© Libro N° 13980. La Paradoja
Del Tiempo Libre. Piazze, Juan.
Emancipación. Junio 28 de 2025
Título Original: © La Paradoja Del Tiempo Libre. Juan
Piazze
Versión Original: © La Paradoja Del Tiempo Libre. Juan Piazze
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Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Juan Piazze
La Paradoja
Del Tiempo Libre
Juan Piazze
La Paradoja Del Tiempo Libre.
Juan Piazze.
Universidad de Valparaíso.
Happiness is a warm gun.
Lennon y McCartney.
—1—
El perfil del habitante del siglo
XX es el resultado, principalmente, de dos instancias: la primera es la
emergencia de la democracia y su instauración como sistema que logra imponerse
al destino político de Occidente. La segunda, es la importancia que empieza a
tener la in¬dustria en los procesos sociales que regulan la vida del hombre,
con¬solidando el sistema capitalista sólidamente, no sólo por contro-lar la
economía, sino también por establecer vicios y virtudes socia-les. Re¬volución
Francesa y Revolución Industrial son las dos instan-cias que empiezan a gestar
el surgimiento de un nuevo tipo de indi-viduo. Por una parte, se busca la
docilidad política y, por otra, la eficacia en la producción de bienes de
consumo.
Docilidad y producción, conforman el alma del buen ciuda¬dano y las
principales directrices del sistema democrático-capitalista que impera en
Occidente. La vida del individuo queda segmentada en dos facetas: la producción
y el consumo. Asimismo, el tiempo de su vida se divide en trabajo y tiempo
libre, es decir, en la actividad destinada a producir los requerimientos
mínimos de la vida y en la actividad cuya meta tendría que estar centrada en
las preocupacio-nes más íntimas. Por estos motivos el individuo queda sujeto a
du-ras ata¬duras, siendo reducido a ser un instrumento en medio de la compleja
máquina social: "La conjugación de las fuerzas económi-cas y, con estas,
de las políticas y administrativas reduce en buena medida al individuo a la
condición de mero funcionario del engra-naje"´. Esta condición de mero funcionario denota una
existencia excesiva de ataduras, pese a que se intente proyectar la ilusión de
una libertad en aumento. Por lo tanto, durante el llamado "tiempo
libre" las ataduras igualmente se harán presentes. Si bien, el tiempo
libre tendría que ser utilizado para sí mismo, en atención a las nece-sidades
que vienen dadas desde la independencia y autonomía. Sin embargo, esta
inde¬pendencia y autonomía es ilusoria, pues, en todo momento la vida queda
atrapada en las redes de la industria.
En el régimen industrial, la cultura -vieja nodriza del espíritu-
ten-drá por tarea transmitir semejanzas e uniformidad: "la cultura mar-ca
hoy todo con un rasgo de semejanza".
Todo resulta quedar so-metido a la identidad, y por lo tanto,
incorporado a la totalidad. No puede quedar detalle suelto, ni esperanzas
ocultas en lo irreductible. Todo es traducido a lo mismo, generando una
sociedad enajenada, autoclausurante. Lo otro es permanentemente producido, pero
den-tro del sistema. Esto significa que la experiencia de lo otro es una
ficción sin la cual la totalidad no podría funcionar.
Las actividades del hombre quedan subsumidas a la repeti¬ción de lo
mismo, que viene a ser la sombra del proceso de produc¬ción. La eficacia
productiva depende de la perfección con que se eje¬cuten los movimientos. Así
toda acción tendrá relación con la repeti¬ción de lo mismo, los mecánicos
movimientos tendrán como fin un adiestra-miento físico y mental destinado a la
mejora en los procesos de producción. Cuando el hombre no se encuentra dedicado
a produ¬cir, no sabrá qué hacer. Pues su accionar está secretamente impul¬sado
a la producción, por lo que en su tiempo libre o se aburrirá o volverá a
insertarse en el mecanismo de producir-consumir dado que se ha desacralizado el
día de descanso. Toda acción va a estar
some¬tida a las leyes del mercado, así como la división entre tiempo de trabajo
y tiempo libre se inscriben en un mismo proceso:
"Es preciso que el tiempo de los hombres se ajuste al apara-to de
producción, que éste pueda utilizar el tiempo de vida, el tiempo de existencia
de los hombres.
El tiempo de los hombres queda convertido en tiempo de trabajo y, a su
vez, son adiestrados para adquirir mayor rendimiento de sus cuerpos en tanto
fuerza de trabajo.
