© Libro N° 13979. Desde El
Infierno. Laso, Enrique.
Emancipación. Junio 28 de 2025
Título Original: © Desde El Infierno. Enrique Laso
Versión Original: © Desde El Infierno.
Enrique Laso
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Miranda
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Enrique
Laso
Desde El
Infierno
Enrique
Laso
I
Carlos se dirigió
muy despacio hacia la persona que le tendía el teléfono. En realidad, era como
si deseara no alcanzarlo nunca. No hubiera lamentado en absoluto que el tiempo
se hiciera infinito, y que el momento en el que su oreja contactase con el auricular
no existiese ya jamás. Desde que lo sacaron de la reunión con un escueto:
«Carlos, te llaman del Hospital, algo le ha sucedido a tu familia», y pese al
breve trayecto que le separaba de un despacho contiguo a la sala de juntas,
había temido con un pavor casi irreal el instante en el que alguien
desconocido, probablemente algún médico, le diese más detalles.
–Sí…
– ¿Es usted Carlos Miranda?
–Sí.
–Mire… su mujer y su hija han tenido un grave
accidente de circulación. Debe venir cuanto antes…
No hizo pregunta
alguna, no esperó más explicaciones. Colgó el teléfono, miró a su alrededor,
esos rostros familiares con expresiones extrañas, y de repente supo que aquel
momento era el primero de un largo trayecto negro y oscuro.
De alguna manera
Carlos sabía que todo lo hecho y que todo lo transcurrido hasta la fecha no
tenía valor ninguno, y que las nuevas circunstancias iban a requerir de un
nuevo yo, y que ese nuevo yo iba a encontrar poco en lo que apoyarse en toda su
experiencia anterior. Era muy curioso que su mente ya anticipara el futuro, que
su cerebro ya luchase por adecuarse a una situación imprevista y para la que no
estaba en absoluto preparado, pero para la que su subconsciente ya había
comenzado a trabajar.
«No quiero saber la verdad».
Y pese a las ansias
que ponía en negar la evidencia en ciernes, cada vez tenía más claro que el
trágico vaticinio que le rondaba la cabeza se iba a ver en breve reafirmado, y
entonces aquella cadena de especulaciones tendría un valor incalculable, porque
la especulación deja siempre entre sus posibilidades un resquicio para la
esperanza. Una vez se confirmasen los hechos que ahuyentaba, ya no habría
cabida para otra cosa que no fuera el sufrimiento y el dolor.
«No quiero ir al hospital».
Se repetía una y
otra vez estas palabras, mientras sus pies avanzaban hacia su coche, mientras
sus manos tomaban el volante, mientras conducía por las carreteras de
circunvalación; en definitiva, mientras todo su cuerpo imponía la razón al
deseo infantil de la negación.
Carlos tuvo la
certeza de que mejor hubiera sido detener su vida para siempre cinco minutos
antes, en medio de aquella aburrida reunión de lunes por la tarde. Que hubiera
sido mejor parar el tiempo y quedarse en la vulgaridad tranquila de lo
cotidiano.
II
Su mujer y su hija
habían muerto. Quedaba el consuelo de que al menos lo habían hecho sin sufrir,
de forma instantánea… o eso le aseguraban. Un accidente tonto, casi ridículo.
Bajaban de la sierra y había llovido después de más de cuatro semanas sin hacerlo.
Esto había provocado que sobre el asfalto se formase una especie de barrillo, y
que el piso se encontrara especialmente resbaladizo. En algún punto (no sabía
concretamente en cuál) su mujer había pisado el freno con fuerza y el coche se
había deslizado sin remedio hasta un pequeño barranco (suficiente).
Era curioso, a
Laura (su hija) le encantaba patinar sobre el hielo. Seguro que hasta en un
primer momento le habría parecido divertido ver cómo mamá perdía el control del
coche y éste patinaba, como ella solía hacer muchos domingos.
No era la primera
vez que ambas iban solas al monte a pasar el día. Muchos fines de semana él se
quedaba en casa, terminando algún informe para el lunes siguiente o
sencillamente repasando datos y estadísticas de diferente índole.
A veces Carlos
compartía aquellos momentos familiares, pero su cabeza nunca dejaba de estar en
su trabajo, y apenas si prestaba atención a lo que su mujer y su hija le
decían. Era un alto ejecutivo como otro cualquiera, tan absorbido por su
trabajo que su mente apenas tenía tiempo para distraerse con otra cosa que no
fuera todo lo relacionado con el mismo.
Ahora su mujer y su
hija habían muerto, y una especie de abismo a lo desconocido se abría ante sus
pies. Pese a la distancia inmensa que se había ido creando entre él y su
familia, estaba cómodamente instalado en esa seguridad férrea e inexpugnable de
lo cotidiano, de lo que ha de ser para siempre y no admite transformación
alguna. O eso había creído él hasta aquel maldito y fatídico lunes.
Por curioso y
deleznable que pudiera parecer, había sido precisamente desde el accidente
cuando Carlos había comenzado a tomar conciencia de lo mucho que quería y
necesitaba a ambas. Hasta el momento habían estado ahí, siempre ahí, y ni falta
había hecho tomar conciencia de nada.
Desde aquel día su
ritmo de vida frenético y estresante, más en lo mental que en lo físico, se
había ido apaciguando paulatinamente, como sometido por un yugo que iba
incrementando su peso lenta pero inexorablemente, hasta ser capaz de
inmovilizar cualquier tentativa de agitación o de cambio. Carlos intuía, casi
como un observador imparcial y ajeno a su propia existencia, que una nueva
etapa de sedentarismo y desazón arrancaba, y que todo lo vivido hasta la fecha
no contaba en absoluto, porque lo que había de llegar en nada se parecía a todo
lo anterior.
Y así entretenía su mente, intentando que el
tiempo transcurriera veloz, en busca de no sabía exactamente qué.
Era también
curioso, a la exacta hora del accidente Carlos había tenido entre sus manos un
retrato de su mujer (Alicia) que estaba sobre la mesa de su despacho, y tras
algunos segundos mirándolo había notado una punzada en los ojos, como cuando
arranca una jaqueca. Luego había dejado de sentir… III
Esteban (su padre)
le miraba con tranquilidad, desde una situación de paz y sosiego que sólo
conceden la experiencia y una fe férrea e inquebrantable. Aunque también muy
afectado, sabía que el mundo nunca dejaba de girar para los que seguían sobre
él.
–Carlos… hijo… sólo tienes que dejar pasar el
tiempo, el tiempo es la única medicina para situaciones tan terribles…
Él se miró las
manos. Estaban cubiertas de barro y con algunas briznas de césped. Aquella
tierra, adherida a sus manos con fuerza gracias a una pequeña humedad, le daba
una perspectiva diferente de su existencia breve, aunque no tan breve como la
de su pequeña hija.
–No lo sé papá, no
lo sé…
–Ahora todo te parece muy difícil, y eso es
normal. Cuando tu madre nos dejó yo tuve las mismas sensaciones.
–No… Yo también he perdido a Laura. Tú nunca
has perdido a un hijo.
Su padre se
incorporó y dirigió la mirada hacia el horizonte. El sol ya era como una media
naranja casi difusa, que estaba siendo engullida por algún gigante sin
escrúpulos. Debía controlar sus impulsos, no entrar en competición con su hijo,
refrenar el dolor que aquel último comentario le había infringido. Debía evitar
toda erosión, manejar la situación y ayudar a su hijo, que ahora mismo no era
capaz de discernir con claridad.
–Es una lástima que
no creas en Dios… De todos modos yo rezaré por ti, y pediré que toda la
Comunidad lo haga también. Todos están preocupados.
–Sabes que a mi manera… os estoy agradecido…
–Lo sé, hijo, lo sé.
Al principio,
cuando era muy niño, Carlos había sido un buen cristiano, e incluso durante dos
años había ayudado en la iglesia del barrio como monaguillo. Luego habían
comenzado las dudas, y las largas noches mirando por la ventana hacia el cielo,
hacia aquel infinito en el que su pequeño sólo encontraba preguntas y
prácticamente ninguna respuesta.
–Deberías viajar.
Recuerdo que cuando tu madre nos dejó para ir al cielo hicimos un largo viaje
por el Norte. ¿Te acuerdas?
–Claro que sí.
–Y los dos tuvimos la oportunidad de volver a
sonreír y de mirar hacia delante…
Esteban se acercó
hasta él y le acarició el cabello, revuelto y descuidado. En la yema de sus
dedos sintió el mismo calor que cuando hacía ese mismo gesto muchos años atrás,
cuando Carlos sólo era un chiquillo. Entonces aquel ademán bastaba para
sosegarlo, o para darle ánimos suficientes. Ahora todo era distinto.
IV
Tenía las manos
apoyadas sobre la mesa. Llevaba en esa posición más de una hora, casi estático.
La mirada perdida, la boca semiabierta. Los papeles se habían ido acumulando en
un rincón, y de vez en cuando los observaba con aire aburrido, como si aquellos
folios atiborrados de información nada tuvieran que ver con él. Porque en
realidad así era, y todos los vínculos que lo habían mantenido unido a aquel
despacho se habían disuelto con una rapidez increíble, como si en realidad
nunca hubieran tenido la mínima consistencia.
«¿Quién soy yo? »
La sensación de
pérdida era tan acentuada que en ocasiones se miraba a sí mismo en el espejo y
apenas se reconocía. Alguna arruga o una marca infantil le devolvían un rostro,
el suyo, que ya parecía el de otro, y que de hecho en modo alguno recordaba al del
pasado más inmediato. Sus ojos se habían vuelto tristes, y todos sus gestos,
antaño decididos y contundentes, eran ahora dubitativos y carentes de la mínima
autoridad. Observado desde una cierta distancia uno podía llegar a pensar que
aquello (aquel cuerpo) era una marioneta olvidada, o movida ya apenas por un
hilo solitario y casi inútil.
–Carlos… ¡Carlos!
Puedes irte a casa… Es más, vete a casa, por favor, es mejor. No tienes por qué
venir hasta que no te encuentres bien del todo.
–No, no… prefiero estar aquí…
–Lo que tú quieras. Sabes que nos tienes para
lo que necesites.
–Sí…
–No queremos forzarte a estar aquí… No en esta
situación. No queremos que te veas obligado…
–Me gusta estar aquí. No encuentro otro lugar
mejor en el que estar ahora.
Luis se quedó en silencio unos segundos,
observando a su compañero con cierta lástima. En realidad, no sabía ni qué
hacer ni de qué manera ayudarle.
–Perdona, Carlos.
Puedes hacer lo que quieras, en serio. Soy un estúpido. Puedes venir cuando
quieras y salir cuando te plazca…
–Gracias, Luis. Sabes que te lo agradezco, que
os lo agradezco a todos. Dentro de unos días estaré mejor. En casa me puedo
volver loco.
Carlos cerró los
ojos. Escuchó con atención y oyó el teclear de su secretaria, un ruido suave y
monótono. Se sintió desfallecer. Todo era tan absurdo. Su vida había sido
absurda ya desde hacía tiempo, pero ahora cobraba unos tintes casi ridículos,
casi esperpénticos.
Abrió los ojos. Miró por la puerta abierta de
su despacho, a través de la cual podía contemplar el largo pasillo que llegaba
hasta los ascensores, con innumerables puertas a cada lado, puertas que daban
paso a otros despachos, a otras vidas… Una chica de administración se reía a lo
lejos, mudamente, ajena a su universo, cerca de la máquina del agua.
«De qué se puede reír la gente…» V
El coche bajaba con
facilidad, casi ni había que apretar el acelerador en ningún momento. El monte
estaba hermoso, verde, radiante. El día era brillante, con un sol que esparcía
su luz de forma generosa. Carlos pensaba en ellas. Al fin, no había sido una
buena idea. De todas formas llevaba demasiado tiempo encerrado en casa, y de
algún modo tenía que despejarse. Parecía como si las montañas le hubieran
estado llamando desde hacía tiempo, como si no hubiera sido decisión suya el
verse arrastrado hacia allí.
«Es bueno no conocer el lugar exacto».
En cada curva una
especie de vértigo le animaba a pisar a fondo, sobre todo en los recodos más
peligrosos, en los lugares que se abrían a barrancos y terraplenes. Era como
una invitación constante.
«Despacio, Carlos, tranquilo».
Entonces llegó una
recta, que terminaba en un ángulo de noventa grados. Y aceleró. El vehículo
tomó velocidad enseguida. Carlos tuvo la idea al instante, y justo antes de
abalanzarse sobre la curva frenó… y el coche se detuvo en seco.
«¡Mierda! ».
Aquel día el asfalto cumplía con su misión de
rozamiento, de ayuda a la frenada. Y Carlos rompió a llorar sobre el volante.
VI
Lo despertó una especie de zumbido, un ruido
molesto y extraño que no cesaba y que había terminado por desvelarle.
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
No entendía nada.
Entonces pensó en la radio-despertador que tenía sobre su mesilla de noche,
seguramente se la había dejado encendida y había perdido la sintonía en algún
momento.
No sin dificultad se incorporó y encendió la
luz. Y el sonido dejó de existir al instante.
«¡Qué diablos…!».
Inspeccionó el
aparato, pero el interruptor estaba en la posición de apagado. No quiso darle
mayor importancia y, aunque con dificultad, volvió a conciliar el sueño.
VII
Esperó a que todos
los niños se hubieran marchado, sonrientes y traviesos. Con toda una vida por
delante. Sus madres los arrastraban hacia la seguridad de sus casas y la
algarabía inicial se iba apagando lentamente. Carlos pudo recordar sus días de
colegio y una melancolía desbordada le invadió por unos instantes.
«Qué bueno hubiera sido detener el tiempo
entonces».
Delante de la
puerta de entrada parecía un niño al que sus padres hubieran olvidado, un niño
que dudara ante el futuro, desconcertado y poco preparado para la ocasión. Sus
ojos atrapaban cada detalle y en cada detalle encontraban un vínculo con su
remota infancia.
Fue directo y sin
preguntar hacia el segundo piso, donde se encontraban las aulas de primaria.
Recordaba el camino de una sola vez que había acompañado a Laura, a principio
de curso. Aunque luego le había pedido muchas veces que lo hiciera, nunca
encontró el tiempo, nunca hizo el esfuerzo que su hija se merecía, y ahora era
demasiado tarde. La profesora le aguardaba con el rostro tranquilo.
–Buenas tardes…
Le tendió la mano
en un ademán cálido y sincero, y a Carlos le inspiró una inmediata confianza.
Aquella mujer era la clase de maestra que cualquier padre puede desear para sus
hijos, con una expresión serena y afable.
–Muchas gracias por
atenderme.
–Por favor, es lo menos que puedo hacer…
–Es todo tan complicado ahora…
–He preparado la carpeta con los trabajos y
dibujos de Laura. Era una niña muy inquieta y muy trabajadora…
Carlos se sintió
culpable: apenas conocía a su hija, pese a haber compartido los nueve escasos
años de su vida. Casi cualquier comentario por parte de ella lo hubiera
aceptado como válido.
–Me imagino que sí – afirmó, con una sonrisa
forzada.
La mujer lo miró
extrañada, pero habituada al mismo tiempo. No era el primer padre, ni muchísimo
menos, que no tenía la menor idea de lo que sus hijos hacían o dejaban de hacer
en horario lectivo.
–Le importa que le haga algunas preguntas…
–En absoluto, entiendo que quiera hablar…
–Es absurdo, pero…
–Por favor, pregúnteme lo que quiera.
Carlos recogió en
sus manos aquella carpeta de colores vivos y extrajo unos cuantos folios. Había
un montón de cálculos: divisiones y multiplicaciones sencillas. También
redacciones y algún examen corregido con excelentes calificaciones.
–Era una niña
inteligente, ¿verdad?
–Muy inteligente, se lo puedo garantizar. La
voy a echar mucho de menos. Era muy charlatana, también, pero con unas ansias
tremendas de saber.
Él fue repasando
los trabajos, deteniéndose de vez en cuando en alguno para analizarlo, y
esbozando sonrisas a medias con frecuencia. Pero de súbito un dibujo atrajo su
atención, y la sangre se le paralizó.
–Perdone… Qué… ¿qué significa esto?
La profesora
recogió el papel que le tendía y lo observó con relativa calma. Era una especie
de escena horrorosa en la que alguien estaba siendo amordazado y torturado por
un grupo de personas. Los trazos eran gruesos e imprecisos, pero se adivinaba
el horror en el mártir y la ira en los torturadores. Además, un intenso color
rojo en abundancia daba a la escena un aspecto pavoroso y macabramente
encendido.
–Bueno, ya sabe,
esos dibujos raros que solía hacer de vez en cuando.
– ¿Estos dibujos?
–Veo que no conocía este aspecto de Laura…
Aquellas palabras, pronunciadas con pausa y
sin titubeos, casi le asustaron aún más que el propio dibujo.
– ¿Qué quiere
decir?
–Su hija acostumbraba a realizar esta serie de
pinturas. Su mujer estaba al tanto, y le tenían muy preocupada.
–Yo… yo no tenía ni idea…
–Hasta tal punto, que Laura estaba en
tratamiento con la psicóloga del Centro. Un viernes al mes tenían una sesión…
–Pero… ¿desde cuándo sucedía esto?
–Prácticamente desde principios de curso. Lo
cierto es que Laura era una niña completamente normal en todos los aspectos.
Quizá con una inteligencia especial. Esto era lo único que rompía esa
normalidad. Discúlpeme, creía que usted estaba al tanto.
–Y dice que mi mujer lo sabía…
–Se lo aseguro. Si quiere puede venir una
tarde y hablar con la sicóloga. Ella suele estar los lunes y los viernes, de
cinco a siete.
