© Libro N° 14017. La Montaña
Del Alma. Xingjian, Gao.
Emancipación. Julio 5 de 2025
Título Original: © Gao Xingjian. La Montaña Del Alma
Versión Original: © La Montaña Del Alma, Gao Xingjian.
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original de textos:
Libros Tauro
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Gao Xingjian
La Montaña
Del Alma
Gao Xingjian
GAO XINGJIAN
LA MONTAÑA DEL ALMA
PREMIO NOBEL 2000
TÍTULO ORIGINAL:
LINGSHAN
ESTE LIBRO HA
RECIBIDO UNA AYUDA DE LA EMBAJADA FRANCESA
EN EL MARCO DEL
PROGRAMA DE PARTICIPACIÓN
EN LA PUBLICACIÓN
(P.A.P. GARCÍA LORCA).
NOTA DE LOS
TRADUCTORES
Los traductores
quieren expresar su agradecimiento a las per¬sonas que han colaborado para un
mejor resultado de su traba¬jo: a Inés Blanca, por su eficaz coordinación y
atenta correc¬ción de pruebas; a Oskar Aragonés, por su paciencia y buen hacer;
y a Laura Robecchi, por su inestimable ayuda a lo largo de todo el proceso de
traducción.
1
Te has subido a un
autobús de línea. Y, desde la mañana, el viejo bus reconvertido para la ciudad
ha traqueteado durante doce horas seguidas por las carreteras de mon¬taña, mal
conservadas, llenas de resaltes y de baches, antes de llegar a este pueblecito
del sur.
Con la mochila a
cuestas y una bolsa en la mano, paseas la mirada por el párking sembrado de
envoltorios de polos y de desechos de caña de azúcar.
Hombres cargados de
sacos de todos los tamaños y mujeres con bebés en los brazos descienden del
autobús o atraviesan el párking mientras una pandilla de jóvenes, sin sacos ni
cestas, sacan de una bolsita pipas de girasol que se llevan una tras otra a la boca
y cuya cáscara escupen acto seguido. Se las comen con elegancia emitiendo una
especie de silbido, con una distinción y un aire desenvuelto típicos del estilo
local. Aquí, en su tierra natal, nada les impide vivir con total libertad, sus
raíces ahondan en este suelo generación tras genera¬ción. Es inútil que vengas
tú de lejos en busca aquí de unas raí¬ces en su lugar. Pero, para los que
abandonaron este pueblo hace mucho tiempo, no existía evidentemente aún esta
esta¬ción de autobuses y menos aún estos autocares. Por río era preciso tomar
una barca recubierta de esterillas de bambú y por tierra alquilar una carreta.
Si uno no tenía realmente un fen, no había más remedio que ir a pie. Ahora,
todos cuan¬tos siguen aún con vida regresan aquí quién más quién menos, incluso
desde la otra orilla del océano Pacífico, ya con un pequeño utilitario, ya con
un cochazo con aire acondicionado. Algunos han hecho fortuna, unos pocos se han
vuelto famo¬sos, otros no son nada, pero todos retornan aquí debido a su
avanzada edad. Llegado al final de su vida, ¿quién puede esca¬par a esta
nostalgia? Aquellos que nunca tuvieron las menores ganas de abandonar este
lugar deambulan con mayor naturali-dad, balanceando los brazos, riendo y
charlando en voz alta, sin la menor traba. Su entonación es dulce y familiar,
casi con¬movedora. Cuando dos conocidos se encuentran, no se inter¬cambian como
en la ciudad hueras palabras de cortesía sacu¬diendo la cabeza o estrechándose
la mano. Unas veces se interpelan por sus nombres, otras se dan una gran
palmada en la espalda, encantándoles estrecharse mutuamente contra su pecho, no
sólo las mujeres entre sí, sino tal vez aún más los varones. Cerca de la
alberca de cemento para el lavado de los autobuses, hay justamente dos mujeres
muy jóvenes. Parlo¬tean por los codos, cogidas de la mano. El lenguaje de las
mujeres de este lugar resulta tan encantador que uno no puede dejar de echarles
una mirada. Vistos de espaldas, sus pañuelos confeccionados en una tela azul
con motivos transmitidos de generación en generación, y la manera como los
llevan atados, parecen de una originalidad extraordinaria. Te acercas
involuntariamente. El pañuelo está anudado debajo de la barbilla, en triángulo,
subrayando sus bonitos rostros de finos rasgos que están en consonancia con sus
graciosas figuras. Pasas muy cerca de ellas. Sus dos manos que siguen unidas
son del mismo color encarnado, igual de toscas, con recias articulaciones. Sin
duda se trata de unas recién casadas de visita a casa de unos amigos o bien de
regreso a la de sus padres. Sin embargo, aquí el término de «recién casada» no
designa más que a la mujer del propio hijo. Si se utilizara este término a la
manera de los palurdos del norte para designar a cualquier muchacha que acabara
de contraer matrimonio, uno se ganaría enseguida una andanada de insultos. Una
vez casada, la joven llama a su espo¬so «el viejo», tanto para indicar «mi
marido» como «tu mari¬do». Aquí las gentes poseen su propio vocabulario, por
más que todos ellos sean chinos que desciendan de los emperado¬res fundadores,
que pertenezcan a la misma etnia y que posean la misma cultura.
Ni tú mismo sabes a
ciencia cierta por qué has venido aquí. Ha sido por pura casualidad que en el
tren has oído hablar a alguien de un lugar llamado Lingshan, la Montaña del
Alma. Aquel hombre estaba sentado enfrente de ti, con tu taza de té puesta al
lado de la suya y las vibraciones del tren hacían tinti¬near una contra otra
las tapaderas de vuestras tazas. La cosa no hubiera pasado de aquí de haber
seguido tintineando o de haber parado de hacerlo al cabo de un instante, pero
la casua¬lidad ha querido que en un momento en que las dos tapaderas
entrechocaban, has tenido, al mismo tiempo que él, la inten¬ción de
desplazarlas y que, en ese preciso instante, las dos enmudecieran. Pero, apenas
habéis desviado la mirada, se han puesto de nuevo a hacer ruido. Habéis
alargado el dedo al mismo tiempo y se han detenido. Sin cruzar palabra, os
habéis echado a reír los dos. Entonces simplemente habéis corrido un poco las
tapaderas y entablado conversación. Le has pre¬guntado adonde iba.
—A Lingshan.
-¿Qué?
—A Lingshan, a la
Montaña del Alma.
Aunque también tú
has recorrido la China de norte a sur y has ido a numerosas montañas famosas,
sin embargo nunca habías oído mencionar antes este lugar.
Enfrente de ti, tu
compañero ha cerrado ligeramente los ojos, descansa. Animado por una curiosidad
comprensible, querrías saber qué laguna subsiste en tu conocimiento de los
parajes célebres. En tu vanidad, no puedes soportar la idea de que todavía
quede algún lugar del que no hayas oído ha¬blar nunca. Entonces, le preguntas
dónde se encuentra Ling¬shan.
—En las fuentes del
You —responde él abriendo los ojos.
No tienes ni idea
de dónde se encuentra el tal río You, pero no te atreves a preguntárselo. Te
limitas a sacudir la cabeza, lo cual puede ser interpretado de dos maneras:
«Sí, gracias», o bien: «Ah, sí, ya sé». Tu amor propio se siente satisfecho,
pero no por supuesto tu curiosidad. Un momento más tarde, termi¬nas por
preguntarle cómo se puede ir hasta allí y por dónde hay que penetrar en esta
montaña.
—Puede tomarse el
autobús hasta el pequeño pueblo de Wuyi, y luego remontar el You en barca.
—¿Y qué hay allí?
¿Pueden verse paisajes, templos? ¿Vesti¬gios? —preguntas adoptando un aire
indiferente.
—Allí todo se
conserva en su estado original.
—¿Y hay selvas
vírgenes?
—Por supuesto, pero
no sólo eso.
—¿Hombres salvajes
también? —preguntas en tono de broma.
Él ríe, pero sin
asomo de burla, cosa que te excita aún más. Tienes que saber quién es este
amigo sentado enfrente de ti.
—¿Se dedica usted a
la ecología? ¿Es usted biólogo? ¿Pa¬leontólogo? ¿Arqueólogo?
—Me interesan más
los seres vivos —dice él negando con la cabeza a cada una de tus preguntas.
—¿Se dedica usted a
investigar las tradiciones populares? ¿Es usted sociólogo? ¿Especialista en
folclore? ¿Etnólogo? ¿O bien periodista? ¿Aventurero?
—Soy todo eso, pero
como aficionado.
Os habéis echado a
reír los dos.
—¡Eso no impide
pasárselo en grande!
Aún os habéis reído
más abiertamente. El ha encendido un cigarrillo y se ha puesto a hablar como un
sacamuelas, contan¬do toda clase de maravillas sobre Lingshan. Luego, en tono
de invitación, ha desgarrado una cajetilla de cigarrillos vacía y ha dibujado
un mapa que indica la carretera que hay que seguir para llegar hasta allí.
En el norte, es ya
pleno otoño. Aquí, la canícula estival no ha aflojado en absoluto. Antes de
ponerse tras las montañas, el sol conserva aún toda su fuerza y, cuando pega
fuerte, el sudor corre por la espalda. Sales de la estación de autobuses,
inspec¬cionas los alrededores. Enfrente, no hay más que una pequeña posada de
una planta, de estilo antiguo, con la fachada de madera. Las tablas crujen
cuando uno camina por el piso, pero lo más terrible son las almohadas y las
esterillas de un negro grasiento. Para lavarse es menester esperar a la noche
para quitarse el pantalón y rociarse con agua con una cubeta en el pequeño
patio exiguo y húmedo. Es una parada obligada para todos aquellos que recorren
la campiña, comerciantes y artesanos.
Falta aún un rato
para que anochezca, tienes tiempo de encontrar un hotel más limpio. Andas
errante por las calles, con la mochila a la espalda, pensando descubrir en esta
locali¬dad una señal, un letrero, aunque no sea más que un nombre compuesto con
los dos caracteres de Lingshan que serían la prueba de que no has errado el
camino, que no has hecho este largo trayecto en vano. Por más que miras por
todas partes, no das con el menor rastro de él. Entre las personas que se han
apeado del autobús al mismo tiempo que tú, ninguna tiene aspecto de turista.
Tampoco tú, por supuesto, pero nadie lleva tu misma indumentaria: un par de
ligeros pero resistentes zapatos de montaña, una mochila a la espalda. No es
éste, por supuesto, el típico sitio turístico famoso al que vienen los recién
casados y los jubilados, donde todo está pensado para el turismo, donde por
doquier hay aparcados autocares, donde pueden comprarse planos turísticos en
todas las esquinas de las calles y donde se exponen en todas las tiendas gorras,
vesti-dos de punto, camisas, tee-shirts, pañuelos con el nombre del lugar, con
hoteles donde descienden los extranjeros que pagan en divisas, centros de
acogida o de reposo en los que sólo se permite la entrada si se está provisto
de una carta de recomen¬dación, sin olvidar los pequeños hoteles privados que
se dispu¬tan la clientela, que ostentan todos como letrero este nombre sagrado.
No has venido a este tipo de lugar para distraerte en grupo por el sendero de
una colina donde las gentes se obser¬van, se empujan, se apretujan y arrojan al
suelo trozos de cor¬teza de sandía, botellas de agua mineral, latas de
conserva, papeles sucios y colillas. También aquí, un día u otro, pasará lo
mismo. Crees haber venido antes de que se construyan encan¬tadores pabellones,
quioscos, terrazas o pequeñas torres, antes de tener que apretujarte delante de
la frase de algún hombre célebre o antes que la cámara fotográfica de algún
periodista. En tu fuero interno te alegras por ello, no sin alimentar algunas
dudas. En esta calle no hay ni la menor señal para atraer a los turistas, ¿has
sido burlado? No te has fiado más que de un itinerario bosquejado en una
cajetilla de cigarrillos que llevas escondida en la chaqueta y de esa persona
conocida por casua¬lidad en el tren. Nada te prueba que lo que dijera fuese
cierto. No has consultado ningún relato de viaje auténtico, y ni siquiera en la
gran guía de lugares turísticos recientemente publicada aparece ninguna entrada
con tal nombre. Desde luego que se encuentran fácilmente lugares llamados
Lingtai, Lingqiu, Lingyan e incluso Lingshan, hojeando el atlas de China por
provincias. Tampoco ignoras que en los innumera¬bles libros y textos históricos
antiguos, desde el Clásico de los mares y de las montañas, obra de adivinación
y de magia anti¬gua, hasta el viejo tratado de geografía titulado Anotaciones
al Clásico de los ríos, se menciona el lugar de Lingshan. Buda des¬pertó allí
de su sueño al venerable Mahakasyapa. No eres tonto, debes apelar a tu
inteligencia, buscar en primer lugar ese pequeño pueblo de nombre Wuyi que está
indicado en la cajetilla de cigarrillos y el camino que se adentra hacia
Lings¬han, la Montaña del Alma.
Vuelves a la
estación de autobuses y entras en la sala de espera, el lugar más animado de
esta pequeña ciudad de mon¬taña, que está ya completamente vacía a estas horas.
Las ven¬tanillas de venta de billetes y de la consigna tienen el cierre
metálico echado. Llamas, sin obtener el menor resultado. No te queda más
remedio que levantar la cabeza para contar los nombres de las estaciones, a
cuál más evocador, alineados enci¬ma de la ventanilla: la aldea de los Zhang,
el Almacén de Arena, la Fábrica de Cemento, el Viejo Horno, Caballo de Oro,
Buen Año, Inundación, la Bahía del Dragón, la Cuenca de las Flores de
Melocotonero..., pero ninguno corresponde al lugar que tú buscas. Pese a que se
trata de un pueblo pequeño, los destinos y los autobuses son numerosos. En un
mismo día, salen hasta cinco o seis autobuses, pero el destino para la Fábrica
de Cemento no es ciertamente turístico. La línea menos frecuentada cuenta
únicamente con un servicio de autobús diario. Debe de ser éste el lugar más
remoto, pero Wuyi se halla efectivamente al final del trayecto. No llama tu
atención, parecido al resto de nombres de localidades, sin un «alma» especial.
Pero tú, como si finalmente hubieras encon¬trado el cabo del hilo de una liada
madeja que no esperases ya desenredar, aunque no te pones loco de alegría, al
menos te quedas más tranquilo. Tendrás que comprar tu billete una hora antes de
la salida del autobús. La experiencia te dice que, en estas líneas de montaña
de un solo servicio diario, hay que pegarse para subir al autobús, y que, si no
te preparas con antelación, tendrás que hacer cola muy temprano.
En este momento,
tienes tiempo por delante, pero la mochila de viaje comienza a pesar sobre tus
hombros. Calle¬jeas y los camiones cargados de madera pasan casi rozándote, con
los cláxones aullando. Observas que, en la angosta carre¬tera que atraviesa el
pueblo, los camiones, de todos los tama–os, no paran de hacer sonar sus
bocinas. En los autobuses, los cobradores mantienen el brazo sacado por la
ventanilla y gol¬pean sin cesar en la carrocería, aumentando el guirigay
reinan¬te en la calle. Y ésta es la única manera de que los peatones ter¬minen
por hacerse a un lado.
Las viejas casas
situadas a ambos lados de la calle tienen todas fachadas de madera. En la
planta baja se practica el comercio y en la de arriba se pone a secar la ropa:
desde paña¬les de bebé a sujetadores, pasando por calzoncillos apedazados y
sábanas floreadas, ondean en medio del polvo y del ruido de los coches, como
otras tantas banderas de todos los países del mundo. Al borde de la carretera,
de los postes de cemento, a la altura de los ojos, cuelgan anuncios
publicitarios de todo tipo. Uno de ellos, que pondera las excelencias de un
producto con¬tra los malos olores de las axilas, llama particularmente tu
atención. No es que tú sufras de este problema, pero te sientes atraído por la
originalidad de su escritura. Tras el término «bromidrosis» figura una
explicación entre corchetes:
[La bromidrosis
(también llamada Olor de los Inmortales) es una desagradable enfermedad que
produce un olor nauseabundo. Debido a ella, son numerosos quienes han tenido
que aplazar su boda o que han tenido dificultades a la hora de hacer amigos. A
menudo, chicos y chicas, ante la dificultad de encontrar trabajo o ingresar en
el ejér¬cito, han sufrido terriblemente por su culpa sin llegar a superar sus
problemas. Ahora, gracias a un nuevo procedimiento sintético, es posible
erradicar totalmente el mal olor. Su eficacia es del 97,5 %. Para alcanzar el
placer en la vida y su felicidad finura, venga a tra¬tarse con nuestro
producto...]
Luego llegas a un
puente de piedra. Ningún mal olor. Una fresca brisa sopla suavemente,
refrescante y agradable. El puente de piedra une un ancho río. Aunque la calle
está asfal¬tada, se distinguen aún vagamente unos leones esculpidos en las
columnas acanaladas. Debe de ser seguramente muy anti¬guo. Apoyado en el pretil
de piedra reforzada con hormigón, contemplas las dos partes de este pueblo
unidas por el puente. De cada lado, innumerables tejados de tejas negras
dispuestos en apretadas hileras se extienden hasta donde se pierde la vista.
Entre las montañas se abre un valle con campos de arroz ama¬rillo dorado
moteados de cañaverales de verdes bambúes. El agua del río de un azul puro
fluye tranquilamente entre los arenales de su lecho y, seguidamente, una vez
llegada hasta los pilares del puente de piedra tallada que lo divide, se vuelve
más profunda, tirando a verde oscuro. Una vez pasado el arco del puente,
produce un fragor, y se forma una espuma blanca por encima de sus violentos
remolinos. El agua ha dejado su marca en diferentes niveles del dique de piedra
de más de diez metros de alto. El más reciente, de un amarillo grisáceo, data
de la última inundación del verano. ¿Es el río You? ¿Tiene su naci¬miento en
Lingshan?
El sol va a
ponerse. Su semiesfera semeja una tapadera de color anaranjado. Sigue siendo
brillante, pero no deslumbra. Diriges la mirada hacia el lugar donde las dos
vertientes del valle se unen, allí donde las cimas se encabalgan en medio de la
bruma y de las nubes. Este marco ilusorio de un negro vivísi¬mo comisquea
paulatinamente la parte inferior del astro des¬lumbrante que parece dar
vueltas. Cuanto más se tiñe de rojo el ocaso, más dulce resulta. Lanza sus
reflejos dorados sobre el agua del río. El azul oscuro y los rayos dorados se
mezclan en las ondas y las salpicaduras del agua. La bola purpúrea des¬prende
todavía más serenidad, pero, al descender en la hondo¬nada del valle, no deja
de tener cierta seducción. Y luego están los sonidos. Oyes uno, difícil de
captar, que se pone a resonar en el fondo de tu corazón y se expande
progresivamente, se estremece un poco, como sobre la punta de los pies, se
escapa y desaparece en el paisaje negro de la montaña, llenando los cielos de
la bruma del crepúsculo. El viento del atardecer silba en tus oídos así como
también el sonido incesante de los cláxo¬nes de los coches. Al atravesar el
puente, descubres en su extre¬mo una placa recién grabada con los caracteres
realzados en rojo: Puente Yongning, construido durante el año 3 de la era
Kai-yuan de los Song, restaurado en 1962. Placa colocada en 1983. He aquí una
señal anunciadora de la llegada del turismo.
Al final del puente
se encuentran dos filas de tabernas. En una de las de la izquierda, tomas un
cuenco de queso de soja en gelatina, ese tipo de queso de soja tierno y
delicioso, muy especiado, que se vendía en las calles y callejones y que
duran¬te un tiempo había desaparecido, pero que en la actualidad se elabora de
nuevo gracias a una receta transmitida de padres a hijos. Luego, en una de las
de la derecha, te tomas dos galletas de sésamo y cebolla recién salidas de la
sartén, calientes y aro¬máticas; por último, te comes también —¿dónde?, ya no
lo recuerdas— unas albóndigas de arroz glutinoso fermentado, apenas más gruesas
que unas perlas, azucaradas al gusto. Por supuesto, no has sido tan exagerado
como el señor Ma Segun¬do cuando viajó al lago del Oeste, pero tienes no
obstante bas¬tante buen apetito. Mientras degustas estos manjares de nues¬tros
antepasados, escuchas las conversaciones de los clientes y patrones que son
buenos conocedores del lugar. Quisieras acercarte y mezclarte con ellos utilizando
su dulce lenguaje de acento campesino. Has vivido largo tiempo en la ciudad y
experimentas la necesidad de conservar en ti una gran nostal¬gia del terruño,
quisieras que te proporcionara un poco de consuelo, para poder retornar a los
tiempos de tu infancia y reencontrar tus recuerdos perdidos.
Terminas por
encontrar un hotel de este lado del puente, en una vieja calle empedrada. El
suelo está más o menos limpio. En la habitación individual que has tomado, hay
una tabla recubierta con una esterilla de bambú y una manta de algodón gris, de
la que es imposible saber si está sucia o bien si se trata de su color
original. La metes debajo de la estera, apartas la almohada grasienta.
Felizmente aquí hace calor, y la ropa de cama resulta inútil. En ese momento,
sientes la necesidad de dejar en el suelo la mochila que se ha vuelto muy
pesada y de sacudirte de encima todo el polvo y quitarte el sudor del cuerpo.
Te tiendes con el torso desnudo en la cama, con las piernas abiertas. En la
habitación de al lado, hay gente que se interpela. Están jugando a las cartas.
Oyes claramente el ruido de los naipes lanzados sobre la mesa. Únicamente una
pared medianera hecha de tablas y, por las hendiduras de la desga¬rrada
tapicería, puedes distinguir vagamente a algunos mozarrones con el torso
desnudo. No estás tan cansado como para dejarte vencer enseguida por el sueño y
llamas al tabique. Del otro lado se alza un gruñido. No es contra ti, sino
contra ellos mismos contra quienes gruñen. Están los ganadores y los
per¬dedores, y los perdedores tardan en saldar sus deudas. En este hotel se
juega abiertamente dinero pese a la advertencia de la policía del distrito
pegada en las habitaciones, que estipula la prohibición del juego y de la
prostitución. Tienes verdaderas ganas de ir a ver si este reglamento es
respetado en un lugar tan pequeño como éste. Te vistes, sales al pasillo y
llamas a la puerta entreabierta de la habitación. El alboroto prosigue, nadie
te presta atención. Entras directamente empujando la puerta. Los cuatro
mozarrones sentados alrededor de una cama colocada en medio del cuarto se
vuelven para mirarte. No muestran la menor sorpresa, el más asombrado eres tú.
Cuatro rostros extraños con unos pedacitos de papel pegados en cejas, labios,
nariz y mejillas. Resultan tan despreciables como cómicos. Pero ellos no ríen y
se limitan a mirarte. Has venido a importunarles, y están claramente enojados.
—Ah, estabais
jugando a las cartas... —No puedes sino dis¬culparte.
Y ellos siguen
lanzando sus naipes. Son éstos muy alarga¬dos, con unos dibujos rojos o negros,
como en el juego del mah-jong. Incluyen también la puerta celestial y la cárcel
terrestre. El perdedor es castigado por el ganador, que le pega un pedacito de papel
de periódico en un lugar determinado. Imposible saber desde fuera si no se
trata más que de una broma pesada, una especie de liberación, o bien de una
señal establecida por los apostantes que permite a los perdedores o a los
ganadores saldar sus cuentas.
Sales retrocediendo
y regresas a tu habitación. Te tumbas de nuevo en la cama y contemplas en el
techo las manchas concentradas alrededor de la bombilla, que son en realidad
innumerables mosquitos en espera de que la luz sea apagada para venir a
picarte. A toda prisa, bajas el mosquitero. Fijada en el techo por una tira de
bambú en forma de círculo, la gasa recubre un espacio cilíndrico. Hace mucho
tiempo que no has dormido bajo este tipo de mosquitero y ya has pasado con
cre¬ces la edad en que te perdías en tus ensoñaciones, con los ojos abiertos
clavados en lo alto de la gasa. Hoy no sabes qué impulso te animará mañana, a
ti que te tienes bien aprendido todo lo que es menester aprender, ¿qué vas a
seguir buscando? Llegado a la edad madura, ¿no deberías llevar una vida
tran¬quila, cumplir sin prisas tu tarea en un puesto ni demasiado bajo ni
demasiado alto, hacer tu papel de marido y de padre, instalarte en un mullido
nido, ahorrar en el banco un poco de dinero que daría su fruto con el paso de
los meses y que te dejaría un pequeño capital que, además de servirte para tu
vejez, podrías luego legar?
2
A mitad de camino
entre las altas mesetas tibetanas y la cuenca de Sichuan, en el país de la
etnia qiang, en la parte media de los montes Qionglai, he presenciado la
adoración del fuego y una supervivencia de la civiliza¬ción original de la
humanidad. Los antepasados de cada etnia han venerado el fuego que les trajo
los comienzos de la civili¬zación. Es un dios.
Sentado delante del
fuego, él bebe aguardiente, pero, antes de probarlo, remoja un dedo en su
cuenco y lo agita por enci¬ma de las brasas que se ponen a silbar despidiendo
un humo azulado. En ese instante, me doy cuenta de que existo real¬mente.
—Hago esta ofrenda
al dios del hogar porque es gracias a él que tenemos de comer y de beber.
La luz del fuego
ilumina sus mejillas chupadas, su prominen¬te nariz y sus pómulos salientes. Me
dice que pertenece a la etnia qiang, que es oriundo de la aldea de Gengda. Dado
que me incomoda hacerle preguntas de entrada sobre los dioses y los demonios,
me limito a decirle que he venido a estudiar las can-ciones populares de estas
montañas y le pregunto si se sigue practicando la danza llamada gezhuang. Él
declara que él mismo es capaz de bailarla, que antaño hombres y mujeres
bailaban en torno al fuego hasta la hora del amanecer, pero que, más tarde, fue
prohibida.
—¿Por qué? —Conozco
perfectamente la respuesta, pero le hago la pregunta no obstante.
—Debido a la
Revolución Cultural. Decían que las letras de las canciones no resultaban
adecuadas y fueron sustituidas por citas de Mao.
—¿Y qué pasó a
continuación? —hago la pregunta a propó¬sito, se está volviendo ya una vieja
costumbre.
—Pues a
continuación ya nadie las cantó. Ahora se empieza a bailar de nuevo, pero raros
son los jóvenes que la saben. Yo les enseño.
Le ruego que me
haga una demostración. Él se levanta al punto y, sin la menor vacilación, se
pone a danzar cantando. Su voz es grave y fuerte, una hermosa voz natural.
Estoy con¬vencido de que es de etnia qiang, pero los policías encargados del
estado civil tienen sus dudas. Piensan que todos aquellos que declaran
pertenecer a las etnias tibetana o qiang lo hacen exclusivamente para verse
libres de la limitación de los naci¬mientos y poder traer más hijos al mundo.
Él canta una
canción, luego otra. Me dice que le gusta mucho pasárselo bien, de lo cual no
me cabe la menor duda. Acaba de quitarse de encima el cargo de jefe de aldea y
se diría de nuevo un montañés, un viejo montañés lleno de brío. Por desgracia,
ha rebasado la edad de las aventuras amorosas.
Es capaz asimismo
de decir numerosos encantamientos, procedimientos mágicos que utilizan los
cazadores a la hora de salir a la montaña, llamados «método de la montaña
negra» o bien «brujería». Él no niega el hecho. Cree firmemente que dichos
encantamientos pueden empujar a las presas a los fosos o bien incitarlas a caer
en las trampas. La magia no sólo se uti¬liza con animales, sino también entre
los hombres con fines vengativos. Si el «método de la montaña negra» es
utilizado contra un hombre, éste se ve abocado a no poder salir ya de la
montaña. Esto me recuerda una historia que oí contar de niño: el fantasma que
levanta un muro. Un hombre camina de noche por un sendero de montaña, camina
que te camina, y de repen¬te aparece delante de él un muro, una muralla
escarpada o bien un profundo río que le es imposible cruzar. Si no consigue
romper el encantamiento, no puede dar ya el menor paso ade¬lante y vuelve sin
cesar a su punto de partida. Así, a la salida del sol, advierte que no ha hecho
más que dar vueltas en el mismo sitio. Y algo más grave aún: la magia puede
llevar a un callejón sin salida y entonces es la muerte.
Dice encantamiento
tras encantamiento. Éstos no son lán¬guidos y apacibles como las canciones,
sino por el contrario muy precipitados, a modo de un jadeo. No soy capaz de
com¬prender todo cuanto dice, pero el encanto de esta lengua, el aliento
imponente de los monstruos y demonios que invoca llenan la estancia renegrida
por el humo. Las llamas lamen la olla donde se cuece a fuego lento la carne de
cordero, hacien¬do relampaguear sus ojos: ésta sí que es una escena auténtica.
En cuanto a ti,
andas en busca del camino que lleva a Lingshan, yo, paseándome a lo largo del
Yangtsé, busco la verdad. Acabo de pasar por un serio trance. Los médicos me
diagnos¬ticaron por error un cáncer de pulmón. La muerte me ha gas¬tado una
mala pasada y finalmente he conseguido superar el obstáculo que ha puesto en mi
camino. En mi fuero interno, me alegro. La vida me ha devuelto una inmensa
frescura. Hubiera tenido que abandonar hace ya mucho tiempo mi entorno
polucionado y volver a la naturaleza en busca de una vida auténtica.
En mi entorno, me
enseñaban que la vida era la fuente de la literatura y que la literatura debía
ser fiel a la vida, fiel a su ver¬dad. Y mi error era precisamente el haberme
apartado de la vida, el haber ido en contra de su verdad. La verdad de la vida no
se parece a su imagen externa. La verdad de la vida, es decir, la naturaleza de
la vida, debe ser tal como es y no de otro modo. Si me he apartado de la verdad
es porque no he expuesto más que una serie de fenómenos de la vida que no
pueden, claro está, reflejarla como es debido. El resultado es que no he hecho
más que seguir un camino equivocado deformando la realidad.
No sé si, ahora,
sigo realmente el buen camino; en cualquier caso, quiero abandonar el mundo
literario en plena eferves¬cencia y escapar de mi habitación siempre llena de
humo de tabaco. Los libros que se amontonan en ella me agobian, hasta el punto
de impedirme respirar. Exponen toda suerte de verda¬des, desde la verdad
histórica hasta la verdad sobre el compor¬tamiento humano, y ya no sé qué
utilidad tienen. Sin embargo, me estorban y me debato en sus redes, viviendo
como un insec¬to presa en una tela de araña. Felizmente, el médico que
equi¬vocó su diagnóstico me ha salvado la vida. Era un hombre sin¬cero. Me dio
a comparar las dos radiografías del pecho que había sacado. En el extremo del
pulmón izquierdo, una som¬bra de contornos imprecisos se extendía hasta la
tráquea. Aun cuando me hubiera extraído totalmente el lóbulo del pulmón
izquierdo, no hubiera servido de nada. Esta conclusión apare¬cía como una
evidencia. Mi padre también murió de cáncer de pulmón, y no habían pasado más
que tres meses desde que le fue diagnosticada la enfermedad y su fallecimiento.
Era el mismo médico el que había hecho el diagnóstico. Yo tenía con¬fianza en
él y él la tenía en la ciencia. Las radiografías que me habían hecho en dos
hospitales distintos eran semejantes de todo punto, no podía haber error
técnico en ellas. El médico me extendió también un volante para que me hicieran
una fibroscopia quince días más tarde. Yo no tenía prisa, porque sin ninguna
duda iba a confirmar el tamaño de dicho tumor. Antes de la muerte de mi padre,
se había procedido de igual modo, y yo no hacía más que seguir sus pasos, cosa
que no tenía nada de original. Y sin embargo, me he escabullido de entre los
dedos de la muerte, no puedo negar que he tenido suerte. Creo en la ciencia,
pero también en el destino.
He visto un trozo
de madera tallada, de más de trece centí¬metros de largo, recogido durante los
años treinta por un etnólogo en la región de la etnia qiang, que representaba a
un hombre cabeza abajo descansando sobre sus dos manos y con los rasgos del rostro
resaltados en negro. En su cuerpo había grabados dos caracteres: «larga vida».
Le conocían como el «wiichang cabeza abajo». Tenía realmente algo de maléfico.
Le pregunto a este jefe de aldea retirado si es posible encontrar aún este tipo
de dioses protectores. El me dice que se conocen como «laogen»: las «viejas
raíces». Esta figurita debe perma¬necer con el recién nacido a lo largo de toda
su vida, hasta el día de su muerte. Luego es llevada junto con el cadáver y,
una vez enterrado éste, la figurita es depositada en plena montaña a fin de
ayudar al alma del difunto a retornar a la naturaleza. Al preguntarle yo si
podía encontrarme una para llevarla enci¬ma, me ha respondido entre risas que
eran los cazadores quie¬nes se la metían entre sus ropas para conjurar la mala
fortuna, pero que no tenían ninguna utilidad para la gente como yo.
—¿Sería posible
encontrar a algún viejo cazador que conoz¬ca la brujería, con quien pudiera ir
a cazar?
—El mejor de todos
es el viejo padre Shi —responde él tras pensárselo un instante.
—¿Dónde se le puede
encontrar?
—Está en la casa de
piedra del padre Shi.
—¿Y dónde se
encuentra ésta?
—Si sigues subiendo
diez lis desde aquí, llegarás al Barran¬co de la Mina de Plata. Una vez allí
prosigue hasta el final del torrente que pasa por el barranco y verás una casa
de piedra.
—¿Es un nombre de
lugar, o realmente la casa de piedra del padre Shi?
Me explica que es
un nombre de lugar, pero que realmente existe una casa de piedra donde vivía el
padre Shi.
—¿Podrías llevarme
hasta allí? —le pregunto también.
—El murió. Murió
mientras dormía, acostado en su cama. Era muy viejo, pasaba de los noventa
años, e incluso de más de cien según algunos. De hecho, nadie sabía muy bien
qué edad tenía.
No puedo dejar de
preguntarle:
.—¿Viven todavía
sus descendientes?
—Era de la
generación de mi abuelo... Siempre he oído decir que vivió solo.
—¿No tenía mujer?
—Vivía solo en el
Barranco de la Mina de Plata, sin familia ni hogar, en una casita para él solo.
Ah, en su casa, su fusil ha permanecido colgado.
Le pregunto qué
quiere decir con ello.
Me explica que era
un buen cazador, gran apasionado de la magia, como ya no quedan. Todo el mundo
sabe que su fusil sigue colgado en la pared de su casa, un arma que jamás ha
fallado un tiro, pero nadie se atreve a cogerla.
No comprendo por
qué.
—El camino que
lleva al Barranco de la Mina de Plata está cortado.
—¿No se puede
entrar ya allí?
—No. En otro tiempo
alguien abrió una mina de plata en ese lugar y una sociedad de Chengdu contrató
a unos mineros para trabajar allí. A continuación, fue saqueada y los mine¬ros
se fueron. La pasarela que llevaba a la mina por el barran¬co se hundió en algunos
tramos o bien se pudrió.
—¿Cuándo tiempo
hace de eso?
—Mi abuelo todavía
vivía, por lo tanto debe de hacer unos cincuenta años.
No es de extrañar
que ahora esté jubilado. Pertenece a la historia, una historia real.
—¿Y nadie ha vuelto
a entrar jamás allí?
Tengo cada vez más
ganas de conocer la clave del misterio.
—No se sabe a
ciencia cierta, pero en cualquier caso no resulta fácil ir hasta allí.
—Esa casa, ¿está
podrida también?
—¿Cómo podría
pudrirse una casa de piedra?
—Me refería a las
vigas.
—Ah, sí, por
supuesto.
En mi opinión,
intenta intimidarme, pues no tiene ninguna intención de llevarme hasta allí o
de presentarme a un cazador.
—Pero ¿cómo sabes
tú que el fusil sigue colgado en la pared? —he preguntado yo de nuevo.
—Eso dicen, alguien
ha debido de verlo. También cuentan que el anciano padre Shi era muy extraño.
Su cuerpo no se descompuso y las bestias salvajes no se atrevieron a tocarlo.
Estaba tendido cuan largo era en su cama, en los huesos, seco, con su fusil colgado
en la pared.
—Eso es imposible,
hay demasiada humedad en la montaña, el cadáver seguramente se ha descompuesto
y el fusil ha debido de transformarse en un amasijo de chatarra herrum¬brada.
—No lo sé, pero eso
es lo que se viene diciendo desde hace mucho tiempo.
Él sigue diciendo
lo que se le antoja sin tener en cuenta mi opinión. Las llamas relucen en sus
ojos. Éstos me parecen lle¬nos de malicia.
Vuelvo a la carga:
—Tú no lo has
visto, ¿no es así?
—Algunos lo han
visto. Parecía dormir. En los huesos, seco, con su fusil colgado en la pared
—prosigue en el mismo tono—. Era un buen entendido en magia. No sólo los
hombres no se han atrevido a coger su fusil, sino que incluso las bestias no se
han atrevido a tocar su cuerpo.
Este cazador había
sido ya deificado. La historia y los rumo¬res se mezclaban, había nacido una
leyenda popular. La verdad no existe más que en la experiencia e incluso sólo
en la expe¬riencia personal, y aun en este caso, una vez que ha sido conta¬da,
se convierte en historia. Es imposible demostrar la verdad de los hechos y
tampoco es preciso hacerlo. Dejemos a los hábiles dialécticos debatir sobre la
verdad de la vida. Lo que importa es la vida en sí misma. Lo que es real es que
estoy sen¬tado al amor del fuego, en esta habitación renegrida por el humo del
aceite, que veo esas llamas danzando en sus ojos, lo que es cierto soy yo
mismo, es la sensación fugitiva que acabo de experimentar, imposible de
transmitir al prójimo. Fuera, se ha levantado la niebla, las oscuras montañas
se han difuminado, el murmullo del raudo río resuena en ti y eso basta.
3
Ya has llegado al
pueblo de Wuyi, a esta larga callejuela empedrada de losas con las roderas de
las carretillas profundamente marcadas, y de golpe vuelves a tu infan¬cia, a
esa aldehuela de montaña en la que pasaste casi toda tu infancia. Pero ya no
ves carretillas empujadas a mano. El tintineo de los timbres de las bicicletas
ha reemplazado al crujir de los ejes de azufaifo engrasados con aceite de soja.
Aquí, para ir en bicicleta, es preciso tener verdadero talento de equilibrista
para colarse, con una gran bolsa colgada del sillín, entre los transeúntes, las
palancas, las carretas tiradas a fuerza de brazos, los puestos de las tiendas.
Es difícil evitar los jura¬mentos, pero en este guirigay de risas, de gritos de
los vende¬dores ponderando sus productos y de los clientes regateando, parecen
llenos de vida. Respiras los olores mezclados de legumbres en conserva, de
tripas de cerdo, de cuero recién curtido, de terebinto, de paja de arroz, de
cal. Tu mirada se vuelve a ambos lados de la calle, a las tiendas de frutos
secos, de soja, de aceite, de arroz, a la farmacia que expende medicamentos
chinos y occidentales, a la tienda de telas y sederías, al puesto de calzado,
al vendedor de té, al puesto del carnicero, al sastre, al hornillo para hervir
el agua, a la alfarería y a las cuerdas, a los bazares de incienso y de moneda
funeraria de papel. Todos los tenderetes se tocan uno a otro, sin grandes
cambios sin duda desde los tiempos de los Qing. El viejo res¬taurante «La
Prosperidad Auténtica» donde se entrechocan constantemente las perolas de fondo
plano llenas de raviolis fritos ha recuperado su letrero que había sido roto, y
su ban¬derola que anuncia un restaurante de «primera categoría» ondea al
viento. El centro comercial gestionado por el Estado es evidentemente el que
tiene más y mejor presencia. El edifi¬cio de cemento de dos plantas ha sido
remozado y un escapa¬rate ha reemplazado a la antigua fachada, pero el polvo
que lo recubre parece no haber sido quitado jamás. Los escaparates de los
fotógrafos son también muy llamativos. Están llenos de fotos de chicas en
actitudes coquetas o que van trajeadas y maquilladas. Son bellezas locales que
parecen menos lejanas para el público que las estrellas de los carteles de
cine. Y este lugar ha sido realmente cuna de bellezas más hermosas que el jade,
de perfumadas mejillas, con pintadas cejas minuciosa¬mente retocadas por el
fotógrafo, con unos rojos demasiado rojos y unos verdes demasiado verdes. Se
ofrecen también ampliaciones de fotos en color. Un anuncio indica que pueden
tenerse en veinte días, pero se silencia el hecho de que hay que ir a la cabeza
de distrito a revelarlas. De no haber sido afortu¬nado, acaso habrías nacido en
este pueblo, habrías crecido aquí, habrías creado una familia casándote con una
de estas bellezas que ya haría tiempo que te hubiese dado hijos e hijas. Te
sonríes ante la idea y te apartas a toda prisa para evitar que la gente se crea
que te interesas por alguna de ellas y se llamen a engaño. Dejas vagar tu mente
observando las buhardillas que hay por encima de los escaparates. De las
ventanas cuelgan unas cortinas y sus antepechos están adornados con tiestos de
flores o bonsáis. No puedes dejar de preguntarte cómo vive la gente que habita
aquí. Hay una alta torre cerrada con canda¬do. Sus pilares inclinados, sus
remates de cabrios y su barandi¬lla de madera tallada totalmente podridos
hablan bien a las cla¬ras del poder que disfrutaban antaño sus moradores: el
destino del propietario de esta casa y de sus descendientes deja pensa¬tivo. En
la tienda de al lado, en cambio, se venden pantalones vaqueros y camisetas
estilo Hong Kong, así como medias de nailon. Unos anuncios publicitarios que
muestran a unas mujeres extranjeras enseñando las piernas están pegados en la
pared. Sobre la puerta hay colgado un rótulo en caracteres dorados: Nueva
sociedad de explotación tecnológica, sin que se sepa muy bien de qué tecnología
se trata. Un poco más lejos, un escaparate lleno de un montón de cal viva. Es
el final de la calle, y el edificio que hay más lejos debe de ser una fábrica
de fideos de arroz. Un espacio vacío se halla plantado de postes entre los que
hay tendidos unos alambres de los que cuelgan los fideos. Vuelves la cabeza y
te introduces por una calleja que arranca al lado del puesto del vendedor de
té. Te pierdes de nuevo en tus recuerdos.
Detrás de una
entrada medio oculta, un pequeño patio húmedo. Un jardincillo yermo, desierto.
En una esquina, un montón de escombros. Te acuerdas de este patio situado cerca
de tu casa y cuya tapia de piedra se había venido abajo. Te asus¬taba y te
atraía a la vez. Pensabas que las zorras que aparecen en los cuentos venían de
allí. Después de clase, no podías evi¬tar el ir allí solo, atenazado por la
angustia. Nunca viste zorra alguna, pero este sentimiento de misterio ha
acompañado siempre tus recuerdos de infancia. Había allí un banco de pie¬dra
roto y un pozo sin duda seco. En pleno otoño, el viento soplaba sobre el tejado
donde crecían unas hierbas de un ama¬rillo dorado y el sol brillaba en todo su
esplendor. Estas man-siones cuya puerta permanece cerrada tienen su historia.
Se parece en todo a una historia antigua. En invierno, el viento silbaba en las
callejuelas. Calzado con unos zapatos nuevos forrados, venías con otros niños a
golpear los pies en el suelo para calentarlos en la esquina de este muro y, por
supuesto, te acuerdas de esta canción infantil:
Durante la luna
llena, a caballo, quemo el incienso, a la Gran Hermana Lou he matado, a la
señorita del guisante he puesto ner¬viosa, los guisantes ella ha recogido, pero
tenían su vaina vacía, con el padre Ji ella se ha casado, el padre Ji es
demasiado pequeño, con el cangrejo ella se ha casado, el cangrejo el foso ha
atravesado, la babosa ella ha pisado, la babosa la ha denunciado, ante el monje
se ha queja¬do, las sutras ha recitado, a Guanyin ha rezado, a Guanyin ella ha
meado, un diablillo ha meado, eso le ha provocado dolor de tripa, al santo de
la Riqueza yo he llamado, y en trance él ha entrado, pero de nada ha servido,
pues doscientas monedas he malgastado.
Sobre el tejado,
las hierbas secas o vivas, blancas o verdes, se mecen suavemente al viento.
¿Cuántos años hace que no habías vuelto a ver estas hierbas en los tejados?
Descalzo, haces resonar tus pasos sobre estas losas de piedra profunda¬mente
marcadas por las roderas de las carretillas y emerges de tu infancia, emerges
en el presente. La planta de tus pies des¬calzos y sucios resuena delante de
ti. Pero que hayas taconea¬do realmente los pies en el suelo no es lo más
importante. De lo que tienes necesidad es de esta imagen interior.
Terminas por salir
de este dédalo de callejuelas y llegas a la carretera principal; allí, el
autobús procedente de la cabeza de distrito da media vuelta y vuelve a partir
al instante. Al borde de la carretera, la estación de autobuses. En el
interior, una ventanilla de venta de billetes y unos largos bancos. Ha sido
allí donde has bajado del autobús hace un rato. Casi enfrente, una casa baja,
un hotel de paredes encaladas con una inscrip¬ción: Bonitas habitaciones en el
interior. Vas a ver y lo encuentras limpio. En cualquier caso, tienes que
encontrar un alojamien¬to. Entras. Una sirvienta de avanzada edad está
barriendo el pasillo. Le preguntas si hay alguna habitación libre. Ella se
limita a responder que sí. Le preguntas a qué distancia se encuentra Lingshan.
Ella te mira con cara de pocos amigos, lo cual significa que estás en un hotel
público. Ella viene aquí a ganarse su salario mensual, no tiene nada que
añadir.
—La número dos.
—Con el mango de su escoba te señala una puerta abierta.
Entras, con tu
mochila en la mano. En el interior, dos camas. En una de ellas hay tumbado un
hombre, con las pier¬nas encogidas y un libro entre las manos. Su título,
Biografía no oficial de la zorra, está escrito en el papel de embalar con que
están forradas las tapas. Haces una seña a este hombre. Él deja su libro y te
dirige a su vez un cabeceo.
—Buenos días.
—¿Acabas de llegar?
—Sí.
—¿Fumas? —Y te
lanza un pitillo.
—Gracias. —Te
sientas en la cama de enfrente de la suya. Tiene necesidad de alguien con quien
charlar.
—¿Cuánto tiempo
llevas por aquí?
—Unos diez días.
—Se sienta y enciende su pitillo.
—¿Has venido de
compras? —preguntas tú como por casualidad.
—Me dedico al
negocio de la madera.
—¿Es fácil la cosa
por aquí?
—¿No conoces las
normas? —replica él, muy interesado.
—¿Qué normas?
—Las normas del
plan nacional.
—No.
—Pues, entonces, es
difícil. —Se despereza de nuevo.
—¿Escasea también
por estas regiones forestales la madera?
—De madera hay,
pero por lo que se refiere a los precios es otro cantar. —Ha advertido que no
eres entendido en la mate¬ria y responde con desgana.
—¿Esperas que bajen
los precios, no es así?
—Hmm —asiente él
vagamente, luego vuelve a coger el libro.
Tienes que hacerle
uno o dos cumplidos para poder sacarle un poco de información:
—¡Muchas cosas
debéis de saber vosotros, que vais a todas partes a comprar material!
—En absoluto
—responde él con modestia.
—¿Cómo puede ir uno
hasta Lingshan?
No hay respuesta.
No te queda más remedio que explicarle que has venido a ver el paisaje y le
preguntas dónde se encuen¬tran bellos parajes.
—A orillas del río
hay un pabellón. Si uno se sienta allí para contemplar la montaña de enfrente,
no está mal.
—Te dejaré
descansar —digo en un tono neutro.
Dejas la mochila y
te vas a apalabrar el alquiler de la habita¬ción con la sirvienta antes de
salir. En el extremo de la carrete¬ra principal se encuentra el embarcadero.
Unos pronunciados escalones de piedra descienden más de diez metros. Hay
atra¬cadas allí unas barcas cubiertas de esterillas negras, provistas de largos
bicheros de bambú. El escaso caudal del río fluye en un anchísimo lecho. Salta
a la vista que no es la estación de las crecidas. En la orilla de enfrente hay
una barcaza en la que la gente se apretuja. Todas las personas sentadas en los
escalones de tu lado también la esperan.
Por encima del
muelle, en el dique, se alza efectivamente un pabellón de tejado curvo.
Alrededor, no se ven más que ces¬tas de bambú trenzado. En el interior hay
sentados unos campesinos de la margen opuesta que han terminado de vender su
mercancía. En su charla, tienes la impresión de reconocer la lengua de los
cuentos de los tiempos de los Song. El pabellón ha sido pintado recientemente.
Bajo el alero, unos motivos de dragones y de fénix de vivos colores, y en las
dos columnas delanteras, frente por frente, dos sentencias pararelas:
Sentado, de charla,
no conviene criticar los defectos ajenos.
En el camino,
contemplas las aguas puras de los ríos maravillosos.
Pasas por detrás de
estas columnas. Hay allí escritas otras dos sentencias:
Cuando partas, no
olvides los deseos que te susurran, al oído. Date la vuelta y contempla el
emplazamiento del fénix en la Montaña del Alma.
Al punto el
entusiasmo te transporta. La barcaza ha debido de llegar: los hombres que toman
el fresco se han marchado, palanca al hombro. Únicamente se ha quedado un
anciano.
—Por favor,
anciano, este par de frases...
—¿Te refieres a
estas sentencias? —rectifica el anciano al punto.
—Sí, anciano,
¿podría decirme quién es el autor de estas sentencias? —sigues preguntando
respetuosamente.
—¡El gran maestro
licenciado Chen Xianning! —responde él diligente, en un tono de manifiesto
reproche. Abre una boca que deja ver algunos raros dientes negruzcos.
—Nunca he oído
hablar de él. —No puedes sino confesar abiertamente tu ignorancia—. ¿En qué
universidad enseña ese maestro?
—Es normal que no
le conozca, pues vivió hace más de mil años —responde él en un tono de profundo
desdén.
—No se burle usted
de mí, anciano —dices tú para tratar de justificarte.
—¿Acaso eres miope?
—dice él señalando el saledizo de la viga.
Levantas la cabeza
hacia una viga horizontal que no ha sido repintada. En efecto, es posible leer
una inscripción en tinta encarnada: Edificado el primer día del mes de la
primavera del año Gengjia, décimo año de la era Shaoxing de los Song,
restaurado el veintinueve del tercer mes del año Jiaxit, decimonoveno del
reinado de Quianlong de los Qing.
4
Salgo del centro de
acogida de la reserva natural y regre¬so a casa del jefe de aldea jubilado, de
la etnia qiang. En la puerta pende un gran candado. He ido ya tres veces sin
poder encontrarle. Pienso que esta puerta que podría abrirme un mundo misterioso
estará cerrada en adelante.
Me voy callejeando
bajo una llovizna. No he caminado por un paisaje semejante de lluvia y de bruma
desde hace años. Paso cerca del centro de asistencia médica cantonal de Wolong
que parece abandonado; en el bosque, reina una perfecta calma tan sólo interrumpida
en la lejanía por el ruido continuo y ensordecedor de un torrente. No sentía
una despreocupa¬ción semejante desde hace mucho tiempo. Ya no tengo ningu¬na
necesidad de pensar, dejo vagar mi espíritu. Ni sombra de hombre o de coche por
la carretera principal, todo está verde, es primavera.
Al borde de la
carretera, una gran casa solitaria y vacía. ¿Acaso se tratará de la guarida del
cabecilla de los bandidos Song Guotai, de quien me habló ayer por la noche el
comisa¬rio político de la reserva natural? Hace cuarenta años, única¬mente un
sendero de montaña que tomaban las caravanas pasaba por aquí. Hacia el norte,
atravesaba los montes Balang a más de cinco mil metros de altitud y se
adentraba en las regiones de etnia tibetana de las altiplanicies del Qinghai y
del Tibet; hacia el sur, seguía el río Minjiang para adentrarse en la cuenca
del Sichuan. Los contrabandistas que llegaban del sur cargados de opio y los
que venían del norte cargados de sal tenían todos obedientemente que pechar
aquí su tributo y considerar esto como un honor, puesto que a los que se
rebe¬laban se les laceraba el rostro. Era entonces el viaje sin retorno a la
morada del rey de los infiernos.
Es una vieja casa
toda de madera; los dos pesados batientes de la puerta están abiertos de par en
par y dan a un amplio patio yermo rodeado de edificios, con capacidad para
albergar a toda una caravana de varias decenas de caballos. Pienso que, en
aquella época, bastaba que la gran puerta estuviera cerrada y que los bandidos
se mantuvieran armados con fusiles en los balcones de madera corridos de la
parte superior de los edifi¬cios para que las caravanas que hacían noche allí
cayeran en la trampa. Incluso en caso de tiroteo, el patio no tenía ningún
ángulo muerto innacesible a las balas.
En el patio, dos
escaleras. Subo, haciendo crujir los escalo¬nes. Avanzo con paso pesado, para
indicar mi llegada, pero la planta superior está asimismo desierta. Empujo las
puertas de estancias vacías, una tras otra, sin descubrir más que polvo y olor
a moho. Sólo un pañuelo grisáceo colgado de un alambre y un zapato estropeado
denotan que se ha vivido aquí, varios años antes sin duda. Desde que se creó
una reserva natural, todos los organismos y el personal que ocupaban este
caserón, como la cooperativa de abastecimiento y de venta, la central de compra
de productos locales, el almacén de aceites y de cereales, el centro
veterinario, han sido trasladados a la calle¬juela de un centenar de metros de
largo construida por la ofi¬cina de gestión. Por lo que se refiere al centenar
de hombres que se reunían en la primera planta de este caserón a las órde¬nes
de Song Guotai, queda menos rastro aún, de ellos o de sus fusiles. En aquel
tiempo, tumbados sobre esterillas de paja, fumaban opio mientras bromeaban con
las mujeres que habían raptado. Durante el día, éstas tenían que prepararles la
comida y, por la noche, yacer con ellos por turno. A veces, por un reparto de
botín poco equitativo o por una de las muchachas, estallaba una disputa, que se
solucionaba a tiro limpio. Pienso en la animación que debía de reinar sobre
este suelo.
—Sólo su jefe Song
Guotai era capaz de tenerles en un puño. Era célebre por su ferocidad y
astucia.
El hombre que dice
esto, el comisario político, resulta de lo más convincente cuando toma la
palabra. Afirma que, en los cursillos, consigue arrancar lágrimas a los
estudiantes durante sus charlas sobre la protección de los pandas o incluso
sobre el patriotismo.
Cuenta que una de
las mujeres raptadas por los bandidos, una combatiente del Ejército Rojo,
todavía vive. En 1936, cuando la Larga Marcha pasó por la estepa Mao'ergai, un
regi¬miento del Ejército Rojo cayó en una emboscada de los bandi¬dos. Una
decena de jóvenes lavanderas del Jiangxi fueron rap¬tadas y violadas. La más
joven tenía diecisiete o dieciocho años, y fue la única superviviente. Pasó por
varias manos antes de ser comprada por un viejo montañés de la etnia qiang, que
la tomó por esposa. Ella vive ahora en un valle de los alrede¬dores. Todavía es
capaz de enumerar los nombres de toda su compañía y de su unidad así como el
nombre de su instructor, que actualmente es un alto funcionario. Suspirando
profunda¬mente, el comisario añade que, por supuesto, no puede con¬tarles eso a
los estudiantes, y acto seguido vuelve a hablar del jefe de los bandidos Song
Guotai.
Al principio, dice,
Song Guotai no era más que un trafican¬te de poca monta que se dedicaba al
tráfico de opio con un comerciante. Este último fue abatido por el cabecilla de
los bandidos instalado aquí y Song Guotai se puso a las órdenes de este nuevo jefe.
Tras mil peripecias, se convirtió en el hombre de confianza de su jefe y vivía
en un pequeño patio trasero de la casa. Posteriormente, el pequeño patio fue
destruido por los morteros del Ejército de Liberación, y ahora está invadido de
árboles. Era en aquellos tiempos un verdadero pequeño Chongqing. El viejo
Chen, cabecilla de los bandidos, se entregaba día y noche al libertinaje en su
antro lleno de con¬cubinas. Song Guotai era el único hombre autorizado a
servir-le en el interior de la casa. Un buen día llegó una caravana de
Ma'erkang, en realidad una cuadrilla de malhechores, que le echó el ojo a esta
guarida ya acondicionada. Las dos bandas se batieron por espacio de dos días,
causando bajas y heridos por ambos bandos sin que ninguno saliera vencedor ni
vencido. Se negoció y selló la reconciliación frotándose la boca con la san¬gre
de un animal. Entonces se abrió la gran puerta para recibir a los adversarios.
Los bandidos se diseminaron por toda la casa, entregándose a la bebida y al
juego. En realidad, se trata¬ba de un ardid del viejo jefe que deseaba
embriagar a sus ene¬migos. Asimismo ordenó a sus jóvenes mujeres descubrirse
los pechos y revolotear, cual mariposas, entre las mesas. ¿Quién habría sido
capaz de acabar con esta cuadrilla de malhechores? Todo el mundo bebió hasta la
completa embriaguez. Única¬mente los dos cabecillas permanecían sentados a la
mesa. A una señal convenida por el viejo Chen, Song Guotai sirvió de beber.
Pero en el momento en que escanciaba el vino, echó mano al revólver que el jefe
adversario había dejado a su lado, y, en menos de lo que cuesta decirlo,
descerrajó dos tiros, dando muerte al viejo Chen y a su enemigo, y acto seguido
preguntó al resto de los bandidos: «¿Quién es el que se niega a someterse?».
Los bandidos se miraron sin atreverse a decir esta boca es mía. Tras estos
acontecimientos, Song Guotai se instaló en la pequeña corte del viejo Chen y
todas las mujeres pasaron a su dominio.
Me cuenta esta
historia con verdadero ardor. No debe de alardear cuando afirma arrancar
lágrimas a los estudiantes durante sus charlas. Luego explica que, en 1950, los
soldados de dos compañías rodearon de noche el edificio y el pequeño patio, y
al alba, lanzaron un llamamiento para que los bandi¬dos depusieran las armas y
se rindieran. La gran puerta estaba bloqueada por el fuego de varias
metralletas y no habría podido escapar nadie. Se hubiera dicho que había tomado
parte per¬sonalmente en el combate.
—¿Y después?
—Al principio
opusieron resistencia, por supuesto, y el pequeño patio fue destruido con
morteros. Los supervivientes arrojaron sus fusiles y se rindieron, pero no así
Song Guotai. Los otros entraron a registrar el patio, pero no encontraron más
que a algunas mujeres sumidas en el desconsuelo. Se cuenta que, en su
habitación, un pasadizo secreto conducía a la montaña, pero nadie lo ha
descubierto, y él desapareció. Ahora han pasado cuarenta años de todo aquello.
Algunos afirman que sigue todavía con vida, otros que ha muerto, pero sin que
exista prueba alguna de ello. No son más que suposi¬ciones.
El se apoya en una
silla de bejuco y prosigue enumerando con sus dedos:
—Existen tres
hipótesis acerca de su suerte: una pretende que huyó a otra provincia en la que
habría conseguido ser olvi¬dado y que se habría hecho campesino. La segunda
sería que murió en combate, pero que los bandidos no dijeron nada acerca de
ello. Éstos tienen sus propias reglas. Son capaces de batirse entre sí con la
mayor ferocidad, pero jamás se confia¬rán a la gente ajena. Tienen su propia
ética —el espíritu caba¬lleresco de las personas al margen de la ley—, pese a
conservar una crueldad extrema. Los bandidos tienen también una doble
personalidad. En cuanto a las mujeres, aunque hubieran sido raptadas, una vez
caídas en esta guarida, pasaban a ser propie¬dad de la banda y no les
traicionaban jamás, por más que tuvie¬ran que soportar sus vejámenes.
Sacude la cabeza,
no por incomprensión, sino más bien pen¬sando tal vez en lo complejo de los
seres humanos.
—Por supuesto,
tampoco cabe excluir la tercera posibilidad: que habría huido a la montaña, sin
poder salir de ella, y que se habría muerto de hambre.
—¿Ha sucedido
alguna vez que alguien se perdiera en la montaña y muriera en ella?
—¡Ya lo creo! Y no
tan sólo campesinos venidos de otras regiones para recoger plantas medicinales,
sino también caza¬dores de la región que han muerto allí de agotamiento.
—¿De veras? —Siento
el más vivo interés por esta última afirmación.
—Hace un año, uno
de ellos pasó más de diez días en la montaña sin regresar. Sus familiares
avisaron al alcalde de la cabeza de cantón que vino a solicitar nuestra ayuda.
Nos pusimos en contacto con la oficina de policía de la región forestal que dio
suelta a un perro policía para buscarle. Le dieron a oler las prendas del
hombre y él siguió su rastro. Finalmente, le encontraron muerto, atrapado en la
quebradura de una roca.
—¿Cómo es posible?
—Todo es posible.
El pánico, la caza furtiva... La caza está formalmente prohibida en la zona
protegida. También hubo un hombre que mató a su hermano pequeño.
—¿Y por qué?
—Le confundió con
un oso. Los dos hermanos ponían trampas en la montaña para cazar al almizclero.
Eso da mucho dinero. Ahora, las trampas se han modernizado. Desatando los
cables de los depósitos de madera de desmonte, se obtienen unos alambres que
permiten poner en la montaña en un solo día varios cientos de trampas. El
espacio es tan inmenso que resulta imposible vigilarlo enteramente y, ante su
codicia, no hay nada que hacer. Estos dos hermanos pusieron un buen número de
trampas en la montaña y luego se separaron. Si hemos de dar crédito a las
supersticiones que corren por esta montaña, habrían sido víctimas de un
hechizo. Estaban ro¬deando una cima y quiso la casualidad que se topasen de
manos a boca. En medio de la densa niebla, el hermano mayor confundió a su
hermano pequeño con un oso y lo abatió. Regresó a su casa en plena noche
llevándose con él el fusil de su hermano. Dejó los dos fusiles apoyados contra
la puerta de la tapia del chiquero de su casa para que su madre los viera
cuando fuera a dar de comer a los animales de madrugada. Y sin entrar siquiera
en su casa, regresó a la montaña, volvió a localizar el lugar donde su hermano
había caído muerto y se cortó el gaznate.
Bajo del edificio
vacío y me quedo un instante en este patio con capacidad para albergar a una
caravana entera, y luego me dirijo hacia la carretera principal. Sigue sin
haber ni coches ni paseantes. Contemplo la verde montaña perdida en medio de la
bruma enfrente de mí. Se distingue una pronunciada bajada de madera de color
grisáceo. El manto vegetal está ya total¬mente destruido. En otro tiempo, antes
de que la carretera lle¬gara hasta aquí, las dos vertientes debían de estar
cubiertas de frondosos bosques. Siempre he sentido ganas de ir al bosque
primitivo, sin que sepa muy bien por qué me atrae tanto.
La llovizna no cesa
de caer, cada vez más densa, formando una pantalla ligera que recubre las
crestas montañosas, y difumina los vallecitos y barrancos. Una tormenta sorda e
indis¬tinta ruge tras las cumbres. Caigo en la cuenta de repente de que el
ruido que más oigo es el del río que hay más abajo de la carretera. No cesa
nunca, rugiendo en todo momento, con la misma corriente violenta. El río que
desciende de las monta–as nevadas para desembocar en el Minjiang discurre con
una impetuosidad rebosante de una energía peligrosa y opresiva que los cursos
de agua de las llanuras jamás poseen.
5
La has conocido
cerca de este pabellón. Era una espera difusa, una esperanza vaga, un encuentro
fortuito, ines¬perado. A la hora del crepúsculo has vuelto a la orilla del río.
Al pie de los escalones de piedra tallada, el claro sonido de las palas de lavar
la ropa flota en la superficie de las aguas. Ella está de pie, al lado del
pabellón. Al igual que tú, contempla las montañas que se extienden hasta donde
se pier¬de la vista en la margen opuesta y no puedes dejar de mirarla. En este
pueblecito de montaña, ella se sale mucho de lo corriente: su silueta, su
actitud, su aire perdido no pueden ser los propios de alguien del lugar. Te
alejas, pero en tu fuero interno piensas en ella y, cuando vuelves delante del
pabellón, ella ha desaparecido. Ya oscurece. Dos puntos rojos de unos
cigarrillos brillan intermitentemente en el interior, unas gen¬tes hablan y
ríen en voz baja. No distingues sus rostros, pero puedes reconocer por el
timbre de su voz que se trata de dos chicos y dos chicas. No parecen ser
tampoco del lugar. Su tono es decidido y sus voces sonoras, tanto cuando
bromean como cuando discuten. Prestando oído, oyes que las dos parejas se
explican las argucias empleadas para burlar a sus padres y a los jefes de sus
respectivos trabajos, los pretextos que han encon¬trado para largarse con total
libertad. Satisfechos de sí mis¬mos, no paran de partirse de risa. Tú ya has
rebasado esa edad, no tienes que sufrir ya este tipo de trabas, no sientes ya
la misma alegría que ellos. Tal vez acaban de llegar en un auto¬bús esa misma
tarde, pero te acuerdas de que no hay más que uno por la mañana, que viene de
la cabeza de distrito. Han debido de llegar, pues, por sus propios medios. Ella
segura¬mente no debe ir con ellos, ni tiene tampoco un aire tan ale¬gre.
Abandonas el pabellón, bordeas el río y desciendes todo recto. Conoces ya los
lugares: entre la decena de entradas de casas situadas a la ribera del río,
sólo la última es una tienda que vende aguardiente, cigarrillos y papel
higiénico, luego la calle empedrada tuerce en dirección al pueblo. A
continuación, se bordean los altos muros que circundan los patios de las casas,
y, a la derecha, bajo el farol que difunde una luz amarillenta, una puerta
negra: la entrada del Ayuntamiento de la cabeza de cantón. Debe de ser éste una
antigua mansión de gente adine¬rada, a juzgar por las dimensiones del patio y
la altura de los edificios flanqueados por torres de vigía. Más lejos, una
huerta cerrada por un murete de ladrillos rotos y, enfrente, el hospi¬tal.
Separada por una callejuela, una sala de espectáculos de reciente construcción,
donde pasan una película de kung-fu. Has recorrido ya este pueblo varias veces
sin acercarte a ella y sabes el horario de la sesión nocturna del cine. Si se
toma la callejuela que rodea el hospital, puede desembocarse directa¬mente en
la calle principal, justo enfrente del imponente cen¬tro comercial. Todo está
claro en tu cabeza, como si fueras un viejo habitante de este pueblo. Podrías
incluso hacer de guía si alguien lo precisara. Y vuelves a sentir realmente una
necesi¬dad de comunicación.
Lo que no previste
es que esta calleja estaría todavía tan ani¬mada de noche. Únicamente el centro
comercial tienen su cie¬rre metálico echado, y las rejas de los escaparates
herrumbra¬das. Las restantes tiendas permanecen abiertas. Simplemente, los muestrarios
que exponen durante el día delante de las puertas han sido retirados, siendo
sustituidos por mesas, sillas o tumbonas de bambú. La gente come y charla en la
calle, o bien mira la televisión instalada en el interior de las tiendas. En la
primera planta, se perfilan las sombras movedizas de los moradores de la casa.
Unos tocan la flauta, unos niños lloran. Se diría que rivalizan para ver quién
arma más ruido. Los radiocasetes difunden canciones de moda en la ciudad varios
años antes. Cantadas de manera meliflua y afectada, siguen a pesar de ello el
ritmo agresivo de la música electrónica. Senta¬do en el umbral de su puerta, un
hombre discute con la perso¬na que tiene enfrente. En ese momento, una mujer
casada ves¬tida simplemente con una camiseta y unos pantalones cortos, calzada
con sandalias de goma a medio poner, sale llevando una cubeta de agua sucia que
vacía en medio de la calle. Unos chiquillos pasan en cuadrilla y rozan con el
hombro a unas muchachas cogidas de la mano que callejean. Y tú, de repente, la
vuelves a ver, delante de un puesto de frutas. Aprietas el paso. Ella compra
unos pomelos, unos pomelos recién llega¬dos al mercado. Tú te acercas. Y
preguntas también su precio. Ella palpa un bonito pomelo perfectamente redondo,
de un verde vivo, luego se va. Tú dices también: es cierto, están demasiado
verdes. La alcanzas. ¿Está usted de vacaciones? Te parece oírle pronunciar un
vago sí y menea la cabeza haciendo moverse su pelo. Estás un tanto inquieto,
temiendo que te trate con aspereza. No pensabas que ella te respondiera con
tanta naturalidad. Al punto, te detienes y coges su paso.
—¿Ha venido usted
también para ir a Lingshan? —Tienes que dar prueba de un poco más de ingenio.
Ella ha vuelto a agitar sus cabellos. Así, tenéis un lenguaje común.
—¿Está usted sola?
Ella no contesta.
Delante de una peluquería provista de un fluorescente, ves su rostro, muy
joven, pero marcado por el cansancio. No resulta sino más conmovedor por ello.
Mirando a una mujer encasquetada con un secador eléctrico, dices que la
modernización es realmente rápida en este lugar. Sus ojos se mueven
ligeramente, luego se ríe. Tú la imitas. Sus cabellos de un negro brillante
caen sobre sus hombros. Tienes ganas de decirle que tiene un pelo perfecto,
luego piensas que es un tanto exagerado y no dices nada. Caminas con ella, sin
abrir ya la boca, no porque no tengas ganas de acercarte a ella, pero de
repente no encuentras ya las palabras. Algo incómodo, quieres salir cuanto
antes de esta situación.
—¿Puedo acompañarla
un poco? —Otra frase tonta.
—¡Vaya un tío
gracioso! —te parece oírle farfullar.
Tanto puede ser una
frase de aprobación como todo lo con¬trario. Pero notas que ella se muestra
deliberadamente alegre y coges el ritmo de su ágil paso. En realidad, es apenas
una niña, y tú no eres ya un jovenzuelo. Tienes ganas de tratar de atraerla.
—Puedo hacerle de
guía —dices tú—. Esta es una construc¬ción que data de los tiempos de los Ming,
de unos quinientos años de antigüedad como mínimo. —Lo que tú señalas es ese
recinto cerrado detrás de la farmacia tradicional, cuyos alzados aleros, que descansan
sobre unos aguilones, se ven realzados en la oscuridad por la claridad de las
estrellas—. Esta noche no hay luna. Y, hace quinientos años, en la época de los
Ming, no, hace nada más que algunas décadas, había que ir provisto de una
linterna para salir de noche por esta calle. Si no me cree, sólo tiene que
dejar la calle y adentrarse por las callejuelas oscuras y solitarias, y podrá
retrotraerse en el tiempo a tan sólo unos pocos pasos de aquí.
Así hablando,
llegáis ante la casa de té conocida como «El Supremo Perfume». Delante de su
puerta y en la esquina de la pared se apretujan numerosas personas, tanto niños
como adultos. Cuando echáis una mirada al interior, os detenéis también
vosotros. En la larga y estrecha sala, las mesas han sido retiradas. Las
cabezas se alinean de forma regular por encima de los bancos dispuestos a lo
largo, y en medio hay ins¬talada una mesa cuadrada. Una tela roja con bordados
amari¬llos cuelga de la mesa, y detrás, sobre un banco encaramado sobre unas
altas patas, se halla sentado un narrador de histo¬rias ataviado con un largo
traje de anchas mangas.
«Al oeste se pone
el sol, unas pesadas nubes ocultan la luna, a la cabeza de los demonios, Padre
y Madre Serpientes han ido como de costumbre al gran templo de la Inmensidad
Azul. A la vista de los niños y niñas bien gorditos de piel lozana, a la vista
de los cerdos, de los bueyes y de los corderos expuestos a cada lado, grande
fue su alegría. Padre Serpiente dijo a Madre Serpiente: "Gracias os seas
dadas, oh esposa mía, si estos rega¬los de aniversario son hoy tan
abundantes". Respondió Madre Serpiente: "Como el día de hoy es el
aniversario de vuestra Señora Madre, debemos ocuparnos de que no falten los
ins¬trumentos musicales”». ¡Pam! Para despertar a la concurren¬cia, golpea en
la mesa con la palmeta que lleva en su mano: «¡Muy bien!».
Dejando su palmeta,
coge un palillo con el que percute de continuo un tambor de piel algo
destensada, produciendo un sonido monótono y, con la otra mano, coge una
pandereta con unas sonajas que tiene ensartadas unas chapitas metálicas. La
agita lentamente, haciendo tintinear las sonajas, luego prosi¬gue con su voz
ronca:
«Inmediatamente,
Padre Serpiente dio unas órdenes y todo el mundo se puso manos a la obra. En un
instante el templo estuvo adornado y los instrumentos se pusieron a sonar.»
Levanta brutalmente la voz: «Y la rana cantaba a voz en grito, la lechuza
agitaba la batuta». Adopta deliberadamente el tono declamatorio de los actores
de televisión, provocando una car¬cajada entre el público.
Tú la miras y os
reís los dos. Era esa risa la que tú espera¬bas.
—¿Entramos? —Has
encontrado alguna cosa que decir. La conduces rodeando las mesas, los bancos y
los pies de la gente. Eliges un banco en el que queda sitio y os apretáis para
senta¬ros. Comprobáis que el narrador de historias ha conseguido de modo perfecto
entusiasmar a la sala. Se levanta, golpea una vez más su palmeta contra la mesa
con un ruido ensordecedor.
«¡Comienza el
aniversario! Los demonios...» Lanzando ayes y huyes, se vuelve hacia la
izquierda alzando un puño cubierto con su otra mano en señal de felicitación,
luego hacia la derecha agitando las dos manos, imitando a un viejo demo¬nio:
«¡Por favor, por favor!».
—Se diría que ha
contado esta historia durante mil años —le susurras al oído.
—Aún puede
continuar —responde ella a modo de eco.
—¿Mil años más?
—Hmm —asiente ella,
con los labios fruncidos, como un niño malicioso. Te sientes realmente de buen
humor.
«Luego el tal Chen
Fatong hizo en tres jornadas el viaje que normalmente dura largo tiempo hasta
el pie de los montes Donggong. Allí se encontró con el taoísta Wang. Fatong se
prosternó ante él: "Os saludo, venerable maestro". El taoísta replicó:
"Os saludo, honorable visitante". "¿Podríais decirme dónde se
encuentra el templo de la Inmensidad Azul?" "¿Y por qué me lo
preguntáis? Han aparecido allí unos feroces demo¬nios, son terribles, ¿quién se
atrevería a ir allí?" "Vuestro ser¬vidor, el llamado Chen, de nombre
de pila Fatong, ha venido expresamente a apresar a esos demonios". El
taoísta dice lan¬zando un suspiro: "¡Ay, los niños y las niñas han partido
para allí hoy mismo!, ¿quién sabe si no habrán sido ya devorados?". A
estas palabras, Fatong exclamó: "¡Ay, conviene darse prisa para
salvarles!".»
¡Pam! El narrador
de historias coge en la mano derecha el palillo del tambor y, con la izquierda,
agita sus sonajas. Pone los ojos en blanco mientras murmura algo y unos
estremeci¬mientos recorren todo su cuerpo... Notas un sutil perfume que penetra
en medio de los fuertes olores a tabaco y a sudor. Se desprende de sus
cabellos, se desprende de ella. Y oyes tam¬bién el crujir de las pipas de
sandía que casca tu vecino, que no aparta sus ojos del narrador ataviado con un
traje de ceremo¬nia. Con su mano derecha aferra el cuchillo sagrado y, con la
izquierda, el cuerno del dragón. Habla cada vez más rápido, como si escupiera
de sus labios una sarta de perlas:
«Por tres veces,
hace pam, pam, pam, e imparte tres órde¬nes de marcha para reunir a los
soldados y generales divinos de los montes Lushan, Maoshan y Longhushan,
oye-yo, haha ta, kulong tongchiang, enya... ya... ya... wuhu... "Señor
Celes¬tial, Emperatriz Terrenal, soy el discípulo de Zhenjun que me envía a dar
muerte a los demonios. Espada en mano, vuelo por todas partes con mis ruedas de
fuego y de viento..."»
Ella se da la
vuelta y se levanta. La sigues salvando los pies de los espectadores que os
dirigen miradas furiosas.
—¡Tienen más prisa
que un decreto imperial!
Una carcajada
detrás de vosotros.
¿Qué te pasa?
¿Nada?
¿Por qué no te
quedas?
Me siento un poco
mareada.
¿Te encuentras mal?
No, ya estoy mejor.
Allí dentro me faltaba el aire.
Camináis por la
calle y las gentes que charlan sentadas a cada lado os miran.
Busquemos un lugar
tranquilo, ¿de acuerdo?
Sí.
La llevas a una
callejuela, dejando detrás de vosotros el ruido y las luces. En la callejuela,
ningún farol, tan sólo la luz amarillenta que se filtra a través de las
ventanas de las casas. Ella demora el paso. El espectáculo que acabáis de ver
te vuel¬ve a la mente.
¿No dirías que nos
parecemos tú y yo a los demonios que querían ahuyentar?
Ella se echa a
reír.
No podéis contener
el ataque de risa. Ella ha de doblarse en dos.
Sus zapatos de piel
resuenan de modo particular sobre las losas de piedra. Al final de la calle, un
arrozal. En un débil res¬plandor, se distinguen vagamente a lo lejos algunas
casas. Sabes que se trata del único colegio de este pueblo. Más lejos, en la noche
gris negruzca, bajo la pálida claridad de las estre¬llas, se alzan las
montañas. Se levanta viento. Se pone a soplar un aire fresco, como una
palpitación, luego vuelve a subsumirse en el dulce perfume de las cañas de
arroz. Tú te apoyas en su hombro, ella no se aparta. No os decís nada, avanzáis
siguiendo las márgenes blanquecinas de los arrozales.
¿Te gusta?
Sí.
¿No lo encuentras
maravilloso?
No sé, no puedo
decirlo. No me lo preguntes.
Tú te estrechas
contra su brazo, ella se aprieta también con¬tra ti. Bajas la cabeza para
mirarla. No distingues sus rasgos y sus ojos, te parece únicamente que su nariz
es prominente. Respiras su tibio aliento que ya te es familiar. Ella se para de
repente.
Volvamos, murmura
ella.
¿Adonde?
Tengo que
descansar.
Te acompaño.
No quiero que nadie
me acompañe.
Ella se ha vuelto
obstinada.
¿Tienes amigos o
familia aquí? ¿O has venido solamente para distraerte?
Ella no responde.
Tú no sabes de dónde viene ella ni adon¬de va. No puedes sino acompañarla hasta
la calle. Ella se mar¬cha bruscamente y desaparece, como una historia o como un
sueño.
6
El campamento de
observación de los pandas, situado a dos mil quinientos metros de altitud, está
embebido de agua por todas partes. Mi ropa de cama está saturada de humedad. He
pasado aquí ya dos noches. Por el día, llevo el anorak que me ha sido proporcionado
por el campa¬mento. Mi cuerpo está empapado de humedad. El único momento grato
es cuando comemos delante del fuego saboreando una sopa caliente. Un gran
caldero de aluminio está colgado por medio de un alambre de la viga del refugio
que sirve de cocina. Debajo de él, las ramas que hay apiladas no han sido
partidas. Arden poco a poco sobre las cenizas. De ellas se alzan unas altas
llamas, que hacen las veces también de ilumi¬nación. Cada vez que nos ponemos
al amor del fuego para comer, una ardilla viene indefectiblemente al lado de la
cocina y hace juegos de ojos, que tiene totalmente redondos. Y no es hasta la
hora de la cena cuando los hombres pueden reunirse.
Se bromea. Al final
de la cena, el cielo está totalmente negro, el campamento se halla rodeado por
el profundo bosque sombrío y los hombres se guarecen en sus refugios para
entregarse a sus ocupaciones a la luz de las lámparas de petróleo.
Llevan largos años
en lo profundo de las montañas. Se han contado todo lo que tenían que contarse.
No reciben ninguna noticia del exterior. Sólo un montañés qiang al que tienen
empleado trae cada dos días en una cesta sobre su espalda ver¬duras frescas y
piezas de carne de cerdo o de cordero desde la última aldea que hay en la
montaña, el Paso de Wolong, situa¬do a dos mil cien metros de altitud. El
centro de gestión de la reserva natural está más alejado aún que la aldea.
Ellos no bajan por turno más que una sola vez al mes, o incluso menos, para
descansar allí uno o dos días. Van a dicho lugar para cor¬tarse el pelo,
lavarse, o disfrutar de una buena comida. Cuando han acumulado unos días de
permiso, cogen el coche de la reserva natural para ir a ver a sus amiguitas a
Chengdu o bien para regresar con sus familias instaladas en otras ciudades. La
vida no comienza para ellos más que a partir de ese momento. En el campamento,
no reciben prensa, ni tampoco escuchan la radio. Reagan, la reforma del sistema
económico, la inflación, la supresión de la contaminación espiritual, el premio
cinema¬tográfico de las Cien Flores, etc., ese mundo ruidoso, demasia¬do lejano
para ellos, ha quedado en las ciudades. Tan sólo un licenciado universitario
que fue destinado el año pasado aquí no se quita en ningún momento los
auriculares. Al acercarme a él, caigo en la cuenta de que está aprendiendo
inglés. Otro joven estudia a la luz de su lámpara de petróleo. Los dos se están
preparando para presentarse a exámenes de posgrado con el fin de poder dejar
este lugar. Otro también anota una a una en un plano topográfico aéreo las
señales de radio que ha reu¬nido durante el día. Estas señales son emitidas por
los emisores de que están equipados los collares de los pandas capturados y posteriormente
dejados en libertad en el inmenso bosque.
El viejo botánico
que ha recorrido conmigo estas montañas durante dos días se ha echado ya en la
cama. Ignoro si se ha dormido. Entre mis mantas húmedas, acostado totalmente
vestido, no consigo entrar en calor. Tengo la impresión de que también mi
cerebro está helado. Sin embargo, fuera de las montañas, hace ya un tiempo
primaveral, pues estamos en el mes de mayo. Siento que una garrapata me está
chupando la sangre en la parte interior de mi muslo. Ha debido de subir durante
el día por la pernera de mi pantalón cuando caminá¬bamos por entre las hierbas.
Es gruesa como la uña del dedo meñique y dura como una cicatriz. La pellizco
con fuerza sin conseguir arrancármela. Sé que tirando de ella más fuerte corro
el riesgo de partirla en dos, pues su boca agarra firme¬mente mi carne. No me
queda más remedio que pedirle a un trabajador del campamento tumbado en su
litera cerca de mí que me preste ayuda. Me hace desnudarme y me asesta un
vio¬lento manotazo en el muslo apuntando contra este vampiro. La arroja sobre
la lámpara que desprende entonces un olor a crepé rellena de carne. Para el día
siguiente, me promete unas vendas de paño que me sirvan de polaina.
Dentro del refugio
reina una calma absoluta. Tan sólo se oye gotear el agua en el exterior, en el
bosque. A lo lejos, el viento se acerca, pero sin llegar hasta aquí, como si
diera media vuelta, aullando en los pequeños valles lejanos y pro¬fundos. Luego,
el agua se pone a rezumar por la pared de tablas, por encima de mi cabeza,
hasta caer encima de mi manta. ¿Llueve? Me hago instintivamente la pregunta.
Fuera, dentro, todo está igual de húmedo, y el agua cae gota a gota... Más
tarde también oigo una detonación a la vez clara y fuerte que se expande por el
valle.
—Eso viene de la
Peña Blanca —dice uno.
—Mierda, son
furtivos cazando —maldice otro.
Los hombres se
despiertan todos, a menos que no se hayan dormido aún.
—¿Qué hora es?
—Faltan cinco
minutos para medianoche.
Nadie dice ya
palabra, como si se esperara una nueva deto¬nación. Pero no se oye nada más. En
el silencio roto que per¬manece en suspenso, tan sólo resuenan en el exterior
del refu¬gio las gotas de agua y los remolinos que se desvanecen en el pequeño
valle. Uno tiene la súbita impresión de oír los pasos de un animal salvaje.
Este es el mundo de las bestias salvajes y, sin embargo, el hombre no las deja
en paz. Por doquier, en la oscuridad, se adivina agitación y movimiento. La
noche no parece por ello sino más peligrosa y despierta en ti ese temor
permanente de ser espiado, seguido, a punto de caer en una trampa. Imposible
recuperar la serenidad que tan ardiente¬mente reclamas...
—¡Está allí!
—¿Quién?
—¡Beibei está allí!
—grita el estudiante.
Un gran ajetreo en
el refugio. Todo el mundo salta de la cama.
En el exterior, la
respiración y los gruñidos de un hocico. ¡El panda que había caído enfermo tras
parir y que ellos ha¬bían salvado estaba de vuelta, hambriento, en busca de
comi¬da! Esperaban su venida. Confiaban en su vuelta. Desde hacía más de diez días,
contaban los días afirmando que volvería. Tenía que volver antes de que
salieran los nuevos brotes de bambú, y en efecto así ha sido. Su pequeño tesoro
adorado arañaba con sus garras los maderos de la pared.
Uno de los hombres
entreabre primero la puerta y desaparece, con un cubo en la mano lleno de
gachas de maíz. Todo el mundo le sigue. En la noche que difumina formas y
colores, una gran mole negra avanza contoneándose. El hombre vierte de
inmediato su cubo en una cubeta y el panda se adelanta, gruñendo ruidosamente
con su fuerte respiración. Todas las linternas enfocan al animal salvaje, con
su cuerpo de un gris blancuzco, su cintura negra y sus ojos circundados de
negro. Él no presta ninguna atención y no piensa más que en comer, sin levantar
la cabeza. Alguien quiere sacarle una foto: la luz del flash taladra la noche.
Todos se acercan a él por turno, lla¬mándole, tocándole, acariciando su pelaje
tan áspero como cerdas de puerco. Él levanta la cabeza y los hombres se
apar¬tan de él a toda prisa para regresar al refugio. Se trata de una bestia
salvaje: un panda robusto es capaz de batirse con una pantera. La primera vez
que vino a comer en el cubo de alumi¬nio lleno de comida, devoró al propio
tiempo el recipiente que luego evacuó a pequeños trozos. Los hombres siguieron
entonces el rastro de sus deyecciones. En la granja de crías de pandas situada
en el centro de gestión, al pie de la montaña, un periodista que quería
demostrar que los pandas eran tan inofensivos como gatitos trató de que le
sacaran una foto con uno de ellos sosteniéndole en sus brazos. De un zarpazo,
éste le arrancó los órganos genitales y hubo que enviar al pobre hombre en jeep
a Chengdu para salvarle la vida.
Cuando ha terminado
de comer, muerde en una caña de azúcar mientras agita su enorme cola y
desaparece en los bosquecillos de bambúes-flechas de las inmediaciones del
campa¬mento.
—Ya dije yo que
Beibei volvería hoy.
—Por regla general
viene siempre a esta hora, entre las dos y las tres.
—He oído sus
gruñidos cuando arañaba la puerta.
—¡Sabe mendigar, el
muy cerdo!
—Estaba muerto de
hambre, ha devorado todo el cubo.
—Le he tocado y se
ha engordado.
Discuten con
entusiasmo, volviendo sobre cada detalle: quién le ha oído primero, quién ha
sido el primero en abrir la puerta, cómo le han visto por la rendija de la
puerta, cómo les ha seguido, cómo ha metido la cabeza en el cubo, cómo se ha
sentado al lado del recipiente, cómo ha comido con voracidad. Uno de ellos
explica también que han puesto azúcar en las gachas de maíz destinadas al
panda. ¡También él prefiere las cosas dulces! Estos hombres que normalmente se
comunican muy poco parecen hablar de su propia amante cuando se refie¬ren a
Beibei.
He consultado mi
reloj, todo ello no ha durado más que unos diez minutos, pero hablan del asunto
interminablemen¬te. Las lámparas de aceite están encendidas y varios de ellos
se sientan resueltamente en las camas. Este acontecimiento cons¬tituye por supuesto
un paliativo en su vida monótona y solita¬ria en la montaña. Luego se ponen a
hablar de Hanhan, otro panda. El disparo que acaba de resonar les ha
inquietado. Hanhan había sido abatido en la montaña por un campesino llamado
Leng Zhizhong. A la sazón, habían recibido señales de Hanhan que indicaban
siempre el mismo punto, como si ya no se moviera. Pensando que tal vez había
caído enfermo y que la situación era grave, partieron en su busca.
Desenterra¬ron en el bosque el cadáver de Hanhan sepultado bajo la tierra
recién removida, así como su collar provisto del emisor de radio. Luego,
acompañados de un perro de caza, prosiguieron su búsqueda hasta la casa del tal
Leng Zhizhong, donde encontraron la piel enrollada del animal que colgaba del
alero. Las señales de otro panda de nombre Lili, que había sido cap¬turado y
equipado con un collar emisor, se perdieron definitivamente en la inmensidad
del bosque. Imposible saber si había sido una pantera la que rompió el collar a
dentelladas o bien si había caído en manos de un cazador más astuto que rompió
el collar con la culata de su fusil.
Cuando está a punto
de despuntar el día, resuenan de nuevo dos disparos por encima del campamento.
Su eco, opresivo, se prolonga largamente en el pequeño valle, como el humo del
cañón que flota en el momento de la descarga, sin querer disi¬parse.
7
Lamentas no haber
fijado una cita con ella, lamentas no haberla seguido, lamentas no haber tenido
el valor de engatusarla de romántica pasión, de espíritu quimérico, sin los
cuales la aventura no podía tener lugar. En pocas palabras, lamentas haber
errado el tiro. Tú que raramente sufres de insomnio, no has dormido en toda la
noche. Por la mañana, te has sentido absurdo, pero felizmente no has sido
temerario. Esta indecisión ha herido tu amor propio, pero deploras tu lucidez
exagerada. No sabes amar, eres tan débil que has perdido la virilidad, has
perdido la capacidad de actuar. Finalmente, has decidido pese a todo ir a la
orilla del río a pro¬bar suerte.
Te sientas en el
pabellón y contemplas el paisaje que tienes enfrente, tal como te había
aconsejado el experto en compras de material de madera. Por la mañana, el
embarcadero está en plena efervescencia. La gente se amontona en la barcaza
cuya línea de flotación llega hasta la misma borda. Acaba de atra¬car, y no
están aún amarrados sus cordajes, cuando ya los pasa¬jeros se empujan para
descender al muelle. Las cestas de bambú suspendidas en las palancas y las
bicicletas empujadas a mano se entrechocan, la gente lanza juramentos, se
apresura hacia el pueblo. La barcaza cruza el río una y otra vez para pasar a
los que aguardan en la orilla opuesta. Por fin, el embarcadero recobra su
calma. Tú estás solo en el pabellón, como un idiota, aparentando esperar una
cita que nunca ha sido fijada, a una mujer que ha desaparecido sin dejar ni
ras¬tro, como si hubieras tenido un sueño despierto. En el fondo, llevas una
vida tediosa, ningún destello viene a turbar tu vida banal, ninguna pasión, no
haces sino aburrirte. ¿Tienes aún la intención de volver a empezar tu vida, de
conocer, de experi¬mentar?
De repente, la
orilla se anima de nuevo, pero esta vez son unas mujeres. Pegadas unas contra
otras, en los escalones de piedra que tocan el agua, están haciendo la colada,
limpiando verduras o arroz. Una barca cubierta de esterillas de bambú va a
atracar y el hombre que maneja el bichero de proa grita en dirección suya.
Ellas se ponen a cotorrear sin dejarle sitio. Tú no llegas a distinguir si se
trata de un juego amoroso o bien si discuten realmente. Y, por fin, vuelves a
ver su silueta. Y le dices que pensabas que volvería, que volvería cerca de ese
pabellón cuya historia tú te complaces en contarle. Afirmas que la conoces de
boca de un anciano, que estaba sentado tam¬bién allí, enjuto como un leño,
moviendo sus labios resecos por el viento, mascullando como un fantasma. Ella
dice que tiene miedo de los fantasmas, por lo que tú prefieres afirmar que sus
murmullos parecían silbidos del viento en una línea de alta tensión. Dices que
este pueblo se menciona ya en las Memorias históricas de Sima Qian y que el embarcadero
que tenéis enfrente se llamaba antaño el Paso de Yu, pues fue aquí, según
cuentan, donde Yu el Grande domeñó las aguas. En la ribera, una roca redonda
con unas incisiones, en la cual se leen vagamente diecisiete caracteres
arcaicos en forma de renacua¬jos. Como nadie conseguía descifrarlos, se hizo
saltar por los aires la roca para construir un puente, pero como los fondos
resultaron insuficientes, finalmente no fue construido. Le muestras en las
columnas las sentencias paralelas que fueron trazadas a mano por un maestro de
la época de los Song. Esta Montaña del Alma que has venido a buscar es
mencionada desde hace muchos siglos por los antiguos. Los campesinos que viven
aquí generación tras generación no conocen la his¬toria de este lugar, pero
tampoco es que conozcan mejor su propia historia. De ser puesta por escrito,
sin nada de inven-ción, la historia secreta de las gentes que viven en los
patios y buhardillas de este pueblo, los novelistas se quedarían
boquia¬biertos. Le preguntas si ella se lo cree o no. Por ejemplo, esa anciana
desdentada, con la piel arrugada como un nabo en conserva, cual una momia
viviente, que mira a lo lejos sentada en el umbral de su puerta, y de la que
únicamente sus dos pupilas apagadas se mueven aún en el fondo de sus rehundidas
cuencas. En otro tiempo, conoció su momento de gloria y, en varias decenas de
lis a la redonda, figuraba entre las bellezas más destacadas del lugar. ¿Quién
hubiera podido no admirar¬la? Pero ahora, ¿quién puede imaginar su pasada
donosura? Y menos aún en la época en que era la esposa de un bandido. El
cabecilla de los malhechores era el Segundo Señor de este pue¬blo. En aquel
tiempo, jóvenes y viejos le llamaban todos Segundo Señor, en parte con
intención de halagarle, pero sobre todo por respeto, «segundo» tanto por su
rango en el seno de su familia como porque era «hermano juramentado», en el
seno de una banda de malhechores. Aunque el patio ante el cual se halla sentada
sea pequeño, una vez que se penetra en su interior, los patios se suceden uno
tras otro y, en el pasado, los bandidos descargaban en ellos cestas enteras de
monedas de plata. En este momento, ella tiene la mirada clavada en las barcas
cubiertas de esterillas de bambú. Fue con una embarca¬ción de este tipo con la
que fue raptada en otro tiempo. En aquel entonces era como estas muchachas de
largas trenzas que restriegan la ropa blanca en los escalones de piedra. Con la
sola diferencia de que, el día en que ella descendió hacia el río para lavar
unas verduras, con una cesta de bambú colgada del brazo, llevaba unos zuecos de
madera y no un calzado de goma. Una barca cubierta de esterillas atracó cerca
de ella. Antes de comprender qué le pasaba, dos hombres le retorcie¬ron un
brazo y la empujaron dentro de la barca: antes de que hubiera podido pedir
socorro, la amordazaron. No había reco¬rrido la barca cinco lis, cuando ya
había sido poseída por varios bandidos. En esa barca, semejante a todas las que
recorren el río desde hace mil años, bajo la estera de bambú, tales atrope¬llos
tenían lugar a la luz del día. La primera noche, se quedó tumbada completamente
desnuda sobre la cubierta, pero a partir de la segunda noche encendía ya el
fuego en la proa de la embarcación y preparaba la comida...
Sigue hablando,
pero ¿hablando de qué? Cuenta cómo pudo convertirse en la mujer del Segundo
Señor. ¿Siempre ha permanecido así, sentada en el umbral de su puerta? Bueno,
en esa época no tenía una mirada tan mortecina. Llevaba siem¬pre consigo un
bastidor de bambú y hacía labores de punto. Con sus blancos y regordetes dedos,
cuando no bordaba un motivo de «patos mandarines retozando en el agua», era el
de un «pavo real haciendo la rueda». Había sustituido su trenza negra por un
moño que sostenía con una aguja de plata engas¬tada de jade, sus cejas pintadas
realzaban su rostro y, pese a su aire seductor, nadie se habría atrevido a
dirigirle la palabra. La gente sabía perfectamente que en su bastidor de bambú
había alineados unos hilos de seda multicolores, pero que debajo lle¬vaba
ocultos un par de revólveres siempre cargados. Bastaba con que de un barco
atracado en la orilla bajasen unos solda¬dos regulares para que esas dos manos
tan diestras en el bordado los abatieran uno tras otro mientras el Segundo Señor,
capaz de aparecer y desaparecer como por arte de magia, dor¬mía el sueño de los
justos. Si el Segundo Señor se había reser¬vado para sí a esta mujer, no era
sino porque respetaba el pro¬verbio que define la condición femenina: «Casada
con un gallo, se sigue al gallo; casada con un perro, se sigue al perro». Pero
¿en el pueblo nadie les había denunciado? Hasta la misma liebre comprende que
no debe comer de la hierba que hay cerca de su madriguera. Había, así pues,
sobrevivido, era como un milagro. En vida del célebre y caritativo cabecilla de
los bandidos Segundo Señor, ninguno de los amigos que venían a verle por los
caminos, el río u otros medios, intentó jamás obtener sus favores, pues habría
encontrado la muerte a manos de esta mujer. ¿Y por qué? El Segundo Señor era
cruel, pero más aún lo era su mujer. En este terreno, las mujeres exceden a los
hombres. Si no me crees, puedes ir a preguntárselo al profesor Wu que enseña en
el instituto de este pueblo. Está preparando una recopilación de anécdotas históricas
locales. Es un encargo de la oficina de turismo que acaba de abrirse en la
cabeza de distrito. El jefe de esta oficina es el tío materno de la mujer del
sobrino del profesor Wu, pues de lo contrario no le habría sido confiado este
encargo. Todos los que tienen raí¬ces en esta tierra conocen anécdotas
históricas sobre ella y él no es el único que sabe escribir, pero ¿quién no
desearía ser recordado como historiador? Máxime cuando ello permite ganarse una
remuneración no como anticipo sobre derechos de autor, sino como una
retribución de horas extra. Además, el profesor Wu nació en el seno de una
vieja familia de mandari¬nes locales y, durante la Revolución Cultural, los
registros forrados de seda amarilla que fueron sacados de su casa y que¬mados
públicamente formaban una ringlera de unos cuatro metros de largo. Sus
antepasados se habían hecho ilustres, ya como general de la guardia de la corte
imperial del emperador Wendi de los Han, ya como académico durante la era
Guangxu de los Qing, pero los problemas habían empezado unas décadas antes, en
la generación de su padre, en el momento del reparto de las tierras durante la
reforma agraria, cuando recibieron el apelativo de «terratenientes». En la
actualidad, casi ha llegado a la edad de la jubilación. Su hermano mayor, que
se había marchado a vivir al extranjero y que finalmente se hizo profesor, y de
quien no se tenían noticias, volvió de visita a su tierra en un pequeño coche,
acompañado del jefe adjunto del distrito. Le trajo un televisor en color; ahora,
los mandos del pueblo le miran con otros ojos. No hablemos más de eso. Bueno,
en plena noche, los campesinos alzados se armaron con unas antorchas y
prendieron fuego a casi toda la calle. Antaño, la calle principal del pueblo
era la del muelle que bordea el río, y la actual estación de autobuses se
encuentra en el emplaza¬miento del templo del Rey Dragón, al final de esta
calle. En los tiempos en que el templo no era aún el montón de ladrillos que es
hoy, el día quince del primer mes lunar, durante la noche de fiesta, era un
verdadero milagro que uno pudiera encontrar un sitio en el palco para
contemplar a los dragones-linternas, venidos de todos los pueblos de ambas
orillas. Cada equipo lucía una cinta de un solo color, rojo, amarillo, azul,
blanco o negro en consonancia con el color de su dragón. Gongs y tambores
resonaban cadenciosamente, en la calle las cabezas se apretujaban unas contra
otras. A lo largo de la ori¬lla, las tiendas colgaban en la punta de una caña
de bambú un envoltorio rojo provisto de una suma de dinero más o menos
considerable, con el propósito de atraer cada una de ellas la prosperidad sobre
su negocio ofreciendo este presente. Por regla general, era el envoltorio rojo
del patrón de la tienda de arroz, situada casi enfrente del templo del Rey
Dragón, el que más repleto estaba y unas ristras de petardos dobles de
qui¬nientas detonaciones descendían desde lo alto de su tejado hasta el mismo
suelo. En un chisporroteo de destellos crepi¬tantes, los jóvenes gastaban toda
su energía en agitar las linter¬nas, formando una danza que acababa en un
verdadero torbe¬llino. El que llevaba la cabeza del dragón y hacía juegos
malabares con una bola bordada de colores multicolores tenía que redoblar sus
esfuerzos. Cuando se presentaron los dos dragones, uno de la aldea de Gulai,
rojo, y el otro, azul, que venía del mismo pueblo, llevado por Wu Guizi... No
hables más, sí, continúa. ¿Quieres que te hable de ese dragón azul? ¿Quieres
que te diga que ese Wu Guizi era un campeón céle¬bre en el pueblo? Al verle,
ninguna joven, por poco casquivana que fuera, podía evitar que le relucieran
los ojos. Bien le llamaban para invitarle a tomar un poco de té, bien le
ofrecían un cuenco de aguardiente de arroz... ¡Escucha! ¿Cómo? Vamos, di lo que
quieras. El tal Wu Guizi hacía bailar el dra¬gón azul a todo lo largo de la
carretera. Un vaho caliente subía de todo su cuerpo. Al llegar delante del
templo del Rey Dra¬gón, se desabotonó resueltamente su traje sin mangas y se lo
lanzó a los que estaban presenciando la escena, descubriendo su pecho tatuado
con un dragón azul. Al punto los jóvenes que le rodeaban le aclamaron a grandes
gritos. En ese instante, el dragón rojo de la aldea de Gulai se presentó por el
otro lado de la calle. Veinte jóvenes de la misma edad, llenos de ardor, venían
también a apoderarse del envoltorio rojo del patrón de la tienda de arroz. Los
dos dragones se pusieron enseguida en movimiento, pues ninguno de ellos quería
ceder ante el otro. En las linternas que formaban los dos dragones, el rojo y el
azul, ardían unas velas. Entonces no se vio ya más que dos dra¬gones de fuego
remolineando entre el gentío, alzando la cabe¬za y agitando la cola. Wu Guizi
hacía malabarismos con su bola de fuego, dando vueltas con los brazos desnudos
sobre las losas de piedra del camino, arrastrando al dragón azul en una ronda
fulgurante. Pero el dragón rojo no se quedaba a la zaga. Sin apartar los ojos
de su bola de tela bordada, reptaba y ser¬penteaba, como un ciempiés apretando
en sus fauces una presa viva. Cuando el doble petardo de quinientas
detonaciones terminó de estallar, los jóvenes dispararon nuevos explosivos. Los
dos equipos resoplaban muchísimo, con sus cuerpos chorrean¬tes de sudor que les
hacían asemejarse a unos peces recién sacados del estanque. Se acosaban delante
del establecimiento para disputarse el envoltorio rojo colgado en la punta de
la caña, que un joven del pueblo de Gulai terminó por coger de un salto. El
equipo de Wu Guizi no pudo soportar esta afren¬ta. Los insultos que estallaban
de ambos bandos ahogaban el ruido de los petardos y los dos dragones se
enmarañaron de forma inextricable. Los espectadores fueron incapaces de decir
quién había sido el primero en empezar, pero en cualquier caso los puños les
pedían guerra. A menudo era así como comenzaban las trifulcas. Estallaban
gritos de terror, lanzados por mujeres y niños, las que estaban sentadas en los
bancos delante de sus casas cogían a sus pequeños y se los llevaban dentro de
casa, dejando los asientos como armas a los comba-tientes. Había en este pueblo
un agente de policía, pero en aquel momento no se le vio el pelo, ya fuera
porque había sido invitado a tomar algo, ya porque estaba siguiendo una partida
de cartas, sacándose un porcentaje por el juego, pues nadie mantiene el orden
de balde. Este tipo de altercados públicos no acarreaban ningún proceso. El
resultado del combate fue un muerto en el equipo del dragón azul y dos en el
del dragón rojo, sin contar al hermano de Xiao Yingzi que fue derribado sin
motivo por la multitud, pisoteado y abandonado con tres costillas rotas.
Felizmente, le devolvieron a la vida gracias al emplasto de «piel de perro»
transmitido por los antepasados de Tang el Viruelas que regentaba una tienda al
lado de la Casa de la Alegre Primavera, donde brillaba permanentemente una
linterna roja. Todo esto son chismes, pero pueden considerar¬se también
historias, tú puedes seguir contándoselas. Pero ella ya no quiere escucharte.
8
Abajo del
campamento, en el bosque de tilos y arces, el viejo botánico que me ha
acompañado a la montaña ha descubierto un haya gigantesca, de más de cuarenta
metros de alto, único fósil vegetal superviviente de la era glacial, de más de
un millón de años de antigüedad. Hay que levantar la cabeza para ver, en lo
alto de sus desnudas ramas, unas tiernas hojas minúsculas. El tronco tiene un
gran hueco que podría servir de madriguera a un oso. El viejo botá¬nico me hace
entrar en él asegurándome que, aunque se alber¬gue allí un oso, sólo sería
posible encontrarle en invierno. Me meto dentro: las paredes están tapizadas de
musgo. También en el exterior el gran árbol se halla recubierto de
aterciopela¬dos musgos. Sus raíces y ramas enmarañadas se insinúan cual dragones
y serpientes entre los matorrales y las altas hierbas.
—Joven, aquí tiene
la naturaleza en estado realmente vir¬gen —dice golpeando el tronco con su
piolet. Llama a todos los miembros de la reserva «jóvenes». Ya sexagenario,
conser¬va una salud envidiable. Valiéndose de su piolet a modo de bas¬tón, no
para de recorrer las montañas.
—Talan los árboles
de madera preciosa para hacer materia¬les con ella. De no haber tenido este
hueco, también éste hubiera caído. No puede decirse, en sentido estricto, que
sea éste ya un bosque primitivo. Todo lo más es un bosque primi¬tivo de
«segundo orden» —suspira él.
Ha venido a recoger
ejemplares de bambúes-flechas, el ali¬mento de los pandas. Yo le acompaño
introduciéndome entre la espesura de bambúes secos, más altos que un hombre. No
encontramos ningún bambú vivo. Me explica que han de pasar sesenta años desde
el momento que florecen y germinan y el que se secan, luego vuelven a echar
brotes otra vez antes de un nuevo florecimiento. Tal es exactamente la duración
de un kalpa, la sucesión de las existencias y de los renacimientos en la
religión budista.
—El hombre sigue
las vías de la Tierra, la Tierra sigue las vías del Cielo, el Cielo sigue las
vía de la Vía, y la Vía sigue sus propias vías —recita con fuerte voz—, no hay
que llevar a cabo actos en contra de la naturaleza, no hay que aspirar a lo
impo¬sible.
—¿Qué valor
científico reviste la salvación de los pandas?
—No es más que un
símbolo, un consuelo, el hombre tiene necesidad de engañarse a sí mismo. Por un
lado, salva una especie que ha perdido su capacidad de supervivencia, pero por
otro, acelera la destrucción del entorno que le permite subsistir. Fíjate en las
dos orillas del Minjiang, todos los bos¬ques han sido talados y el mismo río no
es más que una corriente de negro lodo. Y no hablemos ya del Yangtsé. ¡Y encima
quieren hacer un lago artificial construyendo una presa a la altura de las Tres
Gargantas! Por supuesto que es muy romántico tener proyectos fantásticos. La
historia atestigua que ha habido varias veces hundimientos del terreno en esta
región de falla geológica y la construcción de la presa va a destruir todo el
equilibrio ecológico de la cuenca del Yangtsé. ¡Si nunca hay un gran terremoto,
los cientos de millones de habitantes que viven en el curso inferior y medio
del río se verán convertidos en peces! Por supuesto, nadie quie¬re escuchar las
palabras de un viejo como yo. ¡El hombre saquea la naturaleza, pero la
naturaleza acabará por tomarse venganza!
Estoy en el bosque
en medio de los helechos que nos llegan hasta la cintura y cuyas enrolladas
hojas se asemejan a inmen¬sos embudos. De un verde esmeralda aún más vivo, las
rodgersia aescidifolia son de siete hojas verticiladas. Por todas partes hay
una atmósfera saturada de humedad. No puedo evitar pre-guntarle:
—¿No hay serpientes
en esta maleza?
—Aún no es la
estación, pero al comienzo del verano, cuan¬do el tiempo se suaviza, se vuelven
peligrosas.
—¿Y bestias
salvajes?
—¡No es a ellas a
las que hay que temer, sino más bien al hombre!
Me explica que en
su juventud, se topó un día con tres tigres. La madre y su cría pasaron cerca
de él. El tercero, el macho, levantó la cabeza y se acercó. Se miraron, luego
el ani¬mal desvió la mirada y se alejó a su vez.
—Normalmente, el
tigre no ataca al hombre más que cuan¬do éste le persigue por todas partes con
intención de extermi¬narlo. No se encuentra ya rastro de tigres en la China
meri¬dional. Tendrías que ser realmente afortunado para encontrar uno ahora.
Lo dice en un tono
burlón.
—¿Y el licor de
huesos de tigres que venden por todas par¬tes?
—¡Es un puro
camelo! Ni siquiera los museos consiguen tener ya ejemplares. En estos diez
últimos años, no se ha com¬prado una sola piel de tigre en todo el país.
Alguien fue a la aldea de Fujian para comprar un esqueleto de tigre, pero una
vez analizado ¡se vio que se trataba de huesos de cerdo y de perro!
Se echa a reír,
después, ahogándose, descansa un momento apoyado en su bastón de montañero:
—He escapado en
varias ocasiones a la muerte en mi vida, pero nunca a causa de las garras de
los animales salvajes. En cierta ocasión, fui secuestrado por unos bandidos que
preten¬dían intercambiarme por un lingote de oro, creyendo que había nacido en
una familia adinerada. No se imaginaban que un pobre estudiante como yo, que
investigaba en las montañas, no tenía otros bienes que un reloj prestado por un
amigo. Otra vez, fue durante un bombardeo japonés. La bomba cayó sobre la
cumbrera de la casa donde yo vivía, haciendo volar todas las tejas del tejado,
pero no estalló. La tercera vez fue cuando me denunciaron, acusado de ser
«derechista» y enviado a una granja para ser reeducado. Durante el período de
catástrofes naturales, no había ya nada que comer, mi cuerpo estaba cubierto de
edemas y a punto estuve de palmarla. Joven, no es la naturaleza la que causa
espanto, sino el propio hombre! Te bastará con familiarizarte con la naturaleza
y ella se acercará a ti. El hombre, si es inteligente, por supuesto, es capaz
de inventarlo todo, desde las calumnias hasta los bebés probeta, pero al mismo
tiempo extermina a diario dos o tres especies en el mundo. Este es el gran
autoengaño de los hombres.
En el campamento,
sólo le tenía a él para charlar, tal vez porque era el único que provenía del
mundo urbano; el resto, que trabajaban año tras año en estas montañas, eran tan
taci¬turnos y parcos en el hablar como los mismos árboles. Al cabo de algunos días,
partió a su vez. Yo estaba un tanto preocupado ante la idea de no poder
comunicarme con los demás. Sabía que, a sus ojos, yo no era más que un viajero
movido por la curiosidad. ¿Por qué, en el fondo, había venido a estas
monta¬ñas? ¿Era para experimentar la vida en esos campamentos de investigación
científica? ¿Qué sentido tenía este tipo de expe¬riencia? Si era únicamente
para huir de las dificultades que encontraba, había un medio aún más fácil.
¿Pensaba acaso des¬cubrir otra vida? Alejarme lo más posible del mundo
terrible¬mente aburrido de los humanos. Dado que huía del mundo, ¿para qué
comunicarme con los hombres? La verdadera preo¬cupación nacía de que no sabía
lo que andaba buscando. ¡Demasiada reflexión, lógica, sentido! La vida misma no
obe¬dece a ninguna lógica, ¿por qué querer inferir su significado a fuerza de
lógica? Y luego, ¿qué es la lógica? Yo creo que debe¬ría apartarme de la
reflexión, pues ésta es la raíz de mi mal.
Pregunto a Lao Wu,
el hombre que me ayudó a desembara¬zarme de una garrapata, si existen bosques
primitivos aún por aquí.
El me responde que
en otro tiempo los alrededores no esta¬ban poblados más que de bosques
primitivos.
Le digo que es
evidente, pero que me gustaría saber dónde puedo encontrar todavía alguno.
—Pues bien, ve a la
Peña Blanca. Hemos trazado un sendero.
Le pregunto si se
trata de la roca blanca que surge en medio del mar de bosques, en lo alto de un
acantilado al que se accede por el sendero que atraviesa un barranco, en la
parte baja del campamento.
Él asiente con la
cabeza.
Yo he ido ya allí,
el bosque es mucho más frondoso, pero en los barrancos yacen troncos de árboles
negros inmensos que no han sido arrastrados aún por las crecidas de los ríos.
—También allí han
talado árboles —le digo.
—Fue antes de que
se creara la reserva natural —aclara.
—A fin de cuentas,
¿existe todavía en esta reserva natural algún bosque primitivo que no haya
sufrido los estigmas del trabajo humano?
—Por supuesto, pero
para ello hay que ir hasta el río Zheng.
—¿Se puede?
—Incluso nosotros,
con todo nuestro material y nuestro equipamiento, no hemos llegado más allá de
su zona central. Son inmensas gargantas de complejo relieve rodeadas de altas
montañas nevadas de más de cinco o seis mil metros de altitud.
—¿Qué hay que hacer
para conseguir ver un verdadero bos¬que primitivo?
—El punto más
cercano adonde hay que ir es el 11M 12M.
Se refiere a los
puntos geodésicos señalados en el mapa, uti¬lizados en topografía aérea.
—Pero no puedes ir
allí solo.
Y me explica que el
año pasado, dos licenciados universita¬rios que acababan de ser destinados al
campamento se fueron, provistos de una brújula y de una bolsa de galletas,
convenci¬dos de que nada podía pasarles, pero que, por la noche, no regresaron.
No fue hasta el final del cuarto día cuando uno de ellos, tras haber conseguido
subir hasta la carretera, fue visto por un convoy que se dirigía hacia el
Qinghai. Bajaron a bus¬car a su compañero, que ya se había desvanecido de
hambre. Me aconseja que nunca me aleje solo y me advierte de que, si realmente
tengo ganas de ir a ver ese bosque primitivo, me bastará con esperar a que uno
de ellos se dirija en una opera¬ción hasta el punto 11M 12M para recoger las
señales de acti¬vidad de los pandas.
9
¿Estás preocupada
por algo?
Tratas de
pincharla.
¿En qué lo notas?
Es evidente, una
muchacha que se escapa hasta un lugar como éste.
Tú también estás
solo, ¿no?
Lo tengo por
costumbre. Me gusta pasearme solo, uno puede enfrascarse en sus propios
pensamientos. Pero una muchacha como tú...
¡Ya basta! No sólo
los hombres pensáis.
Yo nunca he dicho
que tú no pensaras.
¡Y precisamente hay
hombres que no piensan jamás!
Tú debes de haber
tenido problemas.
Todo el mundo
piensa, y no sólo cuando se tienen problemas.
No era mi intención
discutir contigo.
Tampoco la mía.
Espero poder serte
de ayuda.
Cuando la necesite.
¿No la necesitas
ahora?
No, gracias. Lo
único que necesito es estar sola y que no vengan a incordiarme.
Eso prueba que has
tenido problemas.
Si tú lo dices.
Sufres de
melancolía.
Es menos grave que
eso.
Así pues,
¿reconoces que tienes problemas?
Todo el mundo los
tiene.
Pero tú te los
buscas.
¿Por qué?
No hay que ser muy
sagaz para adivinarlo.
Eres verdaderamente
astuto, tú.
Pero no hasta el
punto de resultar molesto.
Lo que no es lo
mismo que caer bien.
Pero espero que no
te niegues a dar un paseo por la orilla del río.
Necesitas
demostrarte a ti mismo que eres capaz aún de atraer a las jovencitas. Y ella
termina por seguirte. Seguís el dique remontando el río. Tú necesitas buscar la
felicidad, ella necesita buscar el sufrimiento.
Ella dice que no se
atreve a mirar hacia abajo, tú dices que sabes muy bien que ella tiene miedo.
¿Miedo a qué?
Miedo al agua.
Ella se echa a
reír, pero tú adviertes que su risa es un tanto forzada.
No te atreverías a
saltar, dices mientras caminas deliberada¬mente muy cerca de la orilla. Debajo
del dique, el agua del río espumea.
¿Y si saltara?,
dice ella.
Yo me zambulliría
para salvarte. Sabes que hablando así te ganarás sus favores.
Ella dice que tiene
un poco de vértigo, y acto seguido añade que es muy fácil saltar, que basta con
cerrar los ojos, que es la manera de morir menos dolorosa, y que además es algo
embriagador. Tú dices que a este río ha saltado ya una mucha¬cha como ella,
llegada también de la ciudad. Ella era más jo¬ven, todavía más simple. No
pretendes decir que ella sea espe¬cialmente complicada, sino que la gente de
hoy no es ni más ni menos tonta que la de antes, y que tampoco ese antes está
tan lejos. Dices que era una noche sin luna, el río parecía más pro¬fundo aún.
La mujer del barquero Wang el Jorobado declaró con posterioridad que aquella
noche zarandeó ligeramente a su marido que estaba durmiendo, diciéndole que
había oído tintinear las cadenas que retenían las amarras. Ella quiso
levantarse para ir a ver, y luego oyó como un aullido, creyendo que se trataba
del viento. Pensó que no era posible que fuera un hombre que estuviera robando
la embarcación, pues el aullido era muy fuerte y los perros no habían ladrado en
esa noche profunda y en calma. Así pues, se volvió a acostar. Mientras dormía,
el grito resonó otra vez. Ella se despertó y prestó oído. Dijo que, en aquel
momento, de haber acudido alguien, la muchacha no se habría suicidado. La culpa
no era sino de ese viejo diablo que dormía como un tronco. Sucedía a menudo que
alguien golpeaba a la ventana o bien llamaba cuando quería cruzar urgentemente
el río en plena noche. Lo que ella no alcanzaba a comprender era por qué la
muchacha había quitado las cadenas para suicidarse, ¿acaso había sido porque
quería coger la barca a fin de ir a la cabeza de partido del distrito y desde
allí regresar a la ciudad a casa de sus padres? Habría podido tomar a mediodía
el autobús del distrito, a menos que temiera ser vista. Nadie podía saber qué
le rondaba por la cabeza antes de morir. De hecho, esta mucha¬cha muy formal
vino sin razón aparente a trabajar la tierra en esa aldea donde no tenía ni
parientes ni amigos. Fue violada por un secretario del partido, ¡qué atrocidad!
De amanecida, los ocupantes de una balsa se la encontraron en un banco de arena
a treinta lis de aquí. Tenía el torso desnudo, sus ropas debían de haber
quedado enganchadas en las ramas de algún árbol en un recodo del río. Sin
embargo, sus zapatillas de deporte habían quedado, debidamente ordenadas, sobre
una roca, sobre esa roca donde estaban esculpidos los caracteres realzados con
pintura roja: «Paso de Yu». En el futuro, cuan¬do los turistas trepen a esa
roca para hacerse una foto, conser¬varán el recuerdo de estos dos caracteres y
los males de la mu¬chacha víctima de una injusticia serán olvidados para
siempre.
¿Me escuchas?,
preguntas.
Continúa, responde
ella en voz baja.
En el pasado,
siempre hubo aquí muertos, niños, mucha¬chas. Los niños se lanzan desde la
roca. Si no vuelven a salir a flote, se llama a eso «buscarse la muerte» y se
dice que son recuperados por los padres que tuvieron en vidas pasadas. Las
víctimas de las injusticias son siempre mujeres. Cuando no se trata de jóvenes
instruidas expulsadas de la ciudad, son jóvenes casadas que han sufrido malos
tratos por parte de su madrastra y de su marido, y también enamoradas que
vienen a suicidarse por algún desengaño amoroso. Tal es la razón de que, antes
incluso de las investigaciones del profesor Wu sobre el pueblo, los campesinos
conocieran este Paso de Yu como el «Acantila¬do de los fantasmas en pena» y,
cuando los niños van a bañar¬se allí, los adultos no están nunca tranquilos.
Cuentan asimis¬mo que a medianoche se ve aparecer allí a una mujer fantasma
ataviada con un traje blanco que canta una canción cuyas palabras no acaban de
entenderse. Podría ser tanto una canción infantil campesina como la endecha de
un mendigo. Por supuesto que no se trata más que de supersticiones, la gente se
teme a menudo a sí misma. Pero, en ese lugar, vive realmente un ave acuática a
la que los hombres del lugar llaman «cabeza-azul», y que la gente cultivada
dice que se trata del Pájaro Azul mencionado en la poesía de la época de los
Tang. Son los cam-pesinos quienes la llaman «cabeza-azul» debido a sus largas
plumas azules. Tú has visto ya ese ave, por supuesto, pequeña, con un cuerpo
azul oscuro con dos copetes esmeralda en la cabeza, muy diestra y ágil, de
bello aspecto. Se posa siempre en los lugares frescos y umbríos, al pie del
dique, o bien en la linde del frondoso bosque de bambúes, al borde del agua,
espiando a derecha e izquierda, tan tranquila. Tú puedes fijar la mirada en ella
para admirarla, pero al menor movimiento emprende de inmediato el vuelo. El ave
azul que picotea para la Reina Madre de Occidente mencionada en el Clásico de
los mares y de las montañas es una especie de ave fabulosa. No es la misma que
la «cabeza-azul» de los campesinos, pero tiene su mismo aspecto mágico. Dices
que este ave azul se asemeja a una mujer. Por supuesto que existen mujeres
estúpidas, pero tú te refieres a las mujeres más refinadas, a las más
sentimenta¬les. Éstas raramente conocen una vida dichosa, pues los hombres
quieren una mujer para su exclusivo placer, los maridos una esposa para que
lleve la casa y haga la comida, y los viejos una nuera que les asegure la
descendencia. Ninguno busca el amor. Luego, cuando le hablas de otra muchacha,
una joven campesi¬na, ella te escucha atentamente. Cuando dices que murió,
vícti¬ma de una injusticia, en este mismo río, cuando explicas lo que dice la
gente, ella sacude la cabeza. Alelada, te escucha. Ese aire alelado la vuelve
más encantadora aún a tus ojos.
Tú dices que esta
joven campesina fue prometida a un hombre, pero cuando el enviado de su futura
suegra vino a buscar¬la, ella había desaparecido. Se fue con su enamorado, un
joven chaval del campo.
¿Llevaba también
las linternas-dragones?, pregunta ella.
La pandilla de
jóvenes que venían al pueblo para el combate de las linternas-dragones era de
la aldea de Gulai. La familia de este chaval vivía en Wangnian, a cincuenta lis
de aquí y eso sucedió bastante tiempo antes. Era un excelente joven pero sin
dinero ni poder. Su familia no poseía más que algunas hectáreas de tierra y
menos aún de arrozal. Allí, si trabajaban duro, no corrían el peligro de
morirse de hambre. A condición, claro está, de que no se produjera ninguna
catástrofe natural ni tam¬poco estallara una guerra que redujese la aldea poco
menos que a la nada, cosa que ya había sucedido. Y este joven, el ena¬morado de
la muchacha, no poseía bienes suficientes para des¬posar a una chica tan
inteligente y hermosa. Una prometida semejante vale un precio perfectamente
establecido: un par de brazaletes de plata a modo de anticipo, dieciséis cajas
de paste¬les como regalo de pedida, dos arcas y dos armarios de ropa dorados
como dote, todo a cargo del adquiriente de la prome¬tida. El hombre que la
compró vivía en una callejuela situada detrás del actual estudio de fotografía.
La casa ha cambiado de propietario desde hace mucho tiempo. En aquel entonces,
la esposa de su ocupante no trajo al mundo más que hembras. Y como deseaba
tener un hijo varón, se decidió a tomar una con¬cubina. Por su parte, la madre
de la muchacha, una viuda de lo más sensata, pensaba que era preferible, para
ésta, convertirse en la concubina de una rica familia que acabar con un
pelaga¬tos obligado a cultivar la tierra toda su santa vida. El desposo-rio fue
arreglado gracias a un casamentero. Se decidió prescin¬dir del palanquín, y
estaban ya confeccionados los vestidos y las prendas interiores, pero el día
fijado para venir a buscar a la prometida la muchacha huyó por la noche.
Cargada simple¬mente con un hatillo en el que llevaba unas pocas ropas, fue a
llamar en plena noche a la ventana de su amigo, le hizo salir y, encendida de
pasión, se entregó a él allí mismo. Luego, secán¬dose las lágrimas, ambos se
juraron fidelidad eterna y decidie¬ron escapar a las montañas y subsistir
trabajando allí la tierra. Pero al llegar al embarcadero, mientras contemplaba
las aguas espumeantes del río, al joven le entraron dudas, diciendo que tenía
que volver a su casa a coger un hacha y otros útiles de trabajo. Y sus padres
le sorprendieron mientras robaba algu¬nas cosas para poder sobrevivir. El padre
golpeó a este hijo indigno con una estaca, y la madre tenía el corazón roto,
pero no fue capaz de decidirse a dejarle marchar. El padre siguió golpeándole y
la madre estuvo llorando hasta el amanecer. Unas personas que habían tomado la
barcaza a primera hora del día manifestaron haber visto a una mujer con un
hatillo a cuestas, antes de que se levantara una densa niebla. Cuanto más
avanzaba el día, más densa se volvía ésta, flotando en cen¬dales por encinta
del río. Incluso el sol se había vuelto como un ascua de color rojo oscuro. El
barquero redoblaba la vigi¬lancia: si chocar con otra embarcación no era cosa
grave, ser golpeado por una armadía que transportara madera sería una auténtica
catástrofe. En la orilla había concentrada una multi¬tud que se dirigía al
mercado, tal como venía haciéndolo desde hace por lo menos tres mil años.
Alguien de entre ellos debió seguramente de oír algún grito taladrando la niebla
y desvane¬ciéndose a lo lejos. Luego el ruido de un cuerpo que cae al agua.
Pero todos se pusieron a parlotear de nuevo y ya ningún ruido resultó
perceptible. Era aquel un embarcadero muy ani¬mado, pues en caso contrario Yu
el Grande no habría cruzado el río por este lugar. La barca iba cargada de
madera, carbón vegetal, mijo, batatas, setas aromáticas, flores de lis secas,
orejas de Judas, té, huevos, hombres y cerdos, el bichero de bambú se curvaba
bajo el peso, el nivel del agua alcanzaba la borda del barco, y, por encima de
la superficie blancuzca del agua, no se distinguía más que la sombra gris de la
roca del Acantilado de los Fantasmas. Las comadres del lugar pudieron decir que
aquella mañana, muy temprano, habían oído el grito del cuervo, señal de mal
augurio. Un cuervo evolucionaba en el cielo graznando. Sin duda había sentido
el olor a muerte. Justo antes de desaparecer, el hombre exhala cierto olor,
pero es como la mala suerte, que no la ves venir, es simplemente una cuestión
de sensación.
¿Es que traigo yo
mala suerte?, pregunta ella.
Simplemente,
sientes rencor hacia ti misma. Tienes tenden¬cia a hacerte daño a ti misma.
La pinchas
expresamente.
En absoluto, ¡la
vida está llena de sufrimientos!, la oyes exclamar.
10
En el musgo de los
troncos de los árboles, en las ramas de encima de mi cabeza, en los líquenes
que penden cual largos mechones de cabello, en el mismo aire, el agua chorrea
por todas partes, sin que se sepa de dónde pro¬cede. Unos goterones, brillantes
y resplandecientes, caen sobre mi rostro, uno tras otro, y corren por mi
cuello, hela¬dos. A cada paso, piso el espeso musgo aterciopelado y mulli¬do
que se ha acumulado, capa tras capa. Éste vive parasitaria¬mente en los troncos
de los árboles gigantescos que descansan en el suelo, muriendo y renovándose
sin cesar. Mis zapatos empapados de agua se hunden en él a cada paso
produciendo un ruido de succión. Mi gorra, mi pelo, mi anorak, mis panta¬lones
están empapados, mi ropa interior está también embebi¬da de sudor y se pega a
mi piel. No siento calor más que en mi bajo vientre.