Los individuos están sometidos a los aparatos de producción y,
se-cundariamente, a las normas dictaminadas por los que detentan el poder de
controlar a esos aparatos. La vida no es vivida desde sí mismo sino para otro,
desplazando la satisfacción propia por las le-yes de la productividad. El
tiempo de trabajo, además de enajenar, es un tiempo doloroso al desviar la
gratificación personal en vistas al mantenimiento del sistema:
"el tiempo de trabajo, que ocupa la ma¬yor parte del tiempo de vida
individual, es un tiempo doloroso, por¬que el trabajo enajenado es la ausencia
de gratificación".
Sólo en la medida en que se someta podrá sobrevivir, por lo tanto su
existencia se ve empequeñecida por la necesidad de generar activi-dades
prees¬tabecidas, alejadas de las necesidades individuales. Los hombres pierden
su condición de fin en sí mismos y se resignan a su papel de meros medios,
intercambiables y despersonalizados, para así poder adquirir una dudosa
dignidad social.
Resulta paradójico que la actividad destinada al desarrollo indivi-dual,
sólo sea posible en la medida en que se entregue a un apa¬rato independiente,
frente al cual únicamente cabe adaptarse. Adorno entiende este sometimiento
como una renuncia. La historia de la ci-vilización, no es más que la historia
de una renuncia, en la misma medida en que Freud la entiende como una historia
de la represión. La modernidad es el mismo tiempo cuya efectividad, el joven
Rim-baud, se la otorgó a los asesinos. Los asesinos cargan con la muerte del
padre, pero no pueden cargar con la autoinmolación. No es el instante liviano
del vuelo de las moscas, en el cual el árabe delirante descuartiza cristianos,
sino el tiempo en que se necesita habitar en medio de una masacre. El capitalismo
lo envuelve todo, incluso los espacios del pensar nomadológico. Sus redes
condicionan a los hom¬bres a ser como los héroes trágicos, que, a sabiendas,
son cóm-plices de su propia tragedia. Hacen exactamente lo que tienen que hacer
para llegar a su punto culmine, a la catástrofe.
—2—
La industria cultural tendrá como objetivo atrofiar las faculta¬des que
posibilitarían la emancipación e independencia de los indivi-duos. Si bien la
industrialización ha aportado numerosas facilidades para la actividad
productiva del hombre, en lo que se podrían abrir grandes esperanzas para el
desarraigo creador y por lo tanto ser una amenaza para el sistema represor,
éste se ha encargado de extender su dominio más allá del trabajo hacia el
tiempo recreativo. Para su-perar tal obstáculo, la civilización debe injertar
un componente re-presivo en la conciencia de los hombres. En este sentido la
industria cultural jugará un papel decisivo, pues ella se encarga de regular el
consumo de la vida espiritual, queda con ello cubierto tanto el con-sumo de la
vida material como el de la vida espiritual, encerrando al hombre en una
acojinada atmósfera donde la seguridad es elegida frente al desborde caótico de
la total satisfacción.
Según Marcuse, mediante "la promoción de actividades de descanso
ajenas al pensamiento", se logra una extensión de los con¬troles ha-cia
regiones de la conciencia supuestamente libres, "enton¬ces el individuo
que descansa en esa realidad uniformemente con¬trolada recuerda no el sueño
sino el día". Por lo tanto el descanso se desen-vuelve a la sombra del
trabajo. Dentro de esta operación de control, el mayor objetivo será la
imaginación. A través de ella, el hombre puede fabricarse mundos ajenos y
lejanos a la realidad me¬diatizada e impuesta, lo que permite vislumbrar
posibilidades distin¬tas a las ofrecidas, junto con abrir alternativas que
permitan alejar la vida de las normas mercantilistas. La fantasía queda
vinculada con la frus-tración, pues su mundo es desplazado por la imposición de
nece-sidades apremiantes para el normal desarrollo de la vida. Por con-si¬guiente, la diversión es
programada por la industria de la cultura.
La restricción de la fantasía hace que en el tiempo libre los hombres se
sientan a la intemperie, debido a que su accionar no puede ser otro que la
acción mecanizada destinada a la producción. Movi-miento que se relaciona con
la rutina. Cuando no se encuentran so-metidos a ella, sólo podrán aburrirse:
"Si los hombres pudiesen disponer de sí mismos y sus vidas, si no
estuvieran uncidos en la rutina no deberían aburrir-se" .
Lo que se intenta alcanzar con la atrofia de la imaginación, es la
disponibilidad y ciega adaptación de los hombres al sistema y a las normas que
les son impuestas.
