alternativas, Lucio Cornelio elige la que cree que
le servirá para sus designios con el menor esfuerzo. A mí me da la impresión de
que no es tan concienzudo como Cayo Mario ni tan clarividente.
—¿Co... co... co... como sa... sa... béis tan... tan... to sobre Lu...
Lu...
Lucio Cornelio? —inquirió Metelo hijo.
—Tuve ocasión de efectuar en su compañía una inolvidable cabalgata
—respondió Yugurta pensativo, mientras se aplicaba un palillo a los dientes
—. Y luego hicimos juntos el viaje de Icosium a Utica por la costa
africana. Nos vimos mucho —añadió, dejando que los demás dieran a sus palabras
el sentido que quisieran, pero nadie hizo preguntas.
Trajeron las ensaladas y luego los asados. Metelo el Numídico y sus
invitados volvieron a atacar con apetito, pero no así los jóvenes príncipes
Iampsas y Oxintas.
—Quieren morir conmigo —comentó Yugurta en voz baja a Rutilio Rufo.
—No estaría bien —replicó Rutilio Rufo.
—Es lo que yo les he dicho.
—¿Saben adónde van a ir?
—Oxintas a la ciudad de Venusia, que no sé dónde está, y Iampsas a
Asculum Picentum, también un misterio para mí.
—Venusia está al sur de Campania, en la vía a Brundisium, y Asculum
Picentum, al nordeste de Roma, al otro lado de los Apeninos. Allí estarán bien.
—¿Cuánto durará su detención? —inquirió Yugurta.
Rutilio Rufo reflexionó un instante y se encogió de hombros.
—Es difícil de saber. Desde luego, algunos años. Hasta que los
magistrados locales envíen un informe al Senado comunicando que están bien
predispuestos respecto a Roma y no representa peligro alguno que vuelvan a su
país.
—Entonces me temo que estarán aquí toda la vida. ¡Mejor que mueran
conmigo, Publio Rutilio!
—No, Yugurta, no podéis decirlo tan tajantemente. ¿Quién sabe lo que el
futuro les reserva?
—Cierto.
Siguieron dando cuenta de más ensaladas y asados y concluyeron el festín
con dulces, pasteles, tortas de miel, quesos, fruta fresca y frutos secos. Sólo
Iampsas y Oxintas mostraron poco apetito.
—Decidme, Quinto Cecilio —dijo Yugurta a Metelo el Numídico cuando
retiraron los restos de la comida y trajeron un inmejorable vino puro —, ¿qué
haríais si cualquier día apareciese otro Cayo Mario en una piel de patricio
romano, un Cayo Mario con todas las dotes, vigor, visión y esa impronta mental
de inmortalidad?
—No sé a dónde queréis ir a parar, majestad —replicó el Numídico,
perplejo—. Cayo Mario es Cayo Mario.
—Pero no tiene por qué ser único —replicó Yugurta—. ¿Qué haríais ante un
Cayo Mario que procediese de una familia patricia?
—Sería imposible —respondió Metelo.
—Tonterías, claro que podría ser —replicó Yugurta paladeando el
excelente vino.
—Yugurta, yo creo que lo que Quinto Cecilio trata de decir es que Cayo
Mario es un producto de su clase —añadió en tono conciliador Rutilio Rufo.
—Un Cayo Mario puede ser de cualquier clase —insistió Yugurta.
Las tres cabezas romanas se movieron al unísono, negando.
—No —se adelantó a decir Rutilio Rufo—. Lo que decís puede ser así en
Numidia o en cualquier otro lugar del mundo, ¡pero no en Roma! A ningún
patricio romano se le ocurriría pensar o actuar como lo hace Cayo Mario.
Y ahí acabó la discusión. Tras unas cuantas copas más dieron por
concluida la cena: Publio Rutilio fue a su casa a acostarse, y los residentes
en la mansión de Metelo el Numídico se retiraron a sus respectivas
habitaciones. Tras la suculenta cena, animada con el vino y la buena compañía,
Yugurta de Numidia durmió profunda y apaciblemente.
Cuando le despertó el esclavo que tenía asignado como ayuda de cámara
dos horas antes del alba, el númida se levantó repuesto y con nuevas energías.
Tomó un baño caliente y se vistió con todo detalle; le peinaron el pelo en
tirabuzones como salchichas con rizadores calientes y le ondularon la barba,
fijándosela con hilos de oro y de plata. Perfumado con costosos ungüentos, la
diadema bien colocada y con todas sus alhajas (que ya habían catalogado los
funcionarios del erario y que formarían parte del botín a repartir en el Campo
de Marte al día siguiente del triunfo), el rey Yugurta salió de sus aposentos
con aspecto de soberano helenizado y una impresionante majestad de pies a
cabeza.
—Hoy —dijo a sus hijos conforme se dirigían en unas sillas de manos al
Campo de Marte— voy a contemplar Roma por primera vez en mi vida.
Los recibió Sila en persona en medio de lo que parecía una caótica
confusión a la luz de las antorchas; pero ya iba amaneciendo por la cresta del
Esquilino y Yugurta imaginó que el alboroto se debía a la gran multitud reunida
en la Villa Publica, pero en realidad se observaba un orden impecable.
Las cadenas que le colocaron eran sólo un símbolo. ¿Adónde iba a ir un
rey guerrero púnico en Italia?
—Anoche estuvimos hablando de vos —dijo Yugurta a Sila por darle
conversación.
—¿Ah, sí? —replicó Sila, ataviado con la resplandeciente coraza de plata
y el pteryges, tocado con un casco ático de plata rematado de plumas rojas y
sobre sus hombros la capa militar también roja. Para Yugurta, acostumbrado a
verle con un sombrero de paja de ala ancha, era casi un desconocido. A sus
espaldas, su criado personal portaba un bastidor con todas las condecoraciones
al valor, una impresionante colección.
—Sí —contestó Yugurta, displicente—. Estuvimos discutiendo quién ganó
realmente la guerra contra mi, Cayo Mario o vos.
Los claros ojos se clavaron en el rostro del númida.
—Interesante discusión, majestad. Vos, ¿de parte de quién estuvisteis?
—De parte de lo cierto. Yo dije que fue Cayo Mario quien ganó la
guerra. Suyas fueron las decisiones de mando y los hombres que
participaron, vos incluido. Y de él partió la orden enviándoos a ver a mi
suegro Boco —dijo Yugurta sonriente, e hizo una pausa—. Sin embargo, el único
que compartió mi opinión fue mi viejo amigo, Rutilio Rufo. Quinto Cecilio y su
hijo sostuvieron que la guerra la ganasteis vos, ya que fuisteis quien me
capturó.
—Os pusisteis de parte de lo cierto —dijo Sila.
—El lado de lo cierto es relativo.
—No en este caso —replicó Sila, con un movimiento de cabeza hacia los
impacientes soldados de Mario—. Yo nunca poseeré el don que él tiene para
tratarlos. Yo no siento ese compañerismo, ¿sabéis?
—Pues lo ocultáis bien —comentó Yugurta
—Oh, la tropa lo sabe —añadió Sila—. El ganó la guerra con ellos. Lo que
yo hice lo habría hecho cualquiera a quien se le hubiera encomendado. —Lanzó un
profundo suspiro—. Me imagino que pasasteis una agradable velada, majestad...
—¡Muy agradable! —contestó Yugurta moviendo las cadenas y viendo que no
pesaban mucho—. Quinto Cecilio y su hijo tartamudo dieron un
festín regio. Si a un númida le preguntan qué desea comer antes de
morir, contestará: caracoles, y anoche cené caracoles.
—Entonces tenéis el estómago lleno y contento, majestad.
—¡Ya lo creo! —replicó Yugurta, sonriente—. La manera más adecuada para
que le pasen a uno el nudo corredizo, diría yo.
—No, soy yo quien lo dice —replicó Sila, cuya feroz sonrisa resultaba
más siniestra en su rostro ahora más atezado.
—¿Cómo es eso? —inquirió Yugurta, ya sin sonreír.
—Yo estoy al mando del desarrollo del desfile triunfal, rey Yugurta. Lo
que significa que soy quien determina cómo debéis morir. Normalmente se hace
por estrangulación, cierto. Pero no está legislado, y hay otra alternativa. Es
decir, encerraros en el Tullianum y dejar que os pudráis — contestó Sila muy
serio—. Tras un festín como el que habéis tenido, y sobre todo tras intentar
sembrar discordia entre mi comandante y yo, creo que sería una lástima que no
se os permitiera acabar de digerir los caracoles. Así que no habrá lazo
corredizo, majestad. Moriréis poco a poco.
Afortunadamente sus hijos no estaban cerca para oírlo, y el númida vio
cómo Sila le dirigía un saludo militar de despedida y a continuación se
acercaba a sus hijos para verificar las cadenas. Miró detenidamente todo aquel
mundo amenazador que le rodeaba, las masas enfebrecidas de criados blandiendo
coronas y guirnaldas de laureles de victoria, los músicos haciendo sonar los
cuernos y las extrañas trompetas con cabeza de caballo que Ahenobarbo había
arrebatado a los galos cabelludos, los danzarines ensayando sus piruetas en el
último momento, los caballos piafando y pateando impacientes, los bueyes atados
por docenas a los carros, con sus cuernos dorados y la papada enguirnaldada, un
burrito aguador con un sombrero de paja grotescamente coronado de laurel y con
las orejas asomando por unos agujeros, una vieja bruja desdentada de senos
fláccidos vestida de púrpura y oro de pies a cabeza y a la que hacían subir a
un carro pesado, en el cual se tumbó en una litera forrada de púrpura como si
fuese la más famosa cortesana, y que le miró de hito en hito con unos ojos de
cancerbero. Merecía tener tres cabezas...
Una vez iniciado el desfile, el ritmo fue veloz. Generalmente marchaban
en cabeza el Senado y todos los magistrados, y a continuación danzarines y
payasos imitando a los famosos; seguía después el botín y las carrozas de
trofeos, más danzarines, músicos y bufones escoltando a las bestias para el
sacrificio con los sacerdotes, precediendo a los prisioneros de alcurnia y al
general triunfador en su carro antiguo. Y finalmente las legiones. Pero Cayo
Mario cambió algo aquel orden y desfiló a la cabeza del botín, el cortejo y los
trofeos, para llegar al Capitolio y efectuar los sacrificios e inmediatamente
ser investido cónsul y presidir la sesión inaugural del Senado y la fiesta en
el templo de Júpiter Optimus Maximus.
Yugurta no pudo disfrutar de aquel su primer y último paseo a pie por
las calles de Roma. Lo que le preocupaba era cómo iba a morir. Un hombre tenía
que morir más tarde o más temprano, y él había tenido una vida muy agradable, a
pesar de que hubiese acabado en derrota. Había dado que hacer a los romanos.
Bomílcar, su querido hermano... también había muerto en una mazmorra, ahora que
lo pensaba. Quizá el fratricidio disgustase a los dioses, por muy válido que
fuese el motivo. Bien, sólo los dioses sabían cuántos de su propia sangre
habían perecido a instigación suya, o por su propia mano. ¿Estaban menos
manchadas de sangre sus manos por no haber participado directamente?
¡Oh, qué altas eran las casas! El desfile enfilaba velozmente por el
Vicus Tuscus del Velabrum, una zona de la ciudad llena de insulae, que parecían
querer tocarse por encima de las estrechas callejas. Caras en todas las
ventanas, caras alborozadas, y lo sorprendente es que se alegraban también por
su presencia, le conminaban a morir con palabras de ánimo y buenos deseos.
Luego, el cortejo circundó el mercado de la carne, el Forum Boarium, en
donde la estatua desnuda del Hercules Triumphalis lucía los atavíos de general
victorioso, la toga picta púrpura y oro, la tunica palmata púrpura bordada con
palmas, la rama de laurel en una mano y el cetro de marfil con cabeza de águila
en la otra, y el rostro pintado de minim rojo intenso. Estaba suspendida la
venta de carne, pues en los magníficos templos que jalonaban la vía no se veían
puestos ni tenderetes. ¡Ahí estaba el templo de
Ceres! El templo más hermoso de la ciudad; era hermoso pero chillón,
pintado de rojo y azul, verde y amarillo, sobre un alto podio como todos los
templos romanos. Yugurta sabía que era la sede de la orden plebeya; allí
guardaban los registros y tenían sus ediles.
El desfile desembocaba en el interior del Circo Máximo, la mayor
edificación que había visto Yugurta en su vida. Ocupaba toda la longitud del
Palatino y tenía capacidad para ciento cincuenta mil personas. Todas las gradas
estaban llenas de gente enfebrecida que había acudido a ver el desfile triunfal
de Cayo Mario; desde su puesto en la marcha, no lejos de Mario, Yugurta oía los
vítores transformarse en gritos de adulación para el general. A nadie le
importaba aquel paso acelerado, pues Mario había encomendado a sus agentes y
clientes que difundiesen que el motivo de ello era que le preocupaba Roma y
quería apresurarse a marchar lo antes posible a la Galia Transalpina a
enfrentarse a los germanos.
Los espacios arbolados y magníficas mansiones del Palatino también
estaban llenos de espectadores; por encima del nivel de la muchedumbre, a salvo
de ser acosadas y robadas, se veían mujeres, doncellas, niñas y niños; de buena
familia, le habían dicho. Salieron del Circo Máximo y tomaron por la Via
Triumphalis, que rodeaba el Palatino por su extremo y tenía rocas y parques
sobre ella, a la izquierda, y, a la derecha, apiñado al pie de la colina Celia,
otro barrio de altas casas de viviendas. Luego estaba el Palus Ceroliae, el
marjal a los pies de la Carinae y el Fagutal; finalmente, doblaron hacia la
Velia, cuesta abajo hacia el Foro Romano, por las gastadas losas de la antigua
vía sagrada, la Via Sacra.
Por fin podía contemplarlo: el centro del mundo. Igual que en su época
lo había sido la Acrópolis. Ahora lo tenía ante sus ojos, el Foro Romano, pero
le decepcionó enormemente. Sus edificios eran pequeños y viejos y no estaban
distribuidos de una manera lógica; todos se veían desviados hacia el norte,
porque el Foro discurría de noroeste a sudeste; el efecto general era
descuidado y todo tenía aspecto ruinoso. Incluso los edificios más nuevos, que
sí estaban bien orientados hacia el Foro, se veían descuidados. Realmente eran
mucho más impresionantes los edificios que había visto antes, y los templos
mucho mayores, lujosos e imponentes. Las casas de los
sacerdotes tenían capas recientes de pintura, y el pequeño templo
redondo de Vesta era bonito, pero sólo el grandioso templo de Cástor y Pólux y
la magnífica austeridad dórica del templo de Saturno llamaban la atención como
ejemplares admirables. El Foro era un lugar triste y monótono, situado en una
hondonada húmeda y fea.
Frente al templo de Saturno, en cuyo podio los funcionarios del Tesoro
contemplaban el desfile, Yugurta, sus hijos, los nobles con sus esposas y todos
los cautivos, fueron apartados del cortejo y situados a un lado; vieron llegar
los lictores del general, los danzarines, los músicos, los portadores de
incensarios, los timbaleros y trompeteros, los legados y, finalmente, el
general en su carro, lejano e irreconocible en aquel boato de insignias y con
el rostro pintado de rojo por el minim. Se dirigieron todos a la colina en que
se alzaba el gran templo de Júpiter Optimus Maximus, cuya columnata lateral
daba al Foro, pues también su eje discurría de norte a sur. Su fachada miraba
al sur. El sur de Numidia.
Yugurta miró a sus hijos.
—Vivid largos años, y bien —les dijo; iban a vivir bajo custodia en
remotas ciudades romanas, mientras los nobles y sus esposas regresaban a
Numidia.
La guardia de lictores que rodeaba al rey tiró un poco de las cadenas y
éste avanzó hacia el mar de banderas del bajo Foro, por debajo de los árboles
del estanque de Curtius y de la estatua del sátiro Marsias tocando la flauta,
para bordear la amplia zona en que se reunían las tribus y dirigirse al Clivus
Argentarius. Tenía sobre su cabeza el Arx del Capitolio y el templo de Juno
Moneta en que se acuñaba la moneda. Y allí estaba el viejo y destartalado
edificio del Senado, al otro lado del área de Comicios, detrás de la pequeña y
deslucida basílica Porcia, construida por Catón el Censor.
Pero allí concluía su paseo por Roma. Ante sus ojos tenía el Tullianum,
en la falda del Arx capitolino, justo detrás de la escalinata de Gemonia, un
modesto edificio gris de construcción a base de grandes piedras sin mortero,
conocida en todo el orbe con el apelativo de ciclópea; no tenía más que una
planta y una única abertura sin puerta entre los bloques. Creyéndose
demasiado alto, Yugurta agachó la cabeza para entrar, pero pasó sin
dificultad, pues era de altura más que suficiente para cualquier mortal.
Los lictores le despojaron de las vestiduras, las joyas, la diadema y
las entregaron a los funcionarios del Tesoro que estaban esperándolas, con un
certificado en el que se recogía aquel cambio de mano de las propiedades del
Estado. Yugurta quedó tan sólo con el taparrabos de lino que Metelo el Numídico
le había aconsejado ponerse, ya que él conocía el rito. Con las partes más
germinativas de su ser decentemente tapadas, un hombre podía aprestarse a morir
decentemente.
La única luz entraba por una abertura a sus espaldas y con ella podía
ver Yugurta el agujero redondo en el centro del piso. Allí iban a meterle. Si
hubieran optado por el lazo, el estrangulador le habría acompañado hasta el
calabozo con suficientes ayudantes para sujetarle; una vez efectuada su tarea,
habrían arrojado su cadáver por uno de los desagües a las cloacas, para a
continuación regresar por medio de una escalera a la luz de Roma.
Pero Sila debía de habérselas arreglado para anular el procedimiento
normal, porque no había ningún estrangulador. Trajeron una escala, pero Yugurta
la rechazó, se aproximó al agujero y se dejó caer adentro sin lanzar
exclamación alguna. El sonido sordo de la caída fue inmediato porque la celda
no era muy profunda. Después de oírlo, la escolta dio media vuelta en silencio
y abandonó el lugar. Nadie tapó el agujero ni cerró la entrada, porque nadie
salía de aquel horrendo pozo del Tullianum.
Dos bueyes blancos y un toro blanco fueron los animales que Mario
sacrificó aquel día, pero sólo los bueyes formaban parte del triunfo. Dejó su
cuadriga al pie de la escalinata del templo de Júpiter Optimus Maximus y subió
a solas. Ya dentro de la nave del templo, depositó las coronas de laurel al pie
de la estatua del dios y a continuación entraron sus lictores a ofrecer
igualmente coronas de laurel.
Era mediodía. Nunca había habido un desfile triunfal tan rápido; pero el
resto del cortejo, que era el más numeroso, procedía a paso más lento para que
la muchedumbre tuviese tiempo de ver danzarines, músicos, carrozas, botín,
trofeos y soldados. Ahora venía lo importante de aquella jornada para
Mario. Descendió la escalinata hacia los senadores, con el rostro
pintado de rojo, la toga oro y púrpura, la túnica bordada con hojas de palma y
en la mano derecha el cetro de marfil. Caminaba rápido, pensando en terminar
cuanto antes la ceremonia de investidura, aguantando aquel suntuoso atavío como
mal menor.
—¡Bien, comencemos! —ordenó impaciente.
Un silencio glacial acogió sus palabras. Nadie se movía, nadie intuía lo
que pensaba por la expresión del rostro. Ni siquiera el colega de Mario, Cayo
Flavio Fimbría, y el cónsul saliente Publio Rutilio Rufo (Cneo Malio Máximo
había enviado recado diciendo que se hallaba enfermo) se movían de su sitio.
—¿Qué os sucede? —inquirió Mario, enojado.
Sila se destacó de la concurrencia, ya sin el aire marcial que le diera
la coraza de plata, sino vistiendo la toga. Iluminaba su rostro una gran
sonrisa y extendía el brazo, animado por la actitud del cuestor, solícito y
atento.
—¡Cayo Mario, no seas olvidadizo! —dijo en voz alta acercándose a él y
obligándole a girar sobre sus talones con inusitada fuerza—. ¡Vete a casa a
cambiarte! —añadió en un susurro.
Mario abrió la boca, decidido a replicar, pero en ese momento advirtió
el gesto de oculta fruición de Metelo el Numídico y con un regio ademán se
llevó la mano al rostro y miró su palma enrojecida.
—¡Por los dioses! —exclamó en cómica mueca—. Excusadme, padres
conscriptos —añadió, aproximándose de nuevo al grupo—. ¡Cierto que tengo prisa
por ir a por los germanos, pero esto es absurdo! Os ruego me excuséis. Volveré
lo antes posible. Con atuendo de general, por triunfal que sea, no se puede
asistir a una reunión del Senado en el pomerium —y cruzó el Asylum camino del
Arx—. ¡Gracias, Lucio Cornelio! —gritó por encima del hombro mientras se
alejaba.
Sila se apartó de los silenciosos espectadores y echó a correr tras él,
en un arranque poco adecuado para un hombre con toga, pero en él no resultó
raro y hasta pareció natural.
—Te lo agradezco —dijo Mario cuando Sila le alcanzó—. Pero, en realidad,
¿qué demonios importa? Ahora tienen todos que esperar una hora
bajo el viento frío mientras yo me lavo la cara y me pongo la toga
praetexta. —A ellos sí les importa —respondió Sila—. Y creo que a mí también —
añadió caminando más aprisa que Mario, a pesar de no tener las piernas tan
largas—. Vas a necesitar a los senadores, Cayo Mario, así que haz el favor de
no buscar más enfrentamientos. Para empezar, no les ha complacido verse
obligados a compartir la investidura con tu triunfo. Así que no les
toques más las narices.
—¡De acuerdo, de acuerdo! —dijo Mario, resignado, subiendo de tres en
tres los escalones que conducían desde el Arx a la puerta trasera de su casa e
irrumpiendo con tal ímpetu que el portero cayó de bruces y comenzó a chillar
horrorizado—. ¡Calla hombre, que no son los galos y estamos en la Roma actual,
no trescientos años atrás! —exclamó, al tiempo que comenzaba a llamar a gritos
a su ayuda de cámara, a su esposa y al criado del baño.
—Está todo preparado —contestó la maravillosa Julia, sonriéndole
apaciblemente—. Me imaginé que llegarías con prisas, como siempre, y tienes el
baño caliente esperándote y todo listo, Cayo Mario. Bien venido, hermano
—añadió volviéndose hacia Sila con su dulce sonrisa—. El tiempo se ha vuelto
frío, ¿no es cierto? Ven a mi sala de estar y caliéntate al brasero mientras te
preparo vino caliente.
—Tienes razón, hace frío —dijo Sila, cogiendo la copa que le trajo su
cuñada—. Acostumbrado a Africa, a la carrera detrás del "gran
hombre", pensaba que hacía calor, pero estoy muerto de frío.
Julia se sentó frente a él, adelantando la cabeza, inquisitiva.
—¿Qué ha pasado? —inquirió.
—Oh, no te pongas en el papel de esposa —replicó Sila, cediendo a su
enfado.
—Luego me lo reprocharás, Lucio Cornelio —replicó ella—, pero ahora dime
qué ha sucedido.
Sila sonrió irónico, moviendo la cabeza.
—Julia, sabes que quiero a este hombre como a nadie, pero hay veces en
que se lo dejaría al estrangulador del Tullianum como al peor enemigo.
—Y yo —dijo ella con voz queda, conteniendo la risa—. Es normal, ¿sabes?
Es el "gran hombre" y se hace difícil aguantarle. ¿Qué es lo que ha
hecho?
—Quiso asistir a la investidura con el atavío triunfal —contestó Sila.
—¡Oh, mi querido hermano! Me imagino que haría una escena,
alegando las prisas, y que discutiría con todos...
—Afortunadamente me di cuenta de lo que pensaba hacer, a pesar de toda
esa pintura roja —dijo Sila, sonriente—. Es por las cejas. Al cabo de tres años
con Cayo Mario, cualquiera que no sea tonto puede leer su pensamiento según
como mueva las cejas. Le serpentean y le tiemblan con arreglo a un código...
bueno, tú, que nó eres tonta, lo sabrás bien.
—Sí, lo sé —contestó Julia, sonriente.
—Bueno, menos mal que me acerqué a tiempo y no sé qué le grité para
advertirle que se había olvidado. Pero contuve un instante la respiración
porque estuvo a punto de mandarme arrojar al Tíber. Gracias que en ese momento
él se percató de que Quinto Cecilio el Numídico le miraba y cambió de idea.
¡Qué comediante! Imagino que todos menos Publio Rutilio Rufo creyeron de verdad
que se le había olvidado cambiarse.
—¡Oh, te doy las gracias, Lucio Cornelio! —dijo Julia. —No tienes por
qué —respondió Sila con toda sinceridad. —¿Quieres más vino caliente? —Pues si,
gracias.
Al poco regresaba con una bandeja de bollos calientes.
—Toma, acaban de sacarlos de la sartén. Llevan levadura y están rellenos
de carne picada. Son estupendos. Los hace el cocinero para el pequeño Mario,
que ahora está en esa fase horrenda en que no quiere comer nada de lo que
debería.
—Los míos comen de todo —dijo Sila, iluminándosele el rostro—. ¡Oh,
Julia, son encantadores! Nunca pensé que unas criaturitas pudieran ser tan...
tan ideales.
—A mí también me gustan mucho —dijo Julia en su papel de tía.
—Ojalá fuera también así con Julilla —añadió Sila con rostro sombrío.
—Sí, claro —añadió Julia con voz queda, pensando en su hermana.
—¿Qué es lo que le sucede? ¿Puedes explicármelo?
—Creo que la hemos mimado demasiado. No sé si sabes que mis padres no
querían más hijos. Tenían dos varones, y cuando yo nací no les importó que
hubiese una niña en la familia. Pero lo de Julilla fue una sorpresa. Y éramos
pobres; por eso, conforme fue creciendo, a todos nos daba lástima, me imagino.
Sobre todo a mis padres, porque no contaban con ella, pero se le dejaba pasar
todo, y si había un sestercio de más era para ella, que lo despilfarraba sin
que nadie la reprendiera. Supongo que ése fue el error, pero nosotros no
hicimos nada por evitarlo; en vez de enseñarle a tener paciencia y a ser
moderada, nada hicimos, y Julilla creció creyéndose que era la persona más
importante del mundo, convirtiéndose así en una egoísta que siempre se salía
con la suya. Los que más culpa tenemos somos nosotros, pero la pobre Julilla es
la que sufre las consecuencias.
—Bebe demasiado —dijo Sila.
—Lo sé.
—Y apenas se ocupa de los niños.
—Lo sé —contestó Julia con lágrimas en los ojos.
—¿Qué puedo hacer?
—Pues, lo único... divorciarte —respondió Julia, ya con lágrimas bañando
sus mejillas.
—¿Cómo voy a hacerlo si voy a estar fuera de Roma el tiempo que haga
falta para derrotar a los germanos? —exclamó Sila, extendiendo las manos llenas
de bollos—. Es la madre de mis hijos. La amaba tanto como puedo amar a nadie.
—Lucio Cornelio, no digas eso. ¡Se ama o no se ama! ¿Por que vas a ser
tú menos en amor?
Aquello le llegaba al alma y no quiso seguir hablando de ello.
—Me críé sin cariño y no he aprendido a querer —replicó recurriendo a la
excusa de siempre—. Ya no la quiero. En realidad, creo que la detesto. Pero es
la madre de mi hija y de mi hijo, y hasta que pase la amenaza de los germanos,
como mínimo, es lo único que tendrán los niños. Si me divorcio, hará alguna
barbaridad... se volverá loca o se suicidará, o se pondrá a beber
tres veces más vino del que bebe... o cualquier otra cosa igualmente
desesperada.
—Sí, tienes razón; el divorcio no es la solución, porque sería aún peor
para los niños —dijo Julia con un suspiro, enjugándose las lágrimas—. En este
momento hay dos mujeres en la familia con dificultades. ¿Puedo sugerirte otra
solución?
—¡Lo que sea, por favor! —exclamó Sila.
—Bien, mi madre es la otra mujer que está sufriendo. No está contenta de
vivir con su hermano Sexto, su mujer y su hijo. El principal problema que
existe entre ella y mi cuñada de la familia Claudia es que mi madre sigue
considerándose el ama de la casa y se pelean constantemente. Los Claudios son
tercos y dominantes y todas las mujeres de la familia están educadas de un modo
que desprecian las virtudes femeninas tradicionales, mientras que mi madre es
todo lo contrario —dijo Julia, moviendo la cabeza, entristecida.
Sila trataba de mostrarse comprensivo y al corriente de aquella lógica
femenina, pero no hizo comentarios.
—Mi madre ha cambiado desde la muerte de mi padre —prosiguió Julia
—. Creo que ninguno de nosotros se había dado cuenta de lo unidos que
estaban y de cuánto confiaba ella en su prudencia y sus orientaciones. Y ahora
se ha vuelto maniática y quisquillosa; todo le parece mal y a veces es
insufriblemente crítica. Cayo Mario vio lo mal que andaban las cosas en casa y
se ofreció a comprarle una villa en el mar para que el pobre Sexto viviera en
paz, pero ella se puso como una fiera y dijo que ya sabía que no la querían y
que si es que iban a tratarla como una perjura para que se fuera de su casa...
¡No sabes cómo fue!
—Me imagino que lo que insinúas es que invite a Marcia a vivir con
Julilla y conmigo —dijo Sila—, pero ¿cómo va a atraerle esta solución si no le
satisfizo lo de la villa en el mar?
—Porque se dio cuenta de que la solución de Cayo Mario era una simple
excusa para quitársela de en medio, y ella en estos momentos está muy irritada
para ceder ante la pobre esposa de Sexto —dijo Julia—. Pero
si la invitas a vivir con Julilla es distinto; para empezar, estará a un
paso de casa, y, además, verá que la necesitan, que es útil. Y podrá vigilar a
Julilla.
—¿Y querrá? —inquirió Sila, rascándose la cabeza—. Por lo que me ha
dicho Julilla, nunca viene de visita a pesar de que vive al lado.
—Es que tampoco se lleva bien con Julilla —contestó Julia, ya menos
preocupada—. ¡Se pelean! Julilla, apenas ve que entra por la puerta, le dice
que se vuelva a casa; pero si tú la invitases a vivir con vosotros, Julilla no
podría hacer nada.
—Parece que estás decidida a convertir mi casa en un infierno —replicó
Sila, sonriente.
—¿Y eso te importará, Lucio Cornelio? —respondió Julia enarcando una
ceja—. Al fin y al cabo, tú estarás fuera.
Mientras se lavaba las manos en la palangana que le había traído un
criado, Sila enarcó una ceja.
—Te lo agradezco, cuñada —dijo; se levantó y se inclinó a besar a Julia
en la mejilla—. Mañana veré a Marcia y le pediré que venga a vivir con
nosotros. Le expondré con toda franqueza los motivos. Mientras sepa que a mis
hijos se les cuida, podré soportar el estar apartado de ellos.
—¿No los cuidan bien los esclavos? —inquirió Julia levantándose. —Oh,
los esclavos los miman y los estropean. Julilla compró unas
doncellas estupendas para ocuparse de ellos. ¡Pero eso es convertirlos
en esclavos, Julia! Son chicas griegas, tracias, celtas o qué sé yo, llenas de
supersticiones y costumbres provincianas, que piensan en sus propios idiomas en
vez de hacerlo en latín y que siguen pensando en sus remotos padres y parientes
como en una especie de hitos de autoridad. Quiero que mis hijos se críen como
es debido, al estilo romano, que los eduque una romana. Tendría que hacerlo su
madre, pero como tengo mis dudas, no encuentro mejor alternativa que se ocupe
su abuela Marcia, que es una mujer resuelta.
—Bien —dijo Julia.
Se dirigieron a la puerta.
—¿Me es infiel Julilla? —inquirió Sila de repente.
Julia no fingió espanto ni se ofendió por la pregunta.
—Lo dudo mucho, Lucio Cornelio. Su vicio es el vino, no los hombres. Tú
eres hombre y consideras que los hombres son un vicio peor que el vino, pero yo
no estoy de acuerdo; el vino puede causar peores males a tus hijos que la
infidelidad de tu esposa. Una mujer infiel no deja de cuidar a sus hijos ni
quema la casa, mientras que una ebria sí. Ahora —añadió con un gesto de la
mano—, lo importante es que mi madre se ponga manos a la obra.
En aquel momento irrumpió Cayo Mario en la habitación, correctamente
vestido con la toga bordada de púrpura y gran aspecto de cónsul.
—¡Vamos, vamos, Lucio Cornelio! ¡Acabemos la ceremonia antes de que se
oculte el sol y salga la luna!
La esposa y el cuñado intercambiaron una sonrisa y los dos hombres
salieron hacia el templo de Júpiter.
Mario hizo cuanto pudo para ablandar a los aliados itálicos.
—No son romanos —dijo ante la cámara con ocasión de la primera reunión
práctica en los nones de enero—, pero son nuestros mejores aliados en todas
nuestras empresas y comparten con nosotros la península de Italia. Comparten
también la carga de aportar tropas para defender Italia y no han sido bien
servidos. Como tampoco lo ha sido Roma. Como sabéis, padres conscriptos,
actualmente se está dando un caso lamentable en la Asamblea de la plebe, en la
que el consular Marco Junio Silano se está defendiendo de la imputación que ha
presentado contra él el tribuno de la plebe Cneo Domicio. Aunque no se ha
pronunciado la palabra traición, la implicación está clara: Marco Junio es uno
de esos magistrados consulares de estos últimos años que ha perdido un ejército
entero, incluidas legiones de aliados itálicos.
Se volvió para mirar directamente hacia Silano, que aquel día estaba en
la cámara porque eran nones fasti, días de negocios públicos, y la Asamblea
plebeya no podía reunirse.
—No me corresponde hoy exponer ningún cargo contra Marco Junio.
Simplemente menciono un hecho. Que otros organismos y otros hombres se
ocupen de la querella. Yo simplemente menciono un hecho. Marco Junio no
necesita hablar hoy aquí en defensa de sus actos por causa mía. Yo simplemente
menciono un hecho.
Carraspeó, haciendo una pausa y ofreciendo a Silano la oportunidad de
decir algo, pero éste permanecía en silencio, como si Mario no existiese.
—Yo simplemente menciono un hecho, padres conscriptos.
Simplemente eso; un hecho es un hecho.
—¡Oh, vamos, continuad! —dijo Metelo el Numídico con aire de fastidio.
—Bien, gracias, Quinto Cecilio —replicó Mario haciendo una gran
reverencia con su mejor sonrisa—. ¿Cómo no iba a continuar habiendo sido
invitado a hacerlo por un magistrado consular tan augusto y notable como vos?
—Augusto y notable significa lo mismo, Cayo Mario —terció Metelo
Dalmático pontífice máximo, con fastidio similar al de su hermano menor
—. Ahorraríais a esta cámara considerable tiempo si hablaseis un latín
menos tautológico.
—Pido perdón al augusto y notable magistrado consular Lucio Cecilio
—replicó Mario, con otra profunda reverencia—, pero, en nuestra sociedad
eminentemente democrática, esta cámara está abierta a todos los romanos,
incluso a aquellos que, como yo, no pueden decirse augustos y notables. — Hizo
una pausa, fingiendo reflexionar, provocando una ofuscación de pestañas sobre
su nariz—. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! En la carga que nuestros aliados itálicos
comparten con nosotros facilitándonos tropas para defender Italia. Una de las
objeciones para aportar tropas que se repite en ese alud de cartas de los
magistrados de los samnitas, los apuleos, los marsos y otros — añadió, cogiendo
un montón de rollos que le tendía un funcionario y mostrándolos a la cámara— se
refiere a la legalidad de que exijamos a los aliados itálicos la provisión de
tropas para realizar campañas fuera de las fronteras de Italia y de la Galia
itálica. Los aliados itálicos, augustos y notables padres conscriptos,
sostienen que han estado aportando tropas, y perdiendo miles y miles de
hombres, ¡para las guerras de Roma en el extranjero!, y cito textualmente.
Se oyó un murmullo entre los senadores.
—¡Esa alegación es totalmente infundada! —espetó Escauro—. ¡Los enemigos
de Roma son también enemigos de Italia!
—Yo sólo cito lo que dicen las cartas, Marco Emilio, príncipe del Senado
—contestó Mario apaciguador—. Debemos tener en cuenta lo que dicen por la
simple razón de que yo imagino que esta cámara tendrá que recibir en breve
embajadas de todos los pueblos de Italia que han manifestado su descontento en
tan numerosas cartas.
—Bien, ¡basta de escaramuzas! —añadió en tono algo burlón—. Vivimos en
una península codo con codo con nuestros amigos itálicos, que no son romanos y
nunca lo serán. Que se hayan elevado a su actual prominente posición en el
mundo se debe exclusivamente a los grandes logros de Roma y los romanos. Que
los pueblos itálicos estén ampliamente presentes en las provincias y esferas de
influencia romana se debe estrictamente a los grandes logros de Roma y los
romanos. El pan de su mesa, el fuego de sus casas en invierno, la salud y el
número de sus hijos se lo deben a Roma y a los romanos. Antes de Roma, era el
caos, la total desunión. Antes de Roma estaban los crueles reyes etruscos al
norte de la península y los codiciosos griegos al sur. Por no hablar de los celtas
de la Galia.
La cámara escuchaba en silencio ahora que Mario hablaba en serio, y
hasta sus más acendrados enemigos prestaban atención, pues aquel militar, por
crudo y directo que fuera, era un buen orador en su latín provinciano mientras
dominase sus impulsos y hablase con un acento no muy distinto al de Escauro.
—Padres conscriptos, vosotros y el pueblo de Roma me habéis dado un
mandato para librar a Italia de los germanos. Tan pronto como sea posible,
llevaré como legados a la Galia Transalpina al propretor Manio Aquilio y al
valiente senador Lucio Cornelio Sila. ¡Aunque nos cueste la vida, os libraremos
de los germanos y garantizaremos la eterna seguridad de Roma e Italia! Eso os
prometo en mi nombre y en nombre de mis legados y de todos mis soldados.
Nuestro cometido es sagrado para nosotros y nada se opondrá
a nuestro paso. ¡Llevaremos a la cabeza las águilas de plata de las
legiones de Roma y alcanzaremos la victoria!
El grupo de senadores anodinos de los últimos bancos comenzó a vitorear
y a patear, y al poco aplaudían también las primeras filas, Escauro incluido,
pero no Metelo el Numídico.
Mario aguardó a que se hiciera el silencio.
—No obstante, antes de partir, debo suplicar a esta cámara que haga lo
que pueda para paliar la preocupación de nuestros aliados itálicos. No podemos
dar pábulo a estas alegaciones de que se emplean tropas itálicas para luchar en
campañas que no son de incumbencia de los aliados itálicos, ni podemos dejar de
alistar a todos los soldados que los aliados itálicos aceptaron formalmente
darnos en virtud de un tratado. Los germanos amenazan a toda la península,
incluida la Galia itálica. Pero la terrible escasez de hombres idóneos para
servir en las legiones afecta a los aliados itálicos tanto como a Roma. El pozo
se ha secado, colegas senadores, y el nivel de las aguas que lo alimentaban
tardará en subir. Me gustaría dar a nuestros aliados itálicos la seguridad de
que mientras exista un mínimo aliento de vida en este organismo nada augusto y
nada notable, nunca más las tropas itálicas, ni romanas, perderán la vida en
los campos de batalla. ¡Yo trataré con más reverencia y respeto que mi propia
vida la vida de los hombres que lleve conmigo a defender a la patria! Así os lo
prometo.
Se oyeron de nuevo vítores y aplausos, y esta vez las primeras filas se
unieron antes, pero no Metelo el Numídico ni Catulo César.
Mario volvió a aguardar a que se hiciese el silencio.
—Ha llegado a mi conocimiento una reprensible situación. Se trata de que
nosotros, el Senado y el pueblo de Roma, hemos sometido a esclavitud a muchos
miles de itálicos y aliados en concepto de deuda, enviándolos como esclavos a
las tierras de nuestros dominios en los confines del Mediterráneo. Como la
mayoría de ellos proceden de la agricultura, casi todos se hallan cancelando su
deuda en nuestros graneros de Sicilia, Cerdeña, Córcega y Africa. ¡Eso, padres
conscriptos, es una injusticia! Si a los deudores romanos ya no se les inflige
la esclavitud, tampoco debemos hacerlo con nuestros aliados itálicos. No, no
son romanos, y nunca serán
romanos; pero son nuestros hermanos de la península, y ningún romano
esclaviza a sus hermanos por deudas.
Sin dar tiempo a que protestasen los grandes latifundistas que había
entre los senadores, Mario prosiguió:
—Hasta que pueda dar a nuestros grandes terratenientes de las regiones
trigueras la mano de obra a base de esclavos germanos, deberán procurársela de
otro modo que no sea el de esclavos itálicos por deudas. Porque nosotros,
padres conscriptos, debemos promulgar hoy mismo un decreto, que ratifique la
Asamblea de la plebe, manumitiendo a todos los esclavos nacidos en los pueblos
itálicos que son aliados nuestros. No podemos imponer a nuestros aliados más
antiguos y fieles lo que no es aplicable entre nosotros. ¡Hay que liberar a
esos esclavos! Tienen que volver a Italia para cumplir con su deuda natural con
Roma: servir en las legiones auxiliares romanas.
"Se me informa que no queda población capíte censi en ningún pueblo
itálico porque están reducidos a la esclavitud. Pues bien, colegas del Senado,
el capite censi de Italia puede utilizarse mejor que trabajando en las regiones
de abastecimiento de trigo. ¡Ya no podemos formar ejércitos al estilo
tradicional, porque los pequeños propietarios que servían en ellos son
demasiado viejos, demasiado jóvenes o han muerto! De momento, el censo por
cabezas es el único recurso para alistar soldados. Mi valiente ejército
africano, totalmente reclutado entre ese censo, ha demostrado que estos hombres
llegan a ser magníficos soldados. Y del mismo modo que se ha demostrado que los
propietarios procedentes de los pueblos itálicos, como soldados, no son en nada
inferiores a los propietarios romanos, en los años venideros se demostrará que
los hombres del censo por cabezas de los pueblos itálicos no son en nada
inferiores a los soldados del censo por cabezas romano.
Mario descendió del estrado curul y dio unos pasos hasta el centro de la
cámara.
—¡Quiero ese decreto, padres conscriptos! ¿Me lo concederéis?
Lo había hecho magistralmente. Arrastrado por la fuerza de su oratoria,
el Senado en pleno reaccionó como un solo hombre, mientras Metelo el
Numídico, Metelo Dalmático, Escauro, Catulo César y otros trataban
inútilmente de tomar la palabra.
—¿Y cómo vas a lograr que los terratenientes trigueros acepten el
decreto? —inquirió Publio Rutilio Rufo, mientras acompañaba a Mario en la breve
distancia a su casa, después de la sesión de la cámara—. Supongo que te das
cuenta de que estás pisoteando precisamente al grupo de caballeros y
comerciantes de cuyo apoyo más dependes. Todos los favores que les concediste
en Africa quedarán en agua de borrajas. ¿Te das cuenta de la cantidad de esos
esclavos que son itálicos? ¡Sicilia funciona gracias a ellos!
—Ya tengo a mis agentes trabajando —respondió Mario, encogiéndose de
hombros—. Saldrá bien. Además, porque haya estado apartado en Cumas este último
mes, no creas que no me he movido. He realizado un estudio y los resultados son
bien elocuentes, y muy interesantes. Sí, hay muchos miles de esclavos
procedentes de los pueblos itálicos aliados trabajando en las zonas trigueras.
Pero en Sicilia, por ejemplo, la gran mayoría de ellos son griegos. Y en Africa
haré que el rey Gauda sustituya la mano de obra cuando liberen a los esclavos
itálicos. Gauda es cliente mío y no le queda más remedio que avenirse a mis
deseos. Cerdeña resulta más dificil, porque allí casi todos los esclavos son
itálicos. No obstante, estoy seguro de que al nuevo gobernador, nuestro estimado
propretor Tito Albicio, se le puede ganar para mi causa.
—Tiene un cuestor muy arrogante, Pompeyo el Bizco de Picenum — arguyó
Rutilio Rufo, poco convencido.
—Los cuestores son como mosquitos —replicó Mario con desdén—, que no
saben buscar otros sitios cuando empiezas a darte sopapos en la cabeza.
—No es una observación muy halagüeña para Lucio Cornelio.
—Él es distinto.
—No sé, Cayo Mario —dijo Rutilio Rufo con un suspiro—, no sé.
Espero que todo te salga como piensas.
—Viejo cínico —dijo Mario con afecto.
—Viejo escéptico, querrás decir —replicó Rutilio Rufo.
Mario tuvo conocimiento de que los germanos no mostraban intención de
dirigirse hacia el sur de la provincia romana de la Galia Transalpina, con
excepción de los cimbros, que habían cruzado a la orilla occidental del
Rhodanus y se mantenían lejos del territorio romano. Por el informe de su
agente supo Mario que los teutones iban errantes por el noroeste y que los
turingios, marcomanos y queruscos habían vuelto a asentarse entre los eduos y
los ambarres en lo que parecía una situación definitiva. Naturalmente, en el
informe se explicaba que ésta podía cambiar en cualquier momento. Pero 800000
personas requerían tiempo para recoger sus pertenencias, los animales y los
carros y ponerse en marcha. Cayo Mario no esperaba ver descender a los germanos
hacia el sur a lo largo del Rhodanus antes de mayo o junio. Si es que
avanzaban.
A Mario no acababa de gustarle aquel informe. Sus hombres estaban
ansiosos de entrar en combate, sus legados también y oficiales y centuriones
habían trabajado con tesón para lograr una maquina militar perfecta. Aunque
Mario sabía desde su regreso en diciembre que había un intérprete germano que
aseguraba que los bárbaros estaban divididos por rencillas, estaba convencido
de que reanudarían la marcha por la provincia romana. Después de haber
aniquilado a un gran ejército romano era lógico y natural que aprovechasen esa
victoria e invadieran el territorio que habían ganado por la fuerza de las
armas e incluso trataran de asentarse en él. Porque si no, ¿a cuento de qué
iniciar la migración y presentar batalla? No tenía sentido.
—¡A mí me resultan un absoluto misterio! —exclamó, irritado y
decepcionado, hablando con Sila y Aquilio después de recibir el informe.
—Son bárbaros —dijo Aquilio, que había obtenido el cargo de legado
sugiriendo el nombramiento de Mario como cónsul, y ahora estaba deseoso de
seguir ascendiendo.
—Sabemos bien poco de ellos —añadió Sila, inopinadamente reflexivo.
—¡Eso es lo que digo yo! —espetó Mario.
—No, me refiero a otra cosa —añadió, dándose una palmada en las
rodillas—, pero voy a pensármelo mejor antes de hablar, Cayo Mario. Al fin
y al cabo no sabemos qué vamos a encontrarnos al otro lado de los Alpes.
—Eso es algo que tenemos que decidir —dijo Mario.
—¿El qué? —inquirió Aquilio.
—Cruzar los Alpes. Ahora que nos aseguran que los germanos no van a
constituir ninguna amenaza antes de mayo o junio como muy pronto, no creo que
debamos cruzar los Alpes. Al menos, no por la ruta habitual. Nos pondremos en
marcha a finales de enero con un enorme convoy de pertrechos y el avance será
lento. Una de las virtudes de Metelo Dalmático en su cargo de pontífice máximo
es que es un fanático del calendario y mantiene equiparados los meses con las
estaciones. ¿Has notado el frío este invierno? —añadió, dirigiéndose a Sila.
—Ya lo creo, Cayo Mario.
—Yo también. Tenemos la sangre floja, Lucio Cornelio, de tanto tiempo en
Africa en que casi no hiela y la nieve sólo se ve en las montañas más altas. Y
a las tropas les sucede igual. Si cruzamos los Alpes en invierno por el paso
del monte Genava, les afectará profundamente.
—Después de estar de licencia en Campania necesitarán endurecerse —
replicó Sila, intransigente.
—¡Ah, sí! Pero no perdiendo los dedos por congelación y el tacto de las
manos por los sabañones. Tienen equipo de invierno, pero ¿se lo pondrán esos
cunni ariscos?
—Si se les ordena, sí.
—Ya veo que estás decidido a ser duro —dijo Mario—. Muy bien, dejaré de
ser razonable y daré órdenes. No vamos a llevar las legiones a la Galia
Transalpina por la ruta habitual. Avanzaremos por la costa aunque sea más
largo.
—¡Por los dioses, tardaremos una eternidad! —protestó Aquilio. —¿Cuánto
tiempo hace que no ha viajado un ejército a Hispania o a la
Galia por la costa? —preguntó Mario a Aquilio.
—¡Yo ni lo recuerdo!
—¡Pues, ahí está! —replicó Mario en tono triunfal—. Por eso vamos a
hacerlo. Quiero saber lo difícil que es, cuánto se tarda, cómo están las
calzadas, qué terreno tenemos, todo. Yo llevaré cuatro legiones a marcha
ligera y tú, Manio Aquilio, las otras dos más las cohortes
suplementarias que hemos logrado formar, escoltando el convoy de pertrechos.
Si, cuando marchen hacia el sur, los germanos se dirigen a Italia en vez de a
Hispania, ¿cómo sabremos si van a hacerlo por el paso del monte Genava hacia la
Galia itálica o si se dirigirán directamente a Roma por la costa? No parece que
tengan mucho interés en averiguar cómo pensamos; luego, ¿cómo van a saber que
la ruta más rápida y más corta hacia Roma no es por la costa, sino a través de
los Alpes por la Galia itálica?
Sus legados se le quedaron mirando.
—Ya veo lo que quieres decir —dijo Sila—. Pero ¿por qué llevar a todo el
ejército? Podríamos hacerlo mejor tú y yo con un pequeño escuadrón.
—¡No! —replicó Mario, meneando enérgicamente la cabeza—. No quiero
quedar separado de mi ejército por centenares de millas de montañas
infranqueables. Donde yo voy, va todo mi ejército.
Y así, a finales de enero, Cayo Mario condujo sus tropas hacia el norte
por la vía costera Aurelia, sin dejar de tomar notas durante todo el camino y
de enviar breves cartas al Senado indicando las reparaciones que había que
efectuar en determinados tramos de la calzada, los puentes que había que
construir o reforzar y los viaductos que tender o reparar.
Decía en una carta:
Esto es Italia, y todas las rutas que llevan al norte de la península, a
la Galia itálica y Liguria, deben estar en perfectas condiciones para no
lamentarlo en un futuro.
En Pisa, donde el río Arnus desemboca en el mar, el ejército pasó de
Italia propiamente dicha a la Galia itálica, que era una zona de lo más
extraño, no denominada oficialmente provincia ni con gobierno como el resto de
Italia. Era una especie de limbo. De Pisa hasta Vada Sabatia, la calzada era
totalmente nueva aunque sin acabar; era obra de Escauro cuando había sido
censor y se llamaba la Via Emilia Scauri. Mario escribió a Marco Emilio
Escauro, príncipe del Senado, lo siguiente:
Es de alabar vuestra previsión; yo considero la Via Emilia Scauri uno de
los principales factores complementarios de defensa de Roma e Italia desde que
se abrió el paso del monte Genava, y de eso ya hace mucho tiempo, si tenemos en
cuenta que el propio Aníbal lo utilizó. El ramal a Dertona es vital
estratégicamente, ya que constituye la única ruta a través de los Apeninos
ligures entre el Padus y la costa del Tirreno, que es la costa de Roma.
Los problemas son enormes. He hablado con vuestros ingenieros, que son
muy competentes, y me place transmitiros su petición de recabar más fondos para
aumentar la mano de obra en este tramo. Requiere algunos de los viaductos más
altos y más largos concebibles de estructura más parecida a la de los
acueductos que a la de puentes viarios. Afortunadamente hay canteras próximas
para extraer la piedra, pero la reducidísima mano de obra retrasa el ritmo a
que yo estimo debe efectuarse la obra. Con todo respeto, os requiero a que os
sirváis de vuestro enorme prestigio para obtener el dinero del Senado y del
Erario y activar la construcción. Si se pudiera terminar a finales del verano,
Roma estaría más tranquila pensando que con cincuenta simples millas de carretera
ahorraría centenares de marcha a sus ejércitos.
—Ahí está —dijo Mario a Sila—. ¡Para que el viejo esté ocupado y
contento!
—Ya lo creo —añadió Sila, sonriente.
La Via Emilia Scauri acababa en Vada Sabatia y a partir de allí no
existía calzada romana, sino una pista de carros que seguía el terreno más
fácil por una zona de altas montañas costeras.
—Vas a arrepentirte de elegir esa ruta —dijo Sila.
—Al contrario, me complace seguirla. Podré observar los millares de
puntos en que es posible una emboscada, y no entiendo por qué nadie en su sano
juicio la utiliza para ir a la Galia Transalpina. Ahora entiendo por qué Publio
Vagienio, que es de estos lugares, es capaz de escalar un farallón y encontrar
sus caracoles y me doy cuenta de que no tenemos por qué temer que los germanos
opten por esta ruta. Sí, puede que comiencen a avanzar
por la costa, pero al cabo de un par de días, sus avanzadillas a caballo
retrocederán para disuadirlos de seguir adelante. Si para nosotros es difícil,
para ellos resulta imposible. ¡Estupendo!
Mario se volvió hacia Quinto Sertorio, quien, a pesar de su juventud,
gozaba de una posición privilegiada ganada por méritos.
—Quinto Sertorio, muchacho, ¿dónde crees que debe encontrarse el convoy
de pertrechos?
—Yo diría que entre Populonia y Pisa, dadas las malas condiciones de la
Via Aurelia —contestó Sertorio.
—¿Cómo está tu pierna?
—No en muy buenas condiciones para ir hasta allá a caballo — respondió
el joven Sertorio, que siempre se anticipaba al pensamiento de Mario.
—Pues búscame tres hombres que estén en condiciones y envíalos con esto
—dijo Mario, señalándole unas tablillas de cera.
—Vas a enviar el convoy de pertrechos por la Via Cassia hasta Florencia,
después por la Via Annia a Bononia y luego a través del paso del monte
Genava... —dijo Sila, con un suspiro de alivio.
—Podemos necesitar todas esas vigas, tornillos y grúas —dijo Mario,
imprimiendo su sello anular sobre la cera y cerrando las bisagras de la
tablilla—. Toma. Y asegúrate de que la cierran bien y la vuelven a sellar —
añadió, dirigiéndose a Sertorio—. No quiero que nadie fisgue en las órdenes. Y
que las entreguen en mano a Manio Aquilio, ¿entendido?
Sertorio asintió con la cabeza y abandonó la tienda de mando.
—En cuanto a este ejército, vamos a hacerle trabajar conforme avanza
—dijo Mario a Sila—. Envía a los agrimensores en avanzadilla, que vamos a hacer
una pista decente, ya que no una calzada.
En Liguria, igual que en otras regiones en las que las montañas estaban
llenas de precipicios y eran escasas las tierras cultivables, la población se
dedicaba principalmente a la cría de ganado y al pastoreo, o al bandidaje y la
piratería; o, como Publio Vagienio, se enrolaban en las legiones auxiliares y
fuerzas de caballería de Roma. En todos los puntos en que Mario veía barcos y
pueblecitos en una rada y consideraba que los barcos eran más de
piratería que de pesca, quemaba barcos y casas, dejaba a las mujeres, a
los viejos y a los niños y se llevaba a los hombres a trabajar para mejorar la
carretera. Mientras, los informes de Arausio, Valentia, Vienne y hasta de
Lugdunum daban a entender a las claras que no iba a haber enfrentamiento con
los germanos aquel año.
A principios de junio, tras cuatro meses de marcha, Mario llegó con sus
legiones a las grandes llanuras costeras de la Galia Transalpina y se detuvo en
un buen terreno entre Arelate y Aquae Sextiae, cerca de la ciudad de Glanum, al
sur del río Druentia. Su convoy de pertrechos había llegado antes que él, tras
una marcha de tres meses y medio.
Eligió el emplazamiento del campamento con sumo cuidado, lejos de
terrenos de labor. Era una amplia colina con laderas rocosas y escarpadas por
tres lados y varias fuentes en la cumbre, mientras que el cuarto lado no era ni
demasiado abrupto ni demasiado angosto para impedir la rápida entrada y salida
de tropas.
—Aquí vamos a vivir en los meses venideros —dijo con gesto de
satisfacción—. Vamos a convertirlo en Carcasso.
Ni Sila ni Manio Aquilio hicieron ningún comentario, pero Sertorio no se
contuvo.
—¿Y es necesario? —inquirió—. Si crees que vamos a quedarnos aquí muchos
meses, ¿no sería mucho más fácil alojar a las tropas en Arelate o Glanum? ¿Por
qué acampar aquí? ¿Por qué no buscar a los germanos y enfrentarnos a ellos
antes de que lleguen hasta aquí?
—Bien, joven Sertorio, por lo visto los germanos se han dispersado. Los
cimbros, que parecían dispuestos a seguir hacia el oeste del Rhodanus, han
cambiado ahora de idea y se dirigen, por el oeste de la Cebenna, a Hispania, es
de suponer que a través de las tierras de los arvernos. Los teutones y
tigurinos han dejado las tierras de los eduos y se han asentado entre los
belgas. Al menos eso dicen los informes, aunque, en realidad, creo que son
suposiciones.
—¿Y no podemos comprobarlo? —inquirió Sertorio.
—¿Cómo? —replicó Mario—. Los galos no nos tienen mucho cariño y de ellos
dependemos para la información. Que hasta el momento nos la
hayan facilitado, se explica porque no quieren a los germanos en sus
tierras. Pero puedes estar seguro de una cosa: cuando los germanos lleguen a
los Pirineos, retrocederán. Y dudo mucho de que los belgas sean más
hospitalarios que los celtíberos allende los Pirineos. Desde la perspectiva
germana, yo me plantearía el objetivo de pasar a Italia. Así que aquí estaremos
hasta que lleguen los germanos, Quinto Sertorio. Me da igual que tarden años.
—Si tardan años, Cayo Mario, el ejército caerá en la molicie y te
despojarán del mando —dijo Manio Aquilio.
—No caerá en la molicie porque voy a darle trabajo —replicó Mario—.
Tenemos casi cuarenta mil hombres del censo por cabezas; el Estado los paga, es
el propietario de sus armas y equipo y los alimenta. Cuando se retiren, yo me
encargaré de que el Estado los atienda cuando sean viejos. Pero mientras sirvan
en el ejército del Estado, son simples empleados suyos. Yo, como cónsul,
represento al Estado y son mis empleados. Y me cuestan mucho dinero. Si lo
único que les exijo es que estén sentaditos esperando que haya una batalla,
imaginaos el inmenso coste de la misma cuando tenga lugar. —Las cejas de Mario
subían y bajaban desaforadamente—. No han firmado un contrato para estarse
sentados esperando una batalla, se han alistado en el ejército del Estado para
lo que éste requiera de ellos. Como es el Estado quien los paga, tienen que
trabajar para él. Y eso es lo que van a hacer. Trabajar! Este año van a reparar
la Via Domicia desde Nemausus hasta Ocelum, y el año que viene excavarán un
canal desde el mar hasta el Rhodanus, en Arelate.
Todos le miraban fascinados, y durante un buen rato no supieron qué
decir.
Fue Sila quien lanzó un silbido.
—¡Al soldado se le paga para luchar!
—Si compra su equipo con su propio dinero y el Estado simplemente le da
de comer, perfectamente. Pero esa circunstancia no se da en mis hombres
—replicó Cayo Mario—. Cuando no tengan que combatir, harán obras públicas que
son muy necesarias, aunque nada más sea para que entiendan
que están al servicio del Estado igual que un hombre está al servicio de
quien le da trabajo. ¡Y eso los mantendrá en forma!
—¿Y nosotros? —inquirió Sila—. ¿Vas a convertirnos en ingenieros? —¿Por
qué no? —contestó Mario.
—Para empezar, yo no soy empleado del Estado —dijo Sila con buen humor—.
Regalo mi tiempo, como todos los legados y tribunos.
—Lucio Cornelio —replicó Mario mirándole taimado—, créeme que es un
regalo que agradezco.
Y no añadió mas.
Pese a todo, Sila salió de la reunión poco contento. ¡Empleados del
Estado! Quizá fuese cierto para los del censo por cabezas, pero no para los
tribunos y legados, como había objetado él. Mario lo había comprendido y no
había insistido, pero lo que Sila no había dicho era la verdad. La recompensa
monetaria de legados y tribunos era su parte en el botín, y nadie tenía
realmente idea de lo que podía sacarse del botin de los germanos. La venta de
prisioneros como esclavos era un privilegio del general que no compartía con
legados y tribunos, centuriones ni tropas, y, no sabía por qué, pero le daba la
impresión a Sila de que al cabo de aquella larga campaña de los años que fuese,
el botín no iba a ser muy cuantioso, salvo en esclavos.
No le había gustado a Sila la larga y penosa marcha hasta el Rhodanus.
Quinto Sertorio se había pasado el viaje olfateando alegremente como un perro
suelto, entregándose con auténtico placer a cualquier tarea; había aprendido a
utilizar el groma con el que los agrimensores medían el terreno, había estado
observando cómo los zapadores salvaban los ríos crecidos, cómo reparaban los
puentes y contenían los deslizamientos de tierras; había conducido un par de
centurias a limpiar un nido de piratas en una ensenada; había trabajado con las
cuadrillas de reparación de calzadas; servido de escucha en avanzadilla, e
incluso había amaestrado a un aguilucho herido en un ala, que venía a verle de
vez en cuando. Sí, para Quinto Sertorio todo era miel sobre hojuelas. Desde
luego, al menos en eso se notaba que era pariente de Cayo Mario.
Pero Sila necesitaba drama. Tenía suficiente perspicacia para darse
cuenta de que, ahora que era senador, eso representaba un fallo de carácter;
pero ya con treinta y seis años, no se veía capaz de suprimir ese aspecto de su
carácter. Hasta aquella horrenda e interminable marcha por la Via Emilia Scauri
y los Alpes marítimos, había disfrutado mucho con su carrera militar, llena de
acción y desafío, ya fuese en combate o modelando una nueva Africa. Pero él no
había venido a la Galia Transalpina a hacer carreteras y excavar canales. ¡Ni
mucho menos!
A finales de otoño habría elecciones consulares y a Mario le sustituiría
alguien que a él le resultaría perjudicial; todo lo que Mario podría apuntarse
en su segundo consulado sería una magnífica calzada que ya llevaba el nombre de
otro. ¿Cómo podía estar tan tranquilo y despreocupado? Ni siquiera se había
tomado la molestia de contestar a la objeción de Aquilio en el sentido de que
le privarían del mando. ¿Qué se traía entre manos el zorro de Arpinum? ¿Por qué
no se le veía preocupado?
Sila olvidó de pronto aquellos arduos interrogantes, porque acababa de
ver algo que prometía ser deliciosamente picante, y sus ojos comenzaron a
bailar de interés y recreo.
Fuera de la tienda de los tribunos había dos hombres hablando. O al
menos eso era lo que le habría parecido a un observador cualquiera, pero a Sila
se le antojó el prólogo de una maravillosa farsa. El más alto de los dos era
Cayo Julio César y el más bajo Cayo Lusio, sobrino del "gran hombre"
(sólo por matrimonio, se habría apresurado a añadir Mario).
Sila se dirigió hacia ellos pensando en si habría que serlo para
reconocerlo. Era evidente que César no sabía distinguirlo, y, sin embargo, Sila
notaba en él una especie de alarma.
—¡Oh, Lucio Cornelio! —relinchó Cayo Lusio—. Estaba preguntándole a Cayo
Julio si sabía qué clase de vida nocturna hay en Arelate, y si quería ir a
probarla conmigo.
El bello rostro longilíneo de César era una máscara inexpresiva de
cortesía, pero se le notaba claramente el deseo de apartarse de aquella
compañía, pensó Sila, por la mirada que procuraba mantener fija en Lusio y que
se le iba hacia un lado, por los imperceptibles movimientos que sus pies
hacían en las botas militares, por el leve movimiento de dedos, y por
muchas cosas más.
—Quizá Lucio Cornelio lo sepa mejor que yo —dijo César, comenzando a
buscar la manera de evadirse, cargando el peso sobre un pie y desviando el otro
un poco.
—¡Oh, no, Cayo Julio, no te vayas! —dijo Lusio—. ¡Cuantos más seamos,
mejor! —añadió con una risita.
—Lo siento, Cayo Lusio, tengo servicio —dijo César, alejándose.
Sila agarró a Lusio del codo y le apartó de la tienda. Pero le soltó
inmediatamente.
Cayo Lusio era muy bien parecido. Tenía ojos verdes con largas pestañas
y una poblada melena rizada rojo castaño, cejas bien arqueadas y oscuras y una
nariz de longitud más bien griega, recta y carnosa. Un pequeño Apolo, pensó
Sila sin impresionarse ni sentir tentación alguna.
Le extrañaba que Mario hubiese puesto los ojos en el joven; era raro en
él. Presionado por su familia para que aceptase a Cayo Lusio bajo su mando,
Mario había nombrado al joven tribuno sin que le hubieran elegido porque tenía
la edad adecuada, pero habría preferido olvidarse de que existía hasta que
llegara a destacar por alguna hazaña de valor o de extraordinaria habilidad.
—Cayo Lusio, voy a darte un consejo —dijo Sila enérgicamente.
El joven parpadeó con sus largas pestañas y bajó los ojos.
—Te agradezco cualquier consejo, Lucio Cornelio.
—Tú te incorporaste ayer al ejército y has venido desde Roma por tu
cuenta —comenzó a decir Sila.
—Desde Roma no, Lucio Cornelio —le interrumpió Lusio—, desde Ferentinum.
Mi tío Cayo Mario me dio permiso para quedarme en Ferentinum porque mi madre
estaba enferma.
¡Aaah!, se dijo Sila para sus adentros. Eso explicaba el brusco
distanciamiento de Mario respecto a su sobrino por matrimonio. ¡Cómo no iba a
detestar dar semejante excusa por la tardanza del joven en incorporarse a
filas, cuando ni a él se le habría ocurrido recurrir a ella!
—Mi tío aún no me ha pedido que vaya a verle —añadió Lusio—. ¿Cuándo voy
a verle?
—Espera a que te llame, pero dudo que lo haga. Hasta que no demuestres
lo que vales, eres un estorbo para él, por la simple razón de que has pedido
privilegios antes de que comenzase la campaña... y te has incorporado tarde.
—¡Es que mi madre estaba enferma! —replicó Lusio, indignado. —Todos
tenemos madre, Cayo Lusio, o todos la hemos tenido. Muchos
de nosotros nos hemos visto obligados a ir al servicio militar cuando
teníamos enferma a nuestra madre, y muchos nos hemos enterado de la muerte de
la madre haciendo el servicio militar muy lejos de ella. Y todos tenemos gran
cariño a nuestra madre. Pero que la madre esté enferma no se considera un
pretexto aceptable para incorporarse tarde a filas. Imagino que ya habrás
contado a tus compañeros de tienda por qué has llegado tarde...
—Sí —contestó Lusio, cada vez más perplejo.
—Lástima. Mejor habría sido que no hubieses dado explicaciones y que
hubiesen pensado lo que quisieran. Con esa excusa no ganas nada ante ellos y tu
tío sabe que él tampoco por consentirlo. Pero el parentesco es el parentesco, y
se presta a la injusticia —dijo Sila, frunciendo el entrecejo—. De todos modos,
no es lo que quería decirte. Estamos en el ejército de Cayo Mario, no en el de
Escipión el Africano. ¿Sabes a qué me refiero?
—No —contestó Lusio, totalmente despistado.
—Catón el censor acusó al Africano y a sus oficiales de mandar un
ejército minado por la inmoralidad. Pues bien, Cayo Mario piensa mucho más como
Catón el censor que como Escipión el Africano. ¿Me entiendes ahora?
—No —respondió Lusio, palideciendo.
—Yo creo que si —replicó Sila, sonriendo para mostrar sus desagradables
dientes—. Te atraen los jóvenes guapos y no las mujeres. No puedo acusarte de
afeminamiento manifiesto, pero si vas por ahí moviendo las pestañas a jóvenes
como Cayo Julio (que, por cierto, es cuñado de tu tío, igual que yo), te
encontrarás con graves problemas. Preferir el sexo propio no está considerado
una virtud romana; al contrario, se considera, sobre
todo en las legiones, un vicio nefando. Si no lo fuese, quizá las
mujeres de las ciudades próximas a nuestros campamentos no harían tanto dinero
ni las mujeres de los enemigos que vencemos sentirían la violación como primera
imposición de la espada romana. ¡Pero algo de esto tienes que saber!
Lusio estaba muy nervioso; aquella reprimenda le causaba a la vez un
sentimiento de inferioridad y de enorme injusticia.
—¡Cómo cambian los tiempos —replicó—, ya no es el pecadillo social de
antaño!
—Confundes los tiempos, Cayo Lusio, quizá porque quisieras que cambiasen
y te juntas con gente de tu clase que piensa igual; os reunís y comparáis
anécdotas, y aprovecháis cualquier afirmación para apoyar vuestro criterio.
Pero te aseguro —añadió Sila, muy serio— que cuanto más te aísles en ese mundo
en que naciste, más te engañarás a ti mismo. Y no hay ningún sitio en el que se
perdone menos preferir al propio sexo como en el ejército de Cayo Mario. Y
nadie te castigará más severamente que él si se entera de tu secreto.
—¡Me volveré loco! —exclamó el joven Lusio, casi llorando y
retorciéndose las manos.
—No te volverás loco. Te autodisciplinarás y tendrás mucho cuidado con
quién te la juegas; y en seguida aprenderás las señas que se llevan aquí entre
los que tienen tus gustos —dijo Sila—. Yo no podría decírtelas porque a mí no
me afecta el vicio. Si eres ambicioso y quieres triunfar en la vida pública,
Cayo Lusio, te recomiendo que no caigas en él. Pero, dado que eres joven y
quizá no puedas reprimir tus apetitos, asegúrate de que no te equivocas con la
gente.
Y con una amable sonrisa, Sila dio media vuelta y se alejó.
Estuvo un rato paseando sin rumbo fijo, con las manos a la espalda, sin
apenas advertir la ordenada actividad del campamento. Se habían dado
instrucciones a las legiones para montar un campamento provisional, pese a que
no había fuerza enemiga en la provincia. Pero el reglamento estipulaba que un
ejército romano no debía dormir sin protección. Ya estaban agrónomos y
zapadores marcando el campamento fijo del alcor, y las tropas que no tenían
asignada la organización del campamento provisional
comenzaban a fortificar la colina, siendo la tarea principal procurarse
madera para hacer vigas, estacas y estructuras; pero en el valle del Rhodanus
había pocos bosques, dado que era una región muy poblada desde hacia siglos,
desde los tiempos de la fundación de Massilia por los griegos, y su influencia,
antes que la de los romanos, se había extendido a las tierras del interior.
El ejército estaba acampado al norte de los vastos marjales que
constituían el delta del Rhodanus y se extendían al este y al oeste; como de
costumbre, Mario había elegido un terreno sin cultivar.
—No hay que buscarse la enemistad de un posible aliado —dijo—. Además,
con cincuenta mil bocas más en la región, necesitarán hasta el último palmo de
tierra de cultivo.
Los intendentes de grano y provisiones de Mario ya andaban recorriendo
la comarca para establecer contratos con los agricultores y las tropas estaban
construyendo silos en lo alto del alcor para almacenar la cantidad suficiente
para alimentar a los cincuenta mil hombres durante los doce meses entre una
cosecha y otra. En el convoy de pertrechos venían todas las cosas que, por los
informes, sabía Mario que no iba a encontrar en la Galia Transalpina o que
existiría escasez de ellas: brea, grandes vigas, poleas, herramientas, grúas,
cabrestantes, cal y cantidades masivas de tornillos y clavos de hierro. En
Populonia y Pisae, los dos puertos a donde llegaban los lingotes de hierro
dulce de la isla de Ilva, el praefectum fabrum había adquirido todos los
existentes y los había hecho transportar en carros para las necesidades de
fundición; entre los pertrechos y la maquinaria había yunques, crisoles,
martillos, ladrillos y todo lo necesario. Ya había una cuadrilla acarreando
madera para hacer un buen aprovisionamiento de carbón, ya que sin carbón no se
podía obtener un horno con la temperatura apropiada para fundir el hierro, y no
digamos acerarlo.
Cuando dio media vuelta camino de la tienda del general, Sila había ya
decidido que había llegado el momento. Acababa de encontrar solución para el
aburrimiento; una solución capaz de procurarle todo el drama que su espíritu
necesitaba. La idea había tomado forma mientras se hallaba en
Roma y la había ido madurando a lo largo de la marcha por la costa. Y
acababa de cristalizar. Sí, había llegado el momento de ver a Cayo Mario.
El general estaba solo, escribiendo concienzudamente.
—Cayo Mario, ¿tendrías una hora para dedicarme? Quisiera que me
acompañases a dar un paseo —dijo Sila, manteniendo abierto el faldón que
separaba la tienda del toldo de piel que protegía al oficial de guardia. Un
rayo de luz caía sobre su espalda, confiriéndole un aura de oro líquido, del
que destacaban su cabeza y los hombros bañados por los largos rizos de su
cabellera.
Mario alzó la cabeza y contempló el encuadre con desagrado. —Necesitas
cortarte el pelo —dijo sin preámbulos—. Unos centímetros
más y parecerás una bailarina.
—¡Extraordinario! —exclamó Sila, sin moverse.
—Desidia, diría yo —replicó Mario.
—Lo extraordinario es que no lo hayas advertido durante meses, y justo
ahora que venía a hablarte de ello, lo adviertes. No lees en la mente de la
gente, Cayo Mario, pero creo que sintonizas con el pensamiento de tus
colaboradores.
—Lo que dices también parece propio de una bailarina —respondió Mario—.
¿Por qué quieres que te acompañe a pasear?
—Porque quiero hablarte en privado, Cayo Mario, en algún sitio seguro en
el que las paredes no oigan. Un paseo será lo mejor.
Mario dejó la pluma, enrolló el papel y se puso en pie.
—Prefiero pasear a escribir, Lucio Cornelio. Vamos.
Cruzaron el campamento a buen paso sin hablar ni fijarse en las curiosas
miradas que suscitaban por parte de centuriones, soldados y cadetes; al cabo de
tres años de campañas con Cayo Mario y Lucio Cornelio, los legionarios habían
adquirido un conocimiento tan certero de sus comandantes, que sabían cuándo
tramaban algo importante. Y aquel día notaban que algo se traían entre manos.
Estaba ya muy avanzado el día para tratar de ascender al altozano, así
que se detuvieron en un sitio en el que el viento se llevaba sus palabras.
—Bien, ¿de qué se trata? —inquirió Mario.
—Comencé a dejarme crecer el pelo en Roma —dijo Sila.
—No me había fijado hasta ahora. Supongo que el pelo tiene que ver con
lo que quieres decirme.
—Voy a convertirme en galo —dijo Sila.
—¡Oh! Cuéntame, Lucio Cornelio —dijo Mario con aire de prevención. —El
aspecto más frustrante de esta campaña contra los germanos es nuestra más
absoluta falta de información sobre ellos —respondió Sila—. Desde el principio,
cuando los táuricos nos enviaron su primera petición de ayuda y supimos que los
germanos iniciaban una migración, nos hemos tropezado con el inconveniente de
que no sabemos nada sobre ellos. No sabemos quiénes son, de dónde vienen, qué
dioses adoran, y menos por qué migran de sus paises de origen, qué clase de
organización social tienen y cómo se gobiernan. Y lo más importante, no sabemos
por qué nos derrotan
y luego se alejan de Italia.
Hablaba con la vista apartada de Mario, los últimos rayos de sol los
envolvían y éste sentía un extraño temor; raras veces le causaba impresión una
faceta oculta de Sila, esa faceta que él denominaba inhumana, en un sentido muy
distinto del habitual. No, se trataba de que, simplemente, parecía que Sila de
pronto descorriera un velo y apareciese distinto a un ser humano, y tampoco es
que apareciese como un dios; se transformaba en un ser distinto a ningún
mortal. Y en aquel momento, aquella faceta cobraba mayor relieve y era como si
tuviese un sol interno en la mirada.
—Continúa —dijo Mario.
—Antes de salir de Roma me compré dos esclavos. Han viajado conmigo y
los tengo aquí. Uno es un galo de Carnutes, la tribu depositaria de la religión
celta. Es una fe extraña; creen que los árboles son seres animados, que tienen
espíritu o algo parecido; es muy difícil establecer una comparación con
nuestras creencias. El otro es un germano de los cimbros, capturado en Noricum
cuando la derrota de Carbo. Los tengo a los dos separados y ninguno sabe de la
existencia del otro.
—¿Y no te has enterado de cosas de los germanos por tu esclavo? —
inquirió Mario.
—Nada. Pretende no saber nada de quiénes son ni de dónde proceden. Por
mis averiguaciones he llegado a la conclusión de que su ignorancia es un rasgo
común a todos los germanos que hemos capturado y tenemos como esclavos, aunque
dudo mucho que haya ningún amo romano que haya intentado obtener información.
Eso, ahora, da igual. Mi propósito al comprar ese germano era obtener
información, pero viendo que era tan recalcitrante, y no tiene objeto torturar
a un individuo que parece un buey, se me ocurrió otra idea. La información,
Cayo Mario, suele ser de segunda mano, y, para nuestros propósitos, inadecuada.
—Cierto —dijo Mario, que sabía adónde quería ir a parar Sila, pero no
deseaba presionarle.
—Así que empecé a pensar que si no era inminente la guerra con los
germanos, nos interesaba tratar de obtener información de primera mano —
continuó Sila—. Mis dos esclavos han estado al servicio de romanos bastante
tiempo y hablan latín, aunque en el caso del germano, un latín rudimentario. Lo
curioso es que, por el galo, he sabido que entre sus compatriotas de pelo largo
la segunda lengua es el latín, no el griego. Bueno, no es que vaya a suponer
que los galos vayan por ahí contando chistes en latín, pero gracias a los
contactos que mantenemos con las tribus asentadas, como son los eduos, a través
de soldados y comerciantes, hay galos que tienen conocimientos de latín y han
aprendido a leerlo y escribirlo, y, como su lengua no se escribe, cuando leen y
escriben lo hacen en latín. No en griego. Es fascinante, ¿verdad? Estamos tan
acostumbrados a pensar que el griego es la lengua universal que resulta
gracioso que haya una parte del mundo en la que se prefiera el latín.
—No siendo erudito ni filósofo, Lucio Cornelio, debo confesarte que no
es algo que me subyugue. No obstante —añadió Mario con una tímida sonrisa—, sí
que tengo sumo ínterés en saber datos sobre los germanos.
—¡Tocado, Cayo Mario! —exclamó Sila alzando las manos, como
rindiéndose—. Muy bien. Veamos: hace casi cinco meses que vengo aprendiendo la
lengua de los carnutos del centro de la Galia y el idioma de los cimbros
germánicos. Mi maestro de carnuto siente mayor entusiasmo por el plan que mi
maestro de germano, pero también hay que decir que es
más despierto. —Sila hizo una pausa para reflexionar sobre tal
afirmación y no acabó de complacerle—. Mi impresión de que el germano es más
cerrado de mollera quizá no sea correcta; quizá sea porque la añoranza de los
suyos es más fuerte que en el caso del galo y le produce un distanciamiento
mental de su actual desgracia. O, dado la suerte de la sisa y el hecho de que
fue lo bastante tonto para dejarse capturar en una guerra que ganaron los
suyos, quizá si que sea un germano tonto.
—Lucio Cornelio, mi paciencia no es inagotable —dijo Mario, más bien en
tono de resignación—. ¡Pareces un peripatético especialmente peripatético!
—Perdona —replicó Sila con una sonrisa, volviéndose a mirarle a la cara.
El fulgor en sus ojos cesó y de nuevo pareció un ser mortal—. Con mi pelo, mi
tez y mis ojos —prosiguió animado—, puedo hacerme pasar fácilmente por galo.
Voy a convertirme en galo y viajar a zonas en que los romanos no se
arriesgarían a aventurarse. Concretamente, pienso seguir a los germanos en su
marcha hacia Hispania, lo que, tengo entendido, incluye a los cimbros y
seguramente a los otros pueblos. Sé suficiente címbrico para entender al menos
lo que dicen, y por eso me centraré en los cimbros. — Lanzó una carcajada—. En
realidad, mi pelo tendría que ser más largo que el de una bailarina, pero, de
momento, valdrá; si me preguntan por qué es tan corto diré que tuve una
enfermedad en el cráneo y tuve que cortármelo. Suerte que me crece rápido.
No dijo más. Durante un buen rato Mario tampoco dijo nada; se limitó a
poner el pie en un tronco, a apoyar el codo en la rodilla y la barbilla en el
puño. La verdad es que no sabía qué decir. Llevaba meses preocupado porque iba
a perder a Lucio Cornelio en los placeres de Roma porque la campaña iba a ser
demasiado aburrida, y todo aquel tiempo Lucio Cornelio había estado elaborando
pacientemente un plan que nada tenía de aburrido. ¡Menudo plan! ¡Vaya hombre!
Ulises era el primer espía conocido de la historia en su disfraz de troyano,
infiltrándose dentro de Ilión para recoger toda la información posible, y uno
de los temas preferidos que los grammaticus imponían a los alumnos era si
Calcas se pasó a los aqueos porque estaba realmente harto de los troyanos,
porque quería espiar por
cuenta del rey Príamo, o porque quería sembrar la discordia entre los
reyes de Grecia.
Ulises también tenía el pelo rojo y también era de alta cuna. Sin
embargo, a Mario le resultaba imposible pensar en Sila como un Ulises redivivo.
Era un hombre suyo en todos los aspectos y tenía un plan perfecto. Era un
hombre sin miedo que veía aquella fantástica misión con perspectiva práctica
y... y de un modo irrebatible. En otras palabras, lo enfocaba como el
aristócrata romano que era, y no albergaba dudas ante un posible fracaso,
porque sabía que era mejor que los demás mortales.
Bajó el puño, el codo y la pierna, lanzó un suspiro e inquirió:
—¿Crees sinceramente que puedes conseguirlo, Lucio Cornelio? ¡Qué romano
más extraordinario eres! Siento enorme admiración por ti y por tu magnífico
plan, pero tendrás que desprenderte de todo vestigio de romano, y no sé yo si
un romano es capaz de eso. Nuestra cultura es tan profunda que deja marcas
indelebles. Tendrás que vivir una farsa.
—¡Oh, Cayo Mario, toda mi vida he vivido una clase u otra de mentira!
—replicó Sila enarcando una de sus rubias cejas y esbozando una mueca con las
comisuras de los labios.
—¿Incluso ahora?
—Incluso ahora.
Reemprendieron el camino.
—¿Piensas ir solo, Lucio Cornelio? —inquirió Mario—. ¿O crees que será
mejor ir acompañado? ¿Y si necesitas enviarme un mensaje urgente y no puedes
hacerlo tú? ¿No te sería útil tener un compañero para que os sirváis mutuamente
de espejo?
—He pensado en eso —respondió Sila—, y quisiera ir con Quinto Sertorio.
De entrada, Mario pareció encantado, pero luego puso ceño.
—Su tez es demasiado oscura; no pasaría por galo, y menos por germano.
—Cierto. Pero podría ser un griego con sangre celtibérica —dijo Sila con
un carraspeo—. En realidad, cuando salimos de Roma le regalé un
esclavo, un celtíbero de los ilergetes. No le expliqué lo que tramaba,
pero le dije que aprendiese a hablar celtíbero.
—Está muy bien pensado —dijo Mario mirándole—. Lo apruebo. —Entonces,
¿puedo llevarme a Quinto Sertorio?
—Claro. Aunque sigo pensando que es de tez demasiado oscura y eso podría
delatarte.
—No, no pasará nada. Quinto Sertorio me servirá admirablemente y su
color de piel creo que será positivo. Mira, Quinto Sertorio tiene magia animal
y los hombres con magia animal tienen un gran ascendiente entre los pueblos
bárbaros. Ese color de piel realzará sus poderes chamánicos.
—¿Magia animal? ¿Qué es eso?
—Quinto Sertorio tiene poder para someter a las fieras. Lo descubrí en
Africa un dia que silbó a un gatopardo y lo acarició. Y, apenas estaba yo
pensando un papel para él en esta misión cuando amaestró a un aguilucho al que
había estado curando, aunque sin extirparle el instinto natural de ser libre y
volar. El ave vive ahora como debe según su naturaleza, pero sigue siendo amiga
suya, viene a verle, se le posa en el brazo y le da besos. Los soldados le
guardan reverencia. Es un buen presagio.
—Lo sé —dijo Mario—. El águila es la insignia de las legiones y Quinto
Sertorio la refuerza.
Permanecieron mirando un lugar en que estaban clavando en el suelo seis
águilas de plata en astas también de plata, adornadas con coronas, phalerae y
torcas; ante ellas ardía un fuego en un trípode, había una guardia firme y un
sacerdote togado con la cabeza cubierta echaba incienso en las brasas del
trípode mientras recitaba las plegarias del atardecer.
—¿Cual es exactamente la importancia de esa magia con los animales?
—inquirió Mario.
—Los galos son muy supersticiosos en relación con los espíritus que
habitan los animales salvajes, y tengo entendido que también los cimbros y
germanos. Quinto Sertorio personificará perfectamente a un chamán de una tribu
hispánica tan remota, que ni las tribus de los Pirineos sabrán de su existencia
—dijo Sila.
—¿Cuándo piensas ponerte en marcha?
—Muy pronto. Pero preferiría que se lo dijeras tú a Quinto Sertorio —
dijo Sila—. El querrá venir, pero es absolutamente leal a tu persona; así que
es mejor que se lo digas tú. No debe saberlo nadie —añadió con un resoplido—.
¡Nadie!
—Estoy totalmente de acuerdo —respondió Mario—. Pero hay tres esclavos
que saben algo, ya que han estado dando clases de idiomas. ¿Quieres que los
vendamos y los enviemos a ultramar?
—¿A qué tantas complicaciones? —replicó Sila, sorprendido—. Pienso
matarlos.
—Excelente idea. Pero perderás dinero.
—No es una fortuna. Digamos que es mi contribución al éxito de la
campaña contra los germanos —respondió Sila sin inmutarse.
—Haré que los maten en cuanto salgáis.
—No —replicó Sila meneando la cabeza—, yo mismo haré el trabajo sucio. Y
en seguida. A Quinto Sertorio le han enseñado todo lo que pueden. Mañana los
enviaré a Massilia con una encomienda. —Se estiró y bostezó voluptuosamente—.
Tiro muy bien con arco, Cayo Mario, y los marjales de las salinas están
desiertos. Todos pensarán que han escapado. Incluso Quinto Sertorio.
Me siento muy apegado a la tierra, pensó Mario. No es que me importe
mandar a hombres a la muerte a sangre fría; forma parte de la vida, lo sabemos
y no ofende a los dioses, pero él es un patricio romano de vieja alcurnia,
claro. Muy por encima de la tierra. Un semidiós. Y Mario se encontró pensando
en las palabras de la adivina Marta, que en aquel instante se hallaba
lujosamente instalada en su casa de Roma como huésped de honor. Un romano mucho
más grande que él, también un Cayo, pero un Julio, no un Mario... ¿Era eso lo
que hacía falta? ¿Una gota semidivina de sangre patricia?
* * *
En una carta fechada a finales de septiembre, decía Rutilio Rufo a Cayo
Mario:
Publio Licinio Nerva se ha decidido por fin a escribir al Senado con
absoluto candor a propósito de la situación en Sicilia. Como primer cónsul que
eres, te envían los despachos, desde luego, pero sabrás mi versión primero,
porque sé que optarás por leer antes mi carta que los aburridos despachos, y mi
carta va en la bolsa del correo oficial.
Pero antes de hablarte de Sicilia, es preciso retroceder a primeros de
año, cuando, como sabes, la cámara recomendó a las tribus del pueblo que
redactaran una ley poniendo en libertad en todo el mundo a los esclavos
procedentes de los pueblos itálicos aliados. Pero no sabrás que tuvo una
repercusión imprevista: los esclavos de otras nacionalidades, en particular los
de naciones oficialmente denominadas amigas y aliadas del pueblo romano, o
asumieron la ley como si los afectase a ellos o se sintieron muy ofendidos
porque no los incluyese. Esto es sobre todo notorio entre los esclavos griegos,
que constituyen la mayoría de la mano de obra que se utiliza en el granero de
Sicilia y la mayoría de los esclavos de todo tipo en Campania.
En febrero, el hijo de un caballero de Campania y ciudadano romano,
llamado Tito Vetio, de veinte años, se volvió loco, al parecer. La causa de la
locura fueron las deudas; se había comprometido a pagar siete talentos de plata
por —¡figúrate!— una esclava escita. Pero como Tito Vetio padre es un cicatero
de mucho cuidado, y demasiado viejo, además, para ser padre de un muchacho de
veinte años, el joven pidió el dinero prestado a un interés exorbitante, dando
como aval su herencia. Naturalmente, se vio más indefenso que un pollo en manos
de los usureros, que le exigieron el pago en un plazo de treinta días. Como al
pobre le era imposible, consiguió una prórroga de otros treinta días. Pero como
no tenía posibilidades de pagarles, los usureros fueron a exigírselo al padre
con un interés exorbitante. El padre se negó y repudió al hijo, que se volvió
loco.
A continuación, el joven Tito Vetio se revistió de una toga púrpura con
diadema y se proclamó rey de Campania, sublevando a todos los esclavos de la
región. Me apresuro a decirte que el padre es un importante granjero al estilo
tradicional, que trata bien a sus esclavos y no tiene ninguno de
origen itálico. Pero cerca de su casa había uno de esos granjeros recién
enriquecidos, un hombre horrendo que compra esclavos de los más baratos sin
hacer preguntas sobre su origen, los encadena para el trabajo y los encierra en
un ergastulum para dormir. Este despreciable individuo se llamaba Marco Macrino
Mactator y resulta que era gran amigo de tu joven colega de consulado, nuestro
recto y honrado Cayo Flavio Fimbria.
El día en que el joven Tito Vetio se volvió loco, armó a sus esclavos
comprando quinientos equipos de panoplias antiguas de exposición que una
escuela de gladiadores tenía a la venta y con su pequeño ejército se dirigió a
casa de Marco Macrino Mactator, torturó y mató a éste y a su familia y liberó a
gran número de esclavos, muchos de los cuales resultaron ser itálicos y, por lo
tanto, ilegales.
En cuestión de nada, Tito Vetio, rey de Campania, contaba con un
ejército de más de cuatro mil esclavos y se había hecho fuerte en el campamento
de un promontorio. ¡Y los reclutas-esclavos seguían llegando! Capua cerró sus
puertas, convocó a todas las escuelas de gladiadores y pidió ayuda al Senado de
Roma.
Fimbria habló largo y tendido sobre el asunto y lamentó la pérdida de su
amigo Mactator el Carnicero, hasta que los padres conscriptos, hartos,
delegaron en el praetor peregrinus, Lucio Licinio Lúculo, para que organizase
un ejército y aplastase la rebelión. Pues bien, ya sabes qué engreido
aristócrata es Lucio Licinio Lúculo, y no le gustó nada que una cucaracha como
Fimbria le ordenase limpiar Campania.
Y valga una pequeña digresión. Supongo que sabes que Lúculo está casado
con la hermana de Metelo, Metela Calva. Tienen dos hijos de catorce y doce
años, de los que se dice que prometen mucho, y dado que el hijo de Metelo es
incapaz de decir dos palabras seguidas, toda la familia tiene depositadas sus
esperanzas en los jóvenes Lucio y Marco Lúculo. ¡Basta ya, Cayo Mario, se te
oye refunfuñar desde Roma! Todo esto es importante, por increíble que te
parezca. ¿Cómo vas a desenvolverte dignamente en medio del laberinto de la vida
social romana si no te molestas en saber todas las ramificaciones familiares y
chismorreos? La mujer de Lúculo, que es hermana de Metelo, tiene fama por su
inmoralidad.
Para empezar, lleva sus historias amorosas a plena luz del día con
absoluto descaro, sin ahorrar escenas de histeria delante de conocidas tiendas
de joyeros y hasta ha llegado a tratar de suicidarse desnudándose para
arrojarse al Tíber. Pero es que, además, Metela Calva no corteja a hombres de
su clase y eso es lo que más le duele a Metelo. Y no hablemos del altivo
Lúculo. Sí, a Metela Calva le gustan los esclavos hermosos y los trabajadores
fornidos que recoge en los muelles del puerto de Roma. Por eso es una
insufrible carga para Metelo y Lúculo, aunque creo que es una madre sin igual
para sus hijos.
Se acabó la digresión. Lo mencioné para dar un poco de pimienta a esta
lamentable historia, y para hacerte comprender por qué Lúculo fue a Campania
resentido por recibir órdenes de precisamente la clase de hombre a quien Metela
Calva le habría gustado dar sus favores. Por cierto, hay un asunto turbio en
relación con Fimbria. Se ha hecho amigo de Cayo Memio, figúrate, los dos son
ahora uña y carne y hay mucho movimiento de dinero, aunque no se sabe
claramente con qué objetivo.
En fin, Lúculo limpió rápidamente Campania y el joven Tito Vetio fue
ejecutado con sus oficiales y su ejército de esclavos. Se le encomendó la tarea
a Lúculo y éste presidió el tribunal en sitios como Reate.
¿No te dije ya hace tiempo, el año pasado, que eran previsibles esas
revueltas de esclavos en Campania? ¡Pues ahora tenemos una auténtica guerra de
esclavos en Sicilia!
Siempre he pensado que Públio Licinio Nerva parecía y actuaba como un
ratón de biblioteca, pero ¿quién iba a imaginarse que resultaría tan peligroso
enviarle a Sicilia de pretor-gobernador? Siendo tan puntilloso, el cargo habría
debido cuadrarle perfectamente. No para de un sitio para otro, prepara sus
cuarteles de invierno y escribe prolijos informes de todo lo que hace.
Claro, todo habría ido bien de no haber sido por esa maldita ley de
libertad para los esclavos de origen itálico. El pretor-gobernador se aprestó a
marchar a Sicilia y empezó a manumitir esclavos itálicos, que son
aproximadamente la cuarta parte de todos los que trabajan en el abastecimiento
de cereal. Comenzó por Siracusa, mientras que su cuestor
empezaba por el otro extremo de la isla, en Lilybaeum. Se fue haciendo
despacio y con todo detalle, sabiendo cómo es Nerva, y, por cierto, implantó un
excelente método para descubrir a los esclavos que alegaban ser itálicos sin
serlo, haciéndoles un examen en osco de la geografía regional de la península.
El decreto, sin embargo, lo publicó en latín, con el propósito de eliminar a
los posibles impostores; pero los que sólo leen griego tuvieron que recurrir a
otros para la traducción y el lío que se organizó fue colosal...
En las dos últimas semanas de mayo, Nerva había liberado a unos
ochocientos esclavos itálicos de Siracusa, mientras que su cuestor en Lilybaeum
mataba el tiempo en espera de órdenes. En éstas, se presentó en Siracusa una
airada comisión de cultivadores de trigo, amenazando con entrar en acción —con
medidas que iban desde la castración hasta la querella— si seguía manumitiendo
a sus esclavos. A Nerva le entró pánico y cerró inmediatamente el tribunal. Ya
no se liberaba a más esclavos. Pero, desgraciadamente, la directriz llegó
demasiado tarde en Lilibaeum al cuestor, que ya estaba harto de esperar y había
montado el tribunal en la plaza del mercado, y que cuando apenas había
comenzado, se veía obligado a cerrar; y los esclavos congregados en la plaza
del mercado se volvieron locos de rabia y se disolvieron con ánimos asesinos.
El resultado fue que estalló una sublevación en el extremo occidental de
la isla. Comenzó con el asesinato de una partida de acaudalados hermanos,
propietarios de una gran finca cerca de Haliciae y se fue extendiendo. Por toda
Sicilia cientos de esclavos, que en seguida fueron miles, abandonaron las
granjas, en algunos casos después de asesinar a capataces y a propietarios, y
se reunieron en el bosque de los Palici, que creo se encuentra a unas cuarenta
millas al sudoeste del monte Etna. Nerva convocó a la milicia y creo que ha
aplastado la revuelta tomando por asalto una antigua fortaleza llena de
esclavos. Acto seguido, disolvió la milicia y la envió a casa.
Pero aquello no era más que el principio de la revuelta, que volvió a
estallar cerca de Heracleia Minoa; y cuando Nerva trató de volver a reunir la
milicia, todos hicieron oídos sordos, y se vio obligado a recurrir a una
cohorte de tropas auxiliares acantonada en Enna, localidad muy distante
de Heracleia Minoa, pero era la única tropa disponible. En esta ocasión Nerva
fue derrotado, la cohorte quedó aniquilada y los esclavos se hicieron con
armas.
Entretanto, los itálicos nombraron un jefe, presumiblemente un itálico
que no había sido manumitido antes de que Nerva clausurase los tribunales. Se
llama Salvio y es un marso; parece que cuando era hombre libre tenía la
profesión de encantador de serpientes, y fue esclavizado porque le
sorprendieron tocando la flauta ante un grupo de mujeres entregadas a esos
cultos dionisiacos que tanto preocuparon al Senado hace años. Ahora, Salvio se
ha proclamado rey, pero como es itálico, lleva su dignidad al estilo romano, no
al helénico, y viste la toga praetexta en vez de diadema, haciéndose preceder
de lictores con los fasces y las hachas.
En el extremo de Sicilia, cerca de Lilybaeum, ha aparecido otro rey de
esclavos, éste griego, llamado Atenión, quien también ha reunido un ejército.
Tanto Salvio como Atenión se juntaron en el bosque de los Palici y celebraron
un cónclave. Como consecuencia, Salvio (que ahora se hace llamar rey Trifón) es
el jefe máximo y ha elegido como cuartel general una plaza inexpugnable llamada
Triocala, en la falda de las montañas que dominan la costa vecina a Africa, a
medio camino entre Agrigentum y Lilybaeum.
En estos momentos, Sicilia es una Iliada de infortunios. La cosecha está
por recoger, salvo lo que los esclavos han cogido para alimentarse, y este año
Roma no tendrá trigo de la isla. Sus ciudades protestan por la afluencia de
refugiados que han buscado abrigo entre sus murallas y el hambre y las
enfermedades campan por las calles. Un ejército de sesenta mil esclavos bien
armados con una caballería de cinco mil hace de las suyas de un lado para otro
de la isla, y cuando se ve en peligro se retira a esa fortaleza inexpugnable de
Triocala. Han atacado Murgantia y se han apoderado de ella, y menos mal que no
lograron hacerse con Lilybaeum, que debió su salvación a un contingente de
veteranos que supieron de la revuelta y llegaron en su ayuda por mar desde Africa.
Y ahora te cuento lo más indignante. Roma no sólo sufre una gran
carencia de trigo, sino que además parece que alguien ha intentado manipular
los acontecimientos de Sicilia fomentando la escasez de grano. La revuelta de
esclavos ha provocado no una escasez pasajera, sino una carestía drástica; pero
nuestro estimado Escauro, príncipe del Senado, sigue una pista que espera que
le conduzca al culpable supremo. Yo me malicio que sospecha del despreciable
cónsul Fimbria y de Cayo Memio. ¿Por qué un hombre recto y decente como Memio
se alía con un individuo como Fimbria? Bueno, sí, creo que podría contestar a
la pregunta. Él habría debido ser pretor hace años, pero sólo ahora lo ha
conseguido, y necesita dinero para ser cónsul. Y cuando la falta de dinero
impide que un hombre ocupe la silla que cree que le corresponde, es capaz de
cometer muchas imprudencias.
Cayo Mario dejó la carta a un lado con un suspiro, acercó los despachos
oficiales del Senado, y se puso a leerlos, cómodamente, solo y sin inhibiciones
para silabear en voz alta. No es que fuese una desgracia, porque todos leían en
voz alta; pero los demás se suponía que hablaban griego.
Publio Rutilio tenía razón, como siempre. Su larguísima carta era mucho
más explícita que los despachos, aunque éstos incluían el texto de la carta de
Nerva y aportaban muchas estadísticas. Pero no eran tan convincentes ni nuevas,
y no daban el cuadro tan preciso que se desprendía de la carta de Rutilio.
Le era fácil imaginar la consternación en Roma. Una drástica carestía de
trigo significaba peligro para muchas carreras políticas y un mal ambiente
entre los del Erario y los ediles buscando otras fuentes de abastecimiento.
Sicilia era la panadería, y si Sicilia no daba una buena cosecha, Roma se
enfrentaba a la perspectiva del hambre. Ni Africa ni Cerdeña aportaban tanto
trigo como Sicilia. ¡Ni siquiera juntas! La crisis haría que el pueblo culpara
al Senado de haber enviado un mal gobernador a Sicilia, y el censo por cabezas
haría responsables del hambre al pueblo y al Senado.
El censo por cabezas no era un organismo político, y no le interesaba
gobernar ni que le gobernasen; su participación en la vida pública se limitaba
a los asientos que ocupaba en los juegos y a su presencia en los repartos de
las fiestas. Y, sin embargo, el censo por cabezas era una fuerza a tener en
cuenta.
No es que se diera el grano gratis al censo por cabezas, pero el Senado,
mediante sus ediles y cuestores, garantizaba que le fuera vendido trigo a un
precio razonable, aunque en épocas de escasez eso supusiera comprarlo más caro
y expenderlo al mismo precio, con gran disgusto del Erario. Todos los
ciudadanos romanos que vivían en Roma tenían derecho a su ración de trigo al
precio estatal estipulado, independientemente de su riqueza, a condición de
ponerse a la enorme cola que se formaba ante el mostrador edilicio en el
Porticus Minucia para recibir la cédula, que, presentada en cualquiera de los
silos estatales del acantilado del Aventino sobre el puerto de Roma, facultaba
para adquirir los cinco modii de trigo barato. Que los pudientes no se
molestasen era lógico, porque era mucho más fácil comprarlo en el Velabrum y
que los mercaderes se encargaran de obtenerlo en los silos particulares
situados al pie del acantilado del Palatino en el Viscus Tuscus.
Sabiéndose atrapado en lo que podía ser una precaria posición política,
Cayo Mario frunció sus esplendorosas cejas. En cuanto el Senado ordenara al
Tesoro abrir sus cajas fuertes llenas de telarañas para comprar trigo barato
para el censo por cabezas, comenzarían los alaridos; los jefes de los tribuni
aerarii, burócratas del Erario, comenzarían a despotricar diciendo que no
podían gastarse grandes sumas en comprar trigo habiendo seis legiones del censo
por cabezas empleadas en las obras públicas en la Galia Transalpina. Eso, a su
vez, haría que la responsabilidad recayera en el Senado, el cual tendría que
entablar una horripilante batalla con el Tesoro para conseguir el trigo
necesario; y luego el Senado se quejaría al pueblo de que, como de costumbre,
el censo por cabezas era un estorbo muy costoso.
¡Una maravilla! ¿Cómo iba a conseguir ser nombrado cónsul in absentia
por segundo año consecutivo, siendo general de un ejército de pobres cuando
Roma estaba a merced de una masa hambrienta de pobres del censo
por cabezas? ¡Maldito Publio Licinio Nerva y todos los especuladores de
grano!
Sólo Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, había vislumbrado la
crisis; cuando la siega estaba en puertas, el precio del trigo en Roma solía
bajar algo a finales de verano, pero aquel año no había dejado de aumentar. La
razón parecía evidente: la manumisión de los esclavos de origen italico
limitaría la abundancia de cosecha. Pero no se había puesto en libertad a los
esclavos y se preveía una cosecha normal; por consiguiente, los precios debían
haber bajado drásticamente. Y no. Seguían subiendo.
Para Escauro, la razón sin lugar a dudas era una manipulación del trigo
originada en el Senado, y sus propias averiguaciones apuntaban al cónsul
Fimbria y al pretor urbano Cayo Memio, quienes durante la primavera y el verano
no habían cesado de acopiar dinero. Para comprar grano barato y venderlo con
enormes ganancias, era la conclusión de Escauro.
Y luego llegaron las noticias de la sublevación de esclavos en Sicilia.
Tras lo cual, Fimbria y Memio comenzaron a vender frenéticamente todas sus
pertenencias, salvo sus casas del Palatino y suficientes tierras para
mantenerse en el censo senatorial. Por consiguiente, coligió Escauro, fuese
cual fuese el cariz de sus negocios, era imposible que tuviese nada que ver con
el abastecimiento de trigo.
El razonamiento era atractivo, pero era perdonable. Si el cónsul y el
pretor urbano hubiesen estado implicados en la subida del precio del trigo, no
estarían allí sentados, mondándose tranquilamente los dientes en lugar de
frotarse las manos. ¡No, Fimbria y Memio, no! Tendría que dirigir sus pesquisas
hacia otra parte.
Cuando la carta de Publio Licinio Nerva, en la que exponía la crisis de
Sicilia, llegó a Roma, Escauro comenzó a oír a los mercaderes de grano susurrar
el nombre de un senador y su sensible nariz olfateó algo interesante y más
apetitoso que el falso olor de Fimbria y Memio: Lucio Apuleyo, el cuestor del
puerto de Ostia. Joven y nuevo en el Senado, pero con una estupenda posición
para un joven senador interesado en el precio del trigo, ya que el cuestor de
Ostia tenía encomendado controlar los cargamentos del
trigo y su almacenamiento, conocía y hablaba con todos los del ramo de
aprovisionamiento y tenía a su disposición mucho antes que el Senado toda clase
de información.
Ulteriores indagaciones convencieron a Escauro de que había dado con el
culpable, y lanzó el golpe por el buen nombre del Senado en la reunión que se
celebró a primeros de octubre. Lucio Apuleyo Saturnino era el responsable del
prematuro aumento del precio del trigo, que había impedido que el Erario
adquiriese reservas para los graneros estatales a un precio razonable, dijo
Escauro, príncipe del Senado, ante la cámara en pleno. Y la cámara tuvo su
chivo expiatorio. En medio de una gran indignación, los senadores votaron
mayoritariamente despojar a Lucio Apuleyo Saturnino del cargo de cuestor,
privándole, por lo tanto, de su puesto senatorial y poniéndole en la tesitura
de una acusación de extorsión.
Conminado a comparecer ante el Senado, a Saturnino no le quedó más
remedio que negar los cargos de Escauro. No había pruebas ni a favor ni en
contra, lo cual significaba que el asunto tenía que dirimirse con arreglo a la
credibilidad de ambos.
—¡Demostrad que estoy implicado! —gritó Saturnino.
—¡Demostrad que no lo estáis! —replicó Escauro.
Y, naturalmente, la cámara creyó al príncipe del Senado, ya que Escauro
en las denuncias era irreprochable; eso lo sabían todos. Y a Saturnino le
desposeyeron sin contemplaciones.
Pero Lucio Apuleyo Saturnino era un luchador. Tenía la edad justa para
el cargo de cuestor y su nuevo puesto de senador: treinta años. Lo que, a su
vez, significaba que no se sabía gran cosa de él por no haber destacado en el
Foro ni haber brillado particularmente durante su servicio militar, además de
proceder de una familia senatorial natural de Picenum. No le quedaba más
remedio que perder su cargo de cuestor y su silla en el Senado, y ni siquiera
pudo protestar cuando la cámara concedió su apreciado puesto en Ostia para lo
que quedaba de año nada menos que a Escauro, príncipe del Senado. Pero él no se
daba por vencido.
Nadie en Roma le creía inocente. Por dondequiera que iba le escupían, le
zarandeaban y hasta le tiraban piedras. La fachada de su casa estaba llena
de pintadas: "CERDO, PEDERASTA, GUARRO, LOBO, MONSTRUO,
CHUPAPENES", y otros dicterios competían sobre la superficie enlucida. A
su esposa y a su hija las rehuían todos y las pobres se pasaban el día
llorando. Hasta sus sirvientes procuraban evitarle y cumplían sus órdenes con
desgana o, si estaban de mal humor, le respondían.
Su mejor amigo era un tal Cayo Servilio Glaucia, bastante anodino. Algo
mayor que Saturnino, Glaucia gozaba de cierta fama ante los tribunales a título
de excelente redactor legal, pero carecía de la distinción de ser un Servilio
patricio, o siquiera un importante Servilio plebeyo. Salvo por su fama como
abogado, Glaucia estaba a la par con otro Cayo Servilio que había hecho dinero,
accediendo al Senado al amparo de la toga de su mentor Ahenobarbo. Sin embargo,
aquel otro Servilio plebeyo no había adquirido un cognomen, mientras que
Glaucia tenía uno bastante respetable porque hacía referencia a los bellos ojos
verde claro de su familia.
Formaban una buena pareja, Saturnino y Glaucia: uno muy moreno y el otro
muy blanco, y ambos el mejor prototipo de su estilo físico. La base de su
amistad era su similar agudeza mental e inteligencia, aparte de la ambición de
ambos por llegar al consulado y ennoblecer a sus respectivas familias. La
política y la legislación los fascinaba, convirtiéndolos, en definitiva, en
personas idóneas para la tarea a la que su linaje los abocaba.
—Aún no me han derrotado —dijo Saturnino a Glaucia, frunciendo los
labios—. Hay un medio para volver al Senado y voy a recurrir a él.
—No será por medio de los censores —dijo Glaucia.
—¡Desde luego que no! No, voy a presentarme a la elección de tribuno de
la plebe —contestó Saturnino.
—No lo conseguirás —replicó Glaucia, que no es que fuese excesivamente
pesimista, sino realista.
—Sí, si encuentro un valedor poderoso.
—Cayo Mario.
—¿Quién, si no? A él no le gustan nada Escauro ni el Numídico, ni
ninguno de los que dictan la política —dijo Saturnino—. Mañana embarco para
Massilia para exponerle mi caso al único que estará dispuesto a escucharme. Y
le ofreceré mis servicios.
—Si, es una buena idea, Lucio Apuleyo —dijo Glaucia, asintiendo con la
cabeza—. Al fin y al cabo, nada tienes que perder. Imagínate qué divertido
—añadió—, hacerle la vida difícil a Escauro cuando seas tribuno de la plebe.
—No, yo no voy a por él —replicó Saturnino con desdén—. Él actuó como
pensaba que era su deber; eso es irrebatible. Pero es que alguien me puso
deliberadamente en ese brete, y a ése es al que quiero atacar. Si me nombran
tribuno de la plebe le haré la vida imposible. Si descubro quién es...
—Ve a Massilia y habla con Cayo Mario —dijo Glaucia—. Entretanto, yo
haré averiguaciones.
En otoño si que zarpaban barcos hacia occidente, y Lucio Apuleyo
Saturnino tuvo una buena travesía hasta Massilia. Desde allí viajó a caballo
hasta el campamento romano de las afueras de Glanum y pidió audiencia con Cayo
Mario.
No había exagerado Mario diciendo a sus oficiales que quería construir
otro Carcasso, aunque su campamento era una réplica en madera y tierra de la
pétrea fortaleza. El alto sobre el que se asentaba el campamento romano estaba
erizado de fortificaciones. Saturnino comprendió en seguida que gentes como los
germanos, poco hábiles para el asedio, serían incapaces de tomarlo aunque los
asaltasen al unísono con todos los hombres disponibles.
—Pero no creáis que se trata realmente de proteger a mis tropas —dijo
Cayo Mario, mientras realizaban un recorrido por las instalaciones—. Lo he
construido para engañar a los germanos.
¡Y se dice que este hombre no es astuto!, pensó Saturnino, apreciando de
pronto la inteligencia de Mario. Es el único que puede ayudarme.
Ambos habían sentido una mutua simpatía, nacida de aquella
inflexibilidad y tesón comunes y quizá de una cierta iconoclastia antirromana.
A Saturnino le complació profundamente descubrir que, tal como él esperaba, a
Glanum ya había llegado la noticia de su desventura. Sin embargo, no sabía en
qué momento debía exponerle sus pretensiones, porque Cayo Mario era el
comandante en jefe de una gran empresa y su vida, incluidos los ratos de
asueto, estaba totalmente ligada a ella.
Esperándose un comedor atestado, Saturnino quedó sorprendido de que
Manio Aquilio y él fuesen los únicos invitados a la mesa de Cayo Mario.
—¿Está en Roma Lucio Cornelio? —inquirió.
—No, está realizando una misión especial —contestó Mario, imperturbable,
cogiendo un huevo relleno.
Viendo que no tenía objeto ocultar su solicitud ante Manio Aquilio, que
el año anterior había actuado como hombre de Mario —y que lo más seguro era que
recibiera cartas de Roma con todos los chismorreos—, Saturnino comenzó a
exponer su caso nada más terminar de comer. Los dos le escucharon en silencio
sin hacerle una sola pregunta, lo cual hizo suponer a Saturnino que lo había
expuesto todo con claridad y lógica.
Mario lanzó un suspiro.
—Me alegra mucho que hayáis venido a exponérmelo personalmente — dijo—.
Eso dice mucho en vuestro favor, Lucio Apuleyo, porque una persona culpable
habría recurrido a cualquier cosa menos a venir en persona. No se me considera
un crédulo; aunque tampoco lo es Escauro. Pero me caéis bien y creo que el que
ha investigado este asunto se ha dejado despistar por una serie de falsedades
que le han conducido a vuestra persona. En definitiva, siendo cuestor en Ostia
sois un señuelo perfecto.
—Si la acusación contra mí tiene un punto débil, Cayo Mario, es que yo
no dispongo del dinero que hace falta para comprar trigo en tal cantidad — dijo
Saturnino.
—Cierto, pero eso tampoco os exonera de sospechas —replicó Mario—.
Podéis haberlo hecho a cambio de un importante soborno o haber pedido un
préstamo.
—¿Creéis que lo he hecho?
—No. Me parece que sois la víctima y no el culpable.
—Yo también —terció Manio Aquilio—. Está claro.
—¿Me ayudaréis, entonces, a conseguir que me nombren tribuno de la
plebe? —inquirió Saturnino.
—Oh, desde luego —contestó Mario sin dudarlo.
—Yo os lo pagaré con lo que esté en mi mano.
—¡Estupendo! —exclamó Mario.
Después, las cosas se sucedieron velozmente. Saturnino no tenía tiempo
que perder; las elecciones para tribunos de la plebe se celebraban a primeros
de noviembre y tenía que regresar a Roma a tiempo para inscribirse como
candidato y recibir el apoyo que Mario le había prometido. Así, provisto de un
buen montón de cartas de éste para varios personajes de Roma, Saturnino puso
rumbo a los Alpes en un carruaje rápido tirado por cuatro mulas, y con una
buena bolsa para poder alquilar durante el trayecto animales tan buenos como
los cuatro con que iniciaba el viaje.
Cuando partía, un extraordinario trío cruzaba a pie las puertas del
campamento: tres galos. ¡Bárbaros galos! Como en su vida había visto un
bárbaro, Saturnino se quedó atónito. Uno parecía ir de prisionero de los otros
dos, porque lo llevaban con grilletes. ¡Lo curioso era que parecía menos
bárbaro en su aspecto que los otros dos! Era un individuo de contextura normal,
de tez medianamente clara, con pelo largo pero cortado al estilo griego,
afeitado y con calzones galos y una casaca de pieles de complicado trenzado. El
otro era de tez muy oscura, pero llevaba un tocado enorme de plumas negras y
alambre dorado, que decía de su origen celtibérico, y una escasa vestimenta que
dejaba ver un cuerpo musculoso. El tercero era sin duda el jefe, un auténtico
bárbaro galo: un pecho de piel blanca como la leche, pero bronceada, calzones
atados con correas como los germanos o los míticos belgas; pelo largo rojo
dorado hasta la espalda, bigotes largos también rojos, cayéndole a ambos lados
de la boca y, al cuello, una enorme torca en forma de cabeza de dragón, que
parecía de oro.
El carruaje comenzó a ponerse en movimiento y, al pasar junto al grupo,
los ojos de Saturnino se cruzaron con la mirada glacial del jefe y no pudo
evitar un estremecimiento. ¡Aquél sí que era un auténtico bárbaro!
Los tres galos prosiguieron cuesta arriba hasta la puerta principal sin
que nadie les cortara el paso hasta llegar a la mesa del oficial de guardia,
situada bajo un toldo a la puerta de la residencia del general, construida en
madera.
—Cayo Mario, por favor —dijo el jefe en impecable latín.
El oficial de servicio ni pestañeó.
—Voy a ver si recibe —dijo, poniéndose en pie, para salir transcurrido
un momento—. El general dice que paséis, Lucio Cornelio —añadió con una amplia
sonrisa.
—Listo —musitó Sertorio cuando pasaba junto al oficial—, ni una palabra
a nadie, ¿entendido?
Al ver a sus dos oficiales, Mario se los quedó mirando tan fijamente
como lo había hecho Saturnino, pero no con tanta sorpresa.
—Ya era hora de que volvieseis —dijo, dirigiéndose a Sila, dándole un
afectuoso apretón de mano y haciendo luego lo propio con Sertorio.
—No vamos a estar mucho —dijo Sila, empujando al cautivo hacia
adelante—. Sólo hemos venido a traerte un regalo para tu desfile triunfal. Te
presento al rey Copilo de los volcos tectosagos, el mismo que fraguó el
aniquilamiento del ejército de Lucio Casio en Burdigala.
—¡Ah! —exclamó Mario, mirando al prisionero de arriba abajo—. No tiene
mucho aspecto de galo, ¿eh? Vosotros dos tenéis mucho más aspecto de bárbaros.
Sertorio sonrió y Sila respondió.
—Bueno, como su capital es Tolosa, ha tenido hace mucho tiempo contacto
con la civilización y habla bien el griego, y posiblemente, razonando, sea galo
a medias. Le capturamos en las afueras de Burdigala.
—¿Merecía la pena? —inquirió Mario.
—Te darás cuenta cuando te lo explique —dijo Sila, sonriendo como un
tigre—. Ya verás, tiene una curiosa historia que contar y puede hacerlo en una
lengua que se entiende en Roma.
Sorprendido por la mirada de Sila, Mario observó con mayor curiosidad al
rey Copilo.
—¿Qué historia?
—Oh, una sobre estanques llenos de oro. Un oro que fue cargado en carros
romanos y enviado por la carretera de Tolosa a Narbo cuando Quinto Servilio
Cepio era cónsul. Un oro que desapareció misteriosamente no lejos de Carcasso,
dejando una cohorte romana aniquilada en la calzada, despojada de armas y
corazas. Copilo estaba cerca de Carcasso cuando desapareció el oro; al fin y al
cabo, él era el depositario del oro según su
razonamiento. Pero la partida que se apoderó de él y se lo llevó al sur
de Hispania era demasiado numerosa y estaba muy bien armada para posibilitar un
ataque y Copilo sólo disponía de unos cuantos hombres. Lo interesante es que
hubo un superviviente romano, Furio, el praefectus fabrum, y un superviviente
griego, el liberto Quinto Servilio Bias. Desde luego, Copilo no estaba cerca de
Malaca varios meses después, cuando los carros cargados de oro entraron en una
piscifactoría propiedad de un cliente de Quinto Servilio Cepio, ni tampoco vio
que el oro zarpaba rumbo a Esmirna etiquetado como "Garum de Malaca,
consignado a Quinto Servilio Cepio". Pero sí tiene un amigo, que conoce a
uno que es amigo de uno que tiene amistad con un bandido turdetano llamado
Brigantius, y, según el tal Brigantius, le contrataron para robar el oro y
llevarlo a Malaca unos agentes de un tal Quinto Servilio Cepio, es decir, Furio
y el liberto Bias, quienes pagaron a Brigantius con los carros, las mulas y
seiscientos juegos de armas y corazas romanas, arrebatadas a los soldados
muertos por Brigantius. El oro viajó a oriente con Furio y Bias.
Nunca había visto a Cayo Mario tan perplejo, pensó Sila. Ni cuando leyó
la carta por la que le nombraban cónsul in absentia.
—¡Por los dioses! —exclamó Mario—. ¡Cómo pudo atreverse!
—Ya lo creo que se atrevió —replicó Sila, airado—. ¿Qué importancia
tienen las vidas de seiscientos soldados romanos? ¡Lo importante es que había
mil quinientos talentos de oro en esos carros! Y resulta que los volcos
tectosagos no se consideran propietarios del oro, sino sólo sus depositarios,
porque ese oro son las riquezas de Delfos, Olimpia, Dodona y unos doce templos
menores que el segundo Breno recibió en concepto de propiedad de todas las
tribus galas. Y ahora los volcos tectosagos han sido maldecidos, y el rey
Copilo por partida doble. Los galos se han quedado sin tesoro.
Una vez repuesto de la primera impresión, Mario miró a Sila y a Copilo.
Era una historia expuesta en vívidos términos, desde luego; pero, sobre todo,
una historia contada por un bardo galo, no por un senador romano.
—Eres un gran actor, Lucio Cornelio —dijo Mario.
—Muchas gracias, Cayo Mario —replicó Sila, absurdamente complacido.
—¿Y no os quedáis? ¿Y el invierno? Aquí estaréis mejor —añadió Mario,
sonriente—. Sobre todo Quinto Sertorio, que no cubre su pecho más que con una
corona de plumas.
—No; salimos mañana. Los cimbros están congregándose al pie de los
Pirineos y las tribus locales se dedican a arrojarles todo lo que encuentran
desde la menor cornisa, risco o acantilado. ¡A los germanos parece que les
fascinan las alturas! A Quinto Sertorio y a mí nos ha costado meses
aproximarnos a los cimbros y hemos tenido que hacernos amigos de media Galia y
de Hispánia —dijo Sila.
Mario sirvió dos copas de vino, miró a Copilo y sirvió una tercera, que
dio al prisionero. Al darle la copa a Sertorio, miró a su pariente muy serio de
arriba abajo.
—Pareces el gallo de Plutón —dijo.
Sertorio dio un sorbo de vino y lanzó un suspiro, complacido.
—¡Tusculano! —dijo, ahuecándose las plumas—. ¿El gallo de Plutón,
eh? Bueno, mejor que el cuervo de Proserpina.
—¿Qué noticias hay de los germanos? —inquirió Mario.
—Poca cosa; ya te contaré más cosas durante la cena. Es demasiado pronto
para poder saber de dónde proceden y qué los impulsa. Lo sabremos la próxima
vez. No temas, volveré antes de que emprendan ningún movimiento hacia Italia.
Pero puedo decirte dónde se encuentran en estos momentos. Los teutones,
tigurinos, marcomanos y queruscos tratan de cruzar el Rhenus y pasar a
Germania, mientras que los cimbros van a cruzar los Pirineos para pasar a
Hispania. No creo que ninguno de los dos grupos lo consiga —añadió Sila dejando
la copa—. ¡Ah, qué vino tan bueno!
Mario llamó al oficial de servicio.
—Que vengan tres hombres de confianza, y mirad de encontrar alojamiento
cómodo para el rey Copilo. Desgraciadamente habrá que encerrarle, pero sólo
hasta que lo enviemos a Roma.
—Yo no le enviaría a Roma —dijo Sila, pensativo, una vez que hubo salido
el oficial—. En realidad, yo tendría mucho cuidado respecto a dónde enviarle.
—¿Por Cepio? ¡No se atrevería! —dijo Mario.
—Fue él quien robó el oro —replicó Sila.
—De acuerdo, lo retendremos en Nersia —dijo Mario, tajante—. Quinto
Sertorio, ¿no tendrá tu madre algunos amigos que pudieran alojar al rey un año
o dos? Yo me encargaría de los gastos.
—Ya encontrará a alguien —respondió Sertorio.
—¡Qué suerte! —exclamó Mario, regocijado—. Nunca pensé que hallaríamos
pruebas para mandar a Cepio al exilio, y ahora, con el rey Copilo, las tenemos.
Lo guardaremos prudentemente hasta que volvamos a Roma después de derrotar a
los germanos; y luego acusaremos a Cepio de extorsión y traición.
—¿Traición? —inquirió Sila, perplejo—. ¡Con las amistades que tiene en
las centurias, imposible!
—Ah —replicó Mario—, pero los amigos de las centurias no podrán ayudarle
cuando le juzgue por traición el tribunal especial formado sólo por caballeros.
—¿Qué te traes entre manos, Cayo Mario? —inquirió Sila.
—¡Para el año que viene tengo dos tribunos de la plebe míos! — exclamó
Mario con gesto de triunfo.
—A lo mejor no los eligen —terció Sertorio, lacónico.
—¡Claro que los elegirán! —dijeron Mario y Sila a coro.
Los tres se echaron a reir y el prisionero siguió de pie con gran
dignidad, fingiendo que no entendía latín, esperando su destino.
En ese momento, Mario recordó el concepto de la cortesía y siguió
hablando en griego para que Copilo pudiese tomar parte en la conversación, tras
prometerle que pronto le liberaría de las cadenas.
* * *
—Quinto Cecilio —dijo Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, a
Metelo el Numídico—, ¿sabes que estoy disfrutando con mi trabajo en Ostia? Aquí
me tienes, con cincuenta y cinco años, calvo como un huevo y con tantas arrugas
que mi barbero ya casi no puede afeitarme, ¡y vuelvo a sentirme como un
muchacho! ¡Con qué soltura resuelvo los problemas!
Recuerdo que cuando tenía treinta años se me hacían más insuperables que
los Alpes y ahora, a los cincuenta y cinco, son como simples pedruscos.
Escauro había regresado a Roma para asistir a una reunión especial del
Senado convocada por el praetor urbanus Cayo Memio, para discutir un asunto
preocupante relativo a Cerdeña; el segundo cónsul, Cayo Flavio Fimbria, estaba
indispuesto, cosa que, al parecer, era frecuente aquellos días.
—¿Os ha llegado el rumor? —inquirió Metelo el Numídico conforme subían
la escalinata de la curia hostilia y entraban en ella; el heraldo aún no había
convocado a la cámara para que se reuniera y la mayoría de los senadores ya
presentes, en vez de aguardar fuera, habían entrado y charlaban en espera de
que diera comienzo la sesión con la ofrenda de un sacrificio y plegarias del
magistrado oficiante.
—¿Qué rumor? —replicó Escauro sin prestar mucha atención, pues aquellos
días todos sus pensamientos los ocupaba el abastecimiento de trigo.
—Lucio Casio y Lucio Marcio se han aliado y tratan de proponer a la
Asamblea de la plebe que nombren otra vez candidato consular a Cayo Mario, nada
menos que in absentia.
Escauro se detuvo a unos pasos de donde su criado había colocado su
silla, en la habitual primera fila, entre las de Metelo el Numídico y Metelo
Dalmático, pontífice máximo, y se quedó mirando perplejo a Metelo.
—¡No osarán! —dijo.
—¡Ah, ya lo creo! ¿Os imagináis? Un tercer consulado seguido es algo sin
precedentes... ¡es como nombrarle dictador! ¿Por qué en las raras ocasiones en
que Roma necesitó un dictador se limitó la duración del cargo a seis meses,
sino para asegurar que al nominado no se le imbuía la idea de su propia
supremacía? ¡Y ahora nos vemos con ese rústico dictando las reglas y saliéndose
con la suya! —exclamó Metelo, enfurecido.
Escauro se sentó en su silla como un viejo.
—Es culpa nuestra —dijo midiendo las palabras—. No hemos tenido el valor
de nuestros antepasados para librarnos de esta seta venenosa. ¿Por qué
se eliminó a Tiberio Graco, a Marco Fulvio y a Cayo Graco, y este Cayo
Mario sobrevive? ¡Se habría debido acabar con él hace años!
—Es un rústico —replicó Metelo el Numídico encogiéndose de hombros—. Los
Gracos y Fulvio Flaco eran nobles. Seta venenosa es la mejor definición...
brota de la noche a la mañana, pero cuando uno llega a cortarla, ha crecido en
otra parte.
—¡Eso tiene que acabarse! —exclamó Escauro—. ¡Nadie puede ser elegido
cónsul in absentia, y menos dos veces consecutivas! Ese hombre ha pisoteado las
tradiciones de gobierno romanas más que nadie en toda la historia de la
república. Empiezo a creer que quiere ser rey de Roma, no el primer hombre de
Roma.
—Yo pienso lo mismo —dijo Metelo el Numídico tomando asiento—. Pero,
¿cómo podríamos desembarazarnos de él? ¡Nunca está aquí suficiente tiempo para
asesinarle!
—Lucio Casio y Lucio Marcio —repitió Escauro en tono de sorpresa—. ¡No
lo entiendo! Son nobles de familias plebeyas de lo mejor y más antiguas... ¿No
podría nadie apelar a su sentido de lo conveniente y lo decente?
—Bueno, todos conocemos a Lucio Marcio —dijo Metelo—. Mario le ha pagado
las deudas y por primera vez en su azarosa vida es una persona solvente. Pero
Lucio Casio es distinto. Se ha vuelto morbosamente sensible a la opinión de la
plebe sobre los generales incompetentes como su padre y de la fama de Mario
entre el pueblo. Yo creo que piensa que si logra que se le asocie a Mario
venciendo a los germanos, ganará fama para su familia.
—¡Umm! —replicó Escauro por toda respuesta.
Ya no pudieron seguir hablando porque se encontraban todos los senadores
en sus puestos y Cayo Memio, que aquellos días se hallaba muy ojeroso y más
guapo que nunca, se puso en pie para tomar la palabra.
—Padres conscriptos —comenzó a decir, con un papel en la mano—, he
recibido una carta de Cerdeña de Cneo Pompeyo Estrabo. Me la ha dirigido a mí
en vez de a nuestro estimado cónsul Cayo Flavio, porque, como pretor urbano que
soy, es mi deber supervisar los juzgados de Roma.
Hizo una pausa para dirigir una fiera mirada a las filas de atrás, con
la que casi consiguió parecer feo; los senadores sin voto comprendieron
perfectamente y se aprestaron a poner cara de suma atención.
—Para recordaros a los de atrás que apenas honráis a esta cámara con
vuestra presencia, diré que Cneo Pompeyo Estrabón es cuestor del gobernador de
Cerdeña, que creo recordaréis que este año es Tito Anio Albucio. ¿Queda bien
entendida la complicada relación, padres conscriptos? —inquirió con evidente
sarcasmo.