Él se para delante
de mí sin volver la cabeza. Detrás de su nuca, la antena formada de tres
varillas metálicas sigue vibran¬do. Cuando llego a su altura, después de haber
salvado los troncos de árbol que yacen en el suelo, vuelve a ponerse en camino
antes incluso de que haya tenido yo tiempo de recupe¬rar el aliento. Más bien
bajo, el hombre es de una delgadez que le hace asemejarse a un ágil simio; teme
fatigarse tomando las curvas del camino, y sin dudarlo se lanza derecho
pendiente arriba. Tras salir de madrugada del campamento, hemos anda¬do dos
horas seguidas, sin que me dirija la palabra. He pensa¬do que tal vez utiliza
esta táctica para desembarazarse de mí, para que me bata en retirada. Me
esfuerzo en seguirle, pero la distancia que nos separa es cada vez mayor.
Entonces él se detiene por momentos para esperarme y aprovecha el tiempo en que
yo recupero el aliento para desplegar su antena, poner¬se los auriculares y
buscar las señales, y acto seguido garabatea algo en su cuaderno de notas.
En un claro del
bosque hay instalados unos instrumentos de meteorología. Él los observa, toma
algunos apuntes y me anuncia que el grado de humedad ha alcanzado ya la
satura¬ción. Es la primera palabra que me dirige, cosa que me tomo como una
muestra de amistad. Inmediatamente después de habernos puesto de nuevo en
camino, me hace señal de que le siga a un bosquecillo de bambués-flechas secos,
donde ha sido construida con unas estacas una gran jaula de la altura de un
hombre. La puerta está abierta. El resorte del interior está destensado. Los
pandas son atraídos a la jaula, y acto seguido neutralizados con una bala de
narcótico. Se les coloca un collar emisor antes de volver a soltarlos en el
bosque. Él me señala la cámara fotográfica que llevo colgada del pecho. Se la
alargo y me saca una foto delante de la jaula. No en su inte¬rior, por suerte.
Penetramos en una
sombría floresta de tilos y de arces. El piar incesante de los pájaros en los
bosquecillos de catalpas hacen desvanecerse todo sentimiento de soledad. A la
altitud de 2,700-2.800, comienza la zona de los bosques de coníferas, cada vez
menos tupidos. Se alzan allí unos inmensos tsugas de un negro metálico, con sus
gruesas ramas extendidas a modo de sombrilla. Los abetos pardo grisáceos los
sobrepasan en treinta o cuarenta metros, algunos incluso en cincuenta o
sesenta. Su puntiaguda cumbrera donde nacen jóvenes agujas de un gris vesdusco
les confiere un plus de elegancia. En el bosque, la maleza ha desaparecido, la
mirada alcanza lejos. Entre los grandes troncos de los abetos, algunas azaleas
de montaña de más de cuatro metros de alto están cubiertas de lozanísimas
flores rojas. Los tallos que penden se diría que no pueden soportar ya tanta
lujuriante belleza. Siembran sus enormes pétalos al pie del árbol, exponiendo
serenamente el esplendor infinito de su color. Esta maravilla de la naturaleza
en estado bruto hace nacer sin embargo en mí una pena inde¬finible. Pero esta
pena sólo tiene que ver, evidentemente, con mi persona, y nada con la
naturaleza misma.
Por todas partes,
inmensos árboles muertos quebrados a media altura por el viento y la nieve.
Paso por entre estos enormes troncos alzados que me fuerzan al silencio.
Sufriendo de ganas de expresarme, delante de tanta solemnidad, me quedo sin
habla.
Canta un cuclillo,
invisible; arriba, abajo, a izquierda, a derecha, como si diera vueltas sin
cesar para desorientarme. Se diría que llama: «¡Hermano mayor, espérame!
¡Hermano mayor, espérame!». No puedo dejar de pensar en la historia de los dos
hermanos que fueron al bosque a plantar sésamo. Refiere que una madrastra
quiere desembarazarse del hijo de su marido, nacido de un primer matrimonio,
pero el destino se venga en su propio hijo. Pienso también en los dos
estudiantes que se perdieron en este bosque y siento ascender den¬tro de mí una
irreprimible inquietud.
Él se detiene de
repente y alza la mano para hacerme una seña. Yo le doy alcance a toda prisa.
Tira de mí violentamente para obligarme a agacharme, luego se levanta al punto.
Entre los troncos de los árboles, dos grandes aves de un ceniciento blancuzco, pintado,
de patas rojas, andan a paso apresurado por la pendiente. Yo avanzo despacio y
de inmediato el silen¬cio se ve roto por el ruido de un aleteo.
—Unos faisanes de
las nieves —dice él.
En un instante, el
aire parece detenerse de nuevo; la pareja de faisanes de las nieves de un
ceniciento blancuzco, pintado, de patas rojas, llenos de vida, parece no haber
existido nunca, como una alucinación. No hay más que el inmenso bosque inmóvil
e interminable, mi existencia se me antoja tan efímera que no tiene ya sentido.
Él se vuelve más
amigable conmigo y ya no me deja atrás. Avanza, luego se detiene para esperar
que le alcance. La dis¬tancia entre él y yo se ha reducido, pero seguimos sin
hablar. Luego se detiene para consultar su reloj, levanta el rostro hacia el
cielo cada vez más despejado. Se diría que oye alguna cosa. Comienza a trepar
todo recto por la pendiente tirándome una vez más de la mano.
Sin aliento, llego
a una zona llana. Delante de mí se extien¬de un bosque integrado únicamente de
abetos, todos de la misma especie.
—¿Estamos a más de
3.000, no?
Él asiente con un
cabeceo y corre bajo un árbol situado en el lugar más elevado de la zona llana.
Da la vuelta a su alrede¬dor, con los auriculares puestos, tras haber orientado
la antena a los cuatro puntos cardinales. También yo miro a mi alrede¬dor. Estamos
rodeados de troncos de árboles de un mismo grosor, separados por la misma
distancia, todos tan altos y rec¬tos unos como otros, con unas ramas que parten
todas de la misma altura con igual elegancia. Aquí no hay ningún tronco
quebrado, los que se han podrido yacen en el suelo, sin la menor excepción,
víctimas de la selección rigurosa de la natu¬raleza.
No hay aquí ni
líquenes, ni bosquecillos de bambúes-fle¬chas, ni maleza, los amplios espacios
entre los árboles vuelven el bosque más claro y la vista alcanza lejos. Y, a la
distancia, una azalea de una blancura inmaculada, esbelta y llena de gra¬cia,
provoca un incontenible entusiasmo por su extraordinaria perfección. Crece a
medida que me acerco. Ostenta unos grandes corimbos de flores con unos pétalos
más gruesos aún que los de la azalea roja que he visto más abajo. Unos pétalos
de un blanco puro que no llegan a marchitarse siembran el suelo al pie del
árbol. Su fuerza vital es inmensa, expresa un irresistible deseo de exhibirse,
sin contrapartida, sin objeto, sin recurrir al símbolo ni a la metáfora, sin
hacer ninguna aproximación forzada ni ninguna asociación de ideas: es la
belleza natural en estado puro.
Blancas como la
nieve, relucientes cual jade, las azaleas se suceden de vez en cuando,
aisladas, fundidas con el bosque de abetos esbeltos, como incansables aves
invisibles que atraen cada vez más lejos al alma de los hombres. Respiro
profunda¬mente el aire puro del bosque. Estoy sin aliento, pero no mal-gasto
energías. Mis pulmones parecen haber sido purificados, el aire penetra hasta la
planta de mis pies. Mi cuerpo y mi espí¬ritu han entrado en el gran ciclo de la
naturaleza, estoy en un estado de serenidad que nunca había conocido
anteriormente.
La bruma flota a un
metro del suelo y se abre delante de mis pasos. Con la mano, la agito
retrocediendo, como si de humo se tratara. Corro un poco tras ella, pero no
consigo darle alcance y tan sólo me roza. Delante de mí, el paisaje se
difumina. Los colores se borran, la niebla asciende. La veo claramen¬te que
flota remolineando. Retrocedo y me vuelvo instintiva¬mente para seguirla.
Llegado a la pendiente, escapo de ella, cuando veo de repente a mis pies una
profunda garganta. Enfrente se alza una cadena de majestuosas montañas, azul
pálido, coronada de blancas nubes. La densa capa de nubes corre en todos los
sentidos, pero en la garganta únicamente flotan algunas brumas que no tardan en
disiparse. Ese curso blanco como la nieve es un torrente impetuoso que
atraviesa el bosque en medio de la garganta. Sin lugar a dudas no es el pequeño
valle que seguí para penetrar en la montaña hace algunos días. Había en él al
menos una aldea y algunos campos de cultivo con un puente de cadenas suspendido
sumamente ingenioso, enganchado a ambas vertientes. En este sombrío valle, no
veo más que bosquecillos espesos y extrañas peñas escarpadas, ni el menor
rastro humano. Su sola vista hace que le recorra a uno un estremecimiento por
el espinazo.
El sol reaparece
pronto e ilumina la cadena de montañas que tengo enfrente. El aire es tan puro,
el bosque de árboles de resina por debajo de la capa de nubes ofrece en este
instan¬te un toque verde oscuro tan nítido, que me hace sentirme embelesado. Es
como un canto apacible que subiera del fondo de los pulmones y se expandiera
siguiendo las sombras y las luces, cambiando de tonalidad en un abrir y cerrar
de ojos. Corro, salto, persiguiendo la sombra cambiante de las nubes, sacando
una foto tras otra.
La niebla gris ha
vuelto tras mi espalda, sin preocuparse de los fosos, de las anfractuosidades
del terreno, de los troncos de los árboles tendidos. No hay manera humana de
escapar de ella y me da alcance, sin prisas. Estoy sumergido en la niebla. El
paisaje ha desaparecido delante de mí, todo es indistinto.
Únicamente quedan
en mi cabeza las sensaciones que acabo de experimentar. Al quedarme perplejo,
un rayo de sol penetra por encima de mí e ilumina el musgo que cubre el suelo.
Entonces descubro bajo mis pies un extraño mundo vegetal también con sus cadenas
de montañas, sus praderas y sus bosquecillos de un verde resplandeciente. Tan
pronto como me pongo en cuclillas, la niebla vuelve y se expande por doquier,
como salida de la mano de un prestidigitador, sin dejar más que una extensión
grisácea indistinta.
Me levanto de
nuevo. Espero, perdido. Llamo, sin respues¬ta. Llamo otra vez, pero tan sólo
oigo mi propia voz triste y trémula que se apaga. Sigue sin haber respuesta. Al
punto me atenaza el miedo. Éste asciende desde la planta de mis pies y mi
sangre se hiela. Llamo de nuevo, siempre sin respuesta. A mi alrededor, nada
más que la sombra negra de los abetos, todos idénticos. Echo a correr, grito,
me precipito a "izquierda y derecha, pierdo la razón. He de calmarme,
volver a mi punto de partida, no, primero tengo que tratar de orientarme, pero,
por todas partes a mi alrededor, se alza la sombra de los abetos negros. Ni un
solo punto de referencia. Ya lo he visto todo, pero es como si no hubiera visto
nada. Las venas de mis sienes palpitan con fuerza. Comprendo que la naturaleza
me ha juga¬do una mala pasada, a mí, el hombre insignificante sin creen¬cias
que no le teme a nada y se da grandes aires.
—¡Eh! ¡Eh!
Grito. No le he
preguntado su nombre al hombre que me acompaña. No puedo sino dar alaridos, de
manera histérica, como una bestia salvaje. Mis propios gritos me ponen los
pelos de punta. Creía que en la montaña siempre había el eco. Inclu¬so el eco
más triste y más solitario sería preferible a este silen¬cio aterrador. Aquí,
el sonido se pierde en la atmósfera satura¬da de humedad y en la densa niebla.
Entonces me doy cuenta de que ni tan siquiera conseguiré hacer oír mi voz y
caigo en el más completo descorazonamiento.
En el cielo
grisáceo se destaca la silueta singular de un árbol; está inclinado, su tronco
está dividido en dos partes de igual tamaño que crecen juntas, sin ramas ni
hojas. Completa¬mente despojado, debe de estar muerto; se asemeja a un arpón
gigantesco y monstruoso que señalara el cielo. Me dirijo hacia él. En realidad,
está situado en el límite del bosque. Por deba¬jo debe de encontrarse la
garganta sombría, oculta por la nie¬bla: así pues, es una dirección de lleva
derecho a la muerte. Pero no puedo ya abandonar este árbol, mi único punto de
referencia. Me esfuerzo por hacer acopio en mi memoria de los paisajes que he
visto a lo largo de todo el camino. Primero debo encontrar unas imágenes fijas,
como este árbol, y no meras impresiones fugitivas. Todo está presente en mi
espíritu y trato de poner orden en él, a fin de utilizar estos recuerdos como
puntos de referencia para el regreso. Pero mi memoria se muestra incapaz de
ello y, como si fueran unos naipes borra¬dos, cuanto más trato de ordenar estas
imágenes, más confuso se vuelve su orden. Agotado, termino por dejarme caer
sobre el húmedo musgo.
Así, he perdido el
contacto con mi guía y me he extraviado en un bosque primitivo en la zona del
punto geodésico de nave¬gación aérea 12M, a más de tres mil metros de altitud.
En pri¬mer lugar, no llevo conmigo este mapa geodésico. En segundo lugar, no tengo
ninguna brújula. En mi bolsillo, no encuentro más que un puñado de caramelos
que me diera el botánico que me ha abandonado. Me había aconsejado, para ir a
la montaña, llevarme una bolsa de caramelos, para salir del mal paso si me
extraviaba. Con las yemas de los dedos, cuento los caramelos en mi bolsillo:
siete en total. No puedo hacer otra cosa que sen-tarme y esperar a que mi guía
venga a buscarme.
Todos los relatos
sobre personas que murieron extraviadas en la montaña, que me han contado estos
últimos días, retor¬nan a mi mente y me aterrorizan. Me siento atrapado en una
trampa. En ese instante, me asemejo a un pez apresado en las redes del miedo,
traspasado por un gigantesco arpón: se debate sin poder cambiar su destino,
salvo por puro milagro. Pero, en mi vida, ¿acaso no he esperado siempre un
milagro?
11
Ella lo dice, lo ha
dicho más tarde. Quiso morir realmen¬te, la cosa era muy fácil. De pie en el
elevado dique del río, ¡le bastaba con cerrar los ojos y arrojarse al vacío!
Pero la idea de que podía caer sobre el reborde de pie¬dra de la ribera la
helaba de terror. No se atrevía a imaginar el espectáculo espantoso de su
cerebro saltando fuera de su crá¬neo hendido. Sería algo demasiado repugnante.
Si moría, debía ser sin perder la belleza, para inspirar compasión y sim¬patía
en los demás.
Dice que habría
tenido que remontar el río siguiendo la ori¬lla. Una vez encontrada una zona
arenosa, habría bajado a la ribera. Por supuesto, no debía verla nadie ni
tampoco saberlo. Se habría adentrado en el agua negra en plena noche, sin
qui¬tarse siquiera los zapatos. No quería dejar huellas. Por tanto, habría
avanzado, con los zapatos en los pies. Paso a paso, ha¬bría entrado, y, una vez
que el agua le hubiera llegado a la cintura, incluso antes de llegarle a la
altura del pecho e impedirle respirar, la corriente se habría vuelto impetuosa
y de golpe la habría arrastrado y hecho rodar en medio del río. No habría
conseguido volver a salir ya a flote, pero, a pesar suyo, se habría debatido.
Este deseo instintivo de supervivencia no ser¬vía de nada. Todo lo más, habría
movido débilmente pies y manos. Todo hubiera sucedido muy deprisa, todo hubiera
ter¬minado sin darle tiempo a sufrir. Sin poder gritar. No habría tenido ya la
menor esperanza, pues aunque hubiese gritado, el agua la habría ahogado al instante.
Nadie habría podido oírla ni tampoco habría habido ya manera de salvarla. Y
esta vida superflua se habría borrado de la faz de la tierra sin dejar el menor
rastro. Dado que no existe ningún medio de desemba¬razarse de este sufrimiento,
es preferible liberarse merced a la muerte, atajando el mal de raíz,
limpiamente. Convendría que también la muerte fuese pura. Estaría bien si
pudiera morir en la pureza, pero si el cuerpo henchido de agua embarrancaba río
abajo en una ensenada, se secaría al sol, comenzaría a corromperse y sería
presa de una nube de moscas. Involunta¬riamente, la había embargado de nuevo
una impresión de asco. Nada resulta más repugnante que la muerte. Y nada puede
hacer uno para librarse de este asco, nada, pero nada.
Ella dice que nadie
puede reconocerla, que nadie sabe su nombre ni apellido. Los que dio al llenar
la ficha del hotel son falsos. Dice que nadie de su familia conseguiría dar con
su paradero, que nadie puede imaginarse que haya huido hasta este pueblecito de
montaña. En cambio, sí se imagina perfec¬tamente la actitud de su familia. Su
madrastra debe de haber hecho una llamada al hospital donde ella trabaja, con
su voz sorda, como si estuviera acatarrada, sollozando incluso un poco, y
también sin duda porque su padre debe de habérselo pedido con apremio. Sabe
perfectamente que si ella se muriera, su madrastra en realidad no lloraría. No
es más que una carga para esta familia. Su madrastra tiene a su propio hijo, un
mozo ya bastante mayorcito. Cuando ella volvía a casa para pasar la noche allí,
su hermanito tenía que dormir en una cama plegable en el pasillo. Esperaban
poder disponer de su habita¬ción, deseando que ella se casara cuanto antes.
Pero ella no quería vivir en el hospital. En esas habitaciones habilitadas para
el descanso de las enfermeras de guardia siempre reina un olor a desinfectante.
Durante todo el día, en ese universo de sábanas blancas, de camisas blancas, de
mosquiteros blancos, de mascarillas blancas, ella parece no tener suyos más que
sus ojos y sus cejas. El alcohol, las pinzas, las pincitas, el ruido de las
tijeras y de los bisturíes, el lavado repetido de las manos, los brazos
continuamente sumergidos en el desinfectante hasta el punto de que la piel se
torna blanca y mate, pierde el color de la sangre. A medida que los hombres y
las mujeres del qui¬rófano envejecen, la piel de sus manos adquiere el color de
un ratón blanco. También a ella no le quedarán algún día más que unas manos
completamente descoloridas. Y estas manos embarrancarán en la playa de arena y
se cubrirán de moscas. Ella vuelve a sentir asco. Detesta su trabajo, a su
familia, e incluso a su padre, un ser inútil que no pinta nada tan pronto como
su madrastra levanta algo la voz. Habla un poco menos, ¿de acuerdo? Aunque se enfrente
a ella, él no quiere que se sepa. Pues bien, dime, ¿en qué te has gastado el
dinero? Si estás hecho un tonto de capirote, ¿cómo quieres que la gente enci¬ma
te deje dinero? Una frase provoca otras diez, la voz de la madrastra resuena
siempre así de fuerte. Él no rechista. Una vez él le tocó el pie, por debajo de
la mesa, a tientas, cuando su madrastra y su hermano pequeño no estaban allí y
se encon¬traban ellos dos solos, él bebió demasiado. Ella le perdonó, pero al
propio tiempo era incapaz de hacerlo. No sirve para nada, detesta su debilidad.
No es un padre que despierte admi¬ración, un verdadero hombre, en el que ella
pueda encontrar apoyo y del que se sienta orgullosa. Ella quiere dejar a los
suyos desde hace mucho tiempo, siempre ha deseado tener su propia familia. Pero
resulta que también de esto está asqueada. En el bolsillo de él, encontró un
preservativo. Ella tomaba la píldora y nunca había estado preocupada a este
respecto. No puede decir que tuviera un flechazo con él. Pero él fue el pri¬mer
hombre que conoció que se atreviera a hacerle la corte. La besó. Comenzó a
pensar en él. Se habían vuelto a ver, y luego fijado una cita. Él la deseaba, y
ella se le entregó. Se habían esperado con impaciencia, se habían embriagado
jun¬tos. Ella estaba turbada, con el corazón palpitándole, temerosa, pero
consintiendo plenamente. Todo era normal, lleno de felicidad, de belleza, lleno
de pudor, sin vulgaridad. Dice que lo primero era amarle y ser amada por él,
luego ser su mujer, y convertirse en madre, una joven madre, pero que vomitó.
Afir¬ma que no fue porque ella estuviera encinta. Pero, justo des¬pués de haber
hecho el amor, ella notó algo en el bolsillo tra¬sero del pantalón que él se
había quitado. El no quería que registrase nada, pero ella lo hizo pese a todo
y vomitó. Aquel día, después del trabajo, ella no volvió a su dormitorio común
y no comió nada para ir a toda prisa a casa de él. Apenas hubo entrado, él la
besó y le hizo hacer el amor sin dejarle recuperar siquiera el aliento. Él
afirmaba que había que aprovechar la juventud, aprovechar todo el amor de su
corazón. Teniéndolo acaramelado contra su pecho, ella asintió. Al principio, no
querían tener hijos para poder así divertirse algunos años libres de toda
preocupación. Ahorrarían para viajar un poco. No montarían una casa de entrada.
Les bastaría con tener una pequeña habitación y él ya disponía de una, y ella
no deseaba otra cosa que tenerle a él. Estaban loquitos el uno por el otro,
nada iba a poder detenerles jamás, jamás de los jamases... Ella no tuvo tiempo
de aprovecharlo, y únicamente le quedaba el asco. Un asco irreprimible que daba
náuseas. Más tarde, ¡se echó a llorar y a insultar al hombre como una
histérica! Su amor por él se había acabado. Le gustaba tanto el olor a
trans¬piración de su camiseta... Hasta cuando iba limpio, era capaz de notarlo.
Y, sin embargo, se merecía tan poco ser amado, él que podía hacer esas cosas en
cualquier momento y con cual-quier mujer. ¡Qué cerdos son los hombres! Una vida
que aca¬baba de empezar y ya estaba mancillada, como las sábanas de ese
hotelito al que todo el mundo iba a acostarse. Nunca las cambian y huelen a
sudor de hombre. ¡Ella no hubiera tenido que ir a este tipo de sitios!
¿Adonde hubieras
ido si no, entonces?, preguntas tú.
Ella dice que no lo
sabe, no comprende cómo ha podido venir aquí sola. Dice que andaba buscando un
lugar como éste donde nadie pudiera reconocerla y totalmente sola había seguido
el río remontándolo sin pensar en nada, siguiendo todo derecho hasta el agotamiento,
hasta caer rendida en la carretera...
Tú dices que ella
es una niña caprichosa.
¡No! Ella dice que
nadie la comprende. Y tú tampoco.
Le preguntas si
quiere cruzar el río contigo. En la otra ori¬lla se encuentra Lingshan, la
Montaña del Alma, donde pue¬den verse unas maravillas que ayudan a olvidar los
sufrimien¬tos y a conseguir la liberación. Tú te esfuerzas por seducirla.
Ella dice que le
explicó a su familia que su hospital organi¬zaba un viaje, y en el hospital
dijo que su padre había caído enfermo. Pidió algunos días de permiso para
cuidarle.
Tú dices que es una
persona verdaderamente astuta.
Ella dice que no es
ninguna estúpida.
12
Antes de emprender
este largo viaje, durante esos días en que el médico me diagnosticó un cáncer
de pulmón, lo único que podía hacer era pasearme por los parques del
extrarradio. Todo el mundo decía que, en aquella ciudad polucionada, sólo el
aire de los parques resultaba respirable, y particularmente el de los parques
de las afueras. Los pequeños cerros que se alzan cerca de las murallas de la
ciudad eran en otro tiempo lugares de incineración y tumbas. No han sido
transformados en parques más que recientemente. Y como la urbanización ha
llegado estos últimos años hasta las laderas de las colinas, de no haber sido
protegidas, los vivos hubieran construidos casas en ellas disputándole el
terreno a los muertos.
Ahora, únicamente
su cima permanece yerma; y se amonto¬nan allí losas de piedra inutilizadas que
debían de servir de lápidas. Los ancianos de los alrededores vienen aquí cada
mañana a hacer su gimnasia tradicional y a pasear sus pájaros. Pasadas las nueve,
cuando el sol da en la cima de la colina, regresan todos a sus casas, jaula en
mano. Una vez estoy por fin solo, tranquilo, saco de mi bolsillo un ejemplar
del Libro de las mutaciones. Leo y leo, y bajo el tibio sol otoñal, siento que
me vence el sueño. Me tumbo sobre una losa de piedra y apoyo la cabeza sobre mi
libro a modo de almohada. Repaso mental¬mente los trazos de los hexámetros que
acabo de leer y su ima¬gen de un azul brillante flota sobre mi rostro
enrojecido por el calor del sol.
En principio, no
tenía ninguna intención de leer. Que lea un libro más o menos, que lea o no,
ello no va a retrasar la hora de mi incineración. Si leo el Libro de las
mutaciones no es sino por mera casualidad. Un amigo de infancia que se enteró
de mi situación vino expresamente a verme para brindarme su ayuda. Y me habló
de las prácticas respiratorias del qigong. Oyó decir que algunos las utilizan
para curar el cáncer y cono¬cía a un hombre que practicaba un arte relacionado
con los ocho trigramas. Me aconsejó que lo intentara yo también, y comprendí
sus buenos propósitos. Una vez llegado a este esta¬dio, un hombre está
dispuesto a todo con tal de lograr salir del mal trance. Le pregunté si podía
conseguirme un ejemplar del Libro de las mutaciones que yo no había leído
todavía. Me lo trajo al día siguiente. Muy emocionado, yo le confié que cuan¬do
era pequeño, le consideré sospechoso de haberme robado una armónica que acababa
de comprarme. Le había acusado injustamente, pues volví a encontrar la
armónica. ¿Se acorda¬ba él de eso? Una sonrisa iluminó su rostro redondo y
regor¬dete y me dijo un tanto molesto: ¿Para qué hablar de ello de nuevo? A fin
de cuentas, era él el que estaba incómodo, no yo. Era evidente que no lo había
olvidado, pero pese a todo había seguido siendo mi amigo. Me di cuenta entonces
de que tam¬bién yo había cometido errores y que no sólo eran los demás los que
me habían acusado injustamente. ¿Era un acto de arre¬pentimiento por mi parte?
¿Era el estado de ánimo que prece¬de a la muerte?
No sabía si, en el
curso de mi vida, era yo quien después de todo me había mostrado más ingrato
con los demás, o bien los demás conmigo. Sabía que algunos me habían querido de
ver¬dad, como mi madre hoy ya fallecida, que otros me habían odiado, como mi mujer
de la que me había separado, pero ¿para qué saldar viejas cuentas, ahora que me
quedaba tan poco de vida? Para aquellos con quienes me había mostrado ingrato,
mi muerte sería ya compensación suficiente, y por los demás nada podía ya
hacer. La vida no es al fin y al cabo más que un nudo de rencores
inextricables, ¿tendría por casualidad algún otro significado? Pero ponerle
punto final así era realmente prematuro. Me di cuenta de que no había vivido
jamás de forma conveniente y que, de poder prolongar mi existencia, cambiaría a
buen seguro mi forma de vivir, a condición de se produjera un milagro.
Yo no creía en los
milagros de la misma manera que no creía, en principio, en el destino, pero
cuando uno se encuen¬tra en una situación desesperada, no se puede confiar más
que en los milagros.
Quince días más
tarde, en la fecha fijada, me dirigí al hos¬pital para que me hicieran, tal
como estaba previsto, una fibroscopia. Inquieto, mi hermano se empeñó en
acompañar¬me, en contra de mi voluntad. Yo no quería dejar traslucir mis
sentimientos delante de mis allegados. Solo, podía controlarme más fácilmente,
pero no conseguí disuadirle. En el hospital trabajaba también un viejo
compañero de instituto que me condujo directamente ante el responsable de las
ra¬diografías.
Con las gafas
puestas, sentado en una silla giratoria, después de la lectura del diagnóstico
que figuraba en mi ficha médica y del examen de las radiografías de mi pecho,
declaró que había que proceder aún a una radiografía lateral. Redactó al
instante un volante para que fuera a hacerme esta radiografía a otra sección,
precisando que se la trajera para que la examinara antes incluso de que
estuvieran secas.
Lucía un bonito sol
de otoño. En el interior, hacía particu¬larmente fresco. Sentado en este cuarto
mirando por la venta¬na el césped inundado de sol, tenía una sensación de
belleza infinita. Nunca en el pasado había observado el sol de este modo.
Mientras esperaba que fuese revelada la radiografía lateral en el cuarto
oscuro, contemplaba el sol por la ventana. Y sin embargo el sol estaba
verdaderamente demasiado lejos, debía de pensar en lo que iba a sucederme
ahora, en ese mismo instante. Pero ¿exigía ello aún reflexión? Mi situación era
como la del homicida contra quien los cargos son abrumado¬res y que espera que
el juez pronuncie la sentencia de muerte. Uno sólo puede esperar que se
produzca un milagro. ¿Mis dos malditas radiografías efectuadas en hospitales
distintos no constituían acaso la prueba de mi condena a muerte?
No sé cuándo, sin
yo darme cuenta, tal vez en el momento en que contemplaba el sol por la
ventana, oí que en mi interior decía el nombre de Buda Amithaba, desde hacía ya
un rato. Estaba rezando desde el momento que me había vuelto a ves¬tir y había
salido de esa sala de aparatos donde se hace subir a los enfermos tendidos,
como en un matadero.
Con anterioridad a
ese momento, de haber pensado que un día también yo rezaría, seguro que lo
hubiera encontrado totalmente ridículo. Cuando veía, en los templos, a ancianos
y ancianas quemar incienso y prosternarse murmurando el nombre de Buda
Amithaba, siempre sentía compasión por ellos. Hay que decir que esta compasión
no tenía nada que ver con ningún tipo de simpatía. Si tuviera que expresar esta
sensación con palabras, sería más o menos así: «¡Ah! Estas pobres gentes son
dignas de lástima, son débiles. Cuando su esperanza, por ínfima que ésta sea,
no tiene visos de hacerse realidad, no saben hacer otra cosa que rezar para que
su deseo se vea cumplido». Encontraba inconcebible que un hombre en la plenitud
de su vigor o una hermosa mujer pudieran rezar. Cuando acertaba a oír, en boca
de jóvenes fieles, pro¬nunciar el nombre de Buda, tenía ganas de echarme a reír
y hacer alarde de manifiesta maldad. Era incapaz de compren¬der que un hombre
en plena prosperidad se entregase a ese tipo de tonterías y sin embargo, ese
día, yo había rezado tam¬bién, con el mayor fervor, con todo mi corazón. ¡El
destino es tan duro y el hombre tan débil! Frente a la adversidad, ya no somos
nada.
Y, en la espera de
mi sentencia de muerte, me encontraba en esta situación en que no era ya nada,
contemplando el sol otoñal por la ventana y rezando silenciosamente a Buda.
Mi viejo compañero
de clase no podía aguantarse más. Entró en el cuarto oscuro, seguido por mi
hermano. Hicieron salir a este último, que no pudo más que acechar por el
venta¬nillo hacia allí donde estaban revelando las radiografías. Ins¬tantes
después, mi compañero salió a su vez para esperar ante el mismo ventanillo.
Habían desviado su atención del conde¬nado para dirigirla hacia su sentencia de
muerte. Esta metáfo¬ra no era del todo exacta. Yo les miraba entrar y salir
como un observador totalmente ajeno, únicamente pendiente de repetir sin cesar
dentro de mí el nombre de Buda. De repente, les oí exclamar:
-¿Qué?
—¿No hay nada?
—¡Compruébenlo de
nuevo!
—Este mediodía sólo
está prevista esta radiografía lateral del pecho —respondieron con irritación
desde dentro del cuarto oscuro.
Levantaron los dos
la radiografía con unas pincitas para exa¬minarla. El técnico salió también del
cuarto oscuro, le echó una ojeada, pronunció unas vagas palabras y luego no les
pres¬tó más atención.
Gracias sean dadas
a Buda. Estas palabras que primero ha¬bían reemplazado la invocación a Buda
Amithaba se convirtie¬ron en la expresión más banal de la alegría. Tal era mi
primera disposición de ánimo tras haber escapado a esta situación desesperada.
Buda había escuchado mis ruegos y se había obrado el milagro. Pero yo me
alegraba en mi interior, sin atreverme a desvelar mis sentimientos a la ligera.
Aún no las tenía
todas conmigo. Cogí la radiografía aún húmeda entre dos dedos y fui a hacerla
verificar ante el res¬ponsable de las gafas.
Con gesto muy
teatral, él dijo abriendo los brazos:
—Perfecto, ¿no?
—¿Conviene hacer
algo más? —Le estaba preguntando sobre el asunto de la fibroscopia.
—¿Hacer el qué? —me
preguntó él en tono de reprensión. Estaba en su derecho, se dedicaba a salvar
vidas humanas.
Luego me hizo
ponerme de pie delante del aparato de rayos X, me pidió que respirara hondo,
toser, darme la vuelta, a izquierda, luego a derecha.
—Usted mismo puede
verlo —dijo mostrándome la panta¬lla de control—. Mire, mire.
En realidad, yo no
veía nada muy claro: en mi cerebro, una masa informe, y en la pantalla negra y
blanca, el armazón óseo de mi pecho.
—No hay nada, ¿no?
—prosiguió él en tono de reproche, como si yo tratara expresamente de buscarle
problemas.
—Pero ¿cómo
explicar lo que se veía en estas radiografías del pecho? —No pude evitar
hacerle la pregunta.
—Si no hay nada, es
que no hay ya nada. Ha desaparecido. ¿Cómo explicarlo? Una gripe, una neumonía
pueden hacer aparecer una sombra. Y desaparece al curarse.
No hice ninguna
pregunta respecto a los estados de ánimo. ¿Podían hacer aparecer una sombra?
—¡Viva tranquilo,
joven! —Hizo girar su sillón y se desen¬tendió de mí.
Era cierto, acababa
de volver a la vida, me sentía más joven que un recién nacido.
Mi hermano se fue a
toda prisa en su bicicleta, pues tenía aún una reunión.
La luz del sol me
pertenecía de nuevo. Me tocaba disfrutar¬la. Sentado en una silla, al borde del
césped, mi compañero de clase se puso a hablar del destino con elocuencia. No
se habla del destino más que en los momentos en que ya no es necesa¬rio.
—La vida es algo
admirable —declaró—, un fenómeno absolutamente del azar. Puede calcularse el
número de posibi¬lidades existentes en el orden de los cromosomas, pero las
oportunidades que se ofrecen a un recién nacido, ¿cabe pre¬verlas?
Era inagotable.
Estudiaba para ingeniero genético. Al escri¬bir su tesis de final de carrera,
la conclusión a la que había lle¬gado como fruto de sus experiencias no se
correspondía con la opinión de su tutor, decano de la Facultad, y, durante una
en¬trevista, contradijo al secretario del comité del Partido de esta misma
sección. Una vez licenciado, había sido enviado, por consiguiente, a una granja
de los montes Daxing'an a criar ciervos. Más tarde, consiguió un puesto de
profesor en una universidad de reciente construcción en Tangshan sólo tras un
sinfín de complicaciones. No se esperaba ser «desalojado» de allí y condenado
como «lacayo de la mano negra de los contrarrevolucionarios». Luego hubo de
padecer todo tipo de tor¬mentos durante cerca de diez años antes que llegaran a
la siguiente conclusión: «Falta de pruebas». ¿Quién se hubiera imaginado que
sería trasladado diez días antes del gran terre¬moto de Tangshan, mientras que
sus torturadores perecerían todos al derrumbarse su inmueble? Fue por la noche,
nadie logró escapar a la muerte.
—¡Que se los trague
la tierra, a cada uno su destino! —dijo.
Y yo debía
reflexionar sobre mi forma de vivir, ahora que acababa de nacer a una nueva
vida.
13
Delante de ti, una
aldehuela con sus casas todas parecidas, de ladrillos azules y negras tejas,
dispersas a lo largo de la orilla, al pie de bancales en terraza y de colinas.
Por la entrada de la aldehuela, pasa un riachuelo recubierto de largas losas de
piedra. Y ves también allí una calle, que lleva a la aldea, empedrada con
piedras de un gris azulado en las que se advierten las profundas roderas de las
carretillas. Y oyes de nuevo el resonar de tus pies descalzos golpeando contra
la piedra y dejando una húmeda huella. Te incita a entrar. Es una callejuela
parecida a la de tu infancia, con rastros de barro en las losas. Y finalmente
descubres entre los intersticios el arroyuelo que atraviesa la aldea por debajo
del camino. En la puer¬ta de cada casa, una losa en realce permite sacar agua y
hacer la colada. En las olitas centelleantes flotan restos de hojas de col.
Oyes también, detrás de las puertas de las casas, el cacareo de las gallinas
que se pelean para picotear. En las callejuelas, no ves ni un alma, ni niños,
ni perros, el lugar es tranquilo y solitario.
En la esquina de
una casa, el sol ilumina la pared-pantalla encalada. Su luz, cegadora por
contraste, resalta en la calle oscura. Encima del dintel de una puerta, brilla
un espejo deco¬rado con los ocho trigramas. De pie bajo el alero, descubres que
este espejo, destinado a mantener alejadas las influencias nocivas, está vuelto
hacia la esquina de la pared-pantalla adon¬de reenvía las malas vibraciones que
llegan de enfrente. Si sacaras una foto desde allí, el contraste de tonos de la
pared-pantalla inundada de la luz amarilla del sol, de la sombra gris azulada
de la callejuela y de las losas de piedra grisáceas, daría una sensación de
calma y felicidad. Las tejas rotas de los aleros de los curvos tejados, las
grietas de las paredes despertarían también una especie de nostalgia. O bien,
una foto tomada desde otro ángulo de la gran puerta de esta casa, con la luz
reflejada por el espejo de los ocho trigramas, el umbral de pie¬dra, desgastado
a fuerza de ser pulido por el trasero de los niños, daría una imagen viva de la
que desaparecería toda som¬bra del odio que ha animado a estas dos familias de
generación en generación.
No me cuentas más
que historias crueles y espantosas, dice ella, no quiero escucharlas.
¿Qué quieres
escuchar, entonces?
Cuéntame bonitas
historias con atractivos personajes.
¿Quieres que te
hable de las mujeres de la camelia?
No quiero oír
hablar de brujas.
No son ningunas
brujas. Las brujas son unas viejas arpías repugnantes, mientras que las mujeres
de la camelia son siem¬pre jóvenes y bellas.
¿Como la mujer del
bandido Segundo Señor? No quiero escuchar este tipo de historia cruel.
Las mujeres de la
camelia son tan hechizantes como bené¬volas.
A la salida de la
aldea, remontando el lecho del arroyo, las enormes rocas se vuelven
resbaladizas, pulidas por las aguas.
Ella avanza con sus
zapatos de piel sobre las rocas húmedas cubiertas de musgo. Tú le dices que no
podrá ir muy lejos, pero ella te pide que la cojas de la mano. Pese a que la
has avi¬sado, se resbala. La atraes hacia ti, diciendo que no lo has hecho expresamente,
pero ella dice que eres un canalla, frunce el ceño. En las comisuras de su boca
se dibuja, sin embargo, una sonrisa. Ella aprieta fuertemente los labios. No
puedes dejar de besarlos. Ella los afloja al punto y tú te asombras de su
dulzura. Disfrutas de su dulce aliento. Dices que este tipo de cosas sucede a
menudo en la montaña. Ella es la seductora y tú el seducido. Apoyada contra ti,
ella cierra los ojos.
¡Háblame!
¿De qué?
Háblame de las
mujeres de la camelia.
Ellas seducen a los
hombres, en las montañas, en los umbrosos senderos, en los recodos de los
caminos, y a menu¬do en los pabellones terminados en punta...
¿Tú has visto
alguna?
Por supuesto.
Estaba sentada muy derecha en el banco de piedra de un pabellón construido en
medio de un camino. Imposible evitarla. Era una montañesa muy joven, vestida
con una camisa azul claro de lino, los botones de tela a un lado, el cuello y
las mangas bordadas de blanco; llevaba un pañuelo de batik elegantemente
anudado. Sin quererlo, aflojaste el paso y fuiste expresamente a descansar en
el banco de piedra, frente a ella. Como quien no quiere la cosa, ella te
observó sin volver la cabeza, manteniendo apretados sus finos labios de un rojo
brillante. Había realzado sus cejas y sus ojos de un negro de jade con un trozo
de madera de sauce pasado por el fuego. Era perfectamente consciente de su
atractivo y, sin el menor disimulo, con sus relucientes ojos echaba unas
miradas embe¬lesadoras. Es siempre el hombre quien se siente incómodo frente a
ella. Tú también, incómodo, te levantaste para irte. En ese umbroso camino
desierto, ella ya había conseguido hacerte perder el tino. Sabías perfectamente
que no tenías más que tres oportunidades sobre diez de poder amar a un tipo de
mujer como éste, y las siete restantes temerla, no te atrevías a precipitar las
cosas. Dices que fueron los picapedre¬ros los que te advirtieron. Pasaste la
noche en su refugio. Ellos se dedican a extraer piedra de la montaña y, durante
toda la velada, bebisteis aguardiente y hablaste de mujeres con ellos. Le dices
que no puedes llevarla allí, pues no podrías garanti¬zar su seguridad.
Únicamente una mujer de la camelia es capaz de dominar a esos picapedreros.
Afirmaban que todas ellas saben practicar la acupuntura simplemente con sus
dedos. Un arte que les fue transmitido por sus antepasados, y sus ágiles manos
logran curar las graves enfermedades que los hombres no pueden sanar, desde las
convulsiones de los niños hasta la hemiplegia. Y por lo que se refiere a los
matrimonios, a las defunciones, a los secretos entre hombres y mujeres, todos
recurren a sus buenos oficios para que medien y arre¬glen las cosas. Cuando uno
se encuentra, en la montaña, una flor silvestre semejante, conviene
contemplarla sin arrancarla jamás. Cuentan los picapedreros que, en cierta
ocasión, tres hermanos confabulados no les hicieron caso. Se encontraron, en un
sendero, a una mujer de la camelia y se les ocurrió una maldad. ¿Que ellos tres
no iban a conseguir someter a una mujer? Tras ponerse de acuerdo, sé
abalanzaron sobre ella y la arrastraron hasta una cueva. Como era una mujer
sola, no pudo presentar resistencia a estos tres mozarrones. Una vez que los
dos primeros terminaron de satisfacerse con ella, la mujer imploró al tercero:
«El bien es recompensado con el bien, el mal con el mal. Tú eres joven aún, no
te comportes igual que ellos. Libérame, te lo ruego, y te enseñaré una rece¬ta
secreta. Descubrirás su utilidad más tarde. Podrás casarte y vivir a tus
anchas». Presa de la duda, el hombre se apiadó de ella y la dejó irse.
¿Tú la ofendiste
también o dejaste que se fuera?, pregunta ella.
Tú dices que te
levantaste para irte, pero que no pudiste evitar volverte para dirigirle una
mirada y que entonces viste sus dos mejillas y una flor roja de camelia
prendida en su sien. El extremo de sus cejas y las comisuras de sus labios
brillaban cual relámpagos, iluminando de repente el pequeño valle som¬brío. Tu
corazón se inflamó. Comprendiste al punto que ha¬bías conocido a una mujer de
la camelia. Ella estaba allí senta¬da, perfectamente viva, y su pecho henchía
su camisa de lino azul claro. Llevaba en un brazo una cesta de bambú, cubierta
con un paño bordado nuevecito. Iba calzada con un par de zapatos nuevos
también, de tela azul floreada. Se destacaba como un papel recortado en una
ventana.
¡Acércate! Ella te
hace una seña.
Sentada en una
piedra, se saca con una mano sus zapatos de tacón alto y, con su pie descalzo,
tantea los guijarros con pre¬caución. Los dedos de sus pies blancos ondean en
el agua pura, como gruesos gusanos. Tú no comprendes cómo ha empeza¬do la cosa.
Inclinas de repente su cabeza sobre los verdes jun¬cos salvajes de la orilla
del agua. Ella endereza el talle. Buscas con tus dedos el clip de su sujetador
y liberas sus redondos senos, de un blanco diáfano bajo la luz del sol de
mediodía. Ves brotar el rojo pezón de sus pechos y destacarse claramente bajo
las areolas unas finas venillas azuladas. Ella lanza un gritito y sus dos pies
se introducen en el agua. Un pájaro negro de blancas patas, sabes que este
pájaro se llama alcaudón, se posa sobre una roca pardusca, redonda como un
pecho justo en medio del riachuelo. A su alrededor, brilla la cristalina luz de
la onda. Os metéis los dos en el agua, a ella le sabe mal mojar¬se la falda.
Sus ojos húmedos y brillantes se asemejan a la luz del sol que se refleja en el
agua del arroyo. Terminas por apo-derarte de ella, esa bestezuela salvaje que
se debate obstinada¬mente se vuelve de repente dócil entre tus brazos y se pone
a llorar sin ruido.
El alcaudón mira a
derecha e izquierda, levanta la cola, alza y baja su pico rojo cereza. Tan
pronto como te acercas, emprende el vuelo a ras de agua; se va a posar un poco
más lejos sobre una roca, continúa agitándose. Se vuelve hacia ti, alzando la
cabeza y la cola. Te deja acercarte, luego emprende el vuelo, y a continuación
te espera lanzando pequeños pio-píos. Este espíritu astuto de color negro no es
otro que ella.
¿Quién?
Su alma.
¿Y quién es ella?
Tú dices que ella
ya ha muerto. Esos bastardos se la lleva¬ron durante la noche para darse un
baño a orillas del río. De regreso, dijeron que no habían advertido su
desaparición hasta que no estuvieron en la orilla. Pura mentira, por supuesto,
pero eso fue lo que dijeron. Y también dijeron que si no les creían, que no
había más que ir a buscar al médico forense para que procediera a la autopsia.
Sus padres no quisieron que se le hiciera. La muchacha, al morir, acababa de
cumplir dieciséis años. Y en esa época, tú eras aún más joven que ella, pero
sa¬bías que fue un crimen premeditado. Sabías que ellos le dieron varias veces
una cita por la noche, que la ahogaron bajo el pilar de un puente y que
abusaron de su cuerpo uno tras otro antes de volverse a reunir para
intercambiar sus experiencias. Se burlaron de ti diciendo que eras un imbécil
por no tocarla ni aprovecharte de ella. Desde hacía tiempo, estaban tramando
poseerla. Oíste en varias ocasiones sus repugnantes conversa¬ciones en las que
siempre salía a relucir su nombre. Tú la avi-saste a escondidas de que no se
fiara y que no fuera con ellos por la noche. Ella dijo que sí, que les temía,
pero no se atrevía a negarse y continuaba siguiéndoles. Ella les temía tanto
como tú. ¡Qué cobarde fuiste! Y esos bastardos la mataron, y se negaron a
confesar su crimen. Y tú no te atreviste a denunciar¬les. Desde hace muchos
años, ella pesa sobre tu conciencia, igual que una pesadilla. Su alma en pena
te atormenta y se te aparece bajo mil aspectos, únicamente la última imagen que
guardas de ella al sacarla de debajo del pilar del puente ha per¬manecido
intacta. La tienes siempre delante, chiss..., chiss..., ese pequeño espíritu
astuto, ese alcaudón de blancas patas y de rojos labios. Arrancas una brizna de
mimbre, coges una raíz de boj en los intersticios de una roca y tomas el
sendero que sube hacia la orilla del río.
Cogiéndola de la
mano, le aconsejas que pose sus pies sobre una piedra.
Ella lanza un
grito.
¿Qué pasa?
Me he torcido un
pie.
Con sus zapatos de
tacón alto, no hay manera de caminar por la montaña.
Pero no voy calzada
para caminar por la montaña.
Pero, ya que estás
en la montaña, ¡prepárate para sufrir!
14
Si uno mira por la
ventana de la planta superior de una vieja casa de esta callejuela tortuosa, es
posible contem¬plar hasta donde se pierde la vista tejados de tejas al sesgo.
También se divisa el tragaluz de un granero enca¬jado entre dos tejados. Sobre
las tejas, delante del tragaluz, hay secándose unos zapatos. En la buhardilla,
un lecho de dosel de dura madera tallada protegido por un mosquitero, un
armario ropero de palisandro adornado con un espejo redondo y, delante de la
ventana, un sillón de bejuco. Cerca de la puerta, un estrecho banco en el que
ella me hace sentarme. Resulta casi imposible moverse en él. La conocí la
víspera, en casa de un amigo periodista. Fumamos juntos, tomamos aguardiente,
charlamos, bromeamos a propósito de sexo sin que ella se mostrara en ningún
momento esquiva, lo cual no es nada común en este pueblo de montaña. Luego
acabamos hablando de mi problema y mi amigo dijo que yo necesitaba una mujer
para que me hiciera de guía. Ella aceptó llevarme aquí sin dudarlo.
Susurra en mi oído
unos ruegos apremiantes en dialecto local: «Cuando ella llegue, deberás
ofrecerle incienso, luego arrodillarte y prosternarte tres veces. Es
imprescindible que sigas estas normas». Su entonación y su comportamiento son
de todo punto los de las mujeres de este lugar. Apretado con¬tra ella en este
estrecho y corto banco, tengo durante un ins¬tante la impresión de estar
haciendo algo indebido, como si mantuviera con esta mujer, en este pequeño
pueblo, una rela¬ción adúltera, como si, dado que todo el mundo se conoce, uno
no pudiera venir aquí más que para una cita. De repente, siento subir el ácido
hedor de las verduras en conserva. Sin embargo, en esta buhardilla, ni una mota
de polvo, el piso ha sido tan fregado en su parte central que ha acabado
aparecien¬do el color original de la madera. La puerta está cubierta de una
tapicería muy pulcra. No hay aquí ningún lugar para guar¬dar verduras en
conserva.
Sus cabellos rozan
mi rostro. Ella se acerca a mi oído:
—¡Aquí la tienes!
Entra una mujer
gruesa de cierta edad, seguida de una an¬ciana. La mujer gruesa se despoja del
delantal, se sacude el polvo de sus ropas de colores desteñidos, pero también
perfec¬tamente limpias. Acaba de preparar su comida. La anciana del¬gada y
bajita me dirige un cabeceo.
—Síguela —me
advierte mi amiga.
Me levanto y subo
tras ella por la escalera, luego abre una puerta secreta. En el interior, un
cuarto minúsculo con tan sólo una mesa, un altar para quemar incienso y unas
tablillas en honor del Viejo Señor, del Gran Emperador de la Claridad y de la
diosa Guanyin. Delante del altar hay depositadas unas ofrendas de dulces, de
fruta, de agua pura y de aguardiente.
En las paredes de
tablas penden unas bandeloras rojas borda¬das con un galón negro o festones
amarillos e inscripciones propiciatorias. El sol se refleja en las tejas
brillantes del tejado, el humo de una varilla de incienso que se consume se
alza entre los rayos de luz del tragaluz, creando una atmósfera de
recogimiento. Comprendo por qué mi amiga ha estado cuchi¬cheando desde que
entrara en la estancia. De unos casilleros de debajo de la mesa, la anciana
saca un paquetito de varillas de incienso envueltas en papel amarillo. Le
ofrezco inmediata¬mente un yuan, siguiendo los consejos de mi amiga. Tomo el
incienso que enciendo con los rollos de papel de arroz que ella ha prendido con
unas cerillas y, juntando las manos, me arro¬dillo sobre el cojín de delante
del altar. Luego me prosterno tres veces. La anciana hace una seña para
mostrarme que aprueba este signo de piedad. Vuelve a coger el incienso, lo
separa en tres manojitos que inserta en el pebetero.
Cuando volvemos a
la habitación, la mujer gruesa lo ha pre¬parado ya todo y se mantiene sentada
derecha en el sillón de bejuco, con los párpados caídos. Es evidente que es la
médium que entra en comunicación con los espíritus. La anciana se sienta al pie
del lecho y le cuchichea algunas palabras, luego se vuelve hacia mi amiga para
preguntarle la hora y el lugar de mi nacimiento. Le doy la fecha según el
calendario solar. No recuerdo muy bien cuál es según el calendario lunar, pero
no obstante puede calcularse. La anciana me pregunta a conti¬nuación mi hora de
nacimiento. Yo respondo que la ignoro, pues mis padres ya han muerto. Ella
parece sumamente incó¬moda y se pone de nuevo a discutir en voz baja con la
médium, que murmura alguna cosa. Comprendo que dice que no es muy grave. A
renglón seguido, pone las manos sobre sus rodi¬llas y se queda sentada
tranquilamente, con los ojos cerrados. A su espalda, un palomo se posa sobre
las tejas del tejado y se pone a arrullar alborotando el plumón que lanza unos deste¬llos
violáceos en su cuello. Naturalmente, comprendo que se trata de un palomo en
plena parada nupcial. De repente la médium deja escapar un suspiro que espanta
al palomo.
Observo las tejas
del tejado portadoras de melancolía. Apre¬tadas cual escamas de pescado,
despiertan en mí recuerdos de infancia. Pienso en los días de lluvia, cuando
unas gotas de agua brillantes impregnaban las telarañas en un rincón de la
casa, temblando en medio del viento. Luego pienso que no sé por qué he venido a
este mundo; las tejas tienen como una fuerza de atracción que debilita y
paraliza. Tengo unas ligeras ganas de llorar, pero ya no sé llorar.
La médium suelta un
hipido. Sin duda, el alma de un espíri¬tu se une a su cuerpo. Ella no cesa de
hipar para expulsar el aire contenido en su estómago. Tanto es el que tiene que
ex¬pulsar, que las ganas de hipar se apoderan a su vez de mí. Pero no me atrevo
y me ahogo interiormente. Temo hacerle perder sus facultades y que se imagine
que he venido a crearle proble¬mas y a burlarme de ella. Soy realmente persona
de buena fe, aun cuando no crea en absoluto en esto. Los hipidos son cada vez
más frecuentes, su cuerpo es presa de las convulsiones, pero ella no parece
hacerlo expresamente. En mi opinión, sus convulsiones espontáneas son el efecto
de prácticas respirato¬rias. Su cuerpo entero se pone a temblar. De repente,
alza un dedo en el aire en dirección a mí, pero mantiene los ojos cerrados y me
apunta con el dedo índice. A mi espalda está el tabique de tablas, no puedo
retroceder, me limito a incorpo¬rarme y no me atrevo a mirar a mi amiga. Ella
siente sin duda mayor devoción que yo, si bien no ha hecho más que
acompa¬ñarme. El sillón de bejuco chirría sin cesar bajo los balanceos del
cuerpo de la mujer gruesa. Ella dice unas imprecaciones incomprensibles, algo
así como: «Reina Madre de Occidente, Señores del Cielo y de la Tierra, un pino
en la casa de los espí¬ritus ha hollado las ruedas terrestres y celestiales
mientras que los demonios y los monstruos han quebrantado todos los ta¬búes».
Habla cada vez más rápido. Ha de tener por fuerza un entrenamiento especial.
Estoy convencido de que ahora ya está preparada. La anciana se acerca a su oído
y me anuncia, con cara sombría:
—¡No le sonríe la
fortuna a usted, ándese con cuidado!
La médium sigue
murmurando, sus palabras se han vuelto totalmente ininteligibles.
—¡Dice que se ha
encontrado usted con la Estrella del Tigre Blanco! —me explica la anciana.
Sé que el Tigre
Blanco designa a la mujer extremadamente atractiva de la que es dificilísimo
escapar si uno cae en sus redes. En realidad, deseo ardientemente caer en sus
redes, pero también quiero saber si puedo escapar a mi infortunio.
—No —dice la
anciana sacudiendo la cabeza—, le va a cos¬tar mucho.
Es evidente que no
soy un hombre con suerte: nunca he sido, por otra parte, persona afortunada. Lo
que deseo no se realiza jamás, mientras que lo que temo se cumple siempre. En
el curso de mi vida, las catástrofes han sucedido a las catás¬trofes y nunca he
dejado de tener problemas con las mujeres, pero las amenazas que he sufrido no
han venido necesariamen¬te de ellas. En realidad, nunca he tenido un conflicto
muy serio con nadie, no sé a quién he podido causar daño y lo único que deseo
es que nadie me lo cause a mí.
—Atraviesa usted
actualmente por grandes dificultades —prosigue la anciana—, está rodeado de
hombrecitos.
Conozco
perfectamente a estos hombrecitos. En el Canon taoísta se les llama sanshi, los
«tres cadáveres», viven desnudos, habitan a menudo en los cuerpos de los
hombres, se esconden en su garganta y se alimentan de su saliva. Esperan a que
éstos estén dormidos para ascender a la corte celestial a fin de infor¬mar al
Señor del Cielo de los vicios en que han caído.
La anciana dice
también que un hombre malvado de ojos inyectados en sangre quiere castigarme y
que me costará mucho escapar de él, por más que haga votos y queme incien¬so.
La mujer gruesa se
desliza del sillón al suelo, rueda sobre el piso. No es de extrañar que éste se
halle limpio; enseguida advierto que mis pensamientos son impuros y ella
reanuda sus imprecaciones contra mí. Me asegura que los tigres blancos que me
rodean son un total de por lo menos nueve.
—¿Me queda alguna
posibilidad de salvación? —digo yo mirándola.
Ella escupe una
espuma blancuzca, pone los ojos en blanco, con una expresión aterradora. Está
probablemente en trance, en un estado de histeria. La habitación no le brinda
sitio sufi¬ciente para rodar por el suelo y su cuerpo choca contra mis pies. Yo
los retiro instintivamente y me levanto, con los ojos clavados en ese cuerpo
grueso que se revuelca frenéticamente por el suelo.
Me invade el temor.
No sé si es el miedo a mi propio desti¬no o a sus imprecaciones. Me he gastado
dinero simplemente para burlarme de ella, por lo que he de ser castigado de una
u otra forma. A veces, las relaciones entre los seres humanos provocan realmente
pavor.
La médium no cesa
de murmurar y me vuelvo hacia la anciana para conocer el sentido de sus
palabras. Ella se limita a sacudir la cabeza sin más explicaciones. Veo
entonces a mis pies el cuerpo grueso, retorcido por las convulsiones, curvarse
ligeramente y luego acurrucarse lentamente bajo las patas del sillón de bejuco,
como una bestia malherida. De hecho, el hombre pertenece a esas especies de
animales que, una vez heridos, pueden volverse particularmente feroces. Lo que
le aterra es su propia locura, y, una vez enloquecido, se tortura a muerte,
esto es lo que yo creo.
Lanza un largo
suspiro sordo que remolinea en su garganta, un grito de bestia salvaje. Con los
ojos cerrados, se levanta a tientas. La anciana se acerca a ella a toda prisa
para sostenerla y ayudarla a sentarse en el sillón. Estoy convencido de que ha
tenido una verdadera crisis de histeria.
Su impresión no es
falsa. Dado que he venido en busca de una simple distracción, ella no puede
sino vengarse y maldecir mi destino. Pero la amiga que me acompaña está de lo
más inquieta y parlamenta con la anciana para organizar una nueva sesión a fin
de quemar incienso y hacer votos por mí. La ancia¬na le pregunta a la médium
que murmura algo, con los ojos en todo momento cerrados.
—Dice que una
sesión no sirve de nada.
—¿Hubiera tenido
que comprar más incienso? —inquiero yo.
Mi amiga pregunta
entonces a la anciana cuánto dinero ten¬dría que ofrecerle. Veinte yuanes,
responde ella. Mentalmen¬te, calculo que eso equivale a invitar a un amigo a un
restau¬rante. Acepto con tanta más razón cuando que es para mí sólo. La anciana
reanuda su discusión con la médium y responde:
—Aunque lo hiciera,
no resultaría.
—Entonces, ¿no
puedo escapar a mi fatídico destino?
La anciana
transmite una vez más la pregunta. La médium murmura y la anciana añade:
—Eso depende.
¿De qué depende?
¿De mi devoción?
El arrullo del
palomo se reanuda detrás del tragaluz. En mi opinión, ese palomo seguramente ha
saltado ya sobre la hem¬bra. Una vez más, no obtendré el perdón.
15
En la entrada de la
aldea, el follaje de un sebo de China negro tira ya al rojo oscuro, abrasado
por la escarcha. De pie bajo el árbol, apoyado en su azada, hay un hom¬bre de
semblante ceniciento, pálido como la muerte. Le preguntas cómo se llama esta aldea.
Él te dirige una mirada penetrante, sin responderte. Te vuelves hacia ella para
decirle que este individuo es un ladrón de tumbas. Ella no puede aguantarse la
risa y, una vez que le habéis dejado atrás, te susu¬rra al oído que debe de
haberse envenenado con mercurio. Dices que permaneció demasiado tiempo en la
fosa de una tumba que estaba saqueando y que su compinche murió. Él fue el
único superviviente.
Dices que su
bisabuelo hizo eso mismo durante toda su vida, y también el bisabuelo de su
bisabuelo. Cuando se tiene un antepasado que se ha dedicado a este tipo de
tráfico, resul¬ta difícil tener las manos limpias. Pero no es como fumar opio,
que termina uno por dilapidar su fortuna entera y por arrui¬nar a la propia
familia. Los ladrones de tumbas obtienen in¬mensas ganancias sin realizar la
menor inversión. Les basta con mostrarse resueltos a la hora de ponerse manos a
la obra. Cuando se ha hecho una vez, se dedican a ello generación tras
generación. Hablando así, provocas su alegría. Ella te coge de la mano, está
dispuesta a seguirte a cualquier parte.
Cuentas que en la
época del bisabuelo del bisabuelo del bisa¬buelo de este hombre, el emperador
Quianlong efectuó una ronda de inspección. ¿Quién, entre los funcionarios
locales, no habría deseado halagar al emperador? Cualquier medio era bueno para
escoger las más bellas mujeres del lugar y hacerse con los tesoros de las
pasadas dinastías. El padre de su bisabue¬lo no poseía más herencia que un poco
de árida tierra. En la buena temporada, se dedicaba a cultivar la tierra, pero
en la de poco trabajo, recorría las aldeas y los pueblos, palanca al hom¬bro,
vendiendo figuritas que fabricaba él mismo poniendo a cocer algunas libras de
azúcar mezcladas con toda clase de colores. ¿Acaso podía sacar realmente
grandes beneficios fabri¬cando silbatos para los niños y unos personajes como
el famoso cerdo que lleva a una chica sobre su lomo? El apodo de su ante¬pasado
era Li el Tercero. Se pasaba los días callejeando sin pen¬sar ni por asomo en
aprender a fabricar figuritas de azúcar, pero sí empezaba a pensar en cómo echarse
también él una chica a sus espaldas. Cuando veía a una mujer, entablaba
conversación con ella y todos los aldeanos le tildaban de golfo. Un buen día,
llegó a la aldea un curandero de picaduras de serpiente. Provis¬to de un tubo
de bambú, de un atizador y de un gancho metáli¬co, con un saco de arpillera a
la espalda lleno de serpientes, se introducía entre las tumbas. Li el Tercero
lo encontraba diver¬tido y había seguido sus pasos, convirtiéndose en su
acólito. El curandero le dio un remedio contra las picaduras de serpiente
semejante a una negra cagarruta, recomendándole que se la guardara en la boca.
Muy azucarada, esa cosa debía refrescarle la boca y aclararle la voz. Al cabo
de quince días pasados con él, Li el Tercero descubrió el engaño. Las serpientes
no eran más que un mero pretexto, saquear tumbas su verdadera actividad. Y como
el criador de serpientes tenía necesidad realmente de un ayudante, Li el
Tercero comenzó así su carrera.
De vuelta a la
aldea, Li iba tocado con un gorro acanalado de seda negra rematado en un botón
de jade. Era un sombrero de segunda mano obtenido a bajo precio en la casa de
empeños de Chen el Canijo, en una calle del pueblo de Wuyi, una calle antigua
que aún no había sido incendiada por los rebeldes Tai-ping. Tenía una magnífica
estampa, como decían los aldeanos, todo el aspecto de haber «hecho fortuna».
Algunos incluso habían franqueado el umbral de su casa para hacerle a su padre
propuestas de matrimonio para él. Finalmente, se casó con una joven viuda, sin
que se haya sabido nunca a ciencia cierta si fue ella la que trató primero de
seducirle o bien si fue él el que se interesó por ella. Sea como fuere, decía,
alzando el índice, que, él, Li el Tercero, había frecuentado La Casa de la
Alegre Pri¬mavera, con su linterna roja, en la calle baja del pueblo de Wuyi,
donde se gastó un lingote de reluciente plata. No podía expli¬car, por
supuesto, que dicha plata había sufrido durante mucho tiempo en la tumba el ataque
de la cal y del arsénico. Por suer¬te, la había frotado una y otra vez en el
empeine de sus zapatos.
Esta tumba se
encontraba sobre un montículo pedregoso, a dos lis de la colina del Fénix.
Después de un día de lluvia, su maestro descubrió un manantial que corría
derecho a un aguje¬ro. Cuanto más profundizaba él en este agujero con un
bastón, más ancho se volvía éste. Desde el comienzo de la tarde hasta la caída
del sol, estuvo excavando, hasta hacer un hoyo por el que pudiera pasar un
hombre y, por supuesto, no fue otro que él el primero en introducirse en dicho
hoyo. Reptó y reptó y de pronto, ¡me cago en la puta!, cayó medio desvanecido.
Acabó por encontrar, buscando a tientas en el barro, jarras y vasos que no dudó
en romper. Asimismo descubrió un espejo que extrajo de entre las tablas de un
ataúd podrido, blando cual restos de queso de soja. Dicho espejo era aún de un
negro brillante, sin el menor rastro de verdín; ¡era un espejo ideal para las
mucha¬chas! «¡A fe de Li el Tercero —decía él—, tachadme de hijo de perra si
miento!» Por desgracia, su amo se lo cogió y no le dejó más que una bolsa
repleta de plata. Escarmentado por la aven¬tura, se dio cuenta de que podía
volar con sus propias alas.
Te has dirigido
entonces al templo de los antepasados de la familia Li, en el centro de la
aldea. Sobre el dintel de la puerta restaurada, ha sido colocada de nuevo una
piedra dañada, que tiene grabados unos motivos de grullas, de ciervos, de pinos
y de prunus. Has empujado la gran puerta entreabierta. Al punto, una voz que
llegaba del fondo de los tiempos te pre¬gunta: «¿Qué hace usted aquí?». Dices
que has venido simple¬mente a echar un vistazo. Un anciano de pequeña estatura,
pero en absoluto raquítico, ha salido de una habitación resguardada por la
galería. Es evidente que guardar el templo de los antepasados es también una
tarea gloriosa.
«A los extraños no
les está permitido pasearse por aquí», manifiesta él rechazándote. Tú le dices
que te llamas también Li, que eres un descendiente de este clan, que has andado
errante por tierras lejanas durante mucho tiempo, y que vuel¬ves de visita a tu
tierra natal. Él enarca sus largas y canas cejas y te observa de la cabeza a
los pies. Le preguntas si sabe que mucho tiempo antes vivía en esta aldea un
ladrón de tumbas. Las arrugas de su rostro se vuelven más pronunciadas, como si
sufriera. Los recuerdos no están nunca, por regla general, exentos de
sufrimiento. Ignoras si él está buceando en sus recuerdos o si bien se esfuerza
por identificarte. En cualquier caso, te incomoda seguir mirando fijamente este
viejo rostro demudado. Él refunfuña durante un largo rato, sin atreverse a dar
crédito a las palabras de este descendiente que va calzado con zapatos de viaje
y no con zapatos de cáñamo. Termina por pronunciar una frase: «¿No has
muerto?». Pero no consigues saber quién es el muerto. De todas formas, debe de
ser un viejo, no un niño.
Cuando tú le dices
que los descendientes de la familia Li han hecho fortuna en el extranjero, él
se queda con la boca abierta, luego te deja pasar, haciendo una inclinación
para saludarte y conducirte delante del altar de los antepasados, igual que un
viejo intendente. Va calzado con unos zapatos negros y lleva en la mano una
llave. Se pone a hablar de la época en que este templo aún no había sido
transformado en escuela, y a renglón seguido cuenta cómo recuperó su antigua
función, pues la escuela se ha trasladado de sitio.
Te muestra una
tablilla horizontal de laca desconchada, parecida a una pieza arqueológica,
pero cuya inscripción en estilo regular «A la gloria de los antepasados» no se
halla en absoluto borrada. Bajo la tablilla hay un gancho de hierro que debía
de servir para colgar los registros de los antepasados. En tiempos normales no
se exponen, pues corresponde al viejo jefe de aldea conservarlos.
Tú le dices que era
un rollo vertical pegado sobre seda ama¬rilla. «Así es, así es», declara él.
Fue quemado en tiempos de la reforma agraria y del reparto de tierras, pero más
tarde fue reconstituido en secreto y conservado en el desván. En la época del
movimiento de «clarificación del origen de las clases», se arrancaron las
tablas del entarimado y fue descubierto, siendo quemado de nuevo. El que tienen
ahora fue reconstituido de memoria por los tres hermanos de la familia Li y
restaurado por el padre de Maowar, el instructor de estudios de la aldea.
Maowar tiene una hija de ocho años, pero le gustaría tener también un hijo.
«¿Es que ahora no hay control de natalidad?» «¡No sólo hay que pagar una multa
si se tiene un segundo hijo, sino que además no te conceden el permiso de
residencia!» Tú asientes y añades que te gustaría ver ese registro. «Seguro que
tú figuras en él, seguro —repite—, todas las personas que se llaman Li en esta
aldea figuran en él.» También dice que no hay más que tres nombres extranjeros,
hombres que se casaron con muchachas de la familia Li; si no, no habrían podido
que¬darse en la aldea. Pero las gentes que tienen un apellido extran¬jero serán
siempre personas ajenas a la familia y, por norma general, las mujeres no
tienen acceso a este registro.
Tú dices que lo
comprendes, que el gran emperador de los Tang, Li Shimin, se llamaba también Li
antes de convertirse en emperador, pero que los Li de esta aldea no han llegado
en ningún caso hasta el extremo de pretender que eran de la fami¬lia del emperador.
Sin embargo, son numerosos los antepasa¬dos que llegaron a generales o
ministros, pues no sólo hubo entre ellos ladrones de tumbas.
A la salida del
templo, te ves rodeado de niños que no sabes de dónde salen, cada vez más
numerosos. Te siguen por todas partes. Tú les dices que son como tábanos, pero
ellos conti¬núan siguiéndote mientras ríen tontamente. Cuando blandes tu
cámara, escapan entre gritos. Sólo uno de ellos se te planta delante, afirmando
que no hay ningún carrete en tu cámara, que tú mismo puedes comprobarlo. Es un
chiquillo inteligen¬te, esbelto, vivo como un gobio que conduce a su bandada.
—Eh, ¿qué hay aquí
de interesante que ver? —le preguntas.
—El gran escenario
del teatro.
—¿Qué escenario de
teatro es ése?
Se introducen
entonces corriendo por una callejuela. Tú les sigues. En la esquina de una
casa, en una piedra erigida en la entrada de la calle, hay grabados los
caracteres: Digno de una piedra del monte Taishan. Nunca podrás comprender el
sentido exacto de esta inscripción y en este momento nadie puede explicártelo
con claridad. De todas formas, es algo vinculado a tus recuerdos de infancia.
En esta pequeña calle vacía que sólo permite el paso de una persona llevando
unos cubos de agua en su palanca, oyes aún el seco taconeo de unos pies
descalzos sobre las losas de piedras verdes en las que se secan al sol unos
regueros de agua.
Sales de la calle y
desembocas en una zona de desecamiento cubierta de paja de arroz. Flota en el
aire el dulce y almibarado aroma de la paja recién cortada. Al final de la zona
de deseca¬miento se encuentra, efectivamente, un antiguo estrado de teatro enteramente
construido en madera. El estrado tiene la altura de un hombre. Hay allí
amontonadas unos haces de paja atados. La pandilla de monitos trepa a él
escalando una colum¬na y vuelve a caer sobre la zona de desecamiento, dando
volte¬retas sobre los haces de paja. En el escenario abierto a todos los
vientos, cuatro grandes pilares sostienen un amplio tejado de ángulos curvos.
Bajo el tejado, algunas vigas horizontales debían de servir en otro tiempo para
colgar las banderolas, las cuerdas de las linternas, así como las de los
números acrobáti¬cos. Las vigas horizontales y verticales han sido pintadas,
pero la laca está desconchada.
Aquí se han
representado comedias, se han cortado cabezas, se han realizado asambleas,
celebrado acontecimientos. Tam¬bién se han arrodillado y prosternado hombres,
y, en tiempo de recolección, se amontonaba aquí la paja y los niños trepaban
encima a cuál mejor. Entre los que trepaban y descendían de la paja otrora,
algunos han envejecido, otros han muertos y no se sabe ya de cierto quiénes se
encuentran en los registros familiares. ¿Coincide con el original la genealogía
reconstituida de memoria? No existe después de todo una gran diferencia entre
los que poseen registros y los que no. Si no se han marchado lejos, deben
cultivar todos la tierra para vivir y todo cuanto les queda son los hijos y la
paja.
Frente al estrado
del teatro, ha sido reconstruido un templo sobre las ruinas del antiguo,
pimpante con sus deslumbrantes colores. Sobre la puerta principal escarlata hay
pintados dos espíritus guardianes, el uno verde y el otro rojo, blandiendo el
sable y el hacha, con los ojos como cascabeles de cobre. En las paredes
enjalbegadas hay trazado a pincel: Templo Huaguang res¬taurado gracias a la
contribución de: Tal cien yuanes, Tal ciento veinte yuanes, Tal ciento
veinticinco yuanes, Tal cincuenta yuanes, Tal sesen¬ta yuanes, Tal doscientos
yuanes..., luego viene la firma y la dedica¬toria del calígrafo: Publicado por
los representantes de los jóvenes, de los menos jóvenes y de los viejos de
Lingyan.
Entras. En el
templo, al pie de la estatua del Emperador de la Claridad, una fila de
ancianas, todas vestidas con chaqueta y pantalón negros, todas desdentadas, se
arrodillan o se levantan por turno y se prosternan delante del altar quemando
incien¬so. El Emperador de la Claridad tiene un ancho rostro relu¬ciente y unas
mejillas mofletudas. Es la viva imagen de la feli¬cidad que las volutas del
humo del incienso vuelve más benevolente aún sí cabe. En la larga y estrecha
mesa colocada enfrente de él hay puestos unos pinceles y unos tinteros como en
la oficina de un funcionario civil. Delante de las mesas de ofrenda donde
reposan palmatorias y pebeteros, pende una tela roja con una inscripción
bordada con sedas multicolores: Proteger el país y ayudar al pueblo. Por encima
de las colgaduras y de los doseles, una tablilla horizontal ostenta una
inscripción en negro: Revelación divina, y en el borde, una serie de peque¬ños
caracteres: Donación de los letrados y de los habitantes de Lingyan, sin que se
sepa exactamente de cuándo data esta antigüe¬dad.
Reconoces que este
lugar se llama Lingyan, la Roca del Alma. Así pues, puede haber otros destinos
que llevan el nom¬bre de ling, el alma. No te has equivocado poniéndote en
camino hacia Lingshan, la Montaña del Alma. Preguntas a las ancianas que te
responden con sus desdentadas bocas emitien¬do unos silbidos. Ninguna te indica
claramente el camino hacia Lingyan.
—Está al lado de
esta aldea, ¿no?
—Sí, sí, así es...
—¿No está lejos de
la aldea?
—Sí, sí, así es...
—¿Hay que torcer,
no?
—Sí, sí, así es...
—¿Quedan todavía
dos lis?
—Así es, sí, sí...
—¿Cinco lis?
—Sí, sí, así es...
—¿Cinco lis o siete
lis?
—Sí, sí, sí…
¿Hay un puente de
piedra? ¿No hay ningún puente de pie¬dra? ¿Se va siguiendo el lecho del río? ¿O
bien por la carrete¬ra? ¿Lleva más tiempo por la carretera? Si lleva más
tiempo, ¿el camino resulta más fácil? Si resulta más fácil, ¿se encuentra
fácilmente? ¿Lo importante es la sinceridad? ¿Conduce la sin-ceridad a la
precisión? Y la precisión conduce a la Roca del Alma. Precisión o no, todo es
cuestión simplemente de suer¬te, ¿no es cierto acaso que los que tienen suerte
encuentran sin buscar? ¡Uno podría pasarse la vida buscándola sin encontrar¬la,
como toparse con ella por pura casualidad! ¿No es esta Roca del Alma más que un
fragmento de dura roca? Si no está bien hablar así, ¿cómo hay que hacerlo,
entonces? ¿Está mal hablar así o bien no se puede hacerlo? Eso depende
entera¬mente de ti, ella será como tú la veas, si piensas que es una mujer
hermosa, pues será una mujer hermosa, si en tu corazón alimentas malos
pensamientos, no verás más que un monstruo.
16
Al llegar a
Dalingyan, la Gran Roca del Alma, no había anochecido aún del todo. Había
estado caminando du¬rante todo el día por un sendero de montaña, siguiendo una
larga garganta, profunda, bordeada de escarpados y pardos acantilados, y sólo
en aquellos lugares que corre agua están cubiertos de verdes musgos. Al final
del barranco, los últi¬mos resplandores del sol poniente, rojos cual lenguas de
fuego, llameaban en la cresta de las montañas.
Al pie del
acantilado, detrás de un bosque de secoyas, bajo unos ginkgos milenarios, se
alza un templo transformado en centro de acogida para los viajeros. Más allá de
la gran puerta, el suelo está sembrado de hojas de ginkgo amarillo pálido.
Ninguna voz humana. Me dirijo derecho hacia el patio trase¬ro, a la izquierda
del edificio, donde encuentro por fin a un cocinero que está limpiando sus
perolas. Le ruego que me pre¬pare algo de comer, pero él me responde sin
siquiera levantar la cabeza que la hora de comer ya ha pasado.
—En general, ¿a qué
hora terminan de servir aquí la co¬mida?
—A las seis.
Le invito a
consultar su reloj. No son más que las seis menos veinte.
—No sirve de nada
discutir —dice él sin dejar de fregar sus perolas—. Vaya a ver al encargado. Yo
no preparo de comer sin la presentación del correspondiente ticket.
Recorro de nuevo
las galerías que serpentean a lo largo del gran edificio vacío, sin encontrar a
nadie. Finalmente, me decido a llamar:
—¡Eh! ¿Hay alguien
aquí de guardia?
Al cabo de
numerosas llamadas, me responde una voz en un tono arrastrado, resuena un ruido
de pasos y una sirvienta con una bata blanca aparece en el pasillo. Me cobra el
dinero por la habitación y la comida, así como la fianza por la llave. Me abre
una habitación y se aleja. La cena se compone nada más que de un plato de
sobras y una sopa de huevo fría, de la que no se eleva el menor vapor. Lamento
no haber ido a dormir a casa de ella.
Me la encontré por
el sendero de montaña, a la salida de Longtan, El Abismo del Dragón. Caminaba
tranquilamente delante de mí, vestida con un pantalón de tela floreada, con dos
grandes manojos de helechos cargados en su palanca. A las dos o tres de la tarde,
el sol de pleno otoño conservaba toda su fuerza. Tenía la espalda bañada en
sudor y su ropa se pegaba a cada una de sus vértebras. Mantenía la espalda muy
erguida, moviendo nada más que la cintura. Yo la seguí de cerca. Era evidente
que había oído mis pasos. Hizo girar su palanca, que estaba provista de una
punta de hierro, para dejarme pasar, pero los manojos de helechos seguían
impidiendo el paso por el angosto sendero.
—Descuide —digo
yo—, siga usted y no se preocupe por mí.
Más tarde, para
atravesar un arroyo, tuvo que bajar su palanca. Entonces pude ver los mechones
de su pelo pegotea¬dos por el sudor en sus mejillas, sus labios carnosos y su
rostro infantil, pese a tener ya desarrollado el pecho.
Le pregunté su
edad. Me dijo que tenía dieciséis años; sin embargo, no tenía en absoluto ese
aire de timidez que lucen las muchachas de montaña cuando se encuentran con un
des¬conocido. Le dije:
—¿No tiene miedo de
andar sola por este sendero? No hay nadie por aquí y tampoco ninguna aldea a la
vista.
Ella echó un
vistazo a su palanca en la que transportaba los manojos de helecho:
—Cuando se camina
sola por los senderos, basta con llevar un palo para espantar a los lobos.
Me dijo también que
no vivía lejos, justo en la hondonada de la montaña.
Le pregunté si iba
aún a la escuela.
Me dijo que había
hecho la enseñanza primaria, pero que ahora le tocaba a su hermano pequeño.
Yo inquirí:
—¿Por qué no la
deja seguir estudiando su padre?
Ella dijo que su
padre había muerto.
Le pregunté,
entonces, que quién quedaba de su familia.
Me respondió que
tenía aún a su madre.
Interrogué yo:
—Esta palanca debe
pesar más de cien libras, ¿no?
Ella dijo que
usaban el helecho para hacer fuego cuando ya no quedaba leña.
Me dejó pasar
delante. Una vez franqueada la cresta, divisé una solitaria casa de ladrillo,
emboscada en la ladera de la montaña.
—¡Mire! Esa casa
con un ciruelo delante es la mía.
El follaje del
árbol había caído casi por completo. Única¬mente algunas hojas de un rojo
anaranjado seguían temblando en las ramas de un color violeta brillante.
—Este ciruelo que
tenemos delante de casa es muy curioso. Ha florecido una vez en primavera,
luego ha vuelto a hacerlo en otoño y sus flores blancas como la nieve no han
caído hasta estos últimos días. Sin embargo, no ha sido como en primave¬ra, no
ha dado ni una sola ciruela.
Al pasar junto a su
casa, quiso que entrara a tomar té. Subí los escalones de piedra y me senté
sobre la muela, delante de la puerta. Ella llevó sus manojos de helechos detrás
de la casa.
Un instante más
tarde, volvió a salir con una tetera de gres y llenó un gran cuenco de borde
azul. La tetera debía de llevar bastante en el fuego del hogar, porque el agua
estaba aún hir¬viendo.
Apoyado contra la
cama de fibras de palmera en la habita¬ción del centro de acogida, siento frío.
La ventana está cerra¬da, pero en la planta superior, donde está mi habitación,
las paredes de tablas dejan pasar un aire helado. Al fin y al cabo, es una noche
de pleno otoño en un pequeño valle de montaña. Recuerdo aún cómo ella se sonrió
al servirme el té, viendo cómo me llevaba el cuenco con ambas manos a la boca.
Sus labios se entreabrieron. Su labio inferior era muy carnoso, como hinchado.
Seguía sin quitarse su chaquetilla corta impregnada de sudor. Le dije:
—Así va a coger
frío.
—Ustedes, la gente
de la ciudad, son distintos. Incluso en invierno, yo me lavo con agua fría
—dijo ella—. ¿No quiere quedarse a dormir aquí?
Viendo mi cara de
sorpresa, añadió enseguida:
—En verano, cuando
los viajeros son muy numerosos, nosotros alojamos a algunos.
Y entré en la casa,
guiado por su mirada. Las paredes de tablas estaban medio recubiertas de
ilustraciones a todo color que contaban la historia de Fan Lihua. Yo había oído
hablar de esta historia en mi infancia, pero la tenía olvidada.
—¿Le gusta leer
novelas? —le pregunté pensando en las novelas tradicionales que hacían
referencia a esas imágenes.
—Prefiero el teatro
cantado.
Comprendí que se
refería a los programas radiofónicos de óperas.
—¿Quiere lavarse
usted la cara? ¿Le traigo una cubeta con agua caliente? —me preguntó.
Dije que no valía
la pena, que podía ir a la cocina. Me con¬dujo al punto allí y cogió una cubeta
que, con gesto resuelto, enjuagó con agua de la jarra. La llenó de agua
caliente, me la presentó y dijo mientras me miraba:
—Vaya a ver las
habitaciones, está todo reluciente.
Yo no podía
resistir su húmeda mirada. Había decidido ya quedarme.
—¿Quién es?
Una voz queda de
mujer se elevó detrás del tabique de tablas.
—Mamá, es un
huésped —exclamó ella antes de dirigirse a mí—. Está enferma, sabe, lleva en
cama desde hace un año.
Yo cogí la toalla
caliente que ella me alargaba y entré en la habitación. Las oí murmurar. Me
lavé la cara y recobré los áni¬mos. Recogí mi mochila y fui a sentarme sobre la
muela del patio. Al salir ella, le pregunté:
—¿Cuánto le debo
por el agua?
—Nada.
Saqué de mi
bolsillo un poco de dinero suelto que le puse en la mano. Ella me miró
frunciendo el ceño. Descendí por el sendero y no me volví hasta encontrarme un
poco más lejos.
Ella seguía delante
de la muela, con el dinero apretado en la mano.
Necesito encontrar
a alguien con quien desahogarme. Des¬ciendo de mi cama y me pongo a andar por
la habitación. También al lado el piso cruje. Llamo al tabique:
—¿Hay alguien?
—¿Quién es?
—pregunta una voz grave masculina.
—¿Ha venido también
usted a pasear por la montaña?
—No, he venido por
trabajo —responde la voz tras un momento de vacilación.
—¿Le molesto?
—En absoluto.
Salgo para llamar a
su puerta. Cuando él abre, descubro varias telas al óleo y unos bocetos
colocados sobre la mesa y el antepecho de la ventana. No debe de haberse
arreglado la barba y el pelo desde hace tiempo. Es probablemente algo
deliberado. Digo:
—¡Qué frío hace!
—Con un poco de
aguardiente se pasaría mejor, pero no hay nadie en la tienda.
Maldigo:
—¡Qué jodido lugar
perdido éste!
—¡Pero qué
sensualidad la de las muchachas de aquí! —replica él mostrando un boceto de una
muchacha de labios carnosos.
—¿Se refiere usted
a sus labios?
—Una lascivia sin
perversidad.
—¿Cree usted en la
lascivia sin perversidad?
—Todas las mujeres
son lascivas, pero siempre le dan a uno una impresión de belleza y el arte
tiene necesidad de eso —dice.
—Pero ¿no cree
usted que existe una belleza libre de per¬versidad?
—¡Eso sería
engañarse a uno mismo! —dice él sin ambages.
—¿No le apetecería
salir a dar una vuelta, a ver un poco la montaña de noche?
—Por supuesto, por
supuesto —dice él—. Pero fuera ya no se ve nada, he ido ya a dar una vuelta.
Él contemplaba los
labios carnosos.
Salgo al patio. Los
inmensos ginkgos que se elevan desde el arroyo ocultan los faroles cuya luz da
a las hojas un color lívi¬do. Me vuelvo: la montaña y el cielo se difuminan en
la bruma oscura de la noche en la que brillan débilmente los faroles. Únicamente
se destaca el voladizo del edificio. Sumergido en esta luz extraña, la cabeza
me da vueltas.
La puerta principal
está ya cerrada. A tientas, descorro el cerrojo. Una vez cruzado el umbral,
penetro en las tinieblas. A mi izquierda, oigo el murmullo de una fuente.
Al cabo de algunos
pasos, me vuelvo. Al pie del acantilado, los faroles desaparecen y la bruma de
un gris azulado envuelve las cimas de las montañas. Del fondo del barranco, un
grillo lanza su estridor vacilante. El canto de la fuente se eleva a mer¬ced del
viento que se abisma en el oscuro arroyo.
Una húmeda bruma
invade el barranco y, en la lejanía, las siluetas de los gruesos ginkgos
iluminados por los faroles se funden en la niebla. La sombra de la montaña se
perfila poco a poco. Desciendo por la garganta de los acantilados escarpa¬dos.
Detrás de la masa negruzca de la montaña flota una tenue luz, pero estoy
rodeado de una densa oscuridad que me en¬vuelve paulatinamente.
Miro hacia arriba:
una gigantesca forma negra se alza en los cielos; mira hacia abajo y me siento
aterrorizado. En su cen¬tro, la cabeza de un águila inmensa, con las alas
replegadas, como si fuera a emprender el vuelo. Bajo las garras monstruo¬sas de
este feroz espíritu de la montaña, contengo el aliento.
Más lejos aún, en
el bosque de secoyas que se alzan a una altura vertiginosa, la oscuridad es
total, tan densa que forma un espeso muro contra el cual se corre el peligro de
golpearse con sólo avanzar un paso más. De repente, me vuelvo brusca¬mente.
Detrás de mí, a través de la sombra de los árboles, penetra la minúscula luz de
un farol, indistinta, como una par¬cela de conciencia poco clara, un recuerdo
lejano difícil de recuperar. Es como si observara el lugar de donde vengo,
desde un lugar indeterminado, sin que existiera camino; esta conciencia que no
ha desaparecido todavía no hace sino flotar delante de mis ojos.
Levanto la mano
para cerciorarme de que existo, pero no veo nada. Enciendo mi mechero y
distingo mi brazo alzado, como si enarbolara una antorcha. Pero la llama se
apaga ense¬guida, a pesar de la ausencia de viento. La oscuridad que me rodea
se vuelve más densa aún, sin límite alguno. Incluso el estridor continuo del
grillo ha enmudecido. Mis oídos están invadidos de oscuridad, una oscuridad
primordial. Si el hom¬bre ha adorado instintivamente el fuego no ha sido más
que para vencer el miedo interior que sentía a las tinieblas.
Vuelvo a encender
mi mechero. Su débil y trémulo resplan¬dor se ve enseguida aniquilado por un
viento siniestro, invisi¬ble. En esta oscuridad salvaje se apodera poco a poco
de mí el terror, me hace perder confianza en mí mismo y la capacidad de
orientación. Temo, si sigo todo derecho, caer en el abismo. Dubitativo, doy
algunos pasos. En el bosque, una fila de débi¬les luces, como una empalizada,
parpadea en dirección hacia mí y luego se apaga. Me doy cuenta de que estoy en
medio de los árboles, fuera del sendero que debería estar a mi derecha. A
tientas, trato de corregir mi dirección; he de volver a locali¬zar ante todo la
oscura roca del águila, escarpada y negruzca.
En la bruma rasante
y brumosa como una humareda, en forma de cinta caída al suelo, resplandecen por
momentos algunas luces. Termino por regresar bajo la roca del águila cuyo negro
color me resulta oprimente. Descubro de súbito, entre sus dos alas desplegadas,
un pecho grisáceo, con forma de anciana, con un gran manto echado sobre los
hombros. Ella no tiene nada de benévola, con un aspecto más bien de tarasca. La
cabeza gacha, un cuerpo enjuto. Bajo el manto, una mujer desnuda arrodillada.
En su espalda, la marca de las vértebras resulta apenas visible. Con el rostro
vuelto hacia este ser demoníaco, parece suplicar, las manos juntas, los codos
muy separados del busto, desvelando su talle desnudo. Su rostro permanece
indistinto, pero el contorno de su mejilla es gra¬cioso y seductor.
Su larga mata de
pelo cae sobre sus hombros y brazos, real¬zando su talle. Está arrodillada
sobre sus talones, con la cabeza baja, es una muchacha. Aterrorizada, parece
rezar, implorar. A veces, cambia de forma, pero al punto recobra su apariencia
de joven, una mujer implorante, con las manos juntas. Basta con volverse para
que ella se trueque de nuevo en una mucha¬cha de líneas más bellas aún. La
curva de su seno izquierdo aparece un instante, inaccesible.
Pasada la puerta
del templo, la oscuridad se difumina por completo. Vuelvo a encontrar las luces
macilentas de los faro¬les. Las últimas hojas de los ginkgos que se elevan
desde el arroyo se han fundido con la noche. Únicamente las galerías y los
voladizos iluminados son perfectamente reales.
17
Cuando llegas al
extremo de la aldea, una mujer entrada en años, con un delantal atado encima
del vestido, está acuclillada en la orilla del río que corre delante de su
puerta. Cuchillo en mano, limpia unos pescados apenas más largos que un dedo.
Arde allí una tea de pino cuya danza¬rina luz se refleja en la hoja del
cuchillo. Más lejos aún, la montaña, perdida en la sombra. Algunas nubes
cárdenas se arrastran por las cumbres. Ni un ser humano. Vuelves sobre tus
pasos. La tea de pino te atrae, sin duda. Te diriges hacia la anciana para
preguntarle si puedes hospedarte en su casa.
—Las gentes vienen
a menudo a descansar en mi casa.
Ella ha comprendido
tus intenciones. Deja su cuchillo, se seca las manos en el delantal, te echa
una mirada y te guía sin decir una palabra. Entra en la casa y enciende una
lámpara de petróleo. Tú la sigues. El entarimado cruje bajo nuestros pasos. En
la planta superior, flota un olor inequívoco a paja de arroz recién cortada.
—Todas las
habitaciones de la planta superior están libres. Voy a buscar una manta. Por la
noche hace frío en nuestras montañas.
La anciana deja la
lámpara de petróleo en el antepecho de la ventana y baja otra vez.
Dice que no quiere
pasar la noche abajo, que tiene miedo. Tampoco quiere dormir en la misma
habitación que tú, tam¬bién esto le da miedo. Tú le dejas la lámpara, acomodas
con el pie la paja de arroz sobre el suelo y te vas a la habitación de al lado.
Dices que no tienes ganas de dormir en una cama de tablas, que prefieres
echarte sobre la paja. Ella dice que dormi¬rá con la cabeza orientada hacia la
tuya, que podréis hablar a través del tabique. Las tablas no llegan hasta el
techo. El círcu¬lo de su lámpara ilumina el techo.
—Es algo original
—dices tú.
La anciana trae las
mantas. Quiere también agua y vuelve con un pequeño cubo de agua caliente.
Luego la oyes echar
el cerrojo a la puerta de su habitación.
Con el torso
desnudo, una toalla sobre los hombros, bajas. Ninguna luz. La única lámpara de
petróleo de la casa se ha quedado en la habitación de la planta superior. La
dueña de la casa está delante del horno de la cocina. Su rostro inexpresivo es
débilmente iluminado por las llamas. Las ramas crepitan y sube un olor a arroz
cocido.
Coges un cubo y
bajas hacia el arroyo. En las cumbres, las últimas nubes cárdenas han
desaparecido, por todas partes reina la oscuridad crepuscular. Unos destellos
de luz centellean sobre las rizadas aguas cristalinas. Aparecen unas estrellas
en el cielo, las ranas croan por doquier.
Enfrente, unas
risas de niños taladran la profunda sombra de la montaña. Más allá del río se
extienden unos arrozales, una era se destaca en la oscuridad. Los niños están
jugando en ella tal vez a la gallina ciega. Una franja oscura la separa de los
arrozales. Resuena la risa de una muchacha. Seguramente es ella. En la penumbra
que tienes enfrente, tu olvidada juventud recobra vida. Un día, uno de estos
niños se acordará también de su infancia. Un día, la voz penetrante de estos
diablillos se volverá más bronca, más gutural, más grave. Esos dos pies
des¬nudos que golpean las losas de la era dejando húmedas huellas les sacarán
de la infancia y le abrirán el vasto mundo. Y oyes entonces el taconeo de los
pies descalzos sobre las losas. En la orilla un niño juega a los barcos con el
bastidor de su abuela. Ella le llama a gritos, él se vuelve y sale corriendo a
escape. El sonido de los pies descalzos sobre las losas es cristalino. Y
entonces vuelves a ver su silueta con su trenza negra como el azabache en una
callejuela. En las callejuelas del pueblo de Wuyi, el viento invernal es
glacial. Ella lleva al hombro una palanca cargada con agua y camina pasito a
paso por las losas de piedra. Los cubos pesan sobre sus endebles hombros de
adolescente. Le duelen los riñones. A tu llamada, se detiene. El agua se agita
en los cubos y se derrama una poca sobre las losas de piedra. Ella vuelve la
cabeza y ríe mientras te mira. Luego prosigue su camino con sus menudos
pasitos. Lleva unos zapatos de tela violeta. En la oscuridad, los niños lanzan
gritos muy claros, pero no captas su sentido. Diríase un eco incesante...
yaya...
En un instante, han
resurgido tus recuerdos de infancia. Rugiendo, los aviones descienden en
picado. Raudas como el rayo, sus negras alas rozan tu cabeza. Te acurrucas
contra el pecho de tu madre bajo un pequeño azufaifo silvestre cuyas espinas
han desgarrado su chaqueta de algodón, dejando al descubierto sus torneados
brazos. Luego tu nodriza te toma en sus brazos, te gusta acaramelarte contra
ella. Balanceando sus grandes pechos, ella te añade un poco de sal en un
oloroso pedazo de pan de harina de arroz amarillo oscuro, tostado al amor de la
lumbre; te gusta refugiarte en su cocina. En la oscu¬ridad, relampaguean los
dos pares de ojos de un rojo vivo del par de conejos blancos que crías. Uno de
ellos ha muerto en su jaula, mordido por una comadreja, y el otro ha
desaparecido. Más tarde, lo encuentras, con el pelaje mojado, flotando en la
taza del retrete. Detrás de la casa, en el patio, crece un árbol entre los
ladrillos rotos y los trozos de tejas cubiertas de musgo. Tu mirada nunca ha
pasado de la horcadura de las ramas, al nivel de lo alto de la tapia. Si se
extendiera más allá, ignoras lo que descubrirías. Únicamente puedes ponerte de
puntillas para alzarte a la altura de un agujero que hay en el tronco del
árbol. Has tirado unas cuantas piedras allí. Dicen que los árboles pueden
trocarse en espíritus, unos espíritus como las personas: ellos temen las
cosquillas. Si hundes un bastón en este agujero, el árbol rompe a reír, como
cuando tú la cosquilleas a ella bajo las axilas; entonces aprieta los brazos y
ríe hasta quedarse sin aliento. También recuerdas que le falta¬ba un diente.
«¡Ella ha perdido un diente! ¡Ella ha perdido un diente! ¡Y la llaman Yaya!»
Tan pronto como gritabas eso, ella se ponía furiosa. Se alejaba dándote la
espalda. La tierra se levantó como una negra humareda y recubrió las cabezas,
los cuerpos, los rostros. Tu madre se puso en pie y te limpió el polvo, no te
había pasado nada. Pero oíste un largo aullido estridente lanzado por otra
mujer, como inhumano. Luego fuis¬te zarandeado sin fin por los caminos de
montaña, sentado den¬tro de un camión entoldado, apretado entre las piernas de
las personas mayores, en medio de las maletas y de los baúles mundo. Las gotas
de lluvia corrían por tu nariz. ¡Coño! ¡Bajad todos para empujar! Las ruedas
del camión patinaban en el barro y salpicaban a los hombres. ¡Coño!, imitas los
juramentos del conductor, es tu primer taco. ¡Maldices el barro que te ha hecho
que se te saliera el zapato! Ya ya... los gritos de los niños resuenan aún en
la era. Ríen y gritan persiguiéndose. Ya no hay infancia, frente a ti sólo
queda la negra sombra de la montaña...
Cuando regresas
delante de su puerta, le suplicas que la abra. Ella te dice que no hagas
tonterías, ahora está bien. Necesita tranquilidad, no siente deseo, necesita
tiempo, nece¬sita olvidar, necesita comprensión y no amor, sólo quiere
encontrar a alguien con quien desahogar su corazón. Ella espera que no vayas a
estropear vuestra relación, acaba de brindarte su confianza, dice que quiere
continuar viajando contigo, entrar en la Montaña del Alma, va a pasar tiempo
contigo. Pero no ahora. Te ruega que la perdones, ella no quiere, no puede.
Tú dices que no
quieres nada, que simplemente has obser¬vado por la rendija del tabique una
lucecita al lado. Por tanto no estáis solos, otra persona habita en la planta
superior. Le dices que venga a ver.
—¡No! No me vengas
con cuentos, no me metas miedo.
Tú dices que
distingues claramente una luz que brilla a tra¬vés de la rendija del tabique,
puedes asegurar que hay otra habitación al otro lado. Sales de tu habitación,
la paja extendi¬da sobre el piso molesta tus pasos. Levantando el brazo,
pue¬des tocar desde el interior las tejas del techo. Para avanzar más lejos,
habría que asomarse al exterior.
Tú dices buscando a
tientas:
—Hay una pequeña
puerta.
—¿Qué ves?
—pregunta ella desde su habitación.
—Nada en absoluto.
No hay ninguna rendija en la puerta. ¡Oh!, tiene el cerrojo echado.
—-Es espantoso.
La oyes hablar
detrás del tabique.
Vuelves a tu
habitación. Encuentras una gran cesta de bambú, la pones bocabajo encima del
montón de paja. Te subes encima sosteniéndote en la viga horizontal.
—Vamos, dime, ¿qué
has visto? —Ella insiste, en la habita¬ción de al lado.
—He visto una
lámpara de aceite, una mecha que arde en su interior, está puesta en una
hornacina abierta en la pared. Una tablilla de los antepasados se alza al
fondo. La dueña de estos lugares es sin duda una bruja que invoca los espíritus
de los muertos y apresa las almas de los humanos. Ella debe de hipnotizar a los
vivos para que los fantasmas posean sus cuer¬pos y hablen por sus bocas.
—¡Cállate! —suplica
ella. Y oyes deslizarse su cuerpo apo¬yado contra el tabique.
Tú dices que esta
mujer, cuando era joven, probablemente no tenía nada de bruja. Era, como todas
las mujeres de su edad, perfectamente normal. A los veinte años, justo a la
edad en que tenía necesidad de un gran amor, su marido murió.
Ella pregunta en
voz baja: ¿Y cómo murió?
Tú dices que él fue
de noche, con un primo suyo, a robar unos alcanforeros al bosque de una aldea
vecina. Justo en el momento en que iba a caer un árbol, su pie quedó enganchado
en una raíz. Al oír crujir el árbol, para escapar, erró de direc¬ción y se decantó
del lado hacia el cual iba a caerse el tronco. Antes de que hubiera podido
gritar, quedó hecho papilla.
—¿Me estás
escuchando? —preguntas tú.
—Te escucho —dice
ella.
Tú dices que el
primo de su marido tuvo tanto miedo que salió pitando sin atreverse a anunciar
su muerte. Luego la joven encontró en la montaña a un carbonero que había
colga¬do de la punta de su palanca un zapato de cáñamo y le rogaba a la gente
con la que se encontraba en su camino que fueran a reconocer el cadáver. Ella
misma le hizo esos zapatos borda¬dos de hilo rojo en la parte superior y en el
talón. ¿Cómo no reconocerlos? En ese momento, se desvaneció, golpeándose la
nuca contra el suelo. Echó una espuma blanca por la boca y rodó por tierra
gritando: «¡Demonios y aparecidos, hacedles venir! ¡Hacedles venir a todos!».
—También yo tengo
ganas de gritar —te dice ella.
—Pues bien,
entonces grita.
—Imposible.
Su voz ronca
resulta penosa. La llamas de nuevo, pero se sigue negando a través del tabique.
Sin embargo, quiere que sigas contando.
—¿Contar el qué?
—Háblame de ella,
háblame de esa loca.
Explicas que las
mujeres de la aldea no conseguían domi¬narla, que fue necesario que varios
hombres se abalanzaran sobre su cuerpo y le sostuvieran los brazos para poder
atarla. A partir de ese día se volvió loca y predijo las catástrofes y los
cambios que habían de abatirse sobre la aldea. Anunció, por ejemplo, que la
madre de Ximao enviudaría, y así fue.
—También a mí me
gustaría vengarme.
—¿Vengarte de
quién? ¿De tu amigo? ¿O bien de la chica que tenía relaciones con él? ¿Quieres
que la rechace después de haberse divertido con ella? ¿Como hizo contigo?
—Decía que me
amaba. No hizo más que juguetear un poco con ella.
—¿Es joven? ¿Más
bonita que tú?
—¡Tiene la cara
llena de pecas y una gran boca!
—¿Es más seductora
que tú?
—¡Él dijo que ella
iba detrás de los hombres, que no se negaba a hacer nada, quería que yo hiciera
lo mismo que ella!
—¿Hacer qué como
ella?
—¡No me preguntes
eso!
—¿Sabías, así pues,
todo lo que hacían ellos juntos?
—Sí.
—¿Y ella sabía lo
que hacíais vosotros dos?
—¡Oh, no hables más
de eso!
—¿Entonces de qué
quieres que hablemos? ¿De esa mujer de la camelia?
—¡Me gustaría
realmente vengarme!
—¿Como esa bruja?
—¿Qué hizo ella?
—Las mujeres temían
sus maldiciones, pero todos los hom¬bres venían a charlar con ella. Ella les
atraía para luego recha¬zarlos. Se empolvaba a continuación en exceso,
instalaba un altar para entregarse a todo tipo de gesticulaciones aterradoras a
fin de implorar a los dioses y a los demonios.
—¿Y por qué hacía
eso?
—Es preciso saber
que fue prometida a la edad de seis años a un niño que ni siquiera había nacido
todavía. A los doce, vivía con la familia de su futuro esposo, cuando este
último no era aún más que un mocoso. Y un día, en este mismo piso, sobre este
montón de paja, su suegro abusó de ella. Acababa de cumplir catorce años.
Luego, cada vez que estaba sola en casa con él, se ponía a temblar. Más tarde
también tuvo que acunar a su maridito que no dejaba de morderle cruelmente el
pecho. Tenía que aguantarlo quieras que no, hasta que su marido pudiera llevar
la palanca, cortar madera y empujar la carreta. Finalmente, cuando él fue ya
mayor, y estaba en edad de merecer, murió aplastado. Sus suegros eran ya
viejos, el tra¬bajo de los campos y de la casa recaía completamente sobre sus
espaldas. Ellos no se atrevían a vigilarla ya de muy cerca, temiendo que les
abandonara para volver a casarse. En la actualidad, los dos están muertos. Y
ella está realmente conven¬cida de que se comunica con los espíritus, que puede
dispensar a su antojo la felicidad y la desgracia por medio de sus
impre¬caciones. Naturalmente, cobra a los que vienen a quemar incienso. Lo más
extraordinario es que ahora es capaz, por medio de la magia, de hacer perder el
conocimiento en el acto a una chiquilla de diez años y de hacer hablar por su
boca, con su voz original, a su abuela muerta hace mucho tiempo, a la que la
chiquilla nunca conoció. Y ni que decir tiene, por supuesto, que esto pone la
piel de gallina a su clientela. —Ven —me suplica—, tengo miedo.
18
Cuando llego a la
orilla del lago Cao, en las fuentes del Wujiang, el Río Negro, el tiempo es
desapacible y frío. A orillas del lago hay un pequeño edificio de reciente
construcción. Es el centro de gestión de la reserva natu¬ral que ha sido
abierto recientemente. Se alza completamente solitario en medio de esta inmensa
extensión de lodo, encara¬mado sobre los altos cimientos hechos a base de
piedras apila¬das. Se llega hasta allí por un sendero fangoso y de tierra
blan¬da; el lago se ha retirado muy lejos, pero a lo largo de la antigua ribera
crecen todavía aquí y allá unas pocas hierbas acuáticas. Subiendo por la
escalera lateral de la casa, se llega a unas habitaciones perfectamente
iluminadas gracias a sus ven¬tanales. Ejemplares de pájaros, de peces y
reptiles se hacinan allí.
El responsable del
centro de gestión es un tipo alto, de ancho rostro. Enchufa un hornillo
eléctrico para preparar té en una gran tetera esmaltada. Me hace seña de que me
acer¬que al fuego para tomarlo al amor de la lumbre.
Dice que diez años
antes, en torno al lago, a varios cientos de kilómetros a la redonda, las
montañas estaban aún cubiertas de árboles. Veinte años antes, un espeso y
sombrío bosque se extendía hasta la orilla y a menudo podían verse tigres. En
la actuali¬dad, incluso los matorrales han desaparecido de estas montañas y
colinas. El bosque ha servido para poder cocinar y sobre todo para calentarse.
Estos diez últimos años, la primavera y el invier¬no han sido particularmente
fríos, las heladas precoces y la sequía en primavera muy extrema. Durante la
Revolución Cultural, el nuevo comité revolucionario quiso introducir
innovaciones cana¬lizando el agua para transformar el lago en arrozales. Se
movilizó a cien mil trabajadores para abrir con explosivos decenas de cana¬les
de drenaje y transformarlo en tierras de cultivo. Pero el dese-camiento del
lago con sus sedimentos de varios millones de años de antigüedad no fue tarea
fácil. Ese año se levantó un tornado sobre las aguas, y los campesinos
afirmaron que el dragón negro del lago Cao se había sentido molestado y había
huido. Las aguas se redujeron a un tercio y las inmediaciones se convirtieron
en terrenos pantanosos. No se consigue desecar estas tierras ni tam¬poco
devolverles su aspecto original.
En la ventana hay
instalado un catalejo de largo alcance. En el objetivo, la extensión de agua
que dista varios kilómetros se transforma en una inmensa y deslumbrante
superficie blanca. Se distingue a simple vista un puntito oscuro. Es una barca
con las siluetas de dos hombres en la proa, cuyos rostros no acaban de verse
bien del todo. En la popa, un hombre se agita, como si estuviera echando las
redes.
—Con semejante
superficie, una vigilancia exhaustiva re¬sulta imposible. Cuando se llega hasta
allí, hace ya rato que han salido volando —dice.
—¿Abundan los peces
en este lago?
—Normalmente se
cogen cientos o incluso miles de libras de peces. El problema es que se emplean
explosivos. Los hom¬bres son codiciosos, no hay nada que hacer.
Y sacude la cabeza,
pues es él quien tiene la responsabilidad del centro de gestión de la zona de
protección natural.
Me dice que al
comienzo de los años cincuenta, una perso¬na en posesión del doctorado vino
voluntariamente aquí a su regreso del extranjero. Era natural de Shanghai y fue
a peti¬ción suya que se instaló en este lugar, lleno de entusiasmo, a la cabeza
de un equipo de cuatro estudiantes licenciados en bio¬logía y en acuacultura
para fundar una central de cría de ani¬males salvajes. Había conseguido criar
castores, zorros platea¬dos, ocas de cabeza manchada, así como numerosas aves
acuáticas y peces. Pero no tardó, sin embargo, en entrar en conflicto con los
cazadores furtivos. Un día que pasaba por un campo de maíz, un campesino
emboscado le molió a palos ata¬cándole por la espalda y le pasó alrededor del
cuello una cesta de maíz recién cogido para que fuera acusado de robo. El
cam¬pesino le golpeó hasta hacerle escupir sangre. Ninguno de los mandos del
distrito quiso salir en defensa de un intelectual y él se murió de pena. La
central de cría desapareció por sí sola y los castores fueron repartidos entre
los diferentes organismos del distrito para que se los comieran.
—¿Tenía familia?
—Nadie comentó nada
al respecto. Los estudiantes que le habían acompañado encontraron un puesto en
la universidad, en Chongqing o Guiyarig.
—¿Y nadie vino a
preguntar nada al respecto?
Dice que sólo con
ocasión de la clasificación de los infor¬mes relacionados con los viejos
asuntos del distrito fueron des¬cubiertos una decena de sus cuadernos de notas
donde figuraba numerosa información sobre el entorno de este lago. Sus
observaciones eran detalladas y escribía con gracia. Si me inte¬resa, puede
mostrármelos.
Sube un ruido,
procedente de no sé dónde, como la fuerte tos de un anciano.
—¿Qué es ese ruido?
—Es una grulla
—dice.
Me hace bajar a la
planta inferior. En la sala de cría cerrada con una reja metálica hay una
grulla de cuello negro y cabeza roja, de más de un metro de alto, y varias
grullas grises que, intermitentemente, lanzan gritos. Me dice que la grulla de
cue¬llo negro estaba herida en una pata y que la capturaron para alimentarla,
mientras que las grullas grises nacidas este año han sido capturadas en el nido
antes de que supieran volar. En otro tiempo, en otoño, las grullas venían a
invernar aquí. Por todas partes se las veía en los cañaverales a orillas del
lago, pero luego casi desaparecieron por completo debido a la caza. Tras la
fun¬dación de la zona natural, hace de eso dos años, una sesentena de ellas
regresaron y, el año pasado, más de trescientas grullas de cuello negro. Las
más numerosas siguen siendo las grullas grises, pero no se ha vuelto a ver
todavía grullas de cabeza roja.
Le pregunto si
puedo ir a la orilla del lago. Él dice que mañana, si hace sol, hinchará la
lancha neumática y me acom¬pañará a dar una vuelta. Hoy el viento sopla
demasiado fuerte y hace demasiado frío.
Me despido de él y
voy a pasear en dirección al lago.
Siguiendo un
pequeño sendero en la falda de la montaña, llego a una aldehuela habitada por
siete u ocho familias. Las vigas y los pilares de las casas están todos hechos
de piedra. Unos árboles aún jóvenes están plantados delante de las casas y en
los patios. Hace algunas décadas, un profundo bosque negro debía de bordear aún
esta aldehuela.
Desciendo hasta el
lago, tomando por los blandos y lodosos terraplenes entre los campos. Debe
sentir uno frío andando por aquí descalzo. A cada paso mío, la capa de barro se
espesa bajo mis zapatos. Delante de mí, al final del campo, una barca, y un
muchacho. Éste lleva un cubo y una caña de pesca. Tengo ganas de acercarme, de
empujar la embarcación dentro del agua. Le pregunto:
—¿Se puede meter
esta barca en el agua?
Va descalzo, con
los pantalones arremangados por encima de las rodillas. Debe de tener trece o
catorce años. Su mirada se pierde detrás de mí, a lo lejos. Al volver la
cabeza, diviso una silueta que le llama desde la orilla de delante del pueblo.
Desde muy lejos, la silueta parece llevar una chaqueta de vivos colores, se
trata sin duda de una chiquilla. Doy un paso en dirección al chico. Mis zapatos
se han hundido completamente en el barro.
—¡Ay... ya, ya...
yo...!
No he captado
claramente el sentido de estos gritos lejanos, pero la voz es clara y
agradable. Está llamando ciertamente al chico. Con la caña de pesca al hombro,
él se aleja pasando por mi lado.
Avanzo cada vez con
mayor dificultad, pero dado que estoy muy cerca del lago, quiero ir a echar un
vistazo. La barca está a lo sumo a diez pasos de mí. Para alcanzarla, no tengo
más que atravesar el lugar donde estaba el muchacho hace un instante, un lugar
aparentemente más firme. En la proa de la barca se alza una pértiga de bambú.
Ya he localizado en los cañaverales unos pájaros que vuelan a ras de agua. Tal
vez sean unos patos salvajes. Seguro que no cesan de chillar, pero, como el
viento sopla de la orilla, no los oigo aunque están muy cerca de mí, mientras
que distingo a lo lejos las llamadas de los dos niños.
Me digo que no
tengo más que empujar la barca fuera de los cañaverales para ganar esta vasta
extensión. Flotando solo en medio de este lago, en estas altiplanicies
solitarias y tran¬quilas, no me veré obligado a hablar con nadie. Y me gustaría
fundirme con el paisaje para no ser más que uno con la luz, el cielo y los
colores de la montaña.
Libero mi pie para
avanzar un paso, pero me hundo hasta media pierna en el légamo. No me atrevo a
llevar mi peso hacia delante. Sé que tan pronto como mi rodilla se hunda, no
habrá ya modo de que consiga salir. Tampoco me atrevo a des¬plazar mi pie hacia
atrás. Incapaz de avanzar ni de retroceder, no sé ya qué hacer. Situación
cómica, por supuesto, pero como nadie me ve, nadie puede reírse de mí y menos
aún prestarme ayuda. Es lo más preocupante.
De la misma manera
que yo he visto a los hombres en su barca, tal vez ellos podrán localizar mi
silueta gracias al catale¬jo del centro de gestión. Pero, con el catalejo, lo
único que yo puedo parecer es una sombra fugitiva, de rostro difuso. Aun¬que lo
dirijan hacia mí, sólo creerán que se trata de un campe¬sino que se dispone a
ir al lago a recoger algunos productos para redondear sus ingresos, y nadie
prestará a ello verdadera atención.
En la superficie
silenciosa del agua, incluso las aves acuáti¬cas han desaparecido.
Imperceptiblemente, las aguas brillantes comienzan a oscurecerse. A partir de
los cañaverales, se extien¬den los colores del crepúsculo, un aire glacial sube
bajo mis pies. Me siento transido. Ni estridores de grillos, ni croar de ranas.
Tal vez esté aquí, por fin, esa soledad original desprovis¬ta de sentido que yo
buscaba.
19
Una noche glacial,
en pleno otoño. Una densa y profunda oscuridad inunda la extensión caótica
primigenia, el cielo y la tierra, los árboles y las rocas se funden, la
carretera es invisible, no puedes sino quedarte en el sitio sin poder mover los
pies, el busto inclinado hacia delante, los brazos extendidos para tantear en
esta noche negra, oyes moverse algo, pero no es el viento, es la oscuridad en
la que no hay ni arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha, ni lejos ni cerca,
ni ningún orden determinado, te fundes totalmente con este caos, únicamente
sabes que tu cuerpo posee un contorno, pero incluso este contorno se difumina
poco a poco en tus pensa¬mientos, un resplandor asciende en tu interior, como
el brillo solitario de una vela en la oscuridad, su llama desprende luz pero no
calor, una luz glacial que llena tu cuerpo, desborda sus contornos, esos
contornos que conservas en el pensamiento, tus dos brazos se estrechan para
preservar este fuego, esta conciencia glacial y transparente, tienes necesidad de
esta sensa¬ción, te esfuerzas por protegerla, delante de ti aparece la
super¬ficie tranquila del lago y, en la orilla opuesta, se alzan unos
bosquecillos de árboles, unos árboles que han perdido sus hojas y otros no
despojados todavía del todo de ellas, de esbeltos ála¬mos de los que cuelgan
aún algunas hojas amarillas, de azufaifos de un negro metálico en los que sólo
una o dos hojas de un amarillo pálido tiemblan al viento, de sebos de China de
un color púrpura, frondosos unos, ralos otros, semejantes a unos cendales de
niebla, en la superficie del lago ninguna ola, tan sólo reflejos, claros y
brillantes, de colores tornasolados, que oscilan del rojo oscuro al púrpura,
pasando por el anaranjado, el amarillo pastel, el verde oscuro, el pardo
ceniciento, el blan¬co lunar, en diferentes niveles, reflexionas intensamente y
luego de súbito los colores desaparecen para fundirse en innu¬merables matices
de gris, de negro y de blanco de distintas tonalidades, como una vieja foto en
blanco y negro, de la que sólo las figuras permanecieran nítidas, mejor sería
decir que en vez de en la tierra estás en otro espacio, conteniendo el aliento
observas la imagen de tu propio cuerpo, todo está sumido en una gran calma, una
calma tal que resulta inquietante, y tienes la impresión de que se trata de un
sueño, que no hay que inquietarse, pero no puedes evitar hacerlo, justamente
porque la calma es demasiado perfecta, una calma excepcional.
Tú le preguntas si
ella ha visto esta figura.
Ella dice que la ha
visto.
Le preguntas si
ella ha visto la barquichuela.
Ella dice que es
precisamente esta barca la que trae esta calma a la superficie del lago.
De repente oyes su
respiración, alargas la mano para tocar¬la, tu mano titubea sobre su cuerpo,
ella te frena, tú aprietas su muñeca, la atraes contra ti, ella se vuelve y se
acaramela contra tu pecho, tú percibes el dulce perfume que exhalan sus cabe¬llos
y buscas sus labios, ella te evita y se vuelve, su cuerpo tibio y vivo respira
más fuerte, su corazón se pone a latir más rápido bajo la palma de tu mano.
Tú dices que
quieres que esa barca se hunda.
Ella dice que la
barca ya está llena de agua.
Tú la has abierto y
has entrado en su cuerpo húmedo.
Sabía que sería
así, suspira y su cuerpo se relaja, ya no es más que carne.
¡Tú quieres que
diga que es un pez!
¡No!
Quieres que diga
que es libre.
¡Ah!, no.
Quieres que se
hunda, que lo olvide todo.
Ella dice que tiene
miedo.
Le preguntas de qué
tiene miedo.
Ella dice que no
sabría decirlo, y también dice que tiene miedo de la oscuridad, que teme
hundirse.
A continuación,
están las mejillas ardientes, las lenguas de fuego danzarinas, tragadas al
punto por las tinieblas, los cuer¬pos que se retuercen, ella te dice que no
seas brusco, ¡grita que le duele! ¡Se debate, te trata de bestia salvaje! Está
acorralada, acosada, desgarrada, se siente engullida. Ah... esta oscuridad
densa, tangible, este caos cerrado, ni cielo ni tierra, ni espacio ni tiempo,
ni ser del no-ser, ni no-ser del ser, ni ser del ser, el fuego ardiente del
carbón vegetal, los ojos húmedos, la caver¬na abierta, las volutas de humo, los
labios ardientes, los gritos guturales, el hombre y la bestia, la llamada de la
oscuridad ori¬ginal, la angustia del tigre feroz en la selva, la avidez, las
llamas han ascendido, ella llora lanzando agudos gritos, la bestia sal¬vaje
muerde, ruge, está embrujada, brinca hacia adelante, da vueltas alrededor del
fuego, la luz es cada vez más clara, las llamas cambiantes, informes, en la
cueva de donde se elevan en volutas de humo una lucha a muerte se entabla, ella
se precipi¬ta al suelo, lanza unos gritos estridentes, brinca de nuevo, ruge,
estrangula y devora... el ladrón de fuego ha huido, a lo lejos la antorcha
penetra en la oscuridad, decrece, la llama no es ya más que un pequeño punto
vacilante en medio del sinies¬tro viento. Se apaga.
Tengo miedo, dice
ella.
¿De qué?,
preguntas.
No tengo miedo de
nada concreto, pero quiero decir que tengo miedo.
Niña estúpida,
la otra orilla,
¿qué dices?
No comprendes.
¿Me quieres?
No lo sé,
¿Me odias?
No lo sé.
¿No lo habías hecho
jamás?
Sólo sabía que más
pronto o más tarde este día llegaría,
¿eres feliz?
Soy toda tuya
ahora, dime cosas tiernas, háblame de las tinieblas,
Pan Gu blande su
hacha para abrir el cielo,
no me hables de Pan
Gu,
¿contarte el qué?
habíame de esa
barca,
una pequeña barca
que va a irse a pique,
uno creería que va
a zozobrar, pero no zozobra,
finalmente, ¿se ha
hundido?
No lo sé.
Eres verdaderamente
una cría.
Cuéntame una
historia,
tras la gran
inundación, entre cielo y tierra, no quedó más que una barquichuela, en esa
barca únicamente un hermano y una hermana, que no soportaban ya la soledad y se
mantenían estrechamente abrazados, sólo la carne del otro atestiguaba su propia
existencia,
me quieres,
la chica ha sido
seducida por la serpiente,
la serpiente era mi
hermano.
20
Un cantor yi me ha
llevado a la montaña, detrás del lago Cao, a las aldeas de su etnia. Cuanto más
se avanza, más redondeadas parecen las cumbres, más frondosos son los árboles,
exhalando una especie de olor femenino primigenio.
De tez muy morena,
nariz recta, ojos rasgados, las mujeres yi son soberbias. Muy raramente miran a
un desconocido a la cara. Si uno se topa con ellas, en el recodo de un sendero
de montaña, mantienen los ojos gachos y, sin decir una palabra, se detienen para
ceder el paso.
Mi guía ha
tarareado para mí algunas canciones populares yi, endechas rebosantes de
tristeza, incluso las canciones de amor.
Si sales una noche
de luna,
no enciendas la
antorcha por el camino,
si enciendes la
antorcha por el camino,
triste estará la
luna.
En la estación que
florece la colza,
no lleves la cesta
para coger flores,
si llevas la cesta
para coger flores,
triste se pondrá la
colza.
Si quieres a una
muchacha de verdad,
no dudes,
si dudas,
triste se pondrá la
muchacha.
Me informa de que
aún hoy en día los compromisos matri¬moniales entre chicos y chicas yi son
arreglados por los padres. Los jóvenes que quieren amarse libremente se ven a
escondi¬das en la montaña. Si son descubiertos, son detenidos y ejecu¬tados por
sus propias familias.
Juntos picotean la
tórtola y el pollo,
el pollo tiene un
amo, no así la tórtola,
el amo del pollo ha
venido en su busca,
sola se ha quedado
la tórtola.
Juntos retozan la
muchacha y el zagal,
la muchacha tiene
un amo, no así el muchacho,
el amo de la
muchacha ha venido en su busca,
solo se ha quedado
el zagal.
Él no puede cantar
estas canciones de amor en su casa, delante de su mujer y de sus hijos. Viene
al centro de hospeda¬je donde estoy alojado y, a puerta cerrada, las canta con
dulce voz en lengua yi a medida que las va traduciendo.
Vestido con una
larga túnica, con el talle ceñido por un cinturón, tiene unos ojos tristes y
las mejillas demacradas. El mismo ha traducido estas canciones al chino, en una
lengua llena de sinceridad que brota de forma espontánea de su cora¬zón. Es un
poeta nato.
Pese a que no es
mucho mayor que yo, afirma que ya es viejo. Para gran asombro mío, dice que no
sirve ya para nada, pero que tiene dos hijos, una chica de doce años y un chico
de dieciséis, y que tiene que trabajar duro por ellos. Más tarde, cuando he ido
a su pueblo natal, una aldea de montaña, he podido comprobar que, en el corral
de los animales anejo a su casa, cría dos cerdos. En el interior de la casa, el
suelo es de tierra batida, y en la cama no hay más que una delgada manta raída
de negruzco algodón. Su mujer está enferma. Salta a la vista que la vida es
para él una pesada carga.
Es también él quien
me lleva a ver a un bimo, un sacerdote yi. Entramos en una casa muy profunda y
recorremos unos estre¬chos y sombríos pasillos antes de llegar a un pequeño
patio late¬ral solitario, con una sola entrada. Él empuja la puerta del patio y
llama. Al punto resuena una voz de hombre. Me dice que entre. En su interior,
delante de una mesa al lado de la ventana, hay sentado un hombre ataviado con
una larga túnica azul. Se levanta. Lleva también el talle ceñido por un
cinturón y va toca¬do con un turbante negro.
El cantor me
presenta en lengua yi, y acto seguido me expli¬ca que el hombre es originario
de la región de Kele. Nació en el seno de una gran familia y le hicieron venir
de su aldea para ocuparse de las ceremonias religiosas de las poblaciones yi de
la cabeza de distrito. Tiene cincuenta y tres años. Sin pestañear, me mira
fijamente con sus claros y penetrantes ojos. Tiene una mirada ausente. Por más
que me mira fijamente, es a otro lugar adonde dirige su mirada, sin duda a otro
mundo, un mundo de bosques, de montañas, de espíritus y de fantasmas.
Me siento en la
mesa enfrente de él. El cantor explica la razón de mi venida. Está copiando un
texto sagrado en lengua yi, a pincel, como un han. Cuando ha terminado de
escuchar al cantor, menea la cabeza, mete su pincel dentro de un bote y cierra
el tintero. Acto seguido instala bien alzado delante de él el texto sagrado,
caligrafiado en un basto y grueso papel, lo abre por el comienzo de un capítulo
y se pone de sopetón a salmodiar con fuerte voz.
Su voz resulta
demasiado sonora para una estancia tan pequeña. Surge en una tonalidad pareja,
muy sobreaguda, para modularse acto seguido entre la tercera y la quinta,
transportándole a uno de golpe a las altas tierras de las altipla¬nicies.
En esta habitación
oscura, a través de la ventana que tiene detrás de él, la luz del sol parece
particularmente resplande¬ciente, y el suelo fangoso del patio, cegador. Un
gallo alza la cabeza, como para escucharle, luego se pone de nuevo a pico¬tear,
cabizbajo, habituado a esta voz, como si la salmodia de los textos sagrados
fuera para él algo habitual.
Pregunto a mi guía:
—¿Qué canta?
Él me dice que son
textos sagrados reservados para el gran recogimiento, tras la muerte de un
hombre. Pero están escri¬tos en antigua lengua yi y no comprende gran cosa de
ellos. Yo me había informado con él sobre las costumbres de los yi en materia
de casamientos y de duelos, y le había preguntado sobre todo si yo tendría
ocasión de asistir a algún funeral como aquellos que me había contado. En
nuestros días constituye un espectáculo más bien raro. Esta voz masculina,
continua y modulada, que sube de la garganta del sacerdote, resuena en sus
cavidades nasales y surge de su máscara, esta voz de viejo pero llena de vida
evoca en mí la imagen de una procesión funeraria con unos personajes que tocan
el tambor, que tañen el oboe, enarbolando banderolas y llevando estatuillas de
duelo de papel. Las muchachas van montadas a caballo, los chicos llevan un
fusil al hombro cuyas detonaciones resuenan a lo largo de todo el camino.