Carlos salió casi
tambaleándose del colegio, aferrado a la carpeta de su hija. Aferrado con un
devastador sentimiento de culpa y distancia a la carpeta de una niña a la que
no conocía, ni se había molestado en conocer. VIII
Esteban tiraba piedras con fuerza sobre el
estanque. Pese a la edad, aún conservaba una salud envidiable y un estado de
forma magnífico.
–De niño te
encantaba hacer esto conmigo. Una vez conseguiste siete rebotes, y fue un
récord que yo todavía no he logrado batir. Luego dejó de interesarte.
Carlos miraba a su
padre, sentado en una piedra grande y lisa. A ambos les gustaba aquel lugar
solitario al que sólo los domingos iban algunos excursionistas.
–Papá, no conocía a mi hija. Laura ha muerto y
nunca he sabido nada de ella.
Esteban lo miró preocupado e hizo un gesto de
negación con la cabeza. Tiró una última piedra y se acercó hasta su hijo.
–Ningún padre llega
a conocer a sus hijos…
–No me entiendes. Ayer estuve con su profesora
y me mostró unos dibujos terribles. En casi todos se puede ver a gente que es
martirizada por otra gente.
Su padre guardó un respetuoso silencio, antes
de hablar:
–No sé qué decirte.
–Por la noche estuve leyendo. Es muy habitual
este tipo de dibujos en niños que han pasado por una situación traumática.
–Pero Laura no…
–Lo sé, lo sé. Pero quizá vio un accidente de
tráfico un día camino del colegio, o en la televisión. Seguro que fue eso,
alguna imagen espantosa en la televisión que la dejó obsesionada.
–Puede ser. Yo ya casi no veo las noticias.
Sólo consiguen dejarme en un estado de nervios que me impide dormir.
Carlos sostuvo la mano de su padre con fuerza,
como cuando era un niño indefenso, necesitado de la fortaleza del progenitor.
–Lo terrible es que
nunca me dijo nada, y que yo nunca me di cuenta de nada, embutido en mi trabajo
y en mis cosas. Y lo peor también es que Alicia era conocedora de la situación
y tampoco me informó del asunto.
–No querría preocuparte en balde, no le daría
la misma importancia que tú le estás dando ahora.
Cabizbajo, Carlos añadió, con los ojos fijos
en la orilla del estanque:
–O me veía tan
alejado que pensaba que de qué iba a servir decirme nada… Qué podía aportar yo,
desde la distancia y el desconocimiento.
–No seas cruel contigo mismo. Esta sociedad de
hoy en día no está montada para que los padres disfruten de sus hijos.
Sencillamente, hijo, eres uno más.
Carlos se incorporó y se acercó al estanque.
Tomó entre sus manos una piedra lisa y plana, y la lanzó con fuerza.
–Cuatro rebotes papá. Vamos a ver quién gana.
IX
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
Carlos se revolvió en la cama, todavía
aturdido por el sueño profundo en el que estaba sumergido.
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
Se incorporó de un brinco.
«Mierda, qué narices pasa con este
despertador».
Lo inspeccionó
pero, como en la anterior ocasión, estaba en posición de radio apagada. Decidió
quedarse un buen rato con la luz encendida, observando el pequeño aparato que
tenía sobre la mesilla de noche.
«Esto es increíble».
Pudo ver cómo
pasaban los minutos. Cuando habían transcurrido treinta, y el reloj digital ya
marcaba las tres y cuarto de la mañana, optó por apagar la luz y volver a
intentar dormir. No habían transcurrido ni cuarenta segundos cuando irritado
pudo escuchar:
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz… X
Aquel día recogió
todas sus cosas. Lo hizo lenta y pausadamente, como si cada gesto y cada objeto
requiriesen de una atención extraordinaria. Luis, el presidente de la agencia,
lo observaba con atención y con un gesto de sincera tristeza.
– ¿Qué vas a hacer
ahora?
–No lo sé, de verdad, no lo sé.
–Te puedo ofrecer cosas pequeñas, para que no
te aburras en casa. Te las pagaría bien…
Carlos hizo un ademán de rechazo con las
manos.
–Luis, ya has hecho
mucho por mí. Ya estás haciendo mucho.
–No lo sé. Fui yo el que te insistió en que
dejaras el trabajo por una temporada. Quizá ahora me estoy arrepintiendo.
Reconozco que en una parte soy egoísta, pero por otro lado es que no estoy
seguro de que te convenga en este momento no hacer nada.
–Algo haré. De momento quiero saber quién era
mi hija, qué le interesaba, qué amigos tenía. De repente, cuando ya nada tiene
remedio, parece que voy a empezar a comportarme como un verdadero padre.
Luis se acercó
hasta él y lo abrazó sin rubor. Era la primera vez que lo hacía. No lo había
hecho ni cuando acababan de ganar una gran cuenta para la agencia.
–Este lugar no será
lo mismo sin ti. Tienes las puertas abiertas para siempre, ya lo sabes.
–Gracias.
Luis lo dejó a solas con sus cosas y se alejó
discretamente, conteniendo una emoción que él solía tener muy controlada.
–Gracias –repitió Carlos en voz alta, aunque
ya no había nadie que le escuchara.
Continuó hurgando
en los cajones y en los estantes, seleccionando qué artículos se llevaría a
casa y cuáles otros irían a parar al cubo de la basura. Ocho años daban para
acumular muchos kilos de basura, muchos kilos de recuerdos y de papeles
inútiles. Más inútiles ahora que nunca.
«Seré idiota». En
una hoja había apuntados asuntos que tenía pendientes, la fecha era la misma en
la que su mujer y su hija habían fallecido. Algunos estaban resaltados en rojo
y al lado los había enfatizado con un par de exclamaciones.
«Llamar a Sánchez… Visitar la Feria del
Merchandising… ¡Menudo idiota, un idiota de verdad! ».
Aquella lista con
doce o trece temas era ahora totalmente prescindible, absurda, ridícula una vez
más. Con gusto hubiera echado el tiempo atrás y los hubiera modificado por
otros: Estar más con Laura, salir a cenar con Alicia, ir al acuario el próximo
fin de semana…
XI
Todo en el salón
estaba quieto, inmóvil, como paralizado. Carlos tenía los ojos clavados en un
trozo de pared en el que no había cuadros ni estantes ni nada en absoluto. Sólo
un trozo de pared blanca y lisa, desnuda y limpia. Necesitaba concentrarse con suma
atención en aquel pedazo de pureza, en aquel espacio vacío y sin enturbiar. Así
podía mantener su mente también en blanco, como la pared. Sólo el equipo de
música emitía una débil melodía, una y otra vez: el Tannhäuser de Wagner. Cerca
del sillón en el que estaba clavado, un papel tirado sobre la alfombra, con
algunas palabras escritas: «Este regalo especial para mi papi, al que quiero y
necesito mucho, mucho, mucho. Laura Miranda». XII
Aquella mujer,
Marta, lo miraba con una intensidad poco habitual. Carlos se conformó
imaginando que en realidad todos los sicólogos tienen un algo de escrutador
profundo en los ojos.
Ya sé que no estaba al corriente de nada. No
tiene por qué preocuparse.
–Muchas gracias. No le negaré que me siento
algo incómodo.
Marta hizo un ademán de comprensión con todo
su cuerpo.
–Piensa que le voy
a reprochar algo, que estoy pensando que ha sido un mal padre, ¿verdad?
–Sí.
–Pues aparte esos pensamientos de su cabeza.
Nada más alejado de la realidad. Es usted un padre de hoy en día, nada más.
Cada vez estoy más acostumbrada a que ni siquiera sean los padres los que
vengan a verme, sino sus cuidadores. Así están las cosas.
Por un lado Carlos
estaba cohibido por la seguridad con la que aquella mujer le hablaba, y por
otro se sentía peculiarmente reconfortado conversando con ella.
– ¿Qué le pasaba a
Laura?
–Todavía no lo sé. Su hija era muy inteligente
y se comportaba de un modo normal. Sólo tenía esa manía de hacer dibujos
terribles. Le pregunté muchas veces acerca de ellos y casi nunca me dio una
respuesta. Solía salirse con evasivas.
–Y mi mujer…
–Su mujer esperaba afuera la mayoría de las
ocasiones. Sólo dos veces las tuve juntas: la primera visita y la última
– ¿Y eso?
–Bueno… Creo que su mujer estuvo muy
preocupada al principio… y también lo estuvo… al final…
Carlos guardó silencio por algunos segundos,
tratando de madurar en su interior aquellas palabras.
–No tendrá usted
idea de si hubo algo en los últimos días…
–Mire… es que no me gustaría exagerar nada, ni
que pensase que yo, pues…
–Por favor, confío en su palabra.
–Su mujer me dijo que temía que Laura pudiera
hacerles daño a usted o a ella misma. Su mujer estaba empezando a pensar en
internar a Laura en un centro psiquiátrico.
Él negó con la
cabeza y se estiró en la silla, como deseando desprenderse de toda la piel, que
le pesaba enormemente, como su cabeza, como su cerebro, como todas las ideas
que bullían dentro de él.
–No me dijo nunca
nada. No compartió conmigo aquellas inquietudes.
–Quizá lo iba a hacer en breve.
–Y además… mi hija era una niña… tan
encantadora. Estaba poco con ella, eso es seguro, pero… No es posible, no es
posible…
–Ya le he dicho que, salvo excepciones, Laura
era una niña como cualquier otra.
–Antes me ha dicho que “casi nunca” le dio
respuesta para aquellos dibujos… ¿Es que alguna vez sí lo hizo?
Marta desvió por primera vez la mirada, se
levantó y se dirigió a la ventana de su despacho, en la primera planta del
centro escolar.
–Mire, creo que
sería mejor dejar esta conversación para otro día. Yo soy psicóloga
especializada en niños, pero también atiendo a adultos por las mañanas, en mi
consulta privada.
Carlos apretó las manos, tratando de
contenerse, sabiendo que aquella mujer tenía razón en lo que hablaba.
–Mire…
–No entiende que está soportando una gran
tensión emocional y que cualquier cosa puede llegar a… desequilibrarle.
Él se incorporó y se dirigió también hacia la
ventana. Afuera algunos niños jugaban al fútbol en el patio.
–Le prometo que iré
a su consulta, seguro que necesito ayuda para superar esta situación. Pero por
favor no deje que mi imaginación se martirice con más dudas de las que ya
tengo.
Ella se volvió
hacia él y lo miró a los ojos con expresión preocupada y sincera. Era la
expresión de alguien que comienza a sentir una gran empatía con su
interlocutor.
–Carlos –comenzó
hablando muy despacio–, la mayoría de las veces las cosas no son lo que
parecen.
–Lo sé. Estoy convencido.
Él se asió a la
manecilla de la ventana con fuerza, aguardando una verdad que desconocía, pero
a la que temía como a la peor de las pesadillas que hubiera tenido nunca.
–Laura me dijo que
en aquellos dibujos estaba plasmando su futuro. Que ella era la persona a la
que todos esos seres terribles estaban martirizando. XIII
Su padre lo
observaba consternado, y pese a su talante siempre ágil y positivo, le costaba
encontrar las palabras adecuadas. Pese a que ya había pasado por experiencia
dramáticas a lo largo de su vida, no se sentía preparado para afrontar aquella
situación.
–Es terrible…
–Papá, lo terrible no es ya que no conociese a
Laura, es que además mi hija sufría enormemente y yo estaba a su lado sin darme
ni cuenta.
–Yo tampoco he llegado a conocerte a ti
todavía…
–Pero es diferente, ella me necesitaba. Quizá
tú no me hayas comprendido algunas veces, pero siempre te he tenido a mi lado
cuando ha hecho falta.
Esteban cogió un
pedazo de tierra húmeda y lo apretó con todas sus fuerzas. Aquella tierra le
daba seguridad, la presión que ejercían sus dedos exprimiéndola también.
Llevaba ya muchos años en aquel lugar apartado del mundo civilizado, aunque no
muy lejos del mismo. La soledad y el silencio habían sido el refugio en el que
los recuerdos no podían alcanzarle y morderle con sus fauces implacables. Miró
el cielo, despejado y casi sin nubes, intentando encontrar las palabras
adecuadas.
–Y qué ahora. ¿Qué
quieres hacer exactamente?
–Saber, saber la verdad.
– ¿Qué verdad, Carlos?
–No sé. Quiero saber el porqué de esos
dibujos, quiero conocer más a mi hija, quiero no sentirme culpable por todo…
Carlos miró a su padre con un deje de súplica
en los ojos.
–No eres culpable
de nada, absolutamente de nada, espero que no tardes mucho en entender eso.
–Papá, eso es muy fácil de decir.
–No. ¿Qué pretendes? No se puede echar el
tiempo hacia atrás, y nada de lo que hagas o inicies ahora con respecto a Laura
va a cambiar lo que ya ha sucedido.
–Al menos puede cambiar mi forma de ver el
mundo, y también puede ayudarme a levantarme cada día.
Esteban comprendió
que su lucha iba a requerir de muchos esfuerzos y de un contacto constante con
su hijo. Lo veía al borde de un precipicio y tenía que encontrar la manera de
evitar que cayera en él.
–Carlos, vas a tener que elegir. O te embarcas
en la búsqueda de la verdad acerca de Laura, o lo dejas correr y paras ya toda
esta historia.
– ¿Y tú qué me aconsejas?
Su padre apretó los dientes antes de
responder:
–Abandona… No vas a
ganar nada en absoluto, Laura ya está muerta, está en manos de Dios. Si no lo
haces, me temo que acabarás perdiendo el juicio.
XIV
Aquella madre regresó con una taza de té y se
acomodó en el sofá tras ofrecérsela.
–Lamento muchísimo
lo de su hija, ella solía venir con frecuencia a casa. Era una niña muy
despierta y tan llena de vida. Su mujer también pasó alguna tarde conmigo y era
encantadora.
–Muchas gracias –dijo Carlos, tomando la taza
de té y acercándosela a los labios.
–María está a punto de llegar, la trae su
padre de las clases de piano.
–Perdone que haya venido sin avisar. Estoy
visitando a las mejores amigas de Laura, a sus compañeras de colegio. Seguro
que le extrañará, pero ahora que la he perdido para siempre, me he decidido a
conocer a mi hija.
La mujer forzó una sonrisa de comprensión,
aunque no pudo disimular un cierto desconcierto.
–Lo… entiendo…
–Es muy duro no haberla conocido, y está
siendo muy reconfortante para mí el hacerlo ahora –mintió.
La cerradura de la puerta de entrada sonó y de
inmediato entraron al salón María seguida de su padre, un hombre alto y de
gesto contenido.
–Hola, mami.
–Hola, hija. ¿Cómo ha ido?
–Bien… que te lo cuente papá, hoy he tocado
mejor que nunca.
–Es cierto –reafirmó el padre, mirando de
reojo al desconocido.
–Mirad, este es el padre de Laura, que ha
venido a vernos. Quiere que tú le cuentes algunas cosas de tu amiga.
La niña miró a Carlos con desconfianza.
–Vale… ¡me voy a mi cuarto!
María salió
disparada por un pasillo, y ya sólo se oyeron sus pasos alejándose y un breve
canturreo. El padre de la niña aprovechó la ocasión para tenderle la mano a
Carlos.
–Hola, soy Julián.
Lamento lo de su mujer y su hija, nos enteramos en el colegio.
–Muchas gracias. Perdonen las molestias, sólo
serán unos minutos, espero que entiendan…
–No, no pasa nada, es natural –replicó Julián,
aunque poco convencido de sus propias palabras.
–Ahora mismo llamo a María, es tarde y no
querrá… –añadió la madre.
Carlos hizo un gesto rápido con la mano para
interrumpirla:
–Si no les importa…
y aunque sé que estoy abusando de su confianza, me gustaría hablar con su hija
a solas. No será igual de sincera si están ustedes dos delante.
Los padres se
miraron incrédulos, sin saber a ciencia cierta qué responder a aquel hombre al
que no conocían, pero por el que sentían una sincera compasión.
–De acuerdo, la
habitación de la niña está al final de ese pasillo. Pero por favor, no se
extienda.
–Muchas gracias, serán no más de diez minutos.
Carlos recorrió el
pasillo caminando despacio. La habitación de la niña tenía la puerta abierta y
ella jugaba con una par de muñecas estirada sobre la cama. Era una habitación
como la de cualquier otra niña de su edad, era una habitación como la de Laura.
–Hola María, sólo
quiero hablar contigo unos minutos.
–Yo me acuerdo de ti. Un día llevaste a Laura
al colegio en un coche muy bonito, ¿verdad?
–Sí, sí, es cierto. Qué buena memoria tienes
–respondió Carlos, satisfecho de haber encontrado un nexo común que pudiera
generar confianza entre ambos.
–Laura era muy amiga mía. Nos sentábamos
juntas en el colegio.
Aquella niña le
hablaba con naturalidad. Carlos recordó lo estúpidos que somos los adultos,
siempre empeñados en tratar a los niños con un aire de suficiencia absurdo.
–Lo sé, me lo ha
contado tu profesora. María, no quiero entretenerte. Ahora Laura ya no está y
necesito saber algunas cosas de ella muy importantes. Seguro que compartía
secretos contigo, secretos que sólo tú y ella sabíais…
La niña se incorporó y dejó de mirarle a la
cara.
–No se cuentan los
secretos…
–Lo sé, pero Laura se ha ido y esos secretos
pueden ayudarme a mí ahora. No te estoy pidiendo que se los cuentes a todo el
mundo, te estoy pidiendo que me los cuentes a mí, que soy su padre.
María volvió a encararlo, con un gesto de
preocupación. Con sus manos enredaba la colcha de la cama.
–Pero es que…
seguro que no me vas a creer. Ella y yo teníamos un secreto muy secreto y
prometimos no contarlo nunca. Laura me hizo prometer que no lo contaría nunca.
–No te preocupes. Te voy a creer. Y además,
Laura no se enfadaría porque me contaras ese secreto a mí.
–Pero por favor no lo cuentes a nadie. Y sobre
todo, no le digas nada a mis padres.