Se oyó un murmullo general, que Memio interpretó como consenso. —¡Bien!
—añadió—. Entonces procederé a leer la carta que me ha
dirigido Cneo Pompeyo. ¿Escucháis?
Otro murmullo.
—¡Bien! —repitió Memio desenrollando la carta y poniéndose a leer con
voz clara y dicción firme e impecable.
Os escribo, Cayo Memio, para solicitar se me permita procesar a Tito
Anio Albucio, gobernador propraetor de nuestra provincia de Cerdeña,
inmediatamente después de nuestro regreso a Roma a finales del año. Como sabe
esa cámara, hace un mes Tito Anio comunicó su éxito en la erradicación del
bandidaje en la provincia y solicitó una ovación por su obra. Solicitud que le
fue justamente denegada. Aunque quedaron erradicadas ciertas redes de esos
perniciosos individuos, la provincia no está ni mucho menos libre de
bandoleros. Pero mis razones para procesar al gobernador se deben a su conducta
antirromana al saber que su solicitud de ovación había sido denegada. No sólo
motejó a los miembros del Senado de pandilla de irrumatores desconsiderados,
sino que procedió, con grandes gastos, a celebrar una farsa de triunfo por las
calles de Carales. Yo considero esta acción como una afrenta al Senado del
pueblo de Roma, y ese burdo triunfo, una traición. De hecho, me siento tan
indignado, que me obstino en ser yo mismo quien dirija el proceso. Os ruego me
contestéis lo antes posible.
Memio dejó la carta en medio de un profundo silencio.
—Agrádecería la opinión del docto portavoz de la cámara, Marco Emilio
Escauro —dijo, y tomó asiento.
Escauro, con severo gesto en su arrugado rostro, se dirigió al centro de
la cámara.
—Es curioso —comenzó diciendo— que estuviese yo hablando de asuntos
parecidos a éste antes de abrirse la sesión. De asuntos que indican la erosión
de nuestros tradicionales métodos de gobierno y conducta personal en el
gobierno. En los últimos años, este augusto cuerpo formado por los más excelsos
hombres de Roma viene sufriendo la pérdida, no sólo de su poder sino de su
dignidad como brazo más antiguo del gobierno. A nosotros, ¡los hombres más
relevantes de Roma!, ya no se nos permite dirigir el rumbo del Estado.
Nosotros, ¡los hombres más relevantes de Roma!, nos hemos acostumbrado a que el
pueblo... políticos veleidosos, inexpertos, irreflexivos y advenedizos, se han
acostumbrado a que el pueblo nos haga besar el polvo. Nosotros, ¡los hombres
relevantes de Roma!, ya no contamos. Nuestra prudencia, nuestra experiencia, la
distinción de nuestras familias durante tantas generaciones desde la fundación
de la república, ya no cuentan para nada. Sólo importa el pueblo. Y yo os digo,
padres conscriptos, ¡que el pueblo no tiene dotes para gobernar Roma!
Se volvió hacia las puertas abiertas y dirigió la voz hacia la zona de
los comicios.
—¿Qué porción del pueblo dirige la Asamblea de la plebe? —tronó—.
¡Hombres de la segunda, tercera y hasta cuarta clase, caballeros irrelevantes y
ambiciosos que quieren dirigir Roma como si fuese su propio negocio, tenderos y
pequeños granjeros, incluso artesanos venidos a más para tener varias galerías
escultóricas, cómo he visto yo denominar a un patio! ¡Y hombres que se llaman
abogados, pero que tienen que buscarse clientes entre los bucólicos y los
imbéciles, y hombres que se denominan agentes y son incapaces de definir de qué
son agentes! ¡Sus actividades privadas los aburren y se dedican a acudir a los
comitia jactándose de que ellos en sus preciosas tribus pueden gobernar Roma
mejor que nosotros en la exclusividad de esta curia! ¡La jerga política chorrea
de su boca cual vómito fétido y grumoso, y parlotean de subvencionar a este o a
aquel tribuno de la
plebe, aplaudiendo cuando las prerrogativas senatoriales se conceden a
los caballeros! ¡Son hombres medios esa gente! ¡Ni lo suficiente grandes para
pertenecer a la primera clase de las centurias, ni lo bastante bajos para
dedicarse a sus propios asuntos en la quinta clase y en el censo por cabezas!
¡Os lo repito, padres conscriptos, el pueblo no tiene dotes para gobernar Roma!
Se le ha concedido excesivo poder y en su presuntuosa arrogancia, fomentada e
instigada, hay que añadir, por diversos miembros de esta cámara cuando eran
tribunos de la plebe, ahora alardean de ignorar nuestros consejos, nuestras
orientaciones, nuestras personas!
Todos sabían que aquello iba a ser uno de los memorables discursos de
Escauro; su propio secretario y otros escribas no paraban de anotarlo todo por
escrito al pie de la letra, y él peroraba a un discreto ritmo para que quedara
constancia de todo lo que decía.
—Ha llegado la hora —prosiguió con voz estentórea— de que en el Senado
invirtamos ese proceso. ¡Ha llegado la hora de que demostrémos al pueblo que
ellos son subalternos en esta empresa común de gobernar! — lanzó un suspiro y
siguió en tono coloquial—: Por supuesto que los orígenes de este deterioro del
poder senatorial son fáciles de discernir. Esta augusta cámara ha permitido el
acceso a demasiados advenedizos, a demasiadas setas venenosas, a demasiados
hombres nuevos, a cargos de magistratura superior. ¿Qué significa en definitiva
el Senado de Roma para un hombre que ha tenido que limpiarse la mierda de cerdo
del rostro antes de llegar a Roma para probar su suerte en política? ¿Qué
significa el Senado de Roma para alguien que, en el mejor de los casos, es un
latino a medias, originario de las tierras fronterizas de los samnitas... que
alcanzó su primer consulado amparado en las faldas de la mujer patricia que
compró? ¿Y qué significa el Senado de Roma para un híbrido bizco de las colinas
infectadas de celtas del norte de Picenum?
Que Escauro fuese a atacar a Mario era algo lógicamente esperado, pero
la gracia estaba en su aproximación bastante sesgada, y la cámara acusaba la
reprimenda, escuchando con una actitud mezcla de interés y deber.
—Nuestros hijos, padres conscriptos —añadió en tono quejumbroso—, son
seres timoratos que crecen en una atmósfera que ahoga al Senado de
Roma hasta en su tarea de insuflar vida al pueblo de Roma. ¿Cómo podemos
esperar que nuestros hijos vayan a gobernar Roma en su día, si el pueblo los
intimida? ¡Os lo repito, si no habéis empezado ya, desde hoy mismo debéis
comenzar a educar a vuestros hijos para que se hagan fuertes en el Senado e
implacables con el pueblo! ¡Hacedles entender la natural superioridad del
Senado! ¡Y preparadlos para luchar por el mantenimiento de esa superioridad
natural!
Se había apartado de la entrada y ahora dirigía su perorata al banco de
los tribunos, que estaba lleno.
—¿Quiere alguien decirme por qué un miembro de esta augusta cámara puede
deliberadamente optar por minarla? ¿Puede alguien decírmelo? ¡Porque es algo
que sucede constantemente! ¡Y ahí están sentados, llamándose senadores,
miembros de esta augusta cámara! ¡Y también llamándose tribunos de la plebe!
¡Ahora sirven a dos señores! Y yo os digo, recordémosles que son antes que nada
senadores, y tribunos de la plebe después. Que su real cometido ante la plebe
es educarla a ese papel subordinado. Pero ¿es lo que hacen? ¡No! ¡Claro que no!
Sí, algunos de esos tribunos guardan lealtad al orden establecido, lo admito, y
por ello son encomiables. Otros, como siempre ha sucedido desde que el mundo es
mundo, no hacen nada por el Senado ni por el pueblo, temerosos de que si se
sientan a un extremo u otro del banco de los tribunos el resto se levante y
ellos caigan al suelo en medio del ridículo. Pero es que hay otros, padres
conscriptos, que deliberadamente se dedican a minar a esta augusta cámara, al
Senado de Roma. ¿Por qué? ¿Qué es lo que puede inducirlos a destruir su propio
orden?
Los diez que ocupaban el banco de tribunos adoptaron una serie de
actitudes, fiel reflejo de su propia tendencia política: los senadores leales
estaban erguidos, altaneros, satisfechos; los del centro del banco se rebullían
con la vista baja, y los tribunos activos aguantaban la diatriba desafiantes y
muy serios.
—Yo os diré por qué, colegas senadores —continuó Escauro con una voz que
rezumaba gozo—. Porque algunos se dejan comprar como baratijas de mercadillo.
¡A ésos todos los comprendemos! Pero hay otros con
motivaciones más sutiles, y entre éstos el primero fue Tiberio Sempronio
Graco. Hablo de la clase de tribuno de la plebe que ve en ella un instrumento
para sus propias ambiciones, la clase de hombre que codicia la categoría de
primer hombre de Roma sin ganársela entre sus pares, como hizo Escipión
Emiliano, Escipión Africano y Emilio Paulo, y, os ruego me perdonéis todos por
la presunción, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. Hemos adoptado un
vocablo griego para describir el estilo de tribunos de la plebe de Tiberio y
Cayo Graco: los llamamos demagogos. No obstante, no lo empleamos exactamente
igual que los griegos. Nuestros demagogos no arrastran a toda la ciudad al Foro
pidiendo sangre, tiran a los senadores por la escalinata de la curia y hacen su
voluntad mediante la violencia de las masas. Nuestros demagogos se contentan
con inflamar a los que habitualmente se congregan en la zona de comicios y
hacen su voluntad por medio de la legislación. Sí, claro, hay violencia de vez
en cuando, pero no es frecuente; somos nosotros, el Senado, quienes tenemos que
recurrir a la violencia para restablecer el status quo. Porque nuestros
demagogos son legisladores y leguleyos, más sutiles, más rencorosos, ¡mucho más
peligrosos que los que incitan a la revuelta! Corrompen al pueblo para lograr
sus ambiciones. Y eso, padres conscriptos, no tiene nombre. Y, sin embargo, se
hace todos los días y cada día es más evidente. El atajo hacia el poder, el
camino fácil hacia la preeminencia.
Calló un instante, dio media vuelta, recogió con la mano izquierda los
amplios pliegues de su toga bordada en púrpura que le caían del hombro
izquierdo y se los ajustó al cuello; a continuación flexionó el brazo derecho
desnudo para dar énfasis gestual a sus palabras.
—El atajo al poder, el camino fácil a la preeminencia —repitió con voz
estentórea—. Bien, todos conocemos a esa clase de hombres, ¿no es cierto? El
primero es Cayo Mario, nuestro estimado primer cónsul, quien, según tengo
entendido, está otra vez a punto de hacerse elegir cónsul ¡y otra vez in
absentia! ¿Por deseo nuestro? ¡No! ¡Por medio del pueblo, naturalmente! ¿Cómo,
si no, iba a haber llegado Cayo Mario a donde ha llegado de no haber sido por
el pueblo? Algunos de nosotros le hemos combatido con uñas y dientes, le hemos
combatido con todos los recursos legales de
nuestro arsenal constitucional. ¡Pero en vano! Cayo Mario cuenta con el
apoyo del pueblo, el oído del pueblo, y echa dinero en las bolsas de algunos de
los tribunos de la plebe. En los tiempos actuales, basta con eso. Ese es Cayo
Mario. Pero no me he levantado para hablar de Cayo Mario. Me perdonaréis,
padres conscriptos, por dejar que mis sentimientos me hagan apartarme de lo
esencial de mi exposición.
Volvió al sitio que ocupaba antes y se volvió hacia el estrado en que
estaban sentados los magistrados curules, dirigiéndose a Cayo Memio.
—Me he levantado para hablar de otro arribista, una modalidad de
arribismo menos ostensible que la de Cayo Mario. La clase de arribista que
aduce antepasados senatoriales y habla bien el griego, que ha tenido una buena
educación y vive en una casa lo bastante lujosa en la que sus ojos nunca han
visto mierda de cerdo, es decir, en la que nunca ha visto nada de nada. No es
un romano descendiente de romanos, por mucho que diga. Me refiero a Cneo
Pompeyo Estrabo, legado de esta augusta cámara para servir al gobernador de
Cerdeña, Tito Anio Albucio.
"Y bien, ¿quién es este Cneo Pompeyo Estrabo? Un Pompeyo que dice
tener vínculos de sangre con los Pompeyos de esta cámara desdé hace
generaciones, aunque seria interesante ver hasta qué punto son verdad esos
vínculos. Rico como Craso, con una clientela que cubre casi la mitad del norte
de Italia, un rey dentro de sus tierras. Ese es Cneo Pompeyo Estrabo.
"Miembros del Senado —añadió casi a gritos—, ¿adónde va a llegar
esta augusta cámara si un senador bisoño disfrazado de cuestor tiene la osadía
y el... el... descaro de acusar a su superior? ¿Tan faltos de jóvenes romanos
estamos que no podemos sentar culos romanos en trescientas escasas sillas?
¡Me... me... escandaliza! ¿Es que ese Pompeyo bizco está tan poco instruido en
los detalles de comportamiento que debe guardar un miembro del Senado como para
llegar a imaginarse que puede acusar a su superior? ¿Qué nos sucede que
consentimos que gentes como Pompeyo el bizco sienten sus posaderas en una silla
senatorial? ¿Cómo es que se atreve a cosa semejante? ¡Por ignorancia y falta de
clase, por eso se atreve! ¡Hay cosas, conscriptos padres, que no se hacen! Cosas
como acusar a un superior o a un pariente próximo, incluidos los que lo son por
matrimonio.
¡No se hacen! ¡Descarado, bovino, grosero, inculto, presuntuoso,
estúpido... nuestra lengua latina carece de epítetos suficientes para calificar
los defectos de una seta venenosa como este Cneo Pompeyo Estrabo, ese Pompeyo
bizco!
Del banco de los tribunos se alzó una voz.
—¿Es que inferís, Marco Emilio, que hay que alabar la conducta de Tito
Anio Albucio? —inquirió Lucio Casio.
El príncipe del Senado se revolvió como una cobra.
—¡Oh, no seáis ingenuo, Lucio Casio! —replicó—. Aquí no se trata de Tito
Anio. Naturalmente que ese asunto se tratará como es debido, en este caso con
un proceso. Si se le declara culpable, recibirá el castigo que la ley
prescribe. Pero aquí de lo que se trata es del protocolo, la cortesía, la
etiqueta, en otras palabras, Lucio Casio, ¡de modales! ¡Esa seta venenosa de
Pompeyo el bizco es culpable de una flagrante transgresión de modales!
Se volvió hacia la cámara.
—Propongo, padres conscriptos, que Tito Anio Albucio responda de cargos
con cariz de traición, pero que el praetor urbanus escriba al mismo tiempo una
carta contundente al cuestor Cneo Pompeyo Estrabo diciéndole que, primero, bajo
ninguna circunstancia se le permitirá procesar a un superior, y, segundo, que
tiene modales de patán.
La cámara votó con un nutrido aplauso, a guisa de consenso.
—Cayo Memio, yo creo —dijo Lucio Marcio Filipo con un tonillo nasal de
irreprochable superioridad aristocrática, dolido por la alusión de Escauro de
que Mario había comprado sus servicios— que la cámara debería nombrar ahora
mismo un fiscal para el caso de Tito Anio Albucio.
—¿Alguna objeción? —preguntó Memio mirando a los senadores.
No había objeciones.
—Muy bien, que conste que la cámara nombrará un fiscal para el proceso
contra Tito Anio Albucio. ¿Nombres...? —añadió Memio.
—¡Oh, querido praetor urbanus; no puede haber más que un solo nombre!
—replicó Filipo con el mismo tonillo.
—Pues, decidlo, Lucio Marcio.
—Pues el ducho abogado del Foro César Estrabo —contestó Filipo—. Vamos,
que no le ahorremos a Tito Anio la impresión de que le persigue una voz de su
pasado. ¡Yo creo que el fiscal debe ser bizco!
La cámara estalló en una risotada; y Escauro como el que más. Cuando
cesó la hilaridad, todos votaron por unanimidad nombrar fiscal del proceso
contra Tito Anio Albucio al joven Cayo Julio César Estrabo, hermano menor de
Catulo César y Lucio César, vengándose así de Pompeyo Estrabo. Cuando éste
recibió la severa carta del Senado (más una copia del discurso de Escauro, que
adjuntó Cayo Memio para echar sal en la herida), comprendió perfectamente. Y
juró que algún día tendría a todos aquellos aristócratas altaneros del Senado a
su merced, igual que ellos le tenían a él en aquel momento.
Pese a los ingentes esfuerzos que desplegaron, ni Escauro ni el Numídico
pudieron conseguir suficientes votos en la Asamblea de la plebe para impedir la
nominación de Cayo Mario como candidato al consulado in absentia. Y tampoco
pudieron modificar la actitud de la Asamblea de las centurias, porque a los
electores de la segunda clase aún les dolía la afirmación de Escauro en su
memorable discurso de que eran hombres medio, tan despreciables como los de la
tercera y cuarta. La Asamblea centuriada prorrogó el mandato de Mario para
contener a los germanos y no quiso saber de nadie más para el cargo. Elegido
primer cónsul por segunda vez consecutiva, Cayo Mario era el hombre del
momento, y podía sin ambages decirse el primer hombre de Roma.
—Pero no primus ínter pares —dijo Metelo el Numídico al joven Marco
Livio Druso, que había regresado al Foro tras su breve carrera militar del año
anterior. Se habían encontrado ante el tribunal del pretor urbano y Druso iba
acompañado de su amigo y cuñado Cepio hijo.
—Mucho me temo, Quinto Cecilio —dijo Druso sin el menor deje de
apología—, que por una vez no coincido con la opinión de mis iguales. Yo voté
por Cayo Mario... Sí, eso os deja perplejo, ¿verdad? Pero es que no sólo voté
por Cayo Mario, sino que se lo aconsejé a casi todos mis amigos y clientes.
—¡Sois un traidor a vuestra clase! —espetó el Numídico.
—En absoluto, Quinto Cecilio. Mirad, yo estuve en Arausio —replicó
apaciblemente Druso—, y vi con mis propios ojos lo que sucede cuando el
elitismo senatorial se antepone al buen sentido romano. Y os digo sinceramente
que si Cayo Mario fuese bizco como César Estrabo, tan descarado como Pompeyo
Estrabo, tan bajo de cuna como un trabajador del puerto de Roma, tan vulgar
como el caballero Sexto Perquetieno... aun así le votaría. No creo que exista
un militar de su talla, y yo no toleraría que nombraran por encima de él a un
cónsul que le tratase como Quinto Servilio Cepio trató a Cneo Malio Máximo.
Y Druso le dio la espalda con gran dignidad y se alejó, dejándole con la
boca abierta.
—Ha cambiado —comentó Cepio hijo, que aún seguía a Druso, aunque con
menos entusiasmo desde su regreso de la Galia Transalpina—. Mi padre dice que
si Marco Livio no se anda con cuidado, se volverá un demagogo de cuidado.
—¡No puede! —exclamó Metelo el Numídico—. Su padre el censor fue uno de
los enemigos más pertinaces de Cayo Graco, y el joven Marco Livio ha recibido
una educación eminentemente conservadora.
—Arausio le ha hecho cambiar —insistió Cepio hijo—. Quizá fuese el golpe
que recibió en la cabeza... eso es lo que cree mi padre, desde luego, pues
desde su regreso es uña y carne con ese marso llamado Silo, del que se hizo
amigo después de la batalla —añadió con desdén—. Ese Silo es de Alba Fucentia y
se pasea por casa de Marco Livio como si fuera suya; se pasan horas sentados
hablando y nunca me invitan a estar con ellos.
—Un asunto lamentable, Arausio —dijo Metelo el Numídico, llegando a un
forzado eufemismo, pues se lo comentaba al hijo del principal responsable.
Cepio hijo se escabulló en cuanto pudo y se fue a casa embargado por una
insatisfacción que venía de lejos, no sabía exactamente de cuándo, pero más o
menos desde que se había casado con la hermana de Druso y éste se había casado
con la hermana de él. No había fundamento para sentirse así, pero sentía algo.
¡Cómo habían cambiado las cosas desde Arausio!
Tampoco su padre era el mismo; tan pronto se echaba a reír por algún
chiste que él no entendía, como caía en la más profunda desesperación por la
ola de resentimiento público que se había desencadenado o, al poco, comenzaba a
despotricar a voces diciendo que era una injusticia, pero Cepio hijo no acababa
de entenderle.
Y él mismo tampoco lograba sentirse totalmente inocente por lo de
Arausio; mientras que Druso, Sertorio y Sexto César, incluso aquel Silo,
quedaron en el campo de batalla dados por muertos, él había cruzado
apresuradamente el río como un miserable, con las mismas ansias de sobrevivir
que los reclutas bisoños del censo por cabezas de su legión. Naturalmente, esto
nunca se lo había dicho a nadie, ni siquiera a su padre. Era el tremendo
secreto del joven Cepio. No obstante, siempre que veía a Druso se preguntaba lo
que éste sospecharía.
Su esposa, Livia Drusa, se hallaba en la sala de estar con la niña sobre
las rodillas, porque acababa de darle el pecho. Como de costumbre, fue acogido
con una sonrisa que habría debido reconfortarle; pero no sucedía eso. Los ojos
de Livia desmentían el resto de su rostro, pues no se iluminaban con ninguna
sonrisa ni los animaba ningún fulgor de interés. Siempre que le hablaba o le
escuchaba, Cepio hijo se daba cuenta de que nunca le miraba. Sin embargo, era
el más afortunado de los mortales con una esposa tan amable y complaciente:
nunca rehuía sus requerimientos sexuales ni alegaba estar cansada. Claro que en
tales ocasiones él no podía ver sus ojos y no podía saber con certeza si los
animaba un destello de placer.
Un hombre más inteligente y perspicaz habría amablemente exigido a Livia
Drusa esas cosas, pero Cepio hijo lo dejaba todo a la imaginación y no podía
darse cuenta de que tenía muy poca. Lo que si tenía era suficiente agudeza
mental para darse cuenta de que había algo que no funcionaba en absoluto, pero
carecía de la suficiente agudeza mental para deducir el qué. No se le ocurrió,
por supuesto, pensar que ella no le amaba, pese a que antes de casarse estaba
convencido de que no le gustaba. Pero eso había sido cosa de su imaginación,
porque no podía dejar de gustarle si era tan buena esposa romana. Así que tenía
que amarle.
Para Cepio hijo, su hija Servilia era más un objeto que un ser humano,
por la decepción que se había llevado al no nacer un niño. Se sentó, mientras
Livia Drusa daba unas friegas en la espalda a la pequeña y luego se la
entregaba a la niñera macedonia.
—¿Sabías que tu hermano ha votado por Cayo Mario en las elecciones
consulares? —inquirió.
—No —respondió Livia Drusa, con un fulgor en la mirada—. ¿Estás seguro?
—Se lo ha dicho hoy a Quinto Cecilio Metelo el Numídico. Yo estaba
delante. Y volvió a repetir lo de Arausio. ¡Oh, desearía que los enemigos de mi
padre le dejasen morir de muerte natural!
—Deja que pase el tiempo, Quinto Servilio. —Es que cada vez es peor
—replicó él, abatido. —¿Vas a quedarte a cenar?
—No, en realidad voy a volver a salir. Cenaré en casa de Lucio Lucinio
Orator. Vendrá también Marco Livio.
—Ah —respondió ella lacónica.
—Lo siento; iba a decírtelo esta mañana pero se me olvidó —añadió él,
levantándose—. ¿No te importa, verdad?
—No, claro que no —contestó Livia Drusa con voz neutra.
Claro que le importaba; no porque le gustase la compañía de su marido,
sino porque si él se lo hubiese advertido, se habría ahorrado dinero y tiempo
en la cocina. Vivían con su suegro Cepio, que siempre se estaba quejando de las
facturas y constantemente le reprochaba a ella no ser un ama de casa cuidadosa,
sin ocurrírsele pensar que tanto a él como a su hijo les tenía sin cuidado
avisarla de lo que pensaban hacer, y así cada día se veía obligada a tener
preparada una comida que muchas veces no se consumía y de la que daban cuenta
los esclavos.
—Domina, ¿llevo a la niña a su cuarto? —inquirió la niñera macedonia.
—Sí —respondió Livia Drusa, saliendo de su ensimismamiento, sin siquiera
dirigir a la niña una mirada mientras se la llevaba la criada. La estaba
amamantando no porque fuese mejor para la pequeña, sino porque
sabía que mientras le diera el pecho no volvería a quedarse encinta.
No quería mucho a aquella niña; cada vez que la miraba era como si viese
un Cepio en miniatura: piernas cortas, una piel tan oscura que resultaba
inquietante, vello negro en espalda, brazos y piernas y un pelo negro y tieso
que le cubría la frente y la nuca cual pelaje de animal. Para Livia Drusa,
aquella niña era deplorable; ni siquiera se le ocurría encontrarle alguna
gracia, y eso que las tenía; por ejemplo, aquellos ojazos negros, promesa de
una gran belleza, o la boquita de rosa, apacible y callada.
Los dieciocho meses de matrimonio no habían servido para que Livia Drusa
aceptase su suerte, pese a que en ningún momento desobedecía lo que le mandaba
Cepio; su cortesía y afán eran intachables. Incluso en sus frecuentes
relaciones sexuales con él, actuaba irreprochablemente. Gracias que su alta
cuna y clase social le impedían una reacción ardiente, porque Cepio se habría
quedado atónito de haberla oído jadear de placer o viéndola revolcarse en la
cama, lasciva como una concubina. Todo lo que estaba obligada a hacer lo
cumplía como una buena esposa; se tumbaba de espaldas, sin juego de caderas y
con una leve efusión dentro de un pudor impenetrable. ¡Ah, pero qué difícil
era! Más difícil que ninguna otra cosa, porque cuando su marido la tocaba,
deseaba gritar que no la violase y vomitarle en la cara.
Le resultaba imposible sentir compasión por aquel hombre, que, a decir
verdad, no había hecho nada para merecer su repulsa. El y su hermano Druso se
habían convertido en un binomio terrorífico capaz de convertirla en un guiñapo.
Atenazada por el temor, pasaba los días pensando en morir sin saber lo que era
vida.
Lo peor de todo era la reclusión en que vivía. La casa de Servilio Cepio
estaba en la parte del Palatino que daba al Circo Máximo, enfrente del
Aventino, y no había casas debajo, sino un vertiginoso acantilado; y ya no
tenía ocasión de asomarse al balcón para ver al pelirrojo Odiseo, como hacía en
casa de su hermano.
Su suegro Cepio era un hombre particularmente desagradable que resultaba
más insoportable cada día que pasaba; ni siquiera tenía una esposa que fuese
para ella un consuelo, y era tan escaso el trato que mantenía con
padre e hijo, que nunca se había atrevido a preguntarles si existía tal
mujer. Y, claro, el malhumor del suegro aumentaba cada vez más como
consecuencia del desastre de Arausio. Primero le habían despojado del imperium,
después, el tribuno de la plebe Lucio Casio Longino había conseguido que
aprobasen una ley privándole del asiento en el Senado y, ahora, no había mes en
que algún demagogo emprendedor no tratara de procesarle acusándole de traición.
Virtualmente confinado en aquella casa por el virulento odio de la multitud y
su propio sentido de conservación, Cepio padre se pasaba la mayor parte del
tiempo observándola y criticándola acerbamente.
Cierto que ella, con algunas tonterías, agravaba la situación. Un día,
aquella manía de su suegro de estar siempre mirándola la puso tan furiosa, que
salió al jardín peristilo donde nadie podía oír lo que decía y se puso a hablar
sola en voz alta, y cuando los esclavos comenzaron a agruparse bajo la
columnata, preguntándose en voz baja qué es lo que pasaría, su suegro había
salido del despacho como una fiera, llegándose hasta ella con cara de pocos
amigos.
—¿Pero qué es lo que haces? —le había dicho.
—Estoy recitando la trova de Odiseo —había contestado ella, abriendo
mucho los ojos en gesto de inocencia.
—¡Pues no lo hagas! ¡Estás dando un espectáculo! ¡Los criados comentan
que te has vuelto loca! ¡Si quieres recitar a Homero, hazlo donde la gente sepa
que es Homero! No sé por qué haces una cosa así...
—Por pasar el tiempo —respondió ella.
—Hay mejores maneras de pasar el tiempo, muchacha. Siéntate al telar,
acuna a tu niña o haz cosas de mujer. ¡Vamos, vamos, fuera de aquí!
—Yo no sé lo que hacen las mujeres, padre —replicó ella, poniéndose en
pie—. ¿Qué hacen las mujeres?
—¡Volver locos a los hombres! —había replicado él, regresando al
despacho, que cerró de un portazo.
Después hizo aún más, porque siguió el consejo de su suegro y se sentó
ante el telar. Sí, pero a tejer una serie de vestidos de luto y hablando en voz
alta mientras trabajaba con un imaginario rey Odiseo, diciéndole que había
estado muchos años lejos y que tejía vestidos de luto para retrasar el
momento de la elección de otro esposo; de vez en cuando cesaba en su monólogo y
se inclinaba como escuchando a alguien.
En esta ocasión, Cepio padre envió a su hijo a que viese qué le pasaba.
—Estoy tejiendo mi vestido funerario —dijo ella, muy tranquila—, a
ver si averiguo cuándo vendrá el rey Odiseo a rescatarme. Un día vendrá
a rescatarme.
—¿Rescatarte? —inquirió Cepio hijo, atónito—. ¿De qué estás hablando,
Livia Drusa?
—Nunca salgo de esta casa —respondió ella.
—¡Por Juno! —exclamó Cepio, alzando las manos exasperado—, ¿qué te
impide hacerlo?
Livia Drusa no sabía qué alegar.
—No tengo dinero —dijo.
—¿Quieres dinero? ¡Yo te daré dinero, Livia Drusa! ¡Pero deja de
preocupar a mi padre! —gritó Cepio, irritadísimo—. ¡Ve a donde quieras! ¡Compra
lo que quieras!
Con cara muy sonriente, ella cruzó la habitación y le dio un beso en la
mejilla.
—Gracias —le dijo con tanta sinceridad que hasta le abrazó.
¡Así de fácil! Se habían acabado aquellos años de reclusión forzada.
Porque a Livia Drusa no se le había ocurrido que al pasar de la potestad de su
hermano a la de su marido y su suegro las cosas habían cambiado un poco.
* * *
Cuando Lucio Apuleyo Saturnino fue elegido tribuno de la plebe, su
agradecimiento para con Cayo Mario fue inconmensurable. ¡Ahora podía vengarse!
Y pronto descubriría que no le faltaban aliados; otro de los tribunos de la
plebe, un tal Cayo Norbano, era un cliente de Mario, de Etruria, y tenía una
inmensa fortuna, aunque no influencia senatorial porque carecía de linaje. Y
estaba Marco Bebio, uno del clan de tribunos de los Bebios, famosos por lo
sobornables, a quien se podía recurrir fáciimente en caso de necesidad.
Desgraciadamente, el otro extremo del banco de los tribunos lo ocupaban
tres adversarios de talla. En la punta se sentaba Lucio Aurelio Cota, hijo del
finado cónsul Cota, sobrino del ex pretor Marco Cota y hermanastro de Aurelia,
esposa del joven Cayo Julio César; a su lado tenía a Lucio Antistio Regino, de
antepasados respetables pero no aristocráticos, de quien se decía que era
cliente del cónsul Quinto Servilio Cepio y, por consiguiente, poco predispuesto
en su contra. El tercero era Tito Didio, de una familia de Campania, un hombre
muy tranquilo y eficiente que había adquirido buena fama de militar.
Los del centro del banco eran muy humildes tribunos de la plebe, y
parecían pensar que su principal papel durante el año que tenían por delante
iba a consistir en evitar que los dos extremos opuestos se degollasen
mutuamente. Efectivamente, no existía mucho respeto reciproco entre los que
Escauro vituperaba de demagogos y los que encomiaba por no perder de vista el
hecho de que antes eran senadores que tribunos de la plebe.
No es que a Saturnino le importase. El había accedido al cargo con más
votos que nadie, seguido de Cayo Norbano, lo que servía para que los
conservadores se dieran cuenta de que no había disminuido el afecto del pueblo
por Cayo Mario, y que éste había considerado que valía la pena gastar una buena
suma de dinero en comprar votos para Saturnino y Norbano. Era preciso que ambos
actuaran rápidamente, pues el interés por la Asamblea plebeya había disminuido
notablemente en los tres últimos meses del año que acababa de expirar, debido
en parte al aburrimiento del pueblo y también al hecho de que ningún tribuno de
la plebe podía seguir aquel ritmo más de tres meses. Los tribunos de la plebe
se cansaban pronto,
como la liebre de Esopo, mientras que la senecta tortuga senatorial
mantenía su ritmo.
—Sólo verán mi sombra —dijo Saturnino a Glaucia cuando se aproximaba el
décimo día del mes de diciembre, fecha en que el nuevo colegio tribunicio
asumía el cargo.
—¿Qué es lo primero? —inquirió indolente Glaucia, algo decepcionado
porque, siendo mayor que Saturnino, aún no había tenido ocasión de que le
eligieran tribuno de la plebe.
—Una modesta ley agraria —respondió Saturnino con sonrisa de lobo — para
ayudar a mi amigo y benefactor Cayo Mario.
Con minuciosidad de planteamiento y mediante un magnífico discurso,
Saturnino incluyó en la orden del día una ley para distribuir el ager Africanus
insularum, reservado en dominio público el año anterior por Lucio Marcio
Filipo; ahora se repartiría entre los soldados del censo por cabezas del
ejército de Mario, según un promedio de cien iurera (por cabeza). ¡Ah, cómo se
había divertido con los aullidos de aprobación del pueblo, los alaridos de
indignación del Senado, los puños alzados de Lucio Cota y el firme e inocente
discurso de Cayo Norbano en apoyo de la medida!
—Nunca había imaginado lo interesante que es ser tribuno de la plebe
—dijo una vez disuelto el contio, mientras cenaba con Glaucia en casa de éste.
—Si, desde luego, tuviste a los padres de la patria a la defensiva —
añadió Glaucia recordando la escena—. ¡Creí que a Metelo el Numídico le iba a
estallar una vena!
—Lástima que no fuera así —dijo Saturnino, reclinándose con un suspiro
de contento y divagando con la mirada por entre los dibujos que el hollín de
lámparas y braseros había dejado en el techo, que necesitaba urgentemente
remozar—. Es curiosa su forma de pensar, ¿no? Basta con que se susurre el
término "ley agraria" para que comiencen a despotricar contra los
Gracos, horrorizados por la idea de dar algo si no es a cambio de otra cosa.
¡Hasta el censo por cabezas repudia el hecho de conceder algo gratis!
—Bueno, es que es un concepto muy nuevo para todo romano bien pensante
—replicó Glaucia.
—Y una vez aprobado, comenzaron a chillar por el gran tamaño de las
parcelas... diez veces mayores que una pequeña propiedad de Campania, dijeron.
Se diría que saben de antemano que una isla de la Sirte menor tiene un
rendimiento diez veces inferior a la peor explotación de Campania y que la
lluvia es la décima parte de previsible —dijo Saturnino.
—Sí, pero el debate realmente se centraba en los millares de nuevos
clientes con que se hace Cayo Mario, ¿no? —inquirió Glaucia—. Ahí es donde
realmente les duele. Todos los veteranos del ejército del censo por cabezas son
clientes potenciales del general, y más cuando éste se ha tomado la molestia de
asegurarles un trozo de tierra para la vejez. ¡Le quedan obligados! Lo que
sucede es que no ven que el Estado es su único benefactor, ya que es el Estado
quien tiene que encontrar la tierra. Pero ellos se lo agradecen a su general,
se lo agradecen a Cayo Mario, y eso es lo que indigna a los padres de la
patria.
—De acuerdo. Pero la solución no está en oponerse, Cayo Servilio, sino
en aprobar una ley general aplicable a todos los ejércitos del censo por
cabezas de una vez para siempre... diez iugera de buena tierra para cada hombre
que acabe su plazo de servicio en las legiones; digamos quince años... veinte,
si quieres. Y eso independientemente de los generales al mando de los cuales
sirva o de las distintas campañas en que combata.
—¡Eso tiene demasiado sentido común, Lucio Apuleyo! —replicó Glaucia,
riendo con ganas—. Y piensa en la oposición de todos los caballeros a los que
una ley así afectaría... menos tierra para arriendo. ¡Y eso sin contar a
nuestros estimados y bucólicos senadores!
—Si las tierras estuviesen en Italia, no digo que no —replicó Saturnino
—. ¿Pero unas islas en la costa africana..? ¡Por favor, Cayo Servilio!
¿De qué les sirven a esos viejos perros guardianes de sus putrefactos huesos?
¡Compáralo con los millones de iugera que Cayo Mario ha dado en nombre de Roma
en las riberas del Ubu y del Chelif y a orillas del lago Tritonis, y todo a
esos mismos que ponen el grito en el cielo!
Glaucia puso en blanco sus ojos verde claro de largas pestañas, se tumbó
de espaldas, dio una palmada y volvió a soltar una carcajada.
—De todos modos, a mí el discurso que más me gustó fue el de Escauro.
Ese hombre es inteligente; los demás lo único que tienen es influencia. ¿Estás
preparado para mañana en el Senado? —inquirió, alzando la cabeza y mirando a
Saturnino.
—Creo que sí —respondió Saturnino, animado—. ¡Lucio Apuleyo vuelve al
Senado! ¡Y esta vez no pueden echarme antes de que expire el cargo! Tendrían
que movilizar a las treinta y cinco tribus, y eso no lo harían. Les guste o no
a los padres de la patria, vuelvo a estar en su madriguera más irritado que una
avispa.
Entró en el Senado como si fuese de él, con una majestuosa reverencia a
Escauro y saludos con la mano derecha a ambos lados de la cámara, que se
hallaba casi llena, indicio inequívoco de un fuerte debate. Se dijo que el
resultado no importaba tanto, ya que el escenario en que se dirimiría el
verdadero conflicto no era la curia hostilia, sino la zona de Comitia. Había
llegado el día de defenderse con argumentos descarados y, además, con el
cuestor de cereales caído en desgracia metamorfoseado como por encantamiento en
tribuno de la plebe, una amarga sorpresa para los padres de la patria.
Con los padres conscriptos del Senado abordaría una nueva táctica, una
táctica que pensaba aplicar luego a la Asamblea de la plebe. Iba a ser una
prueba.
—Hace mucho tiempo que la esfera de influencia de Roma no se limita a
Italia —comenzó diciendo—. Todos sabemos las contrariedades que Yugurta ha
causado a Roma. Todos estamos eternamente agradecidos al estimado primer cónsul
Cayo Mario por haber puesto fin tan admirablemente, y de forma tan definitiva,
a la guerra en Africa. Pero ¿cómo puede Roma garantizar a las generaciónes
futuras unas provincias pacificadas de las que puedan gozar sus frutos? Tenemos
una tradición, vinculada a las tradiciones de los pueblos no romanos, por la
que, aunque éstos vivan en nuestras provincias, son libres de continuar con sus
ritos
religiosos, sus costumbres comerciales, sus costumbres políticas. A
condición de que ello no perjudique a Roma o suponga un peligro. Pero una de
las consecuencias más deplorables de esta tradición de no injerencia es la
ignorancia. Ninguna de nuestras provincias más allá de Italia, la Galia itálica
y Sicilia está al corriente de las cosas de Roma como para que la población se
sienta inclinada hacia la colaboración en detrimento de la resistencia. Si la
población de Numidia nos hubiera conocido mejor, Yugurta jamás habría podido
arrastrarla tras él si la población de Mauritania nos hubiera conocido mejor,
jamás Yugurta habría convencido al rey Boco para que le apoyase.
Lanzó un carraspeo y comprobó que la cámara prestaba atención; pero
tenía que llegar a la conclusión. Allá iba.
—Lo que nos lleva al asunto del ager Africanus insularum. Estas islas
tienen poca importancia estratégica. Son pequeñas y esta cámara no las echará
de menos. No hay oro, ni plata, ni hierro, ni especias exóticas. No son muy
fértiles comparadas con los fabulosos graneros del río Bagradas, en el que
muchos de los miembros de esta cámara tienen tierras, igual que muchos
caballeros de la primera clase. Entonces, ¿por qué no dárselas a los soldados
del censo por cabezas de Cayo Mario cuando se retiren? ¿Queremos realmente
vivir abrumados con cuarenta mil veteranos proletarios en las tabernas y calles
de Roma? Sin trabajo, sin nada que hacer, empobrecidos después de haberse
gastado su pequeña parte del botín... ¿No es mejor para ellos, y para Roma,
asentarlos en el Ager Africanus insularum? Porque, padres conscriptos, hay un
trabajo que pueden hacer cuando se retiren. ¡Llevar Roma a la provincia de
Africa! ¡Nuestra lengua, nuestras costumbres, nuestros dioses, nuestro modelo
de vida! A través de esos valientes y animosos expatriados, los pueblos de la
provincia africana nos comprenderán mejor; porque esos valientes y animosos
expatriados son gente del común; ni más rica, ni más inteligente, ni más
privilegiada que la mayoría de los indígenas, y estarán en contacto diario con
la población; algunos se casarán con mujeres indígenas, confraternizarán unos
con otros y, en definitiva, habrá menos guerra y más paz.
Lo había expuesto con gran persuasión, razonando, sin ningún tipo de
frases grandilocuentes ni gestos retóricos, y conforme se enardecía en la
perorata comenzó a creer que podría conseguir que los tercos miembros de aquel
organismo elitista fuesen capaces de ver las esperanzas que abrigaban para Roma
los hombres como Cayo Mario, ¡y como él!
Mientras regresaba a su extremo del banco de los tribunos, no notó nada
en el silencio que contradijera tal convencimiento. Pero no; es que esperaban.
Esperaban que uno de los padres de la patria señalara el camino. Borregos,
borregos, borregos. Maldito rebaño de borregos.
—Pido la palabra —dijo Lucio Cecilio Metelo Dalmático, pontífice máximo,
al magistrado presidente, el segundo cónsul Cayo Flavio Fimbria.
—La tenéis, Lucio Cecilio —dijo Fimbria.
Metelo Dalmático se puso en pie; hasta ese momento había ocultado su
indignación, pero ésta desbordó sus cauces como un fogonazo de yesca.
—¡Roma es única! —tronó de tal modo que algunos de los senadores se
sobresaltaron—. ¿Cómo se atreve ningún romano perteneciente a esta cámara
proponer un programa destinado a que el resto del mundo imite a Roma?
La habitual actitud de Dalmático de suprema altivez se había
desvanecido; se crecía, congestionado, hinchadas las venas de su rostro
mofletudo. Y temblaba; vibraba de ira casi como las alas de una polilla.
Fascinados, atemorizados, todos los presentes contenían la respiración,
escuchando a aquel Dalmático, pontífice máximo, de cuya existencia apenas se
habían percatado.
—Veamos, padres conscriptos, todos conocemos la Roma que digo, ¿no es
cierto? —vociferó—. ¡Lucio Apuleyo Saturnino es un ladrón, un aprovechado de la
carestía de alimentos, un vulgar afeminado, un corruptor de niños que abriga
lascivos deseos por su hermana y su hijita, un muñeco manipulado por el maestro
de ceremonias de Arpinum ahora en la Galia Transalpina, una cucaracha del más
inmundo lupanar de Roma, un proxeneta, un maricón, un pornógrafo, el producto
que supura cada verpa de esta ciudad! ¿Qué sabe él de Roma, qué sabe de Roma el
lerdo de su patrón de Arpinum? ¡Roma es única! ¡Roma no se puede tirar al mundo
como excremento a las cloacas, como escupitajos al sumidero! ¿Es que
vamos a consentir la disolución de nuestra raza con uniones híbridas con las
mujerzuelas de cien pueblos? ¿Es que en el futuro vamos a viajar a lugares
remotos para que hieran nuestros oídos romanos una jerga latina espúrea? ¡Que
hablen griego! ¡Que adoren a Serapis del escroto o a Astarté del Ano! ¿A
nosotros qué nos importa? ¿Pero es que vamos a entregarles a Quirino? ¿Quiénes
son los quirites, los hijos de Quirino? ¡Nosotros! Porque ¿quién es Quirino?
¡Sólo un romano puede saberlo! ¡Quirino es el espíritu de la ciudadanía romana,
Quirino es el dios de la asamblea de varones romanos, Quirino es el dios
invencible, porque Roma jamás ha sido vencida... y nunca será vencida,
compañeros quirites!
La cámara prorrumpió en vítores atronadores, mientras Dalmático,
pontífice máximo, se dirigía vacilante hacia su asiento, en el que casi se
derrumbó; los senadores lloraban, pateaban, aplaudían hasta cansarse las manos,
se volvían unos hacia otros para abrazarse llorosos.
Pero toda aquella emoción contenida se diluyó como espuma de la mar
sobre roca basáltica y, una vez secadas las lágrimas y los cuerpos serenados,
los hombres del Senado de Roma se encontraron carentes de energía y arrastraron
sus pesados pies hasta sus casas, con la ensoñación de ese momento mágico en
que habían tenido la visión de un Quirino sin rostro que los cubría con su toga
protectora como un padre a sus leales y amados hijos.
La cámara estaba casi vacía cuando Craso Orator, Quinto Mucio Escévola,
Metelo el Numídico, Catulo César y Escauro, príncipe del Senado, cesaron en su
eufórica conversación y optaron por seguir los pasos de los demás. Lucio
Cecilio Metelo Dalmático, pontífice máximo, seguía sentado, erguido y con las
manos cruzadas en el regazo en gesto tan impecable como una muchacha bien
educada. Pero tenía la cabeza caída, con la barbilla sobre el pecho, y una leve
brisa que entraba por las puertas movía su canoso cabello.
—¡Hermano, ha sido el mejor discurso que he oído en mi vida! — exclamó
Metelo el Numídico, apretando con una mano el hombro de Dalmático.
Dalmático seguía sentado sin hablar ni moverse; sólo en ese momento
vieron que estaba muerto.
—Un final digno —comentó Craso Orator—. Yo moriría feliz sabiendo que
había hecho mi mejor discurso a las puertas de la muerte.
Pero ni el discurso de Metelo Dalmático, pontífice máximo, ni la muerte
de Metelo Dalmático, pontífice máximo, ni la ira y poder del Senado pudieron
impedir que la Asamblea de la plebe aprobase la ley agraria de Saturnino. Y,
con ello, la carrera de tribuno de Lucio Apuleyo Saturnino tuvo un comienzo
sonado, una curiosa mezcla de infamia y adulación.
—Me encanta —dijo Saturnino a Glaucia mientras cenaban la misma noche en
que había sido aprobada la lex Appuleia. Cenaban juntos a menudo y
habitualmente en casa de Glaucia, ya que la esposa de Saturnino no había
acabado de sobreponerse a los terribles acontecimientos que se sucedieron tras
la denuncia de Escauro cuando Saturnino era cuestor en Ostia—. Sí, me encanta.
Imagínate, Cayo Servilio, habria tenido una carrera muy distinta de no haber
sido por ese viejo mentula de Escauro.
—Sí, te va bien la tribuna de los Espolones —dijo Glaucia, comiendo uvas
de invernadero—. Quizá haya, al fin y al cabo, algo que rige nuestras vidas.
—¡Ah, te refieres a Quirino! —exclamó, burlón, Saturnino.
—Puedes reírte, pero yo te digo que la vida es una cosa bien rara —
replicó Glaucia—. Es todo tan intrincado como el juego del cottatus.
—¿Cómo, no hay nada estoico ni epicúreo, Cayo Servilio? ¿Nada de
fatalismo ni hedonismo? Ten cuidado, no vayas a escandalizar a todos esos
griegos aguafiestas que sostienen irredentos que los romanos nunca haremos una
filosofía que no proceda de la suya —dijo Saturnino riendo.
—Los griegos son y los romanos hacen. ¡Hay que elegir! No he conocido a
ningún hombre que haya logrado combinar esos dos estados del ser. Somos los dos
extremos opuestos del conducto alimentario, griegos y romanos. Los romanos
somos la boca, y la llenamos; los griegos son el ano, y lo vacían. No pretendo
ofender a los griegos; es una simple figura retórica
—dijo Glaucia, subrayando su afirmación echando unas uvas al extremo
romano del conducto alimentario.
—Como uno de los extremos no tiene nada que hacer sin el otro, es mejor
mantenernos unidos —dijo Saturnino.
—¡Ahora ha hablado un romano! —dijo Glaucia riendo.
—De los pies a la cabeza, a pesar de que Metelo Dalmático dijese lo
contrario. ¿No fue una suerte para nosotros que el viejo fellator se muriera
tan oportunamente? Si los padres de la patria fuesen más emprendedores, habrían
hecho de él un ejemplo imperecedero. ¡Metelo Dalmático, el nuevo Quirino!
—Saturnino agitó las heces del fondo de la copa y las vertió hábilmente sobre
un plato vacío, contando las ramas del charquito que partían del centro—. Tres
—dijo, estremecido—. El número de la muerte.
—¿Y dónde está ahora el escéptico? —dijo Glaucia, burlón.
—Es que es muy raro que sólo salgan tres —dijo Saturnino.
Glaucia escupió con gran maestría y deshizo la forma del charquito con
tres granos de uva.
—¡Ahí tienes! ¡Tres rematados por tres!
—Moriremos los dos dentro de tres años —dijo Saturnino.
—¡Lucio Apuleyo, eres el colmo de las contradicciones! Eres tan blanco
como Lucio Cornelio Sila y con mucha menor excusa. ¡Vamos, que sólo es un juego
de cottatus! —dijo Glaucia, y cambió de tema—. Sí, la tribuna de la plebe es
una vida mucho más excitante que hacer de barragana de los padres de la patria.
Es un gran reto manipular políticamente al pueblo. Un general tiene sus
legiones; un demagogo sólo dispone de su lengua — añadió, conteniendo la risa—.
¿No ha sido un placer ver a la multitud expulsar esta mañana del Foro a Marco
Bebio cuando intentó plantear el veto?
—¡Un espectáculo inenarrable! —añadió Saturnino, sonriente y repasando
números mentalmente: tres o treinta y tres.
—Por cierto —dijo Glaucia, con otro abrupto cambio de tema—, ¿has oído
lo último que se rumorea en el Foro?
—¿Que Quinto Servilio Cepio robó para él el oro de Tolosa? —dijo
Saturnino.
—¡Maldita sea, creía que lo había sabido antes que tú! —exclamó Glaucia.
—Yo me he enterado por una carta de Manio Aquilio —dijo Saturnino
—. Cuando Cayo Mario está muy ocupado, Aquilio me escribe a mí; y no
creas que me quejo, porque escribe cartas muchó mejores que el "gran
hombre".
—¿Desde la Galia Transalpina? ¿Y cómo lo han sabido?
—Allí se inició el rumor. Cayo Mario ha capturado nada menos que al rey
de Tolosa. Y éste dice que Cepio robó el oro: quince mil talentos.
—¡Quince mil talentos! —repitió Glaucia con un silbido—. ¡Qué colosal!
Pero se ha pasado, ¿no? Vamos, que es comprensible que un gobernador tenga sus
gajes, pero eso debe ser más oro del que hay en el Erario. ¡Ya lo creo que se
ha pasado!
—Cierto, cierto. No obstante, el rumor le vendrá muy bien a Cayo Norbano
cuando acuse a Cepio, ¿no te parece? La historia del oro correrá por toda la
ciudad en menos de lo que tarda Metela Calva en levantarse el vestido para una
panda de descargadores lujuriosos.
—¡Me gusta esa metáfora! —dijo Glaucia. De pronto se puso muy serio —.
¡Basta de cháchara! Tenemos trabajo que hacer en eso de las leyes de traición y
no podemos dejar que se nos escape nada.
El trabajo que Saturnino y Glaucia efectuaron sobre las leyes de
traición fue minuciosamente planificado y coordinado como una estrategia
bélica. Querían arrebatar a las centurias la jurisdicción de los procesos de
traición y la increíble sucesión de callejones sin salida y obstáculos que
implicaban; y después querían quitarle al Senado el monopolio de los procesos
por extorsión y soborno, sustituyendo los jurados senatoriales por jurados
formados exclusivamente por caballeros.
—Primero tenemos que hacer que Norbano declare culpable a Cepio en la
Asamblea de la plebe de algún cargo en que ésta tenga potestad, y, con tal de
que no se defina como traición, podemos hacerlo ahora mismo, cuando tiene en
contra suya tanta animadversión popular por el asunto del oro robado —dijo
Saturnino.
—Nunca se ha conseguido en la Asamblea plebeya —replicó Glaucia
dubitativo—. Nuestro exaltado amigo Ahenobarbo ya lo intentó acusando a Silano
de provocar ilegalmente una guerra contra los germanos, y eso sin hablar de
traición. Pero la Asamblea de la plebe rechazó el caso. La dificultad estriba
en que a nadie le gustan los juicios por traición.
—Bueno, seguiremos preparándolo —dijo Saturnino—. Para lograr que las
centurias emitan veredicto de culpabilidad, el acusado tiene que comparecer y
decir por sí mismo que deliberadamente se propuso la ruina de su país. Y nadie
es tan tonto para eso. Cayo Mario tiene razón: tenemos que cortar las alas a
los padres de la patria demostrándoles que no están por encima de ningún
reproche moral ni de la ley. Y eso sólo podemos hacerlo ante un organismo que
no esté formado por senadores.
—¿Y por qué no aprobar inmediatamente esa ley sobre traición y luego
juzgar a Cepio ante un tribunal especial? —inquirió Glaucia—. Sí, sí, ya sé que
los senadores chillarán como cerdos enchironados, ¿no lo hacen siempre?
—Queremos sobrevivir, ¿no? —replicó Saturnino con una mueca—. Aunque
sólo nos queden tres años más, es mejor que perecer dentro de dos días.
—¡Y dale con los tres años!
—Mira —insistió Saturnino—, si podemos hacer que la Asamblea de la plebe
declare culpable a Cepio, el Senado comprenderá lo que pretendemos y se dará
cuenta de que el pueblo está harto de senadores que impiden que se aplique el
justo castigo a sus colegas, y que no quiere que haya una ley para los
senadores y otra para los demás. ¡Ya es hora de que el pueblo despierte! Y yo
soy el que va a dar el golpe que lo despierte. Desde que se instauró la
república, el Senado ha conseguido que la gente admita crédulamente que los
senadores son lo mejor del pueblo romano y que tienen derecho a decir y hacer
lo que se les antoje. ¡Votad por Lucio Tiddlypus... su familia dio a Roma el
primer cónsul! Y sin que importe que sea un codicioso incompetente... ¡No!
Lucio Tiddlypus tiene el apellido y la tradición de que su familia ha estado al
servicio público de Roma. Los
hermanos Graco tenían razón. Hay que arrebatar los tribunales a la
cohorte de los Tiddlypus y dárselos a los caballeros.
—Se me acaba de ocurrir una cosa, Lucio Apuleyo —dijo Glaucia con aire
pensativo—. El pueblo es un sector responsable y bien formado, al menos; pilar
de la tradición romana. Pero ¿qué sucedería si un día alguien empezase a hablar
del censo por cabezas igual que tú del pueblo?
—Mientras tengan la barriga llena y los ediles les den buenos
espectáculos en los juegos, los del censo por cabezas son felices —replicó
Saturnino riendo—. ¡Para hacer al censo por cabezas políticamente consciente
habría que convertir el Foro Romano en el Circo Máximo!
—Este invierno no tienen la barriga tan llena —dijo Glaucia.
—Lo bastante, gracias nada menos que a nuestro respetable portavoz de la
cámara, Marco Emilio Escauro. Mira, no lamento que no podamos convencer al
Numídico o a Catulo César para que vean las cosas según nuestra perspectiva,
pero lo que sí creo es que es una lástima no podernos ganar a Escauro —dijo
Saturnino.
—No le guardas rencor por haberte echado de la cámara, ¿verdad? —
inquirió Glaucia, mirándole con expresión de curiosidad.
—No. El hizo lo que creyó legal. Pero algún día, Cayo Servilio,
encontraré a los verdaderos culpables y lo lamentarán más que Edipo — contestó
Saturnino furioso.
A primeros de enero, el tribuno de la plebe Cayo Norbano juzgaba a
Quinto Servilio Cepio ante la Asamblea de la plebe por el cargo expresado con
el término de "pérdida de su ejército".
Desde el principio los ánimos estaban muy exaltados, pues no todo el
pueblo era contrario al elitismo senatorial, y el Senado había movilizado al
máximo a los partidarios suyos entre la plebe para defender a Cepio. Mucho
antes de que se convocase a las tribus para votar, estalló la violencia y
corrió la sangre. Los tribunos de la plebe Tito Didio y Lucio Aurelio Cota
vetaron el procedimiento y la multitud, furiosa, los hizo bajar de la tribuna
de los Espolones, apedreándolos y apaleándolos; Didio y Cota fueron detenidos y
sacados de la zona de comicios y, por presión de la
muchedumbre, encerrados en el Argiletum. A pesar de los golpes y del
abucheo, se habían empeñado inútilmente en gritar su veto entre un mar de
rostros iracundos.
El rumor del asunto del oro de Tolosa había desequilibrado la balanza en
contra de Cepio y el Senado, no había la menor duda. Desde el censo por cabezas
hasta la primera clase, toda la ciudad lanzaba imprecaciones contra Cepio el
ladrón, Cepio el traidor, Cepio el egoísta. El pueblo —mujeres incluidas—, que
nunca había mostrado interés alguno por el Foro o las Asambleas, acudió a ver
al tal Cepio, un delincuente inimaginable; se discutía qué altura tendría la
montaña de ladrillos de oro, cuánto pesaba, qué cantidad era. Y el odio se
mascaba en el aire, porque a nadie le gusta ver a un particular largarse con lo
que se considera propiedad de todos. Y menos si se trata de una cantidad tan
fabulosa.
Decidido a que el juicio continuase, Norbano hizo caso omiso de aquel
alboroto periférico, de las reyertas y del caos que se organizó cuando los
asistentes habituales de la Asamblea incitaron a la multitud, que únicamente
había acudido a ver y a insultar a Cepio, quien estaba de pie en la tribuna con
una escolta de lictores para protegerle y no para detenerle. Los senadores, que
por su categoría de patricios no podían intervenir en la Asamblea, permanecían
agrupados en la escalinata de la curia hostilia intimidando a Norbano, hasta
que una parte de la muchedumbre comenzó a apedrearlos. Escauro cayó sin
conocimiento, sangrando por una herida en la cabeza. Pero Norbano prosiguió el
juicio sin preocuparse de si el príncipe del Senado estaba muerto o simplemente
desmayado.
Cuando llegó el momento de votar, se hizo con suma rapidez; las primeras
dieciocho tribus de las treinta y cinco condenaron a Quinto Servilio Cepio, por
lo que ya no se llamó a ninguna tribu más a votar. Envalentonado por aquel
signo sin precedentes del odio que se manifestaba hacia Cepio, Norbano requirió
a la Asamblea que impusiera una sentencia concreta a votación, una sentencia
tan dura que todos los senadores presentes pusieron el grito en el cielo en
futil protesta. De nuevo las dieciocho tribus votaron en bloque que se le
aplicara un horrible castigo. Y Cepio quedó despojado de la ciudadanía, se le
prohibía recibir fuego y agua
en un radio de ocho millas en torno a Roma, se le impuso una multa de
quince mil talentos de oro y se le obligó a quedar confinado en las celdas de
la Lautumiae bajo guardia, sin que pudiese hablar con nadie, incluidos los
miembros de su familia, hasta que partiera para el exilio.
Entre puños amenazadores y gritos de triunfo de que no iba a poder ver a
sus agentes ni banqueros para escamotear su fortuna, Quinto Servilio Cepio, ex
ciudadano de Roma, salió escoltado por los lictores para recorrer la breve
distancia que separaba la zona de Asambleas de las destartaladas celdas de la
Lautumiae.
Totalmente satisfecha con el epílogo de lo que había sido una jornada
tan deliciosa y extraordinaria, la multitud se fue a sus casas y en el Foro
sólo quedaron unos cuantos senadores.
Los diez tribunos de la plebe habían formado distintos corrillos de
afinidad: Lucio Cota, Tito Didio, Marco Bebio y Lucio Antistio Regino con caras
largas y callados, mientras que Cayo Norbano y Lucio Apuleyo Saturnino, con
cara feliz, hablaban animadamente entre risas con Cayo Servilio Glaucia, que se
había acercado a saludarlos. Todos ellos habían perdido la toga en el tumulto.
Marco Emilio Escauro se hallaba sentado, con la espalda apoyada en el
pedestal de una estatua de Escipión el Africano, mientras que Metelo el
Numídico, con dos esclavos, trataba de contener la sangre que le manaba de un
corte en la sien; Craso Orator, con su inseparable (y primo hermano) Quinto
Mucio Escévola, permanecía inmóvil y abatido junto a Escauro; los jóvenes Druso
y Cepio hijo seguían atónitos en la escalinata del Senado, acompañados del tío
de Druso, Publio Rutilio Rufo, y de Marco Aurelio Cota; y el segundo cónsul,
Lucio Aurelio Orestes, que no andaba muy bien de salud, se hallaba tendido todo
lo largo que era en el vestíbulo, atendido solícitamente por un angustiado
pretor.
Rutilio Rufo y Cota llegaron corriendo a atender a Cepio hijo, al ver
que de pronto se combaba contra el aturdido y pálido Druso, que le había pasado
un brazo por los hombros.
—¿Qué podemos hacer por ayudarle? —inquirió Cota.
Druso meneó la cabeza sin decir nada, impedido por la emoción, y Cepio
hijo parecía no oír nada.
—¿Ha pensado alguien en mandar unos lictores a proteger la casa de
Quinto Servilio frente a la multitud? —inquirió Rutilio Rufo.
—Yo lo he hecho —logró decir Druso.
—¿Y su esposa? —inquirió Cota, señalando con la cabeza al joven Cepio.
—La he mandado con la niña a mi casa —contestó Druso, llevándose la mano
libre a la mejilla como si acabara de descubrirla. Cepio hijo se rebulló y miró
extrañado a los tres.
—Ha sido sólo por el oro —dijo—. ¡Lo único que les importabaera el oro!
No han pensado en Arausio. No le han condenado por Arausio. ¡Sólo les importaba
el oro!
—Es muy humano pensar más en el oro que en las vidas humanas — dijo
Rutilio Rufo con voz queda.
Druso miró severamente a su tío, pero si Rutilio Rufo lo había dicho con
ironía, Cepio hijo ni lo advirtió.
—De esto tiene la culpa Cayo Mario —dijo el joven Cepio.
—Vamos, Quinto Servilio —dijo Rutilio Rufo cogiéndole por el codo —,
Marco Aurelio y yo te llevaremos a casa de Marco Livio.
Conforme se alejaban de la escalinata del Senado, Lucio Antistio Regino
se apartó de Lucio Cota, Didio y Bebio, y enfrentó a Norbano, quien dio un paso
atrás, adoptando una agresiva actitud de defensa.
—¡Oh, perded cuidado! —espetó Antistio—. ¡Yo no me ensucio las manos con
canallas como vos! ¡Voy a la Lautumiae a liberar a Quinto Servilio. ¡Nadie en
la historia de la república ha sido encarcelado en espera del exilio, y no voy
a consentir que Quinto Servilio sea el primero! ¡Podéis impedírmelo si queréis,
pero he mandado que me traigan la espada y, por Júpiter, Cayo Norbano, que si
intentáis detenerme, os mataré!
—¡Oh, liberadle! —replicó Norbano riendo—. ¡Llevaos a Quinto Servilio a
casa y enjugadle los ojos... y el culo! ¡Pero yo no me acercaría a su casa!
—¡No olvidéis cobrárselo bien! —añadió Saturnino en voz alta en
dirección a Antistio que ya se alejaba—. ¡Puede pagaros bien en oro!
Antistio giró sobre sus talones para hacer un inequívoco gesto con los
dedos de la mano derecha.
—¡Yo no! —gritó Glaucia, riéndose—. ¡Que vos seáis una reina no quiere
decir que lo seamos nosotros!
—Vamos —dijo Cayo Norbano, perdiendo interés, a Glaucia y a Saturnino—,
vayamos a casa a cenar.
Aunque se sentía francamente mal, Escauro habría preferido morir a
permitirse vomitar en público, por lo que contuvo su revuelto estómago hasta
que los tres jóvenes se alejaron, charlando animadamente y riéndose.
—Son unos lobos —dijo a Metelo el Numídico, cuya toga estaba manchada de
sangre del propio Escauro—. ¡Miradlos! ¡Instrumentos de Cayo Mario!
—¿Podéis poneros en pie, Marco Emilio? —preguntó el Numídico.
—No, hasta que no logre dominar mi estómago.
—Veo que Publio Rutilio y Marco Aurelio se han llevado a casa a los dos
jóvenes de Quinto Servilio —dijo el Numídico.
—Bien; les hace falta alguien que los vigile. Nunca he visto una turba
tan sedienta de sangre noble, ni siquiera en los tiempos atroces de Cayo Graco
—dijo Escauro entre profundos suspiros—. Tendremos que ser muy prudentes
durante un tiempo, Quinto Cecilio, porque si apretamos, esos lobos apretarán
más.
—¡Maldito Quinto Cecilio y su oro! —farfulló el Numídico. Ya algo mejor,
Escauro se puso en pie apoyándose en Metelo. —¿Asi que creéis que se lo llevó?
—¡Bah, no os burléis de mí, Marco Emilio! —exclamó—. Le conocéis tan
bien como yo. ¡Claro que se lo llevó! Y nunca se lo perdonaré, porque
pertenecía al Erario.
—El inconveniente está —dijo Escauro, comenzando a andar como entre
nubes— en que no disponemos de un método interno por el que nosotros mismos
podamos castigar a nuestros iguales culpables de traición.
Metelo el Numídico se encogió de hombros.
—No puede haber tal método, y lo sabéis. Instituirlo equivaldría a
admitir que los nuestros dejan a veces de cumplir con su deber. Y si mostramos
nuestras debilidades en público estamos perdidos.
—Antes la muerte dijo Escauro.
—Lo mismo digo —añadió Metelo con un suspiro—. Lo único que espero es
que los nuestros sientan lo mismo que nosotros.
—Eso que habéis dicho no está bien —replicó Escauro, irónico. —¡Marco
Emilio, vuestro hijo es muy joven! Yo, de verdad, no creo que
esté maleado.
—¿Queréis que intercambiemos a nuestros hijos?
—No —contestó Metelo—, porque ese gesto sería el fin de vuestro hijo.
Su peor obstáculo es que sabe que no aprobáis su conducta.
—Es un débil —replicó Escauro el fuerte.
—Quizá le vendría bien una buena esposa —añadió el Numídico. —¡Esa sí
que es una buena idea! —exclamó Escauro deteniéndose y
mirando a su amigo—. Aún no le había designado ninguna porque es muy
inmaduro. ¿Se os ocurre alguna?
—Mi sobrina; la hija de Dalmático, Metela Dalmática. Cumplirá dieciocho
años dentro de dos, y yo soy su tutor ahora que ha muerto nuestro querido
Dalmático. ¿Qué os parece, Marco Emilio?
—¡Trato hecho, Quinto Cecilio! ¡Trato hecho!
Druso había enviado a su mayordomo Cratipo y a todos los esclavos
fisicamente aptos a la casa de Servilio Cepio en cuanto advirtió que iba a ser
declarado culpable.
Inquieta por el juicio, y por lo poco que había conseguido oír de la
conversación entre los Cepio padre e hijo, Livia Drusa se había sentado ante su
telar por hacer algo; era incapaz de abstraerse en ningún libro, ni siquiera la
poesía amorosa del procaz Meleagro. Como no esperaba aquella invasión de los
sirvientes de su hermano, se alarmó al ver el gesto de contenido pánico en la
cara de Cratipo.
—¡Rápido, dominilla, coged todo lo que deseéis llevaros! —dijo, mirando
a su alrededor en la sala de estar—. Ya he mandado vuestra
doncella recoger ropa y a la niñera que se encargue de la niña; decidme
qué es lo que queréis llevaros de libros, papeles y telas.
—¿Qué es esto? ¿Qué ha sucedido? —dijo ella con los ojos muy abiertos,
mirando al criado.
—Vuestro suegro, dominilla. Marco Livio dice que el tribunal va a
condenarle —respondió Cratipo.
—¿Y qué tiene eso que ver para que yo abandone la casa? —inquirió ella,
aterrada por la idea de tener que volver a la reclusión de la mansión fraterna
después de haber descubierto la libertad.
—Toda Roma quiere su sangre, dominilla.
—¿Su sangre? —repitió, demudada—. ¿Es que van a matarlo?
—No, tanto no —respondió Cratipo—, sólo confiscarán sus propiedades,
pero la multitud está tan irritada que vuestro hermano piensa que cuando acabe
el juicio puede venir aquí para entregarse al pillaje.
En cuestión de una hora, la casa de Quinto Servilio Cepio quedó vacía y
con las puertas externas bien cerradas y atrancadas; cuando Cratipo y Livia
Drusa bajaban por el Clivus Palatinus, subía ya una brigada de lictores sin
toga, sólo con la túnica y armados de palos en vez de los fasces, para montar
guardia ante la casa y contener a la airada multitud. El Estado quería
conservar intactas las propiedades de Cepio para inventariarlas y subastarlas.
Servilia Cepionis estaba en la puerta de casa de Druso para recibir a su
cuñada, tan pálida como ésta.
—Pasa y verás —dijo, instándola a que entrara y llevándola por el jardín
peristilo hasta el balcón que dominaba el Foro Romano.
Desde allí se veía perfectamente el final del juicio de Quinto Servilio
Cepio. La hormigueante multitud se agrupaba en tribus para votar la sentencia
del exilio y una fuerte multa; una serie de extrañas líneas sinuosas de gentes
dispuestas en la zona de Comitia, que en contacto con la turba de curiosos se
hacían caóticas. Los nudos señalaban los puntos en que se producían reyertas y
los remolinos los sitios en que esas reyertas se convertían en algo parecido a
núcleos de desórdenes; en la escalinata del Senado había un nutrido grupo y en
la tribuna de los Espolones se veía a los
tribunos de la plebe y una diminuta figura rodeada de lictores, que
Livia Drusa imaginó era su suegro, el acusado.
Servilia Cepionis había roto a llorar en silencio, sin lanzar ningún
gemido de lo anonadada que estaba. Livia Drusa se le acercó.
—Cratipo dice que la multitud quizá vaya a casa de mi padre a saquearla
—dijo—. ¡Yo no lo sabía! ¡No me habían dicho nada!
Servilia Cepionis sacó el pañuelo y se enjugó las lágrimas.
—Hacía tiempo que Marco Livio se lo temía —dijo—. ¡Es por esa maldita
historia del oro de Tolosa! Si no se hubiera difundido, todo habría ido de otra
manera. ¡Pero parece que toda Roma había juzgado de antemano a mi padre antes
de acudir al Foro... y por algo de lo que ni siquiera se le acusaba!
—Voy a ver dónde ha puesto Cratipo a la niña —dijo Livia Drusa,
volviéndose.
Estas palabras provocaron otro raudal de lágrimas en Servilia Cepionis,
que hasta la fecha no había conseguido quedar encinta y que deseaba
desesperadamente tener un hijo.
—¿Por qué no habré concebido? —preguntó a su cuñada—. ¡Qué suerte
tienes! ¡Marco Livio dice que vas a tener otro hijo, y yo ni siquiera he sido
madre!
—Hay tiempo para todo —replicó Livia Drusa para consolarla—. Ten en
cuenta que después de la boda ellos estuvieron fuera meses, y Marco Livio tiene
más ocupaciones que Quinto Servilio. Suele decirse que cuanto más ocupado está
el marido, más difícil es que la esposa conciba.
—No; soy estéril —musitó Servilia Cepionis—. Sé que soy estéril. ¡Lo
noto! ¡Y Marco Livio es tan bueno! —Y rompió a llorar de nuevo.
—Vamos, vamos, no te pongas así —dijo Livia Drusa, llevando a su cuñada
hasta el atrium y buscando con la mirada un criado—. El desesperarte no te
ayudará a concebir, ¿sabes? A los niños les gustan los vientres acogedores.
En ese momento apareció Cratipo.
—¡Oh, gracias a los dioses! —exclamó Livia Drusa—. Cratipo, busca a la
doncella de mi hermana. Y me indicas dónde voy a dormir y dónde has
acomodado a la pequeña.
En aquella enorme casa no era problema alojar a varios huéspedes.
Cratipo había dispuesto para Cepio hijo y su esposa unos aposentos que daban al
jardín peristilo, otros para Cepio padre y a la niña la había alojado en el
cuarto que había libre junto a la columnata.
—¿Cuándo pongo la cena? —preguntó el mayordomo a Livia Drusa, que había
empezado a deshacer el equipaje de los huéspedes.
—¡Cuando diga mi hermana, Cratipo! No quiero usurparle su autoridad.
—Domínílla, está muy abatida y se ha echado.
—¡Ah! Bien, pues ten la cena lista para dentro de una hora... los
hombres querrán comer. Pero a lo mejor tardamos más.
Se oyó un revuelo en el jardín; Livia Drusa salió a ver y se encontró
con su hermano Druso, ayudando a Cepio hijo a caminar junto a la columnata.
—¿Qué ha sucedido? —inquirió—. ¿En qué puedo ayudar? ¿Qué ha sucedido?
—repitió, mirando a Druso.
—Han condenado a nuestro suegro Quinto Servilio al exilio a más de
ochocientas millas de Roma, a una multa de quince mil talentos de oro, lo que
implica la confiscación de la última mecha de lámpara que posea su familia, y a
encarcelamiento en la Lautumiae hasta que se le deporte — contestó Druso.
—¡Pero si todo lo que él tiene no ascenderá a cien talentos de oro! —
replicó Livia Drusa, atónita.
—Claro; por consiguiente, nunca más podrá volver a casa.
Llegó corriendo Servilia Cepionis, con aspecto de Casandra huyendo de
los griegos —pensó Livia Drusa—, con el pelo revuelto, los ojos extraviados y
llorosa y boquiabierta.
—¿Qué ha sucedido, qué ha sucedido? —gritaba.
Druso la sujetó firmemente, enjugó sus lágrimas, dejó qué reclinara la
cabeza en el pecho de su hermano y así se calmó con milagrosa rapidez.
—Vamos a tu despacho, Marco Livio —dijo ella, echando a andar.
Livia Drusa dio un paso atrás, aterrada.
—¿Qué te pasa? —inquirió Servilia Cepionis.
—¡No podemos entrar en el despacho con los hombres!
—¡Claro que sí! —replicó Servilia Cepionis, inquieta—. No es momento
para que las mujeres de la familia ignoren la situación, como bien sabe Marco
Livio. Resistimos todos juntos o perecemos todos. Un hombre fuerte debe tener
mujeres fuertes a su lado.
Atolondrada, Livia Drusa trataba de asimilar todos los cambios de ánimo
que estaba experimentando y, finalmente, lo cobarde que había sido toda su
vida. Druso esperaba que le recibiera una esposa fuera de si, pero también que
se calmase y supiese actuar de un modo práctico y positivo; y era lo que había
hecho Servilia Cepionis.
Livia Drusa, pues, siguió a Servilia Cepionis y a los hombres al
despacho y logró dominarse para que no se le notara el horror al ver que
Servilia servía vino puro para todos. Sentada, probando por primera vez en su
vida vino sin agua, Livia ocultó el torbellino de sus pensamientos; y su
indignación.
Al final de la hora décima, Lucio Antistio Regino trajo a Quinto
Servilio Cepio a casa de Druso. Cepio venía exhausto, aunque más enojado que
abatido.
—Le he sacado de la Lautumiae —dijo Antistio con los labios fruncidos
—. ¡Mientras yo sea tribuno de la plebe no se encarcela a ningún romano
de rango consular! Es una afrenta a Rómulo, a Quirino y a todos los dioses.
¡Cómo habrán osado!
—Han osado porque el pueblo los ha animado, igual que todos esos
forasteros insolentes de los juegos —respondió Cepio, apurando la copa de vino
de un trago—. Más —añadió, dirigiéndose a su hijo, que dio un salto para
servirle, contento de que su padre estuviera a salvo—. Estoy acabado en Roma
—siguió diciendo, mientras miraba con sus profundos ojos negros, primero a
Druso y luego a su hijo—. A partir de ahora seréis los jóvenes quienes tendréis
que defender el derecho de la familia a disfrutar de los antiguos privilegios
de su preeminencia natural. Hasta el último aliento, si es necesario. Los
Marios, los Saturninos y los Norbanos deben ser exterminados... con el puñal,
si es el único modo posible, ¿entendéis?
Cepio hijo asentía sumiso con la cabeza, pero Druso permanecía sentado
con la copa en la mano, con cara de palo.
—Os juro, padre, que nuestra familia nunca consentirá la pérdida de la
dignítas mientras yo sea paterfamilias —dijo, solemne, Cepio hijo, quedándose
más tranquilo.
Y Livia Drusa sintió que le aborrecía más que nunca y más que a su
detestable padre. ¿Por qué le detestaré tanto? ¿Por qué me obligaría mi hermano
a casarme con él?
Pero se olvidó de su condición al ver una expresión en el rostro de
Druso que la fascinó y la confundió. No es que se mostrase disconforme con lo
que decía su suegro, era más bien como si estuviese haciendo acopio de sus
palabras para conservarlas en su mente junto a otras muchas cosas, algunas de
las cuales no entendía. Y Livia Drusa comprendió de pronto que su hermano
sentía una profunda repulsa por su suegro. ¡Oh, cómo había cambiado Druso!
Cepio hijo, por el contrario, nunca cambiaría y cada vez sería más el que ya
era.
—¿Qué pensáis hacer, padre? —inquirió Druso.
Una extraña sonrisa afloró al rostro de Cepio y la irritación
desapareció de sus ojos, sustituida por un fulgor más complejo, mezcla de
triunfo, astucia, dolor y odio.
—Oh, querido hijo, partir al exilio como ha dictaminado la Asamblea de
la plebe —contestó.
—Pero ¿adónde, padre? —preguntó Cepio hijo—. No lo digo por mi... Marco
Livio me ayudará... sino por vos. ¿Cómo vais a poder vivir debidamente en el
exilio?
—Tengo dinero en Esmirna; más que de sobra para mis necesidades. Y, en
cuanto a ti, hijo mío, no hay por qué preocuparse. Tu madre dejó una gran
fortuna, que yo te he conservado y con la que podrás vivir más que decentemente
—respondió Cepio.
—¿Y no la confiscarán?
—No, y por dos razones. Primero, porque está a tu nombre y no al mío. Y,
segundo, porque no está depositada en Roma, sino en Esmirna, con mi dinero
—añadió con una gran sonrisa—. Tendrás que vivir en casa de Marco Livio unos
años, y luego comenzaré a transferirte la fortuna. Si algo me sucediera, mis
banqueros continuarán lo que yo haya dispuesto.
Entretanto, yerno, llevad la cuenta de los gastos en que incurra mi
hijo, que a su debido tiempo os reembolsaré hasta el último sestercio.
Se hizo un silencio tan profundo y emotivo que parecía planear sobre
todos los que componían el grupo, que pensaron lo que Servilio Cepio no decía:
que había robado el oro de Tolosa, que el oro de Tolosa estaba en Esmirna y que
ese oro era ahora propiedad de Quinto Servilio Cepio. Quinto Servilio Cepio era
casi tan rico como la propia Roma.
Cepio se volvió hacia Antistio, que callaba como los demás.
—¿Habéis considerado lo que os dije por el camino?
—Sí, Quinto Servilio —contestó Antistio con un carraspeo—. Acepto.
—¡Bien! —exclamó Cepio mirando a su hijo y a su yerno—. Mi
querido amigo Lucio Antistio ha aceptado escoltarme hasta Esmirna, para
concederme el placer de su compañía y la protección de tribuno de la plebe.
Cuando lleguemos a Esmirna procuraré convencerle de que se quede allí.
—Eso aún no lo he decidido —dijo Antistio.
—No hay prisa, no hay ninguna prisa —añadió Cepio contemporizador,
frotándose las manos como para calentárselas—. ¡Os confieso que me comería un
niño crudo! ¿Hay algo de cenar?
—Desde luego, padre —contestó Servilia Cepionis—. Pasad al comedor
mientras Livia Drusa y yo nos ocupamos de la cocina.
Cosa que, desde luego, era más que inexacto, porque quien se ocupaba de
la cocina era Cratipo. Las dos mujeres fueron a buscarle y le encontraron en el
balcón columbrando hacia el Foro Romano, sobre el que comenzaban a caer las
sombras.
—¡Mirad eso! ¿Habéis visto antes semejante suciedad? —dijo el criado,
indignado, señalando—. ¡Hay basura por todas partes! Zapatos,
harapos, palos, restos de comida, jarros de vino... ¡Qué desastre!
Y allí estaba el Odiseo pelirrojo, de pie con Cneo Domicio Ahenobarbo,
en el balcón de la casa de más abajo; parecían, igual que Cratipo, comentar
irritados aquella suciedad.
Livia Drusa se estremeció, se humedeció los labios y miró con
desesperada angustia a aquel joven, tan próximo y a la vez tan lejano. El
criado se fue corriendo hacia la escalera de la cocina, y ella vio la
ocasión de plantear una pregunta sin importancia.
—Hermana, ¿quién es ese hombre pelirrojo que está en la terraza con Cneo
Domicio? Hace años que viene a visitarle, pero no sé quién es; no lo reconozco.
¿Sabes tú quién es?
—¡Ah, ése! —respondió Servilia Cepionis, desdeñosa—. Es Marco Porcio
Catón.
—¿Catón? ¿Como Catón el censor?
—Exacto. ¡Arribistas! Es el nieto de Catón el censor.
—Pero ¿no era su abuela Licinia y su madre Emilia Paula? ¡Eso le hace
aceptable! —replicó Livia Drusa con los ojos brillantes.
—Te equivocas de rama, querida —replicó sarcástica Servilia Cepionis
—. No es hijo de Emilia Paula; si lo fuera tendría que ser mucho mayor.
¡No, no, no es un Catón Liciniano! Es un Catón Saloniano, nieto de esclavo.
El mundo imaginario de Livia Drusa se venía abajo, amenazado por una
serie de grietas.
—No lo entiendo —replicó, perpleja.
—¡Cómo!, ¿no sabes la historia? Es el hijo del hijo de Catón el censor
con su segunda mujer.
—¿De la hija de un esclavo? —inquirió Livia Drusa, conteniendo la
respiración.
—La hija de su esclavo, para ser exactos. Salonia, se llamaba. —Creo que
es algo lamentable que se les permita mezclarse con nosotros, los descendientes
de Licinia, la primera mujer de Catón el censor. Y se han abierto camino hasta
el Senado. Claro que los Porcios Catón Licinianos no les hablan; ni nosotros
tampoco.
—¿Y por qué le recibe Cneo Domicio?
Servilia Cepionis soltó una carcajada semejante a las de su insufrible
padre.
—Bueno, los Domicios Ahenobarbos no son tan ilustres, ¿sabes? Tienen más
dinero que antepasados, a pesar de todos los cuentos que dicen que Cástor y
Pólux les tocaron la barba con algo rojo. No sé exactamente por qué le aceptan,
pero me lo imagino. Fue mi padre quien lo resolvió.
—Resolvió, ¿el qué? —inquirió Livia Drusa, con el alma en los pies.
—Mira, la segunda rama de Catón el censor es una familia de pelirrojos.
El propio Catón el censor era pelirrojo, para empezar. Pero Licinia y Emilia
Paula eran morenas, por lo que sus hijos e hijas tienen el pelo y los ojos
marrones, mientras que el esclavo Salonio de Catón el censor era un celtibero
de Salo, en la Hispania Citerior, y tenía el pelo rubio. Su hija, Salonia, era
muy rubia; por eso los Catones Salonianos tienen el pelo rojo y los ojos grises
—dijo Servilia Cepionis, encogiéndose de hombros—. Los Domicios Ahenobarbos
tienen que perpetuar el mito que inventaron de las barbas rojas heredadas de un
antepasado que fue tocado por Cástor y Pólux y siempre se casan con mujeres
pelirrojas; pero hay pocas, y si no hay una disponible de mejor linaje, imagino
que Domicio Ahenobarbo se casará con una de la rama de los Catones Salonianos.
Son tan engreídos que consideran su sangre capaz de absorber cualquier
porquería.
—Entonces, ese amigo de Cneo Domicio tendrá una hermana.
—Tiene una hermana —contestó Servilia Cepionis con un sobresalto—.
Tengo que ir a ver. ¡Qué día! Vamos, ven a cenar.
—Ve tú; antes tengo que dar de comer a la niña.
La mención de la pequeña bastó para que la madre frustrada que era
Servilia Cepionis se alejase apresuradamente. Livia Drusa volvió a la
balaustrada y miró hacia abajo. Allí seguía Cneo Domicio y su visita, el joven
pelirrojo de abuelo esclavo. Quizá la oscuridad creciente hacía menos vistoso
su pelo, y aparentaba ser menos alto, menos ancho de espaldas. Su cuello era
algo ridículo, demasiado largo y delgado para ser romano. A Livia Drusa le
brotaron cuatro escuetas lágrimas, que cayeron sobre la barandilla pintada de
amarillo.
He sido una tonta, como de costumbre, pensó. He estado soñando cuatro
años seguidos con un hombre que es descendiente de un esclavo, y de un esclavo
real, no de uno mitológico. Yo le había imaginado rey, noble y valiente como
Odiseo; me había convertido en una paciente Penélope que aguarda su llegada. Y
ahora descubro que no es noble. ¡Ni siquiera de una cuna decente! Al fin y al
cabo, ¿qué era Catón el censor, sino un campesino de Tuscúlo, amparado por el
patricio Valerio Flaco? Un auténtico precursor
de Cayo Mario. Ese hombre de ahí abajo es descendiente directo de un
esclavo hispano y de un campesino. ¡Qué tonta soy! ¡Una idiota estúpida!
Cuando llegó al cuarto de la niña, se encontró a la pequeña Servilia
hambrienta por no haberse respetado el horario aquel día tan agitado, y se
sentó quince minutos a darle el pecho.
—Tendrás que buscar un ama de cría —dijo a la niñera macedónica antes de
marcharse—, porque quiero descansar un tiempo antes del parto. Y cuando nazca
el que viene, le pones un ama de cría desde el principio, porque está visto que
dar el pecho no impide quedarse embarazada, si no no lo estaría.
Llegó al comedor en el momento en que servían el plato principal, y se
sentó lo más discretamente que pudo en la silla frente a Cepio hijo. Todos
comían con ganas, y Livia Drusa advirtió que ella también tenía apetito.
—¿Te encuentras bien, Livia Drusa? —inquirió Cepio hijo, con gesto
preocupado—. Pareces enferma.
Sorprendida, le miró y, por primera vez en todos aquellos años, su
rostro no le causó aquellos sentimientos de repulsa. No, él no era pelirrojo,
ni tenía los ojos grises, ni era alto y esbelto y de anchas espaldas, ni sería
jamás el rey Odiseo. Pero era su esposo, la amaba y le era fiel; era el padre
de sus hijos y patricio romano, noble por parte de padre y madre.
Así que le sonrió; una sonrisa que incluso le asomó a los ojos.
—Creo que es por el día que hemos pasado, Quinto Cecilio —contestó
dulcemente—. En realidad, hacia años que no me sentía tan bien.
Animado por el resultado del juicio de Cepio, Saturnino comenzó a actuar
con tan arbitraria arrogancia que el Senado se resintió en sus cimientos. Sin
que se hubiesen apagado las brasas del proceso de Cepio, Saturnino acusó a Cneo
Malio Máximo por "pérdida de su ejército" ante la Asamblea de la
plebe con idéntico resultado. Malio Máximo, que se había quedado sin hijos por
la batalla de Araúsio, ahora perdía la ciudadanía romana y se veía obligado a
emprender el exilio, mucho más privado de medios que el codicioso Cepio.
Luego, a finales de febrero, se aprobó la nueva ley relativa a la
traición, la lex Apuleia de matestate, privando a las molestas centurías de la
potestad de juzgar los delitos de traición y encomendándolos a un tribunal
especial formado estrictamente por caballeros, y en el que no participaba el
Senado. Pese a ello, los senadores no alegaron nada en contra durante el debate
ni intentaron oponerse a que se promulgara la ley.
Por colosales que fuesen aquellos cambios, y de incalculable importancia
para el futuro gobierno de Roma, no atrajeron tanto el interés del Senado o del
pueblo como la elección pontifical celebrada por entonces. La muerte de Lucio
Cecilio Metelo Dalmático, pontífice máximo, había dejado no una, sino dos
vacantes en el colegio de pontífices; y como esas dos vacantes las ocupaba un
solo hombre, hubo quienes arguyeron que bastaba con una sola elección. Pero,
como señaló Escauro, príncipe del Senado, con un peligroso temblor en la voz y
boca estremecida, eso sólo habría sido posible si el elegido pontífice
ordinario hubiera sido también candidato al cargo supremo. Finalmente se llegó
al acuerdo de elegir primero al pontífice máximo.
—Entonces ya veremos lo que se hace —dijo Escauro, con profundos
suspiros y muerto de risa.
Tanto Escauro, príncipe del Senado, como Metelo el Numídico eran
candidatos al cargo, igual que Catulo César y Cneo Domicio Ahenobarbo.
—Si me eligen, o eligen a Quinto Lutacio, haremos una segunda votación
para el pontífice ordinario, ya que los dos pertenecemos al colegio —dijo
Escauro, con heroico control de la voz.
Formaban parte de él un tal Servilio Vatia, Elio Tubero, Metelo el
Numídico y Cneo Domicio Ahenobarbo.
La nueva ley estipulaba que diecisiete de las treinta y cinco tribus
fuesen elegidas a suertes y que éstas efectuasen la votación. Se echaron a
suertes y se determinaron las diecisiete tribus en cuestión. Todo ello se hizo
aquel mismo día en el Foro con gran sentido del humor y tolerancia y sin ningún
tipo de violencia, pues no era Escauro el único que se divertía enormemente,
dado que a los romanos no había nada que más complaciese su sentido del humor
que aquella competición por el título más augusto en
los rollos de los censores, en particular cuando la parte ofendida había
logrado tan limpiamente devolver la pelota a los ofensores.
Naturalmente, Cneo Domicio Ahenobarbo era el protagonista del momento. Y
a nadie le sorprendió que fuese elegido pontífice máximo, con lo cual se hacía
innecesaria la segunda elección. Entre vítores y guirnaldas al viento, Cneo
Domicio Ahenobarbo representaba la venganza perfecta sobre aquellos que habían
dado el sacerdocio de su fallecido padre al joven Marco Livio Druso.
Escauro se retorció en un paroxismo de carcajadas nada más saberse el
veredicto, con gran disgusto de Metelo el Numídico, que no le veía la gracia.
—¡De verdad, Marco Emilio, sois el colmo! ¡Es una ofensa! Ese pípinna
con tan mal genio y mala bilis de pontífice máximo! ¿Después de mi querido
hermano Dalmático? ¿Y contra vos, o contra mí? —exclamó, dando un puñetazo
contra una de las proas que adornaban la rostra—. ¡Ah, si hay algo que detesto
en los romanos es cuando su pervertido sentido del ridículo predomina sobre el
sentido común! ¡Me resulta más perdonable la promulgación de una ley de
Saturnino que esto! Al menos una ley de Saturnino implica opiniones muy
enraizadas en el pueblo. ¡Pero esta... esta farsa, es pura irresponsabilidad!
Siento tal vergüenza que me dan ganas de unirme a Quinto Servilio en el
destierro.
Pero cuanto más furioso se ponía Metelo el Numídico, más se reía
Escauro. Finalmente, sujetándose los costados y mirando a Metelo por entre un
velo de lágrimas, logró musitarle:
—¡Bah, dejad de comportaros como una vieja vestal ante un par de pelotas
peludas y un pene erecto! ¡Es para morirse de risa! Y nos merecemos bien lo que
nos haga.
Y volvió a contorsionarse, produciendo un ruido hilarante parecido al de
un gatito estrujado, mientras Metelo se alejaba indignado.
En una inesperada carta, que Publio Rufo recibió en septiembre, Cayo
Mario le decía:
Sé que tendría que escribirte más a menudo, viejo amigo, pero el
inconveniente es que me cuesta escribir cartas. Tus cartas sí que son como un
corcho lanzado a quien está a punto de ahogarse; y llenas de tu personalidad,
sin adornos ni formalismos. Bueno, esta simple frase me ha costado lo que no te
imaginas.
No me cabe la menor duda de que habrás ido al Senado a soportar los
quejidos de nuestro Meneitos respecto a lo que le cuesta al Estado mantener un
ejército del censo por cabezas en un segundo año de inactividad al otro lado de
los Alpes. ¿Y cómo voy a conseguir que me elijan cónsul por cuarta vez y tres
veces consecutivas? Eso es lo que tengo que hacer. Porque, si no, pierdo todo
lo que me había propuesto. Porque el año que viene, Publio Rutilio, va a ser el
año de los germanos. Lo noto. Sí, admito que no existe base real para ese
presentimiento, pero cuando vuelvan Lucio Cornelio y Quinto Sertorio, estoy
seguro de que me lo confirmarán. No he sabido nada de ellos desde que el año
pasado me trajeron al rey Copilo. Y aunque me alegra que mis dos tribunos de la
plebe lograsen declarar culpable a Quinto Servilio Cepio, aún lamento no haber
podido hacerlo yo mismo con Copilo de testigo. No importa. Quinto Servilio ha
tenido su merecido. No obstante, es una lástima que Roma no haya podido
recuperar el oro de Tolosa. Habría servido para pagar muchos ejércitos del
censo por cabezas.
Aquí la vida continúa como siempre. La Vía Domicia ha quedado en
perfecto estado desde Nemausus hasta Ocelum, con lo que en el futuro resultará
mucho más fácil la marcha de las legiones. Había llegado a un estado ruinoso, y
tenía tramos que no se habían reparado desde los tiempos en que el tata de
nuestro nuevo pontífice máximo estuvo por aquí, hace casi veinte años. Las
inundaciones, las heladas y los chaparrones la habían dejado muy deteriorada.
Naturalmente, no es igual que construir una calzada nueva, porque una vez que
se han colocado las piedras del lecho del afirmado, es una base que dura para
siempre; pero es imposible que la tropa y los carros marchen bien por una
calzada llena de hoyos y con piedras que sobresalen; la superficie superior de
arena, grava y polvo de piedra debe estar tan lisa como una cáscara de huevo y
hay que regarla
hasta que se apelmaza como hormigón. Te aseguro que la actual Vía
Domicia es mérito de mis hombres.
Hemos construido también una calzada que cruza los marjales del Rhodanus
desde Nemausus hasta Arelate. Y acabamos de terminar la excavación de un canal
navegable desde el mar hasta Arelate, para evitar los pantanos, barrizales y
bancos de arena de la desembocadura. Todos los peces gordos griegos de Massilia
se arrastran agradecidos, con la nariz donde yo pongo el culo, los hipócritas.
Pero el agradecimiento no ha hecho que se reduzcan en nada los precios de lo
que venden a mi ejército.
Por si oyes hablar de ello y la historia se tergiversa, ya que las
historias que a mí y a los míos se refieren siempre se tergiversan, te diré lo
que sucedió con Cayo Lusio. Recordarás al hijo de mi cuñada, que llegó aquí
como tribuno militar. Mi capitán preboste vino a verme hace dos semanas para
decirme algo que consideraba muy mala noticia. Habían hallado a Cayo Lusio
muerto en el barracón de oficiales, abierto en canal de un limpio tajo desde la
garganta al vientre, como no lo haría el mejor oficial. El autor, un soldado,
se había entregado; era también un simpático muchacho, de lo mejor, me dijo su
centurión. Resulta que Lusio era marica, le gustaba ese soldado y no dejaba de
molestarle, hasta que en la centuria, el muchacho se convirtió en la risión y
todos hacían burla de él con gestos raros y parpadeos. El pobre soldado no
podía evitar aquello y el resultado fue el homicidio. De todos modos, tuve que
someterle a un consejo de guerra y debo decirte que tuve sumo placer en
declararle inocente, ascenderle y recompensarle con una bolsa de dinero. Bueno,
ya vuelvo a caer en el estilo literario.
El asunto se resolvió bien para mí, porque demostré que, para empezar,
no tenía parentesco de sangre con Lusio, y, en segundo lugar, esto me dio la
oportunidad de demostrar a los oficiales que para su general la justicia se
lleva a cabo sin favoritismos para los familiares. Supongo que los maricas
pueden desempeñar ciertos cometidos, pero, decididamente, la legión no es para
ellos, ¿no crees, Publio Rutilio? ¿Te imaginas lo que habríamos hecho con Lusio
en Numancia? No habría acabado con una muerte limpia y rápida, sino dando
alaridos. Aunque uno no puede nunca asombrarse, y
jamás olvidaré las cosas que oí en el funeral de Escipión Emiliano.
Bueno, de mí, nunca dijo nada malo, así que no tengo por qué comentar nada. Era
un tipo raro, pero yo creo que esas historias se cuentan cuando los hombres no
engendran hijos.
Y eso es todo. Ah, salvo que este año he hecho algunos cambios en el
pilum, y espero que la nueva versión se generalice. Si dispones de dinero,
compra acciones de una de las nuevas factorías que van a manufacturarlas. O
búscate una factoría, pues si eres dueño del edificio los censores no pueden
acusarte de prácticas impropias de senador, ¿no es así, ahora?
Bueno, lo que he cambiado es la forma de unión entre el asta de hierro y
el mango de madera. El pilum es una obra de arte comparada con la vieja lanza
tipo hasta, pero no cabe duda de que son mucho más costosos debido a su punta
más pequeña y dentada en lugar de la punta larga en forma de hoja, y llevar un
asta de hierro más larga y un mango de madera moldeado para complementar la
fuerza dinámica del lanzamiento, en vez del viejo mango tipo escoba de la
hasta. Hace mucho tiempo que vengo observando que al enemigo le encanta
apoderarse de estos pilum, y provocan a nuestras tropas bisoñas para que se los
arrojen cuando no hay posibilidad de acertar más que en los escudos. Luego se
quedan con el pilum o nos lo arrojan a nosotros.
Lo que yo he hecho ha sido descubrir el modo de unir el asta de hierro
al mango de madera con una clavija débil, y cuando el pilum hace impacto, el
asta se rompe por la juntura y el enemigo no puede volver a arrojárnoslo ni
llevárselo. Además, si conservamos el campo después de la batalla, los armeros
pueden ir recogiendo los trozos rotos para volverlos a montar. Nos ahorra
dinero porque no se pierden y ahorramos vidas porque el enemigo no nos los
puede arrojar.
Y ésas son todas las noticias. Escribe pronto.
Publio Rutilio Rufo dejó la carta a un lado con una sonrisa. No era muy
sintáctica, fluida ni tenía mucho estilo; pero así era Cayo Mario. El era
también como sus cartas. De todos modos, aquella obsesión a propósito del
consulado era preocupante. Por una parte, comprendía que Mario quisiera
seguir siendo cónsul hasta derrotar a los germanos, porque sabía que
nadie era capaz de vencerlos. Pero por otra parte, Rutilio Rufo era un romano
muy apegado a las tradiciones de su clase para aprobar aquella actitud, aun
teniendo en cuenta los germanos. ¿Estaba Roma tan cambiada por las innovaciones
políticas de Mario que ya no era la Roma de Rómulo? Rutilio Rufo no acababa de
saberlo. Era muy difícil querer a un hombre, tal como a él le sucedía con
Mario, y soportar la estela de tradiciones deshechas que dejaba a su paso. ¡El
pílum, por Juno! ¿Es que no puede dejar nada tal como lo encuentra?
Pero Publio Rutilio Rufo se sentó y contestó inmediatamente aquella
carta. Porque quería a Cayo Mario.
Está haciendo un verano más bien indolente, y me temo que no tenga mucho
que contar, querido Cayo Mario. Nada de momento, en cualquier caso. Tu estimado
colega Lucio Aurelio Orestes, segundo cónsul, no se encuentra bien, cosa que ya
sucedía cuando lo eligieron. No entiendo por qué se presentó candidato, salvo
que, supongo, pensaría que se merecía el cargo. Queda por saber si el cargo le
ha merecido a él. Pero lo dudo.
Las únicas noticias son un par de sabrosos escándalos, que sé te
divertirán tanto como a mí. Curiosamente, los dos implican a tu tribuno de la
plebe, Lucio Apuleyo Saturnino. Es un extraordinario individuo, pero un cúmulo
de contradicciones. Yo siempre he pensado que es una lástima que Escauro le
buscara las vueltas. Saturnino entró en el Senado con la declarada intención de
convertirse en el primer Apuleyo en sentarse en la silla curul, estoy seguro. Y
ahora ansía destrozar el Senado para que los cónsules no sean más que unas
simples máscaras de cera. Sí, sí, te oigo decir que peco de pesimista, que
exagero y que mi visión de las cosas está deformada por mi apego a las
tradiciones. ¡Pero, de todos modos, tengo razón! Espero me perdones que me
refiera a todos tan sólo por el cognomen. Va a ser una carta larga y así
ahorraré algunas palabras.
Saturnino ha sido vengado. ¿Qué te parece? Un asunto increíble y que ha
redundado mucho en beneficio de nuestro venerado príncipe del Senado,
Escauro. Tienes que admitir que es un hombre mucho mejor que su
compañero el Meneitos. Esa es la diferencia entre Emilio y Cecilio.
Sabes —sé que lo sabes porque te lo dije— que Escauro prosigue su
cometido de supervisor del abastecimiento de grano y se pasa el tiempo entre
Ostia y Roma, haciendo la vida imposible a los grandes mercaderes del trigo. A
una sola persona debemos agradecer la notable estabilidad de los precios del
cereal estas dos últimas cosechas, a pesar de la escasez. ¡A Escauro!
De acuerdo, de acuerdo, interrumpiré el panegírico y seguiré con mi
historia. Parece que cuando Escauro estuvo en Ostia hace un par de meses se
tropezó con el agente procurador de grano delegado en Sicilia. No necesito
hablarte de la revuelta de esclavos, ya que recibes los despachos del Senado
periódicamente; sólo te diré que creo que este año hemos enviado de gobernador
a la persona idónea. Puede que sea un aristócrata engreído con una boca como
culo de gato, pero Lucio Licinio Lúculo es muy puntilloso en cosas como son los
informes a la cámara o en limpiar los campos de batalla.
¿Querrás creer, por cierto, que un idiota de pretor, uno de los que
tienen antecedentes más ambiguos (¿no es una buena frase?), de los Servilios
plebeyos y que consiguió comprar la elección de augur gracias al poder del
dinero de su patrón Ahenobarbo y ahora se hace llamar, ¡imagínate!, Cayo
Servilio Augur, tuvo el otro día la osadía de levantarse en la cámara para
acusar a Lúculo de prolongar deliberadamente la guerra en Sicilia para
asegurarse la prórroga del mando el año que viene?
¿Y en base a qué hizo semejante acusación?, te oigo preguntar. Pues,
imagínate, porque después de derrotar tan eficazmente al ejército de esclavos,
Lúculo no se apresuró a dirigirse contra Triocala, dejando en el campo 35000
cadáveres de esclavos y todas las bolsas de sublevación de la región de
Heracleia Minoa reproducirse como llagas en la piel romana. Lúculo hizo lo que
tenía que hacer; derrotó a los esclavos en la batalla y luego dedicó una semana
a ocuparse de los muertos y a limpiar tales bolsas de resistencia antes de
dirigirse a Triocala, en donde se habían refugiado los esclavos supervivientes
de la batalla. Pero Servilio Augur dice que
Lúculo, después de la batalla, debía haber volado como los pájaros por
el cielo hasta Triocala, porque alega el Augur que los esclavos que se
refugiaron en Triocala eran tan presa de pánico que se le habrían rendido
inmediatamente. Mientras que, tal como las cosas resultaron de verdad, cuando
Lúculo llegó a Triocala, los esclavos se habían sobrepuesto al pánico y
decidieron seguir combatiendo. ¿Y de quién obtiene Servilio el Augur esta
información?, preguntarás. ¡Pues de sus augures, naturalmente! ¿Cómo si no va a
saber lo que piensa una turba de esclavos encerrada en una fortaleza
inexpugnable? ¿Y tú has visto acaso que Lúculo sea tan aberrante para entablar
una tremenda batalla y ponerse a cavilar un plan para que le prorroguen el
mando de gobernador? ¡Cuántas tonterías! Lúculo hizo lo que era de rigor:
limpiar alfa antes de comenzar con beta.
Me disgustó el discurso de Servilio el Augur y me disgustó aún más que
el pontífice máximo Ahenobarbo comenzase a vociferar su apoyo a aquella absurda
patraña de alegatos totalmente injustificados. Naturalmente, todos los
generales de salón de los bancos de atrás que nada saben de batallas pensaron
que Lúculo era culpable. Ya veremos, pero no me sorprendería que oyeras que,
uno, la cámara decide no prorrogar el mandato de Lúculo y, dos, dar el cargo de
gobernador de Sicilia el año que viene a Servilio el Augur, quien habría
iniciado toda esta farsa de la traición simplemente para que le nombraran a él.
Es una golosina para alguien con tan poca experiencia y tan huero como Servilio
el Augur, ya que Lúculo lo ha dejado todo hecho. La derrota de Heracleia Minoa
ha obligado a los esclavos que quedan a retirarse en una fortaleza de la que no
pueden salir porque Lúculo la tiene sitiada, y, además, ha logrado hacer volver
suficientes granjeros a sus tierras para que este año haya cosecha; y el campo
de Sicilia ya no está a merced del ejército de esclavos. Lo que quiere el
gobernador Servilio es llegar al lugar ya debidamente pacificado haciendo
reverencias a derecha e izquierda. Te digo, Cayo Mario, que la ambición unida a
la estupidez es lo más peligroso del mundo.
Edepol, edepol, una digresión bastante larga, ¿no? Mi indignación por la
situación de Lúculo me ha podido. Lo siento muchísimo por él. Pero sigamos con
la historia de Escauro en Ostia, y su encuentro con el agente
procurador de grano de Sicilia. Bien, cuando se pensaba que una cuarta
parte de los esclavos dedicados al cultivo del cereal en Sicilia serían
liberados el año pasado antes de la cosecha, los mercaderes de trigo calcularon
que una cuarta parte de la cosecha se quedaría sin recoger debido a la falta de
mano de obra. Por eso nadie se preocupó por comprar ese cuarto. En eso que, en
dos semanas, ese roedor de Nerva liberó a ochocientos esclavos itálicos. Y el
agente procurador de Escauro formaba parte de un grupo que durante esas dos
semanas recorría la isla comprando a toda prisa ese cuarto de la cosecha a un
precio absurdamente bajo. Luego, los cultivadores obligaron a Nerva a clausurar
los tribunales de emancipación y, de pronto, Sicilia contó de nuevo con suficiente
mano de obra para recoger toda la cosecha. Así, este último cuarto, comprado
por nada, era ahora propiedad de una persona o personas desconocidas, lo que
explicaba el alquiler general de todos los silos vacíos entre Puteoli y Roma.
Ese último cuarto se iba a almacenar en ellos hasta el año siguiente, cuando la
insistencia de Roma en que se liberase a los esclavos itálicos habría provocado
una cosecha en la isla menor de lo normal, haciendo aumentar el precio del
trigo.
Con lo que no contaban esas personas desconocidas era con la sublevación
de los esclavos, debido a la cual en vez de recogerse los cuatro cuartos de la
cosecha, no se recogió nada. Y así, el gran montaje de lograr una enorme
ganancia con el último cuarto se vino abajo y los silos vacíos reservados se
quedaron vacíos.
Sin embargo, volviendo a las dos ajetreadas semanas en que Nerva
emancipó algunos esclavos itálicos y el grupo de compradores se afanaba por
adquirir el último cuarto de la cosecha, una vez hecho y clausurados los
tribunales, el citado grupo fue asaltado por unos bandidos, que los mataron a
todos. O eso pensaron los bandidos, porque uno de los compradores, el que habló
con Escauro en Ostia, se fingió muerto y logró salvarse.
Escauro se olió algo muy gordo. ¡Qué olfato tiene! ¡Y qué inteligencia!
Él sospechó en seguida el montaje, cosa que el procurador no había hecho. Yo le
admiro a pesar de su acendrado conservadurismo. Olfateando como
un perro de caza, descubrió que las personas desconocidas eran nada
menos que tu estimado colega consular del año pasado, Cayo Flavio Fimbria, y el
gobernador de Macedonia del año en curso, Cayo Memio. Habían montado una falsa
pista el año pasado para nuestro perro de caza Escauro, que, efectivamente, le
condujo al cuestor de Ostia, es decir, nuestro turbulento tribuno de la plebe
Lucio Apuleyo Saturnino.
Una vez reunidas las pruebas, Escauro se alzó a pedir excusas a
Saturnino dos veces, una en el Senado y otra en el Foro. Estaba mortificado,
pero sin perder la dignitas, por supuesto. Todos aprecian al que se disculpa
bien y con sinceridad, y tengo que decir que Saturnino nunca atacó a Escauro
cuando regresó a la cámara en su condición de tribuno de la plebe. También
Saturnino se alzó, en la cámara y en el Foro, y le dijo a Escauro que él no le
guardaba rencor porque había comprendido lo astutos que habían sido los falsos
culpables, y que le estaba profundamente agradecido por recobrar su perdida
reputación. Así, tampoco Saturnino perdió la dignitas. Y a todos complace quien
recibe modesta y airosamente una buena disculpa.
Escauro, además, ofreció a Saturnino el cometido de procesar a Fimbria y
a Memio ante el nuevo tribunal por delitos de traición y, naturalmente,
Saturnino aceptó. Así que ahora todos esperamos ver muchas chispas y poco humo
cuando Fimbria y Memio comparezcan en juicio. Imagino que serán declarados
culpables ante un tribunal formado por caballeros, pues muchos caballeros del
ramo del trigo han perdido dinero, y a ellos dos se les culpa del desastre de
Sicilia. El corolario de la historia es que a veces los malos reciben su justo
castigo.
La otra historia de Saturnino es mucho más divertida y mucho más
intrigante. Aún no he logrado imaginarme qué es lo que se trae entre manos
nuestro reivindicado tribuno de la plebe.
Hará unas dos semanas llegó un individuo al Foro y subió a la tribuna de
los Espolones, que estaba vacía en ese momento porque no había asamblea y los
oradores aficionados se habían tomado el día libre, y anunció a voz en grito,
para que le oyera todo el Foro, que se llamaba Lucio Equitio, que era un
liberto de un ciudadano romano de Picenum y —
agárrate, Cayo Mario, ya verás— que era hijo natural de nada menos que
Tiberio Sempronio Graco!
Se sabía la historia al dedillo, y los hechos coinciden, de momento.
Hela aquí, en pocas palabras: su madre era una liberta de condición decente
pero modesta, que se enamoró de Tiberio Graco, quien también se enamoró de
ella. Pero, claro, el linaje de la joven no permitía el casamiento y tuvo que
convertirse en su querida, viviendo en una pequeña y confortable casa de una
hacienda de Tiberio Graco. Luego nació Lucio Equitio; su madre se llamaba
Equitia.
A continuación asesinaron a Tiberio Graco y Equitia murió poco después,
quedando su hijito al cuidado de Cornelia, la madre de los Gracos. Pero a
Cornelia, madre de los Gracos, no le hacía gracia ser la tutora de un nieto
bastardo y lo encomendó al cuidado de una pareja de esclavos de sus propiedades
de Misenum. Y luego lo vendió como esclavo a una gente de Firmum Picenum.
Él dice que no sabía quién era; pero si ha hecho las cosas que dice, no
podía ser ningún niño cuando murió su padre Tiberio Graco, en cuyo caso miente.
En fin, después de ser vendido como esclavo en Firmun Picenum, trabajó tan bien
y se hizo tanto querer por sus amos, que al morir el paterfamilias, no sólo le
manumitieron, sino que heredó la fortuna de la familia, que por lo visto no
tenía parientes. Como había tenido una excelente educación, con la herencia
instaló un negocio, y durante no sé cuántos años se alistó en las legiones e
hizo una fortuna. Por lo que dice, habría que calcularle unos cincuenta años,
cuando aparenta unos treinta.
Luego conoció a uno que, con grandes aspavientos, elogió su gran
parecido con Tiberio Graco. Él siempre había sabido que era itálico y no
extranjero y se había hecho grandes cábalas sobre sus orígenes. En valentonado
por el descubrimiento de que se parecía a Tiberio Graco, localizó a la pareja a
quien Cornelia, madre de los Gracos, le había confiado durante un tiempo y se
enteró por ellos de la historia de su nacimiento. ¿No es fantástico? Yo todavía
no sé si se trata de una tragedia griega o de una farsa romana.
Bueno, naturalmente, nuestros crédulos y sentimentales habituales del
Foro se excitaron enormemente, y al cabo de dos días Lucio Equitio era
festejado por doquier como hijo de Tiberio Graco. Lástima que todos los hijos
legítimos hayan muerto, ¿no? Por cierto, Lucio Equitio se parece
extraordinariamente a Tiberio Graco. Habla igual que él, anda igual que él,
gesticula igual y hasta alza la nariz lo mismo que él. Yo creo que lo que más
me hace desconfiar es esa similitud tan perfecta. Más que un hijo parece un
mellizo. Los hijos no se parecen a los padres de esa manera; lo he comprobado
muchas veces, y hay muchas mujeres que han traído al mundo un hijo que les
queda profundamente agradecido por ello y que dedican mucho tiempo del período
posparto a asegurar al abuelo del retoño que éste es parecidísimo al tío-abuelo
Lucio Tiddlypus. Bien, basta.
A continuación, los carcas del Senado nos enteramos de que Saturnino
apoya a este Lucio Equitio, sube a la tribuna con él y le anima a que logre
adeptos. No había transcurrido una semana cuando el nombre de Equitio iba en
boca de todos los que en Roma tienen una renta inferior a la de tribuno del
Tesoro y superior a la del censo por cabezas; comerciantes, tenderos,
artesanos, pequeños granjeros, la flor y nata de la tercera, cuarta y quinta
clases. Ya sabes el tipo de gente a que me refiero. De ésa que besaba el suelo
que pisaban los Gracos, todos esos hombres modestos y trabajadores que no
suelen votar, pero que votan en sus tribus lo suficiente para sentirse bien
distintos a los libertos y a los del censo por cabezas. Una clase demasiado
orgullosa para aceptar caridad, pero no lo bastante rica para sobrevivir a los
astronómicos precios del trigo.
Los padres conscriptos del Senado, en particular los que visten togas
bordadas en púrpura, comenzaron a inquietarse un poco por toda esa adulación
popular y también a preocuparse algo por la intervención de Saturnino, que es
realmente lo misterioso. Pero ¿qué puede hacerse? Finalmente, nada menos que
nuestro nuevo pontífice máximo, Ahenobarbo —le han dado el muy acertado apodo
de pipinna—, propuso traer al Foro a la hermana de los hermanos Graco y viuda
de Escipión Emiliano, como si fuéramos a olvidar las pendencias que hubo en
aquel matrimonio, a que subiera a la tribuna para enfrentarse al supuesto
impostor.
Así se hizo hace tres días. Saturnino se situó en un extremo riéndose
como un tonto —lo que sucede es que no es ningún tonto y no sé qué se traerá
entre manos— y Lucio Equitio mirando de hito en hito a aquella vieja
apergaminada. Ahenobarbo Pipinna adoptó una postura exageradamente pontifical;
cogió a Sempronia por los hombros pero a ella no le gustó nada y se lo sacudió
de encima como si fuese una araña peluda y preguntó con voz atronadora:
"Hija de Tiberio Sempronio Graco el Viejo y Cornelia Africana, ¿reconocéis
a este hombre?"
Por supuesto, ella espetó que no le había visto en su vida y que su
queridisimo y amado hermano Tiberio jamás de los jamases habría abierto el
tapón de su botella de vino fuera de los sagrados lazos del matrimonio, y que
todo aquello era un absurdo. Luego comenzó a apalear a Equitio con su bastón de
ébano y marfIl; escena que resultó la pantomima más indignante que puedas
imaginar; ojalá hubiese estado presente Cornelio Sila, porque se habría
divertido de lo lindo.
Al final, Ahenobarbo Pipinna (¡me encanta este apodo, que se lo ha
puesto nada menos que Metelo el Numídico!) tuvo que bajarla a la fuerza de la
tribuna de los Espolones, entre gritos y carcajadas del público, mientras
Escauro lloraba de risa y aún se contorsionó más cuando Pipinna, el Meneitos y
su retoño le reprocharon su frivolidad senatorial.
En cuanto a Lucio Equitio volvió a quedarle libre la tribuna, Saturnino
se llegó hasta él y le preguntó si sabía quién era la horrenda anciana. Equitio
contestó que no, lo que demuestra o que no había escuchado los clamores de
Ahenobarbo presentándola o que mentía. Pero Saturnino le explicó con breves y
amables palabras que era su tía Sempronia, la hermana de los Gracos. Equitio
puso cara de sorpresa, dijo que en toda su ajetreada vida no había visto a su
tía Sempronia y añadió que le extrañaba mucho que Tiberio Graco hubiese contado
a su hermana lo de la querida y el hijo en un nidito de amor de una de las
haciendas de Sempronio Graco.
La multitud apreció el buen sentido de esta respuesta y circula la
alegre creencia de que Lucio Equitio es hijo natural de Tiberio Graco. Y el
Senado, y no digamos Ahenobarbo, está que echa chispas. Bueno, menos
Saturnino, que se sonríe; Escauro, que se carcajeo, y yo. ¡Adivina lo
que yo hago!
Publio Rutilio Rufo lanzó un suspiro y estiró la cansada mano, deseando
detestar el escribir cartas tanto como Cayo Mario, para no verse impulsado a
incluir todos aquellos detalles que marcaban la diferencia entre una misiva de
cinco columnas y una de cincuenta y cinco.
Y esto, querido Cayo Mario, es definitivamente todo. Si siguiera sentado
un rato más se me ocurrirían historias más entretenidas y acabaría quedándome
dormido con la nariz en el tintero. Ojalá hubiese un modo mejor —es decir, más
tradicionalmente romano— para que conservaras el mando en lugar de tener que
presentarte de nuevo al consulado. Y tampoco veo cómo vas a poder obtenerlo.
Pero me atrevo a decir que lo conseguirás. Cuídate. Recuerda que ya no eres
ningún pollo, sino un perro viejo, así que no te rompas ningún hueso. Te
volveré a escribir cuando ocurra algo interesante.
Cayo Mario recibió la carta a primeros de noviembre, y ya la tenía
dominada para leerla con verdadera fruición, cuando apareció Sila. Prueba de
que volvía para quedarse era que se había cortado los larguísimos y caídos
bigotes y el cabello. Así, mientras Sila se deleitaba tomando un buen baño,
Mario le leyó la carta, alegrándose de tenerle allí para compartir aquella
diversión.
Se encerraron en el despacho privado del general y Mario dio orden de
que no los molestasen; ni siquiera Manio Aquilio.
—¡Quítate esa maldita torca! —dijo Mario cuando Sila, ya debidamente
ataviado al estilo romano, al inclinarse dejó asomar el enorme adorno de oro
por la túnica.
Pero Sila meneó la cabeza, sonriendo y acariciando las espléndidas
cabezas de dragón que formaban los extremos del círculo casi completo de la
torca.
—No, Cayo Mario, creo que voy a llevarla siempre. Un poco bárbara, ¿no?
—No está bien en un romano —masculló Mario.
—Lo malo es que se ha convertido en mi talismán, y no puedo quitármela
por si me abandona la buena suerte —replicó Sila, sentándose en un diván con un
suspiro de voluptuosidad—. ¡Ah, el placer de sentarse como un hombre
civilizado! He estado de juerga sentado en bancos tan duros, que había
comenzado a pensar que era un sueño. ¡Qué bien volver a sentir la continencia!
Los galos y los germanos lo hacen todo con exceso; comen y beben hasta que se
vomitan unos encima de otros o se mueren de hambre porque salen de incursión o
a combatir sin ninguna provisión. ¡Ah, pero qué fieros y valientes, Cayo Mario!
De verdad, si tuvieran un ápice de nuestra organización y disciplina no
podriamos vencerlos.
—Por suerte para nosotros, carecen prácticamente de ambas, y podemos
vencerlos. Me imagino qué es lo que quieres decir. Toma, bebe. Es de Falernio.
Sila bebió con fruición pero sin precipitarse.
—¡Ah, el vino, el vino! ¡Néctar de los dioses, consuelo del corazón
afligido, reparación para el espíritu! ¿Cómo podría vivir sin él? —Se echó a
reír—. ¡No me importa si no vuelvo a ver en mi vida un solo cuerno más o un
pichel de cerveza! El vino es cosa civilizada. No te hace eructar, ni peer, ni
te infla el vientre; con la cerveza uno se convierte en una cisterna ambulante.
—¿Y Quinto Sertorio? Espero que esté bien.
—Está en camino, pero hemos hecho el viaje por separado. Yo quería
hablar contigo a solas, Cayo Mario —respondió Sila.
—Como quieras, Lucio Cornelio —dijo Mario, mirándole con afecto.
—No sé por dónde empezar.
—Pues empieza por el principio. ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen?
¿Cuánto tiempo hace que están en movimiento?
Sila saboreó el vino y cerró los ojos.
—No se denominan germanos y no se consideran un solo pueblo. Son
cimbros, teutones, marcomanos, queruscos y tigurinos. La patria de los
cimbros y los teutones es una península larga y ancha que hay al norte
de Germania, vagamente descrita por algunos geógrafos griegos, que la
denominaron Quersoneso Címbrico. Parece que la mitad norte es el país de los
cimbros y la mitad que se une al continente de Germania es el de los teutones.
Aunque ellos se consideran pueblos distintos, no se aprecian diferencias
fisicas en ambos pueblos, si bien el idioma varía algo, pero se entienden.
"No eran pueblos nómadas, pero no conocían la agricultura tal como
se da entre nosotros; parece ser que allí el invierno es más húmedo que nevoso
y que la tierra produce una estupenda hierba todo el año. Así que vivían del
ganado, complementado con avena y centeno. Comen buey, beben leche, algunas
verduras, algo de pan negro duro y gachas.
"Luego, hacia la época de la muerte de Cayo Graco, unos veinte años
como máximo, sufrieron un año de inundaciones debido a que la gran cantidad de
nieve de las montañas hizo crecer sus grandes rios, además de que llovió mucho,
hubo tormentas desastrosas y altas mareas, y el océano Atlántico cubrió toda la
península. Al retirarse el mar, el suelo tenía excesiva salinidad, no crecía la
hierba y los pozos estaban salobres. Entonces construyeron un ejército de
carros, reunieron el ganado y los caballos que les quedaban y se pusieron en
movimiento en busca de otro país.
Mario escuchaba sus palabras con sumo interés, muy erguido en su asiento
y sin preocuparse de la copa de vino.
—¿Todos ellos? ¿Cuántos eran? —inquirió.
—No, no todos. Los viejos y los débiles fueron eliminados y enterrados
en grandes túmulos. La migración sólo la emprendieron los guerreros, las
mujeres jóvenes y los niños. Yo calculo que la iniciarían unos seiscientos mil,
rumbo al sudeste por el valle del gran río que denominamos el Albis.
—Pero yo creo que esa parte del mundo está poco habitada —dijo Mario,
frunciendo el entrecejo—. ¿Por qué no se quedaron en las riberas del Albis?
—¿Quién sabe? —replicó Sila encogiéndose de hombros—. Parece que se
pusieron en manos de sus dioses en espera de que alguna señal divina les
indicara una nueva patria. Desde luego no parece que encontrasen mucha
resistencia al avance, al menos a lo largo del Albis. Finalmente, llegaron al
nacimiento del gran río y por primera vez en la memoria de la raza vieron
grandes montañas, porque el Quersoneso Címbrico es completamente plano, con
terrenos bajos.
—Evidente, si el océano lo anegó —dijo Mario, alzando apresuradamente
una mano—. No, no lo he dicho en plan sarcástico, Lucio Cornelio. No soy muy
oportuno con las palabras, ni tengo tacto. —Se levantó y sirvió más vino—. Así
que las montañas les impresionaron bastante, ¿eh?
—Así es. Sus dioses eran dioses celestes, pero al ver aquellas torres
que tocaban el vientre de las nubes, se pusieron a adorar a los dioses que
supusieron habitaban bajo las torres y las habían levantado sobre el suelo.
Desde entonces no se han alejado mucho de las montañas. En el cuarto año de la
migración cruzaron una cuenca alpina y pasaron de la cabecera del Albis a la
del Danubius, un río del que sí sabemos más. Allí giraron rumbo al este,
siguiendo su curso hacia las llanuras de Geta y Sarmacia.
—Entonces, ¿es que se encaminaban al mar Euxino? —inquirió Mario. —Eso
parece —respondió Sila—. Pero los boyos les cortaron el paso
hacia la cuenca norte de Dacia y se vieron obligados a seguir el curso
del Danubius por la región en que ese río tuerce bruscamente hacia el sur en
Panonia.
—Los boyos son celtas —dijo Mario, pensativo—. Y tengo entendido que
celtas y germanos no se mezclan.
—No, claro que no. Pero lo interesante es que en ninguno de los sitios
en que los germanos decidieron asentarse lucharon por hacerse con la tierra. Al
menor signo de resistencia por parte de las tribus locales, reemprendían la
marcha. Luego, en una zona cercana a la confluencia del Danubius con el Tisia y
el Savus, se estrellaron con otro muro de celtas, esta vez de escordiscos.
—¡Nuestros enemigos los escordiscos! —exclamó Mario, sonriente—. Bueno,
¿no es consolador saber que nosotros y los escordiscos tenemos un enemigo
común?
—Teniendo en cuenta que eso sucedió hace unos quince años —replicó Sila
enarcando una ceja— y que no lo sabíamos, poco consuelo es.
—No estoy muy inspirado hoy, ¿verdad? Perdona, Lucio Cornelio. Tú lo has
vivido, y yo te escucho emocionado y compruebo que mi lengua dice torpezas
—replicó Mario.
—No pasa nada, Cayo Mario, lo comprendo —dijo Sila, sonriendo.
—¡Continúa, continúa!
—Quizá uno de sus principales problemas es que no tenían un jefe digno
de ese nombre; ni un plan determinado, por llamarlo de alguna manera. Yo creo
que esperaban que llegase el día en que un gran rey les permitiese asentarse en
unas tierras deshabitadas.
—Y, claro, los grandes reyes no están muy predispuestos a hacerlo — dijo
Mario.
—No. Bueno, el caso es que dieron la vuelta y se dirigieron al oeste —
prosiguió Sila—, pero apartándose del Danubius. Primero siguieron el curso del
Savus, luego torcieron algo al norte y siguieron por el Dravus hasta su
cabecera. Por entonces llevaban ya errantes más de seis años sin detenerse en
ningún sitio más que algunos días.
—¿No viajaban en carros? —inquirió Mario.
—Rara vez. Los carros van uncidos al ganado y simplemente los guían,
aunque si alguien está enfermo o hay una embarazada a punto de concebir, el
carro hace de medio de transporte; pero sólo en esos casos —respondió Sila con
un suspiro—. Y, bueno, ya sabemos lo que sucedió después. Penetraron en el
Noricum y en las tierras de los taun.
—Quienes pidieron ayuda a Roma, Roma envió a Carbo a enfrentarse a los
invasores, y éste perdió su ejército —dijo Mario.
—Y, como siempre, los germanos volvieron grupas en previsión de
complicaciones —añadió Sila—. En lugar de invadir la Galia itálica, se
dirigieron a las grandes montañas y volvieron al Danubius, ligeramente a la
derecha de su confluencia con el Aenus. Los boyos no los dejaban pasar hacia el
este y se dirigieron al oeste a lo largo del Danubius a través de las tierras
de los marcomanos. Por motivos que no he logrado saber, un buen
contingente de marcomanos se unió a los cimbros y teutones en el séptimo
año de migración.
—¿Y qué hay de esa tempestad de truenos? —inquirió Mario—. La que
interrumpió la batalla entre los germanos y Carbo, y gracias a la cual pudo
salvarse parte de las tropas de Carbo. Hay quien dice que los germanos
interpretaron la tormenta como señal de ira divina y que eso nos salvó de la
invasión.
—Lo dudo —replicó Sila sin inmutarse—. Bueno, sí, cuando estalló la
tormenta, los cimbros, que eran los que luchaban contra Carbo por hallarse más
próximos a él, huyeron despavoridos, pero no creo que fuese lo que los disuadió
de penetrar en la Galia itálica. La verdad parece ser simplemente que no les
gusta guerrear para conquistar territorio.
—¡Es fascinante! Y nosotros los consideramos hordas de bárbaros que
codician Italia. ¿Y qué pasó a continuación? —inquirió Mario, lleno de interés.
—En esta ocasión remontaron el curso del Danubius hasta el nacimiento.
En el octavo año se les unió un grupo de auténticos germanos: los queruscos,
que procedían de sus tierras cercanas al río Visurgis, y, en el noveno año, un
pueblo de Helvecia llamado los tigurinos, que por lo visto vivían al este del
lago Lemanna y que sí son celtas. Igual que, creo, lo son los marcomanos. Sin
embargo, tanto los marcomanos como los tigurinos son celtas muy germanizados.
—¿Quieres decir que no sienten repulsa por los germanos?
—¡Mucho menos del rechazo que sienten por sus congéneres celtas! —
respondió Sila, sonriente—. Los marcomanos han guerreado con los boyos durante
siglos y los tigurinos con los helvecios. Así que yo supongo que al cruzar sus
tierras los carros germanos, pensaron que era interesante viajar a tierras
desconocidas. Cuando la migración cruzó el Jura hacia la Galia Comata, eran ya
más de ochocientos mil.
—Y penetraron en las tierras de los pobres eduos y los ambarres y allí
se quedaron —dijo Mario.