Veo también la casa
del alma del difunto. Instalada sobre su féretro, está hecha de bambúes
trenzados cubiertos de papeles de color. Un seto de ramas entrecruzadas lo
rodea. En el lugar de las exequias, se consumen altas pilas de leña. Los
allegados del difunto están sentados en corro en torno a uno de ellos; las
llamas se elevan cada vez más alto, mientras resuenan en la noche las salmodias
de los textos sagrados; la multitud corre¬tea y salta, se percuten tambores y
gongs y se hacen disparos al aire.
El hombre viene al
mundo entre lloros y gritos, lo deja en medio de un gran estruendo. Así es la
naturaleza humana.
Esta costumbre no
es exclusiva de las aldeas de montaña de la etnia yi. Puede encontrarse en toda
la vasta cuenca del Yangtsé, pero la mayor parte de la veces está cargada de
una gran vulgaridad y ha perdido su significado original. En Fengdu, en Sichuan,
una ciudad llamada la «ciudad de los fantas-mas», el antiguo país de los
hombres de Ba, he asistido a los funerales del padre del director de un gran
establecimiento comercial de la cabeza de distrito. Sobre su ataúd, habían
depositado una casa de papel para el alma del difunto. Delante de la puerta de
su domicilio, había alineadas las innumerables bicicletas de las gentes venidas
para presentar sus condolencias y, del otro lado, se amontonaban coronas de
flores, hombres y caballos de papel. En la acera, tres compañías de
trompetistas tocaban alternándose desde la mañana hasta la noche, pero ninguno
de los allegados ni de los conocidos del difunto, que habían venido a llorarle,
entonaron cantos de piedad filial o bailaron las danzas de duelo. Permanecían
en el patio jugando a las cartas, apiñados en torno a unas mesas. Quise sacar
una foto de estas costumbres modernas, pero el director cogió mi cámara y
exigió ver mis documentos.
Por supuesto,
todavía existen hombres que conocen los can¬tos de piedad filial. En la región
de Jingzhou, en Jiangling, cuna de los hombres del país de Chu, se han
perpetuado hasta nuestros días. Dichos cantos son cantados en el curso de una
ceremonia mágica organizada por el sacerdote taoísta de la aldea. Se llama a
eso «golpear la olla cantando». Una referen¬cia escrita a ello pueden
encontrarse en el Zhuangzi: cuando Zhuangzi pierde a su mujer, se pone a
cantar golpeando una olla, transformando sus funerales en un acontecimiento
alegre gracias a ese sonoro canto.
Algunos
especialistas actuales de la etnia yi han demostrado que el antepasado fundador
de los Han, Fuxi, está relacionado con el tótem del tigre de los Yi, del que se
encuentran vesti¬gios un poco por todas partes en los países de Ba y de Chu. En
los ladrillos de la dinastía de los Han descubiertos en Sichuan, la Reina Madre
de Occidente está representada bajo el aspecto de una tigresa de rostro humano.
Cuando estaba en la aldea del cantor yi, observé a dos niños que jugaban en el
suelo, delante de un seto de mimbre trenzado. Iban tocados con sombreros de
cabeza de tigre, bordados con hilo rojo, seme¬jantes a los de los niños de las
regiones de Sud-Jiangxi y de Sud-Anhui. En los emplazamientos antiguos de Wu y
de Yue, en el curso inferior del Yangtsé, los hombres del Jiangsu y del
Zhejiang, conocidos por su inteligencia y delicadeza, han con¬servado este
temor hacia la tigresa. ¿Es una reminiscencia per¬dida en el inconsciente de
hombres que adoraban unos tóte¬mes de tigresa en la época de la sociedad matriarcal?
Nadie lo sabe. La historia, al fin y al cabo, no es más que una densa niebla.
Aquí, sólo la voz del sacerdote es perfectamente clara y nítida.
Le pregunto a mi
guía si puede traducirme el sentido gene¬ral de estos textos sagrados. Él dice
que le indican al muerto el camino en las tinieblas. Hablan del dios del cielo,
de los dioses de las cuatro direcciones, de los dioses de la montaña y del agua,
y revelan el origen de los antepasados del difunto. El alma del muerto puede
entonces retornar a su tierra natal siguiendo el camino que le es mostrado.
A continuación le
pregunto al sacerdote cuántos fusiles había en la ceremonia más importante que
él haya organizado. Hace memoria un instante y responde por mediación del
can¬tor que su número era de más de cien. Pero que, para las exe¬quias de un
jefe de tribu, presenció ceremonias con mil dos¬cientos fusiles. En aquel
entonces tenía quince años y ayudaba a su padre, pues el sacerdocio se
transmite de padres a hijos.
Con entusiasmo, un
mando yi del distrito pone a mi dispo¬sición un pequeño jeep para llevarme a
Yancang a visitar la gigantesca tumba, que se alza hacia el cielo, del antiguo
rey de los yi. Se trata de una colina redondeada con la cima cóncava, de unos cincuenta
metros de alto. En la época de la «revalori-zación de las tierras para la
revolución», las gentes se volvie¬ron como locas. Para hacer cal, se llevaron
las tres hiladas de piedras funerarias que rodean la colina, desenterraron y
rompieron las urnas, para sembrar luego maíz en este espacio des¬poblado.
Actualmente, sólo unos pocos y desmedrados hierbajos, inclinados por el viento,
crecen aún allí. Según los in¬vestigadores yi, las terrazas de los muertos del
antiguo país de Ba, de las que contamos con un testimonio en los documentos
chinos de los Anales del país de Huayang, se asemejan mucho a esta tumba que se
alza hacia el cielo. Estaban consagradas al culto de los antepasados y
destinadas a la observación del cielo.
Afirma que los
antepasados de los yi son originarios de la región de Aba en el noroeste de
Sichuan y que tienen antepa¬sados comunes con los antiguos qiang. Ése es
precisamente el lugar de nacimiento de Yu el Grande, descendiente de los qiang.
Comparto, por consiguiente, su punto de vista. Los qiang y los yi están muy
próximos por su color de piel, su ros¬tro y su constitución física; puedo
atestiguarlo dado que acabo de volver de esas regiones. Me da una palmada en la
espalda para invitarme a tomar algo en su casa. Nos hemos hecho amigos. Le
pregunto si es cierto que, entre los yi, hay que beber siempre aguardiente
mezclado con sangre para sellar una amistad. Él asiente: hay que matar un gallo
y mez¬clar su sangre con el aguardiente. Por lo que a él se refiere, ya la ha
puesto en la olla, así que la tomaremos mientras coma¬mos. Acaba de mandar a su
hija a Pekín para que estudie allí. Me la recomienda con el ruego de que la
tome bajo mi cuida¬do. Él ha escrito también un guión cinematográfico. Si
pudie¬ra ayudarle a encontrar un estudio de realización, sería capaz de
desplazar allí a todo un regimiento de jinetes yi para que participasen en el
rodaje. Intuyo que pertenece a la clase de los aristócratas propietarios de
esclavos, los yi de piel oscura. No me desmiente. Me cuenta que el año pasado
fue a los montes Daliang. Llegó a remontarse hasta la décima o inclu¬so varias
decenas de generaciones —ya no recuerdo— de antepasados de la rama que tiene en
común con un mando local yi.
Le pregunto si, en
la sociedad yi de otro tiempo, la jerar¬quía de los clanes era muy rigurosa. A
un muchacho y una muchacha de un mismo clan que deseasen casarse o que
tuvie¬ran relaciones sexuales,- ¿se les mataba por ello? ¿Y ocurría lo mismo
con los primos hermanos? Si un esclavo yi blanco man¬tenía relaciones sexuales
con una aristócrata yi de piel oscura, ¿debía ser el muchacho condenado a
muerte y la mujer obliga¬da a suicidarse?
—Es exacto —dice
él—, pero ¿acaso no ocurre lo mismo entre vosotros los han?
Tras pensarlo un
poco, caigo en la cuenta de que lo que dice es cierto. He oído decir que las
condenas al suicido podían ser ejecu¬tadas bajo forma de ahorcamiento,
envenenamiento, harakiri, ahogamiento, salto al vacío. Las penas de muerte
consistían en el estrangulamiento, el apaleamiento, el ahogamiento con una
piedra atada al cuerpo, la caída desde lo alto de una roca, el ser pasado a
cuchillo y el fusilamiento. Le pregunto si puede con¬firmarlo.
—Más o menos, pero
¿no ocurre lo mismo entre vosotros los han?
Tras pensarlo un
poco, confieso que tiene razón.
También quisiera
saber si se practicaban torturas más crue¬les. El hecho de cortar los talones,
por ejemplo, o de cortar los dedos y las orejas, sacar los ojos, reventar la
pupila, agujerear la nariz.
—Sí, todo eso
existió en el pasado, por supuesto, poco más o menos como durante la Revolución
Cultural.
Tiene razón, ¿a qué
viene tanto asombro por mi parte?
Cuenta que, en los
montes Daliang, conoció a un antiguo oficial del Kuomintang que seguía
presentándose como licen¬ciado de tal promoción de no sé qué año de la Academia
Mili¬tar de Huangpu y como coronel de no recuerdo qué regimien¬to del ejército
nacionalista. Tras ser hecho prisionero y reducido a la esclavitud por el jefe
de una tribu, se escapó, y posteriormente fue capturado de nuevo. Le llevaron a
un mer¬cado, encadenado de la clavícula, y vendido por cuarenta car¬tuchos de
plata a otro amo. Con la llegada del Partido Comunista, su condición de antiguo
esclavo le libró de toda persecu¬ción, pues nadie conocía su historia. Ahora,
dado que vuelve a hablarse de una nueva alianza entre el Partido Comunista y el
Kuomintang, se ha atrevido a contarla. Han querido nombrar¬le miembro de la
Conferencia Consultiva del pueblo chino, pero él ha declinado el ofrecimiento.
Cuenta ya setenta años y tiene cinco hijos, de los tiempos en que era esclavo.
Su amo le proporcionó dos mujeres, que le dieron nueve hijos, cuatro de los
cuales fallecieron. Vive todavía en las montañas y no tiene ningunas ganas de
saber lo que ha sido de su primera mujer y de sus hijos. El mando me pregunta
si escribo novelas. ¡Está dispuesto a ofrecerme esta historia gratis!
Tras la comida,
cuando salgo de su casa, la callejuela está sumida en la oscuridad; el cielo se
recorta entre dos hileras de tejados en un largo rectángulo gris oscuro. En un
día de mer¬cado, la calle estaría llena de yi con la cabeza tocada con tur¬bantes
y de miao con su pañuelo anudado a la cabeza, pero esa calle apenas se
diferenciaría de cualquier otra del interior del país.
De camino al centro
de acogida donde me hospedo, paso por delante de un cine. No sé si están
proyectando alguna pelí¬cula. Un llamativo cartel, que representa a una mujer
esplén¬dida de turgente pecho, es iluminado por un proyector. En el título de
la película debe figurar un nombre de mujer o la pala-bra amor. Es todavía
pronto, no tengo ningunas ganas de vol¬ver a mi habitación con cuatro camas
vacías. Vuelvo sobre mis pasos para ir a casa de un amigo que acabo de conocer.
Ha estudiado arqueología en la universidad. No sé cómo llegó aquí y tampoco se
lo he preguntado. Él me ha dicho simple¬mente de mala gana que no tenía el
doctorado hecho.
Según su punto de
vista, la etnia yi vive principalmente en la cuenca del Jinshajiang y de su
afluente el Yagongjiang. Sus antepasados son los qiang, que fueron emigrando
paulatina¬mente aquí al desaparecer el sistema esclavista de la llanura central
de la época de los Shang y de los Zhou. En la época de los Reinos Combatientes,
cuando el reino de Qin y el de Chu se batieron en el actual Guizhou, sus
antepasados volvieron a emigrar hacia el Yunnan. Éste es un hecho atestiguado
fehacientemente por el texto antiguo en lengua yi, los Anales yi del suroeste.
Sin embargo, el año pasado, descubrió a orillas del lago Cao más de cien
herramientas de piedra que datan del Paleolítico, y posteriormente, en el mismo
lugar, unas herra-mientas del Neolítico cuyo pulimento se asemeja mucho al de
las herramientas del emplazamiento de Hemudu en el curso inferior del Yangtsé.
También han sido sacados a la luz vesti¬gios de edificaciones que se asemejan a
casas construidas sobre pilotes en el vecino distrito de Hezhang. Piensa, por
ello, que en el Neolítico existía una relación entre el lugar donde noso¬tros
estamos y la cultura de los antepasados de las tribus baiyue.
Cuando me ve
llegar, saca de debajo de una camita de niño una cesta llena de piedras,
creyendo que vengo a ver las herra¬mientas que ha encontrado. Nos miramos
riendo. Le digo:
—No he venido por
las piedras.
—¡Es cierto, las
piedras no son lo prioritario, vamos, ven, ven!
Deja al punto la
cesta detrás de la puerta y llama a su mujer:
—¡Trae de beber!
Yo le digo que
acabo de beber.
—¡No te preocupes,
si te emborrachas, puedes pasar la noche aquí!
Debe de ser del
Sichuan. Al oír su manera de hablar, me siento próximo a él y adopto su acento.
Su mujer prepara inmediatamente unos platos para acompañar un aguardiente con
un aroma maravillosamente aterciopelado. Desbordante de entusiasmo, mi amigo se
lanza a grandes discursos: sobre los fragmentos de fósiles de machairodm
extraídos de las zonas pantanosas del lago Cao, que se venden como huesos de
dra¬gón; sobre los mandos locales capaces de reunirse una mañana entera para
decidir la simple compra de un ábaco.
«Antes de
comprarlo, conviene pasarlo un instante por el fuego para ver si las bolas son
de cuerno de buey o bien de madera pintada.»
«¿Es auténtico o de
imitación?»
Nos reímos los dos
hasta quedarnos sin respiración. Nos duele la tripa, nadamos en plena euforia.
Cuando salgo de su
casa, me parece tener los pies de una ligereza desacostumbrada, típica de las
altiplanicies. Sé que he bebido justo lo necesario, sin pasarme. Más tarde, me
acuerdo de que he olvidado coger de su cesta un hacha de piedra utili¬zada por
los descendientes del hombre de Yuanmou. Él había exclamado mientras me
mostraba las piedras de la cesta colo¬cada tras la puerta:
—¡Coge tantas como
quieras, son talismanes transmitidos de generación en generación!
21
Ella dice que tiene
miedo de los ratones, del ruido de los ratones que corretean por el piso.
También tiene miedo de las serpientes. En estas montañas las hay por todas
partes, tiene miedo de las serpientes coloradas que se desprenden de las vigas
y se introducen entre las mantas, quie¬re que la tengas estrechamente apretada
entre tus brazos, dice que tiene miedo de la soledad.
Dice que quiere oír
tu voz, que tu voz la tranquiliza. Tam¬bién quiere descansar su cabeza en tu
hombro. Quiere oírte hablar, hablar sin cesar, sin parar, así ya no se sentirá
sola.
Dice que quiere
oírte contarle historias, quiere saber cómo el Segundo Señor poseyó a la
muchacha que los bandidos rap¬taron precisamente delante de la puerta de su
casa, cómo se sometió a él, cómo se convirtió en la dueña y señora de la casa y
cómo acabó a continuación, mediante sus propias manos, con la vida del Segundo
Señor.
Dice que no quiere
oír hablar de la historia de la muchacha llegada de la ciudad que se arrojó al
río, que no debes describir el cadáver hinchado que fue repescado completamente
desnu¬do, ella no quiere suicidarse ya, no quiere oír tampoco la histo¬ria de
los hombres que llevaban los dragones-linternas y que se molieron a palos. Ya
ha visto bastante sangre en el quirófano del hospital. Tiene ganas de escuchar
historias divertidas, como la de la mujer de la camelia, no quiere más
historias violentas.
Te pregunta si eres
igual con las demás chicas. No quiere saber lo que haces con ellas. Lo único
que desea es saber si ella es la primera a la que has llevado así a la montaña.
Le pregun¬tas qué piensa ella al respecto. Dice que no tiene ni idea. Tú dejas
que lo adivine. Ella dice que no puede adivinarlo y que tú no se lo dirás, aun
en el caso de que ya hubiera sucedido. No quiere tampoco saberlo, lo único que
sabe es que ha veni¬do de buen grado, ha sido culpa suya si ha sido engañada,
dice que lo único que te pide ahora es que la comprendas, que la protejas, que
te ocupes de ella, que veles por ella.
Dice que la primera
vez que la poseyó un hombre fue muy brutal, no se refiere a ti, sino a ese
amigo suyo, que no tenía ninguna consideración con ella. En aquel tiempo era
comple¬tamente pasiva, no sentía el menor deseo, ni tampoco ninguna emoción. Él
le quitó la falda a toda prisa, mientras ella mante¬nía un pie apoyado en el
suelo al lado de la cama. Era un tipo particularmente egoísta, un cerdo, que lo
único que quería era violarla. Ella consintió, por supuesto, pero se sintió muy
mal, la hizo sufrir. Sabía que se exponía a sufrir y lo hizo como quien cumple
con una tarea, para incitarle a él a amarla, para que se casase con ella.
Dice que no sintió
ningún placer con él y que vomitó al ver chorrearle su esperma por el muslo.
Más tarde, este olor le producía siempre náuseas. Dice que para él no era más
que un objeto con que satisfacer su deseo. Sentía asco hacia su propia carne
cuando era mancillada por él.
Dice que es la
primera vez que se entrega, que es la prime¬ra vez que se sirve de su cuerpo
para amar a un hombre. No ha vomitado. Te está agradecida por haberle dado ese
placer. Dice que lo que ella quería era precisamente vengarse de él de este
modo, vengarse de su amigo, le dirá que se ha acosta¬do también con otro
hombre. Un hombre mucho mayor que ella, un hombre que ha sabido gozar de ella y
darle a su vez placer.
Dice que sabía que
sucedería así, que sabía que te dejaría entrar en ella, que sabía que todas sus
prevenciones no eran en realidad más que una forma de engañarse a sí misma.
Pero ¿por qué quiere castigarse a sí misma? ¿Acaso es porque no es capaz de disfrutar
también a su antojo? Ella afirma que tú le has devuelto las ganas de vivir y la
esperanza, quiere seguir viviendo, siente de nuevo deseo.
También dice que,
cuando era pequeña, tenían un perro en casa al que le gustaba despertarla con
su húmedo hocico y que, a veces, saltaba sobre su cama. A ella le encantaba
estrechar a este perro entre sus brazos. Su mamá decía, su verdadera mamá que
vivía todavía, decía que los perros tienen pulgas que pican. Hubo un tiempo en
que no paraban de salirle unas man¬chas rojas en el cuerpo que le picaban. Su
madre decía que le había mordido el perro. Más adelante se prohibió criar
perros en la ciudad y, un día en que ella no estaba en casa, un equipo de
recogida de animales domésticos se llevó a su perro y le dio muerte, ella lloró
y se negó a comer aquella noche. En aquel tiempo, dice, sólo conocía la bondad.
No comprendía por qué el mundo de los hombres era tan malvado, por qué las
relacio¬nes humanas adolecían tanto de compasión. Ella dice que no sabe por qué
te cuenta todo esto.
Tú dices que
continúe.
Ella afirma que
tiene la impresión de ser una cotorra, que habla por los codos.
Tú dices que ella
se expresa muy bien.
Ella dice que tenía
a la vez ganas de seguir siendo pequeña y de crecer, deseaba ser amada, deseaba
que todo el mundo la mirase, no sin temer al mismo tiempo la mirada de los
hom¬bres. Le parecía que en la mirada de los hombres había siem¬pre un no sé qué
de sucio, que no miraban nunca el bello ros¬tro de las mujeres, sino siempre
otra cosa.
Tú dices que
también eres un hombre.
Ella dice que eres
una excepción, que tú la has apaciguado, ha querido permanecer entre tus
brazos.
Tú le preguntas si
le parece que también eres sucio.
No digas eso, dice
ella. No se lo parece, te ama. Le parece que todo en ti es tan tierno, dice que
sólo ahora conoce la vida. Pero dice que a veces tiene particularmente miedo y
le parece que la vida se asemeja a un abismo sin fondo.
Dice que nadie la
ama de verdad, se pregunta qué sentido tiene la vida en este mundo si nadie la
ama. Dice que le teme a eso. El amor de los hombres es tan egoísta, no piensan
más que en poseer a las mujeres, ¿y qué dan a cambio de ello?
También dan, dices
tú.
Precisamente cuando
quieren eso.
Pero las mujeres
son, no obstante, incapaces de prescindir de los hombres, ¿no? Dices que es la
voluntad del cielo que ha juntado en un mismo molde dos piedras pulidas yin y
yang, que es algo inherente a la naturaleza humana, no debe tener ningún miedo.
Dice que eres tú
quien la ha empujado.
Le preguntas si eso
le disgusta.
No, a condición de
que todo sea natural, dice ella.
Sí, cuando una cosa
se presenta, conviene aceptarla con cuerpo y alma. La provocas tú.
Ah, dice que tiene
ganas de cantar.
¿Cantar el qué?, le
preguntas.
Cantar que estoy
contigo, dice ella. '
Canta lo que
quieras. La animas a cantar a plena voz.
Ella quiere que la
acaricies.
Tú dices que
quieres que se relaje.
Ella quiere que le
beses los pezones...
Y tú se los besas.
Ella dice que ama
también tu cuerpo, nada de él la espanta ya, ella hará lo que tú quieras, oh,
dice que quiere ver cómo entras en ella.
Tú dices que ella
se ha vuelto una verdadera mujer.
Sí, dice ella, una
mujer a la que un hombre ha poseído, dice que no sabe ya lo que se dice,
asegura que nunca ha disfrutado así, dice que flota en una barca, no sabe hasta
dónde va a flo¬tar, su cuerpo ya no le pertenece. Se mece en la superficie del
mar de un color negro de laca, ella y tú, no, ella sola, no tiene en absoluto
miedo, sólo se siente vacía, quiere morirse, la muerte también la seduce, tiene
ganas de caer en el mar para que las negras olas la traguen, te necesita, así
como el calor de tu cuerpo, tu presión sobre ella, es una especie de consuelo,
te pregunta si lo sabes. ¡Lo necesita de verdad!
¿Necesidad de un
hombre? La tientas tú.
¡Sí, necesidad del
amor de un hombre, necesidad de ser poseída! ¡Dice que sí, quiere ser poseída,
quiere entregarse, olvidarlo todo, ah, ella te está agradecida, dice que la
primera vez tenía un poco de miedo, sí, dice que ella quería, sabía que quería
pero tenía mucho miedo, no sabía qué hacer, tenía ganas de llorar, de gritar,
ganas de que la tempestad la arroja¬se en un campo desierto, de que la
desnudara enteramente, de que las ramas de los árboles la desollasen, de sufrir
sin poder liberarse, de que las bestias salvajes la desgarrasen! Dice que ella
la vio, a ella, a esa mujer depravada vestida de negro que se acariciaba los
pechos con ambas manos, con su risa burlona, su forma de caminar contoneando
las caderas, una mujer desvergonzada, dice, tú no comprendes eso. no lo
comprendes ciertamente, no comprendes nada, ¡qué idiota estás hecho!
22
Abandono en autocar
la región yi en los confines del Yun-nan y del Guizhou y, una vez llegado a
Shuicheng, he de esperar el tren durante un largo rato. Desde la esta¬ción
hasta la cabeza de distrito queda un buen trecho de camino. No sé ya dónde
estoy en esta región ni urbana ni rural, sobre todo cuando veo, al borde de lo
que se diría una calle, dos sentencias paralelas pegadas en el enrejado de la
ven¬tana de una antigua casa de negras vigas: «Los niños juegan afuera, por
doquier reina la paz entre los hombres». No tengo ya la impresión de avanzar,
sino de volver a mi infancia, como si no hubiera conocido ni guerra, ni
revolución, ni luchas suce¬sivas, ni críticas ni contracríticas, ni, ahora, la
vuelta a las reformas que no es tal, como si mi padre y mi madre no estu¬vieran
muertos, como si yo mismo no hubiera sufrido, como si no hubiese crecido;
emocionado, he estado a punto de deshacerme en lágrimas.
Voy a sentarme
sobre un montón de madera descargado al borde de la vía férrea, para
reflexionar un poco acerca de mi situación. Una mujer de unos treinta años, con
la desgracia pintada en el rostro, se me acerca. Quiere que yo la ayude para
poder comprar un billete de tren. Ha debido de oír, un momento antes, en la
ventanilla de la estación, que no hablo el dialecto local. Me dice que quiere
ir a Pekín para presentar una queja, pero que no tiene dinero para comprar un
billete. Le pregunto contra quién quiere presentar la queja. Me expli¬ca largo
y tendido, de manera confusa, que su marido murió, víctima de una injusticia,
pero que ahora nadie quiere recono¬cerlo, y que no ha recibido ninguna
indemnización por ello. Le doy un yuan para quitármela de encima y me alejo
resuel¬tamente para sentarme en la orilla del río. Durante varias horas
contemplo el paisaje que tengo enfrente.
Al atardecer,
pasadas las ocho, llego por fin a Anshun. Comienzo por dejar en consigna mi
mochila cada vez más pesada. Esta contiene un ladrillo decorado que me he
traído de Kezhang. Allí los campesinos utilizan los ladrillos de las tumbas de
los han para construir chiqueros. Hay una lámpara encendida en la ventanilla de
la consigna, pero no se ve a nadie. Llamo varias veces, se presenta una
empleada. Toma el dinero que le doy, pega una etiqueta en mi mochila y la
coloca en un estante vacío antes de darse media vuelta. La vasta sala de espera
desierta no se parece en nada a las salas de espera habitualmente abarrotadas
de gente y ruidosas donde las per¬sonas se echan incluso en los antepechos de
las ventanas, se tumban en los bancos, se sientan sobre sus equipajes, andan de
aquí para allá sin objeto y se dedican a mil asuntos. Al salir de esta estación
desierta, oigo incluso mis pasos.
Unas negras nubes
pasan rápidamente por encima de mi cabeza, pero la noche es de una gran
luminosidad. La bruma del crepúsculo, alta en el cielo, se mezcla con las nubes
y res¬plandece de intensos colores. En el fondo de la explanada que se extiende
delante de mí se alzan unos montes totalmente redondeados. Dominando las altas
mesetas, se asemejan a unas grandes tetas de mujer. Pero, como están tan cerca,
parecen gigantescos y se tornan opresivos. No sé si es a causa de las nubes
negras que galopan por encima de mi cabeza, pero lo cierto es que tengo la
impresión de que la superficie del suelo también se inclina, y titubeo, como si
tuviera una pierna más corta que la otra. Sin embargo, no he bebido. Esta
velada en Anshun me deja una extraña impresión.
Frente a la
estación, encuentro una pequeña posada. En la penumbra, no se distingue muy
bien cómo está construida. En realidad, las habitaciones son tan pequeñas que
se asemejan a jaulas de palomos, con la cabeza casi se toca el techo. No se
puede estar más que echado.
En la calle se
suceden unas fondas, con unas mesas fuera, iluminadas por unas lámparas
eléctricas deslumbrantes. Cosa extraña, no hay en ellas ningún cliente. Todo
anda torcido esta noche, e, instintivamente, desconfío de estos
establecimientos. Varias decenas de metros más lejos, dos clientes están
sentados ante una mesa cuadrada. Voy a instalarme enfrente de ellos y pido un
cuenco de tallarines de arroz picantes con carne de buey.
Son dos hombres
flacos y secos. Delante de uno de ellos, una cantimplora de estaño llena de
aguardiente, el otro tiene un pie apoyado sobre el banco. Cada uno sostiene en
su mano una copita de gres, y no parece que hayan pedido ningún plato. Cogen
unos palillos que colocan cabo contra cabo. En ese mismo instante, dice uno:
«¡gamba!», y el otro: «¡palan¬ca!», y los palillos se separan sin que se sepa
quién de los dos ha ganado. En realidad, no es más que una excusa para ponerse
a beber. Una vez que se han vuelto a concentrar, ponen de nuevo sus palillos
cabo contra cabo. El uno dice: «¡palanca!», y el otro: «¡perro!» y, por
supuesto, la palanca golpea al perro, el que ha dicho «perro» ha perdido. El
ganador desenrosca entonces el tapón de la cantimplora y sirve un poco de
aguar¬diente en la copa de su contrincante. El perdedor vacía su vaso de un
trago y los dos palillos son vueltos a poner cabo contra cabo. Su calma y aire
refinado me hacen pensar irresistible¬mente en dos inmortales. Pero, al
examinarlos más de cerca, compruebo que su rostro es de lo más común. Me
imagino, sin embargo, que los inmortales beben de este modo.
Después de haberme
tomado mi plato de tallarines con carne de buey, me levanto y me alejo. Les
sigo oyendo inter¬pelarse con sus voces que resuenan de modo especial en esta
calle desierta.
Llego a una vieja
calle. A ambos lados, no hay más que casas destartaladas cuyo tejado se
extiende hasta medio pasaje. La calle se angosta a medida que avanzo. Los
tejados casi se tocan. Parecen a punto de desmoronarse. Delante de cada puerta
hay instalados unos puestos que exponen mercancías: algunas botellas de
aguardiente, pomelos y frutos secos. También ropas, que se agitan al viento
cual fantasmas de ahorcados. La calle es interminable, prolongándose hasta el
confín del mundo. Mi abuela materna, ahora ya muerta, me llevó un día a
comprarme una peonza. La que los hijos de los vecinos lan¬zaban había
despertado mi envidia, pero no se podía comprar este tipo de juguete más que
para la fiesta de Primavera. En tiempo normal, era imposible encontrar ninguna
en la sección de juguetes de los grandes centros comerciales. Tuvimos que ir al
templo protector del sur de la ciudad. Era posible encon¬trar peonzas en ese
lugar donde podían verse números de monos amaestrados y de artes marciales y
donde se vendían asimismo emplastos de piel de perro. Recuerdo que, la única
vez que fui allí, fue para comprar este juguete. Y ahora hace ya mucho tiempo
que no he vuelto a jugar con ese objeto que gira cada vez más rápido a medida
que se lo azota. Pero, en esta calle, nadie vende peonzas. En los puestos de
venta se presen¬tan siempre los mismos artículos, tan insípidos unos como
otros. Me pregunto quién, al fin y al cabo, compra en estas tiendas. ¿Se trata
de verdaderos comerciantes? ¿O tienen otra ocupación más respetable? De igual
manera que hace algunos años la gente pegaba en las puertas de sus casas las
citas de Mao para dar un poco de lustre a su fachada, ahora instala puestos de
venta delante de ellas.
Después de no sé
cuántas vueltas y revueltas, llego a una gran calle. Esta vez son tiendas
oficiales del Estado, ya todas cerradas. Los verdaderos comerciantes han echado
los cierres metálicos, mientras que en la calle la gente sigue circulando.
Naturalmente, destacan sobre todo muchachas con los labios pintados y zapatos
de tacón alto que resuenan sobre la acera. Llevan unos vestidos ceñidos, de
abigarrados colores, que des¬cubren sus hombros y cuello. Son importados de
Hong Kong, merced a algún comercio, o incluso de contrabando. Tal vez no todas
vayan a un club nocturno, pero tienen siempre el aire de tener una cita.
En el cruce de una
calle hay todavía más gente, toda la ciu¬dad parece desembocar allí. Caminan
decididamente por en medio de la vía pública dejada desierta por los coches,
como si esta gran avenida hubiera sido construida nada más que para ellos.
Viendo el espacio ocupado por este cruce de calles y el aspecto de sus casas,
me pregunto si no he llegado a la Gran Encrucijada. El centro de las ciudades
de las altiplanicies es a menudo llamado así. Sin embargo, por contraste con la
estre¬cha calle comercial totalmente iluminada, parece sumergida en la
oscuridad. ¿Es por falta de electricidad o bien debido a un olvido del
encargado de mantenimiento del alumbrado en el momento del relevo? Imposible
saberlo. Para leer la placa de la calle, tengo que acercarme a una casa de
donde sale luz. Efectivamente, es «La Gran Encrucijada», el centro de la
ciu¬dad donde se desarrollan las ceremonias oficiales y las mani¬festaciones.
En la acera, oigo
en la oscuridad voces de hombres que lla¬man mi curiosidad. Me acerco para
echar un vistazo y descu¬bro que hay unas personas sentadas al pie de un muro,
apreta¬das unas contra otras. Inclinándome para observarlas de cerca, advierto
que se trata únicamente de personas de edad. Las hay a centenares, pero no
parece que sean manifestantes haciendo una sentada. Ríen, cantan. Un hombre
sostiene sobre sus pier¬nas tapadas con un paño un violín de dos cuerdas,
desafinado, de bronca sonoridad. Este viejo músico se asemeja a un zapa¬tero
remendando unas suelas. A su lado, un anciano apoyado contra la pared canta
incansablemente una melodía, «Las cinco vigilias del día». Canta que una mujer
loca de amor espera ardientemente a su ingrato enamorado. Las dos filas de
ancianos le escuchan, fascinados. No sólo hay ancianos, sino también viejas
mujeres, como sombras, acurrucadas sobre sí mismas. Su tos resuena más fuerte
aún. Parece salida de unas figuritas de duelo de papel. Algunos hablan bajito,
con una voz que parece delirar o, mejor dicho, no dirigirse más que a sí
mismos. Sin embargo, en eco, resuenan unas risas. Prestando oído, comprendo que
un anciano le está haciendo la corte a una anciana. «¿Cuánta madera has
recogido en la montaña, hermano?» «¿Cuántos zapatos has bordado con tus propias
manos, querida hermana?» Se preguntan y se responden como en las canciones que
los montañeses cantan a dúo. Probable¬mente aprovechan la oscuridad de la noche
para transformar esa Gran Encrucijada en una era de canto semejante a las que
frecuentaban en su juventud. Tal vez es aquí donde venían en otro tiempo a
cortejarse. Una pareja de ancianos entona can¬ciones de amor, otros charlan y
se ríen a carcajadas. No com¬prendo lo que dicen, ni lo que les hace tanta gracia.
El silbido que emiten por entre sus desdentadas encías no resulta com¬prensible
más que para ellos solos. Creo estar soñando, pero observo a mi alrededor: las
gentes que me rodean están vivitas y coleando. Me pellizco por encima del
pantalón y el dolor es el mismo que de costumbre. Todo es real, en verdad estoy
en estas altiplanicies, vengo del norte, me encuentro en el sur y mañana tomaré
el primer autobús de línea para ir más al sur aún, a Huangguoshu. Allí, en los
saltos de agua, me sacudiré de encima esta extraña impresión y no podré dudar
ni de la realidad de mi entorno ni de mí mismo.
De camino hacia los
saltos de agua de Huangguoshu, paso primeramente por Longguan. Una barquita de
recreo de colo¬res flota en un agua tersa como un espejo de una insondable
profundidad. Irreflexivamente, los pasajeros se han peleado para subir en la
embarcación. No han debido de ver la gruta situada al lado del oscuro
acantilado escarpado. Cuando la embarcación se acerca, la tersa superficie del
agua se pone a rugir y fluye irresistiblemente en dirección a ella. Se
compren¬de hasta qué punto es peligroso acercarse a estos saltos de agua una
vez que se ha circunvalado la montaña. A veces la barca se aproxima a tres o
cuatro metros de la gruta, como para un últi¬mo esparcimiento antes de
sumergirse en una pena infinita. Todo transcurre bajo el sol. Cuando me siento
en la barca, no puedo dejar de dudar de la realidad.
A lo largo de la
carretera, el caudaloso torrente deja correr con impetuosidad sus espumeantes
aguas, las montañas redon¬deadas y el cielo rutilante resultan deslumbrantes,
los tejados de las casas de piedras planas relucen al sol, sus contornos son
nítidos, como una serie de dibujos coloreados de finos trazos. Sentado en un
autocar que da tumbos a toda marcha por la carretera, me embarga una sensación
de ligereza, tengo la impresión de estar flotando con todo mi cuerpo sin saber
hasta dónde voy a llegar. Y no sé lo que busco.
23
Tú dices que acabas
de soñar, dormido contra ella. Ella dice que es cierto, hace un instante
hablaba todavía con¬tigo, tú no dormías, ella dice que te acariciaba y
mien¬tras tú soñabas, ella te ha tomado el pulso, hace apenas un minuto. Tú
dices que es cierto, todo era claro aún, sentías la dulzura de sus pechos, la
respiración de su vientre. Ella dice que te estrechaba, que te ha tomado el
pulso. Tú dices que has visto alzarse la negra superficie del mar, la
superficie perfecta¬mente plana se ha elevado de manera lenta, inexorable.
Com¬primida, la línea entre cielo y tierra ha desaparecido y la super¬ficie
negra ha ocupado el espacio entero. Ella dice que has dormido, pegado contra su
pecho. Tú dices que has sentido sus pechos subir, como una marea negra, que el
flujo era como un deseo que crece, cada vez más intenso; cuando iba a
tragár¬sete, dices que sentiste una especie de inquietud. Dice ella: estabas
sobre mi pecho como un niño bueno, sólo tu pulso estaba acelerado. Tú dices que
has sentido una especie de opresión, esa marea que subía y se extendía de
manera incontenible se convertía en una inmensa superficie llana que rom¬pía
contra ti, sin la menor ola, lisa y resbaladiza como una seda negra desplegada
sin fin, fluía, sin que hubiera nada que pudie¬ra contenerla, puesto que se
transformaba en un salto de agua negro cayendo desde un punto invisible situado
muy alto hacia un abismo insondable, sin encontrar la menor resistencia en su
camino. Ella dice: mira que eres estúpido, déjame acariciar¬te. Tú dices que
has visto ese océano negro con sus olas rom¬piendo, esa superficie que se ha
levantado para ocupar el espa¬cio entero, inexorablemente. Estabas sobre mi
pecho, dice ella, he sido yo quien te ha apretado entre mis brazos, con mi
dulce perfume, sabías que eran mis pechos, mis pechos que se hinchaban. Tú
dices que no. Ella dice que sí, era yo quien te estrechaba, quien te ha tomado
el pulso que latía cada vez más rápido. Tú dices que en estas olas negras que
saltaban flotaba una anguila húmeda y escurridiza como un relámpago, pero que
fue tragada enseguida por la negra ola. Ella dice que la ha visto y sentido.
Luego, tras pasar la ola, no quedaba más que la ilimitada playa, vasta
extensión llana formada de minúsculos granos de arena, e inmediatamente después
de retirarse la marea no han quedado más que burbujas y has visto entonces unos
cuerpos humanos negros, arrodillados, trepando, retor¬ciéndose, enroscados
juntos, rechazándose y luego mezclán¬dose de nuevo, enfrentados en medio de un
absoluto silencio en la inmensa playa de la orilla del mar, sin ruido de
viento, encabalgándose unos sobre otros, se alzaban, caían, con las cabezas y
piernas, los brazos y pies inextricablemente entremezclados. Hubiéranse dicho
unos elefantes marinos, pero no del todo, rodaban, se alzaban y caían, rodaban
de nuevo, se alzaban y caían. Ella dice que lo ha sentido en ti, tras unas
violentas palpitaciones, tu pulso se ha calmado, luego, intermi¬tentemente, las
palpitaciones han vuelto, y acto seguido se han calmado, ella lo ha percibido
todo. Tú dices que has visto unos cuerpos de animales marinos de aspecto humano
o bien cuer¬pos humanos de aspecto animal, cuerpos negros y lisos, un poco
brillantes, como una seda negra, como un abrigo de piel reluciente, se
retorcían y volvían a caer tan pronto como se habían alzado, rodando sin cesar,
inextricablemente encabal¬gados, imposible decir si se batían o se mataban
entre sí, sin ruido, has visto claramente sobre esta playa desierta, sin la
menor brisa, en la distancia, esos cuerpos que rodaban y se retorcían en medio
de un absoluto silencio. Ella dice que era tu pulso. Tras unas violentas
palpitaciones, éste se ha apaciguado, luego se ha puesto de nuevo a latir más
fuerte, hasta que se ha calmado nuevamente. Tú dices que has visto estos
cuerpos lisos y negros de animales marinos de aspecto huma¬no o estos cuerpos
humanos de aspecto animal, brillando con una lucecita, como una seda negra, una
piel reluciente, que se retorcían y rodaban, inextricablemente encabalgados,
sin nunca cesar, lenta, tranquilamente, batiéndose o matándose entre sí, lo has
visto muy claramente sobre la playa en calma, a lo lejos, los has visto rodar
con la mayor nitidez. Ella dice que descansabas tu cabeza sobre su cuerpo,
pegado contra sus pechos, como un niño bueno, tu cuerpo estaba cubierto de
sudor. Dices que lo has visto todo claramente, y que has visto también la
superficie negra del mar alzarse y romper lenta, irresistiblemente, has sentido
una especie de inquietud. Ella dice que eres un niño estúpido, que no
comprendes nada de nada. Pero tú dices que lo has visto todo muy claramente,
con la mayor nitidez, ella rompía así, ha ocupado el espacio entero, esa
impetuosa ola negra sin límites rompía inexorablemente, sin un ruido, lisa como
una seda negra desplegada, fluía como un salto de agua, negro también, sin
ninguna resistencia, sin espuma, precipitado en una sima insondable, lo has
visto todo. Ella dice que te estrechaba contra su pecho, tu espalda estaba
cubierta de sudor. Ese muro negro vertical y resbaladizo que se derramaba te ha
inquietado, a tu pesar, cerrando los ojos has seguido sintiendo su presencia,
pero lo has dejado fluir sin poder retenerlo, lo has visto todo, no has visto
nada, este mar encabritado, te has hundido, has vuelto a salir a flote, las
bes¬tias negras batiéndose o matándose entre sí, retorciéndose sin cesar sobre
la playa desierta y sin viento. Ella ha reposado tu cabeza contra su pecho, tú
conservas estos pequeños detalles grabados en tu memoria, pero no has podido
repetirlos. Ella dice que quiere tomarte el pulso de nuevo, lo quiere, y quiere
también a esas bestias salvajes de rostro humano que se retuer¬cen, ese combate
silencioso, como una carnicería, inextrica¬blemente enmarañadas unas con otras,
ellas se desplazan por la playa en calma formada de minúsculos granos de arena,
no quedan más que burbujas, ella lo quiere, lo quiere de nuevo. Cuando esta
marea negra se haya retirado, ¿qué quedará sobre la playa?
24
Es una máscara de
animal con rostro humano tallada en madera, dos cuernos en lo alto de la cabeza
y otros dos más pequeños a los lados. No puede, pues, tratarse de la
representación de un buey o de un cordero doméstico. Debe de ser una bestia
feroz, pues ese rostro extraño y diabó¬lico no tiene la dulzura de un ciervo.
En lugar de ojos, dos redondos agujeros abiertos, rodeados por un cerco. Debajo
de cada ceja, una profunda incisión. La frente es pronunciada y los motivos
grabados por encima de las cejas hacen resaltar las cuencas. Los ojos son
amenazadores, como los de una bestia salvaje que se enfrentara a un hombre.
En los agujeros
negros de salientes órbitas, las pupilas del que lleva la máscara deben de
lanzar chispas, como una mirada de animal feroz. Y dos mediaslunas, con las
puntas aguzadas, ahuecadas bajo los ojos, añaden crueldad a la mirada. La
nariz, la boca, los pómulos y la mandíbula inferior están perfectamente
dibujados, una boca de anciano desdentado, en la que no se ha omitido ni el
hoyuelo en medio de la barbilla. La piel está reseca, los pómulos son
salientes. Los rasgos del rostro son níti¬dos y vigorosos. Es el de un anciano,
pero posee una gran fuer¬za. En las comisuras de los labios, fuertemente
apretados, hay tallados dos afilados colmillos que suben por ambos lados de la
nariz. Las ventanillas de ésta son achatadas, dando una impre¬sión de burla y
de desprecio. No tiene dientes, no a causa de la vejez, sino porque han sido
colocados unos colmillos en su lugar. En las comisuras de los apretados labios,
han sido abier¬tos dos agujeritos probablemente para hacer salir por ellos unos
bigotes de tigre. Este rostro humano, rebosante de inteligencia, está animado
al propio tiempo del carácter salvaje de la bestia.
La observación de
las aletas de la nariz, de las comisuras de la boca, de los labios, de los
pómulos, de la frente y del entre¬cejo, prueba que el escultor debía de conocer
perfectamente la morfología del esqueleto y de los músculos del rostro huma¬no.
Únicamente las órbitas y los cuernos sobre la cabeza son exagerados, mientras
que el diseño de los músculos del rostro crea una especie de tensión. Sin los
bigotes de tigre, éste podría ser el rostro de un hombre primitivo tatuado,
cuyo conocimiento de sí mismo y de la naturaleza se halla entera¬mente
contenido en los negros orificios de sus redondas órbi¬tas. Los dos agujeros en
las comisuras de los labios expresan la desconfianza de la naturaleza hacia el
hombre al mismo tiem¬po que el respeto que siente por él. Este rostro refleja
también de modo perfecto el temor del hombre hacia la bestialidad de sus
semejantes y la suya propia.
El hombre no puede
deshacerse de esta máscara, es la pro¬yección de su carne y de su alma. Se le
pega a la piel, jamás podrá liberarse de ella, pero está sumido en un profundo
asombro, como si no pudiera creer que se trate de sí mismo.
Esta imposibilidad
de abandonar la máscara le causaba inmen¬sos sufrimientos. Una vez que se la ha
puesto, es imposible arrancársela porque depende de ella, porque no tiene
voluntad personal, o, si la tiene, no conoce el modo de expresarla y pre¬fiere
no mostrarla. La máscara deja así la impresión de un hombre que se contempla
eternamente en el más profundo de los asombros.
Es una verdadera
obra maestra. La encontré en un museo de Guiyang. Por aquella época, el museo
estaba cerrado por reformas. Gracias a unos amigos que me consiguieron una
carta de recomendación, y otros que hicieron algunas llamadas telefónicas por
mí con tal o cual pretexto, me atreví a molestar a un conservador adjunto del
museo, un mando muy amable, rechoncho, siempre con una taza de té en la mano.
Pienso que ahora debe de estar jubilado. Hizo que abrieran dos reserva¬dos y me
dejó pasearme entre las estanterías llenas de bronces, de armas y de todo tipo
de piezas de alfarería. Era por supues¬to todo magnífico, pero no encontraba
nada que pudiera dejarme un recuerdo imperecedero. Aprovechándome de su
generosidad, volví una segunda vez. Él me confió que sus reservados estaban
sobrecargados y que no sabía en realidad muy bien qué quería ver yo. Lo mejor
era que me dejara el catálogo en el que cada pieza iba acompañada de una
pequeña foto. Terminé por encontrar esta máscara nuo clasificada entre los
objetos de religión y de superstición. Me explicó que per¬manecían siempre
guardadas bajo llave, que nunca habían sido expuestas, que si quería de verdad
verlas tendría previamente que cumplir con cierto número de formalidades.
Cuando volví una tercera vez, el amable conservador hizo subir para mí un gran
baúl mundo. Al sacar las máscaras una por una, me quedé boquiabierto.
Había una veintena
de ellas, confiscadas en los años cincuenta como objetos de superstición. Me
pregunto quién fue el que llevó a cabo esta buena obra, pues, de este modo, no
fueron quemadas como madera de calefacción y escaparon a la Revolución Cultural.
Según las estimaciones de un arqueólo¬go de este museo, se trataba de piezas de
las postrimerías de la dinastía Qing. Los colores habían desaparecido todos,
los úni¬cos rastros de laca que subsistían habían ennegrecido y perdi¬do su
brillo. En las fichas se mencionaba su procedencia: los distritos de Huangping
y de Tianzhu, en el curso superior de los ríos Wushui y Qingshui, una región
poblada de han, de miao, de tong y de rujia.
Me dirigí, así
pues, hacia allí.
25
En la luz
anaranjada de la mañana, los colores de las mon¬tañas son puros y frescos, el
aire límpido y claro, no pareces haber pasado una noche en blanco, estrechas un
hombro suave, su cabeza está apoyada contra ti. No sabes si es la muchacha que
has visto en sueños esta noche, no distingues ya cuál es la más real de las
dos. Todo cuanto sabes en este momento es que ella te sigue obedientemente sin
inte¬resarse por tu destino final.
Al tomar este
sendero de montaña, tras haber subido la pen¬diente, no pensabas llegar a una
vasta meseta cubierta hasta el infinito de campos en terraza. Dos pilares se
alzan allí, que en otro tiempo debían de formar una puerta de piedra. De cada
lado yacen unos fragmentos de leones y de tambores de pie¬dra. Dices que antaño
vivía allí una familia de gran renombre. Una vez cruzado el portal, los patios
se sucedían unos a otros. La residencia debía de medir como mínimo un li de
largo, pero ahora no son más que arrozales.
Todo ardió cuando
los Taiping se rebelaron y vinieron a este pueblo de Wuyi, ¿no? Ella hace esta
pregunta expresamente.
Tú dices que el
incendio se produjo más tarde. En otro tiempo, el Segundo Señor, nieto del
primogénito de la fami¬lia, era un gran mandarín en la corte. Nombrado
presidente del Ministerio de los Castigos, se vio involucrado en un asun¬to de
contrabando de sal. En realidad, más que afirmar que infringió la ley por un
soborno, sería mejor decir que el empe¬rador, en su estupidez, dio crédito a
unas falsas acusaciones lanzadas por los eunucos. Sospechaba que él estaba
implicado en una conjura urdida por la familia de la emperatriz para usurpar el
trono; siguió a ello la confiscación de todos sus bie¬nes y la decapitación de
todos los miembros de su familia. De las trescientas personas que ocupaban esta
inmensa residen¬cia, todos los hombres, incluso los niños menores de un año,
fueron exterminados, y las mujeres entregadas como sirvien¬tas. Fue realmente
lo que se llama poner fin a la descendencia. ¿Cómo hubiera podido evitarse que
esta residencia fuera arra¬sada?
Habrías podido
contar la historia de otro modo. Conside¬rando el conjunto arquitectónico que
forman esta tortuga de piedra negra medio rota que surge del suelo, estas
puertas, estos tambores y estos leones de piedra, el lugar podía no haber sido
otrora la residencia de una familia, sino más bien una tumba. Evidentemente,
con su alameda de un li, esta tumba debía de ser de una gran magnificencia,
pero ahora era difícil probar su existencia. La estela erigida sobre el
capara¬zón de la tortuga de piedra fue robada por un campesino durante el
período de la reforma agraria, y transformada en muela de molino, mientras que
los restantes pedestales fueron enterrados en el lugar mismo, pues su peso no
permitía su reu¬tilización o bien exigía demasiada mano de obra para
desplazarlos. Pero no era ciertamente un hombre del pueblo el que fue enterrado
allí, ni tampoco un hidalgo del lugar que no habría osado permitirse semejante
lujo, por más que hubiera poseído gran cantidad de tierras. Sólo príncipes y
ministros tenían ese privilegio.
Y precisamente,
aquel del que tú hablas, es uno de los fun¬dadores de un Estado que, a
consecuencia de la rebelión de Zhu Yuanzhang, hostigó a los tártaros; tanto
combatió que puede decirse que prácticamente ninguno de sus hombres murió de
muerte natural como él. Sólo los que daban prueba de un excepcional valor
podían morir en su lecho y disfrutar de unas grandes exequias. Evidentemente,
el futuro ocupante de la tumba vio que los viejos generales, que estaban al
lado del emperador, desaparecían uno tras otro a causa de las intrigas. Helado
de espanto desde la mañana a la noche, finalmente se atrevió a presentar su
carta de dimisión al emperador: «Ahora que reina la paz en el país y el pueblo
está tranquilo —escri¬bía—, la clemencia del emperador es inmensa, ministros y
generales abarrotaban la corte, pero a mí, pequeño ministro sin talento, de más
de cincuenta años de edad, con una anciana madre viuda derrengada por el
trabajo, sola en casa y enferma, no me quedan muchos años por delante y sería
mi deseo regre¬sar a mi tierra natal para servir aún un poco a mi madre».
Cuando la carta de dimisión llegó a manos del emperador, él había abandonado ya
la capital imperial. Su Majestad el Hijo del Cielo no pudo dejar de lamentarlo
y ordenó que se le entregara un valioso presente. A su muerte, el emperador
consintió en firmar de su puño y letra un edicto según el cual tendría derecho
a ser enterrado en una gran tumba, para que sus méritos fuesen eternamente
exaltados por las futuras gene¬raciones.
Esta anécdota tiene
también otra versión, muy alejada de lo que se menciona en los libros de
historia, pero que encaja mucho más con un «escrito a vuelapluma». Cuando el
ocu¬pante de la tumba vio que el emperador eliminaba a los vete¬ranos so capa
de «introducir rectificaciones en el programa de la corte», afirmó que debía
partir para las exequias de su padre y abandonó su puesto para refugiarse en el
campo. A conti¬nuación, simuló la locura y no quiso ver ya a nadie. El
emperador alimentaba alguna sospecha y no estaba tranquilo. Envió a un emisario
que cruzó los montes y valles para llegar a su casa, pero encontró la puerta
cerrada. Arguyendo que era portador de una orden imperial, penetró a la fuerza
en la mansión. ¿Quién se hubiera imaginado que nuestro hombre saldría a cuatro
patas ladrando furiosamente? El emisario permanecía escéptico. Cubriéndole de
injurias, le ordenó, en nombre del emperador, que se cambiase de ropa para
regresar con él a la capital. Nuestro hombre se puso entonces a oler unas cagarru¬tas
de perro que había en una esquina de la pared, y acto segui¬do se las tragó al
tiempo que sacudía la cabeza. El emisario no pudo sino regresar a la corte para
dar cuenta de ello al empe¬rador, cuyas sospechas se desvanecieron. Tras la
muerte del hombre, se le dispensaron unos grandes funerales. En reali¬dad, las
cagarrutas de perro habían sido elaboradas por su don¬cella favorita con azúcar
mezclado con granos de sésamo maja¬dos, pero ¿como hubiera podido el emperador
imaginar semejante cosa?
Vivió también aquí
un letrado de aldea que perseguía el mérito y la gloria. Estuvo toda su vida
tratando de pasar los exámenes hasta alcanzar la edad madura y, con más de
cin¬cuenta y dos años, terminó por aprobar, siendo el último de su promoción.
Esperaba cada día con impaciencia ser nombrado para un puesto. ¿Quién hubiera
dicho que su hija aún célibe miraría con ternura a su joven cuñado y acabaría
embarazada?
Esta estúpida
muchacha creía que el bezoar de buey la ayuda¬ría a abortar y cogió unos
cólicos que duraron dos meses. Enflaquecía cada día más, mientras que su
vientre se hinchaba. Finalmente, sus padres descubrieron la cosa y quedaron
tras¬tornados. Para salvar su reputación, el anciano imitó el méto¬do utilizado
por el emperador con sus ministros y los hijos rebeldes cuya muerte ordenaba.
No dudó en encerrar a su hija deshonrada en un ataúd de tablas. El asunto no
tardó en difun¬dirse y llegó hasta la cabeza de distrito. Temiendo siempre
perder su bonete de mandarín, el jefe de distrito, que se hacía ya mala sangre
debido a las prácticas poco ortodoxas corrien¬tes en esta región, quiso en este
caso aplicar un castigo ejem¬plar y transmitió el asunto a la prefectura que, a
su vez, lo transmitió a la corte imperial.
El emperador,
totalmente ocupado con su favoritas, desa¬tendía desde hacía tiempo los asuntos
de la corte, pero un día que se aburría mortalmente quiso conocer los
sentimientos del pueblo para con él. Los ministros le informaron entonces de
esta historia ejemplar que no dejó de provocar sus suspiros, pues era un hombre
de buen sentido. «He aquí una familia que conocía bien los ritos», dijo. Estas
palabras se convirtieron al punto en una declaración oficial y fueron
transmitidas a la pre¬fectura. Allí, el prefecto añadió una anotación a la
misma: esta declaración debía ser grabada inmediatamente en una tablilla y
difundida entre toda la población sin más demora. A conti¬nuación fue
transmitida con urgencia por medio de un correo hasta la cabeza de distrito. El
jefe de distrito no dudó en mon¬tar en un palanquín, acompañado de sus hombres
que golpea¬ban el gong y gritaban para hacer apartarse a la gente a lo largo
del camino. Y, una vez arrodillado para recibir la declaración emanada del
emperador, ¿cómo hubiera podido este viejo letrado contener las lágrimas de
gratitud? El jefe de distrito le dijo solemnemente: «Esta declaración que emana
del Hijo del Cielo vale más que mil onzas de oro. Id inmediatamente a eri¬gir
un pórtico en su honor y hacedla grabar para que no sea olvidada jamás. ¡Este
acontecimiento extraordinario reportará gloria a vuestros antepasados y
conmoverá a cielo y tierra!». El viejo pidió en préstamo varias decenas de
miles de libras de arroz y contrató a unos picapedreros cuyo trabajo supervisó
día y noche. Al cabo de seis años, el pórtico minuciosamente esculpido fue
acabado antes del solsticio de invierno. Para su inauguración, el viejo ofreció
un gran convite a todos sus veci¬nos y, al final del año, hizo sus cuentas.
Debía aún cuarenta onzas de plata y ciento sesenta monedas de oro. Terminó por
resfriarse y caer enfermo. Ya no se levantó y murió antes de la siembra de
primavera.
El pórtico
conmemorativo se alza aún hoy en la entrada de la aldea y los indolentes
pastores lo utilizan para atar sus bue¬yes en él. Sin embargo, la inscripción
horizontal entre los dos pilares no pareció adecuada al presidente del comité
revolu¬cionario cuando vino de inspección por estos pagos, y ordenó al
secretario de la aldea reemplazarla por el eslogan: «Que la agricultura tome
ejemplo de Dazhai». Las sentencias parale¬las de los pilares: «Desde siempre,
fidelidad y piedad filial se transmiten de padres a hijos», «Eternamente, el
Shijing y el Shujing se extenderán por el mundo» debían ser sustituidas por
«Cultivar la tierra para la revolución, sin egoísmo y por el bien común».
¿Quién podía saber en aquel entonces que el modelo de Dazhai sería puesto en
entredicho y que la tierra sería devuelta a los campesinos? Ahora, cuanto más
trabaja uno más se enriquece. Nadie presta ya atención a estos eslóganes. Por
otra parte, todos los descendientes de esta familia han hecho fortuna con el
comercio; ¿cuál de entre ellos tendría tiempo de volver para cambiar estas
máximas?
Detrás del pórtico,
en la puerta de la primera casa, hay sen¬tada una anciana. Maja alguna cosa en
un almirez de madera. A su lado, un perro amarillento olisquea en todos los
sentidos. La anciana esgrime la mano de mortero y cubre al animal de maldiciones:
—¡Largo, despeja!
Tú, en cualquier
caso, no eres perro. Continúas avanzando para poder dirigirle la palabra:
—¿Qué, anciana,
está haciendo pasta de queso picante?
Sin responderte,
ella te dirige una mirada y se pone de nuevo a moler pimiento picante fresco.
—Disculpe, ¿hay por
aquí algún lugar llamado la Roca del Alma?
Sabes perfectamente
que sería inútil preguntarle sobre un arduo asunto como la Montaña del Alma,
por lo que le expli¬cas que vienes de una aldea situada más abajo, la aldea de
la familia Meng, y que alguien te ha hablado de una tal Roca del Alma.
Ella interrumpe su
labor y te mira fijamente. De hecho, es sobre todo a tu amiga a quien ella
examina, luego vuelve la cabeza y te pregunta en tono de gran misterio:
—¿Busca tener un
hijo, no es así?
Ella te coge
furtivamente de la mano para atraerte hacia sí, pero le preguntas sin
comprender:
—¿Qué relación
existe entre esta roca y el hecho de querer un hijo?
—¿Qué relación,
dices? —exclama ella con voz aguda—. Son siempre las mujeres las que van allí.
¡Van a quemar incien¬so cuando no consiguen tener un hijo varón!
Y se echa a reír
ahogadamente, como si le hicieran cosqui¬llas.
—¿Y esta joven
quiere tener un hijo varón?
Agresiva, la
anciana se dirige a ella.
Tú le explicas:
—Estamos de viaje,
vamos un poco por todas partes.
—Pero ¿qué hay de
interesante aquí? Estos últimos días ha ocurrido lo mismo, han venido varias
parejas de la ciudad. Han alborotado la aldea.
No puedes evitar
preguntarle:
—¿Qué han venido a
hacer?
—Llevaban un
aparato eléctrico, que no paraba de berrear y resonaba por toda la montaña. En
la era se apretaban abraza¬dos unos con otros, sin parar de menear las caderas.
¡Qué ver¬güenza!
—Ah, bueno,
¿buscaban también ellos la Montaña del Al¬ma?
Tú estás cada vez
más interesado.
—¡La montaña de la
desgracia dirás! Ya te lo he dicho, es allí donde las mujeres que quieren un
hijo varón van a quemar incienso.
—¿Por qué no pueden
ir los hombres hasta allí?
—Si no le temes a
la negra, puedes ir allí. ¿Quién te lo im¬pide?
Ella tira otra vez
de ti, pero tú dices que sigues sin com¬prender.
—¡Te verás manchado
por la sangre!
No sabes si la
vieja te pone en guardia o bien te maldice.
—Ella dice que es
tabú para los hombres.
Quiere justificar
lo que dice la anciana.
Tú dices que no
existe ningún tabú.
—Ella se refiere a
la sangre menstrual de las mujeres —te dice al oído, como si quisiera incitarte
a que os fuerais.
—Pues bien, ¿qué
pasa con la sangre menstrual de las muje¬res?
Tú dices que te
importa un comino esa sangre.
—Vamos a ver lo que
hay en esa Montaña del Alma.
Ella dice que ya
basta, que no tiene ganas de ir allí. Tú le preguntas de qué tiene miedo, ella
dice que tiene miedo de las palabras de la anciana.
—Pero ¿cómo van a
existir tales prácticas? ¡Vayamos allí! —le dices tú.
Y le preguntas el
camino a la vieja.
—No hacéis bien,
vais a atraer a los demonios.
La anciana está a
tus espaldas. Esta vez está claro que se trata de unas imprecaciones.
Ella dice que tiene
miedo, que tiene como un presentimien¬to. Tú le preguntas si tiene miedo de
encontrarse con una bruja. Y añades que en esas aldeas de montaña todas las
ancia¬nas son unas brujas y las jóvenes unas zorras.
—¿También yo, en
ese caso? —te pregunta ella.
—¿Por qué lo
preguntas? ¿No eres una mujer?
—¡Y tú un demonio!
—dice ella con ánimo vengativo.
—A los ojos de las
mujeres, todos los hombres son unos demonios.
—¿Así que estoy con
un demonio? —pregunta ella levan¬tando la cabeza hacia ti.
—El demonio se
lleva a la zorra —dices tú.
Ella suelta una
alegre carcajada. Pero te suplica de nuevo que no vayáis allí.
—¿Qué pasará si
vamos allí? —preguntas deteniéndote—. ¿Atraeremos la mala fortuna?
¿Provocaremos una catástrofe? ¿Qué hay que temer?
Acaramelada contra
ti, dice que contigo está tranquila, pero tú adviertes que una sombra cruza por
su rostro. Te esfuerzas por disiparla hablando en voz muy alta.
26
No sé si has
reflexionado sobre esta cosa extraña que es el yo. Cambia a medida que se lo
observa, como cuando fijas la mirada en las nubes del cielo, tumbado en la
hierba. Al principio se asemejan a un camello, luego a una mujer, y por último
se transforman en un anciano de luen¬ga barba. Nada sin embargo es fijo, puesto
que en un abrir y cerrar de ojos vuelven a cambiar de forma.
Es como cuando vas
al retrete de una casa vieja y observas las paredes con manchones. Vas allí
todos los días, pero las manchas, por más que sean antiguas, cambian en cada
ocasión. La primera vez, distingues un rostro humano, luego un perro muerto,
desventrado. La vez siguiente se transforman en un árbol bajo el cual una
chiquilla monta un jamelgo enjuto. Diez o quince días más tarde, tal vez varios
meses después, una mañana, estás estreñido y descubres de repente que las
man¬chas de agua han vuelto a tomar la forma de un rostro humano.
Echado en la cama,
miras al techo. La sombra de la lámpara transforma también el blanco techo. Si
concentras tu atención en tu yo, te das cuenta de que se aleja paulatinamente
de la imagen que te es familiar, que se multiplica y reviste rostros que te asombran.
Es por ello por lo que me sentiría presa de un terror irreprimible si tuviera
que expresar la naturaleza esencial de mi yo. No sé cuál de mis múltiples
rostros me representa mejor y, cuanto más los observo, más evidentes me parecen
sus transformaciones. Finalmente, sólo queda la sor¬presa.
También puedes
esperar, esperar que las manchas de agua en la pared retornen a su forma
original, se vuelvan de nuevo un rostro humano, puedes también desear que un
día tu ima¬gen adquiera tal o cual forma. Pero por experiencia sé que cuanto
más tiempo pasa, menos evoluciona esta imagen según tus deseos y que, a menudo,
por el contrario, se vuelve mons¬truosa. No puedes ya aceptarla, pero, como se
trata de tu yo, al final no te queda más remedio que hacerlo.
Un día vi la foto
pegada en mi carnet de autobús que había dejado sobre la mesa. En un primer
momento, encontré mi sonrisita más bien agradable, pero acto seguido me pareció
más exactamente burlona, un tanto altanera y fría, delatando cierto amor propio
mezclado con no poca autosatisfacción, indicaba que me tomaba por un personaje
superior. En realidad, percibí en ella una especie de afectación acompañada de
una expresión de gran soledad y de vago terror; no era en absoluto el rostro de
un triunfador. Podía leerse amargura en ella. Por supuesto que no podía haber
en ella la vaga sonrisa habitual que nace de la felicidad involuntaria, sino
que era más bien una expresión de duda ante la felicidad. Eso se volvía un poco
aterrador e incluso inútil. La sensación de caer sin que pueda encontrarse
ningún asidero seguro. Nunca más he querido volver a ver esa foto.
A continuación, me
puse a observar a los demás, pero al hacerlo, descubría que ese yo detestable y
omnipresente tam¬bién se entrometía, sin poder dejar de intervenir en la
per¬cepción del rostro ajeno. Era algo lamentable: cuando obser¬vaba a otra
persona, continuaba observándome yo mismo. Buscaba rostros que me gustaran, o
una expresión que me resultase aceptable. Si un rostro no conseguía
emocionarme, si no conseguía encontrar gentes con las que identificarme entre
los que pasaban por delante de mí, los observaba, pues, sin verles. En una sala
de espera, en un vagón de tren, en la cubierta de una embarcación, en una fonda
o en un parque, o incluso dando un paseo por la calle, no elegía más que los
ros¬tros o las siluetas próximas a aquellos que me resultaban familiares y en
los que buscaba algún indicio que pudiera hacer resurgir un recuerdo enterrado.
Cuando observo a los otros, los considero como espejos que me devuelven mi
propia ima¬gen y esta observación depende enteramente de mi estado de ánimo del
momento. Incluso cuando miro a una muchacha, trato de aprehenderla con mis
propios sentidos, la imagino con mi propia experiencia antes de formular un
juicio. Mi comprensión del prójimo, incluidas las mujeres, es de hecho
superficial y arbitraria. A través de mi mirada, las mujeres no son nada más
que meras ilusiones que me he creado yo mismo y que utilizo para mistificarme.
Esto me entristece. Por eso mis relaciones con las mujeres conducen siempre, en
última instancia, al fracaso. Y a la inversa, si fuera yo una mujer, no por
ello me costaría menos el contacto con los hombres. El problema radica en la
toma de conciencia inte¬rior de mi yo, ese monstruo que me atormenta sin cesar.
El amor propio, la autodestrucción, la reserva, la arrogancia, la satisfacción
y la tristeza, los celos y el odio, provienen de él, el yo es de hecho la
fuente de la desdicha de la humanidad. ¿Acaso la solución a esta desdicha tiene
que pasar por el ahogo del yo consciente?
He aquí porqué Buda
enseñó la iluminación: todas las imá¬genes son mentiras, la ausencia de imagen
también lo es.
27
Ella dice que tiene
realmente ganas de volver a su infan¬cia, una época en que no sabía lo que eran
ni las penas ni las preocupaciones. Para ir a la escuela cada día, su abuela
materna le hacía trenzas. Dos largas trenzas, bri¬llantes, ni demasiado apretadas
ni demasiado sueltas. Todo el mundo decía que eran muy bonitas. Al morir su
abuela, ella se cortó el pelo muy corto, por propia voluntad, en señal de
pro¬testa, no habría podido hacerse ni siquiera las dos pequeñas coletas de
moda entre los guardias rojos. En aquella época, su padre, objeto de una
investigación, fue separado de ellas y encerrado en el gran edificio de su
unidad de trabajo. Le ha¬bían negado el derecho a volver a casa, y su madre le
llevaba cada quince días unas mudas de recambio, pero ella nunca le permitió ir
a verle. A continuación, su madre y ella fueron mandadas al campo. Ella no
tenía la menor aptitud para convertirse en guardia rojo. Dice que la época más
feliz de su vida fue aquella en que llevaba sus largas trenzas. Su abuela se ase¬mejaba
a un viejo gato, dormía siempre a su lado, y esto la tranquilizaba enormemente.
Dice que ahora es
ya vieja, que su corazón es viejo, que no se siente ya afectada tan fácilmente
por las pequeñas cosas. En otro tiempo, era capaz de llorar sin el menor
motivo. Derra¬maba abundantes lágrimas, unas lágrimas que brotaban
direc¬tamente del corazón, sin que tuviera que forzarse, a tal punto se sentía
bien.
Dice que tenía una
amiga llamada Lingling. Eran amigas desde su más tierna infancia. Ella era
adorable, con sus hoyue¬los que ahuecaban sus mejillas redondeadas tan pronto
como te miraba. Ahora es ya madre, indolente, con una entonación característica
en la voz, arrastra la última sílaba de cada pala¬bra, como si tuviera siempre
sueño. Cuando era todavía ado¬lescente, su incesante charlatanería la hacía
asemejarse a un gorrión. Decía cualquier cosa, sin parar ni un instante, decía
que quería salir, que estaba triste tan pronto se ponía a llover, que no sabía
porqué, que iba a estrangularte, y efectivamente, te apretaba violentamente el
cuello hasta provocarte tos.
Una tarde de
verano, estaban las dos sentadas a orillas de un lago contemplando la noche.
Ella dijo que tenía muchas ganas de apoyarse sobre su pecho y Lingling repuso
que quería hacer de mamacita, se pusieron a armar jaleo partiéndose de risa, y,
antes de que se alzara la luna, ella te preguntó si sabías que aquella noche
era de un gris azulado y se alzó la luna, oh, la claridad que fluía de la luna,
te preguntó si ya habías visto este tipo de paisaje, esa luz que fluye en
espirales y se extiende por el suelo, como si te enfrentaras a una remolineante
niebla. Ella dice que oyeron también susurrar la luz de la luna, al filtrarse a
través de las ramas de los árboles como hierbas acuáticas onde¬ando a merced de
la corriente. Se pusieron a llorar. Sus lágrimas fluían como dos manantiales,
igual que la luz de la luna. Se sentían tan bien, los cabellos de Lingling
rozaban su rostro, los sentía aún ahora, sus rostros estaban pegados el uno al
otro, el de Lingling estaba ardiendo. Existe una especie de flor de loto que se
abre por la noche, no un nenúfar, es más pequeña que la flor de loto, más
grande que la flor de nenúfar. Tiene un pistilo rojo dorado que irradia en la
oscuridad, sus pétalos rosas como los del sebo de China, como las orejas rosas
de Lingling cuando era pequeña, pero con menos pelusilla, brillantes como la
uña de su dedo meñique, ¡ah!, en esa época ella se dejaba crecer la uña del
dedo meñique como una concha, pero no, estos pétalos rosas no brillan en
absoluto, son tan gruesos y recios como una oreja y se abren lentamente
temblando.
Tú dices que
también has visto, has visto abrirse esos péta¬los temblequeantes con un
pistilo amarillo dorado en su cen¬tro que se estremece. Eso es, dice ella. Tú
has cogido su mano. Oh, no lo hagas, dice ella, quiere que continúes
escuchándola. Ella dice que es persona seria, ¿es que no te das cuenta? ¿Es que
no quieres darte cuenta? ¿No quieres comprenderla? Dice que esta seriedad es
como la música sacra. Ella adora a la Vir¬gen, la figura de la Virgen con el
niño, los párpados caídos, las dos manos llenas de dulzura con los dedos tan
finos. Dice que espera también convertirse en madre y sostener entre sus
bra¬zos a su pequeño tesoro, esa carne viviente y tierna, que mamará la leche
de sus pechos. Es un sentimiento puro, ¿lo comprendes? Tú dices que crees
comprender. Pues bien, si todavía no lo comprendes, ¡es que realmente eres un
estúpi¬do!, dice ella.
También dice que
penden unas gruesas colgaduras, unas tras otras. Cuando se avanza entre ellas,
se tiene la impresión de estar deslizándose. Apartando con delicadeza las
colgaduras de terciopelo verde oscuro y metiéndose entre ellas, no se ve a
nadie, no hay ningún ruido, la tela absorbe los sonidos, no hay más que música,
perfectamente pura, tamizada por las colga¬duras, una música que fluye
dulcemente, que llega de una fuente cristalina llena de dulzura; por allí por
donde pasa, aparece una débil luz.
Ella dice que tenía
una tía muy guapa que se paseaba a menudo por delante de ella en casa, vestida
únicamente con un minúsculo sujetador y unas exiguas bragas. Siempre tuvo ganas
de tocar sus relucientes muslos, pero nunca se atrevió a hacerlo. Dice que en
aquel entonces era aún una niña flacucha. Pensaba que nunca podría llegar a ser
tan guapa como su tía, que tenía numerosos amigos y recibía a menudo al mismo
tiempo varias cartas de amor. Ella era actriz y eran muchos los hombres que la
perseguían con sus proposiciones. Siempre decía que la importunaban
terriblemente, pero en realidad eso le gustaba. Más tarde, se casó con un
oficial que la vigilaba estrechamente. Si regresaba a casa con un poco de
retraso, él la acosaba a preguntas e incluso a veces le pegaba. Dice que en
aquella época no había comprendido por qué su tía no le dejó, ni cómo pudo
soportar esta humillación.
También dice que
amó a un profesor, su profesor de mate¬máticas, oh, no se trataba más que del
sentimiento de una chi¬quilla. A ella le gustaba su voz cuando daba las clases,
las mate¬máticas son un hueso, no tienen ningún sentido para ella, pero le gustaba
su voz y ella hacía los deberes muy concienzuda¬mente. Un día sacó un noventa y
nueve sobre cien en un exa¬men y se deshizo en lágrimas. En pleno curso, a la
hora de devolverles los ejercicios, estalló en sollozos al ver el suyo. El
profesor le quitó el examen diciendo que lo revisaría, luego le añadió algún
punto. Ella dijo que no quería eso, no, no quería eso, y tiró su examen al
suelo. Delante de todos sus compañe¬ros de clase, no pudo evitar deshacerse en
lágrimas. Por supuesto, se cubrió de vergüenza y, tras, esto, dejó de prestarle
atención y no le llamó nunca más profesor. Después de las vacaciones de verano,
él ya no siguió enseñando en su clase, pero ella seguía pensando en él, le
gustaba su voz, esa voz teñi¬da de honestidad y de sencillez.
28
Entre Shigan y
Jiangkou, la carretera está cortada por un cordón rojo. Un minibús impide el
paso del autobús de línea en el que yo viajo. Brazalete rojo al brazo, un
hom¬bre y una mujer suben al vehículo. Tan pronto como alguien lleva este tipo
de brazalete, disfruta de un estatuto especial y ostenta un aire terrible. Yo
creía que andaban bus¬cando a alguien, pero por suerte no se trata más que de
un sim¬ple control de billetes efectuado por unos inspectores encarga¬dos de la
vigilancia de las carreteras nacionales.
El conductor había
revisado ya los billetes poco después de la salida, desde la primera parada. Un
campesino quiso esqui¬varlo, pero su bolsa quedó atrapada en la puerta del
autobús que el conductor cerró a tiempo. Tras haberle hecho desem¬bolsar diez
yuanes, le arrojó su bolsa. Sin preocuparse del cam¬pesino que le cubría de
insultos, el conductor pisó el acelera¬dor y arrancó, obligándole a saltar a la
cuneta. En estas zonas montañosas donde los vehículos son poco numerosos, estar
al mando de un volante sitúa al conductor muy por encima del común de los
mortales, y todos los pasajeros alimentan hacia él una aversión indisimulada.
El hombre y la
mujer del brazalete que suben al autobús se revelan sin embargo aún más
brutales. El hombre arranca de la mano de un pasajero el billete que le alarga
y ordena, ame¬nazando al conductor con el dedo:
—¡Abajo, abajo!
El conductor
obedece sin más historias. La mujer le pone una multa de trescientos yuanes, o
sea, trescientas veces el pre¬cio del billete, cuya esquina no ha sido cortada.
Cualquier cosa puede dominar a otra, regla que no sólo vale en la naturaleza,
sino también entre los hombres.
En un primer
momento, el conductor da una explicación, de pie cerca de su autobús. Dice que
no conoce a este pasajero, que no hubiera podido revender su billete, y acto
seguido el tono sube. Pero los inspectores permanecen inconmovibles y se niegan
a hacer la menor concesión, acaso porque el salario del conductor es más
elevado que el suyo gracias a la instaura¬ción del nuevo sistema de
responsabilidades, o bien porque quieren hacer gala del prestigio que les
confiere sus brazaletes. El conductor se sale de sus casillas, pero acto
seguido pone cara de lástima y les suplica penosamente. Pasa una hora así, sin
que el autobús vuelva a arrancar. El infractor y los inspec¬tores han olvidado
que los pasajeros encerrados en el autobús se ven condenados a asarse bajo un
sol de justicia. La aversión general contra el conductor se transforma de forma
paulatina en odio contra los brazaletes rojos. Los viajeros aporrean la
ventanilla y gritan sus reprobaciones. La mujer del brazalete rojo comprende
entonces que es el blanco de la gente. Se apre¬sura a arrancar la multa que
introduce en la mano del conductor. El otro inspector agita un banderín. Su
coche llega ense¬guida, suben a él y desaparecen a lo lejos.
Pero el conductor,
acuclillado en el suelo, se niega a levan¬tarse. Asomando la cabeza por las
ventanillas del autobús, los pasajeros tratan de consolarle, pero más tarde, al
cabo de una media hora, comienzan a perder la paciencia y se ponen a insultarle.
Él vuelve a subir entonces de mala gana a su ve¬hículo.
No ha recorrido el
autobús más que un corto trecho de camino cuando, al atravesar una aldea, se
detiene sin motivo aparente. Las puertas trasera y delantera se abren con
estruen¬do y el conductor salta de su cabina declarando:
—¡Todo el mundo
abajo! Hacemos una parada, hay que repostar.
Luego se aleja. Los
pasajeros se quedan en el autobús echando pestes, pero pronto, como nadie se
ocupa de ellos, descienden uno tras otro.
Al borde de la
carretera, además de un pequeño restauran¬te, hay una expenduría de tabaco y de
alcohol, delante de la cual, bajo un toldo tendido para proteger del sol, se
vende té.
El sol está ya
declinando, pero, bajo el entoldado, hace aún mucho calor. Me da tiempo de
tomarme dos cuencos de té frío, y el autobús aún no ha repostado. El conductor
ha desa¬parecido. Extrañamente, los pasajeros que se habían puesto a la sombra
bajo los árboles o bajo el entoldado también se han dispersado.
Entro en el pequeño
restaurante en su busca, pero no encuentro más que unas mesas cuadradas y unos
bancos va¬cíos. No comprendo realmente dónde han podido ir. Encuen¬tro por fin
al conductor en la cocina. Delante de él hay prepa¬rados en la mesa dos grandes
platos de verduras salteadas y una botella de aguardiente. Está charlando con
el patrón.
Me dirijo a él en
tono poco amable:
—¿Cuándo vuelve a
salir el autobús?
Él me responde en
el mismo tono:
—Mañana por la
mañana, a las seis.
—¿Y eso por qué?
—¿No ve usted que
he tomado aguardiente?
—No he sido yo
quien le ha puesto una multa. No debería usted vengarse con los pasajeros si
está cabreado. ¿Es que no lo entiende?
Trato de
contenerme.
—Cuando se conduce
después de haber tomado alcohol, uno se arriesga a que le caiga una multa, ¿lo
entiende o no?
Apesta
efectivamente a alcohol y exhibe un semblante de absoluto descaro. Viendo sus
dos ojillos bajo su frente que se frunce cuando mastica la comida, me coge tal
cabreo que me dan ganas de abrirle la cabeza de un botellazo. Salgo a toda
prisa del restaurante.
De vuelta a la
carretera, delante del vehículo vacío, tomo conciencia del absurdo de este bajo
mundo; de no haber subi¬do a este autobús, me habría evitado todas estas
molestias. No habría habido ni conductor, ni pasajeros, ni inspectores, ni
multa; y el problema, ahora, es encontrar un lugar donde pasar la noche.
Vuelvo bajo el
entoldado donde se sirve té. Encuentro a un pasajero.
—Ese jodido autobús
no vuelve a salir.
—Lo sé.
—¿Dónde piensa
pasar usted la noche?
—Yo también ando
buscando.
—¿Adonde se han ido
el resto de los pasajeros?
Me dice que son
todos del lugar, que saben adonde ir, que no les preocupa en absoluto el
tiempo, que llegar un día antes o después no tiene mayor importancia para
ellos. Él, en cam¬bio, viene del zoo de Guiyang donde ha llegado un telegrama
del distrito de Yinjiang. Les han comunicado que unos monta-ñeses han capturado
a una bestia salvaje desconocida. Tiene que llegar antes de la noche a la
cabeza de distrito para volver a salir a la mañana siguiente hacia la montaña.
Si llega demasia¬do tarde, mucho se teme que se encuentre a la bestia muerta.
—¡Déjela que
reviente! ¿O acaso corre el riesgo de que le caiga una multa? —le digo.
—No, no lo entiende
usted.
Yo le digo que en
este mundo no hay modo de entender nada.
El dice que a lo
que se refiere es a una bestia desconocida, no al mundo.
Le pregunto si
verdaderamente existe una gran diferencia entre este mundo y una bestia
desconocida.
Entonces me muestra
el telegrama. En él puede leerse efec¬tivamente: «Campesinos de distrito
capturado animal desco¬nocido, urge enviar alguien para identificación». Luego
me explica que un día su zoo recibió una llamada de teléfono anunciando el
descubrimiento de una salamandra gigante de cuarenta a cincuenta libras
arrojada a la orilla por un río de montaña y que, una vez que hubieron mandado
a alguien, no sólo estaba ya muerta, sino que además los aldeanos se habían
repartido su carne; el cadáver ya no podía ser reconstituido y era por supuesto
imposible conservarla como ejemplar. Esta vez, tendría que hacer por fuerza
autostop para llegar.
Le hago compañía un
buen rato. Pasan varios camiones. El enarbola su telegrama, pero nadie le hace
el menor caso. Yo no tengo el deber de salvar a ninguna bestia salvaje, ni
siquiera al mundo. ¿Para qué quedarse allí, tragando polvo? Me decido a volver
para comer en el restaurante.
Pregunto a la
camarera si se puede dormir allí. Ella me diri¬ge una mirada cargada de odio,
como si le hubiese preguntado si recibía clientes:
—¿Es que no lo ha
visto usted? ¡Esto es un restaurante!
Me juro a mí mismo
no volver a subir a este autobús, pero me quedan seguramente cien kilómetros
por hacer y, a pie, tengo por lo menos para dos días.
Cuando vuelvo al
borde de la carretera, el hombre del zoo ya no está allí; ignoro si ha
conseguido que le lleven.
El sol está a punto
de ponerse. Bajo el entoldado donde la gente bebe té, los bancos han sido
retirados. Más abajo resue¬nan unos redobles de tambor. Me pregunto de qué se
tratará. Vista desde arriba, la aldea no es más que una sucesión de teja¬dos de
tejas, y, entre las casas, hay unos patios empedrados. Más lejos se extienden
las terrazas, cuyo arroz primerizo ha sido cosechado. Algunas han sido ya
aradas como atestigua el lodo negro removido.
Bajo la pendiente
en dirección a los redobles de tambor. Un campesino sube de un arrozal, con los
pantalones arremanga¬dos, las pantorillas negras de barro. Más lejos, un niño
lleva a un búfalo tirándolo de una cuerda hacia un estanque en las afueras de la
aldea. Al ver el humo que se eleva de los tejados, me invade una sensación de
paz.
Me detengo, escucho
el tambor. Ya no hay conductor, ni inspectores de brazalete rojo, ni ningún
exasperante autobús, ni telegrama exigiendo reconocer con urgencia a una bestia
desconocida, la naturaleza recobra sus prerrogativas. Pienso en esos años pasados
en el campo, obligado a tomar parte en el trabajo manual. De no haber
evolucionado la situación, ¿no estaría yo como ellos, cultivando la tierra? Y
también yo, al final del trabajo, con las pantorrillas cubiertas de barro, me
sentiría tan cansado que ni siquiera tendría ánimos ya de lavarme, pero no
experimentaría una ansiedad semejante. ¿Por qué tanta prisa por ir allí? Nada
más natural que este humo que sale de los hogares a la luz del crepúsculo,
estos tejados de tejas, estos redobles de tambor, unas veces próximos, otras
lejanos.
Los repetidos
redobles de tambor parecen salmodiar una leyenda sin palabras. Y sólo quedan
los tejados de las casas que se oscurecen a medida que cambian el color del
agua y la luz del cielo, las losas de piedra grisáceas confusamente distintas
entre los patios de las casas, el barro que ha conservado la tibieza del sol,
el aliento exhalado por los hocicos de los búfa¬los, los fragmentos de
conversación que suben de las vivien¬das, que se dirían discusiones, y también
el viento de la tarde, el temblor de las hojas de los árboles por encima de mi
cabeza, el olor de la paja y del establo, el chapotear del agua que se agita,
el chirrido de una puerta, tal vez, o de la roldana de un pozo, el piar de los
gorriones y el arrullo de una pareja de tór¬tolas en alguna parte en su nido,
las llamadas de las voces agu¬das de las mujeres y de los niños, el olor de la
artemisia y el bordoneo de los insectos en vuelo, el barro seco bajo los pies,
pero blando por debajo, el deseo latente y la sed de felicidad, las vibraciones
que hacen nacer en el corazón los redobles de tambor, las ganas de caminar
descalzo y de sentarme en el umbral de una puerta gastado por el paso de los
hombres.
29
Un enviado del
brujo de Tianmenguan, el Paso de la Puerta Celeste, vino a Mujiangping, la
Terraza de los Ebanistas, para encargar a un viejo escultor una cabeza de la
diosa Tianluo. Dijo que volvería a buscarla perso¬nalmente para ofrendarla el
día veintisiete del duodécimo mes en el altar de sus antepasados. El enviado
ofreció una oca en prenda y prometió que, si el trabajo era realizado en el
plazo previsto, entregaría una jarra de aguardiente de arroz y media cabeza de
cerdo; con todo lo cual el anciano podría festejar el Año Nuevo. Fue entonces
cuando el viejo escultor se sintió presa del terror, dándose cuenta de que
tenía los días conta¬dos. La diosa Guanyin es dueña y señora de nuestra vida y
la diosa Tianluo de nuestra muerte; ésta venía a urgirle para que pusiera fin a
su vida.
En los últimos
años, al margen de su trabajo de ebanista, había hecho bastantes esculturas,
había tallado figuras del dios de la Riqueza, del monje abstinente, del
encargado del registro de los vivos y de los muertos, había fabricado también
para las compañías teatrales nuo series completas de máscaras, Zhang Kaishan
mitad hombres y mitad dioses, Mashuai mitad hom¬bres y mitad dioses, pequeños
demonios mitad hombres y mitad diablos, amén de figuras cómicas de Qintong en
actitudes gesticulantes. Para gentes venidas de allende la montaña, había
tallado también figuras de Guanyin, pero lo cierto es que nadie le había
encargado todavía la feroz figura de la diosa Tianluo, la que gobierna la vida
de los seres, y resultaba que ahora ella había venido a reclamarle su vida.
¿Cómo podía ser tan atolondrado como para haber aceptado con tanta facilidad?
Había sido a causa de su vejez, de su gran codicia. Bastaba con que le tentaran
con algún objeto de valor para que esculpiera cualquier cosa. Todo el mundo
coincidía en decir que sus escul¬turas rebosaban de vida. A simple vista, uno
podía reconocer al dios de la Riqueza, al Mandarín de las Almas, a un Luohan
son¬riente, al monje abstinente, al encargado del registro de los vivos y de
los muertos, al general Zhang Kaishan, a un Mashuai o a un pequeño demonio, a
una Guanyin. Nunca antes había visto ninguna Guanyin, tan sólo sabía que era
una madre que favorecía el nacimiento de los hijos. Cuando una mujer llegada de
allende las montañas le trajo dos pies de tela roja para encar¬garle una
figurita de Guanyin, ella pasó la noche en su casa. A la mañana siguiente,
volvió a partir contentísima, llevándose consigo a la Guanyin que él había
creado con sus manos en espacio de una noche. Pero en toda su vida nunca había
escul¬pido a la diosa Tianluo, en primer lugar porque nadie se lo había pedido
y, en segundo, porque esta figura feroz no podía ser expuesta más que en el
altar de un brujo. No pudo reprimir un estremecimiento. Se le heló la sangre;
sabía que la diosa Tianluo le atraía ya hacia ella, esperando arrebatarle la
vida.
Trepó sobre una
pila de leña para coger un trozo de boj que se estaba secando sobre una viga,
una madera de finas nerva¬duras, imposible de deformarse ni de resquebrajarse.
Lo había guardado allí hacía varios años, sin decidirse a emplearlo para un
encargo corriente. Una vez subido sobre la pila de leña, al alargar la mano
para apoderarse del trozo de madera, se le res¬baló un pie y la pila se
desmoronó. Estaba muy asustado, pero comprendió lo sucedido. Con el trozo
apretado entre sus bra¬zos, fue a sentarse sobre un tocón de arce que le servía
de tajo. Para un trabajo normal, desbastaba el material bruto con unos pocos
hachazos, sin pensar demasiado, luego lo trabajaba a escoplo y, siguiendo las
virutas levantadas por la hoja, sacaba la forma. Era algo rutinario. Pero nunca
había tallado ninguna diosa Tianluo y se quedó allí sentado, como estupefacto,
con su trozo de madera entre los brazos. Al sentir que le entraba frío, dejó la
madera en el suelo. Volvió dentro de la casa, donde se sentó sobre un madero renegrido
por el humo del hogar y reluciente a base de haber sido pulido por todas las
posaderas que se habían sentado en él. Su final estaba próximo. Era cons¬ciente
de que no acabaría el año. Le encargaban esta estatuilla para el veintisiete
del duodécimo mes, justo antes de la ofren¬da al genio del hogar, sin esperar
siquiera al decimoquinto día del primer mes, la Fiesta de las Linternas. No le
dejarían pasar en modo alguno el Año Nuevo en paz.
Había cometido
muchos crímenes, dice ella.
¿Eso es lo que dijo
la diosa Tianluo?
Sí, dice ella, no
era un buen anciano, no fue capaz de con¬tentarse con su suerte.
¿Sedujo a la joven
que vino a pedirle un hijo?
Era esa joven la
que era despreciable, pues consintió en todo.
¿Acaso eso no es
pecado?
No necesariamente.
Pues bien, sus
pecados son...
Que abusó de una
muchacha muda.
¿En su casa?
No, eso no se
habría atrevido a hacerlo, era un día en que estaba fuera. Los artesanos como
él que trabajan lejos de sus casas permanecen mucho tiempo solos. Tienen un
poco de dinero y mucha gramática parda. Encontrar mujeres para acostarse con
ellas no es difícil. Algunas lo hacen por afán de lucro. Pero él no hubiera
debido engañar a una muda. La des¬honró, se divirtió con ella y luego la dejó
tirada.
Cuando la diosa
Tianluo vino a arrebatarle la vida, ¿él pensó que era por esa muda?
Seguramente debió
de pensar en ello, pues ella se le apare¬ció sin que él pudiera borrarla de su
mente.
Así pues, ¿era una
venganza?
Sí. ¡Es la venganza
que esperan todas las muchachas que han sufrido alguna humillación! ¡De vivir
ella aún, de poder volver a encontrarle, le sacaría los ojos, le cubriría de
insultos de lo más hirientes, pediría a los demonios que se lo llevaran hasta el
decimoctavo círculo de los infiernos, le infligiría las peores torturas! Pero
esta muchacha era muda, no tenía modo alguno de hacerse comprender y, al quedar
embarazada, la echaron de su casa, y ella se puso a andar por esos mundos de
Dios, prostituyéndose y mendigando. Se convirtió en una masa de carne
corrompida y repugnante. Al principio, no deja¬ba de tener su encanto y habría
podido perfectamente casarse con un honesto campesino y llevar una vida
conyugal normal y corriente. Habría tenido un hogar para protegerse y traer
hijos al mundo, y, a su muerte, habría tenido incluso un ataúd.
Él no pensó en todo
eso, no pensó más que en sí mismo.
Pero los ojos de
esa muchacha no dejan de mirarle fijamente.
Los ojos de la
diosa Tianluo.
Los ojos de esa
muchacha muda.
¿Sus ojos llenos de
terror cuando él la poseyó?
¡Sus ojos llenos de
sed de venganza!
Sus ojos
suplicantes.
Ella no podía
suplicar, se tiraba de los pelos llorando.
Ella la miraba,
despavorido,
no, ella gritaba...
Pero nadie
comprendía el sentido de sus gritos confusos y todo el mundo se reía. Y él
también se reía en medio de la mul¬titud.
¡Increíble!
¡Sí! En esa época,
no conocía aún el miedo y estaba satisfe¬cho de sí mismo. Pensaba que nadie
podría descubrirle.
¡El destino
acabaría vengándose de él!
Por eso la diosa
Tianlou se presentó mientras él atizaba las brasas, apareció entre las llamas y
el humo. Él cerró con fuer¬za los ojos y se le saltaron las lágrimas.
¡No le muestres
bajo su mejor aspecto!
Todo el mundo llora
cuando tiene los ojos llenos de humo. Él se sonó la nariz con sus dedos ásperos
cual astillas de made¬ra seca, se fue al patio renqueando mientras arrastraba
sus chi¬nelas, cogió entre sus brazos el trozo de boj, y, acurrucado cerca del
tocón de arce, estuvo esculpiendo con el hacha hasta la noche. Luego regresó a
su casa, con el trozo de madera entre los brazos. Sentado al amor del fuego, se
lo metió entre las piernas y lo acarició con sus callosas manos. Sabía que era
la última figurita que tallaba en su vida y temía no tener tiem¬po suficiente
para terminarla. Quería conseguirlo antes de que despuntara el día, pues sabía
que en ese instante desaparecería la imagen que conservaba en él, en la punta
de sus dedos, la silueta de la muchacha, su boca, su labio superior que
apretaba con fuerza cuando meneaba la cabeza, el lóbulo de sus orejas tan
tierno pero particularmente carnoso, por el que tendría que pasar unos grandes
aretes; su piel tensa pero flexible al mismo tiempo, su rostro terso y delicado
y, por último, su nariz y su barbilla prominentes, pero sin salientes aristas.
Su mano se introdujo dentro del cuello alto de su traje...
Por la mañana, los
aldeanos que se dirigían a la feria de Luofengpo a hacer sus compras de Año
Nuevo le llamaron, pero él no respondió. La puerta estaba abierta de par en par
y flotaba un olor a quemado. Las gentes entraron y le descubrie¬ron, desplomado
dentro del hogar. Estaba ya muerto. Algunos dijeron que si había sido víctima
de un ataque, otros que si había muerto abrasado. A sus pies yacía una figurita
de la diosa Tianluo casi acabada, tocada con una corona de espinas. En el borde
de su tocado había abiertos cuatro agujeritos. De cada uno de ellos asomaba una
tortuga negra, con la cabeza estira¬da, como una bestia salvaje al acecho,
agazapada en su madri¬guera. Los párpados de la escultura estaban caídos, como
si estuviera en un estado de duermevela. La fina arista de su nariz unía dos
cejas arqueadas que daban la impresión de estar lige¬ramente fruncidas, y tenía
sus labios, pequeños y delgados, fuertemente apretados, como mostrando
desprecio hacia la vida, pero sus pupilas negras, apenas perceptibles,
desprendían un brillo glacial. Sus cejas, sus ojos, su nariz, su boca, su
ros¬tro, su barbilla, su cuello fino y largo, todo reflejaba la delica¬deza de
una muchacha; tan sólo los lóbulos de sus orejas, car¬nosos y firmes, de los
que pendían unos aretes de cobre en forma de hierros de lanza dejaban apuntar
cierta seducción. Su cuello, en cambio, estaba estrangulado por el cuello de su
traje que subía muy alto. Y he aquí cómo esta diosa Tianluo fue ofrendada en el
altar del hechicero de Tianmenguan, el Paso de la Puerta Celeste.
30
Desde hacía mucho
tiempo había oído leyendas sobre la célebre serpiente qi y su terrible veneno.
En el campo, se la conoce a menudo como el Dragón de los Cinco Pasos, pues se
afirma que su picadura provoca la muerte de un hombre o de una bestia antes de que
les dé tiempo a recorrer cinco pasos. Otros afirman que hay pocas
posibilida¬des de escapar a ella si se pasa a menos de cinco pasos de donde
está. Es probablemente a ella a quien se refiere el proverbio: «El más poderoso
de los dragones no es capaz de vencer a la primera serpiente terrestre». Todos
coinciden en señalar que es distinta del resto de serpientes venenosas. Incluso
la ser¬piente de anteojo, por más peligrosa que sea, puede ser fácil¬mente
espantada por el hombre. Cuando ataca, levanta bien alto la cabeza y se yergue
emitiendo unos gritos para aterrori¬zar al hombre. Cuando uno se tropieza con
ella, puede prote¬gerse muy fácilmente arrojando alguna cosa a su lado. Si uno
no tiene nada que tirarle, basta con lanzar los propios zapatos o bien el sombrero
y escapar en el momento en que la serpien¬te los ataca, creyendo haber
capturado una presa. Pero, cuan¬do uno se encuentra a una serpiente qi, de ocho
o nueve casos sobre diez, ataca antes de que uno haya tenido tiempo siquiera de
advertirla.
En las zonas
montañosas del sur del Anhui, he oído histo¬rias casi míticas sobre esta
serpiente. Cuentan que es capaz de organizarse en orden de combate y que
delimita su territorio con la ayuda de un hilo más fino que una telaraña. Si lo
toca un animal, ella le ataca, con la celeridad del rayo. No es de extrañar,
pues, que en todas partes donde vive esta serpiente circulen toda clase de
fórmulas mágicas. Se afirma que tienen un poder protector si se dicen en
silencio, pero que los monta¬ñeses no las transmiten a los extraños. Cuando van
a cortar madera llevan tobilleras a modo de polainas o calcetines muy altos,
confeccionados con tela de toldo. Los habitantes de la cabeza de distrito, poco
habituados a la montaña, me han con¬tado cosas aún más aterradoras: estas
serpientes son capaces de picar incluso a través de unos zapatos de cuero, y me
han acon¬sejado que lleve conmigo un antídoto aun cuando, en realidad, no tiene
ningún efecto sobre la serpiente qi.
Por la ruta que
lleva de Dunxi a Anqing, pasando por Shitai, he conocido en una pequeña fonda,
cerca de la estación de autobuses, a un campesino manco. Me ha contado que fue
él mismo quien se cortó la mano tras picarle una serpiente qi. Quizá sea el
único superviviente de una picadura semejante. Lucía un sombrero de paja
flexible de estrechas alas, en forma de sombrero de ceremonia, el tipo de
tocado que los campesi¬nos llevan para dirigirse al desembarcadero, signo
distintivo de los hombres de experiencia. Yo había pedido un cuenco de sopa de
tallarines en esa fonda instalada bajo un toldo blanco.
Sentado justo
enfrente de mí, manejaba los palillos con la mano izquierda, mientras agitaba
sin cesar ante mis ojos el muñón de su brazo derecho. No sin cierta
incomodidad, yo le dirigí la palabra, pensando que le gustaría quizá charlar:
—Amigo, ¿te
importaría contarme cuál fue la causa de esa amputación? Te invito a tu cuenco
de tallarines.
Él me contó su
experiencia.
Había ido a la
montaña a buscar madera de cambronera.
—¿De qué?
—De cambronera. Eso
cura los celos. Mi mujer es terrible. Tan pronto como me dirige la palabra otra
mujer, quiere lan¬zarme un cuenco a la cabeza. Quería hacerle tomarse una
infu¬sión de cambronera.
—¿Es un remedio
tradicional?
—Pues no —dijo él
riendo burlonamente.
Bajo su sombrero de
paja, abrió una ancha boca que lucía un diente de oro. En realidad, estaba
bromeando.
Me explicó que
formaba parte de una cuadrilla que se dedi¬caba a la tala árboles para hacer
carbón vegetal. En aquel tiem¬po, no existía aún la moda de comerciar con la
madera, como en nuestros días, y, para sacarse un poco de dinero, los
monta¬ñeses fabricaban carbón vegetal. No faltaban los que talaban furtivamente
árboles de propiedad comunal, que estaban a cargo de los equipos de trabajo
locales. Pero era algo ilegal, y él no quería hacer este tipo de cosas
ilegales. De todas formas, había que saber cómo hacer carbón vegetal. Él
buscaba sobre todo el roble de corteza blanca, pues el carbón que se obtiene de
él es de un color gris plateado y resuena con un sonido claro cuando uno lo
golpea. Con una carga de este combustible, se saca lo mismo que con dos cargas
de carbón normal. Le dejé hablar a su antojo, de todas formas no pensaba
invitarle más que a un cuenco de tallarines.
Me contó que él
andaba a la cabeza, hacha en mano. Sus compañeros se quedaron atrás charlando y
fumando. Acababa de agacharse cuando sintió un estremecimiento glacial que le
subía desde la planta de los pies. Pensó que había tenido algún percance. Se
sintió como un perro solitario que, tan pronto como ha olido el rastro del
leopardo, no se atreve ya a avanzar un paso más y se pone a gimotear igual que
un gato. En ese momento, se le aflojaron las piernas. Ni el mozarrón más
fuer¬te, si se encuentra con una serpiente qi, tiene la menor posibi¬lidad de
salir indemne. Y él la vio, enroscada sobre una piedra entre unos espinos, con
la cabeza alzada por encima del cuer¬po recogido en una compacta bola. En menos
de lo que cuesta decirlo, blandió su hacha, pero en un abrir y cerrar de ojos
sin¬tió un intenso frío en su muñeca, un largo estremecimiento agitó su cuerpo,
como si lo hubiera recorrido una corriente eléctrica. Un negro velo cruzó por
sus ojos, el sol se oscureció, se le heló el corazón y no oyó ya ni el ruido
del viento, ni el canto de los pájaros, ni el estridor de los grillos. El
siniestro color del cielo se ensombreció, el sol y los árboles no difundie¬ron
ya más que una tenue luz. Se dio cuenta de que su cerebro aún funcionaba, que
había que darse prisa, no podía morir, aún le quedaba una oportunidad y, con su
hacha, se cortó la muñe¬ca. Al punto se acuclilló y se apretó las venas de su
brazo muti¬lado. La sangre manaba humeante sobre las piedras a cuyo contacto se
descoloría para transformarse en burbujas de un amarillo pálido. Sus compañeros
se lo llevaron inmediatamen¬te al pueblo, llevándose con ellos también la
muñeca cortada, negruzca, cubierta de una manchas moradas. El fragmento de
brazo que quedaba estaba asimismo negro. Una vez agotados todos los
medicamentos de medicina china contra las picadu¬ras de serpiente, su cuerpo
recuperó el calor.
—Menudas agallas
que tienes.
De haber vacilado
un solo instante, o de haber sido picado un poco más arriba, no lo habría
contado.
—Perder una mano a
cambio de la vida, bien vale la pena, ¿no crees? Incluso la mantis religiosa es
capaz de desembara¬zarse de sus pinzas cuando no consigue liberarse.
—Pero ella es un
insecto.
—¿Y qué? ¿Acaso los
hombres valen menos que los insec¬tos? El zorro también es capaz de roerse una
pata para escapar cuando cae en una trampa. El hombre es tan inteligente como
el zorro.
Dejó un billete de
diez yuanes sobre la mesa, negándose a que yo pagara sus tallarines, declarando
que ahora se dedicaba al comercio, y que un hombre de letras como yo debía
ganar menos que él.
A todo lo largo de
mi periplo, he indagado sobre esta ser¬piente y he terminado viéndolas en el
camino que lleva a los montes Fanjing. Estaban puestas a secar, enroscadas
sobre el tejado de una tienda de un lugar llamado Minxiao o Shichang.
Correspondían a la descripción que de ellas hace el mandarín de los Tang, Liu
Zongyuan: «Negras, adornadas de blanco». Constituyen un material precioso para
la medicina china y son un buen remedio para distender los músculos y activar
la sangre, evitar el reumatismo y curar los resfriados. Como su pre¬cio es
elevado, siempre hay hombres valerosos dispuestos a jugarse la vida para
capturarlas.
Liu Zongyuan
calificó a este animal de «más terrible que un tigre». A continuación, atacó la
tiranía diciendo que era más horrible que esta serpiente. El era alto
funcionario, mientras que yo soy un ser normal y corriente. El era mandarín y
debía ocuparse prioritariamente de las desdichas de la tierra. Yo, que recorro
el mundo, no me preocupo más que de mi propia exis¬tencia.
Ver estas
serpientes secas enroscadas no me bastaba. Que¬rría encontrarlas vivas para
aprender a reconocerlas y a defen¬derme de ellas.
He podido, por fin,
ver dos al pie de los montes Fanjing, el reino de las serpientes venenosas. Se
las confiscaron a un caza¬dor furtivo en un puesto de control de la reserva
natural. Esta¬ban encerradas en una jaula con barrotes y he podido exami¬narlas
a placer.
Su nombre
científico es Agkistrodon acutas. Los dos ejem¬plares eran de un metro de largo
y menos gruesos que la muñeca, sus colas sumamente delgadas. Sus cuerpos
estaban cubiertos de motivos triangulares pardo oscuro y gris alter¬nando de
manera poco clara. Otro apelativo popular las deno¬mina «serpiente damero».
Exteriormente, nada deja adivinar su ferocidad. Enroscadas sobre una piedra en
la montaña, se asemejan a un terrón. Cuando se las examina de cerca, su cabe¬za
triangular de un color marrón mate, sus pronunciadas fau¬ces terminadas en una
escama en forma de anzuelo, sus ojos tristes, les confieren un aspecto cómico
de avidez que recuer¬da infaliblemente al personaje de un payaso de la ópera de
Pekín. De hecho, no se fían en absoluto de su vista para detec¬tar a sus
presas. Entre sus fauces y ojos se aloja una cavidad que constituye un órgano
sensible al calor, concretamente a los rayos infrarrojos. Así pueden calibrar
en un radio de tres metros un mínimo cambio de una vigésima de grado de tem¬peratura.
Basta con que aparezca a su alrededor un animal que tenga una temperatura más
alta que la suya para que lo detec¬ten y lo ataquen. Estos detalles me fueron
revelados más tarde, cuando fui a los montes Wuyi, por un especialista en
picaduras de serpiente que trabajaba en la reserva natural.
Y en mi camino, en
el curso superior del río Chen, afluente del Yuan, las aguas del Jin, no
contaminadas e impetuosas, son especialmente cristalinas. Los jóvenes
guardianes de búfalos se dejan arrastrar por la corriente en medio del río
lanzando agu¬dos gritos. A varios cientos de metros de la orilla, los paseantes
se paran, de tan claros como les llegan sus gritos. En la parte baja de la
carretera, una joven desnuda se lava en el río y, cuan¬do ve pasar el autobús,
se endereza cual una grulla damisela, vuelve la cabeza y se pierde en su
contemplación. Bajo el sol abrasador de mediodía, la luz que se refleja en el
agua es cega¬dora. Pero todo esto, por supuesto, no tiene nada que ver con la
serpiente qi.
31
Ella rompe a reír,
tú le preguntas por qué. Ella dice que está contenta, pero sabe perfectamente
que, en el fondo, no lo está; sólo lo aparenta, no quiere que la gente sepa que
está triste. Dice que iba un día por la calle cuando vio a un hombre correr detrás
de un tranvía que arrancaba. Él avanzaba de pun¬tillas y daba saltitos gritando
con todas sus fuerzas, pues uno de sus zapatos se le había quedado atrapado en
la puerta al bajar. Era con toda seguridad un provinciano venido del campo.
Cuando ella era pequeña, sus profesores le enseñaban a no burlarse de los
campesinos, y, una vez adulta, su madre le rogaba que no se riera tontamente
delante de los hombres; pero ella, en aquel momento, no pudo dejar de echarse a
reír. Cuando se reía de esa manera, los hombres la miraban. Más tarde, se dio
cuenta de que riendo así, les atraía realmente. Los hombres animados de malas
intenciones creían que se hacía la coqueta. Los hombres siempre tienen una
forma de mirar dis¬tinta con las mujeres, no debes llamarte a engaño.
Ella dice que la
primera vez que se entregó a un hombre que no amaba, él no sabía que ella era
virgen; le preguntó por qué lloraba, cuando la poseyó, echado encima de ella.
Ella dijo que no era porque él le hiciese daño, sino porque sentía com¬pasión
de sí misma. Él secó sus lágrimas, unas lágrimas que no eran, sin embargo, por
él. Ella apartó su mano, abotonándose las ropas y arreglándose el pelo ella
sola, no quería que él la ayudase. Cuanto más la ayudase él, peor andarían las
cosas. Gozó de ella aprovechándose de una debilidad pasajera que había tenido.
No puede decir que
él la forzara, la invitó a su casa a almor¬zar. Ella fue y se tomó una copa de
aguardiente. Parecía feliz, pero aquello no era verdadera alegría y se rió de
la misma manera que lo hace hoy.
Dice que no fue del
todo culpa de él, que en aquel entonces ella quiso simplemente ver qué pasaba.
Se bebió entero el medio vaso de aguardiente que él le sirvió. La cabeza le
daba un poco de vueltas, no sabía que ese aguardiente fuese tan fuerte, sentía que
su rostro se ruborizaba y comenzó a reírse tontamente. Entonces él la besó,
tumbada sobre la cama, es cierto, ella no se resistió cuando él le levantó la
falda, es cons¬ciente de ello.
Era su profesor, y
ella su alumna, no hubiera tenido que pasar eso entre ellos. Ella oía fuera de
la habitación, en el pasi¬llo, un ruido de pasos que subían y bajaban, de gente
que no paraba de hablar, la gente siempre tiene tantas cosas sin interés que
decir. Era mediodía, los que habían terminado de comer en el comedor regresaban
a sus habitaciones, ella les oía per¬fectamente. Lo que había hecho allí le
parecía deshonesto, sen¬tía una terrible vergüenza; una bestia, eres una
bestia, se decía.
A continuación,
abrió la puerta de la habitación y salió, sacando pecho, con la cabeza bien
alta y, cuando llegó arriba de la escalera, alguien gritó de repente su nombre,
dice que en ese instante enrojeció, como si se le hubiese levantado la falda
sin llevar nada debajo. Por suerte, el descansillo de la escalera esta¬ba muy
oscuro. Era en realidad una de sus compañeras de clase que quería que ella la
acompañase a ver al profesor para hablar del programa de las asignaturas
opcionales del semestre siguiente. Ella puso como excusa que tenía que ir al
cine, que llevaba retraso y se fue a todo correr. Pero nunca olvidó esa
lla-mada, dice que su corazón estuvo a punto de salírsele del pecho: incluso
cuando el hombre la poseyó, su corazón no había latido tan fuerte. Ahora ella
ha podido ver cumplida su venganza, se ha vengado, vengado por todas las
preocupaciones y espantos de estos últimos años, se ha vengado de sí misma.
Dice que, aquel día, en el campo de deporte el sol era particularmente cegador,
un ruido estridente le penetraba a uno el corazón, como una hoja de afeitar que
se pasa sobre un cristal.
Tú le preguntas
quién es ella, a fin de cuentas.
Dice que es ella
misma, luego se echa a reír de nuevo.
Tú te quedas
perplejo.
Ella entonces te
tranquiliza, diciendo que no hacía más que contarte una historia, una historia
que le contó una amiga. Era una estudiante del Instituto de Medicina que vino
de prácticas a su hospital. Se convirtió en una de sus amigas más íntimas.
Tú no la crees.
¿Por qué sólo tú
puedes contar historias, y que cuando ella las cuenta la cosa no va a
funcionar?
Tú le dices que
continúe.
Ella dice que ha
terminado.
Tú dices que su
historia ha empezado de manera demasiado abrupta.
Ella dice que no
sabe envolver las cosas de misterio como tú y que, además, tú has contado ya
muchas historias mientras que ella justo acaba de empezar.
Pues bien,
continúa, dices tú.
Ella dice que ya no
está en disposición de hacerlo, que ya no tiene ganas de contar nada.
Era una zorra,
dices tras haber reflexionado un poco.
No sólo los hombres
sienten deseo.
Por supuesto,
también las mujeres, dices tú.
¿Por qué les están
permitidas a los hombres muchas cosas que las mujeres tienen prohibidas, siendo
todos como son seres humanos?
Tú dices que no ha
sido tu intención condenar a las muje¬res, que lo único que has dicho es que
ella era una zorra.
Eso no tiene nada
de malo.
Tú dices que no lo
discutes, que lo único que haces es con¬tar.
En tal caso, has
terminado.
¿Qué más tienes que
contar?
Si quieres hablar
de esa zorra, pues bien, habla de ella, dice.
Tú dices que el
marido de esa zorra murió antes incluso de que hubieran pasado los primeros
siete días...
¿Qué es eso de los
primeros siete días?
En otro tiempo,
cuando un hombre moría, era preciso velar su alma cuarenta y nueve días en
siete períodos de siete días cada uno.
¿Siete es una cifra
aciaga?
Siete es un día
fausto para los espíritus.
No me mientes a los
espíritus.
Pues bien, hablemos
de esa persona antes de su muerte, las tiras de tela blanca cosidas en el
empeine de sus zapatos no han sido aún quitadas, se parece a la prostituta de
La Casa de la Alegre Primavera del pueblo de Wuyi, apostada inmóvil en la
entrada, en jarras, con una pierna descansando indolentemen¬te en la punta del
pie. Cuando veía llegar a un hombre, se hacía la coqueta, le miraba como quien
no quiere la cosa, con el fin de atraerle.
Ella dice que tú
insultas a las mujeres.
No, dices tú, las
mujeres tampoco soportaban el verla y se apartaban de ella a toda prisa. Sólo
la cuarta cuñada Sun, esa arpía, se le plantó delante y le escupió a la cara.
Pero cuando los
hombres pasaban, ¿no se la comían todos con los ojos?
Imposible no
hacerlo, se volvían todos, hasta el mismísimo jorobado que tenía cincuenta años
cumplidos la miraba vol¬viendo la cabeza a un lado. No te rías.
¿Quién se ríe?
Y cuentas también
que la mujer del viejo Lu, su vecina, ape¬nas terminaba de cenar, se sentaba en
el umbral de la puerta para remendar las suelas de los zapatos. Ella lo vio
todo y exclamó: «Eh, tú, Jorobado, ¡has pisado una mierda de pe¬rro!». El
Jorobado se sintió terriblemente avergonzado. En pleno verano, cuando todos los
habitantes de la aldea estaban cenando en la calle, la veían llevar con la
palanca su par de cubos vacíos y pasar por delante de las casas contoneando su
nalgatorio. La madre del Peludo pellizcó a su marido con los palillos, lo cual
le hizo ganarse luego una buena tunda. El dolor la tuvo gimiendo toda la noche.
Las mujeres casadas de la aldea no deseaban más que una cosa: darle unos buenos
guantazos a esa depravada. Era inevitable que la madre del Peludo la desnudase,
la agarrase por los pelos y le metiese la jeta dentro de un cubo de mierda.
Es verdaderamente
repugnante, dice ella.
Pero así fue como
sucedieron las cosas, dices tú. En primer lugar, fue sorprendida por la mujer
de su vecino, el viejo Lu. El viejo Zhu, que no había encontrado esposa, se
metía siem¬pre en el huertecillo donde ella cultivaba las calabazas, so
pre¬texto de ayudarla a esparcir el estiércol de excremento huma¬no, cuando lo
que en realidad hacía era esparcirse él. De no haber llegado todo esto a oídos
de la mujer de Sun Cuarto, las cosas no habrían tomado un cariz tan dramático.
Una madru¬gada, Sun dijo que se iba a la montaña a cortar madera, pero en
realidad lo que hizo fue dar un rodeo, palanca al hombro, por las calles de la
aldea y saltó la tapia del patio de esa puta. Antes de salir de nuevo, la mujer
de Sun, que estaba sobre aviso, fue a llamar a la puerta con su palanca. Ella
abrió como si nada pasara, mientras se abrochaba la chaqueta. ¿Cómo hubiera
podido la mujer de Sun pasar por alto una afrenta semejante? En menos de lo que
cuesta decirlo, se lanzó dentro y las dos mujeres llegaron a las manos en medio
de gritos y llo¬ros. Acudió todo el mundo. Las mujeres, por supuesto, esta¬ban
de parte de la mujer de Sun, pero los hombres se dedica¬ron a mirar cómo se
peleaban sin decir esta boca es mía. Ella acabó con las ropas hechas jirones y
la cara llena de arañazos. A continuación, la mujer de Sun confesó que había
tratado realmente de desfigurarla. Se tapaba el rostro con ambas manos,
llorando quedamente, mientras se retorcía como un gusano. Era algo degradante,
pero, después de todo, son his¬torias de mujeres. El Sexto Tío y el jefe de la
aldea se mantu¬vieron a cierta distancia, limitándose a carraspear secamente.
Este episodio no hizo sino atizar la cólera de las mujeres que decidieron darle
un escarmiento. Tras ponerse de acuerdo, varias de ellas, las que tenían los
brazos más robustos y las piernas más fuertes, se apostaron en el sendero de
montaña por el que ella pasaba para ir cortar leña y la dejaron como Dios la
trajo al mundo. Luego la maniataron y la transportaron con la ayuda de una
barra. Ella sólo podía pedir socorro. Pero, por más que hubieran acudido sus
amantes a sus gritos, éstos no se habrían atrevido a dar la cara por ella
viendo la feroz expresión de sus esposas, que estaban dispuestas a deso¬llarla.
La transportaron al Barranco de las Flores de Meloco¬tonero. En otro tiempo,
este barranco habitado por unas mujeres de mala vida, era la aldea de los
leprosos. La dejaron allí tirada, junto con la barra que había servido para
transpor¬tarla, en el único camino de salida del barranco, y acto seguido la
pisotearon y cubrieron de escupitajos mientras la maldecían. Y por último,
regresaron a la aldea.
¿Y qué pasó
después?
Después, llovió y
llovió varios días y noches seguidos. Un buen día, a eso de mediodía, alguien
la vio regresar a la aldea, con los pantalones hechos jirones, el torso desnudo
envuelto en una vestimenta hecha de paja para protegerse de la lluvia, y los labios
de una palidez cadavérica. Los niños que estaban jugando bajo los tejadillos
salieron pitando y las puertas de entrada de las casas se cerraban a su paso
rápidamente. Unos pocos días después, ella volvió a salir de su casa, una vez
recu¬perada. Tenía un aire más coqueto aún si cabe, los labios de un rojo
deslumbrante, las mejillas de color melocotón: era la viva imagen de una zorra.
Pero ya no se atrevía a pavonearse por la aldea. Iba a la orilla del río a por
agua o bien a lavar su ropa blanca antes del amanecer o a la caída de la noche.
Caminaba pegada a las paredes, cabizbaja. Si los niños la veían, le grita¬ban
de lejos: «¡Leprosa, leprosa, tu nariz se pudrirá y luego también tu cara!». Y
acto seguido echaban a correr. Poco a poco los aldeanos la fueron olvidando,
ocupados como estaban en cortar el arroz y en trillar el grano. Luego llegó el
tiempo de la labranza, del trasplante del arroz, de la recogida del arroz
primerizo, del trasplante del arroz tardío. De repente cayeron en la cuenta de
que los campos de la mujer estaban sin arar y que hacía mucho tiempo que no la
veían. Entonces se decidió enviar a alguien a su casa. Tras largas dudas, se
designó a su vecina, la mujer del viejo Lu, para ir a ver qué pasaba. A su
vuelta, ésta declaró: «Esta zorra ha sido por fin castigada. Tiene la cara
cubierta de pústulas, ¡no es de extrañar que no salga ya de su casa!». Las
mujeres dejaron escapar un suspiro de alivio, no tenían ya que inquietarse por
sus hombres.
¿Y qué pasó
después?
Después hubo que
cortar el arroz tardío. Una vez termina¬do el último campo, apareció la
escarcha. Los aldeanos comenzaron a hacer las compras para la fiesta de Año
Nuevo, había que limpiar la muela para moler la harina de arroz. La madre del
Peludo descubrió unas ampollas en la espalda de su marido, que empujaba la
muela con el torso desnudo. No se atrevió a hablar de ello con nadie, excepto
con su cuñada. ¿Quién hubiera dicho que ésta, al día siguiente, vería aparecer
unos granos en el pecho de su marido? El mal se extendía y a las mujeres les
fue imposible guardar ya el secreto. Incluso Sun Cuarto vio salir en sus
piernas bubones purulentos. Evidente¬mente, el Año Nuevo transcurrió en medio
de una gran triste¬za, las mujeres estaban preocupadas y sus maridos llevaban
envuelta la cabeza o el rostro. En invierno, esto no resultaba demasiado
molesto, pero cuando llegó el tiempo de la labran¬za a comienzos de primavera,
no era nada cómodo llevar la cabeza y el rostro vendados. Los hombres, que
normalmente no se preocupaban mucho por su aspecto físico, vieron cómo se les
caía la piel a tiras, o caérseles el pelo, o aparecerles ampollas. Al Sexto Tío
le salió incluso una pústula en la punta de la nariz. Todo el mundo estaba en
las mismas, no había nada que decir y la tierra tenía que ser rastrillada. Tras
el trasplante del arroz, fue posible respirar por fin un poco. Pensaron, pues,
en esa zorra de la que no se sabía si aún vivía. Pero todo el mundo decía que
si uno se sentaba en la silla de un leproso, corría el riesgo de coger unos
furúnculos en el trasero y nadie se atrevía ya a salir de su casa.
Bien empleado les
estuvo a esos hombres, dice ella.
La primera en
dirigirse a los campos para escardar, con el rostro embozado con un pañuelo,
fue la mujer de Sun Cuarto. Los viejos dijeron: «Quien siembra vientos, recoge
tempesta¬des». Pero ¿qué hacer? Incluso la mujer del viejo Lu no se libró de
ello, le salieron unos abcesos en el pecho que se pusie¬ron a supurar. Los
muchachos y muchachas aún solteros difí¬cilmente habrían podido escapar a
aquella calamidad de no haberse exiliado muy lejos a otras aldeas.
¿Has terminado?,
pregunta ella.
Sí, se acabó.
Ella dice que esta
historia le resulta insoportable.
Porque es una
historia de hombres.
¿Existen historias
de hombres y de mujeres?, pregunta ella.
Tú dices que
naturalmente que existen historias de hom¬bres, historias que los hombres
cuentan a las mujeres, e histo¬rias de hombres que a las mujeres les gusta
escuchar, tú le pre¬guntas cuáles quiere escuchar ella.
Ella dice que tus
historias son cada vez más perversas, cada vez más triviales.
Tú dices que ése es
precisamente el mundo de los hombres.
En tal caso, ¿qué
pasa con el mundo de las mujeres?
Sólo las mujeres
conocen el mundo de las mujeres.
¿No existe ningún
medio de ponerlos en comunicación?
Son dos
aproximaciones distintas.
Pero el amor
permite ponerlos en comunicación.
Tú le preguntas:
¿crees en el amor?
Si no crees en él,
¿para qué amar?, te replica ella.
Yeso significa que
ella quiere seguir creyendo en él. .Si no queda más que el deseo sin amor, ¿qué
interés puede tener la vida?
Tú dices que ésa es
la filosofía de una mujer.
Deja de una vez de
hablar de las mujeres, las mujeres, las mujeres también son seres humanos.
Fueron moldeadas
por Niu Gua con arcilla.
¿Esa es tu opinión
de la mujer?
Tú dices que no
haces más que exponer los hechos.
Exponer es también
una forma de opinión.
Tú dices que no
tienes ganas de polemizar.
32
Tú dices que has
terminado de contar tu historia, como si fuera el veneno de la serpiente qi,
excepción hecha de la vulgaridad y la fealdad. Es preferible para ti escuchar
historias de mujeres o historias que las mujeres cuentan a los hombres.
Ella dice que no
sabe contar historias, que no es como tú que puedes hablar a tontas y a locas.
Lo que ella desea es la verdad, una verdad sin afeites.
La verdad de las
mujeres.
¿Por qué la verdad
de las mujeres?
Porque la verdad de
los hombres no es la de las mujeres.
Eres cada vez más
extraño.
¿Por qué?
Porque has
conseguido lo que querías y a vosotros, los hom¬bres, todo lo que conseguís os
deja de interesar.
Pues bien,
¿reconoces también que, aparte del mundo de los hombres, existe el mundo de las
mujeres?
No hables de
mujeres conmigo.
¿De qué, entonces?
Habla de tu
infancia, habla de ti.
Ella no quiere ya
escuchar tus historias, quiere conocer tu pasado, tu infancia, a tu madre, a tu
viejo abuelo, incluso los detalles más ínfimos, tus recuerdos cuando estabas
aún en la cuna, quiere saberlo todo sobre ti, sobre tus sentimientos más secretos.
Tú dices que ya lo has olvidado todo. Pues ella quie¬re precisamente ayudarte a
recuperar tus recuerdos, a recordar los hechos y las gentes que tú has
olvidado, quiere callejear contigo en tu memoria, penetrar en lo más recóndito
de tu alma, revivir contigo tu vida pasada.
Tú dices que lo que
ella quiere es poseer tu alma. Ella res¬ponde que eso es, no quiere poseer sólo
tu cuerpo, te quiere todo entero, por medio de tu voz quiere entrar en tu
memoria, hacer suyos tus recuerdos, penetrar en los entresijos de tu alma,
jugar con tu imaginación, quiere convertirse en tu alma.
Eres una verdadera
hechicera, dices tú. Ella dice que eso es, que quiere convertirse en tus
prolongaciones nerviosas, quiere que tú te sirvas de sus dedos para tocar, de
sus ojos para ver, que construyas con ella sueños, que subáis juntos a la
Montaña del Alma, quiere contemplar tu entera alma desde la cumbre de esa
montaña, incluidos por supuesto los más recónditos entresijos de tu ser, los
secretos más inconfesables. Con crueldad, dice que incluso no debes esconderle
tus pecados, quiere verlo todo a la luz del día.
Tú le preguntas si
ella quiere también que te confieses. Ah, no es necesario ponerse tan serio,
eres tú quien lo ha querido, ¿no es acaso la fuerza del amor?, te pregunta.
Tú dices que no
puedes oponerle resistencia, le preguntas por dónde empezar. Ella te dice que
cuentes lo que quieras con la sola condición de que hables de ti mismo.
Tú dices que cuando
eras pequeño conociste a un echador de buenaventura, pero que no te acuerdas ya
exactamente si fue tu madre o tu abuela materna la que te llevó a verle.
Eso no tiene
importancia, dice ella.
