© Libro N° 14053. La Sangre De
Los Elfos. Sapkowski,
Andrzej. Emancipación. Julio 19 de
2025
Título Original: © La Sangre De Los Elfos. Andrzej
Sapkowski
Versión Original: © La Sangre De Los Elfos. Andrzej Sapkowski
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Andrzej Sapkowski
La Sangre De
Los Elfos
Andrzej Sapkowski
Elaine blath, Feainnewedd
Dearme aen a'cáelme
tedd
Eigean evelienn
deireádh
Que'n esse, va en
esseáth
Feainnewedd, elaine
blath!
Florecillas, nana y
canción de cuna de los elfos.
En verdad os digo
que se acerca el tiempo de la espada y el hacha, la época de la tormenta
salvaje. Se acerca el Tiempo del Invierno Blanco y de la Luz Blanca. El Tiempo
de la Locura y el Tiempo del Odio, Tedd Deireádh, el Tiempo del Fin. El mundo
morirá entre la escarcha y resucitará de nuevo junto con el nuevo sol.
Resucitará de entre la Antigua Sangre, de Hen Ichaer, de la semilla sembrada.
De la semilla que no germina sino que estalla en llamas.
¡Ess'tuath esse!
¡Así será! ¡Contemplad las señales! Qué señales sean, yo os diré: primero se
derramará sobre la tierra la sangre de los Aen Seidhe, la Sangre de los
Elfos...
Aen Ithlinnespeath,
profecía de Ithlinne Aegli aep Aevenien
I
Capítulo primero
La ciudad estaba
ardiendo.
Las estrechas
callejuelas que conducían hasta el foso, hacia la primera terraza, vomitaban
humo y brasas, las llamas devoraban los bálagos de los tejados apelotonados de
los edificios, lamían los muros del castillo. Desde occidente, desde el lado de
la puerta de los muelles, llegaba un estruendo, el sonido de una lucha
encarnizada, los secos golpes del ariete que hacían temblar las murallas.
Los atacantes les
rodearon inesperadamente, rompiendo la barricada que defendían unos pocos
soldados, burgueses con alabardas y algunos migueletes de los gremios. Los
caballos cubiertos con negras mantas volaron por encima de la barrera como
espectros, unas hojas claras y brillantes sembraron la muerte entre los
defensores que huían.
Ciri sintió cómo el
jinete que la llevaba en el arzón sujetaba violentamente el caballo. Escuchó su
grito. Agárrate, gritaba. ¡Agárrate!.
Otros jinetes con
los colores de Cintra les adelantaron, volaron a cortar a los nilfgaardianos.
Ciri lo vio con el rabillo del ojo, durante un instante: un loco torbellino de
capas negras y blanquiamarillas entre el gemido del acero, el golpeteo de las espadas
sobre los escudos, el relincho de los caballos...
Un grito. No, no un
grito. Un aullido.
¡Agárrate!
Miedo. Cada
sacudida, cada tirón, cada paso del caballo desgarra dolorosamente las manos
aferradas a las bridas. Las piernas, crispadas en una posición incómoda, no
encuentran apoyo, los ojos lloran del humo. Los brazos que la envuelven ahogan,
sofocan, aplastan dolorosamente las costillas. A su alrededor se alzan los
gritos, tales como jamás había oído.
¿Qué se le puede
hacer a un ser humano para que grite así?.
Miedo. Un miedo que
deja sin fuerza, que paraliza, que ahoga.
De nuevo el
chirrido del hierro, el relincho de los caballos. Las casas a su alrededor
bailan, unas ventanas que vomitan fuego aparecen de pronto allí donde un
momento antes sólo había una calleja embarrada, cubierta de cadáveres, llena de
los haberes que habían desechado los fugitivos. El jinete a sus espaldas
estalla de pronto en una extraña y ronca tos. Sobre la mano aferrada a las
riendas borbotea la sangre. Un aullido. El silbido de una flecha.
Una caída, un
choque, un doloroso golpe con la armadura. Junto al estrépito de los cascos
pasa fugazmente sobre la cabeza el vientre de un caballo y una sobrecincha
deshilachada, un segundo vientre de caballo, unas bardas destrozadas. Unos
crujidos, como los que produce la madera de un árbol al romperse. Pero no es un
árbol, se trata de hierro contra hierro. Un grito, sofocado y sordo, aquí junto
a ella algo enorme y negro se desploma sobre el barro con un chapoteo,
salpicando sangre. Un pie acorazado tiembla, se agita, huella la tierra con
unas enormes espuelas.
Un tirón. Alguna
fuerza la empuja hacia arriba, la arrastra sobre el arzón. ¡Agárrate! De nuevo
una carrera agitada, un galope de locura. Las manos y los pies buscan apoyo
desesperadamente. El caballo se pone de patas. ¡Agárrate! ... No hay apoyo. No
hay... No hay... Sólo hay sangre. Cae el caballo. No es posible saltar, no es
posible liberarse, escapar de la tenaza de los brazos cubiertos por la loriga.
No es posible escapar de la sangre que se vierte sobre la cabeza, sobre la
nuca.
Un choque, el
chasquido del barro, un violento golpe contra la tierra, que parece
extraordinariamente inmóvil tras la cabalgada salvaje. El penetrante y ronco
relincho del caballo que intenta alzar las ancas. El trueno de las herraduras,
las cuartillas y pezuñas de caballos que les sobrepasaban. Negras capas y
negras bardas. Un grito.
En la calleja hay
fuego, una crepitante muralla roja de fuego. Contra ella, un jinete, enorme,
parece alcanzar con su cabeza hasta por encima de los tejados ardientes.
Cubierto con unas bardas negras, el caballo baila, agita la testa, rebufa.
El jinete la mira.
Ciri ve el brillo de sus ojos a través de la rendija de su gran yelmo, adornado
con las alas de un ave de presa. Ve el reflejo del fuego sobre la ancha hoja de
la espada que sujeta con la mano bajada.
El jinete mira.
Ciri no puede moverse. Se lo impiden las manos inertes del muerto, que la
aferran por el cinturón. La inmoviliza algo pesado y húmedo de sangre, algo que
está tendido sobre su muslo y la clava a la tierra.
Y la inmoviliza el
miedo. Un monstruoso miedo que le retuerce las entrañas, que provoca que Ciri
deje de escuchar los gruñidos del caballo herido, el bramido de las llamas, los
gritos de las víctimas y el golpeteo de los tambores. Lo único que existe, que
cuenta, que tiene significado, es el miedo. El miedo, que ha adoptado la forma
de un caballero negro con un yelmo adornado de plumas, parado ante el fondo de
la roja pared de un incendio desatado.
El jinete espolea
al caballo, se agitan las alas del ave de presa en su yelmo, el pájaro se
prepara para el vuelo. Para el ataque a una víctima desarmada, paralizada del
miedo. El pájaro -o puede que el caballero- grita, chilla, horrible, terrible,
triunfal. El caballo negro, la armadura negra, la capa negra ondeando, y detrás
de todo esto el fuego, un mar de fuego.
El miedo.
El pájaro chilla.
Las alas se agitan, las plumas le golpean la cara. ¡El miedo!
Ayuda. Por qué
nadie me ayuda. Estoy sola, soy una niña, no tengo defensa, no me puedo mover,
no puedo siquiera alzar la voz desde mi garganta aterrada. ¿Por qué nadie acude
a ayudarme?
¡Tengo miedo!
Los ojos ardientes
en las rendijas del gran yelmo alado. La capa negra oculta
todo...
-¡Ciri!
Se despertó bañada
en sudor, entumecida, y su propio grito, el grito que la había despertado, aún
temblaba, vibraba allá en su interior, dentro del pecho, le ardía en su seca
garganta. Dolían las manos aferradas a la manta, dolían las espaldas...
-Ciri. Cálmate.
A su alrededor, la
noche, oscura y ventosa, bramando monótona y melodiosamente sobre las copas de
los pinos, chirriando en los troncos. Ya no había incendio ni gritos, no
quedaba más que aquella susurrante canción de cuna. A su lado se retorcía la
luz y el calor del fuego del vivac, las llamas brillaban en las hebillas de la
impedimenta, lanzaban destellos rojizos sobre la empuñadura y la guarnición de
la espada apoyada en la silla de montar. No había otro fuego ni otra espada. La
mano que tocaba sus mejillas olía a cuero y cenizas. No a sangre.
-Geralt...
-Sólo era un sueño.
Un mal sueño.
Ciri temblaba con
fuerza, retorciendo los brazos y los pies.
Un sueño. Sólo un
sueño.
El fuego había
empezado ya a extinguirse, los leños de abedules son rojos y diáfanos, se
resquebrajan, saltan con un fuego celeste. El fuego ilumina los cabellos
blancos y el agudo perfil del hombre que la cubre con la manta y la zamarra.
-Geralt, yo...
-Estoy a tu lado.
Duerme, Ciri. Tienes que descansar. Tenemos un largo camino por delante
todavía.
Escucho una música,
pensó de pronto. Entre estos susurros... hay una música. Música de laúd. Y
voces. Princesa de Cintra... Hija del destino... Niña de la Vieja Sangre, la
sangre de los elfos. Geralt de Rivia, el Brujo Blanco y su destino. No, esto es
una leyenda. La invención de un poeta. Ella está muerta. La mataron en las
calles de una ciudad, mientras huía...
Agárrate...
agárrate...
-¿Geralt?
-¿Qué, Ciri?
-¿Qué me hizo? ¿Qué
sucedió entonces? ¿Qué... me hizo?
-¿Quién?
-El jinete... El
jinete negro de las plumas en el casco... No recuerdo nada. Él gritó... y me
miró. No recuerdo qué sucedió. Sólo que tenía miedo... Tenía tanto miedo...
El hombre se
agachó, el resplandor del fuego brilló en sus ojos. Eran unos ojos extraños.
Muy extraños. La Ciri de antes se sentía atemorizada ante estos ojos, no le
gustaba mirarlos. Pero esto era antes. Mucho antes.
-No recuerdo nada -
murmuró, mientras buscaba la mano de él, una mano dura y áspera como una madera
sin pulir-. Aquel jinete negro...
-Sólo fue un sueño.
Duerme tranquila. Ya no volverá.
Ciri había oído
antes esta afirmación. Le había sido repetida muchas, muchas veces, le habían
tranquilizado con ella cuando se despertaba en mitad de la noche gritando. Pero
ahora era distinto. Ahora lo creía. Porque ahora lo decía Geralt de Rivia,
el Lobo Blanco. Un
brujo. Aquél que era su destino. Aquél a quien ella estaba destinada. El brujo
Geralt, que la había encontrado entre la guerra, la muerte y el desespero, se
la había llevado consigo y prometido que ya nunca más se separarían.
Se durmió sin
soltar la mano de él.
El bardo terminó de
cantar. Inclinando lentamente la cabeza, repitió en el laúd el motivo principal
del romance, con delicadeza, bajito, en un tono más alto que el aprendiz que le
acompañaba.
Nadie dijo nada.
Excepto la música cada vez más tenue sólo se escuchaba el rumor de las hojas y
el crujido de las ramas del gigantesco roble. Y luego, de pronto, surcó el
espacio el prolongado berrido de una cabra que estaba atada con una soga a
alguno de los carros que rodeaban el árbol prehistórico. En aquel momento, como
a una señal, se alzó uno de los que escuchaban reunidos en un amplio
semicírculo. Echando sobre los hombros una capa azul cobalto bordada con
cordoncillos dorados, se inclinó rígido y con distinción.
-Te doy las
gracias, maese Jaskier -dijo con sonoridad aunque en voz no muy alta-. Dejad
que sea yo, Radcliffe de Oxenfurt, Maestro de los Arcanos Mágicos, quien
probablemente en nombre de todos los aquí presentes, pronuncie palabras de
agradecimiento y reconocimiento de tu gran arte y tu talento.
El hechicero pasó
la mirada por los reunidos, que eran más de un centenar, arrellanados a los
pies del roble en un cerrado semicírculo, de pie, sentados en los carros. Los
oyentes afirmaron con las cabezas, susurraron. Unas cuantas personas comenzaron
a aplaudir, otras saludaron al cantante con las manos en alto. Las mozas
emocionadas sorbieron las narices y se limpiaron los ojos con lo que podían,
dependiendo de su estado, profesión y posesiones: las villanas con las mangas o
con el reverso de la mano, las mujeres de los mercaderes con pañuelos de lino,
las elfas y las nobles con batista e incluso las tres hijas del comes
Viliberto, el cual, junto con todo su séquito, había interrumpido la práctica
de la cetrería para escuchar al famoso trovador, moqueaban con donosura y
desgarradoramente en elegantes chales de algodón de color verde pardusco.
-No será exagerado
-continuó el hechicero- decir que nos has emocionado hasta lo más profundo,
maese Jaskier, que nos has impulsado a la reflexión y a la meditación, has
conmovido nuestros corazones. Que me sea dado proclamar nuestro agradecimiento
y respeto.
El trovador se
levantó y se inclinó, rozando con la rodilla la pluma de garza que estaba
cosida al sombrerillo de fantasía. El aprendiz dejó de tocar, sonrió y también
se inclinó, pero el maese Jaskier le lanzó una mirada amenazadora y gruñó algo
a media voz. El muchacho bajó la cabeza y volvió a su callado rasguear de las
cuerdas del laúd.
Los reunidos se
animaron. Los mercaderes de la caravana, murmurando entre ellos, colocaron
delante del roble un barril de cerveza de tamaño considerable. El hechicero
Radcliffe se sumió en una conversación en voz baja con el comes Viliberto. Las
hijas del comes dejaron de sorberse la nariz y contemplaron con adoración a
Jaskier. El bardo no se dio cuenta, absorbido como estaba en lanzar sonrisitas,
guiños y brillos de sus dientes en dirección a un grupo de elfos nómadas, que
mantenían un arrogante silencio, y, en especial, Jaskier se dirigía a una de
las elfas, una belleza de cabello oscuro y ojos enormes que portaba una pequeña
toca de armiño. Jaskier tenía competidores: a la poseedora de grandes ojos y
hermosa toca le alcanzaban también miradas del público, caballeros, estudiantes
y vagabundos. La elfa, a todas luces
contenta del
interés demostrado, tiraba de las mangas de encaje de su blusa y agitaba las
pestañas, pero los elfos que la acompañaban la rodeaban por todos lados sin
esconder su disgusto ante los pretendientes.
El claro bajo el
roble Bleobheris, lugar de frecuentes procesiones, estacionamiento de viajeros
y encuentro de peregrinos, era famoso por su tolerancia y liberalidad. Los
druidas, que hacía siglos que se ocupaban del árbol, llamaban al claro
"Lugar de la Amistad" y albergaban gustosos a cualquiera. Pero
incluso en ocasiones especiales tales como la recién terminada actuación del
trovador famoso en el mundo todo, los viajeros se mantenían en sus propios
grupos, claramente aislados unos de otros. Los elfos se arrimaban a los elfos.
Los enanos artesanos se agrupaban junto con sus hermanos armados hasta los
dientes que habían sido contratados como guardia de las caravanas de mercaderes
y toleraban junto a sí como mucho a los gnomos mineros y a los medianos granjeros.
Todos los no
humanos mantenían reserva ante los humanos. Los seres humanos les respondían a
los no humanos con la misma moneda, pero entre ellos no se observaba tampoco la
más mínima integración. La nobleza miraba con desprecio a los mercaderes y a
los buhoneros, y los mercenarios y soldados se alejaban de los pastores y sus
apestosas zamarras. Unos cuantos hechiceros y sus adeptos se aislaban
completamente y todos a su alrededor les obsequiaban con justa arrogancia. El
fondo de la imagen estaba ocupado por la muchedumbre apiñada, oscura, sombría y
silenciosa de los campesinos. Éstos, que recordaban a un ejército por el bosque
de rastrillos, horquetas y mayales que les sobresalían por las espaldas,
ignoraban todo y a todos.
La excepción, como
siempre, la constituían los niños. Liberada de la orden de guardar silencio
durante la actuación del bardo, la muchachería se lanzó hacia el bosque con un
salvaje aullido, a fin de dedicarse con entusiasmo a juegos cuyas reglas no
eran comprensibles para aquél que se hubiera despedido ya de los años felices
de la infancia. Los pequeños humanos, elfos, enanos, medianos, gnomos,
medioelfos, cuarterones de elfo y arrapiezos de oscura proveniencia no conocían
y no aceptaban divisiones raciales ni sociales. De momento.
-¡Cierto es! -gritó
uno de los caballeros presentes en el claro, jayán delgado como un perantón,
vestido con un jubón rojinegro adornado con tres leones rampantes-. ¡Bien ha
hablado el señor hechicero! Hermosos fueron los romances, por mi honor, noble
Jaskier, si alguna vez os encontráis en las cercanías de Cuernocalvo,
castellanía de mi señor, entrad, no lo dudéis ni un momento. Os hospedaremos
como a un príncipe, qué digo yo, ¡como al propio rey Vizimir! Lo juro por mi
espada, muchos he oído ya ministreles, pero ni punto de comparación, maestro.
¡Aceptad de nosotros, los de buena cuna y los armados caballeros, toda
admiración y homenaje para vuestro arte!
Al percibir sin
error alguno el momento adecuado, el trovador murmuró algo en dirección a su
aprendiz. El muchacho dejó el laúd y tomó del suelo una arquilla que servía
para recolectar entre los oyentes muestras de respeto algo más materiales.
Titubeó, pasó la mirada por la multitud, después de lo cual dejó la arquilla y
tomó la tinaja que estaba al lado. El maese Jaskier con una sonrisa benévola
aprobó la sagacidad del jovenzuelo.
-Maestro -dijo una
gallarda dueña que estaba sentada en un carro cargado de mercaderías de mimbre
y que tenía el rótulo "Vera Loewenhaupt e hijos". A los hijos no se
les veía por ningún lado, seguramente estaban ocupados en despilfarrar la fortuna
amasada por la madre-. Maese Jaskier, ¿qué es esto? ¿Nos dejáis con la
incógnita? Seguro
que éste no es el final de vuestro romance. ¡Cantad lo que pasó después!
-Canciones y
romances -se inclinó el artista- no se terminan nunca, oh señora, porque la
poesía es eterna e inmortal, no conoce principio ni final...
-Pero, ¿qué pasó
después? -La mercadera no se dejaba vencer, iba arrojando sonoramente y con
liberalidad monedas a la tinaja que le mostraba el aprendiz-. Decídnoslo al
menos si ganas no tenéis de cantar. No hubo en vuestras canciones nombre
alguno, pero todos sabemos que el tal brujo por vosotros cantado no es otro que
el famoso Geralt de Rivia, y la citada hechicera por la que le devora el fuego
del amor es la no menos famosa Yennefer. En cambio el tal Niño de la Sorpresa,
prometido y destinado al brujo, no es sino la princesa Cirilla, la infeliz
princesa de Cintra, el país devastado por los invasores. ¿No es acaso cierto?
Jaskier se rió con
gesto misterioso y altanero.
-Canto acerca de
asuntos universales, generosa bienhechora -afirmó-. Acerca de emociones de las
que puede participar cualquiera. No de personas concretas.
-¡Desde luego!
-gritó alguien desde la multitud-. ¡Todos saben que los cantes trataban del
brujo Geralt!
-¡Sí, sí!
-chillaron a coro las hijas del comes Viliberto, retorciendo los chales húmedos
de lágrimas-. ¡Cantad más, maese Jaskier! ¿Qué pasó después? ¿Se encontraron
por fin el brujo y la hechicera? ¿Se amaron? ¿Fueron felices? ¡Queremos
saberlo! ¡Maestro, maestro!
-¡Pero ande vais!
-gritó con voz grave el cabecilla de un grupo de enanos, mientras se mesaba una
fuerte y roja barba que le alcanzaba hasta la cintura-. Mierda es todo eso de
las princesas, hechiceras, destinos, amores y otros cuentecillos de testas vacías.
Todo esto son, con perdón del señor poeta, embustes, o sea, inventos poéticos
para que sean bonitos y emocionen. Pero las cosas de la guerra, como la matanza
y el pillaje de Cintra, como la batalla de Marnadal y Sodden, ¡eso sí que es
algo bueno que nos cantasteis, Jaskier! ¡Ja, no da pena soltar plata por tales
canciones que alegran los corazones de los guerreros! Y verse podía, que no
mentíais ni una jota, os lo digo yo, Sheldon Skaggs, y yo bien que sé discernir
verdad de la mentira, pues allá en la batalla de Sodden estuve, y de pie con el
hacha en el puño me enfrenté contra los invasores nilfgaardianos...
-Yo, Donimir de
Troy -gritó un flaco caballero con tres leones en el jubón-, estuve en ambas
batallas de Sodden, ¡pero no os vi allá, señor enano!
-¡Vos con seguridad
que haríais guardia en el campamento! -se encendió Sheldon Skaggs-. ¡Y yo
estaba en primera línea, allí donde había jaleo!
-¡Cuida lo que
dices, barbas! -se enrojeció Donimir de Troy, aferrando el talabarte de
caballero cargado con el peso de la espada-. ¡Y a quién!
-¡Ten tú cuidado!
-El enano pasó la mano por el hacha sujeta al cinturón, se volvió hacia sus
compañeros y mostró los dientes-. ¿Lo habéis visto? ¡Un puto caballero! ¡Con
pabellón! ¡Tres leones en el escudo, dos se cagan y el otro es mudo!
-¡Paz, paz! -Un
druida de cabellos grises y blanco manto conjuró la disputa con una voz fuerte
y dominante-. ¡No se debe reñir, señores míos! ¡No aquí, junto a las ramas de
Bleobheris, un roble más antiguo que todas las pendencias y litigios de este
mundo! Y no en
presencia del poeta Jaskier, cuyos romances debieran enseñarnos amor y no
disputa.
-¡Cierto! -le apoyó
otro druida, un obeso y bajito sacerdote con el rostro brillante de sudor-.
Miráis, y no tenéis ojos, escucháis, y vuestros oídos están sordos. Porque no
hay en vosotros amor de dios, sois como barriles vacíos...
-¡Pos ya que
hablamos de barriles -chilló un gnomo de largas narices que tenía un carro
adornado con el rótulo "Artículos de hierro, fabricación y venta"-,
sacaos uno más, señores gremiales! ¡Al poeta Jaskier se le secó el coleto y a
nosotros de la impresión tampoco nos vendría mal!
-¡Ciertamente, como
barriles vacíos, os digo! -El sacerdote ahogó las palabras del gnomo, con
intención de no dejarse confundir y no interrumpir el sermón-. Nada de nada
habéis comprendido de los romances de don Jaskier, nada habéis de él aprendido.
No habéis entendido que del destino humano hablaban estos romances, de cómo en
las manos de los dioses sólo son los hombres juguetes y de que los países
nuestros juegos de los dioses son. Los romances hablaban del destino, del
destino de nosotros todos y la leyenda del brujo Geralt y de la princesa
Cirilla, aunque puesta en el contexto verdadero de aquella guerra, sólo
metáfora es, producto de la imaginación del poeta, que a éste había de servir
para que nosotros...
-¡Chocheas, santo
varón! -habló desde la altura de su carro Vera Loewenhaupt-. ¿Qué leyenda? ¿Qué
producto de la imaginación? Sea quien sea, a Geralt de Rivia yo lo conozco, con
mis propios ojos lo vi, en Wyzima, cuando desencantó a la hija del rey Foltest.
Y luego aún lo encontré en la Vía de los Mercaderes, donde a petición del
Gremio mató a un cruel grifo que atacaba a las caravanas, hecho que salvó las
vidas a no pocas personas honradas. No, leyenda no es, ni tampoco cuento de
hadas. La verdad, la sincera verdad es lo que nos ha cantado aquí maese
Jaskier.
-Confírmolo -dijo
una esbelta guerrera de negros cabellos peinados hacia atrás y unidos en una
gran trenza-. Yo, Rayla de Liria, también conozco a Geralt el Lobo Blanco,
famoso cazador de monstruos. También más de una y más de dos veces vi a la
hechicera Yennefer, pues solía yo pasar por la ciudad de Vengerberg, en Aedirn,
donde aquélla tiene su morada. De que ambos dos se amaran no tengo sin embargo
noticia.
-Pero ha de ser
verdad -habló de pronto con una voz melodiosa la hermosa elfa de la toca de
armiño-. Tan hermoso romance de amor no puede ser falso.
-¡No puede!
-apoyaron a la elfa las hijas del comes Viliberto y como a una orden se
limpiaron los ojos con sus chales-. ¡De ningún modo puede serlo!
- ¡Poderoso
hechicero! -Vera Loewenhaupt se volvió hacia Radcliffe- . ¿Se amaron o no? Vos
seguramente sabéis qué pasó de verdad, con el brujo y la tal Yennefer.
¡Descorred el velo del secreto!
-Si la canción dice
que se amaron -sonrió el hechicero-, pues así fue y un amor así perdura siglos.
Tal es el poder de la poesía.
-Corre el rumor
-cortó de pronto el comes Viliberto- de que Yennefer de Vengerberg cayó en el
Monte de Sodden. Allí murieron unos cuantos hechiceros...
-No es cierto -dijo
Donimir de Troy-. No está su nombre en el monumento. Mi tierra es ésa, más de
una vez estuve en el Monte y leí los letreros grabados en el
monumento. Tres
hechiceras cayeron allá. Triss Merigold, Lytta Neyd, a la que llamaban Coral...
Humm... El nombre de la tercera se me ha borrado de la memoria...
El caballero miró
al hechicero Radcliffe, pero éste tan sólo sonrió, no dijo ni una palabra.
- Y al tal brujo
-dijo de pronto Sheldon Skaggs-, a ése Geralt al que la Yennefer amaba, seguro
que ya se lo come la tierra. Oí que lo estrozaron no sé dónde en los Tras Ríos.
Mataba monstruos, mataba, hasta que pinchó en hueso. Sí, así es, paisanos, quien
con espada pelea, a espada muere. Todos se encuentran alguna vez con alguien
mejor y catan el hierro.
-No lo creo. -La
esbelta guerrera deformó sus pálidos labios, escupió con brío al suelo, con un
chasquido cruzó sobre el pecho los antebrazos cubiertos con una cota de
mallas-. No creo que Geralt de Rivia se encontrara con alguien mejor. He tenido
ocasión de ver cómo este brujo maneja la espada. Posee una velocidad
simplemente inhumana...
-Bien dicho
-introdujo el hechicero Radcliffe-. Inhumana. Los brujos son mutantes, de ahí
la rapidez de sus reacciones...
- No entiendo de lo
que habláis, señor mago. -La guerrera frunció los labios de manera aún más
repulsiva-. Vuestras palabras son demasiado letradas. Yo sé una cosa: ningún
espadachín que haya conocido o conozca puede compararse a Geralt de Rivia, el
Lobo Blanco. Por eso no creo que pudiera ser vencido en lucha, como mantiene el
señor enano.
-Todo espada sólo
es mierda, si mil enemigos lo cercan -dijo sentencioso Sheldon Skaggs-. Tal
hablan los elfos.
-Los elfos -afirmó
con frialdad el rubio y alto representante del Antiguo Pueblo que estaba de pie
al lado de la hermosa con toca de armiño- no acostumbran a expresarse con tanta
ordinariez.
-¡No! ¡No!
-gritaron desde debajo de sus chales verdes las hijas del comes Viliberto -.
¡El brujo Geralt no pude haber muerto! ¡El brujo encontró a Ciri, su destino, y
luego a la hechicera Yennefer y los tres tuvieron una vida larga y feliz! ¿No
es cierto, maese Jaskier?
-¡Pos si eso era un
romance, virtuosas señoritas! -bostezó el gnomo sediento de cerveza, fabricante
de artículos de hierro-. ¿Qué verdad habrá que buscar en los romances? La
verdad es una cosa, la poesía otra. Coger por ejemplo esa... ¿Cómo era? ¿Ciri?
La Sorpresa esa famosa. De la manga se la sacó el señor poeta. Estuve en Cintra
más de una vez y sé que el rey y la reina allá vivían sin prole, ni hija ni
hijo tenían...
-¡Embustes son!
-gritó un pelirrojo con un sobretodo de piel de foca con la frente ceñida por
un pañuelo a cuadros-. La reina Calanthe, la Leona de Cintra, tenía una hija,
nombrada Pavetta. Ella y su marido murieron durante una tormenta marina, la
hondura del mar los cubrió, a ambos.
-¡Vosotros mismos
veis que no miento! -puso a todos por testigo el de los artículos de hierro-.
Pavetta se llamaba y no Ciri, la infanta de Cintra.
-Cirilla, llamada
Ciri, era justamente la hija de la ahogada Pavetta -explicó el pelirrojo-. La
nieta de Calanthe. Y no era infanta, sino princesa de Cintra. Ella era en
efecto el tal Niño
de la Sorpresa destinado al brujo, antes de que naciera había prometido la
reina darla al brujo, tal y como don Jaskier cantara. Pero el brujo no pudo
encontrarla y llevársela, ahí el señor poeta se apartó de la verdad.
-Se apartó, y cómo
-se metió en la conversación un fibroso jovenzuelo que, a juzgar por sus ropas,
bien podía ser un aprendiz de artesano en el vagabundeo que precede a los
exámenes de maestría-. Al brujo se le escapó su destino. Cirilla murió durante
el sitio de Cintra. La reina Calanthe, antes de tirarse de la torre, con su
propia mano dio muerte a la princesa para que no cayera viva en las garras de
los nilfgaardianos.
-No fue así, en
absoluto -protestó el pelirrojo-. A la princesa la mataron durante la masacre
posterior, cuando intentaba escapar de la ciudad.
-¡Sea como sea
-gritó el de los artículos de hierro-, no halló el brujo a la tal Cirilla! ¡El
poeta mintió!
-¡Pero cuán hermoso
mintió! -dijo la elfa de la toca mientras se apretaba contra el esbelto elfo.
-¡No hablamos de
poesía, sino de hechos! -gritó el aprendiz-. Digo que la princesa murió a manos
de su propia abuela. ¡Todo aquél que estuvo en Cintra puede confirmarlo!
-Y yo os digo que
la mataron en las calles, cuando huía -afirmó el pelirrojo-. Lo sé porque
aunque no soy natural de Cintra, estuve en la compañía del yarl de Skellige que
apoyó a Cintra durante la guerra. El rey de Cintra, Eist Tuirseach, como todos
saben precisamente de las islas de Skellige procedía, tío carnal era del yarl.
Y yo en la compañía del yarl luché en Marnadal y en Cintra y luego, tras la
derrota, en Sodden...
-Un combatiente más
-aulló Sheldon Skaggs a los enanos que le rodeaban-. Namás que héroes y
guerreros por aquí. ¡Eh, paisanos! ¿Acaso no hay entre vosotros al menos uno
que no luchara en Marnadal o en Sodden?
-Tus bromas están
de más, Skaggs - dijo con reprobación el esbelto elfo, abrazando a la belleza
de tocado de armiño de una forma que había de deshacer las ocasionales dudas de
otros admiradores-. No pienses que sólo tú luchaste en Sodden. Yo, para no buscar
más lejos, también tomé parte en la batalla.
- Me gustaría saber
por qué bando -dijo el comes Viliberto a Radcliffe con un susurro bien audible
que el elfo ignoró completamente.
-Como es en general
sabido -siguió, sin siquiera mirar hacia donde estaban el comes y el
hechicero-, más de cien mil guerreros estuvieron en el campo en la segunda
batalla de Sodden, de los cuales por lo menos treinta mil resultaron muertos o
mutilados. Agradecimientos se merece don Jaskier, quien en uno de sus romances
inmortalizó tan famosa como terrible lucha. Mas en las palabras y en la melodía
de esta canción no escuché loas, sino advertencias. Repito, gloria y honor
eternos al señor poeta por el romance que puede que permita impedir en el
futuro la repetición de tragedia tal, como fue aquella cruel e innecesaria
guerra.
-Por cierto - dijo
el comes Viliberto mientras miraba al elfo retadoramente- que rebuscasteis
cosas interesantes en el romance, honorable señor. ¿Guerra innecesaria, decís?
¿Impedir la tragedia en el futuro, quisierais? ¿Hemos de entender que en caso
de que Nilfgaard nos atacara de nuevo recomendaríais la capitulación? ¿Aceptar
sumisamente el yugo nilfgaardiano?
-La vida es un don
sin precio y ha de ser protegido -dijo el elfo con frialdad-. Nada justifica
tales matanzas ni hecatombes como fueron ambas batallas de Sodden, tanto la
perdida como la ganada. Ambas os costaron, humanos, miles de existencias.
Perdisteis un inimaginable potencial...
-¡Peroratas de
elfos! -estalló Sheldon Skaggs-. ¡Tonta perorata! Ése fue el precio que hubo
que pagar para que otros pudieran vivir dignamente y en paz, en vez de dejarse
poner grillos por los nilfgaardianos, de ser cegados y obligados a base de
palos a cavar en las minas de sulfatos y en las salinas. Aquéllos que cayeron
como héroes y que gracias a Jaskier vivirán eternamente en nuestra memoria nos
enseñaron cómo defender nuestra casa. Cantad vuestros romances, cantádselos a
todos. No se perderá esa enseñanza, ¡y hasta nos hará falta, ya veréis! Porque
si no hoy mañana, Nilfgaard vendrá hacia nosotros de nuevo, ¡recordad mis
palabras! ¡Ahora están lamiéndose las heridas y descansando, pero cercano está
el día en que de nuevo veremos sus capas negras y sus plumas en los yelmos!
-¿Qué es lo que
quieren de nosotros? -gritó Vera Loewenhaupt-. ¿Por qué la tomaron con
nosotros? ¿Por qué no nos dejan en paz, nos dejan vivir y trabajar? ¿Qué es lo
que quieren, los nilfgaardianos?
-¡Quieren nuestra
sangre! -aulló el comes Viliberto.
-¡Y nuestra tierra
-gritó uno de los mozos de la multitud.
-¡Y nuestras
hembras! -bramó Sheldon Skaggs, echando una mirada feroz.
Algunos estallaron
en risas, pero bajito y a hurtadillas. Porque aunque bien graciosa era la
sugerencia de que cualquiera excepto los enanos podía desear a las
extraordinariamente poco atractivas enanas, no era este tema seguro para bromas
y bufas, sobre todo en presencia de aquellos bajitos, rechonchos y barbados
señores cuyas hachas y cuchillos tenían la fea costumbre de saltar de los
cinturones con una increíble velocidad. Y los enanos, que por motivos inciertos
creían a puño cerrado que el mundo entero acechaba lascivo a sus mujeres e
hijas, eran, en este aspecto, tremendamente sensibles.
-Esto había de
llegar alguna vez -afirmó de pronto el anciano druida-. Esto había de suceder.
Hemos olvidado que no estamos solos en este mundo, que el ombligo del mundo no
somos. Como hartos, tontos y vagos carasios nadando en un estanque encenagado,
no creíamos en la existencia de los lucios. Hemos permitido que nuestro mundo,
como un estanque, se embarrara, se empantanara y se pudriera. Mirad a vuestro
alrededor: por todas partes delito y pecado, codicia, persecución del lucro,
disputas, desavenencias, decadencia de las costumbres, falta de respeto por los
valores todos. En vez de vivir tal y como la naturaleza nos ordena, nos
lanzamos a destruir la propia naturaleza. ¿Y qué tenemos? Un aire envenenado
por la fetidez de las chimeneas de las forjas, ríos y regatos mancillados por
mataderos y tenerías, bosques talados sin pensárselo dos veces... Ja, incluso
aquí, en las raíces vivas del sagrado Bleobheris, miradlo, oh, allá, justo por
encima de la cabeza del señor poeta, alguien grabó con una navajilla una frase
repugnante. Y a todo esto mal escrita, no bastaba con que fuera un vándalo sino
que además era un ignorante que no sabía escribir.
¿Por qué os
asombráis? Esto había de acabar mal...
-¡Sí, sí! -se le
unió el gordo sacerdote-. ¡Arrepentíos, pecadores, mientras aún haya tiempo,
porque la ira de los dioses y su venganza está sobre vosotros! ¡Recordad a la
sibila Itlina, a sus proféticas palabras sobre el castigo de los dioses, que
caerá sobre la tribu envenenada de crímenes! Recordad: "Llegará el Tiempo
del Odio, y el
árbol perderá sus
hojas, el renuevo se marchitará, se pudrirá el fruto y la semilla se agriará, y
en los valles los ríos en vez de agua arrastrarán hielo. Y llegará el Frío
Blanco, y tras él, la Luz Blanca, y el mundo morirá entre la ventisca".
¡Así habla la sibila Itlina! ¡Y antes de que esto suceda se verán señales y
caerán plagas porque, recordad, Nilfgaard es un castigo divino! Es el látigo
con el que los Inmortales os fustigan, pecadores, para que...
-¡Aj, poned punto
en boca, piadoso! -resolló Sheldon Skaggs mientras pataleaba con sus pesados
zapatones-. ¡Se marea uno de vuestras supersticiones y necedades! ¡Las tripas
se revuelven...!
-Cuidado, Sheldon
-le interrumpió con una sonrisa el esbelto elfo-. No te burles de religiones
ajenas. No está bien, ni es de bien educados, ni es... seguro.
-Yo no me burlo de
nada -protestó el enano-. No pongo en duda la existencia de los dioses, pero me
pongo nervioso cuando alguien los mezcla en los asuntos terráqueos y delira con
falsas profecías de no sé qué elfa grillada. ¿Que los nilfgaardianos son el
instrumento de los dioses? ¡Tonterías! ¡Haced retroceder la memoria, humanos,
hasta los tiempos de Dezmod, Radowid, Sambuk, hasta los tiempos de Abrad el
Viejo Roble! No recordáis porque vivís tan poco como el mosquito del vino, pero
yo me acuerdo y os recordaré cómo eran estas tierras después de que vosotros
salierais de vuestros barcos en la playa en la desembocadura del Yaruga y en el
delta del Pontar. De cuatro barcos que atracaron se hicieron tres reinos y
luego los más fuertes se tragaron a los más débiles y así crecieron, reforzaron
su poder. Vencieron a unos, los absorbieron y los reinos crecían, se hacían
cada vez mayores y más fuertes. Y ahora Nilfgaard hace lo mismo, porque es un
país fuerte y unido, disciplinado y homogéneo. ¡Y si vosotros no os unís de
igual forma, Nilfgaard os tragará como el lucio al carasio, tal y como dijo el
sabio druida aquí presente!
-¡Que lo intenten!
-Donimir de Troy sacó el pecho adornado con tres leones y golpeó la vaina de la
espada-. ¡Les dimos una buena en Sodden, se la podemos dar de nuevo!
-¡Ufano sois!
-aulló Sheldon Skaggs-. Por lo visto habéis olvidado, caballero, que antes de
que se llegara a la segunda disputa de Sodden, Nilfgaard atravesó vuestras
tierras como una apisonadora de hierro, que los cadáveres de gallardos mozos
como vos cubrían los campos de Marnadal hasta Tras Ríos. Y quienes detuvieron a
los nilfgaardianos no fueron aquéllos como vos, chillones mozalbetes, sino la
unión y la armonía de las fuerzas de Temeria, Redania, Aedirn y Kaedwen.
¡Armonía y unión, he aquí lo que los detuvo!
-No sólo -dijo
Radcliffe sonoramente pero con voz muy fría-. No sólo eso, señor Skaggs.
El enano carraspeó
con fuerza, sorbió las narices, chasqueó con las botas, después de lo cual se
inclinó ligeramente en dirección al hechicero.
- Nadie niega los
servicios de vuestros confráteres -dijo- . Vergüenza a aquél que no reconozca
el heroísmo de los hechiceros del monte de Sodden, porque valientemente
aguantaron, la sangre dieron por la causa común, grandemente contribuyeron a la
victoria. No se olvidó de ellos Jaskier en su romance y tampoco nosotros los
olvidamos. Pero reparad en que aquellos hechiceros que unidos y solidarios
lucharon en el monte, reconocían el caudillaje de Vilgefort de Roggeveen, del
mismo modo que nosotros, guerreros de los Cuatro Reinos, reconocimos el mando
de Vizimir de Redania. Una pena que tal armonía y solidaridad sólo duraran el
tiempo
que duró la guerra.
Pues apenas hubo paz, de nuevo nos dividimos. Vizimir y Foltest se ahogan los
unos a los otros con aranceles y derechos de depósitos, Demawend de Aedirn
disputa con Henselt por la Marca del Norte, y a la Liga de Hengfors y los
Thyssenidas de Kovir les importa todo un pito. Y hasta entre los hechiceros,
por lo que he oído, vano es buscar hoy día aquella armonía. No hay entre
vosotros coincidencia de pareceres, no hay disciplina, no hay unidad. ¡Y en
Nilfgaard la hay!
- ¡En Nilfgaard
gobierna el emperador Emhyr var Emreis, tirano y autócrata, que obliga a que le
sirvan a base del látigo, la horca y el hacha! -tronó el comes Viliberto-. ¿Qué
es lo que nos proponéis, señor enano? ¿Para qué tenemos que unirnos? ¿Para formar
parecida dictatura? ¿Y cuál es en vuestra opinión el rey cuyo reino habría de
someter a sí los restantes?
¿En manos de quién
querrías ver el cetro y la corona?
-¿Y eso a mí qué me
importa? -se encogió de hombros Skaggs-. Esto es asunto vuestro, de los
humanos. Al fin y al cabo, sea quien sea a quien escojáis como rey, nunca será
un enano.
- Ni elfo, ni
incluso medio elfo -añadió el esbelto representante del Antiguo Pueblo, todavía
abrazando a la bella elfa-. Incluso al cuarterón de elfo consideráis como algo
ínfimo...
-Ahí os duele -se
rió Viliberto -. La misma mosca os pica que a Nilfgaard, porque Nilfgaard
también grita sobre la igualdad, os promete el regreso al orden antiguo en
cuanto nos venza y nos arranque de esta tierra. ¡Con tal unidad, con tal
igualdad soñáis, de tal habláis, tal anunciáis! ¡Porque Nilfgaard os paga con
oro! Y no es de extrañar que tan bien os llevéis pues los nilfgaardianos son
una raza élfica...
- Tonterías -dijo
el elfo con frialdad-. Parloteáis estupideces, señor caballero. El racismo os
ciega a todas luces. Los nilfgaardianos son humanos tal y como vos.
- ¡Eso es mentira
de marca mayor! ¡Son los descendientes de los Seidhe Negros, todo el mundo lo
sabe! ¡Por sus venas corre sangre élfica! ¡Sangre de los elfos!
- ¿Y qué es lo que
corre por vuestras venas? -El elfo sonrió burlón-. Mezclamos nuestra sangre
desde hace generaciones, desde hace siglos, nosotros y vosotros, nos sale a la
perfección, no sé si por suerte o no. Habéis comenzado a impedir estas uniones
mixtas desde hace menos de un cuarto de siglo, y esto con escasos resultados.
Mostradme pues ahora a un humano que no tenga mezclas de Seidhe Ichaer, de la
sangre del Antiguo Pueblo.
Viliberto enrojeció
a todas vistas. Se ruborizó también Vera Loewenhaupt. El hechicero Radcliffe
agachó la cabeza y tosió. Sorprendentemente, se cubrió de rubor además la
hermosa elfa de la toca de armiño.
-Todos somos hijos
de la Madre Tierra -resonó en el silencio la voz del viejo druida. Somos hijos
de la Madre Naturaleza. Y aunque no respetemos a nuestra madre, aunque a veces
le causemos dolor y pesadumbre, aunque le rompamos el corazón, ella nos ama a
todos. Lo conmemoramos cuando nos reunimos aquí, en el Lugar de la Amistad. Y
no disputemos por quién de nosotros fue aquí el primero porque la primera fue
la Bellota arrojada por las olas, y de la Bellota retoñó el Gran Bleobheris, el
más antiguo de los robles. Al estar bajo las ramas de Bleobheris, entre sus
raíces eternas, no olvidemos nuestras propias y fraternales raíces, no
olvidemos la
tierra de la que
crecen estas raíces. Recordemos las palabras de las canciones del poeta
Jaskier...
-¡Exacto! -gritó
Vera Leowenhaupt-. ¿Y dónde está él?
-Se ha largao
-constató Sheldon Skaggs, mientras miraba el lugar vacío bajo el roble-. Agarró
el dinero y se largó sin despedirse. ¡Mismamente a lo elfo!
-¡A lo enano!
-gritaron los artículos de hierro.
-A lo humano -le
corrigió el esbelto elfo, y la belleza de la toca apoyó la cabeza sobre sus
hombros.
-Eh, músico -dijo
Mama Lantieri, entrando a la habitación sin llamar y empujando por delante de
ella un olor a jacintos, sudor, cerveza y tocino ahumado-. Tienes un invitado.
Entrad, noble señor.
Jaskier se arregló
los cabellos, se enderezó en el enorme sillón labrado. Las dos muchachas que
estaban sentadas en sus rodillas se levantaron con rapidez, se cubrieron con
sus chaquetillas, cerraron las despechugadas camisas. El pudor de las putas,
pensó el poeta, he aquí un buen título para un romance. Se levantó, se abrochó
el cinturón y se puso el jubón mientras miraba al noble que estaba de pie en el
umbral.
-Ciertamente -
dijo-, sabéis encontrarme en todos lados, aunque pocas veces escogéis el
momento adecuado para ello. Por suerte aún no había decidido cuál de estas
bellezas prefiero. Y con tus precios, Lantieri, no me puedo permitir ambas.
Mama Lantieri
sonrió comprensiva, dio una palmada. Ambas muchachas, una isleña morena y
pecosa y una medioelfa de cabellos oscuros, abandonaron la habitación a toda
prisa. El hombre que estaba de pie en el umbral se quitó la chupa, se la tendió
a Mama junto con un pequeño pero abultado saquete.
-Perdonad, maestro
-dijo, acercándose y sentándose a la mesa-. Sé que os
incomodo en mala
hora. Pero desaparecisteis tan repentinamente de bajo el roble...
No os alcancé en el
camino real, como era mi intención, ni pronto di con vuestra pista
en la ciudad.
Creedme, no os ocuparé mucho tiempo...
-Siempre todos
decís lo mismo y siempre es un embuste -le interrumpió el bardo-. Déjanos
solos, Lantieri, cuida de que no nos molesten. Os escucho, señor.
El hombre le miró
inquisitivamente. Tenía ojos oscuros y acuosos, como llenos de lágrimas, una
nariz afilada y unos labios anchos, desagradables.
-Pasaré al asunto
sin más tardanza -afirmó, mientras esperaba hasta que Mama cerrara la puerta-.
Me interesan vuestros romances, maestro. Más concretamente, cierta persona de
la que cantáis. Me ocupo de la verdadera suerte de los protagonistas de vuestros
romances. Al fin y al cabo, si no me equivoco, la verdadera suerte de ciertos
personajes reales inspiró las hermosas obras que tuve ocasión de escuchar bajo
el roble. Me refiero a... a la pequeña Cirilla de Cintra. A la nieta de la
reina Calanthe.
Jaskier miró al
techo, tableteó con los dedos encima de la mesa.
-Noble señor -dijo
con sequedad-. Extrañas cosas os interesan. Acerca de extrañas cosas
preguntáis. Algo me dice que no sois quien yo creía.
-¿Y quién creíais
que yo era, si puede saberse?
-No sé si se puede.
Dependerá de si me dais ahora recuerdos de nuestros amigos comunes. Debierais
haberlo hecho al principio y como que lo olvidasteis.
-En absoluto lo
olvidé. -El hombre metió la mano bajo su caftán de terciopelo de color sepia,
extrajo un segundo saquete, algo mayor que aquél que había entregado a la
alcahueta, pero igual de abultado y de tintineante al chocar contra la tabla de
la mesa-. Simplemente no tenemos amigos comunes, Jaskier. Pero, ¿no servirá
esta escarcela para suavizar tal mandamiento?
-¿Qué es lo que
queréis comprar con esa pequeña bolsita? -dijeron los labios del trovador-.
¿Todo el burdel de Mama Lantieri y el terreno que le rodea?
-Digamos que tengo
intención de apoyar al arte. Y al artista. Para que pueda hablar con el artista
de su obra.
-¿Hasta ese punto
amáis el arte, señor mío? ¿Tanta prisa os corre la conversación con el artista
que intentáis llenarle de dinero incluso antes de presentaros, quebrando así
las más elementales reglas de la cortesía?
- Al principio de
la conversación -el desconocido entrecerró ligeramente sus oscuros ojos- no os
molestaba mi incógnito.
-Pero ahora
comienza a molestarme.
-No me avergüenzo
de mi nombre -dijo con una ligera sonrisa en los anchos labios-. Me llamo
Rience. No me conocéis, señor Jaskier, y no me extraña. Sois demasiado ilustre
y famoso para que podáis conocer a todos vuestros admiradores. A todo admirador
de vuestro talento le parece que os conoce, que os conoce tan bien que cierta
confianza está en su sitio. A mí también me concierne, en toda su extensión. Sé
que es una apreciación falsa, perdonad benévolamente.
-Perdono
benévolamente.
-Puedo contar
entonces con que querréis responder a unas cuantas preguntas...
-No, no podéis -le
interrumpió el poeta, hinchándose-. Ahora tened a bien vos el perdonar
benévolamente, pero no me gusta discutir sobre la temática de mis obras, sobre
inspiración, sobre los protagonistas, tanto ficticios como no. Le quita esto a
la poesía sus colores poéticos y la conduce hacia la trivialidad.
-¿Ciertamente?
-Con toda
seguridad. Comprended que si después de cantar un romance sobre una alegre
molinera anunciara que en realidad se trata de Zvirka, la mujer del molinero
Locha, y completar esto con la noticia de que a Zvirka se la puede uno follar
libremente los jueves porque los jueves suele ir el molinero al mercado, ya no
sería poesía. Esto sería o bien coplillas o bien una calumnia asquerosa.
-Entiendo, entiendo
-dijo Rience con rapidez-. Pero creo que esto es un mal ejemplo. A mí no me
interesan los pecados ni los pecadores. A nadie calumniáis al responder a mi
pregunta. A mí me es necesaria solamente una pequeña información: ¿qué le
sucedió en realidad a Cirilla, princesa de Cintra? Muchas personas afirman que
Cirilla desapareció durante la conquista de la ciudad, incluso hay testigos
oculares de tal acontecimiento. Sin embargo, de vuestro romance se extrae que
la niña sobrevivió. Estoy de verdad interesado en saber si esto es imaginación
vuestra o hecho real. ¿Es verdad o es mentira?
-Me alegra
muchísimo vuestra curiosidad -sonrió ampliamente Jaskier-. Reíos señor, si os
place, pero justamente eso es lo que quería cuando compuse el romance. Quería
despertar y avivar la curiosidad del oyente.
-¿Verdad o mentira?
-repitió Rience con la voz fría.
-Si traicionara
este hecho, destruiría el efecto de mi trabajo. Adiós, amigo. Has usado de todo
el tiempo de que disponía para ti. Y allí esperan dos de mis inspiraciones,
inseguras de no saber a cuál escojo.
Rience guardó
silencio largo tiempo, sin hacer gesto alguno de dirigirse hacia la puerta.
Miró al poeta con una mirada antipática, acuosa, y el poeta comenzó a sentirse
inquieto. De abajo, de la sala grande del lupanar, le llegaba una alegre
batahola, punteada de vez en cuando por unas agudas risotadas femeninas.
Jaskier volvió la cabeza, haciendo como que demostraba una altivez despectiva,
pero en realidad calculando la distancia que le separaba del rincón de la
cámara y de la gobelina que mostraba a una ninfa vertiéndose sobre los pechos
el agua de una jarra.
-Jaskier -dijo al
fin Rience, mientras metía las manos en el bolsillo de su caftán de color
sepia-. Responde a mi pregunta, por favor. Tengo que saber la respuesta. Es
extremadamente importante para mí. Y créeme, para ti también, porque si
respondes de buena fe yo...
-¿Entonces qué?
Un gesto siniestro
se arrastró por los labios de Rience.
-Entonces no tendré
que obligarte a hablar.
-Escucha, tú,
bellaco. - Jaskier se levantó e hizo como que ponía un gesto amenazador-. Odio
la violencia y la fuerza. Pero ahora mismo llamo a Mama Lantieri y ella se trae
a un tal Escombros que cumple en este santuario la honorable y responsable
función de vaciador. Es un verdadero artista en su oficio. Él te mete de
patadas en las asentaderas y acabas volando por encima de los tejados de esta
villa, tan hermoso que más de uno de los pasantes te ha de tomar por un pegaso.
Rience realizó un
breve gesto, algo brilló en su mano.
-¿Estás seguro de
que alcanzarás a llamarla?
Jaskier no tenía
intenciones de comprobar si tendría tiempo. Tampoco pensaba esperar. Antes de
que el estilete de mariposa girara y se cerrara en la mano de Rience, se tiró
de un largo salto hacia el rincón de la cámara, se sumergió bajo la gobelina de
la ninfa, abrió de un puntapié una puerta secreta y a toda prisa se precipitó
por unas retorcidas escaleras hacia abajo, agarrándose con las manos a las
resbaladizas barandillas. Rience se lanzó en su persecución, pero el poeta
estaba seguro de sí, conocía el pasadizo secreto tan bien como su bolsillo, no
era la primera vez que la usaba para huir de acreedores, maridos celosos y
competidores propensos al asesinato a los que a veces robaba rimas y notas.
Sabía que en la tercera revuelta
hallaría una
puertecilla giratoria detrás de la cual hallaría una escala que conducía al
sótano. Estaba seguro de que el perseguidor no conseguiría frenar, seguiría
corriendo y tropezaría con la trampilla, después de lo cual caería en las
zajurdas. Estaba seguro de que el perseguidor, magullado, embadurnado en mierda
y perturbado por los gorrinos, abandonaría la persecución.
Jaskier se
equivocaba, como siempre que estaba seguro de algo. Hubo un repentino brillo
azulado a sus espaldas y el poeta percibió que se le entumecían las
extremidades, que se le pasmaban y se le ponían rígidas. No fue capaz de frenar
el paso a la altura de las puertecillas giratorias, los pies se negaron a
obedecerlo. Gritó y se tambaleó por las escaleras, golpeándose con las paredes
del pasillo.
La trampilla se
abrió por debajo de él con un chasquido seco, el trovador cayó en la oscuridad
y el hedor. Antes incluso de que se golpeara contra el empedrado y perdiera el
sentido, recordó que Mama Lantieri había comentado algo acerca de que estaban
arreglando las zajurdas.
Le despertó un
dolor en las muñecas, que tenía atadas, y en los brazos, que estaban
horriblemente torcidos por las articulaciones. Quiso gritar, pero no pudo,
tenía la sensación de que le hubieran rellenado de arcilla la cavidad bucal. Se
puso de rodillas sobre el empedrado y la soga le arrastró con un chirrido hacia
arriba, tirando de las manos. Con la intención de aliviar sus brazos intentó
levantarse, pero tenía también los pies atados. Aunque ahogándose y
asfixiándose, consiguió levantarse en lo que le ayudó considerablemente la
soga, que seguía tirando de él sin piedad.
Rience estaba de
pie delante de él y sus ojos malvados y acuosos brillaron a la luz de un farol
que sostenía un tagarote mal afeitado de dos metros de alto que estaba a su
lado. Tenía a otro jayán, seguramente no menos alto, justo detrás. Jaskier
escuchaba su respiración y sentía el hedor de sudor rancio. Precisamente este
segundo, el maloliente, sujetaba la cuerda atada a las muñecas del poeta y
sujeta a una viga del techo.
Los pies de Jaskier
se separaron del empedrado. El poeta expulsó aire violentamente por la nariz,
otra cosa no podía hacer.
-Basta - dijo por
fin Rience, casi inmediatamente, pero a Jaskier le pareció que habían pasado
siglos. Tocó la tierra, pero arrodillarse, pese a sus más desesperados
esfuerzos, no pudo, pues la soga aún le mantenía tan tenso como una cuerda de
laúd.
Rience se acercó.
En su rostro no se podían percibir ni rastro de emociones, sus ojos llorosos no
habían cambiado ni un ápice su expresión. También la voz con la que habló era
tranquila, bajita, incluso ligeramente aburrida.
- Poetrasto
asqueroso. Enano. Basura. Cero pagado de sí mismo. ¿De mí querías escapar? A mí
no se me ha escapado nunca nadie. No hemos terminado de hablar, bufón, cabeza
de carnero. Te he preguntado algo en condiciones bastante más agradables. Ahora
contestarás a mis preguntas en condiciones menos agradables. ¿Verdad que me vas
a contestar?
Jaskier afirmó
solícito con la cabeza. Sólo entonces sonrió Rience. Y dio una señal. El bardo
chilló desesperadamente al sentir como la soga se tensaba y como los brazos
doblados hacia atrás crujían por las articulaciones.
-No puedes hablar -
constató Rience, todavía riéndose con placer-. ¿Y te duele, verdad? Sabe que te
hago colgar de momento para mi propio disfrute porque a mí me gusta muchísimo
ver cómo alguien sufre. Va, aún un poco más alto.
Jaskier por poco no
se ahogó con su resoplido.
-Basta -ordenó por
fin Rience, después de lo que se acercó y agarró al poeta por la pechera-.
Escucha, pavo real. Voy a deshacer el hechizo para que recuperes el habla. Pero
si intentas alzar más de lo debido tu bonita voz, lo lamentarás.
Realizó un gesto
con la mano, rozó con un anillo las mejillas del poeta y Jaskier percibió cómo
recuperaba la sensibilidad en la mandíbula, en la lengua y en el paladar.
-Ahora -Rience
continuó en voz baja- te haré unas cuantas preguntas y tú me responderás,
fluido, rápido y con todo detalle. Y si siquiera por un segundo titubeas o
tartamudeas o me das el mínimo motivo para dudar de tu veracidad, entonces...
Mira hacia abajo.
Jaskier obedeció.
Con horror advirtió que había un corto cordel atado a las ligaduras de sus
tobillos y sujeto por el otro lado a un balde lleno de cal viva.
-Si mando que te
suban más alto -sonrió Rience con crueldad- y junto contigo este cubo, con toda
seguridad no recuperarás el control de tus manos. Dudo de que después de algo
así fueras capaz de tocar el laúd. De verdad que lo dudo. Por lo que juzgo que vas
a hablar. ¿Tengo razón?
Jaskier no lo
confirmó porque a causa del miedo no podía ni mover la cabeza ni hablar. Rience
no daba la impresión de que necesitara de confirmación.
-Yo, ha de
entenderse -aseguró- , sabré inmediatamente si dices la verdad, al punto me
daré cuenta de cada rodeo, no me dejaré enredar con artes poéticas ni vagas
erudiciones. Esto es cosa de poca monta para mí, como cosa de poca monta fue
paralizarte en las escaleras. Te aconsejo pues, granuja, que midas cada
palabra. Venga, no perdamos tiempo, comencemos. Como sabes me interesa la
protagonista de uno tus hermosos romances, la nieta de la reina Calanthe de
Cintra. La princesa Cirilla, llamada cariñosamente Ciri. Según el testimonio de
testigos presenciales esta persona murió durante la conquista de la ciudad,
hace dos años. En cambio, en tu romance describes pintoresca y emotivamente su
encuentro con un personaje extraño, casi legendario, el tal... brujo, Geralt o
Gerald. Dejando a un lado las sandeces acerca de la predestinación y el juicio
del destino, tu romance hace concluir que la cría salió sana y salva de la
batalla de Cintra. ¿Es verdad esto?
-No sé -jadeó
Jaskier-. ¡Por los dioses, sólo soy un poeta! Oí alguna que otra cosa y el
resto...
-¿Qué?
-El resto me lo
inventé. ¡Lo imaginé! ¡No sé nada! - aulló el bardo al ver que Rience daba una
señal al apestoso y sentir que la maroma se tensaba mucho-. ¡No miento!
-Cierto -asintió
Rience-. No mientes directamente, lo sentiría. Pero algo tramas. No inventarías
un romance así, sin motivo. Y al tal brujo lo conoces. Más de una vez te han
visto en su compañía. Venga, Jaskier, habla, si te gustan tus articulaciones.
Todo lo que sepas.
-La Ciri ésta
-suspiró el poeta- le estaba predestinada al brujo. Lo que se llama un Niño de
la Sorpresa... Lo habréis escuchado, con toda seguridad, es una historia
famosa. Sus padres juraron dársela al brujo...
- ¿Los padres le
iban a dar la niña a ese mutante loco? ¿A ese asesino a sueldo? Mientes,
poetastro. Cosas como ésta les puedes contar a las mujeres.
-Así fue, lo juro
por el espíritu de mi madre -sollozó Jaskier-. Lo sé de buena tinta... El
brujo...
-Habla de la
muchacha. El brujo no me interesa de momento.
-¡Nada sé de la
muchacha! Sé solamente que el brujo iba a por ella a Cintra
cuando estalló la
guerra. Lo encontré entonces. Fue por mí que se enteró de la
matanza, de la
muerte de Calanthe... me preguntó por la niña, la nieta de la reina...
Pero yo sabía que
en Cintra habían muerto todos, ni un alma se salvó del último
bastión...
-Habla. Menos
metáforas. ¡Más hechos!
-Cuando el brujo
supo de la caída de Cintra y de la matanza, renunció al viaje. Ambos escapamos
hacia el norte. Me separé de él en Hengfors, desde entonces no lo he vuelto a
ver... Y como por el camino habló un poco de ella, de esa... Ciri, o como se
llame... y del destino... Pues entonces compuse este romance. ¡Más no sé, lo
juro!
Rience le miró de
reojo.
-¿Y dónde está
ahora el brujo? -preguntó -. ¿Ese mercenario asesino de monstruos, carnicero
poético, al que le gusta disertar acerca del destino?
-Ya he dicho que lo
vi por última vez...
-Sé lo que has
dicho -le interrumpió Rience-. Escucho atentamente lo que dices. Así que
escúchame tú a mí atentamente. Responde con precisión a la pregunta que se te
hace. La pregunta es así: si nadie ha visto al brujo Geralt o Gerald desde hace
más de un año, ¿dónde se esconde? ¿Dónde suele esconderse?
-No sé dónde está
-dijo con rapidez el trovador-. No miento. De verdad que no
lo sé...
-Demasiado deprisa,
Jaskier, demasiado deprisa. -Rience sonrió con maldad-.
Demasiado solícito.
Ingenioso eres, pero poco cuidadoso. No sabes, dices, dónde es.
Pero me apuesto que
sabes qué es.
Jaskier apretó los
dientes. De la rabia y la desesperación.
-¿Y qué? -Rience le
dio una señal al apestoso-. ¿Dónde se esconde el brujo?
¿Cómo se llama ese
lugar?
El poeta callaba.
La soga se tensó, dobló dolorosamente las manos, los pies perdieron el contacto
con la tierra. Jaskier aulló, agitado y por poco tiempo, pues el anillo mágico
de Rience le amordazó.
- Más alto, más
alto. -Rience apoyó las manos sobre los muslos -. Sabes, Jaskier, podría
sondearte mágicamente el cerebro, pero eso agota. Además, me gusta mirar cómo
los ojos se salen de las órbitas a causa del dolor. Y al final tú acabarás por
decirlo todo.
Jaskier sabía que
lo diría. La cuerda atada a sus tobillos se tensó, el balde lleno de cal se
movió chirriando sobre el empedrado.
-Señor -dijo de
pronto el otro tagarote, al tiempo que cubría con una capa el farol y miraba a
través de los intersticios de las puertas de la zajurda-. Alguien viene. Una
moza, creo.
-Sabéis qué hacer
-susurró Rience-. Apaga el farol.
El apestoso soltó
la maroma, Jaskier cayó sin fuerza al suelo, pero de tal forma que vio cómo el
del farol estaba de pie junto a las puertecillas y el apestoso, con un largo
cuchillo en la mano, acechaba al otro lado. A través de las grietas en las
tablas se filtraba la luz de la mancebía, el poeta escuchó los ruidos de
conversación y de canciones que llegaban de allí.
Las puertas de la
zajurda rechinaron y se abrieron, una figura no muy alta envuelta en una capa
estaba de pie allí, con un gorrito redondo, ajustado, pegado a la cabeza.
Después de un instante de vacilación, la mujer cruzó el umbral. El apestoso se
echó sobre ella, tiró del cuchillo con fuerza. Y cayó de rodillas porque el
cuchillo no halló resistencia y atravesó la garganta de la figura como a través
de una humareda. Porque la figura era efectivamente una nube de humo que ya
comenzaba a deshacerse. Pero antes de que alcanzara a desaparecer, otra figura
entró en la zajurda, una figura borrosa, oscura y ágil como una comadreja.
Jaskier vio cómo arrojaba la capa al del farol y saltaba sobre el apestoso, vio
cómo algo brillaba en sus manos, escuchó cómo el apestoso se ahogaba y
resollaba salvajemente.
El otro jayán se
liberó de la capa, dio un salto, agitó el cuchillo. De la mano de la figura
oscura surgió con un silbido un rayo de fuego que con un chasquido terrible se
dispersó, como aceite en llamas, por el rostro y el pecho del jayán. El
mozallón aulló penetrantemente, la zajurda se llenó de un repugnante olor a
carne quemada.
Entonces atacó
Rience. El hechizo que lanzó iluminó la oscuridad con un resplandor azul en el
que Jaskier pudo ver a una esbelta mujer vestida de hombre que gesticulaba
extrañamente con las dos manos. La vio un segundo porque la luz azul
desapareció violentamente entre un estallido y un relámpago cegador y Rience,
con un grito de rabia, voló hacia atrás, chocó contra un tabique de madera,
rompiéndolo con un chasquido. La mujer vestida de hombre se fue hacia él, en
sus manos relucía un estilete. La zajurda se llenó de nuevo de un brillo, esta
vez dorado, que pulsaba desde un óvalo de luz que había aparecido de pronto en
el aire. Jaskier vio cómo Rience se alzaba del suelo y saltaba dentro del
óvalo, desapareciendo al momento. El óvalo perdió brillo pero no se apagó del
todo, la mujer pudo alcanzarlo y gritar algo ininteligible, al tiempo que
extendía una mano. Algo tembló y silboteó y el casi extinto óvalo ardió por un
segundo con un estruendoso fuego. Desde lejos, desde muy lejos, llegó a los
oídos de Jaskier un confuso sonido, una voz que recordaba mucho a un aullido de
dolor. El óvalo se volatilizó completamente, en la zajurda reinó la oscuridad.
El poeta percibió cómo se desvanecía la fuerza que le paralizaba la garganta.
-¡Ayuda! -gritó-.
¡Auxilio!
- No vociferes,
Jaskier -dijo la mujer, mientras se agachaba a su lado y le cortaba las
ligaduras con el estilete de mariposa de Rience.
-¿Yennefer? ¿Eres
tú?
- No irás a decir
que te has olvidado de mi aspecto. Y no creo que mi voz sea ajena a tu oído
musical. ¿Puedes levantarte? ¿No te han roto algún hueso?
Jaskier se alzó con
esfuerzo, gimió, estiró los doloridos brazos.
-¿Qué hay de ellos?
-señaló a los cuerpos que yacían sobre el empedrado.
-Vamos a ver. -La
hechicera cerró con un chasquido el estilete-. Uno tendría que estar vivo.
Tengo unas cuantas
preguntas para él.
-Creo que éste está
vivo. -El trovador estaba de pie junto al apestoso.
-No lo creo -afirmó
Yennefer impasible-. Le corté la tráquea y la carótida.
Puede que todavía
zumbe algo en él, pero pronto se apagará.
Jaskier se
estremeció.
-¿Le has cortado el
cuello?
-Si con mi natural
precaución no hubiera enviado por delante una ilusión, yo sería la que ahora
estaría aquí tendida. Echémosle un vistazo a este otro... Maldita sea su
estirpe. Mira, un mozo tan fuerte y no ha aguantado nada. Una pena, una pena...
-¿También está
muerto?
-No aguantó el
shock. Humm... Le freí un poco demasiado... Mira, hasta los dientes se le han
carbonizado... ¿Qué te pasa, Jaskier? ¿Vas a vomitar?
-Voy -respondió
confusamente el poeta, se dobló y apoyó la frente en la pared de la zajurda.
-¿Eso es todo? -La
hechicera dejó su vaso, echó mano a un espetón con un pollo-. ¿Nada es mentira?
¿Nada has olvidado?
-Nada. Excepto los
agradecimientos. Gracias, Yennefer.
Le miró a los ojos,
agitó levemente la cabeza, sus brillantes cabellos negros ondularon, cayeron en
cascada sobre los hombros. Puso el pollo asado sobre un plato de madera y
comenzó a partirlo hábilmente. Usaba de cuchillo y tenedor. Jaskier sólo había
conocido hasta ahora a otra persona que fuera capaz de comer tan hábilmente el
pollo con cuchillo y tenedor. Ahora sabía dónde y de quién lo había aprendido
Geralt. Ja, pensó, no es de extrañarse, vivió con ella en su casa de Vengerberg
durante un año, antes de que se escapara de ella le inculcó más de una rareza.
Tomó del asador otro pollo, arrancó sin pensárselo un muslo y comenzó a
morderlo, cogiéndolo demostrativamente con las dos manos.
-¿Cómo lo sabías?
-preguntó-. ¿En qué forma conseguiste llegar a tiempo ...? -Estaba en
Bleobheris durante tu actuación. -No te vi.
-No quería ser
vista. Luego me fui detrás de ti al pueblo. Esperé aquí, en el figón, no me
parecía bien ir allá a dónde tú fuiste, al dicho lugar de dudosos goces y
seguras
blenorragias. Al final sin embargo perdí la paciencia. Di vueltas por el corral
hasta que me pareció que escuchaba una voz que llegaba de las zajurdas. Agucé
el oído y entonces estuvo claro que no era ningún sodomita, como había juzgado
al principio, sino tú. ¡Eh, jefe! ¡Más vino, si hacéis la merced!
-¡Por supuesto,
noble señora!
-El mismo que
antes, por favor, pero esta vez sin agua. Sólo tolero el agua en el baño,
dentro del vino me da asco.
-¡Por supuesto, por
supuesto!
Yennefer retiró el
plato. En el pollo, advirtió Jaskier, quedaba aún suficiente carne para el
desayuno del tabernero y su familia. El cuchillo y el tenedor serían sin duda
elegantes y refinados, pero poco productivos.
-Gracias -repitió-
por salvarme. Ese maldito Rience no me hubiera dejado vivo.
Me hubiera sacado
todo y luego degollado como a un carnero.
-También lo creo.
-Se echó vino a sí misma y a él, alzó el vaso-. Bebamos entonces a tu salvada
salud, Jaskier.
-A la tuya,
Yennefer -brindó -. A tu salud, por la que voy a rezar a partir de hoy cada vez
que pueda. Soy deudor tuyo, hermosa señora, pagaré esta deuda en mis canciones.
Derribaré en ellas el mito de que los hechiceros sean insensibles a las penas
ajenas, de que no se esfuercen en prestar ayuda a los pobres e infelices
mortales que les son ajenos.
-En fin -se sonrió
ella, frunciendo levemente sus hermosos ojos violetas- . El mito tiene sus
motivos, no se formó sin causa. Pero tú no eres ajeno, Jaskier. Te conozco y te
aprecio.
-¿De verdad? -El
poeta también se sonrió-. Pues lo habías escondido hábilmente hasta ahora.
Incluso me encontré con la opinión, y cito, de que me aguantabas peor que a una
epidemia de peste.
- Así era antes.
-La hechicera se puso seria de pronto-. Luego cambié de opinión. Luego llegué a
estarte agradecida.
-¿Por qué, si me es
dado preguntar?
-No es importante
-dijo, mientras jugueteaba con el vaso vacío-. Volvamos a preguntas más
importantes. A las que te hicieron en la zajurda. ¿Qué sucedió en realidad,
Jaskier? ¿De verdad no has vuelto a ver a Geralt desde vuestra huída del
Yaruga? ¿De verdad no sabías que después de la guerra volvió al sur? ¿Que fue
herido gravemente, tan gravemente que se corrieron incluso rumores de que había
muerto? ¿No sabías de nada de esto?
-No. No lo sabía.
Durante mucho tiempo estuve entretenido en Pont Vanis, en el palacio de Esterad
Thyssen. Y luego en casa de Niedamir, en Hengfors...
-No sabías. -La
hechicera afirmó con la cabeza, desató su camisola. En su cuello, sobre tela de
terciopelo negro, brillaba una estrella de obsidiana cuajada de diamantes- .
¿No sabías que después de curarse las heridas Geralt se marchó a los Tras Ríos?
¿No te imaginas a quién buscaba allí?
-Me lo imagino.
Pero lo que no sé es si la halló.
-No sabes -repitió
-. Tú, que por lo general de todos sabes y de todos cantas. Incluso de asuntos
tan íntimos como los sentimientos de alguien. Escuché tus romances junto a
Bleobheris, Jaskier. Dedicaste unas cuantas estrofas bastante bonitas a mi
persona.
-La poesía
-refunfuñó, mirando al pollo- tiene sus reglas. Nadie debiera sentirse
herido...
-"Cabellos de
ala de cuervo, como tormenta sin truenos... -recitó Yennefer con un énfasis
exagerado- ... y en los ojos violetas mortales rayos acechan..." ¿O cómo
era?
-Así te recordaba
-sonrió ligeramente el poeta-. Quienquiera que afirme que es una descripción
falsa que tire la primera piedra.
-Solamente no sé
-la hechicera apretó los labios- quién te dio permiso para describir mis
órganos internos. ¿Cómo era? "Corazón como la joya que su cuello adorna,
dura es cual un diamante, cual diamante fría y torva, y afilada la obsidiana,
que como navaja corta..." ¿Tú mismo lo has inventado? ¿O puede...?
Sus labios
temblaron, se fruncieron.
-¿... o puede que
escucharas las lamentaciones y despechos de alguien?
-Humm. -Jaskier
carraspeó, se alejó de tema tan peligroso-. Dime, Yennefer, ¿cuándo viste por
última vez a Geralt?
-Hace mucho.
-¿Después de la
guerra?
-Después de la
guerra... -La voz de Yennefer se transformó imperceptiblemente-. No, después de
la guerra no lo vi. Durante mucho tiempo... no vi a nadie. Pero al grano,
poeta. Estoy ligeramente asombrada del hecho de que no sabes de nada y de nada
has oído, y pese a todo alguien te ata a una viga para sacarte información. ¿No
te intranquiliza esto?
-Desde luego.
-Escúchame -dijo
secamente, mientras golpeaba con el vaso en el mesa-.
Escúchame con
atención. Borra ese romance de tu repertorio. No lo cantes.
-Te refieres a...
-Sabes de sobra a
qué me refiero. Canta acerca de la guerra con Nilfgaard. Canta acerca de Geralt
y de mí, ni nos perjudicas con ello, ni nos ayudas, ni arreglas nada, ni lo
empeoras. Pero no cantes sobre la Leoncilla de Cintra.
Miró a su alrededor
para comprobar que ninguno de los escasos huéspedes que había a aquella hora en
la fonda estaba escuchando, esperó hasta que la muchacha que limpiaba se fuera
a la cocina.
-Intenta también
evitar quedarte solo con gente a la que no conoces -dijo en voz baja- . Con
aquellos que olvidan comenzar dándote recuerdos de conocidos comunes.
¿Comprendes?
La miró, asombrado.
Yennefer sonrió.
-Saludos de
Dijkstra, Jaskier.
Ahora el bardo miró
asustado a su alrededor. Su asombro debía de ser visible, y su mueca graciosa,
porque la hechicera se permitió un gesto bastante burlón.
-De paso -susurró
mientras se agachaba sobre la mesa-, Dijkstra te pide un informe. Vuelves de
Verden y Dijkstra está interesado en lo que se dice en la corte del rey Ervyll.
Pidió que te dijera que esta vez el informe ha de ser concreto, detallado y de ninguna
manera en verso. Prosa, Jaskier. Prosa.
El poeta tragó
saliva, hizo un ademán afirmativo con la cabeza. Guardó silencio, reflexionó
sobre una pregunta. Pero la hechicera se le adelantó.
-Se acercan tiempos
difíciles -dijo bajito -. Difíciles e inseguros. Se acerca un momento de
cambio. Triste sería envejecer con la convicción de que no se hizo nada para
hacer que esos cambios que se avecinan fueran cambios a mejor. ¿No es cierto?
Jaskier acercó la
cabeza, carraspeó.
-¿Yennefer?
-Dime, poeta.
-Aquellos de la
zajurda... Sería interesante saber quiénes eran, qué querían, quién los había
mandado. Mataste a los dos, pero según dicen los rumores sois capaces de sacar
información hasta de los cadáveres.
-¿Y el que la
necromancia está prohibida por un edicto del Capítulo no lo dice el rumor?
Déjalo, Jaskier. Esos esbirros seguramente no sabían mucho. El que huyó...
humm... Eso es otra cuestión.
-Rience. Él era
hechicero, ¿verdad?
-Sí. Pero no
demasiado hábil.
-Se te escapó, sin
embargo. Vi de qué forma. ¿Se teleportó, no es cierto?
¿Atestigua esto
algo?
-Cierto, atestigua.
Que alguien le ayudó. El tal Rience no tenía ni suficiente tiempo ni suficiente
fuerza para abrir un portal oval en el aire. Esa teleportación no es humo de
pajas. Está claro que algún otro lo abrió. Alguien incomparablemente más poderoso.
Por eso tuve miedo de seguirlo, sin saber dónde aterrizaría. Pero envié detrás
de él una temperatura bien alta. Va a necesitar de muchos hechizos y elixires
contra las quemaduras, y aún así estará marcado durante un buen tiempo.
-Puede que te
interese saber que era un nilfgaardiano.
-¿Tal piensas?
-Yennefer se enderezó, con un rápido movimiento sacó de un bolsillo el estilete
de mariposa, se lo puso en la mano -. Mucha gente lleva ahora cuchillos
nilfgaardianos. Son cómodos y manejables, se los puede esconder incluso debajo
del escote...
- No se trata del
cuchillo. Al preguntarme utilizó expresiones como "la lucha de
Cintra", "la conquista de la ciudad" o algo por el estilo. Nunca
había oído que nadie llamara así estos hechos. Para nosotros siempre ha sido
una matanza. La matanza de Cintra. Nadie habla de otra forma.
La hechicera alzó
la mano, se miró las uñas.
-Estupendo,
Jaskier. Tienes un buen oído.
-Deformación
profesional.
-Me gustaría saber
en qué profesión estás pensando -sonrió coqueta-. Pero gracias por la
información. Es valiosa.
-Que éste sea mi
aporte -respondió con un sonrisa- a los cambios a mejor. Dime, Yennefer, ¿por
qué Nilfgaard se interesa tanto por Geralt y la muchacha de Cintra?
-No metas la nariz
en esto. -Se puso seria de pronto-. Dije que has de olvidar todo lo que oyeras
de la nieta de Calanthe.
-Cierto, lo has
dicho. Pero no estoy buscando un tema para un romance.
-Entonces, ¿qué
diablos buscas? ¿Un chichón?
-Supongamos - dijo
en voz baja, mientras apoyaba la barbilla en las manos entrelazadas y miraba a
los ojos a la hechicera-. Supongamos que de verdad Geralt encontró y salvó a la
niña. Supongamos que por fin acabó por creer en la fuerza del destino y se llevó
a la niña con él. ¿A dónde? Rience intentó sacármelo a base de torturas. Pero
tú lo sabes, Yennefer. Sabes dónde se ha refugiado el brujo.
-Lo sé.
-¿Y sabes cómo
llegar allí?
-También lo sé.
-¿No crees que
habría que avisarlo? ¿Prevenirle de que a él y a la muchacha los busca gente de
la índole de ese Rience? Iría yo, pero de verdad que no sé dónde es... Ese
lugar cuyo nombre no me atrevo a pronunciar...
-Concluye, Jaskier.
-Si sabes dónde
está Geralt debieras ir y advertirlo. Le debes algo, Yennefer. Al fin y al
cabo, algo te unía a él.
-Cierto - afirmó
con frialdad-. Algo me unía a él. Por eso le conozco un tanto. No le gustaba
que se le echaran encima para ayudarlo. Y si necesitaba ayuda, la buscaba en
personas en las que confiaba. Desde lo sucedido ha pasado casi un año y yo...
no he tenido ninguna noticia suya. Y si se trata de deudas, le debo a él
exactamente lo mismo que él a mí. Ni más ni menos.
-Entonces iré yo.
-Bajó la cabeza-. Dime...
-No te lo diré - le
interrumpió- . Estas quemado, Jaskier. Pueden atraparte de nuevo, cuanto menos
sepas, mejor. Desaparece de aquí. Vete a Redania, a ver a Dijkstra y Filippa
Eilhart, pégate a la corte de Vizimir. Y otra vez te aviso: olvídate de la Leoncilla
de Cintra. De Ciri. Actúa como si no hubieras oído nunca ese nombre. Haz lo que
te pido. No querría que te sucediera algo malo. Demasiado te aprecio, demasiado
te debo...
-Dices eso por
segunda vez. ¿Qué es lo que me debes, Yennefer? La hechicera volvió la cabeza,
guardó silencio durante largo tiempo.
-Ibas con él -dijo
por fin-. Gracias a ti no estaba solo. Fuiste su amigo. Estuviste
con él.
El bardo bajó la
mirada.
-No le sirvió de
mucho -murmuró-. No obtuvo demasiado provecho de esta amistad. Por mi culpa
tenía sobre todo problemas. Todo el tiempo tenía que estar sacándome de algún
lío... Ayudarme...
Ella se inclinó
sobre la mesa, le puso la mano sobre su mano, apretó fuerte, sin decir ni
palabra. En sus ojos había pena.
- Vete a Redania
-repitió al cabo- . A Tretogor. Allí estarás bajo la protección de Dijkstra y
Filippa. No intentes hacerte el héroe. Te has metido en un asunto peligroso,
Jaskier.
- Ya me he dado
cuenta. -Frunció el ceño, se frotó los doloridos brazos-. Justo por eso pienso
que hay que avisar a Geralt. Sólo tú sabes dónde buscarlo. Conoces el camino.
Supongo que habrás estado allí ya... como huésped...
Yennefer se volvió.
Jaskier vio cómo apretaba los labios, cómo temblaban los músculos de sus
mejillas.
-Cierto, alguna vez
estuve - dijo, y en su voz había algo indefiniblemente extraño-. Alguna vez
estuve allí como huésped. Pero nunca sin invitación.
El viento aullaba
fieramente, ondulaba por entre las ruinas cubiertas de alfombras de hierba,
silbaba en los matojos de espino albar y en las altísimas ortigas. Las nubes
atravesaron el círculo de la luna, iluminando por un instante el castillo,
inundando de una claridad pálida y agitada por las sombras la fosa y los restos
de la muralla, revelando los montoncillos de calaveras que mostraban sus
destrozados dientes y miraban a la nada con los negros agujeros de sus órbitas.
Ciri lanzó un agudo chillido y escondió la cabeza bajo la capa del brujo.
Empellada a
taconazos, la yegua pisó cautelosamente las pilas de ladrillos, cruzó bajo una
arquería destrozada. Las herraduras, al golpetear sobre las losas de piedra,
despertaron entre los muros unos ecos infernales a los que ahogó el torbellino
del viento. Ciri tiritó, se aferró con las manos a las crines.
-Tengo miedo
-susurró.
-No tienes por qué
tener miedo de nada -le respondió el brujo, poniéndole la mano en el hombro-.
En todo el mundo es difícil encontrar un sitio más seguro. Esto es Kaer Morhen,
la Residencia de los Brujos. Aquí hubo una vez un hermoso castillo. Hace mucho.