–Lo prometo.
–Laura tenía mucho miedo, muchas veces estaba
de verdad muy asustada. Lo ocultaba, no se lo decía a nadie. Sólo yo sabía qué
le pasaba. Pensaba que si se lo decía a la gente la llevarían a un hospital de
locos.
Carlos volvió a sentir una vez más que un
precipicio se abría ante sus pies y una vez más no encontró otro camino que dar
un paso adelante.
–Y… ¿a qué le tenía
miedo?
–Laura me decía que tenía muchas pesadillas. A
veces se despertaba y entonces escuchaba unas voces de unos hombres que daban
mucho miedo.
– ¿Y qué le decían?
–Laura, vamos a venir a por ti y te vamos a
llevar al infierno con nosotros. XV
Había decidido
pasar la tarde en aquel parque tranquilo. Había elegido el banco más alejado
del bullicio, aunque podía observar desde la distancia cómo los niños
disfrutaban de los columpios, del tobogán y de un pequeño castillo de madera.
Las risas llegaban hasta sus oídos apagadas, absorbidas en parte por los
cipreses, por los pinos y por el aire que se abría hacia el cielo. Una pelota
de goma se escapó y fue a parar a sus pies. Una niña fue a buscarla y llegó
hasta donde él se encontraba.
–Señor, ¿puede
darme la pelota?
–Claro –respondió Carlos, lazándosela.
–Señor… parece usted muy triste…
Y la niña se alejó
rápidamente con la pelota entre sus brazos. Y Carlos quedó sumido en una
soledad más inmensa todavía, y ya no escuchó nada más en toda la tarde.
XVI
Aquella noche a Carlos le había costado
dormirse más que de costumbre, como si su ánimo ya presagiara el sueño que iba
a tener a continuación:
“Alicia conducía su
coche y Laura iba sentada detrás. Las dos conversaban relajadas. El vehículo
descendía tranquilamente entre árboles, por una carretera estrecha que de vez
en cuando se abría en alguna curva, dejando unas maravillosas vistas.
–Laura, no te
quites el cinturón.
–Mamá, es que me molesta mucho.
–Pues si te molesta te aguantas.
–Es que no puedo jugar.
Alicia observaba a
su hija de reojo por el retrovisor. La niña tenía algunos animales de plástico
sobre el asiento trasero y trasteaba con ellos, haciendo sus voces.
–Ponte los animales
sobre las piernas y de ese modo podrás jugar sin necesidad de girarte.
–Vale… –dijo Laura, con desgana.
Había llovido por
la mañana y el cielo se había quedado de un gris suave que concedía una belleza
aún mayor al verde de los árboles y las plantas. Alicia se sentía relajada,
contenta de haber pasado aquella mañana de lunes en compañía de su hija,
paseando por el monte.
– ¿Te lo has pasado
bien?
–Sí, muy bien.
– ¿Qué es lo que más te ha gustado?
– ¡Cuándo ha empezado a llover y nos hemos
metido en esa cueva tan pequeña las dos apretadas!
Alicia sonrió. Había sido muy divertido. Si no
hubiera sido por aquella pequeña cueva, se hubieran calado hasta los huesos.
– ¿Tienes ganas de
ver a papá?
–Muchas, muchas, muchas.
–Yo también.
Aunque iba
despacio, tenía que llevar cuidado al conducir, porque el firme no estaba
seguro. El agua caída, después de casi un mes sin llover, había dejado el
asfalto muy resbaladizo. Recordaba que lo mejor en estos casos era no acelerar,
no frenar con brusquedad y jugar mucho con el embrague.
–Mamá, estoy empezando a sentirme mal.
Alicia volvió a mirar a su hija por el
retrovisor. La niña tenía cara de angustia y se revolvía en su asiento.
– ¿Quieres vomitar?
–No lo sé, es como un dolor muy raro.
La madre tuvo un extraño presentimiento y
quiso concentrarse en la carretera, al mismo tiempo que trataba de calmar a la
niña.
–Si prefieres
paramos, o te bajo la ventana para que te dé el aire y te sientas mejor.
–Creo que… creo que ya sé lo que me pasa…
–No, por favor. No empieces Laura.
Alicia trataba de tener un ojo en la carretera
y otro en su hija. La niña apretaba los dientes, como intentando acallarse. Y
de repente comenzó a gritar:
– ¡Mamá, mamá, me duele mucho!
Laura se retorcía
ahora con una violencia inexplicable en la parte de atrás del coche, y seguía
gritando, cada vez con una voz más grave, cada vez con una voz más alejada de
la suya propia.
– ¡Mamá, sálvame, ya vienen a por mí! ¡Mamá,
mamá!
Alicia trataba de
controlar sus nervios, pero sin querer aceleró el vehículo. Cuando volvió a
levantar la vista para mirar a su hija por el retrovisor pudo ver la imagen más
terrible que jamás hubieran contemplado sus ojos: la niña tenía el rostro
retorcido, en una expresión como de pánico incontrolable, la lengua medio fuera
de la boca, los pómulos hinchados y los ojos, casi desorbitados, completamente
rojos y brillantes. Aterrorizada y ya sin control sobre sí misma ni sobre sus
actos, Alicia se dio cuenta de que se aproximaban a una curva a gran velocidad
y pisó el freno con fuerza. Luego gritó, gritó con todo el aire que le
permitían sus pulmones”.
Carlos se despertó,
sudoroso, y gritó con todas sus fuerzas, gritó como su mujer lo había hecho en
el sueño. Y siguió gritando durante cerca de una hora, hasta que cayó exhausto
sobre la cama.
XVII
El edificio estaba
en el centro de la ciudad, en un lugar de fácil acceso y muy bien situado.
Habían quedado al mediodía, y a esas horas el bullicio era constante y
agobiante. Pese a todo, a Carlos le agradó sentirse rodeado de gente, como si
todo aquel calor humano sirviera de algún modo para paliar su situación. Como
si todas aquellas personas, de una forma callada y muda, estuvieran en
solidaridad con él. En la entrada tuvo que saludar al portero:
–Perdone, ¿Marta
Sanchís?
–Eh... Sí, la psicóloga, en la cuarta planta,
la letra C.
–Gracias.
Carlos tomó el
ascensor y pudo descubrir que, aunque bien cuidado, aquel edificio tendría ya
más de 60 años, y el ascensor no menos de 30, lo cual no le confería ninguna
seguridad. Cuando llamó a la puerta del 4º C estaba nervioso como un niño
pequeño que va al médico por primera vez.
–Hola, Carlos, muchas gracias por venir.
–No, no, Marta, muchas gracias a usted por
atenderme.
Se notaba que aquel
apartamento era su vivienda habitual, además del lugar en el que pasaba
consulta. Demasiado bien ordenado y demasiadas puertas cerradas que daban al
salón, en el que había dos cómodos sillones a un lado y una mesa de despacho
con otro sillón al otro.
–Es muy bonito.
–Gracias. ¿Quiere tomar algo?
–No.
–Entonces, sentémonos.
Ambos tomaron
asiento en los sillones encarados, cerca de un gran ventanal que daba al
balcón, lleno de plantas y macetas, seguro una técnica sencilla para relajar a
los pacientes y darles confianza.
–En fin… ¿cómo va todo?
Carlos miró a la psicóloga y se decidió a ir
al grano desde el primer momento, creyendo que lo mejor era la sinceridad.
–Recuerdo que usted
me lo advirtió. Mi padre también me hizo algún cometario al respecto… Creo que
me estoy volviendo loco.
Marta sonrió tratando de disminuir la tensión
que intuía en aquel hombre, claramente desesperado. En realidad, y esto era
algo que le sucedía con frecuencia, tenía unas ganas terribles de disipar sus
dudas y hacerle recuperar la confianza.
–Vamos, vamos. No
será para tanto. Dígame, ¿qué le hace pensar eso?
–No lo sé… Es decir, muchas cosas.
–En qué quedamos…
–Hay una idea que está empezando a rondarme
por la cabeza. Es una idea estúpida, descabellada, lo sé… Pero… De verdad que
cada día le encuentro más lógica.
Marta comenzaba a entender que estaba frente a
un hombre que no sabía si tirar la toalla ante su propia impotencia para
controlar la realidad.
– ¿Y qué idea es
esa?
–Creo que Laura de verdad estaba siendo
acosada… Todos esos dibujos, sus temores, su comportamiento…
–Pero no creerá que… desde el infierno…
–No, no, por favor. Entiéndame, alguien real
que le intentaba hacer algún mal y ella lo transformaba en su cerebro.
Carlos esquivó la mirada de la psicóloga. En
verdad no estaba siendo sincero, porque sabía que ser absolutamente sincero era
un disparate.
–No es
descabellado. ¿Ha pensado en alguien en concreto?
–Mire, Marta… En realidad no he venido a
hablar de mi hija.
–Lo sé.
–Es que, necesito ayuda. Solo no puedo
afrontar esto. Cada día descubro algo nuevo de Laura, es como una pesadilla.
Hace unos días hablé con una compañera suya del colegio…
Marta se acercó a Carlos y le pasó suavemente
la mano por el hombro, tratando de calmarlo.
–Tranquilo, verá cómo juntos lo superamos. No
tenga miedo a hablar conmigo.
Él se sintió
vencer, como alguien asido a un árbol, que lucha por no ser arrastrado por una
riada, pero que al final decide soltarse, agotado. Y rompió a llorar.
–Antesdeayer tuve una pesadilla terrible. Por
eso la llamé ayer, porque tenía la certeza de que solo iba a ser incapaz de
afrontar esto que me está sucediendo.
–No está solo. Apóyese en la gente que le
quiere y venga a hablar conmigo cada vez que desee.
–Sólo me queda mi padre. He vivido
prácticamente para mi trabajo, sin apenas contacto con nadie, casi ni para mi
propia familia.
–Hábleme de esa pesadilla, debe de sacarla
fuera, debe de compartir su sufrimiento.
A Carlos le gustaba
mirar de vez en cuando hacia el ventanal, hacia las plantas que en él había, y
hacia el cielo. De alguna forma, era como recobrar las fuerzas, como llenarse
de alguna leve esperanza. Además, Marta conseguía darle tranquilidad.
–Soñé que el día
del accidente mi hija era llevada al infierno. Soñé que se transformaba en un
ser espantoso, y que por eso mi mujer tuvo el accidente. Mi hija gritaba
pidiendo auxilio, pero en cada grito su voz se iba haciendo más extraña,
diferente a la suya, parecida a la de un ser abominable…
Marta no pudo
evitar fijar en su rostro una expresión de asombro, casi de miedo. Era un miedo
a sucumbir también ella en una red demasiado pegajosa, demasiado peligrosa. Era
el miedo a que su mente no pudiera controlar todo lo que estaba sucediendo,
porque las cosas comenzaran a encajar, o en su cabeza encajasen.
–Ya lo sé, una mala
jugada de los sueños –añadió él, antes de que ella pudiera decir nada.
–No. Quizá no le sirva de ayuda lo que voy a
enseñarle, quizá yo misma esté empezando a entrar en su juego, pero creo que
debe de ver algo. Se lo oculté porque a mí misma me aterró la idea… y lo
achaqué a una mera casualidad… Pero con esto que me ha contado…
–Por favor, dígame de qué se trata…
Ella se levantó, dejándolo a solas unos
segundos. Regresó de una de las habitaciones que daba al salón con una carpeta
de tapas rojas.
–Cuando su hija falleció me traje su
expediente. Pensé que algún día me lo pediría, o querría verlo conmigo.
Marta abrió la
carpeta y buscó entre dibujos y hojas con anotaciones de su puño y letra.
Cuando por fin encontró lo que buscaba, se lo tendió a Carlos diciendo:
–Sé que no es posible, pero parece ser que
entre su hija y usted había más unión de la que en un principio pudiera pensar.
Carlos tomó entre
sus manos temblorosas el papel que aquella mujer le tendía. Era un dibujo de
Laura, lo reconoció al momento. Y al momento también se quedó petrificado. De
una forma sencilla, su hija había dibujado con ceras una espantosa escena: un
vehículo se precipitaba al vacío desde una montaña; en la parte delantera una
mujer que conducía parecía gritar; en la parte trasera, una niña deforme y con
los ojos rojos era arrancada del coche por una especie de espectros negros.
XVIII
Decidió hacer un
pequeño viaje. Se marchó al norte, a un pueblecito cerca del mar. Allí pudo
pasear, allí pudo despejar su mente. Durante tres días pareció recobrar la
razón.
«Todo es un mal sueño. En cualquier momento
despertaré».
No le había contado
nada de los últimos acontecimientos a su padre, no deseaba preocuparlo. En
cualquier caso, no era el momento para darle ninguna clase de disgustos. Aunque
era un hombre fuerte, ya había perdido a su mujer… Y ahora…
Por la mañana salía
a pasear por la playa y, aunque los días eran grises, aquel mar del norte
presentaba un aspecto hermoso y relajante. De algún modo, le recordaba su
infancia, le recordaba el mercurio que se derramaba cuando un termómetro se
rompía.
XIX
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
Lo despertó una vez
más aquel sonido incómodo de la radio. Pero en esta ocasión quiso aguantar un
poco, no encender la luz, no comprobar la posición de encendido o apagado.
Sencillamente quiso asegurarse de que no era una mala pasada de su angustiada
mente.
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
De súbito el sonido
se hizo más intenso, y también variable. Era como cuando uno busca una emisora
en el dial, sin lograr acertar a encontrarla. Y entonces sonó una voz, una voz
que conocía demasiado bien:
– ¡Papá, papá… ayúdame… ESTOY EN EL INFIERNO!
XX
Marta comenzó a
sentirse incómoda en aquella casa. Era como cualquier otra, pero la sugestión
ejercida por lo que Carlos le acababa de contar comenzaba a hacer su efecto.
–Creo que he
contribuido a que su estado empeore. Puede ser que yo no le esté siendo de
ninguna utilidad, más bien al contrario.
–No, por favor. Realmente le necesito. Quiero
saber si estoy loco, quiero saber si me estoy volviendo loco.
–Mire… Carlos, yo no creo en nada de esto. Al
mismo tiempo, usted siempre me ha parecido un hombre cabal y sincero. De lo que
estoy segura es de que no se está inventando nada, que realmente dice lo que
siente.
Carlos se abrazó a sí mismo, como cuando se
tiene frío y nada con lo que cubrirse, salvo el propio cuerpo.
–Lo que me está
queriendo decir con suavidad es que, bajo su criterio, estoy perdiendo el
juicio.
–No… y sí.
–Explíquese –casi suplicó.
–Puede ser que en verdad esté perdiendo la
noción de la realidad, que embutido en el shock traumático, fruto de una
pérdida tan dolorosa, su mente le esté sometiendo a un juego complicado que
nada tiene que ver con lo que en verdad sucede. Pero esta situación puede ser
transitoria… o permanente –sentenció ella, casi en un suspiro de voz.
Carlos notó cómo
sus músculos se aflojaban, cómo la pérdida de control no era solamente sobre lo
que su cerebro maquinaba, sino también sobre todo el resto de su ser.
–Para usted no cabe
la posibilidad de que todo lo que digo sea cierto…
–Sinceramente, no. Hay cosas muy extrañas,
conexiones entre lo que cuenta y hechos de los que en absoluto era conocedor.
Pero para mí sólo son fruto de la casualidad, de una curiosa y traicionera
casualidad que lo puede estar confundiendo.
–¡Casualidad! ¿Acaso casualidad es oír que tu
hija te pide auxilio aterrorizada a través de un aparato de radio? ¿Tiene
hijos? ¿Sabe lo que eso supone?
Ella le miró desconcertada y se quedó en
silencio.
–Marta, lo siento,
lo siento. Estoy perdiendo el control. No le volveré a gritar nunca más.
Discúlpeme.
–No se preocupe, no sé cómo reaccionaría yo en
su lugar. Lo que le está sucediendo es terrible –dijo ella, en un tono
tranquilo y conciliador.
Él volvió a recogerse como un niño, a la
espera de una palabra de aliento, de un gesto de rescate. Marta enseguida captó
el mensaje.
–Carlos, aunque yo
no crea en estas cosas, tengo una amiga parapsicóloga. Estudiamos psicología
juntas, pero ella decidió optar también por alternativas menos… científicas...
perdón… empíricas.
–¿Y ella creerá en lo que le cuente?
Marta se sintió dolida fugazmente por aquel
comentario, aunque comprendió al momento que era casi normal.
–Ella le escuchará de un modo distinto al que
yo lo hago. XXI
Intentaba subir al
monte cada vez que podía. Iba a uno distinto y alejado al que solían ir su
mujer y su hija. El aire fresco de la montaña, el color pardo del suelo, la
humedad del ambiente, el sonido de las ramitas crujiendo bajo sus pasos… todo
contribuía a apaciguar su alterado espíritu. Tenía que reunir fuerzas para
hablar con su padre, hacerle partícipe de aquella situación angustiosa que
estaba viviendo. Por un lado no quería preocuparlo en exceso, pero por otro él
mismo lo necesitaba y su padre no se merecía no conocer la verdad.
«Qué fantástico hubiera sido ir con ellas
aquel día, haber muerto con ellas aquel mismo día».
Al instante apartó
de su mente aquellos pensamientos, y se concentró nuevamente en la forma en la
que iba a encarar a su padre y en cómo luchar para salir de la situación en la
que se encontraba.
XXII
Esteban se quedó
largo rato mirando a su hijo. Trataba de contener su propia emoción, su propio
sentimiento de pánico, su propio desconcierto. No sabía si contarle lo que
sabía, después de haberle estado escuchando, o callarse, guardarse la verdad, y
no contribuir a generar nueva confusión. O no. O quizá aquello que sabía
serviría para sacar a relucir la realidad, aunque esta fuera increíble y
demencial.
–Lo sé papá. Es
terrible que un hijo te cuente esto. Pero te necesito ahora más que nunca.