De lo que sí te
acuerdas muy claramente es de que ese echa¬dor de buenaventura tenía unas uñas
muy largas y que utilizó unas piezas de ajedrez de latón para disponer los ocho
caracte¬res correspondientes a tu nacimiento. Las colocó sobre el tablero de los
ocho trigramas e hizo girar la brújula. Le pre¬guntas si ella ha oído hablar de
lo que se conoce como el Arte de la Osa Mayor. Se trata de una técnica de
numerología muy complicada que permite adivinar el futuro, la vida y la muerte
de los hombres. Tú dices que, cuando él colocaba las piezas de ajedrez de
latón, hacía sonar sus uñas sobre el tablero de una manera espantosa mientras
iba murmurando imprecaciones, unos «papakaka, papakaka», y acto seguido declaró
que el niño pasaría en su vida por numerosas dificultades, que sus padres de
una vida anterior querían que volviera con ellos, que iba ser muy difícil
criarlo; pues ¡las deudas acumuladas eran cuantio¬sas! Tu madre, o quizá tu
abuela materna, preguntó cómo podía conjurarse el maleficio. El dijo que el niño
debía romper su imagen para que los fantasmas de los hombres víctimas de
injusticias no pudieran reconocerle cuando vinieran en busca de su alma. Tu
abuela aprovechó la oportunidad de que tu madre no estaba en casa, te acuerdas
muy bien de que fue ella, para perforarte la oreja. Te frotó el lóbulo con una
judía mungo, luego te lo masajeó con sal afirmando que eso no hacía daño. A
fuerza de frotar, el lóbulo se hinchó y te picaba cada vez más, pero antes de
que ella tuviera tiempo de perforarlo con una aguja, volvió tu madre y se puso
a discutir con ella. La abuela lo dejó estar rezongando, mientras que tú, en
aquella época, no tenías una opinión formada al respecto.
Le preguntas qué
más quiere oír. Tú dices que tu infancia no fue una infancia desdichada, que no
te privaste de coger el bastón de tu abuelo para ayudarte con él a hacer
navegar un barreño en las aguas de las callejuelas después de la tormenta.
También recuerdas que en verano, tumbado en la cama de bambú, contabas las
estrellas por el tragaluz del techo y que buscabas una para hacer tu propia
constelación. Asimismo recuerdas que a mediodía, el día de la fiesta de los
Dragones, tu madre te cogió y te untó las orejas con rejalgar mezclado con
alcohol, luego quiso trazar sobre tu cabeza el carácter wang, el rey. La gente
decía que en verano eso prevenía de la sarna y de los furúnculos. Temiendo
estar feo, te debatiste y saliste huyendo antes de que tu madre hubiera
terminado su inscripción. Ahora, ella hace ya mucho tiempo que ha abando¬nado
este mundo.
Ella dice que su
madre también murió, en la Escuela de Mandos del 7 de Mayo. Había tenido que
partir al campo, a pesar de su enfermedad. En esa época, toda la ciudad estaba
en pie de guerra, presta a ser evacuada. Se decía que los soviéticos iban a
atacar. ¡Oh!, dice ella, también ella huyó, el andén de la estación estaba
lleno de centinelas, no sólo de soldados con dos insignias rojas en el cuello,
sino también de milicianos que llevaban uniformes militares con un brazalete
rojo. En el andén, llevaban bajo escolta a un grupo de detenidos de los campos
de trabajo. Como unos mendigos cubiertos de hara¬pos, ancianos, hombres y
mujeres, cada uno de ellos con un hato de mantas, un cubilete y un cuenco en la
mano, cantaban a voz en grito: «Reconocer los propios yerros, humildemente, es
cosa de sabios, negarse a la enmienda es contumacia». Dice que en aquella época
no tenía más que ocho años, que se des¬hizo tontamente en lágrimas, sin razón
aparente, y que se negó en redondo a subir al tren. Tirada en el suelo, gemía
para volver a su casa. Su mamá trató de consolarla, le dijo que el campo era
más divertido que la ciudad, que los refugios antia¬éreos eran demasiado
húmedos, que si tenía que seguir exca¬vando refugios se deslomaría, que para
eso era preferible irse al campo, que allí el aire era más puro, que ella no
tendría que masajearle la espalda todas las noches. Y es cierto que en la
Escuela de Mandos ella estaba todo el día con su madre. Cuan¬do los adultos se
instruían en política recitando las citas del presidente Mao y leyendo los
editoriales de los periódicos —había tantos en esa época—, ella podía quedarse
entre sus brazos. Cuando iban a los campos, les acompañaba y se queda¬ba
jugando al lado de ellos. Cuando cortaban el arroz, les ayu¬daba a recoger las
espigas. A todo el mundo le gustaba jugar con ella, fue el período más feliz de
su vida. Le encantaba la Escuela de Mandos, por más que hubiera visto al tío
Liang ser sometido a una sesión de crítica. Arrojado debajo de su banco,
apaleado hasta hacerle sangrar, perdió los incisivos. Cultiva¬ban también
sandías y, tan pronto como alguien empezaba una, enseguida la llamaba. Nunca
más, en toda su vida, se había dado semejantes atracones de sandía.
Tú dices que
también tú, por supuesto, te acuerdas de esa velada de Año Nuevo, el último año
del bachillerato. Era la primera vez que bailabas con una chica, no parabas de
pisarla, eras terriblemente tímido, pero ella te repetía que no tenía
importancia. Estaba nevando aquella noche, los copos se fun¬dían en tu rostro
y, el camino de vuelta a casa después de la velada, lo hiciste a grandes
zancadas para dar alcance a la chica con la que habías bailado y que iba por
delante de ti...
¡No me hables de
otras chicas!
Voy a hablarte del
gato que había en mi casa y que era tan vago que ni tan siquiera cazaba
ratones.
No me hables de
gatos.
¿De qué, entonces?
Cuéntame si la
viste, si viste a esa chica.
¿Qué chica?
La chica que se
ahogó.
¿La joven instruida
instalada en el campo? ¿La muchacha que se suicidó arrojándose al río?
No.
¿Cuál, entonces?
¡La que os atrajo
diciendo que fuerais a daros un baño noc¬turno y a la que a continuación
violasteis!
Tú dices que no
estabas allí.
Ella dice que está
segura de que estabas.
¡Tú afirmas que
puedes jurarlo!
Pues bien, sin duda
la tocaste.
¿Cuándo?
Debajo del puente,
por la noche, tú también la tocaste, ¡todos los chicos sois igual de malos!
Tú dices que en esa
época eras todavía un crío, que no te habrías atrevido.
Por lo menos la
miraste.
Por supuesto que la
miré, no era de una belleza nada co¬rriente, era realmente atractiva.
No la miraste de
manera inocente, miraste su cuerpo.
Tú dices que sólo
pensaste en ello.
Eso es mentira,
seguro que lo hiciste.
Es imposible.
¡Claro que es
posible! Eres capaz de todo, ibas a menudo a su casa.
Pues bien, ¿y qué,
qué pasó en su casa?
¡En su habitación!
Ella dice que le arremangaste la ropa.
¿Cómo?
Ella estaba de pie,
apoyada contra la pared.
Tú dices que fue
ella la que se arremangó la ropa.
¿Así?, dice ella.
Un poco más arriba,
dices tú.
¿No llevaba nada
debajo? ¿Ni siquiera sujetador?
Sus pechos acababan
de despuntarle. Por supuesto que se alzaban, pero tenía los pezones aún
encogidos.
¡No me hables más
de ello!
Tú dices que ha
sido ella la que ha querido que hablaras.
Ella no quería que
hablaras de eso, no quiere seguir escu¬chando más.
¿Qué quieres que te
diga, entonces?
Lo que tú quieras,
pero no me hables más de mujeres.
Le preguntas qué le
pasa.
No es a ella a la
que amas.
¿Cómo puedes decir
eso?, preguntas tú.
Cuando hiciste el
amor con ella, pensabas en alguna otra.
¡Eso no es cierto!
Esta afirmación no tiene ningún funda¬mento.
Ella dice que no
quiere seguir escuchándote, que no quiere saber nada.
Perdóname, la
interrumpes tú.
No debes decir nada
más.
Tú dices que en ese
caso, eres tú quien la escuchas.
Tú nunca la has
escuchado.
Tú le preguntas
expresamente si siempre comía sandía en la Escuela de Mandos.
Eres un verdadero
zopenco.
Le suplicas que
continúe, le prometes que no la interrumpi¬rás más.
Ella dice que no
tiene nada más que decir.
33
A medida que se
remonta el río Taiping desde el distrito de Jiangkou hasta el nacimiento del
Jin, las montañas de ambas orillas se vuelven cada vez más imponentes. Una vez
pasada la aldehuela de Panxi poblada de han, de tujia y de miao, se entra en la
reserva natural. Allí las cadenas verdeantes de montañas comienzan a estar
cerca y el lecho del río se estrecha encajonándose. La estación de vigilancia
del río Heiwan, un pequeño edificio de ladrillo de dos plantas, está instalada
al fondo de una ensenada. El jefe de la estación es un hombre de mediana edad,
alto, moreno y enjuto. Las dos ser¬pientes vivas que he visto fue él quien se
las confiscó a un fur¬tivo que no era de la región. Me explica que, en las
orillas del río, las serpientes qi son particularmente numerosas entre las
hojas de Apocynum venetum.
—Este es el reino
de la serpiente qi.
Es gracias a esta
serpiente que este bosque subtropical de frondosos árboles se ha conservado
hasta nuestros días en esta¬do prácticamente virgen.
Ha viajado mucho,
como soldado, luego como mando, pero ahora ya no quiere moverse de aquí.
Recientemente, rechazó un puesto de comisario de policía y de jefe de la
estación de plantación de la reserva natural. Prefiere permanecer aquí
totalmente solo, vigilando esta montaña a la que ha tomado afecto.
Según él, cinco
años antes, había aún tigres que venían a cazar vacas a la aldea, pero ahora ya
nadie ve el menor rastro de ellos. El año pasado, confiscó un leopardo muerto
por los montañeses y lo expidió a la oficina de gestión del distrito. Pusieron
sus huesos en un baño de anhídrido arsenioso para conservarlos como ejemplares
y los guardaron bajo llave. Pero un ladrón se introdujo en el cuarto por la
tubería de desagüe y se los llevó. Vendidos como huesos de tigre para ser
mezclados con aguardiente, se cree que proporcionan la longevidad.
Me explica que no
es ni ecologista ni investigador, sino un simple guarda que permanece en esta
estación desde su cons¬trucción. El pequeño edificio tiene varias dependencias
y puede acoger a los especialistas que vienen de todas partes, ya para investigar,
ya para recoger muestras. Su papel consiste en facilitarles la estancia.
—¿No se siente
usted aquí solo, después de tanto tiempo?
Al parecer no tiene
ni mujer ni hijos.
—Las mujeres son
demasiado plomo.
Y me habla de la
época en que era soldado durante la Revo¬lución Cultural; las mujeres también
se habían lanzado a pecho descubierto en el movimiento. Una de ellas, una joven
miliciana de diecinueve años, se convirtió en tirador de élite de la provincia.
Al recrudecerse la lucha armada, se echó al monte con su facción y se cargó uno
tras otro a cinco combatientes a los que habían cercado. Loco de rabia, su
superior ordenó que la cogieran viva. Al quedarse sin munición, acabó siendo
apresada. La desvistieron totalmente y un soldado le vació su cargador en la
vagina, haciéndola papilla.
Cuando era
responsable del personal en una pequeña mina de carbón, los mineros se batieron
incluso con arma blanca por una mujer. Fue testigo de demasiadas trifulcas
debido a las mujeres. También él estuvo casado, pero se separó y ahora no
quiere ni oír hablar del matrimonio.
—Puede venirse a
vivir aquí para escribir sus libros. Podría¬mos beber juntos. Yo tomo algo en
cada comida, no mucho, pero siempre un poquito.
Un campesino pasa
por el puente, hecho con el tronco de árbol atravesado sobre el agua, que hay
enfrente de la puerta de la casa. Lleva en la mano una ristra de pececillos. Mi
anfi¬trión le saluda y le hace seña de que se acerque explicándole que tiene un
invitado.
—Voy a hacer una
fritada picante con sésamo, es estupenda para acompañar el aguardiente.
Me explica que, si
quiere comer carne fresca, siempre puede pedírsela a los campesinos que vuelven
del mercado. En la aldehuela más próxima, a veinte lis de aquí, hay una pequeña
tienda donde se puede comprar aguardiente y cigarrillos. Lo más normal es que
se alimente de queso de soja, pues cada vez que un campesino lo prepara le
reserva un poco. Cría también algunas gallinas. Tiene, así pues, siempre pollos
y huevos.
Es mediodía, al pie
de las montañas verdeantes tomo aguar¬diente con él mientras degusto su fritada
a la pimienta y sésa¬mo y el cuenco de carne de cerdo en salazón que ha
prepara¬do.
—Es verdaderamente
una vida digna de inmortales ésta —digo yo.
—De inmortales o
no, lo cierto es que aquí se está tranqui¬lo. Por lo menos a uno no le molestan
demasiado. Las cosas son simples para mí, un solo camino conduce a este lugar y
pasa ante mis ojos. Mi única tarea consiste en vigilar las mon¬tañas.
En el distrito, he
oído decir que la reserva natural de esta ensenada está muy bien vigilada.
Pienso que es gracias a la actitud desinteresada de su guarda. Según dice,
mantiene bue¬nas relaciones con los campesinos. Cada primavera, un ancia¬no le
trae un saquito de raíces de plantas secas.
—Si las masticas
cuando vas a la montaña, las serpientes te evitarán. Las serpientes qi son aquí
verdaderamente peligrosas.
Y diciendo esto, se
levanta y se va a buscar en su habitación una bolsita de papel llena de
hierbas, de la que extrae una raíz de color pardo. Yo le pregunto el nombre de
la planta, pero él lo desconoce, nunca se le ha ocurrido preguntarlo. Es un
remedio secreto transmitido por los antepasados. Los monta–eses tienen sus
propias costumbres.
En su opinión,
llegar hasta la cima Jinding me llevará tres días entre ir y volver. Debería
llevar arroz, aceite, sal, huevos y unas pocas verduras hechas al queso de
soja. Para pasar la noche en la montaña, tendré que guarecerme en una cueva
donde unos científicos, llegados algún tiempo antes, dejaron unas mantas. Éstas
me protegerán del frío, pues en la montaña sopla el viento y puede hacer mucho
fresco. Luego manifiesta que va a ir a la aldea para ver si encuentra a alguien
para que yo pueda ponerme en camino hoy mismo. Y se va, tomando por el puente
de madera.
Yo voy a dar una
vuelta por la ensenada. En los bajíos, las aguas son vivas. Centellean bajo el
sol, pero, en los rincones umbríos, son oscuras y tranquilas y parecen recelar
innumera¬bles peligros. En la orilla, la vegetación es de un lujuriante casi exagerado,
de un verde poco menos que negro, y exhala una humedad inquietante: uno se
imagina al punto que el lugar está infestado de serpientes. Alcanzo la otra
orilla cruzando a mi vez el puente de madera. Detrás de la floresta se embosca
una aldehuela de cinco o seis altas casas antiguas de madera cuyas paredes de
tablas y vigas están renegridas por el exceso de humedad debido probablemente a
las abundantes lluvias.
Una calma perfecta
reina en la aldehuela, ni la menor voz humana. Las puertas de las casas están
abiertas de par en par, en las galerías sin barandilla se amontonan hierbas
secas, herramientas, pedazos de madera y bambúes. Me dispongo a entrar en una
casa para echar un vistazo, cuando de pronto un perro de negro y ceniciento
pelaje salta hacia mí ladrando ferozmente. Retrocedo a toda prisa y vuelvo a la
otra orilla. Me sumerjo entonces en la contemplación de las gigantescas
montañas verdegrises expuestas al sol detrás del pequeño edi¬ficio de la
estación de vigilancia.
A mis espaldas
resuena la risotada de una mujer que llega por el puente. Sobre su hombro baila
una palanca en la que se enrosca una gruesa serpiente de cinco o seis pies de
largo que agita la cola. Es evidente que me hace una señal, pero no com¬prendo
lo que grita más que al acercarme al río:
—¡Eh!, ¿Me compra
mi serpiente?
Y sin esperar la
respuesta, se echa a reír de nuevo, y luego coge la serpiente con una mano y la
levanta hacia mí con su palanca. Felizmente, el jefe de la estación llega a
tiempo y le grita en tono de reproche:
—¡Lárgate a tu
casa! ¿Entendido? ¡Vamos, deprisa!
De mala gana, la
mujer retrocede hasta el puente y se aleja obedientemente.
—Es una perturbada.
Tan pronto ve llegar a un extraño, maquina algo.
Él ha encontrado a
un campesino que me servirá de portea¬dor y de guía. Tiene cosas aún que hacer
en su casa, pero a continuación preparará arroz y verduras para varios días. Yo
puedo partir primero y luego él se reunirá conmigo. Los mon¬tañeses conocen bien
el camino, mi guía me alcanzará rápida¬mente con las provisiones. No hay más
que un único sendero, por lo que no tiene pérdida. Más lejos, a siete u ocho
lis, se encuentra una mina de cobre que fue temporalmente explota¬da y luego
dejada abandonada hace mucho tiempo. Si no veo llegar a mi hombre, siempre
puedo descansar allí.
Me aconseja
asimismo que deje mi mochila, el campesino ya me la traerá. Y a continuación me
entrega un bastón que me evitará esfuerzos en la subida y me permitirá
ahuyentar a las serpientes. Por último, me recomienda que mastique un trozo de
la raíz que me ha dado. Me despido, él agita la mano en dirección a mí y se
mete en su casa. Su cabeza achatada, su semblante moreno y flaco, su rostro
cubierto por una barba incipiente han desaparecido.
Y ahora no puedo
dejar de pensar en él, en su actitud com¬pletamente desinteresada hacia la
vida. Y pienso también en la orilla oscura, del otro lado del puente, en las
casas de madera renegrida de la aldehuela, en el perro ladrador de negro y
ceniciento pelaje, en la mujer que juega con una serpiente sobre su palanca;
todos parecen querer decirme algo, así como la gigantesca montaña detrás del
pequeño edificio; tengo la impresión de que se desprende de ellos un encanto
inmenso, sin que pueda penetrar en su sentido.
34
Avanzas por el
barro, mientras cae la llovizna, el camino está tranquilo y silencioso, salvo
por el ruido de succión de tus pasos sobre la tierra mojada. Le aconsejas que
camine por allí por donde el suelo está más duro, cuan¬do oyes un batacazo. Te
vuelves y la ves tendida en el barro, con un brazo apoyado en el suelo, el
rostro descompuesto. Te apresuras a ayudarla, pero ella patina una vez más y se
ensucia con su manchada mano. Le aconsejas que se quite de una vez por todas
los zapatos de tacón alto, ella se echa a llorar lastime¬ramente y se sienta de
lleno en el barro. Tú le dices que no pasa nada porque esté sucia, que no es
nada grave, que hay que encontrar una casa para lavarse, pero ella se niega a
seguir.
Típico de las
mujeres, dices tú. Quieren subir a la montaña, pero sin pasarlo mal.
Ella dice que no
hubiera tenido que seguirte nunca por este condenado sendero.
Tú le dices que en
la montaña no sólo hay bellos paisajes, sino que también está la lluvia y el
viento. Ya que ha llegado hasta aquí, no tiene por qué lamentarse de nada.
Ella dice que la
has engañado, que no se ve nunca a nadie por el camino que lleva a esa
condenada Montaña del Alma.
Tú dices que si son
seres humanos lo que ella quiere ver y no montañas, que ya ve bastantes en las
calles, en la ciudad. Para ello no tiene más que ir a pasearse por un
supermercado, en la sección de repostería o de cosmética, allí donde las
muje¬res encuentran su felicidad.
Entonces ella rompe
a sollozar cubriéndose el rostro con sus sucias manos, como un niño que se pone
muy triste. Tú te apia¬das de ella, la obligas a levantarse y la sostienes para
avanzar.
Dices que, de todos
modos, no conviene quedarse allí bajo la lluvia, que más lejos tal vez haya una
casa, que en esa casa seguro que hay un fuego, que si hay un fuego habrá calor,
que no se sentirá ya tan perdida, que encontrará un poco de alivio.
Tú, por supuesto,
sabes que detrás de esos muros deteriora¬dos, los hogares estarán sin duda en
ruinas y que las ollas esta¬rán herrumbradas desde hace mucho tiempo. En este
cerrillo invadido por los hierbajos, detrás de las tumbas donde hay prendidos
unos banderines de papel descolorido, nadie podrá oír los lamentos del fantasma
de una mujer. ¡Cómo te gusta¬ría, en este concreto instante, encontrar una casa
en la monta–a para poderte poner unas ropas secas y limpias, sentarte en un
sillón de mimbre delante del fuego, con una taza de té caliente en la mano,
frente a la lluvia que cae del alero, y con¬tarle a ella una historia para
niños que no tuviera ninguna rela¬ción con el mundo de los humanos! Ella sería
la niña buena de un montañés solitario y se acurrucaría contra ti, sentada en
tus rodillas.
Dirías que el genio
del fuego es un chiquillo rojo totalmente desnudo al que le encanta gastar
bromas. Aparece siempre en los bosques recién talados. Remueve
intencionadamente la espesa capa de hojas secas y, a culo pajarero, trepa y
salta entre las ramas.
Ella en cambio te
cuenta su primer amor, una inclinación hacia el amor más bien, un amor de
muchacha candorosa. Dice que en esa época él acababa de regresar de una granja
de reeducación por el trabajo. No había cambiado, muy cetrino, muy flaco, como
en otro tiempo, con las mejillas surcadas de profundas arrugas. Su corazón se
seguía sintiendo inclinado hacia él. Ella le escuchaba con pasión contar los
padecimien¬tos que había sufrido.
Tú dices que ésa es
una historia muy antigua, que la cono¬ces por tu bisabuelo. El decía que vio,
con sus propios ojos, al niño rojo salir de debajo del árbol que había cortado
el año antes, y dirigirse hacia una camelia. Sacudió la cabeza, con¬vencido de
que sus viejos ojos estaban deslumhrados. Había ido a la montaña para cortar un
tronco de acerolo, encargo de un constructor de barcos de Xiangshui. El acerolo
es ligero, y constituye un buen material para las embarcaciones.
Dice que ella no
tenía a la sazón más que dieciséis años y él contaba ya cuarenta y siete o
cuarenta y ocho. Habría podido ser su padre. Era, por otra parte, un antiguo
compañero de universidad de su padre, un viejo amigo suyo. Tras su
rehabili¬tación, a su vuelta a la ciudad, no conocía ya a nadie. Venía siempre
a su casa a contarle a su padre, mientras tomaban aguardiente, su vida de
«derechista» en el campamento de ree¬ducación. Ella escuchaba y escuchaba, con
los ojos húmedos. Él no había recobrado totalmente su vitalidad, estaba flaco,
muy distinto del aspecto que tenía luego cuando encontró un trabajo de
ingeniero en jefe. Llevaba entonces un traje a la occidental, con una camisa de
cuello blanco bien planchado, muy abierto, que le confería una gran elegancia.
Pero por aquella época ella estaba como emborrachada de él y le amaba. Quería
llorar por él, no pensaba más que en reconfortarle para que pasara de manera
feliz lo que le quedara de vida. Única¬mente deseaba que él aceptase su amor de
muchacha, es cier¬to, dice ella, que no le importaba otra cosa.
Tú dices que en
aquel tiempo tu bisabuelo bajaba de la montaña, cargado con un tronco de
acerolo, cuando vio al genio del fuego trepar sobre una camelia. No aminoró la
mar¬cha y, sin atreverse a mirar demasiado, regresó a su casa a depositar su
cargamento. Antes incluso de entrar, exclamó: «¡Qué desgracia!». Por aquel
entonces tu abuelo, que aún vivía, le preguntó: «¿Qué pasa, papá?». Tu
bisabuelo explicó que había visto al genio del fuego, Zhurong, ¡y que se habían
acabado, por tanto, los buenos tiempos!
Pero ella dice que
él, el amigo de su padre, no sabía nada, que era un imbécil. No se lo dijo
hasta mucho más tarde, cuando ella estaba en la universidad. Él le dijo que
tenía mujer e hijo. Cuan¬do se marchó al campamento, su mujer le esperó veinte
años, su hijo era mayor que ella. Además, el padre de ella era uno de sus
viejos amigos, ¿cómo podría hacerle una cosa así? ¡Qué cagado! ¡Qué cagado!
Ella dice que en aquella época le insultó llorando. Dice que incluso ese
encuentro fue ella quien lo propició. Él se despidió de su padre y ella puso
como excusa que quería ir a ver a una amiga que había vivido en el mismo
inmueble que ella en otro tiempo para salir juntos. Normalmente, le llamaba Tío
Cai. Ella le dijo: «Tío Cai, tengo algo que decirte». «Entendido, vamos,
charlaremos mientras caminamos.» No, ella no podía hablar así, en plena calle.
Tras pensárselo un poco, él quedó con ella en un restaurante cerca de la
entrada de un parque.
Tú dices que a
continuación se sucedieron las catástrofes. En aquel entonces eras aún chico,
no podías llevar un fusil, ni cazar con ellos. No podías sino seguirles, azada
al hombro, para desenterrar brotes de bambú. Tu bisabuelo estaba ya giboso; y,
en la nuca, le había salido una gruesa protuberancia carnosa, debido a todos
los árboles que había transportado. Tu padre te dijo que en su juventud era un
cazador sin igual; sin embargo, cayó muerto dos días después de haber visto al
niño rojo. La bala le perforó el occipucio, volviéndole a salir por el ojo
izquierdo. Bañado en un mar de sangre, consiguió alcanzar el umbral de su casa
donde entregó su alma, manchando a su paso las raíces del viejo alcanforero del
patio. Tu bisabuela no lo des¬cubrió hasta el amanecer, al levantarse para
preparar la comida para los cerdos. Ella no oyó ningún grito durante la noche.
Ella dice que en la
mesa no habló más que de su escuela, de cosas que no le importaban. Tras la
comida, le propuso ir a dar una vuelta por el parque y, una vez a la sombra de
los árboles, se comportó como lo hacen todos los hombres. Achispado por el alcohol,
quiso besarla, pero ella lo rechazó. Le dijo que lo seguiría llamando Tío Cai,
que sólo quería que supiera cuánto lo había querido, y lo mal que le sabría
entregarse a alguien que no la amara. Ella perdió la cabeza por un instante,
ese hombre se divirtió con ella, sí, eso es, empleaba la palabra divertirse,
ella cedió a un impulso. Al oírle hablar así, él quiso cogerla entre sus
brazos, pero ella se escabulló.
Tú dices que en ese
instante no había amanecido aún del todo. Tu abuela primero tropezó con él y
luego se puso a pegar gritos, perdiendo acto seguido el conocimiento. En
aquella época, ella estaba en estado de tu padre. Fue tu abuelo quien arrastró
el cuerpo dentro de casa. Él dijo que tu bisabuelo había caído en una
emboscada, que había sido alcanzado por la espalda, por un cartucho lleno de
limaduras de hierro para la caza del jabalí. Tu abuelo dijo también que, poco
tiempo después de su muerte, el fuego prendió en la montaña y que el incendio
arrasó el bosque por espacio de diez días seguidos. Imposible extinguir
semejantes llamas. Su luz iluminaba el cielo, transformando el monte Huri en un
verdadero volcán. Tu abuelo dijo que tu bisabuelo fue abatido en el momento en
que se declaró el incendio. Más tarde, afirmó sin embargo que la muerte de tu
bisabuelo no tenía ninguna relación con el niño rojo, que había caído en la
emboscada de un enemigo personal. Hasta su muerte, tu abuelo quiso dar con el
asesino de su padre, pero cuando tu padre te contó esta historia se limitó a
dejar escapar un suspiro sin decir nada más.
Ella dice que él
también le declaró que la amaba, pero ella le dijo: «¡Eso no es cierto!».
Afirmaba haber pensado realmen¬te en ella, pero era demasiado tarde. Él
preguntó por qué. ¡Vaya una pregunta! El preguntó por qué no iba a poder
besar¬la ni una sola vez. Ella dijo que podía acostarse con cualquier hombre,
excepto con él. «¡Largo! —exclamó ella—, nunca podrás comprenderlo.» Ella le
odiaba, no quería verle más. Le rechazó con todas sus fuerzas.
Tú dices que no es
cierto que sea enfermera, que no ha hecho más que contarte mentiras a lo largo
de todo el camino, que no se refería a ninguna amiga, sino que hablaba de sí
misma, de su propia experiencia. Ella te replica que tampoco tú hablas de tus propios
bisabuelos, abuelo, padre y de ti mismo, que inventas historias para infundirle
miedo. Le dices que la avisaste de que se trataba de un cuento para niños, pero
ella responde que no es una niña, que ya no se dedica a escu¬char este tipo de
cuentos, que lo único que desea es vivir real¬mente, que no cree ya en el amor,
que está ya cansada, que los hombres son todos unos lúbricos. «¿Y las
mujeres?», pregun¬tas. Son también viles, dice ella, ya lo ha visto todo, no
tiene ya ilusión por la vida, no quiere sufrir tanto, no aspira más que a un
simple instante de felicidad. Te pregunta si la deseas aún.
¿Aquí, sobre esta
tierra empapada?
Es más excitante,
¿o no?
Tú dices que es un
ser verdaderamente abyecto. ¿No es eso precisamente lo que les gusta a los
hombres?, pregunta ella. Es simple, fácil, y además es excitante, y cuando se
acabó, se acabó. ¿Con cuántos hombres te has acostado?, le preguntas. Más de
cien, por lo menos. No la crees.
¿Qué es lo que hay
que creer o no creer? En realidad es muy simple, a veces, basta con algunos
minutos.
¿En el ascensor?
¿Por qué en el
ascensor? Has visto eso en las películas occi¬dentales. Puede hacerse en todas
partes, bajo un árbol, en el rincón de una tapia...
¿Con un hombre al
que no se conoce de nada?
Es aún mejor, así
no se corre el riesgo de sentirte incómoda si te lo vuelves a encontrar.
Tú le preguntas si
ella hace eso a menudo.
Sólo cuando tengo
ganas.
¿Y cuando no
encuentras hombres?
No son difíciles de
encontrar. Te siguen a una simple mirada.
Tú dices que, a una
simple mirada por su parte, no estás seguro de que la siguieras.
Ella dice que tú
tal vez no te atrevieras, pero que algunos sí que se atreven. ¿No es eso lo que
quieren los hombres?
Pues bien, te
diviertes con los hombres.
¿Por qué sólo los
hombres iban a poder divertirse con las mujeres? ¿Qué tiene ello de extraño?
Es tanto como decir
que ella se divierte consigo misma.
¿Y por qué no?
¡En este barro!
Luego ella te dice
riendo quedamente que te aprecia, pero que no se trata de amor. Y también que
debes andarte con cuidado en el caso de que ella se ponga verdaderamente a
amarte...
Sería una
catástrofe.
¿Para ti o para
ella?, pregunta.
Para ti y para
ella.
Eres realmente
inteligente. Ella dice que le gusta de ti esta inteligencia.
Dices que es una
lástima que no sea tu cuerpo.
Ella dice que, de
cuerpo, todos los hombres tienen uno. Añade a continuación que no tiene
demasiadas ganas de can¬sarse en la vida y deja escapar un hondo suspiro antes
de pedir¬te que le cuentes una historia alegre.
¿Hablar otra vez
del fuego? ¿Ese niño rojo con el culo al aire?
Lo que tú quieras.
Tú dices entonces
que ese genio del fuego, Zhurong, el niño rojo, era el dios de esta gran
montaña. Al pie del monte Hurí, el templo del genio del fuego fue dejado en
estado de abando¬no, los hombres habían olvidado hacer sacrificios allí,
utiliza¬ban el aguardiente y la carne para su uso personal. El dios olvi¬dado
por todos montó en cólera y cuando tu bisabuelo...
¿Por qué no
continúas?
La noche de su
muerte, mientras todo el mundo estaba pro¬fundamente dormido, una luz
resplandeciente inundó la oscu¬ra montaña. Cuando el viento lanzó unas ráfagas
de olor a quemado, las gentes comenzaron a ahogarse en pleno sueño y se
levantaron a todo correr. A la vista del fuego, se quedaron desconcertados. Por
la mañana, la humareda lo había invadido todo, era ya demasiado tarde para
partir. Los animales salvajes, presa del pánico, huían delante del fuego; los
tigres, los leopardos, los jabalíes, los lobos se refugiaban en confuso
desor¬den en el torrente. Únicamente sus aguas impetuosas impe¬dían al fuego
progresar. La multitud concentrada en la orilla para contemplar el incendio vio
de repente volar una gran ave roja de nueve cabezas. Echando fuego, con su
larga cola dora¬da desplegada, lanzando un grito semejante a los vagidos de un
recién nacido, desapareció en los cielos. Unos árboles secu¬lares gigantescos
eran propulsados al aire cual plumas, luego volvían a caer en la hoguera
emitiendo grandes crujidos...
35
En sueños, veo el
acantilado abrirse detrás de mí crujien¬do, entre las piedras se recorta el
cielo gris perla, bajo el cielo, una callejuela, desierta y tranquila, a un
lado la puerta de un templo, sé que por ella se entra al gran templo, no está
nunca abierta, en la entrada hay tendida una cuerda de nailon donde hay puestas
a secar unas ropas de niño, reconozco este lugar, he venido ya antes aquí, es
el templo de los Dos Reyes del distrito de Guan, me paseo por el dique que
separa las aguas del río que espumea bajo mis pies, en la orilla opuesta las
ruinas de otro templo desacralizado, he querido entrar en él, pero no he
encontrado la puerta, tan sólo he visto las serpientes marinas reptando por los
negros y curvos aleros que sobrepasan con creces los muros del patio,
agarrándome a un cable avanzo un poco, en la margen blanca del río un hom¬bre
está pescando, quiero ir hacia él, el agua sube, no puedo sino retroceder, las
aguas me rodean por todas partes, yo, en medio, vuelvo otra vez a ser un niño,
yo, en este instante, de pie delante de esta entrada, me veo a mí mismo de
niño, llevo unos zapatos de tela, no puedo avanzar ni retroceder, sobre el
empeine de mis zapatos hay unos botones de tela, en la escue¬la primaria mis
compañeros decían que llevaba unos zapatos de chica, me hacían sentirme
incómodo, y fue justamente de boca de estos chicos acostumbrados a la calle que
comprendí el sentido de este insulto, decían también que las mujeres eran pura
farfolla y también que la gruesa señora que vendía tortas en la esquina de la
calle andaba detrás de los hombres, yo sabía que eran groserías que tenían que
ver con la carne de los hom¬bres y de las mujeres, pero la naturaleza de estas
relaciones seguía siendo muy vaga en mi cabeza, decían que yo amaba a la muchacha
delgada y morena de mi clase, que me había dado una tarjetita perfumada y que
yo me había ruborizado, y un día, tras entrar en secundaria, durante las
vacaciones, me encontré a esos chavales en una sesión de cine reservada a los
alumnos del instituto, me dijeron que se había puesto muy guapa, una muchacha
la mar de seductora, que se había infor¬mado acerca de mí, y me preguntaron por
qué no le daba yo una cita, y a continuación caí seducido por la carne de las
mujeres, me debatí, alargué la mano para tocar el bajo vientre húmedo de una
mujer, antes no era tan valiente, sabía que entraba en la decadencia, pero eso
me gustaba en secreto, quizá sabía que era una mujer que yo quería hacer mía
sin con¬seguirlo, su lindo rostro, no podía verlo, quería besarla con mi boca
que había sido ya besada por otra mujer, en mi interior no la amaba, pero yo
estaba contento, también vi los tristes ojos de mi padre, silencioso, sé que ya
ha muerto, que todo esto no es cierto, en mi sueño me esfuerzo por dejarme ir,
luego oigo el batir de la puerta por el viento, me acuerdo de que estoy
durmiendo en una cueva de montaña, por encima de mi cabeza el extraño techo
sube y baja, iluminado por el farol, duermo completamente vestido entre las
mantas satura¬das de humedad, mis ropas están empapadas también, mis pies están
helados, no consigo hacerlos entrar en calor, el viento es violento, aúlla a
cada portazo, como una bestia salvaje ensan¬grentada, tumbado en una cueva de
montaña cerrada con una simple tabla, escucho atentamente los aullidos del
viento que se desencadenan desde la cima de las montañas y se abisman en los
campos y bosques.
Urgido por las
ganas de orinar, me levanto y, a la luz del farol que llevo en la mano, me
pongo de nuevo los zapatos. Retiro la tabla que bloquea la puerta hecha con
palos. La puer¬ta cruje violentamente al abrirse, empujada por el viento. El
farol no ilumina más que un círculo a mis pies en la negra cor¬tina de la
noche. Doy dos pasos y me desabrocho el pantalón, cuando veo de repente, al
levantar la cabeza, una sombra de diez metros de alto alzarse delante de mí.
Lanzo un grito y a punto estoy de tirar el farol. La sombra inmensa se mueve al
mismo ritmo que yo. Imagino que se trata de «la sombra del demonio» mencionada
en la Monografía de la montaña Fanjing. Agito mi farol, la sombra se mueve
también. Es en realidad mi sombra proyectada en la noche.
El campesino que me
sirve de guía ha salido al oír ruido, hacha en mano. No me he recuperado aún
del todo y no puedo articular palabra. Entre murmullos, agito el farol para
indicár¬selo. También él pega un grito y se apodera del farol. Dos sombras
inmensas se perfilan entonces contra la cortina negra de la noche y danzan al
ritmo de nuestros gritos. ¡Qué estupe¬facción sentirse aterrado por uno mismo,
y con más razón por la propia sombra! Igual que dos niños, orinamos danzando
para hacer saltar la demoníaca sombra. Y también para calmar¬nos, para
reconfortar nuestros conturbados espíritus.
Una vez de vuelta
al interior de la cueva, la excitación me impide conciliar el sueño. Mi
compañero se revuelve también en su yacija. Le pido sin ambages que me cuente
historias de la montaña. Él se pone a balbucear, pero se expresa en dialecto y
de ocho frases sobre diez no pesco ni papa. Me parece que está contando la
historia de un primo lejano, que hace tal o cual trabajo, al que un oso sacó un
ojo, porque no había honrado al dios de la montaña antes de ir a ella.
Imposible saber si es una manera de hacerme un reproche.
Madrugando a la
mañana siguiente, mi intención es ir a Jiulongchi, el lago de los Nueve
Dragones. Se ha levantado una densa niebla. Mi guía camina delante, sombra
indistinta a tres pasos de mí; a más de cinco, ya no me oye, aun cuando le
llame a voz en grito. No tiene nada de extraño que, la pasada noche, el farol
pudiera proyectar las sombras sobre una tan espesa niebla. Para mí, es por
supuesto una experiencia nueva; a cada expiración, un blanco vaho viene a
llenar el espacio dejado libre en la boca. A menos de cien pasos de la cueva,
se detiene y se vuelve diciendo que es imposible continuar.
-—¿Por qué?
—El año pasado, con
un tiempo parecido, seis personas fue¬ron a la montaña a recoger furtivamente
plantas medicinales y sólo tres de ellas regresaron —farfulla.
—Quiere
atemorizarme, ¿no?
—Si quiere ir
usted, vaya, pero sin mí.
—¡Pero usted es mi
guía! —Estoy, por supuesto, un poco cabreado.
—Ha sido el jefe de
la estación quien me ha enviado.
—Pero él le ha
mandado a usted por mí.
No le digo que he
sido yo quien ha pagado su salario.
—Si le sucediera
algo a usted, sería yo el responsable de rendir cuentas al jefe de la estación.
—No tiene usted que
darle cuentas de nada. Él no es mi jefe. Y tampoco el responsable de mi
persona. ¡Yo simplemen¬te quiero ir a ver ese lago de los Nueve Dragones!
Él dice que no es
un lago, nada más que algunos estanques de profundas aguas.
—Me da igual que
sea un lago o no, yo lo que quiero es ver el musgo dorado que recubre la
ribera, he subido a la montaña para ver ese musgo espeso, quiero ir a
revolearme encima de ese musgo.
Me dice que uno no
puede tumbarse en él, pues se trata de hierbas que crecen en el agua.
Siento deseos de
contarle que fue el jefe de la estación el que dijo que resulta más agradable
revolcarse sobre este musgo que sobre una alfombra, pero no tengo ganas de
verme obligado a explicarle qué es una alfombra.
Él se calla y
camina delante, cabizbajo. Yo retomo el cami¬no. Ésta es mi victoria: hacer
cumplir mi voluntad a un guía que he pagado. Quiero demostrar que no carezco de
voluntad, no otro es el sentido de mi venida a este lugar donde los mis¬mos
diablos no se atreven a poner los pies.
Él ha desaparecido
de nuevo. Yo he demorado un poco la marcha y él se ha desvanecido en medio de
la blancura de la niebla. Me apresuro a darle alcance, pero choco contra un
gran árbol. Si he de volver a localizar mi camino solo, entre estos árboles y
estos campos, no lo conseguiré jamás. Ando comple¬tamente desorientado y
comienzo a llamarle a grandes gritos.
Por fin, reaparece
en medio de la bruma, gesticulando de manera extraña en dirección a mí. No le
oigo gritar hasta que estoy delante de él, siempre en medio de esa maldita
niebla.
—¿Está usted
cabreado conmigo? —Trato de pedirle excusas.
—No estoy cabreado,
y menos con usted, ¡es más bien usted quien debe disculparme a mí!
Continúa
gesticulando mientras grita, pero los sonidos lle¬gan de manera ahogada a
través de la niebla. Me doy cuenta de que no estoy siendo razonable.
Ajusto mi paso al
suyo, pisándole los talones. Por supuesto, no resulta cómodo, no podemos seguir
avanzando mucho más. No he venido a esta montaña para contemplarle los talones
a este hombre. ¿A qué he venido, entonces? Tengo un mal pre¬sentimiento, debido
sin duda al sueño que he tenido y a la sombra demoníaca de esta noche, a mis
ropas empapadas por la humedad, a la noche casi en blanco que he pasado, y a mi
fatiga. Trato de coger del bolsillo de mi camisa, que está pega¬da a mi piel,
la raíz de hierba medicinal que sirve de antídoto contra las serpientes, pero
ya no la encuentro.
—Es mejor regresar.
No me ha oído.
Tengo que gritar:
—¡Regresamos!
La situación se
vuelve cómica, pero él no se ríe. Se limita a murmurar:
—Hace ya mucho rato
que hubiéramos tenido que regresar.
He terminado, pues,
por hacerle caso. Ya en la cueva, él enciende de inmediato un fuego, pero la
presión atmosférica es demasiado baja, el humo no puede escapar e invade el
espa¬cio entero, impidiéndonos abrir los ojos. Sentado cerca del hogar,
masculla algo.
—¿Qué le dice usted
al fuego?
—Que el hombre no
puede luchar contra el destino.
Luego se tumba en
su yacija. Un instante después, oigo sus sonoros ronquidos. Es un ser simple,
tiene la conciencia tran¬quila, mientras que yo soy un ser pagado de mí mismo,
en per¬petua búsqueda de una espiritualidad que tal vez no sería si¬quiera capaz
de entender si alguna vez se me revelase. Ignoro a qué me conducirá esto.
Me siento aburrido,
en esta húmeda cueva, con estas ropas empapadas y heladas que se pegan a mi
piel. En este instante, mi mayor deseo sería tener una ventana, una ventana
ilumina¬da, con un poco de calor detrás, una persona a la que yo amase y que me
amase a mí. Es todo. Todo lo demás sería inútil. Pero esta ventana no es más
que otra sombra ilusoria.
Sueño a menudo que
voy en busca de la casa de mi infancia, en busca de mis recuerdos más dulces,
en sueños veo una suce¬sión de patios en fila como un laberinto con unos
pasadizos oscuros, estrechos y tortuosos, cuya salida jamás encuentro. Cada vez
que tengo este sueño, los caminos son distintos, a veces el patio interior
donde vivía mi familia es un paso vecinal, y no puedo hacer nada sin que los
vecinos lo vean, y tampoco puedo disfrutar de un sentimiento de dulce intimidad
e, incluso si estoy en casa, los tabiques no llegan hasta el techo o el papel
pintado de las paredes está desgarrado o incluso una pared está completamente
derrumbada, subo por una escalera que lleva al piso y miro hacia abajo, al
interior de la estancia, todo está reducido a escombros, afuera hay un plantío
de calabaceras bajo las cuales me he arrastrado para coger grillos, los pelos
de los tallos de las calabaceras mezclados con la transpiración de mi cuello y
de mis brazos me producen un prurito por todo el cuerpo, a veces a pleno sol,
otras bajo una helada lluvia, en este patio atestado de escombros se han
construido casas nuevas, no sé cuándo, con ventanas siempre cerradas, bajo este
pabellón desprovisto casi de paredes, mi abuela materna está trasladando el
baúl de la ropa de palisandro, tan viejo como ella, cuya tapa ha sido
levantada, ella está muerta desde hace mucho tiempo, pero a pesar de todo he de
recuperar mis recuerdos más dul¬ces, mis sueños infantiles, o mejor dicho, mis
sueños de infan¬cia, a mis pequeños compañeros de entonces cuyos nombres ya he
olvidado, había un chaval que tenía el labio inferior marcado por una cicatriz,
de aspecto muy honesto, tenía un tarro de gres de color violeta donde criaba
unos grillos, él decía que había sido su abuelo quien se lo había dado, también
me gusta¬ba su hermana mayor, una chica talludita muy dulce, pero nunca le
dirigí la palabra, y luego me enteré de que se había casado, por lo que de nada
serviría volver en su busca, y tampo¬co encontraría ya a mi pequeño compañero
de infancia con su cicatriz en el labio, he recorrido la callejuela donde se
suceden las puertas de las casas, sus aleros que desbordan hasta casi la mitad
de la calle, me apresuro a volver a mi casa, mi abuela materna me espera para
comer, cuando es la hora me llama a grandes gritos, y cuando la oigo llamarme
creo que está discu¬tiendo con alguien, discute a menudo con mi madre, tiene el
genio muy vivo, cuanto más envejece, más extraño se vuelve su carácter, no se
entiende con su propia hija, tuvo que regresar a su tierra a vivir con su
familia, y luego ellos dijeron que murió en un hospicio, tengo que localizar
ese lugar para ser digno de mi madre que ha muerto, en este momento pienso
mucho en las personas que han desaparecido, tal vez porque en tiempos normales
no lo hice a menudo, y sin embargo son las personas que me eran más próximas,
en esta cueva de montaña, frente al fuego, las danzarinas llamas hacen evocar
recuerdos, froto mis ojos llenos de humo que no consigo abrir.
Me levanto para
salir. La niebla se ha disipado ligeramente, se ve ya a más de diez pasos. Cae
la llovizna. Descubro que en las hendiduras de las rocas hay restos de varillas
de incienso, así como una rama de árbol en la que hay atada una tela roja. ¿Es la
Roca del Alma donde las mujeres vienen a implorar un hijo varón?
Arriba del todo,
unos inmensos pilares de piedra se funden con la bruma. No pensaba descubrir
una ciudad muerta sobre esta cresta.
36
¿Qué más se puede
contar?
Tú hablas de esas ruinas invadidas de zarzales
y azota¬das por los violentos vientos de las cumbres, de las pie¬dras
quebradas, cubiertas de musgos y de líquenes, del gecko que trepa sobre una
losa hendida.
Le dices que, en
otro tiempo, resonaban aquí la campana de la mañana y el tambor del atardecer,
que el humo del incienso remolineaba, que novecientos noventa y nueve bonzos
vivían en las mil celdas que poseía el templo, que, en los días de nir¬vana, se
realizaban suntuosas reuniones religiosas.
Cuentas que cuando
los humos del incienso se elevaban del sinfín de pebeteros, los fieles acudían
desde cien lis a la redon¬da para ver con sus propios ojos al viejo monje
entrar en un estado de beatitud. Los peregrinos se apresuraban por los caminos
a través de la floresta.
Cuentas que las
salmodias de las sutras resonaban más allá de la gran puerta de la pagoda. No
quedaba la menor esterilla disponible en todo el templo. Los últimos en llegar
se arrodi¬llaban en el mismo suelo y los que lo hacían más tarde aún tenían que
esperar afuera. Y detrás de la masa de los fíeles que no lograban entrar se
apretujaba también un gentío inmenso. Era una concentración excepcional.
Dices que no había
un solo fiel que no quisiera obtener la gracia del viejo monje. Cada discípulo
esperaba recoger su mensaje, pues, antes de entrar en beatitud, el gran maestro
enseñaba el dharma. La sala de las sutras donde él estaba se hallaba en la planta
baja del pabellón de las obras canónicas, a la izquierda del templo del Gran
Tesoro.
Dices que en el
patio, delante de esa sala, dos canelos en plena floración perfumaban el aire,
el uno rojo y el otro blan¬co, y que el suelo estaba cubierto de esterillas
desde la sala hasta el patio. Bajo el agradable sol del otoño, los bonzos
espe¬raban sentados, con el corazón apaciguado, a que el viejo monje enseñara
por última vez el dharma.
Dices que
permanecía sentado con las piernas cruzadas sobre un estrado de madera de
sándalo negro, tallado con unas flores de loto, que practicaba una purificación
y una abstinencia totales desde hacía siete días y siete noches, sin comer ni
beber, manteniendo los ojos cerrados, una larga túnica apeda¬zada flotando
sobre sus hombros. Delante del altar, en los pebe¬teros de cincelado bronce, se
consumían unos pequeños leños de madera de sándalo blanco cuyo aroma se
expandía por toda la sala. Estaba flanqueado por dos de sus discípulos y una
dece¬na de bonzos que habían recibido la tonsura de su propia ma¬no aguardaban
respetuosamente al pie del estrado. En la mano izquierda, retorcía un rosario
y, en la derecha, sostenía una campanilla que golpeaba suavemente con un fino
palillo de metal apretado entre los dedos. Como una ligera seda, el sonido de
la campanilla emprendía el vuelo y flotaba entre las ban¬derolas suspendidas en
la sala.
Dices que los
bonzos oyeron entonces su dulce voz: «Buda nos enseña que, para alcanzar la
iluminación, no hay que conocer a Buda por su aspecto corporal; lo que se
denomina la figura corporal de Buda son las figuras ilusorias de su cuerpo, las
figuras que se ven no son su figura, sino la negación de su figura. Lo que os
transmito es que hasta las mismas palabras de Buda no pueden ser aceptadas, y
al mismo tiempo tienen que ser aceptadas, no pueden ser transmitidas, y lo que
no puede ser transmitido no puede ser admitido, pero al mismo tiempo tiene que
ser admitido, eso es lo que yo os transmito, y ésta es la gran ley que Buda os
transmite, ¿alguna pregunta?».
Dices que entre la
multitud de los discípulos, nadie ha com¬prendido el sentido de sus palabras y
nadie se atreve tampoco a hacer ninguna pregunta. Pero el aprieto mayor es para
los dos discípulos que le velan a su diestra y a su siniestra. Desde hace siete
días, no se atreven a relajarse un solo instante, en callada espera de que el
maestro les haga partícipes de sus intenciones y de su enseñanza. En el
pebetero, la última varilla de incienso acaba de consumirse. Por fin, el primer
discípulo se arma de valor. Avanza un paso, se arrodilla y acto seguido se
prosterna, juntas las manos: «Vuestro discípulo tiene una pregunta que haceros,
pero no sabe si debe hacerla».
El viejo monje abre
ligeramente los ojos y pregunta cuál es la pregunta. El discípulo alza la
cabeza, pasea su mirada alre¬dedor y pregunta: «Antes de alcanzar el nirvana,
¿transmitirá el maestro su enseñanza a un sucesor?». Todos han compren¬dido: es
absolutamente necesario que designe a un sucesor para que se ocupe de un tan
vasto monasterio con tantos bon¬zos, cirios e incienso. ¿Cómo sería posible que
no tuviera suce¬sor un gran maestro como él?
El viejo maestro
menea la cabeza, coge contra su pecho su cuenco de las ofrendas y dice: «Toma
este cuenco...». El incienso está casi enteramente consumido, las volutas de
humo se elevan por los aires formando unos círculos incompletos antes de
disiparse. La pesada campana de hierro de doce mil libras del templo del Gran
Tesoro, fundida durante la era Zhenyuan de los Tang, se pone a resonar, seguida
de los sones de los tambores. En la sala de las sutras, los monjes se
apresu¬ran a golpear sus peces de madera y sus piedras sonoras. Com¬prendiendo
que el viejo maestro ha transmitido ya su enseñan¬za y designado a su sucesor,
la multitud salmodia las sutras y declama el nombre de Buda Amithaba.
Pero los dos
primeros discípulos permanecen un tanto atóni¬tos, no han oído que después de
las palabras «coge este cuenco» ha añadido «y ve a mendigar». Tan sólo ven
moverse los labios del maestro, pero ni el uno ni el otro consiguen recoger su
ense–anza. Alargan la mano al mismo tiempo para apoderarse del cuenco de las
ofrendas y ninguno quiere soltarlo. El cuenco acaba rompiéndose. Los dos
hombres se quedan estupefactos de la impresión. Comprenden cuál era la
intención del maestro, pero no se atreven a dirigirle la palabra. Únicamente el
viejo monje ha tomado conciencia de que el templo caerá un día en ruinas.
Incapaz de soportarlo más, cierra los ojos y, sentado, hace el vacío en su
interior, sobre su asiento en forma de flor de loto, cruzado de manos.
Concentra su atención sobre el punto «puer¬ta de la vida» y, por propia
voluntad, pone fin a su existencia.
Dices que la
campana y el tambor resuenan en la sala de las sutras y también afuera. En el
interior, los monjes recitan al uní¬sono unas oraciones que se propagan hasta
el patio. Allí la multitud de monjes las repite a coro hasta las tres salas y
las dos alas laterales, luego hasta el exterior del templo donde se concentran
los fieles con sus palanquines, asnos y caballos. Los fieles que no han podido
acceder al edificio no quieren quedarse al margen y vociferan a voz en grito el
nombre de Buda Amithaba con tanta fuerza que se les oye incluso desde el
interior del templo.
Los monjes levantan
la gran urna sellada donde ha sido colocado el viejo monje en estado de
beatitud, escoltado de sagradas banderolas de bordados brocados, franco está el
camino para los dos primeros discípulos que agitan los espan¬tamoscas y
asperjan aguardiente para purificar almas y cuer¬pos, y cada vez es mayor la
masa de los fieles que se precipita en el interior del templo para tener la
dicha de contemplar la figura mortuoria del gran maestro. Quienes alcanzan a
verle exclaman: «¡Misericordia!» y los que no lo consiguen se hallan en el
colmo de la excitación, con la cabeza levantada se apretu¬jan de puntillas,
perdiendo su sombrero y sus zapatos, derri¬bando los pebeteros, indiferentes al
carácter solemne del lugar.
Una vez sellada la
tapa de la urna, ésta es instalada sobre una pira delante del templo del Gran
Tesoro, y a continua¬ción, antes de encender el fuego, da comienzo una sesión
de lectura de sutras con miras a la liberación del alma, no es posi¬ble el menor
error en el ceremonial, resultaría inconcebible la menor negligencia, pero
ningún templo podría contener a decenas de miles de personas apretujándose y
empujándose, ni los mozos más fuertes podrían resistir la oleada de la
muchedumbre, las gentes zarandeadas y pisoteadas lanzan gri¬tos de dolor. Nadie
sabría decir dónde se inició el fuego, ni cuántas víctimas perecieron quemadas
o aplastadas, si hubo más muertos por ahogamiento o abrasados, de todas formas
el fuego duró por espacio de tres días y tres noches antes de que el Señor de
las alturas se apiadara, dejando caer por fin una lluvia bienhechora que no
dejó más que una extensión de rui¬nas y de estelas rotas, objetos de estudio
para las generaciones venideras.
37
Detrás del muro en
ruinas, están sentados a la mesa mi padre, mi madre y mi abuela materna, todos
ellos muer¬tos. Me esperan para comer. Pienso que ya he vagabun¬deado bastante
de un lado para otro, y hace ya demasia¬do tiempo que no me siento en familia.
Tengo ganas de sentarme a la misma mesa que ellos para charlar de todo y de
nada, como cuando estaba en casa de mi hermano pequeño, cuando el doctor me
diagnosticó un cáncer y hablábamos de cosas de las que no es posible hablar más
que en familia. En aquel tiempo, a la hora de la comida, mi sobrinita siempre
quería ver la televisión, pero era imposible que comprendiera que todos los
programas estaban centrados exclusivamente en la campaña contra la
contaminación espiritual, explicada para todo el mundo por las figuras del
mundo cultural que toma¬ban postura unas tras otra recurriendo a la palabrería
de los documentos oficiales. No eran programas para niños y tampoco eran en
absoluto apropiados para la hora de las comidas. Yo estaba harto de las
noticias difundidas por la radio, la prensa escrita y la televisión, y no
aspiraba más que a volver a mi pro¬pia vida, a hablar del pasado de mi familia
que había sido ya olvidado, por ejemplo, de ese bisabuelo loco que no tenía más
que un deseo: convertirse en mandarín y que había hecho donación a este fin de
todo su patrimonio, una calle entera, aunque en vano, ya que no logró ni tan
siquiera obtener un mediocre puesto de funcionario y que enloqueció al
compren¬der que había sido burlado. Entonces prendió fuego a su últi-ma morada,
aquella en la que vivía, y murió a la edad de ape¬nas treinta años, más joven
de lo que yo soy ahora. Los treinta, etapa de la que dijo el Confucio que la
personalidad apenas está formada, sigue siendo cuando menos una edad frágil en
la que resulta fácil caer en la esquizofrenia. Mi hermano peque¬ño y yo no
habíamos visto jamás ninguna foto de este bisabue¬lo, acaso porque en sus
tiempos la fotografía no había sido introducida aún en China, o bien porque
estaba reservada a la familia imperial. Pero mi hermano pequeño y yo probamos
los deliciosos platos que preparaba nuestra abuela, y el que más fuerte
impresión nos había dejado era la gamba emborracha¬da, cuya carne temblaba aún
cuando la tenías en la boca. Antes de comernos una, teníamos que armarnos de
valor. También me acuerdo aún de que mi abuelo, paralizado como conse¬cuencia
de un ataque de apoplejía, había alquilado en el campo una vieja casa de
campesino para evitar los bombardeos de los aviones japoneses. Se quedaba
tumbado en la pieza principal en una hamaca de bambú, el rostro aureolado por
sus platea¬dos cabellos agitados por el viento que penetraba por la puerta
abierta de par en par. Tan pronto como sonaba una alerta aérea, era presa del
terror. Mi madre decía que lo único que ella podía hacer era repetirle al oído
sin cesar que los japoneses no tenían bombas suficientes y que las reservaban
para las ciudades. En aquella época, yo era más joven de lo que mi sobrinita es
ahora, y acababa justo de aprender a andar. Re¬cuerdo que para ir hasta el
patio trasero había que cruzar un umbral muy alto más allá del cual había que
bajar aún un esca¬lón. Yo no podía franquearlo solo, y este patio era para mí
siempre un lugar misterioso. Delante de la puerta de entrada se extendía una
era, y me acuerdo de que, con los hijos de los campesinos, me revolcaba por la
paja que se estaba secando. En las apacibles aguas del río que bordea la era se
había aho¬gado un perrito. No sé si algún asqueroso individuo lo arrojó al agua
o si se ahogó él solo, pero lo cierto es que su cadáver permaneció largo tiempo
en la orilla. Mi madre me tenía for¬malmente prohibido jugar en la orilla del
río y yo no podía ir a excavar en la arena más que yendo detrás de los adultos
que iban allí a sacar agua. Hacían unos agujeros en la orilla y reco¬gían el
agua filtrada por la arena.
Comprendo en este
instante que estoy rodeado de un mundo de muertos y que detrás de ese muro en
ruinas se encuentran mis parientes desaparecidos. Tengo ganas de retornar entre
ellos, sentarme a la misma mesa, escuchar incluso las conversaciones más fútiles,
tengo ganas de oír sus voces, de ver sus miradas, de sentarme con gran
comedimien¬to entre ellos, aun cuando no tome nada. Sé que las comidas del otro
mundo poseen un valor de símbolo, que son una espe¬cie de ceremonia en la que
no les está permitido participar a los vivos, sentarme a su mesa se me antoja
de repente la felicidad suprema. Me acerco, pues, a ellos con precaución, pero
una vez que he franqueado la pared en ruinas, se levantan y desaparecen en gran
silencio detrás de otra pared. Oigo sus sigilosos pasos que se alejan, veo la
mesa vacía que han dejado. En un instante, la mesa se cubre de tierno musgo, se
resquebraja y queda reducida a un montón de piedras, y entre sus hendiduras
crecen hierbajos. También sé que hablan de mí en otra casa en ruinas, que no
aprueban mi conducta y que se inquietan por mí. En realidad, nada debería
preocuparles, pero sé que lo están. Los muertos se preocupan a menudo por los
vivos. Están discutiendo a escondidas, pero se callan una vez que yo aplico mi
oído a la pared de húmedas piedras recubier¬ta de musgo. Deben de seguir
hablando con los ojos, decir que no puedo continuar así, que me hace falta una
familia normal, una esposa prudente y virtuosa que se ocupe de mis comidas y
lleve la casa, que si he contraído una enfermedad incurable ello se debe a mi
inadecuada alimentación. Traman para saber cómo intervenir en mi vida, yo tengo
que decirles que no hay motivo para la inquietud, que llegado a la edad madura
tengo mi propio estilo de vida, que ese estilo de vida lo he elegido yo mismo,
que no puedo volver al carril que ellos trazaron para mí. No puedo vivir como
ellos, máxime cuando su vida no ha sido lo que se dice un éxito, pero no puedo
dejar de pensar en ellos, quiero mirarles, escuchar su voz, hablar con ellos
del pasado. Quiero preguntarle a mi madre si realmente me llevó en barca por el
río Xiang. Recuerdo una barca de madera con una vela de bambú trenzada, en la
que se apretujaban unas gentes, sentadas en unos bancos, a cada uno de los
lados de la cabina, rodilla contra rodilla. A través de la vela, se veía el
agua del río a punto de saltar por encima de la borda. La barca no paraba de
cabecear, pero nadie decía ni mu, todos ponían cara de que no pasaba nada, por
más que todos se habían dado cuenta de que la barca que iba hasta los topes
podía zozobrar de un momento a otro. Nadie quería enfrentarse a la verdad.
También yo ponía cara de que no pasaba nada, no lloraba ni me agitaba,
esforzándome por no pensar en la catástrofe que podía producirse de un momento
a otro. Quiero preguntarle si ella también huía. Si hubiera vuelto a ver ese
tipo de barca en el Xiang, ese recuerdo sería perfectamente real. Quiero
preguntarle también si es cierto que habíamos escapado a unos bandidos
refugiándonos en un chiquero. El tiempo, ese día, era igual que el que hace
hoy, lloviznaba; en una curva espe¬cialmente pronunciada de una cuesta, el
autobús derrapó y el conductor no dejaba de lamentarse diciendo que, de haber
tenido mejor cogido el volante, las ruedas del vehículo no habrían ido a parar
a la cuneta. Recuerdo que eran las ruedas del lado derecho, porque, a
continuación, los ocupantes del autobús se apearon todos y llevaron sus
equipajes al lado izquierdo de la carretera, en la ladera de la montaña, y
luego fueron a empujar, pero las ruedas seguían patinando en el barro, sin
resultado. El autobús iba equipado con un motor de carbón vegetal, pues eran
aún los tiempos de la guerra y los vehículos civiles no funcionaban con
gasolina. Para hacerlo arrancar, primero era preciso girar con fuerza una
manivela, hasta que el motor se ponía a petardear. En aquella época, los
vehículos eran como los humanos, no se sentían bien hasta haberse aliviado de
los gases que atestaban su vientre, pero en aquella ocasión el autobús, incluso
después de haber petar¬deado, no era capaz más que de hacer patinar sus ruedas
man¬chando de barro la cara de la gente que lo empujaba. El con¬ductor se
esforzaba por hacer una señal a los coches que pasaban, pero ninguno quería
pararse para sacarle del apuro. Con semejante tiempecito, el cielo estaba
realmente oscuro, y ellos no pensaban más que en huir. Pasó un último coche
rozando la cuneta, con sus faros amarillos reluciendo como los ojos de una
bestia salvaje. A continuación, los pasajeros trepa¬ron la pendiente a tientas
en medio de la oscuridad, desafian¬do la lluvia, resbalando sin cesar por el
camino de montaña fangoso, cogiéndose todos a las ropas del que les precedía.
No eran más que una cuadrilla de ancianos, de mujeres y de niños. El grupo
alcanzó por fin con gran esfuerzo una casa de labor sin luz, de la que nadie
quiso abrir la puerta. Lo único que podían hacer era resguardarse en el
chiquero para protegerse de la lluvia; unos disparos resonaban sin cesar en la
montaña. Resplandecían unas antorchas. Sin duda, unos bandidos. El miedo
impedía a todos proferir la menor palabra.
Franqueo la pared
en ruinas, detrás no hay más que un reto¬ño de boj con unas hojitas, del grosor
del dedo meñique, que tiembla al viento en medio de unas casas derruidas,
destejadas. Enfrente se alza una media ventana en la que uno puede apo¬yarse
para asomarse al exterior. Entre las matas de azaleas y de bambúes-flechas
surgen unas losas de piedra recubiertas de un musgo que parece muy mullido,
visto de lejos. Diríase un cuerpo alargado, con las rodillas replegadas, los
brazos extendidos. Sobre el tejado dorado del templo, otrora compuesto de miles
de salas y de celdas de monjes, habían sido colocadas unas tejas metálicas para
resistir el impetuoso viento de la montaña. Los monjes y las monjas que
acompañaban a la novena concubina del padre del emperador Wanli de los Ming
venían aquí a ejercitarse en la práctica de la perfección. De las grandes
ceremonias, en el curso de las cuales se quemaba incienso y resonaban la
campana de la mañana y el tambor del atardecer, no puede ser que no quede
ningún rastro. Quiero encontrar vestigios de esa época, pero no hago más que
dar vueltas a un fragmento de estela roto. ¿Es que hasta las mis¬mas tejas
metálicas han sido todas destruidas por la herrumbre quinientos años después?
38
¿Qué más se puede
decir?
Pues que,
quinientos años más tarde, ese viejo templo en ruinas se había convertido en
una guarida de malhe¬chores que dormían de día y, de noche, encendían antorchas
para descender de la montaña a fin de someter a pillaje a las aldeas. Y
precisamente, al pie de la montaña, vivía en un convento de religiosas bonzo la
hija de un funcionario. Practicaba allí el budismo, aunque no era monja. Para
expiar sus culpas del pasado, se ocupaba de las lámparas de aceite y de la
efigie de Buda. Pero le había entrado por los ojos al cabe¬cilla de los
bandidos, que la raptó y obligó a convertirse en su esposa. Prefiriendo antes
morir que obedecerle, fue violada y luego decapitada. ¿Y qué más?
Retrotraerse a mil
quinientos años, a la época en que no existía rastro alguno del templo.
Únicamente se alzaba la cabaña de caña de gramínea de un célebre letrado que
había aban¬donado la vida pública para hacer vida de ermitaño. Todos los días,
al rayar el alba, volvía su rostro hacia el este para hacer ejercicios
respiratorios. Aspiraba el aire fresco de la mañana y lo expiraba largamente,
con el cuello tenso. El sonido puro de sus cantos resonaba en el pequeño valle
desierto y los monos que trepaban por los escarpados acantilados le respondían
en eco. Si, por casualidad, venía algún conocido a verle, le ofrecía té a guisa
de aguardiente, sacaba un tablero de ajedrez o char¬laba con él al claro de
luna. No le preocupaba envejecer. Los leñadores que por allí pasaban le miraban
de lejos y se convir¬tió en un personaje legendario. He aquí por qué este lugar
ha conservado el nombre de Acantilado del Inmortal.
¿Y qué más?
Decir también que,
mil quinientos cuarenta y siete años más tarde, un señor de la guerra que había
consagrado casi su vida entera a sus tropas, una vez ascendido a general,
regresó a su tierra para ofrecer un sacrificio a sus antepasados. Al ver a la
sirvienta de su vieja madre, eligió un día fausto para casarse con ella como
séptima concubina. Orgulloso de mostrar a los hombres de la región su poder,
ofreció un festín de ciento y un comensales. Las gentes de la región se
apretujaban en torno a las mesas y, evidentemente, le halagaban y le ofrecían
regalos: tenían que mostrarse agradecidos por el aguardiente que tomaban. Justo
en el momento en que todo el mundo le felicitaba, se presentó en la puerta un
pobre mendigo, con las ropas hechas jirones y la cabeza tiñosa. El guardián le
ofreció un cuenco de arroz prohibiéndole entrar, pero él quería a toda costa
felicitar personalmente al recién casado. El general, fuera de sí, ordenó a su
ayuda de campo que echaran al intruso a culatazos. En plena noche, cuando todo
el mundo estaba descansando y el recién casado dormía como un lirón, ¿quién
hubiera creído que el fuego fuera a prender en las cuatro esquinas de la
residencia, arrasando casi por entero la morada de sus antepasados? No faltaron
quienes dijeron que le había sido echado el mal de ojo por una reencarnación
del Maestro Ji, que quería ver cumplido el deseo del cielo castigando a los
hombres malvados. Otros afirmaron que el mendigo había cometido este crimen a
la cabeza de una banda de malandrines de los contornos. Habiéndole faltado el
general al respeto, a medianoche aquél ordenó a sus hombres de armas tomar que
lanzaran, por encima de los altos muros del patio, unas espira¬les de incienso
inflamado sobre unos montones de hierbas y de leña. El gran general, a la
cabeza de miles de hombres y de caballos, fue incapaz de defenderse de este
hombre insignifi¬cante. Como bien dice el viejo proverbio: «El poderoso dra¬gón
no consigue vencer al tirano local».
¿Y qué más?
Medio siglo más
tarde, pese al aislamiento y a la austeridad de estas montañas, a causa de los
desórdenes causados por los hombres, este lugar seguía sin conocer la calma. La
hija del nuevo responsable del comité revolucionario de distrito, un verdadero adefesio,
había echado el ojo, como hecho a propó¬sito, al nieto de un antiguo hacendado.
Desobedeciendo a su padre, se empecinó en esta unión sin duda predestinada y
robó de un cajón unos vales por treinta y ocho libras de cereal y ciento siete
yuanes en metálico. Huyeron ambos a la montaña, pensando poder cubrir sus
necesidades cultivando la tierra. El padre, que extendía día tras día la lucha
de clases, veía a su propia hija poner pies en polvorosa con un golfo, hijo de
un terra¬teniente. Su cólera fue terrible. Dio al punto la orden a la poli¬cía
de difundir una foto de la pareja y lanzar una orden de arresto en todo el
distrito. ¿Cómo han podido los jóvenes ena-morados escapar a las milicias
armadas que batían los campos?
Su cueva fue
cercada. El atolondrado joven dio muerte prime¬ro a su prometida con un hacha
robada y, acto seguido, se quitó la vida con ella.
Ella dice que
quiere ver también sangre. Quiere pincharse el dedo del corazón con una aguja,
y de paso causar daño a su propio corazón. Quiere ver chorrear sangre, verla
hincharse y desbordarse, teñir de rojo todos sus dedos hasta su misma raíz,
chorrear entre sus grietas, a lo largo de las líneas de la mano, hasta el
centro de ésta, para luego gotear desde su palma...
Le preguntas por
qué.
Ella dice que es
debido a la presión que tú ejerces sobre ella.
Tú dices que esta
presión no proviene sino de su corazón.
Pero es debido a
ti.
Tú dices que te
limitas a contar las cosas, que no has hecho nada más.
Ella dice que lo
que tú cuentas la pone triste, le impide res¬pirar.
Tú le preguntas si
se siente enferma.
¡Este estado
enfermizo eres tú quien lo ha provocado!
Tú dices que no
comprendes lo que has podido hacer.
¡Qué hipócrita!,
dice ella. Luego le da un ataque de risa.
No puedes evitar
tener un poco de miedo al mirarla, reco¬noces que querías estimular un poco su
deseo, pero la sangre de una mujer no puede sino desagradarte.
Ella dice que
precisamente quiere hacerte ver sangre, hacer chorrear sangre por su muñeca,
luego por sus brazos, bajo sus axilas, por su pecho, quiere que su sangre
fresca chorree de través por su blanco pecho, una sangre oscura de reflejos
violáceos y negros, ella se hunde en esta negra sangre violácea. Estarás
obligado a verla...
¿Totalmente
desnuda?
¡Totalmente
desnuda, ella estará sentada en un mar de sangre, la parte interior de su
cuerpo, entre sus muslos, sus mis¬mos muslos, estarán cubiertos de sangre, de
sangre, de sangre! Afirma que quiere ahogarse, hundirse hasta lo más profundo,
no sabe por qué siente un deseo tan fuerte, las olas la sumer¬gen, se ve
tendida en una playa, con las olas cubriéndola, la playa de arena no consigue
absorberla aún por completo, una nueva ola irresistible la cubre, ella quiere
que tú penetres en su cuerpo, que la magulles y la desgarres, sin piedad, dice
que no tiene ningún pudor, ni tampoco miedo ya, lo tenía, pero en realidad lo
que pretendía era tenerlo, aunque en verdad no lo tenía, pero teme también caer
en ese negro abismo, flotar en él permanentemente, quiere hundirse, dice que ve
ascender despacio la marea negra desde simas insondables, la espuma oscura la
engulle por entero, dice que viene especialmente lenta, pero que una vez que lo
ha hecho, es ya imparable, no sabe cómo ha podido volverse tan insaciable, ah,
quiere que le digas que es una desvergonzada, quiere que le digas que no es una
desvergonzada, pues si hace eso no es más que por ti, no siente este deseo más
que por ti, dice que te ama, quiere que tú le digas también que la amas, pero
tú no dices nunca eso, eres realmente frío, lo que tú quieres es una mujer,
pero lo que ella quiere, sí, ella, es el amor, tiene necesidad de sentirlo en
todo su cuerpo, aunque por ello tenga que acabar en el mismísimo infierno
contigo, ella te suplica que no la abandones, que no la dejes jamás plantada,
tiene miedo de la soledad, del vacío, sabe que todo esto es provisional,
únicamente quiere engañarse a sí misma, ¿no puedes decirle alguna cosa para
ponerla contenta? ¿Inventar para ella una historia que la haga feliz?
Ah, están muy
felices, cara a cara, sentados con las piernas cruzadas sobre su esterilla.
Unos platos perfectamente dis¬puestos delante de ellos: sangre de cerdo
totalmente negra, queso de soja totalmente blanco, pimientos rojos, alubias de
soja verdes, codillos de jamón con salsa de soja, costillitas esto¬fadas, carne
grasa de cerdo hervida, todo regado con aguar¬diente y servido en unos cuencos
inmensos. El pueblo entero celebra el Año Nuevo, sacrificando de golpe nueve
cerdos, tres bueyes, abriendo diez grandes tinajas de aguardiente añejo. Los
rostros están colorados, las narices relucientes. Un ancia¬no lisiado se
levanta y se pone a gritar con voz enronquecida de gallo: «¿Por qué se ha
dejado a los extranjeros prender fuego y plantar maíz en los montes Mahua, unos
montes que constituyen nuestra reserva de leña para calentarnos desde hace
generaciones?». Ha perdido los dientes, espurrea. Que no se piense que en su
aldea sólo subsisten viejos cascados, secos como la paja del arroz, que no se
piense que sus habitan¬tes se dejan maltratar. ¡Por más que ahora ya no pueden
llevar ni la palanca de punta de hierro, ni un arma de fuego, los
des¬cendientes de esta aldea no son lo que se dice unos amilanados! «Eh, tú,
madre del Gran Tesoro, ¿no puedes estirar de las patas traseras a tu retoño
para hacerle crecer?» Agitando el brazalete de plata que lleva en el brazo, la
mujer responde: «¡Tú cierra el pico, vejancón, que todos en la aldea han
podi¬do ver que mi Gran Tesoro ha crecido, que a mi vástago lo desprecian fuera
y es objeto de todo tipo de burlas en la aldea; no, no os metáis tanto con él,
pues algunas familias no han tenido más que hijas, y ni siquiera un hijo
varón!». A estas palabras, las mujeres se enfurecen: «Eh, tú, madre del Gran
Tesoro, ¿por qué cambias de conversación?». Si los habitantes de la aldea no
pueden defenderse del exterior, ¿cómo van a po¬der mantener la cara bien alta?
También los jóvenes, rojos de excitación, sacan pecho abriéndose la chaqueta.
¡El jefe de la aldea, fusil en mano, no sabe lo que es ayunar! «¡A sus
órde-nes, jefe, envíenos solos a primera línea si nuestras cuñadas encierran a
nuestros hermanos mayores en casa!» A estas palabras, las jóvenes montan en
cólera y gritan contra ellos: «¡No sois más que unos imberbes y bien que sabéis
ya faltar a la gente! Si vuestros padres están dispuestos a sacrificaros, ¿por
qué no nosotras?». Un hombre, de ojos redondos, se levanta de golpe. «¡Eh, tú,
pequeño, aún es demasiado pronto para que tomes la palabra en la aldea! Lo que
tienes que hacer es escuchar a los demás.»
Continúa, dice ella
que únicamente quiere oír tu voz.
Tú te recuperas y
cuentas cómo la multitud se pone a aplau¬dir, el atolondrado echa enseguida
mano al gallo y le corta el pescuezo. Sus alas siguen batiendo. La sangre
caliente es mez¬clada con vino en los cuencos. Exclama: «¡Los que no beban que
se vayan a dar por saco!». «¡Sólo los que se vayan a dar por saco no beberán!»
Los hombres se arremangan, lanzan un escupitajo al suelo y prestan juramento
poniendo al cielo por testigo. Con los ojos enrojecidos, se dan la vuelta para
coger sus instrumentos. Los unos afilan sus cuchillos, los otros bru–en sus
armas. Los viejos padres de cada familia enarbolan lin¬ternas y se van a abrir
una fosa al lado de la tumba de sus mayores. Las mujeres se quedan en casa y,
con la ayuda de las tijeras que les sirvieron para arreglarse el pelo el día de
su boda y para cortar el cordón umbilical de sus hijos el día en que nacieron,
recortan unos banderines de papel que son puestos sobre las tumbas. A la
aurora, cuando hacen aparición las brumas matinales, el anciano renqueante llama
con grandes redo¬bles de tambor. Las mujeres salen de las casas enjugándose las
lágrimas y acechan la entrada de la aldea, mirando a los hom¬bres golpear los
gongs, cuchillo en mano y fusil al hombro. Lanzan grandes gritos mientras
descienden la montaña, por los antepasados, por el clan, por la tierra y los
bosques, por sus descendientes, se matan entre sí a golpes de fusil, luego,
dis¬cretamente, traen de vuelta los cadáveres. A continuación, las mujeres se
ponen a lanzar gritos con el fin de invocar a cielo y tierra. Luego se vuelve a
hacer la calma. Se suceden las labores del campo, las siembras, los
trasplantes, las recolecciones y la trilla del cereal. Pasa la primavera y
llega el otoño, los invier¬nos suceden a los inviernos, cuando las tumbas están
invadidas por los hierbajos, las viudas han raptado a los jóvenes, los
huérfanos han crecido y se han hecho adultos, la tragedia ha sido ya olvidada,
y únicamente la gloria de los antepasados permanece en la memoria. Hasta que,
la noche de la cena de Nochevieja, antes del sacrificio a los antepasados, los
viejos se ponen a contar las viejas peleas de familia, los jóvenes empie¬zan a
beber, su sangre caliente hierve de nuevo en sus venas... La lluvia cae sin
cesar, durante toda la noche, las llamas decrecen hasta adquirir la apariencia
de unos guisantes de olor cuyas flores brillasen con un botón morado en su
centro. El botón se desarrolla, pero cuanto más disminuye la flor, más se
intensifica su color, pasando del amarillo claro al rojo anaran¬jado. De repente
la luz se refugia en la mecha de la lámpara, la oscuridad se torna más densa,
como si fuera cera de vela que se endureciese, haciendo desaparecer la trémula
luz del fuego. Tú te separas del cuerpo ardiente de mujer dormido contra ti y
escuchas crepitar la lluvia sobre las hojas de los árboles. El viento aúlla
tristemente en el pequeño valle a través de las ramas de los pinos. El tejado
del que pende la lámpara de acei¬te comienza a dejar filtrarse la lluvia que
cae sobre tu mismo rostro. Te acurrucas en la cabaña hecha de secas cañas que
sirve para vigilar la montaña. Sientes un olor a moho, pero también el grato
olor de las hierbas secas.
39
Es preciso que
abandone esta cueva. Tres mil doscientos metros de altitud, tres mil
cuatrocientos milímetros de agua de lluvia anuales, dos días de buen tiempo al
año, un viento aullante que sopla a más de cien metros por segundo: la cima de
los montes Wuling, en los confines de las cuatro provincias del Guizhou,
Sichuan, Hubei y Hunan, es inhóspita y glacial. He de regresar entre los
hombres, reen¬contrar el sol y el calor, la alegría, la multitud, el tumulto;
sean cuales sean los tormentos que tenga que soportar, son el alien¬to vital de
la humanidad.
Paso por Tongren
con sus antiguas callejuelas atestadas, cubiertas hasta su centro por los
aleros de las casas. Los peato¬nes se ven empujados sin cesar por los cestos de
bambú de los transeúntes. No me entretengo en absoluto y tomo tan pronto como
me es posible un autobús de línea. Esa misma tarde, llego a una pequeña
estación de autobuses llamada Yubing. Al lado, han sido construidos
recientemente unos pequeños alo¬jamientos privados. Tomo una habitación
minúscula con una cama individual por todo mobiliario. Los mosquitos son
agre¬sivos, pero me asfixio bajo el mosquitero. Fuera, resuena una música
demasiado fuerte mezclada con conversaciones entrecortadas por lloros y
alaridos que ponen la piel de gallina. Se proyecta una película al aire libre
en la cancha de baloncesto, ese tipo de películas que cuentan sempiternas
historias, trági¬cas o alegres, de separaciones y de reencuentros, ambientadas
en distintas épocas.
A las dos de la
mañana, tomo un tren para Kaili. Al amane¬cer, llego a la cabeza de distrito de
la región autónoma miao.
Me informo sobre la
fiesta de los barcos-dragones que ha de celebrarse en Shitong, una aldea miao.
Un mando del comité de las minorías del departamento me explica que la fiesta
tendrá lugar este año por primera vez desde hace diez. Vendrán más de diez mil
miaos, algunos de los cuales bajarán de las más lejanas aldeas montañesas. Los
dirigentes de la pro¬vincia y de la región autónoma también asistirán. Le
pregunto cómo puedo dirigirme allí y me responde que la fiesta va a tener lugar
a más de doscientos kilómetros de distancia, que es imposible ir sin coche.
Parece sentirse incómodo cuando le ruego que me lleve hasta allí, pero, a
fuerza de parlamentar, acabo por convencerle de que acepte que al día
siguiente, a las siete, venga yo a ver si queda alguna plaza para mí.
Al día siguiente,
llego con diez minutos de antelación a la sede del comité. Los grandes coches
que había aparcados allí la víspera han desaparecido. En el interior, ya no
queda nadie. Termino por localizar a un empleado que me dice que los coches han
partido hace ya rato. Comprendo que me han tomado el pelo, pero la urgencia
hace que se me ocurra una idea. A fin de intimidarle, saco mi carnet de miembro
de la Asociación de Escritores que nunca me sirve para nada y que, por lo
general, me trae más problemas que otra cosa. Procla¬mo a voz en grito que
vengo especialmente de Pekín para escribir un reportaje sobre esta fiesta y le
pido insistentemente que me ponga en contacto con el gobierno del departamento
autónomo. Sin sospechar el engaño, hace varias llamadas telefónicas y acaba
confesándome que el coche del jefe del depar¬tamento todavía no ha salido.
Corro a escape hacia la sede del gobierno. La suerte me sonríe, pues el jefe
escucha mis explicaciones y, sin hacer ninguna pregunta, me invita a apretujar¬me
en su minibús.
A la salida de la
ciudad, en la carretera llena de baches de donde se alza una nube de polvo, se
extiende una interminable fila de coches y de camiones en los que se hacinan
toda clase de gente. Son los mandos y los empleados de los organismos
gubernamentales, e incluso de las escuelas y fábricas del depar¬tamento
autónomo, rumbo a la fiesta. El jefe del departamen¬to, antiguo rey de los
miao, presidirá sin duda la ceremonia. Un mando, sentado al lado del conductor,
no deja de vociferar por la ventanilla abierta. Adelantamos de continuo a los
otros vehículos y pasamos por varias aldeas antes de encontrarnos bloqueados en
un embotellamiento, delante de un embarcade¬ro. Un autobús no consigue subir a
la barcaza, sus ruedas delanteras se hunden en el agua. Un imponente Volga, que
destaca realmente sobre el resto de vehículos, está también detenido. Corre la
voz de que se trata del coche del secretario del Partido del departamento, en
el que está bloqueado el gobernador de la provincia. En el embarcadero, unos policías
se desgañitan a cuál más. Al cabo de una hora pasada ajetreán¬dose en todas las
direcciones con el fin de desplazar los ve¬hículos, empujan el autobús hasta la
mitad dentro del agua para conseguir hacer subir el Volga a la barcaza. El
minibús puede entonces colocarse detrás del Volga, pegado contra un coche de
policía. La barcaza suelta, finalmente, amarras y abandona la orilla.
A las doce en
punto, nuestra columna afluye en tropel a la aldea miao levantada a riberas del
río Qingshui. El sol asaetea la superficie del agua con sus deslumbrantes
rayos. A cada lado de la carretera hay un incesante desfile de coloristas
sombrillas y de altos tocados plateados que llevan las mujeres miao. En la
calle que bordea el río, se alza un edificio de ladrillo de una planta rematado
por una terraza, totalmente nuevo: es la sede de la administración cantonal. A
lo largo de la orilla, se suce¬den las viviendas de madera construidas sobre
pilotes de los miao. Desde la terraza de la sede de la administración se
per¬cibe, en cada margen, la multitud de cabezas de los paseantes mezcladas con
las coloristas sombrillas y los sombreros de amplias alas relucientes de aceite
de aleurita, circulando entre los pequeños puestos instalados bajo unos toldos
blancos. Varias docenas de barcos-dragones decorados con cintas rojas, con la
proa muy alzada, se deslizan en silencio por el brillante y terso río.
Cuando entro en el
edificio detrás del jefe, me beneficio del mismo trato dispensado a los mandos
que acompaño. Los policías me saludan también a mí poniéndose firmes. Unas
muchachas miao ataviadas de fiesta, de ojos brillantes y blan¬cos dientes,
traen palanganas de agua y ofrecen a todo el mundo perfumadas toallitas nuevas
flamantes para refrescarse. A continuación ofrecen a todos té recién hecho que
difunde un sutil aroma. La escena es de todo punto idéntica a las que se ven en
los reportajes sobre la visita de un dirigente de Esta¬do a las regiones
habitadas por minorías étnicas. Pregunto a uno de los mandos que nos acogen si
estas muchachas son actrices de la compañía de canto y danza del departamento.
De hecho, me
explica él, son alumnas «de las cinco calidades» del colegio de la cabeza de
distrito, que han recibido una for¬mación especial durante toda una semana por
el comité de las minorías. Dos de ellas entonan seguidamente para nosotros una
canción de amor miao. Los jefes pronuncian algunas pala¬bras de felicitación,
luego nos conducen a la sala donde hay preparado un banquete. Se sirve cerveza
y soda. Me presentan al secretario del Partido y al jefe del cantón que conocen
algu¬nas palabras de chino. Durante el banquete, todo el mundo pondera el
talento del cocinero que han hecho venir expresa¬mente de la cabeza de
distrito. A cada plato que trae, agita los brazos en señal de denegación. Tras
la comida, nos traen de nuevo té y toallitas. Son ya las dos, la regata de los
barcos-dra¬gones va a dar comienzo.
El secretario del
Partido abre la marcha, acompañado por el jefe del cantón. Las calles están
abarrotadas de gente. A la som¬bra de las casas construidas sobre pilotes, unas
muchachas ves¬tidas con faldas plisadas bordadas, venidas un poco de todas
partes, terminan de arreglarse. Al ver al grupo escoltado de po¬licías, dejan
de peinarse delante del espejo para observar con curiosidad el cortejo que
contempla también los tocados, los brazaletes y los collares con que van
aderezadas, algunos de varios kilos de peso. Y ya no se sabe quién mira a
quién.
Se instalan sillas
y bancos en la terraza de un edificio cons¬truido sobre pilotes, frente al río.
Una vez sentados, cada uno recibe una pequeña sombrilla semejante a las que
utilizan las muchachas miao, pero aquéllas pierden su encanto en manos de los cuadros
dirigentes. El sol abrasa y se suda bajo las som¬brillas. Prefiero descender a
la orilla del río para mezclarme con la multitud.
Los olores a
tabaco, a col agria, a transpiración, las emana¬ciones fétidas de los puestos
de pescado y de carne de cerdo o de buey se intensifican con el calor. Se vende
de todo: tejidos y otras mil mercancías, toda clase de golosinas como pirulíes,
cacahuetes, jalea de soja, pepitas de sandía. La animación está en su apogeo:
es una algarabía de regateos, de risas, de bromas amorosas, con el ir y venir
incesante además de los niños a tra¬vés del gentío.
Me deslizo con
dificultad hasta la orilla, pero soy continua¬mente empujado, y estoy a punto
de caer al agua. Me pongo a salvo saltando dentro de una pequeña embarcación
allí ama¬rrada. Delante de mí flota una barca-dragón hecha con el tronco de un
árbol gigantesco. Para asegurar su equilibrio, ha sido fijado otro tronco de
árbol a cada costado, al nivel de la línea de flotación. Una treintena de
marineros, todos vestidos del mismo modo, han tomado sitio en ella, ataviados
con pantalón corto, de un color índigo brillante hecho a partir de hue¬sos de
búfalo, y tocados con un pequeño sombrero de bambú finamente trenzado. Lucen
unas gafas negras y, al cinto, un cinturón metálico centelleante.
En el centro de la
embarcación hay sentado un muchacho disfrazado de mujer, con un aderezo de
plata y un pasador de chica en la cabeza. De vez en cuando, golpea un gong de
nítido sonido que pende delante de él. En la proa de la embarcación se alza una
figura de dragón en madera tallada coloreada, de una altura superior a la de un
hombre, cubierta de una tela roja que lleva cosidas unas pequeñas banderitas.
Atadas a ella hay varias decenas de ocas y de patos vivos, que cacarean sin
cesar.
Estallan ristras de
petardos y la gente trae ofrendas para el sacrificio. En la proa de la
embarcación, un viejo toca el tam¬bor y hace señal a los jóvenes de que se
alcen. Un adulto toma en sus brazos una enorme tinaja de vino de arroz y, sin
arre¬mangarse los pantalones, se adentra en el agua hasta medio cuerno Dará
ofrecer un cuenco a cada uno de los marineros.
Los jóvenes con
gafas negras beben a grandes tragos cantando y lanzando gritos de
agradecimiento, y a continuación, con la mano, esparcen en el río el vino que
queda en el fondo del cuenco.
Un hombre entrado
en años, con la ayuda de otro, se aden¬tra a continuación en el agua, trayendo
un cerdo vivo, con las patas atadas, que lanza unos estridentes chillidos. La
anima¬ción está por todo lo alto. Por último, la enorme tinaja y el cerdo son depositados
en una pequeña embarcación portaofrendas que sigue a la barca-dragón.
Cuando vuelvo a
subir a la terraza del edificio construido sobre pilotes son casi las cinco. En
el río se suceden los redo¬bles de tambor, ya fuertes, ya suaves, a un ritmo
unas veces rápido, otras lento. Los treinta barcos-dragón continúan
evo¬lucionando cada uno por su lado, sin dar la impresión de que vayan a dar
comienzo a la competición. Algunos se diría que quieren juntarse, pero
enseguida, raudos cual flechas, se sepa¬ran. En la terraza, nadie se
impacienta. Es llamado un miembro del comité de las minorías, y a continuación
un mando del comité de deportes. Ha sido tomada una decisión de arri¬ba:
conceder a cada barca-dragón si participa en la competi¬ción un premio de cien
yuanes y unos vales por doscientas libras de cereal. Al cabo de un buen rato,
el sol desaparece, el calor disminuye y las sombrillas no son ya necesarias:
sin embargo, las embarcaciones permanecen dispersas sin que dé comienzo la
competición. En ese instante, un hombre anun¬cia que no tendrá lugar en el día
de hoy, que los espectadores que deseen asistir deben descender al día
siguiente más abajo del río. Se celebrará a treinta lis de allí, en otra aldea
miao. Naturalmente, los espectadores se sienten muy decepcio¬nados. Tras unos
momentos de agitación, abandonamos la terraza.
El largo dragón de
los coches se sacude y desaparece diez minutos más tarde en medio de una nube
de amarillo polvo. En las calles no quedan más que pandillas de chicas y chicos
miao deambulando. Según parece, lo más interesante de la fiesta tendrá lugar esta
noche.
Me apetece
quedarme, pero un mando me advierte que al día siguiente no tendré coche. Le he
respondido que iré a pie. Es más bien amable y me confía a dos mandos miao
advirtién¬doles: «¡Si le sucede alguna cosa, los responsables seréis
voso¬tros!». El secretario y el jefe de cantón sacuden la cabeza: «¡No te
preocupes!». Cuando vuelvo a la sede de la adminis¬tración cantonal, ya no hay
nadie, la puerta está cerrada con llave. Ignoro dónde pueden haber ido el
secretario y el jefe de cantón a emborracharse y no encuentro a ningún mando
que sepa hablar chino. De repente, me siento libre y decido ir a dar un paseo
por la aldea.
En la calle que
bordea el río, cada familia recibe a sus ami¬gos y allegados; en algunas, los
invitados son tan numerosos que las mesas cubiertas de platos desbordan en la
calle. A la entrada de las casas hay cubos de arroz, cuencos y barritas de pan.
Cada uno se sirve a su antojo sin que nadie le preste aten¬ción. Dado que tengo
hambre, no me ando con cumplidos e, incapaz de comunicarme por medio del
lenguaje, tomo tam¬bién un cuenco y unas barritas de pan; la gente me anima a
que repita. Es una vieja costumbre entre los miao. Pocas veces me he sentido
más a mis anchas.
Las canciones de
amor dan comienzo a la hora del crepúscu¬lo. En grupos de cinco o seis, las
muchachas descienden a la orilla, unas forman un círculo, otras se mantienen
cogidas de la mano y se ponen a llamar a su amante. El sonido de las can¬ciones
se expande rápidamente en la noche que ya ha caído. Delante y detrás de mí hay
muchachas por doquier, tocadas con un pañuelo o con un abanico en la mano,
todas aún con su sombrilla. Entre ellas, jovencitas de trece o catorce años,
apenas núbiles.
En cada grupo, una
dirige el canto y las otras la acompañan a coro. Es casi siempre la más
graciosa. Parece de lo más natu¬ral que la más bella sea elegida en primer
lugar.
El canto de la
animadora se eleva, seguido por el del resto de muchachas, a grito pelado.
Hablar de canto quizá no sea del todo exacto. Las voces penetrantes y claras
salidas de las entrañas resuenan en el cuerpo entero; se elevan desde la
plan¬ta de los pies hasta el cráneo antes de ser expulsadas. No es de extrañar
que sean llamados «cantos volantes», pues surgen del fondo mismo del ser. No
son ni afectados ni forzados. Sin nin¬guna floritura, están desprovistos de
toda afectación. Las muchachas se entregan totalmente para atraer a su amante.
Más descarados aún,
los chicos se plantan delante de sus narices y eligen a la que les gusta como
si de melones se trata¬ra. En ese instante, si se sienten observadas, las
muchachas agi¬tan su pañuelo o su abanico y cantan con redoblada pasión. Si las
dos partes se entienden, el muchacho toma a la chica de la mano. El mercado,
frecuentado durante el día por miles de paseantes que deambulan entre los
puestos, no es ya ahora más que una inmensa zona de canto. De golpe, me siento
sumergido en las canciones de amor. Me digo que en los orígenes de la
humanidad, debía de hacerse la corte de este modo. Más tarde, la pretendida
civilización ha establecido una separación entre impulso sexual y amor. Ha
inventado también los conceptos de matrimonio, dinero, religión, moral y lo que
se ha dado en llamar el peso cultural. He aquí una clara muestra de la
estupi¬dez de la especie humana.
La noche se vuelve
cada vez más negra. En el río oscuro, los redobles de tambor enmudecen y se
encienden antorchas en las embarcaciones. Oigo de súbito llamar «¡hermano!» en
chino, me parece que no lejos de mí. Me vuelvo y veo a cuatro o cinco muchachas
que cantan con nítida voz en dirección a mí. Tal vez no conocen más que esta
frase en chino, pero es suficiente para hacer un llamamiento al amor. Me cruzo
con una mirada fija y lánguida en la oscuridad, me quedo fascinado y mi corazón
se pone a latir con fuerza. De golpe, vuelvo a mis años de infancia y a mis
deseos. Una emoción que no había vuelto a sentir desde hacía mucho tiempo
prende en mí. Ins¬tintivamente, me acerco a ella, a la manera sin duda de los
jóve¬nes del lugar, pero tal vez también porque la luz disminuye. Veo moverse
sus labios débilmente, pero ningún sonido sale de ellos. Espera. Sus compañeras
también han parado de cantar. Es muy joven aún, tiene un rostro infantil, la
frente alta, la nariz respingona y pequeña la boca. Sé que, con un simple gesto
por mi parte, ella me seguirá y se acaramelará contra mí. Levanta alegremente
su sombrilla. Demasiado tímido, yo me doy la vuelta y me alejo sin siquiera
osar echar una mirada.
Nunca he conocido
este tipo de incitación, por más que sea aquello con lo que más he soñado.
Ahora que la ocasión se me presenta, la dejo escapar.
He de reconocer que
la mirada ardiente, llena de expectati¬va, de esta muchacha, con su nariz
respingona, su frente alta, su fina boquita común a todas las chicas miao, ha
despertado en mí una especie de dolorosa ternura que tenía olvidada desde hacía
mucho tiempo; he tomado conciencia de que ya nunca volvería a sentir este amor
puro. He de reconocer que soy viejo ya ahora. No sólo la edad y todo tipo de
distancias me separan de ella, sino que por más que ella estaba muy cerca de mí
y yo podía llevármela simplemente cogiéndola de la mano, lo más grave es que mi
corazón está viejo y no puedo amar ya con ardor a una muchacha, sin pensar en
nada. Mis relaciones con las mujeres han perdido desde hace tiempo esa
naturali¬dad, sólo el deseo carnal perdura. Por más que busque el pla¬cer
momentáneo, temo tener que asumir mis responsabilida¬des. No soy un lobo, tan
sólo quiero convertirme en uno para refugiarme en la naturaleza, pero no
consigo desembarazarme de mi apariencia humana, soy una especie de monstruo con
piel humana que no encuentra ningún sitio adonde ir.
El sonido de los
órganos de boca se eleva. En ese mismo instante, en los bosquecillos de la
orilla, detrás de cada som¬brilla, las parejas se amartelan y se besan, se
tumban entre cielo y tierra para perderse en su mundo. Ese mundo, como una
antigua leyenda, está demasiado alejado del mío. Amargado, abandono la orilla.
En la explanada
donde suenan los órganos de boca, brilla el resplandor, blanco como la nieve,
de una lámpara de petróleo colgada de un gran bambú.
Ella va tocada con
una tela negra, anudada a modo de tur¬bante, un cerquillo de plata le eleva los
cabellos en lo alto de la cabeza engalanada con un tocado resplandeciente en
cuyo cen¬tro juguetean dragones y fénix enroscados; a cada lado, cinco hojas de
plata en forma de plumas de fénix se agitan a cada gesto del pie o de la mano.
En las de la izquierda hay anudada una cinta abigarrada que cuelga hasta la
cintura, cuya gracia subraya a cada movimiento. Lleva un vestido negro ceñido,
cuyas largas mangas dejan al descubierto sus muñecas llenas de brazaletes de
plata. Su cuerpo enteró está cubierto por el tur-bante y el vestido negro. Sólo
su cuello y su nuca son visibles, aderezados con un pesado collar. Cruza su
torso una cadena de larga vida, con motivos finamente cincelados, y cuyos
eslabo¬nes penden delante del pecho ligeramente abombado.
Ella es
perfectamente consciente de que este atavío atrae más la mirada que los
vestidos multicolores del resto
de muchachas. Su aderezo de plata habla de su origen aristocráti¬co. Sus
dos pies desnudos rebosan asimismo gracia y, cuando se pone a bailar al son de
los órganos de boca, las esclavas que lleva en el tobillo tintinean con un
sonido cristalino.
Es natural de una
aldehuela de montaña de los miao de piel oscura, blanca orquídea de labios
rojos como la camelia de pri¬mavera, dejando ver unos finos dientes nacarados.
Su nariz chata, infantil, sus redondas mejillas, sus ojos reidores, sus pupilas
relucientes de un negro de jade, se suman a su esplen¬dor fuera de lo común.
Es inútil para ella
ir a la orilla para atraer a un enamorado. Los jóvenes más lanzados de cada
aldea vienen a inclinarse delante de ella, con unos órganos de boca de dos
veces la altu¬ra de un hombre, decorados con cintas multicolores que on¬dean al
viento. Hinchando sus mejillas, balanceando sus cuer-pos, esbozando pasos de
danza, atraen las faldas plisadas que dan vueltas sin cesar. Ella se limita a
alzar ligeramente los pies y a girar con una gracia perfecta. Obliga a los
jóvenes a incli¬narse delante de ella, a tocar el órgano de boca hasta quedarse
sin aliento y ver espumar burbujas de sangre en sus bocas. Está muy orgullosa
de verles exaltar sus sentimientos hacia ella.
No comprende lo que
se llama celos, no conoce la maldad de las mujeres, no entiende por qué las
hechiceras mezclan ciempiés, abejones, serpientes venenosas, hormigas y un
mechón de su propio pelo con sangre y saliva, los meten en una tinaja con las
prendas interiores del hombre que se ha mostrado ingrato para con ellas
cortadas en trocitos, y lo entierran todo junto a tres pies de profundidad.
Lo único que sabe
es que a un lado del río hay un mucha¬cho y, al otro, una muchacha que, en edad
de merecer, se sien¬ten dominados por la melancolía. Cuando se encuentran en la
zona donde suenan los órganos de boca, su mutua belleza les impacta y los primeros
brotes del amor echan raíces en sus corazones.
Lo único que sabe,
cuando en plena noche el hogar de la chimenea está lleno de cenizas, cuando los
viejos roncan y los niños hablan en sueños, es que ella se levanta y abre la
puerta trasera de la casa para salir con los pies descalzos al jardín. Un muchacho
viene, cubierto con un sombrero de pico de plata. Pasa detrás del seto y silba
suavemente. Por la mañana, el padre llama nueve veces: si llamara demasiado, la
madre mon¬taría en cólera. Tras echar mano al bastón, empuja la puerta de la
habitación, pero ya no hay nadie en la cama.
Entrada la noche,
me tumbo bajo un alero, en la orilla. Las estrellas y los reflejos en las aguas
se han apagado. Río y mon¬tañas se confunden en una misma oscuridad, el viento
fresco de la noche se ha levantado, resuenan aullidos de lobos. Ate¬rrado, sacado
de mis sueños, aguzo el oído. Es de hecho el grito desesperado de un reclamo de
amor, terriblemente triste, mitad canto, mitad aullido, que se repite de forma
inter¬mitente.
40
Ella dice que no
sabe lo que es la felicidad, y dice tam¬bién que, todo cuanto ha soñado tener,
lo tiene, un marido, un hijo, una pequeña familia feliz a los ojos de los
demás, un marido especialista en informática, tú sabes hasta qué punto esta
profesión está en boga en nues¬tros días, él es joven y con un gran porvenir
por delante, la gente dice que le bastará con registrar una patente para hacer
fortuna. Y sin embargo, ella no es feliz. Después de tres años de unión, su
entusiasmo por el amor y el matrimo¬nio se ha esfumado ya. En cuanto a su hijo,
a veces le parece que no es más que una carga. Ella misma se quedó muy
sor¬prendida el día en que tomó conciencia de ello. Luego se acostumbró, pues a
pesar de todo le ama, ama esa cosita que es la única en poder aportarle un poco
de consuelo. Sin em¬bargo, no le ha amamantado, para conservar la figura.
Cuan¬do, en su instituto, se quita su vestido blanco para darse una ducha, sus
compañeras que han tenido hijos la envidian terriblemente.
Otro vestido
blanco, dices tú.
Éste pertenecía a
una de sus amigas, dice ella. Una amiga que venía siempre a hablarle de su
depresión. Dice que no podía pasarse todo el santo día sin hablar de otra cosa
que de los hijos con sus compañeras y haciendo jerséis para su hijo y su marido
a cada pausa. Una mujer no debe ser la esclava de los suyos. De jerséis ella
había hecho, por supuesto, y justa¬mente sus problemas vinieron por culpa de un
jersey.
¿Qué tenía ese
jersey?
Ella quiere que tú
continúes escuchándola, no debes inte¬rrumpirla, ¿por dónde iba?, pregunta.
Estabas hablando de
ese jersey y de los problemas que te trajo.
No, ella dice que
únicamente encontraba un poco de calma escuchando el órgano y los cantos
durante la misa. A veces, el domingo, iba a la iglesia, dejando a su marido
vigilando a su hijo. También él debía ocuparse del niño, las cargas no sólo
tenían que pesar sobre ella. Ella no creía en Dios, pero un buen día pasó por
delante de una iglesia. Ahora, las iglesias están abiertas, puede entrarse
libremente en ellas. Había esta¬do escuchado un instante y, a partir de
entonces, fue allí siem¬pre que disponía de un poco de tiempo. Es cierto que le
gusta¬ba también Bach, escuchaba sus réquiem, detestaba la música de moda, no
conseguía ya superar sus problemas, te pregunta si no lo está contando de una
manera demasiado desordenada.
Dice que ha
comenzado a medicarse, a tomar somníferos. Ha visto al médico. Éste le ha dicho
que tenía una neurastenia, se sentía terriblemente fatigada, no dormía nunca lo
bastante, pero, si no tomaba somníferos, no conseguía ya dormir. No era
frígida, no debes llamarte a engaño a este respecto, con su marido había
conocido el orgasmo, no la había dejado insatis¬fecha, no debes imaginarte eso,
es mucho más joven que tú, pero tiene su trabajo, es una persona enormemente
empren¬dedora, incluso un poco ambicioso, y no tiene nada de malo que un hombre
lo sea. A menudo se encerraba por la noche en su laboratorio, pues en casa
temía ser molestado por su hijo. Ella no hubiera tenido que tener un hijo tan
pronto, fue él quien lo quiso, la amaba, quería que ella le diese un hijo y
todo el problema venía precisamente de este hijo.
Esto es lo que
pasó, ella hizo un jersey de punto con un estampado de flores, para su hijo,
según un patrón inventado por ella misma, un jersey que ella encontraba aún más
bonito que los que se presentan en las exposiciones de ropa infantil. Gracias a
unas entradas gratuitas proporcionadas por su uni¬dad de trabajo, fue con un
nuevo colega a una exposición y venta de moda. No tenían nada que hacer aquel
día, pues esta¬ban reparando los aparatos de su laboratorio. Su colega la
acompañó, esperando encontrar algo para su mujer, pero en realidad no compró
nada. En cambio, él le dijo que el jersey que ella le había hecho a su hijo era
mucho más bonito que los artículos allí expuestos, que podría dedicarse
realmente a dise¬ñar moda. Tras esto, se puso a pensárselo y se compró un
manual de costura. En un grueso tejido de algodón de color azul, del que nunca
había hecho ningún uso, y una pañoleta que no se ponía mucho, cosió un vestido
con los hombros des¬cubiertos, que se lo puso para ir al trabajo. El la vio antes
de que ella se cambiara y la felicitó, añadiendo que debería hacer¬se siempre
ella misma sus vestidos. Dos días más tarde, la invi¬tó a un desfile de moda.
Y todo había
comenzado a propósito de las modelos.
Ella quiere que la
sigas escuchando, él le dijo que si subía a la pasarela. ataviada con su
vestido con los hombros descubiertos, podría rivalizar con esas modelos, que
tenía un cuerpo particularmente bonito. Pero ella sabía muy bien que estaba
demasiado delgada. Y él replicó que las modelos no tenían por qué tener los
pechos demasiado grandes, que les bastaba con tener unas largas piernas y una
bonita figura. Y añadió que su silueta era particularmente esbelta, sobre todo
cuando llevaba ese vestido. Dice que también a ella le gustaba mucho ponerse
ese vestido para ir al trabajo, porque se lo hizo ella misma, y que, cada vez
que se lo ponía, él la escrutaba minuciosamente con la mirada. En cierta
ocasión, cuando acababa de cambiarse, no le quitó los ojos de encima, y luego
la invitó a cenar. Ella aceptó.
No, dice que
declinó la invitación, porque tenía que ir a reco¬ger a su hijo a la guardería,
no podía dejarle en casa por la noche sin ocuparse de él. Él le preguntó si su
marido le prohibía salir sola por las noches. No, pero por lo general, cuando
salía, se llevaba al niño y regresaba temprano porque tenía que meterlo en la
cama. Por supuesto, había dejado ya a su hijo al cuidado de su marido, pero
aquella noche no podía ir a cenar con él. En otra ocasión, él la invitó a
almorzar en su casa al día siguiente, durante la pausa de mediodía, para darle
a probar el plato que mejor sabía hacer, las «albóndigas de las cuatro
felicidades».
Ella volvió a
declinar la invitación.
No, primero aceptó.
Pero él añadió que esperaba que se pusiera su vestido de algodón azul.
¿Había aceptado?
No, y añadió que no
estaba segura de poder ir. Pero, al día siguiente, fue a pesar de todo al
trabajo con su vestido. Y al mediodía se presentó en casa de él. Ella no sabía
qué tenía de especial ese vestido, pues no había hecho más que coser juntos dos
retales y esa pañoleta de seda estampada que, por sí sola, era más bien de mal
gusto. El conjunto resultaba original. No creía que su figura tuviera nada de
agradable, su marido decía por otra parte bromeando que ella era demasiado
plana, que no era muy sexy, ¿estaba en verdad tan bella cuando se ponía ese
vestido?
Tú dices que el
problema no radicaba en el vestido.
¿En qué, entonces?
Ella dice saber a qué te refieres.
Tú dices que no
sabes donde está el problema, pero que en cualquier caso no en el vestido.
¡Está en el hecho
de que a su marido le importan muy poco los vestidos que ella se ponga, le
importan un comino! Ella dice que no quería seducir a nadie.
Tú te apresuras a
negar que hayas sugerido nada en este sentido.
Ella dice que no
dirá nada más. Tú le preguntas si no busca¬ba a alguien para desahogarse.
Hablar un poco de sus tormen¬tos. ¿De los tormentos de su amiga? Tú la incitas
a continuar.
Ella no sabe qué
más puede contar.
Habla de las
«albóndigas de las cuatro felicidades», el plato con el que él se luce.
Ella dice que lo
había preparado todo por adelantado, al estar su mujer en una misión.
Tú le haces notar
que en principio no había ido a casa de él a ver a su mujer, sino a comer, que
habría tenido que darse cuenta de que, si su mujer no estaba allí, motivos
tenía para desconfiar.
Ella reconoce que
así es, que cuanto más se mantenía ella en guardia, más aumentaba la tensión.
¿Y menos capaz era
ella de controlarse?
No pudo negarse.
¿Cuando él vio el
vestido?
Ella no pudo sino
cerrar los ojos.
¿Acaso no quería
verse perdiendo la razón?
Sí. eso es.
¿No quiso ver que
estaba loquita también?
Dice que fue una
estúpida, que no pensó en hacer eso, que en esa época sabía que en cualquier
caso ella no lo amaba en absoluto. Su marido estaba mejor que él.
Tú dices que en
realidad ella no ama a nadie.
Ella dice que no
quiere más que a su hijo.
Tú dices que ella
no se ama más que a sí misma.
Tal vez sí, tal vez
no. Dice que después se fue, que no quiso ya verle a solas.
Pero ¿lo vio al
menos?
Sí.
¿En casa de él?
Dice que quería
tener una explicación con él...
Tú dices que es
inexplicable.
Es cierto, no, ella
lo odia, ella se odia a sí misma.
¿Y te volvió a
coger la locura?
¡No hables más de
ello! Ella se siente terriblemente ator¬mentada, no sabe por qué, debe hablar
de todo eso, lo único que quería era que todo acabase rápido.
Tú preguntas cómo
quería que acabase.
Dice que tampoco lo
sabe.
41
Murió dos años
antes de mi llegada aquí. En aquella época, era el último sacerdote
superviviente en el cente¬nar de aldeas de la etnia miao de los contornos, y
desde hacía varias décadas no se organizaba ya el gran cere¬monial de
sacrificio a los antepasados. Él sabía que no tardaría en alcanzar el cielo y
que, si había podido vivir hasta edad tan avanzada, se lo debía a los numerosos
sacrificios que había rea¬lizado; los espíritus no osaban venir a atormentarle
por una nimiedad. Temía que una mañana no pudiera ya levantarse y acabar de
pasar el invierno.
La víspera de Año
Nuevo, aprovechando que sus piernas todavía pueden llevarle, saca de casa la
mesa cuadrada y la ins¬tala delante de ella, construida en saledizo sobre el
río. La ori¬lla silenciosa está desierta. Todos están encerrados en sus casas
para la cena de Nochevieja. Ahora las gentes proceden a reali¬zar el sacrificio
a los antepasados igual que la cena de Nochevieja: de manera cada vez más
sencilla. De generación en gene¬ración, los hombres se van volviendo de forma
irremediable más flojos.
Pone en la mesa
varios cuencos llenos de vino de arroz, queso de soja, pastel de Año Nuevo de
arroz glutinoso y tripas de búfalo regaladas por los vecinos. Debajo de la
mesa, depo¬sita una gavilla de arroz, y, delante, amontona carbón vegetal. Más
relajado, se queda inmóvil un instante para recuperar el aliento. Luego sube
las escaleras y vuelve a la entrada para bus¬car en el hogar un ascua
incandescente. Se acuclilla lentamen¬te y se inclina para soplar sobre ella. El
humo hace brotar unas lágrimas de sus secos ojos. Unas llamas se elevan
súbitamente y tose un momento. No se calma su tos hasta que no se ha tomado un
trago de vino ofrecido en sacrificio.
En la margen
opuesta, los últimos resplandores del día desaparecen sobre las cumbres
montañosas de un verde inten¬so, el viento de la noche comienza a cantar sobre
el agua. Sin aliento, se sienta en el alto banco, frente a la mesa, con los
pies puestos sobre la gavilla de arroz. Recobra su calma interior y levanta la
cabeza para contemplar la oscura cadena de monta–as, sintiendo enfriarse sus
lágrimas y la moquita que le pende de la nariz.
En otro tiempo,
cuando realizaba un sacrificio a los antepa¬sados, tenían que secundarle
veinticuatro personas. Dos men¬sajeros, dos intendentes, dos portadores de
accesorios, dos asistentes, dos portadores de cuchillos, dos escanciadores de
vino, dos servidores de platos, dos chicas-dragones, dos heral¬dos, algunos
portadores de arroz, ¡un fasto inmenso! Se sacri¬ficaban un mínimo de tres
búfalos y un máximo de nueve.
A modo de
compensación, el comanditario del sacrificio debía ofrecerle siete veces arroz
glutinoso: la primera vez, siete tinajas para que fuera a la montaña a cortar
el árbol-tambor. La segunda vez, ocho tinajas para que transportara los
tambores a la cueva. La tercera vez, nueve tinajas por llevarlas a la aldea. La
cuarta vez, diez tinajas para atar los tambores entre sí. La quinta vez, once
tinajas por matar el búfalo y ofre¬cerlo en sacrificio a los tambores. La sexta
vez, doce tinajas para la danza de los tambores. La séptima vez, trece tina¬jas
para la ofrenda a los tambores. Éstas eran las reglas ances¬trales.
Cuando procedió a
su último sacrificio, el comanditario envió a veinticinco personas para
llevarle el arroz, los platos y el vino. ¡Qué porte! ¡Aquellos buenos tiempos,
por desgracia, se acabaron! Ese año, para dominar la agitación del búfalo antes
de su sacrificio, plantaron en la plaza un poste decorado de cinco colores. El
comanditario se presentó con unas ropas nuevas y tocó los órganos de boca y los
tambores. También él llevaba una larga túnica púrpura e iba tocado con un
sombre¬ro de terciopelo rojo. En el cuello de su túnica se había pues¬to una
pluma de pájaro rock. Con la mano derecha agitaba unas campanillas, en la mano
izquierda sostenía un abanico hecho con una gran hoja de bananero. Ah...
Búfalo, búfalo,
en el agua calma
viste la luz,
en la playa arenosa
creciste,
con tu madre por el
agua andabas,
a los montes a tu
padre seguías,
el tambor del
sacrificio al saltamontes disputaste,
el bambú del
sacrificio a la mantis religiosa disputaste,
sobre Tres
Pendientes te has batido,
en Siete Ensenadas
has combatido,
al saltamontes
venciste,
a la mantis
religiosa mataste,
el bambú cortaste,
el grueso tambor
cogiste,
con el bambú a tu
madre sacrificaste,
con el tambor a tu
padre sacrificaste.
Búfalo, búfalo,
llevas cuatro
cestas de plata
y cuatro de oro al
mismo tiempo,
con tu madre tú
vas,
con tu padre tú vas
a la cueva, entras,
la puerta del
tambor vas a hollar,
con tu madre los
valles vigilas,
con tu padre la
puerta de la aldehuela vigilas
para impedir a los
malos espíritus que hagan ningún daño,
para impedir a los
demonios que entren
en la casa de los
antepasados,
para que mil años
tú madre esté tranquila,
para que cien
generaciones tu padre esté sereno.
En aquel momento un
hombre ató una cuerda al morro del búfalo, trabó sus cuernos con una tira hecha
de corteza y tiró hacia sí de él. El comanditario hizo delante de él tres
genufle¬xiones y se prosternó nueve veces. Mientras cantaba con voz sobreaguda,
el maestro del sacrificio tomó una lanza y persi¬guió al búfalo para darle
muerte. Luego, pasándose por turno la daga, los jóvenes descendientes fueron a
pinchar al animal al son de la música y de los tambores. El búfalo corría como
loco alrededor del poste perdiendo su sangre. Terminó por desplo¬marse sin
aliento. Entonces, la multitud le cortó la cabeza y se repartió su carne. Su
costillar estaba reservado para el maestro
del sacrificio. ¡Esos buenos tiempos se han acabado ya!
Ahora, ha perdido
todos sus dientes y no puede ya comer más que un poco de gachas. Qué cierto que
vivió aquellos buenos tiempos, pero ahora nadie viene ya a servirle. Los
jóvenes, apenas tienen un poco de dinero, empiezan a andar con un pitillo en la
boca, llevan en la mano un aparato que berrea a los cuatro vientos y lucen unas
gafas negras que les hacen asemejarse a verdaderos demonios. ¿Cómo van a
pen¬sar en sus antepasados? Él cuanto más canta, más amargado se siente.
Se acuerda de que
ha olvidado instalar el pebetero, pero si vuelve a buscarlo en la entrada
tendrá que subir de nuevo las escaleras de piedra. Se limita a encender las
varillas de incien¬so con las ascuas incandescentes de carbón vegetal y las
planta en la arena, delante de la mesa. En otro tiempo, en el suelo, había que
extender una tela negra de seis pies de largo, sobre la cual se depositaba la
gavilla de arroz.
Pisotea la gavilla
y cierra los ojos. Delante de él aparece una pareja de muchachas-dragones de
apenas dieciséis años, las muchachas más bonitas de la aldea, con los ojos tan
claros y límpidos como el agua del río. Esto era antes de la crecida, pero ahora,
tan pronto como llueve a mares, el río se vuelve turbio y, por si fuera poco, a
diez lis a la redonda, es imposible encontrar grandes árboles para los
sacrificios. Hacen falta por lo menos doce pares de árboles de especies
distintas, pero de la misma altura. Tanto de roble como de madera blanca, de
arce como de madera roja; del roble se puede extraer plata y del arce, oro.
¡En marcha! Padre tambor de arce,
¡en marcha! Madre
de madera de roble,
sigue a la madera
de arce,
sigue a la madera
de roble,
allí donde se
encuentra el rey del tiempo,
allí donde se
encuentran los antepasados,
cuando hayas
acompañado al tambor, suelta el cierre,
el maestro del
sacrificio saca el cuchillo de su vaina,
saca el cuchillo
para cortar la madera,
suelta el cierre
para acompañar al tambor,
dongka dongdong
weng,
dongkaka dongweng,
kadongba ivengweng,
wengka dongdongka.
Más de una decena
de hachas trabajan toda la noche. Han de llevar a cabo su tarea. Las dos
muchachas de rasgos delica¬dísimos y de finísimo talle por fin se lanzan.
Las esposas desean
a sus maridos,
los hombres desean
a sus mujeres,
en los aposentos
van a hacer hijos,
los conciben en
secreto,
no debe
interrumpirse el linaje,
la descendencia no
debe acabar,
si nacen siete
hijas serán habilidosas,
si nacen nueve
valientes serán buenos mozos.
Las dos muchachas
mantienen la mirada fija. Sus pupilas de un negro brillante tienen un aire de
ensoñación. Él siente de nuevo un deseo carnal, recupera su energía, se pone a
cantar con fuerte voz, el rostro alzado hacia el cielo. El gallo lanza un cocoricó,
el dios del Trueno lanza unos rayos, los demonios sin cabeza golpean y saltan
sobre la piel de los tambores, como una lluvia de guisantes, ¡ah!, los altos
tocados de plata, los pesados pendientes de plata, el calor que se eleva en
volutas del brasero lleno de carbón vegetal, él se lava las manos y el rostro,
la alegría embarga su corazón, los dioses se sienten dichosos, han desenrollado
una escala celestial y el padre y la madre han descendido, los tambores
redoblan con entusias¬mo, el granero se abre, nueve vasijas y nueve tinajas no
son bastantes para guardar el grano molido, el fuego arrecia con violencia, las
ascuas están incandescentes, la riqueza está allí, el alma de la Madre
ancestral ha venido por fin, es el reino de la abundancia, nueve cubos humeantes
de arroz blanco, todos vienen a hacer albóndigas de arroz, los tambores se
prepara¬ran. Estos se ponen en marcha, los viejos les siguen. Delante, detrás,
por todas partes. El maestro de los tambores cierra la marcha.
¡Id a bañaros en
las aguas de la riqueza!
¡Impregnaos de las
aguas de la prosperidad!
Las aguas de la
riqueza os darán un hijo,
en las aguas de lluvia un hijo nacerá,
igual que las
cañas, hijos y nietos
igual que pececillos, los descendientes
se apretujan en
casa del tamborilero,
se beben el vino de
la vasija de nueve picos,
toman el arroz para
el sacrificio,
derraman el vino
por el suelo
rogando al dios del
Cielo que lo acepte,
rogando al dios de
la Tierra que se lo tome,
el tamborilero
blande su hacha,
los antepasados sacan sus espadas
para liberar las
almas
de generaciones
anteriores,
para evocar a su
propia madre
ahuecamos un par de
bambúes,
fabricamos dos
tambores...
Canta a voz en
grito hasta la extenuación. Su voz ronca se asemeja a una caña de bambú hendida
que el viento hace gemir. Su garganta está seca. Bebe unos sorbos de vino. Sabe
que ésta es la última vez, su alma ya le abandona siguiendo a su voz que se escapa
por los aires.
¿Quién podría oírle
en la orilla de este río oscuro y desier¬to? Por fortuna, una anciana abre su
puerta para arrojar el agua sucia y le parece percibir un canto a lo lejos.
Entonces distingue el resplandor del fuego en la orilla y piensa que se trata
de un han que está pescando. Se les ve por todas partes a estos han, por todas
partes donde hay algún dinero que ganar. Ella cierra su puerta, luego cae de
repente en la cuenta de que los han, al igual que los miao, celebran la
Nochevieja precisa¬mente esa noche, excepto aquellos que no tienen ni un fen.
Tal vez sea un mendigo. Ella llena un cuenco de sobras de la comi¬da de la
fiesta y baja hasta donde se halla el fuego. Boquiabierta, reconoce al viejo
sacerdote delante de su mesa.
Su marido se
levanta para cerrar la puerta abierta que deja que entre el frío en la casa,
pero recuerda que su mujer ha sali¬do para llevar un cuenco de comida a un
mendigo. También él sale y se queda a su vez mudo de estupor cuando llega
delante del fuego. Luego vienen la hija y el hijo de la casa, todos igual de
desamparados. Finalmente, el hijo, que ha frecuentado algunos años la escuela
del cantón, interviene.
—Se expone a coger
frío quedándose así fuera —dice ade¬lantándose—. Le ayudaré a volver a entrar
en casa.
El anciano, con la
moquita en la nariz, no le presta aten¬ción, sigue cantando, con los ojos
cerrados y una ronca voz que le tiembla en la garganta, ininteligible.
Las puertas de las
otras casas se abren unas tras otras. Ancia¬nas, ancianos seguidos de sus
hijos, por fin el pueblo entero se reúne en la orilla. Algunos regresan a sus
casas en busca de un cuenco de albóndigas de arroz glutinoso, otros traen un
pato, otros también un cuenco de vino, así como un poco de carne de búfalo. Por
último, depositan delante de él media cabeza de cerdo.
—Es un crimen
olvidar a los antepasados —farfulla sin cesar el anciano.
Emocionada, una
muchacha corre a su casa para coger la manta que guardaba para su boda. Recubre
con ella al anciano y le seca la nariz con un pañuelo bordado.
—Entre en casa,
padre —le recomienda ella.
—¡Pobre hombre!
—exclaman los jóvenes.
-—¡La madre del
arce, el padre del roble, si habéis olvidado a vuestros antepasados, algún día
tendréis que pagarlo!
Sus palabras
remolinean en su garganta. Llora.
—Se va a quedar
pronto afónico, padre.
—Entre en casa.
Los jóvenes quieren
sostenerlo.
—Moriré aquí...
El viejo forcejea.
Termina por gritar como un niño capri¬choso.
—Dejad que cante
—dice una anciana—. Es su último invierno.
El libro que tengo
en mis manos, Canciones de sacrificio, ha sido recopilado y traducido al chino
por un amigo miao con el que trabé conocimiento. Si he escrito esta historia,
es a modo de agradecimiento.
42
Un día de muy buen
tiempo, con un cielo sin nubes. El brillo y lo profundo de la bóveda celeste te
dejan mudo de admiración. Abajo, una aldea aislada con sus casas construidas
sobre pilotes que se apoyan en el acantila¬do, como un enjambre de abejas adherido
a una roca. Es un sueño, vas de un lado a otro, al pie de la montaña, sin
encon¬trar el menor sendero para dirigirte allí. Tienes la impresión de
acercarte a la aldea cuando, en realidad, lo que haces es ale¬jarte de ella.
Estos ires y venires te llevan tiempo y desistes. Avanzas al azar y el pueblo
desaparece tras los montes. Sientes a pesar de todo un vago pesar. E ignoras
adonde lleva el cami¬no bajo tus pies, por más que no tengas una meta precisa.
Andas derecho
camino adelante por el sinuoso sendero. En tu vida, nunca has tenido una meta
precisa, las metas que te has fijado se han ido modificando con el tiempo, no
han deja¬do de cambiar hasta que al final no has tenida ninguna. Si uno se pone
a pensar sobre ello, la meta última de la vida humana es algo que carece de
importancia, es como un enjambre de abejas. Si uno lo deja estar acaba
lamentándolo, pero si lo coges los insectos te picarán, por lo que es
preferible dejarlo estar y observarlo sin tocarlo. Este pensamiento te hace
sentir¬te más ligero, poco importa adonde vayas, con la única condi¬ción de que
el paisaje sea hermoso.
El sendero bordea
un bosque de madroños, pero no es la estación de estos frutos. Cuando hayan
madurado, imposible saber dónde estarás. ¿Esperan los madroños a los hombres?
¿O son los hombres los que esperan a los madroños? He aquí un problema
metafísico que puede tener infinitas soluciones. Los madroños no cambiarán
nunca y el hombre seguirá siendo siempre el mismo. Podría decirse también que
los madroños de un año no son los mismos que los del año siguiente, y que el
hombre de hoy no es el mismo que el de ayer. La cuestión radi¬ca en saber cuál
es el verdadero, si el de ayer o el del hoy. ¿Y cómo establecer unos criterios
de juicio? Deja a los metafísicos hablar de metafísica y ocúpate sólo de tu
camino.