No respondió,
agachó muy bajo la cabeza. La yegua del brujo, llamada Sardinilla, resopló muy
bajito, como si quisiera también tranquilizarla.
Se sumergieron en
un oscuro abismo, en un largo e interminable túnel negro, entre columnas y
arquerías. Sardinilla echaba pasos firmes y ardorosos, haciendo caso omiso de
las tinieblas impenetrables, sus cascos resonaban vivamente sobre el enlosado.
Delante de ellos,
al final del túnel, ardió de pronto con luz roja una recta línea vertical. Fue
creciendo y ampliándose hasta que se convirtió en unas puertas detrás de las
cuales brillaba una claridad, el brillo parpadeante de unas teas colgadas de
unos asideros en las paredes. Junto a la puerta había una figura negra
recortada contra el brillo.
-¿Quién? -Ciri
escuchó una voz metálica y maligna que sonaba como el ladrido de un perro-.
¿Geralt?
-Sí, Eskel. Yo soy.
-Entra.
El brujo desmontó,
bajó a Ciri de la silla, la colocó en el suelo, puso en sus manecitas el
hatillo, al que ella se aferró con uñas y dientes, lamentando que fuera
demasiado pequeño para poder esconderse por completo detrás de él.
-Espera aquí, con
Eskel -dijo-. Llevaré a Sardinilla al establo.
-Ven a la luz,
pequeño -ladró el hombre llamado Eskel-. No estés ahí en la oscuridad.
Ciri miró hacia
arriba, a su rostro, y retuvo con esfuerzo un grito de horror. No era un ser
humano. Aunque se mantenía sobre dos piernas, aunque olía a sudor y humo,
aunque portaba ropa de humano normal, no era un ser humano. Ningún ser humano,
pensó, podía tener un rostro así.
-Venga, ¿a qué
esperas? -repitió Eskel.
No se movió. En la
oscuridad escuchó los golpes de las herraduras de Sardinilla alejándose. Algo
que era blando y chillaba le corrió por el pie. Dio un salto.
-No te quedes en lo
oscuro, rapaz, o las ratas te comerán las botas.
Ciri, apretándose
al hatillo, avanzó con rapidez en dirección a la luz. Las ratas le corrieron
chillando bajo los pies. Eskel se inclinó, le cogió el hato, le bajó la
capucha.
-Mierda -murmuró-.
Una muchacha. Lo que nos faltaba.
Le miró asustada.
Eskel sonrió. Ella vio que al fin y al cabo se trataba de un ser humano, que
tenía un rostro completamente humano, sólo que desfigurado por una cicatriz
larga, fea, semicircular, que le corría desde la comisura de los labios por
toda la mejilla hasta la oreja.
-Dado que ya estás
aquí, bienvenida a Kaer Morhen -dijo-. ¿Cómo te llamas?
-Ciri -respondió
por ella Geralt, saliendo sin un sonido de entre las sombras. Eskel se dio la
vuelta. Repentinamente, muy deprisa y sin una palabra, ambos brujos se
abrazaron y se apretaron muy fuerte. Por un corto instante.
-Estas vivo, Lobo.
-Estoy vivo.
-Bueno, está bien.
-Eskel tomó un cuelmo de su asidero-. Vamos. Cerraré la puerta interior, porque
se va el calor.
Anduvieron a lo
largo de un pasillo. También aquí había ratas, se deslizaban junto a las
paredes, chilloteaban desde las simas de oscuros corredores laterales, se daban
a la fuga ante el titubeante círculo de luz que arrojaban los que pasaban. Ciri
daba rápidas zancadas, intentaba mantener el paso de los hombres.
-¿Quién invierna,
Eskel? Aparte de Vesemir.
-Lambert y Coën.
Descendieron por
unas escaleras abruptas y resbaladizas. Abajo se veía el brillo de una luz.
Ciri escuchó voces, percibió el olor del humo.
La sala era enorme,
inundada por la luz de un fuego gigantesco que lanzaba crepitantes llamaradas a
la bocaza de la chimenea. Su centro lo ocupaba una mesa enorme y pesada. A la
mesa podían sentarse por lo menos diez personas. Había tres. Tres personas. Tres
brujos, se corrigió a sí misma Ciri. Veía sólo las siluetas sobre el fondo de
ascuas del hogar.
-Hola, Lobo. Te
esperábamos.
-Hola, Vesemir.
Hola, muchachos. Es bueno estar de nuevo en casa.
-¿Y a quién nos has
traído?
Geralt guardó
silencio durante un momento, luego puso la mano sobre los hombros de Ciri, la
empujó un poquito hacia adelante. Ella caminó desgarbada, insegura, encogida y
encorvada, bajando la cabeza. Tengo miedo, pensó. Tengo mucho miedo. Cuando
Geralt me encontró y me llevó consigo pensé que el miedo ya no volvería, que ya
había pasado... Y he aquí que, en lugar de en casa, estoy en este castillo
horrible, oscuro, arruinado, lleno de ratas y de ecos de pesadilla... De nuevo
estoy frente a una pared de fuego rojo. Veo oscuras y amenazadoras figuras, veo
ojos que me miran, malignos, increíblemente brillantes...
-¿Quién es esta
niña, Lobo? ¿Quién es esta muchacha?
-Es mi... -Geralt
tartamudeó de pronto. Ella sintió sobre los hombros sus poderosas y fuertes
manos. Y de pronto desapareció el miedo. Sin dejar rastro. Los bramidos del
rojo fuego daban calor. Sólo calor. Las oscuras siluetas eran siluetas de
amigos. Protectores. Los ojos brillantes sólo mostraban su curiosidad. Su
preocupación. Su intranquilidad...
Las manos de Geralt
apretaron sus hombros.
-Ella es nuestro
destino.
Con certeza nada
resulta de más horror entre los monstros que los tales, contra natura toda,
nombrados bruxos, pues son éstos nascidos de la fechicería maldita y la
diablura. Son éstos canallas sin virtut, conçiensia ni escrúpulos, creaturas
verdaderas del averno, fábiles sólo para matar. Para los tales lugar no hay
entre onradas gentes.
Y el mentado Kaer
Morhen, do estos infames anidan, do sus práticas blasfemas facen, con la tierra
habría de ser igualado e sus ruinas sembradas con sal y saletre.
Anónimo, Monstrum o
descripción de los bruxos
La intolerancia y
la superstición siempre fueron propiedad de los tontos que hay entre el vulgo y
nunca, opino, podrán ser arrancados de la tierra, pues tan eternos son como la
misma estupidez. Allá, donde hoy se irguen montañas, habrá alguna vez mar, allá,
donde hoy se encrespa el mar, habrá alguna vez desierto. Pero la estupidez
permanecerá como estupidez.
Nicodemus de Boot,
Meditaciones sobre la vida, la felicidad y la prosperidad
II
Capítulo segundo
Triss Merigold hizo
crujir la mano helada, movió los dedos y murmuró una fórmula hechiceril. Su
caballo, un castrado overo, reaccionó inmediatamente al encantamiento, resopló,
bufó, volvió la testa, miró a la hechicera con ojos bañados en lágrimas por el
frío y el viento.
-Tienes dos
opciones, amigo -dijo Triss, poniéndose el guante-. O te acostumbras a la magia
o te vendo a los campesinos para el arado.
El castrado
protestó con las orejas, expulsó el aliento por los ollares y bajó obediente
por la pendiente del bosque. La hechicera se inclinó en la silla para evitar
los azotes de las ramas cubiertas de escarcha.
El hechizo actuó
con rapidez, dejó de percibir los aguijonazos del frío en los codos y la nuca,
le desapareció la amarga sensación de frialdad que la obligaba a encogerse y a
meter la cabeza entre los hombros. El encantamiento, al calentarla, ocultó también
el hambre que le revolvía las tripas desde hacía unas horas. Triss se sintió
más alegre, se acomodó mejor en su silla y comenzó a observar los alrededores
con mayor atención de la que había prestado hasta el momento.
Desde el momento en
que había abandonado los senderos más frecuentados, la dirección le mostraba la
pared de un gris blanquecino de las montañas, con sus cimas nevadas, brillando
como el oro en los raros momentos en que el sol atravesaba las nubes, por lo
general por las mañanas y al llegar el ocaso. Ahora que estaba más cerca de la
cordillera tenía que tener más cuidado. El terreno alrededor de Kaer Morhen era
famoso por ser silvestre e impenetrable y la brecha en la pared de piedra a la
que había que dirigirse no era fácil de hallar para el ojo no pertinente.
Bastaba con torcer en uno de los numerosos barrancos o gargantas para extraviar
la brecha o perderla de vista. Incluso ella, que conocía el terreno, conocía el
camino y sabía dónde buscar el paso, no podía permitirse dejar de concentrarse
ni un segundo.
El bosque se acabó.
Delante de la hechicera se extendía un valle ancho, cubierto de riscos, que
alcanzaba hasta un desfiladero en pronunciada pendiente al otro lado. Por el
centro del valle corría Gwenllech, el río de las Piedras Blancas, burbujeando
espumeante entre las peñas y los troncos que arrastraba la corriente. Aquí, en
su curso más alto, Gwenllech era sólo una corriente llana, aunque ancha. Aquí
se podía atravesarlo sin dificultad. Más abajo, en Kaedwen, en su curso
central, el río suponía un obstáculo imposible de superar, era impetuoso y se
deshacía en abismos de fondos profundos.
El castrado, que
había entrado en el agua, apretó el paso, queriendo a todas luces alcanzar lo
más pronto posible la otra orilla. Triss lo sujetó ligeramente, el agua era
poco profunda, alcanzaba al caballo un poco por encima de las cernejas, pero
las piedras que cubrían el fondo eran resbaladizas y la corriente impetuosa y
violenta. El agua borboteaba y espumaba alrededor de las patas del animal.
La hechicera miró
al cielo. El viento cada vez más frío podía anunciar, aquí en las montañas, que
se acercaba una nevada, y la perspectiva de pasar una noche más en una gruta o
en un reborde de roca no la alegraba demasiado. Podía, si se veía obligada, continuar
el camino incluso en medio de una nevada, podía reconocer telepáticamente el
camino, podía hacerse insensible al frío a base de magia. Podía, si se veía
obligada. Pero prefería no tener que hacerlo.
Por suerte, Kaer
Morhen estaba ya cerca. Triss azuzó al castrado hacia un pedregal bastante
llano, hacia una enorme pila de piedras lavadas por los glaciares y los
torrentes, entró en una angosta garganta entre escarpes rocosos. Las paredes
del desfiladero se alzaban verticales, parecían llegar hasta las cimas de los
montes, acotando el cielo con una estrecha línea. Triss sintió más calor debido
a que el viento que batía contra las rocas no la alcanzaba, no la azotaba y no
la mordía.
La garganta se
amplió, en dirección a un barranco y luego a un valle, una hoya grande,
circular, cubierta de bosque, que se extendía entre peñascos como agudos
dientes. La hechicera despreció un reborde suave y penetrable, cabalgó directa
hacia la fronda, hacia la poblada espesura. Ramas marchitas se quebraron
ruidosamente bajo los cascos. El castrado, obligado a saltar por encima de los
troncos caídos, relinchó, bailoteó, pataleó. Triss tiró de las bridas, agarró
la peluda oreja del caballo y le lanzó unos feos y malvados insultos
relacionados con su mutilación. El corcel, dando la verdadera impresión de que
se había avergonzado, siguió andando regularmente y con paso vivo, eligiendo él
mismo el camino entre la espesura.
Al poco llegó a un
terreno más limpio, cabalgó por el lecho de un torrente que goteaba penosamente
en dirección el fondo de una quebrada. La hechicera miró alrededor con mucho
cuidado. Enseguida halló lo que buscaba. Junto a la barranca, apoyado en enormes
peñascos, yacía horizontalmente un grueso tronco, oscuro, desnudo, verdoso de
tanto musgo. Triss se acercó para cerciorarse de que en verdad se trataba de la
Senda y no de un árbol casualmente derribado por la borrasca. Sin embargo
distinguió un confuso sendero que desaparecía en el bosque. No se había
equivocado, se trataba con toda seguridad de la Senda que rodeaba a la
fortaleza de Kaer Morhen, una vereda llena de obstáculos en la que los brujos
entrenaban la rapidez de movimiento y el control de la respiración. La vereda
se llamaba la Senda, pero Triss sabía que los brujos jóvenes tenían un nombre
especial para ella: "el Matadero".
Se pegó al cuello
del caballo, cruzó el tronco muy lentamente. Y entonces escuchó el crujido de
unas piedras. Y el de una persona que corría con rápido y ligero paso.
Se volvió en su
silla, tiró de la brida. Esperó hasta que el brujo en su carrera se acercara
hasta el tronco.
El brujo se acercó
hasta el tronco, pasó por encima de él como una flecha, sin frenarse, sin
siquiera balancear los brazos, ligero, ágil, fluido, con una gracia increíble.
Apenas apareció, se dibujó vagamente, desapareció entre los árboles, sin rozar
siquiera una rama. Triss expiró aire ruidosamente, agitando la cabeza con
incredulidad.
Porque el brujo, a
juzgar por su altura y constitución, tenía unos doce años.
La hechicera golpeó
a su overo con los talones, soltó brida y remontó la corriente al trote. Sabía
que la Senda cortaba la garganta una vez más, por el lugar denominado "el
Garguero". Quería echarle un vistazo de nuevo al pequeño brujo. Sabía que
en Kaer Morhen no se entrenaba a ningún niño desde hacía casi un cuarto de
siglo.
No tenía que ir muy
deprisa. El Matadero se embrollaba y se retorcía por entre los pinares y le iba
a llevar al brujillo bastante más tiempo atravesarlo que a ella, que iba por el
atajo. Tampoco debía demorarse. Después del Garguero, la Senda torcía hacia el
bosque, dirigiéndose directamente hacia la fortaleza. Si no atrapaba al
muchacho antes del despeñadero podía suceder que no lo viera ya. Ya había
estado varias veces en Kaer Morhen y era consciente del hecho de que sólo veía
lo que los brujos querían mostrarle. Triss no era tan ingenua como para no
saber que lo que le querían mostrar era sólo una mínima parte de lo que se
podía ver en Kaer Morhen.
Tras una cabalgada
de algunos minutos el pedregoso lecho del torrente se encontraba con el
Garguero, una falla abierta en la garganta por dos enormes rocas llenas de
musgo, cubiertas de deformaciones y árboles desmedrados. Soltó el freno. El
overo bufó y agachó la testa hacia el agua que chorreaba por entre los
guijarros.
No tuvo que esperar
mucho tiempo. La silueta del brujo se dejó ver sobre las rocas, el muchacho
saltó, sin reducir el paso. La hechicera escuchó el blando ruido del
aterrizaje, y un instante después el estrépito de las piedras, el sordo sonido
de una caída y un grito no muy fuerte. O más bien un chillido.
Triss saltó de la
silla sin pensárselo, se quitó la pelliza de los hombros y salió disparada por
la pendiente, abriéndose camino hacia arriba por entre las raíces y las ramas
de los árboles. Se subió a la roca con ímpetu pero resbaló en la pinocha y cayó
de rodillas junto a la figura que estaba doblada sobre las piedras. Al verla,
el mozuelo se alzó como un muelle, retrocedió como un relámpago, tiró ágilmente
de la espada que tenía a las espaldas pero tropezó y cayó pesadamente entre los
enebros y los pinos. La hechicera no se levantó de su posición arrodillada,
miraba al muchacho con los ojos abiertos de asombro.
Porque no se
trataba de un muchacho.
De bajo un
flequillo color ceniza, desigual y mal cortado, le miraban dos enormes ojos
verde esmeralda, que eran el acento dominante en una pequeña carita de ancha
barbilla y nariz levemente respingona. En sus ojos había miedo.
-No tengas miedo
-dijo Triss, insegura.
La muchacha abrió
aún más los ojos. Casi no jadeaba y no parecía sudorosa.
Estaba claro que
había corrido por el Matadero más de un día.
-¿No te ha pasado
nada?
La muchacha no
respondió, es vez de ello se levantó con agilidad, gruñó de dolor al pasar el
peso del cuerpo a su pierna izquierda, se agachó, se masajeó la rodilla. Estaba
vestida en una especie de traje de cuero, cosido, o mejor dicho, pegado, en una
forma a cuya vista cualquier sastre que amara su oficio hubiera gritado de
desesperación y espanto. Lo único que en su bagaje parecía más o menos nuevo y
acertado era unas
botas altas hasta las rodillas, el cinturón y la espada. Mejor dicho, la
espadita.
-No tengas miedo
-repitió Triss, aún sin alzarse-. He oído cómo caías, me asusté, por eso vine
corriendo...
-Resbalé -murmuró
la muchacha.
-¿No te has roto
nada?
-No. ¿Y tú?
La hechicera se
sonrió, intentó levantarse, frunció el ceño, maldijo, traspasada por el dolor
que le quemaba en un tobillo. Se sentó, enderezó el pie con mucho cuidado,
maldijo de nuevo.
-Ven acá, pequeña,
ayúdame a incorporarme.
-No soy pequeña.
-De acuerdo. En ese
caso, ¿qué eres?
-¡Una bruja!
-¡Ja! Acércate
entonces y ayúdame a levantarme, bruja.
La muchacha no se
movió de su sitio. Se apoyó en un pie y luego en el otro, jugueteó con el
talabarte de la espada con una mano que estaba envuelta en un guante de lana
sin dedos, miró a Triss con desconfianza.
-No tengas reparos.
-La hechicera sonrió-. No soy una salteadora de caminos ni una persona extraña.
Me llamo Triss Merigold, voy a Kaer Morhen. Los brujos me conocen. No abras
tanto los ojos. Alabo tu precaución, pero sé razonable. ¿Cómo iba a llegar hasta
aquí si no supiera el camino? ¿Acaso has encontrado jamás un ser humano en la
Senda?
La muchacha venció
sus titubeos, se acercó, le tendió la mano. Triss se levantó, usando de su
ayuda en un grado mínimo. Porque no era su ayuda lo que quería, sino verla de
cerca. Y tocarla.
Los ojillos verdes
de la pequeña bruja no traicionaban síntoma alguno de mutación, tampoco el
contacto de su manecilla despertaba el ligero y agradable hormigueo tan
característico de los brujos. La niña de cabellos grises, aunque corría por la
senda del Matadero con la espada a sus costillas, no había sido sometida a la
Prueba de las Hierbas ni a los Cambios. De esto Triss estaba segura.
-Enséñame la
rodilla, pequeña.
-No soy pequeña.
-Perdona. ¿Pero
algún nombre tendrás?
-Tengo. Me llamo...
Ciri.
-Encantada. Deja
que me acerque, Ciri.
-No me pasa nada.
-Quiero ver que
aspecto tiene esa "nada". Ah, como pensaba. Tu "nada"
recuerda hasta la náusea a unos pantalones rasgados y una piel abierta hasta el
propio hueso. Estate tranquila y no tengas miedo.
-No lo tengo...
¡Auuu!
La hechicera soltó
una carcajada, pasó por el muslo una mano que producía picazón a causa del
hechizo. La muchacha se agachó, miró la rodilla.
-Ooh -dijo-. ¡Ya no
duele! Y no hay agujero... ¿Es un encantamiento?
-Lo has adivinado.
-¿Eres una
encantadora?
-De nuevo lo has
adivinado. Aunque reconozco que prefiero que me llamen hechicera. Para que no
te equivoques puedes usar mi nombre. Triss. Simplemente Triss. Ven, Ciri. Allá
abajo está esperando mi caballo, iremos juntas hasta Kaer Morhen.
-Debiera correr. -
Ciri agitó la cabeza-. No está bien interrumpir la carrera, porque entonces se
hace leche en los músculos. Geralt dice...
-¿Geralt está en la
fortaleza?
Ciri se
ensombreció, apretó los labios, lanzó una rápida mirada a la hechicera desde
debajo de su flequillo ceniciento. Triss rió de nuevo.
-Está bien -dijo- .
No voy a preguntar. Un secreto es un secreto, haces bien en no traicionárselo a
una persona a la que casi no conoces. Ven. Cuando lleguemos allí ya veremos
quién está en el castillo o no. Y no te preocupes por tus músculos, que sé cómo
arreglármelas con el ácido láctico. Oh, éste es mi caballo. Te ayudaré a...
Le tendió la mano,
pero Ciri no necesitaba ayuda. Saltó sobre la silla con habilidad, ligera, casi
sin esfuerzo. El castrado se agitó sorprendido, pataleó, pero la muchacha
agarró con rapidez las bridas, le tranquilizó.
-Te las arreglas
bien con los caballos, por lo que veo.
-Me las arreglo
bien con todo.
- Córrete más hacia
el arzón. -Triss puso un pie en el estribo, se agarró a las crines-. Hazme un
poco de sitio. Y no me metas la espada en el ojo.
Azuzó con los
talones al castrado y éste marchó al paso por el lecho del torrente.
Atravesaron una nueva garganta, se encaramaron a una roma montaña. Desde allí
se podían ver ya las ruinas de Kaer Morhen, pegadas a los riscos de piedra: el
trapecio en parte derruido de las murallas, los restos de la barbacana y de la
puerta, el rechoncho, embotado poste del donjón.
El castrado resopló
y agitó la testa mientras atravesaba el foso por los restos del puente. Triss
tiró de las riendas. Los esqueletos y calaveras podridos que anegaban el fondo
de la zanja no le causaban impresión. Ya los había visto antes.
-No me gusta esto -
habló de pronto la muchacha-. Esto no es como debiera ser. A los muertos se los
ha de enterrar en la tierra. Bajo un túmulo. ¿No es cierto?
-Cierto -dijo
tranquila la hechicera-. Yo también lo creo. Pero los brujos tratan este
cementerio como un... recordatorio.
-Un recordatorio...
¿de qué?
-Kaer Morhen -Triss
dirigió el caballo hacia unas arquerías resquebrajadas - fue atacado. Hubo aquí
una sangrienta lucha en la que murieron casi todos los brujos, sólo se salvaron
los que no estaban en la fortaleza en aquel momento.
-¿Quién les atacó?
¿Y por qué?
-No lo sé -mintió-.
Fue hace muchísimo tiempo, Ciri. Pregúntales a los brujos.
-Pregunté -gruñó la
muchacha-. Pero no me quisieron contestar.
Lo entiendo, pensó
la hechicera. A un aprendiz de brujo, y para colmo una niña que no había sido
sometida a los cambios y mutaciones no se le puede hablar de tales asuntos. No
se le habla de masacres a un niño así. No se le asusta a un niño así con la perspectiva
de que él también puede llegar a escuchar sobre sí mismo palabras como las que
gritaban por entonces los fanáticos que marcharon sobre Kaer Morhen. Mutante.
Monstruo. Engendro. Maldito por los dioses, ser contra natura. No, pensó, no me
extraña que los brujos no te hayan contado nada acerca de ello, pequeña Ciri. Y
yo tampoco te lo voy a contar. Yo, pequeña Ciri, tengo aún más motivos para
guardar silencio. Porque soy una hechicera, y sin ayuda de los hechiceros los
fanáticos no hubieran conquistado entonces el castillo. E incluso aquel
asqueroso pasquín, por entonces distribuido por doquier, Monstrum, que agitó a
los fanáticos y los impulsó al crimen, también fue, por lo que dicen, obra de
algún hechicero anónimo. Pero yo, pequeña Ciri, no acepto una responsabilidad
colectiva, no siento necesidad de expiar un crimen que tuvo lugar medio siglo
antes de mi nacimiento. Y los esqueletos que han de servir de eterno recuerdo
se pudrirán por fin del todo, se convertirán en polvo y caerán en el olvido, se
dispersarán con el viento que azota incansable la fosa...
-Ellos no quieren
estar ahí -dijo de pronto Ciri-. No quieren ser un símbolo, un remordimiento de
conciencia ni una advertencia. Tampoco quieren que a sus cenizas se las lleve
el viento.
Triss alzó la
cabeza, al escuchar el cambio en la voz de la muchacha. Al momento percibió el
aura mágica, la pulsación y el murmullo de la sangre en las sienes. Se puso en
tensión pero no dijo ni palabra, temiendo interrumpir y entorpecer lo que
estaba sucediendo.
-Un simple túmulo.
-La voz de Ciri se volvía cada vez más innatural, metálica, fría y maligna -.
Un montón de tierra en la que crezcan las ortigas. La muerte tiene ojos azules
y fríos y la altura del obelisco no tiene importancia, tampoco tienen importancia
los textos que se graben en él. ¿Quién puede saber esto mejor que tú, Triss
Merigold, decimocuarta del Monte?
La hechicera quedó
petrificada. Vio cómo las manos de la muchacha apretaban las crines del
caballo.
-Moriste en el
Monte, Triss Merigold -dijo de nuevo la voz maligna y ajena-. ¿Para qué has
venido aquí? Vuélvete, vuélvete inmediatamente, y a esta niña, Niña de la
Antigua Sangre, llévatela consigo para dársela a aquél a quien pertenece.
Hazlo, Decimocuarta. Porque si no lo haces morirás otra vez. Llegará el día en
el que el Monte se acuerde de ti. Se acordarán de ti la sepultura común y el
obelisco en el que está tu nombre tallado.
El castrado
relinchó con fuerza, echó la cabeza para atrás. Ciri se agitó de pronto, se
estremeció.
-¿Qué ha pasado?
-preguntó Triss, intentando controlar su voz.
Ciri tosió, se
atusó el cabello con las dos manos, se tocó el rostro.
-Nn... nada
-murmuró insegura-. Estoy cansada, es por eso... Me quedé dormida. Debiera
correr...
El aura mágica
había desaparecido. Triss sintió una violenta ola de frío que le agarrotaba
todo el cuerpo. Intentaba convencerse a sí misma de que aquello había sido un
efecto del hechizo de protección al ir desapareciendo, pero sabía que no era
verdad. Miró hacia arriba, a los bloques de piedra de la fortaleza, las órbitas
desencajadas, negras y vacías de las aspilleras arruinadas. Remitió el temblor.
Los cascos del
caballo resonaron en las baldosas del patio. La hechicera saltó rápida de su
montura, tendió la mano a Ciri. Utilizando el contacto de la mano, envió
cautelosamente un impulso mágico. Quedó asombrada. Porque no sentía nada.
Ninguna reacción, ninguna respuesta. Y ninguna resistencia. En la muchacha que
apenas hacía un instante había movilizado un aura increíblemente potente no
había ni huella de magia. Ahora era tan sólo una niña común y corriente,
malvestida y con el cabello mal cortado.
Pero esta niña no
había sido una niña común y corriente un instante antes.
No tenía tiempo
para reflexionar sobre tan extraños acontecimientos. Escuchó el chirrido de
unas puertas recubiertas de hierro que llegaba desde la oscura sima de un
corredor que se abría al otro lado de un descascarillado portal. Se quitó de
los hombros la capa de piel, se quitó la gorra de zorro y con un rápido
movimiento de cabeza se echó hacia atrás los cabellos, su orgullo y su marca de
reconocimiento, largos, resplandecientes de oro, con fuertes mechones del color
de las castañas nuevas.
Ciri suspiró con
admiración. Triss sonrió, contenta del efecto. Unos cabellos hermosos, largos y
sueltos eran algo raro, un símbolo de posición, estatus, señal de una mujer
libre, dueña de sí misma. Eran la señal de una mujer extraordinaria, porque las
mozuelas "ordinarias" llevaban trenzas y las casadas
"ordinarias" escondían sus cabellos bajo redecillas o cofias. Las
solteras de alta estirpe, incluyendo las reinas, se rizaban y se hacían
peinados. Las guerreras se lo cortaban muy corto. Sólo las druidas y las
hechiceras -y las rameras- hacían alarde de sus cabellos naturales para
remarcar su independencia y libertad.
Los brujos
aparecieron como siempre, de forma imprevista, como siempre, sin hacer ruido,
como siempre, sin saber de dónde. Estaban de pie delante de ella, altos,
esbeltos, con las manos cruzadas sobre el pecho, con el peso del cuerpo apoyado
en la pierna izquierda, en una posición, como ella sabía, desde la que podrían
atacar en una fracción de segundo. Ciri se puso junto a ellos, en idéntica
posición. Con sus ropas caricaturescas tenía un aspecto infinitamente cómico.
-Bienvenida a Kaer
Morhen, Triss.
-Hola, Geralt.
Geralt había
cambiado. Daba la impresión de que había envejecido. Triss sabía que era
biológicamente imposible, los brujos envejecían, por supuesto, pero a un tiempo
demasiado lento como para que un mortal común o una hechicera tan joven como
ella pudiera percibir los cambios. Pero bastaba una sola mirada para comprender
que la mutación podía detener el proceso físico de envejecimiento, pero el
psicológico no. El rostro cruzado de arrugas de Geralt era la mejor prueba de
ello. Triss apartó la vista de los ojos del brujo albino con un sentimiento de
profunda
tristeza. Los ojos
de Geralt habían visto demasiado. Además, tampoco fue capaz de distinguir en
sus ojos nada de aquello con lo que había contado.
-Bienvenida
-repitió él-. Nos alegramos de que quisieras venir.
Junto a Geralt
estaba de pie Eskel, tan parecido al Lobo como un hermano, si no fuera por el
color de sus cabellos y una larga cicatriz que le deformaba la mejilla. Y el
más joven de los brujos de Kaer Morhen, Lambert, como siempre con una fea mueca
de burla en su rostro. No se veía a Vesemir.
-Bienvenida y
entra, por favor -dijo Eskel-. Hace frío y sopla el viento como si alguien se
hubiera ahorcado. Ciri, ¿y tú a dónde vas? La invitación no te concierne a ti.
El sol aún está alto, aunque no se lo vea. Todavía es posible entrenar.
- Ea. -La hechicera
se acarició los cabellos -. Se ha acabado, por lo que veo, la cortesía en la
Residencia de los Brujos. Ciri fue la primera en darme la bienvenida, me guió
hasta la fortaleza. Debiera acompañarme...
-Ella está
estudiando aquí, Merigold. - Lambert arrugó el rostro en la parodia de una
risa. Siempre la llamaba así. "Merigold", sin título, sin nombre.
Triss odiaba esto-. Es una aprendiza, no un mayordomo. Recibir a los huéspedes,
incluso a aquéllos tan agradables como tú, no entra dentro de sus obligaciones.
Vamos, Ciri.
Triss se encogió
ligeramente de hombros, haciendo como que no veía la turbación en los ojos de
Geralt y Eskel. Se calló. No quería causarles mayor turbación. Y sobre todo
tampoco quería que se dieran cuenta de lo mucho que le interesaba y fascinaba
la muchacha.
-Llevaré tu caballo
- se ofreció Geralt al tiempo que agarraba el ramal. Triss movió furtivamente
la mano y sus dedos se entrelazaron. Sus ojos también.
-Iré contigo -dijo
sin dudar-. Tengo en las enjalmas algunas cosillas que me serán necesarias.
-No hace tanto que
me causaste unos cuantos pesares -murmuró él nada más entrar en las cuadras-.
Vi tu imponente mausoleo con mis propios ojos. Un obelisco que recordaba tu
muerte heroica en la batalla de Sodden. Sólo hace poco que me llegó la noticia
de que había sido un error. No puedo comprender cómo nadie pudo confundirte,
Triss.
-Es una larga
historia -respondió-. Te la contaré si hay oportunidad. Y perdona los pesares
causados.
-No hay nada que
perdonar. En los últimos tiempos he tenido pocos motivos de alegría y la que me
produjo el saber que vivías es difícil de comparar con cualquiera otra. A menos
que sea la que siento en este momento, cuando te miro.
Triss sintió cómo
algo en ella estallaba. Durante todo el camino, el miedo a encontrarse con el
brujo de cabellos blancos había luchado en su interior contra la esperanza de
este encuentro. Y luego la vista de este rostro cansado, desgastado, de esos
ojos que todo lo veían, unos ojos enfermos, esas palabras frías y desquiciadas,
artificialmente sosegadas pero que sin embargo exhalaban tanta emoción...
Se le echó al
cuello, de inmediato, sin pensárselo. Le agarró la mano, la colocó
violentamente sobre su cuello, por debajo de los cabellos. Un hormigueo le
recorrió la espalda, le produjo tanto placer que por poco no gritó. Para frenar
y ahogar el grito buscó los labios de él con los suyos propios, los oprimió
contra ellos. Tembló, se apretó con fuerza a Geralt, construyó y acrecentó la
excitación dentro de sí, olvidándose de sí misma cada vez más.
Geralt no se
olvidó.
-Triss... Por
favor...
-Oh, Geralt...
Tanto...
-Triss. -La apartó
con delicadeza-. No estamos solos... Alguien viene.
Ella miró a la
puerta. Tan sólo un instante después pudo percibir las sombras de los brujos
que se acercaban, escuchó sus pasos incluso más tarde todavía. En fin, su oído,
al cual, hablando claramente, ella consideraba muy agudo, no podía competir con
el de un brujo.
-¡Triss, niña!
-¡Vesemir!
Sí, Vesemir era de
verdad anciano. Quién sabe si no era más viejo que Kaer Morhen. Pero anduvo
hacia ella con un rápido, enérgico y elástico paso, su abrazo fue fuerte y sus
manos poderosas.
-Me alegro de verte
de nuevo, abuelo.
- Bésame. No, no en
la mano, pequeña encantadora. En la mano me besarás cuando descanse en el
féretro. Lo que seguramente sucederá a no tardar. Oh, Triss, está bien que
hayas venido... ¿Quién me curará sino tú?
-¿Curarte, a ti?
¿De qué? ¡Como no sea de costumbres de rapaz! ¡Quita la mano de mi culo,
abuelo, o te quemaré esa barba canosa!
-Perdona.
Constantemente olvido que ya has crecido y que no puedo ponerte en mis rodillas
y darte de azotes. En cuanto a mi salud... Oh, Triss, un viejo es un pellejo.
Los huesos me duelen tanto, que me dan ganas de gritar. ¿Ayudarás a un
ancianillo, niña?
-Le ayudaré. -La
hechicera se liberó del abrazo de oso, miró al brujo que acompañaba a Vesemir.
Éste era joven, parecía de la edad de Lambert. Llevaba una corta barba negra
que no escondía sin embargo las señales dejadas por una fuerte viruela. Esto
resultaba algo poco común pues los brujos eran por lo general muy resistentes a
las enfermedades contagiosas.
-Triss Merigold,
Coën -los presentó Geralt-. Coën pasa con nosotros el primer invierno.
Es natural del
norte, de Poviss.
El joven brujo se
inclinó. Tenía el iris de los ojos extraordinariamente claro, verdiamarillo, y
el cristalino cortado por hilitos rojizos apuntaban a un desarrollo difícil y
problemático de la mutación de los ojos.
-Vamos, niña -dijo
Vesemir, tomándola del brazo-. Un establo no es lugar para dar la bienvenida a
los huéspedes. Pero no podía quedarme esperando.
En el patio, en un
recodo de un muro a cubierto del viento, Ciri se ejercitaba bajo la dirección
de Lambert. Balanceándose hábilmente sobre una viga colgada de cadenas, atacaba
con una espada una bolsa de cuero, atada con correones de tal forma que imitaba
el cuerpo de un ser humano. Triss se detuvo.
-¡Mal! -gritaba
Lambert -. ¡Te acercas demasiado! ¡Y no tasques a ciegas! ¡Ya te he dicho, con
la punta de la espada en la carótida! ¿Dónde tienen los humanoides la carótida?
¿En el moño? ¿Qué
te pasa? ¡Concéntrate, princesa!
Ja, pensó Triss.
Así que es verdad y no una leyenda. Es ella. Lo que me imaginaba.
Decidió atacar sin
dudar y sin permitir subterfugios a los brujos.
-¿La famosa Niña de
la Sorpresa? -dijo, señalando a Ciri -. Por lo que veo os habéis liado a
cumplir enérgicamente los mandatos de la suerte y la predestinación. Aunque
creo, muchachos, que se os han embrollado los cuentos. En los cuentos que a mí
me contaban, las pastorcillas y las huerfanitas se convertían en princesas. Y
aquí, por lo que veo, se está haciendo una bruja a partir de una princesa. ¿No
os parece que es un plan un poquito atrevido?
Vesemir miró a
Geralt. El brujo de cabello blanco guardaba silencio, su rostro estaba inmóvil,
ni con un temblor de los párpados reaccionó a la muda petición de apoyo.
-No es lo que
piensas -tosió el anciano-. Geralt la trajo acá el otoño pasado.
Ella no tiene a
nadie excepto... Triss, cómo no creer en el destino, cuando...
-¿Qué tiene que ver
el destino con dar espadazos?
-Le enseñamos el
arte de la espada -habló Geralt en voz baja mientras se volvía hacia ella y la
miraba directamente a los ojos -. Porque, ¿qué le íbamos a enseñar si no? No
sabemos hacer otra cosa. Destino o no, Kaer Morhen es ahora su casa. Al menos
durante un tiempo. El entrenamiento y la esgrima la divierten, la mantienen
sana y en buena forma. Le permiten olvidar la tragedia que ha vivido. Ésta es
ahora su casa. Ella no tiene otra.
-Muchos cintrianos
- la hechicera sostuvo la mirada- huyeron después de la derrota a Verden, a
Brugge, a Temeria, a las islas de Skellige. Entre ellos hay nobles, barones,
caballeros. Amigos, parientes... así como formales... siervos de esta muchacha.
-Los amigos y
parientes no la buscaron después de la guerra. No la hallaron.
- ¿Porque no les
estaba destinada? - Le dedicó una sonrisa, no demasiado sincera, pero muy
hermosa. La más hermosa que tenía. No quería que le hablara en aquel tono.
El brujo encogió
los hombros. Triss, que lo conocía un poco, cambió inmediatamente de táctica,
renunció a argumentar.
Miró de nuevo a
Ciri. La muchacha daba pasos con agilidad mientras intentaba mantener el
equilibrio, realizó una rápida media vuelta, dio un tajo ligero y saltó hacia
atrás inmediatamente. El maniquí se balanceó en su cuerda a causa del golpe.
-¡Bueno, por fin!
-gritó Lambert-. ¡Por fin lo has entendido! Retrocede y otra vez. ¡Quiero
asegurarme de que no ha sido una casualidad!
-Esa espada - Triss
se volvió hacia los brujos- parece muy afilada. La viga parece resbaladiza e
inestable. Y el profesor parece un idiota que deprime a la muchacha con sus
gritos. ¿No tenéis miedo de que suceda un accidente? ¿O contáis con que el
destino protegerá a la niña de ello?
-Ciri se ejercitó
cerca de medio año sin espada -dijo Coën-. Sabe moverse. Y nosotros tenemos
cuidado porque...
-Porque ésta es su
casa -terminó Geralt en voz baja, pero firme. Muy firme.
Con un tono que
acababa la discusión.
-Pues eso,
justamente eso -respiró profundamente Vesemir-. Triss, debes de estar cansada.
¿Hambrienta?
- No lo negaré
-suspiró, resignándose a no perseguir con su mirada los ojos de Geralt-.
Hablando con sinceridad, estoy que me caigo. La última noche del viaje la pasé
en un chozo de pastor casi deshecho, envuelta en paja y alisaduras. Sellé la
ruina con hechizos, si no, creo que hubiera estirado la pata. Sueño con unas
sábanas limpias.
-Cenarás con
nosotros. Ahora. Y luego dormirás como es debido y descansarás. Hemos preparado
para ti la mejor habitación, la de la torre. Y hemos puesto allí la mejor cama
que había en Kaer Morhen.
-Gracias. -Triss
sonrió levemente. En la torre, pensó. Bien, Vesemir. Hoy puede ser en la torre,
si tanto te importa guardar las apariencias. Puedo dormir en la torre, en la
mejor cama de todas las camas de Kaer Morhen. Aunque preferiría con Geralt en
la peor.
-Vamos, Triss.
-Vamos.
El viento golpeaba
los postigos, movía la ventana sellada con los restos de un tapiz comido por
las polillas. Triss yacía sobre la mejor cama de Kaer Morhen, en la más
completa oscuridad. No podía dormir. Y no se trataba de que la mejor cama de
Kaer Morhen fuera una antigüedad desvencijada. Triss reflexionaba una y otra
vez. Y todos los pensamientos que le espantaban el sueño volvían una y otra vez
sobre las mismas preguntas.
¿Para qué la habían
llamado a la fortaleza? ¿Quién lo había hecho? ¿Por qué?
¿Con qué fin?
La enfermedad de
Vesemir no podía ser otra cosa que un pretexto. Vesemir era brujo. Que también
fuera un anciano no cambiaba el hecho de que más de un jovenzuelo podía
envidiarle su salud. Si todavía hubiera resultado que al viejo le hubiera
picado con su aguijón una manticora o mordido un lobizón, Triss habría
considerado creíble que la hubieran llamado. ¿Pero un "dolor de
huesos"? Para reírse. El reuma en los huesos, una dolencia no demasiado
original entre los muros
terriblemente fríos
de Kaer Morhen, se lo curaría Vesemir con elixires de brujos o incluso, más
sencillo, con un fuerte orujo de hierbas, aplicado en diferentes proporciones
interna y externamente. No necesitaría de hechiceras, de sus encantamientos,
filtros y amuletos.
Entonces, ¿quién la
había llamado? ¿Geralt?
Triss se echó sobre
las sábanas, sentía una ola de calor que la invadía. Y una agitación potenciada
por la rabia. Maldijo bajito, dio una patada al edredón, se dio la vuelta sobre
un costado. La cama prehistórica chirrió, crujieron sus juntas. No soy capaz de
controlarme a mí misma, pensó. Me estoy portando como una cría tonta. O incluso
peor, como una solterona falta de caricias. No soy capaz ni siquiera de pensar
lógicamente.
Maldijo de nuevo.
Por supuesto que no
había sido Geralt. Sin emociones, pequeña, sin emociones, acuérdate de su
gesto, allá en las cuadras. Y ya habías visto antes ese gesto, pequeña, ya lo
habías visto, no te engañes. El gesto estúpido, compungido y azorado de un
hombre que quiere olvidar, que lamenta, que no quiere recordar lo que pasó, no
quiere regresar a lo que hubo. Por los dioses, pequeña, no te engañes pensando
que esta vez es distinto. Jamás es distinto. Y lo sabes. Pues tienes ya una
cierta experiencia, pequeña.
En lo que respecta
a la vida erótica, Triss Merigold tenía derecho a considerarse como una
hechicera típica. Todo comenzó con el ácido sabor del fruto prohibido,
excitante a causa de las rígidas reglas de la academia y de las prohibiciones
de los maestros con los que hacía de aprendiza. Luego llegó la independencia,
la promiscuidad libre y loca, que desembocó, como suele suceder, en la
decepción y la renuncia. Comenzó un largo período de soledad y el
descubrimiento de que, para desactivar el estrés y la tensión, no necesitaba
para nada a nadie, a nadie que, apenas se diera la vuelta y se limpiara el
sudor de la frente, querría considerarse su señor y amo. Que para calmar los
nervios existen medios menos complicados, los cuales además no ensucian las
toallas de sangre, no expulsan ventosidades por debajo de la colcha y no exigen
el desayuno. Luego vino un corto y divertido período de fascinación con el
propio sexo, terminado con la conclusión de que suciedad, ventosidades y
glotonería no son por lo menos dominio exclusivo de los hombres. Al fin, como
casi todos los magos, Triss se acostumbró a la aventuras con otros hechiceros,
esporádicas y enervantes por su desarrollo frío, técnico y casi ritual.
Y entonces apareció
Geralt de Rivia. Llevando su intranquila vida de brujo, unido a Yennefer, quien
era su amiga del alma, por una relación extraña, intranquila y tormentosa.
Triss los observaba
a los dos y los envidiaba, aunque parecía que no había nada que envidiar. A
todas luces, aquella relación los hacía a ambos infelices, los conducía
directamente a la destrucción, dolía y contra toda lógica... perduraba. Triss
no lo entendía. Y esto la fascinaba. La fascinaba hasta tal grado que...
Sedujo al brujo
ayudándose con una pizca de magia. Dio con el momento adecuado. Un momento en
el que él y Yennefer se habían tirado los trastos a la cabeza y se habían
separado violentamente. Geralt necesitaba calor y quería olvidar.
No, Triss no
anhelaba quitárselo a Yennefer. En realidad más le importaba su amiga que él.
Pero la corta relación con el brujo no la decepcionó. Halló lo que buscaba,
emociones en forma de sentimientos de culpa, temor y dolor. El dolor de Geralt.
Vivió esta emoción, se excitó con ella y no pudo olvidarla cuando se separaron.
Y qué cosa sea el dolor lo había entendido hacía no mucho tiempo. En el momento
en que la había embargado en irresistible deseo de volver a estar con él de
nuevo. Por poco tiempo, por un instante, pero estar.
Y ahora estaba tan
cerca.
Triss cerró el puño
y golpeó con él la almohada. No, pensó, no. No seas tonta, pequeña. No pienses
en esto. Piensa en...
¿En Ciri? Acaso
éste es...
Sí. Éste es el
verdadero motivo de su visita a Kaer Morhen. La muchacha de cabellos
cenicientos, a la que le quieren convertir en bruja en Kaer Morhen. En
verdadera bruja. Mutante. Máquina de matar, tal y como son ellos.
Está claro, pensó
de pronto, al sentir de nuevo una violenta excitación, esta vez sin embargo, de
un tipo completamente distinto. Es evidente. Quieren mutar a la niña, someterla
a la Prueba de las Hierbas y a los Cambios, pero no saben cómo hacerlo. De los
antiguos sólo vive Vesemir, y Vesemir no era nada más que maestro de esgrima.
Escondido en los subterráneos de Kaer Morhen había un laboratorio, botellas
polvorientas de elixires legendarios, alambiques, hornillos, retortas...
ninguno de ellos sabe cómo usarlos. Porque un hecho indudable es que los
elixires mutagénicos los preparaba en tiempos remotos algún hechicero renegado,
y los siguientes hechiceros los perfeccionaron, controlaron mágicamente durante
años los procesos de los Cambios a los que se sometía a los niños. Y en algún
momento la cadena se rompió. Faltaba ciencia y talentos mágicos. Los brujos
tienen las hierbas y la Hierba, tienen el laboratorio. Conocen la receta. Pero
no tienen hechicero.
¿Quién sabe, pensó,
quizás hayan probado? ¿Les dieron a los niños cócteles hechos sin la
intervención de la magia?
Tembló al pensar lo
que había podido pasar con estos niños.
Y ahora, pensó,
quieren mutar a la niña, pero no saben. Y esto puede significar... Puede
significar que puede que me pidan ayuda. Y entonces veré lo que ningún
hechicero vivo ha visto jamás, conoceré lo que ningún hechicero vivo conoce. La
famosa Hierba y las hierbas, los cultivos de virus mantenidos en el más
profundo de los secretos, las famosas y enigmáticas recetas...
Y seré yo quien
aplique a la niña de cabellos grises la serie de elixires, observaré los
Cambios mutacionales, veré con mis propios ojos cómo...
Cómo muere la niña
de cabellos grises.
Oh, no. Triss
tembló otra vez. Nunca. A ningún precio.
Al fin y al cabo
creo que de nuevo me estoy alterando antes de tiempo. Creo que no se trata de
esto. Durante la cena estuvimos charlando, intercambiando rumores sobre esto y
aquello. Algunas veces intenté dirigir la conversación hacia la Niña de la
Sorpresa, sin resultado. Enseguida cambiaban de tema.
Los había
observado. Vesemir estaba tenso y turbado, Geralt intranquilo, Lambert y Eskel
artificialmente alegres y charlatanes, Coën tan natural que resultaba
innatural. Sincera y abierta había sido exclusivamente Ciri, colorada del frío,
desgreñada, feliz y diabólicamente tragona. Comieron sopa de cerveza, densa de
picatostes y queso, y Ciri se asombró de que no sirvieran setas. Bebieron
sidra, pero a la muchacha le dieron agua, a causa de lo que se sintió
visiblemente sorprendida y enfadada. Dónde está la ensalada, gritó de pronto, y
Lambert la amonestó enérgicamente y la ordenó quitar los codos de la mesa.
Setas y ensalada.
¿En diciembre?
Por supuesto, pensó
Triss. La están alimentando con esos legendarios saprofitos cavernarios, esas
hierbas montañesas desconocidas para la ciencia, .....
famosas infusiones
de hierbas secretas. La muchacha se desarrolla deprisa, se pone en forma
satánica, brujeril. De forma natural, sin mutación, sin riesgo, sin revolución
hormonal. Pero la hechicera no debía saberlo. Para la hechicera esto era un
secreto. No me dirán nada, no me mostrarán nada.
Ya he visto cómo
corría esta niña. Ya he visto cómo bailaba con la espada sobre la viga, hábil y
rápida, llena de gracia bailarina, casi de cabra, moviéndose como una acróbata.
Tengo, pensó, obligatoriamente tengo que verla desnuda, confirmar cómo se desarrolló
bajo la influencia de eso con que la alimentan aquí. ¿Y si pudiera conseguir y
sacar de aquí unas muestras de "setas" y "ensaladas"? Vaya,
vaya...
¿Y la confianza? Me
río de vuestra confianza, brujos. En el mundo hay cáncer, hay viruela, tétanos
y leucemia, hay alergias, existe la muerte repentina de bebés. Y vosotros
ocultáis ante el mundo vuestras "setas", de las cuales quizás se
pudiera destilar un medicamento que salvara vidas. Las mantenéis en secreto
incluso ante mí, a quien declaráis vuestra amistad, afecto y confianza. ¡Ni
siquiera puedo ver no ya el laboratorio sino ni las putas setas!
Entonces, ¿para qué
me habéis hecho venir? ¿A mí, una hechicera?
¡Magia!
Triss soltó una
carcajada. ¡Ja, pensó, ahí os he pillado, brujos! Ciri os ha dado un susto tan
grande como a mí. "Partió" a soñar mientras estaba despierta, tuvo
visiones, profetizó, apareció el aura, la cual al fin y al cabo percibís casi
tan bien como yo. "Echó mano" inconscientemente a algo mediante
psicoquinesis o con la fuerza de su voluntad dobló una cuchara de cinc mientras
la miraba durante la comida. Respondió a preguntas que le hacíais en vuestra
cabeza o puede que incluso a aquéllas que temíais plantearle mentalmente. Y se
apoderó de vosotros el miedo. Os disteis cuenta de que vuestra Sorpresa es más
sorprendente de lo os creíais.
Os disteis cuenta
de que teníais en Kaer Morhen una Fuente.
Que no podéis hacer
nada sin una hechicera.
Y no hay ninguna
hechicera que tenga amistad con vosotros, en la que podáis confiar. Excepto yo
y...
Y excepto Yennefer.
El viento aullaba,
golpeaba en los postigos, removía el tapiz. Triss Merigold se tendió boca
arriba, absorta en sus reflexiones, comenzó a morderse la uña del pulgar.
Geralt no invitó a
Yennefer. Me invitó a mí. Acaso por eso...
Quién sabe. Puede
ser. Pero si es como pienso, por qué...
Por qué...
-¿Por qué no ha
venido aquí, a buscarme? -gritó bajito en la oscuridad,
nerviosa y
enfadada.
Le respondió el
viento aullando entre las ruinas.
La mañana era
soleada, pero terriblemente fría. Triss se despertó aterida y cansada pero
tranquila y decidida.
Entró la última a
la sala. Recibió satisfecha el homenaje de las miradas que recompensaban sus
esfuerzos: había cambiado el traje de viaje por un vestido sencillo pero
efectivo y se había colocado con habilidad ciertas esencias mágicas y
cosméticos sin magia, pero extraordinariamente caros. Comió sus gachas mientras
conversaba con los brujos sobre temas banales y poco importantes.
-¿Otra vez agua?
-refunfuñó de pronto Ciri, mirando su vaso-. ¡Me duelen los dientes de tanta
agua! ¡Quiero zumo! ¡De ése de color azul!
-No te encorves
-dijo Lambert y atisbó con el rabillo del ojo a Triss-. ¡Y no te limpies la
boca con las mangas! Se terminó la comida, hora de entrenar. Los días son cada
vez más cortos.
-Geralt. -Triss
terminó las gachas-. Ciri se cayó en la Senda. Nada grave, pero la culpa fue de
ese traje de bufón. Está todo mal ajustado y le dificulta los movimientos.
Vesemir tosió,
volvió la vista. Ah, pensó la hechicera, así que es obra tuya, maestro de la
espada. Cierto, parecía que hubieran cortado el jubón de Ciri con una espada y
lo hubieran cosido con la punta de un flecha.
-Los días son,
cierto, cada vez más cortos -siguió, sin esperar a que comentaran nada-. Pero
hoy lo vamos a acortar aún más. ¿Ciri, has terminado? Haz el favor de venir
conmigo. Ejecutaremos los indispensables arreglos en tu uniforme.
-Ella corre con
esto desde hace un año, Merigold -habló Lambert con furia-. Y todo estaba bien
hasta que...
- ¿... hasta que
apareció una mujer que no puede ver ropa de tan poco gusto y tan mal ajustada?
Tienes razón. Pero la mujer ha aparecido y el orden establecido se ha hundido,
ha llegado la hora de hacer grandes cambios. Ven, Ciri.
La muchacha vaciló,
miró a Geralt. Geralt asintió con la cabeza, sonrió. Una sonrisa hermosa. Tal y
como era capaz de sonreír antes, entonces, cuando...
Triss retiró la
vista. Aquella sonrisa no era para ella.
La habitación de
Ciri era una copia fiel del cuartel de los brujos. Era, tal y como ellos, falta
de objetos y muebles. No había aquí prácticamente nada excepto una cama de
tablas rotas, una mesita y un arcón. Los brujos decoraban las paredes y puertas
de su cuartel con pieles de animales muertos durante una montería: ciervos,
linces, lobos, incluso glotones. Sin embargo, sobre las puertas de la
habitacioncilla de Ciri había una
piel de una
gigantesca rata con un rabo asqueroso y peludo. Triss combatió su deseo interno
de arrancar aquella apestosa guarrería y echarla por la ventana.
La muchacha, de pie
junto a la cama, la miraba expectante.
-Intentaremos -dijo
la hechicera- arreglar un poco esa... vaina tuya. Siempre he tenido talento
para las tijeras y la aguja, así que supongo que podré dar cuenta también de
esa piel de cabra. Y tú, brujilla, ¿has tenido alguna vez en la mano una aguja?
¿Te han enseñado alguna otra cosa aparte de hacer agujeros con la espada a una
bolsa de paja?
-Cuando estaba en
los Tras Ríos, en Kagen, tuve que hilar -murmuró Ciri de mala gana-. No me
dejaban coser porque solamente rompía el lino y echaba a perder los hilos,
había que descoserlo todo otra vez. ¡Pero qué terríbilemente aburrido era
aquello de hilar, puf!
-Cierto - se rió
Triss-. Difícil pensar en algo más aburrido. Yo tampoco soportaba tener que
hilar.
- ¿Y tenías que
hacerlo? Yo tenía porque... Pero tú eres encan... hechicera. ¡Tú puedes lograr
todo con hechizos! Este vestido tan bonito... ¿lo has hechizado?
-No -sonrió Triss-.
Pero tampoco lo he cosido con mi propia mano. No soy tan
hábil.
-¿Y qué harás con
mi ropa? ¿Un hechizo?
- No hay tal
necesidad. Bastará con una aguja mágica, a la que daremos un poquito de vigor
con un conjuro. Y si fuera necesario...
Triss pasó
lentamente su mano por un agujero en la manga de la chaquetilla, murmuró un
conjuro, activó al mismo tiempo su amuleto. No quedó ni rastro del agujero.
Ciri gritó de alegría.
-¡Es un hechizo!
¡Voy a tener una chaqueta hechizada! ¡Ja!
-Hasta que te cosa
una normal pero bien hecha. Bueno, ahora quítate todo esto, señorita mía, ponte
otra cosa. ¿Ésta no será tu única ropa?
Ciri negó con la
cabeza, abrió la tapadera del arcón, mostró un vestido muy desteñido y holgado,
un caftán gris, una camisa de lino y una blusa de algodón que recordaba un
costal de penitente.
-Esto es mío
-dijo-. Vine con ello puesto. Pero ahora ya no lo llevo. Son cosas de mujeres.
-Entiendo. -Triss
torció el gesto, burlona- . De mujeres o no, de momento tienes que vestírtelo.
Venga, más deprisa, desnúdate. Deja que te ayude... ¡Rayos! ¿Qué es esto?
¿Ciri?
Los brazos de la
muchacha estaban cubiertos de grandes cardenales en los que se entreveía la
sangre. La mayor parte de ellos estaban ya amarillentos, algunos eran
recientes.
-¿Qué es esto,
diablos? -repitió furiosa la hechicera-. ¿Quién te ha pegado así?
-¿Esto? - Ciri miró
a sus brazos como si le asombrara la cantidad de contusiones-. Ah, esto... esto
es el molino. Fui demasiado lenta.
-¿Qué molino,
maldita sea?
- El molino
-repitió Ciri alzando hacia la hechicera sus grandes ojos-. Es una especie
de... Bueno... En él se aprende a esquivar los ataques. Tiene unas patas como
palos y da vueltas y agita las patas. Hay que saltar muy deprisa y esquivar.
Hay que tener refrejos. Si no se tienen refrejos el molino te arrea con el
palo. Al principio el molino me daba de golpes terríbilemente. Pero ahora...
- Quítate las
medias y la camisa. ¡Oh, piadosos dioses! ¡Muchacha! Pero, ¿acaso puedes andar?
¿Y correr?
Ambas caderas y el
muslo izquierdo tenían un color negro-granate a causa de las equimosis y
tumefacciones. Ciri tembló y bufó, se revolvió ente las manos de la hechicera.
Triss maldijo en el idioma de los enanos, palabras a todas luces muy feas.
-¿Esto también fue
el molino? -preguntó, intentando mantener la calma.
-¿Esto? No. Oh,
esto fue el molino -Ciri enseñó con indiferencia un imponente cardenal en una
tibia, por debajo de la rodilla izquierda-. Y éste otro... Éste fue el péndulo.
En el péndulo se ejercitan los pasos de espada. Geralt dice que ya soy buena
con el péndulo. Dice que tengo ese, bueno... Sentido. Tengo sentido.
-Y si te falta
sentido -Triss apretó los dientes-, entonces, por lo que imagino, el péndulo te
golpea.
- Pues claro
-afirmó la muchacha, mirándola con un asombro evidente-. Golpea, y cómo.
-¿Y aquí? ¿En el
costado? ¿Qué fue esto? ¿Un martillo de herrero?
Ciri silbó de dolor
y enrojeció.
-Me caí del
peine...
-... y el peine te
golpeó -terminó Triss, a quien cada vez le resultaba más difícil mantener el
control. Ciri resopló.
-¿Cómo va a poder
golpear un peine si está clavado en la tierra? ¡No puede! Simplemente me caí.
Ejercitaba una pirueta en salto y no me salió. Por eso tengo el cardenal.
Porque me di con el poste.
-¿Y estuviste en la
cama durante dos días? ¿Tuviste problemas para respirar?
¿Dolores?
-Para nada. Coën me
dio un masaje y enseguida me subió de nuevo al peine.
Hay que hacerlo
así, ¿sabes? Si no, le coges miedo.
-¿Qué?
-Lo coges miedo
-repitió con orgullo Ciri y se retiró de la frente su flequillo ceniciento-.
¿No lo sabes? Incluso si te pasa algo hay que empezar de nuevo con el aparato,
porque si no tendrás miedo y si tienes miedo, no te servirá ni un pimiento el
ejercicio. No se debe renunciar. Lo dijo Geralt.
-Tengo que recordar
esta máxima -rezongó la hechicera-. Así como el que proceda de Geralt. No es
una mala receta para la vida, sólo que no estoy segura de que tenga resultado
en todas las circunstancias. Pero es fácil realizarla a costa de
otros. ¿Así que no
se debe renunciar? ¿Aunque te golpearan y apalearan en mil formas tú tienes que
levantarte y seguir ejercitando?
-Por supuesto. Un
brujo no le teme a nada.
-¿De verdad? ¿Y tú,
Ciri? ¿No le temes a nada? Respóndeme con sinceridad.
La muchacha volvió
la cabeza, apretó los labios.
-¿Y no se lo
contarás a nadie?
-No se lo diré.
-Lo que más miedo
me da son dos péndulos. Dos a la vez. Y el molino, pero sólo cuando lo ponen a
toda velocidad. Y además hay una balanza muy larga, sobre ella todavía tengo
que estar con ese... asegu... asenguramiento. Lambert dice que soy una patosa y
una torpona, pero eso no es verdad. Geralt me dijo que tengo una gravedad un
poquito distinta, porque soy una niña. Simplemente tengo que ejercitar más, a
menos que... Querría preguntarte algo. ¿Puedo?
-Puedes.
-Si sabes de magia
y de conjuros... Si sabes hacer encantamientos... ¿Podrías hacer de tal modo
que me convirtiera en niño?
-No -respondió
Triss con un tono helado-. No podría.
-Humm -se
entristeció a todas luces la pequeña bruja-. ¿Podrías por lo menos...?
-Por lo menos,
¿qué?
- ¿Podrías hacer
algo para que no tuviera...? -Ciri se cubrió de rubor-. Te lo diré al oído.
-Di. -Triss se
agachó-. Te escucho.
Ciri, enrojeciendo
aún más, acercó su rostro a los cabellos castaños de la hechicera.
Triss se enderezó
violentamente, sus ojos echaban chispas.
-¿Hoy? ¿Ahora?
-Ajá.
-¡Puta y maldita
mierda! -gritó la hechicera y dio una patada a la mesita de tal modo que del
ímpetu fue a estrellarse contra la puerta y derribó la piel de rata-. ¡Pestes,
viruelas y lepras! ¡Yo los mato a estos malditos idiotas!
-Tranquilízate,
Merigold -dijo Lambert-. Te excitas sin motivo alguno y no es saludable.
-¡No me des
lecciones! ¡Y deja de dirigirte a mí como "Merigold"! Y lo mejor será
que te calles del todo. No estoy hablando contigo. Vesemir, Geralt, ¿acaso
alguno de vosotros ha visto lo monstruosamente torturada que está esta
muchacha? ¡No tiene en el cuerpo ni un sólo pedazo sano!
-Niña -dijo con
aire serio Vesemir -. No te dejes llevar por las emociones. Tú te educaste de
otra manera, has visto otro tipo de educación de los niños. Ciri procede del
sur, allá se educa de otro modo a las muchachas y los mozuelos, sin diferencia
alguna, como entre los elfos. Con cinco años la montaron en un poni, con ocho
cabalgaba ya en las monterías. Le enseñaron a usar el arco, la lanza y la
espada. Un cardenal no es nada nuevo para Ciri...
-No me cuentes
estupideces. -Triss se enderezó-. No os hagáis los tontos. Esto no es un poni,
ni un paseo a caballo, ni un cortejo de trineos. ¡Esto es Kaer Morhen! En estos
vuestros molinos y péndulos, en vuestro Matadero, se han roto huesos y
destrozado
costillas decenas de muchachos, diestros y duros vagabundos, parecidos a
vosotros, recogidos por los caminos y sacados de las cloacas, bribones y
pícaros de manos fibrosas y con no poca experiencia en sus cortas vidas. ¿Qué
oportunidad tiene Ciri? Incluso educada en el sur, incluso a la elfo, incluso
bajo mano de tal sargentona como la Leona Calanthe, esta pequeña era y siempre
ha sido princesa. Piel delicada, complexión menuda, huesos ligeros... ¡Es una
niña! ¿Qué queréis hacer de ella? ¿Una bruja?
-Esta muchacha
-habló Geralt con voz baja y serena-, esta delicada y menuda princesita,
sobrevivió a la matanza de Cintra. Dejada a su suerte logró atravesar las
cohortes de Nilfgaard. Fue capaz de evitar a los desertores que pululaban por
las aldeas, que robaban y mataban a todo lo que se moviera. Sobrevivió dos
semanas en los bosques de los Tras Ríos, completamente sola. Vagabundeó durante
un mes con un grupo de refugiados bregando con tantas dificultades como todos
ellos y como todos ellos pasó hambre. Casi medio año trabajó en el campo y con
los aperos, acogida por una familia de campesinos. Créeme, Triss, la vida le ha
dado experiencia, la ha adiestrado y endurecido no menos que a esos granujas
parecidos a nosotros y traídos a Kaer Morhen desde los caminos. Ciri no es más
débil que esos bastardos indeseados y parecidos a nosotros, entregados a los
brujos en las tabernas como si fueran gatitos, en cestas de mimbre. ¿Y su sexo?
¿Qué importancia tiene?
-¿Aún lo preguntas?
¿Aún te atreves a preguntar? -gritó la hechicera-. ¿Que qué importancia tiene?
¡Pues tiene, que la muchacha, que no se parece a vosotros, está justamente con
sus días! ¡Y lo pasa extraordinariamente mal! ¡Y vosotros queréis que eche las
tripas en el Matadero y en no sé qué malditos molinos!
Aunque enfurecida,
Triss sintió una gozosa satisfacción a la vista de los gestos de estupefacción
de los brujos jóvenes y de la repentina caída de la mandíbula inferior de
Vesemir.
-Ni siquiera lo
sabíais -agitó la cabeza en una recriminación más serena, más preocupada y
dulce-. Tutores de mala muerte. A ella le da vergüenza hablaros de ello porque
le enseñaron que de estas cosas no se les habla a los hombres. Y se avergüenza
de su debilidad, de su dolor, de que es menos diestra. ¿Acaso alguno de
vosotros ha pensado en ello? ¿Os habéis interesado por ello? ¿Habéis intentado
averiguar qué es lo que le pasaba? ¿O puede que ella sangrara por primera vez
aquí, en Kaer Morhen? ¿Y ha llorado por las noches, sin encontrar en nadie
compasión, consuelo, siquiera comprensión? ¿Acaso a alguno de vosotros se le ha
ocurrido pensar en esto?
- Déjalo, Triss
-gimió Geralt en voz baja-. Basta ya. Has alcanzado lo que querías alcanzar. Y
puede que más de lo que querías.
-Así se nos lleve
el diablo -maldijo Coën-. Como buenos tontos nos hemos portado, no hay nada que
decir. Eh, Vesemir, que tú...
-Calla -ladró el
viejo brujo-. No digas nada.
Eskel se comportó
de una forma como mínimo inesperada, se levantó, se acercó a la hechicera,
inclinándose hasta muy abajo, le tomó la mano y la besó con respeto. Ella
retiró rápidamente la mano. No para demostrar enfado o irritación, sino para
interrumpir la agradable vibración que la atravesaba de parte a parte,
producida por el contacto con el brujo. Eskel producía una fuerte emanación.
Más fuerte que Geralt.
-Triss -dijo con
turbación, mientras se tocaba la terrible cicatriz de la mejilla-.
Ayúdanos. Te lo
pedimos. Ayúdanos, Triss.
La hechicera le
miró a los ojos, apretó la boca.
-¿A qué? ¿A qué
tengo que ayudaros, Eskel?
Eskel se tocó de
nuevo la cicatriz, miró a Geralt. El brujo de cabello blanco bajó la cabeza,
cubrió sus ojos con la mano. Vesemir carraspeó sonoramente.
En aquel momento
chirriaron las puertas, Ciri entró a la sala. El carraspeo de Vesemir se
transformó en algo como una especie de ronco y sonoro suspiro. Lambert abrió la
boca. Triss ahogó una risa.
Ciri, con el pelo
cortado y peinado, anduvo hacia ellos a pequeños pasos, llevando cautelosamente
un vestido azul oscuro, arreglado y ajustado, pero aún con huellas de haber
sido llevado en las alforjas. En el cuello de la muchacha brillaba otro regalo
de la hechicera: un viborezno negro de piel lacada con ojos de rubí y montada
en un imperdible de oro.
Ciri se detuvo ante
Vesemir. Sin saber muy bien qué hacer con las manos, metió los pulgares en el
cinturón.
-Hoy no puedo
entrenar -recitó lenta y claramente, en un silencio absoluto-, o sea estoy...
estoy...
Miró a la
hechicera. Triss murmuró algo, con una mueca de pilluelo satisfecho de su
travesura, movió los labios, musitando la frase convenida.
-¡Indispuesta!
-terminó Ciri orgullosa y sonoramente, alzando la nariz casi hasta el techo.
Vesemir carraspeó
de nuevo. Pero Eskel, el querido Eskel, no perdió la cabeza, una vez mas se
comportó como había que hacerlo.
-Por supuesto -dijo
con desenvoltura, mientras sonreía-. Es comprensible, está claro que
postergamos los ejercicios hasta el momento en que termine la indisposición.
Las lecciones teóricas las acortaremos y, si te sintieras mal, también éstas
las pospondremos. Si necesitas medicamentos o...
-De esto me ocuparé
yo -interrumpió Triss, también con naturalidad.
-Ajá... -Sólo ahora
Ciri se ruborizó ligeramente, miró al viejo brujo-. Tío Vesemir, he pedido a
Triss... Es decir, a la señorita Merigold, que... O sea... Bueno, que se
quedara con nosotros. Más tiempo. Mucho tiempo. Pero ella respondió que, o sea,
tú tenías que otorgar tu consentimiento. ¡Tío Vesemir! ¡Otórgalo!
-Consiento...
-gargajeó Vesemir-. Por supuesto que consiento...
-Nos alegramos
mucho. -Geralt por fin retiró la mano de la frente-. Nos gusta muchísimo,
Triss.
La hechicera agitó
levemente la cabeza en su dirección y movió las pestañas inocentemente,
retorciendo entre sus dedos un rizo castaño. Geralt adoptó una expresión como
de piedra.
-Muy bien hiciste y
con mucha cortesía actuaste, Ciri -dijo-, al proponer a la señorita Merigold
una estancia más larga en Kaer Morhen. Estoy orgulloso de ti.
Ciri enrojeció, su
rostro se pobló con una amplia sonrisa. La hechicera le dio la siguiente señal
convenida.
-Y ahora -dijo la
muchacha, levantando la nariz aún más-, os dejaré solos porque seguramente
querréis hablar con Triss de asuntos importantes. Señorita Merigold, tío
Vesemir, señores... Me despido. De momento.
Hizo una reverencia
de agradecimiento, después de lo cual salió de la sala, pisando lenta y
graciosamente los escalones.
-Joder -cortó el
silencio Lambert-. Y pensar que no creía que fuera de verdad una princesa.
-¿Lo habéis
pillado, mentecatos? - Vesemir miró a su alrededor-. Si por la mañana se pone
el vestido... Ni un puñetero ejercicio... ¿Entendido?
Eskel y Coën
obsequiaron al vejete con una mirada por completo ausente de todo respeto.
Lambert rebufó abiertamente. Geralt miró a la hechicera y la hechicera sonrió.
-Gracias -dijo-.
Gracias, Triss.
-¿Condiciones? -se
intranquilizó Eskel-. Triss, pues si ya hemos dicho que vamos a suavizar el
entrenamiento de Ciri. ¿Qué más condiciones quieres ponernos?
-Bueno, puede que
condiciones no sea una buena definición. Llamémoslo mejor consejos. Os daré
tres consejos y vosotros haréis uso de ellos. Si, por supuesto, os interesa que
me quede y os ayude en la educación de la pequeña.
-Escuchamos -dijo
Geralt-. Habla, Triss.
-Sobre todo -
comenzó, sonriéndose con malignidad- , conviene amenizar la dieta de Ciri. Y en
concreto, limitar en ella los hongos secretos y la hierbas misteriosas.
Geralt y Coën
controlaron sus rostros estupendamente. Lambert y Eskel un poco peor. Vesemir
fue incapaz de controlarse. En fin, pensó ella mientras contemplaba su graciosa
mueca, en sus tiempos el mundo era mejor. Entonces la hipocresía era un defecto
del que había que avergonzarse. La sinceridad no acarreaba vergüenza.
-Menos caldos de
hierbas rodeadas de misterios -siguió, intentando no reírse-, y más leche.
Tenéis aquí cabras. Ordeñar no es difícil, ya verás, Lambert, aprenderás en un
daca las pajas.
-Triss -comenzó
Geralt-, escucha...
-No, escucha tú. No
habéis sometido a Ciri a violentas mutaciones, no la habéis tocado con
hormonas, ni habéis intentado con elixires y Hierbas. Y os alabo esto. Fue una
actuación razonable, consecuente, humana. No la habéis deformado con venenos,
razón de más para que no la mutiléis ahora.
-¿De qué hablas?
-Las setas cuyo
secreto tan bien guardáis -aclaró- en verdad mantienen a la muchacha en una
forma excelente y le fortalecen los músculos. Las hierbas le aseguran una
transformación ideal de la materia y aceleran el desarrollo. Todo ello junto,
ayudado por un entrenamiento mortífero, produce sin embargo ciertos cambios en
la constitución del cuerpo. En los tejidos adiposos. Ella es una mujer. Si no
la habéis mutilado hormonalmente, no la mutiléis ahora físicamente. Puede que
alguna vez os recrimine que le hayáis privado tan brutalmente de sus...
atributos femeninos. ¿Comprendéis de qué hablo?
-Y cómo -murmuró
Lambert mientras contemplaba sin miramientos el busto de Triss que sobresalía
de la tela del vestido. Eskel carraspeó y atravesó con sus ojos al joven brujo.
-¿Ahora -preguntó
Geralt lentamente, deslizando también su mirada por el uno y el otro- no habrás
advertido en ella nada irreparable, espero?
-No -sonrió-. Por
suerte no. Se desarrolla saludable y normal, tiene una complexión como la de
una dríada joven, da gusto mirarla. Pero guardad las medidas en la utilización
de los aceleradores, os lo ruego.
-Las guardaremos
-prometió Vesemir-. Gracias por la advertencia, niña. ¿Qué más? Has hablado de
tres... consejos.
-Por supuesto. He
aquí el segundo: no debéis permitir que Ciri se embrutezca aquí. Tiene que
tener contacto con el mundo. Con sus coetáneos. Tiene que conseguir una
educación decente y prepararse para una vida normal. De momento que juguetee
con la espada. Sin mutación no la podréis convertir en bruja, pero un
entrenamiento brujeril no la dañará. Corren tiempos difíciles y peligrosos,
sabrá defenderse cuando lo precise. Como una elfa. Pero no la podéis enterrar
aquí viva, en este despoblado. Tiene que vivir una vida normal.
-Su vida normal
ardió junto con Cintra -murmuró Geralt-. Pero en fin, Triss, como de costumbre,
tienes razón. Ya habíamos pensado en ello. Cuando llegue la primavera la
llevaré a la escuela del santuario. Al cuidado de Nenneke, a Ellander.
-Esa es una
excelente idea y una decisión sabia. Nenneke es una mujer excepcional y la
basílica de la diosa Melitele es un lugar excepcional. Seguro, estable, que
garantiza una verdadera educación para la chicas. ¿Ciri ya lo sabe?
-Lo sabe. Alborotó
durante unos cuantos días pero al final lo aceptó. En este momento incluso
espera impaciente a la primavera, la emociona la perspectiva de un viaje a
Temeria. Le interesa el mundo exterior.
-Como a mí a su
edad -sonrió Triss-. Y esta comparación nos acerca peligrosamente a mi tercer
consejo. El más importante. Y vosotros sabéis cuál. No pongáis esos gestos
tontos. Soy hechicera, ¿lo habéis olvidado? No sé cuanto tiempo os habrá
llevado el reconocer las capacidades mágicas de Ciri. Yo he necesitado para
ello menos de media hora. Al cabo de este tiempo sabía ya quién, o mejor dicho
qué, es la niña.
-¿Y qué es?
-Una Fuente.
-¡Imposible!
-Posible. Incluso
seguro. Ciri es una Fuente, tiene potenciales de médium. Lo que es más, sus
potenciales son muy, muy intranquilizadores. Y vosotros, queridos brujos, bien
lo sabéis. Vosotros habéis advertido estas capacidades, también a vosotros os
han puesto nerviosos. Sólo y exclusivamente por ello me habéis hecho venir a
Kaer Morhen, ¿verdad? ¿Tengo razón? ¿Sólo y exclusivamente por ello?
-Sí -confirmó
Vesemir al cabo de un rato de silencio. Triss respiró discretamente con alivio.
Por un momento había temido que el que lo confirmara fuera Geralt.
Al día siguiente
cayeron las primeras nieves, al principio leves, luego en forma de tormenta.
Cayeron durante toda la noche y por la mañana los muros de Kaer Morhen se
ahogaban bajo montones de nieve. Era imposible correr por el Matadero, cuanto
más que Ciri todavía no se encontraba bien. Triss sospechaba que la
"aceleración" brujeril podía ser la causa de los transtornos
menstruales. No podía tener sin embargo seguridad completa, pues no sabía
prácticamente nada de estas sustancias y Ciri era fuera de toda duda la única
muchacha en el mundo que las había tomado. No les dijo nada a los brujos de sus
sospechas. No quería preocuparlos ni ponerlos nerviosos, prefería utilizar sus
propios medios. Atiborró a Ciri con elixires, le ató al talle por debajo del
vestido unos manojillos de jaspes activos y le prohibió los esfuerzos, en
especial la caza salvaje de ratas con la espada.
Ciri se aburría,
vagabundeaba soñolienta por el castillo, hasta que al fin, a falta de otra
diversión, se unió a Coën, que estaba limpiando las cuadras, ocupándose de los
caballos y reparando la guarnicionería.
Geralt, para rabia
de la hechicera, se había esfumado donde fuera y apareció únicamente al caer la
tarde, cargando con una cabra montesa muerta. Triss le ayudó a preparar su
caza. Aunque le daba un asco terrible el olor a carne y sangre, quería estar
cerca del brujo. Cerca. Lo más cerca posible. Creció en ella una fría y férrea
decisión. No tenía ganas de dormir sola de nuevo.
- ¡Triss! -aulló de
pronto Ciri, que subía por las escaleras con ruidosos pasos-. ¿Puedo dormir hoy
contigo? ¡Triss, por favor, déjame! ¡Por favor, Triss!
La nieve caía y
caía. Se hizo más clara sólo cuando comenzó Midinváerne, el Día del Solsticio
de Invierno.
Al tercer día los
niños todos murieron, a no ser uno que de años a los diez acaso llegaba. El
tal, arrojado a una violenta enajenación, cayó al punto en profunda embriaguez.
Los ojos suyos tenían la mirada como de vidrio, con las manos meneaba sin
tregua la frazada o manoteaba en el aire como en queriendo aferrar un rayo. El
aliento volvióse sonoro y enronquecido, un sudor frío, pegajoso y hediento le
salió por la piel. Entonces de nuevo le fue dado elixir a las venas y repitióse
el ataque. Esta vez la sangre brotóle por las narices, y la tos se tornó en
vómitos, tras lo cual el mozo por completo desfalleció y se le fueron los
sentidos.
Los síntomas no se
rebajaron en los días dos que siguieron. La infantil piel, hasta entonces
enjuagada en sudores, volvióse seca y requemada, el pulso perdió su entereza y
duración, el tiempo era en medida fuerte, más tirando a lento que a presto. Ni
una vez sola se espabiló de nuevo, ni grandes voces volvió a dar.
Por fin llegó el
día séptimo. El mozo se despertó como de un sueño y abrió los ojos, y los ojos
suyos como los de la víbora eran...
Carla Demetia
Crest, La Prueba de las Hierbas y otras muy secretas prácticas de los brujos,
con los propios ojos contempladas, manuscrito para el exclusivo uso del
Capítulo de los Hechice.
III
Capítulo tercero
-Vuestros recelos
eran infundados, completamente falsos. -Triss frunció el ceño, apoyó los codos
sobre la mesa-. Pasaron ya los tiempos en los que los hechiceros perseguían a
las Fuentes y los niños con aptitudes mágicas, tiempos en los que se los arrancaban
a sus padres o tutores a fuerza de violencia o estratagemas. ¿De verdad
pensabais que podría haber querido quitaros a Ciri?
Lambert gruñó,
volvió la cabeza. Eskel y Vesemir miraron a Geralt, pero Geralt guardaba
silencio. Miró a un lado, mientras jugueteaba incansablemente con su plateado
medallón de brujo, la cabeza del lobo mostrando los colmillos. Triss sabía que
el medallón reaccionaba a la magia. En una noche como la de Midinváerne, cuando
hasta el aire vibraba con la magia, los medallones de los brujos debían de
estar vibrando sin tregua, debían de agitarse e incomodar.
-No, niña -dijo por
fin Vesemir-. Sabemos que no lo hubieras hecho. Pero también sabemos que
hubieras tenido que dar parte de ello al Capítulo. Sabemos, y no de hoy, que
cada hechicero y cada hechicera están obligados a ello. No arrancáis ya los
niños con aptitudes a los padres y tutores. Los observáis para, más tarde, en
el momento adecuado, fascinarlos con la magia, inclinarlos a...
-No tengáis miedo
-le interrumpió con voz fría-. No hablaré de Ciri a nadie. Tampoco al Capítulo.
¿Por qué me miráis así?
-Nos asombra la
facilidad con que declaras que nos guardarás el secreto -dijo sereno Eskel-.
Perdona, Triss, no quisiera herirte, pero, ¿qué ha pasado con vuestra
legendaria lealtad hacia el Consejo y el Capítulo?
-Muchas cosas han
pasado. La guerra ha cambiado muchas cosas. Y la batalla de Sodden aún más. No
quiero aburriros con políticas y además ciertos problemas y asuntos son,
perdonadme, secretos que no me es lícito traicionar. En lo que se refiere a la
lealtad... Soy leal. Pero podéis creerme, en este asunto puedo ser al mismo
tiempo leal al Capítulo y a vosotros.
-Tal doble lealtad
-Geralt la miró a los ojos por primera vez en aquella tarde- es una cosa
diabólicamente difícil. Pocas veces esto sale bien, Triss.
La hechicera miró a
Ciri. La muchacha estaba sentada con Coën en una piel de oso en un lejano
rincón de la sala jugando al calientamanos. El juego se iba volviendo monótono
puesto que ambos eran increíblemente rápidos y ninguno era capaz de acertar al
otro en forma alguna. Por lo visto esto no les molestaba y no les aguaba la
diversión.
- Geralt -dijo-.
Cuando encontraste a Ciri allá, junto al Yaruga, te la llevaste contigo. La
trajiste a Kaer Morhen, la escondiste del mundo, no quieres ni siquiera que los
parientes de la niña sepan que vive. Lo hiciste porque algo, de lo que no sé,
te convenció de que existe el destino, de que nos gobierna, de que nos dirige
en todo lo que hacemos. Yo también pienso así, siempre lo he pensado. Si el
deseo quiere que Ciri se convierta en hechicera, así sucederá. Ni el Capítulo
ni el Consejo tienen por qué saber nada, no tienen por que observar ni
convencer. Guardándoos el secreto, no traiciono en nada al Capítulo. Pero como
bien sabéis hay aquí cierto problema.
-Si sólo fuera uno
-suspiró Vesemir-. Habla, niña.
-La muchacha tiene
aptitudes para la magia y ello no se puede descuidar. Es demasiado peligroso.
-¿Por qué razón?
- Las aptitudes
incontroladas son peligrosas. Para la Fuente y para los que la rodean. Para los
que la rodean la Fuente puede ser peligrosa de muchas formas. Para sí misma
sólo en una. Se trata de alguna enfermedad mental. La más común es la
catatonía.
-Por los mil
diablos -dijo Lambert después de un largo rato de silencio-. Os estoy
escuchando y pienso que aquí alguien ya ha perdido el juicio y ya veis cómo es
peligrosa para los que la rodean. Destino, fuente, hechicerías, prodigios,
milagros...
Pero, ¿no exageras,
Merigold? ¿Acaso es éste el primer crío que ha sido traído a la Fortaleza?
