© Libro N° 14298. Las Puertas Del Infierno. Parte II. La Historia De La Iglesia Jamás Contada. De La Cierva, Ricardo. Emancipación. Septiembre 20 de 2025.
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LAS PUERTAS DEL INFIERNO
Parte ii
Ricardo De La Cierva
SECCIÓN 5: LA TRAMPA MARXISTA DEL DIÁLOGO
INFILTRACIÓN MARXISTA Y CAPTACIÓN POR EL DIÁLOGO
A partir de
los años cuarenta en Occidente no se hablaba de otra cosa que del diálogo. (En
España esta piadosa costumbre no arrancó hasta los sesenta, pero con fuerza
arrasadora). El diálogo, por supuesto, se planteaba entre marxistas decididos y
cristianos ingenuos con vocación suicida. (He leído alguna vez a Santiago
Carrillo riéndose del diálogo; y afirmando, con bastante razón, que ningún
comunista se ha hecho cristiano por el diálogo, pero muchos cristianos se han
hecho comunistas). El diálogo se había iniciado en tiempos del dialogante
Stalin pero llegó a su apogeo como método para lograr la «coexistencia
pacífica» que era la obsesión de Nikita Kruschef, el cual con ese diálogo lo
que pretendía era ganar tiempo para que la economía y la sociedad soviética
adelantasen y desbordasen a la occidental; es sabido que acabó estrellándose,
pero su interlocutor era, al principio, el Papa Juan XXIII que creía en el
diálogo por motivos que explicaremos al trazar sus rasgos biográficos y
pastorales. De todas maneras el diálogo, como acabo de indicar, empieza mucho
antes de Kruschef; es un recurso táctico de los comunistas y sus movimientos
afines, como PAX y luego el IDOC a raíz de la victoria soviética en la segunda
guerra mundial y sobre todo en la época conciliar. El fundamento del diálogo
era la seguridad de los soviéticos en alcanzar pronto la hegemonía universal y
la sospecha e incluso la certeza temerosa de muchos occidentales —entre ellos
los dos Papas Juan XXIII y Pablo VI, seguidos por gran parte del clero y de la
Iglesia— de que el comunismo pudiera imponerse en todo el mundo. Es decir que
leyeron a George Orwell y en vez de enardecerse el espíritu para el combate se
creyeron literalmente la profecía de 1984. Porque el diálogo se daba
sólo en Occidente; dentro del bloque comunista ya hemos visto el tipo de
diálogo que se utilizaba. El término sonaba muy bien; pero no significaba
realmente intercambio sino entrega de los cristianos a los marxistas, como tan certeramente
había propuesto Lenin. Aquellos cristianos abrumados y alucinados por el
tremendo avance del marxismo-leninismo, que en pocos años, desde 1944, había
llegado a dominar medio mundo, entonaban el «sálvese quien pueda» como tantos
obispos y cristianos a partir del siglo
IV ante la salvaje presión y las primeras
incursiones de los pueblos bárbaros del Norte contra el Imperio romano.
Pretendían que la Iglesia sobreviviera a la gran invasión y esperaban,
entregándose a ella, tal vez encauzarla y dominarla, como en efecto consiguieron;
porque de aquel choque de pueblos transformado en síntesis brotó nada menos que
la Cristiandad medieval. La diferencia es que los bárbaros de los siglos IV
y V
se mostraron dispuestos a la asimilación del mensaje cristiano; y los bárbaros
comunistas del siglo XX trataban de apoderarse de Occidente para
arrancar de raíz el Cristianismo y hasta la idea de Dios.
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Los cristianos que dialogaban con el marxismo no
dialogaban con su propia Iglesia, la increpaban, se rebelaban contra ella.
Junto al término «diálogo» el más famoso desde 1945 a 1985, más o menos, era el
de «profetismo» utilizadísimo como una bandera por los «contestatarios» que
eran, sencillamente, los cristianos y curas y monjas marxistas y sus
congéneres, tan redomadamente cursis (además de falsarios) que cuando se
enfrascaban en la crítica heterodoxa contra la Iglesia decían expresar una
«denuncia profética»; ese término se utilizó mucho en España desde 1969 a 1975
como sinónimo de protesta política contra Franco. Por supuesto que toda esa
nutrida tropa jamás expresó una sola denuncia profética contra el régimen de la
Unión Soviética y sus países satélites, incluidas, en su momento, Cuba y
Nicaragua. Y buena parte de la Iglesia y de la jerarquía se tragaba esas
palabras vacías y parciales, sin la menor crítica, sin el menor sentido del
ridículo. En resolución, y ante un análisis histórico elemental desde nuestra
perspectiva de hoy, el diálogo de la época conciliar era un movimiento de
origen marxista-leninista para la captación de los cristianos «progresistas»,
es decir, retrógrados; porque no cabe actitud más retrógrada que orientarse
hacia la catástrofe marxista. Y frente a su propia Iglesia esos cristianos
exhibían muchas veces, con actitud prepotente, la «contestación» y la «denuncia
profética». Hoy nos parece ridículo pero el diálogo y la denuncia duraron
décadas enteras. Nunca olvidaré cómo intérpretes desorientados —pienso en el
pobre José Luis Martín Descalzo— elogiaban a los contestatarios de los años
sesenta y setenta (que no eran más que escuadras para la demolición) como «una
parte muy sensible de la Iglesia». Si estaban en la Iglesia, que lo dudo,
constituían su parte más insensible.
LOS PRECURSORES DEL DIÁLOGO CAEN EN EL MARXISMO:
LOS CASOS DE JOSÉ BERGAMIN Y EMMANUEL MOUNIER
Ya vimos en
el Pórtico de este libro la confesión pública de dos grandes prelados de la
Iglesia de Francia, monseñor Albert Decourtray, presidente de la Conferencia
Episcopal y el cardenal Lustiguer, arzobispo de París, sobre la complicidad de
la Iglesia francesa con el marxismo a partir de los años cuarenta[175]. Los primeros campos de concentración
soviéticos —recuerda el cardenal de París, una de las grandes
figuras de la Iglesia actual— datan de 1923, antes del triunfo de Hitler.
Creo que sería oportuno
reflexionar sobre toda nuestra historia. ¿Cómo ha podido la opinión pública
estar prisionera de tales fascinaciones y tales esperanzas? La alianza táctica
entre los occidentales, especialmente entre los Estados Unidos y Stalin, también
debiera ser objeto de reflexión. ¿Era necesario aliarse con el diablo para
vencer al diablo? No se puede acusar sólo a la Iglesia de falta de coraje y
lucidez. Todo Occidente ha sido cómplice del marxismo.
Monseñor
Lustiguer no duda en pronunciar en voz alta los adjetivos más crueles. El
«terrorismo intelectual» practicado por una parte decisiva de toda la
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intelligentsia marxista contra el resto de la comunidad
ciudadana. Monseñor Lustiguer subraya en particular la influencia trágica del
marxismo en un número sensible de obispos, compañeros de viaje de “Action
Catholique Ouvriére” entre 1965 y 1975.
Eran los
obispos del diálogo. Pronto concretaremos los nombres de los responsables del
«terrorismo intelectual marxista» aunque a algunos ya los hemos citado: los
esbirros stalinianos del movimiento PAX, que tan hondas raíces echó en Francia.
Pero antes voy a mencionar a algunos iniciadores del famoso diálogo en Italia,
en España y en Francia. He antepuesto la denuncia —tardía— de los cardenales
franceses porque tiene validez general para todo Occidente, como afirma
monseñor Lustiguer.
El ejemplo
personal del salesiano Giulio Girardi, apóstol del diálogo y precursor del
liberacionismo, ilustra muy bien sobre los efectos reales del diálogo entre
cristianos y marxistas. Girardi inició sus contactos con el marxismo desde una
posición muy crítica, como puede verse en el importantísimo libro colectivo El
ateísmo contemporáneo dirigido por él, y que contó con la colaboración de
una gran parte de los más eminentes teólogos de la época, de Karl Rahner
a John Courtney Murray[176]. Muy poco después de que actuaran unidos en
esta magna obra sus diversos autores se aventaron; algunos se mantuvieron
fieles a la Iglesia, otros cayeron en el polo marxista del diálogo, encabezados
por el propio Girardi, quien hubo de dejar su cátedra en la Universidad
Pontificia salesiana de Roma para convertirse en marxista militante y
predicador del liberacionismo marxista más radical. La teología de la
liberación y demás movimientos del cristianismo marxista nacieron del diálogo.
La posición de Girardi como director de esa obra colectiva es cinco años
posterior al Concilio Vaticano II; su «Conversión» al marxismo ya se estaba
gestando por entonces. He querido abrir estos apuntes sobre el diálogo con el
ejemplo de Girardi, por la relevancia teológica del personaje y la magnitud de
su escándalo en la Iglesia. Y porque su caída en el marxismo constituyó uno de
los grandes impulsos iniciales para la teología de la liberación. Pero merece
la pena que nos remontemos en el tiempo para descubrir a los auténticos
precursores del diálogo cristiano-marxista y explicar su captación en las redes
del comunismo; se trata de dos célebres escritores católicos, el español José
Bergamín y el francés Emmanuel Mounier.
Durante la
segunda República española Bergamín fundó la revista Cruz y Raya que se
publicó entre 1933 y 1936 como órgano del embrionario cristianismo de
izquierdas en aquella España de persecución y de cruzada. Allí E. Imaz había
aportado una interesante aproximación al marxismo[177] y el propio Bergamín exaltó al paraíso cultural de la URSS en su elogio
al sistema de congresos internacionales de la cultura, que eran portavoces de
la propaganda staliniana en los años treinta (ibíd. p. 408). De ahí a la
colaboración descarada con el comunismo staliniano no había más que un paso y
Bergamín lo dio en la guerra civil española. Su repugnante prólogo al
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libro de Max
Rieger, Espionaje en España, editado en 1938 por el centro comunista
«Unidad» en Barcelona, justificaba (p. 8) la persecución marxista contra la
Iglesia mártir de España: Aquella humareda de un centenar de templos
incendiados, acaso muchos por la provocación facciosa, y las muertes de muchos
religiosos que no fueron, sin embargo, víctimas del cumplimiento de su fe
católica, sino más bien del hecho de no haberla cumplido, traicionando, o por
sí mismos o por la criminal irresponsabilidad de su jerarquía, sus ineludibles
deberes ciudadanos… Y luego arremete, de acuerdo con las consignas de
Stalin, contra los presuntos trotskistas españoles, acosados por los
comunistas stalinianos. No pudo caer más bajo el presunto diálogo; no pudo
resultar más vergonzoso el ejemplo, que ha sido seguido después, de forma
increíble, por católicos como Enrique Miret Magdalena, que cuando sólo era un
adolescente defendía durante la República, pistola en mano, la Iglesia de San
Jerónimo el Real de Madrid y luego se atrevió, en los años ochenta, a atribuir
el asesinato del santo obispo de Barcelona, monseñor Irurita, durante la guerra
civil, a que el prelado fomentaba la custodia de armas en las iglesias de su
diócesis, lo cual, además de una falsedad, me parece una estupidez. El señor
Miret, cristiano marxista, es un compañero de viaje de los socialistas
españoles más radicales durante la transición que siguió a la muerte de Franco[178].
La figura de
Bergamín no se puede comprender sin el precursor francés y paralelo del diálogo
cristiano-marxista, Emmanuel Mounier, nacido en Grenoble el año 1905. En su
juventud experimentó una gran influencia de Charles Péguy, impulsor de una
especie de revolución socialista cristiana, romántica y utópica; la de
Maritain, de la que Mounier extrajo su primordial convicción socio-política, el
personalismo. Su trayectoria se orientó desde una imprecisa «revolución
personalista» (que Maritain, en su correspondencia con Mounier, criticó como
proclive al marxismo) al diálogo abierto con el marxismo y la cooperación
cristiano-marxista[179]. La influencia de Mounier en el pensamiento
cristiano contemporáneo nos impulsa a seguir su trayectoria desde la sucesión
de sus obras[180]. El primer libro importante de Mounier es El
pensamiento de Charles Péguy (Plon, 1931) en que Mounier admira en su
modelo la sublimación cristiana del socialismo utópico. En 1932 Mounier funda
la revista católica Esprit que dirigió hasta el final de su vida y
mereció los recelos de Maritain ante su claro deslizamiento hacia la revolución
proletaria de signo marxista. En 1935 Mounier expone en Revolución
personalista y comunitaria (compuesta por artículos publicados en Esprit)
su posición antiderechista: la necesidad de «Separar lo espiritual de lo
reaccionario». Pero a la vez está buscando una tercera vía entre liberalismo y
marxismo; en esta búsqueda consumirá su vida sin imaginar que de hecho esa vía
es imposible en el mundo contemporáneo. En 1935 Mounier criticaba al marxismo
por decir que «toda actividad espiritual es una actividad subjetiva (op. cit.,
I., p. 167) aunque muestra su aprecio por el método marxista (ibíd. p.
170). Propone al personalismo como vía entre el individualismo liberal y las
tiranías
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colectivas
(p. 207) De la persona se eleva a la comunidad, concebida como «persona de
personas». (p. 233). La comunidad es espiritual; la Iglesia sólo se realiza en
el otro mundo. Pero «Somos totalitarios en intención última» (p. 242) Tras un
excelente análisis del fascismo, al que Mounier rechaza sistemáticamente (p.
257) se declara también, hasta el final de su vida, antidemócrata: «No es
posible combatir la explosión fascista con lacrimosas fidelidades democráticas,
con unas elecciones (p. 257). Esta posición de Mounier en 1935, de la que nunca
se retractó, jamás se expone ni se reconoce en medios demócrata-cristianos de
hoy que dicen inspirarse en su doctrina.
Sin embargo
creía entonces Mounier que quienes se entregan a Moscú sufrirán «nueva
servidumbre» (p. 295). Con motivo de los enfrentamientos de 1934 en Francia
Mounier ratifica su posición antidemocrática y reclama «un personalismo
popular» (p. 338) contra «la ley del número no organizado». Combate a la
«ideología de 1789 que envenena a todos los demócratas, incluso a los
demócrata-cristianos» (p. 339). Porque «nunca se denunciará bastante la mentira
democrática en régimen capitalista» (p. 340). Acepta ya la lucha de clases (p.
383) y critica a los partidos políticos «que son un estado totalitario en
pequeño» (p. 397). Se muestra partidario, según la doctrina política de la
Iglesia de entonces, de la «acción orgánica o corporativa» (p. 397). Había
reiterado sus posiciones en otra obra de 1934, De la propiedad capitalista a
la propiedad humana, donde persiste en su tercera vía utópica entre
capitalismo y socialismo.
En
septiembre de 1936, tras el estallido de la guerra civil española, Mounier
compone una de sus obras capitales: el Manifiesto al servicio del
personalismo. Definido como «toda doctrina que afirma la primacía de la
personalidad humana sobre las necesidades materiales y sobre los mecanismos
colectivos» ibíd. p. 556). José Bergamín ha convencido ya a Mounier de
que tome partido a favor del Frente Popular en la guerra de España; pero
Bergamín ha caído ya en la plena cooperación con el marxismo, Mounier repudia
todavía al marxismo porque «queda en efecto en la base del marxismo una
negación fundamental de lo espiritual como realidad autónoma, primera y
creadora» (p. 590). La crítica de Mounier al marxismo en 1936 se extiende entre
las páginas 590 y 599 de sus obras, primer tomo de la edición española citada y
es completa y profunda. «La laguna esencial del marxismo — resume— es haber
desconocido la realidad íntima del hombre, la de su vida personal» (p. 597). En
1937, cuando Bergamín se convierte, como acabamos de ver, en cómplice de la
campaña comunista contra la Iglesia de España, Mounier proponía, en Anarquía
y personalismo, una seria crítica a los teóricos anarquistas, no sin
expresar algunas afinidades que sin duda no contrastó con los crímenes y
disparates que los anarquistas perpetraban entonces en la zona roja de España.
Tras el resumen Personalismo y cristianismo (1939) Mounier expone su
posición contraria a los acuerdos de Munich en 1938 mediante su libro
profético Los cristianos ante el problema de la paz (1939). Cree con
razón que la falsa paz de Múnich es «un silencio
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La segunda
guerra mundial imprime un viraje de Mounier hacia el marxismo. Este cambio de
actitud coincide con el de muchos cristianos que habían convivido con los
comunistas en cárceles y campos de concentración alemanes y habían dialogado
con ellos sin convencerles demasiado, pero dejándose convencer por la fe en el
futuro que demostraban los hombres de la Comintern, sobre todo cuando el
Ejército Rojo avanzaba como un rodillo sobre la Europa oriental y central.
Mounier se había enfrentado con el régimen colaboracionista de Vichy. Había
sufrido cárcel durante la ocupación alemana. Fue precisamente uno de los muchos
cristianos que había entablado en la cárcel relaciones personales con los
comunistas. Esos contactos le transformaron y desde entonces orientó su teoría
personalista en sentido de diálogo primero y luego en abierta cooperación con
los marxistas y los comunistas. La nueva doctrina de Mounier, que se enfrentaba
a las cautelas y las enseñanzas de Pío XII, arrastró a buena parte de la
opinión católica progresista en Francia y se convirtió en el nuevo
evangelio de un cristianismo de izquierdas; ya vimos cómo José Bergamín se
adelantó varios años a su amigo francés en este viraje. Señala con razón
Alfonso Carlos Comín que Mounier, muerto en la plenitud de su vida el año 1950
no llegó a dar el último paso —la militancia marxista y comunista— que dieron
muchos de sus discípulos, entre ellos el propio Comín, miembro de la asociación
Bandera Roja y el Partido Comunista, de cuyo Comité Central llegó a formar parte.
Y dice Comín con toda lógica que la última consecuencia de la aproximación
cristiano-marxista iniciada por Mounier fue precisa mente la teología de la
liberación.
Vengamos
ahora a la exposición de las ideas de Mounier en el tomo III de la edición
francesa de sus obras. EnL’affrontement chrétien (1945) expone el
fracaso y la angustia del cristianismo en el mundo moderno. (Mounier sintió una
honda influencia de Unamuno). En la Introduction aux existentalismes de
1947 concibe al existencialismo, (entonces esgrimido ya por Sartre) como una
reacción contra la filosofía de las ideas y de las cosas (III, p. 70). El
existencialismo de Sartre consistía en una apoteosis del ateísmo nihilista pero
el de Mounier marca un retorno a la religión, compatible con el ateísmo (p.
175). Y es que la aproximación a la marxismo inducía a Mounier a espejarse en
el absurdo.
La otra
clave para comprender el viraje de Mounier hacia el diálogo y la convergencia
con el marxismo es también de 1947, Qué es el personalismo. Se inicia
con una revisión del Manifiesto de 1936. Y con la afirmación —impensable en
1936
— de que «el personalismo es
compatible con el comunismo» (III, p. 179). Reconoce que en 1936 Esprit
corría peligro de deslizarse en la utopía (p. 188). Y demuestra su viraje de
guerra: en 1936 excluía totalmente al marxismo pero en 1947 cree que «la
crítica marxista de la alienación y la vida del movimiento obrero está
impregnada de personalismo» (p. 203). La guerra —y la victoria de las
democracias liberales— le impulsa a dulcificar sus condenas anteriores contra
la democracia; en 1947 la libertad de espíritu, movimiento e iniciativa son
para Mounier patrimonio de la democracia
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parlamentaria
(p. 203). Y también hay cierto personalismo en el cristianismo liberal. Pero
para salir de la utopía Mounier abandona pronto la tentación democrática y se
inclina a un claro compromiso con el marxismo en un texto fundamental que
reproduce, alborozado, Alfonso Carlos Comín:
El
hombre es un ser en el mundo… La persona no vive ni existe independientemente
de la Naturaleza… No hay creación que no sea, a la vez, producción. No hay,
para el hombre, vida del alma separada del cuerpo, ni reforma moral sin aparato
técnico, ni, en tiempo de crisis, evolución espiritual sin revolución material.
El gran éxito del marxismo es haber puesto en evidencia esta solidaridad y
haberla analizado en la realidad moderna… Nos sentimos frecuentemente acordes
con el marxismo en esta exigencia de método. En un mundo donde el súbito empuje
de las técnicas condiciona el planteamiento de todos nuestros problemas, no hay
menos razón de insistir sobre la importancia histórica de las estructuras
económico-sociales. En estas afirmaciones nada hay de materialista
necesariamente, en el sentido exclusivo del término (ibíd. p. 217). Nada tiene de extraño
que en la p. 227 Mounier baje la guardia ante un marxismo que ya no es un
término de combate y proponga que marxismo y cristianismo se sobrepasen
mutuamente hacia el futuro.
En La
petite peur du XX siecle
Mounier propondrá nuevas orientaciones de signo monista que asumirá, en su
momento, la teología de la liberación. «La esperanza cristiana —dice— no es
evasión. La esperanza del más allá despierta inmediatamente la voluntad de
organizar el más acá» (p. 346). De ahí a negar la realidad del más allá no hay
más que un paso, que los liberacionistas darán apoyados en la utopía marxista
más que en la esperanza cristiana. Insiste: «El más allá está desde ahora entre
vosotros, por vosotros». Porque «quedan en Europa dos grupos de hombres en los
que arde la fe: los marxistas y los cristianos» (p. 391).
En 1949
vuelve Mounier a su negación de la democracia. La última de sus obras (1950,
año de su muerte) es Feu la Chrétienté, en la que descuella una feroz
crítica a la Democracia Cristiana que ha tomado el poder en algunas naciones de
Europa después de la victoria aliada de 1945. Mounier, al borde de la entrega
total al marxismo, se indigna porque muchos cristianos se encuentren tan a
gusto con la democracia burguesa después de las dos guerras mundiales, justo
cuando esa democracia está a punto de expirar (¡Qué vidente!). Para él los
partidos democristianos son «uno de los peores peligros que corre el
cristianismo en Europa» (p. 532). La DC europea de postguerra es «el
clericalismo centrista». Y despeñado por el despropósito, Mounier cree que
«comunismo y cristianismo se unen como Jacob y el ángel con una fraternidad del
combate que sobrepasa infinitamente el juego del poder» (p. 614). Y es que el
comunismo «forma parte del reino de Dios» y por eso «la mano tendida es
impulsada por el Dios invisible» (p. 615). Un año antes Pío XII había condenado
solemnemente al comunismo. En cambio el Papa Juan XXIII, tan condicionado por
el movimiento de las ideas en Francia, se sintió muy
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impactado
por el pensamiento de Mounier, el gran teórico del diálogo entreguista entre
cristianos y marxistas. La evolución del Mounier español, Alfonso Carlos Comín,
es una prueba clara del final lógico al que irían a desembocar las utopías, las
confusiones, las aberraciones de un personalismo abocado al marxismo.
Ya he
indicado cómo Alfonso Carlos Comín, católico perteneciente a una familia de
derechas, terminó su trayectoria en un comité central comunista. En su
introducción al tomo 1 de las obras de Mounier, Alfonso Carlos Comín le
reconoce como precursor de diálogo y revela el desenlace de su propia
evolución, el paso final que Mounier no tuvo tiempo de dar: la
reinterpretación de la fe desde la opción socialista asumida. (Mounier,
Obras, I., p. XLV). En momentos dramáticos de la pretransición española
hablé algunas veces en Barcelona con Alfonso Carlos Comín, que ya mostraba un
aspecto muy enfermizo en su extrema delgadez. Hablamos con talante de
comprensión mutua y unidos en la misma fe católica. Pero algo me decía que mi
interlocutor había caído en corral ajeno y que la fe marxista superpuesta que
me demostraba dependía más del fanatismo que del «obsequio razonable». Con José
Bergamín no llegué a hablar pero mantuve con él una breve correspondencia a
mediados de los años setenta. Conservo sus cartas, comprensivas, amables y
patéticas. Me daban la impresión de que se sentía en la etapa final de una vida
que no había sido la suya. Murió a fines de agosto de 1983 en San Sebastián y
fue enterrado envuelto en una bandera vasca entre los desmesurados (y
crudelísimos) elogios de la izquierda y la extrema izquierda española,
especialmente la separatista. Aún me estremezco al recuerdo del epitafio que el
mismo se había dedicado: «Y no quisiera morirme aquí y ahora, para no darle a
mis huesos tierra española[181]». Así acabaron
los dos grandes precursores católicos del diálogo cristiano-marxista: Emmanuel
Mounier en plena desobediencia al mandato de Pío XII contra el comunismo; José
Bergamín con un acto final de odio a España, tras haber calumniado
gravísimamente a la Iglesia de España en 1937 con su actitud servil ante la
propaganda comunista. Alfonso Carlos Comín, por su parte, ha sido, como
Girardi, una conexión viva entre el diálogo y los movimientos liberacionistas,
concretamente el de Cristianos por el Socialismo, es decir, el comunismo.
LA TRAYECTORIA FALSEADA Y LA RETRACTACIÓN DE
MARITAIN
Jacques
Maritain ha sido sin duda el intelectual católico más influyente durante los
dos primeros tercios del siglo XX. Entre sus innumerables discípulos se cuentan
Emmanuel Mounier, Giovanni Battista Montini y la Democracia Cristiana en pleno.
El 8 de diciembre de 1965, al término del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo
VI entregó solemnemente a su maestro Maritain el primer ejemplar de la
Constitución Gaudium et spes como reconocimiento excepcional a la
doctrina del gran pensador
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sobre la
Iglesia en el mundo real. La Internacional demócrata cristiana ha instituido la
Fundación Jacques Maritain con centros en todo el mundo pero he podido
comprobar a lo largo de bastantes años que muchos presuntos discípulos de
Maritain no demuestran haber leído una palabra del escritor; y por supuesto
jamás citan sus opiniones sobre la Democracia Cristiana ni menos su admirable
libro de palinodia y despedida, con el que el apóstol del progresismo católico
abominaba del progresismo.
La mejor
guía para la vida y la obra de Maritain es seguramente el libro de su discípulo
Jean Daujat, Maritain, un maitre pour notre temps[182]. Había nacido en París en 1882, en una familia
adicta al protestantismo liberal. Evolucionó desde el racionalismo a la fe
gracias a la ciencia contemporánea, que conocía por dentro. Henri Bergson le
dio el sentido de lo absoluto; y dos grandes escritores católicos, Charles
Péguy y León Bloy, le acercaron a la Iglesia. Se casó en 1904 con Ralssa
Oumancoff, joven judía de ascendencia rusa, poetisa profunda y contemplativa
vocacional. Con ella entra en la Iglesia católica en junio de 1906 y desde
entonces su vida es una historia de amor en la fe. Se orienta hacia las
posiciones integristas de la Action Française en la que no llegó a
ingresar, pero colaboró con Henri Massis y participó en la lucha de la
derecha francesa contra Dreyfus. Un dominico, el padre Clerissac, le condujo
hasta Santo Tomás de Aquino, con quien hasta el fin de su vida entró Maritain
en fecunda simbiosis, que no le privó ni de originalidad ni de sentido de la
auténtica modernidad. Su primer libro se dedica, en 1913, a la filosofía
bergsoniana; quizá date de este hecho mi viva inclinación a Maritain ya que mi
primer estudio monográfico en el campo del pensamiento fue también una tesis
sobre Bergson —en 1951— que presenté como trabajo de licenciatura con acogida
entusiasta de un filósofo eminente, el profesor Antonio Millán Puelles, que tal
vez nunca supo el impulso interior que acertó a dar a mi vida. En 1914 Maritain
fue nombrado profesor del Instituto católico de París; estimaba a su cátedra
sobre todas las cosas. Siguieron varias obras sobre la filosofía tomasiana;
Maritain se convirtió en el gran pregonero de Santo Tomás en nuestro tiempo.
Causó gran impresión su libro de 1925 Tres reformadores (Lutero,
Descartes y Rousseau) a quienes considera como fuente de los errores de la
modernidad. La maestría con que Maritain domina a los filósofos modernos avala
la honda dureza de sus críticas, que en conjunto son implacables; no les
muestra, como pensadores, el más mínimo respeto. Ente 1923 y 1939 su casa de
Meudon se convirtió en el hogar del gran pensamiento católico de Francia,
compartido por el padre GarrigouLagrange, los jesuitas Riquet y Daniélou, los
filósofos y pensadores Gilson, Berdiaeff, Marcel, Thibon, Mounier y Massis; los
literatos Mauriac, Green, Bernanos y Maxence, el pintor Chagall. Cuando Pío XI
condenó a la Action Française Maritain se situó incondicionalmente
aliado de Roma.
La ruptura
con el movimiento de la ultraderecha impulsa a Maritain a buscar un pensamiento
cristiano más independiente de la política aun cuando deba influir intensamente
en la política; entre 1925 y 1930 el filósofo cristiano experimenta una
profunda transformación que le llevará, en varias obras resonantes, a la
formulación
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de tesis
aceptadas luego plenamente por la Iglesia, como son la autonomía de lo temporal
y el concepto de Nueva Cristiandad. La transformación es ya patente en su libro
de 1930 Religión y cultura que se reasume y profundiza en el de 1933 Du
régime temporel et de la liberté[183]. Este es un
libro clave, cuyo análisis tira por tierra muchos intentos de
manipulación demoliberal a que se ha querido someter, desde nuestra cómoda
perspectiva (por ejemplo a manos de los desmedrados demócrata-cristianos de la
transición española a partir de 1975) al pensamiento político de Maritain.
En este
libro Maritain expone que la filosofía tomasiana es la filosofía de la
libertad. Muy de acuerdo con las directrices político-sociales del Papa Pío XI,
guíen ante el fenómeno ascendente del fascismo corporativo proponía, desde el
comienzo de los años treinta, un sistema corporativo como ideal político para
la sociedad contemporánea, Maritain, como haría pronto en España Salvador de
Madariaga, dice que la organización corporativa y sindical de la economía de
la ciudad está de tal forma en las exigencias del tiempo presente que en formas
variadas y al servicio de ideales diferentes se realiza en la Rusia soviética y
en la Italia fascista. En la sociedad… que no es concebible más que después de
la liquidación del capitalismo, la estructura política y la estructura
económica combinarían en su unidad orgánica cuerpos sociales diferenciados y
solidarios[184]. El ideal de Maritain, pues, en ese
momento, es la democracia orgánica entre el capitalismo y el totalitarismo, a
los que repudia por igual; y esta intuición permanecerá en la conciencia
político-social de la Iglesia católica hasta nuestros días, al menos
parcialmente, como puede comprobarse en el Documento de Puebla, 1979 y en
varios textos pontificios.
En
1933 Maritain no es precisamente un liberal. El liberalismo —dice— no es
solamente un error; es algo terminado, liquidado por los hechos. (Ibíd. p. 77). Introduce ya su concepto
clave de humanismo integral que es teocéntrico y se contrapone al
humanismo antropocéntrico (p. 165), ante el fracaso del Zentrum católico de
Alemania, incapaz de resistir a la marea nazi, Maritain rechaza la fórmula de
un partido específicamente católico (como era entonces en España la CEDA, p.
176) y prefiere que los católicos viertan su
influencia en partidos diferentes. Sería también ésta la posición de la Iglesia
española en la transición de 1975; no así la posición del Vaticano en la
postguerra de 1945, como hemos visto. Desde luego en 1933 Maritain, con esas
ideas, no era precisamente un precursor de la Democracia Cristiana; sino a lo
más, del cardenal Vicente Enrique y Tarancón.
En busca de
la fórmula, o mejor de la utopía de Nueva Cristiandad, Maritain dictó en
1934 unas lecciones en los cursos de verano organizados por un grupo católico
español en Santander y sobre esas conferencias publicó en 1936 su obra más
importante: Humanisme intégral. Cito por la edición Aubier de 1968.
El humanismo
clásico y renacentista fue antropocéntrico; el humanismo cristiano debe ser
teocéntrico (p. 36). La dialéctica del humanismo antropocéntrico que incluye
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a la Reforma
protestante desemboca fatalmente en la Muerte de Dios proclamada por Nietzsche.
Analiza Maritain los males aberrantes del comunismo soviético. El comunismo es
un sistema completo; es una religión atea para la que el materialismo
dialéctico es la dogmática (p. 45). Muy profundamente subraya que el ateísmo es
el punto de partida de ese sistema y de la propia evolución personal del
pensamiento de Marx (p. 45). Pero cree que el «relámpago de verdad» que brilla
en la obra de Marx es el reconocimiento de la alienación y de la
deshumanización del capitalismo (p. 55); por lo que parece situarse,
anacrónicamente, en la perspectiva decimonónica de Marx sobre el capitalismo de
su tiempo, tan diferente al nuestro, por más que Maritain formulaba esa equiparación
en un momento grave de crisis capitalista y democrática, los años treinta.
El ateísmo
se describe bellamente como invivible (p. 68); la tragedia del marxismo es que
resulta tributario del humanismo burgués precisamente en su convicción atea (p.
88). El humanismo socialista, sin embargo, no es necesariamente marxista y ateo
(p. 96) aunque su marxismo originario es un vicio natal. El humanismo integral
puede asumir los aspectos positivos del humanismo socialista (p.
96) por ejemplo la iniciativa social, sobre todo en
el campo de la justicia social durante el siglo XIX y el amor a los pobres.
En su
capítulo El cristiano y el mundo Maritain, tras identificar cultura y
civilización, cree que una y otra constltuyen el orden temporal, trascendido
por el orden espiritual que es el mundo de la religión, la cual es
independiente y libre de lo temporal. Maritain critica la teología política
clásica, que postulaba un Reino de Dios rechazado por el Sacro Imperio.
Frente a la tesis pesimista de Karl Barth, la ciudad terrena no es el reino de
Satán. Ni tiene por qué ser una teocracia como la España del Siglo de Oro. Ni
exclusivamente el reino del hombre como pretendía el Renacimiento. La solución
cristiana consiste en afirmar que la ciudad terrena es a la vez el reino de
Dios, del Hombre y de\ Diablo. El cristiano tiene una misión temporal. El mundo
cristiano de la Edad Media estaba lleno de defectos pero era vivible (p. 120).
El mundo del Antiguo Régimen que estalló a fines del siglo XVIII,
era vivible pero se hizo invivible. Sin embargo su estructura social por
estamentos «había sido por largo tiempo una estructura orgánica adaptada a la
necesidad de la vida» (p. l21). La nueva sociedad decimonónica fundada
sobre dos clases, el proletariado sometido y el «capitalismo sin freno» se veía
arrastrada «a un materialismo social que proclamaba la ruina del espíritu
cristiano». Maritain, por tanto, acepta el esquema de Marx; ignora la realidad
cada vez más ancha de una clase media entre la burguesía capitalista y el
proletariado. Aunque «el mecanismo ideal de la economía capitalista no es
esencialmente malo e injusto como pensaba Marx» P. 122). Porque el capitalismo
exalta la potencia creativa e inventiva, el dinamismo del hombre y las
iniciativas del individuo; pero odia a la pobreza y desprecia al pobre (p.
112). Y sobre todo, «el rico es consumidor, no persona». Está claro que
Maritain presenta una caricatura del capitalismo, no sin reconocer alguna de
sus ventajas esenciales.
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El cristiano debe colaborar con una filosofía
social, política y económica que descienda a soluciones concretas. Debe basarse
en la doctrina de León XIII y Pío XI con varias soluciones plurales. Una
transformación social cristiana debe dimanar del heroísmo cristiano. El
cristiano debe trabajar para una realización proporcionada (en espera de la
realización definitiva del Evangelio, que es para después del tiempo) de las
exigencias evangélicas y de la sabiduría práctica cristiana, en el orden social
temporal (p. 133).
Dedica
Maritain su capítulo cuarto al ideal histórico de una nueva cristiandad. No
quiere proponer una utopía sino «un ideal histórico concreto». Se trata de «Un
régimen común temporal cuyas estructuras llevan la impronta de la concepción
cristiana de la vida». Y que responde «al clima histórico de nuestro tiempo».
El bien común temporal es comunitario, personalista, intermediario (para un fin
último). La ciudad humana debe concebirse con carácter peregrino. Es la misma
concepción de la cristiandad medieval, pero con otras características y
circunstancias. El sacro Imperio era una concepción cristiana sacral de lo
temporal; con la unidad religiosa del Papado, la doctrinal en la Universidad de
París, la política en el Imperio. Se empleaba el aparato temporal para fines
espirituales. El ideal de la cristiandad medieval se disolvió en el mundo
humanista antropocéntrico. Desde Maquiavelo y la Reforma hasta la paz de
Westfalia se disuelve la Cristiandad.
El
liberalismo individualista «era una fuerza puramente negativa» (p. 164),
Maritain ha dado un salto tremendo desde la Reforma al siglo XIX.
Y apunta por primera vez una aproximación a la democracia contemporánea:
«Actualmente el cristianismo aparece en ciertos puntos vitales de la
civilización occidental como único capaz de defender la libertad de la persona
y las libertades positivas que corresponden sobre el plano social y político a
esa libertad espiritual» (p. 166). El salto dialéctico de Maritain es muy
arriesgado; acepta la civilización occidental en su forma presente, que está
fundada sobre el liberalismo; pero quiere sustituir al liberalismo por la
concepción cristiana como fundamento y garante de la libertad. En esa hipótesis
incurre en un audaz escamoteo de cimientos; ha sido el liberalismo, y no la
Iglesia enfeudada tanto tiempo al Antiguo Régimen quien ha planteado y
conseguido la libertad en el mundo de hoy.
La Nueva
Cristiandad debe comprender «una concepción profana cristiana» de lo temporal
(p. 166); es la clave para la doctrina sobre la autonomía de lo temporal,
respuesta cristiana en el siglo XX al ímpetu ilustrado de la secularización. Hay
que decir que los Papas, sobre todo Pablo VI, han asumido plenamente esta
intuición maritainiana.
El humanismo
integral es una concepción contraria al liberalismo y al humanismo inhumano de
la era antropocéntrica, e inversa al sacro Imperio. Equivale sin embargo «al
retorno a una estructura orgánica que implique un cierto pluralismo» (p. 169).
Han de fomentarse los cuerpos intermedios de la sociedad. Ha de admitirse a los
no cristianos en la sociedad temporal. Maritain se opone al totalitarismo nazi,
fascista y
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soviético;
los partidos no deben ser únicos sino múltiples. La autonomía de lo temporal se
funda en la doctrina de León XIII. Debe existir libertad de expresión,
auto-regulada profesionalmente. Todos deben tener acceso a la propiedad. Se
concibe la propiedad societaria de los medios de producción mediante un «título
de trabajo». La producción y el consumo deben regularse por sustitución del
capitalismo (p. 195). El régimen de cristiandad será una democracia
personalista y no de masas. Sólo en la Nueva Cristiandad se salvaría el valor
de la democracia, que es un valor ético y afectivo. Ha de superarse la división
de la sociedad en clases, sustituida por la «aristocracia del trabajo» (p.
207). Para la convivencia de los no cristianos en la sociedad cristiana habrá
que convenir en una «obra práctica común» (p. 210), lo que constituye para
Maritain una versión cristiana de la praxis leninista y gramsciana como campo
de colaboración entre cristianos y marxistas.
En el
capítulo sexto trata Maritain de adaptar al ideal cristiano la idea marxista de
liberación y redención del proletariado; por aplicación de principios éticos a
la política. Los marxistas tratan de lograr ese objetivo mediante una lucha
violenta, material; los cristianos deben lograrlo mediante una lucha espiritual
que Maritain no concreta. Sí que va a concretar mucho más su proyecto de nueva
cristiandad en el vital capítulo octavo de su libro, que titula Hacia un
porvenir más próximo. Hay que lograr la Nueva Cristiandad a largo plazo. No
formar ahora un Zentrum único, monopolizador del ideal cristiano en política
sino varios partidos de inspiración cristiana. «Los hombres unidos por una fe
religiosa pueden diferir y oponerse en política» (p. 264). Una cosa es la
participación de los cristianos a título personal en la vida política —lo cual
es posible y lícito— y otra la articulación general de una política
cristiaoameole inspirada.
En la
edición de 1946 Maritain introduce una nota en la que apunta que en 1934-36 le
parecía conveniente la creación de un tercer partido formado por un conjunto de
hombres de buena voluntad, aplicados a «un trabajo de justicia social e
internacional», reformador, en contacto con medios profesionales, dispuesto a
colaborar con otros de manera útil al bien común. Tras la Segunda Guerra
Mundial, dice, ese tercer partido carece de sentido. ¡Y sin embargo fue el gran
momento de las Democracias Cristianas en Europa! Impactado por la aproximación
de su amigo y discípulo Mounier a los marxistas, Maritain cree que ahora (hasta
que llegue la Nueva Cristiandad) se necesitan formaciones minoritarias como
fermentos, «que puedan emprender todas las alianzas» (p. 275). Y pone por
ejemplo ¡la alianza de la monarquía francesa moderna con los otomanos y los
herejes! Desde 1936 Maritain había perdido el rumbo en la política concreta
cuando, convencido por Mounier y Bergamín, se había opuesto, al igual que
Mauriac y Bernanos, a la cruzada española contra el comunismo que trataba de
aniquilar a la Iglesia. Menos mal que no mucho después recuperó el alto sentido
político, mientras Mounier se iba hundiendo en la aproximación marxista.
La clave política
de Humanismo integral está en las páginas 276-277; rechazada
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la
cooperación con el fascismo, Maritain, quizá poseído por el Gran Miedo Rojo,
admite una posibilidad mayor de que los cristianos colaboren en política con el
marxismo y el comunismo. He aquí una aberración tremenda, que constituye el
punto más bajo en la trayectoria de Maritain como pensador, junto a la
incomprensión casi radical de las virtualidades humanistas del capitalismo en
cuanto régimen de libertades. Y es que las nuevas formaciones políticas
cristianas poseen una «base existencial» que consiste en el «movimiento que
lleva a la Historia a una mutación sustancial en la que el cuarto estado (el
proletariado) accederá, bajo un signo fasto o nefasto, a la propiedad, a una
libertad real y a una participación real en la vida social y política» (p. 276).
El comunismo comparte esa «base existencial» pero tiene una filosofía errónea
del hombre y la sociedad; las nuevas formaciones políticas quieren integrar a
las masas en la civilización cristiana, el comunismo en la civilización atea;
las nuevas formaciones cristianas proponen una colectivización, en gran medida,
de la economía, el comunismo la colectivización total (p. 277). Las nuevas
formaciones cristianas ponen a la persona sobre la colectividad y el comunismo
pretende colectivizar a la persona. Las nuevas formaciones cristianas se oponen
«a las dos formas contrarias de totalitarismo político y social». Pero se
podría pactar con el comunismo «Sobre objetivos limitados y neutros, con
significación material» (p. 277) «Si en particular, ante un dinamismo comunista
ya poderosamente desarrollado, los cristianos no mantienen siempre su
independencia y su libertad de movimiento, correrían el riesgo, tras haber
aportado un momento su estímulo romántico y la frescura de un humanismo místico
a sus aliados de un día, de ser absorbidos por ese aliado como ha sucedido en
Rusia a los elementos no marxistas que se habían apuntado a Lenin en nombre de
la revolución espiritual». Maritain advierte que sus consejos de cooperación
con los marxistas le hacen jugar con fuego; pero aunque introduce cautelas no
retira tales consejos que luego hará suyos, con escaso sentido de la
perspectiva, un lector asiduo de Maritain llamado Juan XXIII. Y se pregunta el
filósofo si las nuevas formaciones cristianas (se está refiriendo a las que
propuso antes de 1939) al ser tan pequeñas no quedarán aplastadas por vecinos
tan poderosos. Su respuesta es ingenua y utópica; los cristianos tal vez
lograrían, en su contacto con los comunistas que les tienden la mano, librarles
del ateísmo que es el origen de todos sus males. Maritaín no dice cómo;
nosotros ya lo hemos visto en la zona roja de España, en Polonia, en
Checoslovaquia, en Hungría, en Alemania Oriental, en Rumanía, en Cuba y en
Nicaragua. Todo este planteamiento del diálogo y la cooperación
cristiano-marxista, al que seguramente Maritain fue arrastrado por Mounier y
por su rechazo de la cruzada española, le convierte en arquetipo del progresismo
católico y en compañero de viaje potencial de los comunistas en la posguerra
mundial, hasta que le sobrevino el amargo desengaño del que luego hablaremos.
Entre los
caracteres positivos del fascismo nota Maritain «la crítica de un
individualismo liberal y de la democracia ficticia del siglo XIX»
(p. 282). Formula una
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profecía que
se cumplió como consecuencia de la segunda guerra mundial: los totalitarismos
fascistas atraerán a Europa la invasión comunista y la caída en el comunismo
(p. 284). En cambio no se cumplió otra profecía paralela: las «democracias
liberales individualistas» llevan a las naciones de antigua cultura occidental,
al umbral del régimen comunista «por disolución y debilitación»; el
totalitarismo fascista producirá el mismo efecto, «por exceso de tensión» (p.
284). Los estados totalitarios de Italia y Alemania —Maritain escribe en 1934—
dejan cada vez menos sitio a la actividad cristiana, aunque en Italia la
resistencia de la Iglesia ha frenado al fascismo.
Después de
su toma de posición disonante, y contraria al sentir de la Iglesia universal,
sobre la guerra civil española (no fue partidario de los rojos, pero se opuso a
la cruzada) Maritain no volvió sobre ese problema histórico, del que apenas
dejó alusiones posteriores. En 1940 estaba en América cuando sobrevino la
catástrofe de la Tercera República ante el asalto de Alemania. Desde entonces
Maritain se desconectó de la juventud francesa pero adquirió relieve mundial.
Publicó ese mismo año De la justice politique, donde afirma que el pacto
germano-soviético de 1939 ha desenmascarado al enemigo; son «dos aspectos
opuestos del mismo mal». Pronostica equivocadamente que «la guerra dejará atrás
las viejas fórmulas del capitalismo y socialismo»; el general Franco decía
entonces más o menos lo mismo. Propone una Europa federal para la postguerra,
con un ejército federal. Su estancia en los Estados Unidos le arrastra a la
admiración por la democracia norteamericana, que le hace dulcificar sus
anteriores actitudes contra el capitalismo. Allí publica en 1942 Les droits
de l’homme et la loi naturelle, donde todavía reclama como régimen político
perfecto la combinación orgánica de monarquía, aristocracia y democracia. Y
cree que la idea democrática es confusa; hay que buscar otro concepto más
claro. Porque la democracia se identifica con la libertad humana como regla
absoluta. En Cristianismo y democracia, obra de 1943, cree que, aunque
el cristianismo no se debe enfeudar a forma política alguna, «el empuje
democrático ha surgido en la historia humana como manifestación temporal de la
inspiración evangélica» pero «a condición de liberar (a la democracia) de todo
compromiso con el error del liberalismo individualista». Converso de guerra a
la democracia occidental, todavía intenta Maritain, anclado en sus resabios
antiliberales, privarla de su origen y fundamento histórico, el esquema
capitalista de la economía, el esquema liberal de la convivencia. Su viraje (es
ya el tercero de su vida, tras la conversión, el tomismo antidemocrático y
ahora la democracia victoriosa) suena muy a hueco. Y en Principios de una
política humanista (1944) critica duramente a Rousseau y a Proudhon
y recae en su viejo ideal de la democracia orgánica.
Adicto al
general De Gaulle, desempeñó la embajada de Francia ante la Santa Sede entre
1945 y 1947. Se opuso al existencialismo rampante en su obra de 1947 Court
traité de l’existence et de l’existant. Ocupó después una cátedra en la Universidad
de Princeton. Publicó un nuevo alegato contra el Estado totalitario, El
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hombre
y el Estado, en 1951.
Después de la muerte de su esposa y colaboradora en 1960 se fue a vivir con los
Hermanos de San José, donde profesó en 1971. Desde su retiro había publicado en
1963 un profundo estudio sobre Dios y el problema del mal. Y en 1966 sorprendió
al mundo católico con una formidable reflexión crítica y profética contra las
desviaciones del progresismo eclesiástico, a propósito del Concilio, en
la más profunda de sus obras, que los progresistas, lanzados entonces
frenéticamente a su campaña para la exaltación unilateral del Concilio,
pretendieron inútilmente sepultar viva: Le paysan de la Garonne, cuya
traducción española, publicada por Desclée, es tan difícil de encontrar que
llegué a dudar de su existencia. Citaré por la edición de 1966 en francés y en
esa misma editorial.
El
octogenario escritor católico escribe su obra en los primeros meses de 1966,
desde su retiro en Toulouse. «Un viejo seglar se interroga sobre el tiempo
presente». El campesino del Garona «llama a las cosas por su nombre». El
Concilio Vaticano 11 «pastoral más que doctrinal» (p. 9) ha subrayado las ideas
de libertad y de persona. Y el neomodernismo de la «apostasía inmanente» es
mucho más grave y pernicioso que el modernismo de los tiempos de Pío X. Este
nuevo modernismo es inmanente a la Iglesia, porque está decidido a quedarse
dentro a cualquier precio (p. 16). Estaba «en preparación desde muchos años
antes y ciertas esperanzas oscuras de las partes bajas del alma, levantadas acá
y allá con ocasión del Concilio, han acelerado su manifestación, impuesta
mentirosamente a veces al espíritu del Concilio, al espíritu de Juan XXIII».
Esta oleada neomodernista se resume en la hipótesis de que «el contenido
objetivo al que la fe de nuestros antepasados se ligaba no es más que un
conjunto de mitos». Por ejemplo el pecado original, el Evangelio de la
Infancia, la resurrección de los cuerpos, la creación, el Cristo de la
Historia, el infierno, la Encarnación, la Trinidad… «Vivimos —dice— en el mundo
de Augusto Comte, la ciencia completada por el mito (p. 18). Como puede ver el
lector, ya desde este primer capítulo, Maritain se sitúa, ante el mensaje final
de su vida, en posición tremendamente crítica contra el progresismo con
el que muchos le habían identificado (no sin culpa del propio Maritain); los
mismos que ahora, con igual falsedad, le acusan de integrista. Cuando no es más
que un viejo cristiano que, situado ya por encima del bien y del mal, ventea
correctamente la tormenta que se está abatiendo sobre la Iglesia católica.
La acusación
contra el progresismo se agrava en el capítulo 11, Nuestro condenado tiempo.
Que se abre con la famosa admonición profética de San Pablo a Timoteo,
sobre los falsos profetas y maestros futuros de la degradación. San Pablo — en
el texto que he reproducido en el Pórtico de este libro— atribuye a los
maestros (Maritain dice intencionadamente a los profesores) un papel
central en el desastre doctrinal de nuestro tiempo. Hoy reina «la adoración de
lo efímero». (p. 28) La «prefilosofía del sentido común» que hoy se desvanece,
nació del «milagro natural» griego fecundado por la revelación judea-cristiana.
«No hay gobiernos más débiles que los de derechas conducidos por temperamentos
de izquierda», dice Maritain
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pensando en
Luis XVI (p. 40). «Hasta ahora, y a pesar, o a causa de la entrada en escena,
en varios países, de partidos políticos que se dicen cristianos (la mayoría son
sólo combinaciones de intereses electorales) la esperanza en el advenimiento de
una política cristiana ha quedado completamente frustrada. No conozco más que
un ejemplo de revolución cristiana auténtica, la que en este momento
intenta el presidente Eduardo Frei en Chile, y no es seguro que triunfe» (p.
40). ¿Seguirán, ante este texto, los democristianos españoles (en el Partido
Popular lo son oficialmente todos, por un pronto de Manuel Fraga) pese a que
parece escrito para ellos, insistiendo en ver en Maritain a un precursor y un
teórico de la democracia cristiana cuando es su más firme crítico? «Sólo hay en
Occidente —dice Maritain, al borde de la boutade— tres revoluciones
dignas de ese nombre: Eduardo Frei en Chile, Saul Alinsky en América y yo en
Francia, lo cual no sirve para nada porque mi vocación de filósofo destruye mis
cualidades de agitador» (p. 41). En la carta sobre la Independencia, escrita
por Maritain hace treinta años, dijo que una política cristiana sería de
izquierdas, pero desde principios muy diferentes a los de los partidos de
izquierda. Y protesta contra el empleo indiscriminado y equívoco de la
antítesis derecha-izquierda en el campo religioso, donde tampoco admite la
dicotomía de conservador-progresista.
Al hablar en
el capítulo III de El mundo y sus contrastes, enumera los fines del
mundo: primero, el dominio del hombre sobre la naturaleza y la conquista de la
autonomía humana; es el fin natural. Segundo, el desarrollo de las capacidades
creativas del hombre. El cristianismo no puede depender hoy de la protección de
las estructuras sociales. Debe impregnarlas de su espíritu. La cristiandad
antigua vivía feliz, sin problemas de doctrina, pero en el siglo XIX
y primera mitad del XX todo se ha venido abajo y el virus ha penetrado
en la sustancia. La crisis de este siglo se ha desencadenado ante la presunta
hostilidad de religión y ciencia que reveló el modernismo. Y por la conjunción
de intereses entre la religión y la clase social atacada. Al llegar el Concilio
el péndulo cambia de signo y reina la tontería de querer arrodillarse ante el
mundo. El Esquema XIII conciliar (que desembocó en la constitución pastoral Gaudium
et spes) insiste en la persona humana que proclamaron, entre los conceptos
de personalismo y comunitarismo, Mounier y sobre todo el propio Maritain, de
quien Mounier tomó su inspiración; como fórmula preferentemente
antitotalitaria. Y a este propósito Maritain incide en su terrible autocrítica
del clero progresista, páginas 86 a 91, que se prolonga en la crisis del
inmanentismo y por tanto se aplica a la teología de la liberación.
Estas son
precisamente las páginas del Paysan de la Garonne a las que se refería
Mauriac cuando las comparaba con un cura de leche fresca contra el anterior
veneno, una frase venenosamente cristiana:
¿Qué
vemos a nuestro alrededor? En anchos sectores de clero y el laicado — pero es
el clero quien da ejemplo— apenas se ha pronunciado la palabra «mundo» surge un
relámpago de éxtasis en los ojos de los oyentes. Todo lo que
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amenaza
con recordar la idea de ascesis, de mortificación o de penitencia, queda
naturalmente apartado… Y el ayuno está tan mal visto que mejor será no hablar
del que sirvió a Jesús para preparar su vida pública… En la iglesia un amigo
oyó el otro día el pasaje de San Pablo: «Se me ha dado como estímulo de mi
carne un ángel de Satán, que me abofetee» con esta interpretación:
«Tengo
problemas de salud…». El sexo es una de las grandes y trágicas realidades del
mundo. Es curioso ver qué interés cercano a la veneración demuestran ante él
una muchedumbre de levitas ligados a la continencia. La virginidad y la
castidad tienen mala prensa.
La
otra gran realidad que se nos enfrenta desde el mundo es lo social-terrenal con
todos sus conflictos y dolores y toda su inmensa problemática, con el hambre,
la miseria, la guerra, la injusticia social y racial. Sabemos que contra esos
males hace falta luchar sin descanso y no tengo más que recordar lo dicho sobre
la misión temporal del cristiano. Pero no se trata de nuestro solo y único
deber porque la tierra y lo social-terrestre no son la única realidad. Más aún,
ese deber temporal no se cumple verdadera y realmente por el cristiano más que
si la vida de la gracia y de la oración levanta en él las energías naturales en
su propio orden.
En
la hora actual muchos cristianos generosos se resisten a reconocerlo; al menos
en la práctica, y en su forma de actuar, y… en doctrina y forma de pensar (de
pensar el mundo y la propia religión) el gran asunto y la sola cosa que importa
es la vocación temporal del género humano, su marcha contrariada pero
victoriosa hacia la justicia, la paz y la felicidad. En vez de comprender que
hace falta dedicarse a la tarea temporal con una voluntad tanto más firme y
ardiente cuanto que se sabe que el género humano no llegará nunca a librarse
completamente del mal en la Tierra, por causa de las heridas de Adán y porque
su fin último es sobrenatural, se hace de estos fines terrestres el verdadero
fin supremo de la Humanidad.
No cabe
resumir más certeramente una crítica definitiva —clarividentemente anticipada—
sobre la misma esencia del liberacionismo, que estaba, cuando Maritain escribía
estas líneas, a punto de brotar de su caldo de cultivo progresista y
temporalista. Maritain remacha: «En otros términos, no hay más que la Tierra.
¡Completa
temporalización del cristianismo!». Y llama a esos cristianos, fascinados por
la parusia del Hombre Colectivo, «nietos de Hegel». Elegante expresión para
calificarles como hijos de Marx.
Los párrafos
anteriores son, sin duda, el momento capital de Le paysan de la Garonne.
Y se completan con la demoledora crítica del inmanentismo a partir de la p.
94: No hay —para ellos— reino de Dios diferente del
mundo; el mundo reabsorbe en sí ese reino. Ese mundo no tiene necesidad de
salvarse desde arriba, ni de asumirse y transfigurarse en otro mundo, un mundo
divino. Dios, Cristo, la Iglesia, los sacramentos son inmanentes al mundo, como
un alma que
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va
moldeando su cuerpo y su personalidad supra-individual. Desde dentro y mediante
esa alma interior se salvará el mundo. ¡Arrodillémonos, por tanto, con Hegel y
los suyos, ante ese mundo ilusorio; a él nuestra fe, nuestra esperanza y
nuestro amor!
Los
capítulos restantes son una profundización en el sentido maritainiano de la
Iglesia y el mundo, pero el esfuerzo principal del libro ya se había hecho. En
el capítulo IV hay una peligrosa concesión a la «praxis» que ya quedó formulada
en Humanismo integral; «Un cristiano y un comunista dan interpretaciones
esencialmente diferentes de la constitución democrática pero pueden ponerse
de acuerdo para la acción». En el capítulo V Maritain vuelve en sí y
descalifica al marxista dialogante Roger Garaudy y al filósofo jesuita
evolucionista Teilhard de Chardin; a quien cree un poeta ilusorio, no un
pensador serio. Su teología es para Maritain una gnosis católica, una
teología-ficción. Y Teilhard arranca la teología de su fuente, la relación
Cristo-Trinidad, para situarla en la relación Cristo-mundo. Entona Maritain en
el capítulo VI un cántico a Santo Tomás de Aquino y cree que Teilhard y otros
teólogos fascinados por la evolución y la fenomenología tratan de «servir a los
ídolos del mundo» (p. 234). «Los presuntos renovadores —dice— son retardatarios
que pretenden devolvernos al punto cero». Estas reinterpretaciones son
«tonterías imbéciles» y «tonterías de presente» (p. 235). Y han nacido como
reacciones contra el integrismo. Termina el libro con una gran meditación sobre
la Iglesia a la luz del Concilio.
Después de Le
paysan de la Garonne Maritain, desde su retiro, publicó en 1967 un hermoso
tratado teológico sobre la gracia y la humanidad de Jesús. Vivió muy
impresionado por los valores humanos y la posible proyección espiritual del
movimiento hippy. Publicó en 1970 el último de sus libros, Sobre la
Iglesia de Cristo y cuando murió el 28 de abril de 1973 tenía preparados
los materiales para otra obra de penetración crítica en los grandes ideales y
los grandes problemas de la vida.
Sinceramente
creo que éste es el auténtico Maritain según la figura que emerge de su vida y
de su obra. No fue un democristiano ni menos un precursor de la Democracia
Cristiana. Fue un gran cristiano comprometido con su tiempo, permanentemente
fiel a la Iglesia, fascinado por el auge colosal del marxismo en los años
treinta y cuarenta, promotor del diálogo cristiano-marxista sin caer en el
marxismo, pero sin la menor idea de los grandes recursos estratégicos del
marxismo para convertir ese diálogo en instrumento de expansión y dominio. En
numerosos comentarios y cursos los democristianos españoles han hablado de
Maritain por los codos, pero sin haberse molestado en leerle. Sólo el profesor
Ruiz Giménez, en polémica con un correligionario indocumentado, acertó a
interpretar al Maritain auténtico en septiembre de 1986. De los demás
participantes y sus dislates prefiero no hablar, por caridad cristiana.
En Le
Paysan de la Garonne Maritain arremete contra el progresismo católico que
él, con Mounier, tanto había contribuido a gestar. Ese libro fundamental
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constituye
el primer aviso importante contra las desviaciones peligrosísimas que
pretendían fundarse en el Concilio Vaticano II.
Como epílogo
a estos epígrafes sobre el diálogo debo citar el ejemplo de Garaudy y la
crítica de Augusto del Nace. Roger Garaudy formaba, con Maritain y Mounier, la
tríada de precursores franceses del diálogo cristiano-marxista en los años
treinta. Fue el único de los tres que cayó en el comunismo incluso antes de que
José Bergamín se convirtiera en compañero de viaje; nada menos que en 1933.
Luego ascendió vertiginosamente en la jerarquía del partido comunista de
Francia y después de la guerra mundial se convirtió en el gran interlocutor
comunista de los dialogantes cristianos. Su libro La alternativa,
edición francesa de 1972, se veneró como la biblia del diálogo
cristiano-marxista sobre todo para un grupo democristiano de izquierda,
capitaneado por el político y profesor Gregario Peces-Barba junior, que lo
tradujo al español en 1974 dentro de la editorial «Cuadernos para el diálogo»
que como la publicación periódica del mismo nombre entendía el dialogo como
captación marxista de los cristianos ingenuos. (Ahora el señor Peces Barba, que
ha sido presidente socialista de las Cortes y es Rector de la Universidad
socialista Carlos III. abomina de don Felipe González y colabora asiduamente en
el ABC de don Luis María Anson; otro claro ejemplo del despropósito
permanente en la España actual).
De acuerdo
con Maritain y Mounier, pero desde la orilla roja, Garaudy planteaba el diálogo
en el terreno de las obras comunes, la praxis, que, como hemos repetido,
había sido un consejo táctico de Lenin y Gramsci. Sin embargo la finalidad de
Garaudy no era cristiana sino marxista; y coincide con el programa que Santiago
Carrillo quiso implantar luego en España desde la secretaría general del PCE.
Garaudy no proponía la síntesis de cristianos y marxistas sino la
instrumentación de los cristianos por los marxistas y su absorción final.
Pero lo más
divertido del caso no es el hecho de que esta propuesta de Garaudy fuera tomada
tan en serio por el profesor Peces-Barba. Lo realmente sorprendente es que
cuando al fin Roger Garaudy se decidió a volver personalmente a la religión,
fue invitado por Televisión Española a un debate ideológico al que también me
llamaron a mí. Al principio confieso que no entendía yo una palabra de lo que
allí se decía. Hasta que un contertulio compasivo me dio la clave: «Garaudy ha
vuelto a la religión. Pero no al catolicismo sino al Islam». Mi capacidad de
asombro es casi infinita pero quedó desbordada. Resulta que el principal
promotor del diálogo cristiano-marxista desde el lado marxista tiraba por la
calle de en medio y se nos volvía mahometano. No sé si a estas alturas estará
tramando un diálogo entre el Islam y el budismo; el profesor Peces-Barba podría
organizar en su Universidad un curso titulado «la nueva alternativa»…
Al final de
la década de los años cincuenta un grupo de dirigentes democristianos de Italia
pidió al profesor Augusto del Nace, uno de los pensadores católicos más
relevantes de nuestro tiempo, unos apuntes sobre la necesaria reorientación
ideológica de la DC. El filósofo les entregó ese dictamen, publicado casi
treinta años
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después[185]. Del Noce sitúa históricamente los orígenes del
progresismo católico entre los años treinta y cuarenta, analiza muy
certeramente las posiciones de Maritain en Humanismo integral (aunque no
completa la trayectoria del filósofo francés porque escribe sus apuntes diez
años antes de Le paysan de la Garonne) y define al progresismo católico
como un encuentro con el marxismo en que los católicos menospreciaron la
capacidad filosófica que el marxismo parecía poseer entonces. (Hoy sabemos que
se trataba de una fe cuasi religiosa, no de un pensamiento que ya era entonces
anacrónico). La mitología de la Resistencia después de 1943 consolidó la
conjunción cristiano-marxista, de la cual no se había liberado del todo la
Democracia Cristiana cuando recibió el dictamen de Del Nace.
Y esto es
todo lo esencial, a mi entender. El diálogo cristiano-marxista desde los años
treinta a los setenta fue un pavoroso espejismo inducido por la prepotencia
irresistible —sólo en apariencia— del marxismo y la estrategia del bloque
marxista— leninista. Pero ese diálogo constituyó un poderoso instrumento para
la penetración del marxismo en la Iglesia, de la que se originaron la teología
de la liberación, las comunidades de base y los Cristianos por el Socialismo,
es decir los tres frentes delliberacionismo cuyos orígenes estamos ahora
rastreando a fondo.
SECCIÓN 6: LA REVOLUCIÓN TEOLÓGICA DEL SIGLO XX
LA DENUNCIA DE PIO XII Y DE JACQUES MARITAIN
En pleno mes
de agosto de 1950 se leyó en todos los seminarios y centros religiosos de
enseñanza superior una tremenda encíclica del Papa Pío XII, Humani generis,
«sobre las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica»[186]. Por entonces me empezaba a interesar
seriamente por la historia del pensamiento católico (que incluye a la teología,
aunque la desborda) y creo que éste fue el primer documento pontificio que
traté de estudiar a fondo, aunque sólo capté superficialmente su sentido, su
alcance y sus causas. Me extrañó el tono de la admonición papal, que más bien
parecía una filípica en regla que un texto tranquilo de orientación. Deduje que
el Papa advertía en la Iglesia de la segunda postguerra mundial desviaciones gravísimas
que luego he ido comprendiendo.
Soy
consciente de que en esta sección pido al lector medio un esfuerzo
extraordinario. Pero es imprescindible. La principal amenaza que se dirige en
el siglo
XX desde las Puertas del Infierno contra la Roca de
Pedro es —además de la secularización radical de signo masónico, con varios
siglos ya de vigencia— el comunismo desde el exterior; y la perversión
teológica desde dentro. La amenaza comunista ha sido —y no ha muerto— de orden
estratégico. La amenaza teológica — entre la desobediencia, la disidencia y la
herejía— se ha incubado en el corazón de la
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Iglesia y
desde allí se ha aliado con la secularización —de raíz masónica— y el marxismo,
enemigo de Dios. No trato pues, en esta sección, de complicadas disputas
técnicas entre teólogos que viven más o menos en las nubes. Detecto y estudio
las desviaciones ideológicas —los Papas las han calificado así— que alimentan
rebeliones abiertas —Teología Política, vinculada con el ímpetu masónico y
marxista y Teología de la Liberación, que es una máscara teológica del
comunismo y no es otra cosa. La lucha de ideas es complicada pero el católico
que desea comprender y vivir su fe tiene que esforzarse en conocer esa lucha.
Muchos lectores comprenderán bien esta sección. Otros tendrán que releerla y
profundizarla. Trataré de exponer mis posiciones —que no son mías, sino tomadas
del Magisterio de la Iglesia— con claridad y sin retorcimientos. Pero no puedo
eludir el problema porque el Enemigo no le elude sino que le plantea y le
utiliza a fondo.
El Papa Pio
XII, en la citada Encíclica de 1950, veía «combatidos aun los principios mismos
de la civilización cristiana». Y no se estaba refiriendo sólo al asalto del
enemigo exterior, a cuya fuerza más característica, el comunismo
marxista-leninista, había condenado enérgicamente el año anterior. Le
preocupaba sobre todo la infiltración de las falsas doctrinas en el mundo
teológico, en la que llama el Papa Nueva Teología. El primer error que señala
es el evolucionismo absoluto que se extiende al origen de todas las cosas, con
criterio monista y panteísta. Esta aberración conduce a un segundo error de
tipo filosófico: el existencialismo, «que rechaza las esencias inmutables de
las cosas». Y el tercer error es el historicismo «que al admitir tan sólo los acontecimientos
de la vida humana, tanto en el campo de la filosofía como en el de los dogmas
cristianos, destruye los fundamentos de toda verdad y ley absoluta». Reclama el
Papa respeto y obediencia a la posición del Magisterio por parte de los
filósofos y teólogos católicos, los maestros, que a veces, por afán de novedad,
desprecian al Magisterio. Algunos, por ganarse a las personas de distinta fe,
proponen desmantelar por completo el método teológico que aprueba la Iglesia.
La clave de muchos errores consiste en «que el dogma pueda ser formulado con
categorías de la filosofía moderna, ya sea a través del inmanenismo, o del
idealismo o del existencialismo». De esa posición se cae en el «relativismo
dogmático», es decir en privar a los dogmas de su contenido inmutable al
interpretarlos no sólo en su expresión, sino en su concepto y contenido, de
acuerdo con la evolución del pensamiento de la humanidad a lo largo de los
siglos.
Por supuesto
que la expresión de los dogmas se puede perfeccionar y que la Iglesia «no pude
ligarse a ningún efímero sistema filosófico» pero sería temerario y reprobable
abandonar las nociones y los términos que la Iglesia, sus doctores y sus
concilios, han aprobado y utilizado durante siglos. Sería «suma imprudencia»
sustituir los conceptos tradicionales con que se expresa la Revelación «con
nociones hipotéticas o expresiones fluctuantes y vagas de la nueva filosofía
que, como las hierbas del campo, hoy existen y mañana quedarán secas». Además
«estos amigos de novedades fácilmente-pasan del desprecio de la teología
escolástica a tener en menos
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y aun a
despreciar también el Magisterio de la Iglesia». De esta forma algunos teólogos
prescinden del Magisterio pontificio o a lo sumo lo interpretan según la
doctrina de Padres antiguos. Aun para el Magisterio ordinario, que ejercen los
Papas en sus encíclicas, vale el dicho evangélico «El que a vosotros oye a mí
me oye».
Por supuesto
que los teólogos han de volver a las fuentes de la Revelación y al estudio de
la Tradición. Pero la teología, aun la positiva, no puede convertirse en una
ciencia meramente histórica. La interpretación auténtica del depósito de la fe
no ha sido confiada por Dios a los fieles ni siquiera a los teólogos sino al
Magisterio de la Iglesia. No se puede restringir el valor y la certeza de la
Sagrada Escritura. No se puede ofrecer una interpretación exclusivamente humana
de la Escritura, sin tener en cuenta a la Tradición y al magisterio. No se
puede sustituir el sentido literal de la Escritura por un confuso sentido
simbólico. El mal está muy generalizado: Pío XII llega a afirmar que «no hay
que admirarse de que estas novedades hayan producido frutos venenosos ya en
casi todos los tratados de la teología». Se ponen en duda las pruebas
racionales de la existencia de Dios; se niega que el mundo haya tenido
principio; se niega la personalidad de los ángeles, la diferencia entre materia
y espíritu, el carácter gratuito del orden sobrenatural; el concepto del pecado
original, junto con la noción de pecado en general; se afirma que no hay
presencia real de Cristo en la transubstanciación, sino sólo simbólica; se
niega la identificación, propuesta por el propio Papa, entre el Cuerpo místico
de Cristo y la auténtica Iglesia. «Otros reducen a una pura fórmula la
necesidad de pertenecer a la verdadera Iglesia para conseguir la salvación
eterna».
Pío XII
defiende el valor y la vigencia de la filosofía perenne, que puede
enriquecerse y renovarse, pero no sustituirse alocadamente por la última
novedad. Insiste en la instrucción de los futuros sacerdotes en la doctrina de
Santo Tomás. Rechaza nuevamente sistemas de pensamiento como el Inmanentismo,
el Idealismo, el Materialismo, tanto histórico como dialéctico y el
Existencialismo, tanto el ateo como el que niega el valor del raciocinio en la
metafísica.
Entra el
Papa en el campo de las ciencias positivas, que aprueba en cuanto las hipótesis
que contienen no se opongan a la fe y la tradición. Expresamente aprueba la
investigación sobre el evolucionismo, pero reitera la doctrina de la Iglesia
sobre la creación del alma humana por Dios y pide que no se confundan las
hipótesis con las certezas en la propia ciencia. Se opone a la hipótesis del
poligenismo (que después de Pío XII ha sido, en efecto, descartada por la
mayoría de científicos serios). Defiende el carácter histórico de los libros
sagrados, en concreto los primeros capítulos del Génesis, aunque el método
histórico allí utilizado no coincida con el de los grandes historiadores de la
posteridad. Las narraciones de la Escritura no deben confundirse con los
relatos mitológicos. Termina el Papa su carta con una grave admonición a los
profesores católicos, a quienes prohíbe la docencia si no se ajustan a estas
instrucciones.
Muchos teólogos
han abominado de esta carta ejemplar de Pío XII, que ejerce en
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ella su
responsabilidad suprema en la Defensa de la Roca. Sus términos son duros porque
el mal se extendía peligrosamente. El Papa no lo dice expresamente, pero en no
pocos sectores de la Nueva Teología se estaban descubriendo dos Mediterráneos:
el Protestantismo y el Modernismo, interpenetrados, en algunos puntos
sensibles, nada menos que por una intensa politización que pronto permitiría
proponer nada menos que una Teología Política. Y no precisamente aséptica, sino
en numerosas ocasiones, de signo claramente marxista, como Pío XII había
advertido con toda claridad. Cuarenta y tantos años después de esta encíclica
hay que darle la razón al Papa en algunos puntos esenciales de su denuncia:
además del poligenismo en entredicho, ha surgido un nuevo creacionismo con la
teoría del Big Bang, que exige un principio del mundo; y el marxismo se ha
hundido como teoría y como práctica.
La solemne
advertencia de Pío XII en 1950 causó honda conmoción en la Iglesia pero muchos
maestros, filósofos y teólogos de centros de la Iglesia, no se sometieron. La
nueva denuncia que acabamos de escuchar a Maritain en 1966 contra los falsos
maestros progresistas es la prueba de esa insumisión. Ahora vamos a poner
nombres y apellidos a las alusiones del Papa.
LA EVOLUCIÓN DE LA TEOLOGÍA PROTESTANTE
Acabo de
indicar que la Nueva Teología criticada por Pío XII en 1950 equivalía en parte
a un redescubrimento del protestantismo. Nacida al calor de un impulso tan
positivo como el movimiento ecuménico de aproximación entre las diversas
corrientes del cristianismo no pocos teólogos han pasado de la aproximación a
la contaminación; ya vimos al trazar la historia de la gnosis cómo entre los
teólogos católicos alemanes Lutero ya no es el heresiarca sino casi un nuevo
Padre de la Iglesia. La rebeldía de muchos teólogos actuales contra la Santa
Sede —por ejemplo el caso flagrante de Hans Küng— ha degenerado en una actitud
protestante casi clásica. Y la teología de la liberación va a surgir, como
veremos con detalle, de fuentes teológicas protestantes tanto como de fuentes
católicas de la teología «progresista» y política.
El
protestantismo no es hoy religión dominante en España, Portugal, Francia e
Iberoamérica por la enérgica actuación histórica de las coronas de España y
Portugal al oponerse, desde el siglo
XVI, a partir del Emperador Carlos V, a la pleamar
luterana. Felipe II continuó la obra de su padre y salvó a Francia de caer en
la Reforma, aun a precio de renunciar a sus derechos a la Corona de Francia.
Desde el siglo XVI la frontera religiosa entre el catolicismo y el
protestantismo en Alemania está marcada por la fundación de una línea
estratégica de colegios creados por la Compañía de Jesús. Desde la
independencia iberoamericana a fines del primer cuarto del siglo XIX
las confesiones y sectas protestantes, con el apoyo expreso de los Estados
Unidos, han intentado la penetración del protestantismo en aquellas naciones
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y hace poco
han conseguido el primer Presidente protestante de una república hispánica,
Guatemala. Pero la herencia de la lucha y la corona española ha mantenido a
Iberoamérica en la fe católica y ha preservado a España de una penetración
protestante significativa aun en estos tiempos de plena libertad religiosa[187]. Quizá por eso el gran público español e
hispanoamericano carece de una visión general sobre el pensamiento teológico
protestante desde los tiempos de la Reforma. Será por tanto muy conveniente que
presentemos brevemente ese desarrollo, a veces sobre los textos más sugestivos
de la teología protestante; y a veces según el hilo de una obra profundamente
orientadora, el libro del profesor José María Gómez Heras Teología
protestante, sistema e historia[188]. El año en que
se fecha este libro es clave: porque en él se lanza desde España, y por
los jesuitas españoles, la oleada teológica de la liberación que inundó a toda
América. En algún caso flagrante, como el de Hugo Asmann, uno de los
principales teólogos marxistas de la liberación y vinculado a la Compañía de
Jesús en su formación, el neoprotestantismo no es una simple etiqueta. Abandonó
luego la Iglesia católica para hacerse formalmente protestante, como había
hecho muchos años antes otro precursor, el jesuita español padre Carrillo de
Albornoz, que había ejercido un intenso apostolado entre la juventud de Madrid
y después se incorporó al protestantismo ginebrino en medio de una explosión de
escándalo en España.
La reforma
protestante del siglo XVI, encabezada por Lutero, es, como dijimos, una
corriente básica y originaria de la Modernidad. La Reforma era un sí al
Evangelio y un no a Roma, que se materializó en la protesta de los delegados
reformistas en una de las Dietas imperiales donde Carlos V trataba de
reconducirlos a la unidad; por eso se llamaron desde entonces protestantes. La
Reforma fue, desde el principio, exclusivista; su doctrina se resumió muy
pronto en una serie de exclusiones: Sólo Dios, Sólo Cristo, Sólo la Gracia,
sola la Escritura, sola la fe. En su origen la Reforma generó un grave
pesimismo antropológico: el hombre está encadenado por el mal si se abandona a
su naturaleza, redimida solamente por la gracia de Dios. Esto equivale a un
teocentrismo radical que andando los siglos, al haberse cortado por Lutero la
conexión con el Vicario de Cristo, degeneraría fatalmente en antropocentrismo
deísta, cuando la Reforma, enfeudada a los príncipes protestantes, fuera
asumiendo el ímpetu secularizador que venía larvado en el Humanismo y el
Renacimiento. Solus Christus: la Reforma es ambiente cristocéntrico, reconoce a
Cristo como mediador único, anula la capacidad mediadora de María y su
contribución esencial a la historia de la salvación; recela de la creencia
católica en la intercesión de los santos. Una clave de la Reforma es la
Teología de la Cruz, reasumida vigorosamente en nuestro tiempo por la teología
católica y el Magisterio. La Reforma es ruptura con Roma pero —teóricamente— no
con la Iglesia y la tradición cristiana, a quienes se considera desde la
Reforma como degradadas por Roma. La Reforma se monta sobre una serie de
antítesis: Hombre-Dios, la salvación es toda de Dios, el hombre no puede
cooperar. Gracia-naturaleza; de donde surge la
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diferencia
clave entre protestantes y católicos, a propósito de la justificación, que
según los reformadores se verifica solamente por la fe, sin exigencia de obras;
según los católicos requiere también la cooperación del hombre mediante las
buenas obras. El protestantismo no rechaza las obras sino que las exige; pero
como emanadas de la fe, no como requisito para cooperar a la salvación. Los
protestantes rechazan todos los sacramentos como mediación inútil; sólo admiten
el Bautismo y la Cena, como meros símbolos. Rechazan también a la Iglesia como
mediadora, y al Papa como su cabeza; no admiten una teología natural —que lleva
a Dios por la mera razón humana
— sino sólo sobrenatural. Los
protestantes exigen un mínimo de instituciones y un máximo de carisma; valoran
sobre todo la Palabra, donde Cristo se hace presente. Interpretan personalmente
la Escritura, sin mediación ni orientación del Magisterio. Las biblias
protestantes carecen de notas; la interpretación depende de cada lector.
El hombre
que desencadenó toda esta revolución en el pensamiento religioso (que en sus
rasgos esenciales comparten todas las ramas protestantes, aunque luego la
Reforma se dividió en sectas innumerables) fue el doctor agustino Martín Lutero
(1483-1546) a quien ya hemos presentado como gnóstico cabal. Le ha dedicado una
magistral biografía el gran historiador español Ricardo García Villoslada S.J.
en la BAC, recientemente, en dos grandes tomos. Temperamento ardiente sometido
a múltiples influencias, obseso por las dudas y la crisis interior, dominado
por una fe profunda lastrada por una infinita soberbia, creyó ver la luz en la
epístola de San Pablo a los Romanos, 1., 17, que interpretó como justificación
por la sola fe y rechazó la necesidad de las obras, que en el caso de las
indulgencia recomendaba Roma en circunstancias abusivas, que daban al pueblo la
impresión de que el bien espiritual vinculado a las indulgencias era objeto de
compraventa_ por parte de quienes las predicaban. La disputa de las indulgencias
tuvo lugar en 1517 y la ruptura de Lutero con Roma en 1520. Desde entonces sus
discrepancias teológicas se combinaron con las disciplinarias dentro del
inestable contexto político del Imperio alemán, regido por otro superhombre del
siglo XVI,
el rey de España Carlos l. La pugna entre Lutero y Carlos es uno de los tractos
épicos de la historia humana. Un gran equipo de pensadores y humanistas hizo
posible el triunfo de Lutero en la consolidación de la Reforma, mientras el
nuevo ejército español y una orden religiosa española, la Compañía de Jesús,
asentaban y defendían las nuevas fronteras de la Iglesia católica amenazadas
por la formidable expansión centroeuropea del protestantismo, que abrazaron
muchos príncipes de Centroeuropa que deseaban apoderarse de los cuantiosos
bienes de la Iglesia con entusiasta aprobación, no simple tolerancia, de Martín
Lutero, quien además canalizó los fuertes impulsos del nacionalismo alemán
mediante su espléndido uso de la lengua germánica, a la que tradujo la Biblia.
Melanchton, Bucer, Osiander son algunos nombres del gran equipo luterano;
Melanchton, el principal, fue un gran humanista, coordinador y sistematizador
del luteranismo, que pronto experimentó hondas disensiones doctrinales y
disciplinarias, privado del reconocimiento y la orientación de un
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Magisterio
institucional. Fragmentación frente a unidad, será la característica del
protestantismo frente al catolicismo en los cuatro primeros siglos de su
confrontación. En el último siglo, el nuestro, la fragmentación y la amenaza a
la unidad han invadido también el campo católico, por los tirones ideológicos
de la rebelión teológica y por la servidumbre estratégica del liberacionismo.
Otros
grandes reformadores, inspirados en Lutero, extendieron fragmentadamente el
mensaje de la Reforma en su primer siglo. Zwinglio, humanista melanchtoniano,
lo difundió desde su sede de Zurich en Suiza, Juan Calvino instaura desde 1555
una implacable dictadura teocrática en Ginebra, donde se identifican la Iglesia
y el Estado, se simplifican los cultos, se instala la predestinación como
problema central de la teología y se establece una férrea inquisición que
ejecuta a personalidades como el científico español Miguel Servet, descubridor
de la circulación de la sangre. El primer cuerpo doctrinal de la Reforma se
desarrolla en una serie de Confesiones y Profesiones de fe.
A mediados
del siglo XVII,
con motivo de la paz de Westfalia que pone fin a la guerra civil europea de los
Treinta Años en la que España había tratado desesperadamente de salvar la
unidad religiosa del Continente, la Reforma victoriosa (gracias a la traición
de la Francia católica, aliada del bando protestante) puede darse como
consolidada históricamente. Una Reforma de origen personal, nacida del egoísmo
lúbrico del rey Enrique VIII, asesino sucesivo de sus mujeres, estaba
consolidada desde fines del siglo
XVI por la victoria de Isabel I contra Felipe II,
después de la deserción en masa de la Iglesia católica de Inglaterra guiada por
sus indignos pastores. La Casa de Austria fracasó en la guerra de los Treinta
años por la eficacia militar de la Suecia luterana y la indicada traición de
Francia, que puso al revés que España, la conveniencia política por encima del
ideal religioso. Desde 1648 la Reforma se estabiliza, se consolida, se implanta
en los dominios británicos de Norteamérica y se estereotipa en una especie de
sistema escolástico que se conoce como la época de la ortodoxia, sin grandes
creadores de doctrina pero con un notable arraigo de las creencias (aun
fragmentadas en las diversas ramas protestantes, como luteranismo, calvinismo,
anglicanismo) gracias a la piedad litúrgico-musical, en la que sobresale ese
creador genial llamado Juan Sebastián Bach. El abismo que separaba a los
protestantes de Roma parecía infranqueable.
Durante el
siglo de la primera Ilustración, el
XVIII, continúa la vigencia de la ortodoxia
protestante que sigue ahondando en el pietismo, ese movimiento surgido desde
fines del XVII
y prolongado hasta muy dentro del
XIX. Dentro de la ortodoxia, el pietismo busca una
profundización personal en la fe, desconfía de las rigideces dogmáticas y se
deja influir por el catolicismo en cuanto a talante y ambiente; por ejemplo la
mística española del siglo de Oro. El pietismo exige una nueva conversión
interior, cultiva el arte litúrgico sobre todo en música —tras el ejemplo de
Juan Sebastián Bach— y se presenta en Inglaterra con la variante del metodismo,
que se extendió en los Estados Unidos y se opuso a la rigidez de la Iglesia
oficial anglicana
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o Iglesia
Alta, muy combatida también por el puritanismo o Iglesia Baja, versión inglesa
del calvinismo. Además del pietismo, que es una actitud más que una ideología
religiosa, el pensamiento protestante durante el siglo XVIII
va a experimentar un intenso influjo de la Ilustración con tres efectos
principales. Primero la teología sufrirá el tirón sustitutorio de la filosofía.
Segundo, en esa transmutación de teología a filosofía, el pensamiento teológico
experimentará el embate y acoso del racionalismo; la teología protestante se
hará más y más racionalista, con detrimento de su impulso sobrenatural. Y
tercero, la tendencia a la secularización, que caracteriza al pensamiento
ilustrado, penetrará en los ámbitos teológicos, contradictoriamente; y empujará
a la teología hacia versiones secularizadas que florecerán abiertamente en los
siglos siguientes, sobre todo en el nuestro. Por otra parte la Iglesia
anglicana se aproxima durante el siglo
XVIII a la nueva Masonería especulativa que nace en
Inglaterra a principios de siglo y en la que ingresan miembros de la familia
real y la nobleza, titulares de la Corona y cada vez más numerosos obispos,
dignatarios y clérigos anglicanos, como sucedía en el Continente con numerosos
eclesiásticos, incluso obispos católicos. A lo largo del siglo XIX
casi puede hablarse de identificación entre Masonería e Iglesia anglicana.
La teología
ilustrada protestante tenderá por tanto a la inmanencia, a la antropología y al
reconocimiento de la autonomía del hombre respecto de Dios, un Dios que se
aleja hacia el deísmo y la concepción del nuevo gnosticismo. Los teólogos
racionalistas moderados inauguran una línea de pensamiento que se conoce como
neología. Algunos extremistas llegan a rechazar lo sobrenatural. El gran
humanista ilustrado Lessing propondrá una «religión de la razón» que tiende a
la perfección humana más que a la investigación de la divinidad. Immanuel Kant,
una cumbre de la Ilustración, descarta la revelación sobrenatural en sentido
estricto y basa la religión sobre la ética, no sobre el dogma. La teología
queda subordinada así a la razón práctica. En Inglaterra los filósofos
racionalistas se convierten en librepensadores deístas que no niegan a Dios
pero le marginan. Otros, como Hume, son virtualmente ateos e infundirán su
indiferencia en la configuración profunda de la modernidad. No así el admirable
Leibniz, cumbre del pensamiento ilustrado, pensador religioso y piadoso que
aproximará posiciones entre el protestantismo y el catolicismo. Pero su gran
ejemplo quedó aislado e ignorado.
El
movimiento racionalista y secularizador de la primera Ilustración continúa en
el siglo XIX
sin desnaturalizarse entre las nuevas oleadas de romanticismo e idealismo. En
Alemania, que inicia entre el final del siglo XVIII y principios de XIX
su apogeo cultural moderno, las líneas de la Ilustración, el Romanticismo y el
Idealismo se interpenetran y se interfecundan en una intensa unidad cultural de
signo pluralista, aunque algunos autores prefieren, con razón, llamar Segunda
Ilustración a la que se despliega en el idealismo —de Kant a Hegel— y en sus
derivaciones, como la izquierda hegeliana cuyo máximo representante, tras las
huellas de Feuerbach y el magisterio dialéctico de Hegel, será Carlos Marx. A
lo largo de todo el siglo XIX la
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antítesis
entre la ciencia y la fe, la demoledora ofensiva del positivismo y la
degradación cultural del pensamiento y hasta del magisterio católico (y no sólo
católico) marginan y anquilosan a la teología y rematan la sustitución de
teología por filosofía ante los grandes problemas teológicos, como el problema
de Dios; mientras que los métodos racionalistas inspirados en la Ciencia
Absoluta condicionan férreamente la investigación bíblica, que se hace depender
directamente de las investigaciones y teorías históricas y arqueológicas. El
idealismo continúa, por una parte, los impulsos de la Ilustración; por otra los
supera, gracias a su identificación filosófica y cultural con el Romanticismo,
que impone una nueva evaluación mucho más positiva de los orígenes religiosos,
la Edad Media, los valores modernos del misterio, la subjetividad y la
emotividad. Pero a la vez el idealismo enfoca a Dios ya no como persona (cree
que ésta es una concepción antropomórfica) sino como Absoluto panteizante, que
incitará a Marx a identificar a ese Absoluto despersonalizado con la proyección
de alienaciones humanas. Para Hegel, por ejemplo —el pensador central del siglo XIX,
la cumbre del Nuevo Gnosticismo contemporáneo— la religión, el cristianismo y
Dios son temas esenciales de su especulación; por lo que la teología se va
reduciendo a filosofía de lo religioso. En la izquierda hegeliana se imponen
dos direcciones. Una, la de Feuerbach-Marx, acabará con toda posibilidad
teológica al negar la realidad trascendente de Dios y fijar esa negación como
fundamento de todo pensamiento filosófico, que ha de centrarse sobre el hombre.
Otra, con D.F. Strauss, aplicará a la religión de forma implacable la crítica
racionalista, reducirá el Nuevo Testamento a un conjunto subjetivo-colectivo de
mitos irreales, decretará la irreconciliabilidad entre la fe y la filosofía y
en definitiva hundirá los fundamentos hegelianos de la religión desde el
corazón del propio sistema hegeliano.
Frente a
esta desnaturalización de la fe y la teología, Schleiermacher alzará la enseña
de la teología romántica (1768-1834) desde su actitud arraigada simultáneamente
en el pietismo protestante, la Ilustración y el Romanticismo. En su resonante Discurso
sobre la religión (1799) y en su Dogmatik (1821-22) tratará de
encontrar un nuevo cimiento religioso y teológico que eluda el cerco del
racionalismo y el idealismo; y creerá encontrarlo en la emotividad y el
sentimiento. La religión es intuir y sentir más que razonar. El hombre
religioso se sumerge en el infinito, experimenta una religión que anida en la
relación hombre-universo. Reduce la teología a antropología, pero no alienante
sino trascendente. Y en el fondo se rinde ·a la filosofía racionalista al hurtar
de ella la consideración de un Dios al que sólo se llega por intuición
experimental, no por las vías de la razón; en lo que concuerda con la profunda
tradición doctrinal del protestantismo, que en cierto sentido rebrotará en Karl
Barth[189].
Al comenzar
el siglo XX
el racionalismo, la secularización y el complejo de inferioridad ante la
ciencia habían arrinconado a la teología protestante centroeuropea; no a la
anglosajona, que como vamos a ver, había iniciado en el Reino
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Unido y en
Norteamérica un importante proceso de renovación. Pero la teología germánica
seguía siendo dominante en el universo protestante y en ella surgió, tras una
etapa inicial de frustración, una época verdaderamente titánica, por las
relevantes personalidades que no sólo irradiaron al mundo religioso protestante
y católico, sino que influyeron y siguen influyendo poderosamente en el ámbito
universal de las ideas y de la cultura, como nunca había sucedido desde los
tiempos de la Reforma. Como en la Inglaterra del XIX y en la América del siglo XX
surgen también figuras titánicas dentro de la comunidad evangélica, como gustan
llamarse los protestantes de hoy, debemos ampliar a toda la Edad Contemporánea
esa calificación de época titánica para el pensamiento protestante. He aquí un
fenómeno que los católicos españoles e iberoamericanos desconocen demasiadas
veces y que merece la pena reseñar críticamente con todo respeto. En los medios
teológicos protestantes de Centroeuropa durante el siglo XX
las directrices principales, (que desde ellos influirán intensamente en los
medios de la teología católica) son la dedicación al estudio científico y a la
vivencia religiosa de la Biblia; el reencuentro y la profundización con la
Reforma del siglo XVI; la simbiosis con las corrientes de la
filosofía contemporánea para expresar mediante sus categorías el mensaje
teológico no de forma adjetiva y meramente formal sino mediante una verdadera
interacción entre filosofía y teología. Las corrientes del pensamiento moderno
que contribuyen a esa simbiosis teológica serán el racionalismo, el
historicismo y el existencialismo, a las que como acabamos de ver se refería
con mucho recelo Pío XII en 1950. A última hora, y después de la segunda guerra
mundial, el marxismo se incorporará contradictoriamente a este proceso de
interfecundación.
Durante los
primeros años del siglo XX permanece como línea dominante en la teología
evangélica la herencia del siglo
XIX: que consiste, como ya sabemos, en el
racionalismo, la aplicación del método histórico-crítico al estudio de la
Biblia y la aceptación acomplejada de la secularización inevitable. El impacto
de David Federico Strauss anteponía la necesidad de distinguir entre el núcleo
de la Revelación y el ropaje mitológico que la envolvía. El teólogo protestante
principal para esta época es Adolfo Harnack (1851-1930) que en su Manual de
historia de los dogmas, publicado con gran resonancia, cultiva el más
depurado historicismo, incorpora los nuevos datos arqueológicos y afirma, como
tesis principal, que el helenismo ha desfigurado la verdad cristiana primitiva.
Harnack fue maestro de toda una gran generación teológica protestante; sus
investigaciones impulsaron también a la Iglesia católica a organizar y fomentar
con creciente rigor los estudios bíblicos, orientalistas y patrísticos, y
gracias a ello la ciencia teológica del catolicismo no desmerece hoy de la que
desde el siglo XIX se construyó en el protestantismo, lo que ha
favorecido, sin duda el diálogo ecuménico entre expertos, basad en el mutuo
respeto y reconocimiento. Pero este progreso de la teología católica e el campo
histórico no se ha logrado sin tirones regresivos y sin recelos, de los que ha
quedado clara huella en la encíclica de Pío XII en 1950.
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Desde el impacto de la Vida de Jesús de
Strauss en pleno siglo XIX arranca la viva contraposición protestante
entre el Cristo de la fe y el Cristo de la Historia, que como el contraste
entre el núcleo y el ropaje de la Revelación constituye una constante del
pensamiento evangélico de nuestro siglo, y se trasluce también en la citada
instrucción de Pío XII. Para W. Wrede (1859-1906) los Evangelios no son más que
una interpretación tardía de la comunidad cristiana primordial. En esa línea de
contraposición se inscribe también otra gran personalidad del pensamiento y la
acción del protestantismo contemporáneo, el doctor Albert Schweitzer. Y
también, en su primer período, Rudolf Bultmann, para quien en esa época los
Evangelios carecen de valor biográfico y son expresiones del sentir colectivo
de la primera comunidad cristiana.
Algunas
personalidades citadas —Harnack y Schweitzer— merecen ya, en el mundo actual
protestante, el calificativo de titánicos. Algunos que luego se citarán también
son acreedores a esta distinción de imagen. Pero sin duda alguna los dos
titanes del pensamiento evangélico centroeuropeo en el siglo XX
son los profesores Karl Barth y Rudolf Bultmann, jefes de cada una de las alas
de la que se ha llamado teología dialéctica, a la que cabe el honor y el
mérito singular de haber restaurado en plenitud la teología en el
protestantismo; donde yacía hasta ellos, desde la Ilustración y el
Romanticismo, como ancilla subordinada a la Razón y a la Filosofía.
Contra la
teología racionalista, inevitablemente secularizada, Karl Barth (1886-1968), el
gran teólogo de Basilea, abandera la retauración teológica al afirmar, contra
todas las excrecencias del racionalismo, la revelación transhistórica de Dios
al hombre. Su objetivo permanente es concebir la teología como base para la
pastoral de la Palabra, como se trasluce en esa admirable colección de sermones
(varios de ellos pronunciados en la cárcel de Basilea) y oraciones, Al
servicio de la palabra[190]. Se dio a
conocer universalmente en 1921, cuando en el Comentario a la Epístola a los
Romanos supera ya por todas partes la exegesis histórico-filosófica, rebasa
de lleno el plano teológico del maestro Harnack. Y marca para siempre su
posición cristocéntrica frente al antropocentrismo de la teología liberal,
racionalista y secularizada. Cristo, conjunción de lo divino y lo humano,
enlace entre Dios el hombre y el mundo.
En su obra
magna, Kircliche Dogmatik, publicada entre 1932 y 1959, parte de la
intuición de que la teología versa sobre la realidad de Dios en Jesucristo.
Cristo es «el principio de la inmanencia de Dios en el mundo». Pero el dogma es
inconciliable con la ciencia, la fe con la razón; cada una de ellas se mueve en
planos diferentes sin encontrarse, aunque sin chocar. Para la comprensión
humana —que por tanto ha de ser también racional— de la Revelación, Barth no se
apoya en la analogía del ser, admitida y postulada por los católicos, que para
Barth es una aberración descrita con duras expresiones, sino en la analogía de
la fe, que no se funda en el ser sino en la capacidad misteriosa de
significación en la Palabra; entre la expresión divina y los signos humanos de
comprensión. Pero ¿no estará Barth, que parece confundir la analogía del ser
aceptada por los católicos —por ejemplo en la luminosa doctrina de
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Francisco
Suárez— diciendo lo mismo que Suárez desde otro punto de vista, el de la
comunicación de signos, que Suárez sitúa en la capacidad de relación del ser?
Barth acepta de lleno toda la tradición cristiana común y previa a la ruptura
del siglo XVI; por ejemplo las doctrinas de San Agustín y de
Santo Tomás de Aquino, a quienes equipara con Lutero y Calvino. Barth se
inscribe en el gran movimiento de la teología dialéctica pero sin
apoyarse en estructuras metafísicas para tender el puente Dios-hombre, que él
sólo confía a la dialéctica elemental y profunda de la Palabra. Dios y el
hombre se unen así por la Palabra, es decir por la dialéctica de la Revelación,
independientemente de consideraciones de razón y de ciencia. Es una hermosa y —
como hemos dicho— titánica restauración del pensar teológico, con toda su
recuperada autonomía, en medio del reino de la ciencia; es una negación radical
del último fundamento de la secularización.
Frente al
sentido trascendente de Karl Barth, el ala existencialista de la teología
dialéctica protestante toma su inspiración y dirige su diálogo a la actitud de
la filosofía existencialista, esa gran reacción contra el idealismo que, como
sabemos, había iniciado el angustiado pensador danés Soren Kierkegaard en la
primera mitad del siglo XIX, resucitado, después de tantas décadas de
olvido, como profeta para la crisis del siglo XX. El existencialismo llegará
a su cumbre con Martín Heidegger, con quien comulgan los teólogos protestantes
de esta rama… y la escuela de teólogos católicos (muchos de ellos jesuitas) que
sigue a Karl Rahner S.J. Kierkegaard rechazaba toda interpretación racional del
cristianismo; identificaba a Cristo como una paradoja transcendente y humana a
la vez; y llegaba a Dios por la fe, no por la ciencia. Estas intuiciones, que
suscitan también profundos ecos en Karl Barth, son originalmente comunes a las
dos ramas de la teología dialéctica, inmersa en la angustia y el temor de
nuestro tiempo de entreguerras.
Tras el
iniciador de esta corriente existencialista, Brunner (1889) es Friedrich
Gogarten quien la desarrolla. Admite una teología natural existencial y trata
de construir la teología sobre una reflexión existencial antropológica. Pero es
Rudolf Bultmann (1884-1976) quien puede considerarse, junto a Barth, como el
segundo titán de la teología dialéctica y de la restauración teológica en el
siglo XX
dentro del campo protestante. Biblista y profesor en Marburgo, Bultmann acepta
inicialmente el método histórico-crítico de la teología liberal, pero trata de
superarlo. Heidegger le suministra la interpretación existencial del Nuevo
Testamento; y aborda desde la dialéctica de la existencia el problema de la
desmitologización de la Biblia cristiana, un problema que pendía y actuaba
desde Strauss sobre toda la teología protestante. Para Bultmann la Escritura es
formulación de posibilidades de existencia. La fe es una fórmula divina que se
propone como guía de la existencia humana en diálogo con la Biblia. La fe cristiana
no puede exigir la aceptación de la cosmovisión mitológica de la Biblia por el
hombre moderno. El hombre actual posee, desde sólidas bases racionales, una
cosmovisión de signo científico que choca con la mitología. La
desmitologización se refiere ante todo al acontecimiento Cristo que en su
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presentación
neo-testamentaria está envuelto en elementos mitológicos: la ascensión, el
descenso a los infiernos, los milagros, la resurrección biológica… El mito debe
interpretarse antropológicamente, existencialmente. Efectuada la
desmitologización queda vivo el núcleo vital del Nuevo Testamento. El mito no
forma parte de la dialéctica de la revelación sino de la dialéctica de la
existencia. Desmitificar equivale a interpretar existencialmente el Nuevo
Testamento. Los Evangelios no son otra cosa que un modo de entender la
existencia. Privado de sus ropajes mitológicos, el mensaje central de la
revelación, es decir la presencia de Dios en la Historia, queda, en medio de su
misterio, dispuesto para ser comunicado al hombre moderno, sin interferencias
adjetivas de cosmovisiones. El que se comunica es un Dios más profundo, pero
también más auténtico; un Dios en medio de su misterio y de su realidad, a
través del Cristo real, no del Cristo adjetivo y mitificado. El lector está ya
poniendo el nombre de Bultmann y los teólogos —protestantes y católicos— que le
han seguido en las apenas veladas alusiones de Pío XII en 1950 a la presunta
mitologización del Antiguo y el Nuevo Testamento.
Con la mejor
intención de aproximar la idea de Dios al mundo sin Dios toda una línea
teológica protestante nos ha propuesto en este siglo un camino imposible. Vamos
a recorrer las enseñanzas de algunos autores importantes en este sentido.
Dietrich
Bonhoeffer (1905-1945) está aureolado para la historia del cristianismo
contemporáneo por su martirio ya a la vista de la liberación. Discípulo de
Harnack, su teología le llevó al enfrentamiento directo con el totalitarismo
hitleriano, al que se opuso desde la misma victoria nazi, cuando en 1933, al
día siguiente de la proclamación de Hitler como Führer, manifestó pública y
resonantemente su rechazo y sus temores. Pasó como consecuencia dos años en
Londres donde completó su experiencia de relaciones exteriores, que había
iniciado ya en otros puntos de Europa, por ejemplo en Barcelona, donde fue
vicario de la parroquia evangélica alemana. Miembro activo de la Iglesia
confesante —un movimiento antinazi, como sabemos, de las iglesias protestantes
alemanas, creado en septiembre de 1933 contra la aceptación del racismo por
gran parte de la Iglesia prusiana— se enfrentó por ello con su facultad
teológica de Berlín, que había contemporizado con el nazismo, lo mismo que muy
amplios sectores de la Iglesia católica, según vimos.
Regresó
valientemente a Alemania en 1935. Fue destituido de su cátedra por los nazis en
1936. En 1941 eludió el servicio militar para enrolarse en la red de
contraespionaje organizada por otro resistente oculto, el almirante Canaris,
que aconsejaba por entonces al general Franco la oposición a todos los
proyectos hitlerianos de invadir la Península. Intervino Bonhoeffer, con otros
miembros de su familia, en la conspiración para derrocar y eliminar a Hitler en
que también estuvo implicado el propio Canaris. Desde 1943 se le recluyó en una
prisión militar, desde la que envió sus famosas cartas que forman en conjunto
la más célebre de sus obras, que se ha editado en excelente versión española
con el título Resistencia y sumisión[191]. Acusado por
faltas contra la moral defensiva y de lo que trataba de defender en esas
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cartas, fue
condenado a muerte después del atentado contra Hitler que fracasó el 20 de
julio de 1944. La magnitud se su sacrificio se acentúa si recordamos que en
junio de 1939 se había refugiado en Nueva York, pero impulsado por su vocación
de servicio quiso regresar a Europa en el último barco que zarpó de América
antes del estallido de la segunda guerra mundial. Durante su época de
cooperación con Canaris contribuyó a las actividades de la Resistencia con
motivo de sus viajes al extranjero, por ejemplo a Suiza y Suecia. Fue ahorcado
junto con el almirante cuando ya agonizaba la Alemania nazi en 1945.
He detallado
la trayectoria vital de Bonhoeffer porque fue un profeta de la acción
antitotalitaria más que un pensador contemplativo pero tampoco puede
menospreciarse su contribución teológica. Cuya clave inicial fue la idea de la
comunión de los santos, que le acercó a las posiciones del catolicismo
espiritualista; concebía a la Iglesia como una, santa, católica, con diversas
confesiones en su seno y Cristo como único Señor de todos; es por tanto un
adelantado del ecumenismo. En sus escritos y señaladamente en sus cartas desde
la cárcel dibuja su antítesis entre la concepción medieval del mundo
adolescente —con un Dios ex machina, suplente de la impotencia humana— y
un «mundo adulto» actual, dominado por la concepción a-religiosa y
secularizada, para quien hay que reinterpretar a Dios en categorías seculares y
a-religiosas. Hay que encontrar a Dios no sólo en la muerte sino en la vida; no
sólo en el fracaso sino en el éxito. Cristo, encarnación de Dios, ha de mediar
entre los hombres y el mundo, entre Dios y el mundo. Se ha dicho certeramente
que Bonhoeffer es el profeta de la plena profanidad, vivida en compañía de
Cristo crucificado. Es también muy interesante su epistolario en libertad,
reunido en el libro Redimidos para lo humano[192].
Si
Bonhoeffer volvió de América a Alemania en busca del martirio, el profesor Paul
Tillich (1886-1963) se quedó en América para impartir desde allí, como hizo
Maritain en el campo católico, un fecundo magisterio de alcance mundial. Su
experiencia como capellán de guerra en el ejército alemán durante el conflicto
de 1914le acercó a las necesidades de los pueblos angustiados. Sus contactos
culturales de postguerra le impulsaron a lograr una síntesis de teología y
cultura, en sentido contrario a la que Gramsci intentaba desde su marxismo
cultural. Tras profesar la teología en Alemania hasta 1933 se trasladó a los
Estados Unidos donde enseñó, hasta su muerte, en Harvard y Chicago. Poseemos
sobre su pensamiento una excelente tesis española de Alfonso Garrido Sanz, La
Iglesia en el pensamiento de Paul Tillich[193].
Paul Tillich
es, ante todo, un conciliador; que trata de relacionar e intefecundar la
teología con la filosofía y la cultura. Concibe, para el hombre moderno, a la
religión como una forma de cultura; y trata de detectar los entronques
religiosos de la cultura contemporánea. A preguntas existenciales, envueltas en
el ambiente cultural de nuestra época, trata de responder con teología
profunda. Para ello se ve obligado a conceder demasiado; por ejemplo concibe la
revelación divina no como expresión o
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comunicación
sobrenatural formal sino más bien como símbolo. Cristo es solamente un hombre
excepcional; la teología no es por tanto ateísta sino antiteísta en cuanto se
refiere a Cristo.
Pero Dios
es, en cierto sentido, trascendente. Dios no es una realidad aparte pero es
ante todo profundidad del ser. Son los enunciados teológicos sobre Dios, más
que el propio concepto de Dios, los que poseen un valor simbólico. Dios es el
ser mismo; es la única realidad no simbólica sobre la que versa la teología.
Esto significa que Tillich, como única gran excepción entre los teólogos
protestante admite la analogía el ser en sentido semejante al que aceptan los
católicos como puente natural y metafísico entre el hombre, el mudo y Dios.
Instalado en
la realidad y volcado a las síntesis, Tillich se muestra teológicamente muy
preocupado por el grave problema social del hombre contemporáneo. Su dialéctica
trata de crear una síntesis a partir de las tesis críticas de la escuela
liberal que seculariza la religión y la teología; y de la antítesis barthiana
que separa de plano el hombre-mundo y la suprema realidad de Dios. Es un
teólogo de extraordinario atractivo para muchos teólogos de nuestro tiempo, una
figura de aproximación superada, desde luego, por la inmensidad de su intento,
pero muy estimable y digna de atención.
LA TEOLOGÍA PROTESTANTE ANGLOSAJONA DEL
MOVIMIENTO DE OXFORD A LA SECULARIZACIÓN
La ruptura
entre anglicanos y católicos no se originó por motivos doctrinales sino de
orden personal, y además abyecto, por parte del rey Enrique VIII en su
conflicto con la Santa Sede por su repudio de Catalina de Aragón, la hija de
los Reyes Católicos, para casarse con su capricho, Ana Bolena, a la que después
de mil días decapitó ritualmente. Una abrumadora mayoría de los obispos, el
clero, los religiosos y los católicos ingleses reconoció a su lujurioso y
arbitrario monarca como cabeza de la Iglesia, con excepción luminosa de un
puñado de grandes mártires; con lo que esta deserción en masa de la Iglesia de
Inglaterra es una de las páginas más oscuras y lamentables de toda la historia
de la Iglesia, y en ella pienso muchas veces al contemplar la actual desintegración
de la Iglesia anglicana, cuyo encefalograma parece más plano cada año. El
inconcebible cisma fue fortalecido por un juego de intereses de todas clases,
sin excluir los más rastreros; así como por la continuada hostilidad contra
España, bastión del catolicismo durante la Reforma católica. De esta forma
penetraron además en las islas británicas (con excepción de la fiel y heroica
Irlanda) las diversas doctrinas protestantes del Continente, por lo que el
impacto del Humanismo y la Ilustración ahondó la separación con Roma. De ahí
que los fermentos secularizadores hayan actuado sobre el protestantismo
británico mucho más intensamente que sobre el resto de Europa, tanto
protestante como católica.
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A lo largo de toda la historia moderna el
protestantismo británico fue surcado por tres corrientes:
—la Iglesia
Alta, con sus fases nacionalista, anglo-católica y el Movimiento de Oxford.
—la
protestante dura: Iglesia baja, puritanismo (en Inglaterra y en Escocia)
presbiterianismo, metodismo.
—el
racionalismo liberal: Iglesia Ancha (Broad Church) Ilustración, racionalismo,
deísmo, secularización profunda.
En todos los
períodos de la modernidad coexisten estas tres tendencias, con diversas fases
dominantes de una u otra. Sabido es que desde el cisma del siglo XVI
hasta la tolerancia que se empieza a imponer a fines del XVII
la Iglesia católica fue duramente perseguida en el que desde principios del XVIII
se llamó Reino Unido, donde Roma ha reconocido una admirable floración de
mártires a quienes la Iglesia anglicana ha tratado siempre de degradar por
motivos políticos, pero que sucumbieron claramente por el odio a la fe.
En los
siglos XVI
y primera mitad del XVII, con claro predominio de la Iglesia Alta u
oficial, apuntan varios intentos de conciliación de vía media entre el
catolicismo y el protestantismo. La Iglesia anglicana conserva —hasta hoy— el
sistema episcopal, con los obispos incluidos en el sistema político (Cámara de
los lores) como rasgo típico de lo que en el Continente había sido el Antiguo
Régimen. Al producirse la Revolución parlamentaria de Cromwell en la segunda
mitad del siglo XVII surge el predominio de la Iglesia Baja, que
cede de nuevo el paso a la Alta al llegar la Restauración; con la instalación
de una nueva dinastía continental al ser expulsados los Estuardos se implanta
una tolerancia cada vez mayor, se restablece el equilibrio entre las corrientes
y la controversia religiosa, ya dentro del siglo XVIII, cede el paso a la
penetración del racionalismo secularizador, que coincide, sin que éste sea el
momento de concretar conexiones históricas y estructurales, con la profunda
renovación de la Masonería en Inglaterra a partir de la segunda década del
Siglo de las Luces; la nueva Masonería especulativa, que sustituyó a la
Operativa, alcanzó un gran éxito en Inglaterra y se trasplantó desde allí al
Continente y a América. En todas partes la Masonería actuará como decisivo
factor de secularización, hasta hoy mismo[194].
Ni el siglo XVI
ni el XVII
dio teólogos relevantes el protestantismo británico en todas sus corrientes.
Como reacción a la secularización liberal e ilustrada del siglo XVIII,
prolongada en el XIX, apareció en Inglaterra el Movimiento
Evangélico, versión insular del pietismo protestante continental.
Fue una oleada de renovación interior que afectó sobre toda la Iglesia Baja, el
bajo clero de muchas parroquias y que, a mediados del siglo XIX,
fue enérgicamente contrarrestado por otro movimiento renovador, ahora en la
Iglesia Alta, el Movimiento de Oxford surgido en los ambientes teológicos de
esa gran Universidad y que bajo la dirección del profesor
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J.H. Newman
(1801-1890) marcó una fuerte tendencia de aproximación primero y luego de
conversión hacia la Iglesia católica, en la que se integró el propio Newman,
seguido por numerosos adictos, en 1845. La Iglesia anglicana vibró en sus
cimientos, pero el profesor Pusey logró mantener al Movimiento de Oxford en el
seno del anglicanismo.
Antes de la
conversión de Newman los portavoces del Movimiento de Oxford vertían sus ideas
renovadoras en los célebres folletos Tracts for the times, de los que se
publicaron noventa entre 1833 y 1841. Algunos son opúsculos, siempre muy
sugestivos; otros alcanzan el rango de verdaderas monografías teológicas. El
punto central es la eclesiología y concretamente la sucesión apostólica. En uno
de los tracts Newman intenta la conciliación de los Artículos de la
Iglesia anglicana con la doctrina del Concilio de Trento; alarmadas las
autoridades anglicanas decidieron suspender la publicación. Los tracts
formulan la clásica vía media entre catolicismo romano y protestantismo
continental; y se apoyan en la tradición patrística común. Tanto el movimiento
evangélico como la teología racionalista se opusieron vigorosamente al
Movimiento de Oxford. Después de su conversión, que fue uno de los grandes
acontecimientos religiosos del siglo
XIX, Newman fue creado cardenal por el Papa.
El
Movimiento de Oxford no consiguió, como se pudo esperar en algunos momentos, la
conversión general de la Iglesia anglicana al catolicismo pero dio definitiva
carta de naturaleza al catolicismo entre las comunidades cristianas del Reino
Unido; desde entonces se han multiplicado los gestos de aproximación entre
anglicanos y católicos, se han producido nuevas conversiones significativas
(hace muy poco, la duquesa de Kent) y la Iglesia de Roma ha contado siempre en
las islas con un apoyo intelectual de primer orden, como demuestran los nombres
de Gilbert K. Chesterton, Graham Greene y el original publicista Malcolm
Muggeridge; aunque también ha sufrido deserciones gravísimas hacia el
agnosticismo, como el alumno de los jesuitas y célebre autor irlandés James
Joyce. En los meses y años que anteceden a este libro algunas desviaciones
dogmáticas de la Iglesia anglicana, tal vez aterrada por el vacío creciente de
sus templos (por ejemplo la ordenación sacerdotal y episcopal de las mujeres)
han ahondado de nuevo la separación pero han suscitado una auténtica riada de
conversiones de fieles, sacerdotes y aun obispos hacia la Iglesia católica, que
ha tratado a los conversos con exquisita comprensión y sin alardes de
triunfalismo. También, desde los escritos del antiguo pastor converso y luego
sacerdote católico Walton Hannah, que denunció documentalmente el contubernio
entre la jerarquía anglicana y la Masonería (por lo que hubo de refugiarse en
una parroquia canadiense) esa estrecha cooperación se ha enfriado muy notablemente
en los últimos tiempos.
Las
convulsiones religiosas de Inglaterra en la época de los Tudor y los Estuardo
así como la violenta represión de la católica Irlanda por los invasores
protestantes británicos impulsaron una nutrida emigración a Ultramar —las Trece
Colonias en el
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siglo XVII
y XVIII,
luego, a finales de ese siglo, los Estados Unidos— de minorías perseguidas que
proliferaron luego en la nueva tierra de promisión con libertad e impusieron
allí una ejemplar tolerancia (con dolorosas excepciones regionales): los
católicos en Maryland, los presbiterianos y puritanos en Nueva Inglaterra, los
irlandeses católicos en las grandes ciudades del Este durante el siglo XIX.
La Iglesia anglicana también se trasplantó a las Trece Colonias donde tras la
independencia se transfiguró en Iglesia episcopaliana, cuyo gran templo de San
Juan el Divino en Nueva York me ha dado siempre la mayor sensación de frialdad
vacía que he podido observar en cualquier edificio de cualquier religión por
todo el mundo. Otras minorías católicas, como italianos, polacos y bávaros se
instalaron en diversos Estados y supieron conservar su identidad religiosa.
Cuando en el siglo XIX los Estados Unidos arrebataron más de la mitad
del territorio hispano-mexicano, desde Florida a California, la minoría
hispano-católica, enormemente incrementada después, hasta nuestros días, por la
inmigración de Iberoamérica —señaladamente México, Puerto Rico y Cuba— se ha
convertido en la más importante fuera de los anglosajones y ha conservado
también muy celosamente su tradición religiosa y cultural. Por su parte las
diversas confesiones protestantes del Reino Unido y Europa se distribuyeron
también por el mosaico religioso de Norteamérica, donde algunas de ellas
adquirieron diversas formas específicas y generaron otras. En todo este
complicado conjunto pueden detectarse los caracteres siguientes:
Primero, una
degradación secularizadora cada vez mayor en los medios
racionalistas-ilustrados que han desembocado en un generalizado deísmo,
coexistente con el acentuado sentimiento religioso tradicional en muchas
minorías originarias que han arraigado en los Estados Unidos y que se mantiene
en vivo contraste con la secularización oficial de la vida pública europea con
ritos públicos de raigambre religiosa, como en los momentos de alta tensión
institucional de la nación.
Segundo, un
crecimiento constante e imparable en influencia, prestigio y peso relativo de
la Iglesia católica desde la independencia de las Trece Colonias hasta el
Concilio Vaticano 11, con especial mérito y rendimiento de la Compañía de
Jesús, cuyo contingente norteamericano se convirtió en el más floreciente y
prometedor de toda la Orden. La coexistencia natural de la Iglesia católica con
la democracia norteamericana resultó sumamente beneficiosa para corregir las
desviaciones y las vacilaciones autoritarias e integristas de la Iglesia en los
siglos XIX
y XX.
Pero la crisis posterior (manifestada en los años sesenta, ya larvada antes) ha
afectado de forma gravísima a la Iglesia católica en los Estados Unidos y en
particular a la Compañía de Jesús, hondamente dividida; crisis católica y
división jesuítica que ofrece un extraño y hondo paralelismo histórico con
fenómenos semejantes en España, que con los Estados Unidos es el país más
influyente en la Iglesia de Iberoamérica. Este paralelismo será objeto de nuestro
especial análisis y estudio.
Tercero, una
proliferación del pietismo norteamericano en multitud de núcleos
interconfesionales, movimientos de renovación incluso en el complicado campo de
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las sectas cristianas, con deplorables
consecuencias también en Iberoamérica. Cuarto, un creciente dominio de la
teología liberal como doctrina de las
principales iglesias
protestantes de los Estados Unidos, en las que ha hecho estragos la
secularización, como se revela en el primer Harvey Cox, en su libro La
ciudad secular, del que vamos a hablar inmediatamente, así como de las
reacciones suscitadas contra los excesos de la secularización.
Comprendo
históricamente, aunque no comparto sus fundamentos ni sus tendencias, el
fenómeno de la secularización, que como hemos visto se inicia en la Baja Edad
Media con el auge del Humanismo, continúa en la Reforma y el Renacimiento y se
incrementa con fuerza torrencial por el Racionalismo y las dos Ilustraciones,
fomentado además, desde principios del siglo
XVIII hasta hoy, por la Masonería que hace de la
secularización su principal bandera y objetivo. Naturalmente que acepto la
secularización como «autonomía de lo temporal» según la expresión de Maritain
aceptada por la Iglesia pero he de rechazar, con la misma Iglesia, la
secularización radical que llamó Pablo VI secularismo y que consiste en
privar a la Iglesia de toda influencia en la sociedad. Este es el sentido
masónico de la secularización; pero lo que me parece un absurdo sarcástico es
que se haya planteado, y siga hoy vigente, toda una teología de la
secularización que me suena lo mismo que «una filosofía contra el pensamiento»
o una racionalidad de la sinrazón. La tal «teología de la secularización» es la
más detonante de las llamadas «modas teológicas a las que se han referido dos
libros de suma importancia: el de dos jesuitas —el cardenal Daniélou y el
profesor Cándido Pozo, de la Comisión Teológica Internacional— Iglesia y
secularización[195] y el de J.A. Aldama et al. Los
movimientos teológicos secularizantes[196], certeros
estudios que resultaron, además, proféticos, porque se publicaron cuando
levantaba el vuelo la teología de la liberación, un movimiento contaminado de
secularismo como iban a demostrar los hechos. Pues bien, entre los autores
principales de esta moda teológica ocupan un lugar preeminente algunos teólogos
norteamericanos.
Por ejemplo
el teólogo radical T.J.J. Altizer, para quien la religión, al estar construida
por un conjunto mitológico, ritual y místico, debe sustituirse con ventaja por
la ciencia, la técnica (que arrincona a la magia ritual) y el humanismo. En
tiempos antiguos logró el cristianismo la destrucción de la religión pagana
afectada por esos caracteres; pero la tarea, no cuajada del todo, corresponde
en nuestros tiempos al marxismo, que es para este teólogo estrambótico un
cristianismo consecuente, ya que el cristianismo de hoy debe prescindir de la
religión. Es decir, para sobrevivir el cristianismo debe hacerse ateo. Este
autor no es por tanto un teólogo sino un ateólogo. El cardenal Daniélou cita
otras formas peregrinas de teología secularizadora; la que niega la distinción
entre lo sagrado y lo profano (las iglesias deben convertirse en museos, el
sacerdocio es superfluo) y la que pretende la separación radical y absoluta
entre el dominio de la religión y el dominio de la civilización. Esta es la
posición «religiosa» de los totalitarismos de izquierda o de
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derecha
cuando pretenden encerrar a la Iglesia en las sacristías. El cardenal concluye
que la aceptación de estos absurdos secularizantes por algunos cristianos sólo
puede nacer de la cobardía y en el fondo la falta de fe.
Sin embargo
el teólogo de la secularización que ha ejercido una autentica influencia en
amplios medios culturales de todo el mundo es el profesor de Harvard Harvey
Cox, de origen baptista, por medio de un libro célebre, La ciudad secular,
al que me acabo de referir, publicado en 1965, con difundida traducción
española en 1983. No debemos olvidar que Harvard, la Universidad primordial de
Estados Unidos, creada como centro de enseñanza religiosa y teológica, se
diversificó después a todos los campos del saber y se convirtió desde
principios del siglo XX en centro principal de la irradiación fabiana y
liberal, en sentido filosocialista, donde por tanto encontraba natural acomodo
la teología de la secularización. En ese libro Cox acepta plenamente la
secularización como un hecho irreversible. En el luminoso epílogo que Daniélou
y Pozo escriben para su ya citado libro resaltan como principales promotores
del secularismo a Cox en La ciudad secular y al también teólogo
protestante Jürgen Moltmann en su famosa Teología de la esperanza
(Múnich 1964, Salamanca 1969) que consideraremos como una de las inspiraciones
primordiales para la teología de la liberación. Daniélou y Pozo resumen el
impacto de estos dos autores sobre la moda teológica de la secularización con
estas palabras: «En toda esta literatura se da por supuesta una serie de cosas
no siempre igualmente indiscutibles: el hecho de la secularización del mundo,
que estaría constatado por una serie de encuestas sociológicas y que además
sería irreversible, ya que corresponde a la edad madura a que ha llegado la
Humanidad; una valoración positiva del fenómeno (obvia desde el momento que el
fenómeno corresponde a la madurez de la Humanidad) y consecuentemente la
necesidad de adaptar a la nueva situación todos los términos que esa literatura
combina con el concepto de mudo secularizado».
Cuando la
moda teológica de la secularización hacía estragos entre muchos superficiales
teólogos católicos, su dos creadores, Moltmann y Cox, dieron frenazo y marcha
atrás y dejaron a sus alucinados seguidores —cuando no plagiarios— con un palmo
de narices y en el más espantoso de los ridículos. Daniélou y Pozo comentan en
ese mismo epílogo que los estudios sociológicos que pretenden haber demostrado
la secularización del mundo están cada día más desacreditados (op. cit., p.
183). El viraje de Cox se advierte en La fiesta de los locos (1969); el
de Moltmann en Los primeros liberados de la creación (1971). Para uno y
otro ha entrado en crisis el tipo de cristiano propuesto por la teología
de la secularización, el horno faber, constructor de la ciudad secular.
Moltmann se siente decepcionado ante los peligros que la tecnología desbordante
ofrece al mundo contaminado; esta intuición le obliga a retornar a la ortodoxia
luterana, mucho más pesimista frente a su anterior alarde de esperanza y deja
de ver evidente el paralelismo entre el cambio de estructuras y la liberación
del hombre, al cuartearse la «ilusión idealista de la que deberían irse
desprendiendo también los marxistas» (op. cit. p. 193). Moltmann tiende
entonces a
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definir la
religión como juego y como fiesta, con predominio de los valores estéticos o
contemplativos.
Cox va a
llegar a planos paralelos (que constituyen una nueva moda en la que caerán
algunos incorregibles teólogos católicos, verdaderos monos de imitación) a
través del fenómeno hippy que introduce en nuestra sociedad algo tan
poco secularizante como la fiesta y el rito. (Cox, muy próximo a Moltmann, no
pasó un verano en Ibiza, como el autor de este libro; de allí extraje
consecuencias muy sabrosas pero escasas inspiraciones teológicas, como no
fueran de historia púnica). Es alarmante cómo estos reputados teólogos
evangélicos derriban sus construcciones teóricas anteriores al conjuro —no muy
teológico— de las cambiantes oleadas de moda juvenil en nuestro tiempo;
cualquier día nos ofrecen la teología mixta del bakalao y el karaoke.
Cox, por su parte, glorifica al misticismo y al monaquismo, que están en
los antípodas de la ciudad secular (ibíd. p. 196).
En su
todavía más sorprendente libro, La religión en la ciudad secular[197] el profesor de Harvard da un
paso todavía más claro: repudia formalmente la teología de la secularización a
la vista del inesperado —para él— renacimiento religioso y teológico que
observa en dos fuentes actuales y contrarias: el fundamentalismo conservador
norteamericano y la teología de la liberación en Iberoamérica. Su nueva tesis
queda clarísima desde la introducción: «La religión retorna a la ciudad
secular». Esto sucede a fines de los años setenta, cuando la religión, que
parecía desahuciada, inicia su retorno, Cox, gran teólogo protestante,
identifica esa epifanía con el viaje de Juan Pablo II a México en enero de
1979, para abrir el gran encuentro episcopal de Puebla; Cox fue testigo
asombrado de la llegada del Papa. También se impresionó en 1982 al contacto con
el baptista fundamentalista Jerry Falwell, fundador de la «Mayoría moral». Le
afecta profundamente que tanto el liberacionismo como el fundametalismo
desarrollen inmensas fuerzas sociales y políticas que sacuden los cimientos de
la ciudad secular (ibíd., p. 20). Fundamentalismo y liberacionismo arrasan con
su crítica convergente —desde posiciones contrarias— los postulados y las
rutinas de la teología moderna. En la página 59 arriesga Cox una profecía:
«predigo que en el mundo postmodemo en el cual la Ciencia, la Filosofía y la
Teología acaban de empezar a intercomunicarse, y en el cual la política y la
religión ya no habitan compartimentos diferentes de la empresa humana, la
actual separación antinatural de la fe y la inteligencia será también superada».
Subraya admirativamente el valor de lo fundamentalistas al enfrentarse
críticamente con la secularización como causa de la decadencia de Occidente, en
lo que el teólogo protestante vuelve a coincidir con Juan Pablo II. Cierto que
Cox asume con escasísimo sentido crítico los orígenes y desarrollo de la
teología de la liberación; a la que concede un futuro mucho más decisivo que al
fundamentalismo; y ni por asomo advierte que Juan Pablo II acudió a Puebla para
frenar y destruir a la teología de la liberación y todo lo más a encauzarla, no
a fomentarla; se le nota en ese desenfoque el ramalazo fabiano de Harvard. Pero
lo que realmente me interesa es que los
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postulados
esenciales de la teología de la secularización han quedado reducidos a cenizas
en las retractaciones de sus dos promotores más importantes, sin que muchos de
sus imitadores católicos hayan dado muestras de haberse enterado.
La teología
anglosajona es muy proclive, como estamos comprobando, a las modas teológicas.
Esto sucede también con otra moda todavía más detonante: la teología de la
muerte de Dios, que, con oscuras raíces en el enloquecido portavoz de la muerte
de Dios, Friedrich Nietzsche, se ha propuesto recientemente en los Estados
Unidos sin advertir el colosal contrasentido de que, ante un Dios muerto, la
correspondiente teología nace mas muerta todavía.
Esta es una
«teología» que se puede considerar como creación de la gran Prensa de los
Estados Unidos en tomo a 1965, a propósito de un trabajo sobre el teólogo
Robinson y su libro Honest to God. Fueron periodistas los que detectaron
la tendencia a la muerte de Dios en las ideas aberrantes de algunos teólogos y
los que proclamaron la muerte de Dios poco más que como un fenómeno
publicitario que luego arrastró a un sector sensacionalista y morboso del mundo
teológico. Algunos comentaristas católicos se han enfrentado a esta moda
interpretándola como una convergencia de varias líneas teológicas protestantes;
la desmitologización de Bultmann, las directrices de Tillich, el cristianismo
arreligioso de Bonhoeffer. Pero más que como cultivadores masoquistas del ateísmo,
los presuntos teólogos de la muerte de Dios tratan de situarse junto al hombre
moderno privado de Dios para explicarle una versión moral y cultural del
cristianismo. Juan Pablo II, en su encíclica Dominum et vivificantem
mostró cierta alarma por esta moda teológica, dentro de su denuncia
contra el ateísmo. Y con toda razón identifica la que llama «ideología de la
muerte de Dios» con el suicidio espiritual del hombre ateo. Tras este repudio
pontificio podríamos cerrar estas consideraciones con la última y original
propuesta de Harvey Cox sobre el juego como orientación a un método teológico
en su ya citada obra La fiesta de los locos. Lo he explicado con cierto
detenimiento en otra ocasión[198]. Pero en este
momento sólo me interesa concluir que la inconsistencia de la teología
protestante en su conjunto no constituye precisamente una garantía para
fundamentar, como de hecho fundamenta, muchos ambientes, principios e
inspiraciones de la teología de la liberación. Y es que la teología de la
liberación, ya lo hemos dicho, posee fuertes vetas neoprotestantes, sobre todo
en la actitud de sus principales promotores.
LOS JESUITAS Y LA NUEVA TEOLOGÍA: LA GLORIA Y LA
PERVERSIÓN DESDE LUBAC Y TEILHARD A KARL RAHNER
Para el
lector, teólogo o aficionado, que desee conseguir una imagen moderna y segura
de la historia teológica sin excluir el momento actual le recomiendo la Historia
de la teología de José Luis Illanes[199]. Allí podrá
encontrar una
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presentación,
por naciones, de los principales representantes de la Nueva Teología en un
ambiente de notable comprensión y amplitud. Voy a tener en cuenta este Manual
pero voy a rebajar la comprensión en algunos casos, por mi conciencia del daño
que alguno de estos teólogos ha hecho a la Iglesia del Tercer Mundo por medio
de su influencia inspiradora en la teología de la liberación; y porque además
mis notas directas de lectura y mis apuntes biográfico-políticos me obligan a
profundizar un poco más al servicio de mis lectores. Por eso voy a presentar en
primer lugar a los grandes teólogos jesuitas de este siglo; luego estudiaré la
influencia de los teólogos domínicos de Le Saulchoir; y en tercer lugar me
referiré al diálogo teológico cristiano-marxista, que alcanzó mayor importancia
que el diálogo político, ya citado, entre una y otra tendencia, que ya hemos
estudiado, entre Maritain-Mounier y Roger Garaudy. Tras este recorrido, más
alucinante de lo que tal piensa el lector no especialista, dejaremos para el siguiente
libro a otros teólogos importantes que han ejercido su influencia sobre todo en
la época posconciliar y a los teólogos de la demolición, cuya estrella es Hans
Küng, porque el díscolo escritor suizo constituye ya una fuerza de flanqueo
para la teología de la liberación; los teólogos que preceden en estas tres
series pertenecen, o bien a los grandes precursores del Concilio o bien forman
parte de los orígenes, inspiraciones e impulsiones de esa teología abiertamente
cristiano-marxista, cuyos pródromos estamos detectando y exponiendo como
advierte el lector, con la profundidad posible. Por supuesto que entre estos
cultivadores de la Nueva Teología hay algunos sumamente fieles a la Iglesia,
varios jesuitas entre ellos; que sometidos a sospecha, a veces injusta, se
conservaron fieles, incluso hasta la heroicidad y fueron después justamente
rehabilitados. En otros casos, por desgracia, no sucedió así y el daño que
acarrearon fue inmenso.