Ojalá pudiera yo solo…
–Carlos, por favor, sabes que siempre me
tendrás a tu lado. Y yo creo tu versión, yo sé que no me mientes, y yo sé que
no estás loco. Desde que murieron Alicia y Laura están sucediendo demasiadas
cosas extrañas como para que todo sea una casualidad. Sabes que soy un hombre
de fe, y nada de lo que me cuentas la quebranta. Hay cielo como hay infierno.
Por algún motivo, Laura estaba luchando contra el infierno y nosotros no éramos
capaces de verlo.
Carlos observó
incrédulo a su padre. No podía ser. Hablaba con una rotundidad que no admitía
lugar a la duda. Se alegró de haberle contado todo, sin omitir ni una sola
coma. Aún así, no esperaba aquella reacción tan positiva hacia lo que estaba
aconteciendo, hacia lo que le estaba aconteciendo.
–Papá…
Esteban le acalló con un gesto de su mano.
–Escúchame. Hay
algo que no te había contado, algo a lo que resté importancia en su momento.
Como ves, las cosas cambian su sentido según el contexto y ahora estamos atando
cabos continuamente.
–Perdona, pero no te entiendo en absoluto.
– ¿Recuerdas que no quisiste reconocer los
cuerpos? ¿Recuerdas que tuve que ir yo? ¿Que se hizo una autopsia a ambas?
–Sí, lo sé –dijo Carlos, con la voz rota.
–Alicia falleció de un fuerte traumatismo en
el cráneo. Pero Laura, mi nieta, murió de un infarto. Es un hecho extraño,
aunque puede suceder en determinadas circunstancias. Pudo soportar un shock
antes de que el coche se estrellara.
–Pero entonces…
–No había sufrido ninguna lesión de gravedad,
y desde luego ninguna que llevase acarreada como consecuencia la muerte.
Carlos se vio a sí
mismo andando por un bosque espeso, como en un sueño. Las hojas y las ramas de
los árboles apenas le dejaban ver la luz, aunque la intuía al fondo. Poco a
poco, y a medida que avanzaba, la luz se iba haciendo más clara, más evidente,
más fuerte.
–Y esto ya lo
vinculas con…
–Espera. Es que esto no es todo, ni siquiera
lo más importante. Ya te he dicho que tú no viste el cadáver de Laura, tuve que
ir yo a reconocerlo. Los forenses no sólo estaban un poco extrañados por la
causa de la muerte, había otros dos hechos difíciles de explicar y que ahora
dan sentido y lucidez a lo que te está ocurriendo, por increíble que nos
parezca a ambos.
–Cuáles dos hechos…
–Laura tenía los ojos como salidos de sus
órbitas y completamente inyectados en sangre. Cuando me lo explicaron, yo mismo
levanté sus párpados, demasiado hinchados. Fue una imagen horrible. Estaban tan
llenos de sangre que prácticamente eran rojos, de un rojo oscuro y brillante,
como en tu sueño.
– ¡Papá!
–Y luego, algo en principio sin importancia,
algo a lo que los médicos le concedieron una relevancia menor, pero que ahora
cobra una dimensión extraordinaria. Laura tenía profundos moratones en los
brazos, marcas de dedos adultos que hubieran estado tirando con fuerza de ella.
XXIII
El tiempo
transcurría con una lentitud cansina y exasperante. Carlos deseaba que las
horas se acelerasen y que llegase un momento en que todo lo que le estaba
sucediendo se disolviera en la memoria común de las cosas, y terminase por ser
casi irreal.
«Acabaré pensando que nada sucedió».
Muchas veces se
sentía como un animal encerrado, dando vueltas sin cesar al salón. Había
decidido menguar el espacio vital de su vivienda, dejando dos habitaciones
clausuradas para siempre: la de su hija y una pequeña estancia que había
transformado en un trastero con los recuerdos de su mujer.
«O terminaré encerrado en algún centro
psiquiátrico, atenazado por el mismo terror que Laura».
Los amigos de
siempre (pocos) habían ido dejando de llamar. Él era un hombre huraño y
encerrado en sí mismo, y esta personalidad suya se había acentuado desde el
accidente. Ya nadie, excepto su padre y quizá Marta, se preocuparía de él.
«Lo importante ahora es sumar horas, contar
días, dejar que pasen los años, esperar, esperar a que todo vuelva a la
normalidad».
Se estaba
habituando a leer y a ver y a escuchar programas de parapsicología, de temas
inexplicables y situaciones cercanas a lo irreal. Estaba madurando la idea de
escribir a alguna revista, o compartir su caso en directo en alguna emisora de
radio. Pero al final siempre desistía en el último momento, en la creencia de
que el resto de la humanidad lo tomaría por loco.
«Mi padre me cree, mi padre sabe que estoy
contándole la verdad, que no he perdido el juicio».
Era espantoso, pero
los últimos acontecimientos, los datos que Marta y Esteban le habían
facilitado, confirmaban su teoría: su hija de verdad estaba siendo acosada
desde el infierno. Laura por algún motivo había sido arrastrada hacia aquel
lugar en el que seguro la estarían mortificando, tal y como ya vaticinaba ella
misma en sus dibujos.
«Cómo me puede
estar sucediendo esto a mí, que ni siquiera creo en Dios, que nunca he tenido
fe en nada que no pudiera ver o tocar».
Cada noche empezaba la misma diatriba y cada
noche tenía que someterse al cuestionario de su otro yo, el más cabal, el que
tenía los pies en la tierra, y se resistía a dar rienda suelta a una
explicación que rayaba en la demencia más profunda e incontrolada.
«¿Está sucediendo
realmente todo esto? ¿He hablado con mi padre? ¿He conocido a una psicóloga
llamada Marta? No será que mi mente está creando una maraña de sueño y realidad
en la que me tiene atrapado…».
Y todo volvía a
empezar. Y de este modo podían pasar horas y horas, toda la noche en vela,
hasta bien entrado el amanecer. Y así iba exterminando ese tiempo que él
ansiaba transitar de una forma veloz y casi anestesiado. Pero la conclusión
final siempre era la misma: todo era real, y su hija estaba en el infierno y
necesitaba urgentemente de su ayuda.
XXIV
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
Aquel sonido otra vez, aquel sonido que ya le
dejaba helada la sangre nada más escucharlo. Esperó, esperó alerta.
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
Y otra vez el dial
volvió a viajar veloz de una emisora a otra, en esa búsqueda que él temía
terminaría del mismo modo que en la anterior ocasión. Y entonces sonó la voz
que esperaba, otra vez aquella voz tan suya, tan de sus propias entrañas:
– ¡Papá, papá… ayúdame… ESTOY EN EL INFIERNO!
Dio un salto de la
cama, encendió la luz, cogió el radio-despertador y con gran brusquedad le
arrancó las pilas. Dejó el aparato sobre la cama y este quedó como inerme.
Carlos respiraba con dificultad, todavía sobresaltado, todavía lleno de ira y
violencia.
«Estoy loco, estoy loco, ¡estoy loco! ».
Y entonces su
mirada ya alucinada se dirigió hacia la radio, que increíblemente otra vez
estaba en funcionamiento, otra vez buscaba incansable en el dial, otra vez
volvía a ser transmisora de la voz angustiada y desenfrenada de su hija:
– ¡Papá, papá… ayúdame… ESTOY EN EL INFIERNO!
XXV
La voz de Marta
sonaba casi rota al otro lado de la línea. Ya no sabía qué pensar, ya no sabía
cómo había conocido a aquél hombre, cómo había llegado hasta aquella situación,
cómo se había visto involucrada en esta historia tan extraordinaria.
–Carlos, tranquilo,
estás muy nervioso.
–¡Cómo no voy a estarlo! ¿Qué debo pensar?
Marta, ¡estoy escuchando a mi hija muerta, hablándome por un aparato de radio
sin pilas!
Carlos apretaba el auricular contra su rostro,
como intentando que Marta estuviera más cerca de él.
–Voy a llamar a Elena, mi amiga la
parapsicóloga. Ella podrá ayudarte.
–Escucha… Marta… Necesito que me hagas un
favor…
Marta dejó transcurrir un tiempo en silencio,
sopesando la respuesta mucho antes de conocer la pregunta.
– ¿Qué clase de
favor?
–Necesito que me recetes algún tipo de
somnífero. Quiero descansar, quiero dormir por la noche.
–No irás a cometer una locura…
–Ni hablar. De verdad. Sólo quiero poder
dormir, sólo quiero que la noche sea un mero trámite del que no me entere, y
poder despertar a la luz del día siguiente.
Una vez más, Marta sintió compasión por aquel
hombre que había perdido toda fe en sí mismo y en su cordura.
– ¿Puedes aguantar
una noche más?
–Sí… creo que sí.
–Mañana le pediré a Elena que se acerque a tu
casa. Ella te llevará algunas pastillas.
–Muchas gracias, Marta, muchas gracias.
Marta aguantó el teléfono en silencio. No
sabía si Carlos seguía a la escucha, hasta que oyó una especie de leve gimoteo.
– ¿Estás bien?
Carlos lloraba al otro lado de la línea,
lloraba sorda y desconsoladamente, lloraba como sólo lo hacen los niños
pequeños.
–Sí, Marta, creo
que sí.
–No te preocupes. Me aseguraré de que Elena no
falte mañana.
– ¿Vendrá a casa?
–Sí. Es mejor. A ella le gusta trabajar
directamente sobre el terreno. Tu hija… se… manifiesta… en tu casa.
– ¿Se manifiesta?
–Bueno, mejor será que hables con ella. Es una
excelente persona, aunque un poco excéntrica. De todos modos, seguro que sus
rarezas te vienen bien en este momento.
–Muchas gracias otra vez, Marta.
Ella esperó, espero unos segundos, antes de
decir, casi arrepintiéndose al instante:
–No hay de qué. No
dudes en llamarme cada vez que lo necesites. No te voy a fallar, te lo prometo.
XXVI
Decidió pasar la
noche a la intemperie, paseando por las calles, entrando de cuando en cuando en
algún café a tomar algo, para luego proseguir una marcha sin rumbo y sin
sentido. Bueno, con un sólo sentido: estar lejos de su casa, estar lejos de
aquel aparato con el que su hija se comunicaba con él… O con el que se
manifestaba su profunda demencia.
«Puedo destruir el despertador, o tirarlo a
cualquier basura, o lanzarlo al río y así no volver a verlo nunca más».
Pero entonces un
temor extraño le atenazaba: podía perder para siempre el hilo de unión con
Laura. Si de verdad su hija estaba atrapada en el infierno y necesitaba con
urgencia de su ayuda, ¿cómo iba a destruir el único vínculo que los mantenía en
contacto?. Por otro lado, si aquellas voces eran fruto de su extrema locura,
ésta imaginaría nuevos métodos para manifestarse, de tal suerte que era inútil
deshacerse del elemento que en la actualidad su mente atormentada había
escogido para martirizarle.
«Es tan real su voz…».
Las calles estaban
húmedas, fruto del reciente paso de los camiones de la limpieza. El brillo
resbaladizo de las luces de las farolas sobre el asfalto le transmitía una
agradable sensación de tranquilidad, de paz. Era bueno sentir el aire, era
bueno dejar que la mente se despojara por un rato, aunque no pudiera dejar de
pensar siempre en lo mismo. Pero aquella noche lo hacía todo desde una
perspectiva distinta. También debía de ponerse en el lugar de Laura, aunque
aquello suponía un ejercicio terrible. Se la imaginaba indefensa, en el
infierno que a todos siempre nos han descrito, rojo y con numerosos cráteres
abiertos, rebosante de fuego y lava. Pero aquello no podía ser así, aunque en
sus dibujos sí que describía un panorama muy similar. Y luego estaba otra gran
pregunta, otra gran incógnita en el caso de que todo fuera cierto: ¿cómo podía
establecer contacto con él?
«Lo hace mediante ondas, ondas de radio en una
determinada frecuencia».
Si así era,
cualquier otro podría escuchar aquel mismo mensaje, cualquier otro podría
sintonizar aquella frecuencia determinada y oír a su hija pidiendo auxilio. Sí,
iba a ser muy sencillo demostrar que en absoluto había perdido el juicio,
bastaba con que otra persona se dedicara constantemente a barrer frecuencias de
radio hasta dar con aquella en la que su hija lo hacía. Pero no, era casi
ridículo, porque el aparato se empeñaba en contactar con él, como si tuviera
vida propia, o como si alguien pudiera manipularlo desde la distancia. Y
también era una teoría descabellada, porque aquel radio-despertador emitía para
él, lo quisiera o no, tuviera fuente de energía o no. Su hija había encontrado
una forma paranormal de establecer contacto con él, y era casi una locura
ponerse a hacer cábalas del modo en que lo hacía y su explicación racional y
física, cuando todo lo demás era una desenfrenada locura.
«Mañana podré empezar a conocer la verdad».
Tenía una tremenda
confianza en la visita de la parapsicóloga. Aquella mujer podría desvelar si en
verdad era cierto lo que le estaba sucediendo o si, por el contrario, su
cerebro no había resistido el dolor de unas pérdidas tan terribles y había
sucumbido, perdiendo todo juicio y sentido. Aquella mujer le ayudaría a saber a
qué atenerse en el futuro.
XXVII
Aquella mujer se
movía con seguridad por la casa, como si ya hubiera estado en ella muchas otras
veces, como si fuera una vecina cualquiera, acostumbrada a las paredes y a los
muebles.
–¿Puedo abrir esas puertas?
Carlos se sentía un tanto cohibido, casi
asustado. Sus respuestas eran torpes e inseguras:
–Esto… sí, claro…
si es necesario…
– ¿Las había clausurado?
–Sí…
–Es normal. No se preocupe. Necesito
escudriñar cada palmo de esta casa. Espero que no se moleste.
–No, no…
– ¿Le pasa algo?
–No… Pensaba que Marta vendría con usted, nada
más.
La parapsicóloga sonrió.
–Ella prefiere
mantenerse al margen. No cree mucho en todo lo que hago, ya sabe. Aunque debo
decir que con su caso todo es distinto, está empezando a tener… dudas.
Elena se dirigió
hacia la habitación de Laura. La abrió sin dilaciones, como no concediendo
tiempo a Carlos para el arrepentimiento. Tenía que ser rápida, tenía que ser
fría. De otro modo, no haría bien su trabajo, y la historia que le había
anticipado Marta el día anterior por teléfono le había encantado. Elena era una
apasionada de las ciencias ocultas, aunque para vivir tenía que conformarse con
pasar consulta como psicóloga en un centro de salud de barrio. Cada vez que
surgía la oportunidad de intervenir de forma directa en cualquier tipo de
manifestación anómala, no se lo pensaba. Afortunadamente, aunque su trabajo no
le daba mucho dinero, le dejaba las tardes y los fines de semana completamente
libres.
– ¿Entra conmigo?
–Prefiero esperar –dijo él, negando con la
cabeza.
Aquella habitación
era igual a la de cualquier niña de la edad de Laura, con muchos detalles rosas
y con pósters de películas y series de dibujos animados enmarcados y colgados
de las paredes.
–Está todo muy ordenado –comentó Elena,
alzando levemente la voz.
–Salvo algunas cosas y papeles que había por
el suelo, no he tocado nada desde…
–Entiendo.
La parapsicóloga
fue mirando aquí y allá, sacando ropa de los armarios, consultando libros de
las estanterías, revolviendo la colcha que cubría la cama…
–Era una niña
metódica, ¿me equivoco? –inquirió.
–Bueno… Sí, todo el mundo dice que era muy
inteligente.
–¿Todo el mundo?
Carlos interpretó al instante el tono
desconcertado de aquella pregunta que se le formulaba.
–No se puede decir
que mi relación con Laura fuera… genial. Yo estaba en mis cosas, en el trabajo,
y apenas le dedicaba tiempo. Cada vez me doy más cuenta de que era para mí una
absoluta desconocida.
–Pero ella le quería mucho –dijo Elena, con
seguridad.
–Eso… creo…
La mujer regresó
con un librito de tapas rosas y rematadas con un borde de cinta blanca. Tenía
dos salientes dorados para fijar un candado en los mismos. Lo traía abierto por
la mitad.
–Le leo: «mi papá
es el mejor padre del mundo y siempre estará ahí para defenderme y ayudarme».
– ¿Qué es eso?
–Parece un diario. No es que haya muchas
páginas escritas, no más de cuarenta, pero seguro que resultará interesante.
¿No sabía que su hija escribía un diario?
–Ya le he dicho…
–Está bien, está bien.
Carlos miró con
curiosidad a Elena. Era una mujer extraña, de ojos y cabello oscuros, y mirada
intensa y un tanto enigmática. Todavía no sabía si podía confiar en ella,
aunque dadas las circunstancias no le quedaba otra alternativa.
–Me gustaría que se
quedara a dormir aquí. No piense mal, pero creo que sería bueno…
–Ya lo había pensado. Marta me ha contado lo
del radio-despertador. Desde luego que me quedaré con usted.
–Tendremos que dormir juntos… La cama es
grande.
Elena le lanzó una abierta y cómplice sonrisa
a su interlocutor.
–No sufra. Sólo
vamos a dormir juntos, como cuando en el colegio salíamos con los compañeros de
excursión.
–Perdone… Toda esta situación…
–Espero que empiece a soltarse. Le voy a
necesitar sincero y abierto, pues de otro modo no le podré ayudar.
–Lo intentaré.
La parapsicóloga se
acomodó en un sillón y comenzó a hojear el pequeño diario. De súbito, sus ojos
se detuvieron en una página en concreto, y las pupilas se le dilataron.
– ¿Qué sucede?
–preguntó él, extrañado.
–Bueno… Sería algo casi normal en una
adolescente… Y quizá… Pero dadas las circunstancias, creo que debemos
analizarlo con mucho detenimiento.