Geralt no encontró ningún destino, encontró a un huérfano más, desprovisto de
hogar. Le enseñaremos a este crío el arte de la espada y lo soltaremos en el
mundo, como a otros. Cierto, estoy de acuerdo, nunca hasta ahora habíamos
entrenado en Kaer Morhen a una niña. Tuvimos problemas con Ciri, cometimos
errores, bien está que nos los señalaras. Pero sin exagerar. Ella no es tan
original como para caer de rodillas y alzar los ojos al cielo. ¿Acaso pululan
por el mundo pocas hembras guerreras? Te garantizo, Merigold, Ciri saldrá de
aquí educada y sana, fuerte y sabiendo arreglárselas en la vida. Y, te
garantizo, sin catatonia ni otros males. A menos que tú la convenzas de padecer
parecida enfermedad.
-Vesemir. -Triss se
volvió en la silla-. Ordénale callarse porque molesta.
-Te haces la lista
-dijo sereno Lambert- y no lo sabes todo. Mira.
Alzó la mano en
dirección al hogar, colocando los dedos en una extraña posición. La chimenea
bramó y retumbó, el humo brotó con ímpetu, el fuego cobró brillantez, escupió
chispas. Geralt, Vesemir y Eskel miraron intranquilos a Ciri, pero la muchacha
no prestaba atención a los espectaculares fuegos de artificio.
Triss cruzó los
brazos sobre el pecho, miró a Lambert retadora.
-La Señal de Aard
-afirmó con tranquilidad -. ¿Querías imponerme? Con ayuda del mismo gesto,
reforzado por la concentración, la fuerza de voluntad y un conjuro, puedo en un
instante lanzar el leño a través de la chimenea, tan alto que creerías que es
una estrella.
-Tú puedes
-accedió- . Pero Ciri no. No es capaz siquiera de realizar la Señal de Aard. Ni
ninguna otra. Lo ha intentado centenares de veces y nada. Y tú misma sabes que
para nuestras Señales no hace falta más que un mínimo de capacidad. Así que
Ciri no tiene ni siquiera el mínimo. Es una niña absolutamente normal. No tiene
las mínimas capacidades mágicas, es incluso un antitalento. Y tú nos relatas
que si una Fuente, intentas asustarnos con...
-Una Fuente -le
aclaró con voz fría- no controla sus habilidades, no es dueña de ellas. Es un
médium, una especie de transmisor. Contacta sin saberlo con ciertas energías,
sin saberlo las dirige. Pero si intenta controlarlas, si las fuerza, como
cuando intenta formar las Señales, no le sale nada. Y nada le saldrá no ya con
cientos sino
con miles de pruebas. Es típico para las Fuentes.
Pero cierto día
llega el momento en que la Fuente no se esfuerza, no lo intenta, está pensando
en las musarañas o en judías con chorizo, juega a la taba, se lo pasa bien con
alguien en la cama, se mete el dedo en la nariz... y de pronto algo sucede. Por
ejemplo, la casa estalla en llamas. A veces hasta media ciudad estalla en
llamas.
-Exageras,
Merigold.
-Lambert. - Geralt
dejó caer el medallón, puso la mano sobre la mesa-. En primer lugar, no te
dirijas a Triss como "Merigold", ya te ha pedido muchas veces que no
lo hagas. En segundo lugar, Triss no exagera. Yo vi en acción con mis propios
ojos a la madre de Ciri, la infanta Pavetta. Os digo que había que verlo. No sé
si era Fuente, pero nadie sospechaba que tuviera talentos hasta que por un pelo
no acabó convirtiendo en cenizas el castillo real de Cintra.
-Habrá entonces que
aceptar -dijo Eskel, al tiempo que encendía una vela en otro candelabro- que
Ciri puede poseer una carga genética.
-No sólo puede
-dijo Vesemir-. Ella posee esa herencia. Por un lado, Lambert tiene razón. Ciri
no es capaz de hacer las Señales. Por el otro... Todos hemos visto...
Calló, mientras
miraba a Ciri, quien con un chillido de alegría saludaba en aquel preciso
momento el haber alcanzado ventaja en el juego. Triss vio la sonrisa en el
rostro de Coën y no albergó dudas de que éste le había permitido que ganara.
-Y precisamente
-dijo temblando-. Todos lo habéis visto. ¿Qué habéis visto?
¿En qué
circunstancias lo habéis visto? ¿No os parece, muchachos, que ha llegado el
momento de ser más sinceros? Diablos, os repito, guardaré el secreto. Tenéis mi
palabra.
Lambert miró a
Geralt, Geralt afirmó permitiéndole. El joven brujo se levantó, sacó de una
alta estantería una garrafa de cristal grande, cuadrangular y una botellita más
pequeña. Vertió el contenido de la botellita en la garrafa, la agitó varias
veces, sirvió el diáfano líquido en las jarras que estaban sobre la mesa.
-Toma algo con
nosotros, Triss.
-¿Acaso la verdad
es tan terrible -se mofó- que no se puede hablar de ella estando sobrio? ¿Que
hay que embriagarse para poder oírla?
-No te hagas la
lista. Echa un trago. Lo entenderás más fácilmente.
-¿Y qué es esto?
-Gaviota blanca.
-¿Qué?
-Un medio ligero
-sonrió Eskel- para tener dulces sueños.
-¡Voto a bríos! ¿Un
alucinógeno brujeril? ¡Así que por eso os brillan los ojos por las noches!
-La gaviota blanca
es muy suave. La negra es la alucinógena.
-¡Si en este
líquido hay magia no me está permitido llevármelo a los labios!
-Únicamente
ingredientes naturales -la tranquilizó Geralt, pero la mueca que había
adoptado, como ella advirtió, era confusa. Seguramente tenía miedo de que le
preguntara por los ingredientes del elixir-. Y disueltos en una gran cantidad
de agua. No te propondríamos nada que pudiera perjudicarte.
El líquido espumoso
de extraño sabor le golpeó frío en el esófago pero se extendió cálido por su
cuerpo. La hechicera pasó la lengua por las encías y el paladar. No pudo
reconocer ninguno de los componentes.
-Le disteis a
probar a Ciri esta... gaviota -se imaginó-. Y entonces...
- Fue un accidente
-la interrumpió rápido Geralt-. La primera tarde, nada más llegar... Tenía sed,
la gaviota estaba en la mesa. Antes de que alcanzáramos a reaccionar, se la
bebió de un trago. Y cayó en trance.
-Nos pasmamos de
miedo -reconoció Vesemir y suspiró-. Ay, nos pasmamos, niña. Hasta el cuello.
-Comenzó a hablar
con una voz ajena -afirmó con tranquilidad la hechicera, mirando a los ojos de
los brujos, que brillaban a la luz de las velas-. Comenzó a hablar de cosas y
materias que no podía conocer. Comenzó a... profetizar. ¿Verdad? ¿Qué dijo?
-Tonterías -dijo
seco Lambert-. Gilipolleces carentes de sentido.
-No dudo -le miró-
que entonces se entendería estupendamente contigo. Las gilipolleces son tu
especialidad, lo confirmas cada vez que abres la boca. Hazme entonces el favor
y no la abras durante algún tiempo. ¿De acuerdo?
-Esta vez -dijo
serio Eskel, mientras se tocaba la cicatriz del rostro- Lambert tiene razón,
Triss. En verdad, después de beber la gaviota, Ciri habló de tal modo que no se
podía entender. Entonces, la primera vez, no se trató más que de un farfulleo.
Sólo después...
Se interrumpió.
Triss asintió con la cabeza.
-Sólo la segunda
vez comenzó a hablar con sentido -se imaginó la hechicera-. Entonces hubo una
segunda vez. ¿También después de un narcótico bebido a causa de vuestro
descuido?
-Triss -Geralt alzó
la cabeza-. No es momento de bromas malignas. A nosotros no nos divierte esto.
A nosotros nos preocupa y nos inquieta. Sí, hubo una segunda vez, y una
tercera. Ciri cayó de mala manera durante un ejercicio. Perdió el sentido.
Cuando lo recuperó estaba de nuevo sumida en un trance. Y otra vez balbuceó.
Otra vez con una voz ajena. Y otra vez era ininteligible. Pero yo ya había
escuchado voces parecidas, parecidas formas de hablar. Así hablan esas pobres
mujeres, locas y enfermas, a las que se les llama oráculos. ¿Entiendes a lo que
me refiero?
-Perfectamente.
Ésta fue la segunda vez. Pasemos a la tercera.
Geralt se pasó el
antebrazo por la frente, que de pronto estaba perlado de
sudor.
-Ciri se despierta
a menudo por la noche -siguió-. Gritando. Ha pasado mucho. Ella no quiere
hablar de esto, pero sin duda vio en Cintra y en Angren cosas que un niño no
debiera ver. Temo incluso que... que alguien le hiciera daño. Esto le vuelve en
sueños... A menudo es fácil tranquilizarla, se duerme sin problemas... Pero una
vez después de despertarse... estaba en nuevo en trance. De nuevo habló con esa
voz ajena, desagradable... maligna. Habló con claridad y sentido. Profetizó.
Predijo. Y nos predijo...
-¿Qué? ¿Qué,
Geralt?
-La muerte -dijo
suavemente Vesemir-. La muerte, niña.
Triss miró a Ciri,
quien le chillaba a Coën acusándole de hacer trampas en el juego. Coën la
abrazó, estalló en risas. La hechicera comprendió de pronto que nunca, nunca
hasta entonces había escuchado reír a ninguno de los brujos.
-¿A quién?
-preguntó, todavía mirando a Coën.
-A él -dijo
Vesemir.
-Y a mí -añadió
Geralt. Y sonrió.
-Al despertar...
-No recordaba nada.
Y nosotros no preguntamos.
-Bien hecho. En lo
que respecta a esa profecía... ¿Era concreta? ¿Detallada?
-No. -Geralt la
miró directamente a los ojos-. Confusa. No preguntes por la profecía, Triss. A
nosotros no nos preocupa el contenido de las predicciones y augurios de Ciri,
sino lo que pasa con ella. No tenemos miedo por nosotros, sino...
-Cuidado -le
advirtió Vesemir-. No hables de esto delante de ella.
Coën se acercó a la
mesa, llevando la muchacha sobre los hombros.
-Dales a todos las
buenas noches, Ciri -dijo- . Dales las buenas noches a estos búhos noctámbulos.
Nosotros nos vamos a dormir. Ya es casi la medianoche. En un instante se acaba
Midinváerne. ¡A partir de mañana la primavera estará cada día más cerca!
-Quiero beber.
-Ciri se bajó de sus espaldas, le echó mano a la jarra de Eskel.
El brujo hábilmente
retiró la jarra del alcance de sus manos, tomó un jarrón con agua.
Triss se levantó a
toda prisa.
-Toma -dio a la
muchacha su vaso, que estaba lleno hasta la mitad y apretó al mismo tiempo
furtivamente el brazo de Geralt y miró a Vesemir a los ojos-. Bebe.
-Triss - susurró
Eskel, mirando a Ciri que bebía de un trago- ¿Piensas que es lo mejor? Pero...
-Ni una palabra,
por favor.
No esperaron
demasiado tiempo al efecto. Ciri se tensó de pronto, gritó en bajo tono, adoptó
una sonrisa ancha y feliz. Cerró los párpados, desplegó los brazos. Soltó una
carcajada, giró en una pirueta, comenzó a bailar de puntillas. Lambert con un
relampagueante movimiento apartó el escabel que estaba entre la bailarina y el
hogar de la chimenea.
Triss se alzó, sacó
de bajo su escote un amuleto, un zafiro engastado en plata colgando de una fina
cadena. Lo apretó con fuerza en el puño.
-Niña... -gimió
Vesemir-. ¿Qué estás haciendo?
-Sé lo que hago
-dijo cortante -. La muchacha ha caído en trance y yo voy a establecer contacto
psíquico con ella. Entraré en ella. Ya os he dicho que ella es una especie de
transmisor mágico, tengo que saber qué es lo que transmite, de dónde extrae su
aura, cómo la procesa. Hoy es Midinváerne, una noche muy apropiada para tales
intentos...
-No me gusta esto.
-Geralt arrugó el ceño-. No me gusta nada.
-Si alguna de
nosotras sufriera un ataque de epilepsia -la hechicera ignoró las palabras de
Geralt- ya sabéis lo que tenéis que hacer. Un palo en los dientes, sujetar y
esperar. Alegrad esas caras, muchachos. No es la primera vez que hago esto.
Ciri dejó de
bailar, se hincó de rodillas, extendió las manos, apoyó la cabeza sobre las
rodillas. Triss apretó el amuleto que ya estaba tibio contra las sienes,
murmuró una fórmula mágica. Cerró los ojos, se concentró y envió un impulso.
El mar susurraba,
las olas golpeaban con estrépito contra una playa rocosa, altos géiseres
explotaban entre las peñas. Agitó unas alas, aprovechó un viento salado.
Indescriptiblemente feliz se lanzó en picado, superó una bandada de compañeras,
arañó con las uñas el peine de las olas, se alzó de nuevo hacia el cielo,
derramando gotas, planeó, martilleada por el viento que hacía vibrar sus penas
y timoneras. La fuerza de la sugestión, pensó con lucidez. Se trata tan sólo de
la fuerza de la sugestión. ¡Una gaviota!
¡Triiiiss!
¡Triiiiss!
¿Ciri? ¿Dónde
estás?
¡Triiiiss!
El chillido de las
gaviotas se apagó. La hechicera todavía sentía en el rostro las salpicaduras de
las olas, pero bajo ella ya no estaba el mar. O mejor dicho, estaba, pero sólo
un mar de hierba, una infinita llanura que alcanzaba hasta el horizonte. Triss
constató con espanto que lo que veía era el panorama que se dominaba desde la
cumbre del Monte de Sodden. Pero no era el Monte. No podía ser el Monte.
El cielo se
oscureció de pronto, alrededor se arremolinaron las tinieblas. Vio una larga
fila de confusas figuras que subían lentamente por la pendiente. Escuchó unos
susurros superpuestos unos a los otros y mezclados con un coro intranquilizador
e ininteligible.
Ciri estaba al
lado, vuelta de espaldas. El viento agitaba sus cabellos cenicientos.
Las figuras
confusas y nebulosas seguían pasando a su lado, en una larga e interminable
fila. Al llegar a ella volvían la cabeza. Triss acalló un grito mientras miraba
a los rostros serenos e impasibles, a los ojos ciegos y muertos. La mayor parte
de los rostros no los conocía, no sabía de quién eran. Pero algunos sí.
Coral. Vanielle.
Yoël. Raby Axel...
-¿Por qué me has
traído aquí -susurró-. ¿Por qué?
Ciri se dio la
vuelta. Alzó un brazo y la hechicera contempló un hilillo de sangre que
recorría desde la línea de la vida por el interior de la mano hasta la muñeca.
-Esto fue la rosa
-dijo serena la muchacha-. La Rosa de Shaerrawedd. Me he pinchado. No es nada.
Sólo sangre. La sangre de los elfos...
El cielo se
oscureció aún más, y al poco brilló con fuerte y cegadora luz un relámpago.
Todo se sumió en el silencio y la inmovilidad. Triss dio un paso, para
asegurarse de que iba a poder hacerlo. Se paró al lado de Ciri y vio que ambas
estaban al borde de un precipicio infinito en el que se arremolinaba un humo
rojizo, como si estuviera iluminado. El brillo de otro mudo relámpago mostró de
pronto una escalera de mármol muy larga que conducía hacia las profundidades
del abismo.
-Así ha de ser
-dijo Ciri con voz temblorosa-. No hay otro camino. Sólo éste.
Escalones hacia el
fondo. Así ha de ser porque... Va'esse deireádh aep eigean...
-Habla -susurró la
hechicera-. Habla, niña.
-Niña de la Vieja
Sangre... Feainnewedd... Luned aep Hen Ichaer... Deithwen... La Llama Blanca...
No, no... ¡No!
-¡Ciri!
-El caballero negro
... con una pluma en el yelmo... ¿Qué me hizo? ¿Qué pasó entonces? Tenía
miedo... Todavía lo tengo. Esto no se acabó, esto no se acabará nunca. La
Pequeña Leona ha de morir... Una razón de estado... No... No...
-¡Ciri!
- ¡No! -La muchacha
se tensó, cerró los párpados-. ¡No, no, no quiero! ¡No me toques!
El rostro de Ciri
se transformó violentamente, se endureció, la voz se volvió metálica, fría y
malvada, en ella resonaba un escarnio maligno y cruel.
-¿Has venido tras
ella hasta aquí, Triss Merigold? ¿Hasta aquí? Has ido demasiado lejos,
Decimocuarta. Te avisé.
-¿Quién eres?
-Triss se estremeció. Pero controló su voz.
-Lo sabrás cuando
llegue el momento.
-¡Lo sabré ahora!
La hechicera alzó
la mano, la extendió con violencia, concentrando todas las fuerzas en un
Conjuro de Identificación. La cortina mágica estalló, pero detrás de ella había
una segunda... Una tercera... Una cuarta...
Con un gemido,
Triss cayó de rodillas. Y la realidad siguió estallando, se abrieron otras
puertas, largas, que no terminaban nunca y conducían a la nada. Al vacío.
-Te confundiste,
Decimocuarta -vibró la voz metálica, inhumana-. Confundiste el cielo con las
estrellas reflejadas de noche sobre la superficie de un estanque.
-No toques... ¡No
toques a esa niña!
-No es una niña.
Los labios de Ciri
se movían pero Triss veía como los ojos de la muchacha estaban muertos,
vidriosos, sin conciencia.
-No es una niña
-repitió la voz-. Es la Llama, la Llama Blanca, a causa de la que se prenderá y
arderá el mundo. Es la Vieja Sangre, Hen Ichaer. La sangre de los elfos. La
Semilla que no engendrará sino que estallará en llamas. La Sangre que será
derramada... Cuando llegue el Tedd Deireádh, el Tiempo del Fin. ¡Va'esse
deireádh aep eigean!
-¿Predices la
muerte? -gritó Triss-. ¿Sólo sabes eso, predecir muerte? ¿A todos? ¿A ellos, a
ella... a mí?
-¿A ti? Tú ya estás
muerta, Decimocuarta. Todo ha muerto en ti ya.
-Por el poder de
las esferas -gimió la hechicera al tiempo que movilizaba los restos de fuerza
que le quedaban y movía los brazos en el aire-. Por el agua, el fuego, la
tierra y el aire, yo te conjuro. Te conjuro en la mente, en el sueño y en la
muerte, en todo lo que fue, en todo lo que es y en todo lo que vendrá. Te
conjuro. ¿Quién eres? ¡Habla!
Ciri volvió la
cabeza. La visión de los escalones que conducían hacia las profundidades
desapareció, fluyó, en su lugar apareció un mar gris y oleaginoso, espumeante,
agitado por el peine de las olas que chocaban entre sí. En el silencio se alzó
de nuevo el chillido de las gaviotas.
-Vuela -dijo la voz
a través de los labios de la muchacha-. Ya es hora. Vuelve allá de donde
viniste, Decimocuarta del Monte. Vuela con las alas de una gaviota y escucha el
grito de otras gaviotas. ¡Escucha atentamente!
-Te conjuro...
-No puedes. ¡Vuela,
gaviota!
Y de pronto hubo
otra vez el silbido del viento y el aire húmedo y salado, y hubo un vuelo, un
vuelo sin principio ni final. Las gaviotas chillaban salvajemente. Chillaban y
ordenaban.
¿Triss?
¿Ciri?
¡Olvídalo! ¡No lo
tortures! ¡Olvida! ¡Olvida, Triss!
¡Olvida!
¡Triss! ¡Triss!
¡Triiiiss!
-¡Triss!
Abrió los ojos,
agitó la cabeza sobre la almohada, movió las manos entumecidas.
-¿Geralt?
-Estoy junto a ti.
¿Cómo te sientes?
Miró a su
alrededor. Estaba en su habitación, tendida en la cama. En la mejor cama de
Kaer Morhen.
-¿Qué pasa con
Ciri?
-Duerme.
-¿Cuánto tiempo...?
-Demasiado tiempo
-interrumpió. La cubrió con el edredón, la abrazó. Cuando se agachó, el
medallón con la cabeza de lobo se balanceaba junto al rostro de ella-. Lo que
hiciste no fue buena idea, Triss.
-Todo está bien.
-Temblaba enlazada en su abrazo. No es cierto, pensó. Nada está bien. Volvió el
rostro de forma que no la tocara el medallón. Había muchas teorías acerca de
las propiedades de los amuletos de los brujos, pero ninguna recomendaba a los
hechiceros el contacto con ellos durante los días y las noches de Solsticio.
-¿Acaso... acaso
dijimos algo durante el trance?
-Tú no. Estuviste inconsciente todo el
tiempo.
Ciri...
Justo
antes
de
despertarse...
dijo... "Va'esse deireádh aep eigean".
-¿Conoce la Vieja
Lengua?
-No tanto como para
pronunciar frases completas.
-Frases que
significan "Algo termina". -La hechicera se pasó la mano por el
rostro- . Geralt, este es un asunto serio. La muchacha es un médium
increíblemente fuerte. No sé qué es lo que contacta con ella, pero me da la
sensación de que no existen límites de contacto para Ciri. Algo quiere
adueñarse de ella. Algo... que es demasiado fuerte para mí. Tengo miedo por
ella. Un trance más... puede que finalice con una enfermedad psíquica. Yo no
soy capaz de controlarlo, no sé cómo, no puedo... Si fuera necesario no podría
bloquear, enmudecer sus capacidades, no sería capaz, si no hubiera otra salida,
de ahogarlas permanentemente. Tienes que usar de la ayuda de... otra hechicera.
Más capacitada. Con más experiencia. Sabes de quién hablo.
-Lo sé. -Tornó la
cabeza, apretó los labios.
-No te opongas. No
te defiendas. Imagino por qué no acudiste a ella en lugar de a mí. Combate tu
amor propio, somete tu dolor y tu terquedad. Esto no tiene sentido, te torturas
a ti mismo. Y arriesgas la salud y la vida de Ciri. Lo que suceda con ella en
el próximo trance puede ser probablemente peor que la Prueba de las Hierbas.
Pídele ayuda a Yennefer, Geralt.
-¿Y tú, Triss?
-¿Yo, qué? -Tragó
saliva con esfuerzo-. Yo no cuento. Te he fallado. Te he fallado... en todo.
Fui... fui tu error. Nada más.
-Los errores -dijo
con énfasis- también cuentan para mí. No los borro ni de mi memoria ni de mi
vida. Y nunca culpo a otros de ellos. Tú cuentas, Triss, y siempre contarás.
Nunca me fallaste. Nunca. Créeme.
Ella guardó
silencio durante largo rato.
- Me quedaré hasta
la primavera -anunció finalmente, mientras combatía el temblor de su voz-.
Estaré junto a Ciri... La cuidaré. Día y noche. Estaré junto a ella día
y noche.
Y en la
primavera... En la primavera la llevaremos al santuario de Melitele en
Ellander. Puede que lo que quiere adueñarse de ella no tenga acceso al
santuario. Y tú entonces pedirás ayuda a Yennefer.
-Bien, Triss. Te lo
agradezco.
-¿Geralt?
-Dime.
-Ciri dijo algo,
¿no es cierto? Algo que tú escuchaste. Dime qué fue.
-No -protestó él, y
la voz le tremoló-. No, Triss.
-Por favor.
-Ella no me hablaba
a mí.
-Lo sé. Me hablaba
a mí. Dilo, por favor.
-Después de
despertarse... Cuando la alcé... Susurró: "Olvídalo. No lo tortures".
-No lo haré -dijo
en voz baja-. Pero no puedo olvidar. Perdóname.
-Yo soy quien debe
pedirte perdón. Y no sólo a ti.
-Tanto la quieres.
-Era una afirmación, no una pregunta.
-Tanto -accedió a
media voz, tras un largo instante de silencio.
-Geralt.
-Dime, Triss.
-Quédate conmigo
esta noche.
-Triss...
-Sólo quédate.
-Está bien.
A poco de
Midinváerne, dejó de caer la nieve. Comenzaron las heladas.
Triss estaba junto
a Ciri de día y de noche. La cuidaba. La tomaba bajo su protección. Visible e
invisible.
La muchacha se
despertaba gritando casi cada noche. Deliraba, se aferraba las mejillas,
lloraba de dolor. La hechicera la calmaba con conjuros y elixires, la
adormecía, abrazándola y la acunaba en sus brazos. Y luego ella misma era
incapaz de dormir durante largo rato pensando en lo que Ciri había dicho en
sueños y al despertarse. Y sentía un miedo creciente. Va'esse deireádh aep
eigean... Algo termina...
Así fue durante
diez días y diez noches. Y por fin se acabó. Se terminó, desapareció sin
huella. Ciri se tranquilizó, dormía serena, sin delirios, sin sueños.
Pero Triss cuidaba
de ella incansablemente. No se alejaba de la muchacha ni a un paso. La tomó
bajo su protección. Visible e invisible.
-¡Más deprisa,
Ciri! ¡Paso adelante, ataque, paso atrás! ¡Media pirueta, golpe, paso atrás!
¡Equilibra, equilibra con la mano izquierda, o te caerás del peine! ¡Y te
golpearás en tus... atributos femeninos!
-¿Qué?
-Nada. ¿No estás
cansada? Si quieres, descansamos.
-¡No, Lambert!
Todavía puedo. No soy tan debilucha, no te lo pienses. ¿Y si intentara saltar
un palo sí y otro no?
-¡Sobre mi cadáver!
Te caes y entonces Merigold me corta... la cabeza.
-¡No me caeré!
-Te lo he dicho una
vez y no lo voy a repetir. ¡Sin fantasmear! ¡Los pies firmes!
¡Y respira, Ciri,
respira! ¡Resoplas como un mamut moribundo!
-¡No es verdad!
-No chilles.
¡Ejercita! ¡Ataque, retroceso! ¡Parada! ¡Media pirueta! ¡Firme sobre los palos,
joder! ¡No te tambalees! ¡Parada, pirueta entera! ¡Salta y corta! ¡Así es! ¡Muy
bien!
-¿De verdad? ¿De
verdad lo hice bien, Lambert?
-¿Quién ha dicho
eso?
-¡Tú! ¡Hace un
segundo!
-Debo de haberme
equivocado. ¡Ataque! ¡Media pirueta! ¡Retrocede! ¡Y otra vez! Ciri, ¿dónde está
la parada? ¿Cuántas veces tengo que repetirlo? Después del retroceso siempre
hay que efectuar una parada, la extensión de la hoja para cubrir la cabeza y el
cuello! ¡Siempre!
-¿Incluso cuando
sólo lucho con un oponente?
-Nunca sabes con
qué luchas. Nunca sabes qué hay por detrás de ti. Tienes que cubrirte siempre.
¡El trabajo de la espada y los pies! Tiene que ser un reflejo. Un reflejo,
¿comprendes? No te está permitido olvidarlo. Lo olvidas en una lucha de verdad
y se acabó. ¡Otra vez! ¡Así! ¡Justo así! ¿Ves qué bien te deja colocada esa
parada? Ahora puedes realizar el golpe que quieras. Puedes dar un tajo hacia
atrás, si fuera necesario. Venga, muéstrame una pirueta y golpe hacia atrás.
-¡Yaaa!
-Muy bonito. ¿Sabes
ya de qué se trata? ¿Lo has captado?
-¡No soy tonta!
-Eres una mujer.
Las mujeres no tienen seso.
-¡Eh, Lambert, si
te oyera Triss!
-Largo el pelo,
corto el seso, por las mujeres va eso. Venga, basta. Bájate.
Vamos a descansar.
-¡No estoy cansada!
-Pero yo sí lo
estoy. Ya te he dicho, vamos a descansar. Baja del peine.
-¿De un salto?
-¿Y cómo lo ibas a
hacer si no? ¿Como las gallinas de su percha? Vamos, salta. No tengas miedo, te
protegeré.
-¡Yaaa!
-Bien. Para una
mujer, muy bien. Ya puedes quitarte la venda de los ojos.
-Triss, ¿no basta
ya por hoy? ¿Vale? Podemos tomar los trineos y tirarnos desde la cuesta. ¡Luce
el sol, la nieve centellea tanto que hasta duelen los ojos! ¡Un tiempo
precioso!
-No te asomes tanto
o te caerás de la ventana.
-¡Vamos a tirarnos
con los trineos, Triss!
-Propónmelo en la
Vieja Lengua. Así acabamos la lección. Aléjate de la ventana, vuelve a la
mesa... Ciri, ¿cuántas veces te lo tengo que decir? Suelta la espada, deja de
perder el tiempo con ella.
-¡Es mi nueva
espada! ¡Verdadera, de brujo! ¡Hecha de acero que cayó del cielo! ¡De verdad!
¡Geralt lo dijo y él no miente nunca, ya lo sabes!
-Oh, sí. Lo sé.
- Tengo que
acostumbrarme a esta espada. Tío Vesemir la ajustó a mi peso, altura y longitud
de la mano. ¡Tengo que acomodar a ella la mano y la muñeca!
- Acomoda lo que
quieras, pero en el patio. No aquí. Venga, dime. Parece que querías proponerme
el salir con los trineos. En la Vieja Lengua. Propónmelo.
-Hummm... ¿Cómo se
dice trineo?
-Sledd como
sustantivo. Aesledde como verbo.
-Ajá... Ya sé.
Va'en aesledde, ell'ea?
-No termines una
pregunta de este modo, es una forma poco cortés. Las preguntas se crean gracias
a la entonación.
-Pero los niños de
las Islas...
-No estudias el
argot de Skellige, sino la Vieja Lengua en su forma clásica. -¿Y para qué tengo
yo que estudiar esta lengua?
- Pues para
saberla. Lo que no se sabe hay que aprenderlo. Quien no sabe idiomas es un
tullido.
-¡Pues si al fin y
al cabo todos hablan en la común!
-Cierto. Pero
algunos no sólo en ella. Te aseguro, Ciri, que es mejor pertenecer a los
algunos que no a los todos. Venga, te escucho. Una frase completa: "Hoy
hace un tiempo precioso, vamos a deslizarnos con los trineos".
-Elaine... Humm...
¿Elaine tedd a'taeghane, a va'en aesledde?
-Muy bien.
-¡Ja! Entonces
vamos a por los trineos.
-Iremos. Pero
permíteme terminar mi maquillaje.
-Y para quién te
maquillas tanto, ¿eh?
-Para mí misma. Una
mujer realza su belleza para sentirse bien ella misma. -Humm... ¿Sabes qué? Yo
también me siento mal. ¡No te rías, Triss!
-Ven aquí. Siéntate
en mis rodillas. ¡Suelta la espada, te lo he pedido antes! Gracias. Ahora toma
ese pincel gordo, empólvate la cara. ¡No tanto, muchacha, no tanto! Mira al
espejo. ¿Ves qué guapa estás?
-No veo ninguna
diferencia. Me voy a pintar los ojos, ¿vale? ¿De qué te ríes? Tú siempre te
pintas los ojos. ¡Yo también quiero!
-Está bien. Ten,
ponte un poco de sombra en los párpados. Ciri, no cierres los dos ojos, no ves
nada, te pintarás todas las buceras. Toma un pedacito y roza los párpados.
¡Rózalos, te he dicho! Déjame que te lo extienda un poco. Cierra los ojos.
Ahora ábrelos.
-¡Ooooh!
-¿Hay diferencia?
Un poquito de sombra no perjudica ni siquiera a unos ojos tan bonitos como los
tuyos. Las elfas sabían lo que hacían cuando inventaron la sombra de ojos.
-¿Las elfas?
-¿No lo sabías? El
maquillaje es un invento de las elfas. Muchas cosas útiles hemos tomado del
Antiguo Pueblo. Y dándoles a cambio bien poquito. Ahora toma el lápiz, dibújate
una línea muy fina en el párpado, junto a las pestañas. Ciri, ¿qué estás haciendo?
-¡No te rías! ¡Me
tiemblan los párpados! ¡Es por eso!
-Abre un poco los
labios y dejarán de temblar. ¿Lo ves? Lista.
-¡Ooooh!
-Ven, vamos ahora,
para que nuestra belleza les deje pasmados a los brujos. Cuesta pensar en mejor
espectáculo. Y luego tomaremos los trineos y nos quitaremos el maquillaje
metiéndonos dentro de los montones de nieve.
-¡Y nos pintaremos
otra vez!
-No. Le mandaremos
a Lambert calentar los baños y nos bañaremos.
-¿Otra vez? Lambert
dijo que utilizamos demasiada leña para nuestros baños.
-Lambert cáen me
a'báeth aep arse.
-¿Qué? Esto no lo
he entendido.
-Con el tiempo
aprenderás también los modismos. Hasta la primavera nos queda todavía mucho
tiempo para estudiar. Y ahora... ¡Va'en aesledde, me elaine luned!
-Esto, en este
grabado... No, mocosilla, no éste... Éste. Esto es, como sabes, un ghul.
Escuchemos, Ciri, lo que has aprendido sobre los ghules... ¡Eh, mírame a mí!
Por el viejo diablo, ¿qué tienes en los pómulos?
-¡Un mejor
sentimiento!
-¿Qué? Ah, y un
comino. Venga, dime.
-Humm... Ghul, tío
Vesemir, es un monstruo que devora cadáveres. Se lo puede encontrar en los
cementerios, en los alrededores de los túmulos, en todos lados donde se
entierra a los muertos. En nec... necrópolis. En los campos de batalla, tras
las batallas...
-Entonces, ¿sólo es
peligroso para los difuntos?
-No, no sólo.
También a los vivos ataca el ghul. Si está hambriento o entra en un arrebato.
Si, por ejemplo, hay una batalla... Muchos caídos...
-¿Qué te pasa,
Ciri?
-Nada...
-Ciri, escucha.
Olvídate de aquello. Aquello no volverá.
-Yo vi... En Sodden
y en los Tras Ríos... Campos enteros... Estaban tendidos, los comían los lobos
y los perros salvajes. Los picoteaban los pájaros... Seguramente también había
allí ghules...
-Por eso es que
estudias ahora a los ghules, Ciri. Aquello que se conoce deja de ser una
pesadilla. Aquello con lo que se sabe luchar no es ya tan amenazador. ¿Cómo se
lucha con un ghul, Ciri?
-Con la espada de
plata. El ghul es sensible a la plata.
-¿Y a qué más?
-A la luz fuerte. Y
al fuego.
-Entonces, ¿se
puede luchar contra él con ayuda de la luz y del fuego?
-Se puede, pero es
peligroso. Un brujo no usa la luz ni el fuego porque le impide ver. Toda luz
produce sombra y la sombra dificulta la orientación. Hay que luchar siempre en
las tinieblas, bajo la luz de la luna o de las estrellas
-Perfecto. Lo has
recordado muy bien, eres una muchacha despejada. Y ahora mira a este grabado.
-Eeeueeeuuueee...
-En fin, cierto que
no es guapo este hidep... ser. Es un graveir. El graveir es una forma de ghul.
Es parecido al ghul pero bastante mayor. Se diferencia también, como ves, por
estas tres crestas de hueso en el cráneo. El resto lo tiene igual que todo comecadáveres.
Presta atención. Uñas cortas y romas, adaptadas para cavar en las tumbas, para
arañar la tierra. Fuertes dientes, para roer los huesos y una lengua larga y
fina que le sirve para sacar de ellos el tuétano en descomposición. Un tuétano
bien apestoso es para el graveir una delicia... ¿Qué te pasa?
-Nnnnnada.
-Estás
completamente pálida. Y verde. Comes muy poco. ¿Has tomado el desayuno?
-Shííí. Tttoomé.
-¿De qué estaba...?
Ah, sí. Casi lo olvidé. Recuérdalo porque es importante. Los graveires, como
los ghules y otros monstruos de este grupo, no tienen nicho ecológico propio.
Son reliquias del período de penetración de las esferas. Al matarlos no afectamos
los equilibrios ni los sistemas que existen en la naturaleza, en nuestra esfera
actual. En nuestra esfera actual estos monstruos son ajenos y no hay sitio aquí
para ellos. ¿Entiendes esto, Ciri?
-Lo entiendo, tío
Vesemir. Geralt me lo explicó. Lo sé todo. Un nicho ecológico
es...
-Vale, vale. Ya sé
lo que es, si Geralt te lo explicó, no tienes que recitármelo ya. Volvamos al
graveir. Los graveires se ven pocas veces, por suerte, porque son unos putos
cabrones muy peligrosos. La más mínima lesión en la lucha con un graveir
significa infectarse de veneno de cadáver. ¿Con qué elixir se cura la infección
de veneno de cadáver, Ciri?
-Con
"Oriol".
-Cierto. Pero mejor
evitar la infección. Por eso, al luchar con un graveir no se debe acercarse uno
al canalla. Se lucha siempre a distancia, y el golpe se da al saltar.
-Humm... ¿Y en qué
lugar es mejor darlo?
-Precisamente ahora
pasamos a ese tema. Mira...
-Otra vez, Ciri. Lo
ejercitaremos lentamente, para que puedas dominar cada movimiento. Mira, te
ataco con una tertia, me coloco como para una estocada... ¿Por qué retrocedes?
-¡Porque sé que es
una finta! Puedes lanzarte con un barrido siniestro o golpearme con un
fendiente. ¡Y yo retrocedo y te paro con un contragolpe!
-¿De verdad? ¿Y si
hago esto?
-¡Auuu! ¡Se supone
que era lentamente! ¿Qué es lo que he hecho mal? ¡Dime,
Coën!
-Nada. Simplemente
soy más alto y más fuerte.
-¡Eso no es
honrado!
- No existe tal
cosa como una lucha honrada. En la lucha se utiliza cada ventaja y cada
capacidad que se posea. Al retroceder me has dado la posibilidad de concederle
más fuerza al golpe. En vez de retroceder, debieras haber utilizado una media
pirueta hacia la izquierda y tratar de cortarme desde abajo, con una quarta
diestra, bajo la barbilla, en los pómulos o en la garganta.
-¡Como si me
hubieras dejado! ¡Harías una pirueta al contrario y me alcanzarías en la parte
izquierda del cuello antes de que consiguiera componer una parada! ¿Cómo voy a
saber lo que vas a hacer?
-Tienes que
saberlo. Y lo sabes.
-¡Me lo creo!
-Ciri. Lo que
estamos haciendo es una lucha. Soy tu oponente. Quiero y tengo que vencerte
porque se trata de mi vida. Soy mas alto que tú y más fuerte, así que intentaré
buscar una ocasión para un golpe que aplaste y rompa tu parada, como has visto
hace un instante. ¿Para qué necesito una pirueta? Ya estoy a siniestro, mira.
¿Hay algo más fácil que golpear en reducción, bajo la axila, en el interior del
brazo? Si te corto esta arteria morirás en cinco minutos. ¡Defiéndete!
-¡Jaaaa!
-Muy bien. Una
parada hermosa y rápida. ¿Ves para qué sirve hacer ejercicios de muñeca? Y
ahora, cuidado, muchos esgrimistas cometen el error de una parada estática, que
muere en secunda y entonces se los puede sorprender, golpear, ¡así!
-¡Jaa!
-¡Maravilloso!
¡Pero salta, salta inmediatamente, haz una pirueta! ¡Puede que tenga un
estilete en la mano izquierda! ¡Bien! ¡Muy bien! ¿Y ahora, Ciri? ¿Qué hago
ahora?
-¿Cómo lo voy a
saber?
-¡Observa mis pies!
¿Cómo tengo dispuesto el peso del cuerpo? ¿Qué puedo hacer desde esta posición?
-¡Todo!
-¡Pues gira
entonces, gira, oblígame a decidirme! ¡Defiéndete! ¡Bien! ¡No mires a mi
espada, la espada puede engañarte! ¡Defiéndete! ¡Bien! ¡Y otra vez! ¡Bien! ¡Y
otra!
-¡Auuuu!
-Mal.
-Uf... ¿Qué es lo
que no hice bien?
-Nada. Simplemente
soy más rápido. Quítate los protectores. Vamos a sentarnos un rato,
descansaremos. Tienes que estar cansada, has corrido en la Senda toda la
mañana.
-No estoy cansada.
Estoy hambrienta.
-Rayos, yo también.
Y hoy le toca a Lambert, y él no sabe cocinar nada excepto macarrones... Si al
menos supiera hacerlos bien...
-¿Coën?
-¿Ajá?
-Sigo siendo muy
lenta...
-Eres muy rápida.
-¿Seré alguna vez
tan rápida como tú?
-Lo dudo.
-Humm... Bueno,
vale. Y tú... ¿Quién es el mejor espadachín del mundo?
-No tengo ni idea.
-¿Nunca has
conocido a nadie así?
-He conocido a
muchos que se tenían por tales.
-¡Ja! ¿Quiénes
eran? ¿Cómo se llamaban? ¿De qué eran capaces?
- Tranquila,
tranquila, niña. No conozco las respuestas a estas preguntas. ¿Acaso es tan
importante?
-¡Por supuesto que
lo es! Quisiera saber... quiénes son esos espadachines. Y dónde están.
-Dónde están si lo
sé.
-¡Ja! Entonces,
¿dónde?
-En los
cementerios.
-Cuidado, Ciri.
Ahora colocaremos el tercer péndulo, ya te las arreglas con dos. Los pasos
serán los mismos que con dos, sólo harás un quiebro más. ¿Lista?
-Sí.
-Concéntrate.
Relájate. Inspira, espira. ¡Ataca!
-¡Ugg! Ayyyyy...
¡Su puta madre!
-Nada de
palabrotas, por favor. ¿Te has hecho daño?
-No, sólo me he
chocado... ¿Qué hice mal?
-Corrías en un
tiempo demasiado regular, adelantaste demasiado la segunda media pirueta e
hiciste demasiado amplia la finta. Como resultado acabaste justo enfrente del
péndulo.
-¡Oh, Geralt, allí
no hay ni pizca de sitio para un quiebro y una vuelta! ¡Están demasiado cerca!
-Hay muchísimo
sitio, te lo garantizo. Pero las distancias están pensadas para obligar a un
movimiento arrítmico. Esto es una lucha, Ciri, no un ballet. En la lucha no
debe uno moverse rítmicamente. Debes poner nervioso al contrario con tu
movimiento, equivocarlo, perturbar sus reacciones. ¿Estás lista para la próxima
prueba?
-Lista. Haz
balancearse a esas putas esferas.
-Sin palabrotas.
Relájate. ¡Ataca!
-¡Ja! ¡Ja! ¿Y
ahora? ¿Qué tal, Geralt? ¡Ni siquiera me ha rozado!
- Tú tampoco has
rozado siquiera con la espada la segunda bolsa. Te repito que la lucha no es un
ballet, ni una acrobacia... ¿Qué es lo que murmuras?
-Nada.
-Relájate. Arregla
el vendaje de las muñecas. No aprietes así con la mano en la empuñadura, esto
te roba la concentración, te estorba el equilibrio. Respira tranquila. ¿Lista?
-Sí.
-¡Vamos!
- ¡Uuuug! Que te...
¡Geralt, eso no se puede hacer! Hay demasiado poco sitio para un quiebro y un
cambio de pie. Y si golpeo con los dos pies, sin quiebro...
-He visto lo que
pasa si golpeas sin quiebro. ¿Te duele?
-No. No mucho...
-Siéntate junto a
mí. Descansa.
-No estoy cansada.
Geralt, yo no pasaré el tercer péndulo ni aunque descansara diez años. No puedo
más rápido...
-Y no tienes por
qué. Eres suficientemente rápida.
-Dime entonces qué
tengo que hacer. ¿Al mismo tiempo media pirueta, quiebro y golpe?
-Es muy sencillo.
No me has atendido. Te dije antes de que empezaras: es necesario un quiebro
más. Un quiebro. Una media pirueta más sobra. La segunda vez hiciste todo bien
y cruzaste todos los péndulos.
-Pero no acerté a
la bolsa porque... Geralt, sin media pirueta no puedo golpear porque me caigo,
no tengo eso, va, cómo se llama...
-Ímpetu. Cierto.
Toma entonces ímpetu y energía. Pero no mediante piruetas ni cambios de pies,
porque para esto no te basta el tiempo. Golpea al péndulo con la espada.
-¿El péndulo? ¡Hay
que golpear las bolsas!
-Esto es una lucha,
Ciri. Las bolsas imitan los lugares sensibles de tu contrario, tienes que
acertarlas. El péndulo, que imita el arma del oponente, has de evitarlo, tienes
que esquivarlo. Si el péndulo te toca, serás herida. En una lucha de verdad
podrías no poder levantarte más. El péndulo no te puede tocar. Pero tú puedes
tocar al péndulo... ¿Por qué pones esa cara de cordero degollado?
-Yo... Yo no soy
capaz de parar el péndulo con la espada. Soy demasiado débil... ¡Siempre seré
débil! ¡Porque soy una mujer!
-Ven acá, muchacha.
Sórbete la nariz. Y escúchame con atención. Ningún atleta de este mundo, ningún
fortinbrás ni fortachón sería capaz de parar el golpe dado por la cola de la
culebra de aire, por el aguijón del gigaskorpión o por las garras del grifo. Y
precisamente esto es lo que imitan los péndulos. Y no intentes siquiera
pararlos. No alejas el péndulo, sino que te alejas tú de él. Absorbes su
energía, que te es necesaria para dar el golpe. Basta un rechazo ligero, pero
rápido y de inmediato, un tajo igualmente rápido desde la media vuelta
contraria. Asumes el impulso mediante el rebote. ¿Está claro?
-Mnn.
- Rapidez, Ciri, y
no fuerza. La fuerza es necesaria para el leñador que tala árboles en el monte
con el hacha. Por eso hay pocas chicas que sean leñadoras. ¿Has entendido de
qué se trata?
-Mnn. Pon en
movimiento el péndulo.
-Descansa primero.
-No estoy cansada.
-¿Sabes ya cómo?
Los mismos pasos, quiebro...
-Lo sé.
-¡Ataca!
-¡Jaaa! ¡Ja!
¡Jaaaaaa! ¡Te pillé! ¡Te agarré, grifo! ¡Geraaalt! ¿Has visto?
-No grites.
Controla la respiración.
-¡Lo he hecho! ¡Lo
he hecho de verdad! ¡Lo conseguí! ¡Alábame, Geralt!
-Bravo, Ciri.
Bravo, niña.
A mediados de
febrero desapareció la nieve, deshecha por un viento cálido que soplaba desde
el sur, desde los desfiladeros.
Los brujos no
querían saber nada acerca de lo que estaba sucediendo en el mundo.
Triss, persistente
y con esfuerzo, dirigía hacia la política y sus problemas las conversaciones
que se desarrollaban por las noches en la oscura sala, apenas iluminada por el
crepitar del fuego del gran hogar. La reacción de los brujos era siempre la misma.
Geralt callaba, con el brazo sobre la frente. Vesemir afirmaba con la cabeza, a
veces introduciendo un comentario del que no se desprendía nada sino que
"en sus tiempos" todo era mejor, más lógico, más honorable y más
saludable. Eskel adoptaba una máscara de cortesía, no ahorraba sonrisas ni
contacto con la mirada, incluso algunas veces hasta parecía interesarse por
algún problema o asunto poco importante. Coën bostezaba abiertamente y miraba
al suelo, mientras que Lambert no ocultaba su menosprecio.
No querían saber de
nada, no les interesaban los dilemas que quitaban el sueño a reyes, hechiceros,
nobles y caudillos, problemas por los cuales se agitaban y gritaban los
consejos, círculos y comisiones. Para ellos no existía lo que sucedía al otro
lado de los desfiladeros ahogados en nieve, al otro lado del Gwenllech, con sus
témpanos de hielo flotando en la corriente oleaginosa. Para ellos no existía
más que Kaer Morhen, sola, perdida entra las montañas salvajes.
Aquella tarde Triss
estaba irritada y nerviosa, puede que a consecuencia del viento que aullaba
entre los muros de la fortaleza. Aquella tarde todos estaban extrañamente
agitados, los brujos, con la excepción de Geralt, se mostraban locuaces de un
modo inusual. Cierto es que no hablaban más que de una sola cosa, de la
primavera. De la próxima salida al camino. De lo que el camino les traería, de
vampiros, vivernos, silvias, licántropos y basiliscos.
Esta vez fue Triss
la que comenzó a bostezar y a mirar al techo. Esta vez fue ella la que guardó
silencio hasta que Eskel se dirigió a ella con una pregunta. Con la pregunta
que ella esperaba.
-¿Y cómo está de
verdad todo en el sur, por el Yaruga? ¿Merece la pena ir en esa dirección? No
querríamos meternos en el mismo centro de alguna disputa.
-¿A qué llamas
disputa?
-Bueno, ya sabes...
-tartamudeó- . Todo el tiempo nos has estado hablando de la posibilidad de una
nueva guerra ... De continuas luchas en las fronteras, de rebeliones en las
tierras ocupadas por Nilfgaard. Mencionaste que se habla de que los nilfgaardianos
pueden cruzar el Yaruga de nuevo...
-Ah, qué dices
-habló Lambert-. Se apalean, se degüellan, se rajan los unos a los otros sin
descanso desde hace cientos de años. No hay de qué preocuparse. Yo ya me he
decidido, me voy precisamente lo más al sur posible, a Sodden, Mahakam y
Angren. Es sabido que por donde ha pasado el ejército siempre se multiplican
los espantajos. En lugares como éstos es donde mejor se ha ganado dinero
siempre.
-Cierto -confirmó
Coën-. Los alrededores se despueblan, en las aldeas no hay más que hembras que
no saben apañárselas solas... Grupos de niños sin hogar y sin tutela, que
pindonguean de acá para allá... La presa fácil atrae a los monstruos.
-Y además los
señores barones -añadió Eskel-, los señores comes y estarostas tienen la cabeza
ocupada con la guerra y no les queda tiempo para proteger a sus siervos. Tienen
que contratarnos a nosotros. Todo esto es verdad. Pero de lo que Triss nos ha
estado contando estos días se desprende que el conflicto con Nilfgaard es un
asunto más serio que una mera guerra local. ¿O no, Triss?
-Incluso si así
fuera -dijo venenosa la hechicera -, ¿no os vendría que ni pintado? Una guerra
sangrienta y terrible provocará que haya más aldeas despobladas, más mujeres
viudas, sencillamente, un sinnúmero de niños huérfanos...
-No entiendo tu
sarcasmo. -Geralt retiró el brazo de la frente-. De verdad que no lo entiendo,
Triss.
-Ni yo, niña.
-Vesemir alzó la cabeza-. ¿Por qué lo dices? ¿Por las viudas y los niños?
Lambert y Coën hablan con descuido como a rapaces corresponde pero sus palabras
no importan. Puesto que ellos...
-... ellos protegen
a estos niños -cortó furiosa-. Sí, lo sé. De los lobizones, que en un año matan
dos o tres, mientras que un destacamento de nilfgaardianos puede exterminar y
quemar en una hora toda la aldea. Sí, vosotros defendéis a los huérfanos. Yo
sin embargo lucho para que haya los menos huérfanos que sea posible. Combato
las causas, no los resultados. Por eso estoy en el consejo de Foltest de
Temeria, junto con Fercart y Keira Metz. Nos ponemos de acuerdo en qué hacer
para no permitir que haya guerra y si se llega a ella, en cómo defenderse.
Porque la guerra cuelga sobre nosotros como un buitre, incansable. Para
vosotros se trata de una disputa. Para mí es un juego, cuya apuesta es la
perduración. Estoy implicada en este juego, por eso vuestra indiferencia y
descuido me duelen y me molestan.
Geralt se enderezó,
la miró.
-Somos brujos,
Triss. ¿Acaso no lo entiendes?
-¿Qué hay que
entender aquí? -La hechicera agitó su flequillo castaño -. Todo está claro como
el cristal. Habéis elegido una concreta relación con el mundo que os rodea. El
que en un minuto este mismo mundo pueda comenzar a derrumbarse, entra dentro de
esta elección. En la mía no entra. Esto es lo que nos diferencia.
-No estoy seguro si
sólo se trata de eso.
-El mundo se
derrumba -repitió-. Puede contemplarse esto sin hacer nada.
Puede lucharse
contra ello.
-¿Cómo? -se sonrió
burlón-. ¿Con emociones?
No respondió,
volvió el rostro en dirección al fuego que ululaba en el hogar.
-El mundo se
derrumba -repitió Coën, agitando la cabeza con falso asombro-.
Cuántas veces lo
habré escuchado ya.
-Yo también.
-Lambert frunció el ceño-. Y no es de extrañarse, porque es en estos últimos
tiempos un dicho muy popular. Así hablan los reyes cuando descubren que para
reinar es necesaria al menos una gota de razón. Así hablan los mercaderes
cuando su avaricia y estupidez les conducen a la bancarrota. Así hablan los
hechiceros cuando comienzan a perder influencia sobre la política o sobre su
fuente de ingresos. Y el que escucha la frase habrá de esperarse tras ella
alguna proposición. Acorta entonces el prólogo, Triss, y haznos tu propuesta.
-Nunca me han
divertido las palabras que pretenden levantar querellas -la hechicera le
atravesó con una fría mirada- ni los alardes de elocuencia que sólo sirven para
burlarse durante una conversación. No pienso participar en algo así. De lo que
se trata, lo sabéis muy bien. Si queréis esconder la cabeza en la arena, es
asunto vuestro. Pero tú, Geralt, me asombras mucho.
-Triss. -El brujo
de cabello blanco la miró directamente a los ojos-. ¿Qué es lo que esperas de
mí? ¿Una participación activa en la lucha por salvar a un mundo que se
derrumba? ¿Tengo que alistarme en el ejército y detener a Nilfgaard? ¿Debería,
si hubiera una nueva batalla en Sodden, estar de pie junto a ti en el Monte,
hombro con hombro, y luchar por la libertad?
-Estaría orgullosa
-dijo con voz leve, al tiempo que bajaba la cabeza-. Estaría orgullosa y feliz
de poder luchar a tu lado.
-Lo sé. Pero no soy
lo suficientemente generoso. Ni lo suficientemente valiente. No sirvo para
soldado ni para héroe. El miedo terrible al dolor, a la mutilación o a la
muerte no es la única causa. No se puede obligar a un soldado a que deje de
tener miedo, pero se le puede dotar de una motivación que le ayude a superar
ese miedo. Y yo carezco de tal motivación. Ni la puedo tener. Soy brujo. Un
mutante construido artificialmente. Mato monstruos. Por dinero. Protejo niños,
si los padres me pagan. Si me paga una familia nilfgaardiana protegeré niños
nilfgaardianos. E incluso si el mundo yaciera en ruinas, lo que no me parece
muy probable, mataría monstruos sobre las ruinas del mundo hasta que algún
monstruo me matara a mí. Este es mi destino, mi motivación, mi vida y mi
relación con el mundo. Y no fui yo quien lo eligió. Lo hicieron por mí.
-Estás amargado
-afirmó ella, aferrando nerviosa la cinta del pelo-. O finges que estás
amargado. Olvidas que te conozco, no interpretes delante de mí el papel de
mutante insensible, falto de corazón, escrúpulos y voluntad propia. Y adivino
la causa de tu amargura y la entiendo. La profecía de Ciri, ¿verdad?
-No, no es verdad
-respondió con frialdad- . Veo que pese a todo me conoces poco. Temo a la
muerte como cualquiera, pero hace ya mucho que me liberé de pensar en ella, no
tengo ilusiones. No se trata de lamentarse por el destino, Triss, sino de un
simple y frío cálculo. De estadística. Todavía ni un sólo brujo ha muerto de
vejez, en la cama, dictando testamento. Ni uno sólo. Ciri no me sorprendió ni
me asustó. Sé que moriré en alguna fosa que apeste a carroña, despedazado por
un grifo, una lamia o una manticora. Pero no quiero morir en la guerra porque
ésta no es mi guerra.
-Me asombras -dijo
ella alzando la voz- . Me asombras cuando hablas así, me asombro de tu falta de
motivación, como has querido definir doctamente tu indiferencia, menosprecio y
distancia. Estuviste en Sodden, en Angren y en los Tras Ríos. Sabes lo que le
pasó a Cintra, sabes la suerte que corrieron la reina Calanthe y algunos miles
de los habitantes de aquellos países. Sabes a través del infierno que atravesó
Ciri, sabes por qué ella grita por las noches. Yo también lo sé, porque yo
también estuve allí. Yo también tengo miedo del dolor y de la muerte, hoy los
temo más que antes, tengo motivos para ello. En lo que respecta a la
motivación, entonces me parecía que yo también tenía tan poca como tú. ¿Qué me
importaba a mí, una hechicera, la suerte de Sodden, Brugge, Cintra u otros
reinos? ¿Los problemas de gobernantes más o menos capacitados? ¿Los intereses
de los mercaderes y barones? Yo era una hechicera, también podía decir que no
era mi guerra, que puedo mezclar elixires para los nilfgaardianos sobre las ruinas
del mundo. Pero estuve entonces en el Monte, junto a Vilgefortz, junto a Artaud
Terranova, junto a Fercart, junto a Enid Findabair y Filippa Eilhart, junto a
tu Yennefer. Junto a aquellos que ya no están, Coral, Yoël, Vanielle... Hubo un
momento en el que del propio miedo olvidé todos los conjuros excepto uno, con
ayuda del cual podría haberme teleportado desde aquel lugar horrible hasta mi
casa, hasta mi pequeña torrecita en Maribor. Hubo un momento en el que vomité
de miedo y Yennefer y Koral me sujetaron del cuello y los cabellos...
-Déjalo. Déjalo,
por favor.
-No, Geralt. No lo
dejaré. Al fin y al cabo quieres saber lo que sucedió allí, en el Monte.
Escucha entonces: había estrépito y llamas, había relámpagos de luz y bolas de
fuego que estallaban, había gritos y estampidos, y yo de pronto me encontré en
el suelo, sobre un montón de pingajos carbonizados y humeantes, y de pronto
comprendí que aquel montón de trapos era Yoël, y al lado, aquel algo horrible,
aquel tronco sin brazos ni piernas que gritaba tan macabramente, era Koral. Y
pensé que la sangre sobre la que yacía era la de Koral. Pero era la mía propia.
Y entonces contemplé lo que me habían hecho y comencé a aullar, a aullar como
un perro apaleado, como un niño herido ... ¡Dejadme! No os preocupéis, no voy a
llorar. No soy ya la muchacha de la torrecita de Maribor. Maldita sea, soy
Triss Merigold, la Decimocuarta Caída de Sodden. Debajo del obelisco del Monte
hay catorce tumbas, pero sólo trece cuerpos. ¿Os asombra que pudiera llegarse a
este error? ¿No lo imagináis? La mayor parte de los cuerpos estaba en pedazos
difíciles de reconocer, nadie los separó unos de otros. También era difícil
contar a los vivos. De los que me conocían bien sólo quedó viva Yennefer, y
Yennefer estaba ciega. Otros me conocían superficialmente, siempre me
reconocían por mis hermosos cabellos. ¡Y yo, maldita sea, ya no los tenía!
Geralt la abrazó
más fuerte. Ella ya no intentó rechazarlo.
-No escatimaron con
nosotros los hechizos más potentes -siguió con voz sorda -, los mejores
sortilegios, elixires, amuletos y artefactos. Nada había de faltarles a los
mutilados héroes del Monte. Nos curaron, nos remendaron, nos devolvieron
nuestro aspecto anterior, nos dieron cabellos y el sentido de la vista. Casi no
quedan... huellas. Pero ya nunca más me pondré un vestido escotado, Geralt.
Nunca más.
Los brujos
guardaban silencio. Guardaba silencio también Ciri, quien se había deslizado
sin hacer ruido a la sala y detenido en el umbral, encogiendo los brazos y
depositando las manos sobre el pecho.
-Por eso -dijo al
cabo la hechicera-, no me hables de motivaciones. Antes de que nos plantáramos
en el Monte, los del Capítulo nos dijeron simplemente: "Es
necesario". ¿De quién era esta guerra? ¿Qué es lo que defendimos allí? ¿El
territorio? ¿Las fronteras? ¿El pueblo y sus chozas? ¿Los intereses de los
reyes? ¿Las influencias e ingresos de los hechiceros? ¿El Orden frente al Caos?
No sé. Pero lo defendimos porque era necesario. Y si vuelve a ser necesario, me
pondré de pie en el Monte otra vez. Porque si no lo hiciera, eso significaría
que aquello de entonces fue innecesario y vano.
- ¡Yo me pondré
junto a ti! -gritó Ciri con voz aguda-. ¡Ya verás como me pondré! Me pagarán
esos nilfgaardianos por mi abuela, por todo... ¡Yo no me he olvidado!
-Calla -le ladró
Lambert-. No te metas en conversaciones de adultos...
-¡Porque tú lo
digas! -La muchacha dio patadas en el suelo y en sus ojos se encendió un fuego
verde-. ¿Por qué pensáis que aprendo a luchar con la espada? Quiero matarlo, a
aquel caballero negro de Cintra, aquél de la pluma en el yelmo, por lo que me
hizo, porque tuve miedo. ¡Lo mataré! ¡Por eso aprendo!
-Y en consecuencia
dejas ahora mismo de aprender -dijo Geralt con una voz más fría que los muros
de Kaer Morhen-. Mientras no comprendas lo que es la espada y para qué sirve en
la mano de un brujo no la empuñarás. No aprendes a matar y ser muerta. No aprendes
a matar por odio y miedo, sino para salvar vidas. La propia y las de otros.
La muchacha se
mordió los labios, temblando de rabia y nervios.
-¿Has comprendido?
Ciri alzó
violentamente la cabeza.
-No.
-Entonces no lo
entenderás jamás. Vete.
-Geralt, yo...
-Vete.
Ciri se volvió
sobre sus talones, estuvo un momento allí, indecisa, como esperando. Esperando
a algo que no podía llegar. Luego corrió con rapidez por las escaleras.
Escucharon el estampido de una puerta.
-Demasiado áspero,
Lobo -dijo Vesemir-. Más que demasiado. Y no debías haber hecho esto en
presencia de Triss. El lazo emocional...
-No me hables de
emociones. ¡Estoy harto de hablar de emociones!
-¿Y por qué? -La
hechicera sonrió con burla y frialdad-. ¿Por qué, Geralt. Ciri es normal.
Siente normalmente, acepta las emociones normalmente, las toma como son. Tú,
está claro, no comprendes esto y te asombras. Te sorprende esto y te hiere. El
que alguien pueda sentir una amor normal, un odio normal, un miedo, dolor y
pena normales, una alegría normal y una tristeza normal. Oh, sí, Geralt, esto
te hiere, te hiere hasta tal punto que comienzas a pensar en los sótanos de
Kaer Morhen, en el Laboratorio, en las botellas polvorientas llenas de venenos
mutágenos...
-¡Triss! -gritó
Vesemir, mirando al rostro de Geralt, de pronto completamente pálido. Pero la
hechicera no se dejó interrumpir, hablaba cada vez más deprisa, más alto.
- ¿A quién
pretendes engañar, Geralt? ¿A mí? ¿A ella? ¿O puede que a ti mismo? ¿Puede que
no quieras dejar entrar en ti la verdad, una verdad que conoce todo el mundo
excepto tú? ¡Puede que no quieras aceptar el hecho de que a tus emociones y tus
sentimientos humanos no los mataron los elixires ni las Hierbas! ¡Tú mismo los
mataste! ¡Tú mismo! ¡Pero no te atrevas a matárselos a esta niña!
-¡Calla! -gritó,
levantándose de la silla-. ¡Calla, Merigold!
Se dio la vuelta,
bajó las manos, inerme.
-Lo siento -dijo en
voz baja-. Perdóname, Triss.
Se movió con
rapidez hacia las escaleras, pero la hechicera se alzó con la velocidad de un
rayo, se echó sobre él, lo abrazó.
-No te irás solo
-susurró-. No permitiré que estés solo. No en este momento.
Enseguida supieron
hacia dónde había corrido: por la tarde había caído una delicada y húmeda nieve
que había cubierto el patio de una fina y perfecta manta blanca. Sobre ella
vieron huellas de pasos.
Ciri estaba en la
misma cima de la muralla arruinada, inmóvil como una estatua. Tenía la espada
sujeta por encima del hombro derecho, con la cruz a la altura del ojo. Los
dedos de la mano izquierda tocaban ligeramente el pomo.
Al verlos, la
muchacha saltó, giró en una pirueta, aterrizando en una posición idéntica pero
contraria, como de espejo.
-Ciri -dijo el
brujo-. Baja, por favor.
Parecía que no
escuchaba. No se movió, no tembló siquiera. Triss vio sin embargo cómo el
brillo de la luna, reflejado por la hoja sobre su rostro, relumbró en la plata
de una estela de lágrimas.
-¡Nadie me quitará
la espada! -gritó-. ¡Nadie! ¡Ni siquiera tú!
-Baja -repitió
Geralt.
Agitó retadora la
cabeza, al segundo siguiente saltó de nuevo. Un ladrillo suelto se deslizó bajo
su pie con un crujido. Ciri se tambaleó, intentó recobrar el equilibrio. No lo
consiguió.
El brujo saltó.
Triss alzó la mano,
abrió los labios para pronunciar la formula de levitación. Sabía que no
llegaría a tiempo. Sabía que Geralt tampoco llegaría a tiempo. Era imposible.
Geralt lo
consiguió.
Se torció sobre la
tierra, se echó de rodillas y hacia un lado. Cayó. Pero no soltó a Ciri.
La hechicera se
acercó lentamente. Escuchó cómo la muchacha susurraba y sorbía las narices.
Geralt también susurraba. No oía las palabras. Pero entendía lo que
significaban.
Un viento cálido
aulló por entre las grietas de los muros. El brujo alzó la cabeza.
-La primavera -dijo
en voz baja.
- Sí - confirmó la
hechicera tragando saliva-. En las gargantas aún hay nieve, pero en los
valles... En los valles ya ha llegado la primavera. ¿Nos vamos, Geralt? ¿Tú, yo
y Ciri?
-Sí. Ya va siendo
hora.
En el trecho alto
del río vimos sus ciudades, tan delicadas como tejidas de la misma niebla de la
mañana entre la que surgieron. Nos daba la impresión de que desaparecían por un
instante, que se agitaban con el viento que acariciaba la superficie del agua.
Había allí palacetes, blancos como flores de nenúfar. Había torres que parecían
entrelazadas de hiedra, había puentes tan ligeros como sauces llorones. Y había
otras cosas para las que no supimos encontrar nombres. Y eso que teníamos ya
nombres para todo lo que en este mundo nuevo y resucitado habían visto nuestros
ojos. De pronto, allá en los lejanos rincones de nuestra memoria, encontramos
nombres para dragones y grifos, para sirenas y ninfas, para sílfides y dríadas.
Para los blancos unicornios que bebían en el río al atardecer, inclinando hacia
el agua su esbelta cabeza. A todo le dimos nombre. Y todo se volvió cercano,
conocido, nuestro.
Excepto ellos.
Ellos, aunque tan parecidos a nosotros, nos eran ajenos, tan ajenos, que
durante mucho tiempo no supimos encontrar nombre para esta diferencia.
Hen Gedymdeith, Los
elfos y los humanos
Elfo bueno, elfo
muerto
Mariscal Milan
Raupenneck
IV
Capítulo cuarto
La desgracia
sobrevino acorde con la eterna costumbre de desgracias y halcones: se cernió
sobre ellos un tiempo pero esperó a atacar hasta el momento preciso. Hasta el
momento en que se alejaron de las escasas aldeas situadas junto al Gwenllech y
el Buina de Arriba, evitaron Ard Carraigh y se introdujeron en el corazón del
monte, en el despoblado cubierto de matojos. Como un halcón que ataca, la
desgracia no erró su objetivo. Cayó sin equivocarse sobre su víctima, y su
víctima fue Triss.
Al principio tenía
un aspecto horrible, pero no demasiado amenazador, parecía un simple desarreglo
de vientre. Geralt y Ciri intentaron discretamente no prestar atención a las
paradas obligadas por los padecimientos de la hechicera. Triss, pálida como la
muerte, perlada de sudor y con una mueca de dolor, intentó incluso continuar el
viaje durante algunas horas, pero alrededor de mediodía, después de pasar un
tiempo anormalmente largo en un soto al lado del camino, ya no pudo subirse al
caballo. Ciri quiso ayudarla, pero ello dio escasos resultados: la hechicera no
fue capaz de agarrarse a las crines, resbaló por el costado del caballo y cayó
al suelo.
La levantaron, la
pusieron sobre la capa. Geralt, sin una palabra, tomó las enjalmas, buscó la
arquilla con los elixires mágicos, la abrió y maldijo. Todos los frasquitos
eran idénticos y las misteriosas señales en los sellos no le decían nada.
-¿Cuál, Triss?
-Ninguno -jadeó, se
sujetaba la tripa con las dos manos-. Yo no puedo... No puedo tomarlos.
-¿Cómo? ¿Por qué?
-Tengo alergia...
-¿Tú? ¿Una
hechicera?
-¡Tengo alergia!
-Rompió en sollozos causados por su rabia impotente y desesperada-. ¡Siempre la
tuve! ¡No tolero los elixires! ¡Con ellos curo a otros, a mí misma sólo me
puedo curar con amuletos!
-¿Y dónde tienes el
amuleto?
- No sé. -Apretó
los dientes-. Debo de habérmelo dejado en Kaer Morhen. O haberlo perdido...
-Mierda. ¿Qué
hacemos? ¿Y no puedes echarte un sortilegio a ti misma?
-Lo he intentado.
Precisamente éste es el resultado. No puedo concentrarme con estos espasmos...
-No llores.
-¡Te es fácil
decirlo!
El brujo se
levantó, tomó sus propias enjalmas del lomo de Sardinilla y comenzó a revolver
en ellas. Triss se hizo un ovillo, un paroxismo de dolor le deformó el rostro,
apretó los labios.
-Ciri...
-¿Qué, Triss?
-¿Te sientes bien?
¿Ninguna... sensación?
La muchacha movió
la cabeza negando.
-¿Y si fuera una
intoxicación? ¿Qué es lo que comí? Pero si todos comimos lo mismo... ¡Geralt!
Lavaos las manos. Vigila que Ciri se lave las manos...
-Tiéndete
tranquila. Bebe esto.
-¿Qué es?
-Simples hierbas
calmantes. En ellas no hay magia ni para un diente, no te perjudicará. Y
suavizará las convulsiones.
-Geralt, las
convulsiones... no son nada. Pero si me da fiebre... Puede que sea...
disentería. O paratifus.
-¿No estás
inmunizada?
Triss no respondió,
volvió la cabeza, se mordió los labios, se ovilló aún más. El brujo no continuó
las indagaciones.
Después de dejarla
descansar un poco, subieron a la hechicera a la silla de Sardinilla. Geralt se
sentó detrás de ella, la sujetó con las dos manos y Ciri, cabalgando a un lado,
llevaba las riendas, sujetando al mismo tiempo las del castrado de Triss. No
anduvieron ni siquiera un milla. La hechicera se escapaba de las manos, no era
capaz de mantenerse sobre el arzón. De pronto comenzó a temblar en espasmos
convulsivos, al momento siguiente ardía de fiebre. La gastritis se agravó.
Geralt se engañaba a sí mismo con la esperanza de que fuera el resultado de una
reacción alérgica a los restos de magia en su elixir de brujo. Se engañaba.
Pero no lo creía.
- Ay, señor -dijo
el centurión-. No habéis caído en buen momento. Me da que en peor no podíais
haber caído.
El centurión tenía
razón, Geralt no podía ni negarlo ni discutirlo.
La caseta de
guardia encargada del puente, en la que por lo general había tres soldados, un
caballerizo, un peajero y todo lo más algunos viandantes, esta vez rebosaba de
gente. El brujo contó por lo menos treinta de infantería ligera con los colores
de Kaedwen y más de medio centenar de escuderos que acampaban dentro de una
baja empalizada. La mayor parte de ellos holgazaneaba junto a las hogueras, de
acuerdo con la vieja ley de la soldadesca que decía que uno duerme cuando
puede, y se levanta cuando le despiertan. Al otro lado de unas puertas abiertas
de par en par se veía bureo: el interior del puesto de guardia también estaba
lleno de gente y caballos. En lo alto de una torcida atalaya hacían guardia dos
soldados con ballestas prestas para disparar. En el antepuente, disperso y
pateado por cascos, había seis carros de campesinos y dos furgones de
mercaderes, mientras que en el cercado, bajando la testa tristemente sobre el
barro lleno de estiércol, estaban metidos unos cuantos bueyes carreteros.
-Un ataque hubo. Al
puesto. Ayer por la noche -el centurión se adelantó a la pregunta- . Apenas
alcanzamos a llegar con refuerzos, si no, acá no hubiera ya más que tierra
quemada.
-¿Quién fue el
agresor? ¿Bandoleros? ¿Desertores?
El soldado negó con
la cabeza, escupió, miró a Ciri y a Triss, que estaba encogida sobre el arzón.
-Entrar en la cerca
-dijo-, o a poco la hechicera se cae de la silla. Ya tenemos por aquí un par de
magullados, uno más no hace diferencia.
En el patio, en un
sombrajo abierto, yacían algunas personas con vendajes ensangrentados. Algo más
lejos, entre la pared de la empalizada y un pozo de madera con una garrucha,
Geralt entrevió seis cuerpos inmóviles cubiertos con tela de arpillera, bajo la
cual sólo sobresalían unos pies con botas sucias y destrozadas.
-Acomodar a la
hechicera allá, pegada a los heridos -el soldado señaló al sombrajo-. Ja, señor
brujo, una mala pata es que esté mala. A alguno de los nuestros les arrearon en
la lucha, no sería de despreciar la ayuda mágica. A uno, como que cuando le sacamos
la saeta, se le quedó en las entrañas la punta, se nos va a ir el mozo gota a
gota hasta la mañana, como nada se nos va... Y la hechicera que podría salvarlo
se cuece ella misma en fiebre, como que parece que más de nosotros necesita
ayuda que otra cosa. En mal momento, como ya se dijo, en mal momento...
Se detuvo al ver
que el brujo no apartaba el ojo de los cuerpos cubiertos de arpillera.
-Dos de la guardia
de acá, dos nuestros y dos... de ellos -dijo, retirando el borde de la rígida
tela-. Mirar, si queréis.
-Ciri, vete.
-¡También quiero
verlo! -La muchacha se asomó desde detrás de él, miró a los cuerpos con la boca
abierta.
-Vete, por favor.
Ocúpate de Triss.
Ciri rezongó con
desgana, pero le hizo caso. Geralt se acercó.
-Elfos -afirmó, sin
ocultar su asombro.
-Elfos -confirmó el
soldado-. Scoia'tael.
-¿Qué?
-Scoia'tael
-repitió el soldado-. Bandidos del bosque.
-Extraño nombre.
Significa, si no me equivoco, "Ardillas".
-Sí, señor.
Justamente, Ardillas. Ellos a sí mismos se nombran, en la lengua de los elfos.
Unos dicen que porque a veces llevan la cola de la ardilla en los gorros y los
bonetes. Otros, en cambio, que es porque en el monte viven y comen nueces. Cada
vez más molestias tenemos con ellos, ya sus digo.
Geralt agitó la
cabeza. El soldado cubrió los cadáveres con la arpillera, se limpió las manos
al caftán.
-Venir -dijo-. No
hay por qué estar acá, sus llevaré al comandante. De la enferma se ocupará
nuestro decurión, si es que es capaz. Sabe quemar y remendar
heridas, componer
huesos, y puede que hasta sepa revolver jarabes, quién lo sabe, es un mozo
listo, de la sierra. Venid, señor brujo.
En la barraca del
peajero, oscura y llena de humo, se estaba llevando a cabo una viva y ruidosa
discusión. Un caballero de pelo corto con una cota de malla y una túnica
amarilla les gritaba a dos mercaderes y un adalid, lo que observaba el peajero
de cabeza vendada adoptando un siniestro gesto de indiferencia.
-¡Dije que no! -El
caballero golpeó con el puño en la desvencijada mesa y se enderezó, colocándose
el escapulario sobre el pecho-. ¡Mientras no vuelva la partida, no os moveréis
de aquí! ¡No me vais a andar vagando por los caminos!
-¡Pos si tenemos
que estar en dos días en Daevon! -infló los morros el adalid, removiendo ante
los ojos del caballero un corto bastón grabado y con una señal al fuego-.
¡Conduzco una caravana! ¡Si nos atrasamos, el alguacil me cortará la testa! ¡Me
quejaré al voievoda!
- Quéjate, quéjate
-se burló el caballero-. Y te aconsejo que en primero te metas paja en los
pantalones, pues el voievoda asesta buenas coces. Pero por el momento yo doy
acá las órdenes, porque el voievoda está lejos, y tu alguacil me toca los
cojones. ¡Oh, Unist! ¿A quién nos traes, centurión? ¿Un mercader más?
-No -respondió el
centurión, vacilante-. Es un brujo, señor. Le nombran Geralt de Rivia.
Para sorpresa de
Geralt, el caballero adoptó una amplia sonrisa, se le acercó y alargó la mano
para saludarle.
-Geralt de Rivia -
repitió, aún sonriente-. He oído hablar de vos, y no de labios cualquiera. ¿Qué
os trae por aquí?
Geralt le aclaró lo
que le traía por allí. El caballero dejó de sonreír.
-No habéis venido
en buen momento. Ni a lugar bueno. Tenemos guerra, señor brujo. Andurrean por
los bosques una banda de Scoia'tael, no más lejos que ayer nos las vimos con
ellos. Estamos esperando aquí a los bastimentos y después comenzaremos la
batida.
-¿Lucháis contra
los elfos?
-No sólo contra los
elfos. ¿Qué os pasa a vos, señor brujo, no habéis oído hablar de los Ardillas?
-No, no he oído.
-¿Entonces dónde
anduvisteis los dos años últimos? ¿Al otro lado del mar? Porque aquí, en
Kaedwen, los Scoia'tael han cuidado para que se oiga hablar de ellos, sí, no lo
han hecho mal. Las primeras bandas aparecieron apenas estalló la guerra con
Nilfgaard. Se aprovecharon, malditos inhumanos, de nuestros apuros. Nosotros
peleábamos en el sur, y ellos comenzaron una guerra de guerrillas por la
espalda. Contaban con que Nilfgaard nos iba a machacar, comenzaron a gritar que
si el fin del dominio de los humanos, que si la vuelta a los antiguos órdenes.
¡Humanos al mar! ¡Ésas son sus consignas, por eso asesinan, queman y roban!
-Vuestra es la
culpa y vuestras las congojas actuales -se entrometió lúgubre el adalid,
golpeándose en el muslo con el bastón labrado, símbolo de su función-. Vuestra,
nobles y caballeros. Vosotros tiranizasteis a estas nogentes, no les dejasteis
vivir en paz, y así tenéis ahora. Y nosotros en cambio por todos lados las
caravanas dirigíamos y nadie nos estorbaba. El ejército no nos era necesario.
-Lo que es verdad
es verdad -dijo uno de los mercaderes, sentado en un banco, que había estado
callado hasta entonces-. No son más peligrosos los Ardillas que los bandoleros
que correteaban por estos caminos. ¿Y con quién se liaron los elfos de primero?
Pues precisamente con los bandoleros.
-¿Y a mí qué
diferencia me hace el que quien me asaeta desde las matas sea un bandolero o un
elfo? -dijo de pronto el peajero de la cabeza vendada-. Si en medio de la noche
se me quema el bálago del tejado por cima de la testa, el techo igual se
abrasa, ¿qué diferencia habrá en la mano que agarraba la tea? ¿Decís, señor
mercader, que no son peores los Scoia'tael que los bandoleros? Mentira. A los
bandoleros lo que les mueve es el botín, a los elfos la sangre de las gentes.
No todo el mundo tiene ducados, pero sangre en las venas todos. ¿Decís que es
congoja de los poderosos, señor adalid? Aún más grande mentira. ¿Y en qué les
eran deudores a los inhumanos los leñadores muertos por los despoblados, los
pegueros despedazados en los Hayedos, los campesinos de las aldeas quemadas?
Vivían, trabajaban juntos, como vecinos, y de una vez, un flechazo en los
pechos... ¿Y yo? En la vida he hecho mal a ningún inhumano, y mirad mi testa
rajada por la hoja de un enano. Y si no hubiera sido por los guerreros a los
que esperáis, estaría ya bajo tierra...
-¡Justamente! -El
caballero de la túnica amarilla golpeó de nuevo con el puño sobre la mesa-.
Protegemos vuestro asqueroso pellejo, maese adalid, ante aquéllos, como decís,
elfos enfurecidos a los que, como afirmasteis, no les permitíamos vivir. Y yo
os diré otra cosa: los hemos envalentonado demasiado. Los toleramos, los
tratamos como a humanos, como a iguales, y ellos ahora nos meten el puñal por
la espalda. Nilfgaard los paga por esto, apuesto mi cabeza, y los elfos libres
de las montañas los pertrechan. Pero verdadero apoyo encuentran en los que de
continuo viven entre nosotros: en elfos, medioelfos, enanos, gnomos y medianos.
Ellos les ocultan, alimentan, les proveen de voluntarios...
-No todos -habló el
segundo de los mercaderes, delgado, con un rostro delicado de rasgos nobles y
apenas de mercader-. La mayor parte de los inhumanos condena a los Ardillas,
señor caballero, y no quiere tener nada que ver con ellos. La mayoría es leal, y
paga no pocas veces un alto precio por esta lealtad. Recordad al burgrave de
Ban Ard. Era medio elfo y clamaba por la paz y la colaboración. Murió de una
alevosa saeta.
- Disparada sin
duda por un vecino, mediano o enano, que también hacía como que era leal -se
burló el caballero- . ¡En mi opinión, ninguno de ellos es leal! Cada uno de
ellos... ¡Hey! ¿Y tú quién eres?
Geralt miró
alrededor. Justo a sus espaldas estaba Ciri, obsequiando a todos con una mirada
de brillo esmeralda de sus enormes ojos. Si se trataba de la capacidad de
moverse sin causar ruido, ciertamente la muchacha había hecho progresos
significativos.
-Ella va conmigo
-explicó.
-Hummm... -El
caballero midió a Ciri con los ojos, después de lo cual se volvió de nuevo en
dirección al mercader del rostro noble, hallando en él, evidentemente, un
compañero de disputas de mayor porte -. Sí, señor, no me habléis de inhumanos
leales. Todos son nuestros enemigos, en lo que algunos afectan mejor y otros
peor el no serlo. Medianos, enanos y gnomos vivían entre nosotros desde hacía
siglos, parecía que en mayor o menor concierto. Y bastó que los elfos alzaran
la cabeza y estos otros también pusieron mano a las armas y se echaron al
monte. Os digo, un error fue el que toleráramos a los elfos libres y a las
dríadas, sus montes y sus enclaves en las sierras. Poco les era aquello, ahora
gritan: "Éste es nuestro mundo, largo de aquí, extranjeros". Por los
dioses, les vamos a enseñar quién se tiene que largar, no van a quedar de ellos
ni las huellas. Les sacamos la piel a los nilfgaardianos y ahora nos liaremos
con las bandas éstas.
-No es fácil
atrapar a un elfo en el bosque - habló el brujo-. Tampoco perseguiría a un
gnomo ni a un enano hasta las montañas. ¿Cuántos miembros tienen estos
destacamentos?
-Bandas -le
corrigió el caballero-. Bandas, señor brujo. Cuentan con hasta veinte cabezas,
a veces más. Ellos llaman a estas partidas "comandos". Es una palabra
de la lengua de los gnomos. Y en lo que respecta a si atraparlos es fácil o no,
tenéis razón, se ve que sois especialista. Dar tumbos por bosques y selvas no
tiene sentido. La única forma es cortarlos la retaguardia, aislarlos, matarlos
de hambre. A aquéllos de las ciudades y villas, de las aldeas, de las
labranzas...