También
habrá advertido el lector que jesuitas de diversos pelajes han aparecido ya de
forma más o menos dispersa en estas páginas, cuando lo exigía el guión. Por
ejemplo el jesuita Tyrell fue una de las estrellas de la herejía modernista, el
futuro General Pedro Arrupe hizo ya, según vimos, sus pinitos en América a
favor del Frente Popular durante la guerra civil española, en la cual otros
muchos hermanos suyos ganaban el martirio; y varios jesuitas eminentes formaron
parte de los equipos de Pío XI y de Pío XII. Ahora el panorama va a variar
radicalmente. La convulsión histórica que defino en este libro como «deserción
de la Compañía de Jesús» y el Papa Pablo VI calificó, en diálogo episcopal que
poseo y publicaré, como «disolución del ejército» constituye el último y
espeluznante capítulo de este libro pero cada vez me siento más seguro, ante la
acumulación de testimonios y documentos, de que la crisis mortal de la Compañía
de Jesús en la segunda mitad del siglo
XX se deriva, ante todo, de una perversión
teológica y de una especie de conversión política muy relacionada con ese
viraje teológico. Por eso tiene tanta importancia lo que vamos a expone en los
siguientes epígrafes.
El teólogo
jesuita francés más conocido por el gran público en este siglo es, sin duda,
Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955). El profesor Illanes no le considera
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propiamente
un teólogo pero le dedica una amplia nota informativa en su historia teológica
que acabo de citar (p. 331 n. 40). Teilhard era un científico —paleontólogo y
antropólogo— de primera magnitud, un filósofo y por supuesto un teólogo pero
por encima de todo un poeta; no simplemente un imaginativo sino un poeta de la
teología en relación con la ciencia. Perseveró en la Compañía de Jesús hasta el
final, jamás renegó de la Iglesia (aunque una y otra procedieron contra él con
incomprensión lamentable, le privaron de su cátedra, le prohibieron la
publicación de sus libros, que sólo aparecieron tras su muerte). Alarmado por
la difusión y el éxito de sus obras el Santo Oficio le dedicó un monitum
descalificadar nada menos que en 1962. Es una tragedia que la Iglesia, tras no
haber condenado al evolucionismo como hicieron muchas confesiones protestantes,
rozase ahora el anatema contra uno de los grandes pensadores católicos del
siglo XX.
Hoy está plenamente rehabilitado, aunque muchas de sus posiciones científicas
se han superado ampliamente.
A mi modo de
ver este tremendo desliz de la Iglesia y de la Compañía de Jesús, que en
tiempos de Teilhard era fiel a la Iglesia hasta en los errores, se debió a un
fallo de enfoque; en la encíclica de Pío XII dictada en 1950 se condena, sin
citar el nombre, al padre Teilhard. El desenfoque consiste en considerarle como
si fuera un teólogo escolástico y no un poeta de la ciencia empeñado en
interpretar poéticamente la fe desde los nuevos descubrimientos
paleoantropológicos. Teilhard participó en grandes expediciones e
investigaciones de esa especialidad —que llevaron al descubrimiento del
sinántropo— y consiguió labrarse un sólido prestigio en el mundo de la ciencia
moderna, con lo que recuperó para su Orden y para la Iglesia las conexiones
culturales de la época ilustrada interrumpidas por la agonía de los jesuitas
desde mediados del siglo XVIII. Concibió su dedicación a la ciencia moderna
como una forma de apostolado, que ejercitó con gran altura y eficacia. Insignes
científicos se honraron con participar en el comité de edición de sus obras,
que como he dicho son póstumas en gran mayoría.
La primera
de estas obras póstumas en ver la luz y seguramente la más significativa del
pensamiento teilhardiano es Le phénomene humain (Paris, Seuil, 1955) por
lo que resumo lo esencial de su contenido, que intenta una síntesis
arrebatadora entre la ciencia y la fe. Parte Teilhard de otra fe, una fe
absoluta en la teoría radical de la evolución, concibe su libro como «Una
memoria científica, no una obra teológica» nacida de «una visión tan clara, un
ideal». Y que consiste básicamente en «un esfuerzo para ver». Maritain, que
jamás comprendió a Teilhard, dijo de él que esta concepción le parece en el
fondo una hermosa fantasmagoría; un arranque poético enteramente inasimilable
por la teología auténtica. Pero Maritain es, en este juicio, muy injusto. ¿No
es la fulgurante ciencia contemporánea, como ha dicho Penrose, un ejercicio
supremo de poesía? Puede criticarse a Teilhard desde la teología clásica y
también desde algunas posiciones de la ciencia que hoy, como acabo de decir,
parecen seriamente superadas. Pero su colosal intento de conjugar la ciencia
con la fe me parece, en el momento cultural de la Iglesia que vivió Teilhard,
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un servicio
inmenso a la Iglesia y a la propia ciencia.
Teilhard
parte del hombre como «centro de constitución del Universo» (p. 27). Y de la
intuición de un Universo que se abre a la plenitud por debajo —el mundo
inframicroscópico— y por arriba, el mundo de las galaxias en expansión. La
Evolución, que desde su misterioso comienzo lleva impresos los gérmenes de la
Vida y el brote de la Conciencia, se desarrolla en cuatro movimientos: la
Previda, la Vida, el Pensamiento y la Sobre-Vida. De la masa molecular cada vez
más compleja se pasa, al llegarse a un punto crítico, a la aparición de la Vida
(p. 43), uno de los momentos claves del libro, en que brilla, entre metáforas
fulgurantes, la intuición poética montada sobre un insondable vacío de
explicación. «On passe a la Vie» así, tranquilamente. Teilhard escribe,
eso sí, desde dentro de la Ciencia; y conecta lúcidamente la evolución como
proceso dirigido entre los dos principios termodinámicos de la aparición y la
degradación de la energía, que no se hace por simple transformación. Hay un
aspecto espiritual de la energía, que no por descuidado en el pensamiento
científico occidental es menos real y objetivo. La multitud de proteínas en el
umbral de la vida es también «el polvo primordial de la conciencia» (p. 72).
Los virus son un estado intermedio entre la materia y la vida. Esta es la tesis
capital: «La Vida tiene un sentido y una línea de progreso… que serán admitidos
por la Ciencia de mañana» (p. 154). Esta profecía se ha cumplido; muchos
científicos de hoy, en los años noventa del siglo XX, hablan cada vez con mayor
naturalidad del «principio antrópico»; una hipótesis que explica por qué la
Evolución ha podido saltar de lo inorgánico a lo orgánico, y al propio Hombre,
contra la ley general de degradación que impone el Segundo Principio de la
Termodinámica (sobre el que desbarra, sin entender una palabra, un político
español degradado y oxidado). Y aceptan que desde el principio del tiempo
(porque hay un principio del tiempo) la creación se orienta hacia la aparición
del Hombre que acabará por dominarla, como en un momento de la Historia real se
escribió en el Génesis. Yo creo que la aparición del principio antrópico en
medio de la actual comunidad científica es el cumplimiento de la profecía de
Pierre Teilhard de Chardin.
Teilhard es,
por supuesto, un creyente; admite de forma expresa la «Operación creadora» en
la aparición del Hombre, del que científicamente sólo puede tratarse, en el
momento clave de la Evolución, como un fenómeno humano. Con la aparición del
Pensamiento surge la Noosfera en medio de la Biosfera; el Hombre «entra en el
mundo sin ruido» y en comunión con la Naturaleza. ¿Se detendrá la Vida al
desembocar en el Hombre? El hombre moderno se obsesiona en despersonalizar lo
que más admira, al revés del hombre primitivo, que personalizaba las grandes
fuerzas y las grandes ideas del Universo (p. 286). La Evolución ha de culminar
en una conciencia suprema que lleve en sí la percepción de la conciencia
humana. Así la Evolución converge sobre «el fin del mundo» que no es
simplemente una catástrofe cósmica sino el Punto Omega, donde el
Universo se hiper-personaliza, donde se concentran la Vida, el Pensamiento y el
Amor. La convergencia final se logra en la
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Como
epílogo, Teilhard superpone el fenómeno humano al fenómeno cristiano. No para
hacer apología barata sino como sublimación del fenómeno humano. En el Punto
Omega actúa un Centro Universal de Unificación, que los cristianos llaman Dios;
el Punto Omega es la eclosión de una Idea-realidad que ya se encontraba
germinalmente desde el Punto Cero de la Evolución, el Punto Alfa; el Dios
Providencia que será Dios Revelación y Dios Redención. No se trata de un
panteísmo grosero sino de un Dios «todo en todos».
Este es el
esquema base de Le phénomene humain sobre el que Teilhard vuelve
majestuosamente, profundamente, en el resto de su obra. La figura de Cristo
como intermediaria entre Dios y el mundo no es una negación de la teología
tradicional sino una conexión de la teología tradicional con los horizontes de
la ciencia moderna. El divorcio entre Ciencia y Teología se había ahondado
tanto desde la Ilustración que este genial esfuerzo teilhardiano para
conectarlas de nuevo tuvo que realizarse de forma traumática. Pero no hay en
toda la obra del jesuita francés una sola proposición heterodoxa; ni en un solo
momento se sale Teilhard, que es también un teólogo, de la doctrina y de la
tradición de la Iglesia. Lo que hace es iluminarlas desde la incierta y mal
conocida luz de la Ciencia moderna, que él conoce también en sus fuentes. La
figura de Cristo como superador supremo de la Humanidad y como guía suprema de
la Humanidad redimida por él desde la Noosfera a la Sobre-Vida parece, en pleno
siglo XX,
un eco de otro poeta cósmico, fray Luis de León, en Los nombres de Cristo.
La intuición de una nueva fase para la Evolución a partir de la comunidad
humana es una de las grandes ventanas al infinito que se abren para el
pensamiento del siglo XX. Puede que los fundamentos científicos de
Teilhard estén rebasados hoy en buena parte, pero su intuición fundamental
conserva y acrecienta su validez. El jesuita francés ha sido un gran apóstol de
la Ciencia en nuestro siglo; un gran renovador de los impulsos teológicos más
que de la propia Teología. Su aproximación cultural a la religión, su
iluminación religiosa de la Ciencia son una de las gestas intelectuales de la
verdadera Modernidad.
Creo haber
expresado muy claramente, como científico y como estudioso de la religión en la
Historia, mi aprecio por la persona y el pensamiento del padre Teilhard de
Chardin. Pero soy historiador y no puedo, profesionalmente, ocultar la verdad.
El resto de la verdad, como anticipé en el Pórtico de este libro, es muy
desagradable. Teilhard cometió en su vida, dos fallos personales que no pueden
pasar sin comentario. El primero es el peor: se metió en política y además en
la peor política. Ante el avance del comunismo tras la segunda guerra mundial y
la esclavización de los países del Este europeo por el totalitarismo soviético,
no sólo acepto el hecho sino que apostó por la eternidad del
marxismo-leninismo, una doctrina que le era absolutamente ajena. No se extendió
en el reconocimiento y el elogio, pero soltó una de esas expresiones francesas
de exculpación que lo dicen todo. Al reconocer la actual barbarie de la
ocupación comunista intuyó el futuro de un comunismo
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universal y
exclamó: «¡Sí, pero esas multitudes cósmicas!» Como si la multitud de esclavos
fuese una justificación de la esclavitud. Afortunadamente pronto retornó a sus
sueños y no repitió, que yo sepa, su insondable metedura de pata.
El otro
desliz —muy perdonable en un poeta— se refiere a su vida privada. Pero resulta
que, abrumado tal vez por el injusto silencio que Roma imponía a sus obras, se
echó una especie de novia más o menos platónica, la escultora norteamericana
protestante Lucile Swan, cuyo epistolario, que duró veinticinco años, han
difundido sus compañeros, los jesuitas de Georgetown. La dama se empeñaba, en
sus cartas, en convencer a Teilhard de que cuando el amor espiritual se
comunica al amor físico, los límites de éste son difíciles de precisar.
Teilhard, en cambio, concebía el amor íntimo entre hombre y mujer como «tercera
vía» que siempre me ha parecido un efugio hipócrita. No sé qué rayos tiene que
ver con todo esto el solemne voto de castidad del ardoroso jesuita paleontólogo
pero el diario superprogresista de Madrid, que tanto jalea a los católicos
progresistas, se recrea cual monja cogida en renuncio cuando les sorprende en
alguna tercera vía de éstas. (Cfr El País 17.2.95 p. 38). Confío en que
los jesuitas de Georgetown le hayan enseñado al príncipe Felipe de Barbón cosas
más sustanciosas y menos mórbidas que el epistolario ecuménico en cuestión.
Un segundo
jesuita francés, eximio y ejemplar, víctima de la intransigencia que superó por
una heroica lealtad a la Iglesia, fue Henri de Lubac (1896-1991) perteneciente
al grupo teológico de su Orden en Lyon-Fourviere. Ingresó muy joven en la
Compañía de Jesús, que le destinó en 1929 a la docencia de la Teología en Lyon.
Allí se sumergió en un profundo estudio de la patrística y la teología
medieval, sin abandonar el contacto permanente con la literatura y la filosofía
de nuestro tiempo.
Durante la
ocupación alemana de Francia preparó su gran libro —colección de ensayos sobre
varios escritores contemporáneos en torno a Dios y a la negación de Dios— que
apareció a poco de la liberación de París: El drama del humanismo ateo,
mejorado después en innumerables reediciones y traducciones[200]. No es una obra sistemática sino un conjunto
coherente y armónico de ensayos sobre el ateísmo contemporáneo, centrado en el
humanismo de Feuerbach heredado por Carlos Marx, el humanismo agresivo de
Nietzsche y el positivismo de Augusto Comte, con incursiones igualmente
profundas en las figuras de Kierkegaard, Heidegger y Dostoievski; el análisis
salta además de uno a otro de esos autores, entre los que se establecen
originales relaciones de perspectiva. El ateísmo moderno se define genialmente
como «humanismo absoluto» (p. 21). El estudio sobre Feuerbach, creador de la
izquierda hegeliana, sobre el pivote de un ateísmo radical y enlace esencial
para el quiebro de Hegel a Marx es clarísimo. Feuerbach aplica su teoría del
ateísmo al concepto hegeliano de alienación y lo transmite a Marx íntegramente.
La aparición de la Esencia del cristianismo de Feuerbach en 1841, diez
años tras la muerte de Hegel, conmocionó a los jóvenes hegelianos especialmente
a Engels. Marx asume la clave de las enseñanzas de Feuerbach de forma
definitiva en cuanto al
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problema de
Dios, es decir de la negación de Dios. Nietzsche publica su primer libro el año
en que muere Feuerbach. Su aversión contra Dios y contra el cristianismo tiene
algo de instintivo, según él mismo confesó. Su postulado sobre la muerte de
Dios nace de la agresividad, de un odio inexplicable. Es el creador de la
expresión los sin Dios que se convertiría en consigna para la Rusia
soviética. A raíz de la guerra franco-prusiana de 1870 publica El
nacimiento de la tragedia con su famosísima antítesis entre lo apolíneo y
lo dionisíaco. De Lubac contrapone al delirio ateo de Nietzsche, precursor del
totalitarismo nazi, el protoexistencialismo de Kierkegaard, el danés
ensimismado que se aproximó al catolicismo desde la crítica del luteranismo y
que «en un siglo arrastrado por el inmanentismo fue el heraldo de la
trascendencia» (ibíd. p. 113). Mientras Nietzsche concretaba su odio a
Dios en la figura de Cristo crucificado en «el árbol más venenoso de todos» y
se atrevía a llamar a quien se definió como fuente de vida «maldición para la
vida».
El estudio
de Lubac sobre Augusto Comte es una maravilla de comprensión y de penetración.
En 1842 Comte acababa su vasto Curso de filosofía positiva cuando
Feuerbach acababa de publicar su Esencia del cristianismo. Con su
positivismo que remata en la fundación de una ciencia nueva, la Sociología,
Comte aspiraba a sustituir al cristianismo incluso como religión; lo que le
llevó a consecuencias personales aberrantes, al considerarse como el nuevo Papa
de una religión diferente. Desde 1822 había formulado su famosa teoría de los
tres estados de la Humanidad, que ya conoce el lector. Se trata, dice Lubac,
del apogeo de la secularización cultural en aras de la Ciencia Absoluta, que
reinaba sobre el ambiente del siglo
XIX. Comte no ataca directamente a Dios; le rebasa,
prescinde de él. Aborrece a Jesús como «esencialmente charlatán» y pretende
aliarse, como sabe también el lector, con la Compañía de Jesús en un episodio
demencial.
No se había
extinguido aún el éxito de este gran libro de Lubac cuando el jesuita publicó
una obra resonante sobre el misterio de la gracia en relación con la persona
humana, Surnaturel. Como un eco de las luchas de auxiliis que
enfrentaron a jesuitas y dominicos del barroco, con amplia repercusión en las
Universidades y en plena calle, el teólogo dominico Garrigou-Lagrange,
justamente famoso por la restauración y modernización del tomismo en el siglo XX,
arremetió de forma implacable contra el jesuita De Lubac y arrastró al Papa Pío
XII, abrumado por la «Nueva Teología» que forzó al general de los jesuitas para
que privase de su cátedra de Lyon al eximio teólogo de su Orden, contra quien
dirigió también en parte su encíclica de 1950. Fue un largo momento de martirio
para el padre De Lubac que aceptó su silenciamiento sin una palabra ni un gesto
de protesta pese a que ni se le acusó de nada concreto, ni se le abrió proceso,
ni se le concedió la posibilidad de defenderse. Se sumió de nuevo en la
meditación y en el estudio; y en 1953 sorprendió al mundo católico y al propio
Papa, con su maravillosa Meditación sobre la Iglesia[201] que fue el principio de su
rehabilitación. El propio Pío XII leyó con detenimiento las obras que le habían
presentado con reflejos frailunos de otras épocas; se convirtió en admirador
del
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teólogo y
luego Juan XXIII le nombró miembro de la comisión preparatoria del Concilio. En
1983 fue creado cardenal por Juan Pablo II. La provisional condena del padre De
Lubac fue tal vez el último coletazo del tomismo rígido y del dogmatismo
aristotélico de los que, desde la Baja Edad Media, fueron más tomistas que
Santo Tomás (que siempre fue un pensador extraordinariamente abierto); la
rehabilitación del jesuita francés subrayó también la victoria de la patrística
y el retorno al pensamiento cristiano pretomista, hacia las fuentes vivas de la
Tradición.
Meditación
sobre la Iglesia no es solamente
un ejemplo de fe y de coherencia interior en el plano personal; es uno de los
libros más importantes que se hayan escrito sobre la Iglesia católica en
nuestro tiempo. Más que un tratado es un desbordamiento de ciencia teológica,
de historia eclesiástica y de sentido filial. Al presentar ante todo a la
Iglesia como misterio, aventura Lubac que «pudiera ser que el siglo XX
esté destinado a ser en la historia del desarrollo doctrinal el siglo de la
Iglesia». (p. 32). Al establecer «las dimensiones del misterio» nos ofrece la
imagen de una Iglesia eterna, anterior incluso a la venida de Cristo, extendida
a todo el Cosmos con inclusión del mundo angélico (p. 51). Al conjuro de
Cristo, los cristianos de todos los tiempos y los Padres en la fe se convierten
en contemporáneos nuestros (p. 55). No se puede reducir la Iglesia a una
comunidad interior diferente de una estructura exterior plagada de defectos
humanos; la Iglesia es una y única. La expresión «Místico» con que desde el
siglo XII
se adjetiva a la Iglesia como cuerpo de Cristo la distingue del cuerpo
eucarístico de Cristo que es el corazón de la propia Iglesia. Todo el libro es
una sinfonía sobre el dogma de la Comunión de los santos; que se remansa en el
capítulo V sobre la Iglesia en medio del mundo —clara anticipación de las ideas
conciliares, a las que tanto contribuyó de Lubac— que critica con agudeza las
exageraciones proferidas en nuestro tiempo contra el llamado constantinismo (p.
143), subraya la dimensión colectiva de la Iglesia por encima de las
restricciones de la soledad y el individualismo (p. 190), supera la tentación
de identificar la causa de la Iglesia con la causa propia (p. 221), describe
algunas actitudes hipercríticas como «hastío secreto de la tradición de la
Iglesia» (p. 231) y desemboca en un capítulo admirable sobre la Iglesia y la
Virgen María, en el que establece que las mismas dudas —por ejemplo desde la
Reforma— formuladas contra la Iglesia se han dirigido desde los mismos campos
sobre la figura y la misión de María en la Iglesia y en la economía de la
salvación (p. 247). Ya hemos citado anteriormente alguna obra importante del
principal amigo y discípulo y colaborador de Lubac, el también jesuita y
cardenal Jean Daniélou (1905-1974) que es autor de obras fundamentales sobre la
teología y la espiritualidad de la Iglesia en los primeros siglos. Con el apoyo
de Lubac impulsó una gran colección que ha dado a conocer estas fuentes sin las
que hoy no puede darse un paso en el estudio histórico-teológico, Sources
chrétiennes. Además de su labor intelectual, el padre Daniélou asumió una
actitud pública y valiente contra los excesos de la teología de la liberación
y, en
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general, de
las desviaciones teológico-políticas de nuestro siglo. Eso es lo que sus
enemigos situados en el interior de la Iglesia —que son a veces peores que
quienes viven extramuros— no le perdonaron con motivo de su muerte repentina
cuando visitaba a una mujer en misión de consuelo y apostolado. Confieso que
cuando supe los detalles de este suceso y los retorcimientos de la venganza
contra el cardenal sentí la tentación de escribir un ensayo para desenmascarar
a los detractores y arrastrarles por el fango que ellos habían tratado
inútilmente de acumular sobre su ejemplar memoria. No lo hago porque son
personajillos tan repugnantes como insignificantes y porque en este libro
quiero utilizar la luz para iluminar caminos, no para descubrir albañales. Dejo
a los reptiles en sus agujeros; algunos hace ya tiempo que han muerto,
ignorados, en ellos.
Y hemos
llegado al momento de presentar al padre Karl Rahner S.J:, que para muchos fans
del catolicismo político de izquierdas, para toda la Teología de la Liberación
en bloque (o mejor, en masa) e incluso para la poderosa maquinaria de
propaganda montada por los superiores de izquierda político-religiosa que hoy
detentan (utilizo este verbo con su sentido cabal) el poder en la Compañía de
Jesús no es solamente el primer teólogo del siglo XX sino el jesuita más
importante en toda la gloriosa historia de la Orden ignaciana. A mí semejantes
incensadas me parecen exageraciones absurdas, falsedades comprobables y,
hablando en plata, mentiras podridas dictadas por la desviación política mucho
más que por la verdad histórica pero debo confesar que en mis primeros escritos
sobre estos problemas, aunque jamás renuncié a la consideración crítica que
llevo en la sangre, me dejé arrastrar indebidamente, debido a insuficiente
información y reflexión, por esa universal fascinación hacia Karl Rahner a
quien tras aquellas primeras aproximaciones he estudiado durante muchos años
para llegar a las conclusiones, relativamente opuestas, que voy a exponer a
continuación. Pero ante todo debo probar la mayor exageración de cuantas acabo
de denunciar y que además el lector comprobará gráficamente si quiere, en la
portada de un libro. Resulta que en 1981 los jesuitas españoles que dirigen la
editorial Sal Terrae tuvieron la feliz idea de traducir y publicar la
espléndida Historia de su Orden compuesta por el jesuita norteamericano William
V. Bangert, que es un estudio excelente, riguroso y atractivo. Lo malo es que
añadieron al libro un apéndice sobre la Congregación General XXXII (1974-1975)
que cierra tan interesante obra con una manipulación histórica en regla, según
el punto de vista que explicaré en el último capítulo de esta obra. Y lo peor
es la portada con que lanzaron la edición española; porque nos explican que se
debe a un intérprete español. En esa portada el pobre San Ignacio queda
relegado a la esquina superior izquierda de la composición. Por ahí lejos anda
también san Francisco Javier. Hay dos Papas en lugares secundarios; el más
visible está de espaldas, nada menos. Y en el centro del collage, en el
lugar de honor de la Historia de la Orden figura, triunfal y sonriente, Karl
Rahner. La prominente nariz del padre Arrupe comparece por dos veces, pero bien
debajo de Rahner el Superjesuita, el Punto Omega en la evolución de
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la Orden y
que me perdone el padre Teilhard de Chardin, que se hubiera horrorizado al
contemplar la portadita. Lo que viene a continuación es tremendo pero una
imagen vale más que mil palabras.
La
profundización que he intentado durante años en la doctrina y el ejemplo de
Karl Rahner me ha convencido, por desgracia, que la valoración acerca de esa
doctrina y ese ejemplo que formulé en mis libros de 1986-1987 sobre la teología
de la liberación y las desviaciones de los jesuitas resultaban demasiado
comprensivas y optimistas; y que tanto la doctrina como el ejemplo del gran
teólogo deben ser expuestas aquí a mis lectores con mucha mayor carga negativa
y mucha mayor sensación de peligro. Por tres motivos. Primero, el principio
evangélico «por sus frutos los conoceréis»; segundo, por un nuevo y continuado
desliz personal del teólogo con una de sus admiradoras, semejante, pero más
morboso, al que ya he comentado respecto de Teilhard de Chardin; y tercero por
el análisis más reposado y fundado de la doctrina rahneriana.(Por cierto que la
historia teológica del profesor Illanes ofrece un magnífico, profundo y claro
epígrafe sobre el teólogo alemán). Es un deber histórico muy desagradable
desarrollar esas tres razones pero tengo que hacerlo inmediatamente.
Por sus
frutos los conoceréis. Karl Rahner no es el creador de la teología marxista de
la liberación pero sí el formador principal de los preteólogos y teólogos de la
liberación más efectivos y peligrosos. No es el único responsable de la
degradación de la Compañía de Jesús, pero ha sido un ejemplo vivo de esa
degradación, ha desobedecido —en vísperas de su muerte— una importantísima
instrucción del Papa y ha sido maestro de algunos jefes de fila de esa
degradación. El principal discípulo (y colaborador) de Rahner ha sido Johann
Baptist Metz, a quien estudiaremos en su momento como responsable de la
politización teológica —un cáncer de la teología actual— animador esencial del
diálogo teológico entreguista entre cristianos y marxistas y asesor teológico
de la juventud socialista marxista alemana —los arriscados jusos— a quienes
animó a permanecer hostiles a lo que el propio Metz llamaba «religión
burguesa». Promociones enteras de jóvenes teólogos de todo el mundo,
señaladamente jesuitas y españoles, han experimentado en los años más decisivos
y delicados de su formación la influencia de Rahner, y entre ellos se cuentan
muchos que luego han actuado como impulsores políticos primordiales de la
teología de la liberación e incluso como estrategas de la falsa liberación y la
auténtica Revolución violenta cristiano-marxista, como es el caso de Ignacio
Ellacuría, S.J. cuya imagen, que estimo falsa, está profundamente extendida en
todo el mundo y singularmente en España en virtud de una tenacísima propaganda
de los jesuitas de izquierda que dominan política y desgraciadamente hoy a la
Orden ignaciana, si es que aún se la puede llamar así. Esto en cuanto a los
discípulos más significativos, que no han derivado su actitud de su oposición
al maestro sino de sus enseñanzas. Otro de los grandes discípulos de Rahner es
Hans Küng, el disidente que según declaración oficial de la Santa Sede «no
puede ser considerado como un teólogo católico». Los
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ejemplos se
podrían multiplicar.
Pensábamos
en estas· enseñanzas de Karl Rahner una mañana radiante de Innsbruck en 1990,
mientras paseábamos sobre las losas de piedra que forman el pavimento de la
plazuela que se abre ante la Facultad teológica donde él enseñó bajo el
horizonte de las montañas por cuyos vericuetos tuvo que escapar de mala manera
nuestro emperador Carlos V para evitar que le capturase el más díscolo y mejor
general de todos los príncipes luteranos. El lugar se adornaba con un rótulo, Karl
Rahnerplatz y muchos fantasmas que van apareciendo ordenadamente en este
libro parecían cobrar vida entre los zócalos de piedra. Durante aquella
pausada visita fue cuando decidí volver sobre el caso Rahner después de nuevas
y recientes lecturas.
No conocía
entonces otro de sus ejemplos vitales, mucho menos importante pero mucho más
desagradable: el libro escandaloso de su novia, (en el sentido con que se usa
el término en la España socialista de hoy) la teóloga y escritora Luise Rinser,
a la que también me he referido en el Pórtico. Por favor, que no se me achaque
a mí el afán por el morbo, sino al Papageno y la Papagena de esta Flauta
Mágica, y cito a tan divertida música porque en aquel viaje íbamos para
Viena, en cuya Opera comprendimos, gracias a la Reina de la Noche y a las
escenas de la iniciación en pleno bosque, la verdadera entraña de la Masonería
en la que envolvieron al pobre Mozart. El año pasado tuve una larga temporada
sobre la mesa el detonante libro de Luise Rinser, Gratwanderung (no sé
si traducir el título como Caminando por la cresta)[202]. En la portada y en numerosas fotografías
interiores aparecen los dos en muchos momentos de su larga relación. El
libro contiene las cartas de la dama a Rahner desde 1962 (año en que Rahner fue
nombrado por el Papa Juan XXIII perito del Concilio) hasta 1984, el año de su
muerte; son por lo tanto doce años de epistolario íntimo. Los jesuitas alemanes
han logrado convencer a Luise de que no publique las cartas del teólogo, que
jurídicamente hablando son propiedad de ella; y por el momento ella ha
aceptado. Lo más divertido es que el argumento de los jesuitas alemanes ha sido
«preservar la libertad de expresión» cuando realmente lo que han hecho ha sido
obstaculizarla. Es posible que la ya anciana señora, retirada en Italia, haya
querido ganarse unos marcos con el epistolario, que desde luego ha estallado
como una bomba en la prensa mundial. La escritora reproduce los dibujos de sus
cartas, casitas, arbolitos y sobre todo pececitos, nombre con que distinguía al
gran teólogo. A veces se pasa un tanto de la prudencia, como cuando le comunica
que «estoy aterrada de que me ames con tanta pasión»; y otras lindezas típicas
de la «tercera vía». No voy a recrearme en la suerte ni a reproducir la
fruición con que la prensa «progresista» internacional comentó el asuntillo,
cuya principal cualidad me parece su carácter morboso. Pero la credibilidad de
Rahner como gran orientador de la teología católica en nuestro tiempo se me
cuartea por grietas peligrosas. Tampoco imitaré a los amigos de Rahner que se
cebaron con injusta crueldad en las circunstancias (ya mencionadas) de la
muerte de otro jesuita, el cardenal Daniélou. Y casi prefiero que al fin de
cuentas no se publiquen las cartas del propio «querido
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pececito» a
su fervorosa admiradora. Pero el hecho de que Karl Rahner se incorpore al museo
viviente de la «tercera vía», por llamarla púdicamente, me parece, en su caso,
especialmente lamentable. A él desde luego no se le aplica retroactivamente el
original decreto de la Congregación General 34 recién comunicado por su Orden,
en el que la Compañía se arrepiente del poco caso que ha hecho a las mujeres en
el pasado.
Esto
supuesto voy a mi tercera crítica a Karl Rahner, que se refiere a sus
discutibles tesis doctrinales. Mi tarea resulta tan necesaria como difícil;
porque la obra escrita de Karl Rahner es inmensa y no se ha ido publicando, ni
de lejos, con un criterio sistemático. Como teólogo dotado de gran inteligencia
él advirtió esta dificultad y en 1977 publicó una obra manejable de
sistematización, que se tradujo poco después al castellano con el título Curso
fundamental sobre la fe[203]. Pero tengo la
impresión de que alguno de los puntos más discutibles en la obra de Rahner no
figuran en este resumen. Debo advertir, ante todo, que gran parte de ese libro
y de la obra de Rahner son, en cuanto he podido conocerlas y analizarlas,
admirables y plenamente ortodoxas; no le estoy criticando por esa ortodoxia
sino por los aspectos discutibles y más que discutibles, sin guiarme sólo por
mi reacción sino por maestros teológicos de primer orden. Hay además un rasgo
reiterado en los escritos de Rahner que me autoriza a moverme en esa crítica
con cierta garantía personal. Rahner (como su discípulo Ignacio Ellacuría)
insisten en que no deben ser considerados como teólogos sino como filósofos.
Por otra parte la filosofía de los dos tiene una evidente relación con la
política, y con esa extraña ciencia (cuyo pontífice es J.B. Metz) que quiere
llamarse teología política cuando realmente es política de la teología. Pues
bien en la filosofía y en la política me siento en mi terreno profesional y
experimental; lo mismo que en la ciencia, sobre la cual ni Ellacuría ni Karl
Rahner me han demostrado nunca que poseen una idea aceptable, ni de lejos.
Pues bien,
la curiosa editorial Zero, muy activa al principio de la transición española, y
cuyos promotores principales hacían gala de un «cacao mental» a veces
sobrecogedor, publicó un extraño librito cuyos autores eran nada menos que los
teólogos católicos Metz y Rahner junto a los protestantes Cox y Asmann, ya
conocidos nuestros. El librito se titulaba Teología, Iglesia y política.
En él, como era de esperar, Metz, Cox y Asmann desbarraban lo suyo; en cambio
Karl Rahner nos sorprendía con un estupendo quiebro que él mismo calificaba «de
derechas» y plenamente ortodoxo, aunque con notoria imprudencia permitió que su
nombre figurase en tan peligrosa compañía. Este es un error común de grandes
teólogos católicos que se pirran por aparecer «progresistas» incluso en sus
grandes momentos de acierto y lucidez.
Acabo de
indicar que Karl Rahner no es un teólogo (o filósofo) sistemático, pero voy a
intentar una cierta sistematización inteligible en la continuación de mi apunte
crítico, como vengo haciendo desde que he iniciado mi comentario sobre él.
Vamos ante todo con sus rasgos biográficos. Nació el 5 de marzo de 1904 en
Friburgo de
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Brisgovia.
Ingresó en la Compañía de Jesús en Feldkirch en 1922 y tras los estudios en su
Orden fue discípulo de los profesores Honecker y Martín Heidegger en la
Universidad de Friburgo entre 1934 y 1936 (la época nazi de Heidegger) y pasó a
Innsbruck en 1936, donde se doctoró en teología dogmática e inició su docencia,
que hubo de interrumpir porque el régimen de Hitler cerró aquella facultad por
lo que Rahner pasó al Instituto pastoral de Viena; enseñó después en Pullach y
Múnich (1945-48), año en que volvió a la Facultad de Teología de Innsbruck
hasta 1963. El año anterior había sido designado perito para el Concilio
Vaticano 11. A partir de 1964 ocupó la cátedra Guardini en Múnich. Desde 1967
fue profesor de teología en la Universidad de Münster y desde 1971 enseño
filosofía en Múnich. Murió, como hemos dicho, en 1984. Y a propósito de Romano
Guardini, a quien antes he citado como gran intelectual alemán, aunque de
origen italiano; seguramente debería haberle dedicado mucha más atención en
este libro. Su cátedra era la de «cosmovisión católica». Es pensador de inmensa
cultura, fe profunda y capacidad antropológica sobresaliente. Su libro clave de
1937 El Señor es la «recapitulación de todas las cosas en Cristo» pero,
con aire y terminología moderna, mucho más inmediato al Nuevo Testamento que a
los desahogos poéticos de Teilhard. Personalmente se trata del libro que más me
ha acercado al Cristo real y al Cristo total. Cuando en mis incursiones por
Israel siento la difícil tentación de escribir una vida de Cristo, me animo a
emprenderla con mis notas de aquellos caminos, los Evangelios y el libro de
Guardini.
Los datos
biográficos de Rahner los he tomado del Curso fundamental editado por
Herder y ya citado y del importante estudio que le dedicó quien le conocía muy
bien; el profesor Adolf Kolping, decano de la Facultad de teología en Friburgo
de Brisgovia en su libro Katholische Theologie gestern und heute…[204] Su director de la tesis de
Filosofía en Friburgo le suspendió con durísimas expresiones que traduzco
libremente así: «Esto es una ligereza neoescolástica que tiene que ver con
Tomás de Aquino lo que los existencialistas de Montmartre con el existencialismo».
Para quien se consideraba filósofo antes que teólogo fue un mal comienzo; pero
Rahner, que fue un creador imaginativo sin asomos de método científico, afirmó
en otras ocasiones que se sentía teólogo mucho más que filósofo. No tenía
suerte con las tesis doctorales, quizás porque en ellas se exige una seria
aplicación del método científico. La de teología, que presentó en Innsbruck y
versaba sobre el nacimiento de la Iglesia del costado de Cristo, era tan mala
que, según mis noticias no se ha publicado nunca. Después de penetrar (muy
trabajosamente por cierto) en algunas de sus obras fundamentales saco la
impresión bastante clara de que Karl Rahner no era un intérprete de Santo Tomás
ni de Kant ni de Heidegger, sino que se inspiraba en su lectura arbitraria de
esos autores para crear sus propias construcciones cuya inspiración luego les
atribuía a ellos. Tengo delante el libro que los adoradores de Karl Rahner
dedicaron a su maestro en su 70 cumpleaños, junto con nombres ilustrísimos que
no fueron sus alumnos, y observo en él una circunstancia muy
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extraña;
sobre un autor tan polémico, criticado de forma racional y demoledora por
pensadores con la talla de von Balthasar, Cornelio Fabro y el propio Kolping,
los rahnerianos no le dedican la más mínima crítica, todos se deshacen en
elogios rendidos que demasiadas veces suenan a hueco y a oportunismo de carril[205]. Parece claro que entre tanta polvareda
perdimos a don Beltrame.
Voy a
proseguir mi exposición crítica, sin embargo, con un reconocimiento positivo.
Varias veces dice Rahner que su pretensión es interpretar el pensamiento
teológico tradicional (y concretamente el de santo Tomás de Aquino) con
términos, intuiciones y categorías del pensamiento contemporáneo más importante
e influyente; lo malo es que entiende por tal, de forma muy exclusiva, la línea
que va del idealismo de Kant al existencialismo de Heidegger, a quien Rahner
llama expresamente «mi único maestro». Las otras grandes figuras del
pensamiento moderno, digamos un Brentano, son enteramente ajenas a su
consideración. Este exclusivismo, desde luego, me parece unilateral, arbitrario
y lamentable; pero la intención de presentar la dogmática y en general, el
pensamiento cristiano, en función de una serie de grandes pensadores modernos
es comprensible y encomiable. Lo malo es que, como hemos oído decir a su
director de tesis filosófica, en esa interpretación de Rahner no hay asomo de
método científico. Y me gustaría añadir una fuerte impresión personal: ni por
formación ni por ampliación demuestra Karl Rahner la menor idea de la Ciencia
moderna. La Ciencia no le interesa, debería de parecerle algo de bajo nivel al
lado de la especulación filosófica pura. El hecho de que algunos de sus
modelos, empezando por Kant y alguno de los grandes pensadores modernos que él
no considera, como Brentano y José Ortega y Gasset, incluso algunos autores que
contribuyen generosamente al citado homenaje a Rahner, como Pedro Laín Entralgo
y Javier Zubiri, sí que conocen a fondo el desarrollo y las posibilidades de la
Ciencia Moderna que Rahner ignora. He aquí una segunda prueba de que el
pensamiento de Rahner se explaya al margen de la ciencia y del saber moderno en
toda su amplitud. Y sólo se apoya (como inspiración arbitraria, según acabo de
recordar) en función de una línea idealista y existencial-inmanentista, que
desde la Ciencia del siglo XX está, si no descartada, al menos cada vez más
arrinconada. El presunto teólogo clave del siglo
XX desprecia a la Ciencia, por ignorancia, tanto
como los grandes teólogos católicos del siglo XVII, que explicaban la eficacia
de la rémora para detener a los galeones por las causas segundas que ejercían
su influjo a través de la Luna. Eso, de la Luna.
Hay una obra
que me parece definitiva para enfocar críticamente a Karl Rahner; el libro del
gran filósofo y teólogo italiano Cornelio Fabro, publicado en vida de Rahner
sin réplica, que yo sepa, por parte de Rahner; y es que ciertas réplicas son
imposibles y además Rahner ofrece muchas veces una cualidad lamentable; resulta
completamente impermeable a la crítica, hasta ese punto adora a su propio
pensamiento, alentado por la legión de papanatas que le jalean acríticamente.
Fabro nació en 1911 en Udine, estudió a fondo filosofía y teología pero, al
revés que Rahner, se inició profundamente en la ciencia moderna; biología y
psicología. Su
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currículum
nada tiene que envidiar al de Rahner; su conocimiento del saber teológico
antiguo y moderno, su magisterio en varias universidades, algunas de ellas
pontificias, su espléndida familiaridad con Tomás de Aquino, su contacto
permanente con la filosofía y la teología moderna y su reconocimiento
internacional no son inferiores, sino superiores a los del orgulloso y
prolífico teólogo de Friburgo, a quien aventaja por todas partes en rigor
lógico y sentido científico. Su libro crítico acabará prevaleciendo sobre las
confusiones rahnerianas, cuando la máquina jesuítica de propaganda se oxide
alguna vez, lo que va a suceder mucho antes de lo que creen los encargados de
su mantenimiento[206]. Pero antes quisiera comentar lo que empecé a
insinuar sobre el punto de partida del pensamiento de Karl Rahner.
Cuando el
jesuita alemán empezaba a escribir en la década de los cuarenta, el tomismo lato
sensu era, tras las recomendaciones de León XIII, poco menos que la
doctrina oficial y única para la filosofía y la teología católica. Tal vez por
eso Rahner, disimuló sus primeras elucubraciones como si fueran una
interpretación de Santo Tomás. La verdadera entraña de esas disquisiciones era
forzar el pensamiento tomasiano según la aproximación kantiana del padre J.
Maréchal, (muerto en 1944) primer jesuita que intentó aproximar la doctrina de
Kant al pensamiento católico, aunque sólo consiguió un extraño híbrido que los
jesuitas actuales llaman Tomismo Trascendental, en el sentido kantiano del
término, cuyo contenido no superaba la cerrazón idealista. La doctrina de
Maréchal sobre el punto de partida de una nueva metafísica estaba considerada
como una aberración excéntrica por los jesuitas hasta los años cincuenta, pero
Rahner ya había arrancado de ella para su despliegue ideológico.
Esto
supuesto voy a resumir lo que creo esencial en la crítica —por cierto durísima
y a veces casi despectiva— de Cornelio Fabro sobre el pensamiento de Rahner. El
pensador italiano recuerda que la expresión «giro antropológico» con que resume
la filosofía teológica de Rahner es del propio Rahner, que se ufanaba de ella.
«La operación que Rahner intenta desarrollar —dice Fabro— es la de plegar la
teología a la antropología trascendental de su maestro Martín Heidegger y
constituye el intento más brillante y afortunado de las repetidas tentativas de
nuestro siglo para retornar a la línea… rechazada hace ya un siglo por el
episcopado alemán y los pontífices y definitivamente condenada por el Concilio
Vaticano I» (p. 7).
Rahner,
según afirma y demuestra Fabro, dice estudiar la doctrina tomista sin tener en
cuenta las dependencias históricas y el contexto histórico de Santo Tomás. «Ha
desvirtuado sistemáticamente los textos tomistas y sus contextos,
invirtiéndoles el sentido». Rahner trata de seguir a Heidegger «que como es
sabido, ha llevado hasta el fondo el principio moderno de la inmanencia». La
idea de Rahner no es propiamente interpretar a Santo Tomás a través de
Heidegger sino «conciliar a Kant y al mismo Santo Tomás con Heidegger». Pero
«Rahner resulta dos y hasta tres veces aberrante y falsificador: de Kant, de
Santo Tomás y del mismo Heidegger» (p. 8). El objeto principal del análisis de
Fabro son dos obras fundamentales de Rahner: Geist
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in
Welt (1939, 2ª ed. 1964) y Horer des Wortes
(1940, 2 ed. 1963). La principal manipulación que hace de la doctrina tomista,
situada en la trascendencia de Dios, es interpretarla según la inmanencia
kantiano-heideggeriana, a la que llama, con términos kantianos, trascendental.
Interpreta, es decir transforma y tergiversa, la metafísica tomista en
antropología existencial. En esta crítica fundamental Fabro coincide con el
director de la tesis filosófica de Rahner que la reprobó como escolástica
barata interpretada con los criterios existencialistas de Montmartre. En la
primera de las obra citadas de Rahner nos ofrece una confesión palmaria: «Si en
este sentido el lector tiene la impresión de que aquí se está haciendo una
interpretación de Santo Tomás que procede de la filosofía moderna, el autor
considera semejante constatación no como un defecto sino como una ventaja del
libro» (Fabro p. 26). Sin embargo Rahner es muy descuidado respecto a las citas
de los filósofos modernos; no se refiere explícitamente a Kant, a Hegel, a
Scheler y muy poco a Heidegger, con quien se encierra en el ciclo de Sein
und Zeit. No sólo ignora Rahner la ciencia moderna sino que no demuestra un
conocimiento razonable de las fuentes patrísticas. Por el contrario la crítica
de Cornelio Fabro está perfectamente articulada sobre centenares de citas
—todas en su contexto— tanto de Rahner como de sus presuntas fuentes de
inspiración, tomasianas y modernas.
Los jesuitas
rahnerianos (en la versión castellana y manipulada de la estupenda Historia del
padre Bangert) se refieren a la doctrina filosófica de Rahner, tras las huellas
de Maréchal, como «tomismo trascendental». Esta explosiva combinación es,
además, una engañifa. Equivale a decir «objetividad subjetiva» o «razón
irracional». El término «trascendental» que se ha utilizado en la filosofía
perenne en sentido óntico-lógico «Se reduce en Rahner al significado idealista
kantiano de la Razón Pura. Significa aquello que es y debe ser dado a priori
en el sujeto», (Fabro p. 95) lo que me permito atribuir a la ignorancia de
Rahner sobre el neo-realismo no sólo filosófico sino sobre todo científico. «El
trascendental —concluye Fabro— ha devenido así la fórmula radical del
significado radical del principio moderno de inmanencia, que forma la unidad o
identidad de ser y pensamiento» (p. 95). La conclusión de Fabro es terrorífica:
«La hermenéutica rahneriana se presenta inasible, anormal y tergiversante de
principio a fin, ya sea que se refiera a Kant como a Heidegger, a Hegel como al
pseudoDionisio… Cada uno de estos autores, que hacen de telón de fondo al
viraje antropológico de Karl Rahner, dice exactamente lo contrario y se mueve
en un contexto exactamente opuesto a cuanto Rahner expone y al modo en que
Rahner pretende interpretarlo» (p. 207).
En mi libro
de 1987 Oscura rebelión en la Iglesia extremé la comprensión con las
teorías de Rahner porque no le conocía tan extensamente ni tan a fondo como
ahora. Y es que ahora, de pleno acuerdo con Fabro, pienso que Rahner, como su
«Único maestro» Heidegger, no ha sido capaz de liberarse del inmanentismo.
Rahner era un narrador teológico más que un analista científico y lo mismo que
enmascaró sus primeras obras como tomismo sui generis, trató luego de
defenderse de las
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acusaciones
de relativismo y modernismo con un efugio brillante pero inane. No acude a una
consideración de la Historia porque Rahner se sitúa fuera de la Historia, en
buena parte porque la desconoce.
También se
sitúa fuera de las concepciones modernas del tiempo porque como ya vimos al
tratar de Heidegger, el tiempo de Sein und Zeit es el tiempo implícito
de Newton, sin que ni Heidegger ni Rahner profundicen en esa noción formal del
Tiempo Absoluto, aunque la den por supuesta; y ya en su época existía
suficiente información científica general sobre el Nuevo Tiempo, el tiempo
relativo, el tiempo cuántico y en parte el tiempo reversible y las «flechas del
tiempo» en astrofísica y ultramicrofisica para que un intelectual abierto de
verdad a la cultura moderna (Ortega y Gasset lo advirtió cabalmente) pudiera
ponerse un poco al día sobre el «tiempo real» que bien poco tiene que ver con
el andamiaje «trascendental» de Rahner. Hay, además, una obra de Rahner, en
colaboración con P. Overhage, El problema de la hominización, cuyo
subtítulo es «El origen biológico del hombre» (Madrid, Cristiandad,
1973) en cuyo prólogo se nos advierte que se va a tratar de las relaciones
entre la fe y la ciencia moderna. La decepción del lector es enorme: Rahner se
dedica a consideraciones (no muy profundas) sobre la filosofía y la teología de
la evolución pero no demuestra ni el más mínimo conocimiento de las bases
paleontológicas (aunque cita este término) y de los avances científicos de la
evolución. Este es, desde el punto de vista de la Ciencia moderna, Rahner de
cuerpo entero. El cual se defiende a veces de acusaciones y sospechas
(teológicas; en las que se le pueden formular desde la ciencia no entra jamás)
porque en el relativismo y el modernismo los dogmas evolucionan, según Rahner,
a través de consideraciones meramente filosóficas (en realidad debería decir
historicistas); mientras que para Rahner, y éste —es un punto central de su
doctrina teológico-antropocéntrica— el espíritu humano está dotado de un a priori
donado por Dios, al que llama Rahner existencial sobrenatural que puede
ser reconocido por nosotros como fruto de la reflexión teológica. Esta
siembra divina en el espíritu humano —la versión rahneriana de la gracia— es un
intento de conciliar el antropocentrismo con la inspiración teológica; pero
consiste, en mi opinión, en una arbitrariedad gratuita, una de esas entitaculas
que algunos escolásticos se inventaban para concretar realmente, casi
físicamente, las grandes realidades metafísicas y espirituales: el alma que
sale como un fantasma blanco del hombre en el momento de la muerte, la
existencia realmente distinta de la esencia. Lo peor es que este «existencial
sobrenatural» es la base de una de las más extrañas y discutidas teorías de
Rahner: los «Cristianos anónimos»[207].
Como la
propuesta de tomismo trascendental, aunque constituya el fundamenh: de toda la
doctrina rahneriana, es muy abstrusa, la teoría más famosa de Rahner es
precisamente ésta de los «cristianos anónimos» que se deriva directamente de L
anterior a través del «existencial sobrenatural». Rahner la explica en El
cristianismo y las religiones no cristianas[208], en Los
cristianos anónimos[209] y en Ateísmo y
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cristianismo
implícito[210] Rahner pretende que gracias
al «existencial sobrenatural» todos los hombres, aun los no cristianos, son
fundamentalmente cristianos por lo que el trabajo de las misiones católicas,
que se fundamenta en el mandato de Cristo «Id y predicad a todas las gentes»
resulta superfluo; incluso uno de los rahnerianos más fervientes, H.R.
Schlette, llega a afirmar que el trabajo de los misioneros debería consistir en
esclarecer a los no cristianos el sentido oculto de su propia religión[211].
En el
coloquio de Bombay (1964) inspirado en la teoría misional de Rahner, se
replanteó toda la acción misionera de la Iglesia. Reaccionaron frente al
dislate varios teólogos, como el padre Daniélou. Ya antes reaccionaron, con
mucha mayor dureza, varios equipos de misioneros católicos, que preguntaron a
Rahner, instalado cómodamente en su gabinete de trabajo (y muy ocupado ya en su
correspondencia con Luise Rinser) si tenían sentido sus sacrificios de
abandonar familia y patria si los paganos y los miembros de otras religiones
eran ya cristianos sin saberlo. Publicaron un tremendo manifiesto, Une
concepction moderne du salut des infideles qui fait obstacle a liélan
apostolique; des missionaires expressent leur inquiétude[212]. Y el Papa misionero, Juan Pablo II,
puso punto final a la lamentable controversia suscitada por la
irresponsabilidad de Rahner en la encíclica Redemptoris missio de 7 de
diciembre de 1990, dedicada al auténtico sentido cristiano de las Misiones.
Otro
cardenal y antiguo jesuita, Hans Urs von Balthasar, uno de los grandes teólogos
de este siglo con mucho mayor motivo y seriedad que Rahner, combina en un
importante diálogo su crítica a la metafísica trascendental rahneriana con su
asombro por la teoría de los cristianos anónimos:
«Yo admito
abiertamente que nunca he comprendido el lugar que ocupan las categorías
trascendentales de Rahner, que él tomó de Kant, en una teología cristiana.
Aparentemente Eric Przywara tampoco lo pudo entender, cuando de acuerdo con
monseñor Strobl preguntó a Rahner durante un encuentro en Viena: ¿para qué
rayos sirve eso? Que Rahner deseaba abrir las puertas de la salvación a las
innumerables personas carentes de una fe expresa en Cristo es cierto; sus
investigaciones teológicas fueron motivadas sobre todo por una preocupación
pastoral. Pero ¿no eran suficientes las antiguas ideas sobre la fe implícita y
el bautismo de deseo?
Yo veo una
contradicción en el término «cristiano anónimo» porque un cristiano es, por
definición, quien recibe su nombre como testigo de Cristo. Ese término,
necesariamente, se convierte en el punto de partida de una trivialización de lo
que significa ser cristiano, aunque Rahner no lo haya pretendido así. Basta con
echar un vistazo a ciertos teólogos americanos que abiertamente dependen de
Rahner para que podamos comprobar que débil cosa es ser cristiano; dicen que a
través de Cristo ha llegado al mundo la noticia de que Dios es ante todo un
Dios de amor y no de venganza; que la gracia funciona incluso dentro de quienes
no la han invocado, en tanto que ellos sinceramente (una expresión favorita de
Rahner) sigan a su conciencia; que, de acuerdo con McBrien, no es necesario
hablar del pecado original en adelante y sobre todo que Cristo no llevó la cruz
para sustituir al hombre pecador.
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A fin de
cuentas, debido a su aversión por la teoría de san Anselmo sobre la
satisfacción por el pecado, Rahner enseñó abiertamente que la Iglesia puede
prescindir de que la Cruz fue por nosotros; que sólo la llamada
«teología tardía» de San Pablo inventó esa idea; que nadie puede realmente
cargar con los pecados de otro y que así la Cruz representa solamente la señal
de la plena solidaridad de Dios con los pecadores…[213]».
Podríamos
extendernos mucho más sobre Rahner pero no parece necesario. Creo que bastan
estos apuntes para mostrar que no se trata del jesuita más importante de la
Historia como pretenden sus fanáticos sino por el contrario representa —por su
obra y por su desdichado ejemplo personal— uno de los orígenes más claros de la
degradación moral, teológica e ideológica de la Compañía de Jesús en el siglo XX.
La consideración de sus discípulos rubricará esta necesaria acusación.
LA ESCUELA DOMINICANA DE LE SAULCHOIR
Hemos visto
cómo algún dominico tronaba anacrónicamente contra el cardenal de Lubac, pero
los que fundaron y ahondaron en la Nueva Teología dentro de la llamada Escuela
de Le Saulchoir pertenecen al progresismo teológico de nuestro siglo, en los
sentidos buenos y menos buenos del término. Los dominicos crearon en 1869 un Studium
Genera/e en Flavigny, que luego pasó en 1904, durante la época de la absurda
persecución del gobierno republicano contra la Iglesia, al pueblo belga de Le
Saulchoir, de donde tomó el nombre, para trasladarse por fin a Etoiles, en
Seine-et-Oise. La Escuela ha dado a la teología de nuestro siglo dos grandes
maestros: Marie-Dominique Chénu y el luego Cardenal Yves Cangar.
M.D. Chénu
(1895-1990) ha trabajado en dos direcciones bien diferentes, cuyas improntas
pueden comprobarse en la citada obra colectiva dirigida por G. Girardi sobre el
ateísmo contemporáneo (tomo IV). La primera se titula Historia e
inmutabilidad del ser cristiano (ibíd. p. 151 s) y parte de Santo
Tomas de Aquino con bastante más seriedad que Rahner y con un intento de
modernización no menos audaz pero mucho más fundado. La Teología debe ser
solidaria con el tiempo; por tanto debe buscar en cada tiempo un sistema de
expresión que sea inteligible para los contemporáneos. Analiza las relaciones
entre el contenido y el método teológico, que poseen una conexión íntima
vinculada a la circunstancia histórica de cada teólogo. Chénu, apoyándose en la
doctrina del Vaticano II (que por lo demás confirma algunas de sus propias
intuiciones muy anteriores) insiste en el mantenimiento de la fe a través de la
historicidad del ser cristiano; es decir de las relaciones ineludibles entre
ese ser cristiano y su circunstancia histórica. En el artículo a que me refiero
no cita a Ortega y Gasset pero está dejando traslucir la doctrina del filósofo
español sobre la esencialidad de la circunstancia. Ahora la Iglesia ha pasado
del anatema al diálogo; y más que en la refutación del ateísmo trata de
profundizar en las raíces y la necesidad
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de la fe. La
fe no es algo estático; la Iglesia es «la forma histórica de la gracia»
expresión bellísima que resume el pensamiento más profundo del teólogo
dominico.
Estas ideas
de M.D. Chénu son admirables y aceptables; pero por desgracia al aplicarlas a
la realidad concreta de los años centrales del siglo XX
se deja llevar de su noble ansia de diálogo y toma una buena parte de su
inspiración concreta del marxista Garaudy y del propio Marx. Y desde ese
momento empieza a desbarrar.
Esto se
advierte muy claramente en el segundo ensayo del mismo volumen, La teología
del trabajo frente al ateísmo (p. 295s). Por desgracia esa será desde
entonces la posición dominante en la teología de M.D. Chénu, de quien
hubiéramos podido hablar más adecuadamente en el siguiente epígrafe, sobre los
teólogos del diálogo entreguista con el marxismo. No critico ahora a Chénu por
su tendencia al diálogo; sino porque en ese diálogo coloca al cristianismo y al
marxismo en el mismo plano, propone una interpenetración ingenua de los dos
credos y sobre todo exhibe un sentido crítico, a veces demoledor, contra el
cristianismo concreto mientras evita cuidadosamente toda crítica profunda al
marxismo. Considera al marxismo como una doctrina y no como una estrategia de
la praxis; no advierte que el diálogo que preconiza no se monta entre dos
teorías y dos concreciones de la realidad que pueden ser compatibles sino entre
una fe, la cristiana, y una estrategia de dominación que parte, esencialmente,
de la negación de Dios. Parece conmovido ante las acusaciones de Marx contra la
alienación de los cristianos en cuanto tales. Se convierte, sin pretenderlo, en
un infiltrado, en un compañero de viaje. No se da la más mínima cuenta de que
el marxismo no es una actualización de la Historia sino una falsedad histórica
absoluta, una metodología política de imperialismo y dominación, una alienación
mucho más peligrosa que la llamada unilateralmente por Marx alienación
cristiana. Después de 1989 el padre M.D. Chénu ha dejado de ser un teólogo vivo
y ha pasado a una sala oscura y polvorienta en el museo de la teología
católica. Dios le concedió vida suficiente para advertirlo, aunque no sé si su
lucidez se conservaba con capacidad crítica en el año 1989, el penúltimo de su
existencia.
En la época
de la efervescencia cristiano-marxista Chénu estaba considerado como el primer
teólogo de Le Saulchoir y el padre Yves Cangar como el segundo. Pero la
historicidad esencial de la Iglesia le jugó una mala pasada a Chénu y en cambio
han exaltado en sus años finales a Yves Congar. Ha sido toda su vida un teólogo
de frontera; a veces sus incursiones fronterizas le han jugado muy malas faenas
pero nunca le han desviado definitivamente del camino. Como los demás teólogos
de Le Saulchoir el padre Congar ha comprendido y transmitido el mensaje
tomasiano pero ha mostrado especial interés por el dato revelado, por la
combinación de la teología y la exegesis histórica, por la preservación del
tomismo esencial —el legado profundo y abierto de Santo Tomás— fuera de los
encorsetamientos de la escolástica fosilizada y decadente. Creo con toda
sinceridad que el padre Cangar, por ejemplo, ha comprendido y transmitido el
mensaje tomasiano en nuestro tiempo mejor que Jacques Maritain, para quien el
tomismo no se desprendió nunca
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totalmente
de su carga dogmática adquirida por procedimientos idolátricos a través de las
escuelas tomistas rígidas a partir del siglo
XIII.
Yves Cangar,
afectado por las suspicacias del Vaticano durante la época de Pío XII, que
criticó a la Nueva Teología en su alocución a la Congregación General de los
jesuitas en 1946, y repitió la crítica ante el Capítulo General de los
dominicos antes de lanzar a toda la Iglesia su encíclica de 1950, ha sido
siempre, insisto, un teólogo de frontera. Al entrar en la ancianidad mostró un
cierto declive que le hizo parecer ante nosotros —con todo respeto— como un
tanto gagá y le impulsó a defender, sin excesiva resonancia, algunas
vías muertas, algunas causas perdidas. Pero ahora prefiero prescindir de esos
pecadillos de vejez y voy a centrarme en el análisis de las principales
posiciones político-culturales del gran Congar, de su gran época que abarca los
quince años previos al Concilio, su actuación en el Concilio y en la década
siguiente. Toda una vida de lúcidos y arriesgados servicios a la Iglesia.
En esa época
Yves Congar ha sido (como lo fue Rahner) miembro de la Comisión Teológica
Internacional. El mismo definió noblemente su frontera, que consiste en empujar
desde dentro hacia el progreso y el aggiornamento, pero con permanente y
absoluta sumisión a la autoridad y el magisterio de la Santa Sede. Por eso
Congar no dio nunca, en su gran época, esa sensación de tumba abierta, de
riesgo temerario que nos asalta desde tantas páginas de Gustavo Gutiérrez, de
Leonardo Boff, de M.D. Chénu, de Hans Küng, de Johann Baptist Metz. Está en
vanguardia; pero jamás ha perdido la conexión con el mando ni con el grueso del
ejército.
Entre la
copiosa producción del padre Congar hay dos obras que merecen especial atención
a nuestro propósito. La primera y más famosa es Verdaderas y falsas reformas
en la Iglesia, escrita hacia 1947 en primera versión, publicada en 1950 con
demasiada fronda progresista (por ejemplo con el abuso del término profético)
que luego el autor podó acertadamente en la segunda edición, de la que el
Instituto de Estudios Políticos hizo en Madrid una traducción excelente en
1973. La edición francesa había aparecido a poco de la rebelión estudiantil de
1968 y lleva un comentario final acerca de ella.
En ese
epílogo (y en el prólogo que es de 1967) se nota claramente la evolución
serenadora y conservadora de Congar desde sus ilusiones progresistas de
postguerra. Varias veces se identifica con los temores y las críticas de
Maritain en Le Paysan de la Garonne. En el prólogo de 1967 Congar
insiste en que la tarea principal de la cultura cristiana es repensar la
realidad cristiana ante el resto del mundo, no simplemente someterse al mundo
con servilismo, que son casi las mismas palabras de Maritain. Se muestra Congar
muy preocupado ante las desviaciones y la crisis posconciliares. Por eso
suprime en esta segunda edición su apéndice hipercrítico sobre el integrismo
que había publicado agresivamente en la primera, y ofrece la noble actitud de
reconocerlo. El libro está «plenamente sometido al juicio de la Santa Iglesia»
(p. 17). Reconoce el influjo de Maritain-Mounier y el snobismo de algunos
jóvenes intelectuales católicos en la inoculación del «virus marxista» para
intentar
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una
contradictoria revitalización del catolicismo en la postguerra. El punto de
partida del libro es la descripción de ese reformismo cristiano que brota en
1945 y que Congar quiere justificar con sólidos argumentos de ortodoxia, dentro
de su espíritu renovador. Ese reformismo de los años cuarenta y cincuenta, con
epicentro en Francia, no es una agresión sino una autocrítica de la Iglesia.
Los fermentos venían del sensacional libro de los sacerdotes Godin y Daniel La
France, pays de mission (1943) y de la eclosión de revistas y libros desde
1945. Ahora el libro de Congar es una teoría y una historia —entreveradas— de
las reformas históricas en el seno de la Iglesia, sobre todo en la Edad Media y
en la Edad Moderna. Gran defensor de la Iglesia histórica, Congar fustiga a
quienes pretenden descalificar— la a partir de nuestras categorías de hoy (p.
111). Propone una serie de notas para calificar de verdaderas y de falsas las
reformas; la principal es que los reformadores (cuyos fermentos de verdad y de
preocupación pastoral reconoce en casi todos los casos) se queden dentro de la
Iglesia, sin caer en el orgullo del cisma como desgraciadamente sucedió a
Valdés, a Lutero, a Calvino y a Lamennais. El diverso camino que siguieron dos
precursores del liberalismo cristiano, y de la adaptación eclesial al mundo
moderno, como fueron Lamennais y su amigo el dominico Lacordaire —el cisma para
el primero, la abnegada fidelidad en el segundo— es uno de los motivos
directores del libro. En una profunda tercera parte Congar analiza los
elementos negativos y positivos en la reforma protestante frente a la
pervivencia de la Iglesia.
En el
certero apéndice que se añade al libro ante los sucesos de mayo de 1968 Congar
se muestra muy sensible a los aldabonazos del cambio pero irreducible al
defender lo esencial de la Iglesia frente a la contestación anárquica.
«Hay cosas —dice—
en que la contestación no puede permitirse en el seno de la
Iglesia:
1.— Destruir la
caridad.
2.— Poner en tela
de juicio la estructura pastoral jerárquica.
3.— Negar
artículos de doctrina por los que se debiera estar dispuesto incluso a dar la
vida.
4.—
Clasificar a todos los que piensan de modo distinto a nosotros en la categoría
de malos o irrecuperables.
5.— No
parece que puedan admitirse expresiones contestatarias en la liturgia, por
ejemplo en la homilía (p. 508).
Al año
siguiente de Le paysan de la Garonne y casi a la vez que la edición
definitiva de Verdaderas y falsas reformas el padre Congar publicaba
otro libro, Situation et táches présentes de la theologie[214] que hace particularmente al
propósito de nuestro estudio. Se trata de una gran presentación
teológico-cultural del movimiento renovador de la teología europea en la
postguerra pero desde una perspectiva de segura ortodoxia y de fidelidad a la
Iglesia totalmente compatible con el impulso renovador. Los temores que
suscitaron la encíclica Humanis generis de 1950, en la que Pío XII
advertía sobre los peligros de que la teología se apartase de la
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norma
tomista y dependiera de la filosofía historicista, existencialista y aun
marxista pueden —según Cangar— considerarse superados en lo que concierne a los
reformadores teológicos de la postguerra, que impulsaron desde dentro de la
ortodoxia la renovación de las fuentes y los métodos de la teología; aunque
haya quedado clara la conciencia de los teólogos sobre la relevancia social de
su trabajo y el giro antropológico rectamente entendido como presencia del
hombre en el quehacer teológico. Y es que el Concilio que había incorporado a
buena parte de los renovadores teológicos en sus comisiones de trabajo, ha
querido insertar a la «religión del hombre» en la «religión de Dios». El caldo
de cultivo para la renovación cultural y teológica cristiana en la postguerra
consiste en que, gracias a numerosas innovaciones y publicaciones, la reflexión
sobre las verdades-en-sí se transfirió también a la relación de esas verdades
con los problemas del hombre. En este sentido el cristianismo renovado ha
mostrado gran interés por los problemas del ateísmo moderno.
Cangar nos
ofrece en este libro una visión optimista —tal vez exageradamente optimista—
sobre la preparación, desarrollo y resultados del Concilio Vaticano 11, al que
dedicaremos el capítulo siguiente. El tratamiento que se ha dado en el Concilio
a la doctrina de Santo Tomás —un punto de partida, no un dogma— ha sido el que
el propio Doctor angélico hubiera deseado. Ahora hay que seguir las mismas
pautas; por ejemplo la atención teológica a la vía evolución-ciencia moderna
tan sugestivamente propuesta por Teilhard de Chardin. Pero debemos huir del
horizontalismo secularizante (en esta crítica Cangar incluye, sin nombrarla,
una descripción precisa del monismo liberacionista). La Iglesia no debe
limitarse a ser interpelada por el mundo; debe interpelar también al mundo.(p.
73) Hay que conectar la antropología con la teología. Blondel (+1944) marca un
camino que parece cada vez más estimable: la elaboración de una apologética del
cristianismo y específicamente de la dogmática de la Iglesia católica a partir de
un análisis de situación y de la experiencia existencial del hombre. Hay que
intentar la aproximación de la cultura teológica a las ciencias del hombre. Hay
que reelaborar algunos capítulos de la teología, como la conexión entre la
creación y la redención; y la teología de las realidades terrestres.
El dominico
Jean-Pierre Jossua publicó, durante el tracto de plenitud de Cangar, una
biografía espléndida seguida por una serie de ensayos que reflejan exactamente
su obra, esclarecida además por una bibliografía muy completa. El 30 de octubre
de 1994 el Papa Juan Pablo II le creó Cardenal como homenaje a su vida, a su
obra, a su dedicación al servicio y el progreso de la Iglesia y de la Ciencia
de Dios. No gozó mucho de la púrpura; falleció poco después, el 22 de junio del
año en que se escribe este libro, 1995. Poco antes sus discípulos habían
reunido en un interesantísimo volumen los principales estudios históricos del
ya Cardenal, cuya muerte me sorprendió precisamente cuando estaba subrayando SL
ensayo sobre la eclesiología de San Bernardo[215]. Un gran teólogo
y humanista español, Olegario González de Cardedal, dedicó un precioso
artículo, realmente informativo, a la muerte de Cangar
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en ABC dos
días después de esa muerte. (De vez en cuando ABC —quien tuvo retuvo
— publica alguna maravilla
acorde con la ejecutoria del periódico, que nos compensa por los berrinches
diarios que a miles de españoles nos provocan las cómicas exageraciones de su
falso juanismo y la obsesión edípica de los ridículos insultos contra Franco y
las deformaciones históricas intolerables de su director, que pasa por un
extraño trance desde hace ya demasiados meses, postrado de hinojos ante la
Academia, don Camilo, el ignorante cronista Prestan y ahora, inevitablemente,
Tusell, a quien hace poco insultaba). Pero sobre ABC y sus recientes
aberraciones preparo ya el libro más amargo y divertido de mi vida. Ahora sólo
quisiera comentar la extrañeza del doctor González de Cardedal ante la
elevación al cardenalato de sólo tres de los cuatro grandes teólogos del siglo XX:
Cangar, von Balthasar y De Lubac; (podía haber añadido al cardenal Daniélou) y
el olvido del cuarto «cardo», Karl Rahner, en esa altísima distinción. Nuestro
gran teólogo conoce mucho mejor que yo, no faltaba más, la ciencia teológica y
las altas directrices del Vaticano. Pero yo voy mucho por el Vaticano y conozco
bien a quienes conocen bien lo que hay que conocer bien. Parece mentira que yo
pueda descubrir a don Olegario algo que él no conozca sobre la Iglesia. Pero
voy a hacerlo porque lo sé. Resulta que cierto gran teólogo polaco e intérprete
del Concilio que vive en Roma y conoce muy bien el despliegue de los discípulos
de Rahner no cree que Karl Rahner haya sido, en tesis fundamentales, un teólogo
digno de recibir un homenaje pontificio de ese calibre, sobre todo después de
haber puesto verde al Papa en dos señaladas ocasiones de los años ochenta. Y en
tono menor, ese alto observador conocía el asuntillo de Luise Rinser mucho
antes que lo revelara la gran prensa mundial; quiero decir, en vida de Karl
Rahner.
Como no pasa
trimestre sin que me dé una vuelta por los expositores de la Procure, junto a
San Sulpicio, me ha sorprendido agradablemente, desde los años sesenta y
setenta, la ausencia casi total de libros sobre la teología de la liberación
entre las preferencias del gran público francés. Hay algunas traducciones y
algún recuento pero nada semejante a la inundación de literatura
cristiano-marxista barata que recarga a las Paulinas de San Bernardo en Madrid
o a la Librería Parroquial de Clavería en la Ciudad de México. Es una señal de
excelente salud mental en el catolicismo francés; sobre el que se han lanzado
las revistas cristiano-rojas, desde Esprit a las Informations
Catholiques Internationales, frecuentadas más bien por convencidos e
iniciados de no muy alto nivel cultural. La alta cultura católica francesa
tiene demasiados grandes nombres en sus librerías como para admitir las
insensateces de los Boff y los Sobrinos. En la España del siglo XX
hemos gozado de autores católicos de primer orden, que ya he citado más de una
vez en este libro, desde Zubiri y Marías a Morente, el cardenal González Martín
y el citado González de Cardedal, entre otros muchos. Pero creo que ha sido el
bajo nivel cultural de nuestros clérigos rojos y nuestras monjas rosáceas
quienes han hecho posible la difusión de tanta baratija liberacionista como
permanece aún en nuestras librerías
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religiosas.
Esa lamentable perversión culturaL a la que ni me atrevo a llamar teológica,
tiene unos directores de orquesta y unos responsables clarísimos. Ya les
daremos el correspondiente repaso; de momento me limito a expresar mi sana
envidia por el nivel cultural de los católicos franceses en cuanto tales.
LA POLITIZACIÓN Y DEGRADACIÓN DE LA TEOLOGÍA POR
EL MARXISMO: BLOCH, MOLTMANN, METZ Y LOS JESUITAS DISCÍPULOS DE RAHNER
Me
encantaría disponer de la perspectiva que tan acertadamente utilizó el cardenal
De Lubac para trazar las conexiones entre los grandes humanistas ateos del
siglo XIX.
Su yo la tuviera, podría relacionar inequívocamente a los iniciadores y
promotores del diálogo cristiano-marxista en el siglo XX
y así comprenderíamos mejor las consecuencias catastróficas de esas relaciones
y conexiones. Pero algunos protagonistas de la degradación teológico-marxista
en el siglo XX apenas han desaparecido, otros sobreviven y la
gran cuestión, relacionar la degradación teológica cristiano-marxista con el
Concilio Vaticano II, o mejor con una parte del ambiente conciliar, pecaría de
arbitraria si sólo la fundo en pocos datos y muchas sospechas. Aun así puedo
utilizar en este epígrafe y los siguientes, que me parecen vitales para este
libro, un punto de partida basado en certezas importantes:
1.— El
diálogo entre cristianos y marxistas se abre, bajo la cobertura «cultural» de
la III Internacional, ya en los años treinta del siglo XX.
Casos de Mounier y Bergamín con los comunistas stalinianos de su época.
2.— Ese
diálogo se intensifica desde los años de la segunda guerra mundial y sobre todo
a partir de 1945: la posición de Rahner y la fascinación de muchos
intelectuales por Sartre contribuyen a ello, junto con el plano inclinado por
el que se desliza cada vez más peligrosamente Mounier.
3.— Algunos
grandes teólogos, intelectuales y prelados católicos —Maritain, M.D. Chénu, el
propio Teilhard de Chardin, el cardenal Roncalli, monseñor Montini
— sienten pánico ante la
formidable expansión del comunismo en Europa oriental, Asia y el Tercer Mundo y
en algunos casos coquetean pastoralmente con el marxismo.
4.— La
infiltración general del marxismo en la Iglesia católica está impulsada y
dirigida desde 1945 con increíble eficacia por el movimiento PAX y sus
sucedáneos, sobre todo el IDOC.
5.— Todos
estos movimientos convergentes nacen y se desarrollan o al menos se preparan
ANTES de la convocatoria conciliar y durante el pontificado de Pío XII. La
infiltración y degradación teológica por el marxismo, que ya se nota en alguno
de los casos precedentes, por ejemplo el de Mounier, el de Chénu y el de PAX,
va a irrumpir en la Iglesia masivamente algo más tarde, en el entorno
conciliar; va a aprovechar las
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convulsiones
positivas y negativas del Concilio pero no se va a identificar con el Concilio,
ni mucho menos. Por eso algunos de los movimientos de aproximación
contaminación a que me voy a referir en este capítulo —por ejemplo la propuesta
de Bloch— son anteriores al Concilio, otros simultáneos, otros posteriores.
Pero todos ellos, apoyándose en una interpretación falsa y reduccionista del
Concilio, van a confluir, como una cabecera de torrentes, en la puesta a punto
y el lanzamiento — 1971/1972— de la Teología de la Liberación y sus movimientos
complementarios y derivados. El esquema anterior demuestra por sí sólo que la
Teología de la Liberación no es un movimiento autóctono de la mal llamada
América Latina sino una clarísima planificación europea que toma a algunos
teólogos de Iberoamérica, discípulos de los teólogos progresistas
europeos, como mascarones de proa para halagar a las masas americanas a quienes
se pretendía conquistar para una Revolución dirigida, como objetivo final, por
la estrategia soviética contra el bajo vientre del monstruo capitalista, los
Estados Unidos, desde una última gran base final, México. Para ello se
necesitaba una base de partida, que se había intentado con notorio fracaso en
Centroamérica y se consiguió, gracias a la insondable estupidez de los liberals
norteamericanos y sus alucinados portavoces, con la conquista de la gran plaza
de armas comunista para la gran operación, Cuba, el 1 de enero de 1959. Ese
será, a partir de este momento, el gran objeto de nuestro estudio en los
capítulos que restan de este libro y en el libro siguiente, que esperamos
ofrecer al público en la primavera próxima de 1996, La Hoz y la Cruz.
Dos libros independientes pero íntimamente conectados.
Muy
significativamente el profesor Karl Rahner, de quien veo la mano negra aunque
apenas oculta en los próximos epígrafes, dijo del gran filósofo marxista alemán
Ernst Bloch (1885-1977) que era «el teólogo más importante de nuestro tiempo».
Para un pensador que jamás ha creído en Dios me parece un elogio sorprendente,
pero es que pocos personajes tan sorprendentes como Rahner. La obra clave de
Bloch, de la que va a partir la perversión de un importante sector de la
teología católica en el siglo XX, es de 1954; por eso la consideración de Bloch
tiene su lugar adecuado en este momento de nuestro libro. Para los
liberacionistas y los cristianos dialogantes Bloch es (mucho más que el
errático Garaudy, caído en el Islam) el pilar del diálogo desde la orilla marxista.
Toda la teología de la esperanza del teólogo protestante Jürgen Moltmann, y los
mismos cimientos de la teología política de Metz y de la teología de la
liberación se ha tendido con referencia a las posiciones de Bloch, el marxista
que más ha influido, sin duda, en los cristianos de izquierda de nuestro
tiempo, incluidos mucho teólogos fascinados por la originalidad y la
exuberancia intelectual del personaje. Su obra fundamental es, a este
propósito, El principio esperanza (1954, como dijimos) cuyo análisis
completaré con El ateísmo en el cristianismo (1968 ed. alemana, 1983 en
ed. española de Taurus (Madrid) una notable editorial, dirigida e
inspirada por el intelectual y teólogo superprogresista Jesús Aguirre, hoy
duque de Alba, que nos puede servir de punto de referencia
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permanente
contra las posiciones de la Iglesia institucional y mantiene excelentes
relaciones, naturalmente, con el grupo de empresas de don Jesús Polanco, del
que en su momento hablaremos. Dos exegesis de Bloch se han publicado
recientemente en España. Una la de los jesuitas españoles discípulos de Karl
Rahner agrupados en el centro Fe y secularidad dirigido (el centro y el elogio
a Bloch) por mi antiguo compañero de Areneros José Gómez Caffarena (que empezó
en posiciones tradicionales para luego convertirse al rahnerismo radical) obra
publicada también en Tauros, 1979 con d apoyo del Instituto Alemán, no sé si
dependiente entonces de la Embajada que durante tantos años ha dirigido el
aspirante a marqués de Chamberí, don Guido Brunner, hoy famosísimo por sus
comisiones sustanciosas y su original teoría del «convoluto». La segunda
exegesis, mucho más seria, científica y documentada, se debe al doctor Manuel
Ureña Pastor, hoy Obispo de Alcalá de Henares y uno de los primeros
intelectuales del Episcopado español, Ernst Bloch ¿Un futuro sin Dios?[216]
Los jesuitas
de Fe y secularidad invitaron a Bloch para que viniera a España a
celebrar su 90 cumpleaños en 1975. Las ejecuciones de septiembre contra los
asesinos de varios miembros de las Fuerzas de Seguridad Cancelaron el proyecto
pero los jesuitas progresistas españoles organizaron un gran encuentro sobre
Bloch, y después de la muerte del filósofo, del 11 al 17 de mayo de 1977. El
libro que brotó de ese encuentro es una prueba concluyente del trasplante
mediato de la teología progresista europea a la teología de la liberación
iberoamericana a través de la acción de los jesuitas rahnerianos españoles.
Uno de
ellos, José Antonio Gimbernat (que ha abandonado la Compañía de Jesús, como
otros miembros del grupo) participó en el encuentro con un interesante trabajo Introducción
a Ernst Bloch, un filósofo marxista[217]. Recuerda
complacientemente que Bloch, antes de acabar la Primera Guerra Mundial,
«había publicado un manifiesto antibelicista dirigido a los soldados alemanes
instándoles al abandono de las armas» (p. 30) para favorecer luego a la
revolución marxista-espartaquista que exigía lo mismo. Exalta Bloch la figura
de Thomas Münzer, el sacerdote que acaudilló la revolución campesina alemana
del siglo XVI
(y que fue traicionado por Lutero). Exiliado por la persecución nazi, Bloch
regresó en 1949 a la República Democrática alemana pero se negó a ingresar en
el partido comunista. Su obra cumbre fue elaborada en los Estados Unidos de
donde Bloch volvió, tras su experiencia oriental, a Alemania Federal, donde
ejerció la docencia en Tubinga. Gimbernat reconoce de lleno las coordenadas
marxistas en el pensamiento de Bloch. Su heterodoxia marxista no niega las
posiciones esenciales del marxismo. Lo que sucede es que la utopía es para
Bloch una expresa llamada a la esperanza.
En su
contribución, A. Schmidt recalca el ateísmo de Bloch. «Para Bloch —dice
— ha muerto toda mitología de
un ser como ser divino y toda teología como ciencia positiva» (p. 70). Dios es
una imagen del hombre o del ideal del hombre. Dios es a lo sumo un deseo del
hombre, no una realidad; ésta es precisamente, como sabe el
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lector, la
tesis central del marxismo ortodoxo en cuanto a la esencia de la religión, que
debe convertirse en una antropología (p. 77). El sentido de una cristiandad
inmanente en el ateísmo, que tanto fascina a los católicos admiradores de
Bloch, no es más que una negación de la trascendencia; hamo homini Deus.
Heinz Kimmerle tipifica la filosofía de la religión en Bloch como «ateísmo
humanista». (p. 79). Para Bloch, «Feuerbach, a quien se adhiere Marx de un modo
inmediato, plantea taxativamente como punto central de su pensamiento el
tema de la humanización de la religión (p. 83). El diálogo entre la teología
cristiana y la filosofía de Bloch se plantea, pues, para Bloch desde la
realidad; para la teología cristiana, desde la ficción. Para Bloch, el que Dios
se haga hombre significa: «Dios se convierte en el reino de Dios, y el reino de
Dios, que trae Jesús cuando habla de él no contiene ya Dios alguno» (p. 91).
Bloch cree en el diálogo cristiano-marxista si los cristianos luchan contra la
opresión y si los marxistas creen en la libertad. No es una conjunción teórica
sino puramente práctica. Lenin y Gramsci, añadiría yo, en estado puro.
Estas son
las tesis de Bloch subrayadas y exaltadas por los católicos y los jesuitas
fascinados por la posibilidad del diálogo, que es, en el plano objetivo, una
simple invitación a la conversión de los cristianos al marxismo; a la
cooperación práctica de los cristianos con el compromiso de los marxistas. En
su libro Teología de la liberación Gustavo Gutiérrez ofrece expresamente
nueve citas de Bloch junto a otras nueve de Blanquart, cinco de Girardi
y diecisiete —alta cifra— de Karl Rahner, la alta fuente del liberacionismo.
Para la teología progresista y la teología de la liberación Bloch, el filósofo
marxista humanista que acampa a mil leguas de Cristo, separado de Cristo por el
desierto marxista infranqueable, no es solamente una fuente de inspiración,
sino como acaba de decirnos Karl Rahner, el de las diecisiete citas de
Gutiérrez, el primer teólogo de nuestro tiempo. Un teólogo cuya tesis básica
era, de acuerdo con su marxismo constituyente, la negación de Dios.
En cambio el
libro sobre Bloch que nos ofrece monseñor Ureña posee una capacidad de
orientación relevante. El especialista francés padre Martelett S.J, alaba en la
presentación al doctor Ureña por «poner en claro la verdadera identidad de este
pensamiento intrínsecamente ateo y advertir del peligro que corre siempre una
teología cuando, sin pararse a pensar en la calidad del material filosófico que
asume, ni en el modo con que lo asume, se percibe de pronto envuelta en las
tentadoras mallas de la gnosis (p. XV). Bloch, en efecto, es un gnóstico de
nuestro tiempo. «Negándose tercamente a reconocer el misterio imprescriptible
del alma humana y empeñado sobre todo en reivindicar acríticamene una autonomía
incondicional del hombre y el mundo, cree poder explicar, a partir de la razón,
el fundamento último de una realidad que su ateísmo de principio mutila
irremediablemente. Atribuyendo al hombre poder siempre trascenderse a si mismo,
sin tener nunca a nada ni a nadie más que a sí, niega toda trascendencia que
permita conceder una realidad a Dios y a la fe en Dios (p. XVI).
Heredero de
Nietzsche, de Feuerbech, de Augusto Comte y de Marx, Bloch. más
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sutil que
todo ellos, pretende englobar en el marxismo la tradición y energía cultural
del cristianismo. Incluso trata de descubrir en la Escritura y la esencia del
cristianismo o la suprema justificación del ateísmo. «Según Bloch —sigue
Martelet— la misma Biblia enuncia, con términos encubiertos, descifrables en
adelante, el mensaje radical de la modernidad en el ámbito religioso: que el
ateísmo es la verdad de la fe y que entre el ateo y el cristiano se da una
total reversibilidad de significaciones, bajo la égida absoluta del primero (p.
XVII). Es la formidable paradoja de Bloch, que no en vano invoca a Miguel de
Unamuno como uno de sus autores predilectos, aunque no parece advertir que
Unamuno fue siempre, por debajo de toda paradoja, un profundísimo cristiano.
Bloch, que
fue toda su vida un militante marxista, que había apoyado al movimiento
espartaquista de Rosa Luxemburgo, pero que por su sentido crítico no se
encontraba tan cómodo en Alemania Oriental (donde no le permitían pensar en voz
alta) como en la occidental (donde algunos católicos y algunos jesuitas le
convirtieron en ídolo teológico) actuó explicablemente, por judío y por
marxista, como enemigo a muerte de los nazis, aunque su odio le cegó hasta
atribuir a la Iglesia católica una completa complicidad con el nazismo, lo cual
como sabemos es una exageración insostenible hoy. Toda la historia eclesiástica
de Bloch es una caricatura disonante, que ignora la comunicación de
espiritualidad y santidad y los testimonios más importantes de la doctrina y la
tradición católica, como la encíclica de Pío XI Mit brennender Sorge por
la que los jesuitas de otros tiempos hubieran defendido al Papa contra
Bloch, pero los jesuitas españoles rahnerianos se solidarizan con Bloch y ni
esbozaron una defensa del Papa. Fue Bloch, ante todo, el adelantado marxista
del retorno a Hegel, prohibído y marginado por la ortodoxia marxista del poder
soviético. Rechazó, con razón, la fementida distinción entre Marx joven y Marx
maduro a propósito del humanismo y la religión. Relee profundamente a Marx a
quien pretende despojar de mecanicismos deterministas para inscribirle en el
humanismo moderno: un intento tan anacrónico como aplicar a Marx las categorías
de nuestro tiempo, tanto del neomarxismo como de la nueva modernidad.
El doctor
Ureña trata de fundamentar, con objetividad y hondura, la sugestiva teoría
cultural de Bloch en su despliegue ontológico. El pensamiento de Bloch —
desarrollado como una cosmovisión y un sistema dentro de la gran tradición
contemporánea de la filosofía alemana— se centra en la esperanza como idea y
como ideal, la esperanza es el motor de la realidad in fieri
identificada con la utopía que tiende a una realidad —que anida en el hombre—
que se está haciendo y que todavía no ha llegado a cuajar. La utopía a quien
señala la esperanza se va aproximando mediante la integración en la historia de
una serie escalonada de sueños, entre los que el hombre se realiza en el mundo
y el mundo en el hombre. La esperanza, que es una realidad metafísica en la
dialéctica del hombre y el mundo tendidos hacia la utopía, es también,
subjetivamente, un afecto esencial, que supera por todas partes a la angustia y
que por su capacidad de conocimiento real reduce y arrincona al miedo. Por la
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esperanza
trata Bloch de superar al determinismo optimista y al determinismo pesimista.
Busca inútilmente, entre la dialéctica marxista, la libertad.
La
contribución de Bloch a la filosofía de la religión e incluso a la teología,
como pretenden sus idólatras, se inscribe, para el doctor Ureña, en el ámbito
de la interpretación y la asimilación histórica de la cultura. La construcción
religiosa de Bloch —a partir de su ateísmo riguroso jamás desmentido— y su
despliegue histórico en torno a la trayectoria de la Iglesia cristiana es de
una arbitrariedad y un subjetivismo que linda demasiadas veces con lo
paranoico; y se rige mediante una obsesión continuada por lo heterodoxo, lo
marginal y hasta lo estrambótico. Releyendo sus páginas nos asalta una y otra
vez la evocación de los maestros cosquilleantes de la carta a Timoteo (quizás
en justa correspondencia por el aborrecimiento que Bloch siente por San Pablo)
y el asombro por la caterva de teólogos católicos papanatas que admiran a Bloch
de forma que sólo cabe explicar como masoquista.
La
trayectoria judea-cristiana introduce en el mundo de la religión un proyecto
desmitificador, una filosofía del futuro y una auténtica preocupación social.
El Dios de la Biblia es ante todo un Dios de liberación. Por supuesto que la
verdadera y legítima herencia del cristianismo primitivo se desnaturaliza y se
pierde para Bloch, en la Iglesia oficial, en Pablo de Tarso y Agustín de
Hipona, aunque revive en heterodoxos como Thomas Münzer. Bloch pasa revista a
la serie de utopías que se han propuesto en el mudo cristiano y en el mundo
socialista del XIX. Desde el sueño sionista de Herzl a la isla
homérica de los feacios y el reino del Preste Juan todas las utopías,
marginaciones y excentricidades de la historia mágica se entreveran en las
páginas de Bloch, que podrían ser una adecuada fuente de inspiración para mi
amigo Fernando Sánchez Dragó (mucho mejor escritor de metahistoria que Bloch)
pero no precisamente para teólogos católicos y menos jesuitas.
Bloch supera
las interpretaciones de Feuerbach y de Carlos Marx sobre la entraña del hecho
religioso: «Mientras que los padres del socialismo —resume, certeramente,
Ureña— reinterpretan la religión como ideología y con falsa conciencia, nuestro
autor detecta en la tradición religiosa de la Humanidad una herencia cultural
que puede y debe ser asumida por la herencia concreta del marxismo, por cuanto
la religión anticipa y preludia esa utopía (op. cit. p. 483). De este modo la
utopía del reino destruye la ficción de un Dios creador y la hipóstasis de un
Dios celeste, pero no el espacio vacío ni el espacio final. La fe es, en el
fondo, fe en el reino mesiánico de Dios sin Dios, ya que el inconsciente
colectivo de la Humanidad es materialista dialéctico. Hacen falta por tanto las
dos cosas: la fe religiosa vaciada de su objeto trascendente (espacio vacío) y
el ateísmo mesiánico que sustituye al Dios trascendente por la patria de la
identidad todavía por venir (espacio final) (p. 48).
Ernst Bloch,
el filósofo marxista y ateo que trata de raptar la herencia cultural cristiana
para insertarla en el marxismo humanista, es en el fondo un enemigo de Dios y
de la religión mucho más peligroso que Marx. Porque Marx negaba a Dios y
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desechaba la
religión como figuración alienante; Bloch trata de vaciar a Dios sin acabar de
destruir su huella, para agregar después a ese Dios vaciado como trofeo para la
esperanza marxista. Esto no es teología sino a lo sumo vampirismo teológico, al
que sucumben el ingenuo y espectacular Karl Rahner y los alucinados teólogos —
Moltmann, Metz— que entablan a golpe de concesiones abyectas el diálogo con
Bloch sin que Bloch ceda un ápice. Y sin este triángulo fatídico —Bloch,
Moltmann, Metz— no se comprende la raíz teológica europea de la teología de la
liberación, que es otra respuesta positiva cristiana a Ernst Bloch.
DOS TEÓLOGOS CRISTIANOS SE RINDEN AL MARXISTA
BLOCH: EL CATÓLICO METZ Y EL PROTESTANTE MOLTMANN
La teología
de la liberación, como analizaremos en su momento, es un gran impulso marxista
de la estrategia soviética que se deriva de inspiraciones teológicas europeas
por dos vías, una y otra dependientes de Ernst Bloch: la Teología Política del
católico J. Baptist Metz y la Teología de la Esperanza que el protestante
Jürgen Moltmann toma de Bloch. Para elegir el orden de aparición en escena de
estos dos personajes me he atenido a un criterio casi aleatorio; contar las
citas, muy numerosas, que hace de cada uno de ellos el creador aparente de la
teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez. Cita a Metz quince veces; a
Moltmann catorce. Pues bien, aunque tanto monta monta tanto, voy a empezar por
Metz, a quien flanquean (aún más que a Moltmann) los jesuitas rahnerianos
españoles, y no sólo españoles.
Johann
Baptist Metz, discípulo predilecto y colaborador de Karl Rahner, ha estado
siempre tan próximo a los jesuitas rebeldes que en mis primeros artículos de
1985 le identifiqué con ellos, lo que provocó la única protesta con cierto
fundamento del padre José Luis Martín Descalzo contra esos artículos; porque
sobre el resto no dijo más que mentiras comprobadas e insulseces. Yo podría
replicarle ahora con cierta dureza y dañar notablemente su imagen pero no lo
haré; ha muerto hace poco y me consta que hizo bien a mucha gente; y además ya
le repliqué seriamente mientras vivía, sin que naturalmente se sintiera capaz
de contestarme. Vayamos pues a Metz y sus doctrina.
Metz, nacido
en 1928, es a Karl Rahner más o menos como Engels a Marx. Ya sé que esa
comparación es algo exagerada pero muchas veces las caricaturas expresan
relaciones muy profundas entre personalidades. Metz reelaboró algunas obras
esenciales de Rahner y se convirtió en el jefe de fila de sus discípulos.
Radicalizó la antropología existencial de su maestro y cuando advirtió que esa
línea entraba en declive lanzó una nueva destinada a grandes convulsiones: la
Teología Política. Este término lo habían puesto en circulación algunos autores
de la época anterior pero fue Metz quien lo elevó a categoría y aun a escuela
teológica. La Teología política, muy conectada a la Teología de la Revolución,
de la que también se ocupó Metz, es la
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matriz de
pretexto teológico que generó a la teología de la Liberación, que es ante todo,
Teología política en sentido revolucionario. En el panfleto político de
Ediciones Zero que hemos citado más arriba se incluye el diálogo de Metz con
Rahner sobre teología de la Revolución, en el que Rahner prefiere quedarse un
poco en las nubes para dejar a Metz la consideración sobre la teología de la
violencia revolucionaria en Iberoamérica, con la que se muestra abiertamente
conforme. Rahner dejó a sus discípulos que abriesen el camino a la teología
revolucionaria; de la que Metz es un indudable precursor.
En la línea
rahneriana Metz publicó en 1962 su primera obra clave, que es su tesis
doctoral, con el título Antropocentrismo cristiano, (Salamanca, ed.
Sígueme, 1972). Frente al cosmocentrismo de la filosofía griega, asumido por
los grandes teólogos clásicos, Metz, tras las huellas de Rahner, propone ahora
un antropocentismo para fundamentar culturalmente la teología sobre bases de
pensamiento ilustrado y moderno. Metz, como Rahner, se apoya ficticiamente en
Santo Tomás de Aquino interpretado según las categorías kantianas de Maréchal.
Las relaciones entre naturaleza y gracia ofrecen un campo privilegiado para
pulsar la eficacia de la nueva teoría en contraste con la explicación teológica
clásica de la potencia obediencia!, sustituida por el existencial
sobrenatural de Rahner. «Este estar ordenado por la libre voluntad de Dios
(a la vida eterna) implica en el hombre un poder recibir la gracia y la
visión beatífica, una permanente orientación hacia ellas» (op. cit p. 93). Metz
se inscribe en este libro dentro de la línea rarhneriana; pero ya es más que
sospechoso que el libro, publicado en el año 1972, cuando se lanzaba la
teología de la liberación, esté presentado, en su edición española, por el
agitador liberacionista y político socialista radical, el ex dominico Reyes
Mate.
Pero Metz no
se va a estancar en el giro antropológico de Rahner. Además de filósofo y
teólogo Metz era un activista y propone un nuevo giro dentro del giro de
Rahner. Para Metz, y para el grupo de jesuitas españoles fascinados
teóricamente por Rahner y prácticamente por Metz la posición de Rahner
resultaba demasiado teórica y timorata, demasiado volcada al interiorismo y la
subjetividad. Les interesaba pasar de una consideración inmanentista del hombre
a una consideración más históricamente concreta; del individualismo del hombre
arrojado al mundo y condicionado por Dios en cuanto a las categorías
trascendentales a la dimensión social-comunitaria más tangible; de la
interioridad del espíritu al hombre integral de carne y hueso ligado y
condicionado por las leyes materiales, económicas y culturales; de la teoría a
la praxis, de la Teología existencial a la Teología Política. En Teología
del mundo (1971)[218] Metz se distancia en este
sentido de su maestro Rahner, sin romper nunca con él sus relaciones
teóricas; de su nueva posición tomaron buena nota los promotores de la teología
de la liberación (cuyo núcleo principal eran los jesuitas españoles rahnerianos
y la vasta red de conexiones que ya habían anudado en América, sobre las tramas
del IDOC). Porque de hecho, en teoría y en práctica, el giro político dentro
del giro antropológico que Metz propone
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equivale a
la regresión del existencialismo al hegelianismo; del individualismo al
colectivismo; de Heidegger a Hegel y de Hegel a Marx. Nótese que este giro de
Metz aconteció en vísperas del lanzamiento de la teología de la liberación que,
como veremos, se efectuó en 1972 por los rahnerianos españoles en el Encuentro
del Escorial. Para Metz su nuevo plano teológico se concreta como teología
política y se convierte en una nueva bandera para la cada vez más inminente
teología de la liberación. En el verano de 1979 el cardenal Ratzinger,
arzobispo de Múnich, se opuso al nombramiento de Metz para una cátedra en esa
ciudad y Karl Rahner salió en defensa de su discípulo; fue un choque
sintomático que revelaba y presagiaba antítesis muy graves entre los dos grandes
teólogos alemanes. En su momento comentaremos el importante encuentro
organizado en Madrid por los jesuitas rahnerianos en 1974, que marcó la
apoteosis de la Teología política cuando ya iba a iniciarse la agonía de Franco
y se había lanzado ya en España la Teología de la liberación para toda América.
Metz intervino en ese coloquio como Moltmann y como Rahner, naturalmente y se
mostró muy radical y próximo a los liberacionistas en su interpretación del
pueblo, dentro del que sólo incluía a las clases oprimidas[219]. En su crítica a la falsa unidad de la Iglesia
casi nunca se refiere Metz a los excesos opresores del totalitarismo marxista
sino sólo a los del capitalismo, concebido con evidente simplificación.
El lector
está ya sin duda intuyendo que el grupo de jóvenes jesuitas que estudiaron
teología en Innsbruck a quienes estoy designando como «los jesuitas rahnerianos
españoles» tienen un protagonismo notable en estas convulsiones de la Iglesia
Católica durante los años sesenta y setenta. La intuición es certera y la voy a
ahondar en este libro y en el siguiente, La Hoz y la Cruz mucho más que
en ensayos anteriores; nunca creí que el giro político de estos jóvenes
teólogos alcanzase tanta importancia, influencia y contaminación en la Iglesia
de América, en la Iglesia de España y en la sociedad española. Al principio
seducidos por Rahner y Metz, se convirtieron en sus discípulos y seguidores;
después fueron ellos quienes arrastraron a los dos, sobre todo al Rahner senil,
y han continuado perpetrando verdaderos desmanes en Centroamérica y en España,
notoriamente en la Universidad Comillas de Madrid, pero todo a su tiempo. Ahora
debo rematar esta parte del epígrafe revelando a mis lectores el despeñamiento
de Metz.
En 1980
Johann Baptist Metz publicó en Alemania un libro muy significativo cuyo título
en la edición española fue Más allá de la religión burguesa[220]. Con este motivo me enteré de que la religión
que millones de católicos seguíamos, a veces con mucho sacrificio, era,
despectivamente, una religión de la burguesía; y comprobé que, con ese título
abiertamente marxista, el profesor Metz perdía la razón cuando se quejaba de
que los teólogos de la liberación le habían desbordado por la izquierda al
sumirse en el marxismo, porque no cabe una expresión más marxista que la
utilizada por él. El contenido del libro confirmaba, por desgracia, la
aprensión del título. Por lo pronto Metz se inscribe en la cobardía
catastrofista de aceptar, con alta probabilidad,
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que el
futuro del mundo va a pertenecer al marxismo. Critica con cegata dureza al Papa
Juan Pablo II bajo el cual, dice, «Mi Iglesia católica busca recuperar
enérgicamente su orientación básica occidental europea y consolidarla en nueva
manera» (p. 61). ¿Es que no ha leído Metz los avisos de Juan Pablo II a la
cristiandad occidental sobre su degradación que escandaliza a las Iglesias
orientales? Cree que Juan Pablo II patrocina «una tendencia regresiva clara» y
consagra una sección del libro al homenaje acrítico casi servil al
poeta-ministro marxista (antiguo fascista) Ernesto Cardenal, con inclusión de
esta frase ingenua: «Yo, por el contrario, quisiera manifestar aquí la
presunción de que en Nicaragua se va plasmando una nueva relación entre cultura
y sociedad política, un proyecto de formación de identidad social que alberga
en sus raíces la fuerza, no sólo impulsiva, sino ejemplar para una política de
paz» (ibíd. p. 95). Pues se lució el profeta de la Teología política,
quien durante una conferencia dirigida a un auditorio socialdemócrata alemán se
presenta abiertamente como socialista, afirma que los ciudadanos del Primer
Mundo «han de ser liberados no de su impotencia sino de sus excesos de poder,
no de la pobreza sino en definitiva de su riqueza» (ibíd. p. 72). Y
critica al SPD alemán porque le parece poco socialista en sus planteamientos
políticos (ibíd. p. 7). Esta importante alocución me parece fundamental
para comprender la ideología y el talante político de Metz, quien sin
escarmentar por sus arriesgados delirios proféticos adelanta en este mismo
libro que comentamos (p. 52s) estos disparates:
«Vemos que
nosotros estamos —si las apariencias no engañan— en el punto final histórico y
en el punto de quiebra de este mundo burgués. El cristianismo está hoy día en
el contexto del fin de ese mundo burgués y (del principio) de un mundo
postburgués, postcapitalista… el individualismo occidental empieza a ser más
bien un fenómeno cultural marginal». Y poco después, (p. 69) remacharía la
barbaridad:
«Estamos en
el punto final y de cambio del mundo burgués». En ese mismo año el Estado Mayor
soviético, como veremos, estaba ya convencido sobre el final del comunismo y la
inevitable derrota histórica de la URSS, por implosión interna. Así desbarraba
Metz, a quien su colega español Álvarez Bolado, en el citado encuentro de
Madrid en 1974, había incluido, junto a Moltmann, Gustavo Gutiérrez y Juan Luis
Segundo entre los «miembros del movimiento de la teología política»[221]. Cuando ya se había producido el despeñamiento
de la teología política en la teología de la liberación, que es su rama y
efecto principal. El cardenal López Trujillo cree que Metz se constituyó, desde
el principio, «en pieza clave para el apoyo, en su país, del liberacionismo»[222]. Y atribuye el origen de su influencia al libro
Teología del mundo de 1968, a través de la traducción española posterior
en la citada editorial «Sígueme» de Salamanca.
En el
cónclave de los principales portavoces de la Teología Política celebrado en
Madrid en 1974, del que acabamos de hacer mención, figura, junto a Metz, el
teólogo protestante de la esperanza Jürgen Moltmann. Le ha llegado el turno en
nuestra consideración. Moltmann, el polo protestante del diálogo con Bloch en
que hemos
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visto
enfrascados a Rahner y los rahnerianos, es el gran inspirador de la línea
protestante de la teología de la liberación, que corresponde al polo de la
teología católica representado por Metz en dependencia de Rahner; si Moltmann,
en su libro fundamental, toma de Bloch la referencia a la esperanza, los
rahnerianos españoles, con Rahner y Metz a la cabeza, acaban de pronunciarse en
los párrafos anteriores En favor de Bloch, como titularon a las actas de
su encuentro de 1974 y también, no faltaba más, en presencia de
Moltmann.
«La teología
de la liberación iberoamericana —dice el teólogo rahneriano español José Gómez
Caffarena, principal animador, junto con su colega Alfonso Álvarez Bolado, de
la conjunción teológica germano-iberoamericana con fuerte impronta marxista y a
través de un trasplante español desde finales de los años sesenta— ha nacido
también de la teología alemana» Esta cita corresponde a la p. 13 del ya citado
libro Dios y la ciudad, libro de actas del encuentro, organizado por los
rahnerianos españoles en 1974, entre los creadores y portavoces de la teología
progresista y política alemana y sus transmisores de la teología española. En
este encuentro, al que nos hemos referido varias veces, uno de los grandes
participantes fue esa otra estrella de la teología progresista germánica, el
protestante Jürgen Moltmann, que inicia su intervención con una adecuada cita
de Marx: «La Naturaleza está esperando su verdadera resurrección al reino
humano del hombre» (ibíd. p 92). Aunque Moltmann cuando alude a la
liberación de la opresión y la injusticia, nunca se refiere al bloque soviético
de entonces, deja escapar esta interesante tesis: «No se puede pretender
liberar en un campo erigiendo una dictadura en otro» (ibíd. p. 110) por
más que no concreta campos ni dictaduras. Se apoya en Bloch y en Rosa
Luxemburgo para afirmar que no hay socialismo sin democracia ni democracia sin
socialismo (p. 111) con olvido flagrante de que su maestro Bloch tuvo que huir
de la Alemania socialista porque no encontró en ella ni asomos de democracia; y
que Rosa Luxemburgo, a quien había seguido Bloch, era una marxista-leninista
sin el menor atisbo de democracia. ¿Qué democracia observaba Moltmann en los
países del socialismo real, en la Cuba y en la Nicaragua de 1974, año en que
hablaba en Madrid? El teólogo español José Martín Palma, muy respetado en
Centroeuropa, traza agudamente la dependencia liberacionista del
protestantismo, centrada en la Teología de la esperanza del propio
Moltmann, tan citado por Gustavo Gutiérrez; y concreta la línea protestante
de la teología de liberación, cuyos portavoces son Shaull, E. Castro, J. de
Santa Ana, R. Alves. J. Míguez Bonina y el teólogo ex jesuita Rugo Asmann, que
acabó en la Reforma[223]. En el excelente trabajo sobre la teología
protestante del profesor José María GómezHeras, a quien ya hemos citado con el
debido elogio[224], se destaca como la figura protestante esencial
para los orígenes de la teología de la liberación a Moltmann, cuya edición
alemana de Teología de la esperanza —la respuesta cristiano-protestante
a Bloch— es de 1964 con éxito clamoroso. El profesor Cándido Pozo S.J., miembro
desde hace muchos años de la Comisión Teológica Internacional y sin duda uno de
los grandes teólogos españoles de este siglo, ha
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propuesto un
exhaustivo análisis de esa obra clave de Moltmann en su ya citado libro, que
escribió en colaboración con el cardenal Daniélou, Iglesia y secularización
de 1973.
La obra de
Moltmann se inserta en el período post-bultmanniano de la teología protestante.
Las dos claves de Moltmann son, primero, la superación de Bult mann; segundo,
el diálogo con el marxismo sobre el futuro. En el libro esencial de Moltmann
figura como apéndice un diálogo con Bloch. Un gran mérito de Bultmann consiste
en establecer de forma clarísima y en confrontación superadora de Bultmann que
el mensaje evangélico, sobre todo el misterio de la Resurrección, no es
mitológico sino simplemente real. (A Bloch esta tesis le supo muy mal,
naturalmente). No es, como quería Bultmann, algo «cierto para mí» sino algo
«sencillamente cierto». La resurrección como hecho es la clave del
cristianismo. La Resurrección es un hecho histórico, inscrito en coordenadas de
tiempo y espacio. Pero no es un hecho intramundano; no puede ser objeto de
percepción humana. Y por eso no se le puede analizar —según Moltmann—
teológicamente, racionalmente. No hay analogía con el hecho de la creación, no
experimentable tampoco (Molt mann se llevaría la gran sorpresa si alguna vez
llegó a enterarse del Big Bang). Tampoco con la resurrección final de la
Humanidad, anunciada en el Nuevo Testamento. (Ante estas concesiones de
Moltmann Bloch se sentiría más en su terreno).
Resulta
esencial en la concepción de Moltmann la distinción entre religiones de promesa
(como la bíblica) y religiones de epifanía, como las cananeas y la helenística.
Las religiones de epifanía exaltan el logro; las de promesa, la esperanza.
Moltmann critica al cristianismo primitivo por su contaminación helenística. Al
excluirse el logos, se hacen menos necesarias la doctrina y el culto en la
religión. Entonces la Iglesia carece de funciones como comunidad cultural y
doctrinal y se convierte en comunidad de camino, en éxodo, cuya función es
infundir a los peregrinos la esperanza en medio de ese éxodo. Tal esperanza no
es un opio alienante sino una fuerza para luchar contra la miseria y la
opresión, contra todo lo que lleva el signo de la muerte. En este terreno se
recomienda el diálogo con los humanismos y especialmente con el humanismo
marxista. Es más importante, como fundamento de ese diálogo, la praxis común
para el camino que las ideologías particulares, aisladas. La ortodoxia se
relaciona con el logos; la coincidencia se verifica en la ortopraxis. A ese
diálogo y a esa praxis común el cristiano aporta su esperanza.
La teología
de la esperanza se ofrece, en manos de Moltmann, como alternativa a la teología
de la muerte de Dios y a la desmitificación radical de Bultmann. Pero a un
precio insufrible: la desdogmatización, la eliminación virtual de los dogmas.
Es cierto que Moltmann evita la alienación de que Marx acusa a la religión,
especialmente al cristianismo; porque la teología de la esperanza incita a
cooperar en la construcción de la ciudad terrena más justa. Pero se trata de
una «esperanza sola», típicamente
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protestante,
con marginación de la fe y de la caridad. La posición entre promesa y epifanía
es unilateral. La helenización no afectó solamente al cristianismo primitivo
sino al conjunto del Nuevo Testamento. Es arbitrario descartar al helenismo
como contaminación para aceptar solamente como legítimas las categorías semitas
en la fundamentación del auténtico mensaje cristiano. Hay también vetas
helenísticas, además, en el Antiguo Testamento, como en el Libro de la
Sabiduría.
¿Por qué,
para salvar al hombre de la opresión, recomienda Moltmann el diálogo con los
marxistas, cuyos regímenes se han basado y se basan (caso actual de China) en
la más implacable opresión? ¿Por qué minimiza Moltmann la importancia de la
idea frente a la praxis, que puede ser ciega y manipulada? En el fondo se sitúa
en la misma concepción «dialogante» que Lenin o Gramsci; admitir a los
cristianos en las empresas comunes del marxismo sin permitirles exponer en
ellas su base ideológica; aprovecharles como carne de lucha de clases. El
marxismo es, ante todo, un humanismo deshumanizante al privar al hombre de su
relación trascendental con Dios. Como resume el profesor Pozo, para Moltmann
«las obligaciones sociales y políticas del cristiano no sólo adquieren una gran
importancia sino que se constituyen prácticamente en el único quehacer; en
estos términos el cristianismo se reduce a temporalismo puro (op. cit., p.
119).
Jürgen
Moltmann es uno de los ídolos aceptados por los jesuitas rahnerianos españoles
para el trasplante de la teología de la liberación a Iberoamérica. En la
intervención de Moltmann durante el encuentro de Madrid en 1974 Moltmann se
hace eco del clamor por la libertad; acepta la repulsa de Marcuse a la
predicación del amor de Dios en un mundo de odio institucionalizado (p. 95);
toma en serio La alternativa de Garaudy; y define la muerte «como un
poder personal y político en medio de la vida» (p. 102) pero se guarda
mucho de aludir a los grandes detentadores de ese poder, Lenin, Stalin y
Castro. Presenta unilateralmente la lucha liberadora del Tercer Mundo: «Los
pueblos oprimidos de África y de Asia empiezan con la lucha nacional por la
liberación del dominio colonial» (p. 103) pero no añade que en algunos casos
han caído después en un régimen neocolonial de signo marxista-leninista e
incluso tribal con el que han prolongado y agravado su opresión; podría ya
hablar de Etiopía, aunque no fuera capaz de adivinar el futuro de Ruanda. Ataca
radicalmente al capitalismo sin advertir que, con todos sus defectos, se trata
del único sistema que ha conseguido, en la Historia, el progreso y la libertad.
«La Iglesia — dice— está en muchos países enganchada a un sistema social que
extiende por el mundo la discordia y la injusticia» (p. 104) pero no cita a la
URSS ni a la China de Mao, que por lo visto extendían la concordia y la
justicia. En una obra posterior, El experimento esperanza[225] Moltmann publica un conjunto
de conferencias y ensayos en que vuelve sobre varios puntos de su
teología de la esperanza. «La teología cristiana —subraya— será en adelante
cada vez más práctica y política (p. 24). «La filosofía de Bloch es ateísta,
pero no deja por ello de ser religiosa» (p. 40). Le encanta oscilar entre la
paradoja y la estupidez.
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En noviembre de 1986, cuando ya casi se
resquebrajaba el Muro, Jürgen Moltmann, como Johann Baptist Metz, volvió a
Madrid para participar en un ciclo de conferencias organizado por el Instituto
Alemán. Ahora sí que don Guido Brunner, el gran teórico del diálogo entre el
convoluto y la corrupción, estaba al mando de la extensión madrileña de la
cultura germánica pero no se habló de tan apasionante problema, que bien pudo
titularse «La teología de Aida Alvarez». Moltmann justificó el uso de la
violencia política contra la injusticia en el caso de los oprimidos en
Sudáfrica, pero no levantó la voz para ayudar a los oprimidos por los coletazos
finales de la URSS en Polonia. En cambio acusó al Vaticano de frenar al
movimiento ecuménico al prohibir la práctica de la intercomunión[226]. En el diario El País el jesuita José
María Mardones, que ya despuntaba como la nueva estrella de la teología
«progresista» en España, dedicó un artículo a Moltmann con este motivo. Y con
una cita significativa del teólogo de la esperanza: «Una esperanza escatológica
tiene relevancia política y un cristianismo radical tiene efectos
revolucionarios»[227]. En ese trabajo se daba cuenta del nuevo
proyecto de Moltmann: una Teología mesiánica sobre los temas centrales
de la reflexión cristiana en torno a Dios y a su obra, entre los que figuraba
una teoría ecológica de la creación. (No dijo Mardones si Eva cometió delito
ecológico al arrancar la manzana más famosa de la historia humana). Pero
seguramente la contribución más «duradera» de Moltmann será su teología
unilateral de la esperanza, como fuente del liberacionismo, justificación
teológica del diálogo cristiano-marxista y aliento al impulso subversivo y
revolucionario de los cristianos radicales. Ahí ha desembocado, en nuestros
días, la renovación de la teología protestante iniciada al principio del siglo XX.
Lo que menos podría imaginar Moltmann es que el 9 de noviembre de 1989 sus
equívocas doctrinas cristiano-marxistas y esperanzadamente revolucionarias iban
a quedar sepultadas bajo los cascotes destrozados del Muro de Berlín. Para
evitar que alguien pueda recuperar los restos y reencuadernados con argamasa
podrida de esos cascotes se escribe, en gran parte, este libro y el que pronto,
Dios mediante, va a seguirle.
Faltan, en
esta sección, algunos nombres de teólogos y líderes religiosos de primer orden
—españoles, europeos, norteamericanos, asiáticos, iberoamericanos, católicos y
no católicos, amigos y enemigos— que ya habríamos podido citar, y que en
ocasiones hemos citado someramente, pero que dejamos para capítulos siguientes
porque su actuación principal es, seguramente, posterior. Por lo que se refiere
a nuestro propósito la preparación teológica —positiva y negativa— del Concilio
Vaticano II y de la teología de la liberación, la marcha de aproximación
estratégica, histórica y teológica a los dos acontecimientos, que como el
lector ha comprobado reviste muchas veces carácter de infiltración, puede ya
considerarse como suficientemente esbozada. Quedan también pendientes algunas
siembras del liberacionismo —el origen de las comunidades de base, los
movimientos sacerdotales contestatarios, el impulso marxista en la educación
por medio de Paulo Freire, los balbuceos del asalto enemigo en Brasil y en
Chile— que se comprenderán mucho
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mejor cuando
estudiemos a fondo, en La Hoz y la Cruz, el programado estallido del
liberacionismo, tras proponer una panorámica profunda de la situación de
América y de las dos grandes plataformas logísticas de los movimientos
liberacionistas. España y los Estados Unidos. Pero la roturación estratégica y
teológica del liberacionismo, por medio de la gran infiltración en la Iglesia,
está, según nuestro entender, más que suficientemente detectada, descrita y
valorada. Con tres excepciones: porque ahora faltan para rematar este capítulo
tres epígrafes de la mayor importancia, y después, para terminar este libro,
dos grandes capítulos esenciales: la verdadera historia del Concilio Vaticano
II y la increíble historia de la Compañía de Jesús en la segunda mitad del
siglo XX,
auténtico quicio metodológico entre Las Puertas del Infierno y La Hoz y la
Cruz. Vamos, con el ánimo sereno y decidido, hasta el final de este primer
libro.
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SECCIÓN 7:
INFILTRACIÓN Y DESINFORMACIÓN: LA QUINTA PLUMA
BREVE HISTORIA DE LA DESINFORMACIÓN
La
desinformación es un recurso estratégico fundamental. La estrategia —en
cualquiera de sus manifestaciones— tiene como objetivo el poder, y para ello,
antes de emprender el asalto frontal y final a las defensas del enemigo hay que
confundirle y desorientarle para inutilizar esas defensas. Simultáneamente el
mando propio debe disponer de una información adecuada sobre la situación de
las fuerzas propias y ajenas. La desinformación se identifica, en la guerra,
con el engaño y la propaganda sistemática. El Asalto y la Defensa de la Roca
son un combate permanente —que según el Concilio Vaticano II se libra desde el
principio hasta el fin de la Historia— en el que la información y la
desinformación son, inevitablemente, recursos esenciales de los Hijos de la Luz
y del Poder de las Tinieblas. Uno de los nombres de Satán, uno de los que
personalmente más me impresionan, es el de Padre de la Mentira. Y el gran
especialista en desinformación contemporánea, Jean-François Revel, empieza su
famoso libro El conocimiento inútil[228] con la no menos famosa frase, que es toda una tesis: «La primera de
todas las fuerzas que dirigen al mundo es la mentira».
La mentira
estratégica, la desinformación aplicada a la Historia con fines políticos es
tan antigua como el hombre. La primera mujer, con la eficaz ayuda de la
Serpiente, acarreó el pecado original de la Humanidad —y la expulsión del
Paraíso mediante la primera mentira de la Historia. Ya en tiempos históricos me
gusta recordar, y lo hago muchas veces, que dos grandes historiadores
contrapuestos de la Edad Antigua, Tucídides y Julio César, semejantes en la
forma sencilla y arrebatadora de sus relatos, se distinguen porque Tucídides
escribió su Guerra del Peloponeso tras investigar científicamente la verdad de
los hechos para exponer la verdad histórica; mientras que el romano deformó
sistemáticamente los hechos en su Guerra de las Galias y en su Guerra Civil
para convertir a la Historia, con fines políticos, en instrumento de mentira.
Por eso siempre he considerado a Tucídides como a mi modelo y a César como mi
antimodelo. Esto no excluye que el historiador pueda engañarse: a veces es
inevitable. Lo importante es que busque científicamente la verdad; y que
reconozca su error cuando advierta que lo ha cometido. En este libro, por
ejemplo en el caso Rahner, he seguido varias veces ese camino de metanoia
histórica.
Uno de los
principales recursos de la Gnosis en todos los tiempos ha sido la mentira. Los
maestros gnósticos primordiales se presentaban a veces como cristianos aunque
su finalidad fuera el retorno del paganismo. Los obispos ingleses y franceses y
los maestros de la Universidad de París que condenaron a Juana de Arco fueron
mentirosos formidables al servicio del poder, como Lutero y Enrique VIII.
Galileo
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sufrió
persecución por su verdad científica y algunos de los teólogos que, sacando los
pies del plato, se atrevieron a condenarle, se habían negado antes a
enfrentarse con la verdad en nombre de sus prejuicios. Podríamos reescribir la
Historia desde la dialéctica de la verdad y la mentira pero ello desbordaría
por todas partes el objeto de este libro. La leyenda negra contra España fue
toda una ofensiva de mentira histórica desencadenada por dos traidores a España
llamados Antonio Pérez y Guillermo de Orange, más los colaboradores de una
enemiga de España que fue Isabel de Inglaterra y —antes que todos ellos— un
dominico alucinado e hijo de la mentira que se dedicó muchos años a la
esclavitud de los indios, luego tronó contra la esclavitud de los indios mientras
fomentaba la de los negros y se llamó fray Bartolomé de las Casas. Los más
famosos y menos profundos ilustrados del siglo XVIII, de Holbach a Voltaire
pasando por Rousseau, deben distinguirse como los más contumaces mentirosos de
la Edad Moderna. Los revolucionarios de 1789 y sus epígonos, envueltos en su
bandera masónica de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, crearon, como
hemos visto en este libro, una de las mentiras más persistentes de la Historia
con la guillotina como adecuado símbolo. Sus amigos los estadistas de las
Cortes borbónicas y la corte pontificia de Clemente XIV expulsaron y
aniquilaron a los jesuitas tras sepultarles en el montón de basura y mentira
mayor de aquella gran época de la mentira.
Napoleón
pasa por inventor de la propaganda moderna, que en buena parte es el nombre
elegante de la mentira estratégica en los siglos XIX y XX,
aunque el nombre inicial de propaganda es la nobilísima expresión del mandato
misional de Cristo en una Congregación —de Propagada fide— creada por la Santa
Sede. Sin embargo la mentira más enorme y trágica de nuestra Edad Contemporánea
es el marxismo, su doctrina y su praxis, y sobre todo el marxismo-leninismo que
institucionalizó la mentira estratégica en el órgano soviético que empezó
llamándose GPU y cristalizó luego como los servicios de Seguridad del Estado,
la KGB. Creo sinceramente que la KGB es la principal responsable de la red
mundial para la desinformación en que se ha basado la infiltración marxista-leninista
en el seno de la Iglesia católica y en las sociedades de todo el mundo
—singularmente en Occidente— con una fecha inicial demostrable: 1919, la
creación de la Internacinoal Comunista. Con lo que entramos de lleno en el
objeto específico de esta sección, dentro de un capítulo, ya desmesurado, en
que analizamos los diversos frentes y portillos de la infiltración del poder de
las tinieblas en la Iglesia de nuestro tiempo.
LA KGB Y UN APUNTE SOBRE EL CASO DE ESPAÑA
En los
epígrafes y capítulos anteriores de este libro ya hemos acumulado algunas
pruebas sobre la infiltración de la KGB en el ámbito de la Iglesia católica por
medio de la desinformación. La prueba más importante nos la ha revelado en este
mismo capítulo el informe del cardenal Wyszcinski sobre el movimiento PAX,
articulado en
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la sección
polaca de la KGB y aceptado por el Vaticano, por toda la jerarquía de la
Iglesia universal y por todos los medios católicos de información incluidos los
«progresistas». Esta sección se refiere a la desinformación comunista, no al
conjunto de la estrategia marxista-leninista en Iberoamérica, que expondremos y
probaremos en el capítulo siguiente, a propósito de la conquista roja de Cuba
en 1959 y en el libro siguiente, La Hoz y la Cruz. Pero en un sección
dedicada a la desinformación hemos de indicar el origen institucional de esa
desinformación en la época que nos ocupa, que es la KGB.
El libro más
importante sobre la KGB lo ha escrito, sin duda, John Barron y ya lo hemos
citado[229]. Los Servicios de Seguridad del Estado
soviético, que tal significan las siglas KGB, última forma institucional de la
Cheka y la GPU, nacidas sucesivamente en tiempos de la Revolución soviética,
como he explicado con detalle cronológico en mi libro Carrillo miente,
dependían, hasta el final de la URSS (lo cual no significa que la KGB haya
desaparecido hoy, con excepción del nombre) simultáneamente del presidente del
Consejo de ministros y del Politburó del Partido Comunista, habitualmente
presidido por la misma persona, el dictador de la URSS. La KGB estaba al mando
de un jefe supremo, dependiente de esa doble instancia, que en alguna ocasión
(caso de Yuri Andrópov) fue elevado a la suprema dictadura desde su puesto al
frente de la KGB. Esta central informativa y represiva se desplegaba en cuatro
directorios principales. El Primer Directorio, responsable de todas las
actividades soviéticas en el exterior, poseía una serie de departamentos
«regulares» por zonas del mundo: Norteamérica, China y Latinoamérica eran los
tres primeros. Entre sus «departamentos especiales» destacaba el dedicado a la
desinformación, que a partir de 1950 se elevó hasta aparecer como uno de los
más importantes de la KGB; y se dedicaba, según detalla Barron, a las campañas
de desinformación, propaganda y contapropaganda exterior, la desmoralización de
las sociedades extranjeras que fueran objetivo más o menos próximo de la
estrategia soviética, a la difamación y descrédito de políticos, escritores y
periodistas considerados como enemigos por la URSS y el PCUS, disimulaba
palabras de mal sonido como «comunismo», que se recomendaba sustituir por
«socialismo» o «socialismo real», identificaba tenaz y absurdamente a la URSS
como «democracia» (los viejos resabios del «paraíso soviético» de los años
veinte y treinta) etc. Entre los departamentos geográficos del Primer
Directorio el quinto se dedicaba a España, Francia. Italia y Holanda. Dentro
del Quinto Directorio principal, otro de los muy importantes, existía un
departamento especial dedicado a la acción soviética entre el clero.
En el libro
de Barran sobre la KGB existen innumerables referencias a la actividad de los
servicios secretos soviéticos en los Estados Unidos, en Iberoamérica (un
importantísimo capítulo sobre México que en su momento aprovecharemos a fondo)
y sobre otras partes del mundo entre ellas varias naciones de Europa. No
aparecen en cambio, aparte de las citadas, infamaciones concretas sobre España.
Creo que conozco la razón. Desde la creación del Partido Comunista de España en
1921
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como sección
española de la Internacional Comunista y sobre todo desde la actividad de los
agentes soviéticos en España durante la República y la guerra civil, en los
años treinta y luego durante el régimen de Franco hasta la creación de oficinas
diplomáticas, la acción secreta soviética en España se dirigía a través de
enviados personales de Stalin, (Vittorio Codovila «Medina», el reclutador de
Carrillo, Mikhail Koltsov, Palmiro Togliatti que así distinguía a España con
esta conmovedora muestra de su interés) y comunistas españoles. Los dirigentes
comunistas españoles no eran solamente agentes de la Comintern, misión que
cumplían vocacionalmente y en algunos casos, como Santiago Carrillo, tras la
derrota comunista en España y su entrenamiento internacional en Moscú en 1939,
también institucionalmente; por ejemplo Carrillo, como he explicado en mi
libro, era el único agente de la Comintern que actuaba en toda América en 1940,
durante la época en que Stalin vio cumplido junto a la Ciudad de México uno de
los grandes sueños de su vida, la eliminación de Trotski.
En mi libro
sobre Carrillo he descrito y documentado con detalle, y sin que Carrillo ni sus
partidarios (entre los que hay algunos historiadores que no me pueden ver ni en
pintura) se haya atrevido a contradecirme ni a puntualizarme en una sola de las
156 mentiras detalladas que publico, algunas de ellas referidas a la actuación
de los servicios secretos soviéticos en España, que destacaron para diversos
cometidos a cual más siniestros a los que ya eran o pronto serían sus jefes
históricos principales; tanto la que pronto se llamaría KGB como el que ya se
denominaba GRU o servicio secreto militar, cuya historia ha trazado inimitable
mente Pierre de Villemarest[230].
En ese mismo
libro, Carrillo miente (publicado por esta misma Editorial a fines de
1994 y que pese a tan poco tiempo tiene ya a la venta su sexta edición) presto
una atención especial a las actividades desinformadoras de los soviéticos y los
comunistas españoles durante la guerra civil, la época de Franco y el período
de la transición. La mentira más trágica y más inmensa que tal coyunda ha
intentado (y hasta mi libro había conseguido hacer tragar en parte) ha sido
establecer como verdad en la reciente historia de España que Santiago Carrillo
no tuvo relación alguna con los monstruosos crímenes de Paracuellos del Jarama
en noviembre-diciembre de 1936; ni siquiera los comunistas, y mucho menos los
escritores y periodistas decentes a quienes Carrillo había conseguido seducir
se han atrevido después de las horrendas pruebas que acumulo —muchas de ellas
tomadas de testimonios comunistas— a repetir aquella enormidad. En ese mismo
libro investigo un hecho que me preocupa expresamente: la profunda y amplísima
infiltración y actuación comunista en el mundo de la cultura y en el mundo de
la información a partir de los años cincuenta en España. Cometí sin embargo un
error gravísimo, espantoso, incalificable, que ahora voy a subsanar tras haber
visto en su delicuescente columna las quejas del interesado: entre los
periodistas rojos que cito en mi libro se me olvidó nombrar a un genio del
periodismo contemporáneo, don Eduardo Haro Tecglen. El buen hombre se lamenta
con amargura indescriptible por mi omisión y voy a compensarle. La verdad es
que no se
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me había
ocurrido leer, desde hace mil años, una sola columna de señor Haro Tecglen, que
ahora, con dolor incontenible por mi omisión, me honra con sus insultos y llega
a hablar de mis «mal llamados libros», como aquellos «mal llamados años» de
Fernando VII. Es comprensible la analogía; el señor Haro Tecglen es un
personaje de Fernando VII y por eso no le nombro en mis relatos de la época
actual. Conservo sin embargo una declaración manuscrita del señor Haro Tecglen
firmada en 1973, creo, y sin duda en la época final de Franco, en la que
alababa generosamente la «indudable racionalidad» de mis escritos. Parece que
desde entonces todos hemos evolucionado y el señor Haro Tecglen más. Porque se
trata del único escritor comunista que ostenta con orgullo, a la vez, la
condición de felipista. Esta es una síntesis que deja al pobre Hegel reducido a
un escolástico decadente. Por eso, y por los deslices culturales del señor Haro
Tecglen, que sólo cabrían en un libro de humor negro, ni le leo ni le cito más
que marginalmente. Explicación cumplida, pues, de mi inexplicable error.
Pues bien,
en Carrillo miente he procurado detectar los orígenes de la infiltración
comunista y marxista en los medios españoles de información y cultura desde la
década de los cincuenta. El principal responsable de tal hazaña se llama, sin
duda, Jorge Semprún, aunque en algún manifiesto en favor de Fidel Castro se
firma «Georges» cosa que no comprendo; porque ahora ha perdido la Academia
Francesa por su contumaz, admirable y picassiana negativa a adquirir la
nacionalidad francesa. El caso es que Jorge Semprún inicia un efectivo trabajo
en los medios culturales de la juventud y la Universidad española a mediados de
los años cincuenta, con gran oportunidad porque en esa época se estaba
produciendo ya un acelerado cambio generacional que fue aprovechado contra el
régimen por quien ya era entonces profeta de la oposición interior contra
Franco, el antiguo falangista y notable escritor Dionisia Ridruejo. En 1956
fracasaba el intento aperturista que había montado con intelectuales de signo
demócrata-cristiano y neoliberales de procedencia falangista (Pedro Laín
Entralgo, Antonio Tovar, Manuel Fraga Iribarne) el ministro de Educación
Joaquín Ruiz Giménez, hijo de un ministro liberal de la Monarquía pero ardoroso
franquista hasta su cese; este grupo neoliberal se venía enfrentando desde los
años cuarenta con un equipo de intelectuales no menos franquistas pero
suscitados por la acción político-cultural del Opus Dei en sentido mucho más
tradicional y, en algunos casos, abiertamente integrista, como demostraba en sus
libros de la época su jefe de filas, el profesor Rafael Calvo Serer. Desde
nuestra perspectiva podemos observar, no sin cierto asombro, que los nombres
más importantes de una y otra ala del franquismo intelectual entonces
enfrentadas por el poder cultural dentro del régimen terminaron, con el mismo
ardiente entusiasmo y convicción, como enemigos profundos del régimen y
paladines de la democracia de la que abominaban en los años cuarenta y
cincuenta. Sobre el profesor Ruiz-Giménez hablaremos a fondo en su momento.