El distanciamiento total de las influencias del mercado pareciera ser
imposible, debido a que todo puede ser absorbido por la industria: "lo que
extingue fuera como verdad, puede reproducirlo a placer en su interior como
mentira".
De esta manera se encarga de producir la alteridad y de incorporarla
desde los parámetros de la mismidad. Además de poseer una enor-me capacidad de
incorporar elementos que pueden aparecer como subversivos: "la rebelión
que tiene en cuenta la realidad se convierte en la etiqueta de quien tiene una
nueva idea que aportar a la indus-tria", ello debido a que al producir la
realidad, estará también reno-vando los vehículos que tienen como meta atrofiar
la imaginación y la capacidad emancipatoria de los hombres.
Aún queda una última posibilidad: la desconexión total. Pero esta última
posibilidad resulta ser regulada por sí misma al ser presa de su propia
impotencia:
"quien no se adapta es golpeado con una impotencia econó-mica que
se prolonga en la impotencia espiritual del solita-rio".
En las letanías pronunciadas frente al espejo sólo queda el sordo sonido
de la impotencia, el delirio mudo de los ecos interiores que no obtienen
ninguna resonancia en el exterior.
La individualidad tiene valor en la medida en que es renuncia. En el
curso de la historia el sacrificio se ha introyectado. Dominarse a sí mismo,
significa destruirse. Es decir, renunciar a lo diferencial, siendo este un acto
de reconocimiento de la propia derrota: no se puede acceder a la entera
realidad, siempre se tiene que optar por la condición "desanimada" de
lo dominado. Esto disuelve el movi-miento positivo de la vida, dejando a los
hombres convertidos en ilusos armatostes a la espera de una nueva orden.
La pesadilla cartesiana de asomarse a la ventana y observar un mundo
poblado por máquinas carentes de interioridad se ha vuelto una realidad. Para
Jameson, la primera y más evidente característica del mundo capitalista es el
nacimiento de "un nuevo tipo de insipi-dez o falta de profundidad, un
nuevo tipo de superficialidad en el sentido más literal". Provocando así
una mutación del mundo obje-tivo en sí mismo, transformado hoy en un conjunto
de textos o si-mulacros: no existen hechos reales, sino interpretaciones reales
de los hechos. Se vive al interior de un simulacro, de una interpreta-ción, que
por carecer de referente su vuelve extremadamente frágil: es una interpretación
de una interpretación, cuyo fundamento quedó enmarañado en la débil facultad de
la memoria, buscar el origen es encontrar lo que desencadenó la mentira en el
mundo de los hom-bres, es poner entre paréntesis al mundo para someterlo a la
inspec-ción sospechosa de la duda. Con ello se descubre que los cimientos de la
humanidad son tan inestables como las aguas tormentosas que intentan devorar a
los sobrevivientes de un naufragio.
Parece cada vez más difícil comprender la condición universal del buen
sentido, si por éste se entiende una fuerza capaz de basar la dignidad del
hombre en su autonomía, en solidaridad con un con-cepto amplio de humanidad:
cada vez que se actúa de acuerdo con las normas demasiado humanas, se hace en
desmedro de la propia autonomía. En el capitalismo tardío, el sentido común
tiene como objeto -siguiendo a Adorno- mantener al hombre en lo que Kant
denominaba "minoría de edad", es decir, "incapacidad de servirse
de su propio entendimiento sin la guía del otro". De manera que, el buen
sentido consistirá en el sacrificio de la individualidad median-te su
identificación con los principios reguladores de la sociedad. Todo gesto de
resistencia es eliminado al identificarse lo particular con lo universal,
siendo el individuo su principal víctima. El siste-ma requiere ser una
totalidad cerrada con falsas aperturas desde donde surge la fingida coherencia
del orden que guarda un sano equilibrio de lo mismo y lo otro. Así, mediante el
implante de la totalidad, todo detalle huidizo queda integrado. Los hombres
pasan a ser un valor de cambio, y sólo en la medida en que ellos sean
in-tercambiables -por lo tanto uniformados- el sistema se puede man-tener.
—3—
La forma en que se impuso la gran industria contó con el benepláci-to de
los sometidos, además de haber sido capaz de adelantarse a la conciencia de
ellos, gracias a la estratégica utilización de un dispo-sitivo en que se mezcla
el saber y el poder. Es decir, un dispositivo de carácter ideológico. En el
despliegue de esta red de poder, el sa-ber fue paulatinamente incluyendo todos
los fenómenos que con-forman el espectro humano, de manera de no excluir nada,
todo terminó teniendo un lugar al interior del sistema.