Elena le tendió el
librito abierto por una página y le señaló el centro de la misma, en el que,
con la letra de su hija, había escrito a lápiz y con mucha firmeza:
«TENGO QUE MATAR A MAMÁ». XXVIII
Su padre estaba un poco dolido, aunque
entendía que no era el mejor momento para hacer ninguna clase de reproches.
–Tienes que confiar
en mí con más rapidez, contarme las cosas tal y como te sucedan.
–Lo sé…
–Tu padre es el que de verdad siempre va a
estar ahí.
–Papá, todo esto es tan duro. Hay mañanas que
me miro al espejo y no me reconozco.
–Te noto más… taciturno, como más alejado de
todo.
Carlos sabía que de
alguna forma le había fallado a su padre, que seguramente debería de haber
contado con él antes de recurrir a terceras personas. Pero también estaba la
vergüenza de ir alimentando en él la idea de que su hijo deliraba, y que los
delirios, lejos de ir perdiendo fuerza, cada vez cobraban mayor intensidad.
–Me cuesta asimilar
lo que está sucediendo. Papá, sabes que hasta ahora era un hombre empírico,
sujeto a la realidad más firme, muy alejado de cualquier planteamiento…
místico…
–Lo sé.
–Sin embargo ahora… No sé qué pensar ya. Tengo
dudas de todo, tengo dudas hasta de mis propias percepciones. A veces llego a
planteamientos absurdos: ¿es cierto que ahora mismo estoy hablando contigo o es
una quimera que crea mi mente?
Esteban caminó
alrededor de su hijo. Aquel paraje al que solían ir, aquel lugar alejado de
todo ruido y cercano al estanque, era ideal para hablar de cualquier tema. Era
también el sitio que escogió para comunicarle que su madre había muerto.
–Por eso te he
llamado. Cuando me dijiste lo de esa mujer… Elena. No sé, no quiero cerrarte
ninguna puerta… Pero pensé que yo también debía aportar mi granito de arena. Y
he hecho algunas gestiones…
– ¿Qué clase de gestiones? –inquirió Carlos,
confuso.
–No… Ya sabes que en la Comunidad hay todo
tipo de gente, y de muchos países. Hablé con el Padre Salas, creo que no lo
conoces.
–Apenas conozco a nadie de tu Comunidad.
–Bueno… El Padre Salas es mexicano, aunque
lleva en España cerca de diez años. Ahora trabaja para un periódico, y colabora
con distintas ONG de la Iglesia, pero antes era cura en pleno ejercicio. En
México tenía su propia iglesia y oficiaba misas.
Carlos percibía que su padre estaba alargando
la introducción porque de alguna forma temía llegar al final de su disertación.
–Papá, por favor,
dime ya qué tiene que ver este hombre conmigo…
–El Padre Salas hizo algunos exorcismos en el
pasado, hace muchos años. Ahora está alejado de todo aquello, pero yo le he
pedido…
– ¡Papá!
–Por favor, déjame terminar. Yo tampoco creo
mucho en todo esto, aunque sea hombre de fe. El propio Padre Salas no hubiera
aceptado seguir con el tema si no fuera por la amistad que nos une, y que sabe
que yo no soy hombre que se anda con tonterías. Me escuchó con atención…
– ¿Y qué te dijo?
–Me dijo que no podía emitir un juicio de
valor sin hablar contigo, sin visitar la casa, sin estar en la habitación de
Laura… Pero que, por lo que le contaba… era muy posible que mi nieta hubiera
podido ser poseída por el demonio…
Carlos luchaba otra
vez en su fuero interno. Por un lado su yo racional se rebelaba contra aquellas
hipótesis, pero por otro, su corazón le arrastraba a seguir escuchando a su
padre y a darle una oportunidad a aquel hombre que sólo ansiaba ayudarle.
–Y ahora qué debo hacer –claudicó.
Esteban esbozó una leve sonrisa, aunque
reprimiendo su alborozo, no fuera a contrariar a su hijo ahora que le abría la
oportunidad de echarle una mano.
–Sólo desea verte y
hablar contigo. Si es posible, le gustaría que fueras el próximo sábado por la
noche a la misa de la Comunidad.
–No pienso asistir a la misa, lo sabes.
Su padre sabía bien
que por mucho que lo había intentado, y por mucho que había insistido en que no
todos los que formaban parte de la Comunidad eran firmes creyentes, nunca había
conseguido que ni se acercara a la iglesia.
–No tienes por qué
estar con nosotros. Puedes esperar afuera. Pero tras la misa, él quiere tener
la reunión contigo allí, cerca del altar.
–No lo entiendo –dijo Carlos, a la defensiva.
–El Padre Salas dice que allí el demonio no
tiene poder ni alcance y que de otro modo puede enturbiar tus palabras o su
propio juicio. Desea al menos que la primera versión que le des a él esté libre
de toda influencia… externa…
Carlos no pudo
reprimir una carcajada, aunque en el fondo de su ser maldita la gracia que le
hacía todo aquello. En verdad, ya empezaba a ansiar poder hablar con aquel
hombre que seguro le escucharía con atención, y quizá tuviera respuestas para
las voces que oía de su hija. No perdía nada por recibir la ayuda del Padre
Salas, como tampoco estaba perdiendo nada por estarla recibiendo ya de Elena.
–Está bien, iré a verlo. El sábado iré contigo
a la misa.
Su padre no pudo
evitar abrazarlo con fuerza. Aquel abrazo no era tanto para apaciguar a su hijo
como para darse ánimos a sí mismo. Dios le estaba poniendo pruebas demasiado
difíciles en los últimos tiempos e iba a necesitar de todo el poder de sus
creencias para no perder la esperanza. Eligió muy bien sus siguientes palabras,
no sabiendo si estaban en lo cierto o si eran el comienzo de una demencia
incipiente y fraternalmente compartida:
–Carlos, ten
confianza. Si es cierto que Laura está en el infierno, te aseguro que va a
tener a un puñado de gente dispuesta a luchar para sacarla de allí. XXIX
Elena dormía cerca
de él, tranquila y casi sin moverse. Ya llevaba en su casa cerca de una semana
y nada había acontecido. Él casi esperaba con nerviosismo y esperanza el día en
que el maldito radio-despertador comenzase a emitir aquel sonido horrible, y
luego buscara solo en el dial, y después sonara la voz angustiada de su hija
pidiendo auxilio.
«No sucede nada».
Si así era, si nada
sucedía en los próximos días, sería para él la confirmación definitiva e
irrefutable de que al final la razón se imponía, y todo era debido a una mala
jugada de su desesperada mente. Si así era, no cabría lugar a la duda: sería un
demente atenazado por la muerte de su mujer y de su pequeña hija. XXX
Elena llevaba ya
diez días en aquella casa, sin que ningún hecho anómalo o inexplicable hubiera
acaecido. Pese a todo, su actividad era frenética por las tardes y los fines de
semana (sus ratos libres), y siempre estaba de aquí para allá: tomando medidas,
pensando mientras observaba las paredes, anotando cosas en un pequeño cuaderno
de tapas negras, hablando por teléfono con gentes distintas…
– ¿Qué piensas?
Ella miró a Carlos, volviendo de algún lugar
en el que sus elucubraciones la tenían atrapada y alejada de la realidad.
–Que qué pienso…
–Bueno, quizá estés empezando a dudar…
–Mira Carlos. En esta casa hay algo extraño,
lo noto. No sé qué es. Pero hay algo. A lo peor es que hay un vecino que ronca
o una vecina que roba ropa del tendedero –bromeó.
Él rió casi sin
ganas. El tiempo pasaba y no avanzaba. Y lo peor de todo es que ahora también
había perdido el contacto con Laura. Aunque odiaba aquel maldito aparato,
aunque odiaba aquel sonido terrible, luego llegaba la voz de su hija, y con esa
voz la posibilidad alucinante de volver a reencontrarse con ella de alguna
forma.
– ¿Mañana vas a ver
al tal Padre Salas?
–Sí… y no me apetece en absoluto. Lo hago por
mi padre, lo hago porque el pobre hombre quiere ayudarme y no he sabido cómo
decirle que no.
Elena se levantó de la mesa en la que se
encontraba, entretenida con algunos papeles, y se acercó hasta él, con el gesto
firme y decidido.
–Sabes, Carlos… A veces pienso que el único
que de verdad no se cree tu historia eres tú mismo…
Carlos la miró confundido y contrariado.
–No te entiendo.
–Sí, mira… Marta me llamó a mí, tu padre
siempre ha estado a tu lado e incluso ha implicado a una tercera persona, y yo
misma llevo diez días y no he puesto tu palabra en duda en ningún momento…
Carlos quedó sumido en un profundo silencio,
hasta que le preguntó, casi como pidiendo auxilio:
– ¿Y qué piensas
que debo hacer?
–De momento…, cambiar de actitud y empezar a
colaborar de verdad. Hablar conmigo, ser sincero en tus respuestas, ir a ver al
Padre Salas con absoluta confianza, investigar…
– ¿Investigar?
–Sí. Por ejemplo, hasta el momento no me has
dado ningún detalle acerca de tu mujer: qué sabía, hasta qué punto pensaba que
Laura estaba loca o había sido poseída…
–Pero ya te he dicho que ella y yo no…
–Y tu mujer, ¿no tenía ninguna amiga?
Él se quedó unos breves instantes pensando.
–Bueno, Alicia sólo
tenía una amiga, lo que se dice una amiga de verdad. Se llama Ana y es
arquitecta.
– ¿Y no has hablado con ella? ¿Qué te ha
contado?
–Sólo hablé con ella una vez… tras la muerte
de…
–Vale, pues tendrás que volver a hacerlo.
Aquella mujer
valiente y decidida le tenía sorprendido. Conforme pasaban los días admiraba
más su espíritu y vitalidad, y se alegraba de estar compartiendo todo lo que le
estaba sucediendo con ella. Se alegraba de que Marta le hubiera recomendado
confiar en su amiga.
XXXI
Era sábado por la
mañana y había optado por dar una largo paseo en coche para entretener la mente
e intentar que los minutos pasasen con mayor velocidad. Una especie de ansiedad
le tenía amordazado, momentos antes de su entrevista con el Padre Salas, aquella
misma noche.
«No entiendo porqué narices estoy tan
nervioso».
En los semáforos
podía comprobar cómo, en los coches de su alrededor, la gente aprovechaba las
primeras horas para salir sin atascos y disfrutar del fin de semana. Aquel
estilo de vida le resultaba ya lejano y casi pintoresco. Todo era superfluo y
sólo una cosa tenía ya sentido en su existencia.
«Será cierto que
hay cielo e infierno… Será cierto que toda esta gente terminará con su alma en
alguno de los dos sitios… Que yo mismo daré con mis huesos en alguno de
ellos…».
Alguien le pitó a
su espalda. El semáforo se habría puesto en verde haría unos segundos. Mientras
el resto de la gente apuraba para alcanzar su destino, él transitaba por la
ciudad sin más. Y entonces todo cambió de súbito. Por el retrovisor pudo ver de
repente a su hija, su propia hija Laura. Se retorcía en el asiento trasero del
coche, con el rostro deformado, con la lengua fuera, con los ojos totalmente
rojos y desorbitados. Y la oyó gritar, con una voz que sólo lejanamente
recordaba a la de Laura, como pasada por un sintetizador macabro, para darle un
tono si cabía más espeluznante:
– ¡Papá, socorro! ¡Me duele, me duele mucho!
¡Papá, ayúdame, ayúdame!
Y de golpe sintió
unas manos sobre su cuello y sobre su brazo derecho, atenazándolo, haciéndole
perder el control del vehículo. Aterrorizado por lo que escuchaba y por lo que
veía a través del retrovisor, casi ni tuvo conciencia de que se estrellaba contra
un árbol.
XXXII
El médico observaba a Carlos con atención,
mientras éste parecía ir recobrando el conocimiento.
–Bueno… al final no ha sido para tanto, menos
mal que no iba a mucha velocidad…
Mientras su visión borrosa se hacía más clara,
Carlos pudo advertir que aquel hombre no se dirigía a él, sino más a su
izquierda, a otra persona.
–Muchas gracias, doctor. Ha sido un susto
terrible…
Carlos hizo un ademán, pero el aturdimiento le
impidió completarlo, y después su voz sonó como una especie de leve gruñido.
–Vaya, parece que
despertamos –dijo irónico el doctor.
–Qué… ¿qué me ha pasado?
– ¿No lo recuerda? Ha tenido un pequeño
accidente de circulación, hace menos de tres horas.
–Creo… creo que sí –respondió, y entonces
aquellas imágenes espeluznantes regresaron a su mente.
–Su mujer ha venido enseguida.
Elena se incorporó de un brinco, negando con
las manos, torpe y nerviosamente.
–No, no, doctor. Yo
no soy su mujer. Sencillamente soy una buena amiga.
– ¿Elena?... –inquirió Carlos, gratamente
sorprendido.
–Hola, campeón. Me llamaron a mí porque
llevabas mi tarjeta en un bolsillo de tu chaqueta… Tu padre viene hacia aquí,
pero ya sabe que no ha sido nada.
El doctor carraspeó brevemente, para luego
añadir:
–Tendrá que
descansar un par de días y cuidarse el tórax, además de vigilar el cuello. Si
tiene mareos, o cualquier dolor que persista con intensidad más allá de mañana,
venga sin pensárselo. Sólo tiene una pequeña luxación provocada por el cinturón
de seguridad, y algún rasguño en la cara, fruto del airbag. Nada importante.
Ahora voy a seguir visitando a otro paciente, les dejo a solas.
–Gracias, doctor –se apuró a decir Carlos.
Nada más salir el doctor, Elena se sentó sobre
la cama y le pasó la mano por el pelo a Carlos.
–Menudo susto me
has dado…
–Muchas gracias por venir. No tenías que
molestarte. Con avisar a mi padre hubiera bastado.
–¡Ay! Estás hecho un desastre, ¿cómo has
podido tener un accidente tan absurdo? Podía haberte pasado algo más serio.
Él casi ni tenía ganas de recordar, aunque las
imágenes, terribles, estaban aún muy presentes en su retina.
–Me ha sucedido
algo increíble. Elena, he visto a mi hija en el asiento de atrás de mi coche,
tal y como soñé que la vio Alicia cuando tuvieron el accidente. Era… tan real…
Elena no supo qué
responder. Aquella historia de la que ya era protagonista tenía demasiados
prismas desde la que ser vista, aunque ella prefería seguir confiando en la
palabra de aquel hombre atormentado.
–Entiendo… y has perdido el control del coche…
Carlos no sabía si seguir por aquel camino,
aunque la forma en la que Elena le escuchaba denotaba una confianza plena en lo
que decía.
–No, no ha sido así
exactamente. Aunque la imagen de mi hija me ha sobrecogido, no ha sido eso lo
que me ha hecho tener el accidente. En algún momento he sentido cómo se
abalanzaba sobre mí, descompuesta, como si no fuera dueña de sus actos, y me ha
agarrado del cuello y de un brazo, con una fuerza descomunal, como deseando
provocar ella misma que no pudiera conducir.
Elena sopesó
aquellas palabras. De alguna manera, todo encajaba. Si Carlos había perdido la
razón, desde luego su mente perdida estaba haciendo un planteamiento perfecto y
sin fisuras.
– ¿Quizá deseaba
hacerte daño a ti?
–No, no… Creo que es otra cosa, mi hija no
era… dueña de sus actos. Además, su voz sonaba… como si hubiera otra persona
dentro de ella, otra persona que le estuviera robando hasta las entrañas,
mientras ella luchaba…
Carlos no pudo
reprimir un llanto amargo y desesperanzado. Lo de aquella mañana había sido
mucho peor que las pesadillas de las noches, que lo que había escuchado por el
radio-despertador, que cualquier otra cosa hasta el momento.
–Tranquilo, Carlos. Descansa, ya hablaremos
esta noche con más calma. Ahora es mejor que descanses.
Él estiró el cuello, como intentando
deshacerse de algún dolor interno e impreciso. Fue entonces cuando Elena pudo
ver las marcas.
– ¿Qué es eso?
–preguntó ella, acercándose aún más a Carlos.
– ¿El qué? –replicó él, un poco asustado ante
la mirada de asombro de ella.
–Esas marcas…
Carlos dejó que Elena le inspeccionara el
cuello.
–Son… son como marcas muy profundas de dedos…
de una mano… Son moratones provocados por una mano pequeña… como de niño…
Ambos se miraron
asustados, pero al mismo tiempo unidos en una comunión que no habían podido
tener hasta ese preciso instante. Unidos por la convicción de que, de alguna
manera, la hipótesis de la locura comenzaba a perder fuerza.
XXXIII
La misa había sido
rápida y hasta casi entretenida. Carlos aguardaba en un banco al final de la
iglesia, en penumbra. Conocía a algunas de las personas que allí había, además
de a su padre, y le parecía curioso que todos ellos se reuniesen en “comunidad”
cada sábado a rezar y luego los miércoles, otra vez, a contarse sus cosas. Los
cristianos era muy curiosos: fragmentos dentro de fragmentos, todos abarcados
por una misma religión. Siempre había pensado que la fe todo lo puede, y que se
estira increíblemente y acomoda en su fuero cualquier posibilidad, siempre y
cuando sirva a la perpetuación del culto al dios en cuestión.
Todavía sentía
dolor en el pecho, en el cuello y en el brazo, aunque iba remitiendo con
asombrosa velocidad. Cada punzada en su cuello o en el brazo le recordaba casi
con agrado la expresión de Elena, una expresión de miedo, aunque también el
gesto del que descubre algo que llevaba tiempo ansiando encontrar.
–¿Meditando?
Aquella pregunta lo
sacó de sus ensueños. Un hombre corpulento y alto, de tez morena y sonrisa
amplia, lo observaba desde el pasillo central de la iglesia. Ya sólo quedaban
ellos dos en el templo.
– ¿Perdone…?