Rafael Calvo Serer, que ya entonces trataba de jugar chapuceramente a dos
barajas entre Franco y don Juan de Barbón, aunque ninguno de los dos le hiciera
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demasiado
caso, escribió luego libros tremendos contra Franco, tan poco leídos como los
que había escrito a favor de Franco. Siendo ministro de Información el profesor
Fraga Iribarne, a partir de 1962, los servicios de propaganda que actuaban a
sus órdenes editaron un alegato clandestino, aunque con exacta y tremenda
documentación, que se titulaba Los nuevos liberales, en que se ponía
como chupa de dómine al poeta y escritor Dionisia Ridruejo, a los profesores
Pedro Laín, Antonio Tovar, José Antonio Maravall, Santiago Montero Díaz y José
Luis López Aranguren de quienes se exhibía una copiosa antología de textos que
habían escrito en rendido homenaje a Franco. Es evidente que las hemerotecas
son el más peligroso enemigo de los intelectuales; por más que el coordinador,
a las órdenes de Fraga, de aquel detonante librito que atacaba por liberales y
demócratas a los antiguos escritores franquistas oficia hoy ante toda Europa
como liberal y demócrata de toda la vida, lo mismo que hace en el otro bando el
historiador comunista don Manuel Tuñón de Lara, a quien Jorge Semprún, el
ministro demócrata de Felipe González y antiguo comunista staliniano, presenta
en su premio Planeta como agente de la KGB. Muchas veces he sentido la
tentación de escribir una historia cultural de la España contemporánea. La
escribiré Dios mediante pero hasta ahora me he resistido, pese a que cada vez
me siento más dotado para el humor negro. En ella pienso incluir, como parte de
la cultura, al periodismo, no faltaba más. Ofrezco un anticipo en esta misma
sección.
DOS GRANDES DENUNCIANTES: REVEL Y CATHALA
Para los
fines del presente libro el centro más importante de la desinformación mundial
es, sin duda, la KGB, directamente y a través de sus satélites, las agencias
secretas del antiguo bloque soviéticos y los partidos comunistas de todo el
mundo. Pero a todo poder, y con mucha más razón a todo superpoder o poder
internacional, corresponde una agencia de información y desinformación. Vamos a
ver en el capítulo siguiente cómo la agencia secreta de China comunista
difundió un esquema estratégico para la infiltración y esterilización de la
Iglesia en América una vez lograda la conquista comunista de Cuba. Estoy
convencido de que los servicios informativos de la Santa Sede, o los del Opus
Dei, procuran ante todo defender, casi siempre con datos y argumentos objetivos
y verídicos, a sus altas instituciones pero a veces encubren la verdad y la
deforman, aunque ésta sea más bien la excepción que la regla. La poderosa red
informativa de la Compañía de Jesús, cuya amplitud y eficacia me ha sorprendido
muchas veces, está en manos de una dirección de la Orden que desde 1965 hizo
una opción política de izquierdas que todos los Papas desde entonces han
declarado, incluso públicamente, impropia y equivocada; y en el último capítulo
de este libro demostraré cumplidamente la capacidad de la actual dirección
jesuítica para la desinformación, que es palmaria y a veces descarada. El
superpoder
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estratégico
que se ha opuesto, en lucha de vida o muerte, a la URSS, es decir el USIS o
Servicio de Información de los Estados Unidos ha difundido desde hace décadas
una información sobre el comunismo que me parece de primera calidad, que se
basa en publicaciones científicas de los propios Estados Unidos y que he
aprovechado muchísimo en mis libros y aprovecho en éste y en el siguiente, La
Hoz y la Cruz, entre otras razones porque en la lucha contra el comunismo
siempre he estado en el mismo bando que el USIS. Sin embargo en otros flujos
informativos de base norteamericana, como el Office of Strategic Services y
el Office of War lnfomation de los años cuarenta, o las informaciones
reservadas de la CIA he detectado innumerables veces un cúmulo de
equivocaciones que con frecuencia han producido lamentables y aun trágicas
consecuencias para los Estados Unidos y para el mundo; recuerde el lector la
impotencia del Gobierno de los Estados Unidos para convencer a su propia
juventud universitaria sobre la guerra del Vietnam, el espantoso error
informativo del general Marshall que provocó nada menos que la pérdida de
China, la equivocadísima información aceptada por la CIA sobre los propósitos
de imán Jomeini y luego de Sadam Hussein, la paranoia informativa —oficialmente
aceptada por el Departamento de Estado— al fiarse del lunático gurú del New
York Times Herbert Matthews (el mayor metepatas en la historia del
periodismo mundial) que acarreó la caída de Cuba en manos de la estrategia
soviética, la imbecilidad informativa crónica (muchas veces compartida por la
CIA) de los fabianos y liberals norteamericanos, el tradicional
desacierto de la CIA, compartido a veces por el USIS, para seleccionar a sus
protegidos en el mundo informativo de los países extranjeros… Algún día
publicaré esa lista comentada sobre los periodistas y escritores a quienes
favorece o aborrece la CIA y la USIS en España y las carcajadas se van a
escuchar hasta en Alaska, porque en los círculos bien informados de España se
escuchan desde hace mucho tiempo, sin que algunos negritos y especuladores de
terrenos que a veces han ocupado altos puestos de representación de los Estados
Unidos en España se hayan enterado ni aun después de conocer directamente las
pruebas de sus equivocaciones.
Pero sobre
la desinformación de los liberals norteamericanos ya hemos dicho algunas
cosas y pienso revelar algunas más; ahora deseo presentar a dos grandes
denunciantes internacionales de la desinformación, entre los muchos que
merecerían un estudio detenido.
En el campo
de la Historia, que es el mío, ya me he referido en este libro al gran escritor
británico Paul Johnson, que en su libro de 1988 Intellectuals desmonta
inapelablemente a tantos fantoches y falsos ídolos de la intelectualidad
moderna; no me queda más que confirmar todo lo dicho sobre él y agradecérselo
de nuevo. Merecería un estudio especial el profesor de Oxford David Caute, por
su espléndido análisis de la tentación y la manipulación comunista entre los
intelectuales franceses de 1914 a 1960[231]. Pero en el
curso del presente libro ya he explorado suficientemente el problema desde el
ángulo de la religión, que nos interesa
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especialmente.
Vamos pues a quienes he calificado como grandes denunciantes de la
desinformación: Cathala y Revel.
Henri-Pierre
Cathala publicó en 1988 un libro interesantísimo porque, además de exponer
numerosos casos de desinformación, atribuye la fuente inicial de esa
desinformación, que coincide con la nuestra, al impulso estratégico de la URSS
y traza además una certera teoría con la que casi nadie se ha atrevido[232].
Cathala se
ha inspirado en las experiencias e investigaciones de personas (generalmente
militares) relacionadas con el Instituto de Altos Estudios de la Defensa
Nacional (p. 17). Apunta que el término «desinformación» es la traducción
literal de una palabra soviética puesta en circulación por Lenin y sus
colaboradores en los años veinte; en Rusia ya se tenía importante experiencia
sobre la desinformación moderna, después del gran éxito de la policía secreta
zarista en difundir por todo el mundo como cierta aquella invención antisemita
de principios de siglo, Los protocolos de los Sabios de Sión, cuya
falsedad he discutido y aceptado ya en mi libro El Tercer Templo. Hay,
por supuesto, ejemplos más antiguos como el famoso telegrama de Ems manipulado
en 1870 por Bismarck y que desencadenó la guerra franco-prusiana. Cathala
refiere una serie de ejemplos de desinformación utilizados en la segunda guerra
mundial, sobre todo por la estrategia británica, que logró engañar al Estado
Mayor alemán sobre el auténtico punto del desembarco en Sicilia y sobre todo el
desembarco en Normandía en 1944. Para ello Winston Churchill había creado en
1940 una sección específica para la desinformación en su estado mayor personal
(p. 27). El jefe adjunto de los servicios secretos checos refirió
convincentemente un espantoso fracaso de la desinformación soviética en
septiembre de 1965; cuando la KGB trataba de envenenar las relaciones entre los
Estados Unidos e Indonesia provocó la ejecución en masa de medio millón de
comunistas indonesios por la violenta reacción del ejército del presidente
Sukarno (p. 33).
La
desinformación se relaciona íntimamente con el espionaje. La traición del espía
alemán Guillaume, que provoco la caída de Willi Brandt y la actividad anterior
de Harry D. White y Alger Hiss, agentes soviéticos en la Administración de
Roosevelt, son dos casos clásicos (p. 34). En cambio el detallado informe de la
AFCA en 1982 sobre el neutralismo y el pacifismo en Occidente revela uno de los
mayores éxitos de la desinformación soviética al enconar a gran parte de la
opinión pública europea contra la OTAN, contra la guerra del Vietnam y contra
la instalación de los misiles Pershing en Europa. (p. 36). Para detectar a los
periodistas españoles que actuaban a partir de los años sesenta como compañeros
de viaje basta con repasar las hemerotecas y anotar a quienes abogaban en favor
de esas causas «humanitarias» sin proferir jamás una crítica contra los alardes
belicistas de la URSS. Son muy interesantes los epígrafes en que Cathala ofrece
pruebas sobre la desinformación en la enseñanza (desde la primaria a la universitaria)
y la penetración del marxismo en las Universidades occidentales. La conquista
de muchas cátedras españolas y norteamericanas por el marxismo, a partir de los
años setenta, preferentemente en
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materias
vitales como la historia, las ciencias de la información y la sociología, es un
hecho que todavía ignora una gran parte de la opinión pública. En su momento
citaré un caso flagrante que se refiere a la enseñanza de la Religión y que
denuncié sin éxito alguno, aunque con pruebas palpables, al anterior arzobispo
de Madrid, que prometió el remedio más inútil entre los que se conocen; crear
una comisión para estudiar el asunto. En cuanto a la desinformación en la
Historia he publicado ya en esta misma Editorial dos libros de la «Serie
amarilla» sobre mentiras históricas y ante el éxito obtenido pienso continuar
la serie.
Uno de los
casos más terribles de desinformación de que jamás he tenido noticia es el
internamiento en campos de «reeducación» por los comunistas de Vietnam de
numerosos prisioneros anticomunistas y católicos para someterles a las más
crueles torturas psicológicas con el objetivo de «reconvertirles». De Vietnam
se hablaba muchísimo hasta la caída de Saigón, después no hemos tenido más
noticias que las películas de Rambo. Ese tipo de adoctrinamiento se parece
mucho al que los agentes «misionales» católico-marxistas en Iberoamérica han
tratado de aplicar a pueblos y naciones enteras durante la época triunfal de la
teología de la liberación. A esos pueblos y a las retaguardias occidentales
sobre todo España y los Estados Unidos.
Expuesta
esta serie impresionante de casos concretos, Cathala analiza con gran vigor
teórico las condiciones de la desinformación desde varios puntos de vista:
estratégico, psicológico, ambiental, político. No es el momento de intentar
siquiera un resumen; en este libro estoy presentando los hechos de la
desinformación con sus pruebas documentales, así como las estructuras y
tendencias de la estrategia soviética y demoledora en la infiltración dentro de
las sociedades cristianas y en la propia Iglesia. Para ello encuentro un
refuerzo considerable en dos grandes periodistas y escritores de Occidente:
Federico Jiménez Losantos y Jean-François Revel.
Me dicen, en
pleno verano de 1995, que Federico Jiménez Losantos se toma un año sabático en
Norteamérica. Si es para su descanso y para su salud me resignaré al terrible
vacío que va a dejar entre nosotros. Su fantástica columna de ABC, sus
artículos de alto bordo en Epoca, sus intervenciones diarias en la
tertulia nocturna de la emisora de la Iglesia COPE, donde a veces algunas mozas
unidimensionales desbarran a tope sobre el felipismo, palabra que Jiménez
Losantos ha elevado a categoría, su desmontaje sistemático del totalitarismo
socialista, su marcaje heroico del separatismo catalán al que viene
desenmascarado desde hace décadas, su defensa de la unidad de España mientras
las altas representaciones del Estado parecen desinteresarse del tema,
convierten a Federico Jiménez Losantos en el Revel español, con la diferencia
de que, siendo Revel un grandísimo escritor y un genio de la dialéctica, no
alcanza la altura ni la eficacia del autor de Lo que queda de España.
(Afortunadamente no está solo; intelectuales e informadores eximios como el
profesor Amando de Miguel y los periodistas Márquez Revriego y el
inconmensurable Martín Ferrand, con los correspondientes directores de
programas, alternan a su nivel). Pero en todo caso que vuelva pronto porque de
lo contrario
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puede encontrarse
con que no queda nada.
Que nadie
vea en mi comparación anterior un demérito para Jean-François Revel. Todo lo
contrario; se trata de uno de los más grandes analistas y escritores de nuestro
tiempo. Si libro El conocimiento inútil debería ser de obligada lectura
en todas las escuelas, todas las Universidades y todas las familias de
Occidente.
El ex primer
ministro socialista marxista de Francia, Michel Rocard, ha dicho que en el
siglo XXI
el papel antiguo de la lucha de clases como motor de la Historia será
desempeñado por la pugna para la hegemonía entre los medios de la comunicación.
La intuición marxista es errónea pero la predicción informativa tiene muchos
visos de verdad. Revel abre su libro con la afirmación de que el papel de los
medios de información entre los dirigentes del mundo actual es mucho más
importante que en otras épocas; y que la orientación o manipulación de la
opinión pública —que es posible incluso en las democracias— es un gravísimo
peligro de nuestro tiempo. Cree que el siglo
XXI será la época en que «la información
constituirá el elemento central de la civilización». Pero la experiencia del
siglo XX
nos enseña que, como ya he citado, «la primera de las fuerzas que rigen al
mundo es la mentira». Es increíble pero también es cierto que la opinión
pública vive abierta a toda clase de mentiras y manipulaciones. Las ciencias sociales,
la historia y la información se presentan demasiadas veces con la verdad
triturada. (p. 14). Los filósofos actuales, preocupados más por la elegancia y
la apariencia que por el rigor, han contribuido a la confusión; por más que
Revel hubiera podido remontarse al siglo
XVIII, como sabemos, para detectar los orígenes de la
mentira intelectual moderna.
Revel
atribuye la principal capacidad e intención de engaño a la desinformación
soviética, como acaba de decirnos Cathala. La absurda imposición por el Estado
soviético a partir de 1935 de la teoría biológica de Lyssenko es todo un
síntoma inicial; Lyssenko rechazaba la teoría cromosómica y negaba la
existencia de los genes; en la URSS nadie podía pensar ni menos opinar de otro
modo, un ejemplo supremo de manipulación y negación de los hechos reales. El
mito ario inventado por los ideólogos del nazismo es otro disparate infundado y
convertido en dogma de fe. Pero si los regímenes totalitarios imponen la
mentira, en los democráticos se impone también lo que llama Revel «el gran
tabú» y expresa así: «El gran tabú —a partir de 1945— prohíbe a todo escritor,
a todo periodista, a todo hombre público, mencionar un atentado contra los
derechos del hombre, un abuso de poder cualquiera, un trivial fracaso
económico, en suma, dar una información sobre un hecho que se sitúa en una
sociedad clasificada convencionalmente como de izquierda sin señalar
inmediatamente una imperfección equivalente en una dictadura de derechas o en
una sociedad capitalista democrática» (p. 32). Este tabú ha regido en Occidente
durante treinta años a partir de 1945. Uno de los tabúes que cita Reveles la
prohibición de hablar de la represión efectuada en Francia contra los
partidarios de Vichy a partir de 1944, un tema que el lector ya conoce por
nuestros datos comunicados en este libro. (Otro de los tabúes, en España, era
también de imposición comunista, Paracuellos,
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con el que
creo haber terminado para siempre; otra sucesión de tabúes y mentiras
históricas es la fomentada por don Luis María Anson en los últimos tiempos, que
ya he empezado a desmontar y con la que pienso terminar en breve). Las
atrocidades de la represión soviética eran también innombrables; ahora, tras
las obras de Soljenitsin y el hundimiento del Muro, han quedado a plena luz.
Revel tiene el valor de enfrentarse también con las mentiras informativas de
origen judío, de las que hablaremos en esta sección (p. 44). El Parlamento
europeo se ha ocupado hipócritamente mucho mas de los brotes neonazis que de
los grandes coletazos del totalitarismo soviético (p. 59). Los comunistas y sus
epígonos tratan de equiparar la inevitable condena del comunismo fracasado con
la propaganda contra un racismo del que existen brotes reprobables pero que no
es un fenómeno universal (p. 62) Una de las últimas grandes mentiras de la URSS
agonizante fue el artificial entusiasmo suscitado en los medios de comunicación
occidentales por la figura de Gorbachov, a quien se quería presentar como el
resucitador de un comunismo humano (p. 63). Revel ha sido el gran precursor de
los grandes denunciantes contra las mentiras de Felipe González en España, que
hoy se han convertido en proverbiales; y cuando la opinión pública mundial
exaltaba a González, Revel insistía en reprobar esas mentiras sistemáticas (p.
67). También es Revel uno de los denunciantes de la campaña contra la nueva
derecha que aparecía siempre durante las épocas de la hegemonía de izquierdas
en Europa (p. 72).
No es Revel
un escritor religioso pero se extraña, con razón, de la insistencia de los
obispos franceses (lo mismo hicieron algunos españoles) sobre que el SIDA no es
un castigo de Dios (p. 78). Hay un párrafo interesantísimo en que Revel
identifica la propaganda mendaz de las izquierdas europeas y la de los liberals
norteamericanos:
Aunque
ellos lo nieguen, los socialistas europeos, igual que los «liberals»
norteamericanos, por lo menos muchos de ellos si no la totalidad, encuentran
que la frontera entre los defensores y los enemigos de la democracia y los
derechos del hombre pasa entre ellos y los liberal-conservadores europeos, y no
entre todos los demócratas y los comunistas. En otras palabras, los verdaderos
totalitarios continúan siendo, a sus ojos, los partidarios del capitalismo y de
la sociedad abierta y, curiosamente, lo piensan ahora más que en el pasado. Es
el caso desde, aproximadamente, 1975, que se produce en la mayoría de partidos
reunidos en la Internacional Socialista y más particularmente los laboristas
británicos y el SPD alemán después de que Helmut Schmidt perdiera la
Cancillería. Es el mismo caso, por supuesto, y aún más, para todos los que
están a la izquierda de los socialistas, los «verdes» alemanes, los «radicales»
norteamericanos, los seguidores de la Campaña para el Desarme Nuclear en el
Reino Unido, También ellos se manifiestan siempre contra la OTAN, los Estados
Unidos y Occidente, jamás contra la Unión Soviética, la dictadura sandinista de
Nicaragua o los stalinistas de Addis Abeba que diezman a los desgraciados
campesinos etíopes. (p. 80).
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La denuncia pronunciada por Revel contra los liberals
norteamericanos es una de las páginas más lúcidas de su libro. En Europa y en
Iberoamérica «un liberal es quien reverencia la democracia política, o
sea la que impone límites a la omnipotencia del Estado sobre el pueblo, no la
que la favorece. Es, en la economía, un partidario de la libre empresa y del
mercado, o en pocas palabras, del capitalismo. Es, en fin, un defensor de los
derechos del individuo. Cree en la superioridad cultural de las sociedades abiertas
y tolerantes.
«En los
Estados Unidos un liberal es todo lo contrario: sostiene la intervención
masiva del Estado en la economía, en la redistribución autoritaria de las
riquezas, y simpatiza más con los regímenes socialistas que con el capitalismo,
en particular en el Tercer Mundo. Un liberal norteamericano se inclina
por la tesis marxista sobre el carácter ilusorio de las libertades políticas
cuando la igualdad económica no las acompaña… Los liberals
norteamericanos, sobre todo en las universidades, durante años han cerrado los
ojos a las violaciones de los derechos humanos más elementales por Fidel Castro
y luego por los sandinistas. En pocas palabras, se parecen a la izquierda
marxista en Europa, a los extremistas del partido laborista británico, a los
sectores prosoviéticos, aunque antistalinistas de la Internacional Socialista
de los años sesenta a ochenta, marcados por la influencia de Willi Brandt, Olof
Palme o Andreas Papandreu. (p. 82). Revel aplica esa doctrina a la controversia
internacional en torno a Sudáfrica, una batalla en la que se empeñó con todas
sus fuerzas agónicas la propaganda soviética. Luego compara Revel el caso de
Sudáfrica con el caso de Burundi, nación negra de divisiones tribales (como
hemos visto en Ruanda) en que la Iglesia se ha puesto en el lado de los
oprimidos por lo que ha sufrido persecuciones contra las que los teólogos
«progresistas» de Occidente no han levantado la voz, entre otras cosas porque
carecen de la menor idea sobre el problema y a lo sumo utilizan a los «pobres»
como carne de cañón política, no apostólica. En ningún otro estudio he visto,
como en el de Revel, un intento tan serio de penetración en los problemas de
África descolonizada cuando distaba de contar con la preparación imprescindible
para que sus naciones se gobernasen a sí mismas. En Ruanda hemos visto el
resultado. Jamás se habla de los crímenes y los genocidios de la izquierda. Ya
he aludido antes al tremendo silencio que se ha abatido sobre el Vietnam rojo
tras la derrota y la salida de los norteamericanos, Revello confirma con
pruebas y cifras horrendas (p. 107). Luego vuelve a Europa y adelanta unas
observaciones magistrales sobre la España de Felipe González:
En España el
partido comunista prácticamente ha desaparecido salvo en el terreno sindical y
el partido socialista, que ha rechazado oficialmente al marxismo, practica una
economía liberal. Pero una gran parte de los intelectuales y de la prensa,
sobre todo el influyente diario «El País» y la televisión continúan
transmitiendo una ideología antiliberal digna de los años sesenta:
anticapitalismo, tercermundismo, antiamericanismo, procastrismo. Hasta 1985
rechazaban obstinadamente como reaccionarias las denuncias del fracaso del
sistema comunista que, gracias al
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«glasnost»
iba a revelarse más apocalíptico aún que todo lo que habían descrito los
anticomunistas más acérrimos (contando, naturalmente, a Gorbachov entre ellos).
La izquierda cultural está en todas partes retrasada con respecto a la
izquierda política. (p. 109) Debo sin embargo puntualizar a Revel en dos cosas;
no creo en la desaparición virtual del PCE ni tampoco en que el PSOE practique
una política «liberal» en sentido europeo sino en sentido americano, es decir
intervencionista próxima al totalitarismo.
Revel
critica acerbamente a Mitterrand por sus desenfoques terribles sobre la
historia reciente y la situación de Iberoamérica; volveremos en su momento
sobre estas críticas, a veces muy acertadas. Revel incluye un capítulo
apasionante sobre la contaminación de la ciencia por la ideología (aunque a mi
modo de ver trata con cierta incomprensión a Teilhard de Chardin) y otro,
imprescindible, sobre la manipulación periodística en todo el mundo y
singularmente en España por varios centros de intoxicación, los años ochenta,
en el que refiere casos espeluznantes sobre el diario El País en
relación con unas primarias en Estados Unidos, el semanario «Cambio 16» al
insistir en una mentira sobre el Pentágono y la hazaña de un jurado de prensa
reunido en Sevilla que se inclinó con descaro a favor de una propuesta
soviética y en contra de la admirable periodista francesa Christine Ockhrent,
quien hubo de marcharse asqueada de la reunión. Cuando equiparo en el elogio
antifelipista a Revel con Jiménez Losantos estoy hablando con datos y documento
en la mano.
Uno de los
más grandiosos capítulos de Revel se refiere a la «traición de lo, profesores»
en virtud de la inclinación prosoviética que se advierte en todos los niveles
de la enseñanza occidental; sólo me queda añadir que toda esa masa de autómatas
rojos siguen ahora sembrado el desconcierto entre sus alumnos mientras tratan
de sacudirse el polvo fétido del Muro de Berlín, entre cuyas ruinas continúan
atrapados. El capítulo siguiente, El fracaso de la cultura coincide
muchas veces con el presente libro en valoraciones como la del
cristiano-marxista Emmanuel Mounier y en su repudio —insuficientemente
indignado, aunque claramente despectivo— sobre la calidad cultural y política
de la teología de la liberación. Si tengo el honor de que Revellea este libro y
el siguiente seguramente acentuará esa repulsa cultural en futuras ediciones
del suyo. El enorme mérito del libro de Revel consiste sobre todo en que se
publicó en Francia en 1988, cuando ya estaba a punto de caer el Muro. Es un
libro que hoy conserva todo su valor, toda su audacia, toda su frescura
original. Es uno de los grandes libros de nuestro tiempo, un legado del mejor
siglo XX
para los siglos venideros. Un alarde de lucidez y documentación que me ha
servido de estímulo y ejemplo desde que le leí y releí durante toda una semana.
EL PINCHO Y LA QUINTA PLUMA SE SEPARAN
Ahora me
encuentro con el desagradable, pero necesario deber, de describir las
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trayectorias
—antes paralelas y ejemplares, ahora divergentes, por desgracia— de dos grandes
periodistas internacionales, una belga (al menos de origen) y otro español, que
se llaman Arnaud de Borchgrave y Luis María Anson. De Borchgrave lleva el mismo
apellido que el barón así llamado, ejemplar diplomático belga en el Madrid rojo
de 1936, que fue vilmente asesinado por los rojos, (y tal vez por los servicios
secretos soviéticos) lo que motivó un grave escándalo internacional y el
desengaño que muchos observadores de todo el mundo sintieron ante el
comportamiento de aquella República que algunos habían creído democrática. No
sé si el barón es pariente del actual periodista, que ha sido durante toda su
vida profesional un lúcido y consecuente luchador anticomunista y antisoviético
y que desde hace varios años dirige, con enorme valor y lucidez, el diario de
Washington que se ha atrevido a luchar frente a frente en la propia ciudad con
el portavoz de los prepotentes liberals en pleno distrito federal USA;
me refiero al Washington Post y el diario de Borchgrave es el Washington
Times, cada vez más influyente y mejor orientado, porque además carece de
los orgullosos prejuicios de su competidor. Arnaud de Borchgrave fue ese famoso
periodista que mantuvo en 1976 una explosiva conversación con el Rey don Juan
Carlos quien le confesó que estaba harto de don Carlos Arias; el periodista lo
publicó, seguramente de acuerdo con el Rey, en un record histórico de borboneo;
y como es natural a don Carlos no le quedó más remedio que marcharse. Para su
libro, de Borchgrave ha contado con la colaboración de Robert Moss, un famoso
periodista norteamericano con el que ha escrito en 1981 The spike,
traducido en España en ese mismo año como El pincho, ese instrumento en
que suelen clavarse, en las redacciones, los artículos que de momento
quedan sobre la mesa para pasar después, en muchos casos, a la papelera. La
excelente traducción la hizo en España Plaza y Janés. Es decir que Arnaud de
Borchgrave mantiene hoy en Washington la misma línea ideológica, política y
cultural por la que ha luchado toda su vida. Suerte que tienen los lectores de
la capital norteamericana.
La
trayectoria del otro protagonista de este epígrafe, Luis María Anson, era
semejante pero ha terminado desviándose de manera que para mí, que le conozco
hace varias décadas, resulta inconcebible. Dirige también un gran periódico —el
ABC— en una gran capital de Occidente, Madrid. En el próximo curso editorial,
1995-1996, tengo el propósito de dedicar un ensayo, seguramente un libro
entero, al señor Anson y al discutible príncipe, a quien él se obstina en
llamar Rey de derecho aunque jamás lo fue, don Juan de Barbón y Battenberg, a
quien el señor Anson ha dedicado un libro de gran difusión y mayor promoción, y
a quien ha tratado de convertir en un ídolo; ya he dedicado a don Juan varios
análisis históricos pero tengo ahora nuevo e increíble material que me impulsa
a escribir una nueva obra sobre el conde de Barcelona, el señor Anson, otros
colaboradores de don Juan y un extraño historiador inglés de quinta o sexta
fila a quien el señor Anson proclama un nuevo Toynbee (dice que es el primer
historiador inglés de este siglo, lo que me parece una enormidad difícilmente
superable). Por eso no voy ahora a extenderme sobre la
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biografía
del señor Anson, ni sobre las insuficientemente conocidas evoluciones políticas
de don Juan y sus colaboradores, entre ellas las del propio señor Anson y el
señor Preston, que es ese horripilante historiador inglés; por cierto que en mi
libro va a aparecer bastante más Masonería de la que yo había imaginado. Ahora
no diré más que lo imprescindible para que el lector comprenda el trasfondo
histórico variable de una famosísima obra breve del señor Anson sobre el
problema de la desinformación, que es el que estoy tratando en este capítulo.
Esa obra —que es uno de los artículos más famosos y certeros jamás publicados
por el señor Anson— se titula La quinta pluma (título que inventó el
señor de Borchgrave) y fue publicado en ABC el30 de abril de
1981, cuando ya verdeaban, bastante estropeados por cierto, los almendros que
habían anunciado crípticamente el pronunciamiento del 23 de febrero del mismo
año. El objeto de este epígrafe es afirmar que estoy de pleno acuerdo con El
pincho y con La quinta pluma; proclamar que los dos trabajos siguen
vigentes; y lamentar que la trayectoria de los autores se haya separado de
forma tan detonante y escandalosa.
El
pincho, que se mantuvo un año
entero en las listas de bestsellers de Estados Unidos, y que arrebató a
millones de lectores la venda de los ojos, nos relata de primera mano la
actuación secreta de los Directorios de la KGB en la gran prensa
norteamericana. Robert Hockney, un brillante periodista de puro cuño liberal,
perseguidor implacable y azote del presidente anticomunista Nixon, se enamora
de una actriz radical de Hollywood pero se empeña en detectar extraños indicios
sobre estrategia soviética que en su periódico, un famoso órgano de la misma
tendencia, se consideran pasados de moda, es decir vetados por la KGB. (Muchos
lectores norteamericanos pusieron nombres y apellidos al redactor y al
periódico). Entonces el investigador va recorriendo todos los escenarios y
entresijos mundiales de la acción secreta soviética, la guerra del Vietnam, los
bajos fondos del terrorismo prosoviético en Alemania y en Roma, la dolce
vita de la alta sociedad de París infiltrada de espías soviéticos y
rebosante de compañeros de viaje, hasta que descubre la trayectoria (tomada
también de la realidad) de un topo del KGB que se aproxima al Consejo Nacional
de Seguridad en la Casa Blanca. Los autores conocen de primera mano, y mano
maestra, muchos de los escenarios que describen, así como la historia de muchos
personajes reales cuya personalidad apenas se disimula en este libro.
La
quinta pluma de Luis María
Anson dio la vuelta al mundo. Curiosamente yo leí el artículo famoso por
primera vez en El Mercurio de Chile. Cuando Anson recibió el 17 de mayo
de 1991, diez años después, el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y
Humanidades, más que merecidamente, aunque tras un intenso trabajo de
relaciones públicas como es de rigor, su archirrival Juan Luis Cebrián le
reprodujo en El País a toda plana La quinta pluma, con el ánimo
de fastidiarle, tal vez para subrayar el viraje de Anson entre esos dos años.
Creo que Cebrián hizo un gran favor al director de ABC porque
innumerables lectores de El País se sintieron completamente de acuerdo
con Anson por el contenido de ese artículo. Seguramente el lector experimentará
ahora, si aun no lo conoce, el mismo acuerdo. Lo voy a
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reproducir
íntegramente porque me parece un diagnóstico espléndido de cuanto se está
afirmando en esta sección.
Gramsci
ha derrotado a Lenin en la estrategia de la lucha revolucionaria a largo plazo.
El asalto al Estado por la vía de la violencia guerrillera todavía se utiliza
para algunas naciones de menor rango. Pero en general la subversión del orden
social de Occidente se ha organizado ya sobre la conquista de las
superestructuras del poder, la cátedra, el cine, el teatro, la prensa, la radio
y la televisión, la música, los ateneos, las salas de arte, los círculos
intelectuales. El mundo de la educación, el de la cultura, el de la
información, constituyen los objetivos preferentes de las fuerzas subversivas.
Y asombra la inteligencia y la eficacia con que han actuado.
La
guerra de la información está planteada globalmente, tanto en España como en
América y se extiende desde la cátedra hasta el tebeo. No existe una sola
parcela del mundo de la comunicación que no haya sufrido la infiltración
subversiva, sujeta a un plan minuciosamente elaborado.
Los
profesionales de la información constituyen el gran objetivo de esta maniobra.
Crear o adquirir o financiar agencias, periódicos, emisoras es caro y se deja a
la iniciativa de los eficaces empresarios del mundo occidental. De lo que se
trata es de utilizar esos medios en los que otros arriesgan su dinero, su
esfuerzo y su tiempo. A través de los periodistas se procura distorsionar, con
gasto mínimo y eficacia máxima, el propósito fundacional de agencias, diarios,
revistas y emisoras de radio y televisión, hasta colocarlos al servicio de la
fuerza que pugna por subvertir el modelo de sociedad occidental.
Los
estrategas de la guerra de la información no creen demasiado en el idealismo ni
en los principios éticos de los periodistas. No tratan de introducir el caballo
de Troya en la ciudad occidental. Han instalado más bien el pesebre de Troya.
Aunque la inmensa mayoría de la profesión permanece sana, a numerosos
periodistas, mal pagados en casi todos los países del Oeste, se les proporciona
una fuente suplementaria de ingresos a través de determinadas instituciones o
de fáciles trabajos ocasionales. Se trata de habituarles a vivir por encima de
su sueldo profesional para que se plieguen luego a las indicaciones de quienes
pagan el complemento. Se compromete así a redactores, colaboradores,
columnistas, auxiliares de redacción. Para los puestos directivos que suele
cubrir el empresario con hombres de su confianza, se empuja y apoya a
profesionales de carácter débil, de vida complicada o de antecedentes políticos
vulnerables.
No
pocos periodistas, sin embargo, consideran que lo principal no es el dinero
sino el éxito. A ésos se les filtran exclusivas reales o informes reservados
ciertos. Producido el éxito profesional, el periodista acudirá de forma
espontánea a la fuente que se lo proporcionó.
Dentro
de la estrategia general de la guerra informativa, las maniobras de
infiltración tienen muy varias facetas.
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En los periódicos impresos se intenta, primero,
la ocupación de la sección laboral. Luego, cultura y educación. Y se continúa
la escalada. En la sección religiosa se infiltra al cura progresista de turno
que, no pocas veces, es un agente más de la subversión. Se compromete también a
auxiliares de redacción y hasta cortadores de teletipo. Al director o redactor
jefe se le burla impunemente. Ni siquiera llegan a sus manos, en muchas
ocasiones, las noticias que Ja subversión quiere silenciar. En Europa y las Américas
existen diarios financiados por demócratas y liberales que salen a la calle
impregnados de un procomunismo sutil. Cuando la infiltración en las redacciones
resulta imposible, entonces se efectúa la penetración en el taller para
erosionar económicamente a la empresa. Buen número de diarios conservadores y
liberales tanto europeos como americanos tienen hoy los pies de barro. El más
prestigioso título del periodismo mundial, The Times podrá explicar muy
bien cómo se quebrantaba una institución que parecía inconmovible.
En
la radio y la televisión la operación resulta más fácil porque los controles
suelen ser menores. Si la televisión tiene carácter estatal, se reblandecen sus
estructuras a través de campañas periodísticas de descrédito y corrupción.
Italia es un buen ejemplo de la eficacia de procedimiento. Luego se infiltran
las secciones empezando por la laboral, hasta escalar los puestos de decisión,
o se olvidan los programas infantiles, porque en la guerra de la información se
juega también a largo plazo y es necesario intoxicar la mente de los niños, más
influidos ya por la radio y la pequeña pantalla que por la familia y la
escuela.
La
infiltración libra también en los diversos países occidentales dos batallas ya
clásicas: las facultades de Ciencias de la Información y los Colegios de
Periodistas. La subversión en los centros universitarios se inyecta con
tenacidad desde abajo, profesor a profesor, hasta conquistar el decanato. Como
se trata de una guerra, todo vale, hasta las jugadas más sucias.
En
los Colegios de Periodistas se busca la victoria por la vía electoral. Si no se
consigue, se crean entonces asociaciones paralelas para desmontar a las que
resistieron la infiltración subversiva. Algunos empresarios prestan a esta
operación, bien por voracidad, bien por ceguera, un auxilio inestimable. En
Iberoamérica, por ejemplo, la inmensa mayoría de los periodistas, sea cual sea
su ideología, lucha por la colegiación, la titulación universitaria, la
cláusula de conciencia, el secreto profesional. Se trata de aspiraciones
conquistadas ya en la mitad de los países hispanohablantes. Algunos editores,
en su deseo de disponer de mano de obra dócil y barata, han convertido en
bandera de las fuerzas subversivas estas aspiraciones cuando lo inteligente,
desde un punto de vista empresarial, hubiera sido encauzarlas, porque la
profesión periodística no debe ser enemiga de los propietarios, pero tampoco su
esclava. Con paciencia, con dinero, con tenacidad, sin prisas, sin pausas, las
fuerzas subversivas han creado en todo el Occidente, a través de las maniobras
de infiltración que acabo de
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exponer,
lo que Arnaud de Borchgrave ha identificado como la quinta pluma. Su actuación
y su vigor constituye ya una realidad innegable.
La
quinta pluma aplaude el progresismo disgregador en la Iglesia. Estimula el
divorcio. Defiende el aborto. Justifica la droga. Alienta la pornografía.
Quebranta la familia. Ridiculiza la moral cristiana. Se carcajea de las
vírgenes y sus milagros. Paganiza las fiestas religiosas. Se mofa del Papa.
Trabaja, en fin, denodadamente, para descristianizar a las sociedades
occidentales.
La
quinta pluma estimula la división en el seno de las Fuerzas Armadas. Batalla
hasta escornarse para crear dentro de ellas una dialéctica de contradicción
entre reaccionarios y liberales. Ridiculiza el sentido del honor de los
militares. Se pitorrea de su amor a la Patria. Escarnece el culto a la bandera.
Se coñea de los oficiales. Envenena a los soldados. Mantiene una campaña
sistemática para el desprestigio de los Ejércitos.
La
quinta pluma ayuda al terrorismo. Magnifica sus actos criminales al otorgar los
mejores espacios de los periódicos impresos, hablados o audiovisuales. Asume su
lenguaje de reivindicaciones, ejecuciones, liberaciones, ejércitos populares,
con lo que le brinda la primera victoria que es la semántica. La quinta pluma
propaga la dictadura del miedo. La injerta en lo tejidos profundos de la
sociedad. Lánzase a campañas frenéticas para glorificar a los terroristas que
ocasionalmente hayan sido víctimas de malos tratos policiales, con el fin de
astillar la imagen de las Fuerzas de Seguridad.
La
quinta pluma vapulea a los Gobiernos moderados, ya sean conservadores ya
laboristas. Y como el medio es el mensaje, por bien que éstos lo hagan los
cuartea ante la opinión pública.
La
quinta pluma aviva la discordia en el interior de los partidos enemigos. Azota
a los políticos genuflexos ante ella. Los acollona. Los zarandea, los escupe.
Les befa. Les deja en harapos. La quinta pluma señala los hombres a destruir.
Prepara informes amarillos sobre ellos, que luego filtra para decapitar, ente
la calumnia y el escándalo, a los políticos que resisten. La quinta pluma babea
ahora en España ante la Monarquía y la inciensa sin rubor, mientras se prepara
para apuñalada por la espada.
La
quinta pluma atiza el fuego social. Apoya peticiones salariales imposibles.
Enciende las huelgas salvajes. Contribuye a la desestabilización económica. Se
esfuerza, en fin, porque triunfe el gran objetivo marxista que es la
proletarización de la clase media.
La
quinta pluma condiciona a los escritores, a los pintores, a los músicos, a los
actores, a los cantantes, puesto que los medios de comunicación infiltrados por
ella sólo elogian a los que se producen en una determinada línea, mientras
vapulean o silencian a los otros, con lo que se consigue la subversión general
de la cultura.
La quinta pluma
impulsa un periodismo amarillo y letrinal, Engava (sic) a
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los
editores. Carnea a los profesionales independientes. Pastorea el rebaño del
esnobismo intelectual. Acusa sistemáticamente de fascista o de ultra a todo
periodista que no se pliegue a sus propósitos. Lapida con frenesí a los que
osan denunciar sus maniobras.
La
quinta pluma distorsiona la realidad internacional. Ataca a muerte a la OTAN.
Se opone, histérica, a las centrales nucleares. Acalla las sirenas de alarma de
Angola, de Yemen del Sur, de Etiopía, de Afganistán, y excita según le conviene
la política de distensión.
La
quinta pluma convierte la libertad de expresión, que podría ser la gran
fortaleza de Occidente, en su talón de Aquiles. Porque si es cierto que a una
nación más le vale tener periódicos libres aun sin Gobierno, que un Gobierno
sin periódicos libres, también es cierto que en muchos casos la libertad de
esos diarios resulta un sarcasmo pues la quinta pluma los maneja a su antojo.
La
quinta pluma manipula de forma sistemática, intoxica, distorsiona, hornaguea (sic)
deforma, desinforma, esparce las siembras de Caín sobre los surcos doloridos de
Occidente, anestesia a la opinión pública para operar sin reacción, impone el
terrorismo intelectual.
Los
servicios de inteligencia de los Estados Unidos y de otros países occidentales
se esfuerzan por contrarrestar a la quinta pluma con la puesta en marcha de sus
propias operaciones de infiltración. Pero aceptar este planeamiento sería caer
en una trampa dialéctica. Porque existe una quinta pluma que el Este ha
introducido en el Oeste pero no existe una quinta pluma del Oeste dentro del
Este. Esa es la diferencia y la explicación profunda de por qué Occidente está
perdiendo la guerra de la información.
Al
hablar de este tema conviene conservar el sentido de la realidad. La quinta
pluma no forma el eje de la disputa por la supremacía mundial. Es sólo un
diente en los engranajes de la poderosa maquinaria que una de las grandes
potencias ha puesto en marcha. Sobrevalorar el alcance de la quinta pluma sería
un error. Desatender su acción profunda y demoledora dejaría exangüe al
Occidente frente al vendaval del Este. Porque el pájaro negro de la tercera
guerra mundial aletea ya sobre el rostro de orbe. Los europeos, los americanos,
viven como si no sintieran su aliento y disfrutan a manos llenas de la ciudad
alegre y degenerada en este tiempo dorado de la relajación de las costumbres,
del ocio y la holganza. Es la fascinación de la decadencia. Pero si no queremos
que todo se desmorone, habrá que superar una época que se hace
irremediablemente vieja. Habrá que barrer las hojas muertas de una generación
occidental que consume ya los días postreros de su otoño. Habrá que construir
un mundo nuevo que supere al comunismo esclavo y al corrupto capitalismo.
Ciertamente son muchos los que no creen en la necesidad de la evolución; muchos
los deslumbrados por la brillantez del espectáculo occidental. Lo que no saben
es que están contemplando el esplendor del incendio.
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Tendríamos que hacer algunas precisiones de
detalle a este alegato de Anson. Gramsci no derrotó a Lenin, simplemente le
adaptó. En 1981, fecha del artículo, la batalla estratégica no estaba perdida,
sino ganada por Occidente. Y una docena de reparos más. Pero el diagnóstico
sobre la quinta pluma es exacto y valiente. Ya lo explicaré con detalle,
documentos en mano, en mi libro venidero sobre don Juan, don Luis María y otros
colaboradores de Estoril. Ahora sólo quiero indicar que antes de «la quinta
pluma» tan brillantemente denostada en 1981 el señor Anson había utilizado con
igual fervor una cuarta pluma integrista, antidemocrática, antiliberal y encima
con censura eclesiástica. Algo he dicho sobre el asunto, pero me queda mucho
más. Se le nota algún resabio en este artículo cuando al final arremete contra
el capitalismo al que ahora obsequia con emocionante dedicación; porque el ABC
de hoy sirve fielmente al capitalismo al que en 1981llamaba corrupto, a la
derecha de intereses en estado puro, si puede hablarse de pureza entre tal
tropa. Hablaremos, en ese libro prometido, de la cuarta pluma.
Y sobre todo
de la sexta. Porque en un momento determinado después de este artículo —la
determinación será importante— el señor Anson clavó la quinta pluma en el
Pincho de Borchgrave y empuñó, con el fervor que pone siempre en todas sus
empresas, la sexta. Y me gustaría adelantar algún comentario sobre la sexta
pluma.
En «la quina
pluma» se defendía a la Monarquía. En la sexta pluma se han causado ya a la
Monarquía daños irreparables que el titular de la Corona conoce perfectamente.
En «la
quinta pluma» se defendía a España. En la sexta pluma se nombró primero al
señor Pujol «español del año» y ahora se abomina diariamente del señor Pujol.
En «la
quinta pluma» se atacaba al comunismo y al socialismo. En el ABC de la
sexta pluma se subraya la colaboración de ilustres comunistas y socialistas,
que por lo visto son monárquicos de toda la vida.
En «la
quinta pluma» se veneraba al Ejército, según la tradición de ABC. La
sexta pluma insulta, calumnia y abomina como «hitleriano» del militar más
importante del siglo XX en España, don Francisco Franco, a quien el ABC
dedicó, al fin de la guerra civil, tres emocionantes portadas seguidas firmadas
por el anterior Marqués de Luca de Tena, cuya palabra arrastra ahora por los
suelos, gracias a la sexta pluma, el director actual del ABC, a quien le
ha estallado un odio irracional y antihistórico por Franco. El señor Anson me
encargó hace años una biografía de Franco que, al aparecer su primer número
como encarte del ABC, le hizo superar por vez primera el millón de
ejemplares. Ahora parece entregado a la antibiografía mendaz del lamentable
historiador inglés Prestan, de quien ya he dado buena cuenta en mi libro «No
nos robarán la Historia». Tendré que insistir porque el señor Anson no parece
haberse enterado.
En «la
quinta pluma» no se nombraba a don Juan de Borbón. La sexta pluma dirige tales
incensadas antihistóricas a don Juan de Borbón que, muy a mi pesar, me obligan
a publicar en mi próximo y citado libro no ya documentos franquistas y
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falangistas,
sino abierta y expresamente fascistas escritos y firmados de su puño y letra
por don Juan de Borbón. El señor Anson no conoce esos documentos; me los ha
entregado quien conserva los originales.
En «la
quinta pluma» se defendía a la Iglesia y se fustigaba a quienes insultaban a
las Vírgenes y al Papa. La sexta pluma ha introducido en las páginas de ABC
al escritor que mayores blasfemias ha proferido contra la Virgen y peores
insultos contra el Papa y cuando miles de lectores, indignados, amenazaron con
hundir el periódico, tuvo que echar al blasfemo pero le sigue exaltando
irracionalmente con ocasión o sin ella.
En «la
quinta pluma» se reprueba como infiltración enemiga la entrega de las secciones
culturales de los periódicos al enemigo, pero la sexta pluma ha convertido la
sección y las noticias culturales de ABC en un exaltación de la
izquierda comunista y en una intolerable orientación de equívocos de la que ya
me he quejado y que voy a analizar punto por punto en mi libro.
Lamento muy
sinceramente este vaivén enloquecedor de la cuarta, la quinta y la sexta pluma.
Pero somos miles los lectores de ABC que no vamos a tolerar ya por más
tiempo esta infiltración, esta manipulación y esta degradación. Que no vamos a
aceptar por más tiempo que el «Don Juan» de la sexta pluma aparezca en las
listas de libros más vendidos sin mencionar una vez los motivos y los
despropósitos de esa inclusión, mientras se deciden arbitrariamente otras
exclusiones.
La sexta
pluma ha terminado con mi paciencia, que hasta hoy he ejercido con paciencia
heroica. Ahora vamos a la verdad desnuda, a ver si conseguimos el nacimiento de
la séptima pluma que miles de lectores echamos de menos cada mañana, antes de
decidirnos a tirar el ABC al basurero sin leerlo. Aunque protesten esas
curiosas corporaciones «en favor de la libertad» precioso tema del que tendré
también algunas cosillas que decir.
SECCIÓN 8: APOGEO Y AGONÍA DE PÍO XII
«EL PAPA MÁS BRILLANTE DEL SIGLO XX» (JEDIN)
Nadie duda
de que el profesor Hubert Jedin es el primer historiador actual de la Iglesia
Católica y que su Manual (en Alemana se permite llamar «Manual» a un inmensa
obra de diez enormes tomos) es la más importante y moderna de cuantas se han
escrito con criterio científico sobre la historia de la Iglesia. El profesor
Jedin utiliza a colaboradores relevantes de cuyos capítulos se responsabiliza
como director de la obra pero escribe personalmente muchos de ellos. Uno de los
firmados personalmente por él incluye las biografías breves de algunos Papas
del siglo XX.
Y al llegar a la de Pío XII escribe sin vacilar: «Aquel pontífice alto,
delgado, de aire
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ascético y
cabeza romana que ponía sumo esmero en todos los aspectos de su presencia
exterior fue, sin duda alguna, la figura más brillante de la serie de
pontífices del siglo XX, más admirado aún por los no católicos que por
los mismos católicos Para aquellos era el pontífice perfecto, la más cabal
encarnación, por su presencia y sus actos, de la Iglesia católica romana. Los
romanos nunca olvidarán que en los días más duros de la guerra permaneció a su
lado y fue su único defensor. Aunque en su círculo familiar íntimo figuraban
tres alemanes —los jesuitas Robert Leiber y Agustín Bea, el antiguo director
del Zentrum, Ludwig Kaas[233]— y —para las tareas domésticas— la hermana
Pascualina, de la Congregación de Hermanas de la Cruz de Suiza, aunque entre
sus consejeros formaban los jesuitas alemanes Gundlach y Hürth, estaba muy
lejos de sentir preferencias por Alemania y mucho menos de promover una
política germanófila. Advirtió, antes que muchos alemanes, la amenaza que el
nacionalsocialismo entrañaba para el cristianismo, aunque le parecía más grave
aún la que implicaba el bolchevismo. El y sólo él dirigió la nave de la Iglesia
universal. En sus manos estaban todos los hilos del rumbo de la Iglesia. Con
una capacidad de trabajo casi sobrehumana, analizaba personalmente las actas de
las que surgían sus decisiones…
Recuerda
Jedin que, a la muerte de cardenal Maglione en 1944, no designó jamás
Secretario de Estado aunque dividió el despacho de los asuntos con monseñores
Tardini y Montini. «El Sacro Colegio —termina— era convocado cada vez más raras
veces y se veía cada vez más alejado de la marcha de los negocios».
Recuerda
también Jedin que la piedad personal de Pío XII, nacida de una fe profundísima
y un alto sentido de su propia misión como Vicario de Cristo, era de una enorme
sinceridad y verdad. Cuando su más íntima colaboradora, sor Pascualina, se
asombraba de que sus sucesores no le canonizaran rápidamente expresaba —con
toda la experiencia del sentido íntimo—, lo que la Iglesia universal pensaba
del Papa. Desde mi pequeño y sincero puesto de observación estoy plenamente de
acuerdo; la fe y el sentido de misión de Pío XII irradiaban a toda la Iglesia,
se sentían en todas partes, aunque yo no tuve el honor de verle personalmente,
pero sí de oírle.
Las
tremendas convulsiones que hemos expresado en el capítulo 6 sobre la guerra
civil española y sobre todo, a partir de 1939, sobre la segunda guerra mundial,
los movimientos histórico-sísmicos de la victoria soviética, la guerra fría, la
pérdida de China, la infiltración enemiga en la Iglesia y la múltiple rebelión
teológica que hemos analizado en las secciones anteriores de este capítulo 7
afectaban directísimamente al Papa cuya conducta en la segunda guerra mundial
hemos repasado a fondo y que antes, en y después del conflicto en ocasiones
señaladas intervenía en la Defensa de la Roca con toda su gran capacidad de
información y toda su energía interior, como hemos visto cuando lanzó en 1950
la encíclica Humani generis sobre los peligros de la Nueva Teología. Hoy
es muy fácil tildarle de exagerado. Pero aquella dura reacción ¿no contribuyó a
que varios grandes teólogos situados en posiciones equívocas volvieran al
difícil y necesario camino que el Papa les marcaba? Como
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vamos a ver
es completamente falso que Pío XII fuera insensible a la necesidad de las
reformas en el seno de la Iglesia y en las relaciones de la Iglesia con el
mundo; promovió algunas, y trascendentales, en el campo de las instituciones
religiosas por ejemplo. Es cierto, sin embargo, que su espíritu conservador (y
esta palabra nunca es peyorativa en una Iglesia que considera a la Tradición
como fuente de fe) le hizo tal vez tensar los frenos con excesiva rigidez. Pero
también es cierto que Pío XII no sólo se comportó con dignidad, sino con
altísima dignidad, ante la inmensa tarea que tenía delante y que el elogio del
profesor Jedin sobre su brillantez y su grandeza me parece, como historiador
católico, perfectamente merecido.
Me repugna,
como ya he indicado en ocasión anterior, que un presunto historiador como
Karlkeinz Deschner redacte su historia de los Papas del siglo XX
sobre una trama de insultos a los Papas, que en el caso de Pío XII llegan al
delirio[234]. Pero que un historiador católico, jesuita por
más señas, haga casi lo mismo aunque naturalmente con menos grosería y
avilantez no solamente me preocupa y me apena, sino que se me transforma en una
nueva comprobación de la degradación en que ha caído la Compañía de Jesús,
defensora constitucionalmente del Papado, al enjuiciar la trayectoria de Pío
XII no sólo con sentido crítico, que es lícito y yo pienso también hacerlo,
sino con superficialidad hiriente y en algunos casos falsedades demostrables.
El profesor García de Cortázar parece pensar que el poder de un Papa para
condicionar la situación convulsa de las grandes potencias de este mundo
lanzadas a la segunda guerra mundial era tan grande como en tiempos de la
Crisiandad medieval. El hecho de que Pío XII tratase de orientar a las
diversísimas especies de católicos y no católicos que acudían a visitarle, y
tras concienzuda preparación les hablara de los asuntos que a ellos les
interesaban personal o profesionalmente lo interpreta Cortázar como «prepotencia
pastoral». ¡Qué injusticia y qué disparate! La firmísima posición de la Iglesia
frente al comunismo (que Juan Pablo II calificará como «pecado contra el
Espíritu Santo» la describe Cortázar como «escozor antisoviético». Los
problemas gravísimos de la Misión de Francia y de la Nueva Teología, que he
abordado en este libro con inmenso trabajo y documentación exhaustiva, los
despacha el jesuita de Deusto con una frivolidad digna de ese «historiador»
alumno suyo que dirige una sala folklórica[235]. El profesor
Cortázar es hombre muy inteligente y preparado; no puede comprometerse, ni
comprometer a su Orden, que nació y se constituyó como baluarte del Papado, en
estas historias de los hermanos Marx, sin excluir a Carlos. ¡Qué diferencia con
la actitud de otros historiadores, católicos o no católicos, cuando se
enfrentan con todo respeto a la siempre dificilísima tarea de trazar la
historia de los Vicarios de Cristo! Protestantes como Ranke en el siglo pasado,
católicos como José María García Escudero en nuestros días[236]. El espléndido capítulo que García Escudero
dedica a Pío XII es, en parte, una réplica contundente a Cortázar cuyo libelo
tiene evidentemente delante. Recuerda las palabras de Pablo VI al inaugurar el
monumento a Pío XII: «Fue un amigo de nuestro tiempo. El diálogo con todas las
formas de la vida moderna fue
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abierto e
iniciado sistemáticamente por él». Cuando Cortázar suelta la enormidad de que
el Vaticano II significó la derrota de Pío XII y le ignoró totalmente, el gran
historiador español le recuerda que «después de la Biblia, los textos de Pío
XII fueron los más citados en el Concilio; 190 referencias a sus documentos
oficiales. Sólo en la constitución Lumen Gentium 31: y en la Gaudium
et spes, 25»[237]. Lo que sucede es que García Escudero, hombre
de conciliación y moderación, no cita por su nombre generalmente a los autores
de los dislates que critica; y yo en cambio, cuando me tropiezo con una
barbaridad, no puedo evitar señalar con el dedo e incluso hacer alguna pintada
psicodélica en mis libros para que resulte bien visible tanto la barbaridad
como su autor. Lo grave, sin embargo, no es el comprobado error sino que esa
actitud anide en un profesor inteligente y miembro de la Orden ignaciana, de la
que muy pronto voy a hablar a fondo en el último capítulo de este libro.
UNA SINFONÍA DE ELEVACIÓN ESPIRITUAL
A media
mañana del 1 de noviembre de 1950 yo tenía la suerte de encontrarme en un
edificio medieval —cuyas partes primordiales son del siglo IX—
junto a un aparato de radio, que resultaba entre aquellas piedras venerables un
tanto anacrónico… hasta que sonó la voz del Papa Pío XII desgranando con
emoción que casi podía sentirse en las ondas la Constitución apostólica Muniificentissimus
Deus sobre la Asunción de la Virgen María, una creencia que ya consideraban
cierta los constructores de aquel templo-fortaleza en que yo escuchaba al Papa,
porque ya en el siglo IV hay testimonios escritos sobre la Asunción
provenientes de los primeros cristianos. «Proclamamos —decía Pío XII, y esta es
la ocasión a la que me he referido cuando he dicho que una vez escuché su voz—
declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre
de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue
asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial»[238]. La verdad es
que en aquellos momentos me importaban poco las discusiones teológicas sobre el
enfoque cristológico o eclesiológico de la mariología, una ciencia
histórico-teológica por cuyos cultivadores he sentido siempre especial envidia;
y faltaban aún años para que Pablo VI declarase en el Concilio a María como
Madre de la Iglesia. Tampoco me preocupaba el alcance teológico del «nuevo»
dogma, que no era nuevo más que formalmente porque la Iglesia había creído en
él durante muchos siglos (varias catedrales españolas están consagradas a la
Asunción de la Virgen). Lo que me parecía, y me sigue pareciendo enormemente
significativo, cargado de sentido y de iluminación, es que en el momento en que
cruzábamos la mitad del siglo XX, con todas sus tragedias, en medio del triunfo
del marxismo-leninismo (China se acababa de perder a manos del comunismo) y
cuando, apenas vencida en Occidente el hambre y la locura de la guerra mundial,
que se iban sustituyendo por el endiosamiento del dinero, el poder y los
valores materiales;
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cuando
estaba en pleno curso el asalto a la Roca desde dentro, por las desviaciones
teológicas recién condenadas por el Papa y se gestaban ya, en plena filtración
enemiga, las marchas de aproximación del marxismo teológico en sus diversos
frentes, un sacerdote vestido de blanco declarase en plena plaza de San Pedro
que una anciana y humilde señora de Galilea, a fines del siglo 1, subía al
cielo en cuerpo y alma, rodeada, según esa tradición anterior al siglo IV,
por los discípulos supervivientes de su hijo y por los primeros cristianos de
Jerusalén que la acompañaban cuando cayó en su último sueño —la Dormición de la
Virgen se celebraba en la Jerusalén del siglo VI— sin que aquel
acontecimiento antiguo tuviera la menor repercusión, naturalmente, en el
inmenso Imperio de Roma que entonces dominaba la Tierra. Que esto hubiera
sucedido a finales del siglo I y que cientos de millones de católicos nos lo
creyéramos sin sombra de duda al mediar el siglo XX me parecía, mientras
escuchaba al Papa Pío XII, una auténtica sinfonía de espiritualidad, uno de
esos sucesos que sólo pueden brotar de la fe y de la esperanza mientras
confirman esa fe al irrumpir en la vida de los hombres. Poco podía imaginar yo
en aquel momento sinfónico que tenía a dos pasos, y luego comenté con ellos el
acontecimiento, a dos de los futuros promotores esenciales —entonces ni lo
sospechaban— de esa teología marxista-leninista; que por cierto me recriminaban
que en mis ratos libres me dedicase a penetrar en autores tan peligrosos como
Henri Bergson mientras ellos no daban un paso fuera de la escolástica
decadente.
La
declaración dogmática de la Asunción de María, así como el clarísimo carácter
mariano del pontificado de Pío XII, es una clara prueba del profundo sentido
espiritual que el Papa Pacelli imprimió a todo su magisterio. Ya conocemos las
encíclicas que dirigió a la Iglesia hasta 1945, en medio de los horrores de la
segunda guerra mundial. Después de la guerra, y además de la Constitución
dogmática asuncionista, dictó el 21 de noviembre de 1947 la encíclica Mediator
Dei et hominum, que se ha llamado exactamente «Carta magna del movimiento
litúrgico». Pío XII favoreció la aproximación de los fieles a la Misa y
a la comunión al autorizar el cumplimiento del precepto dominical los sábados y
reducir considerablemente el tiempo de ayuno previo a la Comunión. El 25 de
marzo de 1954 explicó los aspectos más positivos y admirables de la virginidad
y el celibato eclesiástico, sin demérito alguno del matrimonio, en la encíclica
Sacra Virginitas, otro cántico de espiritualidad, incluso heroica, en el
mundo materializado. Cuando ya se acercaba a la muerte recomendó el culto al
Corazón de Jesús en la encíclica Hauriens aquas el 15 de mayo de 1956.
También podría calificarse como «Carta magna de las Misiones» la encíclica Evangelii
praecones de 2 de enero de 1951, que como todos los escritos y alocuciones
de Pío XII contiene datos muy interesantes y resulta de alto valor informativo.
Desde 1926 las Misiones católicas han crecido desde 400 a 600; los sacerdotes
misioneros casi se han duplicado hasta llegar ahora a 26.000. En 1926 casi
todos los obispos eran extranjeros en misiones; ahora ya existen 88 obispos
indígenas. Se han celebrado tres concilios plenarios en países de misión. Se
han
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fundado
varias instituciones para favorecer la obra misional. Este auge de las
Misiones, y el fomento del clero y el episcopado indígena era ya un movimiento
irreversible fomentado por Pío XII para la universalización de la Iglesia. Esta
es una de las grandes encíclicas «modernas» de Pío XII, que recomienda en ella
la adaptación a las culturas locales sin mengua de la fe, y resalta la
importancia del «sector artístico». Volvió sobre las Misiones en la encíclica
«Fidei donum» el 27 de abril de 1957, un documento dedicado especialmente al
enorme auge de las misiones africanas durante su pontificado.
La excelente
antología El magisterio pontificio contemporáneo, realizada por Fernando
Guerrero, en la que puede consultar el lector las encíclicas sobre
espiritualidad que acabo de citar, no incluye la Constitución dogmática sobre
la Asunción de María, lo cual no me explico y tampoco enumera en la sección
«documentos sociales» ninguno debido a Pío XII, que sin embargo desarrolló una
intensísima actividad de magisterio en relación con la sociedad (dejando aparte
la política, de la que luego trataremos). Pero no hay contradicción. En otra
antología admirable de textos pontificios, seleccionada con mayor amplitud y
debida a la BAC sí que figuran en su tomo IV, con acertadísima selección del
profesor Federico Rodríguez, numerosos documentos sociales de Pío XII. Lo que
sucede es que al no tener rango de encíclica no entran en las normas que ha
seguido Fernando Guerrero para su selección, aunque sí se incluyen,
naturalmente, en el apartado referente al «orden sociopolítico». Algunas de
estas encíclicas y documentos, los anteriores al fin de la segunda guerra
mundial, ya los hemos citado y comentado en el capítulo 6. Ahora me refiero
brevemente a algunos de la postguerra, y dentro del epígrafe que dedico al
magisterio espiritual de Pío XII porque todos los documentos de este Papa, sin
excluir ni mucho menos los sociales, están transidos de impulso espiritual.
Esta es a mi juicio la característica más clara y evidente de Pío XII y no
tengo, desde luego, la menor intención de someterme a la preferencia, que
cabría designar como manía, de bastantes comentaristas e historiadores
acatólicos e incluso católicos que sólo enjuician a Pío XII desde el ángulo
(muchas veces distorsionado por ellos) de sus actuaciones políticas. Muy al
contrario, incluso sus actuaciones políticas deberán enfocarse desde el ángulo
de la espiritualidad.
El 1 de
noviembre de 1945, en carta al cardenal Faulhaber, Pío XII toma ocasión de una
orden dictada por los aliados occidentales para su zona de ocupación en
Alemania autorizando a los trabajadores para que se agruparan en sindicatos
democráticos. Por parte de Pío XII esta carta Vixdum vobis es un gesto
de fraternal aproximación a los obispos de la Alemania deshecha por la
persecución de Hitler y los horrores de la derrota. Recomienda la reinserción
en la Iglesia de los descarriados por el nazismo. Se preocupa por la conexión
entre los obreros católicos y sobre la enseñanza infantil en una Alemania cuyo
rumbo era incierto en manos de aliados tan divergentes. Protesta contra los
desmanes que se han cometido en la zona soviética tras la victoria de Stalin y
reclama el pronto restablecimiento de las asociaciones
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católicas,
antaño tan florecientes en Alemania. La carta es, sobre todo, una prueba de que
el Papa sigue estando con Alemania en las horas de adversidad que siguen a la
derrota. Otra de las «anticipaciones modernas» de Pío XII es su alocución a las
mujeres trabajadoras católicas, el 15 de agosto de 1945; que aprovecha, como
tantas otras ocasiones, para hablar de la familia. El 10 de julio de 1946 se
dirige a la Semana Social de Francia y muestra sus preferencias por la
asociación corporativa de los trabajadores más que por la nacionalización de
las empresas que la izquierda pretendía en Francia, aunque no la declara
ilícita. Ante algunas interpretaciones que acusan al Papa de nostalgia por el
corporativismo fascista se apresuró a explicar que con esa palabra recomendaba
las asociaciones profesionales, totalmente opuestas a la organización
totalitaria del trabajo.
El 15 de
noviembre de 1946 dedica el primer documento pontificio orientado
exclusivamente a los agricultores. Muestra sumo interés, en alocuciones y
cartas diversas, al desarrollo de un nuevo catolicismo social. El 18 de
diciembre de 1947 en forma de encíclica —Optatissima pax— aboga por una
paz construida sin lucha de clases y pide la vuelta a Cristo como remedio para
la desesperación de tantas naciones y personas en momentos en que se prolongan
las consecuencias de la guerra. El 28 de junio de 1948 anima a los miembros de
la Asociación Católica de Trabajadores Italianos que habían provocado la
ruptura de la unidad sindical (ante el peligro del control sindical por los
comunistas) pero formando un sindicato abierto y no confesional. El Papa, sin
entrar en cuestiones internas, les pide que mantengan en la vida del trabajo
«un cristianismo vivo» y el «apostolado del ejemplo». Y les recomienda que se
aparten de la lucha de clases como finalidad de su actuación.
En la
alocución Nel vedere, el 12 de septiembre de 1948 el Papa habla a los
jóvenes de Acción Católica italiana en sentido plenamente espiritual; les anima
a la victoria contra el ateísmo, a buscar la evidencia de un Dios personal, a
reactivar su fe. En vez de aprovecharse de la miseria social con fines
desviados y políticos, como tantos grupos de la izquierda católica ya
pretendían, les indica el camino del amor contra el odio y el afianzamiento de
los valores. En 1949, el 7 de mayo, habla con igual claridad a las asociaciones
patronales católicas. Contra la lucha de clases propone «la comunidad de
intereses entre patronos y obreros». Se identifica con Pío XI en sus
formulaciones sobre la doctrina social de la Iglesia. Realmente la preocupación
social de Pío XII es desbordante; no pasa año sin que intervenga con gran
moderación y realismo en favor de unas relaciones sociales justas y pacíficas,
alejadas de toda lucha extremista pero sin caer en la ingenuidad ni la
inoperancia. El 20 de septiembre de 1949 insiste en su doctrina sobre otro de
sus temas predilectos, la familia. El 11 de marzo de 1951 dirige un mensaje
radiofónico a los obreros de España, cuando el despertar económico tras los
años del hambre suscitaba los primeros conflictos sociales; dedica su alocución
a obreros, técnicos y empresarios. En 1952 rinde tributo a la obra asombrosa,
tan injustamente desconocida por muchos, de las Conferencias de San Vicente de
Paúl.
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Pío XII, que fue el primer «Papa de la radio»
acudió con mucha frecuencia a este medio para comunicarse directamente con la
Iglesia; nada más asumir el Pontificado ya escuchamos el mensaje de la Victoria
dirigido a España en abril de 1939. Es otra de las señales para comprender su
adaptación al mundo moderno. Estaba interesadísimo en los medios de
comunicación y no se contentaba con las noticias oficiales del diario del
Vaticano ni con las comunicaciones oficiosas que entregaba o encargaba a los
jesuitas para «La Civiltá Cattolica». Los jesuitas eran, durante todo el
pontificado, lo grandes comunicadores del Papa. La rebelión de la Compañía de
Jesús a partir de 1965 hubiera sido inimaginable bajo Pío XII, aunque ya en su
tiempo la infiltración general enemiga que experimentaba, secretamente, la
Iglesia, había afectado seriamente a varios sectores de la Orden. Los Mensajes
de Navidad acentúan el talante espiritual de Pío XII; en el de 1952 se dirige
ante todo a los pobres y los oprimidos. Es un mensaje personalista,
antimecanicista, que hizo las delicias de Maritain. En el mensaje de 1953
advierte sobre los peligros de la tecnificación considerada como remedio único,
insiste en el carácter espiritual de los caminos humanos y en la defensa de la
familia; y consciente siempre de la necesidad de resurgimiento que se siente en
Europa presenta uno de sus muchos discursos europeístas; también fue Pío XII el
Papa de Europa cuando Europa trataba de renacer. Pero no deja escapar una sola
reunión internacional de trabajadores católicos para reafirmar la doctrina
social de la Iglesia como hizo ante el Congreso de Düsseldorff el 8 de mayo de
1955. El 3 de junio de 1956 habla de sus problemas a las mujeres del servicio
doméstico; con el mismo detalle que empleaba al recordar a los tranviarios los
pequeños problemas del cambio de moneda en los transportes públicos, un rasgo
precioso que a algunos fariseos de nuestro tiempo les parece «prepotencia
pastoral». Las Semanas Sociales de Francia, que influían en todo el mundo católico,
contaron muchas veces con las altas consideraciones del Papa como el 10 de
julio de 1956, cuando ya estaba Pío XII minado por la enfermedad y el pésimo
tratamiento a que le habían sometido médicos desaprensivos. Poco después amplía
aún la mira cuando habla al Congreso de la Unión Internacional de Ciencias
Económicas (9 de septiembre de 1956). A menos de dos años de su muerte parece
que la presiente y el mensaje navideño de 1956 es un breve tratado de teología
elemental, pero fundamental, sobre los grandes problemas del hombre a la luz de
la historia de la salvación; pero no olvida referirse a las tribulaciones de
Hungría oprimida por la invasión soviética reciente. En 1958, el año de su
muerte, encarga a la Secretaría de Estado una carta a la Semana Social de
España el 30 de junio de 1958. Es el último documento que figura en la
antología del profesor Federico Rodríguez; como la alocución a España,
vencedora del comunismo en 1939, fue una de las primeras intervenciones
públicas de Pío XII. Quizá por ello los peregrinos españoles clamaban en la
plaza de San Pedro durante la época de Pío XII «España con el Papa» a lo que
siempre contestaba él «El Papa con España».
Pero insisto en
que en este apresurado resumen he querido reflejar la amplitud de
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los temas,
la seriedad de los tratamientos (que el Papa no encomendaba sólo a secretarios
y asesores sino que los trabajaba intensa y personalmente) y sobre todo la
hondísima espiritualidad que dimanaba de las actuaciones pontificias. Sería
absurdo buscar en la doctrina de un Papa normas concretas de organización
social, sindical y no digamos política. Pío XII se sentía ante todo Vicario de
Cristo y en todo momento ejercía como tal.
Quisiera
terminar este epígrafe con un importante rasgo de la doctrina pontificia, la
que se refiere a la opinión pública. En la antología Documentos políticos
de la BAC, figura el importantísimo discurso dirigido al I Congreso
Internacional de la Prensa Católica[239]. «Una sociedad
sin opinión pública —afirma— es una sociedad enferma». Critica duramente la
deformación de la opinión pública en la prensa moderna, por la estrechez y el
sectarismo de muchos de sus promotores. Anima a la prensa católica a que
corrija esos defectos e insuficiencias de la prensa laica. Pero la contribución
más importante y original de este mensaje de Pío XII es la recomendación de que
se cree una auténtica opinión pública dentro de la Iglesia. Esto nunca lo había
dicho un Papa hasta ese momento. Y es que la Iglesia, dice el Papa, es un
cuerpo vivo que necesita una opinión pública libre y responsable. El periodista
católico ha de actuar con plena sinceridad dentro del respeto a la verdad
divina y a la propia Iglesia, «lejos del servilismo y de la crítica
descontrolada». Pero debe actuar con firme claridad. «Debe hablar sobre la
misión y sobre las posibilidades de la Iglesia en el dominio temporal».
Confieso que
estas palabras, nuevo reflejo de la auténtica modernidad de Pío XII, me han
animado a escribir sobre la Iglesia desde que decidí estudiarla históricamente;
sin dejar en exclusiva a cronistas obsequiosos y críticos ajenos o desviados
esa tremenda y necesaria responsabilidad. Este libro es el resultado, sobre el
que juzgarán la Iglesia y la opinión pública.
PÍO XII ENTRE LA DEMOCRACIA Y EL COMUNISMO
Vimos en el
capítulo 6 cómo Pío XII, en su radiomensaje navideño de 1944, apostaba
decididamente por la democracia como el mejor sistema para la organización del
mundo de la posguerra. Ese paso fue importantísimo y dejó arrinconadas las
dudas, las reticencias y las medias palabras de los Papas anteriores y el
silencio de Pío XI que nunca se había definido sobre el problema, aunque ni un
solo Papa de la Edad contemporánea se había expresado en contra de la
convivencia armónica de los católicos con los regímenes democráticos donde
éstos existían, por ejemplo en Inglaterra y en los Estados Unidos. A Pío XII,
como a Jacques Maritain, la terrible experiencia de los totalitarismos
fascistas y no digamos del totalitarismo soviético les había inclinado
definitivamente en favor del sistema occidental de convivencia. Como ha
recordado puntualmente José María García Escudero Pío XII
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insistió y
matizó la misma doctrina favorable a la democracia en documentos posteriores,
como el discurso de 2 de octubre de 1945, o el de 17 de febrero de 1950 sobre
la opinión pública, que ya hemos recordado. El 6 de diciembre de 1953 Pío XII
defendió la libertad religiosa, en una adaptación a los nuevos tiempos que
contrastaba con enseñanzas mucho más restringidas de Papas anteriores,
mantenidas hasta mucho después por el integrismo católico. Tampoco elude el
Papa las advertencias sobre que también las democracias pueden deshumanizarse y
ahogar mediante una exagerada aplicación de la técnica una verdadera vida en
libertad[240]. Pío XII era hombre de su tiempo y sabía
perfectamente que la democracia tenía sus raíces en el liberalismo; por eso en
su doctrina, aunque menciona alguna vez los posibles excesos del liberalismo,
se abstiene de condenarlo como sistema político y económico, al contrario de
cuanto habían hecho sus antecesores quienes, por lo demás, se habían referido
siempre al liberalismo radical anticristiano y antihumano y, desde León XIII,
habían distinguido entre liberalismo condenable y liberalismo tolerable. Pero
este antítesis entre Iglesia y liberalismo desaparece ya a partir de Pío XII
una vez que este Papa había aceptado la idea y la práctica de la democracia.
Cuando después reaparezcan las críticas al capitalismo se referirán siempre al
capitalismo inhumano (muchas veces con toda razón) para recomendar la clásica
«tercera vía» del sistema social, que es una constante en la doctrina social de
la Iglesia.
La Masonería
ha estado profundamente relacionada con el liberalismo a lo largo de toda su
historia. Condenada en duros términos por el Papa Clemente XII en 1738, los
Papas siguientes, como sabemos, renovaron la condena hasta que Pío IX y León
XIII, la recrudecieron en términos implacables. El Papa Benedicto XV, de
acuerdo con esa tradición bisecular, decretó la excomunión contra los católicos
pertenecientes a la Masonería en los cánones 684 y 2335 del Código de Derecho
Canónico promulgado el 27 de mayo de 1917. Su sucesor, Pío XI, no creyó
precisar nuevas explicaciones ante la contundencia de los cánones; pero dedicó,
como vimos, una parte considerable de su esfuerzo doctrinal a la denuncia y la
lucha contra el laicismo, cuya equiparación con la Masonería, aunque implícita,
no queda por ello menos clara. Pío XII tampoco denunció concretamente a la
Masonería, pero conservó la condena expresa del Derecho canónico y ya en su
primera encíclica Summi Pontificatus de 1939, como vimos con detalle,
atribuyó al laicismo, que era la principal bandera y la cifra del ideal
masónico, los más nefastos males del tiempo, cuya cifra era «la corruptora
falsedad del viejo paganismo». Reiteró luego la misma doctrina en su permanente
combate contra quienes querían arrancar a Dios de la vida humana y de la
entraña social, los totalitarismos y los materialismos. No se contentó
con ello y decidió concretar más. Quizás alarmado al conocer que en varios
países se empezaba a entablar un diálogo —y algo más que un diálogo— entre
católicos (sin excluir a varios sacerdotes) y masones de varias obediencias,
encargó a los jesuitas de su órgano oficioso, La Civiltá Cattolica una
confirmación total y fundamentada de la oposición tradicional entre Iglesia y
Masonería; los jesuitas romanos cumplieron la
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orden y
publicaron los artículos[241]. Así quedó la situación hasta Juan XXIII y el
Concilio Vaticano II.
Vayamos pues
a la actitud del Papa ante la guerra fría. Los enemigos sistemáticos de Pío XII
le acusan agresivamente de tomar partido en la guerra fría por los Estados
Unidos contra el bloque soviético, bendecir a la OTAN y sobre todo condenar con
la excomunión a los católicos que abrazasen el comunismo[242]. Ya hemos analizado en este mismo capítulo el
inicio y principales acontecimientos de la guerra fría, provocada
inequívocamente por la decisión soviética de mantener política, económica y
socialmente sometidas a las naciones europeas que había ocupado militarmente e
imponerles regímenes comunistas totalitarios que desencadenaron sin excepción
alguna persecuciones durísimas contra la Iglesia, a semejanza de la que los
bolcheviques habían ejecutado desde su triunfo en Rusia, que también hemos
demostrado. La Humanidad se dividió en «mundo libre» y «mundo del socialismo
real», los dos bloques que pugnaban por impedir que el adversario dominase el
llamado Tercer Mundo, los países no alineados; los cuales, cuando en África o
América caían bajo control comunista sufrían, aunque en varios casos Pío XII no
alcanzó a verlo, persecuciones religiosas y totalitarismos políticos
semejantes. Pío XII se había pasado la vida, desde el principio de su carrera
eclesiástica, defendiendo a la Iglesia y luchando contra el totalitarismo y no
podía permanecer neutral en el combate de la guerra fría. No se alineó, como
dicen sus acusadores, con la OTAN y contra el Pacto de Varsovia sino con el
mundo libre contra el totalitarismo comunista. Conocía, además (por ejemplo en
el informe Wyszynski) el proyecto de infiltración comunista en la Iglesia
católica y él mismo fue quien acuñó la expresión «Iglesia del silencio» para
referirse a la Iglesia perseguida. Todos estos gravísimos sucesos, incluida la
caída de la floreciente Iglesia católica de China en manos comunistas,
ocurrieron durante su pontificado. Todos sus predecesores, sin excepción,
habían condenado al socialismo marxista y al comunismo desde la aparición de
estas fuerzas revolucionarias, que se configuraron desde el principio como
ateas activas, es decir enemigas absolutas de la Iglesia; y Pío XII siguió el
mismo camino.
Se refirió a
los sucesos de la guerra fría en muchas ocasiones pero dedicó al problema dos
documentos expresos. Uno al Congreso del equívoco movimiento católico Pax
Christi, sometido a una infiltración comunista de gran estilo, para su reunión
de Asís el 13 de septiembre de 1952. Recomienda a Pax Christi que «no adopte
una actitud unilateral». Esta era la que estaban asumiendo algunos sectores de
«Pax Christi» al dedicar ese congreso a la guerra fría. El Papa advierte, con
claridad meridiana, que el desencadenamiento de la guerra fría es condenable. Y
que los atacados tienen todo el derecho a defenderse. «Ningún Estado y ningún
grupo de Estados pueden aceptar tranquilamente la esclavitud política y la
ruina económica. Por el bien común de los pueblos deben asegurar su propia
defensa».
Y profundiza
aún más: «La Iglesia siempre debe tener en cuenta los poderes oscuros que han
operado siempre en la Historia». Este es también el motivo por el
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que
desconfía «de toda propaganda pacifista, en la que se abusa de la palabra para
ocultar fines inconfesados». Era la primera vez que desde tan alta autoridad se
desenmascaraba un movimiento pacifista que era uno de los medios estratégicos
de que se valían profusamente PAX y la KGB, los «poderes oscuros».
A la muerte
de Stalin en 1953 su sucesor Kruschef lanzó a los cuatro vientos como consigna
la famosa «coexistencia pacífica». Hoy sabemos que pretendía ganar tiempo para
conseguir, sin el empleo abierto de los crímenes de Stalin (aunque mantuvo los
gulags y la represión casi en sus mismos términos) los mismos fines de Stalin
que eran inherentes a la dinámica del marxismo-leninismo que, naturalmente,
siguió profesando e imponiendo. En el mensaje de Navidad de 1954 Pío XII habló
de la coexistencia. Pío XII lamenta la perduración de la guerra fría,
convertida todo lo más, dice irónicamente, en «paz fría». Subraya que «la mera
coexistencia no merece el nombre de paz». Pío XII cree inviable la
confrontación y la competencia entre el esfuerzo económico de uno y otro
bloque; y en eso hay que reconocer que se equivoca porque si bien Kruschef iba
a prometer en 1956 que en diez años sobrepasaría a la economía norteamericana,
fue ésta quien, acelerada estratégicamente por Reagan, hizo sentir
decisivamente desde 1982 su inferioridad y su fracaso al comunismo. Pero esto
no podía saberlo nadie en 1954; muchas gentes en Occidente creerían a Kruschef.
Señala el Papa al mundo libre como situado en el buen camino por su anterior
objetivo de fortalecer la unión de Europa; pero cree que ahora ese impulso de
unidad se ha debilitado, lo cual tampoco es un acierto profético. En cambio sí
es un gran acierto el designio permanente del Papa al estimular la siempre
complicada unidad de Europa. Confía en que la regresión europea sea sólo ocasional
y anima a Europa para que cumpla con su verdadera vocación de preservar y
expandir los grandes valores de Occidente. Invoca a los cristianos que
conservan, dentro de cada uno de los bloques, la huella de Cristo, para que la
reactiven en busca de la unidad humana que no podrá lograrse entre sistemas
sino entre hombres.
Pío XII
había colaborado estrechamente, como Secretario de Estado, a la condena, que
resonó en todo el mundo, de su predecesor Pío XI contra el comunismo en 1937, y
en su mensaje radiofónico de 1939 a España había considerado a la guerra civil
española, oficialmente, como una lucha «Contra el ateísmo materialista de
nuestro siglo». En el radiomensaje de Nochebuena en 1947 traza una descripción
exacta, pero durísima, sobre los procedimientos del comunismo para destruir,
con engaños, la libertad de los pueblos a quienes esclaviza; pero el documento
más importante de Pío XII contra el comunismo fue, sin duda, el decreto de 1 de
julio de 1949, publicado cuando se acababa de desencadenar la guerra fría,
cuando la propaganda soviética se esforzaba en contrarrestar las informaciones
cada vez más frecuentes sobre los desmanes y crímenes de Stalin, cuando la
China inmensa caía en poder del comunismo e ingresaba en el bloque
marxista-leninista y cuando numerosos católicos y no pocos eclesiásticos,
aterrados al comprobar que en cinco años medio mundo había caído bajo la marea
roja, se preguntaban sobre la
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conveniencia
de entrar en diálogo —el célebre diálogo del que ya hemos hablado— con el nuevo
poder histórico que parecía a punto de adueñarse del mundo entero. Los partidos
comunistas de dos grandes naciones de Occidente, Francia e Italia, habían
surgido de la guerra mundial, gracias a la victoria soviética, como poderosas
fuerzas de presente y de futuro. Gracias al movimiento PAX y otras iniciativas
de la KGB la infiltración marxista en la Iglesia católica daba con sigilo y
firmeza pasos decisivos que Pío XII conocía perfectamente. Desde Pío XI la
doctrina estaba perfectamente clara. Ahora resultaba necesario tomar una
decisión solemne que pudiera ser bien comprendida por los católicos y por todo
el mundo. He aquí el texto del decreto:
Se ha preguntado
a esta Suprema Sagrada Congregación (del Santo Oficio):
1.— Si es lícito
afiliarse a los partidos comunistas o favorecerlos.
2.—
Si es lícito editar, propagar o leer libros, periódicos, diarios u hojas que
patrocinen la doctrina o la acción de los comunistas o escribir en ellos.
3.—
Si los fieles cristianos que consciente y libremente han realizado actos de que
se trata en los números 1y 2 pueden ser admitidos a los sacramentos.
4.—
Si los fieles cristianos que profesan la doctrina materialista y anticristiana
de los comunistas, y sobre todo, los que la defienden y propagan, incurren
«ipso facto», como apóstatas de la fe católica, en la excomunión especialmente
reservada a la Sede Apostólica.
Los
Emmos. y Rvdmos. Padres encargados de la defensa de la fe y las costumbres,
previa consulta a los RR. SS. Consultores, en la sesión plenaria del martes (en
lugar del miércoles) 28 de junio de 1949, decretaron que se debe contestar;
Al
1: Negativamente, puesto que el comunismo es materialista y anticristiano; los
jefes comunistas, en efecto, aun cuando de palabra dicen a veces que no
combaten la religión, de hecho, sin embargo, tanto por la doctrina como por la
acción, se muestran enemigos de Dios, de la verdadera religión y de la Iglesia
de Cristo.
Al 2:
Negativamente, pues están prohibídas por el mismo decreto (cfr. can.
1399 del Código de Derecho Canónico).
Al
3: Negativamente, según los principios ordinarios sobre la denegación de los
sacramentos a aquellos que son indignos.
Al 4:
Afirmativamente.
Y
el jueves siguiente, día 30 del mismo mes y año, nuestro Santo Padre, por la
Divina Providencia Papa Pío XII, en la acostumbrada audiencia concedida al
Excmo. y Rvdmo, Sr. Asesor del Santo Oficio aprobó la referida resolución de
los Emmos. y Rvdmos Padres a él presentada y mandó que se promulgara en el
comentario oficial de las «Acta Apostolicae Sedis».
Dado
en Roma a 1 de julio de 1949. L.S. Pedro Vigorita, notario de la Suprema
Sagrada Congregación del Santo Oficio[243].
En el mismo sentido se pronunció otro Decreto de
11 de agosto del mismo año el
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Santo Oficio, a
propósito del matrimonio de los católicos que sean comunistas.
Ante la
repercusión universal de este decreto, que no «amenazaba» simplemente a los
católicos comunistas con la excomunión, sino que se la aplicaba por el simple
hecho de ser comunistas y además les declaraba apóstatas de la fe católica, el
Papa, que jamás se volvió atrás de esta decisión, que no confirmaba por motivos
políticos, sino por íntimo convencimiento de la maldad intrínseca del comunismo
ateo y enemigo de la Iglesia, creyó necesario, sin embargo, dirigirse, en carta
muy poco comentada, a los pueblos de la Unión Soviética el 7 de julio de 1952.
Les recuerda sus esfuerzos por la paz, y su negativa firme a bendecir la
invasión del territorio soviético por el ejército alemán en 1941. Les confirma,
también, que se ha visto obligado a condenar al comunismo ateo, que priva a los
pueblos de la URSS de la libertad y la dignidad humana.
Pero a la
vez les comunica que, como muy bien sabe, muchos habitantes de la URSS se
aferran en el santuario de sus conciencias a la fe cristiana y muy
especialmente a la Virgen María. Recuerda ante ellos que el mismo Kremlin es un
templo que fue construido y consagrado en honor a la Asunción de la Virgen. No
hace responsables a los pueblos de la URSS por los intentos tenaces de
arrancarles la fe en que sus dirigentes se empeñan, movidos —les dice
expresamente— «por el mismo Satán». El mensaje de Pío XII caló entre los
pueblos de la URSS mucho más hondo de lo que alguien pudo imaginar, y grandes
escritores como Alexander Soljenitsin lo reconocieron en cuanto pudieron hablar
libremente[244].
LA TRAGEDIA FINAL DE PÍO XII
Para
completar esta sección habíamos pensado recorrer brevemente la situación de la
Iglesia en los continentes y naciones del mundo. Es un análisis necesario, pero
que reservamos para los capítulos siguientes e incluso para nuestro próximo
libro La Hoz y la Cruz porque como verá el lector así parece más
conveniente desde el punto de vista metodológico. En 1958, cuando iba a
desaparecer trágicamente Pío XII, la Iglesia había dado, desde 1939, un paso
gigantesco hacia adelante, a pesar de las gravísimas pérdidas que estaba
sufriendo en China y de las tribulaciones —tantas veces realzadas por el
martirio— que experimentaba en la misma China y en los territorios de Europa
que habían caído tras el telón de acero. Sin embargo incluso entre las
angustias de la Iglesia del Silencio florecía, soterrado, el testimonio de la
Iglesia que resultaría decisivo, en comunión con Roma, para el hundimiento y
caída del comunismo a los cuarenta años de su solemne condena por el Papa. La
Iglesia de Pío XII había logrado vertebrar, por medio de los grandes partidos
católicos, la resurrección, la democracia y la prosperidad de los grandes
vencidos de la guerra mundial, Alemana e Italia. Concretamente en Italia Pío
XII había sido el jefe supremo de la Democracia Cristiana, aunque el gran
partido católico conservó la suficiente
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autonomía
para llegar a la cumbre del poder y muchos años después despeñarse desde esa
cumbre. También en Francia, gracias al partido demócrata-cristiano que allí se
creó; y gracias a una tensa negociación entre el nuncio en París, Roncalli, y
el general de Gaulle para la sustitución de los obispos demasiado comprometidos
con el régimen de Vichy. La Iglesia de Pío XII, tras haber sido salvada de la
total hecatombe por la España de Franco, salvó al régimen de Franco en 1945
prestándole el apoyo del Nuncio, de los Obispos y de la Acción Católica, que
presentaba, en tono amortiguado, la misma tendencia que las Democracias
Cristianas de Europa. Gracias a los hombres de Acción Católica se concertó en
1953 un Concordato presentado como modelo a todo el mundo, mientras seguían
afluyendo las vocaciones al clero secular y regular en la estela de la Cruzada
y la Iglesia, recién salida de persecuciones mortales, gozaba de un poder y una
influencia social desconocidas desde el siglo XVII. (Abominar de todo este
impulso religioso español simplemente como «nacionalcatolicismo» es una idiotez
agresiva y falsa). La Iglesia de los Estados Unidos, cuyo líder era el cardenal
Spellman, gran amigo y sostén financiero del Vaticano, incrementaba su marcha
ascendente y se convertía en fuerza religiosa y social decisiva. La Iglesia de
Africa avanzaba en pleno auge misional; la de Iberoamérica aumentaba
enormemente su población y sólo al final del pontificado afloraban o se
importaban tendencias que muy pronto iban a reventar como amenazas gravísimas,
fuera ya del alcance de Pío XII.
Estaba, sí,
en pleno auge el fenómeno y el peligro que hemos resumido como infiltración, un
asalto interior y exterior a la Iglesia en la teología, en los métodos
pastorales, en la contaminación política, en el diálogo entreguista y la
aproximación de muchos católicos y clérigos al marxismo; se incubaba la
espantosa crisis de la Compañía de Jesús y otras órdenes y congregaciones por
cuya reforma profunda se preocupaba muy seriamente Pío XII. Pero el Papa tenía
en la mano todos los hilos de la Iglesia, como alguien acaba de decirnos
certeramente, y la Roca no se sentía amenazada en sus cimientos. Aunque lo
estaba; el mundo y la propia Iglesia iban a comprobarlo, a veces con
estupefacción, en los dos pontificados siguientes sobre todo en la explosión
conciliar. Pero cuando Pío XII desaparecía en octubre de 1958 ningún peligro
parecía fuera de control para la Iglesia y ningún Papa llegaba a su final
envuelto en tan alta estima y prestigio universal.
Sin embargo
desde el mes de enero de 1954 había comenzado, sin que nadie lo advirtiera
fuera del círculo íntimo del Papa y la más alta esfera del gobierno de la
Iglesia, la terrible agonía de Pío XII. El Papa Pacelli, pese a su trabajo
sobrehumano y las tensiones insufribles que habían marcado casi toda su vida
pública, gozaba de salud excelente en medio de su fragilidad y, sobre todo,
vivió siempre empeñado en aparentar esa buena salud. Había sufrido una fuerte
gripe en 1952, una neuritis en 1953 pero superó fácilmente tales episodios; en
cambio cundió la alarma en enero de 1954 cuando se suspendieron las audiencias
ante un irreprimible ataque de sollozos que aquejaba al Papa día y noche por
motivos puramente fisiológicos. Lo peor es que
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la salud del
Papa estaba confiada a su médico personal, el oculista Riccardo Galeazzi-Lisi,
un homeópata fantasioso que le había curado una pequeña afección cuando era
Secretario de Estado y que después, al ser nombrado médico principal del
Vaticano, decidió ostentar por las buenas el título de «archiatra pontificio».
Galeazzi prescindió de toda consulta a especialistas y llamó a una especie de
curandero titulado, el endocrinólogo suizo Paul Niehans, médico de aspecto e
ideas fantásticas que decidió curar la afección de Pío XII con inyecciones
preparadas con células vivas de hipopótamo y una dieta total y aberrante. Nadie
ha descrito la larga agonía del Papa como el vaticanólogo Benny Lai, periodista
de talante liberal que comunica una sensación de objetividad convincente,
conoce todos los recovecos del Vaticano, muy especialmente las cosas del dinero
y el poder, pero cuenta lo que sabe con notorio respeto personal por los Papas
y por la religión, aunque no tanto por la Curia y sus intrigas[245]. Entre sus fuentes de información sobre la
salud del Papa, un asunto siempre vital para la Iglesia y para todo el mundo,
figuraba el propio Galeazzi-Lisi, que había convenido con él y tres colegas
tenerles al corriente (desde ese año 1954) de cualquier incidencia seria, a un
precio «razonable» y corrupto que le pagaban mensualmente entre los tres. Así
se las gastaba el interesado oculista.
El curandero
suizo propinó al Papa, de enero a diciembre de 1954, tres inyecciones de
hipopótamo que, junto a la prescrita desnutrición, le pusieron al borde de la
inanición y de la muerte. El 2 de diciembre sufrió una crisis muy violenta que
hizo temer por su vida. Acudieron al apartamento pontificio el prosecretario de
Estado monseñor Tardini, el sustituto Angelo dell’Acqua y el «nepote» o sobrino
preferido del Papa, príncipe Carlos Pacelli, ante cuyos temores accedió por fin
el doctor Galeazzi-Lisi a convocar una consulta de médicos. Llegó un excelente
equipo de especialistas, advirtió que el Papa se estaba muriendo por falta de
cuidado, ordenaron copiosas transfusiones de sangre, radiografías (prohibídas
por Niehans) y diagnosticaron fácilmente que la causa de los sollozos era una
hernia en el esófago. Me parece más que posible que fuera la madre Pascualina,
gobernanta del Papa, quien por fin forzase la consulta médica. El caso es que
el doctor Niehans fue despedido (aunque se le endulzó el trance con un inmerecido
puesto en la Academia Pontificia de Ciencias, con sus células de hipopótamo) y
a partir de aquel momento, durante cuatro años, el Papa pudo recuperar la salud
y volver a su trabajo agotador. El año 1954 había sido, para él, un inútil y
absurdo tormento. Pese al cual Pío XII, que sentía una extraña confianza por el
endocrinólogo (quien, según se dijo en Roma, le había prometido la prolongación
de su vida y a poco se la quita) volvió alguna vez a visitar a Pío XII con el
apoyo de monseñor Kaas, consejero del Papa que gozaba de su confianza desde los
tiempos de Múnich.
Todo fue
relativamente bien hasta que a primera hora de la mañana del 6 de octubre de
1958 el trío de periodistas fue avisado por su beneficiado Galeazzi Lisi de que
convenía la urgente presencia de alguno de ellos en Casltelgandolfo, donde
seguía retirado Pío XII. El propio Benny Lai se encarga de la misión y oye a
una de
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sus muchas y
altas relaciones de la corte pontificia: «Está gravísimo». El principal
contacto del trío informativo con Galeazzi fija la señal definitiva para
asegurarse la primicia; al morir el Papa el médico agitaría un pañuelo blanco
en una de las ventanas de la villa papal. Quedó a la espera uno de los tres
periodistas mientras Roma, la ciudad menos secreta del mundo, se llenaba de
rumores sobre la gravedad del Papa. Muy de mañana el día 8 el periodista de
guardia vio que se abría la ventana fatídica y se agitaba el pañuelo, la señal.
No fue más que una desgraciada coincidencia; Galeazzi-Lisi no se había movido,
la agitación del pañuelo era casual pero toda la prensa de Roma y la del mundo
dieron inmediatamente la noticia de la muerte de Pío XII entre orlas de luto y
elogios fúnebres. No fue lo peor. El Papa prolongaba su agonía, por cierto
terrible, durante veinticuatro horas más. Pero las cámaras de la televisión y
los fotógrafos invadieron el dormitorio del Papa, arrollaron a la madre
Pascualina y se hartaron de tomar cientos de fotos y planos sobre el Papa
agonizante, apenas cubierto por una sábana, con el rostro y los miembros
descompuestos por el sufrimiento. Las exclusivas se vendieron a peso de oro, el
propio Galeazzi-Lisi participó en la almoneda y la prensa de Italia se dividió
entre los desaprensivos que publicaron todo y los honrados profesionales que
llegaron a comprar negativos para destruirlos y evitar a la Iglesia aquella
vergüenza suprema. Pío XII falleció realmente al siguiente amanecer del 9 de
octubre de 1958, cuando ya la Guardia Suiza había logrado expulsar de la villa
pontificia a toda aquella caterva. El Vaticano Sede Vacante dio una nota
congratulándose de que el médico infiel hubiera adelantado sagazmente su
dimisión. Luego fue expulsado por el Colegio de Médicos, cuando ya el daño
estaba hecho. Aquello había sido una venganza; he oído varias versiones pero no
sé cuál será la verdadera.
La verdadera
medida de la grandeza de Pío XII es que pese al aquelarre de la prensa
sensacionalista casi nadie se preocupó por la macabra anécdota. Una inmensa
oleada de respeto llegaba de todo el mundo, incluso de fuera de la Iglesia,
hasta el túmulo de Pío XII mientras iban acudiendo a Roma los cardenales para
el cónclave. Casi nadie aventuraba el nombre de su sucesor. Casi todos
imaginaban difícilmente un nuevo Papa dotado de la estatura espiritual, moral e
histórica que tantos millones de hombres y mujeres habían admirado en el Papa
Pacelli.
SECCIÓN 9: EL CONTROVERTIDO NACIMIENTO DEL OPUS DEI
EL PRIMER INSTITUTO SECULAR EN 1947
Pío XII
había demostrado siempre un gran interés y una gran preocupación por la reforma
de la vida religiosa, que desde los primeros tiempos de la Iglesia se había
considerado como una característica fundamental y una forma santa y eficaz de
vivir
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la Iglesia.
Las instituciones monacales primitivas, —los «Padres del Desierto» y las
«agrupaciones de vírgenes consagradas»— dieron paso, en Oriente y Occidente, a
varios tipos de asociaciones, cenobios y comunidades en cuya creación
intervinieron grandes figuras de la Iglesia como san Atanasia y san Agustín. De
la vida retirada y penitencial estas comunidades fueron ejercitándose en la
vida misional y a ellas se debe la cristianización del Norte de Europa. A
principios del siglo VI san Benito de Nursia, con su Regla famosísima
extendida pronto por todo Occidente, es uno de los grandes creadores de la
Cristiandad y bien merece la consideración de Patrón de Europa. Las diversas
ramas del tronco benedictino vertebran en la Alta Edad Media la Cristiandad
europea.
Las nuevas
necesidades que siente la Iglesia en el apogeo de la Edad Media —las
Universidades, la lucha contra las herejías gnósticas, la evangelización
mediante el ejemplo de la vida pobre, mendicante y abnegada—, da origen, sin
mengua de las Ordenes anteriores, a la creación de instituciones nuevas más
dinámicas, entre las que destacan los dominicos, fundados por Santo Domingo de
Guzmán y los franciscanos, que siguieron el ejemplo admirable de san Francisco
de Asís. La creación de nuevas órdenes e instituciones religiosas de vida
común, en las que desde el principio participaron separada y coordinadamente
las mujeres, parece responder siempre, en la historia de la Iglesia, a nuevas
formas de vida en la sociedad y nuevas amenazas a la religión y la Iglesia.
Alguna de estas Ordenes, como la masculina y la femenina fundadas por San
Vicente de Paúl a principios del siglo
XVII (padres de la Misión o Paúles, Hijas de la
Caridad) exhiben características que hoy nos parecen muy modernas; sus
obligaciones religiosas sólo se extienden a un año, tras el cual quedan libres
de todo compromiso que libremente suelen reasumir de forma inmediata, y lo
hacen en casi todos los casos.
La aparición
de los jesuitas a raíz de la rebelión luterana en la primera mitad del siglo XVI
fue una auténtica revolución en la historia de las Órdenes religiosas. San
Ignacio de Loyola prescindió de obligaciones que impedían la dedicación a una
vida más activa (como el rezo del coro en comunidad y la costumbre del hábito
monacal) y bajo su divisa «activos en la contemplación» dedica su nueva Orden a
una vida de alta intensidad en medio del mundo convulso de su siglo: colegios,
Universidades, misiones populares y extranjeras, con una especial consagración
a las directrices del Papa a cuya obediencia se comprometen los miembros
profesos de la Orden mediante un cuarto voto que ha sido siempre su
característica principal hasta nuestro tiempo, en el cual ese cuarto voto que
fue su gloria parece en muchas ocasiones una pieza de museo. Gracias al impulso
de su fundador, al favor de los Papas (con los que alguna vez tuvieron los
jesuita serias diferencias saldadas siempre mediante la aplicación del cuarto
voto) y al apoyo del pueblo y los príncipes cristianos, no exento de
comprensibles ataques de celos y envidia por parte de otros religiosos, la
Compañía de Jesús se convirtió en el mismo siglo de su fundación en la primera
Orden religiosa de la Iglesia católica por lo que cuando los enemigos de la
Iglesia lanzaron en el siglo
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XVIII una ofensiva general contra la Iglesia no
pararon —desde las logias masónicas, la corte romana y las cortes borbónicas—
hasta destruir al antemural de la Iglesia, que eran los jesuitas, única
formación de la Iglesia capaz de resistir y superar los embates impíos y
secularizadores de la conjura filosófica europea, que monopolizaba, como vimos,
el nombre de Ilustración. Resurgieron los jesuitas en el siglo XIX
y reconquistaron su primacía dentro de la Iglesia durante siglo y medio; con un
nuevo apogeo en el pontificado de Pío XII, que, como vimos, se apoyó en un
equipo discreto y esencial de jesuitas alemanes e italianos a quienes se deben
muchos de los éxitos y la acertada orientación y realización de su pontificado.
A ejemplo de
los jesuitas, y para suplir el terrible vacío que había dejado en la Iglesia su
injustísima expulsión y su absurda disolución a fines del siglo XVIII,
se habían creado varias instituciones religiosas —llamadas ahora Congregaciones
al carecer de votos solemnes— que mantuvieron de formas diversas el espíritu
ignaciano tanto en congregaciones masculinas (los marianistas, por ejemplo, o
Compañía de María) como femeninas (entre otras varias la Congregación del
Sagrado Corazón).
Pío XII
decidió que las nuevas crisis y convulsiones del mundo en el siglo XX,
así como la necesidad de que la Iglesia se acercase más al mundo de nuestro
tiempo, con mayor acceso de cristianos escogidos a un nuevo tipo más realista
de apostolado, exigía una reforma profunda de las Órdenes y Congregaciones
religiosas y también la creación de nuevas instituciones de vida consagrada.
Esta es una de las grandes intuiciones de Pío XII en la que se comprendía la
renovación del clero en general; el lector puede comprobar y ampliar noticias
sobre el ímpetu renovador del Papa Pacelli en la autorizaba obra del profesor
Jedin, dentro de un capítulo dedicado a la renovación religiosa del que es
autor el benedictino Viktor Dammertz[246] cuyo equilibrado tratamiento del asunto, incluido el Opus Dei, me parece
muy recomendable.
La
preocupación de Pío XII por la reforma de los religiosos se extendió hasta una
Orden que muchos creen exclusivamente nobiliaria y anacrónica, la de San Juan
de Jerusalén o Caballeros de Malta, cuya gloriosa historia se había iniciado en
las Cruzadas y se había arrastrado luego por Europa hasta que la isla matriz de
Malta, donada a los Caballeros por Carlos V, cayó en manos del sector masónico
de la Orden, fue entregada por ellos a Napoleón y luego conquistada por
Inglaterra, que la retuvo hasta después de la segunda guerra mundial. Pero aun
hoy se trata de una auténtica Orden religiosa, mientras vivan la docena de
viejos profesos de votos solemnes que se dan la gran vida en su palacio romano
de Via Condotti, a un paso de la Plaza de España, y han rechazado con horror el
ofrecimiento de volver a su roca maltesa del Castillo de Sant’Angelo, donde se
pasa en verano un calor insufrible. En algunos países o «lenguas» los
Caballeros y Damas de Honor y Devoción realizan estimables obras de caridad
hospitalaria, según la tradición de la Orden pero en casi todas partes no son
más que un grupo aristócrata de pompas y vanidades. Pío XII se
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empeñó
personalmente en reformar y modernizar la venerable e inútil Orden Hospitalaria
ya desde 1940, como he relatado y documentado con detalle en un ensayo
monográfico[247]. Fue un combate como la Orden no había
experimentado desde la caída de San Juan de Acre pero esta vez los ancianos
profesos de Vía Condotti vencieron a las galeras jurídicas y disciplinarias del
Papa. En la batalla participaron la Santa Sede, varios cardenales, el general
Franco (bailía de Malta) los jesuitas y, andando los tiempos, hasta el Opus
Dei. Pío XII consiguió imponer unos nuevos Estatutos pero todo cambió para
seguir igual.
El afán
renovador de la vida religiosa brotó de las filas de la Iglesia antes que de la
Santa Sede. A finales del siglo XIX el romántico y santo soñador francés Charles de
Foucauld había ideado la creación de los Hermanos de Jesús, pequeñas
comunidades que vivieran en medio del mundo, con ocupaciones normales, intensa
vida espiritual y apostolado por el ejemplo en posiciones difíciles, como los
países islámicos del Mahgreb tan refractarios al cristianismo. Sus discípulos
crearon la institución, que obtuvo la aprobación diocesana en 1930 y luego la
pontificia. Hasta que al fin Pío XII promulgó el 2 de febrero de 1947 la
constitución apostólica Provida Mater Ecclesia por la que creaba los
«institutos seculares» como estado de perfección diferente de la vida religiosa
de las Órdenes y Congregaciones; sus miembros, sacerdotes o laicos, hombres o
mujeres (separadamente) siguen los consejos evangélicos —pobreza, castidad y
obediencia— sin expresión de votos públicos, con vida dentro del mundo, en
ocupaciones normales, sin distinguirse de los demás cristianos sino por el
ejemplo, sin vinculación a otras Ordenes (como es el caso de las Ordenes
Terceras, una importantísima rama de vida cristiana que cuenta con millones de
adeptos y casi siempre se desconoce). Es voz común en Roma que la creación de
los Institutos Seculares en el año en que se declaraba la guerra fría, en medio
del Gran Miedo Rojo, fue decidida por el Papa para conferir esa situación
jurídica nueva al Opus Dei, cuyo fundador y primer superior general, el
sacerdote don José María Escrivá de Balaguer, se había instalado en Roma
definitivamente desde poco antes. Y de hecho el Opus Dei fue el primero de los
Institutos Seculares que obtuvo la aprobación pontificia — el decretum
laudis— el 24 de febrero de 1947, dentro del mismo mes en que se promulgó
la Provida Mater. Quedaba aprobada oficialmente por la Iglesia una nueva
manera de vivir el estado de perfección cristiana, con la novedad de que tan
alta finalidad se ejercía en medio del mundo. La importancia singular que ya
entonces había adquirido el Opus Dei y su espectacular auge en las décadas
siguientes me obliga a insertar esta sección dentro de la historia de la
Iglesia en nuestro tiempo, para la que el Opus Dei, guste o no guste,
constituye un capítulo esencial.
LAS DISPARES FUENTES SOBRE EL OPUS DEI
El fortísimo
impulso que, desde los primeros años de la posguerra civil española,
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adquirió
primero en España y luego en Roma y gran parte del mundo el Opus Dei ha
provocado un aluvión de testimonios y de fuentes que puede desorientar
fácilmente al lector no especialista y que, sin excepción alguna que yo sepa,
se dividen rigurosamente en dos grandes montones; las favorables y las
contrarias, sin términos medios. Esto significa que al Opus Dei se le enfoca de
forma apasionada, tanto favorable como negativa; que es un signo de
contradicción en nuestra época, lo cual es ya una marca clara de que sigue muy
de cerca los pasos de ese Cristo que así se definió personalmente. Desde que
por primera vez en mi vida tuve noticia personal del Opus Dei, que provocó en
mí una primera reacción de interés positivo, contra la opinión de un famoso y
por lo demás admirable jesuita que me intentaba adoctrinar en sentido, digamos,
disuasorio, (el hecho ocurrió en 1943) no he abandonado nunca el interés por
conseguir una información adecuada sobre el Opus Dei acerca del que creo haber
reunido una colección de testimonios y fuentes, positivas y negativas, superior
a cuantas he conocido. En esta sección no trato de escribir una historia del
Opus Dei sino sencillamente señalar el momento histórico de su aparición y la
importancia de esa aparición. Debo, sin embargo, citar expresamente algunas
fuentes importantes. No está entre ellas, más que para abominar de ella,
labiografía jocosa y estúpida del escritor Luis Carandell, famoso por sus
diatribas humorísticas contra el franquismo y que ha suministrado munición abundante
a los enemigos del Opus en su libro Vida y milagros de Monseñor Escrivá de
Balaguer, fundador del Opus Dei[248], y no está por
un motivo estrictamente ad homínem. Un humorista auténtico —el arquetipo
es Mingote— saca punta con su ingenio a cualquier situación, sin cebarse con
una sola mientras respeta sistemáticamente a la contraria. Carandell fustigaba
al franquismo en su serie de Celtiberia show, que más o menos prolongó
en su biografía alevosa del padre Escrivá; pero llegaron al poder sus amigos
socialistas, que muchas veces ofrecen blancos cómicos todavía más incitantes
que los del franquismo o el Opus —véanse por ejemplo los desmanes y los
arrebatos de los hermanos Guerra, que ningún humorista, de derechas o
izquierdas, ha dejado irse vivos— y el señor Carandell, cómodamente instalado
en el felipismo, ha visto cómo se le secaban las fuentes del humor, incluso el
negro, y no ha dedicado al titular del felipismo ni a sus secuaces un solo
rasgo crítico donde lucir su peculiar ingenio de brocha gorda. Con lo cual
introduzco en mis reflexiones un primer criterio de valoración: en medio de mis
dudas sobre el Opus Dei lo que publican los enemigos del Opus Dei me acerca sin
excepciones al Opus Dei. Otro ejemplo mejor que cualquier astracanada lo suele
suministrar Alfonso Guerra, ese gran intelectual de nuestro tiempo, cuando deja
escapar alguna de las obsesiones sobre el Opus Dei que forman el núcleo
principal de su ideología. En el número de febrero de 1995 de la revista Temas
—nombre que yo interpreto como tiempo de verbo en segunda persona, no como
sustantivo— figura un «estudio» monográfico (quizá por ello hay tres monos en
portada) cuyo título es «El poder del Opus Dei» que debiera sustituirse por
«las orejeras del Hermanísimo». Refiero la fuente como anecdota relajante, sin
motivo «bibliográfico» alguno.
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El estudio fundamental e imprescindible para una
aproximación seria al Opus Dei es el de Amadeo de Fuenmayor et al. Itinerario
jurídico del Opus Dei: Historia y defensa de un carisma[249]. Me gusta más el subtítulo —admirable por su
sinceridad
—
que el titulo, aunque en ninguna otra fuente podrá encontrar el lector tal
cúmulo de datos y documentos sobre la historia viva del Opus Dei. Hay que
empezar por aquí.
Desde el
bando contrario, concretamente el campo democristiano, pero con moderación y
documentación que le hace muy útil, he estudiado el libro de Daniel Artigues
(en su edición definitiva) El Opus Dei en España, su evolución ideológica y
política[250]. Parece que Artigues es un seudónimo del
hispanista Jean Bécarud, y que tal vez contara con alguna ayuda de
medios próximos a la Compañía de Jesús para la documentación del libro, que
interpreta la trayectoria del Opus Dei como «Un intento de dominio» y no
intenta la comprensión profunda del fundador y su Obra, pero aporta datos y
testimonios muy interesantes en muchos aspectos y campos de la investigación.
Pedro Rodríguez y dos compañeros suyos ofrecen en El Opus Dei en la Iglesia[251] una aproximación
eclesiológica muy importante al Opus Dei y sus miembros, que puede
contribuir eficaz y sinceramente a comprender lo que el Opus Dei piensa sobre
sí mismo.
Las
biografías del hoy beato Escrivá de Balaguer se dividen de forma todavía más
escarpada que los libros de análisis sobre su Obra. Casi todas son favorables,
en casi todas se ofrecen datos de interés y, en las favorables, muy escasas o
nulas críticas. La última se debe a la periodista Pilar Urbano, numeraria del
Opus Dei y me parece bien escrita y especialmente informativa[252]. Entre la biografía y el análisis figura la
obra, excelente, del periodista Vittorio Messori, confidente de Juan Pablo II, Opus
Dei, una investigación[253]. La biografía de
Carandell parece más bien una caricatura agresiva o mejor, una antología
barata y acrítica de agresiones. Un sobrino del fundador del Opus Dei, que hizo
varias veces el ridículo en televisión durante los días de la beatificación y
que atribuía a su tío le negativa de una entidad bancaria a concederle un
crédito tras haber fracasado en el negocio de un bar —altísimo motivo— escribió
un libro contra el Opus y habló contra su pariente de forma grotesca. Me dicen
que personalidades del Opus Dei han mostrado indignada preocupación por el
libelo presuntamente colombiano, sin nombre de autor Opus Judei (1995)
que identifica al Opus con el judaísmo internacional; el libelo entra en la
sección de humor absurdo de mi biblioteca, lo cito como simple amenidad.
Existen cuatro libros, sin embargo, que preocuparon al Opus Dei y a muchas
personas serias con mucho mayor motivo. Primero el de Jesús Ynfante La
prodigiosa aventura del Opus Dei, génesis y desarrollo de la Santa Mafia,
editado por la editorial antifranquista Ruedo Ibérico en 1970 (la
editorial, radicada en Francia, se hundió fulminantemente al llegar la plena
libertad de prensa a España, y lo más curioso es que sus promotores y amigos se
asombraron). Era también un libelo, con información retorcida y una lista de
miembros del Opus por la que más de la mitad de los inscritos protestaron; pero
muchos españoles compraron el libro en Hendaya y vendedores audaces lo
repartían
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(con sacos)
a peso de oro por los Ministerios en Madrid, sin que en ningún edificio oficial
ni particular b sucediese nada. El libro ofrecía un hecho de interés; la
publicación de una traducción —pésima— de las Consituciones de la Obra,
facilitada, según se dijo, por algún jesuita que con ello hizo un buen favor al
Opus porque el texto era, sin duda, digno de la aprobación pontificia que había
obtenido. Hoy nadie le cita ni le tiene en cuenta.
El segundo
libro es el de Giancarlo Rocca L’Opus Dei. Apunti e documenti per una storia[254]. Es un taimado ataque al Opus Dei, incompleto y
trucado, que se publicó, según mis referencias, contra una orden expresa
del general de los Paulinos de la que el autor (miembro de esa congregación) no
hizo el menor caso como buen progresista. Causó sensación en círculos de la
Iglesia pero quedó arrumbado por la obra magna de Fuenmayor que he citado en
primer lugar.
El tercero
es el de Joan Estruch Santos y pillos, el Opus Dei y sus paradojas[255]. Posiblemente es, con el siguiente, el libro
más peligroso contra el Opus Dei, al estar publicado por una editorial
religiosa tan acreditada, aunque desde hace muchos años escorada cínicamente a
la izquierda. Se trata de una antología de textos del Opus Dei presentados
hábilmente como contrarios al Opus Dei. El autor tarda en asomar la oreja pero
termina por hacerlo, inequívocamente.
En cuarto
libro crítico es el que lleva más carga explosiva, porque está compuesto por
antiguos miembros del Opus Dei[256]. Está promovido
y dirigido (se presenta en forma de diálogos internos) por Alberto Moneada, un
sociólogo de segunda división que estuvo dentro del Opus Dei muchísimos años
sin percatarse de que vivía en la antecámara del infierno. Ahora parece poseído
de un inexplicable afán para destruir la obra del padre Escrivá. Sus
contribuciones personales son ramplonas. En cambio aduce testimonios, de cuya
veracidad no tengo por qué dudar, de antiguos miembros del Opus Dei que por lo
general son personas serias para quienes su vida en la institución resultó
traumática. Casi todos se expresan con respeto para el padre Escrivá pero
largan auténticas cargas de profundidad contra la Obra. Confieso que este libro
me ha hecho reflexionar muy profundamente hasta haber llegado, para escribir
esta sección, a tomar una decisión en la que cada día me confirmo después con
mayor claridad.
Con motivo
de la beatificación del padre Escrivá de Balaguer he escrito dos ensayos en los
que comento otras fuentes varias acerca del Opus y su fundador y también
algunas de las que acabo de citar. (El libro del ex jesuita Walsh, y el de
Woodward, (ayudado por jesuitas americanos) que los enemigos del Opus
presentaron entonces como principales piezas de cargo contra el fundador del
Opus, me parecen deleznables. Al escribir aquel ensayo yo había iniciado ya mi
meditación personal y profunda sobre el Opus Dei y algunos amigos míos miembros
de la Obra lo advirtieron[257]. Al año
siguiente, creada ya la editorial donde se prepara este libro, publiqué otro
ensayo sobre el marquesado de Peralta, título que a mi ver equivocadamente se
hizo conceder el padre Escrivá, pero mi meditación sobre su
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persona y su
obra no cambió por ello de sentido; un santo puede cometer una (y más de una)
equivocación, para la que hay, además, motivos humanamente explicables, aunque
a mí me gustaron entonces y me siguen gustando más bien poco[258]. Podría seguir acumulando fuentes pero creo
haber citado las esenciales para que el lector enfoque objetivamente mi
valoración.
LA TRAYECTORIA DEL BEATO ESCRIVÁ
El padre
Escrivá se arregló un poco el nombre y los apellidos. Creo que cada uno debe
llamarse como quiera aunque convenga que sepamos por qué; recuerde el lector
que el general Baldomero Espartero no se llamaba ni lo uno ni lo otro y a nadie
le pareció nunca mal. Unió sus dos nombres de pila en el Josemaría por devoción
a la Virgen, que marcó su vida. Puede que prefiriese la ortografía de Escrivá a
la primitiva de Escriba, cambios que fueron muy corrientes en las épocas
anteriores. Se añadió el «de Balaguer» por razones parecidas a las que le
movieron a pedir el marquesado de Peralta; sus padres provenían de familias
hidalgas venidas a menos y regentaban un comercio modesto en la ciudad de
Barbastro, donde Josemaría nació el 9 de enero de 1902. La familia paterna
provenía, dice un biógrafo, de la villa de Balaguer en Lérida, que le inspiró
la adición del apellido, algo parecido a lo que hizo el insigne director y
músico burgalés Rafael Frühbeck para añadirse como segundo apellido «de
Burgos». El negocio familiar de tejidos empezó a marchar peor en 1915 y el
padre, a sus cincuenta años, tuvo que marcharse con la familia a Logroño tras
aceptar un puesto de dependiente en comercio ajeno. Creo que los sacrificios
que hizo por él su familia para que pudiera continuar sus estudios sacerdotales
y universitarios, así como la nostalgia de la hidalguía desvanecida, muy común
en las familias de varias regiones del Norte de España, fueron las causas de
que cuando Josemaría era ya un personaje famoso e influyente buscara compensar
a su familia con el ennoblecimiento, el título que jamás usó. Pudo haber otra
razón personal relacionada con el posible ingreso en la Orden nobiliaria de
Malta (en la que entró sin dificultad alguna don Álvaro del Portillo, su
sucesor en el Opus) y no hubiera sido mala solución para los relajados y
decaídos Hospitalarios. El caso es que estudiaba el bachillerato en el
instituto —gratuito— de Logroño y se comportaba como un joven cristiano
enteramente normal cuando la observación de las huellas que dejaba un carmelita
descalzo sobre la nieve que cubría la calle «desencadenó un hondo proceso
interior» (Fuenmayor). El Camino, que fue madurando lentamente durante los años
siguientes, mientras continuaba sus estudios en Logroño y Zaragoza. Se ordenó
sacerdote en 1925 cuando ya estudiaba Derecho en la Universidad de Zaragoza
hasta terminar la carrera en 1927. No ejerció la profesión jurídica pero
adquirió un hondo sentido jurídico que fue decisivo para el resto de su vida.
Desde 1927 vivió en Madrid para realizar los estudios de doctorado hasta que el
2 de octubre de 1928
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«recibí una
iluminación sobre toda la Obra», escribió él mismo tres años después. Esa
inspiración de lo alto, que han experimentado muchos otros fundadores de
grandes instituciones religiosas, se le presentó como desembocadura de aquel barrunto
—un sentimiento de vocación— que había experimentado en Logroño durante el año
1917, el año de las apariciones de la Virgen de Fátima y de la Revolución
soviética en plena Gran Guerra. En 1928 estaba haciendo unos ejercicios
espirituales en la residencia de los padres paúles; Interrumpió una lectura, se
arrodilló en acción de gracias y en ese momento escuchó las campanas de la
inmediata iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles que se alza junto a Cuatro
Caminos. Don Josemaría pensó, hasta el día de su muerte, que ese 2 de octubre
de 1928 «el Señor fundó su Obra».
Alternaba
los estudios de doctorado con una intensa labor de apostolado en barrios pobres
de Madrid. Designado capellán del Patronato de Enfermos que dirigían las
abnegadas Damas Apostólicas trabaja con enfermos, niños y jóvenes, siempre de
manera ejemplar. Para ayudar a su familia da clases, además, de Derecho
Canónico y Derecho Romano en la Academia Cicuéndez. En estas ocupaciones le
sorprendió la iluminación superior de 1928. En 1930 recibe un nuevo impulso
interior mientas celebra la Misa: la necesidad de que en la Obra haya una rama
femenina. Van llegando, desde 1930, las primeras vocaciones, precedidas por el
ingeniero Isidoro Zorzano, que murió pocos años después y tiene incoada la
causa de beatificación. Por entonces explicó a su madre, con la que siempre
estuvo muy unido, su idea fundacional del Opus Dei, sobre la que no había
dejado de pensar y trabajar a raíz de su iluminación de 1928. Desde 1932 se
trajo a Madrid a su madre y a sus dos hermanos supervivientes, Carmen y
Santiago, que se entregaron a ayudarle y dieron aire de familia a los primeros
adheridos a la Obra, que solían reunirse en el domicilio de don Josemaría,
situado en la calle Martínez Campos 4. Acudían allí en busca de dirección
espiritual y orientación profesional algunos sacerdotes jóvenes y estudiantes,
atraídos por el poder de convicción y la seguridad en su destino que desde 1928
demostraba en sus contactos y conversaciones el sacerdote aragonés, pero el
reclutamiento del primer grupo estable resultó lento, con no pocos abandonos.
La fórmula Opus Dei era sugestiva pero demasiado nueva; tardó décadas en
asentarse con claridad, aunque el espíritu resultaba sencillo y claro desde el
primer momento.
Eran tiempos
convulsos para el mundo y especialmente para España, los años treinta, bajo la
amenaza de la expansión comunista, la decepción democrática y el auge de los
fascismos. En España se proclamaba el 14 de abril de 1931 una República que
demostró bien pronto su agresividad inútil contra la Iglesia —que la había
acatado— y contra las Fuerzas Armadas, que no se habían opuesto a su
implantación. Lo peor era que esa República se presentaba como el régimen de
media España contra la otra media, En mayo de 1931, el mes de la quema de
conventos, el padre Escrivá dejo la capellanía del Patronato de Enfermos,
trabajo que sustituyó en septiembre por el cuidado espiritual de las Agustinas
Recoletas en el convento de Santa Isabel, cerca de Atocha. En 1934 fue nombrado
Rector del Patronato de Santa
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Isabel, una
institución benéfica del regio patrimonio que había pasado a la diócesis de
Madrid. Los jesuitas, con quienes don Josemaría había mantenido contactos
permanentes, por la admiración que sentía hacia su Orden, fueron disueltos en
virtud de la Constitución sectaria de la República ¡con el pretexto de su
cuarto voto de obediencia al Papa! y pasaron a la clandestinidad mientras sus
jóvenes en formación tenían que salir al destierro. El padre Escrivá había
observado y estudiado con suma atención las Constituciones de la Compañía de
Jesús, su forma de gobierno centralizado, su vinculación espiritual con los
superiores, la interpretación ignaciana de la «obediencia ciega», su categoría
cultural y su relación con los intelectuales, la eficacia de la plataforma que
habían creado a fines de la primera década de siglo para la acción política y
social de los católicos, llamada Asociación Católica Nacional de Propagandistas
y, para los jóvenes, las Congregaciones marianas; y sobre todo les admiraba por
su absoluta entrega, confirmada por el cuarto voto, al servicio de la Santa
Sede. En resolución, le atraía de los jesuitas casi todo lo que, cuando el Opus
Dei se convirtiera en una potencia de la Iglesia, los jesuitas estaban
abandonando inexplicablemente.
A fines de
noviembre de 1933 —el año en que Hitler había subido al poder— el
centro-derecha gana las elecciones generales en España y el poder de la
República pasa a manos del partido de los católicos, la CEDA, que era
simplemente la plataforma política de la Asociación Católica Nacional de
Propagandistas. La izquierda, republicana y proletaria, no se resigna y se alza
contra el legítimo resultado electoral en la Revolución de Octubre de 1934, que
fue el toque general para una guerra civil. A finales de 1933 don Josemaría
Escrivá, que poseía dotes de hombre de empresa, y especialmente de empresa
cultural, abrió en la calle Luchana de Madrid la academia DYA (Derecho y
Arquitectura) para la preparación de estudiantes llamados a esas carreras. A
fines del curso siguiente la academia DYA se traslada a la calle de Ferraz 50.
La Academia fue un éxito y el fundador entró en contacto directo con numerosos
jóvenes, algunos de los cuales ingresaron en la Obra. Publicó en ese año Consideraciones
espirituales, en Cuenca, un conjunto de máximas (método que entonces
estaba en boga, como demostró el éxito de un libro semejante debido al jesuita
García Martínez, Gar-Mar) aunque la edición definitiva del librito de Escrivá, Camino,
apareció en Valencia a poco de acabarse la guerra civil y contiene, naturalmente,
algunos rasgos del espíritu de cruzada que se vivía en España durante aquellos
años. Es un libro fundamental del Opus Dei, refleja su novedad, su profundidad
y su espíritu a la vez exigente y abierto, y para comprenderlo conviene leerlo
según la visión con que fue escrito. Es una de las obras más divulgadas del
siglo XX
y conserva hoy toda su lozanía. En el mismo año 1934 publicó el Fundador otro
libro sobre el Santo Rosario.
La
convivencia de los españoles se hizo cada día más imposible en la República. El
16 de febrero de 1936 las elecciones generales dieron la victoria —indudable,
pero manipulada y exagerada por las izquierdas— al Frente Popular, que actuó
con
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espíritu y
prepotencia revolucionaria durante el primer semestre de 1936. El líder de la
derecha católica, Gil Robles, declaró ante las Cortes en Mayo que «media nación
no se resigna a morir» y el líder de la derecha monárquica. José Calvo Sotelo,
fue asesinado por fuerzas de Orden Público uniformadas en la madrugada del 13
de julio. Una junta de generales había preparado un alzamiento contra el Frente
Popular si la situación llegaba a condiciones insufribles y todo el mundo
comprendió que ese momento había llegado el 13 de julio. Cuatro generales con
mando de división o asimilados —cuatro entre veinticuatro— se sublevaron contra
el gobierno de Frente Popular entre los días 17 y 19 de julio de 1936, seguidos
por la «media España que no se resignaba a morir». El gobierno y las
organizaciones que le seguían declararon formalmente la guerra y la persecución
a la Iglesia católica, como hemos visto y el mero hecho de que un sacerdote
apareciera en Madrid con sotana era una sentencia de muerte. Don José María Escrivá,
ardiente partidario del Alzamiento desde el primer minuto, como prácticamente
toda la Iglesia española, que sufrió el martirio de trece obispos y unos ocho
mil eclesiásticos y monjas, se fue escondiendo en varios domicilios de Madrid y
luego en el sanatorio psiquiátrico de la calle Arturo Soria. En marzo de 1937
se refugió en la legación de Honduras y a fin de agosto consiguió una
documentación falsa que le permitió acercarse al Pirineo catalán, por donde
miles de partidarios de la causa nacional huían de la zona roja. El joven y
brillante arquitecto Miguel Fisac, ya miembro del Opus Dei donde aguantó por
muchos años una experiencia traumática, fue quien realmente salvó al Fundador
de la muerte. Cruzaron la cordillera por la ermita de Rialp (que desde entonces
se incorporó a la mitología del Opus Dei, como el «borrico» con que el padre
Escrivá se refería a sí mismo humilde y sinceramente en sus escritos) el 19 de
noviembre de 1937, cuando las tropas de Franco acababan de consumar su gran
victoria sobre la franja republicana del Norte y tenían virtualmente ganada la
guerra civil tras haber logrado el desequilibrio estratégico en su favor. Se
salva en Andorra y sin vacilar se dirige con su pequeño grupo a la frontera de
Irún que atraviesa el 12 de diciembre de 1937, en que llega a San Sebastián, El
autor de este libro había llegado unas semanas antes a la bellísima ciudad,
donde se vivía la marcha de la guerra con un interés y un entusiasmo que sólo
pueden comprender los que fueron testigos directos.
En el mes de
enero de 1938 don José María Escrivá fija su residencia en Burgos, capital de
la zona nacional, donde procura restablecer su salud muy quebrantada por la
terrible experiencia en la zona enemiga. Seria ucrónico, y además estúpido,
pedir al padre Escrivá, que además provenía de una familia católica y
derechista por los cuatro costados, que en aquellos momentos febriles de
Cruzada asumiera una actitud distante y neutral. No lo hizo sino que se sumó
fervorosamente a la causa de Franco, como la práctica totalidad de los obispos,
sacerdotes, religiosos y católicos de España y del mundo. No participó sin
embargo en actividades de guerra. Dirigía a varios miembros jóvenes de la Obra
que hacían el servicio militar en los frentes y en Burgos, donde convivió con
el químico José María Albareda y el joven jurista Pedro
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Casciaro. En
el verano de 1938 llegó a Burgos, huido de la otra zona, otro miembro
importante del Opus, el ingeniero de Caminos Álvaro del Portillo.
Parece que
el padre Escrivá hablaba con el grupo intelectual dominante en la España
nacional —algunos monárquicos como José María Pemán, el equipo falangista de
propaganda que dirigía Ramón Serrano Suñer—. Los primeros le hicieron caso; los
segundos, que no eran simplemente falangistas sino abiertamente fascistas,
pasaron por alto a aquel cura evadido que pretendía incorporar a los
intelectuales a no sé qué extraña Obra de Dios. Se dedicó entonces a enviar
innumerables cartas a toda la España libre, para establecer contactos que
serían útiles en el futuro. Y ejercitó, con el ánimo de siempre, una intensa
labor pastoral.
En 1939 fue
elegido Papa el cardenal Eugenio Pacelli, Pío XII, justo a tiempo para bendecir
a la España victoriosa; sería un hombre providencial para el Opus Dei, entre
otras cosas porque comprendía a España. El padre Escrivá tenía mucha prisa de
instalarse en Madrid; entra en la capital junto con las tropas que la
liberaban, el 28 de marzo de 1939. Se instaló —mientras vivió en España— en una
casa de la calle Diego de León 14, que sería luego Vicaría del Opus Dei para
España. En 1944 se le declaró una molesta diabetes tardía, enfermedad grave que
sin embargo permite al enfermo mantener la salud mediante un régimen severísimo
y una gran fuerza de voluntad, que siempre le sobró. Desde esa casa se extiende
rápidamente el Opus Dei por toda España; a Barcelona, Bilbao. Granada,
Santiago, Zaragoza, Sevilla, Valladolid y Valencia. En 1945 se abrió la casa de
ejercicios y convivencias en Molinoviejo, provincia de Segovia, que tantos
secretos sobre la Obra guarda en sus muros, y en 1946 el Opus Dei establecía su
primera casa fuera de España, en la ciudad universitaria portuguesa de Coimbra.
En aquella época difícil la única fuente de ingresos del Opus Dei fue el
trabajo profesional de sus miembros. Durante los primeros años de la postguerra
—1939-1941— son cada vez más los Obispos que llaman al padre Escrivá para que
dirija ejercicios espirituales a sacerdotes y fieles y para animarle a que
abriera alguna residencia en sus diócesis.