—Más de tres años —añadió Sila, asintiendo con la cabeza—. Los eduos y
ambarres eran más pacíficos, ¿comprendes? Estaban romanizados,
Cayo Mario. Cneo Domicio los había metido en cintura para que nuestra
provincia de la Galia Transalpina estuviera tranquila. Y a los germanos empezó
a gustarles nuestro rico pan blanco... ¡para untar su mantequilla!, y para
mojar en la salsa de buey y acompañar sus horrorosas morcillas de sangre.
—Hablas con verdadero sentimiento, Lucio Cornelio.
—¡Ya lo creo! —dijo Sila y, tras una breve sonrisa, contempló pensativo
la superficie del vino para luego alzar sus ojos fulgurantes hacia Mario—.
Ahora han elegido un rey común a todos —añadió de repente.
—¡Ah! —exclamó Mario en voz queda.
—Se llama Boiorix y es un cimbro. Los cimbros son el pueblo mas
numeroso.
—Pero es un nombre celta —dijo Mario—. Boiorix... de los boyos. Una
nación formidable; hay colonias de boyos por todas partes: en Dacia, Tracia, la
Galia Cabelluda, la Galia itálica, Helvecia, ¡qué sé yo! Quizá hace mucho
tiempo instalaron una colonia entre los cimbros. Al fin y al cabo, si ese
Boiorix se dice cimbro es que debe serlo. No pueden ser tan primitivos que no
tengan una tradición genealógica.
—En realidad tienen muy poca tradición genealógica —replicó Sila,
apoyándose en un codo—. No porque sean realmente primitivos, sino porque su
estructura social es diferente a la nuestra. Y distinta a la de todos los
pueblos ribereños del Mediterráneo. No son un pueblo agrícola, y cuando la
gente no posee tierras y granjas a lo largo de generaciones, no se desarrolla
en ella esa idea de procedencia de un lugar; lo que significa que tampoco
desarrollan un sentimiento de familia. Llevan una vida colectiva de tipo
tribal, que para ellos es más importante. Prefieren regirse por un sistema
alimentario común, que para ellos es más razonable. Si las casas son chozas
para dormir, carentes de cocina, y la casa va sobre ruedas y tampoco tiene
cocina, es más fácil matar reses enteras, asarlas enteras y alimentar a toda la
tribu.
"Su tradición genealógica se basa en la tribu, o en el conjunto de
tribus que constituyen un pueblo. Tienen héroes a los que cantan, pero sus
hazañas están muy adornadas por encima de la realidad, y un jefe de dos
generaciones atrás se transforma en un Perseo o un Hércules y pierde
todo perfil humano. Su concepto de lugar es también muy difuso. Y la posición,
jefe, cabecilla o chamán, se sobrepone a la identidad del que la ostenta. ¡El
individuo es la posición que ocupa! Se aísla de su familia y ésta no asciende
con él; y cuando muere, la posición pasa a otro elegido por la tribu sin
consideraciones a lo que nosotros llamariamos títulos de familia. Sus ideas
sobre la familia son muy distintas a las nuestras, Cayo Mario —dijo Sila
izándose sobre el codo para servir más vino.
—¡Se nota que has vivido con ellos! —musitó Mario.
—¡Qué remedio! —dijo Sila dando un sorbo para poder echar agua en la
copa—. Y no me he acostumbrado —añadió como sorprendido—. Es igual, no cabe
duda de que mi mente volverá —dijo poniendo ceño—. Logré infiltrarme entre los
cimbros cuando aún trataban de abrirse camino hacia los Pirineos. Sería
noviembre del año pasado, cuando regresaba de verte.
—¿Cómo lo hiciste? —inquirió Mario.
—En aquel momento estaban comenzando a padecer la secuela de cualquier
pueblo tras una larga guerra, igual que nosotros, sobre todo después de
Arausio. Como todo el pueblo, menos los viejos y los tullidos, avanzan en
bloque, todo guerrero caído suele dejar viuda y huérfanos, y esas mujeres son
una carga, a menos que sus hijos varones tengan edad para convertirse en
guerreros sin gran tardanza. Así que las viudas tienen que esforzarse por
encontrar nuevos maridos entre los guerreros que aún son jóvenes o no han
sabido procurarse esposa. Si una mujer consigue unirse con su hijo a otro
guerrero, se le permite seguir igual que antes. Su carro es la dote; aunque no
todas las viudas poseen carro ni todas encuentran pareja. Claro que poseer un
carro ayuda mucho. Se les concede un tiempo de tres meses para encontrar
pareja, es decir el plazo de una estación. Si no lo consiguen, se les da muerte
junto con los hijos, y los miembros de la tribu que no tienen carro se los
reparten a suertes. Matan a los que consideran demasiado viejos para contribuir
productivamente al bienestar de la tribu, y si hay exceso de niñas, las matan
también.
—¡Y yo que pensaba que nosotros éramos duros! —dijo Mario con una mueca.
—¿Qué dureza, Cayo Mario? —replicó Sila meneando la cabeza—. Los
germanos y los galos son como cualquier otro pueblo y estructuran su sociedad
para sobrevivir como tal; los que se convierten en una rémora que la comunidad
no puede permitirse deben ser eliminados. ¿Y qué es mejor, dejarlas sueltas sin
hombres que cuiden de ellas o eliminarlas? ¿Morir despacio de hambre y frío o
rápido y sin dolor? Ellos lo ven así. No tienen más remedio que verlo así.
—Supongo que sí —dijo Mario, reticente—, pero a mi personalmente me
encantan nuestros ancianos. Por escucharlos vale la pena darles comida y
alojamiento.
—¡Pero eso es porque nosotros podemos permitirnos su conservación, Cayo
Mario! Roma es muy rica; por consiguiente, Roma puede permitirse mantener a
algunos por lo menos de los que no aportan nada productivo a la comunidad. Sin
embargo, no condenamos la eliminación de los recién nacidos abandonados, ¿no?
—¡Claro que no!
—¿Y cuál es la diferencia? Cuando los germanos encuentren una patria, se
volverán más parecidos a los galos. Y los galos en contacto con griegos y
romanos acaban pareciéndose a griegos o romanos. Cuando tengan una patria
podrán relajar sus reglas; adquirirán suficiente riqueza para alimentar a los
viejos y a las viudas cargadas de hijos. Ellos no son urbanitas, sino
campesinos. También las ciudades vuelven a tener reglas distintas, ¿no lo has
advertido? Las ciudades engendran el mal de eliminar a los viejos y a los
enfermos, y las ciudades reducen el sentimiento campesino del hogar y la
familia. Cuanto más grande se hace Roma, más se parece a los germanos.
—Me pierdo, Lucio Cornelio —dijo Mario rascándose la cabeza—. ¡Vuelve al
tema, por favor! ¿Qué te sucedió? ¿Encontraste una viuda y te integraste en una
tribu como guerrero?
—Exactamente —respondió Sila asintiendo con la cabeza—. Sertorio hizo
igual en otra tribu, y por eso no nos hemos visto mucho; sólo a veces para
intercambiar observaciones. Los dos encontramos una mujer con carro
y sin pareja. Eso fue después de integrarnos en las tribus como
guerreros, claro, cosa que ya había sucedido mucho antes de venir a verte el
año pasado, y encontramos mujer nada más regresar.
—¿Y no os rechazaron? —inquirió Mario—. Al fin y al cabo, os hacíais
pasar por galos, no por germanos.
—Cierto. Pero luchábamos bien los dos. Y ningún jefe de tribu desprecia
a un buen guerrero —dijo Sila con una sonrisa.
—¡Por lo menos no os habrán hecho matar romanos! Aunque lo habríais
hecho en caso necesario.
—Por supuesto —respondió Sila—. ¿Tú no?
—Claro que sí. El amor es para todos y el sentimiento para unos pocos
—respondió Mario—. Un hombre debe luchar para salvar a todos, no a unos pocos.
Bueno, salvo si se le presenta la oportunidad de hacer las dos cosas —añadió
con el rostro iluminado.
—Yo era un galo de los carnutos, sirviendo como guerrero cimbro — dijo
Sila, pensando en que la filosofía de Mario era tan confusa como éste pensaba
que era la suya—. A principios de primavera hubo un gran consejo de todos los
jefes de las tribus. Por entonces, los cimbros habían impulsado al máximo su
avance hacia el oeste, con la esperanza de entrar en Hispania por la zona en
que son más bajos los Pirineos. El consejo se celebró en la orilla del río que
los aquitanos llaman Aturis. Habían llegado noticias ciertas de que todas las
tribus de cántabros, astures, vetones, lusitanos occidentales y vascones se
habían aliado al otro lado de la cordillera para contener la invasión germana.
Y en este consejo, de pronto, sin que nadie lo esperase, surgió Boiorix.
—Recuerdo el informe que hizo Marco Cota después de Arausio —dijo
Mario—. Era uno de los dos jefes que riñeron, el otro fue Teutobodo de los
teutones.
—Es muy joven —dijo Sila—; no tendrá más de treinta años. Es altísimo y
de contextura hercúlea; tiene unos pies que parecen lubinas. Pero lo
interesante es su mentalidad parecida a la nuestra. Tanto galos como germanos
tienen unos esquemas mentales tan distintos a los de cualquier pueblo del
Mediterráneo, que nosotros los vemos como bárbaros. Mientras
que Boiorix ha demostrado estos últimos nueve meses ser un bárbaro muy
distinto. Para empezar, ha aprendido a leer y escribir en latín, no en griego.
Creo que ya te he mencionado que cuando un galo muestra tendencia a instruirse,
aprende latín en vez de griego.
—¡Boiorix, Lucio Cornelio, Boiorix! —dijo Mario, impaciente. —Volvamos a
Boiorix —continuó Sila, sonriente—. Había tenido buen
ascendiente en los consejos tal vez durante cuatro años, pero en
primavera se impuso a la oposición y se hizo nombrar jefe supremo; nosotros le
llamariamos rey, dado que tiene la prerrogativa de adoptar una decisión
irrevocable en todas las circunstancias sin temor a caer en desacuerdo con el
consejo.
—¿Y cómo consiguió hacerse nombrar? —inquirió Mario.
—Por el viejo sistema —respondió Sila—. Ni germanos ni galos efectúan
elecciones, aunque a veces votan en el consejo; pero las decisiones del consejo
suelen supeditarse a quien logra permanecer más tiempo sobrio o tiene la voz
más fuerte. Pero en el caso de Boiorix se proclamó rey por derecho de combate,
matando a todos sus adversarios. No fue un solo encuentro, sino toda una
jornada de lucha en la que fueron cayendo todos sus oponentes: en total once
cabecillas que mordieron el polvo al estilo homérico.
—Rey por muerte de los rivales —dijo Mario, pensativo—. ¿Qué
satisfacción reporta eso? ¡Es algo auténticamente bárbaro! A un rival se le
aplasta en el debate o ante los tribunales para que pueda seguir luchando;
todos debemos tener rivales. Teniendo rivales vivos, quien se impone más brilla
por ser mejor que ellos; mientras que muertos no brilla nada.
—Estoy de acuerdo —dijo Sila—, pero en el mundo bárbaro, es decir en
occidente, el criterio que impera es matar a los rivales. Es más seguro.
—¿Y qué sucedió con Boiorix después de proclamarse rey?
—Dijo a los cimbros que no iban a dirigirse a Hispania, que había
lugares mucho más fáciles. Como Italia. Pero primero señaló que los cimbros
iban a unirse a los teutones, los tigurinos, los marcomanos y los queruscos; y
que, entonces, él seria rey de germanos y cimbros.
Sila volvió a llenar su copa con vino bien aguado.
—Pasamos la primavera y el verano avanzando hacia el norte por la Galia
Cabelluda; cruzamos el Garumna, el Liger y el Sequana y entramos en las tierras
de los belgas.
—¡Los belgas! —exclamó Mario—. ¿Los has visto? —Sí, claro —respondió
Sila, sin darle mayor importancia. —Y habría guerra a muerte.
—Ni mucho menos. El rey Boiorix optó por lo que denominariamos abrir
negociaciones. Hasta el viaje de verano por la Galia Cabelluda, los germanos no
habían mostrado interés por negociar, y cada vez que se tropezaban con uno de
nuestros ejércitos impidiéndoles el paso, por ejemplo, enviaban una embajada
pidiendo permiso de tránsito por territorio romano. Nosotros siempre se lo
hemos negado, naturalmente. Y ellos se alejaban y no volvían a intentarlo.
Nunca han titubeado, ni han solicitado sentarse a una mesa de negociaciones, ni
han tratado de saber si había algo que nosotros estuviésemos decididos a
pedirles para abrir negociaciones. Pero Boiorix negoció el paso de los cimbros
por la Galia Cabelluda.
—¿Ah, sí? ¿En qué condiciones?
—A cambio de dar a galos y belgas carne, leche, mantequilla y trabajo en
los campos. Hizo un trueque de su ganado por cerveza y trigo y les ofreció sus
guerreros para ayudarlos a labrar más tierras para que hubiese bastantes para
todos —respondió Sila.
—¡Un bárbaro muy listo! —comentó Mario con un enérgico movimiento de
cejas.
—Ya lo creo, Cayo Mario. Y así, en absoluta paz y amistad, seguimos el
curso del rio Isara al norte de Sequana y, finalmente, llegamos a las tierras
de una tribu belga, los aduatucos; éstos son principalmente germanos que viven
en las orillas del río Mosa, más abajo del Sabis, y que también están asentados
en el lindero de un vastísimo bosque llamado la Arduenna y que se extiende
desde el este del Mosa hasta el Mosella, y que resulta impenetrable para los no
germanos. Los auténticos germanos de Germania viven en bosques y los utilizan
como nosotros las fortificaciones.
Mario seguía reflexionando con sumo interés, porque sus cejas no dejaban
de moverse como si actuaran con vida propia.
—Continúa, Lucio Cornelio; cada vez encuentro más interesante al enemigo
germano.
—Me lo imaginaba —replicó Sila inclinando la cabeza—. Los queruscos
proceden, en realidad, de una región de Germania no muy lejos de las tierras de
los aduatucos, y son parientes. Y así convencieron a los teutones, los
tigurinos y los marcomanos para que los siguieran a las tierras de los
aduatucos, mientras los cimbros andaban por el sur camino de los Pirineos. Pero
cuando los cimbros regresaron a finales del Sextilis, lo que vieron no fue nada
halagüeño: los teutones se habían querellado con aduatucos y queruscos al
extremo de que había habido muchas escaramuzas, bastantes muertes y existía un
malestar que nosotros, los cimbros, notamos iba en aumento.
—Y el rey Boiorix lo arregló todo —dijo Mario.
—¡Él lo arregla todo! —respondió Sila con una sonrisa—. Apaciguó a los
aduatucos y convocó un gran consejo de los emigrantes germanos, cimbros,
teutones, tigurinos, queruscos y marcomanos. En este consejo anunció que no
sólo era rey de los cimbros, sino rey de todos los germanos. Tuvo que
enfrentarse a varios en duelo, pero no a sus únicos rivales serios, Teutobodo
de los teutones y Getorix de los tigurinos. Estos también tienen una mentalidad
más romana, y decidieron seguir viviendo y representar una amenaza para el rey
Boiorix.
—¿Y todo esto cómo lo supiste? —inquirió Mario—. ¿Es que te habías
convertido en cabecilla y estabas en el consejo?
—En realidad me había convertido en un cabecilla —contestó Sila,
haciéndose el modesto con esfuerzo, ya que la humildad estaba considerada falta
de carácter—. No un gran jefe, compréndelo, pero lo suficiente para que me
invitasen a los consejos. Mi esposa Germana, que no es cimbra sino del pueblo
querusco, dio a luz dos hijos cuando alcanzamos el Mosa y esto fue interpretado
como tan buen augurio que mi categoría de jefecillo ascendió a la de cabecilla
de grupo a tiempo para participar en el gran consejo de todos los germanos.
Mario soltó una carcajada.
—¿Quieres decir que algún día algún pobre romano puede tropezarse con un
par de pequeños germanos que se te parecen? —inquirió.
—Es posible —respondió Sila.
—¿Y con unos pequeños Quintos Sertorios?
—Con uno por lo menos.
—Continúa, Lucio Cornelio —dijo Mario, ya serio.
—Ese Boiorix es muy muy listo. Hagamos lo que hagamos, no debemos
subestimarle porque sea un bárbaro. Delineó una estrategia de la que tú mismo
te habrías enorgullecido. Y no exagero, créeme.
—¡Te creo! —replicó Mario, tenso de interés—. ¿Qué estrategia?
—El año que viene, en cuanto el tiempo lo permita, a más tardar en
marzo, los germanos tratarán de invadir Italia por tres frentes —respondió
Sila—. Y cuando digo marzo, quiero decir que será la fecha en que los
ochocientos mil bárbaros abandonarán las tierras de los aduatucos. Boiorix ha
fijado en seis meses el plazo para que todos cubran el viaje desde el río Mosa
hasta la Galia itálica.
Ambos se inclinaron hacia adelante.
—Los ha dividido en tres contingentes de fuerzas. Los teutones invadirán
la Galia itálica desde el oeste; éstos son unos doscientos cincuenta mil, los
dirigirá su rey Teutobodo, y su plan es bajar por el Rhodanus y a lo largo de
la costa de Liguria hasta Genua y Pisae. No obstante, yo imagino que, al estar
Boiorix al mando de la invasión, antes de que se inicie habrán cambiado el
itinerario para llegar por la Via Domitia y el paso del monte Genava. Con lo
cual avanzarán por el Padus en Taurasia.
—Aparte de latín, están aprendiendo geografía, ¿no? —inquirió Mario,
sonriente.
—Ya te he dicho que Boiorix lee mucho. Además, ha sometido a tortura a
prisioneros romanos, porque no todos los que perdimos en Arausio murieron. Si
cayeron en manos de los cimbros, Boiorix los conservó con vida hasta enterarse
de lo que le interesaba. A los nuestros no se les puede reprochar que hablasen
—añadió Sila con una mueca—. Los germanos recurren a la tortura como cosa
natural.
—O sea que los teutones seguirán la misma ruta que tomaron todos ellos
antes de Arausio —dijo Mario—. ¿Y los otros cómo piensan penetrar en la Galia
itálica?
—Los cimbros son los más numerosos de los tres grandes grupos de
germanos —respondió Sila—. En total, cuatrocientos mil por lo menos. Mientras
que los teutones bajan directamente siguiendo el curso del Mosa hasta el Arar y
el Rhodanus, los cimbros avanzarán a lo largo del Rhenus hasta el lago
Brigantinus, seguirán en dirección norte para rebasar el lago y alcanzar el
nacimiento del Danubius. Luego seguirán hacia el este del Danubius hasta llegar
al Aenus y continuar aguas abajo para entrar en la Galia itálica por el paso de
Brennus, con lo que aparecerán en Athesis, cerca de Verona.
—Dirigidos por el propio Boiorix —dijo Mario, hundiendo la cabeza entre
los hombros—. Esto me gusta cada vez menos.
—El tercer grupo es el más reducido y menos compacto —prosiguió Sila—.
Lo forman tigurinos, marcomanos y queruscos; unos doscientos mil. Irán al mando
de Getorix de los tigurinos. Al principio, Boiorix iba a dirigirlos en línea
recta cruzando las grandes selvas germanas, la Hercinia, la Gabreta, etcétera,
para hacerlos caer a través de Panonia en Noricum; pero luego creo que dudó de
si seguirían ese plan y decidió hacerlos avanzar con él por el Danubius hasta
el Aenus. Desde allí proseguirán en dirección este a lo largo del Danubius
hasta alcanzar Noricum para girar hacia el sur y entrar en la Galia itálica por
los Alpes Cárnicos, con lo que caerán sobre Tergeste, no lejos de Aquileia.
—¿Y dices que los tres grupos disponen de seis meses para hacer el
viaje? —inquirió Mario—. Bien, no digo que los teutones no lo consigan, pero
los cimbros tienen un itinerario mucho más largo, y el grupo hibrido, todavía
más.
—Pues ahí te equivocas, Cayo Mario —replicó Sila—, porque, en realidad,
desde el punto del Mosa en que se separan los tres grupos, la distancia que
recorre cada uno de ellos es igual. Los tres tienen que atravesar los Alpes,
pero sólo los teutones los cruzan por territorio que no han atravesado antes.
¡En los últimos dieciocho años los germanos han ido
a todos los sitios cruzando los Alpes! Han bajado desde el nacimiento
del Danubius en Dacia, han bajado por el Rhenus desde sus fuentes en Helella y
han descendido por el Rhodanus desde sus fuentes en Arausio. Son veteranos
alpinistas.
—¡Por Júpiter, Lucio Cornelio, es magistral! —masculló Mario con un
silbido—. Pero ¿llegarán en la fecha prevista? Quiero decir que Boiorix tiene
que contar con que los tres grupos lleguen a la Galia itálica en octubre.
—Yo creo que los teutones y los cimbros la alcanzarán por esa fecha,
porque están bien dirigidos y muy motivados. En cuanto a los otros, no estoy
muy seguro; ni creo que lo esté Boiorix.
Sila se levantó de la camilla y comenzó a pasear de arriba abajo.
—Hay otra cosa, Cayo Mario, y es algo muy serio. Después de dieciocho
años de andar de un lado para otro, los germanos están cansados y quieren
desesperadamente asentarse. Hay un gran número de niños que han crecido,
convirtiéndose en jóvenes guerreros sin tener una patria. En realidad se ha
estado hablando de regresar al Quersoneso Címbrico, ya que hace tiempo que el
mar ha retrocedido y la tierra vuelve a ser fértil.
—¡Ojalá lo hicieran! —exclamó Mario.
—Pero ya es demasiado tarde —dijo Sila, paseando incansable—. Ahora ya
se han acostumbrado al pan blanco crujiente para untar mantequilla, a mojar la
salsa de buey y a acompañar sus horrendas morcillas de sangre. Les gusta el
calor del sol del sur y la proximidad de las grandes montañas blancas. Primero
Panonia y Noricum, luego la Galia. Nuestro mundo es más rico, y ahora que
tienen por jefe a Boiorix, han decidido apoderarse de él.
—No, mientras yo tenga el mando, no lo conseguirán —dijo Mario
arrellanándose en la silla—. ¿Eso es todo?
—Todo... y nada —replicó Sila con aire entristecido—. Podría hablarte de
ellos días seguidos. Pero de momento es cuanto necesitas saber.
—¿Y tu mujer y tus hijos? ¿Los has dejado para que los eliminen al no
tener un guerrero que ofrecer a la comunidad?
—¿No es curioso? —inquirió Sila, pensativo—. Me resultó imposible, y lo
que hice fue llevar a Germana y a los niños con los queruscos que viven
al norte del Chatti, a orillas del río Visurgis. Su tribu pertenece a
los queruscos, aunque se llaman los marsos. Extraño, ¿no crees? Nosotros
tenemos nuestros marsos y los germanos los suyos; el nombre se pronuncia
exactamente igual. Lo que hace pensar en cómo llegamos a ser lo que somos...
¿Será parte de la naturaleza humana vagabundear en busca de nuevas patrias?
¿Nos cansaremos los romanos de Italia algún día y emigraremos a otra parte? He
pensado mucho a propósito del mundo desde que me uní a los germanos, Cayo
Mario.
Por algún motivo que no alcanzaba a entender, estas últimas palabras de
Sila casi hicieron llorar a Mario, por lo que dijo con voz más queda de lo
habitual:
—Me alegro de que no dejaras que la matasen.
—Yo también, a pesar de que no tenía tiempo. Me preocupaba no llegar a
verte antes de las elecciones consulares, ya que pensé que mis informaciones te
servirían mucho —dijo con un carraspeo—. En realidad, me comprometí a concluir
un tratado de paz y amistad, en tu nombre, naturalmente, con los marsos de
Germania. Pensé que así, en cierto modo, mis hijos tendrán un atisbo de Roma.
Germana me ha prometido criarlos de forma que piensen bien de Roma.
—¿No volverás a verla? —inquirió Mario.
—¡Claro que no! —replicó Sila sin pensárselo dos veces—. Ni a los
gemelos. Cayo Mario, no pienso volver a dejarme crecer el pelo ni el bigote, ni
a viajar lejos de las tierras mediterráneas. La dieta de buey, leche,
mantequilla y gachas de avena no se acomoda a mi estómago romano; ni me gusta
vivir sin bañarme y me desagrada la cerveza. Yo he hecho lo que he podido por
Germana y los niños, llevándolos a donde la falta de un guerrero no significa
la muerte para ellos; pero le he dicho a ella que intente buscar otro hombre.
Es lo razonable y lógico. Si todo va bien, sobrevivirán; y mis hijos serán unos
buenos germanos. ¡Fieros guerreros, espero! Y espero que más importantes que
yo. No obstante, si la Fortuna no hace que sobrevivan, mejor que yo no lo sepa,
¿no crees?
—Efectivamente, Lucio Cornelio —contestó Mario, mirándose las manos que
asían la copa y sorprendiéndose al verse los nudillos blancos.
—La única ocasión en que doy crédito a las alegaciones de Metelo
Numídico el Meneítos respecto a tus orígenes vulgares —dijo Sila en tono
jocoso—, es cuando algún incidente excita tu adormecida sentimentalidad de
campesino.
—Lo peor de ti, Sila —replicó Mario, clavando en él su mirada—, es que
no sé qué es lo que te hace funcionar. Qué es lo que te hace mover las piernas,
balancear los brazos y por qué sonríes como un lobo. Ni qué es lo que realmente
piensas. Eso sí que no lo sabré nunca.
—Ni nadie, cuñado, por si te sirve de consuelo. Ni yo mismo — respondió
Sila.
* * *
Aquel mes de noviembre parecía que Cayo Mario no iba a conseguir ser
cónsul para el próximo año. Una carta de Lucio Apuleyo Saturnino disipó toda
esperanza de otro plebiscito que le autorizase a ser nombrado por tercera vez
cónsul in absentia.
El Senado no va a cruzarse de brazos de nuevo, porque ahora casi toda
Roma está convencida de que los germanos no van a presentarse. Nunca. De hecho,
los germanos se han convertido en una nueva Lamia, un monstruo tan manido para
inspirar terror, que ya no asusta a nadie.
Naturalmente, vuestros enemigos han puesto el grito en el cielo alegando
que ya es el segundo año en la Galia Transalpina en que os dedicáis a reparar
calzadas y a excavar canales navegables, y alegan que vuestra presencia allá
con un numeroso ejército le cuesta al Estado más de lo que puede permitirse, y
más teniendo en cuenta el precio que ha alcanzado el trigo.
He sondeado las aguas electorales en lo que respecta a nombraros cónsul
in absentia por tercera vez y se me ha quedado helado el dedo del pie que
sumergí en ellas. Vuestras posibilidades mejorarían algo si vinierais a Roma y
participaseis personalmente en los comicios. Pero, claro, si hacéis eso,
vuestros enemigos argüirán que el supuesto peligro en la Galia Transalpina no
existe.
Sin embargo, he hecho cuanto pude y he obtenido apoyo del Senado de modo
que logréis que se os prorrogue el mando con categoría proconsular. Esto
significa que los cónsules del año que viene serán vuestros superiores. Y, como
divertida nota final, os diré que el candidato consular favorito para el año
que viene es Quinto Lutacio Catulo. Los electores están tan hartos de que se
presente cada año que han decidido quitárselo de en medio votándole. Espero que
ésta os halle bien de salud.
Cuando Mario acabó de leer la breve misiva de Saturnino, permaneció
sentado un buen rato con el entrecejo fruncido. Aunque las noticias eran
adversas, había cierto aire desenvuelto en la carta, como si el propio
Saturnino diese por sentado que Mario era algo del pasado y estuviera
dedicándose a reconsiderar las cosas. Cayo Mario no tenía garra para el
electorado; había perdido influencia, dado que los germanos eran un peligro
menor en comparación con la revuelta de esclavos en Sicilia y el abastecimiento
de trigo. El monstruo Lamia había muerto.
Bien, pues el monstruo Lamia no estaba muerto, y Lucio Cornelio Sila
estaba vivo para demostrarlo. Pero ¿qué interés había en enviar a Sila a Roma
para que lo corroborara si él, Cayo Mario, no podía acompañarle? Sin apoyo y
sin poder, Sila no lograría imponerse; tendría que explicar la historia a
demasiados personajes adversarios de su comandante, hombres a quienes aquello
de que un aristócrata romano hubiese estado casi dos años disfrazado de galo
les parecía una farsa tan sin pies ni cabeza, que toda Roma acabaría pensando
que era un cuento. No, o viajaban los dos a Roma o ninguno.
Tomó papel, pluma y tinta, y se dispuso a escribir a Lucio Apuleyo
Saturnino.
Os habréis vengado, Lucio Apuleyo, pero recordad que fui yo quien hizo
posible que sobrevivieseis hasta poder resarciros. Aún me estáis obligado, y yo
espero de vos una clientela leal.
No supongáis que no puedo acudir a Roma. Aún puede presentarse la
oportunidad. O, cuando menos, quiero que actuéis como si efectivamente, fuese a
presentarme en Roma. Así que aquí está lo que quiero. La necesidad más
inmediata es posponer las elecciones consulares, una tarea que vos y Cayo
Norbano, como tribunos de la plebe, sois bien capaces de llevar a cabo. Lo
haréis con todo entusiasmo, dedicando a ello todas vuestras energías. Después,
espero que sepáis utilizar ese cerebro de que gozáis para aprovechar la primera
oportunidad que os permita presionar al Senado y al pueblo para que me llamen a
Roma.
Iré a Roma, no lo dudéis. Así que, si queréis elevaros mucho más en el
tribunado del pueblo, os interesa seguir siendo el instrumento de Cayo Mario.
Y a finales de noviembre un viento del este trajo a Cayo Mario el
inesperado beso de la diosa Fortuna, en forma de una segunda carta de
Saturnino, que llegó por mar dos días antes de que el correo del Senado con los
despachos alcanzase Glanum. Decía Saturnino, muy humilde:
No dudo de que vendréis a Roma. Al mismo día siguiente al recibo de
vuestra aleccionadora nota, vuestro estimado colega Lucio Aurelio Orestes,
segundo cónsul, murió de repente. Y, aun a riesgo de sufrir vuestras censuras,
aproveché la oportunidad para forzar al Senado a que os llamase. No era ése el
plan trazado por los padres de la patria, quienes mediante el portavoz de la
cámara recomendaron que los padres conscriptos eligiesen un cónsul suffectus
para ocupar la silla dejada vacante por Orestes. Pero, ¡oh sorprendente
suerte!, el día anterior Escauro habia pronunciado un largo discurso en la
cámara diciendo que vuestra presencia en la Galia Transalpina era una afrenta a
la credulidad de todos los varones honrados y que habíais fabricado el pánico a
los germanos para haceros elegir como auténtico dictador. Por supuesto, nada
más morir Orestes, Escauro cambió de tonada completamente: la cámara no osaría
llamaros a ejercer las funciones electorales teniendo Italia encima la amenaza
germana, y, por consiguiente, la cámara debía nombrar un cónsul suplente para
no interrumpir las elecciones.
Como no he tenido tiempo de comenzar a valerme del cargo de tribuno para
posponer las elecciones, creo que ya es innecesario. En lugar de eso, me
levanté en la cámara y pronuncié un sagaz discurso para que nuestro estimado
príncipe del Senado pudiera interpretarlo de dos maneras. O hay una amenaza
germana o no la hay. Y decidí aceptar su discurso del día anterior como su
sincera opinión: no había amenaza germana. Por consiguiente, no había necesidad
de ocupar la silla de marfil del finado cónsul con un suffectus. No, dije, hay
que llamar a Cayo Mario y que Cayo Mario lleve a cabo la tarea para la que ha
sido elegido. No necesitaba acusar a Escauro de modificar su punto de vista en
el segundo discurso para acomodarse a las circunstancias. Todos lo entendieron.
Espero que ésta llegue antes que el correo oficial. La época del año
favorece la ruta marítima, aunque, naturalmente, podríais deducir perfectamente
los acontecimientos leyendo los comunicados del Senado. Pero si consigo que mi
carta llegue antes que ellos, tendréis algo más de tiempo para planificar
vuestra campaña en Roma. He comenzado a mover las cosas entre los electores,
naturalmente, y cuando lleguéis a Roma dispondréis de una delegación de los más
respetables dirigentes del pueblo que os rogará que os presentéis a las
elecciones de cónsul.
—¡Nos marchamos! —dijo Mario, eufórico, a Sila, entregándole la carta de
Saturnino—. Recoge tus cosas, no hay tiempo que perder. Vas a testificar ante
la cámara que los germanos van a invadir Italia por tres frentes distintos el
año que viene en otoño, y yo diré a los electores que soy el único capaz de
detenerlos.
—¿Hasta dónde llego? —inquirió Sila, sorprendido.
—Hasta donde tengas que hacerlo. Yo iniciaré el asunto y expondré lo que
hemos descubierto. Y tú lo corroborarás, pero no de un modo que des a entender
a la cámara que has vivido como un bárbaro —respondió Mario con gesto de
tristeza—. Hay cosas, Lucio Cornelio, que es mejor no decirlas. Ellos no te
conocen lo suficiente para entender la clase de hombre que eres. No les digas
cosas que puedan utilizar contra ti más adelante. Eres un patricio romano;
déjalos que crean que tus audaces hazañas las hiciste como patricio romano.
—¡Es de todo punto imposible andar entre los germanos vestido de
patricio romano! —replicó Sila meneando la cabeza.
—Ellos no lo saben —replicó Mario con una sonrisa—. ¿Recuerdas lo que
decía Publio Rutilio en su carta? Los generales de salón de los bancos de
atrás, los llamaba. Pues, igualmente, son espías de salón y serían incapaces de
conocer las reglas del espionaje aunque las tuvieran delante de las narices
—añadió con una carcajada—. En realidad, ojalá te hubiese dicho que te dejases
un poco más el bigote y el pelo largo. Te habría vestido de germano y te habría
paseado por el Foro. Y sabes lo que habría sucedido, ¿no?
—Que nadie me habría reconocido —respondió Sila con un suspiro. —Exacto.
Así que no sometas a esfuerzo innecesario su imaginación
romana. Yo tomaré la palabra primero y tú continúas —dijo Mario.
Para Sila, Roma no ofrecía ese vigor político o esa calidez doméstica
que representaban para Mario. Pese al brillante desempeño de su cargo de
cuestor con Mario y su no menos brillante carrera de espía, también a las
órdenes de Mario, no era más que uno de los nuevos senadores jóvenes con futuro
que actuaban ensombrecidos por el primer hombre de Roma. Y su carrera política
para el porvenir tampoco marchaba lo bastante aprisa, sobre todo teniendo en
cuenta su tardía incorporación al Senado; era un patricio, y, por consiguiente,
no podía ser tribuno de la plebe, no tenía dinero para aspirar a una silla
curul y no llevaba suficiente tiempo en el Senado para poder ser pretor. Era el
aspecto político de las cosas. En su casa se encontró con un ambiente amargo e
irritante, perturbado aún más por una esposa que bebía en exceso y no se
ocupaba de los niños, y por una suegra que sentía por él la misma repulsa que
por su propia situación. Esa era la faceta doméstica.
Sí, el ambiente político mejoraría para él; no estaba tan deprimido como
para no verlo, pero el clima del hogar tenía necesariamente que empeorar. Y lo
que más arduo le resultaba en su estancia en Roma era el cambio de vida de
estilo germano al romano. Durante casi un año había vivido con Germana en un
medio más ajeno aún a su mundo aristocrático que el de los viejos tiempos de
lupanar del Subura. Y Germana era su solaz, su fortaleza, su punto normal de
referencia en aquella extraña sociedad bárbara.
No le había sido difícil agarrarse a la cola de la cometa cimbra, porque
él era un guerrero valiente y fuerte, y, además, era un guerrero que sabía
pensar. En valentía y fortaleza física le aventajaban muchos germanos; pero
ellos eran un metal sin aleación, y él poseía el temple final en el que la
astucia se unía al valor y era tan escurridizo como fuerte. Sila era el
muchacho frente al gigante, el hombre que, para destacar en el combate armado,
no disponía de otro medio que el de pensar. Por eso había
destacado en seguida en el campo de batalla contra las tribus de los
Pirineos de Hispania, siendo aceptado en la hermandad de guerreros.
Luego, él y Sertorio habían acordado que si tenían que integrarse en
aquel extraño mundo con posibilidades de acceder a los planes de los germanos
(como habían hecho), tenían que ser algo más que soldados útiles. Tendrían que
crearse un núcleo en la vida tribal. Por eso se habían separado para integrarse
en tribus distintas y habían elegido esposa entre las viudas recientes.
Había puesto los ojos en Germana porque también era una forastera y no
tenía hijos. Su hombre había sido jefe de su propia tribu cimbra, porque, si
no, las mujeres de la tribu nunca habrían tolerado la presencia de una
extranjera, ya que usurpaba el puesto que habría debido ocupar una mujer
cimbra. Y las indignadas cimbras ya planeaban apalearla a muerte cuando Sila
—meteoro entre los demás guerreros— había saltado sobre su carro para
apropiársela. Compartirían su condición de extranjeros. No había habido ningún
sentimiento ni atracción alguna en la elección de Germana la querusca;
sencillamente, ella le necesitaba más que cualquier mujer cimbra de la tribu y,
al mismo tiempo, se encontraba menos ligada al grupo que una cimbra auténtica.
Así, si llegaba a descubrir su origen romano, existían menores posibilidades de
que le denunciase que en el caso de una cimbra.
Como todas las mujeres bárbaras, Germana era muy ordinaria. La mayoría
eran altas, fuertes y físicamente armónicas, con piernas largas y buenos
pechos, pelo pajizo, ojos muy azules y un rostro blanco que le hacía a uno
olvidar la fealdad de sus grandes bocas y pequeñas narices rectas. Germana era
mucho más baja que Sila (quien, según los cánones romanos, tenía la respetable
estatura de seis pies menos tres pulgadas; Mario, con una pulgada por encima de
seis pies, era muy alto) y más regordeta que sus congéneres. Aunque tenía el
pelo muy espeso y largo, era de esa tonalidad indefinida, universalmente
conocido como color "ratón", y tenía ojos gris oscuro que entonaban
con el pelo. En lo demás, correspondía bastante al tipo germano: huesos
craneales bien marcados, nariz fina y delgada como una hoja corta y recta.
Tenía treinta años y no había concebido; de no haber
sido su hombre el jefe, que se había negado a dejarla, Germana habría
perecido.
Lo que destacaba en ella para haber sido elegida sucesivamente por dos
hombres de categoría superior, no era evidente a primera vista. Su primer
hombre la había calificado de distinta e interesante, pero sin precisar más;
Sila detectó en ella una aristocracia natural, viéndola como una mujer delicada
y altiva que irradiaba un gran atractivo sexual.
Se avinieron muy bien en todos los aspectos, pues ella era lo bastante
inteligente para no exigir demasiado sexualmente, razonable para no ponerle
trabas, lo bastante apasionada para darle placer en la cama, lo bastante
coherente para establecer una buena comunicación y hacendosa de sobra para no
darle más tarea. Germana sabía tener siempre recogidos los animales, bien
marcados, bien ordeñados, debidamente emparejados y bien cuidados. El carro de
Germana estaba siempre perfectamente con el toldo bien tenso y arreglado o
parcheado, con las maderas bien engrasadas y limpias, igual que las grandes
ruedas que lubricaba con una mezcla de mantequilla y unto de buey en los ejes y
los pivotes y a las que nunca faltaban radios ni segmentos de la llanta. Las
cacerolas y vasijas de Germana siempre estaban limpias; las provisiones las
tenía bien preservadas de la humedad y los insectos; la ropa y las esteras,
siempre bien aireadas y secas; poseía unos cuchillos admirablemente afilados y
nunca se dejaba nada tirado. Germana, realmente, era la antítesis de Julilla.
Salvo que no tenía sangre romana.
Cuando supo que estaba encinta —cosa que advirtió en seguida—, a los dos
les encantó. Y a Germana con mayor motivo. Ahora estaba en paz con la tribu a
la que no pertenecía y la vergüenza de su anterior esterilidad repercutía
claramente sobre el jefe muerto. Detalle que no gustó nada a las mujeres de la
tribu, que tanto la odiaban. Pero no pudieron hacer nada, porque en primavera,
cuando los cimbros pusieron rumbo norte hacia las tierras de los aduatucos,
Sila era el nuevo jefe. Germana, como puede colegirse, había tenido una inmensa
suerte.
Y luego, en el Sextilis, tras una gestación que soportó sin una queja,
dio a luz dos mellizos, gordos, sanos y pelirrojos. Sila les llamó German y
Cornel. Se había estrujado la mollera para encontrar un nombre que en
cierto modo perpetuase su gens Cornelio, y que, al mismo tiempo, no sonase
extraño en lengua germana. "Cornel" fue la solución.
Los niños eran una delicia como todos los gemelos: tan iguales, que era
difícil distinguirlos, muy bien avenidos y más dedicados a crecer que a llorar.
Los mellizos no eran muy frecuentes, y su nacimiento en el seno de aquella
pareja extranjera se consideró un buen augurio, que a Sila le valió la jefatura
del grupo de pequeñas tribus. En consecuencia, pudo asistir al gran consejo
convocado por Boiorix para los tres pueblos de germanos cuando el rey de los
cimbros dirimió sin sangre las fricciones entre aduatúcos y teutones.
Ya hacía tiempo, naturalmente, que Sila sabía que tendría que irse
pronto, pero había pospuesto la marcha hasta después del gran consejo,
consciente de que le preocupaba lo que habría debido ser una consideración muy
secundaria, es decir, qué les sucedería a Germana y a sus hijos al desaparecer
él. Era muy posible que pudiese confiar en los hombres de su propia tribu, pero
no en las mujeres; y era sabido que en cualquier situación interna de la tribu
prevalecería la opinión de las mujeres. En cuanto él desapareciera, Germana
perecería apaleada, aunque no mataran a los niños.
Estaban en septiembre y el tiempo apremiaba. Sin embargo, Sila adoptó
una decisión que iba contra sus propios intereses y contra los de Roma. Aunque
apenas tenía tiempo, antes de regresar al campamento de Mario llevaría a
Germana a su propia tribu en Germania. Y eso significaba que tendría que
decirle quién era. A ella, más que sorprenderla, la fascinó; miró sucesivamente
a sus hijos, maravillada, como si en ese momento comprendiese realmente lo
importantes que eran, cual si fuesen los hijos de un semidiós, y no se mostró
apenada cuando le dijo que tendría que dejarla para siempre, pero sí manifestó
gratitud cuando le aseguró que antes la conduciría hasta su tribu de los marsos
en Germania, con la esperanza de que entre sus gentes estaría protegida y salvaría
la vida.
A principios de octubre abandonaron el gigantesco enclave de los carros
germanos a primeras horas de la noche, tras elegir previamente un emplazamiento
para su carro y sus animales desde el cual su marcha
llamase menos la atención. Al amanecer aún estaban abriéndose camino
entre los carros de las tribus, pero nadie se fijó en ellos y un par de días
después ya habían salido del enclave de la migración.
Los aduatucos estaban a unas cien millas de los marsos y el terreno que
los separaba era bastante plano; pero entre la Galia Cabelluda de los belgas y
Germania se hallaba el río mayor de toda Europa occidental: el Rhenus. Tendría
que cruzarlo con el carro de su esposa y tenía que defender a su familia de los
merodeadores. Y Sila lo hizo a su manera simple y directa: confiando en sus
vínculos con la diosa Fortuna, que nunca le abandonaba.
Cuando llegaron al Rhenus, se encontraron las orillas llenas de gente
que no prestaba atención a un carro solitario en el que viajaba un germano con
dos mellizos pelirrojos en brazos de la madre. Una barcaza para transbordar
carros cruzaba periódicamente el gran río a cambio de una tinaja del
apreciadísimo trigo; como el verano había sido bastante seco, las aguas bajaban
tranquilas, y Sila, previo el pago de tres tinajas de trigo, logró que cruzasen
el carro de Germana y los animales.
Una vez en Germania, prosiguieron el viaje a buen ritmo, ya que no había
grandes bosques en aquella región y solamente algunos cultivos de forraje para
el ganado en invierno. La tercera semana de octubre Sila dio con la tribu marsa
de Germana y se la confió, al mismo tiempo que concluía un tratado de paz y
amistad entre los marsos germanos y el Senado y el pueblo de Roma.
Luego, cuando llegó el momento de la despedida definitiva, lloraron muy
apenados y vieron que resultaba más difícil de lo que habían creído. Con los
mellizos en brazos, Germana siguió a pie a Sila hasta que el caballo la dejó
atrás y, entre grandes lamentos, su imagen se fue perdiendo en la distancia
para siempre, y él, enceguecido por las lágrimas, impulsaba al animal hacia el
sudoeste, confiando durante varias millas en su solo instinto.
La gente de Germana le había dado una buena montura y pudo cambiarla por
otro buen corcel al final de la jornada y continuar así cambiando de caballo
durante los doce días que tardó en llegar desde el nacimiento del río Amisia,
en donde estaba asentada la tribu de los marsos,
hasta el campamento de Mario en Glanum. Viajaba siempre a campo
traviesa, evitando montañas y espesos bosques, y siguiendo el curso de los
grandes ríos del Rhenus al Mosela, del Mosela al Arar y de éste al Rhodanus.
Iba tan acongojado que tuvo que esforzarse por fijarse bien en las
gentes de las regiones por las que pasaba, aunque en cierta ocasión se
sorprendió al oírse hablando el galo de los druidas y se dijo que dominaba
varios dialectos germánicos y el galo carnútico, ¡él, Lucio Cornelio Sila,
senador romano!
Pero lo que él y Quinto Sertorio descubrieron referente a las
disposiciones de los germanos en tierras de los aduatucos no cristalizaría
hasta la primavera siguiente, mucho después de que ambos hubiesen dejado a sus
esposas en Germania. Pues cuando los miles y miles de carros comenzaron a
moverse y los tres grandes contingentes de bárbaros se separaron para invadir
Italia, cimbros, teutones, tigurinos, queruscos y marcomanos dejaron con los
aduatucos algo que los protegiese hasta su regreso: una fuerza de seis mil de
los mejores guerreros, que impidiesen las incursiones de otras tribus y que
defendiesen los tesoros tribales que también les confiaron; todas las
estatuillas de oro, los carros de oro, los arneses de oro, las ofrendas votivas
de oro, las monedas de oro, los lingotes de oro, varias toneladas del más fino
ámbar y otros objetos preciosos que habían añadido durante su última migración
al acervo de varias generaciones. El único oro que transportaron los bárbaros
fue el que llevaban sobre sus personas; lo demás quedó escondido en tierras de
los aduatucos, de forma muy parecida a como los volcos tectosagos habían hecho
en Tolosa con el oro de los pueblos galos.
Así, cuando Sila volvió a ver a Julilla, no pudo por menos de establecer
la comparación con Germana y la encontró descuidada, veleidosa, poco instruida,
desordenada y odiosa. Al menos desde su anterior reencuentro había aprendido a
no lanzarse indecorosamente en sus brazos a la vista de los criados. Pero
durante la comida en casa aquel primer día pensó que, probablemente, aquella
actitud contenida era más bien debida a la presencia
de Marcia que a un auténtico deseo por complacerle. Sí, Marcia se hacía
notar: era una matrona rígida, hierática, seria, adusta e implacable. No había
envejecido bien y, tras tantos años de felicidad como esposa de Cayo Julio
César, la viudez le resultaba insoportable. Además, Sila sospechaba que
detestaba ser la madre de una hija tan poco satisfactoria como Julilla.
Y no era de extrañar. Porque él mismo detestaba estar casado con una
esposa tan poco satisfactoria como Julilla. Sin embargo, no habría sido buena
política echarla, dado que no era ninguna Metela Calva que se refocilase
indiscriminadamente con el pueblo bajo; ni con el pueblo alto. Quizá la
fidelidad fuese su única virtud, y, desgraciadamente, su vicio de la bebida no
había trascendido a tal extremo que en Roma se supiese que era una borracha
porque Marcia había hecho lo imposible por ocultarlo. En consecuencia: quedaba
descartado un divorcio por disfarreatio (aun en el caso de que hubiese estado
dispuesto a enfrentarse al tremendo proceso).
No obstante, resultaba imposible vivir con ella. Sus exigencias fisicas
en el dormitorio eran tan acuciantes y ásperas, que él lo único que sentía era
una profunda turbación abrasadora y horrible; bastaba con mirarla para que
todos sus tejidos eréctiles se retrayeran como los caracoles de Publio
Vagienio. No le apetecía tocarla ni que ella le tocara.
Para una mujer era fácil fingir deseo sexual y placer, pero para un
hombre ambas cosas resultan imposibles. Si los hombres eran por naturaleza más
auténticos —pensaba Sila— era, sin duda, porque llevaban entre las piernas un
fehaciente indicativo que regía todas las facetas del comportamiento masculino.
Y si había algo que justificase la atracción mutua entre hombres era el hecho
de que el acto erótico no requería ir acompañado de un acto de fe.
Todos aquellos razonamientos nada bueno presagiaban para Julilla, quien
ignoraba lo que pensaba su esposo pero estaba desalentada por su evidente falta
de motivación. Dos noches seguidas se vio rechazada, al tiempo que Sila perdía
la paciencia y sus excusas se hacían más superficiales y menos convincentes. La
tercera vez, Julilla se levantó por la mañana antes que el propio Sila para
hacer un copioso desayuno con vino y su madre la sorprendió.
Aquello dio lugar a una discusión entre las dos, tan acerba y cáustica,
que la muchacha lloró, los esclavos se escondieron y el propio Sila se encerró
en el tablinum mascullando maldiciones contra todas las mujeres. Lo que colegía
por las palabras que había oído, apuntaba a que se trataba de una discusión por
algo que no era nuevo ni sucedía por primera vez. Los niños, gritaba Marcia con
potencia suficiente para que se la oyera desde el templo de la Magna Mater,
estaban completamente abandonados por la madre; Julilla replicaba, con
chillidos susceptibles de oírse hasta en el Circo Máximo, que ella le había
robado el cariño de sus hijos y que no se lo reprochase.
El enfrentamiento verbal fue tan violento y duró tanto, que a Sila no le
quedó la menor duda de que el tema había sido debidamente debatido en
anteriores ocasiones. Era como si repitiesen maquinalmente los reproches, que
concluyeron en el atrium frente a la puerta de su despacho, momento en el que
Marcia dijo a Julilla que se llevaba a los niños y a la niñera a dar un paseo y
que no sabía cuándo volvería, pero que más le valía estar sobria a su regreso.
Con las manos en los oídos para no escuchar los patéticos sollozos y
súplicas de los niños, mediando entre madre y abuela, Sila trató de
concentrarse en la idea de lo maravillosos que eran los pequeños. Aún le duraba
el placer de volver a verlos después de tanto tiempo; Cornelia Sila tenía algo
más de cinco años y el pequeño Lucio Sila cuatro. Ya eran personitas con edad
para sufrir, como él bien sabía por los recuerdos de su niñez que aún
conservaba en algún rincón de la memoria. Si algún paliativo había en el
abandono de sus dos hijos gemelos germanos, estribaba en el hecho de que cuando
lo había hecho eran aún muy pequeños, unos seres de boquita balbuciente, que
sólo balanceaban la cabeza y cuyo cuerpo, de pies a cabeza, era una masa
regordeta. Le resultaría mucho más dificil dejar a sus hijos romanos, porque ya
eran personas. Los compadecía profundamente, porque los amaba mucho; con un
sentimiento muy distinto al que había sentido nunca por un hombre o una mujer.
Desinteresado y puro, sin tacha y absoluto.
La puerta del despacho se abrió de golpe y Julilla entró en un revuelo
de túnicas, con los puños cerrados y el rostro congestionado de furor. Y
borracha.
—¿Lo has oído? —inquirió gesticulando.
—¿Cómo no iba a oírlo? —replicó Sila con voz cansada, dejando la pluma—.
Se habrá oído en todo el Palatino.
—¡Esa vieja vaca, esa latosa! ¿Cómo Se atreve a decirme que descuido a
mis hijos?
¿Lo hago o no lo hago?, se dijo Sila para sus adentros. ¿Por qué la
aguanto? ¿Por qué no cojo mi cajita de polvos blancos de Pisa y se los echo en
el vino hasta que se le caigan los dientes, la lengua se le consuma como una
mecha y sus pechos se le inflen y exploten como cuescos de lobo? ¿Por qué no me
busco una buena encina y cojo unas hermosas setas y se las doy hasta que sangre
por todos sus orificios? ¿Por qué no le doy el beso que ansía y le retuerzo el
asqueroso pescuezo igual que a Clitumna? ¿Cuántos hombres he matado con la
espada, el puñal, el arco, el veneno, con piedras, hacha, palo, correa, con mis
propias manos? ¿Por qué ella tiene que ser distinta? La respuesta le vino
inmediatamente, por supuesto. Julilla había materializado sus sueños, le había
dado suerte; y era una patricia romana, sangre de su sangre. Antes mataría a
Germana.
Pese a todo, las palabras no matarían a aquella romana fuerte y
nerviosa; así que podía usar palabras.
—Descuidas a los niños —dijo—. Por eso traje a tu madre para que viviese
aquí.
Ella contuvo un grito, llevándose las manos a la garganta
aparatosamente.
—¡Oh! ¿Pero cómo te atreves? ¡Nunca he descuidado a los niños! —No digas
tonterías. Siempre te han importado un bledo —replicó él
con la misma voz cansada que había adoptado desde que había entrado en
aquel hogar de infortunio—. A tí lo único que te preocupa, Julilla, es una
jarra de vino.
—¿Y quién puede reprochármelo? —espetó ella bajando las manos—. ¿Quién
puede honradamente reprochármelo? ¡Si estoy casada con un
hombre que no me quiere, a quien no se le empina cuando estamos en la
cama, aunque me la meta en la boca y la lama y la chupe hasta que se me
desencajen las mandíbulas!
—Si vamos a ser tan explícitos, ¿quieres hacer el favor de cerrar la
puerta? —dijo él.
—¿Por qué? ¿Para que los utilísimos sirvientes no lo oigan? ¡Qué
asqueroso hipócrita eres, Sila! ¿Y de quién es la vergüenza, tuya o mía? ¿Por
qué nunca es tuya? ¡Tu fama amatoria está lo bastante difundida en la ciudad
para que esa lamentable carencia conmigo sea calificada de impotencia! ¡Sólo
soy yo a quien no quieres! ¡A tu esposa! ¡Ni siquiera se me ha ocurrido mirar a
otro hombre! ¿Y, en cambio, qué es lo que gano? ¡Te pasas dos años lejos y ni
siquiera se te levanta cuando me convierto en irrumator! —Lo había escupido con
sus grandes ojos amarillos y hundidos bañados en lágrimas—. ¿Qué he hecho yo?
¿Por qué no me quieres? ¿Por qué no me deseas? ¡Oh, Sila, mírame con ojos
amorosos, tócame con manos amorosas y no volveré a necesitar un trago de vino en
mi vida! ¿Cómo voy a poder amarte como te amo si no recibo a cambio ni una
chispa de amor?
—Quizá eso sea parte del problema —dijo él con distanciamiento clínico—.
No me gusta que me amen con exceso. No está bien. En realidad, es insano.
—¡Pues dime qué debo hacer para dejar de amarte! —replicó ella
llorando—. ¡Yo no lo sé. ¿Tú crees que puedo? ¡Dímelo, y en menos de lo que
tarda una chispa en prender en la yesca dejaré de amarte! ¡Ojalá pudiera!
¡Ansío dejar de amarte! Pero no puedo. Te quiero más que a mí misma.
Sila lanzó un suspiro.
—Tal vez la solución esté en que seas mayor de una vez. Pareces una
adolescente. Sigues teniendo dieciséis años fisica y mentalmente. Pero ya no
los tienes, Julilla. Tienes veinticuatro años. Eres madre de una hija de cinco
y de un niño de cuatro.
—Quizá a los dieciséis años fue la última vez en que fui feliz —replicó
ella, restregándose las mojadas mejillas con la palma de la mano.
—Si no has sido feliz desde los dieciséis años, dificilmente me lo
puedes reprochar a mí —dijo Sila.
—Tú nunca tienes la culpa de nada, ¿verdad?
—Eso es una verdad como un templo —replicó él con ínfulas de
superioridad.
—¿Y con otras mujeres?
—¿Qué pasa con otras mujeres?
—Es muy posible que uno de los motivos para que no hayas mostrado ningún
interés por mí desde que has vuelto sea que tienes una mujer escondida en la
Galia...
—No es una mujer —replicó él sin alterar la voz—, es mi esposa. Y no
está en la Galia, sino en Germania.
—¿Una esposa? —dijo ella, boquiabierta.
—Sí, eso es; con arreglo a las costumbres germanas. Y con unos mellizos
de unos cuatro meses —añadió cerrando los ojos para que ella no advirtiese su
pena—. Los echo mucho de menos. ¿No es curioso?
Julilla consiguió cerrar la boca y tragar saliva convulsivamente.
—¿Tan hermosa es? —inquirió en un susurro.
—¿Hermosa? —repitió Sila, abriendo los ojos, sorprendido—. ¿Germana?
¡No, en absoluto! Es regordeta y tiene treinta años. No es ni mucho menos tan
hermosa como tú. Ni siquiera tan rubia, y ni siquiera es la hija de un jefe, y
menos de un rey. Es una simple bárbara.
—¿Por qué has hecho eso?
—No sé —respondió Sila, meneando la cabeza—. Supongo que porque me
gustaba mucho.
—¿Y qué tiene ella que no tenga yo?
—Un buen par de pechos —contestó Sila, encogiéndose de hombros—; aunque
a mí no me enloquecen los pechos, así que no debe ser eso. Era muy trabajadora
y nunca se quejaba; nunca esperaba nada de mi... No, no es eso; mejor digamos
que nunca esperaba que fuese quien no soy —añadió, sonriendo complacido—. Sí,
creo que debe de ser eso. Ella era muy suya y nunca me abrumaba con su persona.
Tú eres un preso encadenado a mi cuello, y Germana era como dos cordeles atados
a mis pies.
Sin decir palabra, Julilla le dio la espalda y salió del despacho. Sila
se levantó, fue hasta la puerta y la cerró.
Pero no había transcurrido tiempo suficiente para que reanudara sus
garabatos —ya que aquella mañana era incapaz de escribir con lógica—, cuando la
puerta volvió a abrirse.
El criado asomó la cabeza, haciendo una magistral imitación de una
figura inanimada.
—¿Qué hay?
—Un visitante, Lucio Cornelio. ¿Estais en casa?
—¿Quién es?
—Dominus, de saberlo os habría dicho su nombre —replicó el criado,
hierático—, pero simplemente me ha dicho que os dijera lo siguiente:
"Saludos de Scilax."
El rostro de Sila se iluminó, esbozando una sonrisa de complacencia.
¡Uno de los viejos tiempos! ¡Uno de los suyos, de los comediantes y actores que
frecuentaba! ¡Estupendo! Aquel bobo de criado que había contratado Julilla no
sabía nada, claro que no. Los esclavos de Clitumna no eran lo bastante buenos
para ella.
—¡Hazle pasar!
Él sí que habría sabido de quién se trataba, en cualquier momento. Sin
embargo, ¡cómo había cambiado! Se había hecho un hombre.
—Metrobio —dijo Sila, poniéndose en pie y mirando de reojo a la puerta
para asegurarse de que estaba cerrada. Pero las ventanas estaban abiertas; no
importaba, porque en aquella casa existía la regla inflexible de que nadie se
parase en la columnata en ningún sitio desde el que pudiera verse su despacho.
Debía de tener unos veintidós años, pensó Sila. Bastante alto para ser
griego. Había cortado su larga melena de rizos, dejándose una escueta cofia
varonil, y en las mejillas y mentón, otrora blancos como la leche, apuntaba una
tonalidad azulada, indicio de una barba cerrada muy bien afeitada. Conservaba
aquel perfil de Apolo praxiteliano y algo de aquella placidez ambigua; era como
una vívida estatua de mármol pintado capaz de bajar del
pedestal y echar a andar. Pero permanecía quieto, recogido, ensimismado
y guardando el secreto de su misterio y sus orígenes.
Pero hubo un momento en que el marmóreo dominio de aquella belleza
perfecta cedió: Metrobio miró a Sila lleno de amor y abrió sonriente los
brazos.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Sila y un temblor movió su boca. Ni
se dio cuenta de que su cadera tropezaba con el escritorio al dar la vuelta; se
lanzó a los brazos de Metrobio como a una rada, hundiendo el rostro en su
hombro y rodeándole a su vez. El beso que se produjo fue exquisito, un beso de
corazones afines y adultos, un acto de fe innata, sin ningún matiz doloroso.
—¡Muchacho, mi hermoso muchacho! —exclamó Sila, llorando de gratitud
porque algunas cosas no hubiesen cambiado.
Julilla permanecía junto a la ventana abierta del despacho de Sila,
mirando cómo su esposo se echaba en brazos del joven; los vio besarse, oyó las
amorosas palabras que se decían, vio cómo se dirigían al diván para sentarse e
iniciar los escarceos íntimos de una antigua relación tan satisfactoria para
ambos, que era como un ansiado regreso. No necesitaba que le explicasen que
aquello era el motivo real del desdén de su esposo; y de su afición al vino y
su inconsciente venganza desocupándose de sus hijos. Los hijos de su esposo.
Antes de que se desvistiesen ante sus ojos, Julilla se alejó con la
cabeza muy alta y los ojos secos para entrar en el dormitorio que compartía con
Lucio Cornelio Sila. Su esposo. Había detrás un reducido cubículo que usaban de
vestidor, y ahora más lleno desde el regreso de Sila, pues su panoplia de gala
estaba colocada sobre un caballete, el casco en un pedestal especial y su
espada con empuñadura de marfil, adornada con una cabeza de águila, colgada de
la pared en la vaina.
No le costó descolgar la espada, pero sí sacarla de la vaina y el
correaje. Pero por fin lo consiguió, conteniendo la respiración cuando el filo
le cortó la mano hasta el hueso de lo afilada que estaba. Experimentó cierta
sorpresa al ver que sentía dolor fisico en aquel momento, pero hizo abstracción
del
dolor y la sorpresa y, sin vacilar, la empuñó por la marfileña cabeza de
águila, la volvió hacia ella y se echó contra la pared.
Lo había hecho real. Se desplomó, entre un revuelo de telas
ensangrentadas, al hundirse la espada en su vientre, con el corazón latiéndole
velozmente y sintiendo el estertor de su propia respiración como el de alguien
amenazador a sus espaldas dispuesto a arrebatarle la virtud o la vida. Pero ya
no tenía virtud ni vida, ¿qué podía importar? Ahora sí sentía el horror de la
agonía y aquel calor de su propia sangre regándole la piel. Pero ella era una
Julio César y no iba a pedír socorro ni a lamentar su decisión en aquellos
postreros instantes. Tampoco cruzó su mente el más mínimo pensamiento por sus
hijitos: sólo pensaba en la insensatez de haber amado todos aquellos años a un
hombre al que le gustaban los hombres.
Eso era razón suficiente para morir. No iba a vivir para ser la irrisión
de Roma, para que todas las afortunadas que estaban casadas con hombres de
verdad se burlaran de ella. Conforme se desangraba, su enfebrecida mente
comenzó a enfriarse, a aminorarse, a petrificarse. ¡Ah, qué maravilla dejar por
fin de amarle! Se acabaron los tormentos, las angustias, las humillaciones, el
vino. Le había pedido que le dijera cómo dejar de amarle y él lo había hecho.
Al fin y al cabo, su amado Sila había sido amable. Sus últimos momentos de
lucidez fueron para sus hijos: al menos en ellos perduraría algo de ella misma.
Y así entró en el dulce piélago de la Muerte, deseando a sus hijos una vida
larga y venturosa.
Sila volvió a su escritorio y se sentó.
—¿Hay vino? Sírveme una copa —dijo a Metrobio.
¡Qué parecido al muchacho era el hombre cuando la animación iluminaba su
rostro! Y ello le ayudaba a recordar que aquel muchacho había querido renunciar
a cualquier lujo para vivir en la penuria con su amado Sila.
Sonriente, Metrobio trajo el vino y tomó asiento en la silla de
clientes. —Sé lo que vas a decir, Lucio Cornelio. No podemos tomar esto por
costumbre.
—Sí. Entre otras cosas —replicó Sila dando un sorbo de vino y mirándole
fijamente—. No es posible, queridísimo muchacho. Sólo a veces, cuando la
necesidad, el dolor o lo que sea resulta insoportable. Me separa el canto de un
sestercio de todo lo que me gusta, tú incluido. Si estuviésemos en Grecia, sí;
pero estamos en Roma. Si fuese el primer hombre de Roma, sí; pero no lo soy. Es
Cayo Mario.
—Lo comprendo —dijo Metrobio con una mueca.
—¿Sigues en el teatro?
—Claro. Es lo único que sé hacer. Además, Scilax ha sido un buen
maestro; hay que decirlo. Así que no me falta trabajo y descanso poco —
carraspeó y adoptó un aire preocupado—. El único cambio es que me he vuelto
serio.
—¿Serio?
—Eso es. Resultó que no tenía auténtica vis cómica. Cuando era niño
podía pasar, pero en cuanto crecí, tuve que dejar los Cupidos alados y los
diablillos y comprobé que mi verdadero talento era para la tragedia. Así que
ahora interpreto papeles de Esquilo y Accio en lugar de los de Aristófanes y
Plauto. No me quejo.
—Bueno —dijo Sila encogiéndose de hombros—, así al menos podré ir
al teatro sin descubrirme por ir a verte interpretar el papel de ingenuo
desventurado. ¿Eres ciudadano?
—Lamentablemente, no.
—Ya veré lo que puedo hacer —dijo Sila con un bostezo, dejando la copa y
juntando las manos como un banquero—. Sí que nos veremos, pero no con
frecuencia y nunca más aquí. Tengo una esposa bastante alocada de quien no
puedo fiarme.
—Sería estupendo que nos viésemos de vez en cuando.
—¿Tienes un sitio razonablemente privado o sigues viviendo con Scilax?
—¡Creí que lo sabías! —replicó Metrobio con aire sorprendido—. Pero
claro, ¿cómo ibas a saberlo si has estado años fuera de Roma? Scilax murió hace
seis meses y me dejó todo lo que tenía, incluida la vivienda.
—Pues nos veremos allí —dijo Sila poniéndose en pie—. Vamos, te
acompaño. Y te inscribo como cliente mío; así, si alguna vez necesitas venir
aquí, tendrás una justificación. Te enviaré una nota a casa antes de ir a
verte.
En los hermosos ojos negros afloraba el deseo de un beso cuando se
despidieron en la puerta de la casa, pero ni dijeron ni hicieron nada que
pudiera hacer pensar al hierático mayordomo ni al portero que aquel joven tan
bien parecido fuese algo más que un simple cliente nuevo conocido de los viejos
tiempos.
—Saludos a todos, Metrobio.
—¿No estarás en Roma para el festival de teatro?
—Me temo que no —respondió Sila con una sonrisa displicente—. Por culpa
de los germanos.
Y así se despidieron, justo en el momento en que Marcia aparecía por el
otro extremo de la calle con los niños y la niñera. Sila aguardó a que llegase
y le franqueó la entrada.
—Marcia, haced el favor de venir a mi despacho.
Con mirada recelosa, Marcia entró en el despacho y se dirigió al diván,
en el que Sila advirtió horrorizado una mancha húmeda.
—Sentaos en la silla, si no os importa —dijo.
Ella tomó asiento, mirándole con ceño, la barbilla alta y los labios
apretados.
—Suegra, sé que no os gusto y no pretendo ganarme vuestro afecto —
comenzó a decir Sila, asegurándose de aparentar una actitud de completa
despreocupación y tranquilidad—. Yo tampoco os pedí que vinieseis a vivir aquí
porque me gustaseis. Me preocupaban los niños, y siguen preocupándome. Debo
agradeceros de todo corazón todo lo que habéis hecho; los habéis cuidado muy
bien y han vuelto a ser unos niños romanos.
—Me alegra que lo creáis así —dijo ella, ablandándose un poco.
—En consecuencia, ya no son ellos mi principal preocupación, sino
Julilla. Esta mañana oí la disputa que sostuvisteis con ella.
—¡Todo el mundo lo oyó! —espetó Marcia.
—Sí, cierto... —replicó Sila con un profundo suspiro—. Cuando os
llevasteis a los niños de paseo tuvimos un altercado que también oyó todo el
mundo... o al menos lo que ella gritaba. No sé si tenéis alguna idea respecto a
lo que debemos hacer.
—Lamentablemente —replicó Marcia, plenamente consciente de que lo había
ocultado— muy poca gente sabe que bebe como para que os sirva de pretexto para
el divorcio, y como único motivo. Cada vez bebe más y no voy a poder seguir
ocultándolo. Cuando lo sepan todos, podréis repudiarla sin que parezca
censurable.
—¿Y si eso sucede mientras yo esté fuera de Roma?
—Yo soy su madre y puedo expulsarla. Si sucede en vuestra ausencia, la
enviaré a vuestra villa de Circei, y cuando volváis, podéis divorciaros y
encerrarla en otro lugar. Con el tiempo, la bebida la matará —dijo Marcia
poniéndose en pie dispuesta a marcharse y sin dejar traslucir en lo más mínimo
la pena que sentía—. No me gustáis, Lucio Cornelio, pero no os reprocho la
situación de Julilla.
—¿Os gusta alguien de vuestra familia política? —inquirió Sila.
—Sólo Aurelia —espetó Marcia, despectíva.
—No sé dónde estará Julilla —dijo Sila mientras la acompañaba hasta el
atrium, apercibiéndose de pronto que no la había visto ni oído desde que había
llegado Metrobio. Y un estremecimiento le recorrió la columna vertebral.
—Me imagino que estará echada esperándonos —respondió Marcia—. Cuando
empieza el día con una riña, suele seguir rezongando hasta que cae borracha.
—No la he visto desde que salió corriendo del despacho —dijo Sila con
una mueca de disgusto—. Poco después vino a verme un amigo y acababa de
despedirle cuando llegasteis con los niños.
—No suele mostrarse tan retraída —añadió Marcia, dirigiendo una mirada
al mayordomo—. ¿Has visto a la señora? —inquirió.
—La última vez que la vi se dirigía a su dormitorio —respondíó el
hombre—. ¿Le pregunto a su criada?
—No, déjalo —respondió Marcia, mirando de soslayo a Sila—. Creo que
deberíamos hablar con ella ahora mismo, Lucio Cornelio. Tal vez entre en razón
si le decimos lo que le sucederá si no sale de su repugnante situación.
Y encontraron a Julilla, inerte y retorcida. Su ropaje de lana fina
había hecho de esponja, absorbiendo casi toda la sangre, y la hallaron ataviada
de húmedo granate, cual una nereida surgida de un volcán.
Marcia, vacilante, se apoyó en el brazo de Sila y éste la sostuvo.
Pero la hija de Quinto Marcio rex se sobrepuso y conservó impasible el
dominio.
—Es una solución que no me esperaba —dijo con voz neutra. —Ni yo —añadió
Sila, acostumbrado a las matanzas. —¿Qué es lo que le dijisteis?
—Nada que pudiera motivar esto, que yo recuerde —contestó Sila, meneando
la cabeza—. Quizá los criados puedan decírnoslo, ya que oyeron la mitad de la
discusión.
—No, no creo que convenga preguntarles —replicó Marcia, buscando de
pronto refugio en brazos de Sila—. En muchos aspectos, Lucio Cornelio, es lo
mejor que puede haber sucedido. Prefiero que los niños sufran la impresión de
su muerte que la lenta decepción de ver que era una borracha. Son muy pequeños
y lo olvidarán, pero, de haber sido mayores, nunca lo habrían olvidado. Sí, es
lo mejor —añadió reclinando la mejilla en el pecho de Sila, mientras una
lágrima traspasaba sus párpados cerrados.
—Venid, os acompaño a vuestro aposento —dijo él, sacándola del
ensangrentado cubículo—. ¡He sido un insensato en no pensar en mi espada!
—¿Y por qué habíais de pensar?
—Se me ha ocurrido ahora —replicó Sila, que sabía perfectamente por qué
Julilla había recurrido a su espada: habría estado mirando por la ventana
mientras él estaba con Metrobio. Marcia tenía razón. Había sido lo mejor. Y no
había tenido que hacerlo él.
La magia no había fallado; cuando se celebraron las elecciones
consulares, al acceder al cargo los nuevos tribunos de la plebe el décimo día
de diciembre, Cayo Mario volvió a ser primer cónsul. Ninguno podía dejar de
creer el testimonio de Lucio Cornelio Sila ni refutar la afirmación de
Saturnino de que sólo seguía habiendo un hombre capaz de contener a los
germanos. El antiguo temor a los germanos invadió Roma como el Tíber desbordado
y de nuevo los acontecimientos de Sicilia perdieron el primer puesto en la
lista de crisis que, como siempre, no disminuía en número.
—En cuanto eliminamos una, surge rápidamente otra en cualquier sitio
—dijo Marco Emilio Escauro a Quinto Cecilio Metelo Numídico el Meneítos.
—Incluida Sicilia —añadió el cuñado de Lúculo con voz venenosa—. ¿Cómo
iba Cayo Mario a dar apoyo a ese pípínna de Ahenobarbo si estaba empeñado en
que Lucio Lúculo fuese sustituido como gobernador de Sicilia? ¡Y por Servilio
el Augur! ¡No es más que un hombre nuevo bajo el disfraz de un nombre antiguo!
—Te estaba provocando, Quinto Cecilio —dijo Escauro—. A Cayo Mario le
importa un sestercio falso quien gobierne Sicilia, ahora que los germanos van a
llegar por fin. Si querías que Lucio Lúculo siguiera allí, más te habría valido
permanecer tranquilo y Cayo Mario no habría recordado que tú y Lucio Lúculo os
importáis mutuamente.
—El rodillo senatorial necesita ojos atentos que los vigile —replicó el
Numídico—. ¡Voy a presentarme a censor!
—¡Buena idea! ¿Con quién?
—Con mi primo Caprario.
—¡Oh, todavía mejor, por Venus! Hará exactamente lo que tú le digas. —Ya
es hora de que limpiemos el Senado, por no hablar de los
caballeros. Seré un censor inflexible, Marco Emilio, ¡pierde cuidado! —
añadió el Numídico—. Saldrán Saturnino y Glaucia; son peligrosos.
—¡Oh, no lo hagas! —exclamó Escauro acobardándose—. Si no le hubiese
acusado falsamente de especulación con el trigo, se habría convertido en otra
clase de político. Nunca tendré la conciencia tranquila por Lucio Apuleyo.
—¡Mi querido Marco Emilio —replicó el Numídico enarcando las cejas —,
necesitas urgentemente un tonificante! Da lo mismo el motivo por el que ese
lobo de Saturnino actuara como lo hizo. Lo que importa en este momento es que
sea lo que es. Y tiene que salir añadió con un airado resoplido—. Aún somos
alguien en Roma, y al menos este año que viene Cayo Mario se verá las caras con
un verdadero hombre como colega, y no esos espantapájaros de Fimbria y Orestes.
Conseguiremos que Quinto Lutacio tenga un ejército y todos los pequeños éxitos
que obtenga los difundiremos en Roma como auténticos triunfos.
Porque el electorado había votado también a Quinto Lutacio Catulo César
de segundo cónsul con Mario, pero...
—Es una espina en mi costado —dijo Mario.
—Tu joven hermano es pretor —dijo Sila.
—Afortunadamente va a la Hispania Ulterior y no será un obstáculo.
Alcanzaron a Marco Emilio Escauro, que había despedido al Numídico
al pie de la escalinata del Senado.
—Debo daros las gracias por vuestras gestiones e iniciativas en el
abastecimiento de trigo —dijo Mario, muy educado.
—Mientras haya grano que comprar en el mundo, Cayo Mario, no es tarea
difícil —replicó Escauro, también muy educado—. Lo que me preocupa es cuando
llegue el día en que no haya ningún sitio donde comprarlo.
—Eso es inverosímil de momento. Supongo que en la próxima cosecha
Sicilia habrá vuelto a la normalidad.
—A condición —replicó Escauro sin pensárselo dos veces— de que no
perdamos todo lo ganado cuando ese necio de Servilio Augur asuma el cargo de
gobernador.
—La guerra en Sicilia ha terminado —añadió Mario.
—Más vale que lo creáis así, cónsul. Yo no estoy tan seguro.
—¿Y dónde habéis adquirido el trigo estos dos últimos años? —terció
rápidamente Sila para impedir una discusión.
—En la provincia de Asia —respondió Escauro, dejando de buena gana el
otro tema, porque le encantaba ser curator annonae, el encargado del
abastecimiento de trigo.
—Pero estoy seguro de que no cosechan mucho de más —se apresuró a añadir
Sila.
—En realidad, apenas un modius —contestó Escauro con aire de
suficiencia—. No, podemos dar las gracias al rey Mitrídates del Ponto, que es
muy joven pero muy emprendedor. Ha conquistado toda la zona norte del mar
Euxino y domina los graneros del Tanais, el Boristenes, el Hypanis y el
Danastris, y consigue con ello unas buenas rentas suplementarias para el país
exportando este superávit cimerio a la provincia de Asia y vendiéndonoslo. Pero
os digo una cosa, voy a dejarme guiar por el instinto y el año que viene
volveré a proveerme en la provincia de Asia. Va allí de cuestor el joven Marco
Livio Druso y le he delegado para que actúe de comprador.
—Cuando esté allí —indicó Mario— irá a visitar en Esmirna a su suegro
Quinto Servilio Cepio.
—Indudablemente —añadió Escauro con voz queda.
—Pues, entonces, haced que el joven Marco Livio pase las facturas del
trigo a Quinto Servilio Cepio, que tiene más dinero que el Erario —dijo Mario.
—Eso es una alegación infundada.
—No, según el rey Copilo.
Se hizo un molesto silencio por un instante hasta que Sila habló:
—¿Qué cantidad de trigo asiático llega a Roma, Marco Emilio? Tengo
entendido que la piratería aumenta cada año.
—La mitad, aproximadamente —respondió Escauro, cabizbajo—. Toda la costa
de Panfilia y Cilicia está infestada de guaridas de piratas. Desde luego se
dedican al comercio de esclavos, pero si no tienen grano para alimentarlos, se
dedican a robarlo y así hacen grandes ganancias. Luego, el trigo que les sobra
nos lo venden al doble del precio a que lo compramos con la garantía de que nos
llegue sin que vuelvan a piratearlo.
—Es fantástico que incluso entre los piratas haya intermediarios —dijo
Mario—. Pues eso es lo que son. Lo roban y vuelven a vendérnoslo. Mejor
ganancia no puede haber. Ya va siendo hora de que hagamos algo, príncipe
del Senado, ¿no creéis?
—Ciertamente —contestó Escauro, enardecido.
—¿Qué sugerís?
—Una comisión especial para uno de los pretores... una especie de
gobernador ambulante, por así decir. Dándole barcos y marineros, y
encomendándole la limpieza de todos los nidos de piratas en las costas de
Panfilia y Cilicia —respondió Escauro.
—Se le podría denominar gobernador de Cilicia —dijo Mario. —¡Muy buena
idea!
—De acuerdo, príncipe del Senado, reunamos lo antes posible a los padres
conscriptos y hagámoslo.
—Hagámoslo —replicó Escauro, condescendiente—. Cayo Mario, sabéis que
detesto cuanto representáis, pero admiro vuestra capacidad para actuar sin
alharacas.
—El Tesoro chillará como una vestal a la que se invita a cenar en un
burdel —dijo Mario con una sonrisa.
—¡Pues que lo haga! Si no acabamos con la piratería, el comercio entre
el este y el oeste dejará de existir. Barcos y marinos —repitió Escauro,
pensativo—. ¿Cuántos creéis que hacen falta?
—Pues, unas ocho o diez flotas y, digamos... unos diez mil buenos
marineros. Si disponemos de ellos —respondió Mario.
—Podemos disponer de ellos —dijo Escauro convencido—. Si es necesario,
contrataremos los que falten en Rodas, Halicarnaso, Cnido, Atenas, Efeso...
perded cuidado, los encontraremos.
—Debería hacerlo Marco Antonio —añadió Mario.
—¿Cómo, no vuestro propio hermano? —inquirió Escauro, simulando
sorpresa.
—Marco Emilio —replicó Mario, sonriente y sin inmutarse—, mi hermano
Marco Mario es, como yo, un patán. Mientras que a los Antonios les encanta el
mar.
—¡Si no están todos en el mar...! —dijo Escauro, riendo.
—Cierto. Pero nuestro pretor Marco Antonio vale y creo que sabrá llevar
a cabo la tarea.
—Yo también lo creo.
—Y mientras tanto —terció Sila, sonriendo—, el Tesoro estará tan ocupado
lloriqueando y quejándose de las compras de trigo de Marco Emilio y de los
cazadores de piratas, que ni se dará cuenta de las cantidades que desembolsa
por los ejércitos a base del censo por cabezas. Porque Quinto Lutacio tendrá
que alistar también tropas del censo por cabezas.
—¡Oh, Lucio Cornelio, lleváis demasiado tiempo a las órdenes de Cayo
Mario! —exclamó Escauro.
—Estaba pensando lo mismo —dijo inopinadamente Mario. Pero no añadió
nada más.
Sila y Mario partieron para la Galia Transalpina a finales de febrero,
después de asistir a las exequias de Julilla. Marcia se avino a permanecer
provisionalmente en casa de Sila para cuidar de los niños.
—Pero no contéis con que me quede para siempre, Lucio Cornelio — dijo en
tono conminatorio—. Ahora que voy a cumplir cincuenta años, tengo ganas de ir a
vivir a la costa de Campania; mis huesos ya no aguantan esta humedad de Roma.
Más vale que volváis a casaros y deis a esos niños una madre y hermanitos o
hermanitas para jugar.
—Eso tendrá que esperar hasta que contengamos a los germanos — respondió
Sila, procurando mostrarse cortés.
—Pues bien, después de los germanos —dijo Marcia.
—Dentro de dos años —replicó él.
—¿Dos? ¡Será uno!
—Quizá, pero lo dudo. Contad con dos, suegra.
—Pero ni un día más, Lucio Cornelio.
Sila la miró, enarcando inquisitivo una ceja.
—Más vale que empecéis a buscarme una esposa adecuada.
—¿Bromeáis?
—¡No, no bromeo! —exclamó Sila, ya un poco harto—. ¿Es que pensáis que
puedo marchar a combatir a los germanos y buscar en Roma
una nueva esposa? Si deseáis marcharos en cuanto yo regrese, más vale
que me tengáis una esposa preparada.
—¿Qué clase de esposa?
—¡Me da igual! Aseguraos simplemente de que sea buena madre para los
pequeños —respondió Sila.
Por estos y otros motivos, a Sila le alegró mucho dejar Roma. Cuanto más
siguiera allí, más deseos tenía de ver a Metrobio y cuanto más veía a Metrobio,
más intuía que necesitaba verlo. Y ya no podía ejercer la misma influencia y
dominio sobre aquel adulto que la que había ejercido sobre el muchacho; ahora
Metrobio tenía edad suficiente para sentirse con derecho a estipular en qué
términos había de progresar la relación. ¡Sí, era mucho mejor irse de Roma!
Sólo echaría de menos a sus queridas criaturitas, sus encantadores hijos, tan
cariñosos. Podía estar fuera muchas lunas, pero en cuanto regresara sabía que
le recibirían con los brazos abiertos y le cubrirían de besos. ¿Por qué no
sería así el amor entre adultos? La respuesta, pensó, era sencilla: el amor
entre adultos era algo muy vinculado al egoísmo y al cerebro.
Sila y Mario habían dejado al segundo cónsul, Quinto Lutacio Catulo
César, en el brete de reclutar otro ejército, y quejándose a voz en grito
porque tenía que formarlo con elementos del censo por cabezas.
—¡Claro que tiene que formarse con proletarios! —dijo Mario, tajante
—. ¡Y no me vengáis con quejas y lloriqueos al respecto; yo no perdí
ochenta mil soldados en Arausio ni soy responsable de los que hemos perdido en
otras batallas!
Estas palabras hicieron callar a Catulo César, que adoptó una
aristocrática actitud altanera.
—Creo que no deberías echarle en cara los crímenes de los de su clase
—dijo Sila.
—¡Pues que él no me eche en cara lo del ejército del censo por cabezas!
—gruñó Mario.
Sila no quiso seguir discutiendo.
Afortunadamente, en la Galia las cosas estaban como debía ser. Manio
Aquilio había mantenido el ejército en buen estado, construyendo más puentes,
acueductos y entrenándole con maniobras. Había regresado Quinto Sertorio, pero
para regresar al poco con los germanos, porque decía que allí sería de más
utilidad; pensaba seguir con los cimbros en su marcha para informar a Mario de
todo lo que fuera posible. Y comenzaban a advertirse entre la tropa deseos de
entrar en acción.
Aquel año habrían debido intercalar en el calendario un mes de febrero
extra, pero se notaba la diferencia entre el viejo pontífice máximo, Dalmático,
y el recién nombrado, Ahenobarbo. Este no veía la ventaja de mantener el
calendario en consonancia con las estaciones, y así, cuando llegó marzo,
todavía era invierno. Con aquel sistema de calendario, en el año de sólo 355
días, había que intercalar un mes extra de veinte días cada dos años, y esto
solía hacerse después de febrero. Pero era una decisión que adoptaba el Colegio
de Pontífices, y si no lo presidía un pontífice máximo consciente, el
calendario se desfasaba, como sucedía ahora.
Felizmente llegó una carta de Publio Rutilio Rufo poco después de que
Sila y Mario se reintegraran a la rutina de la vida de campamento al otro lado
de los Alpes.
Decididamente éste va a ser un año lleno de acontecimientos, y tropiezo
con el inconveniente de no saber por dónde empezar. Por supuesto, todos estaban
esperando a que desaparecieras de en medio, y te juro que aún no habrías
llegado a Ocelum cuando ya las ratas y los ratones se regocijaban en el Foro
bajo. ¡Oh gato, no sabes lo bien que se lo pasaban!
Bien, comenzaré por tu buen par de censores, el Meneítos y el manso de
su primo. El Meneítos lleva una temporada que no para; a decir verdad, desde
que le eligieron; sólo que bien se guardaba de no decir nada que pudiera llegar
a tus oídos. Ahora anda con que quiere "purificar el Senado", creo
que dice.
Desde luego, puedes tener la seguridad de que no van a ser un par de
censores corruptos y de que todos los contratos del Estado se adjudicarán como
es debido, con arreglo a su precio combinado con la calidad. Sin
embargo, ya han tropezado con el Tesoro al solicitar una gran suma para
reparar y remozar algunos templos que no disponen de fondos para hacerlo ellos,
aparte de volver a pintar e instalar letrinas de mármol en tres edificios del
Estado: el de los flamines mayores, más las residencias del rex sacrorum y del
pontífice máximo. A mí, personalmente, me basta con mi letrina de madera. ¡El
mármol es frío y duro! Hubo una disputa bastante animada cuando el Meneítos
mencionó el domus publicus del pontífice máximo, pues el Tesoro opinaba que
nuestro nuevo pontífice es lo bastante rico para correr con los gastos de
pintura y de letrinas de mármol.
Luego se pasó a la adjudicación de los contratos corrientes, y creo que
muy acertadamente. Las ofertas eran numerosas, las pujas fueron muy animadas y
dudo de que haya supercherias.
Se había llegado a este punto con una rapidez inaudita porque, claro, lo
que realmente querían hacer era revisar la nómina de senadores y caballeros.
Pero hubo que aguardar dos dias para concluir con todos los contratos —¡te juro
que se ha hecho en menos de un mes el trabajo de año y medio!— y que el
Meneítos convocase un contio de la Asamblea del pueblo para que se leyesen los
informes de los censores sobre la moralidad o inmoralidad de los padres
conscriptos del Senado. Sin embargo, alguien debió avisar de antemano a
Saturnino y a Glaucia de que no iban a constar sus nombres, porque cuando se
reunió la Asamblea se vio que estaba acrecentada con gladiadores y matones que
normalmente no asisten a esta reunión de los comtios.
Y nada más anunciar el Meneítos que se iban a borrar de la lista de
senadores los nombres de Lucio Apuleyo Saturnino y Cayo Servilio Glaucia,
aquello fue el acabóse. Los gladiadores arremetieron contra la tribuna y
obligaron al pobre Meneítos a bailar, pasándoselo de mano en mano y
abofeteándole sin piedad con sus manazas callosas. Fue una nueva modalidad;
nada de palos ni porras, simplemente las manos. Dicen que lo llaman violencia
mínima. Fue de pena. Todo sucedió tan rápido y estaba tan bien organizado, que
el Meneítos recorrió todo el camino hasta el arranque del Clivus Argentarius
hasta que Escauro, Ahenobarbo y otros hombres buenos pudieron rescatarle y
llevarle corriendo a refugiarse en el
templo de Júpiter Optimus Maximus. Allí vieron que la cara le había
aumentado el doble, no podía abrir los ojos, tenía los labios y las cejas
partidos por varios sitios, la nariz le manaba como una fuente y sus orejas
daban lástima. Parecía uno de esos antiguos boxeadores griegos de los juegos
olímpicos.
Por cierto, ¿qué te parece el nombre que le dan a la facción
archiconservadora? Boni, los hombres buenos. Escauro va diciendo que es el
quien lo ha inventado para contrarrestar la denominación que les daba Saturnino
de ultraconservadores. Pero debería recordar que somos muchos los que tenemos
edad para saber que Cayo Graco y Lucio Opimio llamaban a los de su facción los
boni. ¡Bueno, volvamos a mi historia!
Cuando el Caprarius supo que su primo el Numídico estaba a salvo, logró
restablecer el orden en los comicios, haciendo que los heraldos tocasen las
trompetas y diciendo a voz en grito que no estaba de acuerdo con las
averiguaciones de su colega y que, por consiguiente, Saturnino y Glaucia
seguirían en la lista senatorial. Hay que decir que el Meneítos salió malparado
de la maniobra, pero no me gustan los métodos de lucha del amigo Saturnino. Él
alega que no tuvo nada que ver con la violencia, aunque agradece que el pueblo
sea tan fervorosamente partidario suyo.
Considérate perdonado por pensar que ahí quedó todo. ¡Pero no! Luego,
los censores iniciaron la evaluación económica de los caballeros, en un
precioso tribunal nuevo que les han hecho cerca del estanque de Curtio; es una
edificación de madera, si, pero concebida para ese uso concreto, con una
escalinata por ambos lados para que los que comparecen lo hagan ordenadamente
por un solo lado de la mesa de los censores y bajen por el otro. Muy bien
hecho; ya conoces el procedimiento: todo caballero o aspirante debe presentar
documentación que acredite su tribu, lugar de nacimiento, ciudadanía, servicio
militar, propiedades, capital y rentas.
Aunque se tarda varias semanas en comprobar si los solicitantes poseen
de verdad una renta anual mínima de 400000 sestercios, los primeros días el
espectáculo atrae a una buena multitud. Y así fue cuando el Meneítos y su primo
comenzaron a leer la lista ecuestre. ¡Qué lamentable aspecto tenia el pobre
Meneítos! Las magulladuras presentaban un color, más que negro,
amarillo bilioso, y los cortes se habían convertido en una maraña de
rayas sanguinolentas; aunque ya podía abrir los ojos para ver, debió pensar que
más le habría valido no hacerlo para ver lo que vio en la tarde de aquel primer
día de comparecencias ante el nuevo tribunal.
¡Nada menos que a Lucio Equitio, el supuesto hijo bastardo de Tiberio
Graco! El tal Lucio Equitio subió la escalinata cuando le llegó el turno y se
situó delante del Numídico, no de Caprarius. El Meneítos se quedó helado al ver
a Equitio, secundado por una cohorte de escribas y funcionarios cargados de
libros de contabilidad y documentos. En ese instante se volvió hacia su
secretario para decirle que el tribunal levantaba la sesión por aquel día y que
hiciera el favor de decir a aquel ser que se retirara de su presencia.
—Tenéis tiempo para atenderme —dijo Equitio.
—De acuerdo, ¿qué deseáis? —replicó él en tono amenazador.
—Quiero inscribirme como caballero —dijo Equitio.
—¡En este lustrum de censores no! —negó el bonus Meneítos.
Debo decir que Equitio se mostró paciente y que simplemente se limitó a
decir, dirigiendo la mirada hacia la multitud: "No podéis rechazarme,
Quinto Cecilio, porque reúno los requisitos." Momento en el que se vio que
había otra vez gladiadores y matones entre la gente.
—¡Qué vais a reunir! —replicó el Numídico—. ¡Carecéis de la principal
condición: no sois ciudadano romano!
—Sí lo soy, estimado censor —insistió Equitio de forma que todos
pudieran oirle—. Me convertí en ciudadano romano al morir mi amo, que me
concedió la ciudadanía en su testamento, junto con sus propiedades y su nombre.
Que haya adoptado el nombre de mi madre no hace al caso. Tengo pruebas de mi
manumisión y adopción. Y no sólo eso, sino que he servido en las legiones diez
años y como ciudadano romano legionario, no en tropas auxiliares.
—No os inscribiré como caballero, y cuando establezcamos el censo de
ciudadanos romanos, no os inscribiré como romano —replicó el Numídico.
—Tengo derecho —replicó Equitio con voz clara—. Soy ciudadano romano, de
la tribu Suburana, y he servido diez años en las legiones; soy
un hombre moral y respetable, propietario de cuatro insulae, diez
tabernas, cien iugera de tierra en Lanuvium, mil iugera de tierra en Firmun
Picenum, un pórtico de mercado en Firmun Picenum, y poseo una renta anual de
más de cuatro millones de sestercios. Así que también tengo derecho a ser
senador.
Tras lo cual, chascó los dedos al hombre que dirigía a los funcionarios,
quien chascó los dedos a los demás, que se adelantaron con montones de papeles.
—Ahí tenéis las pruebas, Quinto Cecilio —insistió.
—¡Me tienen sin cuidado los papelotes que presentéis, vulgar seta de
baja cuna, y me importan un bledo quienes traigáis para testificar! —gritó el
Meneítos—. ¡No os inscribiré como ciudadano de Roma y menos aún como miembro
del Ordo equester! ¡Me meo en vos, chulo asqueroso! ¡Y ahora largaos!
Equitio se volvió hacia la multitud, abrió los brazos —llevaba toga— y
habló.
—¿Habéis oído? —dijo—. ¡A mí, Lucio Equitio, hijo de Tiberio Sempronio
Graco, se me niega la ciudadanía y mi condición de caballero!
El Meneítos se puso en pie y fue hacia él con tal rapidez, que Equitio
ni siquiera le vio acercarse; acto seguido, nuestro valiente censor le propinó
un derechazo en la mandíbula y Equitio cayó de culo y quedó en el suelo como
atontado. Pero el Meneítos no se contentó con el puñetazo y le arreó una patada
que hizo que Equitio fuese a parar a los pies del estrado, entre la multitud.
—¡Me meo en todos vosotros! —vociferó, esgrimiendo los puños frente al
público y los gladiadores—. ¡Marchaos y llevaos a esa cagarruta no romana!
Y otra vez volvió a ser el acabóse, sólo que esta vez los gladiadores no
tocaron al Meneítos en la cara. Le arrastraron del tribunal, golpeándole en el
cuerpo con puños, uñas, dientes y botas. Al final fueron Saturnino y Glaucia
—había olvidado decirte que estaban acechando en la parte de atrás— quienes se
adelantaron a rescatarle.
Me imagino que no tenían previsto que le mataran. Luego, Saturnino subió
al estrado y apaciguó los ánimos para que Caprario pudiese hablar.
—¡No estoy de acuerdo con mi colega y asumo la responsabilidad de
admitir a Lucio Equitio en las filas del Ordo equester —gritó el pobre hombre,
demudado. Yo creo que ni en sus campañas militares habría visto tanta
violencia.
—¡Anotad el nombre de Lucio Equitio! —vociferó Saturnino.
Y Caprario inscribió el nombre en la lista.
—¡Todos a sus casas! —dijo Saturnino.
Y todos se fueron rápidamente a casa, sacando a Lucio Equitio a hombros.
El Meneítos estaba hecho una pena. Afortunadamente, creo que fuera de
peligro. ¡Pero no sabes la rabia que le dominaba! Quería lanzarse sobre su
pobre primo Caprario por haber cedido una vez más; y éste, casi con lágrimas en
los ojos, no sabía qué alegar.
—¡Gusanos! ¡Eso es lo que son todos, unos gusanos!
No cesaba de despotricar el Meneítos, mientras los demás trataban de
vendarle las costillas —tenía varias rotas— y averiguar qué otras heridas
ocultaba su toga. Si, todo fue una locura, pero, por los dioses, Cayo Mario,
que hay que admirar el valor del Meneítos.
Mario alzó la vista de la carta, con el entrecejo fruncido.
—¿Qué es lo que Saturnino se traerá entre manos? —inquirió. Pero Sila
estaba pensando en algo mucho más trivial.
—¡Plauto! —dijo de pronto.
—¿Qué?
—¡Los boni, los hombres buenos! Cayo Graco, Lucio Opimio y nuestro buen
Escauro dicen que han inventado esa denominación para referirse a sus
facciones, pero Plauto aplicaba el término boni a los plutócratas y otros
patronos hace un siglo! Recuerdo haberlo oido en una obra de Plauto llamada
Cautivos, que representaron cuando Escauro era edil curul y yo tenía edad para
ir al teatro.
—Lucio Cornelio —replicó Mario, mirándole de hito en hito—, deja de
pensar en quién acuñó una palabra sin importancia y presta atención a lo que
tiene sustancia. ¡A ti te hablan de teatro y olvidas todo lo demás!
—¡Oh, lo siento! —dijo Sila en tono burlón.
Mario reanudó la lectura.
Y ahora nos vamos del Foro a Sicilia, donde han venido sucediendo toda
clase de cosas y ninguna buena; aunque algunas siniestramente divertidas y
otras francamente increíbles.
Como bien sabes, aunque te refrescaré la memoria, porque detesto las
historias sin hilación, al final de la campaña del año pasado Lucio Licinio
Lúculo se sentó frente al bastión de esclavos de Triocala decidido a rendirlos
por hambre. Había sembrado el terror entre ellos haciendo que el heraldo
declamara la historia de aquel bastión enemigo que envió a los romanos el
mensaje de que tenían comida de sobra para diez años y los romanos contestaron
que, en tal caso, tomarían la plaza el undécimo año.
En realidad, Lúculo efectuó un magnífico asedio, cercando Triocala con
un bosque de rampas de asalto, torres, testudos, arietes, catapultas y
barricadas, y al mismo tiempo rellenó una enorme sima que había a guisa de
defensa natural delante de las murallas. Construyó, además, un estupendo
campamento para sus tropas, tan bien fortificado que, aunque los esclavos
hubiesen hecho una incursión fuera de la plaza, no habrían logrado entrar en
él. Y allí se dispuso a esperar que pasase el invierno, con la tropa bien
instalada, y seguro de que a él le prorrogarían el mando.
Luego, en enero, llegó la noticia de que el nuevo gobernador era Cayo
Servilio Augur, y, con el despacho oficial, recibió una carta de nuestro
querido Metelo Numídico el Meneítos dándole cuenta de los detalles feos y del
modo escandaloso en que había sido amañado por Ahenobarbo y su lameculos el
Augur.
Tú no conoces bien a Lúculo, Cayo Mario, pero yo si. Como tantos de su
clase, él reacciona con una altanería fría, tranquila y distanciada ante la
adversidad. Ya sabes: "Soy Lucio Licinio Lúculo, un noble romano de una
antigua y prestigiosa familia; con algo de suerte, puede que en alguna
ocasión repare en vos." Pero bajo esa fachada hay un hombre
totalmente distinto, sensible, fanáticamente consciente de la necedad, lleno de
pasión y de temible furia. Así que, al recibir la noticia, aparentemente la
aceptó con la calma y tranquila resignación que cabe esperarse de él y procedió
a destrozar todas las piezas de artillería, las torres de asedio, el testudo,
las escalas, a vaciar el foso, y no dejó nada; quemó todo lo que pudo y limpió
los alrededores de Triocala, esparciéndolo todo en mil direcciones. A
continuación demolió el campamento y destruyó todos los pertrechos.
¿Crees que ahí paró la cosa? ¡Ni mucho menos, Lúculo no hacía más que
empezar! Destruyó todos los archivos de su administración en Siracusa y
Lilybaeum y trasladó a sus diecisiete mil hombres al puerto de Agrigentum.
Su cuestor fue abrumadoramente leal y se avino a todo lo que Lúculo
dispuso. Habían recibido la paga del ejército y en Siracusa tenían dinero del
botín conquistado en la batalla de Heracleia Minoa. Lúculo procedió a multar a
todos los ciudadanos no romanos de Sicilia por haber agobiado tanto al anterior
gobernador Publio Licinio Nerva, y sumó esa recaudación a los fondos
disponibles. Después gastó parte del dinero recién recibido para uso de
Servilio el Augur en alquilar una flota para el transporte de sus hombres.
En la playa de Agrigentum licenció a sus tropas y les entregó hasta el
último sestercio que le quedaba. Los soldados no eran ya más que una multitud
abigarrada, prueba palmaria de que el censo por cabezas de Italia está ya tan
agotado como las otras clases en lo que a alistamiento de tropas se refiere.
Aparte de los veteranos italianos y romanos que había alistado en Campania,
tenía una legión y unas cuantas cohortes de Bitinia, Grecia y Macedonia, por
cuya demanda al rey Nicomedes de Bitinia, éste había contestado que no disponía
de hombres porque los recaudadores de impuestos romanos los habían esclavizado
a todos. Una referencia bastante impertinente a nuestro decreto de liberación
de los esclavos de los pueblos itálicos aliados, pues Nicomedes pensaba que su
tratado de amistad y alianza con Roma incluía la emancipación de esclavos
bitinios. Pero Lúculo se salió con la suya, naturalmente, y consiguió tropas
bitinias.
Bien, envió a sus casas a los soldados bitinios y a continuación a los
itálicos y romanos, con sus papeles de licenciados. Y tras eliminar todo
vestigio de su período de gobernador en los anales de Sicilia, él mismo se
embarcó.
En cuanto hubo zarpado, el rey Trifón y su consejero Atenión salieron de
Triocala y comenzaron a saquear y pillar de nuevo la isla. Ahora están
totalmente convencidos de que ganarán la guerra y su grito de enganche es:
"¡En lugar de ser esclavo, ten un esclavo!" No se ha sembrado y las
ciudades están atestadas de refugiados del campo. Sicilia vuelve a ser una
Iliada de aflicción.
Y en medio de esta deliciosa situación llegó Servilio el Augur.
Naturalmente, no daba crédito a sus ojos. Y comenzó a quejarse en sucesivas
cartas a su patrón Ahenobarbo Pipinna.
Entretanto, Lúculo llegaba a Roma y comenzó a hacer preparativos para lo
inevitable. Cuando Ahenobarbo le acusó en el Senado de destrucción deliberada
de bienes romanos —en particular los pertrechos de asedio—, Lúculo se limitó a
mirarle por encima de la nariz, diciendo que pensaba que al nuevo gobernador le
gustaría comenzar a hacer las cosas a su manera. A él, añadió, le gustaba
dejarlo todo tal como lo había encontrado y era exactamente lo que había hecho
en Sicilia al final de su mandato: había dejado la isla tal como la había
encontrado. El principal agravio de Servilio el Augur era la falta de ejército,
porque había imaginado que Lúculo le dejaría las legiones, bien que no se
hubiera tomado la molestia de solicitárselas oficialmente. Por consiguiente,
sostuvo Lúculo, no habiendo solicitud por parte de Servilio el Augur, él podía
disponer libremente de sus tropas, y consideraba que se merecían la licencia.
"Le dejo a Cayo Servilio Augur una mesa limpia, sin ningún estorbo
de lo que yo he hecho —dijo Lúculo ante el Senado—. Cayo Servilio Augur es un
hombre nuevo y los hombres nuevos tienen su propio método para hacerlo todo.
Por lo cual, consideré que le hacía un favor."
Pero, sin ejército, está claro que poco puede hacer en Sicilia Servilio
el Augur. Y menos hallándose Catulo César a la caza de los últimos reclutas
que Italia puede aportar: por lo que no creo que haya posibilidades de
reunir un nuevo ejército para Sicilia este año. Los veteranos de Lúculo se
hallan dispersos y la mayoría con una buena bolsa y pocas ganas de que los
localicen.
Lúculo sabe perfectamente que se ha buscado un proceso, pero no creo que
le importe. Se ha cobrado la inmensa satisfacción de destruir toda posibilidad
de que Servilio el Augur le haga sombra. Y eso, para Lúculo, cuenta más que
evitar un juicio. Así que está ocupado haciendo todo lo posible por proteger a
sus hijos, pues es evidente que piensa que Ahenobarbo y el Augur se valdrán del
nuevo tribunal de Saturnino que juzga los delitos de traición para procesarle y
declararle culpable. Ha transferido cuanto ha podido de sus propiedades a su
hijo mayor, Lucio Lúculo, y ha cedido en adopción al menor, que ahora tiene
trece años, a los Terencios Varro. En esta generación no hay ningún Marco
Terencio Varro y son una familia muy rica.
Me ha dicho Escauro que el Meneítos —que se halla muy afectado por todo
esto, y con razón, porque si declaran culpable a Lúculo tendrá que hacerse
cargo de su escandalosa hermana Metela Calva— dice que los dos hijos han jurado
vengarse de Servilio el Augur en cuanto sean mayores, y parece que el mayor,
Lucio Lúculo, está muy amargado. No me extraña, pues si por fuera es muy
parecido a su padre, ¿por qué no ha de serlo también por dentro? Caer en
desgracia por la desmedida ambición del bullanguero hombre nuevo Augur es
imperdonable.
Y eso es todo de momento. Te tendré informado. Ojalá pudiera estar ahí
para ayudarte frente a los germanos: no porque necesites mi ayuda, sino porque
yo me siento excluido.
Ya habían transcurrido unos cuantos días de abril del calendario de
aquel año cuando Mario y Sila supieron que los germanos se hallaban recogiendo
sus cosas y comenzando a salir de las tierras de los aduatucos, y pasó otro mes
hasta que llegó Sertorio en persona a comunicar que Boiorix había aglutinado en
torno a él a suficientes pueblos germanos para asegurarse la realización de su
plan. Los cimbros y el grupo mixto
encabezado por los tigurinos habían iniciado la migración a lo largo del
Rhenus, mientras los teutones se dirigían hacia el sudeste siguiendo el curso
del Mosa.
—Hay que suponer que este otoño los germanos llegarán en tres grupos
distintos a las fronteras de la Galia itálica —dijo Mario con un profundo
suspiro—. Me gustaría estar allí en persona para dar la bienvenida a Boiorix
cuando llegue por el Athesis, pero no es conveniente. En primer lugar, tengo
que hacer frente a los teutones y reducirlos. Esperemos que éstos sean el grupo
que marcha más de prisa, al menos hasta el Druentia, porque hasta más adelante
no tendrán que cruzar terreno alpino. Si podemos derrotarlos aquí, y hacerlo
bien, tendremos tiempo para cruzar por el paso del monte Genava e interceptar a
Boiorix y a los cimbros antes de que penetren en la Galia itálica.
—¿No creéis que Catulo César pueda enfrentarse por sí solo a Boiorix?
—inquirió Manio Aquilio.
—No —respondió Mario, tajante.
Después, a solas con Sila, amplió su opinión respecto a las
posibilidades de su colega frente a Boiorix; porque Quinto Lutacio Catulo iba a
dirigir su ejército hacia el norte en cuanto estuviera entrenado y equipado.
—Dispondrá de unas seis legiones, y tiene toda la primavera y el verano
para ponerlas en condiciones. Pero no es un auténtico general —dijo Mario
—. Esperemos que Teutobodo llegue antes, que le venzamos, que crucemos
los Alpes a toda prisa y nos unamos a Catulo César antes de que Boiorix alcance
el lago Benacus.
—No sucederá así —dijo Sila con voz firme, enarcando una ceja. —¡Sabía
que ibas a decir eso! —replicó Mario con un suspiro.
—Y yo sabía que tú sabías que iba a decirlo —añadió Sila sonriente—. No
es probable que los dos grupos que no dirige Boiorix avancen más de prisa que
los cimbros. El problema estriba en que no vas a tener tiempo de estar en ambos
sitios en el momento oportuno.
—Pues aguardaré aquí a Teutobodo —dijo Mario, decidido—. Este ejército
se conoce al dedillo las hierbas entre Massilia y Arausio, y la tropa
necesita urgentemente una victoria después de dos años de inactividad.
Las posibilidades de victoria aquí son inmejorables. Aquí me quedaré.
—Veo que dices "me", Cayo Mario —replicó Sila con calma—. ¿Y a
mí no me encomiendas nada?
—Sí, Lucio Cornelio. Perdona que te escamotee la bien merecida
posibilidad de aplastar a los teutones, pero creo que debo enviarte a las
órdenes de Catulo César como legado mayor. Con ese cargo, no tendrá más remedio
que tragarte. Tú eres patricio —respondió Mario.
Amargamente decepcionado, Sila bajó la vista hacia sus manos.
—¿Y qué ayuda voy a poder prestar si me encuadras en el peor ejército?
—inquirió.
—No me preocuparía si no viese los mismos síntomas de los Silanos,
Casios, Cepios y Malios Máximos en mi colega consular. Pero los veo, Lucio
Cornelio, ¡los veo! Catulo César no tiene idea de estrategia ni de táctica, y
cree que los dioses le fueron infundidos en el caletre al nacer de ilustre
linaje y que en el momento decisivo estarán de su lado. ¡Pero tú bien sabes que
no es así!
—Lo sé —dijo Sila.
—Si Boiorix y Catulo César entablan batalla antes de que yo pueda llegar
a la Galia italica, Catulo César cometerá algún fallo garrafal y perderá su
ejército. Y si consentimos eso, no veo cómo vamos a poder vencer a los
bárbaros. Los cimbros son el grupo mejor dirigido de los tres, y el más
numeroso. Y, además, yo no conozco la configuración del terreno en la Galia
itálica ni en el curso alto del Padus. Si puedo vencer a los teutones con menos
de cuarenta mil hombres es porque conozco el terreno.
Sila trató de sostener insolentemente la mirada a su superior, pero
aquellas cejas le pudieron.
—Pero ¿qué esperas que haga yo? —inquirió—. Es Catulo César quien lleva
la capa de general, ¡no Cornelio Sila! ¿Qué esperas de mí?
Mario alargó el brazo y cogió a Sila por la muñeca.
—Si lo supiera, sería capaz de controlar a Catulo César desde aquí —
dijo—. Es evidente, Lucio Cornelio, que has sobrevivido más de un año entre el
enemigo fingiéndote uno de ellos. Tu cerebro es tan agudo como tu
espada, y ambos sabes usarlos magistralmente. No me cabe la menor duda
de que harás lo que haga falta por salvar a Catulo César de sí mismo.
—Luego mis órdenes son salvar su ejército a toda costa... —dijo Sila con
un suspiro.
—A toda costa.
—¿Aun a costa de Catulo César?
—Aun a costa de Catulo César.
La primavera culminó en un tropel de flores y el verano entró como un
general victorioso en su desfile triunfal para, a continuación, dilatarse en
calor y sequedad. Teutobodo y sus teutones fueron avanzando por las tierras de
los eduos y entraron en las de los alóbroges, que ocupaban la región entre el
curso superior del Rhodanus y el Isara hasta muchas millas al sur. Los
alóbroges eran guerreros y manifestaban su odio por Roma y los romanos, pero ya
tres años antes la horda germana había cruzado por sus tierras y no querían ser
dominados por los germanos. Hubo, pues, encarnizada lucha y el avance teutón
sufrió retrasos. Mario comenzó a pasear de arriba abajo en su puesto de mando,
pensando en cómo irían las cosas con Sila, que ya estaba incorporado al ejército
de Catulo César en la Galia itálica, acampado a lo largo del Padus.
Catulo César había avanzado por la Via Flaminia al frente de seis nuevas
legiones de potencia reducida a finales de junio; la falta de hombres era tan
aguda que no había podido reclutar más. Al llegar a Bononia, sobre la Via
Emilia, tomó por la Via Annia hacia la gran ciudad manufacturera de Patavium,
situada muy al este del lago Benacus, pero mejor ruta para un ejército en
marcha que las calzadas y pistas secundarias de que estaba principalmente
dotada la Galia itálica. De Patavium avanzó por una de las carreteras
secundarias mal cuidadas hasta Verona, donde estableció su campamento base.
Hasta aquel momento, Catulo César no había hecho nada erróneo en opinión
de Sila, pero ahora comprendía mejor por qué Mario le había destinado a la
Galia itálica para realizar una tarea que en su momento él había subestimado.
Puede que militarmente las cosas fuesen bien, pero no
se había equivocado Mario a propósito de Catulo César, pensó Sila. Era
un aristócrata soberbio, arrogante, pagado de sí mismo; a Sila le recordaba
notablemente a Metelo el Numídico. La dificultad estribaba en que el escenario
bélico y el enemigo eran mucho más peligrosos que los que había tenido que
afrontar Metelo el Numídico; y Metelo el Numídico contaba como legados con Cayo
Mario y Rutilio Rufo, además de conservar el recuerdo de una saludable
experiencia en una cochiquera de Numancia. Mientras que Catulo César nunca se
había tropezado con un Cayo Mario en la jerarquía militar; había servido el
plazo reglamentario de cadete para después ser tribuno militar con menos tropas
y en guerras menos importantes, como eran Macedonia e Hispania, pero no conocía
la guerra a gran escala.
No había sido muy prometedora la acogida que dispensó a Sila, ya que
había elegido sus legados antes de salir de Roma, y al llegar a Bononia se le
encontraba con una orden del comandante en jefe Cayo Mario en la que se decía
que Lucio Cornelio quedaba nombrado legado mayor y segundo en el mando. La
decisión era arbitraria y despótica, pero a Mario no le quedaba otra
alternativa. La actitud de Catulo César para con Sila fue glacial y le planteó
infinitos obstáculos. Sólo el nacimiento de Sila le convenció, aunque aminorado
por su pasado modo de vida. Había también un algo de envidia en Catulo César,
que veía en Sila a un rival que no sólo había participado en batallas más
importantes en otros lugares, sino que, además, se había adjudicado la
brillante hazaña de espiar en el campo de los germanos. De haber sabido el
papel real desempeñado por Sila en aquella misión, aún se habría mostrado más
suspicaz y reticente.
De hecho, Mario había hecho alarde de su genio enviando a Sila en vez de
a Manio Aquilio, que también habría podido actuar muy bien de perro guardián;
pues Sila atacaba a los nervios de Catulo César, y era como si con el rabillo
del ojo estuviera viendo constantemente a un leopardo blanco al acecho y al
volver la cabeza no lo viera. Jamás un legado mayor fue más útil, ni más
dispuesto a asumir las tareas cotidianas de administración y supervisión del
ejército para descargar a un general ocupado. Sin embargo,
Catulo César sabía que pasaba algo. ¿Por qué iba Cayo Mario a haber
enviado a aquel hombre, de no ser porque tramaba algo?
No formaba parte del plan de Sila tranquilizar a Catulo César, disipando
sus temores y sospechas; al contrario, lo que Sila se proponía era mantenerle
atemorizado y receloso, ganando con ello ascendiente psíquico sobre él si, en
caso necesario, le convenía. Y mientras tanto se dedicó a conocer a todos los
tribunos militares y centuriones del ejército, así como a muchos soldados.
Habiéndole dado carta blanca Catulo César en las cuestiones rutinarias de
entrenamiento y maniobras una vez montado el campamento cerca de Verona, Sila
se convirtió en el legado mayor conocido, respetado y en quien todos confiaban.
Era necesario que así fuera por si se terciaba la necesidad de eliminar a
Catulo César.
No es que tuviera intención de matar o mutilar a Catulo César, porque se
sentía lo bastante patricio para desear la protección de sus iguales, incluso
frente a sí mismos. Por Catulo César no sentía afecto; por la clase que
representaba, sí.
Los cimbros habían realizado un buen avance al mando de Boiorix, que
había encabezado su propio contingente y el de Getorix hasta la confluencia del
Danubius con el Aenus; allí dejó que Getorix concluyera solo el restante
itinerario, no muy largo, mientras él, al frente de los cimbros, se dirigía
hacia el sur siguiendo el curso del Aenus. Pronto cruzaban terreno alpino
habitado por una tribu de celtas llamados brenos, en honor del primer Breno;
aquella tribu dominaba el paso de Breno, el más inferior de todos los pasos
alpinos a la Galia itálica, pero no podía impedir que los cimbros lo cruzaran.
En los últimos días de Quintilis, los cimbros llegaron al río Athesis en
su confluencia con el Isarcus, riachuelo que habían seguido al cruzar por el
paso de Breno. Allí, en los verdes prados alpinos, se diseminaron y
contemplaron las cumbres de las montañas en aquel cielo límpido. Y allí fue
donde los avistaron las avanzadillas de Sila.
Aunque había pensado que estaba preparado para cualquier eventualidad,
Sila no había ni soñado con la que tenía que hacer frente
ahora, porque no conocía lo suficiente a Catulo César para intuir cómo
reaccionaría al saber que los cimbros estaban en el valle del Athesis a punto
de invadir la Galia itálica.
—¡Mientras yo viva, ningún pie germano pisará suelo de Italia! —dijo
Catulo César con voz altisonante cuando se habló del asunto en el consejo
—. ¡No pisará suelo de Italia ningún pie germano! —repitió, levantándose
majestuosamente de su silla y mirando sucesivamente a todos sus oficiales —.
Nos ponemos en marcha.
—¿En marcha? —replicó Sila mirándole—. ¿Hacia dónde?
—Athesis arriba, naturalmente —respondió Catulo César, con aire de
juzgar necio a Sila—. Haré que los germanos crucen los Alpes antes de
que las primeras nieves lo impidan.
—¿Muy aguas arriba? —inquirió Sila.
—Hasta que demos con ellos.
—¿En un valle estrecho como el del Athesis?
—Por supuesto —respondió Catulo César—. Tenemos ventaja sobre ellos.
Somos un ejército disciplinado y ellos una turba desperdigada y desordenada. Es
nuestra mejor oportunidad.
—Nuestra mejor oportunidad es donde hay terreno para desplegar las
legiones —dijo Sila.
—En el valle del Athesis hay sitio más que suficiente para los
despliegues que sean necesarios —replicó Catulo César, dando por terminada la
discusión.
Sila salió del consejo con la mente trabajando a toda velocidad; los
planes que había elaborado para el enfrentamiento con los cimbros se venían
abajo. Había ensayado cómo iba a ir planteando cada una de las alternativas a
Catulo César para que él creyera que eran iniciativa propia. Pero ahora se
encontraba con las manos vacías y no se le ocurría nada. A menos que lograse
convencer a Catulo César para que cambiase de idea.
Pero Catulo César no quería cambiar de idea. Puso en marcha su ejército
y lo hizo avanzar aguas arriba del Athesis hasta el punto en que se desvía unas
millas al este del lago Benacus, el mayor de los preciosos lagos alpinos que
llenan las estribaciones de los Alpes itálicos. Y cuanto más
avanzaba en dirección norte el pequeño ejército —constaba de veintidós
mil soldados, dos mil jinetes y unos ocho mil hombres de tropas auxiliares— más
estrecho y siniestro aparecía el valle del Athesis.
Finalmente, Catulo César alcanzó el puesto de comercio llamado
Tridentum. Era un lugar en que los imponentes Alpes constituían el telón de
fondo, con tres erizados colmillos por los que recibía el nombre de Tres
Dientes. Allí el Athesis corría profundo y rápido por tener su nacimiento en
montañas en las que el deshielo es total y alimentan al río todo el año.
Después de Tridentum el valle se cerraba aún más y la carretera que lo unía al
pueblo junto al brioso río cruzaba un largo puente de madera sobre pilares de
piedra.
Cabalgando en vanguardia con sus oficiales, Catulo César detuvo al
caballo y miró el lugar con gesto satisfactorio.
—Me recuerda las Termópilas —dijo—. Es el lugar ideal para contener a
los germanos hasta que desistan y vuelvan grupas.
—Los espartanos que defendían las Termópilas murieron todos — comentó
Sila.
—¿Y eso qué importa si repelemos a los germanos? —replicó Catulo César
enarcando las cejas altanero.
—¡Pero no van a volver grupas, Quinto Lutacio! ¿Volver grupas en esta
época del año, con el norte lleno de nieve, con pocas provisiones y los pastos
y el grano de la Galia itálica a unas pocas millas al sur? —añadió Sila,
meneando vehementemente la cabeza—. Aquí no los detendremos.
Todos los oficiales se rebullían inquietos; todos habían observado el
nerviosismo de Sila desde el inicio de la marcha a lo largo del Athesis y su
sentido común les decía que la decisión de Catulo César era una locura. Y Sila
no les había ocultado su inquietud, porque si tenía que evitar que Catulo César
perdiera el ejército, necesitaba el apoyo de los oficiales de estado mayor.
—Aquí lucharemos añadió Catulo César sin salir de sus trece, con la
mente llena de imágenes del inmortal Leónidas y su reducido grupo de
espartanos. ¿Qué importaba que el cuerpo pereciera si se alcanzaba fama eterna?
Los cimbros estaban muy cerca. Al ejército romano le habría resultado
imposible avanzar más al norte de Tridentum, aunque hubiese querido Catulo
César. Pese a ello, él se empeñó en que toda la tropa cruzase el puente y
acampase en el lado erróneo del río, en una zona tan estrecha que el campamento
se alargaba varias millas en dirección norte-sur, con todas las legiones
estranguladas por las contiguas y con la última situada cerca del puente.
—Yo estoy muy mal acostumbrado —dijo Sila al centurión primus pilus de
la legión más próxima al puente, un fornido samnita de Atina llamado Cneo
Petreio, que pertenecía a una legión igualmente samnita, formada por itálicos
del censo por cabezas, clasificada como de tropas auxiliares.
—¿Y cómo es eso? —inquirió Cneo Petreio, contemplando las brillantes
aguas desde el puente, que a guisa de barandilla tenía unos troncos bajos.
—He servido con Cayo Mario —contestó Sila.
—¡Qué suerte la vuestra! —dijo el samnita—. Yo no he tenido esa
oportunidad —añadió con un gruñido—, pero no creo que ninguno de nosotros
vayamos a tenerla, Lucio Cornelio.
Los acompañaba un tercero, comandante de la legión y tribuno militar.
Nada menos que Marco Emilio Escauro, hijo del portavoz del Senado y franca
decepción de su valiente padre. Escauro hijo dejó de contemplar el río y miró a
su centurión jefe.
—¿Qué queréis decir con que ninguno de nosotros? —inquirió. —Todos vamos
a morir aquí, tribuno —contestó Cneo Petreio con otro
gruñido.
—¿Que vamos a morir todos? ¿Por qué?
—Cneo Petreio quiere decir, joven Marco Emilio —terció Sila con
siniestra sonrisa—, que nos ha metido en una situación militarmente irresoluble
otro incompetente de alta cuna.
—¡No, os equivocáis! —exclamó enardecido el joven Escauro—. Ya me dí
cuenta de que no parecisteis entender la estrategia de Quinto Lutacio, Lucio
Cornelio.
—Pues explicádnosla, tribunus militum —replicó Sila con un guiño en
dirección al centurión—. Soy todo oídos.
—Bien; hay cuatrocientos mil germanos y nosotros somos sólo veinticuatro
mil. Así que es muy difícil hacerles frente en campo abierto — dijo el joven
Escauro, envalentonado por la atención de los dos militares—. Posiblemente el
único modo de vencerlos es obligándolos a cerrarse en un frente similar al que
nuestro ejército puede abarcar y machacar ese frente con nuestra superior
habilidad. Cuando vean que no cedemos... harán la maniobra habitual germana:
volver grupas.
—¿Eso es lo que creéis? —dijo Cneo Petreio.
—¡Así será! —replicó el joven Escauro.
—¡Así será! —repitió Sila, echándose a reír.
—¡Así será! —añadió Cneo Petreio, riendo también.
—¿Qué es lo que tanta gracia os hace? —espetó el joven Escauro,
mirándolos sorprendido y con cierto temor.
—Tiene gracia, joven Escauro —dijo Sila enjugándose los ojos—, porque es
una inmensa ingenuidad. ¡Mirad ahí! —añadió señalando con la mano las dos
laderas que confluían sobre el valle—. ¿Qué veis?
—Montañas —contestó Escauro hijo, cada vez más perplejo. —¡Sendas,
caminos de herradura, senderos de cabras, eso es lo que se
ve! —añadió Sila—. ¿No habéis notado esos festones de pequeñas terrazas
que dan a la montaña aspecto de faldas minoicas? Lo único que tienen que hacer
los cimbros es ganar las alturas por las terrazas y nos habrán desbordado por
el flanco en tres días; y entonces, joven Marco Emilio, nos hallaremos entre la
espada y la pared. Y nos aplastarán como a un escarabajo.
El joven Escauro empalideció de tal modo que Sila y Petreio se le
acercaron inmediatamente, temiendo que fuese a caer al río y pereciese en la
rápida corriente.
—Nuestro general ha trazado un plan erróneo —dijo Sila, tajante—.
Debíamos haber esperado a los cimbros entre Verona y el lago Benacus, donde
existen cien alternativas de encajonarlos y amplitud para actuar.
—¿Y por qué no se lo dice alguien a Quinto Lutacio? —musitó Escauro
hijo.
—Porque no es más que otro cónsul engreído —replicó Sila— y no quiere
escuchar más que el galimatías de su propio cerebro. Si yo fuese Cayo Mario, me
escucharía. Pero ése es non sequitur, porque Cayo Mario no habría tenido
necesidad de decir nada. No, joven Marco Emilio, nuestro general Quinto Lutacio
Catulo César — piensa que es preferible combatir como en las Termópilas. Y si
recordáis la historia, sabréis que un pequeño sendero que rodeaba la montaña
bastó para derrotar a Leónidas.
—¡Excusadme! —farfulló Escauro hijo, llevándose una mano a la boca,
dando media vuelta y regresando a su tienda.
Sila y Petreio le vieron alejarse, tratando de contener las náuseas.
—Esto no es un ejército, sino un chasco —dijo Petreio.
—No, es un buen ejército modesto —replicó Sila—. El chasco son los
mandos.
—Menos vos, Lucio Cornelio.
—Menos yo.
—Algo se os ha ocurrido —añadió Petreio.
—Por supuesto —dijo Sila sonriendo y enseñando sus colmillos. —¿Puedo
preguntaros qué es?
—Yo diría que sí, Cneo Petreio. Pero mejor será que os lo diga... a buen
recaudo. En la asamblea del campamento de vuestra legión samnita — respondió
Sila—. Vos y yo vamos a dedicar la tarde a convocar a todos los primus pilus y
centuriones jefes de cohorte a una reunión al anochecer. Serán unos setenta
hombres —añadió, calculando a toda velocidad—, pero serán setenta muy
importantes. Entonces actuáis por vuestra cuenta, Cneo Petreio. Lleváis las
tres legiones a ese extremo del valle, y yo monto en mi fiel mula y conduzco
las otras tres al otro extremo.
Los cimbros se habían situado aquel mismo día al norte de las seis
legiones de Catulo César, esparciéndose por el valle en vanguardia de sus
carros, hasta quedar detenidos por las fortificaciones del campamento romano; y
allí permanecieron, enardecidos, mientras la noticia se difundía entre las
legiones y los escuchas se dirigían al norte para atisbar por entre
los parapetos de mimbre el pavoroso espectáculo de la mayor horda jamás
vista por un romano, y, además, de hombres gigantescos.
La reunión de Sila en el campamento samnita fue breve. Cuando concluyó
había aún suficiente luz para que los conjurados cruzasen el puente de madera,
con Sila a la cabeza, y se dirigiesen al pueblo de Tridentum en donde Catulo
César había sentado su cuartel general en casa del magistrado local. El general
había convocado una reunión para hablar de la llegada de los cimbros, y
precisamente estaba quejándose de la ausencia de su lugarteniente cuando Sila
hizo su entrada.
—Os ruego que seáis puntual, Lucio Cornelio —dijo con gesto glacial —.
Tomad asiento y pasemos al asunto de preparar el ataque de mañana.
—Lo lamento, pero no tengo tiempo para sentarme —contestó Sila, que no
vestía coraza, sino camisa de cuero y pteryges, con espada y puñal al cinto.
—¡Pues id, si tenéis cosas más importantes que hacer! —replicó Catulo
César con el rostro congestionado.
—Oh, no voy a ir a ninguna parte —dijo Sila, sonriente—. Las cosas
importantes que tengo que hacer están en este cuarto, y lo más importante de
todo es que mañana no va a haber ninguna batalla, Quinto Lutacio.
—¿Que no habrá batalla? ¿Por qué? —inquirió Catulo César poniéndose en
pie.
—Porque os enfrentáis a un motín y yo soy quien lo ha instigado —
contestó Sila desenvainando la espada—. ¡Adelante, centuriones! — exclamó—.
Estaremos algo estrechos, pero cabemos todos.
Ninguno de los que rodeaban al general dijo palabra; Catulo César,
porque estaba furioso y los demás porque vieron el cielo abierto —no a todos
los oficiales les convencía la perspectiva de aquella batalla— o porque no
salían de su asombro. Setenta centuriones cruzaron el umbral y se situaron muy
apretados a espaldas de Sila, dejando un estrecho espacio de tres pies entre el
grupo que formaban y el estado mayor de Catulo César, que ahora estaban todos
en pie, literalmente de espaldas a la pared.
—¡Por esto os arrojarán de la roca Tarpeya! —exclamó Catulo César.
—Que así sea, si es mi destino —replicó Sila, envainando la espada—.
Pero, ¿hasta qué punto es motín un motín, Quinto Lutacio? ¿Hasta qué extremo
debe un soldado obedecer ciegamente? ¿Es auténtico patriotismo ir
voluntariamente a la muerte, cuando el general que da las órdenes es
militarmente imbécil?