Frente a los riesgos de la vida trashumante el sistema prometía
se-guridad, por tanto se volvió protector de las distintas amenazas que puedan
cernirse sobre el horizonte de la humanidad:
"La vida mejor es compensada por el control total sobre la
vida". Asimismo, mediante el incremento de productos se empiezan a generar
necesidades que mantienen atados a quienes los consumen, pues, "los bienes
y los servicios que los individuos compran controlan sus necesidades y
petrifi-can sus facultades".
Junto con atrofiar las facultades, también se crean necesidades
ficti-cias a partir de las cuales se genera goce artificialmente, se requiere
entrar a una tienda y salir con más productos para satisfacer necesi-dades
ilusorias antes de apremiantes reales:
"Estas necesidades han quedado integradas en una sociedad falsa y
han sido falseadas por ellas. No negamos que en-cuentren satisfacción y una
satisfacción múltiple, tal como había sido pronosticado, pero es una
satisfacción falsa y en-gaña a los hombres sobre lo que es su auténtico
derecho".
El sentido de la felicidad es el vacío rellenado por la sonrisa
plásti-ca de la publicidad. Todo impulso que intenta fomentar la
indivi-dualidad es capturado por los monopolios económicos y reincorpo-rado
como dato social, es decir, es reinsertado bajo los parámetros de medición
social manteniendo modeladas las posibilidades de desviación. Así, la razón comenzó a establecerse bajo la
garantía de los espacios disciplinados. Con el disciplinamiento de los hombres
se asegura su docilidad y su eficacia productiva, estableciéndose una camisa de
fuerza moral sobre aquellos impulsos y acciones que sean peligrosas o atenten
contra el orden vigente.
Nietzsche, en la tercera de las consideraciones intempestivas, decla-ra
que si algún síntoma puede unir a los hombres de su tiempo, ese síntoma es la
pereza. Sentimiento que les impide tomar conciencia de ese "misterio
único", conformado por el encuentro de múltiples elementos, que cada
hombre es. Por lo que el individuo, termina asemejándose "a productos
fabricados en serie, indiferentes, indig-nos de evolución y enseñanza". La
vida, cuyo estandarte sea la pere-za, es también más cómoda. Pero con esta comodidad
ganada se pierde el verdadero sentido de la vida y es cubierta por "una
envol-tura exterior carente de contenido" teniendo como resultado a una
"criatura vacía y repugnante" que se deja llevar por la "opinión
pú-blica" desembocando en "perezas privadas". Para salir de este
atur-dimiento, el joven filólogo afirma que es necesario que todo hombre
reconozca su condición de "milagro irrepetible" a cuyo eco resuena la
liberación: "¡Sé tú mismo! Tú no eres eso que haces, piensas o
deseas".
Esta esperanza se hace presente en quienes no se "consideran
ciuda-danos de estos tiempos", pues se habrían hundido en la época de las
virtudes públicas. Para lo cual se requiere un temple desafiante que se
familiariza con "una cierta temeridad y un cierto peligro",
rom-piendo con las dependencias y delimitaciones impuestas. Cruzar el río de la
vida significa construir cada cual su propio puente, de lo contrario caerá y se
dejará llevar por la corriente de ideas enajenan-tes, ahogándose para siempre
la autonomía individual. En esta des-cripción Nietzsche está haciendo alusión a
la gran tarea que cada hombre debe enfrentar: llegar a ser el que se es. Este
es un asunto envuelto en múltiples peligros, lo que lo hace ser "oscuro y
miste-rioso". En el prólogo de La genealogía de la moral, dirá: "cada
uno es para sí mismo el más lejano". Y aquellos que se han ocupado del
saber han despreocupado la parte más importante de sus vidas, es decir, sus
propias personas. ¿Cómo recorrer esa enorme distancia que nos separa del
conocimiento de nuestra propia persona? Tal vez, dejando de lado las
preocupaciones epocales, siendo intempestivos y reconociéndonos en esas
lejanías que son tales por ajenas a lo aco-modaticio. La distancia que se debe
recorrer es la distancia del te-mor al coraje, el arrojo de prestar atención a
esas instancias que han sido señaladas por la civilización como peligrosas,
dolorosas y ca-rentes de sentido: el cuerpo, los instintos, la no-verdad, el
devenir, etc. Sólo así los hombres podrían acceder a esa naturaleza superior,
"al más lejano", al superhombre y con ello encontrar un nuevo
sen-tido a la palabra "felicidad".