También son
los años de las primeras incomprensiones y ataques al Opus Dei, sobre todo por
parte de los jesuitas, que se quejaban de la novedad de la Obra y del
proselitismo agresivo que exhibían sus miembros. Lo que sucedía es que los
miembros jóvenes del Opus Dei creían en su nueva misión y lo comunicaban
ardientemente a otros jóvenes con quienes entraban en contacto. El Opus Dei
penetró en las Universidades y de hecho controló la más ambiciosa obra cultural
del régimen, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, encomendado a
don José María Albareda y al joven profesor de Historia Alfredo Sánchez Bella,
que tenía otros dos hermanos dirigentes de la Obra pero que habló con su
habitual sinceridad al padre Escrivá y hubo de abandonar al Opus Dei, con el
cual ha seguido siempre, sin embargo, afectivamente vinculado. La penetración
en la Universidad y en el Consejo se explica por la gran cantidad de vacantes
que produjo la represión y el exilio entre profesores e investigadores afectos
al bando vencido. El Ministro de Educación a
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partir de
1939, don José Ibáñez Martín, había conocido íntimamente al padre Albareda y
protegió casi sin disimularlo la promoción de miembros del Opus Dei a las
cátedras y a los puestos de investigación. Esto fue un hecho, que yo comenté en
algunos casos con el propio Ministro, a quien estimaba mucho, y que por ejemplo
se me quejó un día amargamente (tras haber atropellado a mi moto con su coche
oficial en la calle de Serrano) de haber procurado indebidamente la cátedra de
Filosofía de la Historia al joven profesor Rafael Calvo Serer, que a mí siempre
me pareció un cantamañanas. Sin embargo se ha exagerado mucho sobre el copo de
las cátedras universitarias por el Opus Dei. Yo mismo, en obras anteriores,
hablé del caso con información insuficiente. Resulta que entre 1939 y 1951 se
nombraron 408 catedráticos universitarios; de ellos sólo 23 miembros del Opus
Dei, algo más del 5 por ciento. Fueron los siguientes:
1940 José María
Albareda
1942 José María
González Berrelo
Francisco Botella
José Orlandis
Rafael Calvo
Serer
Juan Jiménez
Vargas
Vicente Rodríguez
Casado
1943 Amadeo de
Fuenmayor
1944 Francisco
Ponz Piedrafita
José Manuel Casas
Torres
Eduardo Alstrué
Ignacio de la
Concha Martínez
1945 Laureano
López Rodó
Angel López Amo
Salvador Senent
1944 Jesús
Arellano
1948 Federico
Suárez
Alberto Ullastres
1949 Florentino
Pérez Embid
Antonio Fontán
Guillermo
Céspedes del Castillo
1950 Félix
Alvarez de la Vega
Ismael Sánchez
Bella
No cabe duda
de que casi todos esos nombres son relevantes —entre ellos nada menos que un
Alberto Ullastres, un Antonio Fontán, un López Rodó— y que solamente hay entre
los demás uno, ya citado, que me parece errático y otro muy discutible. El
porcentaje no es, ni mucho menos, abusivo. Después de 1950 me consta que los
medios universitarios del Opus Dei cometieron, en algunos casos, injusticias
notorias, a veces en inicua alianza con profesores marxistas y en contra de
profesores
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católicos.
Cuando tenga la lista completa la publicaré, pero eso significa solamente que
sectores del Opus Dei han caído en el mismo defecto excluyente y reprobable que
otros grupos interesados en avanzar por cualquier medio dentro de la
Universidad española. Otros grupos, quiero decir todos los grupos, de derecha y
de izquierda, sin una sola excepción. No es para exculpar al Opus Dei sino para
inculparle junto con todos esos grupos. Así ha sido el sistema, en el que
también han existido, venturosamente, bastantes excepciones. Por ejemplo en mi
propio caso cuando uno de los catedráticos mencionados en la lista anterior
pretendió hundirme en mis oposiciones a cátedra de manera parcial e injusta y
se quedó merecidamente con un palmo de narices. Otros profesores del Opus Dei
me han ayudado muchísimo; algunos me han hecho todo el daño imaginable pero
como suelo no tener pelos en la lengua les he replicado de forma contundente
hasta que han optado prudentemente por callarse. Pero no voy a ponerles de
nuevo en la picota; este quiere ser un apunte serio sobre el Opus Dei, no una
venganza (que tendrían más que merecida) contra algunos cretinos que son o han
sido miembros o allegados de la Obra.
En diciembre
de 1939 el padre Escrivá obtiene el doctorado en Derecho por la Universidad de
Madrid, sobre el que han menudeado las discusiones. El empuje de la Obra
continuaba vigorosamente en los años de la postguerra, en la estela de la
cruzada. El19 de marzo de 1941 el obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay,
que había comprendido desde el principio a la Obra, la aprobó como Pía Unión,
era la primera aprobación de la Iglesia. El 22 de abril muere doña Dolores
Albás, madre de don José María y colaboradora imprescindible y abnegada suya y
de la Obra durante los diez primeros y más difíciles años. El 14 de febrero de
1943, mientras celebra Misa en un centro de mujeres del Opus Dei, una nueva
iluminación le inspira la creación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
para agrupar a los sacerdotes de la Obra y facilitar la aprobación de la Santa
Sede que, en efecto, otorga el «nihil obstat» para la erección canónica del
Opus Dei en la diócesis de Madrid. El siguiente 24 de junio de 1944 el obispo
de Madrid ordena a los tres primeros sacerdotes de la Obra después el fundador,
entre ellos don Álvaro del Portillo.
Terminada la
segunda guerra mundial, el Opus Dei empieza su expansión fuera de España:
además de Portugal, Inglaterra, Italia, Francia, Irlanda. Don Álvaro del
Portillo, experto canonista además de ingeniero, llevaba ya varios años en Roma
donde su capacidad y su prestigio le introdujeron en la Curia y le permitieron
trabajar a fondo para conseguir el estatuto jurídico más conveniente para el
Opus Dei; una larga lucha que el Fundador no llegó a ver rematada en vida. En
la Semana Santa de 1946 (o una de las inmediatas) me consta directamente que el
general Franco pidió a monseñor Escrivá que le dirigiera personalmente los
Ejercicios espirituales, para los que siempre llamaba a sacerdotes a quienes
juzgaba bien enterados de la situación de la sociedad española; uno de ellos
había sido el famoso jesuita padre José María de Llanos, muy amigo, por cierto,
del padre Escrivá, y que tras haber militado como ardiente franquista y cantor
de la cruzada, con ribetes fascistas, se marchó a un
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suburbio de
Madrid y se hizo comunista, hasta llegar a miembro del Comité Central, todo un
carrerón. El almirante Jesús Fontán Lobé, pariente y ayudante de Franco, me
contó la reacción de Franco tras conocer y hablar con el fundador del Opus Dei:
«A este hombre —dijo a Fontán con el rostro enrojecido, tras despedir a don
Josémaría— hay que hacerle arzobispo de Sión». Era el título que llevaba el
Vicario general castrense en España, encargándole la instrucción espiritual de
los soldados, Franco quería que toda la juventud española pasara por las manos
del padre Escrivá. En las conversaciones reservadas con su pariente Franco
Salgado, el Caudillo habla siempre de Escrivá con sincera admiración y elogio;
correspondido por el fundador del Opus Dei, cuya carta a Franco, felicitándole
por haber promulgado en 1958 la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento,
una carta de firme adhesión personal, aunque fue cuidadosamente ocultada
durante años, fue publicada por vez primera en mi libro Franco y don Juan,
los Reyes sin corona[259]. Y eso que a partir de 1953, cuando un sector
minoritario del Opus Dei inició el despegue del franquismo, las relaciones
entre Franco y el fundador del Opus Dei se entibiaron hasta el punto de que,
según me reveló el propio almirante Fontán (que era miembro del Opus Dei)
Franco dejó sin contestar varias cartas del padre Escrivá. Muy pronto vamos a
discutir, con toda sinceridad, el problema de las implicaciones políticas del
Opus Dei.
Muy poco
después de haber dirigido los ejercicios espirituales de Franco, el Fundador
del Opus Dei, acuciado por don Álvaro del Portillo, se dirigió a Roma para
fijar allí definitivamente su residencia. En el libro de Pilar Urbano El
hombre de Villa Tevere hay muchos datos y referencias sobre la etapa romana
del Fundador. Su llegada no pudo ser más oportuna; la impresión personal
que produjo en Pío XII no pudo resultar más favorable y es que la fe del
sacerdote aragonés y su convicción sobre el gran servicio a la Iglesia que
pretendía realizar con su Obra parecía inquebrantable y se comunicaba a
cualquier interlocutor. Sabemos ya cómo entre 1947 y 1954 el padre Escrivá y
monseñor Portillo consiguieron la aprobación definitiva del Opus Dei como
Instituto Secular. En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, para
la formación de los sacerdotes y profesionales del Opus Dei con destino a todo
el mundo. En 1949 el Opus Dei desembarca en las Américas donde pronto echará
raíces profundas. La sección de mujeres del Opus Dei sigue un desarrollo
paralelo. La expansión universal de la Obra no se detendrá ya nunca. El 29 de
octubre de 1960 el Fundador erige la primera Universidad del Opus Dei en la
capital de Navarra, Pamplona, que hoy es una de las más prestigiosas del mundo.
El Fundador de Opus Dei siguió muy de cerca la marcha del Concilio Vaticano 11
cuyas decisiones que se refieren a la aproximación de la Iglesia al mundo él
había anticipado desde su decisión suprema en 1928. Viaja continuamente por
todas partes, habla con grandes grupos de fieles gracias a su alto y familiar
sentido de la comunicación.
Durante su
último viaje a España en 1975, el año en que iba a morir Franco, consagra el
altar mayor de la inmensa basílica que sus hijos y fieles le han construido
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en
Torreciudad, cerca de Barbastro, junto a la ermita en que de niño acudía a orar
ante la Virgen. El 23 de junio de ese mismo año 1975, a poco de regresar de
España, cayó muerto ante su mesa de trabajo, junto a una imagen de la Virgen de
Guadalupe. Al día siguiente fue sepultado en la casa generalicia del Opus Dei.
El 17 de
mayo de 1992, ante la mayor concurrencia que se recordaba en la historia de la
Plaza de San Pedro, más de trescientas mil personas, fue beatificado por el
Papa Juan Pablo II tras un rápido, tal vez demasiado rápido, proceso canónico.
En el
momento de su muerte el Opus Dei se extendía por los cinco continentes y
contaba con más de sesenta mil miembros de ochenta naciones[260]. Su sucesor, don Álvaro del Portillo, continuó
aguerridamente la lucha para que el Opus Dei consiguiera la situación jurídica
que el Padre Escrivá y sus consejeros habían creído más conveniente para los
fines de una institución de tan asombroso crecimiento y tan altos servicios a
la Iglesia. Esa lucha está descrita admirablemente en la obra citada del
profesor Amadeo de Fuenmayor y sus colegas. La solución definitiva que convenía
por igual a la Santa Sede y al Opus Dei fue la erección del Opus Dei como Prelatura
Personal, decretada en la Constitución Apostólica Ut sit de 28 de
noviembre de 1982. Monseñor Álvaro del Portillo fue el primer Prelado del Opus
Dei.
Cuando murió
San Ignacio de Loyola, el 31 de julio de 1556, mil jesuitas dirigían treinta y
un colegios en muchas naciones, porque ése era el núcleo principal de su
actividad apostólica extendida a otros muchos campos. Hoy, por desgracia, como
veremos en el capítulo 9 de este libro, el número total de jesuitas sigue
cayendo en picado cada año. Las comparaciones son siempre odiosas,
especialmente en este caso pero los datos son, como dice Revel, muy tozudos. Y
conviene reproducirlos de la única fuente autorizada que conozco, el último Anuario
Pontificio que poseo, correspondiente al año 1994 y adquirido en Roma en
enero de 1995. En la p. 1138, entre el epígrafe de Ritos y el de Estadísticas
episcopales figura en plural el título «Prelaturas personales» bajo el que
puede verse solamente un nombre: Opus Dei, Prelatura de la Santa Cruz y Opus
Dei.
Número de
Sacerdotes1496
Sacerdotes
ordenados40
Seminaristas
mayores352
Seglares de la
Prelatura (todos los grados, hombres y mujeres) 77 415
Una fuerza
espiritual libre y jerarquizada, próxima a los ochenta mil miembros con
innumerables obras al servicio de toda la sociedad, ricos y pobres, altos y
bajos, sanos y enfermos, hombres, mujeres y niños, en todo el mundo, que sin
duda tiene cada uno sus problemas y sus angustias, pero enteramente dedicados
al servicio de Cristo a través de una entrega total al Papa, casi ochenta mil
hombres y mujeres que al levantarse cada mañana besan el suelo con la
invocación antisatánica Serviam y la pronuncian desde el fondo del alma.
Todas las comparaciones son odiosas pero ahora mismo vamos a hacerlas.
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LA GRAN E IRREVERENTE PREGUNTA SOBRE EL OPUS DEI
En los
epígrafes anteriores he procurado reflejar, dentro de las proporciones de este
libro, el nacimiento y la trayectoria del Fundador del Opus Dei y su Obra. Sin
embargo desde que al principio de los años cuarenta se empezó a oír hablar del
Opus Dei esta institución nunca ha perdido su halo de misterio, aunque el padre
Escrivá decía que su Obra no era secreta sino discreta. Era Nuncio en España
monseñor Luigi Dadaglio cuando un día me invitó a comer, acompañado por el
catedrático de Estética, profesor José María Sánchez de Muniain, de la
Asociación de Propagandistas, hombre bueno y ocurrente que lo sabía todo sobre
el Opus Ahora recuerdo que la invitación fue para comentarme mi primera
biografía de Franco, que había aparecido en 1972. Hablamos durante el almuerzo,
muy agradable, de todo lo divino y lo humano y por tanto del Opus Dei, al que
el Nuncio, no muy afecto a la Obra, no sabía en cuál de las dos categorías
clasificar. Yo estaba entonces en posición bastante más crítica que hoy
respecto al Opus Dei aunque incluso en mis críticas más duras jamás omití
importantes aspectos positivos. Oí en aquel almuerzo a Sánchez de Muniain una
definición sobre el Opus Dei que pronto hizo fortuna: «El Opus es un ten con
ten entre el cilicio y el Remy Manin». Y luego nos refirió, con gran
satisfacción del Nuncio, la gran pregunta.
La gran
pregunta era la que San Pedro hizo a Franco antes de dejarle pasar al cielo.
Fue entonces también cuando oí por vez primera que alguien mencionaba la muerte
de Franco; mi amigo Pío Cabanillas decía seriamente que Franco no moriría antes
del año dos mil, y lo repetía hasta en octubre de 1975. (Yo acababa de hablar
detenidamente con Franco y le había encontrado muy decaído y distante). San
Pedro, decía Muniain, hizo a Franco tres preguntas que por lo visto suscitaban
enorme curiosidad en los cielos. «Primera, si cree usted de verdad que todo
está atado y bien atado. Segunda, si es verdad que usted hizo en 1945 un pacto
secreto con Stalin (éste era un rumor muy extendido en España entonces, por
absurdo que parezca). Y ahora viene la gran pregunta mi general, la que
solamente usted puede responder. Ante el silencio expectante del Caudillo
siguió San Pedro: «Y la tercera, la gran pregunta: ¿qué coño es el Opus?». Con
todo respeto yo quisiera explicar brevemente la respuesta de Franco y la mía.
Franco
estuvo, durante muchos años al final de su vida, indignado con el Opus Dei. Se
había identificado muy profundamente con la Obra y había tenido en altísima
estima, como sabemos, al Fundador. Pero no comprendía el movimiento del
profesor Calvo Serer que, fracasado en su intención de convertirse en ideólogo
permanente del franquismo, (y simultáneamente del juanismo) se pasó sin más
trámites al antifranquismo y creó un movimiento de oposición vertebrado con
miembros del Opus Dei, con aprobación evidente del padre Escrivá de Balaguer,
entre cuyos más claros defectos figuraba la estima que siempre sintió por su
aberrante discípulo. En ese movimiento, ya en los años sesenta, figuraron más
discretamente miembros
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mucho más
serios del Opus Dei como el profesor Antonio Fontán, que siempre ha mostrado
gran eficacia en la organización de plataformas de jóvenes políticos, y otros
socios del Opus como un compañero mío en el Cuerpo de Técnicos de Información y
Turismo a quien contemplé divertidamente una noche, en vísperas del referéndum
para la Ley Orgánica de 1966, pintando «NO» con grandes letras junto a los
carteles del SI y poniéndose perdido. En las agendas de trabajo que ha
publicado Fraga en Planeta con el nombre de Memorias (y que pese a ello son muy
interesantes) hay muchos detalles sobre la formación de esta línea de oposición
al franquismo en los años sesenta bajo la dirección de Calvo Serer y compañía.
Y es que el Opus Dei, sobre todo desde que varios de sus miembros formaron
parte estelar de los gobiernos de Franco a partir de 1957 hasta la muerte del
almirante Carrero, gran protector de la Obra, en 1973, se había identificado
profundamente con el franquismo, aunque por la época del Concilio el padre
Escrivá captó las ondas antifranquistas del Vaticano y permitió que Calvo Serer
y sus amigos iniciasen un tanto abruptamente el despegue del franquismo, al que
otros miembros del Opus, la gran mayoría, sirvieron lealmente hasta el final.
Hay quien adelanta este despegue a la época anterior al Concilio y puede que
sea verdad. En todo caso Franco no comprendía el pluralismo político dentro del
Opus Dei, que tanto le debía; por más que el pluralismo político, como el
pluralismo profesional, formaba parte de la entraña de la Obra desde el
principio.
Yo creo que
la línea antifranquista que surgió en el Opus Dei, o entre un grupo de miembros
del Opus Dei, era perfectamente legítima y explicable salvo por un detalle: esa
línea, bajo la dirección de Calvo Serer, llevó directamente a la Junta
Democrática de 1974, es decir a la alianza estratégica de varios miembros del
Opus Dei con los comunistas; que entonces eran marxista-leninistas; y no se
trató de ninguna casualidad sino de un exagerado desprecio por las ideologías
en favor de la praxis política, que es otra de las características que he
observado en muchos miembros del Opus Dei. En virtud de un desprecio semejante
algunos miembros del Opus han pactado las votaciones para cátedras en estos
últimos tiempos con conocidos comunistas; y esto nadie me lo podrá negar porque
lo he visto con mis propios ojos y varias veces. En virtud de ese mismo
desprecio el sector crítico de la derecha navarra, dirigido por don Juan Cruz
Alli y compuesto por muchos miembros del Opus Dei han pactado la formación de
un gobierno de Navarra en este mismo año 1995 con socialistas y comunistas
defensores a ultranza del abono, lo que mereció una justísima repulsa de don
Luis María Anson en ABC, quien hace dos años, a la muerte de don Juan,
exaltó hasta las nubes al señor Allí por haber pronunciado un discurso juanista
lleno de disparates históricos; sic transit gloria mundi. En casos como
éste son inútiles las protestas oficiales del Opus Dei sobre la pluralidad y la
plena libertad política de sus miembros. La libertad y la pluralidad son
ciertas y aceptables; el señor Calvo Serer y el señor Allí tenían todo el
derecho del mundo a establecer pactos políticos. Pero con excepción de quienes
pueden llevar a los gobiernos, como es el caso de los comunistas, su ateísmo
constituyente y sus ideas contra la vida. Para eso
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un católico
no tiene libertad salvo renuncia del otro grupo a esos principios, una renuncia
que no se ha producido ni en los años setenta ni hoy ni por supuesto en los
impúdicos convenios de cátedra, que espero nadie me niegue porque entonces
daré, en sucesivas ediciones, fechas, nombres y apellidos. Esto supuesto no
debo tomar el todo por la parte y reconozco que la inmensa mayoría de los
socios del Opus Dei actúan correcta y libremente en sus opciones políticas, con
los matices que voy a explicar a continuación.
EL OPUS DEI EN LA HISTORIA DEL SIGLO XX
En ocasiones
anteriores he mostrado un talante mucho más crítico hacia, no contra el Opus
Dei, seguramente porque ahora observo al fenómeno Opus Dei desde la infinita
perspectiva que me permite este empeño de historiar nada menos que a la
Iglesia; y en ese contexto, sin borrar las críticas que he hecho y pienso hacer
al padre Escrivá y a su Obra, los veo a una luz histórica mucho más favorable.
Hay además otro motivo que a un historiador católico debe hacer mucha fuerza.
Desde 1941 el Opus Dei, a lo largo de su evolución, ha ido recibiendo
aprobaciones cada vez más explícitas y positivas de la Iglesia. Todos los Papas
le han dado su asentimiento, especialmente los Papas a cuyo criterio yo me
acomodo con mayor seguridad, aunque a todos les respeto; Pío XII, que le elevó
a Instituto Secular y le protegió en su difícil primer tramo; Juan Pablo I, que
dedicó al Opus Dei el último de sus artículos —con inmenso elogio— en JI
Gazzetino de Venecia y veneraba tanto al padre Escrivá que fue a rezar ante
su tumba inmediatamente antes de entrar en cónclave; y Juan Pablo II, que es el
mayor entusiasta del Opus Dei que hay en la Iglesia y que se ha dado prisa en
beatificar al Fundador para dejarle en los altares antes de volver a lo alto.
Resulta que, además de respetarle como Papa, siento desde el mismo año 1978 una
veneración ilimitada por Juan Pablo II, le he estudiado durante noches y
noches, me he identificado, aun sin abdicar del sentido crítico,
profundísimamente con sus hechos y su doctrina y be escuchado de sus propios
labios, por tres veces, el impulso para seguir en mi difícil camino personal
dentro de la Iglesia y la aprobación al más polémico de mis libros, que se
llevó en la maleta para su viaje a Colombia. Y Juan Pablo II es el hombre mejor
informado del mundo sobre el Opus Dei y su fundador. Esto no es una aceptación
simple del principio de autoridad, que ya sería suficiente para un católico,
sino una comunión espiritual y a la vez racional con el pensamiento profundo
del Papa actual sobre el Opus Dei y el beato Escrivá de Balaguer.
Por otra
parte he podido superar con cierta facilidad y bastante sentido del humor los
errores y hasta las ofensas que he recibído de algunos miembros del Opus Dei,
quienes han ido, por cierto, bien servidos en mis réplicas, ante el contacto
con muchas mas y mucho más importantes personas del Opus Dei en España, en Roma
y en América. A algunas de ellas debo impulsos decisivos en mi vida, aunque
ellas no
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lo sepan. He
estudiado y comprobado, sin que a veces quienes dirigen esas obras se hayan
dado cuenta, diversas actividades del Opus Dei, tanto personales como
corporativas, y faltaría gravemente a la verdad si no confieso públicamente la
eficacia, la espiritualidad y el heroísmo con que he visto funcionar a esas
personas y esas obras. Hay sobre todo un rasgo que me impresiona vivísimamente.
Por desgracia la Compañía de Jesús, a la que tanto debo y a la que tantísimo he
conocido y estudiado en sus fuentes públicas y secretas ha perdido el camino
que le señaló su Fundador en el siglo
XVI y, dominada por un clan nefasto empeñado en
llevarla a una opción de signo político e izquierdista, cuando no abiertamente
marxista, ha dejado de ser la «caballería ligera del Papa» y se ha convertido
en la oposición, y no precisamente leal oposición, al Papa. No sólo a este Papa
sino a la Santa Sede, al menos desde Pablo VI hasta hoy. No es que todos los
jesuitas caigan bajo esa aberración, ni mucho menos. Pero un grupo audaz y
determinado, que empezó a formase en los años cincuenta, tomó los mandos de la
Orden en 1965 y desde entonces no ha hecho sino desnaturalizada. Este terrible
acontecimiento, que me parece central en la historia moderna de la Iglesia, lo
voy a estudiar en el capítulo 9 de este libro pero lo cito aquí para marcar el
contraste con la actitud del Opus Dei. La posición teológica y filosófica del
Opus Dei —que cuenta ya con teólogos y pensadores de primer orden— está mucho
más de acuerdo con el sentir de la Iglesia que la teología de unos jesuitas que
en ocasiones, como ha visto el lector en el Pórtico, llegan a negar la
divinidad de Cristo. Un arzobispo del Opus Dei rige hoy según el espíritu de
Cristo la archidiócesis de San Salvador, la nación mártir que, como Nicaragua y
ahora México, condensan una de las tormentas más negras en la historia de la
Compañía de Jesús, en la historia de la Iglesia en América, como estudiaremos
con detalle. Uno de los jesuitas más importantes y mejor orientados de hoy, el
californiano padre Fessio, ha proclamado hace pocos meses ante las actas de la
Congregación General XXXIV, que ofrezco en este libro, su estupor ante una
Compañía que no sabe si cultiva «el cuarto voto o la cuarta columna»; daré el
texto completo. En cambio el Opus Dei se vuelca en el apoyo al Papa. Arropa los
viajes del Papa, que los jesuitas observan con indiferencia. Colabora como un
ejército espiritual disciplinado en las grandes empresas del Papa, hasta
extremos que muchos desconocen. Junto con otras instituciones de la Iglesia que
han seguido su altísimo ejemplo, el Opus Dei está cumpliendo en la segunda
mitad del siglo XX la obra que la Compañía de Jesús cumplió
gloriosamente en la segunda mitad del siglo
XVI y ahora tiene lamentablemente abandonada. Lo he
visto siempre tan claro que en el segundo de los artículos que escribir en mi
vida, a mediados de los años sesenta, titulé más por intuición que por
documentación: «La lid abandonada» bajo un retrato del padre Arrope. No me
preocupa nada la formidable máquina de propagada de unos jesuitas que han
proclamado hace poco en su revista-almirante de Madrid: «San Ignacio no fue un
capitán, la Compañía no es un ejército». La primera definición es falsa, la
segunda cierta. Son un ejército disuelto, como demostraré documentalmente qué
dijo
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Por estas
razones, que podrían multiplicarse, he hecho en este libro una opción histórica
en favor del Opus Dei. Para comprender el pluralismo político de sus miembros
conviene compararle con la otra plataforma para la acción política de los
católicos, la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Esta importante
asociación para la acción informativa, social y política fue creada hacia 1910,
en medio de la ofensiva anticlerical de los liberales, por el abogado del
Estado don Ángel Herrera bajo la orientación del insigne jesuita y apóstol
social Ángel Ayala. Con ayuda de los católicos vascos compraron un diario
mortecino, El Debate y le convirtieron en el más influyente de España,
junto con el ABC. La Asociación vertebró el gran partido de los católicos, la
CEDA, que llegó a ser el primero de la República. La guerra civil y el
franquismo dividieron a sus miembros; don Ángel Herrera, que fue creado después
obispo y cardenal, se entregó a la causa y el régimen de Franco tras alguna
vacilación inicial; don José María Gil Robles, gran jefe de la CEDA arrinconado
por Franco, se apuntó al juanismo donde apenas pudo hacer otra cosa que poner
verde a don Juan de Borbón en sus memorias; la inmensa mayoría de la Asociación
siguió a don Ángel Herrera y salvó al régimen desde que varios de sus miembros,
con don Alberto Martín Artajo a la cabeza, entraron en el gobierno de Franco al
acabar la segunda guerra mundial. Luego apareció también una línea minoritaria
de oposición democristiana en el seno de los Propagandistas, alentada desde la
Roma de Pablo VI, pero a su vez se dividió en estériles corrientes que hicieron
el ridículo al llegar las elecciones generales de la democracia y luego
actuaron en la UCD como colaboradores de primer orden en unos casos, como
termitas destructoras en otros. Las grandes instituciones creadas por don Ángel
Herrera se diluyeron, se hundieron, perdieron su coordinación y alguna
sobrevive por su cuenta, como la propia Asociación que ya no se llama Nacional;
el impulso de don Ángel se ha desnaturalizado y ha perdido por completo su
ilusión y su voluntad de vencer. La gran mayoría de sus miembros siguen siendo
personas decentes, pero un pequeño grupo, que permanece en la Asociación,
ofrece a diario un ejemplo personal lamentable que algún día me inspirará una
novela entre verde y negra.
Las
plataformas informativas y políticas creadas por el Opus Dei en España han
corrido mucha mejor suerte. En el año 57 el grupo llamado de los tecnócratas,
cuyo director en la sombra era el profesor López Rodó, fueron los artífices de
la transformación económica y social más importante en la historia de España.
La línea antifranquista dirigida por el señor Calvo Serer hizo más o menos el
oso. Las publicaciones inspiradas por el Opus Dei han experimentado éxitos y
fracasos notorios. Emulo de don Ángel Herrera, y seguramente inspirado en su
experiencia, el discretísimo y admirable profesor Antonio Fontán ha sido el
creador de otras dos plataformas próximas al Opus Dei; una fue el núcleo base
de la UCD de Adolfo Suárez, antiguo miembro de la Obra; otra la renovación
juvenil, arriesgada y exitosa de la propia UCD tras arrebatar a Fraga su
partido de Alianza Popular por obra de
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José María
Aznar, que para la grosera aproximación de Alfonso Guerra es el Opus de nuevo
en el poder, oye campanas y no sabe dónde. La relación entre la nueva
plataforma política del Opus Dei con el Partido Popular que es una gran
alternativa de poder en España es muy semejante a la relación que existió entre
la Asociación Nacional de Propagandistas y la CEDA entre 1933 y 1936; aunque la
Asociación dependía directamente de la Iglesia a través de la Nunciatura. Por
supuesto que la mayoría de los dirigentes del Partido Popular no pertenecen al
Opus Dei pero los miembros de la Obra y sus allegados son los que imprimen
carácter a esa plataforma política. Mi amigo Antonio Hernández Deus, eficaz
jefe de la oficina informativa del Opus Dei en España, me dirigirá largas
cartas de matización pero en 1981 un político cuyo nombre no se puede
pronunciar más que con iniciales y conjuro, don L.C.S. +/-660 era el candidato
preferido de la plataforma Opus Dei para suceder a Adolfo Suárez en el
Gobierno. Como yo mostraba mis serias dudas sobre el personaje, y así lo
demostraría la triste experiencia de su mandato, tuve una discusión amistosa
con un altísimo dirigente del Opus Dei que le defendía ardorosamente en casa de
Eduardo Carriles. A los pocos días el dirigente en cuestión, amigo mío de la
infancia, me dirigió una carta muy concreta para volverme a pedir el apoyo a la
candidatura del Innombrable; y mi amigo nada tenía que ver con la política
española. Es imposible organizar plataformas para la acción política sin que la
Institución a que pertenecen los creadores de esas plataformas no ejerza, con
la mejor intención, su influencia para fomentarlas. Exactamente ocurre lo mismo
hoy con el Partido Popular, que por supuesto no es el partido del Opus Dei. Y
no insisto más en el tema porque el Opus Dei es cada vez más universal y este
debate se refiere principalmente a España. Podría sin embargo aplicarse también
la política, la economía y la cultura de otros países, así como a la selección
de obispos del Opus Dei para muchas diócesis del mundo, que es un criterio
bastante aplicado por el Papa Juan Pablo II, con gran acierto en mi opinión.
La Compañía
de Jesús, el Partido Comunista y la Masonería han sido modelos/antimodelos del
padre Escrivá para la organización del Opus Dei y sus plataformas y
actividades. Algún día pienso desarrollar ese tema, que creo importante. Entre
los asombrosos méritos del Opus Dei, entre los cuales pongo en cabeza su
sincera espiritualidad cristiana, noto también ciertos ribetes que tal vez sus
miembros harían bien en estudiar y desterrar. El más peligroso es el carácter
relativamente excluyente de la Obra, que le ha acarreado injustamente
acusaciones de secta; porque el Opus Dei no ofrece un sólo carácter pleno de
secta. Digo que son a veces excluyentes porque tienen poco reparo en aliarse
—política o culturalmente— con los enemigos de la Iglesia pero en cambio consideran
con frecuencia como ajenos o competidores a otros católicos que marchan más o
menos en su misma línea. Eso les lleva a la exaltación casi exclusiva de sus
propias gentes, y a prescindir de grupos y personalidades católicas de
semejante intención y fidelidad a la Iglesia. Basta con
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leer los
catálogos de las editoriales de Opus y los sumarios de las revistas del Opus
para comprobar esta tendencia al exclusivismo que es todo lo contrario a la
universalidad etimológica del catolicismo. Justo es reconocer que últimamente
les noto mucho más abiertos en tan delicado tema.
En fin, creo
haber dicho todo lo esencial sobre el Opus Dei en un contexto histórico de
infiltración contra la Iglesia. El Opus Dei es todo lo contrario: una
infiltración de la Iglesia en la sociedad. Su misión es dificilísima en esta
Iglesia y esta sociedad; y en medio de la brutal ofensiva del ambiente mundano
deben resistir los miembros del Opus Dei, en medio del mundo, tensiones
salvajes que muchas veces afectan, necesariamente, al equilibrio interior que
reconquistan cada mañana al besar el suelo con su promesa de servicio a Dios.
Por eso comprendo que muchos de ellos sientan angustia, cansancio y tentaciones
de abandonar, a las que casi siempre resisten heroicamente, Comprendo también
los abandonos; no todo el mundo es digno de mantener tan alta vocación. Supongo
que la conciencia del altísimo servicio que prestan a la Iglesia y a la
sociedad les ayudar a mantenerse firmes.
No sé si he
expresado bien lo que realmente siento por el Opus Dei en medio del camino de
la vida, cuando se empieza a ver la huella de Dios mejor en el ocaso que en el
alba. Lo resumiré para que se me entienda del todo: el Opus Dei está inventado
y bien inventado, pero si no existiese habría que inventarlo con urgencia.
Demasiadas cosas, sobre todo en la Iglesia, dependen de él.
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EL BUEN PAPA JUAN,
LA PÉRDIDA DE CUBA Y LA ORDEN DE PEKIN.
PABLO VI Y EL CONCILIO PACTADO
1958-1965
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SECCIÓN 1: SE INVIERTE EL SIGNO DE CONTRADICCIÓN
CAMBIO DE HORIZONTE: LOS AÑOS SESENTA
Visto desde
nuestra perspectiva, el cambio que se produce de repente en la Iglesia y en el
mundo a la muerte de Pío XII en octubre de 1958 no es sólo un cambio de escena
sino todo un cambio de horizonte. Van a llegar los años sesenta, donde brotaron
tantas ilusiones, aunque fuera en medio de tantas confusiones; y aunque a
nuestra mirada de hoy esas ilusiones parezcan ahora más bien alucinaciones.
Europa se había puesto ya en pie y se consolidaba entre los dos grandes bloques
estratégicos, el mundo libre y el mundo comunista; la mayoría de la gente
pensaba que Kruschef, que había satanizado hábilmente a su predecesor Stalin en
1956, echando sobre él todas las culpas históricas del comunismo, podía de
verdad adelantar económicamente a los Estados Unidos como les estaba
adelantando en los primeros grandes éxitos de la era espacial, cuyo objetivo,
de momento, era la Luna. La mayoría de la gente, incluido el nuevo Papa, creía
en el auge imparable de la Unión Soviética y, por tanto, del comunismo al que
había condenado tan enérgicamente Pío XII. Occidente, por el contrario, se iba
a entrampar a muerte en la guerra del Vietnam y sus juventudes universitarias,
en Europa y en América, parecían cambiar no sólo de modas sino de alma, y lo
exteriorizaban en sus rebeliones de Berkeley, en la bahía de San Francisco y en
el Barrio Latino de París. El nuevo Papa, Juan XXIII, aparecía como el primer
promotor del diálogo Este-Oeste, marxismo y cristianismo; y seguía un camino
que, en sus aspectos estratégicos, parecía opuesto por el vértice al de su gran
predecesor Pío XII. Los partidarios de Pío XII se transformaban en adversarios
de Juan XXIII dentro de la Iglesia y los defensores más ardientes del «buen
Papa Juan», como consiguieron que todo el mundo le llamara, ponían verde, en lo
que creían justa correspondencia, a Pío XII. Todo el mundo, incluido el nuevo
Papa. creía en la coexistencia pacífica que era la tapadera con que Kruschef y
el bloque comunista disimulaban, con enorme éxito de imagen, el mismo
imperialismo expansivo de Stalin, mientras apelaban al pacifismo absoluto (que
jamás se refería al intensísimo rearme nuclear de la URSS) e insultaban día y
noche al imperialismo de la OTAN y sobre todo al gran monstruo capitalista, los
Estados Unidos; pero casi nadie advertía la contradicción entre esos insultos y
las continuas invocaciones a la coexistencia pacífica. Para colmo el bloque
comunista conquista la que sería su plaza· de armas para la dominación
revolucionaria de América, Cuba, con la complicidad (eso sí que era coexistencia)
de la estrategia enemiga, dictada por el Departamento de Estado y el New York
Times, los grandes pregoneros de un héroe popular que marchaba por la manigua
con el rosario al cuello y se llamaba Fidel Castro. Era la edad de oro de la
propaganda articulada por la KGB, que preparaba la invasión de América por vía
religiosa, válganos Dios, gracias al movimiento PAX y a la red del
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IDOC, cuya
avanzada romana se infiltraba, como denunció pronto el cardenal polaco
Wyszyski, en la misma oficina de Prensa del Vaticano para manipular en todo lo
posible —que era mucho— al gran Concilio que pronto anunciaría con universal
sorpresa Juan XXIII. El joven y brillante senador John Fitzgerald Kennedy
ganaba las elecciones en noviembre de 1960 y se convertía en el primer
presidente católico de los Estados Unidos. Desencadenó, como uno de los grandes
frentes de su política, la «Alianza para el Progreso» que iba a conseguir el
saneamiento y la elevación económica y democrática de Iberoamérica. Muchos
observadores comentaron que la conjunción de tres figuras geniales como
Kennedy, Kruschef y Juan XXIII cambiaría, por fin, los destinos del mundo. España,
una potencia de tercer orden que antaño había gobernado al mundo,
experimentaba, eso sí, la transformación económica y cultural más amplia y
profunda de su historia y sus generaciones jóvenes reclamaban urgentemente la
democracia que en su prolongada versión socialista ha degenerado, cuando se
escriben estas líneas en sinónimo de una corrupción como no se conocía desde
Fernando VII, el último Rey de España y de las Indias.
Ilusiones,
alucinaciones. Los jóvenes rebeldes de los años sesenta se transformaron en hippies,
una nueva modalidad de vagabundos desencantados que desertaban de la guerra del
Vietnam, cuyos peores enemigos estaban en las Universidades de América. Kennedy
se estrelló contra Castro en Bahía Cochinos y Kruschef consiguió emplazar,
aunque por breve tiempo, sus ojivas nucleares a pocas millas de la costa de
Florida. Las muchedumbres que acudieron a trabajar en las fábricas jamás
construidas de la Alianza para el Progeso se hacinaron en mugrientos suburbios
de las grandes ciudades iberoaméricanas; ni alianza ni progreso. Con su plaza
de armas recién adquirida en Cuba, la estrategia soviética se aprestaba a la
invasión cristiano-marxista del hemisferio occidental y extendía sus tentáculos
por Asia y África. La rebelión juvenil del 68 se disolvió en agua de borrajas y
sus líderes buscaron frenéticamente todo ese poder y ese dinero del que habían
abominado en sus manifestaciones utópicas. Kruschef y Kennedy acabaron de mala
manera, más sangrienta e inexplicable en el caso del segundo; en medio de su
propio fracaso y el hambre de su pueblo en el caso del primero. Juan XXIII
murió en medio del Concilio y dejó a su inteligente sucesor una Iglesia más
encrespada que nunca. Pero eso sí, había convocado el Concilio.
QUIEN ERA EL PAPA RONCALLI
Las
biografías que conozco de Juan XXIII son todas no ya favorables sino
entusiastas; lo que probablemente se debe tanto a la simpatía y dotes de
comunicación que caracterizaban al Papa como a la evidente tendencia
izquierdista, aunque seriamente concebida y expresada, de sus principales
autores, entre los que
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destacan el
escritor católico español José Jiménez Lozano[1] y el ex jesuita y vaticanólogo inglés Peter Hebblethwaite[2]. Una y otra son excelentes y útiles, pero
conviene no olvidar la tendencia ideológica de sus autores dentro del
catolicismo «progresista». Otros dos apuntes biográficos me parecen más
equilibrados; el de Hubert Jedin en el tomo IX de su tantas veces citado Manual
de Historia de la Iglesia[3] y el de Benny Lai en I segreti del Vaticano[4], que consigue un difícil retrato lleno
de agudeza, intuición y sentido informativo, que trasluce la pluma del testigo
directo y muy bien relacionado en Roma. Para el espinoso problema de la
aproximación de Juan XXIII a la izquierda italiana y al comunismo soviético es
necesario, además, acudir a otras fuentes imprescindibles que en su momento
citaré. Es muy difícil sustraerse a la magia de Juan XXIII y no voy a
intentarlo porque me seduce, como a todo el mundo, su talante humano y su
profunda espiritualidad, que tan ejemplarmente brilló en la circunstancia de su
muerte. Sin embargo discrepo, como católico y como historiador, del giro
político que pretendió dar a la Iglesia y que como la Historia iba a demostrar
treinta años más tarde, era radicalmente equivocado, lo cual no priva a Juan
XXIII de su grandeza ni siquiera en medio de su error estratégico, que sin
pretenderlo él acarreó graves perjuicios a la Iglesia católica.
Había nacido
en Sotto il Monte, provincia de Bérgarno, el 25 de noviembre de 1881, cuarto
entre los catorce hijos de un matrimonio campesino y hondamente religioso; de
su humilde origen, que jamás trataba de ocultar, le vino el sentido común, la
socarronería, la convicción de «ser uno de vosotros» cuando se dirigía a
auditorios de clase pobre. Fue siempre ejemplar en su vida privada, en su
austeridad, en su horror a la corrupción; se quedó una noche sin dormir al
enterarse de que el cardenal Federico Tedeschini, muy notorio por su mundanidad
cuando ejerció como Nuncio en España tanto con la Monarquía como con la
República de 1931, había dejado a sus sobrinos una herencia inmensa, que en
parte mandó el Papa aplicar a las necesidades de la diócesis regida por el
purpurado. Estudió en los seminarios menor y mayor de Bérgarno, mostró interés
incluso profesional por la historia de la Iglesia (cardenales Borromeo y
Baronía) completó sus estudios teológicos en Roma donde obtuvo casi a la vez el
doctorado y el sacerdocio en 1904. Luego fue nombrado secretario del obispo de
Bérgamo y profesor del seminario; aunque jamás rebasó la ortodoxa ni cambió las
convicciones de su formación, de signo tradicional, el equipo integrista de Pío
X le tuvo algún tiempo bajo sospecha, sin motivo alguno. Sirvió como capellán
militar en la Gran Guerra y a su término fue llamado a Roma donde ejerció
durante cuatro años la presidencia de la Propaganda Fide italiana. En 1924,
consagrado arzobispo, fue enviado como visitador y luego delegado apostólico a
Bulgaria, cuya Reina era hija del Rey de Italia; ayudó a los 50 000 católicos
que convivían con la mayoría ortodoxa en condiciones difíciles y vivía casi
recluido en un convento, notable sacrificio para un carácter tan activo y
expansivo. Se alegró mucho cuando hubo de proseguir su carrera diplomática en
1934 como delegado apostólico en Grecia y Turquía y administrador del vicariato
de Estambul. Viajó por Europa del
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Este y el
Oriente medio y se familiarizó con esos ambientes no bien conocidos en Roma.
De estatura
medio-baja, gordo y con rostro bonachón de campesino, se había revelado en
misiones difíciles como un excelente diplomático, cargo que hacía compatible
con una permanente vocación pastoral. Por eso Pío XII le envió en 1945, al
término de la segunda guerra mundial, como nuncio a París, donde el general de
Gaulle exigía la destitución de tres cardenales y treinta obispos por haber
colaborado (como millones de franceses) con el régimen de Vichy. Roncalli
recibió una tajante instrucción de Pío XII ante la primera propuesta: «Eso
nunca se ha hecho y no se hará». En la ardua negociación supo ganarse la estima
del grand Charles que hasta pretendió influir después a favor de
Roncalli para la elección papal; sólo seis obispos fueron invitados a dimitir.
Se preocupó además de que los seminaristas alemanes prisioneros en Francia
pudieran continuar sus estudios superiores. A principios de 1953 recibió la
púrpura y fue nombrado patriarca de Venecia.
Desempeñó
tan alto puesto con gran satisfacción personal y de su diócesis. Era
popularísimo en los ambientes obreros y humildes y admirado en las orgullosas
clases altas. Viajaba, en sus vacaciones, a los santuarios marianos de media
Europa, lo que le convirtió en uno de los cardenales italianos más conocidos
fuera de Italia. A la muerte de Pío XII su nombre sonaba con poca insistencia
en las listas de papables, porque no parecía a los vaticanólogos una figura
digna de suceder a Pío XII. Sin embargo bien pronto advirtieron los cardenales
encerrados en el cónclave que la elección se iba a dilucidar entre el cardenal
armenio Agagianian, prefecto de Propaganda Fide, y el orondo patriarca de
Venecia. Un cardenal tan brillante como el de Génova, Giuseppe Siri, que a sus
48 años era el candidato de Pío XII, resultaba demasiado joven según el sentir
general cuando alguien dijo «Queremos un Padre Santo, no un Padre Eterno». Los
rumores e incluso las calumnias para descartar candidatos relevantes corrían
como en cualquier elección política. Los cardenales franceses querían Papa a
monseñor Montini, arzobispo de Milán, aunque todavía no era cardenal.
Agagianian, majestuoso armenio de raza pura caucasiana, educado en Roma desde
los once años, tuvo mala suerte; su principal cardenal promotor, Costantini,
murió en vísperas del cónclave y le ahogaron los rumores sobre una hermana
suya, ciudadana sovética, que por lo visto se llevaba muy bien con la
diplomacia de Moscú. El cardenal Roncalli, en cuanto vio sus posibilidades, hizo
una discreta campaña electoral con visitas a varios dudosos. Su ortodoxia era
tan evidente que su valedor principal era nada menos que el influyente cardenal
Ottaviani, prefecto del Santo Oficio y tenido, exageradamente, por integrista.
Al fin, tras once escrutinios, los 56 cardenales electores, de los que sólo un
tercio eran italianos, eligieron al cardenal Angeo Giuseppe Roncalli que
decidió llamase Juan XXIII, el 28 de octubre de 1958. Fue la primera de sus
sorpresas. Ya hubo un Juan XXIII pero fue declarado antipapa en la época del
Cisma de Occidente. El nuevo Papa confesó que había tomado el nombre de su
padre campesino; el nombre de la parroquia de San
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Juan en que
fue bautizado; el nombre de la catedral de Roma, San Juan de Letrán. Quería dar
a entender, desde aquel momento, que lejos de la admirable altivez de Pío XII,
pretendía ser, ante todo, obispo de Roma y párroco del mundo. Casi
inmediatamente empezó a recorrer las iglesias, las cárceles y los hospitales de
Roma, donde su figura se hizo popularísima.
Los dos
principales personajes de su equipo influyeron decisivamente en su trayectoria
como Pontífice. Nombró cardenal a monseñor Tardini, tantos años «sustituto» en
la Secretaría de Estado y le designó secretario de Estado, cargo que había
dejado vacante Pío XII desde 1944. (En la primera promoción de cardenales, que
fue numerosa y desbordó ampliamente el límite tradicional de setenta, nombró en
primer lugar al arzobispo de Milán, monseñor Montini). Hasta la muerte del
cardenal Tardini en 1963 el Papa no tomaba una sola decisión importante sin
consultarle y solía atender a su criterio aunque al final apuntaron entre los
dos algunas divergencias. El segundo personaje era don Loris Capovilla, el
secretario que se había traído de Venecia, sacerdote muy inclinado a la
izquierda y convencido de que el nuevo Papa debía mantener estrecho contacto
con los medios de comunicación, a lo que Pío XII se había negado
sistemáticamente; ahora el Papa y Tardini daban ruedas de prensa y Capovilla
asignó al apartamento vaticano un equipo de la televisión italiana que
presentaba la vida del Papa con mucha frecuencia. Era todo un anuncio de lo que
iba a ser el Concilio, abierto a la prensa y condicionado abusivamente por
ella; el corresponsal de Le Monde, Fesquet, ejercía en el Concilio mayor
influencia que una docena de padres conciliares. Los jesuitas tomaron buena
nota de la nueva tendencia pontificia y empezaron a organizar una de las pocas
cosas grandes que les quedan, la máquina de propaganda más poderosa, aunque no
precisamente más objetiva de toda la Iglesia católica. A propósito de jesuitas,
los discretos consejeros de Pío XII que habían pertenecido a esa Orden se
esfumaron del Vaticano, sustituidos por el omnipresente Capovilla, que mandaba
en la tercera planta del palacio apostólico como ningún secretario particular
lo había hecho; entre otras cosas por que el cargo de secretario particular no
había existido jamás en la complicada jerarquía de la Casa Pontificia, donde se
dictaron muchos despidos.
Juan XXIII
ordenó que funcionara de nuevo el ascensor que unía directamente la Secretaría
de Estado en la primera planta con el apartamento pontificio en la tercera.
Ordenó también, a sugerencia de Capovilla, que se sellaran las escaleras
secretas por las que acudían a hablar con Pío XII los dirigentes de la derecha
democristiana como Giulio Andreotti. Juan XXIII renunció a desempeñar la alta
dirección del partido católico contra lo que había hecho Pío XII; teóricamente
se la traspasó a la Conferencia episcopal italiana, con poco éxito. Porque los
cardenales de la Conferencia, dirigidos por Siri, prohibieron, por ejemplo a la
DC una alianza estratégica con el partido socialista; la famosa «apetura a
sinistra» que se decidió en el congreso democristiano de Nápoles en 1960. El
Papa permitía esa aproximación pero sobre la base de un programa concreto.
Loris Capovilla, en cambio, convino con
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los
promotores del izquierdismo democristiano —Aldo Moro y Amintore Fanfani— esa
alianza sin necesidad de formular el programa; y así lo hizo el congreso de
Nápoles, con indignación de Siri que se quejó al Papa y acusó discretamente a
su secretario de mangonear el asunto. Pero Juan XXIII calló; en el fondo
deseaba lo mismo que Capovilla. Así aplicaba Juan XXIII el propósito que el
cardenal Siri había expresado a Benny Lai en vísperas del cónclave: «Hay que
alargar y a ahondar el foso del Tíber, que separa a las dos Romas. Me gustaría
suprimir todos los puentes». Es decir que un cometido fundamental del Papa
debería ser romper la excesiva vinculación a la Democracia Cristiana. Pero como
acabamos de ver los puentes subsistieron, con otra orientación. Y el nuevo
Papa, que repetía la frase de Siri sin citar al autor, lo que hizo es cavar un
canal de comunicación entre el Tíber y el Moscova.
EL ANUNCIO DEL CONCILIO
El 25 de
enero de 1959 Juan XXIII, en quien tanto los cardenales del cónclave como la
opinión pública habían visto como «Un Papa de transición» anunció tres
proyectos inmediatos que, sobre todo el tercero, conmocionaron al mundo y
desencadenaron, en la Iglesia, en el mundo católico y en el bloque comunista,
toda clase de maniobras. Primero, la convocatoria de un sínodo diocesano en
Roma, diócesis que necesitaba profundas reformas y urgentes orientaciones.
Segundo, la revisión del código de Derecho Canónico, la ley de la Iglesia. Y
tercero, ésa era la gran noticia, la convocatoria inminente de un gran Concilio
ecuménico, el primero después del Vaticano I que terminó a mano airada con la
conquista de Roma por el Reino de Italia en 1870. La revisión del Derecho
Canónico se retrasó y no se promulgó hasta el pontificado de Juan Pablo II en
1983; la Curia romana ha sido siempre muy reacia a reformarse. El Sínodo de
Roma se celebró pronto, a partir del 24 de enero de 1960 y resultó un fracaso
en toda la línea; los debates, preparados y controlados por la Curia, apenas
ofrecieron caminos y menos soluciones nuevas. Muchos temían que también el
Concilio abortase. No fue así, porque el Concilio se saltó limpiamente a la
Curia, la desbordó por todas partes, decidió, en gran parte, por sí mismo.
Se superó
pronto el primer equívoco; la expresión Concilio Ecuménico no
significaba, como muchos creyeron, un debate de todas las confesiones
cristianas para recuperar la unidad. La Santa Sede declaró que pensaba invitar
a todas las confesiones cristianas en calidad de observadoras, con posibilidad
de asistir a las sesiones pero sin voz ni voto; todos los Concilios de la
Iglesia habían sido ecuménicos y en todos se habían debatido los asuntos
internos de la Iglesia. (Paradójicamente fue el denostado y desconocido
Concilio de Trento el que llamó a los hermanos separados en condiciones a las
que ni se acercó el Vaticano II). La
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Curia se
puso afanosamente al trabajo de preparación. El 18 de junio de 1959 el
Secretario de Estado invitó a los 2594 Obispos y a los 156 superiores de las
Órdenes y Congregaciones religiosas a que enviaran propuestas de asesoramiento;
llegaron casi tres mil. En junio de 1960 comenzaba la preparación inmediata, a
manos de diez comisiones preparatorias; nueve compuestas por cada uno de los
dicasterios de la Curia, sobre los temas de su especialidad, más la
correspondiente al apostolado de los laicos, que aún carecía de organismo en la
Curia. Creó el Papa una secretaría ecuménica para los no creyentes que
encomendó al director del Instituto Bíblico, cardenal Agustín Bea, jesuita que
había sido consejero de Pío XII. Se designó una comisión central de coordinación,
dirigida por monseñor Pericle Felici, luego secretario del Concilio. A fines de
1961 Juan XXIII designó al cardenal Montini como miembro de esta comisión, en
la que se mostró activísimo; con más de sesenta intervenciones, en sentido
moderado pero aperturista, que le granjeó muchas esperanzas. Las comisiones
preparatorias trabajaron durante dos años hasta junio de 1962 y redactaron sus
esquemas bajo estricto control de la Curia y con pocas innovaciones. Pero luego
Juan XXIII aprobó un reglamento muy abierto para las comisiones y sesiones
plenarias del Concilio, en las que influyeron mucho los «peritos» nombrados por
el Papa, entre los que figuraban muchos a quienes Pío XII había dirigido la
dura encíclica Humani generis en 1950; Rahner, Cangar, de Lubac etcétera.
El resultado fue que la mayoría de los esquemas de la Curia fueron reprobados y
sustituidos en el Concilio. Toda la Iglesia vibró con sugerencias y propuestas
de modernización teológica, eclesial y pastoral, y con el sincero deseo de
acercarla al mundo de los años sesenta, que era el mundo real sin advertir que
también ese mundo era irreal en aspectos esenciales. El cardenal Montini empezó
a brillar como estrella del concilio inminente gracias a su propuesta de
revisar la condición del Episcopado y sus relaciones con el Pontificado. La
inauguración del Concilio, que se llamaría Vaticano II, quedó fijada
oficialmente para el 11 de Octubre de 1962. Ese día, en una grandiosa ceremonia
transmitida por todos los medios de comunicación a todo el mundo, el Papa Juan
XXIII, con el significativo cambio de la tiara por la mitra, inauguraba el
primer período de sesiones del Concilio ante 2540 padres con derecho a voto,
provenientes de todo el mundo. El Concilio más nutrido y aparentemente mejor
preparado en la historia de la Iglesia concitaba una enorme expectación.
EL INICUO PACTO CONCILIAR DEL VATICANO Y EL KREMLIN
Un día
aciago (para ella) la revista católica italiana 30 Giorni, habitualmente
bien informada sobre la historia y la realidad de la Iglesia (con excepción de
los problemas de la Iglesia en España e Iberoamérica, sobre los que no tiene
habitualmente ni idea) lanzaba el «bombazo» de revelar que existió, muy poco
antes del Concilio, un pacto
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entre Roma y
Moscú que concernía de forma esencial al Concilio. Era verdad pero no era un
bombazo; más o menos cinco años antes yo lo había revelado en mi libro de 1987 Oscura
rebelión en la Iglesia, y sin atribuirme la noticia, que agradecí a fuentes
anteriores, a las que ahora voy a citar de nuevo, ampliadas con nueva
información que sorprenderá al lector y tal vez desaconseje a la revista
italiana (muy interesante, pero demasiado italiana, dirigida ahora nada menos
que por Giulio Andreotti) lanzar un nuevo bombazo sin citar a quienes lo
hayamos anunciado años antes.
Nikita
Kruschef, en medio de su política de «coexistencia pacífica» (que no le impedía
instalar en Cuba sus famosos misiles una vez conquistada la isla por Fidel
Castro) y preocupado por la autonomía e incluso la hostilidad de China roja,
había tratado de tender puentes hacia Europa libre y hacia la Iglesia Católica
ya desde los últimos años de Pío XII; los poquísimos historiadores que tratan
de este movimiento lo interpretan a veces como un «intento de acercarse a
Occidente» que se conjuga mal con el asunto de Cuba y la reciente invasión de
Hungría; prefiero adelantar la hipótesis de que Kruschef, decidido a saltar
sobre América, pretendía apaciguar el anticomunismo a ultranza de Pío XII y
cambiarlo por una nueva insistencia en el famoso diálogo de cristianos y
marxistas. En este contexto Palmiro Togliatti trataba de mejorar sus relaciones
con la izquierda democristiana, cuyo gran contacto para este cometido era el
alcalde de Florencia Giorgio La Pira, quien según sus actos, apariencias y
cordiales viajes a Moscú más parecía un comunista que un democristiano de
izquierdas. En este contexto Santiago Carrillo, responsable histórico del
asesinato de cientos de sacerdotes, religiosos, monjas y millares de católicos
en el Madrid rojo, de 1936, elevado ahora a secretario general del Partido
Comunista de España, lanzaba a todos los vientos su política de «reconciliación
nacional» que ni él mismo se creía. En este contexto importantes emisarios
secretos soviéticos, con pleno conocimiento y aprobación de Togliatti, habían
mantenido contactos cordiales con el cardenal de Génova, Siri, a partir de
1957, para tantear las posibilidades de establecer relaciones con la Santa
Sede. El cardenal, que tenía fama bien ganada de competente, influyente y
conservador, les dejó la puerta abierta pero no dijo una palabra a Pío XII,
porque sabía que con Pacelli cualquier gestión en este sentido hubiera
resultado inútil. Pero el 23 de junio de 1962 Siri se lo contó con todo detalle
a Juan XXIII y le recomendó que aceptase la buena voluntad de los soviéticos,
que ello podría favorecer a los católicos oprimidos bajo los regímenes
comunistas. Juan XXIII aprobó los contactos y la posición de Siri y en una
ocasión próxima quiso darle copia de un documento en el que se demostraba la
buena disposición de Kruschef. Siri no quiso recibirlo; dijo al Papa que la
Iglesia se gobernaba mejor desde el secreto en los asuntos graves. Creo que
ahora podré ofrecer al lector ese documento[5].
Causó una
tremenda impresión en todo el mundo la felicitación entusiasta de Radio Moscú a
Juan XXIII en el momento de su elección. Nadie se acordaba de que cuando el
nuevo Papa era patriarca de Venecia dirigió un saludo cordial al Congreso
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del Partido
Socialista Italiano reunido en su ciudad; el Patriarca lo explicó como un acto
de «cortesía». Ahora la extrañeza era mucho mayor y el diario oficioso del
Vaticano tuvo que comentar que las relaciones con la URSS no habían cambiado.
Pero Kruschef sabía lo que quería. Hizo que su embajada en Roma entregara al
Nuncio en Italia en enero de 1960 con destino al Papa un discurso suyo sobre la
reducción del armamento convencional soviético. «Pero la URSS sigue armada
hasta los dientes» comentó el diario oficioso. Muy pronto, sin embargo, el Papa
acusó los efectos de la aproximación soviética y se negó a reconocer a los
embajadores en el exilio de Polonia y de Lituania. Esta decisión era la que
correspondía en estricta aplicación de la legalidad diplomática, e incluso se
aplicó en su momento en la España de Franco. Pero la auténtica respuesta
positiva a las aproximaciones de Kruschef sólo empezó a decidirla Juan XXIII
cuando en julio de 1961 falleció el secretario de Estado cardenal Tardini, el
hombre de confianza de Pío XII que había respaldado la condena pontificia
contra el comunismo en 1949. Juan XXIII le sustituyó por el ex nuncio en
Estados Unidos, cardenal Amleto Cicongnani, hermano del ex nuncio en España;
hombre más flexible que permitió que otras personas influyeran sobre el Papa en
su «Ostpolitik»; entre ellas señala el experto historiador jesuita Floridi al
inefable La Pira, que enviaba desde Moscú al Papa derretidos saludos de
Kruschef y al editor norteamericano filosoviético Norman Cousins, que durante
la crisis de los misiles soviéticos en Cuba sugirió la mediación del Papa entre
Kruschef y Kennedy, inmediatamente aceptada por el líder soviético. Pero cuando
Cousins volvió a Moscú para pedir a Kruschef en nombre del Papa que mejorase
las condiciones de libertad religiosa en la URSS el jefe comunista se negó en
redondo, aunque para endulzarle el rechazo al Papa dio orden de que fuera
puesto en libertad el cardenal Slipyj, heroico líder de los uniatas (católicos
romanos) de Ucrania. Además hizo al Papa promesas favorables a los católicos,
que no cumplió jamás[6].
Kruschef,
cuyo alfil Fidel Castro se afianzaba en Cuba para preparar la gran estrategia
cristiano-comunista en las Américas, como veremos punto por punto, documento
por documento, obtuvo mucho mayores beneficios en su aproximación al crédulo
Papa que el propio Juan XXIII. Esto podemos verlo ahora con claridad meridiana
al revelar con mayores contrastes el pacto del Vaticano y el Kremlin sobre el
Concilio.
El Papa
tenía muchísimo interés en que, al menos en condición de observadores, los
representantes de todas las Iglesias cristianas, protestantes y ortodoxas,
asistiesen al Concilio. Los protestantes respondieron bien. El arzobispo lord
Fisher de Canterbury, primado de Inglaterra y grado 33 de la Gran Logia de
Inglaterra, había visitado cordialmente al Papa Juan en 1960 y envió tres
representantes. La Iglesia Evangélica de Alemania, la Alianza mundial reformada
luterana y el Consejo ecuménico de Ginebra accedieron a los deseos del Papa.
Por el contrario el patriarcado de Moscú, cuyos titulares eran sinceramente
religiosos pero políticamente constituían una dependencia del Kremlin por
motivos que explicaban como
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«patrióticos»,
se dedicó a insultar a Juan XXIII desde su elección y advirtió a los demás
patriarcas separados de Roma contra «las sirenas» del Vaticano. Por eso la
sorpresa resultó mayúscula cuando casi en vísperas del Concilio se anunció
oficialmente la asistencia de altos representantes del Patriarcado de Moscú,
cuyas excelentes relaciones con las demás Iglesias ortodoxas indujeron a los
respectivos patriarcas a hacer lo mismo. Hubert Jedin, de quien tomo estos
datos, cree que por iniciativa del cardenal del ecumenismo, Bea, uno de sus
adjuntos, monseñor Willebrands, había logrado durante un viaje expreso a Moscú
que el patriarca Alejo cambiara de opinión[7]. El viaje del
prelado holandés es cierto pero según las fuentes directas que voy a citar
estoy seguro de que la decisión fue finalmente de Kruschef, una vez que un
emisario el patriarca de la Tercera Roma hubiera convenido, con poderes del
Kremlin, el pacto de Metz con un plenipotenciario del Vaticano.
El pacto de
Metz sucedió así. En agosto de 1962 y en esa ciudad francesa, se concluyó un
pacto formal entre la Santa Sede, representada por el cardenal francés
Tisserant, por encargo del Papa Juan XXIII, y el metropolita Nikodim, enviado
del patriarca ortodoxo de Moscú, que como sabemos no era, en lo político, más
que un satélite del Partido Comunista y el Estado Soviético, por el que el
Patriarcado aceptaría una invitación formal de enviar observadores al Concilio
Vaticano II y la Santa Sede se comprometería a que durante el Concilio no se
formulase condena alguna contra el comunismo. Creo probable que este pacto era
el documento que Juan XXIII quiso enseñar al cardenal Siri y éste se negó a
leer, seguramente porque dados sus altos contactos soviéticos ya lo conocía de
sobra. Las pruebas del pacto se detallan en un libro sorprendente, discutible
pero profundo y sugestivo, escrito desde una perspectiva de catolicismo
tradicional, pero enteramente fiel a la Iglesia; su autor es Romano Amerio, un
historiador italiano experto en historia de la Iglesia, su título es Iota
unum (recuerdo a las palabras de Cristo exigiendo que no se quitara ni la
letra más pequeña de la Ley)[8]. El problema que
nos ocupa se expone, con las pruebas objetivas y plenamente convincentes, en la
página 66 y siguientes. Mi amigo Carmelo López-Arias lo ha traducido al
castellano y publicado en Salamanca, 1994, Gráficas Varona.
Monseñor
Schmitt, obispo de Metz, reveló el pacto en una conferencia de prensa celebrada
poco después, y comunicada en Le Lorrain el 9 de febrero de 1963. El
acuerdo fue descrito en France Nouvelle, boletín central del Partido
Comunista de Francia, número 16 de 22 de enero de 1964 en estos términos:
Como
el sistema socialista mundial manifiesta de forma incontestable su
superioridad, y es aprobado por cientos y cientos de millones de hombres, la
Iglesia no puede ya contentarse con el anticomunismo grosero. Ella misma ha
asumido el compromiso con ocasión de su diálogo con la Iglesia ortodoxa rusa,
de que en el Concilio no habrá un ataque directo contra el régimen comunista.
El diario católico La
Croix, de 15 de enero de 1963, decía tras la noticia: «Tras este encuentro,
monseñor Nicodemo (Nikodim) acepta que alguien fuera a Moscú para
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llevar una
invitación, a condición de que se dieran garantías sobre la actitud apolítica
del Concilio». Ese alguien fue monseñor Willebrands, pero el pacto estaba ya
concluido.
Amerio cree
que estas gravísimas noticias no incidieron sobre la opinión pública por el
entreguismo de muchos católicos frente al comunismo en aquella época y por la
sordina informativa que decidieron el Vaticano y el Kremlin acerca del pacto.
Recientemente monseñor George Roche, que fue durante treinta años secretario
del cardenal Tisserant, ha confirmado el pacto de Metz en la revista francesa Itinéraires[9]. Roche afirma que la iniciativa del acuerdo
provino personalmente del Papa Juan XXIII por sugerencia del cardenal
Montini y que Tisserant, decano del Sacro Colegio, recibió órdenes formales
tanto para firmar el acuerdo como para vigilar durante el Concilio su exacta
aplicación.
Las órdenes
se cumplieron. En las actas del Concilio figuran las palabras capitalismo,
totalitarismo, colonialismo pero no aparece el término comunismo. H. Fesquet,
el famoso corresponsal de Le Monde en el Concilio afirma[10] que en tres ocasiones la
comisión competente se negó a que el esquema mencionase explícitamente al
comunismo. ¿Por qué? Porque así corresponde a unas posiciones tomadas muy
claramente por Juan XXIII y confirmadas por Pablo VI. Y el día 26 de noviembre[11] completa la información:
«Pese a todos los esfuerzos de la minoría, el Vaticano II se ha negado a
condenar nuevamente al comunismo». El 4 de diciembre de 1965[12] remataba:
Con respecto al pasaje sobre el ateísmo, del
cual ya hemos hablado largamente, monseñor Garrone ha hecho las tres
precisiones siguientes que son muy importantes:
1.—
Eran 209 los modi que pedían una condenación formal y expresa del
comunismo.
2.—
La petición escrita que sobre el mismo tema se había remitido anteriormente iba
firmado por 332 Padres. (Se recordará que la cifra indicada por los que habían
tomado la iniciativa de esta gestión era 450).
3.—
Debido a un «contratiempo involuntario» esta petición, que había sido entregada
a su debido tiempo, no fue sometida a examen de los miembros de la comisión.
De esta
manera se insinúan en la Iglesia del siglo
XX algunos métodos de interferencia política y
estratégica que parecían propios de épocas muy anteriores. Por exigencia de
Kruschef la Santa Sede, mediante pacto formal con su enemigo histórico, dio
carpetazo a un asunto que, desde nuestra perspectiva, constituye uno de los
puntos más negros de la Iglesia en la edad contemporánea. El Concilio Vaticano
11 era un concilio pactado con la URSS comunista que tenía aherrojada a la
Iglesia del Silencio. En la misma basílica de San Pedro donde reposaban, en las
galerías del sótano, los restos traicionados de Pío XII, que había atribuido al
comunismo soviético la obra de Satán.
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El pacto de Metz y el silencio del Concilio
sobre el comunismo, que tras la condena de Pío XII equivalía a una tolerancia,
fue capital para el montaje y desarrollo de la estrategia soviética que
preparaba ya el asalto cristiano-marxista a las Américas desde la plaza de
armas cubana. Fue una gran victoria de Kruschef sobre el ingenuo y
bienintencionado Juan XXIII, a quien los comunistas italianos y los promotores
de la «apertura a sinistra» consideraban como santo patrón. Juan XXIII operó en
este tremendo caso, en este tremendo error, con ceguera estratégica e
histórica. El angustioso pontificado de Pablo VI fue, en buena parte, una
consecuencia del pacto de Metz. Providencialmente vino a la Iglesia en 1978
otro Juan, el Papa Juan Pablo II, con mucho mayor sentido histórico y mucha más
proximidad al mundo real. Volvió a la clara línea de Pío XII, declaró al
marxismo «pecado contra el Espíritu Santo» y contribuyó a terminar con él. Pero
durante el Concilio, en el que participó activamente, tuvo que tragarse el horror
de que la inicua abstención sobre un sistema cuya opresión sentía en su propia
alma el arzobispo de Cracovia se abstuviera de condenarlo por imposición del
sucesor de Stalin. Muchos pensaron que la sorprendente visita del director de
la revista soviética Izvestia y yerno de Kruschef, Alexei Adjubei, junto
con su esposa Rada al Papa el 7 de marzo de 1963 significaba la apertura de
relaciones oficiosas con la CRSS. No es verdad. No era la apertura sino la
consolidación. Adyubei se acercó al Papa —todo bien preparado— informalmente,
al término de la ceremonia en que se había entregado a Juan XXIII el premio
Balzan por sus esfuerzos en favor de la paz mundial; el propio Kruschef se
había interesado personalmente en que el Papa se llevase el premio. La visita
de Adyubei, invitado oficialmente por el Partido Comunista de Italia en
vísperas de unas elecciones generales, fue el mejor acto de propaganda
electoral organizado por los hábiles comunistas italianos.
EL MAGISTERIO POLÍTICO DE JUAN XXIII
El Papa Juan
XXIII dirigió a la Iglesia cuatro encíclicas; las dos primeras versaron sobre
problemas pastorales; la que dedicó al santo cura de Ars sobre la imagen del
sacerdote en 1959 y la Princeps pastorum, en noviembre del mismo año,
sobre la importancia y el fomento de las Misiones. Estas dos encíclicas son muy
sinceras y de corte tradicional pero casi nadie las recuerda. Siguen en la
memoria de muchas gentes, por el contrario, las otras dos dedicadas a problemas
sociopolíticos, que causaron, en aquellos momentos de cambio, una profunda
impresión[13].
Mater
et magistra, de 15 de mayo
de 1961, fue revisada en toda la línea por el cardenal secretario Tardini y
aprovechó el 70 aniversario de la Rerum novarum para ofrecer una nueva
síntesis, con nuevos enfoques, de la doctrina social de la Iglesia. El New
York Times, superórgano de los liberals americanos, muy acordes con
la «apertura a sinistra» y las tendencias socializantes de Juan XXIII,
reprodujo
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íntegramente
la encíclica que calificó como histórica; tal vez ningún otro documento
pontificio anterior había alcanzado una repercusión tan universal. El Concilio,
abierto al año siguiente, descargó en esta encíclica y la próxima buena parte
de su preocupación social. Los elogios de Le Monde y el Corriere de
la sera no fueron menos entusiastas. Dirigentes del Tercer Mundo, como
anota Fernando Guerrero, mostraron sumo interés y aceptación; los comunistas
citaron ampliamente la encíclica pero con más reticencia. Aún no estaba firmado
el pacto de Metz y se veía demasiado clara la mano del cardenal Tardini en la
redacción final del documento.
La primera
parte de la encíclica resume y confirma la anterior doctrina social de la
Iglesia a partir de León XIII. Aquel Papa insistía en el derecho a la propiedad
privada, aunque sin prescindir de su función social; y no consideraba al
trabajo como una mercancía sino como un atributo de la persona (naturalmente la
mención de la propiedad privada no entusiasmó a la prensa soviética). Confirma
igualmente el Papa los principios sociales expuestos por Pío XI y por Pío XII
sobre la necesaria intervención del Estado en la economía social y en favor de
los más débiles. Reitera la oposición de Pío XI entre el cristianismo y el
comunismo; dice en su encíclica lo que luego no permitirá debatir en el
Concilio, recordemos la intervención de Tardini. Reitera también la reprobación
de Pío XI al capitalismo egoísta y salvaje. Confirma igualmente la doctrina
social de Pío XII pero recuerda los grandes cambios recientes en la estructura
técnica, social y política del mundo, entre ellos la independencia política de
las naciones del Tercer Mundo.
Entonces
empieza a prolongar personalmente la línea de sus grandes predecesores. Parte
de que «la economía debe ser obra, ante todo, de la iniciativa privada», tesis
que también molestó a la URSS. El Estado debe intervenir, pero con función
subsidiaria, según las normas de Pío XI. «Cuando falta la iniciativa particular
surge la tiranía política». Esta sección, que si embargo exigía la intervención
compensatoria del Estado en la actividad económica, satisfizo naturalmente a
los liberals y a los socialdemócratas de América y Europa. Y todavía más
la siguiente gran tesis del Papa, que se refiere a la socialización,
término que tomó de las Semanas Sociales de Francia y que muchos interpretaron
como apropiación de los medios de producción por el Estado, cosa que jamás dijo
Juan XXIII, quien se refería, por el contrario, al incremento de las relaciones
de cooperación entre los diversos estamentos que intervienen en la producción.
Vuelve Juan XXIII a un problema primordial ya planteado por León XIII, el
salario justo, que hace depender de la diferencia entre naciones ricas y
naciones pobres, entre clases poderosas y capas necesitadas y marginadas. El
criterio del bien común debe regirlo todo. Recomienda el Papa la participación
efectiva de los trabajadores en la marcha de la empresa y aun en su propiedad;
y la cooperación entre empresarios y trabajadores, lo que tampoco entusiasmó a
los promotores marxistas de la lucha de clases. Fomenta las asociaciones de
trabajadores pero para la cooperación en el trabajo, no para la lucha de
clases, que Juan XXIII descarta expresamente. Felicita a los sindicatos
católicos y
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alaba la
labor de la Organización Internacional del Trabajo, la OIT. Pero vuelve a
insistir en que el derecho de propiedad posee un carácter natural, del que la
sociedad no puede prescindir. Reafirma en este punto la doctrina de Pío XII;
pero establece que la propiedad privada es compatible con la propiedad pública
de los medios de producción. Propiedad pública y privada no pueden prescindir
de su función social; y la gestión de la empresa pública debe confiarse a
personas competentes, capaces de obrar sin abuso ni prepotencia.
En la
tercera parte de la encíclica Juan XXIII lamenta que la agricultura sea ahora
un sector deprimido. Miembro de una familia campesina, desciende a datos
concretos con suma sensatez para el fomento de una política agraria
conveniente. Luego entra en las relaciones entre países con graves
desigualdades económicas entre unos y otros, que es «el problema mayor de
nuestro tiempo». Aboga por una ayuda total a los países subdesarrollados pero
exhorta a los dirigentes de esos países a que observen el camino que han
recorrido los países prósperos y lo imiten. La ayuda de los países poderosos
debe organizarse sin incurrir en un nuevo colonialismo. Reclama la presencia
activa de la Iglesia y los católicos en el esfuerzo común para el desarrollo
armónico y solidario de las naciones.
Se enfrenta
el Papa con el problema de la superpoblación; se niega a resolverlo por medios
que prescindan del orden moral y atenten contra la vida humana. El remedio está
en luchar por el desarrollo para incrementar la producción de alimentos; y en
la actitud responsable de las familias. Los grandes problemas del mundo han de
resolverse con la cooperación mundial, no dedicando los recursos necesarios
para el desarrollo a producir medios de destrucción; y es necesario que todos
los hombres se acomoden a un orden moral universal y objetivo. El único
fundamento de esta moral universal es el Dios verdadero. La ciencia y la
técnica solas, pese a sus enormes progresos, no pueden garantizar la utopía de
un paraíso perdurable en la Tierra; otra clara repulsa a la utopía marxista,
aunque sin citarla por su nombre. El sentido religioso es connatural al hombre
y no puede ser ahogado por doctrinas que le consideran como una ficción. Juan
XXIII se queja de la persecución que sufre la Iglesia en los países cuyos
regímenes niegan a Dios y «la mayor insensatez de nuestro tiempo» consiste en
el empeño de arrancar a Dios de las almas de los hombres. Termina el Papa
insistiendo en la necesidad de difundir la doctrina social de la Iglesia en
todo el mundo, e insertarla en la educación de la juventud y la actividad de
las asociaciones católicas.
Ante este
resumen en que he procurado recoger los rasgos esenciales de la Mater et
magistra se comprende la reticencia hostil con que fue recibída en el mundo
comunista, a cuyos postulados fundamentales —ateísmo, lucha de clases,
medios de producción solamente públicos— se oponía claramente el Papa, uno por
uno. Cualquier católico podía sentirse de pleno acuerdo con las palabras del
Papa. El capitalismo salvaje quedaba también descartado, pero se practicaba
cada vez menos en el mundo libre tras el éxito del New Deal en los años
treinta. Para los pobres del
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mundo y los
pueblos deprimidos la encíclica era un rayo de esperanza. No me explico cómo
algunos medios del progresismo cristiano la interpretaron como un
documento rojo; quizás porque entendieron como postulado socialista lo que sólo
era una llamada a la socialización en cuanto comunicación y solidaridad de
clases. Algunos se extrañan de que al general Franco le encantase esta
encíclica, como él mismo manifestó a su colaborador Franco Salgado. Los que no
conocían ni al contenido auténtico de la encíclica ni al talante populista del
general Franco.
La segunda
gran encíclica político-social de Juan XXIII lleva la fecha del 11 de abril de
1963, fue preparada y dictada en pleno Concilio, ya sin la cooperación del
fallecido cardenal Tardini y puede considerarse como el testamento doctrinal
del Papa Juan. Alcanzó una resonancia y una aprobación todavía mayor que la
anterior: se pronunciaron inmediatamente a favor el secretario general de la
ONU (que convocó una sesión especial para analizar la encíclica) la UNESCO, el
Consejo de Europa y numerosas entidades internacionales. La opinión pública
mundial, sobrecogida aún por la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, que
llevó al mundo hasta el borde de la tercera guerra mundial, sintió que el Papa
hablaba por toda la humanidad. Sin abandonar nunca su elevación espiritual el
Papa propone criterios de altísimo valor social y político; la Mater et
magistra era más social, la Pacem in terris es alta política.
Parte el
Papa del contraste entre el orden maravilloso del mundo y el desorden
catastrófico de la Humanidad. El fundamento del remedio debe ponerse en el
reconocimiento de la persona humana como sujeto de derechos y deberes; la gran
idea de Jacques Maritain aparece por vez primera en una encíclica pontificia.
Enumera el Papa el conjunto de los derechos humanos, entre los que figura el de
venerar a Dios en privado y en público; el de formar y mantener dignamente a
una familia; el del trabajo y la iniciativa en el trabajo. Insiste en el
derecho de propiedad, dotado de función social, como derecho humano
inalienable. Propone como derechos humanos el de reunión y el de asociación,
con el fin de que se creen «asociaciones intermedias» para armonizar la vida
social. Defiende el derecho a cambiar de residencia y a emigrar; y también el
de tomar parte activa en la vida pública. Pero junto a sus derechos, el hombre
no debe olvidar sus deberes respecto a los demás.
En nuestra
época surgen, como características distintivas, la elevación social de los
trabajadores, la presencia de la mujer en la vida pública y la emancipación de
los pueblos antes coloniales. (El Papa no podía prever muchos resultados
catastróficos que acarrearía esa emancipación, muchas veces impulsada por
intereses neocoloniales; Uganda era entonces un país donde los hutus y los
tutsis se convertían en masa al catolicismo).
Pasa al
orden en las relaciones políticas, una de las claves de la encíclica. La
autoridad legítima —no define la legitimidad— es necesaria y proviene de Dios.
Debe estar sometida al orden moral. Debe salvar la dignidad del ciudadano y
respetar el ordenamiento divino. Entonces, si bien no propone como
absolutamente exclusiva
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a la
democracia, insiste en la propuesta democrática que formuló por vez primera Pío
XII en el mensaje de Navidad de 1944:
Ahora
bien, del hecho de que la autoridad proviene de Dios no debe deducirse en modo
alguno que los hombres no tengan derecho a elegir los gobernantes de la nación,
establecer la forma de gobierno y determinar los procedimientos y los limites
en el ejercicio de la autoridad. De ahí que la doctrina que acabamos de exponer
puede conciliarse con cualquier clase de régimen auténticamente democrático.
Vuelve
entonces a uno de sus temas favoritos, tomado también de sus predecesores, el
bien común como principio rector de la sociedad y la política. A esa luz expone
la constitución jurídica de la sociedad, con aceptación plena —por primera vez,
que yo sepa— de la doctrina de los tres poderes que Montesquieu intuyó en la no
escrita Constitución británica; el legislativo, el ejecutivo (que el Papa llama
«administrativo») y el judicial. Recomienda que todos los países puedan
disponer de una constitución política formal, mediante cuyas normas los
ciudadanos puedan designar a las autoridades. Luego establece las reglas por
las que deben regirse las relaciones internacionales, una hermosa utopía que
equivale a la antítesis de Maquiavelo. Reconoce los derechos de las minorías
étnicas pero aconseja que no se exageren el particularismo y la hostilidad con
los grupos humanos vecinos a ellas. Exige el reconocimiento de sus derechos a
los exiliados políticos, expulsados por excesivas restricciones a la libertad.
Clama contra la carrera de armamentos y en favor del desarme. Rechaza que
cualquier nación pueda oprimir a otras contra la voluntad de ellas.
Propone la
necesidad urgente de establecer, por acuerdo de las naciones, una autoridad
pública mundial con medios que la hagan efectiva. Elogia a la Organización de
las Naciones Unidas. Pide a los cristianos que participen intensamente en la
vida pública e introduce otra de sus claves: las nuevas relaciones entre los
católicos y los no católicos, aunque sean hombres alejados de Dios. Todo el
mundo entendió que el Papa se refería al diálogo de los cristianos y los
marxistas, incluidos los comunistas. Pide que se distinga entre el error y
quien lo practica; entre la doctrina ajena e incluso anticatólica, que queda
fosilizada con el correr del tiempo, y las «corrientes» nacidas de esa
doctrina, que pueden ser mucho más flexibles y permitir una eficaz cooperación
con los católicos en lo económico, lo social, lo cultural y lo político. Es
cierto que recomienda a los cristianos que luchan ardientemente en favor de las
reformas que su método debe ser la evolución y no la revolución; pero en cuanto
a su concepción del diálogo Juan XXIII se equivoca rotundamente porque, al
revés que en el resto de la encíclica, se sale de la realidad llevado por su
deseo de conciliación. Las condiciones que pone a los marxistas para que los
cristianos entren en diálogo con ellos son utópicas: que acepten la doctrina
social de la Iglesia. Estaba en plena vigencia, ahora lo sabemos, el pacto de
Metz. La estrategia soviética preparaba su asalto al continente americano —la
Iberoamérica
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católica— y
la China comunista aniquilaba sistemáticamente y desnaturalizaba a la Iglesia
católica, ya en agonía. Las doctrinas marxistas no se habían fosilizado; vamos
a ver en este mismo capítulo cómo justo en los tiempos de la encíclica el
marxismo abría dos nuevos frentes teóricos y estratégicos con enorme
agresividad anticatólica, la revitalización de Gamsci y la Escuela de
Frankfurt. Ya no estaba junto al Papa el cardenal Tardini y el nuevo equipo de
asesores, junto con la izquierda democristiana y las corrientes progresistas
del Concilio, confundieron a Juan XXIII como lo seguía haciendo
sistemáticamente Nikita Kruschef. La crisis de los misiles alarmó al Pontífice
pero no le abrió los ojos. Por supuesto que el líder soviético hizo tan poco
caso a la Pacem in terris como el general Franco; pero los colaboradores
aperturistas del general Franco y gran parte de la Iglesia española sí que
sintieron vivamente la apelación del Papa a una democracia auténtica.
LA MUERTE ADMIRABLE DE JUAN XXIII
El fallo
estratégico fundamental de la Pacem in terris era la propuesta de un
diálogo utópico, que se hacía realidad, desde años antes como sabemos, en
sentido marxista y no en sentido cristiano. La contradicción fundamental de
Juan XXIII, en medio de su bondad reconocida y su rectísima intención, era que
en su doctrina —con la excepción indicada— mantenía una línea abierta,
inteligente y firme pero en la práctica —el pacto de Metz, el acercamiento a
las corrientes «inocuas» del marxismo
— abría las puertas de la
Iglesia a lo que llamaría su sucesor «el humo del infierno». Por supuesto que
las Puertas del Infierno no prevalecieron contra la Iglesia, pero sí — vamos a
verlo en lo que queda de este libro y en el siguiente— contra Juan XXIII.
Lo que no
resta ni aminora el reconocimiento a la piedad profunda y pastoral del
Pontífice bergamasco, que próxima ya la clausura del primer período de sesiones
del Concilio se disponía a inaugurar el segundo en el otoño de 1963, cuando ya
llevaba más de un año herido de muerte. Benny Lai ha descrito inimitablemente
el lento e inexorable avance de la muerte sobre el Papa Juan a partir de fines
de octubre de 1962[14]. Le sigo de cerca en esta evocación, y dejo el
estudio del primer período conciliar para el análisis conjunto de la gran
asamblea.
Dos semanas
largas tras la inauguración del Concilio, el 27 de octubre de 1962 los mejores
cirujanos de Italia supieron que la muerte del Papa estaba próxima. Con el
pretexto de ofrecer al Papa el homenaje de un Congreso quirúrgico que acababa
de clausurarse en Roma, monseñor Loris Capovilla, el secretario particular y el
médico del Papa doctor Filippo Rocchi acudieron con cuatro de los más eminentes
congresistas al apartamento pontificio una vez informados de que en la última
radiografía que acababa de ordenar Rocchi parecía detectarse claramente un
cáncer de estómago, como había comprobado ya un gran especialista, el doctor
Pietro Valdoni, uno de los cuatro. El Papa les recibe sonriente, les pregunta
por el trabajo de
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cada uno y
por la marcha del congreso. De pronto se da cuenta del motivo de la visita y
les dice tranquilamente que desde su ordenación sacerdotal está dispuesto a
morir al servicio de Dios, y que no pasaría nada; otro cónclave y un Papa más
joven. Les confesó que siempre había sido fiel al voto de castidad y les reveló
los métodos con los que había mantenido siempre una plena serenidad de
espíritu. Los médicos estaban asombrados ante la espontaneidad del Papa, que
les habló de su trato con sus predecesores hasta que los médicos le pidieron
que se dejara examinar. Accedió sin el menor reparo, y tras el examen el Papa
siguió hablándoles como si nada sucediese. Cuando se reúnen a la salida todos
confirman el diagnóstico de su colega sobre el cáncer de estómago y únicamente
discrepan sobre si conviene operar inmediatamente a un anciano de ochenta años
o más bien esperar una confirmación completa. Los médicos revelan la situación
a monseñor dell’Acqua, sustituto de la Secretaría de Estado, y acceden a
esperar a la clausura del primer período conciliar en vista de que el Papa no
sufre ni da señales de agravamiento. Juan XXIII se niega a más exámenes
radiológicos, dice que se encuentra bien. Por fin accede a la nueva radiografía
que confirma el avance del cáncer pero ni los médicos ni los poquísimos
cardenales que conocen la gravedad del Papa le dicen nada, al ver su optimismo;
médicos y monseñores convienen en esperar al 8 de diciembre de 1962, fecha
fijada para la clausura del primer período conciliar. Pero en la noche del 26
al 27 de noviembre el médico de cabecera que sustituye al titular avisa al
doctor Valdoni que el Papa ha sufrido varias hemorragias, por lo que toda
intervención quirúrgica queda descartada. Monseñor dell’Acqua y los médicos
quedan de acuerdo con ese dictamen. Ya en la primera consulta el Papa
seguramente lo sospechaba todo, porque dijo a los médicos que dos de sus
hermanos habían muerto de cáncer de estómago. En medio de sus dolores continuó
con su vida casi normal, recibió audiencias, siguió de cerca la elaboración de
la Pacem in terris mientras pudo hacerlo: nos consta que la agonía del
Papa, a intervalos, fue muy larga y penosa, y no sabemos si la redacción final
de la encíclica fue supervisada y calibrada personalmente por él, ya que
presenta diferencias esenciales con sus documentos públicos anteriores. Las
hemorragias le sobrevenían regularmente; en días alternos. Sin embargo presidió
la sesión de clausura y urgía a sus colaboradores para que se mantuviese a
buena marcha la preparación a distancia del Concilio. La Comisión central
romana enviaba a todos los Padres las nuevas propuestas que se iban elaborando
o reelaborando. En vista de que ningún documento había quedado aprobado del
todo en la primera sesión, Juan XXIII parecía muy decidido a que no ocurriera
lo mismo en la segunda. La iniciativa permaneció en manos de la Alianza del
Rin, dispuesta a mantener durante el resto del Concilio la hegemonía lograda en
la primera sesión. El enlace con Roma se conseguía a través del cardenal Döpfner,
que era miembro de la Comisión Coordinadora del Concilio la cual reiteraba sus
instrucciones sobre que se mantuviera la vigencia del Concilio Vaticano I y
sobre las prerrogativas del Papa. Las Comisiones en pleno viajaron varias veces
a Roma en el primer semestre de 1963
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para
mantener informados a la Comisión Central y al Papa sobre sus progresos. Sin
embargo el Viernes Santo, durante los Oficios en San Pedro, el Papa apareció
desencajado y la foto publicada en el Osservatore alarmó a todo el mundo
católico y a los padres conciliares. Hasta que el 30 de mayo sobrevino la
crisis final. El Papa ofreció a Dios por el Concilio el sufrimiento de su
agonía, que fue larga y dolorosísima. Pidió y recibió los Sacramentos en plena
lucidez y con la serenidad de un santo. Llegó a su fin en medio de una absoluta
discreción sobre los detalles, aunque las gentes llenaban la Plaza de San Pedro
durante los días anteriores como para acompañarle en silencio. Médicos y
cardenales tenían horror al recuerdo de la muerte de Pío XII. Murió a mediodía
del 3 de junio de 1963, cuando aún no se habían cumplido los dos meses de la Pacem
in terris. El mundo entero lloró a quien Roma había recibído como a un Papa
de transición.
SECCIÓN 2: LA ESCUELA DE FRANKFURT Y LA
INTERNACIONAL SOCIALISTA
EL NEOMARXISMO DE FRANKFURT Y LA ESTRATEGIA
AMERICANA
Al aconsejar
el diálogo y la cooperación, incluso política, de los cristianos con los
hombres que provenían de «teorías filosóficas falsas sobre la naturaleza, el
origen y fin del mundo» y se agrupaban en «corrientes de carácter económico y
social, cultural o político, aunque tales corrientes tengan su origen e impulso
en tales teorías filosóficas» el Papa Juan, en la Pacem in terris
cometió, como hemos dicho, un error gravísimo; cometió o se lo hicieron cometer
porque, como acabo de sugerir, la fase de elaboración final de la encíclica se
realizó pocas semanas antes de la muerte del Papa, cuando éste se encontraba en
estado casi preagónico y seguramente firmó lo que sus asesores le pusieron
delante. Todo el mundo comprendió que el Papa estaba recomendando el diálogo y
la cooperación de todo tipo entre los cristianos y los marxistas, y lo
justificaba con una tesis falsa: Porque una doctrina, cuando ha sido
elaborada y definida, ya no cambia. Por el contrario las corrientes referidas,
al desenvolverse en medio de condiciones mudables, se hallan sujetas con fuerza
a una continua mudanza. Por lo demás, ¿quién puede negar que en los medios en
que tales corrientes se ajustan a los dictados de la recta razón y reflejan
fielmente las justas aspiraciones del hombre, puedan tener elementos moralmente
positivos dignos de aprobación?[15]
El marxismo,
a cuyos «elementos positivos» se referían los redactores de la encíclica, no ha
variado jamás, desde su creación hasta hoy, en su presupuesto fundamental de
ateísmo. La estrategia soviética y china, es decir marxista-leninista,
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en los
tiempos de Juan XXIII, los de Pío XII y los de Pablo VI, como en todos los
demás desde la implantación del comunismo, ha buscado la dominación mundial.
Este libro y el siguiente suministran innumerables y definitivas pruebas de
esta tesis. Pero el engaño de Kruschef a Juan XXIII resulta especialmente
sarcástico si tenemos en cuenta que en la década inmediatamente anterior a la
encíclica, los años cincuenta, se habían producido dos acontecimientos
capitales, sobre los que el Papa nunca hizo el menor comentario, que
invalidaron por completo la artificiosa distinción de la encíclica entre las
«doctrinas que ya no cambian» y las «corrientes mudables». El primer
acontecimiento sucedió al principio de la década, con la resurrección de la
Escuela de Frankfurt y la reencarnación de la Internacional Socialista; el
segundo estalló en 1959, la conquista de Cuba por Fidel Castro para convertirla
en plaza de armas marxista-leninista y base de la invasión ideológica y
política del continente americano y la acción prosoviética en África. En este
epígrafe y en el siguiente vamos a estudiar estos dos acontecimientos
decisivos, antes de volver al análisis del Concilio que, al remitirse a las
encíclicas de Juan XXIII, y al mantener plena fidelidad al pacto de Metz, dio,
en la práctica, vía libre a la expansión mundial del marxismo-leninismo y
encima con la cooperación de los cristianos. Me asombra que casi sea yo el
único historiador en advertir y denunciar esta espantosa aberración; pero estoy
situado desde hace muchos años en un puesto de observación privilegiado para
comprenderla y denunciarla desde la Historia.
Contra la
tesis de Juan XXIII el marxismo no era entonces (ni nunca) una doctrina cerrada
después de su formulación. Engels elaboró nuevas perspectivas y creó nuevas
instituciones marxistas —la Segunda Internacional, por ejemplo— después de la
muerte de Marx. Ahora las secciones de cultureta superficial y oportunista que
ofrecen diarios como ABC y El País ofrecen suplementos sobre el
centenario de Engels sin enterarse, como habitualmente, de nada. El marxismo de
Marx y Engels no cristalizó tras la muerte de los dos sino que experimentó una
profunda reelaboración con sentido expansivo y estratégico a manos de Lenin; y
se convirtió en amenaza mundial a manos de Stalin y de Mao, que también
introdujeron importantes modificaciones teóricas. Y desde los años veinte la
Escuela de Frankfurt creó un cuerpo de doctrina neomarxista, cuya influencia
perdura todavía en el mundo, porque sirvió de base teórica a la Internacional
Socialista. Parece mentira cómo en el Vaticano de los años cincuenta y sesenta
nadie se enteró de esta importante mutación; y sería aún peor que se hubieran
enterado y no lo denunciaran.
La Escuela
de Frankfurt fue un intento, cuajado y duradero, de institucionalizar un nuevo
marxismo teórico después de la implantación del comunismo en Rusia a partir del
triunfo bolchevique en 1917 y la creación de la Internacional Comunista en
1919. Ya desde principios de siglo, como vimos, el marxismo originario de
Marx-Engels había evolucionado a un marxismo menos radical, más humanista y
reformista que revolucionario, pero la línea de Bernstein y Kautsky, que fueron
los iniciadores
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de esta
tendencia, estaba agotada lo mismo que la Segunda Internacional, cuyo fracaso
en impedir el estallido de la Gran Guerra había provocado su acta de defunción
extendida por el propio Lenin. Se llamó Escuela de Frankfurt al conjunto
teórico emanado del «Institut für Sozialforschung» (Instituto para la
Investigación Social) ideado y financiado en 1922 por el millonario marxista
radical Félix Weil con el apoyo de Friedrich Pollock y Albert Gerlach, que
logró del Ministerio de Educación de la República de Weimar (en que dominaban
las tendencias socialistas-reformistas) la creación del Instituto en 1923,
adscrito a la Universidad de Frankfurt (Ferrater). El segundo director fue el
filósofo neomarxista Max Horkheimer, y los principales miembros del Instituto y
de la Escuela fueron otros pensadores marxistas, casi todos judíos, entre los
que destacaron Theodor W. Adorno, Erich Fromm, Walter Benjamín, Frank Borkenau,
Herbert Marcuse y Jürgen Habermas, que es el único superviviente del grupo y
mantiene una constante presencia en los medios de comunicación de todo el
mundo, singularmente en España, gracias a los terminales marxistas y compañeros
de viaje de la «quinta pluma» que le consideran un héroe del pensamiento, pese
al espantoso fracaso de sus predicciones sobre la pervivencia de la Unión
Soviética. Ya hemos oído a Habermas a propósito de su teoría de la Modernidad.
Como los
integrantes de la Escuela de Frankfurt eran marxistas y judíos no tiene nada de
extraño que Hitler cerrase el Instituto y la Escuela de Frankfurt al subir al
poder en 1933. Todos ellos emigraron a París y sobre todo a los Estados Unidos
donde sus correligionarios los liberals les acogieron cordialmente e
instalaron el Institut en la Universidad de Columbia en Nueva York. Luego se
desvincularon de Columbia y continuaron su trabajo en el exilio hasta que
muchos de ellos regresaron a Fankfurt en 1951, el año en que el congreso
celebrado en esa ciudad resucitaba la Segunda Internacional con el nombre de
Internacional Socialista. Esta importante agrupación de partidos socialistas,
socialdemócratas y afines tomó a la repatriada Escuela de Frankfurt como su
vivero y base doctrinal.
No es fácil
definir los caracteres comunes de la escuela de Frankfurt, que algunos
pretenden reducir a un modo o estilo de pensar, o a una actitud «crítica». Este
término quiere presentarse como un distintivo de la Escuela, de forma semejante
a como sucedió en la primera Ilustración del siglo XVIII
para la que todo se reducía a «crítica» como reprocharon algunos pensadores
tradicionales españoles al iniciador de la Ilustración en España, fray Benito
Jerónimo Feijóo. Creo sin embargo que los rasgos comunes son más numerosos y
claros. Los filósofos de la Escuela de Frankfurt son, ante todo marxistas;
marxistas críticos y evolucionados, pero marxistas o neomarxistas al fin, y de
ahí proviene el error que antes cité sobre la aparente congelación de la
doctrina marxista según la Pacem in terris de Juan XXIII, un error que
encuentra nuevas confirmaciones en otras líneas del marxismo-leninismo, como la
de Antonio Gramsci. La estancia en los Estados Unidos hizo conocer de cerca a
los pensadores de Frankfurt las ventajas del capitalismo pero en vez de
reorientarles
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hacia la
democracia liberal, como vimos en el caso de Maritain, les excacerbó contra el
capitalismo; criticaron después al Capitalismo con el mismo furor que al
totalitarismo, sobre todo en el caso de Herbert Marcuse, que luego actuó como
guía intelectual de las juventudes rebeldes de 1968. Otro rasgo común de los
frankfurtianos, que les separa del marxismo-leninismo rígido, es su mayor
flexibilidad hacia la religión. Por supuesto que ninguno de ellos se hizo
cristiano pero casi todos mostraron hacia la religión (como hecho humano
social, no como verdad) un interés mucho más articulado que el de Marx, y más
teórico que el de Gramsci, quien meditó muy seriamente sobre la religión y
sobre la Iglesia católica pero para destruirlas y para sustituirlas por el comunismo,
al que consideraba como una especie de religión nueva. Esta actitud de los
pensadores de Frankfurt y de Antonio Gramsci sobre la religión ha sido
magistralmente comprendida y expuesta por un pensador inglés de nuestro tiempo,
el ex jesuita David McLellan, que es además el mejor biógrafo de Carlos Marx[16].
Sin embargo
la Escuela de Frankfurt nos ofrece, para los temas fundamentales de este libro
y el siguiente, una característica fundamental y comprobada. El interés de los
frankfurtianos por los problema de la religión y aun de la teología, aunque no
sea un interés cristiano sino sociológico y político, influyó
decisivamente en la evolución del teólogo protestante Jürgen Moltmann, de quien
ya hemos hablado, que pasó del seguimiento del pensador marxista Ernst Bloch a
los espejismos cristiano-marxistas de la Escuela de Frankfurt; desde que se
imbuyó en la doctrina crítica de los frankfurtianos, Moltmann insistió en la
Teología de la Solidaridad sin perder por ello su orientación cristiano
marxista; así lo reconoce otro admirador de la Escuela de Frankfurt, el jesuita
cristiano-marxista y teólogo de la liberación Jon Sobrino cuando afirma: «La
Escuela de Frankfurt se convirtió en la principal inspiradora de Moltmann,
reemplazando a Ernst Bloch en ese papel»[17]. Un nuevo nexo
entre Moltmann y los teólogos jesuitas de la liberación puede comprobarse en la
Teología de la Solidaridad y la Teología de la Cruz, estimables términos que
Moltmann interpreta en sentido blochiano-frankfurtiano, como se puede deducir
claramente del trabajo de Sobrino The Roots of Solidarity[18]. «Me quedé asombrado cuando comprobé que la
teología de la liberación tiene sus orígenes en la Escuela de Frankfurt,
formada por ateos y masones como Marcuse…» escribía el padre Paul Marx[19]. Nada tiene de extraño que Jürgen Moltmann
añadiese un elogio desmesurado a los jesuitas asesinados en San Salvador el16
de noviembre de 1989, en que les llama «mártires» y «semilla para la
resurrección de un mundo nuevo» en opinión diametralmente opuesta a las
directrices de la Santa Sede que ellos no habían seguido, aunque todos
lamentamos la forma trágica en que fueron sacrificados[20].
Queda clara,
con estos apuntes, la influencia de la Escuela neomarxista de Frankfurt en la
teología de la liberación tanto a través de Jürgen Moltmann, el inspirador
protestante principal de esa teología, como directamente, durante la
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formación
teológica de jesuitas como Jon Sobrino, Jon Cortina y otros bajo la próxima
influencia de Moltmann y la Escuela de Frankfurt[21]. Mis informantes
se refieren a un grupo de jesuitas que estudió en Frankfurt «al final de los
años sesenta» en Offenbacher Landstrasse, 224. En fin, cuando ya existía una
primera perspectiva histórica, durante las importantísimas Conversaciones de
Toledo de 1973, convocadas por el cardenal Marcelo González Martín, el
profesor Wilhelm Weber, de la Facultad Teológica de Münster, quien ostentaba
además la representación del cardenal de Colonia, Joseph Hoffner, analizó a
fondo la teología política que en buena parte había nacido en su propia
Facultad y era ya, como hemos apuntado, una de las fuentes reconocidas de la
reciente Teología de la liberación. Tras afirmar que «la gran debilidad de la
Teología política es su contenido indeterminado» afirma: «Ya hemos dicho que la
Teología política debe su rápido éxito principalmente a que la crítica total y
social neomarxista —sobre todo la de la llamada Escuela de Frankfurt, con Max
Horkheimer, Theodor W. Adorno y Jürgen Habermas, así como en América la del
profesor Herbert Marcuse— ha conquistado progresivamente las universidades de
Alemania y de otros países». Por ello «la Teología política desemboca en una
politización progresiva de la teología»[22]. Ya tenemos por
tanto, según los más autorizados testimonios, a la Escuela neomarxista de
Frankfurt como fuente de inspiración para la línea protestante de Moltmann y la
línea católica del rahneriano Metz, las corrientes europeas que confluyen en la
Teología de la liberación. Creo que el profesor Metz tiene toda la razón cuando
afirma: «En mi opinión, algunas formas de expresión de la teología de la
liberación nos informan más sobre las opiniones teológicas de Centroeuropa que
sobre la historia del dolor de los pueblos latinoamericanos»[23]. Pero además de adoctrinar en sentido
neomarxista a teólogos cristianos la Escuela de Frankfurt ha desempeñado una
función histórica igualmente importante: servir de soporte intelectual y
doctrinal a la Internacional Socialista.
LA CREACIÓN SIMULTÁNEA DE LA
INTERNACIONAL SOCIALISTA
Hundida la
Segunda Internacional con motivo de la Primera Guerra mundial, la conexión
entre los diversos partidos socialistas se arrastró durante los años veinte,
treinta y cuarenta a través de una oficina más o menos inoperante, como se
comprobó en la escasa solidaridad internacional socialista hacia los partidos
socialistas de Francia, Austria, Alemania y España en los años treinta, y ya
antes cuando el ex socialista Mussolini acabó con el socialismo italiano. Los
partidos socialistas nacionales sobrevivieron, por tanto, de forma virtualmente
aislada hasta que después de la derrota alemana e italiana de 1945 renacieron
con fuerza en Alemania (con sus siglas tradicionales SPD) e igualmente en
Italia, como PSI aunque pronto se dividió entre los socialistas procomunistas
de Nenni y los socialdemócratas anti comunistas
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de Saragat,
mientras que en Alemania Oriental el SPD era brutalmente absorbido por el
partido comunista, como sucedió prácticamente en los demás países situados tras
el telón de acero. Este atropello suscitó una comprensible indignación entre
los partidos socialistas de Occidente, hasta el punto que los planificadores de
la estrategia norteamericana decidieron promover la creación de una nueva
coordinadora socialista anticomunista que pudiera servir como valladar contra
la expansión de los partidos comunistas en Europa. Así, bajo patrocinio de los liberals
de Estados Unidos, que delegaron para ello en el SPD alemán, guiado por
dirigentes claramente pronorteamericanos, fue resucitada en Frankfurt la
Segunda Internacional, la misma fundada por Engels poco después de la muerte de
Marx, pero con sentido reformista y no con objetivo de revolución violenta,
aunque los partidos que la integraban, incluido el SPD alemán, seguían
declarándose marxistas durante unos años, hasta que todos ellos acabaron por
renunciar al marxismo. Significativamente ese mismo año 1951 es el que marca el
retorno a Europa y a Alemania de la Escuela de Frankfurt.
La
Internacional Socialista nace —o más bien renace— en el Congreso fundacional
reunido en Frankfurt, bajo las inspiraciones citadas, en 1951. En la
declaración fundacional se incluye un demoledor ataque al capitalismo aunque la
Internacional se había fundado con inequívocos apoyos del capitalismo liberal,
es decir social demócrata y promarxista. Dice en el punto 3: «El objetivo del
socialismo es liberar a los pueblos de la dependencia de una minoría que posee
o controla los medios de producción»[24]. Dice el punto
11: «El socialismo es un movimiento internacional que no exige uniformidad
rígida de concepciones. Que los socialistas funden su convicción en el marxismo
o en otros medios de análisis de la sociedad, o que se inspiren en principios
religiosos o humanitarios, lo cierto es que todos luchan por el mismo fin (p.
63, pura doctrina ambigua de la Escuela de Frankfurt). Pero «la democracia sólo
puede verse plenamente realizada en el socialismo» lo cual, además de falso, es
dogmático (p. 66). En el congreso fundacional los partidos afiliados a la
Internacional Socialista eran 34. Para la reunión de la IS en Lisboa
(septiembre de 1978) el tema principal fue la democratización de España y
América, en clara sintonía con los ya declarados movimientos de liberación. «A
partir de la década de los sesenta y setenta la Internacional Socialista ha
estado ampliando su acción política hacia África, América Latina y el Caribe
(p. 89). La Internacional Socialista endosa totalmente a los movimientos
guerrilleros y clericales de liberación en América Latina, con expresa mención
elogiosa de Camilo Torres, Helder Cámara, monseñor Oscar Romero, Ernesto
Cardenal (p. 100). Y exalta «la heroica revolución cubana» (p. 100). Tras el
congreso de Madrid en 1980 los partidos afiliados son ya 75, con 15 millones de
militantes y 80 millones de votantes. Hasta 1970 la Internacional Socialista
apenas salió de Europa. Desde entonces, bajo la presidencia de Willi Brandt, se
ha extendido mucho por Iberoamérica donde en 1986 contaba con 26 partidos
miembros, observadores y afines. Los comunistas han intentado con éxito la
aproximación a la Internacional Socialista, por ejemplo durante la Conferencia
de
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1976 en
Berlín Este, donde se exaltó «la cooperación entre los partidos socialistas,
comunistas y socialdemócratas» (p. 57). Por su parte Fidel Castro hizo un gran
elogio de esta cooperación en el II Congreso del partido Comunista de Cuba
(diciembre de 1980). Morales cree que «muchos partidos de la Internacional
Socialista desarrollan acciones unitarias junto a los movimientos
marxista-leninistas» (p. 61). Y cita entre otros ejemplos la cooperación entre
el PSOE y el PCE españoles desde 1979 y la acción común de socialistas y
comunistas en la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile.
Cuando se
acercaba el hundimiento del comunismo en la propia URSS muchos comunistas se
aproximaron a la Internacional Socialista como tabla de salvación, y tras la
catástrofe de 1989 algunos partidos comunistas ingresaron en la IS como los
marxistas-leninistas de Nicaragua, mal llamados sandinistas, y muchos
comunistas españoles. La Internacional Socialista celebró su XVII Congreso en
Lima a fines de junio de 1986. Parece claro que ya antes de esa fecha la IS
trataba de sustituir a los movimientos de inspiración comunista en el
protagonismo y el control de los movimientos de liberación iberoamericanos; tal
vez esa fue la causa de que la reunión socialista de Lima fuera brutalmente
saboteada por la organización de extrema izquierda maoísta Sendero Luminoso. El
Congreso de Lima quiso presentar a la IS como mediadora entre los dos bloques
estratégicos. Reafirmaron también su apoyo a los movimientos de la liberación,
especialmente en el caso de Nicaragua contra los Estados Unidos. El diario
español El País, afín a los liberals norteamericanos, al PRI
mexicano y a la línea de la Internacional Socialista, en su editorial de 25 de
junio de 1986, apoyó incondicionalmente al Congreso de la Internacional
Socialista en Lima, aunque recriminó a los socialistas que cuando alcanzan el poder
no se muestran coherentes con sus planteamientos de oposición sino que suelen
alinearse en favor de la estrategia norteamericana. Olvidaba el diario, aunque
lo sabía perfectamente, que para eso se había creado en buena parte la
Internacional Socialista con el apoyo de los liberals que, si bien
socialdemócratas, eran también norteamericanos aunque muchas veces no lo
parezcan.
A partir de
su Congreso de Bad Godesberg en 1959 el SPD alemán, matriz y clave de la
Segunda Internacional y de la Internacional Socialista, renunció a su confesión
marxista, aunque no repudió, sino todo lo contrario, sus orígenes marxistas.
Era una simple táctica para captar votos no marxistas ante el empuje de su
rival democristiana la CDU/CSU. Hasta veinte años después no les imitó el PSOE
de España, que se mostró sin embargo fiel al «análisis marxista» de la
sociedad, sin explicar que el análisis marxista es sencillamente el marxismo.
Aun así el PSOE, como casi todos los demás partidos socialistas, retuvieron en
sus programas hasta hoy sus «programas máximos» en que reafirman el marxismo
puro y duro de sus orígenes. No figura en esos programas, aunque sí está
profundamente inoculada en la Internacional Socialista y sus partidos miembros,
la confesión masónica, de que hablaremos, con pruebas, en nuestro segundo
libro, La Hoz y la Cruz. La masonería
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de los liberals
norteamericanos fue un elemento impulsor esencial en la resurrección de la
Internacional Socialista. Hemos visto al padre Marx, curiosa antítesis en el
apellido, admirarse de que puedan influir sobre los católicos los pensadores
«judíos y masones» de la Escuela de Frankfurt. También hablaremos en nuestro
segundo libro de la tan denostada conspiración —yo prefiero llamarla
conjunción— judeomasónica, que por supuesto no es una identidad pero tampoco un
disparate absurdo, aunque quienes la denuncian, como el general Franco,
propendan demasiado a la simplificación.
Quede ese
análisis para nuestro segundo libro. Adelantemos que existen pruebas históricas
más que suficientes para establecer la conjunción entre Internacional
Socialista y Masonería. Ahora me interesaba sobre todo establecer la
importancia de la Escuela de Frankfurt en el origen y fundamentación de la
Internacional Socialista y de las dos corrientes —Teología protestante de la
esperanza y la solidaridad, con Moltmann, y Teología política católica, con
Metz— como una de las fuentes esenciales de la Teología marxista de la
liberación. Y me interesaba en primer término demostrar que la doctrina
marxista no quedó congelada una vez formado su esquema original, como le
hicieron firmar al buen Papa Juan sino todo lo contrario; la doctrina marxista
ha demostrado que es capaz de seguir una profunda evolución, de adaptarse
asombrosamente a los nuevos tiempos, incluso tras la caída del comunismo. Y
creo sinceramente que ahora sigue siendo capaz de ello.
SECCIÓN 3: LA PÉRDIDA DE CUBA
LOS EXTRAÑOS PROMOTORES Y PROTECTORES DE FIDEL
CASTRO
El 1 de
enero de 1959 tuvo lugar la segunda pérdida de Cuba en los últimos cien años.
La primera fue, a costa de España, en 1898. Le segunda, en 1959, a costa de
Occidente pero con la eficacísima ayuda de los liberals de los Estados
Unidos. El lunes 12 de junio de 1995 llegábamos a Miami[25] como primera escala de
nuestro sexto viaje a las Américas, todos con el mismo fin; no hablar sólo
desde lejos y de oídas en nuestros trabajos sobre América. En nuestros
contactos —valiosísimos— de Miami y Houston con las importantes colonias cubana
y nicaragüense, que nos proporcionaron información de primera mano sobre muchos
problemas, nos preocupaba sobre todo una pregunta que desde 1989 no
conseguíamos solucionar, sobre todo ahora, después de las escenas
escalofriantes sobre la evasión de los balseros cubanos, cuyos cadáveres habían
aparecido tantas veces en los arrecifes de Miami:
«¿Quién está
sosteniendo a Fidel Castro y a su régimen?» La respuesta era
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inmediata y
unánime: «Hillary Clinton y su consejero Morton Halperin, el rojo más notorio
de los Estados Unidos». Miembro del Consejo Nacional de Seguridad, implicado en
los misterios del matrimonio Clinton, Halperin es el «experto» en Cuba y gran
defensor de Fidel Castro. Me hablaron de otros culpables; en primer lugar
Felipe González y toda la Internacional Socialista, la institución que desde
sus primeros tiempos había alabado, como vimos, a la «heroica revolución» de
Castro en 1959; y las demás naciones que, como España, se oponían al embargo
contra Cuba. Yo, tan anticastrista como ellos, procuraba defender la actitud de
España, que mantiene con Cuba, comprensiblemente, relaciones especialísimas; el
abuelo de don Juan Carlos I fue Rey de Cuba, nuestra última provincia en
América y el general Franco también se había opuesto a las medidas contra
Castro. Nuestras explicaciones dejaban fríos a los cubanos de Miami, que habían
estado a punto de boicotear la arribada reciente de nuestro buque escuela «Juan
Sebastián Elcano» y me aseguraban que si Manuel Fraga, otro amigo de Castro,
aparecía por allí le arrojarían al mar en cuestión de minutos. Su rabia era
incontenible. Para unos días más tarde se anunciaba una visita de José María
Aznar, líder del Partido Popular, a quien me permití escribir desde mi
siguiente escala para advertirle de la situación; no realizó el viaje por
atender a alguno de los desmanes socialistas del momento.
La
explicación de los cubanos de Miami me encajaba. Es cierto que el régimen del
dictador cubano Batista en los años cincuenta estaba corrompido y Cuba se
merecía un gobierno de más categoría. Pero lo que vino resultó mucho peor, como
también sucedería en Nicaragua. Hillary Clinton se dedica, por lo visto, a
prolongar la hazaña de sus colegas los liberals de los años cincuenta,
que engañaron a la opinión pública norteamericana y mundial sobre Fidel Castro,
al que desde el primer periódico del mundo, portavoz impenitente de su
ideología, presentaban al barbudo guerrillero de Sierra Maestra como el
reformista cristiano que iba a implantar en la Cuba corrupta el reino de la
justicia social y de la libertad. Lo que hizo fue entregarla al comunismo y a
la estrategia comunista para las dos orillas del Atlántico. Y hasta hoy; porque
hasta el acreditado demócrata don Jorge Semprún, antaño cantor fervoroso del
gran demócrata Stalin, ha firmado un célebre manifiesto pro Castro (con su
nombre francés, Georges) y uno de los creadores de la democracia española, el
presidente del Senado don José Federico de Carvajal, llevó personalmente a
Castro, gran defensor de las libertades, una medalla de oro. Felipe González,
menos solemne, se contentaba con retratarse con el dictador y satélite
soviético entre las imponentes mulatas del Tropicana. Felipe González
era en junio de 1995, no sé si lo sabe, otro de los políticos más aborrecidos
entre los cubanos de Miami, que por su comportamiento y su capacidad de trabajo
y organización dominan hoy al importante y próspero estado de Florida y han
elevado muchísimo la opinión norteamericana hacia los hispanos.
El embajador
de los Estados Unidos en Cuba antes de la revolución de Castro, Earl E.T. Smith
—entre 1957 y 1959— bajo la administración Eisenhower, en
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vísperas del
triunfo electoral de Kennedy, ha demostrado en un libro sobrecogedor The
fourth flom[26] cómo ese cuarto piso
del Departamento de Estado en Washington, donde trabajan los
funcionarios de segundo nivel para la política en Iberoamérica, provocó la
llegada de Castro al poder según los consejos del lunático editorialista y
corresponsal del New York Times Herbert Matthews, un ultraliberal que
presentó a Castro ante el mundo entero como el Robín Hood de América, le
comparó a Lincoln y ocultó cuidadosamente la infiltración comunista en el
movimiento castrista. Según el embajador en su documentado alegato fue el
Departamento de Estado, sin que el secretario John Foster Dulles se enterase,
quien entregó Cuba a Castro y al bloque soviético conscientemente,
culpablemente. La acusación de Smith es tremenda y no fue jamás desmentida; si
Cuba es desde poco después de 1959 la plaza de armas para la estrategia
soviética en el Atlántico —las dos orillas, la americana y la africana— se debe
al fanatismo izquierdista y a la irresponsabilidad de esta cuarta planta del
Departamento de Estado, seducida por los consejos y orientaciones de un
periodista que ya en las guerras de Abisinia y España (1935-1937) había
mostrado toda su capacidad de aberración y procomunismo. He recordado en otros
libros que para Matthews la batalla de Guadalajara en marzo de 1937 fue una de más
decisivas de la historia mundial, en el siglo de Verdun y del Mame y de
Stalingrado y de Normandía. Y por supuesto pronosticaba que la guerra civil
española la ganarían los que para él, sin una palabra de crítica, eran los
buenos, es decir los rojos.
El diario YA
de Madrid publicó un documento secreto del gobierno Reagan en el que se
demuestra que «la URSS utiliza a Cuba para convertir a Centroamérica en un
satélite socialista»[27]. El 8 de enero de 1959, gracias a la torpísima
política del Departamento de Estado y a la corrupción flagrante del agotado
régimen cubano de Batista, Fidel Castro, que no había ganado una sola batalla
en el terreno militar, entraba triunfalmente en La Habana. Muchos de sus
barbudos llevaban al cuello el rosario; y la jerarquía de la Iglesia católica
apoyaba al nuevo régimen, quizás confiando en la presunta influencia sobre
Castro del arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Pérez Serantes, que le había
salvado la vida después del fallido asalto al cuartel de Moneada, primer acto
de la leyenda revolucionaria. Pero nunca se ha emprendido una campaña de
descristianización como la que Castro, después de quitarse el rosario y la
careta, desencadenó sobre Cuba, donde según datos de 1985 el número de personas
que se confiesan católicas ha pasado en una generación del 95 al 30%; sólo una
minoría cada vez más reducida asiste a misa los domingos, una cifra ridícula;
el número de sacerdotes ha disminuido enormemente, el de religiosos y
religiosas había llegado en la misma fecha casi a desaparecer, después de las
expulsiones de sacerdotes y religiosos extranjeros; y tanto la enseñanza como
la cultura y la vida cubana han arrancado hasta la sombra de la Iglesia. En
1961 los Estados Unidos, ya guiados por Kennedy, trataron de remediar su error
de 1959 con algo peor: la invasión frustrada en Bahía Cochinos, un fiasco
monumental de la CIA que supuso la consolidación de Fidel Castro y su entrega
total en manos de la
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URSS[28]. En una solemne e inaguantable —como todas las
suyas— alocución televisada a la nación, el 2 de diciembre de 1961, Fidel
Castro confesó: «Soy un marxista-leninista y lo seguiré siendo hasta el día que
muera. El resto del mundo está en camino al comunismo». También anunció la
formación de un partido único de la revolución socialista cubana que guiaría a
Cuba a través del socialismo hacia la democracia del pueblo o dictadura del
proletariado. Su programa sería «marxista-leninista y adaptado a las condiciones
de Cuba. Porque no hay vía media ente el capitalismo y el socialismo»[29]. En 1962 la instalación de misiles soviéticos
en Cuba apuntando con sus cabezas nucleares hacia objetivos vitales de los
Estados Unidos provocó una crisis mundial, resuelta, tras unos días de intensa
angustia, por la firmeza de Kennedy y el sentido común de Kruschef, para cuyo
prestigio en el mundo y en la URSS la retirada de los misiles supuso un golpe
mortal. En 1965 Castro se quitó su última careta, cambió el nombre de su
Partido unido al de Partido Comunista y envió a su principal colaborador, el comandante
de origen argentino Ernesto «Che» Guevara a difundir la Revolución en el
continente iberoamericano, mientras la maquinaria de la propaganda soviética
exaltaba hasta el paroxismo la figura del Che hasta convertirla en uno de los
grandes mitos de los años sesenta, que fascinó a muchos cristianos ingenuos.
Cuba era ya entonces la plaza de armas para la estrategia soviética en el
hemisferio occidental. Al comenzar el mes de agosto de 1967 Castro convocó en
La Habana un trascendental Congreso de la Asociación Latinoamericana de
Solidaridad para desarrollar la subversión marxista ya iniciada en América
continental. La jugada estratégica de la URSS en Cuba, apoyada en los estúpidos
liberals de los Estados Unidos, resultó sencillamente genial y la
herencia del buen Papa Juan —de quien no sabemos que dijera una palabra
sobre la pérdida de Cuba para Occidente entre 1959 y 1963— abría muchos caminos
para la configuración de esa estrategia, que Castro mismo definirá repetidas
veces, según veremos, como «la alianza de cristianos y marxistas para el
triunfo de la Revolución». Parece increíble cómo los observadores del Vaticano
no advirtieron la importancia histórica de la Revolución cubana para el asalto
cristiano-marxista a las Américas. La paz en la tierra de que hablaba la
última encíclica de Juan XXIII significaba la gran guerra de religión
—una religión aliada con el marxismo— en el Continente donde pronto viviría la
mitad de los católicos del mundo. Pero la Santa Sede de Juan XXIII calló, como
jamás hubiera hecho Pío XII. No callaron, en cambio, los jesuitas, cuya nueva
dirección se puso inmediatamente a favor de ese mismo Fidel Castro que les
había cerrado el Colegio de Belén —donde él mismo se educó— y les había
expulsado de Cuba. Hoy se ha restaurado magníficamente el Colegio de Belén por
los jesuitas en Miami. Ellos no figuran, desde luego entre los castristas.
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LA
ESTRATEGIA MARXISTA-LENINISTA PARA AMÉRICA SEGÚN LOS TEÓRICOS DE CHINA ROJA EN
1959: UN DOCUMENTO TRASCENDENTAL
En 1959,
cuando Cuba acababa de caer en la órbita del bloque marxista-leninista, los
comunistas de China podían ofrecer a Cuba una experiencia de diez años en la
aniquilación de la Iglesia católica y se apresuraron a hacerlo. China roja ha
mostrado mucho interés siempre por Iberoamérica —como puede comprobarse en su
apoyo al movimiento subversivo peruano Sendero Luminoso— pero ya en 1959 envió
a los dirigentes comunistas iberoamericanos un importante documento estratégico
que voy a reproducir, porque éste es el momento en que metodológicamente
conviene hacerlo. La exposición y el análisis de la estrategia soviética en las
Américas tal como se desarrolló desde la base cubana hasta 1989 —y quién sabe
si después, porque ya no hay soviéticos en Cuba, pero sí rusos— será objeto de
nuestro segundo libro La Hoz y la Cruz; en el libro presente, cuyo
ámbito cronológico (con excepción del próximo y último capítulo) se
extiende hasta el final del Concilio Vaticano 11 y su correspondiente análisis,
debemos insertar, porque fue redactado y publicado en 1959, un importante
documento estratégico en que el bloque marxista-leninista revela sin rebozo
alguno, con audacia propia de conquistadores, su estrategia para la destrucción
de la Iglesia católica en Cuba, a ejemplo de lo que estaba ya lográndose en
China; y con evidente proyección para las naciones de América que pudieran
caer, desde la plaza de armas cubana, en poder del bloque marxista-leninista en
el futuro. El documento, como se indica en su portada, es reservado y para uso
de los encargados de la estrategia cristiano-marxista uno de los cuales,
posiblemente arrepentido, me lo hizo llegar hacia 1980. Recibí el ejemplar,
comprobé su origen y lo publiqué a mi vez en 1986 (con mucha resonancia dentro
y fuera de España) y he visto que el primer especialista en la historia de la
persecución marxista-leninista en China contra la Iglesia, James T. Myers,
ratifica plenamente la autenticidad del documento y su carácter programático en
su libro, ya citado, de 1991. El documento va firmado por Li Wei Han el cual,
según Myers, era entonces director del Departamento del Frente Unido dentro del
Comité Central del Partido Comunista chino[30]. El título del
documento, que se presenta en forma de folleto, es La Iglesia Católica y
Cuba: un programa de acción[31]. Completa la
portada una nueva mención editorial: «Editado por la Prensa de Idiomas
Extranjeros de Pekín para el Uso Exclusivo de la Sección Latinoamericana del
Departamento de Enlace del Partido Comunista Chino. Impreso en la República
Popular China. (Esta última frase en español y en inglés). A continuación
reproduzco el texto íntegro español, tal como me llegó; con sus grafías y sus
errores de morfología y sintaxis. Parece escrito por el secretario del Gran
Hermano de Orwell.
La
Iglesia católica, con sede en Roma, es una organización reaccionaria que da
origen a actividades contrarrevolucionarias en las democracias populares.
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Para
que las democracias populares puedan continuar su progreso por el camino al
socialismo y al comunismo, es necesario primero acabar con la influencia de esa
Iglesia católica y sus actividades. La Iglesia católica no es ni estéril ni
impotente. Al contrario, hay que reconocer su poder y tomar una serie de
medidas para contrarrestarlo. Cuando la lucha política y las fuerzas de
producción hayan alcanzado un alto nivel de producción, es que se le puede
destruir. Este es el objetivo que luchamos por alcanzar. Hacer un asalto
frontal y dar el golpe de frente mientras estemos mal equipados y no hemos
educado las masas debidamente, vendría a darle a la Iglesia mayor dominio sobre
las masas, ya que ellas se sentirían de parte de la Iglesia y apoyarían
clandestinamente las actividades contrarrevolucionarias auspiciadas por ella.
También hay que evitar que se conviertan en mártires los líderes de las
actividades contrarrevolucionarias de la Iglesia. La línea de acción contra la
Iglesia es la de instruir, educar, persuadir, convencer y poco a poco despertar
y desarrollar plenamente la conciencia política de los católicos por medio de
su participación en círculos de estudio y por la participación en actividades
políticas. Por medio de los activistas debemos emprender la lucha dialéctica en
el seno de la religión. Progresivamente reemplazaremos al elemento religioso
con el elemento marxista. Gradualmente transformaremos la conciencia falsa en
la conciencia verídica; de manera que los católicos eventualmente destruyan por
su propia voluntad y cuenta las imágenes divinas que ellos crearon. Esta es
nuestra línea de acción en la lucha por la victoria contra la Iglesia católica
contrarrevolucionaria.
A
continuación presentamos un programa de tácticas que se empleó con éxito en la
República Popular China para la liberación del pueblo chino de la influencia de
la Iglesia católica imperialista de Roma.
Hay
que conducir al seno del Gobierno popular a la Iglesia y sus feligreses donde
las masas influirán sobre ellos. No se puede permitir que la Iglesia conserve
su carácter supranacional que la pone por encima de la voluntad de las masas.
Hay que establecer un buró del Gobierno popular encargado de asuntos y
organizaciones religiosas. El sometimiento de la Iglesia a los procesos del
centralismo democrático prepara el camino para que por medio de las masas se
puedan tomar medidas patrióticas que desvirtúen la Iglesia y derrumben su
imagen. Dicho buró organizará asociaciones nacionales, regionales y locales que
aunarán los católicos en organizaciones patrióticas. Cada asociación declarará
su acatamiento y observancia a las leyes de la nación.
Después
que queden establecidas las asociaciones patrióticas y los católicos hayan
profesado su acatamiento a las leyes de la nación, surgirán los reaccionarios y
contrarrevolucionarios. Estos contrarrevolucionarios surgidos en el medio de la
Iglesia católica son los primeros que hay que extirpar con firmeza pero no con
el empleo de la violencia. Las medidas tomadas en todos los
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casos
deben estar de acuerdo con la ley. Por su naturaleza, las aspiraciones
contrarrevolucionarias conducen a acciones contra el Gobierno. Este principio
nos indica las leyes que hay que aplicar contra los que protestan y que los
ponen en la categoría de criminales antipatrióticos que protestan siguiendo las
instrucciones de carácter imperialista enviadas desde la sede a la Iglesia
católica en la Ciudad del Vaticano.
Durante
este período las masas sentirán un conflicto psicológico, ya que de una parte
sentirán lealtad a la Iglesia y su clero y por otra parte su patriotismo, que
los conduce a apoyar al Gobierno popular. Conviene sondear este conflicto y
estudiarlo detenidamente. Si se toma acción precipitada sin tomar en cuenta la
agudeza de este conflicto psicológico, se puede aislar al Partido de esas
masas. Si los lazos entre las masas y la Iglesia son muy estrechos hay que
seguir al principio dos pasos hacia adelante y uno para atrás. Al dar el paso
para atrás el Gobierno popular debe afirmar que está defendiendo la libertad
religiosa y que es por voluntad de las masas que establece comités de reforma
en las asociaciones para que las masas patrióticas puedan expresarse más
directamente en la dirección de los asuntos de la Iglesia.
Estén
alerta. Los activistas del Partido deben dirigir la labor de los comités de
reforma. Estos deben aislar los reaccionarios que se encuentren entre las
masas. Para esta labor hay que seguir las consignas: es patriótico adherir al
Gobierno y acatar las leyes· la desobediencia es antipatriótica; las
asociaciones han profesado su patriotismo; los elementos antipatrióticos deben
ser aislados de las asociaciones y juzgados como criminales ante las masas
patrióticas, es el deber de todo ciudadano castigar al criminal. Los activistas
deben dirigir las masas contra los elementos criminales. Después que las masas
condenan a los criminales y los aíslan de las asociaciones, los criminales
deben ser castigados de acuerdo con las disposiciones del Gobierno popular. A
la vez, las asociaciones deben profesar de nuevo su acatamiento a las leyes y
procurar descubrir actividades contrarrevolucionarias dentro de su seno.
Aunque
los reaccionarios han sido descubiertos; el conflicto psicológico continúa en
las masas. Es importante que las autoridades eclesiásticas y los líderes de la
Iglesia les aseguren a las masas que la religión ha quedado más pura, ya que se
han librado de elementos criminales y antipatrióticos. Los activistas que son
miembros de las asociaciones tienen las importantes tareas de persuadir a los
líderes de la Iglesia a hacer estas declaraciones. Los activistas también deben
asegurar a las masas que el Gobierno y el Partido están acatando la voluntad de
las masas. Desde luego, durante este período surgirán desavenencias. Si se
actúa de una manera arbitraria, se perderá el impulso del movimiento de las
masas. El Gobierno popular debe estimular las discusiones a fondo de todos los
desavenidos. Durante estas discusiones se debe cuidar de
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descubrir
a los contrarrevolucionarios, que antes habían pasado desapercibídos. Durante
este período, al igual al anterior, hay que seguir las consignas: es patriótico
acatar las leyes, la desobediencia es antipatriótica y criminal. Se debe
procurar también informar a las masas de los resultados de las conversaciones
entre el Estado y la Iglesia. Y sobre el renacimiento patriótico de las masas
religiosas que está reemplazando los sentimientos decadentes, imperialistas y
antipatrióticos. Con la excepción de asuntos espirituales, todo indicio o
expresión de vinculación con la Ciudad del Vaticano debe ser desprestigiado por
ser motivado por intereses imperialistas y por apoyar actividades
contrarrevolucionarias. La experiencia de nuestros países hermanos muestra que
la Iglesia católica siempre ayuda actividades contrarrevolucionarias. En vista
de la extensión mundial de la Iglesia católica, estas experiencias constituyen
pruebas innegables de su carácter conspiratorio. Durante este período se puede
esperar que desde a Ciudad del Vaticano se oirán protestas en contra de nuestra
campaña. Estas protestas deben ser aprovechadas como nuevas pruebas del
carácter conspirativo de la Iglesia, dirigida desde la Ciudad del Vaticano.