Era evidente que Catulo César no sabía qué decir y no encontraba la
réplica adecuada a tan brutal sinceridad. Por otra parte, era demasiado
soberbio para farfullar ninguna protesta y demasiado seguro de su posición para
rebajarse a contestar. Finalmente, dijo con glacial dignidad:
—¡Esto es inaudito, Lucio Cornelio!
—Estoy de acuerdo —replicó Sila, asintiendo con la cabeza—. Es inaudito.
En realidad, nuestra presencia aquí en Tridentum es inaudita. Mañana, los
cimbros encontrarán centenares de senderos de ganado en las faldas de las
montañas. ¡No una Anopaea, sino cientos! Vos no sois espartano, Quinto Lutacio,
sino romano, y me sorprende que vuestra remembranza de las Termópilas sea más
espartana que romana. ¿No aprendisteis que Catón el censor se sirvió del
sendero Anopaea para rebasar el flanco del rey Antioco? ¿O es que consideráis a
Catón de cuna demasiado baja para servir como ejemplo de algo más que hubris?
¡Es a Catón el censor en Termópilas a quien yo admiro, no a Leónidas y su
guardia real pereciendo en bloque! Los espartanos decidieron perecer únicamente
para retrasar a los persas lo suficiente para que la flota griega se aprestara
en Artemisium. Sólo que no les salió bien, Quinto Lutacio. ¡No salió bien! La
flota griega sucumbió y Leónidas murió inútilmente. ¿Influyó la resistencia de
las Termópilas sobre el curso de la guerra contra los persas? ¡Claro que no!
Cuando otra flota griega venció en Salamina, las Termópilas no habían sido el
preludio. ¿Es que diréis acaso con toda sinceridad que preferís el gesto
suicida de Leónidas a la brillante estrategia de Temístocles?
—Confundís la situación —replicó altivo Catulo César, desmoronándose su
orgullo por efecto de aquel Ulises pelirrojo y chanchullero, pues lo cierto es
que lo que más le preocupaba era salir indemne con su dignitas y auctorítas y
no lo que pudiera pasar con su ejército o los cimbros.
—No, Quinto Lutacio, el que confunde la situación sois vos —replicó
Sila—. Vuestro ejército es ahora mío en virtud del motín. Cuando Cayo Mario me
envió aquí —añadió pronunciando cáusticamente el nombre en el denso silencio—,
me dio una orden concreta: conservar intacto este ejército hasta que él pueda
hacerse cargo de él, y eso no podrá hacerlo hasta que derrote a los teutones.
Cayo Mario es nuestro comandante en jefe, Quinto Lutacio, y yo en este momento
actúo a sus órdenes, no a las vuestras. Si consintiera esta temeraria locura,
el ejército acabaría aniquilado en el campo de Tridentum. Por eso no va a haber
batalla en Tridentum. Este ejército emprenderá la retirada esta misma noche.
Entero. Y estará entero para combatir otro día, cuando las posibilidades de
victoria sean muchísimo más favorables.
—He jurado que ningún pie germano pisaría el suelo de Italia —dijo
Catulo César— y no seré perjuro.
—No sois vos quien adopta la decisión, Quinto Lutacio, así que no seréis
perjuro —replicó Sila.
Quinto Lutacio Catulo César era uno de aquellos senadores de la vieja
guardia que se negaba a llevar un anillo de oro como emblema de su cargo y
prefería el viejo anillo de hierro tradicional, por lo que, cuando hizo un
ademán imperativo con la mano derecha, dirigido a los presentes, no surgió del
dedo índice ningún destello, sino que el gesto fue como un borrón grisáceo por
efecto del cual los hombres se rebulleron y susurraron.
—Salid —dijo Catulo César—. Aguardad afuera, quiero hablar a solas con
Lucio Cornelio.
Los centuriones dieron media vuelta y salieron, seguidos por los
tribunos militares, el estado mayor de Catulo César y sus legados mayores.
Cuando estuvieron a solas, Catulo César volvió a su silla y se dejó caer en
ella.
Estaba en un brete, y lo sabía. El orgullo le había impulsado a remontar
el curso del Athesis; no orgullo por Roma o su ejército, sino ese orgullo
personal que le había llevado a afirmar que no consentiría que el pie germano
hollase el suelo de Italia y que le impedía retractarse, siquiera fuese por mor
de Roma o de su ejército. Cuanto más había avanzado por el
valle, más profunda era su convicción de que cometía un error garrafal;
cuanto más remontaba el curso del río, más deprimido se hallaba. Así, al llegar
a Tridentum y considerar el parecido de aquel lugar con las Termópilas —aunque,
en estricto sentido geográfico, era bien consciente de que no se parecía en
nada—, había concebido el sacrificio útil de todos, salvando con ello su honor
y su nefasto orgullo. Tridentum, igual que las Termópilas, sería una gesta que
pasaría a la Historia. El exterminio de unos cuantos valientes enfrentados a un
enemigo arrollador. ¡Extranjero, ve y dí a los romanos que aquí yacen los que
cumplieron con su deber!, un magnífico monumento, peregrinaciones y poemas
épicos inmortales.
La visión de los cimbros esparciéndose por el alto valle del Athesis le
hizo recobrar el sentido común, y el resto fue obra de Sila. Porque,
indudablemente, tenía ojos; y un cerebro, aunque fuese un cerebro fácilmente
obnubilado por su inconmensurable dígnítas. Y los ojos habían advertido las
innumerables terrazas a guisa de gigantescos escalones en las abruptas y verdes
faldas montañosas, y el cerebro había comprendido con qué facilidad podían
rebasar los flancos los guerreros cimbros. No se trataba de una garganta con
acantilados, sino de un estrecho valle alpino inadecuado para desplegar un
ejército por aquellas pendientes, que ninguna formación podría superar en orden
de combate y menos maniobrar debidamente.
Lo que no había sido capaz de ver era cómo salir bien librado de aquel
dilema sin perder la cara; en principio, la irrupción de Sila en la reunión del
estado mayor le había parecido de perilla. Podía alegar insubordinación ante el
Senado y mandar procesar por traición a todos los oficiales implicados, desde
Sila hasta el último centurión. Pero aquella solución había quedado
inmediatamente descartada. El motín era el más denigrado delito en la esfera
militar, pero un motín en el que él quedase solo frente a todos los oficiales
del ejército (había advertido en seguida en sus rostros que todos secundaban a
Sila) era exponente de sentido común frente a una estupidez monumental. Si no
hubiese habido un Arausio —si Cepio y Malio Máximo no hubieran mancillado para
siempre el concepto del imperium del general romano ante los ojos del pueblo
romano, e incluso de algunas facciones del
Senado—, habría sido distinto. Tal como se producían los
acontecimientos, entendió en seguida, tras la aparición de Sila, que si se
obcecaba en la postura de un motín sería precisamente él quien sufriría los
reproches de sus conciudadanos, él quien podría acabar acusado de traición ante
el tribunal especial de Saturnino.
En consecuencia, Quinto Lutacio Catulo César lanzó un profundo suspiro y
optó por la conciliación.
—No se hable más de motín, Lucio Cornelio —dijo—. No había necesidad de
que lo expusierais en público. Habríais debido venir a hablar a solas conmigo,
y entre los dos habríamos arreglado las cosas.
—No estoy de acuerdo, Quinto Lutacio —replicó Sila sin alterarse—. Si
hubiese venido a veros a solas, me habríais despedido con cajas destempladas.
Necesitabais un ejemplo fehaciente.
Catulo César frunció los labios y miró por encima de su larga nariz
romana, consciente de ser un miembro ilustre de un clan ilustre, rubio y con
ojos azules, altanero y beligerante.
—Lleváis demasiado tiempo con Cayo Mario —dijo—. Este comportamiento no
concuerda con vuestra condición patricia.
—¡Oh, por todos los dioses —exclamó Sila, dando una palmada sobre su
camisa de cuero que hizo tintinear los flecos y adornos de metal—, olvidaos de
toda esa farfulla de linajes, Quinto Lutacio! ¡Estoy al borde de la náusea con
tanto elitismo! ¡Y antes de que comencéis a despotricar sobre nuestro común
superior Cayo Mario, dejad que os recuerde que en lo que respecta a asuntos
militares y estrategia, nosotros somos un candil y él es el faro de Alejandría!
¡Ni vos ni yo somos militares! Pero yo tengo la ventaja de que he hecho mi
aprendizaje a la luz del faro de Alejandría y mi candil brilla más que el
vuestro.
—¡A ese hombre se le sobrestima! —masculló Catulo César.
—¡Oh, no! ¡Quejaos y refunfuñad tanto como queráis, Quinto Lutacio, pero
Cayo Mario es el primer hombre de Roma! El hombre de Arpinum os ha superado a
todos con un brazo atado a la espalda.
—Me sorprende que seáis tan acérrimo partidario suyo... pero os prometo,
Lucio Cornelio, que esto no lo olvidaré.
—Ya lo creo que no... —replicó Sila, sonriente.
—Lucio Cornelio, os aconsejo que en el futuro cambiéis de lealtad —
añadió Catulo César—. Si no lo hacéis, nunca seréis pretor, y menos aún cónsul.
—¡Oh, me gustan las amenazas claras! —replicó Sila con voz queda—.
¿Queréis impresionarme? Tengo linaje, y si llegase el momento en que os
interesara mi apoyo, me lo solicitaríais —añadió con una mirada aviesa—. Algún
día seré el primer hombre de Roma, el árbol más alto, igual que Cayo Mario.
Esos árboles altos nadie los corta; cuando caen es porque están podridos por
dentro.
Catulo César no contestó; Sila tomó asiento y se inclinó para servirse
vino.
—Hablemos del motín, Quinto Lutacio, y desechad cualquier veleidad de
imaginaros que no estoy decidido a llevarlo hasta sus máximas consecuencias.
—Confieso que sois un desconocido para mí, Lucio Cornelio, pero he visto
lo suficiente de vuestra energía estos dos últimos meses para darme cuenta de
que hay muy pocas cosas que no estéis dispuesto a hacer para saliros con la
vuestra —dijo Catulo César, mirando su viejo anillo de hierro de senador, como
buscando inspiración—. Lo he dicho antes y os lo repito, no se hable más de
motín —añadió, haciendo un ruido al tragar saliva—. Me avengo al deseo del
ejército de retirarse, con una condición: que no se vuelva a repetir la palabra
"motín".
—Acepto en representación del ejército —contestó Sila.
—Quisiera ordenar yo mismo la retirada. Al fin y al cabo, supongo que
habréis planeado la estrategia.
—Es absolutamente necesario que ordenéis vos mismo la retirada, Quinto
Lutacio —contestó Sila—. Si, tengo una estrategia planeada. Una estrategia muy
sencilla. Al amanecer, el ejército arrancará las estacas y procederá a
retirarse lo antes posible. Todos deben haber cruzado el puente y hallarse al
sur de Tridentum antes de que anochezca. Los auxiliares samnitas se situarán
cerca del puente para cubrir la maniobra y lo cruzarán los últimos. La lástima
es que está construido sobre pilares de piedra y no
podamos derruirlos, por lo que los germanos podrán volver a tenderlo. De
todos modos, no son ingenieros y tardarán más de lo debido, aparte de que se
hundirá unas cuantas veces mientras lo cruzan las huestes de Boiorix. Si quiere
seguir hacia el sur, tendrá que cruzar el río aquí en Tridentum. Por eso hay
que hacer que se retrase.
—Pues acabemos con esta farsa —dijo Catulo César, poniéndose en pie y
saliendo del cuarto con aparente calma y dominio, recuperando poco a poco su
dignítas y auctorítas—. Nuestra posición es insostenible y voy a ordenar la
retirada —añadió claro y terminante—. He dado instrucciones a Lucio Cornelio al
respecto y él las cursará. Pero quiero que quede bien claro que aquí no se ha
hablado de "motín" para nada. ¿Entendido?
Un murmullo de consenso surgió entre los oficiales, profundamente
satisfechos de olvidar lo del "motín".
Catulo César giró sobre sus talones.
—Podéis retiraros —dijo por encima del hombro.
Conforme el grupo se deshacía, Cneo Petreio se acercó a Sila y le
acompañó hasta el puente.
—Creo que ha salido muy bien, Lucio Cornelio. Se comportó mejor de lo
que yo esperaba; mejor que otros de su clase.
—Bah, a pesar de todos sus modales, no es tonto —replicó Sila—. Pero
tiene razón, olvidemos la palabra "motín".
—¡No me la oiréis a mí! —dijo Petreio con fruición.
Ya había oscurecido, pero el puente se hallaba iluminado por antorchas y
cruzaron los imperfectos troncos sin dificultad. En la otra orilla se
adelantaron a los centuriones y tribunos y Sila se volvió hacia ellos.
—Que toda la tropa esté dispuesta para la marcha en cuanto amanezca
—dijo—. Los cuerpos de ingenieros y todos los centuriones deberán acudir a una
reunión conmigo una hora antes del amanecer. Ahora, los tribunos militares,
venid conmigo.
—¡Cómo me alegra que esté con nosotros! —comentó Cneo Petreio a su
segundo centurión.
—Y yo, pero no me alegra nada que esté con nosotros ése —respondió el
segundo centurión señalando a Marco Emilio Escauro hijo, que se
apresuraba a seguir a Sila y a sus colegas tribunos.
—Cierto —respondió Petreio con un gruñido—, a mí también me preocupa;
pero ya le vigilaré yo mañana. Aquí no se ha hablado de "motín", pero
no voy a dejar que a nuestros samnitas los mal mande un idiota romano, por muy
famoso que sea su padre.
Al amanecer, las legiones comenzaron a ponerse en marcha. La retirada se
iniciaba como todas las maniobras efectuadas por tropas romanas bien
adiestradas en medio de un notable silencio y orden. Cruzaba primero el puente
la legión más alejada, seguida por la contigua y así sucesivamente, de modo que
el ejército efectuaba un movimiento parecido al de una alfombra que se enrolla.
Afortunadamente, los pertrechos, todas las bestias de carga y una serie de
caballos, reservados para los altos mandos, habían quedado al sur del pueblo y
del puente. A los primeros claros del alba, Sila hizo que este contingente
fuese el primero en avanzar por la carretera con buena antelación sobre las
legiones, y había dado las órdenes para que la mitad del ejército se les
adelantase después de darles alcance, mientras la otra mitad cerraba la
retaguardia hasta Verona. Porque si se alejaban de Tridentum, sabía que los
cimbros no avanzarían lo bastante de prisa para avistar la polvareda de la
retirada.
Lo que en realidad sucedió fue que los cimbros estaban tan entretenidos
explorando los senderos de las laderas, que transcurrió una hora desde la
salida del sol hasta que advirtieron que las tropas romanas se retiraban. A
continuación, todo fue confusión hasta que Boiorix en persona logró restablecer
cierto orden entre aquellas hordas. Entretanto, la columna romana se había
movido con rapidez, y, cuando los cimbros formaron para el ataque, la legión
más alejada del puente ya estaba cruzándolo en doble fila.
El cuerpo de ingenieros había trabajado sin descanso en vigas y puntales
desde mucho antes de que amaneciera.
—¡Siempre la misma historia! —exclamó el jefe de ingenieros dirigiéndose
a Sila, que se había acercado a ver cómo iba la tarea—.
Siempre tengo que habérmelas con un puente romano bien construido cuando
se trata de mandarlo al cuerno de un empujoncito.
—¿Lo conseguiréis? —inquirió Sila.
—Eso espero, legatus. Creo que no queda un solo amarre ni perno. Hemos
quitado todos los ensambles y cuñas que lo sujetaban. Así que podré derruirlo
rápidamente y sin la grúa grande que nos haría falta, porque las que tenemos
son pequeñas y no hay tiempo de montar otra. No, lo haremos por las bravas, y
me temo que va a estar algo temblón cuando lo crucen las últimas tropas
—contestó el ingeniero jefe.
—¿Qué sistema es ese de por las bravas? —inquirió Sila poniendo ceño.
—Serrar los puntales y apoyos principales.
—¡Pues continuad! Os enviaré cien bueyes para darle ese tirón, ¿os
bastan?
—¡Qué remedio! —respondió el jefe de ingenieros, alejándose a supervisar
el trabajo en otro punto.
La caballería cimbra llegó chillando y gritando por el valle, arrasando
en su carga las vallas del campamento romano, que eran simples defensas
rutinarias, dado que no habían tenido tiempo de fortificarlo debidamente. Sólo
la legión samnita había quedado al otro lado del río, y fue sorprendida en el
momento de cruzar la puerta de su campamento por los cimbros, que se
interpusieron entre ellos y el puente, aislándolos. Los samnitas maniobraron en
formación de combate y se aprestaron a resistir la carga, con las lanzas
preparadas y muy serios.
Sila contemplaba angustiado la escena desde la otra orilla, aguardando a
que se produjera la carga de los cimbros y en vilo por lo que fuera a hacer el
comandante de la legión samnita, que era el joven Escauro. Se reprochaba no
haber depuesto del mando a aquel tímido hijo de tan audaz padre, para haberlo
asumido él en persona. Pero ya era demasiado tarde; no podía cruzar el río
porque no disponía de tropa suficiente y no quería confiar la retirada a Catulo
César. Por consiguiente, tenía que sobrevivir. Tampoco quería llamar la
atención de los cimbros respecto a la existencia del puente, porque si volvían
sus ojos hacia él, verían cinco legiones romanas y un convoy de pertrechos
avanzando en dirección sur y se lanzarían en su
persecución. Si era necesario, ordenaría que los bueyes comenzasen a
tirar de las cadenas conectadas a la debilitada estructura; pero si hacía eso,
la legión samnita perdía toda esperanza.
—¡Una carga, joven Escauro, lanza una carga! —se encontró musitando
—. ¡Hazlos retroceder y cruza con tus tropas el puente!
La caballería cimbria volvía grupas, pues las primeras filas habían
rebasado el campamento samnita con el ímpetu de la carga y las filas de
atrás retrocedían dejando espacio a los que volvían al galope, para, a
continuación, lanzarse como una piña sobre el campamento samnita y desbaratarlo
con los caballos para que los guerreros de a pie remataran la maniobra. A
partir de ese momento, la caballería actuaría como una pala gigante que
empujaría a los samnitas contra la masa de la infantería cimbra.
La única posibilidad que tenía la legión samnita era abrirse camino por
entre las filas traseras de la caballería bárbara e impedir que las primeras
filas se les unieran en refuerzo; luego, lancear los caballos mientras el resto
se apresuraba a cruzar el puente. ¿Pero dónde estaba el joven Escauro? ¿Por qué
no hacía eso? ¡Un instante más y sería demasiado tarde!
En rigor, los vítores de las tres centurias que estaban con Sila
precedieron el instante en que él vio el arranque de la carga samnita, porque
él buscaba un tribuno militar a caballo, y la carga la dirigió un hombre a pie:
Cneo Petreio, el centurión samnita primus pílus.
Gritando con el resto de sus hombres, Sila daba saltos de impaciencia
mientras los samnitas que no participaban en el ataque cruzaban a la carrera el
puente en filas tan compactas, que no dejaron espacio para que los cimbros
abrieran brecha por segunda vez. Los caballos de las primeras filas cimbras
iban cayendo a centenares ante la lluvia de venablos samnitas, y los guerreros
bárbaros se revolvían para zafarse de sus corceles abatidos, entremezclándose
en un revoltijo indescriptible conforme seguían lloviendo sobre ellos más
venablos de la centuria, mientras que las últimas filas de la caballería
cimbra, rezagadas al otro lado, corrían igual suerte. Al final fue la propia
caballería derribada lo que impidió la intervención de la infantería cimbra, y
Cneo Petreio pudo cruzar el puente a la zaga de su último hombre sin que le
persiguiera ningún germano.
Los bueyes ya estaban dispuestos con antelación para la tarea antes de
la escaramuza, pues cien bestias enganchadas por parejas podían coger ímpetu en
cuestión de segundos en cuanto comenzara a estirar los dos ayuntados en cabeza
y los cincuenta pares tensaran las cadenas para derribar el puente. Como era un
buen puente romano, aguantó mucho más de lo que había pensado el jefe de
ingenieros, pesimista como todos los de su oficio. Pero, finalmente, cedió uno
de los puntales, y entre crujidos, estallidos y golpazos, el puente tridentino
sobre el Athesis cedió, cayendo sus maderos a las torrenciales aguas, que los
arrastraron como pajas.
Cneo Petreio venía herido en el costado, pero no de gravedad; Sila le
encontró sentado y atendido por los cirujanos de la legión, que en aquel
momento le quitaban la cota de malla. Tenía el rostro cubierto por una mezcla
de barro, sudor y estiércol, pero, aparte de eso, parecía estar bien y muy
despierto.
—¡No toquéis esa herida hasta que no esté bien limpia, mentulae! —
farfulló Sila—. ¡Primero lavadle bien toda la mierda! No se va a desangrar.
¿Verdad que no, Cneo Petreio?
—¡Qué va! —contestó el centurión, sonriendo como un bendito—. Lo
conseguimos, ¿eh, Lucio Cornelio? Hemos cruzado todos, menos un puñado que han
muerto en la otra orilla.
Sila se agachó junto a él y aproximó su cabeza al herido para que nadie
pudiese oírlos.
—¿Qué ha sido del joven Escauro? —inquirió.
—Estaba cagado y no podía pensar, y cuando le achuché para que dirigiera
la maniobra, me pasó el mando. Se desmayó, pero está bien el pobrecillo; le
cruzaron por el puente en brazos. Es una lástima, pero esta a salvo. No ha
heredado los redaños de su padre, desde luego. Debería haberse metido a
bibliotecario.
—No puedo expresar cuánto me alegro de que estuvieseis allí y no otro
primus pilus. No se me había ocurrido, y cuando lo pensé, me habría dado de
patadas por no haberle relevado del mando —dijo Sila.
—No importa, Lucio Cornelio, al final todo ha salido bien. Al menos, así
se dará cuenta de sus limitaciones.
Regresaron los cirujanos con esponjas y agua en cantidad suficiente para
lavar a doce hombres; Sila se puso en pie para dejarlos trabajar y extendió el
brazo derecho hacia Cneo Petreio, que estrechó su mano, fundiéndose en un gesto
de mutua comprensión.
—¡Os habéis ganado la corona de hierba! —dijo Sila.
—¡No, no! —replicó Cneo, turbado.
—Claro que sí. Habéis salvado de la muerte a una legión entera, Cneo
Petreio, y cuando un solo hombre salva a una legión, recibe la corona de
hierba. Ya me ocuparé yo —añadió Sila.
¿Era ésa la corona de hierba que Julilla había visto en su futuro tantos
años atrás?, se preguntó Sila mientras descendía del promontorio hacia el
pueblo para organizar el traslado en carro de Cneo Petreio, héroe de Tridentum.
¡Pobre Julilla! Pobrecilla... Nunca había hecho nada bien, así que quizá
aquello fuese otro de sus errores respecto al azaroso proceder de la Fortuna.
Julilla era la única Julia que no había poseido el don de hacer feliz al
esposo. Luego, su mente se centró en cosas más importantes. Lucio Cornelio no
iba a incurrir en hacerse mala sangre por Julilla. Su fin nada había tenido que
ver con su destino: ella se lo había buscado.
Catulo César trasladó todo su ejército al campamento en las afueras de
Verona antes de que Boiorix hubiese hecho cruzar su último carro por diversos
puentes tambaleantes e iniciado la marcha cuesta abajo hacia las feraces
llanuras del Padus. Al principio, el cónsul se había empeñado en presentar
batalla a los cimbros junto al lago Benacus, pero Sila, ya bien afirmado en su
papel, no se lo consintió, sino que le hizo enviar mensajes a todas lás
ciudades y pueblos desde Aquileia hasta Comun y Mediolanum al oeste, para que
la Galia itálica más allá del Padus fuese evacuada por todos los ciudadanos
romanos, los habitantes con derecho latino y los galos que no deseasen
confraternizar con los germanos. Los refugiados debían dirigirse hacia el sur
del Padus y abandonar a los cimbros la región de la Galia itálica más allá del
Po.
—Se verán como cerdos en un campo cubierto de bellotas —dijo Sila con la
seguridad que le confería su experiencia de haber vivido más de un
año entre los cimbros—. Cuando vean los pastos y la tranquilidad que
existe entre el lago Benacus y la orilla norte del Padus, Boiorix no podrá
mantenerlos unidos y se dispersarán en mil direcciones. Ya veréis.
—Lo pillarán y lo asolarán todo —dijo Catulo César.
—Exactamente... y se olvidarán de lo que tenían que hacer, es decir,
invadir Italia. ¡Animaos, Quinto Lutacio! Al fin y al cabo es la región más
gala de la Galia Cisalpina y no cruzarán el Padus hasta que la dejen más monda
que una osamenta de pollo. La población habrá huido antes de que lleguen y se
habrá llevado lo más valioso. Y la tierra aguantará y la recuperaremos cuando
llegue Cayo Mario.
Catulo César hizo una mueca, pero no dijo nada. Ya sabía la dureza de
las réplicas de Sila y, además, no ignoraba lo implacable que era. Frío,
inflexible y resuelto. Un extraño amigo intimo de Cayo Mario, aunque fuesen
cuñados. Bueno, lo fueron. ¿Habría eliminado Sila también a aquella Julia?, se
preguntaba Catulo César, que en las muchas reflexiones que se hacía sobre Sila
acababa de recordar aquel rumor que había circulado entre los hermanos Julio
César y sus familias por la época en que Sila había surgido de la oscuridad a
la vida pública al casarse con Julilla, en el sentido de que el dinero para sus
aspiraciones políticas lo había conseguido asesinando a su... ¿madre...
madrastra... querida? Bien, cuando regresaran a Roma ya se ocuparía él de
averiguar lo cierto de aquel rumor. Oh, no para utilizarlo descaradamente o en
seguida, sino para reservarlo para el futuro, cuando Lucio Cornelio aspirase a
ser elegido pretor. No le privaría de la alegría de ser edil, y que se gastase
una buena suma. Si, pretor; cuando quisiera ser pretor.
Una vez que las legiones se instalaron en el campamento en las afueras
de Verona, Catulo César decidió que lo primero que tenía que hacer era
comunicar por correo urgente a Roma el desastre del Athesis, porque si no lo
hacía, se maliciaba que Sila lo haría a través de Cayo Mario. Por consiguiente,
era importante que llegase primero su versión. Estando los dos cónsules en
campaña, el despacho al Senado había que dirigirlo al portavoz de la cámara.
Así fue como Catulo César envió su informe a Marco Emilio Escauro, príncipe del
Senado, junto con una carta personal
con detalles más específicos de lo que había ocurrido, y confió despacho
y carta —perfectamente sellada— al joven Escauro, hijo del príncipe del Senado,
ordenándole que los llevase a Roma al galope.
—Es el mejor jinete que tenemos —dijo Catulo César a Sila.
—Quinto Lutacio —dijo Sila mirándole con el mismo gesto sarcástico y
altanero que había adoptado durante la reunión relativa al motín—, hacéis gala
de la más refinada crueldad que conozco.
—¿Queréis revocar la orden? —replicó él—. Tenéis poder para hacerlo. —Es
vuestro ejército, Quinto Lutacio —replicó Sila, encogiéndose de
hombros—. Haced lo que queráis.
Y es lo que hizo: enviar al joven Marco Emilio Escauro de correo
urgente, llevando la noticia de su propia desgracia.
—Os encomiendo esto, Marco Emilio, porque no encuentro peor castigo para
un cobarde de una familia tan ilustre que llevar a su propio padre la noticia
de un desastre militar y de un desastre personal —dijo Catulo César en tono
pontifical y mesurado.
El joven Escauro, pálido, avergonzado y con menos peso del que tenía dos
semanas atrás, se mantuvo firme rehuyendo mirar a su general. Pero cuando
Catulo César terminó de hablar, los ojos del joven Escauro —una versión más
clara y no tan hermosa como aquellos ojos verdes paternos— se posaron sin poder
evitarlo en el rostro altivo de Catulo César.
—¡Por favor, Quinto Lutacio! —exclamó suplicante—. ¡Por favor, os lo
ruego, enviad a otro! ¡Ya me enfrentaré a mi padre a su debido tiempo!
—Marco Emilio, a su debido tiempo es el tiempo de Roma —replicó Catulo
César hierático, sintiendo una oleada de desprecio—. Cabalgad a galope hasta
Roma y dad al príncipe del Senado el despacho consular. Puede que seáis un
cobarde en el combate, pero sois uno de los mejores jinetes de la legión y
tenéis un nombre lo bastante ilustre para conseguir buenas monturas en todo el
trayecto. ¡Y no temáis, los germanos están en el norte, lejos de nosotros, y
vos viajáis hacia el sur!
El joven Escauro cabalgó como un saco milla tras milla por la Via Annia
y la Via Casia hasta Roma. Era un viaje corto para un jinete avezado,
pero su cabeza se balanceaba de arriba abajo al ritmo del caballo, los
dientes le castañeaban y a veces hablaba en voz alta.
—Si hubiese tenido la oportunidad de diñarla, ¿creéis que no lo habría
hecho? —preguntaba a unos testigos fantasma—. ¿Qué puedo hacer si no soy
valiente, padre? ¿De dónde viene el valor? ¿Por qué a mí no me ha sido
concedido? ¿Cómo explicaros el dolor y el miedo, el terror que sentía al ver a
aquellos horrendos salvajes llegar chillando y gritando como las mismas Furias?
¡No podía moverme! ¡Ni siquiera pude dominar mi vientre, y menos mi ánimo!
¡Tragué saliva y más saliva hasta que no pude más y caí inanimado, feliz de
morir! Y luego desperté y vi que estaba vivo, pero aún aterrorizado, con el
vientre flojo... y a los soldados que me habían llevado, limpiándose la mierda
en el río, ¡allí mismo, en mi presencia, con tal desprecio y odio...! Oh,
padre, ¿qué es el valor? ¿Por qué no tengo el que me corresponde? Padre,
escuchadme, ¡dejadme que os explique! ¿Cómo podéis hacerme reproches por algo
que no tengo? ¡Padre, escuchadme!
Pero Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, no escuchó. Cuando llegó
su hijo con las misivas de Catulo César, estaba en el Senado; y cuando regresó
a casa, su hijo se había encerrado en su cuarto, dejando al mayordomo una nota
diciéndole que había traído un escrito del cónsul y que esperaba en su cuarto
hasta que lo hubiera leído y mandase llamarle.
Escauro leyó primero el despacho, con rostro sombrío, pero contento en
el fondo porque las legiones se hubieran salvado. Luego leyó la carta de Catulo
César, musitando en voz alta las horrendas palabras, encogiéndose cada vez más
en la silla hasta que pareció quedar reducido a la mitad y las lágrimas
asomaron a sus ojos y cayeron sobre el papel, emborronándolo. Naturalmente, él
conocía de sobra a Catulo César y no le caía de sorpresa; sentía infinita
gratitud porque un legado tan firme y valeroso como Sila hubiese estado a mano
para proteger a aquellas tropas insustituibles.
Pero él esperaba que su hijo hallase en último extremo, en la angustia
de los últimos momentos vitales, ese valor, esa valentía que Escauro
sinceramente creía don de todos los mortales. O de todos los llamados Emilio,
al menos. Era su único varón, su único hijo. Y ahora su linaje
concluía con semejante desgracia, con tal ignominia... Más valía así, si
ése era el temple de su único hijo.
Lanzó un suspiro y adoptó una decisión. No habría enmascaramientos,
maquillajes, excusas ni disimulos. Que recurriera a esas artimañas Catulo César
y otros como él. Su hijo era un cobarde, había abandonado a sus tropas en el
trance de mayor peligro, y aún más humillante que el que hubiera huido, era que
se había cagado, desmayándose después. Sus soldados le habían salvado, cuando
habría debido ser al revés. Escauro decidió soportar aquella vergüenza con el
mismo valor que le caracterizaba en todo. ¡Que sufriera su hijo el azote del
desprecio de toda Roma!
Secó sus lágrimas, serenó su espíritu y llamó al mayordomo con una
palmada; éste encontró a su amo sentado muy tieso en la silla, con gesto
tranquilo y las manos cruzadas sobre el escritorio.
—Vuestro hijo está deseando veros —dijo el mayordomo, consciente de que
sucedía algo, dado el extraño comportamiento del joven Escauro.
—Podéis llevar recado a Marco Emilio Escauro hijo —dijo Escauro,
impasible—, y decirle que reniego de él pero que no le despojo de nuestro
nombre. Mi hijo es un cobarde, un perrucho callejero, y quiero que toda Roma
sepa que es un cobarde que lleva nuestro apellido. Decidle que no quiero volver
a verle en mi vida. Y decidle igualmente que no será acogido en esta casa ni
siquiera para pedir limosna. ¡Decidselo! ¡Decidle que mientras yo viva no le
admitiré en mi presencia! ¡Id a decídselo! ¡Id ya!
Temblando por la impresión y llorando de lástima por el joven, a quien
apreciaba y del que durante aquellos veinte años habría podido decir al padre
que carecía de valor, firmeza e iniciativa propia, el mayordomo fue a decir a
Escauro hijo lo que le había encomendado el padre.
—Gracias —dijo el joven, cerrando la puerta sin echar el cerrojo. Cuando
el mayordomo se atrevió a volver al cuarto varias horas
después, porque Escauro quería saber si su hijo ya había dejado la casa,
se encontró al joven muerto en el suelo. La única presa que su espada
encontraba digna de morir había sido él mismo, y sólo con él se tiñó de sangre.
Pero Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, fue fiel a su palabra.
Se negó a ver el cadáver, y en el Senado leyó la letanía del desastre en la
Galia itálica con su habitual energía y espíritu, incluido el informe
terriblemente sincero y verídico de la cobardía de su hijo y de su posterior
suicidio, sin ocultar su actitud ni mostrar dolor.
Cuando, después de la reunión del Senado, Escauro aguardó en la
escalinata de la cámara a Metelo el Numídico, dio en pensar si quizá los dioses
le habían concedido a él tanto valor que no había quedado nada para su hijo;
pues valor hacía falta para esperar allí a Metelo mientras los demás senadores
pasaban apresuradamente por su lado, compungidos, angustiados, cabizbajos.
—¡Oh, mi querido Marco! —exclamó Metelo el Numídico en cuanto vio que no
había moros en la costa—. ¡Mi querido y apreciado Marco!, ¿qué puedo decirte?
—Respecto a mi hijo, nada —replicó Escauro, al tiempo que una fibra
perturbaba la gélida inmensidad de su pecho. ¡Qué felicidad tener amigos!
—. En cuanto a los germanos, ¿cómo lograremos evitar que cunda el pánico
en Roma?
—Oh, no te preocupes tanto por Roma —contestó Metelo el Numídico,
tranquilizándole—. Roma sobrevivirá. Hoy, mañana y pasado mañana le embarga el
pánico, y al día siguiente hay mercado y negocios como de costumbre. ¿Acaso has
visto que la gente se traslade de la ciudad que habita porque haya en ella
riesgos de terremotos o un volcán cerca?
—Es cierto, no la dejan. Al menos hasta que una viga le cae en la cabeza
a la abuela o una vieja muere en un río de lava —dijo Escauro, con gran
contento al ver que era capaz de sostener una conversación normal y hasta
sonreír un poquito.
—Nos salvaremos, Marco, pierde cuidado —dijo Metelo el Numídico tragando
saliva—. Aún le toca a Cayo Mario enfrentarse a los germanos — añadió
virilmente, para demostrar que él también tenía su reserva de valor —. Claro
que si le derrotan habrá que preocuparse. Porque si Cayo Mario no los vence, no
hay nadie capaz de hacerlo.
Escauro parpadeó; aquellas palabras en boca de Metelo el Numídico
suponían una heroicidad que ahorraba comentarios. Además, mejor dictar a su
memoria que olvidara para siempre que Metelo el Numídico había llegado a
admitir que Cayo Mario era la única alternativa de Roma y el mejor general.
—Quinto, debo decirte algo a propósito de mi hijo y luego olvidaremos el
tema —dijo Escauro.
—¿Qué?
—Tu sobrina... y pupila, Metela Dalmática. Este lamentable
acontecimiento te habrá causado, igual que a ella, grave quebranto. Pero dile
que ha tenido un feliz desenlace; porque habría sido un baldón para una Cecilia
Metela verse casada con un cobarde —dijo Escauro enfurruñado.
De pronto se encontró caminando solo y, al volverse, vio a Metelo el
Numídico que le miraba pasmado.
—Quinto... Quinto, ¿sucede algo? —inquirió Escauro volviendo hacia
él.
—¿Si sucede...? —repitió Metelo saliendo de su estupor—. ¡No, no sucede
nada! ¡Oh, mi querido Marco, se me acaba de ocurrir una idea espléndida!
—¿Cuál?
—¿Por qué no te casas con mi sobrina Dalmática?
—¿Yo? —replicó Escauro, estupefacto.
—¡Tú, claro! Eres viudo hace tiempo y ahora no tienes hijo que herede tu
nombre y tu fortuna. Y eso, Marco, es una pena —dijo Metelo el Numídico
apremiándole afectuosamente—. Ella es una muchacha encantadora y preciosa.
¡Vamos, Marco, entierra el pasado y comienza de nuevo! ¡Además, es muy rica!
—Quinto, valgo menos que esa vieja cabra lúbrica de Catón el censor
—replicó Escauro, en tono lo bastante dubitativo como para indicar que estaba
dispuesto a acceder si la oferta era verdaderamente seria—. ¡Tengo ya cincuenta
y cinco años!
—Y aspecto de vivir otros cincuenta y cinco.
—¡Vamos, vamos, mirame! Calvo, algo de panza, más arrugado que un
elefante de Aníbal, empiezo a encorvarme y me atormentan el reúma y las
hemorroides... No, Quinto, no.
—Dalmática es lo bastante joven para considerar a un abuelo el marido
adecuado —replicó Metelo el Numídico—. ¡Vamos, Marco, me encantaría! Decídete.
¿Qué me dices?
Escauro se rascó la pelada mollera, con el alma en vilo, y al mismo
tiempo sintiendo una especie de renacimiento interno.
—¿Tú crees sinceramente que puede dar buen resultado? ¿Crees que puedo
tener hijos? Habré muerto antes de que sean mayores.
—¿Y por qué tienes que morir tan joven? A mi me pareces uno de esos
chismes egipcios... tan bien conservado que pueden durar mil años. Cuando tú
mueras, Marco Emilio, Roma se verá sacudida en sus cimientos.
Comenzaron a cruzar el Foro hacia la escalinata de las Vestales
enfrascados en la conversación y gesticulando enfáticamente.
—Mira a esos dos —dijo Saturníno a Glaucia—. Supongo que estarán
tramando la caída de todos los demagogos.
—Ese Escauro es una vieja cagarruta con corazón de hielo —dijo Glaucia—.
¿Cómo habrá podido tomar la palabra para hablar así de su propio hijo?
—Porque los asuntos de familia importan más que los propios individuos
que la forman —contestó Saturnino en tono pedante—. De todos modos, ha sido una
táctica inmejorable, porque ha demostrado a todos que en su familia no falta el
valor. Su hijo estuvo a punto de perder una legión romana, pero ni a él ni a su
familia va a reprochárselo nadie.
A mediados de septiembre, los teutones habían rebasado Arausio y se
aproximaban a la confluencia del Rhodanus con el Druentia. En la fortaleza
romana de Glanum, los ánimos de la tropa se exacerbaban.
—Eso está bien —dijo Cayo Mario a Quinto Sertorio a la vuelta de una
inspección general.
—Llevan años esperando este momento —añadió Sertorio.
—Y no sienten temor alguno, ¿verdad?
—Confían en vos, Cayo Mario.
La noticia del fracaso en Tridentum llegó con Quinto Sertorío, que había
abandonado su disfraz de cimbro y se había entrevistado con Sila en secreto,
llevando a Mario una carta en la que aquél le explicaba detalladamente los
acontecimientos, para finalizar diciéndole que el ejército de Catulo César
había establecido sus cuarteles de invierno en las afueras de Placentia. Luego
llegó carta de Rutilio Rufo explicando los hechos tal como se veían en Roma.
Imagino que fue decisión tuya enviar a Lucio Cornelio a vigilar a
nuestro altanero amigo Quinto Lutacio, cosa que aplaudo de todo corazón.
Circulan toda clase de rumores, pero lo cierto es que nadie parece capaz de
confirmarlos, ni siquiera los boní. Te habrán llegado, sin duda, por medio de
Lucio Cornelio; más adelante, cuando haya concluido esto de los germanos,
reclamaré en base a nuestra amistad una aclaración completa. De momento he oído
hablar de motín, cobardía, torpeza y toda clase de fechorías militares. Lo más
fascinante es la brevedad y sinceridad —me atrevería a decir— del informe de
Quinto Lutacio a la cámara. ¿Pero es realmente sincero ese reconocimiento de
que cuando se vio ante los cimbros comprendió que Tridentum no era el lugar
adecuado para presentar batalla, y dio media vuelta para retirarse y salvar su
ejército, después de destruir el puente para retrasar el avance germano? ¡Debe
de haber algo más! Parece que te estoy viendo sonreír mientras lees.
Esto, sin los cónsules, es una ciudad muerta. Naturalmente que sentí
profunda lástima por Marco Emilio, e imagino que a ti te sucederá lo propio.
¿Qué puede uno hacer cuando se da cuenta de que ha engendrado un hijo indigno
de llevar el nombre de la familia? Pero el escándalo concluyó en seguida por
dos motivos. Primero, porque todos respetan enormemente a Escauro (ésta va a
ser una larga carta, así que perdona que prescinda de los cognomen),
independientemente de que le aprecien o no. El segundo motivo es mucho más
sensacional. El viejo y artero culibonia (¿a que tiene gracia el epíteto?) ha
dado a todos tema de conversación: se ha casado con la prometida de su hijo,
Cecilia Metela Dalmática, que
estaba bajo la tutela de Metelo el Meneítos. ¡Con diecisiete años! Sería
para llorar si no fuese tan divertido. Aunque no la conozco, dicen que es una
muchacha preciosa, muy amable y encantadora, algo difícil de entender sabiendo
del establo del que procede, pero lo creo, ¡lo creo! Tendrías que ver a
Escauro; te daría risa. Anda haciendo cabriolas. ¡Yo de verdad que estoy
pensando en hacer una incursión por las mejores escuelas de Roma a ver si
encuentro una doncella que sea la nueva esposa de Rutilio Rufo!
Este invierno hay una grave escasez de trigo, oh primer cónsul,
únicamente por recordártelo, ya que por las tareas inherentes a tu cargo en el
enfrentamiento con los germanos te ha sido imposible actuar en este asunto. Sin
embargo, he oído que dentro de poco Catulo César va a ceder el mando de
Placentia a Sila para pasar el invierno en Roma. En cuanto a ti, no creo que
haya ninguna novedad. El asunto de Tridentum ha reforzado tu candidatura in
absentia para otro consulado, pero Catulo César no se presentará a elecciones
hasta después del enfrentamiento con los germanos. Debe hacérsele muy duro
desear por el bien de Roma que obtengas una gran victoria y, al mismo tiempo,
desear por su propio bien que te caigas de golpe sobre tu podex de patán. Si
vences, Cayo Mario, serás sin duda cónsul el año que viene. Por cierto, ha sido
una hábil maniobra dejar que Manio Aquilio se presentase a cónsul. El
electorado estaba profundamente impresionado cuando llegó, proclamó su
candidatura y dijo con firmeza que volvía contigo para enfrentarse a los
germanos, aunque ello le supusiera no estar en Roma cuando se celebren las
elecciones. Si vences a los germanos, Cayo Mario —e inmediatamente envías a
Manio Aquilio a Roma— tendrás por fin un colega joven con el que podrás trabajar
bien.
Cayo Servilio Glaucia, buen compañero de tu casi-cliente Saturnino — ya
sé que es un comentario poco oportuno—, ha anunciado que se presentará a las
elecciones de tribuno de la plebe. ¡Va a ser un gatazo gris entre los palomos!
Hablando de Servilios y volviendo a lo del trigo, Servilio el Augur sigue
actuando pésimamente en Sicilia. Como te decía en mi anterior misiva, él
contaba con que Lúculo le traspasara humildemente lo
que tanto trabajo le había costado conseguir. Ahora, la cámara recibe,
con regularidad digna de asombro, cada día de mercado, una carta en la que
Servilio el Augur se lamenta de su suerte y reitera que piensa procesar a
Lúculo en cuanto regrese a Roma. El rey de los esclavos ha muerto —se
autodenominaba Salvio o Trifón— y han elegido a otro, un griego de Asia llamado
Atenión, que es mas listo que Salvio/Trifón. Si Manio Aquilio sale elegido
segundo cónsul, no sería mala idea enviarle a Sicilia para poner fin de una vez
por todas a aquel desbarajuste. De momento, quien manda en Sicilia es el rey
Atenión, no Servilio el Augur. De todos modos, mis quejas respecto a la
situación en Sicilia son puramente semánticas. ¿Sabías lo que ese despreciable
y viejo culibonia tuvo arrestos para decir el otro día en la cámara? Me refiero
a Escauro, ¡ojalá su aparato procreador se le caiga por exceso de uso!
"¡Sicilia se ha convertido en una auténtica Iliada de aflicciones!",
exclamó a voz en grito. Y todos se agolparon para acercársele después de la
reunión y darle la enhorabuena por la invención de semejante frase. Debió
oírmela decir a mí. Así se pudra entero.
Ahora daré un salto atrás en el asunto de los tribunos de la plebe. Este
año han sido una pandilla de lo más ineficaz y desastroso, y por ello — aunque
tiemblo al decirlo— me alegro de que Glaucia vuelva a presentarse el año que
viene. Roma es un aburrimiento si no hay un par de buenas pugnas en los
comicios. Aunque hemos asistido a uno de los incidentes más raros entre los
tribunos y no hacen más que correr rumores.
Hará cosa de un mes llegaron a la ciudad doce o trece individuos con
extraña vestimenta a base de largas capas multicolores bordadas en oro, joyas
en barbas y cabello, pendientes y unos tocados fastuosos de pañuelos bordados.
¡Yo me sentía como en un espectáculo! Se presentaron como embajadores y
solicitaron que los recibiera el Senado en sesión extraordinaria. Pero cuando
nuestro venerable y rejuvenecido príncipe del Senado examinó sus credenciales,
les negó la audiencia, alegando que no tenían categoría oficial. Los tales
pretendían proceder del santuario de la Gran Diosa en Pessinus de la Frigia
anatólica, y venir por encomienda de la mismísima diosa a Roma para desearle
suerte en su lucha contra los germanos. Es como si te oyera preguntar ¿pero por
qué a una gran diosa
de Anatolia le importan los germanos? Eso mismo nos dijimos todos, y
estoy seguro de que fué el motivo por el que Escauro se negó a recibir a los
estrafalarios individuos.
Pero nadie ha logrado descubrir a qué han venido. Los orientales son tan
consumados timadores, que todo romano que se precie cose su bolsa y se la mete
en el sobaco cuando se tropieza con ellos. ¡Pero éstos no! Van por Roma
repartiendo generosamente dinero como si sus bolsas no tuvieran fondo. Su jefe
es un ejemplar indescriptible llamado Bataces. Los demás palidecen a su lado,
porque va cubierto de pies a cabeza con auténtico brocado de oro y lleva una
corona de oro macizo. Yo había oído hablar de ese fantástico brocado de oro,
pero no creía que fuesen a contemplarlo mis ojos de no emprender viaje para ver
al rey Tolomeo o al rey de los partos.
Las mujeres de esta tonta ciudad nuestra están locas por Bataces y su
cortejo y deslumbradas por tanto oro; y alargan sus codiciosas manos por si cae
una perla o un carbúnculo de sus barbas o de... no quiero seguir, Cayo Mario.
Simplemente añadir, con exquisita delicadeza, que no son ni mucho menos
eunucos.
En fin, ya sea porque su propia esposa fuese una de las damas romanas
encandiladas, o por motivos mas altruistas, el tribuno de la plebe Aulo Pompeyo
subió a la tribuna y acusó a Bataces y a sus sacerdotes de ser unos charlatanes
e impostores, y pidió su expulsión de nuestra amada ciudad, preferiblemente
montados al revés en asnos y bien embadurnados con pez y plumas. Bataces se
ofendió profundamente por el discurso de Pompeyo y acudió inmediatamente al
Senado a quejarse. Algunas esposas de ese ínclito organismo deben haber sido
infectadas —o inyectadas— de entusiasmo por los embajadores, porque la cámara
ordenó sin tardanza a Aulo Pompeyo que desistiera de una vez por todas de
acosar a tan importantes personajes. Los puristas entre los padres conscriptos se
pusieron del lado de Aulo Pompeyo, porque no es competencia del Senado reprobar
a un tribuno de la plebe su comportamiento en la tribuna de los comicios. Luego
hubo un altercado sobre si Bataces y su séquito eran o no embajadores, pese a
la previa descalificación de Escauro. Como nadie encontraba a Escauro —yo
supongo que estaría releyendo mis antiguos
discursos para encontrar frases, o levantando las faldas a su nueva
esposa para encontrar carne—, no se llegó a un acuerdo.
Así que Aulo Pompeyo siguió despotricando como una fiera desde su
tribuna, acusando a las damas romanas de codicia y lujuria. Lo que sucedió a
continuación fue que el propio Bataces se llegó con gran pompa hasta la
tribuna, seguido por su séquito de lujosos sacerdotes y no menos elegantes
damas romanas, cual gatos callejeros detrás del vendedor de pescado.
Afortunadamente yo estaba presente, ¡ya sabes cómo es Roma! Me lo habían
advertido, claro, igual que a media ciudad. Y asistimos a una farsa increíble,
maior que lo que haya podido ver Sila en el teatro. Aulo Pompeyo y Bataces se
enzarzaron rápidamente —¡lástima que sólo de palabra!— y nuestro tribuno de la
plebe no cejaba en que su contrincante era un saltimbanqui y Bataces en que
Aulo Pompeyo estaba jugando con fuego porque a la Gran Diosa no le complacía
que insultaran a sus sacerdotes. La escena la concluyó Bataces pronunciando —en
griego, para que todos lo entendiesen— un estremecedor maleficio de muerte
contra Aulo Pompeyo. Yo no sé si es que le complacería ser invocada en frigio.
¡Y ahora viene lo mejor, Cayo Mario! Nada más pronunciar el maleficio,
Aulo Pompeyo comenzó a ahogarse y a toser, tuvo que bajar de la tribuna
tambaleante y dejar que lo llevasen a casa, y allí estuvo tres días en cama
cada vez peor, hasta que murió. La diñó. Bueno, ya puedes imaginarte el efecto
que esto causó entre los senadores y las damas romanas. Ahora, Bataces puede ir
a donde quiera y hacer lo que quiera. La gente se aparta a su paso de un brinco
como si padeciese una especie de lepra dorada. Le invitan a comer, la cámara
cambió de postura y recibió oficialmente a la embajada (sin que apareciera
Escauro), las mujeres le hacen corrillo y él sonríe y bendice con la mano y
campa por ahí como el mismísimo Zeus.
Estoy perplejo, disgustado, harto y no sé cuántas cosas más. La cuestión
estriba en cómo lo logró Bataces. ¿Fue intervención divina o un veneno
desconocido? Yo apuesto por esto último, pero es que yo soy partidario de la
persuasión escéptica o un redomado cínico.
Cayo Mario se hartó de reír y luego se dispuso a tratar el asunto de los
germanos.
Doscientos cincuenta mil teutones cruzaron el río Druentia al este de su
punto de confluencia con el Rhodanus, y comenzaron a descender hacia la
fortaleza romana. La heterogénea columna ocupaba varias millas en su marcha con
los guerreros en los flancos y en vanguardia en número de ciento treinta mil;
la serpenteante cola la constituía una ingente masa de carros, ganado y
caballos al cuidado de las mujeres y los niños. Había pocos viejos, y menos aun
mujeres viejas. En vanguardia de los guerreros iba la tribu de los ambrones,
feroces, altivos y valientes. En retaguardia, a veinticinco millas, quedaba el
último grupo de carros y animales.
Los exploradores germanos habían avistado la ciudadela romana, pero el
rey Teutobodo avanzaba seguro de sí mismo. Llegarían a Massilia a pesar de los
romanos, porque en Massilia, la mayor ciudad de que ellos habían oído hablar
después de Roma, encontrarían mujeres, esclavos, comida y lujos. Después de
darse el placer de saquearla e incendiarla, torcerían hacia el este, siguiendo
la costa de Italia, porque, aunque Teutobodo sabía que la Via Domitia en el
tramo del paso del monte Genava estaba en inmejorables condiciones, seguía
creyendo que por la ruta costera llegaría antes a Italia.
La cosecha estaba aún en los campos y fue hollada por el paso de la
horda; nadie pensó, ni siquiera Teutobodo, en que con un poco de cuidado se
podía haber salvado el grano, almacenándolo para el invierno. Los carros iban
llenos de provisiones saqueadas durante el viaje, y las cosechas pisoteadas
podían aprovecharse para el ganado bovino y caballar. Para los germanos, las
cosechas eran simple forraje.
Cuando los ambrones alcanzaron el pie del montículo en que se alzaba la
fortaleza romana, no sucedió nada. Mario no se movió, ni los germanos
decidieron asaltarla. Pero representaba una barrera psicológica; por ello, los
ambrones se detuvieron y el resto de los guerreros se apiñaron detrás hasta que
la colina quedó rodeada de germanos cual hormigas y llegó el propio Teutobodo.
Primero trataron de incitar al ejército romano con rechiflas, abucheos,
insultos y haciendo desfilar a unos cautivos a los que habían
sometido a tortura. Pero ni un solo romano les respondió ni salió a su
encuentro. Luego, la horda efectuó un asalto masivo frontal, que se deshizo sin
consecuencias contra las magníficas fortificaciones del campamento de Mario.
Los romanos lanzaron unos cuantos venablos sobre blancos fáciles, y nada más.
Teutobodo se encogió de hombros. ¡Que los romanos se quedaran allí! No
importaba mucho. Y así, la horda germana anegó la colina como un espumoso
océano en torno a un escollo y se alejó en dirección sur, con sus miles de
carros traqueteando durante siete días como una estela, mientras mujeres y
niños alzaban, a su paso, la vista hacia aquella ciudadela aparentemente muerta
y proseguían la marcha hacia Massilia.
Pero, apenas el último carro se había perdido en el horizonte, Mario
avanzó con sus seis legiones reforzadas y lo hizo a paso ligero. Tranquila,
disciplinada y animada por la perspectiva de la ansiada batalla, la colunma
romana, sin ser detectada, se adelantó por el flanco a los germanos en el
momento en que éstos entraban a empellones por la carretera de Arelato a Aquae
Sextiae, desde donde Teutobodo pensaba dirigir a sus guerreros hacia el mar. Al
cruzar el río Ars, Mario adoptó un despliegue perfecto en la orilla sur sobre
una cresta abrupta y en pendiente, rodeada de suaves colinas y allí se
atrincheró, dominando el río.
La vanguardia, compuesta por treinta mil guerreros ambrones, llegó al
vado, esperando hallar una fortaleza romana rebosante de cascos emplumados y
lanzas; pero vieron que era un campamento corriente, fácil presa. Sin esperar
refuerzos, los ambrones cruzaron el riachuelo al galope y se lanzaron al
ataque.
Los legionarios romanos se limitaron a rebasar la valla del perímetro
frontal y descender cuesta abajo para hacer frente a una horda de bárbaros
indisciplinados. Primero les arrojaron los pila con efectos devastadores; luego
desenvainaron las espadas, se protegieron con los escudos y se enzarzaron en
una batalla sincronizada como los elementos de una gigantesca máquina. Apenas
quedó un ambrón vivo que volviera a cruzar el vado, y sobre la pendiente
quedaron los cadáveres de treinta mil bárbaros. Mario apenas sufrió bajas.
El combate duró menos de media hora, y al cabo de una hora los cadáveres
de los ambrones quedaron apilados formando una barrera — espadas, torcas,
escudos, brazaletes, pectorales y cascos fueron recogidos en el campamento
romano— frente al vado: el primer obstáculo que la siguiente oleada de bárbaros
tendría que superar sería aquella muralla de sus propios muertos.
Ahora, la orilla opuesta del Ars era un hervidero de teutones, que
miraban aturdidos y furiosos aquel muro de cadáveres de ambrones y el
campamento romano en las alturas, bullente de miles de soldados riendo,
silbando, cantando y regocijándose en la euforia del triunfo. Era la primera
vez que un ejército romano mataba tan gran número de enemigos.
Desde luego no era más que una operación preliminar, y la batalla
principal estaba por librar. Pero llegaría, eso por supuesto. Para completar su
plan, Mario eligió tres mil soldados de sus mejores tropas y, al mando de Manio
Aquilio, los envió aquella tarde aguas abajo para cruzar el río; allí
esperarían hasta que se produjera el enfrentamiento general, para caer sobre la
retaguardia germana cuando el combate estuviera en su punto culminante.
Aquella noche no durmió casi ningún legionario, dada la ansiedad que
todos sentían. Pero cuando al día siguiente no se vio ninguna maniobra de
ataque por parte de los germanos, a nadie le importó el cansancio. Preocupaba
aquella inactividad de los bárbaros a Mario, que no quería retrasar la acción
porque los germanos decidieran no atacar. Necesitaba una victoria decisiva y
estaba dispuesto a lograrla. En la orilla opuesta, los incontables miles de
teutones habían acampado sin apenas fortificación, mientras que Teutobodo —tan
enorme sobre su caballo galo que sus pies casi rozaban el suelo— exploraba el
vado acompañado de una docena de notables. Todo el día estuvo moviéndose de
arriba abajo en su pobre corcel, con sus dos trenzas rubias sobre el pectoral y
las alas doradas del casco brillantes bajo el sol. Incluso desde tan lejos se
advertían la angustia y la indecisión en su rostro afeitado.
A la mañana siguiente, el día amaneció tan límpido como los anteriores,
prometiendo un calor que no tardaría en pudrir la masa de cadáveres
ambrones; Mario no pensaba permanecer allí para que la peste se
convirtiese en factor más temible que el enemigo.
—Bien —dijo a Quinto Sertorio—, vamos a arriesgarnos. Si no atacan, yo
provocaré el combate saliendo a por ellos. Perderemos la ventaja de un asalto
cuesta arriba, pero, a pesar de ello, aquí, nuestras posibilidades son mejores
que en ningún otro lugar, y Manio Aquilio está bien situado. Haz sonar los
clarines, forma a las tropas, que voy a arengarlas.
Era el procedimiento habitual; ningún ejército romano entraba en combate
sin una arenga previa. En primer lugar, todos tenían ocasión de ver al general
en uniforme de combate, servía de inyección moral y, por último, era la única
oportunidad para que éste informase hasta el último legionario de cómo pensaba
obtener la victoria. La batalla nunca se desarrollaba estrictamente conforme a
un plan determinado —eso lo sabían todos—, pero la arenga del general daba a
los soldados una idea sobre lo que se esperaba de ellos, y si reinaba mayor
desorden del previsto, éstos podían pensar por sí mismos. Muchos ejércitos
romanos habían ganado batallas gracias a que los soldados sabían lo que el
general quería que hicieran, llevándolo a cabo sin que intervinieran las órdenes
de los tribunos.
La derrota de los ambrones había servido de tónico y las legiones,
decididas a vencer, estaban en perfecto estado físico hasta el último hombre,
con armas y corazas relucientes y el equipo impoluto. Reunidas en el espacio
abierto que denominaban foro de asamblea, las filas aguardaban en formación a
que Cayo Mario les dirigiera la palabra.
—¡Bueno, cunni, ha llegado el día! —grító Mario desde la improvisada
tribuna—. ¡La lástima es que, como valemos tanto, ahora no quieren combatir!
¡Así que vamos a volverlos más locos que si se enfrentaran a legiones de
dientes de dragón! ¡Vamos a cruzar nuestra valla, avanzar cuesta abajo, y luego
a tumbar cadáveres a diestro y siniestro! ¡Vamos a pisarlos, escupirlos y
mearles los muertos si es preciso! ¡Y tenedlo bien claro: van a cruzar el vado
en mayor número de miles de los que vosotros, ignorantes mentulae, sois capaces
de contar con los dedos! ¡Y no tenemos la ventaja de estar sentados aquí como
gallos en una cerca; vamos a tener que hacerles frente cara a cara! ¡Y eso
quiere decir que hay que alzar la
vista porque son más altos que nosotros! ¡Son gigantes! ¿Acaso nos
importa eso, eh?
—¡No! —gritaron todos como un solo hombre—. ¡No, no, no!
—¡No! —repitió Mario—. ¿Y por qué? ¡Porque somos las legiones de Roma!
¡Seguimos a las águilas de plata hasta la muerte o la victoria! ¡Los romanos
son los mejores soldados del mundo! ¡Y vosotros, soldados proletarios de Cayo
Mario, los mejores que ha habido en Roma!
Los vítores no cesaban, la tropa, histérica de orgullo, llorando, se
aprestaba con todas sus fibras sensibles para el combate.
—¡Pues bien! ¡Vamos a cruzar la valla y a sudar lo nuestro! ¡No hay otro
modo de ganar esta guerra más que haciendo que no quede en pie uno solo de esos
salvajes de ojos de loco! ¡Luchando! ¡Aguantando hasta que no quede en pie ni
uno de esos gigantes salvajes! —Se volvió hacia los seis envueltos en pieles de
león, con las fauces de la fiera cubriéndoles el casco y las patas sin garras
anudadas sobre el pecho teñido por la cota de malla, que escuchaban la arenga
sosteniendo las astas de plata de los estandartes, coronados por águilas de
plata con las alas desplegadas—. ¡Aquí tenéis vuestras águilas de plata!
¡Emblema del valor! ¡Emblema de Roma! ¡Emblemas de mis legiones! ¡Seguid a las
águilas por la gloria de Roma!
Ni siquiera en medio de aquella exaltación se quebraba la disciplina; en
perfecto orden y sin precipitarse, las seis legiones de Mario salieron del
campamento y descendieron la pendiente, girando para protegerse los flancos,
dado que no había espacio para la caballería. Ante los germanos presentaron una
formación en forma de hoz y a la primera demostración de desprecio por los
cadáveres de los ambrones, el rey Teutobodo se decidió y ordenó cruzar el vado
para lanzarse contra las filas romanas, que ni se inmutaron. La primera fila de
ataque germano cayó bajo una lluvia de pila lanzados con sorprendente acierto,
ya que las tropas de Mario habían estado entrenándose a diario durante dos
años.
La batalla fue larga y reñida, pero las líneas romanas no se rompieron
ni las seis águilas de plata portadas por los aquiliferi cayeron en poder del
enemigo. Los germanos muertos se apilaban cada vez más junto a los de los
ambrones, pero no cesaban de cruzar el vado más germanos que sustituían a
los caídos. Hasta que Manio Aquilio y sus tres mil hombres cayeron sobre
la retaguardia enemiga e hicieron una carnicería.
A media tarde ya no había teutones. Animados por la tradición militar y
la gloria de Roma y dirigidos por un soberbio general, los treinta y siete mil
soldados bien entrenados y bien equipados escribieron una página de historia
militar en Aquae Sextiae derrotando a más de cien mil guerreros germanos en dos
combates. Ochenta mil cadáveres se unieron a los treinta mil de ambrones en las
orillas del río Ars, pues muy pocos teutones optaron por conservar la vida,
prefiriendo morir sin mella de su orgullo y de su honor. Entre los caídos
estaba Teutobodo. Y los vencedores se hicieron con el botín de muchos miles de
mujeres y niños teutones y diecisiete mil guerreros cautivos. Cuando los
mercaderes de esclavos llegaron en tropel de Massilia para comprarlos, Mario
donó las ganancias a sus soldados y oficiales, pese a que, por tradición, el
producto de la venta de los prisioneros y esclavos correspondía exclusivamente
al general.
—Yo no necesito ese dinero, y ellos se lo han ganado —dijo—. Ya veo
—añadió sonriente, recordando la exorbitante suma que los de Massilia habían
cobrado a Marco Aurelio Cota por el flete del barco para llevar a Roma la
noticia del desastre de Arausio— que las autoridades de Massilia nos han
enviado un saludo de agradecimiento por haber salvado su ciudad. Creo que les
pasaré factura.
Entregó a Manio Aquilio el informe para el Senado y le envió a Roma al
galope.
—Lleva la noticia y te presentas a las elecciones consulares —dijo—. ¡No
pierdas tiempo!
Manio Aquilio no perdió tiempo. Llegaba a Roma al cabo de siete días, y
entregó la carta al segundo cónsul Quinto Lutacio Catulo César para que la
leyese ante el Senado, pues él se negó rotundamente a añadir una palabra.
Yo, Cayo Mario, primer cónsul, en cumplimiento de mi deber, informo al
Senado y al pueblo de Roma que hoy en el campo de Aquae Sextiae, en la
provincia romana de la Galia Transalpina, las legiones bajo mi mando han
derrotado a la nación de los teutones germanos. El número de germanos
muertos asciende a ciento trece mil, los cautivos germanos son
diecisiete mil hombres y ciento treinta mil mujeres y niños. Hemos capturado
treinta y dos mil carros, cuarenta y un mil caballos, doscientas mil cabezas de
ganado. He decretado que todo el botín, incluidos los prisioneros vendidos como
esclavos, se reparta entre mis hombres en la debida proporción. ¡Viva Roma!
Toda Roma se volvió loca de alegría; las calles se llenaron de gente que
lloraba, bailaba, gritaba, y se abrazaban unos a otros, desde los esclavos
hasta los más encumbrados. Cayo Mario fue elegido cónsul in absentia para el
año siguiente, y Manio Aquilio fue segundo cónsul. El Senado aprobó un homenaje
de agradecimiento de tres días, y dos días más los tribunos de la plebe.
—Ya lo dijo Sila —comentó Catulo César a Metelo el Numídico cuando los
ánimos se apaciguaron.
—¡Ajá, ya veo que no os complace ese Lucio Cornelio Sila! ¿Qué es lo que
dijo?
—Dijo algo así como que el árbol más corpulento del mundo nadie puede
cortarlo. Ese Cayo Mario tiene la suerte de su lado. Yo no pude convencer a mi
ejército para que entrara en combate, y él derrota a todo un pueblo y apenas
sufre bajas —respondió Catulo César, cabizbajo.
—Siempre ha tenido suerte —añadió Metelo el Numídico.
—¡Nada de suerte! —terció enérgicamente Publio Rutilio Rufo, que estaba
a la escucha—. ¡Hay que saber reconocer sus méritos!
Y ya no pudieron decir nada más (escribió Rutilio Rufo a Cayo Mario).
Como bien sabes, no apruebo todos esos consulados consecutivos ni a algunos de
tus voraces amigos, pero confieso que me exaspera extraordinariamente ver esa
envidia y desprecio en hombres que deberían tener la suficiente entereza para
ser ecuánimes. Esopo los calificaba acertadamente de uvas agrias. ¿Has visto
mayor insensatez que atribuir tus éxitos y sus fracasos a la suerte? La verdad
es que un hombre es factor de
su propia suerte. Me dan ganas de escupir cuando los oigo denigrar tu
estupenda victoria.
Se acabó ese tema, porque me va a dar una apoplejía. Y hablando de esos
voraces amigos tuyos, Cayo Servilio Glaucia, que asumió su cargo de tribuno de
la plebe hace una semana, está ya levantando un buen revuelo en el Foro. Ha
convocado su primer contio para discutir un nuevo proyecto de ley que piensa
promulgar con idea de deshacer la faena del héroe de Tolosa, Quinto Servilio
Cepio, en caso de que su exilio en Esmirna dure toda la vida. ¡No me gusta ese
hombre y nunca me gustó! Glaucia va a devolver el tribunal de extorsiones a los
caballeros, con todas las atribuciones subsidiarias. Si se aprueba la ley —y yo
creo que sí—, a partir de ahora el Estado podrá recuperarse de daños o de
propiedades ilícitamente enajenadas, o de fondos especulados, directamente de
sus últimos beneficiarios o de los primeros responsables. De este modo, antes
de que un gobernador rapaz pueda poner sus mal adquiridos bienes a nombre de su
tía Lucia o del tata de su esposa, o de alguien tan allegado como su hijo, con
la ley de Glaucia también éstos tendrán que rascarse la bolsa.
Supongo que esto es de justicia, pero, ¿adónde nos conducirá una
legislación como ésta, Cayo Mario? ¡Da al Estado demasiado poder, y no digamos
dinero! ¡Fomenta los demagogos y los burócratas! Hay algo terriblemente
alentador de meterse a la política para enriquecerse. Es normal, es humano; es
perdonable. Comprensible. A los que hay que vigilar es a los que se dedican a
la política para cambiar el mundo. Esos son el verdadero mal: los del poder por
el poder y los altruistas. No es sano pensar anticipadamente sobre el fúturo.
Hay gente que no lo merece. ¿Te dije que era escéptico? Pues sí, lo soy. Aunque
a veces —sólo a veces— me pregunto si no me estoy volviendo bastante cínico.
He oído que dentro de poco estarás en Roma. ¡Estoy deseándolo! Quiero
ver la cara que pone el Meneítos nada más verte. Catulo César ha sido nombrado
procónsul de la Galia itálica, como seguramente tú imaginabas, y ya se ha
reincorporado a su ejército en Placentia. Ten cuidado porque intentará
atribuirse el mérito de la próxima victoria si le
dejas. Espero que Lucio Cornelio Sila siga siendo tan leal como antes,
aunque haya muerto Julilla.
En el aspecto diplomático, Bataces y sus sacerdotes se han decidido
finalmente a regresar a su país. Hasta Brundisium llegan los lamentos de varias
damas de alto linaje. Ahora somos anfitriones de una embajada menos imponente y
amenazadora. Viene en nombre nada menos que del joven rey que ha conseguido
anexionarse la mayor parte del territorio en torno al mar Euxino, Mitrídates
del Ponto. Quiere un tratado de amistad y alianza, pero Escauro no está a favor
de ello. No sé por qué. ¿Tendrá, acaso, algo que ver con la fuerte influencia
de los agentes del rey Nicomedes de nuestra aliada Bitinia? Edepol, edepol, ¡de
nuevo esa horrible vena escéptica! No, Cayo Mario, no es una vena cínica. Al
menos, por ahora.
Para terminar, algo de chismorreo y noticias privadas. El padre
conscripto Marco Calpurnio Bibulo es padre de un hijo y heredero, lo que ha
causado gratas expresiones de júbilo por parte de los Domitios Ahenobarbos y
Servilios Cepios, aunque he advertido que los Calpurnios Pisones han mantenido
su aire de indiferencia. Aunque parece ser el destino de algunos ancianos
venerables casarse con colegialas, es más habitual en ellos acabar en brazos de
la muerte. Ha muerto Cayo Lucilio, nuestro, nunca mejor dicho, gigante. De
verdad que lo siento bastante. ¡Era un plomo en la vida real, pero por escrito
era brillantísimo! También lamento, esta vez muy sinceramente, la muerte de tu
anciana Marta la siria. Ya sé que lo sabes porque te escribió Julia, pero yo
echaré de menos a la vieja bruja. El Meneítos echaba espumarajos cuando la veía
por Roma en su llamativa litera púrpura. Tu querida Julia también lamenta su
muerte. Por cierto, espero que sepas apreciar a la joya con quien estás casado.
No conozco muchas esposas que sientan pena por la muerte de un huésped que
llegó para estar un mes y se quedó para siempre, y más un huésped que se tomaba
como etiqueta escupir en el suelo y mear en el estanque.
Acabo repitiendo tus propias palabras. "¡Viva Roma!" ¿Cómo has
podido, Cayo Mario? ¡Qué engreimiento!
El décimo año (101 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE CAYO MARIO (V) Y MANIO AQUILIO
El undécimo año (100 a. JC.)
EN EL CONSULADO DE CAYO MARIO (VI) Y LUCIO VALERIO FLACO
Sila tenía razón. Los cimbros no tenían interés alguno en cruzar el
Padus.
Como vacas sueltas en un gran prado, se dedicaron a dispersarse
plácidamente por la mitad oriental de la Galia itálica más allá del río, unas
tierras feraces y ubérrimas para el pastoreo, sin atender a las exhortaciones
de su rey. Sólo a Boiorix le preocupaba su actitud y sólo a Boiorix le invadió
una profunda depresión al llegar la noticia de la derrota teutona en Aquae
Sextiae. Después, cuando llegó la noticia de que el contingente de tigurinos,
marcomanos y queruscos se habían desanimado y volvían a su patria de origen,
Boiorix sintió desesperación. Su gran estrategia se venía abajo por la
conjunción de la superioridad militar romana y la irreflexión germana; y ahora
comenzaba a dudar de su capacidad para controlar a su propio pueblo, los
cimbros.
Seguía convencido de que el contingente más numeroso podía conquistar
por sí solo Italia, aunque únicamente si lograba inculcarles la inapreciable
lección de la unidad y la autodisciplina.
Durante el invierno siguiente a la batalla de Aquae Sextiae no confió a
nadie sus pensamientos, consciente de que nada podía llevar a cabo hasta que su
pueblo se cansase de aquel lugar o acabara con los recursos. Como no eran
agricultores, era más probable la segunda posibilidad; pero en ninguna de las
migraciones había visto Boiorix tierras tan fértiles y tales posibilidades de
alimentación. No era de extrañar que los romanos fueran tan poderosos, teniendo
aquellas tierras. A diferencia de la Galia Cabelluda, allí no quedaban grandes
bosques, pero si que había encinares bien cuidados que daban una gran cosecha
de bellotas para los millares de cerdos que en invierno andaban sueltos y las
comían. El resto de la región estaba destinada al cultivo; con mijo en las
zonas en que el Padus discurría por terrenos pantanosos, y trigo en los que
eran secos, además de garbanzos, lentejas, altramuces y judías en todo tipo de
terrenos. Incluso, cuando en primavera los labradores veían sus tierras
inundadas o temían sembrar, los cultivos crecían debido a la cantidad de
semillas que había en la tierra.
Lo que Boiorix no entendía era la estructura física de Italia; pues de
haberla entendido, habría optado por declarar la Galia itálica la nueva patria
del pueblo cimbro y a Roma le habría parecido aceptable, ya que la Galia más
allá del Padus no era considerada de vital importancia y su población era
básicamente celta. Y es que la estructura fisica de Italia impedía en gran
medida que las riquezas del valle del Padus las aprovechase la propia
península, porque en ella todos los ríos discurrían de este a oeste y
viceversa, y la imponente cordillera de los Apeninos la dividía en dos desde la
costa ligur de la Galia allende el Padus hasta la costa adriática. Y así, la
Galia allende el Padus quedaba aislada, constituyendo un país aparte dividido
por el gran río en sus dos regiones norte y sur.
Pero, dada su ignorancia, Boiorix volvió a su propósito al llegar el
verano y observarse los primeros signos de tierras esquilmadas. Sí que habían
crecido los cultivos, pero eran ralos, sin vainas ni yemas; los cerdos, dotados
del instinto de conservación, habían desaparecido y el medio millón de cabezas
de ganado que los propios cimbros habían traído se había consumido con el resto
de las plantas.
Había llegado el momento de ponerse en marcha. Cuando Boiorix fue a ver
a los jefes para estimularlos, éstos se dedicaron a recorrer las tribus para
mover a la gente; y así, a primeros de junio recogieron el ganado, trabaron los
caballos y cargaron los carros. Los cimbros, formando otra vez una ingente
masa, se dirigieron hacia el oeste, río arriba por la orilla norte del Padus,
camino de las regiones más romanizadas próximas a la ciudad de Placentia.
En Placentia estaba el ejército romano de cincuenta y cuatro mil
hombres. Mario había cedido dos de sus legiones a Manio Aquilio, que había
marchado a primeros de año a Sicilia para enfrentarse al rey de los esclavos
Atenión. Los teutones habían sido derrotados tan aplastantemente, que no era
necesario dejar mas tropas de guarnición en la Galia Transalpina.
La situación presentaba un paralelismo con las discrepancias de mando en
Arausio: el comandante en jefe volvía a ser un hombre nuevo y el segundo, un
rancio aristócrata. Pero la diferencia entre Cayo Mario y Cneo
Malio Máximo era enorme; el hombre nuevo Mario no era persona que
aceptase necedades del aristócrata Catulo César. A Catulo César se le había
especificado taxativamente lo que debía hacer, dónde tenía que ir y los motivos
correspondientes. No le quedaba más remedio que obedecer, y sabía perfectamente
qué le sucedería si no obedecía, porque Cayo Mario se había tomado la molestia
de decírselo con toda franqueza.
—Digamos que os he trazado una línea límite, Quinto Lutacio. Cruzadla un
solo paso y os envío automáticamente a Roma. ¡A mí no se me hace ninguna
jugarreta al estilo de Cepio! —dijo Mario—. De hecho, prefiero poneros a Lucio
Cornelio entre los pies para que os pare si os desviáis de esa línea.
¿Entendido?
—No soy un subalterno, Cayo Mario, y me ofende verme tratado así —
replicó Catulo César, con las mejillas coloradas.
—Escuchad, Quinto Lutacio, no me importa cómo os sintáis —contestó Mario
con exagerada paciencia—. Lo único que me importa es lo que hagáis. Y lo que
hagáis será lo que yo os diga. Nada más.
—No preveo ninguna dificultad en cumplir vuestras órdenes, Cayo Mario.
Son concretas y minuciosas —replicó Catulo César, dominando su malhumor—. Pero
os repito que no hay necesidad de que me habléis como si fuese un oficial
bisoño. ¡Soy vuestro lugarteniente!
—Tampoco a mí me gustáis, Quinto Lutacio —espetó Mario, sonriendo
aviesamente—. Sois uno más de los mediocres de la clase alta que se creen
dotados de derecho divino para dirigir Roma. La opinión que me merecéis como
persona es que sois incapaz de sacar adelante una taberna situada entre un
burdel y una asociación de varones. Así que nuestro sistema de colaboración
será el siguiente: yo doy las instrucciones y vos las seguís al pie de la
letra.
—Protesto... —replicó Catulo César.
—Protestad pero cumplidlas —dijo Mario.
—¿No podías haber tenido algo más de tacto? —inquirió Sila, aquel mismo
día, después de haber aguantado el ir y venir de Catulo César por la tienda
durante una hora, refunfuñando contra Mario.
—¿Para qué? —inquirió éste, francamente sorprendido.
—¡Porque en Roma eso cuenta; simplemente! ¡Y también cuenta en la Galia
itálica! —espetó Sila—. ¡Ah, eres imposible! —añadió una vez calmado, meneando
la cabeza—. Y te juro que cada vez peor.
—Soy viejo, Lucio Cornelio. Tengo cincuenta y seis años. La misma edad
que el príncipe del Senado, al que todos llaman viejo.
—Porque el príncipe del Senado es un adorno calvo y arrugado del Foro
—replicó Sila—. Tú aún eres el comandante vigoroso en activo, y nadie piensa
que seas viejo.
—Pues soy demasiado mayor para aguantar alegremente a imbéciles como
Quinto Lutacio —replicó Mario—. No tengo tiempo para pasarme horas acariciando
las plumas erizadas de pollos de estercolero para su buen prestigio.
—¡Yo te he avisado! —añadió Sila.
En la segunda mitad de Quinctilis, los cimbros estaban concentrados al
pie de los Alpes occidentales, en una llanura llamada los Campi Raudii, próxima
a la ciudad de Vercellae.
—¿Y por qué están allí? —preguntó Mario a Quinto Sertorio que se había
estado infiltrando esporádicamente entre ellos en su marcha hacia el oeste.
—Ojalá lo supiera, Cayo Mario, pero no he conseguido acercarme a Boiorix
en persona —contestó Sertorio—. Parece ser que los cimbros creen que vuelven a
Germania, pero un par de jefes que conozco dicen que Boiorix sigue decidido a
continuar hacia el sur.
—Está demasiado situado al oeste —dijo Sila.
—Los jefes creen que trata de apaciguar a la gente haciéndoles creer que
van a cruzar los Alpes para volver a la Galia Cabelluda muy pronto y que el año
que viene estarán de nuevo en las tierras del Quersoneso Címbrico. Pero va a
tenerlos en la Galia itálica hasta que estén cerrados los pasos alpinos y luego
confrontarles con la triste alternativa de quedarse en la Galia itálica y morir
de hambre este invierno o invadir Italia.
—Es una maniobra muy compleja para que la haya concebido un bárbaro
—comentó Mario, escéptico.
—La maniobra en forma de tridente para penetrar en la Galia itálica
tampoco era una estrategia supuestamente bárbara —dijo Sila.
—Son como buitres —dijo de pronto Sertorio.
—¿A qué te refieres? —inquirió Mario con el entrecejo fruncido. —Dejan
en los huesos todo lo que encuentran, Cayo Mario. Por eso
siguen adelante, creo yo. Quizá sea más exacto compararlos con una plaga
de langosta. Devoran todo lo que pillan conforme avanzan. A los eduos y
ambarres les costará veinte años rehacerse de la devastación que les han dejado
sus huéspedes germanos estos cuatro años. Y, cuando los dejé, los aduatucos
estaban en las últimas.
—¿Cómo han podido estar tanto tiempo en sus tierras de origen sin
moverse hasta ahora? —inquirió Mario.
—Para empezar, eran menos numerosos. Los cimbros disponían de una amplia
península y los teutones de todas las tierras al sur; los tigurinos estaban en
Helvecia, los queruscos con los visurgios en Germania, y los marcomanos vivían
en Boiohaemum —respondió Sertorio.
—El clima es distinto —añadió Sila al callar Sertorio—. Al norte del
Rhenus llueve todo el año y la hierba crece en seguida, y es jugosa, dulce y
tierna. Además, parece que los inviernos no son tan crudos, al menos cerca del
océano Atlántico, donde vivían los cimbros, teutones y queruscos. Incluso a
finales de invierno tienen más lluvia que nieve y hielo. Por eso prefieren los
pastos a los cultivos. No creo que los germanos vivan como lo hacen porque les
guste, sino porque es el sistema de vida dictado por las tierras de las que
proceden.
Mario alzó la vista por entre las cejas.
—Entonces, si, por ejemplo, se quedaran suficiente tiempo en Italia,
¿crees que aprenderían a cultivar?
—Sin lugar a dudas —contestó Sila.
—Pues más vale que este verano les demos la batalla definitiva y
acabemos con esta situación... y con ellos. Hace casi quince años que Roma está
en vilo por la amenaza, y no puedo dormir tranquilo pensando en medio millón de
germanos errantes por Europa, buscando unos Elíseos que
han dejado al norte del Rhenus. Hay que poner fin a esa migración. Y el
único modo de hacerlo es con espadas romanas.
—Estoy de acuerdo —dijo Sila.
—Y yo —añadió Sertorio.
—¿No tienes un hijo entre los cimbros? —inquirió Mario, dirigiéndose
a Sertorio.
—Sí.
—¿Sabes dónde se encuentra? —Sí.
—Bien. Cuando acabe esto puedes enviarlo con su madre a donde quieras,
incluso a Roma.
—Gracias, Cayo Mario. Los enviaré a la Hispania Citerior —dijo Sertorio,
sonriente.
—¿A Hispania? ¿Por qué a Hispania?
—Me gustó el país cuando aprendí a pasar por celtíbero. La tribu en la
que viví cuidará de mi familia germánica.
—¡Estupendo! Y ahora, mis buenos amigos, veamos cómo podemos entablar
batalla con los cimbros.
Mario tuvo su batalla en el último día de Quinctilis, previamente fijada
en una entrevista entre él y Boiorix. Porque no era sólo Mario quien estaba
impaciente por aquellos años de indecisión; Boiorix también quería poner fin a
aquella espera.
—Italia para el vencedor —dijo Boiorix.
—El mundo para el vencedor —contestó Mario.
En Aquae Sextiae se libró una batalla de infantería; la escasa
caballería de Mario formó para proteger dos grandes alas de infantería de
quince mil hombres, formadas por sus propias tropas de la Galia Transalpina.
Situó entre ambas a Catulo César con sus veinticuatro mil hombres menos
experimentados formando el centro, de modo que las tropas más veteranas de las
alas los mantuvieran firmes y sin desbandarse. El tomó el mando del ala
izquierda, Sila de la derecha y Catulo César del centro.
Iniciaron el combate quince mil jinetes cimbros, magníficamente
ataviados y equipados, montados en enormes corceles del norte en vez de los
caballos galos, más pequeños. Todos lucían un impresionante casco en forma de
cabeza de monstruo mítico con las fauces abiertas y largas plumas a ambos lados
para conferir mayor altura al jinete, dotado de un peto de hierro y espada
larga con escudo redondo y dos pesadas lanzas.
Aquel cuerpo de caballería formó sobre un frente de casi cuatro millas,
seguido por la infantería cimbra, pero al cargar derivaron hacia la derecha
arrastrando a los romanos; táctica prevista para desplazar a la primera línea
romana lo bastante hacia su propio flanco izquierdo de modo que la infantería
cimbra rebasase el flanco derecho de Sila y pudiese atacar a los romanos por
detrás.
Las legiones entablaron combate con tal energía, que el plan germano
estuvo a punto de dar resultado, pero Mario consiguió detener a sus tropas y
aguantar el empuje de la carga de caballería, dejando que Sila contuviese la
primera embestida de la infantería címbrica, mientras Catulo César en el centro
combatía con caballería e infantería.
En Vercellae, los romanos vencieron por su capacidad, entrenamiento y
astucia, pues Mario había dispuesto la batalla para librarla principalmente
antes de mediodía y formó sus tropas orientadas al oeste de modo que los
cimbros tuvieran el sol de frente y combatieran deslumbrados. Habituados a un
clima más suave y frío —y después de almorzar, como siempre, grandes cantidades
de carne—, combatieron contra los legionarios romanos dos días después del
solsticio de verano, con cielo despejado y en medio de una polvareda
asfixiante. Para los romanos era un inconveniente menor, pero para los germanos
era como debatirse en un horno. Atacaron por millares en sucesivas oleadas, con
la lengua seca, la coraza picándoles como la camisa de pelo de Hércules, los
cascos candentes y las espadas demasiado pesadas para esgrimirlas.
A mediodía ya no quedaban combatientes cimbros. Ochenta mil cadáveres
llenaban el campo, incluido el de Boiorix; el resto huyó para avisar a las
mujeres y niños de los carros y cruzar los Alpes con lo que fuera posible. Pero
cincuenta mil carros no pueden emprender la huida al galope
ni se pueden recoger medio millón de cabezas de ganado en un par de
horas, y sólo los que se hallaban más cerca de los pasos alpinos del valle de
los Salassi lograron escapar. Muchas mujeres a quienes repugnaba la idea del
cautiverio se sacrificaron con sus hijos y algunas mataron también a los
guerreros en fuga. A pesar de ello, sesenta mil mujeres y niños y veinte mil
guerreros fueron vendidos como esclavos.
De los que huyeron por el valle de los Salassi y lograron cruzar por el
paso de Lugdunum a la Galia Transalpina, pocos sobrevivieron a los ataques de
los celtas. Alóbroges y secuanos se ensañaron con ellos, y puede que unos dos
mil cimbros pudieran finalmente reunirse con los seis mil guerreros que habían
permanecido entre los aduatucos; y allí donde el Sabis se junta con el Mosa, el
resto de la gran migración se asentó definitivamente para tomar, con el tiempo,
el nombre de aduatucos. Sólo el gran acopio de tesoros les serviría para
recordar que habían sido una horda germana de setecientas cincuenta mil
personas; pero el tesoro no era para gastarlo, sino para protegerlo de los
romanos.
Catulo César asistió a la reunión que convocó Mario después de
Vercellae, dispuesto para otra guerra muy distinta. Era un Mario suave y
afable, decidido a satisfacer todas sus reivindicaciones.
—Querido amigo, ¡pues claro que tendréis un triunfo! —dijo Mario,
dándole unas palmaditas en la espalda—. ¡Querido amigo, disponed de dos tercios
del botín! Al fin y al cabo, mis hombres tienen también el botín de Aquae
Sextiae y les he entregado el producto de la venta de esclavos, así que,
imagino que sacarán de esta campaña mucho más que vuestros hombres, a menos que
penséis cederles el dinero de los esclavos. ¿No? Totalmente comprensible,
querido Quinto Lutacio —añadió Mario acercándole un plato de comida—. ¡Querido
amigo, ni en sueños se me ocurriría atribuirme todo el mérito! ¿Por qué iba a
hacerlo si vuestros soldados combatieron con igual habilidad y entusiasmo?
—prosiguió Mario, apartándole el plato de comida y acercándole una copa de
vino—. ¡Sentaos, sentaos! ¡Es una jornada memorable y puedo dormir tranquilo!
—Boiorix ha muerto —dijo Sila, sonriendo satisfecho—. Todo ha concluido,
Cayo Mario. Se acabó.
—¿Y tu mujer y tu hijo, Quinto Sertorio? —inquirió Mario.
—Están a salvo.
—¡Estupendo, estupendo! —exclamó Mario, mirando en derredor en la
atestada tienda, con las cejas fulgurantes—. ¿Quién quiere llevar a Roma la
noticia de Vercellae? —inquirió.
Le contestaron veinte bocas, y otras tantas permanecieron calladas pero
con gesto de impaciencia. Mario miró aquellos rostros uno por uno y,
finalmente, fijó la vista en el elegido.
—Tú lo harás, Cayo Julio —dijo—. Eres mi cuestor, pero hay más fundados
motivos. Representas a los oficiales superiores que debemos permanecer en la
Galia itálica hasta que todo quede bien atado, pero, además, sois cuñado de
Lucio Cornelio y mio y nuestros hijos tienen sangre de vuestra familia. Y
Quinto Lutacio es por nacimiento un Julio César. Por eso es lógico que un Julio
César lleve a Roma la noticia de la victoria — añadió, dirigiéndose a todos los
presentes—. ¿Os parece justo?
—¡Justo! —contestaron todos a coro.
* * *
—Qué modo más ideal de entrar en el Senado —dijo Aurelia, incapaz de
apartar los ojos del rostro de César, tan bronceado y tan viril—. Me alegro de
que los censores no te admitieran antes de haber servido con Cayo Mario.
Aún se hallaba eufórico, viviendo aquellos momentos gloriosos, después
de haber entregado la carta de Mario al portavoz de la cámara; había visto con
sus propios ojos cómo el Senado de Roma recibía la noticia de que se había
puesto fin a la amenaza de los bárbaros; los aplausos, los vítores, los
senadores bailando y llorando de gozo, Cayo Servilio Glaucia, cabeza del
colegio de los tribunos de la plebe, corriendo con la toga recogida desde la
cámara hasta el Foro para gritar la noticia desde la tribuna de los Espolones,
la augusta presencia de Metelo el Numídico y del pontífice máximo Ahenobarbo,
dándose solemnemente la mano y procurando contener dignamente su euforia.
—Es un presagio —dijo a su esposa, mirándola admirado; era muy hermosa y
no se notaba en absoluto nada que hubiera estado viviendo más de cuatro años en
el Subura como propietaria de una ínsula.
—Llegarás a ser cónsul —comentó ella, convencida—. Siempre que se piense
en la victoria de Vercellae, se te recordará por haber traído la noticia a
Roma.
—No —replicó él—, pensarán en Cayo Mario.
—Y en ti —insistió la rendida esposa—. Fue a ti a quien vieron primero;
a su cuestor.
César suspiró, se rebulló en la camilla y dio una palmadita en el sitio
vacío próximo a él.
—Ven aquí —dijo.
—¡Cayo Julio! —exclamó Aurelia, correctamente sentada en su silla,
mirando hacia la puerta del comedor.
—Estamos solos, querida esposa, y no voy a ser tan rigorista en mi
primera noche en casa como para estar separado de ti por una mesa — replicó él,
dando otra palmadita en el sofá—. ¡Ven inmediatamente aquí, mujer!
Cuando la joven pareja montó su hogar en el Subura, su llegada acaparó
lo bastante la atención para ser objeto de curiosidad de cuantos vivían en las
calles contiguas a la ínsula de Aurelia. Los caseros de ascendencia
aristocrática eran bastante corrientes, pero no que vivieran en el mismo
barrio; por eso Cayo Julio César y su esposa resultaban una pareja extraña, y
por consiguiente llamaban la atención más de lo debido, pues, pese a su enorme
extensión, el Subura era un pueblo bullente dado al cotilleo en donde cualquier
novedad causaba sensación.
Todos vaticinaban que la joven pareja no duraría mucho en el barrio,
porque el Subura, gran rasero de pretenciosos y orgullosos, pronto les haría
ver lo que eran: gente del Palatino. ¡Qué ataques de histeria iba a sufrir la
señora! ¡Qué berrinches iba a coger el señor! Ja, ja. Eso decían los entendidos
del Subura, frotándose las manos por verlo llegar.
Pero no sucedió nada de eso. Vieron que a la señora no le importaba
hacer la compra, ni tenía pelos en la lengua para cortar de plano a cualquier
rijoso que intentara hacerle proposiciones, ni se asustaba cuando las mujeres
le hacían corrillo, cuando cruzaba el Vicus Patricii, diciéndole que se fuera a
vivir al Palatino, que era lo que le correspondía. En cuanto al señor, era un
auténtico caballero, en todo el sentido de la palabra: imperturbable, cortés,
interesado por cualquier cosa que le dijeran los vecinos y solícito en cuanto a
arrendamientos y contratos.
Así, pronto se ganaron el respeto y hasta el afecto, pues muchas de sus
virtudes eran novedad, como su disposición a no inmiscuirse en asuntos ajenos
ni a preguntar a los demás por sus cosas; nunca se quejaban ni criticaban y
jamás pretendían destacar sobre sus congéneres. Si les hablaban, ellos en
seguida sonreían y mostraban auténtico interés, cortesía y sensibilidad. Aunque
al principio esto parecía una simple postura, al final los vecinos de aquella
zona del barrio comprendieron que César y Aurelia eran tal como parecían.
Para Aurelia la aceptación del vecindario fue mucho más importante que
para César; ella era quien intervenía en los asuntos del Subura y la
propietaria de la populosa ínsula. Al principio no había sido fácil, aunque
ella no comprendió el porqué hasta después de que César dejara Roma. Eran
dificultades derivadas de su falta de experiencia. Los agentes que le habían
vendido la ínsula se ofrecieron como intermediarios para cobrar los alquileres
y tratar con los inquilinos; a César le pareció buena idea, y por eso ella,
como obediente esposa, aceptó. Pero César no entendió el comentario latente de
algo que ella le dijo un mes después de vivir allí, relativo a los inquilinos.
—Lo que más me cuesta es la diversidad —comentó con animada expresión,
prescindiendo de su habitual compostura.
—¿Diversidad? —inquirió él.
—Mira, en los dos últimos pisos son casi todos libertos y todos parecen
llevar el mismo estilo de vida que sus antiguos amos, tienen el rostro
arrugadísimo y más novios que esposas. En la planta principal hay de todo:
desde un herrero romano con hijos, un ceramista romano con hijos y un
pastor romano con hijos. ¿Sabías que hubiera pastores en Roma? Apacienta
las ovejas por los Campus Lunatarius hasta que se las compran para llevarlas al
matadero, ¿no es fantástico? Le pregunté por qué no vivía más cerca de su
trabajo, y me dijo que tanto él como su esposa eran del Subura y no les gustaba
vivir en otro sitio que no fuera el barrio, y que no le importa andar tanto.
—No es que sea elitista, Aurelia —replicó César con ceño—, pero no sé si
es conveniente eso de entablar conversación con tus inquilinos. Eres la esposa
de un Julio y debes guardar ciertas reglas de conducta. No hay que ser nunca
autoritario ni grosero con esas gentes, pero tampoco mostrar excesivo interés
por ellos; pronto partiré de Roma y no quiero que mi esposa haga amistad con
personas que no conoce. Debes mantenerte un poco por encima de tus inquilinos.
Menos mal que los agentes recaudan el alquiler y son los que se entienden con
ellos.
Aurelia había puesto mala cara y le miraba decepcionada.
—Lo... lo siento, Cayo Julio; no... no lo había pensado. No creas que es
que yo me meto en sus vidas. Sólo consideré interesante saber a qué se
dedicaban.
—Sí, claro, lo es —dijo él, consciente de que la había herido—.
Cuéntame más cosas.
—Hay un maestro de retórica griego con su familia, y un maestro romano
con la suya que están interesados en alquilar los dos cuartos contiguos a su
vivienda cuando queden libres para dar clases en ellos. Me lo han dicho los
agentes —añadió, lanzando una breve mirada a su marido y mintiéndole por
primera vez.
—Me parece muy bien. ¿Y quién más hay, cariño?
—En la planta que tenemos encima, gente muy rara. Hay un mercader de
especias que tiene una esposa engreída y horrenda, ¡y un inventor! Es soltero y
tiene toda la vivienda llena de fantásticas maquetas de grúas, bombas y molinos
—contestó ella, dándole gusto a la lengua.
—¿Es que has estado en la vivienda de un soltero, Aurelia? —inquirió
César.
—¡No, Cayo Julio, qué va! —replicó ella, diciéndole la segunda mentira,
con el corazón latiéndole apresuradamente—. El agente pensó que convenía que le
acompañase en una visita de inspección para ver cómo vivían los inquilinos.
—¡Ah, ya! —dijo César, tranquilizándose—. ¿Y qué inventa ese inventor?
—Frenos y poleas principalmente, creo. Con una maqueta me demostró cómo
funciona una grúa, pero dijo que no tengo conocimientos técnicos, así que no
entendí gran cosa.
—Pues debe de ganar dinero con sus inventos, si vive en el piso
principal —comentó César, consciente de que su esposa no hablaba con la misma
animación que al principio y dándose cuenta por intuición a qué se debía.
—Para las poleas está asociado con una fundición que trabaja para los
contratistas de la construcción y los frenos los fabrica en un pequeño taller
suyo que tiene no lejos de aquí —contestó Aurelia, lanzando un profundo suspiro
y cambiando al tema de los otros inquilinos—. ¡Hay una planta entera de judíos,
Cayo Julio! Me dijeron que les gusta vivir juntos porque tienen muchas reglas y
preceptos, que por cierto parecen haberse impuesto ellos mismos. ¡Son gente muy
religiosa! No me extraña que provoquen xenofobia porque con su actitud nos
dejan como si fuésemos gente moralmente despreciable. Todos trabajan de forma
independiente, más que nada porque descansan cada siete días. ¿Verdad que es
curioso? Como en Roma se celebra mercado cada ocho días, aparte de las fiestas
y celebraciones, ellos no se adaptan con los trabajadores no judíos y por eso
hacen tratos en lugar de aceptar empleos normales.
—¡Qué cosa tan rara! —exclamó César.
—Son todos artesanos e intelectuales —añadió Aurelia, con cuidado de
hablar en tono indiferente—. Uno de ellos, creo que se llama Simón, es un
escriba extraordinario. ¡Qué maravillosos trabajos hace, Cayo Julio; una
maravilla! Sólo escribe en griego. Ninguno de ellos domina muy bien el latín,
pero siempre que hay un autor que desea hacer una edición especial a un precio
más alto de lo normal, acude a Simón, que tiene cuatro hijos a
quienes está enseñando el oficio de escriba y que van a clase con el
maestro romano además de a su propia escuela religiosa, porque Simón quiere que
sepan el latín tan bien como el griego, el arameo y el hebreo, creo que me
dijo. Así nunca les faltará trabajo en Roma.
—¿son escribas todos ellos?
—Oh, no, sólo Simón. Hay uno que trabaja el oro para algunas tiendas del
Porticus Margaritaria. Y también un escultor, un sastre, un armero, un tejedor,
un albañil y un mercader de bálsamo.
—No trabajarán todos en la vivienda... —comentó César, alarmado. —Sólo
el escriba y el orfebre, Cayo Julio. El armero tiene un taller en la
cumbre de Alta Semita, el escultor tiene alquilado el suyo a una empresa
de Velabrum y el albañil trabaja cerca de los muelles del puerto de Roma. —
Contra su voluntad, los ojos color malva de Julia comenzaron a brillar—. Cantan
mucho; sobre todo himnos religiosos. Es un modo de canto muy extraño, ¿sabes?,
al estilo oriental, y disonante. Pero mucho mejor que el llanto de los críos.
César alargó la mano y le apartó un mechón que le había caído sobre el
rostro; dieciocho años tenía su esposa.
—Por lo visto, a los judíos les gusta vivir en esta casa —dijo.
—Parece que les encanta —contestó Aurelia.
Aquella noche, cuando César se quedó dormido, ella, tumbada a su lado,
regó la almohada con unas lágrimas. No había pensado en que César le exigiría
la misma conducta allí en la ínsula del Subura que en una casa del Palatino;
¿es que no entendía que en aquel populoso barrio no existían las diversiones y
esparcimientos propios de una esposa en el Palatino? No, claro que no, El
estaba totalmente absorto en su incipiente carrera pública y se pasaba el día
en los tribunales, con senadores importantes como Marco Emilio Escauro,
príncipe del Senado, la casa de la moneda, el Tesoro y los diversos soportales
y columnatas a los que acudía a formarse en su cargo de senador bisoño. No
había esposo más amable y considerado, pero Cayo Julio César seguía creyéndola
alguien especial.
Lo cierto es que Aurelia había concebido la idea de regentar ella sola
la ínsula sin necesidad de ningún administrador. Por ello había visitado a
todos los inquilinos; para conocerlos y saber qué clase de gente eran.
Le habían gustado y no había encontrado motivo alguno para no tratar
directamente con ellos. Hasta que habló con su esposo y comprendió que ella, su
apreciadísima esposa, era una mujer distinta, una mujer ungida con la dignítas
de los Julios, a la que nunca se permitiría hacer nada que pudiera ser un
desdoro para su familia. Su formación era lo bastante similar a la de él para
darse cuenta y entenderlo; pero ¿en qué iba a ocuparse, si no? Y en el hecho de
haberle dicho dos mentiras, ni se atrevía a pensar; así que optó por dejar que
le venciese el sueño.
Afortunadamente, su dilema quedó provisionalmente resuelto por el
embarazo. Su estado la hizo más flemática, aunque no sufrió ninguno de los
trastornos característicos. Tratándose de una mujer joven y sanísima, contaba,
además, con suficiente sangre nueva por ambas partes a guisa de garantía contra
la fragilidad de las doncellas de la rancia nobleza; aparte de que había
adoptado la costumbre de andar varias millas cada día para que no le abatiera
el aburrimiento, y tenía de sobra con su gigantesca criada Cardixa como
protección en la calle.
César fue destinado a servir con Cayo Mario en la Galia Transalpina
antes de que naciera el niño, por lo que le inquietó dejar sola en Roma a su
esposa en tan avanzado estado.
—No te preocupes; estaré perfectamente —dijo ella.
—Ten cuidado de irte a casa de tu madre con suficiente antelación — dijo
él.
—Tú déjame que ya me las arreglaré —fue todo lo que ella prometió. Por
supuesto que no fue a casa de su madre; el niño nació en su casa y
sin necesidad de que interviniesen los físicos famosos del Palatino,
sino simplemente la comadrona y Cardixa. Fue un parto bastante breve y fácil,
en el que vino al mundo una niña, otra Julia, tan rubia y con ojos tan azules
como era de rigor en una Julia.
—La llamaremos "Lia" para abreviar —dijo Aurelia a su madre.
—¡Oh, no! —exclamó Rutilia, a quien eso de "Lia" le parecía
demasiado corriente y anodino—. ¿Qué te parece Julilla?
—No —contestó Aurelia, meneando enérgicamente la cabeza—, es un
diminutivo aciago. La llamaremos "Lia".
Pero Lia no medraba; estuvo llorando sin cesar durante seis semanas,
hasta que Ruth, la esposa de Simón, bajó a casa de Aurelia, rechazó con desdén
las alegaciones de los médicos de Aurelia y de los preocupados abuelos Cota
sobre cólicos y resfriados.
—Esta niña lo que tiene es hambre —dijo Ruth en un griego con un fuerte
deje—. ¡No tenéis leche, muchacha tonta!
—¡Oh!, ¿y dónde voy a encontrar un ama de cría? —inquirió Aurelia,
profundamente aliviada al ver que aquello era lo cierto, pero sin saber cómo
iba a convencer a la servidumbre para que admitieran a otro miembro en sus
cuartos.
—No necesitáis ama de cría, muchacha tonta —replicó Ruth—. En la casa
hay muchas mujeres con niños de pecho. No os preocupéis, entre todas
alimentarán a la pequeña.
—Yo os lo pagaré —dijo Aurelia, procurando no mostrarse excesivamente
protectora.
—¿El qué? ¿La naturaleza? Dejadlo en mis manos, muchacha tonta. ¡Y ya me
aseguraré de que primero se lavan bien los pechos! Esta pequeña tiene que
recuperar el tiempo perdido, no queremos que se ponga enferma —dijo Ruth.
Y así la pequeña Lia tuvo a su disposición las amas de cría de toda una
ínsula y aquella increíble batería de pezones que le ponían en la boquita
parecía importarle tan poco como la mezcla de leche griega, romana, judía,
hispana y siria. Y la pequeña Lia comenzó a medrar. Igual que la madre, una vez
recuperada del parto y de la preocupación de oírla llorar constantemente. Una
vez que César dejó Roma, el verdadero carácter de Aurelia comenzó a afirmarse.
Primero venció fácilmente a sus parientes varones, a quienes él había
encomendado vigilarla.
—Padre, si os necesitase —dijo con firmeza a Cota—, ya os llamaría.
—¡Tío Publio, déjame en paz! —le espetó a Rutilio Rufo.
—¡Sexto Julio, vete a la Galia! —conminó al hermano mayor de su esposo.
Luego miró a Cardixa y se frotó las manos, satisfecha.
—¡Por fin puedo vivir mi vida! —exclamó—. ¡Ya verás los cambios! Comenzó
en su propia vivienda, en la que los esclavos que César había
aportado con el matrimonio mandaban en la joven pareja, en vez de ser al
revés. La servidumbre, dirigida por el mayordomo, un griego llamado Eutico, se
había confabulado para que Aurelia no tuviese motivos de censurarlos ante su
esposo, pues había comprobado que César veía las cosas de distinto modo que
ella, y, sobre todo, los asuntos domésticos. Pero, en un solo día, Aurelia
metió a los criados en cintura y les imbuyó perfectamente lo que esperaba de
ellos con un discurso y luego con un programa. Cayo Mario habría aprobado
totalmente el discurso, porque era breve, aplastantemente sincero y dirigido al
estilo de un general.
—¡Vaya con la domina! —comentó Murgus, el cocinero, al mayordomo —. ¡Y
yo que creía que era una muñequita...!
—¿Y qué voy a decir yo? —añadió Eutico, alzando al cielo sus seductores
ojos de largas pestañas—. ¡Yo, que pensaba que iba a poder meterme en su
dormitorio para consolarla durante la ausencia de Cayo Julio! ¡Antes me metería
en la cama con un león!
—¿Tú crees que tendría riñones para asumir la pérdida económica de
vendernos con malas referencias? —inquirió el cocinero, temblando ante la
perspectiva.
—Y para crucificarnos —contestó el mayordomo.
—¡Vaya con la domina! —exclamó afligido el cocinero.
Después de aquella primera iniciativa, Aurelia fue a hablar con el
inquilino de la otra vivienda de la planta baja. Su conversación con César
respecto a los inquilinos la había disuadido de su primitiva intención de
echarle, y al final no había hablado a su esposo de aquel hombre, comprendiendo
que él no iba a ver el asunto igual que ella. Pero ahora podía actuar; y sin
dilación.
A la otra vivienda de la planta baja tenía también acceso por el
interior de la ínsula y lo único que tenía que hacer era cruzar el patio de
luces; pero eso confería a su visita una familiaridad que en modo alguno
deseaba, y optó por ir directamente a la puerta principal de la vivienda, lo
que la
obligaba a salir a la calle por la puerta de su casa al Vicus Patricii,
doblar la esquina para pasar por delante de las tiendas que tenía alquiladas
hasta la entrada de aquella segunda vivienda de la planta baja.
El inquilino era un famoso actor llamado Epafrodito, que, según el
registro, llevaba viviendo allí más de tres años.
—Di a Epafrodito que la casera desea verle —dijo Aurelia al portero.
Mientras esperaba en el vestíbulo —tan grande como el de su propia
vivienda— lo examinó con la experiencia acumulada en lo relativo a
grietas, desportilladuras, desconchados, etcétera, y lanzó un suspiro. Estaba
mejor que su propio vestíbulo y lo habían decorado hacía poco con un fresco
representando ramos de flores y frutas, colgados de regordetes Cupidos entre
cortinas púrpuras muy bien conseguidas.
—¡No lo puedo creer! —exclamó una hermosa voz en griego.
Aurelia giró sobre sus talones para ver al inquilino. Era más viejo de
lo que la voz, su fama en el escenario o la vista a través del patio daban a
entender: un cincuentón con peluca dorada y un elaborado maquillaje, con amplia
túnica púrpura de Tiro bordada con estrellas de oro. Aunque muchos de los que
vestían la púrpura pretendían que era de Tiro, ésta silo era, pues reunía ese
tono negro con un brillo que cambiaba de matiz según la incidencia de la luz,
tiñéndose de oscuras irisaciones ciruela y carmesí; en tapicería era más
frecuente, pero únicamente una vez en su vida había visto Aurelia genuina
púrpura de Tiro en un vestido, y había sido con ocasión de su visita a la villa
de Cornelia, madre de los Gracos, quien había mostrado con orgullo una túnica
apresada por Emilio Paulo al rey Perseo de Macedonia.
—¿No os creéis qué? —inquirió Aurelia, también en griego.
—¡Veros a vos, querida! Había oído que nuestra casera era una beldad con
ojos malva, pero la realidad supera a cuanto había imaginado viéndoos de lejos
en el patio —replicó el actor con voz aflautada, más melodiosa que grotesca,
pese al tono afeminado—. ¡Sentaos, sentaos! —añadió.
—Prefiero estar de pie.
Él se detuvo en seco y la miró con las cejas enarcadas.
—¡Venís a hablar de negocios!
—Exactamente.
—¿Y en qué puedo serviros?
—Dejando la vivienda —contestó Aurelia.
—¿Qué? —replicó él, conteniendo un grito, sorprendido, y llevándose las
manos al pecho con gesto horrorizado.
—Os doy ocho días de plazo —añadió Aurelia.
—¡No podéis hacer eso! ¡He pagado el alquiler sin falta y cuido esta
vivienda como si fuese mía! Indicadme las razones, domina —añadió, ahora con
voz firme y gesto que desdecía toda la máscara de maquillaje.
—No me gustan vuestras costumbres —adujo Aurelia.
—Mis costumbres son asunto mio —replicó Epafrodito.
—No, cuando tengo que criar a mis hijos y éstos ven por el patio escenas
que no son convenientes, y menos para un niño —replicó ella—. Y mucho menos aún
cuando la prostitución de ambos sexos sale a ese patio a proseguir sus
actividades.
—Poned cortinas —alegó Epafrodíto.
—No pienso hacerlo, ni me contentaría con que las pusieseis vos. En mi
casa, además de ojos hay oídos.
—Bueno, siento mucho que os lo toméis así, pero me da igual. No pienso
marcharme —dijo él con firmeza.
—En ese caso contrataré alguaciles para que os desahucien. Recurriendo a
su maestría para aumentar de estatura a fin de dominarla,
Epafrodito se le aproximó, logrando hacerle recordar a la medrosa
Aurelia de Aquiles, escondida en el harén del rey Licomedes de Esquiro.
—Escuchad un momento, joven señora —dijo el actor—. He gastado una
fortuna adaptando esta vivienda a mi gusto y no tengo intención de marcharme.
Si intentáis recurrir al truco de enviarme alguaciles, os demandaré por daños y
perjuicios. De hecho, en cuanto hayáis abandonado mi casa, voy a ir al tribunal
del pretor urbano a presentar una denuncia.
El malva de los ojos de Aurelia hizo una farsa imitando los matices de
la púrpura tiria, secundado por la expresión que adoptó.
—¡Hacedlo! —dijo con dulce voz—. Se llama Cayo Memio y es primo mio. De
todos modos, ahora están muy ocupados para atender pleitos; así
que mejor es que veáis primero a su ayudante. Es un nuevo senador, pero
yo le conozco bien. Cuando vayáis, preguntad por él en persona: Sexto Julio
César. Es mi cuñado —añadió, apartándose y examinando las paredes recién
pintadas y el costoso piso de mosaico, impensable en una vivienda de alquiler—.
¡Sí, es todo muy bonito! Me alegro de que vuestro gusto en cuanto a decoración
de la casa sea tan superior a vuestro gusto en lo relativo a amistades. Pero
supongo que sabréis que todas las mejoras realizadas en las viviendas
alquiladas pertenecen al propietario y que éste, según la ley, no está obligado
a pagar un solo sestercio en compensacion.
Ocho días después Epafrodito se marchaba, lanzando improperios contra
las mujeres y sin poder hacer lo que se había propuesto —rascar los frescos y
arrancar el mosaico— porque Aurelia había apostado dos gladiadores dentro de la
vivienda.
—¡Estupendo! —exclamó, sacudiéndose el polvo de las manos—.
Cardixa, ahora puedo buscar un inquilino decente.
El método de alquiler de una vivienda seguía diversos procedimientos; el
propietario ponía un cartel en la puerta y otros en las tiendas de la ínsula,
así como en los baños y letrinas públicos y en las paredes de propietarios que
fuesen amigos suyos, y difundía de viva voz la noticia de que había una
vivienda libre. Como la ínsula de Aurelia tenía fama por su buena construcción,
no faltaron interesados a quienes ella misma atendió. Hubo quienes le gustaron,
algunos que no le inspiraron confianza y otros a quienes no se la habría
alquilado por nada del mundo aunque hubieran sido los únicos pretendientes.
Pero ninguno de ellos respondió a sus aspiraciones, y por eso siguió
entrevistando a gente.
Tardó siete semanas en encontrar los inquilinos idóneos: un caballero
hijo de caballero llamado Cayo Matio; tenía la misma edad que César y su esposa
era de la misma edad que Aurelia. Los dos eran personas cultas y educadas, se
habían casado por la misma época que César y Aurelia y tenían una hijita de la
misma edad que Lia. Además, su situación era desahogada. La mujer se llamaba
Priscila, derivado probablemente del cognomen del padre y no del gentilicio,
pero en todos los años que la familia Matio vivió allí, Aurelia no lograría
averiguar el verdadero nombre
de Priscila. La familia Matio se dedicaba al corretaje y a gestionar
contratos, y el padre de Cayo Matio vivía con su segunda esposa y un hijo
pequeño en una espaciosa casa del Quirinal. Aurelia tuvo buen cuidado en
comprobar todos estos datos, y una vez verificados alquiló la vivienda de la
planta baja a Cayo Matio por 10000 denarios anuales. Los costosos murales y el
suelo de mosaico de Epafrodito propiciaron la firma del contrato, así como la
promesa por parte de Aurelia de que todos los futuros contratos de alquiler los
gestionara el propio Cayo Matio en su empresa.
Porque Aurelia había decidido prescindir de los agentes recaudadores. A
partir de ahora seria ella quien decidiera los alquileres. Todas las viviendas
se alquilarían mediante contrato por escrito, renovable cada dos años,
incluyendo en él cláusulas multando al inquilino por daños a la propiedad y
otras protegiéndole de abusos del propietario.
Aurelia transformó la sala de estar en despacho, lo llenó de libros de
contabilidad, conservando sólo el telar, y se dispuso a aprender las
complejidades de su papel de propietaria. Después de recabar la documentación
de la ínsula de los anteriores agentes, descubrió que había archivos de todo
tipo: albañilería, pintura, enyesado, compras diversas, recibos de agua,
impuestos, contribuciones, facturas y recibos varios. Y vio que gran parte de
los ingresos se desembolsaban casi inmediatamente. Además de cobrar el agua y
la instalación de desagües, el Estado percibía una contribución según el número
de ventanas con que contase la ínsula, las puertas que diesen a la calle y las
escaleras de cada piso. Y aunque era un edificio bien construido,
constantemente había que efectuar reparaciones. Entre los artesanos de las
listas figuraban varios carpinteros, y, verificando las fechas, Aurelia vio que
había uno que era el que más trabajos llevaba realizados. Mandó llamarle y le
encargó quitar las celosías de madera que recubrían el patio de luces.
Era un proyecto que abrigaba desde que se había trasladado a la ínsula,
porque había pensado hacer un jardín y transformar el poco lucido patio central
en un oasis que alegrara la vida de todos los vecinos. Pero todo habían sido
obstáculos, empezando por el inconveniente de tener a Epafrodito, que habría
tenido derecho a utilizar el jardín. César nunca había
sido testigo de las actividades del actor porque éste tenía buen cuidado
de llevarlas a cabo sólo cuando César no estaba. Y César, como supo Aurelia,
pensaba que las mujeres eran unas exageradas.
Entre las columnas de las galerías que daban al patio habían colocado
unas molestas celosías de madera y ningún vecino de los pisos superiores tenía
vista al patio. En teoría, tales celosías garantizaban la intimidad del patio y
servían para tamizar el continuo raudal de ruidos que surgían de todas las
viviendas, pero lo convertían en una horrible chimenea oscura de nueve plantas
de altura, un horrendo pozo oscuro, además de impedir la entrada de luz y aire
a los pisos.
Así, nada más marcharse César, Aurelia llamó al carpintero y le mandó
quitar las celosías.
El hombre la miró como si se hubiese vuelto loca.
—¿Qué sucede? —inquirió ella, sorprendida.
—Domina, dentro de tres días la mierda y los orines os llegarán a la
rodilla —dijo él—, aparte de todo lo que quieran tirar, desde perros muertos
hasta la abuela difunta o fetos.
Aurelia sintió un gran sofoco al ruborizarse hasta en las orejas. No era
la cruda verdad de lo que decía el carpintero lo que la mortificaba, sino su
propia ingenuidad. ¡Tonta, tonta, tonta! ¿Por qué no lo habría pensado? Porque,
se contestó a sí misma, toda una vida pasando por las puertas y las escaleras
de una casa de viviendas no bastaba para que una persona que siempre había
vivido en una espaciosa casa privada adquiriera la más remota idea de lo que
sucedía en el interior de una ínsula. Su tío Cota tampoco había adivinado el
propósito de aquellas celosías.
Se llevó las manos a las encendidas mejillas y dirigió al carpintero una
mirada tan adorable de sorprendida inocencia, que el hombre soñó con ella casi
un año, pasó periódicamente a ver cómo iban las cosas y mejoró sus trabajos el
cien por cien.
—¡Gracias! —le dijo ella con fervor.
Con la marcha del asqueroso Epafrodito tenía ocasión de iniciar el
jardín del patio, y descubrió que al nuevo inquilino Cayo Matio le encantaba la
jardinería.
—¡Dejad que os ayude! —suplicó Matio.
—Claro que podéis ayudarme —contestó ella, pensando en que no podía
negarse después de haber buscado con tanto afán aquella clase de inquilinos.
Y con ello aprendió otra lección, pues, por medio de Cayo Matio, Aurelia
supo que una cosa era soñar con hacer un jardín maravilloso y otra muy distinta
conseguirlo. Porque ella no tenía ideas claras sobre ese arte y Cayo Matio sí.
De hecho, era un genio de la jardinería. Anteriormente, el agua del baño de
César iba a parar a las cloacas, pero ahora la recogían en una cisterna en el
patio y alimentaba a las plantas que Cayo Matio sacaba adelante con increíble
rapidez, en su mayoría robándolas —según informó a Aurelia— de la mansión de su
padre en el Quirinal y de donde podía. Matio sabía cómo injertar plantas
débiles con otras más fuertes de la misma especie; conocía las plantas a las
que convenía un poco de cal y a cuáles el suelo de Roma, ácido por naturaleza;
sabia la época exacta del año en que había que sembrar, plantar y podar. Al
cabo de un año, el patio, un cuadrado de treinta pies de lado, era una enramada
y las trepadoras subían por las celosías de las columnas hacia el trozo de
cielo de lo alto.
Un día fue a verla Simón el judío; a sus ojos romanos, resultaba una
curiosa imagen con su larga barba y sus largos rizos asomando por el solideo.
—Domina Aurelia, la cuarta planta quiere pediros un favor particular —
dijo el hombre.
—Si en mi mano está, podéis contar con ello, Simón —le contestó, muy
seria.
—Lo comprenderemos si os negáis, pues lo que solicitamos va en
detrimento de vuestra intimidad —dijo Simón, eligiendo las palabras con una
delicadeza que generalmente reservaba para su trabajo—. Pero si os damos
nuestra palabra de que no abusaremos del privilegio tirando desperdicios y
basura, ¿podríamos quitar las celosías de madera que cierran el patio de luces?
Así tendríamos más ventilación y podríamos ver vuestro precioso jardín.
—Os lo concedo encantada —respondió Aurelia con una amplia sonrisa
—. Sin embargo, eso no quiere decir que apruebe el echar la basura a la
calle por las ventanas. Debéis prometerme que todos los desechos serán llevados
al otro lado de la calle, a la letrina pública y arrojados a la cloaca.
Simón se lo prometió encantado.
Y quitaron las celosías del patio de luces en el cuarto piso, aunque
Cayo Matio rogó que se dejasen en la parte de las columnas para que las
enredaderas pudieran seguir trepando. El piso en que vivían los judíos inició
una moda, que imitaron a continuación el inventor y el mercader de especias que
vivían en el de arriba, solicitando lo mismo, seguidos por el sexto, el segundo
y el quinto, hasta que sólo quedaron las de los dos últimos pisos de libertos.
En primavera, antes de la batalla de Aquae Sextiae, César efectuó un
rápido viaje a través de los Alpes para llevar despachos a Roma, y esta breve
visita produjo un segundo embarazo de Aurelia, que dio a luz otra niña en
febrero, también en su casa e igualmente atendida por la comadrona y Cardixa.
En esta ocasión sí advirtió su falta de leche, y la segunda pequeña Julia —que
toda su vida tendría que aguantar el diminutivo de "Ju-Ju"— comenzó
inmediatamente a mamar de una docena de madres repartidas por los distintos
pisos de la ínsula.
—Muy bien —contestó César a la carta en que le anunciaba el nacimiento
de Ju-Ju—, ya tenemos la tradicional pareja de niñas de los Julios. La próxima
vez que lleve despachos para el Senado empezaremos con los chicos.
Que era muy parecido a lo que su madre Rutilia le había dicho para
consolarla de haber concebido niñas.
—Tendrías que haber pensado que tus palabras caían en saco roto —
comentó Cota sonriente.
—¡Ya lo creo! —exclamó Rutilia, irritada—. ¡De verdad, Marco Aurelio,
esta hija mía me desconcierta! Cuando quise animarla, se limitó a enarcar las
cejas y a decirme que a ella le daba absolutamente igual que fuesen niños o
niñas, con tal de que fuesen sanos.
—¡Y es una encomiable actitud! —replicó Cota—. Así como hace
cuatrocientos o quinientos años no eran bien vistos los nacimientos de niñas,
ahora las madres las aceptan mejor.
—¡Sí, claro! ¡Es una simple actitud! —replicó Rutilia—. Si no me quejo
de su tranquilidad, lo que me indigna es que te haga creer que eres tonta por
decir lo evidente.
—Yo la quiero mucho —terció Rutilio Rufo, conteniendo la risa.
—¡Sí, claro! —apostilló Rutilia.
—¿Es bonita la niña? —inquirió Rutilio.
—Preciosa. ¿Qué otra cosa puede esperarse? Esa pareja no podría tener un
hijo feo ni aunque lo hicieran de pie en la cama —contestó Rutilia, irritada.
—Vamos, vamos, a ver si hablas como una noble romana —añadió Cota,
dirigiendo un guiño a Rutilio Rufo.
—¡Ojalá se os cayeran los dientes! —chilló Rutilia, tirándoles los
almohadones.
Poco después de nacer Ju-Ju, Aurelia tuvo que enfrentarse al asunto de
la taberna de la esquina. Era algo que había querido evitar, pues, aunque se
hallaba en su ínsula, no podía cobrar alquiler por tratarse de un lugar de
reunión de una cofradía religiosa; aunque no tenía categoría de templo ni de
aedos, era un centro "oficial" que figuraba en los libros de registro
del pretor urbano.
Pero era una molestia porque siempre había movimiento junto a ella,
incluso por la noche, y algunos de los cofrades echaban en seguida de la acera
a los peatones; por el contrario, no se daban mucha prisa en limpiar la
constante acumulación de basura ante la puerta.
Cardixa fue la primera en enterarse de un aspecto más siniestro de la
cofradía religiosa de la taberna. Aurelia la había enviado a la tiendecita
contigua a la entrada de la casa a comprar un ungüento para el culito de Ju-Ju,
y se encontró con la dueña —una anciana de Galacia, experta en medicinas,
tónicos, remedios y panaceas— junto a la pared, mientras un par de individuos
de mala catadura discutían sobre qué tarros y botellas iban a destrozar
primero. Gracias a Cardixa no destrozaron nada y fue ella quien
los molió a golpes, poniéndolos en fuga, al tiempo que lanzaba
imprecaciones. Luego, la aterrada anciana le contó que no había podido pagar el
impuesto de protección.
—Todas las tiendas pagan a la cofradía de la taberna para que no les
molesten —contó Cardixa a Aurelia—. Dicen que prestan servicio de protección a
los tenderos contra los robos y las violencias, pero los únicos robos y
violencias que padecen son por mano de la cofradía si no les pagan el impuesto
de protección. Como sabéis, domínilla, esa pobre gálata ha enterrado hace poco
a su esposo, y le hizo unos funerales caros; por eso no tiene dinero.
—¡No se hable más! —dijo Aurelia, dispuesta a presentar batalla—.
Vamos a arreglar esto, Cardixa.
Y, muy decidida, salió de su casa y fue deteniéndose en todas las
tiendas del Vicus Patricii preguntando a los propietarios por aquello del
impuesto de protección. Por lo que algunos le dijeron, supo que los asuntos de
la cofradía desbordaban el estricto marco de las tiendas de la ínsula, por lo
que acabó recorriendo todo el vecindario, enterándose así de una increíble
historia de flagrante coacción. Incluso las dos mujeres encargadas de la
letrina pública en la acera opuesta del Subura Minor al servicio de la empresa
que tenía contrato con el Estado se veían obligadas a pagar un porcentaje del
dinero que los clientes con recursos les pagaban para disponer de una esponja o
un palo para limpiarse después de defecar; cuando la cofradía se enteró de que
las dos mujeres hacían además el servicio de recoger orinales de diversas
viviendas para vaciarlos y limpiarlos y que no lo habían dicho, les rompieron
todos los orinales y las pobres mujeres tuvieron que comprar otros. Los baños
contiguos a la letrina pública eran de un propietario particular —como todos
los de Roma— y eran un buen negocio. Allí también estipuló un impuesto la
cofradía para garantizar que no se mantendría a los clientes sumergidos en el
agua hasta que casi se ahogaran.
Cuando Aurelia concluyó la investigación, estaba tan indignada que
prefirió volver a su casa para calmarse antes de enfrentarse a la cofradía.
—¡Y eso en mi casa! —exclamó abrumada—. ¡En mi propia casa!
—No os preocupéis, Aurelia, ya les daremos su merecido —dijo Cardixa.
—¿Dónde está Ju-Ju? —inquirió Aurelia con un profundo suspiro. —En el
cuarto piso. Esta mañana le toca a Rebeca amamantarla. —¿Por qué no podré yo
tener leche? —exclamó Aurelia, retorciéndose
las manos—. ¡Estoy más seca que una vieja!
—Hay mujeres que tienen leche y otras que no —replicó Cardixa,
encogiéndose de hombros—. No se sabe por qué. No os dejéis deprimir, lo que
realmente os preocupa es el asunto de la cofradía. Ya sabéis que a ninguna le
importa dar el pecho a Ju-Ju. Enviaré a una criada al cuarto a que diga a
Rebeca que se quede un ratito con la pequeña y nosotras saldremos a zanjar ese
asunto.
—Pues vamos —dijo Aurelia poniéndose en pie—. Acabemos de una vez.
No había mucha luz dentro de la taberna y Aurelia permaneció en el
umbral; a contraluz, aquella belleza que conservaría toda su vida irradiaba
toda su plenitud y fue como si el interior se iluminara, pero volvió a
ensombrecerse en cuanto apareció Cardixa detrás de su ama.
—¡Es el elefante que nos sacudió esta mañana! —dijo una voz en la
penumbra.
En los bancos se produjeron varias deserciones, mientras Aurelia
avanzaba y miraba a su alrededor, respaldada por Cardixa.
—¿Quién es aquí el responsable? —inquirió Aurelia.
De la mesa de un rincón se levantó un hombrecillo delgado de unos
cuarenta años con inconfundible aspecto romano.
—Soy yo —dijo, acercándose—. Lucio Decumio, para serviros.
—¿Sabéis quién soy? —inquirió Aurelia.
El hombre asintió con la cabeza.
—Estáis ocupando, sin pagar alquiler, unas dependencias que son mías —le
espetó Aurelia.
—Las dependencias no son vuestras, señora, sino del Estado —replicó
Lucio Decumio.
—Del Estado, no —contestó ella, mirando en derredor puesto que sus ojos
se habían acostumbrado a la escasa iluminación—. Este lugar es un asco; lo
tenéis totalmente descuidado. Quedáis desahuciado.
Se hizo un impresionante silencio y Lucio Decumio frunció los ojillos
con gesto avieso.
—No podéis desahuciarnos —dijo
—¡Ya lo veremos!
—Me quejaré al pretor urbano.
—¡Hacedlo, hacedlo! Es mi primo.
—Pues recurriré al pontífice máximo.
—Claro que sí. También es primo mío.
—No serán todos primos vuestros —replicó Lucio Decumio con un retintín
que bien podía ser desacato o sorna.
—Ya lo creo que lo son —replicó Aurelia—. Tomad buena nota, Lucio
Decumio, de que vos y vuestros rufianes tenéis que evacuar.
El hombre se la quedó mirando pensativo, rascándose la barbilla y con
una especie de sonrisa en sus ojos gris claro; luego dio un paso a un lado,
haciendo un gesto en dirección a la mesa que ocupaba.
—¿Y si lo hablamos tranquilamente? —inquirió con la misma calma que el
mismísimo Escauro.
—No hay nada que hablar —replicó Aurelia—. Tenéis que marcharos. —¡Bah!