No dejas de subir,
con el cuerpo empapado en sudor, y de repente desembocas en la aldea. A la
vista de su sombra, te invade una sensación de frescor.
Nunca hubieras
pensado que, al pie de las casas construidas sobre pilotes, las largas losas de
piedra estarían ocupadas por unos hombres sentados. No puedes abrirte paso más
que pasando por medio de sus piernas. Ninguno te mira, tienen la cabeza gacha y
mascullan algún texto sagrado, todos tienen un aire muy afligido. Las losas de
piedra serpentean a lo largo de las calles. De cada lado, los edificios de
madera cuelgan en todos los sentidos, apoyados unos contra otros, como para no
caerse. En caso de terremoto o de corrimiento de tierras, todo se vendría
abajo.
Estos ancianos
sentados, apoyados también unos contra otros, se les asemejan. Bastaría con
empujar a uno solo de ellos para que todos cayeran como fichas de dominó. No te
atreves a rozarles, temiendo desencadenar una catástrofe.
Posas tus pies
entre sus piernas con la más extrema atención. Llevan los pies, delgados cual
garras de gallo, envueltos en unos calcetines de tela. Entre sus lamentaciones
resuenan unos chirridos, y es imposible saber si son emitidos por los edificios
de madera o por sus articulaciones. Su avanzada edad les aflige con temblores
y, mientras salmodian balanceándose, su cabeza no cesa de menearse.
A todo lo largo de
la sinuosa calle, sin fin, hay sentados sobre las losas de piedra unos hombres,
ataviados con las mis¬mas ropas grisáceas de viejo algodón raído y apedazado.
En las barandillas de las altas casas hay puestos a secar sábanas, man¬tas y mosquiteros
hechos de un basto ramio. De estos ancianos sumidos en el dolor se desprende
una profunda solemnidad.
En sus salmodias
retorna un sonido estridente que traspasa como las garras de un gato, te
retiene, te atrae, te obliga a ir hacia delante. Imposible decir de dónde
procede, pero cuando ves, colgados delante de la puerta de una casa, unos
rosarios hechos de hojitas de papel y humo de incienso que se filtra por debajo
de las cortinas echadas, comprendes que se llora a un muerto.
Avanzas a duras
penas. La gente está cada vez más apretuja¬da, ni siquiera puedes ya posar los
pies. Temes romperle los hue¬sos a alguno de estos hombres al pisarle. Debes
prestar mucha atención para elegir un espacio libre en este enredo de piernas y
de pies, contienes el aliento y avanzas con extrema lentitud.
Ninguno levanta el
rostro hacia ti. Llevan en la cabeza, quien un turbante, quien un pañuelo de
tela. No puedes dis¬tinguir sus rasgos. En ese instante, entonan un canto a
coro; escuchando atentamente, captas las palabras:
Todos habéis
venido,
seis veces habéis
corrido en un día,
seis leguas habéis
recorrido cada vez,
repartid el arroz
en los infiernos
y habréis cumplido
con vuestra tarea.
La voz aguda que
conduce el canto es la de una anciana sen¬tada en el umbral de una puerta de
piedra, muy cerca de ti. Se distingue de los otros: con la cabeza y los hombros
cubiertos enteramente de negro, se golpea la rodilla con mano temblo¬rosa y
balancea su cuerpo de adelante hacia atrás al compás de la melodía. Ha
depositado cerca de ella un cuenco de agua fresca, un tubo de bambú lleno de
arroz, así como un montón de cuartillas de grueso papel, punteadas con líneas
de agujeritos. Moja su dedo sumergiéndolo en el cuenco y acto seguido separa
una hoja de papel de plata que lanza al aire.
No se sabe cuándo
habéis venido,
ni tampoco cuándo partiréis,
vais hasta el
confín de la tierra,
allí, al este,
¡Ay, Doudan! ¡Oh,
Doudan!
Para matar a un
hombre basta con medio grano de arroz,
para salvar a un
hombre basta con una pequeña moneda,
menester es salvar
a aquellos que sufren,
¡venid todos!
Quieres rodearla,
pero tienes miedo de golpear su espalda, pues seguro que se caería. Prefieres
pasar por encima de sus pies, pero la anciana se pone a gritar con voz
penetrante:
¡Ay, Doudan! ¡Oh,
Doudan!
Sus piernas cual
palillos,
su cabeza cual una
jaula de patos,
si viene, se hará
rápido,
si habla, se podrá
contar con él,
que venga pronto,
¡decidle que no
tarde!
Mientras grita,
termina por incorporarse lentamente y agita los brazos hacia ti, sus uñas, como
garras de pollo, apuntadas hacia tus ojos. No sabes qué fuerza te impulsa a
separar sus manos, a arrancar la tela negra que recubre su cabeza. Enton¬ces
aparece un pequeño rostro reseco, dos órbitas sin mirada que se hunden
profundamente en el cráneo, unos labios abier¬tos que no descubren más que un
solo diente, luciendo una sonrisa que no lo es. Ella continúa gritando mientras
salta:
Serpientes rojas
abigarradas reptan por doquier,
aparecen tigres y
leopardos,
las puertas de las
montañas se abren entre crujidos,
todos cruzan la
puerta de piedra,
por doquier gritan
a coro,
todos se unen a
este grito,
¡apresuraos a
salvar a este hombre en peligro!
Quieres
desembarazarte de ella, pero los ancianos secos cual madera muerta se
incorporan lentamente, te rodean y conti¬núan gritando con trémula voz:
¡Ah, Dondan! ¡Oh,
Dondan!
¡Rápido, abrid la
puerta e invitad a los cuatro vientos,
la hora yin llama a
la hora mao,
rogadle al Padre
Trueno y a la Madre Rayo,
montad sobre los
caballos,
echemos mano a su
dinero!
La multitud se
precipita hacia ti, grita, las palabras se que¬dan bloqueadas en tu garganta.
Tú les empujas, caen uno tras otro al suelo, ligeros como si fueran de papel,
sin un ruido, y se hace un profundo silencio. En ese instante, comprendes que
el hombre tendido detrás de la cortina no es otro que tú. No quieres morir así,
quieres retornar al mundo de los humanos.
43
Una vez dejada la
aldea miao, avanzo por un camino de montaña desierto, desde el amanecer hasta
la tarde. Ninguno de los camiones con remolque cargados de madera o de bambú,
ninguno de los autobuses de línea se detienen cuando les hago una señal.
Tengo el sol de
cara y un viento frío se levanta en el peque¬ño valle. En la carretera general
sinuosa, donde no hay ni aldea ni caminante alguno, me embarga la tristeza.
¿Llegaré a la capital del distrito antes de que anochezca? Si ningún vehículo
quiere cogerme, ignoro dónde pasaré la noche. De repente me acuerdo de que
tengo una cámara fotográfica en mi mochila. ¿Por qué no tratar de hacerme pasar
por un periodista?
Oigo acercarse un
vehículo. Me pongo decididamente en medio de la carretera para impedirle el
paso enarbolando mi cámara. Un camión entoldado llega traqueteando. Se me echa
ca¬si encima y no frena hasta el último momento con gran estrépito.
—¿Quién es el hijo
de puta que anda cortando la carretera de este modo? ¿Es que buscas tu muerte o
qué? —espeta el conductor, con la cabeza fuera de la cabina.
Es un han, por lo
menos comprendo lo que dice.
Me precipito hacia
la puerta del camión.
—¡Perdone, soy
periodista, he venido a hacer un reportaje en una aldea miao, tengo mucha
prisa, pues he de mandar un telegrama desde la cabeza de distrito antes de la
noche!
Este tipo de hombre
de rostro alargado, mejillas prominen¬tes y boca carnosa, resulta fácil por lo
general de convencer. Me mira de arriba abajo y frunce el ceño:
—Mi camión
transporta cerdos, no hombres, y además no va a la cabeza de distrito.
Y es cierto, pues
oigo gruñidos en su interior.
Exhibo una sonrisa
de oreja a oreja:
—Con tal de que no
me lleve al matadero, me doy por con¬tento.
De mala gana, abre
la puerta. Salto dentro de la cabina y le doy las más rendidas gracias.
Rehúsa el
cigarrillo que le ofrezco. Circulamos sin decirnos una palabra. Ahora que estoy
confortablemente instalado, no tengo ninguna necesidad de dar más
explicaciones. De vez en cuando, echa una mirada a la cámara fotográfica que he
colga¬do con toda intención de mi cuello. Sé que a los ojos de los habitantes
de esta región, Pekín representa el centro del poder, y que un periodista
venido del centro es forzosamente «alguien», pero ningún mando del distrito me
acompaña y ningún jeep ha sido enviado para venir a buscarme. ¿Cómo explicar
esto? Es difícil disipar sus sospechas.
Probablemente, cree
que soy un estafador. He oído decir que realmente existen. Provistos de una
cámara sin carrete, dándose grandes aires, van a la montaña a sacar fotos a
casa de los campesinos, afirmando que sus tarifas no serán muy altas. Se
dedican a esto durante un tiempo, para ir luego a gastarse el dinero que han
estafado a la ciudad. Me divierte pensar que me toma por unos de esos tipejos.
De vez en cuando, sienta bien que me divierta un poco, si no este largo viaje
sería verdaderamente demasiado penoso. De repente, me echa una mira¬da y me
pregunta de sopetón:
—¿Adonde va,
finalmente?
—¡Regreso a la
cabeza de distrito!
—¿Qué cabeza de
distrito?
Como he viajado en
el coche del rey de los miao, no he rete¬nido el nombre de las capitales por
las que he pasado. Me veo incapaz de responderle.
—¡En cualquier
caso, voy al centro de alojamiento del comité del distrito más próximo! —digo.
—Pues bien, bájese
aquí.
Delante de
nosotros, hay un cruce de caminos, desierto también, sin un alma. No comprendo
si trata de intimidarme o bien si también él quiere dar muestras de humor.
El camión aminora
la marcha y se para.
—Yo giro aquí
—añade.
—Pero ¿usted adonde
va?
—A la compañía de
compra de cerdos en vivo.
Se inclina para
abrirme la puerta. Es una invitación a bajar. Naturalmente, no se trata de
ninguna broma, no puedo sino saltar de la cabina y preguntarle:
—¿Hemos salido de
la zona miao?
—Hace ya rato,
desde aquí no está a más de diez kilómetros de la ciudad, caminando llegará
allí antes de que anochezca —responde siempre con la misma frialdad.
Un chasquido de
puerta, una nube de polvo y el camión desaparece en la lejanía.
Me digo que de
haber sido una mujer sola, el conductor no se habría mostrado tan frío conmigo.
Sé, por otra parte, que en este tipo de carretera, los camioneros han abusado
de muje¬res solas, pero en realidad, en tal supuesto, yo no me hubiera montado
a la ligera en un camión. Existe siempre una descon-fianza mutua.
El sol ha
desaparecido y la bruma de la tarde se estira en el cielo en forma de escamas
de pez. Delante de mí, una larga cinta grisácea. Tengo agujetas en las piernas,
la espalda empa¬pada en sudor, ya no estoy pendiente de los coches, a lo único
que aspiro es a descansar en lo alto de la cuesta antes de poner¬me en camino
por la noche.
Nunca hubiera
pensado en dar por estos parajes con un semejante. El alcanza la cima casi al
mismo tiempo que yo. Con el pelo desgreñado, la barba sin afeitar desde hace
varios días, también él lleva una mochila. Yo la llevo a la espalda, él en la
mano. Viste un pantalón de trabajo grisáceo, el tipo de panta¬lón que llevan
los mineros o los albañiles. Yo, mis vaqueros, que no he lavado en todos los
meses que llevo en la carretera.
A la primera ojeada
que le dirijo, comprendo que este encuentro no augura nada bueno. Él me mira
atentamente de arriba abajo, luego su mirada se desplaza hacia mi mochila.
Tengo la impresión de encontrarme frente a un lobo. La única diferencia es que
el lobo considera a aquel con el que se cruza en su camino como una presa en
sí, mientras que el hombre siente interés por el botín que pueda reportarle su
víctima. No puedo dejar de mirarle de arriba abajo a mi vez. Miro fijamen¬te
también su mochila. ¿Lleva un arma dentro de ella? ¿Si le adelanto, me atacará
por la espalda? Me detengo.
Mi mochila no es
ligera, sobre todo con mi cámara fotográ¬fica; blandida, sería bastante pesada
para servirme de arma. La hago deslizarse de mi hombro a la mano, y acto
seguido me siento en el talud. Aprovecho para recuperar el aliento y me
dispongo a hacerle frente. También él recupera el aliento y se sienta sobre una
piedra, al otro lado de la carretera. Apenas diez pasos nos separan.
Salta a la vista
que es más fuerte que yo. Si nos batimos, no estaré a su altura. Pero sé que en
mi mochila hay un cuchillo de electricista que me llevo siempre de viaje.
Podría serme de utilidad en caso de ataque. El no parece contar con nada
equi¬valente. Si se sirve de un cuchillo más pequeño, no es seguro que gane la
pelea. Siempre me queda como último recurso emprender la huida, pero ello no
haría sino despertar sus sos¬pechas, haciéndole creer que llevo encima algo de
dinero y que soy débil. Esto podría incitarle a atacarme. Por su mirada, intuyo
que la carretera está tan desierta detrás de mí como detrás de él. Debo
demostrarle que estoy en guardia y que no le tengo ningún miedo.
Enciendo un pitillo
y adopto la pose de estar descansando. También él saca un pitillo del bolsillo
trasero de su pantalón. Evitamos mirarnos frontalmente, pero nos espiamos con
el rabillo del ojo.
Si no está seguro
de que llevo algo valioso encima, no habrá lucha. En mi mochila, no tengo más
que un viejo magnetófo¬no portátil casi inaudible, que habría tenido que tirar
desde hace tiempo de haber tenido dinero para comprarme otro. El único objeto en
realidad de valor que tengo es esta cámara japonesa de prestaciones bastante
completas, pero no vale en ningún caso la pena arriesgar la vida por ella.
Tengo también un centenar de yuanes en metálico. Aún valdría menos la pena
derramar la propia sangre por tan poco. Mando una bocanada de humo hacia mis
zapatos grisáceos. Ahora que estoy senta¬do, mi camiseta empapada se me pega a
la piel, tengo la espal¬da helada y oigo rugir el viento en las alturas.
El exhibe una mueca
displicente, descubriendo sus encías. Tal vez yo tengo también la misma
expresión. Tal vez muestro también los dientes, sin duda con la misma cara de
malaje. Si yo abriera la boca, vomitaría las mismas sucias palabras, podría
volverme violento, coger un cuchillo para traspasarle y salir huyendo
inmediatamente. ¿Le domina también a él el mismo estado de ánimo que a mí, pese
a esa apariencia que adopta apretando su colilla entre las dos manos, presto
también a pro¬tegerse?
Es imposible que
descubra que lo único que llevo que tenga valor para mí son mis zapatos. Los
compré especialmente para este largo viaje, pero la lluvia, el barro y el agua
de los ríos los han deformado. Están sucios, difícil de reconocer a un viajero
por ellos. Doy una intensa calada a mi pitillo, luego lo aplasto contra el
suelo. Al punto él arroja también su colilla, con furio¬so ademán, como para
responder a mi gesto. Desprecio por su parte, pero también una actitud
defensiva.
Nos levantamos al
mismo tiempo, sin tratar de evitarnos, avanzamos hacia el centro de la
carretera y pasamos uno al lado del otro rozándonos un hombro. A fin de
cuentas, no somos unos lobos, sino más bien dos perros salvajes que se ale¬jan
después de haberse olfateado.
Delante de mí, una
gran pendiente de bajada. Salgo pitando hasta la zona llana. Cuando me vuelvo,
la cinta grisácea que asciende hacia la cresta montañosa desierta me parece aún
más solitaria a la hora del crepúsculo.
44
Ella dice que ha
envejecido, cuando se arregla por la mañana delante del espejo ve sus arrugas
que las cremas y los polvos no consiguen eliminar. El espejo le indica a las
claras que ha malgastado los mejores años de su vida. Cada mañana al despertar
está abatida, amorfa. Si no tuviera que ir al trabajo, se negaría a levantarse,
se negaría a ver a gente. Una vez que está allí, se ve obligada a tener
contacto con los demás, y entonces comienza a hablar y a reír, se olvida, se
reconcilia un poco consigo misma. Tú dices que la comprendes.
No, no puedes
comprender, ella dice que tú no puedes com¬prender el abatimiento de una mujer
que descubre que a esta edad no ha conocido aún a nadie que la ame de veras. No
es hasta la noche cuando siente un poco de cólera. Le gustaría tener todas sus
veladas ocupadas, tener una razón para salir o hacer visitas, no puede soportar
la soledad. Quiere darse prisa por vivir, ¿comprendes tú este sentimiento de
urgencia? No, no lo comprendes.
Dice que no tiene
realmente la sensación de vivir más que cuando va a bailar, cuando su pareja la
toca y ella cierra los ojos. Sabe que ningún hombre podrá ya amarla, no puede
soportar más el verse escrutada con la mirada, teme las patas de gallo, su tez
cada día más estropeada. Sabe que vosotros los hombres, cuando tenéis necesidad
de una mujer, os deshacéis en palabras melosas y, una vez satisfechos, os vais
detrás de una nueva conquista. Cuando encontráis a una joven y bonita, vol¬véis
a comenzar al punto vuestros requiebros. ¿Qué dura, sin embargo, la juventud de
una mujer? Ésta es su suerte. Tú no le diriges palabras de consuelo más que de
noche, en la cama, cuando no puedes ver sus arrugas, cuando ella te da placer.
¡Déjame que te siga contando! Dice que sabe que vas a desem¬barazarte de ella,
que todo no es más que un pretexto, que esperas una oportunidad para dejarla.
No hables.
Tranquilízate, dice
que ella no es de esa clase de mujeres que se enganchan a los hombres y ya no
los sueltan, que es capaz aún de encontrar a otro, sabe muy bien arreglárselas
totalmente sola para consolarse. Sabe lo que vas a decir, no le hables de que
se busque una ocupación, cuando llegue el día en que no tenga más hombres,
sabrá perfectamente encontrar lo que se llama una distracción. Pero seguro que
no se ocupará de los asuntos ajenos, que no será una alcahueta ni se dedicará a
escuchar a alguien desahogando sus sufrimientos. Seguro que tampoco se hará
monja, no pongas cara de reírte, pues los templos rebosan hoy en día de
muchachas que hacen ver que son unas monjas bonzo ante los extranjeros. Estas
monjas que se reclutan en nuestros días llevan todas una vida de familia. Ella
es capaz de reflexionar, puede tener un hijo natural, un bastardo, ¡escucha lo
que te dice!
¿Serías capaz de
darle un hijo? ¿Le dejarías traerlo al mun¬do? Quiere un vástago tuyo, ¿se lo
darías? No te atreves, tie¬nes miedo, tranquilízate, no dirá que es hijo tuyo,
no tendrá padre, será el fruto de la vida disoluta de su madre, él no sabrá
nunca quién es su padre, tú, ella te conoce como si te hubiera parido, eres
capaz de abusar de las jovencitas, pero ¿pueden ellas comprender el amor?
¿Amarte de verdad? ¿Ocuparse de ti como una verdadera esposa? En una mujer hay
mucho más que el sexo, una mujer no es un simple instrumento que os permite
desfogar vuestro deseo sexual. Una mujer que goce de buena salud tiene por
supuesto necesidad de sexo, pero no es suficiente, tiene también necesidad de
ser una esposa, de tener una vida de familia. Todas las que conozcas querrán
encontrar en ti un sostén, las mujeres tienen necesidad de apoyarse en los
hombres, ¿qué hacer, entonces, en tu caso? No es seguro que las mujeres puedan
amarte como ella lo hace, como una madre ama a su pequeño; sobre su pecho, no
eres más que un niño que inspira pena. Eres insaciable, pero no te vayas a
creer que eres fuerte, envejecerás rápido, pronto ya no serás nada. Ve a
divertirte con las jovencitas, pero terminarás por volver al lado de ella,
volverás a ser suyo, mientras te soporte, ella será indulgente con tus
flaquezas, ¿dónde podrías encontrar una mujer como ella?
Está ya vacía, dice
que no siente ya nada, que su alegría se ha agotado, no tiene más que un cuerpo
hueco, como si fuera una red rota que cae lentamente en un profundo abismo, no
se arrepiente de nada, su vida ahora ya ha pasado, así es, ella ha amado también,
ha sido amada, el resto es como un vaso de té insípido, que es preciso tirar,
siempre la misma soledad, nin¬gún impulso y si queda aún un poco, el justo para
responder a las obligaciones, eres tú quien lo has cortado, como los peda¬zos
sangrantes de una serpiente, tu comportamiento es cruel, ella no tiene nada que
lamentar, es culpa suya, ¿quien le mandó nacer mujer? No se aventura ya a
correr a la calle en plena noche como una loca y llorar tontamente bajo una
faro¬la. No se aventura ya a correr bajo la lluvia, vociferando como una
histérica, obligando a los coches a frenar en el último momento, con el cuerpo
cubierto de sudor frío, no le temerá ya a la muerte en lo alto de un acantilado
escarpado, se ha hun¬dido ya a su pesar, como una red estropeada que nadie
querrá volver a subir ya a la superficie, los días que le quedan son incoloros,
flotará en el viento hasta el momento en que se hunda hasta el mismo fondo y
muera resignadamente, ella no es como tú que tanto le temes a la muerte, ella
no es tan débil como vosotros, pero antes de esto su corazón estará ya muer¬to,
los sufrimientos que soportan las mujeres son más intensos que los de los
hombres, desde el primer día en que fue poseída su carne y su corazón están
marchitos, ¿qué más quieres?
¡Si quieres
dejarla, déjala! ¡No debes decirle palabras melo¬sas! Esto no la consuela, no
es ella quien rechaza el amor. Si quieren hacerte maldades, las mujeres son más
malvadas aún que los hombres porque han sufrido más heridas. No queda más
remedio que aguantar, ¿cómo podría vengarse? Cuando las mujeres quieren
hacerlo... Ella dice que no quiere vengarse de ti, lo único que puede hacer es
soportarte, ya ha aguantado mucho, no es como vosotros que gritáis al menor
padecimien¬to, las mujeres son más sensibles que los hombres. No lamen¬ta en
absoluto el ser una mujer, las mujeres tienen su amor propio de mujer, sin
llegar hasta el orgullo, no lo lamenta, si tuviera que reencarnarse en otro
mundo, le gustaría ser una mujer, y volver a pasar por todos los padecimientos
que sufren las mujeres, y volver a sentir el sufrimiento del primer parto, la
alegría de ser madre por primera vez, la dulzura tras el des¬garro, el goce de
la primera emoción de virgen, la excitación constante en su punto álgido, el
nerviosismo de un cruce de miradas con los hombres, el dolor del desgarramiento
que arranca lágrimas, quisiera conocerlo todo una vez más, si tuviera que
volver al mundo, acuérdate bien de ella, acuérdate del amor que ella te ha
dado, sabe que tú ya no la amas, ella misma se va a ir.
Dice que quiere
retirarse sola al desierto, allí donde las nubes negras y la carretera se
juntan, al fondo, es allí adonde ella quiere ir, a ese extremo sin límites. La
carretera se prolon¬ga sin fin y se eleva allí donde cielo y tierra se juntan,
sus pasos no tendrán más que conducirla por esta carretera desierta a la sombra
de las nubes. Cuando llegue al final de la infinita carre¬tera, ésta proseguirá
aún y ella no dejará de avanzar, con el corazón vacío. Se le ha ocurrido morir,
poner fin a sus días, pero para suicidarse hace falta también un poco de
entusiasmo e incluso de este entusiasmo carece ella. Cuando un hombre pone fin
a su vida, es siempre por alguien o por algo, ella, ahora, ha llegado al punto
de que no lo haría ni por nadie ni por nada, y no tiene ya fuerzas para poner
fin a su vida, ha sufrido todas las vejaciones y todos los sufrimientos
posibles, ahora su corazón está naturalmente insensible.
45
Ella pregunta:
—¿Vas a partir?
—¿El autobús no
sale a las siete?
—Sí, aún queda un
poco de tiempo —dice como para sí.
Ordeno mi mochila:
doblo mis ropas sucias y las meto den¬tro. Al principio, pensé en descansar dos
días más en esta cabe¬za de distrito, lavar mis ropas y recuperarme un poco. Sé
que ella está de pie detrás de mí. No levanto la cabeza, pues temo no poder
aguantar su mirada. Si no parto, me haré a mí mismo sin duda aún más reproches.
En la habitación
vacía, una cama individual y una pequeña mesa cerca de la ventana. Todas mis
pertenencias están exten¬didas sobre la cama. Acabo de volver de su habitación
donde he pasado la noche, tumbados en su cama los dos, mirando la ventana
blancuzca hasta ver amanecer.
Llegué en autobús a
esta cabeza de distrito hace dos días, procedente de la montaña. Era por la
noche, y la conocí en la única calle del pueblo, a la que da la ventana. Las
tiendas ha¬bían cerrado sus escaparates, la calle estaba casi desierta. Anda¬ba
delante de mí y le di alcance para preguntarle dónde se encontraba el Centro
Cultural. Yo le hice la pregunta por si acaso, buscando un lugar para pasar la
noche. Ella volvió la cabeza. No era realmente bonita, pero tenía una tez clara
muy atractiva y unos gruesos labios rojos bien perfilados.
Dijo que no tenía
sino que seguirla, luego me preguntó a quién buscaba en el Centro Cultural. Yo
le dije que eso me daba lo mismo, pero que, por supuesto, lo mejor sería que
viera al director.
—¿Para qué?
Le expliqué que iba
en busca de documentos.
—¿Qué clase de
documentos? ¿Y para hacer qué?
Luego me preguntó
de dónde venía. Le dije que llevaba documentos que probaban mi identidad.
—¿Podría verlos?
—Frunció el ceño, como si se dispusiera a realizar un interrogatorio.
Saqué del bolsillo
de la camisa mi carnet de miembro de la Asociación de Escritores con su
cubierta azul plastificada. Sabía que mi nombre figuraba en unos documentos
internos. Desde los órganos del Comité Central hasta los escalones de base, los
responsables del Partido, del Estado y de los servicios culturales debían de
conocerlo. Asimismo sabía que en todas partes vivían gentes a las que les
encantaba escribir informes a sus superiores ajustándose al espíritu de los
documentos oficiales. Unos amigos que habían pasado por esta experiencia antes
que yo me previ¬nieron de que debía evitar a esas gentes de provincias, para no
buscarme problemas. Pero la manera en que había podido entrar en la aldea miao
probaba que este carnet ofrecía a veces también algunas facilidades. Y, en ese
caso, mi interlocutora era una joven que seguro iba a facilitarme las cosas.
De hecho, ella me
miró de hito en hito para comprobar la autenticidad de la foto de mi carnet.
—¿Es usted
escritor? —preguntó distendiendo el ceño.
—Más bien un
buscador de hombres salvajes —dije en tono de broma.
—Yo soy
precisamente del Centro Cultural.
Era algo
inesperado.
—¿Cómo se llama
usted, por favor? —le pregunté.
Ella dijo que su
nombre no tenía importancia, que había leído mis obras y que le gustaban mucho.
El Centro Cultural no contaba más que con una sola habitación de huéspedes para
los mandos de las aldeas circunvecinas que venían a la ciudad. Era menos cara y
más limpia que el hotel. A esas horas, las ofi¬cinas estaban cerradas, pero
podía conducirme directamente al domicilio del director.
Me aclaró:
—El director es un
ignorante redomado.
Luego añadió:
—Pero es una
persona muy agradable.
El director, un
hombre entrado en años, pequeño y grueso, quiso en primer lugar ver mi carnet.
Lo examinó con la más extrema atención. El sello estampado sobre la foto no
podía ser falso, por supuesto. A continuación reflexionó largamente, luego su
rostro se iluminó con una amplia sonrisa y me devol¬vió mi carnet.
—Normalmente,
cuando nos mandan a escritores o a perio¬distas, éstos son recibidos por la
oficina del comité del distrito y su departamento de propaganda. En su defecto,
es el direc¬tor de la oficina de asuntos culturales el que interviene.
Sabía, por
supuesto, que el puesto de director del Centro Cultural del distrito era una
verdadera sinecura. Ser nombra¬do para este puesto equivalía a ser enviado a un
asilo de ancianos. Aun en el supuesto de que hubiera leído algún documen¬to
acerca de mi persona, no podía tener tan buena memoria como para acordarse.
¡Qué suerte haber encontrar a un ancia¬no tan gentil e ignorante!
—No soy más que un
modesto escritor —me apresuré a afirmar—, es inútil molestar a nadie.
—Aquí —continuó—,
no hacemos más que organizar acti¬vidades populares de vulgarización cultural.
Por ejemplo, vamos a los campos a recopilar canciones folclóricas...
—Eso es lo que más
me apasiona —dije yo cortándole la palabra—, tengo justamente la intención de
recopilar materia¬les sobre este particular.
—¿La habitación de
huéspedes en el piso de arriba no está libre?
Con mirada
chispeante de inteligencia, la muchacha había estado esperando el momento para
intervenir.
—Nuestras
condiciones de alojamiento no son buenas —re¬puso él—, no tenemos cantina,
tendrá que comer en la calle.
—Mejor que mejor,
puesto que querría dirigirme a las al¬deas de los alrededores.
—Entonces, tendrá
que contentarse con lo que hay.
Se mostraba lleno
de consideración hacia mí.
Y así fue como me
instalé. Ella me condujo al piso del Cen¬tro Cultural, a la habitación de
huéspedes en lo alto de la esca¬lera. Dejé allí mi mochila, y ella me informó
que su habitación se encontraba al final del pasillo. Me invitaba a ir a pasar
un momento en ella.
En la pequeña
estancia flotaba un perfume a polvos y cre¬mas de belleza. Cerca de la ventana,
sobre un estante, un pequeño espejo redondo, botecitos y frascos. Ahora,
incluso las muchachas de estos lugares utilizan productos de belleza. Las
paredes estaban cubiertas de carteles de cine, sin duda las estrellas que
idolatraba. También había, recortada de una revista, la foto de una bailarina
hindú, descalza, ataviada con un vestido de gasa transparente. Bajo el
mosquitero, sobre las mantas bien arregladas, destacaba un pequeño panda de
peluche blanquinegro. Otra moda de nuestros días. El único obje¬to de artesanía
local era un cubo de agua finamente trabajado, laqueado de bermellón, colocado
en un rincón. Yo acababa de recorrer las altas montañas durante varios meses,
había vivido con los mandos y los campesinos de las aldeas, dormido sobre
esterillas de paja, hablando groseramente, bebiendo aguar¬dientes para echar a
perder la garganta. Esa pequeña estancia clara con perfume a polvos y cremas me
sumergió de inmedia¬to en una ebriedad total.
—Estoy seguramente
cubierto de pulgas —dije a modo de excusa.
Ella se rió en tono
de reproche:
—Tómese, pues, un
baño, los termos están llenos de agua caliente. La subí a mediodía. Aquí
encontrará todo lo que usted necesite.
—Me siento
verdaderamente incómodo, voy a irme a mi habitación, ¿puedo pedirle prestada su
palangana?
—¿Para qué puede
servirle? Hay agua fresca en el cubo.
Diciendo esto, sacó
de debajo de la cama un barreño de madera barnizada de rojo y listo ya con
jabón y toalla.
—No se preocupe,
voy a irme a la oficina a leer un poco. Al lado está la sala de conservación de
objetos antiguos, algo más adelante de la oficina, y al final su habitación.
—¿Qué clase de
vestigios hay aquí?
Preciso era que
encontrase alguna cosa que decir.
—No lo sé muy bien.
¿Quiere verlos? Tengo la llave.
—¡Por supuesto,
formidable!
Me explicó que en
la primera planta había una sala de lectura de libros y de prensa, así como una
sala de recreo cultural donde se ensayaban pequeños espectáculos. Me llevaría
allí un poco más tarde.
Una vez lavado,
sentía en mi cuerpo el mismo perfume que en el suyo. A continuación regresó
para prepararme una taza de té. Me sentía bien en su habitación, no tenía ya
ganas de ver los objetos antiguos.
Le pregunté acerca
de su trabajo. Estaba titulada por el Ins¬tituto Pedagógico local, donde había
aprendido música y danza. Pero la anciana que se hallaba al cargo de la
biblioteca del Centro Cultural había caído enferma y ella la sustituía para
vigilar la sala de lectura. Pronto haría un año que trabajaba allí. Dijo
también que iba a cumplir veintiún años.
—¿Podría cantar
alguna canción de la tierra?
—No me atrevo.
—¿Quedan aún viejos
cantores?
—Por supuesto. En
un pequeño pueblo, a unos cuarenta lis de aquí, hay un viejo que conoce muchos
cantos.
—¿Podría verlo?
—Vive en Seis
Tiendas, una de nuestras aldeas de cancio¬nes. En autobús, puede ir y volver en
el día.
Pero añadió que
lamentablemente ella no podría acompa¬ñarme. Sin duda que el director no
querría, pues no iba a encontrar a nadie para sustituirla: un domingo hubiera
sido posible. Con todo, podía hacer una llamada, pues era preci¬samente su
pueblo natal, podría telefonear al Ayuntamiento donde conocía a todo el mundo
para que le rogasen al cantor que me recibiera. Dado que el autobús de vuelta
salía a las cuatro, me invitaba a cenar con ella cuando regresara. Al vivir
sola, tenía que preparar ella algo de comer.
A continuación me
contó que en aquel pueblo vivía una cos¬turera, la hermana de una de sus
compañeras de escuela, una mujer especialmente hermosa, de una rara belleza,
con la piel muy blanca, como una estatua de jade.
—Vaya usted a
verla, le garantizo que...
—¿Qué me garantiza?
Me dijo que lo
había dicho en broma. Esa muchacha vivía de la tienda de confección que había
abierto en una callejuela de Seis Tiendas. Podía vérsela desde la calle, pero
todo el mundo decía que tenía la lepra.
—Es una verdadera
tragedia, nadie se atreve a casarse con ella —dijo.
—Si verdaderamente
tuviera la lepra, habría sido hospitali¬zada.
—La gente lo dice
para desprestigiarla, pero yo no me lo creo.
—Podría ir al
hospital a hacerse examinar y obtener un cer¬tificado médico —sugerí yo.
—Son aquellos que
la tienen en el punto de mira los que mantienen el rumor, la gente es mala. ¿De
qué serviría un cer¬tificado?
A continuación me
contó que una amiga que era como una hermana para ella, y con la que se llevaba
estupendamente, se había casado con un empleado que era recaudador de
impues¬tos. El le pegaba tanto que tenía el cuerpo cubierto de morados.
Le pregunté por
qué.
—¡Porque la noche
de bodas su marido descubrió que no era virgen! Las gentes de aquí son muy
patanes, muy zafios, no como en la ciudad.
—¿Ha estado usted
enamorada alguna vez?
No sentí ninguna
incomodidad en hacerle la pregunta.
—Hubo un compañero
de clase. Yo estaba muy bien con él y, después de sacarnos el título, seguimos
escribiéndonos, pero recientemente se ha casado, no me lo esperaba. En
realidad, no tenía una relación regular con él, nos apreciábamos, eso sí, pero
nunca llegamos a hablar de salir juntos. Cuando recibí la carta en la que me
anunciaba su boda, lloré. ¿Le gusta a usted escuchar este tipo de historias?
—Ah, no —dije—, es
difícil escribir sobre eso en una novela.
—No le he pedido
que lo haga. Pero ¿por qué no, dado que ustedes los que escriben inventan lo
que sea?
—Si tengo ganas.
—¡La pobre!
—suspiró ella.
Yo no sabía si
suspiraba por la costurera de la pequeña loca¬lidad o por su hermana.
—Es cierto.
Estaba obligado a
dar muestras de compasión.
—¿Cuántos días
piensa quedarse aquí?
—Unos dos. Voy a
descansar un poco y luego me iré.
—¿Desea visitar aún
muchos lugares?
—Sí, todavía me
quedan no pocos lugares adonde no he ido.
—Y adonde yo, en
toda mi vida, no podré ir jamás.
—¿No tiene ninguna
oportunidad de ir a realizar alguna misión? También podría pedir unas
vacaciones y viajar por su cuenta.
—Me gustaría
visitar Shanghai y Pekín algún día. Si fuera a verle, ¿me reconocería?
—¿Por qué no?
—Seguro que haría
tiempo que me habría olvidado.
—Es usted demasiado
dura conmigo.
—Digo la pura
verdad, ¿es usted muy conocido, no?
—En mi oficio, se
está en contacto con mucha gente, pero la gente simpática es más bien poca.
—Ustedes los
escritores sí que saben expresarse de verdad. ¿No podría quedarse algunos días
más? No sólo la gente de Seis Tiendas sabe cantar canciones populares.
—Sí, claro que
puedo.
Me sentía presa en
las redes de la ternura de niña pequeña que ella desplegaba en torno a mí. Pero
pensar en esto no me hacía sentir muy bien.
—¿No está usted
cansado?
—Un poco.
Me di cuenta de que
tenía que dejarla y le pregunté por la hora de salida del autobús del día
siguiente para Seis Tiendas.
Nunca hubiera
pensado que a la mañana siguiente, siguien¬do sus instrucciones, partiría para
un día entero, sin remolonear en la cama, ni haber lavado mis ropas sucias. Y
que además me pasaría el tiempo esperando la noche para volver a verla.
A mi regreso, la
cena estaba ya lista. El infiernillo de alco¬hol estaba encendido y una sopa se
estaba haciendo a fuego lento. En vista de todos los platos que había
preparado, le pro¬puse ir a comprar aguardiente.
—Ya tengo.
—¿Toma usted
alcohol?
—Sólo un poquito.
Saqué un poco de
carne en salazón y de oca asada envuelta en unas hojas de loto que había
comprado en una pequeña tienda, enfrente de la estación de autobuses. En esta
cabeza de distrito, se ha conservado la costumbre de envolver la carne de este
modo. Me acordaba de que cuando era pequeño, en los restaurantes, se seguía
también esta práctica y eso daba a la carne un olor especial. El entarimado que
rechinaba a cada paso, la atmósfera de aislamiento creada por el mosquitero y
el pequeño cubo de madera cuidadosamente laqueado de berme¬llón, todo me
retrotraía a mi infancia.
—¿Ha visto usted al
viejo cantor? —me preguntó mientras me servía aguardiente de buena calidad en
el vaso.
—Sí, le he visto.
—¿Ha cantado?
—Sí, ha cantado.
—¿Ha cantado
también sus canciones un poco especiales?
—¿Cuáles?
—¿No se las ha
hecho escuchar? Claro, delante de un ex¬traño, no se habrá atrevido.
—¿Se refiere a
canciones de amor subidas de color?
Ella se rió,
incómoda.
—Tampoco las canta
delante de las mujeres —aclaró.
—Eso depende. Sé
que, si está con gente conocida, las canta con tanto más gusto si hay mujeres
presentes. Pero delante de las jovencitas, no.
—¿Ha recopilado
algún material útil? —Cambiaba de con¬versación—. Después de irse usted, hice
inmediatamente una llamada a la oficina del Ayuntamiento del pueblo para
pedirles que avisaran al viejo cantor de que un escritor de Pekín iba a ir
expresamente a hacerle una visita. ¿Cómo? ¿No le dieron el recado?
—Había salido a
despachar unos asuntos, he visto a su mujer.
—Así pues, ha hecho
usted el viaje en balde —exclamó ella.
—No, no ha sido en
balde. He ido a sentarme un buen rato en una casa de té donde me he enterado de
muchas cosas. Nunca hubiera creído que existieran aún tales establecimien¬tos.
Tanto la planta baja como la de arriba estaban llenas hasta los topes de campesinos
que venían al mercado.
—Yo voy raras veces
a ese tipo de sitios.
—Es muy
interesante. Allí se habla de negocios, se charla, hay mucha animación. He
discutido de todo con ellos, eso también forma parte de la vida.
—Los escritores son
seres extraños.
—Yo hablo con
hombres de toda índole. Uno de ellos me ha preguntado si tenía medios para
comprar un vehículo para él. ¿De qué tipo?, le he preguntado. ¿Una Jiefang o un
camión de dos toneladas y media?
Ella se echó a reír
conmigo.
—Algunos se han
hecho realmente ricos. Uno de ellos no hablaba nada más que de negocios que
excedían los diez mil yuanes. También he conocido a un criador de insectos.
Tenía varias decenas en tinajas llenas. Iba a vender más de diez mil ciempiés a
cinco fen mínimo la pieza...
—¡No me hable de
ciempiés, pues les tengo un miedo terri¬ble!
—Entendido,
hablemos de otra cosa.
He dicho que me
había pasado todo el día en una casa de té. En realidad, habría podido tomar un
autobús a mediodía para regresar un poco antes con objeto de lavar mi ropa
sucia, pero temía que ella se quedara decepcionada. Preferí regresar por la
noche, a la hora que ella había fijado. Fui a dar una vuelta por las aldeas de
los alrededores, pero no le hablé de ello.
—He intentado hacer
algún negocio —le dije irreflexiva¬mente.
—¿Ha funcionado?
—No, no he hecho
más que charlar, no conozco a nadie con quien hacer negocios y además no valgo
para ello.
Ella me invitó a
beber:
—Beba, que esto le
entonará.
—Habitualmente,
¿toma aguardiente blanco?
—No, este
aguardiente lo compré porque un antiguo com¬pañero de clase pasó a verme hace
unos meses. Aquí, cuando se tiene un invitado, se le ofrece de beber.
—¡A su salud,
entonces!
Sin dudarlo, ella
se mandó al coleto su vaso de un solo trago.
Afuera, un
golpeteo.
—¿Llueve?
Fue a mirar por la
ventana:
—Felizmente que ha
vuelto usted, si no estaría calado hasta los huesos.
—Así es perfecto.
Esta pequeña habitación y la lluvia cayen¬do afuera.
Ella rió
dulcemente, ruborizada. La lluvia golpeteaba sobre el tejado de su casa o sobre
las tejas de la casa vecina.
—¿Por qué no dice
nada?
—Escucho llover.
Luego añadió:
—¿Y si cerrase la
ventana?
—Sí, por supuesto,
se estaría aún mejor.
Con la ventana
cerrada, me sentí de repente más cerca de ella, gracias a esa lluvia
maravillosa. Cuando volvió hacia la mesa, rozó mi brazo. Yo la cogí por la
cintura y la atraje contra mí. Su cuerpo era dócil, tibio y flexible.
—¿Es que me amas de
verdad? —cuchicheó.
—He pensado en ti
todo el día.
Era todo lo que
podía decir y era la pura verdad.
Ella entonces
volvió el rostro y yo me encontré con sus labios que relajó y abrió por espacio
de un instante, y acto seguido la tumbé sobre la cama. Se zafó con la vivacidad
de un pez recién arrojado en la orilla de un río. Yo no podía conte¬nerme más,
pero ella me imploraba que apagara la lámpara y bajara el mosquitero.
—No me mires, no me
mires...
Me suplicaba al
oído en la oscuridad.
—¡No veo nada en
absoluto! —dije yo buscando a tientas su cuerpo que no cesaba de rebullirse.
De repente se
levantó y cogió mi muñeca. Llevó mi mano suavemente bajo su camisa que yo había
abierto, luego la posó sobre su tirante sujetador. Se quedó distendida y no
dijo ya ni una palabra. Había esperado como yo este calor y estas cari¬cias
repentinas. El aguardiente, la lluvia, la oscuridad, el mos-quitero, le daban
una sensación de seguridad. No tenía ya ver¬güenza, soltó mi mano y me dejó
desnudarla totalmente. Yo besé su cuello, sus pezones, y sus húmedos miembros
se sepa¬raron suavemente. La avisé balbuceando:
—Voy a poseerte...
—No, no debes
hacerlo —dijo lanzando un suspiro.
Al punto, me tumbé
sobre ella.
—¡Voy a poseerte!
No sé por qué
quería avisarla, ¿era acaso para buscar una excitación, para atenuar mi
responsabilidad?
—Soy aún virgen...
Oí que lloraba.
Dudé un poco:
—¿Crees que vas a
lamentarlo?
—Tú no vas a
casarte conmigo.
Era muy lúcida, y
era eso lo que la hacía llorar.
La desgracia era
que yo no podía afirmar lo contrario, sabía que tenía tan sólo necesidad de una
mujer; en plena melanco¬lía, quería gozar simplemente de ella, no podía asumir
una res¬ponsabilidad mayor respecto a ella. Me tumbé a su lado, muy decepcionado,
y le pregunté, sin dejar de besarla:
—¿Te importa eso?
Ella negó con la
cabeza en silencio.
—¿No temes que tu
marido te pegue si se da cuenta el día de la boda?
Su cuerpo se
estremeció.
—¿Aceptas pagar un
precio tan alto por mí?
Acaricié sus labios
que estaba mordisqueándose, asintió varias veces con la cabeza, despertando mi
compasión. Cogí su cabeza entre mis manos y abracé su rostro, su cuello y sus
húmedas mejillas. Lloraba en silencio.
No podía ser tan
cruel con ella, obligarla a pagar un precio semejante simplemente por
satisfacer mi deseo momentáneo. Sin embargo, no podía reprimirme el amarla,
sabía que no se trataba del gran amor, pero ¿qué es el gran amor? Su cuerpo era
lozano y sensible, yo estaba lleno de deseo por ella, había hecho lo que había
que hacer, pero no podía rebasar ese límite. Y ella esperaba, lúcida, hábil,
dejando que yo hiciera todo. No había nada más excitante. Me acordaría de los
menores estremeci¬mientos de cada parte de su cuerpo y actuaría de manera que
su carne y su espíritu no me olvidaran jamás. Ella seguía temblan¬do y
llorando, bañando su cuerpo de lágrimas. Me pregunto si eso no era aún más
cruel. No se apaciguó hasta que las primeras luces del alba se filtraron por el
mosquitero medio bajado.
Apoyado en el borde
de la cama, contemplé su cuerpo blan¬co, apaciblemente tendido, totalmente
descubierto.
—¿No me amas?
No respondí, no
podía responder.
Ella se levantó a
continuación y se apoyó en la ventana. Su silueta y su rostro inclinado me
destrozaron el corazón.
—¿Por qué no me
posees?
La angustia asomaba
en su voz, seguía torturándose.
¿Qué más podía
decir yo?
—Tú has tenido
muchas experiencias, por supuesto.
—¡No! —Me
incorporé, movido por un impulso inútil.
—¡No te me
acerques!
Me paró con furor y
se vistió.
Subía de la calle
ya un ruido confuso de pasos y de voces de los transeúntes, sin duda los
campesinos que se dirigían al mercado.
—No voy a intentar
retenerte —dijo ella arreglándose el pelo, frente a su espejo.
Yo tenía ganas de
decirle que temía que la pegasen, que más tarde no fuese feliz, que si por un
supuesto quedaba embaraza¬da, sabía lo que pensaría la gente, en una pequeña
localidad como aquélla, de una mujer no casada que abortase, quería decirle:
—Yo...
—No digas nada.
Escúchame. Sé lo que te preocupa, muy pronto encontraré a un hombre con el que
casarme, no te guardaré rencor.
Dejó escapar un
profundo suspiro.
—Pienso que...
—¡No! No te
molestes, es demasiado tarde.
—He de partir hoy
mismo —dije.
—Sé que no parto
contigo, pero eres alguien bueno.
¿Era eso necesario?
—El cuerpo de las
mujeres no es lo más importante para ti.
Tenía ganas de
decirle que eso no era cierto.
—¡No! No digas
nada.
En ese momento
hubiera tenido que hablar pero no lo hice.
Ella se arregló con
esmero, vertió agua para que yo me lava¬ra y se sentó en una silla esperando
que yo hubiera terminado. Era ya pleno día ahora.
Volví a mi
habitación para arreglar mis cosas. Al cabo de un rato, entró ella. Yo sabía
que estaba detrás de mí, pero no me volví hasta después de haber terminado de
llenar mi mochila.
Antes de salir, la
estreché entre mis brazos, ella apartó su rostro y cerró los ojos. Me hubiera
gustado besarla una vez más, pero ella se liberó.
Para llegar hasta
la estación, había un buen trecho. Por la mañana había un desfile incesante de
transeúntes que circulaban en el mayor de los desórdenes. Ella se mantenía a
distan¬cia de mí y andaba muy deprisa, como si no nos conociéramos. Me acompañó
hasta la estación de autobuses. Allí encontró a varias personas conocidas. Las
saludó y habló con cada una de ellas. Tenía un aspecto de lo más natural y
relajado. Tan sólo evitaba mirarme, y yo no me atrevía a cruzar una mirada con
ella. Yo oía que me presentaba, decía que era escritor, que había venido a
recopilar canciones populares. Justo en el momento en que el autobús se ponía
en marcha, volví a ver su mirada. No pude soportar su claridad, no pude
soportar la pureza de su deseo.
46
¡Ella dice que te
detesta!
¿Por qué? Miras
fijamente el cuchillo que ella tiene en la mano.
Dice que has
arruinado su vida.
Tú dices que no es
aún muy mayor.
Pero tú has echado
a perder sus mejores años, ¡dice que has sido tú, tú!
Tú dices que puede
comenzar una nueva vida.
Tú, sí, puedes,
pero ella dice que es demasiado tarde para ella.
Tú no comprendes
por qué es demasiado tarde.
Porque yo soy una
mujer.
Es igual para los
hombres que para las mujeres.
¡Simples palabras!
Se ríe fríamente.
La ves esgrimir su
cuchillo y te levantas.
Ella no puede
permitir que salgas tan bien librado de ésta, ¡dice que quiere matarte!
Cuando se mata, hay
que pagarlo con la vida, dices tú cam¬biando de sitio mientras la miras
fijamente con temor.
Esta vida no vale
ya la pena ser vivida, dice ella.
Le preguntas si
anteriormente era por ti por quien ella vivía. Quieres apaciguar un poco la
tensión.
¡No vale la pena
vivir por nadie! Ella apunta el cuchillo hacia ti.
¡Deja ese cuchillo!
Tú no bajas la guardia.
¿Tienes miedo de
morir? Ella se vuelve a reír fríamente.
Todo el mundo le
teme a la muerte, estás dispuesto a con¬fesar que temes a la muerte para que
ella deje ese cuchi¬llo.
Ella no tiene
miedo, dice que ¡habiendo llegado a ese extre¬mo, no le teme ya a nada!
Tú no te atreves a
irritarla más, pero has de mostrarte como un pico de oro para que ella no
descubra tu espanto.
Morir de este modo
no vale la pena, tú dices que existe uno mejor: morir de muerte natural.
No lo conseguirás,
dice ella haciendo centellear la hoja del cuchillo.
Tú te apartas un
poco más aún y la miras de soslayo.
De repente rompe a
reír.
Le preguntas si
está loca.
Eres tú quien me ha
empujado a la locura.
¿Empujado a qué?
Dices que no podéis seguir viviendo jun¬tos, que no os queda más que separaros.
Estáis juntos por con¬sentimiento mutuo, os separaréis del mismo modo. Te
esfuer¬zas por mantener la máxima calma.
Es fácil de decir.
No hay más que ir a
los tribunales.
No.
Entonces, nos
separamos.
Ella dice que tú no
puedes salir tan bien librado de ésta, esgrime su cuchillo y se acerca a ti.
Te levantas y te
sientas frente a ella.
También ella se ha
levantado, con el torso desnudo, los pechos colgándole, la mirada llena de
cólera, en el colmo de la excitación.
No puedes soportar
sus crisis de histeria, no puedes sopor¬tar sus caprichos. Estás decidido a
abandonarla, pero a fin de evitar excitarla más, lo mejor es tratar de hablar
de otra cosa.
¿Quieres huir?
¿Huir de qué?
¡Huir de la muerte!
Ella se burla de ti, hace girar su cuchillo balanceándolo a la manera de un
carnicero, pero carece de experiencia y sólo sus pezones tiemblan.
¡Tú dices que la
detestas! Estas palabras han terminado por escapársete entre tus apretados
dientes.
Me detestas desde
hace tiempo, pero ¿por qué no me lo di¬jiste antes? Ella se pone a pegar
gritos, se ha sentido afectada, su cuerpo es presa de los temblores.
Esto no había
alcanzado todavía semejantes proporciones, tú dices que nunca hubieras creído
que se volvería tan repug¬nante, dices que la odias con toda tu alma, le
espetas las pala¬bras más pérfidas.
Hubieras tenido que
decirlo antes, hubieras tenido que decirlo antes, ella baja su cuchillo
llorando.
¡Tú dices que es su
actitud lo que ha acabado por repugnar¬te! Estás decidido a herirla en lo más
vivo.
Ella arroja el
cuchillo lanzando un grito. Hubieras tenido que decirlo antes, ahora es
demasiado tarde, es demasiado tarde, ¿por qué no lo dijiste antes? ¿Por qué no
lo dijiste antes? Berrea de manera histérica y aporrea el suelo con los puños.
Tú quisieras
consolarla, pero tus esfuerzos y tu decisión serían inútiles, correrías el
riesgo de que todo volviera a comenzar y aún te costaría más desembarazarte de
ella.
Ella solloza
ruidosamente, se aovilla desnuda en el suelo, sin preocuparse del cuchillo que
está a su lado.
Te inclinas y
alargas la mano para recuperarlo, pero ella se apodera de la hoja. Tratas de
abrirle la mano, pero ella la aprie¬ta aún más.
¡Vas a cortarte! Le
gritas al oído mientras le retuerces el brazo hasta que abre los dedos. La
sangre de color bermellón chorrea de su palma. Coges su muñeca apretando con
todas tus fuerzas sobre su pulso. Con la otra mano, ella recupera el cuchillo.
La sueltas para largarle un sopapo. Aturdida, ella lo deja caer.
Te mira, con cara
de estúpida, se asemeja de repente a una cría, sus ojos están llenos de
angustia y llora sin ruido.
No puedes dejar de
sentir un poco de lástima por ella, coges su mano malherida y succionas la
sangre que chorrea. Ella te atrae hacia sí entre lloros, quisieras
desprenderte, pero ella te aprieta cada vez más fuerte entre sus brazos y
termina por apresarte contra su pecho.
¿Qué haces? Te
domina una negra cólera.
Quiere que hagas el
amor con ella, ¡lo quiere! ¡Dice que sólo quiere hacer el amor contigo!
Tú te sueltas con
gran esfuerzo jadeando y le dices que ¡no eres una bestia!
¡Sí, exactamente!
¡Eres un animal! Grita ella salvajemente, en sus pupilas arde un fuego extraño.
Mientras tratas de
consolarla, le suplicas que pare, que se calme.
Ella murmura y dice
resoplando que te ama, que sus capri¬chos nacen precisamente de este amor, que
tiene miedo de que la abandones.
Tú dices que no
puedes plegarte a los caprichos de ninguna mujer, que no puedes vivir a la
sombra de nadie, que ella te asfixia, que no puedes convertirte en el esclavo
de nadie, que no te sometes a la presión de ningún poder, sean cuales sean los
procedimientos empleados, no te someterás a nadie, no serás el esclavo de
ninguna mujer.
Ella dice que te
concederá la libertad a condición de que la ames, que no la abandones, que te
quedes con ella, que conti¬núes satisfaciéndola, que sigas deseándola, se
enrosca en torno a tu cuerpo, te besa frenéticamente, cubre tu cuerpo y tu
ros¬tro de saliva, no forma más que una bola contigo, ha ganado ella, tú no
puedes resistir más, vuelves a sucumbir al deseo car¬nal, no puedes sustraerte
a él.
47
Avanzo por un
sendero de montaña sombrío y desierto. A medio camino, empieza a caer la
lluvia, primero sua¬vemente, y resulta más bien agradable sentirla sobre mi
rostro, luego cada vez más fuerte, obligándome a correr, con el pelo y las
ropas empapados. Trepo a toda prisa hacia una cueva que diviso arriba del
camino. Hay allí leña cuidadosamente apilada. El techo, bastante alto, está
inclina¬do en ángulo. Un rayo de luz penetra en la cueva. He subido por unos
escalones de piedra toscamente tallados. Un hogar hecho de piedras apiladas
sostiene un caldero. El rayo de luz se filtra por una quebradura de la roca que
hay encima del hogar.
Me vuelvo. Detrás
de mí, hay sentado un hombre, que está leyendo sobre un armazón de madera
provisto de un catre. Estoy sorprendido, pero no me atrevo a molestarle. Me
limito a contemplar la grisácea lluvia a través de las quebraduras de las
rocas. Llueve con demasiada intensidad, y realmente no puedo reanudar el
camino.
—No se preocupe,
descanse aquí.
Él es el primero en
hablar, dejando su libro.
Sus largos cabellos
caen sobre sus hombros, va vestido con una chaqueta y unos pantalones grises
demasiados anchos. Debe de rondar los treinta años.
—¿Es usted
ermitaño?
—Todavía no, me
dedico a cortar leña para el templo taoísta —responde.
Sobre su cama hay
abierto un número de la revista La Nove¬la Mensual.
—¿Le interesan
también esas cosas?
—Mato así el tiempo
—responde evasivamente—. Está usted calado, séquese un poco.
Saca una palangana
de agua caliente del caldero y me tiende una toalla.
Le doy las gracias
y resueltamente me quito la camisa y me quedo con el torso desnudo. Me siento
mucho mejor después de haberme lavado.
—¡Qué lugar más
agradable! —exclamo sentándome en un banquillo de madera frente a él—. ¿Vive
usted en esta cueva?
Me explica que es
oriundo de una aldea que hay al pie de las montañas, pero que detesta a todo el
mundo, ya sea a su herma¬no y a su cuñada, como a sus vecinos y a los mandos de
la aldea.
—No piensan en otra
cosa que en el dinero. En las relacio¬nes entre la gente, no cuentan más que
los beneficios y las pér¬didas —dice—. He cortado toda relación con ellos.
—¿Se gana la vida
cortando leña para el monasterio?
—Me fui de mi casa
hará pronto un año, pero todavía no me han aceptado.
—¿Por qué?
—El viejo superior
quiere comprobar si soy honesto y per¬severante.
—¿Le aceptará a
continuación?
—Sí.
Creía, pues, en su
honestidad.
—¿No resulta en
exceso deprimente vivir en esta cueva completamente solo durante tan largo
tiempo? —le pregunto echando de nuevo una ojeada a la revista literaria.
—Me siento más
tranquilo y a mis anchas que en la aldea —responde él tranquilamente, sin dar
muestras de aparentar que yo le moleste—. Y cada día, estudio mis lecciones
—aña¬de.
—¿Qué clase de
lecciones, si puede saberse?
De debajo de su
manta, saca un ejemplar litografiado de Las lecciones cotidianas taoístas.
—Como estos dos
últimos días ha estado lloviendo, no he podido cortar madera, y no he hecho
otra cosa que leer no¬velas —explica acto seguido, viendo mi mirada puesta en
la revista abierta sobre la cama.
—¿No son una
distracción estas novelas si ha de estudiar sus lecciones?
Quiero satisfacer
mi curiosidad hasta sus últimas conse¬cuencias.
—¡Va!, en ellas no
se cuentan más que historias vulgares entre hombres y mujeres —dice riéndose.
Me explica que
terminó la enseñanza secundaria y que siguió estudios de literatura. En sus
ratos libres, lee un poco.
—En realidad, es
como la vida misma.
No me atrevo a
preguntarle si ha estado casado. No está bien informarse sobre los secretos de
un monje. La lluvia gol¬petea afuera, pero esta monotonía resulta agradable.
No debo molestarle
más, me quedo sentado cerca de él sin moverme. Permanecemos un largo rato así,
con nuestras men¬tes en blanco, sumergidos en la música de la lluvia.
No sé cuándo ha
cesado. Cuando tomo conciencia de ello, me levanto para irme y me deshago en
agradecimientos.
—Es inútil darme
las gracias, pues todo es fruto del destino.
Era en los montes
Qingcheng.
Más tarde, delante
de una pagoda de piedra, en un islote en medio del río Ou, vuelvo a encontrar a
un bonzo, con el crá¬neo rasurado, vestido con un largo hábito bermellón. Junta
las manos delante de un estupa de Buda, se arrodilla y se proster¬na con la
frente en tierra. Los paseantes forman corro en torno a él. Sin prisas, una vez
terminadas sus oraciones, se despoja de su hábito de culto, lo mete en una
bolsa de skai negro, echa mano de un paraguas con el mango curvo que le sirve
de bas¬tón y se aleja. Yo le sigo un momento, y, cuando hemos dejado atrás a la
multitud de curiosos, le pregunto:
—Por favor,
maestro, ¿puedo invitarle a una taza de té? Me gustaría hacerle algunas
preguntas acerca del dharma.
Él acepta no sin
antes haber dejado escapar un largo sus¬piro.
Con el rostro
demacrado, pero lleno de vitalidad, no parece tener más de cincuenta años. Con
las perneras de los pantalo¬nes arremangadas, avanza a paso ligero. He de
acelerar el paso para darle alcance:
—Maestro, viéndole,
se diría que parte usted para un largo viaje.
—Voy primero al
Jiangxi a hacer una visita a algunos viejos bonzos, luego iré también a otros
muchos lugares.
—También yo quiero
aislarme del mundo, pero no soy tan perseverante y sincero como usted, pues a
usted le mueve un fin sagrado.
Necesito encontrar
el lenguaje adecuado para conmoverle.
—En realidad, el
verdadero viajero no debe tener meta al¬guna. En ese caso, será el viajero
perfecto.
—¿Es usted de esta
región, maestro? ¿Va a abandonar defi¬nitivamente su tierra natal para realizar
este viaje?
—La familia de todo
el que entra en religión está en todas partes, no tengo realmente una tierra
natal.
Me deja sin
palabras. Le invito a tomar el té en un parque. Escojo un lugar tranquilo,
apartado, para invitarle a sentarse. Le pregunto su nombre de religión, luego
intercambiamos nuestros nombres y apellidos. Guardo silencio.
Es él el primero en
retomar la palabra:
—Pregúnteme sobre
todo lo que usted quiera, el que ha entrado en religión puede hablar de todo.
Voy, pues, directo
al grano:
—Me gustaría saber
por qué se hizo bonzo, si no tiene inconveniente en decírmelo.
Ríe con dulzura y
sorbe un trago de té tras haber soplado ligeramente para apartar las hojas que
flotan en la superficie de la taza, luego me mira fijamente:
—No es usted un
viajero normal y corriente, ¿tiene alguna tarea que cumplir?
—No, claro que no,
no tengo que llevar a cabo ninguna investigación, y cuando le veo a usted tan
activo, no puedo dejar de sentir admiración. Yo no tengo ninguna meta precisa,
pero tampoco consigo abandonarlo.
—¿Abandonar el qué?
—pregunta con la misma sonrisa.
—El mundo de los
hombres.
Y estallamos a reír
los dos.
—Basta con tomar la
decisión —dice él con franqueza.
—Es cierto
—corroboro yo asintiendo con la cabeza—, pero quisiera saber cómo lo hizo
usted.
Sin escurrir el
bulto, me cuenta entonces toda su historia.
Me dice que, a los
dieciséis años, cuando estaba todavía estudiando en el colegio, tomó parte
durante un año entero en la revolución como guerrillero en las montañas. A los
diecisie¬te años, volvió a la ciudad con el ejército regular. Allí asumió la
gestión de un banco y habría podido convertirse en un diri¬gente. Sin embargo,
no dejó de reclamar el poder seguir estu¬dios de medicina. Una vez se hubo
sacado el título, fue nom¬brado mando de la oficina de higiene municipal, pero
persistía en querer convertirse en médico. Más tarde, tuvo un enfrentamiento
con el secretario del Partido de su hospital, fue expul¬sado del mismo, tachado
de «derechista» y mandado al campo a cultivar la tierra. Terminó por
convertirse en médico duran¬te algunos años, cuando se fundó un hospital en su
comuna popular. Entretanto, se casó con una campesina que le dio tres hijos.
¿Quién hubiera dicho que iba a creer en Dios? Al tener noticia de que un
cardenal enviado por el Vaticano se hallaba de visita en Cantón, viajó allí
expresamente para conocer por él el verdadero significado de la religión
católica. Resultado: no sólo no tuvo ocasión de ver al cardenal, sino que
además resultó sospechoso de querer entrar en contacto con el extran¬jero, y
esta sospecha se convirtió en un cargo contra él. Expul¬sado de su puesto en el
hospital de la comuna, siguió estudian¬do por su cuenta la medicina china y
ganándose la vida mez¬clándose con vagabundos y charlatanes. Un buen día, se
dio cuenta de repente de que el catolicismo occidental resultaba inaccesible y
que era preferible, por consiguiente, volver a las tradiciones ancestrales y
renunciar resueltamente a su familia. A partir de aquel día, se hizo bonzo.
Concluye su relato con una gran carcajada.
—¿Sigue pensando en
su familia?
—Pueden satisfacer
sus necesidades.
—¿No siente
realmente ninguna preocupación por ellos?
—El discípulo de
Buda no siente ni inquietud ni odio.
—¿Es que le odian?
Dice que prefiere
no saberlo. Llevaba muchos años en el templo cuando su hijo mayor vino a verle
para informarle de que había sido totalmente rehabilitado. Si regresaba, podría
disfrutar de un trato de viejo mando revolucionario, podría retomar su trabajo
y, por último, percibiría una gran suma, correspondiente a los salarios
adeudados desde hacía un buen número de años. Le dijo que no quería ni un fen,
que no te-nían más que repartirse ese dinero. Dado que había una rela¬ción de
causa y efecto, ellos no tenían por qué ser víctimas de la misma injusticia que
él. A continuación, su hijo no volvió más y su familia le perdió totalmente el
rastro.
—Ahora, ¿vive usted
de las limosnas que le dan por los caminos?
Me explica que los
hombres se han vuelto malvados, que las limosnas reportan menos que la
mendicidad. Vive sobre todo del ejercicio de la medicina, pero para esto se
viste de paisano a fin de no dañar la imagen de su religión.
—¿Se tolera ese
tipo de arreglo por parte de los discípulos del budismo?
—Buda vive en los
corazones.
Estoy convencido de
que ha llegado a liberarse de todos sus tormentos interiores, parece estar
totalmente en paz consigo mismo. Va a partir lejos y está contento por ello.
Le pregunto cómo se
las arreglará para alojarse a lo largo del camino. Dice que, en los templos, le
basta con enseñar su acreditación de bonzo para ser acogido en ellos. Pero
actual¬mente las condiciones son malas un poco por todas partes, pues los bonzos
no son numerosos, todos trabajan para ganar¬se el sustento y no le permiten
quedarse por mucho tiempo, pues nadie hace ofrendas a los templos. Tan sólo los
grandes templos reciben algún subsidio del Estado, casi insignificante.
Naturalmente, él no quiere ser una carga para otros bonzos. Dice que tiene alma
de viajero, que ha ido ya a numerosas montañas célebres. Se siente con una
salud de hierro, capaz de recorrer aún diez mil lis.
—¿Podría ver esa
acreditación?
Tengo la impresión
de que me sería aún más útil que mi car¬net de escritor.
—No hay nada
secreto, los discípulos de Buda no cultivan el misterio, están abiertos a
todos.
Extrae de su pecho
una gran hoja de papel doblada en la que hay impreso un Buda Tathagata, sentado
en postura de medi¬tación en un trono en forma de flor de loto, la cabeza alta,
marcado con un enorme sello bermellón. Figura asimismo el nombre de religión
del maestro que le rasurara la cabeza y que le ordenara sacerdote. Por último
están anotados sus estudios en religión y su grado. Es maestro de la ley, puede
por tanto explicar las sutras y presidir ceremonias.
—Un día, partiré
tal vez con usted —digo medio en broma.
—Es el destino
—responde él con gran sinceridad. Luego se levanta, junta las dos manos y se
despide con un saludo.
Se va muy deprisa.
Le sigo un momento, pero se pierde rápidamente entre la multitud de paseantes.
Comprendo que no he roto aún con mis raíces terrenales.
Más tarde, delante
del templo Guoqing, al pie de los mon¬tes Tiantai, frente a la pagoda de las
reliquias que data de época Sui, mientras examino una inscripción lapidaria,
oigo involuntariamente una conversación.
—Deberías regresar
conmigo —dice una voz masculina desde el otro lado de la pared de ladrillo.
—No, vete —responde
otra voz de hombre, pero más ní¬tida.
—Si no lo haces por
mí, piensa en tu madre.
—Dile únicamente
que estoy muy bien.
—Ha sido ella la
que ha querido que viniera, está enferma.
—¿De qué?
—Se queja
continuamente de dolores de estómago.
El hijo no dice
nada más.
—Tu madre me ha
dicho que te traiga un par de zapatillas.
—Ya tengo.
—Son las zapatillas
de deporte con que siempre habías soñado para jugar a baloncesto.
—¡Son muy caras!
¿Por qué las habéis comprado?
—Pruébatelas.
—Ya no juego al
baloncesto, aquí, no podría ponérmelas, llévatelas de nuevo. Aquí nadie lleva
este tipo de zapatillas.
Es por la mañana,
los pájaros cantan en el bosque. En medio del piar de los gorriones, un zorzal
silba un canto embelesador, pero está oculto por las tupidas hojas de los
ginkgos, es impo¬sible ver la rama en que está encaramado. Luego, se presentan
cotorreando unas urracas. Detrás de la pagoda de ladrillo, reina el silencio.
Creyendo que los hombres se han ido, doy la vuelta al edificio. Descubro
entonces a un muchacho, con la cabeza alzada, escuchando cantar a los pájaros;
lleva el cráneo rasurado, pero no ha recibido aún la tonsura. Viste una corta
camisa de monje: lleno de gracia, el rostro sonrosado, no tiene la tez
amarillenta de los bonzos que han hecho abstinencia durante largo tiempo. Su
padre tiene aspecto de campesino, rebosa también vigor, y sostiene aún en la
mano las zapatillas de baloncesto nuevas de blancas suelas, a rayas rojas y
azules, que acaba de sacar de su caja. Supongo que se trata de un padre que
querría obligar a su hijo a casarse. ¿Se hará bonzo este muchacho?
48
Tienes ganas de
contarle una anécdota que data de la dinastía de los Jin. La historia de una
monja que va a pedir limosna a la puerta de la residencia de un gran general
conocido por su arrogancia. De acuerdo a la costumbre, fue anunciada al
intendente que la gratificó con un cartucho de mil sapecas. La monja lo
rechazó, diciendo que quería ver a su benefactor. El intendente no pudo sino
transmi¬tirle su solicitud al intendente en jefe que, para quitárselo de
encima, ordenó a su servidor que le trajera un lingote de plata. Quién se
hubiera imaginado que la monja lo rechazaría tam¬bién y reclamaría ver al
general en persona, afirmando que éste se hallaba en peligro, y que ella había
venido expresamen¬te a rezar por él. El intendente en jefe no pudo sino referir
esto y el general ordenó que la trajeran a su presencia.
Cuando vio su
rostro de rasgos muy finos y serenos a pesar del polvo que lo recubría, el
general pensó que no podía ser una estafadora o una mujer que se dedicara a las
prácticas má¬gicas, y le preguntó qué deseaba. La monja avanzó, saludó con la
manos juntas, luego retrocedió y afirmó que había oído decir desde hacía tiempo
que el general era persona de gran generosidad y clemencia. Había venido de
lejos expresamente a aquel lugar para practicar largos días la abstinencia por
el alma de su difunta madre. Al mismo tiempo, imploraba al bodhisattva para que
dispensase la felicidad al general y le protegiera de toda desgracia. Por
último, el general orde¬nó al intendente acondicionar una habitación en el
patio inte¬rior y a su servidor preparar una mesa con incienso en la gran sala.
A partir de aquel
día, los golpes asestados en los peces de madera resonaron de la mañana a la
noche en la residencia. Pasaba el tiempo, y el general se sentía cada vez más
apacigua¬do y no dejaba de crecer su respeto hacia la monja. Sin embar¬go, cada
tarde, ésta se pasaba una hora tomándose un baño. El general no salía de su
asombro: ella iba rapada y no tenía, por consiguiente, que peinarse y
acicalarse como una mujer nor¬mal. ¿Por qué este baño, simple ceremonia de
purificación del corazón antes de cambiar el incienso, duraba tan largo rato?
Máxime cuando durante todo ese tiempo se oía correr el agua sin cesar. ¿Se la
derramaba por encima sin interrupción? Comenzaba a dominarle la curiosidad.
Un día en que ella
se estaba aseando, él se introdujo en el patio interior. Los golpes asestados
en los peces de madera cesaron de repente. Un instante más tarde, oyó el ruido
del agua. Sabía que la monja iría a quemar incienso y se dirigió a la gran sala
para esperarla. El ruido del agua era cada vez más fuerte y resonaba
ininterrumpidamente. Entró en sospecha y bajó los escalones. La puerta de la
habitación de la monja esta¬ba entreabierta. Avanzó decididamente para mirar al
interior y la descubrió, con el rostro vuelto hacia la entrada, totalmente
desnuda, sentada sobre sus dos piernas cruzadas, con la jofaina cogida con
ambas manos para lavarse la cara. Su tez, normal¬mente cubierta de polvo, se
había vuelto sonrosada y los dien¬tes blancos, las mejillas empolvadas y la
nuca como de jade, la espalda lisa y las nalgas redondas, una verdadera
figurita de jade. Se apartó inmediatamente y regresó a la gran sala, a fin de
recobrarse de la impresión sufrida.
El ruido del agua
resonaba aún en la habitación, atrayéndo¬le a pesar suyo. Recorrió el pasillo
de puntillas y volvió delan¬te de la habitación. Conteniendo la respiración,
aplicó un ojo a la ranura de la puerta y entrevió diez dedos muy finos que se
abrían para masajear dos pechos llenos, blancos como la nieve, embellecidos por
dos botones de flor prestos a abrirse. La piel húmeda se erizaba ligeramente y
una fina línea se dibujaba desde el ombligo hasta el pubis. El general cayó de
rodillas debido a la sorpresa, incapaz de volver a levantarse.
Luego vio dos manos
blancas que sacaban unas tijeras de la jofaina, cerraban las dos hojas y las
clavaban con fuerza en el vientre. La sangre fresca, de un rojo intenso, brotó
debajo del ombligo. Aterrado, el general no se atrevía a moverse y cerró los ojos.
Un instante más
tarde, se reanudó el ruido del agua. Volvió a abrir los ojos y, fascinado, vio
a la monja de rapada cabeza bañada en sangre, pero sus manos no cesaban de
agitarse ¡para sacarse las vísceras y colocarlas dentro de la jofaina!
Nacido en el seno
de una vieja familia de generales, este hombre había vivido innumerables
batallas. No se desmayó. Tomó una larga bocanada de aire fresco y, frunciendo
el ceño, decidió aclarar las cosas. En ese instante, la monja no presen¬taba el
menor rastro de sangre en su rostro. Con los ojos cerra¬dos, los párpados
caídos, los labios amoratados, temblaba ligeramente. Parecía gemir, pero no
resultaba perceptible ningún sonido. Sólo el ruido del agua seguía resonando.
Con sus dos manos
ensangrentadas, cogió sus intestinos que masajeó con la punta de los dedos, los
lavó minuciosamente y acto seguido pasó un largo rato colocándoselos sobre los
ante¬brazos. Cuando hubo terminado de lavarlos, arregló sus entra¬ñas, las levantó
y volvió a colocárselas dentro del vientre. Con la ayuda de un cacillo lleno de
agua, se lavó sucesivamente los brazos, el pecho, los pliegues de la ingle, los
pies e incluso los dedos de éstos, como si tal cosa. El general se levantó a
toda prisa, regresó a la gran sala y la esperó de pie.
Un instante más
tarde, la puerta se abrió y apareció la monja, llevando su rosario. Iba
totalmente vestida, avanzó hasta el altar donde el incienso acababa de apagarse
en el pebe¬tero. Encima de la varilla, un hilillo de humo agonizaba. Fue a
cambiarlo tan tranquila.
Como si despertara
penosamente de un sueño incompren¬sible, incapaz de contenerse, el general se
puso a interrogar a la monja. Ella respondió con voz inmutable: «Señor, si
aspiráis al trono, vuestra suerte será la misma que acabáis de ver». Y desde
ese día, el general que, de hecho, fomentaba una conju¬ra para apoderarse del
trono, se sintió fuertemente decepcio¬nado y no se atrevió ya a apartarse del
recto camino, conser¬vando su reputación de ministro general íntegro. Al
principio, esta historia tenía, pues, un significado político.
Tú dices que,
cambiando la conclusión, puede hacerse de ella un sermón moralizador, poniendo
en guardia al género humano contra la lujuria.
Esta historia puede
constituir también una enseñanza reli¬giosa que incite a los hombres a
convertirse al budismo.
Puede ser
igualmente considerada como una filosofía de vida, que enseña al hombre de bien
que debe efectuar cada día tres exámenes de conciencia, o mostrar que la vida
humana no está hecha más que de sufrimiento, o bien que los sufrimientos de la
vida no dependen más que de uno mismo, o también cabe deducir de ella otras
muchas teorías sutiles y refinadas. Todo depende de la explicación última que
dé de ella el narrador.
Además, el
protagonista de esta historia, el gran general, posee un nombre y un apellido
que pueden ser contrastados en los libros de historia y en los documentos
antiguos. Tú no eres historiador y careces de ambición política. Y menos aún
tienes intención de ser un maestro del tao, de predicar o de proponerte como
modelo. Lo que te gusta es la historia en sí, en su pureza perfecta. En
realidad ninguna explicación tiene incidencia directa sobre ella. Te contentas
con contarla una vez más por mediación del lenguaje.
49
En una vieja calle
del pueblo, delante de un pequeño bazar, ha instalado los dos tableros de su
puesto de caligrafía. Cuelgan de ellos unas sentencias paralelas de la buena
fortuna trazadas sobre un papel de parafina rojo. «Dragones y fénix conducen a
la felicidad, un casamien¬to llama a la puerta», «Encontrar la felicidad fuera,
recoger el dinero del suelo», «Un comercio floreciente en los cuatro mares, una
riqueza próspera en los tres ríos». Se trata de esas viejas sentencias que
fueron sustituidas por citas y eslóganes revolucionarios. Otras dos dicen:
«Cuando se conoce a un hombre, una sonrisa vale tres partes de la felicidad»,
«La des¬gracia involuntaria desaparece por sí sola». No sé si es él quien las
ha compuesto o las ha heredado de sus antepasados. Escribe en un estilo
florido: el trazo de los caracteres está bastante logrado, se dirían poco menos
que talismanes taoístas.
Ya bastante entrado
en años, está sentado detrás de su pues¬to, ataviado con un traje de estilo
antiguo con dos faldones cruzados y tocado, en lo alto del cráneo, con una
vieja gorra militar de colores desvaídos que le da un aire cómico. En su
puesto, veo también una brújula de los ocho trigramas que hace las veces de
pisapapeles. Me acerco para entablar conver¬sación.
—¿Marcha el
negocio?
—Marcha.
—¿Cuánto cuesta un
juego de dos sentencias?
—Los hay de dos o
tres yuanes, eso depende del número de caracteres.
—¿Y concretamente
por el carácter «felicidad»?
—Un yuan.
—¿Por un solo
carácter?
—Sí, pero se lo
haré delante mismo de usted.
—¿Y por un talismán
que ahuyente catástrofes e infortu¬nios?
—Eso no es fácil de
escribir —dice alzando la cabeza hacia mí.
—¿Por qué?
—Es usted mando,
sabe bien por qué.
—No soy mando.
—Pero bien que come
de la olla del Estado —afirma de manera categórica.
—Anciano —digo yo
acercándome—, ¿no será usted monje taoísta?
—Hace ya mucho que
no ejerzo.
—Me lo temía, pero
me gustaría saber si se acuerda aún de los ritos taoístas.
—Por supuesto, pero
el Gobierno tiene prohibidas las supersticiones.
—Nadie le pide que
se entregue a las supersticiones. Yo recopilo las músicas que acompañan a las
oraciones, ¿podría cantarme alguna? La Asociación Taoísta de los montes
Qingcheng ha reanudado ahora oficialmente sus actividades: ¿qué teme usted?
—Hay un gran
templo, pero a nosotros, los practicantes taoístas de aldea, no se nos deja
ejercer.
Aún estoy más
interesado:
—Es justamente un
practicante como usted lo que ando buscando. ¿Podría cantarme una o dos
estrofas? Por ejemplo, las plegarias para los enterramientos o la oración para
ahuyen¬tar las desgracias y espantar a los fantasmas.
Canta dos versos y
se detiene al punto:
—No es bueno
provocar así a los diablos y a los dioses, pri¬mero hay que implorar y quemar
incienso.
Mientras canta, se
han acercado varias personas y una de ellas le reconviene, desencadenando un
estallido de risa general.
—¡Eh tú, viejo,
cántanos alguna cosa un poco más ligera!
—Voy a cantaros una
canción montañesa —declara enton¬ces el anciano como para darse ánimos a sí
mismo.
—¡Venga, venga!
—exclama la gente.
De repente el
anciano entona con voz sobreaguda:
La pequeña hermana
de la montaña recoge el té,
en la llanura tu
prometido ha cortado los juncos,
provocando que los
patos mandarines emprendieran el vuelo hacia ambos lados,
pronto una pareja
formarán la pequeña hermana y su prometido.
La gente le aclama,
luego algunos le animan con fuerza:
—¡Canta una canción
ligera!
—¡Venga, viejo!
El anciano agita la
mano en dirección de la gente:
—Imposible,
imposible, pues si lo hago será una falta grave.
—¡No es tan grave
cantar una canción!
—¡No te preocupes
por ello, viejo, canta!
La multitud
vocifera, la callejuela está atestada de gente, las bicicletas que ya no pueden
pasar hacen sonar sus timbres.
—¡Bueno, vosotros
lo habéis querido! —dice el anciano levantándose, incitado por la multitud.
—¡Cántanos la
canción del mono con el sombrero de piel de sandía que entra en la habitación
de las mujeres!
Todos aclaman la
elección propuesta. El anciano se seca un poco la boca y se dispone a cantar
cuando de repente dice en voz baja:
—¡La policía!
Todo el mundo
vuelve la cabeza. No lejos, un policía patru¬lla, cubierto con su amplia gorra
blanca adornada con una cinta roja.
—¿Qué mal hacemos
con ello?
—¿Es que no se
puede bromear un poco, eh?
—¡La policía no se
ocupa de este tipo de cosas!
—Decid lo que
queráis, pero despejad, ¿u os creéis que mi negocio va a funcionar así? —espeta
el anciano volviéndose a sentar.
Una vez que el
policía se presenta, el gentío se dispersa de mala gana. Yo le pregunto:
—Anciano, ¿puedo
invitarle a venir a cantar a mi habita¬ción? Una vez que haya recogido su
puesto, le llevaré primero a comer al restaurante y a tomar algo conmigo, ¿de
acuerdo?
El anciano se
siente atraído por la propuesta:
—De acuerdo,
cierro. Recogeré mi muestrario, espere a que haya guardado mis tableros.
—Pero le hago
perder tiempo —le digo a manera de excusa.
—No pasa nada,
somos amigos. No me gano la vida con esto. Vengo a la ciudad a vender
caligrafías para ganar un poco más de dinero. Si no hiciera más que esto, haría
mucho tiem¬po que me hubiera muerto de hambre.
Me voy yo primero a
encargar unos platos y bebida a una fonda que hay en la esquina de la calle. Un
instante más tarde, llega él, trayendo dos cestas en palanca.
Charlamos mientras
comemos. Me explica que a la edad de diez años, su padre le envió a un
monasterio taoísta para ayu¬dar en las cocinas, conforme a la voluntad de su
abuelo enfer¬mo. Aún es capaz de recitar a la inversa, sin trabucarse, el
manual que el viejo maestro taoísta le diera. A la muerte de su maestro, tomó
en sus manos el monasterio y conoció todas las ceremonias rituales. A
continuación, durante la reforma agra¬ria, no pudo seguir siendo sacerdote y el
Gobierno exigió que regresara a su aldea a trabajar la tierra. Cuando le
pregunto respecto a la geomancia, la conducción de los cinco truenos, el
pataleo de la Osa Mayor, la palpitación de los huesos del ros¬tro, él lo conoce
todo. Estoy encantado. Pero la fonda está llena de campesinos que han hecho
negocios y ganado dinero. Le digo que tengo un magnetófono en mi mochila y que
todo cuanto me explica constituye un documento inestimable. Quiero que venga a
mi hotel después de la comida, podrá reci¬tar y cantar a su antojo. Se seca la
boca:
—Coja la bebida,
beberemos en mi casa. En casa, tengo el hábito y los accesorios necesarios.
—¿Tiene también el
cuchillo de sacerdote que ahuyenta a los fantasmas?
—Por supuesto.
—¿Y también las
tablillas que permiten ahuyentar a los espíritus y destituir a los generales?
—Tengo también los
gongs y los tambores, todo lo preciso para las ceremonias. Se lo dejaré ver
todo.
—¡De acuerdo! —digo
descargando un golpe sobre la mesa—. Iré con usted.
—¿Su casa está en
la capital?
—No está lejos, no
está lejos. Voy a dejar mi palanca en casa de alguien, usted vaya por delante y
espéreme en la estación de autobuses.
Apenas cinco
minutos más tarde, llega a paso ligero y me acucia para que suba en un autobús
que está a punto de salir. Subo sin pensármelo dos veces. El autobús corre sin
hacer nin¬guna parada y veo a través de las ventanas los últimos resplan¬dores
del sol desaparecer tras las montañas. Cuando llega al final de línea, una
pequeña localidad, debemos de haber reco¬rrido desde la cabeza de distrito una
veintena de kilómetros. El autobús vuelve a salir enseguida, es el último del
día.
La pequeña
localidad está en realidad constituida por una sola calle de unos cincuenta
metros de longitud como máxi¬mo. Ignoro si hay alguna posada aquí. El me dice
que espere un poco y entra en una casa. Pienso que, si estoy aquí con este
hombre cálido, es porque debe de tratarse de un encuentro predestinado. Vuelve
a salir de la casa trayendo en ambas manos una cubeta medio llena de queso de
soja y me invita a seguirle.
A la salida de la
localidad, por el camino de tierra, comienza a caer la noche.
—¿Vive usted en una
aldea próxima a la localidad?
—No está lejos —se
limita responder.
Pronto, ninguna
vivienda resulta ya visible y la noche se adensa. Por doquier, en los
arrozales, resuena el croar de las ranas. Estoy un poco inquieto, pero apenas
si me atrevo a hacer ninguna pregunta. Detrás de mí se deja oír el hipido del
motor de un motocultor. Enseguida, mi compañero le hace grandes señas y corre
en su persecución. Yo le alcanzo y salto dentro del remolque. Recorremos una
docena de lis más por este camino de tierra, sacudidos como pequeños guisantes
dentro de un remolque vacío. En la noche cerrada centellea, cual tuerto, el
faro amarillo del motocultor que ilumina una veintena de pasos por delante el
camino lleno de baches. Ni el menor peatón. El viejo no cesa de charlar a voz
en grito en dialecto local con el conductor, como si discutiesen, pero yo me
consigo pescar ni una sola de sus palabras debido al ruido del motor. Aun
cuando estén decidiendo cómo liquidarme, no puedo hacer otra cosa que
encomendarme al cielo.
Terminamos por
llegar al final del camino. Allí se alza una casa sin luz: el propietario del
motocultor ha llegado a su casa. Después de abrir la puerta, los dos hombres se
reparten algu¬nas porciones de queso de soja en la cubeta. Siguiendo a mi guía,
me adentro a tientas por un sendero que serpentea entre los diques de los
campos.
—¿Queda aún lejos?
—No está lejos, no
está lejos —repite él.
Por suerte él
camina delante. Si deja en el suelo su cubeta y despliega sus artes de kung-fu
—pues sé que todos los viejos taoístas son unos apasionados de ellas—, no me
quedará más remedio que arrojarme en un arrozal y rodar por el barro. Ahora,
unas montañas se reflejan en los arrozales en terraza, el croar de las ranas no
menudea ya. Trato de reanudar la con¬versación. Le pregunto primero por la
cosecha, luego sobre las dificultades que encuentra. Dice que es imposible que
la gente se enriquezca dependiendo exclusivamente de la tierra. Este año ha
gastado tres mil yuanes para transformar en estánque dos hectáreas de arrozal.
Le pregunto si cría tortugas, pues actualmente en la ciudad está de moda comer
su carne. Se dice que es anticancerígena y que además es nutritiva. Se venden
muy caras. El dice que puso unos alevines y que si tuviera tortugas se los
comerían todos. Ahora, no le falta dine¬ro, sino que la madera es difícil de
adquirir. Tiene seis chicos, pero sólo el mayor está casado, los otros esperan a
construirse una casa para dejar a la familia. Me siento más tranquilizado y
contemplo las estrellas, disfrutando del espectáculo de la noche.
En la sombra de la
montaña, delante de nosotros, brilla el resplandor de un fuego. Hemos llegado.
—Ya le dije que no
estaba lejos.
Evidentemente, los
habitantes del campo tienen su propia noción de las distancias.
Pasadas las diez de
la noche, llego así pues a una pequeña aldea de montaña. En la entrada de su
casa quema incienso en honor de numerosas estatuas de madera o de piedra más o
menos maltrechas. Deben de haber sido recuperadas de algún templo al ser destruido
durante la lucha contra «las cuatro antiguallas», más de una década atrás.
Ahora puede exponer¬las públicamente y en las vigas del techo hay pegados unos
talismanes. Salen los seis hijos, el mayor de dieciocho años, el más joven de
once. Sólo el mayor de ellos no se encuentra allí. Su mujer es menudita y su
anciana madre octogenaria es aún muy vivaracha. Su mujer y sus hijos se
muestran muy solícitos conmigo, soy un huésped distinguido a sus ojos. No sólo
van a buscar agua para que me enjuague la cara, sino que quieren también que me
lave los pies y hacerme poner los zapatos de tela del amo de casa. Por último,
preparan una infusión de té para mí.
Un instante
después, los hijos traen gongs, tambores y cím¬balos, un pequeño y un gran gong
cuelgan de un marco de madera. Al punto se eleva la música y el viejo baja a la
planta baja con paso lento y majestuoso. Ha cambiado totalmente de aspecto, va
vestido con gran solemnidad con un viejo hábito morado de monje taoísta,
apedazado y adornado con unos peces yin y yang y figuras de ocho trigramas.
Enciende perso¬nalmente una varilla de incienso y hace una profunda
inclina¬ción delante de la hornacina de las divinidades. Los aldeanos de todas
las edades, despertados por el gong y el tambor, se apretujan en el exterior,
en el umbral de la puerta. La escena se transforma en una animada sesión
ritual. No me ha mentido.
Eleva primero con
ambas manos el cuenco de agua pura mascullando algo, luego asperja con el agua
los cuatro rinco¬nes de la estancia. Cuando el agua rocía los pies de la gente
apretujada en el umbral de la puerta, se alza una gran algara¬bía mezclada de risas.
Únicamente él permanece con expre¬sión inmutable, los ojos entornados, las
comisuras de la boca hacia abajo, ostentando la solemnidad de quien está en
comu¬nicación con los espíritus. Sin embargo, la gente se ríe cada vez más
fuerte. De pronto, se alza las mangas de su hábito y golpea violentamente con
unas tablillas sobre la me¬sa, haciendo detenerse en seco las risas. Se vuelve
y me pre¬gunta:
—Puedo cantar el
canto del año del gran viaje, el canto por la buena y mala fortuna de las nueve
estrellas, el canto de los descendientes, el canto de la metamorfosis, la
fórmula de pre¬sagio de los cuatro desastres, la llamada de los nombres
mági¬cos de los antepasados, las oraciones por el dios de la Tierra, la llamada
al alma de la Osa Mayor. ¿Cuál le gustaría escuchar?
—Bueno, en primer
lugar la llamada al alma de la Osa Ma¬yor.
—Está destinada a
proteger a los muchachos de las enfer¬medades y de las catástrofes. ¿A qué niño
quiere proteger usted? Dígame su nombre y los datos y hora de su nacimiento.
—Tú mismo, Pequeño
Perro —propone alguien.
—No, yo no.
Un chaval sentado
en el umbral de la puerta se pone en pie y va a esconderse entre el gentío.
Nuevo estallido general de risas.
—¿De qué tienes
miedo? Si el viejo te hace eso, no tendrás ya enfermedades —dice una mujer.
El chaval,
refugiado detrás de la multitud, no quiere hacer ya acto de presencia.
Agitando sus
mangas, el anciano me explica:
—Bueno,
normalmente, hay que preparar un cuenco de arroz, hacer cocer un huevo de
gallina, ponerlo dentro del cuenco de arroz y ofrecerlo mientras se quema
incienso. El niño debe prosternarse delante del altar y se implorará a los
reyes de las cuatro direcciones, el Señor de la Estrella de lon¬gevidad del
Sur, los Nueve Señores de la Estrella Polar, los dioses santos protectores del
país, los padres y madres difuntos de la familia, los descendientes del Genio
del Hogar, para que todos ellos bendigan al niño.
Diciendo esto,
levanta su cuchillo de ceremonia, da un salto en el aire y se pone a cantar a
voz en cuello:
—¡Alma, alma,
regresa pronto! Al este, el niño de las ropas azules, al sur, el niño de las
ropas rojas, al oeste, el niño de las ropas blancas que te protege, y el niño
de las ropas negras que está al norte te acompaña. Alma extraviada, alma
viajera, no viajes más, largo es el camino, no es fácil regresar a casa. Toma
una regla de jade para medir el camino, por si llegaras con las tinieblas. Si
caes en las redes celestiales y terrenales, las corta¬ré con las tijeras. Si
tienes hambre y sed, si estás fatigada, tengo arroz para ti. ¡No escuches los
cantos de los pájaros en los bosques, no mires a los peces en los profundos
estanques, si mil veces te llaman, no respondas, alma, alma regresa pron¬to a
casa! ¡Los espíritus te protegen, no dejes de acumular vir¬tudes! ¡A partir de
ahora, el alma hun permanece íntegra, el alma bo se protege, el frío y el
viento no pueden penetrar, el agua y la tierra no se sentirán ofendidas, los
jóvenes son fuertes, los viejos robustos, se vive cien años gozando de buena
salud!
Agita su cuchillo
de ceremonia y describe un gran círculo en el aire. Hinchando las mejillas,
sopla a pleno pulmón en su cuerno. Luego se vuelve hacia mí:
—Si trazo también
un talismán, el que lo lleve no conocerá más que la fortuna.
No consigo darme
cuenta de si él mismo cree en sus proce¬dimientos mágicos, pero en cualquier
caso agita sus manos y sus pies con convicción y ostenta una expresión de gran
satis¬facción. Organizar esta ceremonia en su propia morada, ani¬mado por sus
hijos, respetado por los habitantes de la aldea y más aún en presencia de un
invitado de fuera, le lleva por supuesto al colmo de la excitación.
A continuación
encadena imprecación tras imprecación, invoca a cielo y tierra, el sentido de
sus palabras es cada vez más confuso, sus gestos cada vez más enloquecidos. En
torno al altar, despliega sus artes pugilísticas y en el manejo de la espada.
Sus hijos acompañan sus transformaciones, siguiendo el ritmo de sus pasos y de
su melodía con la ayuda de gongs y de tambores, que tocan con fuerza creciente.
Sobre todo el más joven de los seis, que toca el tambor: se ha quitado
decidi¬damente la camisa, dejando brillar su piel negra y sobresalir los
músculos de sus hombros. Detrás de la puerta se agolpan espectadores cada vez
más numerosos. Los que están en pri¬mera fila reciben tantos empujones que se
han sentado en el suelo. Al término de cada canto, todo el mundo aclama y
aplaude siguiéndome a mí. El anciano se siente cada vez más dichoso. Hace una
demostración de todos los movimientos de artes marciales que conoce, sin el
menor temor, invoca uno tras uno a todos los espíritus que posee en sí, en un
estado de semiebriedad, de semilocura. No se detiene para recuperar el aliento
hasta que yo doy la vuelta al casete de mi magnetófono. En la estancia y
afuera, la excitación del gentío está su punto álgido. La gente ríe, se
interpela, parlotea. Incluso las grandes reuniones de campesinos no deben de
ser tan animadas.
Mientras se seca
con una toalla, se dirige a las niñas que tenía delante de sí:
—Cantad, vosotras
también, para el profesor.
Las chiquillas ríen
burlonamente entre ellas, cotorrean durante un momento dándose empujones unas a
otras antes de hacer salir de su grupo a una niña llamada Maomei. Gra¬ciosa, no
cuenta más que catorce o quince años, pero no tiene aire de tímida del todo.
Pregunta guiñando sus grandes ojos redondos:
—¿Cantar qué?
—Una canción
montañesa.
—¡Voy a cantar «La
boda de las hermanas»!
—¡Canta más bien
«Flores de las cuatro estaciones»!
Al lado de la
puerta, una mujer de mediana edad me reco¬mienda:
—Es mejor que cante
«La boda de las hermanas», pues es una bonita canción.
La muchacha me
mira, se inclina, luego desvía la mirada. Su voz cristalina se abre paso entre
la algarabía del gentío y se eleva directa en los aires. Me transporta al punto
a las montañas. El viento, los cristalinos y oscuros manantiales, las penas que
se pasan como la corriente lenta de las aguas, son a la vez lejanos y claros.
Imagino las antorchas de los viajeros en la negra sombra de la montaña. Delante
de mis ojos flota la visión de un ancia¬no, con una tea de abeto encendida en
la mano, que conduce a una muchacha de la misma edad que la joven cantora,
delgadí¬sima, con ropas de algodón estampado. Desfilan por delante de la puerta
del instructor de estudios de una pequeña aldea. Yo estaba en su casa
descansando, no sabía de dónde venían, ni adonde se dirigían, delante de ellos
una inmensa montaña de negros bosques profundos. Me dirigieron una mirada sin
detenerse, luego penetraron en el bosque. Una pavesa caída delante de la puerta
brilló todavía durante un instante. Cuando volví la mirada para dar con el
rastro de la antorcha, vi una minúscula llama danzar en la oscuridad, más allá
de las rocas. Flotaba en la noche negra y las pavesas que caían detrás de ella
trazaban levemente el camino que seguían. Luego todo desapareció, la pequeña
llama danzante, las pavesas, igual que una canción, un canto de tristeza puro y
luminoso flotando en la sombra de una estancia y en la mecha de una lámpara, no
mayor que un gui¬sante. En aquellos años, yo era como ellos, con los pies
desnu¬dos en los arrozales trabajando la tierra, y al caer la noche, la casa
del instructor era el único refugio donde podía charlar, tomar el té, sentarme
y distraerme de mi soledad.
La tristeza ha
afectado a todo el mundo, nadie dice una palabra. La muchacha ha parado de
cantar desde hace un buen rato, cuando otra, mayor que ella, apoyada contra la
puerta, deja escapar un profundo suspiro. Sin duda una muchacha que está a
punto de casarse:
—¡Qué tristeza!
Luego el gentío
reclama de nuevo:
—¡Canta una canción
ligera!
—¡Tío, canta «Las
cinco vigilias»!
—Canta «Las
dieciocho caricias».
Son sobre todo los
jóvenes los que le interpelan.
El anciano recupera
el aliento, se quita su hábito y se levan¬ta del banco para alejar a la joven
cantora y los niños pequeños sentados en el umbral de la puerta.
—¡Vamos, pequeños,
vamos, a acostaros! ¡Se acabaron los cantos, vamos, a acostaros!
Nadie quiere
marcharse. La mujer de mediana edad, de pie delante de la puerta, les llama
entonces uno por uno por su propio nombre. El viejo golpea con el pie en el
suelo, como si estuviera enfadado, y se pone a gritar:
—¡Salid todos!
¡Vamos a cerrar, a cerrar, id a dormir!
La mujer avanza por
la estancia y empuja a las chiquillas afuera mientras les grita a los chicos:
—¡Salid, vosotros
también!
¡Los jóvenes sacan
la lengua y lanzan un extraño grito!
—Yé...
Finalmente, dos
muchachas algo mayores abandonan obe¬dientemente la casa. La gente echa fuera a
los otros niños. La mujer va a cerrar la puerta y los adultos que se han
quedado en el exterior aprovechan la ocasión para introducirse en la estan¬cia.
Una vez echada la tranca, el calor aumenta, así como un fuerte olor a
transpiración. El anciano se aclara un poco la voz, escupe al suelo, guiña un
ojo hacia el gentío. Ha cambiado de fisonomía. Con expresión maliciosa, avanza
con andares de gato. Guiñando los ojos a los presentes, canta con voz
contenida:
El hombre prepara,
¿qué prepara?
prepara su bastón,
la mujer prepara,
¿qué prepara?
prepara su acequia.
El gentío le
aclama. El anciano se seca la boca con la mano:
El bastón ha caído
dentro,
¡se agita como una
locha!
Las carcajadas
estallan, la gente se parte de la risa, algunos patalean.
—¡Cántanos también
«El pequeño idiota se casa»! —se alza una voz.
Los jóvenes pegan
un grito:
—¡Tcha!
El anciano desplaza
la mesa a un lado y hace un espacio en medio de la estancia. Se acuclilla en el
suelo, cuando de repen¬te llaman a la puerta. Disgustado, pregunta:
—¿Quién hay?
—Yo —responde del
exterior una voz de hombre.
Abren la puerta y
entra un joven, con la chaqueta echada sobre los hombros, el cabello peinado
con raya. La gente cu¬chichea:
—El jefe de la
aldea, el jefe de la aldea, el jefe de la aldea...
El anciano se
levanta. El recién llegado muestra una sonrisita que refrena al punto cuando su
mirada cae sobre el mag¬netófono puesto sobre la mesa, luego se dirige hacia
mí.
—Es mi invitado.
El viejo se vuelve
para presentarme al joven.
—Es mi hijo mayor.
Le tiendo la mano.
Él se quita la chaqueta que lleva echada sobre los hombros y pregunta sin
estrechar la mano:
—¿De dónde viene?
—Es un profesor de
Pekín —se apresura a explicar el anciano.
Su hijo frunce el
ceño:
—¿Tiene usted una
carta oficial?
—Tengo un documento
—digo sacando mi carnet de miem¬bro de la Asociación de Escritores.
Él lo examina del
derecho y del revés, luego me lo devuelve.
—Si no tiene usted
una carta oficial, esto no sirve de nada.
—¿Qué clase de
carta oficial quiere usted?
—Una carta del
Ayuntamiento del cantón o bien un sello del Ayuntamiento del distrito.
—¡Pero si mi carnet
lleva el sello!
Se queda perplejo,
vuelve a coger el carnet y va a examinar¬lo atentamente bajo la lámpara. Me lo
devuelve una vez más:
—No se ve bien.
—¡He venido
especialmente de Pekín con el fin de recopi¬lar canciones populares!
No doy mi brazo a
torcer, por supuesto, sin andarme con muchos cumplidos. Como me mantengo firme,
se vuelve hacia su padre y le gruñe en tono severo:
—¡Papá, sabes
perfectamente que esto va contra los princi¬pios!
—Es un amigo al que
acabo de conocer.
El padre quisiera
continuar explicándose, pero delante de su hijo, jefe de la aldea, no se ve con
valor.
—¡Volved todos a
acostaros! Esto va contra los principios.
El hijo repite una
vez más esta frase a los presentes. Algu¬nos han ahuecado ya el ala y sus
hermanos menores han reco¬gido los instrumentos musicales y los utensilios. No
soy el único en sentirme decepcionado, pues el anciano está en verdad desolado,
como si hubiera recibido un jarro de agua fría en la cara. Toda su vitalidad y
su espíritu le han abandonado, tiene la mirada extraviada, se encoge de manera
que inspira lástima. Me siento obligado a explicarme:
—Su padre es un
artista popular como ya no quedan, he venido especialmente para instruirme con
él. Sus principios están bien, en principio, pero existen también principios
más elevados que están por encima de los suyos...
Sin embargo, sería
incapaz de explicarle en este momento cuáles son esos grandes principios.
—Vaya usted mañana
al Ayuntamiento del cantón, allí le dirán si esto es legal y regrese con un
sello.
Se aplaca un poco,
se lleva a su padre a un rincón y le cuchi¬chea alguna cosa más. Por último, se
echa de nuevo la chaque¬ta sobre los hombros y sale.
Una vez que todo el
mundo se ha ido, el anciano vuelve a echar la tranca a la puerta y se dirige
hacia la cocina. Un ins¬tante más tarde, su endeble mujer trae un gran cuenco
de queso de soja cocido con carne salada y toda clase de verduras en conserva. Yo
me niego a comer, pero el anciano insiste. En la mesa, nadie abre el pico. A
continuación, me instalo para dormir con él en una habitación que comunica con
la pocilga, al lado de la cocina. Es pasada la una de la noche.
Apenas la lámpara
ha sido apagada cuando los mosquitos atacan. Golpeo sin cesar mi rostro, mi
cabeza, mis orejas y mis manos. La atmósfera resulta asfixiante, reina en la
estancia un olor nauseabundo. El perro de la casa está excitadísimo a causa de
mi presencia. Entra y sale, provocando los gruñidos ince-santes de los cerdos
que se agitan sin cesar. Debajo de la cama, algunas gallinas que han olvidado
encerrar en el gallinero están también alteradas a causa del perro. Por
momentos, baten las alas. Por más que esté agotado, no consigo conciliar el
sueño. Poco tiempo después, un gallo debajo de la cama entona sus cocoricós,
pero el anciano sigue roncando. No sé si los mosquitos le pican o si pican
solamente a los desconocidos. A menos que mi amigo no pierda toda percepción
una vez caído en el sueño. No pudiendo aguantar más, me levanto resueltamente,
abro la puerta de la estancia principal y me quedo sentado en el umbral.
Se levanta un
viento fresco y dejo de sudar. A través de los contornos confusos de los
árboles del bosque, no discierno ninguna estrella en medio de la grisura de la
noche. La gente duerme aún profundamente en las dispersas casas de tejados de
negras tejas. Nunca habría imaginado que podría pasar una velada tan alegre en
esta pequeña aldea de montaña, de apenas una docena de hogares. La decepción de
haber sido interrum¬pido se disipa cuando se apodera de mí el fresco; lo que
normalmente llamamos la vida permanece en lo indecible.
50
¡Ella dice que
basta, que no cuentes más! Bordeas con ella la orilla abrupta del río cuyas
aguas se arremolinan con violencia. Delante de vosotros se extiende una
profunda ensenada. Cuando el agua entra en ella, describe un arco de círculo,
luego su superficie, per¬fectamente tersa, se vuelve de un verde oscuro, sin
una ola. El camino es cada vez más angosto. Ella no quiere seguir avan¬zando
contigo.
Dice que quiere
volver, tiene miedo de que la empujes den¬tro del río.
La cólera asciende
en ti, le preguntas si se ha vuelto loca.
Ella dice que es
justamente porque está con un demonio como tú por lo que está vacía, por lo que
su corazón ahora está tan seco; es imposible para ella no volverse loca. Sabe
muy bien que, si sigues caminando con ella a lo largo del río, es porque buscas
la primera ocasión para empujarla dentro del agua. Quieres ahogarla para que no
deje el menor rastro.
¡Vete al diablo! No
puedes dejar de insultarla.
Ella dice, ves,
ves, es eso lo que piensas verdaderamente, tu corazón es pérfido, en realidad
no la amas, si no la amas, pues tanto peor, pero ¿por qué querer seducirla?
¿Por qué atraerla delante de estas aguas profundas?
Distingues en su
mirada un espanto real, quieres acercarte para tranquilizarla.
¡No! ¡No! ¡Ella te
prohibe dar un paso más! Te suplica que te alejes, que le perdones la vida.
Dice que a la vista de este abismo sin fondo, su corazón se hiela de espanto.
Quiere vol¬ver enseguida, reencontrar su vida de antes: ella le acusó
equi¬vocadamente y se ha dejado llevar por un monstruo como tú a estos confines
desérticos. Quiere volver a su lado, reencontrar su pequeña habitación, y esta
vez podrá perdonarle todo, pese a que es siempre violento en sus relaciones
sexuales. Ella dice que ahora comprende que, precisamente por ser tan impulsivo
aquel al que ama, la brusquedad de su deseo no es sino una prueba de su fervor
hacia ella, pero ella no soporta ya tu frial¬dad, es cien veces más sincero que
tú, tú eres cien veces más hipócrita que él, en realidad, tú, hace mucho tiempo
que estás cansado de ella, pero no lo dices, tú la torturas mentalmente de una
manera aún más cruel de lo que la hacía sufrir él en su carne.
Ella dice que
piensa en él, que en casa de él después de todo ella era libre, que tiene
necesidad de un hogar donde poder refugiarse, lo único que quiere es
convertirse en ama de casa, él dijo que quería tomarla por esposa, y ella tiene
confianza en él, mientras que tú, estas mismas palabras, no han salido nunca de
tu boca. Cuando él hacía el amor con ella, le hablaba de otra mujer, pero era
únicamente para excitar su entusiasmo, mientras que tus palabras no provocan en
ella más que frialdad, acaba de darse cuenta de que la ama aún de verdad. He
aquí por qué está tan nerviosa, porque no está en su estado normal. Si se fue
no fue más que para hacerle sufrir a él a su vez, pero ahora ya basta. Ya se ha
vengado lo suficiente, tal vez hasta demasiado. Cuando él lo sepa, se va a
volver loco, de eso no cabe duda, pero a pesar de todo la querrá y sabrá
mostrarse indulgente con ella.
Dice que piensa
también en su familia, que aunque su madrastra sea mala, ella forma parte de
los suyos. Su padre debe de estar terriblemente inquieto, debe de buscarla por
todas partes, es peligroso a su edad.
Ella piensa también
en sus colegas de trabajo, aunque sean unos seres banales, avaros, celosos los
unos de los otros, el día en que una de ellas se compraba un vestido de moda,
nunca dejaba de dejárselo probar a sus amigas.
Piensa también en
esas sesiones de baile que eran siempre un aburrimiento, para las que una se
pone unos zapatos nue¬vos y se perfuma, con esa música y esos focos que la
hacen vibrar.
Y lo mismo la sala
de operaciones con su olor a medicamen¬to, su limpieza impecable, su orden
perfecto: cada frasco ocupa en ella un sitio preciso, uno los tiene siempre al
alcance de la mano, todo eso le resulta tan familiar, tan próximo. ¡Tiene que
abandonar este maldito lugar, esta Montaña del Alma, esto no son más que
tonterías!
Dice que eres tú
quien has declarado que el amor no era más que una ilusión de la que uno se
sirve para engañarse a sí mismo. Tú nunca has creído que pueda existir un amor
verda¬dero, ya sea el hombre que posee a la mujer, ya sea al contra¬rio. Y a
continuación hay que inventar toda suerte de bonitos cuentos para niños, para
que los espíritus débiles puedan encontrar refugio en ellos. Son tus propias
palabras, lo dijiste y luego lo has olvidado, puedes negar todo lo que has
dicho, pero la sombra que has dejado en su corazón es imposible de borrar.
¡Ella grita que ya no puede seguirte! Delante de esta ensenada en calma, estas
aguas profundas y sombrías, ella ya no puede avanzar más contigo hacia ese
abismo; ¡si haces un solo gesto hacia ella, te agarrará y ya no te soltará, te
arrastra¬rá a reunirte junto con ella con el rey de los infiernos!
Dice también que no
se enganchará a ti, debes dejarle una salida, no te comprometerá, no será para
ti una carga que ten¬gas que arrastrar y así te sentirás más ligero para
alcanzar la Montaña del Alma, o el infierno. No tienes necesidad de qui¬tártela
de encima, ella se irá por sí sola, lejos de ti, no te verá más, no pensará más
en ti, y tú tampoco deberás pensar más en ella, no tendrás ninguna necesidad de
inquietarte por ella, pues se habrá ido por sí sola, no habrás cometido ninguna
falta, no tendrás ningún motivo de arrepentimiento, ninguna responsabilidad,
como si no la hubieras conocido, tampoco tendrás mala conciencia. Ves, no dices
nada porque ella ha puesto el dedo en la llaga, ha desvelado tu pensamiento, no
te atreves a confesarlo, es ella quien lo ha dicho todo.
Dice que va a
volver, a volver a su lado, a volver a la pequeña habitación, volver a la sala
de operaciones, volver con su fami¬lia, volver a retomar la relación con su
madrastra. Ella siempre ha vivido mediocremente, va a reencontrarse con la
mediocri¬dad, será como las gentes mediocres, se casará con un hombre mediocre
como es él, ella no desea más que un nido de amor mediocre, de todas formas, no
dará un paso más contigo, ¡no puede descender a los infiernos con un demonio
como tú!
Dice que tiene
miedo de ti, que tú la atormentas, por su¬puesto que ella también te ha
atormentado a ti, ahora no quie¬re ya decir nada, no quiere saber nada más,
ahora lo sabe todo, sabe ya demasiadas cosas, o bien él preferiría que ella no
supie¬ra nada, quiera olvidarlo todo, incluso lo que ella no consigue olvidar
es preciso que lo olvide, un día u otro lo olvidará, la última palabra que
tenga para ti será para darte las gracias, darte las gracias por el final del
camino que has hecho con ella, darte las gracias porque la has salvado de la
soledad. Sin embargo, se siente todavía más sola, y continuar así, eso ya no
podrá soportarlo.
Ha terminado por
darse la vuelta e irse, tú no las has mira¬do expresamente. Sabes que ella
espera que vuelvas la cabeza, bastaría con que le dirigieras una mirada para
que ella no se fuese, se aferraría a esa mirada hasta que se le saltasen las
lágri¬mas. Tú podrías flaquear y suplicarle que se quedara y enton¬ces habría
palabras de consuelo y besos, ella se aventuraría a fundirse en tus brazos, los
ojos arrasados en lágrimas, pronun¬ciando palabras embrolladas de amor, de
entusiasmo y de tris¬teza, con sus brazos endebles como brotes de sauce, se
acara¬melaría contra ti y te incitaría a reanudar vuestro camino juntos.
Tú estás decidido a
no mirarla y continúas a lo largo del dique escarpado del río. Al llegar a un
recodo, no te aguantas más y te vuelves, pero ella ha desaparecido. De repente
sientes un gran vacío en tu corazón, una sensación de carencia pero también de
liberación.
Te sientas sobre un
pedrusco, como si esperaras que ella vuelva, pero sabes perfectamente que se ha
ido para siempre.
Eres tú quien es
cruel, no ella, quieres a toda costa rememo¬rar sus imprecaciones y su maldad
para borrarla definitivamen¬te de tu corazón, para que ella no te deje la menor
añoranza.
La conociste por
una casualidad, en ese pueblo de Wuyi, tú estabas solo, ella se sentía apenada.
Nunca has
comprendido si ella decía la verdad o mentiras, ¿o bien verdades a medias? Sus
invenciones y las tuyas se mez¬claban inextricablemente.
Ella no sabía nada
de ti. Fue únicamente porque ella era mujer, y porque tú eras hombre, porque
bajo la vaga luz de esta lámpara solitaria, a causa de esta habitación oscura
debajo de las cubiertas de la techumbre, a causa del olor de la paja, porque
era esa noche, como en un sueño, en un lugar desco¬nocido, a causa del frío
precoz de una noche de otoño, ella despertó en ti tus recuerdos, tus ilusiones,
sus ilusiones y tu deseo.
Y tú, con respecto
a ella, actuaste del mismo modo.
Es cierto, la
sedujiste, pero también ella te sedujo a ti. Entre las astucias de las mujeres
y la lujuria de los hombres, ¿qué sentido tiene tratar de discernir a quién le
cabe una mayor responsabilidad?
¿Y adonde ir a
buscar esa Montaña del Alma ahora? Tal vez no es más que una simple roca adonde
van las mujeres a implo¬rar un hijo varón. ¿Era ella una dama de la camelia? ¿O
bien era esa muchacha que se había dejado arrastrar por unos muchachos a ir a darse
un baño por la noche? En cualquier caso, no era tan joven y tú tampoco eres lo
que se dice un joven¬zuelo, te acuerdas tan sólo de las relaciones que has
tenido con ella y, en este instante, descubres que no podrías describir su
rostro, no podrías reconocer su voz, como si fuera una expe¬riencia ya vivida o
acaso todo lo más una ilusión; por otra parte, ¿dónde se sitúa el límite entre
recuerdo e ilusión? ¿Y cómo fijar un límite? ¿Cuál de los dos es más claro y
cómo juzgarlo?
¿No han despertado
en ti numerosos sueños lejanos al encontrarte por casualidad con esta mujer en
un pequeño pue¬blo, en una pequeña estación de autobuses, en un embarcade¬ro,
en la calle, al borde de la carretera? ¿Y cómo dar con su rastro ahora?
51
En la margen
escarpada del río, el sol del atardecer lanza sus oblicuos rayos delante del
templo del Emperador Blanco. Al pie de la abrupta peña, las aguas se
arremoli¬nan en medio de un estruendo que se oye de lejos. Delante de mí se
alza el acantilado de la puerta de Kui, como cortado de un tajo. Si uno mira
hacia abajo apoyándose en la barandilla de hierro, distingue una línea de
separación entre el agua cristalina y centelleante del río y el agua impetuosa
y fan¬gosa del Yangtsé.
En la orilla
opuesta, una mujer que lleva una sombrilla de color violeta pasa por la falda
de la montaña entre las hierbas y los arbustos, por un camino invisible que
asciende hasta la cima de la roca cortada a pico. Avanza y luego desaparece. En
la cima vive sin duda gente.
Los dorados rayos
del sol se ocultan tras la montaña y ense¬guida las dos orillas del desfiladero
se oscurecen. Los fanales rojos que sirven de balizas a los barcos, colgados a
ras del agua, se encienden uno tras otro. Una embarcación de tres cubiertas llega
río arriba, repleta de viajeros de pie que contemplan el paisaje. El grave
bramido de la sirena resuena largamente en la garganta.
Se dice que el
campamento en forma de ocho trigramas que Zhuge Liang hiciera instalar en
medio del agua se encontraba en la intersección del gran río y del pequeño río,
pasada la puerta de Kui. Yo he cruzado en varias ocasiones esta puerta en barca
y todo el mundo en la cubierta señalaba algo con el dedo, aparentando verlo,
pero yo no he podido distinguirlo nunca, incluso hoy mismo, desde la ciudad
antigua del Empe¬rador Blanco situada a riberas del río. Liu Bei le habría
con¬fiado en este lugar a su hijo único, futuro emperador, pero ¿quién puede
saber si las historias que se cuentan en las nove¬las históricas son reales?
En el templo del
Emperador Blanco, sobre los pedestales de piedra, las estatuas de santos han
sido reemplazadas por nuevas esculturas de arcilla coloreada, inspiradas en
dramas históricos, cuya plástica da la impresión de una escena teatral; este
templo no se asemeja ya a nada.
Lo rodeo y paso por
detrás de un hotel de reciente cons¬trucción. A todo alrededor no hay más que
montañas desnu¬das, salpicadas de matorrales. A media pendiente, se divisan sin
embargo vagamente los vestigios del recinto amurallado semicircular de una ciudad
antigua de época Han. Debe de medir varios kilómetros. Ha sido el director de
asuntos culturales locales quien me lo ha enseñado. Este arqueólogo mani¬fiesta
un entusiasmo sincero por su trabajo. Me ha explicado que pidió a los servicios
gubernamentales correspondientes una ayuda financiera para la conservación de
estos vestigios; en mi opinión, es mejor dejarlo en este estado de ruina
salvaje. Si se destinara dinero a tal fin, es probable que se construye¬ran
pabellones y edificios abigarrados, en lo alto de los cuales abriría un
restaurante que desnaturalizaría el paisaje.
Me ha enseñado un
cuchillo de piedra, de más de cuatro mil años de antigüedad, tan pulimentado y
brillante como si fuera de jade. Su mango estaba perforado por un agujero, sin
duda para ser colgado al cinto. En las dos orillas del Yangtsé, se han descubierto
ya numerosos instrumentos de piedra fina¬mente pulimentados así como alfarería
roja que data del Neo¬lítico tardío. En una cueva, a orillas del río, se han
encontra¬do también armas de bronce. Me explica que un poco más allá de la
puerta de Kui, en una cueva situada en el acantilado y donde, dicen, Zhuge
Liang escondió su obra acerca del arte de la guerra, dos hombres, uno mudo y el
otro jorobado, des¬colgaron recientemente el último féretro suspendido. Quedó
reducido a polvo. Recuperaron las osamentas para venderlas como huesos de
dragón a unos dispensarios de medicina chi¬na, que, tras analizarlos, dieron
aviso a la seguridad pública. La policía dio finalmente con el paradero del
mudo: no obtu¬vieron en principio ninguna información de su parte, pero, tras
unos buenos bofetones, terminó por conducirles al lugar, bordeando el
acantilado en una barquichuela, y les mostró sus artes de trepador. En el lugar
quedaban algunos fragmentos de tablas, probablemente restos de una sepultura de
los Rei¬nos Combatientes. El ataúd contenía presumiblemente algu¬nos objetos de
bronce, pero ha sido imposible saber qué fue de ellos.
En la sala de
exposición del centro cultural pueden verse varias fusayolas decoradas con
motivos circulares negros o rojos. Estos dibujos, que se asemejan a los peces
yin y yan, deben de ser poco más o menos de la misma época que los que vi en
los montes Qujia, río abajo, en la provincia de Hubei. Tenían unos cuatro mil
años de antigüedad. Cuando las fusa¬yolas giraban, haciendo alternarse vacío y
plenitud, aparecía la imagen del pináculo supremo taoísta. Llego incluso a
imaginar que se trata de la aparición más antigua de este símbolo, punto de
partida de los principios filosóficos del ser, desde el Libro de las mutaciones
hasta el taoísmo: complementariedad del yin y del yang, interdependencia de la
felicidad y de la des¬dicha. Los primeros conceptos de la humanidad nacieron de
las imágenes, luego se aliaron con los sonidos y, finalmente, aparecieron el
lenguaje y el sentido.
Al principio, debió
de caer algún elemento extraño por inadvertencia, durante la cocción, dentro de
una fusayola de tierra. Y debió de ser una mujer, mientras hacía girar la
rueca, quien observó el motivo al que daba origen el movimiento. Y el hombre
que dio un sentido a este motivo fue llamado Fuxi. Pero, por supuesto, fue una
mujer la que dio vida e inteligen¬cia a Fuxi, y la mujer que creó la
inteligencia del hombre reci¬bió el nombre de Niu Gua. La primera mujer y el
primer hombre que llevaron un nombre, Niu Gua y Fuxi, simbolizan la toma de
conciencia de la unión del hombre y de la mujer.
Fuxi, con su cuerpo
de serpiente y su cabeza de hombre, tal como se le representa en los ladrillos
que datan de época Han, y tal como aparece en las leyendas, en sus relaciones
con Niu Gua, encarna los impulsos sexuales de los hombres primitivos. De bestias
salvajes, fueron transformados en monstruos y, pos¬teriormente, se les elevó al
rango de ancestros de los orígenes, simple encarnación instintiva del deseo
sexual y de la invita¬ción a la vida.
En esta época no
existía el individuo, no se distinguía el «yo» del «tú». El «yo» apareció muy
al comienzo a causa del miedo a la muerte; lo ajeno al «yo» se transformó en lo
que se denomina el «tú». El hombre era entonces incapaz aún de temerse a sí mismo,
su conocimiento de sí no provenía más que del otro. Sólo el hecho de apresar o
de ser apresado, de estar sometido o de someter, le confirmaba en su
existencia. La tercera persona que no tiene relación directa con el «yo» y el
«tú» es «él». Y «él» no aparece sino de forma paulatina. Más tarde, he
descubierto que ocurre otro tanto con «él»: fue la existencia de seres
diferentes la que hizo retroceder la con¬ciencia del «yo» y del «tú». El hombre
ha ido olvidando pau-latinamente su «yo» en la lucha por la vida con el prójimo
y, sumergido forzosamente en el mundo infinito, ya no es más que un granito de
arena.
¿Qué puedo hacer
con lo que me resta de vida? Es la pre¬gunta que me hago al escuchar en la
noche en calma el sonido difuso de las aguas del río. ¿Ir a recoger de las
orillas del agua los pesos de las redes que utilizaban los pescadores de Daxi?
Poseo ya un canto rodado perforado en su parte central con la ayuda de un hacha
de piedra. Fue un amigo quien me lo dio hace un par de días, río arriba, en
Wanxian. Me dijo que, en la estación de las aguas bajas, es posible recogerlos
en la orilla. El cieno se acumula y el lecho del río se eleva de año en año.
Ade¬más, existe el proyecto de construir una presa a la salida de las
gargantas. Una vez construido este gran dique pretencioso, la muralla de la
antigua ciudad de los Han se verá sumergida por las aguas. ¿Qué sentido podrá
tener entonces coleccionar ves¬tigios del pasado?
. Ando siempre en
busca del sentido, pero, a la postre, ¿qué es el sentido? ¿Acaso puedo impedir
que los hombres constru¬yan esa presa monumental mientras destruyen su propia
memoria? No puedo hacer otra cosa que llevar a cabo indaga¬ciones sobre mi propio
«yo», minúsculo grano de arena. Únicamente puedo escribir un libro sobre «mí»,
sin ocuparme de saber si verá la luz. ¿Y qué sentido tiene escribir un libro
más o menos? ¿Se echará de menos la cultura que haya sido destruida? ¿Y tiene
el hombre tanta necesidad de la cultura? ¿Y qué es la cultura?
Me levanto con la
aurora para tomar un pequeño barco a vapor. Estas pequeñas chalanas hundidas en
el agua casi hasta la misma borda descienden raudamente la corriente. A
medio¬día, llegamos al monte Wushan, el monte de las Brujas, allí donde el rey
Huai de los Chu soñó que se uniría con una diosa. Las mujeres que veo por las
calles de la cabeza de distrito no tienen nada de hechizante. En cambio, en el
barco, un grupo de siete u ocho chicos y chicas con un marcado acento
pequi¬nés, vestidos con pantalones vaqueros, provistos de guitarras eléctricas
y de una batería, hablan, ríen, flirtean, con aire total¬mente desenvuelto. Se
ganan un poco de dinero tocando algu¬nas melodías de moda y música disco (a la
sazón, el rock estaba todavía prohibido) y, tal como me explican ellos mismos,
hacen furor a ambas orillas del Yangtsé.
En unos fragmentos
de anales envueltos en papel de emba¬lar se señala:
«En la época de
Tang Yao, el monte Wu tomó su nombre de Wu Xian, siendo Wu Xian el médico de
conocimientos vastísimos del emperador Yao, nacido en el seno de la familia de
un ministro de alto rango, que murió corno un gran sabio, siendo su feudo la
montaña a la que se dio su nombre» (Cf. Guo Pu: Elegías de los montes Wuxian).
«En la época de Yu
Sbun, el Clásico del emperador Shun indi¬ca: el monte Wu pertenece a las
regiones dejing y de Liang.»
«Bajo la dinastía
de los Xia, el emperador Yu divide el Imperio en nueve regiones y el monte Wu
sigue perteneciendo a la región dejing y Liang.»
«Bajo los Shang, en
el Elogio de los Shang, Nueve posesio¬nes, nueve cercos, se señala: Las
regiones a las que pertenece el monte Wu no difieren de la época de los Xia.»
«Bajo los Zhou,
siendo Wu el territorio de Kuizi de las Prima¬veras y Otoños del país de Yong,
en el trigésimo sexto año de la era Xigong, los hombres de Chu arrasaron el
territorio de Kui, que anexaron a Chu. El monte Wu pasó a formar parte, así
pues, de él.»
«Bajo los Reinos
Combatientes, el país de Chu comprendía la encomienda de Wu. En los Anales de
los Reinos Combatientes se lee: Su Qin advirtió al rey Wei de Chu en los
siguientes términos: Al Sur se encuentra la encomienda de Wu. En el Kuodizhi,
se dice: La encomienda está a cien lis al este de Kui y se llamó más tarde el
País de la Encomienda del Sur.»
«Bajo los Qin, en
las Memorias históricas, en el capítulo «Ana¬les de los Qin», se dice: En el
trigésimo año de su reinado, el rey Zhao se apodera de la comandancia de Wu en
Chu y la transforma en un distrito que pertenece a la encomienda del Sur.»
