© Libro N° 14054. Los Vientos. Vargas Llosa,
Mario. Emancipación. Julio 19 de
2025
Título Original: © Los Vientos. Mario Vargas Llosa
Versión Original: © Los Vientos. Mario Vargas Llosa
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Mario Vargas Llosa
Los Vientos
Mario Vargas Llosa
Un hombre viejo sale de su casa para protestar por el cierre de los
últimos cines de un Madrid del futuro. Se trata de un cambio más de una cadena
que él vive como decadencia. Un mundo peor. El cuerpo le falla, de la memoria
al intestino. Cuando quiere volver no recuerda dónde queda su casa y durante
esas horas recorre la ciudad y pasa revista a su vida, critica las novedades en
el arte y la literatura, se burla del vegetarianismo. En este cuento —en el que
la realidad se cruza con la ficción— el personaje lamenta haber dejado a
Carmencita, la compañera de toda su vida, por «un enamoramiento de la pichula,
no del corazón».
Los vientos muestra a un Vargas Llosa pleno, crítico, agudo, mordaz. El
Premio Nobel que se ganó a millones de lectores todavía tiene mucho por decir.
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Mario Vargas Llosa
Los vientos
ePub r1.0
Titivillus 12-02-2023
Título original: Los vientos
Mario Vargas Llosa, 2020
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Los vientos
Fui a la manifestación por la clausura de los cines Ideal, en la Plaza
de Jacinto Benavente y, apenas acababa de comenzar, me sobrevino uno de esos
vientos intempestivos que ahora me asaltan con frecuencia. Pero nadie se dio
cuenta a mi alrededor. Lamenté haber ido porque éramos apenas cuatro gatos y
casi todos unas ruinas humanas como yo. A ningún joven madrileño le importa que
desaparezcan los últimos cines de Madrid; jamás ponían los pies en ellos, se
habían acostumbrados desde niños a ver las películas que ordenaban —si se puede
llamar películas esas imágenes que divierten a las nuevas generaciones— en las
pantallas de sus ordenadores, sus tabletas electrónicas y móviles.
Osorio, posando de optimista, dice que ahora que han desaparecido los
cines, tendré que habituarme a ver películas en las pantallas pequeñas. Pero no
lo haré; también en esto seguiré fiel a mis viejas aficiones. He vivido
demasiado para importarme que me digan fósil, ludita, o, como me llama Osorio
haciendo ascos, “irredento conservador”. Lo soy y lo seguiré siendo mientras el
cuerpo aguante (no creo, dicho sea de paso, que por mucho tiempo más). Vaya,
otro viento; pero tampoco nadie lo ha notado, a juzgar por la indiferencia de
las caras que me rodean.
Osorio debe ser el último amigo que me queda. Nos llamamos todos los
días, a ver si seguimos vivos. “Buenos días. ¿Qué tal? ¿En pie, todavía?” “Por
lo visto, sí, me parece al menos”. “¿Nos vemos más tarde, para el cafecito?”
“Oqui doqui”. No sé cuándo nos conocimos; no, en todo caso, desde la juventud.
Esa legañosa ciénaga que es mi memoria me dice que hace solo unos veinte o
treinta años. Yo sé que fui periodista de joven; Osorio dice que enseñó
filosofía en los colegios, pero no estoy nada seguro de que haya sido profesor
y menos de filosofía, porque sabe muy poco de
esos temas. Por ejemplo, nunca leyó a Pascual, que a mí me gusta mucho.
Tal vez se haya olvidado de qué cosa fue en la vida y tiene la memoria tan en
ruinas como yo; que trate de engañarme y engañarse inventándose un pasado. Le
asiste todo el derecho del mundo, por lo demás. Nuestro acuerdo es llamarnos
todas las mañanas para saber si alguno de los dos se despidió de este mundo en
el sueño y dar parte a la autoridad a fin de que nos incineren y desaparezcamos
del todo.
“Se cerraron los últimos cines, pero han abierto una nueva librería”, me
levantó el ánimo Osorio cuando terminó la triste manifestación de despedida a
los Ideal. “Ya hay cuatro, ahora, en Madrid. No te quejarás. ¡Cuatro librerías!
¡Más que en París y en Londres, te lo aseguro. Créeme! ¡Todo un lujo!”
Un cuento más, producto del patológico optimismo de Osorio. Lo que él
llama “librería” es uno de esos simulacros que nos rodean, una de esas
luciérnagas que en la noche se prenden y se apagan casi al mismo tiempo. La
supuesta librería —ayer o antes de ayer fuimos a verla— era la biblioteca de un
vejete de Malasaña que ha puesto en venta sus existencias antes de partir al
otro mundo, una colección variopinta de libracos mal conservados que el puñado
de personas que estaba allí cuando Osorio y yo entramos a echar un vistazo,
hojeaba y manoseaba antes de devolverlos a los polvorientos estantes. Solo
compré un librito de Azorín que no conocía, una recopilación de artículos sobre
literatura argentina, el Martín Fierro principalmente, que me costó pocos
centavos. Y, por supuesto, en la librería del vejete tuve un viento que no pude
disimular. Nadie le dio importancia, salvo Osorio, por supuesto, que sonrió con
una de sus sonrisas luciferinas y movió por un instante, disgustado, las aletas
de su nariz.
No encontré ninguna de esas novelitas viejas que me gustan ahora. Desde
que se generalizó la costumbre de leer novelas encargadas al ordenador renuncié
a leer las que se producen —sería ridículo decir “escriben”— en nuestros días.
Cuando se inventó el sistema, parecía una diversión más, de las tantas que
aparecen cada día, y que duraría lo que las modas pasajeras. Quién iba a tomar
en serio una novela fabricada por un ordenador de acuerdo a las instrucciones
del cliente: “Quiero una historia que ocurra en el siglo XIX, con duelos,
amores trágicos, bastante sexo, un
enano, una perrita King Charles Cavalier y un cura pederasta”. Como
quien encarga una hamburguesa o un perrito caliente, con mostaza y mucha salsa
de tomate. Pero la moda prendió, se quedó y ahora la gente —la poca que lee—
solo lee las novelas que encarga a sus esqueletos de metal o de plástico. Ya no
se puede decir que haya novelistas; mejor dicho, todos nos hemos vuelto
novelistas. Aunque también esto es falso. El único novelista que queda vivo y
pataleando en este planeta es el ordenador. Por eso, los lectores aferrados a
la tradición, a la novela de verdad, la de Cervantes, Tolstoi, Virginia Woolf o
Faulkner, no tenemos más remedio que leer a los novelistas muertos y olvidarnos
de los vivos.
Esa falsa librería de Malasaña durará lo que tarden en venderse las
vejeces que se agolpan en sus estantes, si es que antes no prospera la campaña
para que el Estado expropie todos los papeles impresos de cualquier orden y los
incinere, a fin de evitar las supuestas bacterias nocivas para la salud con que
los militantes de esa odiosa campaña “¡Paper free society!” nos martillan la
vista y los oídos desde hace buen tiempo. Por supuesto que yo no les creo, por
más que haya tantos científicos, algún Nobel entre ellos, que dicen haber
comprobado tras muchas pruebas de laboratorio que la combinación de papel y
tinta impresa es tan maligna como la del tabaco y el papel cuando los
cigarrillos existían y mataban a generaciones de fumadores de cáncer a la
garganta y el pulmón. Yo creo que se trata de otra moda, una manera de
divertirse para tanto ocioso que anda suelto. Me temo que al final ellos
terminen por ganar la partida y que, al igual que Singapur, la primera ciudad
paper free del mundo, también España y Europa entera terminen carbonizando sus
libros, bibliotecas y hemerotecas privadas y públicas.
“Qué te importa que las quemen”, me dice Osorio, siempre defendiendo lo
que él cree la vanguardia política de nuestro tiempo, “si todos esos libros,
revistas y periódicos están ya digitalizados y los puedes consultar cómoda y
asépticamente en las pantallas de tu propia casa”. Por lo pronto, no tengo “una
casa” sino un cuartito diminuto con su baño, y, en segundo lugar, mi ordenador
es casi tan pequeñito como un libro antiguo. Su argumento no vale para mí.
Además, no creo que él crea lo que me dice. Lo hace por hacerme rabiar. Claro
que, si no fuera así, nos aburriríamos mucho.
Osorio afirma que él no tiene nostalgia alguna de esos remotos años en
que mucha gente, como yo, iba a leer a bibliotecas. En cambio, yo sí. Me
gustaba la atmósfera tranquila y algo conventual de la Biblioteca Nacional del
Paseo de Recoletos, el silencio religioso de sus salones de lectura, la secreta
complicidad entre los que estábamos allí, en nuestras carpetas, leyendo al
resplandor de las lamparitas de luz azulada. Cuando la Biblioteca Nacional de
Madrid cerró sus puertas también hubo una manifestación, pero, a diferencia de
la de hoy, allí sí acudió bastante gente. La tristeza por la desaparición de
esa institución parecía compartida por todos los presentes, en los ojos de
algunos de los cuales juro que vi lágrimas. En Madrid aquella despedida fue pacífica.
No así en París, donde el día que cerraron la Biblioteca Nacional la protesta
fue violenta, con incendio y hasta muertos y heridos, creo.
Es verdad que todo lo que había en ese gran caserón de Recoletos está
ahora digitalizado, al alcance de cualquier pantalla. Pero, para gentes como
yo, de otra época, la vida sin librerías, sin bibliotecas y sin cinemas, es una
vida sin alma. Si eso es el progreso, que se lo guarden donde el sol no les
alumbre. “Eres un pterodáctilo, un dinosaurio, un antediluviano”, me dice
Osorio. No es imposible que tenga razón.
Que yo sepa, Osorio nunca tuvo familia. Tendría padres, sí, pero no se
acuerda de ellos, ni de si tuvo hermanos, y asegura definitivamente que nunca
estuvo casado. Yo, en cambio, me acuerdo apenas de mis padres, con los que,
creo, nunca me llevé bien, y no sé si tuve hermanos o no; en todo caso se han
borrado de mi mente. Pero, en cambio, de Carmencita, mi mujer por muchos años,
me acuerdo muy bien. Solo que no hablo con Osorio nunca de ella. Todas las
noches, parece mentira, desde que cometí la locura de abandonarla pienso en
ella y me asaltan los remordimientos. Creo que solo una cosa hice mal en la
vida: abandonar a Carmencita por una mujer que no valía la pena. Ella nunca me
perdonó, por supuesto, jamás pude amistarme con ella, y, para colmo, Carmencita
se casó con Roberto Sanabria, mi mejor amigo hasta entonces. Es el único
episodio de mi remoto pasado que mi memoria no ha olvidado y que me atormenta
todavía. Todas las noches, antes de dormir, pienso en Carmencita y le pido
perdón. Ella no lo sabe, por supuesto, a no ser que haya otra vida después de
esta y
los muertos se entretengan espiándonos a los vivos. Nunca más volví a
verla y, solo muchos años después de ocurrido, me enteré del accidente en el
que había perdido la vida. Ya me olvidé del nombre de aquella mujer por la que
abandoné a Carmencita; volverá a mi memoria, sin duda, aunque, si no volviera,
tampoco me importaría. Nunca la quise. Fue un enamoramiento violento y
pasajero, una de esas locuras que revientan una vida. Por hacer lo que hice, mi
vida se reventó y ya nunca más fui feliz.
No es cierto que sea un pterodáctilo. No lo soy en muchos sentidos, en
todo caso. Reconozco que, en muchos aspectos, el mundo de hoy es mejor que el
de mi juventud. Hay menos pobreza que antes, por ejemplo, y eso es una gran
cosa. Las estadísticas dicen que las clases medias son el ochenta por ciento de
la humanidad. Un gran logro, sin duda, ojalá sea cierto. Pero que todavía quede
una quinta o sexta parte de pobres y de miserables, quiere decir que aún
estamos lejos de haber erradicado la pobreza de este planeta. Derrotar al
cáncer y al sida parecía imposible y los científicos lo han conseguido. Yo
sobreviví a un cáncer a la sangre, sin ir más lejos. Tampoco imaginamos nunca
que fuera tan común que las gentes llegaran a vivir cien años, y, sin embargo,
ahí estamos buen número de bípedos para demostrar que no era inalcanzable. Y,
sobre todo, que hombres y mujeres pudiéramos durar tanto conservando la lucidez
y disfrutando de la vida, incluido el sexo. No hablo por mí, claro, pero mucha
gente que debe de tener mi edad, más o menos, disfruta todavía haciendo el
amor, aunque yo no forme parte de ella. En cuanto a la libertad, creo, hoy día
—mañana puedo haber cambiado de opinión— que ha desaparecido enteramente de
nuestras vidas. Este es un motivo de permanentes discusiones con Osorio. El
cree —lo dice al menos— que somos más libres que nunca y se escandaliza cuando
yo sostengo que este es un mundo de esclavos contentos y sometidos. Eso sí, a
veces, sobre todo cuando está de mal humor, me da la razón.