-El problema en
esto -dijo el mercader de los rasgos nobles- es que nunca se sabe quién de
entre los inhumanos ayuda y quién no.
-¡Entonces hay que
agarrarles por el pescuezo a todos!
-Ajá. - El mercader
sonrió-. Entiendo. Ya he oído esto antes. Por el pescuezo a todos y a las
minas, a campos de concentración, a las graveras. Todos. Los inocentes también.
Mujeres, niños. ¿No es eso?
El caballero alzó
la cabeza, apretó la mano contra la empuñadura de la espada.
-¡Exactamente así y
no de otro modo! -dijo en voz alta-. Os apenan los niños, y vos mismo sois como
niño en este mundo, señor mío. La tregua con Nilfgaard es cosa quebradiza como
cáscara de huevo, si no hoy, mañana puede comenzar de nuevo la guerra, y en la
guerra puede suceder de todo. Si nos vencieran, ¿qué pensáis que nos puede
pasar? Yo os lo diré: saldrán de los bosques entonces los comandos de los
elfos, saldrán en número y fuerza, y estos leales se les unirán al punto. Esos
vuestros leales enanos, vuestros medianos amigables, ¿hablarán, pensáis, de
paz, de reconciliación? No, señor. Ellos habrán de sacarnos las tripas, mano a
mano con Nilfgaard, nos ajustarán las cuentas. Y nos ahogarán en el mar, como
prometen. ¡No hay una tercera vía!
Las puertas de la
barraca chirriaron, apareció un soldado con un delantal sanguinolento.
- Perdonar que os
moleste. -Carraspeó-. ¿Cuál de vuesas mercedes trajo acá la hembra enferma?
-Yo -dijo el
brujo-. ¿Qué ha pasado?
-Venir, por favor.
Salieron al aire
libre.
-Mal, señor, le va
- dijo el soldado apuntando a Triss-. Dile orujo con pimienta y salitre, pero
no ayudó. No mucho...
Geralt no comentó
porque no había qué comentar. La hechicera, doblada y encogida, atestiguaba
palpablemente que el orujo con pimienta y salitre no era lo que su estómago
podía soportar.
-Puede ser algún
contagio. -El soldado frunció el ceño-. O, cómo se dice...
sentería. Si eso se
les pegara a las gentes...
-Es un hechicera
-protestó el brujo-. Las hechiceras no enferman...
-Pues mejor todavía
-introdujo con cinismo el caballero, que se les había acercado-. La vuestra,
por lo que veo, está que rebosa de salud. Don Geralt, escuchadme. A la mujer le
es necesaria ayuda y nosotros no podemos prestársela. Tampoco puedo, habréis de
comprender, arriesgarme a una epidemia entre mis soldados.
-Entiendo. Parto de
inmediato. No tengo elección, tengo que volver en dirección a Daevon o Ard
Carraigh.
-No iréis muy
lejos. Las partidas tienen órdenes de detener a todos. Aparte de ello es
peligroso. Los Scoia'tael huyeron precisamente en aquesta dirección.
-Me las apañaré.
-Por lo que he oído
acerca de vos -el caballero frunció la boca - no dudo que os las apañaríais.
Pero prestar atención, no estáis sólo. Lleváis al cuello a una enferma y a esa
mocosa...
Ciri, que estaba
intentando en ese preciso instante limpiar en un peldaño de la escalera la bota
embadurnada de estiércol, levantó la cabeza. El caballero carraspeó y bajó la
vista. Geralt sonrió levemente. Durante los últimos dos años Ciri casi había olvidado
su origen y casi se había deshecho por completo de las maneras y afectaciones
propias de una princesa, pero su mirada, cuando quería, recordaba mucho a la
mirada de su abuela. Tanto, que la reina Calanthe seguramente hubiera estado
orgullosa de su nieta.
-Sííí, de qué
estaba yo... -tartamudeó el caballero, mientras se agarraba el cinturón a causa
de su azoramiento-. Don Geralt, sé lo que debéis hacer. Cabalgar al otro lado
del río, hacia el sur. Alcanzar podéis la caravana que sigue la ruta alante.
Una noche de marcha, la caravana a buen seguro se detiene a pastar, la
alcanzaréis antes del alba.
-¿Qué es esa
caravana?
-No sé. -El
caballero encogió los hombros-. Pero no son mercaderes ni reata común y
corriente. Demasiado ordenadito todo, los carros todos iguales, tapados...
Tampoco, creo,
alguaciles reales. Les permití pasar por el puente, porque siguen el camino del
sur, seguro que hasta los esguazos del Lixela.
-Humm -reflexionó
el brujo, mirando a Triss-. Ésta es mi dirección. Pero, ¿encontraré allí ayuda?
-Puede que sí -dijo
con frialdad el caballero-. Y puede que no. Pero aquí no la vais a encontrar
con toda seguridad.
No lo escucharon ni
lo percibieron cuando se acercó cabalgando, sumidos en la conversación,
sentados junto al fuego, el cual iluminaba con una luz amarillenta y cadavérica
las lonas de los carros puestos en círculo. Geralt hizo encabritarse
ligeramente a la yegua y la obligó a relinchar sonoramente. Quería advertir al
vivac de la caravana, quería moderar la sorpresa y adelantarse a movimientos
nerviosos. Por propia experiencia sabía que al mecanismo de las ballestas no le
gustaban los movimientos nerviosos.
Los acampados se
incorporaron, pese a la advertencia realizaron numerosos movimientos nerviosos.
La mayoría, observó instantáneamente, eran enanos. Esto le intranquilizó un
tanto: los enanos, aunque irascibles sin medida, tenían por costumbre en tales
situaciones preguntar primero y sólo después disparar las ballestas.
-¿Quién? -gritó con
voz ronca uno de los enanos, sopesando con un rápido y enérgico movimiento el
hacha que había sacado de un tocón que yacía junto al fuego-. ¿Quién va?
-Un amigo. -El
brujo bajó del caballo.
-Ya veremos de
quién -aulló el enano-. Acércate. Ten las manos de forma que podamos verlas.
Geralt se acercó,
manteniendo las manos de forma que las pudiera ver perfectamente incluso
alguien afectado de conjuntivitis o de hemeralopia.
-Más cerca.
Obedeció. El enano
bajó el hacha, inclinó ligeramente la cabeza.
-O me engaña la
vista -dijo- o este es el brujo llamado Geralt de Rivia. O alguien que se
parece un huevo a Geralt.
El fuego disparó de
pronto chispas, crepitó con claridad dorada, extrajo de las sombras rostros y
figuras.
-Yarpen Zigrin
-afirmó Geralt, sorprendido-. ¡No otro que el propio y barbado Yarpen Zigrin!
- ¡Ja! -El enano
arrojó el hacha como si fuera una varita de mimbre. La hoja silbó en el aire y
se clavó en el tocón con un sordo golpe-. ¡Falsa alarma! ¡Es cierto que es un
amigo!
El resto se relajó
visiblemente, a Geralt le pareció que se escuchaba un profundo suspiro de
completo alivio. El enano se acercó, le tendió la mano. Su apretón podía
competir sin esfuerzo contra unas tenazas de hierro.
-Hola, so agrio -le
dijo-. Bienvenido, de donde quiera que vengas y a donde quiera que vayas.
¡Muchachos! ¡Venid todos! ¿Recuerdas a mis muchachos, brujo? Éste es Yannick
Brass, éste es Xavier Moran, y estos son Paulie Dahlberg y su hermano Regan.
Geralt no recordaba
a ninguno: todos, al fin y al cabo, tenían el mismo aspecto, barbados, recios,
casi cuadrados en sus gruesos jubones calados.
-Erais seis.
-Apretó una tras otra las diestras nudosas y duras que se le tendían -. Si no
recuerdo mal.
-Tienes buena
memoria -se rió Yarpen Zigrin-. Éramos seis, claro que sí. Pero Lucas Corto se
casó, se asentó en Mahakam y se salió de la compañía, el muy patán. Como que no
encontramos a nadie suficientemente bueno para su puesto, hasta ahora. Y una
pena, porque seis es la cifra justa, ni pocos, ni muchos. Si toca comerse un
ternero como si toca trasegar un barrilillo, no hay nada como ser seis...
-Por lo que veo
-Geralt, con un movimiento de la cabeza, señaló al resto del grupo que estaba
de pie indeciso junto a los carros-, hay aquí suficientes como para dar cuenta
de tres terneros, por no hablar de cosas más pequeñas. ¿Qué es esta compaña que
comandas, Yarpen?
- No soy yo el que
la comanda. Permíteme que te presente. Perdonad, señor Wenck, que no lo hiciera
enseguida, pero yo y mis muchachos conocemos a Geralt de Rivia desde hace algún
tiempo, tenemos unos cuantos recuerdos comunes. Geralt, éste es el señor comisario
Vilfrid Wenck, al servicio del rey Henselt de Ard Carraigh, piadoso gobernante
y señor de Kaedwen.
Vilfrid Wenck era
alto, más alto que Geralt, y dos veces más que el enano. Estaba vestido con un
sencillo traje, común para los adalides, alguaciles y enlaces montados, pero en
sus movimientos había una severidad, rigidez y seguridad que el brujo conocía y
sabía reconocer sin error, incluso de noche, incluso a la escasa luz de las
hogueras. Así se movían personas acostumbradas a la loriga y al peso del
talabarte con las armas. Wenck era un soldado profesional, Geralt estaba
dispuesto a apostar lo que fuera. Apretó la mano que se le ofrecía, se inclinó
ligeramente.
- Sentémonos.
-Yarpen Zigrin indicó el tronco en el que seguía clavada su potente hacha-. Di,
¿qué es lo que te trae por estos andurriales, Geralt?
- Busco ayuda.
Viajo por cuenta propia, con una hembra y una mozalla. La hembra va mala. De
gravedad. Os alcancé para pediros ayuda.
-Maldita sea,
médico no llevamos. -El enano escupió a un leño ardiente-. ¿Dónde las dejaste?
-A media legua de
aquí, junto al camino
-Muéstranos el
camino. ¡Eh, vosotros! ¡Tres a los caballos, ensillad los de refresco! Geralt,
¿tu hembra se tiene en la silla?
-No mucho.
Precisamente por esto tuve que dejarla.
-¡Tomad una
capellina, un lienzo y dos pértigas de carro! ¡Vivo! Vilfrid Wenck cruzó las
manos sobre el pecho, carraspeó con fuerza.
- Estamos en el
camino -dijo en voz alta Yarpen Zigrin sin mirarle-. En el camino no se le
niega ayuda a nadie.
-Joder. -Yarpen
retiró la mano de la cabeza de Triss-. Quema como un horno. No me gusta esto.
¿Y si fuera el tifus o la disentería?
-Esto no puede ser
ni el tifus ni la disentería -mintió Geralt con convicción, cubriendo a la
enferma con una frazada-. Los hechiceros son inmunes a estas enfermedades. Esto
es una intoxicación alimenticia, nada contagioso.
-Humm... Bueno,
está bien. Voy a jarbar en los petates. No sé dónde tenía un buen medicamento
contra la cagalera, puede que me quedara algo.
-Ciri -murmuró el
brujo, dándole a la muchacha la zamarra-. Vete a dormir, estás que te caes. No,
no en el carro. En el carro vamos a poner a Triss. Tú acuéstate junto al fuego.
-No -protestó en
voz baja, mirando al enano que se alejaba-. Me tumbaré junto a ella. Si ven que
me separas de ella no te creerán. Pensarán que es contagioso y nos echarán como
esos guardias.
-¿Geralt? -gimió de
pronto la hechicera-. ¿Dónde... estamos?
-Entre amigos.
-Estoy aquí -dijo
Ciri, acariciándole los cabellos castaños- . Estoy junto a ti. No tengas miedo.
¿No notas qué calorcito hay aquí? El fuego arde, y el enano te traerá ahora un
medicamento para... la tripa.
-Geralt -sollozó
Triss, intentando liberarse de las mantas-. Ningún... ningún elixir mágico,
recuerda...
-Recuerdo. Tiéndete
tranquila.
-Tengo que...
Ooooh...
El brujo se agachó
sin decir palabra, alzó a la hechicera junto con el capullo de gualdrapas que
la cubrían y marchó hacia el bosque, hacia las tinieblas. Ciri suspiró.
Se volvió al
escuchar unos pesados pasos. De por detrás del carro apareció el enano,
apretando bajo las axilas un envuelto bastante grande. El fuego de la hoguera
relucía en la hoja del hacha que llevaba en el cinturón, brillaban también los
clavos de su pesado jubón de cuero.
-¿Dónde está la
enferma? -gruñó-. ¿Se escapó en su escoba?
Ciri señaló a las
tinieblas.
-Claro -asintió-.
Conozco tal dolor y tamaña indisposición. Cuando era más joven me zampaba todo
lo que era capaz de encontrar o de dejar inerme, así que más de una y más de
dos veces me envenené. ¿Quién es, la hechicera ésta?
-Triss Merigold.
-No la conozco.
Aunque bien es verdad que pocas veces tengo que ver con la Hermandad. Bueno,
pero es hora de presentarse. A mí me llaman Yarpen Zigrin. ¿Y a ti cómo te
llaman, canija?
-De otra forma
-ladró Ciri, y los ojos le brillaron.
El enano se rió a
carcajadas, mostró los dientes.
-Ah. -Se inclinó
exageradamente-. Perdón sos pido. En lo oscuro no os conocí. No es una canija,
sino una noble señorita. Me tiro a sus pies. ¿Y cómo se llama la señorita, si
no es un secreto?
-No es un secreto.
Me llamo Ciri.
-Ciri. Ajá. ¿Y qué
es vuesa merced?
-Ah, esto -Ciri
levantó la nariz con orgullo-, esto sí es un secreto.
Yarpen se rió de
nuevo.
- La lengua de la
señorita es afilada como víbora, como víbora. Pido a vuesa merced que me
perdone. Traje el medicamento y algo de comer. ¿Lo va a aceptar o va a echar de
nuevo a este viejo palurdo de Yarpen Zigrin?
-Perdón ... -Ciri
reflexionó, bajó la cabeza-. De verdad que a Triss le hace falta ayuda,
señor... Zigrin. Está muy enferma. Gracias por la medicina.
-No hay de qué. -El
enano enseñó de nuevo los dientes, la palmeó amigablemente en hombro- . Ven,
Ciri, me ayudarás. Hay que preparar el medicamento. Vamos a hacer las bolas
según la receta de mi abuela. A estas bolas no se les resiste ninguna
enfermedad de las tripas.
Desenrolló el
atado, extrajo algo con la forma de un bloque de turba y una pequeña olla de
barro. Ciri se acercó con curiosidad.
-Has de saber,
noble Ciri -dijo Yarpen- que mi abuela sabía de remedios como nadie. Por
desgracia, pensaba que la fuente de la mayor parte de enfermedades era la
pereza, y que la mejor forma de curar la pereza era el palo. En tocante a mí y
mis hermanos hacía un uso sobre todo preventivo de dicha medicina. Nos daba
leña en cualquier ocasión y también sin ocasión. Era una arpía sin parangón. Y
cuando una vez, sin cómo ni por qué, me dio un cacho pan con manteca y azúcar,
tanto me sorprendió que de la impresión dejé caer el cacho al suelo, con la
manteca hacia abajo. Y la abuela me zurró, la vieja puta asquerosa. Y luego me
dio otro cacho de pan, sólo que esta vez sin azúcar.
-Mi abuela -Ciri
movió la cabeza con comprensión- también me pegó una vez.
Con una varilla.
-¿Con una varilla?
-El enano sonrió-. La mía me apaleó una vez con el mango de un zapapico. Va,
pero basta de recuerdos, hay que enrollar las bolas. Aquí tienes, toma un
pedazo y amásalo en forma de bola.
-¿Qué es esto? Se
pega y mancha... Eueeeee... ¡Y cómo huele!
-Esto es un pan de
trigo mohoso. Una medicina maravillosa. Amasa bolas. Más chicas, más chicas,
son para una hechicera, no para una cabra. Dame una. Vale. Ahora arremojamos la
bolitas en el medicamento.
-¡Eueeeueee!
-¿Apesta? -El enano
acercó su chata nariz a la olla de barro-. Imposible. El ajo picado con
rodaballo amargo no tiene derecho a apestar, aunque estuviera cien años en
adobo.
-Vaya una
guarrería, eueueee. ¡Triss no se come eso!
-Utilizaremos el
método de mi abuela. Tú le aprietas la nariz y yo le empujo para adentro las
bolas.
-Yarpen -susurró
Geralt, surgiendo de pronto de la oscuridad con la hechicera en los brazos-.
Ten cuidado de que no sea yo el que te empuje a ti algo.
-¡Esto es una
medicina! -se enfadó el enano-. ¡Ayuda! Moho, ajo...
-Sí -gimió Triss
débilmente desde lo profundo de su capullo-. Es cierto... Geralt, es verdad que
podría ayudar...
-¿Ves? -Yarpen le
asestó un codazo a Ciri, mientras se mesaba orgullosamente la barba y señalaba
a Triss con una goteante bolita y adoptaba un gesto de mártir-. Sabia
hechicera. Sabe lo que es bueno.
-¿Qué dices, Triss?
-El brujo se agachó-. Ajá, entiendo. Yarpen, ¿tienes por casualidad angélica?
¿O azafrán?
-Buscaré,
preguntaré. Os traje agua y un poco de comida...
-Gracias. Pero
ellas necesitan sobre todo descanso. Ciri, acuéstate.
-Le haré todavía
una compresa a Triss...
-Yo la haré.
Yarpen, quisiera hablar contigo.
-Vamos a la lumbre.
Abrimos un barrilete...
-Quiero hablar
contigo. No necesito de más público. Antes al contrario.
-Por supuesto.
Dime.
-¿Qué es este
convoy?
El enano le dirigió
sus pequeños y penetrantes ojos.
-Servicio del rey
-dijo lenta y claramente.
-Hasta ahí llego.
-El brujo le aguantó la mirada-. Yarpen, no pregunto por curiosidad malsana.
-Lo sé. También sé
lo que quieres. Pero este es un transporte... humm...
especial.
-¿Y qué es lo que
transportáis?
-Pescado en salazón
-dijo sin vacilación Yarpen, después de lo cual siguió mintiendo sin que le
temblaran siquiera los párpados -. Piensos, herramientas, atelajes, variadas
gilipolleces de éstas para el ejército. Wenck es intendente del ejército real.
-Éste es intendente
como yo druida -sonrió Geralt-. Pero eso es asunto vuestro, no tengo por
costumbre meter la nariz en secretos ajenos. Has visto sin embargo en qué
estado está Triss. Permítenos que nos unamos a vosotros, Yarpen, permítenos que
la tendamos en uno de los carros. Unos cuantos días. No os pregunto a dónde
vais porque al fin y al cabo este camino conduce recto como una flecha hacia el
sur, se divide sólo al otro lado del Lixela, y hasta el Lixela hay diez días de
camino. Durante este tiempo la fiebre bajará y Triss será capaz de montar a
caballo, e incluso si no es así, me detendré en alguna villa al otro lado del
río. Entiende, diez días en el carro, bien tapada, comida caliente... Por
favor.
-No soy yo el que
manda aquí, sino Wenck.
-No creo que no
tengas ninguna influencia. No en un convoy formado principalmente por enanos.
Por supuesto que tiene que contar contigo.
-¿Qué significa
Triss para ti?
-¿Y qué más da
esto? ¿En esta situación?
-En esta situación,
nada. Preguntaba movido por una curiosidad malsana, para poder después soltar
habladurías por las tabernas. Pero hay que ver qué gran apego tienes por las
hechiceras, Geralt.
El brujo sonrió
triste.
-¿Y la niña?
-Yarpen señaló con la cabeza a Ciri, que se removía bajo la zamarra-. ¿Tuya?
-Mía -contestó sin
pensar-. Mía, Zigrin.
El amanecer era
gris, húmedo, con olor a lluvia nocturna y niebla de la mañana. Ciri tenía la
impresión de que había dormido sólo un ratito, que cuando la despertaron apenas
había tenido tiempo de apoyar la cabeza sobre las bolsas amontonadas en el
carro.
Geralt había
colocado precisamente junto a ella a Triss, volvían de una nueva visita
obligada al bosque. Las mantas en las que la hechicera estaba envuelta estaban
cubiertas de rocío. Geralt tenía ojeras. Ciri sabía que no había pegado ojo:
Triss había tenido fiebre durante toda la noche, había sufrido mucho.
-¿Te desperté?
Perdona. Duerme, Ciri. Aún es pronto.
-¿Qué tal está
Triss? ¿Cómo se siente?
-Mejor -jadeó la
hechicera-. Mejor, pero... Geralt, escucha... Quería...
-¿Sí? -El brujo se
agachó pero Triss ya dormía. Se irguió, se desperezó.
-Geralt -susurró
Ciri-. ¿Nos dejan... ir en el carro?
-Ya veremos. -Se
mordió los labios-. Duerme mientras puedas. Descansa.
Saltó del carro.
Ciri escuchó sonidos que atestiguaban que se estaba levantando el campamento:
pataleos de caballos, tintineo de cacharros, chirrido de timones, crujidos de
balancines, conversaciones y maldiciones. Y luego, cerca, la ronca voz de
Yarpen Zigrin y del hombre sereno y alto llamado Wenck. Y la fría voz de
Geralt. Se incorporó, echó un vistazo precavido desde detrás de la lona.
-En este asunto no
tengo órdenes estrictas -afirmó Wenck.
-Estupendo. -El
enano se alegró-. Entonces, ¿asunto concluido?
El comisario alzó
la mano levemente, señalando que aún no había terminado.
Guardó silencio
durante algún tiempo. Geralt y Yarpen esperaron con paciencia.
-De todas formas
-dijo por fin Wenck-, respondo con mi cabeza por que este transporte alcance su
lugar de destino.
Calló de nuevo.
Esta vez nadie se había entrometido. No cabía duda de que al hablar con el
comisario había que acostumbrarse a largas pausas entre frases.
- Para que llegue
seguro -terminó al cabo-. Y dentro del plazo señalado. Pero el cuidado de una
enferma puede aminorar la velocidad de marcha.
- Vamos por delante
del calendario previsto -le aseguró Yarpen, después de esperar un tanto-. Nos
hemos adelantado en lo que respecta al tiempo, señor Wenck, no llegaremos
tarde. Y si se trata de seguridad... Me parece que un brujo en la compañía no
nos perjudica. La vía atraviesa bosques, hasta el mismo Lixela a izquierda y
derecha sólo hay selva virgen. Y por las selvas, según se dice, rondan variadas
criaturas malignas.
- Verdaderamente
-alegó el comisario. Miró al brujo directamente a los ojos, parecía medir cada
palabra-. Ciertas malignas criaturas, azuzadas por otras criaturas malignas, se
encuentran últimamente en los bosques de Kaedwen. Ellas podrían amenazar nuestra
seguridad. El rey Henselt, sabiendo de esto, me dotó del derecho a alistar
voluntarios a la escolta armada. ¿Don Geralt? Esto resolvería nuestro problema.
El brujo guardó
silencio largo tiempo, más de lo que durara toda la conversación de Wenck,
llena de pausas interfrasales.
-No -dijo por fin-.
No, señor Wenck. Pongamos el asunto a las claras. Estoy listo a agradecer la
ayuda ofrecida a doña Merigold, pero no de esta forma. Puedo cuidar de los
caballos, traer agua y leña, incluso cocinar. Pero no ingresaré en el servicio
real en calidad de soldado a sueldo. Por favor, no contéis con mi espada. No
tengo intenciones de matar a las tales, como habéis expresado, malignas
criaturas a órdenes de otras criaturas a las que no considero mejores en
absoluto.
Ciri escuchó cómo
Yarpen Zigrin gruñó con fuerza y tosió en el puño cerrado.
Wenck miró
tranquilo al brujo.
-Entiendo -anunció
con sequedad- . Me gustan las situaciones claras. Sea pues. Señor Zigrin, por
favor, cuidad de que no baje la velocidad de marcha. En lo que a vos se
refiere, don Geralt... Sé que resultaréis de provecho y ayuda en la forma que
creáis oportuna. Sería injuriaros a vos y a mí el tratar vuestra ayuda como
pago por los cuidados ofrecidos a la dama enferma. ¿Se siente hoy mejor?
El brujo confirmó
con un deje de cabeza, que, le parecía a Ciri, era un tanto más profundo y más
cortés que los ademanes normales en él. Wenck no cambió la expresión de su
rostro.
-Me alegra esto
-dijo después de su habitual pausa-. Al transportar a la señora Merigold en el
carro de mi convoy acepto la responsabilidad por su salud, comodidad y
seguridad. Señor Zigrin, por favor, dé la orden de marcha.
-Señor Wenck.
-Diga, don Geralt.
-Gracias.
El comisario saludó
con una inclinación de la cabeza. A Ciri le pareció que un tanto más profunda y
cortés de lo que requería la cortesía convencional.
Yarpen Zigrin
corrió a lo largo de las columnas, impartiendo roncas órdenes y
recomendaciones, después de lo cual se encaramó al pescante, aulló y azuzó a
los caballos con las riendas. El carro se arrastró y chirrió por el camino
forestal. La sacudida despertó a Triss, pero Ciri la tranquilizó y le cambió la
compresa de la frente. Los chirridos la adormecieron. La hechicera se durmió
enseguida, Ciri también cayó en un duermevela.
Cuando se despertó,
el sol estaba ya muy alto. Miró a través de los barriles y paquetones. El carro
en el que viajaba iba a la cabeza del convoy. El siguiente lo conducía un enano
con un pañuelo rojo envuelto alrededor del cuello. De las conversaciones que
los enanos mantenían entre ellos, Ciri averiguó que se llamaba Paulie Dahlberg.
Junto a él estaba sentado su hermano Regan. Veía también a Wenck cabalgando en
compañía de dos alguaciles.
Sardinilla, la
yegua de Geralt, que iba atada al carro, la saludó con un relincho. No veía por
ningún lado su alazán ni el bayo de Triss. Seguramente estaban atrás del todo,
junto con los caballos de refresco del convoy.
Geralt estaba
sentado en el pescante junto a Yarpen. Hablaban en voz baja, bebiendo de vez en
cuando cerveza de un barrilete que estaba entre ellos. Ciri puso la oreja pero
en seguida se aburrió: la conversación concernía la política, y especialmente
los planes e intenciones del rey Henselt y de algún servicio especial y algunas
tareas especiales, que consistían en ayuda secreta para el vecino rey Demawend
de Aedirn, que estaba amenazado por una guerra. Geralt mostró su curiosidad
ante la forma en que cinco carros de pescado en salazón podrían acrecentar la
capacidad defensiva de Aedirn. Yarpen, sin prestar atención a la mofa que
destilaban las palabras del brujo, aclaró que algunos tipos de peces son tan
valiosos que unos cuantos carros bastan para pagar la soldada anual de todo un
pendón de coraceros, y cada pendón de coraceros nuevo ya es una ayuda
significativa. Geralt se asombró de que esta ayuda tuviera que ser tan secreta,
a lo que el enano replicó que justo en ello radicaba el secreto.
Triss se removió en
sueños, perdió la compresa y farfulló confusamente. Exigía de un tal Kevyn que
el tal dejara las manos quietas, y poco después explicó que no era posible
escapar al destino. Afirmando al fin que todos, absolutamente todos son en
alguna medida mutantes, se durmió tranquila.
Ciri también sentía
la somnolencia pero la perdió al escuchar las gigantescas carcajadas de Yarpen,
que le estaba recordando a Geralt pasadas aventuras. Se trataba de la caza de
un dragón dorado, que en vez de dejarse cazar, les partió las costillas a los
cazadores y a un zapatero llamado Comecabras simplemente se lo zampó. Ciri
comenzó a escuchar con mayor interés.
Geralt le preguntó
por la suerte de los Sableros, pero Yarpen esa suerte no la conocía. Yarpen por
su parte se interesó por una mujer llamada Yennefer, y Geralt extrañamente dejó
de tener ganas de hablar. El enano echó un trago de cerveza y principió a lamentarse
de que la tal Yennefer todavía le guardaba rencor aunque desde entonces habían
pasado ya unos cuantos años.
-Me la tropecé en
la feria de Gors Velen -comentó-. Apenas me vio, resopló como una gata e
insultó de un modo horrible a mi difunta madre. Así que puse pies en polvorosa
y ella gritó tras de mí que alguna vez me atraparía y se ocuparía de que me
creciera yerba en el culo.
Ciri se rió al
imaginarse a Yarpen con la hierba. Geralt murmuró algo sobre las mujeres y su
carácter impulsivo, el enano en cambio tuvo esto por una definición
excesivamente suave de su maldad, ensañamiento y talante vengativo. El brujo no
siguió el tema y Ciri de nuevo se adormiló.
Esta vez la
despertaron altas voces. En concreto la voz de Yarpen, que casi gritaba.
-¡Ah sí! ¡Si lo
hubiera sabido! ¡Así lo decidí!
-Más bajo -dijo el
brujo con voz serena-. En el carro está tendida una mujer enferma. Entiéndeme,
yo no critico tus decisiones ni tus resoluciones...
- No, por supuesto
-le interrumpió con sarcasmo el enano-. Tú tan sólo te sonríes
significativamente.
-Yarpen, yo te
advierto como amigo. A aquéllos que se sientan a horcajadas sobre la empalizada
los odian las dos partes, en el mejor de los casos los tratan con desconfianza.
-Yo no me siento a
horcajadas. Yo me declaro claramente por una de las
partes.
- Para esta parte
serás siempre un enano. Alguien distinto. Un extraño. Y para la parte
contraria...
Se detuvo.
-¡Venga! -aulló
Yarpen, volviéndose-. ¡Venga, comienza, ¿a qué esperas? Di que soy un traidor y
un perro al que los humanos llevan de la correa, dispuesto a dejarse azuzar por
un puñado de plata y una escudilla de bazofia contra los hermanos que se alzaron
y luchan por la libertad. Venga, escúpelo. No me gusta cuando no se termina de
decir todo.
-No, Yarpen -dijo
en voz baja Geralt-. No. No voy a escupir nada.
-Ah, ¿no vas? -El
enano espoleó los caballos-. ¿No te da la gana? ¿Prefieres mirar y sonreír? A
mí no me dices ni una palabra, ¿verdad? ¡Pero a Wenck le dijiste todo!
"Por favor, no cuenten con mi espada." ¡Ah, qué altivo, qué noble y
orgulloso! ¡Un culo de perro para tu altivez! ¡Y para tu puto orgullo!
-Quería ser
simplemente honrado. No quiero mezclarme en este conflicto.
Quiero mantener la
neutralidad.
-¡No se puede!
-aulló Yarpen-. No se puede mantener, ¿entiendes? No, tú no entiendes nada. Ah,
largo de mi carro, súbete a tu caballo. Quítate de mi vista, presuntuoso
neutral. Me pones nervioso.
Geralt se dio la
vuelta. Ciri contuvo el aliento esperando. Pero el brujo no dijo ni palabra. Se
levantó y se bajó del carro, rápido, ligero, ágil. Yarpen esperó hasta que
desató la yegua de la estaca, y luego espoleó de nuevo a los caballos,
murmurando por lo bajini unas palabras incomprensibles pero que sonaban
terribles.
Ciri se levantó,
para saltar también y buscar su alazán. El enano se dio la vuelta, la midió con
una mirada de disgusto.
-Contigo también
sólo estorbos tenemos, señorita -resopló con furia- . Falta nos hacían aquí
damas y mozallas, joder, ¡si ni siquiera puedo mear desde el pescante, tengo
que detener el tiro y meterme entre las matas!
Ciri apoyó los
puños en las caderas, agitó la cenicienta melenilla y respingó la
nariz.
-¿Sí? -chilló
irritada-. ¡Pues bebed menos cerveza, señor Zigrin, y así tendréis ganas menos
veces!
-¡Y una mierda te
importa a ti mi cerveza, mocosa!
-¡No gritéis, Triss
acaba de dormirse!
-¡Es mi carro!
¡Gritaré si me apetece!
-¡Tronco!
-Te voy a enseñar
yo a ti un tronco... ¡Oh, su puta madre! ¡Sooooo!
El enano se inclinó
mucho, tiró de las riendas en el último minuto, cuando los dos caballos ya se
disponían a chocar con un tronco atravesado en el camino. Yarpen estaba en el
pescante, blasfemando en humano y en enano, silbando y relinchando, consiguió detener
el tiro. Los enanos y los humanos bajaron de los carros y se acercaron
corriendo, ayudaron a llevar los caballos al trecho de camino libre, tirando de
los arneses y las bridas.
-Por un pelo, ¿eh,
Yarpen? -vociferó, acercándose, Paulie Dahlberg- . Joder, si le hubieras pasado
por cima, se hubiera roto el eje, las ruedas se hubieran estrozado de la leche.
Qué diablos estabas...
-¡Vete a tomar por
culo, Paulie! -exclamó Yarpen Zigrin y con rabia chasqueó las riendas sobre los
traseros de los caballos.
-Tuvisteis suerte
-dijo dulcemente Ciri, subiéndose al pescante junto al enano-. Como vos mismo
veis, es mejor tener en el carro a un brujo que viajar solo. Os advertí en el
último segundo. Y si justo entonces hubierais estado meando desde el pescante y
hubierais atropellado ese tronco, vaya, vaya. Asusta pensar lo que entonces os
hubiera podido pasar...
-¿Te vas a callar?
-Ya no digo nada.
Ni una palabrita.
Aguantó menos de un
minuto.
-¿Señor Zigrin?
- Yo no soy ningún
señor. -El enano le dio un codazo, mostró los dientes-. Soy Yarpen. ¿Está
claro? ¿Conducimos juntos un tiro o no?
-Claro. ¿Puedo
tomar las riendas?
-Claro. Espera, no
así. Ponlas sobre el índice, aprieta con el pulgar, oh, así. La izquierda
igual. No tires, no retengas demasiado fuerte.
-¿Así está bien?
-Bien.
-¿Yarpen?
-¿Eh?
-¿Qué significa
"mantener la neutralidad"?
-Que te resulte
indiferente -murmuró de mala gana-. No dejes que cuelguen las riendas. ¡La
izquierda más hacia ti!
-¿Cómo que
indiferente? ¿Indiferente hacia qué?
El enano se agachó
mucho y escupió bajo el carro.
-Si los Scoia'tael
nos atacan, tu Geralt tiene intenciones de ponerse de pie y contemplar
tranquilamente cómo nos rajan la garganta. Tú estarás seguramente de pie junto
a él, será una lección práctica. Tema de la clase: cómo se comporta un brujo en
caso de conflicto de las razas dotadas de razón.
-No entiendo.
-Esto no me asombra
ni una pizca.
-¿Y por esto
regañaste y te enfadaste con él? ¿Quiénes son de verdad estos Scoia'tael?
¿Esos... Ardillas?
-Ciri. -Yarpen se
rascó violentamente la barba-. Estos no son asuntos para la razón de pequeñas
muchachas aún adolescentes.
-Oho, ahora te
enfadas conmigo. No soy en absoluto una niña. Escuché lo que hablaban de los
Ardillas los soldados del puesto de guardia. Vi... Vi los dos elfos muertos. Y
el caballero dijo que ellos... también matan. Y que entre ellos no sólo hay
elfos. También hay enanos.
-Lo sé -respondió
con sequedad Yarpen.
-Y tú eres también
un enano.
-Eso no alberga
duda.
-Entonces, ¿por qué
tienes miedo de los Ardillas? Al parecer luchan sólo contra los humanos.
-Eso no es tan
sencillo -se deprimió-. Por desgracia.
Ciri guardó
silencio largo rato, mordiéndose el labio inferior y arrugando la
nariz.
-Ya sé -dijo de
pronto-. Los Ardillas luchan por la libertad. Y tú, aunque enano, eres del
servicio especial secreto del rey Henselt a la correa de los humanos.
Yarpen rebufó, se
limpió la nariz con la manga y se inclinó en el pescante, comprobando que Wenck
no cabalgaba demasiado cerca. Pero el comisario estaba lejos, ocupado en
conversar con Geralt.
-Tienes un oído
como una marmota, muchacha. -Su sonrisa era amplia-. Eres un poquillo demasiado
lista para alguien que está destinada a parir hijos, hacer la comida e hilar.
¿Te parece que lo sabes todo? Eso es porque eres una mocosa. No pongas muecas
tontas. Las muecas no te hacen más adulta, pero consiguen que te vuelvas aún
más fea de lo normal. Hábilmente, lo concedo, has comprendido a los Scoia'tael,
te han gustado sus formulillas. ¿Sabes por qué los entiendes tan bien? Porque
los Scoia'tael también son mocosos. Son mierdecillas que no entienden que los
han azuzado, que alguien utiliza su estupidez de cachorros, alimentándolos con
eslogans sobre la libertad.
-Pero es que ellos
de verdad luchan por la libertad. -Ciri levantó la cabeza, miró al enano con
los ojos muy abiertos-. Como las dríadas del bosque de Brokilón. Matan gente
porque la gente... alguna gente, les causa daño. Porque éste era vuestro país
antes, de los enanos y de los elfos y de esos... medianos, gnomos y otros... Y
ahora hay aquí humanos, así que los elfos...
-¡Los elfos!
-rebufó Yarpen-. Si hay que ser precisos, ellos son tan vagabundos como
vosotros, los humanos, aunque vinieran en sus navíos blancos más de mil años
antes que vosotros. Ahora a porfía se vienen con eso de la amistad, ahora todos
somos hermanos, ahora se sonríen, hablan: "nosotros, los parientes",
"nosotros, el Antiguo Pueblo". Y antes, las pu... Ejem, ejem... Antes
nos silbaban sus saetas al oído cuando...
-Entonces, ¿los
primeros en el mundo fueron los enanos?
-Los gnomos, si hay
que ser precisos. Y si hablamos de esta parte del mundo.
Porque el mundo es
increíblemente grande, Ciri.
-Lo sé. Vi una vez
un mapa...
-No lo puedes haber
visto. Nadie jamás ha dibujado un mapa como ése y dudo que suceda pronto. Nadie
sabe lo que hay allá, tras de las Montañas de Fuego y el Gran Mar. Ni siquiera
los elfos, aunque se dan pisto que lo saben todo. Una mierda saben, te digo.
-Humm... Pero
ahora... Hay muchos más humanos que... que vosotros.
-Porque os
reproducís como conejos. -El enano hizo rechinar los dientes -. Nadie, sólo
vosotros, fornicáis sin parar, sin elegir, con quien caiga y donde caiga. Y a
vuestras mujeres les basta con sentarse en los pantalones de un hombre para que
les crezca la tripa... ¿Por qué coño te pones tan colorada, se diría que una
amapola del campo? Querías entender, ¿no es verdad? Pues ahí tienes una
verdadera y fiel y sincera historia del mundo, al que gobierna aquél que más
hábilmente le parte la testa a los otros y que más deprisa le hincha la tripa a
las hembras. Y con vosotros, humanos, es difícil concurrir, tanto en lo de
matar como en el fornicio...
-Yarpen -dijo
Geralt con frialdad, cabalgando hacia ellos a lomos de Sardinilla-. Modérate
algo, si no te importa, en la elección de tus palabras. Y tú, Ciri, deja de
hacer el tonto en el pescante, echa un vistazo a Triss, no sea que se haya
despertado y necesite algo.
-Hace mucho ya que
me he despertado -habló con voz débil la hechicera desde lo profundo del carro-
. Pero no quería... interrumpir una conversación tan interesante. No molestes,
Geralt. Querría... saber algo más de la influencia del fornicio para el desarrollo
de la sociedad.
-¿Puedo calentar un
poco de agua? Triss quiere lavarse.
-Caliéntala
-accedió Yarpen Zigrin-. Xavier, quita el espetón de la lumbre, el lebrato ya
tiene bastante. Dame la caldera, Ciri. ¡La leche, si está llena hasta el borde!
¿Tú sola has traído este peso desde el río?
-Soy muy fuerte.
El mayor de los
hermanos Dahlberg resopló con burla.
-No juzgues por las
apariencias, Paulie -dijo serio Yarpen, mientras dividía hábilmente la liebre
asada en pedazos- . Aquí no hay de qué reírse. Delgaducha, cierto, pero veo que
es moza fuerte y con aguante. Ella es como un cinturón de cuero: puede que fino,
pero con las manos no lo rompes.
Nadie sonrió. Ciri
se acurrucó junto a los enanos tendidos ante el fuego. Esta vez Yarpen Zigrin y
cuatro de sus "muchachos" había encendido en el vivac su propio
fuego, porque no tenían intenciones de compartir la liebre que había cazado
Xavier Moran. En su caso la pitanza no daba más que para un movimiento de
mandíbulas, a lo sumo dos.
-Avivar el fuego
-dijo Yarpen, chupándose el dedo-. La agua se calentará más
pronto.
- Eso de la agua es
una tontuna -sentenció Regan Dahlberg y escupió un hueso-. Lo de lavarse sólo
puede ser malo para un enfermo. Y para un sano también. ¿Sus acordáis del viejo
Schrader? La mujer le mandó lavarse y el Schrader se murió poco después.
-Porque le mordió
un perro rabioso.
-Pos si no se
hubiera lavado no le hubiera mordido el perro.
-Yo también pienso
-dijo Ciri, mientras comprobaba con el dedo la temperatura del agua de la
caldera - que es una exageración lavarse todos los días. Pero Triss lo pide, e
incluso una vez lloró... Así que Geralt y yo...
-Lo sabemos - agitó
la cabeza el mayor de los Dahlberg-. Pero que el brujo... De mi asombro no
salgo. Eh, Zigrin, si tú tuvieras hembra, ¿la lavarías y la peinarías? ¿La
llevarías en brazos a las matas cuando tuviera que...?
-Calla la boca,
Paulie -le interrumpió Yarpen-. Nada digas sobre el brujo porque es persona de
bien.
-¿Pos que es lo que
digo yo? Sólo me asombro...
-Triss -introdujo
Ciri retadora- no es para nada su hembra.
-Por eso más me
asombro.
-Por eso más
zopenco eres, quieres decir -resumió Yarpen-. Ciri, retira un poco de agua
hirviendo, le haremos a la hechicera un poco de azafrán con adormidera. Hoy me
parece que estaba ya mejor, ¿no?
-Supongo -murmuró
Yannick Brass-. Sólo tuvimos que parar el convoy para ella seis veces. Ya sé,
que no es de recibo negarle ayuda en el camino a nadie, mamón quien piense lo
contrario. Y el que la negara, archimamón sería y hasta cabrón hideputa. Pero
demasiado largo andurreamos ya por estos bosques, demasiado largo, os digo.
Tentamos a la suerte, truenos, tentamos a la suerte en demasía, muchachos. El
bosque no es seguro. Los Scoia'tael...
-Escupe esa
palabra, Yannick.
-Puf, puf, lagarto,
lagarto. Yarpen, miedo no me da una escaramuza, y la
sangre no es nada
nuevo para mí, pero... Si tuviéramos que luchar contra nuestros...
¡Su perra madre!
¿Por qué nos ha tenido que tocar esto a nosotros? ¡Esta puta carga
debiera llevarla un
puto convoy de caballos y no nosotros! Que el diablo se lleve a
esos sabihondos de
Ard Carraigh, que los...
-Que cierres la
boca, te dije. Mejor acércame la olla de las gachas. El lebrato, me cago en su
madre, fue un tentempié, ahora hay que comer algo. Ciri, ¿comes con nosotros?
-Pues claro.
Durante largo rato
no se escuchó mas que masticar, sorber y el chasquear de las cucharas de madera
golpeando contra la olla.
-Rayos -dijo
Pauline Dahlberg y soltó un prolongado regüeldo-. Todavía me comería algo más.
-Yo también
-anunció Ciri y también eructó, entusiasmada con los modales poco afectados de
los enanos.
-Pero que no sean
gachas -dijo Xavier Moran-. Ya me salen por las orejas estas puches. Y la
cecina también me da asco ya.
-Pos jálate un poco
yerba, ya que tienes un gusto tan fino.
-O puedes roer con
los dientes la corteza de los abedules. Así hacen los castores y no se mueren.
-Pos un castor si
me comería.
-Y yo pescado -soñó
Paulie, mientras mascaba con ruido un pedazo de cecina que había sacado del
seno-. Ganilla tengo de pescado, os digo.
-Pos vamos a
pescar.
-¿Dónde? -refunfuñó
Yannick Brass-. ¿En las matas?
-En el río.
-Vaya un río. Si
hasta se puede alcanzar con una meada al otro lado. ¿Qué pescado puede haber
ahí?
- Hay peces. -Ciri
relamió la cuchara y se la metió en la caña de la bota- . Los vi cuando fui a
por agua. Pero están enfermos. Tienen sarpullido. Unas manchas negras y
rojas...
-¡Truchas! -gritó
Paulie, escupiendo las migas de la cecina-. ¡Va, muchachos, presto al río!
¡Regan! ¡Quítate los pantalones! ¡Vamos a hacer una nasa con tus pantalones!
-¿Por qué con los
míos?
-¡Quítatelos,
apriesa, o te doy un pescozón, criajo! ¿No te dijo madre que tenías que hacerme
caso?
-Daos prisa si
queréis pescar, porque anochecerá en un periquete -dijo Yarpen-Ciri, ¿se ha
calentado la agua? Deja, deja, te vas a quemar y te vas a tiznar con el
cacharro. Sé que eres muy fuerte, pero permite que yo lo lleve.
Geralt ya los
estaba esperando, vieron desde lejos sus blancos cabellos entre las extendidas
telas del carro. El enano vertió agua en la palangana.
-¿Necesitas ayuda,
brujo?
-No, gracias,
Yarpen. Ciri me ayudará.
Triss no tenía ya
fiebre, pero estaba terriblemente debilitada. Geralt y Ciri ya habían cobrado
habilidad en desnudarla y lavarla, habían aprendido también a frenar sus
ambiciosas tentativas de autosuficiencia, de momento irrealizables: él sujetaba
a la hechicera en los brazos, ella lavaba y secaba. Una sola cosa comenzaba a
extrañar y molestar a Ciri: Triss se apretaba contra Geralt demasiado fuerte,
en su opinión. Esta vez hasta intentó besarlo.
Geralt, con un
movimiento de cabeza, señaló a las bolsas de la hechicera. Ciri lo comprendió
al vuelo, porque esto también pertenecía al ritual: Triss siempre exigía que la
peinaran. Encontró el peine, se arrodilló al lado. Triss, bajando la cabeza en
su dirección, abrazó al brujo. En opinión de Ciri, demasiado fuerte.
-Oh, Geralt
-gimió-. Me entristece tanto... Me entristece tanto que lo que hubo entre
nosotros...
-Triss, por favor.
-... aquello
debiera haber sucedido... ahora. Cuando me recupere... Sería completamente
distinto... Podría... Podría incluso...
-Triss.
-Envidio a
Yennefer... Le envidio que te tiene...
-Ciri, sal.
-Pero...
-Sal, por favor.
Saltó del carro,
cayó directamente junto a Yarpen, que esperaba apoyado en la rueda, masticando
pensativo una larga brizna de hierba. El enano le pasó el brazo por el hombro.
Para ello no tuvo que agacharse, como Geralt. No era más alto que ella.
-Nunca cometas el
mismo error, pequeña bruja -murmuró, señalando con los ojos al carro-. Si
alguien te demuestra compasión, simpatía y entrega, si te entusiasma con su
rectitud de carácter, valora esto, pero no confundas esto con... algo distinto.
-No está bien
cotillear.
-Lo sé. Y es
peligroso. Apenas alcancé a saltar cuando tiraste el agua sucia de la
palangana. Ven, vamos a ver cuántas truchas han caído en los pantalones de
Regan.
-¿Yarpen?
-¿Sí?
-Te aprecio.
-Y yo a ti también,
potrilla.
-Pero tú eres un
enano. Y yo no.
-¿Y qué tendrá que
...? Ah, claro. Los Scoia'tael. Se trata de los Ardillas, ¿verdad? No te deja
en paz, ¿eh?
Ciri se liberó del
pesado abrazo.
-A ti tampoco
-dijo-. Y a otros tampoco. Lo veo.
El enano guardó
silencio.
-¿Yarpen?
-Dime.
-¿Quién tiene
razón? ¿Los Ardillas o tú? Geralt quiere ser... neutral. Tú sirves al rey
Henselt, aunque eres un enano. Y el caballero de la guardia dijo que todos son
nuestros enemigos y que a todos habría que... A todos. Incluso a los niños.
¿Por qué, Yarpen? ¿Quién tiene razón?
-No lo sé -dijo el
enano con énfasis-. No comprendo las razones de todos.
Hago lo que
considero lo mejor. Los Ardillas tomaron las armas, se echaron al monte.
Los humanos al mar,
gritan, sin saber que incluso esa frasecilla propagandística se la han soplado
los emisarios de Nilfgaard. No entienden que esta frase no está dirigida a
ellos, sino precisamente a los humanos, que ha de despertar el odio de los
humanos, no el entusiasmo guerrero de los jóvenes elfos. Yo he entendido esto,
por eso considero una idiotez criminal lo que hacen los Scoia'tael. En fin,
puede que en unos años me ataquen como traidor y vendepatrias, y a ellos los
llamen héroes... Nuestra historia, la historia de nuestro mundo, conoce tales
casos.
Se calló, se mesó
la barba. Ciri también callaba.
-Elirena...
-murmuró de pronto-. Si Elirena fue una heroína, si lo que hizo se llama
heroísmo, qué le vamos a hacer, entonces que me llamen traidor y cobarde.
Porque yo, Yarpen Zigrin, cobarde, traidor y renegado, afirmo que no debiéramos
matarnos los unos a los otros. Afirmo que debemos vivir. Vivir de tal modo que
después no tengamos ninguno que pedir perdón. La heroína Elirena... Ella tuvo
que hacerlo. Perdonadme, rogaba, perdonadme. ¡Cien diablos! Más vale morir que
vivir sabiendo que se ha hecho algo que precisa de perdón.
Calló de nuevo.
Ciri no hizo las preguntas que le oprimían los labios. Percibió instintivamente
que no debía.
-Tenemos que vivir
los unos junto a los otros -continuó Yarpen-. Nosotros y vosotros, humanos.
Porque simplemente no tenemos otra salida. Desde hace doscientos años lo
sabemos, y desde hace más de cien trabajamos en ello. ¿Quieres saber por qué
entre al servicio de Henselt, por qué tomé esta decisión? No puedo permitir que
este trabajo haya sido en vano. Más de cien años hemos intentado acomodarnos a
los humanos. Medianos, gnomos, nosotros, incluso los elfos, porque no hablo de
las rusalkas, las ninfas o las sílfides, éstas fueron siempre independientes,
incluso entonces cuando todavía no estabais vosotros. Por los cien diablos,
esto ha durado cien años, pero hemos conseguido de algún modo organizar una
vida en común, una vida los unos junto a los otros, hemos conseguido en parte
convencer a los humanos de que nos diferenciamos de ellos en muy poco...
-Nosotros no nos
diferenciamos en nada, Yarpen.
El enano se dio la
vuelta violentamente.
-En nada nos
diferenciamos -repitió Ciri-. Al fin y al cabo piensas y sientes como Geralt. Y
como... como yo. Comemos lo mismo, del mismo caldero. Ayudas a Triss y yo
también. Tú tuviste abuela y yo tuve abuela... A mi abuela la mataron los
nilgaardianos. En Cintra.
-Y a la mía los
humanos -dijo con énfasis el enano-. En Brugge. Durante un pogromo.
-¡Jinetes! -gritó
uno de los soldados de Wenck que iban en avanzada-. ¡Jinetes por delante!
El comisario
cabalgó hasta el carro de Yarpen, Geralt se acercó por el otro
lado.
-Vete atrás, Ciri
-dijo en voz alta-. Baja del pescante y métete hacia atrás.
Cuida de Triss.
-¡Desde aquí no se
ve nada!
-¡No discutas!
-ladró Yarpen-. ¡Atrás, pero ya mismo! Y dame el martillo de caballero. Está
debajo de la pelliza.
-¿Esto? -Ciri alzó
un pesado objeto, de terrible aspecto, que era como un martillo con un gancho
afilado y ligeramente curvo al otro lado del peto.
-Esto - confirmó el
enano. Metió el mango en la caña de la bota y la cabeza la colgó de las
rodillas. Wenck, aparentemente tranquilo, miró al camino, haciendo sombra a los
ojos con la mano.
-Caballería ligera
de Ban Glean -dijo al cabo-. Los así llamados Coraceros de Castigo, los
reconozco por las capas y los caperuzos de castor. Por favor, mantened la
calma. La atención también. Las capas y los caperuzos de castor cambian con
bastante facilidad de propietario.
Los jinetes se
acercaron muy deprisa. Había unos diez, Ciri vio cómo en el carro detrás de
ellos Paulie Dahlberg colocaba sobre las rodillas dos ballestas cargadas y
Regan las cubría con albornoz. Con sigilo, Ciri se deslizó por entre la lona,
cubriéndose al mismo tiempo con las anchas espaldas de Yarpen. Triss intentó
levantarse, maldijo, cayó sobre el lecho.
-¡Quieto! - gritó
el primero de los que cabalgaban, seguramente el jefe-. ¿Quién sois? ¿De dónde
y a dónde vais?
-¿Y quién pregunta?
-Wenck se enderezó sereno en la silla-. ¿Y con qué derecho?
-¡El ejército del
rey Henselt, noble curioso! ¡Pregunta el decurión Zyvik, y no tiene por
costumbre repetir las preguntas! ¡Responded entonces! ¡Y vivo! ¿Quién sois?
-Servicio de
intendencia del ejército real.
-¡Cualquiera puede
decir eso! ¡No veo aquí a nadie con los colores reales! -Acércate, decurión, y
mira atentamente este anillo.
-¿Qué leches me
relumbráis aquí con anillitos? -El soldado frunció el ceño-. ¿Que tengo que
conocer todos los anillos, o qué? Un anillo así cualquiera lo puede tener.
¡Vaya una señal!
Yarpen Zigrin se
alzó en el pescante, tomó el hacha y con un rápido movimiento se lo colocó al
soldado bajo las narices.
-Y esta señal
-bramó-, ¿la conoces?
El decurión tiró de
las riendas, volvió el caballo.
-¿Que me vais a
asustar a mí? -vociferó-. ¿A mí? ¡Yo estoy al servicio del rey!
-Y nosotros también
-dijo despacio Wenck-. Y seguramente desde hace más tiempo que tú. No grites,
soldado, te lo aconsejo.
-¡De la guardia me
encargo aquí! ¿Cómo tengo que saber quién leches sois
vos?
-Has visto el
anillo -gruñó el comisario -. Y si no conociste la señal de la joya, me da por
pensar quién leches eres tú. En la banderola de los Coraceros de Castigo hay el
mismo escudo, así que debieras conocerla.
El soldado mitigó
sus humos visiblemente, en lo que con toda seguridad influyeron en la misma
medida tanto las serenas palabras de Wenck como las jetas siniestras y
dispuestas a todo que se asomaban desde los furgones de la escolta.
-Humm... -dijo,
mientras se echaba el caperuzo hacia la oreja izquierda-. Sea. Pero si en
verdad sois quienes decís ser, no tendréis, espero, nada en contra si le echo
un ojo a lo que lleváis en los carros.
- Lo tenemos.
-Wenck frunció el ceño-. E incluso mucho. Nada te importa a ti nuestra carga,
decurión. No comprendo tampoco qué es lo que habrías de buscar en ella.
-No comprendéis
-agitó la cabeza el soldado y bajó la mano en dirección a la empuñadura de la
espada-. Entonces os diré, señores. El comercio de personas está prohibido, mas
no faltan granujas que les venden esclavos a los nilfgaardianos. Si hallara
gente en cepos dentro de los carros, no me iréis a decir que vais en servicio
del rey. Y aunque una docena de anillos me enseñarais.
-Está bien
-pronuncio seco Wenck-. Si se trata de esclavos, busca. Te lo permito.
El soldado se
acercó al paso al furgón central, se inclinó sobre la silla, alzó la
lona.
-¿Qué hay en estos
barriles?
-¿Y qué va a haber?
¿Esclavos? -se mofó Yannick Brass, repantigado en el pescante.
-¡He preguntado
qué! ¡Contesta!
-Pescado salado.
-¿Y en los cajones
aquéllos? -se acercó al siguiente carro, dio una patada en el costado.
- Herraduras
-refunfuñó Paulie Dahlberg-. Y allá, atrás, eso son pieles de búfalos.
- Ya veo. -El
decurión agitó la mano, espoleó al caballo, fue hacia la cabeza del convoy,
echó un vistazo al carro de Yarpen.
-¿Y quién es esta
mujer que ahí yace?
Triss Merigold
sonrió débilmente, se enderezó sobre los codos, al tiempo que realizaba un
corto e intrincado gesto con una mano.
-¿Quién, yo?
-preguntó bajito-. Pero si tú no me ves.
El soldado murmuró
nervioso, tembló ligeramente.
-Pescado salado
-dijo con convicción, dejando caer la lona-. Está bien. ¿Y esta
cría?
-Hongos secos -dijo
Ciri, al tiempo que le miraba descaradamente. El soldado se calló, se quedó
quieto con los labios abiertos.
-¿Que qué?
-preguntó al cabo, arrugando la frente-. ¿Qué?
-¿Has terminado la
inspección, guerrero? -se interesó Wenck con frialdad, acercándose desde el
otro lado del furgón. Con esfuerzo, el soldado separó la vista de los ojos
verdes de Ciri.
-Terminé. Idos, que
los dioses os guíen. Pero tened cuidado. Hace dos días una partida de
Scoia'tael mató a toda una patrulla de caballería junto a la barranca de los
Tejones. Era un comando potente y numeroso. Cierto, la barranca de los Tejones
está lejos de aquí, pero los elfos corren por el bosque más rápidos que el
viento. Nos dieron orden de hacer una batida, pero, ¿atrapas así a un elfo? Eso
es como querer atrapar al viento...
-Vale ya, no nos
interesa -le interrumpió con aspereza el comisario-. El tiempo vuela, tenemos
por delante un largo camino.
-Entonces, adiós.
¡Eh, conmigo!
-¿Has oído, Geralt?
-rezongó Yarpen Zigrin, mirando la patrulla que se alejaba por el camino-. Hay
de esos cabrones Ardillas por los alrededores. Lo sabía. Todo el tiempo tengo
como hormigas en la espalda, como si alguien me estuviera apuntando con el arco
en la cruz. No, maldita sea, no podemos seguir yendo como hasta ahora, a
ciegas, silbando, dormitando y jodiendo en sueños. Tenemos que saber qué hay
ante nosotros. Escucha, tengo una idea.
Ciri hizo
encabritarse al alazán, se puso de inmediato al galope, agachándose sobre la
silla. Geralt, sumido en una conversación con Wenck, se enderezó de pronto.
-¡No hagas
tonterías! -gritó-. ¡Sin locuras, muchacha! ¿Quieres romperte el cuello? Y no
te vayas demasiado lejos...
No escuchó más,
avanzaba demasiado deprisa. Lo hacía conscientemente, no tenía ganas de
escuchar las lecciones de todos los días. ¡No demasiado deprisa, no demasiado
brusco, Ciri! Bla-bla. ¡No te alejes! Bla-bla-bla. ¡Ten cuidado! ¡Bla-bla!
Exactamente como si fuera una niña, pensó. Y yo tengo casi trece años, un
alazán muy rápido y una afilada espada a la espalda. ¡Y no tengo miedo de nada!
¡Y es primavera!
-¡Eh, ten cuidado o
te vas a quemar el culo!
Yarpen Zigrin, otro
listillo. ¡Bla-bla!
Adelante, adelante,
al galope, por los caminos llenos de baches, por la verde hierba y los
arbustos, por los charcos de plata, por la arena dorada y húmeda, por los
alados helechos. El gamo asustado desaparece en el bosque, brilla al saltar la
linterna blanquinegra de sus ancas. Se desprenden los pájaros de los árboles:
los coloreados arrendajos y abejarucos, las chillonas y oscuras urracas de
graciosas colas. El agua de los charcos y las grietas estalla en lluvia bajo
los cascos del caballo.
¡Adelante, aún más
adelante! El caballo, que había pateado indolente demasiado tiempo detrás del
carro, lleva una carrera alegre, rápida, feliz, trota ligero, los músculos se
mueven en los muslos, el flequillo húmedo deja caer gotas sobre la cara. El caballo
estira el cuello, Ciri le da cuerda. ¡Adelante, caballito, no sientas el bocado
ni el freno, adelante, al galope, al galope, deprisa, deprisa! ¡Primavera!
Aminoró el paso,
miró alrededor. Bien, por fin sola. Por fin lejos. Nadie ya te acusa, nadie te
recuerda, nadie te llama la atención, nadie te amenaza con que se van a acabar
estos paseos. Por fin sola, desenvuelta, libre e independiente.
Más despacio. Un
ligero trote. Al fin y al cabo no se trata de un paseo sólo para divertirse,
también se tienen ciertas obligaciones. Al fin y al cabo se es ahora una
patrulla montada, guardia, avanzadilla. Ja, piensa Ciri, mirando a su
alrededor, la seguridad de todo el convoy depende de mí. Todos esperan
impacientes a que vuelva y anuncie: el camino está libre y transitable, no he
visto a nadie, no hay huellas ni de ruedas ni de cascos. Lo contaré y ese
delgado señor Wenck de fríos ojos azules asentirá serio, Yarpen Zigrin mostrará
sus amarillentos dientes de caballo, Paulie Dahlberg gritará "¡Buena es la
moza!" y Geralt se sonreirá levemente. Se sonreirá, aunque en los últimos
tiempos sonríe tan poco.
Ciri mira, anota en
su memoria. Dos abedules caídos: ningún problema. Un montón de ramas: nada, los
carros pasan. Una hendidura lavada por la lluvia: un pequeño estorbo, la rueda
del primer carro la deshace, los siguientes irán detrás. Un campo muy amplio:
un buen lugar para hacer un alto...
¿Huellas? Qué
huellas va a haber aquí. Aquí no hay nadie. Hay bosque. Hay pájaros que chillan
entre las frescas hojas verdes. Un zorro rojizo atraviesa el camino sin
apresurarse... Y todo huele a primavera.
La ruta se quiebra
a mitad de una colina, se pierde en una garganta arenosa, entre pinos
retorcidos y aferrados a la pendiente. Ciri abandona el camino, se encarama por
el declive con ánimo de contemplar los alrededores desde la altura. Y si es
posible, para tocar las hojas húmedas y perfumadas...
Desmontó, ató los
ramales a un tronco, caminó lentamente entre los enebros que cubrían la colina.
Al otro lado de la elevación se veía un espacio abierto que resaltaba en la
espesura del bosque como el agujero de un mordisco: seguramente el resultado de
un incendio que estallara allí hacía mucho tiempo, porque en ninguna parte se
veían los negros restos de la quema, por todas partes reinaba el verde de los
vástagos de abedules y abetos. La ruta, hasta donde alcanzaba la vista, daba la
impresión de estar libre y transitable.
Y segura.
De qué es de lo que
tienen miedo. ¿Scoia'tael? ¿Y qué hay que temer de ellos? Yo no tengo miedo de
los elfos. No les he hecho nada.
Elfos. Ardillas.
Scoia'tael.
Antes de que Geralt
le ordenara apartarse, a Ciri le había dado tiempo de mirar los cadáveres en el
puesto de guardia. Se acordaba sobre todo de uno: con el rostro cubierto por
unos cabellos pegados por la sangre que se había vuelto parduzca, con el cuello
doblado y arqueado en forma innatural. El labio superior alzado en un gesto
endurecido y fantasmal dejaba ver unos dientes muy blancos y muy pequeños,
inhumanos. Recordaba la bota de los elfos, destrozadas y gastadas, hasta las
rodillas, anudadas en la parte inferior, en la superior abrochadas con hebillas
forjadas.
Elfos que matan
humanos, que mueren ellos mismos en la lucha. Geralt dice que hay que guardar
la neutralidad... Y Yarpen, que hay que actuar de modo que no haya que pedir
perdón.
Dio una patada a
una topera, escarbó pensativa con el tacón en la arena.
¿Quién y a quién, a
quién y qué habría que perdonar?
Los Ardillas matan
humanos. Y Nilfgaard los paga por ello. Los utiliza. Los instiga. Nilfgaard.
Ciri no había
olvidado aunque quería olvidar a toda costa. Lo que había sucedido en Cintra.
Sus vagabundeos, su desesperación, miedo, hambre y dolor. El marasmo y el
embotamiento que llegaron más tarde, mucho más tarde, cuando la encontraron y
ampararon los druidas de los Tras Ríos. Lo recordaba como entre la niebla
aunque querría dejar de recordarlo.
Pero volvía. Volvía
en pensamientos, en sueños. Cintra. El trápala de los caballos y los gritos
salvajes, los cadáveres, el incendio... Y el caballero negro con el yelmo
emplumado... Y luego ... La palloza de los Tras Ríos... La chimenea llena de
hollín entre los rescoldos... Al lado, junto a un pozo intacto, un gato negro
se lame una terrible quemadura en el costado. Un pozo... Un cigoñal... Un
cubo...
Un cubo lleno de
sangre.
Ciri se limpió el
rostro, miró su mano, asombrada. La mano estaba mojada. La muchacha se sorbió
la nariz, se enjuagó las lágrimas con la manga.
¿Neutralidad?
¿Indiferencia? Daban ganas de gritar. ¿Un brujo contemplando indiferente?
¡Nunca! Un brujo ha de proteger a la gente. De las silvias, vampiros,
lobizones. Y no sólo. Ha de protegerlos de todo mal. Y yo en los Tras Ríos vi
lo que era el mal.
Un brujo tiene que
proteger y salvar. Proteger al hombre, para que no lo cuelguen por las manos de
los árboles, no lo claven en un palo. Proteger a la muchacha rubia para que no
la crucifiquen entre estacas clavadas en la tierra. Proteger a los niños para
que no los degüellen y los echen a un pozo. Protección se merece incluso el
gato con las quemaduras causadas por el incendio del establo. Por eso quiero
ser bruja, por eso tengo una espada, para proteger a aquéllos como los de
Sodden y Tras Ríos, porque ellos no tienen espada, no conocen los pasos, las
medias vueltas, los requiebros y piruetas, nadie les enseñó a luchar, están
indefensos y desarmados contra el lobizón y el desertor nilfgaardiano. A mí me
enseñan a luchar. Para que pueda defender a los desarmados. Y lo haré. Siempre.
No voy a ser nunca neutral. Nunca voy a ser indiferente.
¡Nunca!
No supo qué fue lo
que la advirtió, si el súbito silencio que cayó sobre el bosque como una sombra
fría, o un movimiento captado con el rabillo del ojo. Pero reaccionó como un
relámpago, automáticamente, con un reflejo adquirido y aprendido en los montes
de Tras Ríos, entonces, cuando al escapar de Cintra competía con la muerte.
Cayó al suelo, se introdujo entre unos matorrales de enebro y quedó inmóvil.
Ojalá el caballo no relinche, pensó.
En la pendiente
contraria de la garganta algo se movió de nuevo, distinguió una silueta apenas
vislumbrada que se disolvía entre la hojarasca. El elfo salió de la maleza con
precaución. Se quitó la capucha de la cabeza, miró a su alrededor un momento,
escuchó, luego en silencio y con rapidez se movió por el borde de la garganta.
Siguiéndole aparecieron otros dos entre los arbustos.
Y luego aparecieron
los siguientes. Muchos. Una larga fila, unos detrás de otros. Alrededor de la
mitad de ellos iba a caballo: cabalgaban lentos, erguidos en sus sillas,
tensos, alerta. Durante un segundo los vio a todos clara y precisamente,
mientras avanzaban en absoluto silencio recortados contra el cielo, como clara
brecha en la pared de árboles antes de desaparecer disueltos en la centelleante
sombra de la espesura. Desaparecieron sin susurros ni chasquidos, como
espíritus. No patearon ni bufaron los caballos, no crujieron las ramas bajo pie
o herradura alguna. No tintinearon las armas que llevaban colgadas.
Desaparecieron,
pero Ciri no se movió. Yació aplastada contra la tierra bajo el enebro,
intentando respirar sin ruido. Sabía que un pájaro asustado o alguna otra
bestia podía traicionarla, y a un pájaro o un animal podía asustarlos cada
susurro y cada movimiento, incluso el más cauteloso. Se levantó solamente
cuando el bosque se había tranquilizado completamente y en los árboles por
entre los que los elfos habían desaparecido chillaban las urracas.
Se levantó sólo
para verse encerrada entre unos fuertes brazos. Un guante de cuero negro le
cubrió la boca, ahogó su grito de miedo.
-Silencio.
-¿Geralt?
-Silencio, te he
dicho.
-¿Los has visto?
-Los he visto.
-Son ellos...
-susurró-. Scoia'tael. ¿No?
-Sí. Rápido, a los
caballos. Cuidado con los pies.
Cautelosamente y en
silencio bajaron del montículo, pero no volvieron al camino, se mantuvieron en
la espesura. Geralt, que miraba a todos lados con extrema atención, no le
permitió cabalgar libremente y mantuvo en sus manos las riendas de su alazán,
conduciéndolo él mismo.
-Ciri -dijo de
pronto-. No digas ni palabra acerca de lo que hemos visto. Ni a Yarpen ni a
Wenck. A nadie. ¿Me entiendes?
-No -rebufó,
bajando la cabeza-. No entiendo. ¿Por qué voy a tener que callar?
Pero si hay que
advertirlos. ¿A favor de quién estamos nosotros? ¿Contra quién?
¿Quién es nuestro
amigo y quién nuestro enemigo?
-Mañana nos
separaremos del convoy -dijo al cabo-. Triss ya está casi recuperada. Nos
despediremos y cabalgaremos nuestro propio camino. Tendremos nuestros propios
problemas, nuestras preocupaciones y nuestras dificultades. Entonces, espero,
dejarás por fin de intentar dividir a los habitantes de nuestro mundo en amigos
y enemigos.
-¿Tenemos que
ser... neutrales? Indiferentes, ¿no? Y si atacan...
-No atacarán.
-Y si...
- Escúchame. -Se
volvió hacia ella -. ¿Por qué piensas que un transporte de tamaña importancia,
una carga de oro y plata, la ayuda secreta del rey Henselt a Aedirn, está
escoltado por enanos y no por humanos? Yo ya vi ayer a un elfo que nos
observaba desde los árboles. Escuché cómo se acercaron por la noche junto al
campo. Los Scoaia'tael no atacan a los enanos, Ciri.
-Pero están aquí
-murmuró-. Están. Dan vueltas, nos rodean...
-Yo sé por qué
están aquí. Te lo enseñaré.
Dio la vuelta
violentamente al caballo, le arrojó las bridas a Ciri. Ella azuzó con los
talones al alazán, avanzó más deprisa, pero con un gesto él le ordenó quedarse
detrás. Cruzaron la senda, penetraron otra vez en la espesura. El brujo la
guiaba, Ciri cabalgaba siguiendo sus pasos. Ambos guardaron silencio. Durante
mucho tiempo.
-Mira. -Geralt
detuvo el caballo-. Mira, Ciri.
-¿Qué es esto?
-suspiró.
-Shaerrawedd.
Ante ellos, tan
largo como el bosque permitía contemplar, se apilaban bloques de granito y
mármol delicadamente labrados, de obtusos bordes redondeados por el viento, con
motivos esculpidos casi borrados por la lluvia, quebrados y rotos por las
heladas, rajados por las raíces de los árboles. Entre los troncos brillaba el
blanco de columnas rotas, arquerías, restos de frisos abrazados por la hiedra,
cubiertos de una gruesa capa de musgo verde.
-¿Esto era... un
castillo?
-Un palacio. Los
elfos no construían castillos. Bájate. Los caballos no son capaces de atravesar
las ruinas.
-¿Quién destruyó
todo esto? ¿Los humanos?
-No. Ellos. Antes
de irse.
-¿Por qué lo
hicieron?
-Sabían que ya no
volverían más. Fue después de la segunda guerra entre ellos y los humanos, hace
más de doscientos años. Antes de ello, al retirarse, dejaban las ciudades
intactas. Los humanos edificaron las suyas sobre los cimientos de los elfos.
Así surgieron Novigrado, Oxenfurt, Wyzima, Tretogor, Maribor, Cidaris. Y
Cintra.
-¿Cintra también?
Confirmó con un
movimiento de cabeza, sin apartar la vista de las ruinas.
-Se fueron de aquí
-susurró Ciri-, pero ahora vuelven. ¿Por qué?
-Para mirar.
-¿A qué?
Sin palabras le
puso la mano en el hombro, la empujó levemente por delante. Bajaron por unos
escalones de mármol, más abajo, agarrándose a ligeros avellanos, árboles que
surgían de cada grieta, de cada hendidura en las enmohecidas y resquebrajadas
placas.
-Aquí estaba el
centro del palacio. Su corazón. Una fuente.
-¿Aquí? -se
asombró, mirando a la intrincada maraña de alisos y los blancos troncos de los
abedules entre las masas y los bloques sin forma-. ¿Aquí? Aquí no hay nada.
-Ven.
El riachuelo que
surtía la fuente debía de haber cambiado de cauce a menudo, había lavado
paciente e incansable los bloques de mármol y las placas de alabastro que, por
su parte, se habían desplazado, produciendo obstáculos que habían dirigido de
nuevo la corriente hacia otro lado.
Como resultado,
todo el terreno estaba cortado por hoyas planas y sin relieves. Aquí y allá el
agua caía en cascadas por encima de los restos de los edificios, bañándolos con
hojas, arena y pajas: en estos lugares el mármol, la terracota y los mosaicos aún
rebosaban de color y frescura, como si llevaran allí sólo tres días y no dos
siglos.
Geralt saltó la
corriente, anduvo por entre los restos de unas columnas. Ciri acudió tras él.
Salieron de unas escaleras arruinadas, agachando la cabeza pasaron bajo un arco
intacto, a medias enterrado en una muralla de tierra. El brujo se detuvo,
señaló con la mano. Ciri suspiró en alta voz.
En medio de un
montón de ruinas, multicolor a causa de la terracota destrozada, crecía un
enorme rosal, espolvoreado con decenas de hermosas flores blancas y violetas.
Sobre los pétalos brillaban gotas de rocío, brillantes como plata. El arbusto
envolvía con sus vástagos una enorme losa de piedra blanca. Y desde la losa les
miraba un rostro triste y hermoso, cuyos delicados y nobles rasgos no habían
sido capaces de borrar ni derrubiar los aguaceros ni las nieves. Un rostro que
no habían conseguido desfigurar el cincel de los saqueadores que extraían de
las estatuas los ornamentos de oro, los mosaicos y las piedras preciosas.
-Aelirenn -dijo
Geralt al cabo de un largo rato de silencio.
-Es hermosa
-susurró Ciri, agarrándolo de la mano. El brujo parecía no haberse dado cuenta
de ello. Miraba a la estatua y estaba lejos, lejos, en otro mundo y en otro
tiempo.
- Aelirenn -repitió
al cabo-. Los enanos y los humanos la llaman Elirena. Los condujo a la lucha
hace doscientos años. Las autoridades de los elfos estaban en contra. Sabían
que no tenían posibilidad alguna. Que podía que no pudieran levantarse de nuevo
después de la derrota. Querían salvar a su pueblo, querían pervivir. Decidieron
destruir la ciudad, esconderse en las montañas salvajes e impenetrables y ...
esperar. Los elfos gozan de larga vida, Ciri. Según nuestra medida del tiempo,
casi de la inmortalidad. Los humanos les parecían algo que pasaría, como la
sequía, como un invierno duro, como una plaga de langosta después de la cual
viene la lluvia, la primavera, un nuevo comienzo. Querían esperar. Perdurar.
Decidieron destruir las ciudades y los palacios. Entre ellos su orgullo: la
hermosa Shaerrawedd. Querían perdurar, pero Elirena... Elirena levantó a los
jóvenes. Echaron mano a las armas y se fueron tras ella, a la última lucha
desesperada. Y los masacraron. Los masacraron sin piedad.
Ciri callaba,
sumida en la contemplación de aquella mirada tan hermosa y muerta.
-Cayeron con su
nombre en los labios -continuó el brujo en voz baja-. Repitiendo su llamada, su
grito, cayeron por Shaerrawedd. Porque Shaerrawedd era un símbolo. Murieron por
las piedras y el mármol... y por Aelirenn. Tal y como ella les prometió, murieron
dignamente, heroicamente, con honor. Salvaron el honor pero perdieron,
condenaron al holocausto, a la propia raza. A su propio pueblo. ¿Recuerdas lo
que te dijo Yarpen? ¿Quién gobierna el mundo y quién se extingue? Era una
aclaración aproximada, pero verdadera. Los elfos viven largo tiempo, pero sólo
los jóvenes son fértiles, sólo los jóvenes pueden tener descendencia. Y casi
toda la juventud de los elfos se fue entonces tras de Elirena. Por Aelirenn,
por la Rosa Blanca de Shaerrawedd. Estamos entre las ruinas de su palacio,
junto a la fuente cuyo canturreo escuchaba por las tardes. Y éstas... éstas
eran sus flores.
Ciri callaba.
Geralt la acercó hacia sí, la abrazó.
- ¿Sabes ahora por
qué los Scoia'tael estuvieron aquí, sabes qué es lo que querían ver? ¿Entiendes
por qué no se debe permitir que los elfos y los enanos jóvenes de nuevo se
dejen masacrar? ¿Entiendes que ni tú ni yo debemos añadir nuestros brazos a esa
masacre? Estas rosas florecen durante todo el año. Deberían volverse salvajes y
sin embargo son más hermosas que las de los jardines bien cuidados. A
Shaerrawedd, Ciri, acuden continuamente los elfos. Distintos tipos de elfos.
Aquéllos apasionados y tontos para los que el símbolo es la piedra reventada. Y
aquéllos razonables para los que el símbolo son estas flores, inmortales,
eternamente nuevas. Elfos que entienden que si se arranca este rosal y se quema
la tierra, las rosas de Shaerrawedd ya no crecerán nunca más en ningún lado.
¿Lo entiendes?
Asintió con la
cabeza.
-¿Entiendes ahora
lo que es la neutralidad que tanto te agita? Ser neutral no significa ser
indiferente e insensible. No hay que matar el sentimiento dentro de uno mismo.
Basta matar el odio dentro de uno mismo. ¿Lo has entendido?
-Sí -susurró-.
Ahora lo entiendo. Geralt, yo... querría coger una... una de estas rosas. Como
recuerdo. ¿Puedo?
-Tómala -dijo al
cabo de un instante de duda-. Tómala, como recuerdo.
Vámonos. Volvamos
al convoy.
Ciri clavó la rosa
por debajo de las ataduras del jubón. De pronto soltó un gritito, alzó la mano.
Un hilillo de sangre le corría desde el dedo hasta el interior de la mano.
-¿Te has pinchado?
-Yarpen ...
-susurró la muchacha, mirando la sangre que llenaba la línea de la vida-.
Wenck... Paulie...
-¿Qué?
-¡Triss! -lanzó un
penetrante grito con una voz que no era la suya, temblaba fuertemente, se
limpió el rostro con el antebrazo-. ¡Aprisa, Geralt! ¡Tenemos... que ayudar! ¡A
los caballos, Geralt!
-¡Ciri! ¿Qué te
pasa?
-¡Están muriendo!
Ciri galopaba con
la oreja casi rozando el cuello del caballo, azuzaba a su montura con gritos y
golpes de los talones. La arena del camino forestal salpicaba bajo los cascos.
Escuchó desde lejos el ruido, percibió el humo.
De frente,
obstruyendo la senda, se dirigieron hacia ella dos caballos que se bloqueaban
mutuamente con los atelajes, las riendas y un timón partido. Ciri no detuvo al
alazán, les cruzó al lado a todo galope, pedazos de espuma le acariciaron el
rostro. Escuchó por detrás los relinchos de Sardinilla y la maldición de
Geralt, que se vio obligado a frenar.
Llegó a una curva
del camino, a un claro muy grande.
La caravana estaba
ardiendo. Saetas ardientes volaban desde el bosque hacia los carros como
pájaros de fuego, hacían agujeros en las lonas y se clavaban en las tablas. Los
Scoia'tael, aullando y gritando, se lanzaron al ataque.
Ciri, sin prestar
atención al grito de Geralt que le llegaba desde atrás, dirigió el caballo
directamente hacia los primeros carros que estaban delante. Uno estaba volcado
sobre un costado, junto a él estaba Yarpen Zigrin con un hacha en una mano y
una ballesta en la otra. A sus pies, inmóvil e inerte, vestida con un traje
azul arremangado hasta la mitad del muslo yacía...
-¡Triiiiiss! -Ciri
se incorporó en la silla, azuzó al caballo con los talones. Los Scoia'tael se
volvieron en su dirección, silbaron las flechas junto a la oreja de la
muchacha. Sacudió la cabeza sin aminorar el galope. Escuchó el grito de Geralt
que le ordenaba huir al bosque. No tenía intenciones de obedecer. Se agachó,
cabalgó directa hacia los arqueros que apuntaron hacia ella. Sintió de pronto
el penetrante olor de la rosa blanca clavada en su jubón.
-¡Triiiiiss!
Los elfos saltaron
ante la acometida del desaforado caballo. A uno lo golpeó ligeramente con la
espuela. Escuchó un agudo silbido, el corcel se revolvió violentamente,
relinchó, se echó hacia un lado. Ciri vio la saeta profundamente clavada por
debajo de la grupa, justo pegada a su muslo. Sacó los pies de los estribos, se
alzó, giró en la silla, tomó un fuerte impulso y saltó.
Cayó suavemente
sobre la caja del furgón volcado, hizo equilibrio con los brazos y saltó de
nuevo, aterrizando con los pies doblados junto a Yarpen, que gritaba y agitaba
el hacha. Junto a él, en el segundo carro, luchaba Paulie Dahlberg, y Regan,
echado hacia atrás, con los pies apoyados sobre la tabla, sujetaba el tiro con
considerable esfuerzo. Los caballos relinchaban salvajemente, pataleaban,
tiraban del timón aterrados ante las llamas que devoraban la lona.
Ciri se echó sobre
Triss que yacía entre cajas y barriles dispersos, la aferró por la ropa y
comenzó a tirar de ella en dirección al carro volcado. La hechicera gimió,
echándose las manos a la cabeza. Junto a Ciri golpetearon de pronto cascos,
bufaron caballos: dos elfos, sacando sus espadas, atacaron a Yarpen, quien se
dirigía furioso hacia ella. El enano se revolvió como un demonio, rechazó
hábilmente con el hacha los golpes que le caían encima. Ciri escuchó
maldiciones, jadeos y el lastimero tintineo del metal.
Del convoy que
ardía se separó otro tiro, que corrió en su dirección, dejando detrás de sí
humo y llamas, fragmentos de tela ardiente. El conductor colgaba inerte del
pescante, junto a él estaba Yannick Brass, que mantenía con problemas el
equilibrio. Con una mano sujetaba las riendas, con la otra se defendía de dos
elfos que galopaban a ambos lados del furgón. El tercer Scoia'tael, igualándose
al galope con el tiro de caballos, les clavaba en los costados flecha tras
flecha.
-¡Salta! -gritó
Yarpen, más alto que el propio tumulto-. ¡Salta, Yannick!
Ciri vio cómo hacia
el carro desbocado se acercaba al galope Geralt, cómo con un corto y seco golpe
de la espada derribaba de la silla a un elfo, y Wenck, apareciendo por el lado
contrario, acabó con otro, el que disparaba a los caballos. Yannick dejó caer
las riendas y saltó justo enfrente del caballo del tercero de los Scoia'tael.