Esto
nos trae al segundo punto de ataque, que es el enlace de la Iglesia ron la
Ciudad del Vaticano. Hay que prever que durante este ataque el clero
reaccionará violentamente, ya que éste es su punto de apoyo y la fuente de su
poderío. Debe recordarse que sus protestas por el ataque contra su lealtad al
Vaticano son antipatrióticas y en oposición a las leyes y al Gobierno.
Igualmente lo que el clero representa es antipatriótico. Los activistas tienen
la tarea de convencer a las masas que el individuo puede tener su religión sin
que la Ciudad del Vaticano dirija los asuntos de la Iglesia en todo el mundo.
Los activistas también deben explicar el principio de la coexistencia del
patriotismo y la religión. Así quedarán aislados de las masas los que siguen
los dictámenes del Vaticano. Y abre el camino para el establecimiento de una
Iglesia independiente.
Hay
que hacer una campaña de preparación antes de que se pueda proclamar la Iglesia
independiente. Las figuras del clero que no puedan ser persuadidas a acatar los
dictámenes del Gobierno popular son denunciadas ante las masas. Se aprovechan
sus protestas para destruir su imperio sobre las masas. La mejor táctica es
hacer una labor sencilla y sin que sea identificado su autor. Los activistas
deben dar origen a las denuncias contra ellos. En la Historia abundan las
pruebas que pueden emplearse en la acción legan contra los que protestan de la
separación de la Iglesia y el Vaticano. Hay que tener preparado durante esta
fase los argumentos necesarios para convencer a los intelectuales que el
separarse del Vaticano es un paso hacia delante y no para atrás. Las
disposiciones legales que protegen a todas las religiones y la historia de los
movimientos protestantes sirven este fin. A la vez, los activistas tienen la
tarea de conducir a las asociaciones en un movimiento conjunto para solicitar
que el Gobierno popular autorice el establecimiento de una Iglesia
independiente para
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librar
a las asociaciones de toda tacha antipatriótica causada por algunos elementos
que continúan sus lazos con el Vaticano. El Gobierno popular dará la
autorización y se organiza la Iglesia independiente. Debe tenerse presente que
el rompimiento de la Iglesia católica y el Vaticano sólo tiene importancia para
los teólogos. Las masas tienen poca afinidad y poca vinculación directa con el
Vaticano en sus prácticas religiosas.
Hemos
llegado a la última etapa. Después de la separación de la Iglesia y el
Vaticano, se pueden consagrar nuestros propios líderes de la Iglesia. Esto
provocará la más vigorosa protesta del Vaticano y excomunión mayor. Hay que
tener presente que la lucha se está efectuando fuera de sus fronteras y no
entre sus asociados. Las asociaciones funcionan, y las masas son persuadidas y
alentadas a practicar su religión en el seno de la nueva Iglesia. Obrando con
tacto y sutileza no se destruye la liturgia y las masas notan pocas diferencias
en la nueva Iglesia. Las protestas del Vaticano contra la consagración afectan
a la jerarquía de la Iglesia y el Gobierno del pueblo se responsabiliza de
rechazar los cargos del Vaticano. Una vez aislados, la acción contra ellos se
hace cada vez más legal, porque sienten un gran apremio por protestar y por
convertirse en mártires y como consecuencia se comprometen en acciones
antipatrióticas.
Aunque
se haya triunfado en la lucha contra la Iglesia católica, debe emplearse la
persuasión con la retaguardia del clero. Las masas comprenden por esta actitud
que el Gobierno popular sinceramente se preocupa por la libertad de religión de
todas las personas. A la vez, coloca a los que protestan en la categoría de los
que actúan contra los sentimientos del pueblo y su Gobierno.
Cuando
llegue el momento en que los puestos de responsabilidad en el clero son de los
nuestros y sometidos al Gobierno popular, se procederá a erradicar
paulatinamente los elementos de la liturgia incompatibles con el Gobierno
popular. Los primeros cambios serán de los sacramentos y de las oraciones.
Luego se protegerá a las masas contra la coacción y presión a asistir a la
iglesia, a practicar la religión o a organizar grupos colectivos representando
cualquier secta religiosa. Cuando la práctica de la religión se convierte en
responsabilidad individual, se sabe que lentamente la religión se olvida. Las
nuevas generaciones reemplazarán a las pasadas y la religión será un episodio
del pasado, digno de ser tratado en las historias escritas sobre el movimiento
comunista mundial.
Este era el
programa para la destrucción de la Iglesia que, como sabemos, se había
practicado ya en toda China desde 1949, con amplio éxito, aunque la Iglesia
católica no estaba aún, ni está ahora completamente extirpada. Este era el
programa que la estrategia marxista-leninista proponía a su correligionario
Fidel Castro para su aplicación a Cuba recién caída en las redes de la
estrategia soviética. El documento parece digno de ser clavado en las Puertas
del Infierno. De su autenticidad no cabe duda. Pero no debería aplicarse
solamente a Cuba sino a todas las naciones de América que la estrategia
marxista-leninista pretendía conquistar desde la gran base
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cubana. Con
diferencias propias de lugares y tiempos. La Iglesia Patriótica dependiente del
marxismo-leninismo chino se iba a denominar, en el ámbito del
marxismo-leninismo americano, Iglesia Popular. El redactor maoísta del
documento que acabo de transcribir conocía perfectamente, como comprende el
lector, la doctrina de Lenin y la práctica de Stalin contra la religión; y
aplicaba en todos sus términos, de forma casi mimética, la teoría de Gramsci
sobre la sustitución de la religión católica por el credo marxista-leninista.
No hace falta detallar las semejanzas; son más que evidentes. Este era el otro
interlocutor del diálogo que con tanta generosidad como aberración proponía el
buen Papa Juan con los «practicantes mudables» de las «doctrinas cerradas». Y
más vivas y agresivas que nunca.
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SECCIÓN 4: EL CONCILIO
VATICANO II Y EL ADVENIMIENTO DE PABLO VI
LA PRIMERA SESIÓN DEL CONCILIO: LA DERROTA DE LA
CURIA
Las
secciones anteriores —en las que ya hemos hablado del anuncio y la preparación
del Concilio Vaticano II— son esenciales para comprender el contexto real en
que iba a desenvolverse la gran asamblea de la Iglesia en el siglo XX.
Por lo pronto hemos demostrado que, gracias al Pacto de Metz casi en vísperas
del Concilio esta asamblea plenaria de la jerarquía, las órdenes religiosas y
los teólogos católicos era un Concilio pactado; en virtud de este pacto entre
el Vaticano y el Kremlin, que hemos calificado como inicuo, no se podía
enjuiciar al comunismo en el Concilio, ni menos condenarlo, ni siquiera hablar
de él. Y esto lo había aceptado la Santa Sede — cuyo poder sobre las
deliberaciones y conclusiones del Concilio era determinante según las normas
del Derecho Canónico y las disposiciones vinculantes de la propia Santa Sede—
cuando el comunismo estaba triturando a la Iglesia católica de China, mantenía
aplastada a la Iglesia católica en la URSS y aherrojada en los países de
régimen comunista, donde se intentaban con éxito la creación de Iglesias
nacionales autónomas y dependientes del gobierno ateo; y para colmo, el
comunismo, máximo enemigo histórico de la Iglesia católica, acababa de
apoderarse de Cuba y la estaba preparando activamente para convertirla en base
de infiltración e invasión de las Américas. El Papa proclamaba que el Concilio
debía acercar la Iglesia al mundo; el comunismo estaba conquistando el mundo.
Ni una voz se alzó en el Concilio para protestar por la ausencia de los
cardenales Mindszenty y Stepinac, a quienes el comunismo no permitió viajar a
Roma. (El segundo sólo pudo hacerlo en 1963). Este es un contrasentido
formidable, clarísimo a la luz de una historia mínimamente seria pero será
inútil que el lector lo busque en los innumerables libros que tratan del
Concilio y reproducen, con gran erudición, sus documentos.
Entre la
ingente bibliografía conciliar voy a citar en esta sección varias fuentes a lo
largo de mi comentario. Pero entre esas fuentes hay dos que tendré presentes en
todo momento, porque son la gran crónica objetiva y la completa colección
documental del Concilio. La primera, cuya falta de traducción española me
asombra y me indigna, porque me parece la historia interna, objetiva y
reconocida en todo el mundo como la mejor sobre el Concilio es la del sacerdote
de la Congregación del Verbo Divino Ralph M. Wiltgen, uno de los grandes
periodistas religiosos de este siglo, observador y testigo del Concilio desde
antes de su convocatoria hasta después de su clausura, poseedor de toda la
documentación pública y reservada de la Asamblea, conocedor personal de todos
los participantes y creador de la mejor
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oficina
informativa que actuó en todo el período conciliar. El libro, traducido a
varios idiomas, lo consulto y cito en su edición inglesa, The Rhine flows
into the Tiber, —el Rin desemboca en el Tíber— y fue editado por Hawthorne
Books[32]. Está inspirado en una sátira de Juvenal, poeta
latino del siglo 11, según el cual «el Orontes (el río de Antioquía, centro de
cultura helenística) desemboca en el Tíber». Con la mención del Rin Wiltgen
quiere decirnos —es una de sus tesis básicas— que los Padres y teólogos de los
países más o menos ribereños del Rin —Alemania, Austria, Francia, Suiza,
Holanda, Bélgica— formaron un poderoso grupo de influencia «progresista» que se
impuso en toda la línea a los «conservadores» de otros países guiados por la
Curia romana, cuyo líder era el cardenal Ottaviani. No es que el autor se
muestre a favor de unos ni de otros: es que los hechos sucedieron así. El
Concilio fue orientado por la conjunción o disenso de los grupos de Padres, no
por personalidades individuales, aunque esos grupos tuvieran sus líderes y sus
teólogos o peritos de gran influencia personal. El segundo libro clave es Vaticano
II, Documentos, Madrid, BAC minar, 1971, con la colección completa y
valiosas introducciones y cuadros cronológicos.
Ya hemos
hablado de la preparación del Concilio, encargada por el Papa a diez comisiones
seleccionadas por los dicasterios de la Curia y coordinadas por el arzobispo
Pericle Felici, nombrado luego secretario del Concilio, que hacía el número 21
en la historia de los Concilios ecuménicos de la Iglesia. Las Comisiones
preparatorias solicitaron, como vimos, ideas y propuestas a los Padres de todo
el mundo y redactaron un conjunto de esquemas que serían sometidos a las
Comisiones elegidas por el Concilio en dos tercios de sus miembros, el tercio
restante por el Papa. Un cardenal presidiría cada comisión conciliar, y diez
cardenales ostentarían la presidencia del Concilio y las sesiones plenarias,
llamadas Congregaciones Generales.
El 11 de
octubre de 1962, realizado ya todo este trabajo preparatorio, los
aproximadamente 2400 padres conciliares, con vestiduras y mitras blancas,
salían del Portone di Bronzo hacia el centro de la plaza de San Pedro, en una
mañana de sol tras la noche lluviosa, y desde allí giraban a la derecha para
entrar en la basílica de San Pedro y tomar asiento en la gran nave que servía,
como en el Concilio Vaticano I, de aula conciliar. Juan XXIII cerraba la
procesión en lo alto de su silla gestatoria, también con mitra, entre los
aplausos entusiastas de la multitud. Bendecía a todo el mundo, alegre y
radiante. Entró por su pie en la basílica y celebró la Misa del Espíritu Santo.
Los Padres provenían de Europa en un 39 por ciento; de América, el 35; de Asia
(12%) de África (12) y de Oceanía (2). El libro de los Evangelios quedó
expuesto en medio del altar, como era costumbre inmemorial en los Concilios
ecuménicos. El Papa exhortó a los Padres a preservar íntegro el depósito de la
fe que habían recibído, aludió expresamente a la vigencia de los Concilios de
Trento y el Vaticano I, pero reclamó para el actual Concilio «un salto
adelante» para expresar las verdades permanentes según el lenguaje moderno, la
investigación moderna y los modos del pensamiento moderno. Previno contra las
doctrinas falaces y peligrosas, y
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pidió al
Concilio que en vez de usar la reprobación y el anatema, hablase al mundo de
hoy con misericordia y comprensión. Fue un discurso que expresaba cabalmente
sus intenciones y que el Concilio siguió como el Papa le había pedido, aunque
años después (yo creo que el tiempo fue menor) algunos lo tergiversaron y le
hicieron decir lo que el Concilio no había dicho, como en su momento oiremos
comentar a uno de los asistentes, el entonces padre Joseph Ratzinger, perito
del Concilio.
Altos
portavoces de la Iglesia han repudiado como artificial la división de Padres
entre conservadores o tradicionales y progresistas o liberales, pero como
demuestra Wiltgen esa división se advirtió con toda claridad desde el primer
día de trabajo en el Concilio, dedicado a la elección de los miembros de las
diez comisiones encargadas de discutir, aceptar, modificar o rechazar los
esquemas que luego serían sometidos a las Congregaciones generales decisorias.
El cardenal Frings, presidente de la Conferencia Episcopal alemana y el
cardenal Liénart, de la francesa, formaron el núcleo de la que llama Wiltgen
«Alianza europea» con el fin de obtener una presencia importante del bando
progresista en las Comisiones y por ello en vez de dejar la elección de los miembros
a los dictados de la Curia propusieron que cada Conferencia Episcopal de una
nación designase sus candidatos, y del conjunto se seleccionara a los más
votados. El cardenal Liénart reclamó varios días de espera para que todos los
Padres pudieran estudiar las calificaciones de los elegibles, el cardenal
Frings secundó la moción, que fue rubricada por aclamación mayoritaria. Un
obispo holandés, la minoría episcopal más activa del Concilio, comentó: «Ha
sido nuestra primera victoria».
La Alianza
del Rin se movió deprisa. No lo tenía fácil. Los episcopados de Italia, España,
Inglaterra, los Estados Unidos e Iberoamérica podrían asegurarse la mayoría
conservadora si los de Asia y África les seguían. Pero la Alianza del Rin
consiguió trabajarse a varios obispos españoles, muchos de Iberoamérica, casi
todos los de Asia y África; todo hay que decirlo, porque estaban muy
agradecidos (los del Tercer Mundo) a la ayuda económica que el cardenal Frings,
jefe de los progresistas, había concedido durante años a las diócesis pobres a
través de las obras asistenciales de la Iglesia alemana, muy poderosa
económicamente, Adveniat y Miserear, que había empleado en tan solidario
objetivo millones de marcos, no siempre bien administrados, como en su momento
veremos. Como la requerida mayoría de dos tercios para la elección de cada
miembro de las comisiones parecía difícil de alcanzar, los progresistas
convencieron al Papa de que rebajase el porcentaje a la mayoría simple; fue una
de las varias modificaciones sobre la marcha que el buen Papa Juan aceptó. Las
gestiones entre bastidores por parte de la Alianza del Rin lograron una
victoria espectacular contra la Curia. Como el tercio nombrado por el Papa
incluía también a varios progresistas, éstos lograron la mayoría absoluta, o a
menos virtual, en todas las Comisiones. De cada diez candidatos propuestos por
la Alianza del Rin ocho obtuvieron puesto en una de las Comisiones. Los
superiores generales religiosos, a quienes la Curia había excluido,
consiguieron seis puestos para la
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comisión de
religiosos por nombramiento directo del Papa, que favoreció aún más a los
progresistas al decidir el nombramiento suyo de un miembro más para cada
comisión. En ese momento, concluye Wiltgen, las aguas del Rin dominaron el
cauce del Tíber.
Los esquemas
redactados por la comisión preparatoria del Concilio después de clasificar y
ordenar las miles de propuestas enviadas por los Padres antes de la
inauguración quedaron reducidos a veinte; los cuatro primeros eran de carácter
dogmático —entre ellos las fuentes de la Revelación y la Iglesia— y sufrieron,
en el Concilio, la inmediata repulsa de los progresistas, animados por su
decisiva victoria en la elección de las Comisiones, por iniciativa de los
obispos de Holanda, que desde el primer momento formaron, si se me permite el
símil, el subgrupo de la extrema izquierda progresista. (Veremos en el segundo
libro cómo la Iglesia de Holanda, bastión de la fidelidad a Roma hasta la
víspera del Concilio, se hundió por autodemolición pocos años después). El
consejero de la Iglesia de Holanda era el teólogo dominico Edward
Schillebeeckx, nacido en Bélgica y profesor en la Universidad católica de
Nimega, quien exigió el rechazo de los cuatro esquemas dogmáticos tras un
implacable análisis en que los consideraba inmovilistas y anticuados. Aprobaba
en cambio el esquema sobre liturgia, en el que habían intervenido teólogos
progresistas. La Alianza del Rin hizo suya la propuesta holandesa y los
esquemas dogmáticos, empezando por el de las fuentes de la revelación, quedaron
aplazados y dieron paso al debate del esquema sobre liturgia.
En éste los
progresistas, aun aceptándole, insistían en algunos aspectos muy renovadores,
que agradaban a los Padres del Tercer Mundo. El argumento principal era que el
latín era una lengua muerta, apta pata la comunicación jerárquica y de la Curia
pero ininteligible para el pueblo, sobre todo entre las culturas de origen no
europeo. Se pedía también generalizar la práctica —entonces excepcional— de la
concelebración de la Misa y el acortamiento del breviario, el oficio divino que
debían rezar diariamente los sacerdotes. La Curia en bloque se lanzó a la
defensa del latín. En este debate intervino por primera vez el cardenal
arzobispo de Milán, monseñor Montini, muy brillantemente y en tono tan
conciliador que todos comprendieron su pretensión de presentarse como mediador
entre progresistas y conservadores. El arzobispo Máximo IV, patriarca melquita
católico de Antioquía, abogó en un aplaudido discurso a favor de las lenguas
vernáculas o vulgares para la liturgia, como había sucedido en su tiempo con el
latín y se observaba ahora en las Iglesias orientales, cuya liturgia hablaba en
la lengua del pueblo. Los pesos pesados de la Curia contraatacaron en tromba
dirigidos por el cardenal Ottaviani que se opuso a todo cambio en la Misa y
sufrió una terrible humillación cuando el cardenal presidente, Alfrink de
Holanda, le quitó la palabra de un campanillazo cuando había rebasado en cinco
minutos los diez permitidos para cada intervención. Ottaviani no hizo caso y
Alfrink ordenó que le desconectaran el micrófono. Este suceso, comentadísimo,
se tomó como todo un símbolo. La mayoría progresista venció al
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imponer sus
puntos de vista en el esquema sobre liturgia, y lo dejó listo para la
aprobación en el Pleno cuando llegase el momento.
Estas
noticias se filtraban a la prensa. Cientos de corresponsales buscaban
ávidamente la noticia, sobre todo si era detonante. El Concilio, por orden del
Papa, había impuesto un secreto riguroso, con juramento incluido, sobre las
deliberaciones y los incidentes pero los Padres conciliares se morían por salir
en los periódicos y filtraban cuanto les venía en gana, a través de un
retorcido sistema de restricciones mentales. Las conferencias episcopales
establecieron oficinas de prensa y ya sabemos cómo los espías del movimiento
comunista PAX se habían infiltrado en la sala de prensa del Concilio. La
oficina de los obispos holandeses era la famosa DOC, que funcionó desde el
principio como una central de propaganda progresista, pronto aliada con los
espías de PAX para formar el IDOC, como vimos. Los obispos franceses hacían
continuas confidencias al diario La Croix, aún no entregado al
progresismo grosero pero en camino de hacerlo. Aparte del DOC holandés la
central de prensa más influyente fue la organizada por los obispos de los
Estados Unidos. El padre Wiltgen, autor del libro citado, montó una oficina de
información que llamaba a los Padres del Concilio para resonantes conferencias
de prensa. Fue, con mucho, el centro informativo más serio y más objetivo.
Juan XXIII
seguía muchas veces las sesiones del Concilio a través de un circuito cerrado
de televisión. En varias ocasiones, incluso en audiencias públicas, se mostraba
muy satisfecho por la sinceridad con que hablaban y discutían los Padres y
animaba abiertamente a los progresistas. «La vida cristiana —decía— no es una
colección de costumbres antiguas». Ya estaba herido de muerte desde finales de
octubre cuando, en un arranque de devoción personal a San José, impuso al
Concilio la mención de San José después del nombre de la Virgen en el canon de
la Misa, todo el mundo lo aceptó sin discusión. Se aproximaba la clausura del
primer período de sesiones —fijada pronto para el8 de diciembre de 1962— cuando
volvió a la Comisión Teológica el debate sobre el primer documento dogmático,
las fuentes de la revelación. El cardenal Ottaviani y su adjunto, el jesuita
holandés Tromp, se empeñaron en defender el esquema propuesto por la Curia. La
Alianza del Rin se opuso cerradamente y organizó una campaña de conferencias entre
los Padres para evitar su aprobación y conseguir el rechazo del esquema. Se
produjo entonces la primera intervención importante de un Padre español, el
cardenal Quiroga, arzobispo de Santiago, que junto al cardenal Siri trató de
defender el esquema de Ottaviani. La oposición entre los grupos adversos
llegaba casi al dramatismo. La mayoría de la Comisión Teológica rechazó el
esquema, con el correspondiente berrinche de Ottaviani. El problema fue llevado
a Congregación General, que decidió por el 62 por ciento de los votos
interrumpir la discusión del esquema de la Revelación, aplazándolo sin fecha
fija. Se decidió nombrar una nueva comisión ampliada para debatir el complejo
problema teológico, pero ya no podría ser aprobado en el primer período de sesiones.
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Juan XXIII, en un discurso público, dejó
entrever una premonición de su muerte próxima. Las hemorragias de su cáncer
estomacal continuaban aunque nadie lo sabía. Presidió con gran entereza la
ceremonia de clausura del primer período conciliar, el 8 de diciembre de 1962.
Se habían anunciado, desde el 23 de noviembre, nuevos debates sobre medios de
comunicación, sobre la unidad de la Iglesia, sobre la Virgen María. La única
decisión fue que los tres documentos sobre la unidad de los cristianos debían
combinarse en uno solo. Ottaviani volvió a fracasar en su exposición
introductoria sobre la Iglesia. El Papa mejoraba aparentemente y designó una
nueva comisión coordinadora para reducir las confusiones excesivas del primer
período, que ya se agotaba inexorablemente, sin haber logrado la aprobación de
un solo documento. El entonces padre Ratzinger, teólogo de la Alianza del Rin,
trató de interpelar este fracaso del primer período como prueba de la libertad
del Concilio y era verdad; el significado principal de ese primer período había
sido el deslinde de los dos campos y la victoria clara de la Alianza del Rin
sobre la Curia de Roma. Algo parecido afirmaba otra joven estrella del
Concilio, el teólogo Hans Küng, suizo y profesor en la Facultad de teología de
Tubinga, que reveló a los obispos de los Estados Unidos una frase de Juan XXIII
oída por él personalmente: «He querido abrir una ventana para que entre aire
fresco en la Iglesia» Küng les dijo que lo que había sido el sueño de una
minoría teológica alemana se estaba convirtiendo en venturosa realidad. «Aunque
el Concilio terminara ya, habría cambiado para siempre el aire de la Iglesia».
El obispo más excéntrico de la asamblea, Sergio Méndez Arceo de Cuernavaca,
México, declaró que el Concilio había sido un éxito. Küng insistía: «Ninguno de
los que hemos asistido volveremos a casa como éramos antes». Ratzinger, Arceo,
Küng. Ni ellos mismos podían imaginar a fines de 1962 cuáles serían sus caminos
divergentes después del Concilio, como ya explicaremos al lector con detalle en
nuestro segundo libro.
LOS MISTERIOS DE GIOVANNI BATTISTA MONTINI
Como es
natural todos los trabajos para la segunda sesión del Concilio quedaron
interrumpidos. Como no se había aprobado un solo documento el Concilio podría
disolverse como un rayo en un mar inmóvil. Todo dependía del nuevo Papa. Fue
convocado el Cónclave. Desde los primeros momentos de la Sede Vacante sucedió
lo mismo que en 1939 en torno al cardenal Pacelli: todo el mundo, dentro o
fuera del colegio cardenalicio, estaba seguro sobre el nombre del sucesor. En
este caso ese nombre era el del cardenal arzobispo de Milán, Giovanni Battista
Montini.
Es el primer
Papa a quien he visto personalmente, aunque sin hablar con él; por tres veces,
desde nuestra primera visita a Roma en las Navidades de 1963. Le tenemos tan
cerca, hemos estudiado tantos testimonios y documentos sobre su pontificado y
especialmente sobre sus a veces falseadas relaciones con la España de
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antes y
durante su pontificado, que trazar aquí el necesario resumen de su biografía me
ha costado un trabajo ímprobo; los árboles infinitos no me permitían casi ver
el claro del bosque donde está la clave de su vida. Además de las mejores
historias generales de la Iglesia que tengo siempre delante para preparar este
libro —H. Jedin en cabeza de todas— me atengo a la mejor biografía específica,
en mi opinión, que es la de Yves Chiron[33] sin eludir el contraste con la de Cario Cremona[34] avalada ésta por la aprobación del secretario particular del Papa
Montini, monseñor Pasquale Macchi.
Fue elegido
Papa a los sesenta y cinco años. La historia de los dos años siguientes de su
vida, hasta el final del Concilio, se identifica con la historia del Concilio y
será tratada breve, pero esencialmente, en esta misma sección de este libro. La
historia de los trece años siguientes, hasta su muerte en el Año de los Tres
Papas, 1978, pertenece ya, según nuestro método, al segundo libro, La Hoz y
la Cruz. La dificultad mayor consiste en que no podemos proseguir la
historia del Concilio hasta presentar, sin omitir rasgos fundamentales, la
historia de esos sesenta y cinco años en que Pablo VI era Giovanni Battista
Montini. Es la tarea —imposible y necesaria, como tantas de este libro— que nos
espera en el resto de este epígrafe.
Había nacido
en Concesio, una casa solariega que los Montini poseían cerca de Brescia, en
medio de una gran finca de labor, aunque la familia, que había bajado de las
montañas varias generaciones antes, era de ciudad, profesionales reputados,
generalmente médicos o abogados, como su padre, Giorgio, que en el mismo año en
que se casaba con la joven de 18 años Giuditta Anghisi, formada seriamente en
la cultura francesa, entraba en política local —gracias a la apertura de León
XIII— y se convertiría muy pronto en el jefe del partido católico de Brescia.
Giorgio Montini, orgulloso de su hidalguía: tres montecillos (montini) orlados
de flores de lis) era ya un hombre muy activo: propietario agrícola (como su
joven esposa) político, editor, periodista y financiero, creador de un pequeño
y próspero banco en aquella época en que por impulso del Papa las bancas
católicas pugnaban por evitar el monopolio de las liberales. Un hombre, además,
muy influyente en su provincia, luego en todo el Norte industrial de Italia, luego
en toda la nación y en Roma, cuando llegó al Parlamento dentro del Partito
Popolare fundado por don Sturzo, en cuyas listas fue elegido diputado. Giovanni
Battista, o simplemente Battista, como se le llamaba de joven, heredó de sus
padres, además de una fe católica profunda y una inquebrantable adhesión a la
Santa Sede. la inclinación a la cultura francesa y el virus de la política, de
principio a fin. Estuvo siempre muy unido a sus padres hasta que ellos murieron
en medio de la tragedia de la guerra mundial, en 1943, tres años después que el
embajador de Francia aún libre D’Ormesson, profetizase que el joven monseñor de
la Secretaría de Estado sería Papa algún día.
La pésima
salud de Battista —aunque acabaría siendo una «mala salud de hierro»— no
parecía asegurarlo. Empezó sus estudios primarios en un colegio de jesuitas
pero no pudo seguirlos mucho tiempo por su debilidad y su salud delicada
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que exigía
cuidados en casa. Así tuvo que realizar el resto de sus estudios. Tal vez esta
incapacidad dio origen a su carácter introvertido y difícil, que se llevaba
bien con sus dos hermanos y no carecía de amigos y de consejeros sacerdotales
que le fueron fieles durante toda la vida. Estudiaba ayudado por profesores
particulares y sacaba bien los cursos pero leía muchísimo por su cuenta, lo
cual no autoriza a considerarle como autodidacta sino a describirle como joven
de insaciable curiosidad cultural, que además desplegaba con amplísima
libertad, sobre todo para las estrechas costumbres de entonces. Se sentía desde
niño muy inclinado a la Iglesia y visitaba con regularidad a los padres de
Santa María de la Paz, una rama de San Felipe de Neri y sobre todo a los
benedictinos, a quienes fue toda su vida muy aficionado hasta el punto que
pensó ingresar en la Orden más antigua de Occidente. Aprendió francés casi por
su cuenta, aunque luego, ya mayor, perfeccionó su idioma preferido en varios
cursos en Francia; pero su mejor profesora fue su madre. Era un joven
silencioso y triste, que se forjó personalmente, para superar sus dolencias, un
gran dominio de sí mismo; pero sabía ser amable y cortés. Quedó
impresionadísimo por una visita de toda la familia a Roma en 1907. A los
dieciséis años madura su vocación sacerdotal pero debe seguir en casa los
estudios del seminario, que se organiza él mismo muy libremente. No puede
hacer, precisamente por su salud deficiente, el servicio militar. Desde 1918
entra en contacto con la Federación de Universitarios Católicos Italianos, la
FUCI, vivero juvenil del Partito Popolare, que será oficialmente fundado por
don Sturzo en 1918, en vísperas de la gran victoria del fascismo. En 1920
recibe la ordenación sacerdotal sin haber vestido más que unos meses la sotana;
sin haber sido más que por períodos muy breves seminarista formal. Es un
sacerdote «por libre» y se le notará toda la vida; no hubiera sabido serlo de
otro modo. Pero fue siempre un sacerdote cabal, jamás infiel a su vocación,
jamás dudoso sobre ella, aunque dudase después de tantas cosas en su vida hasta
merecer, no sin fuertes razones, el sobrenombre de «Papa Hamlet».
El obispo de
Brescia le envía a Roma. Tiene que completar su formación, que ofrece muchas
lagunas. Domina el latín —que entonces es estudiaba a fondo en el bachillerato
oficial, que había seguido también por libre, y en el seminario— y se matricula
en los cursos de filosofía de la Universidad Gregoriana, dirigida por los
jesuitas, que entonces enseñaban la escolástica renovada por Francisco Suárez.
Pero también hace la carrera de letras en la universidad estatal, la Sapienza.
Colabora en la redacción de los discursos electorales y parlamentarios de su
padre, que coincide en el Parlamento con el diputado Mussolini, recién fundado
el fascismo. Desde ese primer momento los Montini, padre e hijos, sienten el
antifascismo como de manera innata. Y respaldan al Partito Popolare que se
divide profundamente entre los que se apuntan al fascismo, los que lo toleran y
los que se enfrentan a él. Los Montini figuran sin vacilar en este tercer
grupo: por eso lo pasarán muy mal políticamente. Varios jóvenes de la FUCI —Aldo
Moro, Giulio Andreotti— y el PPI —Alcide de Gasperi— formarán una cada vez más
silenciada reserva antifascista en espera de
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mejores
tiempos. Son los amigos del joven sacerdote Montini, a quien el sustituto en la
Secretaría de Estado, monseñor Pizzardo, uno de los eclesiásticos más
influyentes de Roma, toma bajo su protección y le propone el ingreso en la
Academia de Nobles, centro de estudios donde se forman los futuros Nuncios y
miembros de la Secretaría de Estado. Allí reside la crema del clero romano y
Montini acepta. La aceptación significa por sí misma que desea hacer carrera
dentro de la Iglesia. Casi todos los alumnos de la Academia llegan a puestos
del más alto nivel.
En la
Academia de Nobles estudia derecho, historia eclesiástica, latín y diplomacia.
Sigue en la Gregoriana pero cambia la filosofía por el Derecho canónico y en la
Sapienza donde logra un diploma en Letras. Adquiere en la Academia nuevos
amigos: Antonio Riberi, Mariano Rampolla. Asiste, en 1922, a la coronación del
Papa Pío XL Consigue el diploma de la Academia y la licenciatura en Derecho
Canónico seguida por el doctorado. Al comenzar el año 1923 monseñor Pizzardo le
recomienda que se inscriba en los cursos de la Congregación del Concilio, para
adiestrarse en las técnicas del trabajo administrativo de la Curia. Iba a
entrar al servicio de la Secretaría de Estado. Así hizo, mientras se aficionaba
al estudio de la liturgia en la abadía de San Pablo Extramuros. Sin embargo su
primer destino no fue burocrático sino diplomático; agregado —el escalón más
bajo— en la nunciatura de Varsovia, capital de la Polonia que acababa de
recuperar su independencia, rechazaba una invasión comunista y trataba de
reorganizar su vida eclesiástica después de tanto tiempo de soberanía perdida.
En Polonia conoce la caída de Italia en poder del fascismo y su salud, siempre
lamentable, se resiente por el clima frío del país. Consigue que monseñor
Pizzardo le reclame a Roma.
Emprende
allí de nuevo trabajos universitarios y publica algunos artículos en revistas
católicas donde alude negativamente al fascismo como «patriotismo bárbaro»;
pero Mussolini aún no se ha quitado la careta y no reacciona. El primer cargo
que recibe en Roma es el de capellán de la sección romana de la FUCI, la
organización universitaria democristiana con la que se identificará durante
veinte años, asegurándola como un bastión del antifascismo, pero dotándola de
una dimensión cívica y cultural más que política, para no incurrir en la
represión del fascismo. A partir de 1924, cuando los fascistas asesinan al
líder socialista Matteotti, las cartas están repartidas y el joven capellán
fortifica su antifascismo y su prudencia; actúa dentro del catolicismo político
como Gramsci, en la cárcel, recomendaría a los comunistas, por medio de una
oposición cultural y una penetración secreta en la sociedad. Viaja en verano a
Francia para seguir un curso en la Alliance Française — con la máxima
calificación— y a la vuelta recibe el nombramiento de minutante — solamente
auxiliar administrativo— en la Secretaría de Estado, el órgano más decisivo de
la Curia, en el que permanecerá durante treinta años. Logrará, sin que nadie se
lo impida —aunque todo el mundo lo sabe— hacer compatible su trabajo con una
intensa dedicación política en la Juventud Universitaria, en permanente lucha
contra el fascismo que quiere controlarlo todo. Es el año 1925 y entre sus
jóvenes
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compañeros
de trabajo en la planta primera del Palacio Apostólico hace amistad con Alfredo
Ottaviani, el americano Francis Spellman, Domenico Tardini y Antonio Bacci.
Recibe pronto el vacuo título de «camarero secreto» que le permite ser llamado
monseñor y dirige en la sombra, con su joven amigo Alcide De Gasperi, las
actividades de la FUCI contra el fascismo. Los estudiantes antifascistas de
Acción Católica son pocos; unos dos mil cuatrocientos. Publican revistas
minoritarias y algunos libros; bajo la dirección de monseñor Montini, designado
pronto capellán nacional, se va creando un núcleo de dirigentes (muy vinculados
al moribundo Partito Popolare que acaba por desaparecer) y que serán muy útiles
a la Iglesia a partir de la caída del fascismo. Ya hemos nombrado a los
principales, si bien alguno tuvo su época de coqueteo con el fascismo como hizo
casi toda la Acción Católica y parte de la FUCI. Un autor anti fascista, aunque
hasta casi veinte años después no se convenció de la democracia, se convierte desde
1926 en mentor y amigo de Montini: Jacques Maritain. Monseñor Montini, con su
amigo de Brescia el padre Bevilacqua, su maestro más importante junto a
Maritain, alquila una casa en el Aventino; por primera vez en su vida es ya
independiente de su familia para vivir.
Montini, con
toda su familia, se muestra contrario a que la Santa Sede concierte los pactos
de Letrán con el fascismo en 1929 pero acata la voluntad de Pío XI que los
aprobó con entusiasmo. Por entonces fue cuando De Gasperi se refugió como
ayudante de bibliotecario en el Vaticano para eludir la persecución política de
Mussolini. Por entonces también el cardenal Gasparri, cumplida su obra en los
Pactos, deja la secretaria de Estado a otro cardenal, Pacelli, que durante
tantos años había sido nuncio en Alemania y que impresiona profundamente al
joven minutante. La admiración y la veneración de Montini por Pacelli
durará toda la vida, aunque en la fase final de la vida de Pío XII la
desconfianza se impuso sobre la amistad —que había sido íntima— lo que produjo
en Montini uno de los dolores más intensos de su vida. No así al principio,
donde la elevación de Pacelli a la secretaría de Estado hizo llover los
ascensos en el grupo de amigos de Montini; Ottaviani fue designado sustituto de
la Secretaría de Estado, Pizzardo secretario para los Asuntos Extraordinarios,
Tardini subsecretario y el propio Montini primo minutante, algo así como
jefe de servicio en aquella Secretaría de Estado tan corta de personal. Todos
se apiñaron en torno a Pacelli, siguieron fielmente su política, aguantaron su
exigencia y su minuciosidad, que eran extremas.
Pío XI y
Pacelli respaldaron a monseñor Montini cuando en 1931 el fascismo pretendió
absorber a todo el movimiento católico juvenil. Montini se mostraba partidario
de la ruptura abierta con el fascismo, pero Pío XI y Pacelli, después de
reaccionar con suma dureza en la encíclica Non abbiamo bisogno cedieron
ante el Duce y redujeron bajo mínimos las actividades del asociacionismo
católico. La FUCI tuvo que cambiar de nombre y de domicilio pero Montini
mantuvo vivo a su núcleo como «asociaciones universitarias». Corrían malos
tiempos para el primo minutante. Un libro suyo que recogía varios
artículos sobre la vida de Cristo tuvo serios
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problemas
con la censura eclesiástica por «demasiado avanzado». Las Asociaciones
montinianas toparon con las Congregaciones marianas de los poderosos jesuitas,
quienes además habían creado un Instituto de Cultura religiosa en su
Universidad Gregoriana, de signo muy tradicional, y acusaban a Montini de
«innovador». Las vueltas que da el mundo; cuando Montini llegó al Papado una de
sus primeras intervenciones, y durísima, fue contra las peligrosas
«innovaciones» de los jesuitas, que ahora eran peligrosas de verdad. Hasta que
en la primavera de 1933 la discreta, pero tenaz, actitud antifascista y
sanamente innovadora de monseñor Montini forzaron al secretario de Estado a
pedirle la dimisión como capellán y líder de las Asociaciones Universitarias.
De sus recuerdos se deduce que es la primera vez en su vida que lloró. Hitler
acababa de tomar el poder en Alemania.
Sin embargo,
y tragándose sus recelos, monseñor Montini aparece en la foto en que el
embajador de Hitler, Franz von Papen, firma en Roma con el cardenal Pacelli el
Concordato de 1933. En revancha consigue que uno de sus amigos de la FUCI,
Guido Gonella, futuro líder de la DC, escriba para el diario del Vaticano los
editoriales —muy antifascistas— de política exterior y se dedica al estudio de
los autores de la «nueva teología alemana» como Karl Adam, cuando el Santo
Oficio ordena la retirada del libro. Montini, con santa libertad, escribe al
traductor las palabras que van al frente de este libro: «Hay que trabajar por
la Iglesia oponiéndose a ella si es necesario»[35]. Para evadirse
de su tristeza hace, con varios amigos de la Curia, un largo viaje a Francia,
Inglaterra, —donde le impresiona el vacío de las catedrales anglicanas, antes
católicas— y regresa a Roma para volver a abandonarla cuando su salud se
resiente gravemente; está en reposo casi todo el año 1935. No retorna hasta que
el cardenal Pacelli le llama para ascenderle a Sustituto en 1937. Poco antes
monseñor Ottaviani queda encargado de la Congregación del Santo Oficio,
guardián de la ortodoxia. Montini está mejor de salud y forma parte del Estado
Mayor de la Iglesia. Su amigo Tardini es Secretario para Asuntos
Extraordinarios y quedan para Montini los Ordinarios pero se intercambian
muchas veces las competencias bajo la atenta vigilancia de Pacelli, que confía
cada vez más en los dos. Montini recibe además los nombramientos de consultor
en las Congregaciones consistorial y del Santo Oficio. Al comenzar el mes de
febrero de 1939 el cardenal Pacelli y sus dos fieles colaboradores de la
Secretaría de Estado asisten en sus últimos momentos a Pío XL Y cuando en el
brevísimo cónclave que ya conocemos Pacelli es elegido Papa Pío XII nombra para
la Secretaría de Estado al cardenal Maglione pero mantiene a Tardini y a
Montini en los mismos puestos; que a partir de 1944, tras la muerte de
Maglione, dependerán directamente del Papa.
A la vista
de hechos y de leyendas posteriores hemos de decir una verdad importante sobre
la actitud de Montini en torno a la guerra civil española en medio de la cual
había recibído su nombramiento como Sustituto. Es curiosísimo que a partir de
1962 casi todos los autores resalten el decidido e incluso virulento anti
franquismo de Montini como arzobispo de Milán y luego como Papa Pablo VI y en
cambio no
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digan una
sola palabra sobre sus sentimientos hacia España antes de esa fecha. Es decir o
mentira, o tergiversación o silencio.
Monseñor
Montini no había estado nunca en España, no conocía a España ni a la cultura
española. Ese era un fallo personal en el que no entraré. Conocía perfectamente
la actitud de su amigo Maritain y del pequeño grupo de intelectuales católicos
franceses que frente a Paul Claudel y la inmensa mayoría de los católicos
franceses se había opuesto a la causa de la Cruzada española, aunque, como
Montini, abominaban de los crímenes rojos contra la Iglesia. Pero no he logrado
ver una sola frase de Montini contra la Cruzada; y en cambio sí que he
comunicado ya al lector un importantísimo juicio de Montini, ya Papa Pablo VI,
en favor de la Cruzada. El texto, esencial, figura en el capítulo sexto de este
libro, sección 5. Allí dice Pablo VI cómo siguió la Cruzada y cómo la valoró;
exactamente igual que Pío XI y Pío XII a quienes servía. No podría ser de otra
manera. Dio, además, testimonio público de su actitud; se encargó de organizar
el gran Tedeum romano por la victoria de Franco en la iglesia del Gesú,
templo principal de los jesuitas en Roma.
En el
archivo de Franco, citado y aludido exactamente en la importante obra del
profesor Luis Suárez Francisco Franco y su tiempo[36] se citan o reproducen muchas
opiniones de monseñor Montini sobre España. Pues bien, ni una de ellas,
comunicada a diplomáticos españoles o aparecida en la prensa o en cualquier
medio, contiene la más mínima crítica a la España de Franco hasta el año 1962,
que después citaré y explicaré. Esta es una precisión importante que no deseo
exponer más que con este sumario porque, como he dicho en otros libros, el
monopolio de que ha gozado el profesor Suárez para utilizar el archivo privado
de un Jefe de Estado —que no es por tanto un archivo privado— me parece
injusto, partidista, anticientífico y ofensivo para la comunidad de
historiadores, tanto por parte del profesor Suárez como por parte, sobre todo,
de la Fundación que lleva indebidamente el nombre de Franco, con grave demérito
para la memoria histórica de Franco.
Ya he citado
que el embajador de Francia Wladimir d’Ormesson predijo en 1940 que monseñor
Montini sería Papa algún día. Siguió, durante la segunda guerra mundial,
fielmente, las directrices de Pío XII y, sin duda de acuerdo con él, participó
con la princesa de Piamonte María José en un complot para derrocar a Mussolini
con la cooperación del mariscal Badoglio en 1942; sabemos que Pío XII había
participado también en un complot para derribar a Hitler[37]. Acompañó a Pío XII en sus visitas a Roma tras
los bombardeos aliados y dirigió con su habitual eficacia las obras
asistenciales del Papa en favor de las víctimas de la guerra. Ayudó a sus
amigos de la DC a reconstruir con ese nombre el Partido Popular a partir de
1944. Probablemente sugirió el nombre de monseñor Roncalli como Nuncio en París
en 1944. Respaldó a Pío XII en su decisión de no declarar al pueblo alemán
culpable de la tragedia del mundo, como exigía el gran amigo de Montini,
Jacques Maritain, que llegaba a Roma nombrado embajador por De Gaulle y dijo
algunas tonterías graves sobre el caso; aunque Montini gozó mucho con la
presencia del gran escritor francés, recién
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converso a
la democracia. Se llevó muy bien con los mandos y los políticos de Norteamérica
y con el cardenal Spellman, de lo que algunos han sugerido su nombre como
colaborador de la OSS, precursora de la CIA y de esta agencia secreta
americana; carezco de pruebas aunque sí que se mostró (ya desde antes de la
guerra) muy proamericano. Intervino decisivamente en la reconstrucción de la
Democracia Cristiana en su orientación de centro, contra monseñor Ottaviani y
otros que deseaban una Democracia Cristiana de derecha dura; pero impuso
también sus criterios — afines a De Gasperi— sobre la decidida alineación de la
DC contra el comunismo en la Europa de la postguerra. Orientó y coordinó a los
obispos de Italia, por orden de Pío XII, para imponer a los católicos el voto
DC en las primeras y segundas elecciones de la postguerra, donde logró junto a
De Gasperi las grandes victorias democristianas. Se inclinó, como Pío XII y
como De Gasperi, en contra de la Monarquía en el referéndum que echó a los
Saboyas, por el elegante sistema de dejar libertad de voto a los católicos
acerca del caso; fue una venganza histórica contra la Casa que había tomado por
asalto a Roma en 1870. No intervino en la condena del Santo Oficio contra el
comunismo en 1949, pero era consultor de ese dicasterio y no se opuso. Hizo
todo lo posible por salvar de la quema a los grandes teólogos «sospechosos» de
los años cuarenta y cincuenta: Congar, de Lubac etc., y trató de quitar hierro
a la condena de Pío XII contra ellos en la «Humani generis». Favoreció al
movimiento ecuménico y se hizo muy amigo de los monjes protestantes de Taizé.
Adquirió merecida fama de «progresista» —en gran parte gracias a su formación
cultural múltiple— sin despertar sospechas serias de frivolidad teológica. Hizo
varios viajes de gran importancia, como el de 1951 a los Estados Unidos; a
partir del año 1950 estaba, aunque no se lo confesara ni a sí mismo, en
auténtica «campaña electoral» para el pontificado y todo el mundo lo advertía y
lo aceptaba; porque lo hacía con enorme discreción.
En 1952 la
estrella de monseñor Montini empezó a declinar. Hay pruebas inequívocas. La
ofensiva de quien ya era su gran rival por la derecha, monseñor Ottaviani, en
el Santo Oficio contra el Sustituto se recrudeció por motivos de censura (le
motejaba de demasiado abierto y condescendiente) y por motivos de política;
porque Ottaviani seguía empeñado en la creación de un partido democristiano de
derecha. Empezó a correr por Roma, irónicamente, que Montini era «el brazo
izquierdo del Papa». Un día de ese año Pío XII llamó a sus dos grandes
colaboradores, Montini y Tardini, y les anunció su propósito de crearles
cardenales en el próximo consistorio. Se notó demasiado que lo hizo por
compromiso y con la boca chica; los dos deseaban la púrpura pero renunciaron. Se
han dado los motivos políticos que acabo de indicar; parece que además Pío XII
temía las cada vez más frecuentes indecisiones de Montini y deseaba apartarle
del Papado, que muchos le daban por seguro. Incluso llegó a decirse que Pío XII
(que creó cardenales a Ottaviani, Siri, Roncalli, Wyszynski y Stepinac) no
quiso convocar más consistorios para no designar a Montini, aunque al dirigirse
a los nuevos cardenales de 1952 les
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dijo que sus
dos colaboradores eran los primeros de la lista y ellos se negaron. Estaba
claro que la carrera de Montini en Roma había terminado, al menos de momento.
En 1954, aprovechando la muerte del cardenal Schuster, Pío XII nombró al
Sustituto Montini arzobispo de Milán, sin elevarle al cardenalato.
Montini lo
tomó muy a mal aunque puso al mal tiempo buena cara. Confesó a sus íntimos que
se sentía vejado y frustrado por el Papa y que con ese motivo lloró por segunda
vez en su vida. Milán era la diócesis más importante de Italia y algunos
bienintencionados interpretaron que el Papa le alejaba para entregarle un cargo
pastoral que le preparase mejor para el Pontificado. No era así. A Montini le
echaron de Roma la derecha democristiana, los teólogos tradicionales del
Vaticano, las espantosas envidias y celos que circulan por los augustos
corredores, oficinas y loggias del Palacio Apostólico y otros altos
dicasterios, palacios y mentideros de la Urbe y tal vez su propio exceso
de ambición. Ruego que no se me interprete mal. Seguramente debería matizar más
mis observaciones romanas y católicas, algunas tomadas de lejos, otras de muy
cerca. Hablo de Roma por dentro, en casa, como católico romano, como hijo de
Roma. Viaje tras viaje voy conociendo más a Roma, a la Curia. a los entresijos
de la ciudad, a la Iglesia en España, en Europa, en todos los continentes.
Estoy con la Iglesia. Creo en ella. Creo, y muy sinceramente, en Pío XII y en
Pablo VI y en Juan XXIII. Creo más en Juan Pablo I y sobre todo en Juan Pablo
II pero no puedo negar lo que veo. Estoy
absolutamente seguro de la profunda espiritualidad de todos esos Papas y ya que
hablamos de Montini, también de Montini. Creo que Juan Pablo II llegó a la
Santa Sede sin el menor esfuerzo personal por conseguirlo. Creo que Pío XII,
Juan XXIII y Pablo VI se organizaron unas campañas electorales con habilidad y
eficacia que ya quisieran para sí los candidatos a la Presidencia de los
Estados Unidos. Todo esto me gustará más o menos pero las cosas son así. La
lucha por el poder en el seno de la Iglesia es terrible. En tiempos — siglos IX
al XVI—
se utilizaron frecuentemente la daga, el tósigo y la cama. Ahora los métodos
son menos bestiales pero más sutiles. A niveles más bajos, por ejemplo para los
obispados y cátedras, sucede exactamente lo mismo. El hecho de que, como
historiador de la Iglesia, mantenga incólume diariamente mi fe y encima la
acreciente, parecerá seguramente un milagro y lo es. Pero al explicarme a mí
mismo la verdad siento que mi fe aumenta y cuando flaquea me voy a las
vertientes del arroyo Cedrón o ante la tumba de San Pedro y vuelvo nuevo.
Hay una
observación adicional que creo necesario hacer ahora. Cualquier historia y más
si se refiere a la Iglesia corre un grave peligro de simplificación. No he
llamado al cardenal Ottaviani «integrista» aunque todo el mundo lo hace;
simplemente porque no lo era. Ottaviani era un hombre inteligentísimo, muy bien
formado, de cultura, incluso moderna, muy amplia, teólogo de primera. Era, sí,
un «tradicional» pero en la Iglesia este es un calificativo elogioso, porque la
Tradición es fuente de la fe. No era receloso de lo moderno sino de las
exageraciones ultramodernas. En sentido contrario, los obispos y teólogos de la
«Alianza del Rin»
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tampoco eran
exclusivamente «progresistas». En todo lo fundamental coincidían con Ottaviani;
me refiero al Credo y el Nuevo Testamento. Podían diferir en interpretaciones y
en inclinaciones. Podían, unos y otros, incurrir en exageraciones y, desde
luego, equivocarse. Calificarles de tradicionales y progresistas es un modo de
hablar, no una división íntegra y absoluta. Estas observaciones valen para todo
este libro.
Dios
escribió derecho con las líneas torcidas de Pío XII y la etapa milanesa del
arzobispo Montini fue un auténtico triunfo en profundidad. La gran mayoría de
los Padres del inminente Concilio eran obispos, no cardenales. Con sus tres
obispos auxiliares, monseñor Montini desplegó en una enorme diócesis sumida en
todas la crisis contemporáneas una actividad pastoral —que nunca abandonó desde
su ordenación, ni siquiera en medio de sus trabajos burocráticos y sus afanes
políticos— realmente asombrosa. Ante las miradas de todo el mundo católico, que
seguían fijas en él, desplegó su secreto, que no era sino el equilibrio entre
tradición profunda y modernidad abierta. Trató de estudiar y aplicar una
pastoral nueva adaptada a las necesidades nuevas y terribles de su diócesis: la
inmigración desde las zonas rurales a las fábricas del «milagro italiano»; el
desarraigo de esas poblaciones; la degradación moral que difundían los nuevos
medios de comunicación; el influjo creciente del comunismo. Creó centros de
estudio entre sacerdotes y laicos para plantear la solución a las dificultades
antiguas y nuevas. Quiso conciliar en todo momento la tradición y la
modernidad, con todos sus valores. Construyó setenta y dos iglesias en los
barrios nuevos y dejó otras dieciséis en obra. Para no perder el contacto con
el mundo religioso y exterior invitó a teólogos, prelados, intelectuales a
Milán con el fin de hablar con ellos y pedirles actuaciones en público. En 1957
organizó con enorme esfuerzo un gran despliegue de evangelización abierta la
famosa «Misión de Milán». Acababa de sufrir un atentado, contra el que
reaccionó serenamente reafirmando la doctrina de la Iglesia contra el
comunismo, el socialismo y la ideología marxista en general, con lo que muchos
miembros de la Iglesia tradicional se sintieron inclinados hacia él por este
fervoroso seguimiento de la doctrina de Pío XII. Pero demostró simultáneamente
una sincera sensibilidad por los problemas y los sufrimientos del mundo del
trabajo.
Visitó
alguna vez a Pío XII pero nunca en audiencia privada; el distanciamiento de los
dos antiguos amigos era tan respetuoso como definitivo. En la última enfermedad
de Pío XII corrió una leyenda sobre un intento de Montini por visitarle,
impedido por la madre Pascualina. No es verdad; ya vimos cómo todo el mundo
invadió la cámara del Papa en Castelgandolfo. Montini no acudió.
Había
obtenido votos en el cónclave anterior pese a que no era entonces cardenal, los
franceses que anunciaban una profecía más que una posibilidad. La oposición del
conservador cardenal de Génova, Siri, cortó toda posibilidad; cuando Benny Lai,
el gran periodista, preguntó a Siri por las posibilidades de Montiní, el
genovés le enseñó la piedra rota de su anillo y le explicó que ello se debía al
puñetazo que dio sobre la
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mesa cuando
el anterior visitante le preguntaba lo mismo. Pero cuando el cardenal Roncalli
fue elegido Papa lo primero que hizo fue anunciar a Montini que le haría
cardenal, cosa que cumplió inmediatamente.
Ya sabemos
que esta medida era una prueba más de que Roncalli quería dar la vuelta a la
actuación de su predecesor. Lo demostró con los nuevos cardenales (Tardini,
Dopfner, Suenens, Amleto Cicognani, Koenig, Cushing de Boston). Pese a ello el
cardenal Montini no esperaba que el Concilio arreglase todos los problemas de
la Iglesia por arte de magia. Se distrajo con la política; cuando su amigo Aldo
Moro declaró su intención de realizar en la DC la «apertura a sinistra» para
incluir a los socialistas en el gobierno, la Conferencia Episcopal, como
sabemos, se opuso (Juan XXIII dejó hacer) y el cardenal Montini se adhirió a la
opinión de la Conferencia, aunque dejó la puerta abierta a decisiones futuras
diferentes; las aplicaría él mismo como Papa en 1963. Ahora, en 1960, le
interesaba insistir por la derecha en su campaña electoral. Hizo, bajo el
patrocinio del cardenal Spellman, un detenido viaje a los Estados Unidos,
continuado por otro a Brasil. Al año siguiente, después de un viaje a Irlanda,
acudía continuamente a Roma para intervenir en la comisión central preparatoria
del Concilio, tras la muerte del secretario de Estado, cardenal Tardini. En la
Comisión central participó hasta junio de 1962 más de sesenta veces. Algunas
intervenciones se conocieron en todas las alturas del Concilio que se
preparaba. Habló sobre el comunismo con firmeza pero también recomendó una
polémica racional, no injuriosa; Montini había captado perfectamente el viento
progresista del preconcilio y obró en consecuencia. Se opuso a definir
dogmáticamente la mediación de la Virgen, a la que tenía suma devoción. Se
manifestó favorable a la libertad religiosa, que escandalizaba a los
tradicionales. También apoyó el uso de la lengua vulgar en la liturgia. Era en
marzo de 1962, el año del giro al centro-izquierda del cardenal Montini. Quien
pagó los platos rotos fue el general Franco.
La historia
se ha contado muchas veces y casi siempre mal. Un amigo de Montini, monseñor
Antonio Riberi, había sustituido como Nuncio en Madrid a monseñor Ildebrando
Antoniutti, en la primavera de ese año 1962. Antoniutti fue creado cardenal;
comprendía bien a la España de Franco, como Montini había demostrado hasta ese
momento. Riberi llegaba ya con otra onda; emprendió inmediatamente la campaña
política contra Franco para crear una Democracia Cristiana. Castiella, ministro
de Asuntos Exteriores y ex embajador en Roma, preparaba ya la ley de libertad
religiosa en España en el mismo sentido que pretendía Montini, que no lo sabía.
Entonces, en los primeros días de octubre, inmediatos a la apertura del
Concilio, el arzobispo de Milán, mal informado por la propaganda
antifranquista, y por manifestaciones de los estudiantes y obreros comunistas
de Milán, envió un telegrama a Franco en el que protestaba por las sentencias
de muerte que se estaban dictando con motivo de la represión decretada por el
gobierno de España. Montini se había dejado arrastrar por una campaña
internacional infundada en la que participaban Madariaga y lord Russell.
Castiella replicó con respeto y firmeza al
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cardenal que
había metido la pata; no había entonces nadie en España condenado a muerte por
causa alguna, y era verdad. El nuncio Riberi se lo confirmó y el cardenal
publicó, noblemente, una rectificación en la que aludía a las represiones,
mucho peores, de los regímenes comunistas. Los diarios comunistas y
antifranquistas de Italia pusieron el grito en el infierno por la rectificación
del cardenal Montini quien salvó así su honorabilidad en este episodio, pero
mantuvo un tanto, gracias a la propaganda comunista, su aureola antifranquista
para el futuro[38].
El famoso
telegrama quedó, de momento, olvidado, Había empezado el primer período de
sesiones del Concilio donde el cardenal Montini, como vimos, consiguió una
actuación brillante e incrementó sus altas relaciones y sus posibilidades
pontificias a medida que se filtraban las noticias sobre la salud decreciente
de Juan XXIII. Inmediatamente antes del Concilio y del desventurado telegrama
español Montini había realizado con éxito envidiable (y envidiado) otro gran
viaje por África negra, que le aseguró la benevolencia de los obispos de la
zona.
ME LLAMARÉ PABLO
Como en el
caso de Pío XII también se rompió el adagio romano en el Cónclave de 1963;
quien entró Papa salió Papa. Montini no adelantó su venida a Roma y para evitar
los primeros planos de la información se refugió en Castelgandolfo, en casa de
su amigo el cuidador de las villas pontificias. Desde allí anudó los últimos
contactos de su campaña electoral, que como sabemos venía de lejos. Apareció el
cardenal Spellman para asegurarle los votos de Norteamérica. En el inmediato
convento capuchino de Frascati recibió el mismo compromiso por parte de los
líderes de la Alianza del Rin, a quienes sin duda prometió que de ser elegido
continuaría el Concilio. Un personaje siniestro, que luego daría muchos
disgustos a la Iglesia y a la Orden de Malta con sus manejos financieros, el
masón Umberto Ortolani, era «Cavaliere», es decir adjunto político del cardenal
Lercaro, uno de los pocos rivales de Montini y reunió a los dos (junto a otros
cardenales) en su lujosísima villa de Grottaferrata, donde Lercaro se rindió. Por
la tarde del 19 de junio los cardenales entraron en cónclave. Eran el número
más elevado de la Historia, ochenta. Los italianos constituían una minoría
porcentualmente más reducida que en el cónclave anterior pero nadie pensaba en
un cardenal extranjero; muchos creían de verdad que no podía haber en Roma
papas extranjeros. Ottaviani, a la desesperada, pensó en oponer a Montini un
candidato conservador; Siri y sobre todo Ildebrando Antoniutti. Pero para
general sorpresa el cardenal de Génova pidió el voto para Montini con lo que
Ottaviani hubo de rendirse. En el segundo día del cónclave y la sexta votación
el arzobispo de Milán superó con creces la mayoría requerida. Aceptó con voz
firme, comunicó su nuevo nombre —«Me llamaré Pablo»— en honor del Apóstol de las
gentes; mantuvo su divisa «In nomine Domini» y sus armas episcopales y
familiares,
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los
montecillos y las flores de lis. El propio Ottaviani fue quien,
disciplinadamente, anunció a la muchedumbre de la plaza de San Pedro la
elección de Pablo VI.
Recuerdo que
en España, donde nadie había olvidado el asuntillo del telegrama, el
nombramiento cayó como una bomba. «Nos hemos equivocado ya con la predicción de
dos Papas seguidos» me dijo un importante obispo, refiriéndose al Gobierno,
porque él estaba de acuerdo con la elección. El jesuita José María de Llanos,
más cerca ya del comunismo que del fascismo, cayó en una de sus frecuentes
nostalgias de origen y publicó un artículo precioso: «Hasta ayer fue Montini,
con sus ideas políticas; hoy es el Papa de todos». Lo cierto es que Pablo VI
multiplicó los gestos de estima hacia España. Impuso, además, su estilo nuevo
sin perder un minuto. Ordenó una modernización completa del apartamento
pontificio, sobre el que hizo construir una amplia terraza para pasear sin
bajar a los jardines del Vaticano. Decoró su residencia con tonos claros y
muebles discretamente modernos; la llenó con su muy subrayada biblioteca.
Confirmó al secretario de Estado Amleto Cicognani y al sustituto Dell’Acqua.
Recibió a sus rivales Ottaviani y Siri que le guardaron siempre fidelidad y
obediencia pese a las discrepancias doctrinales. Habló por radio a todo el
mundo desde la capilla Sixtina, un discurso equilibrado entre la tradición y la
modernidad, su clave; y se apresuró a anunciar la continuación del Concilio.
Designó al cardenal belga Suenens como una especie de legado pontificio en el
Concilio para evitar el desorden, a veces caótico, de la primera sesión.
Preparó el decreto para jubilar a cardenales y obispos a los setenta y cinco
años, pensando sobre todo en el rejuvenecimiento de la Curia. Su discurso en la
Coronación fue típico. Por una parte «defenderemos a la Iglesia contra los
errores de doctrina y de práctica que la amenazan tanto en el exterior como en
el interior» pero indicó que «el mundo moderno trabaja también por la gracia y
el espíritu». Eran los dos polos de sus decisiones y de sus indecisiones, en
definitiva de su angustia permanente. Unos días antes había fijado la nueva
fecha para la segunda sesión del Concilio, el 29 de septiembre de 1963.
Esta vez
fueron las Conferencias o agrupaciones episcopales de cada nación quienes se
encargaron, en comunicación con la Comisión romana de Coordinación, de reanudar
y acelerar, con mucho más orden que antes de la primera sesión, los trabajos de
la segunda. Como todo el mundo esperaba, la Alianza del Rin avanzó durante el
verano como una bien engrasada división de Panzers teológico-conciliares, pero
con hábil diplomacia comunicaba sus progresos a los Padres de todo el mundo,
que aceptaron el liderazgo germánico, instalado en la Conferencia de Fulda.
Además de la acertada dirección de los cardenales de la Alianza, en ese verano
surgió una estrella, que sería desde entonces la del Concilio: nuestro ya
conocido teólogo alemán Karl Rahner S.J., consultor del cardenal Kónig pero en
realidad inspirador de toda la Alianza fuldense. Ya por entonces, como sabemos,
entraba en el segundo año de su relación íntima con la escritora Luise Rinser
pero tal veleidad personal no fue objeto
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de los
trabajos de la Alianza del Rin. Junto a Rahner brillaba con luz propia un
teólogo de prestigio semejante, menos inclinado a las originalidades y sin
amistades peligrosas conocidas, el consultor del cardenal Frings, presidente de
la conferencia, llamado Joseph Ratzinger. El gran debate doctrinal de la
Iglesia en lo que restaba del siglo
XX tendría a los dos genios teológicos como polos
de referencia. Pese a que los prelados de Fulda se comportaron noblemente con
Roma a donde iban enviando las conclusiones de sus debates, la Curia (y la
prensa italiana) reaccionó durante aquel período preparatorio de forma muy
hostil y aceptaba sin demasiado análisis acusaciones de que la Conferencia de
Fulda estaba desencadenando una ofensiva en toda regla contra la Curia y contra
Roma. No era verdad y el cardenal Frings desmintió tales especies en una seria
conferencia de prensa; la teoría de la conspiración era una «estupidez
injusta».
A fines de
agosto la conferencia de Fulda completó su elaboración de los esquemas sobre la
Iglesia, la Revelación y la Virgen María. El cardenal Dópfner los llevó a Roma
y los entregó en la Comisión coordinadora. Fue recibído por el Papa quien animó
por su medio a la Alianza del Rin y la apoyó en el diario oficioso del
Vaticano. El Papa agilizó además el reglamento de las comisiones y
congregaciones conciliares. Cuatro miembros de la Comisión coordinadora fueron
designados Moderadores del Concilio, con autoridad superior al consejo de
presidencia. Los Moderadores eran los cardenales Suenens, Dópfner, Lercaro y
Agagianian, los tres primeros claramente progresistas, el cuarto
contemporizador. La Alianza del Rin dominaría en el Concilio. Además los
peritos teólogos podrían asistir a las sesiones de cada comisión y las minorías
dispondrían de tiempo para exponer sus desacuerdos. La Alianza del Rin tenía la
palabra y la decisión, gracias al importante refuerzo que acababa de otorgarle
Pablo VI.
LA SEGUNDA SESIÓN: MAR DE FONDO
Al comenzar
la segunda sesión del Concilio todos se conocían a todos; la Alianza del Rin,
apoyada por el Papa, impondría su superioridad, su organización y su ley pero
iba a encontrarse con una o varias oposiciones temibles. Pablo VI estaba
firmemente a los mandos y trataba de evitar descarrilamientos a través de sus
hombres de confianza; Felici, el cardenal Suenens. El único auditor laico
presente en el primer período de sesiones —Jean Guitton, el amigo personal del
Papa— asistía ahora acompañado por doce seglares, entre ellos el español
Joaquín Ruiz Giménez, singular político cuya trayectoria analizaremos en
nuestro segundo libro por su obediencia ciega al Vaticano de cada momento
histórico; y su colaboración con cualquier situación histórica española. Por lo
visto éste es el tipo de seglar cuya colaboración agrada más a la Iglesia del
siglo XX.
Porque cuando la Iglesia pide la intervención de otros seglares menos
conformistas se deja llevar de su irrefrenable
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tirón
clerical y les engaña o les destroza, con la misma técnica de los partidos
políticos.
El 29 de
septiembre de 1963 Pablo VI abría el segundo período conciliar de sesiones.
Habían fracasado los intentos, muy tenaces, de conseguir la venida de numerosos
obispos presos, perseguidos o coartados en los países comunistas. Ni uno vino
de Corea del Norte, ni de China roja ni de Vietnam del Norte, ni de los
satélites bálticos (Chiron); y sólo llegaron algunos de la Europa del Silencio,
muy pocos. Acudieron en cambio más representantes de iglesias evangélicas y
luego se notaría más la presencia de los orientales. En su alocución de
apertura Pablo VI recomendó al Concilio que ahondase en la conciencia de la
Iglesia, procurase la unidad de los cristianos y el diálogo con el hombre
moderno. Protestó contra las forzadas ausencias de los hermanos a quienes se
había prohibído acudir pero con mansedumbre que muchos juzgaron excesiva; y se
lamentó de los progresos del ateísmo en la raza humana, pero no mencionó al
comunismo que condenara como cardenal. Recalcó que la idea de la colegialidad
era muy importante, aunque calló la grave preocupación que le producía esa gran
idea; porque iba a enfrentar inevitablemente al Episcopado mundial con la Curia
de Roma. Así sucedió en este segundo período, en que el Concilio navegó sobre
un intenso mar de fondo.
La
colegialidad empezó a debatirse inmediatamente. La colegialidad se refiere a
que el conjunto de los obispos del mundo, en cuanto sucesores de los Apóstoles,
han de ejercer potestad sobre toda la Iglesia, aunque con el Papa y bajo la
autoridad suprema del Papa, incluso según instituciones y formas de gobierno
ordinario. Así el Vaticano Segundo, al concretar la colegialidad, completaría
el trabajo del Vaticano I que definió la primacía papal. El debate fue largo y
encrespado. Los enemigos de la colegialidad —es decir los amigos de la Curia,
que se veía amenazada en su poder por un gobierno colegiado de los obispos—
insistían en que jamás la Iglesia se había gobernado así y que la Curia no era
más que la institucionalización del primado del Papa. En este gran debate se
distinguió, en contra de la colegialidad y en contra del poder de las
conferencias episcopales, el arzobispo Marcel Lefebvre, antiguo delegado
apostólico en el África francesa y ahora superior general de la Congregación
del Espíritu Santo, prelado de honda virtud personal y representante máximo del
integrismo en el Concilio, muy opuesto también a la reforma de la liturgia. Un
argumento predilecto de Lefebvre era que el poder de las conferencias
episcopales coartaba la soberanía espiritual de cada obispo en su diócesis;
argumento que a la larga ha conseguido imponer en la Iglesia la Santa Sede, que
ha reducido el poder de las Conferencias episcopales al de un simple órgano de
coordinación en cada país.
Se interpuso
el debate sobre el esquema acerca de la Virgen María. Madre de la Iglesia. La
Alianza del Rin, muy preocupada por las reacciones negativas de los
protestantes, a quienes pretendía aproximarse, insistía en cortar las
«exageraciones» de los mariólogos, que reclamaban la definición dogmática de la
Mediación y aun la
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Corredención
de la Virgen; para lo cual exigían que la Virgen María, madre de Dios, se
tratara en un esquema independiente. El jesuita Rahner hizo cuestión personal
de oponerse al esquema independiente; quería incluir el estudio de la Virgen en
el esquema sobre la Iglesia. Creo que este fue el momento de gloria del
Episcopado español, unido en tomo al cardenal de Tarragona, Arriba y Castro,
con el que se mostraron de acuerdo muchos otros Padres, sobre todo de
Iberoamérica. La tradición mariana de España y sus antiguos reinos de Ultramar
(el cardenal de Chile, Silva Henríquez, desertó hacia el Rin con un grupo de
obispos de habla española) revivió de pronto en el aula vaticana, con gran
altura teológica y una devoción filial desbordante. Varios obispos preguntaron
a los alemanes si la doctrina de la Iglesia debería regirse por las opiniones
protestantes o por la tradición de la Iglesia. No reclamaban dogmas, sino el
tratamiento separado que merecía la madre de Dios. A la rueda de Rahner, los
Padres alemanes llenaron el Concilio con citas de autores protestantes contra
los «privilegios» de la Virgen. Un obispo de los Siervos de María y el cardenal
Spellman se alinearon con los españoles: «la tarea del Concilio es iluminar a
la Iglesia más que a los de fuera» dijo el cardenal de Nueva York. Un argumento
clave de Rahner aseguraba que el esquema sobre la Virgen sería un obstáculo
para los cristianos de Oriente. Los Padres católicos de Oriente, en nombre
propio y de los hermanos separados, contestaron a vuelta de correo en una carta
al Concilio que su veneración especial por la Virgen, María de Efeso, les
inclinaba a otorgarle un esquema especial y separado. Obispos brasileños
preguntaron si el ecumenismo consistía en ocultar la verdad.
No sirvió de
nada. Desgraciadamente el Papa se mostraba de acuerdo con Rahner y la Alianza
del Rin, ya lo había manifestado antes del Concilio. Sin entrar en el fondo del
asunto los moderadores propusieron una votación sobre si el esquema de la
Virgen debía estudiarse dentro del de la Iglesia, como quería Rahner, o de
forma independiente, como pedían los españoles. La Alianza del Rin estuvo a
punto de perder su hegemonía; Rahner ganó a la Iglesia de España sólo por
diecisiete votos. Cuando su amiga Luise Rinser publique las cartas que Rahner
le dirigió en esta época será muy interesante conocer la explicación del
jesuita.
La discusión
sobre el diaconado, dentro del esquema de la Iglesia, suscitó otra oleada de
fondo. Spellman abrió la discusión sobre este grave problema, que se hacía
sentir en los países con escasez de sacerdotes. El diaconado era en la Iglesia
una Orden mayor inmediata al sacerdocio, no una institución permanente. Muchos
obispos de Misiones reclamaban diáconos permanentes y casados. Tras un largo
debate, una votación exploratoria se decidió por amplia mayoría a favor de un
diaconado permanente, sin pronunciarse sobre el problema del celibato.
La discusión
sobre los servidores y miembros de la Iglesia empezó sus debates ante el
esquema previo, que consideraba tres grados en ese servicio; la jerarquía
(obispos y sacerdotes) los religiosos, llamados al estado de perfección
evangélica, y los laicos o seglares. Rahner y la Alianza del Rin se inclinaban
a no diferenciar a
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religiosos y
seglares en el tratamiento teológico, porque los protestantes, cuya aprobación
seguían buscando, mantenían como una de sus doctrinas básicas el sacerdocio
universal y la llamada universal a la perfección. Por supuesto que Rahner y la
Alianza del Rin no comulgaban con la tesis protestante y tenían sobre
religiosos y seglares la misma idea que los demás Padres; lo que defendían era
el planteamiento formal del esquema en este importante punto. Los obispos de
Norteamérica pidieron y obtuvieron que se incorporase al esquema la exigencia
de igualdad para todos los cristianos en la Iglesia y en la sociedad, sin
distinción de razas. Pero los obispos de Rahner tropezaron inesperadamente con
la oposición general de otro fuerte grupo de presión, el que improvisaron los
superiores religiosos (apoyados por muchos jesuitas) para exigir un tratamiento
especial sobre los religiosos en el esquema de la Iglesia, sin mezclarles con
los seglares. Los religiosos movieron todos los resortes, consiguieron
numerosas adhesiones, explicaron detenidamente al Papa sus puntos de vista y
consiguieron evitar una segunda victoria protestante en el Concilio. En vista
de que los adversarios de Rahner se acercaban ya a los setecientos votos, la
Comisión Teológica no tuvo más remedio que rechazar la tesis de Rahner y añadir
un capítulo especial sobre los religiosos en el esquema de la Iglesia. Era la
primera derrota de la Alianza del Rin, vencida por un grupo adversario que
había aprendido a utilizar las propias armas de los germánicos; contactos,
organización e ideas muy claras y bien fundadas sobre lo que realmente querían.
Entonces,
con el mar de fondo cada vez más movido, se replanteó el debate sobre la
relación entre la Curia y los Obispos dentro del documento sobre la Iglesia.
Como comprende el lector todos estos debates eran contactos y encuentros
previos que servirían de orientación a los debates definitivos; de éstos, en la
primera sesión no se había aprobado ninguno y sólo al final de la segunda
quedaron aprobados dos, los más fáciles y menos conflictivos. El debate de los
obispos y la Curia volvía sobre el problema capital de la colegialidad. Pero en
el fondo se trataba de una lucha abierta por el poder en la Iglesia; los
obispos —agrupados en sus conferencias nacionales o en una gran institución
romana por representación electiva entre ellos— y la Curia, que concentraba el
poder de la Iglesia en nombre del Papa (pero muchas veces por encima o por
debajo del Papa) desde la Edad Media. El cardenal Spellman, antiguo minutante
de la Secretaría de Estado y otros muchos obispos, entre los que destacaban
los italianos, defendían a la Curia y ponían objeciones a la colegialidad. La
discusión amenazaba con volverse eterna y los moderadores la zanjaron con una
escueta propuesta de cuatro puntos, que luego servirían para orientar, después
de la segunda sesión, el texto definitivo. Las preguntas eran: Si la
consagración episcopal era el más alto grado del Sacramento del orden; si todo
Obispo era miembro del Colegio de Obispos; si el Colegio de Obispos, sucesores
del colegio apostólico, poseía, con el Papa y bajo el Papa, pleno y supremo
poder sobre la Iglesia; si este poder pertenecía por derecho divino al Colegio
de Obispos unidos con su cabeza.
La respuesta
separada a las cuatro preguntas fue abrumadoramente afirmativa,
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aunque la
última tuvo 408 votos en contra. El Concilio estaba claramente a favor de la
colegialidad, aunque para definirla y concretarla se necesitarían, en venideras
sesiones, debates de gran calado. Pablo VI urgía a los Padres, ya en noviembre,
a proseguir el avance del segundo período, que era innegable. El 18 de ese mes
se abrió el debate sobre ecumenismo, ante la presencia realmente imponente de
representantes del protestantismo y las Iglesias cismáticas, que fueron
recibídos en términos de gran cordialidad por el Papa. El arzobispo de
Zaragoza, don Casimiro Morcillo, expresó un juicio general positivo sobre el
esquema, no así el cardenal de Tarragona, monseñor Arriba y Castro, que
manifestó sus temores de que el pueblo con poca instrucción pudiera confundirse
si se llegaba a extender ese diálogo. Al autor de este libro le parece muy bien
teóricamente el diálogo con los hermanos separados; pero no tiene más remedio
que sentirse aterrado cuando el diálogo, tal como se plantea por ejemplo entre
los pueblos de Iberoamérica, consigue muchas conversiones del catolicismo al
protestantismo, cosa que no parece preocupar en absoluto a los ecumenistas,
sólo igualados a veces en fanatismo por los ecologistas profesionales. No se
votó nada en estos debates preparatorios; que debieron esperar a la sesión
siguiente.
El padre
Wiltgen, autor de la mejor historia del Concilio Vaticano II, a la que algunos
despechados intentan rebajar a simple crónica, omite toda referencia al inicuo
pacto de Metz (cosa explicable, porque la verdad se supo muchos años después de
que publicara su admirable libro) pero omite también, y eso ya me gusta menos,
porque lo sabía perfectamente, la propuesta que a fines de noviembre de 1963,
es decir a fines de la segunda sesión, cuando todavía quedaban dos años de
Concilio, hicieron formalmente dos obispos de Brasil, monseñores Monça Sigaud y
de Castro Mayer, cuyas firmas iban seguidas por más de doscientas de padres
conciliares pertenecientes a cuarenta y seis naciones, para que en el orden de
la sesión siguiente se inscribiera el debate sobre el socialismo y el
comunismo. Elevaron la propuesta al Secretario de Estado con el encargo de que
la entregase al Papa. La propuesta era legal y reglamentaria; resultaba
impensable que no se tramitase[39]. El documento
siguió su curso; los firmantes no sabían nada sobre el pacto de Metz o más
probablemente sabían demasiado. Decidieron esperar la respuesta, decididos a no
conformarse con una negativa que sería ilegal y anticonciliar.
A mediados
de noviembre el cardenal Lercaro, en nombre de los moderadores, pidió
autorización al Concilio para que él y sus tres colegas pudieran abreviar en
forma de tesis la presentación de los problemas, como habían hecho con el de la
colegialidad, para avanzar más rápidamente. Se encontró con un rechazo general
y con la práctica prohibición de utilizar ese mismo método (que en el uso
parlamentario se llama «guillotina») pero no por ello se desanimó la Alianza
del Rin, a la que pertenecía Lercaro, sino que decidió presentarse casi
abiertamente como lo que ya era, una Alianza Mundial por el número y calidad de
las adhesiones permanentes que iba recibiendo. La Alianza procedía arteramente;
muchas veces sugería a sus
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asociados,
padres individuales o Conferencias episcopales completas, que presentaran
propuestas al Papa y a los moderadores realmente inspiradas por la Alianza,
aunque aparentemente espontáneas. Así funcionó el Concilio hasta el final; no
digo que fuera ilegal, ni bueno ni malo, simplemente que fue así. El Papa, en
apoyo de la Alianza Mundial, es decir de la mayoría del Concilio, decidió
reforzarla todavía más cuando advirtió que ya contaba con la adhesión de
sesenta y cinco conferencias episcopales, y elevó el número de miembros en cada
comisión. Las elecciones correspondientes fueron virtualmente copadas por la
Alianza, sin que los nuevos miembros reservados al arbitrio del Papa
perturbaran la acrecentada mayoría en las Comisiones. Sería· muy difícil que se
repitieran las escasas derrotas sufridas por la Alianza en el segundo período
de sesiones.
El Papa no
quería que este segundo período se fuera de vacío y pidió que se pusieran a
votación definitiva los dos grandes temas que ya estaban maduros. Los dos
fueron aprobados el 4 de noviembre de 1963. En primer lugar el esquema,
degradado a simple decreto (seguramente por lo malo que era) sobre los medios
de comunicación social: prensa, radio, televisión, cine y teatro. No me explico
por qué no se mencionaba el complejo mundo editorial, que era un medio
seguramente de mayor importancia que todos los demás pero nadie se acordó de
él. El Decreto[40] es un compendio de obviedades
y vacuidades. Resulta que los medios de comunicación social son muy
importantes; que pueden hacer mucho bien y mucho mal; que la Iglesia los puede
usar y poseer; que se debe fomentar la libertad de información pero urgir a los
poderes públicos a que eviten los graves daños a la moral pública. Este párrafo
provocó una tremenda reacción en medios del catolicismo norteamericano cuando
vieron que en realidad fomentaba la censura; y convencieron a algunos padres
conciliares, cuando el decreto estaba medio aprobado, de que lanzaran una
campaña para retirarlo. Uno de los peritos imprimió un panfleto para recomendar
la retirada y osó repartirlo entre los Padres cuando entraban a la votación en
San Pedro. Se topó con el secretario del Concilio, Felici, que era muy fuerte y
tras un breve forcejeo se lo arrebató. La dirección del Concilio emitió un duro
comunicado prohibiendo tales prácticas burdas «para la formación de corrientes
de opinión en el Concilio» pero ni entonces ni nunca dijo una palabra sobre la
Alianza del Rin. El Decreto se aprobó; recomendaba la existencia de una prensa
y unos medios católicos y animaba a que los católicos participasen en los
medios de la Iglesia. Una vez aprobado el Decreto nadie se ha vuelto a acordar
de él; unos años después yo sí me acordaba cuando el secretario de la
Conferencia Episcopal española, monseñor Fernando Sebastián Aguilar, echaba a
un grupo de periodistas firmemente católicos de la prensa y la radio de la
Iglesia porque se lo pedía un gobernante esperpéntico y ateo; y los sustituyó
por un periodista que se declaraba «agnóstico» en presencia del Nuncio y otros
que defendían al aborto en la red de emisoras de la Iglesia. Creo que el
mencionado obispo, hoy arzobispo, pasa todavía en España por «conciliar».
El esquema sobre
liturgia fue siempre del agrado de la Alianza del Rin y se votó
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el mismo día
4 de noviembre de 1963. El obispo relator lamentó que, en ·aras de la
concordia, hubo que suprimir aspectos importantes como el uso de la lengua
vernácula en el breviario y muchas ocasiones para la concelebración. El esquema
— la primera Constitución del Concilio, Sacrosanctum Concilium[41]—
era mucho más serio e importante y sólo tuvo cuatro votos en contra y uno nulo.
Consiguió una renovación espléndida en la Iglesia; el pueblo lo aceptó con
sorprendente rapidez y lo asimilo con gran naturalidad. Como explicó el
relator, el culto divino se transformó en un acto comunitario; el pueblo
entendía cuanto decía el sacerdote; la Sagrada Escritura fue mucho mejor
conocida; las costumbres rituales pudieron incorporarse a la liturgia en las
Misiones. Por supuesto que hubo y sigue habiendo abusos en detrimento de la
unidad de la Iglesia, algunos sacerdotes se inventan una misa que poco tiene
que ver con la reformada por el Concilio. Pero son excepciones mínimas. Pablo
VI, en una de sus clásicas indecisiones, retrasó la puesta en marcha de la
reforma y a veces la coartó, con lo que se creó no poca confusión. Pero la
fuerza del Concilio se impuso y la Iglesia empezó a entrar, tras las
traducciones y adaptaciones necesarias, en un camino nuevo. Creo que me he
referido ya a las Misas mexicanas a que he asistido este mismo año en Los
Ángeles y en Cuernavaca. No hubieran sido imaginables sin el Concilio Vaticano
Segundo.
El mismo día
4 de diciembre se registraron otras dos noticias importantes. Pablo VI anunció
en pleno Concilio su inminente viaje a Tierra Santa. Y el democristiano de
izquierdas Aldo Moro, amigo de Pablo VI, consagraba la «apertura a sinistra» al
asumir la presidencia de un gobierno con ministros socialistas. La alta
política es así; Pablo VI autorizaba como Papa lo que el año anterior había
prohibído como cardenal. Pero lo realmente importante es que el segundo período
conciliar de sesiones, pese a todo su mar de fondo, vitalizaba las esperanzas
de Juan XXIII renovadas de forma universalmente reconocida.
EL VIAJE A TIERRA SANTA Y LA ENCÍCLICA
COMPLEMENTARIA
El 4 de
enero de 1964, como acababa de anunciar en la clausura de la segunda sesión
conciliar, el Papa Pablo VI salió en avión para Tierra Santa. La región sagrada
para las tres grandes religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo con sus
diversas obediencias y mahometismo no estaba dividida como ahora, cuando
prácticamente todo el territorio que conserva las huellas de Cristo pertenece a
la soberanía de Israel. Esto no fue así hasta la Guerra de los Seis Días en
1967. Tres años antes, cuando llegaba el Papa (que no tenía relaciones ni con
Israel ni con Jordania) el Estado de Israel, fundado en 1948, consistía en una
estrecha franja costera, la llanura de Sharon —dominada por las ametralladoras
árabes— desde unos kilómetros al sur de la capital, Tel Aviv y el puerto de
Jaffa, hasta Galilea y Haifa al Norte, con la orilla
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oriental del
lago de Tiberíades —los altos del Golan— en manos de Siria. Un corredor unía
esta franja con la ciudad nueva de Jerusalén, pero todos los Santos Lugares de
Jerusalén, Judea y Samaría estaban en manos de los árabes. Reinaba en Jordania
el rey Hussein, que se presentaba como descendiente del Profeta. La hostilidad
entre judíos y árabes saltaba a la vista, incluidos entre los últimos los
numerosos árabes cristianos. El viaje de Pablo VI, decidido por impulso
espiritual, se desarrolló con éxito inesperado entre las dos comunidades
precisamente porque el objetivo del Papa era puramente espiritual sin alcance
político alguno. El Vicario de Cristo acudía, por primera vez en la Historia
desde que su predecesor Pedro dejó aquella tierra, al encuentro de las huellas
de Cristo y de María.[42]
Le habían
preparado el viaje su secretario don Pasquale Macchi y su amigo de la
secretaría de Estado, Jacques Martín. Como no sabían una palabra de inglés,
lengua de referencia en Palestina que hasta 1948 estuvo ocupada por el Mandato
británico, monseñor dell’Acqua les agregó como secretario especial a un fornido
minutante norteamericano de la Secretaría de Estado, el joven sacerdote de
Chicago, pero de origen lituano, Paul Marcinckus, que sirvió eficazmente de
intérprete. Nada menos que sesenta agentes especiales del Sifar, el servicio
secreto italiano, garantizaban la seguridad del Papa pero en los frecuentes
apretujones que provocó Pablo VI, contra todo pronóstico, en medio del
entusiasmo de judíos y árabes por su visita, fue Marcinckus quien le sirvió de
guardaespaldas y a veces le llevó en volandas con tanta decisión como
delicadeza. Como además demostró su eficacia típicamente americana en la
organización de un viaje complicado, Pablo VI le adscribió de forma permanente
a su servicio, dentro del cual revelaría extraordinarias cualidades para otros
campos, como el de información y el de finanzas. Personas que conocen la Curia
como su casa —porque es su casa— me han insistido varias veces en que Paul
Marcinckus, muy afecto a los cardenales de Chicago y Nueva York, era además,
desde sus primeros tiempos romanos, agente oculto del FBI. Al menos todo
sucedió después como si lo fuera.
Acompañaban
oficialmente al Papa su maestro el padre Bevilacqua, perito del Concilio, el
cardenal secretario de Estado Amleto Cicognani y los cardenales Tisserant y
Testa. En el aeropuerto de Amman Pablo VI fue recibído por el rey Hussein de
Jordania v los patriarcas católicos de Oriente que venían también del Concilio.
En automóvil cruzó el Papa el puente Allenby entre Jordania u Cisjordania (que
estaba entonces bajo soberanía jordana) y se detuvo a la orilla del Jordán y
luego la del Mar Muerto, ante Jericó, bajo las breves colinas de Qumrán y con
el monte pelado de las Tentaciones al fondo, como cierre de las huertas de
Jericó. Iba como transportado por la emoción de Cristo, adivinaba los lugares
sin que se lo dijese nadie. Subió entonces por la carretera polvorienta que
lleva a la casa de Marta y María en Betania, al otro lado del monte de los
Olivos; la casa donde Cristo reposaba siempre antes de entrar o salir de
Jerusalén. Junto a la puerta de Damasco, donde Pablo, de quien había tomado el
nombre, cayó fulminado por la gracia de Cristo, la
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muchedumbre
rompió todo protocolo y Marcinckus se tuvo que emplear a fondo. Bajó al
torrente Cedrón, entró por la puerta del León que se abre a la Vía Dolorosa y
recorrió las estaciones rodeado por los cristianos árabes. Subió el breve tramo
de escaleras, dentro de la basílica del Santo Sepulcro, y celebró la Misa en el
altar que se alza junto al lugar donde santa Elena descubrió la Vera Cruz. En
la Delegación Apostólica recibió el homenaje de los patriarcas ortodoxos, luego
conversó con los patriarcas católicos en la iglesia de Santa Ana y terminó la
tarde arrodillado entre los seis olivos de Getsemaní que presenciaron la agonía
de Cristo. Ni siquiera el día de la elección pontificia había sentido una
convulsión interior tan intensa.
A primera
hora de la mañana del 5 de enero de 1964 recibe el saludo del presidente de
Israel, Shazar, en la línea fronteriza de la Ciudad Nueva. Durante veinte años
de los que sólo quedaban tres allí chocaban las miradas de odio de judíos y
árabes, cuyas tropas vigilaban desde la inmediata muralla de Jerusalén. Pero
hasta ese odio absoluto parecía amansarse ante la presencia del Papa, que bajó
de nuevo a Tel-Aviv para tomar el camino del Norte hacia Galilea. Dijo la Misa
en la imponente iglesia universal de la Anunciación, se ensimismó ante la
habitación donde María recibió el anuncio de Gabriel, uno de esos lugares
santos de donde emana por si misma la credibilidad; muy poco después, en la
siguiente sesión del Concilio, tendría que derribar las triquiñuelas teológicas
de los rahnerianos y reafirmar la fe de la Iglesia en el Jesús de la Historia;
me atrevo a suponer que los protestantizantes del Concilio no han estado nunca
en Nazaret. Probó el vino de Caná, subió las revueltas del Monte Tabor y le
hicieron comer a orillas del lago de Tiberíades esos pescados de San Pedro que
llevan la cruz en las escamas pero saben tan insípidos que el gran pescador de
hombres no sintió demasiado dejar su anterior oficio. Oró ante la pequeña Roca
donde Cristo confirmó el primado de Pedro, donde yo he podido ver ya las
huellas de dos Papas de este siglo. Ya de vuelta en Jerusalén defendió
noblemente a Pío XII ante el presidente judío contra las acusaciones del
impostor Rolf Hochüth que acababa de estrenar El Vicario; nadie mejor
que él sabía lo que había hecho Pío XII, a su lado, en favor de los judíos
durante la guerra mundial. Para reforzar la misma idea el cardenal Tisserant
acudió a orar al entonces pequeño recinto en que Israel conmemoraba a sus seis
millones de mártires. Ese mismo día se produjo el encuentro, realmente
histórico, entre el Obispo de Roma y el Patriarca ecuménico y ortodoxo de
Constantinopla, Atenágoras; los dos hicieron todo lo posible y aun algunas
cosas imposibles para colocar la primera piedra de la reconciliación. El lunes
6 Pablo VI celebró la Misa en la gruta de Belén y resumió las impresiones de su
viaje en una alocución dirigida desde allí a toda la Iglesia cuyo concepto
principal fue «el reencuentro con la belleza espiritual» junto al desarrollo de
la definición que el propio Cristo dio de sí mismo como «Hijo del Hombre».
Saludó de nuevo al patriarca Atenágoras, recibió la visita del obispo anglicano
y del Gran Muftí de Jerusalén. Anunció la creación, junto a la ciudad santa, de
un Instituto de estudios ecuménicos cuya orientación encomendó a su amigo el
teólogo protestante Culmann y que en
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Impulsó, ya
de regreso en Roma, los caminos del diálogo y predicó con el ejemplo; mientras
animaba a las Comisiones del Concilio a preparar la tercera sesión que se
abriría en septiembre, dialogó en profundidad con algunos Padres opuestos a las
anteriores reticencias del Concilio sobre la Virgen María y con otros que
recelaban del concepto de colegialidad, ya discutido pero no clarificado más
que en apariencia. No fueron conversaciones formularías; sus efectos se
notarían en lo que los liberales extremos y la prensa sensacionalista llamarían
«giro a la derecha» de Pablo VI en la tercera sesión conciliar. No había tal;
lo que hizo fue demostrar que su profesión de equilibrio entre tendencias
adversas y extremas no había sido simplemente una táctica electoral para llegar
al Pontificado.
El6 de
agosto de 1964 publicó una importante encíclica, Ecclesiam suam, a la
que he llamado «complementaria» porque trata de servir como complemento —y
orientación— del Concilio. El Papa era un Padre de Concilio, el primero; el
Concilio era asunto de todos los católicos; hablar de temas relacionados con el
Concilio no era ni coartar ni coaccionar al Concilio sino ejercer una potestad
que la ley y la costumbre de la Iglesia conferían al Papa, y el propio Concilio
aceptaba. Pablo VI pidió orientaciones para la encíclica a sus amigos franceses
Guitton y Maritain. Insiste en que no pretende suplantar al Concilio sino
exponer algunas ideas sobre la Iglesia —es la primera de sus encíclicas— en una
«sencilla conversación epistolar». La primera idea es que la Iglesia debe
ahondar sobre sí misma, como han hecho tantas veces el Magisterio y los
teólogos después de los Concilios de Trento y el primer Vaticano, como han
hecho los predecesores del Papa, León XIII, Pío XII, Juan XXIII. Quiere Pablo
VI entroncar con la tradición a la hora de recomendar la innovación. Segunda
idea: la reforma debe empezar por la profundización interior; el acercamiento
al mundo y a la cultura moderna debe evitar todo relativismo, no puede
prescindir de la reafirmación de la propia fe. Para compensar los desaires a la
Virgen —esto no lo dice el Papa sino que lo piensa— que se han podido advertir
en algunos sectores y momentos del Concilio reafirma, con el recuerdo de su
viaje a Tierra Santa, la aproximación a María, Madre de Dios. Y entonces entra
en la tercera y principal idea de la encíclica, que es el diálogo. La Iglesia
de hoy quiere huir del anatema, de la lucha de Cruzada y del dominio
teocrático. La Iglesia quiere diálogo con el mundo real, al que describe Pablo
VI, con visión de Dante, en tres círculos. Al huir del relativismo, del
irenismo, del sincretismo, no pude sacrificar la verdad de la Iglesia para que
los demás la comprendan mejor. Más aún, como está profundamente preocupado,
aunque no lo dice, con el pacto preconciliar que excluye el debate sobre el
comunismo ateo, aprovecha la encíclica para volver a rechazar al comunismo,
expresamente, en nombre de una Iglesia que es más víctima que juez. Ya lo había
condenado como cardenal de Milán; ahora lo hace como Papa, porque, aunque no lo
dice, no se ha atrevido en el Concilio a revocar el pacto con el Kremlin.
Recuerda a la Iglesia del Silencio para concluir que el diálogo con el mundo
comunista es
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virtualmente
imposible. Pero se esfuerza en detectar en ese mundo algunos valores humanos
dentro de su error y su desvarío: la tendencia a la utopía, la búsqueda de un
Absoluto que los comunistas ponen donde no puede estar, el intento de redención
social que, en sus manos, no libera al hombre sino que lo esclaviza más.
En el
segundo círculo el diálogo es más factible y se debe recomendar. Cita en primer
lugar a los judíos, que adoran a nuestro mismo Dios. Elogia también los valores
monoteístas del islamismo y a los seguidores de las «grandes religiones
afroasiáticas» a las que no cita por su nombre. Entra después en el tercer
círculo, el de las religiones cristianas separadas, entre las cuales y la
Iglesia católica hay un camino de aproximación que él ha reafirmado e iniciado
por su encuentro en Jerusalén con el patriarca Atenágoras. La Iglesia Católica
no puede transigir en lo esencial pero puede comprender y ser comprendida;
puede obrar conjuntamente con los hermanos separados, cooperar con ellos. El
primado de Pedro es herencia de Cristo que a todos afecta, no algo cuya
desaparición puede facilitar la unidad. Termina la encíclica reclamando el
diálogo interior en la propia Iglesia.
A la luz de
nuestros reflejos del Concilio, los que hemos comunicado y los que faltan, ésta
es una encíclica claramente complementaria y orientadora. Las fuerzas
tradicionales de la Iglesia habían influido intensamente en el Papa, que se
liberaba de sus compromisos, quizá excesivos, con la Alianza del Rin y las
fuerzas progresistas. Era una nueva búsqueda del equilibro, un nuevo giro cuyas
muestras iban a observarse muy claramente en el tercer período de sesiones que
iba a comenzar[43].
La mención
al diálogo con el comunismo se iba a concretar en una espinosa decisión de
Pablo VI; la apertura de relaciones con los regímenes comunistas, la Ostpolitik
del Vaticano, encargada a un hábil y tenaz subsecretario de la Secretaría de
Estado, monseñor Agostino Casaroli. En realidad esa arriesgada política la
había iniciado ya Juan XXIII con el pacto de Metz, que Pablo VI había creído
necesario respetar. Pero este grave asunto corresponderá a nuestro segundo
libro.
LA TERCERA SESIÓN: CHRISTUS VINCIT
La Alianza
del Rin, convencida ya de que era Alianza Mundial como la llama Wiltgen, estaba
tan segura de su dominio absoluto para el resto del Concilio después de sus
victorias en la segunda sesión que uno de sus portavoces consiguió algo
inaudito durante el período interconciliar: que la Comisión coordinadora,
dominada, como todas, por la Alianza, retuviese para discusión profunda los
esquemas que más le interesaban y degradase a los otros siete a simples y
cortos conjuntos de proposiciones que podrían evacuarse en pocas fechas. Esto
ya era un claro abuso de poder y con la experiencia del éxito obtenido por los
religiosos al denotar a la Alianza en el tratamiento de su esquema, se formaron
para la tercera sesión y durante ella seis o siete grupos de oposición
organizada —que además consiguieron un cierto grado de
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coordinación
entre ellos— cuyos miembros irían comprobando un cambio de actitud del Papa que
ya no favorecía tanto a la prepotencia de la Alianza; lo cual se combinó además
con que algunos Padres relevantes de la propia Alianza, como el cardenal
Suenens, se desligaron de ella en alguna ocasión señalada. Otros Padres, de
tanta importancia como el cardenal Heenan, arzobispo de Westminster, (que formó
también un activo grupo de acción) expresó en alguna ocasión la indignación de
muchos Padres cuando lanzó un rapapolvo a las «minucias teóricas» por las que
los teólogos de la Alianza habían conducido al Concilio. En fin el propio Papa
tuvo que intervenir en varias ocasiones gravísimas contra imposiciones
teológicas de la Alianza que fueron descartadas con universal aplauso. Todo
esto son apreciaciones del autor, que ni siquiera el maestro Wiltgen formula
tan descarnadamente, pero llevo tantos años leyendo entre líneas en los asuntos
de la Iglesia, sus métodos y su historia auténtica, que con el debido respeto creo
que responden a la realidad, gracias a Dios. Porque si los rahnerianos siguen
su ordeno y mando en el resto del Concilio, medio Concilio hubiera terminado
apuntándose a las tesis del arzobispo Lefebvre. Insisto también en que estas
apreciaciones se refieren a métodos, modas y tendencias conciliares; no — salvo
en las ocasiones en que el Papa intervino con total firmeza— a cuestiones
fundamentales en las que todos los Padres, que compartían la misma fe,
coincidían necesariamente. En el Vaticano 11 hubo algún asomo de bronca y
alguna amenaza de plante, pero la sangre no llegó nunca al río como había
sucedido en el Vaticano I, cuando docenas de Padres abandonaron el aula
conciliar en desacuerdo con alguna cuestión o método; ni mucho menos como había
ocurrido en Concilios anteriores que terminaron en cisma. Recuérdese lo que
dijo el gran teólogo jesuita del Concilio de Trento, Diego Laínez: «Temo a la
plebe, aunque sea de obispos». En el Vaticano II, a veces por milagro, no hubo
plebe. Y para empezar la propuesta de «guillotina» que la Alianza del Rin
impuso a la Comisión coordinadora y ésta aprobó, resulta que a lo largo del
Concilio se acató pero no se cumplió. El padre Ratzinger, perito de la Alianza,
aunque mucho menos audaz que su amigo Rahner, reconoció durante una cena
privada que la nueva oposición les estaba causando muchos quebraderos de
cabeza. La frase se corrió por todo el Concilio y los nuevos grupos de
oposición redoblaron su contraofensiva.
Una de las
cuestiones fundamentales contra la que se estrelló la Alianza del Rin fue el
problema teológico de la Virgen María. La Alianza, para congraciarse con los
protestantes, había conseguido, como sabemos, que el esquema sobre la Virgen se
redujera a un simple capítulo dentro del de la Iglesia, que se debatía de nuevo
al comenzar la tercera sesión. El problema se planteaba sobre la inclusión de
los títulos de «Mediadora» y «Madre de la Iglesia» que la Alianza del Rin
deseaba omitir, porque ninguno de los dos estaba respaldado por suficiente
fundamentación teológica. En cambio el cardenal Wyszynski, en nombre de los
obispos de Polonia, evocó la reciente encíclica del Papa, Ecclesiam suam,
para respaldar la inclusión del término «Madre de la Iglesia» en el capítulo.
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Los Padres mariólogos, entre los que destacaban
por su convicción y devoción los de Italia y España, entraron en el debate
decididos a no sufrir una nueva derrota. El obispo de Ciudad Real, monseñor
Hervás, reclamó que el título «Madre de la Iglesia», incluido antes en el
capítulo y borrado por la Comisión, fuera restaurado y denunció que el texto
que ahora se presentaba había sido manipulado por la Comisión. El cardenal
moderador Suenens se apartó de la Alianza del Rin y denunció también que el
texto, en su versión actual, minimizaba peligrosamente la importancia de la
Madre de Dios. Su comportamiento estaba de acuerdo con su nación belga, que
había sido frontera mariana (y española) de la Cristiandad moderna contra el
protestantismo. El obispo portugués de Faro se adhirió a los mariólogos.
Entonces ochenta obispos de España con algunos adheridos hablaron por la voz
del cardenal de Tarragona, Arriba y de Castro, y reprendieron a la Comisión
Teológica por manipular indebidamente el texto anterior. Expuso con sólido
fundamento doctrinal la necesidad de incluir el título de «Madre de la
Iglesia», como habían hecho grandes portavoces de la Tradición desde San Ireneo
hasta Juan XXIII. Hablaban los obispos de todo el mundo en favor de María,
Madre de la Iglesia. Otro arzobispo polaco abrumaba a la Alianza del Rin con
atinadas citas del propio Lutero en favor y en honor de María Virgen. Fue su
último servicio al Concilio; murió a los cuatro días de un ataque al corazón.
Dos jefes de fila de la Alianza del Rin, en nombre de sus coaligados de todo el
mundo, contraatacaron con gran respeto para la Virgen pero con insistencia en
que no se mencionaran los dos títulos de Madre de la Iglesia ni de mediadora.
Monseñor Castán Lacoma, de Guadalajara, defendió los títulos de María en nombre
de los ochenta españoles y sus amigos. Se llegó a la votación, que arrojó 1559
votos en contra de los títulos de María, pero la oposición había aprendido bien
el método más eficaz para convertir en victorias las aparentes derrotas y
entregó a la urna 521 votos «afirmativos juxta modum», un porcentaje que exigía
revisar las enmiendas con posibilidad de reincorporarlas. La Alianza tuvo que
explicar que en cierta manera los dos títulos quedaban incluidos en el
capítulo, no en el título pero sí en los artículos del texto. Y era verdad,
hasta el punto que el profesor Cullmann, observador protestante en el Concilio,
manifestó que la permanencia de estos títulos en el texto del capítulo
reforzaba, contra la opinión protestante, las posiciones mariológicas. La
oposición de los obispos españoles y sus aliados había conseguido que el
«simple capítulo» acabase siendo bastante más largo que el esquema original.
Pero no sería la última victoria de los defensores de la Virgen.
Cuando
paradójicamente ya estaba resuelta en España la vidriosa cuestión de la
libertad religiosa, volvía a empantanarse en el Concilio. Los más ardorosos
defensores de la libertad religiosa plena eran los obispos de los Estados
Unidos, que no pararían hasta conseguirla. No lo habían logrado en la segunda
sesión; en el fondo el argumento de los conservadores consistía en afirmar que
la Iglesia era la única verdadera y por tanto no cabía libertad plena para el
error, sino a lo sumo cierta
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tolerancia.
Dos cardenales españoles, Quiroga y Bueno Monreal, se oponían a una libertad
religiosa plena que Franco ya había aceptado en principio, gracias a Castiella
y Fraga, sus ministros aperturistas. El problema quedó sobre la mesa del
Concilio para la sesión cuarta. Entró entonces en liza una cuestión
delicadísima; el cambio de la Iglesia respecto a los judíos, a los que muchos
cristianos seguían considerando un pueblo deicida, con tremendas frases
evangélicas de la Pasión de Cristo aparentemente en su favor. El cardenal
ecuménico y jesuita, Agustín Bea, estaba decidido a replantear el problema y
quitar los estigmas antijudíos como los que hasta poco antes pervivían en la
liturgia de la Semana Santa, donde se había orado durante siglos «por los pérfidos
judíos». Veinte siglos de hostilidad entre las dos religiones habían
cristalizado en una incomprensión mutua, que el viaje del Papa a Jerusalén
había empezado a derretir. En el fondo era muy hermoso ver cómo lo que más
interesaba a los judíos era que los cristianos no les consideraran a ellos, los
judíos de ahora, como responsables de la muerte de Cristo; con toda la razón
del mundo, decía el cardenal Bea, porque de la muerte de Cristo fuimos
responsables todos los hombres, ni siquiera todos los judíos de la época en que
murió Cristo, sino solamente los que exigieron y provocaron su condena. No era
un problema político entre sionismo y antisionismo sino un problema histórico,
religioso y de caridad cristiana. Dignatarios judíos se dirigieron de forma correcta
y emocionada al Concilio en busca de la paz. Los Padres procedentes de los
países árabes no querían ni oír hablar de la reconciliación con los judíos; una
nueva fuente de odio se había abierto entre Israel y los árabes desde 1947,
como he tenido ocasión de comprobar muchas veces al recorrer las tierras árabes
de Palestina. El viaje del Papa fue utilísimo para que el documento sobre
judíos y otras religiones terminase bien. Además Pablo VI creó en 1964 un
secretariado para las religiones no cristianas, de acuerdo con el diálogo
proclamado en su reciente encíclica, como sabemos. El cardenal de Sevilla,
Bueno Monreal, contribuyó a la concordia conciliar al sugerir, y así se aceptó,
que se mantuviese el texto favorable a los judíos pero que el título del documento
no se refiriera expresamente a ellos sino a las religiones no cristianas. El
texto final siguió bien hasta el término de la tercera sesión y fue aprobado
por enorme mayoría en la cuarta, el 28 de octubre de 1965. Aparecería en forma
de declaración[44] «sobre las relaciones de la
Iglesia con las religiones no cristianas» y lleva por título «Nostra aetate»
Obtuvo 2221 votos afirmativos, 88 negativos y 3 nulos. Expone los aspectos
positivos del hinduismo y del budismo, la Iglesia «nada rechaza de lo que en
estas religiones hay de verdadero y santo». La Iglesia «mira también con
aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios, viviente y subsistente,
misericordioso y todopoderoso». Enumera el resto de las coincidencias con el
Islam, como la veneración de Cristo y de María por los musulmanes. Entra en la
religión judía, en unos párrafos que causaron una enorme sensación mundial.
Reconoce el vínculo entre «el pueblo del Nuevo Testamento y la raza de
Abraham». Denomina a los cristianos, como hizo San Pablo, hijos de Abraham en
la fe. Proclama como propia la
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revelación
del Antiguo Testamento. Cree que Cristo «reconcilió por su cruz a judíos y
gentiles». Cristo, María y los apóstoles nacieron del pueblo judío. El
patrimonio común de cristianos y judíos es inmenso. Y se llega a la cuestión
clave:
Aunque
las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de
Cristo, sin embargo lo que en su pasión se hizo no puede ser imputado ni
indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy.
Y si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los
judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las
sagradas Escrituras…
Además
la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente
del patrimonio común con los judíos e impulsada no por razones políticas sino
por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y
manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los
judíos.
Veinte
siglos de odio desaparecían en esta declaración. Desaparecían en la mente de la
Iglesia y de muchos judíos clarividentes. Permanecían los rescoldos; veinte
siglos no se borran con un perdón y un abrazo. Pero el paso dado por la Iglesia
era realmente trascendental.
Quedaron
satisfechos los obispos de Estados Unidos al reprobarse, en el mismo documento,
«cualquier discriminación por motivos de raza o color, condición o religión».
El diálogo exigido por Pablo VI en su reciente encíclica poseía ya su Carta
Magna.
El esquema
sobre la Revelación divina ya había provocado problemas graves en las dos
primeras sesiones y volvería a encrespar la tercera. Aquí se planteaba una
batalla teológica formal entre la Alianza del Rin, deseosa de no incomodar a
los protestantes, y los Padres tradicionales que exigían vigorosamente a la
Iglesia que fijase por sí misma sus propios horizontes de creencia. Conocemos
que una de las características del protestantismo es la exclusividad; Sola
fides —la fe sin obras— Sola Scriptura —la Escritura como única fuente de la
fe— Solus Mediator —la Virgen no se podía asociar a la mediación de Cristo.
Pero la Iglesia —como definió el Concilio de Trento— no podía excluir para la
salvación las obras junto a la fe: la Virgen podía ser mediadora en plena
subordinación a Cristo, y el Concilio la llamó, como vimos, mediadora; y ahora
se planteaba de nuevo la controversia sobre si además de la Revelación había
que considerar, como siempre había hecho la Iglesia, a la Tradición de los
Padres, los Concilios y el pueblo cristiano, una Tradición interpretada y
propuesta por el Magisterio, como fuente de fe en la Revelación. El asunto no
era una «minucia teológica» como sugería el cardenal Heenan —que no se fiaba un
pelo de los teólogos— sino una decisión vital para la Iglesia católica. Pío IX
y Pío XII habían definido los dogmas de la Inmaculada y la Asunción apoyándose
en la tradición multisecular del pueblo cristiano interpretada por los Padres y
el Magisterio. Ahora el debate de las fuentes de la Revelación se replanteaba
entre la
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Escritura y
la Tradición. Personalmente no comprendo el exclusivismo de los protestantes en
favor de la Sola Scriptura, sobre todo si para ellos la Escritura la interpreta
cada lector de la Biblia como le da la gana, pero naturalmente eso no se dijo
en el Concilio.
En la
segunda sesión llegó un esquema sobre la Revelación preparado por el padre
Rahner, no faltaba más, con la ayuda de otros teólogos como el padre Ratzinger
y pretendía ser un compromiso, pero seguía dictado por la obsesión de no
irritar a los protestantes. La Alianza del Rin lo hizo suyo y pensaba
presentarlo al final de la segunda sesión pero tras las victorias obtenidas por
la Alianza en ese período sus directores decidieron «mejorar», es decir
acomodar más aún el esquema a sus puntos de vista y presentarlo en la sesión
tercera. Así lo hicieron el 30 de septiembre de 1964, poco después de la
apertura del tercer período. El portavoz que presentó el texto rahneriano, que
contaba con el pleno respaldo de la Alianza, afirmó que en la nueva versión se
habían incluido párrafos nuevos sobre la importancia de la Tradición. Algunos
Padres no quedaron nada convencidos y uno de ellos suscitó un problema
importantísimo que a su juicio no quedaba claro en el esquema; la plena
historicidad de los evangelios. Para los teólogos de la Alianza del Rin esto
era mentarles la bicha; alguno se inclinaba demasiado a la separación del
protestantismo moderno entre el Cristo de la fe y el Cristo de la historia.
Insisto en que no se trataba de minucias sino de cuestiones capitales para la
fe. En la última congregación general de la tercera sesión la Comisión
Teológica entregó al Concilio una nueva revisión del esquema, cuyo debate
definitivo quedaría para la cuarta y última sesión. Por lo pronto la Alianza
del Rin cosechaba una derrota grave; su esquema «perfecto» quedaba sobre la
mesa.
Los grupos
de oposición tradicional, sobre todo el llamado Grupo Internacional de Padres,
que ejercía profunda influencia en el Papa, se movieron intensamente contra la
Alianza del Rin durante el último período interconciliar. Imito a Wiltgen en
seguir desde ahora los grandes temas hasta su solución final para no marear al
lector. La Alianza del Rin forzó la votación del esquema al principio de la
sesión cuarta, 20-22 de septiembre de 1965 pero la Comisión Teológica, dominada
por la Alianza, hizo trampa y en contra del reglamento no ofreció el preceptivo
informe antes de que se llegase a las urnas, que por cierto funcionaban mucho
mejor desde que se instaló el sistema electrónico de voto. Los votos «placet
iuxta modum», es decir afirmativos con reparos, que la oposición utilizaba ya
regularmente para forzar nuevos debates, subieron muchísimo, hasta 1498. Estos
votos cualificados se referían a los puntos candentes del esquema; las
relaciones entre Escritura y Tradición, la imposibilidad de error en las Escrituras
y la historicidad de los Evangelios.
Pablo VI,
Vicario de Cristo, decidió intervenir para clarificar estos puntos candentes
que afectaban de forma directa al concepto de la Iglesia sobre Cristo. Demostró
que estaba más cerca de la oposición que de la Alianza al enviar a la Comisión
Teológica un texto en que San Agustín, tan cerca cronológicamente de
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Cristo,
afirmaba que muchas enseñanzas de los Apóstoles no han llegado al pueblo
cristiano de forma escrita (es decir en la Escritura); era un endoso claro a la
Tradición como fuente de fe. Preocupaba también al Papa que el texto de la
Comisión afirmase que los evangelistas habían narrado la vida de Jesús «Con
verdad y sinceridad» lo cual admitía una interpretación peligrosa, muy grata a
los protestantes; que los evangelistas no mentían pero podían contar hechos
inexistentes que ellos creían verdaderos. El problema era la historicidad de
los hechos, no la sinceridad con que estaban expresados. La Alianza del Rin,
que controlaba la Comisión Teológica, decidió no cambiar nada. La oposición se
lanzó en tromba contra las ambigüedades del texto y urgió al Papa para que
emprendiese una acción directa y urgente.
Pablo VI ya
lo venía haciendo. Poseía una profunda formación teológica personal sobre estos
problemas y la ahondó y amplió todavía más con estudio propio y ayuda de sus
consejeros teológicos más solventes. Habló con uno de los moderadores (casi
estoy seguro que fue el cardenal Suenens) e hizo que el Secretario de Estado
enviase al presidente de la Comisión Teológica, cardenal Ottaviani una carta
con las opiniones del Papa sobre los asuntos candentes, y lo que es más grave,
una reconvención a la Comisión por su forma de tratar tan gravísimos asuntos.
El Papa exigía que se incluyera en el texto la tesis de que no toda la doctrina
católica se conocía por la sola Escritura —como querían los protestantes— sin
ayuda de la tradición y el Magisterio. La sombra del Concilio de Trento —y su
luz— cubrieron al Vaticano II. El Papa zanjaba las ambigüedades sobre la
inerrancia de las Escrituras al declarar, para su inclusión en el texto, que
los libros sagrados enseñan como firme, fiel y sin error aquella verdad que Dios
quiso poner en ellos para nuestra salvación. Y por último reafirmaba que la
Iglesia enseña sin equívocos que los Evangelios son plenamente históricos y que
Jesucristo realmente hizo y dijo lo que en ellos se escribe. El Cristo de la
fe, por tanto, sin nieblas protestantes, es el Cristo de la Historia. Añadía el
Papa que sin estas inclusiones expresas no aprobaría ni promulgaría el texto
sobre la Revelación.
El
presidente de la Comisión teológica, cardenal Ottaviani, estaba deseando que el
Papa se pronunciara con tanta claridad y estoy seguro de que habló varias veces
con él sobre el asunto. Era la única forma de que se pudieran superar los
obstáculos y ambigüedades de la Alianza del Rin, que fue derrotada en toda la
línea en otro de sus intentos filoprotestantes. Los textos del Papa fueron
incluidos, por supuesto, en la Constitución Dogmática Dei Verbum, sobre la
divina revelación, que en presencia del Papa fue aprobada por el Concilio el 18
de noviembre de 1965 por 2344 votos contra
6. La Alianza del Rin, por tanto, se había sometido
al dictamen del Vicario de Cristo. Por eso he titulado este importante epígrafe
«Christus vincit».
Como nota
Wiltgen el Concilio se vio amenizado con varias presencias especiales. Primero
los bares que se instalaron discretamente al alcance de los Padres, donde se
trabaron, por ejemplo, intensas relaciones ecuménicas y se solventaron no pocos
convenios de apoyo mutuo entre los grupos de oposición que, como se ve, en
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las sesiones
tercera y cuarta del concilio neutralizaron la anterior prepotencia de la
Alianza del Rin y demostraron, dígase con todo respeto, la compatibilidad del
Espíritu Santo para iluminar los inevitables recovecos del politiqueo humano. A
mediados de septiembre de 1964 el Papa sorprendió a los Padres con la
bienvenida a las mujeres del Concilio: diecisiete en total, entre monjas de
alto coturno, dirigentes de movimientos apostólicos, señoras casadas (hubo
hasta un matrimonio de auditores). Alguien había provocado la equivocación del
Papa; cuando los Padres buscaban a las señoras con la natural curiosidad, no
aparecieron porque la invitación no se había cursado aún. Luego llegaron y se
interesaron mucho en los trabajos del Concilio pero actuaron poco más que como
floreros; ni sabían latín ni las traducciones simultáneas funcionaron nunca
correctamente. El número total de auditores laicos se elevó a cuarenta y los
pobres, perdidos en aquel mar de roquetes y hopalandas, hicieron lo posible por
ayudar en los asuntos de su competencia. Los españoles, además del proteico
profesor Ruiz-Giménez, contaron con la presencia del auditor catalán señor
Sugranyes de Franch. También ocurrieron cosas curiosas y divertidas en el
protocolo; los Patriarcas católicos exigían ir por delante de los cardenales
para no causar extrañeza entre sus súbditos orientales cuando aparecían
relegados en televisión. Como las autoridades del Concilio no les hicieron caso
acudieron al Papa que les atendió y ordenó que les colocaran en sitio de honor,
enfrente de los cardenales con lo que se quedaron tan contentos. El esquema
sobre el apostolado de los seglares se presentó a la discusión del Concilio en
octubre de 1964, durante la tercera sesión. Un dirigente sindical irlandés fue
el único seglar que habló ante el Concilio, por supuesto en inglés. Se
suscitaron muchas objeciones porque el proyecto sólo nombraba a la Acción
Católica, que en muchos países significaba poco. El esquema, muy enmendado, se
votó en la cuarta sesión, en forma de decreto, el18 de noviembre de 1965. Los
ordenadores se estropearon y el resultado sólo se conoció unos días después,
con 2305 votos positivos y sólo dos negativos. Empezaba por las palabras Apostolicam
actuositatem y se había mejorado mucho en los debates y las enmiendas.
Encomendaba a los seglares la renovación cristiana del orden temporal y ofrecía
varias orientaciones muy bien intencionadas. Pero la práctica resulta muy
difícil. Hay instituciones de apostolado seglar que ya funcionaban mucho antes
del Concilio y siguen haciéndolo admirablemente; las Conferencias de San
Vicente de Paúl, las Ordenes Terceras dependientes de grandes Órdenes
religiosas pero integradas por seglares, las plataformas de acción política y
social de los católicos en España y en México (hablo de los casos que conozco).
Estas y otras asociaciones de apostolado seglar han actuado con gran eficacia y
verdadero sentido católico en la historia reciente de la Iglesia, por ejemplo
el espléndido asociacionismo alemán y hoy algunas de las llamadas
Organizaciones No Gubernamentales (ONG) entre las que hay, tanto en las
católicas como en las no católicas, mucho desvío y mucha morralla, aunque no
faltan excepciones dignísimas. El principal problema es la politización del
apostolado seglar, como ha sucedido tristemente en España precisamente después
del
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Concilio; no
me refiero a la legítima acción de las plataformas plurales de acción política
sino a la degradación de algunas asociaciones católicas. Junto a este problema
hay otro de gravedad similar; el tirón clerical de la Iglesia que anima a los
católicos a participar en sus obras, por ejemplo en sus medios de comunicación
y luego los utiliza como meapilas acríticos o como elementos de cambio político
con las autoridades ajenas. En el texto conciliar no veo concreciones sobre
casos semejantes, que de ninguna manera son excepcionales.
La extensión
e importancia que el Concilio iba dando a estas cuestiones, contra la
metodología despectiva de la Alianza del Rin, que había pretendido reducirlas a
simples colecciones de puntos concretos, suponía un fracaso tras otro de la
antaño prepotente Alianza germánica, que encima se veía arrinconada en los que
ella consideraba grandes debates teológicos como el de la Revelación. La
Alianza del Rin pretendía despachar con un par de debates el importantísimo
problema de las Misiones, tal vez porque su teólogo en jefe, Karl Rahner, hacía
inútiles las Misiones con su extraña teoría de los cristianos anónimos, como en
su momento vimos. Pero los Obispos procedentes de las tierras de Misión
suscitaron innumerables adhesiones en el Concilio y el esquema propuesto,
superficial y abreviado, fue devuelto a la comisión para ulterior estudio
después de una derrota frontal de la Alianza, 1661 Padres contra 311, el mayor
descalabro de la Alianza del Rin en todo el Concilio. Alguien había informado
mal al Papa sobre la fuerza de la oposición contra este esquema porque había
aparecido ante el Concilio para hablar con optimismo sobre el esquema luego
rechazado, aunque sin ánimo alguno de imponerlo. Encontró menos dificultades el
debate sobre las Iglesias católicas de Oriente, sobre todo cuando el Papa logró
para los patriarcas el sitio de honor que reclamaban. El Decreto en que se
resaltaba la importancia de esas iglesias, con sus ritos, para el
enriquecimiento de la Iglesia católica se aprobó en la tercera sesión, el 20 de
noviembre de 1964.
Volvía al
Concilio el problema quizás más discutido durante las cuatro sesiones, y el que
mayor expectación había suscitado en todo el mundo; el problema del aggiornamento,
como había llamado el Papa Juan a las relaciones de la Iglesia con el mundo
moderno. Juan XXIII casi había trazado el núcleo del esquema antes del Concilio
pero el problema resultaba complejísimo porque obligaba a la Iglesia a
pronunciarse sobre todas las grandes cuestiones del complejísimo mundo actual.
El debate conciliar sobre un texto elaborado casi exclusivamente por la Alianza
del Rin empezó ya dentro de la tercera sesión, tras muchas remodelaciones entre
bastidores, a fines de septiembre de 1964. Numerosos Padres habían solicitado
intervenir y tanto los moderadores como la Alianza preferían retrasar el debate
hasta la cuarta sesión. El cardenal Heenan de Westminster dedicó un buen repaso
a los teólogos (en general) y descalificó a la Comisión por el tratamiento
superficial que daba en el esquema a problemas sociales importantísimos que
requerían un estudio mucho más prolongado. Con más suavidad pero no menor
energía se pronunció contra el esquema el ya
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arzobispo de
Madrid, don Casimiro Morcillo, que se extrañaba de no ver por parte alguna en
el esquema los problemas del trabajo, la invasión de sexualidad y de ateísmo,
la pobreza y el hambre que sufría gran parte de la humanidad. Aun así el
esquema fue mayoritariamente aprobado como texto para el debate, que debería
retrasarse, sin embargo hasta la cuarta sesión del Concilio.
Conocían los
Padres, por la documentación conciliar, el creciente problema de las vocaciones
al clero, que habían descendido en las últimas décadas mientras aumentaban las
obtenidas por las órdenes y congregaciones religiosas. (Después del Concilio
éstas iban a experimentar también una disminución terrible). Una parte
importante de padres conciliares pretendían, por tanto, conseguir un control
mayor de las órdenes religiosas, que amenazaban, si continuaba esa tendencia,
con dominar a todo el conjunto de la Iglesia. La Alianza del Rin hizo suya la
idea y trabajaba para lograr la adaptación de las órdenes religiosas a los
nuevos tiempos y convenció a la Comisión Coordinadora para que el previsto
esquema sobre los Religiosos sufriese una especie de degradación y redujese
mucho su extensión y su alcance. Todo esto había sucedido durante la segunda
sesión, y el nuevo texto debería ser preparado bajo la dirección del nuevo
Presidente de la comisión de Religiosos, cardenal Ildebrando Antoniutti.
A poco de
iniciarse los trabajos del tercer período de sesiones la Unión Romana de
Superiores Generales, que constituía un poderoso grupo de oposición a la
Alianza del Rin, y contaba cien miembros con gran influencia en muchos Padres
del Concilio, empezó a diseñar su estrategia para oponerse al esquema que
quería imponer la Alianza germánica. Los cardenales moderadores Dopfner y
Suenens defendieron la retirada del esquema inicial, con argumentos que la
Unión de Religiosos consideraba muy desfavorables e infundados; el esquema
tampoco gustaba a los religiosos pero preferían mantenerlo para enmendarlo
después a fondo mediante el sistema de votos positivos iuxta modum. La
votación, por tanto, no se planteó sobre el fondo del asunto sino de poder a
poder, sobre la retención del esquema (que pretendían provisionalmente los
religiosos) o su retirada completa para sustituirle con otro, según deseaba la
Alianza del Rin y los dos moderadores, que expresaron su seguridad en la
victoria. Los religiosos temían que se les impusiera en el nuevo esquema de la
Alianza una exagerada uniformidad; luchaban por sobrevivir según su vocación
específica. Pero la Alianza parecía segura de vencer.
No fue así y
el 12 de noviembre vencieron los religiosos por 1155 votos contra 882 de la
Alianza y los moderadores. Cuando, una vez admitido el esquema se votaron
inmediatamente las proposiciones que contenía, la táctica de la Unión de
Religiosos se adaptó al nuevo objetivo: derrotar una por una las proposiciones
del esquema mediante un número superior de aprobaciones iuxta modum que
permitirían debatir e introducir las enmiendas que los religiosos deseaban.
Nuevamente obtuvieron el triunfo; las aprobaciones cualificadas fueron en todas
las proposiciones del esquema superiores a las aprobaciones simples. Desde
entonces se trabajó
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activamente
en la incorporación de las numerosas enmiendas y el Decreto Perfectae
caritatis, sobre la renovación de la vida religiosa, fue aprobado en la
cuarta sesión del Concilio, el 11 de octubre de 1965, por 2126 votos
contra 13. Los religiosos habían evitado la marginación y la derrota. Recordaba
el decreto que la vida en común para seguir los consejos evangélicos data de
los primeros tiempos de la Iglesia. Los Institutos deben ser fieles a su
carisma fundacional pero deben también renovarse primero interna y luego
externamente para adaptarse a los nuevos tiempos. Deben revisarse las
Constituciones de acuerdo con las nuevas necesidades psicológicas, culturales y
sociales, especialmente en los países de misión. Los religiosos deben unir la
contemplación con el apostolado. Se confirma la vida contemplativa y la vida
monástica. Hay una alusión, no muy innovadora, a los institutos seculares, por
su reciente fundación a partir de su creación en 1947. Se insiste en el
mantenimiento y el cumplimiento de los tres votos de castidad, pobreza y
obediencia. El hábito religioso debe modificarse cuando no responda a criterios
higiénicos y funcionales. En la formación han de incluirse las «mentalidades y
costumbres de la vida actual». A los institutos «que no ofrezcan esperanzas de
reflorecimiento» déjeseles morir.
La
renovación de los religiosos era imprescindible. Pero las nuevas normas no
pudieron impedir la terrible crisis que se abatió tras el Concilio sobre casi
todas las Órdenes y Congregaciones religiosas, que las diezmó, las confundió y
a veces las convirtió en imitadoras del mundo, no en luz del mundo. Vamos a
estudiar en este libro, detenida y documentadamente, esa crisis en la que era
tenida por la más importante Orden de la Iglesia, la Compañía de Jesús.
El esquema
sobre la formación de los sacerdotes, que había sufrido también la drástica
reducción a simple conjunto de proposiciones al final de la· segunda sesión del
Concilio, fue rehecho por la Alianza del Rin durante el verano de 1964 en
Innsbruck con adiciones que le transformaron en un esquema nuevo, virtualmente
aceptado por la Comisión correspondiente y puesto a discusión a mediados de
noviembre de 1964, en la tercera sesión. El arzobispo de Milán, que había
sucedido al Papa en esa sede tras haber sido un excelente rector del Seminario,
elogió al nuevo esquema porque unificaba toda la formación sacerdotal en torno
a la idea de Cristo, contra la práctica actual, en que cada sector de formación
se realiza de forma dispersa. El cardenal canadiense Léger echaba de menos a
Santo Tomás en la formación de los sacerdotes, como había sido siempre. El
arzobispo de Estrasburgo criticó que en el esquema se destruía todo lo
establecido en el Concilio de Trento sobre los seminarios, aunque no se debían
rechazar las novedades necesarias. El arzobispo Garrone, de Toulouse, elogió
que en el esquema el programa de estudios para los seminarios fuese trazado por
las conferencias episcopales y sometido a la aprobación de la Santa Sede. Pidió
que la Congregación romana de Seminarios contase con especialistas de todo el
mundo. (El Papa le nombraría prefecto de la Congregación de Seminarios y
Universidades al fin del Concilio). El texto recibió muchos votos cualificados
y pasó a la cuarta sesión en la que fue aprobado el 28 de
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octubre de
1965 con sólo tres votos en contra. Se denominó Optatam totius, sobre la
formación sacerdotal, asumió el formato de principios, confirmó la autoridad de
las Conferencias episcopales para los programas con posterior aprobación de
Roma. Expresó el piadoso deseo de que se fomentaran las vocaciones
sacerdotales, con especial encargo a cada obispo; y la experiencia posterior al
Concilio demostró que el espíritu y la dedicación de los obispos a su misión
espiritual, así como la orientación espiritual de los seminarios serían las
mejores garantías del éxito de estas instituciones. Una misma gran diócesis
española, regida por un prelado más interesado por la política que por su
ministerio apostólico, arruinó la vida de su seminario hasta que el obispo
siguiente, auténtico ejemplo de actitud pastoral, restauró ese mismo seminario
hasta convertirle en uno de los más nutridos y famosos del mundo. El caso es
tan importante que lo explicaré con todo detalle, nombres y apellidos en el
segundo libro. Adelantaré ahora sólo que me estoy refiriendo al seminario de
Toledo.
Los estudios
de los seminarios menores deben hacerse compatibles con la enseñanza media que
se sigue en la sociedad. La educación en los seminarios mayores debe dirigirse
a la finalidad pastoral. La selección de profesores y educadores debe
considerarse como de primordial importancia. Convendrá muchas veces instituir
seminarios interdiocesanos cuando una diócesis no tenga suficientes alumnos
para el suyo. La clave de la formación ha de ser cristocéntrica. Se deberá
considerar el celibato no como un peso sino como un don. Se recomienda la
creación de un «noviciado espiritual».
Una de las
grandes novedades del decreto es que no se menciona a la doctrina de Santo
Tomás (en el estudio de la filosofía) hasta el momento obligatoria. Dice, eso
sí, que «el patrimonio filosófico perenne de ser completado con el conocimiento
de filósofos modernos». Los alumnos, antes de iniciar los estudios
eclesiásticos, deberán poseer los que se requieren para el ingreso en las
Universidades en cuanto a cultura humanística y científica. Deben conocer
adecuadamente la lengua latina y las demás de la Escritura y la Tradición. La
historia de la filosofía debe enseñarse de forma crítica. En los estudios
teológicos la Sagrada Escritura ha de constituir el alma de la enseñanza. La
teología dogmática debe explicarse según los textos bíblicos, la patrística y la
especulación teológica «bajo la guía de Santo Tomás». Deben renovarse las
enseñanzas de la moral, el derecho canónico, la historia eclesiástica y la
liturgia. Insiste el Concilio en la formación pastoral; y evoca las
orientaciones del Concilio de Trento. El decreto sobre Seminarios es excelente
y renovador pero el problema auténtico es el que antes he esbozado ante el
ejemplo, negativo y positivo, del Seminario de Toledo.