Estaba pensando en todo aquello —Osorio, los cines desaparecidos, los
jóvenes con sus ordenadores portátiles—, cuando sentí algo extraño en la
cabeza, algo que pasó luego a recorrerme todo el cuerpo, como un escalofrío.
Era una sensación extraña. Me palpé de manera disimulada y tuve la impresión de
que nada me había ocurrido ni en la cabeza ni en el
cuerpo. ¿Qué había sido aquello entonces? Y, por primera vez y con
creciente angustia, comprendí exactamente lo que me había pasado: no sabía cómo
volver a mi casa. Había olvidado la dirección. Muchas veces había pensado
apuntarla en un papelito que llevaría en todas mis salidas, pero nunca lo hice.
Ahora me ocurría algo peor: también había olvidado qué calles tomar para volver
a mi casa, es decir, a mi cuartito con su baño. Miré con angustia a mi
alrededor: la gente que había acudido a la manifestación de protesta por el
cierre de los Ideal ya se había retirado. Osorio había partido entre los
primeros, alegando que tenía que llevar unos papeles a no sé qué ministerio.
Estaba, pues, solo en aquel rinconcito de la Plaza Benavente, aunque rodeado de
gente, automóviles, buses y camiones. No tenía noción alguna de qué dirección
tomar. Llevaba mucho rato soltando vientos, como siempre que me pongo nervioso.
Disimulando, como si la turbación que sentía pudiera ser advertida por la rala
gente que pasaba, me acerqué a la esquina y observé atentamente el letrero que
colgaba en lo alto de la pared: “Plaza Jacinto Benavente”. No me decía nada,
por supuesto, aunque sabía que si rebuscaba en mi memoria, aquel nombre se me
iría revelando poco a poco, encendiéndose como un foco de luz. Siempre
disimulando, di una vuelta a la Plaza, escrutando los nombres de las calles.
Solo sentí un pequeño estremecimiento cuando leí “Plaza del Ángel”, que, estaba
seguro, conocía y me decía algo, aunque no sabía qué. Finalmente, cuando hice el
círculo completo, me senté en una banca, tratando de serenarme. Porque estaba
muy asustado. Nunca me había sucedido algo así. Y en maldita hora el amigo
Osorio me había dejado allí, solo y olvidado — ¿cómo se llamaba mi amigo?
Osorio, sí—, hasta de mi propio nombre me olvido a veces; tratando de
recordarlo y soltando vientos, vaya huevón. ¿Cómo olería mi rededor? Porque el
olfato es algo que yo he perdido hacía tiempo. Mejor echarme a caminar, tal vez
moviéndome volverían los recuerdos. Sí, sí, volverían a medida que fuera
cambiando de lugar y recuperando la serenidad.
Elegí una calle llamada Carretas, que era de bajada. Tenía la sensación,
casi la certeza, de que mi casa no estaba lejos. No había tardado mucho esa
mañana caminando hasta el lugar de la manifestación. Media hora cuando más,
quizá menos, tal vez solo quince o veinte minutos. O sea, nada.
Caminaba muy despacio para no tropezar y caerme. Mientras, recordaba
cosas y personas, seguramente la dirección de la casa volvería. Poquito a poco
irían apareciendo en mi cabeza las calles que me separaban del cuartito lleno
de libros y papeles, y del bañito donde hacía pipí, cagaba, me afeitaba,
duchaba y peinaba mis pocos pelos todos los días, antes de salir a caminar y
tomar aquel cafecito conversando con Osorio.
Sin embargo, no reconocía nada ni a nadie, y menos las calles en que me
paraba a leer los nombres en todas las esquinas. Otro viento, más bien largo y
ruidoso. ¿Por qué tenía tantos? Porque estaba nervioso, siempre me ocurre.
Cuando recordara mi dirección, me tranquilizaría. Llegué por fin a una plaza:
la Puerta del Sol. Tuve la sensación de que ese lugar, donde había mucha gente
y además placas, un reloj, banderas, policías y entradas y salidas del Metro,
tenía que ser importante. Pero no reconocía nada. Y para qué preguntar a nadie.
¿Qué podía preguntar? No tenía un solo papel encima; lo más probable es que al
verme confuso, llamaran a la policía y que esta me llevara a una comisaría.
Mientras averiguaban quién era y dónde vivía me meterían en un calabozo. Y yo
tenía la seguridad de que no saldría vivo de allí. Sentí un escalofrío que me
hizo temblar de nuevo de la cabeza a los pies. Mejor detenerme a descansar un
rato y luego seguir caminando, despacio, a ver si con el movimiento de mi
cuerpo volvía la memoria a mi cabeza y por lo menos recordaba el nombre de la
calle de mi casa. Allí tenía que subir una larga escalera de varios pisos, por
lo menos de eso me acordaba.
Como en la Puerta del Sol no había bancas, me había sentado, al igual
que un grupo de jóvenes de ambos sexos, en el bordillo de una fuente.
Recibíamos de tanto en tanto unas gotas de agua en la cabeza y los hombros. Me
sentía algo cansado, pero mi mente seguía muy activa tratando de recordar la
dirección de mi casa. Una vez más revolví los ojos en redondo. ¿Había venido
por aquí? Seguramente, aunque no lo recordaba. ¿Era la primera vez que tenía
una pérdida de memoria tan seria? Probablemente. Ni siquiera me acordaba de
eso, tampoco.
Vi que las muchachas y muchachos con los que compartía la fuente se
levantaban, tapándose las narices y lanzándome miradas reprobadoras. “He
soltado un viento”, pensé. Y ni siquiera me había dado cuenta. ¿Cuánto
hacía que perdí el olfato? Muchos años. Me levanté también. Me dolía un
poco la espalda y di una vuelta a la Puerta del Sol, caminando despacio.
Vagamente tenía la impresión de haber estado aquí en la mañana temprano, sin
que hubiera tanta gente como ahora, pero la memoria no me decía nada sobre qué
calle tomar para regresar a la casa. Y de la Puerta del Sol salían muchas
calles, en todas las direcciones de Madrid. El sol estaba muy alto en el cielo
y debía ser pasado el mediodía.
Es verdad que todo lo que había en el caserón de Recoletos está ahora
digitalizado, al alcance de cualquier pantalla. Pero, para mí, de otra época,
la vida sin bibliotecas es una vida muerta. Y en ese mismo momento — había dado
ya, siempre caminando despacito, una vuelta a la Puerta del Sol
— tuve la seguridad de que la calle del Arenal, que tenía al frente, me
llevaría en la dirección de mi casa. El corazón me palpitaba muy fuerte en el
pecho. Sí, esta mañana había recorrido esta calle. Sí, ella me llevaría a mi
cuartito.
No soy un antediluviano en todos los sentidos, por lo demás. Reconozco
que, en muchos aspectos, el mundo de hoy es mejor que el de mi juventud. Hay
menos pobreza que antes, por ejemplo, y eso es una gran cosa. Un gran logro,
ojalá sea cierto. Pero que todavía quede una quinta o sexta parte de pobres y
miserables en el planeta, quiere decir que aun estamos lejos de haber
erradicado la miseria. Que haya ahora países africanos que se disputen con los
del primer mundo la modernidad y el desarrollo, como África del Sur, es
increíble. Derrotar al cáncer y al sida parecía algo imposible y se consiguió.
Y eso que llaman mieloma, que me hizo perder cerca de veinte quilos y que me
vuelve a ratos, porque el mieloma es una enfermedad muy rara, nadie sabe por
qué viene, ni cuánto dura, y no suele matar a los pacientes, pero nunca se va
del todo. (A mí hace como dos años que no me ha vuelto ese cáncer a la sangre).
Tampoco imaginamos que fuera tan común que las gentes llegaran a vivir tanto y
sin embargo ahí estamos muchos bípedos centenarios para demostrar que no era
fantasía. Y, sobre todo, que hombres y mujeres pudiéramos durar lo que duramos
conservando la lucidez —no así la memoria, helàs— y disfrutando de la vida. (La
última vez que hice el amor sin ayuda química fue hace unos diez años, creo, o
por ahí, me parece).
Pero, a pesar de tantos progresos, no se ha podido acabar con las
guerras, ni con los accidentes atómicos, lo que significa que, por muy
adelantado que ande el mundo, en cualquier momento podría desaparecer. Las
matanzas entre israelíes y palestinos siguen allí como demostración cotidiana
de nuestra vocación autodestructiva. Y es curioso que un pueblo como el judío,
que fue perseguido en toda la historia, se haya vuelto imperialista y colonial,
por lo menos con los desdichados palestinos. El accidente nuclear en la ciudad
de Lahore —accidente que se pudo deber a una acción terrorista, nunca se pudo
determinar el origen— causó más de un millón de muertos, en cuestión de pocos
minutos. Pese a ello, sigue siendo imposible un acuerdo internacional para
desactivar los polvorines atómicos. La posibilidad de que estalle una guerra en
cualquier momento entre China y la India, es una realidad que nadie ignora,
pues cada día nos parece más cercana. Los pesimistas creen que, si estalla, el
globo entero se desintegrará por el cataclismo nuclear. Entre ellos no está
Osorio, por supuesto. “Si estalla, desaparecerá solo el Asia, créeme. Hay
estudios científicos y militares al respecto. Nosotros, que estamos muy lejos,
sobreviviremos, no te preocupes. Y, acaso, luego del desastre, se impondrá la
sensatez y reinará la paz sobre lo que quede de la tierra. El mundo será un
museo de esos que te gustan”. A veces, mi amigo Osorio suelta semejantes
idioteces solo para irritarme. Siempre lo consigue, por supuesto.
Había recorrido ya toda la calle del Arenal y estaba en la Plaza de
Isabel II, frente al edificio del Teatro Real, donde anunciaban una temporada
de cinco óperas de Verdi. Me sentía muy cansado y nervioso y en todo el
trayecto había soltado muchos vientos, largos y seguramente olorosos. Sentía
que las piernas me temblaban. Me senté en una de las sillas solitarias de la
Plaza de Isabel II, en el corazón del viejo Madrid de los Austrias, a ver si
los recuerdos volvían y encontraba mi casita que debía de estar por estos
pagos. La extrañaba.
Osorio debe ser el último amigo que me queda. No sé cuando nos
conocimos; no, en todo caso, desde la juventud. La ciénaga que es mi memoria me
dice que solo hace unos veinte o treinta años. Yo sé que fui periodista de
joven; Osorio dice que enseñó filosofía en los colegios, pero no estoy nada
seguro de que haya sido profesor y menos de filosofía,
porque sabe muy poco de esos temas. Nunca leyó a Pascal, por ejemplo, al
que yo leí mucho en una época y estuve a punto, gracias a él, de volver al
catolicismo de mi juventud. Tal vez Osorio se haya olvidado de qué cosa fue en
la vida, porque tiene la memoria tan disuelta como yo, o trata de engañarme y
engañarse inventándose un pasado. Tiene todo el derecho del mundo a hacerlo,
por supuesto. Nuestro acuerdo solo es llamarnos todas las mañanas para saber si
alguno de los dos se ha despedido de este mundo y dar parte a la policía, para
que desaparezcamos en el fuego. Esto ya lo pensé y lo dije, creo.
Una vez más revisé todos los bolsillos, como había hecho muchas veces en
la mañana, creyendo que esta vez encontraría el teléfono móvil, para llamar a
Osorio y preguntarle la dirección de mi casa. Pero lo había olvidado, por salir
con tanta prisa a esa desdichada manifestación de protesta por la clausura de
los cines Ideal. Maldita sea.
Que yo sepa, Osorio nunca tuvo familia. Tendría padres, sí, pero no se
acuerda de ellos, ni de si tuvo hermanos, y asegura definitivamente que nunca
estuvo casado. Yo, en cambio, me acuerdo algo de mis padres, con los que, creo,
nunca me llevé bien, y no sé si tuve hermanos o no, porque no los recuerdo, se
borraron de mi mente. En cambio, de Carmencita, mi mujer por varios años, me
acuerdo muy bien. Solo que nunca hablo de ella con Osorio. Todas las noches,
desde que cometí la locura de abandonarla, pienso en ella y me asaltan los
remordimientos. Creo que solo una cosa hice mal en la vida: abandonar a
Carmencita. Nunca me perdonó, por supuesto, jamás pude amistarme con ella y,
para colmo, ella se casó con Sanabria, un buen amigo del barrio. Es el único
episodio de mi remoto pasado que mi memoria no ha olvidado; y me atormenta
todavía, sobre todo en las noches. Fue un enamoramiento de la pichula, no del
corazón. De esa pichula que ahora ya no me sirve para nada, salvo para hacer
pipí. ¿Por qué sigo diciendo “pichula”, algo que no dice nadie en España? La
fuerza de la costumbre, por supuesto. Abandonar a Carmencita es un episodio que
me atormenta todavía. Nunca más volví a verla y solo mucho después de ocurrido,
supe que había perdido la vida atropellada por un auto. Nunca he podido
recordar el nombre de la mujer por la que abandoné a Carmencita. Como la
dirección de mi casa, que se me ha desvanecido de la memoria en
el peor momento. Volverá, sin duda, cuando menos lo necesite. Aquel
vientecito fue largo, pero tan discreto que apenas lo sentí. ¿Cuánto tiempo
llevaba sentado en la Plaza de Isabel II? Mucho rato, tal vez una hora, acaso
dos. Sentía las piernas amodorradas y pensé que me convendría dar un paseo.