El elfo se
incorporó sobre los estribos y le lanzó un tajo. El enano cayó. En ese momento
el carro que estaba ardiendo se estrelló contra los luchadores, los atropelló y
los dispersó. Ciri consiguió en el último instante sacar a Triss de entre los
cascos de los caballos desbocados. El balancín se resquebrajó con un chasquido,
el furgón dio un bote, perdió una rueda y se volcó desparramando a su alrededor
la carga y las tablas que ardían lentamente.
Ciri arrastró a la
hechicera bajo el carro volcado de Yarpen. La ayudó Paulie Dahlberg, que
apareció de pronto junto a ella, y a ambos los cubría Geralt, que obligó a
Sardinilla a interponerse entre ellos y los Scoia'tael que atacaban. Alrededor
del carro se formó un tumulto, Ciri escuchó el sonido de las espadas, gritos,
relinchos de caballos, golpeteo de cascos. Yarpen, Wenck y Geralt, rodeados por
los elfos por todos lados, luchaban como diablos enloquecidos.
A los que luchaban
los dispersó de pronto el tiro de Regan, quien estaba forcejeando en el
pescante con un rechoncho mediano vestido con un jubón de piel de lince. El
mediano estaba sentado sobre Regan e intentaba atravesarlo con un largo
cuchillo.
Yarpen saltó
ágilmente sobre el carro, aferró al mediano por el cuello y lo echó abajo de
una patada. Regan aulló penetrantemente, tomó las riendas, azotó los caballos.
El tiro dio un respingo, el carro se bamboleó, tomó repentina velocidad.
-¡En círculo,
Regan! -vociferó Yarpen-. ¡En círculo! ¡Alrededor!
El carro giró y se
dirigió de nuevo hacia los elfos, dispersándolos. Uno saltó, agarró la rienda
derecha por la parte delantera pero no consiguió retenerla, el impulso lo
empujó bajo los cascos y las ruedas. Ciri escuchó un macabro grito.
Otro elfo,
galopando a su lado, dio un tajo de revés con la espada. Yarpen se agachó, la
hoja resonó contra el aro que sujetaba la lona, el impulso le llevó al elfo
hacia delante. El enano se encogió de pronto, movió la mano con rapidez. El
Scoia'tael aulló y se tensó sobre la silla, luego cayó a tierra. Entre sus
omoplatos había un hachazo.
- ¡Venga, venid,
hijos de puta! -bramó Yarpen haciendo molinetes con el hacha-. ¿Quién más
quiere? ¡Deprisa, en círculo, Regan! ¡En círculo!
Regan, agitando la
cabellera ensangrentada, encogido en el pescante entre los silbidos de las
saetas, aullaba como un loco y castigaba sin piedad a los caballos. El tiro
pasó a toda prisa en una cerrada curva, creando una barrera móvil que vomitaba
fuego y humo alrededor del carro volcado junto al que Ciri arrastraba a la
magullada y medio inconsciente hechicera.
No lejos de allí
bailoteaba el caballo de Wenck, un semental grisáceo. Wenck se encogió, Ciri
vio la saeta de blanca pluma que le sobresalía de un costado. Pese a la herida
se las vio hábilmente con dos elfos a pie que le atacaban por ambos costados.
Ante los ojos de Ciri, una segunda flecha se le clavó en el pecho. El comisario
dejó caer su pecho sobre el cuello del caballo, pero se mantuvo en la silla.
Paulie Dahlberg le salió en ayuda.
Ciri se quedó sola.
Echó mano a la
espada. La hoja, que durante los entrenamientos saltaba de su espalda como un
rayo, ahora no se dejaba extraer por nada del mundo, se resistía, se atascaba
en la vaina como en alquitrán. Entre el torbellino que giraba alrededor, entre
movimientos tan rápidos que hasta desaparecían ante los ojos, su espada parecía
innatural y extrañamente lenta, parecía que transcurrieron siglos antes de que
saliera del todo. La tierra temblaba y se agitaba. Ciri de pronto se dio cuenta
de que no era la tierra. Eran sus propias rodillas.
Paulie Dahlberg,
manteniendo en jaque con su hacha al elfo que le atacaba, arrastraba por el
suelo a Wenck. Junto al carro pasó Sardinilla, Geralt le cayó encima al elfo.
Había perdido su cinta en algún lugar, los cabellos blancos ondeaban al galope.
Resonaron las espadas.
Otro Scoia'tael, a
pie, salió de detrás del carro. Paulie soltó a Wenck, se enderezó, aferró el
hacha. Y se quedó quieto.
Frente a él había
un enano con un gorro adornado con una cola de ardilla y con una barba negra
enlazada en dos trenzas. Paulie vaciló.
El de la barba
negra no vaciló ni un segundo. Le golpeó con el hacha que sujetaba con las dos
manos. La hoja del hacha aulló y cayó, atravesando la clavícula con un horrible
crujido. Paulie se hundió sin un gemido, al instante, parecía que la fuerza del
golpe le hubiera cortado las dos piernas.
Ciri gritó.
Yarpen Zigrin saltó
del carro. El enano de la barba negra giró, asestó un golpe. Yarpen evitó el
golpe con un hábil requiebro medio girando, lanzó un quejido y golpeó terrible
hacia abajo, destrozando la negra barba, la laringe, la mandíbula inferior y el
rostro hasta las narices. El Scoia'tael se retorció y cayó de espaldas,
escupiendo sangre, aporreando con las manos y clavando los tacones en la
tierra.
-¡Geraaaalt! -gritó
Ciri al sentir detrás de ella un movimiento. Al sentir detrás de ella la
muerte.
Era sólo una forma
confusa, captada con el rabillo del ojo, un movimiento y un brillo, pero la
muchacha reaccionó rápidamente, con una parada al sesgo y una finta que le
habían enseñado en Kaer Morhen. Atrapó el golpe, pero estaba demasiado insegura
sobre sus pies, demasiado echada hacia un lado, para cobrar impulso. La fuerza
del golpe la empujó contra la caja del carro. La espada se le resbaló de la
mano.
Delante de ella
había una hermosa elfa de largas piernas y altas botas. La elfa frunció
horriblemente el rostro, alzó la espada, agitando los cabellos que sobresalían
por bajo la capucha. La espada brillaba cegadora, brillaban los brazaletes en
las muñecas de la Ardilla.
Ciri no era capaz
de moverse.
Pero la espada no
cayó, no la golpeó. Porque la elfa no la miraba a ella, sino a la rosa blanca
prendida al jubón.
-¡Aelirenn! -gritó
la Ardilla con fuerza, como intentando romper su propia vacilación con el
grito. Pero no alcanzó a ello. Geralt, empujando a Ciri, le rasgó el pecho
ampliamente con la espada. La sangre salpicó el rostro y la ropa de la
muchacha, manchas rojas motearon los blancos pétalos de la rosa.
-Aelirenn... -gimió
con fuerza la elfa, cayendo de rodillas. Antes de que su rostro tocara el
suelo, aún tuvo tiempo de gritar una vez más. Fuerte, prolongada,
desesperadamente.
-¡Shaerraweeeeedd!
La realidad volvió
tan repentinamente como repentinamente había desaparecido. A través del sordo y
monótono sonido que le llenaba los oídos Ciri comenzó a oír voces. A través de
la húmeda y brillante cortina de lágrimas comenzó a ver a los vivos y los muertos.
-Ciri -susurró
Geralt, que estaba agachado sobre ella-. Despiértate.
-La lucha...
-gimió, sentándose-. Geralt, qué...
- Ya ha pasado
todo. Gracias a los soldados de Ban Glean, que acudieron en nuestra ayuda.
-No has sido...
-susurró, cerrando los ojos-. No has sido neutral...
-No lo he sido.
Pero tú vives. Triss vive.
-¿Qué tal está?
-Se golpeó en la
cabeza al caer del carro que Yarpen intentaba salvar. Pero ya está bien. Cura a
los heridos.
Ciri miró a su
alrededor. Entre el humo de los furgones que se quemaban pasaban figuras
armadas. Y alrededor yacían cajas y barriles. Una parte de ellos estaba
destrozada, y su contenido esparcido por el suelo. Eran piedras comunes y
corrientes, grises, del campo. Ciri las miró con estupefacción.
-La ayuda para
Demawend de Aedirn -rechinó los dientes Yarpen Zigrin, que estaba junto a
ella-. Ayuda secreta y extraordinariamente importante. ¡Un convoy de especial
importancia!
-¿Era una trampa?
El enano se dio la
vuelta, la miró a ella, a Geralt. Luego miró de nuevo a las piedras caídas de
los barriles, escupió.
-Sí -confirmó-. Una
trampa.
-¿Para los
Ardillas?
-No.
A los muertos los
colocaron en filas iguales. Yacían los unos junto a los otros sin distinción:
elfos, humanos y enanos. Entre ellos estaba Yannick Brass. Estaba la elfa
morena de las botas altas. Y el enano de la barba negra y enlazada en dos
trenzas, brillante de la sangre coagulada. Y junto a ellos...
-¡Paulie! -
sollozaba Regan Dahlberg, con la cabeza de su hermano sobre las rodillas-.
¡Paulie! ¿Por qué?
Guardaron silencio.
Todos. Incluso aquéllos que sabían por qué. Regan volvió hacia ellos su rostro
deforme y húmedo por las lágrimas.
-¿Qué le voy a
decir a madre? ¿Qué le voy a decir?
Guardaron silencio.
No muy lejos,
rodeado por los soldados en los colores oro y sable de Kaedwen, yacía Wenck.
Respiraba pesadamente y cada inspiración le empujaba a los labios una burbuja
de sangre. Junto a él murmuraba Triss, de pie había un caballero con una
armadura brillante.
-Bien, ¿y qué?
-preguntó el caballero-. ¿Señora hechicera? ¿Vivirá?
-He hecho lo que he
podido. -Triss se levantó, apretó los labios-. Pero...
-¿Qué?
-Usaron esto. -Le
enseñó una flecha con una punta extraña, golpeó con ella en un barril que había
al lado. La punta de la flecha se abrió, estallo en cuatro agujas espinosas y
en forma de gancho. El caballero maldijo.
-Fredegard...
-habló con esfuerzo Wenck-. Fredegard, escucha...
-¡No debes hablar!
-le gritó Triss-. ¡Ni moverte! ¡El hechizo apenas aguanta!
-Fredegard -
repitió el comisario. La burbuja de sangre de sus labios estalló, en su lugar
apareció al instante una segunda-. Nos equivocamos... Todos nos equivocamos. No
era Yarpen... Prejuzgamos falsamente... Doy garantías por él. Yarpen no
traicionó... No trai...
-¡Calla! -gritó el
caballero-. ¡Calla, Vilfrid! ¡Eh, presto, traed las parihuelas! ¡Las
parihuelas!
- Ya no hace falta
- dijo con voz sorda la hechicera, mirando los labios de Wenck, en los que ya
no se formaban burbujas. Ciri se volvió, apretó el rostro contra el costado de
Geralt.
Fredegard se
irguió. Yarpen Zigrin no le miraba. Miraba a los muertos. A Regan Dahlberg, que
seguía arrodillado junto a su hermano.
-Era necesario, don
Zigrin - dijo el caballero-. Estamos en guerra. Era una orden. Teníamos que
asegurarnos...
Yarpen callaba. El
caballero bajó la mirada.
-Perdonad -susurró.
El enano volvió
lentamente la cabeza, le miró. A Geralt. A Ciri. A todos.
Humanos.
-¿Qué habéis hecho
de nosotros? -preguntó con amargura-. ¿Qué habéis hecho de nosotros? ¿Que
hicisteis... de nosotros?
Nadie le respondió.
Los ojos de la elfa
de largas piernas estaban vidriosos y opacos. En sus labios fruncidos se había
congelado un grito.
Geralt abrazó a
Ciri. Con un lento movimiento, tomó de su jubón la rosa blanca, moteada de
oscuras manchas, la arrojó sin decir palabras sobre el cuerpo de la Ardilla.
-Adiós -susurró
Ciri-. Adiós, Rosa de Shaerrawedd. Adiós y...
-Y perdónanos
-terminó el brujo.
Yerran por el país,
importunos e faltos de vergonza, a sí mismos nombrándose rastreadores de todo
mal, atrapadores de lobisones et exterminadores de fantasmas, luego de sacar
soldada a los crédulos, vánse tras tan infame ganancia, para en cercano lugar perpetrar
parecidas trapaçadas. Hayan la más fácile entrada en chouzas del siervo onrado,
simple et ignorante, que toda infelicidad e malos sucesos imputa a los
fechizos, creaturas e monstros contra natura, a la mano de planetas o de
spírictus dañinos. En vez de a los dioses orar, en vez de ricas oferendas traer
al sanctuario, tales rústicos están dispuestos a dar al vil bruxo fasta el
último real, en la credencia de que aqueste bruxo, aqueste mutante impío, capaz
es de cambiar su suerte y de vencer su infortuna.
Anónimo: Monstrum,
o descripción de los bruxos
No tengo nada
contra los brujos. Que cacen vampiros si quieren. Siempre que paguen impuestos.
Radowido III el
Temerario, rey de Redania
Si quieres
justicia, contrata a un brujo.
Graffiti en la
pared de la Cátedra de Derecho de la Universidad de Oxenfurt
V
Capítulo quinto
-¿Has dicho algo?
El niño sorbió las
narices y se retiró de la frente una gorrita de terciopelo demasiado grande
para él que tenía una plumilla de faisán colgando arrogantemente de un lado.
- ¿Eres un
caballero? -repitió la pregunta mirando a Geralt con sus ojillos azules como el
añil.
-No -respondió el
brujo, asombrado de que le apeteciera contestar-. No
lo soy.
-¡Pero tienes
espada! Mi padre es caballero del rey Foltest. También lleva espada. ¡Más
grande que la tuya!
Geralt apoyó los
codos sobre la baranda y escupió al agua que remolineaba al otro lado de la
popa de la barcaza.
-A la espalda. -El
mocoso no se resignaba. La gorrilla le cayó de nuevo
sobre los ojos.
-¿Qué?
-La espada. A la
espalda. ¿Por qué llevas una espada a la espalda?
-Porque me han
robado el remo.
El mocoso abrió la
boca de par en par, obligando a admirar las imponentes mellas de sus dientes de
leche.
-Apártate de la
borda -dijo el brujo-. Y cierra la boca o te entrará una
mosca.
El muchacho abrió
aún más la boca.
-¡Pero serás tonto!
- gritó la madre del mocoso, ricamente vestida de noble, agarrando a su retoño
por el cuello de castor de su abrigo-. ¡Ven aquí, Everett! ¡Cuántas veces te
tengo dicho que no te tomes familiaridades con el vulgo!
Geralt suspiró al
ver los contornos de la isla y de los arribes surgiendo de la niebla de la
mañana. La barcaza, desmañada como una tortuga, se arrastraba a una velocidad
apropiada para ella, es decir, de tortuga, dictada por la perezosa corriente
del delta. Los pasajeros, en su mayoría mercaderes y aldeanos, dormitaban sobre
sus equipajes. El brujo desenrolló de nuevo el pergamino, volvió a la carta de
Ciri.
... duermo en una
sala grande que se llama Dormitorium, y tengo una cama enormemente grande, ni
te imaginas. Estoy con las Mozas Medianas, somos una docena, pero yo me he
hecho amiga sobre todo de Eurneid, de Katje y de Iola Segunda. Hoy en cambio
Comí Caldo de Pollo y lo peor es que de vez en cuando hay que Ayunar y
levantarse muy temprano con el Alba. Antes que en Kaer Morhen. El resto te lo
escribiré mañana puesto que ahora vamos a tener Oratio. En Kaer Morhen nunca
nadie oraba, curioso por qué aquí hay que hacerlo. Seguro que porque esto es un
Santuario.
Geralt. Madre
Nenneke lo ha leído y me ha mandado que no escriba Tonterías y claramente sin
errores. Y lo que estudio y que me siento bien y estoy bien de salud. Me siento
bien y estoy bien de salud por desgracia Hambrienta, pero Pronto será la
Comida. Y me ha mandado la Madre Nenneke escribir que la oración todavía nunca
ha dañado a nadie, y ni a mí ni a ti con toda seguridad.
Geralt, de nuevo
tengo tiempo libre, así que te cuento lo que estudio. Leer y escribir
correctamente las Runas. Historia. Naturaleza. Poesía y Prosa. Expresarse bien
en el Idioma Común y en la Antigua Lengua. Lo mejor se me da la Antigua Lengua,
sé también escribir las Runas Antiguas. Te escribiré algo, y así lo ves tú
mismo. Elaine Blath, Feainnewedd. Esto significaba: Hermosa florecilla, hija
del Sol. Ves tú mismo que sé hacerlo.
Y aún
Ahora puedo
escribir de nuevo, puesto que encontré una pluma nueva puesto que la vieja se
rompió. Madre Nenneke lo leyó y me alabó que estaba correcto. Y manda escribir
que soy obediente y que no te preocupes. No te preocupes, Geralt.
De nuevo tengo
tiempo así que escribiré lo que sucedió. Como echamos de comer a los pavos, yo,
Iola y Katje, entonces Un Gran Pavo nos atacó, tenía el cuello rojo y era
Terriblemente Horrible. Al principio atacó a Iola, luego a mí me quería atacar
pero yo no le tenía miedo, porque y al fin y al cabo era más pequeño y más
lento que el Péndulo. Hice un quiebro y una pirueta y le aticé dos veces con la
varilla hasta que se Escapó. Madre Nenneke no me permite llevar aquí Mi Espada,
una pena, puesto que si no, le enseñaría a ese Pavo lo que aprendí en Kaer
Morhen. Yo ya sé que con las Antiguas Runas se escribe correctamente Caer
a'Muirehen y que esto significa la Fortaleza del Mar Antiguo. Seguro que por
eso hay por allí Conchas y Caracolas y Peces pegados en las piedras. Y Cintra
se escribe correctamente Xin'trea. En cambio mi nombre procede de Zirael,
puesto que significa Golondrina, y esto significa que...
-¿Estáis leyendo?
Alzó la cabeza.
-Leo. ¿Y qué? ¿Ha
pasado algo? ¿Alguien ha visto algo?
-No, nada
-respondió el patrón, limpiándose la mano a su jubón de cuero-. El agua está
tranquila. Pero niebla hay, y ya estamos cabe los Arribes de las Grullas...
-Lo sé. Ésta ya es
la sexta vez que navego con vosotros, Chapotes, sin contar los regresos. Ya he
tenido tiempo de conocer la ruta. Tengo los ojos abiertos, no te preocupes.
El patrón afirmó
con la cabeza, se fue en dirección a la proa, pasando por encima de los
paquetes y fardos de los viajeros que lo cubrían todo.
Los caballos que
estaban atados en el centro del navío bufaron y golpearon con los cascos en las
tablas de la cubierta. Estaban en el centro de la corriente, en medio de una
densa niebla. La barcaza abría con su proa un espacio lleno de nenúfares y de
enmarañadas plantas fluviales. Geralt volvió a su lectura.
... esto significa
que tengo un nombre élfico. Y sin embargo no soy una elfa. Geralt, aquí también
se habla de los Ardillas. A veces también viene el ejército y pregunta y dice
que no se debe curar a los elfos heridos. Yo no le he soplado a nadie ni
palabrita de lo que pasó en la primavera, no tengas miedo. Y de entrenarme también
me acuerdo, no te pienses que no. Voy al parque y me entreno cuando tengo
tiempo. Pero no siempre puesto que tengo que trabajar en la cocina o en el
huerto como todas las chicas. Y también tenemos que estudiar terriblemente.
Pero no importa, estudiaré. Al fin y al cabo tú también estudiaste en el
Santuario, me dijo la Madre Nenneke. Y dijo además que menear la espada puede
cualquier tonto pero que una bruja tiene que ser sabia.
Geralt, prometiste
que vendrías. Ven.
Tuya, Ciri.
PS. Ven, ven.
PS II. Madre
Nenneke manda escribir al final Gloria a la Gran Melitele, que su bendición y
benevolencia vayan siempre contigo. Y que no te pase nada malo.
Ciri
Iría a Ellander,
pensó, mientras guardaba la carta. Pero es peligroso. Podría ponerlos sobre la
pista ... También hay que acabar con estas cartas. Nenneke usa del correo
sacerdotal pero de todas formas... Joder, es demasiado arriesgado.
-Humm... Humm.
-¿Qué pasa ahora,
Chapotes? Ya hemos pasado los Arribes de las
Grullas.
-Y gracias a los
dioses, sin percance alguno -suspiró el patrón-. Ja, don Geralt, otra vez
tendremos un viaje tranquilo, a lo visto. La niebla se levanta a las claras, y
cuando el sol relumbra, ya no hay miedo. El monstruo no saldrá con el sol.
-Nada me preocupa
esto.
-Andaba pensando.
-Chapotes adoptó una sonrisa torcida -. La compañía os paga por el viaje. ¿Pase
algo o no, os caen siempre los duros en la bolsa?
- Preguntas como si
no lo supieras. ¿Qué pasa, que la envidia habla por tu boca? ¿Que gano dinero
estando apoyado en la borda y mirando a las avefrías? ¿Y a ti para qué te
pagan? Para lo mismo. Para que estés en la cubierta. Si todo va bien, entonces
no tienes trabajo, pindongueas de la proa a la popa, les sonríes a las
pasajeras o intentas convencer a los mercaderes para que tomen vodka contigo. A
mí también me han contratado para estar en la cubierta. Por si acaso. Un
transporte seguro porque el brujo lo escolta. El coste del brujo ya está
incluido en el precio del transporte, ¿no es cierto?
-Cierto, pues claro
que es verdad -suspiró el patrón-. La compañía no pierde. Los conozco bien. Ya
es el quinto año que navego para ellos por el delta, de la Espuma a Novigrado,
de Novigrado a la Espuma. Bueno, pues entonces al tajo, señor brujo. Apoyaos
vos en la borda que yo me voy a pasear de la proa a la popa.
La niebla se disipó
un tanto. Geralt sacó de su petate otra carta, una que había recibido no hacía
mucho por un extraño mensajero. Había leído ya esta carta unas trescientas
veces. La carta olía a lilas y grosella.
Querido amigo...
El brujo maldijo en
voz baja, mirando a las runas secas, iguales, angulosas que estaban trazadas
con enérgicos golpes de pluma, unos golpes que mostraban sin error el estado de
ánimo de quien las había escrito. De nuevo sintió unas ganas terribles de intentar
morderse en el culo de la rabia que le daba. Cuando un mes antes había escrito
a la hechicera, durante dos noches sucesivas había estado pensando en cómo
empezar. Al final se decidió por "Querida amiga". Y ahora recibía lo
suyo.
Querido amigo, tu
inesperada carta me ha alegrado grandemente, carta que he recibido menos de
tres años después de nuestro último encuentro. Mi alegría fue mayor porque
corrían diversos rumores acerca de tu repentina y violenta desaparición. Bien
está que te decidieras a desmentirlos escribiéndome a mí, y bien está que lo
hicieras tan pronto. De tu carta se desprende que has llevado una vida
tranquila, encantadoramente aburrida y falta de todo evento. En los tiempos que
corren tal vida es un verdadero privilegio, querido amigo, me alegro que
tuvieras la suerte de recibirlo.
Me ha conmovido la
repentina preocupación por mi salud que te has dignado mostrar, querido amigo.
Me apresuro a informarte de que ciertamente, me siento ya bien, ya ha pasado mi
período de indisposición, he vencido ya las dificultades, con cuya descripción
no quisiera aburrirte.
Me preocupa mucho y
me intranquiliza el que el regalo inesperado que recibiste de la Fortuna te
procure preocupaciones. Tu suposición de que se precisa de ayuda profesional es
completamente cierta. Aunque la descripción de los trabajos -lo que es comprensible-
es bastante enigmática, estoy segura de que conozco la Fuente del problema. Y
estoy de acuerdo con tu opinión de que es absolutamente necesaria la ayuda de
una hechicera más. Me siento honrada de ser la segunda a la que te diriges. ¿A
qué debo el honor de tan alta posición en la lista?
Tranquilízate,
querido amigo, y si albergabas la idea de suplicar la ayuda de alguna otra
hechicera, renuncia a ello pues no hay necesidad. Me pongo en camino sin
demora, iré directamente al lugar que me señalaste en forma tan velada, pero
comprensible para mí. Por supuesto, me pongo en camino en completo secreto y
guardando las medidas adecuadas de seguridad. Cuando esté allí comprobaré la
naturaleza de los problemas y haré lo que esté en mi mano para tranquilizar la
fuente latente. Intentaré en lo que a esto respecta no quedar peor que otra
señorita a quien suplicaste, suplicas o acostumbras a suplicar ayuda. Soy, por
si no lo sabías, tu querida amiga. Demasiado necesito de tu preciada amistad
para que pudiera fallarte, querido amigo.
Si durante los
próximos años te apeteciera escribirme, no lo dudes ni un instante. Tus cartas
me causan invariablemente mucha alegría.
Tu amiga Yennefer
La carta olía a
lilas y grosellas.
Geralt soltó una
maldición.
De su
ensimismamiento le sacó una repentina agitación en la cubierta y el balanceo de
la barcaza que señalaba un cambio de curso. Una parte de los pasajeros se lanzó
hacia la borda de la derecha. El patrón Chapotes gritaba desde la proa las
órdenes, la barcaza poco a poco y con resistencia torcía hacia la orilla
temeria del río, salía de la ruta, cediendo el paso a dos barcos que surgían de
entre la niebla. El brujo miraba con curiosidad.
El primero que
navegaba hacia ellos era un galeón grande y largo de por lo menos setenta
brazas y tres mástiles, en los que agitaba al viento una bandera púrpura con
águila de plata. Detrás de él, avanzando al ritmo de cuarenta remos, iba una
galera más pequeña y esbelta, adornada con la señal de un cabrio de oro y gules
en campo de sable.
-Ugh, ala, qué
dragones tan gordos -dijo Chapotes de pie junto al brujo-.
Cortan la agua de
tal modo que hasta olas hacen.
-Curioso -murmuró
Geralt-. El galeón navega bajo bandera redana y la galera es de Aedirn.
-De Aedirn, desde
luego -confirmó el patrón-. Y luce un gallardete de los mercenarios de Hagge.
Más prestad atención, ambos dos barcos tienen el casco de fondo afilado, cerca
de dos brazas de calado. Lo que quiere decir que hasta el mismo Hagge no van, pos
no pasarían los alfaques ni bajíos de la parte alta del río. Navegan hasta las
Espumas o hasta Puente Blanco. Y mirad, las cubiertas están atimbotadas de
soldados. No son tratantes. Son barcos de guerra, don Geralt.
-En el galeón viaja
alguien importante. Llevan una tienda de campaña sobre la cubierta.
-Cierto, así
acostumbran a viajar los magnates -afirmó Chapotes, hurgándose en los dientes
con una astilla arrancada de la cubierta- . Por los ríos es más seguro. Los
bosques andan preñaos de comandos élficos, no se sabe desde qué árbol te va a
venir una saeta. Y en la agua no hay que temer. Los elfos, como los gatos, no
gustan de la agua. Más prefieren estar entre los matojos...
-Debe ser alguien
importante de verdad. La tienda es muy rica.
-Cierto, puede ser
así. Quién sabe, puede que hasta el propio rey Vizimir haga los honores al río.
Gentes varias viajan en estos tiempos ... Y ya que del diablo hablamos,
pedisteis en las Espumas que pusiera la oreja a ver si alguien tenía interés en
vos o iba preguntando por vos. He aquí al sujeto en cuestión, ¿lo veis?
-No lo señales con
el dedo, Chapotes. ¿Quién es ése?
-¿Y yo qué sé?
Preguntad vos mismo, al fin y al cabo viene hacia nosotros. ¡Mirad cómo se
menea! Y el agua como un espejo, joder, si hubiera un poco de movimiento seguro
que se arrastraba a cuatro patas el jodío patoso.
El patoso resultó
ser un hombre no muy alto, delgado, de edad difícil de determinar, vestido con
una capa de lana amplia y no demasiado limpia, sujeta con un broche circular de
latón. El alfiler del broche, al parecer extraviado, había sido sustituido por
un clavo torcido de cabeza roma. El hombre se acercó, carraspeó, entrecerró
unos ojos cortos de vista.
-Humm... ¿Tengo el
placer de hablar con Geralt de Rivia, el brujo?
-Sí, noble señor.
Lo tenéis.
-Permitid que me
presente. Soy Linus Pitt, magister bachiller, profesor de historia natural en
la Academia de Oxenfurt.
-Muy honrado.
-Humm... Se me ha
dicho que vuesa merced vigila el transporte por encargo de la Compañía de
Malatius y Grock. Al parecer ante el peligroso ataque de cierto monstrum. Me
pregunto qué monstrum ha de ser.
-Yo mismo me lo
pregunto. -El brujo se apoyó en la borda, mirando a los contornos apenas
vislumbrados entre la niebla de los pantanos de la orilla temeria-. Y he
llegado a la conclusión de que más bien me han contratado para el caso de que
ataque un comando de Scoia'tael que, al parecer, vaga por estos contornos. Así
que viajo entre las Espumas y Novigrado por sexta vez y la abejorra no ha
aparecido ni una vez...
-¿Abejorra? Se
trata de algún nombre popular. Preferiría que os sirviérais de su nombre
científico. Humm... Abejorra... Ciertamente, no sé que género tenéis en
mente...
-Tengo en mente un
monstruillo rugoso, dos brazas de largo, que recuerda a un tocón cubierto de
algas, con diez zarpas y mandíbulas como sierras.
-La descripción
deja mucho que desear desde el punto de vista de la precisión científica. ¿Se
trata acaso de alguno de los géneros de la familia de las Hyphydridae?
-No lo excluyo
-suspiró Geralt-. La abejorra, por lo que sé, procede de una familia
extraordinariamente asquerosa, ningún nombre que se le dé es insultante para
esta familia. La cosa es, noble bachiller, que al parecer uno de los miembros
de este género tan poco simpático atacó hace dos semanas una barcaza de la
Compañía. Aquí, en el delta, no lejos del mismo lugar en que estamos.
-Quién tal afirma
-sonrió despreciativo Linus Pitt- es o un ignorante o un mentiroso. No ha
podido suceder algo parecido. Conozco muy bien la fauna del delta. La familia
de las Hyphydridae no se da aquí en absoluto. Ni otros de ese género hasta tal
punto peligroso y feroz. El significativo grado de salinidad y la poco habitual
composición química de las aguas, sobre todo durante la marea baja...
-Durante la marea
baja -le interrumpió Geralt -, cuando el reflujo se escapa por el canal de
Novigrado, en el delta no hay agua en el verdadero sentido de la palabra. Hay
un fluido compuesto de excrementos, jabones, aceites y ratas muertas.
-Lástima, lástima.
-El magister bachiller se entristeció-. Degradación del medio ambiente... No lo
creeréis, pero de más de dos mil especies de peces que todavía vivían en este
río hace cincuenta años, no han quedado más que novecientas. Esto es verdaderamente
triste.
Ambos se apoyaron
sobre la baranda y miraron en silencio a las verdes y turbias profundidades. Ya
había comenzado el reflujo, porque las aguas cada vez apestaban más.
Aparecieron las primeras ratas muertas.
-Se extinguieron
por completo el cabezón aletablanca -interrumpió el silencio Linus Pitt- .
Desapareció el mujol, el cabeza serpiente, la citara, la locha rayada, el
barbo, el gobio bigotudo, el bagre real...
A una distancia de
alrededor de diez brazas de la borda, el agua se agitó. Por un momento ambos
vieron un espécimen que pesaría casi veinte libras de bagre real, el cual se
tragó una rata muerta y desapareció en las profundidades moviendo alegremente
la aleta caudal.
-¿Qué ha sido eso?
-el magister se sobresaltó.
-No sé. -Geralt
miraba al cielo-. ¿Puede que un pingüino?
El científico le
miró, apretó los labios.
-¡Con toda
seguridad no era vuestra legendaria abejorra! Me han dicho que los brujos
disponen de importantes conocimientos acerca de algunos géneros muy escasos. Y
a vos no os basta repetir cuentos y rumores, aún intentáis burlaros de mí de un
modo vulgar... ¿Acaso me habéis escuchado?
-La niebla no se va
a levantar -dijo en voz baja Geralt.
-¿Eh?
-El viento es
todavía débil. Cuando naveguemos por el brazo del río, entre las islas, será
aún más débil. Habrá niebla hasta el mismo Novigrado.
- Yo no voy a
Novigrado, me quedo en Oxenfurt -anunció Pitt con sequedad-. ¿Y la niebla? No
es tan densa como para impedir la navegación, ¿qué pensáis?
El niño de la
gorrilla con la pluma corrió a donde estaban ellos, se inclinó mucho sobre la
borda, intentando cazar con un palo una rata que estaba junto a la borda.
Geralt se le acercó, le quitó el palo.
-Largo de aquí. ¡No
te acerques a la borda!
-¡Maaamááá!
-¡Everett! ¡Ven
aquí ahora mismo!
El magister
bachiller se incorporó, lanzó una mirada penetrante al brujo.
-¿Vos, por lo que
parece, creéis de verdad que algo nos amenaza?
- Señor Pitt -dijo
Geralt lo más sereno que pudo-. Hace dos semanas algo arrancó a dos personas de
la cubierta de una de las barcazas de la Compañía. Entre la niebla. No sé que
era. Puede que vuestra hyfydra o como se llame. Puede que fuera un gobio bigotudo.
Pero yo creo que fue una abejorra.
El científico abrió
la boca.
-Las sospechas
-anunció- deben apoyarse en sólidos principios científicos, no en rumores y
cotilleos. Ya os he dicho, la hyfryda, a la que os obstináis en llamar
abejorra, no se da en las aguas del delta. Fue exterminada hace más de medio
siglo, dicho sea entre paréntesis, a consecuencia de la actividad de gente
parecida a vos, lista para matar de inmediato a todo lo que no tiene bonito
aspecto, sin pensar, sin investigar, sin observar, sin reflexionar sobre el
nicho ecológico.
Geralt tuvo ganas
por un instante de decirle con sinceridad dónde podía meterse las abejorras y
sus nichos, pero lo pensó mejor.
- Señor bachiller
-dijo sereno- . Una de las personas que fueron arrastradas de la embarcación
era una joven muchacha embarazada. Quería enfriar en el agua sus pies
hinchados. Teóricamente su niño podría haber sido alguna vez rector de vuestra
universidad. ¿Qué decís ante tal modo de contemplar la ecología?
- Se trata de un
modo acientífico, emocional y subjetivo. La naturaleza se rige por sus propias
leyes y aunque éstas son leyes crueles y brutales, no podemos corregirlas. ¡Es
la lucha por la existencia! -El magister se inclinó sobre la baranda y escupió al
agua-. Y la exterminación de especies, incluso de rapiña, no puede ser
disculpada. ¿Qué decís a eso?
-Digo que es
peligroso inclinarse así. En los alrededores puede haber una abejorra. ¿Queréis
comprobar en vuestra propia piel de qué forma lucha la abejorra por su
existencia?
Linus Pitt soltó la
baranda, retrocedió con violencia. Palideció ligeramente, pero al instante
recuperó su aplomo, abrió de nuevo la boca
-Seguramente sabéis
mucho de tales abejorras fantásticas, señor brujo.
-Sin duda alguna
menos que vos. ¿Por qué no aprovechamos la ocasión? Ilustradme un poco, señor
bachiller, exponed un tanto de ciencia acerca de los animales de rapiña
fluviales. Os escucharé con agrado, así el viaje se hará más corto.
-¿Os burláis de mí?
-De ningún
modo. De verdad
querría rellenar los
huecos de mi
educación.
-Humm... Si de
verdad... Por qué no. Escuchad entonces. La familia de las Hyphydridae, que
pertenece al orden de los Amphipoda, es decir de dos pies, abarca cuatro
géneros conocidos por la ciencia. Dos de ellos viven sólo en aguas tropicales.
En nuestro clima se encuentra en cambio, la pequeña Hyphydra longicauda, en la
actualidad muy escasa, así como la Hyphydra marginata, que alcanza unas medidas
algo mayores. El biotopo de ambos géneros son las aguas estancadas o que fluyen
con lentitud. Son ciertamente géneros de rapiña, que prefieren como alimento
seres de sangre caliente... ¿Tenéis algo que añadir?
-De momento no.
Escucho conteniendo el aliento.
-Sí, humm... En los
libros se pueden encontrar también referencias al subgénero Pseudohyphydra, que
vive en las aguas pantanosas de Angren. Sin embargo, últimamente el doctor
Bumbler de Aldersberg demostró que se trata de un género completamente diferente
de la familia de los Mordidae, o sea mordedores.
Viven
exclusivamente de pescado y de pequeños anfibios. Ha recibido el nombre de
Ichtyovorax bumbleri.
-El monstruo tiene
suerte -sonrió el brujo-. Ya tiene tres nombres.
-¿Cómo es eso?
-El ser del que
habláis es un girador, llamado también cinerea en la Antigua Lengua. Y si el
doctor Bumbler afirma que se alimenta exclusivamente de peces, concluyo que
nunca se ha bañado en las lagunas en las que habitan los giradores. Pero en
algo tiene Bumbler razón: con la abejorra tiene la cinerea lo mismo en común
que yo con un zorro. A ambos nos gusta comer pato.
-Pero, ¿qué
cinerea? -se indignó el bachiller-. ¡La cinerea es un ser mítico! En verdad me
decepciona vuestra ignorancia. Cierto, estoy asombrado...
-Lo sé -le
interrumpió Geralt-. Pierdo mucho cuando se me conoce de cerca. No obstante, me
tomo la libertad de corregir en unos cuantos detalles más vuestras teorías,
señor Pitt. Cierto es que las abejorras siempre vivieron en el delta y viven
todavía. También es cierto que hubo un tiempo en que parecía que habían
desaparecido. Se alimentaban sobre todo de esas pequeñas focas...
-Morsas enanas,
para hablar con propiedad -le corrigió el magister-. No seáis ignorante. No
confundáis foca con...
-... se alimentaban
de morsas, y a las morsas se las exterminó porque se parecían a las focas.
Proveían de piel y grasa de foca. Luego en el curso alto del río se hicieron
canales, se construyeron diques y presas. La corriente se debilitó, el delta se
encenagó y se llenó de vegetación. Y la abejorra sufrió una mutación. Se
adaptó.
-¿Eh?
-Los humanos
reconstruyeron su cadena alimenticia. Le trajeron seres de sangre caliente en
lugar de las morsas. Comenzaron a transportar por el delta ovejas, ganado
vacuno, porcino. Las abejorras aprendieron en un daca las pajas que cada
barcaza, almadía, lanchón o bote que navegue por el delta es un gigantesco
plato con comida.
-¿Y la mutación?
¡Habéis dicho algo acerca de una mutación!
-Este estiércol
fluido - Geralt señaló al agua verdosa- parece gustarle a la abejorra. Precisa
de crecimiento. Joder, consigue hacerse tan grande que arranca sin esfuerzo una
vaca de la almadía. Arrancar a un ser humano de la cubierta es para ella pan comido.
Sobre todo en las cubiertas de estas chalanas que usa la Compañía para el
transporte de pasajeros. Vos mismo veis cuán baja está dentro del agua.
El bachiller se
alejó rápidamente de la borda, lo más lejos que pudo, tanto como le permitían
los carros y los equipajes.
-¡He oído un
chapoteo! -resopló mirando a la niebla entre los árboles-.
¡Señor brujo! He
oído...
-Tranquilo. Además
de un chapoteo se oye también el chirrido de los remos en los escálamos. Son
los aduaneros de la orilla redana. Mirad, en unos minutos estarán aquí y
crearán tal lío que no lo conseguirían tres y ni siquiera cuatro abejorras.
Chapotes pasó
corriendo junto a ellos. Blasfemó horriblemente, porque el niño de la gorrita
con la pluma se le metió por entre las piernas. Pasajeros y mercaderes, muy
nerviosos, miraban sus bienes e intentaban esconder el matute.
Al cabo de unos
instantes un barco grande chocó contra la borda y cuatro personajes muy ágiles,
disgustados y muy ruidosos saltaron sobre la cubierta de la barcaza. Los
hombres rodearon al patrón, gritaron amenazadoramente, intentando dar a sus
personas y funciones aspecto de importantes, después de lo cual se lanzaron con
entusiasmo sobre el equipaje y los haberes de los viajeros.
- ¡Y además
controlan antes de llegar a tierra! -se quejó Chapotes acercándose al brujo y
al magister-. Esto es ilegal, ¿no? Pos si aún no estamos en la tierra de
Redania. ¡Redania está en la orilla derecha, a media milla de aquí!
-No - le rebatió el
bachiller -. La frontera entre Redania y Temeria discurre por el centro de la
corriente del Pontar.
-¿Y cómo coño medir
aquí la corriente? ¡Esto es el delta! ¡Los arribes, los bancos de arena y los
islotes cambian todo el tiempo de posición, la ruta es cada día distinta!
¡Castigo divino! ¡Eh! ¡Mierdecilla! ¡Suelta ese bichero o te pongo morado el
culo! ¡Noble señora! ¡Vigilad al crío! ¡Castigo divino!
-¡Everett! ¡Deja
eso, que te vas a manchar!
-¿Qué hay en este
cofre? -vociferaban los aduaneros-. ¡Eh, desenvuelve ese hato! ¿De quién es
este carro? ¿Tenéis divisas? ¡Divisas, pregunto! ¿Dinero temerio o
nilfgaardiano?
-Así es como es una
guerra comercial -comentó el barullo Linus Pitt adoptando una mueca de
sabiduría-. Vizimir exigió en Novigrado la introducción del derecho de
depósito. Foltest de Temeria le respondió con un derecho de depósito retorcido
y sin contemplaciones en Wyzima y Gors Velen. Esto afectó mucho a los
mercaderes redanos, así que Vizimir subió el arancel para las mercancías
temerias. Protege la economía redana. Temeria está inundada de mercancías
baratas que proceden de las manufacturas nilfgaardianas. Por eso los aduaneros
son tan entusiastas. Si las mercancías nilfgaardianas atravesaran la frontera
en exceso, la economía de Redania podría derrumbarse. Redania casi no posee
casi manufacturas y los artesanos no podrían afrontar la competencia.
-En pocas palabras
-sonrió Geralt-, Nilfgaard conquista poco a poco con mercancías y oro lo que no
conquistó por las armas. ¿Temeria no se protege? ¿Foltest no ha introducido el
bloqueo de las fronteras del sur?
- ¿De qué forma?
Las mercancías acuden a través de Mahakam, de Brugge, de Verden, por el puerto
de Cidaris. Para los mercaderes lo que cuenta es exclusivamente el beneficio,
no la política. Si el rey Foltest bloqueara las fronteras, el gremio de los
mercaderes sufriría terribles pérdidas...
-¿Tenéis divisas? -
ladró, acercándose a ellos, un aduanero de ojos enrojecidos y morros llenos de
pelos-. ¿Algo que declarar?
-¡Yo soy un
científico!
-¡Como si fuerais
un príncipe! He preguntado que qué lleváis.
-Déjalos, Boratek
-dijo el jefe del grupo, un alto y costilludo aduanero de largos bigotes
negros-. ¿No conoces al brujo? Hola, Geralt. ¿Éste es amigo tuyo? ¿Científico?
¿Entonces va a Oxenfurt, señor? ¿Y sin equipaje?
-Ciertamente. A
Oxenfurt. Sin equipaje.
El aduanero se sacó
de la manga un gran pañuelo, se limpió la frente, los bigotes y el cuello.
-¿Y qué tal hoy,
Geralt? -preguntó-. ¿No apareció el monstruo?
-No. ¿Y tú, Olsen,
has visto algo?
-Yo no tengo tiempo
para mirar. Yo trabajo.
-¡Mi padre -explicó
Everett, que se había acercado sin hacer ruido- es caballero del rey Foltest!
¡Y tiene unos bigotes más grandes!
-Esfúmate, mocoso
-le dijo Olsen, después de lo cual lanzó un profundo suspiro-. ¿No tendrás un
poco de aguardiente, Geralt?
-No.
- Pues yo tengo
-asombró a todos el sabio hombre de la Academia sacando de un bolsillo de su
capa una petaca.
-Pos yo pongo la
tapita -se alabó a sí mismo Chapotes, surgiendo como de debajo de la tierra-.
¡Pescado ahumado!
-Pues mi padre...
-Esfúmate, maldito.
Se sentaron sobre
un rollo de cuerdas a la sombra de uno de los carros que estaban en el centro
de la barcaza, tiraron de la petaca uno tras otro y devoraron los ahumados.
Olsen tuvo que dejarles por un momento porque estalló un alboroto. Un mercader
enano de Mahakam exigía una categoría de arancel más baja intentando convencer
a los aduaneros de que las pieles que llevaba no eran pieles de zorros
plateados, sino de gatos extraordinariamente grandes. Asimismo la madre del
entrometido y ubicuo Everett no quería dejarse controlar en absoluto, haciendo
chillona referencia al rango del marido y los privilegios de la nobleza.
El barco se
desplazaba lentamente por un estrecho paso entre dos islotes llenos de
matorrales, que alcanzaban hasta la borda con rizos de nenúfares verdes y
amarillos y de centinodias. Entre las plantas zumbaban amenazadoramente los
tábanos y silboteaban las tortugas. Las garzas, sosteniéndose sobre un pie,
miraban al agua con estoica serenidad sabiendo que no había por qué excitarse:
el pez vendría por sí mismo antes o después.
-¿Y qué, don
Geralt? -habló Chapotes mientras lamía una piel de pescado-. ¿Otra travesía
tranquilita? ¿Sabéis lo que sos digo? Este monstruo no es tonto. Sabe que la
tenéis puesta en él. Allá en nuestro pueblo había, fijarsus, un regato y en él
vivía una nutria, la cuala se remetía en el corral y ahogaba los pollos. Y era
tan pícara que no acudía nunca cuando padre estaba en casa o yo con los
hermanos. Acudía sólo entonces cuando el agüelillo se quedaba solateras, nada
más. Pues nuestro agüelillo, fijarsus, el seso tenía un poco flojo y a los
pieces les había dado un paralís. La nutria, su puta madre, como si lo supiera.
Pos cierta vez, nuestro padre...
-¡Diez por ciento
ad valorem! -se desgañitaba desde el centro de la barcaza el enano mercader,
agitando una piel de zorro-. ¡Esto es lo que ha de ser y más de un real no
pago!
- ¡Entonces os
confisco todo! -vociferó Olsen con rabia-. ¡Y le daré parte a la guardia de
Novigrado y entonces os iréis derecho al trullo junto con vuestros valores!
¡Boratek, cóbrale hasta el último céntimo! ¡Eh!, ¿habéis dejado algo para mí?
¿No habréis trasegado la aguardiente hasta el culo?
-Siéntate, Olsen.
-Geralt le hizo sitio en las cuerdas-. Tienes un trabajo muy nervioso, por lo
que veo.
-Ah, estoy ya hasta
las narices -suspiró el aduanero, después de lo cual dio un trago de la petaca,
se secó los bigotes-. Voy a mandar todo esto a la mierda, me vuelvo a Aedirn.
Yo soy un vengerbricense de pro, me vine a Redania por la hermana y el cuñado,
pero me vuelvo. Sabes, Geralt, tengo intenciones de incorporarme al ejército.
Al parecer el rey Demawend ha proclamado un alistamiento para las fuerzas
especiales. Medio año de entrenamiento en un campamento, y luego venga el
sueldo, tres veces más que se gana aquí, incluso si contamos las mordidas.
Tiene demasiada sal este pescado.
- Oí hablar de las
dichas fuerzas especiales -afirmó Chapotes -. Los prepraran para los Ardillas,
porque el ejército legural con los comandos élficos no se las apaña. Por lo que
oí, por cima de todo alistan allá a los medioelfos. Pero este campamento, donde
a los tales les enseñan a luchar, al paicer es el proprio infierno. De allá,
salen metad y metad, unos a por la paga, otros al velatorio, con los pieces por
delante.
-Así ha de ser
-dijo el aduanero-. Unas fuerzas especiales, patrón, no son cualquier cosa. No
son unos putos escuderos a los que basta mostrarles qué punta de la jabalina es
la que pincha. ¡Las fuerzas especiales tienen que saberse luchar que no veas!
- ¿Y tú tan
riguroso soldado eres, Olsen? ¿No tienes miedo de los Ardillas? ¿Que te breen
el culo a saetazos?
-¡Va! Yo también sé
cómo tirar del arco. Ya luché contra Nilfgaard, qué son los elfos para mí.
-Dicen -se acaloró
Chapotes- que si alguno les cae entremanos vivo, a los tales Scoia'tael...
Entonces mejor que no les hubieran parido. Martirizan horriblemente.
- Eh, mejor que
cierres el pico, patrón. Hablas como hembra. La guerra es la guerra. A veces le
das por culo tú al enemigo, otras veces él a ti. A nuestros elfos prisioneros
tampoco los acarician, no te preocupes.
-La táctica del
terror. -Linus Pitt tiró por la borda la cabeza y las espinas de un pescado-.
La violencia crea violencia. El odio crece en el corazón... y envenena la
sangre de los hermanos...
-¿Lo qué? -Olsen
frunció el ceño-. ¡Hablad claro!
-Han comenzado
tiempos difíciles.
-Verdad de la
buena. -Chapotes se le acercó-. Yo creo que habrá una gran guerra. Las cornejas
vuelan por los cielos en bandadas, a lo visto huelen ya la carroña. Y la
veedora Itlina había profetizado el fin del mundo. Vendrá primero la Luz Blanca
y aluego caerá el Frío Blanco. O al revés, no me acuerdo cómo era. Y los
paisanos dicen que ya hubo señales en el cielo...
-Tú mira a la ruta,
patrón, en vez de al cielo, o esta carabela tuya se va a joder contra un banco
de arena. Ja, a la altura de Oxenfurt que estamos. ¡Mirad, ya se ve la Barrica!
La niebla era ahora
más clara, así que pudieron contemplar los arribes y los juncales de la orilla
derecha del río y los fragmentos de un acueducto que se alzaban sobre ellos.
-Esto es, señores
míos, una depuradora experimental de albañales - elogió el magister bachiller
rechazando su turno-. Esto es un gran éxito de la ciencia, un gran logro de la
Academia. Hemos arreglado un antiguo acueducto de los elfos, sus canales y depósitos,
neutralizamos ya los vertidos de toda la universidad, la ciudad, y de las
granjas y aldeas de los alrededores. Esto que llamáis Barrica es justamente el
depósito. Un gigantesco éxito de la ciencia...
-Guardad la cabeza,
guardad la cabeza - advirtió Olsen, escondiéndose bajo la borda-. Un año de
mala fortuna, si eso estallara, la mierda llegaría hasta los Arribes de las
Garzas.
La barcaza navegaba
por entre islas, la rechoncha torre del depósito y el acueducto desaparecieron
en la niebla. Todos suspiraron con alivio.
-¿No vas directo
hacia el ramal de Oxenfurt, Chapotes? -preguntó Olsen.
-Primero atracaré
en Grabowa Buchta. A por tratantes de pescado y mercaderes de la orilla
temeria.
-Humm ... -El
aduanero se rascó la frente- . A la Buchta... Escucha, tú, Geralt, ¿no tendrás
tú por casualidad alguna querella con los temerios?
-¿Por qué? ¿Acaso
alguien preguntó por mí?
-Adivinaste. Como
ves, me acuerdo de tu petición de estar atento a los que se interesen por ti.
Así que, imagínate, que anduvo preguntando por ti la guardia temeria. Me lo
contaron unos aduaneros de allá, con los que tengo trato. Algo apesta aquí,
Geralt.
-¿El agua? -se
sobresaltó Linus Pitt, mirando asustado al acueducto y el gigantesco éxito de
la ciencia.
-¿El mocoso éste?
-Chapotes señaló a Everett, aún dando vueltas por los alrededores.
-No es eso -se
enfadó el aduanero-. Escucha, Geralt, los aduaneros temerios dijeron que la
guardia hizo preguntas muy raras. Ellos saben que vas en las barcazas de
Malatius y Grock. Preguntaron... si vas solo. Si no llevas contigo... ¡Diablos,
no os riáis! Hablaban de no sé qué señorita no muy crecida, que al parecer
habían visto en tu compañía.
Chapotes se rió a
carcajadas. Linus Pitt lanzó al brujo una mirada llena de disgusto, aquélla con
la que se debe mirar a un hombre de cabellos blancos por el que la ley se
interesa a causa de cierta disposición hacia señoritas no muy crecidas.
-Por eso también
-Olsen tosió - los aduaneros temerios se imaginaron que se trataba de una
venganza privada. Un ajuste de cuentas personal en el que alguien ha metido a
la guardia. Quizás ... Bueno, la familia de la señorita o su prometido. Así que
los aduaneros preguntaron con cautela por quién estaba detrás de todo ello. Y
lo averiguaron. He aquí que se trata de un noble, al parecer locuaz como un
canciller, no falto de medios y nada avaro, que se hace llamar... Rience, o
algo así. En la mejilla izquierda tiene una mancha roja, como una quemadura.
¿Conoces al sujeto?
Geralt se levantó.
-Chapotes -dijo-.
Desembarco en Grabowa Buchta. -¿Cómo dices? ¿Y qué pasa con el monstruo? -Ése
es vuestro problema.
-En lo tocante a
problemas -Olsen les interrumpió-, mira a la derecha, Geralt. Hablando del
lobo.
Desde detrás de las
islas, de entre la niebla que se estaba levantando rápidamente, apareció una
barca, en cuyo mástil se agitaba perezosamente una banderola negra con lirios
de plata. La tripulación la componían algunas personas con los gorros picudos de
la guardia temeria.
Geralt se lanzó
rápido a por su petate, sacó ambas cartas, la de Ciri y la de Yennefer. Las
rompió rápidamente en pequeños pedazos y los echó al río. El aduanero le
observó en silencio.
-¿En qué andas
metido, si puede saberse?
-No se puede.
Chapotes, cuida de mi caballo.
-Tú quieres...
-Olsen arrugó las cejas-. Pretendes...
-Es asunto mío, lo
que pretendo. No te mezcles o habrá un incidente diplomático. Navegan bajo
bandera temeria.
-Que le den por
culo a su bandera. -El aduanero movió el cuchillo a un lugar en el cinturón más
accesible, limpió con la manga un escapulario grabado con el escudo de un
águila en campo de gules-. Si yo estoy en el barco y realizo el control, esto
es Redania. No permitiré...
-Olsen -le
interrumpió el brujo, agarrándolo de la mano-. No te entrometas, por favor. El
de la cara quemada no está en la barca. Y yo tengo que saber quién es y qué
quiere. Tengo que verle.
-¿Les dejarás que
te lleven en un cepo? ¡No seas idiota! Si se trata de un ajuste de cuentas
personal, de una venganza por encargo privado, entonces ahí detrás de la isla,
en los Remolinos, te echarán por la borda con un ancla al cuello. ¡Veras a
alguien, sí, a los cangrejos del fondo!
-Se trata de la
guardia temeria, no de unos bandoleros.
- ¿Sí? ¡Pues
solamente mírales las jetas! Yo, al fin y al cabo, ahora voy a saber quienes
son de verdad. Ya verás.
La barca,
acercándose muy rápidamente, alcanzó la borda de la barcaza. Uno de los
guardias echó una cuerda, otro enganchó un bichero a la baranda.
-¡Yo soy el patrón!
-Chapotes les cortó el camino a los tres personajes que habían saltado a
cubierta-. ¡Éste es un barco de la Compañía de Malatius y Grock! Qué es lo
que...
Uno de los
personajes, achaparrado y calvo, le empujó sin ceremonias con un brazo que era
tan grande como el tronco de un roble.
-¡Un tal Gerald,
llamado Gerald de Rivia! -tronó, midiendo al patrón con la mirada- . ¿Ahí
alguien así en el barco?
-No hay.
- Soy yo. -El brujo
atravesó los fardos y paquetes, se acercó-. Yo soy Geralt, llamado Geralt. ¿De
qué se trata?
-En nombre de la
ley, estáis arrestado. -El calvo pasó la mirada por la multitud de los
viajeros-. ¿Dónde está la muchacha?
-Estoy solo.
-¡Mientes!
-Un momento, un
momento. -Olsen surgió desde detrás del brujo, le puso la mano en el hombro-.
Tranquilo, sin gritos. Habéis llegado tarde, temerios. Él ya está arrestado y
también en nombre de la ley. Yo lo cacé. Por contrabando. Siguiendo mis órdenes
me lo llevo al cuerpo de guardia de Oxenfurt.
-¿Lo qué? -El calvo
frunció el ceño-. ¿Y la muchacha?
-No hay aquí y
nunca hubo muchacha alguna.
Los guardias se
miraron en un silencio indeciso. Olsen adoptó una amplia sonrisa, se retorció
los negros bigotes.
-¿Sabéis lo que
vamos a hacer? -jadeó -. Venid con nosotros a Oxenfurt, temerios. Tanto
nosotros como vosotros somos gente sencilla, ¿qué tenemos que saber de leyes? Y
el comandante del cuerpo de guardia de Oxenfurt es un hombre listo y versado,
él decidirá. Al fin y al cabo conocéis a nuestro comandante, ¿no? Porque él al
vuestro, de las Buchtas, lo conoce estupendamente. Le expondréis vuestro
asunto. Le mostraréis la orden y el sello... Porque por supuesto tendréis la
orden con el sello como es de rigor, ¿eh?
El calvo guardaba
silencio, mirando siniestramente al aduanero.
-¡No tengo tiempo
ni ganas de ir a Oxenfurt! -vociferó de pronto-. ¡Me llevo el pájaro a nuestra
orilla y eso es todo! ¡Stran, Vitek! ¡Aprisa, dádmele un repaso a la barcaza!
¡Encontrarme a la moza, en un tris!
-Un momento,
despacito. -Olsen no se dejó inmutar por los gritos, acentuó las palabras
despacio y con claridad-. Estáis en la parte redana del delta, temerios. ¿No
tenéis nada que declarar? ¿O algún contrabando? Ahora lo vamos a comprobar.
Buscaremos. Y si encontramos algo, no tendréis más remedio que cansaros un poco
y venir hasta Oxenfurt. Y nosotros, si queremos, siempre encontramos algo.
¡Muchachos! ¡A mí!
-¡Mi padre -cacareó
de pronto Everett apareciendo delante del calvo no se sabe de dónde- es
caballero! ¡Tiene un cuchillo más grande!
El calvo lo agarró
como un relámpago por el cuello de castor, lo arrancó de la cubierta, se le
cayó la gorrilla con la pluma. Agarrándolo con el brazo por la cintura le puso
al muchacho el puñal en la garganta.
-¡Retiraos!
-gritó-. ¡Retiraos o le rajo el cuello al mocoso!
-¡Evereeeett!
-chilló la noble señora.
-Curiosos métodos
-habló despacio el brujo- utiliza la guardia temeria. Cierto, tan curiosos que
no se quiere creer que se trate en verdad de la guardia.
-¡Cierra el pico!
-aulló el calvo, agitando a Everett que gruñía como un lechón-. ¡Stran, Vitek,
cogedlo! ¡En cadenas y a la barca! ¡Y vosotros, retiraos! ¿Dónde está la
muchacha, pregunto? ¡Dádmela, por que si no, degüello al mierdas éste!
- Degüéllalo
-refunfuñó Olsen, al tiempo que daba una señal a sus hombres y echaba mano al
puñal-. ¿Que es mío o qué? Y cuando lo hayas degollado, entonces charlaremos.
-¡No te metas! -
Geralt tiró la espada sobre la cubierta, detuvo con un gesto a los aduaneros y
a los marineros de Chapotes-. Soy vuestro, señor falso guardia. Soltad al niño.
-¡A la barca! -El
calvo, sin soltar a Everett, retrocedió hasta la borda, agarró la cuerda-.
¡Vitek, átalo! ¡Y todos vosotros hacia atrás! ¡Si alguno se mueve, el mozuelo
la palma!
-¿Te has vuelto
loco, Geralt? -ladró Olsen.
-¡No te metas!
-¡Evereeeett!
De pronto, la barca
temeria se balanceó, se alejó de la barcaza. El agua explotó con un sonoro
chapoteo, salieron disparadas dos largas garras, verdes, arrugadas, preñadas de
púas como estacas. Las garras aferraron al guardia que tenía el bichero y en un
parpadeo lo arrastraron bajo el agua. El calvo aulló salvajemente, soltó a
Everett, se sujetó a las cuerdas que colgaba de la borda de la barca. Everett
cayó al agua, que ya había tenido tiempo de volverse roja. Todos, tanto los de
la barca como los de la barcaza, comenzaron a gritar como energúmenos.
Geralt se liberó de
los dos guardias que lo estaban intentando atar. A uno le clavó el puño en la
barbilla y lo arrojó por la borda. El otro se echó sobre él con un gancho de
hierro, pero se le doblaron las piernas y cayó en el abrazo de Olsen, con el puñal
del aduanero clavado bajo una costilla hasta la empuñadura.
El brujo saltó la
baranda. Antes de que las aguas llenas de plantas acuáticas se cerraran sobre
su cabeza, escuchó aún el grito de Linus Pitt, profesor de historia natural en
la Academia de Oxenfurt.
-¿Qué es esto? ¿Qué
género es? ¡No existen tales animales!
Se sumergió junto a
la barca temeria, evitando de milagro el golpe de un arpón que le quiso
endilgar uno de los hombres del calvo. El guardia no alcanzó a golpear de
nuevo, cayó al agua con una flecha en la garganta.
Geralt, agarrando
el arpón que el guardia había soltado, tomó impulso con los pies en el casco,
buceó en el remolino que se agitaba, pinchó con fuerza a algo que esperaba que
no fuera Everett.
- ¡Esto no es
posible! -escuchó los gritos del bachiller-. ¡Tales animales no pueden existir!
¡O por lo menos no debieran existir!
Con esta última
afirmación estoy completamente de acuerdo, pensó el brujo, al mismo tiempo que
pinchaba con el arpón en la coraza dura y erizada de excrecencias de la
abejorra. El cadáver del guardia temerio se removía inerte entre las mandíbulas
de sierra del monstruo, salpicando sangre. La abejorra agitaba a toda velocidad
su aplastada cola, se sumergía hacia el fondo, alzando nubes de légamo. Escuchó
un grito agudo. Everett, revolviendo el agua como un perrito, se agarró a los
pies del calvo, que estaba intentando subirse a la barca por las cuerdas que
colgaban de la borda. Los dos soltaron las cuerdas. El guardia y el niño
desaparecieron con un borbolleo bajo la superficie. Geralt se lanzó en su
dirección, buceó. El que casi inmediatamente tocara con los dedos el cuello de
castor del muchacho fue una absoluta casualidad. Arrancó a Everett del
atolladero de plantas acuáticas, nadó de espaldas, impulsándose con los pies
llegó hasta la barcaza.
-¡Aquí, don Geralt!
¡Aquí! -escuchó gritos y aullidos que se apagaban los unos a los otros-.
¡Dádsela! ¡Una cuerda! ¡Agarra la cuerda! ¡Mierdaaaaa! ¡La cuerda! ¡Geralt!
¡Con el bichero, con el bichero! ¡Mi hijooooo!
Alguien sacó al
niño de su abrazo, trepó hacia arriba. En ese mismo momento alguien lo agarró
por detrás, le golpeó en el occipucio, se cubrió y lo empujó bajo el agua.
Geralt soltó el arpón, se volvió, atrapó a su atacante por el cinturón. Con la
otra mano quiso agarrarlo por los cabellos pero no funcionó. Era el calvo.
Se sumergieron los
dos, sólo por un minuto. La barca temeria estaba ya algo alejada de la barcaza,
Geralt y el calvo, abrazados, estaban en el centro. El calvo lo agarró por el
cuello, el brujo le metió el pulgar en el ojo. El guardia gritó, le soltó, se
alejó nadando. Geralt no pudo alejarse, algo le tenía agarrado por el pie y le
arrastraba hacia abajo, a las profundidades. Junto a él, como si fuera corcho,
la superficie estaba salpicada de pedazos de cuerpo humano. Ya sabía qué era lo
que le tenía sujeto, inútil resultaba la información de Linus Pitt que le
llegaba desde la cubierta de la barcaza.
-¡Es un artrópodo!
¡Del género Amphipoda! ¡De la clase de los megalomandibulares!
Geralt martilleó
rabioso con las manos en el agua, intentando sacar el pie de las tenazas de la
abejorra, que le arrastraban hacia unas mandíbulas que chasqueaban
rítmicamente. El magister bachiller había tenido razón otra vez. Las mandíbulas
no eran pequeñas.
-¡Atrapa la cuerda!
-gritó Olsen-. ¡Atrapa la cuerda!
En las orejas del
brujo silbó un arpón que se clavó con un chasquido en la coraza del monstruo,
sumergida y cubierta de algas. Geralt agarró el asta, se apoyó en él, se
impulsó con fuerza, encogió el pie libre y con fuerza pateó a la abejorra. Se
liberó de las garras con púas, dejando en ellas la bota, un buen trozo de
pantalón y no poca piel. En el aire silbaban más arpones, en su mayoría
errados. La abejorra encogió las patas, agitó la cola, se sumergió con gracia
en las verdes profundidades.
Geralt agarró la
cuerda que le cayó en la cara. Un bichero, rasgándole dolorosamente un costado,
lo capturo por el cinturón. Sintió el tirón, subió hacia arriba, alzado por
muchas manos se encaramó por encima de la baranda y rodó sobre las tablas de la
cubierta, esparciendo agua, fango, limo y sangre. Junto a él se acumularon los
pasajeros, la tripulación de la barcaza y los aduaneros. El enano de las pieles
de zorro y Olsen disparaban con sus arcos, inclinados sobre la borda.
Everett, mojado y
verde de las algas, castañeteaba los dientes abrazado por su madre, sollozaba y
les explicaba a todos que él no había querido.
-¡Don Geralt! -le
gritó Chapotes en los oídos -. ¿Vivís acaso?
-Su puta madre ...
-El brujo escupió unas algas-. Demasiado viejo estoy para todo esto...
Demasiado viejo..
Junto a él, el
enano soltó la cuerda del arco y Olsen bramaba alegre.
-¡Derecha a la
tripa! ¡Ja, ja, ja! ¡Bonito disparo, señor peletero! ¡Eh, Boratek, devuélvele
el dinero! ¡Con ese disparo se ha ganado un descuento!
- Esperad -tosió el
brujo, intentando en vano levantarse-. ¡No matéis a todos, diablos! ¡Tengo que
tener a alguno vivo!
-Hemos dejado a uno
-le aseguró el aduanero-. El calvorota ése, que se chungueaba conmigo. Al resto
lo hemos asaetado. El calvucho, oh, por allá nada. Ahora lo pescamos. ¡Vengan
acá esos bicheros!
-¡Un
descubrimiento! ¡Un gran descubrimiento! -gritaba Linus Pitt, dando saltos
junto a la borda-. ¡Un género completamente nuevo, desconocido! ¡Un ejemplar
único! ¡Ah, cómo os estoy de agradecido, señor brujo! ¡Este género figurará a
partir de hoy en los libros como... como Geraltia maxiliosa pitti!
-Señor bachiller
-gimió Geralt-. Si de verdad queréis mostrarme vuestro agradecimiento...
Entonces que esa puta se llame Everetia.
-También es bonito
-accedió el erudito-. ¡Ah, vaya un descubrimiento! ¡Qué maravillosa y única
ocasión! Seguramente la única que vivía en el delta...
-No -dijo de pronto
Chapotes con voz siniestra-. No es la única. ¡Mirad!
Una alfombra de
nenúfares que alcanzaba hasta un islote no muy lejano comenzó a temblar, se
balanceó violentamente. Vieron una ola, y luego un cuerpo enorme y alargado,
que recordaba un tronco podrido, agitando rápidamente numerosos tentáculos y
abriendo y cerrando las mandíbulas. El calvo se dio la vuelta, lanzó un
penetrante grito y nadó, revolviendo las aguas con manos y pies.
-Qué ocasión,
qué ocasión -anotó
presto Pitt, estirado
hasta el límite-.
Tentáculos
prensiles en la cabeza, cuatro pares de maxilares en forma de tenazas...
Un fuerte abanico
caudal... Afiladas pinzas...
El calvo miró hacia
atrás de nuevo, gritó aún más penetrantemente. Y la Everetia maxiliosa pitti
estiró los tentáculos prensiles de la cabeza y agitó con fuerza el abanico
caudal. El calvo revolvió el agua en un desesperado y fútil intento de huir.
-Que las aguas le
sean leves -dijo Olsen. Pero no se quitó el sombrero.
-¡Mi padre -a
Everett le castañeteaban los dientes- sabe nadar más rápido que ese señor!
-Llevaos de aquí a
este niño -ladró el brujo.
El monstruo cerró
las tenazas y chasqueó las mandíbulas. Linus Pitt palideció y se dio la vuelta.
El calvo lanzó un
corto grito, se atragantó y desapareció bajo la superficie. El agua se cubrió
de rojo oscuro.
-Mierda. -Geralt se
sentó pesadamente en la cubierta-. Estoy ya demasiado viejo para esto...
Decididamente demasiado viejo...
¿Para qué decir
más? Jaskier simplemente adoraba la pequeña ciudad de Oxenfurt.
El terreno de la
universidad estaba rodeado de un anillo de murallas, mientras que junto a la
muralla había otro anillo: el anillo grande, bullicioso, sofocado, agitado y
ruidoso de la ciudad. La ciudad de madera multicolor de Oxenfurt, con callejas
estrechas y tejados puntiagudos. La ciudad de Oxenfurt, que vivía de la
Academia, de los escolares, los profesores, los eruditos, los investigadores y
sus invitados, que vivía de la ciencia y del saber, de todo lo que acompaña el
proceso del conocimiento. En la pequeña ciudad de Oxenfurt, de los residuos y
los fragmentos de la teoría nacían la práctica, el interés y el beneficio.
El poeta cabalgaba
despacio por una embarrada calleja atestada de gente, pasando al lado de
talleres, barracas, puestos, tiendas y tenderetes en los cuales gracias a la
Academia se producían y se vendían decenas de miles de productos y maravillas
inalcanzables en otros rincones del mundo y cuya producción se consideraba en
otros rincones del mundo como imposible o estéril. Pasó por fondas, tabernas,
casetas, quioscos, mostradores y parrillas de las cuales surgían los deliciosos
olores de multitud de platos refinados y desconocidos en otros rincones del
mundo, cocinados en una forma que era desconocida en otros lugares, con
añadidos y especias que en otros lugares no se conocían y no se usaban. Esto
era Oxenfurt, la colorida, alegre, bulliciosa y perfumada ciudad de los
prodigios, de los prodigios en los que personas sagaces y llenas de iniciativa
conseguían transformar la seca e inútil teoría atrapada a pedacitos en la
universidad. Era ésta también la ciudad de las diversiones, del festín eterno,
la fiesta continua y el guirigay incansable. Las calles estaban repletas de día
y de noche de música, de cantos, del tintineo de las copas y del golpeteo de
las jarras, ya que es sabido que nada aviva tanto la sed como el proceso de
asimilación del conocimiento. Pese a que los reglamentos del rector prohibían a
los estudiantes y bachilleres el beber y el ir de jarana antes de la caída de
las tinieblas, en Oxenfurt se bebía y se iba de jarana a todas horas, sin
parar, puesto que es sabido que, si algo puede avivar más la sed aún que el
proceso de asimilación del conocimiento, esto es su prohibición completa o
parcial.
Jaskier chasqueó a
su castrado medio moro, medio bayo, siguió cabalgando, abriéndose paso a través
de la muchedumbre que vagabundeaba por las callejas. Buhoneros, tenderos y
engañabobos ambulantes anunciaban ruidosamente sus mercancías y servicios,
acrecentando el barullo que reinaba a su alrededor.
-¡Calamares!
¡Calamares fritos!
-¡Ungüento para los
tumores! ¡Sólo en mi puesto! ¡Infalible y milagroso ungüento!
-¡Gatos cazadores,
gatos de hechicería! ¡Escuchad, buenas gentes, como maúllan!
-¡Amuletos!
¡Elixires! ¡Filtros amorosos, potenciadores y afrodisíacos! ¡Con sólo una pizca
hasta un cadáver toma vigor! ¿Quién lo quiere, quién lo quiere?
-¡Saco dientes,
casi sin dolor! ¡Barato, barato!
-¿Qué significa
barato? -se interesó Jaskier, mientras mordía un calamar pinchado en un palo
que estaba más duro que una suela.
-¡Dos taleros por
hora!
El poeta se
estremeció, golpeó a su castrado con los talones. Miró de soslayo. Los dos
individuos que iban tras sus pasos desde el ayuntamiento se detuvieron junto a
la barbería y hacían como que se interesaban por el precio de los servicios del
barbero, que estaban escritos con tiza en una tabla. Jaskier no se dejaba
engañar. Sabía lo que les interesaba de verdad.
Siguió adelante.
Dejó a un lado el gran edificio del lupanar El Capullo de Rosa, donde, como
sabía, se ofrecían servicios refinados, desconocidos o no muy populares en
otros rincones del mundo. Durante algún tiempo su razón forcejeó con su
carácter a causa del fuerte deseo de entrar para un rato. Triunfó la razón.
Jaskier suspiró y se dirigió hacia la Universidad, intentando no mirar en
dirección a los mesones desde los que le llegaban los sonidos de alegres
diversiones.
Sí, para qué decir
más. El trovador amaba la pequeña ciudad de Oxenfurt.
Miró hacia atrás de
nuevo. Los dos individuos no habían usado de los servicios del barbero aunque
indudablemente debieran haberlo hecho. Ahora estaban delante de una tiendecilla
de instrumentos musicales, fingiendo interés en las ocarinas de barro. El tendero
se afanaba, alababa la mercancía, confiando en las ganancias. Jaskier sabía que
no debía contar con ellas.
Dirigió el caballo
hacia la Puerta de los Filósofos, la puerta principal de la Academia. Resolvió
rápidamente las formalidades, consistentes en inscribirse en el libro de
invitados y llevar el castrado al establo.
Al otro lado de la
puerta de los filósofos le saludó otro mundo. El terreno de la universidad
estaba desconectado de la estructura urbana común y corriente, no era, como la
villa, escenario de una lucha encarnizada por cada pulgada de espacio. Todo era
aquí casi como lo habían dejado los elfos. Amplias avenidas regadas con
gravillas de colores entre pequeños palacios de una esbeltez que alegraba la
vista, empalizadas caladas, muretes, setos, canales, puentecillos, parterres y
verdes parques, que sólo resultaban mancillados en unos pocos lugares por
alguna edificación grande y severa, construida en tiempos posteriores,
postélficos. Todo estaba limpio, era tranquilo y noble: estaba prohibida toda
forma de comercio y de servicios pagados, sin olvidar las diversiones ni los
placeres de la carne.
Por las avenidas
del parque paseaban escolares, leyendo sus libros y pergaminos. Otros, sentados
en los bancos, en el césped o en los muretes, conversaban acerca de las
lecciones, discutían o jugaban discretamente a la peonza, a "pídola",
al "todos a una" o a otros juegos para personas inteligentes. Dignos
y orgullosos paseaban por allí también los profesores, sumidos en
conversaciones o disputas.
Vagabundeaban los
bachilleres jóvenes con la vista clavada en el culo de las estudiantes. Jaskier
advirtió con alegría que nada había cambiado en la Academia desde sus tiempos.
Soplaba el viento
del delta, trayendo un débil olor a mar y un algo más fuerte hedor a sulfuro de
hidrógeno procedente del imponente edificio de la Cátedra de Alquimia, que
dominaba el canal. Entre los arbustos del parque que rodeaba los dormitorios
estudiantiles gorjeaban verderones amarillo-grises, y en un álamo estaba
sentado un orangután, que seguramente había escapado del zoológico de la
Cátedra de Historia Natural.
Sin perder tiempo,
el poeta marchó con rapidez por el laberinto de bulevares y setos. Conocía el
terreno de la universidad tan bien como su propio bolsillo, y no es de
extrañar: había estudiado aquí cuatro años y luego durante un año más había
impartido clases en la Cátedra de Trova y Poesía. Le habían propuesto el
trabajo de profesor cuando había aprobado el examen final con resultados
sobresalientes, dejando en estupor a los examinadores entre los que durante los
estudios se había creado la opinión de vago, juerguista e idiota. Luego,
después, cuando tras algunos años de vagabundear por el país con el laúd su
fama como ministril había llegado lejos, la Academia comenzó con más
insistencia a reclamar sus visitas y sus lecciones magistrales como invitado.
Jaskier no solía
ceder a las súplicas pese a que su amor por los vagabundeos luchaba
constantemente en su interior con su gusto por la comodidad, el lujo y unos
ingresos estables. Como también, está claro, con su querencia por la pequeña
ciudad de Oxenfurt.
Miró hacia atrás.
Dos individuos que no habían adquirido ocarinas, caramillos ni cítaras iban
tras él a cierta distancia observando con atención las copas de los árboles y
las fachadas de los edificios.
Silboteando
despreocupadamente, el poeta cambió la dirección de la marcha y se dirigió al
palacete que albergaba la Cátedra de Medicina y Herbología. El bulevar que
conducía hacia la Cátedra estaba lleno de muchachas con sus características
túnicas verde claro. Jaskier las miró atentamente, buscando caras conocidas.
-¡Shani!
La médica jovencita
de cabellos rojo oscuro, cortados justo por debajo de las orejas, sacó la
cabeza de un atlas de anatomía, se levantó del banco.
-¡Jaskier! -sonrió,
entrecerrando sus alegres ojos pardos -. ¡La tira de años hace que no te he
visto! Ven, te presentaré a mis amigas. Adoran tus versos...
-Luego -murmuró el
bardo-. Mira discretamente, Shani. ¿Ves a esos dos?
-Chotas. -La médica
arrugó su nariz respingona, bufó, no por vez primera haciendo que Jaskier se
admirara de la facilidad con la que los escolares reconocían a los soplones,
espías y confidentes. La aversión que los estudiantes mantenían por los
servicios secretos era proverbial, aunque no demasiado racional. El recinto de
la universidad era extraterritorial y sagrado, y los estudiantes y profesores
intocables. Los secretas, aunque entraran, no se atreverían a importunar ni
fastidiar a los académicos.
-Van detrás de mí
desde la Plaza Mayor -dijo Jaskier fingiendo que rodeaba con su brazo a la
médica y le hacía la corte-. ¿Harías algo por mí, Shani?
-Depende de qué.
-La muchacha retiró su esbelto cuello como un corzo asustado-. Si de nuevo te
has metido en alguna tontería...
-No, no -la
tranquilizó con rapidez -. Sólo quiero llevar un mensaje, y yo mismo no puedo
por culpa de esa mierda que se me ha pegado a los tacones...
-¿Llamo a los
muchachos? Basta que pegue un grito y en un instante te habrás librado de los
chotas.
-Tranquila.
¿Quieres que estalle un tumulto? ¿La disputa por el ghetto de los pupitres y
las discriminaciones para los no humanos apenas se han terminado y tú necesitas
ya otro nuevo? Aparte de eso, odio la violencia. Sé arreglármelas con los
espías. Tú en cambio, si pudieras...
Acercó los labios a
los cabellos de la muchacha, susurró durante un instante.
Los ojos de Shani
se desencajaron.
-¿Un brujo? ¿Un
brujo de verdad?
-Silencio, por los
dioses. ¿Lo harás, Shani?
-Claro. -La médica
sonrió animada-. Aunque sólo fuera por la curiosidad de ver de cerca al
famoso...
-Silencio, te he
pedido. Pero recuerda, ni una palabra a nadie.
-Secreto
profesional. -Shani mostró una sonrisa aún más hermosa y a Jaskier le entraron
de nuevo ganas de componer un romance acerca de las mujeres como ella, no
demasiado guapas pero hermosas, aquéllas con las que se soñaba por las noches,
mientras que a las bellezas clásicas se las olvidaba al cabo de cinco minutos.
-Gracias, Shani.
-No es nada,
Jaskier. Hasta pronto. Adiós.
Después de besarse
en las mejillas correspondientes, el bardo y la médica se fueron veloces en
direcciones contrarias, ella en dirección a la Cátedra, él hacia el Parque de
los Pensadores.
Pasó junto al
moderno y siniestro edificio de la Cátedra de Técnica, que entre los escolares
llevaba el nombre de Deus Ex Machina, dobló en el puente de Guildenstern. No
llegó lejos. Detrás de una curva del bulevar, junto al pedestal con el busto en
bronce de Nicodemus de Boot, primer rector de la Academia, esperaban ambos
individuos. Siguiendo la costumbre de todos los chotas del mundo evitaban
mirarle a los ojos y como todos los chotas del mundo tenían jetas triviales y
descoloridas, a las que intentaban dotar de una expresión inteligente, con la
que sólo conseguían parecerse a un mono que tuviera una enfermedad mental.
-Saludos de
Dijkstra -dijo uno de los espías-. Vamos.
-Igualmente
-respondió descaradamente el bardo-. Idos.
Los espías se
miraron el uno al otro, sin moverse del sitio, clavaron los ojos en las
repugnantes palabras que alguien había escrito con carbón en el zócalo del
busto del rector. Jaskier suspiró.
- Lo que me
imaginaba -dijo, colocando el laúd que llevaba al hombro- . ¿Así que me voy a
ver obligado irrevocablemente a ir a algún lado con los señores? Difícil
cuestión. Vayamos pues. Vosotros delante, yo detrás. En este caso concreto que
la edad ceda ante la belleza el lugar de honor en la formación.
Dijkstra, jefe de
los servicios secretos del rey Vizimir de Redania, no parecía un espía. De
hecho se alejaba bastante del estereotipo según el cual un espía siempre ha de
ser bajo, delgado, con aspecto de rata, con pequeños ojos penetrantes que
brillaban por debajo de una capucha negra. Dijkstra, como bien sabía Jaskier,
nunca llevaba capucha y prefería decididamente los trajes de colores claros.
Medía cerca de siete pies, y pesaba con seguridad no menos de nueve arrobas.
Cuando cruzaba los antebrazos sobre los pechos -y le gustaba hacerlo - parecía
como si dos cachalotes se tendieran sobre una ballena. En lo que respecta a los
rasgos de la cara, al color de los cabellos y a su encarnación recordaba a un
puerco recién restregado. Jaskier conocía muy pocas personas cuya apariencia
podría engañar tanto como la apariencia de Dijkstra. Porque el tal gigante
porcino, que daba la sensación de ser un cretino eternamente soñoliento y
torpe, poseía un intelecto increíblemente rápido. Y considerable autoridad. Un dicho
popular en la corte del rey Vizimir pregonaba que si Dijkstra afirma que es
mediodía y alrededor imperan unas tinieblas impenetrables, entonces hay que
comenzar a intranquilizarse por la suerte que haya podido correr el sol.
En este momento,
sin embargo, el poeta tenía otras razones para intranquilizarse.
- Jaskier -dijo
soñoliento Dijkstra, cruzando los cachalotes sobre la ballena-. Cabeza de
alcornoque. Idiota patentado. ¿Es que tú siempre tienes que destrozar todo lo
que se te encarga? ¿Acaso por una sola vez en tu vida no podrías haber hecho lo
que hay que hacer? Ya sé que no eres capaz de pensar por ti mismo. Ya sé que
tienes cerca de cuarenta años, tu aspecto es de cerca de treinta, te crees que
tienes poco más de veinte y actúas como si no tuvieras ni diez. Sabiendo lo ya
dicho, por lo general te imparto instrucciones precisas. Te digo lo que tienes
que hacer, cuándo tienes que hacerlo y de qué forma. Y regularmente obtengo la
impresión de que hablo con las paredes.