Siempre queda el recurso de hablar de las cosas. Vamos,
señora, sentémonos —insistió Lucio Decumio.
Y Aurelia se dio cuenta de que le estaba pasando algo horrible:
¡comenzaba a gustarle aquel Lucio Decumio! Era absurdo, pero estaba sucediendo.
—De acuerdo —dijo—. Cardixa, quédate detrás de mí.
Lucio Decumio acercó una silla y él tomó asiento en un banco.
—¿Un poco de vino, señora?
—Ni mucho menos.
—¡Oh!
—¿Y bien?
—¿Y bien, qué? —replicó Lucio Decumio.
—Erais vos quien quería hablar —dijo Aurelia.
—Ah, sí, era yo —dijo Lucio Decumio con un carraspeo—. Vamos a ver, ¿de
qué os quejáis exactamente, señora?
—De vuestra presencia bajo mi techo.
—Bueno, bueno, eso es bastante ambiguo, ¿no? Quiero decir que podemos
llegar a algún acuerdo; vos me decís qué es lo que no os gusta y yo veré de
arreglarlo —dijo Lucio Decumio.
—El deplorable estado, la porquería, el ruido, el derecho que os
arrogáis sobre la acera y este local, cosa totalmente falsa —comenzó a decir
Aurelia, contando con los dedos de la mano—. ¡Y ese negocio que tenéis con el
vecindario, aterrorizando a los inocuos tenderos para que paguen un dinero que
no tienen! ¡Qué despreciable comportamiento!
—El mundo, señora —contestó Lucio Decumio, inclinándose hacia ella muy
serio—, se divide en lobos y corderos. Es ley natural. Si no fuese natural,
habría muchos más corderos que lobos, mientras que, como se sabe, hay unos mil
corderos por cada lobo. Considerad que nosotros somos los lobos del barrio, y
no somos unos lobos tan malos. Sólo enseñamos los dientes y damos algún
mordisco que otro, pero no matamos a nadie.
—Eso es una metáfora repugnante —replicó Aurelia— que no me conmueve lo
más mínimo. Tenéis que marcharos.
—¡Ay de mí! —exclamó Lucio Decumio, echándose hacia atrás—. ¡Ay de mi!
—repitió, mirándola a los ojos—. ¿De verdad que son primos vuestros?
—Mi padre es el ex cónsul Lucio Aurelio Cota y mi tío el cónsul Publio
Rutilio Rufo, mi otro tío es el pretor Marco Aurelio Cota y mi esposo el
cuestor Cayo Julio César —replicó Aurelia reclinándose en la silla, alzando un
poco la cabeza y cerrando los ojos—. Además, mi cuñado es Cayo Mario.
—Pues bien, mi cuñado es el rey de Egipto, ¡ja, ja, ja! —espetó Lucio
Decumio ante aquella sarta de nombres.
—Pues os aconsejo que os vayáis a vivir a Egipto —réplicó Aurelia sin
imnutarse lo más mínimo por el sarcasmo—. Os digo que el cónsul Cayo Mario es
mi cuñado.
—Ah, claro, y, naturalmente, la cuñada de Cayo Mario vive en pleno culo
del Subura —replicó Lucio Decumio.
—Esta ínsula es mía. Es mi dote, Lucio Decumio. Mi esposo no es el
primogénito y de momento vivimos en la ínsula. Más adelante viviremos en otro
lugar.
—¿De verdad que Cayo Mario es cuñado vuestro?
—Hasta el último pelo de sus cejas.
—Me gusta estar aquí —dijo Lucio Decumio con un suspiro—, así que mejor
será que lleguemos a un acuerdo.
—Quiero que os marchéis —insistió Aurelia.
—Vamos a ver, señora. Me asiste cierto derecho —dijo Lucio Decumio
—. Los miembros de esta cofradía son los guardianes del altar de la
encrucijada; sus legítimos guardianes. Quizá os creáis que vuestros primos son
los dueños del Estado, pero si nosotros nos vamos, entrarán otros, ¿cierto?
Esto es un colegio de encrucijada, señora, registrado oficialmente ante el
pretor urbano. Y os diré un secreto —añadió, inclinándose de nuevo y alargando
el cuello como una tortuga—. ¡Todos los de los cruces son lobos! Lleguemos a un
acuerdo, señora. Mantenemos el local limpio, pintamos un poco las paredes,
andamos de puntillas cuando sea de noche, ayudamos a cruzar la calle a las
ancianas, renunciamos a esa operación con el vecindario ¡y nos convertimos en
pilares de la sociedad, como quien dice! ¿Qué os parece?
Pese a sus esfuerzos por reprimirla, la sonrisa se dibujó en su rostro.
—Mejor que el horror que yo conozco, ¿no, Lucio Decumio? —¡Mucho mejor! —añadió
él efusivamente.
—Desde luego no me gustaría tener que volver a plantear todo esto con
otra gente —dijo Aurelia—. Muy bien, Lucio Decumio: os pondré a prueba seis
meses —añadió, levantándose y dirigiéndose a la puerta, seguida por Lucio
Decumio—. Pero no penséis ni por un instante que vacilaré en echaros y dejar
que entren otros —concluyó diciendo, con un pie ya en la calle.
Lucio Decumio la acompañó por el Vicus Patricii, abriéndole paso entre
la multitud con asombrosa facilidad.
—Os aseguro, señora, que nos convertiremos en pilares de la sociedad.
—Veo muy difícil que podáis prescindir de unos ingresos a los que
estabais acostumbrados —dijo Aurelia.
—¡Oh, no os preocupéis, señora! —replicó Lucio Decumio, animado—. Roma
es muy grande. Nos limitaremos a trasladar lo bastante lejos nuestra operación
para no molestaros... al Viminal, al Ager... hay muchos sitios. No os
preocupéis lo más mínimo por Lucio Decumio y sus hermanos de los cruces
sagrados. Nos las arreglaremos.
—¡Eso no es una respuesta! —replicó Aurelia—. ¿Qué diferencia hay entre
aterrorizar a nuestro vecindario y hacerlo en otra parte?
—Lo que el ojo no ve y la oreja no oye, el corazón no lo lamenta —
contestó el hombre, francamente sorprendido de que fuese tan obtusa—. Es la
realidad, señora.
En aquel momento llegaban a la puerta principal.
—Supongo que haréis lo que queráis, Lucio Decumio —dijo ella,
deteniéndose y mirándole con cara de pocos amigos—, pero que yo no me entere a
dónde trasladáis vuestra "operación", como la llamáis.
—Punto en boca, señora. ¡Lo juro! ¡Punto en boca! —dijo él adelantándose
a llamar a la puerta, que abrió con sospechosa prontitud el propio mayordomo—.
Ah, Eutico, hace días que no se os ve por la cofradía —añadió Lucio Decumio con
voz suave—. La próxima vez que la señora os dé fiesta, espero veros por el
local. Vamos a limpiarlo y pintarlo para complacer a la señora. Hay que tener
contenta a la cuñada de Cayo Mario, ¿no os parece?
—Por supuesto —contestó Eutico, totalmente anonadado.
—¿Así que nos lo habías ocultado? ¿Por qué no nos dijiste quién era la
señora? —insistió Lucio Decumio con voz tan suave como la seda.
—Como habréis advertido a lo largo de los años, Lucio Decumio, yo no
hablo de mi familia —contestó Eutico dándose importancia.
—Malditos griegos; todos son iguales —dijo Lucio Decumio, dando un
papirotazo a un mechón de su lacio pelo en dirección de Aurelia—. Que lo paséis
bien, señora. Encantado de conoceros. Si deseáis algo de nosotros, servíos
comunicármelo.
Cuando se cerró la puerta, Aurelia miró al mayordomo con rostro
impasible.
—Bien, ¿qué me dices? —inquirió.
—¡Domina, tengo que pertenecer a la cofradía! ¡Soy el mayordomo de los
caseros y no consentirían que me quedara al margen!
—Eutico, ¿te das cuenta que podría mandar azotarte por esto? —dijo
Aurelia sin cambiar de expresión.
—Sí —musitó el griego.
—Azotamiento es el castigo establecido, ¿verdad?
—Sí.
—Pues tienes suerte de que sea la esposa de mi marido y la hija de mi
padre —añadió Aurelia—. Creo que mi suegro, Cayo Julio, lo concibió mejor.
Antes de morir dijo que no entendía cómo una familia podía vivir en la misma
casa con gente a la que mandaba azotar, ya fuesen hijos o esclavos. Sin
embargo, hay otros modos de tratar la deslealtad y la insolencia. Y no pienses
que no estoy dispuesta a asumir la pérdida económica de venderte con malas
referencias, y cobrar mil sestercios en lugar de diez mil denarios; aparte de
que tu nuevo propietario sería de tan baja clase social que te mandaría azotar
sin piedad.
—Lo comprendo, domina.
—¡Bien! Sigue perteneciendo a la cofradía del cruce; comprendo tus
motivos. Y también alabo tu discreción respecto a nosotros —dijo Aurelia,
disponiéndose a alejarse—. Ese Lucio Decumio, ¿qué trabajo tiene? — inquirió.
—Es el vigilante del local —respondió Eutico, más compungido aún.
—Algo me ocultas.
—¡No, no!
—¡Vamos, cuéntamelo todo!
—Bien, domina, no es más que un rumor —respondió el griego—. Comprended
que nadie lo sabe con certeza, pero se dice que él mismo lo ha contado...
aunque puede ser un simple chismorreo. O quizá lo dijera para meternos miedo.
—¿Pero qué es lo que ha dicho?
—Que es un asesino —respondió el mayordomo palideciendo.
—¡Ecastor! ¿Y a quién ha asesinado? —inquirió Aurelia.
—Creo que a ese personaje númida que fue apuñalado hace unos años en el
Foro Romano —contestó Eutico.
—¡Vamos de sorpresa en sorpresa! —exclamó Aurelia, alejándose a ver qué
hacían las niñas.
—La domina es única —comentó Eutico a Cardixa.
La gigantesca criada gala alargó el brazo y dio un apretón al mayordomo
en el hombro, como un gato que sujeta a un ratón por la cola.
—Ya lo creo —dijo, al tiempo que le zarandeaba—. Por eso tenemos que
cuidarla.
No mucho después, Cayo Julio César volvió de la Galia itálica con un
mensaje de Mario desde Vercellae. Llamó a la puerta y le abrió el mayordomo,
quien se dispuso a entrar el equipaje mientras él iba en busca de su esposa.
Aurelia estaba en el jardín atando bolsitas de gasa en los racimos de
uvas del cenador de Cayo Matio y no se molestó en volverse al oír pasos.
—¿No os imaginabais que hubiese tantos pájaros en el Subura, — verdad?
—inquirió sin mirar quién era—. Pero este año estoy decidida a que seamos
nosotros quienes comamos las uvas; y voy a ver si esto da resultado.
—Estoy deseando comer las uvas —dijo César.
—¡Cayo Julio! —exclamó ella alborozada, girando sobre sus talones y
dejando caer el montón de bolsas de gasa.
Él abrió los brazos y ella se echó en ellos. El beso fue intensamente
amoroso y fue seguido de otra docena, pero unos aplausos les hicieron volver a
la realidad; César miró hacia arriba por el patio de luces, vio la barandilla
de los balcones llena de gente y saludó con la mano.
—¡Hemos obtenido una gran victoria! —exclamó—. ¡Cayo Mario ha aniquilado
a los germanos! ¡Roma nunca más los temerá!
Dejando que los vecinos se regocijaran y difundieran la noticia por el
Subura antes de informar al Senado y al pueblo, César cogió a Aurelia por
los hombros y se dirigió al pasillo que llevaba del vestíbulo a la
cocina, dobló en dirección a su despacho y pudo observar el orden, la limpieza
y la agradable y sencilla decoración. Había floreros por todas partes; otra
faceta doméstica de Aurelia, pensó, preguntándose angustiado si tendrían dinero
para aquel gasto de flores.
—Tengo que ver a Marco Emilio Escauro ahora mismo —dijo—, pero no quería
ir a su casa antes de venir a verte. ¡Qué alegría volver al hogar!
—Es estupendo —añadió Aurelia, temblorosa.
—Más estupendo será esta noche, esposa mía, cuando empecemos a hacer el
primer niño —dijo él, besándola otra vez—. ¡Cómo te he echado de menos! De
verdad que, a tu lado, ninguna mujer me atrae. ¿Podría darme un baño?
—Hace un momento que he visto rondar a Cardixa, supongo que te lo estará
preparando —contestó Aurelia, apretándose contra él y dando un suspiro de
satisfacción.
—¿Estás segura de que puedes atender todo el trabajo de la casa, con dos
niñas y toda la insula? —inquirió él—. Ya sé que decías que los agentes se
llevaban más comisión de la debida, pero...
—No es ninguna molestia, Cayo Julio. Las viviendas están muy cuidadas y
los inquilinos son de primera —contestó ella, decidida—. Incluso he solventado
la pequeña dificultad que había con la taberna de la encrucijada, y ahora todo
está limpio y tranquilo. ¡No sabes lo predispuestos y correctos que han sido
todos cuando se enteraron de que soy la cuñada de Cayo Mario! —añadió, como sin
darle importancia y riendo alegremente.
—¡Cuántas flores! —exclamó él.
—¿A que son bonitas? Es un regalo que me mandan periódicamente cada
cuatro o cinco días.
—¿Es que tengo un rival? —inquirió él rodeándola con sus brazos.
—No creo que te preocupe cuando le conozcas —contestó Aurelia—.
Se llama Lucio Decumio y es un asesino.
—¿Quéee?
—No, cariño mío, lo digo en broma —replicó ella—. Él dice que es un
asesino, supongo que para conservar su ascendiente respecto a sus colegas de la
taberna de la que está encargado. —¿Y de dónde saca las flores?
—A caballo regalado, no le mires el diente —contestó ella riendo—. En el
Subura todo es distinto.
* * *
Fue Publio Rutilio Rufo quien informó a Cayo Mario de las novedades de
Roma, en cuanto César entregó la carta comunicando la victoria.
Hay un ambiente muy poco halagüeño, debido principalmente al hecho de
que has tenido éxito en lo que te propusiste —eliminar a los germanos— y a que
el pueblo está tan agradecido, que si te presentases al consulado te lo
concederían otra vez. "Dictador" es la palabra que murmuran todos los
nobles, al menos la primera clase la está repitiendo. Sí, ya sé que tienes
muchos clientes y amigos importantes en la primera clase, pero debes comprender
que toda la estructura tradicional de la política romana está orientada a
cercenar las pretensiones de quienes descuellan entre sus iguales. El único
"primer" permisible es el primero entre sus iguales, pero después de
cinco consulados, tres de ellos in absentia, se va haciendo muy difícil
enmascarar el hecho de que tú destacas entre tus supuestos iguales. Escauro
está disgustado, pero con él podrías entenderte en último extremo. No, el
verdadero problema es nuestro común amigo el Meneitos, hábilmente secundado por
su tartamudo retoño.
Desde el momento en que te trasladaste al este de los Alpes para unirte
a Catulo César en la Galia itálica, el Meneitos y su hijo han dedicado todos
sus esfuerzos a inflar desaforadamente la contribución de Catulo César en la
campaña contra los cimbros. Así, cuando llegó la noticia de la victoria de
Vercellae y la cámara se reunió en el templo de Belona para debatir los asuntos
de los triunfos y los votos de agradecimiento, había muchos dispuestos a
escuchar al Meneitos cuando tomó la palabra.
En resumen, propuso que sólo se celebren dos triunfos: uno contigo por
la victoria de Aquae Sextiae y otro con Catulo César por Vercellae, ignorando
totalmente el hecho de que tú eras el comandante en el campo de Vercellae y no
Catulo César. Su argumentación es estrictamente legalista: participaron dos
ejércitos, uno al mando del cónsul y el otro al mando del procónsul Catulo
César, y el botín conquistado, dice el Meneitos, es tan reducido, que
resultaría ridículo exhibirlo en tres triunfos. Así que, como tú no habías
celebrado el triunfo aprobado por lo de Aquae Sextiae, pues lo celebras y a
Catulo César se le concede el correspondiente a Vercellae, ya que sería
superfluo que tú celebrases un secundo triunfo por Vercellae.
Lucio Apuleyo Saturnino se puso inmediatamente en pie para protestar,
pero le abuchearon. Como este año es un privatus, no tiene cargo alguno para
imponerse y que los padres conscriptos le hagan más caso. La cámara aprobó dos
triunfos: el tuyo será exclusivamente por Aqaae Sextiae — batalla del año
pasado y menos significativa— y Vercellae —la de este año y la más importante
para todos— en exclusiva para Catulo César. Efectivamente, conforme el triunfo
de Vercellae discurra por la ciudad, se irá imbuyendo en la mente de los
romanos que tú no has tenido nada que ver con la derrota de los cimbros en la
Galia itálica y que el héroe es Catulo César. Tu propia necedad al entregarle
la mayor parte del botín y todos los estandartes germanos capturados ha
inclinado la balanza. Cuando te gana la euforia y dejas que surja tu
generosidad natural es cuando peores errores cometes. De verdad.
No sé qué remedio encontrarás, porque todo está ya decidido, aprobado
oficialmente y registrado en los archivos. Yo estoy indignado, pero los padres
de la patria (como los llama Saturnino) o los boni (como dice Esca uro) te han
ganado por la mano y no obtendrás el prestigio que mereces por la derrota de
los germanos. En tiempos de Numancia nos divertimos con perpetuar el revolcón
de Metelo en la cochiquera aplicándole ese mote que también usan las niñeras en
su jerga para referirse a los genitales de las niñas, pero yo, actualmente,
considero que este hombre es un verdadero cunnus, y su hijo va a seguir el
mismo camino.
Basta, basta, ¡no quiero acabar teniendo una apoplejía! Concluiré la
misiva diciéndote que en Sicilia las cosas van bien. Manio Aquilio está
haciendo una magnífica labor, lo que aún empequeñece más a Servilio el Augur,
quien, sin embargo, ha hecho lo que prometió, denunciando a Lúculo ante el
nuevo tribunal que entiende de traiciones. Lúculo se empeñó en defenderse
personalmente y no le fue nada bien con todos esos caballeros engreídos, porque
se les encaró con esa glacial altanería que se gasta y el jurado pensó que lo
hacía por ellos. ¡Y así era, efectivamente! Este Lúculo es otro imbécil
impenitente. Naturalmente, le condenaron. Creo que en todas las tablillas
escribieron el DAMNO. Y es increíble la brutalidad de la sentencia. Tiene que
exiliarse a más de mil millas de Roma, con lo que su única opción de vivir en
una gran ciudad es Antioquía o Alejandría. Él ha elegido honrar al rey Tolomeo
Alejandro en vez de al rey Antioco Gripus. Y el tribunal confiscó todos sus
bienes, casas, tierras, inversiones y propiedades urbanas.
No esperó a que le obligaran a marcharse: de hecho, ni aguardó a saber a
cuánto ascendían sus pertenencias, y encomendó el cuidado de la marrana de su
esposa a su hermano el Meneitos —así verá lo que es bueno —, y a su hijo mayor,
que ahora tiene dieciséis años y en quien el Estado tenía puestas sus miras, a
su propia suerte. Es curioso que no encomiende este dotado muchacho al cuidado
del Meneitos, ¿no crees? Al menor, que ahora tiene catorce, le han adoptado y
ahora se llama Marco Terencio Varro Lúculo.
Me ha dicho Escauro que los muchachos han jurado procesar a Servilio el
Augur en cuanto Varro Lúculo tenga edad para vestir la toga. La despedida del
padre fue desgarradora, como puedes imaginarte. Escauro dice que Lúculo irá a
Alejandría y se suicidará, y que los niños también lo creen así. Lo que más
hiere a los Licinio Lúculo es que este dolor y esta ruina se los haya causado
un hombre nuevo arribista como Servílío el Augur. Los hombres nuevos no os
habéis ganado precisamente unos amigos en los hijos de Lúculo.
En fin, cuando los hijos de Lúculo tengan edad para procesar a Servilio
el Augur, será ante otro nuevo tribunal constituido por otro Servílio de
orígenes bastante oscuros: Cayo Servilio Glaucia. ¡Por Pólux, Cayo
Mario, las leyes que dicta ese individuo! El esquema es acorazado y nuevo, pero
funciona. Al estar de nuevo en manos de los caballeros, no hay recursos que les
valga a los gobernadores si no son trabajadores. La recuperación de la
propiedad peculada ha quedado ampliada a los últimos beneficiarios así como a
los ladrones iniciales; los convictos por el tribunal no pueden hablar nunca
más en público; a los que tienen derechos latinos que logren que se condene a
un malversador se les recompensa con la ciudadanía romana, y ahora se efectúa
una pausa en medio del juicio. El procedimiento antiguo es ya cosa del pasado,
y el testimonio de los testigos, como se ha comprobado en los pocos casos juzgados,
ahora cuenta mucho menos que las intervenciones de los abogados. Buena
oportunidad para los buenos letrados.
Y para terminar, y no menos importante, te diré que ese curioso
individuo que es Saturnino vuelve a verse en apuros. Cayo Mario, de verdad que
temo que no esté bien de la cabeza. No es una cosa lógica. Y yo creo que es por
influencia de su amigo Glaucia. Los dos son brillantes, pero, al mismo tiempo,
muy inestables y alocados. O quizá sea que realmente no sepan lo que quieren de
la vida pública. Hasta el peor demagogo tiene un plan, una lógica orientada a
ser pretor y cónsul, pero yo no la veo en esta pareja. Detestan el viejo estilo
de gobierno, detestan el Senado, pero no presentan alternativas. ¿Serán quizá
lo que los griegos llaman partidarios de la anarquía? No estoy seguro.
La suerte ha dado la espalda al rey Nicomedes de Bitinia en razón de la
embajada del rey Mitrídates del Ponto. Nuestro joven amigo del país oriental
más alejado del Euxino envió unos embajadores con suficiente inteligencia para
descubrir la secreta debilidad de los romanos: ¡el dinero! Como no habían
adelantado nada en la solicitud del tratado de amistad y alianza, comenzaron a
sobornar senadores. Pagan bien, y ten la seguridad de que Nicomedes tiene
motivos para preocuparse.
Luego, Saturnino habló en la tribuna del Foro y condenó a todos los
senadores dispuestos a abandonar a Nicomedes y Bitinia en favor de Mitrídates
del Ponto. Dijo que hacía años que teníamos un tratado con
Bitinia y que el Ponto era el enemigo inmemorial de Bitinia. Añadió que
había dinero de por medio y que Roma, por culpa del engrosamiento de las bolsas
de unos cuantos senadores, iba a dejar en la estacada a su amigo y aliado de
medio siglo.
Y se alega —yo no estaba presente— que dijo algo así como: "Ya
sabemos lo caro que cuestan los matrimonios de senadores chochos con potrancas
retozonas, ¿no es cierto? Quiero decir que los collares de perlas y las
pulseras de oro son mucho más caros que un frasco de ese reconstituyente que
vende Ticino en su tienda, ¿y quién dirá que una joven potrilla no es tónico
más eficaz que el de Ticino?" Ja, ja, ja! Y también se burló del Meneitos,
diciendo a la multitud: "¿Y qué me decís de nuestros muchachos en la Galia
itálica?"
El resultado fue que dieron de palos a varios embajadores del Ponto y
éstos acudieron al Senáculo a quejarse. Tras lo cual, Escauro y el Meneitos
acusaron a Saturnino ante su propio tribunal de sembrar la discordia entre Roma
y una embajada acreditada de un monarca extranjero. El día del juicio, nuestro
tribuno de la plebe Glaucia convocó reunión de la Asamblea de la plebe y acusó
al Meneitos de intentar otra vez deshacerse de Saturnino, al no haberlo podido
hacer cuando era censor. El día de la vista aparecieron los famosos gladiadores
que parece manipular Saturnino, rodearon a los jurados con cara de pocos
amigos, éstos renunciaron al juicio y los embajadores pontinos tuvieron que
regresar a su país sin tratado. Estoy de acuerdo con Saturnino en que sería
algo imperdonable abandonar a nuestro amigo y aliado de hace cincuenta años
para aliarnos con su enemigo de siempre, por el simple hecho de que ahora sea
mucho más rico y poderoso.
Se acabó, se acabó, Cayo Mario. En realidad sólo quería que supieras lo
de los triunfos antes de que te llegaran los despachos oficiales, que el Senado
no se apresurará a enviarte. Ojalá pudieras hacer algo, pero mucho lo dudo.
—¡Oh, ya lo creo que sí! —masculló Mario con una sonrisa, cogiendo papel
y aplicándose laboriosamente a redactar una breve carta. Luego
mandó llamar a Quinto Lutacio Catulo César.
Catulo César llegó bullente de entusiasmo, porque el correo privado que
había traído la carta de Rutilio Rufo, había igualmente traído para él dos
misivas: una de Metelo el Numídico y otra de Escauro.
Pero su gozo se desvaneció al ver que Mario ya sabía lo de la aprobación
de los dos triunfos, porque Catulo César se estaba relamiendo de gusto ante la
perspectiva de ver la cara que ponía Mario al enterarse. No obstante, era algo
secundario. El triunfo era lo que contaba.
—Así que me gustaría regresar a Roma en octubre, si no tenéis
inconveniente —añadió Catulo César—. Celebraré yo primero mi triunfo, ya que
vos, siendo cónsul, no podréis marchar tan pronto.
—Se os niega el permiso —dijo Mario con medida cortesía—. Regresaremos
juntos a Roma a finales de noviembre, como estaba previsto. De hecho, acabo de
enviar una carta al Senado en nombre de los dos. ¿Queréis que os la lea? No voy
a atormentaros con mi escritura, así que os la leeré en voz alta.
Dicho lo cual, cogió una hoja de su desordenada mesa y se puso a leerla.
Cayo Mario, cónsul por quinta vez, da las gracias al Senado y al pueblo
de Roma por su preocupación y consideración en relación con el asunto de los
triunfos para él y su lugarteniente, el procónsul Quinto Lutacio Catulo. Alabo
a los padres conscriptos por su admirable frugalidad en decretar un solo
triunfo para cada uno de los generales romanos. No obstante, a mí me preocupa
más que a los padres conscriptos el gravoso coste de esta larga guerra. Y lo
mismo sucede con Quinto Lutacio. Por lo cual Cayo Mario y Quinto Lutacio
compartirán un solo triunfo. Que toda Roma sea testigo del acuerdo y avenencia
de los generales al desfilar juntos por sus calles. Por lo cual me complazco en
notificar que Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo celebrarán el triunfo en las calendas
de diciembre. Juntos. Viva Roma.
—¡Bromeáis! —musitó Catulo César, blanco como el papel.
—¿Bromear? ¿Yo? —replicó Mario parpadeando bajo sus pobladas cejas—.
¡Nunca, Quinto Lutacio!
—¡No... no lo consentiré!
—No os queda más remedio —replicó Mario con voz dulce—. Pensaban que me
habían vencido, ¿verdad? El simpático Metelo el Numídico, el Meneitos, y sus
amigos... ¡vuestros amigos! Pues a mi no me vence nadie de los vuestros.
—¡El Senado ha decretado dos triunfos y dos triunfos se celebrarán! —
replicó Catulo César, tembloroso.
—Sí, podéis insistir, Quinto Lutacio, pero no estará bien, ¿no creéis?
Elegid: o vos y yo hacemos un único desfile triunfal o vais a quedar en
ridículo. Punto.
Y así fue. La carta de Mario llegó al Senado y éste decretó un solo
triunfo para el primer día del mes de diciembre.
Catulo César no tardó en vengarse, escribiendo una carta al Senado en la
que se quejaba de que el cónsul Cayo Mario había usurpado las prerrogativas de
la cámara y el pueblo de Roma, otorgando plena ciudadanía a mil soldados de
tropas auxiliares del Picenum en el mismo campo de Vercellae. Además, se había
excedido en su autoridad consular, decía Catulo César, anunciando la formación
de una colonia de legionarios veteranos romanos en la ciudad de Eporedia, de la
Galia itálica.
Cayo Mario ha establecido esta colonia anticonstitucional para
apoderarse del oro de aluvión que se extrae del lecho fluvial del Duria Maior
en Eporedia. El procónsul Quinto Lutacio —añadía— desea señalar también que fue
él quien ganó la batalla de Vercellae y no Cayo Mario. Como prueba terminante,
aduce los treinta y cinco estandartes germanos en su posesión, contra sólo dos
en poder de Cayo Mario. En mi condición de vencedor de Vercellae, reclamo mi
derecho a vender como esclavos a todos los prisioneros. Cayo Mario pretende
quedarse con un tercio.
En respuesta, Mario distribuyó copias de la carta de Catulo César entre
sus propias tropas y las del procónsul, con un lacónico epígrafe en el que
Mario explicaba que el producto de la venta de los cautivos cimbros
hechos en Vercellae, hasta el límite de un tercio que había querido reservarse,
se entregarían al ejército de Quinto Lutacio Catulo. Y señalaba que su propio
ejército ya había recibido el producto de la venta de esclavos teutones después
de la batalla de Aquae Sextiae y no quería que el ejército de Catulo César se
sintiera marginado, porque tenía entendido que Quinto Lutacio — como era su
derecho— se quedaría con el producto de la venta de los otros dos tercios de
esclavos cimbros.
Glaucia leyó las dos cartas en el Foro y la muchedumbre se desternilló
de risa. A nadie podía caberle duda de quién era el auténtico vencedor, y de
que Mario se preocupaba más de sus tropas que de sí mismo.
—Tenéis que poner fin a esa campaña para desprestigiar a Cayo Mario
—dijo Escauro, príncipe del Senado, a Metelo el Numídico—, u os van a abofetear
la próxima vez que aparezcáis por el Foro. Y más vale que escribáis a Quinto
Lutacio y se lo digáis. Queramos o no, Cayo Mario es el primer hombre de Roma.
Ha ganado la guerra contra los germanos y lo sabe toda la ciudad. Es el héroe
popular, el semidiós del pueblo. Tratad de derribarlo y se os echará Roma
encima, Quinto Cecilio.
—¡Me meo en la gente! —respondió Metelo el Numídico, que estaba amargado
por tener que dar alojamiento a su hermana Metela Calva y al amante de baja
estofa de turno.
—Mirad, podemos hacer otras cosas —añadió Escauro—. Para empezar, podéis
presentaros otra vez a cónsul. Hace diez años que lo fuisteis, ¿os dais cuenta?
Desde luego, Cayo Mario volverá a presentarse. ¿No sería una maravilla tararle
el sexto consulado con la animadversión de un colega como vos?
—¿Pero cuándo nos vamos a librar de esta enfermedad incurable llamada
Cayo Mario? —dijo el Numídico, desesperado.
—Esperemos que pronto —dijo Escauro, nada dado a desesperarse—.
Un año. No creo que más.
—A mí me parece que nunca.
—¡No, no, Quinto Cecilio, os rendís fácilmente! Igual que Quinto
Lutacio, permitís que vuestro odio hacia Cayo Mario os obnubile. ¡Pensad!
¿Cuánto tiempo durante estos cinco consulados eternos ha estado Cayo
Mario en Roma?
—Apenas unos días. ¿Y eso qué tiene que ver?
—Tiene que ver totalmente, Quinto Cecilio. Cayo Mario no es un gran
político, aunque hay que admitir que posee un excelente cerebro en esa
cabezota. En lo que brilla Cayo Mario es como soldado y estratega. Yo os
aseguro que no va a medrar en los comicios y en la curia cuando su mundo quede
reducido a eso. ¡No le dejaremos medrar! Le burlaremos como a un toro, le
trincaremos y no le dejaremos moverse. Y le derribaremos. Ya veréis —dijo
Escauro con absoluta confianza.
Imaginando aquellas magníficas perspectivas que Escauro enunciaba,
Metelo el Numídico sonrió.
—Sí, lo entiendo, Marco Emilio. Muy bien, me presentaré a cónsul.
—¡Estupendo! Lo seréis; no puede ser de otra manera una vez que nos
hagamos con toda la influencia posible en la primera y segunda clase,
por mucho que admiren a Cayo Mario.
—¡Ah, estoy deseando ser su colega! —dijo Metelo el Numídico
desperezándose mentalmente—. ¡Le entorpeceré todo lo que pueda y le haré la
vida imposible!
—Sospecho que recibiremos una inesperada ayuda de un cuarto — añadió
Escauro con gesto felino.
—¿Qué cuarto?
—Lucio Apuleyo Saturnino va a presentarse otra vez a las elecciones de
tribuno de la plebe.
—¡Nefasta noticia! Ese, ¡qué va a ayudarnos!
—No, es una excelente noticia, Quinto Cecilio, creedme. Cuando vos
hinquéis los dientes en la grupa de Cayo Mario, igual que yo, Quinto Lutacio y
cincuenta más, Cayo Mario no tendrá más remedio que alistar a Saturnino. Yo
conozco a Cayo Mario. Se le acosa sin piedad, y en esas circunstancias da palos
de ciego. Igual que un toro ante el señuelo. Caerá en la tentación de recurrir
a Saturnino. Y yo creo que Saturnino es el peor instrumento al que puede
recurrir Cayo Mario. ¡Ya veréis! Son sus aliados los que nos ayudarán a
derribar al toro Cayo Mario —sentenció Escauro.
El instrumento iba camino de la Galia itálica para ver a Cayo Mario, con
más ganas de establecer una alianza con él de lo que éste lo estaba en aquel
momento respecto a su persona, pues Saturnino actuaba en el ruedo político de
Roma y Mario permanecía en el elíseo de su mando militar.
Se entrevistaron en la pequeña ciudad de Comun, a orillas del lago
Larius, en donde Mario había alquilado una villa del finado Lucio Calpurnio
Piso, el mismo que había perecido con Lucio Casio en Burdigala. Lo cierto es
que Mario estaba más cansado de lo que habría consentido en admitir ante Catulo
César, que tenía diez años menos que él. A éste le había enviado a un remoto
lugar de la provincia a presidir juicios y él se había retirado a disfrutar de
unas vacaciones, dejando a Sila el mando del ejército.
Naturalmente, al presentarse Saturnino, Mario le invitó a quedarse y
ambos se dispusieron a hablar despreocupadamente en aquel placentero decorado
de un lago más hermoso que ninguno de la península.
No es que Mario se hubiese vuelto más enrevesado, pues cuando llegaba el
momento de abordar un tema, lo hacía sin rodeos.
—No quiero que Metelo el Numídico sea mi colega consular el año que
viene —dijo de pronto—. He pensado en Lucio Valerio Flaco, que es persona
maleable.
—Se adaptaría bien —dijo Saturnino—, pero no conseguiréis que le
nombren, porque los padres de la patria están apoyando la candidatura de Metelo
—añadió mirando inquisitivo a Mario—. En cualquier caso, ¿vais a presentaros al
sexto consulado? Desde luego, con la derrota de los germanos podéis dormiros en
los laureles.
—Ojalá pudiera, Lucio Apuleyo, pero no ha concluido la tarea por el
simple hecho de haber derrotado a los germanos. Tengo dos ejércitos de
proletarios por licenciar, o mejor dicho, tengo uno de seis legiones reforzadas
y Quinto Lutacio otro de seis legiones muy reforzadas. Pero me considero el
responsable de los dos, porque Quinto Lutacio piensa que basta con entregarles
los papeles de licencia y nada más.
—¿Seguís decidido a darles tierras, verdad? —inquirió Saturnino.
—Así es. Si no lo hiciera, Lucio Apuleyo, Roma quedaría empobrecida en
varios aspectos. Primero, porque se encontraría con más de quince mil veteranos
que invadirían la urbe y toda Italia con un poco de dinero que gastarían en
unos días, para convertirse a continuación en perenne foco de disturbios en
donde se instalaran. Si hay guerra, volverían a alistarse; pero si no la hay,
van a constituir un grave inconveniente —respondió Mario.
—Lo entiendo —añadió Saturnino inclinando la cabeza.
—Se me ocurrió estando en Africa y por eso reservé las islas de la costa
para asentamiento de los veteranos. Tiberio Graco quiso asentar a los pobres de
Roma en las tierras de Campania para que la ciudad resultara más cómoda y
segura y así inyectar nueva sangre en el agro. Pero hacerlo en Italia fue un
error, Lucio Apuleyo —dijo Mario, pensativo—. Necesitamos romanos de extracción
humilde en nuestras provincias. Y sobre todo soldados veteranos.
La perspectiva era hermosa, pero Saturnino no la veía.
—Bueno, todos oímos el discurso respecto a llevar la vida de Roma a las
provincias —dijo— y la respuesta de Dalmático. Pero no es ése el verdadero
propósito, ¿verdad, Cayo Mario?
—¡Veo que sois muy agudo! —replicó Mario con fulgor en la mirada—.
¡Claro que no! A Roma —añadió inclinándose hacia él— le costaría mucho dinero
enviar ejércitos a las provincias para abortar las sublevaciones y hacer
cumplir las leyes. Mirad el caso de Macedonia. Allí tenemos dos legiones
permanentemente acantonadas que al Estado le cuestan un dinero que podría
emplearse mejor en otras cosas. ¿Qué pasaría si asentásemos a veinte o treinta
mil veteranos en tres o cuatro colonias en Macedonia? Grecia y Macedonia son
países muy despoblados en este momento, ya hace más de un siglo que lo son. ¡No
hay más que ciudades fantasma! Y los terratenientes romanos absentistas con
grandes propiedades, que producen poco, que no rinden nada para el país, son
reticentes a emplear a hombres y mujeres indígenas. Y cuando los escordiscos
cruzan la frontera, siempre hay guerra, los terratenientes se quejan al Senado
y el gobernador se vuelve loco enfrentándose, por un lado, a esos nómadas
celtas y a las airadas cartas de Roma, por otro. Pues yo daría mejor uso a esas
tierras de propietarios
romanos absentistas, llenándolas de colonias de soldados veteranos;
estarían mucho más pobladas y constituirían una importante guarnición en caso
de guerra.
—Eso se os ocurrió en Africa —sentenció Saturnino.
—Cuando repartí grandes parcelas a romanos que ni siquiera visitarán sus
posesiones, pues se limitaron a enviar administradores y a emplear a grupos de
esclavos, sin preocuparse de la situación local ni de los indígenas, impidiendo
el progreso de Africa y dejándola a merced de un nuevo Yugurta. No es que
quiera derogar la propiedad romana de tierras en las provincias, sino que
algunas parcelas de estas tierras alojen a buen número de romanos veteranos de
la milicia que podamos alistar en caso necesario. —Se recostó de nuevo en la
silla para no mostrar lo acuciante de su deseo
—. Hay un modesto ejemplo de la utilidad de estas colonias de veteranos
en países extranjeros en momentos de gravedad. Al pequeño contingente que
asenté personalmente en la isla de Meninx le llegó la noticia de la rebelión de
esclavos en Sicilia y se organizaron por unidades, alquilaron naves y
desembarcaron en Lilybaeum a tiempo de impedir que la ciudad cayese en manos de
Atenión.
—Ya entiendo lo que queréis conseguir, Cayo Mario —dijo Saturnino —. Es
un esquema excelente.
—Pero lo rechazarán, aunque sólo sea porque es obra mía —dijo Mario
con un suspiro.
Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Saturnino; quien
rápidamente volvió la cabeza, fingiendo admirar el reflejo de árboles, montañas
y nubes en el espejo perfecto del lago. ¡Mario cedía! ¡A Mario no le interesaba
lo más mínimo el sexto consulado!
—Supongo que habréis sido testigo en Roma del griterío y las protestas
por haber concedido la ciudadanía a esos excelentes soldados de Camerinum...
—añadió Mario.
—Sí. Ha trascendido a toda Italia —respondió Saturnino—, y toda Italia
está de acuerdo con la medida, pese a que en Roma los padres de la patria no la
aprobaron.
—¿Y por qué no van a ser ciudadanos romanos? —inquirió Mario, irritado—.
Han combatido mejor que ninguno, Lucio Apuleyo, eso nadie puede negarlo. Si por
mí fuera, concedería la ciudadanía a todos los habitantes de Italia —dijo con
un suspiro—. Cuando digo que quiero tierras para los veteranos proletarios, me
refiero a eso. Tierras para todos ellos: romanos, latinos e itálicos.
Saturnino lanzó un silbido.
—¡Eso va a ser polémico! Los padres de la patria no lo aceptarán.
—Lo sé. Lo que no sé es si vos tenéis el valor para defenderlo...
—Nunca he considerado detenidamente eso del valor —replicó Saturnino,
pensativo—, y, por consiguiente, no sé cuánto tengo. Pero sí, Cayo Mario, creo
que no me faltará para defenderlo.
—No necesito sobornar para asegurarme la elección, porque es cosa hecha
—añadió Mario—. Sin embargo, no sé por qué no iba a procurarme unos cuantos que
repartieran sobornos para asegurar el cargo de segundo cónsul; y para el
vuestro, si necesitáis ayuda, Lucio Apuleyo. Y también para Cayo Servilio
Glaucia. Tengo entendido que va a presentarse a las elecciones de pretor.
—Así es. Sí, Cayo Mario, a los dos nos gustaría mucho que nos ayudarais
a salir elegidos. En contrapartida, haremos todo lo que sea necesario para que
consigáis esas tierras.
—Ya he preparado algo —dijo Mario sacando un rollo de papel— y he
redactado el tipo de ley que creo será necesaria. Desgraciadamente, no soy
ningún famoso jurista, mientras que vos sí. Pero, y espero que no os ofendáis,
Glaucia es un verdadero genio en legislación. ¿No podríais los dos formular
unas grandes leyes para los inexpertos escribas?
—Vos nos ayudáis a conseguir el cargo, Cayo Mario, y tened la seguridad
de que se aprobarán vuestras leyes —contestó Saturnino.
No cabía duda del alivio que recorrió el corpachón de Mario,
ostensiblemente relajado.
—Solamente añadiré una cosa, Lucio Apuleyo: os juro que no me importa si
no soy cónsul por séptima vez —dijo.
—¿Por séptima vez?
—Me predijeron que sería cónsul siete veces.
Saturnino se echó a reir.
—¿Por qué no? Nadie habría podido imaginar que alguien fuese a ser
cónsul seis veces. Y vos vais a serlo.
Las elecciones del nuevo colegio de tribunos de la plebe se celebraron
mientras Cayo Mario y Catulo César conducían a sus respectivos ejércitos hacia
Roma para proceder al desfile triunfal, y fueron unos comicios muy movidos.
Había más de treinta candidatos para los diez cargos, y más de la mitad eran
individuos al servicio de los padres de la patria, por lo que la campaña fue
cáustica y violenta.
Glaucia, presidente de los diez tribunos salientes, era el delegado para
celebrar la elección del colegio entrante. De haberse celebrado ya las
elecciones centuriadas de cónsules y pretores, no habría podido asumirlo por su
condición de pretor electo, pero, dadas las circunstancias, nada se lo impedía.
Se llevaron a cabo en la zona de comicios, bajo la presidencia de
Glaucia en la tribuna de los Espolones, mientras sus nueve colegas echaban a
suertes el orden en que votaban las treinta y cinco tribus y luego fiscalizar a
las distintas tribus conforme lo iban haciendo.
Había mucho dinero de por medio, parte de él repartido por Saturnino,
pero mucho más por cuenta de los candidatos anónimos respaldados por los padres
de la patria. Todos los ricos de los bancos delanteros conservadores se habían
rascado el bolsillo para comprar votos para candidatos como Quinto Nonio de
Piceno, una nulidad política de acendrado espíritu conservador. Aunque Sila
nada había tenido que ver con su ingreso en el Senado, era hermano del cuñado
de Sila, y cuando Cornelia Sila, la hermana de Sila, se casó y entró a formar
parte de la riquísima familia de la aristocracia rural de Nonio de Piceno, el
lustre de su apellido impulsó a los varones de la misma a probar su suerte en
el cursus honorum, y decidieron dar el espaldarazo al hijo nacido de este
matrimonio, aunque antes su tío quiso ver lo que se podía hacer.
Fueron unas elecciones llenas de sorpresas. Por ejemplo, Quinto Nonio de
Piceno fue elegido sin dificultad, mientras que Lucio Apuleyo Saturnino no lo
consiguió. Había diez cargos y Saturnino quedó en undécimo lugar en la lista.
—¡No lo puedo creer! —exclamó Saturnino, mirando a Glaucia—. ¡No puedo
creérmelo! ¿Qué ha pasado?
Glaucia ponía ceño, porque, de pronto, disminuían enormemente sus
posibilidades de ser pretor. Pero se encogió de hombros, dio unas palmaditas a
Saturnino en la espalda y bajó de la tribuna.
—No te preocupes —dijo—, aún puede cambiar la situación.
—¿Cómo va a cambiar el resultado de una elección? —inquirió Saturnino—.
No, Cayo Servilio, ¡me han eliminado!
—Dentro de un rato volveré a verte. Tú no te muevas ni te vayas —dijo
Glaucia, perdiéndose entre la muchedumbre.
En el momento en que Quinto Nonio de Piceno oyó su nombre como uno de
los diez tribunos elegidos, quiso marcharse a su lujosa casa del Carinae, donde
le esperaban su esposa, con su cuñada Cornelia Sila y su hijo, ansiosos de
saber los resultados.
Pero resultaba más difícil salir del Foro de lo que Quinto Nonio
pensaba, pues no hacían más que pararle a cada paso para darle la enhorabuena;
y por cortesía lógica no podía despachar por las buenas a los que le abordaban.
Así, se vio forzado a retrasarse ante los incesantes saludos, sonrisas y
apretones de mano.
Por fin fueron desapareciendo uno tras otro, y Quinto Nonio pudo embocar
la primera calle en la ruta hacia su casa, acompañado por tres amigos que
también vivían en el Carinae. Cuando les salieron al paso una docena de hombres
armados de palos, uno de los amigos logró escapar corriendo hacia el Foro, para
pedir auxilio, pero lo encontró virtualmente desierto. Afortunadamente
Saturnino y Glaucia seguían hablando con un grupito cerca de la tribuna; a
Glaucia se le veía congestionado y algo despeinado. Al oír los gritos de
socorro, todos echaron a correr; pero era demasiado tarde y hallaron muertos a
Quinto Nonio y a sus dos acompañantes.
—¡Edepol! —exclamó Glaucia, poniéndose en pie después de comprobar que
Quinto Nonio había expirado—. Quinto Nonio acababa de ser elegido tribuno de la
plebe y yo soy el funcionario encargado de los comicios —añadió frunciendo el
entrecejo—. Lucio Apuleyo, ¿quieres encargarte de hacer que lleven a Quinto
Nonio a casa? Yo tengo que volver al Foro y resolver esta situación electoral.
La turbación de haber encontrado a Quinto Nonio y a sus acompañantes
muertos en el charco de su propia sangre, prívó a los que habían acudido en su
auxilio, incluido Saturnino, de sus normales facultades de raciocinio y nadie
advirtió lo antinatural de aquellas palabras de Glaucia, ni siquiera Saturnino.
Y allí, de pie y solo en la tribuna de los Espolones, ante un Foro vacío, Cayo
Servilio Glaucia anunció la muerte del recién elegido tribuno de la plebe
Quinto Nonio, para, acto seguido, comunicar que el candidato que ocupaba el
undécimo lugar, Lucio Apuleyo Saturnino, sería quien le reemplazase.
—Todo arreglado —dijo Glaucia, satisfecho, más tarde en casa de
Saturnino—. Ahora ya eres legalmente tribuno de la plebe en sustitución de
Quinto Nonio.
Desde los acontecimientos que le habían forzado a abandonar su cargo de
cuestor en Ostia, Saturnino no tenía muchos escrúpulos, pero aun así se quedó
mirando boquiabierto a Glaucia.
—¡No habrás sido...! —quiso exclamar.
Pero Glaucia rozó con la punta del dedo índice el lado de la nariz y
sonrió ferozmente a Saturnino.
—No me preguntes, Lucio Apuleyo, y no te mentiré —respondió.
—La lástima es que era una buena persona.
—Sí, lo era. Pero su muerte ha sido cosa del destino, porque era el
único que vivía en el Carinae y tenía más factores en contra. En el Palatino es
más difícil organizar algo porque hay muy poca gente por las calles.
Saturnino lanzó un suspiro y se encogió de hombros.
—Es verdad. Bueno, ya soy tribuno. Gracias por tu ayuda, Cayo Servilio.
—No las merece —replicó Glaucia.
El escándalo fue monumental, pero nadie pudo probar que Saturnino
estuviese implicado en un asesinato, dado que hasta el amigo del muerto
atestiguó que Saturnino y Glaucia estaban en el Foro en el momento del crimen.
La gente habló, pero "que hablen", comentó Saturnino con desdén. Y
cuando Ahenobarbo, pontífice máximo, exigió que se celebrasen de nuevo las
elecciones del tribunado, su moción no prosperó. Glaucia había creado un
inaudito precedente para solventar la crisis.
—¡Que hablen! —repitió Glaucia, esta vez en el Senado—. Las alegaciones
de que Lucio Apuleyo y yo estamos implicados en la muerte de Quinto Nonio no
tienen fundamento alguno. En cuanto a que yo haya sustituido a un tribuno
muerto por otro vivo, debo decir que hice lo que habría hecho cualquier
funcionario que preside unos comicios. Nadie puede negar que Lucio Apuleyo
salió en undécimo lugar y que la elección se llevó a cabo debidamente. Nombrar
a Lucio Apuleyo sustituto de Quinto Nonio lo más rápida y eficazmente posible
fue lo lógico. El contio de la Asamblea de la plebe que convoqué ayer aprobó
unánimemente mi actuación, como pueden verificar todos los presentes. Este
debate, padres conscriptos, es inútil y está fuera de lugar. No se hable más
del asunto.
Cayo Mario y Quinto Lutacio Catulo César celebraron su triunfo el primer
día de diciembre. El desfile conjunto fue un dechado de genialidad, porque no
cabía duda de que Catulo César, a la zaga del carro del primer cónsul, era el
segundón. El nombre de Cayo Mario estaba en todas las bocas, y hasta hubo una
carroza, ideada por Lucio Cornelio Sila, que se encargó, como de costumbre, de
organizar el desfile, en la que se representaba a Mario consintiendo en que los
soldados de Catulo César tomaran los treinta y cinco estandartes cimbros, dado
que los suyos ya habían capturado muchos en la Galia.
En la reunión que siguió en el templo de Júpiter Optimus Maximus, Mario
defendió apasionadamente su decisión de conceder la ciudadanía a los soldados
de Camerinum y de repoblar el valle de los Salassi creando una colonia en la
pequeña Eporedia. Su anuncio de presentarse a un sexto consulado fue acogido
con una serie de gruñidos, burlas, protestas y
aplausos. Aplausos predominantemente. Cuando cesaron las aclamaciones,
anunció que su parte del botín la dedicaría a la construcción de un nuevo
templo en el Capitolio para el culto militar al honor y la virtud, en el que se
guardarían sus trofeos y los trofeos de su ejército, y que, igualmente,
construiría un templo al honor militar romano y a la virtud en Olimpia de
Grecia.
Catulo César escuchaba cariacontecido, consciente de que si quería
conservar su fama tendría que donar su parte del botín a un monumento religioso
público parecido en lugar de invertirlo en acrecentar su fortuna, que era
considerable, aunque sin punto de comparación con la de Mario.
A nadie causó sorpresa que la Asamblea centuriada eligiese a Cayo Mario
primer cónsul por sexta vez. No sólo era ya indiscutiblemente el primer hombre
de Roma, sino que se le comenzaba a denominar "tercer fundador" de la
ciudad. El primer fundador era el mismísimo Rómulo y el segundo Marco Furio
Camilo, quien, trescientos años antes, había expulsado a los galos de Italia.
Por consiguiente, parecía adecuado llamar a Cayo Mario tercer fundador de Roma,
puesto que él también había rechazado a una oleada de bárbaros.
Las elecciones consulares no carecieron de sorpresas; Quinto Cecilio
Metelo el Numídico no salió elegido segundo cónsul, lo que fue la gran victoria
de Mario, quien declaró su respaldo a Lucio Valerio Flaco, y éste fue el
elegido. Flaco ostentaba el cargo sacerdotal honorífico de flamen Martialis o
sacerdote especial de Marte, y con ello se había convertido en una persona
apacible, dócil y subordinada. Un colega ideal para el dominante Cayo Mario.
Pero a nadie sorprendió que Cayo Servilio Glaucia fuese elegido pretor,
porque era el testaferro de Mario y éste había sobornado generosamente a los
electores. Lo que sí constituyó una sorpresa fue el hecho de que cosechara más
votos que nadie en la lista, y por ello fue nombrado praetor urbanus, el
principal de los seis pretores electos.
Poco después de las elecciones, Quinto Lutacio Catulo César anunció
públicamente que donaba su parte del botín tomado a los germanos a dos causas
religiosas: la primera era la compra del solar de la casa de Marco
Fulvio Flaco en el Palatino —contiguo a su propia casa— para construir
un magnífico pórtico que albergase los treinta y cinco estandartes cimbros
capturados en Vercellae, y la segunda, construir un templo en el Campo de Marte
a la diosa Fortuna en la advocación de Fortuna del Día de Hoy.
Cuando los tribunos de la plebe asumieron el cargo el décimo día de
diciembre, comenzó la juerga. Tribuno de la plebe por segunda vez, Lucio
Apuleyo Saturnino dominaba totalmente el colegio y explotaba el temor suscitado
por el asesinato de Quinto Nonio para alcanzar sus propósitos legislativos.
Aunque continuaba negando taxativamente cualquier implicación en aquella
muerte, en privado seguía haciendo sucintas advertencias a sus colegas
tribunicios de que se cuidaran de no estorbarle para no acabar como Quinto
Nonio. En consecuencia, éstos consentían en que hiciese lo que quería, y ni
Metelo el Numídico ni Catulo César podían convencer a ninguno de los tribunos
de la plebe para que emitieran un solo veto.
A la semana de asumir el cargo, Saturnino propuso la primera de las dos
leyes para conceder tierras públicas a los veteranos de los dos ejércitos
empleados frente a los germanos; las tierras se hallaban todas en el
extranjero, en Sicilia, Grecia, Macedonia y el continente africano. La ley
incluía una nueva cláusula: Cayo Mario en persona adquiría la potestad de
otorgar la ciudadanía romana a tres soldados itálicos de los que se asentasen
en cada una de las colonias.
En el Senado se alzó una furibunda oposición.
—¡Este hombre —dijo Metelo el Numídico— ni siquiera va a favorecer a sus
soldados romanos! Las tierras las quiere para todos los recién llegados,
romanos, latinos e itálicos, en pie de igualdad. ¡Sin ninguna diferencia! Yo os
pregunto, apreciados colegas, ¿qué os parece semejante hombre? ¿Por ventura le
preocupa Roma? ¡Claro que no! ¿Por qué iba a preocuparle si él no es romano?
¡El es un itálico y favorece a los suyos! A un millar los emancipó en el campo
de batalla, mientras los soldados romanos lo contemplaban impávidos sin que les
diera las gracias. ¿Qué más podemos esperar de una persona como Cayo Mario?
Cuando Mario se puso en pie para replicar no le dejaron hablar, por lo
que abandonó la Curia Hostilia y subió a la tribuna de los Espolones para
dirigirse directamente al público del Foro. A algunos aquello los indignó, pero
era su ídolo y le escucharon.
—¡Hay tierra suficiente para todos! —gritó—. ¡Nadie puede acusarme de
trato preferencial hacia los itálicos! ¡Cien iugera para cada soldado! ¿Y por
qué tanto, preguntaréis? Porque, pueblo de Roma, esos colonizadores van a
tierras mucho menos feraces que las de nuestra querida Italia. Tendrán que
plantar y cosechar en suelos poco propicios, en los que para vivir decentemente
una persona necesita más tierra que la que normalmente se posee en nuestra
querida Italia.
—¡Ahí lo tenéis! —vociferó con voz chillona Catulo César desde la
escalinata del Senado—. ¡Ahí lo tenéis! ¡Escuchadle! ¡No habla de Roma!
¡Italia, Italia, Italia, siempre Italia! ¡Él no es romano y Roma le trae sin
cuidado!
—¡Italia es Roma! —tronó Mario—. ¡Son uno y lo mismo! ¡Sin una, la otra
no podría existir! ¿Es que no han dado sus vidas romanos e itálicos en los
ejércitos de Roma? Y si eso es así, y no puede negarse, ¿por qué un soldado ha
de ser distinto de otro?
—¡Italia! —gritó Catulo César—. ¡Siempre Italia!
—¡Bobadas! —replicó Mario—. ¡La primera asignación de tierras es para
soldados romanos, no itálicos! ¿Acaso demuestra eso un favoritismo por los
itálicos? ¿Y no es mejor que de los miles de veteranos de las legiones que
vayan a esas colonias, tres de los itálicos que las compongan reciban la
ciudadanía romana? ¡He dicho tres, pueblo de Roma! ¡No tres mil itálicos,
pueblo de Roma! ¡No trescientos itálicos, pueblo de Roma! ¡No tres docenas de
itálicos, pueblo de Roma! ¡Tres! ¡Una gota en medio de tantos millares! ¡Una
gota ínfima en un océano humano!
—¡Una gota de veneno en un océano humano! —gritó Catulo César desde la
escalinata del Senado.
—La ley dice que los soldados romanos serán los primeros en recibir las
tierras, pero ¿dónde dice que las primeras tierras concedidas sean las mejores?
—gritó Metelo el Numídico.
Pero, a pesar de la oposición, la Asamblea de la plebe aprobó la primera
de las leyes agrarias que afectaba a diversas parcelas públicas que Roma había
subarrendado a terratenientes absentistas.
Quinto Popedio Silo, que se había convertido en el portavoz de los
marsos pese a su juventud, había acudido a Roma a escuchar los debates sobre
las leyes agrarias; le había invitado Marco Livio Druso y se alojaba en casa de
éste.
—Organizan mucha polémica con ese tema de Roma e Italia, ¿no? — inquirió
Silo, que nunca había tenido noticia de semejante debate.
—Ya lo creo —contestó Druso, compungido—. Es una actitud que sólo
cambiará con el tiempo. Al menos eso espero, Quinto Popedio.
—Y eso que no te gusta Cayo Mario.
—Detesto a ese hombre, pero he votado por él —replicó Druso.
—Han pasado cuatro años desde la batalla de Arausio —añadió Silo,
pensativo—. Sí, quizá tengas razón; las cosas irán cambiando. Dudo mucho que
antes de Arausio Cayo Mario hubiese podido incluir tropas itálicas entre los
colonos.
—Gracias a Arausio obtuvieron la libertad los esclavos itálicos por
deudas —dijo Druso.
—Me alegra saber que no murieron inútilmente. Sin embargo, mira Sicilia;
allí no se libertó a los esclavos y sí murieron.
—Es una vergüenza lo de Sicilia —contestó Druso enrojeciendo—. La culpa
la tuvieron dos magistrados romanos corruptos y egoistas. ¡Dos mentulae
miserables! Puede que no te gusten, Quinto Popedio, pero tienes que admitir que
un Metelo el Numídico o un Emilio Escauro no mancharían la orla de su toga con
una estafa de trigo.
—Sí, no digo que no, Marco Livio —replicó Silo—, pero ellos siguen
creyendo que ser romano es lo más exclusivo del mundo y que ningún itálico
merece la adopción.
—¿Adopción?
—Bueno, ¿no es eso realmente el otorgamiento de la ciudadanía romana?
Una adopción por la que se entra en la familia de Roma...
—Tienes razón —dijo Druso con un suspiro—. Lo único que cambia es el
nombre. Pero la concesión de la ciudadanía no convierte en romano a un itálico
ni a un griego. Conforme pasa el tiempo, el Senado se resiste cada vez más a
crear romanos artificiales.
—Entonces, quizá sea cometido de los itálicos hacernos romanos
artificiales —dijo Silo—, con la aprobación del Senado o sin ella.
Una segunda ley agraria siguió a la primera; ésta afectaba a todas las
nuevas tierras públicas conquistadas por Roma en el curso de las guerras contra
los germanos. Fue, con gran diferencia, la más importante de las dos, porque
tales tierras eran prácticamente vírgenes y no estaban explotadas a gran escala
por agricultores o ganaderos, y eran potencialmente ricas en minerales y
piedras preciosas. Todas ellas se hallaban en la Galia Transalpina occidental,
en torno a Narbo, Tolosa, Carcasso, y en la Galia Transalpina central, además
de una zona en la Hispania Citerior, que se había sublevado mientras los
cimbros presionaban junto a los Pirineos.
Había muchos caballeros romanos y muchas empresas deseosas de
expansionarse en la Galia Transalpina, y todos habían cifrado sus esperanzas en
la derrota de los germanos, solicitando de sus patrones en el Senado que les
asegurasen el acceso al nuevo ager publicus Galiae. Por lo que ahora, al ver
que la mayor parte iba a parar a manos de los soldados proletarios, asumieron
una furiosa protesta, desconocida desde la época de los Gracos.
A medida que el Senado se endurecía, igual sucedió con la primera clase
de caballeros, otrora principales partidarios de Mario, quienes ahora veían
frustrada su posibilidad de convertirse en terratenientes absentistas de la
Galia Ulterior y se volvieron sus más encarnizados adversarios. Los agentes de
Metelo el Numídico y de Catulo César circulaban por todas partes divulgando
acusaciones.
—Da lo que pertenece al Estado como si él fuese dueño de las tierras y
el Estado propiedad suya —era una de las acusaciones, pronto generalizada.
—Pretende apoderarse del Estado, ¿por qué tiene que ser cónsul otra vez,
ahora que se ha derrotado a los germanos?
—¡Roma nunca ha recompensado a sus soldados con tierras!
—¡A los itálicos se les da más de lo que merecen!
—¡La tierra arrebatada a los enemigos de Roma pertenece exclusivamente a
los romanos, no a latinos y a itálicos también!
—¡Empieza con el ager publicus en el extranjero, pero antes de que nos
demos cuenta estará repartiendo el ager publicus de Italia y se lo dará a los
itálicos!
—¡Se autoproclama tercer fundador de Roma, pero lo que realmente quiere
es convertirse en rey de Roma!
Y la retahíla no acababa. Cuanto más clamaba Mario desde la tribuna del
Foro y en el Senado que Roma necesitaba sembrar las provincias de colonias de
romanos corrientes, que los soldados veteranos constituirían buenas
guarniciones y que las tierras romanas en el extranjero las cuidarían mejor
muchos hombres humildes que un puñado de hombres ilustres, más acerba se volvía
la oposición. Crecía en vez de disminuir por reiterativa y cada día era más
fuerte y tenaz. Hasta que, poco a poco, sutilmente, casi involuntariamente, la
actitud pública ante la segunda ley agraria de Saturnino comenzó a cambiar.
Muchos de los personajes relevantes de la plebe —y los había entre los que
frecuentaban el Foro, así como entre los caballeros más influyentes— comenzaron
a dudar de que Mario tuviera razón, porque nunca habían visto semejante
oposición.
—No puede haber humo sin fuego —comenzaron a decirse entre sí y a los
que los escuchaban porque eran personas importantes.
—Esto ya no es una rencilla senatorial; está demasiado generalizada.
—Cuando una persona como Quinto Cecilio Metelo el Numídico, que
además de cónsul ha sido censor, y todos recordamos lo bien que actuó
siendo censor, sigue acrecentando el número de partidarios, debe ser por algo.
—Ayer oí que un caballero cuyo apoyo necesita desesperadamente Cayo
Mario le hizo un desaire en público, y que las tierras de Tolosa que tenía
prometidas se las va a dar ahora a los veteranos proletarios.
—A mí me han dicho que le han oído decir que quiere conceder la
ciudadanía a todos los itálicos.
—Es su sexto consulado y el quinto sucesivo. El otro dia le oyeron decir
en una cena que ya no dejará de ser cónsul y que va a presentarse todos los
años hasta que muera.
—¡Lo que quiere es ser rey de Roma!
Éste fue el resultado de la campaña de rumores desatada por Metelo el
Numídico y Catulo César. Y, de pronto, incluso Glaucia y Saturnino comenzaron a
temerse que la segunda ley agraria estuviera condenada al fracaso.
—¡Tengo que conseguir esas tierras! —exclamó Mario, desesperado,
dirigiéndose a su esposa, que había estado varios días aguardando pacientemente
a que hablase de sus asuntos con ella. No porque tuviese nuevas ideas que
ofrecerle ni nada positivo que decir, sino porque sabía que era la única
persona amiga que tenía a su lado. Sila había regresado a la Galia Transalpina
después del triunfo y Sertorio había emprendido viaje a la Hispania Citerior
para ver a su esposa germana y a su hijo.
—Cayo Mario, ¿es realmente tan esencial? —inquirió Julia—. ¿De verdad
que tanto importaría si tus soldados no reciben tierras? A los soldados romanos
nunca se les han concedido tierras; no existe ningún precedente. Y no podrán
reprocharte que no lo hayas intentado.
—No lo entiendes —replicó él, impaciente—. Ya no tiene que ver con los
soldados, sino con mi dígnítas, mi posición en la vida pública. Si no se
aprueba la ley, dejaré de ser el primer hombre de Roma.
—¿Y no puede ayudarte Lucio Apuleyo?
—Hace lo que puede, ¡bien lo saben los dioses! Pero en lugar de ganar
terreno, estamos perdiéndolo. Me siento como Aquiles en el río, incapaz de
salir del agua porque la orilla se aleja; subo un poco con grandes esfuerzos y
luego retrocedo el doble. ¡Hay increíbles rumores, Julia! Y no hay modo de
contrarrestarlos porque no se dicen abiertamente. Si hubiese una décima parte
de verdad en las cosas que se me atribuyen, hace tiempo que me habrían
condenado a empujar una roca cuesta arriba en el Tártaro.
—Bien, sí, las campañas de difamación no se pueden combatir — comentó
Julia con toda naturalidad—. Tarde o temprano, los rumores se hacen tan
absurdos que todos se despiertan con un sobresalto. Es lo que va a
suceder en este caso. Te han matado, pero seguirán apuñalándote hasta
que toda Roma esté más que harta. La gente es terriblemente ingenua y crédula,
pero hasta los más ingenuos y crédulos tienen su límite. Estoy segura de que
aprobarán la ley, Cayo Mario. No te impacientes y espera a que la opinión
cambie de rumbo a favor tuyo.
—Oh, sí, es muy posible que sea como tú dices, Julia, pero ¿qué puede
impedir que la cámara la derogue en cuanto Lucio Apuleyo cese en el cargo y yo
no disponga de un tribuno de la plebe como él para contener al Senado? —gruñó
Mario.
—Entiendo.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Soy una Julio César, esposo mío, lo que significa que me
he criado oyendo comentarios sobre política, pese a que mi sexo me impidiese la
carrera pública —replicó ella mordiéndose el labio—. Es un problema, ¿verdad?
Las leyes agrarias no pueden llevarse a la práctica de la noche a la mañana;
tardan toda una vida. Años y años. Hay que encontrar la tierra, medirla,
parcelarla, hallar la gente que se ha inscrito para asentarse en ella,
comisiones y personal adecuado. No se acaba nunca.
—¡Has estado hablando con Cayo Julio! —dijo Mario, sonriente.
—Efectivamente. En realidad, es un asunto del que entiendo mucho —
dijo ella dando una palmadita en el extremo vacío del sofá—. ¡ Siéntate,
amor mío!
—No puedo, Julia.
—¿No hay un modo de proteger esa legislación?
Mario dejó de pasear, se volvió y la miró por debajo de sus espesas
cejas.
—Sí, en realidad lo hay...
—Explícamelo —insistió ella con afecto.
—Ya pensó en ello Cayo Servilio Glaucia, pero a Lucio Apuleyo no le
gusta nada y los dos intentan disuadirme, y yo no se...
—¿Tan nuevo es? —inquirió ella, consciente de la fama de Glaucia.
—Bastante.
—Explícamelo, por favor, Cayo Mario.
Sería un alivio contárselo a alguien que no tenía que actuar de un modo
interesado, si no era a favor de su propio marido, pensó Mario, cansado.
—Julia, yo soy un militar y me gustan las soluciones militares —dijo
—. En el ejército todos saben que cuando doy una orden es la mejor
posible que las circunstancias permiten. Por eso todos se aprestan a obedecerla
sin cuestionarla, porque me conocen y confían en mí. Bien, esa pandilla de Roma
también me conoce y deberían confiar en mí, pero ¿lo hacen? ¡No! Están tan
apegados a que se hagan las cosas a su manera, que ni siquiera se fijan en las
ideas de los demás por mejores que sean. Voy al Senado sabiendo de antemano que
voy a encontrarme con un ambiente de odio y de protestas que me agota antes de
empezar. Soy demasiado mayor y habituado a mis modos para darles importancia,
Julia. ¡Son unos idiotas y van a destruir la república si siguen haciendo como
si las cosas no hubiesen cambiado desde los tiempos en que Escipión el Africano
era niño! ¡El asentamiento que propongo para los soldados es una buena idea!
—Lo es —asintió Julia, ocultando su consternación. Aquellos últimos
días, Mario estaba abatido y en lugar de parecer más joven, se le veía más
viejo; por primera vez en su vida estaba engordando, por estar tanto tiempo
sentado en reuniones en lugar de andar al aire libre. Y el pelo ya se le
encanecía y empezaba a perderlo. Indudablemente era más beneficioso para el
cuerpo de un hombre la guerra que la legislación—. ¡Cayo Mario, acaba de una
vez y cuéntamelo! —insistió.
—Esta segunda ley tiene una cláusula adicional especial que ideó Glaucia
—contestó Mario, comenzando a pasear de nuevo—. En un plazo máximo de cinco
días después de la aprobación de la ley se exige a los senadores que juren
defenderla para siempre.
Julia, sin poder evitarlo, se llevó las manos a la garganta para
contener un grito, miró desconcertada a Mario y profirió la palabra más fuerte
de su vocabulario:
—¡Ecastor!
—Te sorprende, ¿verdad?
—¡Cayo Mario, no te lo perdonarán nunca si la incluyes en la ley!
—¿Crees que no lo sé? —replicó él a voces, alzando las manos como garras
hacia el techo—. Pero ¿qué quieres? ¡Si no, no consigo esas tierras!
—Estarás muchos años en el Senado —dijo ella, humedeciéndose los
labios—. ¿No puedes tratar de defender el cumplimiento de la ley?
—¿Defenderla? ¿Y cuándo acabaría? —inquirió él—. ¡Estoy harto de luchar,
Julia!
—¡Oh, bah! —replicó ella fingiendo burlona irrisión—. ¿Cayo Mario
cansado de luchar? ¡Si has luchado toda tu vida!
—Pero era una lucha distinta —replicó él—. Esto es sucio; no hay reglas
y no sabes quiénes son ni dónde van a surgir tus enemigos. ¡A mí que me den una
batalla precisa y al menos el resultado es rápido y limpio, vence el mejor!
Pero el Senado de Roma es un burdel en el que se dan las conductas más
ignominiosas, y yo me paso los días gateando en ese fango. Mira, Julia, de
verdad te lo digo, ¡prefiero bañarme en la sangre de una batalla! Y si hay
alguien tan ingenuo que crea que la intriga política no destruye más vidas que
cualquier guerra, merece todas las adversidades que depara la política.
Julia se puso en pie y se acercó a él, le obligó a que dejase de pasear
y le cogió las manos.
—Siento decirlo, mi amor, pero el foro político no es lugar para un
hombre tan directo como tú.
—Si hasta ahora no lo sabía, desde luego; ahora si —replicó él,
cabizbajo—. Supongo que habrá que hacerlo con la maldita cláusula especial de
Glaucia. Pero, como no deja de decirme Publio Rutilio, ¿adónde iremos a parar
con todas esas leyes de nuevo cuño? ¿Estamos realmente sustituyendo lo malo por
lo bueno? ¿O simplemente cambiándolo por algo peor?
—Eso el tiempo lo dirá —dijo ella, tranquila—. Suceda lo que suceda,
Cayo Mario, nunca olvides que siempre habrá profundas crisis de gobierno, que
la gente siempre andará diciendo en tono horrorizado que esta o aquella ley son
el hundimiento de la república y que Roma ya no es lo que era. Lo sé porque he
leído que Escipión el Africano lo decía de Catón el censor. Y es muy probable
que algún antepasado de los Julios César lo dijese de Bruto
cuando mató a sus hijos. La república es indestructible, y todos lo
saben aunque se desgañiten diciendo que está condenada. Así que no pierdas de
vista ese hecho.
Su buen humor le estaba apaciguando; Julia advirtió su satisfacción
porque el fulgor rojo de sus ojos se desvanecía y la irritación desaparecía de
su rostro. Era el momento de cambiar de tema, pensó.
—Por cierto, mi hermano Cayo Julio querría verte mañana, así que he
aprovechado la ocasión para invitar a cenar a él y a Aurelia, si te parece
bien.
—¡Claro que sí, estupendo! —gruñó Mario—. ¡Se me había olvidado! Claro,
va a salir para Cercina para establecer mi primera colonia de veteranos!
—añadió desasiéndose de Julia y cogiéndose la cabeza con las manos—. ¡Por los
dioses, qué memoria tengo! ¿Qué me está pasando, Julia?
—Nada —contestó ella para calmarle—. Necesitas un descanso, unas semanas
fuera de Roma preferentemente. Pero como eso no podrá ser, ¿por qué no vamos
juntos a buscar al pequeño Mario?
Aquel niño tan precioso, que aún no tenía nueve años, era el mejor de
los hijos: alto, fuerte, rubio y con una nariz lo bastante romana para deleite
de su padre. Que el niño mostrase más tendencia por lo físico que por lo
intelectual, también complacía a Mario. El hecho de que siguiera siendo hijo
único dolía a la madre más que al padre, porque Julia había sufrido dos abortos
en los dos embarazos que siguieron a la muerte de su hermano menor, y ahora
comenzaba a pensar que no podría nunca llevar un embarazo a buen término.
Mientras que Mario estaba contento con tener un solo hijo y se negaba a creer
que fuese a haber otro retoño.
La cena fue un éxito y no hubo otros convidados que Cayo Julio César, su
esposa Aurelia y el tío de ésta, Publio Rutilio Rufo.
César se disponía a partir para Cercina, en Africa, al final del
intervalo de mercado de ocho días, y estaba encantado con la encomienda, aunque
había algo que empañaba su satisfacción.
—No estaré en Roma cuando nazca mi primer hijo —dijo sonriente.
—¡No, Aurelia! ¿Otra vez? —exclamó quejumbroso Rutilio Rufo—. ¡Ya verás,
será otra niña! ¿De donde vais a sacar otra dote?
—¡Bah, tío Publio! —replicó la impenitente Aurelia, cogiendo un trozo de
pollo—. Para empezar, no necesitaremos dote para las niñas. El padre de Cayo
Julio nos hizo prometerle que no seríamos unos César engreídos y que
mantendríamos a nuestras hijas al margen de la plutocracia. Así que pensamos
casarlas con rústicos anodinos riquísimos —siguió sirviéndose trozos de pollo—.
Y como ya tenemos la pareja de niñas, ahora vamos a tener niños.
—¿Todos a la vez? —inquirió Rutilio Rufo con un guiño.
—¡Oh, no estaría nada mal unos gemelos! ¿Es frecuente entre los Julios?
—inquirió la intrépida madre a su cuñada.
—Creo que sí —contestó Julia—. Nuestro tío Sexto tuvo mellizos, aunque
uno murió. César Estrabo es gemelo, ¿verdad?
—Exactamente —respondió Rutilio Rufo con una mueca—. A nuestro pobre
amigo bizco le gusta poner sobrenombres adecuados y uno de ellos es
"Vopiscus", que quiere decir superviviente de gemelos. Pero tengo
entendido que le han puesto otro sobrenombre.
—¿Cuál? —inquirió Mario por cuenta de los demás, que habían advertido el
tono de malicioso regocijo en el comentario.
—Le ha salido una fístula en la parte inferior y alguien maliciosamente
dijo que tenía culo y medio y empezó a llamarle Sesquiculus —dijo Rutilio Rufo.
Todos se echaron a reír, incluidas las mujeres, a quienes no se impidió
compartir aquella leve obscenidad.
—En la familia de Lucio Cornelio también puede haber gemelos — añadió
Mario, enjugándose los ojos.
—¿Por qué lo dices? —inquirió Rutilio Rufo, figurándose que se trataba
de otro chismorreo.
—Pues porque, como bien sabéis, aunque se ignore en Roma, ha vivido un
año entre los cimbros y tiene una esposa querusca, llamada Germana, que le dio
gemelos.
—¿Cautiva y muerta? —inquirió Julia, ya muy seria.
—¡Edepol, no! La devolvió a su tribu en Germania antes de regresar con
nosotros.
—Un individuo muy raro, ese Lucio Cornelio —dijo Rutilio Rufo,
pensativo—. No está muy bien de la cabeza.
—Pues por una vez te equivocas, Publio Rutilio —replicó Mario—. No
conozco a nadie que la lleve tan firme sobre sus hombros como Lucio Cornelio.
En realidad, creo que es el futuro hombre de Roma.
—Desde luego, se volvió como un rayo a la Galia itálica después del
triunfo —dijo Julia con una risita—. El y mi madre no dejan de pelearse, y cada
vez más.
—Bueno, es comprensible —dijo Mario con sorna—. Tu madre es la única
persona de este mundo capaz de atemorizarme.
—Marcia es encantadora —añadió Rutilio Rufo, soñador—. Por lo menos en
los viejos tiempos daba gusto mirarla —se apresuró a añadir.
—No cabe duda que ha hecho todo lo que ha podido por encontrarle a Lucio
Cornelio otra esposa —dijo César.
Rutilio Rufo casi se atraganta con un hueso de ciruela.
—Bien, estuve cenando en casa de Marco Emilio Escauro el otro día —
añadió con tono de maliciosa complacencia—, y si no hubiese sido ya esposa de
otro, habría apostado algo a que Lucio Cornelio habría encontrado cónyuge por
sí solo.
—¡No me digas! —exclamó Aurelia, inclinándose en la silla—. ¡Vamos, tío
Publio, cuéntanoslo!
—Pues nada menos que la pequeña Cecilia Metela Dalmática — contestó
Rutilio Rufo.
—¿La esposa del mismísimo príncipe del Senado? —cacareó Aurelia. —Eso
es. Lucio Cornelio la miró nada más presentársela, se puso más
rojo que su cabellera y se pasó toda la cena embobado sin dejar de
mirarla.
—No puedo ni imaginármelo —dijo Mario.
—¡Pues imagínatelo! —replicó Rutilio Rufo—. Hasta Marco Emilio lo notó;
bueno, claro, ahora está con su pequeña Dalmática como una gallina clueca con
un pollito. Así que la mandó en seguida a la cama en cuanto acabamos el primer
plato. Y ella, con aire de gran decepción y dirigiendo
una mirada de tímida admiración a Lucio Cornelio, derramó el vino al
retirarse.
—Mientras no derrame el vino en el regazo... —comentó Mario. —¡Oh, no,
otro escándalo no! —exclamó Julia—. Lucio Cornelio no
puede permitirse otro escándalo. Cayo Mario, ¿no podrías decirle algo?
Mario adoptó esa actitud molesta que se da en un marido cuando su
esposa le pide algo poco masculino e impropio de él.
—¡Desde luego que no!
—¿Por qué? —inquirió Julia, que consideraba lógica su petición. —¡Porque
la vida privada de un hombre es cosa de él, y no le iba a
gustar que metiese la nariz en sus cosas!
Tanto Julia como Aurelia hicieron un gesto de desagrado.
En su habitual papel de moderador, César lanzó un carraspeo.
—Como Marco Emilio Escauro tiene aspecto de aguantar otros cien años
hasta que lo mate un hacha, no creo que tenga que preocuparse mucho de Lucio
Cornelio y de Dalmática. Tengo entendido que Marcia ya ha elegido candidata y
que Lucio Cornelio ha aceptado, así que en cuanto regrese de la Galia itálica
recibiremos invitaciones de boda.
—¿De quién se trata? —inquirió Rutilio Rufo—. ¡A mí no me ha llegado un
solo rumor!
—Elia, la hija única de Quinto Elio Tubero.
—Ya no es ninguna niña, ¿no? —inquirió Mario.
—Treinta y tantos; la misma edad que Lucio Cornelio —contestó
apaciblemente César—. Por lo visto él no quiere más niños; por eso Marcia pensó
que una viuda sin hijos era ideal. Es una dama bastante guapa.
—De una buena familia —añadió Rutilio Rufo—. ¡Y rica!
—Pues me alegro por Lucio Cornelio —dijo Aurelia, satisfecha—. ¡No lo
puedo evitar, yo le aprecio!
—Todos le apreciamos —añadió Mario, dirigiéndole un guiño—. Cayo Julio,
¿no te da celos esa admiración confesada?
—Bah, tengo rivales más serios por el afecto de Aurelia que simples
patricios legados —contestó sonriente César.
—¿Ah, sí? ¿Quién? —inquirió Julia.
—Se llama Lucio Decumio, y es un hombrecillo mugriento de unos cuarenta
años, de piernas delgadas, cabello grasiento y que apesta a ajo — contestó
César, cogiendo el plato de frutos secos para elegir la pasa más grande—. Me
llena la casa de espléndidos ramos de flores, de la estación o exóticas, a
Lucio Decumio igual le da; envía un cargamento cada tres o cuatro días. Y no
hace más que visitar a Aurelia dándole una coba asquerosa. En realidad está tan
encantado con nuestro futuro retoño, que a veces me pregunto...
—¡Ya está bien, Cayo Julio! —exclamó Aurelia riendo.
—¿Y quién es ese hombre? —inquirió Rutilio Rufo.
—El vigilante o lo que sea de ese colegio de la encrucijada que Aurelia
está obligada a aguantar sin cobrar alquiler —contestó César.
—Lucio Decumio y yo tenemos un trato —dijo Aurelia, arrebatándole a
César la pasa que estaba a punto de llevarse a la boca.
—¿Qué trato? —inquirió Rutilio Rufo.
—Respecto a su zona de actuación; quedando excluido el vecindario, —¿Qué
actuación?
—Es que es un asesino —contestó Aurelia.
Cuando Saturnino presentó su segunda ley agraria, la cláusula que
estipulaba lo del juramento sonó como un trueno en el Foro; no fue un rayo de
Júpiter Tonante, sino un trueno aciago de los antiguos dioses, los verdaderos,
los dioses sin rostro, los numina. No sólo se exigía un voto a los senadores,
sino que en lugar del juramento tradicional en el templo de Saturno, la ley de
Saturnino estipulaba que el voto se efectuara al aire libre en el templo sin
techumbre de Semo Sancus Dius Fidius, en el bajo Quirinal, en el que el dios
sin rostro y sin mitología contaba con la sola imagen de Caya Cecilia —esposa
del rey Tarquino Prisco de la antigua Roma— humanizando el recinto. Y las
deidades en cuyo nombre se efectuaba el juramento no eran las grandes deidades
del Capitolio, sino las modestas numína sin faz auténticamente romanas, los Di
Penates Publici, guardianes de la bolsa y la despensa públicas, los Lares
Praestites, guardianes del Estado, y Vesta, guardiana de la tierra. Nadie
conocía su
aspecto ni de dónde procedían, ni siquiera el sexo que tenían.
Constituían una presencia y tenían gran importancia porque eran romanas. Eran
los símbolos públicos de los dioses más privados, las deidades que presidían la
familia, la más sagrada de todas las tradiciones romanas. Ningún romano podía
jurar por esas divinidades ni romper su juramento, pues ello habría supuesto
acarrear la ruina, el desastre y la desintegración de su familia, su casa y su
bolsa.
Pero la mentalidad legalista de Glaucia no confiaba únicamente la ley al
temor sin nombre de los numina innominables; para dar empaque al voto, la ley
de Saturnino especificaba que a los senadores que se negasen a jurar no se les
daría fuego ni agua en toda Italia, se les impondría una multa de veinte
talentos de plata y quedarían despojados de su ciudadanía.
—El inconveniente es que aún no hemos llegado lo bastante lejos con la
rapidez necesaria —dijo Metelo el Numídico a Catulo César, al pontífice máximo
Ahenobarbo, a su hijo Metelo, a Escauro, a Lucio Cota y a su tío Marco Cota—.
La Asamblea de la plebe aún no está madura para deshacerse de Cayo Marío y
aprobará la ley. Y se nos obligará a jurar — añadió con un estremecimiento—. Y
si juro, tendré que mantener el juramento.
—Pues no puede aprobarse esa ley —dijo Ahenobarbo.
—No hay un solo tribuno de la plebe que se atreva a interponer el veto
—añadió Marco Cota.
—Pues habrá que oponerse a ella basándonos en la religión —dijo Escauro,
mirando intencionadamente a Ahenobarbo—. Si ellos han mezclado en esto a la
religión, igual haremos nosotros.
—Creo que sé a lo que te refieres —dijo Ahenobarbo.
—Pues yo no —añadió Cota.
—Cuando llegue el día en que se vote la aprobación de la ley y los
augures examinen los presagios para comprobar que los comicios no contravienen
los deseos divinos, haremos que sean adversos —dijo Ahenobarbo—. Y seguiremos
comprobando que son adversos hasta que uno de los tribunos de la plebe tenga
valor para interponer el veto so pretexto de
la religión. Y se acabó lo de la ley, porque la Asamblea de la plebe se
cansa en seguida de las cosas.
El plan se llevó a la práctica y los augures declararon adversos los
presagios. Desgraciadamente, Lucio Apuleyo Saturnino era también augur —un
cargo a guisa de recompensa que se le concedió a instancias de Escauro cuando
éste lo rehabilitó— y su interpretación de los presagios no concordaba.
—¡Es un truco! —gritó a la plebe desde la tribuna—. ¡Mirad a esos
paniaguados del Senado, padres de la patria! ¡Los presagios son favorables,
pero lo que quieren es quebrar el poder del pueblo! ¡Todos sabemos que Escauro,
príncipe del Senado, Metelo el Meneitos y Catulo son capaces de lo que sea para
privar a nuestros soldados de su justa recompensa, y esto demuestra que han
pasado a los hechos! ¡Han falseado deliberadamente la voluntad de los dioses!
El pueblo creyó a Saturnino, que había tenido la prevención de
introducir a sus gladiadores entre la multitud, y cuando uno de los tribunos de
la plebe trató de interponer el veto diciendo que los presagios eran adversos,
que había oído truenos y que cualquier ley aprobada aquel día sería nefas,
sacrílega, entraron en acción los gladiadores de Saturnino, y mientras él
afirmaba en tono grandilocuente que no aceptaría el veto, sus matones bajaron
al desventurado de la tribuna y se lo llevaron por el Clivus Argentarius hasta
las mazmorras de la Lautumiae y allí lo tuvieron hasta que terminó la votación
de las tribus por la que se aprobó la ley, pues la cláusula del juramento era
suficiente novedad para intrigar a los habituales asistentes de la Asamblea
plebeya. ¿Qué sucedería si se aprobaba la ley? ¿Quién se opondría? ¿Cómo
reaccionaría el Senado? ¡Aquello era para no perdérselo! Y la gente quería
participar.
Al día siguiente de la aprobación de la ley, Metelo el Numídico se puso
en pie en el Senado y anunció con gran dignidad que él no iba a prestar
juramento.
—¡Mi conciencia, mis principios y toda mi vida gravitan en torno a esta
decisión! —gritó—. Pagaré la multa y me exiliaré en Rodas. Porque no pienso
prestar juramento. ¿Me oís, padres conscríptos? ¡No-voy-a-prestar-
juramento! No puedo jurar una cosa que repugna a lo más íntimo de mi
ser. ¿Qué significa abjurar? ¿Qué es crimen más alevoso, jurar mantener una ley
y ponerme en contra de ella, o no jurar? Vosotros mismos podéis contestaros. Mi
respuesta es que el mayor crimen es jurar. Así, yo os digo, Lucio Apuleyo
Saturnino, y a vos, Cayo Mario, ¡que-no-prestare-juramento! Prefiero pagar la
multa y exiliarme.
Su postura causó profunda impresión, pues todos los presentes sabían que
hablaba en serio. Mario frunció el entrecejo y Saturnino esbozó una sonrisa.
Comenzaron los murmullos, las dudas, las protestas en progresión creciente.
—Van a dar la lata —musitó Glaucia desde su silla curul próxima a la de
Mario.
—Si no cierro la sesión, se negarán a jurar —musitó Mario poniéndose en
pie—. Os conmino a que vayáis a vuestras casas y penséis durante tres días las
graves consecuencias si decidís no prestar juramento. A Quinto Cecilio le
resulta fácil porque tiene dinero de sobra para pagar la multa y vivir bien en
el exilio. Pero ¿cuántos de vosotros podréis hacer lo mismo? Id a casa, padres
conscriptos, y pensáoslo estos tres días. Esta cámara se reunirá dentro de
cuatro días y entonces deberéis decidiros, porque hay que tener en cuenta que
es el plazo límite que estipula la lex Appuleia agraria secunda.
No puedes hablarles así, se decía Mario para sus adentros paseando por
el magnífico suelo de su preciosa casa a los pies del templo de Juno Moneta,
mientras su esposa le contemplaba impotente y su revoltoso hijo se escapaba al
cuarto de juegos.
¡No puedes hablarles así, Cayo Mario, no son soldados! Ni siquiera son
oficiales bajo tu mando, pese al hecho de que seas cónsul y casi todos ellos
unos simples magistrados que jamás pondrán sus gordos culos en una silla curul.
Sí, ellos, hasta el último, se consideran mis iguales. ¡A mí, Cayo Mario, seis
veces cónsul de esta ciudad, de este imperio! Tengo que vencerlos, no puedo
dejar un solo resquicio a la ignominia de la derrota. Mi dígnítas es muchísimo
más grande que la de ellos, por mucho que digan lo contrario. Y no lo aguanto.
Soy el primer hombre de Roma. Y cuando
muera, tendrán que admitir que yo, Cayo Mario, el patán itálico que no
hablaba griego, fue el hombre más grande de la historia de la república, el
Senado y el pueblo de Roma.
Unicamente sobre esto giraron sus pensamientos durante los tres días de
plazo que había dado a los senadores. Una y otra vez pensaba en lo terrible de
perder la dígnítas si le derrotaban. Y al amanecer del cuarto día salió para la
Curia Hostilia decidido a vencer y sin pensar en absoluto en el tipo de
tácticas a que recurrirían los padres de la patria para derrotarle. Puso
particular cuidado en su aspecto para que nadie pudiese advertir su impaciencia
de aquellos tres días, y descendió a buen paso la colina de los Banqueros con
los doce lictores precediéndole, como si realmente fuese el amo de Roma.
La cámara se reunió en asombroso silencio; casi no se oía ruido de
sillas, toses ni murmullos. Se efectuó impecablemente el sacrificio y los
presagios se dictaminaron propicios.
Con perfecto dominio, Mario irguió su corpachón con gran majestad.
Aunque no había reflexionado a propósito de la táctica que adoptarían los
padres de la patria, él sí que había elaborado la suya hasta el más minimo
detalle y todo su ser irradiaba plena confianza.
—Yo también he pasado estos tres días pensando, padres conscriptos —
comenzó diciendo, con los ojos fijos en algún punto entre los senadores
asistentes y en ningún rostro en particular, enemigo o partidario suyo. Y nadie
podía saber en dónde clavaba la mirada porque las espesas cejas cubrían sus
ojos. Metió la mano izquierda por debajo de la orla de la toga en el punto en
que caía en bellos pliegues desde el hombro izquierdo hasta los tobillos, y
bajó del estrado—. Un hecho es evidente —añadió dando unos pasos y
deteniéndose—. Si esta ley es válida, a todos nos obliga a jurar defenderla
—dio otros cuantos pasos—. Si esta ley es válida, todos debemos jurarla
—continuó hasta las puertas de la cámara y se volvió hacia los senadores—. Pero
¿es válida? —inquirió con fuerte voz.
Su pregunta cayó en medio de un impresionante silencio.
—¡Ya está! —musitó Escauro, príncipe del Senado, a Metelo el Numídico—.
¡Se acabó! ¡El mismo se ha buscado la ruina!
Pero Mario, de nuevo junto a las puertas, no oyó nada y no se detuvo a
reflexionar.
—Hay entre vosotros —prosiguió— quienes persisten en decir que no puede
ser válida ninguna ley aprobada en las circunstancias de la lex Appuleia
agraria secunda. He oído cuestionar la validez de la ley en relación con dos
tesis, una que se aprobó en contra de los presagios; y otra que se aprobó pese
a la violencia ejercida contra la sacrosanta persona de un tribuno de la plebe
legalmente elegido. —comenzó a andar y se detuvo—. Es evidente que existen
dudas sobre el futuro de la ley. La Asamblea de la plebe tendrá que
reexaminarla a la luz de esas dos objeciones a su validez —afirmó, dando un
paso y parándose—. Pero eso, padres conscriptos, no es la alternativa que
contemplamos en esta sesión. La validez per se de la ley no es lo que más nos
preocupa. Nuestra preocupación es más urgente —otro paso más—. La propia ley
estipula que debemos jurarla, y eso es lo que hemos venido a debatir hoy. Hoy
vence el plazo en que podemos prestar juramento para defenderla, por lo que la
cuestión del voto es urgente. Y hoy la ley es una ley válida; luego hemos de
jurar defenderla.
Comenzó a caminar a buen paso hasta casi el estrado, para, a
continuación, girar sobre sus talones y dirigirse de nuevo a paso lento hacia
las puertas, donde se volvió otra vez hacia la cámara.
—Hoy, padres conscriptos, juraremos todos. Tenemos que hacerlo por
decisión específica del pueblo de Roma. ¡El es quien hace la ley! Nosotros, los
senadores, somos sus simples servidores. Así que juraremos. Porque a nosotros
tanto nos da, padres conscriptos. Si en el futuro, la Asamblea de la plebe
reexamina la ley y encuentra que no es válida, con ello quedan invalidados
nuestros juramentos —añadíó con voz de triunfo—. ¡Eso es lo que hemos de
comprender! Cualquier juramento que hagamos de defender una ley será vigente
mientras exista esa ley. Pero si la Asamblea de la plebe decide anular la ley,
con ello queda anulado nuestro juramento.
Escauro, príncipe del Senado, asentía sincopadamente con la cabeza, y
Mario pensó que era por estar de acuerdo con todo lo que decía. Pero Escauro
asentía rítmicamente con la cabeza por razones muy distintas, y sus
movimientos craneales correspondían a lo que le estaba diciendo en voz
baja a Metelo el Numídico.
—¡Ya lo tenemos, Quinto Cecilio! ¡Por fin lo tenemos! Ha retrocedido y
no ha podido resistirnos; le hemos obligado a admitir que toda la cámara duda
de la validez de la ley de Saturnino. ¡Se la hemos jugado al zorro de Arpinum!
Eufórico, pensando en que tenía a la cámara de su parte, Mario regresó
al estrado con gran decisión, subió y permaneció de pie ante su silla curul
para continuar su discurso.
—Yo seré el primero en prestar juramento —añadió con voz plena de
lógica—. Y si yo, Cayo Mario, vuestro primer cónsul durante más de cuatro años,
estoy dispuesto a jurar, ¿qué inconveniente vais a tener vosotros? He hablado
con los sacerdotes del colegio de los Dos Dientes y nos han preparado el templo
de Semo Sancus Dius Fidius. ¡No está muy lejos! ¡Os insto a que me sigáis!
Se oyó un débil susurro y rozar de pies, mientras los de los bancos de
atrás comenzaban a ponerse en pie.
—Una cuestión, Cayo Mario —dijo Escauro.
Volvió a hacerse el silencio en la cámara, mientras Mario asentía con la
cabeza.
—Cayo Mario, me gustaría saber vuestra opinión personal, no vuestra
opinión oficial. Vuestra opinión personal.
—Si apreciáis mi opinión personal, Marco Emilio, naturalmente que os la
daré —respondió Mario—. ¿Sobre qué?
—¿Qué pensáis personalmente —inquirió Escauro con fuerte voz para que
todos le oyesen—, es válida la lex Appuleia agraria secunda a la luz de lo que
sucedió cuando se aprobó?
Silencio. Un silencio absoluto. Nadie respiraba. Ni siquiera Cayo Mario
que repasaba apresuradamente las ideas que había concatenado, movido por su
absoluta confianza.
—¿Queréis que os repita la pregunta, Cayo Mario? —dijo con amable voz
Escauro.
Mario pudo sacar la lengua para humedecerse los labios. ¿Qué decir, qué
hacer? Finalmente has pegado un resbalón, Cayo Mario. Te has metido en un pozo
del que no puedes salir. ¿Cómo no habré pensado que me plantearían esta
pregunta y lo haría el más inteligente de ellos? Y ahora mi propia astucia me
tiene amordazado. ¡Era lógico que lo preguntasen! Y no se me había ocurrido. Ni
una sola vez en estos tres días interminables.
Bien, no tengo salida. Escauro me tiene agarrado por el escroto y tengo
que bailar al son que toque. Me tiene en sus manos. No hay escapatoria. Ahora
tengo que decir a la cámara que personalmente creo que la ley no es válida,
porque si no, nadie prestará juramento. Les he imbuido la idea de que existía
duda y les he convencido de que la duda hacía permisible el prestar juramento.
Si me retracto, pierdo su apoyo. Pero si digo que pienso que la ley no es
válida, el que se pierde soy yo.
Miró hacia el banco de los tribunos y vio a Lucio Apuleyo Saturnino
sentado, con las manos cogidas, muy serio, pero esbozando una sonrisa.
Perderé a este hombre que tan útil me es si digo que creo que la ley no
es válida. Y perderé al mejor legalista de Roma, a Glaucia... Juntos podríamos
haber arreglado Italia, a pesar de los padres de la patria, pero si digo que
creo que su ley no es válida, los pierdo para siempre. Y, sin embargo, debo
decirlo. Porque si no lo digo, estos cunni no prestarán juramento y mis
soldados no tendrán sus tierras. Eso es lo único que puedo salvar del desastre.
Tierra para mis soldados. Estoy perdido. Me han vencido.
Cuando la pata de la silla de marfil de Glaucia chirrió sobre el mármol
del suelo, la mitad del Senado dio un respingo. Glaucia se miró las uñas, con
los labios fruncidos y con cara de palo, pero nadie rompía el silencio.
—Creo que será mejor que os repita la pregunta, Cayo Mario —dijo
Escauro—. ¿Cuál es vuestra opinión personal? ¿Es válida o no la ley?
—Yo creo... —comenzó a decir Mario con el entrecejo furiosamente
fruncido—. Personalmente creo que la ley probablemente no es válida — concluyó.
Escauro se golpeó los muslos con la palma de la mano.
—¡Gracias, Cayo Mario! —dijo poniéndose en pie y volviéndose con una
gran sonrisa a los de atrás y luego hacia los de enfrente—. ¡Bien, padres
conscriptos, si un hombre como nuestro héroe conquistador Cayo Mario, nada
menos, no considera válida la lex Appuleia, yo me complazco en prestar
juramento! añadió, haciendo una reverencia hacia Saturnino y hacia Glaucia—.
¡Vamos, colegas senadores, como primero del Senado sugiero que nos apresuremos
a llegar sin dilación al templo de Semo Sancus!
—¡Alto!
Todos se detuvieron. Metelo el Numídico dio una palmada y desde la
última fila bajó su criado, cargado con dos grandes bolsas que le hacían ir
encorvado arrastrándolas por los anchos escalones de seis pies con un sordo
sonido metálico. Cuando Metelo tuvo las dos bolsas a sus pies, el criado volvió
a subir a buscar una tercera. Varios de los senadores de los bancos de atrás
vieron lo que había acumulado contra la pared e hicieron señal a sus criados
para que le ayudaran. Así se transportaron con mayor rapidez las cuarenta
bolsas, que quedaron apiladas en torno al escabel de Metelo el Numídico.
Entonces se puso en pie.
—Yo no prestaré juramento —dijo—. ¡Y no voy a jurar aunque el primer
cónsul me diera todas las garantías de que la lex Appuleia no es válida! Por
consiguiente, he aquí veinte talentos de plata en pago de la multa, y declaro
que mañana al amanecer partiré en exilio a Rodas.
Aquello fue un pandemónium.
—¡Orden! ¡Orden! ¡Orden! —gritaban Escauro y Mario.
Una vez restablecido el orden, Metelo el Numídico miró a sus espaldas y
habló por encima del hombro con uno que estaba en los bancos de atrás.
—Cuestor del Tesoro, haced el favor de acercaros —dijo.
Hasta la primera fila descendió un presentable joven de pelo castaño y
ojos marrones, con toga blanca impecable y bien marcados todos los pliegues.
Era Quinto Cecilio Metelo, Meneitos hijo.
—Cuestor del Tesoro, os entrego estos veinte talentos de plata como pago
de la multa que me ha sido impuesta por negarme a jurar la defensa de la lex
Appuleia agraria secunda —dijo Metelo el Numídico—. Pero exijo
que se cuente mientras la cámara está reunida para que los padres
conscriptos tengan la garantía de que no falta ni un solo denario.
—Todos estamos dispuestos a aceptar vuestra palabra, Quinto Cecilio
—dijo Mario, sonriendo sin ninguna gana.
—¡Oh, no, insistO en que se cuente! —replicó Metelo el Numídico—. Nadie
se va a mover de aquí hasta que no se haya contado. Creo que en total —añadió
con una tosecilla— tienen que haber ciento treinta y cinco mil denarios.
Todos volvieron a tomar asiento con un suspiro. Dos empleados de la
cámara trajeron una mesa y la colocaron ante Metelo el Numídico, quien se
colocó agarrando la toga con la mano izquierda y apoyando la derecha por la
punta de los dedos sobre la propia mesa. Los empleados abrieron la primera
bolsa y la pusieron entre los dos sobre la mesa para verter una cascada de
relucientes monedas que formaron un montón junto a la mano del Numídico. Su
hijo hizo signo a los empleados de que dejasen la bolsa abierta a su lado y
comenzó el recuento de las monedas, echándoselas rápidamente en el hueco de la
mano situada junto al borde de la mesa.
—¡Esperad! —exclamó Metelo.
Meneítos hijo se detuvo.
—¡Contadlas en voz alta, cuestor del Tesoro!
Se oyó una especie de grito contenido y un gruñido generalizado. Metelo
hijo volvió a situar las monedas contadas en la mesa para
comenzar otra vez.
—U... u... uno, do... do... dos, tr... tr... tres, cu... cu... cuatro...
Al anochecer, Mario se levantó de la silla curul.
—Padres conscriptos, se acaba el día y no hemos concluido. Pero en esta
cámara no se prosigue la sesión una vez puesto el sol. Por consiguiente,
sugiero que vayamos ahora al templo de Semo Sancus a prestar juramento. Debemos
hacerlo antes de la medianoche para no violar una orden directa del pueblo
—dijo mirando de través hacia donde estaba Metelo el Numídico, mirando cómo
contaba su hijo, al que se le había acentuado notablemente el tartamudeo,
aunque ya no se le notaba nervioso—. Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado,
es deber vuestro permanecer aquí
vigilando esta larga tarea. Espero que lo hagáis. En consecuencia, os
eximo de prestar juramento hoy; ya lo haréis mañana. O pasado mañana de no
haber finalizado el recuento —añadió con un atisbo de sonrisa.
Quien no sonreía era Escauro. Pero echó la cabeza hacia atrás y soltó
carcajada tras carcajada.
A finales de primavera, Sila regresó de la Galia itálica y pasó a ver a
Cayo Mario nada más tomar un baño y cambiarse de ropa. Vio que Mario no tenía
muy buen aspecto, cosa que no le sorprendió, porque hasta en el norte del país
se habían difundido los detalles del clima en que se había aprobado la lex
Appuleia, y no era necesario que Mario se lo contase. Se limitaron a mirarse
mutuamente sin decir palabra como hacían cuando tenían que comunicarse algo
esencial.
Sin embargo, una vez disipada la emoción del momento y consumida la
primera copa de buen vino, Sila abordó la cruda realidad.
—Tu credibilidad ha sufrido un rudo golpe —dijo.
—Lo sé, Lucio Cornelio.
—Tengo entendido que por culpa de Saturnino.
—¿Se le puede reprochar que me deteste? —replicó Mario con un suspiro—.
Ha pronunciado cien discursos desde la tribuna y muchos de ellos ante asambleas
no convocadas oficialmente. Todos me acusan de haberle traicionado. Y, como es
un espléndido orador, la historia de mi traición no ha perdido en su estilo de
presentación a las masas. Y las arrastra. No sólo a los habituales del Foro,
sino que los de la tercera, cuarta y quinta clase parecen fascinados al extremo
de que siempre que tienen un día libre vuelven al Foro a escucharle.
—¿Con tanta frecuencia habla?
—¡Todos los días!
Sila lanzó un silbido.
—¡Eso es una novedad en los anales del Foro! ¿A diario? ¿Llueva o haga
sol? ¿En asambleas oficiales y no oficiales?
—Todos los días. Cuando el pretor urbano, su propio colega Glaucia,
obedeció la orden del pontífice máximo de comunicarle que no podía hablar
en días de mercado, fiestas y días no decretados de comicios, él hizo
oídos sordos. Y como es un tribuno de la plebe, nadie se ha atrevido a bajarle
de la tribuna —dijo Mario con aire preocupado—. En consecuencia, su fama va en
aumento y ahora hay otra clase de habituales del Foro: los que acuden a oír las
arengas de Saturnino. Tiene..., no sé cómo se dice, supongo que será una
palabra griega, como de costumbre, tiene kharisma. Me imagino que la gente
comparte su pasión porque, al no ser asiduos al Foro, desconocen los recursos
de la retórica y no reparan en cómo gesticula o cambia de ritmo al caminar. No;
se quedan allí embobados escuchándole y cada vez más enfebrecidos por lo que
dice, vitoreándole como energúmenos.
—Tendremos que echarle un ojo, ¿no? —inquirió Sila, mirando muy serio a
Mario—. ¿Por qué lo hiciste?
—No me quedaba más remedio, Lucio Cornelio —contestó Mario sin
pensárselo dos veces—. La verdad es que no soy, ¿cómo diría?, lo bastante
retorcido para ver todos los intríngulis si tengo que mantenerme un par de
pasos por delante de hombres como Escauro. Me cazó tan limpiamente como era de
desear. Tengo que reconocerlo.
—Pero en cierto modo has salvado el programa —dijo Sila, tratando de
consolarle—. La segunda ley agraria sigue en pie y no creo que la Asamblea de
la plebe ni la Asamblea del pueblo vayan a invalidarla. Al menos así me han
dicho que están las cosas.
—Cierto —contestó Mario, sin abandonar su aire preocupado y encogiéndose
de hombros con un suspiro—. Saturnino es quien gana, no yo, Lucio Cornelio. Es
esa actitud de ofendido lo que mantiene aglutinada a la plebe, pero yo los he
perdido —añadió amargado, alzando las manos—. ¿Cómo voy a acabar mi mandato
este año? Es un tormento tener que caminar en medio de abucheos y silbidos por
la zona del Foro cuando Saturnino está en la tribuna, y odio el hecho de tener
que ir al Senado. Detesto esa pulcra sonrisa en el rostro arrugado de Escauro,
detesto la sorna insufrible de la cara de camello de Catulo... No estoy hecho
para la política, y es algo que apenas he descubierto.
—¡Pero has llegado a lo más alto del cursus honorum, Cayo Mario! — dijo
Sila—. ¡fuiste uno de los más grandes tribunos de la plebe! Conocías el terreno
de la política y te encantaba, de lo contrario no habrías sido un buen tribuno
de la plebe.
—Oh, en aquella época era joven, Lucio Cornelio —replicó Mario
encogiéndose de hombros—. Y tenía buena cabeza. Pero no soy un animal político.
—Entonces ¿vas a dejar el centro del escenario a un lobo gesticulante
como Saturnino? No me pareces el mismo Cayo Mario que yo conocía — añadió Sila.
—No soy el mismo Cayo Mario que conocías —dijo Mario con desmayada
sonrisa—. El Cayo Mario de ahora está muy, muy cansado. ¡Es tan desconocido
para mi como para ti, créeme!
—¡Pues haz el favor de pasar el verano fuera de Roma!
—Es lo que pretendo hacer en cuanto formalices lo de Elia —contestó
Mario.
Sila se quedó sorprendido y luego se echó a reír.
—¡Por los dioses, lo había olvidado totalmente! —dijo poniéndose en pie
grácilmente con la armonía de un hombre guapo y en la flor de la vida
—. Mejor será que vaya a casa y me entreviste con nuestra mutua suegra,
¿no crees? Seguro que estará haciendo lo imposible por largarse cuanto antes.
—Sí, está deseando irse —dijo Mario—. Le he comprado una pequeña villa
preciosa en Cumas.
—¡Pues me voy a casa más raudo que Mercurio en busca de un contrato para
repavimentar la Via Apia! —dijo alargando la mano—. Cuídate, Cayo Mario. Si
Elia sigue decidida, ahora mismo formalizaré el matrimonio. Tienes toda la
razón —añadió echándose a reír al recordar algo—, Catulo César tiene cara de
camello. ¡Un engreimiento monumental!
Julia esperaba fuera del despacho para abordar a Sila antes de que se
marchase.
—¿Qué te ha parecido? —inquirió preocupada.
—Ya se repondrá,
hermanita. Le han
zumbado y está
sufriendo.
Llévatelo a Campania y que se bañe en el mar y se revuelque en rosas.
—Eso haré en cuanto te cases.
—¡Me caso, me caso! —exclamó él, alzando las manos en gesto de
rendición.
—Hay una cosa que no puedo quitarme de la cabeza, Lucio Cornelio —
añadió Julia con un suspiro—, y es que este casi medio año en el Foro ha
gastado a Cayo Mario más que diez años de campaña con el ejército.
Se habría dicho que todos necesitaban un descanso, pues cuando Mario
marchó a Cumas, la vida pública de Roma cayó en una monótona apatía. Uno a uno,
los notables fueron abandonando aquella ciudad inaguantable en pleno verano,
época en que toda clase de fiebres entéricas asolaban el Subura y el Esquilino
y hasta en el Palatino y el Aventíno mermaban las condiciones de salubridad.
No es que la vida en el Subura preocupara excesivamente a Aurelia,
porque ella se desenvolvía en una gruta fresca, a salvo de la canícula gracias
al verdor del jardín y a los gruesos muros de su ínsula. Cayo Matio y su esposa
Priscila estaban en igual situación, debido al embarazo de ésta, que esperaba
el niño por las mismas fechas que Aurelia.
Las dos mujeres estaban muy bien cuidadas. Cayo Matio iba y venía
solícito y Lucio Decumio se asomaba a diario para ver si todo iba bien; seguía
mandando flores, y desde el comienzo del embarazo las acompañaba con pequeños
obsequios o dulces, especias exóticas, cualquier cosa que él considerase idónea
para mantener el apetito de su apreciada Aurelia.
—¡Ni que hubiera tenido un aborto! —dijo ella en broma a Publio Rutilio
Rufo, otro visitante habitual.
El niño, Cayo Julio César, nació el decimotercer día de Quinctilis y,
por consiguiente, el nacimiento se registró en el templo de Juno Lucina, por
haber tenido lugar dos días antes de los idus de julio, con categoría patricia
y condición senatorial. Era muy larguirucho y pesó algo más de lo que parecía,
pero también era muy fuerte, solemne y tranquilo y poco dado a llorar; era tan
rubio que el pelo casi no se le veía, aunque, mirándole de
cerca, se observaba que lo tenía en abundancia, y sus ojos, nada más
nacer, eran de color verde azulado claro, circundados de un azul tan oscuro que
parecía negro.
—Vaya personalidad la de vuestro hijo —comentó Lucio Decumio, mirando
fijamente el rostro del niño—. ¡Mirad esos ojos! ¡Seguro que asustas a tu
abuela!
—¡No digas esas cosas, verruga insoportable! —gruñó Cardixa, que adoraba
al varón recién nacido.
—Déjame que le vea los bajos —dijo Lucio Decumio, agarrando con sus
mugrientos dedos los pañales—. ¡Oooh, ajá, ajá! —exclamó satisfecho
—. ¡Lo que me imaginaba! ¡Nariz grande, pies grandes y buena picha!
—¡¡Lucio Decumio!! —exclamó Aurelia, escandalizada.
—¡Ya está bien! ¡Fuera! —chilló Cardixa, agarrándole por el pescuezo
y dejándole en la calle como si se tratase de un gatito.
Sila pasó a ver a Aurelia casi un mes después del nacimiento del niño,
le dijo que era el único de la familia que quedaba en Roma y que perdonara si
molestaba.
—¡Ni mucho menos! —contestó ella, encantada de verle—. Espero que te
quedes a cenar, o si hoy no puedes, tal vez mañana. ¡Me aburro mucho sola!
—No puedo —dijo él sin circunloquios—. Sólo he vuelto a Roma para ver a
un viejo amigo que acaba de caer enfermo de fiebres.
—¿Quién es? ¿Le conozco? —inquirió Aurelia, más por cortesía que por
curiosidad.
Pero, por un instante, fue como si hubiese preguntado algo inoportuno o
indebido; la expresión de Sila suscitó en ella mucho más interés que la
identidad del amigo enfermo, por aquel gesto sombrío, abrumado y pesaroso. Fue
un breve instante, seguido de una de sus sonrisas.
—Dudo que le conozcas —dijo—. Se llama Metrobio.
—¿El actor?
—El mismo. En los viejos tiempos conocí a mucha gente del teatro; antes
de casarme con Julilla y entrar en el Senado. Un mundo muy distinto
—dijo, vagando con sus extraños ojos fulgurantes por la habitación—. Más
parecido a éste, pero más vil. ¡Qué divertido! Ahora me parece un sueño.
—Parece como si lo lamentaras —dijo Aurelia con voz amable.
—No, qué va.
—¿Y se pondrá bien, tu amigo Metrobio?
—¡Claro! Sólo son unas fiebres.
Siguió un silencio algo incómodo, que él rompió sin decir nada,
levantándose y dirigiéndose al espacio abierto que era como una ventana al
patio.
—Es un jardín precioso.
—Eso creo yo.
—¿Y tu hijo? ¿Cómo está?
—Ahora lo verás —contestó ella sonriente.
—Estupendo —dijo Sila, sin dejar de contemplar el patio.
—Lucio Cornelio, ¿va todo bien? —inquirió Aurelia.
Sila se volvió sonriendo, y ella pensó en lo atractivo que era, de un
modo poco corriente. Y qué ojos tan desconcertantes, tan luminosos y
circundados de oscuridad. Igual que los de su hijo. Y, sin saber por qué, la
idea le hizo estremecerse.
—Sí, Aurelia, todo va bien.
—Ojalá me dijeras la verdad.
Él abrió la boca para contestar, pero en aquel momento entró Cardixa con
el heredero del apellido César.
—Ibamos al cuarto piso —dijo la criada.
—Muéstraselo a Lucio Cornelio, Cardixa.
Pero a Sila sólo le interesaban sus propios hijos, así que se limitó a
mirar con detenimiento la cara del retoño y luego dirigió la vista hacia
Aurelia a ver si estaba satisfecha.
—Puedes irte, Cardixa —dijo la madre, con gran alivio de Sila—. ¿A quién
le toca hoy?
—A Sara.
Aurelia se volvió hacia Sila, sonriendo con toda naturalidad.
—Desgraciadamente no tengo leche y al niño le dan el pecho en los pisos.
Es una de las grandes ventajas de vivir en un sitio tan grande como una insula,
en la que siempre hay por lo menos media docena de mujeres dando el pecho;
todas amamantan a mis hijos.
—De mayor querrá a todo el mundo —dijo Sila—, porque me imagino que
tienes inquilinos de todo el orbe.
—Así es; resulta muy interesante.
Sila volvió a mirar al patio.
—Lucio Cornelio, es como si no estuvieses aquí —añadió Aurelia en amable
reproche—. Algo sucede. ¿No puedes contármelo? ¿O es uno de esos asuntos
estrictamente de hombres?
Sila tomó asiento en un sofá frente al de ella.
—Es que nunca tengo suerte con las mujeres —contestó de pronto.
—¿En qué sentido? —inquirió Aurelia, sorprendida.
—Con las mujeres que... amo. Con las mujeres con quienes me caso.
Qué curioso: le resultaba más fácil hablar del matrimonio que del amor.
—¿Pero ahora de qué se trata? —inquirió ella.
—Oh, un poco de ambas cosas. Enamorado de una y casado con otra. —¡Oh,
Lucio Cornelio! —dijo Aurelia mirándole con verdadera
complacencia y sin un ápice de deseo—. No voy a pedirte nombres, porque
en realidad no quiero saberlos, pero me has planteado un dilema y trataré de
contestar.
—No hay mucho que decir —replicó él encogiéndose de hombros—. Me he
casado con Elia, elegida por mi suegra. Después de Julilla, quería una matrona
romana cabal, alguien como Julia o como tú, si fueses mayor. Cuando Marcia me
presentó a Elia, pensé que era la mujer ideal: tranquila, apacible, con buen
humor, atractiva, una buena persona. Y pensé: ¡Estupendo! Por fin tengo esa
mujer romana que quiero. No puedo amar a cualquiera, así que me caso con
alguien que me gusta.
—Tengo entendido que tu mujer Germana te gustaba —dijo Aurelia. —Sí,
mucho. Aún hay cosas en que la echo de menos. Pero ella no es
romana y de nada puede servirle a un senador, ¿no crees? En fin, pensé
que Elia acabaría siendo muy parecida a Germana —dijo con una seca carcajada
—. ¡Pero me equivoqué! Resultó que Elia es aburrida, vulgar. Muy buena
persona, sí, pero un rato en su compañía y bostezo.
—¿Es buena con los niños?
—Muy buena; no puedo quejarme —contestó con otra carcajada—. Si la
hubiera contratado como niñera, sería ideal. Adora a los niños y ellos la
idolatran.
Hablaba como si ella no existiera, como si no importara que le oyera,
como si fuese un simple pretexto para expresar en voz alta sus pensamientos.
—Nada más regresar de la Galia itálica, Escauro me invitó a cenar a su
casa —prosiguió—. Me sentí en cierto modo halagado, aunque no sin reservas,
porque pensé si no estaría todo el clan de Metelo para intentar apartarme de
Cayo Mario. Y allí fue donde la conocí, a la pobre: la esposa de Escauro. ¡Por
todos los dioses!, ¿por qué tenían que casarla con Escauro? ¡Puede ser su
abuelo! Dalmática es su nombre; para tener metidas en cintura a los centenares
de Cecilias Metelas. Nada más verla, la amé. Al menos, creo que es amor, aunque
también es compasión; pero no dejo de pensar en ella, y eso quiere decir que es
amor, ¿no? Esta encinta. ¿No te parece repugnante? Naturalmente, a ella nadie
le pidió su parecer. Metelo el Meneitos se la regaló simplemente a Escauro como
a un niño un dulce. Ha muerto tu hijo, pues toma este premio de consolación.
¡Haz otro hijo! Repugnante. Y, sin embargo, si me conocieran a medias, serían
ellos los asqueados. Para mí, Aurelia, son más inmorales que yo, pero ellos
nunca lo verán asi.
Aurelia había aprendido mucho desde que vivía en el Subura, porque
hablaba con todo el mundo, desde Lucio Decumio hasta los libertos que atestaban
los dos últimos pisos. Y allí ocurrían cosas, cosas en las que una casera se
veía implicada, lo quisiera o no; cosas que habrían dejado estupefacto a su
esposo de saberlas. Abortos, brujería, asesinatos, robos con violencia,
estupros, delírium trémens y vicios peores, locura, desesperación, depresiones
y suicidios. Cosas que sucedían en todas aquellas grandes casas de viviendas de
alquiler y que todas acababan igual; no con la denuncia de
los hechos al praetor urbanus, sino solventándolas los propios
interesados con una justicia sumaria. Ojo por ojo y diente por diente. Vida por
vida.
Así, conforme le escuchaba, se formó una imagen de Lucio Cornelio Sila
no muy alejada de la verdad. Aislado entre los aristócratas romanos que le
conocían —y ella entendía las tremendas dificultades que había vivido en su
niñez—, había hecho valer su linaje, pero también había estado constantemente
vinculado a la hez de Roma.
Y, pasando por alto otras cosas que no osaba decir, Sila sólo hablaba de
una cosa: lo desesperadamente que deseaba a la jovencita embarazada de Escauro,
y no estrictamente por su cuerpo o su alma, sino porque era la mujer ideal para
sus propósitos. Pero estaba casada con Escauro por confarreatio y él estaba
obligado a la insulsa Elia. ¡Nada de confarreatio esta vez! Era un feo asunto
el divorcio; Dalmática simplemente venía a poner de relieve una lección que a
ese respecto ya había aprendido. Mujeres. Nunca tendría suerte con las mujeres,
estaba convencido. ¿Sería por culpa de la otra mitad de su ser? ¡Ah, la
maravillosa y hermosa relación con Metrobio! Y, sin embargo, igual que no había
querido vivir con Julilla, tampoco podía hacerlo con Metrobio. Quizá fuese por
incapacidad de entrega. Demasiado peligroso. ¡Oh, pero cómo ansiaba a aquella
Cecilia Metela Dalmática, esposa de Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado!
Repugnante. Y no es que él soliera hacer objeciones al casamiento de viejos con
jovencitas. Esto era algo personal. Estaba enamorado de ella y, por
consiguiente, era un caso especial.
—¿Y tú, le gustaste a Dalmática, Lucio Cornelio? —inquirió Aurelia,
interrumpiendo sus pensamientos.
—¡Oh, sí! No me cabe la menor duda —contestó Sila sin vacilar. —¿Y qué
piensas hacer?
—¡He ido demasiado lejos y he gastado mucho! ¡Ahora no puedo parar,
Aurelia! Incluso pensando en Dalmática, si tuviese relaciones con ella, los
bonii me buscarían la ruina. Y tampoco tengo tanto dinero. Lo justo para entrar
en el Senado; obtuve algo de la guerra contra los germanos, pero sólo la parte
que me correspondía. Me va a costar llegar arriba, porque ellos me miran como a
Cayo Mario, aunque por distintas razones, porque ninguno de
los dos nos amoldamos a sus malditos ideales. Pero no acaban de entender
por qué nosotros somos capaces y ellos no, y se sienten frustrados e
injuriados. Yo, en definitiva, tengo más suerte que Cayo Mario, porque al menos
soy de sangre noble, aunque esté manchada con el Subura, el teatro, la mala
vida; no formo parte de los hombres buenos —dijo con un suspiro —. ¡Pero voy a
adelantarlos, Aurelia, porque soy el mejor corcel!
—¿Y qué sucederá si el premio no vale la pena?
Sila se la quedó mirando de hito en hito, sorprendido por la necedad.
—¡Nunca vale la pena! ¡Nunca! Pero ninguno lo hacemos por eso. Cuando
nos ponen los arreos para hacer las siete vueltas de la carrera, corremos
contra nosotros mismos. ¿Qué otra alternativa le quedaría a un Cayo Mario? Es
el mejor caballo y corre contra sí mismo, para superarse. Igual que yo. Soy
capaz ¡y voy a hacerlo! Pero es sólo a mi a quien importa.
—Claro —dijo ella, enrojeciendo por su bobada, poniéndose en pie y
dándole la mano—. Vamos, Lucio Cornelio. Hace un día espléndido a pesar del
calor. El Subura estará desierto, porque todos los que pueden han huido del
verano romano. ¡No quedan más que los pobres y los locos! Y yo. Vamos a dar un
paseo y luego volvemos a cenar. Enviaré recado a mi tío Publio, que creo que no
se ha ido de Roma. Tengo que ser prudente — añadió con una mueca—, entiéndelo,
Lucio Cornelio. Mi esposo confía en mí tanto como me ama, y me ama mucho, pero
no le gustaría que diese que hablar y yo me he impuesto ser una esposa
tradicional. A él le parecería horroroso que no te hubiese invitado a cenar,
pero si mi tío puede acompañarnos, Cayo Julio quedará más contento.
—¡Qué tonterías aprecian los hombres de sus esposas! —dijo Sila,
mirándola con afecto—. No eres ni remotamente la criatura con la que Cayo Julio
sueña cuando está cenando en el campamento.
El calor en el Vicus Patricii cayó sobre sus cabezas como una pesada
manta; Aurelia sintió el ahogo y volvió a entrar en la casa.
—¡Bueno, hay que ver! ¡No creí que hiciese tanto calor! Mandaré a Eutico
a casa de mi tío en el Carinae, que haga ejercicio, mientras nosotros nos
sentamos en el jardín —dijo dirigiéndose al patio—. ¡Anímate, Lucio Cornelio!
Al final todo se arreglará, ya verás. Vuelve a Circei con tu buena
y aburrida esposa. Con el tiempo te gustará más, estoy segura. Y te
vendrá mejor no ver a Dalmática. ¿Qué edad tienes ahora?
Comenzaba a traslucir aquel sentimiento oculto y el rostro de Sila se
iluminó, sonriendo con más naturalidad.
—Este año es crucial, Aurelia El día primero del año cumplí cuarenta.
—Aún no eres viejo.
—En ciertos aspectos, sí. Ni siquiera he sido pretor aún y ya sobrepaso
un año de la edad habitual.
—Vamos, vamos, no vuelvas a poner cara triste, que no es para tanto.
¡Mira el viejo caballo de Cayo Mario! Su primer consulado a los cincuenta, ocho
años más de la edad normal. Si le vieras dispuesto para la carrera de Marte,
¿apostarías por él? ¿Dirías que es el mejor caballo de octubre? Y ya ves, las
grandes hazañas las ha hecho con más de cincuenta años.
—Eso es bien cierto —comentó Sila, sintiéndose más animado—. ¿Qué dios
venturoso me indujo a venir a verte? Aurelia, eres una buena amiga, y me ayudas
mucho.
—Bueno, quizá algún día sea yo quien te pida ayuda.
—No tienes más que decirlo —contestó él, levantando la cabeza y viendo
los balcones de los pisos de arriba—. ¡Qué valiente eres! ¿No tienes celosías?
¿Y no abusan de ello?
—Nunca.
Sila se echó a reír con auténtico regocijo.
—No puedo creer que tengas metido en tu delicado puño a toda esta
gentuza del Subura.
Ella asintió con la cabeza, sonriente, balanceándose en su mecedora. —Me
gusta esta vida, Lucio Cornelio. Si te digo la verdad, no me
importa que Cayo Julio nunca reúna el dinero para comprar una casa en el
Palatino. Aquí en el Subura tengo cosas que hacer, soy útil y estoy rodeada de
gente muy interesante y de todo tipo. Yo también participo en una carrera,
¿sabes?
—Y aún te queda mucho camino por recorrer —dijo Sila.
—Y a ti —replicó ella.
Por supuesto que Julia sabía que Mario no iba a estarse todo el verano
en Cumas, a pesar de que se había manifestado como si no pensase volver a Roma
hasta principios de septiembre; en cuanto comenzase a recobrar el equilibrio,
estaría ansiando volver a la palestra. Por eso contaba como una bendición los
días que pasaba con él en un ambiente campestre, despojado de la toga praetexta
y de la coraza militar y entregado a su papel de caballero rural como sus
antepasados. Se dedicaron a nadar en la playita a los pies de su magnífica
villa, atracándose de ostras, cangrejos, gambas y atún; pasearon por aquellas
pobladas colinas entre rosas de embriagador perfume, recibieron pocas visitas y
fingieron no estar cuando llegaron otras. Cayo Mario casi se divertía tanto
como el pequeño Mario haciendo grotescas muecas imitando a algunos peces. Julia
se dijo que nunca había sido tan feliz como durante aquel inolvidable verano en
Cumas, contando los días que pasaban.
Pero Mario no regresó a Roma. Sin dolor y de forma insidiosa, el infarto
se produjo durante la primera noche del Perro, en agosto. Lo único que notó
Mario al despertar por la mañana fue que su almohada estaba húmeda y pensó que
había babeado en sueños. Cuando salió a desayunar y se encontró con Julia en la
terraza, vio sorprendido que ella le miraba con una expresión desconocida para
él.
—¿Qué sucede? —farfulló, sintiendo la lengua pesada y torpe y una
extraña sensación.
—Qué cara tienes... —contestó ella, pálida.
Alzó las manos para tocársela y notó que los dedos de la mano izquierda
estaban tan torpes como la lengua.
—¿Qué me pasa? —inquirió.
—Tienes el lado izquierdo de la cara inerte —dijo ella, ahogando un
grito al darse cuenta de lo que significaba—. ¡Oh, Cayo Mario, has sufrido un
infarto!
Pero como no sentía dolor ni notaba ninguna alteración, se negó a
creerla hasta que Julia le trajo un espejo de plata y se vio reflejado en él.
El lado derecho de la cara lo tenía firme y saludable, sin muchas arrugas para
un hombre de su edad, pero el lado izquierdo parecía una máscara de cera
derritiéndose por la cercanía de una antorcha.
—¡No siento nada! —exclamó estupefacto—. Ni siquiera en mi cerebro, que
es donde se supone que se nota la enfermedad. A mi lengua no le salen bien las
palabras, pero mi cabeza las emite como es debido, tú entiendes lo que digo y
yo entiendo lo que dices, así que no he perdido la facultad del habla. La mano
izquierda me pesa, pero puedo moverla. ¡Y no me duele nada!
Cuando, temblando de ira, se negó a que llamaran a un médico, Julia
cedió por temor a agravar el mal con un enfrentamiento y se pasó todo el día
vigilándole y cobró ánimos para decirle, en el momento en que le convenció para
que se acostase, poco después de anochecer, que la parálisis no había cambiado
desde la mañana.
—Seguro que es un buen síntoma —dijo—. Ya irás mejorando. Lo que tienes
que hacer es descansar y quedarte aquí más tiempo.
—¡No puedo! ¡Pensarán que rehúyo el enfrentamiento!
—Si se molestan en venir a visitarte, y estoy segura de que lo harán, se
darán cuenta de ello, Cayo Mario. Quieras o no, te quedarás aquí hasta que
mejores —dijo Julia en tono autoritario, no habitual en ella—. ¡No me discutas!
¡Sabes que tengo toda la razón! ¿Qué crees que podrás hacer volviendo a Roma en
ese estado, si no es sufrir otro infarto?