Seguía totalmente perdido, pero, en cambio, me sentía ahora más tranquilo.
Debía de ser pasado el mediodía, y, aunque no estaba seguro, me pareció
recordar que no había tomado desayuno ni almorzado, ni siquiera bebido un vaso
de agua en toda la mañana. Pregunté a una persona que pasaba qué hora era y me
respondió que cerca de las tres.
¡Las tres de la tarde! ¿Encontraría mi casa, por fin? ¿O tendría que ir
a la policía a que me ayudaran? Debería presentar papeles, que, por supuesto,
no tenía conmigo, y todo sería confusión y una terrible pérdida de tiempo.
Había llegado a una gran Plaza al fondo de la cual había un edificio que
inmediatamente identifiqué como el Palacio Real. ¿Era esta la Plaza de Oriente?
Recordaba este lugar e, incluso, pensé que allá, en la noche de los tiempos,
había paseado por aquí, cuando caminaba o incluso corría en el Paseo del Pintor
Rosales, que, por supuesto, estaba cerquita, en esa dirección. Si seguía, vería
a mi izquierda el Parque del Oeste que se repletaba en las noches de putas
extranjeras, sobre todo dominicanas y haitianas. Entonces reconocí, no lejos de
donde estaba, un caño de agua fresca en el que la gente llenaba unas botellas o
bebía. Hice la cola y tomé unos buenos tragos de agua fresca que me sentaron
muy bien. Y rematé todo aquello con un vientecito rápido, secreto, que a nadie
molestó.
Mientras caminaba por el Paseo del Pintor Rosales, pensé que era bueno
que no hubieran desaparecido los museos todavía. ¿No íbamos a eso, también? ¿No
están acaso digitalizados los cuadros y esculturas que hay en ellos? Sin duda
esa es la razón de que tan poca gente los visite. Incluso el Prado, que solía
estar siempre lleno, sobre todo en los veranos. Mucha gente prefiere ahora ver
los cuadros en las pantallas, igual que Osorio. ¡Como si fuera lo mismo ver a
un Goya o a un Velásquez o a un Rembrandt originales que en la imagen de una
computadora! Lo extraordinario es que haya críticos y profesores que sostienen
semejante barbarie: que es preferible, no solo por comodidad del espectador,
sino porque la imagen digital es más precisa y exacta que la original. Según
ellos, el objeto
artístico puede verse en la pantalla con la minucia, lentitud y
totalidad que la simple vista no nos permite. Mucha gente se traga estos
embustes y los museos se van quedando huérfanos. Tengo que volver al Prado uno
de estos días, hace tiempo que no voy. Por eso, por falta de gente, les
recortan los presupuestos y los abren menos horas cada día, menos días a la
semana y menos semanas al año. Terminarán cerrándolos por falta de público. Y
cualquier día los científicos descubrirán que la mezcla del óleo y el lienzo
son letales para la salud y habrá que quemar todas las pinturas por razones de
sanidad pública. Espero no estar acá todavía cuando ocurra esa tragedia. ¡Vaya
que estoy pesimista hoy día! Había llegado al Parque de Debot, allí estaba la
mole egipcia que vagamente recordaba y, como no había sillas y estaba cansado,
me senté en el pasto. Sentía mi corazón latiendo fuerte en el pecho y pensé
inmediatamente en el infarto. Pero a los pocos minutos me calmé: era una falsa
alarma.
No me levanté todavía. Estaba bien allí. No había mucha gente en el
Parque de Debot. Unos pocos turistas tomándole fotos al monumento egipcio.
Alguien me había dicho que aquí mismo, durante la guerra civil, estaba el
Cuartel de la Montaña. Y que, cuando se levantó Franco, los militares de este
cuartel se levantaron también, pero el pueblo de Madrid vino en masa, abrió las
puertas del cuartel y perpetró una gran matanza de soldados. ¡Qué tiempos
aquellos! Ahora nada se mueve en España, donde no volverá a haber guerras
civiles. Menos mal. El “franquismo” actual es de otra índole: sin caudillos ni
partidos extremistas, sin fusilamientos ni torturas, todo muy científico,
apoyado en la física y las matemáticas, y, sobre todo, en el dominio absoluto
de las pantallas y las imágenes sobre la razón y las ideas.
Me había echado en el pasto y me sentía tranquilo. Echaría tal vez un
sueñecito y, acaso, en el sueño recordaría la dirección de mi casa.
Pensaba en los museos serios, no en las galerías, que ya no eran, por lo
menos en el sentido estético, lo que fueron alguna vez. Ahora se habían
convertido en pequeños circos, menos interesantes que los grandes circos, las
únicas instituciones, confieso, que han progresado en esta época hasta
transformarse en verdaderos espectáculos artísticos. Era algo que yo reconocía
ya hace tiempo, aunque en secreto. Nunca se lo diría a Osorio,
porque daría saltos de alegría, exclamando: “¡Te vendiste a la
modernidad!” No me he vendido ni hecho concesión alguna. Simplemente, compruebo
un dato objetivo. En tanto que todo lo que era artístico en el pasado, como el
ballet, la ópera, la pintura, la escultura, la literatura, la música culta, las
humanidades, se han deteriorado al extremo de desaparecer o cambiar de
naturaleza para peor, el circo, antes un entretenimiento para niños, o para
adultos y viejos que añoraban su niñez, y que nadie hubiera llamado arte hace
medio siglo, ha ido refundándose, enriqueciéndose, alcanzando unos grados de
rigor, elegancia, audacia y perfección que da a muchos de sus números la
belleza de una antigua obra de arte. Claro que el desarrollo de la tecnología
ha contribuido en parte a esa conversión de los circos en espectáculos
artísticos de alto nivel. Los jóvenes, que antes querían ser arquitectos, luego
cineastas, luego cantantes, luego chefs de cocina o futbolistas, ahora sueñan
con ser cirqueros, trapecistas, payasos, equilibristas, magos. Así cambian los
tiempos.
¿Me había quedado dormido? Estaba a punto de hacerlo, en todo caso. Me
sentía bien. Había una brisa agradable; eso sí, tenía la sensación de que me
estaban picando los bichos, sobre todo las hormigas. El estómago me daba un
poco de paz. No me venían esos vientos desagradables que me hacían pasar tantas
vergüenzas.
Hacía algunas semanas —¿o meses?— por ejemplo, después de esperar un
buen tiempo, conseguí una entrada y fui a ver al célebre Adonis Mantra. Un
verdadero prodigio ese mago de Silesia; hacía desaparecer gente del público
ante los ojos de los espectadores, los hacía levitar, él mismo volaba hasta el
techo del auditorio y, luego de un segundo en que se apagaban todas las luces y
volvían a encenderse, aparecía amarrado en el fondo de un baúl. Trucos
inverosímiles, absoluta genialidad.
Lo mismo pasa con los dibujos animados. Y sin duda que por las mismas
razones: los adelantos tecnológicos. Es curioso. De chico, a diferencia de mis
compañeros de colegio, a mí los circos no me gustaban. Sobre todo las fieras
amaestradas, que me daban miedo. Iba, cuando me llevaban mis padres, pero no me
moría por ellos, como mis amigos. Y todavía menos por los dibujos animados.
Cuando discutían sobre qué película irían a ver, yo estaba siempre contra la
idea de soplarme alguna del
Pato Donald, el Ratón Mickey o Popeye y la flaca Olivia. Me aburrían. Y,
sin embargo, ahora son las únicas películas de la televisión que veo con
agrado. Increíbles los efectos que consiguen. Las figuritas saltan de las
pantallas, te miran a los ojos, se te sientan en las rodillas, se esconden
debajo del sofá. Así lo parecía al menos. Debe ser cierto aquello de que con la
vejez uno regresa a la niñez. A mis años, me había dado por los circos y los
dibujos animados, los dos únicos campos en los que reconocía que la cultura
—¿la cultura?— de hoy había superado a la de ayer.
De todas maneras, no deja de ser triste que en una época en la que sería
imposible que aparecieran un Cervantes, un Miguel Ángel, un Beethoven, lo único
comparable a esos gigantes en originalidad y belleza sean los saltimbanquis de
los circos y los monigotes de los dibujos animados. Soy injusto pensando así,
porque, la verdad, ahora solo esas dos cosas me producen la sensación de haber
alcanzado la plenitud absoluta que de joven me dio leer “Guerra y Paz” o ver
por primera vez en la Galería de los Uffici de Florencia El nacimiento de la
primavera y la Gioconda en el Louvre.
Me sentía bien y seguía durmiendo tirado en el pastito del Parque de
Debot. No recuerdo la dirección de mi casa y no me importa. Las llamadas
galerías de arte, en cambio, me parecen unos cirquitos fracasados en la gran
mayoría de los casos. O teatros de unas mojigangas ridículas. En la última que
visité, hace unos meses (¿o años?), la Malborough, de Madrid, exhibía bajo el
título “Arte para la fantasía y la imaginación” unas pinturas inmateriales del
famoso Emil Boshinsky. Por lo pronto, no sé por qué es tan famoso ese
estafador. Sus engendros se podían ver en grandes pantallas. Lucían unos
títulos bastante llamativos como “Tiburcio, hacedor de tempestades”, “La
caperuza del monje Romualdo”. Eran unos fuegos artificiales, como las figuras
de los calidoscopios, esas cajitas que muestran vidrios de colores en
movimiento, con los que se intentaba distraer a los niños cuando yo era niño.
A propósito, ya nadie sabe qué eran los calidoscopios; los niños ya no
juegan con esos juguetes, por supuesto; ahora desde que nacen manejan
computadoras. El otro día discutí con Osorio, pues me juraba que él nunca había
conocido esos tubos con vidriecitos de colores que al moverse cambiaban de
figura. Eran entretenidos y bonitos, y, me parece, yo pasaba
horas con ellos, moviendo la muñeca de mi mano derecha para que las
figuras bailaran. Me parecía, al menos, quizás sea un falso recuerdo.
La gracia de la exposición de Emil Boshinsky está en que sus cuadros no
existen: salvo sus títulos, la telas tienen una existencia digital. Pero pueden
ser adquiridos en la Malborough, la que expide a los clientes que los compran
un certificado de propiedad. Me pareció una simple broma, y peor todavía cuando
la galerista me dio toda una explicación sociopolítica para justificar la
pantomima. Me aseguró que con esta invención plástica, Boshinsky ha resuelto un
problema antiquísimo, el de la propiedad privada y sus detractores. Ella
siempre fue considerada un robo y una injusticia de los ricos contra los
pobres. Las “pinturas inmateriales” tienen dueños, de modo que la propiedad
privada se respeta, y, al mismo tiempo, todos pueden disfrutar de esa propiedad
privada sin arrebatársela al propietario a través de la red. Me aseguró que se
habían vendido ya varias “pinturas inmateriales”, a precios muy módicos —iban
de 20 a 25 mil euros apenas— y la galería consideraba esto un éxito. Yo le dije
—no sé cómo me acordé— que un poeta y pintor peruano, Jorge Eduardo Eielson,
había inventado las “esculturas imaginarias” hace unos ochenta años (o mucho
más). Las instaló en sitios muy vistosos, la Torre de Pisa, el Arco de Triunfo,
la Estatua de la Libertad y hasta envió una de ellas a la luna en una nave
espacial de la NASA. Sin cobrar un centavo por ello. Pensé que a la galerista
le divertiría saber que Boshinsky tenía un antecesor, pero ella me miró con un
aire incrédulo y un tanto lúgubre. Me vinieron dos vientos mientras conversaba
con ella, que conseguí disimular encogiéndome un poco, como para rascarme una
pierna.