-Pues yo, en cambio
-respondió el poeta fingiendo arrogancia- , regularmente tengo la impresión de
que hablas para hacer gimnasia con la lengua y los labios. Así que pasa al
grano y elimina las figuras retóricas y la falsa oratoria. ¿De qué se trata
esta vez?
Estaban sentados a
una gran mesa de roble, entre estanterías cubiertas de libros y pergaminos
enrollados, en el piso más alto del rectorado, en unos locales arrendados a los
que Dijkstra denominaba en broma Cátedra de Historia Contemporánea y Jaskier
Cátedra de Espionaje Comparado y Sabotaje Aplicado. Eran, contando al poeta,
cuatro personas, es decir, aparte de Dijkstra en la conversación tomaban parte
otros dos individuos. Una de estas personas, como solía ser normal, era Ori
Reuven, provecto y eternamente acatarrado secretario del jefe de los espías
redanos. La otra persona no era persona en absoluto normal.
-Bien sabes de qué
se trata -respondió Dijkstra con frialdad-. Sin embargo, como el fingirte
idiota parece que te divierte, no te voy a aguar la fiesta y te lo voy a
explicar con simples palabras. ¿O puede que quieras usar de tal privilegio,
Filippa?
Jaskier miró a la
cuarta asistente al encuentro, quien había guardado silencio hasta entonces.
Filippa Eilhart no hacía mucho que debía de haber llegado a Oxenfurt, y dado
que planeaba irse enseguida, no llevaba por tanto un fino vestido ni portaba
sus joyas preferidas de ágatas negras ni maquillaje de fuertes tonos. Llevaba
una corta chaqueta masculina, calzas y botas altas, una vestimenta que el poeta
llamaba "de campaña". Los oscuros cabellos de la hechicera, que
llevaba por lo general sueltos y en un pintoresco desorden, estaban peinados
hacia atrás y sujetos con una cinta al cuello.
-No perdamos tiempo
-dijo, alzando sus cejas regulares-. Jaskier tiene razón. Podemos ahorrarnos la
oratoria elocuente y afectada que no nos lleva a ningún lado, mientras que el
asunto que tenemos que resolver es simple y banal.
-Oh, sí -se sonrió
Dijkstra-. Banal. El más peligroso agente nilfgaardiano, quien podría ya estar
metido banalmente en la más profunda mazmorra de Tretogor, desapareció
banalmente, asustado y advertido banalmente por la banal estupidez de los
señores Jaskier y Geralt. He visto gente que dio un paseo por el cadalso por
banalidades menores. ¿Por qué no me informaste de vuestras intenciones,
Jaskier? ¿Acaso no te recomendé que me informaras de todos los planes del
brujo?
-Nada sabía yo de
los planes de Geralt -mintió Jaskier con convicción-. Ya te dije que se había
dirigido a Temeria y Sodden para buscar al tal Rience. También te informé de
que había vuelto. Estaba seguro de que había dado la cosa por perdida. Rience
había desaparecido literalmente en el aire, el brujo no halló ni la más mínima
pista, de esto, si lo recuerdas, también te había hablado...
-Mentiste -afirmó
frío el espía-. El brujo encontró huellas de Rience. En forma de cadáveres.
Entonces decidió cambiar de táctica. En vez de ir detrás de Rience, decidió
esperar a que Rience lo encontrara a él. Se hizo contratar en una barcaza de la
Compañía de Malatius y Grock como escolta. Lo hizo con premeditación. Sabía que
la Compañía extendería la noticia y entonces Rience se enteraría y emprendería
algo. Y el señor Rience lo emprendió. El extraño e inalcanzable señor Rience.
El descarado y seguro de sí mismo señor Rience, el cual ni siquiera tiene ganas
de usar alias ni nombres falsos. El señor Rience, que a millas apesta a humo de
chimenea nilfgaardiana. Y a hechicero renegado. ¿Verdad, Filippa?
La hechicera ni
confirmó ni negó. Guardó silencio, mirando a Jaskier inquisitiva y
penetrantemente. El poeta bajó la vista, carraspeó inseguro. No le gustaban
tales miradas.
Jaskier dividía a
las mujeres atractivas, y contando entre ellas a las hechiceras, en
superagradables, agradables, desagradables y muy desagradables. Las
superagradables reaccionaban a la propuesta de irse a la cama con alegre
aceptación, las agradables con alegre sonrisa. Las desagradables reaccionaban
en formas difíciles de prever. En cambio entre las muy desagradables el
trovador contaba a aquéllas hacia las que el simple pensamiento de realizar una
propuesta producía un extraño frío en la espalda y un temblor en las rodillas.
Filippa Eilhart,
aunque muy atractiva, era decididamente muy desagradable.
Dejando esto
aparte, Filippa Eilhart era una persona importante en el Consejo de los
Hechiceros y maga de confianza de la corte del rey Vizimir. Era una maga muy
dotada. Corría el rumor de que era una de las pocas que dominaba el arte del
polimorfismo. Su aspecto era de tener treinta años. Seguramente tenía no menos
de trescientos.
Dijkstra,
descansando las mullidas manos sobre la barriga, hacía girar en molinete sus
pulgares. Filippa seguía callada. Ori Reuven tosió, sorbió la nariz y se hurgó
con el dedo, mientras se colocaba sin pausa su amplia toga. La toga recordaba a
la de un profesor, pero no parecía que la hubiera obtenido del claustro.
Parecía que la hubiera encontrado en un cubo de basura.
-Tu brujo -ladró de
pronto el espía- no apreció al señor Rience en lo que vale. Puso un cebo pero,
mostrando una completa falta de razón, apostó a que Rience vendría a por él en
persona. Rience, según el plan del brujo, había de sentirse seguro. Rience no
pudo olfatear por ningún lado el cebo, nunca pudo ver a los subordinados del
señor Dijkstra que le estaban buscando. Porque por recomendación del brujo, don
Jaskier no le había cascado al señor Dijkstra lo de la trampa. Y de acuerdo con
las órdenes obtenidas, don Jaskier estaba obligado a hacerlo. Don Jaskier tenía
en este asunto órdenes claras y concretas, que consideró adecuado menospreciar.
-No soy tu
subordinado -se enfurruñó el poeta-. Y no tengo que acomodarme a tus órdenes ni
mandatos. Te ayudo a veces, pero lo hago por propia voluntad, por deber
patriótico, para no quedarme sin hacer nada contra los cambios que
sobrevienen...
-Espías para todo
el que te paga -le interrumpió Dijkstra -. Informas a todo el que te tiene
pillado con algo. Y yo también tengo un par de cosas para pillarte, Jaskier.
Así que no alardees.
-¡No acepto el
chantaje!
-¿Apostamos algo?
-Señores. -Filippa
Eilhart alzó la mano-. Más seriedad. No nos apartemos del
tema.
-Cierto. - El espía
se recostó en el sillón-. Escucha, poeta. Lo que sucedió no se puede rehacer.
Rience resultó advertido y no hay repetición posible. Pero no puedo permitir
que algo parecido suceda en el futuro. Por eso quiero hablar con el brujo. Tráemelo.
Deja de pindonguear por la villa y de intentar librarte de mis agentes. Vete
derecho a Geralt y tráemelo aquí, a la Cátedra. Tengo que hablar con él.
Personalmente y sin testigos. Sin el ruido ni los rumores que se levantarían si
detuviera al brujo. Tráemelo aquí, Jaskier. Eso es todo lo que de momento
quiero de ti.
-Geralt se ha ido
-mintió el bardo con serenidad. Dijkstra miró a la hechicera. Jaskier se tensó
en espera de un impulso que le sondeara el cerebro, pero no sintió nada.
Filippa le miraba, con los ojos entornados, pero nada señalaba que estuviera
intentando confirmar su veracidad a base de hechizos.
-Esperaré a su
regreso -suspiró Dijkstra, fingiendo que le creía -. El asunto que tengo que
hablar con él es importante, así que realizaré un cambio en el calendario de
mis tareas y esperaré al brujo. Cuando vuelva, tráemelo. Cuanto antes suceda
esto, mejor. Será mejor para muchas personas.
-Puede haber
dificultades -Jaskier frunció el ceño- para convencer a Geralt de que venga
aquí. Él, imagínate, guarda un inexplicable asco a los espías. Aunque se suele
entender que se trata de un trabajo como otro cualquiera, le repugnan aquellos
que lo realizan. Las excusas patrióticas, por lo general, son una cosa, pero
para la profesión de espía se escogen exclusivamente a canallas redomados y
además...
-Basta, basta.
-Dijkstra agitó desmañadamente la mano-. Sin tópicos, por favor, los tópicos me
aburren. Son tan simples.
- Yo también lo
creo -jadeó el trovador-. Pero el brujo es un simplón buenazo y sincero, anda
que no hay diferencia con nosotros, personas de mundo. Él simplemente odia a
los espías y no quiere hablar contigo por nada del mundo y que quisiera ayudar
a los servicios secretos no hay ni que pensarlo. Y no tienes nada para pillarlo
a él.
-Te equivocas -dijo
el espía-. Lo tengo. Y no sólo una cosa. Pero de momento me basta con ese
altercado en la barcaza en Grabowa Buchta. ¿Sabes quiénes eran los que subieron
a cubierta? No eran gente de Rience.
-No es nada nuevo
para mí -dijo con soltura el poeta-. Estoy seguro de que eran algunos canallas
como no faltan en la guardia temeria. Rience fue haciendo preguntas sobre el
brujo, seguramente prometió una sumita bien hermosa por la información. Estaba
claro que el brujo le era muy necesario. Algunos pícaros intentaron pescar a
Geralt, esconderlo en cualquier madriguera, y luego vendérselo a Rience,
dictando las condiciones y regateando lo que se pudiera. Porque por la
información no hubieran ganado mucho o incluso nada.
-Felicidades por la
perspicacia. Está claro, al brujo, no a ti, porque tú solo nunca hubieras caído
en ello. Pero el asunto es más complicado de lo que te aparenta. Resulta que
mis confráteres, la gente del servicio secreto del rey Foltest, también, por lo
que parece, se interesan por el señor Rience. Ellos fueron quienes inventaron
el plan de los pícaros, como les has llamado tú. Ellos fueron los que subieron
a la barcaza, ellos querían capturar al brujo. Puede que como cebo para Rience,
puede que con otro objetivo. El brujo se cargó en Grabowa Buchta a unos agentes
temerios, Jaskier. Su jefe está muy, muy enfadado. ¿Dices que Geralt se ha ido?
Espero que no a Temeria. Puede que no vuelva de allí.
-¿Y con eso le
tienes pillado?
-Y cómo.
Precisamente. Puedo apaciguar el asunto con los temerios. Pero no gratis. ¿A
dónde se ha ido el brujo, Jaskier?
-A Novigrado
-mintió el trovador sin dudarlo-. Se fue a buscar allí a Rience.
-Un error, un error
-sonrió el espía, fingiendo que no había advertido la mentira-. Ves, una pena
que no venciera su repulsión y no contactara conmigo. Le hubiera ahorrado
muchas fatigas. Rience no está en Novigrado. A cambio hay allí agentes temerios
por todos lados. Seguramente esperan allí al brujo. Ya han caído en la cuenta
de lo que yo sé desde hace tiempo. A saber, que el brujo Geralt de Rivia,
interrogado como es debido, puede responder a muchas preguntas. Preguntas que
comienzan a hacerse los servicios secretos de todos los Cuatro Reinos. El trato
es sencillo: el brujo acude aquí, a la Cátedra y me responde a estas preguntas.
Y lo dejarán en paz. Acallaré a los temerios y le proporcionaré seguridad.
-¿De qué preguntas
se trata? Puede que yo pudiera responder a ellas.
-No me hagas reír,
Jaskier.
- Y sin embargo
-habló de pronto Filippa Eilhart-, ¿pudiera ser? ¿Puede que nos ahorres tiempo?
No olvides, Dijkstra, que nuestro poeta está metido en este asunto hasta las
orejas y que lo tenemos aquí, y al brujo todavía no. ¿Dónde está la niña con la
que vieron a Geralt en Kaedwen? ¿La niña de los cabellos grises y los ojos
verdes? ¿Aquélla por la que Rience te preguntó entonces, en Temeria, cuando te
capturó y te torturó. ¿Qué, Jaskier? ¿Qué sabes de esa muchacha? ¿Dónde la ha
escondido el brujo? ¿A dónde fue Yennefer después de recibir la carta de
Geralt? ¿Dónde se esconde Triss Merigold y qué motivos tiene para esconderse?
Dijkstra no se
movió, pero por su rápida mirada a la hechicera Jaskier se dio cuenta de que el
espía estaba sorprendido. Las preguntas que había hecho Filippa habían sido
hechas demasiado pronto. Y a la persona inadecuada. Las preguntas daban la
sensación de ser precipitadas y a la ligera. El problema yacía en que de
Filippa Eilhart se podía decir todo, excepto acusarla de precipitación y
ligereza.
-Lo siento -dijo
Jaskier lentamente- pero no tengo respuesta para ninguna de estas preguntas. Os
ayudaría si pudiera. Pero no puedo.
Filippa le miró
directamente a los ojos.
-Jaskier
-pronunció-. Si sabes dónde está la muchacha, dínoslo. Te prometo que tanto a
mí como a Dijkstra sólo nos interesa su seguridad. Una seguridad que está
amenazada.
-No lo dudo -mintió
el poeta- que precisamente eso sea lo que os interese. Pero de verdad no sé de
qué habláis. En mi vida he visto a la niña que tanto os interesa. Y Geralt...
-Geralt -le
interrumpió Dijkstra- no se permitió confidencias contigo, no te sopló ni una
palabrita, aunque no dudo que le asaltaste a preguntas. Curioso, Jaskier, ¿por
qué, qué piensas? ¿Acaso ese simplón y buenazo al que le repugnan los espías se
dio cuenta de quién eres de verdad? Déjale en paz, Filippa, es una pérdida de
tiempo. No sabe una mierda, no te dejes engañar por sus gestos de listillo ni
sus sonrisas equívocas. Sólo puede ayudarnos de un modo. Cuando el brujo salga
de su escondrijo, contactará con él, con ningún otro. Lo considera, imagínate,
su amigo.
Jaskier alzó
lentamente la cabeza.
-Cierto -afirmó-.
Me considera tal cosa. E imagínate, Dijkstra, que no sin motivo. Asúmelo por
fin y extrae tus conclusiones. ¿Las tienes? Pues ahora ya puedes probar con el
chantaje.
-Vaya, vaya -sonrió
el espía-. Qué sensible eres en ese punto. Pero sin enfados, poeta. Bromeaba.
¿Chantaje entre mis mesnadas, camaradas? Ni siquiera hay que hablar de ello. Y
a tu brujo, créeme, no le deseo mal ni pienso perjudicarle. Quién sabe, puede
que hasta me ponga de acuerdo con él, para beneficio de ambas partes. Pero para
llegar a ello tengo que verlo. Cuando se deje ver, tráemelo. Lo necesito mucho,
Jaskier. Mucho. ¿Comprendes lo mucho que lo necesito?
El trovador bufó.
-Comprendo lo mucho
que lo necesitas.
-Quisiera creer que
es verdad. Bueno, y ahora vete ya. Ori, acompaña al señor trovador a la salida.
-Adiós. -Jaskier se
levantó-. Te deseo éxito en la vida personal y profesional.
Mis respetos,
Filippa. ¡Ajá, Dijkstra! Los agentes que me persiguen. Quítalos.
-Por supuesto
-mintió el espía-. Los quitaré. ¿Acaso no me crees?
-¿Cómo no? -mintió
el poeta-. Te creo.
Jaskier se
entretuvo en el terreno de la Academia hasta la noche. Todo el tiempo estuvo
mirando a su alrededor con atención, pero no advirtió que le estuvieran
siguiendo los soplones. Y esto precisamente era lo que más le inquietaba.
En la Cátedra de
Trova asistió a una clase sobre poesía clásica. Luego durmió dulcemente en un
seminario de poesía contemporánea. Le despertaron unos bachilleres conocidos
suyos, con los que se fue a la Cátedra de Filosofía, para tomar parte en una
larga y tormentosa disputa sobre el tema "Ser y procedencia de la
vida". Antes de que anocheciera, la mitad de los disputadores estaba ya
borracha y el resto se preparaba para pasar a los manos, gritándose los unos a
los otros y organizando una batahola difícil de describir. Todo esto le vino al
poeta que ni pintado.
Se escurrió sin ser
visto a la buhardilla, salió por el tragaluz, bajó por el canalón al tejado de
la biblioteca, y saltó, no rompiéndose un pie por poco, al tejado de la sala de
disección. Desde allí se deslizó hasta el huerto junto a la muralla. Entre los
espesos matojos de grosella encontró un agujero que había hecho él mismo cuando
era estudiante. Al otro lado del agujero estaba ya la villa de Oxenfurt.
Se sumió en la
masa, luego se perdió por callejones laterales, haciendo regates como liebre
perseguida por un sabueso. Cuando llegó a cierto cobertizo, esperó, escondido
en las tinieblas, más de media hora. No habiendo observado nada sospechoso,
subió por una escala al techo de bálago y saltó al tejado de la casa del famoso
maestro cervecero Wolfgang Amadeus Barbachivo. Se agarró como pudo a las tejas
llenas de musgo hasta que alcanzó por fin el ventanuco de la mansarda correcta.
En el cuartucho detrás de la ventana ardía una lámpara de aceite. De pie e
inseguro sobre el canalón, Jaskier llamó con los nudillos en el marco de plomo.
La ventana no estaba cerrada, cedió ante los ligeros golpes.
-¡Geralt! ¡Eh,
Geralt!
-¿Jaskier?
Espera... No entres, por favor...
-¿Cómo que no
entre? ¿Qué quiere decir que no entre? -El poeta empujó la ventana-. ¿No estás
solo o qué? ¿No estarás follando justo ahora?
Sin esperar
respuesta y sin esperarla, se encaramó en el antepecho, aplastando las manzanas
y cebollas que estaban puestas en él.
-Geralt... -resopló
y al instante se quedó callado. Y luego blasfemó a media voz, al ver la túnica
de médico de color verde claro que yacía en el suelo. Abrió la boca con asombro
y blasfemó de nuevo. Podría haberse esperado cualquier cosa. Pero no esto.
-Shani... -agitó la
cabeza-. Que me...
-Sin comentarios,
por favor. -El brujo se sentó sobre la cama. Shani se cubrió, tirando de la
sábana hasta la nariz respingona.
-Venga, entra.
-Geralt echó mano a sus pantalones-. Si te cuelas por la ventana, ha de ser un
asunto importante. Porque si no es un asunto importante ahora mismo te tiro por
ella.
Jaskier bajó del
antepecho y aplastó el resto de las cebollas. Tomó asiento, acercándose un
escabel con el pie. El brujo tomó del suelo la ropa de Shani y la suya propia.
Tenía gesto de estar turbado. Se vistió en silencio. La médica, escondiéndose
detrás de su espalda, forcejeaba con la camisa. El poeta la observaba con
descaro, buscando en su mente comparaciones y rimas para el dorado color de su
piel a la luz de la lámpara y para la forma de sus pequeños pechos.
-¿De qué se trata,
Jaskier? -El brujo se ató las hebillas de las botas-. Habla. -Haz el equipaje
-respondió con sequedad-. Tienes que irte pronto. -¿Cómo de pronto?
-Extraordinariamente
pronto.
-Shani... -Geralt
carraspeó-. Shani me habló de los chotas que te seguían.
¿Los has perdido,
por lo que entiendo?
-No entiendes nada.
-¿Rience?
-Peor.
-En este caso, de
verdad que no entiendo... Espera. ¿Los redanos? ¿Tretogor?
¿Dijkstra?
-Lo has adivinado.
-Pero ésa no es
razón...
- Ésta es razón -le
interrumpió Jaskier- . Para ellos ya no se trata de Rience. Se trata de la
muchacha, y de Yennefer. Dijkstra quiere saber dónde están. Te obligará a que
se lo digas. ¿Lo entiendes ahora?
-Ahora sí. Entonces
a volar. ¿Habrá que hacerlo por la ventana?
-Inexcusablemente.
¿Shani? ¿Serás capaz?
La médica se ató la
túnica.
-Ésta no es la
primera ventana en mi vida.
-Estaba seguro de
ello. - El poeta la miró con atención, contando con que vería la rima del
orgullo y la metáfora del rubor. Se equivocaba. Alegría en los ojos pardos y
una sonrisa descarada fue todo lo que vio.
En el antepecho
aterrizó sin ruido una enorme lechuza gris. Shani lanzó un pequeño grito.
Geralt echó mano a la espada.
-No hagas el tonto,
Filippa -dijo Jaskier.
La lechuza se
esfumó, en su lugar apareció Filippa Eilhart, torpemente encogida. La hechicera
saltó de inmediato a la habitación, al tiempo que se colocaba la ropa y los
cabellos.
-Buenas tardes
-dijo con voz fría-. Haz las presentaciones, Jaskier.
- Geralt de Rivia.
Shani de Medicina. Y esta lechuza, que tan hábilmente me ha seguido volando, no
es para nada una lechuza. Es Filippa Eilhart del Consejo de los Hechiceros,
actualmente al servicio del rey Vizimir, adorno de la corte de Tretogor. Una lástima
que aquí tengamos sólo una silla.
-Basta y sobra. -La
hechicera se aposentó en el escabel que había dejado libre el trovador, pasó
por los presentes una mirada lánguida, deteniéndose algo más en Shani. La
médica, para asombro de Jaskier, se ruborizó de pronto.
-En principio, lo
que me trae aquí concierne exclusivamente a Geralt de Rivia - comenzó Filippa
tras un corto instante-. Soy consciente, sin embargo de que invitar a salir de
aquí a cualquiera sería una falta de tacto, por lo que...
-Puedo irme -dijo
Shani insegura.
-No puedes -murmuró
Geralt-. Nadie puede mientras la situación no esté clara. ¿O no, señora
Eilhart?
-Para ti, Filippa -
sonrió la hechicera- . Olvidemos las convenciones. Y nadie tiene que salir de
aquí, no me molesta la compañía de nadie. Como mucho me sorprende, pero, en
fin, la vida es una ininterrumpida cadena de sorpresas... como suele decir una
de mis conocidas... Como suele decir una conocida común, Geralt. ¿Estudias
medicina, Shani? ¿En qué año?
-El tercero
-resopló la muchacha.
-Ah. -Filippa
Eilhart no la miraba a ella, sino al brujo- . Diecisiete años, qué edad más
hermosa. Yennefer daría mucho por tener de nuevo esa edad. ¿Qué piensas,
Geralt? Al fin y al cabo ya se lo preguntaré yo cuando haya ocasión.
El brujo sonrió
siniestro.
-No dudo que
preguntarás. No dudo que enriquecerás la pregunta con comentarios. No dudo que
esto te divertirá terriblemente. Y ahora ve derecha al grano, por favor.
-Bien dicho -afirmó
la hechicera con un ademán de la cabeza, poniéndose seria-. Es tiempo de
empezar. Y tiempo es lo que tú no tienes demasiado. Jaskier seguramente ya
habrá alcanzado a contarte que a Dijkstra le han entrado unas ganas repentinas
de encontrarse contigo y mantener una conversación, cuyo objetivo es fijar el
lugar donde se encuentra cierta niña. Dijkstra, en este asunto, tiene órdenes
del rey Vizimir, por lo que juzgo que le interesa mucho el que le señales cuál
es el dicho lugar.
-Claro. Gracias por
la advertencia. Solamente una cosa me asombra un poco. Dices que Dijkstra
recibió órdenes del rey. ¿Y tú no has recibido ninguna? Sin embargo te sientas
en un lugar prominente en el consejo de Vizimir.
-Ciertamente. -La
hechicera no se dejó afectar por la burla- . Me siento. Y trato con seriedad
mis obligaciones, que radican en proteger al rey de cometer errores. A veces,
como en este caso concreto, no me es posible decirle al rey directamente que
está cometiendo un error y aconsejarle contra una decisión a la ligera.
Simplemente tengo que impedirle que cometa un error. ¿Me comprendes?
El brujo confirmó
con un movimiento de la cabeza. Jaskier se preguntó si de verdad la entendía.
Sabía bien que Filippa mentía más que hablaba.
-Veo pues -dijo
lentamente Geralt, mostrando que entendía perfectamente- que el Consejo de los
Hechiceros también se interesa por mi protegida. Los hechiceros quieren
averiguar dónde está mi protegida. Y quieren cogerla antes de que lo haga
Vizimir u otro cualquiera. ¿Por qué, Filippa? ¿Qué es lo que tiene mi protegida
que despierta tanto interés?
Los ojos de la
hechicera se empequeñecieron.
-¿No lo sabes?
-siseó-. ¿Tan poco sabes sobre tu protegida? No quisiera extraer consecuencias
apresuradas, pero tal desconocimiento parece señalar que tus cualificaciones
como tutor son nulas. Ciertamente me asombra que siendo tan ignorante y falto
de información te decidieras a protegerla. Más aún, te decidiste a quitarles el
derecho a ocuparse de ella a otros que tienen al mismo tiempo tanto
cualificaciones como derecho. Y ante todo esto preguntas por qué. Ten cuidado,
Geralt, de que la arrogancia no te pierda. Cuídate. ¡Y cuida a esa niña,
maldita sea! ¡Cuida a esa niña como a tus ojos! ¡Y si no eres capaz solo,
pídeselo a otros!
Jaskier, durante un
momento, juzgó que el brujo iba a mencionar el papel que había aceptado
Yennefer. No arriesgaría nada y podría destruir los argumentos de Filippa. Pero
Geralt guardó silencio. El poeta se imaginó los motivos. Filippa lo sabía todo.
Filippa advertía. Y el brujo comprendía la advertencia.
Se concentró en
observar sus ojos y sus rostros, preguntándose si algo no los había unido a
estos dos en el pasado. Jaskier sabía que parecidos duelos de palabras y
alusiones que el brujo mantenía con las hechiceras y que demostraban una mutua
fascinación acababan muy a menudo en la cama. Pero la observación, como de
costumbre, no servía de nada. Para enterarse de si al brujo le había unido algo
con alguien sólo había un medio: habría habido que entrar por la ventana en el
momento adecuado.
-La tutela -siguió
la hechicera al cabo- significa aceptar para sí la responsabilidad por la
seguridad de un ser que no es capaz de procurarse a sí mismo la seguridad. Si
arriesgas a tu protegida... Si le sucede una desgracia, la responsabilidad
recaerá sobre ti, Geralt. Sólo sobre ti.
-Lo sé.
-Me temo que
todavía sabes demasiado poco.
-Entonces
ilústrame. ¿Cuál es la causa de que de pronto tantas personas pretendan
liberarme del peso de la responsabilidad, quieran tomar mis deberes y ocuparse
de mi pupila? ¿Qué es lo que quiere de Ciri el Consejo de los Hechiceros? ¿Qué
es lo que quieren de ella Dijkstra y el rey Vizimir, qué quieren de ella los
temerios? ¿Qué quiere de ella un tal Rience que en Sodden y en Temeria ha
matado ya a tres personas que hace dos años tuvieron contacto conmigo y con la
muchacha? ¿Que casi mata a Jaskier al intentar extraer de él la información?
¿Quién es este Rience, Filippa?
-No lo sé -dijo la
hechicera-. No sé quién es este Rience. Pero al igual que tú, mucho me gustaría
enterarme.
-¿Acaso ese Rience
-habló inesperadamente Shani- tiene en el rostro una cicatriz de una quemadura
de tercer grado? Si es así, yo sé quién es. Y sé donde está.
En el silencio que
siguió, las primeras gotas de lluvia golpearon en el canalón al otro lado de la
ventana.
El asesinato es
siempre asesinato, sin importar motivos ni circunstancias. Aquéllos que matan u
organizan una muerte son criminales y asesinos, sin importar quiénes sean:
reyes, príncipes, mariscales o jueces. Ninguno de aquéllos que planean o
ejecutan violencia tiene derecho a considerarse mejor que un simple asesino.
Porque toda violencia por su propia naturaleza conduce ineluctablemente al
crimen.
Nicodemus de Boot,
Meditaciones sobre la vida, la fortuna y la prosperidad
VI
Capítulo sexto
-No cometamos
errores -dijo el rey de Redania, Vizimir, apartándose los cabellos de la sien
con una mano llena de anillos-. No podemos cometer errores ni equivocaciones.
Los allí reunidos
guardaron silencio. Demawend, gobernante de Aedirn, estaba echado en el sofá,
mirando la jarra de cerveza que tenía apoyada en la tripa. Foltest, señor de
Temeria, Pontar, Mahakam y Sodden y desde hacía no mucho senior protector de
Brugge, mostraba a todos su noble perfil, con la cabeza vuelta hacia la
ventana. Al lado contrario de la mesa estaba Henselt, rey de Kaedwen, quien
recorría a los participantes en el encuentro con sus pequeños y penetrantes
ojos que brillaban en una fisonomía barbada como la de un ladrón. Meve, reina
de Lyria, jugueteaba pensativa con el enorme rubí de su collar, fruncía de vez
en cuando los hermosos y llenos labios en un gesto ambiguo.
-No cometamos
errores -repitió Vizimir-. Porque un error puede costarnos muy caro.
Aprovechemos la experiencias ajenas. Cuando hace quinientos años nuestros
antepasados desembarcaron en las playas, los elfos también escondieron la
cabeza en la arena. Les fuimos arrebatando el país a pedazos y ellos
retrocedieron, pensando todo el tiempo que ésta era ya la última frontera, que
no iríamos más adelante. ¡Seamos más sabios! Porque ahora es nuestro turno.
Ahora nosotros somos los elfos. Nilfgaard está al otro lado del Yaruga y yo
oigo aquí: "¡Pues que esté! ". Escucho: "No irán más
lejos". Pero irán, convenceos. ¡Repito, no cometamos el error que
cometieron los elfos!
De nuevo golpearon
las gotas de la lluvia contra los cristales de la ventana, el viento aulló
terriblemente. La reina Meve alzó la cabeza. Le pareció escuchar los graznidos
de las cornejas y los cuervos. Pero sólo era el viento. El viento y la lluvia.
-No nos compares
con los elfos -dijo Henselt de Kaedwen-. Nos insultas con tales comparaciones.
Los elfos no sabían luchar, huyeron ante nuestros antepasados, se escondieron
en las montañas y los bosques. Los elfos no les hicieron pagar caro por Sodden
a nuestros antepasados. Y nosotros les enseñamos a los nilfgaardianos lo que
significa vérselas con nosotros. No nos asustes con Nilfgaard, Vizimir, no des
crédito a la propaganda. ¿Dices que Nilfgaard está al otro lado del Yaruga? Y
yo digo que Nilfgaard está al otro lado del río calladito como un muerto.
¡Porque en Sodden les rompimos el espinazo! Les quebramos militarmente pero,
sobre todo, moralmente. No sé si es verdad que Emhyr var Emreis estaba entonces
en contra de una agresión a tal escala, que fue culpa de un partido enemigo
suyo. Supongo que si nos hubieran vencido, habría gritado bravo y habría
repartido privilegios y concesiones. Pero en Sodden de pronto resultó que
estaba en contra y que la culpa de todo fue de la arbitrariedad de los mariscales.
Y volaron cabezas. La sangre bañó los cadalsos. Éstas son informaciones
fidedignas, no se trata de rumores. Ocho ejecuciones sumarias, muchas otras
penas menores.
Algunos
fallecimientos aparentemente naturales aunque misteriosos, bastantes traslados
repentinos a la reserva. Os digo, Emhyr se volvió loco y prácticamente terminó
con sus propios cuadros de mando.
¿Quién dirige ahora
su ejército? ¿Los centuriones?
-No, los
centuriones no -dijo con frialdad Demawend de Aedirn-. Lo hacen oficiales
jóvenes y capaces que llevaban largo tiempo esperando esta ocasión y a los que
Emhyr prepara desde hace mucho. Aquéllos a los que los viejos mariscales no les
dejaban mandar las tropas, no les permitían ascender. Mandos jóvenes y capaces
de los que ya se oye hablar. Los que aplastaron el levantamiento en Metinna y
Nazair, los que en poco tiempo destrozaron a los rebeldes de Ebbing. Mandos que
valoran el papel de las maniobras de flanqueo, de ataques de caballería hasta
muy dentro del territorio enemigo, de relampagueantes marchas de la infantería,
de los desembarcos desde el mar. Que utilizan la táctica de golpes demoledores
en direcciones escogidas, que utilizan para los sitios de las fortalezas la
técnica más moderna en lugar de la insegura magia. No se los debe menospreciar.
Están rabiando por cruzar el Yaruga y demostrar que aprendieron algo de los
errores de los viejos mariscales.
-Si aprendieron
algo -Henselt se encogió de hombros -, entonces que no crucen el Yaruga. La
desembocadura del río en la frontera entre Cintra y Verden la sigue controlando
Ervyll y sus tres fortalezas: Nastrog, Rozrog y Bodrog. Estas fortalezas no se
pueden conquistar al paso, ninguna técnica moderna sirve aquí para nada.
Nuestro flanco lo cubre también la flota de Ethain de Cidaris, gracias a la que
controlamos la costa. También gracias a los piratas de Skellige. El yarl Crach
an Craite, como recordáis, no firmó con Nilfgaard el armisticio, les incomoda
regularmente, los ataca y quema sus fortines y asentamientos costeros en las
provincias. Los nilfgaardianos le llaman Tirth ys Muire, el Jabalí del Mar.
¡Asustan a los niños con él!
-Asustar a los
niños de Nilfgaard -Vizimir sonrió torvamente- no nos proporcionará seguridad.
-No -aceptó Henselt
-. Nos proporciona otra cosa. El que sin controlar la desembocadura del río ni
la costa, teniendo el flanco abierto, Emhyr var Emreis no se verá en estado de
asegurar el aprovisionamiento de las tropas que quisiera lanzar sobre el brazo
derecho del Yaruga. ¿Qué marchas relampagueantes, qué ataques de caballería? No
valen un comino. A los tres días de forzar el río, su ejercito se quedaría
atascado. La mitad sitiaría las fortalezas, el resto se dispersaría para
saquear, buscar pasto y bastimentos. Y cuando su famosa caballería se hubiera
comido ya la mayor parte de sus caballos, les haríamos un segundo Sodden.
¡Diablos, me gustaría que cruzaran el río! Pero no temáis, no lo harán.
-Supongamos -dijo
de pronto Meve de Lyria- que no cruzan el Yaruga. Supongamos que Nilfgaard
simplemente se dedique a esperar. Reflexionemos sin embargo a quién le viene
bien esto, ¿a ellos o a nosotros? ¿Quién puede permitirse esperar sin hacer
nada y quién no?
-¡Exactamente!
-Vizimir le tomó la palabra-. Meve, como de costumbre, habla poco pero acierta
de pleno. Emhyr tiene tiempo, señores, y nosotros no. ¿No veis lo que está
pasando? Nilfgaard tiró un guijarro hace tres años en la cima de la montaña y
espera tranquilo a que llegue el alud. Simplemente está esperando a que vayan
cayendo más guijarros por la pendiente. Porque aquel primer guijarro les
parecía a muchos una roca que era imposible de mover. Y en cuanto que resultó
que bastaba golpearla para que cayera, se pueden encontrar otros a los que el
alud les venga bien. Desde las Montañas Azules hasta Bremervoord pululan por
los bosque comandos élficos, ya no se trata de partisanos, esto es una guerra.
Mirad solamente
cómo se disponen a la lucha los elfos libres de Dol Blathanna. En Mahakam se
agitan los enanos, las dríadas de Brokilón se hacen cada vez más atrevidas. Es
una guerra, una guerra a gran escala. Una guerra interna. Civil. Nuestra. Y
Nilfgaard espera... ¿Para quién trabaja el tiempo, qué pensáis? En los comandos
de los Scoia'tael luchan elfos de treinta, cuarenta años. ¡Pero ellos viven
trescientos años! ¡Ellos tienen tiempo, nosotros no!
-Los Scoia'tael -
reconoció Henselt- se han convertido en un grano en el culo. Me tienen
paralizado el comercio y el transporte, aterrorizan a los granjeros... ¡Hay que
acabar con esto!
-Si los inhumanos
quieren guerra, la tendrán -dijo Foltest de Temeria-. Siempre he sido
partidario de la reconciliación y de la coexistencia, pero si quieren una
prueba de fuerza, comprobaremos quién es más fuerte. Estoy dispuesto. En
Temeria y Sodden se intentará acabar con los Ardillas en seis meses. Estas
tierras ya se inundaron antes con la sangre de los elfos derramada por nuestros
bisabuelos. Lo considero una tragedia, pero no veo salida, la tragedia se
repetirá. Hay que pacificar a los elfos.
-Tu ejército se
lanzará contra los elfos si se lo ordenas -afirmó Demawend-. Pero, ¿se lanzará
contra los humanos? ¿Contra los campesinos de entre los que reclutas a tu
infantería? ¿Contra los gremios? ¿Contra las ciudades libres? Vizimir, al
hablar de los Scoia'tael, ha descrito sólo un guijarro del alud. ¡Sí, sí,
señores, no me miréis así! En las villas y lugares ya se habla de que en las
tierras conquistadas por Nilfgaard los campesinos, granjeros y artesanos viven
más fácil, más libres y son más ricos, que los gremios de mercaderes tienen
mayores privilegios... Nos inundan las mercancías de las manufacturas
nilfgaardianas. En Brugge y Verden su moneda expulsa a la local. Si nos
sentamos sin hacer nada desapareceremos, en discordia, ahogados en conflictos,
enmarañados en sofocar rebeliones y revueltas, dependientes poco a poco de la
potencia económica de Nilfgaard. ¡Desapareceremos, nos asfixiaremos en nuestro
propio y sofocante campanario, porque comprended que Nilfgaard nos cierra el
camino hacia el sur, y nosotros tenemos que desarrollarnos, tenemos que ser
expansivos porque de lo contrario faltará espacio aquí para nuestros nietos!
Los allí reunidos
guardaron silencio. Vizimir de Redania dio un profundo suspiro, agarró una de
las jarras que estaban sobre la mesa, bebió largo rato. El silencio persistía,
la lluvia se lanzaba contra la ventana, el viento aullaba y golpeaba los postigos.
-Todas las zozobras
de las se ha hablado aquí -dijo por fin Henselt- son obra de Nilfgaard. Los
emisarios de Emhyr instigan a los inhumanos, los alimentan de propaganda y los
incitan a la revuelta. Ellos son los que vierten oro y prometen privilegios a los
gremios y corporaciones, y ofrecen a los barones y duques puestos de alto rango
en las provincias que creen en lugar de nuestros reinos. No sé cómo es en
vuestros países, pero en Kaedwen se han multiplicado en un tris tras los
sacerdotes, los predicadores, los pitonisos y otros putos místicos que anuncian
el fin del mundo...
- En mi reino es
igual -confirmó Foltest-. Rayos, hemos tenido tranquilidad durante tantos años.
Desde que mi abuelo les enseñó a los sacerdotes dónde está su lugar, se
aclararon bastante sus filas y los que quedaron se dedicaron a tareas
productivas. Estudiaban los libros y les metían conocimiento a los críos,
sanaban enfermos, se preocupaban de los pobres, tullidos y vagabundos. No se
mezclaban en políticas. Y ahora de pronto se han despertado y en sus santuarios
les gritan porquerías a la plebe y la plebe les escucha y entiende por fin por
qué les va tan mal.
Tolero esto porque
soy menos impetuoso que mi abuelo y menos sensible en lo tocante a mi dignidad
y autoridad real. Al fin y al cabo, ¿qué dignidad y qué autoridad serían ésas
si las pudieran ultrajar los gruñidos de cualquier fanático chiflado? Pero mi paciencia
se termina. Últimamente el principal tema de los sermones es el Salvador que
llegará desde el sur. Desde el sur, ¿os fijáis? ¡Desde el otro lado del Yaruga!
-El Fuego Blanco -
murmuró Demawend-. Llegará el Frío Blanco y después de él la Luz Blanca. Y
luego el mundo resucitará, a causa del Fuego Blanco y la Reina Blanca...
También lo he oído. Es una deformación de la profecía de Ithlinne aep Aevenien,
la sibila élfica. Ordené capturar a uno de esos curas que gritaba estas cosas
en la plaza de Vengerberg, y el verdugo le preguntó amablemente durante mucho
tiempo cuántas profecías de oro le había dado por ello Emhyr... Pero el
predicador sólo farfulló acerca del Fuego Blanco y la Reina Blanca... hasta el
final.
-Cuidado, Demawend.
- Vizimir enarcó las cejas-. No crees mártires porque esto es precisamente lo
que quiere Emhyr. Captura a los agentes de Nilfgaard, pero a los sacerdotes no
debes tocarlos, las consecuencias pueden ser imprevisibles. Aún guardan influencia
y respeto entre el pueblo. Bastantes problemas tenemos con los Ardillas como
para arriesgarnos a motines en las ciudades o guerras campesinas.
-¡Al diablo!
-resopló Foltest- . Esto no lo haremos, a esto no nos arriesgaremos, aquello no
debemos... ¿Para esto nos hemos reunido aquí, para hablar de lo que no podemos
hacer? ¿Para esto nos has traído aquí, a Hagge, Demawend, para que lloremos y
nos lamentemos de nuestra debilidad e impotencia? ¡Comencemos a actuar por fin!
¡Hay que hacer algo! ¡Hay que cortar de raíz lo que esta sucediendo!
-Es lo que vengo
proponiendo desde el principio. -Vizimir se incorporó-.
Propongo actuar.
-¿Cómo?
-¿Qué podemos
hacer?
De nuevo cayó el
silencio. El viento soplaba, los postigos golpeaban contra las paredes del
castillo.
-¿Por qué -habló de
pronto Meve- todos me miráis a mí?
-Admiramos tu
belleza -masculló Henselt desde el fondo de su jarra.
-Eso también
-asintió Vizimir-. Meve, todos sabemos que eres capaz de encontrar una salida a
cada situación. Tienes intuición femenina, eres una mujer inteligente...
-Deja de adularme.
-La reina Meve puso las manos sobre los brazos del sillón, se quedó mirando los
oscurecidos tapices con escenas de caza. Unos sabuesos, representados en el
salto, desgarraban con sus hocicos el costado de un unicornio blanco que intentaba
huir. Jamás en mi vida he visto un unicornio vivo, pensó Meve. Jamás. Y creo
que ya jamás lo veré.
-La situación que
tenemos -dijo al cabo, apartando la vista del tapiz- me recuerda a las largas
tardes de invierno en el castillo de Rivia. Entonces siempre había algo en el
ambiente. Mi marido pensaba en cómo hacerse con otra cortesana. El mariscal
andaba haciendo chanchullos para comenzar una guerra en la que se hiciera
famoso. El hechicero se imaginaba que era el rey.
El servicio no
tenía ganas de servir, el bufón era triste, siniestro y terriblemente aburrido,
los perros aullaban de melancolía, y los gatos dormían, sin importarles un
pimiento los ratones que corrían por encima de las mesas. Todos esperaban a
algo. Todos me miraban de reojo. Y yo... Y yo entonces... Les enseñé. Les
enseñé a todos de lo que era capaz, de tal modo que hasta las murallas
temblaron y los osos de los alrededores se despertaron en sus cuevas. Y los
pensamientos idiotas se les fueron de las cabezas al instante. De pronto
supieron todos quién mandaba allí.
Nadie habló. El
viento sopló aún más fuerte. Los guardias en las murallas se gritaban
maquinalmente. El golpeteo de las gotas sobre los cristales de las ventanas de
marcos de plomo se convirtió en un furioso staccato.
-Nilfgaard mira y
espera - siguió Meve arrastrando las palabras y jugueteando con su collar-.
Nilfgaard observa. Algo hay en el ambiente, en muchas cabezas nacen
pensamientos idiotas. Y por eso les vamos a enseñar a todos de lo que somos
capaces. Les vamos a enseñar quién de verdad es el rey aquí. ¡Haremos temblar
las murallas del castillo sumido en el marasmo del invierno!
-Aplastaremos a los
Ardillas -dijo rápido Henselt-. Comenzaremos una gran operación militar común.
Les daremos a los inhumanos un baño de sangre. ¡Que el Pontar, el Gwenllech y
el Buina lleven la sangre de los elfos desde sus fuentes hasta la desembocadura!
-Abatir con una
expedición de castigo a los elfos libres de Dol Blathanna - añadió Demawend,
arrugando la frente-. Enviar un cuerpo de intervención a Mahakam. Permitir por
fin a Ervyll de Verden que se lance contra las dríadas. ¡Sí, un baño de sangre!
¡Y los que sobrevivan, a las reservas con ellos!
-Azuzar a Crach an
Craite contra las costas nilfgaardianas -continuó Vizimir-. Apoyarlo con la
flota de Ethain de Cidaris, ¡que llenen de fuego desde el Yaruga hasta Ebbing!
Una demostración de fuerza...
-Poco. - Foltest
meneó la cabeza-. Todo eso es demasiado poco. Hay que... Sé lo que hay que
hacer.
-¡Habla entonces!
-Cintra.
-¿Qué?
-Quitarles Cintra a
los nilfgaardianos. Forzaremos el Yaruga, golpearemos primero. Ahora, cuando no
se lo esperan. Los expulsaremos de vuelta a Marnadal.
-¿De qué forma?
Acabamos de decir que el ejército no puede cruzar el Yaruga...
-El de Nilfgaard.
Pero nosotros controlamos el río. Tenemos en el puño la desembocadura, los
caminos de aprovisionamiento, tenemos el flanco cubierto por Skellige, Cidaris
y las fortalezas de Verden. Para Nilfgaard el hacer cruzar el río a cuarenta o
cincuenta mil soldados es un esfuerzo considerable. Nosotros podemos enviar a
la orilla izquierda del río muchos más. No abras así la boca, Vizimir. ¿No
querías algo que interrumpiera la espera? ¿Algo espectacular? ¿Algo que de
nuevo haga de nosotros verdaderos reyes? Ese algo será Cintra. Cintra nos
consolidará, porque Cintra es un símbolo. ¡Recordad Sodden! Si no hubiera sido
por la masacre de la ciudad y la muerte heroica de Calanthe, no habría habido
tal victoria. Las fuerzas estaban igualadas, nadie contaba con que los
destrozaríamos así.
Pero nuestros
ejércitos se les echaron a las gargantas como lobos, como perros rabiosos, para
vengar a la Leona de Cintra. Y los hay a los que no les calmó la rabia la
sangre derramada en el campo de Sodden. ¡Recordad a Crach an Craite, el Jabalí
del Mar!
-Es cierto -afirmó
Demawend-. Crach juró tomar sangrienta venganza de Nilfgaard. Por Eist
Tuirseach, muerto en Marnadal. Y por Calanthe. Si atacáramos la orilla
izquierda, Crach nos apoyaría con toda la fuerza de Skellige. ¡Por los dioses,
el plan tiene posibilidades de éxito! ¡Apoyo a Foltest! ¡No esperaremos,
atacaremos primero, liberaremos Cintra, expulsaremos a los hijos de puta al
otro lado del paso de Amell!
-Tranquilo -ladró
Henselt-. No os deis tanta prisa en vender la piel del oso, porque el oso
todavía no está muero. Esto para empezar. Lo segundo, si atacamos primero nos
colocamos en la posición de agresores. Quebraremos el armisticio que nosotros
mismos sancionamos con nuestros sellos. No nos apoyarán Niedamir y su Liga, no
nos apoyará Esterad Thyssen. No sé como se comportará Ethain de Cidaris. A una
guerra de agresión se opondrán nuestros gremios, mercaderes, nobles... Y sobre
todo los hechiceros. ¡No olvidéis a los hechiceros!
-Los hechiceros no
apoyarán un ataque contra la orilla izquierda -afirmó Vizimir -. El armisticio
fue obra de Vilgefortz de Roggeveen. Es sabido que en sus planes el armisticio
tenía que ir dando nacimiento gradualmente a una paz duradera. Vilgefortz no
apoyará una guerra. Y el Capítulo, podéis creerme, hará lo que quiera
Vilgefortz. Después de Sodden él es el primero en el Capítulo, otros magos
pueden decir lo que quieran pero el primer violín lo toca Vilgefortz.
-Vilgefortz,
Vilgefortz -se indignó Foltest-. Demasiado se nos ha crecido el mago éste.
Comienza a molestarme el tener que contar con los planes de Vilgefortz y el
Capítulo, planes que además ni conozco ni entiendo. Pero también para esto hay
solución, señores. ¿Y si fuera Nilfgaard quien agrediera? ¿Por ejemplo en Dol
Angra? ¿En Aedirn y Lyria? Podríamos de algún modo organizar esto...
Escenificarlo... Alguna pequeña provocación... ¿Un incidente fronterizo que
fuera culpa suya? ¿Digamos, por ejemplo, un ataque a un fortín de la frontera?
Por supuesto, estaremos dispuestos, reaccionaremos con decisión y con fuerza,
aceptados por todos, incluso por Vilgefortz y el resto del Capítulo de los
Hechiceros. Y entonces, cuando Emhyr var Emreis desvíe la mirada de Sodden y
Tras Ríos, los cintrianos se acordarán de su país. Exiliados y refugiados, que
se organizan en Brugge bajo el mando de Vissegerd. Son cerca de ocho mil
hombres armados. ¿Si puede haber mejor punta de lanza? Ellos viven con la
esperanza de recuperar el país del que tuvieron que huir. Rabian por entrar en
combate. Están listos a atacar la orilla izquierda. Sólo esperan una señal.
-Una señal -afirmó
Meve- y la promesa de que se les apoyará. Porque de ocho mil hombres Emhyr es
capaz de dar cuenta sólo con la fuerza de las guarniciones fronterizas, no
tendría siquiera que enviar refuerzos. Vissegerd bien lo sabe, no se moverá
hasta que no obtenga la seguridad de que detrás de él en la orilla izquierda
desembarcará tu ejército, Foltest, apoyado por los destacamentos redanos. Pero
sobre todo Vissegerd espera a la Leoncilla de Cintra. Al parecer, la nieta de
Calanthe se salvó de la carnicería. Parece ser que alguien la vio entre los que
escapaban pero luego la niña desapareció misteriosamente. Los exiliados la
buscan con obstinación...
Porque necesitan
para el trono recobrado de Cintra a alguien de sangre real. De la sangre de
Calanthe.
-Tonterías -dijo
Foltest-. Han pasado más de dos años. Si la cría no ha aparecido hasta ahora
quiere decir que está muerta. Podemos olvidar esta leyenda.
No existe ya
Calanthe, no existe ninguna Leoncilla, no hay sangre real a la que le
pertenezca el trono. Cintra... no será nunca más lo que fue mientras vivía la
Leona. Por supuesto, esto no hay que decírselo a los exiliados de Vissegerd.
-¿Mandarás entonces
a los partisanos de Cintria a la muerte? -Meve entrecerró los ojos-. ¿A primera
línea? ¿Sin decirles que Cintra sólo resucitará como país vasallo, bajo tu
autoridad? ¿Nos propones a todos que ataquemos a Cintra... para ti? Te has
hecho con Sodden y Brugge, te afilas las uñas para Verden... Y olfateas ahora
Cintra, ¿verdad?
-Reconócelo,
Foltest -ladró Henselt-. ¿Tiene razón Meve? Entonces, ¿por qué nos metes en
esta historia?
-Tranquilizaos. -El
señor de Temeria arrugó su noble mirada, se indignó -. No me convirtáis en un
conquistador que sueña con imperios. ¿De qué se trata? ¿De Sodden y Brugge?
Ekkehard de Sodden era hermano natural de mi madre. ¿Os extraña que después de
su muerte los Estados Libres me trajeran la corona a mí, su pariente? ¡La
sangre no es agua! ¡Y Venzlav de Brugge me rindió homenaje de vasallo, pero sin
ser obligado! ¡Lo hizo para proteger el país! ¡Porque en los días claros ve el
brillo de las lanzas nilfgaardianas en la orilla izquierda del Yaruga!
-Nosotros
precisamente hablamos de esa orilla izquierda -refunfuñó la reina de Lyria-. De
la orilla a la que tenemos que atacar. Y la orilla izquierda es Cintra.
Destruida, abrasada, arruinada, diezmada, ocupada... pero todavía Cintra. Los
cintrianos no te traerán a ti la corona, Foltest, ni te rendirán homenaje.
Cintra no accederá a ser un país vasallo. ¡La sangre no es agua!
-Cintra, si yo...
si nosotros la liberamos, debe convertirse en nuestro protectorado común -dijo
Demawend de Aedirn-. Cintra es la desembocadura del Yaruga, un punto
estratégico demasiado importante para que podamos permitirnos perder el control
sobre él.
-Debe ser un país
libre -protestó Vizimir-. Libre, independiente y fuerte. ¡Un país que sea la
puerta de hierro, el baluarte del norte, y no un cinturón de tierra quemada
sobre el que la caballería nilfgaardiana pueda tomar impulso!
-¿Acaso es posible
construir una Cintra así? ¿Sin Calanthe?
-No te excites,
Foltest. -Meve abrió los labios- . Ya te he dicho, los cintrianos jamás
aceptarán un protectorado ni sangre ajena en el trono. Si intentas imponerte a
ti como su señor, la situación dará la vuelta. Vissegerd de nuevo organizará
destacamentos para luchar, pero esta vez bajo la protección de Emhyr. Y cierto
día esos destacamentos se lanzarán sobre nosotros como la vanguardia del asalto
de Nilfgaard. Como punta de lanza, como te has expresado antes tan
gráficamente.
- Foltest lo sabe
-bufó Vizimir-. Por eso busca tan obstinadamente a la Leoncilla, la nieta de
Calanthe. ¿No lo entendéis? La sangre no es agua, la corona por el matrimonio.
Basta que encuentre a la muchacha y la obligue a casarse con él...
-¿Te has vuelto
loco? -estalló el rey de Temeria -. ¡La Leoncilla está muerta! No he hecho
buscar a la muchacha, pero incluso si... En mi cabeza ni siquiera cabría el
pensamiento de obligarla a nada...
- No tendrías que
obligarla -le interrumpió Meve luciendo una sonrisa llena de gracia-.
Todavía eres un
hombretón muy guapo, primo. Y por las venas de la Leoncilla corre la sangre de
Calanthe. Una sangre muy caliente. Conocí a Cali cuando era joven. Si veía a un
muchacho, se le iban los pies de tal forma que, si se le hubieran acercado unas
ramas secas, hubieran echado a arder con vivas llamas. Su hija, Pavetta, la
madre de la Leoncilla: más de lo mismo. Así que seguro que la muchacha también
es palo de tal astilla. Un pequeño esfuerzo, Foltest, y la muchacha no se
resistiría mucho. Con ello cuentas, reconócelo.
-Seguro que cuenta
con ello -se rió Demawend a grandes carcajadas-. ¡Pero vaya un plan ingenioso
que se nos había preparado el reyecito! Atacamos la orilla izquierda, pero
antes de que nos demos cuenta, nuestro Foltest encuentra y conquista el corazón
de la doncella, tendrá una mujercita bien moza a la que sentará en el trono de
Cintra y sus gentes llorarán de alegría y se tirarán peos en los calzoncillos
de felicidad. Tendrán por fin a su reina, sangre de la sangre y huesos de los
huesos de Calanthe. Tendrán una reina... sólo que junto con un rey. El rey
Foltest.
-¡Pero cuidado que
decís gilipolleces! -gritó Foltest, enrojeciendo y palideciendo sucesivamente-.
¿Es que os han dado un palo en la crisma? ¡En lo que decís no hay ni pizca de
sentido!
-En ello hay mucho
sentido -dijo seco Vizimir-. Porque yo sé que alguien busca desesperadamente a
esa niña. ¿Quién, Foltest?
-¡Está claro!
¡Vissegerd y los cintrianos!
-No, no son ellos.
O al menos no sólo. Alguien más. Alguien cuyo camino lo riegan cadáveres.
Alguien que no retrocede ante el chantaje, el soborno ni la tortura...
Ya que hablamos de
ellos, ¿acaso un señor llamado Rience está al servicio de alguno de vosotros?
Ja, por vuestros gestos veo que o no es así o no lo reconocéis, lo que es
igual. Repito: a la nieta de Calanthe la buscan y la buscan en forma que da que
pensar. ¿Quién la busca, repito?
-¡Por Belcebú!
-Foltest golpeó con el puño en la mesa-. ¡No soy yo! ¡Ni entra en mi cabeza
casarme con ninguna cría por no sé qué trono! Pues si yo...
-Pues si tú desde
hace cuatro años vives en secreto con la baronesa La Valette -sonrió de nuevo
Meve- . Os amáis como dos palomos, estáis esperando a que el viejo barón estire
la pata por fin. ¿Por qué miras así? Todos lo sabemos. ¿Para qué piensas que pagamos
a los espías? Pero por el trono de Cintra, primo, más de un rey estaría
dispuesto a sacrificar su felicidad personal...
-Espera. -Henselt
se rascó con fuerza la barba-. Más de un rey, decís. Entonces dejad por un
momento en paz a Foltest. Hay otros. En su momento Calanthe quería casar a su
nieta con el hijo de Ervyll de Verden. Puede que Ervyll también olfatee Cintra.
Y no sólo él...
-Humm... -murmuró
Vizimir-. Es cierto. Ervyll tiene tres hijos... ¿Y qué decir de los aquí
presentes que también poseen descendencia del género masculino? ¿Eh? ¿Meve?
¿Acaso no nos estás echando jabón a los ojos?
-A mí me podéis
excluir. -La reina de Lyria adoptó una sonrisa aún más graciosa-. Por el mundo
pululan, cierto, dos vástagos míos... Fruto del olvido producido por la
voluptuosidad ... Si no los han colgado ya, claro. Dudo que de pronto alguno de
ellos quisiera reinar. No tenían para ello ni predisposición ni inclinaciones.
Ambos eran más
tontos incluso que su padre, que en paz descanse. Quien conociera a mi difunto
marido sabe lo que esto significa.
- Cierto -dijo el
rey de Redania-. Yo lo conocí. ¿De verdad que tus hijos son más tontos? Joder,
pensaba que no se podía ser más tonto... Perdona, Meve...
-No es nada,
Vizimir.
-¿Quién más tiene
hijos?
-Tú, Henselt.
-¡Mi hijo está
casado!
-¿Y para qué está
el veneno? Por el trono de Cintra, como alguien sabiamente ha dicho aquí, más
de uno sacrificaría su felicidad personal. ¡Valdría la pena!
-¡No me hacen
gracia tales insinuaciones! ¡Y déjame en paz! ¡Otros también tienen hijos!
-Niedamir de
Hengfors tiene dos. Y él mismo es viudo. No es muy viejo. No olvidemos tampoco
a Esterad Thyssen de Kovir.
-Yo los excluiría
-negó Vizimir-. La Liga de Hengfors y Kovir planean una alianza dinástica entre
ellos. Cintra y el sur no les interesan. Humm... Pero Ervyll de Verden ... Lo
tiene cerca.
-Hay alguien más
que también lo tiene cerca -advirtió de pronto Demawend. -¿Quién?
-Emhyr var Emreis.
No está casado. Y es más joven que tú, Foltest.
-Maldita sea. -El
rey de Redania arrugó la frente-. Si esto fuera verdad... ¡Emhyr nos jodería
bien! Está claro, el pueblo y la nobleza de Cintra irán siempre detrás de la
sangre de Calanthe. ¿Imagináis lo que pasaría si Emhyr atrapara a la Leoncilla?
¡Coño, lo que nos faltaba! ¡Reina de Cintra y emperatriz de Nilfgaard!
-¡Emperatriz!
-resopló Henselt -. De verdad exageras, Vizimir. ¿Para qué necesita Emhyr a la
muchacha, para qué diablos se va a casar? ¿Por el trono de Cintra? ¡Emhyr ya
tiene Cintra! ¡Conquistó el país y lo convirtió en una provincia nilfgaardiana!
¡Está sentado en el trono con todo el culo y aún tiene suficiente sitio para
removerse!
-En primer lugar
-advirtió Foltest -, Emhyr gobierna Cintra con el derecho, o mejor con la falta
de él, del agresor. Si tuviera a la muchacha y se casara con ella podría reinar
legalmente. ¿Entiendes? Un Nilfgaard que se enlaza por matrimonio con la sangre
de Calanthe ya no es el Nilfgaard invasor contra el que se afila las uñas todo
el sur. Es un Nilfgaard vecino, con el que hay que contar. ¿Cómo querrías
expulsar tal Nilfgaard detrás de Marnadal, detrás del paso de Amell? ¿Atacando
un reino en cuyo trono se sienta legalmente la Leoncilla, nieta de la Leona de
Cintra? ¡Voto a bríos! No se quién busca a esa niña. Yo no la buscaba. Pero os
anuncio que comenzaré ahora mismo. Todavía pienso que la muchacha está muerta
pero no nos podemos permitir el riesgo. Resulta que es un personaje demasiado
importante. ¡Si sobrevivió, tenemos que encontrarla!
-¿Arreglamos ya con
quién la vamos a casar si la encontramos? -dijo Henselt-. Tales asuntos no
debieran dejarse al azar. Podríamos también entregársela a los partisanos de
Vissegerd como estandarte, atada a una larga alcándara, que la lleven al frente
cuando ataquen aquella orilla.
Pero si la Cintra
recuperada ha de servirnos a todos... Creo que sabéis de lo que se trata. Si
atacamos a Nilfgaard y recuperamos Cintra, podremos sentar a la Leoncilla en el
trono. Pero la Leoncilla sólo puede tener un marido. Un marido que sea el que cuide
de nuestros intereses en la desembocadura del Yaruga. ¿Quién de los presentes
se ofrece voluntario?
-Yo no -se burló
Meve-. Renuncio al privilegio.
-Y yo no excluiría
a los que no están presentes -dijo serio Demawend-. Ni a Ervyll, ni a Niedamir
ni a los Thyssen. Y el tal Vissegerd, tenedlo presente, puede sorprenderos y
hacer un uso inesperado del estandarte atado a una larga alcándara. ¿Habéis oído
hablar de los matrimonios morganáticos? ¡Vissegerd es viejo y feo como una
mierda de vaca, pero si atiborra a la Leoncilla con una decocción de absenta y
damiana puede que se enamore de él inesperadamente! Señores, ¿entra en nuestros
planes un rey Vissegerd?
-No -murmuró
Foltest-. En los míos no.
-Humm... -Vizimir
vaciló-. En los míos tampoco. Vissegerd es herramienta y no socio, y ése es el
papel que tiene que interpretar en nuestros planes de ataque a Nilfgaard.
Además, si el que tan obstinadamente busca a la muchacha es Emhyr var Emreis,
no podemos arriesgarnos.
-No podemos en
absoluto -confirmó Foltest-. La Leoncilla no puede caer en manos de Emhyr. No
puede caer en las de nadie... en las manos inadecuadas... viva.
-¿Infanticidio?
-Meve frunció el ceño -. Una solución muy fea, señores reyes. Indigna. Y creo
innecesariamente drástica. Primero encontraremos a la muchacha, porque aún no
la tenemos. Y cuando la encontremos, me la dais a mí. La esconderé durante dos
años en algún castillo en las montañas, la casaré con alguno de mis caballeros.
Cuando la veáis de nuevo tendrá ya dos niños y, oh, una tripa así.
-Es decir, si he
contado bien, por lo menos tres posibles pretendientes y usurpadores más.
-Vizimir movió la cabeza- . No, Meve. Es de verdad feo, pero la Leoncilla, si
sobrevivió, ahora tiene que morir. Es razón de estado. ¿Señores?
La lluvia golpeaba
contra la ventana. Entre las torres del castillo de Hagge aullaba el viento.
Los reyes callaban.
-Vizimir, Foltest,
Demawend, Henselt y Meve -repitió el mariscal-. Se han reunido en secreto en el
castillo de Hagge en el Pontar. Deliberaron secretamente.
-Vaya un simbolismo
-dijo, sin volverse, un hombre delgado, moreno, con un caftán de alce que tenía
señales de cerrojos de armadura y manchas de herrumbre-. Precisamente al pie de
Hagge, no hace todavía cuarenta años, Virfuril venció al ejército de Medell,
fortaleciendo su poder en el valle del Pontar y trazando la frontera actual
entre Aedirn y Temeria. Y hoy, mira, Demawend, hijo de Virfuril, invita a Hagge
a Foltest, hijo de Medell, y para completar se trae también a Vizimir de
Tretogor, Henselt de Ard Carraigh y a la viudita alegre de Meve de Lyria. Se
encuentran y deliberan en secreto. ¿Imaginas sobre qué deliberan, Coehoorn?
- Me lo imagino
-dijo el mariscal. No dijo ni una palabra más. Sabía que el hombre que estaba
vuelto de espaldas no soportaba que nadie alardeara en su presencia de
elocuencia, así que sólo comentó los hechos.
-No invitaron a
Ethain de Cidaris. -El hombre del caftán de alce se volvió, puso las manos a la
espalda, anduvo lentamente desde la ventana a la mesa y de vuelta-. Ni a Ervyll
de Verden. No invitaron a Esterad Thyssen ni a Niedamir. Esto quiere decir que
están muy seguros o muy inseguros. No invitaron a nadie del Capítulo de los
Hechiceros. Interesante. Y significativo. Coehoorn, intenta que los hechiceros
se enteren de estas deliberaciones. Que sepan que sus monarcas no les tratan
como iguales. Me da la sensación de que los hechiceros del Capítulo tenían sus
dudas a este respecto. Deshazlas.
-A la orden.
-¿Hay nuevas de
Rience?
-Ninguna.
El hombre se detuvo
junto a la ventana, estuvo allí de pie largo tiempo, viendo a la lluvia mojar
las cumbres de las montañas. Coehoorn esperó, apretando y aflojando
nerviosamente la mano apoyada sobre el pomo de la espada. Se temía que se iba a
ver obligado a escuchar un largo monólogo. El mariscal sabía que el hombre que
estaba de pie junto a la ventana consideraba tales monólogos como
conversaciones, y las conversaciones como honor y muestra de confianza. Lo
sabía, pero seguía sin gustarle escuchar monólogos.
-¿Qué te parece
este país, virrey? ¿Has conseguido ya amar tu nueva provincia?
Dio un respingo,
sorprendido. No se esperaba esta pregunta. Pero no se lo pensó demasiado. La
falta de sinceridad y la indecisión podían costar muy caro.
-No, vuestra
majestad. No la amo. Este país es tan... siniestro.
-Antes era distinto
-respondió el hombre, sin volverse-. Y será distinto algún día. Lo verás. Verás
aún una hermosa y alegre Cintra, Coehoorn. Te lo prometo. Pero no te
entristezcas. No te voy a retener aquí mucho tiempo. Algún otro asumirá el
virreinato de la provincia. Tú me vas a ser necesario en Dol Angra. Te irás
inmediatamente después de sofocar la rebelión. Necesito a alguien responsable
en Dol Angra. Alguien que no se deje provocar. La viudita alegre de Lyria o
Demawend...
Querrán
provocarnos. Te llevarás una muestra de jóvenes oficiales. Enfriarás sus
cabezas calientes. Os dejaréis provocar cuando yo dé la orden. No antes.
-¡Así será!
Desde la antecámara
les alcanzó el sonido de las armas y las espuelas, voces alzadas. Llamaron a la
puerta. El hombre del caftán de alce se volvió hacia la ventana, hizo un gesto
de aprobación con la cabeza. El mariscal se inclinó ligeramente, salió.
El hombre volvió a
la mesa, se sentó, inclinó la cabeza sobre los mapas. Los miró largo tiempo, al
fin apoyó la frente sobre las manos unidas. El enorme brillante de su anillo
estalló en miles de fuegos a la luz de las velas.
-¿Vuestra majestad?
-La puerta chirrió levemente.
El hombre no varió
su posición. Pero el mariscal advirtió que las manos le temblaban. Lo reconoció
por el reflejo del brillante. Despacio y con precaución cerró la puerta detrás
de sí.
-¿Noticias,
Coehoorn? ¿De Rience?
-No, vuestra
majestad. Pero buenas noticias. La rebelión en las provincias ha sido sofocada.
Destrozamos a los rebeldes. Sólo unos pocos consiguieron escapar hasta Verden.
Tenemos a su caudillo, el duque Windhalm de Attre.
-Bien -dijo al cabo
el hombre, con la cabeza todavía apoyada en las manos-. Windhalm de Attre...
Mándalo decapitar. No ... Decapitar no. Ejecutar de otro modo. Espectacular,
largo y cruel. Y en público, se entiende. Es necesario un castigo ejemplar.
Algo que asuste a otros. Pero, por favor, Coehoorn, ahórrame los detalles. En
los informes no tienes que entretenerte en descripciones pintorescas. No
encuentro placer en ello.
El mariscal movió
la cabeza, tragó saliva. Él tampoco encontraba placer en ello. Ningún placer en
absoluto. Tenía la intención de dejar la preparación y la ejecución del castigo
a los especialistas. No tenía ninguna intención de preguntar por los detalles.
Ni mucho menos estar presente en ella.
-Estarás presente
en la ejecución. -El hombre alzó la cabeza, tomó una carta de la mano, puso el
sello-. Oficialmente. Como virrey de la provincia de Cintra. Me sustituirás. Yo
no tengo intenciones de contemplarlo. Es una orden, Coehoorn.
-¡Así será! -El
mariscal ni siquiera intentó esconder su disgusto y turbación. Ante el hombre
que había dado las órdenes no se debía ocultar nada. Y raramente alguien lo
conseguía.
El hombre miró a la
carta abierta, casi inmediatamente la echó al fuego, a la chimenea.
-Coehoorn.
-¿Sí, vuestra
majestad?
-No voy a esperar
al informe de Rience. Despierta a los magos, que preparen una telecomunicación
con el punto de contacto de Redania. Que transmitan mi orden verbal que debe
ser inmediatamente llevada a Rience. El contenido de la orden es el siguiente:
Rience tiene que dejarse de hacer encaje de bolillos, que se deje de entretener
con el brujo. Porque esto puede acabar mal. No se puede uno entretener con el
brujo. Yo lo conozco, Coehoorn. Él es demasiado inteligente como para conducir
a Rience a la pista. Repito, Rience tiene que organizar inmediatamente un
atentado, tiene que eliminar inmediatamente de este juego al brujo. Matarlo. Y
luego desaparecer, esconderse y esperar órdenes. Y si cayera antes en la pista
de la hechicera, ha de dejarla en paz. A Yennefer no le puede caer un pelo de
la cabeza. ¿Lo has aprendido, Coehoorn?
-Sí.
- La
telecomunicación ha de ser cifrada y sólidamente asegurada contra lecturas
mágicas. Advierte a los hechiceros de esto. Si hacen una chapuza, si personas
inadecuadas se enteran del contenido de esta orden, les haré responsables.
-Así será. -El
mariscal carraspeó, se incorporó.
-¿Qué más,
Coehoorn?
-El conde... Ya
está aquí, vuestra majestad. Ha venido conforme vuestras órdenes.
-¿Ya? -sonrió el
hombre- . Una prisa digna de elogio. Tengo la esperanza de que no ha reventado
ese caballo prieto que todos le envidian. Que entre.
-¿He de estar
presente en la conversación, vuestra alteza?
El caballero al que
hicieron venir desde la antesala entró en la habitación con paso enérgico,
poderoso y ruidoso, envuelto en chirridos de la armadura negra. Se detuvo, se
enderezó con orgullo, se retiró de los hombros una capa negra que estaba mojada
y salpicada de barro, colocó la mano sobre la empuñadura de una potente espada.
Apoyó en la cadera el yelmo negro adornado con las alas de un ave de rapiña.
Coehoorn miró al rostro del caballero. Encontró en él un orgullo descarado,
áspero y militar. No encontró nada de lo que se debiera encontrar en el rostro
de un hombre que acababa de pasar los últimos dos años en una torre, en un
lugar del que, como todo apuntaba, sólo se podía salir para ir al cadalso. El
mariscal se sonrió por debajo de su bigote. Sabía que el desprecio a la muerte
y la valentía irracional de los jovenzuelos surgía exclusivamente de su falta
de imaginación. Lo sabía perfectamente. Él mismo fue alguna vez un jovenzuelo
así.
El hombre que se
sentaba a la mesa apoyó la barbilla en las manos, miró con atención al
caballero. El jovenzuelo se tensó como una cuerda.
-Para que todo esté
claro -le dijo el hombre de detrás de la mesa- , has de saber que el error que
cometiste en este lugar hace dos años, por lo menos no te ha sido perdonado.
Recibirás todavía otra oportunidad. Te daré aún otra orden. De la forma en que
la ejecutes dependerá mi decisión en lo que respecta a tu suerte.
El rostro del joven
caballero ni siquiera tembló, no temblaron tampoco las plumas de las alas del
yelmo que tenía apoyado en el muslo.
-Nunca engaño a
nadie, nunca doy a nadie falsas esperanzas - siguió el hombre-. Así que has de
saber que tienes unas ciertas perspectivas de salvar tu cuello del hacha del
verdugo, si, por supuesto, esta vez no cometes ningún error. De un indulto
completo tienes pocas probabilidades. De obtener mi perdón y mi olvido...
ninguna.
El joven caballero
de la negra armadura tampoco esta vez tembló, pero Coehoorn percibió el brillo
de sus ojos. No le cree, pensó. No le cree y se hace ilusiones. Comete un grave
error.
-Te ordeno completa
atención - siguió el hombre de detrás de la mesa-. También a ti, Coehoorn.
Porque también a ti te conciernen las órdenes que voy a dar dentro de un
instante. Dentro de un instante. Ahora tengo que reflexionar sobre su forma y
contenido.
El mariscal Menno
Coehoorn, virrey de la provincia de Cintra y futuro caudillo principal del
ejército de Dol Angra, alzó la cabeza, se puso en tensión con la mano sobre el
pomo de la espada. El caballero de la armadura negra y el yelmo adornado con
las alas de un ave de rapiña adoptó la misma postura. Ambos esperaron. En
silencio. Pacientemente. Como se debían de esperar las órdenes sobre cuyos
contenido y forma reflexionaba el emperador de Nilfgaard, Emhyr var Emreis,
Deithwen Adda yn Carn aep Morvudd, el Fuego Blanco que Baila sobre los Túmulos
de sus Enemigos.
Ciri se despertó.
Yacía, o mejor
dicho, estaba medio sentada, con la cabeza más bien alta, apoyada en unos
cuantos almohadones. La compresa que tenía en la frente estaba ya templada y
apenas húmeda. Se la quitó, no podía soportar el desagradable peso y el picor
en la piel. Respiraba con esfuerzo. Tenía la garganta seca, la nariz casi
completamente bloqueada con coágulos de sangre. Pero los elixires y los
encantamientos ya habían funcionado: el dolor, que unas horas antes ofuscaba la
vista y hacía estallar el cráneo, había desaparecido, cedido, sólo había
quedado de él un latido sordo y una sensación de opresión en las sienes.
Tocó cautelosamente
la nariz con el dorso de la mano. Ya no sangraba.
Vaya un sueño más
extraño, pensó. El primer sueño desde hace tantos días. El primero del que no
he tenido miedo. Era... un observador. Veía todo como desde una montaña, desde
una alta... Como si fuera un pájaro... Un pájaro nocturno...
Un sueño en el que
he visto a Geralt.
En el sueño era de
noche. Y caía la lluvia, que inundaba las regueras de las calles, resonaba en
las tejas de madera de los tejados, en los bálagos de los techos de las chozas,
brillaba en las tablas de los puentes y pasarelas, en las cubiertas de las barcas
y los botes... Y allí estaba Geralt. No estaba solo. Con él estaba un hombre
con un gracioso sombrerillo con una pluma que caía hacia abajo de tan mojada
que estaba. Y una mujer muy delgada con una capa verde con capucha ... Los tres
andaban despacio y con cautela por un puente totalmente húmedo... Y yo los veía
desde arriba. Como si fuera un pájaro. Un pájaro nocturno...
Geralt se detuvo.
Está lejos todavía, preguntó. No, dijo la muchacha delgada, agitando su abrigo
verde para expulsar el agua. Ya casi estamos... Eh, Jaskier, no te quedes atrás
o te perderás en estos callejones... ¿Y dónde diablos está Filippa? La he visto
hace un momento, volaba entre los canales... Vaya un tiempo asqueroso... Vamos.
Condúcenos, Shani. Y entre nosotros, ¿de qué conoces a ese curandero?
¿Qué te une a él?
A veces le vendo
medicamentos que siso del laboratorio de la universidad. ¿Por qué me miras así?
Mi padrastro apenas paga la matrícula... A veces necesito una perrillas... Y el
curandero, si tiene medicinas de verdad, cura a la gente... O por lo menos no
los envenena... Venga, vamos allá.
Un sueño extraño,
pensó Ciri. Una pena que me despertara. Me hubiera gustado saber qué iba a
pasar después... Me gustaría saber qué es lo que hacen allí. A dónde van...
Desde la habitación
de al lado le alcanzaron voces, voces que eran las que le habían despertado.
Madre Nenneke hablaba rápido, estaba claramente excitada, nerviosa y enfadada.
Has roto mi confianza, decía. No debiera haberlo permitido. Debiera haber imaginado
que tu antipatía hacia ella conduciría a una desgracia. No debiera haberte
permitido... Porque al fin y al cabo te conozco. Eres implacable, eres cruel, y
para colmo resulta que eres también una irresponsable y una imprudente.
Torturas sin piedad a esta niña, la obligas a esfuerzos que ella no es capaz de
realizar. No tienes corazón.
De verdad no tienes
corazón, Yennefer.
Ciri aguzó el oído,
quería escuchar la respuesta de la hechicera, su voz fría, dura y sonora.
Quería escuchar cómo reaccionaba, cómo se burlaba de la suma sacerdotisa, cómo
se reía de su exagerado proteccionismo. Cómo decía lo que acostumbraba a decir:
que ser hechicera no es cosa de poca monta, que no es tarea para señoritas de
porcelana, para pollitas de piel fina. Pero Yennefer respondió en voz baja. Tan
baja que la muchacha no sólo no fue capaz de entenderla, sino que ni siquiera
pudo diferenciar unas palabras de otras.
Me dormiré, pensó,
masajeándose con cuidado y delicadeza la nariz, aún sensible y dolorida,
obstruida con coágulos de sangre. Volveré a mi sueño. Veré lo que hace Geralt,
allí, en la noche, bajo la lluvia, junto al canal...
Yennefer la llevaba
de la mano. Andaban las dos por un largo y oscuro pasillo, entre columnas de
piedra, o quizás fueran estatuas, Ciri no podía descifrar las formas en la
densa oscuridad. Pero en las tinieblas había alguien, alguien estaba escondido
en ellas y las observaba mientras andaban. Escuchó susurros, bajitos como el
rumor del viento.
Yennefer la llevaba
de la mano, andaba con rapidez y seguridad, completamente decidida, tanto, que
Ciri apenas podía seguirla. Ante ellas se abrían las puertas. Sucesivamente.
Una detrás de la otra. Un número interminable de puertas de hojas gigantescas y
pesadas que se abrían ante ellas sin hacer ruido.
La oscuridad se
hizo más densa. Ciri vio ante ella una puerta más. Yennefer no aflojó el paso,
aunque Ciri supo de pronto que esta puerta no se abriría sola. Y de pronto le
asaltó la terrible seguridad de que no se debía abrir esta puerta. Que no se
debía atravesarla. Que tras esta puerta algo la está esperando...
Se detuvo, intentó
soltarse, pero la mano de Yennefer era fuerte e inflexible, la arrastró
implacablemente hacia adelante. Y Ciri comprendió por fin que había sido
traicionada, engañada, vendida. Que siempre, desde el primer encuentro, desde
el primer día, había sido sólo una marioneta, una muñeca en un palito. Tiró
para liberarse aún con más fuerza, soltó la mano. La oscuridad ondulaba como
humo, los susurros en la oscuridad desaparecieron de pronto. La hechicera dio
un paso hacia adelante, se detuvo, se volvió, la miró.
Si tienes miedo,
vuélvete.
No se debe abrir
esa puerta. Tú lo sabes.
Lo sé.
Y sin embargo me
conduces allí.
Si tienes miedo,
vuélvete. Aún tienes tiempo para volver. Aún no es demasiado
tarde.
¿Y tú?
Para mí ya es
tarde.
Ciri miró hacia
atrás y, pese a las omnipresentes tinieblas, vio la puertas que ya habían
atravesado, una larga y lejana perspectiva. Y desde allí, de lejos, en la
oscuridad, escuchó...
El golpeteo de los
cascos. El chirrido de una armadura negra. Y el rumor de las alas de un ave de
presa. Y una voz. Una voz bajita que se introducía en el cráneo...
Te confundiste.
Confundiste el cielo con las estrellas reflejadas por la noche en la superficie
de un estanque.
Se despertó. Alzó
bruscamente la cabeza, se le cayó la compresa, nueva, húmeda y fría. Estaba
bañada en sudor, en las sienes de nuevo le latía y le pulsaba un dolor sordo.
Yennefer estaba sentada junto a ella en la cama. Tenía la cabeza vuelta hacia
otro lado, de modo que Ciri no veía su rostro. Veía sólo la tormenta de sus
cabellos negros.
-Tuve un sueño...
-susurró Ciri-. En el sueño...
-Lo sé -dijo la
hechicera con una voz extraña, ajena-. Por eso estoy aquí. Estoy junto a ti.
Al otro lado de la
ventana, en la oscuridad, la lluvia susurraba en las hojas de los árboles.
-Voto a bríos
-ladró Jaskier, tirando el agua del ala de su sombrero, empapado por la
lluvia-. No es una casa, es una verdadera fortaleza. ¿De qué tiene tanto miedo
este curandero que se ha atrincherado así?
Barcas y botes,
amarrados a la orilla, se balanceaban perezosamente en el agua rizada por la
lluvia, entrechocaban con sordos golpes, rechinaban, tiraban de las cadenas.
-Es el barrio
portuario -aclaró Shani -. No faltan aquí bandoleros ni hampones, tanto locales
como forasteros. Mucha gente acude a Myhrman, le traen dinero... Todos lo
saben. Así como que vive solo. Por eso toma sus medidas. ¿Os asombráis?
-Ni una pizca. -
Geralt miró la casa construida sobre palos clavados en el fondo del canal a
unas cinco brazas de la orilla-. Estoy pensando en cómo llegar a esa isla, a
esa choza acuática. Creo que vamos a tener que tomar prestada alguna de estas
barcas...
-No hay necesidad
-dijo la médica-. Allí hay un puente levadizo.
-¿Y cómo vas a
convencer al curandero de que te lo baje? Aparte de eso hay unas puertas, y nos
hemos olvidado el ariete...
-Dejádmelo a mí.
La gran lechuza
gris aterrizó sin un sonido en la barandilla de la plataforma, sacudió las
alas, se encogió y se transformó en Filippa Eilhart, también encogida y
empapada.
-¿Qué hago aquí?
-murmuró rabiosa la hechicera-. ¿Qué es lo que hago con vosotros, maldita sea?
Haciendo equilibrios en un palo mojado... y a punto de cometer un crimen de
alta traición. Si Dijkstra se entera de que os he ayudado... ¡Y para colmo esta
llovizna! Odio volar cuando llueve. ¿Es aquí? ¿Ésta es la casa de Myhrman?
-Sí -confirmó
Geralt-. Escucha, Shani. Vamos intentar...