«Bajo los Han, a
causa del pasado, se le denomina el distrito de Wu y pertenece a la encomienda
del Sur.»
«Bajo los Han
posteriores, en el transcurso de la era Jian 'an, per¬teneció primero a la
encomienda de Yidou, y luego, en el año 25, Sun Quan lo incorpora a la
encomienda de Gulingy Sun Xiu de Wu a la encomienda de Jianping.»
«Bajo los Jin, al
principio, el distrito de Wu señala la frontera entre la región de Wu y de Shuy
es el Duwei de Jianping el que la administra, para ser posteriormente integrado
en el distrito de Bei-jing. En el cuno del cuarto año de la era Xianping, el
Duwei es tras¬ladado a la encomienda de Jianping y se crea el distrito de
Nanlmg.»
«Bajo los Song, los
Qi, los Liang, no hay ningún cambio.»
«Bajo los Zhon
posteriores, durante los primeros años de la era Yuanhe, el distrito de Wu
pertenece a la encomienda de Jianping, y posteriormente se crea el distrito de
Jiangling»
«Bajo los Sui, al
comienzo de la era Kaihuang, la encomienda es reemplazada por el distrito del
monte Wu perteneciente a la enco¬mienda de Badong.»
«Bajo los Tangy las
Cinco Dinastías, pertenece al cantón de Kui.»
«Bajo los Yuan,
ningún cambio.»
«Bajo los Ming,
pertenece al cantón de Kui.»
«Bajo los Qing, en
el año 9 del reinado de Kangsi, Dachang es suprimido e integrado al distrito de
Wushan...»
«Una ciudad en
ruinas se encuentra a cincuenta lis al sur.»
«El monje Fuzi,
Cascabillo de Trigo, llamado en realidad Wenkong, apelativo de Yuanyuan,
oriundo de Ji'an en el Jiangxi, había construido su cabaña en la ladera norte
de los montes Zhidong. Se quedaba sentado meditando en medio de las montañas.
Al cabo de cuarenta años, alcanzó la iluminación, se alimentaba exclusivamen¬te
de cascabillo de trigo, de ahí su apodo. Mucho tiempo después, una vez que hubo
desaparecido de su cabaña, los habitantes de las montañas de enfrente vieron
brillar allí una luz durante tres años.»
«Cuenta la
tradición que la hija del Emperador Rojo, Yao Ji, muerta al querer andar sobre
las aguas, se halla enterrada en la solana de la montaña; se le consagró un
templo, los chicos y las chicas de la región, danzando, hacen descender allí a
los espíritus.»
«El pueblo de
Anping se encuentra a 90 lis al sureste del distri¬to. .. [faltan varias
palabras], los pueblos mencionados más arriba están actualmente en ruinas,
después de que los soldados de los Ming les prendieran fuego, las casas de las
aldeas están en ruina, han veni¬do otras poblaciones de otras provincias y los
nombres han cambiado…»
Actualmente,
¿existen estas localidades todavía?
52
Tú sabes que no
hago nada más que hablarme a mí mismo para distraer mi soledad. Sabes que mi
soledad es irre¬mediable, nadie puede consolarme, no puedo recurrir a otro que
a mí como interlocutor de mis discusiones.
En este largo
monólogo, «tú» es el objeto de mi relato, en realidad es un yo que me escucha
atentamente, «tú» no es más que mi propia sombra.
Mientras escuchaba
atentamente a mi propio «tú», te he hecho crear a «ella», porque tú eres como
yo, no puedes soportar la soledad, debes encontrar también alguien con quien
hablar.
Has recurrido,
pues, a «ella» de la misma manera que yo he recurrido a «tú».
«Ella» deriva de
«tú» y, de rebote, viene a confirmar mi yo.
«Tú», el
interlocutor de mis diálogos, has convertido mi experiencia y mi imaginación en
relaciones entre «tú» y «ella», sin que quepa distinguir qué es resultado de la
imaginación y qué de la experiencia.
Si ni tan siquiera
yo puedo distinguir la parte de lo vivido y la parte de sueño que hay en mis
recuerdos e impresiones, ¿cómo podrías, tú, llevar a cabo una distinción entre
mi expe¬riencia y mi imaginación? ¿Y es realmente necesaria esta dis¬tinción? Por
otra parte, no tiene ningún sentido real.
«Ella», creada por
tu experiencia y tu imaginación, se ha transformado en toda suerte de
fantasmas, se pavonea para atraerte, sólo porque tú querías seducirla, no
podías resignarte a la soledad.
En el curso de mi
viaje, la suerte y la desgracia de la vida se reducían al camino; estaba
enfrascado en mi imaginación, con tu viaje interior como eco; ¿cuál es el más
importante de los dos viajes? ¿Cuál es el más real? Esta vieja cuestión
irritante puede convertirse en un verdadero tema de discusión o inclu¬so de
debate, pero de todas formas no tiene ninguna relación con el viaje espiritual
en el que «yo» o «tú» están embarcados.
Tú estás en tu
propio viaje espiritual, andas errante por el mundo entero conmigo siguiendo
tus pensamientos, y cuando más lejos vas, más te acercas, hasta que,
inevitablemente, se vuelve imposible disociarnos; entonces tienes que
retroceder un paso y esta distancia que se crea es «él», y «él» es una silue-ta
cuando me abandonas y te alejas.
Ya sea yo o mi
reflejo, el rostro de «él» es indistinguible, lo único que se sabe es que es
una silueta.
«Tú», que yo he
creado, ha creado a «ella», y su rostro sigue siendo por supuesto ilusorio;
¿para qué querer represen¬tarlo a toda costa? «Ella» no es más que una imagen
aparecida de manera imprecisa por asociación de ideas, flotando confu¬samente
en la memoria, ¿para qué restituir una imagen que cambia sin cesar?
Lo que se designa
por «ellas», para ti y para mí, no es más que la reunión de diversas formas de
«ella», no otra cosa.
«Ellos» no son
tampoco más que las numerosas figuras de «él». El inmenso universo donde todo
puede suceder se encuentra fuera de «tú» y de «yo». O dicho de otro modo, «él»
no es más que la proyección de mi silueta, es imposible desembarazarme de ella
y, puesto que así es, qué le vamos a hacer, ¿para qué?
No sé si has
reparado en ello. Cuando hablo de «yo», de «tú», de «ella», de «él», e incluso
de «ellos», no hablo más que de mí, de ti, de ella y de él e incluso de ellas y
de ellos; no hablo nunca de «nosotros». Pienso que este «nosotros», extra¬ño e
hipócrita, es en verdad superfluo.
«Tú» y «ella» y
«él» e incluso «ellos» y «ellas», a pesar de que son imágenes quiméricas,
tienen para mí un contenido más importante que el pretendido «nosotros». Si
digo «noso¬tros», me entran dudas al instante, pues ¿cuántos «yoes» incluye? O
bien, ¿cuántos reflejos opuestos a «yo» hay, silue¬tas de «tú» y de «yo», de
«ella», a los que «él», «tú» y «yo» dan origen bajo forma de fantasmas, así
como de «ellos» y «ellas» que son todas las figuras animadas de «él»? Nada más
engañoso que este «nosotros».
Sin embargo, puedo
decir «vosotros». Cuando estoy fren¬te a varias personas, ya sea para agradar,
censurar, montar en cólera, amar, despreciar, estoy en una posición de fuerza,
me siento más fuerte que en cualquier otro momento. Mientras que «nosotros», ¿qué
sentido puede tener? Salvo una especie de afectación que resulta irremediable.
Es por ello por lo que siempre evito este «nosotros», afectado e hipócrita, que
no cesa de infatuarse. Si un día llegara a emplearlo, sería indicio de una
cobardía y de una esterilidad inconmesurables.
Me he creado mi
propio sistema, o más bien una lógica que responde a una especie de relación de
causa y efecto. En este mundo caótico, los hombres se han construido siempre
siste¬mas, lógicas, relaciones de causa y efecto para afirmarse. ¿Por qué no
iba a inventármelos yo también? Así puedo refugiarme en ellos, establecerme en
ellos, en paz con mi conciencia.
Pero mi desgracia
es que he despertado el «tú» portador de mala fortuna. En realidad, «tú» no es
desgraciado, soy exclusi¬vamente yo la causa de tu desdicha, que nace
exclusivamente del amor que siento por mí. Este maldito «yo» no se ama más que
a sí mismo con locura.
No sé si en el
origen dios y el diablo existieron, eres tú quien ha apelado a ellos, eres al
propio tiempo la encarnación de mi felicidad y de mi desdicha, cuando tú
desaparezcas, dios y el diablo retornarán al mismo tiempo a la nada.
No podré
desembarazarme de mí mismo más que una vez que me haya deshecho de «tú». Pero
si un día te reclamo de nuevo, ya nunca más podré alejarme. Entonces me he
pregun¬tado cuál sería el resultado si intercambiáramos los papeles. O dicho de
otro modo, yo no sería más que tu sombra y tú te convertirías en mi cuerpo
real, he aquí un juego divertido. Si tú, puesto en mi lugar, me escucharas
atentamente, yo me con¬vertiría en la encarnación de tu deseo, lo cual
resultaría de lo más grato. Podría sacarse toda una filosofía de ello y habría
que volver a empezar este relato desde un principio.
En última
instancia, la filosofía es también un juego del espíritu, se sitúa en los
límites que las matemáticas y las cien¬cias exactas no pueden alcanzar,
proporciona estructuras y marcos refinados de toda naturaleza. Cuando las
estructuras están acabadas, el juego se detiene.
La diferencia entre
la novela y la filosofía nace de que la novela es una producción de la
sensibilidad, sumerge en una mezcla de deseos los códigos de los signos
arbitrariamente construidos, y, en el momento en que este sistema se disuelve y
se transforma en células, aparece la vida. Entonces se asiste a la gestación y
al nacimiento, lo cual es aún más interesante que los juegos del espíritu,
pero, al igual que la vida, no responde a ninguna finalidad.
53
Es mediodía,
estamos a más de cuarenta grados. Me dirijo a la antigua ciudad de Jiangling en
una bicicleta de alqui¬ler. El alquitrán de la carretera, recientemente
reparada, se funde bajo el sol de pleno verano. Un viento ardiente penetra por
la puerta de la vieja ciudad de Jingzhou, construida en la época de los Reinos
Combatientes. Una anciana está arre¬llanada en un sillón de bambú, detrás de un
puesto de té. Sin la menor incomodidad, mantiene desabrochada su corta camisa
de lino totalmente raída a fuerza de haber sido lavada, dejando ver dos pechos
arrugados como dos bolsas vacías de cuero. Está descansando, con los ojos
cerrados, y me deja beber de una botella de agua con gas, que está también que
arde, sin com-probar si el dinero que le doy es bastante. Babeando, un perro
jadea, con la lengua fuera, echado en la sombra de la puerta.
En el exterior de
la ciudad, se extienden unas parcelas de arroz no recogido todavía, de espigas
maduras de un amarillo resplandeciente. En los arrozales ya cosechados reluce
el verde brillante de los brotes de arroz tardío que acaban de ser replantados.
Nadie en la carretera, nadie en los arrozales. La gente está aún al fresco en
sus casas y no hay casi vehículos.
Circulo por el
centro de la carretera, pues, de los márgenes, ascienden oleadas de un calor
bochornoso, como llamas. La transpiración me inunda la espalda, me quito
resueltamente la camisa con la que me cubro la cabeza para protegerme del sol.
Cuando acelero la marcha, flota al viento y un aire húmedo me da en las orejas.
En los campos se
abren enormes flores de algodón, rojas y amarillas. El sésamo cuelga en largos
penachos de flores blan¬cas. Una extraña calma reina bajo este sol cegador;
curiosa¬mente, no se oyen cigarras ni ranas.
A fuerza de
pedalear, mis pantalones cortos están empapa¬dos y se me pegan a las piernas.
Prefiero quitármelos para poder avanzar más cómodamente. No puedo dejar de
pensar en los campesinos de mi juventud, que pedaleaban desnudos montados en
las norias, con la mayor naturalidad del mundo, con sus brazos bronceados
apoyados en la palanca de la máqui¬na. Cuando pasaba alguna mujer por el margen
del arrozal, entonaban canciones subidas de tono, pero sin mala intención. La
mujer reía apretando los labios, y los cantores olvidaban por un momento su
fatiga. Fue sin duda así como nacieron este tipo de canciones. Esta región es
la tierra natal de los can¬tos acompasados que se conocen como «Tambores y
gongs para la época de escardar la hierba», pero ahora las norias no se
utilizan ya, las tierras son regadas por medio de bombas eléctricas. Este
espectáculo ha desaparecido.
Sé que no perdura
ningún vestigio en el emplazamiento de la capital del país de Chu, sin duda voy
allí en vano. Sin embar¬go, sólo veinte kilómetros de ida y vuelta me separan y
tal vez luego lamente no haber ido a visitarlo antes de abandonar Jiangling.
Molesto en su siesta a una joven pareja que guarda el emplazamiento
arqueológico. Licenciados universitarios desde hace apenas un año, han sido
destinados aquí como vigi¬lantes, a fin de proteger unas ruinas que duermen
profundamente bajo tierra, sin saber siquiera cuándo serán sacadas a la luz.
Recién casados, no padecen aún de la soledad y me dis¬pensan una calurosísima
acogida. La esposa me sirve sucesivamente dos grandes tazones de té frío
amargo, mezclado con unas plantas medicinales que ayudan a disipar los excesos
de calor. El recién casado, un chico joven, me conduce hacia un campo donde se
alzan unos montículos de tierra. Me muestra unos arrozales donde ha comenzado
ya la recolección y un lugar más elevado, al lado de una colina, plantado de
algodón y de sésamo.
—Tras la
destrucción del país de Chu por el país de Qin, la ciudad de Jinan fue
abandonada —explica el joven—; aquí no se ha encontrado ningún vestigio
posterior a la época de los Reinos Combatientes. En cambio, en el interior de
la ciudad, se ha descubierto una sepultura. La ciudad parece datar de la época
media de los Reinos Combatientes. En los documentos históricos se refiere que
la capital había sido ya trasladada a Ying, es decir, a Jinan, con anterioridad
al rey Huai de Chu. Si contamos a partir de él, ello quiere decir que hacía más
de cua¬trocientos años que era capital. Claro está que ciertos historia¬dores
tienen un punto de vista distinto. Piensan que Ying no se encuentra aquí. Pero
si nos apoyamos en los datos arqueológi¬cos, se constata que los campesinos han
sacado a menudo a la luz, mientras araban la tierra, fragmentos de alfarería y
de bronces de la época de los Reinos Combatientes. Si se excava¬ra, se
llevarían sin duda a cabo descubrimientos considerables.
Luego añade
señalándome un punto en la lejanía:
—El general en jefe
Bo Qi tomó al asalto Ying, y el agua del río desviado inundó la ciudad. Ésta se
abría originariamente por tres lados sobre el agua: el río Zhu discurría de la
puerta sur a la puerta norte, en dirección al este; de ese lado, se encontraba
el túmulo sobre el cual nos encontramos y un lago que comunicaba con el
Yangtsé. En esa época, el río pasaba muy cerca de Jingzhou, pero, ahora,
discurre dos kilómetros más abajo. En la montaña de Ji, enfrente, están las
tumbas de la aristocracia de los Chu, y al oeste, en los montes Baling, las
tumbas de los reyes, que han sido todas saqueadas.
A lo lejos se
elevan suavemente algunas colinas. Aunque son calificadas más bien de montañas
en los documentos, no por ello deja de ser un estupendo paraje.
—Y aquí se alzaba
la torre que remataba la puerta de la ciu¬dad —me indica señalando con el dedo
un arrozal—. Tras las inundaciones del río, se acumularon allí más de diez
metros de légamo.
Y es cierto que,
salvo algunos terraplenes aquí y allá entre los arrozales, sólo esta eminencia
emerge del paisaje.
—Al sureste se
encontraba el palacio, la zona de los talleres estaba al norte y, al suroeste,
se han descubierto también vesti¬gios de una fundición. Al sur, la capa
freática es demasiado alta, y la preservación de los vestigios no es tan buena.
Sacudo la cabeza al
hilo de sus explicaciones y poco menos que imagino los contornos de la ciudad.
Si no estuviéramos a pleno sol de mediodía y si los fantasmas salieran al
amparo de la noche, reinaría aquí una extraordinaria animación.
En la parte baja de
la colina, me indica que acabamos de salir de la capital. El lago de la época
es hoy en día un simple pequeño estanque cubierto de hojas de loto entre las
que se abren pujantes flores rosas. Cuando fue expulsado de la corte, el alto funcionario
Qu Yuan debió de pasar al pie de esta colina y seguro que cogió algunas de
estas flores para llevarlas prendidas en el cinto. Antes de que el lago se
convirtiera en este pequeño estanque, toda clase de hierbas olorosas crecían en
sus orillas. Qu Yuan debió de trenzarse con ellas una coro¬na. Por doquier, al
borde de los lagos y estanques, debían de elevarse cantos que han llegado hasta
nuestros días. Si no hubiera sido expulsado de la corte, tal vez Qu Yuan no
habría llegado a ser nunca un gran poeta.
Y más tarde, si
Tang Xuanzong no hubiera expulsado a Li Bai de la corte, tal vez nunca se
habría convertido en un genio de la poesía, y nunca habría existido la leyenda
que cuenta que murió ebrio, tratando de recuperar la luna en el agua desde su
barca. Se dice que el lugar donde se ahogó se encuentra en Caishiji, en el
curso inferior del Yangtsé. Hoy en día, las aguas del río han refluido lejos de
este lugar, que se ha convertido en un banco de arena muy contaminado. Incluso
la vieja ciudad de Jingzhou se encuentra actualmente por debajo del lecho del
río. Un dique de una decena de metros la protege, sin el cual sería desde hace
tiempo un palacio submarino para los dragones.
Más tarde, he
vuelto a Hunan y he atravesado el río Milou al que se precipitó Qu Yuan para
poner fin a sus días, pero no he ido en pos de sus huellas por la ribera del
lago Dongting, porque numerosos ecologistas me han informado de que no subsiste
hoy día ya de ese dominio acuático más que un tercio de los ochocientos lis que
se indican en los mapas. Han predicho que, lamentablemente, el rápido
desecamiento de las tie¬rras y la sedimentación provocarán de aquí a veinte
años la de¬saparición del más vasto lago de agua dulce de China.
No sé si en
Lingling, en esa aldea adonde mi madre me llevó de niño para huir de los
aviones japoneses, los perritos se ahogan todavía en el río. Veo aún, hoy, a
ese perro muerto de pelaje empapado, tirado en la arena de la orilla. Y a mi
madre, que murió también ahogada. En aquella época se había pre¬sentado
voluntaria para sufrir en el campo la reeducación ideológica. Una mañana, tras
su turno de guardia, fue a lavarse a la orilla del río donde había de ahogarse.
No había cumplido aún los cuarenta años. He leído un cuaderno de recuerdos de
sus diecisiete años. Ella y sus compañeros, que participaban en el movimiento
de salvación nacional, habían anotado unos poemas llenos de ardor juvenil. No
estaban, por supuesto, tan logrados como los de Qu Yuan.
Su hermano menor se
había ahogado también. No sé si se tra¬taba de heroísmo infantil o de simple
fervor patriótico, pero, el día de su admisión en la Escuela del Aire, en el
colmo de su entusiasmo, invitó a un grupo de camaradas a darse un baño en el
río Gan. Se lanzó a la corriente violenta desde un pontón que se adentraba
bastante en el río, mientras que sus compañeros estaban ocupados en repartirse
la calderilla que encontraron en los bolsillos de su pantalón. Cuando
comprendieron que había ocurrido un accidente, se largaron al instante. Había
buscado su propia muerte, el día de su decimoquinto cumpleaños. Mi abue¬la
derramó por él hasta la última lágrima.
Su primogénito, mi
tío, no era tan patriota, sino más bien un dandy, pero no frecuentaba las
peleas de gallos o las carre¬ras de galgos. Prefería lo que era modern; a la
sazón, todo lo que llegaba del extranjero era modern, término que cabría
tra¬ducir en nuestros días por «a la moda». Llevaba trajes a la occi¬dental con
corbata, todos muy modern, aunque los pantalones vaqueros no estuvieran todavía
de moda. Divertirse con la fotografía era también estar en la cresta de la ola
de lo modern. No era reportero y, sin embargo, no cesaba de tomar fotogra¬fías
que revelaba él mismo, sobre todo fotos de grillos. Una de sus fotos de lucha
de grillos se ha conservado milagrosamente hasta el día de hoy; olvidaron
quemarla. También él murió muy joven, de fiebre tifoidea. Según contaba mi
madre, estaba en proceso de curación cuando se zampó con gran gula un cuenco de
arroz salteado con huevos que acabó con él. Quería ser modem, pero estaba pez
en medicina moderna.
Mi abuela materna
murió después que mi madre. Sus hijos habían muerto prematuramente, pero ella
tuvo más suerte puesto que les sobrevivió y terminó sus días en un hospicio.
Dado que, no siendo un descendiente de los Chu, yo había ido, pese a la
canícula, a visitar su antigua capital, tenía, pues, aún menos excusas para no
ir a investigar los lugares donde había vivido mi abuela, ella que me había
llevado, cogido de la mano, a la feria del templo para comprarme una peonza. Me
enteré de su muerte por una tía paterna, también muerta de forma prematura.
¿Por qué casi todos mis parientes han muer¬to? Me pregunto si soy yo quien
envejece o es el mundo el que es demasiado viejo.
Ahora, al
recordarlo, me parece que mi abuela pertenecía a otro mundo. Creía en las
potencias del Más Allá y temía por encima de todo a los infiernos. No tenía más
que un deseo: sumar buenas acciones para obtener una recompensa tras su muerte.
Viuda muy joven, poseía bienes legados por mi abue¬lo, pero estaba siempre
rodeada de una panda de golfos que se hacían pasar por dioses o demonios.
Rondaban a su alrededor como moscas, todos conchabados para incitarla a
dilapidar su herencia con el fin de ahuyentar las catástrofes. La habían
con¬vencido de que tirara el dinero, de noche, en un pozo. En reali¬dad, ellos
habían instalado en su interior una rejilla de hierro y recuperaban las monedas
que ella arrojaba. Se jactaron de ello un día que empinaron el codo más de la
cuenta. Finalmente, ella acabó vendiendo todos sus bienes, sin guardar más que
el título de propiedad de unas tierras que tenía hipotecadas desde hacía mucho
tiempo, y se fue a vivir con su hija. A continuación, cuando mi madre oyó
hablar de la reforma agraria, se apresuró a hacerle vaciar sus cofres, donde
encontró un papel totalmente arrugado y amarillento que se apresuró a quemar en
la estufa. Mi abuela tenía muy mal carácter. Cuando hablaba, parecía siempre
que discutiera con la gente y no se entendía con mi madre. A menudo declaraba
que cuando quisiera regresar a su tierra natal, esperaría a que yo, su nieto,
hubiera crecido y pasado los exámenes con las mejores notas para ir a buscarla
al volante de un coche y ocuparme de ella. Pero ¿podía ella adi¬vinar que su
nieto no era una de esas personas que pueden convertirse en mandarín, que ni
siquiera se sentaría en una ofi¬cina de la capital y que, más tarde, sería
enviado al campo para cultivar la tierra y sufrir la reeducación? Fue en ese
momento cuando ella murió, en un hospicio de ancianos. Durante los años
turbulentos, como no tenía noticias de ella, mi hermano pequeño fue en su
busca, so capa de «propagar la revolución» a fin de beneficiarse de la
gratuidad de los transportes. Se informó en numerosos asilos sin poder
encontrarla. Termina¬ron por preguntarle: «¿Busca usted un hospicio o un asilo
de ancianos?». «¿Qué diferencia hay?», preguntó él. Le respon¬dieron con la
mayor seriedad del mundo: «Los ancianos que viven en los asilos son gente sin
problemas en el terreno polí¬tico, de pasado perfectamente claro; en los
hospicios se mete a los ancianos que han tenido problemas o de pasado dudoso».
Telefoneó, así pues, a un hospicio. Con seriedad aún mayor, le preguntaron:
«¿Qué lazo de parentesco le une a ella? ¿Por qué motivo se informa sobre su
persona?». En esa época, acababa de salir de la escuela y no encontraba
trabajo. Temiendo que le retiraran el carnet de identidad de ciudadano, se
apresuró a colgar el teléfono. Durante los años siguientes, las escuelas
sir¬vieron para el adiestramiento militar, las administraciones y las fábricas
fueron controladas por el ejército: la gente aprendió a andarse con pies de
plomo. Tras haber sufrido un perío¬do de reeducación, mi tía paterna volvió a
la ciudad. Entonces me escribió para informarme de que, según había oído decir,
mi abuela había muerto dos años antes.
Finalmente, me
informé para saber si de verdad había exis¬tido ese tipo de hospicios. A diez
kilómetros en las afueras, en un lugar llamado la Aldea de las Flores de
Melocotonero, donde había llegado después de más de una hora de bici bajo el
tórrido sol, terminé por encontrar una construcción cuya placa indicaba que se
trataba de un hospicio, al lado de una fábrica de madera donde no crecía ningún
melocotonero. En su interior se alzaban algunos edificios rudimentarios de dos
plantas, pero no vi ningún anciano. ¿Acaso se habían refugia¬do en sus
habitaciones debido al calor?
Pasé por delante de
una oficina con la puerta abierta de par en par donde un mando, vestido con una
camiseta, los pies sobre la mesa, respaldado contra una silla de bejuco, estaba
interesándose con gran concentración en la actualidad. Le pre¬gunté si ese
lugar había sido un hospicio. Él dejó su periódico:
—También eso ha
cambiado. Ahora ya no hay hospicios, se les llama casas de asistencia para
ancianos.
No le pregunté si
existían todavía «asilos de ancianos», úni¬camente le pedí que comprobara si
figuraba en sus registros el nombre de mi abuela fallecida. Sin poner
dificultades ni pedir¬me mis papeles, sacó de un cajón un registro de
defunciones que hojeó año por año. Terminó por detenerse en una página al
tiempo que me preguntaba el nombre de la difunta.
—¿Una mujer?
—Eso es —dije.
Me acercó el
registro para que yo mismo reconociese el nombre. Era ciertamente el nombre de
mi abuela, la edad correspondía más o menos.
—Hace más de diez
años que murió —suspiró.
—Sí —dije. Luego
añadí—: ¿Ha trabajado siempre usted aquí?
Asintió con la
cabeza. Le pregunté entonces si se acordaba de la fallecida.
—Déjeme pensar.
—Arrellanó la cabeza contra el respaldo de la silla—. ¿Una señora mayor,
pequeña y delgada?
Yo asentí. Sin
embargo, recordé las antiguas fotos de familia que mostraban a una señora más
bien entrada en carnes. Por supuesto, eran fotos muy viejas, puesto que yo, a
esa edad, jugaba a la peonza. Con posterioridad, no debía de haberse hecho
fotografiar nunca. Su porte físico, varias décadas más tarde, había podido
cambiar totalmente, sólo el esqueleto no podía haberse transformado. Mi madre
no era alta, ella tam¬poco debía de serlo mucho.
—Siempre andaba
refunfuñando, ¿no es así?
Raras son las
ancianas que no refunfuñan, pero lo más importante era que el nombre era
exacto.
—¿Le dijo que tenía
dos nietos?
—¿Y es usted uno de
ellos?
—Sí.
—Me parece que me
habló de ello —dijo sacudiendo la cabeza.
—¿Decía que un día
vendrían a buscarla?
—Sí, así es.
—Pero en esa época
estaba en el campo también yo.
—Durante la
Revolución Cultural... —explicó en mi lugar, luego añadió—: Oh, ella murió de
muerte natural.
No le pregunté lo
que entendía él por muerte no natural, lo único que inquirí fue el lugar donde
descansaba.
—Fue incinerada.
Procedemos siempre a la cremación, no sólo con los ancianos, sino incluso con
nosotros mismos.
—La gente es tan
numerosa en las ciudades que ya no hay sitio para enterrarles.
Terminé su frase en
su lugar, luego proseguí:
—¿Han sido
conservadas sus cenizas?
—Nos hemos
desembarazado de ellas. Aquí, de las cenizas de los ancianos sin familia, nos
desembarazamos...
—¿Existe una fosa
común?
—Hmm... —reflexionó
sobre la manera de responderme.
El que merecía ser
censurado era yo, su nieto que había fal¬tado a la piedad filial, no él, y no
podía sino darle las gracias.
Salí del hospicio y
me monté en mi bicicleta pensando que la fosa común no tendría ningún valor
arqueológico. Pero siempre podría considerar que había honrado la memoria de mi
abuela difunta, aquella que me había comprado una peonza.
54
Andas
constantemente en busca de tu infancia, se ha con¬vertido en una verdadera
enfermedad. En todos los luga¬res donde has vivido, tienes necesidad de
reencontrar la casa, el patio, la calle que obsesionan tus recuerdos. Te
acuerdas de que viviste en el piso de un pequeño edificio aislado delante del
cual se extendía un terreno cubierto de escombros. Ignoras si eran los restos
de un incendio o de un bombardeo. Entre las paredes en ruinas crecía mijo, y a
veces, bajo las tejas y los ladrillos rotos, se introducían grillos. Uno de
ellos, particularmente vivaracho, llamado el Moreno, pro¬ducía un sonido
estridente cuando agitaba sus alas de un negro brillante. Otro, llamado
Amarillejo, era de gran tamaño, pe¬león, con unos dientes perfectamente
visibles. Pasaste horas maravillosas en esa explanada cubierta de cascotes.
Te acuerdas de que
viviste también al fondo de un gran patio de vecindad cuya entrada estaba
cerrada por una grande y maciza puerta negra, tenías que ponerte de puntillas
para alcanzar la anilla de hierro que servía de aldaba. Una vez abierta la
pesada puerta, tenías que dar la vuelta a la pared-pantalla enmarcada por una
pareja de unicornios esculpidos en piedra, con el cuerno brillante a fuerza de
haber sido gasta¬do por los niños que lo acariciaban cada vez que pasaban.
Detrás de la pared-pantalla, descubrías un patio interior húmedo, uno de cuyos
rincones estaba cubierto de musgo. Era allí donde se arrojaba el agua sucia y
el lugar estaba resba¬ladizo. En esa época, criabas un par de conejos albinos.
Uno fue mordido en su jaula de hierro por una comadreja. El otro desapareció un
poco más tarde. Lo encontraste al cabo de algunos días mientras jugabas en el
patio trasero, con el pelaje manchado, ahogado en un orinal. Lo examinaste
largo rato y, a partir de aquel día, recuerdas no haber jugado nunca más en ese
patio.
También te acuerdas
de haber vivido en un patio de vecin¬dad con la puerta en forma de luna, donde
crecían unos cri¬santemos de un amarillo de oro y gallocrestas púrpura; quizá
era debido a estas flores por lo que los rayos del sol brillaban tanto en el patio.
En el fondo, una portezuela daba a una esca¬lera de piedra, al pie de la cual
se extendían las aguas de un lago. Las noches de mediados de otoño, las
personas mayores abrían esta puerta e instalaban allí una mesa repleta de
pasteles de forma redonda, pipas de sandía y fruta. Podía admirarse allí la
luna sobre el lago, mientras la gente mascaba pipas de san¬día y bebía té. En
la lejanía, las aguas oscuras se juntaban con el cielo donde brillaba el astro,
totalmente redondo. Otra luna resplandecía en las aguas, alargada en desmesura.
Una noche, fuiste solo hasta allí y retiraste la tranca de la puerta. Te
que¬daste al punto cautivado por las aguas del lago, sombrías y cal¬mas. Esta
belleza era demasiado profunda, insoportable para un niño, saliste huyendo. Y a
continuación, cuando volvías a pasar cerca de esta puerta, tenías mucho cuidado
de no tocar la tranca.
Asimismo te
acuerdas de que viviste en otra casa, con un jar¬dín de flores, pero únicamente
recuerdas que podías jugar a las canicas en la estancia pavimentada de
baldosines decorados, situada debajo de tu habitación. Tu madre te prohibía
jugar en el jardín. En esa época, estabas enfermo y pasabas la mayor parte del
tiempo guardando cama; no podías más que jugar a las canicas de todos los
colores en tu habitación. Cuando tu madre no estaba allí, te ponías de pie
sobre la cama para mirar afuera, agarrándote a la ventana, los pabellones
multicolores de los transatlánticos que ondeaban al viento en el muelle.
Has vuelto a estos
antiguos lugares, pero no has encontrado nada de todo ello. El lugar cubierto
de cascotes, el pequeño edificio, la grande y pesada puerta negra con una
anilla de hie¬rro, la callejuela tranquila que pasaba por delante, todo ha
desaparecido, e incluso el patio con su pared-pantalla. En su lugar, tal vez,
ha sido construida una carretera asfaltada por donde circulan camiones de
cláxones estridentes, cargados de mercancías, que levantan polvo y envoltorios
de polos, autobuses de línea con los cristales desvencijados, las bacas
cubier¬tas de maletas y de bultos llenos de toda clase de productos locales, de
ropas de confección y de artículos de uso corriente, objetos de comercio de lo
más variado; el suelo está cubierto de pipas de sandía y de cortezas de caña de
azúcar escupidas desde las ventanas. Ya no hay musgo, ni puerta en forma de
luna, ni crisantemos de un amarillo de oro y gallocrestas púr¬pura, ni reflejos
que se alargan en las aguas del lago, ni soledad ni profundidad aterradora, sólo
una fila de edificios rudimen¬tarios de ladrillo rojo a lo largo de un angosto
pasaje con una estufa de carbón delante de cada puerta. En la margen del río,
el chasquido de los pabellones de los barcos ha enmudecido. No hay más que
almacenes, almacenes, almacenes, un depósi¬to, almacenes, un depósito,
almacenes, sacos de cemento en cajas de cartón, sacos de abono de grueso
plástico, y gritos o cantos penetrantes, vomitados por los altavoces que
difunden programas radiofónicos.
Has andado así
errante, de una ciudad a otra, de una cabeza de distrito a una cabeza de
cantón, de una capital de provincia a otra, de otra cabeza de cantón a otra
cabeza de distrito, y así sucesiva, interminablemente. Un buen día, por azar,
descu¬briste de repente una vieja casa con la puerta abierta de par en par, en
una callejuela claramente olvidada por la planificación urbana, o que la
planificación urbana no tuvo en cuenta, o bien que el plan no tiene intención
de tomar en cuenta, o incluso que es imposible incluir en el plan. Te detuviste
en el umbral y contemplaste el patio interior donde se estaba secando la ropa
en unos tallos de bambú. Tuviste la impresión de que te hubie¬ra bastado con
entrar para retornar a tu infancia y volver a dar vida a tus vagos recuerdos.
Te has dado cuenta
de que los lugares por los que has pasa¬do te permitían también reencontrar
efectivamente las huellas de tu infancia: el estanque cubierto de lentejas de
agua, las posadas del pequeño pueblo, las ventanas del edificio que daba a la
calle, el puente de arcos de piedra y las embarcaciones pla-nas pasando por
debajo, los escalones que conducían a la puer¬ta trasera de las casas al borde
del río, un pozo seco abandona¬do; todo se mezcla con tus recuerdos de infancia
y provoca en ti una nostalgia irreprimible, aun cuando no se trate en absolu¬to
de un lugar donde tú hayas vivido. Estas viejas casas de tejas verdes de la
orilla del mar, por ejemplo, y estas mesitas cuadra¬das instaladas delante de
las viviendas para tomar té y aprove¬char el fresco, reaniman en ti la
nostalgia del terruño. Por ejemplo, también esta tumba del poeta de los Tang,
Lu Guiroeng, tal vez un simple túmulo que guarda sus pertenencias personales,
situado en un patio, detrás de una vieja escuela cubierta de hiedra y de cáñamo
silvestre, del que nunca habías oído hablar. Al lado, se extendían arrozales y
crecía un viejo árbol. El sol oblicuo de la tarde acrecentaba tu melancolía.
Menos necesario aún es hablar de esos patios con una torre de las regiones de
la etnia yi, cerrados, desiertos y solitarios, que ni tan siquiera en sueños
habías visto jamás, de esas construc¬ciones de madera sobre pilotes de las
aldehuelas miao divisadas de lejos en la ladera de una montaña que te
recordaban tam¬bién alguna cosa. No puedes dejar de preguntarte si no has
tenido una vida anterior de la que conservarías algunos retazos, a menos que no
sea el resultado de una vida futura. Estos recuerdos son tal vez igual que el
aguardiente, siguen también un proceso de destilación y te embriagan con su
aroma.
¿Qué son en
definitiva los recuerdos de infancia? ¿Cómo se puede probar su existencia? Es
preferible guardarlos en uno mismo, ¿para qué contrastarlos?
Te das cuenta de
repente de que la juventud, cuyo rastro andas buscando en vano, no se ha
desarrollado forzosamente en un lugar determinado. ¿No ocurre lo mismo con lo
que lla¬mamos la tierra natal? Los humos azulados que flotan por encima de los
tejados de teja de los pequeños pueblos, el cre-pitar del fuego que canta en
los hornos de leña, los pequeños insectos casi transparentes, amarillos, de
largas patas finas, los hogares en las casas de los montañeses y las colmenas
de madera que cuelgan en la pared, cerradas con tierra, provocan en ti la
nostalgia del terruño. He aquí la tierra natal que ves en sueños.
Por más que vivas
en la ciudad, que hayas crecido en la ciu¬dad, que hayas pasado casi toda tu
vida en ella, sigues sin poder considerar las ciudades como tu tierra natal.
Tal vez porque son demasiado gigantescas, todo lo más un rincón, una
habita¬ción, un instante pueden despertar en ti un recuerdo. Y es tan sólo en
estos recuerdos donde puedes protegerte sin sufrir heridas. A fin de cuentas,
en este mundo inmenso, no eres más que una gota de agua en el mar, débil y
minúscula.
Debes saber que lo
que buscas en este mundo es raro, tu avi¬dez es exagerada. Todo cuanto puedes
obtener en definitiva son vagos recuerdos, indistintos como tus sueños, nunca
recuerdos que puedan valerse de las palabras. Cuando quieres contarlos, no quedan
más que frases bien ordenadas, algunos fragmentos pasados por la criba de las
estructuras del lenguaje.
55
Llego a una ciudad
ruidosa, inundada de luz. Las calles están de nuevo repletas de gente, la
circulación incesan¬te de coches, el parpadear de los semáforos tricolores, las
miríadas de bicicletas desfilando como un torrente que ha roto sus compuertas,
y están las camisetas, los letre¬ros de neón, los anuncios publicitarios que
exhiben bellas mujeres.
Quería encontrar un
hotel correcto cerca de la estación, tomar una ducha caliente, comer
decentemente, recuperarme un poco y dormir un buen rato para disipar más de
diez días de cansancio. Pero tras haber recorrido varías calles, he tenido que
rendirme a la evidencia: todas las habitaciones individua¬les estaban ocupadas,
era como para creer que todo el mundo se había enriquecido después de haber
hecho un buen nego¬cio. Dado que he decidido gastar algo de dinero esta noche y
no dormir de nuevo en un dormitorio común impregnado de olores a sudor o en una
cama añadida en un pasillo, de donde sería echado al amanecer, prefiero seguir
velando en el vestíbulo de un hotel y aguardar a que algún cliente que tome un
tren nocturno deje libre su habitación. En medio de mi abu¬rrimiento, me
acuerdo de repente que llevo encima el número de teléfono del amigo de uno de
mis viejos amigos de Pekín. Me había dicho que no dejara de ir a verle si
pasaba por esta ciudad. Lo intento por si acaso. Alguien descuelga. En un tono
poco cortés, una voz me dice que espere. En el auricular, oigo ruidos extraños,
me mantengo a la espera pacientemente un buen rato: han debido de colgar.
Siempre temo telefonear. En primer lugar, no tengo teléfono propio, y luego sé
que la gente de un cierto rango que tienen teléfono no dudan en hacer decir que
no se encuentran en casa y en colgar abiertamente cuando no desean hablar con
desconocidos. La mayoría de mis amigos no tienen teléfono propio, pero el amigo
de este amigo tal vez sea un mando. No tengo ningún prejuicio contra los
mandos, no soy todavía misántropo hasta tal punto, pero con¬sidero que el
teléfono es un instrumento que no permite trans¬mitir los sentimientos y que no
conviene utilizar más que en último extremo. El auricular sigue haciendo
ruiditos. Si cuel¬go, tendré que esperar en el vestíbulo de este hotel, por lo
que es mejor seguir a la escucha, eso al menos me distrae.
Finalmente, una voz
poco amable me responde. Me hace repetir mi nombre y al punto me pregunta
vociferando dónde estoy: ¡quiere venir a buscarme de inmediato! Es
efectivamen¬te el amigo de mi amigo, que no me ha visto nunca, pero que se
comporta como si fuéramos viejos conocidos. Abandono la idea de quedarme en el
hotel, cojo mi mochila y me voy, des¬pués de haberle preguntado qué autobús
lleva a su casa.
En el momento de
llamar a su puerta, dudo un poco. El amo de casa abre y me libera de mis cosas.
No me estrecha la mano como exigiría la cortesía, sino que me coge por los
hombros para hacerme entrar.
La casa es
confortable, con dos habitaciones que dan a un recibidor; está amueblada con
gusto: sillones de bejuco, mesa de té cubierta por una superficie de cristal,
figurillas antiguas, un armario de estilo occidental. En las paredes cuelgan
platos de porcelana decorados, el suelo reluce de un ocre tan brillan¬te que
uno no se atreve a poner el pie encima. Contemplo pri¬mero mis zapatos sucios,
luego me veo en el espejo, con el pelo desgreñado, el rostro mugriento. No he
pasado por la pelu¬quería desde hace varios meses, a duras penas si me
reconozco a mí mismo. Me siento lleno de vergüenza:
—Llego de las
montañas, parezco un verdadero salvaje.
—Nunca hubiéramos
tenido la oportunidad de verle de no ser por esta ocasión —dice el amo de casa.
Su esposa me
estrecha la mano, luego se apresura a preparar té. Su hija pequeña de diez años
apenas me saluda, apostada contra la puerta, y ríe mirándome de hito en hito.
El amo de casa me
explica que, por una carta de su amigo de Pekín, se enteró de que estoy
haciendo un largo viaje y que me esperaba desde hacía tiempo. Luego me pone al
corriente de las noticias del mundo de las artes y de las letras y de la
polí¬tica: tal ha salido a flote, tal otro se ha ido a pique, tal o cual ha
pronunciado tal o cual discurso, tal otro ha puesto también el acento en los
grandes principios de base. En un artículo inclu¬so se ha mencionado mi nombre.
Han escrito que, aunque algunas de mis obras sean malas, no hay que cargarse a
su autor. Yo explico que no siento ya el menor interés por tales artículos, que
de lo que tengo necesidad es de la vida, y que, por ejemplo, lo que necesitaría
ahora sería un buen baño caliente. Su mujer rompe a reír y se apresura a ir a
poner agua a calentar.
Tras el baño, el
amo de casa me conduce a la habitación de su hija, que hace las veces de
biblioteca. Me propone descan¬sar un poco, me llamará dentro de un momento para
la cena. Oigo a su mujer que trajina en la cocina.
Tumbado en la cama
limpia de su hija, la cabeza descansan¬do sobre una almohada bordada con unos
gatos, me felicito por haberme atrevido a telefonear. Después de todo, el
teléfo¬no es algo que no está tan mal. Le he preguntado si era mando para tener
acceso a teléfono, pero él me ha explicado que en realidad hay un teléfono
público en la planta baja. El encarga¬do ha venido a darle aviso. Algunos de
sus jóvenes amigos que¬rrán sin duda verme. En verano, aquí, uno se acuesta muy
tarde. Algunos viven en inmuebles de la vecindad, a otros se les puede llamar
por teléfono si tengo ganas de conocerles. Asiento al punto. Oigo una puerta
que se abre, ruidos de pasos en la escalera y voces en la sala de estar. Hablan
de ti, de tus obras, de tus dificultades, eres poco menos que un enderezador de
entuertos, te opones a las desigualdades sociales, tú dices que no puedes
oponerte a ellas, que crees que la distin¬ción entre lo que es absurdo y lo que
no lo es no se refiere sólo a los mandos, que cuanto más observa uno el mundo y
a la propia humanidad, más extraños los encuentra, nunca hubie¬ras creído que
pudieran existir todavía amigos así, que se inte¬resen por ti, que te hagan
sentir que esta vida vale la pena a pesar de todo ser vivida, entonces ellos se
ponen a discutir para saber cómo podrían ir al día siguiente en busca de unas
chicas para salir a bailar. ¿Por qué no? Eso eres tú quien lo has dicho. Se
trata de chicas alegres, actrices en ciernes, estudiantes recién salidas de la
universidad, ellas deciden en medio de una gran pelotera ir a coger setas a un
bosque de pinos, esa sí que es una idea excelente, ¿no tenéis miedo a
intoxicaros? ¿Es que no puedes probarlas tú primero? Y una vez que las hayas
probado, todo el mundo comerá, ¿quién ha dicho que eras un héroe? ¡Los héroes
deben sacrificarse por las jóvenes! Ellos no quieren ceder bajo ningún
concepto, tú dices que morir por una muchacha es el ideal, ellas dicen que no
son tan crueles como para eso, que no son a pesar de todo como la nueva Wu
Zetian, Jiang Qing, ni como la emperatriz Ci Xi, les importa un bledo que
estas viejas arpías estén muertas o vivas, quieren que te quedes con ellas para
que enciendas el fuego para poder asar las setas, y diciendo esto se van a
buscar una cubeta, reco¬gen leña, y tú te pones boca abajo para soplar sobre
las hojas y las agujas de pino secas, tus ojos enrojecen a causa del humo, las
llamas comienzan a ascender, todo el mundo grita y baila en torno al fuego,
alguien toca la guitarra, tú das unas voltere¬tas en la hierba, y todo el mundo
aplaude y te aclama, un cha¬val hace el pino y no deja de importunar a una
muchacha, exigiendo que haga la rueda, ella dice que puede bailar cualquier
baile, pero que todo el mundo es capaz de hacerlo, no, lo que quieren ellos ver
es el número en el que ella destaca, ella dice que va con faldas, y bien, ¿y
eso qué importa? No es la falda lo que ellos quieren mirar, sino el ejercicio
físico en toda su gra¬cia. Los jóvenes ya no la dejan en paz, uno de ellos dice
que ¡incluso ha sido campeona! Las chicas le hacen cosquillas y la hacen rodar
por encima de la hierba sin dejarle recuperar el aliento, tú dices que en las
montañas has aprendido brujería, que sabes hacer morir a los vivos y resucitar
a los muertos, ellos dicen que alardeas, si no me creéis, ¿quién quiere
probar¬lo? Ellos la señalan a ella, la chica tumbada en el suelo cierra los
ojos y se hace la muerta, cortas una rama de sauce que agitas, pones los ojos
en blanco, murmuras entre dientes, das vueltas en torno a ella para ahuyentar a
los demonios de las cuatro direcciones, los jóvenes se arrodillan alrededor,
rezan con las manos juntas, las chicas se ponen celosas, le gritan ¡que se
levante, que abra los ojos, que mire a todos estos hombres que le hacen la
corte! Tú lanzas un gran grito y entras en liza con el torso desnudo, sacas la
lengua, bailas entre alaridos, ¡todo el mundo inicia un baile en endiablado
corro alrededor de ella y la levantan en sacrificio a los dioses! ¡En
sacrificio a los dioses! ¡Tirémosla al río para ofrecerla al genio de las
aguas! Ella no se aguanta más y pide socorro con voz estriden¬te. «¡Socorro!»
¡Dice que bailará, que bailará todo lo que ellos quieran, pero que por favor no
la tiren al río, los chicos le exi¬gen entonces como prenda que haga el grand
écart, con las dos manos levantadas, sin moverse, para martirizarla hasta la
locu¬ra! ¡Hasta la locura! Las chicas se oponen a ello y se lo impi¬den, todo
el mundo acababa rodando sobre la hierba y revien¬ta de risa, ya vale, ya vale,
cuéntanos, ¿contar el qué? Cuénta¬nos lo que viste durante tu viaje, tú dices
que has ido en busca del hombre salvaje, ah, bueno, ¿lo has visto realmente?
Dices que has visto un panda, ¿qué tiene ello de extraño? En los zoos también
se pueden ver, tú dices que ése que tú viste entró en la tienda de campaña en
busca de comida, que metió la cabeza debajo de tus mantas, ¡eso es mentira, es
mentira! Di¬ces que te gustaría ir de veras a Shennongjia porque todo el mundo
cuenta que el hombre salvaje vive allí, que querrías incluso capturar uno y enseñarle
el lenguaje de los hombres pero sin llegar a considerarle un niño, dices que tú
mismo no llegas a considerarte como un niño, que únicamente te gusta¬ría volver
a tu infancia, dices que andas buscando sus huellas por todas partes, y ellas,
ellas dicen también que la infancia es lo mejor, se guardan buenos recuerdos de
ella, yo no, se alza una voz, mi infancia no tenía ningún interés, prefiero
vivir ahora y mirar las estrellas por encima de mi cabeza, o bien dis¬cutir
sobre tus obras, otra voz, femenina ésta: lo que has escri¬to ha sido
íntegramente publicado, lo que no has podido publicar, en realidad, es como si
no lo hubieras escrito aún, no eres realmente alguien serio, tú dices que eres
demasiado serio, es por eso por lo que no quieres serlo ya en absoluto, no eres
feliz en absoluto. Otra voz suspira ¡Lalalalala, atención, voy a cantar! Eres
la única bonita, la única en ser tan agresiva, os peleáis, la que gane será la
más hermosa, pero ellas no quie¬ren que tú hagas de arbitro, dices que todo el mundo
quiere juzgarte, ¿no quieres hacerte célebre? Reconoces que has pen¬sado un
poco en ello, pero que nunca hubieras creído que eso te acarreara tantos
sinsabores. Todo el mundo ríe, alguien dice: ¿y si cruzáramos el río? ¡Cogidos
de la mano entremos en la cueva! El que va a la cabeza lanza un grito extraño,
se ha dado un golpe, desencadenando la hilaridad general, en la cueva, negra
como boca de lobo, hay que agacharse para no darse un coscorrón, pero la gente
se da contra las nalgas del que va delante, ¡lo mejor sería besarse en esta
cueva! Nadie ve a nadie, no se sabe quién besa a quién, no es divertido, vamos
más bien a darnos un baño y a saltar en el agua, ¡que nadie haga guarradas a
los otros! ¿A quién? ¡El que lo hace lo sabe! ¿Y si cantáramos todos juntos?
Cantemos la canción de la pal¬mera, no, siempre ésta no, mejor el barquero del
dragón, ¿quién pasa a quién? Eres el único en amar tu tierra, el único que
aburre a los demás, el único que me da la lata, no discu¬táis, ¿de acuerdo?
Venerables amigos... ¡voy a ahogarme! ¿Quién es tan aburrido? Voy a buscar
setas en las aguas negras del río... ¿Qué?, ¿qué?, no hay ni una, no se
encuentra nada, lo único que se encuentra es la tristeza, juguemos a las
cartas, ¿de acuerdo? No, ¿hay que pensar demasiado? Bueno, saquemos la tortuga
negra, ¿quién la tiene?... ¡Yo he sacado el rey! Tengo realmente suerte, a los
que no la persiguen siempre les sonríe, es el destino, ¡ah!, ¿crees en el
destino? El destino se burla de los hombres, ¡que se vaya al diablo! No mientes
al diablo, pues tengo miedo cuando se habla del diablo por la noche, has
caminado por un río profundo, ¿no has ido a Fengdu, la ciu¬dad de los demonios?
Cuéntanos si es agradable esa ciudad. Actualmente, han fijado allí unos
carteles con un par de sen¬tencias paralelas destinadas a poner fin a las
supersticiones. «Lo que crees es, lo que no crees no es.» ¿Qué son esas
sen-tencias? ¿Acaso sólo las sentencias paralelas tienen derecho a ser
verdaderas sentencias? ¿Es que no puede haber sentencias libres? Tú que quieres
dinamitarlo todo, ¿serás capaz de dina¬mitar la verdad? No te des grandes aires
para amedrentar a la gente, ¿acaso no eres un hombre sin dios, que no le teme a
nada? Dices que has tenido miedo, ¿de qué? ¡Has tenido miedo de la soledad,
eres un buen chico y además un héroe! Héroe o no, les temes a las mujeres
hermosas, ¿qué tienen ellas de tan espantoso? Tienes miedo de ser hechizado,
¡menuda novedad! ¡Eh, queridos compatriotas! ¿Qué haces? ¿Hay que salvar a la
patria? ¡Tú no te salvas más que a ti mismo, incorre¬gible individualista! Tu
cuerpo se cubre de sudor frío de tanto miedo como tienes, quisieras, quisieras,
quisieras volver entre ellos, pero ya no encuentras a nadie...
56
Ella quiere que le
leas las rayas de la mano. Su pequeña mano es suave, muy bonita, muy femenina.
Abres su palma y juegas con ella, dices que tiene un carácter muy acomodaticio,
que es una muchacha muy dulce. Ella sacude la cabeza, asintiendo.
Dices que es la
mano de alguien muy afectuoso y sentimen¬tal, ella rompe a reír con su risa tan
dulce.
En apariencia ella
es dulce, pero en su interior está que arde, es ansiosa, dices. Ella frunce el
ceño. Es ansiosa porque busca el amor apasionadamente, pero le cuesta mucho
encon¬trar un hombre a quien poder entregarse en cuerpo y alma. Es demasiado
delicada, está raramente satisfecha, he aquí lo que dice esta mano. Hace un
mohín, pone una cara muy extraña.
No ha amado más que
una sola vez...
¿Cuántas veces? Te
deja a ti que lo adivines.
Dices que comenzó
muy joven.
¿A qué edad?,
pregunta.
Dices que ella está
hecha para el amor, que muy pronto aspiró al amor. Ríe.
Le adviertes que en
la vida el príncipe azul no existe, que irá de decepción en decepción. Ella
evita tu mirada.
Dices que cada vez
será engañada y que ella engañará cada vez... Te dice que te calles.
Tú dices que las
rayas de su mano son muy caóticas, que implican siempre varias personas al
mismo tiempo.
¡Ah, no!, protesta
ella.
Tú le impides
protestar, dices que, cuando ella ama a un hombre, piensa todavía en el otro,
toma un nuevo amante antes incluso de haber roto con el anterior.
Exageras, dice
ella.
Tú dices que unas
veces es consciente, otras no, no la juz¬gas, lo único que tú dices es lo que
muestran las rayas de su mano. ¿Hay cosas que no conviene decir? La miras a los
ojos.
Tras un instante de
vacilación, dice con aplomo que, por supuesto, se puede decir todo.
Dices que no sabe
concentrarse en el amor. Pellizcas los huesos de su mano diciendo que no lees
solamente las rayas, sino que observas también la morfología. Dices que a
cual¬quier hombre le es suficiente con apretar una pequeña mano tan fina para
poder arrastrarla.
¡Inténtalo, pues!
Ella quiere retirar su mano, pero tú no se lo permites.
Está abocada al
sufrimiento, hablas de su mano.
¿Por qué?
Debe de
preguntárselo a sí misma.
Dice que quiere
consagrarse exclusivamente al amor de un hombre.
Tú reconoces que
ella lo quiere, el problema es que no lo consigue.
¿Por qué?
Dices que debe de
preguntárselo a su propia mano, su mano le pertenece, no puedes responder por
ella.
Eres realmente
astuto.
Dices que no eres
tú el que es astuto, sino su mano, dema¬siado fina, demasiado menuda, demasiado
imprevisible.
Ella suspira y te
ruega que continúes.
Tú dices que, si
continúas, puede llegar a enfadarse.
Que no.
Dices que ya está
enojada.
Ella asegura que
no.
Tú dices entonces
que ha llegado al punto de no saber qué amar.
No comprende, dice
que no comprende de lo que hablas.
Le pides que
reflexione un poco.
Ella dice que
reflexiona, pero que sigue sin comprender.
Bueno, eso
significa que ella misma no sabe lo que ama.
¡Amar a un hombre,
un hombre muy notable!
¡Qué significa muy
notable!
Un hombre ante el
cual su corazón se inclinaría a una sim¬ple mirada, un hombre al que ella
podría entregar enseguida su amor, un hombre con el que ella iría adondequiera
que fuese, hasta el fin del mundo.
Dices que eso sería
una pasión romántica pasajera...
¡Es precisamente la
pasión lo que ella busca!
Se abandona una vez
que se ha recuperado el buen sentido.
Ella dice que la
llevaría hasta sus últimas consecuencias.
Pero por lo menos,
cuando tu pasión se enfriase, verías las cosas de otro modo.
Dice que si se
enamora, su pasión no podrá debilitarse.
En tal caso, ello
significa que todavía no te has enamorado. La miras fijamente a los ojos, ella
no puede desviar su mirada y dice que no sabe.
No sabe si
finalmente ama o no, porque se ama demasiado a sí misma.
Te advierte: no
debes ser tan malo.
Dices que todo eso
viene de que es demasiado hermosa, que está siempre pendiente de la impresión
que causa en los demás.
¡Continúa hablando!
Ella está un poco
irritada, tú dices que no sabe que en reali¬dad es una especie de disposición
natural.
¿Qué quieres decir?
Frunce el ceño.
Simplemente quieres
decir que sus disposiciones naturales son evidentes, que su drama es
precisamente que es tan atrac¬tiva que todo el mundo se enamora de ella.
Niega con la
cabeza, dice que no hay nada que hacer con¬tigo.
Tú dices que ha
sido ella quien ha querido que le leyeras las rayas de la mano y que quería que
le dijeras la verdad.
Ella protesta
ligeramente: lo que tú dices es un poco exage¬rado.
La verdad no puede
ser tan agradable, tan halagadora a los oídos, es por fuerza un poco dura, si
no, ¿cómo considerar seriamente su propio destino? Le preguntas si quiere que
con¬tinúes.
¡Termina rápido!
Dices que debe
separar los dedos, mueves sus dedos expli¬cando que es para ver si ella es
dueña de su destino o si es el destino el que es dueño de ella.
¿Quién es dueño,
entonces? Dímelo.
¡Tú le dices que
apriete de nuevo la mano, la sostienes fir¬memente y se la levantas gritando a
todo el mundo que mire!
Todos se echan a
reír, ella retira la mano.
Dices que, por
desgracia, de quien estás hablando es de ti y no de ella. Revienta de risa a su
vez.
Preguntas si otras
personas quieren que tú les leas las rayas de la mano. Las muchachas guardan
silencio. En ese momen¬to, una palma de dedos muy largos se tiende hacia ti y
una vocecita tímida te pide: mírame.
Dices que tú no
miras más que las rayas de la mano, no los rostros.
Ella rectifica:
¡mira mi destino!
Es una mano llena
de fuerza, la palpas.
Dime simplemente si
haré negocios.
Tú dices que esta
mano tiene mucho carácter.
Dime simplemente si
tendré éxito en los negocios.
No puedes sino
decir que es la mano de una persona muy emprendedora, lo que no quiere decir
que sus empresas vayan a tener éxito.
¿Qué es una
empresa, si no tiene éxito?, replica ella.
Decir que uno va a
hacer negocios tal vez sea también una manera de dar ánimos.
¿Qué quieres decir?
Quiero decir que no
tienes ambición.
Ella deja escapar
un suspiro, sus dedos rígidos se distien¬den. Reconoce que no es ambiciosa.
Tú dices que es una
joven perseverante, pero que carece de ambición, que no quiere dominar a los
demás.
Sí, eso es, ella se
muerde los labios.
El trabajo es a
menudo inseparable de la ambición: cuando se dice que una persona tiene
ambición, lo que se quiere decir con ello es que tiene espíritu de empresa; la
ambición es la base de la empresa, la ambición sirve para distinguirse de los
demás.
Es cierto, dice
ella, no quiere distinguirse de los demás.
Dices que sólo
piensa en afirmarse a sí misma, no es bonita, pero tiene buen corazón. El éxito
de una empresa exige no tener en cuenta los intereses de la competencia y, como
ella es demasiado amable, no podrá salir triunfante sobre sus adver¬sarios, ni,
naturalmente, conocer ningún éxito significativo.
Ella dice en voz
baja que lo sabe.
Llevar una empresa
sin que por fuerza tenga éxito es tam¬bién una forma de felicidad, dices tú.
Pero ella dice que
no puede apreciar lo que es la felicidad.
Una empresa que no
tiene éxito no equivale a la ausencia de felicidad, afirmas tú de nuevo.
¿Qué clase de
felicidad es ésa, entonces?
Tú a lo que quieres
referirte es a una felicidad sentimental.
Ella deja escapar
un pequeño suspiro.
Dices que un hombre
la ama en secreto, que debe reflexio¬nar seriamente sobre ello.
Pone unos ojos como
platos, y una cara de tal atención que los presentes se echan a reír. Incómoda,
ella ríe también ocul¬tando su rostro entre las manos.
Es realmente una
velada alegre, las muchachas te rodean y se te disputan tendiendo sus manos
para que les leas el futuro.
Dices que no eres
un echador de buenaventura, sino tan sólo un brujo.
¡Un brujo es algo
espantoso! ¡Espantoso!, gritan las chicas.
¡No, precisamente a
mí me gustan los brujos, los adoro! Una muchacha te estrecha entre sus brazos y
te tiende su mano regordeta: mira un poco, ¿tendré dinero o no? Abre la otra
mano: me importa un rábano el amor y el trabajo, lo único que quiero es un marido
cargado de dinero.
Otra muchacha se
burla de ella: para eso te basta con bus¬carte un viejo.
¿Por qué
necesariamente un viejo?, le replica la muchacha de las manos regordetas.
Una vez muerto él,
todo su dinero será para ti, y tú podrás volver a estar con tu enamorado. Tiene
un humor verdadera¬mente cáustico.
Y si no se muere,
será atroz, ¿no? ¡No seas tan mala!, le res¬ponde la joven de las manos
regordetas.
Esta mano regordeta
es muy deseable, dices.
Todo el mundo
aplaude, silba, grita bravo.
Lee mis rayas de la
mano, ordena ella, ¡y que nadie inte¬rrumpa!
Al decir que sus
manos eran deseables hablabas en serio, querías decir que estas manos atraían a
los hombres y que resultaba para ella difícil elegir, no sabía cuál era el
mejor.
El amor de los
hombres está muy bien, pero ¿qué pasa con el dinero?, pregunta ella haciendo
una mueca.
Nuevo estallido de
risas.
El que busca el
amor sin tener dinero no encuentra el amor, y el que busca dinero sin tenerlo
encuentra el amor, he aquí el destino, le adviertes con la mayor de las
seriedades.
¡Este destino está
muy bien!, exclama una muchacha.
La muchacha de las
manos regordetas levanta un poco la nariz: sin dinero, ¿cómo podría ponerme
guapa? Si no me pongo guapa, nadie me querrá, ¿o no?
¡Exactamente!,
dicen las otras muchachas a coro.
¡Y tú qué! ¡Qué
codicia la tuya, no piensas más que en tener chicas rondando a tu alrededor!
Una de ellas dice a tu espalda: ¿Y tú has conocido ya el amor?
Pero tú, vuelto
hacia esta tan alegre concurrencia, dices que amas a todas las manos, que las
quieres a todas.
¡No, no, no te amas
más que a ti mismo! Todas las manos se agitan en el aire. Las muchachas gritan,
protestan.
57
Al abandonar el
distrito de Fang, más al norte, penetro en el distrito de Shennongjia. Es
actualmente el lugar donde más se habla del hombre salvaje. Según los Ana¬les
de la prefectura de Yunyang, en estos bosques que se extienden unos
ochocientos lis de norte a sur, no hay más que «aullidos de tigres en pleno día
e incesantes chillidos de monos», prueba del aislamiento del lugar. No he
venido en absoluto para indagar sobre el hombre salvaje, sino más bien para ver
si el bosque virgen existe todavía. No es tampoco nin¬gún sentimiento de misión
el que me anima esta vez, aun cuando no ha desaparecido completamente de mí.
Este senti¬miento me oprime, me impide vivir de forma natural. De hecho, puesto
que descendía de las altas mesetas del curso superior del Yangtsé, no podía
dejar de lado esta región. No tener una meta es también una meta, y el hecho de
buscar es también un objetivo, cualquiera que sea el objeto de la bús-queda. Y
la vida misma no tiene, en principio, ninguna finali¬dad, basta con seguir adelante,
eso es todo.
La lluvia cae a
mares durante toda la noche y al amanecer continúa en una fina llovizna. De
cada lado de la carretera prin¬cipal, no hay ningún bosque digno de tal nombre,
nada más que zarzales y kiwis. En los ríos y riachuelos corre un agua
amarillenta. Llego a las once de la mañana a la cabeza de distri¬to y me dirijo
al centro de acogida de la oficina forestal en busca de un vehículo que pueda
llevarme al bosque. Me encuentro con una asamblea de mandos de tres niveles
jerár¬quicos distintos. No consigo enterarme de qué grados jerárqui¬cos se
trata, pero todos ellos trabajan en la explotación forestal.
A la hora de la
comida, un jefe de sección encargado de la acogida, al saber que soy un
escritor de Pekín, me invita a reunirme con ellos y me hace tomar asiento al
lado del conductor que debe de llevarme esa misma tarde. Me invita a brindar.
—¡No se puede beber
sin tener un escritor a la mesa! —ex¬clama con gentileza y jovialidad.
Se mandan al coleto
cuencos enteros de aguardiente de arroz, y los rostros enrojecen. No puedo
decepcionarles y bebo con ellos. Al final de la comida, acabo con la cabeza que
me da vueltas y mi conductor no puede ya conducir.
Los participantes
en la reunión prosiguen sus trabajos por la tarde, pero el conductor me abre
una habitación de huéspe¬des donde cada uno ocupamos una cama para descabezar
un sueño hasta la noche.
En la cena se sirve
lo que ha quedado de mediodía y aguar¬diente. Borracho de nuevo, no me queda
más remedio que pasar la noche en el centro de acogida. El conductor viene a
avisarme de que en la montaña, las aguas han inundado las carreteras, y no sabe
si será posible salir al día siguiente. Está encantado de poder tomarse un
descanso.
Durante la velada,
el jefe de sección viene a charlar conmi¬go. Quiere saber lo que se come en la
capital. ¿Cuáles son los primeros platos que se sirven? ¿Y cuáles a
continuación? Me dice que conoció a alguien que visitó el Palacio Imperial en
Pekín y que le contó que se mataban cien patos para preparar un solo plato para
la emperatriz Ci Xi. ¿Es eso cierto? Y el lugar donde vivió el presidente Mao,
¿puede visitarse? ¿Acaso he visto yo su viejo pijama apedazado que mostraron
por tele¬visión? Aprovecho para preguntarle sobre las historias que cir¬culan
por aquí.
Me cuenta que,
antes de la liberación, este perdido rincón estaba muy poco poblado: una
familia de leñadores en Nanhe, otra en Douhe. La madera era evacuada por el
río. El volumen de madera vendida al exterior no alcanzaba ciento cincuenta
metros cúbicos por año. De aquí a Shennongjia, no se conta¬ban más de tres
hogares. Antes de 1960, el bosque apenas había sufrido daños, pero poco después
se construyó una gran carretera y las cosas cambiaron. Hoy en día era preciso
entre¬gar cincuenta mil metros cúbicos de madera anuales, la pro¬ducción se ha
intensificado y la gente ha llegado en masa. Antes, a la primera tormenta de
primavera, aparecían peces en las pozas de la montaña y se interceptaba la
corriente con bam¬búes para llenar cestos enteros de ellos. Hoy en día ni
siquiera se puede comer ya pescado.
También le pregunto
por la historia del distrito, él se quita los zapatos y se sienta con las
piernas cruzadas sobre la cama:
—¡Si se quiere
hablar de historia, hay que remontarse lejos! Muy cerca de aquí, los
arqueólogos han encontrado dientes de pitecántropo.
Viendo que los
viejos monos no me interesan en absoluto, se pone a hablar del hombre salvaje.
—Si te lo
encuentras, puede cogerte por los hombros y sacudirte para hacerte volver la
cabeza, luego se larga lanzan¬do una carcajada.
Pienso que esto ha
debido de leerlo en algún libro antiguo.
—¿Ha visto usted al
hombre salvaje?
—Más vale no
haberlo visto. Es más alto que un hombre, mide más de dos metros, cubierto de
pelos rojizos y con unos largos cabellos. Cuando la gente habla de él, nadie
tiene miedo, pero si uno lo ve de veras resulta aterrador. Sin embar¬go, no
hace daño a nadie. Si no se le hiere, puede lanzar inclu¬so gritos indistintos,
y si ve sobre todo a una mujer muestra una sonrisa de oreja a oreja.
Todo esto lo ha
oído decir. Aunque estuviera hablando varios miles de años, no diría nada
nuevo. Prefiero interrum¬pirle:
—¿Hay alguien que
lo haya visto entre los empleados y los trabajadores de aquí?
—Por supuesto. El
presidente del comité revolucionario de la localidad de Songbai, un día que iba
en jeep con otras per¬sonas, tuvo que pararse a causa de un hombre salvaje que
les interceptaba la carretera. Se quedaron patidifusos y le vieron alejarse entre
balanceos. Eran todos mandos de nuestra región, les conocemos bien.
—Si se trataba
todavía del comité revolucionario, eso debe de hacer ya mucho tiempo que pasó.
¿Se le ha visto reciente¬mente?
—Son muchos los que
vienen a indagar sobre el hombre salvaje, varios centenares por año, y de todas
partes además, de la Academia de las Ciencias de Pekín, profesores
universitarios de Shanghai, comisarios políticos del ejército, y el último año
hubo dos que vinieron de Hong Kong, un comerciante y un zapador de bomberos; no
se les permitió el acceso.
—¿Hay alguien que
haya visto al hombre salvaje?
—¡Por supuesto! Ese
del que le he hablado, el comisario político del equipo de investigaciones
sobre el hombre salvaje, era un militar y en su coche iban dos miembros de su
guardia personal. Fue también una vez que había estado lloviendo toda la noche.
La carretera estaba inundada y se había levantado una densa niebla. Se
encontraron frente a frente con el hom¬bre salvaje.
—¿Le capturaron?
—La luz de los
faros no iluminaba más que a dos o tres metros. Tiempo de echar mano a sus
fusiles y bajar del coche, y él había ya escapado.
Decepcionado, meneo
la cabeza.
—Recientemente ha
sido fundada también ex profeso una Sociedad de Investigaciones sobre el hombre
salvaje, dirigida personalmente por el antiguo jefe del departamento de
propa¬ganda del comité del Partido. Poseen fotos de huellas de pasos, cabellos
y pelos.
—Eso lo he visto
—digo yo— en una exposición probable¬mente montada por esta Sociedad. También
he visto fotos ampliadas de huellas de pasos. Por otra parte, se ha publicado
un volumen de documentos que incluye las menciones del hombre salvaje que se
encuentran en los libros antiguos, así como reportajes extranjeros sobre el
yeti y fotos de huellas de pasos gigantes. También contiene relatos de testigos
oculares.
Quiero mostrarle
que abundo en el mismo sentido de lo que él dice.
—He visto también
la foto de un pie de hombre salvaje.
—¿Cómo era?
—pregunta inclinándose hacia mí.
—Como el de un
panda, estaba disecado.
—Entonces, es falso
—dice sacudiendo la cabeza—, el panda es el panda, un pie de hombre salvaje es
más grande que el de un panda, más o menos como el de un hombre normal. ¿Por
qué cree que le he hablado primero de los dientes de monos de antaño? En mi opinión,
¡el hombre salvaje es un pitecántropo que no ha evolucionado para convertirse
en un hombre! ¿Qué piensa usted de ello?
—No estoy seguro
—digo tras haber lanzado un bostezo, debido sin duda al aguardiente de arroz.
Él se despereza,
bosteza a su vez, fatigado de haber pasado la jornada entre reuniones y
banquetes.
Al día siguiente,
continúan su reunión. Me veo obligado a descansar una jornada más, pues, según
el conductor, la carre¬tera no ha sido reparada. Me dirijo otra vez a ver al
jefe de sec¬ción:
—No quisiera
molestarle en medio de su reunión, pero ¿no habría un viejo mando que conociese
la historia local? Me gus¬taría charlar con él.
Me indica un
antiguo jefe de distrito de tiempos del Kuomintang, liberado de los campos de
trabajo:
—Lo sabe todo, ese
viejo. Es verdaderamente un intelec¬tual. El grupo que ha sido creado
recientemente para compilar los anales del distrito va a menudo a consultarle
para que con¬trole sus materiales de base.
Tras haberme
informado de casa en casa, acabo dando con él en una callejuela húmeda y
fangosa.
Se trata de un
anciano delgado, de mirada penetrante. Me invita a sentarme en la estancia
principal de su casa y, carras¬peando, me invita a té y pipas de sandía. Está a
todas luces muy inquieto, no comprende el motivo de mi visita.
Le explico que
tengo intención de escribir una novela his¬tórica sin ninguna relación con el
período actual. He venido expresamente a verle para que él me aconseje.
Aliviado, deja de carraspear y de agitarse, enciende un cigarrillo y, con la
espalda recta como una i, se apoya contra el respaldo de una silla de madera.
Comienza con aplomo:
—Bajo los Zhou del
Oeste, este lugar formaba parte del país de Peng y, en la época de las
Primaveras y Otoños, pertenecía al país de Chu; bajo los Reinos Combatientes se
convirtió en un lugar estratégico que Qin y Chu se disputaban. A partir del
momento en que se recrudeció la guerra, las gentes cayeron como moscas. Aunque
eso sucediera hace mucho tiempo, el país quedó desierto después de que la
población cruzara los pasos. De una población de tres mil hombres, no quedaron
más que el diez por ciento. Además, desde la revuelta de los Turbantes Rojos,
bajo los Yuan, los bandidos no han cesado de infestar la región.
No sé si considera
a los Turbantes Rojos como unos bandi¬dos.
—El poder de Li
Zicheng en las postrimerías de los Ming no fue aniquilado hasta el año 2 de la
era Kangxi. El primer año de Jiaqing, este lugar estaba totalmente controlado
por la secta del Loto Blanco. Zhang Xianzhong y el ejército Nian también se
apoderaron de él. Luego hubo el ejército Taiping y, durante la República, los
bandidos mandarines, los bandole¬ros y los soldados en desbandada han sido muy
numerosos.
—Así pues, ¿este
lugar ha sido siempre una guarida de mal¬hechores?
Ríe sin responder.
—Cada vez que se
restablecía la paz, la población aumenta¬ba con nuevos recién llegados. Se dice
en los libros de historia que el rey Ping de Zhou recopiló aquí canciones
folclóricas, lo cual viene a demostrar que debían de ser florecientes más de
setecientos años antes de nuestra era.
—Esto es demasiado
antiguo —le digo—. ¿Podría hablar¬me de hechos que haya vivido usted mismo? Por
ejemplo, ¿qué clase de desórdenes causaban esos bandidos en la época de la
República?
—Por lo que se
refiere a los bandidos mandarines, puedo ponerle un ejemplo. Una división de
unos dos mil hombres se amotinó. Violaron a varios centenares de mujeres y se
llevaron consigo a más de doscientos rehenes, entre niños y adultos, con el fin
de intercambiarlos por fusiles, municiones, algodón y lámparas. Entregada a su
debido tiempo, una cabeza humana reportaba cada vez unos mil o dos mil yuanes
de plata, pagade¬ros antes de determinado plazo. Había sido designada una
per¬sona para llevar el dinero a un lugar convenido. En caso de retraso, aunque
sólo fuera de medio día, los niños apresados como rehenes eran ejecutados. Y, a
veces, los que pagaban el rescate no recibían a cambio más que una oreja
cortada. En cuanto a los facinerosos que no estaban organizados en ban¬das, se
limitaban a coger el dinero y algunos objetos, dando muerte a quienes trataban
de presentarles resistencia.
—¿Y ha conocido
períodos de paz y de prosperidad?
—¿De paz y de
prosperidad?... —Sacude la cabeza, reflexio¬na un poco—. Sí, los ha habido. En
esa época, yo iba a la cabe¬za de distrito, para la feria del templo, el tercer
día del tercer mes: calculo que debía de haber nueve escenarios de teatro con
vigas pintadas y esculpidas, y una decena de compañías que se sucedían día y
noche. Tras la revolución de 1911, durante el quinto año de la República, las
escuelas de la cabeza de distri¬to pasaron a ser mixtas y se organizaba en
ellas grandes encuentros deportivos, las deportistas femeninas corrían en
pantalón corto. Tras el año 26 de la República, las costumbres volvieron a
cambiar y, cada año, desde el primer día del año hasta el dieciséis del mes, se
instalaban en el cruce de las calles vanas decenas de mesas de juego. En una
noche, un gran hacendado perdió ciento ocho templos dedicados a las
divini¬dades locales. ¡Imagínese lo que ello significa en campos y bos¬ques! De
burdeles había más de veinte. No tenían ningún letrero, pero lo eran realmente.
La gente venía a ellos día y noche de varios cientos de lis a la redonda. A
continuación, hubo la lucha entre los tres señores de la guerra, Chiang
Kaichek, Feng Yuxiang y Yan Xishan, luego la guerra de resisten¬cia durante la
cual los japoneses lo volvieron a saquear todo. Por último, hubo el poder de
las sociedades secretas que cono¬ció su apogeo hasta que el Gobierno Popular
tomó cartas en el asunto. A la sazón, de las ochocientas personas de la cabeza
de distrito, la Banda Verde contaba con cuatrocientos adeptos. Su poder se
infiltraba incluso en las clases altas, los secretarios de gobierno del
distrito formaban parte de ella, y al nivel inferior controlaba también a los
indigentes. Se entregaban a todo tipo de desmanes: raptar a mujeres, robar,
vender a las viudas. Tam¬bién los ladrones debían prosternarse delante del
Viejo Quin¬to. En las bodas y entierros de la gente rica, se presentaban a
menudo ante la puerta cientos de mendigos mandados por el jefe, el Viejo
Quinto. Y si no se les concedía algunos favores, no habrían podido desalojarlos
ni a tiro limpio. Los miembros de la Banda Verde tenían una veintena de años,
mientras que los de la Banda Roja eran algo mayores en edad, y eran por lo
general ellos quienes mandaban a los bandidos.
—¿Qué signos de
reconocimiento tenían los miembros de las sociedades secretas para comunicarse
entre sí?
Yo comenzaba a
sentir interés por el asunto.
—Entre ellos, los
miembros de la Banda Verde se hacían lla¬mar Li, y con los demás Pan. Cuando se
encontraban, se lla¬maban «hermano» y decían haciéndose un signo con la mano:
«La boca está cerca de Pan, los dedos son unos tres».
Hace un círculo con
el pulgar y el índice y abre los otros tres dedos.
—Éste era su signo
de reconocimiento. Se llamaban unos a otros Viejo Quinto, Viejo Noveno, y las
mujeres Cuarta Her¬mana, Séptima Hermana. Los que no eran de la misma
gene¬ración se llamaban Padre e Hijo, Maestro o Maestra. Los de la Banda Roja
se llamaban Señor entre ellos, los de la Banda Verde, Hermano Mayor. En las
casas de té, les bastaba con sentarse y poner sobre la mesa su sombrero con el
reborde vuelto para que de inmediato se les invitara a té y cigarrillos.
—¿Fue también usted
miembro de alguna banda? —pre¬gunto prudentemente.
Toma un sorbo de té
mientras ríe levemente.
—En aquella época,
sin tener algunos contactos, era impo¬sible convertirse en jefe de distrito.
Luego añade
meneando la cabeza:
—Todo esto son
cosas del pasado.
—¿Cree usted que,
durante la Revolución Cultural, las fac¬ciones se asemejaban un poco a esto?
—Se trataba de
relaciones entre camaradas revolucionarios, no es comparable —replica con
firmeza.
Se hace un frío
silencio. Se levanta y vuelve a deshacerse en atenciones conmigo ofreciéndome
té y pipas de sandía.
—A mí el Gobierno
no me trató mal. Si no hubiera sido encarcelado, yo, un delincuente, habría
tenido que presentar¬me delante de los movimientos de masas y tal vez no habría
sobrevivido.
—Los períodos de
gran paz son raros —digo yo.
—¡Es la situación
actual! Atravesamos un período en el que el país está en paz y el pueblo
tranquilo, ¿o no? —me pregun¬ta prudentemente.
—La gente tiene de
comer y aguardiente para tomar.
—¿Qué más se puede
pedir?
—Es cierto.
—Yo mientras pueda
leer, soy feliz. Uno no comienza a saber lo que es la felicidad hasta que no ha
visto a la gente mezclarse en los asuntos ajenos —dice mirando al patio.
La llovizna se ha
puesto a caer de nuevo.
58
Cuando Niu Gua creó
al hombre, hizo su desgracia. Las entrañas de Niu Gua se transformaron en
hombre, nacido de la sangre de la mujer, nunca se purificará.
No conviene sondear
las almas, no conviene buscar las cau¬sas y los efectos, no conviene buscar el
sentido, todo no es más que caos.
El hombre no grita
más que cuando no comprende, el que ha gritado no ha comprendido nada. El
hombre es un ser difí¬cil que se crea sus propios tormentos.
Este «yo» en medio
de «tú» no es más que un reflejo en el espejo, la imagen invertida de las
flores en el agua; si no eres capaz de entrar en el espejo, no llegarás a
repescar nada y no harás más que apiadarte de ti mismo en vano.
Es preferible para
ti que continúes queriendo perdidamente la imagen de todos los seres animados,
ahogándote en el océa¬no de los deseos, las pretendidas necesidades
espirituales no son más que una especie de masturbación, tienes el aspecto
descompuesto.
La sabiduría es
también una especie de lujo, una especie de gasto suntuario.
No tienes ganas más
que de exponer los hechos valiéndote de un lenguaje que trasciende las
relaciones de causa y efecto y la lógica. Se han contado ya tantas tonterías
que nada te impi¬de seguir contando más.
Inventas de un
tirón, juegas con el lenguaje como un niño juega con los cubos. Pero con los
cubos no es posible construir más que figuras fijas, todas las estructuras
están sin duda con¬tenidas en los cubos, imposible hacer algo nuevo, sea cual
sea la manera en que se dispongan.
El lenguaje es como
una bola de pasta con la que moldeas frases. Tan pronto abandonas las frases es
como si penetraras en un cenagal del que te es imposible volver a salir.
En los problemas,
en las preocupaciones, el hombre está solo. Una vez que estás metido en ellos,
debes salir por ti mismo, no existe ningún salvador que se ocupe de estas
frus¬lerías.
Progresas en el
lenguaje cargando con tus pesados pensa¬mientos. Quisieras encontrar un hilo
conductor que te fuera de ayuda para conseguirlo, pero cuanto más progresas,
más agobiado te sientes, porque estás atado por el hilo conductor del lenguaje;
como un gusano de seda que teje su hilo, fabricas una red en torno tuyo, que te
ciñe en unas tinieblas cada vez más densas. La débil luz al fondo de tu corazón
es cada vez más tenue y, justo en el extremo de la red, no hay más que el caos.
Cuando se pierden
las imágenes, también se pierde el espa¬cio. Cuando se pierde el sonido,
también se pierde el lenguaje. Se masculla sin ruido, no se sabe ya finalmente
lo que se cuen¬ta, en el centro mismo de la conciencia subsiste todavía un poco
de deseo, pero si este resto de deseo desaparece, se acce¬de al nirvana.
¿Cómo encontrar,
por último, un lenguaje puro y cristali¬no, musical, inmarcesible, más elevado
que la melodía, más allá de los límites establecidos por la morfología y la
sintaxis, sin distinción entre el objeto y el sujeto, que trascienda a las
personas, se desembarace de la lógica, en constante desarro¬llo, que no recurra
ni a las imágenes, ni a las metáforas, ni a las asociaciones de ideas ni a los
símbolos? Un lenguaje que pudiera expresar enteramente los sufrimientos de la
vida y el temor a la muerte, las penas y las alegrías, la soledad y el
con¬suelo, la perplejidad y la espera, la vacilación y la determina¬ción, la
debilidad y el valor, los celos y el remordimiento, la calma, la impaciencia y
la confianza en uno mismo, la gene-rosidad y el tormento, la bondad y el odio,
la piedad y el desá¬nimo, la indiferencia y la paz, la villanía y la maldad, la
noble¬za y la crueldad, la ferocidad y la bondad, el entusiasmo y la frialdad,
la impasibilidad, la sinceridad y la indecencia, la vanidad y la codicia, el
desdén y el respeto, la jactancia y la duda, la modestia y el orgullo, la
obstinación y la indignación, la aflicción y la vergüenza, la duda y el
asombro, y la lasitud y la decrepitud y el intento perpetuo de comprender y no
menos perpetuo de no comprender y la impotencia de no lograrlo.
59
Estoy tumbado en
una cama de muelles guarnecida con un cubrecama inmaculado. En la pared, un
papel pinta¬do amarillo pálido, con motivos de flores recamadas; y en las
ventanas, unas cortinas blancas de labor de gan¬chillo; una alfombra roja
oscura en el suelo y, enfrente, un par de grandes sillones resguardados por dos
grandes telas. La habitación está equipada con un cuarto de baño con bañera. Si
no tuviera en la mano la fotocopia de una recopilación de can¬ciones
campesinas, Tambores y gongs para la época de escardar, me costaría lo mío
darme cuenta de que me encuentro en la región forestal de Shennongjia. Esta
casa de una planta nueva flamante fue construida por un equipo de prospección
ameri-cano, pero como no pudo venir por algún motivo desconoci¬do, ha sido
transformada en centro de acogida para los diri¬gentes que vienen a hacer una
ronda de inspección. Gracias a la solicitud del jefe de sección, disfruto de un
trato de favor en la zona forestal. Me cuentan los gastos de estancia a un
precio mínimo y a cada comida me sirven incluso cerveza, aunque en realidad
prefiero el aguardiente de arroz. Esta comodidad y esta limpieza me producen un
apaciguamiento profundo y prefiero quedarme algunos días más aquí. Bien
pensado, nada me obliga a retomar el camino a toda prisa.
Oigo una especie de
chirrido. Pienso primero en un insec¬to, pero inspeccionando bien la habitación
advierto que es imposible que haya alguno en ninguna parte, pues el techo y el
tragaluz son de un blanco de leche. El chirrido prosigue, como suspendido en
los aires. Aguzando el oído, tengo la impresión de que se trata de una voz
femenina que anda a mi alrededor y desaparece cuando dejo mi libro. Lo vuelvo a
coger y oigo de nuevo esta voz en mi oído. Creyendo tener zumbidos, me levanto
resueltamente y abro la ventana.
Delante del
edificio se extiende una superficie engravada, bañada por el sol. Es mediodía,
ni el menor rastro humano; tal vez este sonido proviene de mí mismo. Es un
ritmo difícil de seguir, con unas palabras indistintas, pero a pesar de todo se
me antoja familiar, se asemeja un poco a los cantos fúnebres de las campesinas
de las regiones montañosas.
Decido salir a
echar un vistazo. Más abajo del edificio discu¬rre un arroyuelo impetuoso, de
azules aguas iluminadas por el sol. Alrededor, las cumbres montañosas, aunque
no están cubiertas de bosques, tienen pese a todo un manto vegetal abundante.
Al final de la pendiente, una pista de tierra se dirige hacia un pequeño pueblo
situado a uno o dos lis de distancia. A la izquierda, al pie de las cimas
verdeantes, se encuentra la escuela. Ni un alumno en el terreno de deportes,
tal vez estén todos en clase. De todos modos, los maestros de este pueblo de
montaña no pueden enseñar a sus alumnos cantos fúnebres. Por otra parte, reina
aquí una calma perfecta. No se oye más que el rugir del viento en la montaña y
el murmullo del arroyuelo. En su orilla se encuentra un refugio de trabajo,
pero no veo a nadie en el exterior. El canto se apaga insensiblemente. Vuelvo a
mi habitación y me instalo en la mesa de trabajo, cerca de la ventana, para
volver a copiar mis documentos sobre las canciones folclóricas, pero en ese instante
oigo reanudarse el sonido como si, tras el dolor, expresase ahora una tristeza
apaciguada, pero incontenible, que se expandiera lentamente. Comienzo a
encontrar esto en verdad extraño y quisiera saber a qué atenerme: ¿hay alguien
realmente cantando o bien soy yo el que desvarío? Cuando alzo la cabeza, el
sonido viene de detrás de mi nuca, y cuando me vuelvo se queda como suspen¬dido
en el aire, tan claro como un hilo de telaraña. Sin embar¬go, un hilo de
telaraña que flota al viento tiene una forma; él no tiene ninguna, es inasible.
Me siento sobre el brazo de un sillón intentando seguirlo. Descubro, por fin,
que viene del montante de encima de la puerta. Me subo a una silla para abrir
el cristal limpio como un chorro de oro: da a la galería. Saco la silla de la
habitación, pero no estoy aún lo bastante alto para ver de dónde sube el
sonido. Delante de la galería, se extiende un pequeño patio de cemento expuesto
a pleno sol, donde he tendido un alambre para poner a secar la ropas que he
lavado esta misma mañana. Evidentemente, ellas no saben cantar. Más lejos, se
halla el muro del recinto al pie de la mon¬taña, y detrás, la pendiente, que
termina en una extensión yerma y unos zarzales. Ningún camino. Salgo de la
galería y avanzo en medio del sol. El sonido es más claro, como si vinie¬ra de
la luz deslumbrante, por encima de los tejados. Guiño los ojos hacia el cielo,
es un sonido metálico, penetrante y níti¬do. Mi mirada se enturbia, pero cuando
el sol que me ciega se transforma en un reflejo azul negruzco, gracias a la
protección de mi mano, diviso sobre un acantilado desnudo, en la ladera de la
montaña, algunas siluetas minúsculas que se agitan. El sonido metálico viene de
allí. Distingo, al fin, que se trata de unos picapedreros. Uno de ellos parece
llevar una camiseta roja, mientras que el torso desnudo de los otros apenas
con¬trasta sobre el acantilado pardo amarillento horadado a base de explosivos.
El canto vuela en los rayos del sol siguiendo la dirección del viento, unas
veces muy vivo, otras más atenuado.
Se me ocurre que
puedo servirme del zoom de mi cámara fotográfica para acercarlos. Vuelvo a la
habitación para cogerlo. Efectivamente, un hombre vestido con una camiseta roja
maneja una masa; el sonido, que se asemeja a los cantos fúnebres de las campesinas,
responde al ruido del taladro, y el hombre que sos¬tiene el taladro, con los
brazos desnudos, parece hacerle de eco.
Tal vez han
observado el reflejo del sol en el objetivo del aparato, pues el canto se ha
detenido. Los picapedreros han interrumpido su trabajo y miran en dirección a
mí. Ya no hay ningún sonido de voz, un silencio casi inquietante. Con todo,
estoy contento. Por fin, tengo la prueba de que no soy yo quien anda mal y que
mi oído está normal.
Tras volver a mi
habitación, tengo ganas de escribir alguna cosa, pero ¿el qué? ¿Por qué no las
canciones de los picape¬dreros? Pero no consigo escribir la más mínima palabra.
Me digo que nada me
impide ir a tomar un trago y a charlar con ellos por la tarde. Eso me
distraerá. Dejo entonces mi pluma y bajo al pueblo.
En una pequeña
tienda, compro una botella de aguardiente y cacahuetes. Me encuentro
casualmente por el camino al amigo que me ha prestado los documentos. Me dice
que ha reunido también una verdadera montaña de libros manuscri¬tos de
canciones folclóricas. No puedo pedir nada mejor y le invito a venir a charlar
conmigo. Como está ocupado en esos momentos, me da una cita para después de la
cena.
Por la noche, le
espero hasta pasadas las diez. Soy el único huésped del centro de acogida y el
silencio es opresivo. Lamen¬to de veras no haber ido a charlar con los
picapedreros, cuando de repente llaman al cristal. Reconozco la voz de mi amigo
y abro la ventana. Él me explica que los encargados del piso han cerrado la
puerta principal con llave. Le libero de la linterna y de la bolsa de papel que
lleva consigo; entra por la ventana, cosa que me pone de buen humor. Abro al
punto la botella de aguardiente y cada uno se sirve más de medio vaso.
Ahora soy incapaz
de recordar su aspecto físico. Me parece que debía de ser pequeño y flaco, de
talle fino y esbelto. Pare¬cía un poco tímido, pero mostraba en su modo de
hablar un entusiasmo que la vida no había apagado aún. Su fisonomía carece de
importancia, pero lo que me alegra es que me mues¬tra su tesoro. Abre su bolsa
de papel. Salvo algunos cuadernos de notas, el resto está compuesto de
recopilaciones manuscri¬tas de canciones folclóricas que se cantan todavía en
nuestros días. Les echo un vistazo una por una. Cuando ve hasta qué punto estoy
contento, me declara con ardor:
—Basta con que
copie las que le gusten. En estas montañas, las canciones folclóricas abundan
desde hace mucho tiempo. Si uno encuentra un viejo maestro de canto, éste será
capaz de cantar días y noches seguidos.
Le pregunto
entonces por las canciones de los picapedre¬ros.
—Oh, son de una
tonalidad sobreaguda. Ellos son oriundos de la parte de Badong. En sus
montañas, han sido talados todos los árboles. Abandonan su tierra para ir a
picar piedra.
—¿Tienen melodías y
letras específicas?
—Existen más o
menos partituras para las melodías, pero para las letras improvisan. Cantan lo
que se les pasa por la cabeza y la mayor parte de las veces son cosas muy
chabacanas.
—¿Aparecen muchas
obscenidades en sus canciones?
—Estos trabajadores
—me explica entre risas— permane¬cen mucho tiempo lejos de casa sin mujeres, y
se desahogan así mientras pican piedra.
—He escuchado sus
melodías. ¿Cómo es que parecen tan tristes y conmovedoras?
—Así es. Si uno no
entiende lo que dicen, creería que se trata de un lamento muy grato al oído,
pero en realidad las letras no tienen el menor interés. Es mejor que eche un
vista¬zo a éstas.
Saca un cuaderno de
su bolsa y me lo alarga abierto. Des¬pués de La crónica de las tinieblas (Canto
introductorio), puede leerse:
En un día propicio,
cielo y tierra se han separado.
La afligida familia
y la multitud de amigos nos invitan a cantar y a bailar.
Llegados a la era
del canto, se entona el comienzo.
Uno, dos, tres,
cuatro, chico, oro, madera, agua, metal y tierra.
Difícil resulta
cantar mi canción,
pues antes de abrir
la boca ya se transpira.
Noche profunda, los
hombres están tranquilos, brilla la luna y pocas son las estrellas.
Estamos listos para
entonar nuestra canción.
Si es larga,
profunda será la noche,
si es corta, antes
del amanecer concluirá,
si nuestra canción
no es ni corta ni larga,
no haremos
retrasarse a los demás cantores.
En primer lugar,
cielo, tierra y agua se acumulan,
en segundo lugar,
sol, luna y estrellas,
en tercer lugar, en
las cinco direcciones se abren las tierras,
en cuarto lugar, la
Madre Trueno lanza sus rayos,
en quinto lugar,
Pan Gu separa cielo y tierra,
en sexto lugar,
aparecen los Tres Soberanos y los Cinco Emperado¬res, las generaciones
sucesivas de emperadores y de príncipes feudatarios,
en séptimo lugar,
aparecen leones negros y elefantes blancos, un dragón amarillo y un fénix,
en octavo lugar, el
paro malo guardián de las puertas,
en noveno lugar,
genios de los montes, de los bosques y de las aguas,
en décimo lugar, un
tigre, un leopardo, un lobo y un chacal,
¡haceos a un lado,
apartaos,
permitidnos, a los
cantores, entrar en la era del canto!
—¡Magnífico! ¿Dónde
las ha encontrado usted?
—Las anoté hará
cosa de dos años de boca de un maestro de canto, cuando yo aún era instructor
en la montaña.
—¡Este lenguaje es
verdaderamente magnífico, las palabras salen directamente del corazón, sin la
forzada prosodia de las pretendidas canciones folclóricas de cinco o siete
pies!
—Tiene usted razón,
son verdaderas canciones populares.
Su timidez ha
desaparecido por completo bajo el efecto del aguardiente.
—¡No han sido
echadas a perder por los doctos! Son cancio¬nes que salen del alma. ¿Comprende
eso? ¡Ha salvado usted una cultura! ¡No sólo las minorías étnicas, sino también
la misma etnia han, poseen todavía una verdadera cultura popu¬lar, que no ha
sufrido la contaminación de la moral confuciana!
Estoy en el colmo
de la excitación.
—¡No le falta a
usted razón, pero cálmese, lea lo que sigue!
Lleno de buena
disposición, ha abandonado esa modestia superficial de los pequeños
funcionarios. Vuelve a coger decididamente el cuaderno y se pone a declamar los
poemas, imitan¬do a un maestro de canto en plena acción:
Yo os saludo,
juntas las manos,
¿de qué país sois,
cantor?
¿Dónde se encuentra
vuestra morada?
¿ Cual es la razón
que os ha traído?
He aquí mi
respuesta:
soy cantor de
Yangzhou,
y de Liuzhou vengo,
a hacer una visita
a mis amigos cantores,
he aquí la razón de
mi venida,
imploro vuestro
perdón.
¿ Qué lleváis a
cuestas?
¿Quéguardáis en
vuestra cesta?
Vuestra carga es
tan pesada que encorvada lleváis la espalda y doblado vuestro cuerpo.
¡Mostrádnoslo,
maestro de canto, por favor!
Una colección de
cantos llevo a cuestas,
y en la mano un
extraño libro sostengo,
¿los habéis leído
todos?
A vuestra casa he
venido expresamente a informarme.
Tengo la impresión
de estar viendo a otro hombre, de escu¬char otra voz, de oír los gongs y los
tambores. Sin embargo, afuera, no se percibe más que el rugido del viento y el
murmu¬llo del arroyuelo.
Trescientos sesenta
cargas de cantos existen,
¿cuál de ellos
lleváis en la cesta?
Treinta y seis
volúmenes de cantos existen,
¿qué rollo tenéis
en la mano?
Quiero decirle al
maestro de canto que soy un iniciado,
el primer rollo son
los libros de los orígenes,
el primer volumen
son los textos de los orígenes,
enseguida he
comprendido,
el maestro de canto
es persona informada,
conoce los hechos
del origen,
conoce la geografía
y la astronomía del futuro.
Aquí vengo a
preguntar
¿en qué año, en qué
mes aparecieron los cantos?
¿Qué mes, qué día
nacieron los cantos?
Tengo la impresión
de oír la voz miserable y glacial de un anciano en la oscuridad, al compás de
los redobles de tambor dados por el viento.
Fuxi el primer laúd
fabricó.
Nin Ga el órgano de
boca inventó.
Gracias al yin
nació el lenguaje.
Gracias al yang
nació el sonido.
ha fusión del yin y
del yang al hombre engendró.
Cuando fue creado
el hombre, la voz nació.
Cuando nació la
voz, aparecieron los cantos.
Cuando éstos fueron
numerosos, se hicieron recopilaciones.
En su época, los
libros expurgados por Confucio
en un desierto se
perdieron,
el primer volumen
por el viento hasta el cielo fue aventado
y entonces fue
cuando nació el amor entre el Boyero y la Tejedora.
El segundo volumen
por el viento al mar fue lanzado,
para desahogar su
alma el viejo pescador lo recuperó y lo cantó.
El tercer volumen
por el viento a los templos fue llevado,
los bonzos budistas
y los monjes taoístas las sutras han cantado.
El cuatro volumen
en las calles de la aldea ha caído,
muchachos y
muchachas su amor han cantado.
El quinto volumen
en los arrozales ha caído,
los cantos de las
?nontañas los campesinos han entonado.
El sexto volumen es
esta Crónica de las tinieblas,
y para cantar al
alma de los difuntos el maestro de canto lo ha recuperado.
—Esto no es más que
el canto introductorio, ¿qué es la Cró¬nica de las tinieblas? —le pregunto
dejando de deambular por la habitación.
Me explica que esta
obra es una recopilación de cantos funerarios que eran cantados en los
entierros, durante tres días y tres noches, antes de enterrar el féretro. Pero
no se podían cantar a la ligera en otras circunstancias. Una vez cantados, se
volvía tabú seguir cantándolos más. No había tomado nota más que de una pequeña
parte de ellos, sin imaginar que el viejo maestro de canto caería enfermo y
desaparecería.
—¿Por qué no tomó
nota de todos en su momento?
—El anciano se
encontraba muy enfermo. Estaba postrado en una pequeña cama cubierto de mantas
—explica como si hubiera cometido un error. Ha recobrado su aire de gran
hu¬mildad.
—¿No existe nadie
más que pueda cantar estos cantos en las montañas?
—Queda aún gente
que conoce el comienzo, pero nadie ya que los cante por entero.
También conoce a un
viejo maestro que posee un arca metá¬lica llena de colecciones de cantos, entre
los que figura la Cró¬nica de las tinieblas. En la época en que se
inventariaban los libros antiguos, esta Crónica de las tinieblas fue
considerada como un ejemplo típico de superstición reaccionaria. El ancia¬no
había enterrado el arca. Al desenterrarla varios meses des¬pués, vio que los
libros se habían enmohecido. Los puso a secar en su patio, pero alguien le
denunció. Enviaron a un agente de policía para obligarle a entregárselo todo a
los ofi¬ciales. Y poco después, falleció.
—¿Dónde se venera
aún a las almas? ¿Dónde pueden encontrarse aún cantos que la gente escuche con
extrema aten¬ción, sentada en calma e incluso prosternada hacia el sol? ¡Ya no
se venera lo que es debido, ya no se veneran más que cosas extrañas! ¡Qué nación
sin alma! ¡Una nación que ha perdido su alma!
La indignación me
pone furioso.
Comprendo que debo
de haber bebido demasiado, viendo la cara que él pone ante mi expresión
trágica.
Por la mañana, un
jeep se para delante del edificio. Acaban de avisarme de que los jefes y mandos
de la zona forestal han convocado una reunión en mi honor, para darme cuenta de
sus trabajos, cosa que me hace sentir una gran incomodidad. En la cabeza de distrito,
he debido pronunciar, bajo la influencia del aguardiente, algunas palabras que
les han hecho creer que he venido de inspección de la capital. Sin duda se
imaginan que podré transmitir sus quejas a sus superiores. El coche está
aparcado en la puerta, imposible escurrir el bulto.
Los mandos están
instalados desde hace largo rato en la sala de reunión, cada uno con una taza
de té delante de él. Apenas sentado, me sirven también agua caliente. Es
exactamente igual que cuando acompañaba a alguna delegación de escrito¬res. La
Asociación de Escritores organiza de tiempo en tiempo visitas a las fábricas,
los cuarteles, los campamentos, las minas, los centros de investigación sobre
artesanía popular, los mu¬seos conmemorativos de la Revolución, so pretexto de
ayudar a los escritores a conocer la vida. En tales ocasiones, siempre había
dirigentes de los escritores o escritores dirigiendo a los otros escritores que
pronunciaban discursos en el sitio de honor. Los modestos escritores como yo,
que no estaban allí más que para hacer bulto, siempre podían encontrar un lugar
lejos de las miradas y esperar en un rincón tomando té, pero sin pronunciar una
palabra. Pero hoy la reunión ha sido con¬vocada por mí, no me queda más remedio
que reflexionar acerca de lo que voy a decir.
Un mando
responsable hace en primer lugar una reseña his¬tórica de la zona forestal y de
su edificación. Explica que, en 1907, un inglés llamado Wilson vino a recoger
unas muestras. Por aquella época, la región estaba cerrada y no pudo pasar del
lindero de la zona. Antes de 1960, había aquí un bosque virgen, la luz del sol
no penetraba en absoluto y no se oía más que el murmullo de los arroyos.
Durante los años treinta, el gobierno del Kuomintang tenía previsto emprender
la tala de árboles, pero a falta de carreteras, nadie pudo penetrar en el
bosque.
«En 1960 se levantó
un mapa por parte de los servicios de fotogrametría aérea del Ministerio de los
Bosques. En total, 3.250 kilómetros cuadrados de bosques montañosos.
»La explotación
comenzó en 1962 por el norte y el sur y, en 1966, se abrió una línea de
comunicación.
»En 1970 se
estableció una división administrativa, que comprende en la actualidad más de
cincuenta mil campesinos y alrededor de diez mil mandos y trabajadores en el
silvicultu¬ra, con sus correspondientes familias. Hoy en día se propor¬ciona al
Estado más de novecientos mil metros cúbicos de madera.
»En 1976 los
científicos hicieron un llamamiento para la protección de Shennongjia.
»En 1980 se propuso
la idea de crear una reserva natural.
»En 1982 el
gobierno provincial decidió delimitar una reserva de un millón doscientos mil
mus de superficie.
»En 1983 el grupo
de edificación de la reserva expulsó al equipo de silvicultura de la zona
protegida y estableció cuatro puertas de acceso a cada uno de sus lados. Luego
creó unas patrullas que controlaron más a los vehículos que a los hom¬bres. El
pasado año, en un mes, ascendió a trescientas o cua¬trocientas el número de
personas que se dedicaron a sacar rizonas de coptis, arrancar corteza de
jazminero confundién-dola con la corteza de la Eucommia (utilizada en la
farmacopea china), talar madera o cazar furtivamente. Y además, algunos vienen
a acampar para ir en busca del hombre salvaje.
»En el ámbito de la
investigación científica, un pequeño grupo ha replantado algunas hectáreas de
árboles tong. La reproducción del Emmnopterys hemyi funcionó, consiguiéndo¬se
una reproducción asexuada. También se cultivan hierbas medicinales salvajes como
la perla cabezona, el cuenco de los ríos, la caña pincel, la flor de las siete
hojas, la hierba salvavi¬das (¿es éste realmente su nombre científico?).
»Existe asimismo un
grupo de investigación de los animales salvajes, incluido el hombre salvaje.
Han sido catalogados el mono de nariz respingona (Rhinopithecus roxellanae), el
leopar¬do, el oso blanco, el gato de algalia, el ciervo, el carnero negro, el
musmón, el faisán dorado, la salamandra gigante, así como animales aún
desconocidos como los osos porcinos, los lobos de cabeza de asno que se comen a
los cochinillos, según dicen los campesinos.
»A partir de 1980,
regresaron los animales; el año pasado, se vio batirse a un lobo gris con un
mono de nariz respingona, se oyó chillar a otro, y se vio al rey de los monos
interceptar el camino al lobo gris. En el mes de marzo, se capturó sobre un
árbol a un pequeño mono que murió al negarse a tomar ali¬mento. El suimanga es
un pájaro que se alimenta del néctar de las azaleas. Su cuerpo es rojo, tiene
una cola como una orquí¬dea y un pico puntiagudo.
»Problema: no todo
el mundo entiende por un igual la pro¬tección de la naturaleza. Algunos
trabajadores están furiosos porque no pueden obtener primas. Si la madera que
se entrega es menos abundante, nos lo reprochan en las altas esferas. Los
organismos financieros no quieren asignarnos dinero. En el interior de la
reserva natural, hay todavía cuatro mil campesi¬nos que plantean problemas. Los
mandos y los trabajadores de la reserva natural son un total de veinte. Viven
en unos refu¬gios improvisados y no están tranquilos. No ha sido prevista
ninguna instalación para ellos. El problema principal es que no se nos ha
destinado créditos, hemos cursado numerosas reclamaciones...»
Y todos los mandos
se ponen a hablar al mismo tiempo, como si yo pudiera intervenir para
conseguirles dinero. Pre¬fiero dejar de tomar notas.
¡No soy un
dirigente de escritores ni tampoco un escritor que dirija a sus colegas o un
escritor que pueda tomar la pala¬bra con aplomo y dar indicaciones en el mismo
momento abarcando el problema en su conjunto, y luego hacer toda una serie de
promesas vanas, decir, por ejemplo, que podré hablar de esta cuestión a tal o a
cual ministro, señalarla a tal o cual sector de dirección implicado, que
lanzaré un gran llamamien¬to, que alertaré a la opinión pública para movilizar
al pueblo entero a fin de que proteja el entorno natural de nuestra nación!
Pero yo, que ni siquiera soy capaz de protegerme a mí mismo, ¿qué podría hacer
yo? A lo sumo puedo decir que pro¬teger el medio natural es muy importante, que
eso afecta a nuestros nietos y a las generaciones venideras, que el Yangtsé se
ha vuelto ya como el Huanghe, se acumula en él la arena y que, por si fuera
poco, ¡en las Tres Gargantas se quiere cons¬truir una gran presa! Pero, por
supuesto, no puedo decir tampoco eso y prefiero hacer preguntas sobre el hombre
salvaje.
—Ese hombre salvaje
—digo— del que se ha hablado en todo el país...
Se lanzan sobre el
tema.
—¡Y hasta qué
punto! La Academia de las Ciencias de Pekín ha puesto en marcha varias
investigaciones. La primera de ellas en 1967, y posteriormente en 1977 y 1980.
Han venido cada vez a investigar. La expedición más importante fue la de 1977:
ciento diez hombres en el equipo de prospección, mili¬tares en su mayoría, sin
contar los mandos y los trabajadores que nosotros mismos enviamos. Estaba
incluso el comisario político de una división...
Y reanudan su
palabrería.
¿Qué clase de
lenguaje debo encontrar para hablar con ellos con el corazón en la mano? Para
preguntarles cómo transcurre aquí la vida. A buen seguro, van a seguir hablando
del aprovisionamiento material, del precio de los artículos de uso corriente,
de sus salarios, cuando mis propias finanzas dejan mucho que desear. Además,
¿es éste realmente un lugar para charlar? Tampoco puedo decirles que el mundo
en el que vivi¬mos resulta cada vez más difícil de comprender, que los actos
humanos son cada vez más extraños, que los hombres no saben ni siquiera lo que
quieren, al tiempo que desean encontrar al hombre salvaje. Pero ¿de qué hablar,
si no del hombre salvaje?
Dicen que el año
pasado un maestro de escuela lo vio. Era en la misma estación, en el mes de
junio o julio, pero no se atrevió a decir una palabra de ello. Únicamente se lo
explicó a su mejor amigo rogándole que no lo divulgara. Es cierto que, hace
poco tiempo, un escritor publicó La triste historia del hombre salvaje de
Shennong en una revista del Hunan, Dongting. La revista llegó hasta aquí, y
todo el mundo la leyó. Fue a partir de esto que se inició el movimiento de
búsqueda del hombre salvaje que ya se ha extendido hasta Hunan, Jiangxi,
Zhejiang, Fujian, Sichuan, Guizhou, Anhui... (¡sólo falta Shanghai!). ¡Se habló
de ello por todas partes! En Guangxi se capturó realmente un pequeño hombre
salvaje —allí se les denomina los diablos de las montañas—, pero los campesinos
creen que traen mala suerte y lo soltaron. (¡Qué lastima!) Luego están también
aquellos que han comido carne de hombre salvaje. Di lo que tú quieras, no
importa, bueno, por otra parte, el equipo de investigación ha llevado a cabo ya
algunas comprobaciones, y obran en su poder unos documentos escritos. ¡Afirman
que en 1971, una veintena de personas, entre ellas Zhang Renguan y Wang
Liangcan, casi todos ellos trabajadores de nuestra reserva, se comieron en la
cantina de la granja de Yangriwan la pantorrilla y el pie de un hombre salvaje!
La planta del pie medía en torno a cuarenta centímetros de largo, el dedo gordo
era de un grosor de cinco centímetros y tenía diez de largo, el propio pie
medía veinte centímetros de grueso y pesaba quin¬ce kilos; todos estos
documentos están debidamente atestigua¬dos. Cada uno de ellos se comió de él un
cuenco lleno hasta arriba. Fue un campesino de Banshui el que lo mató con su
fusil y luego vendió una pierna a la cantina de Yangriwan. En 1975, en la
carretera que lleva de la comuna popular Qiaoshang a la brigada Yusai, Zeng
Xianguo recibió un bofetón de un hombre salvaje pelirrojo, de más de dos metros
de alto. Se quedó un largo rato sin sentido en el suelo y no recuperó el habla
hasta tres o cuatros días después de su vuelta a casa. Éstos son los informes
que realizaron, a partir de testimonios orales, utilizando el método
estadístico de análisis comparati¬vo. Zhao Kuidian vio a un hombre salvaje
comiendo moras en pleno día. ¿En qué año era? ¿1977 o 1978? Fue unos pocos días
antes de la llegada del segundo equipo de investigación de la Academia de las
Ciencias. Por supuesto, no hay por qué creérselo todo. Por otra parte, en su
equipo de investigación había dos puntos de vista contrapuestos. Pero de dar
crédito a lo que dicen los campesinos, el hombre salvaje sería extrema¬damente
perverso. Afirman que persigue a las mujeres, que le gusta ir a divertirse con
las chiquillas, que hace tonterías, o bien que es capaz de hablar, que cambia
de voz según esté contento o furioso.
—Entre los
presentes en esta reunión, ¿hay alguien que haya visto con sus propios ojos al
hombre salvaje? —pregunto.
Se ríen todos
mientras me miran. Ignoro si esto significa que le han visto, o más bien lo
contrario.
Más tarde, un mando
me acompaña a la zona central de la reserva natural que ha sido explotada. Su
cima está totalmente desnuda. Durante dos años, a partir de 1971, los bosques
fue¬ron talados por un regimiento motorizado del ejército. Se decía que el bosque
estaba destinado a la defensa nacional. No es hasta dos mil novecientos metros
de altitud que puede verse una pradera de semejante belleza. Un mar de verde
hierba tierna ondea en medio de la niebla y la lluvia. En su centro se alzan
unos bosquecillos de bambúes-flechas totalmente redon¬dos. Me quedo largo rato
de pie expuesto al frío, contemplan¬do esta parcela de naturaleza virgen.
Ya dijo Zhuangzi
con acierto hace más de dos mil años que la madera útil muere bajo el hacha
cuando la madera inútil conoce una gran prosperidad. Ahora el hombre es más
devas¬tador que antaño. La teoría de la evolución de Huxley puede ser puesta en
entredicho.
Con todo, he visto
también en la montaña un osezno en el refugio de madera de una familia. Tenía
una cuerda en torno al cuello y se asemejaba a un perrito amarillo. No paraba
de trepar entre chillidos a una leñera, incapaz aún de defenderse mordiendo. El
amo de casa me ha dicho que lo había recogido en la montaña. No le he
preguntado si dio muerte a sus proge¬nitores. Simplemente me parece un osezno
adorable. Cuando ve que estoy cautivado por él, me propone llevármelo por
veinte yuanes. No tengo ninguna intención de aprender números de circo, y ¿cómo
podría proseguir mi viaje con él? Prefiero preservar mi libertad.
He visto también
puesta a secar en la puerta de una casa una piel de leopardo que sirve de
colchón, ya roída por los gusa¬nos. Los tigres han desaparecido, por supuesto,
desde hace más de diez años.
También he visto un
ejemplar de mono de nariz respingo¬na, sin duda el que fue capturado sobre un
árbol y murió por negarse a tomar alimento. Es cuanto puede hacer un animal
salvaje que pierde su libertad y se niega a ser domesticado, pero ello le exige
una gran voluntad, y los hombres no siempre tienen tanta.
Y ha sido también
delante de la entrada de la oficina de esta reserva natural donde he visto un
eslogan nuevo que proclama¬ba: «¡Aclamemos calurosamente la fundación del
Comité del Movimiento de las Personas de Edad!». Creía que iba a ser cre¬ado un
nuevo movimiento político y le he preguntado ensegui-da al mando que estaba
pegando este eslogan. Él me ha explica¬do que había llegado de arriba la orden
de pegarlo, pero que eso a ellos no les concernía. Únicamente los viejos mandos
revolucionarios que hayan alcanzado la sesentena podrán aspi¬rar, como mínimo,
a una asignación de cien yuanes por activi¬dades deportivas , pero aquí el
mando de más edad no pasa de los cincuenta años, por lo que no recibirá más que
un carnet conmemorativo como premio de consolación. Más tarde, he conocido a un
joven periodista que me ha contado que el res¬ponsable de este Comité de
Personas de Edad no era otro que el antiguo secretario del Comité del Partido
de la zona. Para celebrar la creación de este comité, ha exigido del gobierno
local una suma de un millón de yuanes. Este joven periodista tiene intención de
escribir un informe y enviarlo directamente a la comisión de disciplina del
Comité Central del Partido. Me ha preguntado si yo tenía algún medio de
hacérselo llegar. Comprendo su indignación, pero le he aconsejado que lo
envia¬ra por correo, que era más seguro que confiármelo a mí.
Y, por último, he
visto también aquí a una muchacha exqui¬sita. Tenía algunas pecas en la nariz y
llevaba una camisa de algodón de manga corta y de cuello escotado, una especie
de camiseta diferente de las ropas con que visten los montañeses. Efectivamente,
era natural del pueblo natal de Qu Yuan, Zigui, situado al sur, a orillas del
Yangtsé. Cuando obtuvo el título de secundaria, se vino aquí a casa de su
primo, pensando encon¬trar trabajo en la reserva natural. Explicaba que el
Ayuntamiento de su distrito ya les había advertido de que iban a dar comienzo
los trabajos de construcción de la gran presa de las Tres Gargantas, y que la
cabeza de distrito sería tragada por las aguas. Todo el mundo había rellenado
formularios de ins¬cripción para la evacuación de la población, que era
moviliza¬da para encontrar nuevos medios de subsistencia. Después, he llegado a
Yichang siguiendo el curso del río Xiang, hacia el sur, allí donde nacen las
mujeres más bellas. He pasado cerca de la residencia de tejados inclinados de
tejas negras de la hermosa Wang Shaojun de la Antigüedad, en la ladera de la
colina y a orillas del río. Un escritor aficionado de Yichang me ha infor¬mado
de que su ciudad sería la cabeza de la nueva provincia de las Tres Gargantas y
que el candidato a la presidencia de la futura Asociación de Escritores de las
Tres Gargantas ya había sido elegido: era un poeta galardonado del que yo había
oído ya hablar, pero que no aprecio en absoluto.
Hace ya mucho
tiempo que he perdido la vena poética y que no escribo poemas. Me pregunto si
estamos aún en una época de poesía. Todo lo que debe ser cantado y recitado lo
ha sido ya, el resto ha sido compuesto e impreso en pesados caracteres de
plomo, y a esto lo llaman algo significativo. Pues bien, según las imágenes de
hombres salvajes que he tenido ocasión de ver, establecidas a partir de
deducciones científicas sacadas de descripciones orales de testigos oculares y
publicadas por la Asociación de Investigación sobre el Hombre Salvaje, este
hombre de hombros caídos, cuerpo encorvado, piernas torci-das y el pelo largo
con una eterna sonrisa, sí que es algo significativo. Y el extraño espectáculo
que vi, durante la última noche que pasé allí, en la explanada de los Peces de
Madera en Shennongjia, en la zona de protección natural del bosque vir¬gen,
¿puede ser ello considerado como un poema?
La luna brilla en
la explanada vacía; a la sombra de la mon¬taña inmensa, se alzan dos largas
cañas de bambú. De ellas cuelgan dos lámparas de petróleo que difunden una luz
blanca y ha sido tendida entre una y otra cortina. Hay una compañía de circo
actuando en el lugar, acompañada por una abollada trompeta que desentona un
tanto y un gran tambor de triste sonido, corroído por la humedad. Hay cerca de
doscientas personas: todos los adultos y los niños de este pueblecito de
montaña, incluidos los mandos y los trabajadores de la zona forestal
acompañados de sus familias, incluida también la joven esbelta de las pecas,
oriunda del pueblo natal de Qu Yuan, vestida con su camiseta escotada llamada
tee-shirt, según la pronunciación inglesa. Están agrupados en un arco circular
de tres filas. En el centro, los espectadores están sentados en unos taburetes
que se han traído de sus casas; detrás, la gente está de pie, y los que se
encuentran aún más atrás estiran el cuello para tratar de ver algo entre las
cabezas.
El programa se
compone de unos números de qigong que consiste en romper unos ladrillos. Un
ladrillo, dos ladrillos, tres ladrillos que se quiebran en dos, bajo el golpe
del canto de la mano. Un hombre aprieta su cinturón, se traga unas bolas
metálicas y las vuelve a expulsar en medio de un espurreo de gotas de saliva.
Una chica gruesa trepa a los mástiles de bambú de los que ha colgado unos
ganchos dorados. Echa fuego por la boca. «Esto tiene truco, tiene truco»,
murmuran las mujeres allí presentes, seguidas de los niños. El jefe de la
compañía exclama:
—¡Bueno, ahora van
a ver un número de verdad!
Coge una lanza y
pide al que se tragaba bolas metálicas que apoye la punta en su pecho, luego en
su garganta, hasta que la lanza se dobla igual que un arco. En la frente de
este mozarrón de calva cabeza sobresalen unas venas azules. Los aplausos
arrecian, el público ha sido por fin conquistado.
En la plaza, el
ambiente comienza a relajarse un poco, el eco de la trompeta flota en la
montaña, el tambor es menos triste, la gente entra en calor. La luna aparece
entre las nubes, la luz de las lámparas de petróleo parece más viva. La mujer
gruesa, muy robusta, lleva un cuenco lleno de agua sobre la cabeza y, con un
tallo de bambú en cada mano, hace girar unos platos. A continuación, inclina su
talle redondo y da las gracias al públi¬co con un saltito de puntillas, tal
como lo hacen los bailarines en la televisión. La gente aplaude también. El
jefe de la com¬pañía es un verdadero pico de oro, sus bromas son cada vez más
numerosas y los números cada vez más escasos. El ambiente se caldea, la alegría
se apodera de los asistentes.
El último número es
un número de contorsionismo. Una muchacha vestida de rojo que, hasta aquel
momento, pasaba los accesorios, salta encima de una mesa cuadrada sobre la que
tres taburetes forman una pirámide. Se recorta sobre la som¬bra de las
montañas, cuerpo rojo vivo iluminado por la luz blanca de las lámparas. En el
cielo, el disco lleno de la luna, un instante antes oscuro, se ha tornado
naranja.
Hace primero una
figura de faisán de pie, apretando suave¬mente una pierna entre sus brazos y
levantando bien alta la cabeza. La gente aplaude. Luego abre resueltamente las
pier¬nas en horizontal y se sienta sobre un taburete, sin hacerlo moverse ni un
ápice. La gente la aclama. Por último, separa aún más las piernas y se arquea
hacia atrás, sacando su pubis. La gente contiene el aliento. Su cabeza
reaparece lentamente entre sus muslos, como un monstruo. La jovencita aprieta
entre sus piernas su cabeza de la que le cuelga una larga tren¬za. Pone sus
negros y redondos ojos como platos, llenos de tristeza, como si contemplara un
mundo desconocido. Luego coge con ambas manos su pequeño rostro infantil.
Diríase una extraña araña roja de forma humana, que escrutase a la multi¬tud.
La gente, que se apresta a aplaudir, suspende el gesto. Ella se apoya sobre las
manos, levanta las piernas y se pone a girar sobre una sola mano; a través de
su vestido rojo se dibujan muy claramente sus pezones. Se oye la respiración de
los especta-dores y se desprende un olor a sudor. A un niño que iba a hablar se
lo impide un cachete que le propina la mujer que le sostiene en brazos. La
muchacha de rojo aprieta los dientes, su vientre sube y baja lentamente, su
rostro reluce de humedad. Se contorsiona hasta perder su figura humana, bajo
este claro de luna, en la sombra profunda de estas montañas. Sólo sus finos
labios y sus ojos negros brillantes expresan su sufrimien¬to. Y este
sufrimiento atiza más el deseo cruel de los hombres.
Esta noche la gente
está terriblemente excitada, como si corriera sangre de gallo por sus venas.
Aunque sea va muy tarde, las casas permanecen casi todas iluminadas, y en sus
interiores resuenan largamente voces y un ruido de objetos como si alguien se tropezara
con ellos. También a mí me resul¬ta imposible conciliar el sueño, mis pasos me
conducen a la plaza vacía ahora. Las lámparas de petróleo han sido descolga¬das
y sólo persiste la claridad de la luna, límpida como el agua. No consigo
hacerme a la idea de que a la sombra de estas mon¬tañas, solemne y profunda, se
haya desarrollado un espectácu¬lo donde la figura humana era deformada hasta
tal punto, me pregunto si no ha sido un sueño.
60
No pienses en nada
más cuando bailes. Acabas de conocerla, es tu primer baile con ella. Y te dice
eso.
—¿Qué pasa?
—preguntas tú.
—El baile es el
baile, no pongas expresamente esa cara seria.
Estallas a reír.
—Un poco de
seriedad, apriétame.
—De acuerdo.
Ella se parte de
risa.
—¿De qué te ríes?
—¿No puedes
apretarme un poco más?
—Claro que sí, por
supuesto.
Tú la aprietas.
Sientes su pecho flexible y respiras el dulce perfume que sube de la piel de su
amplio escote. En la estan¬cia, la luz es muy tenue, un paraguas negro ha sido
puesto delante de la lámpara colocada en un rincón. El rostro de las parejas bailando
se funde en la sombra. Un radiocasete difun¬de una música suave.
—Así está muy bien
—dice ella en voz baja.
Tu respiración
levanta sobre sus sienes sus finos cabellos que acarician tus mejillas.
—Eres muy
atractiva.
—¿Qué quiere decir
eso?
—Te amo, aunque no
sea el gran amor.
—Es mejor así; el
gran amor es demasiado complicado.
Dices que tú
piensas lo mismo.
—Los dos, al fin y
al cabo, somos de la misma raza —dice ella riendo, un poco emocionada.
—Estamos hechos el
uno para el otro.
—No voy a casarme
contigo.
—¿Por qué ibas a
querer hacerlo?
—Y sin embargo voy
a casarme.
—¿Cuándo?
—El año que viene
tal vez.
—Queda mucho aún.
—Aunque sea el año
que viene, no será contigo.
—Ni que decir
tiene, ya lo sé. El problema es con quién.
—Con un hombre, en
cualquier caso.
—¿No importa cuál?
—No necesariamente.
Pero, de todos modos, será preciso que pase por eso.
—¿Y luego te
divorciarás?
—Quizá.
—Y en ese momento
tendré de nuevo la posibilidad de bai¬lar contigo.
—Pero no me casaré
contigo.
—¿Por qué ha de ser
así inevitablemente?
—Eres persona muy
perspicaz.
Parece sincera.
Le das las gracias.
Por la ventana, se
distinguen miles de luces que parpadean: lámparas de los inmuebles en forma de
cubos y faros de los coches que circulan en una ola incesante. Una pareja de
baila¬rines describe un círculo en la pequeña estancia y te da un golpe en la espalda.
Tú te paras para retener a tu pareja.
—No te creas que
voy a felicitarte porque bailes bien.
Ella aprovecha la
ocasión para volver a la carga.
—No bailo para
exhibirme.
—¿Por qué,
entonces? ¿Para acercarte a las mujeres?
—Hay maneras de
estar aún más cerca.
—No eres muy
indulgente que digamos.
—Porque tú no me
sueltas ni un instante.
—De acuerdo, no
diré nada más.
Se acaramela contra
ti, cierras los ojos. Bailar con ella es un verdadero placer.
La vuelves a ver,
una noche de pleno otoño en que sopla un viento del nordeste glacial. Luchas
contra el viento en bici. Por la carretera, las hojas muertas y los papeles
sucios remoli¬nean. Sientes ganas de repente de ir a ver a uno de tus amigos,
un pintor, y así podrás esperar en su casa a que el viento amai¬ne. Tuerces por
una callejuela iluminada por unas farolas ama¬rillentas y divisas una silueta
solitaria, la cabeza metida entre los hombros; te sientes de golpe un poco
triste.
En el patio de un
negro de tinta, allí donde él vive, sólo un resplandor luce en la ventana.
Llamas a la puerta. Una voz sorda te responde. Te abre y te dice que tengas
cuidado con el escalón, en la oscuridad. La habitación está iluminada por una
vela que resplandece dentro de una nuez de coco serrada.
—No está mal. Se ve
que aprecias lo agradable del lugar. ¿Qué haces?
—Nada —responde.
Hace calor en la
habitación. Va vestido únicamente con un jersey ancho, el pelo desgreñado. En
invierno, hay instalada una estufa, equipada con una chimenea.