—Nada —musitó él, dejándose caer sobre la almohada, abatido—. Julia,
Julia, ¿cómo puedo recuperarme de esto que más que enfermarme me afea? ¡Tengo
que recuperarme! ¡No puedo dejar que me venzan, ahora que hay tanto en juego!
—No te vencerán, Cayo Mario —replicó ella con decisión—. Lo único que te
vencerá será la muerte, y de este leve infarto no vas a morir. La parálisis
mejorará, y si descansas, haces un poco de ejercicio, comes con moderación, no
bebes vino y no te preocupas por lo que pasa en Roma, te recuperarás antes.
* * *
Las lluvias de primavera eran algo desconocido en Sicilia y Cerdeña, y
muy escasas en Africa. Pero cuando el trigo había comenzado a espigar, cayeron
unas lluvias torrenciales y el agua arruinó la cosecha. Sólo de Africa llegó
algo de grano a Puteoli y a Ostia. Con ello, Roma sufría su cuarto año de alto
precio en el trigo y una carestía premonitoria de hambre.
El segundo cónsul y flamen martialis, Lucio Valerio Flaco, se encontró
con los silos —al pie del Aventino contiguo al puerto de Roma— vacíos y con
cantidades exiguas en los graneros privados del Viscus Toscus. Estas exiguas
cantidades, dijeron los mercaderes a Flaco y a sus ediles, se venderían a más
de cincuenta sestercios por modius de trece libras. Y las familias del
proletariado apenas podrían pagar la cuarta parte de aquel precio. No
escaseaban otros alimentos más baratos, pero la carestía del trigo hacía subir
los precios de todo lo demás debido al aumento del consumo y a la limitada
producción. Y los estómagos acostumbrados al buen pan no se contentaban con
gachas y nabos, que eran los artículos más socorridos en época de carestía. Los
que estaban fuertes y sanos sobrevivían, pero los viejos, los débiles, los
niños y los enfermizos solían perecer.
En octubre, el proletariado comenzaba a agitarse y la población de Roma
empezó a atemorizarse, porque la perspectiva de convivir con un proletariado
sin nada que comer era algo temible. Muchos ciudadanos de la tercera y cuarta
clase, para quienes resultaba oneroso comprar un trigo tan caro, comenzaron a
hacer acopio de armas para defender sus despensas de las depredaciones de los
más necesitados.
Lucio Valerio Flaco se reunió con los ediles curules responsables de la
procuraduría de grano por cuenta del Estado y solicitó al Senado fondos
suplementarios para comprar grano donde fuese y de la clase que hubiera,
cebada, mijo, y trigos de mala calidad. Pero, en el Senado, pocos se
preocupaban por la situación. Demasiados años y un profundo distanciamiento de
las clases bajas les habían hecho olvidar los últimos disturbios de los
proletarios.
Para empeorar las cosas, los dos jóvenes que cubrían el cargo de
cuestores del Tesoro romano eran de la clase senatorial más elitista y
despiadada y apenas se preocupaban de aquellas masas de proletarios. Al
ser elegidos cuestores, los dos solicitaron destino en Roma y declararon
que se proponían "contener el inexcusable despilfarro del Tesoro",
rotundo modo de decir que no pensaban destinar dinero a los ejércitos con
tropas proletarias ni a la subvención de grano para los pobres. El cuestor
urbano, y primero, era nada menos que Cepio, hijo del cónsul que había robado
el oro de Tolosa en la batalla de Arausio, y el otro, Metelo el joven, hijo del
exiliado Metelo el Numídico.
El Senado tenía por costumbre no oponerse a los criterios de los
cuestores del Tesoro. Interpelados en la cámara a propósito de cómo andaban las
finanzas estatales, tanto Cepio como Metelo respondieron tajantemente que no
había dinero para comprar trigo, y que por los desembolsos masivos que se
habían efectuado durante una serie de años para pagar y alimentar a los
ejércitos de proletarios, el Estado estaba arruinado. Ni la guerra contra
Yugurta ni la sostenida contra los germanos habían aportado ingresos suficientes
en botines y tributos para equilibrar el saldo negativo de las cuentas de Roma.
Eso dijeron los dos cuestores, presentando por mano de los tribunos del erario
los libros que lo demostraban. Roma no tenía un denario. Los que no tuvieran
dinero para pagar el precio que estaba alcanzando el trigo, tendrían que pasar
hambre. Lo lamentaban, pero la situación era así.
A principios de noviembre ya se había difundido por toda Roma la noticia
de que no habría grano a la venta por cuenta del Estado a precio módico, porque
el Senado se había negado a aprobar los fondos para la adquisición. No era un
rumor que hablase de cosechas desastrosas ni de cuestores despechados;
simplemente que no habría grano barato.
Inmediatamente comenzó a llenarse el Foro Romano con multitudes de una
clase nunca vista, mientras que los habituales concurrentes desaparecían o
permanecían discretamente detrás de los recién llegados. Eran muchedumbres de
proletarios y de gentes de la quinta clase con cara de pocos amigos. Los
senadores y otros magistrados comenzaron a sufrir el abucheo de miles de bocas
conforme caminaban por lo que ellos consideraban su propio territorio; pero al
principio no se intimidaron gran cosa. Luego, los abucheos se convirtieron en
una verdadera lluvia de
basura, excrementos, estiércol, fango pestilente del Tíber y cosas
podridas. Ante lo cual, el Senado eludió la confrontación suspendiendo sus
sesiones y dejando que fuesen banqueros, mercaderes, abogados y tribunos del
Tesoro quienes sufrieran solos la afrenta en sus personas.
No sintiéndose lo bastante fuerte para adoptar la iniciativa, el segundo
cónsul Flaco dejó correr el asunto, mientras Cepio hijo y Metelo el joven se
regocijaban por el éxito de su plan. Si en invierno morían unos cuantos miles
de pobres del censo por cabezas, menos bocas habría que alimentar.
Y en ese momento, el tribuno de la plebe Lucio Apuleyo Saturnino convocó
la Asamblea plebeya y propuso una ley frumentaria: el Estado estaba obligado a
adquirir inmediatamente todo el trigo, cebada y mijo de Italia y la Galia
itálica y ponerlo a la venta al precio absurdamente módico de un sestercio por
modius. Naturalmente, Saturnino no hizo mención alguna de la imposibilidad
logística del transporte de mercancías desde la Galia itálica a las regiones al
sur de los Apeninos, ni del hecho de que al sur de los Apeninos casi no había
grano que comprar. Lo que él quería era la multitud y para ello tenía que
situarse ante ella como su único valedor.
La oposición casi no existía dada la ausencia de sesiones del Senado, ya
que la carestía de grano afectaba a todos los romanos de categoría inferior a
la de los ricos. Toda la cadena de alimentación y sus miembros estaban de parte
de Saturnino, igual que la tercera y cuarta clases y hasta muchas centurias de
la segunda clase. Ya en la segunda quincena de noviembre toda Roma estaba de
parte de Saturnino.
—¡Si la gente no puede comprar trigo no habrá pan! —gritaba el gremio de
molineros y panaderos.
—¡Si la gente pasa hambre no trabaja bien! —gritaba el gremio de la
construcción.
—Si la gente no puede alimentar a sus hijos, ¿qué será de sus esclavos?
—tronaba el gremio de los libertos.
—¡Si la gente tiene que dedicar todo el dinero a comida, no podrá pagar
el alquiler! —se lamentaba el gremio de caseros.
—Si la gente pasa tanta hambre que se entrega a asaltar tiendas y
puestos de mercados, ¿qué haremos? —se preguntaba el gremio del
comercio.
—¡Si la gente invade las huertas para buscar comida, no podremos
producir nada! —clamaba el gremio de hortelanos.
Porque no se trataba de una simple hambruna en la que murieran unos
cuantos miles de personas del censo por cabezas. Si el ciudadano medio y el
pobre no podían comer, ello repercutía en mil clases de negocios y profesiones.
En resumen, que una hambruna era un desastre económico. Pero el Senado no se
reunía ni en los templos, fuera del concurrido espacio del Foro, y dejó que
Saturnino propusiera una solución, solución basada en una falsa premisa: que
había grano para que lo adquiriese el Estado. El, personalmente, pensaba que sí
lo había, pues juzgaba que era una crisis totalmente prefabricada, imputable a
un pacto entre los padres de la patria del Senado y los capitostes de las
empresas abastecedoras de grano.
Los miles de rostros que llenaban el Foro se volvían hacia él como
girasoles, y Saturnino, dejándose arrebatar apasionadamente por la fuerza de su
oratoria, comenzó a creerse todo lo que vociferaba, a verse apoyado por toda
aquella multitud de rostros atentos y a maquinar una nueva modalidad de
gobierno. ¿Qué importaba realmente el consulado? ¿Qué importancia podían tener
los senadores, cuando la muchedumbre los obligaba a refugiarse en sus casas con
las orejas gachas? Con las apuestas en la mesa y los dados a punto de ser
arrojados, lo único que importaba era aquella multitud de rostros. Ellos eran
el auténtico poder, y los que creían tenerlo, únicamente lo tenían mientras lo
permitiese aquella multitud de rostros.
Así que, ¿qué importaba realmente el consulado? ¿Qué podía importar el
Senado? ¡Cháchara, humo, nada! No había en Roma ni en sus cercanías tropas,
salvo en los centros de reclutamiento de Capua. Los cónsules y el Senado no
conservaban el poder sin el respaldo de la fuerza de las armas ni de las masas.
El verdadero poder estaba allí en el Foro; allí estaban las masas para
respaldar el auténtico poder. ¿Por qué tenía uno que ser cónsul para ser el
primer hombre de Roma? ¡No hacía falta! ¿Se había dado cuenta de ello Cayo
Graco? ¿O le habían obligado a matarse antes de darse cuenta?
¡Yo seré el primer hombre de Roma!, pensó Saturnino contemplando
aquellos miles de rostros. Pero sin ser cónsul; simplemente como tribuno de la
plebe. Con el auténtico poder investido a los tribunos de la plebe y no a los
cónsules. Si Cayo Mario se hacía elegir cónsul prácticamente a perpetuidad,
¿qué iba a impedir que Lucio Apuleyo Saturnino se hiciera elegir tribuno de la
plebe a perpetuidad?
No obstante, Saturnino eligió un día tranquilo para aprobar su ley
frumentaria, principalmente porque no había perdido la capacidad para
comprender que la oposición a la distribución de grano barato debía seguir
pareciendo elitista y arbitraria, y, por consiguiente, no debía haber una gran
multitud en el Foro que diera al Senado ocasión de acusar a la Asamblea plebeya
de alborotos, desórdenes y violencia, para denunciar la invalidez de la ley.
Aún le dolía la segunda ley agraria, la deserción de Cayo Mario y el exilio de
Metelo el Numídico; que la ley siguiera inscrita en las tablillas era obra
suya, no de Cayo Mario, lo que le convertía en el verdadero artífice de las
concesiones de tierras a los veteranos de los ejércitos proletarios.
En noviembre había pocas fiestas, sobre todo fiestas en las que pudiesen
reunirse los comicios. Pero la ocasión de disponer de un día tranquilo se le
presentó al morir un caballero riquísimo. Sus hijos organizaron unos variados
juegos funerarios de gladiadores en su honor, y como escenario de los juegos,
en lugar del habitual del Foro, eligieron el Circo Flaminio para evitar las
muchedumbres que a diario se congregaban en el Foro.
Cepio hijo echó por tierra los planes de Saturnino. Se convocó la
Asamblea de la plebe y los presagios fueron favorables; en el Foro estaban los
habituales porque las masas habían acudido al Circo Flaminio y los otros
tribunos de la plebe estaban ocupados sacando a suertes el orden de votación de
las tribus. Saturnino estaba en la tribuna de los Espolones, exhortando a los
grupos de tribus que se iban congregando en la zona de comicios para que le
dieran el voto.
Dada la reiterada falta de reuniones del Senado, no se le había ocurrido
a Saturnino que hubiese miembros del mismo vigilando los acontecimientos del
Foro, salvo sus nueve colegas tribunos de la plebe, quienes, aquellos días, se
limitaban a hacer lo que les decía. Pero había algunos senadores que
sentían tanto desprecio como el propio Saturnino por la cobarde actitud
de la cámara. Eran todos gente joven, en el año de la cuestura o con dos años
más, y todos con aliados entre los hijos de senadores y de caballeros de la
primera clase; gente aun demasiado joven para ingresar en el Senado y ocupar
puestos de responsabilidad en las empresas paternas. Se reunían en grupos en
sus casas y eran Cepio hijo y Metelo el joven quienes los animaban, contando
con un consejero de confianza de más edad, que estructuraba lo que de otro modo
no habría pasado de ser una simple serie de exaltadas discusiones producto de
un excesivo consumo de vino.
Este consejero no tardó en convertirse en una especie de ídolo, pues
poseía las cualidades que tanto admiran los jóvenes: era audaz, intrépido,
flemático, sofisticado, tenía fama de vividor y mujeriego, era muy inteligente,
tenía estilo y un impresionante historial militar. Se llamaba Lucio Cornelio
Sila.
Hallándose Mario enfermo en Cumas desde un tiempo que ya parecían meses,
Sila se había dedicado a observar los acontecimientos de Roma de un modo que
Publio Rutilio Rufo, por ejemplo, jamás habría podido imaginar. Los motivos de
Sila no dimanaban exclusivamente de su lealtad a Mario. Después de su
conversación con Aurelia, había examinado objetivamente sus perspectivas de
ingresar en el Senado, llegando a la conclusión de que Aurelia tenía razón: él,
igual que Cayo Mario, sería lo que un hortelano llamaría fruta tardía. En cuyo
caso no tenía objeto que se buscase amistades y alianzas entre los senadores de
más edad que él. Escauro, por ejemplo, le resultaba inútil. ¡Y qué adecuada fue
esa decisión en concreto! Eso le mantendría alejado de la deliciosa esposa del
príncipe del Senado, ya madre de la niña Emilia Escaura. Al recibir la noticia
de que Escauro era padre de una niña, Sila había sentido un auténtico arrebato
de placer. Bien se lo merecía aquel chivo rijoso.
Pensando en salvaguardar su propio futuro político a la vez que
conservaba a Mario, Sila se dedicó a cortejar a la generación senatorial más
joven, centrándose en los más maleables, más influenciables, menos inteligentes
y más acaudalados de las principales familias, o en los tan engreídos que
fácilmente sucumbían a sus sutiles halagos. Sus primeros
objetivos fueron Cepio hijo y Metelo el joven; Cepio porque era un
patricio obtuso muy relacionado con jóvenes como Marco Livio Druso (a quien
Sila ni por un momento pensó en cortejar), y Metelo el joven porque estaba al
tanto de lo que sucedía en los ambientes de los boni. Nadie mejor que Sila
sabía cómo cortejar a los jóvenes, pese a que sus propósitos no encerrasen
ninguna intención sexual, y no tardó en tener una buena audiencia, adoptando un
acercamiento con un matiz de complacencia por sus juveniles actitudes, como si
insinuara que fuese a cambiar de idea y tomarlos en serio. Tampoco eran
adolescentes; los mayores tenían sólo siete u ocho años menos que él y el más
joven quince o dieciséis menos. Es decir, lo bastante mayores para considerarse
formados y lo bastante jóvenes para que Sila los desconcertara; un núcleo de
seguidores senatoriales que con el tiempo sería de gran utilidad para un hombre
dispuesto a ser cónsul.
En aquel momento, la principal preocupación de Sila era Saturnino, a
quien llevaba observando muy de cerca desde que las primeras multitudes
comenzaran a congregarse en el Foro y se iniciaran los primeros acosos a los
dignatarios togados. Que la lex Appuleia frumentaria hubiese sido aprobada o
no, no le preocupaba a Sila; lo que hacía falta, pensó, es que a Saturnino se
le demostrara que no iba a salirse con la suya.
Cuando unos cincuenta jóvenes de buena familia se reunieron en casa de
Metelo el joven la víspera del dia en que Saturnino pensaba aprobar la ley
frumentaria, Sila se mantuvo callado y escuchó lo que decían, adoptando un aire
de indolente regocijo, hasta que Cepio hijo se volvió hacia él y le preguntó
qué le parecía que debían hacer.
Su aspecto era magnífico, con aquel pelo rojo dorado, cortado para dar
mayor relieve a las ondas, y su impecable cutis blanco, con cejas y pestañas
oscuras (no sabían ellos que se las perfilaba con stibium porque de lo
contrario no se veían) en contraste, y aquellos ojos glaciales tan
obsesionantes como los de un gato.
—Creo que todo lo que decís es agua de borrajas —contestó.
Metelo el Meneitos hijo se había criado en el criterio de que Sila era
el simple peón de Mario, y, como buen romano, nada tenía contra alguien que
perteneciese a una facción; imaginaba que no se le podía desvincular de
la misma.
—No es que sea agua de borrajas, es que no sabemos cuál es la táctica
adecuada —graznó sin tartamudear.
—¿Os importa cierta violencia? —inquirió Sila.
—No si es para defender el derecho del Senado a decidir cómo ha de
gastarse el dinero público de Roma —contestó Cepio hijo.
—Pues de eso se trata —dijo Sila—. Al pueblo nunca se le ha concedido el
derecho a gastar el dinero de Roma. Que el pueblo haga las leyes, eso no lo
cuestionamos, pero es el Senado el que ostenta el derecho a denegar los fondos.
Si nos despojan de nuestro derecho a apretar las correas de la bolsa, no
tendremos poder alguno. El dinero es el único medio por el que podemos
convertir en impotentes las leyes del pueblo cuando no estemos de acuerdo con
ellas. Así nos enfrentamos a las leyes frumentarias de Cayo Graco.
—No podremos impedir que el Senado vote los fondos cuando se apruebe la
ley —dijo Metelo hijo sin tartamudear, porque entre sus íntimos nunca lo hacía.
—¡Claro que no! —dijo Sila—. Ni tampoco podremos impedir que la
aprueben. Pero, de todos modos, podemos demostrar a Lucio Apuleyo algo de
nuestra fuerza.
Así, mientras Saturnino arengaba a sus electores a que votasen
debidamente la lex Appuleia frumentaria, con la muchedumbre en el Circo
Flaminio y desarrollándose la votación tan rigurosamente como cualquier
consular habría podido exigir, Cepio hijo encabezaba un grupo de unos
doscientos partidarios hacia el bajo Foro Romano. Armados con bastones y palos
de madera, la mayoría eran musculosos individuos de papada caída, indicio de
ser ex gladiadores reducidos a la condición de alquilar sus servicios para una tarea
que requiriese fuerza o capacidad para ser peligrosos. Aunque los cincuenta
habían estado en casa de Metelo el Meneitos hijo la noche anterior, era Cepio
hijo quien los dirigía. Lucio Cornelio Sila no iba con ellos.
Saturnino se encogió de hombros y miró impasible cómo el grupo cruzaba
el Foro, se volvió hacia la saepta y desconvocó la asamblea.
—¡No habrá cabezas rotas por mi culpa! —gritó a los electores, que se
dispersaron alarmados—. ¡Id a casa y volved mañana! ¡Mañana aprobaremos la ley!
Al día siguiente, el censo por cabezas volvía a la zona de comicios,
ningún grupo de matones senatoriales se presentó a disolver la asamblea y la
ley fue aprobada.
—Lo único que pretendía hacer, redomado imbécil —dijo Saturnino a Cepio
hijo cuando se encontraron en el templo de Júpiter optimus Maximus en el que
Valerio Flaco había considerado que los padres conscriptos estarían a salvo de
la muchedumbre mientras trataban de la financiación de la lex Appuleia
frumentaria, era aprobar una ley en una asamblea legalmente convocada. No había
multitudes y el ambiente era pacífico; y los presagios, impecables. ¿Y qué
sucede? Vos y vuestros amigos cretinos irrumpís dispuestos a romper unas
cuantas cabezas. —Se volvió hacia los grupos de senadores que había cerca—. ¡No
me reprochéis que la ley tuviera que ser aprobada en medio de veinte mil
proletarios! ¡Reprochádselo a este loco!
—¡Este loco lo que se reprocha es no haber utilizado la fuerza, que es
lo que cuenta! —exclamó Cepio hijo—. ¡Tendría que haberos matado, Lucio
Apuleyo!
—Gracias por decirlo en presencia de estos testigos imparciales —dijo
Saturnino sonriendo—. Quinto Servilio Cepio hijo, os acuso formalmente de
traición menor por intentar obstruir las funciones de un tribuno de la plebe y
por amenazar la sacrosanta persona de un tribuno.
—Cabalgáis un caballo desbocado, Lucio Apuleyo —terció Sila—. ¡Bajad de
él antes de que os derribe!
—Acabo de presentar una acusación formal contra Quinto Servilio, padres
conscriptos —replicó Saturnino, haciendo caso omiso de Sila—, pero es asunto
del que se encargará el tribunal de traiciones. Hoy he venido a pedir fondos.
Pese a la seguridad del templo, sólo habría unos ochenta senadores y
ninguno de ellos importante. Saturnino los miró con desdén.
—Quiero fondos para comprar grano para el pueblo de Roma — continuó—. Si
no los hay en el Tesoro, sugiero que busquéis el modo de que os los presten.
¡Porque tendré esos fondos!
Saturnino consiguió el dinero. Congestionado y en medio de protestas, al
cuestor urbano Cepio hijo se le ordenó acuñar moneda urgentemente de una
reserva de lingotes de plata del templo de Ope y pagar el trigo sin más.
—Nos veremos ante el tribunal —dijo Saturnino con voz tranquila a Cepio
hijo al final de la sesión—, porque me concederé el gran placer de acusaros
personalmente.
Pero en esto se extralimitó, porque los caballeros jurados le tomaron
aversión y se predispusieron a favor de Cepio hijo, cuando la propia Fortuna
mostró que también ella le favorecía: en pleno discurso de la defensa llegó una
carta urgente de Esmirna anunciando que su padre Quinto Servilio Cepio acababa
de morir, con el inapreciable consuelo de su oro. Cepio hijo lloró amargamente,
el jurado se conmovió y le absolvió.
Había llegado la fecha de las elecciones, pero nadie quería celebrarlas
porque aún seguía congregándose la multitud a diario en el Foro, y los silos
seguían vacíos. El segundo cónsul Flaco persistió en que las elecciones se
aplazasen hasta que el tiempo demostrase que Cayo Mario era incapaz de
presidirlas. Sacerdote de Marte, Lucio Valerio Flaco tenía muy poco de marcial
para poner en peligro su vida presidiendo unas elecciones en aquellas
circunstancias.
Marco Antonio Orator había logrado grandes éxitos en su campaña de tres
años contra los piratas de Cilicia y Panfilia, concluyéndola con buen estilo
desde su cuartel general en la cosmopolita y culta ciudad de Atenas. Allí se le
había reunido su buen amigo Cayo Memio, quien, a su regreso a Roma después de
ser gobernador de Macedonia, se había visto procesado por la estafa del trigo
ante el tribunal de exacciones de Glaucia junto con Cayo Flavio Fimbria, su
compinche. Este había resultado abrumadoramente culpable, pero Memio tuvo la
suerte de ser declarado culpable por un voto
de diferencia y eligió Atenas para exiliarse, dado que su amigo Antonio
llevaba allí mucho tiempo y necesitaba su apoyo para apelar al Senado contra la
sentencia. Que pudiese costearse los gastos de tan costoso recurso se debió a
pura casualidad; siendo gobernador de Macedonia, se había prácticamente topado
con oro por valor de cien talentos, escondido en un pueblo tomado a los
escordiscos. Igual que Cepio en Tolosa, Memio no sintió necesidad alguna de
compartir el oro con nadie y se quedó con él, hasta que puso una parte en las
manos abiertas de Antonio en Atenas. Pocos meses después le llamaban de Roma y
recuperaba su silla de senador.
Como la guerra contra los piratas estaba prácticamente acabada, Cayo
Memio aguardó en Atenas a que llegara el momento de que Marco Antonio Orator
tuviera que regresar a Roma. Su amistad había dado frutos y juntos formaron
equipo para presentarse a las elecciones consulares.
A fines de noviembre Antonio acampó con su pequeño ejército en los
terrenos vacíos del Campo de Marte y exigió un triunfo, que el Senado — reunido
sin peligro en el templo de Belona para tratar el asunto— le concedió
complacido. Sin embargo, se comunicó a Antonio que su triunfo debía aplazarse
hasta después del décimo día de diciembre por no haberse celebrado aún las
elecciones tribunicias y hallarse todavía el Foro invadido por las multitudes
de proletarios. Esperaban que las elecciones se celebrasen y el nuevo colegio
asumiera el cargo el décimo día de diciembre, pero un desfile triunfal, tal
como estaban los ánimos en Roma, quedaba descartado.
Antonio comenzó a recelar la imposibilidad de presentarse a las
elecciones consulares, pues hasta que se celebrase su triunfo tenía que
permanecer fuera del pomerium, límite sagrado de la ciudad. Conservaba su
imperium, pero esto le situaba en la misma posición que los reyes extranjeros
que no podían entrar en Roma. Y si no podía entrar en la ciudad, no podía
proclamarse candidato a las elecciones consulares.
No obstante, sus éxitos en la guerra le habían hecho muy popular entre
los mercaderes de trigo y otros comerciantes, ya que el tráfico en el
Mediterráneo era más seguro y previsible que cincuenta años antes. Si podía
presentarse a las elecciones, tenía grandes posibilidades de ser
elegido primer cónsul, incluso frente a Cayo Mario. Y, pese a su
participación en la estafa del trigo, las posibilidades de Cayo Memio tampoco
eran malas porque había sido un intrépido enemigo de los partidarios de Yugurta
y se había enfrentado encarnizadamente a Cepio cuando devolvió el tribunal de
extorsiones al Senado. Eran, como había comentado Catulo César a Escauro,
príncipe del Senado, una pareja tan aceptable para los caballeros que
constituían la mayoría de la primera y segunda clase, como para los boni, y
ambos infinitamente preferibles a Cayo Mario. Porque, evidentemente, todos
esperaban que Cayo Mario apareciese en Roma en el último momento, dispuesto a
presentarse candidato a su séptimo consulado. Lo del infarto estaba comprobado,
pero no parecía haberle incapacitado notablemente, y los que habían ido a Cumas
a verle, habían vuelto convencidos de que no había afectado para nada a sus
facultades mentales. A nadie le cabía la menor duda de que Mario fuese a
presentarse como candidato.
La idea de presentar al electorado un par de candidatos deseosos de
trabajar en equipo atraía enormemente a los padres de la patria; con Antonio y
Memio juntos cabía la posibilidad de arrebatarle a Mario la silla curul. Pero
el inconveniente estaba en que Antonio se negaba a renunciar a su triunfo en
beneficio del consulado, cediendo el imperium para cruzar el pomerium y
declararse candidato.
—Puedo presentarme al consulado el año que viene —dijo cuando Catulo
César y Escauro, príncipe del Senado, vinieron a verle al Campo de Marte—. El
triunfo es más importante... Seguramente no volveré a participar en mi vida en
una guerra importante.
Y no hubo manera de sacarle de ahí.
—De acuerdo —dijo Escauro a Catulo César al salir, abatidos, del
campamento de Antonio—, tendremos que flexibilizar un poco las reglas. Cayo
Mario no ha parado mientes quebrantándolas, ¿por qué nosotros vamos a ser tan
escrupulosos con lo que hay en juego?
Pero fue Catulo César quien propuso la solución a la cámara, reuniendo
suficientes senadores para que hubiese consenso en otro lugar seguro, el templo
de Júpiter Stator, cerca del Circo Flaminio.
—Vivimos tiempos difíciles —dijo Catulo César—. Normalmente todos los
candidatos a las magistraturas curules deben presentarse ante el Senado y el
pueblo en el Foro para declarar su candidatura. Lamentablemente, la carestía
del trigo y las continuas manifestaciones en el Foro lo inhabilitan como lugar
de reunión. Solicito humildemente a los padres conscriptos el cambio de
ubicación del tribunal de presentación de los candidatos, ¡únicamente por este
año excepcional!, y que se efectúe una convocatoria excepcional de la asamblea
centuriada en la saepta del Campo de Marte. ¡Algo hay que hacer para celebrar
las elecciones! Si trasladamos la ceremonia de los candidatos curules a la
saepta, algo es algo y así podremos cumplir el requisito de un lapso entre la
presentación de candidatos y las elecciones. Sería además una deferencia hacia
Marco Antonio, que quiere ser candidato al consulado y no puede cruzar el
pomerium sin renunciar a su triunfo, y no puede celebrarlo por los disturbios
causados por la hambruna. Esperemos que la muchedumbre vuelva a sus casas
después de que se elijan a los tribunos de la plebe y éstos ocupen sus cargos.
Así Marco Antonio podrá celebrar el triunfo en cuanto asuma el cargo el nuevo
colegio y luego celebramos las elecciones curules.
—¿Por qué estáis tan seguro de que la multitud volverá a sus casas
después de que el colegio de tribunos de la plebe asuma el cargo, Quinto
Lutacio? —inquirió Saturnino.
—¡Yo diría que nadie más adecuado para contestar a eso, Lucio Apuleyo!
—espetó Catulo César—. ¡Porque sois vos quien la atraéis al Foro, vos quien la
arengáis con promesas que ni vos ni esta augusta cámara pueden cumplir! ¿Cómo
vamos a comprar un trigo que no existe?
—Aun después de concluir mi mandato, seguiré hablando a la multitud
—replicó Saturnino.
—No lo haréis —exclamó Catulo César—. ¡Cuando volváis a ser un privatus,
Lucio Apuleyo, aunque tarde un mes y me hagan falta cien hombres, encontraré
alguna ley escrita en las tablillas o algún precedente por el que se considere
ilegal que habléis desde la tribuna ni de ningún sitio del Foro!
Saturnino se echó a reír a carcajadas interminables, sin que nadie
creyese que la cosa realmente le divirtiera.
—¡Podéis rebuscar en vuestro corazón, Quinto Lutacio! Es igual. ¡No voy
a ser un privatus cuando concluya el año del cargo de tribuno, porque volveré a
ser tribuno de la plebe! ¡Sí, voy a seguir el ejemplo de Cayo Mario y sin
impedimentos legales para que claméis por mi cabeza! ¡No hay nada que impida
ser tribuno de la plebe varias veces seguidas!
—Hay costumbres y tradiciones —terció Escauro—, suficientes para impedir
a todos, salvo a vos y a Cayo Graco, presentarse a un tercer mandato. Y debíais
recordar lo que le sucedió a Cayo Graco, que murió en el bosque Furrina en
compañía de un solo esclavo.
—Yo tendré mejor compañía —replicó Saturnino—. Los de Picenum nos
mantenemos unidos, ¿no es cierto, Tito Labieno?, ¿no es cierto, Cayo Saufeio?
¡No os desharéis tan fácilmente de nosotros!
—No tentéis a los dioses —dijo Escauro—; siempre responden al desafío de
los mortales.
—¡No me asustan los dioses, Marco Emilio! Los dioses están de mi parte
—replicó Saturnino, abandonando la sesión.
—Yo ya le dije que cabalga en un caballo desbocado, camino de la caída
—dijo Sila, al pasar junto a Escauro y Catulo César.
—Y él —dijo Catulo César a Escauro cuando Sila ya no podía oírlos. —Y la
mitad del Senado, si pudiéramos saberlo —añadió Escauro,
dirigiendo una mirada en derredor—. ¡Quinto Lutacio, qué bonito es este
templo! Un buen mérito a la memoria de Metelo el Macedónico. Pero hoy ha sido
un triste escenario con la ausencia de Metelo el Numídico. Vamos —dijo más
animado, tras encogerse de hombros—, vamos a dar alcance a nuestro estimado
segundo cónsul antes de que se encierre en lo más recóndito de su morada. Que
haga el sacrificio a Marte y a Júpiter Optimus Maximus, si es que podemos, de
suovetaurilia blancos para propiciar la aprobación divina de celebrar la
ceremonia de la candidatura consular en el Campo de Marte.
—¿Quién va a firmar la factura de una vaca blanca, un cerdo blanco y una
oveja blanca? —inquirió Catulo César acercándose a ellos—. Los
cuestores del Tesoro van a chillar más que las víctimas propiciatorias.
—Bah, yo creo que puede pagar el conejo blanco de Lucio Valerio, que
tiene acceso a Marte —contestó sonriente Escauro.
El último día de noviembre llegó un mensaje de Cayo Mario convocando
reunión del Senado al día siguiente en la Curia Hostilia. En esta ocasión, la
agitación del Foro no impidió que los padres conscriptos acudieran a la sesión,
porque todos estaban deseando ver cómo se encontraba Mario. La cámara estaba al
pleno y los senadores se personaron antes del alba en las calendas de diciembre
para llegar antes que él, haciéndose toda clase de especulaciones mientras
aguardaban su aparición.
Fue el último en entrar. La misma estatura, los mismos anchos hombros,
altivo como nunca; nada en su paso denotaba la invalidez, y su mano izquierda
recogía con toda normalidad los pliegues de su toga bordada de púrpura. Si,
pero lo llevaba escrito en su cara: el lado derecho, con su ceja
característica, pero el izquierdo, un remedo lamentable.
Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, comenzó a aplaudir; la
primera palmada resonó en la vieja bóveda de vigas y murió en el tosco vientre
de placas de terracota que formaban el techo. Uno tras otro se fueron sumando
los padres conscriptos, de forma que cuando Mario llegaba a su silla curul toda
la cámara era un aplauso. No sonreía, pues habría sido acentuar a tal extremo
la asimetría de payaso del rostro, que cada vez que lo hacía veía asomar
lágrimas a los ojos de quien le contemplaba, fuese Julia o Sila. Se limitó a
permanecer de pie junto a la silla de marfil, haciendo majestuosas reverencias
hasta que cesó la ovación.
Escauro se puso en pie, esgrimiendo una amplia sonrisa.
—¡Cayo Mario, nos alegramos de veros! Esta cámara ha estado estos
últimos meses apagada como un día de lluvia. Como portavoz, me complazco en
daros la bienvenida.
—Os doy las gracias, príncipe del Senado, padres conscriptos, colegas
magistrados —respondió Mario con voz clara y sin farfullar. Pese a su
continencia, una leve sonrisa levantó el lado derecho de su boca, mientras el
izquierdo permanecía tristemente caído—. Si para vosotros es un placer
darme la bienvenida, para mí constituye aún mayor placer volver a estar
en Roma. Como veis, he estado enfermo. —Lanzó un profundo suspiro que todos
oyeron, mientras él sentía un temblor de tristeza recorrerle medio cuerpo—.
Aunque la enfermedad ya ha pasado, quedan las secuelas. Por eso, antes de abrir
la sesión y disponernos a tratar los asuntos que parecen requerir nuestra más
acuciante atención, quiero manifestar algo. No voy a tratar de ser reelegido
cónsul por dos razones: primera, porque las circunstancias excepcionales a que
se enfrentaba el Estado, y que hicieron que se me concediera el honor sin
precedentes de tantos consulados sucesivos, ya han desaparecido
definitivamente. La segunda, porque no considero que mi salud me permita
desempeñar debidamente mis funciones. Es evidente la responsabilidad que me
atañe por el caos actual de Roma. De haber estado yo aquí, la presencia del
primer cónsul habría paliado la situación. Por eso hay un primer cónsul. No es
que acuse a Lucio Valerio, a Marco Emilio ni a ningún miembro de esta cámara.
Pero es el primer cónsul quien debe dirigir y a mi me ha sido imposible. Eso me
ha servido para darme cuenta de que no debo intentar la reelección. Que el
cargo de primer cónsul lo ocupe un hombre sano.
Nadie decía una palabra. Nadie se movía. Si su cara torcida había
corroborado los rumores, la perplejidad que ahora se apoderaba de todos era
prueba del ascendiente que se había ganado sobre ellos durante aquellos cinco
años. ¿Un Senado sin Cayo Mario en la silla curul? ¡Impensable!
Incluso Escauro, príncipe del Senado, y Catulo César estaban
estupefactos.
En aquel momento se oyó una voz procedente de las sillas a espaldas de
Escauro.
—Bi... bi... bien. Ahora mi pa... pa... dre pu... pu... ede volver —dijo
Metelo.
—Os doy las gracias por el cumplido, joven Metelo —dijo Mario mirándole
a la cara—. Inferís que es sólo por culpa mia por lo que vuestro padre está
exiliado en Rodas, pero no es así, ¿sabéis? Es la ley la que mantiene a Quinto
Cecilio el Numídico en el exilio. ¡Y conmino a todos los
miembros de esta augusta cámara a recordarlo! ¡Porque yo no sea cónsul
no se derogarán decretos, plebiscitos ni leyes!
—¡Qué estúpido! —musitó Escauro a Catulo César—. Si no hubiese dicho
eso, habríamos podido traer bajo cuerda a Quinto Cecilio a primeros del año que
viene, pero ahora no lo consentirán. Creo que ya es hora de que el joven Metelo
tenga un apodo.
—¿Cuál? —inquirió Catulo César.
—Pi... pi... pío —contestó Escauro con sorna—. ¡Metelo el Pío, que sólo
anhela que su tata vuelva a casa!
Fue extraordinario ver cómo la cámara se ponía manos a la obra ahora que
Mario ocupaba la silla curul; era extraordinaria aquella sensación de bienestar
que impregnaba a los miembros del Senado, como si, de pronto, ya no importase
tanto la muchedumbre de afuera.
Informado del cambio efectuado para la presentación de los candidatos
curules, Mario se limitó a dar su consentimiento con una inclinación de cabeza
y ordenar a Saturnino que convocase a la Asamblea plebeya para elegir algunos
magistrados, ya que hasta que éstos no estuvieran nombrados no se podían elegir
otros.
Tras lo cual, Mario se volvió hacia Cayo Servilio Glaucia, que estaba
sentado a su espalda y a la izquierda, en su silla de pretor urbano.
—Me ha llegado el rumor, Cayo Servilio —le dijo— de que tratáis de
acceder al consulado sobre la base de ciertos epígrafes nulos que supuestamente
habéis encontrado en la lex Villia. Os ruego que no lo hagáis. La lex Villia
annalis estipula inequívocamente que el candidato debe esperar dos años entre
el final de su pretorado y el consulado.
—¡Quién fue a hablar! —replicó Glaucia, atónito, conteniendo un grito al
encontrarse con tal oposición en un sector senatorial en el que esperaba haber
encontrado apoyo—. ¿Cómo podéis tener el cinismo, Cayo Mario, de acusarme de
intentar violar la lex Villia, cuando vos la habéis transgredido de hecho cinco
años seguidos? ¡Si la lex Villia es válida, hay que añadir que inequívocamente
estipula que nadie que haya sido cónsul puede aspirar al cargo hasta haber
transcurrido un plazo de diez años!
—Yo no busqué el consulado después de la primera vez, Cayo Servilio
—contestó Mario sin levantar la voz—. Se me concedió, ¡y tres veces in
absentia!, a causa de los germanos. Cuando se produce una situación excepcional
quedan en suspenso toda clase de costumbres, ¡hasta las leyes! Pero una vez que
el peligro ha pasado, todas esas medidas extraordinarias deben cesar.
—¡Ja, ja, ja! —se oyó decir a Metelo el Meneitos hijo desde la parte de
atrás, en perfecta consonancia con su defecto oral.
—Ha llegado la paz, padres conscriptos —añadió Mario como si nadie
hubiese intervenido—, y por consiguiente debemos reanudar el proceso normal de
un gobierno normal. Cayo Servilio, la ley os prohibe ser candidato al
consulado, y como presidente oficial de las elecciones no aceptaré vuestra
candidatura. Os ruego que lo toméis como una sincera advertencia y que
renunciéis a esa idea porque está fuera de lugar. Roma necesita legisladores de
vuestro talento, y no se pueden hacer las leyes si se violan.
—¡Te lo dije! —terció Saturnino con voz audible.
—No puede impedírmelo ni él ni nadie —replicó Glaucia con voz que todos
oyeron.
—Te lo impedirá —añadió Saturnino.
—En cuanto a vos, Lucio Apuleyo —dijo Mario, volviéndose hacia el banco
de los tribunos—, me ha llegado el rumor de que pensáis ser por tercera vez
tribuno de la plebe. Bien, eso no va contra la ley y no puedo impedíroslo, pero
si que puedo pediros que desechéis la idea. No deis una nueva interpretación al
sentido de la palabra "demagogo". Lo que habéis hecho estos últimos
meses no es la habitual tarea política de un miembro del Senado de Roma. Con el
acervo de leyes y la ingente habilidad que hemos alcanzado para hacer funcionar
los dientes y ruedas del gobierno en interés de Roma, no hay necesidad de
explotar la simpleza política del populacho. Son gentes incautas que no debemos
corromper y es nuestro deber cuidarlos sin utilizarlos para alcanzar nuestros
propósitos políticos.
—¿Habéis terminado? —inquirió Saturnino.
—De momento, sí, Lucio Apuleyo.
Y tal como lo había dicho, podía interpretarse de muchas maneras.
Bien, ya estaba hecho, pensó mientras regresaba a casa con un laborioso
paso que había adoptado para disimular la leve tendencia a arrastrar el pie
izquierdo. Qué extraños y horribles habían sido aquellos meses en Cumas,
escondiéndose de la gente por no poder soportar su espanto, su compasión y su
maligna satisfacción. Pero los más insoportables eran los que, por su cariño,
sentían pena, como Publio Rutilio. La dulce y cariñosa Julia se había
convertido en una déspota irreductible que prohibía a todos, Publio Rutilio
incluido, pronunciar una sola palabra de política o de asuntos públicos. No se
había enterado de la falta de trigo, no se había enterado de las zalemas de
Saturnino con las masas; su vida había quedado reducida a un austero régimen de
dieta, ejercicio y lectura de los clásicos. En lugar de un buen trozo de tocino
con pan frito, había tenido que alimentarse a base de sandía, porque Julia
decía que depuraba los riñones; en lugar de ir a la Curia Hostilia, había dado
paseos por Baiae y Misenum; en lugar de leer los informes senatoriales y los
despachos provinciales, se había enfrascado en Isócrates, Herodoto y Tucídides,
para acabar por no creer a ninguno, porque no le parecían hombres de acción,
sino simples eruditos.
Pero había dado resultado. Y poco a poco fue mejorando. Aunque nunca más
volvería a ser el mismo; nunca más podría mover el lado izquierdo de la boca;
nunca más podría disimular el hecho de que estaba cansado. El traidor que
albergaba su cuerpo le había marcado a los ojos de los demás. Fue esto lo que
finalmente le impulsó a rebelarse. Y Julia, que no salía de su asombro por lo
dócil que se había mostrado, cedió inmediatamente. Por eso había mandado llamar
a Publio Rutilio y había vuelto a Roma a recomponerlo todo lo mejor posible.
Desde luego sabía que Saturnino se mantendría retirado, pero se había
sentido obligado a hacerle la advertencia. En cuanto a Glaucia, no consentiría
que le eligieran; por ese lado no había que preocuparse. Ahora, al menos,
podrían celebrarse las elecciones una vez que los tribunos de la plebe
asumieran el cargo el día anterior a los Nones y los cuestores en los Nones.
Eran elecciones problemáticas porque había que celebrarlas en la
zona de comicios del Foro, en donde se arremolinaba a diario la
multitud, gritando obscenidades y arrojando porquerías a los togados,
esgrimiendo el puño, mientras escuchaban arrobados a Saturnino.
No, a Cayo Mario no le habían abucheado ni silbado. Él había cruzado
aquella multitud camino de su casa después de la memorable sesión, y había
sentido su cálido afecto. Nadie de condición inferior a los de la segunda clase
miraría con desaire a Cayo Mario: él era un héroe como los hermanos Graco. Y
había quienes al ver su rostro lloraban por los estragos de la enfermedad; y
quienes nunca le habían visto en persona y pensaban que siempre había tenido
aquella cara, que aún le admiraban más. Pero nadie se atrevía a tocarle y todos
se apartaban para dejarle paso, mientras él caminaba orgulloso y modesto a la
vez, llegándoles al corazón y a la mente. Era una comunión muda. Saturnino le
observaba pensativo desde la tribuna de los Espolones.
—La masa es un fenómeno pavoroso, ¿no es cierto? —dijo Sila a Mario
aquella noche mientras cenaban con Publio Rutilio Rufo yJulia.
—Es el signo de los tiempos —comentó Rutilio.
—Es signo de que los hemos decepcionado —añadió Mario frunciendo el
entrecejo—. Roma necesita un descanso. Desde la época de Cayo Graco no hemos
cesado de encontrarnos con algún tipo de grave dificultad: Yugurta, los
germanos, los escordiscos, el descontento de los itálicos, las sublevaciones de
esclavos, piratas, carestía del trigo... la lista es interminable. Necesitamos
un respiro, cierto tiempo para dedicarlo a Roma y olvidarnos de nosotros.
Esperemos que así sea. Al menos cuando mejore el abastecimiento de grano.
—Tengo un recado de Aurelia —dijo Sila.
Mario, Julia y Rutilio Rufo se volvieron, mirándole curiosos.
—¿Es que la ves, Lucio Cornelio? —inquirió Rutilio Rufo en su papel de
celoso tio.
—¡No os pongáis paternalista, Publio Rutilio, no hay necesidad! Sí, la
veo de vez en cuando. Necesita alguien que comprenda su situación y por eso voy
a verla. Ella está vinculada al Subura, que es también mi mundo —
dijo con toda naturalidad—. Conservo amigos allí, así que ir a verla me
viene de paso como quien dice.
—¡Oh, habría debido de invitarla! —exclamó Julia, consternada por su
descuido—. Nos olvidamos de ella sin darnos cuenta.
—Ella se hace cargo —dijo Sila—. No me malinterpretéis, pero a ella le
gusta su mundo; aunque le complace estar al tanto de lo que sucede en el Foro y
de eso me encargo yo. Vos sois su tío, Publio Rutilio, y es lógico que le
ocultéis los problemas, mientras que yo se lo cuento todo. Es sumamente
inteligente.
—¿Cuál es el recado? —inquirió Mario.
—Es de su amigo Lucio Decumio, el hombrecillo encargado del colegio de
la encrucijada en su ínsula, y dice algo así como que si creéis que el Foro lo
invade la multitud, aún no habéis visto nada. El día de las elecciones
tribunicias el mar de rostros se convertirá en un océano.
Lucio Decumio tenía razón. Al salir el sol, Cayo Mario y Lucio Cornelio
Sila se encaminaron al Arx capitolino y se acodaron en la barandilla del
acantilado de la Lautumiae para contemplar el Foro Romano a sus pies. Era un
verdadero océano de gentes apiñadas, desde el Clivus Capitolinus hasta el
Velia. Era una muchedumbre tranquila, siniestra, amenazadora e impresionante.
—¿Por qué? —exclamó Mario.
—Según Lucio Decumio, para que se note su presencia. Se van a reunir los
comicios para elegir a los nuevos tribunos de la plebe, han oído que Saturnino
va a presentarse y piensan que es su mejor oportunidad para llenar el estómago.
La hambruna apenas ha empezado, Cayo Mario, y no quieren pasar hambre —contestó
Sila con voz monocorde.
—¡Pero no pueden influir en el resultado de una elección efectuada por
las tribus, de igual modo que tampoco en las elecciones centuriadas! Casi todos
deben pertenecer a las cuatro tribus urbanas.
—Cierto. Y no habrá muchos electores de las treinta y una tribus
rurales, aparte de los que viven en Roma —dijo Sila—. Hoy no hay ambiente
festivo para atraer a votantes rurales, así que, en realidad, votarán
un puñado de esos que vemos. Y lo saben; pero no han venido a votar. Han
venido para hacernos saber que están ahí.
—¿Es idea de Saturnino? —inquirió Mario.
—No. La multitud que le sigue es la que viste en las calendas y todos
los días siguientes. Los cagones y meones, los llamo yo. Escoria, miembros de
los colegios de encrucijadas, ex gladiadores, ladrones y descontentos, tenderos
crédulos que padecen de falta de dinero, libertos hartos de rebajarse ante sus
antiguos amos y muchos que creen que pueden ganarse un par de denarios
manteniendo a Lucio Apuleyo en el cargo de tribuno de la plebe.
—En realidad son más —dijo Mario—. Son los devotos seguidores del que
desde la tribuna se los ha tomado en serio por primera vez —dijo Mario, echando
el peso del cuerpo sobre el inválido pie izquierdo—. Pero los que han acudido
hoy no son seguidores de Lucio Apuleyo Saturnino, no son seguidores de nadie.
¡Por los dioses, no había tantos cimbros en el campo de Vercellae! Y no tengo
ejército, sino una simple toga bordada de púrpura. Disuasoria idea.
—Lo es, en efecto —añadió Sila.
—Aunque, no se... Quizá mi toga bordada de púrpura sea todo lo que el
ejército necesita. De repente, Lucio Cornelio, estoy viendo a Roma bajo una luz
totalmente distinta. Hoy la gente ha acudido al Foro para que la veamos; pero
todos los días andan por la ciudad ocupándose de sus asuntos y en cuestión de
una hora pueden congregarse ahí para que los veamos. ¿Y creemos gobernarlos?
—Y lo hacemos, Cayo Mario. Ellos son incapaces de gobernarse. Se dejan
gobernar. Pero Cayo Graco les dio pan barato y los ediles les ofrecen buenos
juegos y espectáculos. Y ahora llega Saturnino y les promete pan barato en
plena hambruna; no puede cumplir su promesa y empiezan a sospecharlo. Que es el
motivo por el que han venido para que los veamos durante sus elecciones —dijo
Sila.
—Son un toro gigante pero apacible —añadió Mario, que había dado con
aquella metáfora—. Viene a ti cuando te ve con un cubo en la mano, porque lo
que le interesa es el alimento que hay en él, pero cuando descubre
que el cubo está vacío, no se revuelve rabioso a cornearte, sino que
piensa que has escondido el alimento sobre tu persona y te aplasta mortalmente
sin apenas darse cuenta de que te destroza bajo sus pezuñas.
—Saturnino lleva un cubo vacío —dijo Sila.
—Exactamente —añadió Mario, dando la espalda a la barandilla—.
Vamos, Lucio Cornelio; cojamos el toro por los cuernos.
—¡Y esperemos que no tenga heno en ellos! —replicó Sila sonriendo. Nadie
de la multitud puso trabas para que circularan los senadores y los
ciudadanos politizados que acudían a votar a la zona de comicios;
mientras Mario subía a la tribuna de los Espolones, Sila fue a la escalinata
del Senado con el resto de los senadores patricios. Los electores de la
Asamblea plebeya se encontraron aquel día en una isla rodeada por un mar de
observadores bastante silenciosos, una isla en la que la tribuna de los
Espolones surgía como un escollo en el océano. Indudablemente se esperaban unos
cuantos miles de la morralla de Saturnino y por ello muchos senadores y
electores llevaban puñales y porras bajo la toga, en particular el pequeño clan
de jóvenes boni conservadores de Cepio hijo. Pero aquello no eran las hordas de
Saturnino: era el populacho de Roma en manifestación de protesta. De pronto
cundió la impresión de que había sido un error acudir con puñales y porras.
Los veinte candidatos a la elección de tribuno de la plebe fueron
compareciendo uno a uno, atentamente observados por Mario. El primero en
hacerlo fue el tribuno presidente, Lucio Apuleyo Saturnino, al que la multitud
comenzó a aclamar de forma ensordecedora, recibimiento que le causó una
evidente sorpresa, como reparó Mario al cambiarse de sitio para poderle ver la
cara. Saturnino estaba sin duda pensando en aquellos partidarios tan numerosos.
¿Qué no sería capaz de hacer respaldado por trescientos mil romanos del
populacho? ¿Quién tendría valor para impedir que asumiera el cargo de tribuno
de la plebe con aquella multitud dándole la aprobación?
Los que siguieron a Saturnino declarando su candidatura fueron recibidos
con un silencio indiferente: Publio Furio, Quinto Pompeyo Rufo, de los Pompeyos
de Picenum, Sixto Titio, de orígen samnita, y el pelirrojo
de ojos grises y aire aristocrático Marco Porcio Catón Saloniano, nieto
del campesino tusculano Catón el censor y biznieto de un esclavo celta.
El último en presentarse fue nada menos que Lucio Equitio, el curioso
bastardo de Tiberio Graco a quien Metelo el Numídico había querido excluir de
la lista del ordo equester. La multitud reanudó sus vítores en oleadas
entusiásticas ante aquel legado del recordado Tiberio Graco. Mario comprobó lo
acertada que era su metáfora del gigantesco toro manso, pues la muchedumbre
comenzó a abalanzarse sobre Lucio Equitio, de pie en la tribuna, con absoluta
ignorancia del poder que representaba. La inexorable ola achuchó a los que
estaban en la zona de votación y sus inmediaciones, apiñándolos aún más.
Modestas olas de pánico comenzaron a surgir entre los que iban a votar al notar
aquella sensación angustiosa de terror irrefrenable que se siente en medio de
una fuerza imposible de resistir.
Mientras todos permanecían paralizados, el parapléjico Mario dio
apresuradamente un paso al frente y abrió brazos y manos, con las palmas
dirigidas a la multitud, en gesto imperativo para que se detuviera. La
muchedumbre se detuvo en seco y la avalancha disminuyó un tanto; ahora los
vítores eran para Cayo Mario, el primer hombre de Roma, el tercer fundador de
la urbe, el vencedor de los germanos.
—¡Rápido, estúpido! —espetó Mario a Saturnino, que seguía como arrobado
y en trance por los gritos de aquellas gargantas vitoreantes—. ¡Decid que
habéis oído truenos o lo que sea para desconvocar la asamblea! ¡Si no sacamos a
los electores de aquí, la multitud los aplastará! —Luego hizo que los heraldos
tocasen las trompetas y, en el silencio que se hizo después, alzó sus manos
otra vez—. ¡Truenos! —gritó—. ¡Mañana se procederá a la votación! ¡Id a
vuestras casas, pueblo de Roma! ¡A casa, a casa!
Y la multitud se marchó a casa.
Afortunadamente, la mayoría de los senadores se habían refugiado en la
Curia, a donde Mario los siguió tan pronto como pudo abrirse paso. Advirtió que
Saturnino había bajado de la tribuna y caminaba sin temor por entre las fauces
de la multitud, sonriendo y abriendo los brazos como uno de aquellos místicos
pisidianos que creían en la imposición de manos. ¿Y
Glaucia, el pretor urbano? Había subido a la tribuna de los Espolones y
observaba a Saturnino en el baño de multitudes, con una inmensa sonrisa.
Los rostros que se volvieron hacia Mario cuando entró en la Curia
estaban pálidos y más serios que sonrientes.
—¡Vaya tinaja de pepinillos! —exclamó Escauro, príncipe del Senado, tan
tieso como de costumbre, pero algo acobardado.
—¡Os ruego que os marchéis a vuestras casas! —dijo Mario con firmeza,
mirando a los grupos de senadores—. La muchedumbre no os hará nada, pero id por
el Argiletum aunque vayáis camino del Palatino. El único inconveniente será una
buena caminata hasta casa. ¡Vamos, marchaos!
A los que quería que se quedasen les fue dando en el hombro; eran sólo
Sila, Escauro, Metelo Caprario el censor, Ahenobarbo, pontífice máximo, Craso
Orator y Escévola, primo de Craso, que eran los ediles curules. Notó que,
curiosamente, Sila se acercaba a Cepio hijo y a Metelo el joven, les susurraba
algo y les daba en la espalda lo que le pareció unas sospechosas palmadas
afectuosas cuando salían del edificio. Tengo que enterarme de lo que está
sucediendo —se dijo Mario—, pero más tarde; cuando tenga tiempo. Si es que lo
tengo, dadas las circunstancias.
—Bien, hoy hemos visto algo desconocido para nosotros —dijo—. Pavoroso,
¿no es cierto?
—No creo que sean de temer —replicó Sila.
—Ni yo —añadió Mario—, pero siguen siendo un toro gigantesco que no
conoce su propia fuerza —añadió dirigiendo un gesto al escriba mayor
—. Mandad a alguien inmediatamente al Foro y que venga el presidente del
colegio de lictores.
—¿Qué sugerís que hagamos? —inquirió Escauro—. ¿Aplazar las elecciones
plebeyas?
—No, más vale que las celebremos y nos las quitemos de encima —
respondió Mario, decidido—. En este momento el toro de la muchedumbre es una
bestia mansa, pero ¿quién sabe hasta qué extremo puede enfurecerse si se
acentúa el hambre? No esperemos a que tenga heno en los cuernos como indicio de
que cornea, porque nos cornearía mortalmente. He mandado llamar al comandante
de los lictores porque creo que lo mejor es
engañar al toro mañana con una barrera que pueda saltar. Haré que los
esclavos del servicio público trabajen toda la noche y monten una inocua
barrera en torno a la zona de votaciones y el espacio entre ésta y las gradas
del Senado, como las que ponemos en el Foro para impedir que el público invada
el área de combate durante los juegos funerarios, porque a eso están
acostumbrados y no lo considerarán una muestra de temor por nuestra parte.
Luego situaré a todos los lictores urbanos en la parte interior del perímetro,
con sus túnicas rojas y sin toga, y únicamente armados de bastones. Hagamos lo
que hagamos, no debemos dar la impresión al peligroso toro de que es más grande
y más fuerte que nosotros, porque los toros piensan, ¿sabéis? Mañana celebramos
las elecciones tribunicias, y poco me importa si sólo acuden treinta y cinco
personas a votar. Lo que quiere decir que cuando vayáis a vuestras casas,
paséis a visitar a los senadores que conozcáis en la vecindad para que mañana
acudan a votar. Así tendremos la seguridad de que hay al menos un miembro de
cada tribu. Será una votación exigua, pero una votación en cualquier caso. ¿Lo
habéis entendido todos?
—Entendido —contestó Escauro.
—¿Dónde está hoy Quinto Lutacio? —preguntó Sila a Escauro.
—Creo que se encuentra enfermo —contestó éste—. Debe de ser verdad
porque no es ningún pusilánime.
Mario miró al censor Metelo Caprario.
—En vos, Cayo Cecilio, recaerá mañana la peor tarea —dijo—, pues cuando
Equitio se declare candidato, yo os preguntaré si se lo permitís. ¿Qué diréis?
—Responderé que no, Cayo Mario —contestó Caprario sin vacilar—. ¿Elegido
tribuno de la plebe un hombre que ha sido esclavo? Es impensable.
—Muy bien, eso es todo. Gracias —dijo Mario—. Podéis marcharos, y mañana
traed a todos vuestros atemorizados colegas. Lucio Cornelio, quedaos, porque
voy a encargaros de los lictores y conviene que estéis presente cuando llegue
el que los manda.
La multitud volvió a invadir el Foro al amanecer y se encontró con la
zona de comicios delimitada por la cerca de estacas y cuerdas que veía siempre
que allí se celebraban los combates de gladiadores en honor de algún fallecido
famoso. Cada determinado número de pasos dentro del perímetro había apostado un
lictor en túnica carmesí con un largo palo. Nada de particular había en ello. Y
cuando Cayo Mario dio un paso al frente y explicó a voces que no quería que
nadie pereciese aplastado, la aclamación fue tan estentórea como el día
anterior. Lo que no veía la muchedumbre era el grupo que había dentro de la
Curia Hostilia, alojado allí por Sila mucho antes del amanecer y formado por
cincuenta miembros jóvenes de la primera clase, todos con coraza y casco, espada,
puñal y escudo. El enardecido Cepio hijo era el lugarteniente, pues Sila
ostentaba el mando.
—Sólo saldremos si yo doy la orden —dijo Sila—. Que quede claro. Si
alguien da un paso sin que yo lo ordene, lo mato.
En la tribuna de los Espolones todo estaba dispuesto y ya en la zona de
comicios comenzaba a congregarse un sorprendente número de electores junto con
la mitad de los senadores aproximadamente, mientras que los patricios miembros
de la cámara permanecían en pie en las gradas del Senado, como de costumbre.
Entre ellos se encontraba Catulo César, con un aspecto enfermizo que habría
requerido una silla; se hallaba también entre ellos el censor Caprario, otro
cuya categoría plebeya le habría permitido participar en la elección, pero que
quería estar a la vista de todos.
Cuando Saturnino declaró su candidatura una vez más, la multitud le
vitoreó hasta el delirio. Era evidente que la imposición de manos del día
anterior daba excelentes resultados. Y, como la jornada anterior, los demás
candidatos fueron acogidos con silencio. Hasta que en último lugar se personó
Lucio Equitio.
Mario se dio la vuelta para ponerse de cara a la escalinata del Senado y
alzó su ceja móvil a guisa de interrogante dirigido a Metelo Caprario, quien
asintió enérgicamente con la cabeza. Era imposible preguntarle en voz alta
porque la multitud aclamaba sin cesar a Lucio Equitio.
Los heraldos tocaron las trompetas, y al dar Mario un paso al frente se
hizo el silencio.
—¡Este hombre, Lucio Equitio, no reúne condiciones para ser elegido
tribuno de la plebe! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Existen dudas sobre su
ciudadanía, que el censor debe aclarar antes de que Lucio Equitio pueda
desempeñar un cargo público por cuenta del Senado del pueblo de Roma!
Saturnino pasó rozando a Mario y se situó al mismo borde de la tribuna
de los Espolones.
—¡Niego que exista irregularidad!
—Declaro por cuenta del censor que existe irregularidad —replicó Mario,
impasible.
—¡Lucio Equitio es tan romano como vosotros! —clamó Saturnino
dirigiéndose a la muchedumbre—. ¡Miradle, no tenéis más que mirarle! ¡Es la
viva imagen de Tiberio Graco!
Pero Lucio Equitio estaba mirando hacia abajo, a un lugar fuera de la
vista de la muchedumbre, incluso los de las primeras filas. En aquel lugar que
miraba Equitio había unos cuantos senadores e hijos de senadores sacando
puñales y porras de las togas y rebulléndose como dispuestos a bajarle de la
tribuna.
Lucio Equitio, valiente veterano con diez años en las legiones, según su
propia versión, retrocedió, se volvió hacia Mario y se aferró a su brazo.
—¡Ayudadme! —gimoteó.
—Con una patada os ayudaría, imbécil alborotador —gruñó Mario—. Pero de
lo que ahora se trata es de celebrar la elección y acabar de una vez. Podéis
quedaros, pero si permanecéis en la tribuna corréis el riesgo de que os
linchen. Lo mejor que puedo hacer por salvar vuestro pellejo es encerraros en
la Lautumiae hasta que todos se hayan ido a casa.
Dos docenas de lictores se apostaron en la tribuna, la mitad de ellos
con los fasces porque eran la guardia del cónsul Cayo Mario, quien los formó
como escolta de Lucio Equitio y les ordenó dirigirse a la Lautumiae; a su paso,
el mar de la multitud se abrió en virtud de la autoridad representada por
aquellos haces de varitas atadas con cordel rojo.
No acabo de creérmelo, pensó Mario, siguiendo con la mirada el
movimiento de apertura de la muchedumbre. Oyéndolos aclamarle, se diría que lo
adoran como a un dios, y ahora debe parecerles que he mandado arrestarle. ¿Y
qué hacen? Lo que siempre han hecho sin vacilar cuando ven una fila de lictores
que marchan con los fasces al hombro y la toga bordada en púrpura flotando a la
espalda: abrir paso a la majestad de Roma. Ni por un Lucio Equitio destruirían
el poder de los haces y la toga bordada en púrpura. Ahí va Roma. ¿Qué es un
Lucio Equitio? Una réplica lamentable de Tiberio Sempronio Graco a quien tanto
quisieron. ¡No vitorean a Lucio Equitio! Vitorean al recuerdo de Tiberio Graco.
Y una nueva emoción henchida de orgullo llenó el ser de Cayo Mario
conforme seguía contemplando aquella especie de aleta formada por los lictores
abriéndose paso por entre el populacho romano; un orgullo por las tradiciones y
las costumbres de seiscientos cincuenta y cuatro años atrás, tan enraizadas aún
que podían afrontar una ola mayor que la de la invasión germana simplemente
portando al hombro unos haces de varillas. Y yo — pensó— aquí estoy con mi toga
bordada en púrpura, sin temor a nada por el simple hecho de vestirla, y sé que
soy más grande que ningún rey de los que ha pisado el orbe. Pues no tengo
ejército, y dentro de la ciudad no llevo hachas en los haces, ni guardia con
espadas; y sin embargo me abren paso por el mero símbolo de mi autoridad, unos
haces y un trozo informe de tela ribeteado de menos cantidad de púrpura de la
que pueden ver a diario en una horrenda salatrix tonsa haciendo el artículo.
Sí, prefiero ser cónsul de Roma a rey del universo.
Regresaron los lictores de la Lautumiae y poco después volvía Lucio
Equitio, a quien la muchedumbre había rescatado de su encierro y ahora le hacía
subir a la tribuna sin alboroto, casi como pidiendo perdón, le pareció a Mario.
Y allí estaba, hecho una ruina y temblando, deseando desaparecer. Mario
entendió claramente el aviso de la muchedumbre: llena el cubo que tengo hambre;
no escondas la comida.
Entretanto, Saturnino seguía adelante con el proceso electoral lo más
rápido posible, ansiando salir elegido antes de que se produjera un imprevisto.
Llenaban su cabeza sueños futuros, con la potencia y la
majestad de aquella multitud y la adoración que le mostraban.
¿Vitoreaban a Lucio Equitio porque se parecía a Tiberio Graco? ¿Vitoreaban a
aquel viejo idiota de Cayo Mario porque había salvado a Roma de los bárbaros?
¡Ah, pero a Equitio y a Mario no los vitoreaban igual que a él! ¡Y qué
instrumento mas ideal; nada de escoria de los lupanares del Subura! Aquella
multitud la formaban gente respetable, con el estómago vacío pero de principios
inquebrantables.
Uno a uno fueron avanzando los candidatos y las tribus procedieron a
votar, mientras los escribas repasaban febrilmente las listas; Mario y
Saturnino supervisaban la operación; hasta el momento en que, el último de
todos, compareció Lucio Equitio. Mario miró a Saturnino. Saturnino miró a
Mario. Y éste dirigió la mirada hacia las gradas del Senado.
—¿Qué deseáis que diga esta vez, Cayo Cecilio Metelo Caprario? — dijo
Mario con voz estentórea—. cQueréis que siga negando a este hombre el derecho a
presentarse a la elección, o retiráis el impedimento?
Caprario miró desesperado a Escauro, quien miró al demudado Catulo
César, que miró al pontífice máximo Ahenobarbo, quien no quiso mirar a nadie,
produciéndose una larga pausa. La multitud los miraba a todos en silencio,
fascinada, sin tener la más remota idea de lo que sucedía.
—¡Que se presente! —gritó Metelo Caprario.
—Que se presente —dijo Mario a Saturnino.
Cuando se computaron los resultados, Lucio Apuleyo Saturnino salió en
primer lugar por tercera vez para el cargo de tribuno de la plebe; Catón
Saloniano, Quinto Rufo, Publio Furio y Sixto Titio también salieron elegidos. Y
en segundo lugar, con sólo tres o cuatro votos de diferencia respecto a
Saturnino, resultó elegido el ex esclavo Lucio Equitio.
—¡Qué colegio más servil vamos a tener este año! —dijo Catulo César,
despreciativo—. ¡No sólo Catón Saloniano, sino incluso un liberto!
—La república ha muerto —añadió el pontífice máximo Ahenobarbo con
mirada de odio hacia Metelo Caprario.
—¿Y yo qué podía hacer? —gimió Metelo.
Se aproximaban otros senadores, y la guardia armada de Sila, ya sin sus
arreos militares, salió de la Curia en aquel momento. La escalinata del
Senado parecía el lugar más seguro, aunque era evidente que la multitud,
viendo que habían sido elegidos sus ídolos, comenzaba a marcharse a sus casas.
Cepio hijo escupió en dirección a la muchedumbre.
—¡Adiós por hoy a la escoria! —dijo torciendo el gesto—. ¡Míralos!
¡Ladrones, asesinos, violadores de sus propias hijas!
—No son escoria, Quinto Servilio —dijo Mario con firmeza—. Son romanos y
son pobres, pero no ladrones ni asesinos. Y ahora no comen más que mijo y
nabos. Ruega porque nuestro amigo Lucio Equitio no los soliviante, porque en
estas malditas elecciones se han comportado estupendamente, pero su actitud
puede cambiar conforme vayan escaseando en los mercados el mijo y los nabos.
—¡Oh, no hay por qué preocuparse de eso! —dijo Cayo Memio con regocijo,
complacido de que hubiesen sido elegidos los tribunos de la plebe y de que su
candidatura conjunta al consulado con Marco Antonio Orator fuese más
prometedora que nunca—. Dentro de unos días mejorarán las cosas. Marco Antonio
me ha dicho que nuestros agentes en la provincia de Asia han logrado comprar
gran cantidad de trigo en un lugar del norte del Euxino, y en cualquier momento
va a llegar a Puteoli la primera flota de grano.
Todos se le quedaron mirando boquiabiertos.
—Bueno —dijo Mario, olvidándose de que ya no podía sonreír irónicamente,
y haciendo una mueca horrorosa—, todos sabemos que tenéis grandes dotes para
predecir el futuro del abastecimiento de cereales, pero ¿cómo habéis sabido
esta noticia, cuando yo, primer cónsul, y Marco Emilio, príncipe del Senado,
aquí presente, que es además curator annonae, no hemos tenido acceso a ella?
Con unos veinte pares de ojos clavados en él, Memio tragó saliva. —No es
ningún secreto, Cayo Mario. El asunto surgió en una
conversación en Atenas cuando Marco Antonio regresó de su último viaje a
Pérgamo, donde vio a algunos agentes que se lo dijeron.
—¿Y por qué no le pareció oportuno a Marco Antonio informarme a mí, que
soy el encargado del abastecimiento de cereales? —inquirió Escauro,
glacial.
—Supongo que, al igual que yo, supuso que ya lo sabíais. Los agentes han
informado por escrito, ¿cómo no ibais a saberlo?
—No han llegado las cartas —dijo Mario, que hizo un guiño a Escauro
—. ¿Puedo daros las gracias, Cayo Memio, por traer tan espléndidas
noticias?
—Ya lo creo —comentó Escauro, cediendo en su malhumor. —Esperemos que
las tempestades no envíen el trigo al fondo del
Mediterráneo —dijo Mario, decidido a irse a casa ahora que la
muchedumbre se había dispersado bastante, y predispuesto a hablar con la
gente—. Senadores, volveremos a reunirnos mañana para las elecciones de
cuestores. Y al día siguiente iremos al Campo de Marte para asistir a la
declaración de candidaturas a cónsules y pretores. Buenos días.
—Sois un necio, Cayo Memio —dijo Catulo César, abrumado en su silla.
Cayo Memio decidió no entablar discusión con uno de los aristócratas más
relevantes y partió siguiendo los pasos de Mario, dispuesto a visitar a Marco
Antonio en la villa que había alquilado en el Campo de Marte para ponerle al
corriente de los acontecimientos de la jornada. Mientras caminaba a buen paso,
se le ocurrió algo para que él y Marco Antonio adquiriesen más mérito ante los
electores: se aseguraría de que sus agentes se mezclasen con las centurias al
reunirse para testificar la presentación de los candidatos curules dos días
después, difundiendo la noticia de las flotas de trigo como si fuese obra de él
y de Marco Antonio. La primera y segunda clases lamentarían el gasto por parte
del Estado en grano barato, pero Memio pensó que, después de ver aquella
gigantesca muchedumbre en el Foro, estarían muy agradecidos pensando en que los
pobres iban a llenar el estómago con pan hecho con trigo a módico precio.
Al amanecer del día de presentación de los candidatos en la septae, se
encaminó desde el Palatino al Campo de Marte, acompañado por un eufórico grupo
de clientes y amigos, convencidos todos de que ganarían él y Antonio. Eufóricos
y riendo, caminaban a buen paso por el Foro Romano bajo el fresco viento de
aquella espléndida mañana de fines de otoño,
tiritando un poco al pasar por la profunda sombra de la puerta
Fontinalis, pero convencidos de que en la explanada soleada a los pies del Arx
lograrían la victoria y Cayo Memio sería cónsul.
Otros se dirigían también hacia la saepta, en pareja, en trío, en grupo,
pero pocos solos; a los que pertenecían a alguna de las clases con categoría
para votar en las elecciones curules les gustaba ir acompañados en público
porque eso acrecentaba su dignitas.
En el punto en que la calle que bajaba del Quirinal confluía con la Via
Lata, Cayo Memio y sus acompañantes se encontraron con unos cincuenta hombres
que iban nada menos que con Cayo Servilio Glaucia.
Memio se quedó parado en seco, atónito.
—Pero ¿adónde os dirigís vestido así? —inquirió, al ver la toga candida
de Glaucia, particularmente blanca por los días oreándose al sol y por las
profusas aplicaciones de polvo de cal. La toga candída únicamente la vestían
los aspirantes a un cargo público.
—Soy candidato al consulado —contestó Glaucia.
—Sabéis que no —replicó Memio.
—¡Ya lo creo que sí!
—Cayo Mario dijo que no podíais presentaros.
—Cayo Mario dijo que no podía presentarme... —replicó Glaucia con voz
ñoña, imitando a Memio, dándole bruscamente la espalda y poniéndose a hablar
con sus acompañantes con voz aguda exageradamente homosexual
—. ¡Cayo Mario dijo que no podía presentarme! ¡Pues yo digo que es
demasiado que los hombres de verdad no podamos presentarnos y las mariquitas
sí!
La gente se paraba al ver el enfrentamiento, cosa nada extraordinaria
dadas las circunstancias, ya que parte de la diversión popular del proceso
electoral eran los choques entre candidatos, y que ésta concreta se produjera
en el campo abierto de la saepta era muy distinto y por ello la gente
continuaba arremolinándose conforme entraba en la ciudad por la Via Lata.
Penosamente consciente de aquel público, Cayo Memio no lo pudo sufrir.
Toda su vida había tenido que aguantar la maldición de ser demasiado bien
parecido, con las consiguientes secuelas de que era un
guapito, no se podía confiar en él, le gustaban los chicos, era un
flojo, etcétera. Y ahora Glaucia se burlaba de él delante de todos aquellos
electores. ¡Precisamente con aquella etiqueta de homosexual!
—Era natural que Cayo Memio se ofuscase y, antes de que nadie se
percatara, dio un paso hacia Glaucia, le agarró por el hombro y desgarró su
prístina toga. Luego, cuando Glaucia giró sobre sus talones para ver quién le
agarraba, le propinó un derechazo en el oído izquierdo. Los dos cayeron al
suelo, Memio encima de él, ya los dos con las prístinas togas sucias y
arrugadas. Pero los hombres de Glaucia llevaban ocultos palos y porras y se
enzarzaron con los perplejos acompañantes de Memio, apaleándolos con furiosa
fruición. El séquito de Memio se desintegró en un abrir y cerrar de ojos,
echando a correr en todas direcciones y pidiendo auxilio.
Los presentes, en la clásica reacción de los curiosos no implicados, no
hicieron nada por intervenir y se limitaron a contemplar la escena con ávido
interés; en honor a la verdad, ninguno de los que allí estaban pensó ni por
asomo que se tratase de algo más que de una simple reyerta entre dos
candidatos. Las armas fueron una sorpresa, pero no era la primera vez que los
partidarios de un candidato iban armados.
Dos robustos individuos levantaron a Memio y le redujeron, mientras él
se debatía furiosamente, y Glaucia se ponía en pie, apartando de una patada su
toga destrozada y sin decir palabra. Se limitó a arrebatar un palo a uno que
estaba a su lado y se quedó mirando un buen rato a Memio. Luego alzó el palo
con ambas manos como si fuese una maza y lo descargó sobre la hermosa cabeza de
Memio. Nadie hizo gesto de interponerse cuando Glaucia se inclinó sobre el
caído Memio para seguir golpeando implacablemente aquel cráneo hasta
destrozarlo y dejarlo reducido a una masa informe de pulpa.
Entonces sí: al rostro de Glaucia afloró una expresión de incredulidad y
resentida frustración. Arrojó el palo ensangrentado y se quedó mirando a su
amigo Cayo Claudio, que le contemplaba demudado.
—¿Me albergas en tu casa hasta que pueda huir? —inquirió.
Claudio asintió con la cabeza sin decir nada.
El corrillo comenzó a hablar en murmullos mientras se apartaba y algunos
llegaban corriendo desde la saepta; Glaucia giró sobre sus talones y huyó hacia
el Quirinal, seguido por sus acompañantes.
La noticia le llegó a Saturnino mientras paseaba de arriba abajo por la
saepta tratando de ganarse a la gente para la candidatura ilegal de Glaucia.
Las miradas, no menos furiosas por contenidas, de los que se enteraban del
asesinato de Memio le dieron a entender cómo estaban los ánimos, dado que él
era el mejor amigo de Glaucia. Entre los jóvenes senadores e hijos de senadores
comenzaba a crecer un murmullo de indignación y algunos hijos de otros
caballeros importantes fueron formando corro en torno a sus iguales del Senado.
En medio de ellos estaba aquel hombre enigmático: Sila.
—Más vale que salgamos de aquí —dijo Cayo Saufeio, que al día siguiente
sería elegido cuestor urbano.
—Tienes razón, más vale —asintió Saturnino, cada vez más inquieto ante
la cólera que se mascaba en el ambiente.
Acompañado de sus compinches picentinos, Tito Labieno y Cayo Saufeio,
Saturnino abandonó la saepta apresuradamente. Sabía a dónde habría ido Glaucia
a esconderse —en casa de Cayo Claudio en el Quirinal —, pero al llegar allí se
encontró con la casa cerrada a cal y canto, y sólo después de mucho chillar les
franqueó el paso Cayo Claudio.
—¿Dónde está? —inquirió Saturnino.
—En mi despacho —respondió Cayo Claudio, con evidentes muestras de haber
llorado.
—Tito Labieno —añadió Saturnino—, haz el favor de ir a buscar a Lucio
Equitio. Nos es imprescindible, dado que la multitud le adora.
—¿Qué pretendes? —inquirió Labieno.
—Te lo diré cuando lo traigas.
Glaucia estaba sentado, muy pálido, en el despacho de Cayo Claudio; al
entrar Saturnino, alzó la vista pero no dijo nada.
—Cayo Servilio, ¿por qué lo has hecho? ¿Por qué?
—No me lo proponía —contestó Glaucia encogiéndose de hombros—.
Es que... es que... perdí los estribos.
—Y tu oportunidad para acceder al cargo —añadió Saturnino.
—Perdí los estribos —repitió Glaucia.
La noche anterior había estado en aquella misma casa, porque había dado
una fiesta en su honor Cayo Claudio, que era un ser poco maduro que admiraba la
audacia de Glaucia en desafiar la letra de la lex Villia, y que pensaba que el
mejor modo de demostrarle su admiración era gastar algo de su gran cantidad de
dinero para darle una salida memorable en la campaña de solicitud de votos. Los
cincuenta hombres que posteriormente le acompañaron camino de la saepta eran
todos invitados de la fiesta, a la que no había tenido acceso ninguna mujer,
con el resultado de que el sarao había desembocado en una monumental
borrachera. Al amanecer ninguno podía tenerse en pie, pero no tenían más
remedio que acompañar a Glaucia a la saepta para respaldarle, y les pareció una
buena idea proveerse de palos y porras. Glaucia, cuyo estado no era mejor, se
administró un vomitivo, se dio un baño, revistió su inmaculada toga y se puso
en camino, martirizado por el implacable martilleo de una fuerte cefalea.
Pero encontrarse con el impoluto y sonriente Memio, con su hermosa
cabeza erguida ya como un triunfador, fue algo que hizo saltar sus nervios y
respondió a su interpelación con aquel cruel sarcasmo, y cuando Memio le
desgarró la toga, Glaucia perdió el control. Ahora ya estaba hecho y no tenía
remedio. La cabeza destrozada de Cayo Memio lo echaba todo por tierra.
La presencia muda de Saturnino en el despacho era una angustia distinta,
y Glaucia comenzó a comprender la monstruosidad de su crimen, de sus
consecuencias y repercusiones. No sólo había destruido su propia carrera, sino
probablemente la de su mejor amigo. Y eso le resultaba insoportable.
—¡Di algo, Lucio Apuleyo! —exclamó.
Con un parpadeo, Saturnino salió de su ensimismamiento.
—Creo que sólo nos queda una alternativa —dijo, tranquilo—. Tenemos que
ganarnos a la multitud y utilizarla para que el Senado nos conceda lo
que queremos: garantía del cargo, el atenuante de circunstancias
agotadoras en tu caso, y la seguridad de que no nos procesarán. He enviado a
Tito Labieno a por Lucio Equitio, porque con él nos será más fácil hacernos con
la multitud. —Lanzó un suspiro, restregándose las manos—. En cuanto regrese
Labieno salimos para el Foro. No hay tiempo que perder.
—¿Tengo que ir yo? —inquirió Glaucia.
—No, tu quédate aquí con tus hombres y que Cayo Claudio arme a sus
esclavos. Y no dejes entrar a nadie si no oyes mi voz, la de Labieno o la de
Saufeio —dijo, poníéndose en pie—. Al anochecer tengo que tener a Roma en mis
manos. Si no, yo también estoy perdido.
—¡Abandóname, Lucio Apuleyo! —dijo de pronto Glaucia—. ¡No hay necesidad
de que hagas esto! Alza los brazos horrorizado por lo que he hecho y ponte a la
cabeza de los que pidan mi condena. Es la única solución. Roma no está madura
para un nuevo tipo de gobierno. Las gentes tienen hambre, sí, y están hartas de
gobiernos chapuceros, pero no están dispuestas a cortar cabezas y cuellos. Te
aclamarán hasta enronquecer, pero no matarán por ti.
—Te equivocas —replicó Saturnino, sintiéndose flotar con una ligereza
particular, invulnerable—. Cayo Servilio, ¡toda esa gente que llena el Foro es
más numerosa y tiene más poder que cualquier ejército! ¿No has visto a los
padres de la patria acobardados? ¿No has visto a Metelo Caprario ceder ante
Lucio Equitio? ¡Y sin derramamiento de sangre! Se ha derramado más sangre en el
Foro por las peleas de un centenar, mientras que ésta era una multitud de
cientos de miles. Nadie va a hacerle frente y no será necesario armarla ni
incitarla a que machaque cabezas y degüelle. ¡Su poder reside en la masa que
forma! ¡Y yo domino a la masa, Cayo Servilio! ¡Me basta con mi oratoria,
demostrarles mi entrega a su causa, y que Lucio Equitio les dirija un par de
ademanes! ¿Quién va a oponer resistencia al que dirija esa muchedumbre como una
gigantesca máquina de asedio? ¿Los espantapájaros del Senado?
—Cayo Mario —dijo Glaucia.
—No, Cayo Mario tampoco. Además, él está de nuestra parte.
—No lo está —replicó Glaucia.
—Quizá él piense que no lo está, Cayo Servilio, pero el hecho de que la
multitud le aclame como me aclama a mí y a Lucio Equitio hará que los padres de
la patria y el resto de los senadores lo vean bajo el mismo prisma que a
nosotros. Y yo no tendría inconveniente en compartir provisionalmente el poder
con Cayo Mario. Está envejeciendo y ha sufrido un ataque al corazón. ¿Qué más
lógico que muera por efecto de otro? —dijo Saturnino, decidido.
Glaucia comenzaba a sentirse mejor; se irguió en la silla y miró a
Saturnino entre dudoso y esperanzado.
—¿Crees que saldrá bien, Lucio Apuleyo? ¿Lo crees de verdad? —Dará
resultado, Cayo Servilio —respondió Saturnino alzando
eufórico los brazos hacia el techo, seguro de sí mismo—. Tú déjame a mi.
Lucio Apuleyo salió, efectivamente, de casa de Cayo Claudio camino
del Foro, acompañado de Labieno, Saufeio, Lucio Equitio y unos diez o
doce incondicionales. Cruzó el Arx, pensando en entrar en liza por la parte
alta, como un semidiós que desciende de una zona repleta de templos y deidades.
Por ello su primera visión del Foro la tuvo desde lo alto de las escaleras
Gemoniae, por las que pensaba bajar como un rey. Pero se detuvo en seco,
estupefacto. ¿Dónde estaba la multitud? Habían vuelto todos a sus casas el día
anterior, después de las elecciones de cuestores, y como no había nada
programado aquel día en el Foro, no habían encontrado razón para regresar. Tal
era la explicación. Y tampoco se veía un solo senador, dados los
acontecimientos que se habían producido en el prado de la saepta.
No obstante, el Foro no estaba vacío. Habría unos dos mil o tres mil
partidarios suyos pertenecientes a la hez, dando vueltas, vociferando y
agitando el puño, reclamando al vacío trigo gratis. La enorme decepción casi le
hizo brotar las lágrimas; luego miró fijamente a aquellos miserables que
deambulaban por el bajo Foro y adoptó una decisión. Lo harían. Tendrían que
hacerlo. Los utilizaría como punta de lanza; con ellos atraería otra vez al
Foro a la multitud, porque aunque él no se mezclaba con el populacho, ellos sí.
Lamentando la falta de heraldos que tocaran las trompetas anunciando su
llegada, descendió la escalinata Gemoniae y se dirigió a la tribuna de los
Espolones, secundado por sus partidarios, que incitaban a los miserables
desperdigados a congregarse para escucharle.
—¡Quirites! —gritó en medio de los vítores, levantando los brazos para
imponer silencio—. ¡Quirites, el Senado de Roma está a punto de firmar nuestra
sentencia de muerte! ¡Yo, Lucio Apuleyo Saturnino, igual que Lucio Equitio y
Cayo Servilio Glaucia, vamos a ser acusados de la muerte de un valido de la
nobleza, un muñeco afeminado, cuyo único propósito presentándose a la elección
de cónsul era conseguir que vosotros, pueblo de Roma, os siguierais muriendo de
hambre!
El compacto grupo situado ante la tribuna seguía en silencio, y
Saturnino cobró confianza; animado por la atención de su auditorio, insistió
sobre el tema.
—¿Por qué creéis que no se nos ha dado grano, aun después de que yo
aprobase una ley para que Se repartiera a precio módico? ¡Porque la primera y
la segunda clase de nuestra gran ciudad prefieren comprar menos y venderlo más
caro! ¡Porque la primera y la segunda clase de Roma no quieren que vuestras
bocas hambrientas se vuelvan hacia ellos! ¡Os toman por unos cucos que se
aprovechan de su nido, algo sobrante en Roma! Vosotros sois del censo por
cabezas, clases inferiores que para ellos no cuentan una vez ganadas las
guerras y bien guardado el botín en el Tesoro. ¿A qué gastarlo para llenar
vuestros estómagos inútiles?, dice el Senado de Roma, y se niega a darme los
fondos que necesito para comprar trigo para vosotros... ¡Porque al Senado y a
la primera y la segunda clase de Roma les vendría bien, pero que muy bien, que
varios cientos de miles de los que denominan estómagos inútiles se encogieran
hasta perecer de hambre! ¡Imaginaos cuánto dinero se ahorrarían, cuántas
viviendas abarrotadas y malolientes de las insulae quedarían vacías y qué
espacioso parque podría hacerse de Roma! Donde vosotros vivís apiñados, ellos
se pasearían cómodamente por preciosos jardines, con sus bolsas bien repletas
de dinero y el estómago lleno! ¡Vosotros les tenéis sin cuidado! Sois un
estorbo del que les gustaría deshacerse, y ¿qué mejor medio que provocar una
hambruna ficticia?
Se los ganaba, claro; gritaban hasta desgañitarse como perros
hambrientos y era un sonido ensordecedor que llenaba el aire de amenaza y el
corazón de Saturnino de gozo.
—¡Pero yo, Lucio Apuleyo Saturnino, he luchado tanto y con tal tesón
para llenar vuestros vientres, que ahora quieren eliminarme por un crimen que
no he cometido! —Eso era genial, porque no había cometido el crimen y decía la
pura verdad—. ¡Conmigo perecerán mis amigos, que lo son también vuestros!
¡Lucio Equitio, aquí presente, el heredero del nombre y los deseos de Tiberio
Graco! ¡Y Cayo Servilio Glaucia, que tan estupendamente redacta mis leyes para
que ni los nobles que mandan en el Senado puedan cambiarles una sola tilde!
—Hizo una pausa y alzó los brazos en gesto patético—. Y cuando muramos,
quirites, ¿quién cuidará de vosotros? ¿Quien proseguirá la lucha? ¿Quién se
enfrentará a los privilegiados para que os llenéis el estómago? ¡¡Nadie!!
Ahora las aclamaciones eran atronadoras y los ánimos se cargaban de
violencia, ya eran suyos para hacer lo que quisiera.
—¡Quirites, de vosotros depende! ¿Queréis no hacer nada, mientras a
nosotros, que somos inocentes y os apreciamos, nos matan? ¿O iréis a vuestras
casas para armaros, avisar a todo el vecindario y volver en tropel? —La gente
comenzó a marcharse, pero el vociferante Saturnino los detuvo
—. ¡Volved aquí a millares! ¡Venid a mi, que yo os guiaré! ¡Antes de que
anochezca, Roma será núestra porque será mía, y entonces veremos quién se llena
el estómago! ¡Asaltaremos el Tesoro y compraremos trigo! ¡Ahora, id; volved con
toda la ciudad, reunámonos en el corazón de Roma y mostraremos al Senado y a la
primera y segunda clase quién manda realmente en Roma y en el imperio!
Igual que un montón de bolas a las que se da un mazazo, el populacho se
dispersó en todas direcciones, lanzando gritos incoherentes, mientras Saturnino
se volvía en la tribuna hacia sus compinches.
—¡Maravilloso! —exclamó Saufeio, cediendo a la tensión. —¡Venceremos,
Lucio Apuleyo, venceremos! —exclamó Labieno. Rodeado de aquel grupo que,
alborozado, le daba palmadas en la
espalda, Saturnino se mostraba majestuoso, vislumbrando su fantástico
futuro.
Y en aquel momento, Lucio Equitio rompió a llorar.
—Pero ¿qué es lo que vais a hacer? —balbució, enjugándose con la orla de
su toga.
—¿Hacer? ¿Qué crees que he dicho, imbécil? Voy a apoderarme de Roma.
—¿Con esa gente?
—¿Y quién va a poder resistírseles? Además, volverán con una
muchedumbre. ¡Ya verás, Lucio Equitio! ¡Nadie podrá resistírseles!
—¡Pero en el Campo de Marte hay un ejército de dos legiónes! —gimió
Lucio Equitio, tembloroso y sin dejar de hacer pucheros.
—Jamás un ejército romano se ha arriesgado a entrar en Roma si no es
para desfilar en triunfo y nadie que haya ordenado su entrada en la ciudad ha
vivido para contarlo —respondió Saturnino, desdeñoso ante aquella objeción; en
cuanto se hubiera hecho firmemente con la situación, tendría que prescindir de
Equitio, se pareciera o no a Tiberio Graco.
—Cayo Mario lo hará —replicó Equitio entre sollozos.
—¡Cayo Mario se pondrá de nuestro lado, necio! —dijo Saturnino con gesto
de desprecio.
—¡No me gusta esto, Lucio Apuleyo!
—No tiene por qué gustarte. Si estás conmigo, deja de lloriquear. Pero
si estás contra mí, ¡yo te haré callar! —añadió Saturnino pasándose el dedo por
la garganta.
Uno de los primeros en acudir a la llamada de socorro de los amigos de
Cayo Memio fue Cayo Mario. Llegó al escenario de la reyerta poco después de que
Glaucia y sus compinches echaran a correr hacia el Quirinal y se encontró con
un centenar de togados de las centurias apiñados en torno a los restos de la
víctima. Le abrieron paso y el primer cónsul, con Sila a sus espaldas, bajó la
mirada hacia los despojos informes de aquella cabeza y luego la dirigió al palo
ensangrentado con restos de cabellos, piel y hueso.
—¿Quién ha sido? —inquirió Sila.
—Cayo Servilio Glaucia —respondieron doce voces al unísono.
—¿Él solo? —dijo Sila con un resoplido.
Todos asintieron con la cabeza.
—¿Sabe alguien adónde ha ido?
Esta vez las respuestas fueron contradictorias, pero Sila pudo por fin
determinar que el criminal, con su grupo, se había dirigido al Quirinal por la
puerta Sanqualis, y, como Cayo Claudio formaba parte del mismo, era muy
probable que hubieran ido a su casa de Alta Semita.
Mario seguía inmóvil y cabizbajo, contemplando al muerto. Sila le tocó
suavemente en el brazo y entonces se movió para enjugarse las lágrimas con un
pliegue de la toga para evitar mostrar la torpeza de su mano izquierda sacando
el pañuelo.
—Esto es corriente en el campo de batalla, ¡pero en el Campo de Marte,
dentro de los muros de Roma, es una ignominia! —gritó, volviéndose hacia los
que le rodeaban.
Llegaban ya otros senadores de más edad, entre ellos Marco Emilio,
príncipe del Senado, quien dirigió una breve mirada al rostro bañado en
lágrimas de Mario y luego bajó la mirada hacia el suelo, conteniendo un grito.
—¡Memio! ¿Cayo Memio? —exclamó sin dar crédito a lo que veía. —Sí, Cayo
Memio —contestó Sila—. Asesinado por Glaucia, según
todos los testigos.
Mario volvía a llorar, sin tratar de ocultarlo al mirar a Escauro.
—Príncipe del Senado —dijo—, voy a convocar inmediatamente a la
cámara en el templo de Belona. ¿Acudiréis?
—Sí —contestó Escauro.
Llegaban apresuradamente algunos lictores que se habían quedado
rezagados por el enérgico paso de Mario, pese a su infarto.
—Lucio Cornelio, llévate mis lictores, busca a los heraldos, suspende la
presentación de candidaturas, envía al flamen Martialis al templo de Venus
Libitina a que nos traiga las hachas sagradas al templo de Belona y convoca al
Senado —dijo Mario—. Yo me adelanto con Marco Emilio.
—Ha sido un año de lo más nefasto —dijo Escauro—. De hecho, al margen de
las últimas vicisitudes, no recuerdo un año tan terrible desde el
último de la vida de Cayo Graco.
Mario había secado sus lágrimas.
—Supongo que ya no sucederá nada más —dijo.
—Esperemos, al menos, que la violencia no supere este asesinato de
Memio.
Pero las esperanzas de Escauro fueron vanas por razonables que
pareciesen. El Senado se reunió en el templo de Belona y trató en sesión el
crimen; muchos senadores habían sido testigos presenciales y corroboraron la
culpabilidad de Glaucia.
—No obstante —dijo Mario con firmeza—, Cayo Servilio ha de ser juzgado.
A ningún ciudadano romano puede condenársele sin juicio, salvo si declara la
guerra a Roma; y ése no es el caso que nos ocupa.
—Me temo que si, Cayo Mario —dijo Sila, entrando apresuradamente.
Todos se lo quedaron mirando en silencio.
—Lucio Apuleyo y un grupo, entre los que se cuenta el cuestor Cayo
Saufeio, se han apoderado del Foro Romano —añadió Sila—. Han mostrado a Lucio
Equitio al populacho y Lucio Apuleyo ha anunciado que va a suplantar al Senado
y a la primera y segunda clase con una dictadura del pueblo presidida por él.
Aún no le han proclamado rey de Roma, pero ya se dice por las calles y mercados
que hay de aquí al Foro; es decir, que lo proclaman por doquier.
—¿Puedo tomar la palabra, Cayo Mario? —inquirió el portavoz de la
cámara.
—Hablad, príncipe del Senado.
—La crisis asola a nuestra ciudad —comenzó diciendo Escauro con voz no
muy fuerte pero clara—, del mismo modo que sucedió durante los últimos días de
Cayo Graco. En aquella ocasión, cuando Marco Fulvio y él recurrieron a la
violencia como único medio para conseguir sus inicuos fines, se celebró un
debate en esta cámara a propósito de si Roma necesitaba un dictador que se
enfrentara a aquella aguda crisis, por breve que fuese. El resto es historia.
La cámara rechazó nombrar un dictador y lo que hizo fue aprobar lo que podemos
denominar una medida extrema: el Senatus consultum de republica defendenda por
el que otorgaba a sus
cónsules y magistrados potestad para defender la soberanía del Estado
con los medios que se juzgaran necesarios, inmunizándolos de antemano contra
cualquier procesamiento o veto tribunicio.
Hizo una pausa para mirar en derredor con grave gesto.
—Yo sugiero, padres conscriptos, que hagamos frente a la actual
situación del mismo modo, mediante un Senatus consultum de republica
defendenda.
—En previsión de desacuerdo, los que estén a favor que se pongan a la
izquierda y los que estén en contra, a la derecha —dijo Mario, situándose el
primero a la izquierda.
Nadie se colocó a la derecha, y la cámara aprobó por unanimidad su
segundo Senatus consultum de republica defendenda, cosa que no había sucedido
en la primera ocasión histórica.
—Cayo Mario —dijo Escauro—, quedo facultado por los miembros de esta
cámara para instaros a que, como primer cónsul, defendáis la soberanía de
nuestro Estado de la forma que estiméis adecuada o imprescindible. Declaro,
además, en nombre de la cámara, que quedáis exento del veto tribunicio y que
nada de lo que ordenéis se os reprochará ante ningún tribunal. A condición de
que actúen siguiendo vuestras indicaciones, este cometido y la inmunidad quedan
ampliados al segundo cónsul Lucio Valerio Flaco y a todos los pretores. Mas
vos, Cayo Mario, quedáis igualmente facultado para nombrar delegados entre los
miembros de esta cámara que no sean cónsules ni pretores, y a condición de que
tales delegados actúen bajo vuestras órdenes, a ellos también se les amplía el
cometido y la inmunidad. —Pensando en la cara que habría puesto Metelo el
Numídico de haber estado presente para ver a Cayo Mario investido prácticamente
como dictador, nada menos que por boca del propio príncipe del Senado, Escauro
dirigió a Mario una mirada traviesa, pero supo contener una sonrisa, mientras
inflaba sus pulmones—. ¡¡Viva Roma!!
—¡Cielos! —exclamó Publio Rutilio Rufo.
Pero Mario no tenía tiempo ni paciencia para recrearse con las gracias
de la cámara, a la que creía capaz de entregarse a juegos de palabras mientras
Roma ardía a su alrededor. Con voz acuciante pero sin alterarse,
procedió a nombrar a Lucio Cornelio su lugarteniente, ordenó que se
abriera el depósito de armas en los sótanos del templo de Belona para
repartirlas entre los que no tuvieran armamento ni coraza y envió a sus casas a
los que sí disponían de ellas, para que las recogieran mientras aún se pudiera
circular sin riesgo por las calles.
Sila reunió a sus jóvenes nobles y los envió en distintas direcciones;
Cepio hijo y Metelo el joven fueron los que se mostraron más decididos. La
estupefacción daba paso a una profunda indignación: que un senador de Roma
intentase hacerse con el poder por medio del populacho para proclamarse rey,
era un sacrilegio. Se prescindió de las diferencias políticas y de las
facciones, y los ultraconservadores formaron hombro con hombro con los más
progresistas partidarios de Mario, todos con un grave gesto de determinación
contra el lobo del Foro.
Mientras organizaba su modesto ejército y los que esperaban la llegada
de armas de sus casas andaban arriba y abajo mascullando imprecaciones, Sila se
acordó de ella; no de Dalmática, sino de Aurelia. Envió a su casa una patrulla
de cuatro lictores con la orden de cerrar la casa a cal y canto, y un recado a
Lucio Decumio para que los rateros de su taberna se mantuvieran al margen del
Foro durante unos días. De todos modos, conociendo sus actividades, era de
suponer que no fuesen a acercarse a él, porque mientras el populacho de Roma se
dedicara a recorrerlo metiendo bulla y pegando a los que pasaban, a ellos les
quedaba el territorio de sus fechorías estupendamente libre, ocasión que sin
duda aprovecharía Lucio Decumio. No obstante, no estaba de más la advertencia;
y la seguridad de Aurelia le preocupaba.
Dos horas más tarde todo estaba listo. Delante del templo de Belona
había una explanada denominada el Territorio Enemigo, y hacia la mitad de la
escalinata, un pilar cuadrado de piedra de unos cuatro pies de altura; cuando
se declaraba una guerra justa contra un enemigo extranjero —que eran las únicas
que había—, se convocaba a un sacerdote de circunstancias para que lanzase un
venablo desde la escalinata del templo, justo por encima del antiguo pilar,
hacia el Territorio Enemigo. No se sabía el origen del ritual, pero formaba
parte de la tradición y se seguía observando. Pero
aquel día no había enemigo extranjero al que declarar la guerra y ningún
sacerdote arrojó venablo alguno. Al contrario, el Territorio Enemigo se hallaba
lleno de romanos de la primera y la segunda clase.
Los congregados, en número aproximado al millar, estaban ya pertrechados
para la guerra, con pechos y espaldas protegidos por corazas, algunos con
canilleras, la mayoría con camisas de cuero y pteryges a guisa de faldilla y
mangas y todos con casco. No portaban venablos; su único armamento era la
eficaz espada romana corta y el puñal, más el anticuado escudo ovalado de cinco
pies de altura, anterior a la reforma de Mario.
Cayo Mario se situó en el pedimento del templo y arengó a su modesto
ejército.
—No olvidéis que somos romanos y que vamos a entrar en la ciudad de Roma
—dijo en tono grave—. Vamos a cruzar el pomerium sin ordenar que entren las
tropas de Marco Antonio. Nosotros podemos hacer frente a la situación y no hay
necesidad de recurrir a un ejército profesional. Prohíbo rotundamente todo tipo
de violencia que no sea la estrictamente necesaria, y os advierto solemnemente,
en particular a los jóvenes, que no ha de alzarse una sola espada contra quien
no esgrima la espada. Llevad bajo el escudo palos y estacas y sacudid de plano
con la hoja de la espada. Siempre que podáis, arrebatad las armas de madera a
los revoltosos, envainad la espada y atacad con la madera. ¡No quiero montones
de cadáveres en el corazón de Roma! Traería mala suerte a la república y sería
su fin. Lo que tenemos que hacer hoy es evitar la violencia, no causarla.
"Sois mi ejército —prosiguió imperturbable—, pero pocos de vosotroS
habéis servido a mis órdenes hasta hoy. Así que tomad buena nota de mí única
advertencia: quienes desobedezcan mis órdenes o las de mis legados morirán. No
es momento de andarse con distingos ni facciones. Hoy no hay clases de romanos;
sólo romanos. Sé que hay entre vosotros muchos que detestan a los proletarios y
a los de las clases humildes, pero yo os digo, ¡oídlo bien!, que un proletario
es un romano, y que su vida es tan sagrada y bajo el amparo de la ley como la
mía y la vuestra. ¡¡No habrá ningún baño de sangre!! Si reparo en un solo
conato de matanza, me acercaré en persona a donde lo vea y alzaré mí espada
contra quien sea, y, con arreglo a las
cláusulas del decreto del Senado, sus herederos no podrán exigirme
responsabilidad alguna si lo mato. Recibiréis órdenes solamente de dos
personas: de mi y de Lucio Cornelio Sila. No de ningún otro magistrado curul al
que el decreto confiera potestad. No atacaremos mientras no lo ordenemos yo o
Lucio Cornelio. Y lo haremos lo más suavemente posible. ¿Entendido?
Catulo César aprovechó la circunstancia para decir, muy obsequioso, en
tono sardónico y tirándose del mechón de la frente:
—Os hemos oído y obedeceremos, Cayo Mario. Yo he servido a vuestras
órdenes y sé que habláis en serio.
—¡Estupendo! —dijo Mario, animoso, haciendo caso omiso del sarcasmo—.
Lucio Valerio, tomad veinte hombres para ir al Quirinal. Si Cayo Servilio
Glaucia está en casa de Cayo Claudio, arrestadle. Si se niega a salir, os
quedaréis de guardia ante la casa sin tratar de asaltarla. Y mantenedme
informado.
Era primera hora de la tarde cuando Cayo Mario salió con su modesto
ejército del Territorio Enemigo y entró en Roma por la puerta Carmentalis.
Procedentes del Velabrum, aparecieron por la avenida que discurría entre el
templo de Cástor y la basílica Sempronia y sorprendieron a la multitud
congregada en el bajo Foro. Los partidarios de Saturnino, armados con cuanto
había caído en sus manos —porras, palos, trancas, cuchillos, hachas, picos y
horcas—, habían aumentado hasta unos cuatro mil, pero comparados con el eficaz
millar, situado en cerrada formación ante la basílica Sempronia, eran una
pandilla insignificante. Bastó con que vieran las corazas, cascos y espadas de
los recién llegados para que casi la mitad de ellos echasen a correr por el
Argiletum y el lado este del Foro, para dispersarse por el Esquilino y
refugiarse en terreno conocido.
—¡Lucio Apuleyo, abandonad vuestros propósitos! —vociferó Mario a la
cabeza de su tropa, con Sila a su lado.
Desde lo alto de la tribuna de los Espolones, acompañado de Saufeio,
Labieno, Equitio y unos diez más, Saturnino miró el maxilar descolgado de
Mario y lanzó una risotada con la que pretendía manifestar su confianza,
pero que sonó falsa.
—¿Qué ordenas, Cayo Mario? —inquirió Sila.
—Atacamos a la carga —contestó Mario—. De improviso y con fuerza. Nada
de espadas; cubriéndonos con los escudos. ¡No me imaginaba que fuesen una
multitud tan dispar, Lucio Cornelio! Los dispersaremos fácilmente.
Sila y Mario recorrieron las filas de sus tropas, preparándolas para el
ataque, con los escudos avanzados, formando un frente de doscientos hombres en
fila de cinco en fondo.
—¡Cargad! —gritó Cayo Mario.
La maniobra surtió efecto inmediato: una muralla compacta de escudos
cayó a la carrera sobre la multitud como una ola y las sencillas armas del
populacho llovieron en todas direcciones sin necesidad de propinar golpe
alguno. Acto seguido, antes de que los partidarios de Saturnino pudieran
reagruparse, el muro de escudos los arrolló en sucesivas cargas.
Saturnino y sus compañeros bajaron de la tribuna para sumarse a la
refriega, esgrimiendo espadas. Pero todo fue en vano. Aunque la cohorte de
Mario había empezado sedienta de sangre, ahora disfrutaba con aquel ataque tipo
ariete y había adoptado un ritmo que aplastaba sin piedad al populacho,
arrastrándolo como un montón de piedras, reagrupándose acto seguido para cerrar
filas una y otra vez, imparables. Algunos quedaron pisoteados, pero no fue un
combate, sino una desbandada de la muchedumbre.
No tardó mucho la tropa de Saturnino en huir del campo de batalla: la
ocupación del Foro Romano había concluido y casi sin derramamiento de sangre.
Saturnino, Labieno, Saufeio, Equitio y unos treinta esclavos armados huyeron
corriendo por el Clivus Capitolinus a refugiarse en el templo de Júpiter
Optimus Maximus, implorando al gran dios para que hiciera regresar a la
gigantesca multitud al Foro.
—¡Ahora correrá la sangre! —gritó Saturnino desde el pedimento del
templo en lo alto del Capitolio, de forma que Mario y sus hombres lo
oyeran—. Antes de entregarme haré que matéis a muchos romanos, Cayo
Mario! ¡El templo se mancillará con sangre romana!
—Puede que esté en lo cierto —dijo Escauro, con gesto de gran
satisfacción, pese a la nueva preocupación.
—¡No! —exclamó Mario, riendo estentóreamente—. Está alardeando como un
animal acorralado, Marco Emilio. La solución de este asedio es simple, créeme.
Los haremos salir sin derramar una sola gota de sangre romana. Lucio Cornelio
—añadió dirigiéndose a Sila—, búscame a los ingenieros de la compañía de
abastecimiento de aguas y que corten inmediatamente el suministro al
Capitolino.
—¡Qué sencillo! —exclamó maravillado el portavoz de la cámara,
asintiendo con la cabeza—. A nadie se le habría ocurrido. ¿Cuánto tardarán en
rendirse?
—No mucho. Tened en cuenta que han estado haciendo un ejercicio que da
sed. Supongo que mañana. Voy a mandar hombres allá arriba para que rodeen el
templo y que los agobien constantemente con la idea de que no tienen agua.
—Pero Saturnino es muy decidido —comentó Escauro.
Era un criterio que Mario no compartía, y lo manifestó.
—Marco Emilio, él es un político, no un militar. Tendrá que darse cuenta
de que no dispone de la fuerza de las armas ni de una estrategia aplicable
—replicó, volviendo el lado tullido del rostro hacia Escauro, con aquel ojo
irónico caído y aquella siniestra sonrisa asimétrica—. ¡Si yo fuese Saturnino
si que tendríais que estar preocupado, Marco Emilio! Me habría proclamado rey
de Roma y estaríais todos muertos.
—Lo sé, Cayo Mario, lo sé —replicó el portavoz de la cámara,
retrocediendo instintivamente un paso.
—En fin —añadió Mario, animado, ocultando el lado tullido de su rostro
de la vista de Escauro—, afortunadamente no soy el rey Tarquinio, aunque la
familia de mi madre sea de Tarquinia. Una noche en el recinto del gran dios
hará que Saturnino vuelva a sus cabales.
Los del populacho que habían sido apresados al desperdigarse y huir
fueron agrupados y encerrados en las celdas de la Lautumiae, fuertemente
vigilados, mientras un expeditivo grupo de funcionarios del censor
separaba los ciudadanos romanos de los no romanos para ejecutar a éstos
inmediatamente y juzgar sumariamente al día siguiente a los otros y arrojarlos
desde la roca Tarpeya del Capitolio.
Sila regresó en el momento en que Mario y Escauro comenzaban a alejarse
del bajo Foro.
—Traigo recado del Quirinal, de Lucio Valerio —dijo, mostrando un
aspecto sumamente distendido para los acontecimientos de la jornada—. Dice que,
efectivamente, Glaucia está en casa de Cayo Claudio, que han atrancado las
puertas y que se niega a salir.
—Bien, príncipe del Senado —dijo Mario mirando a Escauro—, ¿qué hacemos
ante esta situación?
—¿Por qué no seguimos la misma pauta de esa pandilla y dejamos que
transcurra la noche? Que Lucio Valerio siga vigilando la casa, y cuando
Saturnino se rinda, que den la noticia a voces por encima de la tapia de Cayo
Claudio, a ver qué pasa.
—Buena idea, Marco Emilio.
Escauro se echó a reír.
—Esta amable colaboración con vos, Cayo Mario, no va a acrecentar mi
fama entre mis amigos los boni —dijo cogiendo a Mario del brazo—. No obstante,
me alegro mucho de que hayáis estado hoy aquí. ¿Qué decís, Publio Rutilio?
—Que no podríais haber dicho mejor verdad.
Lucio Apuleyo Saturnino fue el primero en rendirse de los refugiados en
el templo de Júpiter Optimus Maximus, y Cayo Saufeio el último. Los que eran
romanos —unos quince— quedaron arrestados en la tribuna de los Espolones para
que todos los que pasaran los vieran, que no fueron muchos, ya que la gente se
quedó en sus casas. Y allí mismo, en su presencia, se juzgó por traición ante
un tribunal especial a los que de entre el populacho eran ciudadanos romanos
—casi todos, ya que no se trataba de una revuelta de esclavos— y fueron
sentenciados a morir arrojados desde la roca Tarpeya.
La roca Tarpeya era un resalte basáltico que se proyectaba sobre un
abismo de tan sólo ochenta pies de profundidad al sudoeste del Capitolio. Que
los condenados muriesen, se debía a que en el fondo había un afloramiento de
afiladas rocas.
Los traidores fueron conducidos por el Clivus Capitolinus y por delante
de la escalinata del templo de Júpiter Optimus Maximus, hasta un tramo de la
muralla Serviana frente al templo de Ope. El farallón de la roca Tarpeya
sobresalía fuera de la muralla y se veía bien su perfil desde el bajo Foro, en
donde, inopinadamente, apareció la muchedumbre para ver cómo ajusticiaban a los
partidarios de Lucio Apuleyo Saturnino; una muchedumbre con el estómago vacío
pero sin ánimo de demostrar su indignación. Tan sólo querían ver cómo arrojaban
a los condenados desde la roca Tarpeya porque era algo que no sucedía desde
hacía mucho tiempo y se había difundido el rumor de que había casi un centenar
de condenados. Ningunos ojos entre aquella muchedumbre miró a Saturnino ni a
Equitio con afecto o compasión, pese a que la componían los mismos que tan
estentóreamente los habían aclamado durante las elecciones tribunicias.
Circulaba el rumor de que iba a llegar una flota con trigo de Asia gracias a
Cayo Mario, y por eso le vitoreaban intermitentemente, pues lo que realmente
querían era tener una especie de fiesta y ver saltar a los condenados desde la
roca Tarpeya; la muerte a una prudente distancia en aquella modalidad
acrobática. La novedad.
—No podemos celebrar el proceso de Saturnino y Equitio hasta que los
ánimos se hayan calmado un poco —dijo el portavoz de la cámara, Escauro, a
Mario y Sila, acomodados en la escalinata del Senado, mientras aquella serie de
peleles en miniatura caían agitándose al vacío.
Ni Mario ni Sila se llamaron a engaño: no era la muchedumbre del Foro lo
que preocupaba a Escauro, sino la más impulsiva e indignada de los suyos, que,
ahora que todo había concluido, protestaba enardecida. El rencor hacia las
gentes de Saturnino se había centrado en el propio tribuno, con especial saña
hacia Lucio Equitio. Los jóvenes senadores y los que aún no tenían edad para
serlo formaban un grupo junto a la zona de comicios,
encabezados por Cepio hijo y Metelo el joven, y miraban con cara de
pocos amigos a Saturnino y sus compañeros cautivos en la tribuna de los
Espolones.
—Peor será cuando Glaucia se rinda y esté con ellos —dijo Mario,
pensativo.
—¡Qué pandilla de miserables! —exclamó Escauro, despectivo—. ¡Era de
esperar que algunos hubieran hecho lo que debían arrojándose sobre su espada!
¡Incluso el cobarde de mi hijo lo hizo!
—Estoy de acuerdo —dijo Mario—. Pero lo cierto es que tenemos a quince,
dieciséis cuando se entregue Glaucia, para juzgarlos por traición y un grupo
indignado que se me antoja una manada de lobos mirando a un rebaño de ovejas.
—Tendremos que encerrarlos en algún sitio durante unos días —dijo
Escauro—. Pero ¿dónde? Por el buen nombre de Roma, no podemos consentir que los
maten.
—¿Por qué no? —terció Sila.
—Habría complicaciones, Lucio Cornelio. Hemos evitado el derramamiento
de sangre en el Foro, pero la multitud va a volver a congregarse para ver el
juicio por traición. Hoy está entretenida con las ejecuciones de gente sin
importancia, pero ¿podemos estar seguros de que no cambiará de ánimo cuando
juzguemos a Lucio Equitio, por ejemplo? — dijo Mario, lacónico—. Es una
situación difícil.
—¿Por qué no se habrán arrojado sobre su espada? —inquirió Escauro,
inquieto—. ¡Imaginaos las complicaciones que nos habrían ahorrado! Un suicidio
admitiendo la culpabilidad, sin necesidad de juicio ni de estrangulador en la
cárcel del Tullianum, porque desde la roca Tarpeya no nos atrevemos a
arrojarlos.
Sila escuchaba pero no quitaba ojo de Cepio hijo y Metelo el joven sin
decir palabra.
—Bueno, ya nos preocuparemos del juicio en su momento —añadió Mario—.
Mientras tanto tenemos que encontrar un sitio para encerrarlos sin riesgo.
—La Lautumiae queda descartada —se apresuró a decir Escauro—, pues si
por casualidad, o por instigación de alguien, la muchedumbre decide liberarlos,
las celdas no resistirán el asalto aunque tengamos a todos los lictores de
guardia. No es Saturnino quien me preocupa, sino ese desastre de Equitio. Sólo
faltaría que alguna estúpida comenzase a llorar y a lamentarse de que el hijo
de Tiberio Graco va a morir para que tuviésemos complicaciones —añadió con un
gruñido—. Y por si fuera poco, mirad a ese grupo de jóvenes casi relamiéndose;
no les importaría lo más minimo acabar con Saturnino.
—Pues sugiero que los encerremos en la Curia Hostilia —dijo Mario. —¡Eso
no podemos hacerlo, Cayo Mario! —replicó Escauro mirándole
estupefacto.
—¿Por qué no?
—¿Encarcelar a unos traidores en la sede del Senado? ¡Eso es... como...
como ofrecer una cagarruta en sacrificio a los dioses!
—De todos modos ya han mancillado el templo de Júpiter Optimus Maximus y
todo lo relacionado con la religión estatal habrá que purificarlo. La Curia no
tiene ventanas y posee las mejores puertas de Roma. Otra solución es que
algunos de nosotros los retengamos voluntariamente en nuestras casas... ¿Os
gustaría haceros cargo de Saturnino? Saturnino para vos y Equitio para mí. Y
creo que Quinto Lutacio podría hacerse cargo de Glaucia —dijo Mario sonriendo.
—La Curia Hostilia es una excelente idea —dijo Sila, sin dejar de mirar,
pensativo, a Cepio hijo y a Metelo el joven.
—¡Brrr! —exclamó Escauro, príncipe del Senado, no por Mario o Sila, sino
por las circunstancias. Luego asintió enérgicamente—. Tenéis razón, Cayo Mario.
Me temo que habrá de ser en la Curia Hostilia.
—¡Estupendo! —dijo Mario, dando una palmada a Sila en el hombro para
indicarle que se pusiera en marcha—. Mientras me ocupo de los detalles, Marco
Emilio —añadió con una horrorosa sonrisa descolgada—, vos encargaos de explicar
a vuestros colegas los boni por qué es preciso utilizar el venerable edificio
como cárcel.
—¡Ah, muchas gracias! —exclamó Escauro.
—No hay de qué.
Cuando estuvieron lo bastante alejados para que nadie los oyera, Mario
dirigió una curiosa mirada a Sila.
—¿Qué te traes entre manos? —le preguntó.
—No sé si voy a decírtelo —respondió éste.
—Haz el favor de andar con cuidado. No quiero que acabes ante un
tribunal por traición.
—Andaré con cuidado, Cayo Mario.
Saturnino y sus conjurados se rindieron el octavo día de diciembre; al
noveno, Cayo Mario volvía a convocar la Asamblea centuriada y presidía la
declaración de los candidatos a las magistraturas curules.
Lucio Cornelio Sila no se molestó en acudir a la saepta; estaba ocupado
en otras cosas, entre ellas, largas conversaciones con Cepio hijo y Metelo el
joven y una breve visita a Aurelia, pese a que sabía por Publio Rutilio Rufo
que se hallaba bien y que Lucio Decumio había mantenido alejados del Foro
Romano a sus tabernarios colegas.
El décimo día del mes era cuando asumían el cargo los nuevos tribunos de
la plebe; pero dos de ellos, Saturnino y Equitio, estaban encerrados en el
Senado, y existía la preocupación de que volviese a congregarse la multitud, a
quien parecía interesarle más la suerte de los tribunos de la plebe.
Aunque Mario no pensaba autorizar a su modesto ejército de tres días
atrás a acudir al Foro con corazas y espadas, mandó cerrar el mercadillo
contiguo a la basílica Porcia y estableció allí un depósito de corazas y armas;
en la planta baja, en el extremo que daba al Senado, estaban las dependencias
del Colegio de tribunos de la plebe en las que tenían que reunirse al amanecer
los ocho no complicados con Saturnino, para después proceder a la sesión
inaugural de la Asamblea de la plebe lo antes posible, sin hacer mención alguna
de los dos que faltaban.
Pero aún no había amanecido y el Foro estaba totalmente vacío, cuando
Cepio hijo y Metelo Pío bajaban por el Argiletum hacia la Curia Hostilia a la
cabeza de un grupo. Habían dado aquella vuelta para mayor seguridad de
que nadie los viese, pero cuando se desplegaron en torno a la Curia
comprobaron que podían actuar con total impunidad.
Llevaban largas escalas que colocaron contra los laterales del edificio,
hasta las viejas tejas en forma de abanico de los aleros, frágiles y cubiertas
de musgo.
—No olvidéis —dijo Cepio a su tropa— que Lucio Cornelio ha dicho que no
hay que desenvainar la espada. Hay que cumplir al pie de la letra las órdenes
de Cayo Mario.
Uno tras otro fueron ascendiendo por las escalas hasta que los cincuenta
que formaban el grupo estuvieron en cuclillas en el tejado, poco inclinado, y
allí aguardaron a oscuras a que por el este surgiese la débil luz que se
transformó de gris paloma en oro brillante antes de que los primeros rayos de
sol surgieran por detrás del Esquilino bañando la techumbre del Senado. Ya
comenzaban a llegar algunos al Foro, pero las escalas ya estaban retiradas y
nadie advirtió su presencia porque a nadie se le ocurrió mirar hacia arriba.
—¡¡Ahora!! —gritó Cepio hijo.
A toda prisa —porque Lucio Cornelio les había dicho que no dispondrían
de mucho tiempo— el grupo de asalto comenzó a quitar las tejas de las vigas de
roble superpuestas a las gruesas jácenas de cedro. La luz bañó el interior del
Senado, cayendo sobre quince pálidos rostr0s que miraban hacia arriba, más
estupefactos que aterrados. Y cuando cada uno de los asaltantes tuvo a su lado
un montón de tejas, comenzaron a arrojárselas por la abertura practicada.
Saturnino cayó en seguida y Lucio Equitio también. Hubo algunos que trataron de
refugiarse en los rincones más apartados, pero los jóvenes del tejado no
tardaron en afinar la puntería, disparando acertadamente las tejas en todas
direcciones. Como en el Senado no había ningún tipo de mueble, pues los
senadores se traían sus propias sillas y los secretarios cogían un par de mesas
en las dependencias contiguas del Argiletum, no existía nada tras lo que los
detenidos pudieran parapetarse de aquella lluvia de proyectiles, más eficaces
de lo que Sila había pensado. Al chocar, aquellas tejas de diez libras se
rompían en trozos de afiladas aristas.
Cuando llegaron allí Mario y sus legados, Sila incluido, todo había
terminado. Los asaltantes bajaban al suelo y allí permanecieron quietos sin
tratar de escapar.
—¿Los detengo? —preguntó Sila a Mario.
Mario, enfrascado en sus pensamientos, dio un respingo al oir la
pregunta.
—¡No! ¿No ves que no se mueven...? —replicó, dirigiéndole una
inquisitiva mirada de reojo a la que Sila respondió con un rápido guiño.
—Abrid las puertas —dijo Mario a los lictores.
En el interior, el sol matutino se abría paso a través de un palio de
polvo que iba depositándose lentamente e iluminaba por doquier montones de
tejas con verdín, con las aristas rotas, y en su envés más protegido de los
elementos atmosféricos, una tonalidad bermellón oscura, casi color sangre.
Quince cadáveres yacían encogidos o despatarrados, medio sepultados por las
tejas destrozadas.
—Vos y yo solos, príncipe del Senado —dijo Mario.
Entraron juntos y fueron de un cadáver a otro para ver si había alguno
con vida. A Saturnino le habían alcanzado tan pronto y con tal fuerza, que ni
siquiera había tenido tiempo de hacer ademán de protegerse; tenía el rostro
enterrado bajo un caparazón de tejas que, al quitárselo, puso al descubierto
unos ojos muertos mirando hacia el cielo con las negras pestañas cubiertas de
polvo. Escauro se agachó a cerrárselos y torció el gesto: había tanto polvo
acumulado en los globos oculares, que los párpados se resistían a cerrarse.
Lucio Equitio había salido peor librado, pues apenas presentaba una parte de su
cuerpo que no estuviera magullada o cortada, y tuvieron que hacer verdaderos
esfuerzos para sacarle de entre aquel montón de tejas. Saufeio, que había echado
a correr hacia un rincón, había sido alcanzado por un fragmento que debió de
rebotar en el suelo, alojándosele como una punta de lanza en el cuello; estaba
casi decapitado. A Tito Labieno le había alcanzado una teja entera de lado en
la rabadilla y había perecido sin sentir nada por debajo de la brutal fractura
en la columna vertebral.
Mario y Escauro conferenciaron.
—¿Y ahora qué hago con esos imbéciles de ahí fuera? —inquirió Mario. —¿Y
qué podéis hacer?
—¡Vamos, príncipe del Senado! —exclamó Mario elevando la mitad derecha
del labio superior—. ¡Asumid parte de la carga sobre vuestro viejo esqueleto!
¡Os prometo que de ésta no vais a escapar! ¡O me respaldáis o disponeos a un
enfrentamiento, comparado con el cual lo que aquí ha sucedido será como la
fiesta femenina de la Bona Dea!
—¡De acuerdo, de acuerdo! —replicó Escauro, irascible—. ¡No pretendía
decir que no fuera a apoyaros, rústico puntilloso! Sólo he dicho que qué podéis
hacer...
—Según los poderes que me ha otorgado el Senatus Consultum, puedo hacer
lo que quiera, desde arrestar a esos audaces, hasta enviarlos a casa con una
simple reprimenda. ¿Qué consideráis más conveniente?
—Lo conveniente es enviarlos a casa. Lo adecuado sería arrestarlos y
acusarlos del asesinato de conciudadanos romanos, pues, como los presos no
habían sido sometidos a juicio, eran ciudadanos romanos cuando encontraron la
muerte.
Mario enarcó su única ceja móvil.
—Entonces, ¿qué decisión adopto, príncipe del Senado? ¿La conveniente o
la adecuada?
—La conveniente, Cayo Mario —respondió Escauro encogiéndose de hombros—.
Y lo sabéis tan bien como yo. Si adoptáis la adecuada, causaréis tal herida en
el árbol de Roma que arrastraría al mundo entero en su caída.
Salieron del Senado y permanecieron juntos en lo alto de la escalinata,
mirando a los que se hallaban reunidos en la explanada. Aparte de aquellos
centenares, el Foro Romano estaba vacío, limpio y paradisíaco bajo el sol
matutino.
—¡Concedo una amnistía general! —gritó Cayo Mario con todas sus
fuerzas—. ¡Id a casa, jóvenes! —añadió dirigiéndose a los asaltantes—. ¡Quedáis
amnistiados también vosotros! ¿Dónde están los tribunos de la plebe?
—prosiguió, dirigiéndose a los demás—. ¿Aqui? ¡Bien! Convocad la asamblea ahora
que no está el populacho. El primer punto de la orden del
día será la elección de dos tribunos más, ya que Lucio Apuleyo Saturnino
y Lucio Equitio han muerto. Comandante de los lictores, enviad la guardia con
esclavos públicos y adecentad la Curia Hostilia. Entregad los cadáveres a sus
respectivas familias para que tengan un funeral honorable, pues no habían sido
juzgados por sus crímenes y siguen siendo ciudadanos romanos acomodados.
Descendió por la escalinata y se dirigió hacia la tribuna de los
Espolónes, pues era el primer cónsul y presidente de la ceremonia de toma de
posesión de los nuevos tribunos; de haber sido patricio, este cometido habría
recaído en el segundo cónsul, y ésa era la razón por la que se nombraba un
cónsul plebeyo: para poder presidir el concilium plebís.
Y sucedió en aquel preciso momento, quizá porque el rumor estaba en
plena efervescencia y se había propagado rápidamente por toda la ciudad. El
Foro comenzó a llenarse de gente a millares; gentes que acudían desde el
Esquilino, el Caelia, el Viminal, el Quirinal, el Subura, el Palatino, el
Aventino, el Oppiae. Cayo Mario vio inmediatamente que era la misma multitud
que se había congregado allí mismo durante las elecciones de los tribunos de la
plebe.
Ahora que ya había pasado lo peor, y con aquel sentimiento de paz en su
corazón, miró aquel mar de rostros y vio lo que a Lucio Apuleyo Saturnino le
había resultado evidente: una fuente de poder sin explotar, sin la astucia que
procuran la experiencia y la formación, dispuesta a rendirse al kharisma
egoísta de cualquier demagogo de apasionada elocuencia para seguir a otro amo.
Esto no es lo mío, pensó Cayo Mario. Ser el primer hombre de Roma amparándose
en la credulidad de la masa no es ninguna victoria. He conquistado la categoría
de primer hombre de Roma al estilo tradicional, con esfuerzo, batallando contra
los prejuicios y monstruosidades del cursus honorum.
Sin embargo, concluyó eufórico Cayo Mario, haré un último gesto para
demostrar a Escauro, príncipe del Senado, a Catulo César, al pontífice máximo
Ahenobarbo y a todos los boni que si hubiese optado por el método de Saturnino,
serían ellos quienes estarían muertos en la Curia Hostilia
aplastados bajo las tejas y sólo yo mandaría en Roma. Porque, comparado
con Saturnino, soy lo que Júpiter a Cupido.
Avanzó hacia el borde de la tribuna de los Espolones que miraba hacia el
bajo Foro en vez de a la zona de comicios y abrió los brazos en un ademán que
parecía abarcar a la multitud, acogerla como un padre a sus hijos.
—¡Pueblo de Roma, volved a vuestras casas! —clamó con voz estentórea—.
Todo ha terminado y Roma está a salvo. Y yo, Cayo Mario, me complazco en
anunciaros que ayer llegó al puerto de Ostia una flota con trigo. Hoy, durante
toda la jornada, no cesarán las gabarras de remontar la corriente y mañana
habrá trigo a la venta en los silos estatales del Aventino a un sestercio el
modius, precio estipulado en la ley frumentaria de Lucio Apuleyo Saturnino.
Pero como Lucio Apuleyo ha muerto, la ley no es válida. ¡Soy yo, Cayo Mario,
cónsul de Roma, quien os da el trigo! El precio especial estará vigente hasta
que yo abandone el cargo dentro de diecinueve días. Después, los nuevos
magistrados decidirán el precio que deberéis pagar. ¡Ese sestercio que os cobro
es mi regalo de despedida, quirites! Porque os aprecio he luchado por vosotros
y he vencido por vosotros. ¡No lo olvidéis nunca! ¡¡Viva Roma!!
Y descendió de la tribuna en medio de una tempestad de vítores, con los
brazos alzados y aquella deforme sonrisa a modo de adiós; el lado sano y el
lado tullido.
Catulo César estaba paralizado de asombro.
—Pero ¿habéis oído? —musitó a Escauro—. ¡Acaba de regalar en su nombre
diecinueve días de trigo! ¡Al Tesoro le costará miles de talentos! ¿Cómo se
atreve?