Se agruparon,
comenzaron a susurrar, ocultos en las tinieblas por el alero de caña de un
cobertizo. Una estela de luz caía al agua desde la taberna al otro lado del
canal. Se oían cantos, risas y gritos. En la orilla pleiteaban tres almadieros.
Dos discutían, empujándose y agarrándose el uno al otro e insultándose sin
parar con los mismos insultos hasta el aburrimiento. El tercero, apoyado en la
barandilla, meaba en el canal, al tiempo que silbaba desafinadamente.
Dong, resonó
metálicamente la hoja de hierro atada por una correa al poste que estaba en la
plataforma del puente. Dong.
El curandero
Myhrman abrió el ventanuco, echó un vistazo. El farolillo que llevaba en la
mano tan sólo sirvió para cegarle, así que lo dejó en el suelo.
-¿Quién diablos
llama a estas horas? -vociferó rabioso-. ¡Date en ese cabezón vacío que tienes,
cabrón, así se te hubiera torcido el pito cuando te entraron ganas de llamar!
¡Largo, a tomar por saco, borrachuzo, pero ya! ¡Tengo acá una ballesta cargada!
¿Acaso alguno quiere tener seis pulgadas de saeta en el culo?
-¡Señor Myhrman!
¡Soy yo, Shani!
-¿Eh? -El curandero
se inclinó más-. ¿Señorita Shani? ¿Ahora, de noche?
¿Cómo es eso?
-¡Bajad el
puentecillo, señor Myhrman! ¡Os traigo lo que me pedisteis!
-¿Precisamente
ahora, por la noche? ¿No pudisteis venir de día?
-De día hay por
aquí demasiados ojos. - La delgada silueta de la capa verde se dibujaba
vagamente en la plataforma-. Si llega a saberse lo que os traigo, me echan de
la Academia. ¡Bajad el puentecillo, no voy a estar aquí bajo la lluvia, tengo
los botines empapados!
-No estáis sola,
señorita -advirtió receloso el curandero-. Normalmente acudís sola. ¿Quién está
con vos?
-Un amigo, lo mismo
que yo. ¿Y qué? ¿Iba a tener que venir sola por la noche a este podrido barrio
vuestro? ¿Qué pasa, que mi virtud no me es cara, o qué? ¡Dejadme pasar por fin,
voto al diablo!
Murmurando en voz
baja, Myhrman liberó el bloqueo de la cabria, el puente bajó con un chirrido,
golpeó contra las tablas de la plataforma. El curandero se arrastró hasta la
puerta, quitó el cerrojo y el pestillo. Sin soltar la ballesta tensada, miró
con cuidado.
No percibió el puño
que volaba hacia sus sienes, un puño dentro de un guante negro incrustado de
tachuelas de plata. Pero aunque la noche era oscura, la luna nueva y el cielo
nublado, contempló de pronto diez mil brillantes y cegadoras estrellas.
Toublanc Michelet
pasó otra vez la piedra de afilar por la hoja de la espada, dando la impresión
de que lo que estaba haciendo iba a hacer desaparecer la hoja sin dejar restos.
-Entonces tenemos
que matar para vos a un hombre - dejó la piedra a un lado, limpió la empuñadura
con un pedazo de piel de conejo engrasada, contempló críticamente la hoja-.
Normalito, que pulula por las calles de Oxenfurt, no lleva ni guardia, ni
escolta, ni guardaespaldas. No lleva ni siquiera criados. Para agarrarlo no
vamos a tener que arrastrarnos hasta ningún castillo, ayuntamiento, palacete ni
cuartel... ¿Es así, noble señor Rience? ¿Os he entendido bien?
El hombre de la
cara desfigurada por la cicatriz de una quemadura afirmó con a cabeza,
entrecerrando ligeramente unos ojos oscuros y húmedos de aspecto desagradable.
-Además -siguió
Toublanc-, después de matar al pájaro éste no nos vamos a ver obligados a
acurrucarnos en algún hueco durante el próximo medio año, porque nadie nos va a
perseguir ni buscar. Nadie azuzará contra nosotros a los cuadrilleros ni a los
cazadores de recompensas. No caeremos en ninguna maldición de familia ni
venganza alguna. Por decirlo de otro modo, señor Rience, ¿tenemos que cargarnos
para vos a un paleto normal, vulgar y que no significa nada?
El hombre de la
cicatriz no respondió. Toublanc miró a sus hermanos sentado inmóvil y rígido en
el banco. Rizzi, Flavius y Ludovico guardaban silencio como de costumbre. En el
equipo que formaban, ellos mataban y Toublanc estaba para hablar. Porque sólo Toublanc
había asistido a la escuela del santuario. Mataba tan hábilmente como sus
hermanos, pero además sabía leer y escribir. Y hablar.
-¿Y para matar a
este paleto vulgar, señor Rience, no contratáis a ningún matón de puerto sino a
nosotros, los hermanos Michelet? ¿Por cien coronas novigradas?
-Ésa es vuestra
tarifa habitual -gruñó el hombre de la cicatriz-. ¿No es cierto?
-No es cierto -negó
Toublanc con voz fría-. Porque nosotros no nos ocupamos de matar paletos
vulgares. Y si ya... Señor Rience, el paleto que queréis ver como cadáver os va
a costar doscientas. Doscientas coronas que no estén recortadas, brillantes y
con el signo de la Ceca de Novigrado. ¿Y sabéis por qué? Porque en este asunto
hay trampa, noble señor. No tenéis que decirnos cuál es la trampa, ya se verá.
Pero pagaréis por ella. Doscientos, he dicho. Aceptáis esa suma, entonces ya
podéis dar a ese vuestro no amigo por muerto. No la queréis aceptar, buscaos
otro para el trabajo.
En el sótano que
apestaba a rancio y a vino agrio reinó el silencio. Una curiana correteaba por
el suelo cubierto de paja, moviendo rápidamente sus patitas. Flavius Michelet
la aplastó estruendosamente, con un relampagueante movimiento del pie, casi sin
cambiar de posición y sin cambiar para nada la expresión del rostro.
-De acuerdo -dijo
Rience-. Tendréis las doscientas. Vamos.
Toublanc Michelet,
asesino profesional desde el decimocuarto año de vida, no traicionó su asombro
ni siquiera con un temblor de las mejillas. No contaba con conseguir sacarle
más que ciento veinte, como mucho ciento cincuenta. Tuvo de pronto la seguridad
de que había valorado demasiado bajo el precio de la trampa que se escondía en
aquel trabajo.
El curandero
Myhrman abrió los ojos en el suelo de su propia habitación. Estaba tendido de
espaldas, atado como carnero. Le dolía rabiosamente el occipucio, recordaba que
al caer se había golpeado la cabeza con el alféizar de la ventana. Le dolía
también la sien en que le habían golpeado. No podía moverse porque le aplastaba
el pecho, inmisericorde y pesada, una bota alta abrochada con hebillas. El
curandero, entrecerrando los ojos y arrugando el rostro, miró hacia arriba. La
bota pertenecía a un hombre alto de cabellos blancos como la nieve. Myhrman no
veía su cara, estaba escondida en unas sombras a las que no alcanzaba a
dispersar el farolillo que estaba sobre la mesa.
-Perdonadme la
vida... -jadeó- . Perdonádmela, imploro a los dioses... Os devolveré el
dinero... Todo os doy... Os mostraré dónde está escondido...
-¿Dónde está
Rience, Myhrman?
Al curandero le
tembló todo el cuerpo al oír aquella voz. No era de los asustadizos, había
pocas cosas a las que tenía miedo. Pero en la voz del cabellos blancos estaban
todas esas cosas. Y algunas más como regalo.
Con un sobrehumano
esfuerzo de voluntad controló el miedo que le corría por las entrañas como un
gusano asqueroso.
-¿Eh? -fingió
asombro- ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo habéis dicho?
El hombre se agachó
y Myhrman vio su rostro. Vio sus ojos. Y ante esta vista el estómago se le
deslizó hasta el ano.
- No trapacees, Myhrman, no des rodeos -habló
desde las tinieblas la voz familiar de Shani, la médica de la universidad-.
Cuando estuve aquí hace tres días, aquí, en esta silla, a esta mesa, estaba
sentada su señoría con una capa de piel de rata almizclera. Bebía vino. Y tú
nunca ofreces a nadie, sólo a los mejores amigos. Me tiró los tejos, me dio la
vara descaradamente para que fuera con él al baile de Las Tres Campanillas.
Incluso tuve que darle en las zarpas, porque pasó a las manos, ¿recuerdas? Y tú
dijiste: "Dejarla, señor Rience, no me la espantéis, tengo que llevarme
bien con los académicos para que vayan bien los negocios". Y los dos os
carcajeasteis, tú y tu señor Rience de la facha quemada. Así que no te hagas
ahora el tonto, porque no estás con alguien más tonto que tú. Habla, mientras
se te pide amablemente.
Ah, rana sabijonda,
pensó el curandero. Gallina traidora, pilluela pelicana, ya te atraparé, ya me
las pagarás... Como me libre de ésta...
-¿Qué Rience?
-cacareó, retorciéndose, intentando en vano liberarse del tacón que le
aplastaba el esternón-. ¿Y cómo voy a saber quién es y dónde está? Por acá pasa
gente distinta, fulano y mengano, qué voy yo...
El hombre de
cabello blanco se agachó aún más, sacó lentamente un estilete de la caña de la
otra bota, apretó más aún con la que estaba sobre el pecho del curandero.
-Myhrman -dijo en
voz baja-. Si quieres, cree, si no quieres, no creas. Pero si ahora mismo no me
dices dónde está Rience... Si ahora mismo no me aclaras de que forma puedo
contactar con él... Entonces cebaré a las anguilas del canal con tus pedazos.
Comenzaré por la oreja.
En la voz del de
los cabellos blancos había algo que hizo que el curandero creyera de inmediato
en cada palabra. Miró a la hoja del estilete y supo que estaba más afilada que
los cuchillos que él mismo usaba para seccionar las úlceras y los diviesos. Comenzó
a temblar de tal modo que la bota apoyada en su pecho comenzó a saltar
nerviosamente. Pero callaba. Tenía que callar. De momento. Porque si Rience
volviera y preguntara por qué lo había delatado, Myhrman tenía que poder
demostrar por qué. Una oreja, pensó, tengo que soportar una oreja. Luego se lo
diré...
-¿Por qué perder
tiempo y mancharnos de sangre? -Desde la oscuridad surgió de pronto una suave y
aguda voz femenina-. ¿Para qué arriesgarnos a que dé rodeos y mienta?
Permitidme que me encargue de él a mi manera. Hablará tan deprisa que se le
trabará la lengua. Sujetadlo.
El curandero gritó
y se revolvió en las ligaduras pero el de los cabellos blancos le sujetó con la
rodilla contra el suelo, lo agarró de los pelos y le retorció la cabeza.
Junto a él alguien
se arrodilló. Percibió un olor a perfume y a plumas de ave húmedas, sintió el
roce de unos dedos en las sienes. Quería gritar, pero la garganta se le atascó
con la angustia, sólo alcanzó a gemir.
-¿Ya quieres
gritar? -murmuró en voz baja la suave voz casi junto a su oreja-. Demasiado
pronto, Myhrman, demasiado pronto. Todavía no he comenzado. Pero enseguida lo
haré. Si la evolución ha creado en tu cerebro alguna arruga, entonces yo te la
grabaré un poco más profundamente. Y entonces verás lo que es gritar.
-¿Así que -dijo
Vilgefortz, tras escuchar la relación- nuestros reyes han comenzado a planear
autónomamente, evolucionando con una sorprendente velocidad del nivel táctico
al estratégico? Curioso. No hace mucho, en Sodden, lo único que sabían era
galopar gritando salvajemente y alzar la espada a la cabeza de sus coraceros,
incluso sin fijarse en si los coraceros habían quedado atrás o galopaban en una
dirección completamente distinta. Y hoy, mirad, en el castillo de Hagge deciden
sobre la suerte del mundo. Curioso. Pero si he de ser sincero, me lo esperaba.
-Lo sabemos -dijo
Artaud Terranova-. Y lo recordamos, nos lo advertiste. Por eso te informamos.
-Gracias por
acordaros -sonrió el hechicero, y Tissaia de Vries tuvo de pronto la seguridad
de que ya hacía mucho que Vilgefortz sabía de los hechos que le acababan de
comunicar. No dijo ni palabra. Sentada en el sillón, erguida, igualaba sus
puños de encaje, el izquierdo estaba colocado distinto que el derecho. Sintió
sobre sí la mirada hostil de Terranova y los ojos divertidos de Vilgefortz.
Sabía que su legendaria pedantería ponía nerviosos o divertía a todos. Pero
ello no le molestaba en absoluto.
-¿Qué dice a todo
esto el Capítulo?
-Primero -repuso
Terranova- quisiéramos escuchar tu opinión, Vilgefortz.
-Primero -el
hechicero sonrió- vamos a comer y beber algo. Tenemos tiempo de sobra,
permitidme que os haga los honores de anfitrión. Veo que estáis helados y
agotados del viaje. ¿Cuántos transbordos durante la teleportación, si puede
saberse?
-Tres. -Tissaia de
Vries se encogió de hombros.
-Yo estaba más
cerca -Artaud se desperezó-. Dos me bastaron. Pero complicados, lo confieso.
-¿En todas partes
el mismo tiempo asqueroso?
-En todas partes.
-Cobremos entonces
fuerzas con la comida y el vino viejo de Cidaris. Lydia, ¿puedes venir?
Lydia van
Bredevoort, asistenta y secretaria personal de Vilgefortz, surgió desde detrás
de las cortinas como una aparición ondulante, sonrió con los ojos a Tissaia de
Vries. Tissaia, controlando su rostro, le respondió con una sonrisa agradable y
una inclinación de la cabeza. Artaud Terranova se levantó, se inclinó en un
reverencia. Él también controló perfectamente su rostro. Conocía a Lydia.
Dos sirvientas,
apresurándose y haciendo susurrar las sayas, pusieron con rapidez sobre la mesa
los cubiertos, la vajilla y unas fuentes. Lydia van Bredevoort encendió las
velas de los candelabros, creando delicadamente unos pequeños fueguecitos entre
sus dedos índice y pulgar. Tissaia vio en sus manos restos de pintura al óleo.
Anotó en su memoria
que más tarde, después de la cena, tenía que pedirle a la joven hechicera que
le mostrara su nueva obra. Lydia era una pintora de talento.
Cenaron en
silencio. Artaud Terranova no se moderó, echó mano a las fuentes sin
avergonzarse y, todavía más a menudo y sin que el anfitrión lo ofreciera, hizo
resonar la garrafa con tapaderita que albergaba el vino tinto. Tissaia de Vries
comía lentamente, prestando más atención que a la comida a disponer una
composición regular con los platos, los cubiertos y las servilletas, que todo
el tiempo, en su opinión, estaban desigualmente colocados y herían su amor por
el orden y su sentido estético. Bebía con templanza. Vilgefortz comía y bebía
con aún mayor moderación. Lydia, por supuesto, ni comía ni bebía en absoluto.
Las llamitas de las
velas ondulaban con largos bigotes de un fuego rojo amarillento. Gotas de
lluvia tintineaban sobre los vitrales de las ventanas.
-Bueno, Vilgefortz
-habló por fin Terranova, hurgando con el tenedor en la fuente en búsqueda del
deseado trozo de grueso jabalí -. ¿Cuál es tu posición en relación a los actos
de nuestros reyes? Hen Gedymdeith y Francesca nos han enviado aquí porque desean
conocer tu opinión. Tessaia y yo también estamos interesados. El Capítulo desea
mostrar en este asunto una posición común. Y si se llega a actuar de algún
modo, queremos también actuar en común. ¿Qué es entonces lo que aconsejas?
-Me halaga mucho -
Vilgefortz negó con un gesto de agradecimiento a Lydia, quien deseaba servirle
más brécol en el plato- que mi opinión en este asunto haya de ser decisiva para
el Capítulo.
-Eso no lo ha dicho
nadie. -Artaud se echó más vino-. La decisión la tomaremos colegialmente,
cuando el Capítulo se reúna. Pero antes de esto, que todos tengan posibilidades
de expresarse, para que podamos discernir las opiniones. Así que te escuchamos.
Si hemos terminado
de cenar, podemos pasar al taller, propuso telepáticamente Lydia, sonriendo con
los ojos. Terranova miró su sonrisa y bebió rápidamente lo que tenía en el
vaso. Hasta el fondo.
-Una buena idea. -
Vilgefortz se limpió los dedos a la servilleta-. Allí estaremos más cómodos, y
además tengo mejor protección contra escuchas mágicas. Vamos. Puedes llevarte
la garrafa, Artaud.
-No la dejaré. Es
mi añada favorita.
Pasaron al taller.
Tissaia no pudo retenerse y echó un vistazo al laboratorio cargado de retortas,
crisoles, probetas, cristales e incontables instrumentos de magia. Todo estaba
nublado por un hechizo de camuflaje, pero Tissaia de Vries era Gran Maestra: no
existía velo que no fuera capaz de atravesar. Y le interesaba bastante saber en
qué trabajaba últimamente el mago. Se enteró en un daca las pajas de la
configuración de los aparatos utilizados hacía poco. Servían para localizar la
situación de personas perdidas y para el método de psicovisión "cristal,
metal, piedra". El hechicero estaba buscando a alguien o resolvía algún
problema de teoría lógica. Vilgefortz de Roggeveen era famoso por su gusto por
tales problemas.
Se sentaron en unos
sillones de ébano tallado. Lydia miraba a Vilgefortz, cazó en su mirada una
señal y salió al punto. Tissaia suspiró imperceptiblemente.
Todos sabían que
Lydia van Bredevoort amaba a Vilgefortz de Roggeveen, que lo amaba desde hacía
años, en silencio, con un amor obstinado, encarnizado. El hechicero, por
supuesto, lo sabía, pero fingía que no. Lydia se lo facilitaba porque nunca
había traicionado ante él su sentimiento, nunca había efectuado el más mínimo paso
ni gesto, ni había dado ninguna señal mental, e incluso si hubiera podido
hablar, no hubiera dicho ni palabra. Era demasiado orgullosa para ello.
Vilgefortz tampoco había hecho nada porque no amaba a Lydia. Podría, está
claro, haber hecho de ella simplemente su amante y de esta forma profundizar su
relación aún más y, quién sabe, puede que hasta hacerla feliz. Había quien le
recomendaba que lo hiciera. Pero Vilgefortz no lo hacía. Era demasiado
orgulloso y lleno de principios. Así que era una situación sin esperanzas pero
estable y esto, por lo visto, satisfacía a ambos.
-¿Así que
-interrumpió el silencio el joven hechicero- el Capítulo se preocupa por qué
hacer en lo tocante a la iniciativa y los planes de nuestros reyes?
Absolutamente innecesario. Simplemente hay que ignorar estos planes.
-¿Cómo? -Artaud
Terranova se quedó parado con la copa en la mano izquierda y la garrafa en la
derecha-. ¿He entendido bien? ¿No tenemos que hacer nada? Hemos de permitir...
- Ya lo hemos
permitido -le interrumpió Vilgefortz-. Porque nadie nos pidió nuestro permiso.
Y nadie lo pedirá. Repito, hay que hacer como si no supiéramos. Es el único
comportamiento razonable.
-Lo que ellos han
planeado amenaza con convertirse en una guerra, y a gran
escala.
-Lo que ellos han
planeado nos es conocido gracias a una información enigmática e incompleta, que
procede de una fuente problemática e insegura. Insegura hasta tal punto que la
palabra "desinformación" acude a los labios obstinadamente. Y si incluso
esto no fuera verdad, sus reflexiones están todavía en fase de planeamiento y
seguirán durante largo tiempo en esta fase. Y si salen de esta fase... En fin,
nos adaptaremos a la situación.
-¿Quieres decir
-Terranova frunció el ceño- que bailaremos al son que nos toquen?
- Sí, Artaud.
-Vilgefortz le miró y los ojos le brillaron-. Bailarás al son que te toquen. O
saldrás de la sala. Porque el escenario para la orquesta está demasiado alto
para que puedas entrar allí y ordenarles a los músicos que toquen otra
partitura. Date por fin cuenta de ello. Si juzgas que hay otras soluciones,
cometes un error. Confundes el cielo con las estrellas reflejadas por la noche
en la superficie de un estanque.
El Capítulo hará lo
que él ordene, disimulando la orden bajo el aspecto de un consejo, pensó
Tissaia de Vries. Somos todos peones en su tablero de ajedrez. Subió hacia
arriba, creció, nos cegó a todos con su brillo, nos ha sometido a todos. Somos
peones en su juego. En un juego cuyas reglas no conocemos.
La manga izquierda
se había colocado de nuevo de forma distinta que la derecha. La hechicera la
colocó diligentemente.
-Los planes de los
reyes están en fase de realización -dijo lentamente-. En Kaedwen y en Aedirn ha
comenzado la ofensiva contra los Scoia'tael. Se vierte la sangre de los jóvenes
elfos. Hay persecuciones y pogromos contra los inhumanos. Se
habla de un ataque
a los elfos libres de Dol Blathanna y de las Montañas Azules. Se trata de un
asesinato en masa. ¿Tenemos entonces que transmitirles a Gedymdeith y a Enid
Findabair que les recomiendas contemplar lo que pasa sin hacer nada? ¿Hacer
como que nada vemos?
Vilgefortz volvió
la cabeza hacia ella. Ahora cambiarás de táctica, pensó
Tissaia. Eres un
jugador, has reconocido al oído los dados que ruedan por la mesa.
Cambiarás de
táctica. Tocarás otra cuerda.
Vilgefortz no
apartó la vista de ella.
-Tienes razón
-dijo-. Tienes razón, Tissaia. La guerra con Nilfgaard es una cosa, pero no se
debe contemplar la masacre de los inhumanos sin hacer nada. Propongo convocar
una asamblea, una asamblea general, todos, hasta los Maestros de tercer grado
inclusive, es decir también aquéllos que después de Sodden se sientan en los
consejos reales. En la asamblea los llamaremos a la razón y les obligaremos a
atemperar a sus monarcas.
-Apoyo este
proyecto -dijo Terranova-. Convoquemos la asamblea, les recordaremos a quién
deben lealtad en primera instancia. Fijaos que a los reyes les asesoran ahora
incluso algunos miembros de nuestro Consejo. Los reyes usan de Carduin, Filippa
Eilhart, Fercart, Radcliffe, Yennefer...
Al oír este último
nombre, Vilgefortz se agitó. Interiormente, hay que entender. Pero Tissaia de
Vries era Gran Maestra. Tissaia percibió el pensamiento, un impulso que saltaba
del taller y los aparatos mágicos a dos libros que yacían sobre la mesa. Ambos
libros eran invisibles, ocultos por la magia. La hechicera se concentró,
atravesó el velo.
Aen Ithlinnespeath,
las profecías de Ithlinne Aegli aep Aevenien, la sibila élfica. Las profecías
del fin de la civilización, las profecías del holocausto, la destrucción y el
regreso de la barbarie, que tendría que llegar junto con las masas de hielo que
atravesarían las fronteras de los hielos eternos. Y el segundo libro ... Muy
antiguo... Destrozado... Aen Hen Ichaer... La Vieja Sangre... ¿La Sangre de los
Elfos?
-¿Tissaia? ¿Qué
dices tú a esto?
-Lo apoyo. -La
hechicera corrigió el anillo, que se había vuelto en el dedo hacia la dirección
equivocada-. Apoyo el proyecto de Vilgefortz. Convocaremos una asamblea. Lo más
deprisa que se pueda.
Metal, piedra,
cristal, pensó. ¿Buscas a Yennefer? ¿Por qué? ¿Y qué tienen en común Yennefer y
las profecías de Ithlinne? ¿Y la Vieja Sangre de los Elfos? ¿Qué es lo que
maquinas, Vilgefortz?
Perdón, dijo
telepáticamente Lydia van Bredevoort, entrando sin hacer ruido. El hechicero se
incorporó.
-Disculpadme
-dijo-, pero es urgente. Llevo esperando esta carta desde ayer.
Sólo me llevará un
instante.
Artaud bostezó,
ahogó un berrido, buscó la garrafa. Tissaia miraba a Lydia.
Lydia se sonrió.
Con los ojos. No podía de otro modo.
La parte inferior
del rostro de Lydia van Bredevoort era una ilusión.
Hacía cuatro años,
por recomendación de Vilgefortz, su maestro. Lydia había tomado parte en una
investigación sobre las propiedades de un artefacto encontrado durante unas
excavaciones en una necrópolis de la antigüedad. El artefacto resultó estar
rodeado por un potente anatema. Se activó sólo una vez. De los cinco hechiceros
que participaron en el experimento tres murieron en el acto. El cuarto perdió
los ojos, ambas manos y se volvió loco. Lydia se escapó con quemaduras, una
mandíbula masacrada y una mutación de la laringe y la garganta cuyos efectos se
resistían hasta el momento a los intentos de regeneración. Así que habían
echado mano de una fuerte ilusión, para que la gente no se desmayara ante la
vista del rostro de Lydia. Era una ilusión muy fuerte, hábilmente colocada,
difícil de penetrar incluso para los Elegidos.
-Humm...
-Vilgefortz dejó la carta-. Gracias, Lydia.
Lydia sonrió. El
mensajero espera la respuesta, dijo.
-No habrá
respuesta.
Entiendo. He pedido
que preparen las habitaciones para los huéspedes.
-Gracias. Tissaia,
Artaud, perdonad por este instante de demora. Continuemos. ¿En qué nos habíamos
quedado?
En nada, pensó
Tissaia de Vries. Pero te escucharé con atención. Porque alguna vez por fin te
referirás al asunto que de verdad te interesa.
-Ah -comenzó
Vilgefortz lentamente-. Ya sé de qué quería hablar. Se trata de los miembros
permanentes del Consejo más jóvenes. De Fercart y Yennefer. Fercart, por lo que
sé, está relacionado con Foltest de Temeria, está en el consejo real junto con
Triss Merigold. ¿Y con quién está relacionada Yennefer? Has dicho, Artaud, que
se encuentra entre los que sirven a los reyes.
-Artaud exageraba
-dijo, serena, Tissaia-. Yennefer vive en Vengerberg, así que Demawend a veces
se dirige a ella en busca de ayuda, pero no colaboran de forma estable. No se
puede decir con seguridad que ella sirva a Demawend.
-¿Qué hay de sus
ojos? ¿Todo bien, espero?
-Sí. Todo bien.
-Eso está bien. Muy
bien. Me intranquilicé... Sabéis, quería contactar con ella pero resulta que se
ha ido de viaje. Nadie sabe a dónde.
Piedra, metal,
cristal, pensó Tissaia de Vries. Todo lo que lleva Yennefer es activo, no se
puede descubrir con la psicovisión. Con este método no la vas a encontrar,
querido. Si Yennefer no quiere que se sepa dónde está, nadie lo sabrá.
-Escríbele una
carta -dijo con serenidad, mientras se igualaba los puños-. Y transmítele la
carta de la forma habitual. Le llegará indefectiblemente. Y Yennefer,
dondequiera que esté, responderá. Siempre responde.
-Yennefer
-introdujo Artaud- desaparece a menudo, a veces para varios meses.
Los motivos suelen
ser más bien triviales...
Tissaia le miró,
apretando los labios. El hechicero se calló. Vilgefortz sonrió ligeramente.
-Precisamente -dijo
-. Precisamente he pensado en esto. En su momento estuvo fuertemente ligada
a... cierto brujo. Geralt, si no me equivoco. Me dio la sensación de que no se
trataba de una mera aventurilla pasajera. Parecía que Yennefer estaba profundamente
atraída...
Tissaia de Vries se
enderezó, apretó las manos sobre los brazos del sillón.
-¿Por qué lo
preguntas? Es algo personal. No es asunto nuestro.
-Desde luego.
-Vilgefortz miró a la lista que había arrojado sobre el púlpito-. No es asunto
nuestro. Pero no me mueve la curiosidad malsana sino la preocupación por el
estado emocional de un miembro del Consejo. Me preocupa la reacción de Yennefer
a la noticia de la muerte de ese... Geralt. ¿Pensáis que sabría pasar al orden
del día, resignarse, no caer en depresión ni en una aflicción exagerada?
-Sin duda alguna
-dijo Tissaia con voz fría-. Cuanto más que tales noticias le llegan cada
cierto tiempo. Y siempre resultan ser rumores.
-Así es -afirmó
Terranova-. El tal Geralt o como se llame, sabe apañárselas. ¿Y qué hay de
extrañarse? Es un mutante, un autómata asesino, programado para matar y no
dejarse matar. Y en lo que se refiere a Yennefer, no exageremos con sus
supuestas emociones. La conocemos. Ella no se deja llevar por las emociones. Se
divirtió con el brujo, eso es todo. La fascinaba la muerte, con la que este
tipejo juega constantemente. Y cuando por fin pierda el juego, el asunto se
termina.
-De momento -dijo
seca Tissaia de Vries-, el brujo está vivo.
Vilgefortz sonrió,
miró de nuevo la carta que yacía ante él.
-¿De verdad?
-dijo-. No lo creo.
Geralt se
estremeció un poco, tragó saliva. Había pasado ya el primer golpe después de
tomar el elixir, comenzaba la fase de funcionamiento, anunciada por un ligero
aunque desagradable mareo, que acompañaba la adaptación de los ojos a las
tinieblas.
La adaptación llegó
muy deprisa. La oscuridad de la noche se aclaró, todo alrededor tomaba un matiz
grisáceo, un matiz al principio nebuloso y confuso, poco a poco cada vez más
contrastado, claro y nítido. En la calleja que desembocaba en el canal, un momento
antes oscuro como el interior de un barril de alquitrán, Geralt podía ya ver
las ratas que vagaban por los sumideros y olisqueaban los charcos y las grietas
en los muros.
También su oído se
aguzó por influencia del bebedizo brujeril. El muerto laberinto de callejas, en
las que un instante antes apenas se escuchaba el susurro de la lluvia en los
canalones, comenzó a vivir, a pulsar con sonidos. Escuchó los chillidos de los
gatos que se estaban peleando, los ladridos de los perros del otro lado del
canal, las risas y las exclamaciones en las ventas y posadas de Oxenfurt, los
gritos y los cantos de las tabernas de los almadieros, el lejano, apenas
audible trino de las flautas tocando una animada melodía. Revivieron las
oscuras y soñolientas casas: Geralt comenzó a reconocer los ronquidos de las
dormidas gentes, el pataleo de los bueyes en las cercas, los bufidos de los
caballos en los establos. En una de las casas del fondo de la calleja resonaban
los ahogados y espasmódicos jadeos de una mujer a quien le estaban haciendo el
amor.
Los sonidos
aumentaron, crecieron en fuerza. Ya era capaz de distinguir las palabras
obscenas de las canciones picarescas, se enteró del nombre del amante de la
mujer que jadeaba. Del otro lado del canal, del caserón sobre poyales de
Myhrman, llegaba el desgarrado balbuceo del curandero, que a causa del
tratamiento al que le había sometido Filippa Eilhart, había entrado en un
estado de idiotez completa y, con toda seguridad, permanente.
Se acercaba el
amanecer. Cesó la lluvia, se levantó un viento que expulsó las nubes. El cielo
en el este se iluminaba cada vez más.
De pronto, las
ratas del callejón se intranquilizaron, se escabulleron en diferentes
direcciones, se escondieron entre los cajones y las basuras.
El brujo escuchó
pasos. Cuatro o cinco personas, de momento no podía distinguir claramente
cuántas. Miró hacia arriba, pero no vio a Filippa.
Inmediatamente
cambió de táctica. Si en el grupo que se acercaba estaba Rience, no tenía
muchas oportunidades de atraparlo. Tendría que entablar lucha con la escolta y
no quería hacerlo. Lo primero porque estaba bajo el influjo del elixir, así que
esas personas morirían. Lo segundo porque entonces Rience tendría tiempo para
escaparse.
Los pasos se
acercaban. Geralt salió de las tinieblas.
Rience salió del
callejón. El brujo reconoció al hechicero instintivamente, al momento, aunque
nunca lo había visto antes. La cicatriz de las quemaduras, regalo de Yennefer,
estaba enmascarada por la sombra que producía la capucha.
Estaba solo. Su
escolta no apareció, se había quedado en la calleja, escondida. Geralt entendió
al punto por qué. Rience sabía quién le iba a esperar junto a la casa del
curandero. Rience sabía que era una encerrona, y sin embargo había venido. El
brujo entendió por qué. Y esto, antes de que escuchara el sordo tintineo de las
espadas al salir de sus fundas. Bien, pensó. Si es lo que queréis, está bien.
-Da gusto
perseguirte -dijo Rience
no muy alto-.
No hay que
buscarte.
Apareces allí donde
se te quiere tener.
-Lo mismo se puede
decir de ti -respondió el brujo con serenidad-. Apareciste aquí. Te quería
tener aquí y aquí estás.
-Debes de haberle
apretado bien las clavijas a Myhrman para que te contara lo del amuleto y te
enseñara dónde estaba escondido. Y en qué forma hay que activarlo para enviar
un mensaje. Pero ni siquiera si lo hubieran asado en carbones al rojo habría
podido decirte Myhrman que este amuleto informa y advierte a la vez, puesto que
no lo sabía. He repartido muchos de estos amuletos. Sabía que antes o después
darías con alguno de ellos.
Saliendo desde la
esquina aparecieron tres personas. Se movían despacio, ágilmente y sin hacer
ruido. Aún se mantenían en la zona de oscuridad y mantenían las espadas
desenvainadas de tal modo que no los traicionara el brillo de sus hojas. El
brujo, por supuesto, los veía perfectamente. Pero no lo dejó traslucir. Bien,
asesinos, pensó. Si es lo que queréis, lo vais a tener.
-Estaba esperando
-siguió Rience, sin moverse del sitio-, y por fin ha llegado el momento. Tengo
intención de liberar a la tierra de tu peso, rareza asquerosa.
-¿Tienes
intenciones? Te sobrevaloras. Tú sólo eres una herramienta. Un esbirro pagado
por otros para solucionar sus asuntos sucios. ¿Quién te ha contratado, siervo?
-Demasiado quieres
saber, mutante. ¿Me llamas siervo? Y entonces, ¿qué eres tú? Un montón de
mierda que está en mitad del camino, al que hay que quitar de en medio porque
alguien no quiere mancharse las botas. No, no te voy a decir quién es ese
alguien, aunque podría. Te diré sin embargo otra cosa para que tengas en qué
pensar durante el camino al infierno. Yo ya sé dónde está la bastarda que tanto
protegías. Y sé dónde está tu hechicera, Yennefer. Ella no les importa a mis
superiores, pero yo tengo algo personal contra esa puta. Cuando acabe contigo
me iré a por ella. Haré que lamente sus jueguecitos con el fuego. Oh, sí, lo va
a lamentar. Mucho tiempo.
-No debieras
haberlo dicho - sonrió siniestro el brujo, al tiempo que sentía la euforia de
la lucha, provocada por el elixir que reaccionaba a la adrenalina- . Hasta que
no dijiste eso tenías alguna oportunidad de salir vivo. Ahora ya no la tienes.
Una fuerte
vibración del medallón de brujo le advirtió del ataque imprevisto. Retrocedió,
tomando como un relámpago la espada, cuya hoja cubierta de runas rechazó y
aniquiló la violenta ola de energía mágica paralizante. Rience retrocedió, alzó
la mano en un gesto, pero en el último segundo le dio miedo. Sin intentar un
segundo hechizo, marchó a toda prisa al fondo del callejón. El brujo no pudo
perseguirlo: se echaron sobre él aquellos cuatro que pensaban que los cubría la
oscuridad. Brillaron las espadas.
Eran profesionales.
Los cuatro. Profesionales experimentados, diestros, hábiles. Le atacaron en
parejas, dos por la izquierda, dos por la derecha. En parejas, de modo que
siempre uno se cubriera tras la espalda del otro. El brujo eligió los de la
izquierda. A la euforia desencadenada por el elixir se unía ahora una profunda
rabia.
El primer esbirro
atacó con una finta diestra sólo para poder retroceder y dejar ocasión a que el
de su espalda diera un espadazo traicionero. Geralt giró en una pirueta, los
esquivó y lanzó una estocada al segundo por detrás, con la misma punta de la espada,
a través del occipucio, el cuello y la espalda. Estaba enfadado, golpeó con
fuerza. Un manantial de sangre regó las paredes.
El primero
retrocedió como un rayo, dejando sitio para la segunda pareja. Éstos se
lanzaron al ataque, agitando las espadas en dos direcciones de modo que sólo
pudiera pararse un golpe, mientras que el otro tendría que dar en su objetivo.
Geralt no los paró, haciendo una pirueta se metió entre ellos. Para no
chocarse, ambos tuvieron que interrumpir el ritmo armónico, los pasos bien
ejercitados. Uno alcanzó a darse la vuelta en un suave paso de gatito,
retrocedió con agilidad. El otro no pudo. Perdió el equilibrio, se puso de
espaldas. El brujo, giró en una pirueta contraria, asestándole un tajo en los
lomos con el propio impulso. Estaba enfadado. Escuchó cómo su afilada hoja de
brujo cortaba la espina dorsal. Un penetrante grito se alzó rebotando con eco por
las callejas. Los dos que quedaban le atacaron inmediatamente, le hicieron
llover los golpes, necesitaba mucho esfuerzo para poder pararlos. Volvió a dar
una pirueta, se liberó de los aceros cegadores. Pero en lugar de apoyar la
espalda contra el muro, atacó.
No se esperaban
eso, no les dio tiempo a retroceder y se separaron. Uno atacó a la contra, pero
el brujo evitó su ataque, giró y dio un natural hacia atrás, a ciegas,
guiándose sólo por el movimiento del aire. Estaba enfadado. Apuntó bajo, a la
barriga.
Acertó. Escuchó un
grito ahogado, pero no tenía tiempo para mirar. El último de los esbirros ya
estaba sobre él, ya golpeaba con un remiso siniestro. Geralt lo paró en el
último momento, estático, sin giro, con un movimiento de reducción. El esbirro,
usando del impulso de la parada, se encogió como un muelle y dio un corte en
media vuelta, amplio y fuerte. Demasiado fuerte. Geralt ya estaba girando. La
hoja del asesino, bastante más pesada que la del brujo, cortaba el aire, el
esbirro tuvo que seguir el golpe. El impulso le dio la vuelta. Geralt terminó
su media vuelta justo junto a él, muy cerca. Vio su rostro enarcado, asustado.
Estaba enfadado. Dio un tajo. Corto, pero fuerte. Y seguro. Directo a los ojos.
Escuchó el
penetrante grito de Shani que se revolvía en el abrazo de Jaskier sobre el
puente que conducía a la casa del curandero.
Rience, que se
había echado hacia atrás la capa, salió de lo profundo del callejón, alzando y
extendiéndose delante de sí ambas manos, de las cuales comenzaba a emanar una
luz mágica. Geralt aferró la espada con las dos manos y sin pensarlo echó a
correr en su dirección. Al hechicero no le aguantaron los nervios. Sin terminar
el encantamiento, comenzó a correr, gritando algo ininteligible. Pero Geralt le
entendió. Sabía que Rience estaba pidiendo ayuda. Que pedía que le salvaran.
Y la salvación
llegó. La calle empezó a arder con una luz deslumbrante, en la pared
descantillada y llena de chorreras de una casa relució el óvalo de fuego de un
teleportal. Rience se lanzó hacia él. Geralt retrocedió. Estaba muy enfadado.
Toublanc Michelet
gimió, se retorció, apretando con sus dos manos su barriga herida. Sentía cómo
la sangre se le escapaba, fluyendo impetuosa por entre los dedos. No muy lejos
yacía Flavius. Todavía un instante antes había temblado. Ahora estaba ya inmóvil.
Toublanc apretó las mandíbulas, luego abrió los ojos. Pero la lechuza que
estaba junto a Flavius no era seguramente una alucinación, porque no había
desaparecido. Gimió de nuevo y volvió la cabeza.
Una moza, por la
voz, muy joven, se agitaba estridentemente.
-¡Suéltame! ¡Están
heridos! Yo tengo... ¡Yo soy médica, Jaskier! Suéltame, ¿me oyes?
-No los puedes
ayudar -respondió con voz sorda el llamado Jaskier-. No después de una espada
de brujo... Ni siquiera te acerques. No mires... Te lo ruego, Shani, no mires.
Toublanc sintió que
alguien se arrodillaba junto a él. Sintió el olor a perfume y plumas mojadas.
Escuchó una voz tenue, suave, tranquilizadora. Distinguía las palabras con
dificultad, le estorbaban los enervantes gritos y sollozos de la moza. De la...
médica. Pero si la médica gritaba, ¿quién se había arrodillado junto a él?
Toublanc gimió.
-... va a estar
bien. Todo va a estar bien.
-Hide... pu...
ta... -tartamudeó-. Rience... Nos dijo... Un paleto normal... Y era...
un brujo... Tram...
pa... Ayud... aa... Mis... tripas...
-Calla, calla,
hijo. Tranquilízate. Ya está bien. Ya no te duele. ¿Verdad que ya no te duele?
Dime, ¿quién os trajo aquí? ¿Quién os contactó con Rience? ¿Quién le recomendó?
¿Quién os metió en esto? Dímelo, por favor, hijo. Y entonces todo irá bien.
Dímelo, por favor.
Toublanc sintió
sangre en la boca. Pero no tenía fuerza para escupir. Con la mejilla apretada
sobre la húmeda tierra, abrió la boca, la sangre fluyó por sí misma.
No sentía ya nada.
-Dímelo -repitió la
voz suave-. Dímelo, hijo.
Toublanc Michelet,
asesino profesional desde los catorce años, cerró los ojos, sonrió con una
sonrisa sangrienta. Y susurró lo que sabía.
Y cuando abrió los
ojos vio un estilete de angosta hoja, con una pequeña empuñadura dorada.
-No tengas miedo
-dijo la voz suave, y la punta del estilete tocó sus sienes-. No te va a doler.
Y verdaderamente no
dolió.
Alcanzó al
hechicero en el último segundo, justo antes de teleportarse. Había tirado la
espada ya antes, con lo que tenía las manos libres, los dedos extendidos
durante el salto se aferraron a la punta de la capa. Rience perdió el
equilibrio, el tirón lo hizo doblarse, lo obligó a echarse hacia atrás.
Forcejeó rabiosamente, con un violento movimiento se desabrochó la capa hebilla
por hebillla, se liberó de ella.
Demasiado tarde.
Geralt lo volteó
con un puñetazo del puño derecho en el hombro y de inmediato golpeó con el
izquierdo, en el cuello, bajo la oreja. Rience se tambaleó pero no cayó. El
brujo lo alcanzó con un suave salto y le dio con fuerza con el puño bajo las
costillas. El hechicero gimió y agitó las manos. Geralt lo agarró de los
faldones del jubón, lo hizo girar y lo derribó a tierra. Rience se puso de
rodillas, sacó la mano, abrió la boca para emitir un encantamiento. Geralt
apretó el puño y le pegó desde arriba. Directamente a la boca. Los labios
estallaron como grosellas.
-Ya tienes un
regalo de Yennefer -gargajeó-. Ahora vas a recibir el mío.
Golpeó otra vez. La
cabeza del hechicero retrocedió, la sangre fluyó sobre su frente y su mejilla.
Geralt se asombró un tanto: no sentía dolor, pero indudablemente había
resultado herido en la lucha. Era su propia sangre. No se preocupó, no tenía
tiempo para buscar los daños y ocuparse de ellos. Cerró el puño y aplastó otra
vez a Rience. Estaba enfadado.
-¿Quién te ha
enviado? ¿Quién te ha contratado?
Rience le escupió
sangre. El brujo lo golpeó una vez más.
-¿Quién?
El óvalo ígneo del
teleportal ardió con mayor intensidad, la luz que irradiaba anegó por completo
el callejón. El brujo sintió la pulsante fuerza que emanaba del óvalo, la
sintió incluso antes de que su medallón comenzara a temblar salvajemente para
advertirle.
Rience también
percibió la energía que fluía del teleportal, presintió la ayuda que se
acercaba. Gritó, se agitó como un gigantesco pez. Geralt le puso la rodilla
sobre el pecho, alzó una mano, colocando los dedos en la Señal de Aard, apuntó
al portal ardiente. Eso fue un error.
Del portal no salió
nadie. Solamente irradió de él una fuerza, y Rience atrapó la
fuerza.
De los dedos
tensionados del hechicero surgieron unas púas de acero de seis pulgadas. Se
clavaron en el pecho y los brazos de Geralt con un chasquido sonoro. Una
energía explotó de las púas. El brujo se echó hacia atrás con un salto
convulsivo. La sacudida fue tal que sintió y escuchó cómo se le quebraban y
estallaban los dientes apretados por el dolor. Por lo menos dos.
Rience intentó
erguirse pero cayó de nuevo de rodillas, a gatas se fue acercando al
teleportal. Geralt, respirando con dificultad, sacó el estilete de la bota. El
hechicero miró hacia atrás, se levantó, se tambaleó. El brujo también se
tambaleaba, pero más rápido. Rience miró hacia atrás de nuevo, gritó. Geralt
apretó el estilete en la mano. Estaba enfadado. Muy enfadado.
Algo le agarró por
detrás, le dejó inerte, inmóvil. El medallón en el cuello pulsaba con
violencia. El dolor en el hombro herido latió espasmódicamente.
Unos diez pasos
delante de él estaba Filippa Eilhart. Una luz opaca surgía de sus manos
alzadas: dos estelas, dos rayos. Ambos tocaban su espalda, sujetando sus brazos
como tenazas de luz. Se retorció, sin resultado. No podía moverse del sitio.
Sólo podía mirar cómo Rience, con un paso titubeante, alcanzaba el teleportal,
que pulsaba con una claridad láctea.
Rience con paso
lento y sin apresurarse, se acercó a la luz del teleportal, se metió en él de
un chapuzón, se disolvió, desapareció. Un segundo después el óvalo se
extinguió, sumiendo por un instante a la calleja en una negrura impenetrable,
densa, aterciopelada.
En algún lugar
entre los callejones gritaban los gatos que estaban envueltos en una lucha.
Geralt miró su espada, que había recogido mientras andaba en dirección a la
hechicera.
-¿Por qué, Filippa?
¿Por qué lo hiciste?
La hechicera
retrocedió un paso. Aún tenía en la mano el estilete que un instante antes
había clavado en el cráneo de Toublanc Michelet.
-¿Por qué
preguntas? Lo sabes.
-Sí -afirmó él-.
Ahora ya lo sé.
-Estás herido,
Geralt. No sientes el dolor porque estás embotado por tu elixir de brujo, pero
mira cómo sangras. ¿Te has calmado hasta el punto de que pueda acercarme sin
miedo y ocuparme de ti? ¡Diablos, no me mires así! Y no te acerques a mí. Un
paso más y me veré obligada a... ¡No te acerques! ¡Por favor! No quiero hacerte
daño, pero si te acercas...
-¡Filippa! -gritó
Jaskier, sujetando aún a Shani, quien estaba llorando-. ¿Te has vuelto loca?
-No -dijo con
énfasis el brujo-. Ella está bien de la cabeza. Y sabe muy bien lo que hace.
Todo el tiempo sabía lo que hacía. Nos utilizó. Nos traicionó. Nos engañó...
-Tranquilízate
-repitió Filippa Eilhart-. No lo entiendes y no hace falta que lo entiendas.
Tenía que hacer lo que hice. Y no me llames traidora. Porque precisamente hice
esto para no traicionar una causa mayor de lo que puedes imaginarte. Una causa
mayor y más importante, tan importante que hay que sacrificar por ella todos
los asuntos menores, si llega el momento de elegir. Geralt, al diablo, nosotros
estamos hablando aquí y tú estás en un charco de sangre. Tranquilízate y
permite que Shani y yo nos ocupemos de ti.
-¡Ella tiene razón!
-gritó Jaskier-. ¡Estás herido, joder! ¡Tenemos que apañarte y largarnos de
aquí! ¡Podéis regañar luego!
-Tú y tu gran
causa... -El brujo, sin prestar atención al trovador, dio un tambaleante paso
al frente-. Tu gran causa, Filippa, y tu elección, es un herido apuñalado a
sangre fría después de que dijera lo que querías saber y de lo que yo no debía
enterarme. Tu gran causa es Rience, al que permitiste que escapara para que no
dijera por azar el nombre de su señor. Para que pueda seguir matando. Tu gran
causa son estos cadáveres, que no tenía por qué haber habido. Perdón, me he
expresado mal. No son cadáveres. ¡Son asuntos menores!
-Sabía que no lo
ibas a entender.
- No entiendo,
desde luego. Nunca. Pero sé de qué se trata. Vuestras grandes causas, vuestras
guerras, vuestra lucha por la salvación del mundo... Vuestro fin, que justifica
los medios ... Aguza el oído, Filippa. ¿Escuchas esas voces, esos chillidos?
Estos gatos luchan por una gran causa. Por el dominio indivisible sobre un
montón de desperdicios. No es poca cosa, vierten su sangre y se arrancan la
piel. Están en guerra. Pero a mí, ambas guerras, la de los gatos y la tuya, me
importan bastante poco.
- Eso es lo que te
parece -dijo la hechicera-. Todo esto acabará por importante, y antes de lo que
te supones. Tienes ante ti a la necesidad y a la elección. Te has enredado en
el destino, querido mío, más de lo que juzgabas. Pensabas que tomabas bajo tu
protección a una niña, una muchachilla. Te equivocaste. Has acogido el fuego
que en cada momento puede hacer encenderse al mundo. Nuestro mundo. El tuyo, el
mío, el de otros. Y vas a tener que elegir. Como yo. Como Triss Merigold. Como
tuvo que elegir Yennefer. Porque Yennefer ya ha elegido. Tu predestinada esta
en sus manos, brujo. Tú mismo se la pusiste en las manos.
El brujo se
estremeció. Shani gritó, se escabulló de Jaskier. Geralt la detuvo con un
gesto, se incorporó, miró directamente a los ojos de Filippa Eilhart.
- Mi predestinada
-dijo con esfuerzo-. Mi elección... Te diré, Filippa, lo que yo he elegido. No
permitiré que metáis en vuestras sucias maquinaciones a Ciri. Te lo advierto.
Cualquiera que se atreva a hacerle daño a Ciri acabará como esos cuatro que yacen
aquí. No lo voy a jurar ni a prometer. No tengo nada por lo que hacerlo.
Simplemente advierto. Me acusaste de ser un mal tutor, de que no sé defender a
esa niña. La voy a defender. Como sé hacer. Voy a matar. Voy a matar sin
piedad...
-Te creo - dijo con
una sonrisa la hechicera-. Sé que lo harás. Pero no hoy, Geralt. No ahora.
Porque en este momento te estás desmayando por la hemorragia. Shani, ¿estás
lista?
Nadie nace
hechicero. Demasiado poco sabemos todavía de la genética y de los mecanismos de
la herencia. Demasiado poco tiempo y medios dedicamos a la investigación. Por
desgracia, estamos constantemente haciendo intentos de transmisión hereditaria
de las aptitudes mágicas en una forma, por así decirlo, natural. Y el resultado
de estos pseudoexperimentos muy a menudo los encontramos en las cloacas de las
ciudades y junto a los muros de los santuarios. Demasiado a menudo nos
encontramos con idiotas y catatónicas, profetas babeantes e incontinentes,
veedoras, milagreras y sibilas de aldea, cretinos con el cerebro degenerado por
una Fuerza heredada e incontrolada.
Tales cretinas y
débiles mentales también pueden tener descendencia, pueden transmitirles sus
capacidades y seguir degenerando. ¿Acaso alguien puede prever y describir qué
aspecto tendrá el último eslabón de la cadena?
La mayoría de
nosotros, hechiceros, pierde la capacidad de procrear a causa de los cambios
somáticos y las perturbaciones en el funcionamiento de la hipófisis. Algunos -y
más a menudo algunas - se capacitan para la magia preservando la normalidad de
las gónadas. Pueden concebir y dar a luz, y tienen el descaro de considerar
esto una suerte y una bendición. Y yo repito: nadie nace hechicero. ¡Y nadie
debiera nacer como tal! Consciente de la importancia de lo que escribo,
respondo a la pregunta dada en la Asamblea de Cidaris. Respondo
categóricamente: cada una de nosotras debe decidir lo que quiere ser: hechicera
o madre.
Exijo la
esterilización de todas las adeptas. Sin excepciones.
Tissaia de Vries,
La fuente envenenada
VII
Capítulo séptimo
-Os diré algo
-habló de pronto Iola Segunda, apoyando la cesta con el grano en la cadera-. Va
a haber guerra. Así lo dijo el adalid del conde que vino a por queso.
-¿Guerra? -Ciri se
retiró los cabellos de la frente-. ¿Con quién? ¿Con Nilfgaard?
-No escuché hasta
el final -reconoció la adepta-. Pero el adalid dijo que nuestro conde recibió
órdenes del propio rey Foltest. Ha mandado llamar a las armas y todos los
caminos están atimbotados de soldados. ¡Ay, ay! ¿Qué pasará ahora?
- Si hay una guerra
-dijo Eurneid -, entonces seguro que es con Nilfgaard. ¿Con quién si no? ¡Otra
vez! ¡Dioses, esto es horrible!
- ¿No exageras un
poco con lo de la guerra, Iola? -Ciri echó el grano a los pollos y a las
gallinas pintas que giraban alrededor suyo en un animado y cacareante
remolino-. ¿No se tratará otra vez de una simple partida contra los Scoia'tael?
-Madre Nenneke
preguntó lo mismo al adalid -explicó Iola Segunda-. Y el adalid dijo que no,
que esta vez no se trata de los Ardillas. Al parecer, castillos y alcoleas
tienen orden de almacenar víveres para el caso de un asedio. ¡Y los elfos
atacan en los bosques y no asedian castillos! El adalid preguntó si el
santuario puede dar más queso y otras cosas. Para el alfolí del castillo. Y
pidió plumas de gansos. Hacen falta muchas plumas de ganso. Para las flechas.
Para disparar los arcos, ¿comprendéis? ¡Oh, dioses! ¡Vamos a tener mucho
trabajo! ¡Ya lo veréis! ¡Tendremos trabajo hasta las orejas!
-No todas - dijo
con sarcasmo Eurneid-. Algunas de nosotras no se manchan las manitas. Las hay
que trabajan sólo dos veces por semana. No tienen tiempo para trabajar porque
como que estudian las artes de la necromancia. Pero a decir verdad a mí me
parece que sólo andurrean o corren por el parque y arrancan las malas hierbas
con un palo. Sabes de quién estoy hablando, ¿verdad, Ciri?
-Ciri seguro que se
va a la guerra -se rió Iola Segunda a mandíbula batiente-. ¡Por lo visto es
hija de un caballero! ¡Una gran guerrera con una espada terrible! ¡Por fin va a
poder cortar cabezas en vez de ortigas!
-¡No, ¿qué dices?,
¡pero si ella es una poderosa hechicera! -Eurneid arrugó la naricilla-. Ella va
a convertir a todos los enemigos en ratones de campo. ¡Ciri! Enséñanos algún
encantamiento horroroso. Hazte invisible o haz que crezcan antes las zanahorias.
O haz algo para que los pollos se alimenten solos. ¡Venga, no te hagas de
rogar! ¡Echa algún hechizo!
-La magia no es
para hacer alarde -dijo con rabia Ciri-. La magia no es un jueguecillo de
feria.
-Por supuesto, por
supuesto -la adepta sonrió-. No es para hacer alarde. ¿Qué, Iola? ¡Exactamente
como si escucháramos a esa arpía de Yennefer!
-Ciri cada vez se
hace más parecida a ella -sentenció Iola, respirando demostrativamente por las
narices-. Incluso huele parecido. Ja, seguro que es un perfumito mágico, hecho
de vestiglos o de ámbares. ¿Usas perfumes mágicos, Ciri?
-¡No! ¡Uso jabón!
¡Eso que vosotras tan pocas veces usáis!
-Jo, jo. -Eurneid
frunció el ceño-. ¡Ay, qué picajosa, qué rabiosa! ¡Cómo se
pone!
-Hacía tiempo que
no se ponía así -se hinchó Iola- . Se ha hecho así desde que está con la arpía
ésa. Duerme con ella, come con ella, ni un paso se aleja de esa Yennefer. ¡Casi
ha dejado de acudir a las lecciones en el santuario, y ya no tiene ni un ratito
para nosotras!
-¡Y nosotras
tenemos que hacer todo su trabajo! ¡En la cocina y en el huerto!
¡Mira, Iola, qué
manos tiene! ¡Como una reina!
-¡Así es la vida!
-chilló Ciri-. ¡Algunas tienen un poco de cerebro, así que para ellas los
libros! ¡Otras tienen la cabeza de chorlito, y para ellas la escoba!
- Y tú la escoba
sólo la usas para volar, ¿no es verdad? ¡Hechicera de mala muerte!
-¡Eres tonta!
-¡Tú eres la tonta!
-¡De eso nada!
-¡Claro que sí!
Ven, Iola, no le prestes atención. Una hechicera no es buena compañía para
nosotras.
- ¡Por supuesto que
no! -gritó Ciri y tiró al suelo el cubo con el grano-. ¡Las gallinas son buena
compañía para vosotras!
Las adeptas,
respingando las narices, se fueron, rodeadas de una ruidosa bandada de aves de
corral.
Ciri maldijo en voz
alta, repitiendo la blasfemia favorita de Vesemir, cuyo significado no estaba
del todo claro para ella. Luego añadió unas cuantas palabras escuchadas a
Yarpen Zigrin, cuyo significado era para ella un completo enigma. Expulsó de
una patada a una clueca que se acercaba al grano disperso por el suelo. Levantó
el cubo, lo cogió con la mano, luego giró en una pirueta brujeril y lo arrojó
como si fuera un disco por encima de los tejados recubiertos de caña del
gallinero. Se volvió sobre sus talones y echó a correr a través del parque del
santuario.
Corría ligera,
controlando hábilmente su respiración. Ante uno de cada dos árboles que pasaba
ejecutaba una ágil media vuelta, marcando el golpe con una espada imaginaria
para, después, realizar los quiebros y fintas ya aprendidos. Saltó la cerca
hábilmente, aterrizando segura y suave sobre los pies flexionados.
-¡Jarre! -gritó,
alzando la cabeza en dirección al ventanuco abierto en la pared de piedra de la
torre-. Jarre, ¿estás ahí? ¡Eh! ¡Soy yo!
-¿Ciri? -El
muchacho se asomó-. ¿Qué haces aquí?
-¿Puedo entrar?
-¿Ahora? Humm...
Bueno, venga... Pasa.
Corrió por las
escaleras como una tormenta, sorprendiendo al joven adepto en el momento en
que, vuelto de espaldas, se arreglaba la ropa a toda prisa y escondía bajo unos
pergaminos otros que había sobre la mesa.
Jarre se colocó los
cabellos con los dedos, carraspeó y se inclinó desmañadamente. Ciri se metió
los pulgares en el cinturón, agitó la melena cenicienta.
-¿Qué es esa guerra
de la que todos hablan? -estalló-. ¡Quiero saberlo!
-Siéntate, por
favor.
Pasó la vista por
la habitación. En ella había cuatro grandes mesas repletas de libros y
pergaminos. Sólo había una silla. También repleta de papeles.
-¿Guerra? -masculló
Jarre-. Sí, he oído esos rumores ... ¿Te interesa el tema? ¿A ti, una much...?
No, no te sientes en la mesa, por favor, acabo de ordenar estos documentos...
Siéntate en la silla. Un momento, espera, quitaré los libros... ¿Sabe doña Yennefer
que estás aquí?
-No.
-Humm... ¿Y madre
Nenneke?
Ciri frunció el
rostro. Sabía de qué se trataba. Jarre tenía dieciséis años, era pupilo de la
suma sacerdotisa, instruido por ella para sacerdote y cronista. Vivía en
Ellander, donde trabajaba como escribano en el juzgado de la villa, pero pasaba
más tiempo en la catedral de Melitele que en la ciudad, días enteros, y a veces
noches, estudiando, copiando e iluminando obras de la biblioteca del santuario.
Ciri nunca se lo había oído decir a Nenneke, pero estaba claro que la suma
sacerdotisa no deseaba que Jarre se mezclara con las jóvenes adeptas. Y al
revés. Las adeptas clavaban la vista en el muchacho y cotorreaban, considerando
las distintas posibilidades que ofrecía la frecuente presencia en el santuario
de algo que llevara pantalones. Ciri se asombraba desmesuradamente dado que
Jarre representaba la negación de todo lo que, según ella, debía ser un hombre
atractivo. En Cintra, por lo que recordaba, todo hombre atractivo llegaba con
la cabeza al techo y con los hombros de un alféizar al otro, blasfemaba como un
enano, barritaba como un búfalo y a treinta pasos apestaba a caballo, sudor y
cerveza, sin consideración a la hora del día o de la noche. A los hombres a los
que esta descripción no se amoldaba, la camarera mayor de la reina Calanthe no
los consideraba dignos de suspiros ni de cotilleos. Ciri había visto también
otros hombres: los sabios y suaves druidas de Angren, los sobrios y tristes
colonos de Sodden, los brujos de Kaer Morhen. Jarre era distinto. Era delgado
como un palo, desmañado, llevaba ropa demasiado grande, que olía a tinta y a
polvo, tenía unos cabellos siempre grasientos, y en la barbilla, en vez de
vello, siete u ocho largos pelillos de los que alrededor de la mitad le salían
de una gran verruga. Ciri en verdad no comprendía qué le arrastraba hasta la
torre de Jarre. Le gustaba hablar con él, el muchacho sabía mucho, podía uno
aprender mucho de él. Pero últimamente, cuando la miraba, Jarre tenía una
mirada extraña, borrosa, viscosa.
-Venga -se
impacientó-. ¿Me lo vas a decir por fin, o no?
-No hay nada de lo
que hablar. No habrá guerra alguna. Son sólo rumores.
-Ajá -bufó-. ¿Así
que el conde ha mandado llamar a las armas para hacer sainetes? ¿Los ejércitos
marchan por los caminos capdales porque se aburren? No digas pamplinas, Jarre.
Pasas el tiempo en la villa y en el castillo, ¡seguro que sabes algo!
-¿Por qué no le
preguntas a doña Yennefer?
-Doña Yennefer
tiene asuntos más importantes en su cabeza - resopló Ciri, pero enseguida
reflexionó, adoptó una simpática sonrisa y tremoló las pestañas-. ¡Oh, Jarre,
dímelo, por favor! ¡Eres tan listo! ¡Sabes hablar tan bien y tan sabiamente,
podría escucharte durante horas! ¡Por favor, Jarre!
El muchacho se
ruborizó y los ojos se le humedecieron y extendieron. Ciri suspiró a
hurtadillas.
-Humm... -Jarre se
removió en el sitio, agitó indeciso las manos, evidentemente sin saber qué
hacer con ellas-. ¿Qué es lo que puedo decirte? Cierto que los lugareños
chismorrean, están excitados por los sucesos de Dol Angra... Pero no habrá
guerra. Seguro. Puedes creerme.
-Seguro que puedo
-rezongó-. Pero preferiría saber en qué se basa esta seguridad tuya. En el
consejo del conde, por lo que sé, no te sientas. Y si ayer te nombraron
voievoda, dilo. Te felicitaré entonces.
-Yo estudio
tratados históricos. -Jarre enrojeció-. Y de ellos se puede uno enterar de más
que si se sentara en el consejo. He leído la Historia de las guerras, escrita
por el mariscal Pelligramo, La estrategia del duque de Ruyter, El predominio de
los eleares redanos de Bronibor... Y me entiendo tan bien en la presente
situación política como para poder sacar conclusiones por analogía. ¿Sabes lo
que es la analogía?
-Por supuesto
-mintió Ciri, arrancando una brizna de hierba de la hebilla de sus
botas.
-Si añades a la
historia de las guerras antiguas - el muchacho se quedó mirando el techo - la
actual geografía política, es fácil concluir que los incidentes fronterizos
como el de Dol Angra son casuales y sin importancia. Tú como estudiante de la
magia conoces por supuesto la actual geografía política, ¿verdad?
Ciri no respondió,
removió pensativa algunos de los pergaminos que estaban sobre la mesa, pasó
algunas páginas de un gran libro guarnecido en piel.
-Deja, no lo
toques. -Jarre se intranquilizó-. Es increíblemente valioso, una obra
única.
-No me lo voy a
comer.
-Tienes las manos
sucias.
-Más limpias que
las tuyas. Oye, ¿tienes aquí algún mapa?
-Tengo, pero
guardados en el cofre -dijo con rapidez el muchacho, pero a la vista del gesto
de Ciri suspiró, empujó a un lado sus pergaminos, alzó la tapadera, se
arrodilló y comenzó a excavar en su contenido. Ciri, moviéndose en la silla,
agitando los pies, continuó hojeando el libro. De pronto se deslizó de entre
las páginas una hoja suelta con una imagen que representaba a una mujer con los
cabellos peinados en espiral, completamente desnuda, abrazada a un hombre
barbudo completamente desnudo. Mordiéndose la lengua, Ciri hizo girar la
ilustración durante un buen rato sin poder establecer cuál era la parte de
arriba y cuál la de abajo. Se dio cuenta por fin del detalle más importante del
dibujillo y se echó a reír. Jarre se acercó con un gran rollo bajo la axila, se
ruborizó mucho, le quitó de las manos el dibujo sin decir una palabra y lo
escondió bajo los papelotes que anegaban la mesa.
-Una obra única e
increíblemente valiosa -se burló ella -. ¿Ésas son las analogías que estudias?
¿Hay más dibujos de ésos? Curioso, el libro se titula Curaciones y sanaciones.
Me gustaría saber qué enfermedad se puede curar de ese modo.
-¿Sabes leer las
Primeras Runas? -se asombró el muchacho, carraspeando con turbación-. No lo
sabía...
-Hay muchas cosas
que todavía no sabes. -Levantó la nariz-. ¿Qué es lo que te crees? Yo no soy
una adepta para dar de comer a las gallinas. Yo soy... una hechicera. ¡Venga,
enséñame por fin esos mapas!
Ambos se
arrodillaron en el suelo, sujetando con las rodillas y las manos el pliego de
papel que estaba tan tieso que intentaba todo el tiempo volver a enrollarse de
nuevo. Ciri por fin sujetó una de las esquinas con la pata de la silla y Jarre
apretó el otro con un grueso libro titulado Vida y fechos del grand rey
Radowid.
-Humm... ¡Cuidado
que está poco claro este mapilla! No me puedo orientar para nada... ¿Dónde
estamos? ¿Dónde está Ellander?
-Aquí -señaló con
el dedo-. Esto es Temeria, esta parte. Ésta es Wyzima, la capital de nuestro
rey Foltest. Aquí, en el valle del Pontar, está el condado de Ellander. Y
aquí... Sí, aquí está nuestro santuario.
-¿Y cuál es este
lago? Por aquí no hay ningún lago.
-No es un lago. Es
un borrón de tinta...
-Ajá. Y aquí...
Esto es Cintra. ¿Verdad?
-Sí. Al sur de los
Tras Ríos y de Sodden. Por aquí, oh, fluye el río Yaruga, que desemboca en el
mar precisamente en Cintra. Este país, no sé si lo sabes, está actualmente
dominado por los nilfgaardianos...
-Lo sé -le cortó,
mientras cerraba las manos en puños- . Lo sé muy bien. ¿Y dónde está el tal
Nilfgaard? No veo aquí ese país. ¿No cabe en tu mapa o qué? ¡Trae uno más
grande!
-Humm... -Jarre se
rascó la verruga de la barbilla-. No tengo ningún mapa así...
Pero sé que
Nilfgaard está más allá, en dirección al sur... Oh, más o menos aquí.
Creo.
-¿Tan lejos? -Ciri
se asombró, miraba el lugar en el suelo al que el muchacho señalaba-. ¿Vinieron
desde allí? ¿Y por el camino vencieron a todos esos países?
-Sí, cierto.
Conquistaron Metinna, Maecht, Nazair, Ebbing, todos los reinos al sur de los
Montes de Amell. A estos reinos, como también a Cintra y al Alto Sodden,
Nilfgaard los llama ahora provincias. Pero no fue capaz de hacerse ni con el
Bajo Sodden, ni con Verden ni con Brugge. Aquí, en el Yaruga, los ejércitos de
los Cuatro Reinos los detuvieron, venciéndolos en la batalla de...
-Lo sé, he
estudiado historia. -Ciri apoyó en el mapa la mano abierta-. Venga, Jarre,
háblame de la guerra. Estamos arrodillados sobre la geografía política. Saca
conclusiones, por analogía o por lo que quieras. Te escucho.
El muchacho
carraspeó, enrojeció, después de lo cual comenzó a hablar, señalando en el mapa
las regiones mencionadas con la punta de una pluma de ganso.
-Las fronteras
actuales entre nosotros y el sur controlado por Nilfgaard las marca, como ves,
el río Yaruga. Se trata de un obstáculo prácticamente imposible de superar.
No se hiela casi
nunca y en la estación de las lluvias lleva tanta agua que su cauce abarca casi
una milla de anchura. Durante un largo trecho, oh, aquí, corre entre unas
orillas rocosas e inaccesibles, entre los escarpes de Mahakam...
-¿El país de los
enanos y los gnomos?
-Sí. Y por eso el
Yaruga sólo se puede forzar aquí, en su curso bajo, en Sodden, y aquí, en el
curso medio, en el valle de Dol Angra...
-¿Y precisamente en
Dol Angra ocurrió ese... incidente?
-Espera. Como te
digo ningún ejército es capaz en este momento de forzar el río Yaruga. Los
valles accesibles, éstos, por los que durante siglos marcharon los ejércitos,
están fuertemente ocupados y defendidos, tanto por nosotros como por Nilfgaard.
Mira el mapa. Fíjate cuántas fortalezas hay aquí. Mira, esto es Verden, esto
Brugge, aquí las Islas de Skellige...
-¿Y esto, qué es
esto? ¿Esta mancha blanca tan grande?
Jarre se acercó
más, ella sintió el calor de su rodilla.
-El bosque de
Brokilón -dijo-. Es un terreno prohibido. El reino de las dríadas del bosque.
Brokilón también defiende nuestro flanco. Las dríadas no permiten pasar allí a
nadie. Tampoco a los nilfgaardianos...
-Humm... -Ciri se
inclinó sobre el mapa-. Aquí está Aedirn... Y la ciudad de Vengerberg...
¡Jarre! ¡Para inmediatamente!
El muchacho retiró
con rapidez sus labios del cabello de la muchacha, se puso tan rojo como un
clavel.
-¡No quiero que me
hagas eso!
-Ciri, yo...
- He venido a ti
con un asunto importante, como hechicera a ver a un erudito - dijo fría y
digna, con un tono que imitaba a la perfección la voz de Yennefer-. ¡Así que
compórtate!
El
"erudito" se ruborizó aún más y adoptó un gesto tan tonto que la
"hechicera" necesitó esforzarse para no reírse. Ciri volvió a
inclinarse sobre el mapa.
-De toda tu
geografía -siguió-, hasta ahora no hemos sacado nada. Me hablas del Yaruga, y
sin embargo los nilfgaardianos ya cruzaron una vez al otro lado. ¿Qué se lo
puede impedir ahora?
- Entonces
-carraspeó Jarre, limpiándose el sudor, que de pronto le había surgido en la
frente- tenían contra sí sólo a Brugge, Sodden y Temeria. Ahora somos una
alianza bien unida. Los Cuatro Reinos. Temeria, Redania, Aedirn y Kaedwen...
-Kaedwen -dijo
orgullosa Ciri-. Sí, ya sé de qué trata esa alianza. El rey Henselt de Kaedwen
le proporciona ayuda secreta y especial al rey Demawend de Aedirn. Esa ayuda la
llevan en barriles. Y si el rey Demawend sospecha que alguien es un traidor,
echa piedras en los barriles. Les pone una trampa...
Se interrumpió, al
acordarse de que Geralt le había prohibido hablar de lo sucedido en Kaedwen.
Jarre la miró con suspicacia.
-¿Cierto? ¿Y cómo
sabes tú de todo eso? -Lo leí en un libro escrito por el mariscal Pelícano
-bufó-. Y en otras analogías. Cuéntame qué es lo qué pasó en ese Dol Angra, o
como quiera que se llame. Y primero muéstrame dónde está.
-Aquí. Dol Angra es
un amplio valle, el camino que conduce desde el sur hacia los reinos de Lyria y
Rivia, hasta Aedirn, y luego hasta Dol Blathanna y Kaedwen... Y a través del
valle del Pontar hasta nosotros, hasta Temeria.
-¿Y qué pasó allí?
-Hubo una lucha. Al
parecer. No sé mucho de este tema. Pero es lo que decían en el castillo.
-¡Pues si hubo
lucha -Ciri adoptó un gesto preocupado- entonces ya es la guerra! ¿Qué es lo
que me andas contando?
-No es la primera
vez que ha habido lucha -le explicó Jarre, aunque la muchacha vio que estaba
cada vez menos seguro de sí mismo-. En las fronteras hay incidentes muy a
menudo. Pero no tienen ninguna importancia.
-¿Y por qué no la
tienen?
- Hay equilibrio de
fuerzas. Ni nosotros ni los nilfgaardianos podemos hacer nada. Y ninguna de las
partes puede darle al contrincante un casus belli...
-¿Dar lo qué?
-Un motivo para la
guerra. ¿Comprendes? Por eso los incidentes armados de Dol Angra son con toda
seguridad accidentes, seguramente un ataque de bandoleros o enredos de
contrabandistas... En ningún caso puede tratarse de acciones de ejército
regular, ni de los nuestros, ni de los nilfgaardianos... Porque esto sería
precisamente un casus belli...
-Ajá. Escucha,
Jarre, y dime...
Se incorporó. Alzó
de pronto la cabeza, tocó con los dedos las sienes, frunció el ceño.
-Tengo que irme
-dijo-. Doña Yennefer me llama.
- ¿Puedes
escucharla? -se interesó el muchacho-. ¿En la distancia? En qué forma...
-Tengo que irme
-repitió, al tiempo que se levantaba y se limpiaba las rodillas de polvo-.
Escucha, Jarre. Me voy con doña Yennefer por un asunto muy importante. No sé
cuándo volveremos. Te adelanto que se trata de asuntos secretos, que afectan
exclusivamente a las hechiceras, así que no hagas preguntas.
Jarre también se
levantó. Se arregló la ropa, pero seguía sin saber qué hacer con las manos. Los
ojos se le humedecieron en una forma asquerosa.
-Ciri...
-¿Qué?
-Yo... yo...
-No sé qué quieres
-dijo impaciente, dirigiendo hacia él sus enormes ojos esmeraldas completamente
abiertos-. Y tú por lo visto tampoco lo sabes. Me voy. Adiós, Jarre.
-Hasta la vista...
Ciri. Buen viaje. Voy... voy a pensar en ti...
Ciri suspiró.
-¡Aquí estoy, doña
Yennefer!
Entró a la
habitación como el proyectil de una catapulta que, tras golpear la puerta y
abrirla, se estrellara contra la pared. Un escabel que se interponía en el
camino amenazaba con romperle la pierna, pero Ciri lo saltó con habilidad,
realizó una media pirueta llena de gracia y simuló un tajo con la espada. Luego
sonrió alegre por el éxito de la maniobra. Pese a lo rápido de sus movimientos
no jadeaba, respiraba con armonía y con tranquilidad. Dominaba ya perfectamente
el control de la respiración.
-¡Aquí estoy!
-repitió.
-Por fin. Desnúdate
y a la bañera. Y rapidito.
La hechicera no
miró hacia atrás, no se volvió de la mesa, contempló a Ciri a través del
reflejo en el espejo. Yennefer se estaba peinando con lentos movimientos sus
humedecidos rizos negros, los cuales se alisaban bajo la acción del peine para,
un instante después, retorcerse de nuevo en una ola brillante.
La muchacha se
deshebilló las botas como un relámpago, las arrojó a un lado, se liberó de la
ropa y se introdujo con un chapoteo en la bañera. Agarró el jabón y comenzó a
restregarse enérgicamente el antebrazo.
Yennefer estaba
sentada, inmóvil, miraba por la ventana, jugueteaba con el peine. Ciri
resoplaba, gorgoteaba y escupía, porque le había entrado jabón en los ojos.
Agitó la cabeza, reflexionando sobre si existía algún hechizo que permitiera
lavarse sin agua, jabón ni pérdida de tiempo.
La hechicera soltó
el peine pero, aún sumida en sus pensamientos, miró por la ventana, a la
bandada de cuervos y cornejas que volaba hacia el este entre graznidos
chirriantes. Sobre la mesa, junto al espejo y a una imponente batería de
frasquitos con cosméticos, yacían unas cuantas cartas. Ciri sabía que Yennefer
esperaba estas cartas desde hacía tiempo, que de que las recibiera dependía
cuándo iban a dejar el santuario. Pese a lo que le había dicho a Jarre, la
muchacha no tenía ni idea de a dónde iban ni por qué razón. Pero en esas
cartas...
Chapoteando con la
mano izquierda para pasar desapercibida, colocó los dedos de la mano derecha en
un gesto, se concentró en la fórmula, clavó la vista en las cartas y envió un
impulso.
-Ni te atrevas -le
dijo Yennefer sin volverse.
-Pensaba...
-carraspeó-. Pensaba que alguna sería de Geralt...
-Si hubiera sido
así, te la habría dado. -La hechicera dio la vuelta a la silla, se sentó
enfrente de ella-. ¿Te queda todavía mucho de bañarte?
-Ya he terminado.
-Levántate, por
favor.
Ciri obedeció.
Yennefer sonrió.
-Sí -dijo -. Ya has
dejado atrás la infancia. Te has redondeado allí dónde se debe. Baja los
brazos. Tus codos no me interesan. Venga, venga, sin rubores, sin falsas
vergüenzas. Es tu cuerpo, la cosa más natural en el mundo. El que madures,
también es natural. Si tu fortuna hubiera sido otra... Si no hubiera sido por
la guerra, haría ya tiempo que serías la mujer de algún príncipe o infante. Te
das cuenta, ¿verdad? Hemos hablado de los temas referidos al género tan a
menudo y con tanta precisión como para que sepas que ya eres una mujer.
Fisiológicamente, se entiende. ¿No habrás olvidado lo que hemos hablado?
-No. No me he
olvidado.
-Espero que durante
tus visitas a Jarre tampoco hayas tenido problemas con tu memoria, ¿no?
Ciri apartó la
vista, pero sólo un instante. Yennefer no sonrió.
-Sécate y ven junto
a mí -dijo con frialdad-. No salpiques, por favor.
Ciri, envuelta en
toallas, se sentó en un escabel junto a las rodillas de la hechicera. Yennefer
peinaba sus cabellos, cortando de vez en cuando con las tijeras algún mechón
revoltoso.
-¿Estás enfadada
conmigo? -preguntó la muchacha con indecisión-. ¿Porque... estuve en la torre?
-No. Pero a Nenneke
no le gusta. Lo sabes.
-Pero yo no... Ese
Jarre no me interesa para nada. -Ciri enrojeció ligeramente-.
Yo sólo ...
-Precisamente
-masculló la hechicera-. Tú sólo. No te hagas la niña, porque ya no lo eres, te
recuerdo. A ese muchacho cuando te ve se le cae la baba y comienza a
tartamudear. ¿Es que no te das cuenta?
-¡No es mi culpa!
¿Qué le puedo hacer?
Yennefer dejó de
peinarla, la midió con sus profundos ojos violetas.
-No te burles de
él. Porque eso es abyecto.
-¡Yo no me burlo de
él para nada! ¡Sólo hablo con él!
- Quisiera creer
-la hechicera hizo chasquear las tijeras al cortar otro mechón que no se dejaba
colocar por nada del mundo- que durante esas conversaciones recuerdas lo que te
pedí.
-¡Lo recuerdo, lo
recuerdo!
- Es un muchacho
inteligente y perspicaz. Una, dos palabras imprudentes pueden ponerlo en la
dirección correcta, sobre la pista de asuntos que no debe conocer. De los que
nadie debe saber. Nadie, absolutamente nadie debe saber quién eres.
- Lo recuerdo
-repitió Ciri- . No le he soltado ni palabra a nadie, puedes estar segura.
Dime, ¿es por eso que tenemos que irnos? ¿Tienes miedo de que alguien pueda
enterarse de quién soy? ¿Por eso?
-No. Por otras
razones.
-¿Acaso porque...
porque puede haber guerra? ¡Todos hablan de una nueva guerra! Todos hablan de
ello, doña Yennefer.
- Ciertamente
-confirmó fría la hechicera, haciendo chasquear las tijeras junto a la oreja de
Ciri-. Es un tema del grupo de los llamados inagotables. Se hablaba de guerras,
se habla de ellas y se seguirá hablando. Y no sin causa: ha habido guerras en
el pasado y las habrá en el futuro. Agacha la cabeza.
-Jarre dijo... que
no habrá guerra con Nilfgaard. Habló de no sé qué analogías... Me enseñó un
mapa. Yo no sé qué decir. No sé lo que son esas analogías, seguramente son algo
muy complicado... Jarre lee diversos libros eruditos y se hace el listo, pero yo
pienso...
-Me interesa lo que
piensas, Ciri.
-En Cintra ...
Entonces... Doña Yennefer, mi abuela era mucho más lista que Jarre. El rey Eist
también era listo, navegaba por los mares, lo había conocía todo, incluso el
narval y la serpiente marina, apuesto a que hasta más de una analogía había
visto. ¿Y de qué sirvió? De pronto aparecieron ellos, los nilfgaardianos...
Ciri bajó la
cabeza, la voz se le quebró en la laringe. Yennefer la abrazó, la apretó con
fuerza.
-Por desgracia
-dijo en voz baja-. Por desgracia tienes razón, feúcha. Si la capacidad de
aprovechar las experiencias y de sacar conclusiones fuera decisiva, hace ya
mucho que habríamos olvidado qué es la guerra. Pero a los que quieren guerra
nunca los han detenido ni les detendrán las experiencias ni las analogías.
-Entonces...
Entonces es verdad. Habrá guerra. ¿Por eso tenemos que irnos? -No hablemos de
ello. No nos preocupemos de antemano. Ciri sorbió las narices.
-Yo ya he visto la
guerra -susurró-. No tengo ganas de verla otra vez. Nunca. No quiero estar sola
de nuevo. No quiero tener miedo. No quiero perder de nuevo todo, como entonces.
No quiero perder a Geralt... ni a ti tampoco. No quiero perderte. Quiero estar
contigo. Y con él. Siempre.
-Lo estarás. -La
voz de la hechicera tembló ligeramente-. Y yo estaré contigo, Ciri. Siempre. Te
lo prometo.
Ciri volvió a
sorber las narices. Yennefer tosió bajito, soltó las tijeras y el peine, se
levantó, se acercó a la ventana. Los cuervos seguían graznando, mientras
volaban en dirección a los cerros.
- Cuando llegué
aquí -habló de pronto la hechicera con su voz habitualmente sonora, que
temblaba un poco-. Cuando nos vimos por vez primera... No te gusté.
Ciri callaba.
Nuestro primer encuentro, pensó. Lo recuerdo. Estaba con otras muchachas en la
Gruta, Cortusa nos mostraba las plantas y las hierbas. Entonces
entró Iola Primera,
susurró algo al oído de Cortusa. La sacerdotisa frunció el ceño con desagrado.
Y Iola Primera se acercó a mí con un gesto extraño. Prepárate, Ciri, dijo, ve
deprisa al refectorio. Te llama la madre Nenneke. Ha venido alguien.
Una mirada extraña,
significativa, la excitación en los ojos. Y el susurro. Yennefer. La hechicera
Yennefer. Más deprisa, Ciri, apresúrate. La madre Nenneke te espera. Y ella
espera.