Cuando me desperté estaba con escalofríos y había disminuido la luz
natural. Tenía la horrible sensación de que, cuando dormía, además de despedir
vientos, se me había soltado el estómago y salido la caca. ¡El maldito
estómago! No era la primera vez que me ocurría esto. Me había pasado antes, en
un cine, viendo una película de John Ford, un cineasta que admiro mucho. Ahora
tendría que hacer lo mismo. Limpiarme con cuidado, lavar con lejía el
calzoncillo y el pantalón llenos de mierda. Qué asco. Siempre que encontrara mi
casa. Todavía había un poco de sol. Tenía escalofríos y seguramente me habían
picado los bichos, sobre todo las
hormigas, mientras dormía. No me acordaba, por supuesto, de la dirección
de mi casa, ni del nombre de su calle, pero el miedo había disminuido. Me
sentía más resignado con mi suerte. Me levanté con dificultad y pregunté la
hora a un transeúnte. Eran las cinco y diez de la tarde. Todavía tenía tiempo
de recordar la dirección de mi casa. Si no la recordaba —pero me sentía
optimista, tenía la sensación de que estaba cerca, este barrio me parecía
conocido— iría a la policía, para no pasar la noche a la intemperie. Tal vez no
saldría nunca más de los calabozos. Pero, por lo menos en la policía, mientras
averiguaban quién era, estaría bajo techo. ¿Qué haría si llovía? Eché a caminar
pasito a paso por la avenida del Pintor Rosales.
Osorio me arrastró hace unos meses —tal vez fueran semanas— a una
galería nueva, “rompedora”, me dijo, en Lavapiés. La exposición se titulaba:
“Esculturas para el olfato”. Había una veintena de muñecotes que vomitaban,
orinaban, defecaban o supuraban unos líquidos —llamémoslos por su nombre:
mocos— por las orejas y por las narices, que, para apreciar a cabalidad el
significado de la muestra, uno tenía que oler en unos recipientes donde dos
muñecotes escurrían esas excrecencias. Desde que entré sentí tanto asco que me
dieron ganas a mí también de arrojar el alma en aquellos pudrideros. Y, por
supuesto, me vino una cadena de vientos. Siempre me ocurre cuando algo me
altera los nervios. Pero Osorio — cuándo no— me aseguró que, luego de un primer
momento difícil, el olfato pertinaz perdía el asco y empezaba a entender el
significado profundo de la muestra. Y añadió: “su sentido metafísico”. Creía,
el pobre ingenuo, que me intimidaría. “Nunca imaginé que la metafísica oliera a
pedo”, le contesté. “Ya me basta con los míos”. Al final del recorrido, el
propio artista, un joven peludo con mirada de loco, que parecía no haberse
bañado nunca y que decía llamarse Gregorio Samsa gratificaba al heroico
visitante con un texto traducido de Baudelaire sobre el valor artístico de los
olores.
Ya casi no voy al teatro ni a la ópera, pese a lo mucho que antes me
gustaban. Precisamente por eso no voy. Porque ahora se han vuelto también una
astracanada, un pretexto para usar las pantallitas, como todo en este mundo
electrónico y digital en que hemos venido a parar gracias al progreso.
Y pensar que se celebró como un gran invento —yo lo recuerdo muy bien—,
ocurrió hace unos cuarenta años, o veinte, o diez: eso que llaman el
espectáculo multimedia comentado. Pareció un avance que se pudiera oír una
ópera y, a la vez, en la pantallita portátil recibir información sobre la obra,
el compositor, el libretista, el director de orquesta, el contexto histórico de
la pieza, y, para colmo, que fuera posible también comentar con otras personas
la representación a la que se asistía, con espectadores próximos o que estaban
lejos de lo que ocurría en el escenario. Bravo, bravísimo. Solo que como la
atención es una sola, y el cerebro también uno, una operación simultánea de
esta índole hace que el espectador termine concentrándose en los pedacitos de
pantalla portátil y distrayéndose completamente de la ópera que, en teoría, fue
a oír y ver. Todo el teatro se convierte en una muchedumbre de gente que, en
vez de escuchar y paladear la música, está totalmente absorbida por las
pantallitas, informándose sobre una obra que ni oyen ni ven sino a puchitos, y
comentando — chismorreando más bien— con otros cacasenos como ellos, imantados
por las pantallitas. Es imposible gozar de un concierto o de una ópera y hasta
de una comedia ligera, rodeado de gente que no hace más que teclear o acariciar
las tabletas que tiene bajo los ojos y que lanzan guiños incesantes alrededor
del pobre espectador que fue al teatro con la estúpida ilusión de escuchar y
ver las cosas que ocurrían en el escenario. El único espectador serio que se
admite hoy es el que produce el propio bípedo en su artefacto portátil, ese
incinerador de todo lo que es genuino y auténtico, algo que ha desaparecido
prácticamente en este mundo donde solo reina y fulgura lo postizo y artificial.
¿No era ese el Teatro Real? ¿No estaba otra vez ante el Palacio de
Oriente? Sí, por supuesto. Aquello era el Palacio Real, donde los reyes
recibían las credenciales de los embajadores. ¿Cómo había llegado hasta aquí?
Tenía la sensación de que caminaba en la otra dirección. En algún momento
habría dado la vuelta y rehecho el camino que hice en la mañana. Sí, ese era el
Teatro Real. Estaba muy cansado y me había deprimido de nuevo. Sentí algo raro
en la cara, me toqué los ojos y descubrí que estaban llenos de lágrimas. Tuve
la valentía de contenerme, para no llorar a gritos. ¿Nunca llegaría a mi casa?
Estaba ya muy cansado, me temblaba el cuerpo
y tenía muchas ganas de acostarme. Que rico, taparse bien y dormirse
sabiendo que me despertaría varias horas después, con la luz natural, y que
aquella sería mi casa, bueno, mi cuarto y mi bañito. Sí, qué rico. Me horroriza
la idea de pasar toda la noche sentado en una banca, muerto de frío. Estoy
seguro de que, si debo estar toda la noche a la intemperie, me moriré como un
perro. Estaba muy cansado y busqué un banco donde sentarme a ver pasar el
tiempo.
Cuando me senté, en una esquina de la Plaza de Oriente, medio de cara y
medio de espalda al Palacio Real, me sentí más tranquilo. Me toqué los ojos y
había dejado de llorar. Miré al cielo y estaba limpio y radiante. Habían salido
algunas estrellas.
A veces pienso que, sin darme cuenta, lo que ocurre a mi alrededor me va
contaminando a mí también y ya no sé realmente distinguir entre lo que es
cultura y eso que hace sus veces en el mundo disparatado en que ahora vivimos.
Lo digo por mi discusión del otro día con Osorio después de la cena donde los
Arismendi, esos millonarios o más bien billonarios. La cena me impresionó
mucho, es cierto, no por la comida, nada del otro mundo, sino por los
hologramas. La verdad, qué notable: un espectáculo feérico. Nos tuvo a la media
docena de invitados, sorprendidos y maravillados del principio al fin de la
noche. Yo ya había visto hologramas en ferias y exposiciones y en museos, pero
esas figuritas en tercera dimensión nunca me dejaron maravillado. Esa noche sí.
Ni siquiera sabía que la tecnología de los hologramas hubiera evolucionado
tanto como para producir los prodigios que vimos donde los Arismendi.
De entrada, me quedé boquiabierto cuando advertí, junto al mayordomo que
me abrió la puerta y me ayudó a quitarme el abrigo y la bufanda, que había un
doble holográfico de él, otro mayordomo con su misma cara y atuendo, repitiendo
sus gestos, sonrisas y venias. Eso fue solo el comienzo. Toda la noche
estuvimos rodeados de esos personajes fantasmales, duplicando a camareros o
camareras, sirviendo la mesa, pasando las fuentes con bocaditos y bebidas, tan
absolutamente idénticos a los reales, que aquello se convirtió en un delirio;
nos dio a todos la sensación de haber entrado a un mundo onírico, de estar
viviendo en un poema surrealista, verificando que lo maravilloso cotidiano
existe, no sé cómo llamarlo, un
mundo en el que resulta difícil distinguir las fronteras entre la
realidad, los personajes de carne y hueso y sus dobles, esos fantoches de la
ilusión tecnológica. El broche de oro vino al final, cuando, para despedirnos
en la puerta de la casa, aparecieron duplicados nuestros anfitriones, los
Arismendi ficticios, que nos dieron también las buenas noches y nos desearon
toda clase de felicidades.
Mi discusión con Osorio estalló cuando le conté la impresión que me
causó aquella cena holográfica. Me interrumpió, feliz, como si me hubiera
sorprendido haciendo algo malísimo, masturbándome por ejemplo. “Ahora, dime,
¿eso que vimos es o no es arte?” Yo le dije que no lo era, solo una notable
proeza de la técnica. Él replicó: “Pues es eso lo que ha sido toda la vida el
arte también, una hazaña tecnológica. En eso consiste el arte de nuestros
días”. Fue una discusión de varias horas, en que yo me negaba a aceptar su
teoría según la cual los verdaderos artistas de nuestro tiempo son los
ingenieros electrónicos, los programadores informáticos, los grandes
especialistas del sonido y la imagen y los profesionales de la Red. Pero,
aunque nunca le di la razón, en los argumentos de Osorio hay una deprimente
verdad: vivimos en un mundo en el que lo que antes llamábamos arte, literatura,
cultura, ya no es obra de la fantasía y la destreza de unos creadores
individuales sino de los laboratorios, los talleres y las fábricas. Es decir,
de las malditas maquinitas. (¿Soy acaso un ludita? Tal vez lo sea).
Sentía que me vencía el sueño otra vez. Si me quedaba dormido, cuando
despertara habría muchas estrellas en el cielo. Todo un día buscando mi casa,
bueno, mi cuartito, con la seguridad de que estaba por acá, muy cerca, sin
poder encontrarlo. Ahora, en este momento, no me importaba. Sabía que tenía los
calzoncillos llenos de mierda, porque en el sueñecito de la avenida del Pintor
Rosales se me había salido la caca, y no me importaba tampoco. Me acurruqué en
mí mismo y pensé que me sentía bien y que iba a dormir otro ratito más.
¿Será que la cultura ya no tiene ninguna función que cumplir en esta
vida? ¿Qué sus razones antiguas, aguzar la sensibilidad, la imaginación, hacer
vivir el placer de la belleza, desarrollar el espíritu crítico de las personas,
ya no hacen falta a los seres humanos de hoy, pues la ciencia y la
tecnología pueden sustituirlos con ventaja? Por eso será que ya no hay
Departamentos de Filosofía en ninguna universidad de los países cultos de la
tierra. (Hice una exploración el otro día y el Internet me hizo saber que entre
los últimos departamentos de Filosofía que sobreviven están, uno, en una
Universidad de Cochabamba, Bolivia, y el otro en la Facultad de Letras de las
Islas Marquesas. Pero, en esta última, la Filosofía comparte el departamento
académico con Teología y Cocina. ¡Vaya mezcla! Me imagino el diploma de Doctor
en Filosofía, Teología y Gastronomía y me muero de risa).
Pero, si las ideas en sí, desasidas de finalidades prácticas inmediatas,
hubieran desaparecido, toda forma de disidencia y contestación se habrían
evaporado también como consecuencia de aquello en nuestras sociedades. Por
fortuna todavía no es así, aunque, me temo, vamos por este camino hacia ese
fin: una sociedad de autómatas. Mi esperanza está en el movimiento de los
“desequilibrados” que se ha extendido tanto por el globo, no solo por España.
Aunque tengo sentimientos encontrados respecto a los “desequilibrados”. A
ratos, me inspiran simpatía, porque este mundo no les gusta y por su forma de
vida es obvio que quisieran cambiarlo. Hay en ellos una actitud desinteresada,
de pureza y espiritualidad, todo lo que parece haberse extinguido en el resto
de nuestra sociedades frenéticamente entregadas a trabajar, a producir, ganar
dinero, y llenarse de maquinitas entretenidas.
Pero estoy lejos de compartir todas sus tesis y manías. También me
asusta su actitud fanática contra ciertas cosas como el sexo y la carne, sin
los cuales mi juventud y mis años de madurez se hubieran visto privados de
muchos placeres que recuerdo con una emoción que ciertos días me cuaja los ojos
de lágrimas. (Con los años me he vuelto bastante lloroncito). No estoy diciendo
que hacer el amor y comerse un jugoso churrasco fueran equivalentes, no soy tan
imbécil. Eso sí, creo que hacer el amor era algo maravilloso, sobre todo cuando
yo era joven. Recordé a Carmencita. ¿No era riquísimo desnudarse y enredarse en
la cama durante horas y hacer el amor al volver de la oficina de noticias en la
que trabajaba? Ver por primera vez el cuerpo desnudo de una muchacha, hacerle
el amor con la delicadeza con que entonces se escribía un poema, gozar juntos
ebrios de deseo y de
felicidad, sentir que se abolía el tiempo y uno alcanzaba esa
inmortalidad del instante que da el éxtasis carnal: ¡qué maravilla! Ahora tengo
la seguridad de que el sexo ya no representa tanto como cuando uno, en aquellos
lejanos años, iba poco a poco venciendo los tabúes y veladuras que rodeaban el
amor físico y llegaba por fin al acto sexual como quien llega al paraíso. Por
lo demás, en esas épocas zamparse un buen filete, un chuletón o unos riñoncitos
al vino era algo deleitable, algo que el común de los mortales hacía con
perfecta buena conciencia, sin los problemas morales y políticos que eso
plantea hoy, cuando todo el mundo hace chistes, sigue las instrucciones de los
dietistas y los platos de comida parecen remedios, medicinas. Uy, qué asco es
comer y beber en este tiempo. Lo dice alguien que casi nunca come en exceso y
rara vez bebe esos líquidos farmacéuticos que ahora llaman vino.