—¿Estás enfermo?
—No.
Percibes un
movimiento cerca de la vela. Los muelles del viejo canapé chirrían y descubres
entonces a una mujer.
—Tienes una
invitada, por lo que veo —digo para excusar¬me.
—No pasa nada.
Siéntate. —Me señala el canapé.
Y allí la reconoces
al fin. Te tiende indolentemente la mano, una mano frágil y suave. Sus largos
cabellos cuelgan delante de sus ojos. Sopla sobre un mechón para apartarlo.
Bromeas:
—Si no recuerdo
mal, antes no tenías el pelo tan largo.
—A veces, me lo
recojo, otras me lo dejo suelto. Simple¬mente, no habías reparado en ello.
Ella se ríe
haciendo un mohín.
—¿Os conocéis?
—pregunta tu amigo el pintor.
—Bailamos juntos en
casa de un amigo.
—De eso, en cambio,
sí te acuerdas —dice ella en un tono un tanto irónico.
—Cuando se baila
con alguien, ¿acaso se puede olvidar? —le replicas tú.
Él va a atizar el
fuego. Las llamas de un rojo oscuro se refle¬jan en el techo.
—¿Qué tomas?
Dices que sólo
pasabas por allí, que te vas a sentar un momento y te irás.
—No tengo nada
especial que hacer —dice él.
—No pasa nada...
—dice ella también, quedamente.
Luego se callan.
—Seguid charlando
de lo vuestro, sólo he venido a entrar en calor, estaba aterido. Tan pronto
como el viento amaine un poco, me iré.
—No, has venido en
buen momento —dice ella, luego se calla.
—Mejor sería decir
que he resultado de lo más inoportuno.
Harías mejor
levantándote, pero tu amigo apoya una mano en tu hombro antes de que tengas
tiempo de moverte.
—Ya que estás aquí,
podemos cambiar de conversación. Ya hemos terminado de hablar de lo que
teníamos que hablar.
—Charlad, charlad,
que os escucho.
Ella se acurruca en
el canapé. No distingo más que el blan¬co perfil de su rostro. Su nariz y su
boca son muy delicados.
Nunca hubieras
pensado que, mucho tiempo después, ella localizaría tu dirección. Has abierto
la puerta y preguntado:
—¿Cómo sabes que
vivo aquí?
—¿No me invitas a
entrar?
—Al contrario,
entra, entra.
La haces entrar
preguntándole si ha sido tu amigo pintor el que le ha dado tu dirección.
Siempre la has visto en la oscuri¬dad, no estás seguro del todo de reconocerla.
—Tal vez él, tal
vez otro. ¿Acaso tu dirección es un secreto?
Dices que no
pensabas que acabara viniendo a verte, que te sientes muy honrado por su
visita.
—Has olvidado que
fuiste tú quien me invitó.
—Es muy probable.
—Y la dirección
fuiste tú mismo quien me la dio, ¿lo has olvidado todo?
—Seguramente —dices
tú—, y me alegra que estés aquí.
—¿Cómo no alegrarse
cuando una modelo viene a casa de uno?
—¿Eres modelo?
No disimulas tu
estupefacción.
—Lo he sido, e
incluso modelo de desnudo.
Dices que lamentas
no ser pintor, pero que eres fotógrafo aficionado.
—¿La gente que
viene aquí se queda siempre de pie? —pre¬gunta ella.
Señalas la estancia
a toda prisa:
—Considérate como
en tu casa, haz lo que quieras. Si echas un vistazo a esta habitación, verás
enseguida que el dueño de este lugar no obedece a ninguna regla.
Se sienta en una
esquina de tu escritorio y echa una mirada a la estancia.
—Es evidente que
aquí hace falta una mujer.
—Si quieres, pero a
condición de no convertirte en la dueña y señora del amo de casa, porque él no
es el propietario de esta habitación.
Cada vez que la
ves, discutes con ella, no quieres darte nunca por vencido delante de ella.
—Gracias —dice
tomando el té que le has preparado. Luego añade sonriendo—: Sé un poco serio.
Ella te hace
frente. Tú no tienes tiempo más que de repli¬car:
—Bueno, de acuerdo.
Te llenas a tu vez
tu taza y te sientas en el sillón, frente a la mesa de trabajo. Allí te sientes
más cómodo y te vuelves hacia ella.
—Podemos discutir
de lo que vamos a hablar primero. ¿Eres realmente modelo? —Hago la pregunta sin
importarme demasiado.
—Ahora ya no. Lo
fui para un pintor, en otro tiempo.
—¿Se puede saber
por qué?
—Él se cansó de
pintarme. Encontró otra modelo.
—Los pintores son
así. Lo sé. No se pueden pasar la vida pintando a la misma modelo.
Trato de defender a
mi amigo pintor.
—Lo mismo pasa con
las modelos, que no se pueden pasar la vida con un mismo pintor.
Lo que dice es
cierto. Deberías evitar este tema.
—¿Eres de veras
modelo? Hablo de tu oficio, ¿en algo tra¬bajas, no?
—¿Tan importante es
esta cuestión? —pregunta ella riendo. Es lista, siempre quiere plantarte cara.
—No necesariamente,
pero te hago la pregunta para saber de qué hablar contigo, para poder hablar de
cosas que nos interesen a los dos.
—Soy médico —dice
ella meneando la cabeza.
Antes de que hayas
tenido tiempo de darte cuenta de lo que ella ha dicho, pregunta:
—¿Puedo fumar?
—Por supuesto, yo
fumo también.
Le acercas
enseguida los cigarrillos y el cenicero.
Ella enciende un
cigarrillo del que se traga una larga boca¬nada.
—Nunca lo hubiera
dicho —dices tratando de comprender el motivo de su visita.
—Por ello he dicho
que mi oficio no tenía ninguna impor¬tancia. ¿Crees que digo la verdad cuando
afirmo que he sido modelo?
Ella expulsa
lentamente el humo levantando la cabeza.
Y cuando dices que
eres médico, ¿es eso acaso cierto? Pero esta frase, tú no la has pronunciado.
—¿Crees que las
modelos son todas unas mujeres casquiva¬nas? —pregunta ella.
—No necesariamente.
Ser modelo es también un oficio muy serio. Desnudar el propio cuerpo, hablo de
modelos des¬nudos, no tiene nada de malo. Todo lo que es natural es her¬moso.
Ofrecer la belleza natural supone generosidad, no lige¬reza. Por otra parte, un
cuerpo humano es aún más hermoso que cualquier obra de arte. El arte, al lado
de la naturaleza, no es más que algo pálido e indigente. Sólo un loco puede
consi-derar que el arte es superior a la naturaleza.
Hablas con la mayor
de las convicciones.
—¿Y por qué te
dedicas al arte, entonces? —pregunta ella.
Tú dices que no
llegas a tanto, que no haces más que escri¬bir, escribir lo que tienes ganas de
decir, tal como te viene.
—Pero la escritura
es también un arte.
Piensas con
convicción que la escritura no es más que una técnica.
—Basta con adquirir
una técnica; por ejemplo, tú la técnica quirúrgica, aunque no sé si eres
internista o cirujano, eso no tiene importancia, basta con la técnica. Todo el
mundo puede escribir, de la misma manera que todo el mundo puede apren¬der a
operar.
Ella ríe a
carcajadas.
A continuación,
dices que no piensas que el arte sea sagra¬do, el arte no es más que una manera
de vivir. La gente tiene maneras distintas de vivir, el arte no puede
reemplazarlo todo.
—Eres
verdaderamente inteligente —dice ella.
—Y tú tampoco eres
tonta —dices tú.
—Hay algunos que
sin embargo lo son.
—¿Quienes?
—Los pintores sólo
saben mirar con los ojos.
—Los pintores
tienen su propio modo de percepción; en relación con los escritores,
privilegian la vista.
—¿La vista permite
comprender el valor interior de un individuo?
—Aparentemente no,
pero el problema es saber a qué lla¬mamos valor. Eso depende de la gente, cada
uno tiene su pro¬pia manera de ver las cosas. Un valor distinto sólo es
intere¬sante para las personas que tienen el mismo sistema de valores. No
quiero hacerte cumplidos sobre tu belleza, no sé si tu belleza es también
interior. Pero lo que sí puedo decir es que resulta muy agradable hablar
contigo. ¿Acaso el hombre no anda siempre en busca de alguna cosa agradable en
la vida? Sólo los idiotas persiguen lo que no es alegre.
—También yo me
siento muy feliz contigo.
Diciendo esto, coge
maquinalmente una llave de encima de la mesa y se pone a jugar con ella. Tú
tienes la impresión de que no es en absoluto feliz. Te pones entonces a hablar
con ella de esta llave.
—¿De qué llave?
—pregunta ella.
—Esa llave que
tienes en la mano.
—Pues bien, ¿qué
tiene de particular?
Tú dices que la
habías perdido.
—Está aquí, ¿no? —Y
muestra la llave que tiene en la mano.
Tú dices que creías
haberla perdido, pero que de hecho está en su mano.
Ella deja la llave
sobre la mesa y se levanta de repente diciendo que ha de irse.
—¿Algo urgente?
—Sí, tengo cosas
que hacer —dice. Luego añade—: Estoy casada.
—Felicidades.
Tú te sientes un
poco desamparado.
—Vendré de nuevo a
verte.
Es para consolarte.
—¿Cuándo vendrás?
—Cuando esté
contenta. No vendré cuando esté triste para evitar contagiarte mi tristeza,
pero tampoco va a hacer falta que esté demasiado contenta.
—Como quieras, lo
comprendo.
Añades que querrías
estar seguro de que volverá.
—¡Volveré para
hablar contigo de la llave que has perdido!
Con un movimiento
de la cabeza, se echa los cabellos sobre los hombros, ríe pícaramente y baja
corriendo la escalera.
61
Un viejo compañero
de clase, que no he vuelto a ver des¬de hace más de diez años, me enseña la
foto que ha saca¬do de un cajón. Se le ve en compañía de una persona de edad y
sexo indeterminados. Dice que es una mujer. Están en un huerto, delante de un
viejo templo en ruinas. Me pregunta si conozco la novela La amazona del río.
Evidentemente que
me acuerdo: una novela de capa y espa¬da en varios volúmenes que un compañero
escondía en su casa y que había traído a la escuela primaria cuando íbamos al
insti¬tuto. Estas novelas estaban formalmente prohibidas. Viejos libros como
Los trece caballeros y las siete espadas, Crónica de los caballeros de los
montes Emei, Las trece hermanas, uno podía lle¬várselos a casa si era amigo de
su propietario, en caso contra¬rio había que echarles un vistazo durante la
clase, con el libro escondido en el cajón del pupitre.
También recuerdo
que, siendo más joven aún, tuve una serie de historietas sacadas de La amazona
del río. Por desgracia, perdí algunas jugando a las canicas y me quedé
inconsolable.
Asimismo recuerdo
que este libro, o Las trece hermanas, o alguna otra «amazona», influyó en el
despertar de mi sexuali¬dad, de la que ignoraba todo a la sazón. Debía de ser
una serie de historietas que procedían de la librería de un viejo librero. En
una página figuraba una flor de melocotonero arrastrada por un viento violento,
y debajo se explicaba que durante una triste noche de tempestad había sucedido
esto o lo otro. El sentido oculto era que la «amazona» había sido apresada por
un malhechor que, por supuesto, también dominaba las artes marciales. En la
otra página, la «amazona» se hacía discípula de un maestro de kung-fu de Wulin
y se entrenaba para reali¬zar el número mágico de las espadas volantes, y
seguidamente, sin pensar en nada más que en tomarse cumplida venganza,
encontraba a su enemigo y le inmovilizaba la cabeza con la punta de su espada.
Pero de repente, presa de un incomprensi¬ble sentimiento de piedad, se limitaba
a cortarle un brazo, per¬donándole la vida.
—¿Crees que existen
todavía amazonas? —me pregunta mi viejo compañero de clase.
—¿Ésta de la foto
es una de ellas? —Ignoro si está bro¬meando.
En la foto, mi
compañero, con su imponente estatura, sus gafas, su uniforme de trabajo de
geólogo, su aire sencillo y honesto, me hace pensar siempre en la rata de
biblioteca lla¬mada Pierre de Guerra y paz de Tolstoi. Cuando leí esta nove¬la,
mi amigo era todavía muy delgado, pero su rostro totalmen¬te redondo, que
traslucía bondad, con unas gafas descansando siempre en la punta de la nariz,
se asemejaba un poco a unos retratos de Pierre que figuraban en una colección
de las obras de Tolstoi, ilustrada por un pintor ruso. En la foto, la
«amazona», que no le llega al hombro, ataviada como una campesina con una larga
chaqueta de dos faldones paralelos, unas botas militares de goma que sobresalen
por debajo de sus pantalo¬nes, luciendo un par de ojillos en un semblante
asexuado, el cabello cortado a ras de las orejas a la manera de las mujeres
mandos del campo, único indicio acerca de su sexo, la «ama¬zona» no se
asemejaba en nada a las que se batían cuerpo a cuerpo en mis novelas de capa y
espada, mis estampas y mis historietas, con ese aire marcial que les daba su
talle ceñido por un ancho cinturón.
—No la
infravalores, es muy ducha en artes marciales, y es capaz de matar a cualquiera
con la misma facilidad con que arranca una hierba.
Habla en serio.
En la ruta
procedente del este de Zhuzhou, el tren llevaba un poco de retraso. Se ha
parado en una pequeña estación, sin duda para dejar pasar a un expreso. El
nombre de la estación me ha recordado enseguida a mi compañero de clase que
trabajaba aquí, en un equipo de prospección geológica, y del que no había
vuelto a tener noticias desde hacía más de diez años. El año pasado, el
redactor jefe de una revista me hizo llegar, sin embar¬go, el manuscrito de un
texto que él le había mandado, y el nombre del lugar mencionado en el sobre era
precisamente el que yo leía en el andén. No llevaba su dirección encima, pero
pensé que, en un distrito tan pequeño, no debía de haber varios equipos de
prospección geológica. Así que no tendría ninguna dificultad en localizarle. Me
bajé entonces inmediatamente del tren. Era un buen amigo de infancia. Las
buenas cosas no abundan en este bajo mundo. ¿Existe mayor felicidad que hacer
una visita de improviso a un buen amigo?
Al llegar de
Changsha, había cambiado de tren en Zhuzhou. Al principio, no pensaba hacer una
parada allí, pues no tenía ni parientes ni amigos. No había allí folclore ni
antigüedades que prospectar, y anduve errante un día entero por la ciudad y por
las riberas del Xiang. Sólo más tarde me di cuenta de que no había hecho otra
cosa que andar en busca de impresiones, en suma, algo sin mayor interés.
Había partido de
Pekín con mi hatillo a cuestas, como si fuera un refugiado, para llegar a la
región montañosa adonde había huido de niño y a los lugares donde había ido a
hacerme «reeducar» en una Escuela de Mandos del 7 de Mayo, doce o trece años
antes. En esa época, las relaciones entre colegas de un mismo organismo, sin
cesar agitados por los movimientos políticos, eran terriblemente tensas. Todo
el mundo gritaba eslóganes, defendiendo hasta la muerte a su propia facción,
temiendo sin cesar verse abatido por sus adversarios. Nadie habría imaginado
que una nueva «dirección suprema» fuese a ordenar que los representantes del
ejército vinieran a retirarse a los organismos culturales y que todo el mundo,
de no impor¬ta qué facción, iba a tener que partir hacia el campo.
Yo soy un refugiado
desde mi nacimiento. Mi madre decía que me había dado a luz en pleno bombardeo.
Los cristales de la sala de partos del hospital estaban protegidos por tiras de
papel, para amortiguar la onda expansiva de las bombas. Feliz¬mente, ella había
escapado a las bombas y yo había venido al mundo sano y salvo. Sin embargo, era
incapaz de llorar. No di mi primer grito hasta que el tocólogo me dio una
pequeña azotaina. He aquí probablemente lo que me ha predestinado a huir
durante toda mi vida. Me he acostumbrado a ello y he aprendido a encontrar un
poco de placer en los espacios vacíos entre estos períodos de desorden.
Mientras todo el mundo permanecía en el andén, sentado sobre su hatillo a la
espera, confié mi equipaje a alguien y, como un perro vagabundo, anduve errante
por las calles de la ciudad. Incluso terminé por reencontrar en una fonda a un
obstinado adversario de mi fac¬ción. En aquellos tiempos, la carne de cerdo
estaba racionada, y cada uno recibía un vale por una libra de carne al mes. Yo
pensaba que también a él le apetecería. En esta fonda, había inesperadamente en
el menú un plato de carne de perro a la pimienta, del que cada uno pidió una
ración. Compartiendo la misma suerte, sentados a la misma mesa, sin decir ni
mu, pidiendo unas rondas de aguardiente. Bebimos y comimos carne de perro
juntos, como si la despiadada lucha de clases ya no existiera, como si nadie
fuese ya el enemigo de nadie. Pero, por supuesto, ni él ni yo, ninguno de los
dos, sacó a relucir la situación política. De hecho, sentados a esa mesa, había
tantas cosas de las que se podía hablar, ya fuera de la vieja calle, del papel
de arroz con olor a paja que podía adquirirse aquí, de las telas locales hechas
a mano que podían comprarse sin necesi¬dad de vales de algodón, del té que se
vendía también sin vales y, por último, de los cacahuetes a las cinco especies
totalmente inencontrables en Pekín. Él y yo habíamos comprado y los habíamos
sacado de nuestras bolsas para comérnoslos con el aguardiente. Y son estos
pequeños recuerdos insignificantes los que me han impulsado a pasar toda una
jornada en Zhuzhou, después de transbordar de tren en Changsha. En este caso,
no tenía ninguna razón para no ir a ver a mi buen amigo de infancia; ¿por qué
no darle esta alegría inesperada?
Reservo una cama en
un hotel próximo a la pequeña estación y dejo allí mi mochila. En caso de no
encontrar a mi amigo, siempre puedo descabezar un sueño en el hotel, mientras
hago tiempo para coger el primer tren de la mañana.
En una pequeña
tienda que abre de noche, tomo un cuenco de caldo de arroz con alubias mungo
que disipa totalmente mi fatiga. Voy a preguntarle a un mando que está tomando
el fres¬co, tumbado en un sillón delante de la oficina del recaudador, para
averiguar si existe aquí un equipo de prospección geológi-ca. Se incorpora al
punto y me dice que sí, a unos dos lis de aquí, dice en un primer momento, no,
a unos tres lis, todo lo más cinco. Al final de esta calle, allí donde no hay
ya ninguna farola, hay que doblar una callejuela, atravesar unos arrozales, y
luego un pequeño río, por un puente. Del otro lado, no muy lejos, hay algunas
casas de pisos de estilo moderno, completamente aisla¬das, que albergan al
equipo de prospección geológica.
A la salida del
pueblo, el cielo está tachonado de una multi¬tud de estrellas que iluminan la
noche estival. Por doquier resuena el croar de las ranas. Ando metiendo los
pies en los charcos de agua, pero no me fijo en ello, pues pienso única¬mente
en encontrar a mi amigo. Y a eso de medianoche termi¬no por llamar a su puerta
en la oscuridad.
—¡Tú por aquí!
—exclama él, loco de alegría.
Es fuerte y
corpulento y de una estatura imponente. Vesti¬do con pantalón corto, el torso
desnudo, me asesta unos gol¬pes con el abanico de junco que lleva en la mano,
lo que me da un poco de aire. Era también una costumbre entre los compa¬ñeros
ésa de darse unas buenas palmadas en la espalda. En aquella época, yo era el
pequeño de la clase y mis compañeros me llamaban «diablillo». Hoy en día,
evidentemente, soy un «viejo diablo».
—¿De dónde sales?
—¡De debajo de la
tierra!
También yo estoy
loco de alegría.
—Trae aguardiente,
o mejor no, sandía, pues hace demasia¬do calor —le dice a su mujer.
Ésta es una mujer
robusta que trasluce honestidad. Debe de ser natural de aquí. Se limita a reír,
sin decir palabra. Es evidente que, al crear una familia, él no ha perdido su
amabilidad de antaño.
Me pregunta si
recibí el manuscrito que me envió y me explica que ha leído las obras que yo he
ido publicando estos últimos años. Pensando que debía de tratarse de mí,
dirigió su manuscrito a la redacción de una revista que publicó uno de mis
artículos, pidiendo que me lo hicieran llegar.
Me explica que
escribió eso porque tenía ganas de pelea, porque no podía aguantarse más. Un
globo sonda, en cierto modo.
¿Qué podía decirle
yo? Su novela contaba la historia de un niño del campo cuyo abuelo era un viejo
hacendado. En la escuela estaba mal visto por sus compañeros y, cada día, oía
al profesor explicar que era preciso desmarcarse claramente de los enemigos de
clase. Pensando que, al fin y al cabo, todas sus desgracias provenían de este
anciano enfermo que no se aca¬baba de morir nunca, ponía en su infusión una
flor salvaje venenosa, esa misma que hay que retirar cuando se corta la hierba
para los cerdos. Al amanecer, a la hora en que los alta¬voces difundían El
Oriente es rojo para llamar a los campesinos al trabajo, el chiquillo
encontraba a su abuelo muerto, tendido en el suelo, con la boca llena de una
negra sangre. Describía el estado de ánimo de este niño que miraba este mundo
incom¬prensible con los ojos de un pequeño campesino. Yo le pasé este
manuscrito a un redactor conocido mío. Me lo devolvió sin emplear las fórmulas
que habitualmente se utilizan en los medios literarios cuando se devuelve un
manuscrito. No era el tono oficial del tipo: la intriga no está suficientemente
trabaja¬da, la concepción general de la obra no es lo bastante elevada, los
caracteres no están del todo elaborados, o bien la obra no es lo
suficientemente típica, no, me dijo simplemente que esta¬ba bien escrito, pero
que el autor iba demasiado lejos y que las autoridades no permitirían nunca su
publicación. Yo lo único que había podido decirle es que el autor trabajaba en
el campo como prospector geológico, que estaba habituado a los sende¬ros de
montaña y que no podía conocer los límites impuestos en el mundo literario que
no era posible transgredir. Le cuen¬to esto con franqueza.
—Bueno, ¿y cuáles
son esos límites? —pregunta él con un aire perdido detrás de sus gafas. Sigue
pareciéndose a la rata de biblioteca llamada Pierre. ¿Acaso los periódicos no
han rea¬firmado recientemente la libertad de creación y la necesidad que tiene
la literatura de describir la realidad?
—Es precisamente a
causa de esta jodida realidad por lo que yo he tenido problemas y por lo que
estoy aquí —le digo.
Se echa a reír.
—También ha sido
jodido para la historia de esta «amazona del río».
Coge la foto y la
guarda en un cajón.
—La conocí cuando
yo vivía en este templo en ruinas por mi trabajo de prospección. Durante todo
el día, ella me hacía partícipe de sus preocupaciones. Llené un cuaderno
entero. Ésta es su experiencia.
Saca de un cajón un
cuaderno que agita hacia mí.
—Da ampliamente
para escribir un libro, cuyo título ya lo tengo pensado, y que sería Notas del
templo en ruinas.
—No es un título
para una novela de capa y espada.
—Por supuesto que
no. Si te interesa, llévatelo y échale un vistazo. Puede servir de materia para
una novela.
Luego guarda el
cuaderno en el cajón y le dice a su mujer:
—Pensándolo bien,
es mejor que traigas aguardiente.
—No me hables de
escribir una novela —le digo—. Ahora, no consigo ya ni siquiera publicar mis
viejos textos. Tan pron¬to como ven mi nombre me devuelven mis manuscritos.
—-También tú harías
mejor ocupándote prudentemente de la geología en vez de escribir lo que sea —le
interrumpe su mujer trayendo el aguardiente.
—Entonces, ¿a qué
te dedicas ahora? ¡Cuéntame!
Se muestra lleno de
solicitud hacia mí.
—Vagabundeo de aquí
para allá para escapar de la censura. Me fui hace ya varios meses. Cuando la
tempestad se haya cal¬mado, intentaré volver. Si la situación degenera, buscaré
un lugar para poner pies en polvorosa. De todos modos, no pien¬so dejar que me
metan en un campo de reeducación por el tra¬bajo como a un manso cordero, como
a los viejos derechistas de los años cincuenta.
Y nos echamos a
reír.
—Voy a contarte una
historia divertida, ¿de acuerdo? —pregunta—. He formado parte de un pequeño
destacamen¬to al que las autoridades dieron la orden de buscar minas de oro.
¿Quién hubiera creído que en plena montaña íbamos a capturar a un hombre
salvaje?
—Bromeas. ¿Le viste
con tus propios ojos?
—¡No sólo lo vi,
sino que además lo capturamos! Algunos estábamos buscando un atajo en la
montaña para volver al campamento antes de que cayera la noche. Debajo de una
cresta, había un bosque que había sido quemado y había sido plantado de maíz.
En ese campo, totalmente amarillo, se veía moverse algo, sin duda una bestia
salvaje. Para nuestra seguri¬dad, íbamos armados cuando andábamos por esos
lugares. Enseguida pensamos que se trataba de un oso o de un jabalí. No
habíamos encontrado oro, pero la suerte nos sonreía a pesar de todo, ya que
íbamos a conseguir carne. Algunos rodea¬ron el lugar donde se le veía moverse,
pero la cosa aquella debía de habernos oído, dado que emprendió la huida en
dirección al bosque. Debían de ser más o menos las tres de la tarde. El sol
declinaba ya hacia el oeste, pero el pequeño valle estaba aún perfectamente
iluminado. Cuando la cosa aquella se puso a moverse, su cabeza asomó entre los
tallos de maíz. ¡Y allí descubrimos a un hombre salvaje con unos pelos que le
lle¬gaban hasta los hombros! Todos los muchachos le vieron. Estaban en el colmo
de la excitación y exclamaban a voz en grito: «¡Es el hombre salvaje! ¡Es el
hombre salvaje!». «¡No dejéis que se escape!», gritaba otro mientras disparaba.
Traba¬jaban durante todo el año en las montañas y raramente tenían ocasión de
pegar un tiro. Se desquitaban. Llevados por el entusiasmo, corrían, daban
gritos, descargaban sus armas. Al final, le obligaron a salir. Desnudo como
vino al mundo, con sus partes al aire, se rindió, manos en alto, pero dio un
traspié y se cayó al suelo cuan largo era. No llevaba más que un par de gafas
atadas detrás de la cabeza con un hilo bramante. Los cris¬tales totalmente
redondos estaban gastados, como de cristal deslustrado.
—¿Es esto un
cuento? —digo.
—¡Es la pura
verdad! —dice su mujer desde la habitación. Todavía no se ha dormido.
—Si quisiera
contarle cuentos a alguien, ése no serías tú. Ahora eres novelista.
—El verdadero
novelista es él —digo yo dirigiéndome a su mujer—. Tiene dotes innatas de
narrador. En nuestros tiem¬pos, en clase, nadie le superaba en este terreno.
Una vez que empezaba, los demás nos quedábamos boquiabiertos escu¬chándole.
Lástima que su novela se haya visto abortada antes incluso de haber podido ver
la luz.
No podía dejar de
sentir un poco de compasión por él.
—Él es así. Sólo
habla de este modo porque estás tú aquí; normalmente, nunca dice una palabra de
más —dice su mujer desde su cuarto.
—¡Escucha, pues!
—le dice a su mujer.
—¡Continúa! —Ha
excitado verdaderamente mi curiosidad.
Toma un trago de
aguardiente para recuperar fuerzas.
—Nuestro grupito se
acerca, le quita las gafas y le zarandea un poco con los cañones de los
fusiles. Le preguntan en tono severo: «Si eres un hombre, ¿por qué huyes?».
Presa de los temblores, él no deja de gemir. Uno de los chavales le da unos
cuantos cachetes en la cabeza y le amenaza: «¡Si sigues hacien¬do ver que eres
un diablo, te fusilarán!». En ese momento, él estalla en sollozos diciendo que
se escapó de un campo de ree¬ducación y que no se atreve a volver. Le preguntan
qué crimen ha cometido. Él dice que es «derechista». «¡Pero si hace tiem¬po que
los "derechistas" han sido rehabilitados! —exclaman mis compañeros—.
¿Tú no has regresado a tu casa?» Explica que su familia no se ha atrevido a
darle protección y que se ha refugiado en estas montañas. «¿Dónde tienes a tu
familia?», le preguntan de nuevo. «En Shanghai.» Mis compañeros excla¬man:
«¡Menudos hijos de perra los de tu familia! ¿Y por qué no te protegen?». Dice
que tienen miedo de verse comprome¬tidos. Y todos exclaman: «¿Qué historias son
éstas de verse comprometidos? ¡Si los "derechistas" han recibido
todos indemnizaciones y todo el mundo anda ahora loco por tener un elemento de
derechas en su familia!». Y le preguntan tam-bién: «¿No estarás mal de la
cabeza?». Él dice que no, pero que es muy miope. Y todo el mundo da rienda
suelta a sus ganas de reír.
Su mujer se echa
también a reír en el cuarto de al lado.
—Realmente no hay
otro como tú para contar este tipo de historias —digo sin poder aguantarme la
risa. No me sentía tan contento desde hace mucho tiempo.
—Había sido tachado
de «elemento derechista» en 1957 y enviado en 1958 a una granja de
rehabilitación por el trabajo.
En 1960 estalló la
hambruna, ya no había nada de comer. Cubierto de edemas, a un paso de la
muerte, huyó para regre¬sar a Shanghai. Permaneció oculto dos meses en casa de
los suyos, que se habían empeñado en que regresara al campa¬mento, pues en esa
época las raciones de cereal eran insufi¬cientes. ¿Cómo habrían podido tenerle
escondido largo tiem¬po en su casa? Por consiguiente, había vuelvo a partir a
la ventura por esas altas montañas donde llevaba viviendo desde hacía más de
veinte años. Cuando le preguntaron cómo se las había arreglado para sobrevivir,
él explicó que, el primer año, le había recogido una familia de montañeses. Él
les ayudaba a cortar leña y a hacer algunas labores agrícolas. A continuación,
oyó decir, en la comuna popular que se encontraba un poco más abajo, que iba a
venir gente a indagar acerca de su persona y se refugió aún más lejos.
Sobrevivió gracias a esta familia que le ayudaba a escondidas y le traía
cerillas, un poco de sal y acei¬te. ¿Cómo se había vuelto «derechista»? Él explicó
que en la universidad llevaba a cabo investigaciones sobre las inscripcio¬nes
oraculares en caparazones de tortuga. En aquella época, lleno de un ardor
juvenil, había pronunciado en el transcurso de una discusión algunas palabras
insensatas sobre la situación del momento. «¡Levántate, síguenos, que vas a
reanudar tus investigaciones sobre las inscripciones oraculares!» Pero él se
negó con obstinación, diciendo que tenía que cosechar el mai¬zal que
representaba su reserva de cereales para el año, que temía que los jabalíes
vinieran a pisotearlo todo si él se iba. Exclamaron todos: «¡Déjales que hagan
lo que les venga en gana!». Él quería ir a buscar sus ropas. «Pero ¿dónde las
tie¬nes?» «En una cueva, al pie de un acantilado.» Cuando no hacía frío, no se
las ponía. Alguien le dio una chaqueta para que se la atara alrededor de la
cintura. Luego se lo llevaron al campamento.
—¿Así terminó la
cosa?
—Sí —dijo—. Pero yo
he imaginado otro final, tal vez ine¬xacto.
—Dilo, a ver.
—Al día siguiente,
tras haber comido y bebido hasta el har¬tazgo, se despierta después de un sueño
reparador y de repen¬te rompe ruidosamente en sollozos. Imposible comprender lo
que le pasa. Le preguntan. Llorando a lágrima viva, él no con¬sigue pronunciar
más que una frase en medio de sus sollozos: «¡De haber sabido que en el mundo
existían personas tan bue¬nas, no hubiera sufrido en vano las injusticias de
estos últimos años!».
Tengo ganas de
echarme a reír, pero me contengo.
Advierto tras sus
gafas un destello de divertida malicia.
—Esta conclusión es
superflua —digo yo tras un instante de reflexión.
—La he añadido con
toda intención —reconoce dejando las gafas sobre la mesa.
Descubro que la
malicia que yo creía advertir en su mirada es más bien tristeza. Es otro hombre
cuando lleva puestas las gafas, con su apariencia alegre y sencilla. Nunca le
había visto bajo este aspecto de ahora.
—¿Quieres echarte
un momento? —me pregunta.
—No me urge, no
tengo sueño por el momento.
Por la ventana, se
ven ya los primeros resplandores de la mañana. Fuera, el calor estival se ha
disipado y se ha levantado un vientecillo fresco.
—También podemos
charlar tumbados —dice él.
Instala para mí una
tumbona de bambú y para él una hama¬ca. Luego apaga la luz y se tumba.
—Debes saber que en
aquella época, durante el Movimien¬to, hicieron indagaciones sobre mí, y fue
justamente el equipo que capturó al hombre salvaje el que me detuvo. Estuve a
punto de morir fusilado, la bala me rozó el cuero cabelludo, fallaron el tiro, tuve
suerte. Aparte de eso, son buena gente.
—Eso es lo que está
bien en tu historia del hombre salvaje. Es alegre, mientras que la gente es en
extremo cruel. No debe¬rías contarlo todo.
—Para ti es una
novela, pero para mí es la vida misma. De hecho, no podré escribir nunca la
novela.
—Tan pronto como se
habla de piojos, todo el mundo, temiendo serlo, quiere atraparlos, ¿qué se le
puede hacer?
—¿Y si a todo el
mundo le importa un bledo?
—La gente tiene
miedo de que la detengan, eso es todo.
—Pero tú,
precisamente, ¿no quieres atraparlos, verdad?
—Y por dicha razón
quieren atraparme a mí.
—¿Es por eso por lo
que vas a seguir corriendo mundo por esas carreteras?
—En cualquier caso,
es mejor así, ¿no? ¿Me habría atrevi¬do, de lo contrario, a venir a tomar algo
contigo? Me hubiera largado hace ya tiempo, como el hombre salvaje.
—Y tampoco yo te
daría protección en mi casa. O bien, ¿nos largamos los dos como unos hombres
salvajes?
Y se sienta entre
risas en la hamaca.
—Este final es
mejor dejarlo correr —dice a su vez tras un momento de reflexión.
62
Tú dices que él ha
perdido la llave.
Ella dice que
comprende.
Tú dices que él
había visto perfectamente esa llave deja¬da sobre la mesa, pero que ha
desaparecido tan pronto como se ha dado la vuelta.
Ella dice que sí,
que así es.
Dices que era una
llave muy sencilla, sin llavero; al princi¬pio tenía uno, que era un perrito de
pelaje rizado, un pequi¬nés, de plástico rojo. Se lo había regalado una amiga,
amiga nada más, no una amiguita.
Ella dice que está
claro.
Tú dices que a
continuación el perrito se rompió, era cómi¬co, se había roto por el cuello, no
quedaba de él más que una cabecita roja; a él eso le pareció un poco cruel y lo
había sepa¬rado de la llave.
¡Claro!, dice ella.
Tú dices que él
creía haber dejado la llave sobre el pie de la lámpara del escritorio, al lado
de unas chinchetas; éstas siguen allí, pero la llave ha desaparecido. Ha
apartado los libros que había encima de la mesa: también había allí unas
cartas, en espera de una hipotética respuesta, amontonadas cerca de la lámpara.
El interruptor estaba tapado por un sobre. Pero la llave seguía inencontrable.
Son cosas que pasan
a menudo, dice ella.
Él quería salir
para ir a una cita, pero no podía dejar la puer¬ta abierta. Si la hubiera
cerrado, no habría podido entrar sin llave. Tenía que encontrarla. Entre los
libros, papeles, corres¬pondencia, monedas sueltas que cubrían la mesa, una
llave hubiera tenido que verse fácilmente.
Es cierto.
Pero no había
manera de encontrarla. Se había puesto a gatas debajo de la mesa, había
retirado con la ayuda de una escoba un montón de pelotillas e incluso un
billete de autobús. Cuando una llave cae al suelo, siempre hace un ruido, ahora
bien, allí, en el suelo, no había más que algunos libros apila¬dos, pero de
llave nada. Imposible confundir una llave con un libro.
Por supuesto.
Pura y simplemente
se había volatilizado.
¿Y en los cajones?
Ha buscado también.
Recordaba que había abierto los cajo¬nes. Tenía la costumbre de guardar en
ellos la llave a la dere¬cha, era una vieja costumbre. El cajón estaba lleno de
toda clase de documentos: cartas, manuscritos, chapas de matrícula de bicis, comprobantes
de atención médica gratuita, recibos del gas. También algunas medallas, el
estuche de una pluma, un cuchillo mongol y una pequeña espada de esmalte
cloisonné, todos modestos objetos sin valor, meros recordatorios.
Todo el mundo
tiene, son preciosos a los ojos de sus propie¬tarios.
Los recuerdos no
son necesariamente todos preciosos.
Es cierto.
A veces es incluso
una liberación olvidarlos. Un botón, por ejemplo, que ya no se utilizará nunca
más; el traje en el cual estaba cosido este botón de cristal azul oscuro se ha
converti¬do desde hace tiempo en una fregona, pero el botón no ha sido tirado.
Bueno, ¿y a
continuación?
A continuación, ha
abierto todos los cajones y ha rebuscado en ellos.
No podía estar
allí.
Lo sabía, pero ha
rebuscado por todas partes.
Por supuesto. ¿Y
sus bolsillos, los ha revisado?
Los ha revisado
todos. Los bolsillos delanteros y los bolsi¬llos traseros de su pantalón, que
ha tenido que palpar por lo menos cinco o seis veces, los bolsillos de su
chaqueta puesta sobre la cama también. Ha rebuscado en los bolsillos de toda la
ropa que había sacado, no en los de la que tenía guardada en su maleta.
Y a continuación...
A continuación, ha
desparramado por el suelo todo cuanto había encima de la mesa, ha puesto un
poco de orden en las revistas colocadas en la estantería de la cabecera de la
cama, incluso ha abierto los armarios de los libros, ha sacudido las mantas, el
colchón, ha mirado debajo de la cama, ¡ah!, sí, y también en los zapatos,
porque un día una moneda de cinco fens se cayó dentro de uno de sus zapatos y
no se dio cuenta de ello más que al salir, pues le molestaba al andar.
Pero sus zapatos,
¿no los llevaba puestos?
Sí, pero como los
libros de la mesa de trabajo estaban ahora en el suelo, no tenía ya sitio para
andar y no quería pisotear los libros con sus zapatos. Se descalzó con
determinación y se puso a buscar agachado.
¡El pobre!
Y esa llave tan
sencilla, sin llavero, había desaparecido en la habitación. Ya no podía salir y
contemplaba, impotente, esta habitación puesta patas arriba. Diez minutos
antes, su vida estaba aún en orden. No podía decir que su habitación estu¬viera
perfectamente limpia y ordenada, nunca lo estaba real-mente, pero resultaba a
pesar de todo agradable a la vista. Él tenía su manera de vivir, sabía dónde
había puesto cada uno de sus objetos y encontraba su habitación muy
confortable. En resumidas cuentas, tenía unos hábitos que le proporcionaban una
sensación de confort.
Así es.
Pero ahora no era
así. ¡Todo estaba puesto a la buena de Dios, de cualquier manera!
No había que
ponerse nervioso, había que reflexionar.
Dices que se había
hecho mala sangre, que no tenía ya nin¬gún lugar donde dormir, ningún lugar
donde sentarse, ningún lugar incluso donde permanecer de pie, su vida se había
vuelto un verdadero estercolero. Únicamente podía arrodillarse sobre sus
montones de libros. ¿Cómo no perder los nervios? Sólo podía tomarla consigo
mismo. No era culpa de los demás, pues era él quien había perdido la llave de
la puerta, él quien había creado un desorden semejante. No había manera de
liberarse de este desorden, de este enorme lío. ¡Y no podía salir, a pesar de
sus obligaciones!
Sí.
No quería seguir
contemplando este espectáculo, permane¬cer por más tiempo en esta habitación.
¿Y tenía una cita,
no?
Cita o no, es
cierto, tenía que salir, pero llevaba ya una hora de retraso para su cita. No
se puede estar esperando una ho¬ra sin hacer nada. Además, no se acordaba ya
muy bien dónde era esa cita, ni siquiera con quién había quedado.
Con una amiga, sin
duda, dice ella en voz baja.
Tal vez sí, tal vez
no. Dice que no se acuerda ya realmente. Pero tenía que salir, no podía
soportar más esa leonera.
¿Ha dejado la
puerta abierta, entonces?
No ha podido hacer
otra cosa que salir sin cerrar con llave. Una vez abajo de la escalera, en la
calle, los transeúntes iban y venían como de costumbre, la marea de coches
discurría sin fin, sin que se supiera lo que tanto les urgía. Ha bajado y ha
comenzado a andar por la acera. Nadie sabía que él había per¬dido la llave,
nadie sabía que su puerta había quedado abierta, nadie iba a ir a su casa para
robarle sus pertenencias. Única¬mente sus amigos íntimos podían acercarse hasta
allí, pero una vez que vieran que no había ni sitio donde poner los pies, se
sentarían sobre las pilas de libros y le esperarían hojeando algu¬no. Luego se
cansarían y se irían. Era inútil ocuparse de ellos. Sin embargo, estaba
preocupado por su habitación, aunque no había nada allí que valiera la pena ser
robado, aparte de algu¬nos libros, de la ropa o zapatos de lo más normales y
corrien¬tes. Sus mejores zapatos los llevaba precisamente puestos. Había además
montones de manuscritos inconclusos, abando¬nados por cansancio. Al caer en la
cuenta de esto, ha empezado a sentirse contento y ha dejado de pensar en esa
jodida llave perdida y en la puerta de su habitación. Se ha paseado entonces a
la ventura por las calles. Normalmente, siempre andaba con prisas, atareado, se
agitaba sin cesar por sí mismo o por tal o cual persona o asunto. Ahora ya no
estaba actuando por nadie y nunca se había sentido tan ligero. Ha aminorado el
paso, cosa que hacía muy raramente en tiempo normal, y ha avanzado primero la
pierna izquierda, sin apresurarse por levantar la dere¬cha; esto no era fácil
de hacer. No sabía ya andar de modo tran¬quilo, no sabía ya pasear. Cuando se
pasea, se pisa el suelo con toda la planta de los pies, de manera absolutamente
relajada.
Sentía una
sensación extraña andando así y los transeúntes parecían haberlo notado; debían
de haber reparado en que le pasaba algo anormal. De reojo, ha observado a la
gente con la que se cruzaba, pero se ha dado cuenta de que sus ojos
pe¬netrantes no estaban de hecho pendientes más que de sí mis¬mos. A veces, por
supuesto, echaban un vistazo a los escapara¬tes de las tiendas preguntándose si
los precios eran buenos. Se ha dado cuenta al punto de que era el único en esa
calle que miraba a los demás, pero que nadie se fijaba en él. Por último, era
el único en caminar a la manera de un plantígrado, pisando el suelo con toda la
planta de los pies. Los otros andaban sobre los talones, lesionando de paso, un
día tras otro, año tras año, sus nervios encefálicos. Sus problemas, su
ansiedad, eran ellos mismos quienes se los creaban, ¿o no?
Sí.
Cuanto más caminaba
por esa animada y ruidosa calle, más solo se sentía. Se tambaleaba como un
sonámbulo. El fragor de los coches no cesaba, y bajo los destellos de los
neones mul¬ticolores, apretujado y zarandeado por un gentío que andaba deprisa
por las aceras, sabía que no llegaría nunca a aminorar el paso de acuerdo a su
deseo. De haber dominado la escena, de haberle contemplado desde la ventana de
un inmueble, allí en el bordillo de la calle, te habría hecho pensar en un
tapón de corcho remolineando a pesar suyo en una alcantarilla des¬pués de la
lluvia, en medio de hojas muertas, de colillas de cigarrillos, de envoltorios
de bombones helados, de platos de plástico usados de un establecimiento de
comida rápida y de toda clase de envoltorios de caramelos.
Lo he visto.
¿Qué has visto?
Ese tapón flotando
en medio de la marea humana.
Pues bien, era él.
Eras, así pues, tú.
Ése no era yo, era
una situación dada.
Comprendo. Signe
hablando.
¿Hablar de qué?
Habla de ese tapón.
¿Un tapón perdido?
¿Quién lo había
perdido?
Se había perdido a
sí mismo. Sus recuerdos le huían. Refle¬xionaba con todas sus fuerzas, tratando
de recordar qué rela¬ciones mantenía con quién, por qué estaba en esa calle.
Seguro que la conocía perfectamente, con esa horrible tienda gris, en la que perpetuamente
se realizaban trabajos de ampliación, como si estuviera acomplejada por su
tamaño. Únicamente la pequeña tienda de té de estilo antiguo, frente a él, no
había sido renovada todavía. Más lejos, la zapatería y, enfrente, una papelería
y una caja de ahorros, en los que ya había entrado. Le parecía haber tenido
algo que ver con esa caja de ahorros, debía de haber depositado y retirado
dinero allí, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Le parecía haber tenido una
mujer de la que se había separado a continuación, pero no pensaba ya en ella,
no quería pensar ya en ella.
La había querido,
sin embargo.
Le parecía que la
había querido, era algo también vago. En cualquier caso, pensaba haber tenido
relaciones con una mujer.
Y no sólo con una.
Eso le parecía, sí.
En su vida, debían de haberse producido algunos acontecimientos maravillosos,
pero era algo tan lejano, que tan sólo le quedaban de ello algunas vagas
impresio¬nes, como un cliché expuesto insuficientemente que no deja aparecer
más que los contornos, sea cual sea el tiempo que ha pasado en el revelador.
Sin embargo, alguna
muchacha debía de haberle emociona¬do, dejado algunos pequeños recuerdos.
Sólo sus labios
finos, bien dibujados, de un rojo vivo cuando decían que no, le volvían a la
memoria. Y cuando ella decía que no, su cuerpo debía obedecerle.
¿Y qué más?
Ella ha querido que
él apagara la lámpara, ha dicho que temía la luz...
Ella no lo ha
dicho.
Lo ha dicho.
Bueno, dejemos
estar si ella lo ha dicho o no, a continua¬ción, ¿ha acabado encontrando esa
dichosa llave?
De repente se ha
acordado de que no estaba obligado a ir a aquella cita. Todo el mundo iba allí
a charlar de sus cosas y de los demás, de gente que conocían, de tal que se
había divorcia¬do y de cual que estaba bien con tal otra, de tal libro, de tal
obra de teatro o de tal película que acababan de estrenarse. Y más tarde, esos
nuevos libros y películas, esas nuevas obras de teatro le parecían siempre
igual de insípidos. O bien también hablarían de tal o cual mandamás que había
pronunciado tal o cual discurso innovador que se demostraría que, en realidad,
había sido dicho un número incalculable de veces. Siempre la misma cantinela.
Si iba allí era únicamente porque no soporta¬ba ya la soledad, pero a
continuación tendría que regresar a su desordenada habitación.
¿Estaba abierta la
puerta de su habitación?
Sí, ha empujado la
puerta y se ha detenido delante de los libros y las revistas que tapizaban el
suelo. Ha visto entonces su llave sin el llavero en el borde de la estantería,
cerca de la ventana. Estaba oculta bajo el sobre de una carta pendiente de respuesta,
puesta sobre el pie de la lámpara del escritorio. Y, salvando el montón de
libros, se ha introducido en la habita¬ción.
63
Tenía intención de
dirigirme a los montes Longhu para visitar este paraíso taoísta, pero cuando el
tren ha atrave¬sado Guixi he dudado en apearme. El pasillo del asfixian¬te
vagón estaba atestado y, para ganar la salida, era menester pasar entre los
viajeros. Hubiera hecho falta sudar tinta varios minutos para lograrlo. He
tenido la suerte de en¬contrar un sitio cerca de una ventanilla, en el centro
del vagón, y en la mesilla abatible que tenía delante de mí había una taza de
té fuerte. Estaba aún dubitativo cuando el tren se ha puesto en movimiento y ha
abandonado lentamente la estación.
Las sacudidas han
reiniciado su ritmo regular y, en la mesi¬lla, las tapaderas de las tazas se
han puesto de nuevo a tinti¬near. Un viento casi fresco me da en el rostro.
Tengo sueño, pero no consigo dormirme. Los trenes que recorren este país van
atestados, tanto de día como de noche. En la más pequeña estación, la gente se
apretuja para subir y se apretuja para bajar. La gente se apresura, sin que se
sepa por qué. No puedo dejar de parafrasear el verso de Li Bai: «Viajar es más
difícil que ascender a los cielos». Sólo los extranjeros provistos de divisas
y los supuestos dirigentes que viajan a cargo del Estado en los coches-cama de
primera clase pueden disfrutar un poco del placer del viaje. Yo he de calcular
cuánto tiempo voy a poder continuar este periplo con el poco dinero que me
queda. Desde hace tiempo, mis ahorros se han volatilizado y vivo a crédito. El
generoso redactor de una editorial me hizo un anti¬cipo de algunos cientos de
yuanes por los derechos de autor de un libro del que ni siquiera sé si será
publicado algún día. Tam¬poco sé si lo escribiré, pero he gastado ya la mitad
del adelan¬to. En realidad, es casi un regalo, pues nadie puede saber qué nos
deparará el porvenir. En pocas palabras, evito en la medi¬da de lo posible
hospedarme en hoteles y busco lugares donde alojarme gratuitamente o, si no, lo
menos caros posible. A pe¬sar de ello, he desperdiciado la ocasión de ir a
Guixi, cuando una muchacha me ofreció alojarme con su familia.
La conocí mientras
esperaba la barcaza en un embarcadero. Con sus dos coletas, las mejillas
encarnadas, su animación y sus vivos ojos, parecía conservar una curiosidad
intacta hacia este mundo caótico. Al preguntarle yo sobre su destino, me
respondió que iba a Huangshi. ¿Qué había de interesante para ver en esa ciudad
cubierta de polvo gris, de atmósfera total¬mente saturada por las negras
humaredas de las acerías? Iba a ver a su tía. Y yo, ¿adonde iba? Me devolvió la
pregunta. Le expliqué que no tenía ninguna meta precisa, que iba de aquí para
allá. Ella puso unos ojos como platos y me preguntó a qué me dedicaba. «Soy
especulador», le dije. Ella reprimió la risa. No me creía. Le pregunté de
nuevo:
—¿Acaso tengo pinta
de estafador?
Ella negó con la
cabeza.
—En absoluto.
—En tu opinión, ¿de
qué dirías que tengo pinta?
—No lo sé, pero de
estafador no, en cualquier caso.
—Bueno, en tal
caso, soy un vagabundo.
—Los vagabundos no
son por fuerza mala gente.
Su voz dejaba
traslucir cierta convicción. Yo abundé en el sentido de lo que ella acababa de
decir:
—Los vagabundos son
gente que por lo general está muy bien. Con harta frecuencia son las personas
serias y formales las que son unos estafadores.
No pudo dejar de
reír como si alguien le hiciera cosquillas, era una muchacha verdaderamente
alegre.
Me dijo que también
a ella le hubiera gustado viajar, pero que sus padres no querían. Tan sólo le
habían autorizado a ir a casa de su tía. Le habían advertido de que, una vez se
sacara el título, tendría que ponerse a trabajar de inmediato, que aqué¬llas
eran sus últimas vacaciones de verano y que, por tanto, debía aprovecharlas
bien. La compadecí. Ella dejó escapar un suspiro:
—De hecho, me
gustaría mucho ir a Pekín. Pero por des¬gracia no conozco a nadie allí y mis
padres no quieren que vaya sola. ¿Es usted pequinés?
—Que hable el
pequinés no quiere decir que sea de Pekín. Aunque vivo en Pekín, encuentro allí
la vida asfixiante.
—Vaya, ¿y por qué?
—Estaba estupefacta.
—Hay demasiada
gente, viven hacinados. Al menor descui¬do, tienes a alguien que te anda
pisando los talones.
Hizo un mohín de
displicencia. Le había hecho otra pre¬gunta:
—¿Dónde vives tú?
—En Guixi.
—¿No es allí donde
se encuentran los montes Longhu?
—En realidad, no es
más que una montaña desierta, el tem¬plo fue destruido hace mucho tiempo.
Le dije que
justamente quería visitar esa montaña, que cuanto más desiertos eran los
lugares, más ganas tenía de visi¬tarlos.
—¿Para poder
estafar a la gente? —preguntó ella con un guiño picarón.
No pude sino
responderle riendo:
—Quiero hacerme
ermitaño taoísta.
—No habrá nadie
para recibirle. Los monjes de antaño se han ido o bien han muerto. No va a
encontrar dónde alojarse. Sin embargo, el paisaje allí es soberbio. No hay más
que vein¬te lis desde la cabeza de distrito, se puede ir y volver a pie, yo he
ido de paseo hasta allí con unos amigos. Si de veras quiere dirigirse a ese
lugar, puede hospedarse en mi casa, mis padres son muy hospitalarios.
Tenía todo el
aspecto de decirlo en serio.
—Pero tú has de ir
primero a Huangshi y tus padres ade¬más no me conocen.
—Regresaré dentro
de unos diez días. ¿No va a seguir sus vagabundeos?
Mientras
charlábamos, la barcaza había atracado.
Por la ventanilla
del tren, de vez en cuando veo surgir en el horizonte unas montañas grisáceas.
Los montes Longhu deben de encontrarse detrás. Estas montañas son
probable¬mente los Acantilados de las Inmortales. Un director de museo, que
conocí en mi periplo, me había mostrado unas fotos de ellos. En unas cuevas que
se abren en la ladera del acantilado, por encima del río, se habían descubierto
unos ataú-des suspendidos. Se trataba de una necrópolis del antiguo país de
Yue, que databa de la época de los Remos Combatientes. Los excavadores habían
encontrado un tambor plano laqueado de negro y un laúd de madera de trece
cuerdas, tal como lo atestiguaban los agujeros en su astil, de casi dos metros
de largo. Pero, aunque yo hubiera ido a los montes Longhu, no habría oído los
redobles de tambor de los pescadores, ni tam¬poco los claros y amplios acordes
del laúd.
Los Acantilados de
las Inmortales se alejan poco a poco hasta desaparecer totalmente. Al bajar de
la embarcación, y separarnos, nos intercambiamos nombre y dirección.
Me tomo una taza de
té. Siento un amargo pesar. Tal vez ella venga a verme algún día, pero no es
seguro. Este encuen¬tro fortuito me ha procurado cierta alegría. Soy incapaz de
hacerle la corte a una joven tan candida, en realidad soy sin duda incapaz de
amar verdaderamente a una mujer. El amor es demasiado pesado, quiero vivir con
ligereza y alegría, sin tener que asumir responsabilidades. El matrimonio y
todos los que¬braderos de cabeza y rencores que lleva aparejados son dema¬siado
agotadores. Me vuelvo cada vez más distante, nadie podrá provocar ya mi
entusiasmo. Soy ya viejo, y sólo me motiva algo que se asemeja a la curiosidad,
sin tratar no obstante de obtener un resultado que es perfectamente previsible
y, de todos modos, demasiado pesado. Prefiero vagar de aquí para allá, sin
dejar huella. En este inmenso mundo hay tanta gente, tantos destinos, no tengo
ningún lugar donde echar raí¬ces, hacer un pequeño nido para vivir
tranquilamente, encon¬trar siempre los mismos vecinos, decirles las mismas cosas,
buenos días, buenas tardes, y volver a enfrascarme en los mil banales enredos
de la vida cotidiana. Antes incluso de comenzar, me siento ya asqueado. Lo sé,
no puedo hacer feliz ya a nadie.
También conocí a
una joven monja taoísta. De su bonito rostro grave de una delicada palidez, de
su cuerpo erguido drapeado con un largo vestido, emanaba una frescura que era
indicio de una gran pureza. Me instaló en una habitación de huéspedes, en una
de las alas del templo; el viejo entarimado dejaba adivinar su color original y
las venas de la madera. La habitación era de una limpieza perfecta y las mantas
dispues¬tas sobre la cama exhalaban un olor a ropa recién lavada y almidonada.
Fue así como me instalé en el templo de Shangqing.
Todas las mañanas
me traía una palangana de agua caliente para mi aseo, luego me preparaba una
infusión de té verde mientras charlaba conmigo. Su voz era tan dulce como el té
fresco, hablaba y reía con gracia y naturalidad. Tras sacarse su título de secundaria,
ella misma se había presentado como candidata al noviciado, pero yo no me
atrevía a preguntarle por qué había abandonado a su familia.
En este monasterio
taoísta habían sido reclutados una dece¬na de jóvenes novicios, chicos y
chicas, todos con un nivel de estudios de segundo ciclo de secundaria como
mínimo. El superior era un hombre alto, de voz clara y de paso firme y seguro,
ya más que octogenario. Había luchado ímprobamen¬te durante varios años para
negociar con el gobierno local y los organismos de diferentes niveles, y
reunido a varios viejos ermitaños taoístas perdidos en las montañas para lograr
que se procediera a la restauración del monasterio de los montes Qingcheng.
Todos, jóvenes y viejos, hablaban conmigo con total libertad y, como decía la
monja: «Todo el mundo aquí le quiere», pero decía «todo el mundo», no «yo».
Me decía que podía
quedarme tanto tiempo como quisiera.
También me contó
que Zhang Daqian había vivido allí largo tiempo. Yo había visto una escultura
suya que representaba a Lao Tse en el templo consagrado al Emperador Amarillo,
a Fuxi y a Shen Nong, erigido junto al templo de Shangqing. A continuación, me enteré
de que Fan Changsheng de los Jin y Du Tingguang de los Tang habían hecho vida
de eremitas y habían escrito sus obras allí. Yo no soy un ermitaño y deseo
comer aún en la mesa de los humanos. No puedo decir que me quedara
exclusivamente porque me gustaba la naturalidad y la seriedad de esta mujer, me
limitaré a decir que la paz de este monasterio era de mi agrado.
Cuando salía de mi
habitación, entraba en la gran sala de estilo antiguo amueblada con mesas de
madera de nanmu, sillones de brazos y mesitas de té. De las paredes colgaban
cali¬grafías, y las inscripciones horizontales en lo alto de las colum¬nas eran
en realidad antiguos grabados que habían sido con¬servados. Ella me había dicho
que podría leer y escribir allí, y que, cuando me sintiera cansado, podría ir a
dar un paseo por el pequeño patio cuadrado que hay detrás del templo. Crecían
en ese lugar unos viejos cipreses entre la hierba de un verde oscuro y las
rocallas del estanque estaban cubiertas de un musgo verde pálido. Por la mañana
y la tarde, a través de los esculpidos enrejados de las ventanas, oía las risas
y las charlas de las monjas. No reinaba allí el ambiente asfixiante de rigor y
de prohibición de los monasterios budistas, sino más bien una atmósfera de
serenidad y un olor a incienso.
Asimismo me gustaba
la calma y la solemnidad del patio interior del templo a la hora del
crepúsculo, cuando los últi¬mos paseantes se habían dispersado. Iba a sentarme
a solas en el umbral de piedra, en medio de la gran puerta del templo, para
contemplar el mosaico de un gran gallo de porcelana que se extendía ante mis
ojos. En la sala de ceremonias, unas sen¬tencias paralelas decoraban los cuatro
pilares centrales. Las del exterior rezaban:
«El tao engendra al
uno, el uno engendra al dos, el dos engendra al tres, el tres engendra a los
diez mil seres», «El Hombre sigue las vías de la Tierra, la Tierra sigue las
vías del Cielo, el Cielo sigue las vías de la Vía, y la Vía sigue sus pro¬pias
vías».
Era exactamente la
frase que había pronunciado el viejo botánico cuando me encontraba en el bosque
virgen.
Las del interior
decían:
«Mirando sin ver,
escuchando sin oír, vacío y serenidad alcanzarás. Allí están los tres cielos:
el cielo de jade, el cielo supremo y el cielo extremo.
»Coligiendo el
comienzo de los remotos tiempos, encon¬trando la clave, todo es claro y tres
leyes descubrirás: la ley celestial, la ley terrenal, la ley humana».
El viejo superior
me explicó el sentido de estas frases:
—El tao es el
origen de los diez mil seres, y es también la ley que rige los diez mil seres.
Lo subjetivo y lo objetivo se res¬petan mutuamente y se funden en uno. El
origen es el ser en el no-ser y el no-ser en el ser, si los dos se unen es el a
priori, es decir, que el cielo y el hombre se unen, y el punto de vista del
hombre y del cosmos alcanzan la unidad. Los taoístas tienen la pureza como
principio fundamental, la no-acción como sus¬tancia, la naturaleza como forma
de vida, la longevidad como verdad, pero la longevidad exige la anulación del
yo. Éstos son a grandes rasgos los principios del taoísmo.
Mientras me
hablaba, chicos y chicas formaron corro en torno a nosotros. Una joven monja
pasó incluso su brazo por encima del hombro de un chico, concentrada la
atención, llena de inocencia. Ignoro si seré capaz de alcanzar este estado de
anulación del yo, de paz y de ausencia de deseos.
Una noche, después
de la cena, jóvenes y viejos, chicos y chicas, se reunieron en el patio del
templo para ver quién con¬seguía hacer resonar, soplando dentro, una rana de
cerámica mayor que un perro. Algunos lo lograban, otros no. El am¬biente estuvo
animado durante un buen rato, luego se disper¬saron para cumplir con sus
obligaciones de la noche. Yo per¬manecí solo, sentado en el umbral de la
puerta, mirando fijamente el tejado del templo desprovisto de toda decoración
masiva y aterradora de dragones, serpientes, tortugas o peces.
Los tejados
inclinados de líneas puras se destacaban en el cielo. Detrás, los árboles se
elevaban en el bosque, balanceán¬dose silenciosamente en el viento del
atardecer. En un mo¬mento dado, se hizo un silencio total. Sin embargo, uno
tenía la sensación de seguir oyendo un nítido silbido que venía de no se sabe
dónde. Se prolongaba tranquilamente, luego desa¬parecía lentamente. El murmullo
del riachuelo que pasaba por debajo del puente de piedra, en la puerta del
templo, y el mur¬mullo del viento de la noche parecieron entonces, por un
ins¬tante, emanar de mi propio corazón.
64
Cuando ella vuelve
con el pelo cortado, esta vez reparas en ello.
—¿Por qué te has
cortado el pelo?
—Para romper con el
pasado.
—¿Y lo has
conseguido?
—De todas formas,
es necesario hacerlo. Hago como si hubiera roto.
Tú te ríes.
—¿Qué te hace tanta
gracia? —Luego ella añade con dulce voz—: Me arrepiento un poco, ¿te acuerdas
de mi bonito pelo?
—Está muy bien así.
Eres más libre. Ya no tienes que soplar para apartarte el flequillo. Era un
incordio.
Es ella quien se
ríe esta vez.
—Deja de hablarme
de mi pelo, hablemos de otra cosa, ¿de acuerdo?
—¿De qué?
—De tu llave. ¿No
la perdiste?
—La he encontrado.
—Podría haber dicho también que la había perdido, que era inútil buscarla.
—Cuando uno ha
roto, ha roto.
—¿Te refieres a tu
pelo? Yo, a mi llave.
—Me refiero a mis
recuerdos. Tú y yo somos de la misma raza.
Ella frunce los
labios.
—Pero siempre falta
un poquito de nada para que nos encontremos.
—¿A qué llamas tú
un poquito de nada?
—No me atrevo a
decir que sea culpa tuya, pero sí digo que siempre nos cruzamos.
—Pero esta vez he
venido, ¿o no?
—Tal vez vayas a
marcharte de nuevo enseguida.
—O tal vez me
quede.
—Entonces está muy
bien, por supuesto.
Sin embargo, te
sientes incómodo.
—Tú no sabes más
que hablar de eso, sin hacerlo.
—¿Hacer el qué?
—¡El amor,
naturalmente! Sé lo que necesitas.
—¿Amor?
—Una mujer.
Necesitas una mujer —dice ella con franqueza.
—Pues bien, ¿y tú?
—La miras fijamente a los ojos.
—Pues igual, yo
necesito un hombre.
Cruza por su mirada
un destello de desafío.
—Mucho me temo que
uno solo no te baste.
Vacilas un poco.
—Pues bien, digamos
que necesito a los hombres.
Ella es más directa
aún que tú.
—Es más exacto así.
Te sientes
aliviado.
—Cuando un hombre y
una mujer están juntos...
—El mundo es como
si desapareciera...
—... Sólo queda el
deseo.
Ella apostilla tu
frase.
—Estoy de acuerdo
contigo. Son palabras que salen del fondo del corazón. Pues bien, ahora, un
hombre y una mujer están juntos...
—Entonces, ven
—dice ella—. Baja el estor.
—¿Prefieres la
oscuridad?
—Así uno puede
olvidarse.
—¿No lo has
olvidado ya todo? ¿Tienes aún miedo de ti misma?
—Me estás
fastidiando. Piensas en ello, pero no te atreves a hacerlo. Déjame que te
ayude.
Ella se pone
delante de ti y te acaricia el pelo. Hundes la cabeza en su pecho y murmuras:
—Voy a bajar el
estor.
—No vale la pena.
Ella se sacude,
agacha la cabeza y se baja la cremallera de los vaqueros. Ves un enredijo en la
blanca y fina carne apreta¬da por el elástico de la braga. Pegas a él tu rostro
y besas su tierno pubis. Ella aprieta tu mano:
—No seas tan
impaciente.
—¿Te desvistes tú
sola?
—Sí, ¿no es más
excitante?
Ella se saca la
blusa por encima de la cabeza, que agita por costumbre, pues ya no es necesario
con sus cabellos cortos. Se mantiene de pie delante de ti, en medio de sus
ropas desparra¬madas, desnuda, con su mata de vello, tan negra como sus
cabe¬llos, que brilla con un vivo resplandor. No le queda más que su sujetador
bien repleto. Estira las dos manos hacia su espalda y se dirige a ti en un tono
de reproche mientras frunce el ceño:
—¿Ni siquiera esto
sabes hacer?
Turbado, no has
comprendido en el acto.
—¡Sé un poco
atento, hombre!
Te levantas al
punto, te colocas detrás de ella y le desabro¬chas el sujetador.
—Está bien. Ahora
te toca a ti.
Ella lanza un
suspiro de alivio y viene a sentarse en el sillón frente a ti, sin dejar de
mirarte fijamente, con una vaga sonrisa en los labios.
—¡Eres una arpía!
Apartas
encolerizado las ropas que acabas de quitarte.
—No, una diosa
—rectifica ella.
Totalmente desnuda,
tiene un aire realmente imponente, inmóvil, esperando que tú te le acerques.
Por último, cierra los ojos y te deja besar todo su cuerpo. Quieres murmurar
algo.
—No, no digas nada.
Ella te estrecha
muy fuerte y, sin un ruido, te fundes con ella.
Una media hora o
tal vez una hora más tarde, se levanta de la cama y pregunta:
—¿Tienes café?
—En la repisa.
Ella llena un tazón
en el que remueve una cucharilla, se sienta en el borde de la cama y toma un
sorbo mientras te observa.
—¿No crees que es
delicioso? —dice.
Tú no tienes nada
que decir. Ella bebe con deleite, como si nada hubiera pasado.
—¡Qué mujer más
extraña eres! —Contemplas el halo de sus desarrollados pechos.
—Yo no tengo nada
de extraño, todo es de lo más natural. Necesitas el amor de una mujer.
—No me hables de
mujer y de amor. ¿Eres así con todo el mundo?
—Es suficiente con
que quiera a alguien y le desee.
Su tono neutro te
ha puesto furioso. Tienes ganas de herir¬la, pero te limitas a decir:
—¡Qué puta!
—¿No es eso acaso
lo que tú quieres? Es más difícil para ti que para una mujer. Si a ella le
importa un bledo, ¿por qué habría de dudar en disfrutar de la situación? ¿Qué
más tienes que decir?
Ella deja su taza,
vuelve hacia ti sus grandes pezones pardos y dice en un tono compasivo:
—Mi pobre
chiquillo, ¿no tienes ganas de volver a empezar?
—¿Por qué no?
Avanzas hacia ella.
—De todas formas,
debes de estar satisfecho —dice ella.
Quieres asentir con
la cabeza en vez de responder, pero empiezas a sentir unas agradables ganas de
dormir.
—¡Di algo! —te
implora ella al oído.
—¿Decir el qué?
—No importa el qué.
—¿Hablar de la
llave?
—Si tienes aún
alguna cosa que decir.
—Podríamos decir
que esa llave...
—Te escucho.
—Se ha perdido, eso
es todo.
—-Eso ya lo has
dicho.
—Por último, él
salió a la calle...
—A la calle, ¿que
era cómo?
—La calle estaba
llena de gente que tenía prisa.
—¡Continúa!
—Él está un poco
sorprendido.
—¿De qué?
—No comprende por
qué la gente está tan ocupada.
—Les gusta estar
ocupados.
—¿Es acaso una
obligación?
—Si no estuvieran
ocupados, no podrían dejar de estar un poco inquietos.
—Es cierto. Todos
tienen una expresión extraña, como si estuvieran preocupados.
—Y también una
expresión muy seria.
—Entran con cara
seria en las tiendas, salen con cara seria, cogen con cara seria un par de
zapatillas, se sacan con cara seria un poco de dinero suelto, compran con cara
seria un polo...
—Que chupan con
cara seria...
—No me hables de
polos.
—Eres tú quien ha
empezado.
—No me interrumpas,
¿por dónde iba?
—Sacan un poco de
dinero suelto, delante de un pequeño mostrador regatean el precio, con cara
seria, ¿qué más hacen con cara seria? ¿Qué más cosas serias hay?
—Mean delante de un
urinario.
—¿Y a continuación?
—Todas las tiendas
han cerrado.
—La gente regresa
apresuradamente a sus casas.
—Pero él no tiene
prisa por ir a ninguna parte, parece tener un lugar adonde ir, lo que se llama
comúnmente un hogar. Para conseguir esta vivienda ha tenido que discutir con
los res¬ponsables de las viviendas.
—De todas formas,
tiene esta habitación.
—Pero no encuentra
su llave.
—¿La puerta no ha
quedado abierta?
—La cuestión
consiste en saber si ha de volver allí o no de forma inevitable.
—¿No puede pasar la
noche donde le plazca?
—¿Igual que un
vagabundo? ¿Como una corriente de aire que anduviese a su capricho en la noche
de esta ciudad?
—¡Saltaría dentro
de un tren a la ventura y se iría adonde éste le llevase!
—Jamás había
pensado que iría adonde le llevara su capri¬cho, cada vez más lejos.
—¡Búscate una
mujer, no importa cuál, y ámala con ardor!
—Desesperadamente,
hasta la extenuación.
—Hasta la muerte,
valdrá la pena.
—Eso es, el viento
de la tarde sopla por todas partes, él está de pie en una plaza vacía, oye un
ruido, triste y desolador, no alcanza a distinguir si es el ruido del viento o
el latir de su corazón, de repente tiene la impresión de haberse sacudido de encima
toda responsabilidad, se siente liberado, y finalmente es libre, una libertad
que no nace más que de él mismo, puede empezarlo todo de nuevo desde un
principio, como un recién nacido totalmente desnudo que se hubiera caído en la
bañera, se pone en pie y llora con toda naturalidad, para que el mundo oiga su
voz, quiere llorar hasta decir basta, pero se da cuenta de que no tiene ya más
que su cuerpo y no consigue ya gritar, entonces contempla su propio cuerpo que
no sabe adonde ir, de pie en medio de una plaza vacía, ha de hacer una señal,
darle una palmada en el espalda, decirle una gracia, pero sabe que en ese
momento bastaría con que le rozaran para que se muriera de espanto.
—Como un sonámbulo,
su alma le ha abandonado.
—Comprende, al fin,
que su sufrimiento nace de su cuerpo.
—¿Tienes intención
de despertarle?
—Temes que no pueda
soportarlo. Cuando eras pequeño, oíste decir que, si se echaba agua fría sobre
la cabeza de un sonámbulo, corría el riesgo de morir, dudas en adelantar la
mano, mantienes la mano levantada, sigues dudando, pero no te atreves a rozarle
el hombro.
—¿Por qué no le
despiertas despacito?
—Estás detrás de
él, sigues su cuerpo, se diría que quiere ir aún a alguna parte.
—¿Regresa a su
casa? ¿A su habitación?
—No estás seguro,
te limitas a seguirle, atraviesas una ave¬nida, entras en una callejuela, luego
vuelves a salir, acto segui¬do llegas a otra avenida, entras en otra
callejuela, sales de nuevo.
—¡Ha vuelto a la
misma avenida!
—Pronto va a
hacerse de día.
—Pues bien, una vez
más...
65
Desde hace tiempo
estoy cansado de las luchas insensatas que desgarran este bajo mundo. En cada
discusión, en cada polémica, en cada debate, me encuentro en plena línea de
mira, soy juzgado, sermoneado, condenado. En espera del veredicto, aguardo en
vano que algún genio bueno capaz de invertir el curso de las cosas intervenga
en un arran¬que de generosidad para sacarme de este mal paso. Pero cuan¬do éste
termina por aparecer, cambia de chaqueta o desvía abiertamente la mirada.
A la gente le
encanta dárselas de maestro, de dirigente, de juez, de médico, de consejero, de
arbitro, de hermano mayor, de confesor, de crítico autorizado, de director de
conciencia, de jefe míos, nunca se preocupan por saber si realmente tengo
necesidad de ellos, todos quieren ser mi salvador, mi esbirro (los que me
asestan alguna puñalada trapera, no los que dan la cara por mí), mis nuevos
padres y madres, puesto que los auténticos están muertos, o incluso quieren
decididamente ponerse en el lugar de mi patria cuando no sé siquiera lo que es,
ni siquiera si tengo una. En cambio, mis amigos, mis defen¬sores, todos los que
toman partido por mí se ven en la misma situación que yo; he aquí mi destino.
Por otra parte,
tampoco me veo capaz de hacer el papel de héroe trágico que ha fracasado en su
pulso con el destino, aun¬que siento un gran respeto por aquellos que nunca han
temido la derrota, como Xingtian, el héroe legendario, que recogió su cabeza cortada
y siguió batiéndose. Y con todo, no podría más que mirarles de lejos y darles
mis silenciosas condolencias.
Soy igualmente
incapaz de hacer vida de ermitaño. No sé por qué he abandonado precipitadamente
el templo de Shangqing: ¿era porque no soportaba ya esta «no-acción» en la
serenidad? ¿Era porque no tenía paciencia para leer las láminas grabadas de los
miles de volúmenes del Canon taoísta en una edición Ming que, felizmente, no
había sido quemada gracias a la intervención de algunos viejos monjes? ¿Era
por¬que me daba pereza saber más cosas de la vida de estos ancia¬nos que
conocieron mil dificultades? ¿Acaso tenía miedo tam¬bién de sondear los
secretos interiores de estas jóvenes monjas? ¿Era para no arruinar
completamente mis propias aptitudes mentales? A fin de cuentas, no soy más que
un sim¬ple esteta.
En la ruta del
Tibet, a más de cuatro mil metros de altitud, me he puesto a calentarme al amor
del fuego con un equipo de peones camineros. Viven éstos en una casa de piedra,
cuyo interior está completamente renegrido por el humo. Alrede¬dor, no hay más que
altas montañas blancas cubiertas de nieve y de hielo. Por la carretera ha
llegado un autobús del que ha bajado un grupo muy animado, algunos con una
mochila a la espalda, otros con pequeños martillos de hierro, o con
archivadores llenos de muestras: al parecer son estudiantes que están
realizando un cursillo de investigación. Han introduci¬do la cabeza por la
ventana para ver la estancia negra y ahu¬mada, pero únicamente ha entrado una
muchacha que llevaba un pequeño paraguas rojo. Fuera, flotaban unos copos de
nieve.
Creyendo sin duda
que era yo un peón caminero, ella me ha pedido agua. Le he sacado un cacillo
del caldero negro de hollín suspendido encima del hogar. Ella ha lanzado un
grito. Se ha quemado en la boca al beber. Yo me he excusado. Acer¬cándose a la
lumbre, me ha preguntado:
—¿No es usted de
aquí?
Su rostro ceñido
por el pañuelo estaba colorado por el frío. Desde que ando por estas montañas,
no he visto en parte algu¬na una muchacha de tan esplendorosa belleza. He
querido pin¬charla un poco:
—¿Acaso cree que
los montañeses son incapaces de pedir excusas?
Ella se ha puesto
todavía más colorada.
—¿Está usted
también de cursillo? —me ha preguntado.
A mí me incomodaba
decirle que habría podido ser su pro¬fesor.
—He venido a sacar
unas fotos.
—¿Es usted
fotógrafo?
—Si así lo quiere.
—Nosotros venimos a
recoger muestras. ¡Aquí el paisaje es verdaderamente magnífico! —ha exclamado
ella.
—-Es muy cierto.
A fin de cuentas,
yo no soy en verdad más que un esteta. Imposible no sentirse emocionado al ver
a una muchacha tan hermosa.
—¿Le puedo sacar
una foto?
—¿Con mi paraguas
abierto? —ha replicado ella al punto haciendo girar su pequeño paraguas rojo.
—Pero mi carrete es
en blanco y negro.
No le he explicado
que en realidad llevaba un carrete de profesional.
—No importa, las
verdaderas fotografías artísticas se hacen siempre con carretes en blanco y
negro.
Daba la impresión
de saber de lo que hablaba.
Ha salido conmigo.
Unos pequeños copos de nieve revolo¬teaban por los aires. Se protegía del
viento con su paraguas de color rojo vivo.
Por más que estemos
ya en el mes de mayo, la nieve de esta vertiente no se ha fundido por completo.
En las zonas en que aún queda una poca, brotan por doquier las florecillas
púrpura de la fritilaria, y a veces matas de telefios rojos; bajo las peñas desnudas,
unas plantas de artemisia extienden sus tallos verdes vellosos en los que se
abren pujantes flores amarillas.
—Póngase allí —le
he ordenado.
En segundo término,
las montañas nevadas que habían relumbrado por la mañana no eran más que
siluetas en medio de la grisalla formada por los finos copos.
—¿Está bien así?
Ella inclina la
cabeza, se pone en pose. El viento redobla su violencia y le impide mantener
derecho su paraguas.
Está aún mejor así,
tratando de resistir al viento.
Delante de nosotros
discurre un riachuelo cuajado por el hielo. En la orilla, enormes botones de
oro se abren en una extraordinaria exuberancia.
Ella ha exclamado
señalando al río:
—¡Vayamos abajo!
Ella corre pugnando
contra el viento con su paraguas. Yo he puesto el zoom. En contacto con su
respiración, los copos se transforman en vaho. Sobre su pañuelo y su pelo
resplandecen unas gotas de agua. Le he hecho una seña.
—¿Ya ha terminado?
—exclama ella en medio del viento.
Unas finas perlas
de agua brillan en sus cejas. Ahora está perfecta. Por desgracia se me ha
acabado el carrete.
— ¿Puede enviarme
estas fotos? —me ha preguntado llena de esperanza.
—Sí, si me da su
dirección.
Ella ha vuelto a
subir al autobús y me ha alargado por la ventanilla una página arrancada de su
cuaderno en la que ha anotado su nombre y el número de su calle en Chengdu. Me
ha gritado que sería bienvenido en su casa y me ha saludado con la mano.
Más tarde, de paso
por Chengdu, fui a esa calle. Me acorda¬ba del número, pero no me detuve. Y
nunca le he enviado sus fotos. Al hacer revelar todos mis carretes, no he hecho
sacar más que unos pocos clichés de ellos, tan sólo aquellos que podían tener alguna
utilidad para mí. No sé si algún día los revelaré e ignoro si esta muchacha
seguiría siendo tan turba¬dora sobre el papel.
En el Huanggang,
pico principal de los montes Wuyi, he fotografiado, en el límite de los pastos,
un soberbio alerce soli¬tario en un bosque de coníferas. A media altura, el
tronco se dividía en dos ramas casi horizontales, como un halcón gigan¬te que
despliega las alas para emprender el vuelo. En medio de las alas, una rama
hacía pensar en la cabeza inclinada de un ave, con la mirada fija hacia abajo.
La naturaleza es
extraña. Puede crear tanto belleza como fealdad. Al sur de la zona de
protección de la naturaleza de estos mismos montes Wuyi, he visto un torreya de
China inmenso y decrépito, totalmente hueco, en el que pueden ani¬dar las
serpientes pitón. Del tronco de un negro metálico se elevaban lateralmente
algunas ramas en las que temblaban unas hojitas de un verde oscuro. En la
puesta del sol, cuando el pequeño valle estaba envuelto en la sombra del
atardecer, se alzaba en medio del mar de bambúes de un verde tenue aún
iluminado. Sus ramas rotas, negras y podridas, se desplegaban en todos los
sentidos cual maléficos demonios. He revelado esta foto, y, cada vez que la
veo, me embarga la mayor de las tristezas, no puedo mirarla largo rato. Me he
dado cuenta de que removía en mi interior los aspectos más sombríos de mi alma,
los que a mí mismo me aterran. Y, de todas formas, ya sea tanto delante de la
belleza como de la fealdad, no puedo sino echarme atrás.
En los montes
Wudang he visto probablemente al último viejo maestro taoísta de la secta de El
Veraz, una especie de encarnación de la fealdad. Me informé al respecto en el
llama¬do Viejo Campamento. Al otro lado de un muro que resguar¬da unas estelas
dedicadas a un emperador Ming y destruidas por las guerras, vive en una casucha
medio en ruinas una vieja monja taoísta. Le he preguntado sobre el período de
esplen¬dor en el que el templo era aún rico y hemos acabado hablando de la
doctrina taoísta. Ella me ha informado de que no que¬daba más que un solo viejo
maestro de la secta de El Veraz, que tenía más de ochenta años y que nunca
bajaba de las mon¬tañas. Se pasaba todo el año en el templo del Tejado de Oro y
nadie era capaz de sacarle de allí.
Al despuntar el
día, he partido en el primer tren para Nanya y he subido por un camino de la
ladera de la montaña en direc¬ción al Tejado de Oro, donde he llegado pasado
mediodía. En la cima, el tiempo estaba cubierto y frío, no había ningún
pa¬seante. He circulado por un laberinto de desiertos pasillos. Las salidas
estaban cerradas, sólo una pesada puerta claveteada se encontraba entreabierta.
He tenido que sacar fuerzas de flaqueza para empujarla. Un anciano de cabellos
y barba hirsutos que estaba cerca de un brasero se ha levantado. Muy alto y
fuerte, con el rostro negro y un aspecto terrible, me ha pre¬guntado
brutalmente:
—¿Qué hace usted
aquí?
—Perdone, ¿es usted
el señor de estos lugares? —he pre¬guntado yo lo más cortésmente posible.
—¡Aquí no hay
ningún señor!
—Sé que este
monasterio no ha reanudado aún sus activida¬des, pero ¿es usted el antiguo
superior de estos lugares?
—¡Aquí no hay
ningún superior!
—En ese caso,
disculpe usted, ¿es monje taoísta?
—¿Y qué puede
importarle a usted si soy monje o no?
Frunce el ceño de
cejas entrecanas alborotadas.
—Perdóneme, ¿es
usted de la secta de El Veraz, no es así? He oído decir que únicamente aquí, en
este templo, queda¬ba un...
—¡Me traen sin
cuidado las sectas!
Sin esperar a que
hubiera terminado, me ha echado afuera empujando la puerta.
—Soy periodista —me
he apresurado a explicar yo—. Ahora, el Gobierno ha dicho que había que aplicar
una nueva política respecto a los asuntos religiosos, ¿no cree que puedo serle
de ayuda dando a conocer su situación?
—¡Me traen sin
cuidado los periodistas!
Y me ha cerrado la
puerta en las narices.
En aquel momento me
he percatado de que cerca del hogar había sentados también una anciana y una
muchacha, tal vez su familia. Sabía que los monjes taoístas de la secta de El
Veraz pueden tomar mujer, tener hijos e incluso practicar las artes amatorias. No
puedo dejar de sospecharlo aviesamente. Con sus dos grandes ojos abiertos de
par en par bajo sus pobladas cejas alborotadas, su bronca y sonora voz, debe de
ser un apa¬sionado de las artes marciales. No es de extrañar que nadie se haya
atrevido a establecer contacto con él desde hace tiempo. Sin duda yo no sacaría
nada más llamando de nuevo a su puer¬ta. Por un angosto sendero cerrado por una
cadena, bordean¬do el acantilado, he llegado al templo del Tejado de Oro
cons¬truido enteramente en cobre amarillo.
Mezclado con la
llovizna, el viento aúlla. Delante del tem¬plo, una mujer de edad madura, de
anchas manos y grandes pies, estaba prosternada, con las manos juntas, ante la
puerta de bronce cerrada. Iba ataviada como una campesina, pero su actitud
delataba su naturaleza de mujer habituada a vagabun¬dear. Me he alejado,
aparentando estar contemplando el paisa¬je, apoyado en la barandilla de hierro
fijada entre las colum¬nas. El aullante viento dobla los pequeños pinos
prendidos a los intersticios de las rocas. Unas nubes rozan el sendero, dejando
a trechos al descubierto el mar de oscuro bosque que se extiende por el valle.
Me he vuelto para
echar un vistazo. Ella se mantenía de pie detrás de mí, con las pierias
separadas, los ojos cerrados, sin la menor expresión. Estas gentes tienen su
propio mundo, un mundo inaccesible para mí, en el que nunca podré penetrar.
Tienen su propia manera de vivir y de defenderse, al margen de la sociedad. Yo
no puedo sino volver a vivir mal que bien lo que las gentes consideran como la
vida normal, no tengo otra salida, en esto radica probablemente mi drama.
He descendido por
el sendero hasta una zona llana donde un restaurante permanecía abierto. No
había ningún cliente en su interior, sólo algunos camareros con camisa blanca
esta¬ban comiendo. No he entrado.
En la ladera de la
montaña, una gran campana de bronce de la altura de un hombre estaba tirada en
el suelo, en medio del barro. La he golpeado con la mano, pero no ha salido
ningún sonido de ella. Debía de haber aquí un templo, pero ahora, hasta donde
alcanza la vista, no hay más que hierbajos inclina¬dos por el viento. He
descendido la pendiente hasta que he divisado un sendero empedrado muy
escarpado que conduce al pie de la montaña.
Imposible aminorar
la marcha. Llevado por mi impulso, he llegado en unos diez minutos a un pequeño
valle profundo y tranquilo. Los árboles que se alzaban a cada lado de los
escalo¬nes de piedra ocultaban el cielo. El ruido del viento se atenua¬ba y
apenas sentía en mi rostro la llovizna que caía sin duda de las nubes que
flotaban en la cumbre de las montañas. El bos¬que era cada vez más tupido. No
sabía si era el que yo divisaba en medio de la bruma desde el templo del Tejado
de Oro, ni tampoco recordaba haber tomado ese camino en la ascensión. Cuando he
visto, al volverme, los innumerables escalones de piedra, me ha faltado valor
para volver a subirlos de nuevo a fin de reencontrar mi camino. Más valía
seguir bajando.
Las losas de piedra
estaban cada vez más desgastadas, nada que ver con el sendero de subida, mejor
conservado. Dándo¬me cuenta de que había cruzado al otro lado de la montaña, he
empezado a bajar al ritmo de mis pasos. Cuando llega su hora, sin duda el hombre
deja descender así su alma hacia los infier-nos sin detener su curso.
Al principio estaba
aún dubitativo, me volvía por momen¬tos, pero a continuación, fascinado por el
espectáculo de los infiernos, he dejado de pensar. De cada lado del sendero,
las redondeadas cimas de los pilares de piedra tenían el aspecto de calvas cabezas.
Las profundidades del pequeño valle parecían más húmedas aún, los pilares se
inclinaban en todos los senti¬dos, las peñas desgastadas por la erosión
semejaban calaveras puestas sobre las dos filas de pilares. He temido que el
viejo monje taoísta, debido a la impureza de mi corazón, me hubie¬ra echado mal
de ojo con el fin de extraviarme. El espanto se ha apoderado de mí súbitamente,
un miedo cerval que ha alte¬rado mis sentidos.
Los cendales de
niebla me han atrapado en sus redes, el bos¬que se oscurecía. En ese momento,
los escalones y los pilares de piedra húmeda se asemejaban a unos cadáveres.
Avanzaba en medio de osamentas blancuzcas. Mis pies no obedecían ya a mi
cerebro y me arrastraban irresistiblemente hacia los abis¬mos de la muerte. El
sudor corría por toda mi espalda.
Tenía
necesariamente que controlarme y abandonar a toda prisa esta montaña.
Despreocupándome de los matorrales que cubrían el sotobosque, he aprovechado un
recodo del sendero a fin de precipitarme por él y agarrarme a un tronco de
árbol para frenar mi carrera. Mis manos y mi rostro ardían, me pare¬cía que la
sangre corría por mis mejillas. Levantando la cabe¬za, he visto sobre una rama
un ojo totalmente redondo fijo en mí. He mirado a mi alrededor, y por todas
partes las ramas abrían grandes ojos y me observaban fríamente.
Tenía que calmarme,
pues al fin y al cabo todo eso no era más que un bosque de árboles de la laca.
Los montañeses, al recoger ésta, habían practicado unas incisiones en los
troncos de los árboles. Crecían en este estado, creando este paisaje infernal.
También cabría decir que no se trataba más que de una ilusión debida a mi miedo
interior; mi negra alma me espiaba, estos ojos múltiples eran en realidad yo
mismo que me observaba. Siempre he tenido la impresión de ser permanentemente
espia¬do, cosa que ha obstaculizado sin cesar mis movimientos. En realidad, no
se trata más que del temor que siento de mí mismo.
He vuelto otra vez
al sendero. La llovizna ha empezado de nuevo a caer. Los escalones de piedra
estaban remojados. No he mirado ya nada y he descendido a ciegas.
66
Una vez pasado el
primer miedo a la muerte, una vez disi¬pada tu angustia y calmada tu agitación,
te quedas sumi¬do en una especie de alelamiento. Perdido en la selva virgen,
andas errante bajo los árboles muertos, desnu¬dos, prestos a caer. Das vueltas largo
rato en torno a este tri¬dente extraño que parece señalarte el cielo nocturno,
sin atre¬verte a alejarte de este único punto de referencia, última señal de la
que te acuerdas.
Pero no quieres
quedarte atrapado en este tridente como un pez fuera del agua; es preferible
abandonar las últimas ata¬duras que te unen al mundo antes que empeñarte en
hacer acopio de tus recuerdos. Puedes perderte aún más, pero quie¬res conservar
una última esperanza de supervivencia. Es algo perfectamente comprensible.
En la linde del
bosque, llegas al borde de un barranco y te encuentras enfrentado a un nuevo
dilema: o volver sobre tus pasos en el bosque profundo, o sumergirte en el
barranco. En la umbría de la montaña se extiende un pastizal sembrado de
manchas oscuras, dibujadas por la sombra de los árboles. Aquí y allá destacan
unas rocas desnudas oscuras y escarpadas. No sabes por qué te sientes atraído
por el manantial que mana al fondo del barranco, pero ya no piensas y bajas la
pendiente primero a grandes zancadas y luego corriendo.
Estás abandonando
este mundo lleno de preocupaciones. Aunque conserven algo de calor humano, tus
recuerdos leja¬nos siempre te estorban. Das un alarido instintivo y te lanzas
hacia el río infernal del Olvido. Gritas, corres, un rugido de alegría bestial surge
de tus pulmones. Al venir al mundo, lan¬zaste un gran grito, sin la menor
traba, pero más tarde te has visto estrangulado por toda clase de reglas, de
ritos y de prin¬cipios educativos. Tienes por fin la dicha de gritar
libremente. Cosa curiosa, no oyes tu voz. Con los brazos abiertos, gritan¬do,
jadeando, afanándote, corres, sin percibir ningún sonido.
No dejas de
distinguir en ningún momento el manantial impetuoso sin saber de dónde viene ni
adonde va. Tienes la impresión de flotar en el aire, de fundirte con la niebla,
eres ingrávido, sientes un desapego como nunca has conocido otro igual. Sin
embargo, en el fondo de tu ser, persiste un miedo difuso, sin causa aparente,
tal vez sea tristeza.
Tienes la impresión
de planear, de escindirte en dos, de per¬der toda forma humana para fundirte
con el paisaje; perfecta¬mente sereno, flotando en medio del profundo barranco,
pare¬ces un hilo flotante, pero en realidad ese hilo eres tú que flotas informe
por los aires, en todas direcciones. Se percibe el alien¬to de la muerte y tus
intestinos y tu cuerpo están fríos.
Te levantas tras
caerte y echas a correr de nuevo gritando. Los matorrales se vuelven cada vez
más espesos y te resulta aún más difícil avanzar. Te fundes con el bosque y
apartas sin cesar de tu camino las ramas que se cierran detrás de ti. Bajar
todo recto la montaña resulta agotador. Es preciso que te cal¬mes.
Muerto de
cansancio, te paras para recuperar el aliento. Oyes el murmullo del río. Estás
cerca, pues oyes correr el agua clara en el cauce negro como la tinta. De él
brotan unas gotas, centelleantes como el mercurio. El río enmudece; ya no
perci¬bes más que el entrechocar de innumerables pequeños cantos rodados que él
remueve. Nunca habías oído de forma tan clara el sonido del curso del agua.
Cuanto más escuchas, más adivi¬nas sus reflejos que relucen en la sombra.
Tienes la impresión
de avanzar sobre las aguas, pues estás pisando ya hierbas acuáticas. Te hundes
en medio del río del Olvido; al igual que las preocupaciones de la vida
cotidiana, las hierbas se prenden a ti. Entonces tu desesperación te abandona
totalmente y avanzas a ciegas por la orilla del agua. Pisas los guijarros que
aprietas con los dedos de los pies. Es como si caminaras en sueños en medio del
río negro de los infiernos; una luz azul oscuro brilla allí donde manan las
gotas de agua. Estás sorprendido, pero tu sorpresa oculta una vaga alegría.
A continuación, una
pesada respiración llega a tus oídos. Crees que este ruido procede del río,
pero poco a poco distin¬gues unas mujeres que se ahogan. Lloran, gimen, pasan
una tras otra cerca de ti, con los cabellos desordenados, el rostro del color
de la cera y descolorido. En las pozas, entre las raíces de los árboles
hundidos en las aguas, resuenan los lúgubres golpes de las ondas. El cuerpo de
una muchacha suicidada des¬ciende la corriente, con los cabellos desparramados.
El río dis¬curre en medio del bosque de un negro de tinta que forma una
pantalla impenetrable delante del cielo y del sol: las mujeres ahogadas pasan
rozándote entre suspiros, no piensas en abso¬luto en ir en su ayuda, ni
siquiera tú mismo quieres salvarte.
Viajas al Reino de
los Muertos, tu vida no está ya en tus manos, continúas respirando únicamente a
causa de un mo¬mento de asombro, tu vida está suspendida entre el antes y el
después de este asombro. Si resbalaras, si los cantos rodados que aprietas con
los dedos de los pies rodaran, si tu paso en el fondo del agua no fuera firme,
te hundirías en el río infernal, como esos cadáveres suspirantes que pasan a
merced de la corriente. No tiene mayor sentido. No prestes atención, avanza,
eso es todo. Sólo permanecen el fluir tranquilo del río, el agua negra como la
muerte, las hojas de las ramas que rozan la superficie del agua, la corriente
que discurre en largos drapeados como unas pieles de lobos muertos, en medio
del río del Olvido.
No eres en absoluto
distinto del lobo, has causado ya bas¬tantes calamidades, serás muerto por
otros lobos, obviamente. En el río del Olvido todo el mundo está en un plano de
igual¬dad, el final de los hombres y de los lobos es siempre la muerte.
Este descubrimiento
provoca en ti cierta alegría, una alegría que te da ganas de gritar, pero tu
garganta no emite ningún sonido, el único ruido que oyes son los sordos golpes
del agua contra las raíces de los árboles.
¿De dónde salen
estas pozas? Las aguas carecen de límites, no son profundas, pero se extienden
hasta el infinito. El mar de los sufrimientos tampoco tiene límites y tú flotas
en un mar infinito.
Distingues
reflejados en el agua una fila de seres humanos que entonan cantos fúnebres,
cantos que no son realmente tristes, que se dirían incluso teñidos de humor; la
vida es ale¬gre, la muerte también; en realidad, no son más que tus recuerdos.
En las imágenes que retornan a ti de lo más pro¬fundo de la memoria, ¿hay una
sola de un grupo salmodiando unas oraciones? Si escuchas desde más cerca, estos
cantos parecen elevarse de debajo de la espuma, esa espuma espesa y mullida que
se hunde bajo tus pasos. Levantas una poca para mirar qué hay debajo. Unos
gusanos hormigueantes escapan en todos los sentidos. Una extraña náusea sube en
tu interior. Comprendes que son los gusanos que devoran los cadáveres en
descomposición. También tú, tu cuerpo será devorado tarde o temprano. He aquí
algo que no te regocija en absoluto.
67
Con dos amigos, me
he paseado tres días por este lugar de agua. A merced de mi humor, he caminado
decenas de lis, he hecho autostop, he tomado el barco. Mi llega¬da a esta
ciudad no es sino pura casualidad.
Mi nuevo amigo es
abogado. Conoce perfectamente los medios oficiales, las condiciones de vida y
las costumbres de esta región. El estaba con su compañera, una joven con el
dulce acento de Suzhou. No podía encontrar mejores guías. A sus ojos, un
vagabundo como yo era un intelectual célebre. Acompañarme, afirmaban, era una
maravillosa distracción. Tenían, cada uno por su parte, obligaciones
familiares, pero como mi amigo gustaba de repetir: «En principio, el hombre es
libre como el pájaro, ¿por qué no andar en busca de un poco de placer?».
Hacía sólo dos años
que era abogado. Cuando se restableció esta profesión totalmente abandonada,
aprobó el examen para hacerse abogado y presentó su baja en el trabajo, animado
por un solo deseo: abrir su propio gabinete. Le gusta explicar que esta profesión
es como la de los escritores, una profesión libe¬ral, que permite defender a
quien a uno le dé la gana sin dejar de mantener la reserva. Lamentablemente, no
puede hacer nada por mí, pero dice que, un día u otro, cuando el sistema
legislativo mejore, será inevitable que acuda a él si tengo que vérmelas con la
justicia. Yo le he dicho que en realidad no tengo ningún asunto pendiente con
la justicia porque, en pri¬mer lugar, no tengo ningún problema de dinero; en
segundo lugar, nunca le he tocado un pelo a nadie; en tercer lugar, nunca he
difamado a persona alguna; en cuarto lugar, nunca he robado ni cometido ninguna
estafa; en quinto lugar, nun¬ca me he dedicado al tráfico de drogas y, por
último, en sexto lugar, nunca he violado a ninguna mujer. Por mi parte, no
tengo ningún pleito que interponer, pero si plantean alguno contra mí, tengo la
absoluta certeza de perderlo. Él ha agitado la mano: lo sabe, por supuesto,
sólo lo decía por decir.
—No hay que echarle
tanto jarabe de pico —ha dicho su amiga.
El la ha mirado
frunciendo los ojos, luego se ha vuelto hacia mí.
—¿No te parece
verdaderamente bonita?
—No le hagas caso
—me ha dicho ella—, les dice lo mismo a todas sus amigas...
—¿Acaso no es
cierto si digo que eres bonita?
Ella ha hecho
ademán de levantar la mano para pegarle.
Me han invitado a
cenar en un restaurante que da a la calle. Al final de la cena, a eso de las
diez pasadas, han entrado cua¬tro jóvenes, cada uno ha pedido una gran jarra de
aguardiente blanco y unos platos que llenaban toda la mesa. Tenían toda la pinta
de querer estar bebiendo hasta entrada la noche.
En la calle,
brillan las luces de los pequeños restaurantes y de las tiendas todavía
abiertas. La localidad ha recobrado su animación de otro tiempo. En este
atardecer, lo prioritario para nosotros es encontrar un hotel decente para
asearnos, bebemos una tetera entera para disipar el cansancio, relajar¬nos y
seguir charlando, sentados en un sillón o bien echados en una cama.
El primer día nos
hemos paseado por una vieja aldea que conserva unas mansiones de la dinastía
Ming; hemos admira¬do el escenario de un viejo teatro, descubierto un antiguo
tem¬plo cuyo arco hemos fotografiado, hemos descifrado viejas estelas, visitado
a unos venerables ancianos. Hemos entrado también en unos templos recién
construidos o remozados por unas aldeas que se han revalorizado, donde nos han
echado las cartas. Y por la noche hemos dormido en una casa nueva, en las
afueras de una aldea. Ha sido el propietario, un viejo solda¬do desmovilizado,
quien nos ha invitado. Tras la cena, nos ha hecho compañía contándonos sus
acciones heroicas durante la represión de una banda de malhechores, pero
también histo¬rias de bandoleros que vivían antaño en esta región. Por últi¬mo,
viendo nuestro cansancio, nos ha instalado sobre un suelo sucio provisto de
paja fresca de arroz, y nos ha dado algunas mantas recomendándonos que
tuviéramos cuidado con el fuego si encendíamos la lámpara de petróleo. Pero no
ha habi¬do posibilidad de encenderla porque él mismo se la ha llevado a la
planta baja. Mis dos compañeros han seguido charlando un momento en la
oscuridad, pero a mí enseguida me ha ven¬cido el sueño.
La noche siguiente,
con el cielo tachonado de estrellas, lle¬gamos a una localidad donde llamamos a
la puerta de una posada. Había allí un anciano que estaba de guardia, y ningún
cliente. Las puertas de las habitaciones estaban abiertas y cada uno ha elegido
una para sí. Mi amigo el abogado ha venido a continuación a la mía para
charlar, luego su compañera ha manifestado por su parte que tenía miedo de
quedarse sola. Se ha metido bajo las mantas de la cama vacía y ha seguido
nues¬tra conversación.
Él conoce toda una
serie de historias extraordinarias, muy distintas de las del soldado retirado.
Su trabajo de abogado le ha permitido leer toda clase de archivos,
declaraciones o expe¬dientes. Ha tenido contacto directo incluso con criminales
y los describe de manera vivísima, sobre todo a aquellos impli-cados en
crímenes sexuales. Su amiga, aovillada como un gato bajo las mantas, preguntaba
sin cesar: «¿Es eso cierto?».
—¡Por supuesto que
es cierto! Yo mismo he interrogado incluso a muchos culpables. Hace dos años,
cuando se llevó a cabo una campaña contra los vagabundos sospechosos de
crí¬menes, fueron detenidos ochocientos en el mismo distrito. En su mayoría no
eran más que enamorados no correspondidos a los que no se podía imponer más que
penas mínimas. Los que podían ser condenados a la pena capital eran menos
numero¬sos todavía. Sin embargo, varias decenas de ellos fueron fusila¬dos por
una orden llegada de arriba, lo cual puso en aprietos a algunos mandos de la
seguridad pública más conscientes que los demás.
—¿Abogaste por
ellos? —le he preguntado.
—¿Y de qué hubiera
servido? Esta lucha contra la crimina¬lidad era una ofensiva de un movimiento
político, resultaba imposible atajarlo.
Se ha sentado en la
cama, con un pitillo en los labios.
—Cuenta la historia
de la gente que bailaba desnuda —le ha sugerido su amiga.
—En un barrio de
las afueras había un silo en desuso, debido al hecho de que los campos han sido
devueltos a los campesinos y la gente almacena en sus casas sus reservas de
trigo. Todos los sábados, a partir de la caída de la noche, una pandilla de
chi¬cos del pueblo se dirigían allí para bailar, con un radiocasete y una
chavala en el sillín de su bici o de su moto. La puerta esta¬ba vigilada, la
entrada prohibida a los campesinos de ese perdi¬do lugar. Situadas muy alto,
las ventanas no permitían ver el interior. Movido por la curiosidad, un aldeano
acabó subiéndo¬se a una escalera, pero aquello estaba demasiado oscuro para que
pudiera verse nada. No se oía más que música. Pese a todo, dio aviso a la
policía, que realizó una inspección y detuvo a más de un centenar de jóvenes,
que en su mayoría no tenían más de veinte años, hijos de los mandos locales,
jóvenes trabajadores, jóvenes comerciantes y vendedores, jóvenes desocupados.
También había alumnos de instituto, aún adolescentes. Cierto número de ellos
fue condenado, algunos a penas de reeduca¬ción por el trabajo, y otros fueron
fusilados.
—¿Bailaban
realmente desnudos?
—Algunos sí que lo
hacían, pero la mayor parte se entrega¬ban a simples tocamientos. Por supuesto,
otros hacían tam¬bién el amor. Una muchacha, de apenas veinte años, declaró
haber sido poseída por más de doscientos tíos, como para vol¬verse loca.
—¿Cómo estaba
segura del número? —ha seguido pregun¬tando ella.
—Explicó que,
totalmente alelada, se había dedicado sim¬plemente a contarlos. Yo la vi, hablé
con ella.
—¿Y no le
preguntaste cómo pudo llegar a ese extremo? —le he preguntado a mi vez.
—Ella declaró que
ante todo la había movido la curiosidad. Antes de ir a dicho lugar no tenía
ninguna experiencia sexual, pero, una vez abierta la espita, era imposible
cerrarla, éstas fueron sus propias palabras.
—Era seguramente la
pura verdad —dice ella, acurrucada bajo las mantas.
—¿Cómo era? —le he
preguntado yo.
—No te lo hubieras
creído de haberla visto: muy normalita, con un físico incluso bastante
corriente, inexpresiva, nada de fulana, con la cabeza rapada, imposible ver sus
formas con su uniforme de prisionera, pero era pequeña, con una cara
total¬mente redonda. Es verdad que hablaba sin pelos en la lengua y respondió a
todas las preguntas sin alterarse en ningún momento.
—Por supuesto...
—ha dicho ella en voz baja.
—A continuación,
fue ejecutada.
Hemos guardado
silencio un buen rato antes de que yo siguiera preguntando:
—¿Bajo qué
acusación?
—¿Acusación?
—Parecía hacerse la pregunta a sí mismo—. Debía de ser «incitación al
libertinaje», pues no había ido sola, sino que había llevado allí a otras
chicas. Por supuesto, las otras corrieron la misma suerte que ella.
—La cuestión
estribaba en saber si ella también había trata¬do de seducir y de incitar a la
violación a otras personas —he dicho yo.
—No hubo violación
propiamente dicha. Leí las declara¬ciones. La incitación a la violación es muy
difícil de probar.
—En esas
circunstancias... no resulta fácil de probar —ha añadido ella.
—¿Y el móvil,
entonces? ¿Qué intención tenía llevando a otras chicas allí? Tal vez fueron los
chicos los que querían que lo hiciera o bien algunos debieron de darle dinero
para hacerlo.
—Eso mismo le
pregunté yo. Ella declaró que no lo había hecho más que con chicos que conocía,
que había comido, bebido y se había divertido con ellos, que nadie le había
dado ningún dinero, que tenía un trabajo, había recibido una educa¬ción y
trabajaba en una farmacia o un dispensario donde esta¬ba encargada de los
medicamentos...
Ella ha espetado:
—Eso no tiene nada
que ver con la educación. No era una prostituta, sino simplemente una enferma
mental.
—¿Qué tipo de
enfermedad? —he preguntado yo.
—¡Menuda pregunta
para un escritor! Se sintió degradada y quiso que el resto de las chicas se
envilecieran juntamente con ella.
—Sigo sin
entenderlo.
—En realidad, lo
has entendido perfectamente —ha repli¬cado ella—. Todo el mundo sabe lo que es
el deseo sexual, pero, como era muy desdichada sin duda porque amaba a algún
hombre que no le correspondía, quería vengarse. Y con¬tra lo primero que se
vengó fue contra su propio cuerpo...
—¿Y tú qué opinas
de ello? —ha preguntado el abogado volviéndose hacia su amiga.
—¡Si tuviera que
caer tan bajo, primero te mataría!
—¿Hasta este
extremo llega tu crueldad? —ha replicado él.
—Todo el mundo
tiene en sí un fondo de crueldad —he dicho yo.
—El problema
consiste en saber si se debería aplicar o no la pena de muerte —ha añadido el
abogado—. Pienso que, en principio, sólo los traficantes de drogas y los
pirómanos son merecedores de la pena de muerte porque causan daño a la vida
ajena.
—¿Y la violación no
es acaso un delito? —ha dicho ella incorporándose.
—Yo no he dicho tal
cosa, pero pienso que la incitación al libertinaje no fue probada, pues ese
tipo de delito implica siempre a dos personas.
—E incitar a la
violación de las muchachas, ¿no es acaso un delito?
—Habría que ver lo
que se entiende por muchacha: depende de si tiene menos de dieciocho años.
—¿Por qué antes de
los dieciocho años no puede haber deseo sexual?
—La ley debe fijar
siempre límites.
—Paso de la ley.
—Pero la ley no
pasa de ti.
—¿Y qué tiene que
ver conmigo? Yo no cometo ningún delito, siempre sois los hombres los que los
cometéis.
Nos echamos a reír.
—¿De qué te ríes?
—dice ella dirigiéndose a él.
—Tú eres peor que
la ley, ¿acaso te dedicas a controlar hasta la misma risa? —ha dicho él
volviéndose hacia ella.
Sin preocuparle ir
vestida sólo con ropa interior, se ha des¬perezado y le ha mirado fijamente:
—Pues bien, dímelo
francamente, ¿has ido alguna vez de putas? ¡Dímelo!
—No.
—¡Cuéntale la
historia de la sopa de tallarines! A ver qué piensa él.
—¿Por qué?, ¿qué
tiene de especial? No era más que un cuenco de sopa de tallarines.
—¿Quién sabe? —ha
exclamado ella.
Como es natural, yo
tenía ganas de saber más.
—¿Qué historia es
ésa?
—A las prostitutas
no sólo les interesa el dinero, también tienen sentimientos.
—¿Has dicho que la
invitaste a tomar un cuenco de sopa de tallarines, sí o no? —le ha interrumpido
ella.
—Sí, pero no nos
fuimos a la cama.
Ella ha puesto cara
de pocos amigos.
Él ha contado que
era de noche, caía una llovizna en una calle desierta. Vio a una mujer de pie
bajo una farola y él trató de llamar su atención. No pensaba que ella fuera a
hacer un trecho de camino con él. Llegaron cerca de un puesto de venta de
sopas, que estaba protegido por unos amplios paraguas de tela embreada. Ella
dijo que le apetecía una sopa, y él no pudo comprar más que un cuenco, pues no
llevaba dinero suficien¬te. No se acostó con ella, pero sabía que le hubiera
seguido adonde él quisiese. Únicamente se sentaron sobre unas tube¬rías de
cemento de canalización dejadas allí al borde de la carretera y estuvieron
charlando, abrazados.
Ella me ha echado
una mirada:
—¿Era joven y
bonita?
—Tendría unos
veinte años, y con la nariz respingona.
—¿Tan prudente
eres?
—Tenía miedo de que
no fuera limpia y que me contagiara alguna enfermedad.
—¡Es típico de los
hombres! —ha exclamado ella volvién¬dose a tumbar.
Ha explicado que
sintió pena realmente de ella, iba poco abrigada, con las ropas mojadas, hacía
frío bajo la lluvia.
—Esto me lo creo
—he dicho yo—. Todo el mundo tiene su lado bueno y su lado malo. No seríamos si
no seres huma¬nos.
—Eso no entra
dentro del ámbito legal —ha dicho él—. ¡Porque si la ley considerara el deseo
sexual como un delito, en ese caso todos seríamos delincuentes!
Ella ha suspirado
quedamente.
Al salir del
restaurante, nos hemos ido hasta un puente de piedra sin encontrar hotel. Al
final del puente, a orillas del río, brillaba un pequeño farol. Una vez
acostumbrados a la oscuridad, hemos descubierto una barca, con un camarote de
tela negra, alineada en la orilla de atraque del muelle.
Dos mujeres
atraviesan el puente, han pasado cerca de nosotros.
—¡Mira, ésas se
dedican al oficio! —me ha susurrado al oído la amiga del abogado apretándome el
brazo.
Yo me he vuelto,
pues no había prestado atención, pero no he visto más que una nuca en la que
relucía un pasador de plás¬tico coloreado y un perfil. Ambas eran bajitas y
gordas.
Mi amigo las ha
mirado alejarse lentamente, hombro contra hombro.
—Les echan el
anzuelo sobre todo a los barqueros.
—¿Estás seguro? —Yo
estaba asombrado de que pudieran ejercer su oficio tan abiertamente. Creía que
no las había más que por los aledaños de las estaciones y de los puertos de las
ciudades de cierta importancia.
—Se las reconoce a
simple vista —ha dicho su amiga.
Las mujeres son
perspicaces de nacimiento.
—Tienen un código
cifrado que les permite cerrar tratos en las aldeas de los alrededores y, por
la noche, se ganan así un dinero extra —me ha explicado él.
—Han visto que yo
iba con vosotros, pero si hubierais esta¬do solos seguro que os hubieran
dirigido la palabra.
—Así pues, ¿hay un
lugar donde ejercen su profesión, no van sólo a las aldeas? —he preguntado.
—Deben de tener una
embarcación en los alrededores, pero pueden ir también a un hotel con su
cliente.
—¿Se practica este
tipo de comercio abiertamente en los hoteles?
—Están conchabadas
con algunos. ¿No te has encontrado ninguna alguna vez en tu camino?
He vuelto a pensar
entonces en esa mujer que quería ir a Pekín para presentar una queja y que
afirmaba no tener dinero para comprar su billete. Le di un yuan, pero tal vez
fuese una prostituta.
—¡Menuda
investigación sociológica que estás llevando a cabo tú! Hoy en día se ve de
todo.
No puedo sino
reprochármelo, explicar que soy incapaz de realizar la menor investigación, que
no soy más que un perro vagabundo que anda errante de aquí para allá. Se ríen
con ganas.
—¡Seguidme, os voy
a hacer pasar un buen rato!
A él se le acababa
de ocurrir una nueva idea. Exclama seña¬lando al río:
—¡Eh! ¿Hay alguien?
Y salta desde el
borde del muelle a la barca con un camaro¬te de tela negra.
—¿Qué es lo que
desean? —pregunta a bordo una voz aho¬gada.
—¿Podemos hacer una
salida nocturna con esta embarca¬ción?
—¿Para ir adonde?
—Al puerto de
Xiaodangyang —responde mi amigo sin du¬darlo un instante.
—¿Cuánto estás
dispuesto a pagar? —pregunta un hombre que sale con los brazos desnudos del
camarote.
—¿Cuánto quieres?
Y comienza el
regateo. —Veinte yuanes.
—No, diez.
—Dieciocho.
—Diez.
—Entonces, quince.
—No, diez.
—Por diez yuanes no
voy.
Y el hombre se
vuelve a meter en el camarote. Se oye mur¬murar una voz de mujer.
Los tres nos
miramos y negamos con la cabeza. Imposible aguantarse la risa.
—¿Van sólo hasta el
muelle de Xiaodangyang? —pregunta otra voz, varias embarcaciones más allá.
Mi amigo nos hace
señal de que guardemos silencio y res¬ponde con fuerte voz:
—¡Yo sólo voy hasta
allí por diez yuanes! —Tiene aspecto de estar encantado.
—Esperen ustedes
aquí, que ahora les recojo con mi barca.
Mi amigo conoce
perfectamente el precio a pagar. Con la chaqueta echada sobre los hombros,
aparece la silueta de un hombre maniobrando el bichero.
—Bien, ¿qué te
parece? Nos ahorramos una noche de hotel. ¡A esto se le llama verdaderamente
«ir a la deriva al claro de luna»! Lástima que no haya claro de luna. De todos
modos, ni hablar de prescindir del aguardiente.
Le rogamos al
barquero que aguarde un momento y corre¬mos a comprar en una callejuela una
botella de Daqu, una bolsita de habas hervidas y dos velas. Saltamos
alegremente den¬tro de la embarcación.
El barquero es un
anciano demacrado. Apartando la tela del camarote, vamos a tientas a sentarnos
con las piernas cruzadas sobre la cubierta. Mi amigo quiere encender las velas
con su mechero.
—No enciendan fuego
en la barca —refunfuña el anciano.
—¿Y eso por qué?
Imagino que existe
algún tabú.
—Pueden pegar fuego
a la tela.
—¿Por qué cree que
vamos a pegar fuego a la tela? —pre¬gunta el abogado.
El viento apaga
varías veces la llama de su mechero. Él apar¬ta un poco la tela.
—Si le pegamos
fuego, ya se lo reembolsaremos.
Su amiga se mete
entre él y yo. Aún se está mejor así. Durante un instante, nos sentimos
revivir.
—¡Apaguen eso!
—Soltando su bichero, el anciano se mete bajo la tela.
—¡Qué le vamos a
hacer si no podemos encenderlas! —digo yo—, aún se está mejor en plena
oscuridad.
El abogado abre
entonces la botella, separa las piernas e ins¬tala sobre la esterilla que
recubre la cubierta la gran bolsa de habas hervidas. Nuestros rostros están
cara a cara, nuestros pies acuñados unos contra otros. Nos pasamos la botella
de aguardiente. Apoyada contra él, ella alarga a veces la mano para cogerla y
tomar un trago. En el meandro del río, no se oyen más que el chapoteo de las
olas y el bichero golpeando el agua.
—El tipo de antes
se ha quedado sin negocio.
—Por cinco yuanes
más, habría aceptado. No es gran cosa.
—¡Lo justo para un
cuenco de sopa de tallarines calientes!
Nos estamos
volviendo unos asquerosos.
—Desde antiguo,
esta aldea acuática es un lugar de liberti¬naje. ¿Quién podría prohibirlo? ¡Los
chicos y chicas de aquí son todos muy vivalavirgen, pero a pesar de ello no se
los puede matar a todos! Han vivido así durante generacio¬nes —dice él en la oscuridad.
El cielo oscuro se
abre por un instante y deja filtrar la claridad de las estrellas, para
oscurecerse luego de nuevo. Detrás de la embarcación, resuenan el gluglú que
provoca la espadilla en el agua y el dulce sonido de las olas que rompen contra
la barca. Un frío viento refresca el aire y penetra por la tela que ha sido
descorrida. Bajamos una cortina cortavientos hecha de bolsas de plástico.
Nos embarga el
cansancio, los tres acurrucados en medio del estrecho camarote de la
embarcación. El abogado y yo, aovillados a cada lado, y ella, que se aprieta
entre nosotros dos. Las mujeres son así, tienen necesidad de calor.
En la penumbra,
adivino los rizomas que se extienden detrás de los diques y, más allá, las
marismas cubiertas de caña¬verales. Después de muchas vueltas y revueltas,
llegamos a una vía de agua que atraviesa unos tupidos cañaverales, allí podrían
acabar con nosotros, ahogarnos sin dejar ni rastro. En reali¬dad, somos tres
contra uno y, aunque uno sea una mujer, no tenemos enfrente más que a un
anciano, por lo que podemos dormir tranquilos. Ella se ha dado la vuelta ya y
yo toco su espalda con mi talón. Coloca sus nalgas contra mi muslo, pero nadie
presta atención a ello.
El mes de octubre,
en este lugar de agua, es la estación de la recolección, y por todas partes se
ve menear de senos y brillar húmedas miradas. Su cuerpo es atractivo, dan ganas
de acer¬carse a ella y acariciarla. Acurrucada contra el pecho de mi amigo, siente
sin duda el calor de mi cuerpo. Alarga una mano para posarla sobre mi pierna,
como si quisiera consolarme un poco, ya por frivolidad, ya por gentileza.
Entonces se oye un rugido, o más bien una queja profunda, que viene de la popa
de la embarcación. Primero uno siente ganas de protestar, pero es imposible no
escuchar. Una endecha desgarradora flota en la noche, al hilo del viento, a
flor de agua. El anciano canta, canta tan tranquilo, completamente ensimismado,
moderando su voz que surge de lo más profundo de su pecho; es como una queja
largo tiempo contenida que se liberara de repente. Primero las palabras
resultan inaudibles, luego, poco a poco, uno logra captarlas sin comprenderlas
no obstante del todo, debido al dialecto que emplea, teñido de un fuerte
acen¬to campesino. Algo así como: «Tú, hermanita de diecisiete años, jovencita
de dieciocho años... la suerte de tu cuñado has seguido... por todas partes...
por todas partes... sin igual... la pequeña sirvienta... con el resplandor...».
Una vez perdido el hilo, ya no se comprende nada.
Les he preguntado
tocándoles la mano:
—¿Lo oís? ¿Qué es
lo que canta?
Sus cuerpos se
rebullen, tampoco ellos duermen.
El abogado repliega
sus piernas, se sienta y grita al bar¬quero:
—Eh, buen hombre,
¿qué está cantando?
En un batir de
alas, un ave espantada emprende el vuelo ululando por encima del camarote.
Aparto un poco la tela, la embarcación se acerca a la orilla. En las aguas
bajas del dique sobresalen unas matas negruzcas, tal vez alubias de soja. El
anciano ya no canta, se ha levantado un viento fresco que ahu¬yenta el sueño.
Me dirijo a él educadamente:
—Buen hombre, lo
que canta usted es como una romanza, ¿no?
Él no dice nada,
ocupado como está en timonear la espadi¬lla. La barca avanza rápidamente.
—Tómese un descanso
y beba con nosotros. ¡Y luego cán¬tenos alguna cosa!
El abogado también
se lo ha pedido.
El anciano guarda
silencio y sigue maniobrando su espa¬dilla.
—No tenga prisa,
hombre, y venga a beber un trago y entre en calor, le daré dos billetes más si
nos canta alguna cosa, ¿de acuerdo?
Como una piedra que
cae en el agua, las palabras del aboga¬do no encuentran ningún eco. Ya esté el
barquero molesto o furioso, la embarcación sigue deslizándose por el agua. Y
sólo nos mecen el ruido de los remolinos que hace la espadilla y unas olitas que
golpean suavemente la borda de la barca.
—Durmamos —susurra
la amiga del abogado.
Nos volvemos a
acostar, un tanto decepcionados. El cama¬rote parece más estrecho con nuestros
tres cuerpos tumbados, apretados unos contra otros. Siento el calor de su
cuerpo. Deseo o ternura, ella ha cogido mi mano y la cosa no pasa a mayores,
nadie quiere estropear la misteriosa turbación de esta noche. Entre el abogado
y ella, ni un ruido. Tan pronto como he sentido la dulzura y el calor de su
cuerpo, he intentado reprimir la emoción que me embargaba, pero mi deseo
repri¬mido no ha hecho sino acrecentarse y la noche ha recuperado su misteriosa
turbación.
Al cabo de bastante
rato, la endecha resuena de nuevo en la oscuridad, endecha de un alma en pena
errante en la noche, abrumada, insatisfecha. Unas cenizas incandescentes
relucen un instante en la oscuridad. Sólo queda el calor de los cuerpos y la
flexibilidad de los contactos, mis dedos se han engarzado con los suyos, pero
ninguno de nosotros ha proferido el menor sonido, nadie se atreve a turbar el
silencio, cada uno contiene su respiración y escucha el rugir de la tempestad
que sopla en sus venas. La voz cascada del anciano resuena de forma
inter¬mitente, le canta a los pechos perfumados de una mujer, a las piernas
deseables de otra, pero ningún verso resulta compren¬sible del todo, imposible
pescar más que unos fragmentos, él canta de manera confusa, tan sólo resultan
perceptibles la brisa y el tacto, los versos se suceden, ninguno es repetido de
prin¬cipio a fin, pero se parecen casi todos ellos, flores y pistilos, los
rostros se ruborizan, no lo hagas, raíces, raíces de loto, faldas de gasa
flotando al viento, talle fino, el regusto amargo de los caquis, no amargo sino
áspero, en las olas mil pares de ojos, en el cielo las libélulas, no, no, no se
puede fiar uno...
El barquero bucea a
todas luces en lo más profundo de su memoria para encontrar los sentimientos
que darán expresivi¬dad a su lenguaje, un lenguaje que no tiene un sentido
claro, que no transmite más que sensaciones intuitivas, atiza el deseo, y se
infiltra en su canto, como una queja, como un suspiro. Al cabo de un buen rato
se detiene, la mano que sostiene la mía se suelta al fin. Nadie se mueve.
El anciano tose, la
barca cabecea ligeramente. Me siento para mirar fuera del camarote. La
superficie del agua se ha vuelto más blanca, la barca atraviesa una localidad.
Las casas se hacinan en la ribera, bajo la luz de los faroles las puertas están
todas cerradas, no brilla luz alguna en las ventanas. En la popa, el anciano no
cesa de toser, la barca cabecea cada vez más fuerte, se le oye orinar en el
agua.
68
Continúas subiendo
las montañas. Y cada vez que te acer¬cas a la cima, extenuado, piensas que es
la última vez. Alcanzado tu objetivo, cuando tu excitación se ha cal¬mado un
poco, te quedas insatisfecho. Cuanto más desaparece tu fatiga, más aumenta tu
insatisfacción, contem¬plas la cadena de montañas que ondea hasta donde se
pierde la vista y el deseo de ascender se apodera de nuevo de ti. Aquellas que
has escalado no presentan ya ningún interés, pero estás convencido de que
detrás de ellas se esconden otras curiosida¬des, cuya existencia todavía
desconoces. Pero cuando llegas a la cima no descubres ninguna de estas
maravillas, no encuen¬tras más que el solitario viento.
Al hilo de los
días, te adaptas a tu soledad, subir las monta¬ñas se ha vuelto una especie de
enfermedad crónica. Sabes per¬fectamente que no encontrarás nada, no te sientes
impulsado más que por tu obcecación y no cesas de trepar. En este proceso, por
supuesto, tienes necesidad de algún consuelo y te meces en tus quimeras, te
creas tus propias leyendas.
Tú cuentas que bajo
una escarpadura viste una cueva, casi enteramente obturada por un montón de
rocas. Creíste que era la casa del Viejo Shi, un santo del que hablan las
leyendas montañesas de la etnia qiang.
Cuentas también que
estaba sentado sobre una tabla de cama carcomida que se convirtió en polvo tan
pronto como la tocaste. Los trozos estaban húmedos debido a la atmósfera
cerrada de la cueva. Delante de la entrada corría un riachuelo y, por todas
partes por donde ponía uno los pies, estaba todo cubierto de musgo.
Su cuerpo estaba
apoyado contra la pared, su rostro de cuencas rehundidas, seco como una ramita
de madera muerta, estaba vuelto hacia ti. Su fusil encantado colgaba de una
rama de árbol hincada en una grieta de la pared, por encima de su cabeza. Sólo
tenía que alargar la mano para apoderarse del arma que no tenía el menor rastro
de herrumbre. Estaba toda¬vía cubierta de negros restos de grasa de oso. El
anciano te preguntó:
—¿Qué demonios
vienes a hacer aquí?
—Vengo a verle.
Te esforzabas por
parecer educado, pese al terror que te ate¬nazaba. No era un viejo voluble y
caprichoso como un niño. Todas tus zalamerías eran inútiles. Sabías
perfectamente que podía matarte con su fusil si se enfurecía; motivos tenías
para sentirte intimidado. Frente a sus dos cuencas rehundidas, ni siquiera
osabas levantar los ojos, por temor a que él se imagi¬nara que mirabas de reojo
su fusil.
—¿Por qué?
No podías decir por
qué habías venido.
—Hace mucho tiempo
que nadie viene a verme —gruñó él con voz cavernosa—. La pasarela que conduce
hasta aquí está completamente podrida, ¿no?
Le explicaste que
habías subido desde abajo del barranco, por donde corre el río Ming.
—¿No me habíais
olvidado todos?
—No —me apresuré yo
a responder—, los montañeses le conocen a usted como el Viejo Shi. Hablan de
usted en sus veladas, pero no se atreven a venir a verle.
Te hubiera gustado
decirle que había sido más la curiosidad que el valor lo que te había movido a
venir al oírles a ellos hablar de él, pero esto no resultaba fácil
explicárselo. Dado que habías encontrado allí una prueba de la veracidad de una
leyenda, ahora que le habías visto debías aprovechar la oca¬sión.
—¿Quedan lejos los
montes Kunlun de aquí?
¿Por qué le
preguntaste acerca de los montes Kunlun? Son las montañas de los antepasados
donde vive la Reina Madre de Occidente. Ésta está representada en los ladrillos
pintados encontrados en las tumbas de los Han bajo la forma de un per¬sonaje de
cabeza de tigre, con cuerpo humano y cola de leo-pardo. Y los pesados ladrillos
de los Han son perfectamente reales.