La misma
Comisión encargada del decreto anterior preparó, en forma de declaración, el
texto sobre la educación cristiana de la juventud. El cardenal Spellman, que
había construido un espléndido sistema de educación católica en su diócesis de
Nueva York, insistió en el derecho de los padres para elegir el tipo y el
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lugar de la
educación de sus hijos, y reclamó la ayuda pública para quienes carecieran de
recursos. El obispo auxiliar de Caracas se lamentó de la ausencia de la Iglesia
en la educación pública de muchas partes. La Declaración fue aprobada a fines
de octubre de 1965 en la cuarta sesión del Concilio con muchos votos en contra
durante las votaciones intermedias; a los Padres no les gustaba mucho y con
razón. Abundaban las obviedades, como el derecho universal de todos los hombres
a la educación. Otras veces incide en la utopía cuando ruega a los poderes
públicos que fomenten la formación moral y el amor a Dios en las escuelas y
colegios. Las normas para la educación cristiana son inconcretas y etéreas. Ya
entra en su terreno cuando recomienda la catequesis y reconoce la importancia
esencial de la escuela, cuya elección compete a los padres. La Iglesia debe
atender a la educación cristiana de los alumnos que se educan en escuelas no
católicas (el Decreto no dice cómo) y da normas para las escuelas y Universidades
católicas. Pide la creación de Facultades eclesiásticas, todo ello con sensatas
consideraciones que, he de decirlo una vez más, dependerán del celo de los
obispos y sacerdotes. Conozco sacerdotes que desarrollan una labor admirable de
pastoral universitaria. En el segundo libro me referiré al caso de un texto de
religión en el bachillerato, que contenía doctrinas claramente opuestas a la
enseñanza de la Iglesia; reclamé a mi obispo que no hizo el menor caso. Esta
Instrucción podría resumirse en cinco líneas. Creo que apenas ha servido para
nada y los Padres del Concilio, al expresar su disatisfacción, lo presentían.
La espantosa degradación de varias Universidades católicas después del
Concilio, que cayeron en manos del marxismo y otros enemigos, demuestra que el
recelo de los Padres conciliares ante la insuficiencia del documento era
profética.
Los debates
conciliares de la tercera sesión marchaban con relativa tranquilidad al
acercarse el final del tercer período cuando se desencadenó durante la última
semana, y por varios frentes, una tempestad en el aula que mereció a un
desesperado obispo progresista de Holanda el calificativo de «semana negra» o
«trágica» para la del cierre de esa sesión. Historiadores más objetivos como
Wiltgen y también la mayoría de los Padres del concilio responden no se debe
calificar así a esa semana, que registró un nuevo y feliz intento de equilibrio
por la intervención directa del Papa Pablo VI. Pero vayamos a los hechos.
La famosa
colegialidad aparecía y desaparecía en el Concilio como el monstruo del lago
Ness, cuya presencia había esperado inútilmente el cardenal Montini durante su
viaje a Escocia en su «Campaña electoral». Recordemos que la colegialidad, que
seguía discutiéndose para su inclusión como capítulo 3 en la Constitución
dogmática sobre la Iglesia, se puede interpretar de varias formas. La visión
conservadora consistía en que el colegio de los obispos no ejerce la potestad
suprema por derecho divino sino humano; ese poder supremo de derecho divino
corresponde al Papa solo. La interpretación opuesta, progresista extrema,
pensaba que la autoridad suprema de derecho divino sobre la Iglesia estaba en
el colegio de los obispos con el Papa, cabeza de todos. El supremo poder del
Papa se puede ejercer solamente como cabeza de ese
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colegio y en
su representación. La interpretación media, que seguía el Papa con muchos
obispos moderados, tanto progresistas como conservadores, era que el Papa
ejercía personalmente el supremo poder en la Iglesia así como el colegio de los
obispos en cuanto unido con el Papa. Es decir que el Papa, por derecho divino,
poseía el poder supremo y lo ejercía libremente. El poder supremo del colegio
episcopal no se podía ejercer libremente sino cuando el Papa convocase al
Colegio. El problema tampoco era una sutileza teológica; en cierto sentido
revivía las controversias conciliaristas de la Baja Edad Media, cuando algún
Concilio o parte de él pretendió que su poder era incluso más alto que el poder
del Papa, el cual debía someterse al Concilio.
Pablo VI,
como haría después en el grave problema, ya anticipado aquí, de la identidad
entre el Cristo de la Fe y el Cristo de la Historia y el de las relaciones
complementarias entre la Escritura y la Tradición como fuentes de fe, se traía
la lección muy bien aprendida desde mucho antes del Concilio y la profundizó
durante el Concilio en vista del encrespamiento que se advertía en los debates
sobre la colegialidad, a lo largo de la segunda sesión, como ya sabemos. El
arzobispo de Curia monseñor Staffa había estudiado también detenidamente el
problema y comunicó al Concilio que el esquema de la Iglesia, tal y como
llegaba a la tercera sesión, era tan ambiguo en este punto que de hecho privaba
al Papa de su poder supremo y le convertía en una especie de moderador para el
colegio episcopal. Al debatirse la cuestión en septiembre de 1964 el artículo
sobre la colegialidad, que llevaba el número 22, obtuvo 1624 votos afirmativos
(la Alianza del Rin y sus adheridos) 42 negativos y un número elevado, 542, de
aprobaciones iuxta modum que daban derecho a enmienda y presagiaban un
debate tremendo. Estos votos intermedios fueron reunidos por el Grupo
Internacional de Padres, el más activo de toda la oposición a la Alianza del
Rin. Los peritos de la subcomisión de colegialidad creada dentro de la Comisión
Teológica (entre los que figuraban los padres Rahner y Ratzinger y el español
Salaverri) trabajaron a fondo sobre las enmiendas; a estas alturas la Alianza,
escarmentada, ya no pretendía ejercer su anterior prepotencia sino demostrar la
flexibilidad suficiente para obtener consensos y no exponerse a nuevos
descalabros. El arzobispo Staffa tuvo noticia de que algunas enmiendas de su
grupo (el Internacional de Padres) habían ido al cesto de los papeles y se
quejó al Papa en amarga y razonada carta, de la que envió muchas copias al
Concilio por el procedimiento de la cadena, de doce en doce. En la carta de
Staffa se acusaba a la subcomisión de adoptar en el texto revisado la forma
extrema progresista de la colegialidad y de varias violaciones del reglamento.
Un influyente grupo de treinta Cardenales y varios superiores generales de
grandes Órdenes religiosas escribió casi a la vez al Papa en el mismo sentido.
Entonces uno los Padres promotores de la fórmula extrema cometió una grave
equivocación; explicó por escrito, reservadamente, cómo iban a interpretarse
después del Concilio los párrafos ambiguos y extremos sobre la colegialidad. En
Roma no se guarda ningún secreto y
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menos en el
aula conciliar; el malhadado escrito cayó en manos de la oposición y estaba
sobre la mesa del Papa en cuestión de horas. Pablo VI se sintió tan engañado
que sufrió un gravísimo disgusto y rompió a llorar. Pero no era hombre capaz de
ceder a una depresión por fuerte que viniera. Inmediatamente se dispuso a la
acción. El remedio resultaba muy difícil; el texto había sido ya aprobado por
la mayoría requerida y no cabía suprimirlo a mano airada. Pero era
evidentemente un texto ambiguo y el Papa tenía poder y derecho para corregir la
ambigüedad exigiendo la inclusión de una Nota Preliminar. Esto es lo que hizo.
El 10 de
noviembre de 1964 ordenó al Secretario de Estado que escribiese una carta al
cardenal Ottaviani, que estaba sudando tinta china como presidente de una
Comisión teológica de neta mayoría progresista y le dijera que la «Suprema
Autoridad», como se llamaba al Papa en el Concilio cuando intervenía en él,
exigía, para promulgar la Constitución debatida, que el artículo sobre la
colegialidad incluyera de forma expresa el consentimiento del Pontífice como
elemento esencial de la autoridad colegial. La carta incluía además otras
propuestas de cambio que permitirían a la Comisión Teológica la preparación de
una Nota Preliminar para despejar todas las ambigüedades. Las enmiendas del
Papa coincidían con otras muchas enviadas a la Comisión por numerosos Padres
del Concilio aunque la Comisión las había pasado por alto irregularmente. El 16
de noviembre, abiertamente, el secretario general del Concilio advirtió a los
Padres que la Nota Preliminar venía directamente de la Suprema Autoridad, y que
la Comisión había violado reglas importantes de procedimiento. El Papa no
pretendía hacer una definición dogmática sino ser aceptado como Suprema
Autoridad en la Iglesia. En consecuencia toda la doctrina del capítulo debía
interpretarse según lo indicado en la Nota Preliminar. En honor del Concilio
hay que reconocer que su acogida de semejante intervención pontificia,
auténtico golpe de timón en la barca de Pedro, fue ejemplar. El esquema, con
expresa inclusión de la Nota Preliminar, fue votado el 19 de noviembre de 1964
por 2134 votos favorables contra diez. La victoria del Papa y la ejemplar
respuesta del Concilio eran igualmente grandes. Ante hechos de este calibre al
autor de este libro se le hace mucho más fácil la fe en el Espíritu Santo. La
Constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, con nota
preliminar incluida, sólo tuvo en contra cinco votos en el escrutinio final del
21 de noviembre de 1964. Esa adición de votos favorables a la mayoría en las
votaciones finales tiene una explicación. Muchos de los Padres que habían
luchado hasta el fin por sus posiciones rendían su voto al de la mayoría del
Concilio como un reconocimiento a la acción del Espíritu sobre el Concilio y en
gesto de respeto para el conjunto de los representantes de la Iglesia. Con ello
daban un gran ejemplo de humildad y de unidad. Durante las grandes
controversias el Rin desembocaba en el Tíber pero cuando había hablado
inequívocamente la mayoría de la Iglesia el Rin, junto con el Tíber,
desembocaban en el Mare Nostrum.
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La Nota Preliminar y su aprobación fue el primer
elemento de la «Semana Trágica» de los ultraprogresistas. El segundo fue un
nuevo retraso en la aprobación del esquema sobre libertad religiosa, que casi
todos los Padres creían ya a punto. Pero el Grupo Internacional de Padres,
ahora vanguardia de la oposición conservadora inteligente, no lo creía así;
comunicó que el esquema refundido por la Comisión constituía un texto nuevo, no
simplemente reformado. El Consejo de Presidencia aceptó el retraso, y provocó con
ello casi una revolución de los Padres norteamericanos que no querían volverse
a su país sin la libertad religiosa aprobada. Elevaron entonces un dolorido
escrito al Papa, que no obtuvo respuesta. La libertad religiosa quedo
nuevamente sobre la mesa hasta la cuarta sesión.
La tercera
razón que justificaba para los progresistas el calificativo de «Semana negra»
para la final de la sesión tercera fue la decisión del Papa de otorgar un nuevo
período para inclusión de enmiendas al decreto sobre la unión de los
cristianos. Se habían presentado muchas enmiendas pero muy pocas fueron
adoptadas por la Secretaría para la promoción de la unidad entre los
cristianos. Entonces los Padres cuyas enmiendas habían sido rechazadas apelaron
al Papa de forma razonada. Pablo VI deseaba en tan delicado terreno una
votación prácticamente unánime y pidió al cardenal Bea un nuevo examen más
detenido de las enmiendas, de las que fueron aceptadas sólo diecinueve, lo que
no satisfizo ni a los conservadores ni a los progresistas, por lo que éstos se
sintieron nuevamente derrotados. Por eso los votos negativos fueron más que los
deseados por el Papa, 64, aunque en la votación final en presencia del Papa,
que se celebró el 21 de noviembre de 1964, los votos negativos se redujeron a
diez, una vez expresada la protesta de la víspera.
En el
decreto «Unitatis redintegratio»[45] se consideraba el restablecimiento de la unidad entre los cristianos
como «uno de los propósitos principales de este Concilio». Cristo instituyó una
única Iglesia. A lo largo de la Historia se han producido divisiones y
escisiones, a veces no sin culpa de la Iglesia romana. Quienes están bautizados
y creen en Cristo coinciden en una comunión imperfecta con la Iglesia y pueden
participar en la Escritura, la gracia y la fe. Los católicos deben reconocer
los bienes de las otras confesiones cristianas. La propia Iglesia católica debe
renovarse mediante la conversión interior. En el diálogo ecuménico la Iglesia,
los católicos y los teólogos no deben ceder en la verdad esencial. La Iglesia
católica admira en las Iglesias orientales separadas su verdadera jerarquía, su
verdadero sacerdocio, sus verdaderos sacramentos que hacen posible la
comunicación con ellas. Admira su devoción a la Eucaristía y a la Virgen María
y admite que puedan tener una disciplina diferente. Con las Iglesias separadas
en Occidente la Iglesia católica convivió más tiempo en plena comunión; aunque
la separan de ellas importantes diferencias doctrinales. Todas confiesan a
Cristo. Todas veneran a la Escritura. Hay problemas en los sacramentos, pero
también rasgos y huellas comunes, sobre las que debe iniciarse
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Este
documento sobre ecumenismo cristiano es admirable. Se plantea como una seria
posibilidad, no sólo como una teoría aunque por desgracia la separación es real
y la aproximación no ha salido aún de lo utópico. A veces el ecumenismo ha
desviado a algunos teólogos y ha coaccionado a la Iglesia en aspectos de
legítimo desarrollo doctrinal. Pero es un importante logro del Concilio.
En la mañana
del 21 de noviembre de 1964 Pablo VI clausuraba la tercera sesión del Concilio
en la basílica de San Pedro. Cuando pasó entre las blancas hileras de Padres
que le esperaban de pie junto a sus asientos en la nave central los
acontecimientos y preocupaciones de la Semana Negra silenciaron el habitual
aplauso. Era la Misa de la Virgen, concelebrada por los obispos de los veinte
principales santuarios marianos del mundo. Tuvieron después lugar las
votaciones finales de la sesión. El esquema de la Iglesia, con el polémico
capítulo tercero sobre la colegialidad, revalidó la victoria del Papa
convertida en victoria para toda la Iglesia: 2151 votos contra sólo cinco. Ya
hemos mencionado las otras dos votaciones, la del Decreto sobre las Iglesias
católicas orientales y el de Ecumenismo. La preocupación e incluso la
frustración de algunos Padres, ahogada en su obediencia y su lealtad de
pastores católicos, se demostró por aplausos prácticamente unánimes.
Entonces
tomó la palabra el Papa para cerrar la sesión y hablar de la Virgen. No le
bastaban las declaraciones de que María figuraba virtualmente en el esquema de
la Iglesia como Madre de la Iglesia y, dentro de otro párrafo, junto con otros
títulos devotos, como mediadora. Pablo VI no pretendía sólo declaraciones
formales sino plenas, inequívocas. Si el Concilio no había descrito a María,
expresa y formalmente, como Madre de la Iglesia, lo haría él. El cardenal
primado de Polonia, Wyszynski y los obispos de España, junto con otros muchos
Padres, habían aclamado a María, durante la sesión que terminaba, con ese
título. El Papa recordaba su Misa en el Calvario, en la basílica de la
Anunciación. El Grupo Internacional de Padres había encontrado la fórmula adecuada:
«Al final de la tercera sesión debe proclamarse a María como Madre de la
Iglesia por el Concilio, es decir por Vuestra Santidad como cabeza juntamente
con los Padres como miembros». Nadie había imaginado que iba a producirse en
honor de María la primera expresión decisiva de la colegialidad que acababa de
aprobarse como el Papa había deseado. Fue una gran sorpresa aunque no debería
serlo; el 18 de noviembre último el Papa había prometido al Concilio la
proclamación de María como Madre de la Iglesia. En su alocución final el Papa
recordaba este deseo de muchos Padres, y añadió:
Así,
por la gloria de la Virgen María y para nuestro propio consuelo, proclamamos a
la Santísima Virgen María como Madre de la Iglesia, es decir, de todo el Pueblo
de Dios, los fieles y los pastores, que la llaman la más amorosa madre, y
deseamos que desde ahora la Virgen sea honrada e invocada por todo el pueblo
cristiano por ese título[46].
Siete veces
habían interrumpido los Padres al Papa con grandes aplausos durante
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su discurso.
Había prometido la constitución del Sínodo de los Obispos, la remodelación de
la Curia romana, el envío de la Rosa de Oro a la Virgen de Fátima. La ovación
final tras la proclamación de María como Madre de la Iglesia fue apoteósica. El
Espíritu Santo había cambiado la frustración en desbordamiento de unidad.
Algunos teólogos progresistas, como el padre Schillebeeckx, defendieron al Papa
contra la prensa que le acusaba de ceder a la presión conservadora. Otro gran
teólogo, el perito del Concilio John Courtney Murray S.J. defendió en América
los motivos que habían impulsado al Papa a aceptar el retraso de la declaración
sobre libertad religiosa, que se aprobaría con toda seguridad en la sesión
siguiente. «Así que la Semana Negra —concluye Wiltgen— no fue tan negra después
de todo». Había terminado en una inundación de luz.
LA CUARTA SESIÓN Y EL BORRÓN ROJO
Había prisa
por terminar la tercera sesión del Concilio para que Pablo VI saliese el 2 de
diciembre hacia a la India, donde presidiría el Congreso eucarístico de Bombay.
Iba a demostrar en su segundo viaje el mismo sentido ecuménico que en el
primero, ahora frente a las muchedumbres de un gran país no cristiano, con sólo
cinco millones de católicos. Al llegar saludó a la manera india y junto al
vicepresidente de la nación recorrió los veinticuatro kilómetros entre el
aeropuerto y la ciudad en medio de las aclamaciones de la mayor multitud que
había visto en su vida y que había acudido espontáneamente a saludar al gran
sacerdote de Roma. No se le borraría en toda su vida la impresión de este
recibimiento, respetuoso y entusiasta, de esos millones de hindúes que le
cubrían de flores. Confesó luego a sus íntimos que había sentido la premonición
de una futura India cristiana, más sincera aún que el descreído Occidente. En
la enorme plaza ovalada de Bombay dirigió los cultos del Congreso eucarístico,
con el vigilante Marcinckus siempre a su lado. Citó en sus discursos textos de
Tagore y de los Upanishads pero ante una multitud de hindúes pobres se lanzó
también abiertamente a la evangelización para transmitirles el mensaje de
Cristo. Visitó barriadas y hospitales, acudió al santuario mariano más venerado
de la India. Se crecía en los grandes viajes, se olvidaba de su mala salud. Al
volver a Roma se sumergió de nuevo en sus grandes preocupaciones sobre el
Concilio, las divisiones surgidas entre los Padres que a duras penas había
logrado equilibrar, las noticias cada vez más alarmantes sobre crisis de fondo
en la Iglesia, crisis que aún no emergía, pero que había podido adivinar en
muchas opiniones conciliares. Los Padres conservadores preparaban activamente
su estrategia contra los miembros de la Alianza del Rin, muy decaídos por sus
últimas derrotas. Se acreditaban ante la Iglesia tradicional grandes líderes
como el arzobispo Lefevbre, el decidido monseñor Carli, el arzobispo brasileño
de Diamantina, monseñor Sigaud, impulsores del «Grupo Internacional de Padres»
y decididos a desencadenar por
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todos los
medios una contraofensiva para impedir la proliferación de lo que consideraban
novedades excesivas en los siete importantes esquemas que habían de debatirse
en la cuarta sesión, entre los que destacaban, como más polémicos, el de
libertad religiosa, el de la Revelación (cuyo desenlace, previa intervención
del Papa, ya conocemos) y el de la Iglesia en relación con el mundo moderno.
Hay abundantes testimonios sobre la angustia que oprimió casi continuamente a
Pablo VI durante el último período interconciliar. En los peores momentos
preveía que un Concilio dividido en cuestiones fundamentales se le podía
escapar de las manos, con incalculables consecuencias para la Iglesia. Por
medio de su secretario don Macchi pidió ayuda y consejo a sus amigos franceses
Jean Guitton y Jacques Maritain, que se había retirado a una comunidad
religiosa, los Hermanitos de Jesús, cerca de Toulouse y revisaba también, con
responsabilidad y angustia, su propia trayectoria vital con un fuerte impulso
interior de reducir su progresismo y frenar el desbocamiento de muchos miembros
de la Iglesia que parecían avanzar sin rumbo; estas meditaciones se concretarán
en su libro de 1966, que ya conocemos, Le Paysan de la Garonne y sin
duda influyeron en incrementar la angustia del Papa, que pasó, hasta el final
del Concilio, por varias épocas depresivas, algunas tan graves que como consta
en los papeles encontrados muchos años después, pedía a Dios la muerte para que
otro Papa pudiera encauzar al Concilio y a la Iglesia. Maritain y Guitton,
desde Francia y desde Roma, le enviaron varios borradores para mejorar los
documentos venideros (los que ya he citado) y como sugerencias para los
mensajes que Pablo VI quería preparar con tiempo para el final del Concilio.
Estaba decidido a que la cuarta sesión fuese ya la última, y que la clausura se
celebrase, como así fue, el 8 de diciembre de 1965. La crisis de la Iglesia se
manifestaba cada vez más en las inquietudes, en las creencias fundamentales, en
la rebeldía, todavía confusa, de sacerdotes, religiosos e incluso algunos
obispos —por la extrema derecha y la extrema izquierda— y se describía en
libros como el de Michel de Saint-Pierrre Los nuevos sacerdotes que
Pablo VI leyó por consejo de Maritain; el autor, como el gran periodista Jean
Madiran, se unieron a Maritain en su combate contra los excesos del progresismo.
Pero Pablo
VL a quien a veces se le escapaba la angustia incluso en sus discursos
públicos, podía sentir, como profundamente humano que era, la preocupación y la
depresión pero siempre encontraba, en la oración y en una profundización de su
piedad religiosa, la fuerza para mantener el cumplimiento de lo que, cuando
hablaba consigo mismo y con sus íntimos, llamaba «su misión». Sus dudas podían
llegar a ser abrumadoras pero nunca se convertían en bandazos; una vez tomadas
sus decisiones, las seguía hasta el fin, con energía sorprendente. Era el
encargado de fijar el rumbo de una barca, la de Pedro; pero era ella, no el
timonel, quien oscilaba en la tempestad. Desde el viaje a Bombay al fin del
Concilio sus decisiones fueron varias, pero casi siempre se orientaban en
dirección conservadora, o como él gustaba decir, «tradicional»; esa Tradición
que él conseguiría imponer a las dudas del Concilio, inequívocamente, como
fuente de fe. Nunca le falló la fe a Pablo VI. Todos los Papas
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del siglo XX
se han distinguido por su fe. Para su biografía se suele insistir en los
aspectos políticos pero todos esos Papas merecen una biografía espiritual. Es
más difícil y menos espectacular, pero más auténtico.
El 25 de
febrero Pablo VI celebró un consistorio para la creación de nuevos cardenales.
Se habían producido vacantes en el Concilio y el Papa viajero pretendía ampliar
más la universalidad de la Iglesia. Los nuevos purpurados eran veintitrés, con
lo que el Sacro Colegio llegó a los ciento tres miembros, la cifra más alta
hasta entonces. Entre ellos el anciano maestro del Papa y perito del Concilio,
padre Bevilacqua, el eclesiólogo amigo de Maritain, Journet, el fundador de las
Juventudes Obreras católicas en Bélgica, León José Cardijn, el arzobispo de
Argel Duval, que se había hecho argelino tras la independencia, su amigo y
sucesor en Milán, Giovanni Colombo, el francés Jean Villot, arzobispo de Lyon y
subsecretario del Concilio, los obispos mártires de la Iglesia del Silencio,
ahora refugiados en Roma, Slipyj de Ucrania y Beran de Praga, más tres
patriarcas católicos de Oriente. Con las debidas cautelas autorizó la
reanudación del trabajo apostólico de los sacerdotes obreros. A fines de abril
ofreció un nuevo homenaje a María con la encíclica Mense Maio seguida el
3 de septiembre por otra, Mysterium fidei en la que reafirmaba la
doctrina tradicional sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que
había sido un tema capital en el Concilio de Trento contra las desviaciones
protestantes y ahora se convertía de nuevo en problema sobre todo en la Iglesia
holandesa, que ya empezaba a dar los primeros signos de su descomposición y su
autodemolición. Volvía a estar claro que las reticencias de algunos sectores
conciliares sobre los títulos de la Virgen seguían clavadas en el alma de Pablo
VI, lo mismo que el inicuo compromiso de su predecesor para no debatir en el
Concilio el problema del comunismo. Tras aconsejarse de personas de su total
confianza, Pablo VI decidió mantener a todo trance ese compromiso; y suplir la
condena conciliar del comunismo mediante condenas pontificias. Ya lo había
hecho en la encíclica interconciliar Ecclesiam suam y ahora repetía la
condena en vísperas de abrir la cuarta sesión, durante un discurso en las
catacumbas de Santa Domitlia, que comparó con las actuales catacumbas de la
Iglesia del silencio. Atacó duramente a los obstáculos que el totalitarismo
marxista Imponía a la Iglesia en los países donde dominaba; la agencia soviética
Tass calificó este discurso como una provocación. Pero una y otra parte, el
Vaticano y la URSS, mantuvieron el pacto de Metz, cuyos últimos coletazos
caerían sobre las actas de1 concino como un borrón rojo.
La cuarta y
última sesión del Concilio Vaticano II se abrió el 14 de septiembre de 1965.
Por medio de la Secretaría de Estado el Papa había reprendido al Grupo
Internacional de Padres y le había ordenado que se disolviese; no quería
partidos ni corrientes organizadas dentro de la basílica de San Pedro. La
represión era injusta; el Papa conocía la actividad y la organización de la
Alianza del Rin y la de otros grupos de oposición; pero temía especialmente a
monseñores Lefebvre, Sigaud y Carli y trató de frenarles. El Grupo
Internacional acató la orden pero no la cumplió: renunció
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al nombre pero
siguió actuando porque además el reglamento conciliar se lo permitía.
Y todo el mundo continuó designándole de la
misma forma.
Los debates
de la sesión cuarta resultaron menos variopintos porque los cardenales trataban
de monopolizar la tribuna, y sólo dejaban el micrófono a los obispos a las
horas de menor asistencia. En el discurso de apertura, Pablo VI anunció la
creación de un Sínodo de los Obispos, de acuerdo con la colegialidad
establecida en la Constitución sobre la Iglesia. No se trataba de una
institución permanente sino intermitente y convocada a voluntad del Papa; una
asamblea consultiva, que en la práctica sería controlada férreamente por la
Curia y solamente ha ofrecido hasta hoy, aunque no siempre, sesiones
relativamente inocuas y aburridas. Pero era un avance y tras el anuncio el Papa
dio paso al primero de los grandes debates de la última sesión, el de la
libertad religiosa. Durante las semanas anteriores Jacques Maritain había
estado en Roma para entregar al Papa sus últimas sugerencias sobre un problema
tan delicado, que los Padres norteamericanos, bien orientados por su teólogo el
jesuita John Courtney Murray, estaban decididos a solucionar dentro del campo
de los derechos humanos, no de la simple «tolerancia hacia el error» como
querían los conservadores.
Los días 26
y 27 de octubre los moderadores, por orden del Papa, abrieron las urnas para
que el Concilio decidiera si la cuarta versión del esquema, que agradaba a la
mayoría, debería tomarse ya como base para la discusión final. El voto
afirmativo fue abrumador, 1997 votos contra 224; y aunque se propusieron
numerosas enmiendas, los servicios de prensa del Vaticano presentaron
hábilmente este resultado, que aún no era definitivo, como una victoria de la
libertad, lo cual tampoco era falso; con lo que el Papa pudo viajar con mayor
tranquilidad a Nueva York el 4 de octubre para visitar a las Naciones Unidas
por invitación de su secretario general U Thant y dirigirse a la Asamblea
General en un discurso famoso, que fue recibído con respeto y grandes ovaciones,
en coincidencia con la acogida triunfal de la ciudad de Nueva York, donde el
Papa fue acompañado por el cardenal Spellman. El Papa elogió a la ONU como
único camino para la paz mundial y el establecimiento de los derechos humanos,
a los que trató de hacer compatibles con el sentido espiritual de la vida.
Pidió a la ONU que admitiera a nuevos países y todo el mundo entendió que se
refería a la China comunista. Clamó contra la guerra, saludó personalmente a
infinidad de delegados pero las cámaras se concentraron en su breve y cordial
encuentro con el perenne ministro soviético de Asuntos Exteriores, Gromyko.
Rubricó su éxito en la capital del mundo con una misa multitudinaria en el
Yankee Stadium y recibió, cuando volvió a la basílica de San Pedro, una ovación
no menos entusiasta.
El 17 de
noviembre se distribuyó en el Concilio la sexta versión del esquema sobre
libertad religiosa. Pese a la oposición cerrada de los conservadores la
votación consiguió ya la mayoría afirmativa de dos tercios requerida para
considerarla como definitiva. El padre Murray insistió en convencer a los
conservadores de que la
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libertad
religiosa debía aceptarse hoy como un derecho humano, no como una simple
actitud tolerante de la Iglesia. El Papa estaba de acuerdo con esa tesis, que
por supuesto contradecía de plano a los anatemas del Syllabus pero, sin
negar lo esencial, coincidía con lo que ahora pensaba lo mejor de la Humanidad.
La votación final demostró que el padre Murray y el apoyo del Papa,
convenientemente filtrado, habían convencido a muchos Padres aunque aún
quedaron setenta obstinados para oponerse al esquema, que fue aprobado por fin
el 7 de diciembre de 1965, víspera de la clausura del Concilio, con 2308 votos
favorables, entre una cerrada ovación. Uno de los problemas más enrevesados del
Concilio se había resuelto en sentido sanamente renovador.
Junto al
gravísimo asunto de las fuentes de la Revelación, que necesitó, como ya
sabemos, la decidida y enérgica intervención del Papa y desembocó también en la
aprobación de la Constitución dogmática Dei Verbum el 28 de noviembre de
1965, con sólo seis votos en contra, el texto más complicado de la sesión
cuarta fue, sin duda, la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo de hoy. Todos los Padres del Concilio y todos los
cristianos de la época habíamos aprendido en el Catecismo, con visión muy
pesimista, que el Mundo era «uno de los tres enemigos del hombre» y cuando el
catecismo preguntaba qué era el mundo, respondíamos unánimemente: «Los hombres
mundanos, malos y perversos». Pablo VI y el Concilio quisieron dar un giro
radical, optimista, a esta visión del mundo, analizar sus elementos positivos,
acompasarlos y hacerlos compatibles con el mensaje y la espiritualidad de la
Iglesia. Este propósito era admirable pero exigía un tratamiento enciclopédico,
del que resultó un documento muy extenso que necesariamente no podía ser
demasiado concreto en sus innumerables enfoques. Creo sin embargo que lo
importante en este documento es más su actitud —su cambio radical y positivo de
actitud— que su contenido.
Un conjunto
de Padres, peritos, asesores y auditores seglares, entre ellos varias señoras,
sometieron el esquema, que parecía un cajón de sastre, a una nueva revisión en
Ariccia, cerca de Roma, al empezar el año 1965. La preparación del esquema
dependía de una comisión conjunta entre la teológica y la del apostolado de los
seglares; el texto de Ariccia se revisó de nuevo y fue aprobado en principio
por el Papa a fines de Mayo, durante el período interconciliar. El debate
conciliar fue muy variado y bastante inconexo, debido a la complejidad del
mismo texto. El viaje triunfal del Papa a Nueva York, que ya estaba poniendo en
práctica la teoría sobre la relación de la Iglesia y el mundo moderno —en su
más alta y universal representación— acrecentó notablemente el prestigio del
Papa en el Concilio.
Comisiones y
peritos seguían trabajando en el documento sobre la Iglesia en el mundo de hoy
cuando el Concilio, dirigido con gran maestría por el secretario general
Pericle Felici, que se superó a sí mismo en la cuarta sesión, introdujo de
nuevo el documento sobre las Misiones, durante cuya discusión anterior había
sufrido tan resonante derrota, como sabemos, la Alianza del Rin. Para redactar
un nuevo
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esquema se
había creado una subcomisión orientada por dos peritos de primera línea; el
padre Yves Congar, O.P. y el padre Joseph Ratzinger, dos futuros cardenales de
la Iglesia. El propio Papa contribuyó con un comentario personal escrito que
fue incorporado al nuevo texto; había experimentado en sus viajes la
experiencia personal de la evangelización y deseaba comunicarla sin imponerla.
Esta vez la Alianza del Rin había escarmentado y actuó de forma cooperativa y
no exclusiva. El decreto sobre las Misiones, Ad gentes divinitus fue
definitivamente aprobado el 7 de diciembre de 1965, víspera de la clausura del
Concilio, por la votación más alta y favorable de todos los documentos.
Establecía que la misión de predicar el evangelio a todas las gentes había sido
comunicada a la Iglesia por el mismo Cristo. El objetivo de las Misiones es
fundar nuevas Iglesias autóctonas. Es necesario que todos los hombres se
conviertan a Cristo y se incorporen a la Iglesia. Dios puede conducir a la fe,
por vías ignoradas, a los hombres que sin culpa ignoren a la Iglesia pero ésta
debe evangelizar a todos los hombres. En el decreto no se alude al diálogo con
otras religiones sino a la evangelización. La teoría de los «cristianos
anónimos» del padre Rahner, que hacía inútiles a las Misiones católicas
quedaba, sin necesidad de aludir a ella, completamente descartada por el
Concilio[47].
Le llegaba
el turno al debate sobre el oficio pastoral de los obispos en la Iglesia. Se
había presentado ya en la tercera sesión un documento hecho por obispos en que
se atribuía al obispo una autoridad omnímoda en su diócesis, que le otorgaba,
por ejemplo, el control virtual de los colegios católicos dirigidos por
religiosos. Este fue el único punto grave de discrepancia en todo el esquema,
que provocó la oposición en tromba de los religiosos y el retraso de la
discusión final sobre el esquema de los obispos hasta la cuarta sesión del
Concilio. La comisión introdujo entonces un reconocimiento de la autonomía de
que gozaban los colegios para su régimen interno, atendió otras objeciones de
los religiosos y consiguió sin más problemas que el decreto Christus Dominus,
sobre el oficio pastoral de los obispos, quedase aprobado el 28 de octubre de
1965 con sólo dos votos negativos. En el decreto se incorpora el colegio o
cuerpo episcopal y se dispone la renovación e internacionalización de la Curia
romana. El decreto reclama la supresión de los privilegios que algunos
gobernantes aún conservan acerca del nombramiento de los obispos y
«humanísimamente» pide a esos gobernantes la renuncia a tales privilegios. El
decreto establece la constitución y competencias de las Conferencias
episcopales[48].
El Concilio
había dejado claro que no tenía la menor intención de tratar del celibato
propio de los sacerdotes; consideraba que la doctrina estaba perfectamente
establecida en el rito latino de la Iglesia católica (el matrimonio de los
sacerdotes se permitía en los ritos católicos orientales) y no había previsto
documento alguno sobre el caso. Sin embargo no debe olvidarse el enorme influjo
que los medios de comunicación, sobre todo la prensa, ejercieron ante el
Concilio; sobre todo la prensa de Italia, que tomó al Concilio como cosa propia
y difundía toda clase de informaciones, deformaciones y rumores. Muchos padres
leían también la prensa
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francesa y
los Padres de cada nación la prensa de sus países. Pues bien, la prensa de
Italia y de Francia dieron por seguro, insistentemente, que el Concilio iba a
permitir con ciertas condiciones el matrimonio de los sacerdotes en Occidente;
entre otras cosas para paliar el creciente número de deserciones. Era cierto
que el celibato nunca fue de derecho divino y no estaba en vigor en los
primeros siglos del cristianismo.
De momento
fueron las Conferencias episcopales europeas quienes reaccionaron más
enérgicamente, con varias declaraciones, sobre la necesidad de mantener
íntegramente el celibato. En octubre de 1964 el diario del Vaticano insertó una
declaración en el mismo sentido, con inequívocas señales de inspiración papal.
En vista de todo ello, y ante la presión de la prensa, la dirección del
Concilio decidió tratar el problema del celibato en el decreto sobre los
sacerdotes, que tomaba la forma abreviada de conjunto de proposiciones. Algunos
obispos de Iberoamérica sugerían la posibilidad de ordenar a hombres casados,
por la escasez de clero. Había además precedentes de los tres últimos Papas,
incluido el actual, que permitieron la conversión de pastores protestantes
casados y su actuación como sacerdotes de forma compatible con el matrimonio.
El 11 de octubre de 1965 fue leída ante el Concilio una carta del Papa en la
que recomendaba que no se debatiese el problema del celibato porque en todo
caso él estaba decidido a no permitir en ningún caso con carácter general el
matrimonio de los sacerdotes; los Padres rubricaron la carta con una gran
ovación. De acuerdo con los deseos del Papa no se debatió el celibato pero se
aceptaron en comisión votos particulares que le matizaban y reforzaban. En el
decreto quedaba confirmado plenamente el celibato de los sacerdotes, asumido
libremente con su vocación por motivos espirituales y para la mejor dedicación
a los demás. El celibato era un don y no una carga. En la sesión del 7 de diciembre
de 1965, ante el Papa, el decreto Presbyterorum ordinis mereció la
masiva aprobación de 2390 votos frente a sólo cuatro[49].
Una vez
descritos estos importantes problemas, volvamos al estudio del último gran
texto conciliar que nos falta completar, el que se refiere a la Iglesia en el
mundo moderno, que ya hemos presentado de forma general. La Constitución
pastoral Gaudium et spes, aprobada al final del Concilio después de
prolijos debates y votaciones, recoge por dos veces la idea que hemos
elegido para el título y el hilo conductor a veces oculto, a veces expreso,
pero siempre presente en este libro; el combate entre la Luz y el Poder de las
Tinieblas. En el Pórtico de este libro tiene el lector los textos
correspondientes, que dicen mucho en favor de la valentía de los Padres
conciliares cuando los incorporaron, con casi completa unanimidad y tomándolos
de la Sagrada Escritura, al más «moderno» de los documentos conciliares; como
queriendo indicar, según había repetido varias veces el Papa antes de la cuarta
sesión, que los intentos de la Iglesia para aproximarse a una sana modernidad
no significaban en modo alguno la renuncia a sus propios principios
fundamentales ni a su oposición abierta contra las fuerzas del Mal que han
operado y seguirán operando en la historia humana. Reconozco que este gesto de
valor me ha
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hecho
siempre considerar con simpatía esta difícil y complejísima Constitución
Pastoral. Con la excepción lamentable del borrón rojo.
La Iglesia,
dice la Constitución pastoral, debe escrutar a fondo «los signos de los
tiempos» es decir, «conocer y comprender al mundo en que vivimos». La Iglesia
es consciente de que el mundo de hoy «Se halla en metamorfosis social y
cultural». No por ello el documento prescinde de las referencias espirituales y
eclesiales, a las que acude constantemente. Rechaza las escandalosas
desigualdades económicas y sociales entre los hombres. Reconoce la gran idea de
Maritain, «la justa autonomía de la realidad terrena». La Iglesia espera lograr
una Tierra Nueva, una vida eterna tras este mundo, pero no por ello renuncia a
mejorar la tierra actual en que vivimos. El progreso humano interesa al reino
de Dios. Proclama la dignidad del matrimonio y de la familia y rechaza la
poligamia, la epidemia del divorcio, el amor libre y otras deformaciones.
Aprueba el amor humano profundo en el matrimonio, que supera por todas partes
al mero erotismo. Pero el matrimonio está también ordenado como fin primordial
a la procreación y educación de los hijos; a esta solución de equilibrio se
había llegado en el Concilio entre quienes defendían la primacía del amor y la
de la procreación como fin único y fundamental del matrimonio. Unanimidad total
en la reprobación del aborto y el infanticidio; y cierta vaguedad en el
problema del control de la natalidad ante el fenómeno, tampoco bien
profundizado en el documento, de la superpoblación.
La
Constitución pastoral es una Carta Magna de la Cultura en relación con la
Iglesia, que acepta de lleno la cultura moderna, reconoce la creciente
importancia y progreso de las Ciencias, la compatibilidad completa entre la
cultura y la fe. Habla del libro y del arte. Establece después los principios
humanos del desarrollo económico y social; vuelve a las desigualdades injustas
en la distribución de la riqueza, en la posesión de latifundios mal cultivados
con detrimento de los pobres. Pero recalca la necesidad de la propiedad
privada.
Reclama el
derecho de la Iglesia a opinar sobre la comunidad política, dentro de las
líneas que había marcado Juan XXIII. El orden jurídico centrado en la persona
debe reconocer los derechos humanos y los derechos políticos; la participación
en la vida política y en el gobierno, mediante elección de los gobernantes.
Rechaza expresamente «las formas totalitarias y las formas dictatoriales».
La
Constitución pastoral se opone a la guerra, sobre todo a la guerra total. No
exige la prohibición absoluta de la guerra pero la desea por medio del
establecimiento de una autoridad pública universal.
La
Constitución Gaudium et spes —importantísima, y que hoy conserva toda su
vigencia— fue aprobada en la sesión final del Concilio, el 7 de diciembre de
1965, por 2309 votos, 75 en contra y dos nulos. Con eso cerramos el análisis de
los debates y los documentos conciliares. Pero obraríamos contra nuestra
conciencia si no habláramos del borrón rojo que tanto dañó a los grandes logros
y tanto fomentó, secretamente, las grandes incertidumbres del Concilio Vaticano
II.
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En la Constitución pastoral Gaudium et spes
hay, como acabamos de ver, una condena expresa al totalitarismo y una defensa
clara de la democracia. Hay también una referencia a Cristo como el Hombre
Nuevo, que era precisamente el término enarbolado entonces por el comunismo y
por la URSS para expresar su ideal humano, materialista y ateo, aunque nunca
explicaban que se trataba en realidad del Hombre Nuevo definido por George
Orwell. Reclamar para Cristo el calificativo de Hombre Nuevo no cayó, sin duda,
bien en Moscú; pero lo que preocupaba realmente en Moscú durante todo el
Concilio es que la Santa Sede cumpliera el Pacto de Metz concertado en 1962
entre Juan XXIII y Kruschef, por el que el Papa se comprometía a que el
Concilio no sólo no condenaría al comunismo sino que el comunismo no se
debatiría siquiera en el Concilio.
Pablo VI
había condenado al comunismo, expresamente, cuando era arzobispo de Milán.
Volvió a condenarlo en la encíclica Ecclesiam suam, dada en 1963,
durante el primer período interconciliar. Reiteró la condena, acabamos de
verlo, en su alocución en las catacumbas de Santa Domitila en vísperas de la
cuarta sesión. Creó cardenales, también lo sabemos, a dos Obispos de la Iglesia
del Silencio tras acogerlos en Roma. Su posición como Pontífice estaba
perfectamente clara. Pero en los documentos del Concilio no figura ni una sola
vez la palabra «comunismo» ni se condena expresamente al comunismo.
Implícitamente, indirectamente, sí. Pero una gran parte de la Iglesia no se
contentaba con eso. Dos años antes de la clausura del Concilio, ya lo sabemos,
más de doscientos Padres habían formulado una petición para que se debatiera y
condenara al comunismo en el Concilio. Habían entregado reglamentariamente su
petición. Cuando iba a terminar la cuarta sesión del Concilio no habían
recibído respuesta alguna.
En la
Constitución Gaudium et spes, sobre la Iglesia y el mundo moderno, la
Iglesia no podía ignorar la presencia y la acción avasalladora del comunismo en
el mundo moderno. El comunismo dominaba en medio mundo moderno; el bloque
compacto del marxismo-leninismo en la URSS, China y los países satélites de
Europa; la acción subversiva del comunismo en muchos países del tercer Mundo,
que en varios casos caerían en su órbita; la plaza de armas del comunismo en
Cuba, desde 1949, para la invasión de las Américas. La Santa Sede poseía
información abundante sobre todos estos datos. Pero la palabra «comunismo» no
había aparecido en documento conciliar alguno a fines de 1965.
La
Constitución Pastoral habló del ateísmo. Es este ateísmo uno de los
fenómenos más graves de nuestro tiempo.… Pero además del ateísmo individual
la
Constitución se refiere al
«ateísmo sistemático». Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse
la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación económica
y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es
un obstáculo para esa liberación, porque, al orientar al espíritu humano hacia
una vida futura ilusoria, apartará al hombre del esfuerzo por levantar la
ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina
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logran
alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión,
difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos
los medios de presión que tiene a su alcance el poder público.
La
Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con
dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas
doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana
y universal y privan al hombre de su innata grandeza.
Estos
párrafos aparecen en el número 21 de la Constitución Pastoral, y al término de
esas palabras una nota número 16 remite a varios documentos pontificios de Pío
XI, Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Pero la palabra «Comunismo» no aparece en
la Gaudium et spes tampoco. No aparece, por tanto, en documento
conciliar alguno. Pablo VI había cumplido cabalmente, como Juan XXIII,
el pacto de Metz. Con ello es responsable, junto a Juan XXIII, de haber
arrojado sobre los hermosos documentos conciliares un terrible borrón rojo.
Vamos a ver cómo lo hizo. El historiador Wiltgen era el periodista mejor
informado de Roma. Se preocupó directísimamente por este problema. Su informe
final es perfecto, documentado y sobrecogedor. Voy a seguirle puntualmente[50], aunque no me limitaré a copiarle.
Durante la
tercera sesión, en octubre de 1964, entró en debate el tema del ateísmo dentro
de la Constitución pastoral. El arzobispo Yu Pin, de Nankin, China, exigió en
dos intervenciones, y en nombre de setenta Padres, que se añadiera un capítulo
nuevo sobre el comunismo ateo. Recuerdo muy de lejos al cardenal chino; un
prelado de gran estatura y voz modulada que podía resonar como un trueno. Venía
de su patria, donde había experimentado las bondades del comunismo. Sus dos
discursos causaron una gran impresión; por fin la palabra «comunismo» sonaba en
la basílica de San Pedro, aunque, como veremos, sin efecto alguno. «El Concilio
—afirmaba— no puede acabar sin que hablemos del comunismo, porque es uno de los
fenómenos más grandes, más evidentes y más desgraciados de nuestro tiempo».
Todo el mundo, insistía, espera nuestra respuesta «especialmente los pueblos
que gimen bajo el yugo del comunismo y se ven obligados a sufrir dolores
indescriptibles injustamente». Se levantó entonces un cardenal de la Iglesia
del Silencio, monseñor Beran, arzobispo de Praga, y sobrecogió al aula
conciliar con la lectura de un diario checo en que se afirmaba con jactancia
que «el comunismo ha tenido éxito al infiltrarse en todas las Comisiones del
Concilio».
No sé si en
todas las Comisiones pero sí, como vamos a ver, en los engranajes más delicados
de la Secretaría General del Concilio y en la Comisión conjunta que preparaba
la Constitución Gaudium et spes y por supuesto en la sala de Prensa,
desde que, como había denunciado el cardenal de Varsovia en el famoso documento
de 1963 que conocemos, el fundador del movimiento polaco PAX en colaboración
con la KGB, Piasecki, fue encargado de la infiltración en el Concilio y de la
manipulación de las noticias sobre el Concilio. El lector recuerda ya varios
puntos importantes sobre cómo se realizó la infiltración de PAX en el Concilio,
según los informes
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Wyszynski y
«Summa» que ahora reconocían hasta los propios diarios del bloque comunista[51].
Ahora Wiltgen, testigo inmediato, nos confirma esos informes con datos
realmente estremecedores.
El 14 de
septiembre de 1965, cuando se abría la cuarta sesión, a menos de dos meses del
final del Concilio, los Padres recibían de la Comisión una revisión de los
párrafos sobre el ateísmo contenidos en el esquema de la Gaudium et spes
que volvía a omitir cualquier referencia al comunismo. Pero conviene decir que
centenares de Padres salvaron el honor del Concilio al intentar una y otra vez
la condena expresa del comunismo en el documento. Con fecha 29 de septiembre
una carta firmada por 25 Padres exigía el tratamiento del problema para evitar
que el silencio del Concilio en caso tan grave «Se convirtiera en una
desaprobación de cuanto los Papas y el Santo Oficio habían dictaminado ya sobre
el problema… nuestro silencio sobre el comunismo será tomado por cobardía
frente al comunismo». Pero el Concilio callaba y nada respondía. Entonces el
arzobispo brasileño Signaud, autor de esa carta, había firmado también la
propuesta de moción, redactada por el Grupo Internacional de Padres el 29 de
octubre, con cuatrocientas cincuenta firmas. El padre Wiltgen oublicó la
noticia en el boletín de su agencia informativa y tres de los grandes diarios
romanos la reprodujeron en primera página. Pero el Concilio callaba y nada
respondía. La Comisión conjunta que reelaboraba el texto distribuyó a los
Padres una nueva versión el 13 de noviembre, a menos de un mes del final del
Concilio, y tampoco hacía mención alguna del comunismo. La moción de los 450
Padres no tuvo el menor eco en el informe de la Comisión, aunque ya había sido
oficialmente entregada en la Secretaría del Concilio. En vista de ello uno de
los firmantes, el obispo Carli, envió una carta de protesta al Consejo de
Presidencia y a todas las autoridades conciliares denunciando la violación de
las normas de la asamblea. El cardenal Tisserant, presidente del Consejo de
cardenales que presidía el Concilio, ordenó abrir una investigación. Entonces
el Grupo Internacional de Padres reprodujo la misma moción en una nueva forma
jurídica, una enmienda al voto cualificado, que fue entregada durante la
votación del lunes 15 de noviembre, pero más de quinientos Padres habían pasado
alegremente el fin de semana en Florencia, invitados por la ciudad para los
actos del centenario de Dante y a la vuelta los promotores de la moción supieron
que por lo visto se había perdido, por lo que antes de acabar la votación
entregaron la enmienda —idéntica— legalmente y dentro de plazo, es decir en
tiempo y forma.
Al terminar
la votación el portavoz de la Comisión Conjunta, el jesuita filocomunista
Roberto Tucci, que era perito de la Comisión, fue acosado a preguntas por los
periodistas italianos que exigían información sobre lo que había sucedido con
la moción anticomunista de los 450 Padres. El padre Tucci respondió
decididamente que no le constaba la presentación de tal moción ni ante la
Comisión Conjunta ni ante sus peritos. «No hay intriga alguna —añadió—. Tal vez
la moción ha sido detenida en alguna luz roja durante el camino y se ha
parado». Era el mayor acto de cinismo
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jamás
proferido en un Concilio ecuménico. A las 24 horas esta noticia aparecía en
primera página de los periódicos más importantes gracias a un boletín urgente
del padre Wiltgen. Hasta el diario comunista Unitá la reprodujo. El
mismo 16 de noviembre «Helvetius» informó en Il Tempo que un prelado de
la Comisión conjunta afirmaba que la moción anticomunista había llegado, pero
tarde; se confirmaba la versión del padre Tucci. Pero al día siguiente, 17 de
noviembre, el arzobispo Sigaud declaraba a la prensa que él en persona y el arzobispo
Lefebvre habían entregado la moción con sus firmas en el Secretariado General
del Concilio a mediodía del 9 de octubre, dentro de plazo.
El 18 de
noviembre Il Tempo proporcionaba una nueva sorpresa. Informaba que la
Secretaría General había dado entrada a la moción firmada en el día 9 de
octubre, sábado, y lo había comunicado por teléfono a la Comisión conjunta,
pero se retuvo en la Secretaría hasta el lunes 11, para convalidar las
numerosas firmas. La responsabilidad, por tanto, recaía en la Comisión conjunta
y el padre Tucci había mentido al afirmar que el documento había llegado tarde.
Poco a poco
se descubría el pastel, el pastel rojo de los comunistas infiltrados en los
órganos del Concilio. El cardenal Tisserant había terminado ya su investigación
y llevó los resultados ante el Papa. El padre Wiltgen, a través de cuatro
fuentes distintas, averiguó que la persona que había retenido la moción sin
hacérsela llegar a la Comisión Conjunta había sido el propio secretario de la
Comisión, monseñor Achille Glorieux, de Lille, que acumulaba media docena de
cargos en el Vaticano, había sido redactor de L’Osservatore Romano y
desempeñaba también la secretaría de la Comisión para el apostolado de los
seglares. El 23 de noviembre el servicio de noticias del padre Wiltgen comunicó
en su boletín el papel turbio que había desempeñado monseñor Glorieux y lo
entregó personalmente a los periodistas en la sala de Prensa del Vaticano. La
noticia se difundió como la pólvora y llegó inmediatamente al Papa. Esa misma
tarde a las cinco Pablo VI recibía al Consejo Episcopal Latino Americano
(CELAM) en su décimo aniversario y les pidió vigilancia contra el ateísmo
marxista, en esos términos. Le describió como una peligrosa fuerza de
infiltración en Iberoamérica y afirmó que tal doctrina consideraba la
«revolución violenta» como único medio para resolver los problemas económicos y
sociales. El 24 de noviembre las primeras páginas de la prensa coincidían en
que la «luz roja» denunciada por el padre Tucci para detener la moción
anticomunista era el monseñor francés citado y al ver los periódicos el Papa
envió una orden a la Comisión Conjunta para que incluyera en el documento sobre
la Iglesia y el mundo moderno una nota a pie de página, la que hemos citado con
su número 16 después de los párrafos sobre el ateísmo, que se modificaban para
quedar como los hemos reproducido en su momento. Alarmado por el tremendo
escándalo y por el descrédito del Concilio, el Papa ordenó que la Comisión
Conjunta, en su preceptivo informe sobre el texto definitivo, añadiese que los
cambios y la nota «Se habían introducido para aludir a las condenas contra el
comunismo y el marxismo hechas por los Sumos
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Pontífices».
El comunismo apareció al fin en un informe de la Comisión Conjunta; pero siguió
sin figurar expresamente en el documento conciliar y sin debatirse en el aula.
Al leer el informe de la Comisión ante el Concilio el arzobispo Garrone
reconoció la negligencia de la Comisión, ya que «la moción sobre el comunismo
había llegado a las oficinas de nuestra comisión en tiempo y forma, pero no
había sido examinada porque sin intención de nadie no se había comunicado a los
miembros de la Comisión». Había mentido el padre Tucci, había mentido el
secretariado de la Comisión y ahora mentía el arzobispo Garrone. Como se
suscitaron algunas dudas sobre el número total de firmas que llevaba el
malhadado documento, el arzobispo Sigaud acudió al archivo del Concilio para
comprobar ese número; pero el jefe del archivo le respondió que el documento
original no podía facilitarse todavía y que la cifra de 297 firmas comunicada
por el arzobispo Garrone debería considerarse oficial. El archivero y el
arzobispo mentían, éste por segunda vez.
La
indignación de la prensa anticomunista y de los Padres conciliares superó todo
lo imaginable. El 3 de diciembre el Grupo Internacional de Padres envió una
carta a ochocientos miembros del Concilio contra el capítulo del esquema que
trataba del comunismo y recomendaba el voto negativo al conjunto del esquema.
Pero la inclusión de la nota ordenada por Pablo VI redujo los votos negativos a
131 para ese capítulo. Al final la Constitución Pastoral se aprobó con 75 votos
negativos. Pero la Gaudium et Spes ha pasado a la historia verdadera, y
casi nunca contada, del Concilio con su desgraciado borrón rojo. El
Pacto de Metz se había cumplido bajo la responsabilidad de una Comisión
conciliar, de unos funcionarios tramposos e infiltrados y sobre todo, por la
reprobable e insuficiente decisión del Papa Pablo VI. Lamento profundamente
cumplir con mi deber de decir la verdad.
El 7 de
diciembre de 1965 todo estaba consumado. El Papa presidió la sesión final de
trabajo, con los resultados que ya conocemos. Todos los esquemas habían llegado
a su final. El Papa se había despedido ya de los observadores de las demás
confesiones cristianas en una emotiva ceremonia ecuménica. Observadores y
Padres recibieron sencillos regalos y diplomas de despedida y gratitud. Se
publicó en el diario del Vaticano el anhelado decreto para la reorganización de
la Curia: la noticia bomba consistía en que la Congregación del Santo Oficio
cambiaba de nombre, se llamaría Congregación para la Doctrina de la Fe y
suprimía el aborrecido Índice de Libros Prohibídos. Pero el cardenal Alfredo
Ottaviani seguía al frente del dicasterio. La gran ceremonia pública de
clausura se celebró en la Plaza de San Pedro en la mañana del8 de diciembre de
1965. El Papa leyó el primer mensaje de los varios que cerraban el Concilio.
Ahora los grandes personajes del Concilio, dotados de fama mundial por la
prensa mundial, rodeaban al Papa. Los cuatro moderadores, sobre todo el
cardenal Suenens, recibieron, como el secretario general del Concilio, Pericle
Felici, el reconocimiento general por su trabajo. Dos grandes teólogos habían
saltado a la fama, el jesuita Rahner y su discípulo el padre Joseph Ratzinger.
Para muchos habían actuado al servicio de la Alianza del Rin y del Concilio con
perfecta armonía
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pero
Ratzinger, muy poco después, reveló las discrepancias que habían surgido entre
los dos, y manifestó su temor de que en el futuro se harían aún mayores. El
cardenal Ottaviani había cumplido con la misión que de él se esperaba, actuar
como perro de presa y guardián de la fe, aunque naturalmente la Comisión
Teológica que presidía le quitó casi siempre la razón. Había sufrido una
humillación espantosa en su primera intervención con el campanillazo del
cardenal Alfrink, pero al final recibió un aplauso clamoroso cuando pronunció
un discurso sobre la futura República Universal de la humanidad, la gran utopía
que Pablo VI había insinuado también ante las Naciones Unidas y se incluyó como
un sueño en la Gaudium et Spes. Todo el mundo reconocía también la
sobresaliente actuación del cardenal de Colonia, Frings, entre los líderes del
Concilio.
El arzobispo
Felici leyó el decreto papal de clausura. Se levantó el Papa, con alegría y
preocupación. Había declarado, ante la gravedad de las crisis mundiales, que al
menos la Iglesia no estaba en crisis. Pero ya durante los años del Concilio esa
crisis empezaba a demostrar que sí existía; y que la Iglesia estaba minada. La
doble infiltración del comunismo ateo y de la Modernidad secularizadora se
estaban abatiendo ya, con terrible oleaje, contra la basílica de Pedro, contra
la nave de Pedro, cuando al clausurarse el Concilio sonaban todas las campanas
de San Pedro, seguidas por todas las de Roma. Nadie podía imaginar entonces el
papel futuro del padre Ratzinger, los efectos de la enseñanza del padre Rahner
entre los miembros jóvenes de su Orden, el hundimiento de muchos Institutos
religiosos, la deserción del más importante de todos ellos, la Compañía de
Jesús. El Papa había advertido a los obispos del CELAM sobre la amenaza de esa
falsa liberación marxista de la que hablaba proféticamente, aun sin citar al
marxismo, la Gaudium et Spes, junto a su doble cita de las Puertas del
Infierno. Nadie podía imaginar que otros dos futuros Papas, Juan Pablo I y Juan
Pablo II, el véneto y el polaco, habían pasado silenciosamente por el aula
conciliar. Nadie sospechaba que el arzobispo Lefebvre, uno de los prelados más
fieles a la Iglesia y a la Tradición, moriría cismático y excomulgado por un
futuro Papa que le admiraba y había intentado todo por evitar un final tan
trágico. Nade pronosticaba —le hubieran tildado de retrógrado— que la
Revolución violenta y comunista de la que había advertido Pablo VI a los
obispos de América iba muy pronto a saltar sobre América desde la plataforma
del comunismo en Cuba. En buena parte por culpa del borrón rojo con que se
manchaba hasta el corazón de la Iglesia el último documento del Concilio
Vaticano II.
LAS INTERPRETACIONES POLÉMICAS DEL CONCILIO
He procurado
presentar, en los anteriores epígrafes de esta sección, la auténtica historia
del Concilio y el auténtico contenido del Concilio. He omitido bastantes datos
que en su momento aparecerán dentro del segundo libro, por ejemplo la
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actuación de
los Padres españoles en el aula conciliar, de la que sólo he dado algunas
muestras. Pero como era de esperar las orientaciones «tradicional» y
«progresista» que se advirtieron desde el principio hasta el final del Concilio
y se fueron acercando, sin embargo, gracias a una ancha franja moderada de
Padres y gracias también a la acertada dirección del Concilio y a la
supervisión e intervención de Pablo VI, como puede advertirse en las amplísimas
mayorías finales de todas las Constituciones, textos y declaraciones, se
agudizaron después del Concilio por obra, en gran parte, de personas que no
habían asistido a él, hasta que, más por el influjo de acontecimientos
exteriores y posteriores que por emanación del propio Concilio, convirtieron al
Concilio en signo de contradicción. Esta transformación de la imagen del
Concilio se debe, sobre todo, al empecinamiento de la extrema izquierda mal
llamada progresista, porque, como demuestra su habitual adicción al
marxismo y al liberacionismo, es realmente regresiva, aunque muy
ruidosa. Aún así la antítesis de las interpretaciones se concreta en dos
revistas famosas, Concilium —monopolizada relativamente pronto por los progresistas—
y Communio, órgano de participantes y observadores mucho más objetivos,
entre ellos algunos asistentes progresistas al Concilio; si bien alguna edición
de esta revista me parece poco de fiar, como la española, que ha caído en manos
algo equívocas, lo que no ha sucedido con la edición iberoamericana. Por otra
parte la extrema izquierda clerical ha publicado obras colectivas de
interpretación del Concilio que por su unilateralidad inciden en el ridículo,
como por ejemplo El Vaticano II, veinte años después[52]. Salvo algún artículo relativamente serio
cualquier parecido con el Concilio descrito en este libro y el Vaticano 11 me
parece pura coincidencia; pero ese libro colectivo me parece históricamente muy
interesante para comprobar la utilización falseada y retorcida del Concilio —la
degradación del Concilio— con finalidades político-religiosas que proliferaron
en la época postconciliar.
La
interpretación realista, histórica, espiritual y práctica del Concilio a la que
me atengo es la que expresó el obispo Karol Wojtyla, partícipe en el Concilio y
luego Papa Juan Pablo II, en su admirable libro de 1972, cuando le faltaban
seis para el Pontificado, cuyo título es La renovación en sus fuentes; sobre
la aplicación del Concilio Vaticano II[53]. Wojtyla
mantiene la posición optimista y esperanzada que tanto floreció en el
Concilio por parte de la gran mayoría de Padres que bajo distintos enfoques
veían en el Concilio un foco de renovación espiritual porque ¿qué otra
renovación puede emprender la Iglesia que no sea la espiritual? Wojtyla
interpreta el diálogo como comunicación de la propia fe (p. 25). El Concilio
trabaja por el progreso del Reino de Dios en la tierra pero el futuro
definitivo del hombre no se queda en la tierra. Me parece mucho más coherente
atender a la interpretación del Concilio según sus grandes protagonistas que
dejarnos engatusar por quienes pretenden, desde la izquierda postconciliar,
inventarse una visión sesgada del Concilio con fines enteramente ajenos al
Concilio. De esto hablaremos a fondo en el segundo libro, La Hoz y la Cruz,
porque uno de los autores de la izquierda clerical en
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el libro
colectivo citado llega a situar en el Concilio la clave para la Teología de la
liberación, nada menos. También veremos cómo el Papa Pablo VI, que había
logrado, con una dedicación y una firmeza absoluta, la síntesis de las
corrientes conciliares en la unidad fundamental del Concilio, se lamentará y
más de una vez años después de que el humo del infierno había entrado en
la Iglesia a través de las grietas del Concilio; es una de las confesiones más
amargas en la vida del Papa Montini, en un admirable y doloroso ejercicio de
objetividad.
El 24 de
noviembre de 1985 en la Segunda Asamblea General del Sínodo de los Obispos,
Juan Pablo II inauguraba las sesiones que iban a dedicarse a la interpretación
y aplicación del Vaticano II con veinte años de perspectiva. Frente a la
desviación de la izquierda clerical el Sínodo, nacido del Concilio, ofrecía al
pueblo cristiano de la generación siguiente la interpretación auténtica del
Concilio que, naturalmente, coincidía con la interpretación espiritual del
cardenal Wojtyla[54]. En la misma línea que otro relevante testigo e
intérprete del Concilio, el ya cardenal Joseph Ratzinger, nos ofrecía el mismo
año en su famoso y profundo Informe sobre la fe, en conversación con el
periodista Vittorio Messori[55]. El segundo
capítulo de estas conversaciones se titula Descubrir de nuevo el Concilio
y contiene puntos de vista tan autorizados como orientadores.
Diez años
antes, en 1975, ya había escrito Ratzinger que la corriente progresista
consideraba demasiadas veces al Concilio como simple punto de partida, como
algo ya plenamente superado mientras que la corriente conservadora extrema
culpaba al Concilio de la subsiguiente degradación de la Iglesia; hasta el
punto que algunos portavoces de esa corriente han postulado poco menos que la
anulación del Vaticano
II. Ratzinger se opone vigorosamente a esas
interpretaciones falsas y encontradas. El Vaticano II continúa en nuestro
tiempo la misma línea de Trento y el Vaticano I. Ratzinger reconoce que los
veinte años siguientes al Vaticano II «han sido decisivamente desfavorables
para la Iglesia católica. Los resultados que han seguido al Concilio parecen
oponerse cruelmente a las esperanzas de todos, comenzando por las del Papa Juan
XXIII y luego las de Pablo VI». Cuando antes he hablado de demolición no estaba
cargando las tintas sino expresando un pensamiento de Pablo VI. Ratzinger lo
confirma: «Los Papas, los Padres conciliares, esperaban una nueva unidad
católica y ha sobrevenido una división tal que —en palabras de Pablo VI— se ha
pasado de la autocrítica a la autodestrucción». Ante situación tan deplorable
muchos han atribuido al propio Concilio los males de la Iglesia. Pero con toda
razón Ratzinger se opone tajantemente a esa sospecha.
«Estoy
convencido —dice— de que los males que hemos experimentado en estos veinte años
no se deben al Concilio verdadero sino al hecho de haberse desatado en
el interior de la Iglesia ocultas fuerzas agresivas, centrífugas,
irresponsables o simplemente ingenuas, de un optimismo fácil, de un énfasis en
la modernidad que han confundido el progreso técnico actual con un progreso
auténtico e integral. Y en el exterior, el choque con una revolución cultural:
la afirmación en Occidente del
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estamento
medio-superior, de la nueva «burguesía del terciario» con su ideología
radicalmente liberal de sello individualista, racionalista y hedonista».
La propia
trayectoria de Ratzinger —en contraste, por ejemplo, con la de su maestro
Rahner— nos brinda la explicación íntima sobre ese proceso de degradación
interior de la Iglesia. Por supuesto que el choque con la nueva modernidad a
que se refería hace un momento se combinaba con el choque contra las formas
clásicas y las formas nuevas de la Revolución; al comenzar los años setenta
coincidía el apogeo de la expansión marxista-leninista con el lanzamiento de la
teología de la liberación, que no es más que la infiltración marxista en el
seno de la Iglesia. El enemigo exterior combinado con el enemigo interior, como
les definía Ratzinger en este mismo Informe. Pero el enemigo interior es más
grave, porque combina su acción demoledora con los asaltos del exterior. En
1964, en pleno Concilio, el perito y profesor Ratzinger figura en el cuadro de
fundadores de la revista Concilium, junto a otros representantes de la
llamada ala progresista del Concilio. Pero el progresismo conciliar se dividió
entre moderados y extremistas; entre los que buscaban el avance auténtico de la
Iglesia y los que seguían a la novedad por la novedad. «No soy yo quien ha
cambiado —dice Ratzinger—. Han cambiado ellos. Desde la primera reunión (de la
revista) presenté a mis colegas estas dos exigencias: primera, nuestro grupo no
debía ser sectario y arrogante como si nosotros fuéramos la nueva y verdadera
Iglesia, un magisterio alternativo que lleva en el bolsillo la verdad del
cristianismo. Segunda: teníamos que ponernos ante la realidad del Vaticano II,
ante la letra y el espíritu auténticos del auténtico Concilio, y no ante un
imaginario Vaticano III, sin dar lugar, por tanto, a escapadas en solitario
hacia adelante. Estas exigencias, con el tiempo, fueron teniéndose cada vez
menos presentes, hasta que se produjo un viraje —hacia 1973— cuando alguien
empezó a decir que los textos del Vaticano II no podían ser ya el punto de
referencia de la teología católica. Se decía, en efecto, que el Concilio
pertenecía todavía al momento tradicional clerical, de la Iglesia y que
por tanto había que superarlo; no era, en suma, más que un simple punto de
partida. Para entonces yo me había desvinculado tanto del grupo de dirección
como del de los colaboradores. He tratado siempre de permanecer fiel al
Vaticano II, este hoy de la Iglesia, sin nostalgias de un ayer
irremediablemente pasado y sin impaciencias de un mañana que no es nuestro»[56].
Creo que
este conjunto de testimonios coinciden en el enfoque exacto del Concilio
Vaticano II y revelan las raíces de la terrible desviación que la extrema
izquierda clerical y teológica trató de imprimirle, con el fin de
desnaturalizarle y presentar de él una imagen falsa al servicio de determinada
estrategia combinada; el ataque exterior contra la Iglesia desde las
plataformas del marxismo-leninismo a cuya condena formal no se había atrevido
el Concilio; la demolición interior en las retaguardias católicas de Occidente
—España, Holanda, Estados Unidos— y en las vanguardias del Tercer Mundo, en
medio de un asalto general alimentado desde dos de ellas, los Estados Unidos y
España, los dos antiguos bastiones de la fidelidad a la
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Iglesia. Ese
doble asalto, interior y exterior, se combinan en la creación y lanzamiento de
la teología de la liberación. Será, con todo detalle, el tema principal de
nuestro segundo libro, La Hoz y la Cruz. Pero antes vamos a estudiar con
el enorme interés que se merece un capítulo trágico en la historia de la
Iglesia de nuestro tiempo, el desmoronamiento y degradación de la Orden
religiosa más importante de la Iglesia moderna, la Compañía de Jesús. Porque el
estudio documentado de esa crisis de los jesuitas, la que el propio Pablo VI
llamó «la disolución del ejército» es también, desde el punto de vista
histórico, la conexión necesaria entre este libro y el segundo.
Acabo de
indicar que sobre la intervención de los Padres españoles en el Concilio
Vaticano 11 hablaré en el segundo libro, al estudiar la evolución de la Iglesia
española desde 1939 hasta hoy. Allí citaré el juicio, que es una
descalificación absoluta, del padre José María Escrivá de Balaguer sobre esa
actuación de los Padres españoles, que me parece muy injusto ante los datos que
acabo de exponer en este capítulo. Pero es que entre las intervenciones de los
Padres españoles hay una que fue considerada por todo el Concilio como muy
valerosa y certera, como uno de los discursos más importantes del Concilio. Era
la primera vez que un Padre conciliar conseguía, contra viento y marea, hablar
serena y fundadamente sobre el marxismo en la basílica de San Pedro. Citaré
textualmente esta intervención en el segundo libro, porque además fue la única
vez que un obispo de España orientaba a los españoles — y a toda la Iglesia—
sobre problema tan esencial; ningún otro obispo español, y menos la Conferencia
episcopal, se ha atrevido a hacerlo desde la Carta colectiva de 1937. El
discurso —que provocó una oleada de comentarios elogiosos en todo el mundo
libre— se pronunció el 26 de octubre de 1964, para defender una enmienda a los
números 5 y 7 de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy. Está
incluida íntegramente en las Actas del Concilio publicadas en 1975, vol. III,
págs. 520-525. Su autor era el entonces obispo secretario de la Conferencia
Episcopal española e insigne teólogo, monseñor José Guerra Campos[57].
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LA DESERCIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN LA
SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX «LA DESCOMPOSICIÓN DEL EJÉRCITO» (Pablo VI)
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SECCIÓN 1: CUANDO Y CÓMO
ENTRAN EN CRISIS LOS JESUITAS
UNA PERMANENTE OBSESIÓN DE PABLO VI
El jueves 5
de diciembre de 1968 —casi tres años justos después de la clausura del Concilio
Vaticano II— el Papa Pablo VI recibió en audiencia a un cardenal, un arzobispo
y dos obispos españoles. Uno de ellos vive cuando se redacta este libro. Tengo
delante la detallada minuta de la conversación[58] que tuvo lugar «de las doce cincuenta y cinco a las trece cincuenta y
tres circiter» (aproximadamente). La conversación versaba sobre los
problemas del Concordato y la carta del Papa al Jefe del Estado español, para
la que no se había consultado a los obispos de España. Se habló además de otros
problemas, que trataremos en el segundo libro ya anunciado, La Hoz y la Cruz
por ejemplo la rebeldía de los movimientos de Acción Católica en España.
El Papa se refirió también a la presencia de algunos prelados en los organismos
políticos de régimen. (Nunca le preocupó, naturalmente, ni en tiempos de
ecumenismo, la presencia de los obispos anglicanos en la Cámara de los Lores).
Terminaba ya la audiencia y entonces el documento introduce un tema final en la
conversación, un tema suscitado por el Papa: Jesuitas.
Papa:
Tocó espontáneamente el tema al comienzo de la audiencia. Se vuelve sobre el
mismo al final. (Ya estábamos de pie. Nos invita a sentarnos de nuevo).
«Es
un fenómeno inexplicable de desobediencia —dice el Papa— de descomposición del
ejército. Verdaderamente hay algo preternatural; inimicus homo… et seminavit zizania.
«Le
llegan numerosas reclamaciones, especialmente de España. Alude a su carta al
General, para que resuelva… Alude también a una carta que dirigió al congreso
de publicaciones de los jesuitas, en Suiza. Inútil.
«¿Qué
hacer? ¿Dos Compañías? ¿Son todavía reconquistables los díscolos? El Papa
necesita ayuda, que no obtiene, para acertar en el remedio.
Obispos
españoles: Se le insinúa que quizá no sea solución dividir la Compañía sino más
bien mover a los Provinciales a hacer cumplir las normas. Hay muchos Padres
excelentes. En el peor de los casos, la Compañía se purificará de algunos
miembros inadmisibles.
Papa: «En la
misma Curia Generalicia hay quien apoya a los contestatarios».
Obispos: Casos
estridentes de jesuitas…
Esta
terrible conversación tenía lugar a los pocos meses de la Conferencia de
Medellín, en cuya estela se estaba configurando la teología de la liberación,
sembrada, como veremos, desde mucho antes. El año siguiente de la creación por
los jesuitas españoles progresistas del Instituto Fe y Secularidad, que
organizará para 1969 el Encuentro de Deusto, primera aparición del
liberacionismo en el campo
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hispánico.
El año del Mayo francés y del apogeo de los movimientos sacerdotales rebeldes
en Europa, con fuertes ecos en América. No es un historiador parcial, ni un
observador alucinado quien despotrica sobre la imaginaria crisis de la Compañía
de Jesús en 1968. Es el Superior Supremo de la Compañía de Jesús, el Papa Pablo
VI, a quien nadie se ha atrevido a acusar de reaccionario ni de mal informado
sobre la situación de la Iglesia. Que en su conversación con
cuatro obispos de España no encuentra más explicación para la descomposición
del ejército (Ignacio de Loyola había llamado a su Compañía la
caballería ligera del Papa) que una presencia preternatural, el hombre
enemigo que introdujo Cristo en la parábola del trigo y la cizaña,
ese símbolo de Satán como lo ha interpretado siempre la tradición católica.
Y alguien se
preguntará todavía por qué titulo a este libro Las puertas del infierno.
Hablé,
después de conocer esta minuta, con dos de los Obispos cuyos nombres figuran en
ella. Me explicaron algunos detalles más, que me permitieron disponer de un
nuevo testimonio[59] Pablo VI —me decían— estuvo
siempre obsesionado con la trayectoria de la Compañía de Jesús. En sus
conversaciones con los obispos sacaba siempre el problema. Cuando hablaba con
obispos españoles volvía siempre sobre tres temas: «el desastre postconciliar»
(sic), la Compañía de Jesús y el hecho de que España no respetaba sus raíces
tradicionales; esa opinión jamás se ha dicho ni publicado en España. Para él,
el espectáculo más desconcertante del catolicismo, precisamente por infidelidad
a sus raíces, se daba en Estados Unidos, Holanda y España. Pero los obispos de
esos países jamás comunicaron esa impresión del Papa, que la repitió muchas
veces. La última, en su última reunión con varios obispos españoles (entre
ellos monseñor Suquía), poco antes de morir; y se extendió en sus críticas al
permisivismo.
Sobre la
gravísima crisis de la Compañía de Jesús podrían acumularse los testimonios y
van a aparecer muchos más en este mismo capítulo. Cuando yo hablé de ella por
primera vez en España, en dos extensos artículos publicados en ABC el
Jueves y Viernes Santo de 1985, relacionando además esa crisis con el
surgimiento de la teología de la liberación, el padre Martín Descalzo puso el
grito en el cielo y negó esa tesis con frases despectivas para mí, que le
perdoné hace tiempo porque, como no podía ser menos, terminó por rendirse ante
mi argumentación aunque nunca lo confesara. Hace unos meses, con motivo de la
XXXIV Congregación de los jesuitas (que juzga con optimismo envidiable)
Santiago Martín, habitualmente mucho mejor informado que el pobre Martín
Descalzo, reconocía en ABC que los jesuitas habían sido «pioneros de la
teología de la liberación». Me ha costado, por tanto, diez años conseguir que
en ABC se reconozca la degradación de los jesuitas en conexión con los
movimientos liberacionistas. Tal vez tarde ABC otros diez años en
reconocer algunas de sus originalidades históricas y culturales, juanistas y
antifranquistas, que creo haber probado, contra lo que se afirma en sus
páginas, sobradamente. Con la Historia en la mano nunca tengo prisa.
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Una de las muestras más sorprendentes de la
crisis en que se ha sumido durante la segunda mitad de este siglo la Compañía
de Jesús es la negación de su propia identidad. Por su fundación, sus
Constituciones y su práctica permanente durante cuatro siglos y medio la opción
preferencial (como dicen con frase más bien cursi) de la orden ignaciana ha
sido la obediencia esencial al Papa para las misiones que él quiera
encomendarles. Pues bien desde la malhadada Congregación General XXXII en 1974
cambiaron de finalidad básica y se orientaron a la «opción preferencial por los
pobres» que ellos expresaron, tergiversando el mandato expreso de Pablo VI en
1965, como «servicio de la fe y promoción de la justicia». Este cambio
revolucionario (en todos los sentidos del término) no podían realizarlo más que
con pérdida de su propia identidad. Pues bien, en 199lla revista más importante
de los jesuitas en España, que durante décadas sirvió como referencia segura a
los católicos y hoy está hecha unos zorros, sin prestigio ni capacidad
orientadora, publica un artículo inconcebible: Jesuitas: lo que no son
cuyos subtítulos lo dicen todo: «San Ignacio de Loyola no fue un soldado; la
Compañía de Jesús no es una milicia; los jesuitas no son un bastión
antiprotestante»[60]. El anónimo autor del dislate debe conocer
mucho mejor las vidas de Marx y de Lutero que la de su Fundador; que fue un
soldado de España y un soldado de Dios; que imprimió a su Orden un inequívoco
carácter militar en su organización, en su obediencia ciega y hasta en su norma
espiritual suprema, los Ejercicios; que formó con su red de Colegios el límite
y la barrera contra el protestantismo en Europa. Uno lee el texto del disparate
y se queda estupefacto. Si una Orden histórica se niega a sí misma, ¿qué podemos
pensar los demás? Podría recordarle al original intérprete los textos
ignacianos, papales y de toda la tradición de los jesuitas hasta muy dentro del
siglo XX
pero ¿cómo convencer de quién es a quien niega lo que es? Pobre revista, ni
razón ni fe.
Insisto en
lo que me parece la esencia de la crisis, con una nueva antítesis de opciones
preferenciales. Sí algo va a quedar claro de este capítulo es que esa opción
preferencial por el Papa que San Ignacio plasmó en el cuarto voto de obediencia
especial al Papa que es la contraseña de la Compañía de Jesús, que le costó,
entre otras muchas cosas, la extinción por obra de la Masonería y la
Ilustración borbónica en el siglo
XVIII y la expulsión de España en virtud de la
Constitución republicana de 1931, se ha transformado, durante el generalato del
padre Pedro Arrupe, en oposición permanente contra el Papa. Se lo oiremos
confesar, en estos mismos términos, a un jesuita eminente de nuestro tiempo, el
californiano padre Fessio, a propósito de la insulsa Congregación General
XXXIV, que definiremos como lo que ha sido, nada entre dos platos. Pero creo
que ese cambio de opciones preferenciales ha sido la clave de la crisis. Sobre
la que aportaremos, como digo, muchas más pruebas, entre ellas gravísimas
admoniciones papales, en este capítulo.
Está
clarísima, pues, la existencia de la crisis, que se ha traslucido en un aluvión
de abandonos en masa y en la previsión, rigurosamente fundada en datos
estadísticos
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que vamos a
transcribir, de que la Orden que ha sido hasta hace poco la más importante de
la Iglesia, va a extinguirse por inanición en la primera mitad del siglo XXI
si no ocurre un milagro que yo deseo fervientemente. Pero ¿cuándo y cómo empezó
la crisis?
Una
respuesta habitual es que la crisis de la Compañía de Jesús, como la de otras
órdenes y congregaciones religiosas, tuvo su origen en la resaca del Concilio
Vaticano II, en cuyo año final, 1965, fue elegido como General el padre Pedro
Arrupe. Es cierto que en ese año se manifestó ya la crisis, hasta el punto que
sólo tres años más tarde, como acabamos de ver, el Papa Pablo VI podía quejarse
amargamente de la «descomposición del ejército». He procurado profundizar, con
muchas dificultades, en este problema sobre el comienzo de la crisis y he
llegado a la conclusión de que ese comienzo es muy anterior; data,
probablemente, de los años cincuenta y no faltan indicios en la década
anterior, los años cuarenta. Es también corriente echar la culpa de la crisis al
padre Arrupe. Me parece injusto. La crisis de los jesuitas no empezó en 1965,
cuando Arrupe es elegido General. La crisis es anterior, y Arrupe lo sabía muy
bien porque la vió de cerca en sus años de Provincial de Japón. Arrupe se
encuentra con la crisis cuando la crisis empezaba a acelerar; de lo que sí es
culpable es de no haberla frenado a tiempo sino al revés, eligió ponerse al
frente de la manifestación, en la cresta de la ola, tal vez con el propósito
utópico de dominarla. Pero la crisis había nacido antes, mucho antes. ¿Cuándo?
¿Cómo?
Aprovecho
este epígrafe introductorio para subrayar que cuando me refiero a «los
jesuitas» a propósito de algún disparate o algún hecho que considero negativo
no estoy acusando a todos los jesuitas. Hay todavía muchos de ellos, incluso
entre los pocos jóvenes que quedan, que merecen el calificativo pleno de
ignacianos. Cientos de ellos me han dirigido cartas de información y aliento
desde que en 1985 aparecieron mis primeros artículos sobre la teología de la
liberación y luego mis libros de 1986 y 1987, y luego mis estudios sobre los
jesuitas de Centroamérica en la revista Epoca y otros medios. Por
desgracia la mayor parte de los Superiores a partir de 1965 han seguido la
línea que los Papas, desde entonces hasta hoy, han considerado equivocada y
nociva para la Orden y para la Iglesia. Y han arrastrado a ella a una gran
parte, seguramente mayoritaria, de la orden. Cuando puedo distinguir entre
jesuitas arrupianos o progresistas y jesuitas ignacianos. Valga este matiz, que
se deduce claramente de mis contextos, para todo este capítulo.
LAS CINCO FUENTES DE LA CRISIS DE LOS JESUITAS
Me atendré
al criterio cronológico para señalar las fuentes de la crisis, que detecto en
documentos y testimonios muy claros. Pero tampoco la precisión cronológica es
absoluta; puedo equivocarme en unos años —pocos— y además las diversas fuentes
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de la crisis
no son siempre independientes; a veces brotan parejas, se solapan, se confunden
como voy a mostrar en casos personales evidentes.
Primera
fuente: la rebelión de los jesuitas jóvenes. Uno de los pocos motivos de esperanza en medio de la actual
degradación de la Compañía de Jesús es la capacidad autocrítica y el valor
ignaciano que empiezan a demostrar algunos intelectuales jesuitas de nuestro
tiempo. Este cambio de actitud, que contrasta con la casi total ausencia de
autocrítica pública en las décadas anteriores, (a veces se publicaron críticas
de forma restringida pero sin firma) lo he advertido en varias naciones pero
sobre todo entre los jesuitas de los Estados Unidos, que han generado una
saludable reacción contra el hasta ahora férreo y equivocado control ideológico
por parte de los Superiores politizados, izquierdistas y liberacionistas. (No
todos son así, pero la mayoría decisiva, bajo el desbordado General Arrupe y el
vacilante e inoperante General Kolvenbach sí son así en casi todas partes). Uno
de estos jesuitas autocríticas es el padre Joseph M. Becker que publicó en
1992, y en una editorial jesuítica de excelente línea, (que contrasta con otras
de zona roja, como «Sal Terrae» de Santander) un libro impresionante, The
Re-Formed Jesuitsen[61] que sitúa el origen de la
crisis de la Compañía de Jesús antes del Concilio, al principio de la década de
los sesenta.
El cambio
empezó en las casas de formación. Contrariamente a lo que se hubiera podido
esperar, los primeros estímulos de adaptación a la modernidad no empezaron en
las universidades y parroquias, que estaban en contacto directo con el «mundo»
sino en las casas de formación, que en aquella época estaban retiradas.
El primer
caso lo detecta el padre Becker en el Alma College, teologado de la provincia
de California, durante el curso académico 1959-1960. Los alumnos de primero y
segundo curso propusieron cambios y enfoques sustancialmente distintos a los
tradicionales, y encontraron eco inmediatamente en algunos profesores. Uno de
los cambios consistió en crear un aula de debate sobre cuestiones internas,
públicas y políticas «The Town Hall» que utilizaba las técnicas de
«concienciación» puestas de moda entonces por el educador marxista brasileño
Paulo Freire. En los nuevos seminarios de esta Facultad teológica se discutían
libremente problemas sobre la historia y la estructura y el espíritu actual de
la Compañía de Jesús, reclamaban la sustitución de los textos de espiritualidad
habituales en la Orden (como el padre Rodríguez) y ponían en duda la validez
actual de los textos habituales para el estudio de la filosofía y la teología.
La misma actitud se extendió inmediatamente a los demás teologados jesuitas de
América; el de Kansas en 1961, el de Maryland en 1962 y otros. La actitud
crítica iniciada en los teologados fue muy pronto imitada antes del Concilio,
por las facultades internas de Filosofía. Becker concluye que las nuevas
generaciones de jesuitas que ingresaron en la Orden durante los años cincuenta
estaban al otro lado de una brecha generacional muy clara y venían a los
noviciados poco dispuestos a seguir la línea tradicional de los jesuitas. En su
importante estudio facilita también una lista de los jesuitas jóvenes que más
se distinguieron por su
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rebeldía en
los años sesenta y setenta, con la indicación de que casi todos ellos
abandonaron sucesivamente la Compañía de Jesús.
Estoy de
acuerdo con esta primera fuente de cambio —evidentemente alocado y nocivo— que
señala Becker. Sin embargo no la hubiera situado en primer lugar, sino en
segundo, si no estuviera seguro de que un movimiento semejante se advirtió
entre los jóvenes jesuitas españoles nada menos que tres décadas antes, durante
los años treinta y los años cuarenta aunque luego se ahogó. La prueba está en
las confesiones de un jesuita conocidísimo, futuro fascista y más futuro
miembro del Comité Central del Partido Comunista de España, el padre José María
de Llanos[62].
Había nacido
en una excelente, muy católica y conocida familia de Madrid en 1906. Hizo la
carrera de Ciencias Químicas y entró en el noviciado de los jesuitas en
Aranjuez en 1927. Expulsado de España por el sectarismo de la República en 1932
(esa República que muchos llaman aún democrática y liberal) en virtud del
famoso Cuarto Voto, que él no había hecho aún, cursó los estudios de filosofía
en Bélgica. Bajo la dirección de un profesor eminente, el padre José Hellín,
primer especialista español en la metafísica de Francisco Suárez, los jóvenes
jesuitas exiliados recibían una excelente formación filosófica tradicional, no
exclusivamente escolástica. Pero el joven Llanos no se sentía satisfecho. Formó
un grupo rebelde, aunque clandestino, que titularon «Nosotros»; creo que no
advirtieron la coincidencia de nombre con un famoso grupo anarquista de la
época inmediatamente anterior, o tal vez se llamaron así por eso). «Con un
reglamento e ideario —dice él mismo— del todo clandestino. En estudios, a los
avanzados; tras Maréchal y los heterodoxos del momento, con Heidegger en
cabeza. No sin estupor y espanto de nuestro profesor, el padre Hellín,
discutimos todas las pruebas filosóficas de la existencia de Dios, en tanto el
existencialismo de la época nos comía. Simultáneamente se produjo nuestra
atracción por la literatura»[63]. Después de la
guerra civil estudió teología en Granada pero atendió, mucho más que a los
textos oficiales, a los de Rahner, Schillebeeckx y luego Küng. Sin embargo el
impacto de la guerra civil española (durante la cual los rojos asesinaron
bárbaramente a su hermano) le llevó de momento al totalitarismo fascista, que
cultivó ardorosamente, de palabra y mediante varios libros, hasta más que
mediada la década de los cincuenta. Pero cito aquí su ejemplo para demostrar
que ya desde los años treinta se había producido un brote rebelde y heterodoxo
entre los jóvenes jesuitas españoles.
Segunda
fuente: La rebelión de los teólogos centroeuropeos. Desde el principio de su pontificado en 1939
Pío XII había advertido peligrosos signos de inquietud en el seno de las
órdenes y congregaciones religiosas. Pensaba que esta inquietud surgía de la
situación inadaptada y anacrónica de muchas de esas instituciones ante los
nuevos tiempos y decidió una accomodata renovatio, una adaptación y
modernización de estructuras y de métodos sin cambiar lo esencial, la misma
idea que luego Juan XXIII expresaría como aggiornamento. No se quedó
sólo en deseos; el 21 de noviembre publicó la constitución apostólica Sponsa
Christi seguida
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inmediatamente
por detalladas instrucciones de la Congregación de Religiosos en el sentido
indicado[64]. Una de las órdenes que más le preocupaban era
precisamente la Compañía de Jesús, de la que estaba cabalmente informado por su
equipo de asesores jesuitas y a cuyos miembros hizo una seria advertencia el 17
de septiembre de 1946:
Conviene
ante todo que seáis firmemente fieles a vuestras Constituciones y a todos y
cada uno de sus preceptos. Las Normas de vuestra Orden pueden, si pareciere
conveniente, acomodarse a las nuevas circunstancias mediante modificaciones
hechas aquí y allá, pero lo que en ellas es principal no debe tocarse en forma
alguna y debe permanecer para siempre[65]. Este es un
serio aviso, que respondía sin duda a informaciones preocupantes del Papa
respecto de la Compañía de Jesús cuando el mundo acababa de salir de la segunda
guerra mundial; pero nadie las interpretó como una señal de alarma, aunque lo
era. Conocemos también que en ese mismo año 1950 la encíclica Humani generis,
sobre desviaciones en la enseñanza y la profesión de la teología, se refería de
forma principal a algunos maestros de la Compañía de Jesús. Cierto que muchos
cultivadores de la Nueva Teología reaccionaron fielmente a la grave advertencia
de Pío XII y volvieron a la ortodoxia plena; cierto que el aviso del Papa
resultaba exagerado en cuanto a algunos puntos y alusiones personales. Los
Superiores obedecieron al Papa y excluyeron de la enseñanza a algunos maestros
que no merecían la condena aunque a ninguno se abrió proceso. Pero no toda la
información que movió al Papa a dirigir a toda la Iglesia tan solemne aviso
estaba equivocada, ni mucho menos. Se insinuaba ya con claridad que algunos pretendían
desconocer una rebelión teológica que ya hemos descrito en el capítulo 7 de
este libro como uno de los frentes de infiltración enemiga en la Iglesia. Un
jesuita, el complicado padre Tyrell, había sido a principios de siglo un
promotor principal de la herejía modernista. El jesuita Pierre Teilhard de
Chardin, muerto en 1955, ha sido considerado en este libro más como un poeta
que como un teólogo, pero el efecto de su «poesía teológica» en los años
cuarenta y cincuenta, aunque obedeció a la orden de no publicar sus obras en
vida, causó una seria agitación intelectual dentro de la Compañía de Jesús.
Pero el teólogo a quien sinceramente considero como principal origen de la
degradación intelectual (filosófica y teológica) de la Compañía de Jesús es el
padre Karl Rahner, sobre todo durante sus años de enseñanza en Innsbruck entre
1949 y 1963. No voy a repetir ahora las razones que expliqué en el capítulo 7,
y que se refieren tanto a Rahner como a sus colaboradores permanentes y a sus
discípulos jesuitas durante ese período. Promociones enteras de jesuitas de
todo el mundo se formaron con Rahner y muchos de ellos se transformaron en
ardientes rahnerianos; divinizaron a su maestro y a través de su maestro
sustituyeron su formación filosófica anterior por el pensamiento idealista de
Hegel, el nihilismo de Nietzsche y sobre todo el existencialismo inmanentista
de Heidegger. Puedo afirmar como historiador que he sido testigo directo del
cambio de aquellas jóvenes generaciones de jesuitas, generalmente lo mejor de cada
Provincia, que sufrieron una auténtica transfiguración de pensamiento a través
de un maestro
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como Rahner,
dotado de una amplia erudición, una gran originalidad de pensamiento y un
atractivo difícil de comprender para quien desconozca tales ambientes. Los
alumnos de Rahner venían por lo general de estudiar filosofía escolástica en
sus provincias; desconocían por completo la filosofía moderna y la ciencia
moderna; y asimilaron el inmanentismo, el desprecio (que se presentaba como
objetivo) por la filosofía perenne, con la que Rahner disfrazaba sus
construcciones; malformaron su sentido teológico de lo sobrenatural. Para colmo
se vincularon de diversas formas al pensamiento de otros teólogos más o menos
dependientes de Rahner: el teólogo católico J.B. Metz, creador de la Teología
Política, que por más que pretendan disimularlo no es más que la politización
de la teología en sentido socialista radical; el teólogo protestante Jürgen
Moltmann, promotor de una teología de la esperanza afín a la esperanza utópica
del pensador marxista Ernst Bloch; y en algunos casos, como Jon Sobrino,
entraron en contacto directo con la neomarxista Escuela de Frankfurt. Mientras
sus colegas los jóvenes estudiantes de teología y filosofía en las casas de
formación jesuitas de los Estados Unidos interpelaban a sus maestros (y muchas
veces les convencían) con sentido crítico inspirado en el espíritu del mundo,
los europeos (a los que se añadían también selectos jesuitas jóvenes de
Norteamérica, Iberoamérica y otras partes del mundo) volvían a sus patrias
imbuidos de existencialismo teológico, de progresismo a ultranza, de
internacionalismo socialista y aun de comprensión por la nueva teología
protestante e inclinación, o más, al marxismo como problema teológico. Rahner
es el principal responsable de esta transformación, pero no es el único. Para
colmo de desgracias, algunos de esos grandes maestros, como Rahner y Teilhard
de Chardin, según hemos visto, mantenían en su vida privada rasgos
incompatibles con el espíritu y la letra de la Compañía de Jesús en planos tan
delicados como el voto de castidad, lo que resulta muy difícil de disimular en
ambientes tan cerrados donde las paredes oyen y ven, literalmente. Las barreras
de la Humani generis saltaron por los aires ante la nueva riada. Otros
muchos profesores de filosofía y teología se convirtieron también en adoradores
e imitadores de Rahner y formaban a sus alumnos de filosofía y teología según
pautas parecidas en Holanda, en Lovaina, en Francia, en Italia y en España;
muchos alumnos de América, Norte y Sur, asistían a sus cursos en Europa. El
padre José María Díez Alegría, por ejemplo, que hasta 1949 explicaba marxismo
con criterios moderadamente antimarxistas, durante la década siguiente se fue
acercando cada vez más al marxismo y al progresismo mientras se le
encomendaba nada menos que el rectorado de la Facultad donde se formaban los
jóvenes filósofos jesuitas en Alcalá de Henares y luego en su cátedra de la
Universidad Gregoriana de Roma, de la que sería expulsado cuando se unió al
pensamiento y la acción de dos religiosos heterodoxos que provocaban graves
escándalos de pensamiento y comportamiento a la sombra de San Pedro; el
salesiano Giulio Girardi y el benedictino Dom Franzoni. En Norteamérica la
rebelión teológica y la crisis de la Compañía de Jesús vino de los alumnos; en
Europa vino de los grandes maestros, merecedores de una nueva carta a
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Timoteo. El
8 de junio de 1993 un admirable jesuita norteamericano, próximo a cumplir
sesenta años de permanencia en su Orden, profesor durante muchos años de
filosofía moderna y testigo admirable de la degradación de la Compañía me
escribía, con una montaña de documentos detrás, esta conclusión lapidaria:
La teología de
Karl Rahner y las acciones del padre Arrope son la causa
principal de la actual
confusión en la Compañía de Jesús[66]. Baste ahora con
señalar que entre los jesuitas formados en la escuela centroeuropea están
algunos que van a aparecer pronto en estas páginas; Alfonso Álvarez Bolado,
José Gómez Caffarena, Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría. Y entre los no jesuitas,
la plana mayor de la teología de la liberación, encabezada por Gustavo
Gutiérrez.
Dentro de la
rebelión de los maestros he de registrar un testimonio tremendo sobre la crisis
en la exegesis bíblica, un problema que afecta directamente a la propia fe de
la Iglesia y que mereció profunda atención, como hemos visto, en el Concilio
Vaticano II. Un biblista de primer orden, Francesco Spadafora, escribía en 1995
un artículo-denuncia que empezaba con esta afirmación de un jesuita:
El
triunfo del modernismo sobre la exegesis católica. «La Compañía de Jesús, en el
Instituto Pontificio Bíblico, ha traicionado a la Iglesia» (Padre Vitti
S.J).[67]. El autor, que había publicado un prestigioso Diccionario
bíblico había calificado en sus páginas al Pontificio Instituto Bíblico de
Roma, junto a la Escuela bíblica de los dominicos en Jerusalén, como «la más
providencial de las instituciones católicas modernas para la formación cultural
del clero». Encomendado a los jesuitas, funcionó admirablemente hasta 1949,
cuando Pío XII designó al padre Ernesto Vogt en sustitución del padre Agustín
Bea, futuro Cardenal y una de las estrellas del Concilio, como hemos visto. Un
alumno del Instituto, Calixto Vendrame, se extrañó al oír a su profesor de
exegesis, el jesuita Robert Dyson, opiniones despectivas contra el padre Bea,
que como Spadafora estaba cada vez más extrañado de que en el Bíblico se
permitieran enseñanzas en las que «no hay lugar para la inspiración divina de
las Sagradas Escrituras… ni tampoco para el magisterio de la Iglesia». Se
trataba de un acercamiento claro a la exegesis desmitificadora y racionalista
de los protestantes modernos. Durante varios años continuó más o menos
secretamente en el Bíblico esta labor de zapa, hasta que otro jesuita, el padre
Stanislas Lyonnet, publicó en 1956 un estudio sobre el pecado original en la
epístola a los Romanos. Lyonnet negaba pura y simplemente el pecado original,
contra toda la enseñanza y la tradición de la Iglesia; y esta auténtica herejía
fue aceptada por el profesor de la Gregoriana Ugo Vanni S.J. Los dos jesuitas
se apuntaban a la interpretación de Pelagio, Erasmo y Lutero; y pasaban por
alto la clarísima doctrina del Concilio de Trento. Este episodio, que por
fortuna quedó relegado a las discusiones de especialistas, es una nueva
demostración de la facilidad con que, durante la década anterior al Concilio,
cualquier opinión filoprotestante encontraba inmediatamente eco entre los
teólogos católicos obsesionados con el progresismo. El Concilio, como
sabemos, trató de poner remedio a semejantes disparates mediante la
Constitución dogmática Dei
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Verbum. Pero los jesuitas no escarmentaron. Ya vimos
en el Pórtico, y recordaremos después en este capítulo, que hace poco uno de
ellos, teólogo muy afamado, es el primer jesuita —y el primer católico— que se
ha atrevido a negar, desde Arria, la divinidad de Cristo. La rebelión de los
maestros.
Tercera
fuente: Los jesuitas precursores de Nueva Orleans y su conexión española y
centroamericana. He aquí un
episodio sorprendente, pero no aislado, porque vamos a detectar en él
relaciones insospechadas. Desde la actividad primordial de la Compañía de
Jesús, los primeros pasos de San Ignacio y sus compañeros, los jesuitas han
trabajado por los pobres y los marginados del mundo; recuérdese la acción
heroica de San Pedro Claver S.J. con los negros que llegaban hacinados como
reses de África a Cartagena de Indias, o el apostolado de los jesuitas de
Madrid antes y después de la guerra civil, cuando dirigían a las damas de sus
asociaciones y a los alumnos de sus colegios al contacto directo con los pobres
de los suburbios, o cuando ellos mismos se establecían en medio de esos pobres.
La famosa «opción preferencial por los pobres» de que tanto alardean los
jesuitas liberacionistas desde la era Arrupe no es, en realidad, más que una
opción preferencial por la política revolucionaria que toma a los pobres como
carne de cañón. Esto es adelantar acontecimientos que en su momento probaré
cumplidamente pero así de dura es la verdad. A los jesuitas liberacionistas los
pobres les importan un rábano.
Al estudiar
los orígenes de las desviaciones sociales en la Compañía de Jesús hay que
prestar atención especialísima a la obra, realmente demoledora, de un jesuita
norteamericano con enorme influencia en Iberoamérica, el padre Luis B. Twomey.
Fundó en 1949 (lo temprano de la fecha me induce a situarle en esta sección)
con seis colaboradores seglares la revista reservada Chríst Blueprint for
the South editada luego por una institución fundada por él mismo, Institute
of Social Order en la Universidad Loyola, de la provincia de Nueva Orleans;
hoy se sigue publicando con el título Blueprint of Social Justice en la
misma Universidad, dentro del instituto que ahora se llama of Social
Relations. El 26 de enero de 1970, al conocer la muerte del padre Twomey,
uno de sus discípulos españoles, el jesuita Rafael Carbonen, escribía desde
Córdoba al Instituto una carta reveladora según la cual el objeto de la Escuela
Técnica Empresarial Agrícola, a la que el padre Carbonell había sido destinado
después de su entrenamiento en Norteamérica, no podía ser otro que «formar
líderes de la clase obrera». El padre Carbonen expresaba a su corresponsal
americano su propósito de realizar un viaje «de apostolado social» a
Iberoamérica, financiado por los obispos holandeses. Un año antes de la
aparición del famoso libro de Gustavo Gutiérrez sobre la teología de la
liberación.
Twomey era
un auténtico precursor de Gustavo Gutiérrez y del liberacionismo. Su Blueprint
es una newsletter secreta, escrita básicamente por no-jesuitas y
destinada exclusivamente a jesuitas; un claro instrumento de infiltración
marxista y revolucionaria. Un asiduo lector del Blueprint, jesuita muy
conocido por su saber y criterio objetivo y moderado sobre la perversión de la
Compañía y la Iglesia en
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América,
califica duramente al Blueprint como «esfuerzo leninista para
desobrenaturalizar a la Iglesia católica en los Estados Unidos». El padre
Carbonell confiesa en su carta que siguió asiduamente al Blueprint desde
1956; así lo hicieron otros muchos jesuitas españoles e iberoamericanos que
sintonizaron con el mensaje marxista de la publicación. «Así —me dice en su
impresionante testimonio el mencionado jesuita— las primeras semillas de la
liberación, de la teología no-sobrenatural, fueron plantadas en Iberoamérica
por este Instituto norteamericano»[68].
En 1959
—siempre antes del Concilio— un célebre periodista que había enviado desde
Petrogrado crónicas memorables a los Estados Unidos durante la revolución de
1917, se hizo con un número del Blueprint —en el que se le atacaba
vilmente— y entonces, con toda su autoridad, rebatió las tremendas distorsiones
del Blueprint sobre la historia social de los Estados Unidos, que había
tratado la revista calumniosamente y sin el menor respeto por los hechos. En
sus ataques al sistema social y al sistema católico de enseñanza en los Estados
Unidos, el Blueprint actuaba como un altavoz de la propaganda soviética
más grosera y se comportaba como una hoja antipatriótica de difamación
infiltrada. Una de las obsesiones del Blueprint era desacreditar
sistemáticamente al anticomunismo, convertir la condición de anticomunista en
un insulto, de acuerdo con la consigna de la propaganda exterior soviética y la
KGB después de la segunda guerra mundial hasta 1989.
Una de las
más eficaces y demoledoras conexiones logradas por el Institute of Social
Order, el centro jesuítico que editaba el Blueprint, fue con la
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas en San Salvador, dirigida
por los jesuitas. Cuando la Universidad Nacional en San Salvador fue
prácticamente dominada por los comunistas, se creó la Universidad
Centroamericana para contrarrestar el influjo negativo de la Nacional en los
primeros años sesenta; y se entregó a la Compañía de Jesús, que al principio la
dirigió como de ella se esperaba. Pero hacia 1971 —me dice un testigo directo—
el gobierno salvadoreño patrocinó una conferencia sobre reforma agraria a la
cual fue invitada la Iglesia. Un jesuita. Luis de Sebastián, ejerció como
activista en esa conferencia y logró orientarla en sentido revolucionario más
que reformista. Sebastián era un jesuita mundano, bien trajeado, amigo de
diversiones y poseía una ideología radical de izquierdas; luego abandonó la
Orden para casarse con una viuda vasca. Pero su obra sería continuada en el
mismo sentido por otro grupo de jesuitas vascos que habían llegado a dominar
completamente la UCA y cuyos líderes más famosos serían los liberacionistas Jon
Sobrino, el amigo de la Escuel de Frankfurt, e Ignacio Ellacuría, el discípulo
de Karl Rahner. Este grupo de jesuitas vascos y liberacionistas establecieron
la conexión de la UCA con el Institute of Social Order como se puede
comprobar en los planes de reforma social que inspiraron a la primera
Junta de El Salvador en 1979, sobre la cual influyeron de manera decisiva.
Dejemos así establecida una conexión tan importante, que luego repitieron los
jesuitas revolucionarios en Nicaragua. Ahora sólo nos interesaba marcar un
origen de la crisis general de la Compañía de Jesús. Volveremos también sobre
las preferencias
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de los
padres Generales Arrupe y Kolvenbach por la UCA y sus actividades
revolucionarias. No sólo toleraban; participaban.
Cuarta
fuente: los jesuitas en las redes de infiltración marxista. Recuerdo que el padre Llanos, cuando posaba de
anticomunista, proponía un remedio genial contra la infiltración comunista:
«Infiltrémonos». Ello hizo tan cumplidamente que llegó al Comité Central. El
caso del padre Twomey debería figurar también en lugar preferente dentro de
este nuevo apartado sobre los orígenes de la crisis de la Compañía de Jesús.
Crisis, en este caso y en los demás que cito a continuación, de doble aspecto:
crisis interna porque la propaganda de Twomey se dirigía preferentemente a los
jesuitas; crisis de impulso exterior porque esa propaganda coincidía
sospechosamente con una de las directrices fundamentales de la KGB para
deformar la opinión occidental. Pero citado ya suficientemente el activista de
Nueva Orleans, recordemos con brevedad, para evitar reiteraciones, la
participación de los jesuitas en la red subversiva del IDOC, que hemos
interpretado en el capítulo 7 como una prolongación del movimiento comunista
PAX y como un intento de preparar el despliegue de la teología de la liberación
y movimientos conexos en América y en todo el mundo.
Los
documentos internos del IDOC que hemos citado en el capítulo 7 demuestran que
la red preliberacionista del IDOC se estaba preparando en toda América a partir
de los años sesenta. Esos documentos insisten demasiado en que el IDOC se crea
más o menos oficialmente en Roma al terminar el Concilio pero hay evidencia
suficiente como para asegurar que esa red se estaba tendiendo activamente desde
el principio de los sesenta e incluso desde el final de los cincuenta. El CIDOC
que instala en Cuernavaca Iván Illich, bajo el manto episcopal del obispo
filomarxista y filomasónico don Sergio Méndez Arceo, está ya funcionando, como
vimos, en 1960; y era un antro destinado a «formar» misioneros-activistas para
toda Iberoamérica. El padre Joseph Comblin, iniciador más que precursor de la
teología marxista de la liberación, se muestra activísimo en varios países de
Iberoamérica a partir de 1958 y constan por innumerables referencias sus
contactos con reconocidos miembros del IDOC[69]. Luego, como es
sabido, fue el principal inspirador de la famosa Conferencia de Medellín que
sentó las bases para los movimientos liberacionistas en 1968. Entre los
miembros que ya pertenecían al IDOC en 1967 (pero que con toda verosimilitud
habían sido reclutados durante el Concilio) figuran varios jesuitas, según
vimos en el fundamental informe de J. Abreu Vale[70]: el padre Tucci,
que intervino en la turbia maniobra para ocultar la moción contra el comunismo
en las últimas semanas del Concilio; los jesuitas chilenos Ochagavia y Poblete;
el entonces jesuita inglés Hebblethwaite y el francés Roquette; el argentino Luzzi.
Desde nuestra perspectiva ésa es una lista de infiltrados, que debería
presidir, junto con el padre Twomey, uno de los grandes autores individuales de
la crisis de la Compañía de Jesús, el jesuita guatemalteco César Jerez.
Poseo sobre el
padre César Jerez un dossier copiosísimo, que me daría para un
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capítulo
entero. Resumiré lo esencial. César Jerez es todavía (murió en Medellín,
Colombia, el 22 de noviembre de 1991 y recibió desmesurados elogios fúnebres
por parte de los jesuitas de izquierda y sus compañeros de viaje[71] un misterioso personaje, de
origen hindú, que nació en Guatemala en 1936. Mis fuentes reservadas, que le
conocían personal y directamente, le comparan con otro hindú, Mana Bendranath
Roy, comunista y activista soviético, que llegó a México como emisario de Lenin
en junio de 1917, entre las dos revoluciones soviéticas, dos años antes de que
Michael Borodin, en nombre del mismo Lenin, llegase a la misma nación para
entrevistarse con Venustiano Carranza[72]. Mis fuentes
internas son implacables; insisto en que son directas y escritas. Sus
testimonios están convencidos de que Jerez decidió formarse como sacerdote y
como jesuita, pero que su finalidad íntima era actuar como activista del
marxismo-leninismo. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1953, con diecisiete
años, tal vez demasiado joven como para considerarle ya un activista del
marxismo; puede que se adhiriese a esa doctrina durante sus estudios en la
universidad de los jesuitas «Rafael Landívar» en Guatemala y después en la
Universidad de Chicago, donde estudió ciencia política con Hans Merganthau. Un
jesuita guatemalteco informa, según mis documentos reservados, que en esa época
de Chicago ya se mostraba como «ferviente revolucionario» y que durante su año
de Tercera Probación en Inglaterra «estuvo organizando células
revolucionarias».
Jerez fue un
protegido del jesuita Joseph P. Fitzpatrick, «prominente figura de la izquierda
religiosa» —dicen mis fuentes— en Estados Unidos, profesor de sociología de la
zona del Caribe en la universidad de los jesuitas de Fordham, Nueva York, y
después adversario público y declarado de la política del presidente Reagan en
América Central. Para mis informadores, el padre Fitzpatrick fue uno de los
principales responsables de inclinar a buena parte de la opinión pública
norteamericana a favor de las guerrillas marxista-leninistas de Nicaragua y El
Salvador. Podría figurar en mi apartado anterior sobre los maestros desviados;
prefiero inscribirle entre los activistas rojos de la Compañía.
Significativamente
el padre Fitzpatrick actuó desde que el padre Arrupe fue elegido General en
1965 como su principal consejero para asuntos de América Central y el Caribe. Y
desde que conoció a Jerez apareció como su más fervoroso abogado ante los jesuitas
de Norteamérica (donde ejercía una influencia sin límites) y sobre el propio
Arrupe, que incluyó también entre sus consejeros más próximos y fiables al
marxista César Jerez, a quien nombró nada menos que Provincial de Centroamérica
entre 1976 y 1982. Durante esa época —y ya antes— Jerez, según las enseñanzas
de su protector Fitzpatrick, apoyó con entusiasmo e identificación a los
jesuitas liberacionistas de Nicaragua y El Salvador. En este último año, una
vez destituido Arrupe por la intervención directa del Papa Juan Pablo II, el
representante del Papa nombrado para dirigir la Compañía de Jesús, padre Paolo
Dezza, destituyó también a César Jerez de su cargo de Provincial.
No por ello se desanimó el activista, que prosiguió sus actividades
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revolucionarias
desde su cátedra de Nicaragua, donde actuó decidida y públicamente en favor del
gobierno sandinista, por lo que fue denunciado a Roma por uno de sus compañeros
de Orden en carta del14 de agosto de 1985, sin efecto alguno: el débil padre Kolvenbach
no se ha atrevido nunca a afrontar las tendencias revolucionarias de la
Compañía. En 1973 había declarado que «la misión actual de los jesuitas en el
Tercer Mundo es crear el conflicto»[73]. Ese fue,
naturalmente, su programa como provincial. Una vez expulsado de su cargo
concedió una entrevista en un medio propicio, el diario de Madrid «El País» (7
de noviembre de 1983). Pasaba por Barcelona como miembro electo para la
Congregación General 33, que acababa de terminar. Y dijo que «en Centroamérica,
la operación de los jesuitas ha sido por el cambio de estructuras desde un
punto de vista sacerdotal y político». Y encima se quejaba de que en algunos
sitios le considerasen comunista y revolucionario.
Fitzpatrick
y César Jerez fueron considerados como auténticos héroes en algunos sectores
universitarios de la Compañía de Jesús en los Estados Unidos. Se les otorgaron
doctorados honoris causa, se les incorporó a los consejos de dirección.
Esto no significa más que una cosa; la «opción por los pobres» se había
convertido en opción radical de izquierda en muchas Universidades para ricos.
Uno de los más certeros observadores que han dejado testimonio en mi dossier
interpreta la ofensiva marxista-leninista en Centroamérica, tan vinculada, como
ya demostré en mis libros de 1986 y 1987 y confirmaré con nuevos y tremendos
documentos en mi próximo libro, La Hoz y la Cruz fue, por supuesto,
impulsada desde la plataforma cubana de la expansión soviética; en estrecha
alianza objetiva con lo que llama mi fuente «la trama conspiratoria de Joseph
Fitzpatrick S.J, César Jerez, S.J., el órgano Jesuit Missions del padre
Simon Smith, S.J., el Christic Institute del padre Bill Davis, los
jesuitas vascos de las Universidades jesuitas de Managua y San Salvador y el
padre John O’Callaghan, asistente ejecutivo del General de los jesuitas en
Roma». (Este era el aludido por Pablo VI en su conversación de 1967 con los
obispos españoles). Y añade: «la conspiración tenía por objeto poner a El
Salvador bajo el dominio del Frente de Liberación Farabundo Martí y a Nicaragua
bajo la dictadura sandinista».
Quinta
fuente: la opción de poder hacia la izquierda. Creo que esta fuente está ya demostrada en el análisis de la fuente
anterior. Podría añadir muchos documentos más. Me basta con uno, quizás el más
detonante de este libro. Conoce ya el lector el documento revolucionario
maoísta distribuido en Cuba en 1959, a raíz del triunfo de Fidel Castro. Lo que
sin duda no se espera es que un equipo mixto de jesuitas holandeses y
norteamericanos diera en 1972 una respuesta positiva a ese documento, cuya
finalidad es destruir a la Iglesia católica en Iberoamérica según la
experiencia de la Iglesia Patriótica china. Ahora sólo reproduzco el párrafo
clave. Algo más abajo tanscribiré todo el documento en su contexto.
La respuesta
de ese equipo de jesuitas se publica en una revista interna de la Compañía de
Jesús en 1972, la voy a citar de manera expresa. No se concibió en ese año.
¿Desde cuándo estaba minada por el marxismo-leninismo la Compañía de Jesús
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para que en
1972 su principal revista interna de los Estados U nidos se atreviera a
publicar esta proclama «para debate interno»? La propuesta era ésta:
Así
la planificación nacional de la Compañía de Jesús en los Estados Unidos
debería, tras el ejemplo de China, convertirse en una planificación
internacional. Hacia la convergencia de problemas en todas las zonas del mundo
en torno a un tema único: la construcción, en diferentes tiempos y formas, de
una sociedad mundial comunista[74].
Las cinco fuentes de la crisis. Quod erat
demonstrandum.
SECCION 2: LA TOMA DEL PODER POR EL CLAN DE
IZQUIERDAS: LA ELECCIÓN DEL PADRE ARRUPE COMO GENERAL EN LA CONGREGACIÓN
GENERAL XXXI
LA ADMONICIÓN Y EL MANDATO SOLEMNE DE PABLO VI
El padre
General Juan Bautista Janssens, que regía la Compañía de Jesús desde el fin de
la segunda guerra mundial, murió el5 de octubre de 1964, durante la tercera
sesión del Concilio Vaticano II. Había sido un largo y fecundo mandato, durante
el cual, ciertamente, se incubó la gran crisis de la Orden, sin que
trascendiera a la opinión pública aunque sí a la Santa Sede; era una crisis
interna que reventaría muy poco después de que fuera elegido su sucesor. El
número de jesuitas en conjunto era de 35 788, más del doble de la cifra de
1914; y la más alta en toda la historia de la Orden. La tercera parte de los
jesuitas estaban dedicados a la enseñanza según la tradición ignaciana, en más
de 4600 centros con cincuenta mil profesores no jesuitas y 1 250 000 estudiantes.
El veinte por ciento de los efectivos de la Orden trabajaba abnegadamente en
las Misiones extranjeras. Sólo en los Estados Unidos los jesuitas regían, con
general aceptación, 52 centros de enseñanza media y 18 universidades. Salvo los
aún ocultos indicios de la crisis interna, la Compañía de Jesús, dirigida por
un General muy bien orientado, vivía según sus Constituciones, alentada por el
espíritu ignaciano y sus últimos sesenta años, es decir prácticamente todo el
siglo XX
hasta la muerte del padre Janssens, constituían sin duda, como dice un
importante historiador de la Orden, uno de los períodos más brillantes de su
historia[75]. Como además de notables teólogos y filósofos,
los jesuitas contaban a lo largo del siglo
XX con un excelente plantel de miembros muy
conocidos y admirados en los campos de la literatura, las ciencias humanas y
las ciencias naturales y físico-matemáticas, la Iglesia tenía derecho a esperar
la plena reanudación de la gloriosa historia de la Orden brutalmente
interrumpida al final del siglo XVIII por la extinción, y comprometida durante el
siglo XIX
y el principio del XX por las absurdas persecuciones del liberalismo
radical y masónico. La Compañía vivía una edad de
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plata en el
siglo XX
de la que cabía esperar una nueva edad de oro como la de los siglos XVI
y XVII.
Pero a partir de la Congregación General XXXI, convocada por el Vicario General
a la muerte del padre Janssens, lo que sobrevino fue la desorientación, la
degradación, la deserción, el caos.
El 7 de mayo
de 1965, durante el último período interconciliar del Vaticano II — el Concilio
en que numerosos jesuitas participaron casi siempre de forma muy positiva,
aunque con excepciones lamentables como algunas exageraciones del padre Rahner
y las maniobras sospechosas del padre Tucci para eliminar el debate sobre
anticomunismo— el Papa Pablo VI dirigió un trascendental discurso a los 224
delegados elegidos por las 89 Provincias y Viceprovincias de la Compañía de
Jesús[76]. Desgraciadamente el padre Padberg, un notable
historiador jesuita que se ensañó con el libro del ex jesuita Malachi Martin en
1987, se refiere como de pasada al importantísimo discurso de Pablo VI en esta
Congregación General. Es un historiador crítico con los demás pero nada
autocrítico; y juega sucio ante la Historia por ocultación de datos esenciales,
como este discurso del Papa. Pablo VI tiene sobre la Compañía, como va a
observar el lector, una idea diametralmente opuesta a la que hemos visto expresada
un poco más arriba por los jesuitas de «Razón y Fe». Y poseía ya una importante
información sobre la crisis latente y reptante de los jesuitas cuando se
dirigió a ellos evocando, ante todo, la figura de San Ignacio.
El
deseó que la Compañía de Jesús, fundada con espíritu magnánimo y como con
cierta inspiración divina, fuese, sobre todo, un firme baluarte del catolicismo
y como un escuadrón adicto, valiente y fiel a la Sede Apostólica[77]. Y urge el cumplimiento de este mandato
fundacional: En el cumplimiento de este juramento como militar, si
otros religiosos deben ser fieles, vosotros debéis ser fidelísimos; si otros
fuertes, vosotros fortísimos; si otros distinguidos, vosotros aún más.
Estas
palabras las dice Pablo VI,
muy claras, tras la cita de las Letras Apostólicas Exposcit debitum, de
1550. Militar, escuadrón, baluarte, ejército… ¿dónde están las negaciones
de «Razón y Fe»? Enseguida va a hablar de «soldados» y de «milicia», estos
escritores jesuitas de hoy leen poco. Pablo VI recomienda vivamente a los
jesuitas que sean fieles a su historia y les expone su primera queja
importante, que en el eufémico lenguaje vaticano suena ya como un trallazo:
Si
ocurriera en un ejército que un escuadrón o destacamento no siguiera el plan
común trazado, sería como voz discordante en un concierto de instrumentos y
voces. El Prepósito General que elijáis deberá vigilar atentamente que no haya
discordancia en vuestra sinfonía, sino al contrario resuene una alabanza
armónica común, pletórica de fe y de piedad. Y verdaderamente me complazco y me
alegro en subrayar que esa concorde armonía existe en la mayoría de vosotros.
Tras este
buen deseo, o más bien irónica comunicación de que la minoría discordante no
contribuye al concierto, el Papa recomienda que todos se distingan en «servir a
la Iglesia… en seguir, no sus propias iniciativas, planes y criterios sino los
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de la jerarquía»
y pasa a formular el gran encargo, con estas palabras:
Gustosos
aprovechamos esta ocasión que se nos ofrece para tratar con vosotros, breve,
pero resueltamente y con fortaleza, una cuestión de gran importancia. Nos
referimos a ese peligro que amenaza a la humanidad entera: el ateísmo.
Como
todos saben, no se manifiesta siempre de una misma forma, sino que aparece bajo
diversas maneras y modos distintos. Pero sin duda la peor forma es la de la
impiedad militante que no se limita a negar intelectual y prácticamente la
existencia de Dios, sino que adquiere carácter combativo y usa armas con
propósito de arrancar de las almas todo espíritu religioso y todo sentimiento
de piedad.
Existe
también un ateísmo de quienes sobre bases filosóficas afirman que no existe
Dios o que no puede ser conocido. Otros fundan todo el gozo prescindiendo de
Dios. Otros rechazan todo culto religioso, porque consideran supersticioso,
inútil y costoso, el venerar a nuestro Creador y servirle sometidos a su ley. Y
así viven sin Cristo, privados de la esperanza de la promesa y sin Dios en este
mundo (cfr. Eph., 2, 12).
Este
es el ateísmo que en nuestros días serpentea, unas veces abiertamente, y otras
encubierto, bajo apariencia de progreso en la cultura, en la economía y en lo
social.
Pedimos
a la Compañía de Jesús, que tiene por característica ser baluarte de la Iglesia
y de la religión, que en estos tiempos difíciles aúne sus fuerzas para oponerse
valientemente al ateísmo, bajo la bandera y protección de San Miguel, príncipe
de la milicia celestial, cuyo nombre es de victoria o la anuncia segura. Así
pues los hijos de San Ignacio emprendan esta gran batalla, despertando todas
sus fuerzas, sin desperdiciar ninguna, para que todo se organice bien y lleve
al éxito. Para ello trabajen en la investigación; recojan toda clase de
información; si es conveniente, publíquenla; traten entre sí; formen
especialistas en la materia: hagan oración; descuellen en virtud y santidad;
fórmense en la elocuencia de la palabra y de la vida: brillen con la gracia
celestial, según lo entendía San Pablo cuando decía: «Mis palabras y mi
predicación no fueron sólo palabras persuasivas de sabiduría sino demostración
de Espíritu y virtud» (1 Cor. 2, 41). Lo cual realizaréis con más entusiasmo y
prontitud si pensáis que esta tarea que ya hacéis en parte, y a la que os
dedicaréis plenamente en el futuro, no os la habéis fijado vosotros por vuestra
voluntad sino que la habéis recibído de la Iglesia y del Sumo Pontífice.
Ha
encargado, pues, Pablo VI a los jesuitas, una misión, la lucha contra el
ateísmo militante, es decir contra el comunismo expansivo, al que se refiere
clara, aunque implícitamente el Concilio en la Gaudium et Spes con su
famosa nota 16 insertada por el Papa; al ateísmo comunista mencionado por él
mismo en la Encíclica Ecclesiam suam durante el Concilio. No cabían
equívocos ni efugios de escolástica
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decadente.
El encargo se hace con expresa referencia al cuarto voto que obliga a los
jesuitas a obedecer especialmente al Papa en las misiones que él les
encomiende. Lo recalca en el párrafo siguiente:
Por
esto en las Leyes y Constituciones por las que se rige vuestra Compañía,
confirmadas por Paulo III y Julio III, se encuentran estas palabras: «Todos los
que hicieren profesión en esta Compañía se acordarán, no sólo al tiempo que la
hacen, mas todos los días de su vida, que esta Compañía y todos los que en ella
profesan son soldados de Dios, que militan bajo la fiel obediencia de nuestro
Santo Padre y Señor el Papa Paulo III y los otros Romanos Pontífices sus
sucesores. Y aunque el Evangelio nos enseña, y por la fe católica conocemos y
firmemente creemos que todos los fieles de Cristo son sujetos al Romano
Pontífice como a su cabeza y como a Vicario de Jesucristo, pero por nuestra
mayor devoción a la obediencia de la Sede Apostólica y para mayor abnegación de
nuestras propias voluntades y para ser más seguramente encaminados del Espíritu
Santo, hemos juzgado que en gran manera aprovechará que cualquiera de nosotros,
y de los que hoy en adelante hicieren la misma profesión, además de los tres
votos comunes, nos obliguemos con este voto particular, que obedeceremos a todo
lo que nuestro Santo Padre que hoy es, y los que por tiempo fueren Pontífices
Romanos, nos mandaren para el provecho de las almas y acrecentamiento de la fe,
e iremos sin tardanza (cuanto será de nuestra parte) a cualesquiera provincias
donde nos enviaren, sin repugnancia ni excusarnos (Letras Apostólicas «Exposcit
debitum»).
Es
claro que este voto, por su naturaleza sagrada, no sólo debe estar latente en
la conciencia sino traducirse en obras y estar patente a todos.
Así
os quiso vuestro Padre y Legislador, así os queremos también Nos, teniendo por
cierto que encontrará plena correspondencia en vosotros a la confianza que en
vosotros depositamos y que estos nuestros deseos, cumplidos por toda la
Compañía, que milita, ora y trabaja en todas las partes del mundo, los
compensará Dios dándoos abundante mies, vida floreciente y preclaros méritos.
Y aquí
conviene fijar ya una tesis esencial de este libro. Por primera vez en su
historia, un gran sector de la Compañía de Jesús, dubitativa e
insuficientemente guiada por el General que iban a elegir tras este solemne
encargo, desobedeció al Papa, violó el cuarto voto que el Papa acababa de
recordarles y en vez de oponerse en combate con el ateísmo «que usa armas con
el propósito de arrancar de las almas todo sentimiento religioso» es decir, con
el marxismo-leninismo, única doctrina práctica que corresponde a esa
definición, ese sector dominante de la Compañía de Jesús convirtió la
confrontación en diálogo complaciente, asumió decisivas posiciones teóricas y
estratégicas de ese ateísmo y concertó de hecho con él una inconcebible
alianza. Los Papas, a partir del mismo Pablo VI, reconocieron, como veremos,
este hecho, clamaron contra él y tomaron durísimas medidas para intervenir en
ese
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concierto
discordante, en ese escuadrón demandado. Poco después, en diciembre de 1965, el
padre Arrupe reconocía en una larga entrevista «la misión que nos ha confiado
el Papa»[78]. Y cinco años más tarde se vería obligado a
confesar su atroz fracaso: «Cometí un tremendo error por mi falta de
experiencia en Occidente»[79]. Un jesuita
americano, al que siguieron muchos, el padre A.D. Forsthoefel, quiso justificar
lo injustificable y plasmó la tergiversación del mandato papal al escribir que,
como la raíz del ateísmo es la injusticia —citando por cierto a Carlos Marx
como autoridad suprema— los jesuitas, al dedicarse a la «justicia social»
(debería decir a la política de izquierda revolucionaria) estaban cumpliendo
expresamente el mandato de Pablo VI. Es el colmo del cinismo. Lo que estaban
haciendo es tergiversarlo y prostituirlo; y el propio Papa se iba a encargar de
explicárselo así de claro en 1974.
LA ELECCIÓN DEL PADRE ARRUPE
Durante las
jornadas de reflexión los delegados de izquierda, perfectamente organizados,
propusieron al padre Arrupe, provincial de Japón desde 1958, como candidato de
consenso. Sucedió algo semejante al éxito de la Alianza del Rin durante el
Concilio; un grupo minoritario pero muy decidido se impuso a un conjunto
desorganizado de jesuitas ignacianos y decentes y venció. Arrupe era muy
conocido como misionero en Japón —donde abundaban los jesuitas alemanes— y
también en los Estados Unidos, donde vivió dos años durante la guerra civil
española, inclinado —por cierto— en contra de Franco, lo cual en 1965 ya era un
mérito notable para la generación de jesuitas mayoritaria en el Concilio; el
Papa Montini era antifranquista notorio y la Iglesia española, impulsada por el
Vaticano, había iniciado tenazmente el despegue del franquismo a partir de
1962, como veremos en el segundo libro. Testigos de mi entera confianza me
aseguran que el padre Arrupe cultivaba discretamente su imagen antifranquista y
que «Sentía complejo de ser español»; por ejemplo al poco de su elección habló
en un Instituto de Roma, con gran mayoría de españoles, en perfecto inglés y
sugirió al provincial de Holanda las ideas para un artículo contra Franco[80]. Era hombre virtuoso con inclinaciones no sólo
místicas sino mesiánicas. Le había caído casi encima la bomba atómica de
Hiroshima en 1945 y con su formación médica se comportó heroicamente con los
heridos. Pero fuentes internas de la Orden y testimonios externos coinciden en
que como gobernante de la Provincia fue un auténtico desastre: débil y
desorientado. No fue elegido representante de la entonces Viceprovincia
japonesa en la Congregación General anterior, convocada por el padre Janssens,
el cual, alarmado por las noticias que corrían sobre la Provincia de Japón
(donde se habían producido graves sucesos internos y deserciones escandalosas)
le envió como visitador al padre George Kester, quien tras dos años de
información emitió un informe muy desfavorable contra el
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padre Arrupe
con tan mala fortuna que ese informe fue una de las primeras cartas reservadas
que hubo de despachar el padre Arrope como General, para horror del informante[81]. Sus innegables virtudes personales atraían a
los delegados conservadores; sus resabios izquierdistas, su antifranquismo y su
debilidad le hicieron ideal para los delegados que ya habían formado el clan de
izquierdas, y que confiaban en utilizar a Arrupe para sus fines.
Lo
consiguieron a la tercera votación, el 22 de mayo de 1965. Ya estaban
designados por la Congregación los cuatro Asistentes Generales; el teólogo y
confesor del Papa, antiguo rector de la Gregoriana, Paolo Dezza, jesuita
ejemplar e ignaciano; era el candidato de los ignacianos para General y
probable ganador, pero los izquierdistas hicieron correr el falso rumor de que
perdería la vista en dos años. Los izquierdistas lograron dos Asistentes; el
norteamericano Vincent O’Keefe, presidente de la Universidad de Fordham, adicto
a la teología política y furibundo izquierdista liberal; y el padre John
Swain, vicario general elegido cuando la enfermedad del padre Janssens duraba
ya dos años, de línea semejante al anterior. El clan izquierdista, del que era
líder el padre O’Keefe, había sido elegido por la propia Congregación, lo que
demuestra el influjo izquierdista en su seno; porque el cuarto Asistente
general fue el padre Andrew Varga, provincial de los dispersos jesuitas
húngaros con sede en Nueva York y controlado por O’Keefe.