Dormía y soñaba tranquilo, en perfecta paz conmigo mismo. Se me había
quitado el miedo y el frío. Me sentía bien en el sueño.
Dicen que el movimiento de los “desequilibrados” nació en el Japón hace
ya medio siglo. En todo caso, su expansión por el mundo ha sido lenta, ha
ocurrido como un fenómeno natural, al igual que se van abriendo camino los
ríos, no por obra de la propaganda y la evangelización, pues dado su
individualismo desenfrenado, lo último que sus adeptos harían sería convertirse
en propagandistas y apóstoles de su filosofía de vivir. No constituyen una
nueva religión ni mucho menos. ¿Qué son, entonces? Algo así como una
fraternidad pacífica e iconoclasta, que, allende o dentro de las propias
fronteras, hermana sobre todo a la gente joven. La llamo “fraternidad” porque
hablar de “ideología” sería un anacronismo: ya nadie sabe ahora qué es o qué
fue eso. Ya no hay ideologías dignas de ese nombre tampoco. Todo se ha vuelto
muy práctico en esta vida, sobre todo la política. Quizás el movimiento de los
“desequilibrados” sea una reacción contra el pragmatismo materialista universal
que se ha impuesto como única forma de vida, una singular protesta contra un
mundo de gentes que parecen estar de acuerdo en casi todo y no ven más allá de
las orejeras que llevan puestas —que llevamos, no sé por qué me excluyo— sin
saberlo. No, los “desequilibrados” no hacen adoctrinamiento ni apostolado, al
menos que yo sepa. Eso sí, predican con su ejemplo. Y este ha ido cundiendo,
extendiéndose. Ahora están por todas partes, aunque las pantallas que
pululan por las calles que difunden noticiarios no suelen hablar de ellos. Pero
lo cierto es que su manera de ser y de vivir ha tocado alguna fibra íntima de
muchos jóvenes de la última generación. Como son tan pacíficos y no suelen
hacer mítines, ni acampadas, rehúyen a los medios y son anti gregarios, pasan
algo desapercibidos. Pero están ahí, rodeándonos. Miles, decenas de miles,
acaso millones. Y, eso sí, todos jóvenes. Supongo que a medida que van ganando
años, volviéndose viejos, se retiran. O acaso los matan los más jóvenes. En el
sueño, me reí, divertido con aquella ocurrencia. ¡Qué va! Los “desequilibrados”
son pacíficos y no creo que maten ni a las moscas.
¿Qué quieren? ¿En qué forma les gustaría que cambiara el mundo? Yo
conversé una vez con un grupito de ellos, aquí en Madrid. Estaban asoleándose,
tirados en la hierba, en el Parque de Debot, junto al pequeño templete egipcio,
contemplando, bajo un cielo despejado, el parque del Oeste a sus pies.
Al principio, me miraron con desconfianza, aunque sin hostilidad. Cuando
les expliqué que solo quería saber un poco más de lo que hacían, creían y
deseaban para la sociedad, se quedaron desconcertados. Por fin, luego de
cambiar miradas entre ellos, asintieron. Uno me preguntó si yo era de la
policía. Y todos se rieron, viendo mi aspecto de pordiosero. Conversamos cerca
de una hora, tirados en el pasto, yo como un bisabuelo o tatarabuelo rodeado de
sus bisnietos y tataranietos. Había algunos chicos y chicas extranjeros entre
ellos que apenas chapurreaban el español. Este fue el idioma en el que
hablamos, con algunas frasecitas de cuando en cuando en inglés, italiano o
francés.
Me quedé un poco confuso con tantas contradicciones y vaguedades, la
verdad. Después, reflexionando sobre aquello que hacen los “desequilibrados”,
llegué a la convicción de que lo hacen más por instinto que por reflexión. Lo
suyo no son las ideas, tan totalmente devaluadas en el mundo de hoy, sino los
impulsos, las intenciones, la acción. Lo que me quedó más claro, en lo que
todos ellos están de acuerdo: nuestro sistema no deja a la gente tiempo para
malgastarlo. Hacen una defensa apasionada del ocio. Perder el tiempo como
ellos, allí, tumbados en la hierba, les parece un
gran privilegio, porque es una rareza en el mundo de hoy. No hacer nada,
estar ahí, fantaseando, gozando del solcito tibio, cantando o contando chistes.
“Esto es vida”, afirmó uno de ellos, “Y no pasarse mañana y tarde haciendo clic
clic en el ordenador, rodeado de paredes y de tedio”. “No todo puede ser
trabajo, hay otras cosas que debemos valorar”, añadió una chica pelirroja, con
convicción. Los demás asintieron.
Cuando yo les pregunté cómo hacían para comer, cómo ganan su vida, se
sorprendieron, igual que si se tratara de algo sin importancia. Hacían
trabajitos a veces y compartían entre ellos todo lo que tenían, me dijeron.
Algunos se habían arreglado para recibir pensiones del Estado. En todo caso,
compartían los ingresos y los gastos que tenían. Además, no comían mucho y, por
supuesto, todo era de todos.
Después, cuando yo les pregunté por qué se preocupaban tanto por las
cremas, los ungüentos, los afeites, los noté incómodos, como si hubiera violado
un terreno íntimo. Luego de una larguísima pausa, uno de ellos murmuró:
“Nuestro cuerpo es sagrado y hay que cuidarlo”. Para ellos, en verdad, lo
sagrado son las perfumerías y las farmacias. Me preguntaron si no me había
echado algo para el sol y como les dije que no, que nunca usaba cremas
protectoras, se escandalizaron. Me confesaron que todo el dinerito que ganan
con trabajos eventuales y las pensiones que recibían por el mero hecho de
existir, los invertían en comprarse pastillas, lociones, tónicos, todo aquello
que impide el deterioro de la piel, los ojos, los dientes. Por razones de
estética, también, pero, sobre todo, de salud. Decían que aunque hay muchas
cosas malas en nuestro tiempo, hay una buenísima, y es todo lo que ha inventado
la ciencia para defendernos contra la decadencia física: desinfectantes,
reconstituyentes, bálsamos, hidroterapias, baños térmicos, masajes, un arsenal
de drogas y productos naturales que, usados con sabiduría, mantienen a los
seres humanos sanos, bellos, en pleno uso de sus facultades hasta el último
día. Uno de los chicos, de cuerpo estilizado y ascético, dijo que lo más importante
era tener el estómago siempre limpio y que haber acabado con el estreñimiento
era la máxima gloria de la ciencia contemporánea (Pero para todo esto se
necesita mucho dinero y ellos, que son vagos, no lo tienen: ¿cómo hacen?)
Porque gozar de un estómago que funciona con la puntualidad de un reloj suizo
impedía a las personas
sucumbir a la neurosis, la causa primordial de los suicidios que se
registran a diario en toda Europa. Otro le discutió que más importante es el
descubrimiento de la jalea que mantiene fresca y alerta la memoria. Otro los
refutó a ambos, asegurando que una proeza mayor todavía era la de haber
fabricado la píldora que sosiega la libido y que hubiera hombres y mujeres sin
preocupaciones sexuales como antaño.
Aproveché para preguntarles por qué los “desequilibrados” estaban contra
el sexo y practicaban —por lo menos muchos de ellos— la castidad. Advertí que
algunos del grupo se ruborizaban y desviaban la vista. Por fin, la pelirroja
tomó la palabra y me explicó: “Es que nosotros estamos a favor de la limpieza,
tanto corporal como espiritual”. “Yo también lo estoy”, les aseguré. “Pero eso
no puede significar que no haya que hacer nunca el amor, una cosa tan saludable
y placentera”. Me miraron como lo que soy, un hombre de las cavernas. “¿No
basta con que tengamos que expulsar cada día nuestros excrementos?”, intervino
con beligerancia un jovencito, casi un niño, que hasta entonces no había
hablado. “¿Tenemos que dedicarnos también a expulsar diariamente nuestro semen?”.
No entendí qué quería decirme, pero, al parecer, sus compañeros sí, pues todos
sonrieron al oírlo, como si me hubiera derrotado. Les dije que, cuando yo era
chico, eso era lo que trataban de inculcarnos los curas: que el sexo era algo
sucio, feo y pecaminoso, y, por lo tanto, prescindible. Se encogieron de
hombros. Ninguno de ellos practicaba religión alguna, solo una chica confesó
que, aunque no era seguidora de ningún credo, tampoco podía ser atea, pues
creía en “un principio primero para todas las cosas”. Su defensa del ascetismo
no estaba inspirado en la fe religiosa, sino en una moral laica, o,
sorprendentemente, en la higiene.
No he visto un ejemplo más flamante de la devaluación del sexo entre los
jóvenes, justamente ahora que se ha alcanzado lo que hace apenas medio siglo
parecía inalcanzable: la libertad irrestricta para practicar el sexo de
cualquier manera, en cualquier parte y con quien sea. Tal vez esa celebérrima
libertad sea la causa de su devaluación. El sexo excitaba mucho a la gente
cuando lo rodeaban prohibiciones y tabúes; desaparecidos estos, perdió su
magia, y ahora los jóvenes le hacen ascos. ¡Quién lo hubiera dicho!
Cuando susurré que si todo el mundo los imitara y se volviera casto,
desaparecería la humanidad, uno de ellos me repuso: “La ciencia resolverá eso,
fabricando gente en los laboratorios”. Pero lo que divirtió mucho al grupo fue
que otro añadiera: “¿Y a quién le importaría que desaparezcamos? No a las
plantas ni a los animales en todo caso”.
Les pregunté por qué los llamaban “desequilibrados” y no lo sabían.
Alguien fantaseó: “Tal vez nos pusieron ese nombre los que creían que éramos un
peligro para la sociedad. Aunque después se dieron cuenta de que eso no era
así, el nombre quedó. A nosotros, o, por lo menos a mí, no me importa”. “A esa
palabra, ‘nosotros’, la hemos desahuciado”, afirmó una de las chicas. “De haber
sido un insulto, la volvimos una virtud”, la apoyó su vecino.
Aman los afeites y los fármacos, menosprecian el sexo y son vegetarianos
recalcitrantes. El único momento de la charla en que se exaltaron fue cuando
les dije que la prohibición de comer carne me parecía absurda, que iba contra
la libertad y los derechos humanos, contra el derecho al placer. Lo peor es que
el Estado, o el gobierno, los secunde en este prejuicio. Que encontraba una
monstruosidad que se multara o enviara a la cárcel a quienes se descubría
transgrediendo esta prohibición. Entonces sí que perdieron las buenas maneras.
Les vi alzar la voz y gesticular mientras me criticaban. ¿Qué hubiera sucedido
si les decía que me horrorizaba la prohibición de las corridas de toros? Me
hubieran linchado, tal vez. Opté por despedirme antes de que empezaran a insultarme.
En mi juventud, la rebelión de los jóvenes se inspiraba en ideas como traer el
paraíso a la tierra, instaurar la sociedad igualitaria, acabar con las
desigualdades, el sexo libre, el feminismo, el aborto, la muerte piadosa (o sea
la eutanasia). Pero, ahora, el objetivo de los adolescentes inconformes es que
el planeta entero se alimente solo de frutas y verduras. Si eso no es
decadencia, no sé cómo llamarlo.
Lo curioso es que el odio a la carne de los “desequilibrados” no tiene
que ver tanto con el amor a los animales como una supuesta certeza médica que
se agitó mucho cuando se prohibieron las corridas: que la carne es dañina,
produce enfermedades, “ensucia” el cuerpo humano, “afea” a la gente y vuelve
“violentos” a las mujeres y a los hombres. Y corrían
leyendas ridículas, como que, a la salida de los toros, los aficionados
¡a veces linchaban gentes! (Repito los disparates que les oí). La idea que se
hacen de la limpieza estos jóvenes es enfermiza y neurótica. En torno a esta
obsesión han construido toda clase de fantasías quiméricas y sanitarias.