–No, por favor, discúlpeme usted a mí. Soy el
Padre Salas –añadió, tendiéndole la mano–. Su padre me ha indicado dónde
estaba, ha preferido no intervenir en nada; lo está esperando fuera.
–Sí, bueno… No sé si sabe lo del accidente…
–Lo sé, algo terrible.
Carlos se sentía
desorientado. Estaba como atrapado en una red extraña. Pese a todo, aquel
hombre de mirada agradable le transmitía una fuerza y una seguridad que
enseguida se transformaron en confianza.
–Lo siento, estoy
todavía algo aturdido.
–Entiendo. ¿Puedo sentarme a su lado?
–Claro…
El Padre miró hacia el altar y luego unió sus
manos frente a sus labios.
–Aunque hace años
que no ejerzo, me gusta que me sigan llamando Padre… Lo considero un detalle…
–Está bien…
–Aquí podemos hablar con tranquilidad. Si el
demonio existe, desde luego no es este el lugar en el que más a gusto se
sentiría –dijo, riendo.
Carlos volvió su rostro extrañado hacia el
mexicano.
– ¿Si el demonio
existe?
–Señor Miranda, creo en Dios, se lo aseguro,
pero también me hago preguntas. Si piensa que está hablando con un hombre sin
dudas, vaya cambiando de idea.
–No… bueno…
–Usted también tuvo fe en otro tiempo, su
padre me lo ha contado. Luego llegaron las dudas y después la certeza de que no
había nada… más allá de este mundo. Ahora vuelven las dudas, ¿no?
Carlos esperó un
tiempo incierto antes de responder. Esperó para asimilar aquella andanada que
un desconocido le estaba lanzando, quizá sólo para provocarle, quizá sólo para
hacerse cómplice.
–Muchas veces no sé
qué pensar, aunque cada vez tengo menos dudas.
–Cada vez está más seguro de que su hija está
atrapada en el infierno, ¿es así?
–Sí.
– ¿Y cómo ha podido llegar hasta allí?
–No lo sé, es usted el cura.
El hombre contuvo una leve sonrisa. Después de
cada frase siempre volvía la cara hacia el altar, como buscando inspiración en
la imagen de Cristo.
–Yo he realizado
algunos exorcismos, hace ya muchos años. Es una experiencia terrible, por eso
dejé el sacerdocio y por eso vine a España. Ya le he dicho que yo también tengo
dudas. Nunca dejará de resultarme curioso que cuanto más desarrollado es un país,
menos casos de posesión, milagros, apariciones… hay…
–Eso probaría que sólo son una invención de la
gente.
–Puede ser, ya le he dicho que es curioso.
Pero al mismo tiempo, en los países desarrollados se dan los casos más claros,
más evidentes: gente culta, como usted, que vive experiencias extrañas, gente
que ni creía en Dios, y de repente un día se encuentra con que su mundo
empírico y sensorial no puede dar respuesta a un hecho concreto…
Carlos miró con
intensidad al Padre Salas. Se encontraba frente a una persona inteligente, de
verbo ágil y control de sus palabras.
–Es increíble, pero tengo la sensación de que
usted ha preparado a conciencia esta pequeña reunión.
–En realidad no. En realidad tengo algo de
miedo, se lo puedo asegurar.
– ¿Miedo?
–Sí, miedo. Por un lado volverme a implicar en
un asunto como éste no me hace la menor gracia, aunque Esteban, su padre, se
merece que haga el esfuerzo; por otro… ya le he dicho que me gustaría que me
explicara cómo ha llegado su hija hasta el infierno.
–Pero, ya le he dicho…
–Bien, bien. Sólo quiero escuchar su versión,
seguro que después de todo este tiempo ya tiene hecha su versión.
–Bueno… Creo que mi hija estaba siendo acosada
desde hacía tiempo. Algunos dibujos lo demuestran. También hablé con una
compañera suya del colegio, que me ratificó los temores de Laura. Tenía
pesadillas y se sentía perseguida… Luego está el sueño que tuve…
El Padre Salas se agitó en su banco.
–¿Un sueño? Muy
interesante…
–Sí. Soñé que el día del accidente unos
espectros se llevaban a mi hija. Eso provocó también que mi mujer perdiera el
control del vehículo, y…
–Al igual que le ha sucedido a usted esta
misma mañana… Ya me lo ha contado su padre.
–Sí. He visto a mi propia hija… poseída.
El sacerdote se incorporó y echó a andar por
el pasillo central de la iglesia, en dirección al altar. Carlos lo siguió de
manera instintiva.
–Poseída… poseída…
¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que estaba poseída?
–Bueno… En realidad no lo sé. Pero sus ojos,
la agitación de su cuerpo, su voz…
–Su padre quiere que yo le ayude, pero no sabe
que esto para mí es totalmente nuevo. Es algo desconocido, aunque pienso
ayudarle.
–Pero usted mismo me ha dicho que en el
pasado…
–Le he dicho que en el pasado he hecho
exorcismos, sí. Pero no a distancia. Siempre he tenido a la persona delante,
siempre he podido dirigirme a ella. Siempre he podido ver si se trataba de un
timo o de una verdad porque al poseído lo tenía ante mis ojos. Lo suyo es muy
diferente…
Aquel hombre le
hizo ver por vez primera una verdad de la que hasta el momento ni se había
preocupado en conocer. Aquel hombre le estaba demostrando, al mismo tiempo, que
se había tomado muy en serio su caso y que iba a luchar con él, hasta el límite
de sus posibilidades.
– ¿Y se le ocurre algo?
–Ya le he dicho que voy a ayudarle. Primero he
de estudiar, hacer algunas llamadas, prepararme y tomar precauciones. Entonces
visitaré su casa.
– ¿Precauciones?
El Padre Salas miró
una vez más al altar antes de responder. Esta vez lo hizo de una forma
distinta, y cuando volvió el rostro hacia su interlocutor su cara tenía un
rictus serio y franco.
– ¿Su hija era
mala?
–No le entiendo…
–Sí. ¿Qué clase de cosas hacía? ¿Le gustaba
hacer el mal a los demás?
–Yo… Apenas sí la conocía, pero no, por favor,
mi hija era una niña… preciosa… y buena… Aunque cuanto más aprendo, menos sé
qué pensar…
–Mire, el diablo no elige al azar sus vecinos.
Si alguien está en el infierno, es porque algo ha hecho para merecerlo, ¿me
entiende? Perdone la sinceridad. Creo que si de verdad su hija está en el
infierno es porque era mala, mala con una dimensión de la palabra completa y
cruel. Ahora hemos de averiguar si lo era por vocación o porque algún demonio
se había instalado en su interior.
XXXIV
No conocía
demasiado a Ana, aunque más de una vez habían coincidido en su casa o en la de
ella, en alguna fiesta o comida. Por eso le había costado un esfuerzo terrible
llamarla y buscar alguna excusa para tomar un café, adelantándole de una manera
muy superficial que deseaba hablar de Alicia y su relación con Laura. La mujer,
aunque extrañada, había aceptado, seguramente obligada por la memoria de su
amiga y porque tampoco, en todo aquel tiempo, Carlos le había molestado en
absoluto.
La esperaba sentado
en la terraza de un céntrico café en el que habían quedado, y mientras
aguardaba, Carlos se entretenía contemplando a la gente: gente vulgar y
corriente como lo había sido él mismo hasta hacía bien poco, hasta que toda su
vida había dado un inexplicable giro.
–Hola, Carlos…
Ana lo sacó de sus
ensueños con una sonrisa nerviosa. Era una mujer joven y jovial, inteligente y
preparada, con la que Alicia había trabado una amistad única y poco habitual en
ella.
– ¡Ana! Por favor,
siéntate… ¡Qué alegría verte! Estás estupenda.
–Venga… muchas gracias.
– ¿Qué tal por el estudio?
–Bien, ya sabes. Mucho trabajo y todo eso.
Carlos le hizo
algunas preguntas más, como deseando que la conversación no terminase donde
debía concluir, como intentando que aquella tarde fuera un agradable encuentro
entre dos amigos. Que aquella fuera una tarde vulgar entre dos personas
vulgares. Aunque al fin se decidió.
–Mira, te he llamado porque ha sucedido una
serie de cosas extrañas desde la muerte de Alicia y Laura.
Ana lo miró fijamente y él tuvo la sensación
de que ella había estado esperando aquello desde un tiempo inmemorial.
– ¿Qué clase de
cosas?
–Bueno, quizá sea mejor que primero hablemos
de Alicia, para luego contarte otras cosas que me han sucedido.
– ¿Y por qué quieres hablar ahora de Alicia?
–Ana, creo que ella me ocultaba cosas. Creo
que sabía cosas de Laura que no me decía, por el motivo que fuese.
La mujer esquivó sus ojos y él supo de
inmediato que efectivamente aquel encuentro no iba a ser baldío.
–Alicia, es cierto,
te ocultaba cosas.
– ¿Y eso?
–Ella deseaba protegerte. Y quizá también
quería protegerse a sí misma, no lo sé…
– ¿Protegerme de qué? ¿Protegerme de quién?
–De Laura.
Ana pronunció aquellas palabras con una
rotundidad casi a modo de sentencia, casi con una cierta ira en el tono de la
voz.
–De Laura…
– ¿No pareces extrañado?
–Ya te he dicho que me han sucedido algunas
cosas estas últimas semanas. Ya casi no me extraño de nada. Pero, por favor,
¿qué podía hacerme Laura?
–Fue un proceso lento, aunque se iba
acelerando conforme pasaban los meses. Alicia al principio no quería hablar de
ello, pero luego me lo fue confiando todo. También tuvo que llevar a Laura a la
psicóloga del colegio.
–Lo sé, he hablado con ella.
La mujer se detuvo antes de proseguir. Se pasó
las manos alargadas y cuidadas por el rostro.
–De alguna forma,
Alicia temía estar deformando la realidad y por eso tampoco te lo contaba. Ella
creía que Laura estaba volviéndose loca, y eso es algo muy duro para una madre.
De algún modo, hacía lo imposible para evitar que tú te enterases de nada.
Carlos se sintió culpable y echó de menos a su
mujer con una intensidad que sólo había sentido justo tras enterarse de su
muerte.
–Yo he estado muy
lejos de ella, muy lejos de las dos…
–Carlos… Alicia tenía la certeza de que Laura
os quería matar a los dos, que vuestra hija había perdido la razón y os odiaba
con toda su alma… aunque no todo el tiempo…
– ¿No todo el tiempo?
–Sí. Era de vez en cuando, aunque cada vez
más. Laura tenía accesos de odio, y los reflejaba en unos dibujos terribles, o
en su diario, o con amenazas directas.
Él enseguida reaccionó ante aquellas últimas
palabras, porque podían encajar con los sueños que había tenido y con la
experiencia en su propio coche.
– ¿Qué clase de
amenazas?
–Yo nunca pude verlo, pero Alicia me contaba
que Laura había ocasiones en las que tenía horribles convulsiones que le
retorcían el cuerpo y el rostro. Y entonces hablaba con una voz que parecía no
ser la suya y gritaba que los demonios se la iban a llevar al infierno…
–Pero entonces no amenazaba… ¡pedía auxilio!
–Carlos, había otras veces en las que se
dirigía directamente a Alicia, mirándola a los ojos, y le gritaba que la iba a
matar, que os iba a matar a los dos.
Carlos apretó con
fuerza sus manos contra la tacita de café que tenía frente a sí. Por un
instante sus pensamientos se alejaron de aquel lugar, de aquella conversación,
y durante unos segundos se sintió libre.
–No es posible. Aunque Ana, todo encaja, todo
está empezando a encajar.
Ana volvió a mirarlo con severidad, al mismo
tiempo que con una cierta afectación, antes de decir:
–Carlos, es
posible. Estoy segura de que Alicia no tuvo un accidente. Al final sus temores
eran ciertos. Estoy convencida de que Laura la mató. XXXV
No podía pegar ojo.
Llevaba casi cinco horas dando vueltas alrededor de la cama, tropezándose de
cuando en cuando con el cuerpo de Elena, que dormía profundamente.
«Esta mujer tiene que estar empezando a
cansarse».
Un vez más
agradeció tenerla cerca. Como un niño pequeño que busca el calor de su madre, a
Carlos le daba seguridad sentir a Elena allí, tan pegada a él, y durmiendo como
si tal cosa, como si nada hubiera sucedido en todo aquel tiempo.
«Para ella en realidad no ha sucedido nada.
Todavía no tiene ninguna prueba, sólo algunas evidencias, nada más».
Contempló el
radio-despertador, al que ya nunca había vuelto a quitar las pilas, pero que ya
nunca tampoco había dado el menor síntoma de anomalía. Pulsó la iluminación y
pudo ver la hora.
«Qué tarde… o qué temprano».
Se dedicó a jugar
un rato con él, y de vez en cuando dejaba la mano largo rato posada en el
pulsador, como buscando hacer de antena con todo su cuerpo y ampliar las
posibilidades de captar alguna frecuencia.
«Todo esto es estúpido».
Se giró y se tumbó
boca arriba, mirando hacia el techo. No sabía con seguridad si arrastrado por
su imaginación, pero comenzó a ver una pequeña imagen que se formaba sobre la
blanca pared. La imagen se fue haciendo grande y cada vez más nítida. Sus ojos aterrorizados
reflejaban aquella escena brillante y rojiza: su hija era arrastrada por unos
espectros negros, en medio de un paraje que le recordaba a las imágenes que
todos tenemos del planeta Marte, que la llevaban hacia una especie de cráter
que emanaba vapores ácidos y lava. Y entonces le pareció escuchar la voz de
Laura, aunque muy débilmente: «Papá… ven a salvarme».
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
El ruido de la
radio le sobresaltó y la imagen del techo desapareció como si nunca hubiera
estado allí. Giró otra vez la cabeza hacia su derecha con brusquedad, pero el
aparato parecía querer jugar con él.
– ¿Qué pasa?
Carlos miró a Elena. Ella también estaba
despierta, y quizá por vez primera hubiera escuchado aquel ruido maldito.
– ¿No lo has oído?
– ¿El qué?
–Ese ruido…
–No, no he escuchado nada. Sólo he sentido tu
sobresalto, ¿qué ha pasado?
Carlos dejó que todo el peso de su cuerpo se
hundiera en el colchón, desesperanzado y abatido.
–No tiene importancia.
–Carlos, todo tiene importancia.
Elena apretó su cuerpo contra aquel hombre
dubitativo y desconcertado, una vez más solo frente a sus sensaciones.
–Voy a llamar a
unas personas que nos pueden ayudar.
–Nadie puede ayudarme –dijo Carlos, con
desconfianza.
–Ellos sí. Tendría que haber contado con ellos
desde el principio.
– ¿Y qué van a hacer?
–Tienen equipos muy buenos y realizan
grabaciones de sicofonías. Quizá ellos puedan grabar lo que sólo tú puedes oír
hasta el momento –añadió ella, con una amplia sonrisa en el rostro.
Carlos ya no sabía qué pensar, aunque sentía
que cada vez tenía más gente a su alrededor intentando dar veracidad a su
historia.
–En fin… tampoco
perdemos nada por intentarlo…
–No, no perdemos nada.
–Y quizá…
–Seguro que funciona. Tiene que funcionar.
Carlos dudó si
compartir con ella Seguramente Elena callaría, pero imaginación, de su mente
dolida y retorcida que volvía a jugarle una mala pasada. Y lamentablemente a lo
peor tuviera razón. Por mucho que todos se centraran en las evidencias, todavía
no había nadie que le hubiera confirmado que todos aquellos hechos extraños que
le estaban acaeciendo eran reales y no fruto de su demencia. Lo peor de todo es
que seguramente si era cierto lo que sucedía, seguramente estaba limitado a un
asunto entre él y Laura, un asunto en la experiencia que acababa de vivir.
pensaría que todo
era fruto de su el que nadie más podía intervenir. Si así era, el mensaje que
le estaba lanzando su hija era muy claro, y era culpa suya estar perdiendo el
tiempo en lugar de afrontar con valor y crudeza la situación.
–De todos modos, Elena, funcione o no, cada
vez tengo más claro qué he de hacer.
El tono de aquella frase confundió a Elena,
que dudó si preguntar, si seguirle el juego.
–Perdona… no te entiendo bien…
Carlos miró el
techo en el que minutos antes se había formado la imagen de su hija
aterrorizada y pidiéndole ayuda. La imagen de su hija sufriendo y que una vez
más le pedía auxilio a él, cómodamente acostado sobre una cama al lado de una
mujer que no era su madre.
–Lo que tengo que
hacer es ir con mi hija. Tengo que ir allí a salvarla, tal y como me está
pidiendo. Lo único que he de hacer es encontrar la maldita manera de llegar
hasta el infierno.
XXXVI
El padre Salas fue
escrutando cada uno de los rincones de la casa, mientras Carlos aguardaba en el
salón con aire distraído. Llevaba desde primera hora de la mañana, y antes de
iniciar su periplo había celebrado una especie de misa en la entrada.
– ¡Cómo lo ve, Padre! –gritó Carlos.
El padre Salas apareció tras la puerta de la
que había sido la habitación de Laura, con el rostro fruncido.
– ¿Qué clase de cultura le ha dado a su hija?
Carlos no supo de qué forma interpretar
aquella pregunta tan extraña y tan directa.
–Pues la que
cualquier otro padre. ¿No le entiendo?
–Bueno, al igual que hizo en su momento Elena,
he estado hojeando los dibujos que solía hacer y he encontrado varias veces
referencias a inniyah.
– ¿Inniyah?
– ¿No le suena?
–En absoluto.
–En la tradición islámica se trata de demonios
menores, que pueden ser también buenos en ocasiones y que adoptan la forma de
animales o de personas.
– ¿Y dónde pudo aprender eso Laura?
El padre Salas se acarició con lentitud la
cara y fue a sentarse al lado de Carlos, que lo observaba perplejo.