Pronto fue
nombrado asistente general el francés Jean-Yves Calvez, autor de un célebre
libro sobre marxismo que encantaba a los marxistas; asistió a la XXXI y era
miembro eximio del clan de izquierdas. Los doce Asistentes regionales elegidos
ya por el padre Arrope con asesoramiento de los Asistentes generales
presentaban una clara mayoría de izquierdas, y desde el primer momento
envolvieron al padre Arrope y le manejaron a su antojo. En otro bastión de la
Compañía tradicional, la Asistencia de España, fue elegido delegado, junto a
jesuitas ignacianos eminentes, el padre Ignacio Iglesias, que inmediatamente se
constituyó en codirector del clan de izquierdas junto al padre O’Keefe y otros
dos jesuitas miembros del IDOC, el italiano Roberto Tucci y el chileno Juan
Ochagavia. Un ejemplo hiriente de la división que ya afloraba en la Compañía de
Jesús es que el izquierdista Ignacio Iglesias era hermano del padre Manuel
Iglesias, uno de los jesuitas más fieles a la tradición ignaciana que había en
España. Los ignacianos atendieron, como es natural, el precepto ignaciano de no
formar banderías dentro de la Orden pero el clan de izquierdas se preocupaba
menos por los preceptos de San Ignacio. Sabían perfectamente lo que querían;
convertir a la Compañía de Jesús en lo que es hoy; cambiar la opción
preferencial por el Papa en opción preferencial por la «justicia» es decir por
la política de izquierdas que cuando conviniera podía actuar en sentido
revolucionario.
El estudio
de Padberg sobre el contenido y las disposiciones de la Congregación General
XXXI es muy útil aunque demasiado optimista. La Congregación revisó
prácticamente todos los aspectos de la vida, la formación y el apostolado de la
Orden
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pero muy
pocas veces llegó a conclusiones claras. Se notaba un equilibrio entre el
deseo, formulado por muchos delegados, de cambiarlo casi todo y la decisión,
expresada por otros muchos, de no cambiar más que, a lo sumo, las apariencias.
La conclusión más clara de la Congregación es que la Compañía de Jesús estaba
completamente dividida. Casi todas las cuestiones fundamentales, como el
alcance de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia y las formas
concretas de apostolado social desembocaban en la indecisión y se confiaban a
comisiones o «definidores» — esa institución de las antiguas órdenes
monásticas— para que trabajasen sobre esos asuntos bajo la dirección del
General. Una tradición que siempre fue considerada esencial en la Orden como la
hora diaria obligatoria de oración se dejó, en cuanto al tiempo y al contenido,
al arbitrio de cada Superior en su trato con el interesado. Se oyeron voces en
favor de la «opción preferencial por los pobres» pero no se adoptó decreto
alguno en ese sentido y los delegados sólo pudieron ponerse de acuerdo en una
ambigüedad: «La Congregación general XXXI pidió a los jesuitas que se dedicasen
a la promoción de la justicia social, pero con prudencia; su trabajo no debería
ser excesivamente temporal ni condicionado por ideologías unilaterales o
pasiones violentas (Hitchcock). Era una opción antimarxista muy
desagradable para el clan de izquierdas, que inmediatamente se
juramentaron para volverla del revés, lo mismo que al mandato del Papa. Algunos
delegados, en efecto, pidieron una clara y positiva respuesta a ese solemne
mandato del Papa pero esa respuesta no se produjo, lo cual me parece un
gravísimo fallo y una desobediencia al Papa. Hubo, sí, como veremos luego, una
presunta respuesta al mandato papal pero no fue una respuesta sino una cínica
tergiversación. Muchos pidieron una clarificación de lo que significaba el
Cuarto Voto a mediados del siglo XX pero el asunto quedó sobre la mesa. Unos
querían conservar la devoción al Corazón de Jesús y promoverla; a otros muchos
no les interesaba nada y el resultado fue que nada se decidió. Se permitió, en
cambio, que los jesuitas se dedicasen a las bellas artes y a la investigación,
cosa que habían hecho siempre. Apenas se formuló alguna crítica seria sobre la
crisis de la Compañía que ya la estaba invadiendo por todas partes. He leído la
exposición del padre Padberg[82] con el mayor interés, con sincero deseo de tropezar con algún indicio de
que la Congregación XXXI demostraba una mínima conciencia de la crisis. Lamento
afirmar que he encontrado poca sustancia, muchas dudas, muchas dilaciones sobre
casi todos los problemas. Los jesuitas de 1965, a juzgar por los extractos de
su historiador, no saben, no contestan. Quieren el cambio por el cambio; o el
mantenimiento por el mantenimiento. De verdad lo siento mucho; no veo otra cosa
en el resumen autorizado de las actas de la Congregación. No decidieron ni
siquiera si mantenían o no la lectura durante las comidas. Aquello no
presagiaba nada bueno, justo cuando, a raíz de la Congregación XXXI, que
terminó unos meses después del Concilio, estallaba ya sobre la Compañía de Jesús
la crisis, mal contenida hasta entonces, que iba a despeñarla hacia su
degradación y probablemente, no lo quiera Dios, hasta su segunda extinción,
ahora desde dentro.
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La Congregación General XXXI, dice un
historiador nada desafecto a la Orden, Woodrow, terminó «en cierta confusión»[83]. Padberg termina su edulcorado análisis sobre
el largo encuentro diciéndonos que el Papa, en la misa de despedida, mostró su
afecto a la Orden. Una vez más incurre en ocultación culpable. Voy a
transcribir el final completo del discurso. En esa misa, concelebrada en la
Capilla Sixtina el 16 de noviembre de 1966, no les muestra su satisfacción sino
su preocupación:
¿Queréis,
hijos de San Ignacio, soldados de la Compañía de Jesús, seguir siendo hoy,
mañana y siempre lo que habéis sido desde vuestra fundación? Esta pregunta que
os dirigimos no tendría razón de ser si no hubieran llegado a nuestros oídos
noticias y rumores referentes a vuestra Compañía… a propósito de los cuales no
podemos ocultar nuestra sorpresa y en algunos casos nuestra pena. ¿Por impulso
de qué persuasiones insólitas y perversas han surgido en ciertas partes remotas
de vuestra Compañía, la duda de si debéis seguir siendo tales cuales el santo
varón que la concibió en su mente y la fundó, la armó con sapientísimas y
firmísimas normas y cual la confirmó la tradición de varios siglos en los que
como alcanzada la madurez con el uso de diligentísima experiencia y confirmada
con gravísimas aprobaciones, para gloria de Dios, defensa de la Iglesia y
admiración de los hombres? ¿Acaso en la mente de algunos de vosotros se fijó la
opinión de que las cosas humanas están sujetas a la absoluta razón histórica y
generadas por el tiempo, es necesario que también se consuman con el tiempo,
como si en la Iglesia católica no hubiese un carisma de verdad que permanece y
de estabilidad que no puede ser rota, del cual carisma esta piedra de la Sede
Apostólica es imagen y fundamento? ¿Acaso en lo que hace a vuestros deseos de
apostolado, por el cual toda vuestra Compañía está inflamada, ha parecido
necesario para dar mayor eficacia a vuestro trabajo apartaros de toda venerable
costumbre en espiritualidad, ascética y disciplina, como si ya no ayudasen más,
sino que impidiesen que vuestra solicitud pastoral se desarrollase más
libremente de un modo más personal? ¿Y así aquella austera y viril obediencia
que fue siempre propia de vuestra Compañía y que hizo su unión evangélica ejemplar
y fortísima, ha parecido que había que disminuirla como opuesta a la
personalidad del hombre, obstaculizadora de la alegría de obrar? En lo cual ha
quedado obsoleto lo que enseñaron sobre aquella virtud Cristo, la Iglesia,
vuestra misma escuela espiritual, es decir el uso asiduo y empeñoso de la
oración y la humildad, la disciplina fervorosa de la vida interior y examen de
conciencia, el coloquio íntimo con Cristo, como si bastase la sola acción
exterior y ella de por sí valiese para unir la mente con Dios, como si esta
abundancia de artes espirituales sólo conviniesen a los monjes y no fuesen más
bien armadura de que está necesitado por completo el soldado de Cristo. Tal vez
algunos se engañaron pensando que para difundir el Evangelio de Cristo convenía
adoptar prácticas del siglo, su modo de pensar, su modalidad profana de la
vida; es decir, que juzgaron de las costumbres de estos tiempos, según los
principios del naturalismo, olvidados también éstos de que al pregonero de
Cristo, cuando va a evangelizar a los hombres y llevarles su mensaje, no le es
lícito hacerse
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semejante a
ellos en tal forma que la sal pierda su sabor fuerte, el apóstol quedase
privado de su virtud propia, … Si seguís siendo lo que fuisteis, no os faltará
nuestra buena estima y nuestra confianza en vosotros[84]. No cabe un
análisis más implacable de la Congregación XXXI. El Papa había advertido ya al
padre Arrupe en igual sentido cuando, según la misma fuente, le llamó tras la
primera sesión. Pero el clan de izquierdas no hizo caso alguno al Papa, que de
momento no advirtió la gran trampa que se había montado en la Congregación
General al modificar el sistema electoral de la Orden para dejarlo todo en
manos de la Curia generalicia y los provinciales y superiores nombrados por
ella. Cuando la Santa Sede se dio cuenta, como veremos, dio un fuerte aviso
pero ya era tarde.
El padre
Arrupe demostró desde el principio los rasgos mesiánicos de su espíritu. Como
si se propusiera guiar a la Compañía en vanguardia para una transformación de
la propia Iglesia, así lo dejó traslucir en su intervención ante el Concilio,
de cuyos Padres formaba parte desde su elección; sus palabras versaban sobre el
problema del ateísmo y no causaron buena impresión en el aula conciliar[85]. ¿Cómo se atrevía a señalar el camino a la
Iglesia si no tenía la menor idea de qué hacer con su propia Orden? Y es que
durante una homilía en la iglesia del Gesú, Arrupe insinuó, seguramente sin
pretenderlo, un paralelismo con Abraham: «No sabemos dónde vamos, pero seguimos
una llamada» No iban a la tierra prometida sino al desastre.
LAS DESERCIONES EN MASA
El clan de
izquierdas no había conseguido imponer sus criterios en la indecisa y dividida
Congregación General XXXI; pero había tomado el poder, y se puso a ejercerlo
inmediatamente. En dos vertientes. Primero se convirtieron en coro de
aduladores que confirmó al padre Arrope en su designio mesiánico y le
convencieron de que hiciera como ellos; en vista de que la crisis de renovación
absoluta dentro de la Orden, impulsada desde los sectores jóvenes, era ya
imparable como la crisis postconciliar de la propia Iglesia, el General y su
equipo debían alzarse a la cresta de la ola para encauzarla, recortar sus
exageraciones y desbordamientos, ser ellos quienes marcasen los nuevos
horizontes. Esto es lo que hizo Arrope durante todo su largo mandato, en el que
se dejó arrastrar mucho más que Pablo VI al frente de la Iglesia, si bien es
verdad que seguramente sufrió las mismas torturas que Pablo VI. Segundo
designio del clan de izquierdas; consolidar para el futuro previsible todo el
poder que habían tomado por asalto en la Congregación General XXXI. Con Arrope
en sus manos, el clan de izquierdas se dedicó sistemáticamente a la eliminación
de los ignacianos y de los moderados en las posiciones de poder, aprovechó la
férrea estructura jerárquica de la Compañía para volverla del revés mediante el
nombramiento de Asistentes, Provinciales, rectores, superiores y consultores
adictos, lo que les aseguraba el control de las siguientes Congregaciones
Generales y otras
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convenciones,
cuyos delegados se marcaban fácilmente desde arriba. El dan de izquierdas nunca
descuidó la exaltación de Arrope; le compilaban discursos y actuaciones para
editar y lanzar sus libros, (aburridísimos y flojísimos) escribían artículos
encomiásticos como el que publicó el ya provincial de España Ignacio Iglesias
en el diario «Ya» Pedro Arrupe, una voz del postconcilio[86]. Arrope, que en el fondo era un hombre de Dios,
trataba de compensar con bandazos y contramarchas las imposiciones del clan que
le dominaba; yo iba archivando con asombro sus declaraciones hamletianas —tanto
el Papa blanco como el Negro representaban consumadamente a Hamlet en el mismo
período— entre las que destaca su famosa carta de 1980 sobre el análisis
marxista, de la que en su momento nos ocuparemos. Así en su discurso sobre la
actividad misionera en la Congregación General, ya en 1966, Arrope insistió en
favor de las Misiones, que creía un tanto amortiguadas en la Compañía de Jesús
tras los esfuerzos en parte fallidos, de su predecesor Janssens[87]. Pero el mismo año en Nueva York declaraba
imprudentemente:
A
riesgo de sorprender a ustedes, déjenme decirles honradamente que no es a este
nuevo mundo al que temo; lo que realmente me aterra es que los jesuitas nos
hemos separado tanto de la generación joven que tenemos poco o nada que
decirles que ellos puedan encontrar relevante en su vida cotidiana. Me
preocuparía mucho si viera que estábamos repitiendo las respuestas de ayer a
los problemas de hoy, si hablásemos en una forma que los hombres y mujeres
jóvenes no entendieran, si hablásemos un lenguaje que no dijese nada al corazón
del hombre viviente. Este texto no
figura en las obras del padre Arrope editadas en España[88]. Y expresa perfectamente el imprudente
mesianismo de Arrope al desencadenar fuerzas que luego escaparon a su control.
La
Congregación XXXI había tratado de librar a la promoción social de los impulsos
«unilaterales». Pero en carta de 12 de diciembre del mismo año sobre el
apostolado social en América Latina Arrope se salta las cautelas. Reconoce que
«L Compañía de hecho no está eficazmente orientada hacia el apostolado en favor
de la justicia social» ordena «Crear una estrategia nueva de gobierno» y
lanzarse a la actuación social «con la elocuencia de los hechos». Es decir,
primero la praxis que la teoría, la consigna de Lenin y Gramsci que pusieron en
práctica inmediatamente esos jesuitas a quienes ya no importaba que se llamasen
revolucionarios. Indica que la Compañía «debe repensar todos sus ministerios y
apostolados» sin advertir que en esa renovación podían destruirse formas muy
válidas y tradicionales de apostolado, sólo por ser tradicionales; cita (con
cierta cobardía) al padre Janssens para formular su sospecha de que la
educación en los colegios de la Compañía puede haber servido «para confirmar
los prejuicios de clase» de los alumnos de nivel elevado, aunque el apostolado
social dice que los jesuitas deben aconsejar a los líderes, no suplantarlos[89]. Escasa precaución para los idólatras de la
praxis y de la política, que tomarían el impulso de Arrupe y despreciarían sus
frenos. Muchos Colegios de la Compañía, un medio de apostolado favorito de San
Ignacio, estaban desde entonces
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El nuevo
equipo directivo de la Orden designado por el clan de izquierdas proporcionó
pronto ciertas sorpresas escandalosas, que alarmaron al Papa. Uno de los nuevos
Asistentes regionales era el suizo Mario Schonenberger, a quien Arrupe puso al
frente de la Asistencia de Alemania, y se encargó, junto con el catalán Abad,
de formular el importantísimo Plan pastoral de los jesuitas para América
latina, pese a que ni uno ni otro conocían aquel continente. Cuando en 1968
Pablo VI publicó su valerosa y espiritual encíclica Humanae vitae sobre
los métodos de impedir el embarazo muchos jesuitas se enfrentaron abierta y
públicamente a la doctrina pontificia —era la primera vez que se producía una
rebelión de este tipo en toda la historia de la Orden— encabezada por el
teólogo moralista más influyente de los Estados Unidos, el padre McCormick, de
la Universidad de Georgetown[90]. El padre Arrupe
escribió a la Compañía para que reaccionase fielmente en favor de la doctrina
papal pero muchos no le hicieron el menor caso. Tal vez entonces fue cuando
Arrupe comprobó la auténtica entidad de su equipo izquierdista. El padre Jan
Terpstra, Provincial de Holanda desde 1963 y miembro de la Congregación General
XXXI, despreció la encíclica papal y la carta de Arrupe y, al adherirse a los
que negaban la validez de la encíclica, se opuso a la idea ignaciana de la
obediencia debida al General y al Papa. Entonces el citado Asistente de
Alemania, de quien dependía el provincial de Holanda, se puso de parte del
padre Terpstra contra el General; el padre Arrupe reaccionó con debilidad
característica, propuso, contra la voluntad del Papa, una interpretación laxa
del gravísimo problema y no mucho después recibió la desagradable noticia de
que su Asistente de Alemania salía de la Compañía y se implicaba en un
lamentable proceso judicial, mientras que el rebelde provincial de Holanda se
marchó también y reapareció ostensiblemente con una mujer en la Costa del Sol
española, donde ya por entonces se encontraban fácilmente los fármacos
anticonceptivos. El coautor del plan pastoral iberoamericano, padre Abad, se
marchó también. No eran más que los preludios de la estampida. Era director
mundial de las Congregaciones marianas, ese magnífico instrumento de apostolado
en que nos hemos formado millones de alumnos de los jesuitas, el padre
Ludovicus Paulussen hasta 1970. El clan de izquierdas debió de pensar que ese
nombre era muy anticuado y lo sustituyó por el de Comunidades de Vida
Cristiana. El clan de izquierdas nombró para dirigir el organismo «renovado» a
un hombre de su confianza; el brasileño Arno Dischinger, que se dedicó
concienzudamente a destruir las Congregaciones Marianas. Se había hecho famoso
en la Orden por la preparación de una tesis doctoral sobre la homosexualidad, a
la que incorporó interesantes observaciones experimentales realizadas en el
Parque Pincio de Roma. No terminó la tesis. Pero su comportamiento exterior era
previsible; después de destrozar esa gran obra de apostolado, se fugó de la
Compañía con su secretaria[91].
Dedicamos la
última sección de este capítulo al estudio estadístico de la Compañía de Jesús.
Adelantemos que tras un largo período de crecimiento hasta
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rebasar los
36 000 jesuitas en 1965, se empiezan a producir las deserciones en masa como si
la llegada del padre Arrupe fuese una señal. Al año siguiente, 1966, esa cifra
baja ya en 69 personas. La caída de vocaciones jóvenes es tan dramática que
durante los cuatro primeros años de Arrupe las estadísticas de la Orden no la
registran. Cuando Juan Pablo II destituye al infausto General en 1981 la
Compañía de Jesús ha perdido nada menos que diez mil miembros, y durante el
mandato de su sucesor, el arrupiano indeciso Kolvenbach, la curva sigue bajando
con el mismo ritmo porque las cosas siguen yendo de mal en peor. Angustiado, el
padre Kolvenbach ha dirigido recientemente a toda la Compañía una carta
preguntando por qué se hunden así las vocaciones, mientras en otros Institutos
de la Iglesia suben en flecha. Uno de mis viejos maestros, que me anima a
escribir con el espíritu que él y sus colegas me inculcaron, en esos Colegios
donde según la estúpida frase de Arrupe se fomentaba el espíritu de clase, le
contestó con una tremenda carta que en su momento publicaré dentro de este
capítulo. Pero el lector ya conoce, en líneas generales, la respuesta; la
quiebra del espíritu ignaciano que venía ya de años antes, pero se manifestó en
la Congregación General XXXI y en la desgraciada actuación del padre Arrupe y
su desorientado sucesor.
Ninguno de
estos hechos alarmaba al clan de izquierdas empeñado en asegurar esa quiebra.
Reafirmada la cooperación del General mediante la adulación a su mesianismo,
consolidado plenamente el poder adquirido en la Congregación XXXI, el clan
necesitaba terminar con la ambigüedad de esa reunión e imprimir mediante nueva
legislación a la Orden el rumbo que ellos habían ya fijado. Al acabar la
Congregación y en vista del mandato conciliar que ordenaba a los institutos
religiosos adaptarse a los nuevos tiempos, el clan de izquierda empezó a
preparar cuidadosamente la siguiente Congregación General XXXII, para lo cual
necesitaban asegurarse una mayoría cómoda entre los delegados. Pero según el
método que imprudentemente había insinuado el propio padre Arrupe, empezaron
con la praxis por delante, para confirmarla luego con la legislación, la teoría
y, llegado el momento, la Revolución.
SECCIÓN 3: LA REBELIÓN DE LOS JESUITAS EN
ESTADOS UNIDOS
EL «SURVEY» REVELA UNA JUVENTUD PERDIDA
En la vida
política normal un grupo dirigente presenta con toda claridad su programa y si
los electores le otorgan su confianza se dispone a cumplirlo, en lo que pueda.
Un gobierno se elige para gobernar, no para preguntar a los ciudadanos lo que
debe hacer. Cuando algunos delegados de la Congregación General XXXI decían que
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la Compañía
de Jesús no se regía por un sistema democrático decían más que sabían; aunque
luego el clan de izquierdas alardeaba de mantener la democracia interna; claro
que también llamaban democracia al totalitarismo sandinista de Nicaragua y
otras «democracias populares». Estaban hechos un lío y una vez tomado el poder
decidieron en el mismo año 1965 dirigir una encuesta a toda la Orden para que
les dijesen lo que debían hacer, en vez de proponérselo a sus súbditos tras un
análisis de situación que la propia Congregación General debía haber intentado,
pero no se atrevió a abordar. Esa encuesta es el famoso «Survey» ordenado por
el padre Arrupe, que no arregló nada sino que lo confundió y enfangó todo; y
cuyos resultados son la mejor muestra de la crisis que ya sufrían los jesuitas
cuando la Iglesia salía del Concilio[92]. Las respuestas
del Survey alarmaron a Arrope; revelaban una formidable confusión en toda la
Orden, cuya juventud, sobre todo, se mostraba alejadísima no sólo de la
tradición sino del genuino espíritu de San Ignacio y de la misma Iglesia. Pero
la solución mejor que vieron Arrope y su equipo no era reformar, aunque fuera
quirúrgicamente, a esa juventud, sino darles la razón, huir hacia adelante,
crear no una nueva juventud sino una nueva Orden desnaturalizada. Como símbolo
de toda esta catástrofe el sociólogo jesuita padre Pin, director del Survey, se
decidió por la praxis personal, salió de la Orden, hizo gran boda con una Von
Brentano, divorciada, que poco después se divorció también de él[93].
El Survey,
concebido originalmente como una encuesta para orientación del General y sus
colaboradores, se puso en marcha en 1966 y pronto se descentralizó por
Asistencias y provincias, que crearon, sobre todo en los Estados Unidos, grupos
o comités de planificación cuyos trabajos se prolongaron durante unos ocho o
diez años. En el fundamental libro del padre Becker se atiende sobre todo a los
aspectos formales del Survey en Norteamérica, pero no se nos aclaran demasiado
los contenidos. Afortunadamente conocemos, gracias a él y a otras fuentes,
estudios sociológico-religiosos relativamente completos que vamos a presentar
ahora mismo; las actas de la Comisión de Revisión Espiritual, formada por los
responsables de las casas de formación de las provincias de Maryland, Nueva
York y Buffalo, a las que se agregaron otras durante los cuatro años que
duraron las sesiones en el filosofado de Shrub Oak (1964-1968) y la Conferencia
de Santa Clara en 1967. Otro síntoma: entre los jesuitas expertos en formación
reunidos en Shrub Oak, tres abandonaron la Compañía durante las deliberaciones:
y la prolongada conferencia hubo de clausurarse cuando el propio filosofado se
cerró.[94]
Las actas de
Shrub Oak sobre la situación de los jesuitas jóvenes son terroríficas y el
padre Becker ha rendido un gran servicio a la historia de la Compañía de Jesús
al revelarlas. El asunto más urgente que se trató fue, significativamente, el
de las emociones, que llegaba a analizar el deseo sentido por muchos
estudiantes religiosos de mantener relaciones amorosas y aproximaciones
afectivas al otro sexo. La obediencia era un valor en crisis; ante una orden
sentían casi la necesidad de rechazarla. Creían poco en la Sagrada Escritura, a
la que enfocaban desde una óptica
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relativista.
Exigían que se les quitase la obligación de oír misa diaria, y la Comisión
aceptaba esta propuesta. Había que cambiar radicalmente todos los tramos de la
formación. Trasladar las retiradas facultades de filosofía y teología y
situarlas junto a universidades normales, donde también debían acudir los
estudiantes religiosos. El latín debería suprimirse. (Todo esto se realizó en
toda la Orden). La obediencia debería cambiarse por un proceso común para la
toma de decisiones; y el trato de los superiores debería fundarse en el
diálogo, no en el mandato. Se había reducido mucho el uso del sacramento de la
penitencia. Los estudiantes citaban a Karl Rahner más que a otro teólogo o
pensador, pero sólo en lo que confirmaba su rebeldía; nunca en sus publicaciones
ortodoxas, por ejemplo los escritos eucarísticos, porque los estudiantes de
teología consideraban a la Eucaristía como una devoción medieval. Se notaba un
aumento de estudiantes afeminados. Tenían mucha dificultad en rezar. La
Comisión organizó un encuentro de seis psiquiatras con los miembros de la
propia comisión y el resultado fue tan espantoso que el moderador ordenó quemar
los registros y actas de la sesión.
El Survey
en conjunto discurría por derroteros parecidos y en cuanto a actividades
apostólicas se orientaba decididamente hacia la izquierda. Cuando el observador
de hoy repasa serenamente estos encuentros no le queda más que una conclusión;
la Compañía de Jesús, con una juventud así en la más importante e influyente de
sus Asistencias, estaba muerta sin remedio en 1965/1968. Lo que sigue de este
capítulo no es ya, por tanto, más que la historia imposible de un glorioso
cadáver convertido, como en las películas de terror, en un muerto viviente.
EL PLAN FORDHAM, LA
DESVIACIÓN DE MADRID Y LA CONFERENCIA DE SANTA CLARA
En 1966 los
jesuitas ignacianos decidieron, al fin, dar una voz de alarma. A mediados de
agosto de 1966, durante una reunión en la casa matriz de la Orden, el santuario
de Loyola, donde se trataba de los Ejercicios Espirituales (sobre los que no
veo disposición alguna en la Congregación General 31) 30 jesuitas ignacianos
redactan un manifiesto y se lo envían al General reclamándole un urgente
retorno a la tradición, es decir a la identidad de la Compañía de Jesús[95]. Es históricamente significativo que la primera
protesta contra la «descomposición del ejército», como la llamaría el Papa al
año siguiente, brotara en el solar del Fundador, en el relicario y el corazón
de su Orden. La protesta de los ignacianos españoles, como vamos a ver, no
quedaba ahí. Inundaron a la Santa Sede con reclamaciones fundadas y se
decidieron a presentar batalla en toda regla. «Compañía de Jesús, corre a la
lid» decía su himno pero no les hicieron ni caso. Luego presentaron batalla y
estuvieron a punto de ganarla. Lo vamos a ver en siguiente epígrafe. Cuando
entre con el pie izquierdo en esta Historia un hombre cuya figura se ha querido
mitificar con tan escasos motivos
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como la del padre
Arrupe: el cardenal don Vicente Enrique y Tarancón.
El padre
Arrupe aprovechó las vacaciones de 1966 para un viaje a los Estados Unidos,
antes del último período de la Congregación General XXXI. Ya hemos visto cómo
en ese viaje aseguraba en Nueva York que su principal objetivo era el dialogo
con los jóvenes, y eso que sin duda conocía ya lo que los jóvenes de su Orden
pensaban sobre lo divino y lo humano, por informes como el que acabo de citar.
A otra lejana Loyola, la Universidad Loyola de Los Ángeles, llegó en ese mismo
viaje con el Asistente y jefe del clan de izquierdas, Vincent O’Keefe, que
acababa de dejar, como sabemos, la presidencia de la Fordham Universitiy, donde
se había publicado ya el Plan de Fordham sobre el futuro de la Iglesia Católica
en los Estados Unidos, en forma de libro del que era autor un jesuita de
Fordham, el padre Joseph Scheuer, y un profesor seglar de periodismo en la
misma Universidad, Edward Wakin. Los Estados Unidos habían ganado la segunda
guerra mundial, ostentaban sin discusión la hegemonía universal y los jesuitas
de ese país participaban (y siguen hoy participando) de un complejo de
superioridad que en parte se ha dirigido contra la primacía de Roma, capital de
esa nación vencida y (entonces) miserable que los soldados de Estados Unidos
utilizaban como uno de sus burdeles preferidos de Europa. Un jesuita de Los
Ángeles, el padre J.F. Conneally, conversó con el padre O’Keefe y le preguntó
asombrado cómo su universidad de Fordham había patrocinado semejante plan, obra
de dos de sus profesores, uno de ellos jesuita y sociólogo, cuyo objetivo era
des-romanizar a la Iglesia católica en los Estados Unidos. Pretendían cambiarlo
todo, construir una Iglesia nacional o poco menos. Proponían eliminar todos los
elementos tradicionales y conservadores en la Iglesia, las sombras de la censura,
las trabas contra el control de natalidad, las figuras de los cardenales
McIntyre y Spellman, el sistema para la recaudación de fondos, el método de
enseñanza en las escuelas, colegios y universidades católicas; exigían
educación sexual desde los jardines de infancia. A las objeciones del padre
Conneally todo lo que pudo responder el Asistente General fue que conocía a los
dos autores. El Plan de Fordham se difundió mucho en los Estados Unidos,
contaminó a muchos jesuitas y a no pocos obispos, que en los años ochenta están
defendiendo ideas semejantes[96]. Algunas cosas
explica el hecho de que, durante ese mismo año 1966, el filósofo y agitador
marxista Roger Garaudy, entonces apóstol del diálogo con los cristianos,
realizase un detenido viaje por los Estados Unidos, con gran éxito, para
predicar la aproximación cristiano-marxista; fue muy bien recibído en la
Universidad de los jesuitas en Santa Clara, California, tras haber
conferenciado largamente con varios jesuitas de Europa, entre ellos Karl Rahner[97]. La Universidad de Santa Clara va a entrar
inmediatamente en escena en este mismo capítulo.
Pero antes
debemos reseñar una nueva muestra del peligroso fraude perpetrado por los
jesuitas (en este caso los españoles) en relación con el mandato de Pablo VI
sobre el ateísmo. Nos estamos refiriendo ahora a los Estados Unidos: pero este
grave suceso español tiene aplicación inmediata y directa a toda la Orden, y no
puedo dejar
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pasar el año
1966, en que acaba la Congregación General XXXI, sin exponerlo.
El padre
Padberg pasa como sobre ascuas sobre el decreto de la Congregación General XXXI
sobre la respuesta al mandato papal acerca de la lucha contra el ateísmo. Los
jesuitas españoles fueron mucho más imprudentes y revelaron la presunta
respuesta al mandato del Papa en un Decreto de la Congregación General XXXI que
el padre Padberg no transcribe. En un documento reservado de una Comisión
Interprovincial de España, ad usum NN. tantum, fechado en Madrid en 1966[98].
Hemos
establecido ya que el mandato papal sobre «el combate» de los jesuitas contra
el ateísmo se refería al ateísmo marxista o carecía de sentido. Pero en el
decreto revelado por el documento secreto que acabo de citar la Compañía de
Jesús, en un comentario oficioso y también reservado (se comprende la reserva
para ocultar la superchería) introduce una grave desviación del mandato
pontificio, una desviación que será trascendental para el futuro. En efecto, el
propio Decreto, que no utiliza el término marxismo, no se refiere de
forma directa y principal a los regímenes comunistas que son, por definición y
práctica, ateos, (como había dicho expresamente el Papa durante el Concilio,
aunque no en el Concilio salvo la famosa nota 16) sino que concreta sobre todo el
combate contra el ateísmo en el ámbito de «las injusticias sociales que sobre
todo en las regiones en vías de desarrollo disponen a muchos a recibir las
doctrinas ateas que van unidas a los programas de revolución social» (Decreto…
p. 8 n. 3). Este enunciado es una prestidigitación que desnaturaliza el sentido
del mensaje de Pablo VI. Es decir que la tergiversación del mandato viene ya
dada por la propia Congregación General XXXI, aunque al padre Padberg se le
«escape».
Los provinciales de la Compañía de Jesús en
España constituyeron entonces una comisión dirigida por el teólogo rahneriano
José Gómez Caffarena, de familia derechista
y franquista, que
había pasado de
posiciones moderadamente
conservadoras a convertirse en uno de los primeros líderes del clan de
izquierdas en España. Caffarena redactó un «comentario pastoral» en el que
afianza la desviación interpretativa del Decreto. El ateísmo marxista ya no es
el principal enemigo sino el ateísmo positivista y pragmático que «marca mucho
más a las masas, según Borne». (Ibíd. p. 25). Después, prudentemente,
cita también el caso del ateísmo comunista pero desvirtúa muy pronto la línea
papal al considerar, con Rostenne, que «el marxismo es el pecado colectivo y
objetivado del cristianismo moderno» y no, como diría años después Juan Pablo
II, «Un pecado contra el Espíritu Santo». La posición de Caffarena supone una
concesión dialéctica total al marxismo con reconocimiento de su razón objetiva
profunda. (Ibíd. p. 67). Para refutar válidamente al marxismo hay que
hacerlo en su propio terreno, la acción (p. 72) como si ni el marxismo ni el
cristianismo difiriesen donde principalmente se oponen, que es en el terreno
teórico y de los principios; en la negación o la afirmación de Dios como clave
de uno y de otro. De esta desviación teórica e interpretativa nacerá primero un
diálogo con el
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marxismo
desde posiciones viciadas; y después la aceptación estratégica del marxismo
como doctrina complementaria o principal. Esto es lo que haría poco a poco la
institución fundada muy poco después, como veremos, por el doctor Gómez
Caffarena «Fe y secularidad». La institución que, en plena rebeldía y
decadencia, renació por una subvención del PSOE tras la victoria electoral de
1982 en España. Un grupo de jesuitas holandeses y americanos se pasaban por
entonces al marxismo radical y lo propondrían a toda la Orden, como vamos a
ver, en 1972.
Otra prueba
más de la desviación de los jesuitas al interpretar el ateísmo viene dada,
entre otros datos, por la intervención del cardenal polaco Glemp ante el VI
simposio de obispos europeos en octubre de 1985 (Cfr «Ya» de Madrid, 10 de
octubre de 1985, p. 33). El cardenal Glemp —dice la excelente reseña de
Mercedes Gordon, corresponsal del diario en Roma, que fue, por seguir esa
línea, destituida del diario, poco antes de que éste se hundiera en la
vergüenza— intervino en el debate de la sesión general para referirse al
ateísmo institucional y subrayar que «existe una explosión del sentimiento
religioso en África, en el Islam y en los países del Este, que ha sido
detectada por las autoridades marxistas. Estas preparan con calma un plan para
frenar ese fenómeno y suprimir la religión de la vida del hombre». A este
ateísmo se refería esencialmente el Papa Pablo VI en su mandato a la Compañía
de Jesús que lo desvió por turbias razones políticas y estratégicas. Aunque las
autoridades marxistas de 1985 ya estaban sentenciadas. Cuatro años más tarde
cayó el Muro de Berlín sobre ellas, sobre sus diálogos, sobre los jesuitas
liberacionistas, sobre el padre Caffarena y sobre el Instituto Fe y
Secularidad.
La
Conferencia de Santa Clara, célebre Universidad de los jesuitas en California,
fue una idea de los provinciales de los Estados Unidos al planificar la
creación de un Instituto para la Formación del jesuita. Poco a poco se amplió
su objetivo hasta comprender el examen de todos los aspectos de la formación,
la vida y el apostolado de la Compañía de Jesús en los Estados Unidos, con el
decidido propósito de modernizar todos esos aspectos en el mundo convulso y
cambiante de los años sesenta. Designaron a un comité de selección y
planificación para la conferencia, compuesto por doce jesuitas eminentes,
cuatro de los cuales abandonaron luego la Orden. El comité admitió a cuarenta y
ocho delegados jesuitas de toda clase y condición; once de ellos eran jóvenes estudiantes
que fueron elegidos por sus compañeros y presentaron una serie de proposiciones
a cual más descabellada. De los cuarenta y ocho delegados luego abandonaron
diez la Compañía. Los sesenta miembros de la conferencia, que llegaron a 72 al
agregarse los Provinciales y el Asistente regional, incluían a dos psicólogos
(que influyeron más que nadie y se marcharon luego). Los setenta y dos miembros
representaban a los ocho mil jesuitas con que entonces contaba la Asistencia
más numerosa y poderosa de la Orden. La conferencia duró dos semanas, desde el
6 de agosto de 1967. Establecieron dieciséis puntos de consenso que
prácticamente lo cambiaban todo. Se marcharon felices, eufóricos. En el
artículo encomiástico, escrito por uno de los participantes más
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activos, se
destacaba la intuición de cuatro miembros, de los cuales tres dejaron después
la Orden. Otro artículo escogía veinte citas de los participantes más
celebrados, de los que dieciocho se marcharon más tarde. Los mayores elogios
los recibió el padre Bernard Cooke, de la Universidad Marquette, que luego
abandonó la Orden y el sacerdocio.
La
conferencia de Santa Clara iba a arreglarlo todo, a cambiarlo todo, a
modernizarlo todo. Representaba a ocho mil jesuitas, acabo de decirlo. Cuando
escribo estas líneas en 1995 esa cifra se ha reducido a bastante menos de la
mitad. La conferencia de Santa Clara sentó, pues, las bases para la destrucción
de la Compañía de Jesús en la más floreciente de sus Asistencias[99].
Otro autor
—seglar— norteamericano nos ofrece una visión menos triunfalista que la del
padre Becker, cuyas anotaciones sobre los abandonos son, sin embargo,
tremendas. Los provinciales de los Estados Unidos asistieron a todas las
sesiones de la conferencia pero raras veces intervinieron, ni siquiera ante la
aprobación de los mayores disparates. Desde algo después acostumbraban a
concelebrar la Misa sin ornamentos sagrados (al menos desde 1972 según foto de
una revista interna). Becker nos ha presentado con precisión el contexto y los
aspectos formales de la conferencia de Santa Clara: Hitchcock nos resume
adecuadamente los contenidos[100].
En relación
con la formación de los jesuitas jóvenes la conferencia subrayó «las
necesidades del tiempo presente en su plenitud»; la familiaridad con la cultura
secular y la comunicación con los no-creyentes. Apenas se mencionó la comunión
con la Iglesia, ni la vinculación con las tradiciones que habían hecho grande a
la Orden. Más aún, se propusieron y aprobaron muchos puntos concretos para la
ruptura con esas tradiciones.
La formación
teológica debería centrarse «en los problemas urgentes religiosos de hoy,
especialmente los que se refieren al ateísmo y al humanismo secular». Nada que
objetar si se trataba de conocer esos movimientos para combatirlos y
reconvertidos; pero los hechos demuestran que se pretendía una comunicación, no
una penetración evangelizadora.
Con
enfrentamiento total al concepto de vida religiosa, la conferencia proclamó que
«una vez que un hombre ha sido juzgado apto para el ingreso en la Compañía, los
ideales deben acomodarse en lo posible a la capacidad del individuo, mejor que
procurar la acomodación del individuo al ideal». Es un individualismo
disolvente, egoísta, contradictorio con otras tendencias colectivistas de la
nueva Compañía; parece que se trata de confundir y demoler más que de reformar.
La
conferencia se pronunció por una reforma aniquiladora del voto y el concepto de
la castidad, pese a que se trata de uno de los puntos en que más insistió
Ignacio de Loyola y en que más se distinguió la Compañía hasta ese momento.
«Para que un hombre ame a Dios —propuso la conferencia— debe poseer la
capacidad de amar que se desarrolla en la expresión del amor humano, y esto no
se completa siempre con el amor de un hombre por otro. El amor de un hombre por
una mujer y la
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respuesta de
ella puede añadir dimensiones de sensibilidad que de otra forma no pueden
conseguirse». La conferencia aceptó el riesgo de que este criterio pudiera
conducir a violaciones de la castidad, e incluso a una «total absorción
emocional». Pero era el «precio necesario» para adquirir el gran bien que se
trataba de conseguir. La conferencia propuso expresamente una tercera vía
entre matrimonio y castidad que conduciría, en la práctica, a toda suerte de
aberraciones morbosas. Pronto fue voz común que las recomendaciones de la
conferencia de Santa Clara sobre la sexualidad de los jesuitas, incluso antes
de haberse formulado, ya se estaban poniendo en práctica, «por vía de
experimentación». En Santa Clara se habló de que la «tercera vía» era una idea
del padre Teilhard de Chardin, y algo más que una idea, como ya sabemos. Por
entonces el padre Rahner, tan citado por los estudiantes de Santa Clara, ya
estaba poniendo en práctica su propia versión de la «tercera vía» como también
sabemos; y la mantuvo hasta su muerte en 1984. Las orientaciones oficiosas
(sobre tan delicadísima materia) se publicaron en un folleto bajo auspicios
oficiales, que proponía diversos ejemplos de comportamiento, incluidas la
homosexualidad y la conducta heterosexual concreta. Un consejo que ofrecían los
superiores consistía en respetar la necesidad de desarrollo afectivo por parte
de cada jesuita, pero refrenándose ante la «acción decisiva»[101].
La
obediencia y el ejercicio de la autoridad, otra piedra angular de la Compañía
de Jesús, y característica ignaciana primordial, se redefinieron abiertamente
en términos de «diálogo». La oración debe interpretarse flexible e
individualmente, sin normas fijas ni estrictas, sobre todo buscando a Dios en
la vida de los demás hombres (o mujeres, supongo). La oración no debe ser la de
los Ejercicios, que se critican en una propuesta demoledora; sino «dirigirse al
Cristo viviente, ahora presente en su pueblo, más que intentar orientarla a una
recreación imaginativa del Jesús de hace dos mil años». Los Ejercicios de San
Ignacio son exactamente esa recreación, ahora descartada. Habían sido el alma
de la Compañía; nadie en Santa Clara se ocupó de recordarlo.
En el campo
litúrgico la conferencia recomienda el cambio por el cambio, aunque los obispos
desaprueben las experiencias. La asistencia o celebración de la misa sería
«Contraproducente» si se convierte en un problema de disciplina. En cambio se
exigía a los jesuitas, incluso contra su voluntad, la participación en
ejercicios terapéuticos, dinámicas de grupo o «sesiones de sensibilidad
dirigidas profesionalmente». A eso lo llamamos en España «lavados de cerebro»
que no sólo aceptó la conferencia de Santa Clara, sino que el clan de
izquierdas impuso a toda la Orden, a veces bajo la forma de Ejercicios
espirituales dados por personas empeñadas en una nueva configuración
político-social de los jesuitas, no por expertos en el método de San Ignacio.
El padre Arrupe no asumió el conjunto de estas conclusiones, e incluso rechazó
la «tercera vía» como práctica de la Orden (Padberg). Pero tampoco se atrevió a
descalificar en bloque esta absurda serie de proyectos y recomendaciones, que
de hecho se llevaron muchas veces a la práctica en la Asistencia de América y
en
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otras partes, y contribuyeron decisivamente a la
demolición interna de la Compañía de Jesús[102].
La
conferencia de la demolición se celebró en vísperas de 1968, el año que iba a
ser marcado por las grandes rebeliones juveniles desde Berkeley, ahí al lado,
en la bahía de San Francisco, y el Barrio Latino de París. Los jesuitas se
adelantaban a los «signos de los tiempos», esa ridiculez oportunista, aunque la
hayan usado muy altas fuentes de la Iglesia. En ese año un joven jesuita
excéntrico, Daniel Berrigan, junto con un hermano suyo también religioso,
encabezó un asalto a la oficina federal de reclutamiento en Catonsville y quemó
varios archivos con tarjetas para el servicio militar. Estaba en libertad bajo
fianza cuando voló a Hanoi para participar en una campaña de propaganda contra
su patria. Sentenciado a tres años de prisión, pasó a la clandestinidad hasta
que fue detenido e ingresado en la cárcel de Danbury durante diecisiete meses.
El 1980, dedicado de lleno al espectáculo pacifista y antimilitarista, destruyó
el cono de un misil nuclear en Pensilvania. En sus manifestaciones públicas
fustigó a la Compañía de Jesús como momificada, irrelevante y esclerótica, lo
que no le impidió permanecer en ella ni convertirse en un ídolo para muchos
jesuitas jóvenes, la mayoría de los cuales han abandonado ya la Orden[103]. Berrigan es un anarquista más que un marxista,
aunque aduce de vez en cuando citas, generalmente disparatadas, de Marx.
Lunático exhibicionista, compara públicamente a Ho Chi Minh con Jesús y con
Ignacio de Loyola. Es, en caricatura, el ejemplo máximo de degradación a que
puede llegar un jesuita rebelde en toda su plenitud. Su ocurrencia más
deliciosa es la de figurar como uno más en la serie histórica de los jesuitas
mártires y se siente especialmente parecido a los mártires jesuitas de
Inglaterra bajo el reinado de Isabel I, que no le hubiera enviado a la horca
sino a la camarilla de los bufones.
LA AVENTURA POLÍTICA DEL PADRE DRINAN
La Teología
Política ofreció una aplicación insospechada en los Estados Unidos el año 1970
cuando el padre Drinan, decano de la Facultad de Derecho de la Compañía de
Jesús en Boston, presentó con éxito su candidatura a la Cámara de
Representantes del Congreso, contra las órdenes del Padre Arrope (de las que no
hizo el menor caso) y se convertía en el primer miembro de la Compañía de Jesús
que llegaba a tan alto puesto legislativo[104]. Drinan, liberal-radical
(línea coherente con la asumida en el clan de izquierdas para esta clase de
aventuras) ganó su puesto en el Congreso con el apoyo de protestantes y judíos
contra el voto de los católicos de su circunscripción. Su mandato fue
escandaloso. Criticó, en libros y en actos políticos, al anticomunismo de
Norteamérica y al militarismo; se opuso a la actuación federal contra la
pornografía, votó siempre a favor del aborto y suscitó tal oleada de protestas
entre los católicos norteamericanos que en la primavera de 1980 el Papa Juan
Pablo II tomó la
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decisión de
prohibir a toda la Iglesia que los sacerdotes aceptasen cargos públicos. Con
ello hizo imposible la reelección del padre Drinan. Para completar el cuadro
digamos que frente al representante demócrata Drinan el jesuita republicano
MacLaughlin se presentó (esta vez sin éxito) al Senado, se convirtió en
ayudante del presidente Nixon, vivió en los fementidos apartamentos Watergate,
donde daba ostentosas fiestas presididas por una habitual anfitriona; acabó por
dejar la Orden, se casó y actuó después como columnista conservador. El afán
político de los jesuitas norteamericanos, que generalmente se aplicaba a la
política interna de su Orden, se prolongaba a veces en estas actuaciones
políticas personales que el padre Arrupe no podía dominar. Pronto encontrarían
los jesuitas de Norteamérica una causa política exterior a la que se entregaron
los de izquierdas con ardor insólito: el apoyo, político y financiero a la
teología de la liberación y los movimientos revolucionarios con ella conectados
en lberoamérica, es decir a la alianza estratégica de los católicos radicales
con el marxismo. Dos jesuitas rojos, los padres Fitzpatrick y César Jerez, a
quienes ya conocemos, lograrían esa importante conversión de frente.
Veíamos hace
poco al cardenal Ratzinger quejarse de que tres bastiones del catolicismo
—Estados Unidos, Holanda y por supuesto España— parecían entregados
fervorosamente a la demolición de la Iglesia. A la desviación política se
agregaba la aberración teológica y después de lo que hemos oído en las
reuniones citadas en la sección anterior nada debe ya sorprendernos. Lo que no
dice el cardenal es que esta demolición depende muchas veces de la Compañía de
Jesús. En el mismo año en que los padres Drinan y MacLaughlin iniciaban sus
escarceos políticos el jesuita holandés padre Van Kilsdon se enfrentaba a una
comisión teológica nombrada por el padre Arrupe para estudiar sus teorías
contra la concepción virginal de Jesús en torno a la doctrina del catecismo
holandés, ese brote de herejía postconciliar. Se trataba de una afirmación del
Credo, —ex María Virgine— y de un punto central de la doctrina católica. Van
Kilsdon afirmaba que Jesús era hijo natural de San José y la Virgen. Tanto el
padre Rahner como otros miembros de la comisión dictaminaron la herejía de
semejante tesis, como hubiera hecho cualquier católico fuera de Holanda o de
Santa Clara. Pero el padre Arrupe, débil como siempre, decidió ampliar la
comisión con otros teólogos jesuitas de Holanda quienes protestaron por la
persecución ideológica contra Kilsdon como si se tratase de un nuevo caso
Galileo y la herejía quedó sin censura[105].
La
Congregación General XXXI y el padre Arrupe tenían el gravísimo deber de cortar
las desviaciones teológicas y religiosas que inundaban cada vez más a la
Compañía de Jesús con signos de metástasis cancerígena. En 1966, apoyándose en
los documentos del Concilio, hubieran podido hacerlo. Fuera de gestos indecisos
e inútiles dejaron correr las aguas sucias y casi mes por mes la Compañía de
Jesús pasó de ser el baluarte del Papa a actuar como abierta y descarada
oposición al Papa. Las propias instituciones de la Orden marcaban el paso en
tan inconcebible camino, como hemos visto con la tergiversación del mandato
papal, acto supremo de desobediencia
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fraguado por
el clan de izquierdas y alentado por los propios Superiores. El catálogo de
disidencias en esta época es interminable. Repasemos algunos casos, con
preferencia norteamericanos, bien documentados:
En 1974 el
teólogo John MacNeill S.J. publicó el libro The Church and the Homosexual
«quizás el primer intento abierto en la historia de la Iglesia católica para
justificar el comportamiento homosexual teológicamente; un tema que
MacNeill había estudiado durante veinte años»[106]. Algunos
jesuitas famosos le siguieron en su reivindicación. James Hitchcock, un
escritor católico que opera siempre con una documentación abrumadora, ofrece
una impresionante lista de casos en que los jesuitas progresistas de
todo el mundo han expresado de forma pública su disentimiento con la doctrina
del Papa y de la Santa Sede en múltiples problemas. Entre ellos:
El
presidente de la Universidad de Georgetown en Washington, padre Timothy Healey,
respondió a la visita del Papa Juan Pablo II a los Estados Unidos escribiendo
que el Papa no entendía la educación superior de este país.
Un teólogo
jesuita, Edward Kilmartin, se permitió publicar un libro, Iglesia,
Eucaristía y sacerdocio, en que critica el documento de Juan Pablo II en
1980 sobre la Eucaristía porque no está de acuerdo con los postulados de
la teología moderna.
Un número
considerable de jesuitas, entre los que se incluían casi todos los miembros de
la Facultad de Teología de Berkeley, rechazaron públicamente el documento de
Pablo VI por el que se confirmaba la prohibición de que las mujeres fueran
válidamente ordenadas para el sacerdocio.
Walther
Burghardt, director de Theological Studíes, criticó en la prensa la
censura del Vaticano contra el teólogo suizo Hans Küng y se mostró en
desacuerdo con la doctrina de la Santa Sede contra la esterilización.
El obispo de
Batan Rouge, Joseph V. Sullivan, ha acusado al jesuita George Wilson de violar
el secreto profesional y falsificar algunos elementos de una discusión de
obispos con el sector liberal de su clero.
Un sociólogo
jesuita, John A. Coleman, atacó duramente al Vaticano por sus intentos de poner
orden en la caótica Iglesia de Holanda y llegó a sugerir que los obispos
holandeses que sigan las directrices del Vaticano sean lapidados por el pueblo.
Un teólogo
jesuita, el padre Georges Maloney, alabó a las Iglesias ortodoxas orientales
por poseer «el rasgo salvador de haber evitado la pesada autoridad de una
jerarquía monárquica sometida a un Papa».
Joseph
O’Hare, editor de America, informó que en Woodstock, a fines de los años
cincuenta, un teólogo jesuita prominente trataba sistemáticamente de erradicar
la papolatría de los estudiantes, que infectaba a los católicos
americanos. B propio O’Hare pensaba que Juan Pablo II era europeo del
Este, incapaz de entender a los occidentales.
Un teólogo
jesuita, David Toolan, ha escrito: «Si alguien de esta generación
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pretende
hacer seriamente el camino espiritual, se verá virtualmente forzado a renunciar
a la Iglesia de Cristo».
Cuando en
1980 el Vaticano decretó que el teólogo Hans Küng no debería ya considerarse
como un teólogo católico y le retiró la venia docendi, la revista más
importante de los jesuitas, America, (12.1.1980) criticó duramente esa
decisión y varios teólogos norteamericanos firmaron un manifiesto de repulsa[107].
EL MANIFIESTO COMUNISTA DE LOS JESUITAS EN 1972
Uno de los
primeros efectos de la toma del poder por el clan de izquierdas en la
Congregación General XXXI de 1965-1966 fue el cambio de orientación en las
publicaciones de la Compañía de Jesús en todo el mundo que, salvo contadas
excepciones fueron cayendo en poder de los izquierdistas y progresistas
en todas partes; ya vimos que Pablo VI se había quejado en 1967 de que tras
haber enviado a un congreso de publicaciones jesuitas una seria advertencia no
le hicieron el menor caso. Como se dio, tras el Concilio, un fenómeno semejante
en las publicaciones de los demás institutos religiosos que viraron a la
izquierda, el efecto global de este aluvión de deformación y propaganda fue
incalculable en todo el mundo, para los religiosos y religiosas, los sacerdotes
y los fieles. Recordemos que en el programa de PAX-IDOC uno de los puntos
esenciales era la infiltración en la Iglesia por medio de periódicos, revistas
y editoriales. No digo que todos esos medios de comunicación fueran financiados
por el IDOC, ni mucho menos; pero la línea era parecida, y una de sus
principales orientaciones era el diálogo cristiano-marxista; luego, después de
1972, se agregó con mucha fuerza el apoyo a las revoluciones
cristiano-marxistas del Tercer Mundo y el acoso a la Santa Sede. Para
centrarnos en el caso de los jesuitas digamos que el viraje de las revistas y
editoriales existentes fue espectacular. Lo veremos inmediatamente al hablar de
España. En los Estados Unidos la revista America había sido, hasta el
Concilio, un seguro punto de referencia para los católicos. Bajo la
influencia del clan de izquierdas, y especialmente del Asistente General
O’Keefe giró ciento ochenta grados y se convirtió en portavoz del progresismo
y el izquierdismo, como hemos visto que sucedió en España con el caso de
su gran revista paralela, Razón y Fe. En España las editoriales de la
Compañía se pasaron al enemigo; en Estados Unidos los jesuitas han logrado
mucho mejor el equilibrio y hoy funcionan editoriales importantes y de
excelente línea como la «Ignatius Press» de San Francisco o el «Institute of
Jesuit Sources» de Saint Louis.
El padre
Becker estudia con mucho interés los nuevos periódicos (mensuales) que crearon
los jesuitas a principios de los años setenta, con la excelente intención de
unir a todos los miembros de la Orden, que tras la Congregación XXXI se habían
dividido abiertamente por el fenómeno que allí llaman «la polarización»[108]. Opinan algunos expertos que el efecto resultó
contrario; las divisiones se agravaron, pero al menos los
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jesuitas
ignacianos tuvieron libertad para oponerse al clan de izquierdas y expresar sus
protestas, ventaja de que no gozaron los numerosos ignacianos españoles, que
han vivido desde los años setenta en un clima de miedo y aun de terror; lo he
comprobado personalmente en muchas ocasiones y por eso cuando han expresado sus
protestas lo han hecho de manera anónima y clandestina, como vamos a ver en la
sección siguiente. El padre Becker atribuye a estos nuevos periódicos de los
setenta un alto valor de testimonio histórico y tiene toda la razón; yo los uso
profusamente en este libro y lo haré en el próximo. SJNEws era la revista de la
provincia de Nueva Inglaterra, que se publicó desde 1971 a 1975. La más
importante y duradera es «Nacional Jesuita News» que apareció en diciembre de
1971 y mantiene hoy su publicación, como órgano de toda la Asistencia de
Estados Unidos. En ella se publicó pronto un curioso diálogo. El padre Vincent
McCorry, columnista durante años en America y luego excluido de ella,
envió una carta al director de NJN rebosante de pesimismo. Había escrito
un artículo para su antigua revista en que proponía la división de la Orden en
dos, para que cada miembro siguiera su línea, lo mismo que habían intentado
poco antes los jesuitas ignacianos españoles. Ahora, en la carta de NJN, manifestaba
sus deseos de abandonar la Orden y terminaba así: «Las sombras se alargan y
empieza una noche que no tendrá aurora». Antes de esa profecía, que por
desgracia se va cumpliendo inexorablemente, hablaba de la Compañía de Jesús
como «mi madre a quien han violado». Otro lector de la banda contraria le
contestó a vuelta de correo: «No la han violado, se ha ido con otro». El padre
Thomas M. Curran, que fue director de estas dos revistas a la vez, no tardó en
dejar la Compañía de Jesús[109].
Al hablar
del giro a la izquierda en la Compañía de Jesús he adelantado el extracto de un
documento que ahora voy a publicar, completo, dentro del contexto de 1972, el
año en que se convocó la Congregación General XXXII. La publicación de este
auténtico Manifiesto Comunista de los jesuitas se hizo precisamente en la
revista «National Jesuit News» que recibió un aluvión de cartas en contra pese
a lo cual publicó una segunda entrega, aquí reproduzco las dos. Mi impresión es
que se trata de un globo-sonda alentado por el clan de izquierdas, o al menos
su sección holandesa, porque proviene de Amsterdam; el hecho de que fuera
publicado en el periódico oficial de los jesuitas norteamericanos fue sin duda
muy alentador para el citado clan, que ya preparaba concienzudamente la gran
trampa en que se convirtió la siguiente e inmediata Congregación General. El
documento fue redactado por un equipo de jesuitas marxistas de Holanda y los
Estados Unidos uno de los cuales, el padre J. Dennis Willigan, de la
Universidad de Carolina del Norte, lo envió con su nombre a NJN. Fue antes
repartido entre grupos selectos de jesuitas en los Estados Unidos y también en
el Vaticano; y recibió en esa primera distribución reservada tan excelente
acogida que los promotores decidieron enviarlo a NJN, revista que lo publicó
como «tema para debate general». Se trata, lo repetiré, del Manifiesto
Comunista de los jesuitas en el siglo
XX.
Si la Compañía de
Jesús busca para el futuro un papel activo para superar la
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objetividad
ajena y congelada del mundo exterior, y para remodelar la costra de arbitrarias
situaciones de hecho para transformarlas en relaciones humanas inteligibles,
debe hacerse consciente del hecho de que los grandes cambios estructurales
dependen sólo de esos grupos desde cuya perspectiva puede reorganizarse todo el
tejido social sobre la base de un nuevo principio, en una nueva síntesis. Para
desempeñar auténticamente ese papel la Compañía de Jesús debe purgarse de su
conciencia social burguesa e identificarse con el proletariado, reconociendo
que sólo el proletariado, como negación viviente del capitalismo monopolista
avanzado, y como sujeto de la Historia, puede conseguir un conocimiento social
correcto y objetivo; el proletariado simultáneamente conoce y constituye la
sociedad. En este punto nos encontramos muy cerca de comprender el misterio del
fundamento proletario del propio Jesús.
El
vacío estratégico de la Compañía de Jesús. Durante muchos años la Compañía de Jesús ha
carecido de una estrategia social clara y coherente. La hipótesis de principio
que, históricamente, ha configurado la estrategia social de la Compañía de
Jesús, la estrategia reformista, se encuentra en estado de crisis desesperada.
La crisis de la estrategia reformista no es un asunto de los Estados Unidos o
de Europa, de uno u otro período histórico. El desarrollo del capitalismo
moderno, sobre el cual la estrategia reformista virtualmente centra todo, ha
socavado sus fundamentos.
Se
ha visto muy claro, especialmente en el Tercer Mundo, que la expansión
económica en un contexto capitalista no constituye una base suficiente para el
progreso social y civil. Por el contrario, compromete al progreso. La igualdad
de renta y poder, el pleno empleo de la capacidad productiva, la mejora en las
condiciones de vida en las fábricas y en las ciudades, la instrucción y cultura
de las masas, la liberación de las mujeres y el desarrollo igual de todas las
regiones, todos esos objetivos del «Estado de bienestar» no se han conseguido
con el desarrollo económico capitalista. Al contrario, parecen cada vez más
remotos. Incluso donde la acción lenta de los esfuerzos reformistas basados en
los principios cristianos corrige éste o aquél objetivo mediante la lógica del
sistema de lucro, esa misma lógica ha desplazado y agravado ya los límites del
problema.
Más
aún, la misma posibilidad de intervenir en el desarrollo capitalista con los
instrumentos del poder político ha disminuido realmente y por eso los esfuerzos
de los jesuitas en ganar puntos de apoyo en las estructuras políticas acabarán
probablemente en mostrarse ineficaces. La crisis de las instituciones
representativas americanas, la simbiosis entre élites tecnocráticas y grupos
monopolistas, la desintegración de las maquinarias políticas, todo ello impide
el crecimiento cuantitativo de la intervención pública en la economía y en la
sociedad mediante la acción de un poder público real y autónomo. Este se reduce
a un instrumento de mediación y compensación en un mecanismo sobre el que
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no
tiene un control real. Se convierte en el instrumento al que recurre el sistema
para combatir el cambio radical y en fuente de continua estabilización.
Un
poder público así integrado y debilitado se encuentra frente a un mecanismo
socioeconómico que es más compacto y está dominado por leyes objetivas cada vez
más incontrolables. El incremento en inversiones, la planificación a largo
plazo, la integración de la investigación científica en el aparato capitalista,
la integración internacional del capital, los mercados, las divisas, las
interdependencias sectoriales, los condicionamientos del consumo de masas y de
la organización social, todo ello se combina para evitar la modificación del
modelo de desarrollo por medio de intervenciones reformistas progresivas y
sectoriales propuestas por las anteriores estrategias sociales emprendidas por
la Compañía de Jesús.
El
fracaso de la estrategia social de la Compañía de Jesús en el plano
internacional está clara. Sólo ha servido para cultivar la ilusión de que el
impulso agresivo del capitalismo está vinculado al retraso de la sociedad y a
la supervivencia de los elementos reaccionarios clásicos. Hoy el papel de los
militares es el equilibrio entre el capitalismo «maduro», la imposibilidad de
éste para liquidar la explotación de las zonas deprimidas incluso en los
Estados Unidos, la continua regeneración del sistema en su núcleo y las
presiones nacionalistas y racistas del complejo burocrático-militar.
Las
capas tradicionales pequeño-burguesas en Occidente se han ido liquidando
progresivamente pero nuevas capas intermedias —privilegiadas en muchos aspectos
y ligadas a las formas monopolistas de desarrollo— han ocupado su lugar. La
clase trabajadora se está diferenciando claramente por dentro, mientras
representa una parte, a veces en disminución, de la masa de trabajadores. Los
instrumentos de interacción ideológica y el condicionamiento de los modelos de
consumo impuestos por el sistema se han multiplicado. Las fuerzas productivas
(ciencia, tecnología, capacidad profesional, necesidades) se han visto
influenciadas profundamente por los cambios en el capitalismo. Por estas
razones, el esquema clásico de ruptura revolucionaria —como una intervención de
una minoría consciente que se inserta en una situación de desintegración social
y utiliza demandas elementales de las masas para tomar posesión del poder del
Estado y subvertir el orden de la propiedad— se hace impracticable. Semejante
crisis no cuaja cuando empiezan a aparecer, como al final de la década de los
sesenta en los Estados Unidos, grupos cuya mayoría es tan insegura, tan confusa
sobre las alternativas y tan profundamente condicionada que se retira hacia
posiciones moderadas y restablece la situación.
Un
internacionalismo nuevo para la Compañía de Jesús. Hoy día, la comprensión plena de la
existencia, naturaleza y consecuencias de una nueva fase de oposición mundial
es uno de los prerrequisitos de una nueva estrategia revolucionaria. Las
sociedades capitalistas avanzadas, como los Estados Unidos,
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están
atravesando una crisis peligrosa y compleja, que pone en cuestión sus valores y
estructuras fundamentales, lo mismo que la identidad de la Compañía de Jesús
parece ahora ponerse en cuestión. La crisis de los Estados Unidos brota de su
propio desarrollo. Este desarrollo —que tiene el aumento del lucro como su
objetivo prioritario— alimenta zonas de parasitismo y despilfarro, hace que
capas enteras de la sociedad lleven una vida marginal, produce necesidades
crecientes que no pueden satisfacerse, multiplica los fenómenos de
desintegración social y provoca tensiones que sólo un monstruoso aparato de
manipulación y abierta represión puede controlar.
Esta
crisis desafía directamente a los mecanismos del sistema, aun si estos
mecanismos no pueden transformarse ya que carecen de la acción de ideas y
fuerzas capaces de efectuar semejante transformación. Por falta, o por
insuficiencia de esas fuerzas e ideas, la crisis alimenta un movimiento de
irracionalidad y de violencia cuyo final no se puede prever. El símbolo de este
proceso es la América contemporánea.
En
Asia, África y América latina el tipo de reformismo que ha caracterizado la
pasada y ahora desintegrada estrategia de la Compañía de Jesús ha alcanzado
contradicciones análogas, no sólo por la exclusión de esos continentes del
proceso de unificación capitalista sino también por el carácter asumido por el
proceso. La penetración de modos de producción capitalista, acelerados
rápidamente por el colapso del sistema colonial clásico, un sistema que la
Compañía legitimó con fundamentos teológicos, no ha ayudado a superar los
trágicos problemas de esos continentes, ni ha conducido a la recuperación
progresiva a partir del atraso. Por el contrario, el abismo entre las dos zonas
ha crecido, la subordinación de una a otra se ha perpetuado, y mientras tanto
la superpoblación y el hambre toman una terrible y creciente dimensión,
aparecen nuevos instrumentos de represión en el mismo corazón de los países
atrasados y la violencia contra las presiones revolucionarias se hace general.
Los
resultados no se explican por lo insaciable de los deseos imperialistas de
expansión económica sino por los obstáculos insuperables que se oponen al tipo
de reformismo que la Compañía de Jesús y otros grupos cristianos han propuesto
como un evangelio social.
El
hecho de que el desarrollo de los países atrasados presupone la liquidación de
las viejas clases dominantes y de las nuevas capas burocráticas seduce todavía
a la Compañía de Jesús para ejercer sus esfuerzos al servicio de esos grupos y
educar a sus hijos en un tipo de seudocristianismo corrompido por los ideales
capitalistas de Occidente. La necesidad de efectuar una movilización de las
masas campesinas, de formar vanguardias políticas cristianas —es decir, una
transformación revolucionaria del entero sistema social y político que se apoya
en el imperialismo, incluso en sus formas más modernas— es una tarea que debe
ser asumida por la Compañía de Jesús. Por razones políticas y económicas, el
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imperialismo
debe favorecer la formación de un nuevo bloque social que consiste en los
terratenientes, la burguesía tradicional y las nuevas castas militares y
burocráticas. No podemos permitirnos colaborar con ese esfuerzo.
La
estrategia social, nacional e internacional, de la Compañía de Jesús en los
Estados Unidos debe fundarse sobre el reconocimiento de que el desarrollo de
los países atrasados es incompatible con el desarrollo total del mundo
capitalista en el cual los países atrasados se están integrando cada vez más.
Esta incompatibilidad no está sólo ligada a los mecanismos de intercambio
desigual o a la transferencia desde los países atrasados a las zonas
desarrolladas del lucro correspondiente al capital invertido, sino con más
sutileza, a la misma naturaleza de esas inversiones, a la penetración comercial
de sus productos, al tipo de consumo que se determina por esos factores. Por
estas razones, la compresión económica y la desintegración social de los países
subordinados es una consecuencia inevitable. Sin una ruptura de este cordón
umbilical y una rebelión en sus fuentes, la tragedia del atraso de una gran
parte del mundo no se resolverá sino que se agravará.
El
fracaso del tipo de reformismo al que la Compañía de Jesús se ha adherido en
los países atrasados ha tenido como consecuencia lógica la creación de un
abismo irremediable entre la filosofía de la coexistencia pacífica y el
programa de las vanguardias revolucionarias del Tercer Mundo. Este programa ha
tomado el camino de lucha armada y contra ella, el imperialismo y sus aliados
tanto seculares como religiosos han permitido que se desencadene una forma
brutal de violencia.
El
reformismo global propuesto por la Compañía de Jesús en su estrategia social
del pasado ha servido para provocar la tensión y la rebelión por los vínculos
que mantiene este reformismo con la ideología capitalista. El frente asiático
está en movimiento; la guerra de Vietnam en vez de desarrollarse según la
lógica de la coexistencia se extiende a través de Indochina. La India da sus
primeros pasos hacia la lucha popular armada y las presiones japonesas reabren
antiguas contradicciones. En Oriente medio, donde los jesuitas han sido
expulsados de varios países árabes, la lucha antiimperialista tiende a
trascender el horizonte nacionalista y adquiere un contenido revolucionario. En
América Latina las vanguardias políticas utilizan la crítica contra el reformismo
social cristiano y se adhieren al método guerrillero para encontrar el camino
hacia la guerra popular. El reformismo implícito en la filosofía social que ha
caracterizado a la Compañía de Jesús en el pasado ha fracasado y donde aún
existe ha estimulado una nueva oposición, porque revela cada vez más su
relación con la ideología capitalista más que con las enseñanzas de Jesús; y
amenaza con elevar el nivel de la violencia contra la Iglesia[110].
La
revolución china y la Compañía de Jesús del futuro. La revolución china representa una nueva
alternativa al reformismo social basado sobre la ideología
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capitalista que
ha sido predicada por la Compañía de Jesús en el pasado.
A
escala mundial, la revolución china es la referencia original de las auténticas
fuerzas revolucionarias. Su valor no deriva de su radicalismo antiimperialista
o de su coherencia revolucionaria sino de la dinámica impresa en su propio
desarrollo político y social.
La
revolución china, al aislar la fuente profunda del proceso degenerativo que
opera en las sociedades de Europa y Norteamérica, ha subrayado su rechazo en
reconocer «dos fases» en la construcción del socialismo y una aceleración
paralela de las transformaciones económicas y políticas. Ataca las relaciones y
los modos de producción, insiste en el motivo de la igualdad, critica la
jerarquía originada por la división social del trabajo, niega la pretendida
objetividad del desarrollo y la pretendida neutralidad de la ciencia y la
tecnología. Los chinos rehúsan aceptar el modelo de acumulación de los países
socialistas bajo las alas de la URSS, basado en la preeminencia de la industria
y la expropiación de los campesinos. En cambio buscan un desarrollo unificado y
total con radicalización de las relaciones sociales, gerencia colectiva desde
las bases, y una tendencia a la fusión entre los procesos productivos y
formativos. (Ciudad-campo, industria-agricultura, trabajo manual e
intelectual). Así todo el sistema político burocrático está vitalizado por un
permanente recurso a la lucha de clases, una permanente reformación de la
dictadura del proletariado durante el período de transición y una permanente
descomposición y recomposición del partido en el fuego del conflicto.
En
la raíz del combate. La
importancia revolucionaria de esta opción constituye la raíz del combate con la
URSS y la fase de lucha de clases, entre el pueblo y el Partido, se abrió con
la Revolución Cultural Proletaria. Esta ruptura clarifica la opción del
Comunalismo (comunismo) chino en el plano internacional, el valor de sus
propuestas para los pueblos oprimidos y la contribución teórica que ofrece al
desarrollo de los países capitalistas.
a) En el plano internacional, el rechazo a
compartir el mundo entre las superpotencias, la denuncia de una coexistencia
fundada sobre el status quo, el hecho de haber subrayado el carácter mortal del
combate entre el imperialismo y el comunalismo (comunismo); es decir, el
rechazo a toda estabilización, la llamada a todas las fuerzas revolucionarias
en todas las partes del mundo, y la continuación del carácter directo y
subjetivo del proceso revolucionario contra todas las nociones de «liderazgo» y
de «campo», todo Jo cual significa hoy, especialmente para Vietnam, una
profundización y extensión de la guerra popular antiimperialista, y una
negativa profunda a las tesis de la Unión Soviética sobre comunismo
internacional.
b) En el Tercer Mundo la denuncia de todos los
intentos para escapar del atraso que no se funden en la opción revolucionaria,
es decir en una guerra popular basada en las masas, planteada con una filosofía
que separe la posición
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china
no sólo de las políticas de no-alineación y de la práctica de la coexistencia
pacífica sino también de esas vanguardias que subordinan lo político a lo
militar.
c) Para los países capitalistas avanzados, la
principal indicación del rechazo de la «progresión gradual de las etapas de
desarrollo», el hecho de subvertir un sistema en su totalidad, la necesidad de
la destrucción y reconstrucción constante de las alternativas, la madurez
histórica del comunalismo —es decir— las mismas cuestiones que están, en
diferente contexto y excluyendo toda falsa imitación, en el centro del proceso
de la crisis general del capitalismo y las nuevas formas de lucha en Occidente.
Riqueza
del crecimiento revolucionario.
Por estas características, la revolución china, el Maoísmo, convoca un nuevo
tipo de internacionalismo que la Compañía de Jesús, en su papel histórico como
vanguardia de la Iglesia Católica, debería evaluar y utilizar en sus programas
de revolución social cristiana. China no confía su supervivencia y el futuro
desarrollo de la revolución mundial a la reapertura de una contradicción (en
último análisis, una guerra) entre las potencias imperialistas y los
social-imperialistas; ni en su propio desarrollo como un Estado entre Estados.
Pone más bien su confianza en la coherencia y la riqueza de su propio
crecimiento revolucionario y del autónomo y paralelo desarrollo de la
iniciativa revolucionaria en otros sectores del mundo. El internacionalismo en
que se apoya esta filosofía social no equivale al atrincheramiento del
socialismo en un solo país, ni a la reconstrucción de un frente unido en torno
a un Estado modelo sino que es un internacionalismo en el que cada uno toma en
la mano sus asuntos lanzando creativamente su problema a su propia sociedad, y
que es el producto de la inspiración común y la naturaleza individual del
proceso revolucionario. Así la «planificación nacional» de la Compañía de Jesús
—aquí en los Estados Unidos— debería, según el ejemplo de China, convertirse
realmente en «planificación internacional». Así encuentra ese internacionalismo
su base objetiva entre el plano nacional y el internacional para llegar a la
convergencia del problema en todas las zonas del mundo alrededor de un tema
único: la construcción, en diferentes tiempos y formas, de una sociedad mundial
comunista. Este es el tema que hoy brota de la realidad no solamente de una
opción ideológica: esto es, del hecho de que no existe una «vía capitalista» a
la industrialización de los países de África, que no existe una «vía
termidoriana» para el desarrollo de los países del este de Europa y que no
existe una vía reformista para la expansión de las sociedades capitalistas
avanzadas. Ahí descansa el valor universal, enteramente compatible con los
altos objetos espirituales de la Compañía de Jesús, que se ha adelantado en la
Revolución Cultural y que converge, con varios contenidos, en la formación del
frente mundial revolucionario.
En
el centro del pensamiento maoísta está la plena conciencia de la naturaleza
inestable y precaria de la conciencia del proceso revolucionario
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paralelo
al sentido cristiano del pecado original. El futuro para los revolucionarios
tanto cristianos como no cristianos puede garantizarse solamente por la ruptura
de las viejas estructuras (el «hombre viejo») por la contribución de otros
pueblos y otras tradiciones a la expansión del proceso mundial revolucionario
comunista.
El
valor de la lucha de clases y la Compañía de Jesús. En el cuadro que acaba de dibujarse la lucha
de clases adquiere un valor primordial. Esta convicción no surge del
eurocentrismo del siglo XIX según la posición marxista, sino de la
conciencia del carácter unitario del sistema capitalista de dominación y por
tanto, de la imposibilidad de separar la revolución en las dos zonas del mundo.
Sin una reanudación de la actividad revolucionaria en Occidente por grupos
cristianos de vanguardia como la Compañía de Jesús no se podrá impedir que el
imperialismo prosiga su lógica de violencia hacia una guerra catastrófica; o de
otra forma, no se podrá impedir que el mundo se ahogue por la conjunción o la
antítesis de las dos superpotencias. Si los enormes recursos económicos y
científicos acumulados por los Estados Unidos y otros países avanzados no se
utilizan en sentido revolucionario, nadie podrá abordar los problemas del
subdesarrollo mundial ni dar vida a las revoluciones nacionales capaces de
lograr la justicia cristiana. Los enormes problemas en la construcción del
comunismo mundial pueden encontrar una respuesta precisamente donde las
condiciones históricas concretas están más maduras y por esta razón la
planificación nacional de la Compañía de Jesús debe considerarse como
internacional en su finalidad y efecto final.
Liberación
de fuerzas productivas.
La liquidación de este mecanismo mundial y del modelo tecnológico de producción
y civilización mediante la cooperación de grupos cristianos de vanguardia como
la Compañía de Jesús con revolucionarios seculares permitirá una liberación de
fuerzas productivas en las dos zonas del mundo y un control humanístico de los
objetivos del desarrollo. Basta con pensar en los recursos utilizados por la
carrera de armamentos y en la absurda dirección de la investigación científica
bajo el capitalismo para captar la conexión que une materialmente al
proletariado occidental con los pueblos del Tercer Mundo, no solamente por
solidaridad subjetiva sino objetiva y materialmente.
Excepto
sobre esta condición de lucha común revolucionaria por cristianos y no
cristianos juntamente, sin la cual la «ayuda» simplemente financia el consumo
de los desperdicios de las clases privilegiadas de los países explotados y los
inmensos beneficios de los monopolios internacionales, la política de desarme
pone en peligro a niveles enteros de ocupación y amenaza la supresión de
consumo opulento sin ofrecer un camino diferente de satisfacer las necesidades.
Este es el
amplio documento marxista-leninista-maoísta que un grupo de pensamiento y
estrategia formado por jesuitas norteamericanos y holandeses ofrece a
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toda la
Compañía de Jesús en la revista más importante de la Compañía de Jesús en los
Estados Unidos. Los reformadores jesuitas de ese país y de otros muchos se
habían ocupado hasta entonces de propuestas para cambiarlo todo en la
estructura de la Compañía. Ni ellos ni la Congregación General XXXI habían
dicho a dónde se dirigían esas reformas. Ahora la extrema izquierda de los
jesuitas proponía abiertamente la incorporación de la Compañía de Jesús al
frente marxista-leninista internacional para desencadenar la revolución en el
Tercer Mundo y crear en los países desarrollados no un clima revolucionario,
que los redactores del documento sabían imposible, sino una retaguardia
revolucionaria para ayudar a las «guerras populares». El documento incluía un
brutal ataque al capitalismo, único sistema que ha podido convivir con la
libertad; no mencionaba el nombre de Dios; invocaba la alianza de cristianos y
marxistas-leninstas seglares para la revolución violenta en el Tercer Mundo.
Muchos jesuitas de izquierda no echaron en saco roto la propuesta. Las
divergencias que establece el documento entre revolución soviética y revolución
china son simples pretextos de fachada. Es otro de los grandes documentos
modernos de la Compañía de Jesús que vino, a través de una misteriosa conexión
holandesa — el caos de la Iglesia y la Compañía de Holanda— desde las mismas
Puertas del Infierno. Ahora tocaba el turno a los jesuitas españoles.
En fin, a
veces en este documento, que se publica por vez primera en España, he traducido
el término equívoco de camuflaje «comunalismo» por lo que quiere decir
realmente, «comunismo». En el contexto está clarísimo.
SECCIÓN 4: LOS DOCUMENTOS DE LA DIVISIÓN DE LOS
JESUITAS ESPAÑOLES
TRES CRISIS SUPERPUESTAS
La crisis de
la Compañía de Jesús en España resulta especialmente importante para el
propósito de este libro porque influyó de forma decisiva en la crisis de la
Compañía en Iberoamérica. La revolución liberacionista iberoamericana depende
de tres bases logísticas esenciales: primero, la desviación de la teología
centroeuropea transmitida de forma primordial por los jesuitas de España;
segundo el apoyo de los liberals y muy concretamente de los jesuitas
norteamericanos de izquierda; y tercer punto, que es el más importante,
la crisis de los jesuitas españoles proyectada consciente y planificadamente
sobre Iberoamérica, como si hubieran tenido delante el manifiesto maoísta que
he reproducido en la sección anterior. Podríamos añadir un cuarto punto, que
demostraremos como los otros tres; el apoyo económico de las organizaciones de
la Iglesia alemana para la ayuda al Tercer Mundo. Todo esto desde el campo
católico; porque las dependencias del campo marxista-leninista forman
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capítulo
aparte, que entró en conjunción con el católico para soliviantar al continente
iberoamericano.
Pues bien,
la crisis de los jesuitas en España, a la que se refiere esta sección con
documentación jamás publicada, se superpone y se interpenetra con otras dos
crisis tremendas y simultáneas. Primero, la crisis histórica española en su
fase llamada de pretransición, que discurre más o menos entre 1965 y 1975, es
decir la última década de Franco. El Generalísimo había devuelto en la guerra
civil a la Compañía de Jesús todos sus bienes expropiados por la República y
había dejado sin efecto la absurda disposición constitucional de la República
por la que se disolvía a la Compañía en España. Por ello la Orden le confirió
su máxima distinción de gratitud que es la Carta de Hermandad en virtud de la
cual todos los jesuitas del mundo (algunos mordiéndose el manípulo, si lo
usaban aún) tuvieron que decir tres misas por el alma de Franco cuando falleció
el20 de noviembre de 1975. La Compañía había gozado de las predilecciones del
régimen de Franco y el entonces General, padre Ledóchowski, dirigió una carta a
los jesuitas españoles en 1947 pidiéndoles su voto favorable para el referéndum
sobre la ley de sucesión que Franco había convocado. Casi todos ellos le dieron
ese voto. Unos grupos de jesuitas figuraban, sin embargo, en la oposición
contra Franco desde los años sesenta (si los hubo antes nadie lo notó); algunos
separatistas vascos, algunos (menos) separatistas catalanes y algunos
promarxistas e incluso comunistas. Entre estos últimos descollaba el antiguo y
ardiente franquista José María de Llanos, que como dije llegó hasta el Comité
Central del PCE; y el padre Juan N. García Nieto, cofundador del sindicato
clandestino comunista Comisiones Obreras a mediados de los años sesenta en la
periferia de Barcelona, como había hecho antes en las fábricas de Bilbao
mientras estudiaba en Deusto[111]. Muy próximo o
mejor, inmerso en el marxismo, pero sin asumir su militancia (según creo) era
el profesor José María Díez Alegría, arquetipo de progresistas, hermano
de dos Tenientes Generales de gran prestigio, que había sido antes Rector en la
facultad de filosofía de Alcalá de Henares y profesor en la Universidad
Gregoriana, como dije. Le conocí más profundamente de lo que él creía y nunca
me expliqué cómo una persona con tan agudo sentido crítico no lo aplicaba al
marxismo y al comunismo con la misma causticidad que lo empleaba contra la
Iglesia tradicional. Creo que se dejaba arrastrar por su simpatía y su
popularidad entre los jóvenes jesuitas, le encantaba ejercer de vedette
progresista y de enfant terrible. Pese a la fama y el brillo que le
envolvían en los años setenta siempre pensé que pasaría pronto de moda, por
varias razones: su injusticia crítica a la que me acabo de referir, su
agradable, pero evidente superficialidad y su falta casi total de sentido
histórico; desconocía la historia de España y juzgaba la historia de la Iglesia
anacrónicamente o casi peor, ucrónicamente. Sobre todo, no ofrecía una línea
coherente a cambio de sus propuestas demoledoras. No ha dejado obra importante
alguna. Por ejemplo tengo aquí delante, con no poca carga de nostalgia (porque
siempre me cayó personalmente muy bien) sus Notae ad praelectiones
philosophiae moralis para sus clases de 1949.
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En ese
librito se mostraba muy receloso con la democracia y afirmaba que sólo se la
podría tolerar en algunas circunstancias como mal menor (p. 57), se oponía
fervorosamente al colectivismo marxista (p. 16, escribía, por cierto, en un
latín pésimo). En la Gregoriana más que a la investigación se dedicó al
activismo en unión de don Franzoni y Giulio Girardi, mucho más extremistas que
él. Escribió una dura nota contra el Vaticano por sus intromisiones en la
política italiana; y en su libro famoso de 1972, Yo creo en la esperanza[112] interpretaba fe como una
liberación total «frente a todo lo humano, incluso lo eclesiástico, lo
religioso institucionalizado» (p. 14). Hombre espiritual y de vida privada
ejemplar ha confesado que daba su voto al Partido Comunista y que «mi reflexión
cristiana ha sido ayudada por el marxismo» (p. 40). Se emperra en que el
cristianismo no ha existido nunca, y que «el análisis que hace Carlos Marx de
la religión como opio del pueblo… vale en un enorme porcentaje, digamos al
ochenta por ciento, de la religión que los cristianos vivimos como cristianismo
y que es en realidad otras muchas cosas» (p. 40). (Es un consuelo; al menos
vivimos un veinte por ciento de cristianismo). Luego se mete en líos tremendos
sobre Hegel y Marx, y confiesa que Marx le ha llevado a Cristo; y se apunta al
análisis marxista de la Historia. Me hubiera gustado hablar con él en 1989,
después de ayudarle a quitarse de encima los cascotes del Muro de Berlín. Pero
en los años setenta hizo mucho daño. El padre Arrupe tuvo que exclaustrarle y luego
creo que se fue de la Compañía de Jesús, mientras el comunista Llanos, amigo
suyo, se quedaba. Decididamente me quedo con mis viejos maestros, no con mi
segunda generación de profesores a quienes, en el fondo no sé por qué, les
entró un día la locura. Santiago Carrillo les cita a los dos en sus memorias,
recuerda sus encuentros con ellos. Siento repetir que no tenían la menor idea
sobre la historia de España.
Otro jesuita
que se distinguió en la oposición contra Franco fue un castellano profundo,
Alfonso Álvarez Bolado, que va a adquirir ahora mismo gran importancia en la
presente historia. Alto, delgado, algo desgarbado, de profunda inteligencia y
notables cualidades humanas, se convirtió en el más ardiente de los rahnerianos
pero a fines de los sesenta estaba ya a la izquierda de su maestro germánico.
Participó activamente en la oposición contra Franco y recibió una buena tunda
de la policía en la famosa manifestación clerical de Barcelona allá por 1968 si
no recuerdo mal. Su decidido giro a la izquierda radical y su entrada en el más
alto nivel del clan jesuítico de izquierdas me sorprendió bastante; claro que
no le traté desde que entró con tanta ilusión como escaso espíritu crítico en
el círculo de Rahner. Es uno de los creadores de «Fe y secularidad» de la que
voy a hablar ahora mismo, escribió un libro horrible sobre la historia del
franquismo del que nada diré en honor a la afectuosa dedicatoria con que me lo
envió pero su actuación más importante la voy a mencionar en este mismo
capítulo en relación con el lanzamiento hispánico de la teología de la
liberación, que a él se debe en gran parte. Luego le he visto fugazmente una
vez, cuando me contó, dejándome mudo de asombro, las maravillas de la
Conferencia de
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Santa Clara;
me dijeron más tarde que ya está de vuelta de todas aquellas veleidades de los
setenta, lo que no me extraña en persona tan inteligente; actuó como consejero
de los obispos españoles y colaboró, no sé por qué rayos, con el Centro
Superior de Estudios de la Defensa Nacional. Ahora no sé lo que hace; tengo la
impresión de que los héroes están cansados, a muchos no les veo ya desde mi
puesto en la brecha.
Sobre los
jesuitas españoles que han sido activistas del marxismo y el liberacionismo en
América hablaré en otra sección de este capítulo. Me queda decir una palabra
sobre dos colegas suyos que han actuado en España. El primero es un tenaz
personaje que no abandona la brecha ni con el Muro encima: José Ignacio
González Faus, inasequible al desaliento. Dentro del elenco de jesuitas
marxistas forma parte de la subespecie radical de los anticapitalistas. Desde
el Manifiesto Comunista de los bátavo-americanos en 1972 no he leído alegatos
anticapitalistas tan persistentes ni tan irracionales como los de González Faus
que copa medio catálogo de la inconcebible editorial socialista de los jesuitas
españoles Sal Terrae; la sal perdida, que dirá mi amigo Pedro de Lorenzo, y que
les recordó Pablo VI en la Congregación General XXXI. El radicalismo de las
posiciones de Faus se enfrentó, antes que la Santa Sede tomara cartas en el
asunto de la falsa liberación marxista, con la crítica serenamente antimarxista
de otro jesuita que había entendido correctamente el mandato de Pablo VI, el
padre Enrique Menéndez Ureña. Afortunadamente no era el único; el padre Carlos
Valverde había publicado en 1974 un análisis excelente y crítico sobre Los
orígenes del marxismo[113] y unos años después una exposición documentada y profunda sobre el
pensamiento de Marx y Engels, El materialismo dialéctico[114]. Los especialistas de la Iglesia no tenían
desguarnecido ese campo, ni mucho menos; ya he citado el libro del
profesor Rodríguez de Yurre La estrategia del comunismo, hoy, al que
habían precedido los dos volúmenes de El marxismo[115].
Cuando la
polémica sobre la teología de la liberación estaba en su apogeo el profesor
Ureña alcanzó un gran éxito con su ensayo El mito del cristianismo
socialista[116] donde, sin negar los graves
fallos del capitalismo, demuestra con toda claridad que un socialismo
marxista más compatible con el Evangelio que cualquier otra opción no es una
tesis sino un simple mito. Eso era un torpedo en la línea de flotación de los
marxistas cristianos como González Faus, que en una editorial de los jesuitas
(Ureña había tenido que acudir a una editorial liberal) replicó con un panfleto
marxista, El engaño de un capitalismo aceptable[117] que distorsiona los razonamientos de Ureña no advierte que la posición
antimarxista de Ureña se plantea desde una rigurosa posición de ciencia
económica, en la que el autor es experto, y no desde el dogmatismo
cristiano-marxista que era, y según parece sigue siendo, el credo de González
Faus, autor ayuno en economía. Entonces el jesuita Ureña quiso publicar una
réplica en la editorial jesuita Sal Terrae que con típica exhibición de juego
sucio le cerró su catálogo; por lo que Ureña tuvo que publicar su réplica El
neoclericalismo de izquierda en la misma editorial de su libro anterior, y
en 1984. Esta vez González Faus no intentó hacer dúplica; no podía. La
polémica, que ganó
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para Ureña
varias traducciones en varios países y varias ediciones en España, es una nueva
muestra de la división de los jesuitas españoles ante un problema fundamental.
Siento no poder extenderme más en el análisis de los tres libros, por sencillas
razones de espacio; espero hacerlo algún día, para poner de manifiesto la
endeblez dialéctica de los jesuitas marxistas y presentar al profesor Ureña
algunas objeciones entre muchos acuerdos.
Sólo citaré
a uno más: José María Castillo, profesor expulsado en la Facultad de teología
de la Orden en Granada que luego ha recalado, creo, en la Universidad civil de
esa ciudad. Castillo no es un marxista teórico sino un activista especializado
en suministrar material al despliegue cristiano-marxista de las llamadas
Comunidades de base. Sus libros son cristianismo torcido y marxismo barato. Su
obra de más empeño es Teología para comunidades[118] publicada ya después de la caída del Muro pero sin sacudirse del todo,
aunque el autor lo intenta púdicamente, el polvo del Muro. Las citas
predilectas son sintomáticas: Metz, los liberacionistas Floristán y Tamayo,
etc. Todavía anda por la descalificación de la «religión burguesa» como Metz
antes del hundimiento del Muro. Genio y figura.
El influjo
político-social ejercido por este conjunto de jesuitas marxistas o promarxistas
en la transición española no es desdeñable sino muy importante. Intervienen, de
forma esencial, en la creación del sindicato comunista (que ha sido el
principal hasta hoy) y en la configuración de las comunidades de base, un
movimiento cívico-político de raíz comunista que agrupó a muchos miembros
procedentes de los movimientos seglares obreros y profesionales de la Acción
Católica que se desmoronaron por el activismo político. Contribuyeron de forma
notoria a la demolición interna de la Compañía de Jesús, sobre todo en las
promociones jóvenes. Marcaron el rumbo político de la Conferencia episcopal a
través de su influjo directo sobre el líder aparente del Episcopado, cardenal
Tarancón. Desorientaron y en muchas ocasiones minaron y desviaron a numerosas
comunidades y congregaciones religiosas femeninas y a sectores enteros del
sacerdocio secular. Participaron en la creación de otro movimiento comunista
ahora de cuadros, que se llamó Cristianos por el Socialismo y se extendió mucho
más de lo que yo creí en un principio, desde la Universidad a las asociaciones
de vecinos; y ese socialismo era, en el fondo, comunismo. Intervinieron en el
movimiento clerical contestarario del IDOC y en la gestación del movimiento
comunista Comunidades de Base, a partir de la degradación de la Acción Católica
obrera. Y sembraron en España, para lanzar luego a América, nada menos que la
teología de la liberación en su arranque decisivo. Una labor, en suma,
trascendental.
Este breve
catálogo de jesuitas españoles situados en la oposición radical al franquismo
me ha llevado demasiado lejos; pero era necesario. Todo venía a cuento de que
la crisis de la Compañía de Jesús en España se inscribe en el contexto de la
transición española y en el contexto de la crisis de la propia Iglesia
española. Analizaré estas dos crisis en el segundo libro. Conviene sin embargo
indicar ahora,
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aunque sea
telegráficamente, que si he marcado el año 1965 como principio para la
transición española es porque en ese año comienza el despegue de la Iglesia
española respecto del franquismo; hasta el Opus Dei se suma a ese despegue,
según nos dijo don Álvaro del Portillo, antiguo alférez provisional de Franco,
con motivo de la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer. Ese despegue
estaba alentado personalmente desde Roma por el Papa Pablo VI, netamente
antifranquista y por los representantes de la Santa Sede en España los Nuncios
Riberi y Dadaglio y desde 1962 el Sustituto Giovanni Benelli, que luego
continuó su trabajo de oposición antifranquista con más intensidad, cuando el
almirante Carrero Blanco le echó de España con no muy buenos modos; tanto que
el capítulo sobre España en el segundo libro tal vez lo titule «La venganza de
Benelli» si no sonara tanto a título del admirable don Pedro Muñoz Seca. Para
ejecutar esa transición desde dentro el Papa Pablo VI eligió personalmente al
cardenal don Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Toledo desde 1969 (con
pleno acuerdo de Franco, que por la Iglesia se dejaba tomar el pelo, aunque
seguramente lo sabía) y a la diócesis de Madrid tras un golpe del Vaticano en
mayo de 1971. El cardenal Tarancón, que también había sido ardoroso franquista,
designó como vicario político (el título oficial era provicario) a un jesuita
inteligente, mundano y socialista, José María Martín Patino, redomado
antifranquista y personaje capital de la transición española, mucho más que el
propio Tarancón. La Nunciatura y el Vaticano ejecutaron en los años sesenta y
setenta una hábil maniobra para dar la vuelta a la Conferencia Episcopal, de
mayoría franquista hasta 1969, que se transformó en antifranquista desde
entonces. Este es un capítulo muy importante y sabroso en la historia de la
Iglesia española, pero tan complicado que lo dejo para el segundo libro.
José María
de Areilza ha dicho que don Juan Carlos ha sido «el motor de cambio» y es
verdad; pero ese motor no andaba solo, sino instalado en el tractor del cambio,
que era precisamente la Iglesia de Roma y de España, no la desmedrada oposición
antifranquista de la época, que sólo acostumbraba entonces a decir y hacer
tonterías. (Eran dos tractores; el otro lo pilotaban y alimentaban los
aperturistas del régimen de Franco desde 1962, como explicaré también).
La
implicación de la Iglesia en la transición política española desde 1965 era tan
profunda y decisiva que todos los documentos colectivos de la Iglesia a partir
de ese momento, sobre todo desde el vuelco de la mayoría en la Conferencia
Episcopal bajo el liderazgo del cardenal Tarancón se interpretaban como
manifiestos políticos porque realmente lo eran. La politización de la Iglesia
era creciente y absorbente; y llevó a un fracaso estrepitoso de la estrategia
política del Vaticano, que ansiaba para España un gran partido de Democracia
Cristiana, como los de Italia y Alemania en 1945; pero los líderes promovidos
por el Vaticano se estrellaron definitivamente en las elecciones de 1977 y la
transición política la realizaron los aperturistas del régimen anterior (con
algún democristiano menor como simple acólito) y la plataforma política del
Opus Dei, que se había eclipsado aparentemente a la muerte
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de Carrero
Blanco en 1973 después de dominar en los gobiernos de Franco desde 1957. La
línea de oposición patrocinada por la plataforma del Opus Dei, y dirigida por
Rafael Calvo Serer, se hundió por su irresponsable contubernio con los
comunistas. Me muero de ganas de analizar copiosamente todas estas sugerencias,
y en revelar lo que hacían entonces personajes admirables como Luis María
Anson, pero lo dejo para el libro segundo. Entonces, muy a su pesar, me
dedicará un Ovidio sin criptograma.
«La
trayectoria anterior y posterior a 1975 ha agravado un hecho, históricamente
más que patente, en la Iglesia española: su división y malestar interno». Este
es un lúcido resumen debido al que desde 1964 a 1966 fue Secretario de la
Conferencia de metropolitanos españoles y desde 1966, fecha de su fundación,
hasta 1972 Secretario de la Conferencia Episcopal española, monseñor José
Guerra Campos, en un estudio histórico de primera magnitud[119]. Monseñor Guerra, tan injustísimamente tratado
por la izquierda, por el centro y por la derecha, por el Estado y por la
Iglesia, por Madrid y por Roma, es la personalidad que más sabe sobre la
transición en la Iglesia y en España. Si prescindo del título sobre monseñor
Benelli es porque monseñor Benelli le hizo Obispo.
En fin,
trazadas brevemente las líneas maestras de los dos contextos, vayamos al
tercero, que es objeto específico de este primer libro, la crisis de la
Compañía de Jesús en España.
LA DENUNCIA DE LOS IGNACIANOS: DOS COMPAÑÍAS
La
documentación de que disponemos hoy para comprender y analizar la crisis de la
Compañía de Jesús en España que se produce, en forma de ruptura, entre 1966 y
1974, es decir entre las dos Congregaciones Generales 31 y 32 procede de dos
fuentes principales entre otras menores. La primera es el conjunto de denuncias
que los jesuitas ignacianos enviaron a la Santa Sede, y que en gran parte
recogieron en dos libros, uno de circulación restringida, La vida religiosa
en peligro[120], cuyo revelador subtítulo es «La tremenda
crisis provocada dentro de la Compañía de Jesús por los enemigos de la Iglesia,
lección ineludible para las demás órdenes religiosas» obra de 95 páginas
prácticamente imposible de encontrar; y la publicación casi enteramente
clandestina, pero con pie de imprenta La verdad sobre la Compañía de Jesús,
con el seudónimo de «Ignacio Javier Pignatelli», de 184 páginas y publicada en
1974, como un toque de rebato ante la ya convocada Congregación General 32. La
primera es interesante por el estudio comparado de la crisis con otros
institutos religiosos; la segunda tiene mucha más documentación. Las poseo
desde que aparecieron, porque conozco a los dos compiladores (son en buena
parte obras colectivas, logradas por intercambio de informaciones) que me las
hicieron llegar indirectamente cuando yo me empezaba a preocupar por estos
problemas dentro de la historia contemporánea
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de España.
Por eso considero que estas dos denuncias son una fuente primordial; porque
muchas veces los documentos se citan con su fuente y su procedencia, y porque
conozco a los compiladores, que eran jesuitas ignacianos de cuerpo entero,
angustiados por la espantosa degradación y relajación de su Orden. La segunda
fuente primordial son los documentos de la Iglesia; tanto los de Roma, que
muchas veces son las denuncias reproducidas en el segundo de los libros que
acabo de citar, y procedentes de mi colección de documentos del Episcopado
español: junto con las minutas y actas de reuniones y gestiones de los obispos
españoles en tomo a la crisis de la Compañía, que cito bajo las siglas DR EE y
el número con que figuran en mi archivo, que es el mismo que consta en el
archivo reservado donde providencialmente para este libro pude encontrarlos.
El antiguo
comunista y luego antistaliniano Enrique Castro Delgado, fundador y jefe del
Quinto Regimiento en 1936 y luego exiliado en México, donde escribió, con ayuda
del activista del POUM Julián Gómez «Gorkin» libros muy importantes que he
aprovechado en mi Carrillo miente[121] afirmaba en 1963 en Florida que los comunistas estaban ya infiltrados
entre los sacerdotes y religiosos españoles y que la primera que iba a sufrir
el más duro asalto sería la Compañía de Jesús, en quien estaba programada —y
las pruebas eran positivas— la quiebra de la obediencia como base de su
demolición[122]. Los comunistas, naturalmente, han tratado de
desacreditar a Castro Delgado, como hacen con todos sus tránsfugas, pero Castro
ha dado pruebas más que suficientes de veracidad; y además ahí están otras
pruebas objetivas de su aserto, como el despliegue del IDOC —de origen
comunista— entre los jesuitas, que ya hemos documentado, y los nombres que
acabamos de citar, que ya eran comunistas en 1963 (casos de Llanos y García
Nieto) o compañeros de viaje. Las propias memorias de Carrillo, que analizo en Carrillo
miente coinciden con el aviso de Castro Delgado, que por cierto fue el
dirigente del Partido Comunista que recibió a Carrillo en su seno al atardecer
del 6 de noviembre de 1936.
El resumen
de la demolición en esos años (1966-1973) lo expresó un insigne jesuita y
canonista, el padre Fernández Regatillo, en 1973, en estos términos: No Jo
entiendo, no lo entiendo. Todo está deshecho, deshecho. Deshechos los
noviciados, deshechos los juniorados[123], deshechos los
escolasticados. Oña deshecha. Comillas deshecha. No lo entiendo, no lo entiendo[124]. Para la crisis de la Compañía en los Estados
Unidos el padre Becker reconocía como causa principal al impulso alienado de
los jesuitas jóvenes, que arrastró a sus maestros. Para los documentos denuncia
en que me estoy apoyando, la crisis de la Compañía en España se debe, ante
todo, a la desorientación provocada por la Congregación General 31, que sembró
una desconfianza demoledora en toda la Orden sin ofrecer un proyecto coherente
a cambio, sino dejándolo casi todo al arbitrio del padre Arrope y su clan de
izquierdas; y, en segundo lugar, con importancia pareja, a la acción y
pasividad de los superiores. La crisis, según estas fuentes, vino en España de
arriba abajo. Los jóvenes participaron en ella pero por el camino —el desierto—
creado desde arriba. Y
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participaron
con los pies; marchándose en enjambre. Personalmente estoy de acuerdo con este
análisis, al que añadiría el influjo demoledor de los rahnerianos y de los
infiltrados marxistas. Los padres Llanos y Díez Alegría eran, en aquella época,
unos héroes del marxismo, como lo habían sido antes del franquismo y el
anticomunismo.
Esta es la
época en que según el progresista y hagiógrafo del padre Arrupe, Manuel
Alcalá, el Papa Pablo VI llegó a persuadirse de la crisis de la Orden (que
Alcalá minimiza, no hay peor ciego que quien no quiere de ver) que seguían «una
política memorialista» como si la Santa Sede formase sus opiniones sólo con oír
a una sola de las partes[125]. Pero Alcalá no dice (y lo sabe) que antes de
elevar su denuncia a la Santa Sede los ignacianos la habían presentado en
familia, mediante numerosos postulados a la Congregación General 31, de
los que elijo el que me parece más significativo:
Considerados
atentamente los hechos que siguen:
1.—
El número extraordinariamente crecido de sacerdotes que en los últimos meses
abandonaron la Compañía, algunos hasta el sacerdocio, algunos hasta la fe.
2.—
Las afirmaciones escandalosas que profieren algunos de los Nuestros, como
aquello de que «San Ignacio ya pasó».
3.—
El escándalo de muchas personas del clero secular, religiosos, religiosas,
seglares, hombres y mujeres piadosos y prudentes, por causa de los extraños
hechos y dichos de algunos de los Nuestros.
4.—
El deterioro que ha padecido nuestra Compañía en la buena fama de los Nuestros
cuanto a doctrina, piedad y modo religioso de conducirse, en tal forma que día
a día va decreciendo la confianza antes prestada a nuestros sacerdotes y que
tengamos que oír por todas partes que ya no se puede confiar en un Padre de la
Compañía sin conocerle antes personalmente.
5.—
La disposición de ánimo de no pocos de los Nuestros cuanto a buscar vocaciones;
es decir que no pocos de nuestros mejores sacerdotes, que podrían traer
candidatos a la Compañía rehúsan en absoluto hacerlo por considerar que no
pueden honestamente empujar hacia la Compañía a jóvenes que después se quejan
de que la Compañía no es lo que ellos les habían dicho[126].
6.—
La existencia en muchos de nuestros jóvenes de una especie de movimiento
popular que se desvía del espíritu genuino de la Compañía, ya que aborrecen
mucho o al menos notablemente la Filosofía, Teología, Ascética y Pedagogía
perennes, la humildad, la disciplina, la obediencia religiosa, el espíritu de
trabajo y de austeridad, de responsabilidad y sacrificio, de seriedad de vida,
de sinceridad, de piedad.
7.—
La existencia en no pocos de nuestros sacerdotes de un grave desencanto por
pensar que la Compañía no es ya lo que debe ser, algunos de los cuales —y muy
buenos— están dispuestos a pasarse a una Orden religiosa más fervorosa, caso de
que no se ponga eficaz remedio.
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Es de temer que en breve corra serio peligro la
existencia misma de nuestra Provincia, o entre en ella una relajación general o
no sea posible prácticamente el vivir en ella de acuerdo con nuestro Instituto.
Para
evitarlo, hay que poner el remedio donde suele estar el origen de semejantes
desórdenes: es decir, en la formación genuina y eficaz de los Nuestros en
sólido conocimiento de las ciencias, en profunda y eficaz formación filosófica,
teológica, ascética y en el espíritu de los Ejercicios Espirituales de nuestro
santo padre Ignacio y nuestro Instituto, según los mejores autores, doctrina y
método del pasado y de nuestros días. La cual recta y sólida formación hay que
procurarla no tanto con reglamentos y exigencias externas cuanto poniendo al
frente de dichos trabajos a Superiores, maestros y profesores que sean amables
y hagan amable la formación que se pretende, y sepan imprimir en los Nuestros
dicha formación íntima y eficazmente y de verdad la impriman.
Se
postula en consecuencia de la Congregación General, que se haga al dicho
respecto una investigación cuidadosa y a fondo del Noviciado, Juniorado,
Filosofado, Teologado y Terceronado, y donde sea preciso se aplique remedio en
orden a lo que lo dicho en el párrafo anterior se realice con verdad y eficacia[127].
Pero la
Congregación General 31 no resolvió nada; y tendió lo que llama el documento
que estoy presentando «una trampa mortal» para conseguir el control de la Orden
de acuerdo con los deseos del clan de izquierdas. Antes de reproducir la
reprensión final y durísima del Papa, que ya hemos transcrito, el documento
denuncia esboza un análisis de los resultados de la Congregación 31 en estos
términos, que me parecen objetivos y justos:
Tuvimos
la oportunidad de hablar en Roma las últimas semanas de la Congregación General
XXXI con varios de sus padres diputados. Saltaba a la vista que no se atrevían
a hablarle claro al padre General. En las decisiones —se decía en Roma— antes
de tomarlas se preguntaban, preocupados, «¿Qué dirán los jóvenes?».
Los
decretos de la Congregación General 31 no fueron ni chicha ni limonada. La
Congregación no resolvió nada. No tuvo vista para escudriñar a fondo lo que se
venía encima, ni menos tuvo garra para abrir con decisión los caminos nuevos
que había que abrir ni para reforzar las posiciones esenciales y perennes que
había a toda costa que conservar. En cambio fue funesta en un punto: un punto
en que asestó a la Compañía la más mortal cuchillada en lo más esencial de su
gobierno.
Ese golpe
mortal, que el documento de los ignacianos detalla cumplidamente, es el cambio
en el sistema electoral para las Congregaciones Generales futuras, y para las
Congregaciones intermedias de Procuradores, articulado por el clan de
izquierdas para conservar el poder de forma irreversible y totalitaria. La
autoridad en la Compañía de Jesús, según las Constituciones de San Ignacio,
descendía por vía jerárquica desde arriba pero tenía un sabio freno: la
elección de los delegados a las
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Congregaciones
generales y provinciales, que dependía en parte del General y los superiores
mayores, pero no totalmente; la mayoría de los electores a esas asambleas
dependía de los profesos (religiosos de cuatro votos solemnes) más antiguos, lo
que podía equilibrar el impulso innovador del General y su equipo, e incluso
destituir al General si se desviaba del camino. La Congregación General 31
suprimió el requisito de que sólo los profesos más antiguos eligieran a los
diputados o procuradores de las Congregaciones; y cambió de este modo las
reglas electorales de forma que el General y los provinciales por él nombrados
controlaran de hecho la elección. Con tantas presunciones democráticas la
Congregación General 31 convirtió el autoritarismo controlado de la Compañía de
Jesús en cerrado sistema totalitario. El clan de izquierdas tenía asegurada la
supervivencia de su línea, y continúa detentado el poder cuando se escriben
estas páginas. Concluye el documento: El método
parece hecho expresamente
para poder falsear el escrutinio abusando de la buena fe de los electores[128].
En la
primera página del texto de su informe-denuncia los jesuitas ignacianos exigían
un imposible: que la Congregación General, totalmente dominada por el General y
su clan de izquierdas, se pronunciara sobre los métodos y responsabilidad de
gobierno del P. General y Superiores Provinciales en resistencia prolongada y
obstinada a la voluntad y admoniciones de la Santa Sede, promoviendo a los
demoledores-innovadores y anulando represivamente a los jesuitas en fidelidad[129]. Esta petición era desesperada; pero
evidenciaba mejor que otra prueba el hecho de que durante la crisis de
1965 a 1973 se habían configurado ya en España (y en todo el mundo) «dos
Compañías», dos bandos irreconciliables en la Compañía de Jesús. Los jesuitas
ignacianos no veían otro remedio, para salir de su angustia y su opresión, que
recabar de la suprema autoridad del Papa la división institucional de la Orden,
o al menos de los dos bandos, aunque los dos permanecieran bajo la autoridad
del mismo General, para que la Compañía de Jesús no se rompiese. Cuando tomaron
conciencia de que la crisis era irreversible intensificaron su oleada de quejas
e informes a la Santa Sede y gestionaron esta solución traumática, pero
solución al fin, que ya tenía precedentes importantes en la historia de la
Iglesia; como las divisiones semejantes en las Ordenes de San Francisco y del
Carmen. Pero antes de analizar el planteamiento, desarrollo y final de estas
gestiones conviene que citemos algunos jalones más en la crisis interna de la
Compañía de Jesús hasta la convocatoria de la Congregación General 32.
«FE Y SECULARIDAD»: EL
ACTIVISMO CRISTIANO-MARXISTA DE LOS JESUITAS ESPAÑOLES
En 1967 uno
de los Asistentes Generales del padre Arrupe, el húngaro Varga, examinó las
propuestas de una «comisión de ateísmo» formuladas por la comisión
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interprovincial
de España sobre ese problema, la misma que, como hemos visto, tergiversó el
mandado de Pablo VI sobre «el combate contra el ateísmo militante» y convenció
al padre Arrupe para que las siete provincias españolas creasen una institución
de diálogo cristiano-marxista cuyo nombre fue «Fe y secularidad». Conseguí la
documentación de un encuentro celebrado por esta institución en 1986 bajo la
presidencia personal del padre Kolvenbach (lo que demuestra la importancia que
Roma daba al Instituto) entre los que figura un resumen de su historia,
empezando por el dato de su creación que acabo de comunicar[130].
El padre
Arrupe pidió en 1969 a las siete provincias de España la constitución de ese
«Fondo Fe y Secularidad» de quince millones de pesetas, cantidad entonces
importante. Jurídicamente, incluso después del traslado al piso de la calle
Diego de León 31 en Madrid, el centro se vinculó a la Casa de Escritores de la
calle Pablo Aranda. Pero con adscripción académica a la Universidad Comillas,
que se había trasladado a Madrid desde Cantabria. «Una cierta búsqueda de
identidad caracterizó los primeros años. Se fueron ensayando diversas
formulaciones de objetivos hasta 1973» dice el citado documento. No me interesa
mucho la evolución teórica y estructural del organismo, que en 1981 se amplió a
la «Fundación de estudios socio-culturales con idea de favorecer la captación
de ayudas» que no llegaron; la gente se fiaba cada vez menos de los jesuitas.
Pero el propósito del Instituto estaba claro desde su creación, a través de sus
obras, su praxis, que adquirió desde el principio un signo
cristiano-marxista de carácter revolucionario. «Un doble tipo de actividad
—reconoce el documento— fundamental se dio desde el principio. Pero uno de
ellos, los ciclos de conferencias, tuvo una evolución muy diferenciada: abundó
al principio, después se restringió a colaboraciones con otras entidades
(generalmente de la Compañía y fuera de Madrid) para quedar reducido en la
actualidad a un ciclo anual en colaboración con el Instituto Alemán de Madrid».
No hubo tal
búsqueda de identidad. La identidad queda fijada desde el principio. Y el
Instituto Alemán colaboró con entusiasmo. Ya hemos analizado dos importantes
logros de tan interesante colaboración. Primero, las conversaciones de Fe y
Secularidad celebradas en 1977, con dos años de retraso, en honor y gloria del
filósofo marxista Ernst Bloch, publicadas luego, como vimos, por Taurus bajo el
título significativo En favor de Bloch; es decir que esta significativa
actividad pública de Fe y Secularidad fue un acto de exaltación del pensamiento
marxista en nuestro tiempo. Un ciclo anterior se conjugó con la XVIII semana de
misionología en Bérriz y, dirigido por Álvarez Bolado, se concreta en el libro
de 1972 Fe y nueva sensibilidad histórica[131], a cualquier
cosa llamaban «nueva» estos intelectuales del diálogo y la
inculturación; dominan en su bibliografía las obras sobre la Muerte de Dios y
sobre la secularización radical. El tercer ciclo que conozco es otra
exaltación, la de la Teología Política en la primavera de 1974, mediante
contribuciones de Rahner, Moltmann, Metz y Alvarez Bolado, publicada en 1975
por Cristiandad. No hacía falta buscar la identidad del Instituto; estaba
clarísima desde el primer
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momento.
Dirigido por el rahneriano jesuita José Gómez Caffarena, sus principales
colaboradores eran los también jesuitas rahnerianos y filomarxistas Alfonso
Alvarez Bolado y Gimbernat.
Sin embargo
las actuaciones más importantes de Fe y Secularidad no fueron los encuentros
intelectuales sino las convocatorias para el activismo. Ya en 1978 tuve
información suficiente para comunicar la responsabilidad de los jesuitas
españoles en el desmoronamiento del Apostolado Seglar y su degeneración en el
movimiento comunista Comunidades de base, paralelo al sindicato comunista
Comisiones Obreras, en cuya creación, como hemos visto, tomaron parte
también los jesuitas:
La
congelación del régimen de Franco chocaba, a lo largo de 1968, con el dinamismo
político de la Iglesia, efecto de la actitud renovadora postconciliar, dirigida
con energía suave desde la Nunciatura Apostólica, con la cooperación de buena
parte del Episcopado; sobre todo por la pléyade de jóvenes obispos auxiliares
nombrados subrepticiamente —así pensaba el régimen— por el Vaticano, eludiendo
mediante este sistema la aplicación del privilegio de presentación. Según un
resumen de monseñor Dorado, uno de los puntales del movimiento renovador, la
crisis definitiva «había sobrevenido en el verano de 1966, y en su primera fase
demolió la fuerte vanguardia del Apostolado Seglar, constituida a la sazón por
veintiún movimientos de Acción Católica, con un contingente estimado de 600 000
militantes en todos los ambientes. Era la fuerza social organizada más
importante del país en aquellos momentos. Al promulgarse en 1968 los nuevos
Estatutos de Acción Católica, dimitió Enrique Miret Magdalena, secretario del
Apostolado seglar (que terminaría próximo al comunismo) mientras algunos
movimientos obreros de la Iglesia, como la Juventud Obrera Católica (JOC) y las
Hermandades Obreras de Acción Católica HOAC pasaban a la clandestinidad
política y daban origen a diversos grupos y movimientos de extrema izquierda.
Entre ellos conviene señalar a la sindical de origen asturiano USO, Unión
Sindical Obrera y al partido revolucionario ORT, Organización Revolucionaria de
los Trabajadores. Varios jesuitas, implicados en estos movimientos, abandonaron
después la vida religiosa. (No sé si
se refiere entre ellos monseñor Dorado al padre Francisco García Salve, el
famoso «Cura Paco» de Comisiones Obreras, al que Fernando Vizcaíno Casas dedicó
su celebérrima novela «la boda del señor cura»).
En
una segunda fase —continuaba yo citando a monseñor Dorado en 1978— desde 1968 a
1972 numerosos grupos de seglares se radicalizaron y distanciaron de la
jerarquía y algunos de ellos pasaron a la clandestinidad política y sindical.
Proliferaron las comunidades seglares de base y los grupos informales de vida
cristiana, con las más diversas características; y comenzaron también
experiencias similares en las comunidades de religiosos y religiosas. Otros
grupos se fueron quemando lentamente en la inacción y el desconcierto[132].
Las Comunidades
de Base, concebidas como fenómeno de masas, aunque nunca
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rebasaron en
España el cinco por ciento de los católicos que vivían, sobre todo, en los
cinturones industriales de las grandes ciudades, por más que penetraron también
en sectores de clase media, incluso alta, y universitarios, estaban vertebradas
por la agrupación Cristianos por el Socialismo, de inspiración y militancia
comunista, que tiene entre sus creadores al jesuita José María de Llanos junto
con otros compañeros suyos y algunos otros sacerdotes y religiosos. El
nacimiento formal de las Comunidades de base debe fecharse en 1967, con motivo
de las conversaciones sobre Evangelio y Praxis celebradas en un nidal de
antifranquismo, el Monasterio de Montserrat. Se trataba de crear una
«mentalización» para los grupos sacerdotales contestatarios, fenómeno de
inspiración marxista que surgió simultáneamente en varias naciones de Europa e
Iberoamérica. En Montserrat se crearon órganos de coordinación y comunicación
para estos grupos, entre los que se distinguieron los de los jesuitas junto a
los benedictinos y los capuchinos. Se establecieron delegaciones en todas las
provincias españolas. Ya en enero de 1968 se celebró una reunión de estos
grupos radicales en Segovia con el tema Evangelio y Realidad. Los
jesuitas del grupo Fe y Secularidad, que destacaron en este encuentro,
recibieron el encargo de organizar otro con mayor amplitud y profundidad[133]. Los movimientos de Comunidades de base,
Sacerdotes Contestatarios y Cristianos por el Socialismo, todos ellos de
inspiración comunista y conectados con las redes del IDOC, actuaban tras el
Concilio de forma coordinada en todo el mundo y se inspiraban en la experiencia
de las Iglesias patrióticas que los regímenes comunistas habían logrado
implantar en China y en los países satélites de la URSS en Europa. El último de
esta serie de encuentros se produjo en Valencia, (septiembre de 1969) que marcó
el apogeo del clericalismo contestatario en Europa. Pero en Valencia, cuyas
actas, reveladas en la fuente que estoy utilizando, son de un radicalismo
absoluto y utópico, se advirtió una escisión. Por una parte los radicales entre
los que destacaron los creadores del centro CIDOC en Cuernavaca, México, Iván
Illich y Dom Lemercier; este grupo propuso la ruptura completa con la Iglesia
institucional. El segundo grupo lo formaban los jesuitas, (de cuya asistencia
personal no consta) que ya habían organizado, para el mes siguiente, un
importante encuentro del que se encargó el Instituto Fe y Secularidad: la
Quinta Semana Teológica de Deusto, cuyas actas se reunieron en el libro Vida
cristiana y compromiso terrestre[134].
La Semana se
celebró en esa Universidad de los jesuitas junto al río Nervión del 13 al 17 de
octubre de 1969. Intervino la plana mayor de Fe y Secularidad: José Gómez
Caffarena, Alfonso Álvarez Bolado, Juan Antonio Gimbernat, José María de
Llanos. Pero la indiscutible estrella de la reunión fue el salesiano Giulio
Girardi, que proclamó la convergencia y la unión TEÓRICA Y PRÁCTICA de
cristianismo y marxismo, una tesis asumida dos años después por Gustavo
Gutiérrez en su libro famoso; con las mismas palabras de Girardi en Deusto. Así
dijo Girardi:
En
el primer momento nos habíamos preocupado mucho de comparar nuestras doctrinas
para ver en qué medida había convergencias y en cuál otra
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divergencias.
Este trabajo nos ha hecho descubrir convergencias nuevas (entre el cristianismo
y el marxismo) nos ha hecho reducir ciertas divergencias haciéndonos comprender
al mismo tiempo dónde estaban localizadas. Pero ha llegado el momento en el
cual tenemos que dejar o por lo menos superar ese tipo de diálogo, para llegar
a buscar juntos lo que todavía no conocemos; es decir, este mundo nuevo que
tenemos que construir, un mundo que los cristianos no saben todavía cómo tiene
que ser y los marxistas tampoco; y por lo tanto hemos llegado a un momento en
el cual ya no nos basta comparar nuestras posiciones sino que tenemos que
buscar juntos algo nuevo[135]. Los marxistas
sí que lo sabían: habían creado ese mundo en la URSS, en China, en la Europa
oriental, con sus Iglesias subordinadas y todo.
Y pronunció
entonces Girardi estas palabras que impresionaron vivamente a los asistentes
a la asamblea de Deusto y resonaron en los dos continentes, Europa y
América, porque expresaban la primera formulación
pretendidamente teológica del dogma central del marxismo; y por tanto la
siembra directa de lo que después de la conferencia de Medellín el año anterior
y el encuentro de Deusto, una vez asumidas las dos fuentes por Gustavo
Gutiérrez en 1971, se conocería en todo el mundo como teología de la
liberación:
El
mandato del amor no se puede disociar ya de la lucha de clases. Este es el gran
giro que se ha dado con respecto al amor. Se trata de un amor dinámico y
transformador, que descubre la tarea de crear un hombre nuevo, no en el sentido
meramente individual sino comunitario. Un amor militante que da nuevo sentido a
la universalidad del amor, eso no puede significar neutralidad sino opción en
favor de quienes defienden los intereses de una humanidad por liberar. Hay que
amar a todos pero no es posible amarlos a todos del mismo modo: se ama a los
oprimidos liberándoles, se ama a los opresores combatiéndoles. Se ama a unos
liberándoles de su miseria y a otros de su pecado.
Aceptar
también entre cristianos la lucha de clases no significa introducir la división
en la Iglesia sino tomar conciencia de una división profunda que ya existe —los
cristianos, de hecho, se encuentran a ambos lados de las barricadas sociales— y
ser consecuentes con ello. No se trata, una vez más, de decir si hemos de
combatir sino de escoger a aquellos cristianos con quienes queremos estar
combatiendo.
Amor
mediante la lucha de clases: el nuevo evangelio, la nueva teología. Amar a los
enemigos no como dijo Cristo, sino acabando con ellos; extraña manera de amar,
la siembra marxista del odio. Lo que pasa es que, como había sucedido en España
en 1936, los cristianos del otro lado de la barricada que alzaban los marxistas
tuvimos que responder con la lucha a la lucha que se nos venía encima; tuvimos
que elegir bando. Desde que estudié estos problemas en los momentos en que la
teología de la liberación nacida en Deusto llegaba a su apogeo, yo tengo la
enorme satisfacción de haber escogido el bando a este lado del Muro. Reñí una
buena batalla, como decía
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San Pablo,
contra Giulio Girardi, contra Fe y Secularidad, contra el comunismo infiltrado
en la Iglesia. Vencimos en toda la línea en 1989 pero el marxismo, mortalmente
herido, trata de rehacerse. La batalla, con otras premisas, continúa. La lucha
entre la luz y el poder de las tinieblas, las Puertas del Infierno, como dice
la Gaudium et Spes, desde el principio de la Historia hasta el día
final.
Giulio
Girardi ratificó en 1978 su absoluta entrega a la causa marxista en su libro Fe
cristiana y materialismo histórico[136]. En ese libro el
gran amigo del jesuita Díez Alegría reconoce que en la colaboración
cristiano-marxista muchos cristianos han abandonado la religión. La cooperación
que postuló en Deusto se ha convertido ya en «alianza de marxistas y cristianos
que no será ya solamente táctica, sino, según la expresión de Fidel Castro,
estratégica» (p. 45). Lógicamente el propio Girardi acaba renegando de Dios
como el dios de las clases dominantes, monarca absoluto y sanguinario (p. 146).
Ese era para Girardi el Dios del Evangelio, de San Agustín, de San Francisco de
Sales, de San Ignacio de Loyola, de Santa Rosa de Lima; una especie de Moloch
sanguinario y arbitrario. Los cristiano-marxistas de 1968, entre ellos los
jesuitas rojos de Fe y Secularidad o de otros medios, como la revista Mundo
Social[137] tenían ya otros modelos,
otros dioses. Fue Eugenio Vegas Latapie quien me envió el recorte en
amable carta del 13 de abril de 1985, «con mi agradecimiento por lo que ha
hecho en defensa de la verdad», aunque los amigos de Vegas prohibieran un
artículo sobre mis libros en su revista Verbo, más eugenistas que
Eugenio. En esa página 24 de la revista social de los jesuitas proclamaba en
titulares OREMOS POR EL CHE, MÁRTIR DE AMÉRICA. En ese mismo año, en esa
América, concretamente en California, vivía un joven teólogo jesuita ignaciano
que se enfrentó a la locura de sus compañeros, los de Santa Clara. y decidió
vivir en la Compañía de San Ignacio, no en la de Arrupe. Se llamaba Joseph
Fessio y organizó un programa académico según las tradiciones vivas de la Compañía
de Jesús, que fue criticado acerbamente por los jesuitas progresistas,
alguno de los cuales pidió que Fessio fuese examinado por un psiquiatra, como
si estuvieran en la URSS. Desde entonces Fessio sobrevivió heroicamente a la
persecución y hoy dirige en California una gran revista católica que se ha
separado de 30 giorni por sus excesivas italianadas, aunque sea una
revista importante, dirigida hoy por el perseguido Giulio Andreotti. Los
ignacianos españoles sufrían entonces una persecución parecida; por eso
elevaron su protesta a la Santa Sede y estuvieron a punto de ganar su heroica
batalla contra los relajados, como voy a relatar a continuación. Mientras el
equipo Fe y Secularidad, tras su hazaña de Deusto, preparaba una nueva y
trascendental ofensiva cristiano-marxista de consecuencias
incalculables.
DOCUMENTOS RESERVADOS DEL EPISCOPADO Y LOS
JESUITAS SOBRE LA CRISIS DE LA ORDEN IGNACIANA EN ESPAÑA
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1.— La crisis de la Compañía de Jesús en España,
latente ya desde antes, se desencadena a raíz del Concilio y tras el fracaso de
la Congregación General 31.
Entonces, es
decir a partir de 1966, los jesuitas ignacianos someten a la Secretaría de
Estado del Vaticano a un auténtico bombardeo de denuncias y memoriales, a la
vez que comunican sus quejas a muchos obispos de España y a varios miembros de
la Curia romana. Este aluvión de quejas impresiona a la Santa Sede hasta el
punto que la Secretaría de Estado pide al padre General, en marzo de 1968, un
informe pormenorizado sobre la crisis de la Compañía de Jesús en España. No
conocemos la respuesta del General; pero a tenor de otras respuestas que sí
conocemos podemos aventurar sin riesgo que trataría de quitar hierro al asunto[138]. El estudio hagiográfico del padre Alcalá
resulta muy útil para encuadrar la serie de documentos que voy a aducir en este
epígrafe.
2.— En mayo
del mismo año los provinciales de la Compañía de Jesús en Iberoamérica,
reunidos en Río de Janeiro con el General, publican una carta denuncia en
sentido liberacionista; era el año de la Conferencia de Medellín y los
Provinciales pretendían subirse al carro de la protesta que se había montado en
aquella asamblea del CELAM preparada por el liberacionista Joseph Comblin y su
equipo rojo.
3.— El 11 de
noviembre de 1968 el Nuncio en España, monseñor Dadaglio, llama al padre
provincial de Toledo, con sede en Madrid, padre Luis González (jesuita
ignaciano y ejemplar que no sabe cómo encarar la tormenta) para solicitar de
él, en nombre de la Santa Sede, un informe sobre la actuación de los jesuitas
en Madrid, donde se habían concentrado unos 650 por el traslado de la
Universidad de Comillas a la capital; muchos abandonaron las grandes
Residencias y se dispersaron en 30 pisos pequeños, donde procuraban agruparse
los de cada bando de forma separada, sistema lamentable que se mantiene en la
actualidad, aunque ahora son menos pisos por los numerosos abandonos.
4.— El 5 de
diciembre de 1968 se produce el encuentro del grupo de obispos españoles con el
Papa, que les muestra su gravísima preocupación por la crisis de los jesuitas
españoles y les sugiere la posibilidad de una división en dos Compañías. La
minuta de esta conversación la hemos transcrito en este capítulo, como recuerda
el lector.
5.— El 9 de
enero de 1969 veinte jesuitas profesos veteranos e ignacianos se reúnen en el
convento de las Reparadoras de Madrid y firman un documento por el que piden la
erección de una provincia autónoma de fidelidad ignaciana, dependiente sólo del
General. Se celebró, como sabemos, una reunión semejante en Loyola y otra en
Manresa a fines de noviembre de 1969; el enfrentamiento de las dos tendencias
es frontal y parece irreversible.
6.—
El 21 de abril de 1969 el Santo Pontífice (sic) dijo al Padre General y Padres
Asistentes: (tras unas consideraciones sobre la firmeza de la Iglesia en su
tradición)
«Seguid teniendo
confianza en aquella insigne palestra de los Ejercicios
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Aplicaos
a considerar a fondo la doble dimensión religiosa y apostólica de vuestra
vocación.
Meditad
y observad con cuidado vuestras Constituciones, las viejas y las nuevas. Tened
cuidado de no ceder a la tentación de libraros de ellas bajo pretexto de mayor
facilidad apostólica. Por ese camino caeréis en el naturalismo.
Amad a Jesús como a una persona viva, maestro, amigo, Salvador»[139].
7.— El pobre
padre Arrope se aferraba al timón pero el timón se le iba de las manos a cada
bandazo. El 27 de septiembre de 1969 escribe una «Carta a la universal
Compañía» que agradó mucho a los ignacianos que comentan: «El padre General no
está dormido. Veía los problemas». Los veía y los denunciaba. Decía en la
carta:
Ha
habido en la Compañía quienes se preguntan a sí mismos si la Compañía tiene
razón de existir.
Ha
disminuido el número de jesuitas, ya por aumento de salidas ya por disminución
de entradas.
A
una mayor apertura exterior no siempre corresponde una mayor vida interior.
Se
tiene demasiada fe en los elementos meramente humanos y en un cierto activismo
exterior y en las propias fuerzas, se usa poco la ayuda sobrenatural.
Se
conservan todavía algunos elementos y hábitos mentales obsoletos y propios de
monjes[140].
8.— El 6 de
diciembre de 1969 en la XI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal
española el Presidente (monseñor Casimiro Morcillo) da cuenta —en el punto
53 del orden del día— después, de dos asuntos que le ha encargado la
Nunciatura. El primero recuerda que los Prelados han de revisar y corregir, en
su caso, los impresos que se nos entregaron acerca de la selección de
candidatos al episcopado.
El
segundo se refiere —con total secreto— a una información que el Santo Padre
desearía recibir de los Obispos españoles, preguntándonos si la solución de los
problemas por los que atraviesa la Compañía de Jesús podría ser crear una
provincia para los jesuitas que deseen continuar en la Compañía con la
observancia que fue siempre normal en la Compañía. Se decide que la Presidencia
reciba por escrito de cada Prelado su parece[141].
9.— El 8 de
diciembre de 1969 el Padre General «remitid a los Padres provinciales un
memorándum magnífico sobre los principales problemas de gobierno. Recogemos lo
más destacado:
a.
La formación de nuestros jóvenes. El más grave problema de cada provincia es
hoy, sin duda, la formación de nuestros jóvenes. Si no se resuelve bien, se
acabó la Compañía («actum est de ipsa Societate»). Hay que fomentar en la
Compañía, sobre todo en los jóvenes, la genuina espiritualidad ignaciana. b. El
Provincial sea hombre de oración, sienta con la Iglesia jerárquica, ame a la
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Compañía
y al espíritu de San Ignacio, sea sincero, no sea parcial, no tolere la táctica
de «hechos consumados»…
c.
Sólo hay una Compañía: la que vive según las Constituciones y los deseos de la
Congregación General 31[142].
10.— El 9 de
diciembre de 1969 el Presidente de la Conferencia Episcopal (Mons. Morcillo)
envió a todos los obispos de España la carta siguiente, en cumplimiento del
mandato de la Conferencia en su reunión del día 6:
Mi venerado
Hermano y querido amigo:
El
pasado día 6, último de nuestra XI Asamblea Plenaria, la Santa Sede se dirigió
a nosotros por medio de la Nunciatura Apostólica pidiendo nuestro parecer sobre
si procedería autorizar la creación de alguna o algunas provincias de la
Compañía de Jesús a las que pasaran aquellos religiosos que quieren seguir con
fidelidad las reglas y el espíritu de su Santo Fundador.
El
propósito de esta medida, que tiene antecedentes en la historia de la Iglesia,
es el de resolver la crisis por la que pasa actualmente la Compañía de Jesús y
el de restituir a muchos religiosos la paz de espíritu que han perdido y el
derecho que creen tener a seguir la vocación que libremente aceptaron.