El horizonte de la humanidad se encuentra afectado por fuerzas
di-solventes frente a las cuales, el sistema intenta oponer mecanismos
neutralizadores imponiendo una falsa estabilidad. Por ello el princi-pio
regulador de la civilización va a ser la represión. Se reprimen las fuerzas que tiendan a la
dispersión y busquen un espacio de au-tonomía dentro de la cartografía
cardinal. El placer autosuficiente queda anexado a una oficina de lo real, lo
que hace imposible satis-facer la totalidad de las necesidades; siendo la
felicidad -como lo pronosticara Schopenhauer- una ficción. Progresar quiere
decir con-trolar las fuerzas disolventes, y producir satisfacciones ilusorias.
La operación crítica, para Adorno, debe considerar las verdades co-mo
instancias que llegan a ser, "como una constelación deviniente" más
que el automatismo facilitador que se reconoce en el reflejo de lo mismo. De
manera que, pensar legítimamente, significa introdu-cir una ruptura entre lo
que es considerado como verdad, para aten-der aquellas instancias que quedan
fuera del proceso reflexivo, "es como ser interferido por eso que no es
pensamiento". En el ejercicio del pensar tiene que haber resistencia a la
acomodaticia adaptación a la sucesión automática de operaciones reguladas.
Tiene que ser una operación que escape a la reproducción del mismo proceso del
trabajo. El pensar será identificado con el pathos nietzscheano de la vida
peligrosa, pathos cuyos primeros lineamientos aparecen en la tercera
intempestiva. Para Adorno, pensar es "pensar peligrosamen-te".
Pensar, quiere decir estar obligado a correr riesgos: "no
retroceder por nada ante la experiencia de la cosa, no dejarse atar por ningún
consenso de lo previamente pensado".
Este trabajo exige la conti-nua renovación de sus resultados, por lo
tanto nuca llega a la tran-quilidad de una conclusión. El pensar lo que intenta
hacer presente es una experiencia y, como tal, contiene elementos que no se
deja-rán reducir, instalando algo pendiente, el aun no. Con ello se asegu-ra de
abrir posibilidades no previstas por el automatismo, que estén grávidas de
elementos irreductibles a los esquemas epocales. Es decir, que contengan el
germen de lo que Nietzsche denominó in-tempestivo: poder escapar a los
dictámenes de la época y, en ello, reservar una dosis de esperanza en un futuro
mejor.
El tranquilo sueño de la razón no dejará de generar monstruos, pero
monstruos que son consecuencia de la domesticación, del confor-mismo y de la
seguridad. La felicidad total se ha vuelto imposible, sólo se puede optar por
compensaciones a medias. En cada sonrisa se rememora el sacrificio: para ser
feliz hay que renunciar a la feli-cidad. El extremo de la felicidad es la
inmovilidad de la muerte, el cese del baile, el fin de la fiesta. La entrada en
razón conduce inevi-tablemente al dolor de la impotencia, al destierro de los
sueños, a la miseria social con todo su peso. Frente a la salida, quedan dos
acti-tudes, la pérdida del alma en los engranajes de la maquinaria social, o la
auto-inmolación como única actitud en que se podría rescatar la dignidad de la
inminente miseria:
"Lo moderno tiene que estar en el signo del suicidio, sello de una
voluntad heroica que no concede nada a la actitud que le es hostil. Ese
suicidio no es renuncia sino pasión heroi-ca".
Por medio de este último acto, se puede vivir de un extremo a otro el
nihilismo: se es un perfecto nihilista. Porque, tal vez, el gesto que enfunda
la propia muerte, ya no en manos ajenas ni destinando las fuerzas en la entrega
brutal a la riqueza externa, representa el mayor logro de la autonomía. En esta
pequeña muerte se delata el fracaso del sistema, ya no podrá adueñarse de las
fuerzas productivas. En esta hazaña el nihilismo se purifica: desaparece su
efecto negativo. Pero en un acto heroico que reclama la vida de su agente:
resistir a la catástrofe no asistiendo a su ritual. El tiempo libre es el
tiempo de la destrucción. Es la línea de fuga que no puede ser reducida por la
cuadratura social, se vuelve a la dispersión caótica configurada por las fuerzas
creadoras, se absorbe el caos dentro de sí -como can-tó Zaratustra- para quedar
diseminado en el polvo de las estrellas danzarinas. El tiempo efectivamente
libre, es el que se inaugura con la propia destrucción, la acción autónoma de
la mano, que trémula, hace su último gesto: un gesto alejado de la gracia de
las costum-bres y del recato de la supervivencia.
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