–En el año 2000 la
Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una serie de normas para regular
los exorcismos, ante el abuso que se había producido a lo largo de los tiempos
de esta técnica. Para iniciar uno es necesario un permiso especial. Pues bien,
para conseguirlo hacen falta pruebas, y me atrevo a decir que esta sería dada
por válida.
–Pero se trata de un demonio de otra religión.
El cura golpeó con suavidad la pierna de
Carlos.
–Las religiones más
importantes están entroncadas, yo mismo hay momentos en los que pienso que al
final se trata de la misma historia contada por personas distintas, en culturas
diferentes y en lugares dispares.
–Entonces podría ser…
–Espere. Yo no he dicho nada. Ya le adelanté
que para realizar un exorcismo lo primero que hace falta es que la persona
poseída esté delante, y así realizar el ejercicio. Otra cosa bien diferente es
sacar a alguien que ya está en el infierno.
–Pero usted…
–Yo llevo mucho tiempo alejado de todo esto.
De cualquier forma le diré una cosa: no he perdido del todo el olfato, y para
su tranquilidad le diré que hay algo que no encaja.
Carlos sintió que algo en su interior se
removía.
–Y eso, Padre, ¿es
bueno o es malo?
–Depende de lo que entienda por bueno o malo.
Quiere decir que a lo peor usted está en lo cierto.
–Pero eso no es malo.
El cura miró a su interlocutor con los ojos
muy abiertos, antes de añadir con aire de reprimenda:
–Le prefiero a usted loco en vida y en esta
tierra, que cuerdo a cambio de que su hija de verdad esté atrapada en el
Infierno.
Carlos no supo qué
responder. Estaba tan obsesionado con demostrar que lo que decía y vivía era
cierto que muchas veces perdía la noción de lo que aquello conllevaba de manera
intrínseca.
–Tiene usted razón.
–No se atormente. Yo en su lugar no sé de qué
forma estaría reaccionando. Ya le he dicho que también tengo miedo, que no sé a
lo que nos enfrentamos…
– ¿Sigue dudando de mi hija?
El padre Salas dejó
que un breve silencio se interpusiese entre ambos. Manejarse con un padre
todavía dolido y con serias dudas acerca de su propia cordura no era la mejor
situación para expresar con diligencia sus propias apreciaciones. Debía ser
cauto, aunque sin abandonar la sinceridad.
–Es prematuro
compartir con emitir cualquier juicio al respecto. Yo sólo quiero
usted mis
inquietudes, dado que el curso de los acontecimientos puede coger cualquier
rumbo. Usted también debe de estar preparado.
Carlos pensaba que
aquel hombre sabía más de lo que le contaba y que cualquier día le asaltaría
con una verdad terrible, más terrible aún si cabía de lo que él mismo ya estaba
viviendo.
– ¿Preparado para qué?
–Pues… para cualquier posibilidad…
–Sigo sin entenderle.
El cura se mostraba
esquivo, porque el tiempo le había demostrado que, aunque era bueno y obligado
decir la verdad (mentir nunca), tampoco estaba demás jugar con el momento en el
que desvelarla.
–Ya le dije que su
hija podía ser mala, y estar en el infierno por méritos propios.
– ¿Es que hay algún dato nuevo que le haga
reafirmar esa idea? –inquirió Carlos, con cierta desesperación.
–Inniyah.
–Ya, ya sé. Pero quizá es que ella advertía
esos demonios, y por eso los dibujaba.
–El problema es que su hija ponía inniyah
debajo de su propia imagen, como si ella misma ya se reconociese como un
demonio en vida. XXXVII
La casa había sido
invadida por un montón de gente desconocida. Carlos se sentía desconcertado, y
hundido en el sofá observaba el ir y venir de personas sin entender nada.
– ¿Pasa algo,
Carlos? –le preguntó Elena.
–Bueno… Todo esto es… tan extraño…
–No tienes de qué preocuparte. Lo que vamos a
hacer es intentar captar algo de lo que tú ya estás escuchando. Todas estas
personas son amigos y lo único que quieren es ayudarte…
Él contempló a un
chico que alargaba unos cables hasta su cuarto, mientras otro dirigía
micrófonos contra las paredes. Habían estado insonorizando previamente el resto
de habitaciones y la puerta de entrada.
– ¿Y si nada
sucede?
–Pues habrá que seguir intentándolo. Tendremos
que utilizar otros métodos, pero no vamos a tirar la toalla.
–Elena… gracias…
Ella se sonrojó y le lanzó un pequeño golpe
sobre el hombro.
– ¡Qué dices!
–De verdad, gracias. Si no fuera por tu ayuda,
hace mucho tiempo que yo mismo hubiera pedido que me recluyeran en un
psiquiátrico.
–No digas eso ni en broma. Carlos, yo confío
en ti, sé que dices la verdad, sé que al final lo vamos a demostrar.
Carlos miró con fijeza los ojos de Elena y
dentro de ellos descubrió la paz y la seguridad que necesitaba para seguir
adelante.
–Espero no
defraudarte…
–Bueno, ahora a dormir.
–No voy a poder, estoy muy nervioso.
Elena se incorporó y fue a buscar su bolso. De
él extrajo un pequeño paquete y regresó junto a Carlos.
–He pensado en
todo.
– ¿Qué es eso?
–Son unos tranquilizantes. Te ayudarán a coger
el sueño y a dormir bien. Nos interesa que lo hagas pronto.
Carlos se tomó un
par de aquellas pastillas y fue a su cuarto. Era raro, pero echaría de menos el
cuerpo y el calor de Elena cerca de sí. La habitación estaba repleta de
micrófonos, de muy distinto tamaño y diseño. Ya le habían explicado que eso era
porque tenían diferentes sensibilidades y querían registrar cualquier
acontecimiento sonoro que pudiera producirse.
«Mi vida se ha convertido ya en una auténtica
locura».
Se metió en la cama
y pronto notó el efecto relajante de los tranquilizantes, y no tardó en
conciliar el sueño y quedar profundamente dormido. Afuera Elena lo observaba a
través de un pequeño monitor.
–Ya se ha dormido... –dijo Elena.
Andrés, joven amigo de Elena muy aficionado a
todo lo paranormal y técnico de sonido, se acercó a ella.
–Espero que salga
algo de todo esto.
–Yo también. Está muy impaciente y tiene dudas
sobre sí mismo. Hoy puede cambiar todo…
–Sabes que quizá no suceda nada, aunque de
verdad esté pasando algo en esta casa.
–Lo sé. Pero también estoy convencida de que
esta historia es muy compleja y que, sea lo que sea lo que acecha a Carlos, hoy
querrá manifestarse. Somos un montón de testigos.
Andrés negó con la
cabeza, él no estaba en absoluto convencido de que aquella noche fueran a
registrar nada, aunque en el fondo de su ser lo ansiaba. Y lo ansiaba no por
aquel pobre hombre que estaba en la habitación de al lado descansando, sino por
sí mismo, por ese momento de emoción que suponía registrar algo en principio
inaudible, algo que en principio no debiera estar allí.
–Pero a lo peor eso es lo que lo imposibilita.
Tú misma has dormido con él desde hace bastante tiempo sin que nada haya
ocurrido.
A Elena le dolió aquel comentario de su amigo.
En el fondo no podía replicarlo porque sabía que tenía razón.
–Vamos a ver qué pasa… –concluyó.
Pasaron la noche en
vela, tomando café de vez en cuando. Andrés observaba un pequeño registrador de
frecuencias, para comprobar si los micrófonos estaban recogiendo algo. De vez
en cuando había breves saltos y registros, aunque podía ser cualquier cosa, incluido
la respiración o algún ronquido del propio Carlos. Sin embargo, Elena
interpretaba aquello como una señal que daba alas a la esperanza, y sonreía. Y
así llegó la mañana, y con ella el momento de escuchar.
–Estoy impaciente
–dijo Elena.
–Calma, primero tendremos que invertir unas
horas en procesar los registros… luego los escucharemos.
Elena fue a despertar a Carlos. Este se
incorporó como movido por un resorte.
– ¿Ha sucedido
algo?
–Bueno, tranquilo. Algo hay, aunque tenemos
que escucharlo.
–Pero… yo no he sentido nada. He dormido todo
la noche y el radiodespertador no…
–Carlos, hay que esperar.
Y esperaron juntos en silencio en la
habitación, hasta que Andrés entró con una expresión de satisfacción dibujada
en el rostro.
–Chicos, parece que sí que tenemos algo raro
en esta casa. Aunque no es la voz de una niña.
Carlos no comprendió, aunque Elena dio un
respingo de alegría y emoción, y salió corriendo de la estancia, diciendo:
– ¡Vamos, Carlos, vamos!
Carlos la siguió,
aunque en su fuero interno albergaba más temores que esperanzas, y un poco de
extraño escepticismo. Pese a todo lo que había experimentado en los últimos
tiempos, su mente racional aspiraba siempre a tomar una posición empírica de
los hechos.
–Vamos a ver,
tenemos tres registros muy claros. El resto son pequeños ruidos sin
importancia. En el estudio podremos trabajar con más paciencia, pero de momento
para mí es mucho lo que hemos conseguido.
Andrés empezó con el primer y el segundo
registro.
–Os los pongo a la vez porque como veréis son
casi idénticos.
Carlos no pudo reprimir un breve alarido al
escucharlos.
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz… Bzzzzz…
Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
–Y ya está. Pero es muy curioso, ¿no? –dijo
Andrés.
Elena miró a Carlos y comprendió
inmediatamente que aquellos sonidos sí que representaban algo importante para
él.
– ¿Estás bien?
–Esos ruidos… Son los ruidos previos que oigo
en la radio cada vez que Laura ha hablado por ella…
–Eso es bueno, Carlos. Es muy bueno –añadió
ella, pasándole despacio la mano por la espalda.
Andrés no comprendía muy bien la situación,
pero se hallaba muy excitado por el último registro y quería ponerlo cuanto
antes.
–Este sí que merece
la pena. Se oye una voz humana, aunque muy tenue. Es una voz de mujer, de una
mujer adulta. Luego intentaremos que suene mejor, pero de momento es
suficiente.
Andrés seleccionó el fragmento, que casi al
instante comenzó a sonar por los altavoces del ordenador en el que estaban
procesando el sonido:
«Tienes que adorar a Gehena. Adora a Gehena…».
–Suena casi a súplica. Os lo paso otra vez,
aunque como habéis comprobado se entiende perfectamente –dijo Andrés.
Pero Carlos ya no
había escuchado aquellas palabras, concentrado en la grabación que acababa de
oír. Se sintió desfallecer, se sintió morir. Se quería morir allí mismo y en
aquel instante. Y entonces comenzó a gritar como un poseso:
– ¡No, no, no! ¡Maldito seas diablo, maldito
seas! ¡Vete de aquí, o llévame directamente contigo, llévame!
Mientras gritaba iba dando golpes a todo,
hasta que entre varios hombres del equipo de Andrés consiguieron tirarlo al
suelo y controlarlo.
–¡Queréis dejarlo,
le vais a hacer daño! –exclamó Elena, apartando a todo el mundo.
–Si no lo sujetamos se va a cargar los equipos
–dijo Andrés, intentando hacerse dueño de la situación.
Carlos perdió durante unos instantes el
conocimiento. Cuando lo recuperó estaba en los brazos de Elena, quien le miraba
comprensiva y afable.
– ¿Estás mejor?
–Elena, es terrible. Creo que no puedo seguir
adelante.
–No, no ahora. No ahora que ya todos sabemos
que no es una locura tuya, que hay algo de verdad en lo que cuentas. No ahora
que te vamos a ayudar más que nunca.
–No lo entiendes. Todo esto me supera…
– ¿Qué ha sucedido? ¿Has entendido el mensaje?
En los ojos de Carlos se dibujó una expresión
de terror infinito, de miedo a lo desconocido y a lo certero al mismo tiempo.
–No lo comprendes.
La voz que hablaba era la de Alicia. Era mi mujer muerta la que me suplicaba…
XXXVIII
El padre Salas le
había dicho que sólo hablaría con él en la iglesia, después de la misa y cerca
del altar. Si no era así, no le atendería en ningún otro lugar, y mucho menos
en su casa. Carlos había aceptado rápidamente, y le había relatado con todo lujo
de detalles todo lo sucedido el día anterior.
–Gehena…
Carlos observó al cura mientras éste se pasaba
la mano por el mentón muy despacio y entornaba los ojos.
–Sí.
–Gehena es un valle cercano a Jerusalén en el
que se practicaban extraños rituales. Se supone que también se producían
sacrificios en honor al dios Moloc. Dichos sacrificios los hacían los padres
matando a sus propios hijos.
–Pero eso es terrible…
–Está claro. Luego el lugar se convirtió en
una especie de vertedero, y en el Nuevo Testamento Gehena se considera un
sinónimo de otro lugar muy conocido por todos.
– ¿Qué lugar? –inquirió Carlos con
impaciencia.
–El Infierno.
Carlos no pudo
ocultar su sorpresa al escuchar aquellas palabras, que de inmediato relacionó
con las palabras que Laura le solía transmitir por el radiodespertador.
–Pero mi mujer…
¿qué…?
–Todo está enlazado.
–No le comprendo…
–Quizá su mujer se encuentre también atrapada
a medio camino de la nada y esté luchando por salvar a su hija. Aunque caben
otras posibilidades.
– ¿Qué posibilidades? Tiene usted que ayudarme
–suplicó Carlos.
El padre Salas se alejó de su interlocutor y
buscó cobijo bajo la efigie de Cristo, que parecía observarlo benévolo desde el
altar.
–Yo ya no puedo ayudarle…
– ¡Claro que puede!
El cura se giró hacia Carlos con una expresión
firme a la vez que abatida.
–Es cierto… La
verdad es yo ya no quiero ayudarle.
– ¿Cómo?
–Sé que apenas si he hecho nada… pero he
llegado demasiado lejos. Usted no puede comprenderlo, pero siento la presencia
del mal muy cercana y no deseo volver a estar en peligro…
Aquel hombre tenía razón: Carlos apenas si
podía entender nada de lo que le decía.
– ¿En peligro?
–Ya le dije que tuve que dejar los exorcismos.
Realizar esa práctica conlleva un gran riesgo. Me alegro de haber tomado la
decisión que tomé en su momento. Si quiere venir a consultarme cosas, con gusto
le atenderé, pero no iré más allá.
Carlos sabía que no
podía perder la ayuda del padre Salas, que tenía que conformarse con la migajas
que le dejaba, porque quizá fueran fundamentales en su lucha por ayudar a
Laura.
–Está bien.
Entonces, ¿qué quería transmitirme Alicia? Me ha dicho que había otras
posibilidades.
–Sí. Puede ser que ella esté luchando por
usted, y no por su hija.
– ¡Por mí!
–Nosotros no sabemos nada de lo que está
sucediendo en… otra dimensión. Quizá su mujer tenga la certeza de que su hija
ya es insalvable, y sólo desee evitar que usted sufra ningún mal.
–Explíquese, por favor.
–Le está animando a adorar a Gehena. Ya le he
dicho que era un lugar de sacrificios. Los padres, para salvarse de la ira de
Moloc tenían que matar a fuego a sus propios hijos, como muestra de adoración y
sumisión al dios maligno.
Carlos apenas daba
crédito a lo que escuchaba. Todo iba demasiado deprisa, su vida se estaba
transformando en una horrible caricatura de todo lo que él había creído desde
niño. Sencillamente, no era posible que aquellas cosas le estuvieran
sucediendo.
–Pero… ¡es una locura! Además, ¡cómo voy yo a
quemar a mi hija, si está muerta!
El cura mantenía
una tensa calma, aunque sus ojos no podían reprimir transmitir el miedo que lo
consumía interiormente.
–No lo sé, yo sólo le estoy ayudando a
interpretar. Quizá quemarla sea ignorarla. Pero, sinceramente, creo que la
posibilidad con más fuerza y en la que más creo es la más terrible.
– ¡La más terrible! ¡Ya no hay nada más
terrible!
Carlos jadeaba casi
exhausto, incapaz casi de pensar con agilidad, de mantener una conversación con
un mínimo de cordura. Era curioso que cuanto más se estaba demostrando que todo
lo que había vivido era cierto, más cercano se sentía a la locura más profunda.
–Sí, al menos bajo
mi entender.
–Por favor…
–El Demonio también es poderoso. Por algún
motivo se ha fijado en su familia y los desea arrastrar a todos a sus dominios.
– ¿Y qué tiene eso que ver con el mensaje de
Alicia?
El padre Salas miró una vez más hacia el
altar, como hacía en cada ocasión que las fuerzas le flaqueaban.
–No era su mujer la
que le hablaba. Era el mismísimo Satán el que le estaba invitando a adorar su
reino.
XXXIX
Carlos observaba el
rostro de su padre, un rostro sereno pese a lo terrible de los últimos
acontecimientos, una mirada limpia y sincera en la que él podía encontrar la
paz que necesitaba.
–No sé cómo
ayudarte. De verdad que estoy haciendo todo lo que está en mi mano…
–Papá… –dijo Carlos, haciendo un ademán con su
mano.
Ambos miraron hacia el estanque, y hacia más
allá, hacia las montañas que se elevaban majestuosas hasta el cielo.
–Cada vez tengo menos ganas de morir. Cada vez
me siento más aferrado a este mundo… tan hermoso –dijo Esteban.
Carlos no supo qué
añadir. Llevaba unos días con la mente parcialmente en blanco. Desde su
conversación con el padre Salas había buscado alejarse del resto de los
mortales, y para ello se había refugiado con su padre.
–Yo llevo tiempo sabiendo lo que he de hacer,
pero sin atreverme a afrontarlo.
Esteban se giró para mirar a su hijo con
preocupación.
– ¿Sabes lo que
tienes que hacer?
–Más o menos –respondió Carlos esquivo.
– ¿Y qué tienes que hacer?