—¿Vais a subir a la tribuna a desmentirle, Quinto Lutacio? —inquirió
sonriente Sila—. ¿Teniendo a todos vuestros leales boni jóvenes en libertad?
—¡¡Maldito sea!! —exclamó Catulo César casi al borde de las lágrimas.
Escauro soltó una carcajada.
—¡Nos la ha vuelto a jugar, Quinto Lutacio! —pudo decir a duras penas,
sacudido por la hilaridad—. ¡Ah, qué terremoto es ese hombre!
¡Bien que nos la ha jugado dejándonos la factura! ¡Le detesto, pero, por
todos los dioses, que me encanta!
Y volvió a desternillarse de risa.
—¡Hay veces, Marco Emilio Escauro, en que realmente no os entiendo!
—comentó Catulo César, alejándose con su mejor paso de camello.
—En cambio yo, Marco Emilio Escauro, os entiendo perfectamente — dijo
Sila, y soltó una carcajada más fuerte que la del portavoz de la cámara.
Cuando Glaucia se arrojó sobre su espada y Mario amplió la amnistía a
Cayo Claudio y sus compañeros, Roma respiró con alivio, y todos pensaron que
habían acabado los disturbios del Foro, pero no fue así. Los jóvenes hermanos
Lúculo procesaron a Cayo Servilio el Augur por traición y volvió a estallar la
violencia. Los senadores estaban con el ánimo exaltado porque el caso afectaba
a los boni; Catulo César, Escauro y los suyos se pusieron totalmente de parte
de los Lúculo, mientras que el pontífice máximo Ahenobarbo y Craso Orator se
hallaban obligados por vínculos de clientela y amistad con Servilio el Augur.
Aquella multitud sin precedentes que había invadido el Foro Romano
durante los disturbios provocados por Saturnino, había desaparecido, pero los
que ahora se congregaban masivamente eran los habituales que acudían a
presenciar el juicio, atraídos por el carisma de los Lúculos, que eran
conscientes de ello y estaban dispuestos a aprovecharlo al máximo. Varro
Lúculo, el más joven de los hermanos, se había revestido de su toga viril pocos
días antes de comenzar el juicio, pero ni él ni su hermano de dieciocho años se
afeitaban aún. Sus agentes, mañosamente mezclados entre la multitud,
difundieron el rumor de que aquellos dos pobres muchachos acababan de recibir
la noticia de que su padre había muerto en el exilio y de que a la noble y
antigua familia de Licinio Lúculo no le quedaba más que aquellos dos pobres
muchachos para defender su honor, su dignitas.
El jurado, formado por caballeros, había decidido de antemano ponerse de
parte de Servilio el Augur, que era un caballero que había accedido al Senado
de la mano de su patrón, el pontífice máximo Ahenobarbo. Ya al
elegirse aquel jurado se habían producido violencias, porque los ex
gladiadores pagados por Servilio el Augur habían tratado de interrumpir el
juicio; pero los jóvenes nobles, encabezados por Cepio hijo y Metelo Pío, los
habían expulsado, matando a uno de ellos. El jurado tomó buena nota y se
resignó a escuchar a los hermanos Lúculo con mayor interés del previsto.
—Declararán culpable al Augur —dijo Mario a Sila, mientras asistían de
cerca al juicio sin perderse un solo detalle.
—Efectivamente —contestó Sila, que estaba fascinado por el mayor de los
Lúculo—. ¡Magnífico! —exclamó cuando el joven concluyó su requisitoria—. ¡Me
gusta ese muchacho, Cayo Mario!
—Es altanero y frío como su padre —replicó Mario, impasible.
—Bien se ve que estás de parte del Augur —añadió Sila, muy serio.
Mario encajó sonriente la puya.
—Me pondría de parte de un mono africano si les hiciera la vida
imposible a los conservadores partidarios del ausente Meneitos, Lucio Cornelio.
—Servilio el Augur sí que es un mono africano —replicó Sila.
—No te digo que no. Va a salir perdiendo.
Fue una predicción que se cumplió cuando el jurado (al ver a la pandilla
de jóvenes nobles de Cepio hijo) dictó el veredicto unánime de DAMNO, aun
después de haberse enternecido con las apasionadas defensas de Craso Orator y
Mucio Escévola.
No constituyó sorpresa que el juicio concluyera con una reyerta, que
Mario y Sila contemplaron desde una prudencial distancia, y con gran alborozo
en el momento en que el pontífice máximo Ahenobarbo propinó un puñetazo en la
boca al insufriblemente eufórico Catulo César.
—¡Por Pólux y Linceo! —exclamó Mario, encantado al ver que los dos se
disponían a enfrentarse a puñetazos—. ¡Vamos, dale, Quinto Lutacio Pólux!
—gritó.
—No es mala alusión clásica, dado que los Ahenobarbos perjuran que fue
Pólux quien les concedió el rojo de sus negras barbas —dijo Sila cuando un
directo de Catulo César tiñó de rojo el rostro de Ahenobarbo.
—Esperemos —añadió Mario, girando sobre sus talones en cuanto la pelea
concluyó, con la derrota de Ahenobarbo— que esto ponga fin a los
acontecimientos del Foro este año aciago.
—Oh, no lo sé, Cayo Mario. Aún tenemos que aguantar las elecciones
consulares.
—Afortunadamente no se celebran en el Foro.
Dos días después, Marco Antonio celebraba su triunfo, y dos días más
tarde era elegido primer cónsul para el año en puertas; su colega consular fue
nada menos que Aulo Postumio Albino, aquel cuya invasión de Numidia diez años
atrás había precipitado la guerra contra Yugurta.
—¡Los electores son unos perfectos asnos! —dijo, algo exaltado, Mario a
Sila—. ¡Han elegido de segundo cónsul a uno de los mejores ejemplos que conozco
de ambición unida a nulo talento! ¡Bah, tienen una memoria tan efímera como su
mierda!
—Es que dicen que el estreñimiento causa torpeza mental —comentó Sila,
sonriendo pese a que un nuevo temor le asaltaba. Esperaba presentarse a pretor
en las elecciones del año siguiente, pero aquel día había captado una mala
disposición en la Asamblea centuriada por los candidatos partidarios de Mario.
Sin embargo, ¿cómo distanciarse de aquel hombre que tanto le había ayudado?, se
preguntaba acongojado.
—Afortunadamente, pienso que va a ser un año de poca imaginación y Aulo
Albino no tendrá ocasión de estropear las cosas —prosiguió Mario, ignorante de
las reflexiones de Sila—. Por primera vez en mucho tiempo, Roma no tiene
enemigos importantes. Podemos descansar y Roma podrá respirar.
Sila hizo un esfuerzo y apartó de su mente la idea de aquel pretorado
que sabía iba a costarle.
—¿Y la profecía? —inquirió de improviso—. Marta dijo claramente que
serías cónsul de Roma siete veces.
—Seré cónsul siete veces, Lucio Cornelio.
—Lo dices convencido.
—Sí.
—Yo me contentaría con ser pretor —añadió Sila con un suspiro.
La hemiparesia facial hizo que el afectado profiriese un increíble
bufido desdeñoso.
—¡Tonterías! —añadió en tono enérgico—. Eres cónsul en esencia, Lucio
Cornelio. De hecho, llegarás a ser el primer hombre de Roma.
—Gracias por tu fe en mí, Cayo Mario —respondió Sila con una sonrisa
casi tan retorcida como la de Mario en aquellos días—. Pero, teniendo en cuenta
nuestra diferencia de edad, no tendré que competir contigo en las elecciones.
—¡Qué combate de titanes! —replicó Mario riendo—. Pero no hay peligro
—añadió con absoluta convicción.
—Ahora, dejando la silla curul y no proyectando entrar en el Senado, ya
no serás el primer hombre de Roma, Cayo Mario.
—Cierto, cierto, pero mira, Lucio Cornelio, he tenido una buena carrera.
Y en cuanto se me pase esta horrenda enfermedad, volveré.
—Y, entretanto, ¿quién será el primer hombre de Roma? —inquirió Sila
—. ¿Escauro? ¿Catulo?
—¡¡Nemo!! —tronó Cayo Mario, acompañándolo de una carcajada—.
¡Nadie! ¡Ahí está la gracia, porque ninguno de ellos me llega a la
altura del zapato!
Sila le secundó echándose a reír, le pasó el brazo por los togados
hombros y le dio un afectuoso apretón, mientras se alejaban de la saepta camino
de casa. Ante ellos se alzaba el monte Capitolino; un amplio haz de sol
invernal iluminaba la cuadriga argéntea de la Victoria en el frontón del templo
de Júpiter Optimus Maximus, bañando la ciudad de Roma con un fulgor dorado.
—¡Hace daño a los ojos! —gimió Sila. Pero era incapaz de apartar la
vista.
NOTA DE LAAUTORA
Este libro es fundamentalmente obra de una sola mano. Yo misma he
realizado la investigación, dibujado los mapas y redactado el glosario. Por
consiguiente, cualquier error o falta debe serme imputado estrictamente a mí.
Sin embargo, hay dos personas a las que quiero citar en prueba de mi profundo
agradecimiento. La primera es el doctor Alanna Nobbs, de la Universidad de
Macquarie, en Sydney, Australia, que se ha prestado a ser mi editor clásico; la
segunda es la señorita Sheelah Hidden, quien viajó por todo el mundo en busca
de materiales y obras originales, hablando con numerosas autoridades en la
materia, localizando bustos, etc. El resto ha de quedar en el anonimato por
falta de espacio, aunque no por ello sea menor mi estimación. Para ellos
también mi más cálido y sincero agradecimiento. Gracias también a mi esposo, a
mi agente literario, Fred Mason, a mi editor, Carolyn Reidy, a Joe Nobbs y a su
equipo.
Mejor que añadir una larga disertación erudita en defensa de mis
hipótesis, he optado por incorporar un somero corpus de la misma al glosario.
Los que cuenten con una formación sólida que les incline a ser escépticos en
cuanto al tratamiento que he dado a la relación entre Mario y Sila en los
primeros años de la misma, a la identidad de la primera mujer de Sila y en lo
relativo al número de hijas de Cayo Julio César, les sugiero que consulten el
término Julilla del glosario, en el que podrán hallar mis hipótesis al
respecto. Para verificar los datos a propósito de las profecías de Marta la
siria sobre Mario, consúltese igualmente el glosario. Y si se
pone en duda que los antiguos supiesen lo que eran vinos de calidad,
léase el término vino. La polémica sobre la localización del Forum Piscinum y
el Forum Frumentarium figura también en dichos artículos. El glosario es lo más
amplio y detallado que el espacio permite.
No se cita bibliografía porque no es habitual en el caso de una novela
y, además, ocuparía numerosas páginas. Los ciento ocho volúmenes de la Loeb
Classical Library que poseo serían un modesto punto de partida. Sólo añadiré
que, siempre que ha sido posible, he recurrido a las fuentes antiguas y he
consultado la obra de muchos historiadores modernos famosos, entre ellos Pauly
Wissowa, Broughton, Syme, Mommsen, Münzer, Scullard... Aun sin bibliografía, mi
erudición resultará evidente a quienes tengan capacidad para juzgar.
Pido disculpas a los lectores que sepan latín por algunas palabras
latinas usadas en caso nominativo cuando debería emplearse el vocativo, el
dativo u otros casos; de este modo se ha pretendido facilitar la lectura a la
mayoría del público lector.
Unas palabras a propósito de los dibujos. Estoy tan harta de que la
gente piense que Cleopatra se parecía a Elizabeth Taylor, Marco Antonio a
Richard Burton, etc., que he optado por presentar a los lectores rostros
romanos genuinos de tiempos de la república. Siempre que ha sido posible, se
trata de parecidos autentificados, y cuando no he podido autentijicarlos he
elegido una cabeza romana de la época adecuada a la edad y el carácter del
personaje. Sólo dos son auténticos: el de Cayo Mario y el de Lucio Cornelio
Sila. De los otros siete, el de Catulo César se basa en un busto atípico de
César el dictador, y el de Cayo Julio César en un busto también atipico de
Marco Emilio Lépido. El de Aurelia se inspira en una estatua de tamaño natural
de una anciana, de inequívoca datación en la época republicana; aunque es una
estatua castigada por el tiempo, la estructura ósea de la dama es muy parecida
a la del dictador César. Los de Metelo el Numídico, Marco Emilio Escauro,
Publio Rutilio Rufo y el joven Quinto Sertorio se inspiran en bustos anónimos
de la época republicana. El que sólo se haya incluido una mujer se debe a la
escasez de retratos femeninos durante esa misma época. Los pocos que existen he
tenido que reservarlos
para ilustrar mujeres en las que puede detectarse cierto parecido con
retratos autentificados de varones. ¡En todo caso, habrá más novelas!
Espero que la próxima de la serie sea La corona de hierba.
GLOSARIO
abogado. Término empleado por los eruditos modernos para referirse al
que intervenía ante los tribunales romanos.
Absolvo. Término latino que utilizaba el jurado para declarar inocente
al acusado.
académico. Adscrito a la filosofía platónica.
adamas. Diamante. Los antiguos sabían que era la sustancia más dura y la
utilizaban como herramienta para cortar, si disponían de ella. Los diamantes de
la época procedían de Escitia y de la India.
Adriático, mar. El que separaba la península italiana de Ilírico,
Macedonia y el Epiro, contiguo al mar Jónico.
aed es. Casa de los dioses que no se consideraba templo porque no la
utilizaban los augures. El templo de Vesta, por ejemplo, era en realidad aedes
sacra y no un auténtico templo.
aduatucos. Conjunto de tribus que habitaban la zona de la Galia
Cabelluda en torno a la confluencia del Sabis con el Mosa; parece ser que
eran más germanos que celtas, pues se reclamaban de parentesco con los
germanos denominados teutones.
aedile. Uno de los cuatro magistrados romanos cuyo cargo se limitaba a
la ciudad de Roma. Dos eran ediles plebeyos y dos ediles curules. Los ediles
plebeyos se instituyeron en 493 a. JC. para ayudar en sus tareas a los tribunos
de la plebe, pero más en concreto para proteger los derechos de la plebe
respecto a su sede, el templo de Ceres. Pronto heredaron la responsabilidad de
conservar todos los edificios de la urbe, la custodia del archivo de los
plebiscitos aprobados en la Asamblea plebeya y todos los decretos senatoriales
relativos a la aprobación de plebiscitos. Los ediles plebeyos los elegía la
Asamblea de la plebe. Se crearon dos ediles curules en 367 a. JC. para que los
patricios compartieran la custodia de los edificios públicos y los archivos, pero
no tardaron mucho los cuatro ediles en ser indistintamente plebeyos o
patricios. Los ediles curules los elegía la Asamblea del pueblo. A partir del
siglo II a. JC., los cuatro tenían a su cargo el cuidado de las calles de Roma,
el abastecimiento de agua, los desagües, el tráfico, los edificios y
dependencias públicos, los mercados, los pesos y medidas, los juegos y el
abastecimiento público de grano. Tenían poder para multar a los ciudadanos por
infraCCión de cualquier reglamento relacionado con todo lo anterior, y
guardaban en sus arcas esos fondos para contribuir a los juegos. La edilidad
-plebeYa o curul- no formaba parte del cursus honorUm, pero debido a los juegos
constituía un medio útil para que un pretor adquiriese popularidad.
Aenus, río. El actual río Inn de Baviera.
Aetna, monte. El actual Etna, activo en la antigüedad, igual que ahora,
pero entonces sus alrededores estaban muy poblados.
África. En tiempos de la república, el vocablo Africa se aplicaba
principalmente a la parte de la costa norte en torno a Cartago, la actual
Tunicia.
África, provincia de. La provincia romana de Africa, que en tiempos de
Cayo Mario era muy pequeña, la formaba básicamente la porción de territoriO en
que se asentaba Cartago. La provincia romana estaba rodeada por la más extensa
Numidia.
ager publicus. Tierras de propiedad pública romana. En su mayoría se
había adquirido por derecho de conquista o por expropiación a sus propietarios
en castigo por deslealtad. La arrendaba el Estado (por medio de los censores)
en una modalidad que favorecía los latifundios. La extensión más famosa de los
diversos ager publicus en Italia era el ager Campanii, antigua propiedad de la
ciudad de Capua y confiscada por Roma tras diversas sublevaciones de esta
ciudad.
Agger. Las dobles murallas y fortificaciones que defendían a Roma por su
lado más vulnerable, el camPuS esquilinUs. El Agger formaba parte de la muralla
serviana.
Alba Longa. Próxima a la actual CastelgandolfO. Antiguo centro del Lacio
y patria de las más antiguas familias patricias romanas, incluidos los JulioS.
En el siglo VII a. JC. fue conquistada por el rey Tulio Hostilio, quien la
arrasó hasta los cimientos. Sus habitantes se instalaron en Roma.
Albis, río. El actual Elba.
Alejandro Magno. Rey de Macedonia. Tercero con este nombre, nació en el
356 a. JC. y murió a los treinta y tres años. A la edad de veinte años sucedió
a su padre Filipo II, y, obsesionado por la amenaza persa, decidió eliminar de
una vez por todas la posible invasión de Europa. Para ello, en el 334 a. JC.
cruzó con su ejército el Ilelesponto para someter a Persia. Su odisea entre
esta acción y el día de su muerte por fiebres en Babilonia le llevó, siempre
victoriOSo, hasta el río Indus del Pakistán actual. Su tutor fue Aristóteles.
Como murió sin descendencia, su imperio no le sobrevivió
en Macedonia, pero se perpetuó en los numerosos reyes helénicos,
encarnados por sus generales, que se repartieron la mayor parte de Asia Menor,
Egipto, Siria, Media y Persia.
aliados. Ya desde los orígenes de la república romana, sus magistrados
concedían el título de "Amigo y Aliado del Pueblo de Roma" a pueblos
y/o naciones que la habían ayudado en momentos de apuros (generalmente
bélicos). Con el tiempo, todos los habitantes de la península itálica que no
poseyeran plena ciudadanía romana por concesión específica o por poseer
derechos latinos, fueron considerados "aliados". Roma garantizaba
protección militar y concesiones mercantiles, a cambio de tropas armadas
pagadas por los aliados cuando las requería. Los pueblos y naciones extranjeros
comenzaron a adquirir dicho titulo; así, los eduos de la Galia Cabelluda y el
reino de Bitinia eran considerados aliados. Cuando a este marco se incorporaron
elementos extranjeros, los pueblos itálicos se denominaron simplemente aliados,
mientras que las naciones extranjeras ostentaban el título completo de
"Amigo y Aliado del Pueblo de Roma".
alóbroges. Conjunto de tribus celtas que ocupaban las tierras al sur del
lago Lemanna, entre los Alpes occidentales y el Ródano hasta el río Isara al
sur. Encarnizados enemigos de los romanos, resistieron la ocupación.
ambarres. Rama del conjunto de tribus celtas denominados eduos en la
zona central de la Galia Cabelluda. Vivían cerca del Arar (Saóne).
ambrones. Rama de los pueblos germánicos llamados teutones; perecieron
todos en Aquae Sextiae en el 102 a. JC. (véase Teutones).
ambrosía. Comida de los dioses.
Amísia, río. El actual Ems, en Alemania.
amor. Es lo mismo que Roma al revés y los romanos de la época de la
república solían creer que "Amor" era el nombre críptico vital de su
ciudad.
Anas, río. El actual Guadiana.
Anatolia. En términos generales, la actual Turquía asiática. Se extendía
desde la costa sur del mar Negro (el Euxino) hasta el Mediterráneo, y desde el
mar Egeo hasta el Oeste de la actual Armenia rusa, con Irán y Siria al este.
Las montañas Taurus y Antitaurus hacían de su interior y de gran parte de la
costa un terreno muy accidentado. Era de clima continental.
Anco Marcio. Cuarto rey de Roma, que la familia Marcio (en particular la
rama apellidada Rex) se arrogaba como antepasado y fundador, cosa poco
probable, dado que los Marcios eran plebeyos. Se atribuía a Anco Marcio la
colonización de Ostia, aunque existen dudas al respecto, o el haber arrebatado
a los etruscos las minas de sal de la desembocadura del Tíber. Durante su
reinado, Roma floreció y la única obra que le sobrevivió fue el puente de
Madera o puente Sublicio. Murió en el 617 a. JC., dejando dos hijos que no
heredaron el trono, lo que fue motivo de complicaciones.
amphora, amphorae. Vasija de cerámica de forma alargada con cuello
estrecho, dos asas y terminada en punta, lo que impedía que quedase en el suelo
en posición vertical. Se utilizaba para el transporte (marítimo, generalmente)
de vino o de trigo; gracias a la punta, se estibaba cómodamente en el serrín
que llenaba la bodega de la nave o el interior del carro, y así hacía el viaje
en posición vertical, amortiguada y segura y, además, se la podía arrastrar
fácilmente por el suelo durante las operaciones de carga y descarga. La
capacidad de una ánfora venía a ser de unos veinticinco litros.
Aníbal. El más famoso de los príncipes púnicos que dirigieron las tropas
de Cartago en las guerras contra Roma. Nació en el 247 a. JC. y aprendió a
guerrear en España siendo niño, y allí pasó su juventud. En el 218 a. JC.
invadió Italia en un ataque relámpago que sorprendió a Roma; el paso de
los Alpes (con elefantes) por el Montgénévre fue una maniobra magistral.
Durante dieciséis años anduvo a su antojo por la Galia Cisalpina y por Italia,
derrotando a los ejércitos romanos en Trebia, Trasimeno y, finalmente, en
Cannas, pero Quinto Fabio Máximo Verrucosis Cunctator ideó una estrategia con
la que logró vencerle, consistente en acosar constantemente al ejército
cartaginés pisándole los talones, pero sin entablar batalla. Como Fabio Máximo
siempre se hallaba cerca, Aníbal nunca cobró confianza para atacar Roma. Luego
le fallaron sus aliados itálicos y la presencia de Fabio le obligó a ir cada
vez más hacia el sur una vez obligado a salir de Campania. Después perdió
Tarento, mientras su hermano Asdrúbal, en Umbría, sufría una derrota junto al
río Metaurus. Acorralado en Bruttium, apéndice de la península italiana, evacuó
a su ejército incólume hacia Cartago en el 203 a. JC. En Zama fue derrotado por
Escipión el Africano, tras lo cual, en su condición de jefe de Estado púnico,
intrigó con Antioco el Grande de Siria en contra de Roma. Al final buscó asilo
en la corte de Antioco, pero al someter Roma a este rey, volvió a huir y se
refugió en la corte del rey Prusias de Bitinia. Cuando, en el 182 a. JC., Roma
exigió a Prusias la entrega de Aníbal, éste se suicidó. Fue un irreconciliable
enemigo de Roma, a quien ésta siempre admiró y respetó.
Anio, río. El actual Aniene.
Anna Perenna. Una de las misteriosas deidades indígenas romanas sin
origen griego. No tenía rostro ni mitología y se la consideraba de sexo
femenino. Su fiesta se celebraba en la primera luna llena del Año Nuevo (1 de
marzo) y era ocasión de gran alborozo en Roma.
Antioquía. La capital de Siria y la mayor ciudad de esa parte del mundo.
Apeninos. La cordillera que divide a Italia en tres zonas bastante
aisladas entre sí: Galia itálica o Cisalpina (norte del valle del Po), ribera
del Adriático y la zona más amplia de llanuras y valles correspondiente a la
costa occidental de la península. La cordillera se inicia en los Alpes
Marítimos de Liguria, atraviesa la base de la península de Oeste a este y
discurre a lo largo de la misma hasta Bruttium, enfrente de Sicilia. Su máxima
altitud son 3.000 metros.
aqua. Un acueducto. En la época de Cayo Mario había cuatro para el
abastecimiento de agua a Roma. El más antiguo era el Aqua Appia (312 a. JC.) y
le seguían el Aqua Anio Vetus (272 a. JC., el Aqua Marcia (144 a. JC.) y el
Aqua Tepula (125 a. JC.). Durante la república se encargaban de los acueductos
y del agua de la ciudad empresas concesionarias que nombraban los censores.
Aquae Sextíae. La actual Aix-en-Provence; era una ciudad balneario en la
provincia de la Galia Transalpina.
Aquileia. Colonia con derecho latino en los confines orientales de la
Galia Cisalpina, a guisa de reducto para proteger las rutas de comercio que
cruzaban los Alpes Cárnicos desde Noricum a Illyricum; se fundó en 181 a. JC. y
al contar poco después con varias carreteras que la unían a Ravenna, Patavium,
Verona y Píacentia, se convirtió en la ciudad más importante del norte del
Adriático.
aquilifer. Probablemente fue una creación de Cayo Mario, cuando concedió
a las legiones las águilas de plata. El aquilifer era el mejor soldado, que
portaba el águila de plata de su legión y debía impedir que cayera en manos del
enemigo. Iba revestido con una piel de lobo o de león.
Aquitani, Aquitania. Las tierras al sudoeste de la Galia Cabelluda,
entre el río Carantonus y los Pirineos; la zona que se extendía hacia el este a
lo largo del río Garona hasta casi Tolosa se llamaba Aquitania y la ocupaba una
confederación de tribus celtas llamadas aquitanios. El oppidum más importante
de Aquitania era Burdigala, a la izquierda de la desembocadura del Garona.
Arar, río. El actual Saóne francés.
Arausio. La Orange actual. Un pequeño asentamiento bajo influencia
romana en la orilla oriental del Ródano, en la Galia Transalpina.
Arduenna. El actual bosque de las Ardenas, al norte de Francia. En
tiempos de Cayo Mario, la Arduenna se extendía desde el Masa hasta el Mosela y
era impenetrable.
area Flacciana. Marco Fulvio Flaco, un importante partidario de Cayo
Graco, fue asesinado con dos de sus hijos en el 121 a. JC. en la represión que
siguió a la política de aquél. Sus tierras y propiedades fueron confiscadas
post mortem, incluida su casa del Palatino, que fue derruida y de la que sólo
quedó el solar. Esta porción de tierra que dominaba el Foro Romano pasó a
denominarse area Flacciana. Quinto Lutacio Catulo la compró en el 100 a. JC. y
construyó unos soportales en los que instaló los estandartes capturados a los
cimbros en Vercellae.
Arelate. La actual Arles. Ciudad de la Galia Transalpina, probablemente
fundada por los griegos. Situada antes del delta del Ródano, Arelate cobró
importancia después de que Cayo Mario hiciera construir el canal.
armillae. Las anchas pulseras de oro o de plata que se concedían como
premio al valor a legionarios, centuriones, cadetes y tribunos militares de las
legiones.
Arnus, río. El actual Arrio. Con su serpenteante curso formaba la
frontera entre Italia y la Galia itálica o Cisalpina.
Arpinum. Ciudad del Lacio cerca de la frontera de Samnio y probablemente
habitada en origen por los volscos. Fue la última población
con derechos latinos en recibir plena ciudadanía romana, en 188 a. JC.,
pero en tiempos de Cayo Mario no gozaba de plena categoría municipal.
Arx. El promontorio más al norte de los dos que coronaban el monte
Capitolino.
as. La moneda romana de menor valor; diez de ellas equivalían a un
denario. Era de bronce.
Asamblea (Comitia). Las reuniones del pueblo romano, convocadas para
tratar de asuntos gubernativos, legislativos o electorales. En la época de Cayo
Mario había tres tipos de asamblea: la centuriada, la del pueblo y la de la
plebe. La Asamblea centuriada convocaba a la gente por clases, determinadas por
la certificación de sus medios y de carácter económico. Como se trataba en
origen de una reunión militar, cada clase se agrupaba por centurias (que en
tiempos de Mario excedían la cifra de cien hombres, pues se había decidido
mantener el número de centurias en cada clase hasta un determinado valor). Su
nombre en latín era Comitia centuríata y se reunía para elegir cónsules,
pretores y censores (cada cinco años); se reunía también para entender en
juicios relativos a acusaciones de traición. La Asamblea del pueblo permitía la
plena participación de los patricios; su nombre latino era Comitia populí y en
ella se reunían las treinta y cinco tribus en que se dividían los ciudadanos
romanos. La Asamblea del pueblo (llamada también Asamblea popular) la convocaba
un cónsul o un pretor, y podía presentar leyes, elegir los ediles curules, los
cuestores y los tribunos militares. Igualmente tenía potestad para celebrar
juicios. La Asamblea de la plebe o Asamblea plebeya se denominaba en latín
Comitia plebis tributa o Comitium plebis; en ella no participaban los patricios
y la convocaba un tribuno de la plebe. La Asamblea plebeya tenía potestad para
aprobar leyes (denominadas plebiscitos) y celebrar juicios. Elegía a los ediles
plebeyos y a los tribunos de la plebe. En ninguna Asamblea romana el voto
representaba directamente los deseos individuales; en la Asamblea centuriada,
el voto representaba a la centuria de su clase correspondiente, y
los votos totales de la centuria representaban a la mayoría; en las
asambleas por tribus del pueblo y de la plebe, el voto representaba a la tribu
y los votos totales de la tribu representaban lo que la mayoría decidía.
Asia, provincia de. Costa occidental e interior de lo que actualmente es
Turquía, desde Troad, en el norte, hasta Lycia, al sur, frente a Rodas. En
aquella época la capital era Pergamum.
Asylum. Una parte de la depresión en forma de silla de montar que
separaba los dos promontorios capitolinos; tenía el antiguo significado de
asilo, es decir, un lugar en el que podía refugiarse el fugitivo de cualquier
índole sin temor a que lo detuvieran. Fue el propio Rómulo quien lo instituyó
como asilo de fugitivos al intentar buscar mayor número de hombres para que
habitasen Roma, dado que no los encontraba de otro modo.
Athesis, río. El actual Adigio.
atrium. El recibidor de las mansiones romanas; fundamentalmente constaba
de una abertura rectangular en el techo y de un estanque. En principio, el
propósito del estanque era tener agua para el uso doméstico, pero en la época
de Cayo Mario este estanque se había convertido en un simple elemento
ornamental.
Atalo III. Ultimo rey de Pérgamo y monarca de la mayor parte de la costa
del Egeo hasta la Anatolia occidental y Frigia. Murió en el 133 a. JC.,
bastante joven y sin herederos, salvo los habituales primos. Su testamento fue
llevado a Roma y en él dejaba todo su reino a Roma. Siguió una guerra que
dirigió Manio Aquilio en 129-128 a. JC. Cuando Aquilio organizó el legado de la
provincia romana de Asia, vendió la mayor parte de Frigia al rey Mitrídates V
del Ponto por una suma de oro que él mismo se embolsó.
auctoritas. Término latino de difícil traducción, ya que significa mucho
más que el vocablo "autoridad"; implica preeminencia, prestigio,
jefatura, importancia pública y privada y, sobre todo, la capacidad para
influir sobre los acontecimientos por simple fama pública o personal. Todos los
magistrados poseían auctoritas como algo inherente a su cargo, pero la
auctoritas no era exclusiva de los magistrados; el príncipe del Senado, el
pontífice máximo, el rex sacrorum, los consulares y algunos particulares también
poseían auctoritas.
augur. Sacerdote cuyo cometido era la adivinación más que el pronóstico.
Formaba con sus colegas el Colegio de augures que, en tiempos de Cayo Mario,
eran unos doce, seis patricios y seis plebeyos. Hasta que Cneo Ahenobarbo
aprobó la lex Domitia de sacerdotiis en el 104 a. JC., los augures eran
elegidos por los propios miembros del Colegio, pero después se eligieron
públicamente. El augur no predecía el futuro, ni dictaba los augurios a su
antojo, sino que examinaba unos determinados objetos o signos para saber si lo
que se iba a realizar contaba con la aprobación de los dioses, ya fuese una
asamblea, una guerra, la propuesta de una ley o cualquier otro asunto estatal.
Existía un auténtico manual de interpretación, por lo que nadie tenía que
arrogarse poderes psíquicos para ser nombrado augur. De hecho, el Estado romano
desconfiaba de los que pretendían tener "poderes" y prefería
"atenerse al texto". El augur vestía la toga trabea (véase ese
articulo) y portaba un báculo llamado lituus.
auxiliares. Legión incorporada al ejército romano sin que sus tropas
tuviesen la categoría de ciudadanos de Roma; los que formaban este tipo de
legión recibían el nombre de auxiliares, término que también se aplicaba al
cuerpo de caballería. En la época de Cayo Mario, la mayor parte de la
infantería auxiliar era de origen itálico, mientras que la caballería auxiliar
era de la Galia, Numidia o Tracia, países en los que los soldados montaban a
caballo, cosa que no hacía el soldado romano.
ave atque vale. "Salve y adiós."
Baetis, río. El actual Guadalquivir, en la Hispania Ulterior; según
Estrabón, el valle del Baetis era el más fértil y rico del mundo.
Bagradas, río. El actual Mellégue; el más importante de la provincia
romana de Africa.
Baiae. Pequeña ciudad de la bahía del cabo Misenum, promontorio norte de
lo que hoy se denomina bahía de Nápoles. No era un lugar de recreo famoso en
tiempos de la república, pero si que eran célebres sus criaderos de ostras.
basilica, basilicae (basílica). Edificio importante para uso público,
tal como tribunales o dependencias comerciales y despachos. La basílica se
iluminaba por una lucerna cenital y durante la república se erigía a costa de
algún noble romano de buen talante cívico, generalmente de rango consular. La
primera de las basílicas fue construida por Catón el censor y estaba en el
Clivus Argentarius, junto al Senado; se llamaba basílica Porcia, albergaba
casas de banca y la sede del Colegio de los tribunos de la plebe. En la época
de Cayo Mario, existían ya las basílicas Sempronia, Emilia y Opimia, todas en
las inmediaciones del bajo Foro.
belgae. La temible unión de tribus que habitaban al noroeste de la Galia
próxima al Rin. De origen racial mixto, los belgae eran probablemente, más
germánicos que celtas; entre ellos se contaban los pueblos de los tréveros, los
aduatucos, los condrusos, los belovacos, los atrebates y los batavos. Para los
romanos de la época de Mario, eran más legendarios que reales.
biga. Carro de guerra tirado por dos caballos.
Bitinia. Reino contiguo al Propontis, en la parte asiática, que se
extendía por el este hasta Patagonia y Galacia, al sur de Frigia, y hasta Misia
por el
sudoeste. Era una tierra fértil y rica en la que reinaba una dinastía de
origen tracio. Su tradicional enemigo era el Ponto.
Boiohaemun. Bohemia, en la actual Checoslovaquia.
boni. Literalmente, "los hombres buenos". Aparecen mencionados
por primera vez en una comedia de Plauto titulada Los cautivos, y el término se
utilizó con implicaciones políticas en tiempos de Cayo Graco, quien recurrió a
él para referirse a sus seguidores, pero también sus enemigos Druso y Opimio
hicieron igual. Luego pasó gradualmente al lenguaje popular y en tiempos de
Cicerón los boni eran los senadores de tendencias ultraconservadoras.
Bononia. La actual Bolonia.
Borysthenes, río. El actual Dniéper de Ucrania.
Breno (1). Rey de los galos (o celtas). Fue Breno quien saqueó Roma y
casi llegó a apoderarse del Capitolio durante un asedio, de no haber sido por
los gansos sagrados de Juno que graznaron hasta despertar al consular Marco
Manlio, que descubrió el punto por el que los asaltantes escalaban el
acantilado y los rechazó; Roma no perdonó a los perros (que no ladraron) y a
partir de entonces honró a los gansos. Al ver su ciudad reducida a humo y
escombros bajo sus propios ojos y sin tener nada que comer, los defensores del
Capitolio aceptaron finalmente pagar a Breno por salvar la vida y el precio fue
mil libras de oro; cuando le llevaron a Breno el montón de oro al Foro, lo
mandó volver a pesar en balanzas manipuladas y alegó que querían engañarle. Los
romanos le contestaron que era él quien trataba de engañarlos; tras lo cual
desenvainó la espada y la arrojó despectivo sobre el platillo de la balanza,
exclamando: "¡Ay de los vencidos!" (Vae victis!) Pero antes de que
pudiera matar a los romanos por su audacia en reprocharle el engaño mientras le
compraban sus vidas, el recién nombrado dictador Marco Furio Camilo apareció en
el Foro con un ejército y se negó a
consentir que Breno tomase el oro. En un primer combate en las calles de
Roma, los galos fueron expulsados de la ciudad, y en el segundo combate, a ocho
millas de la urbe, en la Via Tiburtina, Camilo aniquiló a los invasores. Por
esta hazaña (y por su discurso persuadiendo a los plebeyos para que no
abandonasen Roma para asentarse en Veii) Camilo fue llamado segundo fundador de
Roma. Livio no cuenta lo que fue del rey Breno. Todo esto sucedía en el 390 a.
JC.
Breno (2). Otro rey de los galos (o celtas), que a la cabeza de una
federación de tribus celtas invadió Macedonia y Tesalia en el 279 a. JC.,
venció a los griegos en el paso de las Termópilas y saqueó Delfos, batalla en
la que resultó herido. Luego entró en el Epiro y saqueó el recinto sagrado
lleno de riquezas del templo de Zeus en Dodona y de Otros muchos templos, como
el de Zeus en Olimpia. Tuvo que retirarse ante la decidida resistencia de
guerrilla de los griegos, regresó a Macedonia y allí murió a causa de su
antigua herida. Sin el aglutinante de la jefatura de Breno, los galos vagaron
sin rumbo; algunos (los tolistobogios, los trocmi y parte de los volcos
tectosagos) cruzaron el Helesponto para pasar a Asia Menor y se asentaron en
una región llamada Galacia a partir de entonces. Los volcos tectosagos que no
pasaron a Asia Menor regresaron a la región de la que procedían en torno a
Tolosa, al sur de la Galia, llevando consigo el botín de la campaña de Breno,
del que quedaron depositarios hasta el regreso del resto, ya que el oro
pertenecía a todos.
Brundisium. La actual Brindisi. Era el puerto más importante del sur de
Italia y el mejor de toda la costa adriática. En el 244 a. JC. se convirtió en
colonia con derechos latinos, pues Roma deseaba proteger el tramo recién
ampliado de la Via Apia entre Tarentum y Brundisium.
Burdigala. La actual Burdeos. El gran oppidum galo de los aquitanos.
caballeros. Los equites, pertenecientes al ordo equester. Su origen se
debe a cuando los reyes de Roma alistaron a los ciudadanos más distinguidos en
un cuerpo de caballería pagado por el Tesoro público. En aquel entonces, en
Italia, los buenos caballos eran muy escasos y costosos. Ya en la época de la
joven república había mil ochocientos jinetes, repartidos en dieciocho
centurias. Con el auge de la república aumentó el número de caballeros, pero ya
todos ellos adquirían por su cuenta el caballo y lo mantenían; los mil
ochocientos caballeros con "montura pública" eran entonces los
veteranos del ordo equester. No obstante, en el siglo II a. JC., Roma ya no les
facilitaba los caballos y el ordo equester se convirtió en una entidad social y
económica que poco tenía que ver con la cuestión militar. Entonces los
caballeros eran definidos por los censores según consideraciones económicas y,
mientras que las dieciocho primitivas centurias con sus caballos públicos se
mantuvieron en la cifra de cien hombres, el resto de las centurias de
caballeros (setenta y una, aproximadamente) aumentaron en contingentes, de modo
que todos los que reunían las condiciones para ser censados como caballeros
quedaron incluidos en la primera clase. Hasta el 123 a. JC. los senadores seguían
formando parte del ordo equester; fue Cayo Braco quien los dividió, formando
una orden aparte de trescientos hombres. No obstante, sus hijos varones no
senadores siguieron siendo clasificados como caballeros. Como requisitos para
ingresar en el censo de caballeros (que se efectuaba ante un tribunal especial
en el Foro Romano), había que tener propiedades o rentas superiores a 400.000
sestercios. Aunque esto no siempre se observaba, algunos censores insistieron
en que se celebrase un desfile para comprobar que jinetes y corceles se
mantenían en buen estado. El desfile de caballos públicos (cuando se celebraba)
debía tener probablemente lugar en los idus de julio; los censores tomaban
asiento en un tribunal en lo alto de la escalinata del templo de Cástor y
Pólux, en el Foro, y los caballeros iban pasando ante ellos con sus corceles.
Desde la época de Cayo Graco hasta el final de la república, los caballeros
dominaron unas veces y otras perdieron el control de los tribunales que
juzgaban a los senadores por traición menor o extorsión en provincias, y con
bastante frecuencia andaban a la greña con
el Senado. Nada podía impedir que un caballero que reuniera los
requisitos económicos para ser senador ingresase en el Senado; el hecho de que,
en general, no aspirasen a entrar en él, se debía simplemente al gusto de los
caballeros por el comercio y los negocios, cosa que a los senadores les estaba
vedada. El ordo equester (no se llamó así oficialmente hasta después de la
época de Cayo Graco) prefería las emociones del foro de comercio a las del foro
político.
cabriolé. Vehículo de dos ruedas tirado por dos o cuatro animales,
generalmente mulas. Era muy ligero y elástico, dentro de las limitaciones de
los vehículos de la antigüedad -no existían muelles ni amortiguadores-, y era
el medio de transporte idóneo para un romano con prisa por ser fácil de
conducir y veloz, aunque, evidentemente, en función de los factores
atmosféricos. Su nombre latino era cisíum y el coche ligero cerrado de dos
ruedas se llamaba carpentum.
Calabría. Nombre que se presta a confusión para los que conocen la
Italia actual. Hoy, Calabria es la punta de la bota, pero en la época antigua
era el tacón.
Campania. La rica y fértil cuenca, con suelo de origen volcánico, entre
los Apeninos de Samnio y el mar toscano (Tirreno); se extendía desde Tarracina
al norte hasta un punto justo al sur de la actual bahía de Nápoles. Regada por
los ríos Liris, Volturnus, Calor, Clanius y Samus, en ella crecía todo mejor,
más grande y en mayor cantidad que en cualquier otra región de Italia.
Colonizada en origen por los griegos, cayó bajo el dominio etrusco y luego se
confederó con los samnitas para acabar siendo vasalla de Roma. Los elementos
griegos y samnitas de la población fueron motivo de rencor y siempre mostró
proclividad a la insurrección. Las ciudades de Capua, Teanum Sidicinum,
Venafrum, Acerrae, Nola y Interamna eran centros importantes tierra adentro,
mientras que los puertos de Puteoli, Neapolis, Herculaneum, Surrentum y Stabiae
eran los mejores de la costa occidental italiana. La cruzaban las vías
Campania, Apia y Latina.
campus, campi. Llanura, campo abierto o explanada.
Campo de Marte. Situado al norte de la muralla serviana, el Campo de
Marte estaba limitado por el Capitolio al sur y la colina Pinciana al este; el
resto lo cerraba la gran curva del Tíber. En el Campo de Marte acampaban los
ejércitos en espera de que los generales celebrasen el triunfo, se efectuaban
ejercicios, militares y de instrucción para los jóvenes, estaban los establos
de los caballos que corrían en las carreras de carros, se celebraban las
asambleas de Comitia centuriata y había mercados de plantas y parques públicos.
La Via Lata (Via Flaminia) cruzaba el Campo de Marte en dirección norte.
canilleras, O grebas. Piezas metálicas para proteger la pantorrilla; se
sujetaban con correas por detrás de la rodilla y el tobillo y no las llevaba
cualquier romano, salvo los centuriones, para quienes eran un distintivo
profesional.
Cannas. Ciudad de la Apulia sobre el río Aufidius, en la que, en el 216
a. JC., Aníbal con su ejército cartaginés se enfrentó a un ejército romano al
mando de Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varro, al que aniquiló. Hasta
Arausio, en el 195 a. JC., constituyó el mayor desastre militar de Roma. En la
batalla perecieron entre treinta mil y sesenta mil hombres, y a los
supervivientes se les hizo pasar bajo el yugo (véase ese artículo).
capíte censí. Literalmente "censo por cabezas". Los capite
censi eran los ciudadanos romanos cuya pobreza les impedía pertenecer a una de
las cinco clases económicas, por lo que no podían votar en las asambleas
centuriadas. Como en su mayoría eran de origen urbano y domiciliados en Roma,
pertenecían casi todos a las tribus urbanas, que eran cuatro de las treinta y
cinco que había; esto significa que tenían poca influencia en las asambleas de
las tribus, del pueblo o de la plebe (véase también proletarii).
Capitolio. El monte Capitolino, una de las siete colinas de Roma y la
única relativamente reservada a edificios religiosos y públicos. Aunque en lo
alto del Capitolio no había residencias privadas, en tiempos de Cayo Mario se
alzaban en sus laderas algunas de las mansiones más lujosas de la ciudad. El
propio Mario vivía allí.
Capua. La ciudad interior más importante de Campania. Una serie de
promesas de lealtad no cumplidas provocó represalias por parte de Roma, que
despojó a Capua de sus vastas y ricas tierras públicas; éstas constituyeron el
núcleo del ager publicus de Campania y entre ellas se contaban, por ejemplo,
los viñedos que producían el vino de Falerno. En tiempos de Cayo Mario, la
economía de Capua dependía fundamentalmente de los numerosos campos de
entrenamiento militar, las escuelas de gladiadores y los campos de concentración
de prisioneros de guerra en venta como esclavos que rodeaban la ciudad.
carbunculus. El rubí.
carcer. Calabozo. Era el otro nombre que se daba al Tullianum.
Caribdis. Remolino mitológico que se suponía situado en el estrecho
entre Italia y Sicilia, entre las columnas de Hércules o en otros lugares.
Caribdis iba siempre asociado a Escila, un monstruo de siete cabezas aullantes
que moraba tan cerca de Caribdis que ningún marinero podía escapar de uno sin
caer en las garras del otro. En la antigüedad, el dicho "entre Escila y
Caribdis" era equivalente a "salir de Málaga para entrar en
Malagón" o "de Guatemala a Guatepeor".
Carinae. Una de las zonas residenciales más lujosas de Roma. Estaba en
la cumbre norte del monte Opiano mirando al oeste y se extendía entre el Velia,
sobre el Foro Romano, y el Clivus Pullius.
Cárnicos, Alpes. Es el nombre que he empleado para denotar el tramo de
cordillera alpina que rodea el norte de Italia y su extremo oriental, tras las
ciudades costeras de Tergeste y Aquileia. Estas montañas suelen denominarse
Alpes Julianos, reservando la denominación de Cárnicos para los del actual
Tirol austríaco. Sin embargo, no he logrado hallar pruebas de que ningún
miembro de la familia de los Julios anterior a la época del dictador Cayo Julio
César tuviese una cordillera con su nombre, por lo que cabe suponer que antes
de esa fecha los Alpes Julianos recibían otro nombre. A falta de evidencia
documental (lo que no quiere decir que no exista, sino que yo no la he
encontrado), he ampliado la denominación de Alpes Cárnicos a los Alpes
Julianos.
carnutos. Los carnutos eran la federación más extensa e importante de
las tribus celtas de la Galia. Su territorio se extendía a lo largo del río
Liger, entre su confluencia con el Caris y un punto aproximadamente en el mismo
meridiano de longitud en el que se halla el París actual. Los carnutos debían
fundamentalmente su preeminencia a que en sus tierras se hallaban los centros
de culto y las escuelas druidas de la Galia.
casco ático. Casco ornamental que llevaban los oficiales romanos,
generalmente de rango superior al de centurión. Es el tipo de casco que suelen
exhibir las estrellas de Hollywood en las películas de romanos, aunque dudo
mucho de que el casco ático de la época republicana de Roma estuviera rematado
por plumas de avestruz.
Cástor. El mayor de los dos dioses gemelos Cástor y Pólux (Kastor y
Pohdeukes), llamados también los Dioscuros. Su templo del Foro Romano era
enorme y muy antiguo, lo que indica que su culto en Roma se remontaba como
mínimo a la época de los reyes. Por lo tanto, no puede considerarse que se
tratase de una apropiación de la religión griega, como en el caso de Apolo. Su
particular importancia para Roma (y posiblemente la razón por la que más tarde
fuesen asociados a los lares) se debe probablemente a que estos dioses
fundadores de la ciudad eran gemelos.
Cebenna. La altiplanicie de la Galia central, al Oeste del Ródano. La
Cebenna actual estaría formada por los Cévennes, la Auvernia, el Ardéche y todo
el Macizo Central.
cella, cellae. Literalmente "habitación". Las habitaciones en
las casas han adquirido en su mayoría un nombre propio de su función, pero un
cuarto que no tuviera nombre era una cella. Las habitaciones de los templos se
denominaban cellae.
celtas. Es más bien la denominación moderna aplicada a una raza de
bárbaros que llegó del norte de Europa central en los primeros siglos del
primer milenio a. de JC. A partir del 500 a. JC., los celtas trataron de
invadir las tierras del Mediterráneo europeo; en España y la Galia lo
consiguieron, mientras que en Italia y Grecia no lo lograron. Sin embargo, en
el norte de Italia, Macedonia, Tesalia, Illyricum y Moesia se asentaron en
grandes poblamientos que progresivamente se mezclaron con los habitantes más
antiguos. En Galacia, en la Anatolia central y occidental, aún se hablaba celta
muchos siglos después de comenzar la era cristiana. Los celtas eran racialmente
distintos a los germanos, aunque afines a ellos, y se consideraban un pueblo
discreto. Sus idiomas tenían cierta similitud con el latín. Un romano rara vez
empleaba la palabra "celta"; decía "galo".
celtíberos. Miembros del contingente de raza celta que cruzó los
Pirineos y se estableció principalmente en las regiones central, occidental y
noroeste de la península Ibérica. Estaban tan integrados en tiempos de Cayo
Mario, que solía considerárseles indígenas.
censo por cabezas o por personas. Es el término utilizado en la obra
para denominar a los capite censi, los ciudadanos romanos de más baja categoría
por ser demasiado pobres para reunir los requisitos del censo en una de las
cinco clases económicas. Lo que hacían los censores era un "recuento de
cabezas". He optado en muchos casos por denominarlos así, en
vez de "el proletariado" o "las masas", dada nuestra
actitud posmarxista con tales términos, que en el contexto antiguo de los
hechos se prestaría a confusión (véase también cap ite censi y proletariO.
censor. El más alto magistrado romano, aunque no tenía imperium y, por
lo tanto, no llevaba escolta de lictores. Nadie que no hubiese sido previamente
cónsul podía aspirar al cargo de censor, y sólo los consulares con una enorme
auctoritas y dignitas solían atreverse a ser candidatos. Ser elegido censor era
la culminación de la carrera política de un individuo, porque el cargo le
confería la categoría de uno de los primeros hombres de Roma. El censor (se
elegían dos a la vez) ocupaba su cargo durante cinco años, aunque sólo se
entregaba de lleno a sus funciones el primer año y medio; él y su colega
efectuaban el escrutinio de los que accedían al Senado, se encargaban del ordo
equester (los caballeros) y de los depositarios de los caballos públicos (los
mil ochocientos caballeros más antiguos) y efectuaban un censo general de
ciudadanos romanos, no sólo en Roma, sino en toda Italia y en las provincias
romanas. El censor entendía también en cuanto a los requisitos económicos, en
cuestiones de contratos estatales y diversas obras públicas y edificios.
centuria. Es un término que puede aplicarse a cualquier conjunto de cien
hombres, aunque en sus orígenes significaba cien soldados. Las centurias de la
Asamblea centuriada no contaban ya con cien hombres ni tenían importancia
militar, aunque en sus orígenes fuesen militares. Las centurias de las legiones
siguieron contando con cien hombres.
centurión (centurio, centuriones). El oficial corriente en las legiones
de ciudadanos romanos y auxiliares. Es un error equipararlo al suboficial
contemporáneo; los centuriones eran auténticos profesionales, de categoría muy
distinta a la de la oficialidad actual. Un general romano derrotado apenas se
preocupaba si perdía tribunos militares, pero se mesaba los cabellos si perdía
centuriones. El grado de centurión tenía varios niveles; el centurio más bisoño
mandaba un grupo de ochenta soldados y veinte no
combatientes, llamado centuria. En el ejército de la época republicana,
reorganizado por Cayo Mario, cada cohorte tenía seis centuriones, y el más
antiguo, el pilus prior, mandaba la centuria más antigua de la cohorte y toda
la cohorte. Los diez hombres que mandaban las diez cohortes que constituían una
legión también tenían grados de antigüedad, siendo el centurión más antiguo de
la legión, el primus pilus, el único responsable ante el comandante de la
legión (uno de los tribunos elegidos de los soldados, o uno de los
lugartenientes del general). En tiempos de la república podía llegar a serlo un
soldado raso.
Cercina, isla. La actual Kerkenna. Una de las islas de la Pequeña Sirte
africana, en que se estableció la primera de las colonias de Cayo Mario para
veteranos de las legiones. Al padre de Cayo Julio César el dictador le
encomendó Mario la organización de la colonia.
Ceres. Diosa italo-romana de la tierra, cuyas atribuciones eran
fundamentalmente las cosechas y en particular los cereales. Su templo, en el
lado del Forum Boarium que daba al Aventino (y, por consiguiente, fuera del
pomerium), tenía fama de ser el más bello de la roma republicana y albergaba el
culto de la plebe en la época en que en Roma dominaban los patricios y la plebe
amenazaba con frecuencia con marcharse de la ciudad para asentarse en otro
lugar. La primera deserción masiva de la plebe, en el 494 a. JC., sólo llegó
hasta el Aventino, pero bastó para obtener concesiones. En tiempos de Cayo
Mario, el templo de Ceres recibía la simple denominación de sede de la orden
plebeya y albergaba las dependencias y archivos de los ediles plebeyos.
cínico. Adscrito a la escuela filosófica fundada por Diógenes de Sinope.
No era una escuela en sentido académico ni propugnaba un estilo de vida de gran
complejidad. En esencia, los cínicos creían en la sencillez y en la libertad
sin ataduras ni pertenencias. Los cínicos desconfiaban totalmente de los deseos
y aspiraciones mundanas por considerarlo egoísmo.
cimbros. Una vasta federación de tribus germánicas establecida en la
parte norte del Quersoneso Címbrico, hasta que aproximadamente en el 120 a. JC.
una catástrofe natural los obligó a abandonar su patria. Junto con sus vecinos
del sur, los teutones, iniciaron una épica migración para encontrar otra
patria; la migración duró casi veinte años y los llevó por un itinerario de
miles de kilómetros hasta que tropezaron con Roma y Cayo Mario.
Circei, Circen. La zona en que se hallaba el monte Circeii y que formaba
la frontera costera entre el Lacio y Campania. La ciudad del mismo nombre se
hallaba en la vertiente de Tarracina del promontorio y era una playa famosa en
tiempos de la república.
circo. Lugar en el que se celebraban las carreras de carros. La carrera
era larga y estrecha y estaba dividida en sentido longitudinal por una barrera
central, la spina, los extremos de la cual eran unas piedras cónicas llamadas
metae, que constituían el punto en que debían dar la vuelta los carros. Estaba
cubierto de gradas de madera. Las siete mangas de una carrera se contaban con
siete huevos en unas copas y siete delfines; siempre debió de hacerse así, pero
Agripa dio sin duda al Circo Máximo nuevos delfines especiales. La carrera
solía durar veinticinco minutos, y actualmente se cree que los cuatro colores
-rojo, verde, blanco y azul- se empleaban en las carreras desde mediados de la
época republicana y durante el imperio. Yo presumo que esos cuatro colores
representaban a cuatro competidores.
Circo Flaminius. El circo situado en el Campo de Marte, no lejos del
Tíber y el Forum Holitorium. Se construyó en el 221 a. JC. y a veces sirvió de
sede a las asambleas con ocasión de las elecciones, cuando la plebe o el pueblo
tenían que reunirse fuera del pomerium. Había varios templos en el recinto del
Circo Flaminio, el de Vulcano entre ellos, y el muy hermoso y famoso templo de
Hércules y las nueve musas.
Circo Máximo. El antiguo circo construido por el rey Tarquinio Prisco
antes de la época republicana Ocupaba todo el Vallis Murcia, entre el
Palatino y el Aventino, y tenía una capacidad entre 100.000 y 150.000
espectadores, aun en tiempos de la república; durante la misma, sólo se
permitía la entrada a los ciudadanos romanos y existen fundadas pruebas para
pensar que los ciudadanos libertos seguían siendo considerados esclavos en lo
que respecta a la admisión al circo; imagino que a los libertos se les negaba
la entrada por el exceso de público que deseaba ver el espectáculo. Las mujeres
podían sentarse entre los hombres.
ciudadanía. En el contexto de esta obra es la ciudadanía romana. Su
posesión permitía al interesado votar en la tribu de su clase (si cumplía los
requisitos económicos para pertenecer a una clase) en todas las elecciones de
la ciudad de Roma. No podía ser azotado, tenía derecho a un proceso ante un
tribunal romano y derecho de apelación. Según las épocas, los padres tenían que
ser ciudadanos romanos o bien solamente el padre (de ahí el cognomen hybrida).
El ciudadano estaba sujeto a servicio militar, aunque, con anterioridad a la
época de Mario, sólo si tenía suficientes propiedades para comprarse las armas
y mantenerse durante la campaña supliendo la pequeña suma que recibía del
Estado, generalmente al final de la misma.
ciudadela. Una fortaleza en lo alto de un escarpe, o la parte de una
plaza alta fortificada y rodeada de murallas.
clases. Las cinco divisiones económicas relativas a propiedades o rentas
fijas de los ciudadanos romanos. Los miembros de la primera clase eran los más
ricos y los de la quinta, los más pobres. Los capite censi no pertenecían a
ninguna clase.
cliente. En latín, cliens. El término denota a un hombre libre o a un
liberto (aunque no tenía que ser ciudadano romano) que se comprometía con otro
que se llamaba patrón (patronus). El cliente se obligaba por la más solemne
vinculación moral a servir los intereses y obedecer a los deseos del patrón, a
cambio de diversos favores (generalmente sumas de dinero, cargos o ayuda
legal). El esclavo liberto se convertía automáticamente en cliente
de su antiguo amo, excepto en el caso de que se le eximiera de la
obligación. Una especie de estructura de honor regía la conducta del cliente en
relación con su patrón y era notable el respeto que le merecía. Ser cliente no
significaba necesariamente que uno no pudiera ser patrón, aunque era más
difícil ser el patrón supremo, porque sus propios clientes lo eran a su vez de
su patrón. Había leyes que regulaban la relación entre un cliente extranjero y
el patrón, y respecto a los reinos extranjeros o estados-cliente que tenían a
Roma como patrón, existía la obligación legal de pagar rescate por los
ciudadanos romanos secuestrados, un hecho del que se valían los piratas como
adicional fuente de ingresos. Así, no sólo los individuos se convertían en
clientes, sino las ciudades y los países.
Clitumnus, río. Río de Umbría, en Italia.
clivus. Calle en cuesta. En Roma, que es ciudad de colinas, había
muchas.
cloaca, cloacae. Desagüe, y concretamente alcantarilla. No cabe duda que
desde los primeros tiempos Roma disponía de una extensa red de cloacas. Livio
cuenta que después de que los galos destruyeran prácticamente la ciudad en el
390 a. JC., no se planificó la reconstrucción como hubiera debido ser porque el
Senado temió que la orden plebeya se trasladase en masa a Veii si no se
atendían sus reivindicaciones; y, así, las calles que en la antigua ciudad
habían sido más anchas y seguían el curso de los colectores principales, en la
nueva ciudad se hicieron más estrechas y más tortuosas, construyéndose muchos
edificios sobre las antiguas cloacas.
Cloaca máxima. El sistema de alcantarillado del Subura, Esquilino
superior, Capitolio, Foro Romano y Velabrum; desembocaba en el Tíber, entre el
puente Emilio y el puente Sublicio (puente de madera). El antiguo río que
discurría por el primer alcantarillado era el Spinon.
Cloaca Nodina. Sistema de alcantarillado que recogía las aguas fecales
del Palatino, el bajo Esquilino y el Opiano, la zona del Circo Máximo y parte
del Aventino. Seguía el curso del antiguo río Nodina y sus afluentes y
desembocaba en el Tíber, aguas arriba del puente Sublicio.
Cloaca Petronia. Red de alcantarillado que recogía los desagües del
Viminal, el Quirinal y el Campo de Marte, siguiendo el curso primitivo del río
Petronia y sus afluentes; desembocaba en el Tíber aguas arriba de la isla. A
partir de ella, aguas abajo, el río no se utilizaba para bañarse.
cognomen, cognomina. Apellido o sobrenombre de los varones que deseaban
distinguirse de los que tenían el nombre y el gentilicio igual al suyo. En
algunas familias se hicieron necesarios más de un cognomen; por ejemplo:
Quintus Caecilius Metellus Pius Scipio Nasica. El cognomen solía denotar cierto
rasgo físico o de carácter -grandes orejas, pies planos o joroba- o era la
reminiscencia de alguna hazaña, como en el caso de los Cecilios Metelos que
llevaban el sobrenombre de Dalmático, Baleárico o Numidico. Muchos cognomina
eran notablemente sarcásticos e ingeniosos.
cohorte. Unidad táctica de la legión romana formada por seis centurias;
en circunstancias normales, una legión contaba con diez cohortes. Era costumbre
referirse a la potencia de un ejército romano inferior a tres o cuatro legiones
mencionando el número de cohortes en vez del de legiones.
colegio. Entidad formada por la asociación de determinado número de
personas con algo en común. Había, así, colegios sacerdotales, colegios
políticos, como el de los tribunos de la plebe, colegios religiosos, como el de
los lictores, y colegios de oficios. Determinados grupos de todos los estratos
sociales (incluidos los esclavos) se agrupaban en colegios que cuidaban de las
encrucijadas de la ciudad y celebraban sus fiestas anuales, las Compitalia.
Columnas de Hércules. Al estrecho que separa el océano Atlántico del mar
Mediterráneo se le denominaba las Columnas de Hércules, debido a los dos
enormes promontorios rocosos, el del lado español, llamado Calpe (el actual
Gibraltar), y el del lado africano, llamado Abydus.
Comisión mamilia. Tribunal especial instituido por el tribuno de la
plebe Cayo Mamilio Limetano en el 109 a. JC., con potestad para investigar los
tratos establecidos por el rey númida Yugurta con determinados romanos, muchos
de ellos magistrados.
Comitia. (Véase Asamblea.)
Comun. El Como actual.
condemno. Una de las palabras que utilizaba el jurado al deliberar sobre
el veredicto de culpabilidad. La otra era damno (véase ese artículo).
confarreatio. La modalidad más antigua y estricta del matrimonio romano.
En tiempos de Cayo Mario, sólo los patricios recurrían a ella, aunque no todos,
pues no era obligatoria. En la confarreatio, la novia pasaba de la potestad
paterna a la del marido y no adquiría independencia alguna; por eso la
confarreatio no era popular como las otras formas de matrimonio que concedían a
la mujer mayor control sobre sus negocios y una dote. La dificultad para
divorciarse era la otra razón de su impopularidad; el divorcio (diffarreatio)
era un asunto muy laborioso desde el punto de vista religioso y legal, al que
nadie quería recurrir, salvo en caso de no existir otra solución.
cónsul. El cónsul era la más alta magistratura romana con imperium, y el
consulado (los eruditos modernos no lo denominan así, porque el consulado es
una institución diplomática moderna) se consideraba el escalón más alto del
cursus honorum. Cada año, la Asamblea centuriada elegía dos cónsules que
ocupaban el cargo durante un año. El primer cónsul
-el que más votos había obtenido- ostentaba los fasces durante el mes de
enero, lo que quería decir que actuaba mientras su colega observaba. El día de
la toma de posesión del cargo de cónsul era el día de Año Nuevo, el 1 de enero.
Cada cónsul tenía una escolta de doce lictores, pero sólo los lictores del
cónsul en activo durante el mes correspondiente llevaban los fasces al hombro.
En tiempos de Cayo Mario, los cónsules podían ser patricios o plebeyos, y no
podían asumir el cargo dos patricios a la vez. La edad para ser cónsul era la
de cuarenta y dos años, doce años después de ingresar, a los treinta, en el
Senado. El imperium del cónsul no tenía límites, pues era vigente en Roma, en
Italia y en las provincias, e invalidaba el imperium de cualquier gobernador
proconsular. El cónsul podía mandar cualquier ejército.
cónsul sufecto (consul suffectus). Cuando un cónsul moría desempeñando
el cargo o resultaba incapacitado para sus funciones, el Senado nombraba un
sustituto llamado suffectus. Al sustituto no se le elegía y a veces el Senado
elegía un suffectus aunque no hubiese concluido el año consular; otras veces no
se nombraba ningún sustituto aunque faltase mucho para concluir el año
consular. Estas diferencias reflejan el espíritu de la cámara en determinados
períodos. El nombre del suffectus se inscribía en la lista de los cónsules de
Roma y a partir de entonces tenía derecho a la categoría de consular.
consular. Título atribuido al que había sido cónsul. Gozaba de especial
estima por parte de los miembros del Senado, se le concedía la palabra antes
que a los magistrados más jóvenes y en cualquier momento se le podía nombrar
gobernador de una provincia si el Senado requería sus servicios. Igualmente se
le podía encomendar otros asuntos, como el abastecimiento de grano.
consultum, consulta. Es el término correcto de los decretos
senatoriales. Estos decretos no tenían fuerza de ley; para que se convirtiesen
en ley, un consultum debía ser presentado a la Asamblea de la plebe, o Asamblea
plebeya, la cual daba, o negaba, fuerza de ley al mismo. Sin embargo,
muchos consulta no pasaban por la asamblea de las tribus y se aceptaban como
ley. Era el caso de las decisiones senatoriales nombrando gobernadores de
provincias, las declaraciones de guerra o de su continuación o el nombramiento
del comandante de un ejército. Los asuntos extranjeros solían despacharse
mediante consulta senatoriales no ratificados.
contio, contiones. Las reuniones preliminares de todas las asambleas
electorales, ya fuesen para debatir la legislación promulgada o establecer una
ley, se denominaban contiones. Un contio sólo podía convocarlo el magistrado
con la debida potestad; un cónsul o un pretor convocaban la Asamblea centuriada
o la Asamblea del pueblo, pero sólo un tribuno de la plebe podía convocar la
Asamblea plebeya.
contubernalis. Término latino aplicado a un cadete, a un subalterno de
la condición más inferior en la jerarquía militar, excluidos los centuriones;
un centurión no era nunca un cadete, sino un soldado experimentado.
coraza. Dos planchas, generalmente de bronce o hierro y a veces de cuero
curtido; una protegía el tórax y el abdomen y la otra la espalda desde los
hombros hasta las vértebras lumbares. Se sujetaban con correas en los hombros y
de axilas para abajo; algunas estaban primorosamente adaptadas a los relieves
del torso y otras se adaptaban a una talla general determinada. Los oficiales
de alto rango, en particular los generales, solían llevar corazas de relieve
perfectamente cincelado, en hierro plateado o bronce a veces dorado; generales
y lugartenientes portaban, además, un estrecho fajín rojo con vueltas y nudos
rituales.
corona. Término generalmente limitado a las condecoraciones militares al
valor. En orden decreciente de importancia, las coronas por diversas hazañas
eran las siguientes: corona gramínea, corona de hierba, concedida al que
hubiera salvado a una legión o, en contadas ocasiones, a un ejército;
corona cívica, hecha de hojas corrientes de encina, concedida al soldado
que hubiese salvado la vida de algún compañero, sin perder el terreno de la
hazaña durante el resto de la batalla; corona aurea, la primera de las coronas
menores, que, curiosamente, eran mucho más apreciadas que las dos anteriores
(señal de que eran de institución mucho más reciente); la corona de oro se
concedía al que hubiese matado a un enemigo en singular combate, conservando el
terreno durante el resto de la batalla; corona murahs, corona de oro dentada
concedida al primero que asaltara las murallas de una ciudad enemiga; corona
navalis, corona de oro adornada con grabados de espolones de nave, concedida
por el valor demostrado durante un combate naval; corona vallaris, corona de
oro concedida al primero que asaltase las defensas de un campamento enemigo.
cosana. Perteneciente a la isla de Cos, una de las Espóradas frente a la
costa de Asia Menor. El adjetivo se aplicaba a un famoso artículo de
exportación de la isla: la seda. No era auténtica seda, sino una variedad cruda
(la auténtica seda no llegó al Mediterráneo hasta el primer imperio). Esta
variedad de seda era muy estimada por las prostitutas, al extremo que una de
ellas recibía tal nombre.
collabus. Un juego que se hacía en el comedor, echando las heces del
fondo de la copa en una fuente y se ganaba con arreglo al número de rayas del
dibujo, aunque no sé exactamente las reglas.
culibonia. Obscenidad interpretada por el doctor J. N. Adams en el
sentido de una prostituta que practica el coito anal. De ahí el regocijo de
Publio Rutilio Rufo al aplicar el epíteto a los boní en una de sus cartas.
culus. Culo.
Cumae. La primera colonia griega de Italia, fundada a principios del
siglo VIII a. JC. Estaba en el cabo Misenum y era un sitio de veraneo muy de
moda en tiempos de la república.
cunnum lingere. Una gran obscenidad, que significa lamer el órgano
genital femenino.
cunnus. Obscenidad muy ofensiva como epíteto, al significar el órgano
genital femenino.
curator annonae. El responsable de regular en Roma el abastecimiento de
grano procedente de las provincias.
curia, curiae. La curia era en origen una de las treinta divisiones más
antiguas del pueblo romano, anterior a las tribus y, por supuesto, a las
clases. Aquellos primeros clanes de romanos se reunían en edificios al efecto y
cada una de las curias la encabezaba un curio o cacique, elegido de por vida.
Las curíae veteres o antiguos edificios de reunión estaban agrupados junto al
Palatium del Palatino, contiguo a la Via Triumphalis. En tiempos de Cayo Mario,
aún se recordaba perfectamente la curia a nivel social y político del pueblo.
Cuando era necesario legalmente que se reuniesen las treinta curíae -como era
el caso al adoptar un patricio en una familia plebeya o al conferir imperium a
un magistrado mayor en virtud de una lex curiata-, las representaban treinta
lictores.
Curia Hostilia. Sede del Senado. Se atribuía su construcción al rey
Tulio Hostilio, el tercero desde la fundación de Roma, y de ahí su nombre
("casa de reunión de Hostilio").
cursus honorum. "Curso de honor." El aspirante al cargo de
cónsul debía cubrir ciertas etapas; primero ingresaba en el Senado (mediante
elección como cuestor o por cooptación de los censores, aunque en tiempos de
Cayo Mario eran los censores los que tenían la última palabra), luego tenía que
servir de cuestor, aunque ya fuese senador; a continuación debía ser elegido
pretor y, finalmente, podía presentarse a la elección consular. Las cuatro
fases de senador, cuestor, pretor y cónsul, constituían el cursus honorum. Ni
la edilidad (plebeya o curul) ni el tribunado de la plebe formaban parte
del cursus honorum, pero casi todos los aspirantes al consulado sabían que para
atraerse la atención del electorado necesitaban ser tribunos de la plebe o
ediles. El cargo de censor, reservado a los que ya habían sido cónsules,
también era aparte del cursus honorum (véase también magistrados).
damno. Una de las palabras que empleaba el jurado al deliberar sobre el
veredicto de culpabilidad. Es de suponer que habría alguna razón para que
votasen el damno en vez del condemno, tal vez porque damno es más rotundo y era
el modo de no demostrar piedad por el condenado.
Danastris, río. El actual Dniéster; se le conocía también en la
antigüedad con el nombre de Tyras.
Danubius, río. El actual Danubio, Donau o Dunarea. Los griegos, que le
llamaban Ister, sabían que era un gran río, pero no lo habían explorado más
allá de las inevitables colonias que establecieron junto a su desembocadura en
el Euxino. Los romanos de la época de Cayo Mario sólo conocían sus afluentes
alpinos, aunque, al igual que los griegos, conocían en teoría su curso por
Panonia y Dacia.
Delfos. El gran santuario del dios Apolo en las faldas del monte
Parnaso, de la Grecia central. Desde tiempos muy antiguos fue un importante
centro de culto, aunque no de Apolo hasta aproximadamente el siglo vi a. JC. En
él se hallaba el omphalos (piedra en forma de ombligo, con toda probabilidad,
un meteorito), y el propio Delfos era considerado el centro del mundo. Un
oráculo de terrible fama residía en él y sus profecías las transmitía una vieja
en estado de frenético éxtasis; se la llamaba la Pitia o Pitonisa.
demagogo. En origen es un concepto griego que denota un político cuyo
principal atractivo son las multitudes. Los demagogos romanos preferían la
palestra del Foro a la del Senado, pero no formaba parte de su política
"liberar a las masas", ni tampoco, en general, los que los escuchaban
eran en rigor los más humildes de la sociedad. Era un término empleado por los
grupos ultraconservadores del Senado para referirse a los tribunos de la plebe
más radicales.
denarius, denarii. Salvo un par de emisiones de monedas de oro, el
denario era la denominación general de las monedas que acuñaba Roma. Era de
plata pura y contenía 3,5 gramos de dicho metal. El talento se componía de
6.250 denarios. Su tamaño aproximado era el de los actuales diez centavos
americanos o los tres peniques ingleses.
derechos latinos. Un estado intermedio de ciudadanía, a caballo entre el
nadir de la categoría de aliado itálico y el cenit de ciudadano romano. Los que
tenían derechos latinos compartían muchos privilegios con los ciudadanos
romanos: se les repartía equitativamente el botín, los contratos con ciudadanos
de pleno derecho tenían amparo legal, se les permitía casarse con ciudadanos
romanos y tenían derecho de apelación contra la pena capital. Sin embargo, no
tenían derecho al sufragium o voto en las elecciones romanas, ni a formar parte
de un jurado romano. Tras la revuelta de Fregellae, en el 125 a. JC., los
magistrados de ciudades con derecho latino fueron autorizados a adquirir plena
ciudadanía romana para ellos y sus descendientes directos.
Dertona. La actual Tortona del norte de Italia.
diadema. La diadema era una cinta ancha blanca de unos veinticinco
milímetros con los extremos bordados y que a veces acababa en una orla. Se
llevaba en la cabeza, sobre la frente o sobre la línea del pelo y se ataba en
el occipucio, cayendo los extremos sobre los hombros. Era en principio señal de
realeza persa, pero se convirtió en símbolo de la monarquía
helenística después de que Alejandro Magno la arrancara de la tiara de
los reyes persas.
dign itas. Un curioso concepto romano que no traduce el significado
exacto de "dignidad". Era la categoría personal del individuo dentro
de la sociedad, implicaba su valía moral y ética y su derecho al respeto y a un
adecuado tratamiento. De todos los valores que un noble romano poseía, la
dignitas era el más sensible, y para defenderla debía estar dispuesto a ir a la
guerra o al exilio, a suicidarse, a ejecutar a su esposa o a su hijo. He
preferido dejarlo sin traducir en el texto.
Dis. Otro nombre de Plutón, dios de los infiernos.
diverticulum, diverticula. En el sentido empleado en la obra es una
carretera de conexión en las rutas radiales que partían de las puertas de Roma,
una "circunvalación".
Dodona. Templo y recinto sagrado del dios griego Zeus, en las montañas
del Epiro a unos quince kilómetros al sur del lago Pamboris. Sede de un famoso
oráculo situado en un roble sagrado que era también palomar.
dominus. Señor. Domina es "señora" y dominilla
"señorita". Utilizo estas palabras para señalar el grado de respeto
de los criados hacia sus amos.
domus, domi. Literalmente, "casa". Era el término que se
empleaba para indicar la casa urbana, y se utiliza para denotar las moradas de
los que tenían casa propia en lugar de vivienda en casas de pisos.
Domus publicus. Era una casa propiedad del Senado y el pueblo de Roma,
es decir del Estado. Había un mínimo de siete edificios de éstos, al parecer
todos habitados por sacerdotes. El pontífice máximo, las vírgenes vestales, el
rex sacrorum y los tres principales flamines -dialis, martialis y
quirinalis- vivían en edificios estatales. Parece ser que todos se
hallaban en el Foro Romano, y la evidencia sugiere que durante la época
republicana, el pontífice máximo y las vestales compartían sede (situada donde
después estuvo el Atrium Vestae, pero orientada al norte); éste solía ser el
significado del término "domus publicus". La residencia del rex
sacrorum en el Velia se denominaba "la casa del rey". He situado en
el plano del centro de Roma las sedes de los tres flamines principales en
puntos totalmente arbitrarios, dentro de su posible ubicación.
Dravus, río. El actual Drava, en Yugoslavia.
Druentia, río. El actual Durance, en Francia.
druidismo. La principal religión celta, en particular en la Galia Comata
y en Bretaña; sus sacerdotes eran llamados druidas. Las sedes druidas estaban
en la región de la Galia Cabelluda habitada por los carnutos. El druidismo era
un culto místico y naturalista que no atraía en absoluto a los pueblos
mediterráneos, que lo consideraban extraño.
Duna Major, río. El actual Dora Baltea, del norte de Italia.
Duna Minos río. El actual Dora Riparia, del norte de Italia.
ecastor. Exclamación de sorpresa o asombro considerada educada y
permisible a las mujeres. Su raíz sugiere que era una invocación a Cástor.
edepol. Exclamación de sorpresa o asombro que se utilizaba en presencia
de las mujeres y se consideraba educada. Su raíz sugiere que se trataba de una
invocación a Pólux.
eduos. Una poderosa federación de tribus celtas que habitaban en la
Galia Cabelluda central. Después de que Cneo Domicio Ahenobarbo, en 122 y 121
a. JC., sojuzgara a sus enemigos tradicionales los arvernos, los eduos se
volvieron menos hostiles, se fueron romanizando y gozaron de la protección de
Roma.
Elíseo. Los romanos de la época republicana no creían en la
supervivencia carnal del individuo después de la muerte, aunque sí en otro
mundo y en "sombras", que eran una especie de espíritus sin voluntad
del muerto. No obstante, tanto entre los griegos como entre los romanos, se
creía que los dioses concedían a ciertos hombres que habían llevado una vida
gloriosa (más que meritoria) el privilegio de que su ser se conservara en un
lugar llamado el Elíseo o Campos Elíseos. Pese a ello, estas "sombras"
privilegiadas eran simples fantasmas y sólo podían volver a experimentar
emociones y apetitos humanos si bebían sangre.
emporium. Palabra con dos significados, pues podía denotar un puerto
cuya vida comercial dependía del comercio marítimo (la isla de Delos era un
emporio); o se refería a un gran edificio en el muelle del puerto, que
albergaba las dependencias para la exportación e importación.
Eneas. Príncipe de Dardania, en la Troade, hijo del rey Anquises y la
diosa Venus (Afrodita), que huyó de Troya (Ilium) con su anciano padre a
cuestas y el Paladión bajo el brazo. Tras numerosas aventuras, llegó al Lacio y
fundó la raza de la que descendían los verdaderos romanos. Virgilio dice que su
hijo lulus era en realidad Ascanio, hijo de su esposa troyana Creusa, a quien
se trajo de Troya con él; por otra parte, Livio cuenta que lulus era hijo de la
esposa latina, Lavinia. No sabemos lo que creían los romanos de la época de
Cayo Mario, ya que lo anterior lo escribieron Livio y Virgilio cien años más
tarde.
Epicuro, epicúreo. Adscrito a la escuela filosófica fundada por el
griego Epicuro a principios del siglo ni a. JC. En realidad, Epicuro propugnaba
una
modalidad de hedonismo tan refinada que se aproximaba al ascetismo por
su extremo, por así decir. Los placeres había que disfrutarlos y prolongarlos y
todo exceso invalidaba el propósito del ejercicio. La vida pública y cualquier
tipo de ocupación agobiante estaban prohibidos. Especialmente en Roma, estos
principios sufrieron notable modificación, al extremo de que un noble podía
calificarse de epicúreo y optar por la carrera pública.
Epiro. La zona de Molosia y Tesprotia de Grecia occidental, aislada de
la cultura de la Grecia central por el golfo de Corinto y las altas montañas de
la zona central, en las que había escasos pasos a Tesalia y Beocia. Tras la
derrota de Macedonia por Emilio Paulo en el 167 a. JC., unos ciento cincuenta
mil habitantes del Epiro fueron deportados, quedando el país deshabitado y
arruinado. En tiempos de Cayo Mario constituía las tierras de pasto para el
ganado del que los terratenientes absentistas obtenían la lana y el cuero.
Eporedia. La actual Ivrea, en Italia.
escéptico. Adscrito a la escuela filosófica fundada por Pirrón y su
discípulo Timón, con sede en la ciudad de Scepsis en la Tróade; de ahí su
nombre. Los escépticos no admitían la existencia de dogmas y creían que nadie
era capaz de alcanzar el conocimiento absoluto. Por consiguiente, no creían en
nada.
Escila. La mitad de un terrible dilema; la otra mitad era Caribdis
(véase este artículo).
Escipión el Africano. Publio Cornelio Escipión el Africano nació en el
236 a. JC. y murió hacia el 184 a. JC. Desde muy joven se distinguió en las
batallas de Tesino y Cannas, y a la edad de veintiséis años, cuando aún era un
simple ciudadano, fue investido con imperium proconsular por el pueblo en vez
de serlo por el Senado y fue enviado a luchar contra los cartagineses en
España. Allí los combatió con gran éxito durante cinco años, derrotando
uno tras otro a sus ejércitos, y ganó para Roma las dos provincias de
Hispania. Pese a la intensa oposición senatorial, consiguió, siendo cónsul, en
el 205 a. JC. -cuando sólo tenía treinta y un años-, autorización para invadir
Africa, lo que hizo a través de Sicilia. Tanto la isla como Africa cayeron
finalmente en sus manos y a Escipión se le invitó a adoptar el cognomen de
Africano. Fue elegido censor y nombrado príncipe del Senado en el 199 a. JC.;
volvió a ser cónsul en el 194 a. JC. Escipión el Africano, que era tan
clarividente como brillante, advirtió a Roma que Antioco el Grande podía
invadir Grecia; cuando esto sucedió, nombró legado a su hermano menor, Lucio, y
acompañó al ejército romano que partió a la guerra contra Antioco, pero
incurrió en la enemistad de Catón el censor, quien se dedicó a perseguir a
todos los Cornelios Escipiones, y en particular al Africano y a su hermano.
Parece ser que quien salió victorioso fue Catón, pues Lucio (su cognomen era el
Asiageno) fue despojado de su condición de caballero en el 184 a. JC. y el
Africano murió a finales de aquel mismo año. Escipión el Africano estaba casado
con Emilia Paula, hermana del conquistador de Macedonia. Tuvo dos hijos, pero
ninguno de los dos se distinguió especialmente; y dos hijas, de las cuales la
mayor fue esposa de su primo Publio Cornelio Escipión Nasica Corculo, y la
menor fue Cornelia, madre de los Gracos.
Escipión Emiliano. Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Numantino
nació en el 185 a. JC. No era un Cornelio de la rama de los Escipiones, sino el
hijo del conquistador de Macedonia, Lucio Emilio Paulo, quien lo dio en
adopción al hijo mayor de Escipión el Africano. Su hermano fue entregado
también en adopción a los Fabios Máximos, pues Paulo tenía cuatro hijos. La
tragedia es que después de entregar a estos dos, los más pequeños murieron con
pocos días de diferencia uno detrás de otro, en el 167 a. JC., dejándole sin
herederos. La madre de Escipión Emiliano era una Papiria, y su esposa, la única
hija que le vivió a Cornelia, madre de los Gracos, llamada Sempronia, hermana
de los Gracos y prima suya. Tras una notable carrera militar en la tercera guerra
púnica, en 149 y 148 a. JC., Escipión Emiliano fue elegido cónsul en el 147 a.
JC. a pesar de que aún no
tenía edad para ese cargo, lo que suscitó fuerte oposición en el Senado.
Enviado a Africa para dirigir la tercera guerra punica, supo mostrar la
minuciosidad incansable y constante que a partir de entonces caracterizaría su
carrera; construyó un dique para cerrar el puerto de Cartago y bloqueó la
ciudad, y al caer ésta, en el 146 a. JC., mandó arrasarla sin que quedara
piedra sobre piedra. Sin embargo, los eruditos actuales rechazan la anécdota de
que mandó arrojar sal en los terrenos para que Cartago no volviese a nacer,
historia a la que los romanos daban crédito. En el 142 a. JC. fue un mal censor
(por culpa de la oposición del Colegio); en el 140 y 139 a. JC. se embarcó
hacia oriente, acompañado de dos amigos griegos, el historiador Polibio y el
filósofo Panetio. En el 134 a. JC. fue elegido cónsul por segunda vez y se le
encargó acabar con la ciudad de Numancia, en la Hispania Citerior, una pequeña
localidad que había desafiado a una serie de ejércitos y generales romanos a lo
largo de cincuenta años. Cuando Escipión Emiliano le puso sitio, Numancia
resistió durante ocho meses antes de caer, tras lo cual la mandó arrasar y
ejecutar o deportar a sus cuatro mil habitantes. Por noticias recibidas de Roma
supo que su cuñado Tiberio Graco estaba minando el mos maiorum, u orden
establecido, y él mismo azuzó a sus enemigos, sobre todo a su mutuo primo
Escipión Nasica. Aunque Tiberio Graco ya había muerto cuando Escipión regresó a
Roma en el 132 a. JC., se le atribuyó su muerte. Luego, en el 129 a. JC., a la
edad de cuarenta y cinco años, murió tan inesperadamente que después se rumoreó
que lo habían asesinado. El principal sospechoso era Sempronia, su esposa,
hermana de los Gracos, que le odiaba. Escipión Emiliano era una curiosa mezcla.
Notable intelectual, con gran inclinación por todo lo griego, era el epicentro
de un refinado grupo que propugnaba los gustos de Polibio, Panetio y el poeta
cómico Terencio. Como amigo, lo era hasta las ultimas consecuencias, y como
enemigo siempre se mostró cruel, flemático e implacable. Genial para la
organización, podía cometer errores garrafales, como sucedió con su oposición a
Tiberio Graco; y aunque era un hombre muy culto e inteligente y de gran gusto,
moral y éticamente estaba anquilosado.
escordiscos. Confederación de tribus celtas con ilirios y tracios;
habitaban la Mesia, entre el valle del Danubio y las altiplanicies que bordean
Macedonia. Poderosos y guerreros, asolaban constantemente la Macedonia romana y
daban continuamente que hacer a los gobernadores.
Esmirna. Una de las grandes ciudades portuarias del mar Egeo, en Asia
Menor. Estaba próxima a la desembocadura del río Hermus. Fue en origen una
colonia jonia y sufrió una extinción de casi tres siglos entre el vi y el iii
a. JC. Al reconstruirla Alejandro Magno, no volvió a ser la misma. Su principal
actividad era monetaria, pero fue también un centro intelectual.
espelta o escanda. Una variedad de trigo que daba una harina muy fina y
blanca, no apta para hacer pan pero excelente para pastelería. Era el llamado
triticum spelta.
estoico. Adscrito a la escuela filosófica fundada por el
fenicio-chipriota Zenón en el siglo ni a. JC. El estoicismo era un sistema
filosófico de particular atractivo para los romanos. El principio básico
estipulaba que nada igualaba a la virtud (fuerza de carácter) y lo contrario
era debilidad de carácter. La virtud era lo único bueno y la debilidad de
carácter el único mal. El dinero, el dolor, la muerte y todo lo que esclaviza
al hombre no se consideraba importante, ya que el hombre virtuoso es por esencia
un hombre bueno y, éste, por consiguiente y por definición, ha de ser un hombre
contento y feliz, aunque sea pobre, sufra constante dolor y se halle condenado
a morir. Como sucedía con todo lo que adoptaban de Grecia, los romanos no
modificaron mucho esta filosofía, pero sí eludieron sus componentes más
desagradables con razonamientos no menos falaces por ingeniosos. Un ejemplo de
ello es Bruto.
estopa. Serie de fibras mezcladas burdamente que en la antigüedad se
confeccionaban con plantas lanosas, arce, o las fibras más toscas del lino. A
veces se usaba para calafatear, pero su principal empleo era confeccionar
mechas para lámparas.
etnarca. Término griego que solía aplicarse al magistrado de una ciudad.
Etruria. Nombre latino de lo que había sido el reino de los etruscos.
Comprendía las amplias llanuras costeras del noroeste de la península italiana,
desde el Tíber al sur del Arno, en el norte, y por el este hasta los Apeninos
del curso superior del Tíber.
Euxino, mar. El actual mar Negro. Los griegos lo exploraron y
colonizaron ampliamente en los siglos VII y VI a. JC., pero mas allá de las
zonas costeras y en las regiones norte del lado europeo (Sarmatia) y asiático
(Escitia) siguió siendo territorio bárbaro. No obstante, contaba con numerosas
rutas de comercio, celosamente protegidas. Quien controlase el Bósforo tracio,
el Propontis y el Helesponto, podía reclamar derecho de peaje entre el Euxino y
el Egeo. En tiempos de Cayo Mario, el control lo tenía el rey de Bitinia.
facción. Es el término que suelen aplicar los eruditos actuales a los
grupos políticos de la época republicana de Roma. No se les puede denominar
partidos políticos pues eran enormemente flexibles y su composición cambiaba
constantemente. Más que unirse por una ideología común, las facciones romanas
se constituían en torno a alguien de sobresaliente auctoritas y dignitas. He
evitado radicalmente los términos "optimates" y "popularis"
porque no he querido dar la impresión de que existieran partidos políticos.
Fanio, papel. Un romano llamado Fanio, que vivió entre el 150 y el 130
a. JC., sometió la peor categoría de papiro a un proceso que lo transformaba en
papel tan bueno como el de mejor calidad hierática. Los hermanos Graco
utilizaban papel Fanio, y por eso conocemos la época en que se debió de
inventar el proceso. El papel de Fanio era más barato que el egipcio de
calidad hierática y más fácil de obtener.
Fanum Fortunae. La actual Fano, en Italia.
fasces. Eran unos haces de varitas de abedul, ritualmente sujetas por
correillas de cuero rojo en zig-zag. Eran en origen el emblema de los antiguos
reyes etruscos y se usaron en la vida pública romana desde tiempos de la
república hasta el imperio. Los llevaban los llamados lictores, que precedían a
los magistrados curules (así como al procónsul y al propretor) como símbolo de
su imperium. Dentro del pomerium, los haces sólo constaban de las varillas para
indicar que el magistrado curul únicamente tenía poder para castigar; fuera de
él, en los haces se introducían unas hachas, para indicar que el magistrado
curul tenía también poder para ejecutar. El número de fasces indicaba el grado
de imperium: un dictador disponía de veinticuatro, un cónsul o procónsul de
doce, un pretor o propretor de seis y un edil de dos.
fasti. Término latino para señalar los días "útiles". El
calendario se dividía en días fasti y dies nefasti y se publicaba pegándolo a
los muros de diversos edificios, entre ellos el Regia y la rostra, para que los
romanos supiesen los días del año que podían dedicar a los negocios, a las
reuniones electorales, cuáles eran festivos, cuáles de mal agüero y en qué
fecha caían las fiestas movibles. Como el año constaba de 355 días, rara vez el
calendario estaba de acuerdo con las estaciones, salvo cuando el Colegio de
pontífices se lo tomó en serio e intercaló un día extra cada veinte días y cada
dos años, después del mes de febrero. Pero, generalmente, el Colegio no se
preocupaba pues no veía razón para ello. Los días del mes no los calculaban
como nosotros en simple sucesión del uno en adelante, sino que lo hacían hacia
atrás, a partir de tres referencias: las calendas, las nonas y los idus. Así,
en lugar del 3 de marzo, los romanos decían "cuatro días antes de las
nonas de marzo", y en lugar del 28 de marzo, "cuatro días antes de
las
calendas de abril". Para nosotros es muy complicado, pero ellos
estaban acostumbrados.
mes: Enero; número de días: 29; fecha de las calendas: 1; fecha de las
nonas: 5; fecha de los idus: 13.
mes: Febrero; número de días: 28; fecha de las calendas: 1; fecha de
las nonas: 5; fecha de los idus: 13.
mes: Marzo; número de días: 31; fecha de las calendas: 1; fecha de
las nonas: 7; fecha de los idus: 15.
mes: Abril; número de días: 29; fecha de las calendas: 1; fecha de las
nonas: 5; fecha de los idus: 13.
mes: Mayo; número de días: 31; fecha de las calendas: 1; fecha de las
nonas: 7; fecha de los idus: 15.
mes: Junio; número de días: 30; fecha de las calendas: 1; fecha de las
nonas: 5; fecha de los idus: 13.
mes: Quinctilis; (Julio): número de días: 31; fecha de las calendas: 1;
fecha de las nonas: 7; fecha de los idus: 15.
mes: Sextilis (Agosto); número de días: 29 fecha de las calendas: 1
fecha de las nonas: 5; fecha de los idus: 13.
mes: Septiembre; número de días: 29; fecha de las calendas: 1; fecha
de las nonas: 5; fecha de los idus: 13.
mes: Octubre; número de días: 31; fecha de las calendas: 1; fecha de
las nonas: 7; fecha de los idus: 15.
mes: Noviembre; número de días: 29; fecha de las calendas: 1; fecha
de las nonas: 5; fecha de los idus: 13.
mes: Diciembre; número de días: 29; fecha de las calendas: 1; fecha de
las nonas: 5; fecha de los idus: 13.
felix. Literalmente, "feliz en fortuna", más que el sentido de
la palabra "contento", que se refiere más al estado de ánimo del
momento. El felíx latino iba indefectiblemente ligado a la diosa Fortuna, a la
suerte.
fellator. Una obscenidad en extremo grosera, que señala al que recibía
por detrás o aquel a quien le chupaban el pene. Se consideraba una situación
mucho más aceptable que la del que efectuaba la mamada (véase irrumator).
Ferentinum. La actual de Italia.
Firmum Picenum. La actual Fermo, en Italia.
flamen, flamines. Sacerdote perteneciente a una clase particular que
estaba al servicio de los dioses romanos más antiguos y tradicionales. Había
quince flamines, tres mayores y doce menores. Los flamines maiores estaban al
servicio de Júpiter (1), de Marte (2) y de Quirino (3). Salvo en el caso del
flamen dialis, no parece que tuviesen una dedicación muy exigente; a pesar de
ello, los tres sacerdotes mayores recibían casa a expensas del Estado, debido,
sin duda, a que los flamines eran los sacerdotes más antiguos de Roma.
flamen dialis. Sacerdote especial de Júpiter y el más antiguo de los
quince flamines. Su vida era complicada, porque debía ser patricio y casarse
por confarreatio con una mujer también patricia; tanto los padres de él como
los de ella debían estar vivos cuando le nombraban sacerdote, y era un cargo
que duraba de por vida. El flamen dialis estaba agobiado por tabúes y dogmas:
no podía ver ni tocar un cadáver, no podía tocar hierro, no podía llevar nudo
alguno sobre su persona, no podía utilizar un instrumento de hierro para
cortarse el cabello y la barba, no podía vestir cuero de un animal sacrificado
a tal propósito, no podía tocar caballos, no podía comer ningún tipo de
habichuela ni pan con levadura. Su esposa, la flaminia dialis, sufría iguales
limitaciones.
Florentia. La actual Florencia.
flumen. Río, en latín; por eso los ríos de los mapas los he señalado con
una "F": Volturnus F., Isara F., etc.
Foro Romano. Era el centro de la vida pública romana y estaba formado
por un amplio espacio abierto dedicado a la política, las leyes, los negocios y
la religión. Creo que, en tiempo de Cayo Mario, en el Foro Romano no había
tenderetes y puestos anexos a las basílicas. Es muy probable que la profusión
de actividades políticas -y no digamos jurídicas- habría sido entorpecida con
la presencia de estructuras provisionales. En las cercanías de dos grandes
mercados -el general, Macellum, junto a la basílica Emilia, y el Macellum
Cuppedenis, detrás del Clivus Orbius- debía de haber sin duda espacio para
instalar puestos y tenderetes.
Fortuna. La diosa romana de la fortuna y una de las deidades más
adoradas del panteón romano. Había varios templos de Fortuna, dedicados a esta
diosa en sus diversas encarnaciones. El favor de la Fortuna era de gran
importancia para políticos y generales, quienes, aun en el caso de hombres tan
inteligentes como Cayo Mario, Lucio Cornelio Sila y Cayo Julio César el
dictador, creían en su intervención.
forum. Lugar de reunión pública al aire libre, en el que se llevaban a
cabo toda clase de asuntos públicos y privados.
Forum boarium. Mercados de carnes situados al norte del Circo Máximo
(Velabrum). La palabra boarium significaba "ganado", pero en tiempos
de Cayo Mario, en los mercados de carnes se vendían toda clase de animales y
carnes.
forum castrum. El lugar de reunión de un campamento militar romano.
Estaba situado junto a la tienda del puesto de mando del general.
forum frumentarium. Mercado de trigo. En el mapa los he situado
hipotéticamente, pero por las siguientes razones: no creo que los mercaderes
particulares de grano (y había muchos) realizaran la venta en el mismo lugar
del reparto público; éstos se centraban en dos zonas, una en el Porticus
Minucia del Campo de Marte, en donde los ediles tenían sus garitas y despachos
para emitir los recibos, y los otros sitios públicos que se hallaban bajo los
acantilados del Aventino, contiguos al puerto de Roma. Sabemos que había silos
en el Vicus Tuscus, bajo los acantilados del Palatino, reconstruidos por Agripa
durante el principado, pero que durante la república debían ser privados. Por
consiguiente, he situado el forum frumentarium en el Velabrum, junto a los
silos del Vicus Tuscus.
forum hortarium. Mercados de verduras. Estaban situados en las orillas
del Tíber, mitad dentro de la muralla serviana, mitad fuera de ella, aunque,
probablemente, en principio se hallaban completamente intramuros. Esta
ubicación favorecía a los horticultores del Campo de Marte y del Campo
Vaticano.
forum píscinum. Mercados de pescado. Su ubicación constituye un
misterio, pero sabemos por las quejas de Cicerón que los vientos habituales
de la ciudad difundían el hedor del pescado por el bajo Foro y la sede
del Senado. Por eso los he situado a la derecha de la Via Nova, en el Velabrum.
Fregellae. Una comunidad con derechos latinos situada en la Via Latina a
orillas del Lisis, en la frontera del Samnio. Fue siempre muy leal a Roma hasta
el 125 a. JC. en que su sublevación fue cruelmente aplastada por el pretor
Lucio Opimio, que la destruyó totalmente y nunca más volvió a florecer. Roma la
sustituyó por la Fabrateria Nova en la otra orilla del Lisis.
Frigia. Una de las zonas más salvajes y menos pobladas de Asia Menor,
sinónimo para los antiguos de ninfas, dríadas, sátiros y otros míticos seres
campestres, así como de campesinos tan indefensos, que solían caer fácilmente
en la esclavitud. Frigia se hallaba tierra adentro después de Bitinia, al sur
de Paflagonia y al Oeste de Galacia. País montañoso y con abundantes bosques,
formaba parte del imperio atálida de Pérgamo; después de las guerras que
siguieron al legado del reino de Pérgamo a Roma, el procónsul romano Manio
Aquilio vendió prácticamente toda la Frigia al rey Mitrídates del Ponto y se
embolsó el oro.
gaetuli. Un numeroso pueblo bereber y nómada que habitaba las regiones
costeras del norte de Africa, desde la Pequeña Sirte hasta Mauritania.
Galia Comata. Llamada también Galia Cabelluda. Sustraída a la provincia
de la Galia Transalpina, la Galia Comata incluía lo que son las actuales
Francia y Bélgica, junto con la zona de Holanda al sur del Rin. Era una vasta
tierra bastante plana y de extensos bosques, con grandes recursos agrícolas sin
explotar y regada por soberbios ríos, entre ellos el Liger (Loira), Sequana
(Sena), Mosa, Mosella (Mosela), Scaldis (Escalda), Samara (Somme), Matroma
(Mame), Duranius (Dordoña), Oltis (Lot) y Garumna (Garona). En tiempos de Cayo
Mario, la mayor parte de la Galia
Comata era desconocida, excepto por las campañas de Cneo Domicio
Ahenobarbo en el 122 y 121 a. JC. Sus habitantes eran celtas en su mayoría, con
excepción de las tribus germánicas que habían cruzado el Rin y que eran
racialmente mezcladas, igual que las tribus cuyos componentes denominaban
belgae. Aunque todos los galos de largos cabellos (de ahí el nombre latino
aplicado al país) conocían la existencia de Roma, evitaban cualquier contacto
de no ser que habitaran en los confines de la provincia romana. El estilo de
vida de los galos era rural, tanto pastoril como agrícola, y no gustaban de la
urbanización, prefiriendo vivir en alquerías y aldeas. Construían lo que los
romanos llamaban oppida, que eran reductos fortificados dispuestos para
defender los tesoros tribales, la persona del rey y el trigo. Su religión
estaba influida por los druidas, salvo en las tribus más germánicas. En
general, los galos de largos cabellos no eran belicosos en el sentido de que no
buscaban en la guerra un fin en sí, aunque eran fieros guerreros. Bebían
cerveza con preferencia al vino, comían carne más que pan, bebían leche y
utilizaban más la mantequilla que el aceite de oliva. Físicamente eran altos y
bien formados y solían ser rubios o pelirrojos y de ojos azules o grises.
Galia itálica. La Galia Cisalpina, es decir, la Galia a este lado de los
Alpes. La he denominado Galia itálica para simplificar. Comprendía las tierras
al norte de los ríos Arnus y Rubico, en el lado italiano del formidable arco de
los Alpes, que separaban a Italia y la Galia itálica del resto de Europa. La
bisectriz de este a oeste era el caudaloso río Padus (el Po actual), y había
una notable diferencia entre las tierras de ambas orillas. Al sur del río,
habitantes y ciudades estaban muy romanizados y muchas tenían derechos latinos.
Al norte del Po, gentes y ciudades eran más celtas que romanas y en tiempos de
Cayo Mario, las ciudades con derechos latinos eran sólo Aquileia y Cremona; el
latín era, en el mejor de los casos, la segunda lengua. Politicamente, la Galia
itálica vivía en una especie de limbo, pues no tenía ni la categoría de
auténtica provincia ni las ventajas de los aliados latinos. En tiempos de Cayo
Mario no se reclutaban sus habitantes para la infantería romana, ni siquiera
como auxiliares.
Galia Transalpina. La Galia Transalpina era la provincia romana al otro
lado de los Alpes, conquistada en su mayor parte por Cneo Domicio Ahenobarbo
con anterioridad al 120 a. JC. para asegurarse una ruta segura para el tránsito
de sus ejércitos entre Italia y España. La provincia estaba formada por una
franja costera desde Liguria a los Pirineos, con dos avanzadas internas hacia
Tolosa en Aquitania y, por el valle del Rhodanus (Ródano), hasta la factoría de
Lugdunum (Lyon).
garum. Pasta muy estimada por los gastrónomos de la época, elaborada a
partir del pescado según un proceso que pondría enfermo a cualquier
contemporáneo; parece ser que apestaba, dada la concentración. Había muchas
localidades en el Mediterráneo y el Euxino en las que se elaboraba el garum,
pero el mejor procedía de los puertos de pesca del sur de España.
Garumna, río. El actual Garona.
Galia. (Véanse Galia Comata, itálica, Transalpina.)
gens, gentes. Familia o clan romano con el mismo apellido; Julius,
Domitius, Cornelius, Aemilius, Fabius, Servilius y Junius, por ejemplo, son
gentilicios. Todos los miembros de la misma gens descendían de un antepasado
común. Era palabra del género femenino, por lo que en latín se decía la gens
Julia, la gens Cornelia.
Genua. La Génova actual.
germani. Habitantes de Germania, las tierras en los confines del Rhenus
(el Rin actual).
Getorix. Nombre de raigambre celta que ostentaban varios reyes celtas
conocidos. Lo he elegido para atribuírselo al rey celta desconocido que dirigió
al conjunto de tribus de tigurinos, marcomanos y queruscos en la
migración germana. Lo único que se sabe es que pertenecía a la tribu de
los tigurinos, que eran celtas.
gladiador. Un soldado de la categoría más baja, un guerrero profesional
que representaba sus artes en público. Era una tradición etrusca que siempre
floreció en toda Italia, incluida Roma. Sus orígenes pueden ser diversos: tal
vez sea un desertor de las legiones, un criminal convicto, un esclavo o un
liberto que ingresaba voluntariamente en el oficio, pero en cualquiera de los
casos, el interesado debía mostrar interés en hacerse gladiador, porque, si no,
no valía la pena entrenarle. Vivían en una escuela (la mayoría de ellas,
durante la época republicana, se hallaban en las afueras de Capua), pero no
estaba encerrado ni recibía malos tratos; formar un gladiador era una inversión
interesante y rentable. El entrenamiento lo supervisaba un doctor y el lanista
era el director de la escuela. Combatían en cuatro modalidades: como mirmillón,
samnita, reciario o tracio. La diferencia estribaba en el armamento. En la
época republicana servían quizá cuatro o seis años y, por término medio,
luchaban unas cinco veces al año; era raro que muriesen y el veredicto imperial
de "alzar o bajar el pulgar" aún estaba muy lejos. Al retirarse,
solía contratarse como guardaespaldas o forzudo. Los propietarios de las
escuelas eran negociantes que obtenían pingües beneficios alquilando parejas de
gladiadores por toda Italia, generalmente como función principal en los juegos
funerarios; muchos senadores y caballeros eran dueños de escuelas de
gladiadores, algunas tan grandes que albergaban a mil hombres, aunque había
unas cuantas aún mayores.
gobernador. Palabra adecuada para referirse al cónsul, pretor, procónsul
o propretor que, generalmente durante un año, mandaba en una provincia romana
en nombre del Senado del pueblo de Roma. El grado de imperium de un gobernador
variaba, al igual que la amplitud de su mandato. Sin embargo,
independientemente de su imperium, mientras estaba en la provincia era
prácticamente un rey. Respondía de su defensa, administración, recaudación de
impuestos y diezmos y muchas otras cosas.
Gracos. Conocidos también como hermanos Graco. Cornelia, hija de
Escipión el Africano y Emilia Paula, se casó cuando tenía dieciocho años con
Tiberio Sempronio Graco, de cuarenta y cinco; era hacia el año 172 a. JC. y
Escipión el Africano había muerto doce años antes. Tiberio Sempronio Graco
había sido cónsul en el 177 a. JC., fue censor en el 169 a. JC. y cónsul por
segunda vez en el 163 a. JC. Al morir, en el 154 a. JC., era padre de doce
hijos, pero eran enfermizos y sólo tres de ellos logró criar Cornelia y que se
hicieran adultos; Sempronia era la mayor y se casó, en cuanto tuvo edad, con su
primo Escipión Emiliano. Los otros dos más pequeños eran varones. Tiberio Graco
nació en el 163 a. JC. y su hermano Cayo en el mismo año de la muerte de su
padre, 154 a. JC. Por consiguiente, los dos hijos fueron educados por la madre,
que realizó una labor excepcional. Los dos hermanos Graco hicieron el servicio
militar al mando del primo hermano de su madre, Escipión Emiliano, Tiberio en
la tercera guerra púnica y Cayo en Numancia: ambos fueron de singular valentía.
Tiberio fue enviado a la Hispania Citerior en el 137 a. JC. de cuestor y sólo
negoció un tratado que permitió salir al vencido Hostilio Mancino de Numancia y
salvó a su ejército de ser aniquilado; sin embargo, Escipión Emiliano consideró
un lamentable error su intervención y logró convencer al Senado para que
ratificase el tratado. Tiberio nunca se lo perdonaría a su primo-cuñado. En el
133 a. JC. Tiberio fue elegido tribuno de la plebe y se dispuso a corregir los
errores que el Senado cometía en los arriendos del ager publicus. En contra de
una encarnizada oposición, aprobó una ley agraria que limitaba la extensión de
tierra pública que una persona podía arrendar o poseer a 500 iugera (con 250
iugera más por hijo) y creó una comisión para repartir el exceso de tierras,
consecuencia de esta limitación, entre los pobres de Roma. Su propósito era no
sólo librar a la ciudad de sus ciudadanos más inútiles, sino asegurarse de que
las futuras generaciones pudieran dar a Roma hijos con medios para servir en el
ejército. Cuando el Senado quiso entorpecer la aprobación de la ley, Tiberio
Graco la presentó directamente a la Asamblea plebeya y se metió en un avispero,
porque fue una decisión sin precedentes. Uno de sus colegas tribunos de la
plebe (y pariente), Marco Octavio, vetó la ley en la Asamblea
de la plebe y fue ilegalmente desposeído de su cargo, otra considerable
ofensa a la mos mawrum (la práctica establecida). No era tanto la legalidad de
estas estratagemas lo que importaba a los adversarios de Tiberio Graco, sino
que fuesen en contra de la tradíción, aunque no existiesen reglas escritas. Al
morir aquel mismo año Atalo III, rey de Pérgamo, dejando en herencia su reino a
Roma, Tiberio Graco hizo caso omiso del derecho del Senado a decidir qué se
hacía con el legado y legisló que las tierras se empleasen como asentamiento
complementario de los romanos pobres. La oposición en el Senado y el Foro se
acentuaba cada día. Luego, en el 133 a. JC., sin que se hubiera llevado a cabo
con éxito el programa, Tiberio Graco transgredió otra costumbre establecida,
aquella que limitaba a una sola vez el desempeño del cargo de tribuno de la
plebe, y se presentó a una segunda elección. En esa ocasión, enfrentado a las
fuerzas senatoriales, encabezadas por su primo Escipión Nasica, Tiberio Graco
murió apaleado en el Capitolio con algunos de sus seguidores. Su primo Escipión
Emiliano -que no había regresado aún de Numancia cuando ocurrieron los hechos-
aprobó públicamente el homicidio, alegando que Tiberio Graco había querido
proclamarse rey de Roma. Los disturbios cesaron hasta diez años después, cuando
el hermano de Tiberio Graco, Cayo, fue elegido tribuno de la plebe en el 123 a.
JC. Cayo Graco era igual que su hermano, pero había sabido aprender la lección
y evitar sus errores, y actuó con mayor sagacidad. Sus reformas fueron mucho
más amplias e incluyeron no sólo leyes agrarias, sino leyes frumentarias para
el abastecimiento de trigo a precio módico a las clases bajas, la regulación
del servicio militar, la fundación de colonias romanas en el extranjero, el
inicio de obras públicas en toda Italia, la separación del tribunal que
entendía de extorsiones a la potestad del Senado entregándoselo a los
caballeros, la concesión de plena ciudadanía romana a los que poseían derechos
latinos, y derechos latinos a todos los aliados itálicos. Por supuesto que este
programa no se había completado al concluir el año de su mandato como tribuno
de la plebe, y Cayo Graco hizo lo imposible consiguiendo que le reeligiesen
tribuno. Además de suscitar furibunda indignación y tenaz enemistad, continuó
batallando para completar su programa de reformas, que a finales del 122 a. JC.
seguía
incompleto. Se presentó a una tercera reelección como tribuno, pero esta
vez él y su amigo Marco Flavio fueron derrotados. Cuando en el 121 a. JC. sus
leyes y reformas sufrieron el ataque unísono del cónsul Lucio Opimio y del ex
tribuno de la plebe Marco Livio Druso, Cayo Graco recurrió a la violencia y el
Senado respondió aprobando por primera vez un "decreto extremo" para
contener los desórdenes, con el resultado de que Fulvio Flaco y dos de sus
hijos fueron asesinados y Cayo Graco, en fuga, se suicidó en el bosque de
Furrina en las laderas del Janículo. Nunca más volvería a ser igual la política
de Roma: quedaba resquebrajada la fortaleza inmemorial del mos maiorum. La vida
de los dos hermanos Graco conoció similar tragedia. Tiberio Graco fue contra la
costumbre de su familia (que era casarse con Cornelias de los Escipiones) y se
casó con Claudia, hija de Apio Claudio Puicher, cónsul en el 143 a. JC. e
inveterado enemigo de los Escipiones Emilianos. Tuvieron tres hijos, ninguno de
los cuales vivió para alcanzar la carrera pública. Cayo Graco se casó con
Licinia, hija de su cliente Publio Licinio Craso Muciano; tuvieron una hija,
Sempronia, que casó con Fulvio Flaco Bambalio, con el que tuvo una hija,
Fulvia, que a su vez fue esposa de Publio Clodio Pulcher, Cayo Escribonio Curio
y Marco Antonio.
grammaticus. No era un maestro de gramática, sino del arte básico de la
retórica (véase este artículo).
hasta. El antiguo venablo con punta en forma de hoja de la infantería
romana. Cuando Cayo Mario modificó el pilum, el hasta desapareció del ejército.
"heno en el cuerno". Los bueyes de la antigüedad tenían unos
cuernos enormes, y no todos, pese a estar castrados, eran mansos. Los animales
que corneaban se marcaban -para señalarlo- con heno en el cuerno con el que
atacaban, o en los dos si corneaban con ambos. Los peatones, cuando veían
un buey con heno atado al cuerno, tirando de un carro por las calles de
Roma, se apartaban. El dicho "heno en el cuerno" se aplicaba a un
hombre de falsa apariencia pacífica que podía revolverse y golpear con
verdadera saña.
helenístico. Término empleado para referirse a la cultura griega que
Alejandro Magno tan espectacularmente difundió por el mundo antiguo.
Hércules, Columnas de. (Véase Columnas de Hércules.)
herma. Pedestal o estipite sobre el que en origen se colocaba la cabeza
del dios Hermes; tradicionalmente, a media altura solía llevar como adorno los
genitales masculinos y el pene erecto. En la época helenística era costumbre
colocar los bustos en pedestales de esta guisa y el término se ha convertido en
sinónimo de pedestal adornado con los genitales masculinos. Visitando museos en
los que haya pedestales antiguos con bustos, puede observarse a media altura
una cavidad cuadrada, donde otrora lucían un par de testículos y un pene
erecto, que fueron mutilados en la época cristiana.
Hidra, monstruo de siete cabezas. Ser mitológico que fue muerto por
Hércules y cuyas cabezas volvían a crecer conforme se le cortaban. El término
se usaba refiriéndose a un dilema que parecía resuelto y volvía a plantearse.
hierro. El término "edad de hierro" es bastante confuso, ya
que el hierro en sí no es un metal muy utilizable. Sólo sustituyó al bronce
cuando los antiguos herreros descubrieron el sistema para endurecerlo; a partir
de entonces, fue el metal preferido para hacer herramientas, armas y otros
objetos que requerían la combinación de dureza, durabilidad y posibilidad de
dotarlos de un filo o una punta. Aristóteles y Teofrasto, que vivieron en la
Grecia del siglo Iv a. JC., hablan de "acero" y no de
"hierro". No obstante, todo el proceso de transformación del hierro
en un metal utilizable evolucionó totalmente al margen de las reglas químicas y
metalúrgicas
inherentes al mismo. La principal mena que se empleaba para la
extracción del hierro era la hematites; la pirita se usaba poco debido a la
enorme toxicidad de sus residuos sulfúricos. Estrabón y Plinio el Viejo
describen el método de cocción (oxidación) de la mena en horno de tierra, pero
la cocción en horno alto (reducción) era más eficaz, se podían fundir mayores
cantidades de mena y era más idóneo. Casi todas las fundiciones recurrían a los
dos tipos de horno y producían "barras" con escoria. Estas barras se
recalentaban por encima de la temperatura de fusión y se les difundía carbono a
partir del carbón martilleándolas (forja), con lo que se eliminaba gran parte
de la escoria contaminante, aunque los acerados antiguos siempre contenían algo
de escoria. Los herreros romanos eran muy diestros en las técnicas de templado
y cementación (con esta última se difundía más cantidad de carbono en el
hierro). Todos estos procedimientos modificaban las características básicas del
acero carbonado de distinta manera, obteniéndose hierros adecuados a los
diversos propósitos: navajas, hojas de espadas, cuchillos, hachas, sierras,
gubias, escoplos, clavos, escarpias, etc. Tan apreciados eran los hierros
adecuados para los filos, que los buenos filos cortantes se soldaban (los
romanos conocían dos métodos de soldadura: por presión y por fusión) a una base
más barata. Sin embargo, el filo de la espada romana era totalmente de acero y
muy cortante; se obtenía templándolo a unos 280 grados centígrados. (Los
lectores que tengan edad para haber conocido los cuchillos o machetes de acero
carbonado no inoxidable, recordarán con añoranza en estos tiempos del acero
inoxidable cómo cortaban; pues esos filos eran muy similares a los de la época
romana.) Se conocían y se empleaban universalmente las tenazas, yunques,
martillos, fuelles, crisoles, ladrillos refractarios y las demás herramientas
del oficio de herrero. Muchas de las antiguas teorías eran erróneas, pues se
creía, por ejemplo, que la naturaleza del líquido que se utilizaba para templar
afectaba al proceso, y nadie sabía que el hecho de que el hierro que se extraía
en Noricum produjese tan magnífico acero se debía al reducido contenido en
manganeso no contaminado por fósforo, arsénico o azufre.
Hippo Regius. La actual Annaba, en Argelia.
Hispania. España o Iberia.
Hispania Citerior. Nombre latino de la provincia romana que comprendía
las llanuras costeras mediterráneas y las estribaciones montañosas contiguas,
desde el sur de Cartago Nova hasta los Pirineos. La frontera sur entre las dos
provincias no estaba muy definida, pero parece ser que discurría entre la
cordillera llamada Orospeda y la cordillera más elevada detrás de Abdera (Adra)
llamada Solorius. En tiempos de Cayo Mario, la ciudad más importante era
Cartago Nova (Cartagena), porque la cordillera Orospeda cercana a ella era muy
rica en minas de plata de las que se habían apoderado los romanos al vencer a
Cartago. Sólo había otra parte de la provincia de gran interés para los
gobernadores romanos: el valle del río Iberus (Ebro) y sus afluentes, que era
muy fértil. El gobernador disponía de dos sedes, Cartago Nova en el sur y
Tarraco en el norte. La Hispania Citerior no tuvo nunca tanta importancia para
Roma como la Hispania Ulterior.
Hispania Ulterior. La más alejada de Roma de las dos provincias
españolas. En tiempos de Cayo Mario, la frontera entre ambas provincias era
poco definida, pero en términos generales la Ulterior abarcaba toda la cuenca
del río Betis, las montañas ricas en minerales en que nacían el Betis y el
Anas, el litoral atlántico desde Olissipo, en la desembocadura del Tagus, hasta
las Columnas de Hércules y la costa mediterránea desde las Columnas hasta el
puerto de Abdera (Adra). La ciudad más importante era Gades (Cádiz), pero la
sede del gobernador era Corduba.
hombres buenos. (Véase boni.)
hubris. Palabra griega que aún se usa y significa orgullo despechado.
Icosium. La actual Argel.
Ilium. Nombre romano de Troya.
ilva. La actual Elba. Era rica en mena de hierro y había minas en las
que se extraía, lo fundían y lo exportaban en barras a Pisae y Populonia para
su refinamiento.
Illirycum. Las tierras montañosas y salvajes al este del Adriático
superior.
imago, imagines. Máscaras artísticamente pintadas y con peluca de los
antepasados familiares de un consular (o quizá pretor). Se hacían con cera de
abejas (los que hayan visitado el Museo de Madame Tussaud sabrán lo real que
parece una máscara de cera) y las conservaban los descendientes en una urna a
guisa de templo en miniatura. La urna -aunque las familias de alcurnia tenían
más de un antepasado y, por consiguiente, varias urnas- se colocaba en el
atrium de la casa, junto al altar de los Lares y los Penates. La máscara y la
urna eran objeto de gran reverencia y cuando moría un hombre de la familia se
contrataba a un actor para que portase la imago y encarnase al muerto. Si un
hombre accedía al cargo de cónsul, se le hacía la máscara para añadirla a la colección
familiar; a veces, a alguien que no había sido cónsul, por alguna acción de
gran relevancia, se le consideraba digno de tener una máscara.
imp erator. Literalmente, "comandante en jefe" o "el
general" de un ejército romano. No obstante, el término se fue aplicando
paulatinamente a un general que hubiese obtenido una gran victoria; para
solicitar permiso al Senado para celebrar un triunfo, el general tenía que
demostrar que después de la batalla sus tropas le habían aclamado con el título
de imperator. Naturalmente de ahí procede la palabra emperador.
imperium. El imperium era el grado de autoridad que se concedía a un
magistrado curul o a un promagistrado. Tener imperium quería decir que esa
persona poseía la autoridad del cargo y no se le podía contradecir (siempre que
actuase dentro de los límites de su imperium y con arreglo a las leyes que
regían su conducta). Se confería por una lex curiata y sólo duraba un año; las
prórrogas tenía que ratificarlas el Senado y/o el pueblo en el caso de los
promagistrados que no habían cumplido en el plazo de un año lo que se les había
encomendado. Los lictores con fasces significaban que el que les seguía poseía
imperium.
ínsula, insulae. Literalmente, "isla", dado que estaba rodeada
de calles. Eran casas de viviendas de varios pisos. Las de Roma eran muy altas
y llegaban a tener treinta metros; algunas eran tan grandes que disponían de
varios patios de luz. Igual que ahora, en aquella época Roma era una ciudad en
la que el alquiler de apartamentos era un próspero negocio.
iol. La actual Cherchel, en Argelia.
irrumator. El que chupaba el pene a otro. Los romanos lo consideraban la
modalidad sexual más baja, símbolo de servilismo y bajeza moral que ningún
hombre honorable aprobaba (es de suponer que no se juzgaba con tanta severidad
cuando se trataba de una irrumatrix). En la jerarquía de las obscenidades, ésta
era la peor. El acto era irrumo, irrumatio.
Isara, río. Había varios ríos con este nombre. Uno era el Isére actual
(afluente del Ródano), otro el Isar (afluente del Danubio) y otro el Oise
(afluente del Sequana o Sena).
Isarcus, río. El actual Isarco, del norte de Italia.
isonomia. Palabra que en griego significaba "igualdad". Sin
embargo, se atribuye al estadista ateniense Clístenes del siglo VI a. JC. el
cambio a la
modalidad de gobierno que los griegos llamaban democracia y que él
habría denotado con el concepto de isonomía.
Italia. Por Italia se entendía la parte de la península al sur de los
ríos Arnus y Rubico, aunque es dudoso que los romanos pensasen en la península
como nación cuando decían Italia.
iuílicos, aliados. Los pueblos, tribus o naciones (de estas tres maneras
se los denomina) que habitaban en la península itálica sin gozar de plena
ciudadanía romana o derechos latinos. A cambio de protección militar y en
interés de una pacífica convivencia, se les exigía aportar soldados armados a
los ejércitos de Roma y pagar su manutención. Los aliados itálicos soportaban
también la carga de impuestos generales en tiempos de Cayo Mario, y en muchas
ocasiones habían sido obligados a entregar parte de sus tierras para
incrementar el ager publicus romano. Muchos de ellos se habían sublevado contra
Roma (como era el caso de los samnitas) o se habían alineado con Aníbal y otros
caudillos contra ella (como sucedió con zonas de Campania). El método que mejor
resultado dio para mantener a los aliados itálicos bien sometidos fue implantar
"colonias" en sus tierras; éstas consistían en un núcleo de
ciudadanos romanos y una comunidad con derechos latinos (lo más habitual) o
plena ciudadanía, que ejerciesen gran influencia en los aliados de las
inmediaciones. Naturalmente solían aliarse con Roma en las numerosas disputas y
reyertas que se producían en la península, aunque, hasta cierto punto, siempre
hubo cierta tendencia entre los aliados itálicos a sacudirse el yugo romano o a
reclamar la ciudadanía plena. Pero sólo en el último siglo de la república tuvo
Roma el acierto de concedérsela para evitar mayores males. La última gran
concesión previa a los acontecimientos que condujeron a la guerra social fue
una ley aprobada por un político romano, cuyo nombre se desconoce, hacia el 123
a. JC., que autorizaba a los que ostentasen magistraturas en las poblaciones
con derechos latinos a adoptar plena ciudadanía romana a perpetuidad para ellos
y sus descendientes.
iugerum, iugera. Medida romana de superficie equivalente a 0,2 52
hectáreas.
lulus. Hijo del héroe troyano Eneas. Tanto en la antigüedad como en la
época contemporánea ha habido gran confusión respecto a si la madre de lulus
era la troyana Creusa o la latina Lavinia. Virgilio se inclinaba por Creusa y
Livio por Lavinia. No sabemos a cuál de ellas consideraba madre de lulus la
gens Julia. A lulus se le llamó también Ascanio, que es el nombre que da Homero
al hijo de Creusa. Como Virgilio era el poeta oficial protegido de Augusto, que
era un Julio, puede que éste quisiera que su linaje se considerara
impecablemente troyano por los dos lados. Lo que pensaba su tío-abuelo César el
dictador es otro asunto, pues Augusto mostraba tendencia a manipular las ideas
y hazañas de éste para sus propios fines. Sin embargo, no importa realmente quién
fuese la madre de lulus; lo importante es que el clan Julio creía
implícitamente que eran descendientes directos de la diosa Venus (Afrodita),
que era madre de Eneas y abuela de lulus. Si tenemos en cuenta el tiempo
transcurrido entre la llegada de Eneas a Italia y el nacimiento del dictador
César en el 100 a. JC., vemos que es aproximadamente el mismo que existe entre
la invasión de Inglaterra por Guillermo el Conquistador y los ingleses
contemporáneos que pretenden remontar su linaje a alguno de los barones
normandos de Guillermo, por lo que es posible que los Julios César pudiesen
remontar tan atrás el suyo.
juegos. Institución romana para esparcimiento que se remonta como mínimo
a los tiempos de la primera república y muy posiblemente a antes. Al principio,
los juegos o ludi se celebraban únicamente en coincidencia con el triunfo de un
general, pero en el 366 a. JC., los ludi romani, como se denominaron los
primeros juegos, se convirtieron en acontecimiento anual en honor de Júpiter
Optimus Maximus, cuya festividad era el 13 de septiembre. No tardarían en
ampliarse los días de celebración, y en tiempos de Cayo Mario se sucedían a lo
largo de diez jornadas, comenzando
posiblemente el día cinco. Eran unos combates rudimentarios de boxeo y
lucha y nunca incluyeron las competiciones atléticas ni tuvieron el carácter de
juegos físicos de los griegos (¡eran muy distintos!). Al principio consistían
fundamentalmente en carreras de carros, para paulatinamente ir incorporando
lucha con animales y representaciones celebradas en teatros levantados al
efecto. El primer día de los juegos tenía lugar una procesión religiosa por el
circo, después se celebraban una o dos carreras de carros y luego los combates
de boxeo y lucha, exclusivos de este primer día. Los días siguientes había
representaciones teatrales a base de comedias, ya que las tragedias no contaban
con el favor del público; y en época posterior a la república se popularizaron
las farsas y los mimos en detrimento de las comedias. Luego, conforme se
aproximaba su fin, las carreras de carros eran lo más popular, junto con las
cacerías de animales salvajes. Los combates de gladiadores no formaban parte de
los juegos durante la república, pues sólo tenían lugar con ocasión de los
juegos funerarios y solían celebrarse en el Foro Romano más que en los circos.
Estos los pagaba un particular y no el Estado como era el caso de los juegos.
Sin embargo, hombres ambiciosos que deseaban labrarse fama entre los electores,
cuando eran ediles se gastaban grandes sumas para que los juegos fuesen más
espectaculares que los del propio Estado. Los primeros juegos del año eran los
ludi megalenses, a principios de abril, seguidos inmediatamente por los ludi
cererí y los ludí floríae a finales de abril y primeros de mayo. A principios
de julio se celebraban los ludi Apoiinares, y luego, ya en septiembre, los ludí
romaní. En los idus de octubre se celebraban un solo día los ludí capítolíní,
patrocinados por un colegio privado. Los últimos juegos del año eran los ludí
plebeíi, celebrados a primeros de noviembre durante varios días. Los ciudadanos
romanos libres y sus esposas tenían derecho a asistir (no se cobraba entrada),
y las mujeres se sentaban aparte en los teatros pero no en los circos. No se
permitía la entrada de esclavos ni de libertos.
Julilla. En la obra es la hija menor de Cayo Julio César. No hay nada
que impida creer que tuviera dos hijas; el hecho de que en los textos
antiguos sólo se mencione una, Julia, no es prueba concluyente. Es
inconmensurable mi asombro por lo que las fuentes antiguas consideran digno de
mención y lo que no mencionan por considerarlo baladí; la fuente antigua más
moderna es Cicerón, que escribió para sus contemporáneos y daría por sentado
que sus lectores conocían detalles que él no se molestó en citar. Julia vivió
hasta avanzada edad y fue una de las matronas romanas de su época más
distinguidas y admiradas; fue, además, la memorable esposa del gran Cayo Mario
y madre de un hijo que también dejaría huella en Roma. Por eso no es de
extrañar que nos haya llegado su nombre, mientras que la otra hija de César y
su esposa Marcia no se habría distinguido tanto. Sabemos por Plutarco que la
primera esposa de Sila era una Julia, pero después tuvo tres mujeres más,
aunque sólo la última ha quedado incorporada a los textos antiguos. Teniendo en
cuenta la importante brecha que se abrió entre Mario y Sila posteriormente, es
muy posible que Sila en sus memorias (utilizadas como fuente por historiadores
ulteriores, como Plutarco) poco dijese de aquella primera esposa, Julia; cuando
él las publicó, quien sí vivía era la Julia viuda de Cayo Mario. Por simple
coherencia del argumento, pido perdón por haberme tomado la licencia de haber
convertido a la hermana menor de la esposa de Mario en primera cónyuge de Sila.
Pero no acaba ahí la cosa. Por los datos históricos, sabemos que el inicio de
la carrera política y militar de Sila estuvo muy vinculado a Cayo Mario; y mírese
como se mire, no hay ningún dato concreto durante los años que se relatan en
esta obra que indique que ambos no fuesen colegas bien avenidos. Las
conclusiones de que Sila tratara de atribuirse el mérito de haber ganado la
guerra contra Yugurta por haberle capturado él, tienen su origen en dos series
de memorias publicadas muchos años después: una, las del propio Sila, y otra,
las memorias de Quinto Lutacio Catulo César. En aquel entonces a ambos les
interesaba denigrar la fama de Cayo Mario, pero si uno observa las carreras tan
entrelazadas de Mario y Sila entre los años 107 y 100 a. JC., no se deduce de
los hechos que existiese enemistad alguna entre ambos en aquella época. Al
contrario, los hechos sugieren que estuvieron muy unidos y se tenían mutua confianza.