Los “desequilibrados” no serían rebeldes si no tomaran distancias con
ese animalismo perverso que se ha apoderado del mundo entero. A mí me gustaron
mucho los animales en mi juventud e incluso en mi madurez tuve un perro al que
le leía poemas de Cernuda y García Lorca. Pero, tal como van las cosas, he
tomado cierta fobia por el reino animal. No sería raro que acabara con
nosotros, los humanos. Incluso, sin decírselo a nadie, y menos que a nadie a
Osorio, ya no veo con tanta antipatía a esos comandos anti-animalistas que
aparecen por aquí y por allá en el mundo entero y perpetran esos actos
terroristas contra perros, gatos, ratas, zorrinos, moscas y demás animales
considerados domésticos. El otro día un tribunal madrileño de menores condenó a
un año de encierro en un reformatorio a un niño de diez años porque la policía
lo sorprendió disparando piedrecitas con una honda a las golondrinas. A mí no
me parece bien que apedreen a las golondrinas, ni a ningún animal, por
supuesto, nunca lo hice cuando las hondas no eran consideradas “armas
homicidas”. Pero mandar un año a una correccional a un crío por eso me parece
un acto de sectarismo estúpido. Y me pareció grotesco que el juez llamara a las
golondrinas, según la formula acostumbrada, “un ser vivo de sangre caliente
cuyo derecho a la vida debía ser respetado”.
Lo que mitigó mucho mi simpatía por los animales fue que los
veterinarios dijeran que las ratas de nuestros días ya no acarrean
enfermedades, que la ciencia ha conseguido erradicar en ellas todos los
gérmenes y microbios de que eran antes portadoras y que por lo tanto pasarían a
la categoría de animales domésticos, como pedían tantas asociaciones
animalistas. Tuve pesadillas y todavía las tengo, pues siempre detesté a esos
horribles roedores. Se me ponen los pelos de punta cuando pienso que viven
ahora en tantas casas alimentadas y mimadas por sus dueños, que les dan de
comer a la boca y sin duda las meten a su cama para que no tengan frío en las
noches de invierno. Menos mal que a los gatos no han podido erradicarles el
instinto homicida contra los roedores a los que
siguen despanzurrando cada vez que se ponen a su alcance. ¡Vivan los
gatos! Por las ratas he dejado de pasear en el Retiro las mañanas de buen
tiempo, algo que antes me encantaba. Ellas se han apoderado de ese hermoso
parque; están por todas partes, trepándose a los árboles, bañándose en el
estanque, se suben a los pies de los paseantes y mueven sus colas pardas para
que les echen comida. Y hay que espantarlas con delicadeza para que no te
llamen la atención los vigilantes o te pongan una multa por ser desconsiderados
con esos prójimos “de sangre caliente”. ¿Qué sangre no es caliente?
Por eso, cuando la invasión de lo zorros a Madrid, creo que yo fui uno
de los pocos vecinos que no se asustó y, más bien, me alegré de ver que manadas
de esos felinos se aquerenciaban en todos los parques, alamedas y paseos
madrileños. Mientras esos plateados inmigrantes estuvieron instalados aquí,
desaparecieron las ratas de las calles de la ciudad: se escondieron o los
zorros se las comieron. Osorio fue uno de los vecinos más asustados y uno de
los que fue a manifestarse a la Puerta del Sol contra las campañas de todas
esas ONGs proclamando “Bienvenidos hermanos zorros a Madrid”, “Madrid, patria
de los zorros”, etcétera, que llevaban a cabo para que los invasores se
quedaran a vivir en la ciudad y esta fuera acondicionada para darles albergue
permanente. A mí no me molestó nada la presencia de los zorros en la Villa y
Corte. Lo único incómodo, lo reconozco, el olor a pis del zorro: es penetrante
e impregnó el aire madrileño esos días. Se mezclaba con mis propios olores y
era un asco. La orina del zorro apesta y en esas semanas se vio a mucha gente
en la calle con arcadas o vomitando, descompuesta por el mal olor que todo lo
impregnaba. Los zorros, al cabo de un tiempo, se fueron, tan misteriosamente
como habían venido. Y las malditas ratas, poco a poco, volvieron a la ciudad.
Osorio dice que esta ahora añora a esos animales, otro de los hitos de
la cultura de hoy en el mundo, que va a romper todos los límites de lo
concebible. El otro día me juró que ya hay, en distintas ciudades, colectivos y
fundaciones que piden que se autoricen los matrimonios mixtos de seres humanos
y animales. Tal vez me tomaba el pelo, porque no me dio pruebas tangibles de
que esas instituciones existan. Pero si no existen todavía, ya
aparecerán. Será divertido asistir al primer matrimonio de un hombre y
una perra o entre una mujer y un mono. Y lo será más si no solo se celebra en
el ayuntamiento sino también en una iglesia, a los compases de la Marcha
Nupcial.
Cuando le conté mi experiencia con los “desequilibrados”, Osorio me
bromeó que cualquier día un comando de fanáticos del vegetarianismo iría a
prender fuego en el restaurante clandestino donde, una vez al mes, él y yo
vamos a zamparnos un buen rabo de toro o un filete poco hecho. Creo que gracias
a la prohibición, ahora, los carnívoros disfrutamos mucho más con los atracones
de carne. En eso, la naturaleza humana no ha cambiado nada. El riesgo, el tabú,
los interdictos que rodean a cualquier cosa la hacen infinitamente más deseable
y atractiva. Un amigo mío, fumador secreto, me decía eso mismo hace algún
tiempo: que él y sus amigos disfrutan ahora muchísimo más en los fumaderos
clandestinos, sabiendo que podrían ir a la cárcel por los pitillos que se fuman,
que antes, cuando podían fumárselos en cualquier parte sin riesgo alguno.
Osorio defiende a los “desequilibrados” y creo que lo hace por
convicción, no por practicar su deporte favorito que es llevarme la contra.
Según él, los viejos ideales de justicia social y de sociedades igualitarias y
perfectas, simplemente ya no exaltan a las nuevas generaciones, pues lo que
había en ellos de realizable ya forma parte de la vida moderna. Y lo que no, lo
que albergaban esos ideales de quimérico e imposible, no los ilusiona, más bien
los repele, porque, educados en el “realismo”, el sesgo principal de nuestra
cultura actual, son pragmáticos y no quieren perder su tiempo y su energía en
cosas que nunca lograrán, con las consecuencias que tuvo en el pasado la
búsqueda de la sociedad perfecta: guerras civiles, revoluciones sangrientas y
peores injusticias que las que se quería remediar. Según Osorio, hay una gran
sensatez y hasta sabiduría en los jóvenes de hoy al reemplazar el anhelo de un
mundo perfecto por algo más humano, un mundo donde los jóvenes vacíen
puntualmente el estómago y no padezcan del suplicio del acné. Le celebré la
broma, pero, unos instantes después, me embargó una gran tristeza al darme
cuenta de que no bromeaba.
Cuando le dije que me parecía una curiosa paradoja que los jóvenes hayan
empezado a despreciar el sexo, es decir, a materializar lo que los
curas querían inculcarnos cuando éramos jóvenes —aunque muchos curas lo
practicaban a escondidas al derecho y al revés, sobre todo al revés—
precisamente cuando las religiones comienzan a encogerse como pieles de zapa,
Osorio me rectificó: “Se encogen las iglesias, no la religión”. Tuve que darle
la razón.
Había llegado a un punto en el que tanto Osorio como yo solíamos estar
de acuerdo: ¿éramos libres o meros autómatas? Georges Orwell no había vivido
ese problema, pues escribió en las épocas del estalinismo más rabioso y lo
combatió sin vacilar en libros espléndidos como “La granja de los animales” y
“1984”, como el hombre de izquierda que siempre fue, defensor de una izquierda
democrática, si es que eso existió alguna vez. Era un socialista que no lo era,
que debajo de su socialismo democrático defendía el capitalismo democrático,
pues sabía muy bien que sin empresas libres y privadas no hay libertad que
sobreviva y que si el Estado controla la producción de bienes y el empleo, a la
larga o a la corta se instala el comunismo de siempre, y, con él, el totalitarismo
y la pobreza. Por eso es que desaparecieron la Unión Soviética y China Popular
se convirtió en una dictadura capitalista de amiguetes. Pues en China existe
una empresa privada de empresarios millonarios que se tragan todas las mentiras
del régimen, pero ese régimen es una caricatura del capitalismo y la falta de
libertad lo asfixiará a la corta o a la larga.
¿En qué régimen vivimos ahora? Imposible saberlo, pero lo seguro es que
vivimos en la mentira sistemática. La economía funciona gracias a la empresa
privada y a la economía de mercado, a la competencia, por supuesto. ¿Pero somos
libres? Ni yo ni Osorio lo creemos, aunque este se lo crea a ratos. Yo tengo
esa sensación desde que desaparecieron los periódicos. Es verdad que en casi
todas las esquinas hay pantallas en las que se dan noticias todo el día, y que
aparentemente representan a empresas que defienden diversas ideologías y
sistemas. ¿Es eso verdad? Él y yo tenemos la impresión de que no, que, por
debajo de las supuestas diferencias, las pantallas defienden una sola verdad
—una mentira rigurosamente guardada
— que todas están de acuerdo en su base más secreta en defender un
sistema en el que gobierno y empresas, como ocurría en China en aquel tiempo
lejano, están básicamente de acuerdo en mentir juntas, simulando
unas discrepancias que en verdad son superficiales, porque hay un
acuerdo sustancial de base en mantener este sistema que engaña a todo el mundo
pues parece funcionar bastante bien, ya que hay trabajo, pensiones, medicinas y
educación para todos y una libertad que es una mera cortina de humo inventada
por esa tecnología de punta que mantiene entretenido a todo el mundo. Hombres y
mujeres se han vuelto incultos y manipulados casi totalmente por la
desaparición de la cultura, o, mejor dicho, su conversión en mera diversión. En
otras palabras, somos unos esclavos más o menos felices y contentos con su
suerte. Orwell no imaginó que esta podía ser la evolución de ese “socialismo
libre” que él imaginaba y que era simplemente imposible. Pues ahora hemos
perdido la libertad sin darnos cuenta, y, lo peor, estamos contentos y nos
creemos hasta libres. ¡Vaya cojudos!
¿No resulta extraño que en estas condiciones el sexo haya perdido
interés cuando su gran enemigo, el que más hizo por erradicarlo de nuestras
vidas —por lo menos en teoría—, la Iglesia Católica, pierda fieles,
catecúmenos, sacerdotes, hasta haberse quedado convertida en algunos países en
una especie de sociedad filatélica? Muchas veces hemos discutido con Osorio por
qué las grandes iglesias, y esos fanáticos terroristas que querían acabar con
ellas a punta de bombas y asesinatos, se van eclipsando en nuestro tiempo, pues
lo mismo que con el catolicismo pasa con el judaísmo, el protestantismo, la
iglesia ortodoxa y hasta con las iglesias orientales como el islamismo (en sus
dos ramas) y el budismo: pierden fieles, vigencia, se van marchitando, tanto
que muchos piensan que acabarán por extinguirse. Luego de haber tenido tanta
influencia en la historia, de haberla marcado a fuego, ahora, sin que nadie la
ataque, y pese a que todos los gobiernos la subvencionan y nadie la hostiliza,
las iglesias van desapareciendo poco a poco pues aquella lejana observación de
Nietzsche se ha hecho realidad: Dios ha muerto y a nadie le importa, pues
hombres y mujeres han aprendido por fin a vivir sin Dios. Era también un
producto de la cultura y como esta se ha transformado en diversión, ni nos
hemos dado cuenta de que a los viejos dioses los han reemplazado los
futbolines, las imágenes de la pantalla, los circos, los dibujos animados y,
sobre todo, la publicidad y sus múltiples manifestaciones que comienzan
a no parecerlo.
Yo sospecho que la Iglesia Católica selló su partida de defunción cuando
comenzó a modernizarse, cuando ese bastión del machismo y conservadurismo,
intolerancia y dogmatismo que fue antaño, empezó a relajarse, a resquebrajarse,
a hacer concesiones a los curas y laicos progresistas. Estos se salieron con la
suya, pero en vez del agiornamiento que reclamaban, le dieron a la Iglesia el
puntillazo. O sea, el tiro les salió por la culata. Parecía imposible y sin
embargo ocurrió: la Iglesia comenzó a ordenar mujeres y nombrarlas obispos,
autorizó que los curas se casaran, como los pastores protestantes, y el Papa en
persona celebró un matrimonio gay en la mismísima basílica de San Pedro. Mi
pobre madre, que en paz descanse, cuando escuchó estas noticias y vio la escena
en la tablilla digital lanzó un grito desgarrador y perdió la conciencia. Se
derramó de la silla de ruedas al suelo. Pobre viejita. “Eran adelantos
indispensables para adaptarse a la época”, dice Osorio. “Si no lo hacían, la
Iglesia hubiera comenzado a marchitarse como una rosa expuesta al sol durante
mucho tiempo”. ¿No es lo que ha ocurrido, acaso?