—¡Ah!, si avanzas
todo recto, llegarás a los montes Kunlun.
Dijo esto como si
señalara los retretes o una sala de cine. Te armaste de valor para seguir
preguntando:
—Pero todo recto,
¿no está muy lejos de aquí?
—Todo recto...
Esperando que
prosiguiera, echaste una mirada a sus cuen¬cas rehundidas. Su boca desdentada
se abrió por dos veces, luego se volvió a cerrar. Imposible saber si había
dicho algo, o si únicamente se disponía a hablar.
Hubieras querido
emprender la huida pasando por su lado, pero temiendo que se enfureciera
optaste por mirarle fijamen¬te y adoptar un aire de perfecta humildad, como si
escucharas sus enseñanzas. Pero no te enseñó nada. Sin duda no tenía nada que
enseñarte. Sentiste que los músculos de tu rostro estaban demasiado tensos en
esa inmovilidad, relajaste las comisuras de los labios y adoptaste un aire más
jovial. Pero no notaste ninguna reacción por su parte. Entonces, moviste un pie
para desplazar tu centro de gravedad y avanzaste insensi¬blemente. Te acercaste
a sus cuencas rehundidas, sus pupilas permanecían fijas, como si fueran falsas,
tal vez no era más que una momia.
Los cadáveres
perfectamente conservados de las tumbas Chu de Jiangling o de Mawangdui estaban
sin duda en la mis¬ma posición que él.
Te acercaste paso a
paso sin atreverte a tocarle, temiendo hacerle caer al más mínimo gesto.
Alargaste la mano para apo¬derarte del fusil de caza cubierto de restos de
grasa de oso col¬gado detrás de él. Pero al tocar el cañón del fusil, éste se
con¬virtió en polvo. Te batiste en retirada a toda prisa, sin preocuparte ya de
saber si irías a la mansión de la Reina Madre de Occidente.
Por encima de tu
cabeza resonó un trueno, ¡el cielo daba muestras de su cólera! Los soldados y
generales celestiales gol¬peaban con mazos de huesos de bestias salvajes el
grueso tam¬bor hecho de piel de búfalo procedente del mar de Oriente.
Nueve mil
novecientos noventa y nueve murciélagos blan¬cos revoloteaban en la cueva
lanzando estridentes chillidos, despertando a los espíritus de la montaña.
Enormes bloques de piedra cayeron de las cumbres, provocando en su caída un
inmenso desprendimiento como un ejército de jinetes bajan¬do a todo correr las
pendientes en medio de una nube de polvo.
¡Ah, ah! ¡De golpe,
en el cielo, aparecieron nueve soles! Los hombres con sus cinco costillas, las
mujeres con sus diecisiete nervios se pusieron a golpear los instrumentos de
percusión y a tañer los instrumentos de cuerda sin dejar de cantar, gritar, gemir
y aullar.
Tu alma te abandonó
entonces y no viste más que innume¬rables sapos, boquiabiertos, vueltos hacia
los cielos, como una muchedumbre de pequeños hombres decapitados, las manos
tendidas hacia el cielo y gritando con la mayor de las desespe¬raciones:
¡Devolvedme mi cabeza! ¡Devolvedme mi cabeza! ¡Devolvedme mi cabeza!
¡Devolvednos nuestras cabezas! ¡Devolvednos nuestras cabezas! ¡Devolvednos
nuestras cabe¬zas! ¡Nuestras cabezas, devolvednos! ¡Nuestras cabezas,
devol¬vednos! ¡Nuestras cabezas, devolvednos! ¡Nuestras cabezas, devolvednos!
¡Nuestras cabezas, devolvednos! ¡Nuestras cabe¬zas, devolvednos! ¡Las cabezas,
devolvednos! ¡Las cabezas, devolvednos! ¡Las cabezas, devolvednos! ¡Venid a
devolver nuestras cabezas!... Yo entrego mi cabeza...
69
Unos repetidos
tañidos de campana y unos redobles de tambor me sacan de mi sueño. No me
acuerdo ya de dónde estoy. En medio de una completa oscuridad, ter¬mino por
reconocer una ventana, me parece que con unos travesaños muy delgados. Para
comprobar si estoy toda¬vía soñando, me esfuerzo por levantar mis pesados
párpados. Percibo por fin la luz fluorescente de mi reloj. Son las tres. Caigo
en la cuenta de que la oración matinal ha comenzado y que estoy hospedado en un
templo. Me levanto de golpe.
Cuando llego al
patio, el tambor ha enmudecido. Única¬mente la campana desgrana sus claros
tañidos. Detrás de los árboles, el cielo está sombrío, el tintineo llega de la
sala del Gran Tesoro oculta por unos altos muros. A tientas alcanzo la puerta
de la galería que conduce al refectorio, pero ésta se halla cerrada. Me dirijo
hacia el otro extremo de la galería, pero mis manos no tocan más que una pared
de ladrillo. Estoy prisionero, encerrado en este patio rodeado por unos altos
muros. Llamo varias veces en vano.
La víspera, había
insistido en hospedarme en el monasterio Guoqing. Los monjes que quemaban
incienso y distribuían las ofrendas me habían mirado como si dudaran de mi
fervor. Yo me había quedado tercamente hasta el cierre de las puertas.
Finalmente consultaron a su superior y me instalaron en este patio lateral, en
la trasera del templo.
No quiero quedarme
encerrado, quiero comprobar, sin infringir no obstante el ritual budista, si en
este templo en acti¬vo desde hace más de mil años se conserva aún el ritual de
la escuela del Tiantai. Tras volver al patio, acabo divisando un hilo de luz
que se filtra por una rendija de una esquina. A tien¬tas, descubro una pequeña
puerta que abro sin tener licencia para ello. Salta a la vista que se trata de
un templo budista, no hay ningún lugar tabú.
Más allá de la
pared-pantalla, una pequeña sala de oración iluminada por algunas velas ha sido
invadida por las volutas de humo del incienso; delante del altar cuelga un paño
de broca¬do morado bordado con una inscripción en grandes caracte¬res: «Súbitamente,
el pebetero se calienta». Diríase una reve¬lación. A fin de probar que mis
intenciones son intachables y que no he venido a espiar los secretos de los
monjes, me alum¬bro ostensiblemente con el candelero. En las cuatro paredes hay
colgadas caligrafías antiguas: nunca hubiera creído que un templo pudiera
abrigar una estancia tan refinada, tal vez sea la sala donde vive
cotidianamente el Gran Maestro del dharma. Me siento un poco avergonzado por
tener la osadía de penetrar en ella, pero ardo en deseos de comprobar si aún se
conservan los manuscritos de los dos bonzos célebres de los Tang, Han Shan y
Shi De. Dejo el candelero y abandono la estancia en dirección a la campana.
Llego a otro patio,
bordeado de celdas donde resplandecen también unas velas, probablemente los
aposentos de los bon¬zos. De repente, un monje ataviado con una larga túnica
negra pasa por detrás de mí. Sorprendido al principio, acabo com¬prendiendo que
me indica el camino. Tras él recorro numero¬sas galerías. De golpe, desaparece.
Incómodo, busco un sitio mejor iluminado. Me dispongo a cruzar el umbral de una
puerta cuando, alzando la cabeza, descubro un Guardián de Buda, de unos cuatro
o cinco metros de alto, blandiendo hacia mí su mazo de diamante, con los ojos
abiertos de par en par de la cólera. Me quedo helado de terror.
Rápidamente, me
alejo y sigo avanzando a tientas por un pasillo. Por una puerta en arco por la
que se filtra una lucecita, desemboco por casualidad en el inmenso patio de
delante de la sala del Gran Tesoro. Un dragón azul vigila en cada ángulo de su
techo de dos lienzos que se elevan hacia el cielo y en cuyo centro brilla un
espejo redondo. En la inmensidad de la noche que precede al alba, en medio de
los viejos cipreses, esta apari¬ción tiene algo de mágico.
En la alta terraza,
detrás del enorme pebetero de bronce, centellean mil velas, el tañido grave de
la campana hace vibrar los aires. Un bonzo con su larga túnica negra empuja un
enor¬me cilindro de madera suspendido que va a golpear contra la gigantesca campana
sin hacerla moverse ni un ápice: como si no la hiciera reaccionar más que en el
fondo de la misma, el sonido sale del suelo de debajo de la campana, asciende
hasta las vigas y los cabrios antes de dar la vuelta hacia el exterior del
templo. Estoy totalmente hechizado.
Unos monjes
encienden una tras otra dos hileras de velas colocadas delante de los dieciocho
luohan, luego instalan unas varillas de incienso en los pebeteros. Sus
siluetas se funden en una masa negruzca uniforme que se desplaza como una
som¬bra hasta delante de las esterillas, adornadas con diferentes motivos,
donde cada uno toma sitio.
El tambor es
percutido a continuación dos veces, dos redo¬bles que revuelven las tripas.
Alzado a la izquierda del templo, en un pedestal más alto que un hombre,
sobrepasa en una cabeza al monje que lo golpea, encaramado sobre un escalón de
la terraza. Es el único que no viste túnica negra, sino cha¬queta, pantalones y
unas sandalias de cáñamo. Levanta el brazo por encima de su cabeza.
Tata.
¡Peng! ¡Peng!
Y vuelta a empezar.
Ta ta.
En el momento en
que el último son de la campana se disi¬pa, el tambor reanuda sus redobles con
renovado brío, hacien¬do retemblar el suelo bajo los pies. Al principio, se
distingue cada redoble, pero el ritmo se acelera y no forman ya más que un
tronido que hace vibrar el corazón en el pecho y la sangre en las venas. ¡Los
golpes redoblan de intensidad, hasta dejarle a uno sin aliento, y, a los
redobles precedentes, se superpone acto seguido un ritmo melódico claro, más
agudo!
El que toca el
tambor es un bonzo entrado en años, de cuerpo enteco. No utiliza mazo. Tan sólo
se agita su nuca relucien¬te entre sus desnudos hombros. Se sirve asimismo de
sus pal¬mas, de sus dedos, de sus puños, de sus codos, de sus muñecas, de sus
rodillas e incluso de los dedos de los pies para golpear, acariciar, rozar,
tamborilear, aporrear sobre su tambor. Diríase una salamanquesa pegada con todo
su cuerpo a la piel del ins¬trumento.
En medio de este
estruendo ensordecedor resuena de repente un son de campana tan sostenido que
uno creería en un principio estar en un error, como un hilo invisible en el
gélido viento, como el estridor de un grillo en plena noche de otoño. Pasa
demasiado deprisa, es casi quejumbroso, pero se distingue a pesar de todo en
medio del tumulto, tan claro que no cabe dudar de su existencia. Luego es el
cascabeleo embe-lesador de los peces de madera de infinitas sonoridades,
melancólicas, solitarias, claras, penetrantes, mezcladas a conti¬nuación con
los sones vigorosos del bronce. Todo se funde posteriormente en una única e
inmensa sinfonía.
Quiero saber de
dónde proceden estos tañidos. Termino por descubrir al Venerable, de edad muy
avanzada, erguido con una túnica raída totalmente apedazada, que sostiene en su
mano izquierda una campanilla y una fina varita metálica en la derecha. Apenas
roza la campanilla con su varita cuando el sonido se eleva y parece mezclarse
con las volutas del humo de incienso. Cual una red de pescador desplegada, lo
envuelve todo en su musicalidad, y nadie puede escapar a ella. La excitación y
el asombro que me dominaban han desaparecido.
En los paneles
colgados en la gran sala del templo puede leerse: «País de la serenidad» y «A
vuestras anchas, humanos». Unas colgaduras descienden del techo. Entre ellas
está Buda Tathagata, sentado con tal dignidad que, frente a él, uno pier¬de
todo tipo de vanagloria, se siente en medio de una especie de benevolencia
teñida de indiferencia, las preocupaciones de este mundo de polvo desaparecen
en un abrir y cerrar de ojos, el tiempo parece detenerse de repente.
No sé cuándo ha
enmudecido la campana. El Venerable sigue agitando su campanilla, mientras sus
apretados labios desgranan algunas plegarias indistintas, haciendo que sus
demacradas mejillas y sus canas cejas se muevan. Bonzos de todas las estaturas
recitan sus sutras al compás de los tañidos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco,
seis, siete, ocho, nueve, diez..., noventa y nueve bonzos siguen en fila al
Venerable y dan vuel¬tas diciendo sus oraciones en torno al Buda que se erige
en el centro del templo. Me mezclo con ellos y, con las manos jun¬tas, invoco
el nombre de Buda Amithaba. Percibo también otro sonido muy nítido: es una voz
que se eleva por encima de la masa sonora en el momento en que cada frase
termina, queda aún un entusiasmo no apagado y un alma todavía ator¬mentada.
70
¡Qué decir frente a
este paisaje nevado de Gong Xian! Los copos caen en medio de una calma
perfecta, silencio en el no-silencio. Es un sueño.
Un puente de madera
sobre el río. una casucha aislada cerca del agua, distingues la huella del
hombre, pero predomina una impresión de profunda soledad.
Es un sueño
inmovilizado, en las fronteras del sueño, una oscuridad impalpable, apenas
perceptible.
Una tinta. El, que
utiliza siempre el pincel marcando mucho el trazo, lleva su inspiración mucho
más lejos aún. Des¬taca en este manejo de la tinta y del pincel. El encanto de
sus pinturas nace precisamente de que cada detalle aparece claramente ante la mirada.
Es un verdadero pintor, no sólo un pin¬tor letrado.
La sencilla
elegancia de lo que se ha dado en llamar «pintu¬ra de letrados» no se ciñe a
menudo más que al sentido y no a la forma, no soporto esas telas de estilo
afectado.
Tú te refieres a
los pintores grandilocuentes que pierden toda naturalidad recreándose en la
composición a pincel y a tinta. Es posible imitar esta técnica, pero el
espíritu nace de la vida, está en las montañas, en los ríos, en la hierba y en
los árboles. La belleza de los paisajes de Gong Xian nace de esta naturalidad
indefinible e inimitable que irradian sus pinturas. Puede imitarse a Zheng
Banqiao, no a Gong Xian.
A Bada tampoco.
Pueden imitarse sus pájaros de grandes ojos desorbitados por la furia, pero no
así la impresión de inmensa soledad que desprenden sus patos y sus lotos.
En Bada, lo mejor
son los paisajes. Sus obras que expresan su repugnancia por el mundo y sus
costumbres son inferiores.
Si uno se distingue
por el odio al mundo y sus costumbres corre el riesgo de caer en lo
convencional, se combate la me¬diocridad por la mediocridad, por lo que es
preferible una mediocridad a secas.
Y así fue como sus
contemporáneos echaron a perder a Zheng Banqiao. Lo que en él era desapego se
convirtió en sim¬ple ornamento para los pintores frustrados. Se ha abusado
tanto de sus trazos de bambú que se ha caído en lo puramente convencional, una
manera simple por parte de ciertos letrados de adaptarse a los gustos sociales.
Lo que peor soporto
es la pretendida «estupidez extravagante». ¿Quieres ser estúpido? Pues selo,
¿dónde está el pro¬blema? En realidad es una manera de parecer inteligente
simu¬lando la tontería.
Era un genio
desgraciado, mientras que Bada estaba loco.
Al principio
simulaba la locura, luego se volvió realmente loco. Sus logros artísticos se
deben a que no jugaba a hacerse el loco.
O bien, sólo se dio
cuenta de la locura del mundo al exami¬narla con mirada extraña.
O bien, no pudiendo
soportar el mundo el sano juicio, acabó abocándole a él a la locura, para
alcanzar así su perfec¬ción.
Al final de sus
días, Xu Wei también se volvió loco y asesi¬nó a su mujer.
O bien, fue su
mujer quien le asesinó a él.
Resulta duro
decirlo, pero, incapaz de soportar las costum¬bres de su tiempo, no pudo sino
caer en la locura.
El que, en cambio,
no fue ningún loco fue Gong Xian, tras¬cendió las costumbres de su tiempo sin
tratar de oponerse a él y supo preservar su propia naturaleza.
No quiso luchar
nunca contra la necedad con lo que llama¬mos la inteligencia, llevó una vida
muy apartada y se enfrascó en un sueño lúcido.
Era también una
especie de autoprotección. Sabía que no podía oponerse a este loco mundo.
Tampoco era su
intención oponerse, eso nunca le preocupó en exceso y supo proteger su
integridad personal.
No era un ermitaño,
no se decantó hacia la religión, ni era tampoco budista ni taoísta. Pasaba su
vida en su huerto y vivía de las clases que impartía; con su pintura nunca
trató de ganar favores, no envidió a nadie, su pintura pertenece por entero al
dominio de lo inefable.
Su pintura no tiene
ninguna necesidad de consagración, pues la esencia de su pintura refleja ya la
hondura de sus senti¬mientos.
Tú o yo, ¿podemos
lograrlo?
Pero él ya lo
logró, con ese paisaje nevado.
¿Puedes certificar
que esta pintura es suya?
¿Importa eso
realmente? Si piensas que es suya, suya es.
¿Y si no?
Entonces no es
suya.
En otras palabras,
tú y yo creemos que la hemos visto.
Así pues, suya es.
71
Al abandonar los
montes Tiantai, me he dirigido a Shaoxing, reputada por sus añejos aguardientes
y las celebri¬dades de que fue cuna: políticos, hombres de letras, grandes
pintores e incluso una heroína revolucionaria. Actualmente sus mansiones son
museos conmemorativos. Incluso ha sido restaurado el templo de tierra batida
donde se pretende que el personaje más vil nacido de la pluma de Lu Xun, Ah Q,
encontraba refugio por la noche. Ha sido pintado de vivos colores y adornado
con una placa que ostenta una dedicatoria trazada por un célebre calígrafo
contemporáneo. Ah Q no habría podido imaginar nunca que disfrutaría de
semejante prestigio tras su muerte, él que fue decapitado como un bandido. Me
doy perfecta cuenta de hasta qué punto la gente humilde de esta localidad debía
de llevar una vida preca¬ria, sobre todo la heroína revolucionaria Qíu Jin,
que había tomado partido por la grandeza de su nación.
Una foto de ella
cuelga en su antigua residencia: una mujer de talento nacida en el seno de una
gran familia, afable y her¬mosa, de graciosas cejas, mirada viva y aspecto
distinguido. Sin embargo, fue decapitada a sus veinte y tantos años a la luz
del día, tras haber sido paseada por la ciudad, atada de pies y manos.
El gran escritor Lu
Xun se pasó la vida ocultándose y huyendo. Felizmente, terminó por refugiarse
en una conce¬sión extranjera, pues en caso contrario no habría muerto de
enfermedad sino sin duda asesinado. Ningún sitio de este país es un lugar
seguro. Lu Xun escribió: «Derramo mi sangre por Xuanyuan». Esta frase me la
aprendí de memoria cuando era estudiante, pero ahora no puedo dejar de dudar
acerca de lo bien fundado de la misma. Xuanyuan es el nombre del Empe¬rador
Amarillo, que fue, según la leyenda, el primer empera¬dor de este país, de esta
patria, de esta nación. ¿Por qué tiene uno que derramar por fuerza su sangre
por la gloria de sus antepasados? ¿Es algo verdaderamente grandioso derramar la
propia sangre? Dado que uno no tiene más que una cabeza, ¿por qué habría de
dejársela cortar por ese tal Xuanyuan?
La sentencia de Xu
Wei: «En el mundo, todo cuerpo es falso, es el propio hombre quien tiene que
modelarlo, mi ver¬dadero rostro soy yo quien lo creo» es más penetrante aún.
Pero dicho cuerpo, por más que sea falso, ¿por qué debe tener el hombre la
obligación de modelarlo? Falso o no, ¿no sería posible ahorrarle la
responsabilidad de modelarlo? Además, por lo que se refiere a este verdadero
rostro, que sea auténtico o no carece de importancia, el problema radica en
crearlo o no.
En el fondo de la
callejuela, todo ha permanecido en su sitio igual que en el pasado: su
«biblioteca cubierta de hiedra», el despacho con las ventanas claras y la
mesita de té en un estado impecable. Un lugar tan apacible debió de proteger a
Lu Xun de la locura. El mundo no está hecho sin duda para los hom¬bres, pero
los hombres deben pese a todo vivir en él. Si uno quiere existir y preservar el
«verdadero rostro» que tenía en el momento de nacer, si no se quiere morir de
forma violenta ni volverse loco, sólo cabe huir. No me quedaré por más tiempo
aquí, me voy a toda prisa.
En las afueras de
la ciudad se encuentra la tumba de Yu el Grande, en los montes Guiji, primer
soberano de una dinastía poseedora de una genealogía fiable desde el siglo XXI
antes de nuestra era. Fue aquí donde unificó el Imperio, donde reunió a los
príncipes feudatarios y recompensó a cada uno de acuer¬do a sus méritos.
Cruzo el
puentecillo de piedra que salva el río Ruoye, al pie de una colina cubierta de
abetos: en la plaza, delante de los vestigios de la tumba de Yu el Grande, hay
puestas a secar unas espigas de trigo. La mies tardía ya ha sido cosechada. El
reconfortante sol de otoño me sumerge en un grato adormilamiento.
Una vez cruzada la
puerta, en este gran patio silencioso, me embarga un sentimiento de soledad.
Imagino cómo aquí, hace siete mil años, los descendientes del hombre de Hemudu
cul¬tivaban el arroz, criaban cerdos y modelaban personajes de terracota, cómo los
descendientes del hombre de Liangzhu hacían cerámicas con signos en
huecograbado y motivos geo¬métricos, y cómo Yu el Grande pasó revista a los
antepasados de los Baiyue con el cuerpo tatuado y los cabellos cortados, con
sus tótemes de pájaros. Fangfeng, un zafio gigante, atavia¬do con unas ropas de
cáñamo que flotaban a su alrededor, ceñido con una correa de cuero, llegó con
retraso a la ceremo¬nia. Yu el Grande ordenó al punto a su guardia personal
deca¬pitarlo.
Hace dos mil años,
Sima Qian vino en persona a investigar aquí para escribir sus monumentales
Memorias históricas. Tam¬bién él fue castigado por el emperador y, si bien pudo
salvar la cabeza, perdió sus partes pudendas.
En el tejado del
edificio principal, entre dos dragones azu¬les, un espejo redondo refleja la
luz cegadora del sol. En la sala oscura del templo se alza una estatua reciente
de Yu el Gran¬de, que expresa una benevolencia un tanto convencional. En
cambio, las nueve hachas situadas detrás de él, símbolos de su acción
pacificadora de las nueves regiones, resultan más signi¬ficativas.
En los Anales de
Shu se dice: «Yu, originario del distrito de Guangrou, en los montes Wen, nació
en Shiniu». Yo proven¬go precisamente de esa región, en la actualidad zona de
pobla¬ción qiang de Wenchuan. Es también la guarida de los pandas. Ahora bien, Yu
nació del vientre de un oso, como lo atestigua el Clásico de los montes y de
los mares.
Asimismo, siempre
se dice que domeñó las aguas porque habría dragado el Río Amarillo. Me permito
dudar también de la realidad de este aserto. Creo que partió del curso
supe¬rior del Min (que, al principio, constituía el curso principal del río
Yangtsé, tal como atestigua el Slmijingzhu) que reco¬rrió el Yangtsé, pasó por
las Tres Gargantas, que al norte tomó al asalto los montes Jishi, al sur la
región de Gonggong, al este los montes Yunyu. Guerreando a lo largo de toda su
ruta, Yu el Grande alcanzó las costas del mar de la China Oriental. En el país
de Qingqiu, simbolizado a la sazón por el zorro de nueve colas, al pie de los
Montes Azules que pasaron más tarde a llamarse Montes Guiji, se topó con una
muchacha de hechi¬zante belleza. Cuando se pusieron a retozar, él adoptó el
aspecto de un oso. Aterrada, la joven virgen quería emprender la huida y el
santo hombre, Yu el Grande, terriblemente impa¬ciente, bajo el impacto de la
emoción sentida, la montó excla¬mando: «¡Ábrete!». Así fue como dio comienzo el
linaje de los descendientes del emperador. A los ojos de su esposa, Yu era un
oso, en boca de las gentes del pueblo se convirtió en un santo, en la pluma de
los historiadores pasó a ser un empera¬dor y, para el novelista, no fue más que
el primer hombre que dio muerte a otros seres humanos para imponer su voluntad.
Por lo que se refiere a la leyenda de la inundación que habría detenido, nada
impide pensar, como ha propuesto un extranje¬ro, que se trate de una
reminiscencia del líquido amniótico. En la tumba de Yu el Grande ha
desaparecido todo vestigio auténtico. Tan sólo subsiste una gran estela delante
del templo principal, cubierta de algunas inscripciones en forma de rena¬cuajos
que ningún especialista ha logrado descifrar por el momento. La observo atentamente,
me devano los sesos y de repente tengo una revelación, descubro que pueden
interpre¬tarse de la manera siguiente: la historia es un enigma o bien: la
historia no es sino mentira o bien: la historia no es sino una pura pamplina
o bien: la historia
es profecía
o también: la
historia es un fruto ácido
o también puede
leerse: la historia es sólida como el hierro
o también: la
historia no es más que una bola de pasta
e incluso: la
historia no es más que una mortaja
o yendo más lejos:
la historia debería ser un medicamento sudorífico
o yendo más lejos
aún: la historia es como un espíritu que golpea en la pared
y de igual manera:
unas baratijas antiguas, esto es la historia
e incluso: la
historia es producto de la razón
e incluso también:
la historia es fruto de la experiencia
e incluso también:
la historia es una serie de pruebas
o incluso esto: la
historia es como un conjunto de perlas desparramadas
e incluso también
esto: la historia es una serie de causas
o: la historia es
una metáfora
o: la historia es
en realidad un estado mental
y finalmente: la
historia es la historia
y: la historia no
es nada de todo esto
así como: la
historia se reduce a un simple suspiro
ah, la historia,
ah, la historia, ah, la historia, la historia,
a fin de cuentas,
puede ser descifrada tal como se quiera, ¡y
he aquí un gran
descubrimiento!
72
—¡Esto no es una
novela!
—Entonces, ¿qué es?
—pregunta él.
—Una novela debe
constar de una historia comple¬ta.
Él dice que cuenta
también historias, pero que algunas de ellas las cuenta hasta el final, otras
no.
—Si no se respeta
ningún orden, es imposible que el autor sepa cómo desarrollar la intriga.
—Pues bien, dígame
usted cómo desarrollarla, por favor.
—En primer lugar,
se requiere una introducción, luego un desarrollo y, por último, el momento
culminante y un desenla¬ce. Son los conocimientos básicos para escribir una
novela.
Él pregunta si
existe alguna forma de escribir al margen de las normas básicas. Por lo que se
refiere a las historias, se cuen¬tan algunas empezando por el principio, otras
por el final, algunas tienen un principio pero no un final, algunas sólo un
final o una parte imposible de contar hasta su final, y si bien algunas podrían
contarse, ello no siempre es necesario, porque no hay nada interesante que
contar; y sin embargo, todas son historias.
—Sea cual sea la
manera como cuente usted sus historias, es menester que tengan un personaje
principal, ¿o no? Una nove¬la debe contar, en cualquier caso, con varios
personajes princi¬pales, mientras que en la suya ¿qué pasa?...
—¿Acaso «yo», «tú»,
«ella» y «él» no son en mi libro per¬sonajes? —pregunta él.
—¡Pero si no son
más que pronombres personales! Utilizar diferentes enfoques descriptivos no es
óbice para no trazar el retrato de los propios personajes. Aunque considere
usted estos pronombres personales como personajes, su libro no tiene ninguna
figura definida. Y tampoco cabe hablar de des-cripciones.
Él dice que no
pinta retratos.
—De acuerdo, la
novela no es pintura, es el arte del lengua¬je. Pero ¿acaso cree usted que las
conversaciones de sus perso¬najes entre sí pueden sustituir al hecho de
trazarlos de forma sólida?
Él dice que tampoco
tiene la intención de trazar el carácter de nadie, que ni él mismo sabe si
tiene alguno definido.
—Pero ¿qué clase de
novelas escribe usted? Ni siquiera ha comprendido lo que es una novela.
Entonces él le pide
con todo respeto que tenga a bien darle una definición de novela.
Finalmente, el
crítico muestra una expresión de desprecio y masculla entre dientes:
—Otro moderno más
que trata inútilmente de imitar a Occidente.
El dice que es más
bien una novela oriental.
—¡En Oriente aún es
más raro encontrar sus extraños pro¬cedimientos: reunir relatos de viajes,
recoger fragmentos de historias y observaciones hechas a base de unas pocas
pincela¬das, hacer comentarios sin ninguna base teórica: no se inven¬tan así
fábulas que no lo parecen en absoluto, no se transcri¬ben unas pocas canciones
o romances populares con, por añadidura, algunas historias de fantasmas creadas
de cualquier modo, que nada tienen que ver con mitos, para reunirlo todo y
llamar a eso finalmente una «novela»!
Él dice que las
monografías locales de los Reinos Comba¬tientes, las evocaciones de hombres y
de hechos señalados de las dos dinastías Han, de los Wei, de los Jin, de las
dinastías del norte y del sur, los cuentos maravillosos de los Tang, los
cuentos en lengua popular de los Song y de los Yuan, las novelas por entregas y
los ensayos de los tiempos de los Ming y de los Qing pertenecen todos ellos al
género nove-lesco, pues, desde antiguo, en un espacio geográficamente inmenso,
reproducen el lenguaje de la calle, los comadreos de las callejuelas y
consignan en un tótum revolútum todo cuanto es relevante, sin que nadie les
fijara ningún modelo a seguir.
—¿Acaso forma parte
usted encima de la escuela de investi¬gación de las raíces?
Él se apresura a
replicar que tales etiquetas es él quien las pone. Si él escribe novelas es
para no padecer de soledad, para su exclusivo placer. Nunca se le ocurrió
pensar que entraría a formar parte de los círculos literarios, pero ahora
quiere esca¬par de ellos. No esperaba ganarse la vida escribiendo este tipo de
libros; para él la novela es un lujo ajeno a toda búsqueda de un medio de
subsistencia.
—¡Un nihilista!
Él dice que, en
realidad, no cree en ningún «ismo», que si sucumbe a la nada no es por
nihilismo, y que por otra parte una cosa es la nada y otra muy distinta el
vacío, es exactamen¬te como el «tú» en su libro, que es el reflejo de la figura
del «yo», y ese «él» que constituye el telón de fondo sobre el cual evoluciona
ese «tú», sombra de una sombra, por más que carezca de una verdadera apariencia
y no sea más que un pro-nombre personal.
El crítico se
sacude las mangas y se va.
Él se queda
perplejo, sin comprender si en una novela lo más importante es contar una
historia. O si es la manera de contarla. O si no, si es la actitud del autor
respecto a la narra¬ción. O bien, si no es la actitud, si es la determinación
de dicha actitud. O bien, si no es la determinación de la actitud, si es el
punto de partida de la determinación de la actitud. O bien, si no es este punto
de partida, si es el yo del punto de partida. O bien, si no es el yo, si es la
percepción del yo. O bien, si no es la percepción del yo, si es el proceso de
la percepción. O bien, si no es este proceso, si es el acto en sí. O bien, si
no es el acto en sí, si es la posibilidad de este acto. O bien, si no es esta
posi¬bilidad, si es la elección de esta posibilidad. O bien, si no es esta
elección, si es la necesidad de elección o no. O bien, si lo importante no
radica en esta necesidad, ¿radica en el lenguaje? O bien, si no radica en el
lenguaje en sí, ¿radica en el sabor del lenguaje? Y sin embargo, él no hace
sino embriagarse con la utilización del lenguaje para contar cosas sobre la
mujer y el hombre, el amor, la pasión y el sexo, la vida y la muerte, el alma y
la alegría, y el sufrimiento y el placer del cuerpo huma¬no en su carne mortal,
y el hombre en sus relaciones políticas y la huida del hombre frente a la
política y la realidad de la que no es posible escapar y la imaginación al
margen de lo real y cuál de las dos es más verdadera y la negación de la
negación del fin útil que no es lo mismo que su afirmación y la falta de lógica
de la lógica y el distanciamiento respecto a la reflexión racional que
trasciende el debate sobre el contenido y la forma y la forma que tiene un
sentido y el contenido que no tiene ninguno y qué es que el sentido y la
definición del sentido y Dios que todo el mundo quisiera ser y la adoración de
ídolos ateos y las ganas de ser considerado como un filósofo y el amor a uno
mismo y la frigidez y la locura que conduce a la paranoia y las facultades
paranormales y la meditación zen y la reflexión que no alcanza el zen sino más
bien el principio vital del cuer¬po que se nutre de la ley que puede decirse y
de la que no puede decirse no debe ser dicha es dicha pese a todo al mundo y la
moda y la rebelión contra la moda vulgar consistente en pegarle al niño al que
no es posible enseñar a palmetazo lim¬pio e impartir educación siguiendo el
principio de que la letra con sangre entra, haciéndole sudar tinta y la tinta
es negra y qué hay de malo en lo negro y los hombres buenos y los hom¬bres
malos y los que no son ni buenos ni malos o más bien humanos mucho peor que
lobos y los otros peores que el in-fierno que anida en sus propios corazones y
este maldito sí mismo busca permanentemente la angustia y el nirvana o más bien
todo ha terminado y todo lo que ha terminado para quién y que ser o no ser es
el resultado de la semántica que multipli¬ca todo cuanto aún no ha sido dicho
que no es lo mismo que no decir nada y blablabla que es inútil para la
discusión de las funciones igual que en la guerra entre hombres y mujeres nadie
saldrá triunfador y jugar al ajedrez haciendo avanzar y retroceder una pieza no
es más que un juego para controlar los sentimientos de los seres humanos que
han de comer y morir de hambre es una nimiedad y ser desleal es algo grande
pero no se puede juzgar la verdad que resulta imposible conocer y sólo el
bastón resulta más sólido que las experiencias para apo¬yarse y aquellos que
hayan de tener un traspié lo tendrán y la novela revolucionaria acaba con la
literatura supersticiosa y la revolución novelesca acaba con la novela.
Este capítulo puede
leerse o puede no leerse, pero dado que ha sido leído, no se pierde nada.
73
En la pequeña
ciudad adonde he llegado, a orillas del mar de la China Oriental, una mujer de
edad madura, soltera, ha insistido para que fuera a comer a su casa. Ha venido
a invitarme a casa de la gente que me ha hospedado, expli¬cando que por la
mañana, antes de ir al trabajo, había comprado unos mariscos, cangrejos,
navajas y un congrio muy grande.
—¡Usted que viene
de tan lejos tiene que probar sin falta los mariscos de aquí! Hasta en las
grandes ciudades resulta difícil conseguirlos.
Se muestra llena de
atenciones hacia mí.
Difícilmente puedo
zafarme y le propongo a mi anfitrión que me acompañe. Él conoce muy bien a esta
mujer y se niega:
—Es a ti a quien ha
invitado. Se aburre sola y tiene algo que contarte.
Salta a la vista
que se han puesto de acuerdo. No puedo sino seguirla. Ella me informa mientras
empuja su bici:
—Hay un buen trecho
de camino que hacer. Suba en el por¬taequipajes, que yo le llevaré.
En esta calle
atestada de gente, temo pasar por un lisiado.
—O, si usted
prefiere, ya conduciré yo y usted me va dicien¬do por dónde tengo que ir.
Ella se sienta en
el portaequipajes. El manillar no para de vibrar, toco sin descanso el timbre
para colarme entre el gentío.
Debería alegrarme
de haber sido invitado a un cara a cara con una mujer, pero ella está ya
pasadita: un rostro triste de tez cerúlea, de pómulos salientes, ni la menor
gracia femenina cuando monta en su bici o la empuja. Yo pedaleo, completa¬mente
desanimado, buscando algo que decir.
Ella me explica que
trabaja como contable en una fábrica. Es una mujer que maneja dinero, lo cual
no me extraña. Yo nunca he tenido muchas relaciones con mujeres de este tipo,
pero sé que son sumamente hábiles, imposible sacarles un fen de más. Se trata,
por supuesto, de una costumbre adquirida gracias al oficio, no de un don
femenino natural.
Vive en un viejo
patio de vecindad con numerosas otras familias. Deja apoyada su destartalada
bici bajo sus ventanas, contra la pared.
Un gran candado
cierra la puerta. En el interior, una peque–a estancia con una gran cama que
ocupa la mitad del espacio y, en un rincón, una mesa en la que hay listos
aguardiente y unos platos. En el suelo, unos ladrillos apilados sostienen dos
cajas de madera. Por encima de una de ellas, unos enseres de aseo femeninos
dispuestos sobre una repisa de cristal. En la cabecera de la cama, algunas
viejas revistas amontonadas.
Al ver que
inspecciono el lugar, se apresura a excusarse:
—Discúlpeme por
este tremendo desorden.
—Hay cosas más
importantes en la vida.
—Me las arreglo
como puedo, sabe, no le doy ninguna importancia a este tipo de cosas.
Enciende la lámpara
y me instala delante de la mesa. A con¬tinuación se va a poner una cacerola al
fuego. Termina por tomar asiento enfrente de mí y, tras haberme servido bebida,
declara, acodada sobre la mesa:
—No me gustan los
hombres.
Yo sacudo la
cabeza.
—No me refiero a
usted, sino a los hombres en general, pero usted es escritor.
No sé si debo
asentir.
—Me divorcié hace
tiempo y vivo sola.
—No es fácil.
De hecho, es a la
vida a lo que yo me refiero, es lo mismo para todo el mundo.
—En otro tiempo,
tenía una amiga, nos entendíamos de maravilla desde la escuela primaria.
Me digo que debe de
ser lesbiana.
—Ahora está muerta.
Me quedo callado.
—Le he invitado
para contarle su historia. Era muy hermo¬sa. Si viera usted una foto suya, sin
duda que le gustaría. Todo el mundo se enamoraba de ella. No era de una belleza
normal y corriente, un rostro ovalado, una boquita de cereza, unas cejas como hojas
de sauce, unos vivos ojos almendrados. Y su cuerpo se asemejaba al de las
bellezas clásicas descritas en las novelas antiguas. Pero ¿por qué le cuento
esto? Pues porque no he podido conservar ni una sola de sus fotos. No desconfié
y, tras su muerte, su madre vino a recuperarlas todas. ¡Beba usted!
Ella también bebe.
Se ve a la legua que acostumbra a hacer¬lo. En las paredes de su habitación ni
una foto, ni una imagen, y mucho menos esas flores o figuritas de animales que
gene¬ralmente vuelven locas a las mujeres. Probablemente se casti¬ga a sí misma
y gasta su dinero en aguardiente.
—Me gustaría que
escribiera usted una novela sobre su vida, podría contarle todo acerca de ella,
tiene usted talento y una novela...
—... es una pura
invención de principio a fin —digo yo entre risas.
—No quiero que
invente usted, si va a utilizar su verdadero nombre. No tengo bastante dinero
para pagarle a un escritor y además los derechos de autor. Si lo tuviera, tal
vez lo haría. Lo que le pido es nada más que un favor, quisiera que escribiera
usted sobre ella.
Me incorporo
ligeramente para agradecerle que me haya recibido:
—Pero hay...
—No es mi intención
comprarle, si le parece a usted que esta muchacha ha sido víctima de una
injusticia, si siente pie¬dad por ella, escriba ese libro. Es una lástima que
no pueda ver usted su foto.
Su mirada se pierde
en el vacío. Esa muchacha muerta per¬manece en ella como una pesada carga.
—Desde mi infancia,
he sido poco agraciada. Por ello envi¬diaba tanto a las chicas bonitas y
deseaba tanto hacerme amiga suya. Yo no estaba en la misma escuela que ella,
pero me la encontraba todos los días, antes y después de clase, por el camino
de la escuela. Su porte no sólo emocionaba a los hom¬bres, sino que
impresionaba también a las mujeres. Yo quería entrar en contacto con ella. Y
como estaba siempre sola, un día aguardé a que pasara, la alcancé y le dije que
tenía muchas ganas de hablar con ella, que esperaba que no se molestase por
ello. Ella me dijo que de acuerdo y yo la acompañé. En lo sucesivo, yo la
esperaba siempre cerca de su casa para ir a clase y así fue como la conocí.
¡Sírvase sin cumplidos!
El congrio y la
sopa son deliciosos.
Mientras saboreo mi
sopa, la escucho contarme cómo entró en la familia de su amiga, cómo su madre
la trataba como si fuera hija suya. A menudo, no volvía a casa y se quedaba a
dor¬mir en la cama de su amiga.
—No vaya a creerse
usted que hubo nada entre nosotras. Yo no comprendí lo que sucede entre los
hombres y las mujeres hasta después de su condena a diez años de cárcel. Nos
había¬mos peleado, ella no quería que yo fuera a visitarla. Entonces me casé.
Mantenía con ella una relación de lo más pura, como pueden hacerlo dos
muchachas. Es imposible que pueda com¬prender usted eso. A los hombres les
gustan las mujeres como si fueran animales, no a usted, pues usted es escritor,
pero ¡coma cangrejo!
Ella pela un
cangrejo muy fresco, con un fuerte olor a yodo, y lo deposita en mi cuenco,
acompañado de unas navajas her¬vidas. Es otra historia de guerra entre hombres
y mujeres, de guerra entre carne y espíritu.
—Su padre era un
oficial del Kuomintang. Cuando el Ejér¬cito de Liberación descendió hacia el
sur, su madre estaba embarazada de ella. Recibió un mensaje de su marido
orde¬nándole huir hacia el puerto, pero el barco de guerra había ya partido.
Otra vieja
historia. He perdido todo interés por esa mucha¬cha. Me concentro totalmente en
mi cangrejo.
—Una noche ella me
tomó entre sus brazos llorando. Me sobresalté y le pregunté qué le pasaba. Ella
me dijo que pensa¬ba en su padre.
—Sin embargo, ella
no le había visto nunca, ¿no es así?
—En aquella época,
su madre había quemado todas las fotografías en que él estaba vestido de
uniforme, pero quedaba en su casa su foto de boda. Su padre llevaba un traje a
la occiden¬tal, muy elegante, me había enseñado esa foto. Hice todo lo
humanamente posible por consolarla, pues la adoraba. A con¬tinuación la tomé
entre mis brazos y lloramos juntas.
—Es comprensible.
—Si todo el mundo
hubiera pensado como usted, no habría habido ningún problema, pero la gente no
la comprendía y la tenían conceptuada como una contrarrevolucionaria. Decían
que quería derrocar al régimen y huir a Taiwan.
—En aquella época
la política no era como ahora, que se incita a los taiwaneses a venir al
continente a visitar a sus padres.
¿Qué otra cosa
podía decir yo?
—Era una chica muy
joven que había entrado ya en el insti¬tuto en aquel entonces, ¿cómo podía
comprender ella eso? ¡No se le ocurrió otra cosa que anotar en su diario íntimo
que pensaba en su padre!
—Se exponía a una
condena si alguien la denunciaba —digo. Yo tenía ganas de saber si había habido
una transfe¬rencia de su amor por su padre hacia un amor lésbico.
Y me explica que la
mencionada muchacha, al no haber podido entrar en la universidad debido a sus
orígenes familia¬res, fue reclutada por una compañía de ópera de Pekín. Un buen
día, una de las actrices de la compañía que hacía un papel femenino cayó enferma
y le pidieron a ella que la sustituyera de buenas a primeras, provocando los
celos de la actriz que, durante una gira, descubrió su diario e hizo un informe
a sus superiores. De vuelta a la ciudad, un agente del orden fue a ver a la
madre para pedirle que incitara a su hija a dela¬tarse y a entregarle su diario
íntimo. Temiéndose un registro, la chica le pasó el diario a su tío. Tras ser
interrogada, su madre confesó a la policía que con las únicas personas que
tenía relación su hija era con ella y con su tío. Así pues, tam¬bién éste fue
molestado y reveló dónde se hallaba el diario. La policía vino a buscarla, y
ella, presa del pánico, lo confesó todo, por supuesto. En un primer momento, la
tuvieron ais¬lada dentro de la compañía, con la prohibición expresa de volver a
su casa, y con posterioridad fue oficialmente deteni¬da y mandada a prisión por
revolucionaria que se proponía derrocar al régimen y por haber llevado un
diario íntimo reaccionario.
—Lo que significa
que de hecho todos la denunciaron, incluida su propia madre y su tío, ¿no es
así?
No quiero más
cangrejo. Tengo los dedos manchados de huevas, pero ninguna servilleta con que
limpiarme.
—Todos hemos
firmado alguna denuncia. Incluso su tío, muy mayor, tenía tanto miedo que no se
atrevía ya a verme. Su madre decía bien alto que había sido yo quien había
perverti¬do a su hija, que le había transmitido esa forma de pensar
reac¬cionaria y no me permitía entrar ya en su casa.
—¿Cómo murió?
Me urge conocer el
final de la historia.
—Escúcheme...
Se diría que quiere
disculparse. Pero yo no soy ningún juez. Y de haber caído sobre mí este asunto
en aquella época, no habría sido probablemente más lúcido. Recuerdo haber
visto, cuando era pequeño, a mi madre sacar del fondo de un cofre de mi abuela
un rollo de títulos de propiedades hipotecadas desde hacía mucho tiempo y
quemarlos en la estufa. En aquel entonces sentí la misma repugnancia ante esta
destrucción de pruebas. Por fortuna nadie vino a reclamar esa vieja deuda,
porque si a la sazón me hubiera visto sometido a un interroga¬torio, no puedo
afirmar que no hubiese denunciado a mi abuela que me había comprado la peonza y
a mi madre que me había criado; ¡la época era así!
La náusea no sólo
estaba provocada por el olor a yodo del cangrejo, sino también por mí mismo.
Imposible seguir comiendo. Me limito a beber.
De repente, le
entra un sofoco, luego oculta su rostro entre las manos y prorrumpe en
sollozos.
No puedo consolarla
con mis manos manchadas de cangre¬jo. Me limito a preguntarle:
—¿Puedo limpiarme
con su toalla de aseo?
Ella me indica la
cubeta llena de agua fresca que hay detrás de la puerta, en la repisa. Una vez
limpias las manos, le paso la toalla seca. Deja por fin de llorar. Detesto este
tipo de horri¬bles mujeres de buen corazón, no siento ninguna compasión por ella.
Era totalmente
estúpida en aquella época, afirma, y no se dio cuenta hasta al cabo de un año
de lo que había hecho. Fue a informarse acerca de la suerte de la muchacha y le
llevó algu¬nas golosinas a la cárcel. Condenada a diez años, su amiga no quería
verla ya. Pero ella le dijo que no estaba casada, que había decidido esperar a
que ella purgase su culpa y saliera de la cárcel y que entonces vivirían
juntas. Ella tenía un trabajo, podía satisfacer sus necesidades. La muchacha
aceptó sus regalos.
Me explica que los
días pasados con ella antes de su encar¬celamiento fueron los más felices de su
vida, que se habían intercambiado su diario íntimo, y también palabras
afectuosas como sólo dos hermanas pueden hacerlo, y que se juraron que no se
casarían jamás y permanecerían eternamente juntas. ¿Quién de su pareja era el
marido y quién la mujer? El marido, por supuesto, era ella. No paraban de
reírse a mandíbula batiente cuando estaban en la cama, y a ella le bastaba con
oír sus risas para sentirse feliz. Y yo prefiero no pensar en ella sino con la
mayor de las malevolencias.
—¿Cómo es posible
que luego usted se casara?
—Fue ella la
primera en cambiar —dice—. Un día que fui a verla a la cárcel, ella tenía la
cara un poco hinchada y se mos¬tró muy fría conmigo. Asombrada, la acosé a
preguntas. Al tér¬mino de la visita, que no duraba más que veinte minutos, me
dijo que me casara y que no volviera nunca más. A mis pre¬guntas, terminó por
confesar que había alguien en su vida. ¿Quién?, le pregunté yo. ¡Un criminal!,
me contestó ella. A continuación no la volví a ver más. Le escribí todavía
nume¬rosas cartas, pero éstas quedaron sin respuesta. Acabé por casarme.
Tengo ganas de
decirle que fue ella la causante de su des¬gracia, que el odio de la madre de
su amiga estaba más que jus¬tificado. De no ser por ella, esta muchacha habría
podido conocer un amor normal, casarse, tener hijos y no verse abo¬cada a esta
situación.
—¿Tiene usted
hijos? —le he preguntado.
—No he querido
tener, por propia voluntad.
Es una mujer
verdaderamente malvada.
—Al cabo de un año
de matrimonio, nos separamos. Y tras un año de disputas, nos divorciamos. Desde
entonces vivo sola, detesto a los hombres.
—¿Cómo murió ella?
Cambio de
conversación.
—He oído decir que
quiso escaparse de la cárcel. Fue abati¬da por un guardián.
No quiero oír nada
más.
Tengo ganas de que
ella concluya su historia.
—¿Y si recalentara
un poco esta sopa?
Me mira, inquieta.
—No vale la pena.
Ha venido a
buscarme con el solo fin de desahogarse. Su comida me ha dado náuseas.
También me explica
que, a costa de mil dificultades, llegó a dar con el paradero de una antigua
detenida compañera de cárcel de la muchacha que le informó de que ésta había
inter¬cambiado unos mensajes con un condenado y perdió así su derecho a las
visitas y al paseo. También había tratado de esca-par. Asimismo le contaron que
en aquella época empezaba a estar mal de la cabeza, se pasaba el tiempo riendo
o llorando totalmente sola. Más tarde, consiguió localizar a ese condena¬do.
Cuando ella llegó a su casa, se encontró allí a una mujer. Ya fuera por
indiferencia o bien por temor a los celos de esta mujer, el caso es que él no
quiso responder a sus preguntas. Terminó por irse, furiosa.
—¿Podría escribir
usted sobre eso? —me pregunta, cabiz¬baja.
—Ya veré.
Quiere acompañarme
en bici, pero yo me niego. En la carretera, sopla del mar una fresca brisa,
como si fuera a llover. Una vez de vuelta a mi habitación, en casa de la gente
que me ha hospedado, durante toda la noche, echo la primera papilla. Esos
mariscos no debían de estar muy frescos, la verdad.
74
Me han contado que,
durante la noche, se oían extraños tañidos de campana y redobles de tambor,
procedentes de la montaña, allí donde bordea el mar. Eran monjes y monjas
taoístas que estaban entregados a sus ceremo¬nias secretas. El y ella me han
explicado que se los encontra¬ron por casualidad y que los vieron con sus
propios ojos. Hablaron de ello a la gente de su entorno. Pero, si uno subía en
pleno día a la montaña, era imposible dar con ese templo taoísta.
Si no les fallaba
la memoria, debía de estar pegado al acanti¬lado, al borde del mar. Según él,
estaba cerca de la cima. No, según ella, se encontraba en la ladera de la
montaña y un cami¬no tallado en la pared escarpada conducía hasta allí.
Y decían ambos que
era un templo muy bonito, erigido en una anfractuosidad, accesible únicamente
por ese pequeño sendero. Permanecía de día totalmente invisible, tanto para los
pescadores desde el mar como para los que recogían hier¬bas medicinales que recorrían
las montañas. Habían ido allí al oscurecer guiándose por la música, a tientas
en medio de la noche. De repente la luz de una antorcha aclaró la oscuridad, la
puerta del templo se abrió y fueron tragados por el humo del incienso.
Él había visto un
centenar de hombres y mujeres, con el rostro maquillado, ataviados con rúnicas
taoístas, con un sable y una antorcha en cada mano, los ojos entornados, que
canta¬ban y danzaban. Lanzaban gritos y lloraban. Hombres y muje¬res se
entremezclaban sin el menor signo de incomodidad, en un estado de locura
histérica, pataleando, con el rostro vuelto hacia el cielo.
Ella ha dicho que
no vio a tanta gente, pues en realidad no había hombres, eran todas mujeres,
jóvenes y viejas, e iban magníficamente maquilladas. Llevaban las mejillas
cubiertas de un afeite de un vivo color rojo, los labios pintados de un color
rojo sangre, las cejas realzadas con un trazo de carbón vegetal y los cabellos
recogidos sobre la cabeza en un moño que sujetaba una cinta roja prendida con
una serie de flores de jazmín. Lucían pendientes en las orejas. ¿Y no los
llevaban también en las ventanillas de la nariz? Ya no se acordaba. Tam¬bién
cantaban y danzaban agitando sus mangas, mientras lan¬zaban grandes gritos en
un ambiente sobreexcitado.
Tú le preguntas si
no lo habrá soñado. Ella dice que estaba con una amiga. Habían ido a hacer una
caminata por la mon¬taña, pero que, en un cruce de caminos, les sorprendió la
caída de la noche impidiéndoles volver a bajar. Oyeron unos sonidos y se dirigieron
en esa dirección, yendo así a parar por pura casualidad a ese templo. Como nada
era tabú allí, la puerta estaba abierta.
A él le había
pasado otro tanto, pero estaba solo. Tenía la costumbre de andar de noche por
la montaña, sin sentir nin¬gún miedo. Sólo le temía a la maldad de los hombres;
esos sacerdotes taoístas se entregaban a sus ceremonias, no hacían ningún daño
a nadie.
Ambos decían que
les habían visto con sus propios ojos, que no se lo habrían creído de haberlo
oído sólo contar. Tenían un nivel de estudios superiores, estaban sanos de
mente y no creían en los fantasmas. ¿Cómo saber si se trataba de una simple
alu¬cinación?
No se conocían
entre sí, te hablaron por separado del mismo acantilado que bordeaba el mar. Tú
les veías por vez primera, pero te parecía estar con viejos conocidos, pues
ense¬guida te demostraron confianza, nada de discusiones con ellos, ningún
recelo, ni reserva, ni envidia, ningunas ganas de enga–ar a nadie. No era su
intención embaucarte, pues, al fin y al cabo, habían tratado en vano de
encontrarle una explicación, puesto que ellos mismos vivieron realmente este
aconteci¬miento, y tenían necesidad de confiarse a alguien.
Han dicho que
puesto que estabas aquí, y ya que a todo lo largo de tu camino has ido en busca
de hechos prodigiosos, deberías ir a darte una vuelta por allí. A ellos les
hubiera gusta¬do acompañarte, pero temían no encontrar nada yendo con este solo
propósito. Este tipo de cosas sólo aparecen cuando uno no las busca. Podías
creerlo o no, pero ellos vieron con sus propios ojos, a la luz de las velas
rojas, esfumarse su cansancio. Estaban dispuestos a jurártelo los dos, si el
hecho de jurarlo podía influir en que tú te lo creyeras, podían jurártelo en el
acto, pero por más que lo hubieran hecho ellos no podían cons¬tatar los hechos
por ti. Tú no podías dudar de su sinceridad.
Y has terminado por
ir allí. Has subido a la cima de la mon¬taña antes de la puesta del sol. Te has
sentado para contemplar la enorme bola de un rojo rutilante cuyo resplandor
disminuye poco a poco. Ha descendido hasta al superficie infinita de las olas y
acto seguido se ha hundido en el mar gris azulado. Sus rayos en el agua se
asemejaban a unas serpientes marinas. En la superficie no quedaba más que una
especie de sombrero que formaba un semicírculo rojo. Tras flotar un momento
sobre las oscuras aguas, se ha estremecido ligeramente antes de hun¬dirse.
Únicamente ha quedado en el cielo la bruma del ano¬checer.
Y has emprendido el
camino de descenso. Muy deprisa, la oscuridad te ha envuelto. Has recogido una
rama para servirte de ella a modo de bastón y has avanzado paso a paso
golpeando las piedras de los escalones del sendero. Pronto has penetrado en un
barranco oscuro, donde no veías ya ni el mar ni el cami-no.
Te veías obligado a
andar junto al borde del acantilado por ese sendero invadido por la vegetación.
Temías tener un tras¬pié y precipitarte al barranco. Tus piernas flaqueaban, no
te fiabas ya más que de tu bastón para encontrar el camino. Igno¬rabas si el
próximo paso que ibas a dar sería seguro y has ter¬minado preguntándote si la
oscuridad cada vez más densa no nacía de tu propio corazón. Dejabas incluso de
confiar en tu bastón. Has terminado por recordar que tenías un mechero en el
bolsillo y, sin preguntarte si podría iluminarte hasta llegar a un camino más
practicable, has pensado que por lo menos podría serte de alguna ayuda. En la
profunda oscuridad, tu mechero no ha producido más que un pequeño resplandor
trému¬lo terriblemente inquietante. Tenías que protegerlo del viento con tu
mano. Más allá, se alzaba una negra pared. Te pregun¬tabas a cada paso si no
irías a despeñarte en el vacío. Luego el viento ha apagado la llama, tenías que
avanzar paso a paso, como un ciego, golpeando el suelo delante de ti. Este
camino era verdaderamente peligroso.
Has terminado por
llegar delante de una especie de gruta donde se filtraba una débil luz por la
ranura de la puerta. Sin vacilación, la has empujado, pero estaba cerrada.
Aplicando tu ojo a la rendija, y a la luz de una lámpara, has visto que había
un santuario consagrado a los «Tres Puros» supremos repre¬sentados por sus
estatuas: el Venerable Celeste del Principio Original, el Venerable Celeste de
la Virtud del Tao, el Venera¬ble Celeste del Tesoro del Espíritu.
—¿Qué hace usted
ahí?
Te ha interpelado
de repente una dura voz. Tú te has sobre¬saltado, pero te has sentido
tranquilizado al oír una voz humana.
Has explicado que
eras un paseante, que te habías perdido en la oscuridad, no sabías ya dónde
pasar la noche.
Sin decir una
palabra, te ha hecho subir una escalera de madera para entrar en una estancia
iluminada por una lámpara de aceite. Entonces has visto que llevaba una túnica
taoísta, con el faldón del pantalón anudado a los tobillos. En sus rehundidas
cuencas brillaba una mirada penetrante. Debía de ser un viejo sabio. Tú no te
has atrevido a decirle que venías a espiar los secretos de su templo, no
dejabas de excusarte por molestarle, luego le has rogado que te diera hospedaje
para pasar la noche, prometiendo volver a irte una vez que despun¬tara el día.
Refunfuñando, él ha
cogido un manojo de llaves que estaba colgado de un tablero de la pared y ha
echado mano a la lám¬para. Y tú le has seguido como un cordero. Habéis subido
por la escalera, él ha abierto la puerta de una habitación, se ha vuelto a ir sin
decir palabra.
Tras encender el
mechero, has descubierto una cama de madera, nada más. Te has acostado
totalmente vestido y te has aovillado, sin atreverte a pensar en nada. Más
tarde, has oído, una planta más arriba, resonar un campanilleo muy ligero,
acompañado de una salmodia indistinta pronunciada por una voz femenina.
Sorprendido, has comenzado a creer en esa ceremonia misteriosa que te habían
contado: debía de tener lugar en la planta superior. Aunque tenías ganas de ir
a ver, finalmente no te has movido. El son te acunaba y, en la oscuri¬dad, te
dominaba la fatiga. Te ha parecido distinguir la silueta de una muchacha
sentada con las piernas cruzadas, los cabellos recogidos, tañendo una campana
de bronce que resonaba por oleadas sucesivas. Ha habido como una onda de luz,
no has podido evitar el creer en la predestinación, en el destino y en el
reposo del alma con la oración...
A la mañana
siguiente, era ya pleno día cuando te has levan¬tado. Has subido por la
escalera hasta el último piso. La puer¬ta estaba abierta y daba a una amplia
estancia vacía. Ni altar, ni colgaduras, ni tablillas de los antepasados, ni
tampoco inscrip¬ciones. Sólo, en medio de la pared, un inmenso espejo frente a
la abertura de la gruta, protegida por una simple barandilla de madera. Has ido
hasta delante de este espejo, pero no has visto más que el cielo azul. Y te has
quedado inmóvil delante de él sin decir palabra.
Durante el
descenso, has oído un llanto, y hacia allí te has dirigido. Un niño totalmente
desnudo estaba sentado en medio del camino. Sollozaba quedamente con voz
cascada. Saltaba a la vista que hacía rato que lloraba. Te has inclinado hacia
él:
—¿Estás solo?
Y al verte él se ha
puesto a sollozar aún más fuerte. Lo has levantado cogiéndole por sus flacos
bracitos, has sacudido el polvo de sus nalgas.
—¿Dónde vives?
Cuantas más
preguntas le hacías, más redoblaba él su llanto. No había ninguna aldea a la
vista.
—¿Dónde están tus
padres?
Decía que no con la
cabeza mientras te miraba, el rostro bañado en lágrimas.
—¿Dónde vives?
Él seguía llorando.
Tú has intentado amenazarle:
—¡Si sigues
llorando, no me ocuparé más de ti!
Esto ha sido más
eficaz, se ha parado al punto.
—¿De dónde vienes?
No ha respondido
nada.
—¿Estás solo?
Continuaba
mirándote estúpidamente. Tú te has enojado un poco:
—¿Es que no tienes
lengua?
Se ha puesto a
llorar de nuevo. Le has hecho parar:
—¡No llores!
Él ha abierto la
boca como para llorar, pero ya no se atrevía.
—¡Si vuelves a
empezar, te daré una azotaina!
Él se ha contenido
como ha podido y tú le has cogido en brazos.
—¿Adonde quieres
ir, pequeño? ¡Dímelo!
Te ha echado los
brazos al cuello, sin ningún reparo.
—¿Es que no tienes
lengua?
Se ha secado el
rostro con sus manos terrosas y te ha mira¬do con expresión de lelo. Tú no
sabías ya qué hacer. Tal vez era el hijo de unos campesinos de la vecindad que
no debían de ocuparse mucho de él. Era realmente algo sin sentido.
Te lo has llevado
contigo durante un trecho del camino, pero no había ninguna casa a la vista.
Comenzabas a estar harto y, no pudiendo llevarte hasta el pie de la montaña a
este niño mudo, has empezado de nuevo a hablarle.
—Baja y andando,
¿de acuerdo?
Él ha dicho que no
con la cabeza, con una expresión digna de lástima.
Has caminado así un
poco más, pero seguías sin ver a nadie. Ningún humo que subiera del valle. Te
has preguntado si no sería un niño al que hubieran abandonado deliberadamente
en ese sendero. Tenías que volver a llevarle allí donde lo habías encontrado, sus
padres terminarían por venir a buscarle.
—Baja y andando,
pequeño, que me duelen ya los brazos.
Le has acariciado
un poco las nalgas. En realidad estaba dormido. Seguramente hacía ya bastante
rato que había sido abandonado allí, víctima de la maldad de los adultos. Has
mal¬decido a sus padres en tu persona. ¿Por qué le habían traído al mundo, si
no eran capaces de criarlo?
Has examinado su
pequeño rostro cubierto de rastros de lágrimas. Dormía profundamente. Tenía
puesta tal confianza en ti, que ello quería decir que no debía recibir
normalmente mucho afecto. El sol que se filtraba a través de las nubes
ilumi¬naba su rostro. Él ha entornado los ojos, se ha vuelto y ha hun¬dido su
rostro en tu pecho.
Una ola de calor ha
surgido de lo más profundo de tu cora¬zón, no habías sentido una ternura
semejante desde hacía mucho tiempo. Descubrías que amabas a los niños, que
hubie¬ras tenido que tener alguno. Cuanto más lo mirabas, más encontrabas que
se te parecía. ¿No le habrías dado tú vida bus¬cando un momento de placer? ¿No
le habías abandonado pos¬teriormente? Y no habías pensado ya nunca más en él,
¡en rea¬lidad, era a ti a quien maldecías hacía un momento cuando injuriabas a
sus padres!
Tenías un poco de
miedo, miedo a que se despertara, miedo a que supiera hablar, miedo a que fuera
consciente. Felizmente, era mudo, felizmente, estaba dormido, no era consciente
de su desdicha. Tenías que dejarle dormido en el sendero, aprove¬char que nadie
le hubiese descubierto aún para huir lo más lejos posible.
Le has depositado
en el camino. Él se ha movido un poco, se ha aovillado y ha escondido su rostro
entre las manos. Segu¬ramente sentía el frío de la tierra, iba sin duda a
despertarse. Has salido pitando como un criminal. Te ha parecido oír un llanto
detrás de ti, pero no te has atrevido a mirar atrás.
75
Cuando he pasado
por Shanghai, en el vestíbulo de la estación donde las inmensas colas hacían
fila delante de las ventanillas, he comprado a un particular un billete para
Pekín en el rápido. Una hora más tarde, estaba sentado en el compartimiento,
satisfecho de mí. Esta ciudad inmensa donde se hacinan más de diez millones de
habitantes no tiene ningún interés a mis ojos. Quería ver dónde había vivido un
tío lejano mío, muerto mucho antes que mi padre. Ninguno de los dos había
alcanzado la gloriosa edad de la jubi¬lación.
Las tortugas y los
peces del río Wusong, que atraviesa la ciudad exhalando sus pútridos olores,
han muerto. No llego a comprender cómo los habitantes de Shanghai pueden seguir
viviendo allí. Incluso el agua corriente tratada es amarilla y conserva un olor
a cloro. Los hombres son sin duda más sufri¬dos que los peces y las gambas.
En otro tiempo, fui
a la desembocadura del Yangtsé. Fuera de los cargueros que no temían la
herrumbre, flotando en medio de unas grandes olas amarillentas, no se veía más
que riberas lodosas cubiertas de cañaverales, batidas sin cesar por las olas.
El cieno se deposita en ellas inexorablemente, hasta el día en que todo el mar
de la China Oriental no sea más que un inmenso desierto de arena.
Recuerdo que cuando
era pequeño el agua del Yangtsé era pura en toda estación. En las orillas, los
vendedores exponían desde la mañana hasta el atardecer enormes peces que
ven¬dían a rodajas. Pero en el curso de este viaje, he pasado por puertos, a lo
largo del río, y no he visto en ninguna parte unos peces tan grandes. Incluso
los puestos de pescadores se han vuelto raros. Sólo los he visto en el Wanxian,
a la salida de las Tres Gargantas, ciudad protegida por un dique de treinta a
cuarenta metros de alto. Pero, en las cestas de bambú, no había expuestos más
que pescadillos de algunos centímetros, que sólo servían para dárselos a los
gatos. En otro tiempo, me gustaba quedarme en el muelle a la orilla del río
para ver echar a los hombres sus anzuelos desde los pontones. En el momento en
que los peces salían del agua, contemplaba la lucha viva, jadeante, que se
entablaba entre el hombre y el animal. Ahora, más de diez mil personas se
ocupan de la planificación en la única Oficina de Fomento del Yangtsé y he sido
recibido por uno de sus jefes de sección, al servicio de no sé qué división o
departamento. Cuando sus superiores se han ido, me confía en privado que más de
un centenar de especies de peces de agua dulce están a punto de desaparecer
casi por completo.
Y también en el
Wanxian ha fondeado el barco por la no¬che. El segundo de a bordo ha venido a
charlar conmigo mientras yo estaba contemplando las luces de la ciudad. Me ha
contado que, refugiado en su cabina de pilotaje, asistió a una carnicería
durante la Revolución Cultural. Eran por supuesto hombres lo que estaban
matando, no peces. De tres en tres, atados por las muñecas con un alambre,
fueron empu¬jados hacia el río por unos disparos de metralleta. Tan pronto como
uno de ellos era alcanzado, arrastraba a los otros al agua y los vio debatirse
como peces atrapados en el anzuelo, antes de ser llevados a la deriva por la
corriente cual perros reven¬tados. Lo curioso es que cuantos más hombres se
mata, más numerosos son éstos, mientras que los peces, cuántos más se ha
pescado, más escasos se vuelven. Sería preferible lo con-trario.
Los hombres y los
peces tienen en común que los grandes hombres y los grandes peces han
desaparecido todos. Bien se ve que el mundo no está hecho para ellos.
Mucho me temo que
mi tío lejano haya sido uno de estos últimos grandes hombres. No me refiero a
esas personas de postín de que siempre están llenas las ceremonias y los
ban¬quetes oficiales. Hablo de los grandes hombres que yo venero. Y este tío
mío fue víctima de un error médico. Atendido de una simple neumonía, le
llevaron a la morgue apenas dos horas después de ponerle una inyección. Yo
había oído hablar de casos semejantes, pero nunca habría creído que mi tío
muriese de este modo. La última vez que le vi fue durante la Revolución
Cultural, y era también la primera vez que él hablaba con un jovenzuelo como yo
de política y de literatura. Antes se limitaba a jugar conmigo. Con su voz
grave y jadean¬te, sabía cantar La Internacional en esperanto. Sufría de asma
desde hacía mucho tiempo, decía que había contraído esta en¬fermedad fumando
demasiado productos sustitutivos del ta¬baco durante la guerra. En los campos
de batalla, cuando el tabaco faltaba y las ganas de fumar eran demasiado
fuertes, eran capaces de fumar de todo, como por ejemplo hojas de col o de
algodón secas. Había que espabilarse en todas las situa¬ciones.
Siempre tenía
también algún recurso para divertir a los niños. Un día había discutido yo con
mi madre y me negaba a comer, dejando enfriar el cuenco de sopa caliente de
tallarines y pollo que me había servido. Dos voluntades se enfrentaban. Incluso
de niño, tenía yo la seriedad de un adulto y, al igual que la cuerda tensada en
un arco, permanecía inflexible. En el momento en que mi madre iba a enfadarse y
a abochornarme con una reprimenda, mi tío me cogió de la mano y me llevó a la
calle para comprarme un helado.
Acababa de caer un
chaparrón, el agua de lluvia corría a mares. Él se quitó sus botas militares,
se arremangó los panta¬lones y me llevó chapoteando a una tienda en la que me
atra¬qué de dos helados enormes. Desde entonces, nunca he vuelto a comer tanto helado
de una sola vez. Al llevarme de vuelta a casa, mi madre se echó a reír al ver
su lamentable aspecto, con las botas de cuero en la mano. Y la guerra fría
entre mi madre y yo no había pasado a mayores. Este tío mío tenía
verdadera¬mente las maneras de un gran señor.
Su padre murió de
tanto fumar opio y entregarse al placer de las mujeres. Era un capitalista
dedicado a la importación. En aquel tiempo, le ofreció miles de yuanes para
irse a estu¬diar a Estados Unidos y le prohibió entrar en las actividades
clandestinas del Partido Comunista. Pero él se negó rotunda¬mente y se escapó a
Jiangxi para participar en la lucha de resis¬tencia contra el Japón en el Nuevo
Cuarto Ejército.
Le gustaba contar
que, mientras el Nuevo Cuarto Ejército se hallaba en el Suh-Anhui, le compró a
un campesino un pequeño leopardo y lo crió en una jaula que escondía debajo de
su cama. Al anochecer, el instinto del animal se despertaba y no paraba de rugir.
Cuando el ejército partió, él no fue capaz de matarlo y se lo dio a alguien.
En aquellos
tiempos, mi padre era su principal interlocutor. Cada vez que venía a verle,
traía una botella de un buen aguar¬diente inencontrable en el mercado, y
despedía a su guardia personal, así como al conductor que le había traído. Para
mí había una gran bolsa de caramelos variados de Shanghai. Charlaban en cada
ocasión hasta el amanecer, evocando su infancia, su juventud, como lo hago yo
ahora cuando me encuentro por casualidad con antiguos compañeros.
Hablaban del frío y
de la soledad que reinaban en su anti¬gua casa cubierta de enredadera, hablaban
de sus pequeñas desgracias, como cuando él volvió de la escuela sangrando por
la nariz, con el cuello de la chaqueta manchado. Aterrado, avanzaba llorando y
la gente de su calle, al igual que sus parientes lejanos, le miraban pasar sin
rechistar. Tan sólo la vieja vendedora de pasta de soja le paró y se lo llevó a
la sala donde molía el cereal de soja, y cogió un poco de papel de arroz para
taponarle la nariz con él.
También hablaban de
la vieja casa a la que mi bisabuelo loco había prendido fuego y que fue salvada
por los miembros de nuestra familia. A su lado vivía una muchacha que se
suicidó por amor. Dos días antes, se la vio salir de la mercería llevando bajo
su brazo una tela floreada. La gente creía que estaba pre-parando su ajuar de
boda, pero dos días después se suicidó tra¬gándose unas agujas, ataviada con el
traje cortado con esa tela floreada.
Arrebujado en mis
mantas, yo les escuchaba, fascinado, sin querer dormir. Le veía fumar pitillo
tras pitillo a pesar de su asma. En los momentos más apasionantes de sus
relatos, se ponía a andar a grandes pasos por la estancia. Decía que sólo
deseaba una cosa: darse de baja del ejército para escribir.
La última vez que
fui a verle a Shanghai llevaba en la mano una especie de vaporizador del que se
servía cuando tosía demasiado. Yo le pregunté si había escrito su libro. No,
feliz¬mente, pues de lo contrario tal vez ya hubiera desaparecido de este mundo.
Fue la única vez que no me trató como a un niño. Me puso en guardia: no eran
buenos tiempos para la literatu¬ra, ni tampoco para la política. En su opinión,
tan pronto como se entraba en política, uno no sabía ya qué terreno pisa¬ba y
se jugaba la cabeza sin darse siquiera cuenta. Yo le expli¬qué que no podía
proseguir mis estudios en la universidad. Pues bien, sólo tienes que hacerte
observador. Me dijo que también él era observador en ese momento. Antes de la
Revo-lución Cultural, en la época en que el movimiento contra los oportunistas
de derechas arreciaba en la prensa mientras la gente se moría de hambre, fue
sometido a una investigación. Desde aquel momento, permaneció bajo vigilancia.
No es de extrañar que en aquellos tiempos mi padre hubiera cortado toda
relación con él. Mi tío únicamente le hizo saber que se marchaba en una misión
a un perdido rincón de la isla de Hainan con todos sus pertrechos militares.
Imposible adivinar si estas palabras escondían algún mensaje secreto.
Fue a partir de
entonces cuando yo me puse a observar, a partir de mi vuelta, por la línea de
ferrocarril Pekín-Shanghai: unos combatientes encargados digamos que «de atacar
con la palabra y de defender con las armas», pica en ristre, con la cabeza
cubierta por un sombrero de mimbre trenzado, bra¬zalete rojo al brazo,
permanecían perfectamente alineados en el andén. Tan pronto como se detuvo el
tren, se precipitaron hacia las puertas de los vagones. Al verlos, un pasajero
que se disponía a apearse se apresuró a subir de nuevo. Ellos subieron tras él
en su persecución. El hombre daba gritos de socorro, pero nadie se atrevía a
moverse. Vi cómo era arrastrado afuera, rodeado en el andén y apaleado. El tren
por fin se puso en marcha en medio de sus gritos y nunca he sabido lo que fue
de él.
En aquella época,
la locura se había apoderado de todas las ciudades que se atravesaba. Los
edificios, muros, fábricas, pos¬tes de alta tensión, depósitos de agua, estaban
totalmente cubiertos de eslóganes con juramentos de defender a la patria hasta
la muerte, luchando hasta derramar la última gota de sangre. Los altavoces, en
los compartimientos y a lo largo de la vía del tren, difundían canciones de
lucha en medio del estruendo de los pitidos de los trenes. En la estación de
Ming-guang, «Luz Brillante» —Dios sabe cómo pudieron ponerle semejante nombre—,
a ambos lados de la vía férrea se apretu¬jaban columnas de refugiados. El tren
no abría ya sus puertas y las gentes penetraban por las ventanillas abiertas,
tratando de hacinarse en los compartimientos donde la gente iba ya apre¬tada
como sardinas en tonel. Los pasajeros trataban de mante¬ner las ventanillas
cerradas con todas sus fuerzas. Los refugia¬dos tenían todo el aspecto de
enemigos separados por un cristal. Este cristal era extraño, parecía deformar
los rostros, animarlos de odio y de ira.
El tren se puso en
marcha en medio de un gran estruendo, bajo una lluvia de piedras y de un
huracán de insultos, de gol¬pes, de ruidos de cristales rotos, una verdadera
escena infernal, a tal punto estaban las gentes convencidas de que sufrían por
defender su razón.
Y también en esta
época, en la misma línea férrea, vi el cuer¬po desnudo de una muchacha,
seccionado por las ruedas del tren, como un pez cortado por un afilado
cuchillo. El convoy sufrió una fuerte sacudida y pitó, el metal y los cristales
rechi¬naban en medio de un agudo desgarro. Hubiérase dicho un temblor de
tierra. Todo era extraño en aquel entonces. Como si el cielo se abatiese sobre
los hombres y la tierra, enloqueci¬da, no cesara de temblar.
No fue hasta al
cabo de cien o doscientos metros que el tren se detuvo en seco. Los empleados,
los agentes de seguridad y los pasajeros bajaron de los coches. La hierba que
crecía en el balasto estaba salpicada de trozos de carne humana. Un repug¬nante
olor a sangre impregnaba el aire; la sangre humana tiene un olor más fuerte que
la sangre de los peces. En el arcén de la vía férrea yacía el cuerpo rollizo de
una mujer, descabezada, sin piernas ni brazos. Se había desangrado por
completo, su cuerpo estaba totalmente blanco, más liso que un bloque de mármol.
Este cuerpo espléndido de mujer joven conservaba como vestigios de vida y
despertaba el deseo. Un anciano de entre los viajeros fue a buscar un trozo de
tela que colgaba de una rama para cubrir con él su bajo vientre. El conductor
del tren se secaba el sudor con su gorra y explicaba con desespero que había
accionado su silbato al ver a la muchacha caminar por en medio de la vía. Ella
no se había apartado. Aunque él había aminorado la marcha, no podía frenar
demasiado brus¬camente por los pasajeros del tren y la vio cómo se dejaba
aplastar. En el último instante hizo un amago de apartarse, pero... Había
querido suicidarse, era seguro que buscaba su muerte, ¿era una estudiante
instalada en el campo? ¿Era una campesina? No debía de tener hijos, eso por
supuesto. Los pasajeros discutían entre sí. Sin duda no quería morir, si no
¿por qué hizo un amago de apartarse en el último instante? ¿Tan fácil es morir?
¡Mala persona hay que ser para querer morir! Tal vez andaba enfrascada en sus
pensamientos. ¡No es lo mismo que atravesar la carretera en pleno día, era un
tren el que se abalanzaba sobre ella! A menos que fuese sorda, había querido
morir, mejor morirse que vivir. El que había hecho este último comentario se había
esfumado rápidamente.
Yo no hago más que
luchar para sobrevivir, no, no lucho por nada, lo único que hago es protegerme.
No tengo el valor de esta mujer, no he alcanzado tal punto de desesperación, me
gusta aún perdidamente este mundo, no he vivido aún lo sufi¬ciente.
76
Tras una larga
errancia, en la soledad, él llega ante un anciano que se apoya en un bastón,
ataviado con un largo traje. Entonces le pide consejo:
—Por favor,
anciano, ¿dónde se encuentra la Montaña del Alma?
—¿De dónde viene
usted? —replica el anciano.
Él responde que
viene de Wuyi.
—¡Wuyi! —El anciano
reflexiona un instante—. Ah, sí, en la otra orilla del río.
Él dice que viene
precisamente de la otra orilla del río, ¿ha errado el camino? El anciano frunce
el ceño:
—Es el buen camino.
Es el que lo toma el que se ha equivo¬cado.
—Tiene usted mucha
razón, anciano.
Pero él quiere
preguntarle si la Montaña del Alma se encuentra en esta orilla del río.
—Si digo que está
en la otra orilla del río, es que está en la otra orilla del río —responde el
anciano en tono impaciente.
Él dice que ha
venido precisamente de esa orilla hacia ésta.
—Cuanto más
caminas, más te alejas —dice el anciano seguro de sí.
—Bueno, en ese
caso, ¿tengo que dar media vuelta? —pre¬gunta él de nuevo.
El se dice para sus
adentros que no comprende realmente nada.
—Lo que he dicho
está muy claro —responde el anciano fríamente.
—Sí, es cierto,
anciano, está muy claro...
El problema es que
él no lo ve aún nada claro.
—¿Qué es lo que no
está claro? —pregunta el anciano escrutándole con sus ojos de pobladas cejas.
Él dice que sigue
sin comprender cómo ir a la Montaña del Alma.
Con los ojos
cerrados, el anciano se concentra.
—¿No ha dicho usted
que estaba allí, en la otra orilla del río?
Él vuelve a
formular la pregunta.
—Pero yo ya he ido
hasta allí...
—Sí, está allí
—interrumpe él, impaciente.
—¿Y respecto al
pueblo de Wuyi?
—Bien, sigue
estando allí, en la otra orilla del río.
—Pero ha sido
justamente en Wuyi donde he cruzado a la otra orilla del río. Cuando dice usted
allí, en la otra orilla del río, ¿quiere decir en realidad de este lado del
río?
—¿No quiere ir
usted a la Montaña del Alma?
—Claro que sí.
—Pues bien, está
allí, en la otra orilla del río.
—Anciano, pero ¿qué
es esto, metafísica?
Él prosigue en un
tono muy serio:
—¿No me ha
preguntado usted por el camino?
Él dice que sí.
—Pues bien, yo ya
se lo he indicado.
Apoyado en su
bastón, el anciano se aleja, pasito a paso, sin prestarle más atención.
Y él se queda solo
a este lado del río, del otro lado respecto de Wuyi. En realidad, el problema
consiste en saber de qué lado está Wuyi. Él ahora ya no se aclara. Sólo le
vuelve a la memoria una canción popular de hace varios miles de años:
Regresará, no
regresará,
pero allí no se
quedará.
A orillas del río,
el viento es frío.
77
El sentido de este
reflejo no está claro, una superficie de agua reducida, todas las hojas de los
árboles han caído, las ramas son de un color gris negruzco, el árbol más
próximo se parece a un sauce, un poco más lejos, los dos árboles próximos al
agua son sin duda unos olmos, enfrente, unos finos tallos de sauce,
desgreñados, cuyas ramas despoja¬das acaban en pequeñas horcaduras, no se sabe
si la superficie del agua está helada a causa del tiempo frío, por las mañanas
tal vez la recubre una fina capa de hielo, el cielo está anubarra¬do, como si
fuera a llover, pero no llueve, nada perturba la calma, ni un estremecimiento
en la punta de las ramas, ni tam¬poco viento, todo está inmóvil, como si
estuviera todo muerto, sólo una musiquilla flota en el aire, inaccesible, los
árboles están un poco torcidos, los dos olmos se ladean ligeramente, uno hacia
la izquierda, el otro hacia la derecha, el tronco del gran sauce se inclina
hacia la derecha, tres ramas de un mismo grosor parten del tronco hacia la
izquierda, asegurando cierto equilibrio al árbol, a continuación nada se mueve
ya, como la superficie de estas aguas muertas, pintura acabada que no está ya
sometida a ningún cambio, la misma voluntad de cambiar ha desaparecido, ni
perturbación, ni impulso, ni deseo, la tie¬rra, el agua, los árboles, las
ramas, a flor de agua unos rastros pardonegruzcos, no unos verdaderos islotes,
ni bancos de arena, ni islas de aluvión, sino pequeñas parcelas que afloran a
la superficie rompiendo su monotonía tan artificial, en la ori¬lla, a la
derecha crecen algunos arbustos imposibles de adver¬tir, abren sus ramas, como
unos dedos secos, comparación tal vez poco adecuada, abren sus ramas, eso es
todo, no tienen intención de replegarlas mientras que los dedos sí pueden
hacerlo, carecen de encanto, muy cerca, bajo el sauce, una pie¬dra, ¿está allí
para permitir a la gente sentarse para tomar el fresco? O para permitir a los
paseantes posar sus pies encima con el fin de evitar que se mojen los zapatos
cuando suben las aguas? Acaso ninguna de estas razones sea válida, acaso ni
siquiera sea una piedra, tan sólo dos montículos de tierra, un camino pasa por
allí, o algo que se le parece y que atraviesa esta superficie cubierta de agua.
Todo está tal vez inundado cuando el caudal sube, al nivel de la primera rama
del sauce, se diría un dique, sin duda la ribera cuando suben las aguas, pero
este dique está lleno de grietas, el agua puede volver a desbor¬darse, en el
presunto dique no se está necesariamente seguro, un pájaro emprende el vuelo
lejos y se posa sobre las delgadas ramas del sauce, difícil descubrirlo si no
se ha seguido su vuelo con la mirada, imposible verlo si no emprende el vuelo,
está lleno de vida, si uno observa bien se ven varios de ellos, dan saltitos en
el suelo, al pie del árbol, se posan y luego vuelven a irse, son más pequeños
que el que se ha posado sobre el árbol, y también menos negros, tal vez unos
gorriones, y el que está escondido en el árbol debe ser un mirlo, si es que no
ha emprendido aún el vuelo, todo depende de si uno llega a dis¬tinguirlo, la
cuestión no estriba en saber si hay uno o no, si está allí o no, pero si no se
lo distingue viene a ser lo mismo, en la orilla opuesta algo se mueve, de aquel
lado, entre las matas de amarillentas hierbas, una carreta, empujada por un
hombre y tirada por otro, encorvado, es una carreta tirada a pulso con unas
ruedas de goma, puede llevar media tonelada de carga, se desplaza lentamente,
en absoluto como los gorrio¬nes, uno sólo percibe que se mueve después de haber
recono¬cido que se trata de una carreta, todo depende de la idea que uno se
haga, si piensa que aquello de allí debe de ser un cami¬no, pues es un camino,
un verdadero camino, aunque esté lleno de agua después de las lluvias, no está
sumergido por las aguas, puede aún seguirse con la mirada una línea
ininterrum¬pida por encima de las matas de amarillentas hierbas y volver a
localizar la carreta, pero ésta está ya lejos, ha entrado entre las ramas del
sauce, primero uno creería que se trata de un nido de pájaro y luego, una vez
que la mirada ha traspasado las ramas, uno se da cuenta de que es una carreta
que se desplaza despacito, va muy cargada, con ladrillos o tierra, ¿los árboles
en el paisaje, los pájaros, la carreta, tienen también conciencia de su forma?
¿Qué relación existe entre este cielo gris, el agua y su reflejo, los árboles,
los pájaros, la carreta? El cielo... gris... una extensión de agua... los
árboles desnudos... ni sombra de verde... montículos de tierra... todo es
negro... la carreta... los pájaros... el empujar con fuerza... el no moverse...
el batir de las olas... los gorriones que picotean... las ramas...
transparentes... hambre y sed de la piel... todo es posible... la lluvia... la
cola de una gallina... unas plumas ligeras... color de rosas... la noche sin
fin... no está mal... un poco de viento... está bien... te estoy agradecido...
la blancura informe... algunas cintas... enrolladas... frío... calor...
viento... se inclina y vacila... espi¬ral... ahora una sinfonía... enorme...
insecto... sin esqueleto... en un abismo... un botón... ala negra... abrir la
noche... por doquier es... impaciente... un fuego brillante... unos motivos
minuciosos... unas sederías negras... un gusano... el núcleo de la célula que
da vueltas en el citoplasma... los ojos nacidos pri¬mero... él dice que el
estilo... tiene la capacidad de vivir por sí mismo... el lóbulo de una oreja...
unos rastros sin nombre... imposible saber cuándo ha caído la nieve, cuándo ha
parado de caer. Una fina capa blanca que no ha tenido tiempo de acumu¬larse en
las ramas. Las tres ramas que crecen en dirección opuesta a aquella hacia la
cual se inclina el sauce se han vuelto negras. Los dos olmos desplegados, el
uno hacia la izquierda, el otro hacia la derecha, en la punta de las ramas, la
blancura del reflejo del agua, como la nieve que cae sobre una llana extensión
fangosa, la superficie del agua ha debido de helarse. Los trazos de tierra que
difícilmente pueden calificarse de islas, los islotes de aluvión o bancos de
arena ya no son más que una sombra negra, imposible comprender por qué forman
esta negra sombra si no se sabe que originariamente eran superficies de tierra,
y aunque uno lo sepa, no se comprende por qué la nieve allí no ha cuajado. Más
lejos, las matas de hierba son las mismas, siempre amarillentas, más arriba, lo
que parecía como un camino permanece indistinto. Por encima del arbolillo que
extiende sus ramas se descubre una línea curva, blanca, que sube hacia lo alto,
la carreta probablemente ha desaparecido en la carretera, ya no hay caminantes,
pues sobre la nieve se divisarían perfectamente. Las dos rocas, o los dos
montículos de tierra se asemejan a unas rocas delante del sauce, han
desaparecido, la nieve ha recubierto estos detalles, el camino que la gente
toma, después de haber nevado, se distingue con tanta nitidez como unas venas
debajo de la piel. Y ocurre así que un paisaje normal y corriente al que no se
pres¬ta ninguna atención deja en uno una profunda impresión. De repente hace
nacer en mí a menudo una especie de deseo, tengo ganas de entrar en él, de
entrar en este paisaje nevado, no ser ya más que una silueta, una silueta que
por supuesto no tendría ningún sentido, si yo no estuviera contemplándola por
la ventana. El cielo sombrío, el suelo cubierto de nieve más brillante aún por
contraste con ese cielo sombrío, ya no hay mirlos, ya no hay gorriones, la
nieve ha absorbido toda idea y todo sentido.
78
Una aldea muerta,
cubierta de nieve; detrás, unas altas montañas silenciosas, también nevadas.
Los trazos gri¬ses y negros son las ramas de los árboles curvados, los matojos
negros son sin duda agujas de pino, y las som¬bras no pueden ser más que rocas
que surgen de la nieve; nada de color, no se sabe si es de noche o de día, la
oscuridad difunde cierta luz, la nieve parece seguir cayendo, borrando las
huellas de las pisadas.
Una aldea de
leprosos.
Tal vez.
¿Y ningún ladrido
de perro?
Han muerto todos.
Llama.
Inútil, hubo gente
que vivió aquí, hay una pared en ruinas que la nieve ha recubierto, una nieve
pesada que se ha tragado su sueño.
¿Murieron mientras
dormían?
Mejor hubiera sido,
pero mucho me temo que haya habido una matanza, un exterminio total, todo el
mundo fue ajusticia¬do, primero mataron a los perros con panecillos llenos de
arsé¬nico.
¿No gimen los
perros durante la agonía?
Los golpeaban con
una palanca, justo en el hocico, un medio excelente.
¿Por qué?
Es el único medio
de matarlos en el acto.
¿Ninguno de ellos
sobrevivió?
Los mataron en el
interior de las casas, ninguno pudo huir.
¿Los niños tampoco?
Los remataron a
hachazos.
¿Ni siquiera las
mujeres se libraron?
Cuando ellos las
violaron y masacraron, fue aún más atroz...
Cállate.
¿Tienes miedo?
¿Había más de una
familia en esta aldea?
Una familia de tres
hermanos.
¿Murieron también?
Dicen que fueron
víctimas de una venganza familiar, o de una epidemia, o bien también que se
dedicaban a trapichear buscando oro en el lecho del río.
¿Habrían muerto a
manos de unos desconocidos?
No dejaban que
vinieran a buscar oro en su territorio.
¿Dónde se encuentra
el lecho de este río?
Bajo nuestros pies.
¿Cómo es que no se
ve?
No se ve más que el
vapor que se alza de los infiernos, no es sino una impresión, en realidad es un
río muerto.
¿Y nosotros estamos
encima de él?
Sí. Déjame
llevarte.
¿Adonde?
A la otra orilla
del río, a la extensión de nieve de un blanco impoluto, al borde del campo hay
tres árboles y, una vez pasa¬dos éstos, se llega frente a la montaña, al pie de
las casas que se han hundido bajo las pesadas capas de nieve. Sólo este muro en
ruinas emerge. Detrás de él pueden recogerse aún tejas rotas y fragmentos de
cuencos de cerámica negra. No puedes aguantar tus ganas de empujarlos con el
pie, un ave nocturna te hace sobresaltarte emprendiendo el vuelo pesadamente,
no ves ya el cielo, únicamente la nieve que sigue cayendo y acu¬mulándose en el
seto. Detrás de este seto hay un huerto de hortalizas. Sabes que allí, bajo la
nieve, hay plantados la mos¬taza que resiste al frío y calavaceras de piel
rizada como viejas mujeres. Conoces perfectamente este huerto, sabes dónde está
el pasadizo que conduce al umbral de la puerta del fondo; sen¬tado allí, has
comido pequeñas castañas asadas, no sabes ya si es un sueño de infancia o la
infancia con la que sueñas, has comprendido que eso exige mucha energía, tu
respiración es ahora débil, tienes que ir con cuidado, no pisarle la cola al
gato cuyos ojos relucen en la oscuridad, sabes que te mira, finges no verle,
debes sin decir una palabra atravesar el patio interior, allí se alza una vara
sobre la cual descansa en equilibrio un har¬nero hecho a base de tiras de cuero
trenzadas, ella y tú os escondíais detrás de la puerta, con una cuerda de lino
en la mano, acechando a los gorriones, las personas mayores esta¬ban jugando a
las cartas en la casa, llevaban todos unas gafas redondas de montura de cobre,
los ojos hinchados y desorbita¬dos como los de los peces rojos, pero no veían
nada, se pasa¬ban las cartas una a una por delante de sus gafas, os
introdujis¬teis entonces debajo de la mesa: alrededor de vosotros, piernas, un
casco de caballo, y también una gran cola peluda tendida, sabes que se trata de
un zorro, él no deja de remover¬se y termina por transformarse en una tigresa
de rayado pelaje, está sentada en un gran sillón y puede abalanzarse sobre ti en
cualquier momento, tú no puedes alejarte, sabes que la lucha será feroz, ¡y se
abalanza sobre ti!
¿Qué te pasa?
Nada, debes de
haberlo soñado, en mi sueño nevaba en una aldea, el cielo nocturno estaba
iluminado por la nieve, esta noche era irreal, el aire estaba frío, mi cabeza
vacía, sueño siempre con la nieve, con el invierno y con las huellas de
pisa¬das en la nieve en invierno, pienso en ti,
no me hables de
eso, no quiero hacerme mayor, pienso en mi padre, el único que me quería, no
piensas más que en acos¬tarte conmigo, no puedo hacer el amor sin amor,
te amo,
eso es mentira, no
son más que unas ganas pasajeras,
pero ¿qué dices?
¡Yo te amo!
sí, rodar por la
nieve, como unos perros, vete por tu lado, yo no me quiero más que a mí misma,
¡el lobo te
atrapará en sus fauces, te devorará toda y el oso negro te llevará a su cueva
para hacerte su mujer!
no piensas más que
en esto. Preocúpate de mí, si mis senti¬mientos te importan,
¿qué sentimientos?
adivina, qué
idiota, pienso robar...
¿el qué?
he visto una flor
en la oscuridad,
¿qué flor?
una flor de
camelia,
voy a ir a cogerla
para ti,
no la estropees, no
tienes por qué morir por mí,
¿por qué morir?
tranquilízate, no
pretendo en absoluto que mueras por mí, yo estoy demasiado sola, ningún eco
responde a mis gritos, todo permanece en calma alrededor, ningún ruido de
fuente, el aire es tan pesado, ¿dónde se encuentra el río donde ellos buscaban
oro?
bajo la nieve, bajo
tus pies,
eso es mentira,
es un río
subterráneo, ellos entraban en el río, inclinados hacia delante,
¿hay un matorral?
¿qué?
no hay nada,
eres malvado,
¿quién te ha dicho
que hagas ninguna pregunta? ¡Eh!, se diría que hay un eco, ahí delante,
llévame,
si eso es lo que
quieres
os he visto a ti y
a ella, en la nieve, en la negra noche, ade¬más he visto tus pies, en la nieve,
descalzos.
¿No tienes frío?
No sé lo que es el
frío.
Y andabas así en la
nieve con ella, rodeados de bosques, de árboles verde oscuro.
¿Ninguna estrella?
No, ni tampoco
luna.
¿Ninguna casa?
No.
¿Ni luces?
No, nada, tú y
ella, solamente, caminando juntos, caminan¬do por la nieve, ella llevaba un
pañuelo, tú ibas descalzo. Te¬nías un poco de frío, sólo un poco. No te veías a
ti mismo, sólo sentías que ibas descalzo por la nieve, ella estaba a tu lado,
cogida de tu mano. Tú apretaste tu mano, la llevabas.
¿Hay que andar
mucho?
Sí, está muy lejos,
¿no tienes miedo?
Esta noche es
extraña, de un negro azulado, brillante, no tengo miedo contigo.
¿Te sientes segura?
Sí.
¿No estás entre mis
brazos?
Sí, me apoyo en ti,
me aprietas suavemente.
¿Te he besado?
No.
¿Tenías ganas?
Sí, pero no lo he
dicho a las claras, estaba bien así, bajába¬mos y he visto un perro.
¿Dónde?
Delante de mí,
estaba sentado allí, he reconocido que era un perro, y te he visto estornudar,
echando un gran chorro de vapor.
¿Has notado el
calor?
No, pero sabía que
expulsabas aire caliente, te has limitado a estornudar, no has hablado.
¿Tenías los ojos
abiertos?
No, los cerraba.
Pero lo he visto todo, no podía abrir los ojos, sabía que desaparecías si los
abría y he continuado así y tú has seguido abrazándome, no tan fuerte, no puedo
ya respi¬rar, he querido seguir mirando, retenerte, ah, ahora se han separado y
continúan avanzando.
¿Siempre en la
nieve?
Sí, la nieve frena
un poco tu paso, pero es muy confortable, tengo un poco de frío en los pies,
pero precisamente tengo necesidad de seguir caminando así.
¿Ves cómo eres?
No tengo necesidad
de ver, únicamente quiero sentir que tengo un poco de frío, que mis pies se ven
un poco frenados quiero sentir la nieve, sentir que estás cerca de mí, entonces
estaré tranquila y avanzaré, querido mío, ¿has oído que te lla¬maba?
Sí.
Bésame, besa la
palma de mi mano, ¿dónde estás?, ¡no te vayas!
Estoy cerca de ti.
No, invoco a tu
alma, te llamo, ven, no me abandones.
Niña estúpida, no
pienso hacerlo.
Tengo miedo, miedo
de que me abandones, no me dejes, no soporto la soledad.
¿Acaso no estás
entre mis brazos, ahora?
Sí, lo sé, te estoy
muy agradecida, querido mío.
Duerme, duerme
tranquila.
No tengo sueño,
tengo la mente perfectamente despejada, veo la noche transparente, el bosque
azul, la nieve acumulada, ninguna estrella, ni tampoco luna, todo eso lo veo
claramente, qué noche más extraña, querría permanecer eternamente con¬tigo en
esta noche nevada, ¡no me dejes, no me abandones, tengo ganas de llorar, no sé
por qué, no me abandones, no te quedes tan lejos de mí, no beses a otras
mujeres!
79
Ha venido un amigo
a hablarme de su reeducación por el trabajo. Era invierno y nevaba. Por la
ventana contem¬pla el paisaje nevado frunciendo los ojos, como si la
reverberación fuese demasiado fuerte, como si se aban¬donara a sus recuerdos.
Cuenta que en la
granja de reeducación por el trabajo había un punto geodésico, que debía de
hacer —levanta la cabeza y por la ventana calibra la altura de un edificio muy
próximo—, que debía de hacer por lo menos cincuenta o sesenta metros, en
cualquier caso, no era menos alto que ese edificio. Una ban¬dada de cuervos
revoloteaba alrededor, ya alejándose, ya acer¬cándose, dando vueltas sin cesar
mientras lanzaban graznidos. El jefe de la granja encargado de la vigilancia de
los condena¬dos a la reeducación era un viejo soldado que había participa¬do en
la guerra de Corea y se había distinguido por sus haza¬ñas. Inválido de guerra,
tenía una pierna más corta que la otra y caminaba renqueando. No sé qué
problemas había tenido, pero no había podido pasar del grado de capitán y no
paraba de echar pestes por haber sido destinado allí para vigilar a esos
criminales.
Su puta madre,
¿quién es ese cabrón que no me deja dor¬mir? Soltaba tacos con su acento del
norte de Jiangsu. Con una gran capa militar echada sobre los hombros, daba
vueltas alre¬dedor del punto geodésico.
¡Sube a ver!, me
ordena. Tuve que quitarme mi chaqueta de algodón y trepar. A media subida, el
viento soplaba con fuerza, mis pantorrillas temblaban. Al mirar hacia abajo,
sentí que mis piernas temblequeantes iban a aflojárseme. Era el año de la
hambruna. En las aldeas de los contornos, la gente se moría de hambre. En la
granja, las cosas andaban un poco mejor. Las batatas y los cacahuetes que
habíamos plantado se amontona¬ban en los silos. El capitán se había quedado con
una parte que no entregó a sus superiores. La ración fijada para cada uno
estaba garantizada y, si bien algunos presentaban edemas, a pesar de los
pesares conseguíamos trabajar. Pero yo estaba realmente demasiado débil para
trepar.
Yo llamo: ¡Capitán!
Dime lo que hay
allí arriba, exclama él.
Levanto la cabeza.
¡Se diría que hay
una bolsa colgada!, le digo.
Los ojos me hacen
chiribitas.
¡No consigo subir
más!, exclamo yo.
¡Entonces, que te
sustituyan! Soltaba una grosería tras otra, aunque en el fondo no era mala
persona.
Bajo.
Ve a buscar al
Ladrón, dice.
El Ladrón estaba
también condenado a la reeducación, un pequeño demonio de diecisiete años que
había robado una bolsa a un pasajero de un autobús. Le habían apodado el
Ladrón.
Lo encuentro. Él
mira hacia arriba y duda. El capitán monta en cólera.
¿Es que te estoy
mandando a la muerte?
El Ladrón dice que
tiene miedo de caerse.
El capitán ordena
que le den una cuerda, luego añade que ¡le tendrá tres días sin comer si no
trepa!
El Ladrón se la ata
a la cintura y trepa. Abajo, sudamos de miedo por él. Una vez llegado a dos
tercios, ata su cuerda a los barrotes metálicos. Llega a lo alto. La bandada de
cuer¬vos sigue revoloteando en torno a él. El los ahuyenta con la mano, luego un
saco de yute cae volando hasta abajo del punto geodésico. Nos acercamos todos a
verlo. ¡El saco, acri¬billado de agujeros por los cuervos, está medio lleno aún
de cacahuetes!
¡Tu puta madre! El
capitán se pone de nuevo a jurar.
¡A formar!
Un silbato. Bien, a
formar todos. Comienza a echar la bron¬ca. Luego pregunta: ¿Quién ha hecho eso?
Nadie se atreve a
rechistar.
No ha podido volar
tan alto él solo, ¿o no? ¡Y yo que me he creído que era la carne de un muerto!
Todos se aguantan
las ganas de reír.
Si nadie se delata,
se suspende el rancho.
Todo el mundo teme
eso. Nos miramos unos a otros. Pero todos sabemos que sólo el Ladrón es capaz
de trepar hasta lo alto del punto geodésico. Las miradas se vuelven hacia él.
Él baja la cabeza y, acto seguido, no pudiendo aguantarse más, se hinca de rodillas
y confiesa haber robado y escondido el saco allí arriba. Afirma que tenía miedo
de morirse de ham¬bre.
¿Te has valido de
una cuerda?, pregunta el capitán.
No.
Entonces, ¿a qué
vienen todos esos remilgos que acabas de hacer? ¡Que este jodido canalla se
quede sin comida durante todo un día!, declara el capitán.
Todo el mundo le
aclama.
El Ladrón rompe en
sollozos.
El capitán se aleja
renqueando.
Otro amigo ha
venido a decirme que tiene un asunto extrema¬damente importante que discutir
conmigo.
De acuerdo, ¿de qué
se trata?
Dice que es largo
de contar.
Yo le digo que
resuma.
Él me dice que, aun
resumiendo, debe empezar por el prin¬cipio.
Pues bien, empieza,
le digo yo.
Me pregunta si
conozco a tal guardia imperial de tal empe¬rador manchú cuyo nombre imperial y
número de era me indi¬ca, así como el nombre y el apelativo de su superior. Es
el des¬cendiente en línea directa de la séptima generación de ese noble. Yo le
creo, sin sentir el menor asombro. Que su antepa¬sado sea criminal o ministro
aspirante a la corte no tiene nin¬guna trascendencia para él en nuestra época.
Él, sin embargo,
declara que sí, que eso tiene una enorme importancia. El departamento de
antigüedades, los museos, las oficinas de archivos, la comisión política
consultiva del pueblo, los anticuarios han venido todos a verle y no dejan de
importunarle.
Yo le pregunto si
posee aún alguna reliquia valiosa.
Te quedas corto,
dice él.
¿Algo de un precio
inestimable?
Inestimable o no,
él no lo sabe, pues de todas formas es imposible evaluarlo, aunque sea en
millones, decenas de millo¬nes o varios cientos de millones. Me dice que no se
trata de una pieza o dos, sino de bronces rituales de los Shang, de jades, de
espadas de los Reinos Combatientes, sin mencionar las figuritas raras y
valiosas de épocas pasadas, caligrafías, cuadros e inscripciones, con que
llenar todo un museo. El catálogo de estos objetos, publicado desde hace ya
mucho tiempo, no abar¬ca menos de cuatro volúmenes encuadernados al estilo
tradi¬cional. Puede consultarse en una biblioteca de libros antiguos. ¡Estos
tesoros que fueron acumulados durante siete genera¬ciones, desde hace
doscientos años, a partir de la era Tongzhi, se han conservado hasta nuestros
días!
Digo que no me
parece extraño que se hayan conservado, pero que comienzo a temer por su
seguridad.
Él dice que no
tiene nada que temer por ese lado, pero que no puede vivir ya tranquilo, pues
su familia, una gran familia, los descendientes de sus abuelos, de su padre,
sus tíos y todos sus allegados no dejan de venir a verle y no paran de
discutir, está hasta la coronilla.
¿Quieren
repartírselo?
Dice que no hay
nada que repartir. Estas decenas de miles de objetos preciosos, en oro y plata,
esas cerámicas y toda la fortuna familiar fueron quemadas o bien robadas no se
sabe cuántas veces, ya por los Taiping, ya por los japoneses o los diferentes señores
de la guerra. Más tarde, fueron recogidas por sus antepasados que o bien las
regalaron al Estado, o bien las vendieron para su lucro personal. Otras veces,
se las confis¬caron. Ahora, ya no queda ni una.
¿Y a qué vienen,
entonces, tantas disputas ahora? No lo entiendo muy bien.
He aquí por qué es
necesario empezar esta historia por el principio, dice él, con aire
contristado. ¿Conoces el Pabellón del Cofre de Oro y del Biombo de Jade? Parece
que haya escogido este ejemplo al azar, pero, evidentemente, es el nombre real
de su pabellón lleno de tesoros. En los libros de historia, en los ana¬les
locales y en los registros de sus antepasados, se menciona el nombre de este
pabellón por todas partes. Actualmente es cono¬cido por todos aquellos que
trabajan en el sector de las antigüe¬dades de su región natal, en el sur. Dice
que cuando el ejército Taiping entró en la ciudad y la incendió, el pabellón
estaba ya vacío, que la mayor parte de su mobiliario había sido trasladado in
extremis a las propiedades de su familia. En cuanto a los teso¬ros
inventariados en el catálogo, siempre se ha dicho que fueron conservados en
secreto. Su padre le confió el pasado año, justo antes de morir, que fueron
efectivamente enterrados en una antigua residencia familiar, pero cuyo
emplazamiento él no conocía con exactitud. Lo único que le reveló fue que su
abuelo le transmitió una colección de poemas manuscritos, en la que había
trazado a tinta china un plano general de su antigua resi¬dencia llena de
terrazas, pabellones, jardines y colinas artificia¬les. En la esquina superior
derecha había inscrito un poema de cuatro versos que indicaba en clave el lugar
donde estaban ente¬rrados los tesoros. Pero la colección de poemas se la
llevaron los guardias rojos al presentarse en su casa y no pudo recuperarlos tras
su rehabilitación. El anciano era aún capaz de recitar estos cuatro versos y le
dibujó de memoria el plano de la antigua resi¬dencia. Él se los aprendió de
memoria y al comienzo de este año se puso a buscar el emplazamiento. Pero
ahora, sobre las ruinas de la antigua residencia, han sido construidos unos
inmuebles, administrativos o residenciales.
¿Qué se puede
hacer?, pregunto yo. Todo está enterrado bajo estos inmuebles.
No, dice él, si los
tesoros se hubieran encontrado debajo de estos edificios, habrían sido
descubiertos al abrir los cimien¬tos, sobre todo con estas construcciones
modernas: hay que instalar tantas canalizaciones que se excava muy hondo. Él
fue a preguntar a las agencias responsables de los trabajos, que no habían
descubierto reliquia arqueológica alguna durante el proceso de construcción. Me
dice que ha estudiado detenida¬mente estos cuatro versos, que ha analizado la
configuración del terreno y que, casi sin margen de error, puede precisar el
lugar donde se encuentran, poco más o menos en el emplaza¬miento de una zona
verde entre dos inmuebles.
¿Y qué piensas
hacer? ¿Piensas ponerte a excavarlos?
Dice que es eso lo
que ha venido a discutir conmigo.
Yo le pregunto si
es dinero lo que necesita.
No me mira, pero
contempla por la ventana unos arbolillos sin hojas.
¿Cómo explicártelo?
Sólo con mi salario y el de mi mujer, que nos llega justo para criar a nuestro
hijo y para comer, no podemos hacer frente a otros gastos, pero no puedo vender
así a mis antepasados. Me darán por supuesto una recompensa, que será una miseria.
Yo digo que eso
será objeto de grandes titulares en la pren¬sa: tal descendiente de la séptima
generación de tal o cual mandarín ha regalado unas antigüedades al Estado y ha
recibi¬do tal o cual recompensa.
Él se ríe con
amargura y dice que, para el reparto de esta recompensa, todos sus parientes,
próximos o lejanos, van a venir a darle la lata. No vale la pena. Él cree que
será más bien el Estado el que se enriquezca.
¿Acaso el Estado
con todos los tesoros del pasado que han sido sacados ya a la luz se ha vuelvo
más rico?, replico yo.
Él sacude la cabeza
y dice que también ha pensado que si caía gravemente enfermo o moría en un
accidente de coche, ya nadie estaría al corriente de ello.
Pues bien,
transmite esos cuatro versos a tu hijo.
Ya lo ha pensado,
pero ¿y si su hijo tomara un mal camino y vendiera los tesoros?
¿No puedes estar
encima de él?
Mi hijo es aún
pequeño, hay que dejar que primero haga sus estudios tranquilamente. Sólo
faltaría que más tarde, debido a esta absurda historia, perdiera la razón como
yo. Rechaza esta idea de forma rotunda.
Pues bien, déjales
un poco de trabajo a los arqueólogos del futuro. ¿Qué más podía decir yo?
El reflexiona, se
da una palmada en el muslo y declara: bueno, hagamos como tú dices. ¡Que se
queden enterrados! Se levanta y se va.
Otro amigo ha
venido a verme. Con su abrigo nuevo de lana de buena calidad, sus zapatos
relucientes de piel negra fina¬mente calados, se asemeja a un mando de visita
en el extran¬jero.
Mientras se saca el
abrigo, me explica con fuerte voz que ¡ha hecho fortuna dedicándose a los
negocios! Este hombre de hoy no es ya el mismo de ayer. Debajo de su abrigo,
luce un terno de impecable corte y en torno al cuello duro de su cami¬sa lleva
anudada una corbata de flores rojas. Se diría un repre-sentante de una sociedad
instalada en el extranjero.
Le digo que no ha
de temer pasar frío afuera, así ataviado.
¡Él me dice que no
toma ya los autobuses atestados, sino que ha venido en taxi, que esta vez está
alojado en el Hotel de Pekín! ¿No me crees? ¡En estos grandes hoteles sólo se
permi¬te hospedarse a los extranjeros! Agita un manojo de llaves adornado con una
bola de cobre que lleva grabada una inscrip¬ción en inglés.
Le informo de que,
cuando uno sale de un hotel, hay que dejar la llave en recepción.
Cuando se está
acostumbrado a la pobreza, uno siempre lleva su llave encima, dice él en tono
burlón. Luego contempla mi habitación.
¿Cómo puedes vivir
aún en esta sola habitación? ¡Adivina en cuántas habitaciones vivo yo!
Digo que soy
incapaz de adivinarlo.
Tres habitaciones
más una sala de estar, en Pekín, eso corresponde al alojamiento de un jefe de
departamento o de un jefe de oficina.
Observo sus
mejillas rojas, perfectamente afeitadas. No se parece ya al hombre que conocí
en provincias, flaco y abando¬nado.
¿Cómo es que no
tienes televisor en color?, pregunta.
Le informo de que
no veo la televisión.
Aunque no la veas,
siempre resulta decorativa. En mi casa, hay dos televisores, uno en el salón y
el otro en la habitación de mi hija. Mi mujer y mi hija ven cada una un
programa dis¬tinto. ¿No quieres comprarte una? ¡Te acompaño ahora mismo a unos
grandes almacenes y te regalo yo una! Lo digo en serio. Me mira, con ojos como
platos.
Mucho te temes que
el dinero te queme en las manos.
Para dedicarse al
comercio, conviene untar la mano a los mandos. Ellos no viven sino de eso. A ti
no te conviene que te fijen un plan o unas normas, ¿verdad? Todo el mundo hace
regalos. ¡Pero tú eres mi amigo! ¿No tienes dinero? Hasta diez mil yuanes, puedes
contar conmigo. Ningún problema.
Le pongo en
guardia: No violes la ley.
¿Violar la ley? Yo
me limito a hacer algunos regalos. ¡No soy yo quien viola la ley, sino que es a
los jefes a los que habría que detener!
A los jefes no se
les puede detener.
¡De eso debes de
estar tú más al corriente que yo, pues vives en la capital, tú estás enterado
de todo! Pero he de decirte que no resulta tan fácil detenerme a mí, pues yo
pago mis impues¬tos, comparto mesa con el jefe de distrito y el director de la
ofi¬cina de comercio regional. Ya no estamos en la época en que era maestro en
una barriada del extrarradio. Para conseguir que me trasladaran del campamento
donde me moría de asco, tuve que gastarme, tirando por lo bajo, cuatro meses de
mi salario en comidas ofrecidas a los responsables de la oficina de educación.
Frunciendo los
ojos, retrocede un paso y dobla la cintura para examinar con atención una
pintura a tinta china que representa un paisaje nevado. Contiene el aliento un
instante, se vuelve y dice: ¿No alababas tú mi caligrafía? A ti te gustaba,
pero la exposición que quería hacer en el centro cultural del distrito no fue
autorizada, mientras que cualquier carácter tra¬zado por alguien de arriba o
famoso es objeto de una exposi¬ción ¡y que esos tipejos se conviertan en
vicepresidentes o presidentes honorarios del Instituto de Caligrafía!
Le pregunto si
sigue dedicándose a la caligrafía.
Eso no da de comer.
Es como tú con tus libros. A menos que te hagas célebre algún día y que todo el
mundo te vaya detrás para pedirte una bonita caligrafía. Así lo quiere la
socie¬dad, ahora lo he comprendido.
Ni que decir tiene.
¡Pero eso me crispa
los nervios!
Entonces es que no
lo has comprendido todavía. Le inte¬rrumpo para preguntarle si ha comido.
No te preocupes por
eso. Dentro de un momento, llamaré a un taxi para llevarte a un restaurante. El
que tú quieras. Sé que tu tiempo es precioso. Pero primero te diré lo que tengo
que decirte: quisiera que me ayudaras.
¿Ayudarte a qué?
¡Di!
Ayudarme a hacer
entrar a mi hija en una universidad de renombre.
Yo le digo que no
soy rector de universidad.
Por supuesto, pero
debes de tener relaciones, supongo. Ahora he hecho fortuna, pero a los ojos de
la gente no soy más que un especulador que se dedica al comercio. No quiero que
mi hija conozca la misma vida que yo, quisiera hacerla entrar en una universidad
conocida para que más tarde viva en las altas esferas de la sociedad.
¿Y que conozca al
hijo de algún alto mando?
De eso no pienso
ocuparme yo, ya sabrá ella cómo apañár¬selas.
¿Y si, al final, a
ella no le interesa conocerlo?
No me interrumpas,
¿puedes ayudarme sí o no?
Hay que ver sus
notas, yo no puedo hacer nada.
Sí, saca buenas
notas.
Pues bien, en ese
caso no tiene más que pasar el examen.
¡Pero qué atrasado
estás! ¡Crees que todos los hijos de altos mandos pasan sus exámenes!
Eso yo no lo he
investigado.
Tú eres escritor.
¿Y qué?
¡Tú eres la
conciencia de la sociedad, tienes que hablar por el pueblo!
Déjate de bromas.
¿Acaso eres tú, el pueblo? ¿O bien soy yo? ¿O bien el pretendido nosotros? No
escribo más que para mí.
Lo que me gusta de
ti es que siempre dices la verdad.
Eso, por supuesto.
Vamos, viejo hermano, ponte tu abrigo, vamos a comer, que tengo hambre.
Alguien llama de
nuevo a la puerta. El hombre al que abro me resulta desconocido. Lleva una
bolsa de plástico negro. Le digo que no quiero comprar huevos, que salgo a
comer.
El no vende huevos.
Abre su bolsa para mostrarme lo que contiene. No esconde ningún arma en su
interior. Bueno, no es ningún delincuente. Incómodo, saca un grueso manuscrito
y me explica que ha venido a verme para pedirme consejo. Ha escrito una novela
y quiere que yo le eche un vistazo. Le hago entrar y le invito a sentarse.
Él declina el
ofrecimiento. Quiere dejar su manuscrito y volver a pasarse otro día.
Yo le digo que no
merece la pena, que es mejor hablar de lo que haya que hablar ahora mismo.
Rebusca con ambas
manos en su bolsa y saca un paquete de cigarrillos. Yo le alargo las cerillas,
esperando que encienda rápidamente su cigarrillo y que termine por exponerme lo
que ha venido a decirme.
Me explica entre
balbuceos que ha escrito una historia real...
Le interrumpo para
puntualizarle que yo no soy periodista y que no me intereso por la realidad.
Farfullando aún
más, me dice que sabe que la literatura no es lo mismo que un reportaje de
prensa. Lo que él ha escrito es una novela basada en unos hechos y personajes
reales, con un soporte de ficción. Desea que yo le diga si esta novela puede
ser publicada.
Le digo que no soy
editor.
Dice que lo sabe
perfectamente, que lo único que él quiere es que yo le recomiende y también que
corrija su manuscrito. Si acepto, podría incluso añadir mi nombre, sería una
especie de colaboración. Por supuesto, su nombre se mencionaría a continuación
del mío en la cubierta.
Digo que temo que
sea aún más difícil de publicar si se añade mi nombre.
¿Por qué?
Porque bastantes
problemas tengo ya para publicar mis pro¬pias obras.
Él asiente, para
indicarme que comprende.
Temiendo que no
haya comprendido del todo, le explico que lo mejor sería que encontrase por su
propia cuenta un edi¬tor.
Él guarda silencio,
perplejo.
Anticipándome, yo
le pregunto: ¿Puede llevarse su manus¬crito?
¿Puede usted
hacérselo llegar a un editor?, replica él desor¬bitando los ojos.
Es preferible que
lo envíe usted directamente a una edito¬rial, eso le evitará seguramente
problemas. Exhibo una gran sonrisa.
Él ríe también,
vuelve a meter el manuscrito en su bolsa y balbucea algunas palabras de
agradecimiento.
No, soy yo quien le
estoy agradecido.
Llaman de nuevo a
la puerta, pero ya no tengo ninguna intención de abrir.
80
Jadeando, paso a
paso, sorteando mil dificultades, avan¬zas hacia el glaciar. El río helado es
de un verde esme¬ralda, oscuro y transparente. Bajo el hielo, negras y ver¬des,
parecen serpentear inmensas vetas de jadeíta.
Resbalas por la
superficie reluciente, el frío paraliza tus mejillas, los témpanos que
descubres delante de tus ojos tor¬nasolan de mil fuegos. El vaho que sale de tu
boca se hiela de inmediato en tus cejas. Una inmensa soledad gélida te rodea.
El lecho del río
está bien marcado, el glaciar se ha desplaza¬do poco a poco, de forma
imperceptible, unos metros o unas decenas de metros por año.
Trepas por el
glaciar, como un insecto que pronto va a que¬dar inmovilizado, congelado por el
frío.
Delante, en la
sombra que el sol no puede alcanzar, se alza una pared de hielo barrida por el
viento. Cuando sopla a más de cien metros por segundo, pule esta muralla
enteramente lisa.
Permaneces inmóvil
entre estas paredes de cristales de hielo, incapaz de respirar. Tus pulmones
están transidos de dolor, tu cerebro casi completamente helado, ya no puedes
pensar, ¿acaso este quedarse con la mente en blanco no es el estado que tú
perseguías? Un estado como este mundo de hielo hecho de imágenes vagas,
formadas de sombras imposi¬ble de reconocer que no indican nada, no tienen
ningún senti¬do: la soledad total.
Corres el riesgo de
caerte a cada paso, no pasa nada, sigues trepando, tus pies y tus manos están
insensibles desde hace rato.
Sobre el hielo, la
capa de nieve es cada vez más fina, se sos¬tiene tan sólo en las esquinas
resguardadas del viento. La nieve está sólida, su esponjosidad en la superficie
es contenida por la dura costra de los cristales.
A tus pies, en el
barranco, revolotea un águila; otra vida al margen de la tuya, no sabes si se
trata solamente de una impre¬sión, pero lo importante es que tengas aún una
visión.
Subes dando vueltas
y revueltas, pero, en esas vueltas y revueltas, entre la vida y la muerte, te
sigues debatiendo. Sigues existiendo, puesto que por tus venas corre la sangre,
tu vida no se ha detenido.
En este inmenso
silencio, te parece oír un sonido cristalino, el sonido sostenido de una
campanilla, como si golpearan sobre el hielo.
Unas nubes violeta
aparecen sobre el glaciar, son anuncia¬doras de la tempestad que remolinea en
medio de ellas. Su borde recortado es una señal de su fuerza.
El sonido cada vez
más nítido de la campanilla ha desperta¬do tu corazón entumecido. Ves a una
mujer montada a caballo. La cabeza del animal y la silueta de la mujer se
destacan sobre el horizonte nevado. Detrás se extiende un sombrío abismo. Te
parece oír un canto acompañado de los cascabeles del caballo.
De Changdu la mujer
ha venido
tocada con una fina
trenza, como un hilo de seda,
unos pendientes de
turquesa en las orejas,
en las muñecas unos
brazaletes de plata que despiden mil destellos,
y en el talle un
cinturón multicolor...
Te parece haber
visto ya a una tibetana a caballo que pasaba por delante del punto geodésico
situado al lado de la carretera principal, señalando una altitud de cinco mil
seiscientos metros cuando viajabas por la Gran Montaña de la Nieve. Ella rió
mientras volvía la cabeza hacia ti, incitándote a penetrar en el abismo sombrío
y, en aquel momento, no pudiste dejar de caminar en dirección a ella...
Pero no son más que
recuerdos, el sonido de la campanilla está en ti, como si resonara en tu
frente, el dolor que desgarra tus pulmones es insoportable, tu corazón late
como loco, tu cabeza va a estallar. Cuando la sangre se hiele en tus venas,
estallará silenciosamente. La vida es frágil, pero se debate con fuerza, una
obstinación instintiva.
Abres los ojos, la
luz te deslumbra, no ves nada, tan sólo te das cuenta de que estás trepando, el
sonido molesto de la cam¬panilla no es más que un recuerdo lejano, un
pensamiento indistinto, como un estallido centelleante de hielo, tenue,
flo¬tante en los aires, dejando su marca en tu retina, te esfuerzas por
reconocer los colores del arco iris, te tropiezas, das vueltas, vuelves sobre
tus pasos, has perdido la fuerza de controlarte, ¡todo no es más que un
esfuerzo inútil, deseo impreciso, negativa a desaparecer, agujero negro,
cuencas de un cráneo, túnel profundo, no hay nada, melodía discordante, fisión,
explosión!
... Una limpidez
desconocida, todo es tan puro, una tenui¬dad difícil de percibir, una música
silenciosa que se torna transparente, arreglada, tamizada, depurada, caes, pero
flotas durante tu caída, eres ligero, ni viento, ni obstáculo, tus
senti¬mientos son profundos, tu cuerpo experimenta una sensación de frescor, te
concentras para escuchar y oyes esta música informe pero que llena el aire, el
hilo de araña de tus recuer¬dos se ha adelgazado pero sigue siendo
perfectamente claro ante tus ojos, es fino como un cabello, se asemeja también
a una hendidura cuyos dos extremos se fundieran en la oscuri¬dad, pierde su
forma y se dispersa, convirtiéndose en un minúsculo rayo de luz antes de
transformarse en otras tantas motas de polvo infinitas, luego éstas te envuelven,
y la luz se concentra en esos flecos de nubes deshilachadas, perfectamen¬te
claros, penetra en ellos, se mueve, transformándose en una nebulosa igual que
una neblina, luego cambia de nuevo y se fija para convertirse en un sol redondo
y oscuro que difunde un resplandor azulado, un sol en el sol, muda al violeta,
luego se abre, su centro se estabiliza, pasa al rojo oscuro y difunde una luz
difusa púrpura, cierras los ojos para impedir que sus rayos te alcancen, pero
no lo consigues, los estremecimientos y los deseos que suben en tu corazón, al
borde de las tinieblas, oyes la música, ese sonido que adquiere forma se
amplifica, se prolonga, te atraviesa, imposible saber dónde estás, ese sonido
cristalino y penetrante invade tu cuerpo por todas partes, una frecuencia más
corta se mezcla con él cuyo ritmo no llegas a captar, pero percibes su altura,
está unido a otro sonido con el que se mezcla, se expanden, se convierten en un
río que desa¬parece y retorna, retorna y desaparece, el sol azul oscuro se transforma
en una luna más oscura aún, contienes el aliento y dejas de pensar, ya no
respiras, llegas al final de tu vida, pero las ondas sonoras son cada vez más
fuertes, te inundan, te lle¬van al paroxismo, orgasmo puramente cerebral,
delante de tus ojos y en tu corazón y en tu cuerpo, del que no sabes en qué
rincón habitas, el reflejo del sol en la luna oscura, en medio de un estruendo
desencadenado cada vez más fuerte crece crece crece aumenta aumenta aumenta y
estalla... De nuevo el silencio absoluto, te sumerges en una oscuridad más
densa aún, sigues sintiendo los latidos de tu corazón, el dolor físico, el
miedo ante la muerte de este cuerpo con vida es concreto, este cuerpo que no
consignes abandonar ha recobrado su conciencia.
En la oscuridad, en
un rincón de la habitación, la señal del volumen del magnetófono parpadea sin
interrupción.
81
Por la ventana, veo
en el suelo nevado una minúscula rana. Parpadea un ojo y abre de par en par el
otro. Me observa sin moverse. Comprendo que se trata de Dios. Se manifiesta a
mí bajo esta forma y mira si he com¬prendido.
Parpadea para
hablarme. Cuando Dios habla a los hombres, no quiere que oigan su voz.
Lo cual a mí no me
sorprende, como si debiera ser así, como si Dios hubiera sido siempre una rana
con un ojo total¬mente redondo, inteligente, abierto de par en par. ¡Qué
mise¬ricordia la suya de tener a bien ocuparse de un hombre tan digno de
lástima como yo!
Es preciso que yo
comprenda el lenguaje incomprensible con que se expresa con su otro ojo,
parpadeando hacia los hombres. Pero eso no es asunto suyo.
Puedo igualmente
considerar que ese parpadeo no tiene ningún sentido, pero su sentido radica tal
vez precisamente en su ausencia de sentido.
No existen los
milagros, he aquí lo que Dios me ha dicho, a mí, eternamente insatisfecho. Le
hago la pregunta:
En ese caso, ¿queda
aún algo por buscar?
Todo está en calma
alrededor. Cae la nieve en silencio. Estoy sorprendido por esta calma. Una
calma paradisíaca.
Ninguna alegría. La
alegría no existe más que en relación a la tristeza.
Sólo cae la nieve.
En ese instante, no
sé dónde está mi cuerpo, no sé de dónde sale este pedazo de tierra del paraíso.
Escruto los alrededores.
No sé que no
comprendo nada, creo que aún lo comprendo todo.
Las cosas suceden
detrás de mí. Siempre hay un ojo extra¬ño. Lo mejor es aparentar que se
comprende.
Aparentar que se
comprende, pero de hecho no compren¬der nada.
En realidad, no
comprendo nada, pura y simplemente nada.
Así es.
VERANO DE
1982-SEPTIEMBRE DE 1989
PEKÍN-PARÍS
FIN

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