Supe al momento,
pensó Ciri, que era ella. Porque la había visto. La había visto la noche
anterior, en mis sueños.
Ella.
Entonces no conocía
su nombre. En mis sueños no hablaba. Sólo me miraba, y detrás de ella, en la
oscuridad, vi unas puertas cerradas...
Ciri suspiró.
Yennefer se dio la vuelta, la estrella de obsidiana en su cuello refulgió con
miles de reflejos.
- Tienes razón
-reconoció seria la muchacha, mientras miraba directamente a los ojos violetas
de la hechicera-. No me gustabas.
-Ciri -dijo
Nenneke- . Acércate a nosotras. Te presento a doña Yennefer de Vengerberg,
Maestra de la Magia. No tengas miedo. Doña Yennefer sabe quién eres. Se puede
confiar en ella.
La muchacha hizo
una reverencia, colocando las manos en un gesto de respeto. La hechicera, con
la tela de su largo vestido negro crepitando por el movimiento, se acercó, la
tomó por la barbilla, le levantó la cabeza sin ceremonias, la volvió hacia la
izquierda, hacia la derecha. Ciri sintió la rabia y la resistencia que le
crecían dentro: no estaba acostumbrada a que nadie la tratara de esta forma. Y
al mismo tiempo le pinchó el aguijón ardiente de la envidia. Yennefer era muy
hermosa. En comparación con la belleza pálida, delicada y bastante corriente de
las sacerdotisas y las adeptas que Ciri veía cada día, la hechicera brillaba
con una belleza consciente, incluso demostrativa, acentuada, subrayada en cada
detalle. Sus rizos como ala de cuervo, que caían en cascada sobre los hombros,
refulgían, reflejaban la luz como plumas de pavo, retorciéndose y ondulando con
cada movimiento. Ciri se avergonzó de pronto, se avergonzó de sus codos
arañados, de sus manos agrietadas, de sus uñas quebradas, de sus cabellos rotos
en mechones grises. De pronto deseó poderosamente tener lo que tenía Yennefer:
un cuello bello y muy desnudo, y sobre él una hermosa cinta de terciopelo negro
y una preciosa y brillante estrella. Unas cejas iguales, acentuadas con carbón
y unas largas pestañas. Una boca orgullosa. Y esas dos redondeces, que se
alzaban con cada inspiración, apretadas por la tela negra y la blanca
puntilla...
-Así que ésta es la
famosa Sorpresa. -La hechicera frunció un poco los labios-.
Mírame a los ojos,
muchacha.
Ciri se estremeció
y metió la cabeza entre los hombros. No, eso no se lo envidiaba a Yennefer, no
quería tenerlo y ni siquiera deseaba verlo. Esos ojos, violetas, profundos como
un lago sin fondo, que brillaban extraños, impasibles y malvados. Horribles.
La hechicera se
volvió hacia la gruesa suma sacerdotisa. La estrella de su cuello ardió a los
reflejos del sol que atravesaba la ventana del refectorio.
-Sí, Nenneke
-dijo-. No hay duda. Basta mirar a estos ojitos verdes para saber que hay algo
en ellos. La frente alta, los arcos de las cejas tan regulares, la bonita
distancia entre los ojos. Las finas aletas de la nariz. Los largos dedos. El
extraño pigmento de los cabellos. Claramente, se trata de sangre de los elfos,
aunque no hay mucha de esta sangre en ella. Un bisabuelo o bisabuela élficos.
¿He acertado?
-No conozco su
ascendencia -repuso la suma sacerdotisa-. No me interesa.
-Alta para su edad
-continuó la hechicera, todavía tasando a Ciri con la mirada. La muchacha
estaba ardiendo de rabia y de nervios, luchaba contra el poderoso deseo de
aullar retadoramente, aullar con toda la fuerza de sus pulmones, patalear y
escapar al parque, tirando por el camino el florero de la mesa y cerrando las
puertas de tal modo que se cayera el yeso del techo.
-No está mal
desarrollada. -Yennefer no apartaba la vista de ella -. ¿Sufrió en su infancia
alguna enfermedad contagiosa? Ja, seguro que tampoco le preguntaste por ello.
¿Aquí no ha enfermado?
-No.
-¿Migrañas?
¿Desmayos? ¿Tendencia a resfriarse? ¿Dolores menstruales? -No. Sólo los sueños.
-Lo sé. -Yennefer
le retiró los cabellos de las mejillas-. Él escribió acerca de ello. De su
carta se desprendía que en Kaer Morhen no habían intentado con ella ningún...
experimento. Me gustaría creer que es verdad.
-Es verdad.
Únicamente le dieron estimulantes naturales.
-¡Los estimulantes
no son nunca naturales! -La hechicera alzó la voz -. ¡Nunca! Justo esos
estimulantes pudieron reforzar en ellas los síntomas... ¡Rayos, no creía que
tuviera tanta falta de responsabilidad!
-Tranquilízate.
-Nenneke la miró con frialdad y con una repentina y extraña falta de respeto-.
Te dije que eran medios naturales, seguros por completo. Perdona, querida, pero
en este campo me considero mejor autoridad que tú. Sé que te resulta terriblemente
difícil aceptar cualquier autoridad, pero en este caso estoy obligada a
imponértela. Y no hablemos más de ello.
-Como quieras.
-Yennefer apretó los labios-. Venga, vamos, muchacha. No tenemos mucho tiempo,
sería un pecado perderlo.
Ciri controló con
esfuerzo el temblor de sus manos, tragó saliva, miró interrogativamente a
Nenneke. La suma sacerdotisa tenía el rostro serio y como preocupado, y la
sonrisa con la que respondió a la muda pregunta resultaba fea y artificial.
-Ahora te irás con
doña Yennefer -le dijo-. Durante algún tiempo doña Yennefer será tu tutora.
Ciri agachó la
cabeza, apretó los dientes.
-Con toda seguridad
estarás asombrada -siguió Nenneke- de que de pronto te tome bajo su protección
una Maestra de la Magia. Pero tú eres una muchacha inteligente, Ciri. Te
imaginas cuál es la causa. Heredaste de tus antepasados ciertas... capacidades.
Sabes de lo que hablo. Venías a mí, entonces, después de esos sueños,
después de las
alarmas nocturnas en el dormitorio. Yo no supe ayudarte. Pero doña Yennefer...
-Doña Yennefer -le
interrumpió la hechicera- hará lo que haya que hacer.
Vamos, muchacha.
-Ve. -Nenneke agitó
la cabeza, intentando en vano dar a su sonrisa al menos un aspecto de
naturalidad-. Ve, niña. Recuerda que tener como tutora a alguien como doña
Yennefer es un gran honor. No avergüences al santuario ni a nosotras, tus
maestras. Y sé obediente.
Me escaparé esta
noche, decidió Ciri. De vuelta a Kaer Morhen. Robaré un caballo en el establo y
no me volverán a ver. ¡Me escaparé!
-¡Ni pensarlo!
-dijo la hechicera a media voz.
-¿Dime? -La
sacerdotisa alzó la cabeza-. ¿Qué has dicho?
-Nada, nada -sonrió
Yennefer-. Te ha debido de parecer. ¿O puede que me haya parecido a mí? Mira a
tu pupila, Nenneke. Rabiosa como un gato. Chispas en los ojos, mira cómo
rebufa, y si supiera poner las orejas como los gatos lo haría. ¡Bruja! Va a
haber que agarrarla fuerte por el cuello, cortarle las uñas.
-Más comprensión.
-Los rasgos de la sacerdotisa se endurecieron visiblemente-. Por favor,
muéstrale corazón y comprensión. Ella no es aquélla por quien la tienes.
-¿Qué quieres decir
con eso?
-Ella no es tu
rival, Yennefer.
Durante un instante
se midieron con la vista, ambas, hechicera y sacerdotisa, y Ciri sintió un
temblor en el aire, una extraña y terrible fuerza que se solidificaba entre
ellas. Duró esto tan sólo una fracción de segundo, tras lo que la fuerza
desapareció y Yennefer se rió con naturalidad y sonoridad.
-Me había olvidado
-dijo-. Siempre de su lado, ¿no, Nenneke? Siempre llena de preocupación por él.
Como la madre que nunca tuvo.
- Y tú siempre en
contra de él - sonrió la sacerdotisa-. Como siempre, le haces merced de
sentimientos muy fuertes. Y te defiendes con todas tus fuerzas para no llamar a
esos sentimientos por su verdadero nombre.
Ciri sintió de
nuevo cómo crecía allá abajo, en la tripa, una rabia que pulsaba en sus sienes
en forma de espíritu de contradicción y de revuelta. Recordó cuántas veces y en
qué circunstancias había oído ese nombre. Yennefer. Un nombre que le producía
inquietud, un nombre que era el símbolo de algún secreto amenazador. Se
imaginaba cuál era ese secreto.
Hablan ante mí
abiertamente, sin embarazo, pensó, sintiendo como de nuevo le comenzaban a
temblar de rabia las manos. No se preocupan por mí para nada. No me prestan
atención. Como si fuera una niña. Hablan de Geralt delante de mí, en mi
presencia, y no deben hacerlo porque yo... Yo soy...
¿Quién?
-¡Y tú por tu
parte, Nenneke -repuso la hechicera-, como de costumbre te diviertes analizando
las emociones ajenas, y para colmo interpretándolas a tu manera!
-¿Y metiendo las
narices en asuntos ajenos?
-No quería decir
eso. -Yennefer agitó sus negros rizos, y los rizos brillaron y se retorcieron
como serpientes-. Gracias que lo hiciste por mí. Y ahora cambiemos de tema, por
favor. Porque éste al que estamos dando vueltas es extraordinariamente estúpido.
Hasta se avergüenza una delante de nuestra joven adepta. Y en lo que respecta a
la comprensión que me pedías... Seré comprensiva. En lo que respecta a mostrar
corazón puedo tener dificultades, puesto que en general se dice que no poseo
tal órgano. Pero ya nos las arreglaremos. ¿Verdad, Sorpresa?
Se sonrió en
dirección a Ciri y Ciri, pese a sí misma, pese a su rabia y enfado, tuvo que
responderle con un sonrisa. Porque la sonrisa de la hechicera era
inesperadamente amable, bondadosa, cordial. Y muy, muy hermosa.
Escuchaba la
alocución de Yennefer, que estaba demostrativamente vuelta de espaldas,
fingiendo que toda su atención estaba puesta en el abejorro que zumbaba en la
flor de una de las malvas que crecían al pie del muro del santuario.
-Nadie me preguntó
a mí -masculló.
-¿Qué es lo que no
te preguntó nadie?
Ciri giró en una
media pirueta, golpeó enfadada con el puño en la malva. El abejorro se alejó
volando, zumbando con rabia y odio.
-¡Nadie me preguntó
si yo quería que me enseñaras!
Yennefer apoyó los
puños en las caderas, sus ojos echaban chiribitas.
- Vaya una
coincidencia -ceceó -. Imagínate que a mí tampoco me preguntó nadie si tenía
ganas de enseñarte. Las ganas, al fin y al cabo, no tienen aquí nada que ver.
Yo no acepto a cualquiera y tú, pese a las apariencias, podrías resultar
cualquiera. Me pidieron que viera cómo eres. Que investigara qué es lo que hay
en ti y si eso te amenaza. Y yo, no sin reticencia, asentí.
-¡Pero yo todavía
no he asentido!
La hechicera alzó
el brazo, movió la mano. Ciri sintió cómo le latían las sienes y como le
zumbaban los oídos, de forma parecida a como cuando se traga saliva, pero mucho
más fuerte. Sintió sueño y una debilidad paralizante, un cansancio que le
volvía rígido el cuello, temblaban las rodillas.
Yennefer bajó la
mano y las sensaciones desparecieron al instante.
-Escúchame con
atención, Sorpresa -dijo-. Puedo hechizarte sin esfuerzo, hipnotizarte o
hacerte entrar en trance. Puedo paralizarte, atiborrarte de elixires por la
fuerza, desnudarte, ponerte sobre una mesa y examinarte durante algunas horas,
haciendo un descanso para comer algo, y tú estarías tendida mirando al techo,
sin ser capaz de mover siquiera los globos oculares. Haría así con la primera
mocosa que pillara. Contigo no quiero obrar así porque al primer vistazo se ve
que eres una muchacha inteligente y orgullosa, que tienes carácter. No quiero
avergonzarte ni a ti, ni tampoco a mí. Ante Geralt. Porque él fue quien me
pidió que examinara tus talentos. Para que te ayude a arreglártelas con ellos.
-¿Te lo pidió? ¿Por
qué? ¡Nadie me ha dicho nada! No me han preguntado
nada...
- Vuelves a ello
con terquedad - le interrumpió la hechicera-. Nadie te pidió tu opinión, nadie
hizo el esfuerzo de ver qué es lo que querías y qué es lo que no. ¿Acaso has
dado lugar a que se te considerara una obstinada y terca mocosa a la que no
vale la pena hacer tales preguntas? Pero me arriesgaré, te haré la pregunta que
nadie te ha dado. ¿Te dejarás realizar los tests?
-¿Y qué es eso?
¿Qué son esos tests? ¿Y por qué...?
-Ya te lo he
explicado. Si no lo has entendido, qué le vamos a hacer. No tengo intenciones
de pulir tu percepción ni trabajar sobre tu inteligencia. Lo mismo puedo
hacerle los tests a una lista como a una tonta.
-¡No soy tonta! ¡Y
lo he entendido todo!
-Pues mejor.
-¡Pero yo no valgo
para hechicera! ¡No tengo ningún talento! ¡Nunca seré hechicera ni lo quiero
ser! Estoy destinada a Geralt... ¡Estoy destinada a ser bruja! ¡Vine aquí sólo
para poco tiempo! Pronto me volveré a Kaer Morhen...
-Estás mirando mi
escote todo el rato-dijo Yennefer, entrecerrando ligeramente sus ojos
violetas-. ¿Ves en ellos algo extraordinario o se trata de simple envidia?
-Esa estrella...
-murmuró Ciri-. ¿De qué es? Esas piedrecitas se mueven y brillan muy raro...
-Pulsan -sonrió la
hechicera-. Son brillantes activos incluidos en obsidiana. ¿Quieres verlos de
cerca? ¿Tocarlos?
- Sí... ¡No! -Ciri
retrocedió, agitó su cabeza con rabia, como queriendo expulsar de sí el perfume
a lilas y grosellas que surgía de Yennefer- . ¡No quiero! ¿Para qué lo
necesito? ¡No me interesa! ¡Nada de nada! ¡Soy bruja! ¡No tengo ningún talento
para la magia! No sirvo para hechicera, creo que está claro, porque soy... Y
además...
La hechicera se
sentó en un poyo de piedra que estaba junto al muro y se embebió en la
contemplación de sus uñas.
-... y además
-terminó Ciri-, tengo que reflexionar.
-Ven aquí. Siéntate
junto a mí.
Obedeció.
-Tengo que tener
tiempo para pensarlo -dijo insegura.
-Desde luego.
-Yennefer asintió, todavía mirando sus uñas-. Se trata de un asunto importante.
Precisa de reflexión.
Ambas guardaron
silencio durante un rato. Las adeptas que paseaban por el parque las miraron de
refilón, con curiosidad, susurraban, risoteaban.
-¿Y?
-¿Qué... y?
-¿Te lo has pensado
ya?
Ciri se levantó
violentamente sobre los dos pies, bufó, pataleo.
-Yo... Yo...
-resopló, sin poder tomar aliento de la rabia que tenía-. ¿Acaso te burlas de
mí? ¡Necesito tiempo! ¡Tengo que reflexionar! ¡Más tiempo! ¡Todo el día... y la
noche!
Yennefer la miró a
los ojos y Ciri se encogió ante esta mirada.
-El proverbio
afirma -dijo lentamente la hechicera- que hay que consultar con la almohada.
Pero en tu caso, Sorpresa, la almohada puede que solamente traiga otra
pesadilla más. Te despertarás otra vez entre gritos y dolores, bañada en sudor,
tendrás otra vez miedo, miedo de lo que hayas visto, tendrás miedo de lo que no
vas a poder acordarte. Y no habrá más sueño esa noche. Habrá amenaza. Hasta el
alba.
La muchacha tembló,
bajó la cabeza.
-Sorpresa. -La voz
de Yennefer se transformó imperceptiblemente-. Confía en
mí.
Los brazos de la
hechicera eran cálidos. El terciopelo negro del vestido parecía hasta pedir que
lo tocasen. El perfume a lilas y grosellas embriagaba deliciosamente. El abrazo
tranquilizaba y apaciguaba, relajaba, suavizaba la tensión, aplacaba la rabia y
la revuelta.
-Aceptas hacer los
tests, Sorpresa.
-Acepto -respondió,
comprendiendo que no tenía necesidad de responder.
Porque no se
trataba de una pregunta.
-Yo ya no entiendo
nada de nada -dijo Ciri-. Primero dices que tengo capacidades porque tengo esos
sueños. Pero quieres hacer esas pruebas y comprobar... Entonces, ¿qué? ¿Tengo
capacidades o no?
-A esa pregunta
responderán los tests.
-Tests, tests.
-Enarcó las cejas-. No tengo capacidades, te digo, si tuviera, creo que lo
sabría, ¿no? Pero si, por una casualidad, las tuviera, entonces, ¿qué?
-Hay dos
posibilidades -comunicó indiferente la hechicera mientras abría la ventana-. O
bien habrá que ahogar esas capacidades o bien enseñarte a controlarlas. Si
tienes el talento y quieres hacerlo, intentaré impartirte algunos conocimientos
elementales de magia.
-¿Que quiere decir
"elementales"?
-Básicos.
Estaban en la misma
gran habitación que Nenneke había destinado para la hechicera, junto a la
biblioteca, en un ala lateral del edificio, apenas usada. Ciri sabía que estas
habitaciones se las destinaban a los invitados. Sabía que Geralt, cuantas veces
había estado en el santuario, había vivido precisamente allí.
-¿Vas a querer
enseñarme? -Se sentó en la cama, pasó la mano por la colcha adamascada-. ¿Vas a
querer llevarme de aquí, verdad? ¡Nunca me iré contigo!
-Entonces me iré
sola -dijo Yennefer, desatando los cordeles de las enjalmas-. Y te prometo que
no voy a echarte de menos. Ya te he dicho que sólo te educaré si lo quieres. Y
puedo hacerlo aquí, donde estamos.
-¿Cuánto tiempo vas
a edu... enseñarme?
-Tanto como
quieras. -La hechicera se agachó, abrió la cómoda, sacó de ella una vieja bolsa
de cuero, un cinturón, dos botas de piel cosida y una pequeña damajuana de
barro rodeada de mimbre. Ciri escuchó cómo maldecía en voz baja, riéndose al
mismo tiempo, vio cómo guardaba el hallazgo de vuelta en la cómoda. Se imaginó
a quién pertenecían. Quién las había dejado allí.
-¿Qué significa
tanto como quiera? -preguntó-. Si me aburro o no me gustan esas lecciones...
-Entonces dejaremos
de darlas. Basta con que me lo digas. O me lo muestres. -¿Mostrar? ¿Cómo?
-Si nos
decidiéramos por la educación, exigiré absoluta obediencia. Repito: absoluta.
Así que si estás harta de las lecciones basta con que muestres desobediencia.
Entonces, inmediatamente, se acabarán las lecciones. ¿Está claro?
Ciri meneó la
cabeza, lanzó una rápida mirada con sus ojos verdes a la hechicera.
-En segundo lugar
-continuó Yennefer mientras se dedicaba a desempacar las enjalmas-, voy a
exigir absoluta sinceridad. No debes esconderme nada. Nada. Si sientes que
estás harta, basta con que comiences a mentir, fingir, simular o cerrarte en ti
misma. Si te pregunto algo y no me respondes sinceramente, esto significará el
fin de las lecciones. ¿Me has entendido?
-Sí -rezongó Ciri-.
Y esta... sinceridad... ¿va a funcionar en las dos direcciones?
¿Voy a poder...
hacerte preguntas a ti?
Yennefer la miró y
su boca se deformó extrañamente.
-Por supuesto
-respondió al cabo de un rato-. Se entiende por sí mismo. En eso se basan las
lecciones y la tutela que tengo intenciones de desplegar sobre ti. La
sinceridad funciona en las dos direcciones. Puedes hacerme preguntas. En
cualquier momento. Y yo responderé a ellas. Con sinceridad.
-¿A todas las
preguntas?
-A todas.
-¿Desde este
momento?
-Sí. Desde este
momento.
-¿Qué es lo que hay
entre tú y Geralt?
Ciri casi se
desmayó, asustada por su propia desfachatez y por el silencio helado que cayó
después de la pregunta.
La hechicera se
acercó poco a poco a ella, le puso las manos en los hombros, le miró a los
ojos, de cerca, profundamente.
-Nostalgia
-respondió seria-. Tristeza. Esperanza. Dolor. Sí, creo que no he olvidado
nada. Venga, ahora tenemos que empezar con los tests, tú, culebrilla de ojos
verdes.
Comprobaremos si sirves. Aunque después de tu pregunta me extrañaría mucho si
resultara que no. Vamos, feúcha.
Ciri se indignó.
-¿Por qué me llamas
así?
Yennefer sonrió con
la comisura de los labios.
-Te prometí
sinceridad.
Ciri se enderezó,
nerviosa, se removió impaciente en la dura silla, que le lastimaba el culo
después de unas cuantas horas de estar sentada.
-¡No vamos a sacar
nada de esto! -gritó, limpiándose en la mesa el dedo manchado de carbón-. ¡Si
es que... si es que no me sale nada! ¡No sirvo para hechicera! ¡Lo sabía desde
el principio, pero no querías escucharme! ¡No me has hecho ningún caso!
Yennefer alzó las
cejas.
-¿Dices que no te
quería escuchar? Interesante. Por lo general presto atención a toda frase dicha
en mi presencia y la anoto en mi memoria. La condición es que la frase tenga al
menos una migaja de sentido.
-Siempre te estás
burlando. -Ciri rechinó los dientes-. Y yo sólo hablaba...
Bueno, de esas
capacidades. Porque sabes, allí, en Kaer Morhen, en las montañas...
No conseguí hacer
ninguna Señal de los brujos. ¡Ni una sola!
-Lo sé.
-¿Lo sabes?
-Lo sé. Pero esto
no significa nada.
-¿Cómo que no?
Bueno... ¡Pero eso no es todo!
-Escucho con
atención.
-Yo no sirvo. ¿No
lo entiendes? Soy... demasiado joven.
-Yo era más joven
cuando comencé.
-Pero seguro que no
eras...
-¿De qué se trata,
muchacha? ¡Deja de tartamudear! Por favor, aunque sea sólo una frase completa.
-Porque... -Ciri
bajó la cabeza, se ruborizó-. Porque Iola, Myrrha, Eurneid y Katje, durante el
almuerzo, se burlaron de mí y dijeron que los hechizos no me vienen y que yo no
seré capaz de hacer magia porque... porque soy... virgen, es decir...
-Imagínate que sé
lo que significa -le interrumpió la hechicera-. Seguro que consideras esto una
burla malvada, pero con tristeza tengo que comunicarte que estás diciendo
tonterías. Volvamos al test.
-¡Soy virgen!
-repitió Ciri con insolencia-. ¿Para qué estos tests? ¡Una virgen no puede
hacer encantamientos!
-No veo otra
salida. -Yennefer se recostó en el respaldo de la silla-. Así que vete y pierde
la virginidad, si es que tanto te molesta. Yo te espero. Pero date prisa, si
puedes.
-¿Te burlas de mí?
- ¿Te has dado
cuenta? -La hechicera sonrió un poquito-. Te felicito. Has pasado el examen de
perspicacia. Y ahora el test de verdad. Pon atención, por favor. Mira: en este
dibujo hay cuatro pinos. Cada uno de ellos tiene un número de ramas distinto.
Dibuja en este lugar vacío un pino que encaje con los otros cuatro.
-Los pinos son
estúpidos -sentenció Ciri, sacando la lengua y dibujando con carbón un
arbolillo ligeramente torcido-. ¡Y aburridos! No entiendo qué tienen en común
los pinos con la magia. ¿Qué? ¿Doña Yennefer? ¡Prometiste que ibas a responder
a todas mis preguntas!
-Por desgracia
-suspiró la hechicera, tomando la hoja de papel y observando críticamente los
dibujos-. Me da la sensación de que voy a tener que lamentar mi promesa. ¿Qué
tienen en común los pinos con la magia? Pues nada. Pero has dibujado
correctamente y en el tiempo debido. De hecho, para una virgen, está muy bien.
-¿Te ríes de mí?
-No. Yo me río
pocas veces. Tiene que haber un motivo en verdad importante para que me ría.
Concéntrate en la nueva hoja, Sorpresa. En ella están dibujadas unas filas
conformadas por estrellas, círculos, crucecitas y triángulos, en cada fila hay
una cantidad diferente de cada elemento. Reflexiona y responde: ¿cuántas
estrellas tiene que haber en la última fila?
-¡Las estrellas son
estúpidas!
-¿Cuántas,
muchacha?
-¡Tres!
Yennefer guardó
silencio, con la vista clavada en un detalle de las puertas labradas del
armario que sólo ella sabía cuál era. La sonrisa malvada en los labios de Ciri
comenzó poco a poco a desaparecer hasta que, por fin, desapareció
completamente, sin dejar rastro.
-Seguramente te
interesaba saber -dijo la hechicera sin dejar de admirar el armario- qué es lo
que podría cuando me contestases con respuestas estúpidas y sin sentido.
¿Pensabas quizás que no lo advertiría porque tus respuestas no me interesan?
Mal pensabas. ¿Juzgabas acaso que simplemente me daría cuenta de que eres
idiota? Mal juzgabas. Y si te aburrías de que te hicieran pruebas y querías,
para variar, probarme a mí... Bueno, ¿lo has conseguido? De una u otra forma,
este test se ha terminado. Dame el papel.
-Lo siento, doña
Yennefer. -La muchacha bajó la cabeza-. Aquí por supuesto tiene que haber...
una estrella. Perdón. Por favor, no te enfades conmigo.
-Mírame, Ciri.
Alzó los ojos,
asombrada. Porque por primera vez la hechicera se refirió a ella por su nombre.
-Ciri -dijo
Yennefer-. Sabe, que, pese a las apariencias, yo me enfado tan raramente como
me río. No me has hecho enfadar. Pero al pedir perdón me has demostrado que no
me equivoqué contigo. Y ahora toma la siguiente hoja. Como ves en ella hay
cinco casitas. Dibuja otra casita...
-¿Otra vez? De
verdad que no entiendo por qué...
-... otra casita.
-La voz de la hechicera sufrió un cambio peligroso, los ojos brillaron con un
fuego violeta-. Aquí, en este sitio vacío. No me obligues a repetirlo, por
favor.
Después de las
manzanitas, arbolitos, estrellitas, pececitos y casitas le llegó el turno a los
laberintos, en los que había que encontrar la salida muy deprisa, a las líneas
onduladas, a las manchas que recordaban a cucarachas aplastadas, a otras
imágenes y mosaicos extraños, a causa de los cuales los ojos bizqueaban y la
cabeza daba vueltas. Luego vino la bolita brillante en el cordel, a la que
había que mirar fijamente durante largo tiempo. Mirar fijamente era más
aburrido que un día sin pan, Ciri solía quedarse dormida. Yennefer,
extrañamente, no se molestaba por ello, aunque algunos días antes le había
gritado amenazadora durante un intento de echar una cabezada sobre una de las
manchas de cucarachas.
De atrafagarse
sobre los textos le comenzaron a doler el cuello y la espalda y cada día que
pasaba le dolían más y más. Echaba de menos el movimiento y el aire libre y en
el marco de su obligación de ser sincera se lo contó a Yennefer. La hechicera
se lo tomó muy bien, como si se lo esperara desde hacía tiempo.
Durante los dos
días siguientes, ambas se dedicaron a correr por el parque, saltaban setos y
cercas ante las miradas divertidas o llenas de piedad de las adeptas y
sacerdotisas. Hicieron gimnasia, ejercitaron el equilibrio, andando por la cima
del murete que delimitaba el jardín y las construcciones de labranza. A
diferencia de los entrenamientos de Kaer Morhen, a los ejercicios con Yennefer
siempre les acompañaba la teoría. La hechicera le enseñaba a respirar,
controlando los movimientos del pecho y del diafragma con una fuerte presión de
las manos. Le explicó las leyes del movimiento, la acción de los huesos y
músculos, le demostró cómo descansar, distenderse y relajarse.
Durante uno de
aquellos relajos, estirada sobre la hierba, mirando al cielo, Ciri hizo la
pregunta que le quemaba.
-¿Doña Yennefer?
¿Cuándo terminaremos por fin estos tests?
-¿Tanto te aburren?
-No... Pero me
gustaría saber ya si valgo para hechicera.
-Vales.
-¿Ya lo sabes?
-Lo sabía desde el
principio. No muchas personas son capaces de percibir la actividad de mis
estrellas. Muy pocas, en verdad. Y tú lo percibiste al momento.
-¿Y los tests?
-Terminados. Ya sé
lo que quería saber de ti.
-Pero algunos de
los problemas... No me salieron muy bien. Tú misma decías que... ¿De verdad
estás segura? ¿No te equivocas? ¿Estás segura de que tengo capacidades?
-Estoy segura.
-Pero...
-Ciri. -La
hechicera daba la sensación de estar divertida y falta de paciencia al mismo
tiempo-. Desde el momento en que nos hemos tumbado en el prado estoy hablando
contigo sin usar la voz. Esto se llama telepatía, recuérdalo. Y como
seguramente habrás observado, no nos dificulta la conversación.
-La magia
-Yennefer, mirando al cielo por encima de las colinas, apoyó la mano en el arco
de la silla- es en opinión de algunos una encarnación del Caos. Es la llave que
puede abrir la puerta prohibida. La puerta detrás de la que acecha la
pesadilla, la amenaza y un horror inimaginable, detrás de la que aguardan
fuerzas enemigas, destructivas, los poderes del puro Mal, que pueden destruir
no sólo a aquél que abrió la puerta sino a todo el mundo. Y puesto que no
faltan los que manipulan esas puertas, alguna vez alguien cometerá un error y
entonces el fin del mundo estará predestinado y será inevitable. La magia es,
según esto, la venganza y el arma del Caos. El que después de la Conjunción de
las Esferas los seres humanos aprendieran cómo servirse de la magia es una
maldición y la perdición del mundo. La perdición de la humanidad. Y así es,
Ciri. Los que consideran que la magia es el Caos no se equivocan.
El semental moro de
la hechicera lanzó un agudo relincho al ser golpeado ligeramente con los
talones y anduvo lento por el brezal. Ciri azuzó el caballo, cabalgó por la
senda, alcanzó a Yennefer. Los brezos les llegaban hasta los estribos.
- La magia -siguió
al cabo Yennefer- es, en opinión de algunos, un arte. Un arte grande, elitista,
capaz de crear cosas hermosas y extraordinarias. La magia es un talento
otorgado a unos cuantos elegidos. Otros, faltos de talento, únicamente pueden
mirar con asombro y envidia al resultado del trabajo de los artistas, pueden
admirar las obras de arte creadas, sintiendo al mismo tiempo que sin estas
obras y sin este talento el mundo sería más pobre. El que después de la
Conjunción de las Esferas algunos elegidos descubrieran dentro de sí las Artes
es una hermosa bendición. Y así es. Los que consideran que la magia es un arte
también tienen razón.
Sobre la chata y
desnuda colina, que surgía de entre los brezos como el dorso de una fiera
agazapada, yacía una gigantesca roca, apoyada sobre otras piedras menores. La
hechicera dirigió el caballo en su dirección, sin interrumpir la lección.
-Hay también
quienes opinan que la magia es una ciencia. Para dominarla no bastan el talento
y las capacidades innatas. Son indispensables años de atentos estudios y
trabajo agotador, son necesarias constancia y disciplina interior. La magia así
conquistada es saber, conocimiento cuyas fronteras se extienden constantemente
gracias al intelecto vivo y docto, gracias a la experiencia, el experimento, la
práctica. La magia así conquistada es progreso, desarrollo, cambio. Es un
movimiento continuo. Hacia arriba. Hacia lo mejor. Hacia las estrellas. El que
después de la Conjunción de las Esferas descubriéramos la magia nos permitirá
algún día alcanzar las estrellas. Baja del caballo, Ciri.
Yennefer se acercó
al monolito, puso la mano sobre la rugosa superficie de la piedra, limpió
cautelosamente el polvo y las hojas caídas.
-Los que consideran
que la magia es una ciencia -continuó- también tienen razón. Recuérdalo, Ciri.
Y ahora acércate aquí, a mí.
La muchacha tragó
saliva, se acercó. La hechicera la tomó por los brazos.
-Recuerda
-repitió-. La magia es Caos, Arte y Ciencia. Es maldición, bendición y
progreso. Todo depende que quién se sirve de la magia y para qué fines. La
magia está en todas partes. Alrededor de nosotros. Es fácil llegar a ella.
Basta extender la mano. Mira. Extiendo la mano.
El cromlech vibró
perceptiblemente. Ciri escuchó un estruendo sordo, un retumbar que procedía del
interior de la tierra. Los brezos ondularon, aplastados por el viento que de
forma inesperada sopló sobre la colina. El cielo se oscureció violentamente, se
llenó de nubes que se arrastraban a una velocidad extraordinaria. La muchacha
sintió gotas de agua sobre el rostro. Entrecerró los ojos ante el fuego de los
relámpagos que de pronto hicieron arder el horizonte. Se acercó
inconscientemente a la hechicera, a sus negros cabellos que olían a lila y
grosella.
-La tierra por la
que andamos. El fuego que nunca se apaga en su interior. El agua de la que
surgió toda vida y sin la que toda vida es imposible. El aire que respiramos.
Basta extender la mano para gobernar sobre ellos, para obligarlos a obedecer.
La magia está en todas partes. Está en el aire, en el agua, en la tierra y en
el fuego. Y está detrás de las puertas que la Conjunción de las Esferas cerró
ante nosotros. De ahí, de detrás de las puertas cerradas, la magia a veces
extiende sus manos hacia nosotros. A por nosotros. ¿Lo sabes, verdad? Ya has
sentido el contacto de la magia, el contacto de las manos de detrás de las
puertas cerradas. Este contacto te ha llenado de miedo. Un contacto así llena
de miedo a cualquiera. Porque en cada uno de nosotros hay Caos y Orden, Bien y
Mal. Pero esto se puede y se debe controlar. Hay que aprenderlo. Y tú estás
aprendiéndolo. Por eso te he traído aquí, a esta piedra, que desde tiempos
inmemoriales está en la intersección de las venas que laten de poder. Tócala.
La roca tembló,
vibró y junto con ella temblaba y vibraba la cumbre entera.
-La magia te
extiende la mano, Ciri. Para ti, muchacha extraña, Sorpresa, Niña de la Vieja
Sangre, Sangre de los Elfos. Muchacha extraña, enlazada con el Movimiento y el
Cambio, con el Holocausto y la Resurrección. Destinada y siendo Destino. La
magia extiende a por ti su mano desde el otro lado de las puertas cerradas, a
por ti, pequeño grano de arena en el curso del Reloj de la Fortuna. Extiende a
por ti sus garras el Caos, que aún no está seguro de si serás su herramienta o
un obstáculo en sus planes. Lo que el Caos te muestra en los sueños es
precisamente esa inseguridad. El Caos te tiene miedo, Hija del Destino. Y
quiere conseguir que seas tú quien tema.
Brilló un
relámpago, el trueno estalló afilado. Ciri temblaba de frío y de terror.
-El Caos no te
puede mostrar quién es él de verdad. Por eso te muestra el futuro, te muestra
lo que va a acontecer. Quiere conseguir que tengas miedo a los días venideros
para que el miedo a lo que te sucederá a ti y a los tuyos comience a
controlarte, para que se apodere de ti por completo. Por eso el Caos
confeccionó los sueños. Ahora me mostrarás lo que ves en los sueños. Y tendrás
miedo. Y luego lo olvidarás y controlarás el miedo. Mira a mi estrella, Ciri.
¡No apartes la vista de ella!
Un relámpago. Un
trueno.
-¡Habla! ¡Te lo
ordeno!
Sangre. Los labios
de Yennefer, heridos y rotos, se mueven sin ruido, expulsan sangre. Con el
galope quedan atrás blancas rocas. El caballo relincha. Un salto. Un abismo, un
precipicio. Un grito. Un vuelo, un vuelo interminable. Un precipicio...
Humo en el fondo de
la sima. Escaleras que conducen hacia abajo.
Va'esse deireádh
aep eigean... Algo se termina... ¿El qué?
Elaine blath,
Feainnewedd... ¿Niña de la Vieja Sangre?
La voz de Yennefer
parece venir de lejos, está sofocada, despierta ecos entre las paredes de
piedra que chorrean agua. Elaine blath...
-¡Habla!
Los ojos violetas
brillan, arden en un rostro demacrado, crispado, ennegrecido por los tormentos,
oculto por la tormenta de unos cabellos negros, enmarañados, sucios. Oscuridad.
Humedad. Hedor. El penetrante frío de las paredes de piedra. Un frío acero en
las muñecas, en los tobillos...
Un abismo. Humo.
Escaleras que conducen hacia abajo. Escaleras que hay que bajar. Hay que
hacerlo porque... Porque algo se acaba. Porque se acerca el Tedd Deireádh, el
Tiempo del Fin, el Tiempo de la Tormento Blanca. El Tiempo del Frío Blanco y de
la Luz Blanca...
¡La Leoncilla ha de
morir! ¡Razón de estado!
Vamos, dice Geralt.
Por las escaleras, hacia abajo. Tenemos que hacerlo. Así ha de ser. No hay otro
camino. Sólo las escaleras. ¡Hacia abajo!
Sus labios no se
mueven. Están lívidos. Sangre, por todos lados hay sangre... Todas las
escaleras están ensangrentadas ... Cuidado con no resbalar... Porque un brujo
sólo tropieza una vez... El brillo de la hoja. Grito. Muerte. Hacia abajo. Por
las escaleras hacia abajo.
Humo. Fuego. Un
galope rabioso, el martilleo de los cascos. Fuego alrededor. ¡Agárrate!
¡Agárrate, Leoncilla de Cintra!
Un caballo negro
relincha, se encabrita. ¡Agárrate!
El caballo negro
baila. En las hendiduras del yelmo adornado con alas de un ave de rapiña
relucen y arden dos ojos sin piedad.
Una ancha espada
que refleja el brillo del incendio cae con un silbido. ¡Un quiebro, Ciri! ¡Una
finta! ¡Pirueta, parada! ¡Quiebro! ¡Quiebro! ¡Demasiado despaciooooo!
El golpe ciega el
brillo de los ojos, sacude el cuerpo entero, el dolor paraliza al momento,
embota, insensibiliza, y luego estalla de pronto con una fuerza monstruosa, se
clava en la mejilla con una terrible y horrorosa garra, tira, traspasa al bies,
irradia al cuello, a la nuca, al pecho, a los pulmones...
-¡Ciri!
Sintió en la
espalda y en la parte de atrás de la cabeza el frío inmóvil, áspero y
desagradable de la piedra. No recortaba cuándo se había sentado. Yennefer
estaba de rodillas junto a ella. Delicada, pero decididamente, le enderezaba
los dedos, le retiraba la mano de la mejilla. La mejilla le latía, pulsaba con
dolor.
-Mamá... -gimió
Ciri-. Mamá... ¡Cómo duele! Mamá...
La hechicera tocó
su rostro. Tenía las manos frías como el hielo. El dolor desapareció al
instante.
-He visto...
-susurró la muchacha, cerrando los ojos-. Lo que en los sueños... El caballero
negro... A Geralt... Y aún... A ti... ¡Te vi, doña Yennefer!
-Lo sé.
-Te vi... Vi
cómo...
-Nunca más. Nunca
más tendrás que verlo otra vez. Nunca vas a volver a soñar con ello. Te daré
una fuerza que expulsará de ti las pesadillas. Para eso te traje aquí, Ciri,
para mostrarte esa fuerza. Desde mañana comenzaré a dártela.
Vinieron días
difíciles, días laboriosos, días de estudio intenso, de trabajo fatigoso.
Yennefer era categórica, exigente, a menudo severa, algunas veces autoritaria y
amenazadora. Pero jamás era aburrida. La antigua Ciri sujetaba con esfuerzo los
párpados en la escuela del santuario, y a veces daba cabezadas durante las
lecciones, adormecida por la monótona y suave voz de Nenneke, de Iola Primera,
de Cortusa o de otras sacerdotisas maestras. Con Yennefer esto era imposible. Y
no sólo a causa del timbre de voz de la hechicera, a las frases cortas y
fuertemente acentuadas que usaba. Más importante era el contenido de las
lecciones. Lecciones de magia. Unas lecciones fascinantes, excitantes,
absorbentes.
Ciri pasaba la
mayor parte del día con Yennefer. Volvía al dormitorio tarde por la noche, caía
en la cama como un tronco, se quedaba dormida inmediatamente. Las adeptas se
quejaban de que roncaba mucho, intentaron despertarla. Sin resultado.
Ciri dormía
profundamente.
Sin sueños.
- Oh dioses.
-Yennefer suspiró con resignación, removió sus negros rizos con las dos manos,
bajó la cabeza-. ¡Pero si es tan fácil! Si no consigues aprender este gesto,
¿qué será con los más difíciles?
Ciri se dio la
vuelta, refunfuñó, resopló, se frotó la mano endurecida. La hechicera suspiró
de nuevo.
-Mira otra vez al
dibujo, mira cómo hay que colocar los dedos. Presta atención a las flechas
aclaratorias y a las runas que describen el gesto que hay que hacer.
-¡Ya he mirado mil
veces al dibujo! ¡Entiendo las runas! Vort, cáelme. Ys, veloë. De sí, lento.
Alrededor, rápido. La mano... oh, ¿así?
-¿Y el dedo
pequeño?
-¡No se puede
ponerlo así sin doblar al mismo tiempo el dedo corazón!
-Dame la mano.
-¡Ayyy!
-Más despacio,
Ciri, porque si no Nenneke vendrá corriendo otra vez, pensando que te
despellejo viva o que te estoy friendo en aceite. No cambies la posición de los
dedos. Y ahora realiza el gesto. ¡Gira, gira la muñeca! Bien. Ahora mueve la
mano, suelta los dedos. Y repite. ¡No, así no! ¿Sabes lo que has hecho? ¡Si
hubieras echado de esta forma un hechizo de verdad hubieras llevado la mano en
cabestrillo durante un mes! ¿Es que tienes los dedos de madera?
-¡Tengo la mano
acostumbrada a la espada! ¡Es por eso!
-Tonterías. Geralt
lleva toda la vida dándole a la espada y tiene los dedos muy hábiles y...
humm... muy delicados. Venga, feúcha, inténtalo otra vez. ¿Lo ves? Basta con
que quieras. Basta intentarlo. Otra vez. Bien. Mueve la mano. Y otra vez. Bien.
¿Estás cansada?
-Un poco...
-Deja que te
masajee la mano y el antebrazo. Ciri, ¿por qué no usas la crema que te di?
Tienes las patas ásperas como un cormorán... ¿Y qué es esto? ¿La marca de un
anillo, verdad? ¿Acaso me equivoco o te prohibí ponerte bisutería?
-¡Pero es que le
gané ese anillito a Myrrhy jugando a la peonza! Y sólo lo he llevado medio
día...
-Ya es medio día de
más. No lo vuelvas a llevar, por favor.
-No entiendo por
qué no puedo...
-No tienes que
entender -le interrumpió la hechicera, pero en su voz no había furia-. Te pedí
que no llevaras ningún adorno de ese tipo. Si quieres ponte una flor en los
cabellos, trénzate una guirnalda. Pero ningún metal, ningún cristal, ninguna
piedra. Es importante, Ciri. Cuando llegue el momento te lo aclararé. De
momento confía en mí y haz lo que te pido.
-¡Tú llevas tu
estrella, pendientes y anillos! ¿Y yo no puedo? ¿Acaso es porque soy... virgen?
-Feúcha. -Yennefer
sonrió, le acarició la cabeza-. ¿Estás obsesionada con esto? Ya te expliqué que
no tiene mayor importancia el que lo seas o no. Ninguna. Mañana lávate el pelo,
ya va siendo hora, por lo que veo.
-¿Doña Yennefer?
-Dime.
-Puedo... En el
marco de esa sinceridad que me prometiste... ¿Puedo preguntarte algo?
-Puedes. Pero, por
los dioses, que no sea sobre la virginidad, por favor.
Ciri se mordió los
labios y guardó silencio un largo rato.
-En fin -suspiró
Yennefer-. Así sea. Pregunta.
-Porque sabes...
-Ciri se ruborizó, se mojó los labios -. Las muchachas en los dormitorios andan
cotilleando todo el rato y cuentan diversas historias... Sobre la fiesta de
Belleteyn y otras parecidas... Y a mí me dicen que soy una mocosa y que soy una
niña porque ya es hora ... Doña Yennefer, ¿cuál es la verdad? ¿Cómo saber que
ya ha llegado el momento...?
-¿... para ir a la
cama con un hombre?
Ciri se cubrió de
rubor. Estuvo callada un instante y luego alzó los ojos y meneó afirmativamente
la cabeza.
-Eso es fácil de
saber -dijo Yennefer con naturalidad-. Si comienzas a darle vueltas a esto, es
señal de que ya ha llegado la hora.
-¡Pero yo no quiero
para nada!
-No es ninguna
obligación. No quieres, no vas.
-Ajá. -Ciri de
nuevo se mordió los labios-. Y ese... bueno... hombre... ¿Cómo se sabe que es
el adecuado para...?
-¿... ir a la cama?
-Mmm.
-Si acaso se tiene
elección -la hechicera deformó los labios en una sonrisa- y no se tiene mucha
práctica, lo primero que se valora no es el hombre sino la cama.
Los ojos esmeraldas
de Ciri tomaron la forma y el tamaño de platos.
-¿Cómo que... la
cama?
-Exactamente. A los
que no tengan cama alguna, los eliminas de inmediato. Entre los que queden,
eliminas a los que tengan camas sucias y descuidadas. Y cuando queden sólo los
que tengan camas limpias y bien arregladas eliges al que más te guste. Por desgracia
no es un método seguro al ciento por ciento. Puede una meter bien la pata.
-¿Es una broma?
-No. No es una
broma. Ciri, desde mañana vas a dormir aquí, conmigo. Traerás todas tus cosas.
En el dormitorio de las adeptas, por lo que oigo, se pierde en cotorrear mucho
tiempo que debiera estar destinado al descanso y al sueño.
Después de aprender
las posiciones de la mano, los gestos y movimientos básicos, Ciri comenzó a
estudiar los hechizos y sus fórmulas. Las fórmulas eran fáciles. Escritas en la
Antigua Lengua, que la muchacha usaba a la perfección, se le quedaban fácilmente
en la memoria. Con la entonación necesaria para pronunciarlos, muchas veces
bastante complicada, tampoco tenía problemas. Yennefer estaba satisfecha a
todas luces, día a día se iba haciendo cada vez más amable y simpática. Cada
vez más, haciendo una pausa en los estudios, las dos cotilleaban acerca de
algo, bromeaban, incluso comenzaron a encontrar divertido burlarse
delicadamente de Nenneke, la cual "visitaba" a menudo las lecciones y
ejercicios, erizada e hinchada como una gallina clueca, lista a meter a Ciri
bajo sus alas protectoras, a defenderla y salvarla de las imaginarias
severidades de la hechicera y de las "torturas inhumanas" de su
educación.
Obediente a las
órdenes, Ciri se trasladó a la habitación de Yennefer. Ahora estaban juntas no
sólo de día, sino también de noche. A veces los estudios también tenían lugar
por la noche: algunos gestos, fórmulas y hechizos no se debían utilizar a la
luz del día.
La hechicera,
satisfecha con los progresos de la muchacha, redujo la velocidad de su
educación. Tenían ahora más tiempo libre. Pasaban las tardes leyendo libros,
juntas o por separado. Ciri atravesó las páginas del Diálogo sobre la
naturaleza de la magia de Stammelford, de Los poderes de los elementos de
Giambattista, de Magia
natural de Richert
y Monck. Hojeó también -porque no fue capaz de leerlas en su totalidad- obras
como El mundo invisible de Jan Bekker o El secreto de los secretos de Agnes de
Glanville. Echó un vistazo también al antiquísimo y amarillento Codex de Mirthe
y al Ard Aercane, e incluso al famoso y horrible Dhu Dwimmermorc, lleno de
grabados que daban miedo.
Consultó también
otros libros, no relacionados con la magia. Leyó algo de La historia del mundo
y del Tratado de la vida. No omitió tampoco obras más ligeras de la biblioteca
del santuario. Con el rubor en el rostro devoró Los jueguecillos del marqués La
Creahme y Dama real de Anna Tiller. Leyó Los infortunios del amor y La hora de
la luna, antologías de poesía del famoso trovador Jaskier. Lloró con los
romances sutiles y misteriosos de Essi Daven, recogidos en un pequeño tomito de
hermosa encuadernación que llevaba el título de La perla azul.
A menudo
aprovechaba su privilegio y hacía preguntas. Y obtenía respuestas. Cada vez más
a menudo, sin embargo, era ella misma la destinataria de preguntas. Yennefer al
principio parecía no interesarse en absoluto por su vida, ni su infancia en
Cintra, ni las posteriores vivencias de la guerra. Pero luego las preguntas se
fueron haciendo cada vez más concretas. Ciri se veía obligada a responder. Lo
hacía con bastante desagrado porque cada pregunta de la hechicera abría una
puerta en su memoria que se había prometido no abrir nunca, que anhelaba dejar
cerrada de una vez para siempre. Consideraba que desde que se encontrara con
Geralt en Sodden había comenzado "otra vida", que aquélla, en Cintra,
había sido borrada finalmente y sin posibilidad de volver. Los brujos de Kaer
Morhen nunca le habían preguntado por nada y antes de llegar al santuario
Geralt incluso le exigió que no traicionara ni con una palabra ante nadie quién
era ella. Nenneke, quien por supuesto sabía todo, cuidaba de que para otras
sacerdotisas y adeptas Ciri fuera sin más la hija natural de un caballero y de
una aldeana, una niña para la que no había lugar ni en el castillo del padre ni
en la palloza de la madre. La mitad de las adeptas en el santuario de Melitele
era precisamente niñas de éstas.
Y Yennefer también
conocía el secreto. Era aquella "en quién se podía confiar".
Yennefer
preguntaba. Sobre aquello. Sobre Cintra.
-¿Cómo te escapaste
de la ciudad, Ciri? ¿De qué modo conseguiste burlar a los nilfgaardianos?
Aquello Ciri no lo
recordaba. Todo era fragmentario, se esfumaba entre las tinieblas y el humo.
Recordaba el asedio, la despedida de la reina Calanthe, su abuela, recordaba a
los barones y caballeros, que la alejaban por la fuerza de la cama en la que descansaba
la Leona de Cintra, herida y moribunda. Recordaba la loca huida a través de las
calles ardientes, la lucha sangrienta, la caída del caballo. Recordaba al
jinete negro del yelmo adornado con las alas de un ave de rapiña.
Y nada más.
-No me acuerdo. De
verdad no me acuerdo, doña Yennefer.
Yennefer no
insistía. Hacía otras preguntas. Lo hacía con delicadeza y tacto, y Ciri se
sentía cada vez más libre. Por fin comenzó a hablar por propia iniciativa. Sin
esperar a las preguntas, hablaba de sus años de infancia en Cintra y en las
islas de Skellige. De cómo se enteró del Derecho de la Sorpresa y de cómo la
sentencia de la fortuna había hecho de ella el destino de Geralt de Rivia, el
brujo de los cabellos blancos. Le habló de la guerra. De los vagabundeos por
los bosques de los Tras Ríos, de su estancia entre los druidas de Angren y del
tiempo que pasó en la aldea. De
cómo Geralt la
encontró allí y se la llevó a Kaer Morhen, a la Residencia de los Brujos,
abriendo un nuevo capítulo en su corta vida.
Alguna tarde, sin
que le preguntaran, de propia iniciativa, con naturalidad, vivamente y
coloreándolo mucho, habló acerca de su primer encuentro con el brujo, en el
bosque de Brokilón, entre las dríadas que la habían raptado y querían retenerla
por la fuerza, convertirla en una de las suyas.
-¡Ja! -dijo
Yennefer al escuchar la narración-. Daría mucho por poder verlo. Me refiero a
Geralt. ¡Intento imaginarme su cara entonces, en Brokilón, cuando viera qué
Sorpresa le había hecho el destino! Porque seguro que puso una cara
extraordinaria cuando se enteró de quién eras.
Ciri se reía a
carcajadas, en sus ojos esmeraldas ardía un fueguecillo diabólico.
-¡Ay, claro!
-bufó-. ¡Puso una cara! ¡Vaya cara! ¿Quieres verla? Te la voy a enseñar.
¡Mírame a mí!
Yennefer estalló en
risas.
Esa risa, pensó
Ciri, mirando a la bandada de pájaros negros que volaba hacia el este. Esa risa
compartida y sincera, nos unió de verdad, a ella y a mí. Comprendimos, ella y
yo, que podemos reír en común, hablar de él. De Geralt. De pronto, las dos nos
sentimos más cerca, aunque bien sabía yo que Geralt nos une y nos separa al
mismo tiempo y que siempre será así.
Nos acercó esa risa
compartida.
Y lo que sucedió
dos días más tarde. En el bosque, en las colinas. Me mostró entonces cómo
encontrar...
-No entiendo para
qué tengo que buscar esas... Otra vez me he olvidado de cómo se llaman...
-Intersecciones
-apuntó Yennefer, mientras se arrancaba las bardanas que se le habían pegado a
las mangas al atravesar los matorrales-. Te enseñaré cómo encontrarlas porque
son lugares de donde se puede extraer la fuerza.
-¡Pues si yo ya sé
extraer fuerzas! Y tú misma me has enseñado que la fuerza está por todos lados.
Entonces, ¿por qué andurreamos por los matojos? ¡En el santuario hay montones
de energía!
-Cierto, allí hay
mucha. Precisamente por eso construyeron el santuario allí y no en otro lugar.
Y por eso también en el terreno del santuario te parece que la extracción es
tan fácil.
-¡Ya me duelen los
pies! Nos sentamos un momento, ¿vale?
-Vale, feúcha.
-¿Doña Yennefer?
-Dime.
-¿Por qué siempre
extraemos fuerza de las venas de agua? Pues si la energía mágica está en todas
partes. Está en la tierra, ¿verdad? ¿En el aire, en el fuego?
-Verdad.
-Y la tierra... Oh,
hay tierra por todos lados. Bajo los pies. ¡Y hay aire por todos lados! Y si
queremos fuego, pues basta con encender una hoguera...
-Todavía eres
demasiado débil para sacar energía de la tierra. Sabes demasiado poco para que
fueras capaz de sacar algo del aire. ¡Y te prohíbo absolutamente jugar con el
fuego! ¡Ya te he dicho que en ningún caso debes tocar la energía del fuego!
-No grites. Me
acuerdo.
Estaban sentadas en
silencio sobre un tronco caído y seco, escuchaban el viento que susurraba en
las copas de los árboles, escuchaban un pájaro carpintero que picoteaba con
saña en algún lugar cercano. Ciri tenía hambre y la saliva se le condensaba por
la sed, aunque sabía que de nada serviría quejarse. Antes, hacía un mes,
Yennefer reaccionaba a tales quejas con una seca lección acerca del arte de
controlar los instintos primitivos, ahora la despachaba únicamente con un
silencio despreciativo. Las protestas tenían tan poco sentido y daban tan pocos
resultados como los enfados por que la llamase "feúcha".
La hechicera se
quitó de las mangas la última bardana. Ahora preguntará algo, pensó Ciri, la
oigo pensar. De nuevo preguntará acerca de algo de lo que no me acuerdo o de lo
que no me quiero acordar. No, esto no tiene sentido. No responderé. Aquello es
el pasado, no se puede volver al pasado. Ella misma me lo dijo un día...
-Háblame de tus
padres, Ciri.
-No los recuerdo,
doña Yennefer...
-Haz memoria. Por
favor.
-A papá de verdad
que no lo recuerdo... -dijo en voz baja, obedeciendo las
órdenes-. Sólo...
Casi nada. A mamá... A mamá sí. Tenía los cabellos largos, oh, así...
y siempre estaba
triste... Recuerdo... No, no recuerdo nada...
-Haz memoria, por
favor.
-¡No me acuerdo!
-Mira a mi
estrella.
Chillaban las
gaviotas que se lanzaban en picado entre los barcos de pescadores, atrapaban
los desperdicios y los peces pequeños que se tiraban de las cajas. El viento
hacía palpitar levemente las velas plegadas de los drakkars, sobre el muelle
serpenteaba una sofocada llovizna de humo. Al puerto arribaban trirremes de
Cintra, brillaba el león dorado sobre los pabellones azules. El tío Crach, que
estaba a su lado y tenía sobre su hombro una mano grande como la garra de un
oso, se puso de pronto sobre una rodilla. Los guerreros puestos en filas
golpearon rítmicamente con la espada sobre el escudo.
Atravesando el
puente se acercaba a ellos la reina Calanthe. Su abuela. Aquélla a la que en
las islas de Skellige se llamaba oficialmente Ard Rhena, la Más Alta Reina.
Pero el tío Crach an Craite, yarl de Skellige, todavía arrodillado y con la
cabeza baja, saludó a la Leona de Cintra con un título menos oficial pero que
el isleño consideraba más respetuoso.
-Sé bienvenida,
Modron.
-Princesa -dijo
Calanthe con una voz fría y autoritaria, sin mirar al yarl-. Ven conmigo. Ven
aquí, Ciri.
La mano de la
abuela era fuerte y dura como la mano de un hombre, el anillo en ella frío como
el hielo.
-¿Dónde está Eist?
-El rey... -Crach
tartamudeó-. Está en el mar, Modron. Busca los restos del naufragio... Y los
cuerpos. Desde ayer...
-¿Cómo pudo
permitirles esto? -gritó la reina-. ¿Cómo pudo dejarles hacerlo? ¿Cómo pudiste
tú permitirlo, Crach? ¡Eres el yarl de Skellige! ¡Ningún drakkar tiene derecho
a salir al mar sin tu permiso! ¿Por qué se lo permitiste, Crach?
El tío bajó todavía
más la cabeza.
-¡Los caballos!
-dijo Calanthe-. Vamos al fuerte. Y partiré mañana por la mañana. Me llevo a la
princesa a Cintra. Nunca más le permitiré volver aquí. Y tú... Tú tienes
conmigo una deuda tremenda, Crach. Algún día exigiré que me la pagues.
-Lo sé, Modron.
-Si yo no alcanzo a
recordártelo, lo hará ella. -Calanthe miró a Ciri-. Le pagarás tu deuda a ella,
yarl. Sabes en qué modo.
Crach an Craite se
levantó, se enderezó, los rasgos de su rostro tostado se endurecieron. Con un
rápido movimiento sacó de una vaina carente de adornos una simple espada de
acero, se dejó al descubierto el antebrazo izquierdo, que estaba marcado con
gruesas cicatrices blancas.
-Sin gestos
teatrales -escupió la reina-. Ahorra sangre. Te he dicho algún día.
¡Recuérdalo!
-¡Aen me Gláeddyv,
zvaere a'Bloedgeas, Ard Rhena, Lionors aep Xintra! - Crach an Creite, yarl de
las islas de Skellige, alzó la mano, agitó la espada. Los guerreros aullaron
con voz ronca, golpearon las armas contra los escudos.
-Acepto el
juramento. Llévanos al fuerte, yarl.
Ciri recordaba el
regreso del rey Eist, su rostro pálido y petrificado. Y el silencio de la
reina. Recordaba el banquete terrible, siniestro, en el que los salvajes y
barbados lobos de mar de Skellige se emborracharon lentamente en medio de un
inquietante silencio. Recordaba los susurros. Geas Muire... ¡Geas Muire!
Recordaba los
chorros de cerveza negra derramados sobre el suelo, los cuernos estrellados
contra las paredes de piedra de la sala en estallidos de rabia desesperada,
impotente y sin sentido. ¡Geas Muire! ¡Pavetta!
Pavetta, reina de
Cintra y su marido, el príncipe Duny. Los padres de Ciri. Perdidos.
Desaparecidos. Los mató el Geas Muire, la Maldición del Mar. Se los tragó una
tormenta que nadie había previsto. Una tormenta que no tenía que haber existido
...
Ciri volvió la
cabeza para que Yennefer no viera las lágrimas que le llenaban los ojos. Para
qué todo esto. Para qué estas preguntas, estos recuerdos. No se puede volver al
pasado. No tengo ya a ninguno de ellos. Ni a papá, ni a mamá, ni a la abuela,
a aquélla que era
Ard Rhena, Leona de Cintra. Seguramente el tío Crach an Craite también habrá
muerto. No tengo ya a nadie y soy otra persona. No se puede volver...
La hechicera
callaba, pensativa.
-¿Entonces
comenzaron tus sueños? -preguntó de pronto.
-No. -Ciri
reflexionó-. No, no entonces. Después.
-¿Cuándo?
La muchacha arrugó
la nariz.
-En verano... El
anterior... Porque el verano siguiente ya había guerra...
-Ajá. ¿Eso quiere
decir que tus sueños comenzaron después del encuentro con Geralt en Brokilón?
Afirmó con la
cabeza. No voy a responder a la siguiente pregunta, decidió. Pero Yennefer no
hizo ninguna pregunta. Se levantó deprisa, miró al sol.
-Bueno, basta de
estar sentadas, feúcha. Se va haciendo tarde. Vamos a buscar más allá. La mano
suelta por delante de ti, no pongas los dedos en tensión. En marcha.
-¿A dónde tengo que
ir? ¿En qué dirección?
-Es igual.
-¿Hay elementos por
todas partes?
-Casi. Estás
aprendiendo cómo descubrirlos, encontrarlos sobre el terreno, reconocer esos
puntos. Los marcan árboles secos, plantas enanas, lugares que son evitados por
todos los animales. Excepto los gatos.
-¿Los gatos?
- A los gatos les
gusta dormir y descansar en las intersecciones. Hay muchos cuentos acerca de
animales mágicos, pero de verdad, aparte de los dragones, los gatos son los
únicos seres que saben absorber fuerzas. Nadie sabe para qué los gatos las
absorben y cómo las utilizan... ¿Qué pasa?
-Ooooh... ¡Allí, en
aquella dirección! ¡Creo que hay algo allí! ¡Detrás de aquel
árbol!
-Ciri, no
fantasees. Las intersecciones se perciben sólo cuando se está sobre ellas...
Humm... Curioso. Diría que extraordinario. ¿De verdad sientes el tirón?
-¡De verdad!
-Vayamos entonces.
Interesante, interesante... Venga, localiza. Muestra dónde.
-¡Aquí! ¡En este
lugar!
-Bravo.
Maravilloso. ¿Percibes cómo se tuerce ligeramente el dedo corazón? ¿Ves como se
dobla hacia abajo? Recuerda, ésa es la señal.
-¿Puedo extraerla?
-Espera que la
compruebe.
-¿Doña Yennefer?
¿Cómo es eso de extraer? Si tomo para mí la fuerza puede entonces que falte
allí, abajo. ¿Debe hacerse? Madre Nenneke nos enseñó que no se debe tomar nada
por que sí, por capricho. Incluso se deben dejar las cerezas en los árboles
para los pájaros y para que simplemente se caigan.
Yennefer la abrazó,
le besó suave los cabellos de las sienes.
-Me gustaría
-murmuró- que lo que acabas de decir lo escucharan otros. Vilgefortz,
Francesca, Terranova... Ésos que consideran que tienen exclusivo derecho a la
fuerza y pueden usar de ella sin límites. Me gustaría que escucharan a esta
pequeña y sabia feúcha del santuario de Melitele. No tengas miedo, Ciri. Está
bien que pienses así, pero créeme, hay fuerza de sobra. No faltará. Es como si
en un jardín enorme arrancaras tan sólo una única cereza.
-¿Puedo extraerla
ya?
-Espera. Ojo, es un
nido diabólicamente fuerte. ¡Late con fuerza! Cuidado, feúcha. Extrae con
cautela y muy, muy despacio.
-¡Yo no tengo
miedo! ¡Ja, ja! ¡Yo soy una bruja! ¡Ja! ¡La siento... oooooh!
¡Doña...Ye...
nnnne... feeeeer...!
-¡Joder! ¡Te
advertí! ¡Te lo dije! ¡Pon la cabeza para arriba! ¡Para arriba, te digo! ¡Aquí
tienes, póntelo en la nariz o te llenarás toda de sangre! Tranquila, tranquila,
pequeña, no te desmayes. Estoy a tu lado. Estoy a tu lado... hija mía. Sujeta
el pañuelo. Ahora crearé hielo...
Hubo un gran
escándalo por aquel poquillo de sangre. Yennefer y Nenneke no hablaron la una
con la otra durante una semana.
Durante una semana
Ciri holgazaneó, leyó libros y se aburrió, porque la hechicera había
interrumpido las lecciones. La muchacha no la veía durante días enteros:
Yennefer se perdía en algún lugar al alba y volvía por la noche, la miraba con
extrañeza y se mostraba extrañamente poco parlanchina.
Al cabo de una
semana Ciri estaba ya harta. Por la noche, cuando la hechicera volvió, se
acercó a ella sin decir una palabra y se abrazaron fuertemente.
Yennefer guardó
silencio. Mucho tiempo. No tenía que decir nada. Sus dedos, aferrados a los
hombros de la muchacha, hablaban por ella.
Al día siguiente,
la suma sacerdotisa y la hechicera se reconciliaron, después de una
conversación muy larga, de varias horas.
Y entonces, para la
enorme alegría de Ciri, todo volvió a la norma.
-Mírame a los ojos,
Ciri. Lucecita pequeña. ¡La fórmula, por favor!
-¡Aine verseos!
-Muy bien. Mira a
mi mano. El mismo gesto y deshaz la lucecita en el aire. -¡Aine aen aenye!
-Maravilloso. ¿Y
qué gesto se debe realizar ahora? Sí, exactamente ése. Muy bien. Refuerza el
gesto y extrae. ¡Más, más, no te interrumpas!
-Ooooh...
-¡La espalda
derecha! ¡Las manos a lo largo del torso! Los dedos sueltos, ningún gesto
innecesario con los dedos, cada movimiento puede multiplicar el efecto,
¿quieres que estalle aquí un incendio? Refuerza, ¿a qué esperas?
-Ooh, no... No
puedo...
- ¡Relájate y deja
de moverte! ¡Extrae! ¿Qué es lo que haces? Venga, ahora mejor... ¡No debilites
la voluntad! ¡Demasiado deprisa, hiperventilas! ¡Te excitas innecesariamente!
Más despacio, feúcha, tranquila. Sé que no es agradable. Te acostumbrarás.
-Me duele... La
tripa... Oh, aquí...
-Eres una mujer, es
una reacción normal. Con el tiempo te endurecerás. Pero para endurecerse tienes
que entrenar sin bloqueos analgésicos. Es de verdad necesario, Ciri. No tengas
miedo a nada, yo vigilo, te controlo. Nada puede pasarte. Pero tienes que soportar
el dolor. Respira tranquila. Concéntrate. El gesto, por favor. Perfecto. Toma
fuerza, extrae, saca... Bien, bien... Un poco más...
-Oh... Oh...
¡Ooooh!
-¿Lo ves? Si
quieres, lo consigues. Ahora observa mi mano. Con atención. Haz el mismo gesto.
¡Los dedos! ¡Los dedos, Ciri! ¡Mira mi mano, no el techo! Ahora está bien, muy
bien. Tira. Y ahora al revés, reversa el gesto y suelta la fuerza en forma de
una luz fuerte.
-Aaaa... aaaa...
eeee...
-¡Deja de gemir!
¡Contrólate! ¡Es un espasmo! ¡Pasará enseguida! ¡Abre los dedos, suelta,
échalo, échalo de ti! ¡Más despacio, joder, o de nuevo se te romperán los vasos
sanguíneos!
-¡Aaaaaa...!
-Demasiado rápido,
feúcha, todavía demasiado rápido. Sé que la fuerza se desprende de tu interior,
pero tienes que aprender a controlarla. No debes permitir tales explosiones
como hace un instante. Si no te hubiera aislado habrías liado aquí una buena. Venga,
otra vez. Comencemos desde el principio. Gesto y fórmula.
-¡No! ¡Ya no! ¡Ya
no puedo!
-Respira poco a
poco, deja de agitarte. Esta vez se trata de una histeria común y corriente, no
me engañas. Contrólate, concéntrate y comienza.
-No, por favor,
doña Yennefer... Me duele... No me siento bien...
-Sin lágrimas,
Ciri. No hay nada más repugnante que una hechicera llorando. Nada despierta
mayor piedad. Recuérdalo. Nunca lo olvides. Otra vez, desde el principio.
Conjuro y gesto. No, no, esta vez sin imitar. Lo vas a hacer sola. ¡Venga, dale
a la memoria!
-Aine verseos...
Aine aen aenye... ¡Oooooh!
-¡Mal! ¡Demasiado
deprisa!
La magia, como un
dardo de hierro con rebaba, se clavó en ella. La hirió profundamente. Dolía.
Dolía con ese extraño tipo de dolor que se asocia extrañamente con el placer.
Otra vez corrían
por el parque para relajarse. Yennefer consiguió que Nenneke permitiera sacar
del depósito la espada de Ciri, permitió a la muchacha que entrenara los pasos,
quiebros y ataques, por supuesto de forma que otras sacerdotisas y adeptas no lo
vieran. Pero la magia era omnipresente. Ciri aprendía cómo con sencillos
conjuros y concentración de la voluntad podía distender los músculos, combatir
los calambres, controlar la adrenalina, dominar el laberinto del oído y su
nervio, cómo retardar o acelerar el pulso, cómo independizarse del oxígeno por
un corto instante.
Para su sorpresa,
la hechicera sabía mucho de la espada y del "baile" de los brujos.
Sabía muchos secretos de Kaer Morhen, sin duda había estado en la Fortaleza.
Conocía a Vesemir y a Eskel. A Lambert y a Coën no los conocía.
Yennefer había
estado en Kaer Morhen. Ciri se imaginaba las causas por las que durante las
conversaciones sobre la Fortaleza los ojos de la hechicera se templaban, perdía
su brillo malvado y frío, su profundidad sabia e indiferente. Si estas palabras
hubieran encajado con la personalidad de Yennefer, Ciri habría dicho entonces
que se veía soñadora, embebida en sus recuerdos.
Ciri se imaginaba
las causas.
Era un tema que la
muchacha evitaba tocar atentamente, por puro instinto. Pero una vez, se arrancó
y habló de más. De Triss Merigold. Yennefer, fingiendo desgana, fingiendo
indiferencia, fingiendo banal interés, con preguntas dosificadas, le sacó el
resto. Tenía los ojos duros e impenetrables.
Ciri se imaginaba
las causas. Y, extrañamente, no sentía ya irritación.
La magia
tranquilizaba.
-La así llamada
Señal de Aard, Ciri, es un sortilegio muy sencillo del grupo de hechizos
psicoquinéticos, que consiste en empujar la energía en la dirección deseada. La
fuerza de empuje depende de la concentración de la voluntad del que la lanza y
de la fuerza dada. Puede ser bastante. Los brujos adaptaron este sortilegio
aprovechando que no necesita conocimiento de ninguna fórmula mágica, basta
concentración y gesto. Por eso lo llamaron Señal. De dónde sacaron el nombre,
no lo sé, puede que de la Antigua Lengua, la palabra "ard" significa,
como sabes, "cima", "cimera" o "más alta". Si es
así, el nombre es bastante equivocado, porque es difícil encontrar otro hechizo
psicoquinético más fácil. Nosotras, por supuesto, no vamos a perder el tiempo
ni la energía en algo tan primitivo como una Señal de brujos. Vamos a ejercitar
la verdadera psicoquinesis. Probaremos esto... Oh, allí, en ese canasto que
está bajo el manzano. Concéntrate.
-Ya.
-Rápido te
concentras. Te recuerdo: controla el gasto de energía. Sólo puedes dar tanto
como hayas tomado. Si das siquiera un pedacito más, lo haces a costa de tu
propio organismo. Un esfuerzo así puede privarte de sentido o en un caso
extremo incluso matarte. Si das todo lo que has tomado, pierdes la posibilidad
de repetir, tendrás que extraer otra vez, y sabes que esto no es fácil y que
duele.
-¡Oooh, lo sé!
-No debes debilitar
tu concentración y permitir que la energía se escape por sí misma. Mi Maestra
solía decir que dejar salir la fuerza debe resultar como si te tiraras un pedo
en una sala de baile: delicadamente, moderadamente y bajo control. Y de tal modo
que los que te rodean no se den cuenta que eres tú. ¿Entiendes?
-¡Entiendo!
-Levántate. Deja de
reírte. Te recuerdo que un hechizo es un asunto serio. Se echa en una posición
llena de gracia, pero también orgullosa. Los gestos se realizan fluidos, pero
contenidos. Con dignidad. No ponen caras tontas, no se arruga el ceño, no se saca
la lengua. Operas con fuerzas de la naturaleza, muéstrale tu respeto a la
naturaleza.
-Bien, doña
Yennefer.
-Ten cuidado, esta
vez no voy a controlarte. Eres una hechicera autónoma. Es tu debut, feúcha.
¿Viste la jarrita de vino sobre nuestra cómoda? Si tu debut sale bien, tu
maestra se la beberá hoy por la noche.
-¿Sola?
-A los aprendices
se les permite beber vino sólo después de liberarlos de la servidumbre. Tienes
que esperar. Eres inteligente, así que unos diez años, no más. Venga,
comencemos. Coloca los dedos. ¿Y la mano izquierda? ¡No la agites! Déjala
suelta o apóyala en la cadera. ¡Los dedos! Bien. Venga, suelta.
-Aaaaj...
-No te pedí que
soltaras un grito. Suelta energía. En silencio.
-¡Ja, ja! ¡Ha
retrocedido! ¡El canasto ha retrocedido! ¿Lo has visto?
-Simplemente ha
temblado. Ciri, moderado no significa débil. La psicoquinesis se usa con un
objetivo concreto. Incluso los brujos usan la Señal de Aard para derribar al
contrincante en el suelo. La energía que has emitido no derribaría ni siquiera
el sombrero de tu contrincante. Otra vez, más fuerte. ¡Con audacia!
-¡Ja! ¡Vaya un
vuelo! ¿Ha estado bien ahora? ¿Verdad? ¿Doña Yennefer?
-Humm... Luego te
echas una carrera hasta la cocina y les escamoteas un poco de queso para
nuestro vino... Ha estado casi bien. Casi. Todavía más fuerte, feúcha, no
tengas miedo. Levanta el canasto del suelo y golpéalo bien contra la pared de
aquel cobertizo, que salten chispas. ¡No pongas chepa! ¡La cabeza para arriba!
¡Con gracia, pero orgullosa! ¡Audacia, audacia! ¡Oh, la leche!
-Uyy... Lo siento,
doña Yennefer... Creo que... di un poco de más...
-No es nada. No te
pongas nerviosa. Ven aquí, conmigo. Venga, pequeña.
-¿Y... y el
cobertizo?
-A veces pasa. No
hay por qué preocuparse. Un debut, por lo general, hay que valorarlo siempre
positivamente. ¿Y el cobertizo? No era un cobertizo muy bonito. No pienso que
nadie lo eche en falta en el paisaje. ¡Hola, señoras mías! ¡Tranquilas,
tranquilas, por qué tanta violencia y tanto ruido, no ha pasado nada! ¡Sin
nervios, Nenneke! No ha pasado nada, repito. No hay más que colocar esas
tablas. ¡Vendrán bien como leña!
Durante las tardes
cálidas y reposadas, el aire se llenaba del olor de las flores y la hierba,
latía de tranquilidad y silencio, apenas interrumpido por el zumbido de las
abejas y de los grandes abejorros. En tardes como ésas Yennefer sacaba al
huerto el sillón de mimbre de Nenneke, se sentaba en él y extendía todo lo
posible sus piernas. A veces estudiaba libros, a veces leía cartas que recibía
por intermedio de extraños mensajeros, pájaros las más de las veces. Alguna vez
simplemente se sentaba con la vista clavada en la lejanía. Una mano retorcía
pensativamente sus brillantes rizos negros, otra acariciaba la cabeza de Ciri
que estaba sentada en la hierba, apretada contra el duro y cálido muslo de la
hechicera.
-¿Doña Yennefer?
-Estoy aquí,
feúcha.
-Dime, ¿se puede
hacer todo con ayuda de la magia?
-No.
-Pero se puede
hacer mucho, ¿verdad?
-Verdad. -La
hechicera cerró por un momento los ojos, se tocó los párpados con los dedos-.
Muchísimo.
-Algo de verdad
grande... ¡Algo terrible! ¿Algo muy terrible?
-A veces más de lo
que se querría.
-Humm... Y yo...
¿Cuándo voy a ser capaz de hacer algo así? -No lo sé. Puede que nunca. Ojalá
nunca tengas que hacerlo. Silencio. Tranquilidad. Calor. El olor de las flores
y las hierbas. -¿Doña Yennefer?
-¿Qué quieres
ahora, feúcha?
-¿Cuántos años
tenías cuando te convertiste en hechicera?
-Humm... ¿Cuándo
aprobé el examen de ingreso? Trece.
-¡Ja! ¡Eso es como
yo ahora! Y cuántos... cuántos años tenías cuando... No, eso no lo pregunto...
-Dieciséis.
-Ajá... -Ciri
enrojeció un poquito, fingió interesarse repentinamente por una nube de curiosa
forma que colgaba altísima sobre las torres del santuario-. ¿Y cuántos años
tenías... cuando conociste a Geralt?
-Más, feúcha. Unos
pocos más.
-¡Sigues llamándome
feúcha! Sabes lo mucho que lo odio. ¿Por qué lo haces? -Porque soy malvada. Las
hechiceras siempre son malvadas.
-Y yo no quiero...
no quiero ser feúcha. Quiero ser guapa. Guapa de verdad, como tú. ¿Gracias a la
magia puedo llegar a ser algún día tan guapa como tú?
-Tú... Por suerte
no... no necesitas la magia para eso. Tú misma no sabes qué suerte tienes.
-¡Pero yo quiero
ser guapa de verdad!
-Eres guapa de
verdad. Una feúcha guapa de verdad. Mi guapa feúcha...
-¡Ooh, doña
Yennefer!
-Ciri, me vas a
hacer un cardenal en el muslo.
-¿Doña Yennefer?
-Dime.
-¿Qué es lo que
estás mirando?
-Aquel árbol. Es un
tilo.
-¿Y qué es lo que
tiene de interesante?
-Nada. Simplemente
me alegro de verlo. Me alegro de que... lo pueda ver.
-No lo entiendo.
-Mejor.
Silencio.
Tranquilidad. Bochorno.
-¡Doña Yennefer!
-¿Qué quieres
ahora?
-¡Una araña corre
en dirección a tus pies! ¡Mira qué asquerosa!
-Una araña es una
araña.
-¡Mátala!
-No me apetece
agacharme.
-¡Pues mátala con
un conjuro!
- ¿En el terreno
del santuario de Melitele? ¿Para que Nenneke nos eche a las dos con la crisma
rota? No, gracias. Y ahora estate calladita. Quiero pensar.
-¿Y en qué piensas
tanto? Vale, vale, ya me callo.
-No me tengo en mí
de alegría. Ya me temía que fueras a hacer otra de tus incomparables preguntas.
-¿Por qué no? ¡Me
gustan tus incomparables respuestas!
-Te estás haciendo
descarada, feúcha.
-Soy una hechicera.
Las hechiceras son malvadas y descaradas.
Tranquilidad.
Silencio. El aire inmóvil. Bochorno como antes de una tormenta. Y silencio,
esta vez interrumpido por el lejano graznido de los cuervos y cornejas.
- Cada vez hay más.
-Ciri meneó la cabeza-. Vuelan y vuelan... Como en el otoño... Repugnantes
avechuchos... Las sacerdotisas dicen que es una mala señal... Un augurio, o
algo así. ¿Qué es un augurio, doña Yennefer?
-Lee el Dhu
Dwimmermorc. Contiene un capítulo entero sobre el tema.
Silencio.
-Doña Yennefer...
-Diablos. ¿Qué hay
ahora?
-¿Por qué
Geralt...? ¿Por qué no viene?
-Seguro que se ha
olvidado de ti, feúcha. Habrá encontrado una muchacha más guapa.
-¡Oh, no! ¡Sé que
no se ha olvidado! ¡No puede! ¡Lo sé, lo sé con toda seguridad, doña Yennefer!
-Bien está que lo
sepas. Eres una feúcha con suerte.
-No me gustabas
-repitió.
Yennefer no la
miraba, seguía vuelta de espaldas, junto a la ventana, mirando en dirección a
las colinas que se ennegrecían al este. El cielo sobre las colinas se volvía
negro de bandadas de cuervos y cornejas.
Ahora me preguntará
por qué no me gustaba, pensó Ciri. No, es demasiado inteligente para una
pregunta así. Llamará la atención sobre la forma gramatical y preguntará cuándo
he comenzado a usar el tiempo pasado. Y yo se lo diré. Seré tan áspera como
ella, parodiaré su tono, que sepa que yo también sé fingir que soy fría,
insensible e indiferente, que me avergüenzo de los sentimientos y de las
emociones. Se lo diré todo. Quiero, tengo que decirle todo. Quiero que lo sepa
todo antes de que dejemos el santuario de Melitele. Antes de que nos vayamos
para encontrarnos por fin con aquél que añoro. Con aquél que ella añora. Con
aquél que seguramente nos añora a las dos. Quiero decirle que...
Se lo diré. Basta
con que pregunte.
La hechicera se
volvió, sonrió. No preguntó nada.
Se fueron al día
siguiente, con el alba. Las dos con trajes de viaje masculinos, con capas, son
sombreros y capuchas cubriendo los cabellos. Las dos armadas.
Sólo las despidió
Nenneke. Habló con Yennefer largo rato y en voz bajita, luego, las dos,
hechicera y sacerdotisa, se dieron un fuerte apretón de manos, como los
hombres. Ciri, sujetando por el ramal a su yegua pinta, quiso despedirse de la
misma forma, pero Nenneke no se lo permitió. La abrazó, la apretó, la besó.
Tenía lágrimas en los ojos. Ciri también.
- Venga -dijo por
fin la sacerdotisa, limpiándose un ojo con la manga de la túnica -. Idos ya.
Que la Gran Melitele proteja vuestro viaje, queridas mías. Pero la diosa tiene
muchas cosas en la cabeza así que protegeos también vosotras mismas. Vigílala,
Yennefer. Cuídala como a la niña de tus ojos.
-Espero -la
hechicera sonrió levemente- que pueda cuidarla mejor.
Por el cielo, en
dirección al valle del Pontar, volaba una bandada de cuervos, graznando con
intensidad. Nenneke no la miró.
-Cuidaos -repitió
-. Se acercan tiempos difíciles. Puede que Ithlinne aep Aevenien supiera lo que
profetizaba. Se acerca el Tiempo de la Espada y el Hacha. El
Tiempo del Odio y
de la Ventisca de los Lobos. Cuida de ella, Yennefer. No dejes que nadie la
dañe.
-Volveré, Madre
-dijo Ciri, saltando a la silla-. ¡Seguro que volveré! ¡Dentro de
poco!
No sabía cuánto se
equivocaba.

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