Yo también discrepo con él en eso, por supuesto. A la gente le gustaba
la Iglesia porque no se parecía a la vida, a la sociedad tal cual es, porque
representaba lo contrario de la existencia en el siglo. Dentro de la Iglesia
uno se sentía ya en el otro mundo, un territorio muy distanciado del de la
rutina cotidiana. Era una ilusión bonita, hecha de ritos, de cantos, de
incienso, de frases en latín que, como no las entendían, a los fieles les
parecían sabias, celestiales, alusiones a vidas perfectas, heroicas y marcadas
por la pureza, la inocencia y la paz interior. Ahora la Iglesia ha dejado de
ser ese refugio: es una prolongación de la vida de todos los días, donde casi
todo está permitido, donde ya no hay tabúes ni dogmas inflexibles. La Iglesia
ha perdido misterio y dejado de ser interesante, pues se parece a esos partidos
políticos en los que nadie cree, a las fraternidades universitarias o a los
clubes de fútbol. Cuando el Vaticano estableció que el limbo no existe, las
cosas se orientaron para ella por el mal camino. La abolición del infierno
tranquilizó a muchos creyentes pecadores, desde luego, pero decepcionó a otros,
mientras a quienes soñaban con que sus enemigos,
quienes los habían maltratado y explotado, se quemaran eternamente en
las llamas de Belcebú. Sin llamas y sin Belcebú el más allá perdió mucho
atractivo para gran cantidad de fieles. Ahora se dice que el Vaticano también
va a declarar que el cielo solo existía como algo simbólico y metafórico, pero
que, en verdad, tampoco existe en un sentido tangible y material. ¡Pobres
mártires cristianos! Se hicieron descoyuntar en el potro, destrozar por las
fieras, quemar vivos defendiendo los principios y verdades de la fe cristiana y
resulta que ni el infierno ni el limbo ni el cielo existen. De qué y a quién
podía servir la Iglesia en esas condiciones.
Ahora, conviene aclarar un punto en el que insiste mucho Osorio, y creo
que con razón. La decadencia de las grandes iglesias no ha acabado con la
religiosidad. Solo que esta se ha vulgarizado y encanallado de una manera
bochornosa. Ahora que ya nadie cree en los curas, la gente se ha puesto a creer
en los brujos, hechiceros, chamanes, adivinos, palmistas, santones,
hipnotizadores, toda esa canalla de embusteros y estafadores que, por unos
cuantos pesos, hacen creer a sus incautos clientes que existe el otro mundo y
que ellos lo conocen, que el futuro está escrito y es descifrable leyendo la
borra de café, las hojas de la coca, consultando los naipes o una bola de
cristal. Lo que las religiones serias hacían con elegancia, belleza,
complejidad intelectual, ahora es monopolio y ganapán de pícaros, hechiceros de
tres al cuarto y analfabetos. O sea, en los momentos de más alta modernidad
científica y tecnológica, volvemos al paganismo, a la hechicería primitiva. A
eso nos ha conducido la cultura de nuestro tiempo. Y el huevón de Osorio llama
a eso el progreso.
Y en eso, de repente, me desperté. Sí, me había despertado. Era noche
cerrada y el cielo se había convertido en un mar de estrellas. Estaba sentado
en el asiento de piedra de la Plaza de Oriente y a mi derecha, al frente, tenía
el Teatro Real, a la espalda el Palacio, y, frente a mí, la callecita de los
restaurantes y de la puerta falsa del teatro por donde entraban los empleados,
y, cuando había ensayos, los actores, las actrices y los músicos. Sabía
perfectamente que, bajando por esa callecita encontraría, en la esquina y a la
derecha, la Plaza de Isabel II, y que de allí arrancaba la callecita de mi
casa. Se llamaba la calle de la Flora, por supuesto. El número uno era el de mi
cuartito y su baño, en la azotea. No estaba exaltado
ni triste. Ahora recordaba que esa corta callecita era la de mi casa y
que se llamaba, por supuesto, claro que sí, y lo repito de nuevo: la Calle de
la Flora. Es muy corta. Mi casa estaba en la próxima esquina, en el encuentro
con la calle Hileras, exactamente donde comienza la placita de San Martín, que,
luego, se abre y se ensancha en la Plaza de las Descalzas. Allí se halla uno de
los conventos más antiguos de Madrid, lleno de cuadros, que solo se abre al
público los domingos y donde hay siempre una larga cola de gente para entrar.
Había recuperado la memoria. Recordaba que, poniéndome de pie y
recorriendo ese par de calles, podría entrar a mi casa, luego de perder todo un
día buscándola. Nada de eso me exaltó ni alegró. Yo sabía que iba a ser así.
Había pasado mucho miedo, sin duda, pensando que me moriría en la calle como un
perro vagabundo. Pero ahora estaba tranquilo. Seguía sentado. ¿Qué hora sería?
No había mucha gente a mi alrededor. Probablemente en la Plaza de Isabel II
encontraría algunos borrachitos. No me ponía en pie todavía.
Pen: “¿Ha sido un día perdido?” No, no lo había sido. Había sentido la
muerte más cerca que nunca, sin duda, mientras, caminando alrededor de esta
plaza, intuía que mi casa estaba por aquí. Luego de dormir y recuperarme,
llamaría a Osorio y le contaría esta aventura. Había sentido la muerte más
cerca, pero no había sido una pérdida de tiempo. Ahora sabía que nunca más
dejaría mi casa —bueno, mi cuartito— sin llevar un papel con mi nombre y
dirección, y con las instrucciones de que si caía muerto dieran parte a Osorio,
cuyo teléfono y dirección pondría en esa misma tarjeta.
Respiraba sin dificultad, no tenía frío ni hambre ni sed. No me sentía
feliz ni tampoco triste. Había sido una aventura. Una nueva aventura. También
una enseñanza. Podía perder la memoria y pasarme un día entero buscando mi
casa, sin encontrarla. Tomaría precauciones, andaría siempre con aquel
documento encima recordando mi nombre y dirección y el teléfono de Osorio. Era
algo que había aprendido. Era algo que había ganado.
Me puse de pie con alguna dificultad. Sentí algo de frío. Nada grave.
Sabía que podía caminar, pero, eso sí, despacio, alargando las piernas, la
derecha, la izquierda, sintiendo algunos calambres, la derecha, la
izquierda, pero con la confianza que me daba haber recuperado la memoria y
saber perfectamente dónde estaba mi casa. Llegaría hasta allí, subiría los
cinco pisos despacio, sin agitarme, lavaría los pantalones con jabón y legía, y
luego me acostaría, tranquilo, con la conciencia de haber sobrevivido a una
experiencia nueva que me había acercado un poquito más a la muerte. Me lo decía
a mí mismo, sin tristeza ni cólera, con esa tranquilidad nueva: haber
descubierto que podía perder la memoria y no encontrar mi casa y no saber quién
era y perder todo un día tratando de recordar. Ahora sabía quién era y dónde
estaba mi cuarto y mi bañito. Eché a caminar, sin apresurarme, tranquilo, como
un hombre que ha salido a estirar las piernas y vuelve ya a su casa. “A mi
casita”, pensé, con cariño. Y sentí que me corrían algunas lágrimas por la
cara. (Repito que con los años me he vuelto muy llorón).
La callecita de la puerta falsa del Teatro Real la conozco muy bien. Ya
habían cerrado la mayoría de los restaurantes, pero quedaba uno abierto, con
dos parejas sentadas en las mesitas de fuera y pagando la cuenta. Al pasar
junto a ellas, caminando despacio, les di las buenas noches. Me respondieron en
silencio, con movimientos de cabeza.
Temía caerme y por eso daba pasos muy cortos. Al llegar a la esquina,
doblé a la derecha y menos de un minuto después estaba en la Plaza de Isabel
II, bien iluminada todavía. Respiré tranquilo. Había allí el espectáculo
acostumbrado: la cola de taxis, los chóferes formando grupos y fumando o
conversando, una parejita muy joven, sentada en una banca y acariciándose, los
dos quioscos de periódicos cerrados y, en la desembocadura de la calle Arenal,
que iba hacia la Puerta del Sol, un perrito solitario tratando de morderse la
cola. A su izquierda tenía la calle que conducía a mi casa, bueno, a mi
cuartito con su baño. Me repetí una vez más que subiría muy despacio las
escaleras, sin agotarme, aunque fuera sentándome un rato en todos los
descansos. Se llamaba la calle de la Flora. ¿Cómo había podido olvidarla?
Caminaba por ella despacio, muy seguro de mí mismo, sintiendo que había hecho
el ridículo todo el día buscando mi casa. Ella estaba ahí, al final de la
calle. Había recobrado la confianza. Había pensado en muchas cosas. Y tenido
mucho miedo, por supuesto.
Lo tuve otra vez, cuando llegué a la esquina donde la calle de la Flora
se encuentra con la de Hileras, y toca la minúscula plaza de San Martín, que se
convertirá luego en la Plaza de las Descalzas y donde descubrí, palpándome los
bolsillos, que tampoco tenía la llave que abre el gran portón del número uno,
donde vivo. Sentí de nuevo el ramalazo del terror que había tenido todo el día.
¿Me pasaría el resto de la noche sentado aquí, en el suelo, esperando que
apareciera alguien que viviera en este edificio? Sin embargo, tuve suerte. A
solo diez o quince minutos de estar esperando, apareció un señor con bastón,
que reconocí a medias. Se paró junto a la puerta y sacó una llave y la abrió.
Me acerqué a él y le dije: “Al fin llegó usted. He olvidado mi llave.
¿Me deja entrar?”. El señor —era algo mayor— me miró con desconfianza. “Vivo
aquí”, le aseguré. “En uno de los pisitos de la azotea. He estado todo el día
caminando. Estoy muy cansado. Le ruego que me permita pasar”. El señor asintió
y me abrió la puerta y se retiró para que yo entrara primero. Cuando estuve en
el largo vestíbulo de adoquines, le agradecí de nuevo, efusivamente. El señor
iba también a la izquierda, es decir, no a las oficinas de los contadores, que
están a la derecha, sino a la puerta contraria. Estuvo muy amable. Abrió la
puertecita del ascensor con otra llave y, con un gesto, me preguntó si subiría
con él. Aproveché y subí. Nosotros, los de la azotea, no tenemos derecho a usar
el ascensor. Eso sí que había sido una sorpresa. El señor vivía en el tercer
piso y desde allí solo me quedan dos pisos para llegar a mi cuartito.
Subí aquellas gradas muy despacio, parándome unos segundos en cada
escalón, animado por una alegría íntima, que, sin embargo, contenía los latidos
de mi pecho; con el esfuerzo, se me había agitado mucho el corazón. Lo sentía
en mi pecho crecido y latiendo de manera exagerada. Vagamente pasó por mi
cabeza la idea de que podía quedarme muerto de un síncope antes de llegar a mi
cuartito y a mi baño.
Subí el resto de los escalones en cámara lenta. Lentísima. Apoyaba un
pie en el escalón de arriba y no podía creer que aquel esfuerzo de izarme al
nuevo escalón me costara tanto esfuerzo. Cuando llegué a la azotea, respiré más
tranquilo. Si aquí me daba un síncope, ya no me importaba. La gente, los
vecinos me conocían, podrían dar parte a la policía, e incluso a Osorio,
que había venido a buscarme algunas veces. Respiré más calmado y al
llegar a la puerta de mi cuartito, descubrí que ahí estaba, colgando de la
puerta, la llave. Mejor dicho, el llavero, con la llave que abre el portón del
edificio y la puertecita de mi cuarto. Había salido tan de prisa esa mañana que
me olvidé de sacar esas llaves, pues las dejé colgadas donde estaban todavía.
Tuve un instante de felicidad al sentir que aquella llave abría la puerta y que
—por fin, por fin— entraba a mi cuartito.
Es muy pequeño y lo tengo lleno de libros y papeles. Pero muy limpio y
ordenado, eso sí. Lo barro y arreglo todas las mañanas, antes de salir a tomar
mi cafecito y platicar con Osorio. Tiendo siempre la cama y doy a lavar las
sábanas todas las semanas; no la frazada, esta solo cada quince días. Lo mismo
hago con mi bañito, con su ducha, lavador y retrete, que también esta mañana
limpié, barrí y sacudí como lo hago todos los días, después de tomar una ducha
en la que me jabono con cuidado, sobre todo el trasero, que, con los constantes
vientos del día, tengo casi siempre sucio. Y esta noche, con todos los vientos
que he soltado en el día, debía de estar más sucio que otras veces.