Si existía un contencioso en virtud de que Sila había alegado ser el artífice
de
la derrota de Yugurta, ¿por qué Mario iba a haberle llevado a la Galia
de lugarteniente? Luego, de pronto, Sila aparece en la Galia con Catulo César,
aproximadamente por las fechas en que Mario entablaba batalla con los teutones
junto a los Alpes. Pero yo pienso que no es debido a un enfrentamiento con
Mario; Catulo César remonta apresuradamente el Athesis, una extraña sublevación
estalla entre sus tropas y vuelve a descender por el Adigio y, en lugar de
dirigirse a Roma para denunciar la sedición, permanece tranquilamente con su
ejército intacto en Placentia a esperar a Mario. A todo esto, no se sabe nada
de Sila, pese a que él era, igual que Catulo César, legado mayor. No puede
asegurarse tajantemente, pero es tan lógico suponer que Mario envió a Sila para
impedir que Catulo César perdiera un ejército que Roma no podía perder, como
suponer que Sila y Mario habían reñido. Volviendo al año 108 a. JC., cuando
Mario volvió a Roma para presentarse a la elección consular, es lógico que
pidiese personalmente que Sila fuese su cuestor, pues cuando en Numidia había
concluido su año de servicio, Sila siguió a las órdenes de Mario a titulo de
decisión voluntaria por obligación con su general. Efectivamente, Sila no
regresó a Roma hasta que lo hizo Mario y fue a él a quien Mario propuso como
cuestor. ¿Cómo iba Mario a haber conocido bien a Sila para reclamarlo? No
habían servido juntos en ninguna campaña, existía entre ellos una diferencia de
edad de veintisiete años y su estilo de vida era totalmente distinto, a decir de
Plutarco. Y Plutarco dice que la primera esposa de Sila era una Julia. Si esa
Julia era hermana de la Julia esposa de Mario, quedan explicados muchos
interrogantes. O pudiera ser que las dos Julias fuesen primas y amigas, pero
para el novelista, esclavo de la necesidad de mantener historia y personajes
dentro de un marco lo más restringido posible dado este tema particular, es
ideal convertirlas en hermanas. Doy las gracias a Plutarco por haber mencionado
el apellido de la primera esposa de Sila. Dado el hecho irrebatible de que era
una familia de gran relevancia en Roma, ¿qué más lógico que pensar que Mario y
Sila estuviesen estrechamente vinculados por sus respectivos matrimonios, y que
ante Mario intercediese la familia de su mujer para que ayudase a su
joven cuñado a acceder al primer peldaño del cursus honorum? Así nació
Julilla, la hija menor de Cayo Julio César y esposa de Lucio Cornelio Sila.
Juno Moneta. Juno de las Alarmas o quizá de las Advertencias. Fueron sus
gansos sagrados los que graznaron tan fuerte que despertaron a Marco Manlio a
tiempo para rechazar a los galos que intentaban escalar los acantilados del
Capitolio en el 390 a. JC. La casa de la Moneda estaba dentro del perímetro de
su templo en el Arx capitolino.
Lanuvium. El Lanuvio actual.
lar, lares. Eran los más romanos de todos los dioses y no tenían forma,
sexo, número ni mitología. Eran numina (véase numen) y había muy diversas
modalidades de lares, que desempeñaban el papel de espíritus o fuerzas
protectoras de un lugar (como eran encrucijadas y fronteras), un grupo social
(como en el caso del lar familiaris o de la familia), una profesión (la de
marino) o toda una nación (como los lares públicos de Roma). A finales del
período republicano se los representaba en forma de estatua a guisa de dos
jóvenes con un perro, pero es dudoso que los romanos creyesen que sólo
existieran dos o que adoptasen tal forma, y seguramente la creciente
complicación de la vida hizo conveniente tal representación.
Lares permarini. Los que protegían los viajes por mar.
Lares praestites. Los lares que protegían al Estado, llamados también
lares públicos.
Latíum. La región de Italia en que se hallaba Roma. Limitaba al norte
con el Tíber, al sur con un punto que se internaba hasta Circei y al este con
las tierras de los sabinos y los marsos.
lectisternium. Forma propiciatoria de observancia religiosa, reservada
generalmente para momentos graves. Se colocaban sobre una cama imágenes de los
principales dioses dispuestos en parejas masculino/femenino, se les ofrecían
alimentos y se les rendían grandes honores.
legado (legatus). Los miembros de más alta categoría del estado mayor de
un general eran los legados. Para ostentar tal cargo había que tener categoría
senatorial y con frecuencia consular (parece ser que los viejos senadores a
veces buscaban una incorporación pasajera a la vida militar y prestaban
voluntariamente sus servicios a un general que estuviera al frente de una
campaña interesante). Los legados eran responsables directos ante el general y
estaban por encima de los tribunos militares.
legión. La unidad militar romana más reducida capaz de hacer la guerra
(aunque en raras ocasiones se le encomendaba). Era completa en cuanto a
hombres, pertrechos y funcionamiento. En tiempos de Cayo Mario, un ejército
romano que interviniese en cualquier campaña importante, rara vez constaba de
menos de cuatro legiones, aunque tampoco era frecuente que dispusiera de más de
seis. Las legiones aisladas que no se utilizaban para refuerzo solían hacer
servicios de guarnición en lugares como las dos provincias de Hispania, en
donde las sublevaciones tribales eran modestas pero encarnizadas. Una legión
constaba de unos cinco mil hombres divididos en diez cohortes de seis
centurias; poseía, además, unos mil hombres que no eran combatientes, y
generalmente disponía de una modesta fuerza de caballería adjunta. Cada legión
llevaba su propia artillería y máquinas de guerra; si la legión era de un
cónsul, la mandaban seis tribunos electos de los soldados; si era de un general
que no era cónsul, la mandaba un legado o el propio general. Los oficiales de
una legión eran los centuriones en número de unos sesenta y seis. Aunque las
tropas de una legión acampaban juntas, no se mezclaban ni convivían, sino que
se
repartían en unidades de ocho hombres (la centuria la formaban tan sólo
ochenta hombres, ya que los otros veinte no eran combatientes).
legionario. Soldado de las legiones romanas.
lex, leges. Ley, en latín; se aplicaba también a los plebiscita
(plebiscitos) aprobados por la Asamblea plebeya. Una lex no se consideraba
vigente hasta que quedaba inscrita en bronce o en piedra y depositada en las
cámaras del sótano del templo de Saturno; sin embargo, por lógica, la estancia
de la ley en el templo de Saturno sería muy breve porque en sus cámaras no
habría cabido la asombrosa colección de tablillas de toda la legislación
romana, aun en tiempo de Cayo Mario, ya que los mismos sótanos alojaban el
Tesoro. Sin duda, las tablillas serían transportadas de vez en cuando a otros
de los numerosos depósitos conocidos.
lex Appuleia agraria (secunda). He calificado de secunda a esta ley por
pura conveniencia, para diferenciarla de la primera ley de Saturnino, sin dar
su título completo en latín para evitar confusiones al lector no erudito. Esta
segunda ley es la que incluye el juramento de lealtad que provocó tan acerba
oposición en el Senado. Aún existe actualmente polémica en los círculos
académicos respecto a las motivaciones de tal oposición. Yo he optado por
asumir que las razones se debían a la novedad de las tierras en que se
aplicaría, Galia Transalpina e Hispania Citerior. Debía de haber muchas
compañías y ganaderos intrigando para que se les concedieran aquellas tierras
tan ricas, sobre todo teniendo en cuenta que probablemente esperaban que
hubiera también minerales; Occidente era tradicionalmente una tierra rica en
minerales, y ver que las tierras iban a parar a manos de proletarios del censo
por cabezas, licenciados de las legiones, debió de resultar intolerable.
lex Appuleia de maiestate. La ley sobre traición que Saturnino hizo
aprobar durante su primer tribunado de la plebe. Sorprende la potestad de
juzgar la traición a la Asamblea centuriada, organismo en el que era
prácticamente imposible obtener una condena si el inculpado no confesaba
de viva voz que había emprendido la guerra contra Roma. Esta ley incluía varios
grados de traición y estipulaba condenas para lo que podríamos calificar de
"traición menor". A los caballeros se les otorgó una questio
(tribunal) que entendía de asuntos únicamente relacionados con la traición y
ellos solos formaban tribunal y jurado.
lex Appuleia frumentaria. Ley de Saturnino sobre el trigo, que yo he
situado en su segundo tribunado mejor que en el primero. Cuando ya la guerra de
los esclavos sicilianos casi entraba en su cuarto año, es posible que la
carestía de grano en Roma comenzara a ser acuciante. Es mejor situar esta ley
durante el segundo tribunado de la plebe, que era cuando Saturnino cortejaba
intensamente a las masas.
lex Domitia de sacerdotiis. Ley aprobada en 104 a. JC. por Cneo Domicio
Ahenobarbo durante su tribunado de la plebe. Establecía el control de la
composición de los colegios de sacerdotes, pontífices y augures al margen de
sus propios miembros, quienes tradicionalmente nombraban a los nuevos. La ley
estipulaba que los nuevos miembros de ambos colegios fuesen elegidos por una
asamblea tribal formada por diecisiete tribus elegidas a suertes.
lex Licinia sumptuaria. Ley suntuaria aprobada por un Licinio Craso
desconocido en torno al 143 a. JC. Prohibía servir ciertos manjares en los
banquetes, incluida la famosa lubina del Tíber, ostras y angulas. Prohibía
también el uso excesivo de la púrpura.
lex Villia annalis. Aprobada en el 180 a. JC. por el tribuno de la plebe
Lucius Villius. Estipulaba unas edades mínimas para desempeñar las
magistraturas curules (probablemente treinta y nueve años para pretor y
cuarenta y dos para cónsul) y por lo visto establecía también que mediasen dos
años como mínimo entre el pretorado y el consulado, así como diez años entre
dos consulados desempeñados por el mismo individuo.
lex voconia de mu¡ierum hereditatibus. Aprobada en el 169 a. JC., era
una ley que lesionaba severamente los derechos de la mujer para heredar. Bajo
ninguna circunstancia se la podía nombrar heredera principal, aunque fuese hija
única, pues sus parientes más próximos por línea paterna tenían prioridad.
Cicerón cita un caso en el que se arguyó que la lex voconia no era aplicable
porque las propiedades del difunto no se habían inventariado, pero el pretor
.(Cayo Verres) no lo aceptó y la mujer no pudo heredar. Es de suponer que la
ley perdió vigencia, pues se sabe de varias ricas herederas (entre ellas
Fulvia, tercera mujer de Antonio). En esta obra he hecho que aparezca Cornelia,
madre de los Gracos, como beneficiaria de una dispensa senatorial; otra posibilidad,
si no había parientes por línea paterna, era que no se hiciese testamento, en
cuyo caso heredaban los hijos, sin diferencias de sexo. Parece ser que el
praetor urbanus tenía amplias potestades para interpretar las leyes sobre
heredad, pues no debían de existir tribunales para litigios testamentarios y
con ello el pretor urbano era el único árbitro.
lex sumptuaria. La dispuesta para regular la cantidad de artículos de
lujo y/o manjares que un romano podía adquirir o tener en su casa, por rico que
fuese. Durante la república, la lex sumptuaria estaba pensada para las mujeres,
impidiéndoles que ostentasen más de una determinada cantidad de alhajas o
circular en literas o carruajes dentro de las murallas servianas. Como
comprobaron muchos censores, resultaba difícil reconocer a las infractoras de
esta ley.
liberto. Esclavo manumitido, aunque de hecho libre (y si su antiguo amo
era ciudadano romano, también lo era él), el liberto seguía obligado por el
patronazgo de su dueño y, en tiempos de Cayo Mario, pocas posibilidades tenía
de votar, pues pertenecía a una de las dos tribus urbanas, la suburana y la
esquilina. Había casos en que libertos de notables cualidades, o de pocos
escrúpulos, llegaban a ser inmensamente ricos y poderosos, pudiendo así votar
por clases.
libre. Hombre nacido libre y que nunca era vendido como esclavo (salvo
como nexus o esclavo por deudas, cosa rara entre los ciudadanos romanos de la
época de Cayo Mario, aunque si sucedía entre los aliados itálicos, víctimas de
la codicia romana).
lictor. Uno de los tradicionales funcionarios al servicio del Senado del
pueblo romano. Había un colegio de lictores, del que no se sabe con certeza el
número de componentes, pero debían de ser suficientes para proveer la
tradicional escolta en fila a todos los que poseían imperium, dentro y fuera de
Roma, y llevar a cabo otras tareas. Es muy posible que fuesen dos o tres
centenares. Los lictores tenían que ser ciudadanos romanos de pleno derecho,
aunque es casi seguro que eran de clase baja, ya que su sueldo era escaso y
tenían que depender de la magnanimidad del escoltado. Dentro del colegio, los
lictores se dividían en dos grupos de diez (decurios) al mando de un prefecto y
había varios presidentes del mismo por encima de los prefectos. Dentro de Roma,
llevaban una simple toga blanca, y fuera de ella, una túnica carmesí con un
ancho cinturón negro adornado con latón. En los funerales, llevaban toga negra.
Por pura conveniencia, he ubicado el Colegio de los lictores detrás del templo
de los lares praestites, a la derecha del Foro Romano, pero no existen pruebas
de que estuviera ahí.
Liger, río. El actual Loira.
lignita. Término que emplea Plinio el Viejo para describir una piedra
preciosa procedente de la Numidia occidental. Actualmente se cree que debía
tratarse de la turmalina.
Liguria. Región montañosa entre el Arnus y el Varus, que se extendía
desde la costa hasta los Alpes marítimos y los Apeninos ligures. El puerto
principal era Génova, la gran ciudad próxima a Dertona. Como no disponía de
mucha tierra para la agricultura, era una región pobre y su producto más famoso
era una lana grasienta con la que se hacían capas impermeables, incluido el
sagum militar. La otra industria era la piratería.
Lilybaeum. Principal ciudad de la región occidental de Sicilia.
Liris, río. El actual Garigliano, en Italia.
litera. Cubículo cubierto con patas para depositarlo en tierra y dos
varas laterales; lo transportaban entre cuatro y ocho hombres. Era una
modalidad lenta de transporte, pero la más cómoda de la antigüedad.
Lucio Tiddlypuss. (Véase Tiiddlypuss, Ludo.)
ludus, ludi. Juego, en latín.
Lugdunum. La actual Lyon.
Lugdunum, paso de. He empleado este nombre para el actual paso del
Pequeño San Bernardo, entre la Galia itálica y la Transalpina. Estaba a gran
altitud, pero se conocía y ya se había utilizado antes de la época de Cayo
Mario. También se conocía el del Gran San Bernardo, pero no se utilizaba. Ambos
puertos los guardaban en la Galia itálica una tribu celta de los llamados
salasios, que habitaban el actual Valle de Aosta.
lustrum. Término latino que significaba los cinco años del cargo de los
censores y la ceremonia en que éstos concluían el censo de los romanos
corrientes en el Campo de Marte.
Macedonia. Para un romano de la época republicana, era una región más
vasta que la Macedonia actual. Estaba comprendida entre la costa este del mar
Adriático, por debajo del Illyricum dalmático, hasta un punto en el que se
hallaba la ciudad de Lis-sus, y su frontera sur de la extremidad occidental
estaba en Epiro. Sus dos puertos principales, que recibían tráfico marítimo por
el Adriático de Italia, eran Dyrrachium y Apollonia. Por el norte limitaba con
Moesia y se extendía por las vastas altiplanicies por las que discurrían el
Morava, el Axius, el Strymon y el Nestus; por el sur limitaba con la Tesalia
griega. Más allá del Nestus, limitaba con Tracia y seguía por una estrecha
franja costera del Egeo hasta el Helesponto. El acceso a Macedonia se efectuaba
únicamente por los valles fluviales del Morava, el Axius, el Strymon y el
Nestus, por los que a veces llegaban las tribus invasoras de Moesia y Tracia,
en particular los escordíscos y los bessi en tiempo de Cayo Mario. Por el sur,
el único acceso fácil entre Macedonia y Tesalia era el paso del valle de Tempe.
Los primitivos habitantes de Macedonia eran probablemente germano-celtas, pero
las sucesivas invasiones a lo largo de los siglos dieron lugar a una mezcla de
éstos con pueblos de origen dorio, griego, tracio e ilirio. Divididos desde
tiempos inmemoriales por barreras orográficas naturales en pequeñas naciones
que guerreaban entre si, la unidad de Macedonia se produjo en tiempo de las
monarquías anteriores a Filipo V, pero fueron éste y su hijo Alejandro Magno
quienes dieron hegemonía mundial al país. Tras la muerte de Alejandro Magno,
Macedonia quedó exhausta, primero por las luchas entre los pretendientes al
trono, y luego por los conflictos con Roma. Su último rey, Perseo, la perdió
frente a Emilio Paulo en el 167 a. JC. Los intentos romanos por convertirla en
república independiente fracasaron, y en el 146 a. JC. Roma la incorporó como
provincia a su imperio en expansión.
macellum. Mercado al aire libre de puestos y tenderetes.
magistrados. Representantes electos del Senado y el pueblo de Roma. A
mediados de la época republicana, todos los que desempeñaban magistraturas eran
miembros del Senado (los cuestores electos solían ser
nombrados senadores por los censores entrantes), lo que confería al
Senado una clara ventaja respecto al pueblo, hasta que éste (por medio del
tribunado de la plebe) se arrogó las tareas legislativas. Los magistrados eran
como los ministros del gobierno. Por orden de menor a mayor, el primero era el
tribuno de los soldados, que no tenía edad para ser senador, pero era
magistrado. Luego estaban el cuestor, el tribuno de la plebe y el edil plebeyo;
el edil curul era el magistrado menor ya con imperium; a continuación estaba el
pretor, y por encima de todos, el cónsul. El censor ocupaba una posición
particular, pues, aunque su magistratura no le confería imperium, no podía
desempeñar el cargo quien no hubiera sido cónsul. En momentos de necesidad, el
Senado tenía facultad para crear la magistratura excepcional del dictador,
quien desempeñaba el cargo durante seis meses, sin que tuviera que responder
ante nadie de sus actos dictatoriales una vez expirado el plazo de actuación.
El dictador nombraba un maestre ecuestre como comandante en la guerra y
lugarteniente.
majestas minuta. Literalmente, "traición pequeña", llamada así
para diferenciarla de la traición por la que se perdía la ciudadanía por
emprender la guerra contra Roma. Lucio Apuleyo Saturnino fue el primero en
inscribir en las tablillas de la ley la majestas minuta como delito, e
instituyó un questio o tribunal especial para esta clase de delitos durante su
primer tribunado de la plebe en el 103 a. JC. Este tribunal lo formaban
exclusivamente caballeros, pero los juzgados eran senadores. Después de esta reforma
de Saturnino, cayó prácticamente en el olvido el antiguo delito de traición,
llamado perdueiio, juzgado en la Asamblea centuriada.
Malaca. La actual Málaga.
manípulo. La antigua unidad táctica de la legión romana, formada por dos
centurias, que en tiempos de Cayo Mario resultaba muy reducida para combatir a
los ejércitos a los que por entonces se enfrentaba Roma. Mario la eliminó.
manumisión, manumiso. La manumisión era el acto de conceder la libertad
a un esclavo. Literalmente quiere decir "soltar de la mano". Cuando
el amo del esclavo era ciudadano romano, la manumisión confería automáticamente
al esclavo la ciudadanía romana, éste adoptaba el nombre del amo como suyo
propio, añadiendo su nombre primitivo de esclavo a guisa de cognomen. Un
esclavo se manumitía de diversas maneras: comprando su libertad con sus
ahorros, como gesto especial del amo en grandes ocasiones, cual podía ser la
celebración de una mayoría de edad, tras determinados años de servicio o por
testamento. Aunque ya manumiso, el esclavo era igual a su amo, en realidad
quedaba obligado a ser cliente suyo, de no existir dispensa explícita. Pocas
oportunidades tenía de ejercer su derecho al voto, pues, según la ley, se
convertía en miembro de un par de las cuatro tribus urbanas -la esquilina o la
suburana- y, por consiguiente, su voto carecía de valor en las elecciones por
tribus; su escaso poder económico, en la mayoría de los casos, le impedía el
acceso a una de las cinco clases y tampoco podía votar en las asambleas
centuriadas. No obstante, la mayoría de los esclavos ansiaban la ciudadanía
romana, más por sus descendientes que por ellos mismos. Una vez que el esclavo
era manumiso, se le llamaba liberto y el resto de su vida tenía que llevar un
bonete ligeramente cónico que se llamaba el "casquete de libertad".
marcomanos. Uno de los tres pueblos que se incorporaron a la migración
germánica del 120 a. JC. Los marcomanos eran celtas, firmes aliados de los
boios de Bohemia; habitaban en la cabecera del río Albis (en tierras de la
actual Checoslovaquia). Se unieron a los cimbros y teutones aproximadamente el
séptimo año de la migración, en el 113 a. JC.
marsos. Uno de los pueblos itálicos más importantes. Los marsos
habitaban en torno al lago Fucine, que consideraban propio. Se extendieron
hasta las montañas de los Apeninos y dominaban los pasos hacia el Oeste,
colindantes con las tierras de Roma. Su historia da a entender que siempre
fueron fieles a ésta y no se aliaron con los samnitas ni con Aníbal. Los marsos
eran muy marciales, acomodados y opulosos y no tardaron en
adoptar el latín como lengua. Su principal ciudad era Marruvium, y Alba
Fucens, ciudad mayor y más importante, era una colonia con derechos latinos que
Roma estableció en su territorio. Los marsos adoraban serpientes y eran famosos
encantadores de las mismas.
Marta. La adivinadora siria que predijo que Cayo Mario sería cónsul de
Roma siete veces. Hizo que Mario le prometiese llevarla a Roma, y allí vivió en
su casa hasta que murió, escandalizando constantemente a los romanos al
mostrarse en público en una litera de púrpura. Mi licencia ha consistido en
añadir como segunda parte de la profecía que un sobrino de Julia, esposa de
Mario, sería un romano aún más famoso; lo necesitaba para hacer los
acontecimientos de un futuro libro más lógicos y razonables.
Massilia. La actual Marsella. Este magnífico puerto al sur de la Galia
Transalpina, próximo a la desembocadura del Ródano, fue una colonia fundada por
los griegos aproximadamente en el 600 a. JC. Los masiliotas, como se llamaban
sus habitantes, no tardaron en trazar rutas culturales y comerciales por la
Galia, influyendo y helenizando a las tribus que vivían en las proximidades;
así sucedió en particular con los volcos tectosagos de Tolosa, los ligures de
Nicae y Portus Herculis Monoeci (las actuales Niza y Mónaco) y algunos otros
pueblos que habitaban en el bajo Ródano. Los masiliotas introdujeron la viña y
el olivo en la Galia, pero en seguida advirtieron el poder de Roma y se aliaron
con ella durante la segunda guerra púnica. Precisamente fueron las quejas de
los habitantes de Massilia por las incursiones de los saluvios, cazadores de
cabezas de Liguria oeste, las que dieron origen a la famosa expedición en la
Galia de Cneo Domicio Ahenobarbo en el 122 a. JC. y a la creación de la
provincia de la Galia Transalpina.
Mauritania. El actual Marruecos. En tiempos de Cayo Mario era el norte
de Africa en su parte occidental. La frontera entre Numidia y Mauritania era el
río Muluya, a unos 960 kilómetros de Cirta. Moros se llamaba a los habitantes
de Mauritania, aunque, racialmente, eran bereberes. La capital
era Tingis (el actual Tánger). Era un reino, y en tiempos de Cayo Mario,
el monarca era Boco.
Mediolanum. La actual Milán.
Mediterráneo. Es el nombre que he adoptado para el mar que en tiempos de
Cayo Mario se llamaba Mare Internum y que después adquiriría la denominación de
Mare Nostrum.
mentula, mentulae. La palabra obscena con que en latín se designaba el
pene.
mentulam caco. "Me cago en tu pene."
merda. Palabra obscena que se refería más a los excrementos de animales
que a los humanos.
Metela Calva. Hermana de Cecilio Metelo Dalmático, pontífice máximo, y
de Quinto Cecilio Metelo el Numídico. Estaba casada con Lucio Licinio Lúculo y
era madre de los hermanos Lúculos. Era una de las pocas mujeres de su época que
aparece mencionada en los textos antiguos; siempre mostró tendencia a elegir
amantes de baja estofa y llevar sus aventuras de modo escandaloso.
miel de Himeto. Miel obtenida a partir de las abejas del monte Himeto,
en las cercanías de Atenas. El motivo por el que esta miel era tan apreciada no
se debía a las flores en que libaban las abejas, sino en el hecho de que los
apicultores himetanos no fumigaban las colmenas al recogerla.
militar. El vir militaris era el que seguía la carrera de las armas y
continuaba sirviendo como oficial en el ejército después del periodo de
campañas obligatorio. Estos ciudadanos entraban en la liza politica sirviéndose
ante los electores del prestigio de su historial bélico, aunque
muchos de ellos no intervenían nunca en política; un vir militaris que
aspirase a mandar un ejército tenía que alcanzar el grado de pretor. Cayo
Mario, Quinto Sertorio, Tito Didio, Cayo Pomptinus y Publio Ventidio fueron
militares, mientras que Cayo Julio César, el dictador, el mejor de todos ellos,
no fue un militar.
mimo, mimus. En principio fue una modalidad teatral griega; el mimo
atraía entusiastas seguidores en Roma y siguió adquiriendo popularidad a partir
del siglo nI a. JC. Si los actores en la comedia y la tragedia llevaban máscara
y tenían que ajustarse estrictamente a la métrica y acentuación del verso, en
el mimo no sucedía así, sino que aplicaban una técnica parecida a la
improvisación. El repertorio era amplio, pero en las representaciones no se
recurría a un diálogo memorizado. El mimo estaba considerado teatro vulgar,
indecente y bajo, y más por los que gustaban del auténtico teatro trágico y
cómico, pero su espectacular popularidad en los juegos romanos hizo que pronto
desplazase a un segundo lugar al drama clásico. No cabe duda de que el mimo
debía de ser muy divertido; parece que perduró en los personajes de repertorio
de la commedia dell'arte, y el disfraz de Arlequín recuerda el centuculus del
loco del mimo romano, por ejemplo.
minim. Pigmento color tierra roja o minio con el que el general
triunfante se embadurnaba la cara, probablemente para adoptar el aspecto de la
estatua de Júpiter Optimus Maximus, que tenía el rostro de terracota.
minoico. ¡No es una palabra que usasen los romanos! Es un término
moderno (posiblemente acuñado por sir Arthur Evans) para describir la
civilización cretense y helénica que existió durante el segundo milenio antes
de Cristo. He puesto el término en boca de Sila durante una conversación para
mayor claridad y conveniencia, pues, aunque los romanos conocían dicha
civilización, no sabemos cómo la denominaban.
Mitrídates. Nombre tradicional de los reyes del Ponto. Hubo seis con
este nombre, el último fue el más famoso. La casa real de Mitrídates (por
darle su verdadero nombre) decía descender de los antiguos reyes de
Irán, y en particular de Darío el Grande, pero los rasgos de las efigies que
aparecen en las maravillosas monedas del Ponto son más bien germano-tracios.
modius, modii. Medida de cereales romana, equivalente a unos seis
kilogramos.
mono africano. El mono de Berbería, un macaco, pedestre y sin rabo. Los
simios y los primates no eran corrientes en el Mediterráneo antiguo, aunque el
macaco aún existe en Gibraltar y siempre lo hubo en el norte de Africa.
monte Genava, paso del. No sé qué nombre darían los romanos al moderno
paso del Montgenévre de los Alpes, desde el nacimiento del Dora Riparia en
Italia al nacimiento del Durance en Francia. Para mejor fijar el recuerdo del
lector, he latinizado la actual denominación francesa. Era el paso alpino que
más se utilizaba pues se hallaba en la ruta Via Emilia/Via Domitia.
Mosa, río. El Meuse actual de Francia (en alemán, Maas).
Mosella, río. El actual Moselle.
Muluya, río. En el Marruecos septentrional.
Mutu, río. Curso de agua en Numidia central, sobre el que aun persisten
dudas; yo lo he convertido en afluente del Bagradas, con arreglo al Atlas of
Classical History (edición de Richard J. A. Talbert).
Mutina. La actual Módena.
Narbo. La actual Narbona.
Neapolis. La actual Nápoles. Era una de las colonias griegas más
pobladas y activas del sur de Italia, aunque cayó bajo la dominación romana a
finales del siglo iv a. JC. Durante los enfrentamientos con Aníbal, Neapolis
tuvo la prudencia de mantenerse leal a Roma y no perdió ninguna de sus tierras.
Durante la república tenía una importancia mucho menor como puerto que Puteoli,
pero seguía siendo próspera.
néctar. La bebida de los dioses, al parecer hecha a base de miel.
nefas. Palabra latina con el significado de monstruosidad.
Nemausus. La actual Nimes francesa, estaba en la orilla occidental de
las marismas saladas del delta del Ródano, y desde tiempos de Cneo Domicio
Ahenobarbo (c. 120 a. JC.) quedó enlazada por una larga calzada con la ciudad
de Arelate, en el lado oriental del delta. Cayo Mario reparó notablemente dicha
calzada mientras esperaba la llegada de los germanos en el 104 a. J.C.
nemo. Nadie, en latín.
Nicomedes. Nombre de los reyes de Bitinia. Hubo tres o cuatro con este
nombre, aunque los eruditos actuales difieren respecto a su número.
noble (nobilis). Vocablo empleado para designar a un individuo y a sus
descendientes una vez obtenido el consulado; era una aristocracia artificial
inventada por los plebeyos para disminuir aún más la distinción respecto a los
patricios, ya que durante la segunda época de la república accedían al
consulado más plebeyos que patricios. En tiempos de Cayo Mario la nobleza tenía
suma importancia. Algunas autoridades modernas amplían al término nobilis a
aquellos que alcanzaron la categoría de pretor sin llegar a ser cónsules. Sin
embargo, opino que esto habría reducido excesivamente su elitismo y he
reservado el término de noble exclusivamente para los individuos de familias
con antepasados consulares.
nomen, nomina. El nombre de la familia, o gentilicio, de la gens.
Cornelius, Julius, Domitius, Livius, Marius, Marcius, Sulpicius, etc., eran
nombres gentilicios. No he utilizado mucho la palabra gens en la obra y he
optado por decir la "familia de los Julios".
Noricum. Lo que actualmente denominaríamos el Tirol oriental y los Alpes
yugoslavos. Sus habitantes se llamaban tauri y eran celtas. La principal
población era Noreia.
Numantia. La Numancia celtibérica sobre el río Durius, en la Hispania
Citerior, que resistió victoriosa a una serie de ejércitos romanos y generales,
empezando por Catón el censor en el 195 a. JC. y concluyendo con Hostilio
Mancino en el 137 a. JC. Luego, en el 135 a. JC. se encomendó a Escipión
Emiliano aplastar la rebelión y éste tomó la ciudad después de un asedio de
ocho meses. Yugurta de Numidia, Cayo Mario, Publio Rutilio Rufo y Quinto
Cecilio Metelo el Numidico formaban parte del estado mayor de Escipión
Emiliano. Al rendirse finalmente Numancia, Escipión Emiliano la arrasó casi
totalmente y ejecutó o deportó a sus habitantes para que sirviese de ejemPlo a
los celtíberos por osar enfrentarse a Roma.
numen, numina. Literalmente, "divinidad" (aunque también
significa "asentir con la cabeza"). Numen es el término que utilizan
los eruditos contemporáneos, más que los romanos, para describir la peculiar
naturaleza incorpórea de los primitivos dioses romanos, si es que dioses podía
llamárselos. Mejor convendría la denominación de fuerzas espirituales. Estas
antiguas divinidades eran las fuerzas que lo regían todo, desde la lluvia y el
viento hasta la función de una puerta, la ubicación exacta de los mojones o lo
que nosotros llamamos la suerte. No tenían rostro, sexo ni mitología. En inglés
existe el adjetivo numinous. Conforme transcurrieron los años de la república,
haciéndose sinónimo de cultura apropiarse de conceptos griegos, se fue
atribuyendo a muchas de estas deidades primitivas nombre, sexo y, a veces,
rostro, aunque sería subestimar gravemente a
Roma decir que su religión fue una burda adulteración de la griega. A
diferencia de ésta, la religión romana estaba tan vinculada a las esferas
gubernamentales, que ambas eran mutuamente imprescindibles; era un hecho que se
remontaba a los tiempos anteriores a los reyes de Roma, cuando todas las
deidades eran numina, y que persistió hasta que la cristianización del
emperador y su corte minó la religión estatal romana. En tiempos de Cayo Mario,
antes de que la religión estatal comenzase a perder importancia, hasta los
romanos más inteligentes e iconoclastas cumplían escrupulosamente las
obligaciones religiosas, incluidos hombres como Cayo Mario y Cayo Julio César
el dictador. Probablemente era ese concepto de las deidades incorpóreas el que
determinaba las numerosas supersticiones en los romanos más inteligentes y
librepensadores.
Numidia. Antiguo reino de la zona central del norte de Africa, que
siempre limitó al oeste, sur y este con Cartago y luego con la provincia romana
de Africa. Sus primitivos habitantes eran bereberes de vida seminómada. Tras la
derrota de Cartago, Roma y los Escipiones propiciaron la consolidación de una
dinastía, el primer monarca de la cual fue el rey Massinisa La capital de
Numidia era Cirta.
Odiseo. El Ulises griego, rey de Itaca en los tiempos legendarios. Es
uno de los principales personajes de la Iliada y el protagonista de la Odisea.
Olimpia. Famoso santuario de Zeus, que, no obstante, no se hallaba cerca
del monte Olimpo; esta Olimpia estaba en Elis, en el Peloponeso occidental.
oppidum. En el sentido que se le da en esta obra, asentamiento
fortificado, generalmente en un alcor, destinado a proteger las tierras
circundantes. Me he limitado a utilizar el término para las fortalezas de la
Galia Comata o Cabelluda.
opus incertum. Una de las modalidades más antiguas de construcción de
los muros romanos. Se levantaban dos mampuestos toscos de piedras sin labrar y
mortero y el hueco entre ambos se rellenaba con mortero compuesto de puzolana y
cal mezcladas con cascajo y cantos (caementa). Se ha comprobado que el opus
incertum data de al menos el año 200 a. JC.; en tiempos de Cayo Mario, las
modalidades más modernas de construcción de muros aún no habían sustituido al
prestigioso opus incertum.
orden (ordo). En el lenguaje romano de la época, un grupo social con la
misma categoría familiar y grado de riqueza.
Ordo equester. (Véase caballeros.).
osco. La lengua hablada por los samnitas, lucanos, frentanos, pulieses,
brutii y campani de la Italia peninsular. Tenía algo en común con el latín,
pero era muy distinto. En tiempos de Cayo Mario, el osco era una lengua viva y
muy difundida. Los romanos solían despreciar a los que tenían el osco por
lengua materna.
Ostia. El puerto más próximo a Roma, situado en la desembocadura del
Tíber y que en los primeros tiempos de Roma era donde estaban las marismas
salinas de las que se extraía la mejor -y quizá la única- sal de Italia. Era
una ciudad fortificada en tiempos de la república y fue la base naval romana
durante las guerras púnicas. Obstaculizado por la sedimentación de bancos de
arena, el de Ostia nunca fue un buen puerto, pero, pese a todo, siempre fue muy
activo. El curso rápido y arenoso del Tíber impedía la navegación de barcos
mercantes hasta Roma, por lo que los cargamentos de naves grandes y medianas se
transportaban desde Ostia a Roma en gabarras o barcas más ligeras. En Ostia
había silos y el puerto contaba con su propio cuestor, responsable de la vigilancia
del grano que se descargaba y se expedía y del cobro de impuestos sobre
comercio exterior e interior.
padres conscriptos. Según lo establecido por los reyes de Roma, el
Senado constaba de cien patricios llamados patres, es decir, padres. Una vez
fundada la república, y cuando los plebeyos pudieron acceder al Senado, el
número de senadores aumentó a trescientos y se encomendó a los censores la
tarea de nombrar a estos nuevos senadores; el término "conscripto" se
impuso, dado que los censores "alistaban" a los nuevos miembros. En
tiempos de Cayo Mario, los dos términos se hallaban asociados y en la cámara
los senadores recibían el apelativo de padres conscriptos.
Padus, río. El actual Po.
paeligní. Uno de los pueblos que poblaban el centro de la península
italiana, aliados de los marsos y los sabinos.
Panfilia. Parte de la costa sur de Asia Menor, entre Lycia (enfrente de
Rodas) y Cilicia (enfrente de Chipre). La alta cordillera de Tauro terminaba
abruptamente en el mar y confería a Panfilia una costa accidentada e
inexpugnable. En el interior había frondosos bosques de pinos, pero no eran
tierras muy feraces y sus habitantes se dedicaban a la industria más rentable
-y natural con arreglo a la orografía- de la piratería.
panteón. Palabra actual con la que se designa al conjunto de dioses de
las religiones politeístas.
papiro. Los jugosos tallos del papiro de las marismas egipcias se
transformaban en papel mediante un laborioso e ingenioso método; nunca se logró
hacer papel con otra planta que no fuese el papiro egipcio. El proceso mediante
el cual la planta se transformaba en una sustancia adecuada para escribir es
difícil de datar, pero parece que ya estaba generalizado antes del primer
Tolomeo, aproximadamente en el 322 a. JC.
No cabe duda de que la creciente disponibilidad de papel como material
de escritura a partir del 300 a. JC. fue el factor que más contribuyó a
alfabetizar el mundo antiguo. Un proceso inventado por el romano Fanio (véase
ese artículo) hacia el 150 a. JC., para mejorar el papel de mala calidad,
facilitó y abarató el consumo de papel.
paso de Breno. El actual paso de Brenner, cuyo nombre debe proceder de
uno de los dos reyes celtas llamados Breno (véase Breno), que invadieron Italia
por este puerto, o bien tal vez derive de la tribu celta de los brenos, que
habitaban la zona de los Alpes cercana a este paso. Era el paso más bajo de los
Alpes hacia la Galia itálica, seguía el curso del río Isarcus, afluente del
Athesis. Su escasa utilización se debía a que las tierras del norte eran poco
habitables.
paso de los Salassi. Los dos pasos actuales llamados el Pequeño y el
Gran San Bernardo (véase Lugdunum y Salassi).
Patavium. La actual Padua. Era la ciudad más próspera y populosa de la
Galia itálica.
pat erfamilias. El cabeza de familia, con derecho a hacer su voluntad
con los miembros de la misma, firmemente protegido por las leyes del Estado
romano.
Patrae. La actual Patrás, en el Peloponeso. Estaba en la extremidad sur
del golfo de Corinto y era el destino natural (en función de los vientos y
corrientes) de los viajeros que desde Tarento o Sicilia se dirigían a Grecia.
patricios. La primitiva aristocracia romana. Los patricios eran
ciudadanos distinguidos antes de que Roma tuviera reyes, y conservaron para
siempre ese título y un prestigio vedado a cualquier ciudadano plebeyo (por
muchos cónsules que hubiese tenido en la familia, ennobleciéndola). No
obstante, conforme fue evolucionando la república y el poder plebeyo
aumentó en consonancia con su riqueza, los patricios fueron perdiendo
inexorablemente privilegios y títulos hasta que en tiempos de Cayo Mario eran
personas bastante empobrecidas en comparación con las familias de la nobleza
plebeya. No todos los clanes patricios tenían la misma antigüedad: los Julios y
los Fabios poseían la categoría patricia siglos antes que los Claudios. Los
patricios se casaban con arreglo al procedimiento llamado confarreatio, que les
vinculaba prácticamente de por vida, y la mujer patricia jamás gozaba de la
relativa emancipación de su homóloga plebeya. Ciertos cargos sacerdotales sólo
podían obtenerlos los patricios -rex sacrorum y flamen dialis-, así como
ciertos cargos senatoriales, como eran el de interrex y el de príncipe del Senado.
En tiempos de Cayo Mario, las siguientes familias patricias seguían dando
senadores (cuando no cónsules): los Emilios, Claudios, Cornelios, Fabios
(aunque sólo a través de adopciones), Julios, Manlios, Papirios, Pinaurios,
Postumios, Sergios, Servilios, Sulpicios y Valerios.
patrón (patronus). La sociedad romana de tiempos de la república estaba
organizada con arreglo a un sistema de patronazgo y clientelismo. Aunque quizá
los pequeños comerciantes y los trabajadores más humildes de Roma quedasen al
margen del sistema, era una estructura predominante a todos los niveles
sociales. El patrón se obligaba a conceder protección y favores a los que se
convertían en clientes suyos (véase cliente).
pectoral. Pequeña placa, generalmente cuadrada o redonda y de bronce o
hierro, que se llevaba a guisa de protección en el pecho.
pedagogo (paedagogus). Maestro de niños. Era el que les inculcaba la
instrucción elemental, enseñándolos a leer, escribir y la aritmética; su
condición solía ser la de esclavo o liberto y vivía con la familia del amo,
siendo muy frecuentemente de nacionalidad griega, aunque se le exigía enseñar
latín y griego.
pedarius, pedar¡i. Senador pedario, que no tenía voz en la cámara y
votaba levantándose y situándose al lado de la cámara en que estaban los
senadores con cuya opinión coincidía (véase Senado).
Peloponeso. Isla de Pélope. Península meridional de Grecia unida a ella
por el istmo de Corinto. En tiempos de Cayo Mario, el Peloponeso no tenía mucha
importancia y estaba casi deshabitado, pues muchos indígenas preferían venderse
como esclavos que llevar una vida miserable en su patria.
Penates. Los dioses Penates, protectores de la despensa, formaban parte
de las primitivas deidades llamadas numina y se adoraban en todas las casas
romanas junto con Vesta (espíritu del fuego del hogar), y los lar familiaris.
Los Penates, igual que los lares, se representaban con figura de jóvenes
(habitualmente en estatuillas de bronce).
Penates publici. En origen se trataba de los dioses Penates reales
propios del rey de Roma; durante la república, los Penates públicos se adoraban
en tanto que protectores de la despensa pública, es decir, de la solvencia y
ventura del Estado.
pergamino. Cuando el rey egipcio Tolomeo V Epifanes prohibió la
exportación de papel hacia el 190 a. JC., la carestía de material adecuado para
la escritura se hizo sentir hasta tal punto que en el Pérgamo asiático se
inventó apresuradamente un método para producir un sucedáneo del papiro, al que
se denominó pergamino y que se obtenía lavando la piel de animales muy jóvenes,
en particular corderos y cabritos, rascándola a fondo y abrillantándola con
piedra pómez y esteatita. No obstante, pronto volvió el papiro al mercado, y la
industria del pergamino nunca habría podido sustituir a la del papiro, pues era
mucho más caro y su obtención más lenta. El pergamino se reservó para
documentos que por su importancia tenían que durar "eternamente".
peripatético. Adscrito a la escuela filosófica fundada por Aristóteles y
desarrollada por su discípulo Teofrasto. Lamentablemente, a los sucesores de
éste no les interesaron los escritos de Aristóteles y dieron el único original
de su obra a Neleo de Scepsis, quien se lo llevó a su patria natal en la Tróade
y los guardó en su bodega, donde permanecieron olvidados durante siglo y medio.
El nombre de peripatéticos se debe a que la enseñanza se practicaba con los
discípulos caminando por los soportales de la escuela; se dice que el propio
Aristóteles daba clases caminando. En tiempos de Cayo Mario, esta filosofía
estaba desprestigiada porque le faltaba el espíritu aristotélico y estaba
dedicada a la literatura, la crítica literaria, la redacción de biografías en
un estilo pomposo e irrealista y a asuntos morales.
peristilo. Jardín o patio interior rodeado de columnas.
phalerae. Adorno guerrero, generalmente un disco de oro o plata
cincelado de unos siete o diez centímetros de diámetro. En origen los llevaban
los caballeros romanos como insignia, y con ellos adornaban también sus
caballos. En la época media de la república se convirtieron en condecoraciones
militares concedidas a los soldados de caballería, pero en tiempos de Cayo
Mario se concedían también a los de infantería. Generalmente las phalerae
concedidas a los soldados por actos de valor iban en juegos de nueve (tres
filas de tres) sobre un arnés de correas de cuero con adornos preparado para
portarlo sobre la cota de malla o la coraza.
picentes, picentinos (Picenum). Picenum era la zona oriental de la
península italiana que se extendía aproximadamente por lo que es el músculo de
la pantorrilla. Limitaba al oeste con los Apeninos, al norte con Umbría y al
sur con el Samnio. Como contaba con una buena porción de costa en el Adriático,
tenía los activos puertos de Ancona y Firmum Picenum; la principal ciudad
interior era Asculum Picentum. Los primitivos pobladores eran de origen
italiota e ilírico, pero durante la invasión del primer rey Breno, numerosas
tribus celtas se asentaron en Picenum y se
mezclaron con los indígenas. En tiempos de Cayo Mario, los picentinos
estaban mezclados con celtas, sobre todo en el norte.
pilastra. Columna o pilar inserto en un muro.
pilum, pila. El venablo de la infantería romana, en particular el
modificado por Cayo Mario. Tenía una punta muy pequeña e incisiva de hierro con
un asta también de hierro de unos tres pies (un metro), unido a un palo de
madera conformado para asirlo cómodamente. Mario lo modificó haciéndolo más
débil en la unión entre la parte de hierro y la de madera para que, al
arrojarlo y clavarse en el escudo, en un cuerpo o en el suelo, se partiese y no
pudiera aprovecharlo el enemigo. De todos modos, los artesanos de las legiones
los reparaban rápidamente para volver a usarlos.
pipinna. El pene de un niño.
Pisae. La actual Pisa.
Placentia. La Piacenza actual, en el norte de Italia. Era una de las
ciudades más grandes e importantes de la Galia itálica, y desde el 218 a. JC.,
colonia con derechos latinos. Su importancia aumentó notablemente cuando el
censor Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado, hizo construir una buena
calzada desde la costa del Tirreno, por Dertona y Placentia, hasta el valle del
Padus.
plebeyo, plebe. Eran todos los ciudadanos romanos que no eran patricios,
es decir, que pertenecían a la plebe. En los primeros tiempos de la república
ningún plebeyo podía ser sacerdote, magistrado curul ni senador. La situación
se mantuvo muy poco tiempo, pues las instituciones patricias fueron cayendo una
tras otra ante la presión de la plebe, hasta que en tiempos de Cayo Mario sólo
quedaban en manos de los patricios unas pocas parcelas de poder sin importancia
política. Sin embargo, la plebe creó una
nueva nobleza para diferenciar a sus figuras estelares, llamando al que
había accedido al consulado nobilis y estableciendo que sus descendientes
directos fuesen también nobles.
plebiscito (plebiscítum). En puridad, una ley promulgada por la Asamblea
plebeya no se llamaba lex, sino plebiscitum. Desde los primeros tiempos de la
república, los plebiscitos se consideraban de obligado cumplimiento legal, pero
la lex Hortensia del 287 a. JC. legalizó esta costumbre, y a partir de entonces
no hubo virtualmente diferencias legales entre un plebiscitum y una lex. En
tiempos de Cayo Mario, casi todos los funcionarios del cuerpo legislativo que
inscribían las leyes en tablillas y las guardaban para la posteridad, dejaron
de especificar si registraban una lex o un plebiscitum, lo que significa que
los consideraban leyes.
podex. Palabra obscena que en latín significaba el trasero.
Pólux. El hermano gemelo de Cástor. De los cuatro hijos del rey Tíndaro
y su esposa Leda -nacidos cuatrillizos-, dos tenían la paternidad de Tíndaro y
los otros dos de Zeus, que había violado a Leda convirtiéndose en cisne. Cástor
y Helena eran hijos de Zeus, y Pólux y Clitemnestra de Tíndaro. Condenado a ser
mencionado para siempre después de su hermano, muchas veces los romanos no
nombraban en absoluto a Pólux. Llamaban al templo de Cástor y Pólux del Foro
Romano "el de Cástor" (véase Cástor).
pomerium. Límite sacro de la ciudad de Roma, marcado por unos mojones
llamados cippi, cuya creación se atribuye al rey Servio Tulio; permaneció
intacto hasta tiempos de Sila el dictador. El pomerium no seguía exactamente el
perímetro de las murallas servianas, y uno de los motivos principales es que es
dudoso que dichas murallas las construyera Servio Tulio, quien sin duda habría
hecho que éstas siguieran el itinerario del pomerium. Toda la antigua ciudad
palatina de Rómulo quedaba dentro del pomerium, pero no el Aventino ni el
Capitolio. La tradición decía que el
pomerium sólo podía ampliarlo aquel que aumentase considerablemente los
territorios que poseía Roma, pues en términos religiosos, Roma sólo existía
dentro del pomerium y todo lo que quedaba fuera de él eran posesiones.
Pons. Puente.
pontifex. Palabra latina que significa sacerdote y que ha perdurado,
incorporándose a casi todos los idiomas europeos. Muchos filólogos consideran
que en los primeros tiempos de Roma, el pontifex era un constructor de puentes,
por considerárselos estructuras mágicas. Sea lo que fuere, en tiempos de la
república, el pontifex era un sacerdote especial; perteneciente a un colegio,
servía de asesor a los magistrados romanos en cuestiones religiosas, ya que la
religión romana la administraba el Estado. Al principio todo pontifex había de
ser patricio, pero en el 300 a. JC. la lex Ogulnia estipuló que todos los
miembros del colegio fuesen plebeyos.
pontífice máximo. Máximo representante de la religión estatal y el
sacerdote más antiguo. Parece ser que fue invención de la recién constituida
república y es una característica maniobra romana para superar un obstáculo sin
herir susceptibilidades, pues el rex sacrorum (título ostentado por el rey de
Roma) había sido el sumo sacerdote. En lugar de soliviantar al populacho
aboliendo el rex sacrorum, los nuevos gobernantes, por medio del Senado,
crearon un nuevo pontifex, cuyo papel y categoría eran superiores a los del
antiguo cargo. Se le llamó pontífice máximo y se le elegía en vez de
designársele para reforzar su posición gubernamental. Al principio seguramente
se le exigiría ser patricio, pero ya a mediados de la república es muy probable
que fuese plebeyo. Tenía encomendada la supervisión de los miembros de los
diversos colegios sacerdotales - pontífices, augures, feciales-, de otros
sacerdotes menores y de las vírgenes Vestales. En tiempos de la república
habitaba, junto con las Vestales, en el domus publicus o edificio estatal más
importante. Su sede oficial, con categoría de templo, era la modesta y reducida
regia del Foro Romano.
Ponto. El vasto Estado al sudeste del mar Euxino.
Populonia. Ciudad portuaria en la costa del mar Tirreno.
porta. Puerta.
porticus. Columnata cubierta, simplemente longitudinal o en forma
rectangular, rodeando un patio (peristilo). Eran lugares en los que solían
realizarse negocios y había comercios; el Porticus Margaritaria, dominando el
Foro Romano, debía su nombre a los mercaderes de perlas que allí tenían sus
tiendas; el Porticus Metelli, adjunto al templo de Júpiter Stator del Campo de
Marte, disponía de oficinas para los censores y otras muchas comerciales; el
Porticus Minucia, en el Circo Flaminio, albergaba los despachos de
abastecimiento de grano de los ediles y otras oficinas comerciales; el Porticus
Aemilia, enfrente de los muelles del puerto de Roma, era un auténtico emporium
y en él se hallaban las oficinas de los que se dedicaban a la exportación e
importación.
praefectus fabrum. "El que supervisa el obraje." Uno de los
personajes de mayor importancia en el ejército romano, aunque no formase parte
de él; era un civil nombrado por el general, cuyo cometido como praefectus
fabrum consistía en el equipamiento e intendencia del ejército en todos sus
aspectos, desde los animales y el forraje hasta la tropa y el rancho. Como
subarrendaba la contrata de pertrechos y abastecimientos a particulares, era
muy poderoso y se hallaba, de no ser un hombre muy íntegro, en una posición de
enriquecerse.
praenomen, praenomína. El nombre de los romanos, equivalente al nuestro
de pila. Había pocos nombres y en tiempos de Cayo Mario se usaría un máximo de
veinte, la mitad de los cuales no eran muy comunes. Cada gens o familia tenía
preferencia por ciertos praenomina, lo que a su vez reducía el número. Los
eruditos actuales suelen ser capaces de saber por el praenomen si el interesado
era o no un auténtico miembro de la gens; los
Julios, por ejemplo, tenían preferencia por Sexto, Cayo y Lucio, por lo
que alguien llamado Marco Julio difícilmente era un auténtico Julio de la gens
patricia; los Licinios tenían preferencia por Publio, Marco y Lucio; los
Pompeyos, por Cneo, Quinto y Sexto; los Cornelios, por Publio y Lucio. Algunas
familias tenían praenomina peculiares y exclusivos; Apio lo usaban sólo los
Claudios, y Mamerco, los Emilios Ledpidi. Uno de los rompecabezas para los
eruditos actuales lo constituye aquel Lucio Claudio que fue rex sacrorum en los
últimos tiempos de la república, porque Lucio no es un praenomen de los
Claudios, pero, dada la seguridad de que era patricio, sí que debió ser un
Claudio; yo he sugerido que posiblemente existiera una rama de la gens Claudia
con el praenomen Lucio, que tradicionalmente ocupara el cargo de rex sacrorum.
praetor. El pretorado era el penúltimo peldaño en la jerarquía romana
del cursus honorum (excluido el cargo de censor, que era un caso aparte). En
los inicios de la república, los dos magistrados de mayor categoría se llamaban
pretores, pero a finales del siglo iv a. JC. comenzó a emplearse la palabra
"cónsul" para referirse a tales magistrados. Un pretor fue el único
representante de esta alta magistratura durante muchas décadas a partir de
entonces; con toda evidencia, el praetor urbanus, pues su potestad se
circunscribía a la ciudad de Roma (dejando así libres a los cónsules para
actuar en la guerra). En el 242 a. JC. se creó el cargo de segundo pretor, el
praetor peregrinus. A ello siguió la adquisición de posesiones en el extranjero
que requerían gobernación, y en el 227 a. JC. se crearon otros dos cargos de
praetor para gobernar Sicilia y Cerdeña. En el 197 a. JC. aumentaron de cuatro
a seis para hacer frente al gobierno de las dos Hispanias. Ya después de esto
no se crearon más puestos de pretor, y en tiempos de Cayo Mario su número
seguía siendo de seis. Hay que añadir que existe cierta polémica al respecto:
hay dos escuelas que sostienen tesis distintas: una que fue Sila siendo
dictador quien aumentó a ocho el número de pretores, y la otra que aumentaron
de seis a ocho durante la época de los Gracos. Yo he preferido mantener su
número en seis.
praetor peregrinus. Lo he traducido como "pretor de
extranjeros" porque sólo intervenía en cuestiones legales y procesos en
los que una de las partes no era un ciudadano romano. En tiempos de Cayo Mario,
su cometido se limitaba a la administración de justicia; iba por toda Italia y
a veces fuera de ella. Se encargaba, además, de los casos que afectaban a los
que no eran ciudadanos romanos y vivían en Roma.
praetor urbanus. Lo he traducido por "pretor urbano". En
tiempos de Cayo Mario, sus funciones eran casi exclusivamente intervenir en los
litigios y estaba encargado de supervisar la justicia y los tribunales de la
ciudad de Roma. Su imperium no excedía la quinta piedra miliar a partir de la
urbe y no podía estar fuera de Roma más de diez días seguidos. Si los dos
cónsules estaban ausentes, él era el magistrado supremo con potestad para
convocar al Senado y organizar la defensa de la ciudad en caso de ataque. El
decidía si dos querellantes debían recurrir a los tribunales, pero en la
mayoría de los casos dirimía él mismo el litigio sin necesidad de proceso.
primus ínter pares. "El primero entre iguales." Era la divisa
de todos los romanos que intervenían en política, porque resumía el objetivo
del político romano: estar a la cabeza de sus pares. Por definición,
significaba que debía tener sus semejantes o individuos iguales por nacimiento,
experiencia, antecedentes, familia, categoría, logros, dignitas. Era signo
inequívoco de que los romanos no aspiraban a ser reyes ni dictadores, pero les
encantaba competir.
primus pilus. El centurión al mando de la primera centuria de la primera
cohorte de una legión romana, y, por lo tanto, el centurión jefe de la legión.
Alcanzaba ese cargo por ascenso jerárquico y estaba considerado el militar más
capaz de toda la legión.
príncipe del Senado. Lo que hoy se denomina presidente de la cámara. Los
censores elegían a un senador patricio de intachable conducta y moral - y
elevada dignitas y auctoritas- para dicho cargo. Parece ser que no era un
título vitalicio y se renovaba cada cinco años cuando dos nuevos
censores asumían el cargo. Marco Emilio Escauro fue nombrado príncipe del
Senado siendo bastante joven, parece ser que cuando ocupaba el cargo de cónsul
en el 115 a. JC. Como no era corriente que un individuo fuese príncipe del
Senado antes de ser elegido censor, y Escauro no fue elegido censor hasta el
109 a. JC., el que él accediera a ese cargo es signo de gran honor por tratarse
de un hombre excepcional, o bien (como han sugerido ciertos eruditos
contemporáneos) por ser en el 115 a. JC. el decano de los senadores patricios.
Sea lo que fuere, Escauro retuvo el título hasta su muerte y parece que nunca
corrió el riesgo de perderlo.
procónsul. El que tenía categoría de cónsul. Este imperium solía
concederse al que hubiese concluido su año de cónsul y continuaba con la misma
categoría (como procónsul) para gobernar una provincia o mandar un ejército en
nombre del Senado del pueblo romano. El cargo de procónsul solía durar un año,
pero muchas veces se prorrogaba más si el interesado no había concluido una
campaña contra el enemigo. Si no había un consular disponible para gobernar una
provincia conflictiva que requería el envío de un procónsul en vez de un
propretor, se enviaba a uno de los pretores elegidos ese año con potestad de
procónsul. El imperium del procónsul se limitaba al territorio de la provincia
que se le encomendaba y expiraba en cuanto cruzaba el pomerium de la ciudad de Roma.
proletarii. Otro de los apelativos del más bajo estrato de los
ciudadanos romanos, los capite censí, del censo por cabezas o por personas. La
palabra proletarius se deriva de proles, que significa progenie, retoños,
hijos, y se aplicaba a esas clases humildes porque era lo único que podían dar
a Roma.
propraetor. El que desempeñaba las funciones de pretor. Era una potestad
que se concedía a un pretor que aún estaba dentro del año de su cargo, o a un
pretor cuyo plazo había concluido, para darle mayor autoridad para el gobierno
de una provincia o, en caso necesario, dirigir la guerra. Igual que el imperium
de procónsul, el de propretor se perdía en cuanto
cruzaba el límite sacro de Roma. Era un cargo inferior al de procónsul y
generalmente se concedía cuando la provincia en cuestión se hallaba en paz. Por
eso cualquier guerra que emprendía el propretor debía ser por encomienda del
Senado y no por iniciativa propia.
prorrogar. Ampliar el plazo del cargo o magistratura más allá de lo
normal. Se aplicaba a casos de gobernación o de mando militar y no al
magistrado en concreto.
provincia. Ambito de potestad de un magistrado o promagistrado con
imperium. Por extensión, la palabra vino a significar el lugar en que se
ejercía dicha potestad, es decir, el territorio o posesión de Roma que requería
la atención de un gobernador con residencia permanente. En tiempos de Cayo
Mario, todas las provincias de Roma se hallaban fuera de Italia y de la Galia
itálica.
ptegyres. Tiras de cuero que pendían desde la cintura a las rodillas a
guisa de faldilla, y desde los hombros hasta el antebrazo a modo de mangas. A
veces tenían flecos en los extremos. Eran privilegio de los oficiales
superiores y generales del ejército romano y no las llevaba la tropa.
pueblo. Técnicamente, el vocablo significaba todo ciudadano romano que
no era miembro del Senado. Se aplicaba tanto a patricios como a plebeyos, a los
del censo por cabezas y a los de la primera clase.
puente de Madera. Nombre con que se conocía el Pons Sublicius,
construido totalmente de madera.
puerto de Roma. Los romanos le llamaban simplemente Portus. Se hallaba
aguas abajo del puente de Madera, en la misma orilla del Tíber en que estaba la
ciudad; allí construyeron muelles y almacenes para atender al constante tráfico
de gabarras, barcas y pequeñas embarcaciones mercantes que llegaban de Ostia.
Lo que se descargaba de los barcos en Ostia, aquí se
descargaba finalmente con destino a Roma. El puerto de Roma estaba fuera
de las murallas servianas y era una estrecha franja de terreno paralela a la
orilla bajo los acantilados del Aventino, en donde estaban situados los silos
estatales.
púnico. Adjetivo aplicado a Cartago y sus gentes, pero sobre todo a las
tres guerras sostenidas por Roma contra Cartago. Es palabra derivada del
vocablo "fenicio".
Puteoli. La actual Pozzuoli. En tiempos de Cayo Mario, Puteoli era el
puerto más importante y activo de Italia y constituía un emporio superior al de
Delos. Era una ciudad muy bien organizada y, pese a su categoría portuaria,
seguía siendo un sitio en el que pasaban las vacaciones muchos romanos
pudientes. La familia más importante de la localidad eran los Granios, que, al
parecer, tenía vínculos con Cayo Mario y la ciudad latina de Arpínum.
quadriga. Carro tirado por cuatro caballos.
quaestor. El primer peldaño en el cursus honorum senatorial. En tiempos
de Cayo Mario, ser elegido cuestor no significaba que el individuo se
convirtiese automáticamente en miembro del Senado; sin embargo, era normal que
los censores diesen acceso al Senado a los cuestores. Hasta ahora no se sabe el
número exacto de cuestores que se elegían al año, pero debían de ser doce o
dieciséis. La edad en la que un individuo aspiraba a ser cuestor eran los
treinta años, edad igualmente estipulada para entrar en el Senado. El principal
cometido de un cuestor era de índole fiscal, al servicio del Tesoro de Roma o
encargándose de funciones secundarias del erario, recaudar derechos de aduana e
impuestos portuarios (debió de haber como mínimo tres cuestores de esta clase
en aquella época: uno en Ostia, otro en Puteolí y otro para los otros puertos),
o fiscalizar las finanzas de una
provincia. El cónsul que al año siguiente iba a gobernar una provincia
podía designar a su propio cuestor; esto era considerado una alta distinción y
un medio seguro de ser elegido. En circunstancias normales, el cuestorado
duraba un año, pero si se le requería nominalmente, estaba obligado a
permanecer en la provincia hasta que se agotase el mandato del gobernador. Los
cuestores asumían el cargo el quinto día de diciembre.
Quersoneso. Palabra de origen griego que significa península, aunque la
empleaban de modo más flexible que los geógrafos modernos. Había el Quersoneso
Táurico, el Quersoneso de Tracia, el Quersoneso Címbrico, etc.
Quersoneso Címbrico. La actual Dinamarca, denominada también península
de Jutlandia.
queruscos. Una confederación de tribus germánicas que habitaban la zona
en torno al río Amisia (el actual Ems) y el Visurgis (el Weser). Parte de los
queruscos abandonaron su hábitat hacia el 113 a. JC. y se unieron a la masiva
migración de los teutones germánicos y los cimbros.
Quirino. Uno de los dioses más latinos, que era la encarnación divina de
un concepto o una idea. Quizá sea de origen sabino más que latino; residía en
el monte Quirinal, que en los orígenes había sido un asentamiento sabino.
Posteriormente se convirtió en parte de la ciudad latina de Rómulo, y el dios
Quirino se fundió al concepto del dios Rómulo. No se sabe quien fue Quirino,
pero se cree que era la encarnación de la ciudadanía romana y el dios de la
asamblea de romanos. Su sacerdote particular, elflamen Quirinalis, era uno de
los tres flamines mayores; el dios tenía su festividad propia, la Quirinalia.
Delante de su templo crecían dos mirtos, uno representando a los patricios y
otro a los plebeyos.
quirites. Ciudadanos romanos sin cargos públicos. Lo que no se sabe es
si la palabra quirites implicaba, además, que los ciudadanos en cuestión no
habían servido en las filas de los ejércitos de Roma, pues ciertos
comentarios del dictador César inducen a creerlo, dado que se dirigió a
la tropa amotinada llamándola así y los soldados se sintieron tan avergonzados
que inmediatamente pidieron que los perdonase. Sin embargo, las cosas habían
cambiado mucho en tiempos de Julio César, y he optado por interpretar que en
tiempos de Cayo Mario quirites tenía un sentido honorífico.
Rea Silvia. Hija de Numitor, rey de Alba Longa antes de la existencia de
Roma. Numitor fue depuesto por su hermano menor Amulio y Rea Silvia fue
nombrada virgen vestal para impedir que tuviera hijos, pero el dios Marte la
vio y la poseyó. Cuando Amulio descubrió que estaba encinta, la encerró hasta
que dio a luz y luego puso a los gemelos en una cesta y la echó al Tíber, que
iba desbordado. La cesta se detuvo en la orilla al pie del Ficus Ruminalis, o
higuera sagrada, próxima a la que sería escalinata de Caco que conducía al
Palatino. Una loba encontró a los gemelos y los amamantó en su cueva. Los
rescataron Fáustulo y su esposa Acca Larentia, quienes los criaron. Los gemelos
-Rómulo y Remo, naturalmente- mataron a Amulio y restituyeron a Numitor en el
trono de Alba Longa. El otro nombre de Rea Silvia era Julia.
Regia. El antiguo y modesto edificio del Foro Romano, de curiosa
estructura y orientado al norte, que servía de despacho al pontífice máximo y
era sede del Colegio de pontifices. Era un templo y albergaba los altares o
relicarios de algunos de los dioses romanos sin rostro más antiguos:
Opsiconsiva, Vesta, Marte de los escudos y lanzas sagrados (véase numen). En la
Regia guardaba el pontífice máximo sus archivos, pero nunca fue su residencia,
pese a que la tradición decía que la Regia había sido la casa de Numa Pompilio,
segundo rey de Roma.
Remo. Hermano gemelo de Rómulo. Después de ayudar a éste a fundar el
asentamiento del Palatino y a construir las murallas, Remo fue muerto por
Rómulo por saltarlas, quizá por considerarlo un sacrilegio.
repetundae. Extorsión. Hasta la época de Cayo Graco, no era habitual
procesar a los gobernadores provinciales que se valían del poder para
enriquecerse; simplemente se habían instituido un par de tribunales para
procesar a determinados gobernadores. Aquellos primitivos tribunales especiales
o quaestiones los formaban exclusivamente senadores y pronto fueron algo
irrisorio, porque un presidente y un jurado senatorial nunca condenaba a los
gobernadores. Luego, en el 122 a. JC., Manio Acilio Glabrio, compañero
inseparable de Cayo Graco, aprobó la lex Acilia que instituía un tribunal
permanente que entendía en extorsiones, presidido por caballeros y que contaba
con un elenco de 450 caballeros designados entre los que se elegía al jurado.
En el 106 a. JC., Quinto Servilio Cepio restituyó todos los tribunales,
incluido el de extorsiones, al Senado. Luego, en el 101 a. JC., Cayo Servilio
Glaucia volvió a ceder el tribunal de extorsiones a los caballeros con
numerosas reformas innovadoras que se convertirían en procedimiento habitual en
todos los tribunales. Los casos que juzgaban eran todos relacionados con
gobernadores de provincias enriquecidos, pero parece ser que después de la lex
Acilia del 122 a. JC. el tribunal de extorsiones tuvo también potestad para
juzgar cualquier caso de enriquecimiento ilegal. A los ciudadanos que
informaban se les concedían recompensas y a los que no eran ciudadanos y
denunciaban a un culpable, se les otorgaba la ciudadanía.
república. En origen se trataba de dos palabras, res publica o
"cosa pública", que afecta a todo el pueblo, es decir el gobierno.
Actualmente utilizamos la palabra "república" en el sentido de un
gobierno elegido que no reconoce un monarca o entidad supenQr, pero es dudoso
que los romanos al fundar su república le dieran esa interpretación, pese al
hecho de que ese sistema de gobierno reemplazó a la monarquía.
retórica. Arte de la oratoria, que tanto griegos como romanos con-
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virtieron en algo casi científico. Un buen orador hablaba con arreglo a
reglas y convencionalismos muy minuciosos que trascendían las simples palabras;
los movimientos del cuerpo y los gestos formaban parte intrínseca del arte. En
los primeros tiempos de la república, y hasta mediados de ella, se despreciaba
a los maestros griegos de retórica y a veces se los expulsaba de Roma; Catón el
censor era enemigo declarado de los retóricos griegos. Pero la grecofihia del
círculo de los Escipiones y otros nobles romanos cultos de la época venció esa
oposición y en tiempos de los hermanos Graco casi todos los jóvenes de la
nobleza romana tenían un profesor de retórica griego, y fueron los retóricos
latinos los que perdieron favor. Había distintos estilos de retórica: Lucio
Licinio Craso Orator era partidario del estilo asiánico, más florido y
espectacular que el ático. No olvidemos que la audiencia que se congregaba a
escuchar un discurso, ya fuese político o jurídico, ante los tribunales, estaba
formado por entendidos en retórica, que observaban y escuchaban con gran
sentido crítico, pues conocían las reglas y técnicas y eran muy exigentes.
rex sacrorum. Durante la república era el segundo pontífice de la
jerarquía sacerdotal. Se exigía que fuese patricio y debía soportar tantos
tabúes como el flamen dialis.
Rhenus, río. El actual Rin. En la antigiledad constituía la frontera
natural entre Germania y las tribus germánicas y la Galia y las tribus galas.
Era tan ancho, profundo y rápido, que se consideraba imposible tender puentes
sobre él.
Rlzodanus, río. El Ródano. Su amplio y fértil valle, habitado por las
tribus celtas de la Galia, cayó muy pronto bajo la influencia romana tras las
campañas de Cneo Domicio Ahenobarbo en el 122 y 121 a. JC.; el valle del
Ródano hasta las tierras de los eduos y de los ambarres se convirtió en
parte de la provincia romana de la Galia Transalpina.
Ría. Plutarco dice que el nombre de la madre de Quinto Sertorio era Rea,
pero no es nombre gentilicio latino. No obstante, incluso hoy día
"Ka" es diminutivo de "Maria", que si es un nombre
gentilicio latino. Es el apellido de la familia de Cayo Mario. La amistad de
Quinto Sertorio hacia Cayo Mario en sus primeros tiempos en el ejército, y que
perduró hasta la época en que la conducta de Mario se hizo repulsiva incluso
para sus más leales partidarios, me ha hecho pensar en este enigmático nombre
materno; Plutarco dice que Sertorio tenía gran afecto a su madre. ¿Por qué,
pues, la madre de Sertorio no habría sido una tal "Maria", llamada
Ka, pariente de Cayo Mario? Si así fuera, se explicarían muchas cosas y, como
parte de mi licencia de novelista, he adoptado la tesis de que la madre de
Sertorio era, efectivamente, pariente de Cayo Mario, pero he de admitir que es
pura especulación, sin pruebas que lo demuestren.
Rómulo. El más doi4inante de los dos hermanos gemelos (véanse Remo y Rea
Silvia). Después de constmir la ciudad en el Palatino y matar a su hermano,
Rómulo hizo acopio de ciudadanos varones fundando un asilo en la enforcadura
entre los dos promontorios del monte Capitolino, en el que dio acogida a todos
los fugitivos, que en su mayoría debieron ser delincuentes. El elemento
femenino era más dificil de conseguir y lo que hizo fue invitar a los sabinos
del asentamiento del Quirinal a una fiesta, reducir a los varones y raptar a
las sabinas. Como consecuencia, el asentamiento sabino del Quirinal se
convirtió en una parte más de la expansionista ciudad de Rómulo, y la depresión
húmeda, pantanosa y lóbrega entre el Palatino y las colinas del nordeste fue
una zona neutral en la que se celebraban los mercados y las reuniones públicas,
pasando a llamarse Foro Romano. El propio Rómulo reinó largo tiempo, pero un
día, cazando en los marjales de la Cabra del Campo de Marte, le sorprendió una
fuerte tormenta y, al no regresar, se creyó que se lo habían llevado los dioses
haciéndole inmortal.
rostra. Forma plural de rostrum, que era el espolón de bronce que
reforzaba la proa de las naves de guerra y que, a modo de ariete, embestía a
las naves enemigas por debajo de la línea de flotación para hundirías. Cuando
el cónsul Cayo Menio, en el 388 a. JC., se enfrentó a la flota de los volscos
en el puerto de Antium, obtuvo tan brillante victoria que quebró
definitivamente el poder de ese pueblo, y en conmemoración del triunfo mandó
arrancar los espolones de las naves capturadas y ponerlos en el muro que había
en la tribuna de oradores que había en el Foro, en la zona de comicios y
asambleas. Desde entonces, la tribuna fue conocida por el nombre de rostra.
Rusícade. El puerto más cercano a la ciudad de Cirta, en Numidia.
SabaUa. También llamada Vada Sabatia, era la actual Savona, puerto de la costa
ligur.
sabinas, sabinos. El pueblo de idioma osco que habitaba al nordeste de
Roma, desde las afueras de la ciudad hasta las cumbres de los Apeninos y
aproximadamente en tomo a la zona de la antigua ruta de las salinas del
Adriático, la Via Salaria. Los sabinos eran famosos por su integridad, valentía
e independencia. Las principales ciudades sabinas era Reate, Nersia y
Amiternum.
Sabis, río. El actual Sambre, en Francia.
sacrosanto. Los tribunos de la plebe poseían la sacrosauctitas, pues sus
personas eran inviolables y no se les podía agredir ni obstaculizar el
desempeño de su función. Fue un privilegio cQncedido por la plebe, que prestó
juramento de defender la inviolabilidad de sus tribunos.
saepta. "El aprisco." En tiempos de la república, era una zona
abierta en el Campo de Marte próxima a la Via Lata y a la Villa Publica; no
contaba
con edificaciones, pero era el lugar de reunión de la Asamblea
centuriada o de la Comitia centuriata. Como
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las asambleas centuriadas generalmente se convocaban para votar, la
saepta se dividí a para los comicios mediante unas vallas para que las cinco
clases votasen por centurias.
sagum. La capa de invierno de la tropa. Estaba hecha con lana grasienta
para hacerla lo más impermeable posible; era circular, con una abertura en el
centro para meter la cabeza, y llegaba hasta los pies para que abrigase bien.
Las mejores se hacían en Liguria, que producía una lana muy adecuada.
Salassz. Tribu celta que habitaba el gran valle alpino del Duna Maior
hasta el norte y el oeste de Mediolanum. Las incursiones romanas al valle de
Salassi durante el siglo II a. JC. hicieron retroceder a este pueblo tribal,
pero no sin fuerte resistencia. Lo que atrajo la atención de los romanos fue el
oro aluvial que se recogía en grandes cantidades en el lecho del Duna Maior
cerca de Eporedia, pero los exploradores que se arriesgaban curso arriba
corrían el peligro de ser atacados por los salassi; Cayo Mario reforzó la
presencia romana asentando a soldados veteranos de sus legiones en Eporedia, y
poco a poco los salassi se fueron retirando hacia los Alpes, en donde
dificultaban a los romanos el paso por los puertos que dominaban.
saltatrix tonsa. Literalmente, "bailarina con barba"; es
decir, un homosexual disfrazado de mujer que vendía sus favores sexuales.
Salvio~ Esclavo italiano de los campos de trigo de Sicilia que organizó
un ejército, se nombró rey Trifón y entre el 104 y el 102 a. JC., en que
murió, trató de librar a la isla de la dominación romana. La campaña que
emprendió en unión del esclavo cilicio Atenión se conoce como la segunda guerra
servil de Sicilia y duró hasta bastante después de su muerte, cuya causa se
desconoce.
samnitas, samnio. Pueblo de lengua osca que ocupaba el territorio
situado entre el Lacio, Campania, Apulia y Picenum. La mayor parte. de él era
accidentado y montañoso, y no muy fértil; las ciudades no eran muy prósperas y
entre ellas se contaban Bovianum, Caieta y Aeclanum. Aesernia y Beneventum, las
dos más importantes, eran colonias con derechos latinos implantadas por Roma.
Durante toda su historia, los samnitas fueron encarnizados enemigos de Roma y
varias veces durante la primera y segunda época republicana infligieron
aplastantes derrotas a los ejércitos romanos, pero no tenían contingentes ni
recursos económicos para sacudirse definitivamente el yugo romano. Hacia el 180
a. JC., los samnitas estaban muy agotados para rechazar a los colonos ligures que
Roma trasladó desde el norte para aliviar la situación en el noroeste. Esta
maniobra le pareció un acierto a Roma en su momento, pero los recién llegados
se integraron totalmente en el pueblo samnita y se convirtieron también en
enemigos de Roma, con lo que la resistencia samnita rebrotó.
Sardmnia (Cerdeña). Una de las primeras dos provincias de Roma. Gran
isla del Tirreno, al oeste de la península italiana, era montañosa pero fértil
y en ella se cultivaba un trigo de primera calidad. Cartago la dominó y Roma la
heredó de ésta con Córcega. Asolada por bandidos y sin acabar de estar sometida
durante la república, acabó siendo la posesión romana menos feliz. Los romanos
detestaban a los sardos y los tildaban de inveterados ladrones, pillos y
patanes.
Savus, río. El actual Saya, en Yugoslavia.
sección cesárea. El procedimiento quirúrgico al que se recurna cuando
una mujer no podía dar a luz por vía pelviana, seccionando la pared
abdominal, retirando el paquete intestinal y seccionando la pared del
Útero para extraer el feto. Se dice que así nació el dictador Cayo Julio César
y por eso la operación lleva el cognomen de su familia. He optado por no
mencionar la anécdota, ya que sabemos con certeza que Aurelia, madre de César,
vivió setenta años y parece que gozó de buena salud hasta el día de su muerte.
La historia de la sección cesárea en los tiempos antiguos no es muy halagueña,
pues, aunque era una operación a la que se recurría y con la que se conseguía
salvar a veces al niño, la madre perecía inevitablemente. La primera cesárea
efectuada con éxito se practicó en Pavía en abril de 1876, ocasión en que el
doctor Edoardo Porro extrajo un niño sano -y el útero- a una tal Julie Covallini;
madre e hijo superaron felizmente la operación.
Senado. Senatus en latín. Los romanos creían que el fundador del Senado
había sido Rómulo con cien miembros patricios, pero lo más verosímil es que
fuese una institución de tiempos menos oscuros de la monarquia romana. Cuando
se instituyó la república, se conservó el Senado a guisa de consejo asesor de
ancianos, por entonces ya trescientos, pero aún exclusivamente formado por
patricios. Sin embargo, al cabo de unos años los plebeyos tenían también acceso
a él, aunque tardaron bastante en poder ocupar magistraturas más altas.
Debido a su antigiledad, la definición legal de sus poderes, derechos y
obligaciones fue gradual, y parcial en el mejor de los casos. El cargo
senatorial era vitalicio, lo que propició que se creara en seguida una
oligarquia; a lo largo de la historia, sus miembros lucharon denodadamente por
conservar lo que ellos consideraban elitismo natural. Durante la república eran
los censores los que otorgaban el titulo (y podían quitarlo). En tiempos de
Cayo Mario se había adoptado la costumbre de exigir como requisito para el
ingreso propiedades equivalentes a un millón de sestercios, aunque nunca llegó
a ser una ley formal durante el período republicano.
Sólo los senadores podían vestir la latus clavus o laticlavia con una
ancha franja púrpura; llevaban también zapatos cerrados de cuero marrón y un
anillo (en su origen de hierro y des-
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pués de oro). Las reuniones del Senado debían celebrarse en lugares
debidamente consagrados, ya que no siempre tenían lugar en su sede, la Curia
Hostilia. Las ceremonias y la sesión del día de Año Nuevo, por ejemplo, se
celebraban en el templo de Júpiter Optimus Maximus, mientras que las sesiones
para tratar de la guerra se llevaban a cabo en el templo de Belona, fuera del
pomerium.
Había una estricta jerarquía entre los que tenían voz en las sesiones,
siendo el príncipe del Senado el decano en tiempos de Cayo Mario; los patricios
siempre tenían preferencia respecto a los plebeyos de igual condición, y no
todos los senadores tenían voz en la cámara. Los senatores pedarui, que se
sentaban detrás de los que tomaban la palabra, sólo podían votar. No había
limitaciones en cuanto a tiempo o contenido de la oratio (discurso) y de ahí la
popularidad de la maniobra actualmente denominada obstruccionismo. Las sesiones
podían durar únicamente desde el amanecer hasta el ocaso y no podían continuar
si se reunían los comitia, si bien podían convocarse en los días reservados en
el calendario a los comicios si éstos no se celebraban. Si el asunto no era
importante o la respuesta totalmente unánime, el voto podía ser verbal o a mano
alzada, pero el voto formal se efectuaba cuando existían discrepancias en la
cámara. El Senado era un cuerpo asesor más que legislativo y promulgaba sus
consulta o decretos a petición de las distintas asambleas. Si el asunto era
grave, se requena quorum para llegar a la votación, aunque no se sabe qué
cantidad constituía tal quorum en tiempos de Cayo Mario. ¿Quizá un cuarto?
Desde luego la mayoría de las sesiones no contaban con una nutrida asistencia,
ya
que no había ningún reglamento que especificase la obligación de asistir
a todas las sesiones.
Por tradición, el Senado tenía potestad suprema en ciertas cosas, pese a
su carencia de poder legislativo; así era el caso en cuestiones fiscales,
porque controlaba el Tesoro; en asuntos exteriores y en cuestiones bélicas. En
casos de excepción, después de la época de Cayo Graco, el Senado podía
suspender todos los organismos estatales, aprobando un Senatus consultum de
re-publica defendenda, o decreto inapelable.
Sequana, río. El actual Sena.
servianas, murallas. Eran los muros Servii Tullii o Tulli. Los romanos
creían que las murallas que rodeaban a la ciudad republicana habían sido
levantadas en tiempos del rey Servio Tulio, pero la evidencia invita a pensar
que fueron construida~ después del saqueo de Roma por los galos de Breno.
Servio Tulio. Sexto rey de Roma y el único que era latino, si no romano.
Se le atribuía la construcción de las murallas servianas, lo que no es cierto,
aunque probablemente sí mandó construir el Agger, las enormes dobles defensas
del Campus Esquilinus. Legislador e ilustrado, Servio Tulio negoció un tratado
entre Roma y la Liga latina que aún se exhibía en el templo de Diana a
finales de la época republicana. Su muerte fue un escándalo, pues fue su propia
hija, Tulia, quien conspiró con su amante, Tarquinio Superbus, para asesinar
primero a su esposo y luego a su padre. Servio Tulio fue acorralado en una
calleja del Clivus Orbius y Tulia pasó varias veces con el carro sobre su
cuerpo.
sestercios (sestertius). La moneda romana más corriente, y unidad
contable, de ahí su proliferación en los textos de la época republicana. Su
nombre deriva de semis tertius o dos ases y medio. En latín se representaba
con la abreviatura HS y era una pequeña moneda de plata equivalente a un
cuarto de denario.
Sibila, libros de la Sibila. Un oráculo que dictaba sus profecías en
estado de trance, como casi todas las pitonisas. Esta, de gran fama, vivía en
Cumas, ciudad de la costa de Campania. El Estado romano poseía una serie de
profecías escritas llamadas los libros de la Sibila, adquiridos, al parecer,
por el rey Tarquinio Prisco y escritas en griego en hojas de palmera
(posteriormente se pasaron a papel). En tiempos de Cayo Mario, estos libros
sibilinos eran tan apreciados que los guardaba un colegio formado por diez
sacerdotes menores, los decenvir¿ sacris faciundis, y en momentos de crisis se
consultaban para comprobar si había alguna profecía aplicable a la situacion.
Silanus, Silenus. Cara en piedra de sátiro -fea, impúdica y chata- por
la que brotaba el agua en las fuentes públicas de Roma, según disposición de
Catón el censor.
silla curul. En latín, sella curulis. Era la silla de marfil
exclusivamente reservada para los altos magistrados; un edil curul se sentaba
en ella, pero no un edil plebeyo. Pretores y cónsules tenían silla curul, y
eran distintivo exclusivo de los magistrados con imperium, igual que los
lictores. Era una silla primorosamente labrada con patas curvadas que se
cruzaban en X y brazos muy bajos, pero sin respaldo. Los romanos, vestidos con
la toga, tomaban asiento múy erectos y así la silla no impedía la armónica
caída de los pliegues.
sinus. Curva o plegamiento pronunciado. Se empleaba el término de muy
distintos modos, pero en esta obra adquiere dos significados: la característica
geográfica que llamamos golfo -el Sinus Arabicus (mar Rojo), el Sinus
Ligusticus (golfo de Génova), el Sinus Gallicus (golfo de Lyon)- y los pliegues
de la toga, ya que salía por debajo del brazo derecho y se echaba sobre el
hombro izquierdo haciendo una especie de bolsa.
Siracusa. Capital y principal ciudad de Sicilia.
smaragdus. Esmeralda. Existe polémica sobre si la piedra preciosa que
los antiguos llamaban esmeralda es la actual, si bien las procedentes de
Escitia debieron de serlo. Las piedras que se extraían en el mar Rojo y en
algunas concesiones privadas de los reyes tolemaicos eran decididamente berilo.
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Sosio. Nombre vinculado al negocio librero de Roma. Dos hermanos
llamados Sosio publicaron durante el principado de Augusto. He tomado este
nombre, extrapolándolo a una época más pretérita, pues el comercio en Roma era
eminentemente familiar y el negocio de los libros era ya floreciente en tiempos
de Cayo Mario.
stibium. Polvo negro a base de antimonio, soluble en agua, que se usaba
para pintarse celas y pestañas y perfilar los oios.
Subura. El barrio más pobre y populoso de Roma. Estaba situado al este
del Foro Romano, en el declive entre el espolón Opiano del monte Aquilino y el
Viminal. Su larga calle principal tenía tres nombres distintos: abajo, cerca de
su confluencia con el Argiletum, eran las Fauces Subura; el tramo siguiente, el
Subura Maior; y el tramo final, que serpenteaba por la ladera del Esquilmo, era
el Clivus Suburanus. El Subura Minor y el Vicus Patricii arrancaban del Subura
Major en dirección al Vi-minal. El Subura era un barrio formado totalmente por
insulae con un hito importante, la Turris Mamilia; un barrio en el que se
hablaban todos los idiomas y de vecinos muy liberales. La población judía era
cuantiosa.
Suburana. Nombre de una de las cuatro tribus urbanas y una de las dos en
las que podían integrarse los libertos (la otra era la tribu Esquilina). En
tiempos de la república, la Suburana era una de las dos tribus, dentro de las
treinta y cinco, que más miembros contaba.
sufecto, cónsul (consul suifectus). Cuando un cónsul electo moría en
posesión de su cargo, o quedaba imposibilitado para el desempeño de sus
funciones, el Senado nombraba un sustituto, llamado suifectus. El suifectus no
era elegido; a veces el Senado nombraba un suifectus aun cuando el año consular
estuviese casi concluso y otras no nombraba sustituto. Estas contradicciones
reflejan el estado de ánimo de la c~niara en momentos concretos. El nombre del
sustituto se inscribía en la lista de cónsules romanos y el nombrado tenía
derecho a usar el título de consular.
sumo pontífice (véase máximo pontífice).
suovetaurilia. Sacrificio especial consistente en un cerdo (su), una
oveja (ove) y un buey o toro (taur), ofrecido en ocasiones críticas a ciertos
dioses: Júpiter Optimus Maximus, Marte y otros cuya identidad se desconoce. La
ceremonia de la suovetaurilia exigía que las víctimas fuesen conducidas
solemnemente en procesión hacia el sacrificio. Aparte de estas ocasiones
excepcionales, se ofrecía en dos fechas concretas: a finales de mayo, cuando
purificaban la tierra los doce sacerdotes menores llamados los "hermanos
campestres", y cada cinco años, cuando los censores instalaban su garita
en el Campo de Marte para efectuar el censo de todos los ciudadanos romanos.
tablinum. Término latino para designar el cuarto exclusivo del
paterfamilias; con frecuencia es el cubículo en el que dormía y otro
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pequeño cubículo contiguo que utilizaba como guardarropa o armario.
tahalí. Correa de cuero que se llevaba sobre el hombro, pasando por
debajo del brazo contrario, o en la cintura, para colgar la espada; el gladius
romano o espada corta se llevaba colgada de la cintura, mientras que la espada
larga germánica requería el tahalí cruzado.
talento. Unidad de peso equivalente a la carga que podía llevar una
persona. El oro en barras y las sumas importantes de dinero se expresaban en
talentos, pero no era un término exclusivamente reservado al dinero y los
metales preciosos. Su equivalencia moderna sería unos veinticinco kilogramos.
Tanais, río. El Don actual, en Rusia.
Taprobane. Isla de Tapróbana. El actual Sri Lanka o Ceilán. Los antiguos
sabían que era una gran isla en forma de pera en la punta sudeste de la India,
de la que procedían valiosas especias, como la pimienta, además de perlas.
Tarentum. El actual Tarento en el tacón de la bota itálica; fue colonia
griega fundada por los espartanos hacia el 700 a. JC. Término primitivo de la
Via Apia, perdió importancia una vez que la calzada se prolongó hasta
Brundísium, aunque siempre fue el puerto idóneo para los que embarcaban con
destino a Patrás y el sur de Grecia.
Tarpeya, roca. Sigue siendo polémica su exacta ubicación, pero se sabe
que era muy visible desde el balo Foro Romano, y es de suponer que era un
extraplomo de los acantilados del Capitolino. Como la caída no excedía de
ochenta pies, la roca debió estar situada sobre un precipicio de aguzados
riscos. Era el lugar tradicional de ejecución de los ciudadanos romanos
traidores y asesinos, a los que se arrojaba desde ella o se les obligaba
a saltar. Yo la he situado enfrente del templo de Ops.
Tarquino Prisco. Tarquino el Antiguo, quinto rey de Roma. Se dice que
era un griego recogido en Caere, que se hizo etrusco y luego emigró a Roma. Se
le atribuye el drenaje del Foro Romano, la construcción de diversas cloacas, el
comienzo de la construcción del templo de Júpiter Optimus Maximus y la
edificación del Circo Máximo. Lo asesinaron los dos hijos de Anco Marcio en una
conjura para usurpar el trono; pero la esposa de Prisco frustró el golpe,
aunque no pudo evitar el crimen, y aseguró el trono para el sexto monarca,
Servio Tulio o Tulo.
Tarquino el Soberbio. Séptimo y último rey de Roma, concluyó y consagró
el templo de Júpiter Optimus Maximus, pero adquirió más fama de guerrero que de
constructor. Su ascenso al trono fue una siniestra historia de asesinato con
una mujer de por medio (Tulia, hija del rey Servio Tulio) y su derrocamiento es
también muy novelesco. Una sublevación de patricios encabezada por Lucio Junio
Bruto le obligó a huir de Roma, quedando proclamada la república. Tarquino el
Soberbio buscó refu811
gio con varios dirigentes antirromanos en Cumas, donde moriría. Se
cuenta una curiosa historia sobre cómo Tarquino el Soberbio puso fin a la
guerra contra la ciudad de Gabil: cuando le preguntaron qué quería que se
hiciese con los prohombres de Gabii, sin decir palabra, salió al jardín,
desenvainó la espada y cortó la cabeza de las amapolas que sobresalían del
resto. Su hijo, que estaba en Gabii, interpretó correctamente el significado y
decapitó a todos los personajes de relieve de la ciudad. Pocos actualmente
conocen el origen del denominado síndrome de la amapola alta, expresión
metafórica que se utiliza para referirse a la eliminación de hombres y mujeres
de mérito.
Tarracina. La actual Terracina, en Italia.
Tarsus. La ciudad mayor y más importante de Cilicia, al sudeste de
Anatolia.
Tartarus. La región de ultratumba reservada como castigo a los grandes
pecadores del mundo antiguo: Sísifo, condenado a empujar eternamente la roca;
Ixión, atado a una rueda inflamada que gira sin cesar, o Tántalo, alargando
inútilmente la mano hacia el agua y la fruta. Sin embargo, todos ellos eran
hombres que, por uno u otro motivo, habían adquirido la inmortalidad de los
dioses y no podían ser castigados con la pena normal de la muerte. Pese a las
profundas disquisiciones de mentes como Pitágoras, Platón y Aristóteles,
griegos y romanos no tuvieron en rigor el concepto de alma inmortal. La muerte
significaba la extinción del principio vital y todo lo que había después era un
fantasma, una réplica sin mente y etérea del difunto, y, para los grandes filósofos,
el alma era ¡femenina!, un ente voluble.
tata. El diminutivo cariñoso en latín de "padre", similar a
"papá". Taurasia. La actual Turín. El nombre que figura en los mapas
antiguos de Italia es Augusta Taurinorum, pero es evidente que se trata del
nombre dado a la ciudad durante el principado de Augusto. Tras innumerables
investigaciones, descubrí el nombre de Taurasia, que sería el correspondiente a
la ciudad antes de la época de Augusto.
Taur¿. Confederación de tribus celtas que habitaban el Noricum, regiones
montañosas orientales del actual Tirol y de los Alpes yugoslavos.
teatros. En la Roma republicana los teatros no estaban autorizados en
locales permanentes y se hacían de madera, alzándolos antes de los
correspondientes juegos en que tenían lugar las representaciones. Durante los
primer9s tiempos de la república, predominaba el criterio de que el teatro era
una degradación moral, una influencia corruptora, actitud que
perduró con leves concesiones hasta tiempos de Pompeyo. A las mujeres no
se les permitía sentarse con los hombres, pero la presión pública,
principalmente por parte de las clases bajas (a las que les encantan la farsa y
el mimo y que protestaban porque las representado812
¡
nes no fuesen permanentes), obligó a los magistrados y al Senado a
permitirías. Aquellos locales de madera estaban construidos en forma de
anfiteatro y disponían de escenario y scenae, con sus bastidores y entradas y
salidas ocultas para los actores. La scenae (telón de fondo) llegaba a la
altura de la última grada de la cavea (el local). Al finalizar los juegos, se
desmontaban los teatros y es de suponer que los materiales se subastaran para
guardar el dinero recolectado para construir un teatro fijo (al igual que otras
ciudades de la antigiledad, Roma no disponía de edificios suficientemente
grandes para guardar objetos del volumen de las piezas de un teatro de madera
con capacidad para diez mil espectadores).
Termópilas. Paso costero entre Tesalia y la Grecia central, entre las
aguas del Egeo y los acantilados. No obstante, no era ni mucho menos el lugar
idóneo para la defensa, pues en la montaña que lo dominaba existían veredas por
las que las fuerzas enemigas podían desbordar a los defensores. La más famosa
era la llamada Anopaea, y la defensa más célebre fue la de Leónidas de Esparta.
Tesalia. Región del norte de Grecia, que limitaba a occidente con las
abruptas montañas del Epiro y a oriente con el mar Egeo. En tiempos de Cayo
Mario formaba parte de la provincia romana de Macedonia.
Tíber (Tiberis). El río de la ciudad de Roma, que nace en los Apeninos
más arriba de Arretium y desemboca en el mar Tirreno por Ostia. Roma estaba
situada en la orilla nordeste del Tíber, que supuestamente era navegable hasta
Narmia, pero, de hecho, su rápido caudal dificultaba la
navegación contra corriente. Se desbordaba con frecuencia, con
desastrosas consecuencias, sobre todo en Roma.
Tibur. La actual Tivoli. En tiempos de la república era un modesto
asentamiento sobre el río Anio, en el punto en que cae desatado de las montañas
sobre la llanura del Tíber. En tiempos de Cayo Mario, Tibur no había adquirido
plena ciudadanía romana.
Tiddlypus, Lucio. Necesitaba un nombre grotesco para designar a la clase
de individuo que en todo tiempo y época ha sido el prototipo del ciudadano
anónimo. Dado que la obra original está escrita para lectores angloparlantes,
resultaba problemático elegir un nombre latino representativo y acuñé el de
"Lucio Tiddlypus" por su curiosa terminación en "us" y por
evocar una montaña, nombrada en latín con una curiosa distorsión del nombre de
una villa que había en su falda, propiedad de un infame liberto de Augusto,
Publio Vedius Pollio, pese a que el nombre latino de la montaña era Pausilypus,
claro indicio de que al liberto en cuestión se le odiaba por ese pus, que
significaba lo mismo que en la actualidad.
Tigurinos. Confederación de tribus celtas que ocupaban las tierras de la
Suiza actual contiguas a las de la confederación de tribus de los llamados
helvetii. Hacia el octavo año de la migración de las tribus germánicas de
cimbros y teutones, los tigurinos se unieron a ella, aliándose con las otras
dos confederaciones que también se habían incorporado, los marcomanos y los
queruscos. Dispuestos a invadir, en el 102 a. JC., la Italia norte por el
frente este desde Noricum hasta Aquileia, la horda de tigurinos, marcomanos y
queruscos cambió de idea al conocer la derrota de los teutones en Aquae Sextiae
y regresaron a sus tierras de origen, escapando así al aniquilamiento de que
fueron objeto cimbros y teutones.
Tzngzs. La actual Tánger. Capital y principal corte del rey de
Mauritania, situada en el océano Atlántico, detrás de las Columnas de
Hércules.
toga. Prenda que sólo un ciudadano de Roma podía vestir. Estaba hecha de
lana ligera y tenía una forma muy particular (por eso los romanos togados de
las películas de Hollywood nunca quedan bien, pues la documentación
cinematográfica norteamericana sobre la Roma antigua es muy deficiente). Tras
exhaustivos y brillantes experimentos, Lillian Wilson obtuvo un tamaño y una
forma que reproduce exactamente lo que era la toga. La toga para un varón de
1,75 m, con cintura de 89,5 cm, tenía unos 4,~ m de ancho y 2,25 m de largo; la
medida del largo se pliega sobre el eje de la altura del individuo y la medida
mucho mayor de la anchura, sobre el cuerpo. No obstante, no tenía forma
rectangular exacta, sino que presentaba el siguiente aspecto:
Si no se corta como indica la ilustración, la toga no adquiere la caída
que se aprecia en las estatuas de la antiguedad. La toga republicana de tiempos
de Cayo Mario era muy larga (la prenda varió notablemente de tamaño desde la
época de los reyes y el año 500, un período de mil años). Una observación
final, producto de mis propias investigaciones, es que el romano republicano
togado no llevaba calzoncillos ni taparrabos. La toga dejaba inútil la mano
izquierda para realizar cualquier manipulación a nivel del bajo vientre, ya
que, de hacerlo, se habrían deshecho todos los pliegues que ésta sujetaba y
habría sido necesario volver a rehacerlos completamente. Pero cuando la toga
está perfectamente plegada, se puede levantar con asombrosa facilidad con la
mano derecha cogiéndola por la orla, para proceder a orinar de pie, a condición
-claro- de que no se usen calzoncillos o taparrabos. Menciono este interesante
detalle sólo por el hecho de que en los actuales libros de texto se sigue
diciendo que los varones romanos llevaban cierta prenda de ropa interior. Pues
yo digo que, si vestía toga, no llevaba nada; la moralidad de la época
republicana no habría consentido que recurriese a un esclavo para necesidad tan
íntima.
toga alba (o pura). Toga blanca lisa, que, probablemente, era más bien
de color crema.
toga candida. Toga especial blanqueada que vestían los candidatos
a un cargo público al acudir al registro (la palabra
"candidato"
procede de esa toga candida). El candidato vestía también la candida
cuando recorría Roma solicitando votos y el día de las elecciones. Su blancura
se obtenía dejándola orear al sol varios días
y luego impregnándola de un fino polvillo de cal. togado. El que vestía
la toga.
toga picta. Toga totalmente púrpura del general triunfante, lujosamente
bordada (seguramente en oro) con imágenes de personajes y eventos. Los reyes de
Roma vestían la toga picta, igual que la estatua de Júpiter Optimus Maximus en
el templo del Capitolio.
toga praetexta. Toga bordada de púrpura de los magistrados curules; la
vestían también los que lo habían sido y los niños de ambos sexos.
toga pulla. Era la toga de luto y estaba hecha con lana lo más negra
posible.
toga trabea. La toga abigarrada de "colorines" de Cicerón. Era
la toga a rayas del augur y seguramente del pontífice. Al igual que la toga
praetexta, tenía una orla púrpura y rayas alternas rojas y púrpura a lo largo.
toga virilis. Toga de la virilidad. Era, en realidad, la toga alba o
toga pura.
Tolosa. La actual Toulouse, en Francia. Situada en la llanura fluvial
del río Garumna (Garona), Tolosa era la capital de la confederación de tribus
galas de los llamados volcos tectosagos.
torca. Collar grueso, generalmente de oro macizo. No llegaba a formar un
circulo, pues tenía una abertura de unos 25 mm en el centro delantero; sin duda
para poder darle la vuelta y dejarla colgando, porque seguramente no se la
quitaban. La torca era símbolo de los galos o celtas, aunque también la
llevaban algunos germanos. Sus extremos y la abertura tenían un acabado muy
decorativo, con nudos, trenzas, espirales y cabezas de animales.
Tracia. Era aproximadamente la zona de los Balcanes europeos entre el
limite occidental del Helesponto y una línea al este de Filipos; tenía costa en
el Egeo y el Euxino y se extendía hasta Sarmacia. Los romanos consideraban el
río Nestus como frontera occidental. Tracia nunca llegó a adquirir una
organización y se mantuvo como tierra aliada de las tribus
germánico-ilíricas-celtas que se asentaban en sus tierras, hasta la ocupación
romana. Tanto griegos como romanos consideraban bárbaros a los tracios. Tras
las guerras de la sucesión atálida en Asia Menor, hacia el 129 a. JC., la
franja egea de tracia recaía dentro de la gobernación de Macedonia, porque Roma
había construido la Via Egnatia, gran calzada entre el Adriático y el
Helesponto, y necesitaba proteger tan vital ruta, que era el camino de tránsito
más rápido para un ejército que se dirigiera a Asia Menor. Aenus (ciudad
portuaria en la desembocadura del río Hebrus) y Abdera eran los dos
asentamientos importantes en el Egeo; no obstante, la mayor ciudad de Tracia,
con gran diferencia, era la antigua colonia griega de Byzantium, en el Bósforo
tracio.
tribu, tribus. En los primeros tiempos de la república, tribus para un
romano no era un grupo étnico del pueblo, sino una asociación política al
servicio del Estado. Había treinta y cinco tribus; treinta y una eran rurales y
cuatro urbanas. Las verdaderas dieciséis tribus primitivas ostentaban el
nombre de las diversas geus patricias, indicando que los ciudadanos que
pertenecían a ellas eran miembros de familias patricias o habían vivido en
origen en tierras propiedad de dichas familias. En la primera y segunda etapa
de la república, cuando comenzaron a aumentar los terrenos propiedad de Roma en
la península italiana, se añadieron tribus para incluir a los nuevos ciudadanos
en el cuerpo político. Las colonias romanas con ciudadanía plena constituyeron
también el núcleo de nuevas tribus. La fundación de las cuatro tribus urbanas
se atribuía al rey Servio Tulo, aunque es probable que la fecha sea posterior,
a principios de la república. La última fecha en que se creó una tribu es en el
241 a. JC. Todos los que pertenecían a una tribu tenían derecho a votar en la
asamblea tribal, aunque no era un voto de por sí importante; ~5rimero se
contaban los votos de cada tribu, y luego la tribu entera emitía un voto
nominal, lo que significaba que en ninguna asamblea tribal podía el ingente
número de ciudadanos adscritos a las cuatro tribus urbanas afectar a los
resultados globales, pues había treinta y una tribus rurales y cada una de
ellas tenía derecho a presentar un voto tribal nominal, aunque sólo votasen dos
únicos individuos de la tribu. A los que pertenecían a tribus rurales no les
estaba prohibido vivir en Roma; la mayoría de senadores y caballeros, por
ejemplo, pertenecían a tribus rurales.
tribuno (tribunus). Funcionario que representaba los intereses de un
determinado miembro del cuerpo político romano. La palabra en origen se
aplicaba a los que representaban a las tribus (tribustribunus), pero conforme
la república fue progresando, vino a de-
signar el funcionario que representaba diversas instituciones no
directamente relacionadas con las tribus.
tribuno militar (tribunus militarum). Los oficiales de rango medio en la
cadena de mando del ejército romano se denominaban tribunos de los soldados o
tribunos militares. El de rango superior era el tribuno electo de los soldados.
Si el general no era también cónsul y, por consiguiente, no
disponía de las legiones del cónsul, el tribuno militar era el que las
mandaba. Los tribunos militares no electos servían también de comandantes de
los escuadrones de caballería.
tribuno de la plebe. El cargo se creó poco después de la institución de
la república, cuando la orden plebeya estaba a la greña con los patricios.
Elegidos por el ente tribal de los Ñebeyos, reunido en Conczhum plebis, o
Asamblea plebeya, los tribunos de la plebe juraban defender las vidas y
propiedades de los pertenecientes a la orden plebeya. En el 450 a. JC. había
diez tribunos de la plebe; en tiempos de Cayo Mario, esos diez tribunos eran
una espina para el Senado y no solamente para los patricios, pese a que al ser
elegidos pasaban a integrarse automáticamente como senadores. Como no eran
elegidos por todo el pueblo (es decir, los patricios y los plebeyos), no tenían
poder real con arreglo a la constitución romana, fundamentalmente no escrita.
Su poder residía en el juramento que prestaba la orden plebeya de defender la
naturaleza sacrosanta -inviolable- de sus representantes electos. Quizá fuese
debido a la organización tribal de la Asamblea plebeya el que estos
representantes se llamasen tribunos. El poder de un tribuno de la plebe
radicaba en su derecho a ejercer el veto contra una acción gubernamental; podía
vetar los actos de sus colegas tribunados, a cualquier magistrado o a todos
ellos; podía vetar la celebración de elecciones, la aprobación de una ley o
plebiscito, los decretos del Senado, incluso en cuestiones bélicas o de asuntos
exteriores. Sólo un dictador (o quizá un interrex) estaba por encima del veto
tribunicio. Dentro de la propia Asamblea plebeya, el tribuno de la plebe era
omnipotente: podía convocar la asamblea, una reunión (contio) para discutir un
asunto, promulgar plebiscitos y hasta imponer la condena de muerte si le
bloqueaban su derecho ejecutivo.
Durante los primeros años de la república y su fase media, los tribunos
de la plebe no eran miembros del Senado, pero después tuvieron potestad para
convocar reuniones del mismo. Luego, la lex Atinia de aproximadamente el 149 a.
JC. estipuló que los tribunos electos de la plebe
era la alternativa para ingresar en el Senado; hasta esta lex Atinia,
los que decidían eran los censores, y, bien que en tiempos de Cayo Mario el
tribunado de la plebe estaba reconocido como auténtica magistratura, no se le
concedía imperium y la autoridad del cargo perdía vigencia pasada la primera
piedra miliar.
Lo acostumbrado era que un individuo sirviese un solo mandato como
tribuno de la plebe, asumiendo el cargo el diez de diciembre y cesando el nueve
de diciembre del año siguiente; pero no era una costumbre legalmente
vinculante, como demostró Cayo Graco cuando se aseguró un segundo mandato de
tribuno de la plebe. El auténtico poder del cargo lo representaba el derecho a
veto, con lo que la función tribunicia era frecuentemente más obstruccionista
que constructiva.
tribuno de los soldados. Eran veinticuatro jóvenes, entre veinticinco y
veintinueve años de edad, que elegía cada año la Asamblea del pueblo para
servir en las legiones del cónsul como tribunos militares. Como los elegía la
comitia populi tributa,, o todo el pueblo, estos tribunos militares eran
auténticos magistrados y quedaban incorporados a las cuatro legiones del
cónsul, seis por legión, como comandantes. Cuando los cónsules tenían más de
cuatro legiones en campaña, los tribunos de los soldados se repartían por las
legiones que hubiese.
tribuno del Tesoro (tribuni aerarzi). No está nada claro qué función
real tenían los tribuní aerarii. En principio parece que fueron un cuerpo de
oficiales pagadores (lo que no era un trabajo muy oneroso en el antiguo
ejército anterior a la época de Mario), pero, desde luego, cuando Mario reformó
el ejército, los triburn aerarii no tenían nada que ver con él porque los
pagadores eran los cuestores. Soy partidaria de la teoría de que los tribuni
aerarii eran funcionarios civiles. Aunque el Senado y el pueblo de Roma eran
muy críticos con la burocracia y se resistían con tesón a ampliar el número de
empleados públicos, una vez que comenzaron a crecer las posesiones
territoriales de Roma, hubo cuando menos una rama del Senado
que cada vez exigió más burócratas. Esta rama era el Tesoro (el
aerarium), y en tiempos de Cayo Mario debía de haber gran número de antiguos
empleados civiles administrando los diversos departamentos del erario (número
que aumentó espectacularmente después). Se recaudaba dinero de muy diversos
impuestos, en Italia y en el extranjero, y se necesitaba dinero para todo,
desde la adquisición de grano público hasta el programa de obras públicas del
censor y minucias como la compra de los cerdos que el pretor urbano repartía en
Roma con motivo de las compitalia. Mientras que un magistrado electo podía dar
órdenes al respecto, es evidente que él personalmente no intervenía en su
aplicación; por ello, tenía que haber empleados del fisco, personas con
categoría superior a la de simple administrativo o escriba, e indudablemente
procederían de familias respetables y tendrían un buen sueldo. La existencia de
un funcionariado de alto rango se deduce por el hecho de que cuando Catón el
uticense fue nombrado cuestor del Tesoro en el 64 a. JC. protestó bastante, con
toda seguridad porque los cuestores habían dejado de estar al corriente del
funcionamiento del Tesoro, y en el 64 a. JC. éste era de gran envergadura.
tríclirnum. El comedor. En un comedor formal (de preferencia cuadrado),
había tres camillas colocadas formando una U. Mirando desde la puerta hacia el
centro de la U, la camilla de la izquierda se llamaba el lectus summus, la
situada en la base de la U era el lectus medius y la que formaba el lado
derecho, el lectus ¿mus. Estas camillas eran muy anchas, quizá de 1,25 m o más,
y el doble de largas como niínimo. En un extremo tenían un brazo elevado
formando cabecera. Delante de cada una de ellas se disponía a lo largo una mesa
estrecha más baja que la camilla y los comensales se tumbaban, reclinados sobre
el codo izquierdo, apoyados en almohadones; comían descalzos y podían ordenar
que les lavasen los pies. El anfitrión se tumbaba en la parte izquierda del lectus
medius o extremo del mismo, siendo la parte derecha de dicha camilla, el
extremo con cabecera, el lugar reservado al invitado de honor, que se llamaba
locus consularis. En tiempos de Cayo Mario era poco frecuente que las mujeres
se tumbasen comiendo con los hombres, de no ser mujeres de dudosa virtud y
tratarse de una
francachela celebrada por hombres. Las mujeres de la familia se sentaban
dentro del espacio de la U, en sillas, entraban con el primer plato y
abandonaban el comedor nada más retirarse el último plato. Normalmente sólo
bebían agua.
El comedor de César cuando invitó a cenar a Cayo Mario la primera vez.
Tridentum. La actual Trento.
Triocala. Fortaleza casi inexpugnable que los esclavos sicilianos
sublevados construyeron en las cordilleras de la costa sur de la isla. La sitió
Lucio Licinio Lúculo en el 103 a. JC., pero no cayó hasta dos años después, el
101 a. JC.
trípode. Banquillo de tres pies; las sacerdotisas del oráculo se
sentaban en trípodes, los fuegos lustrales y de los augurios se hacían en
braseros de tres pies y eran frecuentes las mesas de tres patas.
triunfo. El día más excelso de un general romano victorioso. En tiempos
de Cayo Mario, el general tenía que haber sido aclamado imperator por sus
tropas y solicitar después el triunfo al Senado, que era el único que podía
aprobarlo y que, a veces -no muchas-, lo aplazaba sin justificación. El triunfo
era un espectacular desfile que discurría con arreglo a un intinerario
prescrito desde la Villa Publica del Campo de Marte, pasando por una puerta
especial de las murallas servianas llamada porta Triumphalis, por el Velabrum,
el Forum Boarium y el Circo Máximo, para después dirigirse por la Via Sacra del
Foro Romano y concluir en el monte Capitolino, al pie de la escalinata del
templo de Júpiter Optimus Maximus. El general triunfante y sus lictores
entraban en él y ofrecían al dios sus laureles de victoria y luego se celebraba
la fiesta triunfal.
triumphator. El general que celebraba el triunfo.
trofeo. El trofeo era la armadura de un jefe enemigo. Era una costumbre
instituida por los griegos antiguos; se montaba la armadura en una pértiga
hecha con una lanza, se clavaba en el campo de batalla y se ofrecía a los
dioses que habían secundado la victoria. Los romanos la modificaron erigiendo
un monumento filo en el campo de batalla y llevando todos los trofeos a Roma
para exhibirlos en el desfile triunfal y ofrecerlos después a algún dios, en
cuyo templo quedaban guardados. Metelo el Macedónico construyó el primer templo
de mármol de Roma (a Júpiter Stator) y en él guardó sus trofeos; Cayo Mario
edificó para conservar sus trofeos un templo al Honor y la Virtud.
Tullianum. También denominado carcer, era un pequeño edificio de una
pieza con una mazmorra abajo que era la única celda de ejecución que había en
Roma. Todos los prisioneros importantes que se exhibían en el desfile triunfal
eran conducidos a él, cuando la parada militar comenzaba a ascender el
Capitolino, para ser estrangulados en esa mazmorra. El término
"estrangular" no significa que la ejecución se hiciera con las manos
desnudas, sino que se empleaba un lazo o un aro de garrote; luego, el cadáver
se arrojaba a una abertura de esta misma mazmorra que daba a las cloacas.
También era de ley (aunque no frecuente) arrojar al prisionero a esa cámara
inferior y dejarle morir de hambre.
Tulo Hostilio. Tercer rey de Roma; personaje un tanto oscuro. Era
guerrero y atacó, sometió y destruyó Alba Longa, para traer a sus habitantes a
Roma e integrarlos en el populacho, mientras que la clase dirigente se
incorporaba al patriciado romano. Tulo Hostilio construyó también la sede del
Senado, llamada Curia Hostilia en su honor.
túnica. Era la prenda básica de casi todos los pueblos antiguos
mediterráneos, incluidos griegos y romanos. En tiempos de Cayo Mario constaba
de un cuerpo rectangular abierto por los costados; el cuello seguramente estaba
cortado en curva para mayor comodidad en lugar de
continuar en línea recta desde los hombros; las mangas serían
prolongaciones rectangulares de tela desde los hombros o pegadas. No es, desde
luego, nada improbable que los sastres de la antigí.iedad supieran pegar
mangas, pues en textos antiguos se mencionan las mangas largas y éstas
requieren ir cosidas. Las estatuas no testimonian si las túnicas de los
personajes importantes que representan eran simples prolongaciones de tejido a
partir de los hombros para dejar paso a los brazos, y las mangas de las túnicas
de las estatuas de militares parecen mangas cortas normales. La túnica se
llevaba con cinturón de cuero o con un cíngulo y era siempre más larga por
delante que por detrás, parte por la que tenía unos 75 mm menos. Los del censo
de caballeros lucían una ftanja estrecha en la túnica y los senadores una
franja más ancha. Yo creo que estas franjas estaban colocadas sobre el hombro
derecho y no en el centro del pecho. En una pintura mural de Pompeya se ve a un
hombre con toga praetexta y franja ancha en el hombro derecho de la túnica.
Igual que los modelos estudiados por Lillian Wilson.
turnca palmata. La túnica del general triunfante, que podía ser o no de
color púrpura, pero, desde luego, iba bordada con hojas de palma.
Tusculum. Ciudad sobre la Via Latina, a unos 25 kilómetros de Roma. Fue
la primera ciudad latina a la que se otorgó plena ciudadanía romana en el 381
a. JC. y siempre permaneció fiel a Roma. Catón el censor era de Tusculum, en
donde su familia fue propietaria durante casi tres generaciones de la
caballería pública del ejército romano.
Ulises. (Véase Odiseo.)
Utica. Tras la destrucción de Cartago por Escipión Emiliano en el 146 a.
JC., Utica se convirtió en la ciudad portuaria más importante de la provincia
romana de Africa. Utica era la sede del gobernador y estaba en la desembocadura
del río Bagradas.
valle de los Salassi. El actual valle de Aosta (véanse Lugdunum,
Salassi).
Vediovis. Dios romano misterioso y sin mitología. Actualmente se cree
que era una manifestación del joven Júpiter; incluso Cicerón habla con vaguedad
de este Vediovis. Desde luego, no era un dios feliz; tal vez perteneciese al
inframundo, y parece que fue el patrón de las decepciones. Tenía dos templos en
Roma, uno en el Capitolio y el otro en la isla del Tíber; fuera de Roma no se
le rendía culto, que sepamos, salvo en Bovillae, donde un Julio erigió un altar
a Vediovis en el año 100 a. JC. en nombre de la gens Julia.
Vercellae. Pequeña ciudad de la Galia itálica, en la orilla norte del
río Padus y a la entrada del valle de los Salassi. Fuera de ella había dos
modestas llanuras, los Campi Raudii, en las que Mario y Catulo César derrotaron
a los cimbros en el 101 a. JC.
verpa. Obscenidad latina, empleada más como interjección que como
ofensa. Se refería al pene -por lo visto al pene erecto con el prepucio
retraído- y poseía connotaciones homosexuales. Por las pruebas documentales y
grafíticas, el doctor J. N. Adams des-carta que signifique un pene circunciso.
Vesta. Diosa romana muy antigua de naturaleza incorpórea, sin mitología
ni imagen (véase numen). Era el fuego del hogar y de ahí su importancia en la
casa y la familia, en donde se le rendía culto con los Penates y los lar
familiaris. Su culto público oficial era también importante y lo dirigía
personalmente el pontífice máximo; su templo en el Foro Romano era modesto, muy
antiguo, de forma circular, y se hallaba junto a la Regia, la fuente de Yuturna
y el domus publicus del pontífice máximo. En él ardía un fuego constante que
nunca se dejaba apagar.
vestales, vírgenes. Vesta tenía su sacerdocio particular, el colegio de
seis mujeres llamadas las vestales. Ingresaban a los seis u ocho años de. edad,
hacían votos de castidad y servían a la diosa durante treinta años, tras los
cuales quedaban eximidas de sus votos y se integraban en la sociedad, pudiendo
casarse, aunque pocas lo hacían por considerarlo nefasto. Su castidad procuraba
suerte a Roma, es decir, al Estado. Cuando se creía que una vestal había roto
el voto de castidad, no se la juzgaba y castigaba en seguida, sino que se le
seguía proceso ante un tribunal especial, y también se juzgaba a sus supuestos
amantes ante otro tribunal. Si se le declaraba culpable, quedaba encerrada en
una cámara subterránea tapiada, donde perecía. En tiempos de la república, las
vírgenes vestales vivían en el mismo domus publícus que el pontífice máximo,
aunque aparte.
vexillum. Bandera o estandarte. vía. Calle o carretera.
Vía Emilia. Construida en el 187 a. JC.
Vía Emilia Scaurí. Terminada hacia el 103 a. JC.; la construyó Marco
Emilio Escauro, príncipe del Senado y censor en el 109 a. JC.
Vía Annia (1). Construida en el 153 a. JC.
Via Annia (2). Construida en el 131 a. JC. Existe gran polémica a
propósito de si era la Via Annia o la Via Popillia. En el mapa la he señalado
como Via Popillia, al obtener en las fuentes mayor número de veces su mención.
Vía Appía. Construida en el 312 a. JC.
Vía Aurelia Nova. Construida en el 118 a. JC.
Vía Aurelia Vetus. Construida en el 241 a. JC.
Vía Campana. No se conoce la fecha.
Vía Cassia. Construida en el 154 a. JC.
Vía Clodia. Construida en el siglo nI a. JC., pero no se conoce la
fecha.
Vía Domitia. Construida en el 121 a. JC. por Cneo Domicio Ahenobarbo.
Vía Egnatía. Construida posiblemente hacia el 130 a. JC.
Vía Flaminía. Construida en el 220 a. JC.
Vía Labicana. Muy antigua, sin fecha.
Vía Lata. Muy antigua, sin fecha.
Vía Latina. Muy antigua, sin fecha.
Vía Minucia. Construida en el 225 a. JC.
Vía Ostíensis. Muy antigua, sin fecha.
Via Popillia (1). Construida en el 131 a. JC.
Vía Popillia (2). Construida en el 131 a. JC. Se denomina también Via
Annia y no se sabe quién la construyó.
Vía Postumia. Construida en el 148 a. JC.
vía praetoría. Amplia avenida en el interior de un campamento militar
romano que unía la puerta delantera con la trasera.
vía príncípalis. Amplia avenida en los campamentos militares,
perpendicular a la vía praetoría y que unía las puertas laterales. La tienda
del general estaba situada en la intersección.
Vía Salaría. Muy antigua, sin fecha. Sería probablemente la más antigua
de las calzadas romanas. En el 283 a. JC. se construyó un ramal, la Via
Caecilia, y en el 168 a. JC. otro ramal, llamado Via Claudia.
Vía Ti bu rtína. El nombre antiguo del primer tramo de la Via Valeria,
entre Roma y Tibur.
Vía Valería. Construida en el 307 a. JC.
~ñcus. Bocacalle, no necesariamente corta. La palabra describe más que
la calle en si, la serie de edificios de sus dos lados; su origen es como
nombre de aldea, en donde los edificios se sitúan sin orden a uno y otro lado.
En las' ciudades, los nombres de las calles perduran durante siglos, salvo
cuando un monarca o un político les dan su nombre. Por ello, al hacer el mapa
de Roma, he usado los nombres de las calles de la época republicana que no
pertenecían a nuevos barrios ni a la urbanización imperial; el Vicus Insteius,
Vicus lugarius, Vicus Tuscus, Vicus Patricii, Vicus Longus, etc., siempre
habrían tenido tales nombres. He procedido igualmente así con el Alta Semita y
las colinas del Clivus Orbius, Clivus Patricius, Clivus Capitolinus, Clivus
Argentarius, Clivus Pullius in Tabemola, etc. Algunas calles de Roma recibían
el nombre de la actividad que en ellas tenía lugar; así, Vicus Sandalarius
(zapateros), Clivus Argentarius (banqueros), Vicus Fabricii (artífices); otras
llevaban nombres de lugares, como el Vicus Tuscus (Etruria), otras simplemente
indicaban a dónde conducían, como el vicus ad malum punicum (calle que va hacia
el granado).
Vienne, Vienna. La actual Vienne. El verdadero nombre de este puesto de
comercio en el río Ródano era Vienna, pero se la suele denominar por el
nombre moderno para evitar confusión con la capital de Austria.
villa. Casa de campo autónoma y que en origen tenía relación con la
agricultura, es decir, era una granja. Se construía en torno a un peristilo o
patio, tenía establos o cobertizos en la parte delantera y la vivienda atrás.
En tiempos de Cornelia, madre de los Gracos, los romanos ricos se construían
villas de veraneo y no granjas; el estilo arquitectónico de la villa cambió con
arreglo a las modas. Muchas de ellas estaban a la orilla del mar.
Villa Publica. Trozo ajardinado del Campo de Marte, frente al Vicus
Pallacinae, en el que los que celebraban el desfile triunfal se concentraban
antes de iniciarlo.
vino, vino de calidad. El vino era un elemento primordial en la vida de
romanos y griegos; al no disponer de instrumentos para la destilación, el vino
era la única bebida con contenido alcohólico, objeto de gran reverencia (de ahí
los dioses del vino Baco y Dionisos) y, generalmente, gran respeto. Se
cultivaban muy diversas variedades de uva, blanca y roja, para hacer vinos en
la modalidad de blanco y tinto.
En tiempos de Cayo Mario la viticultura romana era un negocio muy
perfeccionado que había desbancado a la griega definitivamente. A los romanos
se les daban bien las plantas, la jardinería y la agricultura, y desde que sus
ciudadanos privilegiados comenzaron a viajar por el extranjero, Roma dispuso de
numerosas plantas importadas, muchas de ellas variedades de especies ya
conocidas y otras totalmente nuevas. Esto es aplicable a la vid, siempre
acrecentada con importaciones foráneas.
Los viticultores romanos eran muy hábiles en injertos y sabían prevenir
las plagas. Con el asfalto extraído del Palus Asphaltites palestino (mar
Muerto), por ejemplo, impregnaban el tronco leñoso de la vid para impedir el
desarrollo de verdín y moho. Una vez madura, recogían la uva para echarla en
tinas y pisarla, y el primer jugo se reservaba para hacer el mejor
vino del año. La uva, una vez pisada, se prensaba en unos aparatos
similares a los que hoy día existen en las viñas en que no ha llegado la
producción masiva, obteniéndose así el vino comen-te. Luego volvía a prensarse
para obtener una tercera clase de bebida, agria, que se vendía a un precio muy
barato y para con-sumo de los humildes en grandes cantidades, y que también se
daba a los esclavos. A veces se reforzaba para incrementar su contenido
alcohólico añadiéndole mosto hervido tras el proceso de fermentación. La
fermentación se hacía con mayor o menor cuidado, según la clase de caldo y los
designios del viticultor. En unas tinajas recubiertas interiormente de cera
(para los vinos de calidad) o de pez (producto residual de la resma una vez
extraída la trementina, con lo que el vino absorbía su sabor y adquiría un
sabor parecido al de la actual resma griega), los caldos se guardaban varios
meses, espumándolos continuamente.
Una vez fermentados, los vinos para el consumo inmediato se trasvasaban
a las ánforas o (a veces) a pellejos. Los vinos que se destinaban a una
maduración adicional, primero se colaban minuciosamente con cedazos y telas,
luego se "embotellaban" en ánforas escrupulosamente cerradas y
aisladas del aire con cera derretida, y se marcaban con el año, la viña, el
tipo de uva y el nombre del viticultor, para almacenarlas en bodegas frescas.
También se utilizaban barricas de madera para algunos vinos excepcionales.
La mayoría de los vinos se bebían dentro del plazo de cuatro años, pero
los que quedaban bien cerrados no seguían fermentando, sólo maduraban, y, así,
algunos tardaban veinte años en alcanzar su punto. Estos eran, naturalmente,
los vinos de calidad. Y entonces, como ahora, el enólogo echaba la cabeza hacia
atrás y profería la retahila de su jerga de adletivos y adverbios. Había muchos
entendidos. Uno de ellos era el gran abogado Quinto Hortensio Hortalus, que al
morir en el 50 a. JC. legó el asombroso número de 10 000 ánforas de vino a un
anónimo beneficiario. El ánfora tenía una capacidad de 25 litros, por lo que
Hortensio dejó en herencia 250
000 litros de vino. No era costumbre beber el vino puro, y se le añadía
diversa proporción de agua.
Las mujeres romanas de tiempos de Cayo Mario bebían poco vino; en los
primeros tiempos de la república, si el paterfamilias olía a vino en el aliento
de una de las mujeres de la casa, tenía derecho a ejecutarla in situ. Pese a la
aparente sobriedad de los bebedores romanos, echando agua al vino, el
alcoholismo era en la antiguedad tan acuciante problema como en la actualidad.
vir militaris. (Véase militar.)
Visurgis, río. El Weser actual, en Alemania.
voconci os. Confederación de tribus celtas que habitaban en las márgenes
del río Druentia, en la Galia Transalpina, en tierras contiguas a las de los
alóbroges, situados al norte. Se complacían en asaltar a los viajeros romanos
que pasaban por el tramo alpino de la Via Domitia en dirección al valle del
Ródano.
vokos tectosagos. Confederación de tribus celtas que habitaban en la
Galia mediterránea, más allá del valle del Ródano, hasta Narbona y Tolosa
(véanse Breno, Tolosa).
volscos. Uno de los primitivos pueblos de la Italia central. Ocupaban el
Lacio oriental en torno a los asentamientos de Sora,
Atina, Antium, Circei, Tarracina y Arpinum; sus aliados eran los ecuos.
A finales del siglo Iv a. JC., los volscos habían quedado tan integrados en la
sociedad romanizada que casi habían perdido su identidad cultural y étnica. No
hablaban latín, sino un idioma propio parecido al umbro.
yugo. Era la pieza de madera con que se uncía a la pareja de bueyes por
el pescuezo. Aplicado al ser humano, vino a significar el dominio y la
sojuzgación. En Roma había un yugo balo el cual pasaban los jóvenes de ambos
sexos, situado en un punto del Carinae, y que se llamaba el Tigillum, quizá
como símbolo de sumisión a la vida seria de los adultos. Sin embargo, fue en el
ámbito militar en el que el yugo llegó a adquirir su más profundo significado
simbólico, pues los primitivos ejércitos romanos (o quizá los etruscos)
obligaban al enemigo vencido a pasar balo el yugo; se clavaban dos lanzas en el
suelo y entre ellas se tendía una tercera de modo que no permitiese el paso de
un hombre sin agacharse. Lamentablemente, los ejércitos enemigos adoptaron
igual criterio y, en consecuencia, de vez en cuando un ejército romano se veía
obligado a pasar bajo el yugo. Esto era una humillación intolerable, a tal
extremo que el Senado romano prefería que sus ejércitos combatieran hasta que
cayera el último hombre antes que manchar el honor y la dignitas de Roma
rindiéndose y pasando bajo el yugo. Hasta los más humildes romanos, incluidos
los del censo por cabezas, consideraban una gran humillación pasar bajo el yugo
y exigían explicaciones cuando los ejércitos no habían luchado hasta el
exterminio.
Yuturna. Primitiva deidad romana de carácter incorpóreo y sin mitología
en el sentido griego (aunque posteriormente la tuvo, gracias, fundamentalmente,
a Virgilio). Era una ninfa de las aguas y tenía una fuente con altar junto a la
escalinata de las Vestales que ascendía al Palatino; se atribuían poderes
curativos a sus aguas y a la fuente acudían numerosos peregrinos.
FIN

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