Carlos evitó
responder de forma precipitada. Sus ojos reflejaron aquellas montañas que
aspiraban a llegar más lejos, rozando la gloria, pero sin conseguirlo.
–Papá, llevo casi
toda mi vida sin creer en otra cosa que en aquello que pueda sentir por mí
mismo…
– ¿Y? –inquirió Esteban, intrigado.
–Pues… ¿De qué forma llega alguien al
infierno? ¿Cómo narices consigue uno el pasaje? –preguntó Carlos, irónico, y
con media sonrisa perfilada en sus labios.
Esteban comprendió
al segundo el derrotero hacia el que su hijo deseaba llevar la conversación.
Apretó las manos, sus manos ya agrietadas y cansadas.
–No lo sé. Yo siempre he buscado el camino
contrario. Me imagino que se llega haciendo el mal, siendo malo, deseando el
mal.
–Entonces… ¿Laura era mala?
Su hijo le interrogaba como si fuera un
completo ignorante, como un niño burlón que en clase de religión intenta
mofarse del profesor.
–Ya te he dicho que
no sé nada. Sólo estoy haciendo suposiciones. Yo creo que mi nieta era una niña
preciosa y muy buena. Algo le tuvo que suceder en un momento determinado, algo
que ni tú ni yo sabemos.
Aquellas últimas
palabras, pronunciadas con dolor por su padre, hicieron recordar a Carlos el
abandono al que había sometido a Laura, y el desconocimiento que tenía de lo
que había sido la existencia breve de su única hija.
–Desde este mundo
no estoy haciendo nada más que perder el tiempo, mientras ella no deja de
lanzarme mensajes y de pedirme ayuda…
–Reza, hijo, es lo único que podemos hacer. Al
final el Señor demostrará que es más poderoso que el mal –dijo Esteban, aunque
su voz sonó torpe y falta de confianza.
Carlos entonces
abrió mucho los ojos, como si acabara de encontrar la respuesta a una pregunta
largamente formulada, y de casi imposible contestación.
–Eso haré, papá. Rezaré… XL
Aquella noche Elena
tardaba en llegar. Carlos no dejaba de dar vueltas en la cama, incómodo.
Constantemente venían a su mente imágenes de lo vivido en los últimos tiempos,
y entonces unas ganas terribles de salirse de sí mismo, de ser otro, se
apoderaban de él.
«Quisiera empezar otra vida».
La semana que había
pasado en casa de su padre había contribuido enormemente a sosegar su espíritu.
No había hablado con nadie, sólo con Esteban y con Elena, e incluso los últimos
días casi ni había pensado, dejando su cabeza completamente en blanco.
«Quisiera no ser yo mismo».
Con los ojos
clavados en el techo, pudo ver la imagen de Laura, su hija, corriendo por un
largo parque, el rostro lleno de felicidad. ¿Qué había podido suceder para que
todo se fuera al traste? ¿En qué instante ella había dejado de ser ella para
convertirse en otra cosa? ¿Era Laura deliberadamente mala, y por esa razón
había terminado en el Infierno, o por el contrario había sido poseída al azar
por el Diablo?
«¿Qué pasaría por su cabecita de niña?».
Lo que más le
atormentaba a Carlos era precisamente eso, que sólo era una niña, indefensa y
sin experiencia para enfrentarse a todo lo que se estaba enfrentando. Él mismo,
al menos, ya había vivido lo suficiente como para adaptarse a situaciones
complejas… Aunque, la verdad, nada de todo lo anterior le estaba sirviendo. Era
demasiado horrible.
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
Carlos dio un
brinco en la cama, como siempre que escuchaba aquel sonido procedente del
radio-despertador. Hacía tanto tiempo que no oía aquel ruido maldito.
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
Miró con fijeza el
aparato, como intuyendo lo que sucedería instantes después, como si unas nuevas
dotes premonitorias le avisaran de lo que en breves momentos pasaría de futuro
a presente.
«¡No, no, no…!». Y
en ese momento el radio-despertador comenzó a buscar solo en dial, como
intentando encontrar una emisora concreta, como ya había hecho él solo en otras
ocasiones.
«¡No, no, no…!».
Carlos cogió el
aparato y lo lanzó contra el suelo. Luego empezó a pisotearlo y a tirarlo una y
otra vez contra las paredes, y nuevamente contra el suelo, hasta dejarlo
completamente inservible, hasta que dejó de producir sonido alguno, hasta que
sólo quedó un escandaloso silencio.
«Ya está…».
Se quedó un buen
rato contemplando aquellos restos de plástico y hierro esparcidos por toda la
habitación, satisfecho. Hasta que un sentimiento de ausencia y desamparo
incontrolables le hizo romper a llorar. Y lloró como un niño, y luego ese
llanto se transformó en el quejido de un demente. Y quedó exhausto sobre la
cama.
«Sé lo que tengo que hacer». XLI
Elena había pasado
la noche anterior en su casa, terminando de arreglar algunas cosas. Aunque
Carlos le había avisado que regresaba, después de una semana en casa de su
padre, ella prefirió dejarle tranquilo al menos un día, para no agobiarlo a
preguntas, o para no suscitarle mayor nerviosismo. De un tiempo a esta parte lo
notaba muy tenso, y los días que había pasado con Esteban parecían haber
relajado su espíritu.
Entró sin hacer
ruido imaginando que, por lo temprano de la hora, Carlos aún seguiría
durmiendo. Dejó algunas compras en la cocina y se puso a ordenar muy despacio
el salón, aunque apenas si estaba revuelto. Después se sentó.
«¿Cómo puedo ayudar a este hombre?».
Se le había
ocurrido una buena idea: llamar a una médium, amiga de Andrés, y que éste había
conocido en un famoso programa de radio dedicado a temas de ocultismo y de
sucesos paranormales. No perdían nada por probar, y quizá de esa forma Carlos
podría formularle algunas preguntas clave a su hija, y también encontrarían la
forma de ayudarla a salir del Infierno, si es que de verdad estaba allí.
«La médium nos dará respuestas, estoy segura».
No había terminado
de decirse a sí misma aquellas palabras cuando notó que el corazón le quedaba
en suspenso, sin latir, y el tiempo se detenía de repente. Justo frente a ella
estaba la cómoda de siempre, con los mismos libros de siempre, con el mismo marco
y la misma foto de siempre. Pero algo había cambiado. Antes era una foto de
Carlos solo en una playa, un Carlos sonriente, y ahora había alguien más a su
lado.
«No puede ser».
Se acercó hasta la
cómoda y con las manos temblorosas tomó el marco para poder observar mejor la
foto. Tuvo que ahogar un alarido. La persona que había junto a Carlos no era
otra que su propia hija, cogiéndole la mano, y con una sonrisa casi malévola.
Laura parecía mirarle desafiante a los ojos, parecía estar mirándole con toda
la ira del mundo a ella misma, desde el papel. Sin embargo, Carlos había
perdido la felicidad de la anterior instantánea, y también le miraba, pero en
sus pupilas había una expresión como de súplica. En la mente de Elena se
confundían ambas imágenes: la foto del pasado y la foto que ahora sostenía casi
sin aliento.
«No había ninguna
foto de Laura en el salón…». Podía ser que alguien, por ejemplo Alicia, hubiera
tomado dos instantáneas del mismo lugar, era algo frecuente cuando se viaja, y
que Carlos la noche anterior hubiera decidido cambiarlas en el marco.
«Demasiada casualidad, demasiado improbable».
El tiempo se hizo
denso, y también el aire. Y entonces Elena percibió el silencio de la casa, el
extraño silencio que presidía toda la estancia desde su llegada. Y fue
corriendo hacia la habitación de Carlos, pero allí no encontró nada, sólo unas
sábanas revueltas.
«Menos mal» –pensó aliviada.
Pero recordó la
puerta del aseo, que había visto fugazmente al pasar, cerrada, algo muy poco
habitual. Y otra vez un pavor incontenible e inmenso se apoderó de ella.
Caminando despacio se dirigió al cuarto de baño, y también muy despacio abrió
la puerta. Enseguida pudo ver la sangre, sangre que manchaba el suelo y las
paredes, sangre con la que había escritas palabras en las paredes y en los
espejos:
ADORO GEHENA
DOY GRACIAS A MI SEÑOR MOLOC
SATÁN ACÓGEME EN TU SENO
Casi sin fuerzas
llegó hasta la bañera, que estaba cubierta por una cortina de plástico,
manchada también de sangre. La apartó con brusquedad y después bajó los ojos,
con la mirada enturbiada por las lágrimas. Sólo una imagen pudo imprimir su
retina antes de desmayarse: un rostro, antaño el de su amigo Carlos, pero que
ahora era el de un animal que grita con todas sus fuerzas mientras lo
sacrifican, mientras se desangra.
XLII
Esteban fue
caminando solo hacia el estanque en el que él y su hijo solían charlar. Las
montañas al fondo parecían estar tristes, melancólicas, apagadas… Andaba como
sin fuerzas, arrastrando los pies y tropezándose de cuando en cuando.
«Otra pérdida».
Como le había dicho
a Carlos en su último encuentro, cada vez le quedaban menos ganas de morir.
Unas enormes dudas le embargaban por completo, y ya no tenía claro qué pensar.
Antaño había sido un hombre con una fe férrea en Dios y en su capacidad para dominar
el mal. Ya no lo tenía tan claro.
«Lo peor llega con la muerte».
Sabía que tenía que
apartar aquellos pensamientos terribles de su cabeza, pero ¿cómo lograrlo?
Elena le había llamado de inmediato, y tuvo la oportunidad de asistir a la
escena dantesca que su propio hijo había creado antes de que llegara la
policía.
«¿Cómo pudo hacer eso? ¿Cómo pudo hacerse
eso?».
Los forenses habían
determinado que la causa de la muerte había sido debida a una perdida de sangre
dramática, provocada por numerosos cortes autoinfringidos: suicidio.
«Nunca podré olvidar su rostro…».
La expresión última
de Carlos era la de alguien que sufre terriblemente, pero también la de alguien
que ha buscado ese sufrimiento. Estaba claro que la locura se había apoderado
definitivamente de él, porque ninguna persona en su sano juicio podía haber montado
aquel espectáculo macabro, ni podía provocarse ese tipo de lesiones horribles.
«Quizá yo mismo acabe perdiendo la razón».
Pero su hijo
tampoco estaba tan loco. El padre Salas había sido tajante al explicar aquello
que su hijo había realizado, y que en principio no tenía el menor de los
sentidos: «ha provocado a Dios, y con ese último acto ha invitado al Demonio a
llevárselo consigo. Con seguridad habrá cumplido con su deseo final». El propio
cura deseaba que todo aquel esfuerzo no hubiera sido en vano, porque Satán
engaña, y quizá todo había sido una farsa, en el que el único poseído había
sido el propio Carlos.
«Quizá sea cierto, quizá a fin de cuentas fue
Carlos el que, desesperado por la terrible pérdida de su familia, fue
arrastrado por el Diablo».
Esteban contempló las aguas tranquilas del
estanque, que reflejaban algunas nubes solitarias en el cielo.
«¿Cómo se llega hasta el cielo?».
Miró hacia las
alturas y gritó con todas sus fuerzas, gritó sin decir nada, con una rabia
arrastrada desde años y que explotaba al no obtener nunca respuestas.
«¡Maldita sea todo!».
Exhausto, cogió una
piedra, redonda y lisa, perfecta. La lanzó con fuerza sobre el estanque y ni
siquiera hizo el esfuerzo de contar lo botes que daba en el agua.
«Se terminó el juego, hijo mío». XLIII
El padre Salas salió de su apartamento con
ansiedad, y hasta que no llegó al garaje y se metió en su coche no se calmó un
poco.
«Debo llegar a la iglesia cuando antes».
Los últimos días
sus sueños habían estado plagados de pesadillas, y terribles premoniciones le
asaltaban a lo largo del día de forma fugaz pero intensa. Se veía rodeado de
fuego, y con seres espantosos pero indefinidos que le acechaban y le empujaban
con armas afiladas hacia las llamas. Aquellos sueños le recordaban a los de su
última etapa en México, poco antes de que tuviera que emigrar y dejar de
realizar exorcismos para la iglesia.
«No puede estar sucediéndome esto otra vez».
Mientras conducía
de forma descuidada, a su memoria iban regresando todas las personas a las que
había exorcizado y, de un modo paralelo, todos sus encuentros con el Diablo, en
sus distintas formas. Satán siempre deja una huella profunda e indeleble, y por
eso tuvo que parar.
«Tengo que volver a alejarme, tengo que
cambiar de país otra vez».
Entonces notó una
presencia en la parte posterior del vehículo, en el asiento de atrás. Había
algo que se agitaba, que se movía, y que incluso producía pequeños pero
sensibles ruidos con su respiración.
«No mires atrás, no mires atrás».
Intentando
controlar sus nervios aceleró, ansiando como nunca en su vida llegar a la
iglesia, aferrarse como un poseso al altar, a la protección de Cristo, siempre
salvador. Pero aquello que había surgido en su coche parecía ir
materializándose, ganando en tamaño.
«Señor, ten piedad de mí, dame fuerzas ahora».
Aquello jadeaba a
ratos como una persona enfurecida, a ratos como un animal enorme. Cada vez se
movía con mayor rapidez, como si fuera de un lado a otro del asiento trasero,
al acecho, esperando la ocasión para abalanzarse sobre su presa.
«Recuerda: no mires
atrás». Le quedaban apenas trescientos metros para llegar al edificio salvador,
y cada vez le costaba más mantener la calma, controlar sus nervios, contener el
miedo y el terror que se iba apoderando de todo su ser. Entonces, en un gesto
instintivo e incontrolado, alzó levemente la mirada hacia el retrovisor, y
fugazmente le pareció distinguir el rostro de Carlos embutido en una especie de
bestia de pelaje abundante y rojizo. Aterrado abrió la puerta del coche y se
lanzó del mismo sin que llegara a detenerse.
«Señor, dame fuerzas, apiádate de mí».
Aunque herido por
la caída, corrió con todas sus fuerzas hasta la iglesia, sin preocuparse del
vehículo, que fue perdiendo fuerza hasta chocar con una farola, ni del resto de
viandantes, que lo miraban asombrados e incrédulos. Cuando llegó al edificio, cerró
con violencia las puertas tras de sí y se abalanzó sobre el altar,
arrodillándose ante la imagen de Cristo crucificado.
«Gracias Señor, gracias por ayudar a tu
siervo».
Con la respiración
entrecortada comenzó a rezar, aliviado porque su Dios le había mostrado una vez
más su poder sobre el mal y su capacidad para mantenerlo a salvo. Pese a todo,
aún seguía horrorizado por la imagen que apenas había vislumbrado a través del
retrovisor.
«¡Aquellos ojos!».
Y entonces
comprendió. Con un sexto sentido que él atribuía a una comunión directa con el
Santísimo, pudo ver y entender. El cielo, oscurecido momentos antes por negros
nubarrones, se abrió y dejó sólo un azul claro, tremendamente hermoso y limpio.
Y al instante se dio cuenta de que tenía que ponerse en marcha sin perder un
instante.
«¡He de avisar a todos los implicados, antes
de que sea demasiado tarde! ». XLIV
Elena entró en su
casa. Había pasado toda la tarde hablando con Andrés, intentando encontrar un
sentido a lo que había estado viviendo en las últimas semanas. Ella llevaba
mucho tiempo intentando vivir una experiencia paranormal de verdad, y ahora que
lo había logrado no se sentía en absoluto satisfecha. Se sentía terriblemente
triste y vacía.
Había tomado la
determinación de no ir al trabajo durante unos días, hasta recuperar un cierto
equilibrio. La historia de Carlos había sido muy fuerte, y además se había
implicado en ella hasta un grado máximo. Debía de tomarse las cosas con calma.
Andrés no le había
servido de mucha ayuda, puesto que estaba aún más confundido que ella misma.
Por un lado tenía las grabaciones, pero por otro no tenían nada más. Carlos
había dicho que aquella era la voz de Alicia, su mujer, pero nadie más lo había
contrastado. Podía tratarse de una sicofonía vinculada a otro suceso, ya que
las palabras pronunciadas por aquella mujer no tenían relación alguna con lo
que él describía le estaba sucediendo.
Elena optó por
tomarse un tranquilizante e irse a dormir: llevaba muchos días haciéndolo
apenas unas horas, y su cuerpo empezaba a acumular demasiado agotamiento mental
y físico. Aunque lo deseaba, cada vez que se tumbaba en la cama no podía
apartar de su cabeza el recuerdo de Carlos, incluso en ocasiones lo buscaba a
tientas con las manos. Pero Carlos se había marchado ya para siempre, había
muerto.
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
«¿Qué es ese sonido?».
Miró hacia la
mesita de noche y pudo comprobar que era la pequeña radio con la que solía ir a
todas partes por las mañanas al despertarse: mientras desayunaba, mientras se
duchaba, mientras se vestía… Pero ella no la había puesto en funcionamiento.
«Quizá olvidé apagarla esta mañana».
Bzzzzz… Fiiiiiiiiiiiiiiii… Bzzzz…
Aquella segunda
tanda de ruiditos despertó su memoria y la dejó calvada de terror sobre el
colchón, incapaz de mover ni un solo músculo.
«¡Es el mismo ruido que grabamos en la
sicofonía, el que tantas veces me describió Carlos!».
Petrificada en su
propia cama, y sin poder siquiera emitir un grito de auxilio, escuchó cómo su
radio buscaba sola en el dial, pasando con rapidez de una emisora a otra, sin
pararse en ninguna.
«¡Dios mío!».
La radio detuvo su
demente andadura, como si ya hubiera encontrado la frecuencia exacta. Se hizo
un breve silencio, durante el cual ella sólo pudo contener la respiración
atenazada por el miedo. De súbito, la voz de Carlos salió del pequeño aparato:
–¡Elena… ayúdame… ESTOY EN EL INFIERNO!

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