Por eso, apenas entré prendí la luz, comprobé con satisfacción que mi
cuarto estaba limpio y ordenado; fui al baño muy despacio pues seguía agitado,
me quité los zapatos y el pantalón. Fue una larga operación, pues seguía muy
cansado y con mi corazón latiendo en mi pecho como desbocado.
Cuando descubrí que mi calzoncillo estaba lleno de caca, me embargó una
gran tristeza. Había sentido los vientos, por supuesto, pero no que se me salía
la mierda. Había desbordado el calzoncillo y manchado las piernas. Estaba
convertido en el hombre-caca, del culo para abajo. Sentí mucho asco de mí
mismo. Pero en vez de quedarme idiotizado, compadeciéndome de esa pequeña
catástrofe, me saqué el calzoncillo, eché toda la caca que contenía en el
retrete y jalé la cadena. Funcionaba muy bien y, una vez que la caca
desapareció y el retrete estuvo otra vez limpiecito, solté la ducha y calculé
que saliera el agua tibia y me bañé, limpiándome las piernas y el trasero con
cuidado, hasta comprobar, una y diez veces, que tanto mi trasero como mis
piernas quedaban impecables. Luego lavé en la ducha el calzoncillo con jabón y
lejía hasta que quedó limpio también y lo colgué
con un par de ganchitos en la barrita de la ducha para que se secara.
Luego me sequé yo, cuidadosamente, sintiendo que me dormía, bostezando sin
cesar.
Fui a mi cuarto y no me puse el pijama que tengo doblado bajo la
almohada de mi cama. Estaba muy cansado pero contento de haberme duchado y
limpiado mis piernas de toda esa mierda pestilente que la había ensuciado
durante horas y horas sin que yo me diera cuenta.
Me sequé la cabeza con insistencia, pasando la toalla por mis pelos una
y otra vez, recordando una vez más que mi abuelito, en la noche perdida del
tiempo, solía decirme que no era bueno dormir con la cabeza mojada, porque me
podía volver loco. Y el viejecito se llevaba un dedo a la sien y se reía,
imitando a Napoleón, que al parecer perdió el juicio en Santa Elena. Es uno de
los escasos recuerdos de mi niñez, de esa infancia que se me ha borrado, salvo
recordar que fui feliz mientras no supe la horrible manera en que las señoras
se quedan embarazadas y paren a los niños. Mientras creía que a estos se los
encargaba a París y que los traían las cigüeñas, fui feliz. Creo que cuando
supe la verdad ya nunca más fui feliz.
Por fin, me metí a la cama, me abrigué bien, me encogí y apagué la luz.
Casi al instante comenzó eso que llaman una taquicardia acelerada. Pero lo que
me asustó no fue el corazón sino el sudor. No hacía calor, más bien
fresco o frío —eran los finales del otoño, la época más bonita de
Madrid— y estaba empapado con la transpiración. Me limpié la cara con las manos
y luego con el pañuelo y finalmente con la misma sábana; pero era inútil porque
el sudor brotaba casi de inmediato y me volvía a mojar la frente, el cuello y
ahora sentía que bajaba y me había tomado también el pecho, la espalda y hasta
las piernas. ¿Qué tenía? Pensé inmediatamente en llamar a Osorio, pero me
desanimó la idea de que era muy tarde y mi amigo solía acostarse muy temprano.
¿Qué iba a decirle? ¿Qué estaba con taquicardia y sudando? Se reiría de mí. “Me
olvidé de la dirección de mi casa y he estado todo el santo día buscándola,
hasta hace un momento. He lavado mi calzoncillo que estaba lleno de mierda, me
duché, me he acostado y ahora estoy con taquicardia y bañado de sudor”. Osorio
se reiría de él y me respondería con alguna broma: “¿Y me despiertas por esa
tontería?”.
En vez de llamarlo me acurruqué; traté de olvidarme del sudor, me encogí
mucho, hasta tocar con mis rodillas mi mentón y esperé que llegara el sueño.
Pero, en vez de eso, los latidos de mi corazón aumentaron. Para poder respirar
debía tener la boca abierta todo el tiempo. En la oscuridad del cuartito,
pensé, asustado: “¿Me voy a morir?”. Lo había pensado muchas veces, sobre todo
en los últimos tiempos, cada vez que tenía un malestar. Pero ello siempre había
pasado, sobre todo cuando me dormía. Ahora, mi corazón seguía latiendo como un
bombo en el pecho y seguía con la boca abierta para poder respirar pues sentía
que me faltaba el aire. Además, había comenzado a dolerme el pecho, el hombro y
el brazo derecho. ¿Llamaría a Osorio? ¿Lo despertaría? Pensé que oiría su
risita burlona: “¿Te estás muriendo, hermano?”. Y me contuve.
Ahora no solo me dolía el pecho sino también el hombro y el brazo
izquierdo y seguía sudando de la cabeza a los pies. Y me dolían mucho el pecho,
el hombro, el cuello y hasta la espalda. Era un dolor múltiple, que interesaba
los músculos, los huesos, las venas, los tendones. Y mi corazón seguía latiendo
con mucha fuerza en el pecho. Sentía que me iba hundiendo en algo que no era el
sueño, sino un desmayo. ¿Me iría a desmayar? Ahora sentía que temblaba todo mi
cuerpo, de la cabeza a las plantas de los pies. Y tenía un mareo en el que me
iba hundiendo como en un remolino. Bueno, tal vez era lo mejor. Que la muerte
me sorprendiera en el sueño era una buena manera de morir. Osorio me llamaría
en la mañana, según el acuerdo que teníamos, y al no obtener respuesta sabría
que había muerto en el sueño y daría parte de inmediato, para que viniera la
ambulancia. Los enfermeros constatarían que ya estaba muerto y llevarían mi
cuerpo al columbario de Madrid. De inmediato, o, más bien, después de algún
inevitable papeleo, lo incinerarían. Ya los gusanos habrían hecho presa de mi
cadáver, pero el fuego los destruiría. Me dolía muchísimo el pecho. Sí, este no
era un simple amago. Era el final. No estaba asustado, solo adolorido. Sentía
que me iba hundiendo en algo viscoso y confuso, evidentemente no era el sueño
sino los albores, la bienvenida de la muerte. No me consoló imaginar que dentro
de pocos minutos (¿segundos?) sabría si existía Dios, si teníamos un alma que
sobreviviera a la desaparición de esa energía corporal que tenía a mi corazón
latiendo y a la sangre corriendo por mis venas, o si en el futuro solo
habría silencio y olvido, una lenta descomposición del organismo, hasta
que las lenguas del fuego extinguieran esa carne sucia y mojada que ya
comenzaba a pudrirse cuando la quemaron.
Madrid, 15 de diciembre de 2020
OceanofPDF.com
JORGE MARIO PEDRO VARGAS LLOSA nació un domingo 28 de marzo de 1936 en
la ciudad de Arequipa (Perú). Sus padres, Ernesto Vargas Maldonado y Dora Llosa
Ureta, ya estaban separados cuando vino al mundo y no conocería a su progenitor
hasta los diez años de edad.
Estudia la primaria hasta el cuarto año en el Colegio La Salle de
Cochabamba en Bolivia. En 1945 su familia vuelve al Perú y se instala en la
ciudad de Piura, donde cursa el quinto grado en el Colegio Salesiano de esa
ciudad. Culmina su educación primaria en Lima e inicia la secundaria en el
Colegio La Salle.
El reencuentro con su padre significa un cambio en la formación del
adolescente, que ingresa al Colegio Militar Leoncio Prado de Lima, en el cual
solo estudia el tercer y cuarto año; sin embargo, termina la secundaria en el
Colegio San Miguel de Piura.
En 1953 regresa a Lima. Ingresa a la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos, donde estudia Letras y Derecho. Su opción no fue aceptada por su
padre, por lo que fue una etapa sumamente difícil, más aún cuando a los
dieciocho años decide contraer matrimonio con su tía política Julia Urquidi, lo
que aumentó sus urgencias económicas. Paralelamente a sus estudios desempeña
hasta siete trabajos diferentes: redactar noticias en Radio Central (hoy Radio
Panamericana), fichar libros y revisar los nombres de las tumbas de un
cementerio, son algunos de ellos. Sin embargo, sus ingresos totales apenas le
permitían subsistir.
En 1959 parte rumbo a España gracias a la beca de estudios “Javier
Prado” para hacer un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid; así,
obtiene el título de Doctor en Filosofía y Letras. Luego de un año se instala
en París.
Al principio su vida en la ciudad de la luz transcurre entre la escasez
y la angustia por sobrevivir, por lo que acepta trabajos que, o bien lo
mantenían en contacto con su idioma a través de la enseñanza (fue profesor de
español en la Escuela Berlitz), o le permitían trabar amistades literarias,
como cuando fue locutor en la ORTF francesa o periodista en la sección española
de France Presse.
Los esfuerzos por llevar a cabo su vocación literaria dan su primer
fruto cuando su primera publicación, un conjunto de cuentos publicados en 1959
con el título Los jefes, obtiene el premio Leopoldo Arias. Anteriormente había
escrito una obra de teatro, el drama La huida del Inca.
En 1964 regresa al Perú, se divorcia de Julia Urquidi y realiza su
segundo viaje a la selva donde recoge material sobre el Amazonas y sus
habitantes.
Viaja a La Habana en 1965, donde forma parte del jurado de los Premios
Casa de las Américas y del Consejo de Redacción de la revista Casa de las
Américas; hasta que el caso Padilla marca su distanciamiento definitivo de la
revolución cubana en 1971.
En 1965 se casa con Patricia Llosa. De la unión nacen Álvaro (1966),
Gonzalo (1967) y Morgana (1974). En 1967 trabaja como traductor para la UNESCO
en Grecia, junto a Julio Cortázar; hasta 1974 su vida y la de su familia
transcurre en Europa, residiendo alternadamente en París, Londres y Barcelona.
En Perú, su trayectoria sigue siendo fructífera. En 1981 fue conductor
del programa televisivo La Torre de Babel, transmitido por Panamericana
Televisión; en 1983, a pedido expreso del presidente Fernando Belaúnde Terry,
preside la Comisión Investigadora del caso Uchuraccay para averiguar sobre el
asesinato de ocho periodistas.
En el ´87 se perfila como líder político al mando del Movimiento
Libertad, que se opone a la estatización de la banca que proponía el entonces
presidente de la República Alan García Pérez.
El año 1990 participa como candidato a la presidencia de la República
por el Frente Democrático-FREDEMO. Luego de dos peleados procesos electorales
(primera y segunda vuelta), pierde las elecciones y regresa a Londres, donde
retoma su actividad literaria.
En marzo de 1993 obtiene la nacionalidad española, sin renunciar a la
nacionalidad peruana.
En la actualidad colabora en el diario El País (Madrid, España, Serie
Piedra de toque) y con la revista cultural mensual Letras Libres (México D.F.,
México y Madrid, España, Serie Extemporáneos).
Los méritos y reconocimientos lo acompañan a lo largo de su carrera. En
1975 es nombrado miembro de la Academia Peruana de la Lengua y en 1976 es
elegido Presidente del Pen Club Internacional. En 1994 es designado como
miembro de la Real Academia Española.
Asimismo, ha sido Profesor Visitante o Escritor Residente en varias
universidades alrededor del mundo, como en el Queen Mary College y en el King’s
College de la Universidad de Londres, en la Universidad de Cambridge y en el
Scottish Arts Council (Inglaterra); en el Washington State, en la Universidad
de Columbia, en el Woodrow Wilson International Center for Scholars del
Smithsonian Institution, en la Universidad Internacional de Florida, en la
Universidad de Harvard, en la Universidad de Siracusa, en la Universidad de
Princeton y en la Universidad de Georgetown (Estados Unidos); en la Universidad
de Puerto Rico en Río Piedras (Puerto Rico); en el Wissenschaftskolleg y en la
Deutscher Akademischer Austauschdienst (Berlín, Alemania), en la Universidad de
Oxford, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (Santander, España), en
la Universidad Rey Juan Carlos (Aranjuez, España); entre otras.
Sus obras han sido traducidos al francés, italiano, portugués, catalán,
inglés, alemán, holandés, polaco, rumano, húngaro, búlgaro, checo, ruso,
lituano, estonio, eslovaco, ucraniano, esloveno, croata, sueco, noruego, danés,
finés, islandés, griego, hebreo, turco, árabe, japonés, chino, coreano, malayo,
cingalés, serbio, letón, bosnio, georgiano, Bahasa, indonesio, Malayalam,
macedonio, Sinhala, hindi, vietnamita, estonio y gallego.

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