Al
no haber ya en aquella fecha el número suficiente de asambleístas para tratar y
decidir sobre el tema propuesto, se acordó dirigir a todos los miembros de la
Conferencia Episcopal la siguiente cuestión, con el ruego de que se conteste a
ella, a ser posible, antes del próximo día 20 de diciembre:
«Si
cree que la creación de alguna o algunas provincias a las que libremente se
incardinen aquellos religiosos que quieren seguir a San Ignacio según la
vocación que aceptaron y los votos que hicieron en su día, puede contribuir
eficazmente a salvar la crisis por la que está pasando la Compañía de Jesús.
Aunque
no es necesario, sería muy conveniente que diera sintéticamente las razones que
tiene para opinar de una u otra manera.
Para
facilitarle la contestación se incluye una hoja adjunta que, debidamente
cumplimentada, habrá de devolver a esta Presidencia.
En
espera de su rápida y precisa contestación se reitera su afectuoso s.s. y
Hermano en Cristo.
Casimiro
Morcillo, Presidente de la Conferencia Episcopal Española[143].
11.— Todos
los obispos contestaron rápidamente. Entre las diversas respuestas — en su
mayoría positivas— selecciono una fechada el 12 de diciembre de 1969, cuya
argumentación se reitera en otras muchas, lo que revela que los obispos se
consultaron entre sí sobre tan grave asunto:
CONTESTACION. Sí, si place a un número
suficiente de jesuitas. RAZONES DE LA RESPUESTA: Sentido de la respuesta: Razón
decisiva es
el derecho de los mismos
Jesuitas a vivir conforme a los votos hechos. Si un número suficiente de
jesuitas, recomendables por su lucidez y su vida espiritual, estiman necesario
el medio apuntado, no debería negárseles. Así se salvan ellos
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de
la crisis y pueden abrir un cauce para nuevas vocaciones. Que la crisis en
conjunto de toda la Compañía termine no es fácil saberlo. Por tanto esa
precisión no influye en la respuesta dada[144].
12.— Los
jesuitas arrupianos, que tuvieron inmediatamente noticia de esta consulta y
sospecharon fundadamente que obtendría una respuesta positiva, se vieron
perdidos. Un número de jesuitas, probablemente no inferior a la mitad de los
efectivos de la Orden en España, se apuntaría a la «fidelidad» o a la
«estricta» como se llamaba a los ignacianos desde el campo arrupiano. El
ejemplo sería seguido por todas las provincias y el clan de izquierdas quedaría
aislado; en pocos años, eliminados los alienígenas, la Compañía de Jesús se
hubiera reconvertido a su condición ignaciana. Los ignacianos creyeron haber
ganado porque supieron que el Papa se inclinaba a esta solución. Pero los
arrupianos reaccionaron a la desesperada, por dos vías. El padre Urbano Valero,
primer provincial de España, una especie de superprovincial recientemente
nombrado como órgano de coordinación y para controlar las diversas obras
interprovinciales de Madrid, envió a todos los provinciales de España una señal
de alerta (que no se concibe si no procede de Roma) y lanzó una campaña de
gestiones entre los obispos españoles, apoyándose en el cardenal Tavera (con
influencia en los obispos progresistas) y sobre todo en el cardenal Tarancón,
que desde hace poco era arzobispo primado de Toledo, estaba muy próximo a los
jesuitas arrupianos del estilo Martín Patino y se había quedado a sólo tres
votos del arzobispo Morcillo en las últimas elecciones a la presidencia de la
Conferencia Episcopal; desde entonces su influencia había aumentado y seguramente
había ya superado la mayoría, porque iba a favor de la corriente impulsada por
el Vaticano y la Nunciatura. Sin embargo el caso de los jesuitas era tan claro
que Tarancón no podría conseguir sus fines, que coincidían con los arrupianos,
en virtud de esa presunta mayoría. Entonces preparó un golpe de Iglesia, en los
que llegó a ser un auténtico experto, hasta que topó de frente con Juan Pablo
II, como en el segundo libro veremos. A propósito, el padre Valero era un
castellano muy inteligente y moderado, que había seguido la directrices
innovadoras del General dispuesto a poner al frente de los jesuitas españoles a
una persona capaz de manejar lo mejor posible a los dos bandos.
La carta que
envió el 2 de febrero de 1970 a todos los Provinciales de la
Compañía de Jesús es la siguiente:
a.
Hace algún tiempo un número reducido de jesuitas españoles pidió a la Santa
Sede, y al Padre General, que se conceda a los jesuitas que lo deseen la
posibilidad de vivir juntos en unas mismas casas bajo un Superior mayor
especial en dependencia directa del P. General, para poder vivir el genuino
espíritu de la Compañía y garantizar la continuidad del mismo. Motivo de esta
petición: la dificultad de vivir ese espíritu en unión de los demás jesuitas y
en las actuales circunstancias y el deseo de cooperar de esa manera a la
verdadera renovación de la Compañía, tal como ellos la ven. Tal grupo de
jesuitas, con
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casas
y obras propias, y con un Superior Mayor especial, tendría también su Noviciado
y sus casas de formación, en las cuales continuarían su formación hasta la
incorporación definitiva en la Compañía los que ingresaran en este grupo. Así,
al mismo tiempo que se garantiza la continuidad de la Compañía en el espíritu
de su Fundador, sin llegar a dividirla, se podría establecer comparación entre
los resultados de este sistema de formación y los procedimientos utilizados
actualmente en la Compañía. Además de este hecho, ha habido en otras ocasiones
peticiones a la Santa Sede en el mismo sentido. Estas peticiones han sido
denegadas.
b.
Ha habido también peticiones de ayuda —insistentes y reiteradas— a algunos
obispos españoles, para que apoyasen ante la Santa Sede la petición de
constitución de un grupo especial de jesuitas como el descrito antes. Para
apoyar estas peticiones algunos jesuitas han proporcionado a esos obispos
abundante información sobre la Compañía, seleccionando y en ocasiones
generalizando los puntos negativos, que pudieran servir de explicación y apoyo
de sus demandas y silenciando todo lo positivo que también hay en ella. Algunos
obispos han llegado a creer que son muchos los jesuitas españoles que desean
que la petición descrita se lleve a la práctica.
c.
Con este antecedente, en la última Asamblea Plenaria de la Conferencia
Episcopal (primeros días de diciembre de 1969) su Presidente pidió a la
Asamblea su parecer sobre la oportunidad de pedir a la Santa Sede la creación
de algunas Provincias personales en la Compañía española, dependientes del P.
General —con lo que se evitaba una división completa de la Compañía— en las que
se viviera el espíritu ignaciano según las formas tradicionales, con la
posibilidad de admitir novicios y formarlos plenamente. Así se podría
proporcionar un marco de vida adecuado a los jesuitas a los que se les hace muy
difícil vivir su vocación en el actual sistema de vida de la Compañía, y se
crearía un fermento de renovación para ésta.
d.
A los pocos días el Sr. Presidente de la Conferencia Episcopal se dirigió por
carta a cada uno de los obispos pidiéndoles su parecer por escrito sobre el
tema propuesto en la Asamblea, en relación con la Compañía. Entre los Obispos
hay posiciones diversas; hay quienes favorecen la petición hecha, mientras
otros se oponen decididamente a lo pedido, por estimarlo improcedente en sí
mismo y pernicioso no solamente para la Compañía sino también para la Iglesia.
e.
El conocimiento que el P. General y los Provinciales de las provincias de
España tienen de estos hechos, es el resultado de gestiones y averiguaciones
realizadas fuera de la Compañía. Ciertamente las actuaciones de algunos
jesuitas españoles con algunos obispos en el sentido expuesto se han llevado a
cabo sin que los Superiores hayan tenido conocimiento de ellas.
f.
Los Provinciales han realizado y están realizando actualmente las gestiones
oportunas para lograr el necesario esclarecimiento de los hechos y para hacer
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llegar su parecer sobre todo este asunto a
quienes crean que deben hacerlo[145]. 13.— La carta
que acabo de transcribir era, naturalmente, secreta pero el proyecto
de división entre las dos
Compañías había saltado ya a la opinión pública en febrero de 1970 por lo que
la Secretaría del Provincial de España emitió a fines de mes un comunicado
público en que reconocía las tensiones internas, no se decía una palabra sobre
la intervención de la Nunciatura y tras indicar que las peticiones de los
ignacianos habían sido rechazadas se anunciaba un próximo viaje del padre
Arrupe a España para solucionar el problema. El 30 de marzo los ignacianos
replicaban a la nota pública de la secretaría del Provincial de España,
criticaban a los jesuitas progresistas como violadores del mandato papal a la
Congregación 32 rechazaban la división entre conservadores y progresistas
(ellos decían ser las dos cosas) confirmaban que no habían pedido la creación
de nuevas Provincias observantes sólo al General, sino también al Papa, y que
el Papa, por medio de la Nunciatura, había efectuado una consulta a los obispos
de España. En resumen, ponían en evidencia al Provincial de España al mostrar que
su nota de fines de febrero estaba manipulada y trucada[146].
14.— Cuando
aparecía la nota pública del Provincial de España los obispos españoles ya
habían dado su veredicto, que entonces se mantuvo en absoluto secreto (hasta su
publicación en este libro). En la Comisión Permanente de la Conferencia
Episcopal, celebrada los días 25 y 26 de febrero de 1970, el presidente de la
Conferencia, monseñor Morcillo, comunicó el informe siguiente:
El
6 de diciembre de 1969 se sometieron a la Asamblea Plenaria dos encargos de la
Santa Sede que la Nunciatura había transmitido por medio del Presidente aquel
mismo día. Uno de ellos se refería a «un informe que el Santo Padre desearía
recibir de los obispos españoles, preguntándonos si la solución para los
problemas que atraviesa la Compañía de Jesús podría ser crear una provincia
para los jesuitas que deseen continuar en la Compañía con la observancia que
fue siempre normal en la Compañía. Se decide que la Presidencia reciba por
escrito de cada Prelado su parecer (Acta de la XI Asamblea Plenaria, pág. 34).
La
Presidencia remitió por escrito el 9 de diciembre a los miembros de la
Conferencia la siguiente cuestión:
(reproduce la que ya hemos transcrito).
Las
72 respuestas recibídas en la Presidencia se distribuyen de este modo: cuarenta
y nueve (49) SI; dieciocho (18) NO. Cinco abstenciones. Se han remitido a la
Nunciatura[147].
Sobre el
documento que hemos señalado con el número 124, es decir la carta del
Provincial de España en copia que recibió la Presidencia de la Conferencia
Episcopal, hay una misteriosa anotación que reza así:
La
Asamblea de la Conferencia Episcopal, por oposición decidida de algunos de sus
miembros a que se tratase este asunto y por falta de datos en otros para
pronunciarse sobre un tema tan estimado como muy delicado, no entró a
tratarlos.
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Esta nota no debe de referirse a la Plenaria de
diciembre, sino a la siguiente, que se celebró después de la reunión de la
Permanente relatada en el documento 14. La Plenaria de diciembre había acordado
someter el caso a la votación por escrito cuyo resultado fue favorable a las
pretensiones de los ignacianos. El Presidente envió a la Nunciatura las
respuestas a la consulta del Papa. En su libro citado el padre Manuel Alcalá
confunde las fechas; la comunicación de monseñor Morcillo al padre Arrope, que no
consta en documento alguno de los que conozco, no pudo efectuarse el 20
de febrero, según dice Alcalá, porque la comunicación a la Permanente tuvo
lugar después y porque la consulta no la había hecho el padre General sino el
Papa.
15.— El
padre General se enteró, sin duda, de la victoria de los ignacianos. No hacía
falta debatir el asunto en la siguiente Plenaria, porque los resultados de la
consulta ya se habían enviado a la Nunciatura. Las intrigas de los cardenales
Tarancón y Tavera no debieron de producirse en la siguiente Plenaria sino
directamente en la Nunciatura o en Roma, para evitar que el consejo de los
obispos españoles surtiese efecto. El Papa debió de quedar muy impresionado por
la opinión de los obispos de España abrumadoramente favorable a la división de
la Compañía porque el 21 de marzo Arrupe escribió una carta a sus súbditos
(seguramente a los Provinciales) con estas palabras:
No
me ocultó el Santo Padre la impresión y preocupación que le vienen causando las
noticias, informaciones, cartas etc. que acerca de la Compañía le han hecho
llegar. Recomendaba poner especial acento en consolidar las bases fundamentales
de la vida religiosa: la obediencia, la pobreza, la piedad y prácticas
ascéticas, en especial la oración y los ejercicios espirituales, así como el
verdadero espíritu de la vida religiosa y de la vida comunitaria ordenada. La
Compañía debía, además, mantenerse siempre fiel al Vicario de Cristo y al
magisterio de la Iglesia, procurando por todos los medios a su alcance seguir
la tradición que le ha recabado siempre la confianza de la jerarquía, del clero
y del pueblo fiel. Tocaba a los Superiores lograr que esta fidelidad fuera
mantenida en todas las actividades y de un modo especial en las publicaciones
de la Compañía[148].
La victoria
de los ignacianos parecía ya completa. Esta carta del padre Arrupe cayó en sus
manos y por ella supieron que el Papa aceptaba sus tesis y el Padre General, al
menos de palabra, se sentía obligado a comunicarlas a los superiores.
La reacción
de los Provinciales de España fue lógica. Estaban descalificados por los
Obispos de España y por el propio Papa, que había utilizado en su admonición al
padre Arrope la palabra «fidelidad» con que se distinguían abiertamente
entonces los ignacianos. Los Provinciales, reunidos en Alcalá, presentaron su
dimisión al padre Arrupe, que recomendó calma hasta su viaje próximo. Las
congregaciones provinciales, copadas por los arrupianos, les dan la victoria y
conceden al padre Arrupe un voto de confianza. A principios de mayo viene, por
fin el padre General a España, se informa cumplidamente de la situación, hace
lo imposible para evitar y
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paliar la
ruptura, es recibído en audiencia (que resulta muy cordial) por Franco y a su
regreso da cuenta al Papa de su viaje y consigue que Pablo VI desista de la
creación de la provincia autónoma ignaciana. Parece que el argumento del
cardenal Tarancón que desactivó el voto de los obispos favorable a la división
de la orden fue éste: Si la Compañía de Jesús se divide, lo hará también toda
la Iglesia de España[149].
16.— Para
calmar a los ignacianos, inesperadamente derrotados y congraciarse con ellos el
padre Arrupe escribe el 29 de junio de 1970 una Carta a los Padres y hermanos
de España en que vuelve a asumir prácticamente todas sus tesis; ha visto en su
viaje «una falta de mutua comprensión y comunicación a diversos niveles,
individual y colectivo… entre superiores y comunidades, entre grupos y aun
entre individuos de una misma comunidad… la necesidad de una mayor reflexión y
una justa valoración de los diversos experimentos, comenzados quizás en
ocasiones sin la debida preparación… un sentimiento de frustración, desánimo y
como cierta indiferencia o distancia afectiva de la Compañía actual, que puede
tener su origen en la falta de oración, en formas de proceder fuera del marco y
ánimo de la obediencia, en la presente diversidad de opiniones sobre la vida
religiosa, el apostolado… y se ven fomentadas por la multiplicación de
comunidades demasiado pequeñas, cierta introversión hacia los problemas
nacionales, regionales o de las propias obras, que debilitan el impulso
apostólico universal; una disminución de intensidad en el nivel y esfuerzo de
los estudios… problemática ciertamente y en buena parte universal y común a
muchos otros países… es un problema universal de la Iglesia y de la sociedad
actual»[150].
17.— El
General poseía, por tanto, una información cabal sobre el estado catastrófico
de la Orden y asumía el diagnóstico de los ignacianos. Pero no imponía remedio
alguno; se limitaba a quejarse, dejaba hacer a quienes el Papa había llamado
ante los obispos de España «díscolos». El 27 de septiembre de 1970 se reunía en
Roma la Congregación de Procuradores de toda la Orden ante la cual, en su
primera alocución, Arrope repetía prácticamente las mismas denuncias, de forma
todavía más rotunda:
1.—
Tensión entre carisma y estructuras (es decir entre espontaneidad y norma).
2.— Tensión entre
unidad y pluralismo (es decir, división).
3.— Vocación
personal y obediencia (es decir, espontaneidad y norma).
4.— Sacerdocio y
profesión civil (es decir, laicización).
5.— Principios
doctrinales y realización práctica (es decir, teoría y práctica)
con los siguientes aspectos:
a.
Frustración respecto a vocación y vida religiosa. De donde se seguía,
secularización y mundanización.
b. Falta de
vocaciones.
c. Crisis de fe.
d. Dudas contra
nuestra identidad.
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f. Grave crisis
de obediencia.
g. Profunda
herida en la pobreza.
h. Problemas en
la castidad.
i.
Antiintelectualismo, de donde se sigue diletantismo en los trabajos y en las
publicaciones.
j. Extremismos de
violencia en lo social.
k.
Falta de fidelidad al Romano Pontífice y a la jerarquía, que ha traído
disminución de la confianza en la Compañía por parte de los obispos.
l.
No hay duda de que el estudio de las cuestiones de libre discusión puede
hacerse según las normas de la investigación científica, pero es del mismo modo
manifiesto que debe evitarse la comunicación indiscriminada de opiniones a los
lectores que carecen de la debida preparación para ello[151].
Ni los
ignacianos más fervientes se atrevían a comunicar un diagnóstico tan
horripilante. Por primera vez denuncia el padre Arrupe «crisis de fe» y
«extremismos de violencia en lo social»; poseía sin duda cabal información
sobre el encuentro de Deusto a fines del año anterior y sobre la participación
de jesuitas en movimientos contestatarios de origen comunista, como comunidades
de base y Cristianos por el Socialismo. Reconoce la falta de fidelidad al Papa,
de acuerdo con las repetidas reconvenciones del Papa. Pero ¿qué remedios
propone?
En las
opiniones de los Procuradores, aunque la mayoría estaban seleccionados por el
clan de izquierdas, no faltaron grupos españoles, alemanes, italianos y
americanos que atribuían la gravísima desunión de la Orden a las mismas causas
que acababa de señalar el padre General y criticaron la falta de claridad en
los decretos de la Congregación General 31. Una propuesta decía algo muy
importante: Remedio: encontrar un tipo de actividad que una a los jesuitas.
Esta propuesta venía del clan de izquierdas; la minoría ignaciana exigía
atenerse al espíritu de los Ejercicios espirituales. Un informe revelaba la
desintegración de la Compañía en Holanda:
Una
minoría de jesuitas se iba a los extremos de abogar por los hechos consumados,
desmitologizar muchas cosas, democratizar algunas instituciones eclesiásticas,
establecer un nuevo tipo de vida jesuítica, que el Papa podría ser una especie
de V Thant, secretario general una confederación de Iglesias católicas. Más de
la mitad de los jesuitas holandeses está a favor de la supresión del celibato
para los sacerdotes…
En su
alocución final a los procuradores el padre General reconoce el «estado de
dolor y humillación» de la Orden. Y en carta del 25 de octubre de 1970, en que
resume sus impresiones de la Congregación de Procuradores, incluye un
diagnóstico que va hasta el fondo:
No
sólo es afectada la identidad o vocación del jesuita en cuanto tal, sino aun la
misma vida religiosa en general y la raíz última está en el modo de vivir la
fe[152].
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En la Congregación de procuradores se había
tocado, por fin, fondo en cuanto al diagnóstico. La crisis de los jesuitas era,
en último término, una crisis de fe, muchos habían perdido la fe. El clan de
izquierdas hacía suya la propuesta de «encontrar un tipo de actividad que una a
los jesuitas», que les devuelva la identidad perdida. Los más «avanzados»
habían encontrado ya ese remedio, que se propondría formalmente a toda la Orden
en la Congregación General 32; bajo la capa del «servicio a la fe y promoción
de la justicia» habría que buscar la identidad nueva en «el extremismo de
violencia en lo social» que había denunciado el padre Arrupe, el cual escuchó
impávido cómo algunos Procuradores creían que «Al gobierno central se le notaba
falta de operatividad para enfrentar los problemas que tiene encima».
El clan de
izquierdas estaba preparando ya la Congregación General XXXII. En ella se
encontraría la nueva identidad de la Compañía, la tarea común. Pero los
jesuitas españoles de izquierda no se preocupaban de la teoría. Desde el
encuentro de Deusto y la creación de Fe y Secularidad se orientaban
decididamente hacia la praxis, según la cada vez más actual —entonces—
recomendación de Marx y Lenin. Habían participado en la creación de las
comunidades de base y los Cristianos por el socialismo, las dos grandes
organizaciones de inspiración comunista. Las Comunidades eran las masas; los
Cristianos por el Socialismo eran los cuadros para organizar a las masas. Esos
cuadros y esas bases necesitaban una doctrina. Los jesuitas la habían ensayado
en el encuentro de Deusto. Ahora, mucho más elaborada, iban a lanzarla para
todo el mundo, sobre todo para Iberoamérica, en el Encuentro del Escorial en
1972. Esa doctrina era la teología de la liberación.
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SECCIÓN 5: LOS JESUITAS DE
ESPAÑA E IBEROAMÉRICA LANZAN LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN EN EL ENCUENTRO DEL
ESCORIAL
LOS JESUITAS EN LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS DE LA
«LIBERACIÓN» CRISTIANA
Repasando
viejos papeles veo ahora que entré en contacto informativo con los llamados
movimientos de liberación cristiana en el curso 1967-1968, cuando nacían esos
movimientos en Europa y América. Una vez obtenida por oposición mi cátedra de
Historia (de Instituto) y tras ingresar por oposición como técnico en el
Ministerio de Información y Turismo empecé a especializarme en la historia de
España contemporánea y naturalmente a interesarme por los problemas históricos
de la Iglesia. En ese curso, gracias a la llamada de un gran periodista, Carlos
Rivera, escribí los primeros artículos de mi vida en el semanario «El Español»
y uno de los primeros, precisamente, comentaba con acritud unas manifestaciones
del padre Arrupe en América en las que manifestaba una «gran comprensión» por
la aventura subversiva del Che Guevara en Bolivia; el enviado de Castro para
incendiar el continente sudamericano acababa de morir en la selva a manos de
las fuerzas especiales bolivianas adiestradas por la CIA y tanto las «comprensiones»
del padre Arrupe como mi respetuoso disentimiento se publicaron en ese mismo
año 1967. Sin adivinar todavía la tormenta que se escondía detrás intuí que en
la Compañía de Jesús estaban pasando cosas muy raras y publiqué en el mismo
semanario otro artículo más duro que se tituló «La lid abandonada» y como, sin
saberlo bien, había dado en la diana provoqué las primeras protestas del clan
de izquierdas contra mí, aunque entonces yo desconocía la existencia de ese
clan y no podía sospechar la degradación de la Orden. Poco después creí
detectar cosas también raras en el comportamiento político del recién nombrado
cardenal Tarancón y le dediqué otro artículo, «Carta a un cardenal en Navidad»,
voz discordante en el concierto de elogios indiscriminados que entonces y
después se han dedicado al «cardenal del cambio» como le llamaría su
turiferario Martín Descalzo, hasta que poco antes de su reciente muerte don
Felipe González le reprochó haber acompañado tantas veces a Franco bajo palio.
Era verdad; y sospecho que el cardenal, sorprendido en renuncio, se murió del
disgusto.
El caso es
que casi llevo ya treinta años en combate contra los movimientos de falsa
liberación cristiana. Me seguí interesando por el problema después de esas
primeras fintas pero hasta 1984 me dediqué más a conseguir la cátedra
universitaria, a la actividad política y a la investigación histórica de la
España contemporánea. En 1984, cuando la forma de teología política y marxista
llamada teología de la liberación estaba en su apogeo, descubrí, por haber
tratado hacía muchos años a algunos de sus principales promotores, la conexión
profunda entre esa teología de la
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liberación y
la crisis de la Compañía de Jesús. La conexión me pareció tan importante para
la historia de la Iglesia católica y, en general, para la historia
contemporánea universal, cuya cátedra universitaria desempeñaba desde 1975 (mi
primera cátedra era la única de España que se titulaba «Historia Contemporánea
de España e Iberoamérica» que su descubrimiento me impulsó a abandonar en ese
año por completo la ocupación política para dedicarme exclusivamente a la
investigación histórica, con ese frente como una de mis principales tareas. (Se
trataba de un «frente», no es metáfora). Publiqué los primeros datos,
documentos y pruebas sobre esa conexión en varios artículos de 1985, que
circularon por toda América en miles de fotocopias y esa tesis de la conexión
quedó desde entonces generalmente reconocida pese a algunas sorpresas y
reticencias de los jesuitas liberacionistas y otros escritores a quienes los
árboles no dejaba ver el bosque, como el finado sacerdote José Luis Martín
Descalzo, por lo que hube de dedicar varios libros y ensayos al mismo asunto
entre 1985 y 1990. Estos trabajos impusieron definitivamente la tesis de la
conexión y como están hoy completamente agotados y poseo mucha más información
y documentación que entonces he decidido tratarlos ahora. Sin embargo el
problema de la teología de la liberación es tan vastísimo y está tan implicado
en la historia de la Iglesia postconciliar que voy a tratarlo en profundidad en
el segundo libro, La Hoz y la Cruz; para concentrarme, dentro del ámbito
de este primer libro, en los aspectos de la teología de la liberación que
tienen relación más directa con la crisis de los jesuitas; como son los de su
lanzamiento por los jesuitas en 1972, la rebelión de la Compañía de Jesús en
Centroamérica, sobre todo en El Salvador (que cae ya cronológicamente fuera de
mis trabajos de 1985-1987) y su amenaza final, ahora en plena vigencia, contra
el Estado y el pueblo de México. Como ese segundo libro, ya muy avanzado,
aparecerá Dios a lo largo de 1996, en esta sección resumiré brevemente los
aspectos de la conexión entre la crisis de los jesuitas y el lanzamiento de la
teología de la liberación en Iberoamérica, dejando la investigación sobre los
jesuitas en Centroamérica y en México para capítulos posteriores de este mismo libro.
Participo, pues, cada vez con más intensidad, en este combate contra los falsos
movimientos de liberación desde hace casi ya treinta años. Como esos
movimientos empezaron, lo mismo que su aliado y modelo el marxismo-leninismo,
en una concentración intelectual, ése ha sido también mi observatorio y mi
centro de combate. Treinta años, casi toda una vida.
El
lanzamiento y el desarrollo de la teología de la liberación es precisamente la
«nueva tarea común» que los jesuitas de izquierda, y el clan de izquierda que
atenazaba al padre General Pedro Arrupe, sin que de ninguna manera esta
coacción permanente le exima de responsabilidad, proclamaron en la Congregación
General 32, convocada en 1972. Pero antes de la proclamación oficial los
jesuitas de izquierda ya se habían adelantado, desde 1966 al menos, en la praxis
de los movimientos que luego se llamaron «de liberación» a partir de 1971,
cuando el sacerdote peruano, formado en la teología política europea, Gustavo
Gutiérrez, publicara su libro
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cristiano-marxista
Teología de la liberación, perspectivas en 1971, con primera edición
española en la editorial clerical de izquierdas «Sígueme» de Salamanca en 1972.
Quienes
primero utilizaron el término «liberación» en sentido revolucionario y marxista
fueron el independentista argelino Fratz Fanon, el filósofo de la Escuela de
Frankfurt Herbert Marcuse y el pedagogo marxista brasileño Paulo Freire. Sin
embargo la falsa liberación cristiano-marxista adoptó la tesis
marxista-leninista, muy desarrollada por el teórico comunista italiano Antonio
Gramsci sobre la «primacía de la praxis» y empezó su trabajo de infiltración y
minado de la Iglesia Católica, como sabemos, después de la segunda guerra
mundial con la expansión del movimiento PAX, prolongado desde la época del
Concilio en las redes del IDOC, en las que como vimos en el informe interno de
1967 estaban implicados ya varios jesuitas de Europa y América. En los años
sesenta los comunistas, ardorosos promotores del diálogo con los cristianos,
aprovechan la crisis de los movimientos obreros y universitarios de Acción
Católica (especialmente en el movimiento obrero español y en los movimientos
universitarios de Brasil y Chile) para convertirlos en masas adoctrinadas
dentro del movimiento Comunidades de Base, cuya génesis, con intervención de
varios jesuitas, ya hemos observado en España. La aparición de las Comunidades
de Base con orientación marxista se anticipa en Brasil desde el principio de la
década de los sesenta. Movidos por la falta de sacerdotes y por motivos
estrictamente pastorales, algunos obispos de Brasil intensifican la formación
de catequistas seglares para atender a comunidades dispersas. Algunos obispos
radicales, guiados por quien se consideraba profeta del movimiento, don Helder
Cámara, deciden adoptar la pedagogía marxista de Paulo Freire como doctrina
para las comunidades de base, que pronto se orientan en sentido revolucionario
y crecen hasta la enorme cifra de cuatro millones de adeptos.
Las
comunidades de base, que se extienden por Europa y el resto de Iberoamérica
desde fines de los años sesenta, por infiltración en los movimientos de Acción
Católica que se desmoronaban en todas partes, necesitaban un conjunto de
cuadros activistas, de ideología marxista-leninista, para orientarse en sentido
revolucionario, como deseaban los promotores del diálogo cristiano-marxista en
sus dos polos. El polo marxista era, evidentemente, la estrategia de la URSS y
la China comunista con cuyos planes ya nos hemos encontrado varias veces en
este libro; el polo cristiano está coordinado por la red del IDOC. Algunos
jesuitas, como acabamos de ver en la sección anterior, habían contribuido a la
creación de los Cristianos por el Socialismo en España; ese movimiento de
cuadros comunistas fue articulado en Chile por otro jesuita, el padre Gonzalo
Arroyo, desde que se abre la crisis de la Acción Católica y la Democracia
Cristiana de izquierdas en Chile a partir del año 1967. El nacimiento formal de
los Cristianos por el Socialismo en Chile es algo posterior.
Ya tenemos,
pues, en marcha, antes de acabar los años sesenta, los dos primeros movimientos
liberacionistas: las Comunidades de Base y los Cristianos por el
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Socialismo.
Estos movimientos, insisto, se articulan con la red marxista del IDOC y con los
movimientos de sacerdotes contestatarios que brotan como hongos en Europa e
Iberoamérica a raíz del Concilio; los animadores de estos grupos coinciden casi
siempre con los representantes del IDOC en cada país, por ejemplo el sacerdote
Gustavo Gutiérrez en Perú. El comando itinerante del IDOC se muestra activísimo
en la segunda mitad de los años sesenta por toda Iberoamérica: lo forman el
sacerdote belga Joseph Comblin, el sacerdote chileno Segundo Galilea, el grupo
Illich de Cuernavaca, encabezado en muchas incursiones por el propio obispo don
Sergio Méndez Arcea; y el jesuita uruguayo Juan Luis Segundo. Estos movimientos
necesitaban urgentemente, a fines de los años sesenta, dos cosas: unos héroes y
una doctrina atractiva.
Los héroes
indiscutibles fueron el activista argentino y colaborador de Fidel Castro
Ernesto «Che» Guevara, que enviado por Castro a Bolivia trató de encender la
revolución en ese país, como vimos, hasta su eliminación en 1967. El segundo
héroe era un clérigo, el padre Camilo Torres Restrepo, de acrisolada familia
colombiana, que había estudiado en Lovaina, quedó fascinado por la figura y la
obra de Fidel Castro y actuaba en Colombia como vedette del movimiento
radical universitario en estrecha conexión con los comunistas que se concretó
en el Frente Único. En 1965 se tiró al monte y al año siguiente resultó muerto
en una emboscada contra el «Ejército de Liberación Nacional» al que se había
incorporado. La red comunista de propaganda mundial, la que Luis María Anson
llamaba «la quinta pluma» como vimos, se volcó durante años y años en la
exaltación del Che Guevara y de Camilo Torres, cuyos retratos cubrían las
paredes en universidades, colegios, parroquias y casas religiosas de medio
mundo. Los jesuitas españoles de izquierda y el propio padre Arrupe, como
vimos, contribuyeron animosamente a esa campaña cuyos centros de impulso, de
imaginación y de financiación estaban, naturalmente, en los correspondientes
departamentos del KGB mediante sus delegaciones en Cuba. La Cuba de Castro
actuaba ya, por tanto, como plataforma estratégica de los movimientos de
liberación; el ejército subversivo del padre Camilo Torres se llamaba así, de
Liberación.
Conseguidos
los héroes, afianzada la praxis, ahora se necesitaba la doctrina. No bastaba
con iniciar a los católicos en el marxismo-leninismo, aunque esto también se
hacía por medio de cursos impartidos por los activistas. Hacía falta una
doctrina específica para las Comunidades de base, para los movimientos
clericales contestatarios, para el enfrentamiento al capitalismo desde
plataformas eclesiales; para crear una Nueva Iglesia frente a la caduca
—decían— Iglesia institucional entregada al capitalismo. Esta doctrina empezó a
llamarse, desde 1971, Teología de la Liberación.
Para muchos
activistas de la liberación la Teología de la Liberación empezó en la
Conferencia de Medellín, organizada por el Consejo Episcopal Latino Americano
en esa ciudad de Colombia en agosto de 1968. El Papa Pablo VI presidió la
ceremonia
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de apertura
en la catedral de Bogotá pero no asistió a las sesiones de la Conferencia,
estudiada magistralmente por el futuro cardenal don Alfonso López Trujillo[153]. El salesiano Giulio Girardi había visitado
Iberoamérica poco antes de Medellín para impartir su doctrina
cristiano-marxista al equipo que preparó los documentos para la reunión, en el
que se incrustaron los activistas del IDOC contrarrestados eficazmente por
López Trujillo y su equipo pastoral. En Medellín no se habló de teología de la
liberación porque el término no se había creado aún pero sí que surgió la
expresión «violencia institucional» para justificar el combate contra las
«estructuras» es decir contra los Estados y el sistema político-social vigente.
Esta lucha se emprendería «en nombre de la justicia», una forma de disimular el
verdadero objetivo, la Revolución. López Trujillo demuestra que los
liberacionistas consiguieron luego imponer a la opinión pública una «reducción»
de la Conferencia de Medellín, presentándola como toque de rebato
revolucionario, lo cual es falso; en la Conferencia había infiltración
revolucionaria entre el grupo de teólogos y consejeros, se vetó, por ejemplo,
el liderazgo político de los sacerdotes. No se pudo evitar, en cambio, la
politización de la lucha social; «Todo es política, el Evangelio es política,
la Iglesia es política» son consignas que circularon desde entonces. En su
alocución inaugural de Bogotá Pablo VI había visto muy claro que el peligro
revolucionario contra la Iglesia de América consistía en el enfrentamiento de
dos Iglesias, la Iglesia institucional del Papa y los Obispos y la que pronto
se llamaría Iglesia Popular, tal como la definió en un importantísimo libro de
1977 fray Boaventura Kloppenburg, hoy Obispo de Nueva Hamburgo en Brasil y
entonces Rector del Instituto Pastoral del CELAM en Medellín. Fray Boaventura
identifica la Iglesia Popular con «la que quieren los Cristianos por el
Socialismo»[154]. Nota el hoy Cardenal López Trujillo que
precisamente la interpretación reduccionista de Medellín se plasmó en un
folleto del sacerdote peruano del IDOC y los grupos contestatarios Gustavo
Gutiérrez, utilizado pronto en una reunión interamericana celebrada en Caracas.
De ese boceto surgió el libro estrella de Gustavo Gutiérrez Teología de la
liberación, perspectivas, que es una aplicación directa de la Teología
política centroeuropea —Metz, el discípulo de Rahner; el protestante Moltmann—
y del marxismo-leninismo (Marx, Lenin, Gramsci, Ernst Bloch) a la revolución
cristiano-marxista contra el enemigo capitalista en Iberoamérica. El libro, en
que desembocan varios trabajos y conferencias a partir del esquema trazado por
el propio Gutiérrez en la Conferencia de Medellín, fue publicado en primera
versión castellana en Bogotá en 1971, y se difundió mundialmente a partir de la
primera edición española de 1972 en la editorial político-clerical de Salamanca
«Sígueme». Con él poseían ya los movimientos marxistas la doctrina que
esperaban: la Teología de la Liberación, que se convirtió por sí misma desde
entonces, en un tercer movimiento mundial que absorbió a todos los movimientos
clericales contestatarios.
En 1968 un grupo
vociferante de clérigos y monjas revolucionarios tomaron por
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asalto la
catedral de Santiago de Chile, donde avanzaba a pasos forzados la Unidad
Popular del marxista Salvador Allende hacia el poder. Los jesuitas de
izquierda, que observaban detenidamente todos estos movimientos, que en parte
estaban promovidos por ellos, se acogieron a la interpretación reduccionista de
Medellín y observaron con agrado la toma del poder por Allende en 1970; el
jesuita Gonzalo Arroyo era uno de los principales consejeros del líder
revolucionario chileno, (junto a los marxistas españoles Joaquín Leguina y Joan
Garcés) que se apoyó en la extrema izquierda, sumió a su país en la miseria y
el caos, logró que la propaganda internacional de izquierdas, es decir la
quinta pluma, le presentase como un gran demócrata cuando era un reconocido totalitario
y permitió a Fidel Castro una larguísima estancia en Chile, donde el líder
cubano quiso establecer una plataforma de acción revolucionaria
cristiano-marxista que le había fallado en Guatemala, en Colombia y en Bolivia.
La tesis de Fidel Castro, la alianza estratégica de cristianos y marxistas en
América, fue proclamada en Chile por un jesuita, Gonzalo Arroyo, en el acto de
fundación oficial americana de los Cristianos por el Socialismo, celebrado en
Santiago el 2 de abril de 1972. Era el Primer Encuentro continental de este
movimiento, presidido por el obispo rojo de Cuernavaca. Una misión de
sacerdotes chilenos marxistas acababa de regresar de Cuba para recibir las
últimas consignas de Castro. El padre Arroyo plasmó la principal de ellas en el
punto 46 del programa de Cristianos por el Socialismo:
Crece
la conciencia de una alianza estratégica de los cristianos revolucionarios con
los marxistas en el proceso de liberación del continente[155].
Arroyo se sentía bien
respaldado; su provincial de Chile, el padre Segura, se había mostrado muy
favorable a la implantación del gobierno marxista de Allende. Y entonces el
grupo cristiano-marxista de los jesuitas españoles, Fe y Secularidad, decidió
que había llegado la hora para la celebración del gran Encuentro del Escorial.
EL ENCUENTRO DEL ESCORIAL
Fe y
Secularidad ya había proclamado virtualmente la teología de la liberación en el
Encuentro de Deusto a fines de 1969, por medio de la intervención de Giulio
Girardi, el amigo del jesuita promarxista José María Díez Alegría e instructor
de los marxistas del IDOC infiltrados en la Conferencia de Medellín. Al ver ya
madura la situación para una convocatoria general los jesuitas de Fe y
Secularidad prepararon el gran encuentro del Escorial, financiado por las obras
asistenciales de la Conferencia Episcopal alemana, (concretamente «Adveniat»)
que son responsables ante la historia de la Iglesia de haber contribuido de
forma decisiva a la Teología de la liberación y demás movimientos subversivos
contra la Iglesia en América[156]. El cardenal
López Trujillo afirma que «el encuentro del Escorial fue el inicio de esta
corriente de la liberación (la TL) como cuerpo, como organización y movimiento.
Fue también la
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señal de
largada a nivel mundial y la experiencia para congresos de índole semejante,
como los Teólogos del Tercer Mundo, en donde se dan cita, en ambiente
ecuménico, los liberacionistas, en estrecha cooperación con Cristianos por el
Socialismo, Iglesia Popular y exponentes auspiciados por el Consejo Mundial de
las Iglesias… El lanzamiento a la vez latinoamericano y para España de esta
corriente (la TL) fue sin duda el Encuentro del Escorial. Allí se lanzaron los
autores con sus tesis y a decir verdad siembran la semilla en España, algunas
de cuyas editoriales fueron el principal aliado de esta corriente. La situación
política española hallaba en estas tesis una rendija de respiro para agitar
ideas sin un compromiso in situ a manera de sucedáneo»[157]. Digamos que la Iglesia Popular fue el nombre
que asumieron en aquellos años las Comunidades marxistas de Base una vez
constituidas sólidamente en un país.
El promotor
y director del encuentro del Escorial fue el jesuita Alfonso Álvarez Bolado,
activista principal de Fe y Secularidad, que recaba para esta organización la
iniciativa y la responsabilidad de la organización del encuentro e inserta al
encuentro en la sucesión de reuniones convocadas por Fe y Secularidad hasta
entonces. El encuentro se celebró en el colegio de los Sagrados Corazones.
Ninguno de los jesuitas presentes aparece en las actas con sus siglas S.J.
Resulta muy divertido que las actas nieguen la vinculación del encuentro del
Escorial con la eclosión reciente de los Cristianos por el Socialismo en Chile,
cuando el padre Arroyo, creador de esa agrupación chilena, estaba presente en
el Escorial, aunque sin siglas tampoco. Se trataba en el encuentro de preparar
un gran equipo de activistas: «Un fuerte contingente de religiosos, sacerdotes
y laicos españoles que acuden a prestar sacrificio en América Latina». A la luz
de «las nuevas teorías sobre liberación y dependencia» es decir la teología de
la liberación y el marxismo. Confiesa el presentador que en el Encuentro no
están representadas todas las opciones de la Iglesia de América «sino una
familia de opciones», calificada por una opción prosocialista… desde los
socialismos ideológicamente marxistas al populismo argentino en esta fase más
socialista» y con el añadido de la democracia cristiana radical. (FC p. 14).
Como Álvarez Bolado era adepto a la teología política, y la política, lo dice
quien la ha vivido tan de cerca, es el arte de la mentira, el promotor miente
por los cuatro costados cuando asegura que no ha pretendido un encuentro con
los hombres de la teología de la liberación; los allí presentes no eran otra
cosa. Empezando por Gustavo Gutiérrez, estrella del encuentro, cuya opciones calificada
así por Álvarez Bolado: «Esa opción radical parece para Gustavo Gutiérrez la
opción socialista, entendida como inspirada por lo que el modelo marxista tiene
de ciencia». Como el modelo marxista, ahora ya lo sabe Álvarez Bolado, no tiene
nada de ciencia, la conferencia del Escorial resultó una locura, un gran
engaño. Y la ponencia de Gutiérrez representó «el polo de referencia» de toda
la reunión.
En la que
intervinieron además el peruano Rolando Ames, con un discurso anticapitalista;
el teólogo de la liberación e historiador argentino Enrique Dussel, que
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definió a
fray Bartolomé de las Casas como profeta y teólogo de la liberación; el hombre
del IDOC Joseph Comblin, jefe del comando itinerante de esa organización nacida
del movimiento comunista PAX; que cita con profusión a autoridades marxistas
como la comunista chilena Marta Harnecker, autora de difundidos catecismos
marxistas, que en 1989 negaría la caída del Muro; Comblin proclamó que la gesta
de Fidel Castro en Cuba era «un hecho decisivo en la historia de la
liberación».
El argentino
Aldo Büntig se extasía ante el Che Guevara. Segundo Galilea, otro hombre del
IDOC, anatematiza a las manifestaciones de la religiosidad popular en América.
Otro hombre del IDOC, el jesuita chileno Ranato Poblete, habló de
secularización. El pastor protestante J. Míguez Bonina identificó al
protestantismo con la democracia. El jesuita uruguayo Juan Luis Segundo dijo en
El Escorial cosas inauditas. Exigió la «desideologización de la fe cristiana».
Exigió que durante el exorcismo bautismal se cambiase la fórmula por ésta:
«Sal, espíritu inmundo del capitalismo, de este niño para que entre en la
sociedad como una esperanza creadora y no como un peón más» (FCp. 208). Reclamó
que el término teológico «gracia» se tradujera por «unidad popular». Y decía
esto a unos pasos de la tumba de Felipe II.
El jesuita
argentino Juan Carlos Scannone reconoce que la teología de la liberación brotó
de un análisis político. Scannone era, como Álvarez Bolado, un rahneriano
formado en Innsbruck.
El jesuita
chileno Gonzalo Arroyo se presentó como secretario general de Cristianos por el
Socialismo y se apuntó a las tesis del sociólogo marxista Gunder Frank. Hugo
Asmann, ex jesuita converso al protestantismo dio en El Escorial un seminario
en que exigió la participación de los cristianos chilenos en el movimiento
marxista de la Unidad Popular. Y reclamó una aceptación plena del marxismo
integral.
El discurso
de clausura se encomendó, naturalmente, al profeta del liberacionismo Giulio
Girardi, a quien las actas llaman «Jules». Introdujo en el Encuentro una
referencia que luego sería muy socorrida: los pobres. «Confiar en los pobres es
creer en las virtualidades libertadoras de sus clases». Exaltó a los pobres y a
la lucha armada; y empezó con ello la sarta de despropósitos sobre los pobres,
a quienes los teólogos y los sociólogos deberían, si tuvieran dos dedos de
frente, ayudar a salir de su pobreza por medio de las inversiones y la economía
de mercado en vez de aprovecharlos, como pedían Girardi y sus compañeros de
encuentro, como carne de cañón para la lucha revolucionaria. No me explico cómo
el profundo sentido crítico y la reconocida inteligencia de mi amigo Alfonso
Álvarez Bolado pudo promover y dirigir tan aberrante y ridículo encuentro. Pero
estábamos en 1972, el año en que el clan de izquierdas de la Compañía de Jesús
convocaba, en sentido muy semejante, la Congregación General XXXII.
Estábamos en
la lucha final contra el franquismo y cuatro obispos españoles, no muy
partidarios del franquismo asistieron al encuentro del Escorial. Luego
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informaron a
la Conferencia Episcopal en parte asustados y en parte entusiasmados, con tan
escaso sentido crítico como los jesuitas que habían convocado y articulado el
aquelarre, porque a estas alturas sólo se le puede calificar así. He aquí la
repercusión del informe de los obispos según las actas de la Conferencia
Episcopal española:
En
1972 hubo en El Escorial (Madrid) unas Jornadas sobre «Fe cristiana y cambio
social en América Latina» en las que se adoctrinó a numerosos sacerdotes y
religiosos. Se habían querido celebrar estas jornadas en Chile, pero los temas
y ponentes habían sido desaprobados por el cardenal arzobispo de Santiago de
Chile y otros obispos por razón de sus tesis —divergentes de las enseñanzas de
Su Santidad— acerca de la misión de la Iglesia y de la revolución marxista.
Estuvieron presentes en las jornadas del Escorial varios obispos españoles los
cuales manifestaron después a sus colegas que los reunidos en El Escorial se
apartaban del Magisterio, hablaban lenguaje marxista y escogían la adhesión de
la Iglesia al socialismo como opción única.
Estos
mismos obispos informaron sobre las Jornadas ante la Comisión Permanente del
Episcopado con simpatía, juzgándolas, a pesar de los reparos antes dichos, como
beneficiosas. Se había publicado que las Jornadas estaban autorizadas por la
Conferencia Episcopal; y aunque la noticia era falsa, no se desmintió[158].
Recuerdo una
vez más que estábamos en 1972. El año en que el padre Arrupe echaba balones
fuera en su libro Nuestra vida consagrada[159] en que negaba la existencia real de crisis en la Iglesia y en la vida
religiosa cuando tenía a las dos encima; y daba consejos etéreos sobre
espiritualidad sin dejar de reafirmarse en los cambios radicales de la
modernidad. Un padre General a quien se le escapa vivo el Encuentro del
Escorial era, como su Orden, un muerto viviente. Porque además, como acabo de
decir, en ese mismo año el clan de izquierdas convocaba la 32 Congregación
General y el secretario de Estado, Cardenal Villot, dirigía una enérgica advertencia
a la Curia Generalicia de Roma para que no hicieran trampas en la convocatoria.
Las hicieron todas.
SECCIÓN 6: REBELDÍA Y CHOQUE
DE LA
«COMPAÑÍA B» CON PABLO VI EN LA CONGREGACIÓN GENERAL XXXII
LA POLÉMICA DEL CARDENAL DANIELOU Y LOS RELIGIOSOS
Entre el 17
y el 19 de octubre de 1972 se había celebrado en Roma un Congreso de las
Conferencias nacionales de religiosos y religiosas para debatir las reformas
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encomendadas
a los Institutos por el Concilio Vaticano II. Se trataba de preparar el
ambiente para la reunión plenaria de la Sagrada Congregación de Religiosos que
se abrió el 23 de octubre. Uno de los puntos a debatir era la autorización a
los religiosos observantes para formar comunidades separadas de los que
aceleraban las reformas. Inmediatamente antes de las sesiones el cardenal
jesuita Jean Daniélou, eximio teólogo y miembro de esa Congregación, hizo unas
declaraciones en Radio Vaticana que dieron la vuelta al mundo y cayeron como
una bomba ente los cientos de superiores religiosos presentes en Roma. Las
declaraciones son importantes para comprender el contexto de la Iglesia en ese
año, en que la Compañía de Jesús preparaba activamente la Congregación general
32.
Estamos
en presencia de una crisis muy grave en la vida religiosa; no se puede hablar
de renovación sino de decadencia. Esta crisis afecta en primer lugar al mundo
atlántico. La Europa del Este y los pueblos de África y Asia gozan de una
situación mucho más sana. Los consejos evangélicos han dejado de considerarse
como consagración a Dios para ser vistos en una perspectiva sociológica y
psicológica. Existe, sí, la preocupación de no parecer burgués, pero en el
plano individual ya no se practica la pobreza. La obediencia religiosa se
sustituye por la dinámica de grupo. Bajo pretexto de ir contra los formalismos
se abandona toda regularidad en la vida de oración. La consecuencia de este
estado de confusión se advierte sobre todo en la escasez de vocaciones. Pues
los jóvenes lo que quieren es una formación seria. Por otra parte se dan
continuos abandonos de la vida religiosa, que producen escándalo, pues se rompe
el pacto que unía al pueblo de Dios.
La
raíz esencial de esa crisis está en una falsa interpretación de las normas del
Vaticano II… que han sido sustituidas por falsas ideologías difundidas en
revistas, en conferencias, y por teólogos.
Menciona el
cardenal entre estas desviaciones, ante todo, la secularización; una cosa es la
inmersión en un mundo secularizado y otra renunciar a la dimensión religiosa
como parte de la civilización. En segundo lugar, un falso concepto de la
libertad, que se resuelve en desestima de la institución y de las reglas, y
sobrevaloración de la espontaneidad y la improvisación. En tercer lugar, una
concepción errónea de la evolución del hombre y de la Iglesia.
Entre los
remedios que menciona el cardenal figura poner fin a la falsa orientación
citada; restaurar en su integridad la práctica de las constituciones
religiosas, con las adaptaciones pedidas por el Concilio; donde esto parezca
imposible, entonces no es lícito rehusar a los religiosos que quieren
permanecer fieles a sus Reglas y a las directrices del Vaticano II la facultad
de constituir grupos aparte. Y los superiores religiosos están en el deber de
respetar ese deseo. Estas comunidades así constituidas deben ser autorizadas a
tener sus casas de formación. Y la experiencia probará si las vocaciones son
más numerosas en las casas de estricta observancia o en las de observancia
relajada. En el caso que los
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superiores
se opusieran a esta iniciativa entonces el recurso al Santo Padre estaría más
que justificado[160].
Lo
importante de las declaraciones de un Cardenal con tanto prestigio es que no
dividía a los religiosos en observantes y desviados sino que atribuía a los
observantes la obediencia a las normas modernizadoras del Concilio, no sólo la
fidelidad a las constituciones antiguas. Esto, además, era verdad; y un grupo
de superiores Generales, sin casi consultar a los demás, contestó a vuelta de
correo al cardenal jesuita negando la decadencia generalizada y dibujando una
situación falsa de los Institutos. Insistían en la reconversión hacia las obras
de justicia social y de identificación con los pobres, como estaba entonces de
moda. Rechazaban, sobre todo, «la solución de ruptura» propuesta por el
cardenal porque de llevarse a cabo se iban a quedar pronto solos. Esta
contestación iba firmada por la secretaría del presidente de la Unión de
Superiores Generales, que era «casualmente» el padre Arrupe. Por su parte, el
cardenal replicó los días 5 y 6 de noviembre en «La Croix» y se ratificó en sus
declaraciones, que creía manipuladas en la respuesta de los Generales. El Papa
aprovechó la felicitación que enviaba a Daniélou por su ingreso en la Academia
Francesa como una forma elegante de confirmar la oportunidad de sus
declaraciones. Radio Vaticana —dirigida por los jesuitas— hizo numerosas
entrevistas a otros cardenales y prelados que se solidarizaron con el cardenal
francés. Es decir que la relajación general de los Institutos religiosos no era
un invento de los «observantes» retrógrados sino una opinión muy difundida en
los círculos del gobierno de la Iglesia a fines de 1972. Entre otras cosas
porque expresaba una situación desgraciadamente cierta.
EL PREAVISO DEL SECRETARIO DE ESTADO
En realidad
la Congregación General 32, que fue inaugurada el 3 de diciembre de 1974, se
estaba preparando —en la teoría y en la práctica— desde que terminó la 31 en
1966; porque la Congregación 31, que eligió al padre Arrupe, destruyó —más que
reformó— muchos elementos tradicionales de la Compañía de Jesús pero sólo los
sustituyó por vacíos y parches, mientras dejaba al arbitrio del padre General y
a la Congregación General siguiente la tarea de reformar definitivamente la
Orden para nuestro tiempo. El padre Arrupe sugirió retrasar la convocatoria de
la nueva Congregación General para estudiar con más tiempo los problemas y para
profundizar en las reformas generales de la vida religiosa instituidas en el
Concilio Vaticano II que terminaba al abrirse la Congregación 31. Dada la
enorme y demoledora importancia de la Congregación 32 creo imprescindible
abordar su estudio con dos precauciones de metodología histórica. Primero,
analizarla en su contexto, es decir, en medio de las actuaciones significativas
que durante la fase de preparación estaban realizando los jesuitas en su vida
interna de la Orden y en sus
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actividades
exteriores, que no me atrevo a llamar de apostolado porque cualquier semejanza
de hechos como los encuentros de Deusto y El Escorial con la labor apostólica
es un sarcasmo. Dentro de ese contexto son fundamentales los hechos relatados
en la sección anterior de este capítulo; y la controversia suscitada por el
cardenal Daniélou y algunos artículos e informes de jesuitas que se publicaron
en ese período de preparación. Y en segundo lugar, más que fijarme en
interpretaciones y especulaciones voy a atenerme a los documentos de la
Congregación General y los que originó la Santa Sede sobre la propia
Congregación General; para evitar encubrimientos de la realidad o versiones
edulcoradas de lo que tales documentos expresan con rotunda, a veces con brutal
claridad. Además de estos contextos y documentos, cuya fuente citaré en cada
caso, como es habitual en este libro (y en todos mis libros de Historia) tengo
delante tres comentarios más o menos recientes, publicados por jesuitas de gran
capacidad intelectual, que me parecen de primordial importancia para la
comprensión histórica plena del problema. El primero se debe al padre Jean-Yves
Calvez, entonces Asistente General del padre Arrupe y autor principal del
famoso Decreto IV, clave de la Congregación 32, Fe y justicia: la dimensión
social de la evangelización[161], publicado diez
años después de la Congregación 32. El libro del padre Calvez no es una
historia sino un alegato político en defensa del Decreto IV, un alegato escrito
fuera de los contextos reales y de una parcialidad escandalosa. El segundo es
la historia de las tres últimas Congregaciones generales (no incluye aún la 34)
—con la 32 como tema central— debido al padre John W. Padberg, Togheter as a
Companionship[162]. El padre Padberg es un notable historiador
profesional de su Orden, asistió como delegado a la Congregación 32, dispone de
toda la documentación interna del evento, ofrece datos y perspectivas de alto
interés pero también graves fallos de posición: prescinde de casi toda actitud
crítica, mira el acontecimiento por los ojos de su superior el padre O’Keefe,
más arrupiano que Arrupe y por tanto nos presenta una versión de los hechos
que, sin dejar de ser muy interesante, hay que tomar no cum mica sino cum copia
salis. Y que conste que al decir esto no me estoy alineando en el campo de
los ignacianos, sino en el de la Historia llanamente entendida; porque el gran
alegato de los ignacianos para preparar el ambiente de la Congregación 32, La
verdad sobre la Compañía de Jesús, (Madrid 1974) contiene documentación y
testimonios muy interesantes pero metodológicamente es un auténtico
batiburrillo que dificulta muchísimo el análisis. Por último el historiador
jesuita Martín R. Tripole en su libro Faith beyond justice[163] intenta —y consigue
plenamente— una revisión a fondo del Decreto IV con acento sumamente
crítico y propone una clarificación para salvar, aunque me temo que ya es
demasiado tarde, el tremendo efecto de confusión que durante veinte años ha
sembrado ese decreto en la Compañía de Jesús. Me alegrará que lo consiguiera
aunque me temo que la crisis de la Compañía de Jesús, reconfirmada en sus
peores aspectos por la Congregación 32, es ya irreversible y camina hacia la
desaparición de la Orden.
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La Santa Sede conocía perfectamente la fase
preparatoria de la Congelación General 32. El Papa, que se interesaba
personalmente en tan delicado asunto, sabía muy bien que el padre Arrupe había
encargado al Asistente General padre Jean-Yves Calvez la supervisión, como
delegado suyo, de los trabajos preparatorios; y testimonios de jesuitas
españoles me han confirmado que su principal ayudante para esta fase de
preparación fue precisamente el padre Álvarez Bolado, animador del Instituto Fe
y Secularidad, quien preparaba además la Congregación General por la vía de la praxis,
como acabamos de ver en su convocatoria y lanzamiento de la Teología marxista
de la liberación en el Encuentro del Escorial durante el verano de 1972.
(Padberg refiere la creación de una comisión preparatoria en abril de 1971 bajo
la dirección de Calvez y da como miembro español al padre Tomás Zamarriego;
como mis fuentes son seguras el padre Álvarez Bolado sería colaborador oficioso
para el problema capital de la promoción de la justicia). Si esto lo ha podido
comprobar mediante un trabajo ímprobo de investigación un historiador aislado
como quien esto escribe, calcúlese la información que en ese mismo año 1972
poseía la Santa Sede (por ejemplo a través del informe de la Conferencia Episcopal
española que ya conocemos, y otros de la Nunciatura, que sin la menor duda
disponía de uno o varios topos en El Escorial y otras históricas
localidades españolas) sobre esa preparación práctica de la Congregación 32;
una información que llegaba a Roma desde España, Iberoamérica y todo el mundo,
como luego se le escaparía deliberadamente al Papa cuando, durante las sesiones
de la Congregación, hizo saber al padre Arrupe que poseía informadores fiables
incluso dentro de la Compañía. Y por centenares.
El caso es
que el 24 de abril de 1972 el cardenal secretario de Estado, Jean Villot, envió
esta carta al padre Arrupe con el fin principal de evitar los pucherazos en las
elecciones para delegados a la Congregación General:
Como ha
sucedido también en otras beneméritas congregaciones, el soplo de renovación
querido por el Concilio para adecuar la vida religiosa a las exigencias de los
tiempos, para un testimonio siempre más eficaz del mensaje evangélico en el
mundo moderno, según el espíritu de los respectivos fundadores, ha llevado a
veces a algunos inconvenientes en la recta interpretación de los votos, la
disciplina, la formación religiosa, así como de la adhesión total de la mente y
el corazón al Magisterio de la Iglesia que propone infaliblemente la verdad
revelada. El constante empeño de permanecer fieles a la primitiva inspiración
de los respectivos Institutos, como también a la experiencia del
«aggiornamento» en la sana y equilibrada ponderación de la realidad presente,
requiere un estudio atento de la situación, con sus luces y sus sombras, y la
próxima Congregación es claro testimonio de esta voluntad de parte de V.P. y de
toda la Compañía.
En el alabar
el intento y animar el esfuerzo, el Santo Padre confía firmemente que toda la
Compañía sea reflejada en la composición de la Congregación misma, que en ella
estén adecuadamente reflejadas las varias tendencias y mentalidades y por tanto
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también
aquéllas que invocan en una forma más tradicional la fidelidad al espíritu a la
misión propia de la Compañía, y está además seguro de que serán tenidas en la
debida cuenta como expresión de la solicitud de la Iglesia y por el incremento
de la vida religiosa, todas las normas ya emanadas, sea en los documentos
conciliares, punto firme de referencia para la renovación de la vida religiosa
en el cuadro de la misión santificadora de la Iglesia, sea en las actas de la
Santa Sede, quien especialmente con la exhortación apostólica «Evangelii
testificatio» ha propuesto algunas orientaciones fundamentales de la
espiritualidad y la acción de los religiosos en el mundo moderno[164].
La
Secretaría de Estado mostraba frecuentemente, en nombre del Papa. su
preocupación por los comportamientos del padre Arrope, quien en el Sínodo de
los obispos de 1971 se había alineado con la minoría sinodal pro liberacionista
e hipercrítica de la Santa Sede; allí indicó que el Papa era más o menos
prisionero de la Curia y en rectificación posterior dejó las cosas peor que
estaban. (El padre Calvez cree que el decreto IV de la Congregación 32 es un
eco del Sínodo de 1971). Por eso la Curia, en 1973, quiere atar corto al padre
Arrope y el 7 de mayo le convoca a una reunión con el cardenal Villot y
monseñores Benelli y Casaroli, la plana mayor de la Secretaría de Estado.
Después de la reunión la Curia envió al General una minuta de lo tratado, a lo
que el padre Arrope respondió el 12 de mayo con una carta en la que manifestaba
haberse sentido «no en una atmósfera de diálogo constructivo sino bajo la
impresión de que las informaciones recibídas eran ya aceptadas de antemano, es
decir que se concedía mayor credibilidad a las informaciones de los ignacianos
que a las explicaciones del General. El padre Arrope, que recurrió a las
lágrimas en esta reunión admonitoria, recibió el 2 de julio de 1973 una nueva e
importante carta del cardenal Villot en la que se le replicaba que «la voluntad
de un diálogo abierto, sincero, constructivo, ha sido ya manifestada
inequívocamente desde hace años por la Santa Sede respecto de la Compañía».
Pero que «hay preocupación por la multitud de señales de una vasta y profunda
crisis que se manifiesta en la Orden, con muy serio peligro para la misma
Compañía, para otros institutos religiosos y para la misma Iglesia». Se
destacaban sobre todo las desviaciones en el campo doctrinal. Y eso era muy
grave, decía Villot, porque la importancia y la influencia de la Compañía de
Jesús son tan grandes, en todas partes, que se puede decir que toda la Iglesia
está ampliamente interesada en la suerte de la Compañía tanto en lo bueno de
ésta como en lo menos bueno. Y es que ya en 1966 corría por Roma la información
de que unas trescientas congregaciones religiosas, sobre todo femeninas,
observaban el curso de la Compañía de Jesús para seguirlo cuando ella se
definiese. Para evitar desviaciones graves la Santa Sede —dice el Secretario de
Estado— hizo una llamada en 1970, que no fue atendida, y el 15 de febrero de
1973 se había hecho al padre Arrupe, tras la carta ya citada de 1972, una nueva
llamada «a la acción que se hacía cada año más urgente».
Los párrafos
finales de la carta del cardenal Villot —que como la anterior no veo
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citada en el
relato del padre Padberg sobre la fase de preparación a la Congregación general
32— son tremendos. Es verdad que el problema, en gran parte, es común a otros
Institutos y a la Iglesia misma; pero uno de los motivos principales de la no
superación o del agravamiento de la crisis son las deficiencias de la autoridad
responsable. Esta, o no se daría cuenta suficientemente de la realidad, las
proporciones y las causas de los inconvenientes existentes o no tomaría las
medidas necesarias, al menos deplorar públicamente los abusos y desolidarizarse
de ellos o dando con claridad, para los que quieren mantenerse en fidelidad,
las orientaciones positivas que habría que seguir para conseguirlo.
Algunos
llegan a afirmar, en concreto, en lo que se refiere a nuevas experiencias de
vida religiosa o al «aggiornamento» de estructuras, que corrientes
imprudentemente innovadoras estarían encontrando un apoyo que niega (el P.
Arrupe) a los que intentan mantenerse fieles al espíritu de la Compañía. Y son
muchos los que ven en esto un peligro para la identidad y para el porvenir de
la Orden. Y a ellos se les niega la aplicación del principio del pluralismo
invocado para consentir innovaciones audaces o negativas[165].
El padre
Arrupe, como demostrarían los hechos de la Congregación General 32, no hizo
caso de estas gravísimas admoniciones de la Santa Sede, que se referían
personalmente a su lamentable forma de gobernar. Al contrario, emprendió en el
verano de 1973 un viaje por Iberoamérica donde se manifestó claramente a favor
de la teología de la liberación en Uruguay, concedió excepcionalmente la
solemne profesión a un jesuita argentino pro liberacionista, se solidarizó
públicamente con monseñor Angelelli, cabeza de la rebelión de los sacerdotes de
Córdoba contra su obispo, monseñor Castellano[166], no se opuso al
movimiento liberacionista de Sacerdotes para el Tercer Mundo[167] justificó, pocas semanas
antes de la caída de Salvador Allende al jesuita creador de Cristianos por el
Socialismo en Chile y colaborador de Allende, Gonzalo Arroyo[168], apoyó pública e imprudentemente al presidente
marxista de Chile en su visita personal, en la que justificó a los jesuitas
liberacionistas[169] alabó en México la identidad
de dirección con la Iglesia de los presidentes Echevarría, Allende, Fidel
Castro y Perón (que caería luego por un enfrentamiento con la Iglesia)[170] y promovió una reunión de
sociólogos de la Compañía en El Escorial, dirigida por el padre Calvez, para
estudiar la democratización de la Compañía y la «promoción de la justicia».[171]
Mientras el
padre General viajaba por América los superiores españoles desencadenaban una
auténtica persecución contra los ignacianos. (La actitud persiste; acabo de
recibir, en pleno verano de 1995, una terrible carta de jesuitas
norteamericanos detallando una persecución semejante). En fin, a su regreso de
América el padre Arrope fue recibído por el Papa quien, según confesión del
General, «le hizo pasar la mayor vergüenza de su vida» al preguntarle: «¿Qué
está pasando con la Compañía que se están saliendo tantos sacerdotes?». A lo
que Arrope no pudo
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responder.
Pero tras la conversación, el Papa dirigió al padre Arrope un nuevo y más
solemne aviso previo a la Congregación general 32, que acababa de convocarse el
8 de septiembre. Una semana después, el día 15, Pablo VI le repetía la
admonición verbal en una larga carta en que le explicaba que el Concilio no
había querido que la renovación se realice a precio de experiencias
arriesgadas extrañas al genio propio de cada familia religiosa y con más razón,
con el abandono de los valores primordiales de una vida consagrada a Dios… la
renovación debe hacerse según el espíritu de la Compañía de Jesús, es decir en
la fidelidad a su tradición, que se apoya sobre Cristo, sobre la Iglesia y
sobre San Ignacio… Recomienda el Papa la aplicación constante a la
oración, la observancia plena de los votos, sobre todo el de la obediencia,
nota distintiva de la Compañía de Jesús… Así hay que renunciar a introducir
nuevos métodos de deliberación y de decisión que alterarían la noción de
obediencia y hasta cambiarán el carácter propio de la Compañía de Jesús…
No ignoramos
que en algunos puntos de vuestra Compañía han aparecido estos años algunas
tendencias de orden intelectual y disciplinario que, si se les favoreciese,
arrastrarían cambios muy graves y quizá irremediables en la estructura misma de
vuestra Orden. Recuerda sus admoniciones y las de la Curia en este sentido.
Pide que la Compañía mantenga claramente «el carácter de orden religiosa» nada
menos. Y termina con un recordatorio muy intencionado al cuarto voto especial
de obediencia al Papa, distintivo de la Compañía, quizá por que sabía que la
comisión preparatoria lo estaba ya poniendo en entredicho[172].
Se acercaba
la inauguración de la Congregación General 32. En la revista romana de los
jesuitas, La Civiltá Cattolica que expresaba habitualmente la
orientación de la Santa Sede, un jesuita, el padre Bartolomeo Sorge, publicaba
dos durísimos artículos que reflejaban la preocupación de la Santa Sede sobre
la Congregación General y estaban tomados, en buena parte, de los informes
enviados a Roma por los jesuitas ignacianos de España y otras partes; a veces,
como he podido comprobar, literalmente. Por ejemplo en la afirmación de que,
cuando la Congregación general va a abrirse, existen ya dos Compañías
diferentes, la A y la B[173]. La A es la tradicional aunque nunca reñida con
la renovación y el progreso: la B quiere una Compañía nueva en una Iglesia
nueva, fundada en las Comunidades de base, es decir una Iglesia Popular, de
signo marxista. La Compañía A mantiene la estricta obediencia especial al Papa;
la Compañía B busca la secularización. Desgraciadamente, como vamos a
demostrar, en la Congregación General 32 la Compañía B se impuso netamente
sobre la Compañía A, que desde entonces quedó privada de voz y completamente
marginada. La Compañía B, guiada irresponsablemente por el padre Arrope, que
con su viaje a América en 1973 había demostrado que no era un simple rehén del
clan de izquierdas, sino el jefe del clan, iba a enfrentarse con el Papa en el
choque más duro que se registra en toda la historia de la Compañía de Jesús…
hasta la intervención de Juan Pablo II, que se anduvo con menos contemplaciones[174].
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LA CONGREGACIÓN 32: LA BRONCA INAUGURAL DE PABLO VI
El padre
Arrope abrió la Congregación General 32 en la mañana del 2 de diciembre de 1972
con un discurso de circunstancias y celebró por la tarde en la hermosa iglesia
del Gesú una Misa ante todos los delegados y los jesuitas que se encontraban en
Roma. Si queremos resumir en un término único lo que significará para la
historia de la Compañía la Congregación General 32 ese término es «La
Congregación de la desobediencia». Prácticamente toda la Congregación, desde su
fase preparatoria hasta su final, fue una consumación o por lo menos un intento
de desobediencia, que en gran parte se estrelló contra la firmísima voluntad de
Pablo VI. Recordemos que ya cuatro años antes, durante su conversación con los
obispos españoles, Pablo VI había calificado a la situación de la Compañía como
«la descomposición del ejército». Había ordenado, por sí o por el Secretario de
Estado, que los jesuitas ignacianos, la «Compañía A», estuvieran bien
representados en la asamblea; pero la Compañía B, a las órdenes del clan de
izquierdas, les había barrido a lo largo del proceso electoral y la gran
mayoría de los delegados, superior a los dos tercios según los porcentajes de
votación que ofrece el padre Padberg, pertenecían a la Compañía B. El clan de
izquierda acudía a Roma con varios objetivos muy concretos. Algunos se referían
a la estructura profunda de la Orden, como la exigencia de igualdad total
mediante la abolición de los grados establecidos por San Ignacio y la reducción
del cuarto voto de obediencia especial al Papa poco más que a una curiosidad
histórica. Otros revisaban y relajaban los votos clásicos; no tocaban la
castidad pero sí la pobreza (que se interpretaba con libertad secularizadora) y
la obediencia, que como habían denunciado los ignacianos se reducía a la
dinámica de grupos y a la mutua comprensión, no a la obediencia ciega de San
Ignacio. Otros redefinían la acción apostólica como «servicio de la fe y
promoción de la justicia» que en aquel contexto significaba el pleno apoyo y el
pleno ejercicio de la teología de la liberación y movimientos conexos de signo
marxista. Otros reformaban la perspectiva de la formación del jesuita para
integrarla ya en la acción apostólica interpretada como «opción por los pobres»
con lo que prácticamente desaparecía la admirable base humanística que por lo
visto ya no era propia de nuestro tiempo. Se insistía en la formación
filosófica y teológica pero sin rumbo; los rahnerianos presentes en la
Congregación se preocupaban poco de desviaciones filosóficas y teológicas que
desde entonces aumentaron hasta lo indecible. Se insistió mucho en la exigencia
de indigenización o como se dijo ya para el futuro «inculturación» en la
actividad universal de la Orden. De vida espiritual, de apoyo en la tradición,
de fidelidad a las Constituciones observadas durante más de cuatro siglos, nada
de nada. Era un proyecto revolucionario que se reflejaba en los postulata
enviados desde las provincias y sobre todo en el programa del clan de
izquierdas que ahora se iba a imponer. Insignes nombres de jesuitas veteranos
que habían acudido a la indecisa Congregación 31 no figuraban ya en las listas
de la 32; a las que se habían
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incorporado
o mantenido, en cambio, nombres muy representativos del clan de izquierdas,
como Alfonso Álvarez Bolado, el promotor del Encuentro de Deusto y el Encuentro
del Escorial; el vasco Luis Achaerandio, de la viceprovincia centroamericana,
donde ya se preparaba la gran rebelión de los años setenta y ochenta; Anthony
de Mello, el profeta indio de la inculturación; el español Ignacio Iglesias,
Asistente de España y uno de los líderes principales del clan de izquierdas;
Carlo María Martini, futuro cardenal arzobispo de Milán, rector del Instituto
Bíblico y espejo de progresistas, futuro jefe de la oposición
cardenalicia contra Juan Pablo II: el padre Juan Ochagavia, chileno y miembro
del IDOC y el inevitable italiano Roberto Tucci. Por supuesto que algunos
ignacianos —que por cierto en esos casos nada tenían de retrógrados— habían
conseguido entrar en la Congregación General, como el padre Sorge, denunciante
de las Dos Compañías, pero entre los nombres que conozco de la lista, que son
casi la mitad, no llegan a media docena los ignacianos. El más importante de la
Compañía A, Paolo Dezza, renunció expresamente a la reelección como Asistente
General en vista del panorama. Fue reelegido el americano O’Keefe, jefe del
clan de izquierdas y el francés Jean-Yves Calvez, orientador principal de la
Congregación hacia la «promoción de la justicia». El Papa conocía perfectamente
la situación y, con todo respeto, estaba hasta la tiara de los vientos que
corrían por ella cuando el 3 de diciembre de 1974 dirigió a los 236 delegados
una alocución que sólo se puede interpretar como una bronca y un aviso
perentorio.
Hace notar
el Papa, tras recordar las recientes cartas enviadas al padre Arrupe, que os hablamos
hoy… en nombre de Cristo y como Superior Supremo de la
Compañía de Jesús teniendo en
cuenta el vínculo especial que une a la Compañía desde su fundación al Romano
Pontífice, es decir invocando el cuarto
voto de obediencia especial al Papa que a todos los presentes vincula. Les
recuerda el mandato sobre «hacer frente al ateísmo» que les comunicó en la
Congregación General anterior. Les pregunta primero «¿Quién sois? Y vuelve a
recordarles la carta que les dirigió el 15 de septiembre de 1973 y sobre todo
el Cuarto Voto de especial obediencia al Papa. Les insiste en que los otros
tres votos religiosos «DO son un obstáculo a la libertad de la persona como si
fuesen un vestigio de épocas sociológicamente superadas sino por el contrario
son «clara voluntad de liberación en el espíritu del Sermón de la Montaña».
Insiste en que el Cuarto Voto es la clave, «el núcleo principal de los miembros
de la Compañía… que ha asegurado siempre vuestra comunicación con Cristo».
Entonces les hace la segunda pregunta: «¿De dónde venís?» y responde con un
breve y significativo resumen de la historia de la Orden, en sentido ignaciano
puro. Y entra, con toda sinceridad, en materia, en los siguientes párrafos que
resonaron en la Sala del Consistorio del Vaticano, donde les había convocado,
como un trallazo, interpretado como tal por la gran prensa de todo el mundo,
aunque el padre Padberg, que estaba allí, crea exageradamente que los titulares
de prensa eran exagerados:
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Y entonces, ¿por qué dudáis? Contáis con una
espiritualidad de fuertes trazos, con una identidad inequívoca, una
confirmación de siglos que os viene de la bondad de métodos que pasados por el
crisol de la Historia siguen llevando la impronta de la fuente espiritual de
San Ignacio. Por tanto no habrá que poner, absolutamente, en duda el que un
profundo empeño en el camino recorrido hasta ahora, dentro del propio carisma,
ya no sea nuevamente fuente de fecundidad espiritual y apostólica. Es verdad,
está difundida hoy en la Iglesia la tentación característica de nuestro tiempo:
la duda sistemática, la crítica de la propia identidad, el deseo de cambiar, la
independencia y el individualismo. Las dificultades que vosotros halláis son
las mismas que sienten los cristianos en general ante las profundas mutaciones
culturales que afectan hasta al mismo sentido de Dios; las vuestras son las
dificultades de los apóstoles de hoy, que sienten la preocupación de anunciar
el Evangelio y la dificultad de traducirlo en lenguaje contemporáneo; son las
dificultades de otras Órdenes religiosas. Comprendemos las dudas y dificultades
verdaderas, serias, que probáis algunos. Estáis en la vanguardia de la
renovación profunda que está afrontando la Iglesia, después del Vaticano II, en
este mundo secularizado. Vuestra Compañía es, decimos, el «test» de la
vitalidad de la Iglesia en los siglos; es quizás uno de los crisoles más
significativos en que se encuentran las dificultades, tentaciones, esfuerzos,
perennidad y éxitos de la Iglesia entera.
Una
crisis de sufrimiento, quizá de crecimiento, como hemos dicho en diversas
ocasiones; pero Nos, como Vicario de Cristo, que debe confirmar en la fe a sus
hermanos (cfr. Loe., 22, 23) y vosotros también, que tenéis la grave
responsabilidad de representar conscientemente las aspiraciones de vuestros
hermanos en religión, debemos velar todos para que la adaptación necesaria no
se realice a expensas de la identidad fundamental, de lo que es esencial en la
figura del jesuita, tal cual se describe en la «Formula Instituti» como la
proponen la historia y la espiritualidad propia de la Orden y como parece
reclamar todavía hoy la interpretación auténtica de las necesidades mismas de
los tiempos. Esta imagen no debe ser alterada, no puede ser desfigurada.
No
se debe llamar necesidad apostólica a lo que no sería otra cosa que decadencia
espiritual, cuando San Ignacio avisa claramente a todo hermano enviado a
misiones que «respecto a sí mismo procure no olvidarse de sí para atender a los
demás, no queriendo hacer un mínimo pecado por toda la ganancia espiritual
posible; ni siquiera poniéndose en peligro (Monumenta Ignatiana, series prima,
Sancti Ignatii de Loyola Epistolae et Instructiones, tomo XII, fase.
II. MHSI anuos 19, fase. 217, Januario 1912,
Matriti, p. 251-252)». Si vuestra Sociedad entra en crisis, si busca caminos
aventurados que no son los suyos, llegarán a sufrir incluso todos aquellos que
en un mundo o en otro, deben tantísimo a los jesuitas en orden a su formación
cristiana.
Ahora bien,
vosotros lo sabéis tanto como Nos, aparece hoy en medio de
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vuestras
filas un fuerte estado de incertidumbre, más aún, un cierto y fundamental
replanteamiento de vuestra misma identidad. La figura del jesuita, tal como la
hemos trazado a grandes rasgos, es sustancialmente la de un animador
espiritual, de un educador en la vida católica de sus contemporáneos con la
fisonomía propia, como hemos dicho, de sacerdote y apóstol. Pero os preguntamos
—y vosotros mismos os preguntáis— a guisa de concienzuda averiguación y de
serenante ratificación, en qué estado se encuentra ahora la vida de oración, la
contemplación, la simplicidad de vida, la pobreza, el uso de los medios
sobrenaturales. En qué estado se encuentra la adhesión el testimonio leal
acerca de los puntos fundamentales de la fe y la moral católica, tal como son propuestos
por el magisterio eclesiástico y la voluntad de colaborar con plena confianza
en la obra del Papa. Las «nubes en el cielo» que veíamos en 1966, aunque «en
gran parte disipadas» por la Congregación General XXXI (AAS, 58, 1966. p. 1174)
¿no han continuado quizá, desgraciadamente, poniendo alguna sombra sobre la
Compañía? Algunos hechos dolorosos que ponen en discusión la esencia misma de
la pertenencia a la Compañía se repiten con demasiada frecuencia y nos son
señalados desde todas partes especialmente por los Pastores de las diócesis y
ejercen un triste influjo en el clero, en los otros religiosos y en el laicado
católico. Estos hechos exigen de os y de vosotros una palabra de pena:
ciertamente no para insistir en ellos sino para buscar unidos los remedios a
fin de que la Compañía permanezca o vuelva a ser aquello que necesita, aquello
que debe ser para responder a la intención del Fundador y a las esperanzas de
la Iglesia en el momento actual. Hace falta un estudio inteligente acerca de lo
que es la Compañía, una experiencia de las situaciones y de los hombres; pero
hace falta también, y no estará de más insistir en ello, un sentido espiritual,
un juicio de fe acerca de lo que debemos hacer, siguiendo el camino que se abre
delante de nosotros, teniendo presente la voluntad de Dios, el cual exige una
disponibilidad incondicional.
¿Dónde
vais, pues? La pregunta no puede quedar sin respuesta. Os la estáis poniendo
desde hace tiempo, por lo demás, con lucidez, quizás incluso con riesgo.
La
meta hacia la cual tendéis, y de la que esta Congregación General es oportuno
signo de los tiempos, es y debe ser sin duda la prosecución de una sana,
equilibrada, justa actualización con fidelidad sustancial a la fisonomía
específica de la Compañía, con respeto al carisma de vuestro Fundador[175].
Invoca Pablo
VI repetidas veces al Concilio Vaticano II y rechaza «el fenómeno de la novedad
por sí misma que lo pone todo en cuestión». Como conoce los vientos de
innovación excesiva que azotan a la Orden les insiste en mantener lo esencial
de la tradición, les avisa de que «la disponibilidad del servicio puede
degenerar en relativismo, en conversión al mundo y a su mentalidad
inmanentista, en asimilación con el mundo que se quería salvar, en secularismo,
en fusión con lo profano. Os
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exhortamos a
que no os dejéis envolver por el «espíritu de vértigo» según expresión de
Isaías. Termina con una cita al padre de Lubac para subrayar la necesidad de la
obediencia. Y les advierte que seguirá con todo interés los trabajos de la
Congregación.
Estaba todo
clarísimo. Pero los delegados oyeron al Para como quien oye llover; y siguieron
decididos a imponer el programa del vértigo en la Congregación General. Por si
acaso, el Papa había encargado al Secretario de Estado una carta perentoria al
padre Arrupe que lleva la misma fecha de la alocución pontificia, 3 de
diciembre de 1974, pero que no fue entregada hasta unos días después. Pablo VI
conocía perfectamente la difícil lidia que le esperaba y estaba completamente
decidido a que no se le fuera de las manos.
EL VETO Y LA PROHIBICIÓN TAJANTE DE PABLO VI
Los dos
problemas principales o «prioridades» a que se dedicó la Congregación General
32 fueron el del cuarto voto, que se debatió antes y el del apostolado reducido
a la «promoción de la justicia» que era, de hecho, un eufemismo para significar
la lucha política, incluso violenta, de carácter socialista contra las
«estructuras» o sea contra el sistema capitalista. Para no perdernos en las
nubes debemos llamar a las cosas por su nombre; así las entendía el clan de
izquierdas y así se aplicaron —se estaban aplicando ya— en la realidad.
Las
Constituciones de la Compañía de Jesús dividen a los religiosos en cuatro
categorías. Primera, los sacerdotes que forman el núcleo principal de la Orden,
los profesos de cuatro votos solemnes. Los votos son de dos clases: simples,
que pueden ser dispensados por el General; y solemnes, cuya dispensa compete
sólo a la Santa Sede. Los cuatro votos solemnes son los clásicos de pobreza,
castidad y obediencia, a los que como característica esencial de su Compañía
San Ignacio añadió el «Cuarto voto» de obediencia especial al Papa «circa
missiones» es decir para toda misión o encargo que quisiera confiar a toda la
Orden o a un miembro de ella. Para la profesión de cuatro votos solemnes se
requiere, además de una notable madurez religiosa, haber superado de manera
relevante los estudios superiores de filosofía y teología, en lo que se llamaba
«el curso mayor» rematado en la correspondiente licenciatura. Podía concederse,
por excepción muy rara, la profesión de tres votos solemnes a quien sin superar
así los estudios poseyera, a juicio del General, cualidades o méritos
extraordinarios; era el caso del padre Ángel Ayala, fundador de la Asociación
de Propagandistas y famoso por su sentido común. El segundo grado era el de los
coadjutores espirituales, sacerdotes que, por no haber conseguido el nivel
suficiente de estudios (sólo habían podido seguir el «Curso menor» hacían los
votos definitivos de carácter simple). El tercer grado de los jesuitas
«formados» era el de los coadjutores temporales que se llamaban hermanos legos
en otras Ordenes y
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hacían
también votos definitivos simples. Por último los estudiantes en formación
hacían sólo los tres primeros votos, de carácter simple y privado, al terminar
su noviciado antes de empezar los estudios de humanidades.
El problema
de los votos se abordó por la Congregación General en dos planos. Primero, se
planteaba por algunos delegados el significado del cuarto voto de obediencia
especial al Papa, aplicado a nuestro tiempo. La tendencia del clan de
izquierdas era reducir el cuarto voto a un mero símbolo de carácter histórico,
lo que equivalía a lograr para las actividades de la Orden una virtual
independencia del Papa. (De hecho ya se lo habían saltado manipulando y
desvirtuando el mandato de Pablo VI sobre el ateísmo). Pero la discusión sobre
este punto vital quedó englobada en el problema de los grados y resuelta —por
imposición irrevocable del Papa— en sentido contrario a lo que deseaba la
Congregación. Aunque no sin un expreso acto de desobediencia por parte de la
Congregación, que el Papa hubo de reprimir enérgicamente.
Por tanto el
problema del cuarto voto se redujo al problema de los grados. La Congregación,
llevada por el ansia de una igualdad total, pretendía suprimir la división
constitucional de tres grados ente los jesuitas formados —profesos, coadjutores
espirituales y temporales— y concederles a todos ellos la profesión de cuatro
votos solemnes. Es cierto que el padre Arrope había llevado al Papa el 12 de
noviembre (poco antes de la Congregación) los volúmenes en que se articulaban
los «postulata» de las Provincias, muchos de los cuales reclamaban esa
igualdad, lo que obligaba a modificar sustancialmente las Constituciones y la
Fórmula del Instituto, que resumía lo esencial de ellas. Pero sin duda el Papa
tuvo, además, noticia de este propósito y entonces, el 16 de diciembre
—interesante precisión del testigo Padberg
— el cardenal Secretario de
Estado entregó al padre Arrope la carta que tenía preparada desde el 3 del
mismo mes, día del discurso inaugural de Pablo VI. La carta era una orden
tajante:
Reverendísimo
Padre:
Su
Santidad me confía el venerable encargo de expresarle a usted (le apea el
tratamiento, n. del A.). y a sus hermanos Su sincera complacencia por el
encuentro de esta mañana (3 de diciembre), fiesta de San Francisco Javier, con
los participantes en la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús.
En
la alocución que el Santo Padre ha dirigido a los presentes usted habrá notado
ciertamente Su vivo interés —ya antes manifestado en la carta que le dirigió el
15 de septiembre de 1973— a fin de que la Compañía misma, en el laudable y
obligado esfuerzo de «aggiornamento», según las exigencias de los tiempos,
permanezca fiel a sus notas esenciales, indicadas en la regla fundamental de la
Orden, la Fórmula del Instituto.
A
este propósito, el Sumo Pontífice no ha dejado de considerar la eventual
propuesta, a que usted aludió en la reciente audiencia del 21 de noviembre
último pasado, de extender a todos los religiosos de la Orden, aun a los no
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sacerdotes,
el cuarto voto de especial obediencia al Sumo Pontífice «circa missiones»
—reservado, según el Instituto, a los religiosos sacerdotes que han realizado
felizmente la requerida preparación espiritual y doctrinal— y desea que le
comunique que tal innovación, examinada atentamente, parece presentar graves
dificultades que impedirían la necesaria aprobación por parte de la Santa Sede.
Me apresuro a hacerle llegar esta comunicación a fin de que pueda tenerla
presente en el desarrollo de los trabajos de la Congregación General.
Aprovecho con gusto la ocasión…[176]
Entonces la
Congregación General desobedeció al Papa. El 20 de enero de 1975 se saltó los
avisos del Papa y la orden expresa contenida en la carta de Secretario de
Estado —no cambiar para nada la situación de los grados— y decidió debatir el
asunto. En una votación indicativa —aún no definitiva— la Congregación se
inclinó por más de dos tercios de mayoría a suprimir los grados. Y el padre
Cario Martini, por encargo del General, llevó esta resolución indicativa a la
Secretaría de Estado. La indignación del Papa fue de sorpresa y frustración. El
23 de enero[177] el cardenal Villot, en nombre
del Papa, reprendía al padre Arrupe por la desobediencia, tanto más que el 17
de diciembre —entonces se enteró la Congregación— el Papa había ratificado
verbalmente la prohibición de modificar los grados en audiencia con el padre
Arrupe y dos miembros de la comisión correspondiente; los tres implicados
confirmaron esa nota a la Congregación, cuyos miembros quedaron estupefactos y
anonadados y también indignados por la forma con que se había llevado este
delicadísimo asunto a espaldas suyas. Entonces la Congregación General preparó
una nota para el Papa sobre el problema y la envió. El 15 de febrero el Papa
replicó con una carta autógrafa al General:
Al querido hijo Pedro Arrope, Prepósito General
de la Compañía de Jesús. Hemos recibído la carta con que Nos remitiste la
relación que te habíamos
pedido acerca de las razones
que indujeron a la Congregación General a la votación sobre el problema de los
grados y sobre el cuarto voto. No hemos dejado de considerar debidamente esa
relación.
Habida
cuenta de los hechos recientes, confirmamos cuanto nuestro Cardenal Secretario
de Estado te escribió, por encargo Nuestro, el día 3 de diciembre pasado. Por
tanto repetimos nuevamente, con el debido respeto, a ti y a los PP.
congregados: No se puede introducir innovación alguna con respecto al cuarto
voto.
Como
supremo garante de la fórmula del Instituto y como Pastor universal de la
Iglesia, no podemos permitir que sufra la menor quiebra este punto, que
constituye uno de los fundamentales de la Compañía de Jesús. Al excluir esta
extensión del cuarto voto no nos mueve ciertamente un sentido de menor
consideración o un conocimiento del problema menos lleno de dolor, sino más
bien el profundo respeto y ardiente amor que profesamos a la misma Compañía así
como la persuasión del gran incremento que ella está llamada a prestar en el
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futuro,
a la obra cada día más difícil de la Iglesia, si se conserva cual la quiso el
fundador (bien que realizadas las oportunas adaptaciones, que no sobrepasen los
límites de su identidad fundamental).
Precisamente
ante esta visión de las cosas te expresamos la duda, que para Nos brota de las
orientaciones y actitudes que emergen de los trabajos de la Congregación
General: ¿podrá la Iglesia poner su confianza como siempre hizo, también ahora
en vosotros? ¿Cuál debe ser la relación de la jerarquía eclesiástica con
respecto a la Compañía? ¿Cómo podrá confiar esta misma jerarquía a la Compañía,
sin experimentar temor alguno, la realización de tareas tan importantes y de
tal naturaleza? La Compañía goza ahora de una prosperidad y difusión de
dimensión universal, que la ponen sobre el candelero y que guardan relación con
la confianza que siempre le fue concedida; pues posee una espiritualidad, una
doctrina, una disciplina, una obediencia, un servicio y un ejemplo que está
obligada a custodiar y a testimoniar. Por ello reiteramos confiadamente la
pregunta de nuestra alocución del día 3 de diciembre, al comienzo de la
Congregación General: ¿A dónde vais?
En
estos días de trabajo común, que aún os quedan por delante, os exhortamos
ardientemente, querido hijo, a ti y a tus hermanos, a una reflexión más
profunda todavía sobre vuestras amplias posibilidades y también sobre los
peligros que amenazan al futuro de ésta tan providencial y tan benemérita
«Compañía de presbíteros» fundada por San Ignacio.
Como
ya te fue escrito el día 15 de septiembre de 1973, ésta es una hora decisiva
«para la Compañía de Jesús, para su futuro destino y también para todas las
familias religiosas». Pensamos en las innumerables repercusiones que podría
tener en la misma Compañía y aun en la Iglesia un modo de actuar — Dios no lo
quiera— contrario a la línea que acabamos de exponer. Por esta razón os
invitamos con el mayor encarecimiento a que consideréis seriamente delante del
Señor las decisiones que corresponde hacer. Es el mismo Papa quien con
humildad, pero con la sinceridad e intensidad de su afecto, os repite con
emoción paterna y con una extrema seriedad: pensad bien, hijos queridísimos, lo
que hacéis.
Por
esta misma razón te pedimos que tengas a bien enviarnos las decisiones ya
tomadas o que en breve haya de tomar la Congregación General antes de su
publicación.
En
esta hora grave oramos intensamente por la Compañía de Jesús, tan querida,
mientras a ti y todos sus miembros esparcidos por el mundo os impartimos de
todo corazón, en el nombre del Señor, nuestra bendición apostólica.
Del Vaticano día 15 de febrero de 1975,
duodécimo de nuestro Pontificado. Paulus PP VI[178]
El 20 de febrero, cinco días después, el padre
Arrupe fue recibído por el Papa en
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una tensa
audiencia. El Papa insistió en su condición de guardián del Instituto y le
mostró su gravísimo disgusto por lo sucedido. Volvió a insistirle en que no se
diese legislación alguna sobre la extensión del cuarto voto. Le preocupaba que
el asunto estuviera relacionado con ciertas teorías sobre la naturaleza del
sacerdocio y por el impulso hacia la «promoción de la justicia» que podrá minar
a los ministerios sacerdotales, asimilados así al trabajo de los seglares.
Comunicó que la Congregación no prestaba suficiente atención a la vida
espiritual y religiosa. El decreto sobre los grados no hizo mención alguna de
suprimirlos ni tocó al cuarto voto. Al fin la Congregación General obedecía;
había interpretado bien la amenaza final del Papa en su carta, que podría
acarrear hasta la intervención directa o incluso la disolución de la asamblea.
En el decreto descafeinado se mencionaba solamente la unidad apostólica de toda
la Compañía. El Papa no tuvo el menor reparo en aprobarlo. El debate sobre la
naturaleza del cuarto voto quedó zanjado también con la prohibición del Papa.
Pienso que al final de este desdichado episodio los jesuitas de la Congregación
General estaban tan hartos del cuarto voto como en tiempos lo estuvo don Manuel
Azaña, que en 1932 les había expulsado de la patria de San Ignacio expresamente
por ese cuarto voto, al que se había condenado en la Constitución de la
República de 1931. Las vueltas que da el mundo.
Humillados
por la censura que imponía el Papa a todos los documentos de la Congregación,
el clan de izquierdas se dispuso a reñir su segunda gran batalla, la promoción
de la justicia.
LA PERSPECTIVA DEL DECRETO IV
Los demás
asuntos prioritarios que trató la Congregación General se plasmaron en otros
tantos Decretos en la misma dirección que hemos resumido antes al enumerar los
principales «postulados». Como la Santa Sede, al ejercer la censura cuyo
derecho había recabado el Papa, puntualizó la interpretación correcta que había
de darse a esos Decretos en un documento que luego vamos a transcribir, pasamos
ahora al segundo gran debate, que desembocó en el más famoso y nefasto de los
Decretos de la Congregación 32, titulado «Nuestra misión hoy: servicio de la fe
y promoción de la justicia». La verdad es que a la Congregación no le
interesaba demasiado la fe, aunque hemos visto que el padre Arrupe, cuando
quería calmar las protestas de los ignacianos, atribuía con toda razón la
crisis de la Compañía de Jesús a una crisis de fe. Pienso que si esto era
realmente cierto, y lo era, la Congregación General 32 debería haber dedicado
un decreto a la propuesta y defensa del Credo adaptada a nuestro tiempo; pero
lo que de verdad le interesaba era la «promoción de la justicia».
El sociólogo
e historiador jesuita Martín Tripole realizó una interesante investigación
sobre el Decreto IV veinte años después y como americano cabal se
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presentó en
Roma con su cuestionario debajo del brazo y preguntó a catorce padres que
habían sido delegados en la Congregación General 32, entre ellos el General que
sucedió al padre Arrupe, padre Peter-Hans Kolvenbach, qué significado tenía
para ellos la palabra «justicia» en el Decreto IV. Increíblemente, los catorce
le respondieron más o menos que no lo sabían[179]. Esta es una de
las mayores sorpresas que he experimentado en mi vida. De manera que catorce de
los principales responsables del Decreto sobre la promoción de la Justicia no
tenían, veinte años después, la menor idea de lo que significaba «la justicia»,
cuando el Decreto IV había provocado en la Compañía, en la Iglesia y en la
sociedad mundial, sobre todo iberoamericana, confusiones terribles, millares de
libros y de artículos, innumerables abandonos de esa fe que se decía servir y
había sido concausa por lo menos de tres revoluciones violentas, de las que
hablaremos pronto en este libro. Bien, abreviemos después de la sorpresa. Creo
que «promoción de la justicia», consigna que repetía más que otro jesuita
alguno hasta su trágica muerte en 1989 el padre Ignacio Ellacuría, gran
agitador de la teología de la liberación en Centroamérica, significa, por la
forma con que se aplicó, por los contextos a los que se refirió y por los
efectos que produjo, algo mucho más simple que se encerraba en el eufemismo de
la fórmula: la promoción de la lucha política, incluso armada, contra las
«estructuras de injusticia», contra el capitalismo originario (el sistema de
los Estados Unidos y el Occidente europeo) y sus sucursales dependientes, como
las llamaban los liberacionistas, en Iberoamérica y el Tercer Mundo; justicia
era sinónimo de revolución marxista, comunista o socialista radical, y la
promoción de la justicia jamás se aplicó a las injusticias estructurales de la
Unión Soviética, China comunista y demás «democracias populares», jamás se
aplicó a las dictaduras comunistas de Cuba y Nicaragua, a los grupos que
trataban de imponerlas en El Salvador, Guatemala y México. Promoción de la
justicia eran los Cristianos por el Socialismo, las Comunidades de Base y la
Teología de la liberación. Promoción de la justicia era el impulso
revolucionario que habían dado los jesuitas de Fe y Secularidad a los
encuentros por ellos organizados en Deusto y el Escorial. Lo demás es retórica
y eufemismo.
El autor de
este libro no ha nacido ayer ni escribe exclusivamente desde su torre de
marfil. Demostré que el marxismo era un anacronismo anticientífico en mis
artículos de ABC de 1974, sobre el eurocomunismo, y en 1985, sobre la
teología de la liberación, cuando había en España cuatro obispos e innumerables
católicos, entre ellos varios jesuitas marxistas. Viví de niño con enorme
intensidad la guerra civil española en territorio de los dos bandos. He
recorrido Asia y América de cabo a rabo, muchas veces. Por supuesto que
reconozco la espantosa injusticia social que reina en Iberoamérica y el Tercer
Mundo, donde muchos cristianos descuidan por completo sus deberes de justicia
social y no mueven un dedo por los pobres y por los marginados. Me he pasado mi
vida activa trabajando y dando trabajo a cientos de personas; editores,
impresores y vendedores. Conozco muchos empresarios, en
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España, en
Europa y en toda América, que trabajan con esa misma idea de ayuda y
construcción social y me alegro de su riqueza cuando triunfan. Conozco a otras
personas ricas que viven sólo para su egoísmo. En vez de promover regímenes de
socialismo real en Iberoamérica y provocar revoluciones violentas, ¿por qué no
emplearon allí los jesuitas su inmenso prestigio para imprimir un auténtico
sentido social a sus alumnos, para impulsar a sus amigos a crear empresas y
puestos de trabajo con los capitales que escondían cobardemente en los Estados
Unidos? Un día oí en Santo Domingo al ex presidente de Perú, don Fernando
Belaúnde, que si todos los capitales iberoamericanos depositados en Estados
Unidos se repatriasen en una noche, la espantosa deuda externa de Iberoamérica
desaparecería en esa che. Pero los jesuitas liberacionistas aplicaban la
doctrina de Girardi en Deusto; los capitalistas eran los enemigos, y se ama a
los enemigos terminando con ellos.
Compadezco a
los pobres pero aborrezco a la pobreza y mucho más la utilización de los pobres
como plataforma política para alcanzar el poder por la izquierda. ¿Qué hizo la
URSS con los pobres, sino dejarlos en la miseria después de haber asesinado a
treinta o cuarenta millones de ellos en la Revolución? Creo que el mejor
servicio que se puede hacer a los pobres es sacarlos de su pobreza, no
extasiarse con ella para vivir y medrar sobre ella, como han hecho y hacen
muchos teólogos de la liberación y sus amigos los comunistas y socialistas de
la Nueva Clase. Aborrezco tanto a la teología política como a la política
teológica; una y otra son cosa de ayatolás, no de sacerdotes y políticos
auténticos. La única forma de vivir en libertad en este mundo es el sistema de
economía de mercado, que crea riqueza, no el socialismo real, que proponen los
liberacionistas, y que sólo conduce a perpetuar la pobreza. Estoy con el lúcido
autor brasileño que propone, en cambio, la opción preferencial por la riqueza.
No puede haber un socialismo de rostro humano pero sí un capitalismo humanista.
Todo esto se ve clarísimo a partir de 1989, pero los teólogos de la liberación,
aunque reconocen el fracaso del comunismo, siguen empeñados en la demolición
del capitalismo. Chiapas ha estallado años después de la caída del Muro, no
aprenden nada.
Es decir que
no estoy por la injusticia social, pero no creo que pueda arreglarse con la
revolución marxista o zapatista que, como dijo el cardenal Agnelo Rossi, quiere
arreglar el problema de los pobres encerrándoles en las alambradas de nuevos
campos de concentración. El único país del mundo en que no existe una
conflictiva diferenciación de clases son los Estados Unidos. La igualdad ha de
hacerse hacia arriba, no para abajo. El marxismo era ya un anacronismo en
tiempos de Carlos Marx, y una feroz dictadura totalitaria en tiempos de Lenin y
de Stalin y de Mao. Todo esto me parece elemental, pero escapaba por completo a
la comprensión de los delegados sectarios que crearon el anacrónico Decreto IV
en la Congregación General 32 de los jesuitas después de haber lanzado la
cruzada de la liberación marxista en los encuentros de Deusto y El Escorial. Lo
que hubieran necesitado más los delegados de la Congregación 32 es un buen
curso previo de economía, no una intoxicación marxistoide sobre un plano
dogmático de teología política. Pero los dos
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grandes
promotores del Decreto IV no sabían una palabra de economía real. El padre
Jean-Yves Calvez se había acercado al marxismo tras estudiarlo con tanta
comprensión. El padre Álvarez Bolado fue el principal exportador de la Teología
Política de Alemania a España y a Iberoamérica, convertida ya en teología de la
liberación.
En medio de
su choque con la Congregación General a propósito del cuarto voto, el Papa,
como acabamos de ver, advirtió al padre Arrope que tuviera mucho cuidado con la
«promoción de la justicia». En la sesión del 20 de diciembre de 1974 el padre
Arrope, según la preciosa referencia de Padberg, que estaba allí, mostró su
decidida convicción de concentrar todo el apostolado de la Compañía en el campo
social, en la promoción de la justicia. Nuevamente actúa como líder, no es sólo
que se deje arrastrar por el clan de izquierdas. Y sabía perfectamente lo que
quería. «Con previsión que ha sido confirmada en los años que siguieron a la
Congregación general —dice Padberg— dijo que a pesar de nuestra prudencia y
nuestra fidelidad al sacerdocio y al carisma religioso, veremos que quienes
hacen la injusticia pueden encontrarse frecuentemente entre los bienhechores o
amigos o parientes de los jesuitas y nos acusarán de marxismo y subversión, y
nos retirarán su amistad y por consiguiente su anterior confianza y su ayuda económica.
¿Está dispuesta la Congregación a entrar seriamente por el camino de la cruz,
que nos llevará a la incomprensión por parte de las autoridades civiles y
eclesiásticas y de nuestros mejores amigos?[180] Lo malo es que en esos años posteriores a la Congregación General muchos
jesuitas se declararon marxistas (algunos ya lo habían hecho) y actuaron al
servicio de la subversión; y no encontraron incomprensión alguna en las
autoridades civiles de Cuba y de Nicaragua. Arrupe, llevado de su mesianismo
congénito, actuaba como Fausto y se mostraría incapaz de controlar las fuerzas
que desencadenaba sin haber hecho previamente el análisis económico, social y
estratégico que sin duda le hubiera disuadido de su proyecto. De momento se
lanzó con la mayoría de la Congregación al Decreto IV, lo que motivó una
segunda intervención descalificadora del Papa Pablo VI, a quien nadie ha
calificado nunca de reaccionario.
Pero una vez
establecida sinceramente nuestra perspectiva, cuya objetividad probaremos en lo
que resta de este libro y en el próximo, La Hoz y la Cruz, vamos ya al
texto del Decreto IV «Nuestra misión hoy: servicio de la fe y promoción de la
justicia»[181].
ROMA, TERCER ENCUENTRO
El primer
Encuentro decisivo (junto a otros menos importantes) organizado por el
Instituto Fe y Secularidad fue el de Deusto a fines de 1969, donde se sembró la
teología de la liberación. Animador y organizador, el padre Alfonso Álvarez
Bolado.
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El segundo gran Encuentro de Fe y Secularidad
fue el del Escorial, en el verano de 1972, donde se coordinó y lanzó para toda
Iberoamérica la Teología de la liberación. Organizador y animador, el padre
Alfonso Álvarez Bolado.
En la
Congregación General 32, en 1974/75 el padre Alfonso Álvarez Bolado coordinó
los trabajos de varias Comisiones y fue el responsable principal, junto al
Asistente General Jean-Yves Calvez, del Decreto IV, sobre el servicio de la fe
y promoción de la justicia. En ese decreto se habla mucho de «estructuras»,
término que curiosamente no se define pero que pertenece a la terminología
marxista; se propone como objetivo la «liberación del hombre… de las
estructuras de opresión», se aplican los Ejercicios de San Ignacio a formar
«hombres capaces de tomar parte en las reformas estructurales, sociales y
culturales» que no aparecen en los Ejercicios por parte alguna (son Ejercicios
espirituales, no estructurales); se utiliza el término marxista (y horrendo)
«concientización» aplicándole a los «agentes de la transformación social»,
terminología del pedagogo marxista brasileño Paulo Freire; se repite el
objetivo de «liberación» y se afirma descaradamente que «una voluntad realista
de promoción de la justicia no es, por otra parte, realizable, sin ciertos
compromisos en el plano social y colectivo». Es decir, sin ciertos compromisos
políticos de izquierda, no puede referirse a otros.
Ante el
inspirador de esas ideas, tan notorio que pone su firma en el prólogo o
introducción histórica del Decreto IV, el padre Alfonso Álvarez Bolado, ¿no
estaremos autorizados, desde la perspectiva histórica de cómo se aplicó
realmente el Decreto IV. a identificar a la Congregación General 32 como «el
Encuentro de Roma?». El tercer gran Encuentro de Fe y Secularidad.
En esa
introducción el padre Álvarez Bolado muestra cómo el Decreto IV acabó por
englobar los trabajos e ideas de las Comisiones principales de la Congregación,
de forma que el servicio de la fe y promoción de la justicia queda como
principal cuerpo de doctrina emanado de la Congregación General. Con escasa
modestia el prologuista equipara el Decreto IV a los textos bíblicos
dedicándole toda una discusión sobre a qué «género literario» pertenece; desde
el punto de vista literario, lo lamento, es sencillamente horrible, pedante y
pertenece al género del disimulo, porque trata (inútilmente) de esconder su
mensaje entre diversas florituras, citas ignacianas y bíblicas, que se han
introducido porque sí, sin relación alguna con los objetivos del Decreto.
Además de apuntarse cínicamente a la tradición doctrinal y espiritual de la
Compañía el Decreto V tergiversa de nuevo el mandato de Pablo VI a la
Congregación General 31 sobre la dedicación de la Compañía al «combate contra
el ateísmo que se transforma en «reforma de las estructuras». Con no menor
cinismo, y para salvar la cara, el Decreto recomienda «la predicación
rejuvenecida del Evangelio» en los países donde reinan «ideologías abiertamente
ateas». No dice cómo; porque en esos países la «predicación rejuvenecida del
Evangelio» sólo se podía hacer desde las «estructuras» de las Iglesias
patrióticas o desde el silencio de las prisiones y los gulags. Es la única
referencia de la Congregación General a los
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regímenes
marxistas, y es una referencia simple mente hipócrita. Un intento fallido de
coartada.
Veremos en
el resto de este libro y en el siguiente cómo entendían los jesuitas
liberacionistas la lucha contra el ateísmo; como una identificación estratégica
con los ateos marxista-leninistas según la doctrina de Fidel Castro (ya lo
hemos anticipado) en la lucha contra las «estructuras» es decir contra la
religión y la libertad de Occidente. El Decreto IV confirma esta nueva y
colosal tergiversación del mandato papal en los siguientes términos:
Además
ciertas estructuras de evangelización percibídas como ligadas a un orden social
repudiado (repudiado por los marxistas, N. del A) son de hecho puestas en
cuestión. Al mismo tiempo nuestras instituciones apostólicas participan
frecuentemente, con muchas otras de la Iglesia, en lo que se puede llamar en
general crisis de las instituciones y mediaciones. Esto también lo vivimos
nosotros juntamente con nuestros contemporáneos y de manera particularmente
dolorosa. La calidad verdaderamente representativa de nuestros compromisos
religiosos, sacerdotales y apostólicos, no es percibída en muchos casos por
quienes nos rodean. Y, pese a la firmeza de nuestra fe y de nuestras
convicciones, ocurre, a veces, que tampoco resulta clara a nuestros propios
ojos. De aquí ciertas condiciones de malestar, de aquí, quizás, ciertos
silencios, ciertas retiradas. Sin embargo diversos signos actuales de
renovación religiosa deberían confirmar nuestros compromisos, invitándonos a
abrir vías de evangelización nuevas.
De
todas las regiones del mundo donde trabajan jesuitas han llegado demandas
particularmente convergentes e insistentes que piden que, por una opción neta
de la Congregación General, la Compañía se comprometa resueltamente al servicio
de la promoción de la justicia. Efectivamente, esa opción viene requerida por
nuestra misión apostólica con una urgencia particular. En el corazón del
mensaje cristiano está Dios revelándose en Cristo como Padre de todos los
hombres por el Espíritu que les llama a conversión; ésta implica de manera
indivisible una actitud de hijo hacia El y una actitud de hermano hacia el
prójimo. No hay conversión auténtica al amor de Dios sin una conversión al amor
de los hombres y, por tanto, a las exigencias de la justicia. La fidelidad misma
a la misión apostólica requiere, pues, que nosotros iniciemos al amor del Padre
y por él, inseparablemente al amor del prójimo y a la justicia. La
evangelización es proclamación de la fe que está en el amor de los hombres
(Gal. 5,6; Efes. 4, 15). No puede realizarse verdaderamente sin promoción de la
justicia.
Esta
es condición de fecundidad respecto de todas nuestras tareas apostólicas y
especialmente de coherencia en el combate contra el ateísmo. En efecto la
injusticia actual, bajo sus diversas formas, negando la dignidad y los derechos
del hombre, imagen de Dios y hermano de Cristo, constituye un ateísmo
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práctico,
una negación de Dios. El culto del dinero, del progreso, del prestigio, del
poder, tiene como fruto este pecado de injusticia institucionalizada,
denunciada por el Sínodo de 1971 y conduce a la esclavitud —comprendida también
la del opresor— y la muerte.
Mientras
que muchos buscan hoy arreglar el mundo sin Dios, y en ello trabajan de manera
resuelta, nosotros debemos esforzamos por manifestar que la esperanza cristiana
no es un opio, sino que lanza, al contrario, a un compromiso firme y realista
para hacer de nuestro mundo otro y así, signo del otro mundo, prenda ya de una
«tierra nueva bajo cielos nuevos» (Ap., 21, 1). El último Sínodo nos lo ha
recomendado con vigor: «El Evangelio que se nos ha confiado… es para el hombre
y para toda la sociedad la Buena Nueva de salvación que es preciso se inicie y
manifieste desde el presente sobre la tierra, aunque no alcanzará su plenitud
sino más allá de las fronteras de la vida presente»[182].
La confusión
que denunciaba el padre Tripole es colosal. El culto al dinero es reprobable,
pero el ánimo de lucro es el motor de la economía libre. Condenar el progreso
es caer en el «Syllabus». El prestigio es un legítimo objetivo personal, como
la búsqueda del poder si se hace según normas. Me parece mucho más discutible
la búsqueda del poder mediante la revolución violenta, como iban a hacer los
liberacionistas enarbolando el Decreto IV. Este párrafo es, en su rasgo más
importante, un caso claro de fundamentalismo.
EL HOMBRE Y LAS ESTRUCTURAS: LA LIBERACIÓN
El Decreto
IV se enfrenta con el problema de la liberación y lo interpreta con el mismo
sentido que la teología de la liberación. En estos párrafos:
Para
la mayor gloria de Dios y para salvación de los hombres, Ignacio quería que sus
compañeros fueran allí donde se puede esperar un bien más universal, y allí
donde se encuentran quienes, abandonados, se hallan en una mayor necesidad.
Pero nos preguntamos a veces ¿dónde se encuentra hoy la mayor necesidad? ¿Dónde
se encuentra la esperanza de un bien más universal?
Las
estructuras sociales —de día en día se adquiere de ellas más viva conciencia—
contribuyen a modelar al mundo y al mismo hombre, hasta sus ideas y sus
sentimientos, en lo más íntimo de sus deseos y aspiraciones. La transformación
de las estructuras en busca de la liberación, tanto espiritual como material
del hombre queda, así, para nosotros estrechamente ligada con la obra de
evangelización, aunque esto no dispensa nunca de trabajar directamente con las
personas mismas, con quienes son las víctimas de las injusticias de las
estructuras y con quienes sobre éstas tienen cualquier responsabilidad e
influencia.
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En esta perspectiva se concilian la solicitud
por el bien más universal y la voluntad de servir a los mayores necesitados en
vista del anuncio del Evangelio. Este anuncio será mejor entendido si va
acompañado del testimonio de un compromiso efectivo por la promoción de la
justicia y por la anticipación del Reino que está por venir.
De
otra parte el empeño por la promoción de la justicia y por la solidaridad con
los sin voz y los sin poder, exigido por nuestra fe en Jesucristo y por nuestra
misión de anunciar el Evangelio, nos llevará a informarnos cuidadosamente de
los difíciles problemas de su vida y después de reconocer y asumir las
responsabilidades específicamente nuestras en el orden social.
Las
comunidades jesuitas tienen que ayudar a cada uno de sus miembros a vencer las
resistencias, temores y apatías que impiden comprender verdaderamente los
problemas sociales, económicos y políticos que se plantean en la ciudad, en la
región o país como también a nivel internacional. La toma de conciencia de esos
problemas ayudará a ver cómo anunciar mejor el Evangelio y participar, de
manera específica y sin buscar suplantar otras competencias, en los esfuerzos
requeridos para una promoción real de la justicia.
En
ningún caso podemos dispensarnos de un análisis —lo más riguroso posible— de la
situación desde el punto de vista social y político. A este análisis es preciso
aplicar las ciencias tanto sagradas como profanas y las diversas disciplinas
especulativas o prácticas; y todo esto requiere estudios profundos y
especializados. Nada puede dispensarnos tampoco de un discernimiento serio
desde el punto de vista pastoral y apostólico. De aquí han de brotar
compromisos que la experiencia misma nos enseñará cómo llevar más adelante.
El
Superior local y aun frecuentemente el Superior Provincial deberían tomar parte
en este discernimiento. Esto permitirá frecuentemente salvaguardar, por encima
de inevitables tensiones, la «unio animorum». El Superior ayudará a la
Comunidad no a tolerar tan sólo ciertos apostolados más particulares, asumidos
en la obediencia, sino incluso a sentirse solidariamente responsable de ellos.
Y si alguna comunidad tiene que sufrir a causa de compromisos emprendidos al
término de un discernimiento en el que ella ha participado —al menos por
mediación del Superior— estará mejor preparada para ello, sostenida por la
palabra del Señor: «Dichosos los que sufren persecución por la justicia» (Mat.,
5, 10). No trabajaremos, en efecto, en la promoción de la justicia sin que
paguemos un precio. Pero ese trabajo hará más significativo nuestro anuncio del
Evangelio y más fácil su acogida.
Por fin el
Decreto IV descubre el juego de la promoción de la justicia; ese juego es el
compromiso social y político. Esa es la lucha contra las estructuras; la
subversión contra ellas mediante un compromiso social y político, es decir el
cambio de las estructuras mediante la toma del poder, con armas o con ideas. Es
lo que había hecho Fidel Castro en Cuba cuando entró en La Habana con el
rosario al cuello. Es lo
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que
intentaron Camilo Torres con cruz y metralleta y el Che Guevara con metralleta
sólo. Es lo que pronto harían los jesuitas liberacionistas de Nicaragua y El
Salvador, al colaborar mediante sus ideas con la guerrilla armada. Es lo que
hoy, incluso tras la caída del Muro, intentan los jesuitas liberacionistas de
México: la «liberación» mediante el compromiso social y político. El método de
los Cristianos por el Socialismo, las comunidades de base y la Iglesia Popular,
alimentadas doctrinalmente por la teología de la liberación. Esta secuencia
termina en una invocación a la solidaridad con los pobres:
Esta
opción nos llevará también a revisar nuestras solidaridades y nuestras
experiencias apostólicas. En efecto, la promoción de la justicia no constituye
tan sólo, para nosotros, un campo apostólico entre otros, el del apostolado
social: debe ser una preocupación de toda nuestra vida constituir una dimensión
de todas nuestras tareas apostólicas.
De
la misma manera, la solidaridad con los hombres que llevan una vida difícil y
son colectivamente oprimidos no puede ser asunto solamente de algunos jesuitas;
debe caracterizar la vida de todos, tanto en el plano personal como en el
comunitario e incluso institucional. Se harán necesarias conversiones en
nuestras formas y estilos de vida, a fin de que la pobreza, que hemos
prometido, nos identifique al Cristo pobre que se identificó él mismo con los
más desposeídos. Tendremos que revisar parecidamente también nuestras
inserciones institucionales y nuestras empresas apostólicas.
Nuestros
orígenes frecuentemente, después nuestros estudios y nuestras afinidades nos
protegen de la pobreza e incluso de la vida simple y de sus preocupaciones
cotidianas. Tenemos acceso a ciertos saberes y poderes que la mayor parte no
tiene. Será, pues, preciso que un mayor número de los nuestros participe más
cercanamente en la suerte de las familias de ingresos modestos; de aquellos
que, en todos los países, constituyen la mayoría frecuentemente pobre y
oprimida. Se hace preciso, gracias a la solidaridad que nos vincula a todos y
al intercambio fraternal, que todos seamos sensibles, por medio de aquellos de
los nuestros implicados más de cerca, a las dificultades y a las aspiraciones
de los más desposeídos. Aprenderemos así a hacer nuestras sus preocupaciones,
sus temores y sus esperanzas. Sólo a este precio nuestra solidaridad podía poco
a poco hacerse real[183].
El padre
Jean-Yves Calvez, coautor del Decreto IV, trató de justificarlo por sus
beneficiosos efectos en su libro Fe y justicia: la dimensión social de la
evangelización[184]. El libro del padre Calvez es muy interesante.
Naturalmente se erige en juez y parte; coautor del decreto IV trata de
defenderlo a toda costa. Pero ha de reconocer la alarma del propio padre Arrupe
sobre algunos efectos del decreto; la caída en el marxismo, la politización,
las exageraciones. Y reconoce también que la aplicación del decreto IV fue una
causa principal de la reprimenda que, en su breve pontificado, preparó Juan
Pablo I para enderezar a los jesuitas; y de la intervención de
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Juan Pablo
II en la Compañía para dirigirla y reorientada a través de un Delegado de plena
confianza. Sin embargo el padre Calvez no describe, a la luz de la historia,
los efectos reales del decreto IV. Trataré de suplir esta grave omisión en lo
que resta de este capítulo.
Aunque
algunos delegados habían manifestado su serio recelo por el compromiso político
y social del decreto IV, el texto final fue aprobado por gran mayoría en las
sesiones del 1 y el 3 de marzo de 1975. El 7 de marzo la Congregación General
32 celebraba su última sesión cuando el padre Arrope y sus cuatro Asistentes
Generales acudieron a una última audiencia con el Papa, que duró varias horas.
Pablo VI entregó al padre Arrope una alocución de despedida para que se la
leyera a los congregados, porque él había decidido no asistir a la clausura.
Gesto suficientemente significativo. El Papa recordaba, en esa alocución, el
golpe de fuerza que tuvo que dar para evitar la desviación en el asunto de los
votos. Les exhorta a adaptar la Compañía a nuestro tiempo «pero sin
transformarla ni deformarla». Les advierte que va a vigilarles de cerca:
«también en el futuro estaremos atentos a vuestras cosas» y les insiste en la
fidelidad a la Fórmula del Instituto que habían intentado conculcar[185].
Al entrar el
General con los Asistentes en la sala de sesiones de la Congregación todos
miraban a un gran estuche de terciopelo que traían con el regalo del Papa a la
Compañía de Jesús; el crucifijo que usó en el siglo XVII
el cardenal jesuita San Roberto Belarmino, fidelísimo a la Santa Sede, defensor
de la fe… e interrogador de Galileo, aunque tuvo la intuición de no condenarle;
de tan ingrata misión se encargaron otros. Con tan intencionado símbolo terminó
la Congregación General 32, pero su cronista, el padre Padberg, no dice una
palabra sobre el terrible estrambote que añadió el Papa a la colección de sus
decretos, imponiendo al General la obligación de publicar el estrambote unido
al conjunto de los decretos. Para completar objetivamente la historia vamos a
subsanar inmediatamente esa omisión. No sin recordar antes el estrambote
particular que se le escapó al padre Arrope en su homilía final a los delegados
en la Curia: «Hemos llegado a la gran humillación de no haber entendido los
deseos del Papa».
LA DESCALIFICACIÓN FINAL DE PABLO VI A LA
CONGREGACIÓN 32
Dos meses
más tarde, una vez examinados y estudiados por el Papa y sus asesores los
decretos de la Congregación General 32 el cardenal secretario de Estado,
Villot, dirigía al padre Arrupe esta carta con su anejo, todo ello de inserción
obligatoria al publicarse los decretos de la Congregación.
Secretaría de
Estado
N. 281428
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Reverendísimo
Padre:
He
cumplido con el deber de someter a la consideración del Santo Padre los
Decretos de la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús, que usted le
hizo llegar conforme al deseo expresado por el mismo Sumo Pontífice en la carta
que le envió el 15 de febrero próximo pasado.
El
Santo Padre ha examinado con gran atención esos textos, con los que concluyó su
actividad la Congregación General, que El ha seguido con profunda, afectuosa y
responsable atención, y me confía el venerado encargo de devolvérselos,
acompañados de las siguientes reflexiones:
Al
examinar los decretos se advierte que las conocidas vicisitudes de la
Congregación no le permitieron alcanzar el resultado global que Su Santidad
esperaba de tan importante acontecimiento y para el cual en varias ocasiones y
de diversas formas había dado paternas indicaciones, especialmente en el
discurso programático del 3 de diciembre de 1974. Por lo demás ha dispuesto Su
Santidad que le sean devueltos los Decretos para que puedan ser puestos en
práctica según las necesidades de la Compañía, augurando que sus beneméritos
miembros puedan servirse de ellos para proseguir en la genuina fidelidad al
carisma ignaciano y a la «formula Instituti».
Como,
por otra parte, en los mencionados decretos, junto a afirmaciones que merecen
toda consideración hay otras que producen cierta perplejidad y, en su
formulación, pueden dar ocasión a interpretaciones menos rectas, el Sumo
Pontífice desea que le sean transmitidas a usted y a sus colaboradores algunas
recomendaciones particulares relativas a dichos decretos, que encontrará
adjuntas a esa carta, los cuales querrá tener en cuenta con aquel espíritu de
obediencia que siempre ha sido característico de la Compañía.
Finalmente,
respecto al decreto de Pobreza presentado por usted con la filial carta del 14
de marzo pasado, Su Santidad no ha dejado de advertir el complejo trabajo
realizado para actualizar la legislación de la Compañía en esta materia, en
conformidad con las directrices contenidas en mi carta del 26 de febrero de
1973. Dado lo delicado del tema, y el carácter de las innovaciones
introducidas, el decreto podrá ponerse en vigor «ad experimentum» de manera que
la próxima Congregación General pueda reexaminar toda la cuestión basándose en
la experiencia adquirida en los próximos años. En fin, por lo que se refiere a
dispensar del voto de pobreza, pedida por usted en su mencionada carta, debo
comunicarle que el Vicario de Cristo se la concede a Vuestra Paternidad en los
casos singulares en que ello se haga necesario, con el voto deliberativo de su
Consejo.
En
general, para cualquier problema relativo a la interpretación del conjunto de
los decretos, el punto permanente de referencia —según el vivo deseo del Papa—
deberán ser los criterios y advertencias contenidos en el
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mencionado
discurso del 3 de diciembre y en los demás documentos de la Santa Sede
concernientes a la Congregación General.
El
Sumo Pontífice confía en que, a la luz de las mencionadas recomendaciones, los
decretos de la Congregación General 32 tendrán su justa interpretación y recta
aplicación, y por ello será conveniente que esta carta, con sus anejos, sea
publicada juntamente con los decretos mismos, de manera que la tengan presente
cuantos han de leerlos y aplicarlos.
El
Santo Padre acompaña con particular y ferviente oración al Señor la actividad
de la Compañía de Jesús para que permanezca siempre fiel —como Ello dijo al
final de su discurso del 7 de marzo pasado— a su fisonomía y a su misión en el
seno de la Iglesia y pueda continuar prestando en el nombre de Jesús esos
ministerios de apostolado y testificación evangélica que hoy se esperan de
ella. Deseos que S.S. confirma con su especial bendición.
Aprovecho esta oportunidad…[186]
ANEJO
Exhortaciones
particulares referentes a algunos Decretos
DECRETO
«Nuestra misión hoy: el servicio de la fe y la promoción de la Justicia y
DECLARACIÓN «Jesuitas hoy».
Está
fuera de duda que la promoción de la justicia enlaza con la evangelización;
pero como el Sumo Pontífice dijo el día 26 de octubre de 1974, al clausurar el
último Sínodo de Obispos, «en el orden de las cosas temporales no se debe
exaltar más de lo justo la promoción del hombre y su progreso social, con daño
del significado esencial que la Iglesia da a la evangelización o anuncio de
todo el Evangelio». (AAS 66, 1974, 637).
Esto
le toca de modo especial a la Compañía de Jesús, que ha sido constituida para
un fin principalmente espiritual y sobrenatural, ante el que debe ceder
cualquier otro afán, y que debe ejercerse siempre de modo conveniente a un
Instituto religioso, no secular, y sacerdotal. Ni se ha de olvidar que es
propio del sacerdote inspirar a los laicos católicos, puesto que son ellos los
que tienen el papel principal en la promoción de la justicia; no deben
confundirse los papeles de cada uno.
Conviene
también recordar, teniendo en cuenta las condiciones especiales de cada región,
que esta actividad de promover la justicia ha de ejercerse en conformidad con
las normas de la Jerarquía del lugar[187].
(Evidentemente
que esta exhortación —una orden en sentido vaticano— descalifica lo esencial
del Decreto IV, para el cual la evangelización consiste solamente en el
servicio de la fe identificado como promoción de la justicia. Esa promoción es
trabajo para los seglares, no para los sacerdotes. Queda excluido por completo
el compromiso social y político. Y para este tipo de actividad los jesuitas
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están
sometidos a la jerarquía del lugar. Los jesuitas liberacionistas no cumplieron
esta orden; y el padre Arrupe, con varios Superiores de Iberoamérica y otras
partes, tampoco la tuvo en cuenta. Pero la orden estaba dada con toda
claridad).
DECRETO
«Fidelidad al Magisterio y al Sumo Pontífice».
La
congregación General ha confirmado muy oportunamente la fidelidad proverbial de
la Compañía al Magisterio y al Sumo Pontífice. Se recomienda, sin embargo, que
las palabras intercaladas «salvo una sana y deseable libertad» no lleven a
impugnar las reglas «para sentir con la Iglesia» propias de la Compañía.
(Liberacionistas
y clan de izquierdas consideraban que esas reglas dictadas por San Ignacio eran
una antigualla. No hicieron el menor caso de esta segunda orden).
DECRETO
«Formación de los Nuestros».
Es
de alabar el empeño en la sólida formación filosófica y teológica. Se
recomienda, sin embargo, que según las normas del Decreto del Concilio «Optatam
totius» la formación filosófica se dé de modo que ofrezca una estructura
doctrinal válida, conforme al patrimonio acumulado por la Iglesia, y en las
disciplinas teológicas, después de una cuidadosa investigación de las fuentes,
«a fin de ilustrar plenamente en cuanto sea posible los misterios de la
salvación, aprendan los alumnos a penetrarlos más íntimamente y a percibir
mutuas conexiones, por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo
Tomás» (núm. 10).
El principal
inspirador y presentador del Decreto IV era un rahneriano cabal. Su teología
era la Teología Política de J.B. Metz de la que brotó principalmente la
teología de la liberación. Después de la Congregación General 32 se incrementó
de hecho la anarquía teológica y se infiltró mucho más el marxismo en la
enseñanza de la filosofía y la teología que se impartía en las Facultades, cada
vez más vacías, de la Compañía de Jesús).
DECRETO «La
pobreza».
Se
recomienda encarecidamente a los Superiores el cuidado de vigilar por la
aplicación correcta de la distinción entre Institución apostólica y Comunidad
religiosa, para que se eviten modos de proceder contrarios a la genuina pobreza
ignaciana, y no se abandone ligeramente el ejercicio de ministerios que por
tradición se prestan gratuitamente.
(La pobreza
ignaciana, otra antigualla. Ver informe reservado de la sección siguiente).
DECRETO
«Congregación provincial».
La
extensión de la voz activa y pasiva a los miembros no formados amplía
considerablemente las normas de elección previas a la congregación provincial.
Puesto que se determina en el decreto que las normas que se contienen en él se
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revisen
en la próxima Congregación General, se recomienda que todo este asunto se
reconsidere a tiempo y con diligencia, a fin de que se pueda resolver de modo
más equitativo y más conforme con el espíritu de la Compañía.
(Una orden
«ad calendas graecas». La Compañía iba al desastre de la intervención personal
de Juan Pablo II y no tenía tiempo para ocuparse de estas minucias).
En la
sección siguiente vamos a examinar, documentos en mano, los efectos de la
Congregación General 32 en el siguiente período, hasta la llegada del Papa
polaco, menos amigo de condescendencias y contemplaciones que Pablo VI. Vamos a
comprobar esos efectos en la vida interna y la actividad exterior de la
Compañía de Jesús. Pero a raíz de la Congregación General una polémica entre
jesuitas dejaba muy claro que el Encuentro de Roma había dividido todavía más a
la Orden. El 13 de abril de 1975 el padre Oskar Simmel reprodujo un artículo,
previamente publicado en la prensa alemana ¿Desobediencia? en que niega
la presunta desobediencia de la Congregación General 32 al Papa[188]. Pero con mucho más fundamento el jesuita Mario
Fois, en otra publicación oficial de la Orden[189], rebate a su
hermano de religión y se inclina a la opinión de que la Congregación «realizó
un acto de fuerza y resistencia al Papa» es decir, de flagrante desobediencia
en la cuestión de los grados, que motivó la firme intervención del Papa. Creo
que la peor desobediencia cometida por el padre Arrope y el clan de izquierdas
fue llevar adelante, pese a la orden expresa del Papa sobre el Decreto IV, los
movimientos de liberación cristiano-marxista en Iberoamérica y el tercer mundo,
y permitir o más que permitir, la relajación interna de la Compañía, contra las
precisas y duras indicaciones del Papa, hasta merecer la intervención de la
Santa Sede para cortar el despeñamiento a que llevó una conducta tan increíble.
Pero el
testimonio que más me impresiona sobre la auténtica entraña de la Congregación
General 32 se debe a un testigo en el sentido etimológico y heroico del
término; un mártir y un héroe de la Compañía de Jesús en estos tiempos de
confusión y turbulencia. Hablo del padre Ladislao (Laszlo) Ladany, misionero
jesuita en China, expulsado por los comunistas después de sufrir terribles
penalidades, que luego editó en Hong Kong un boletín de observación sobre China
comunista y varios estudios que le convirtieron en el primer experto mundial
sobre asuntos chinos. Era también un jesuita ignaciano de cuerpo entero, con
quien estuve en contacto a través de amigos comunes. Pues bien, este hombre de
Dios que conocía perfectamente al marxismo-leninismo y al verdadero sentido de
la liberación cristiana escribía el 11 de junio de 1976 una carta impresionante
para comentar el Decreto IV de la Congregación General32:
He
empleado mis pocos minutos libres en estudiar el contexto marxista de «Nuestra
misión, hoy» (Decreto IV) de la última Congregación General. La división entre
explotados y explotadores se encuentra en el Manifiesto Comunista. Se trata
realmente de una supersimplificación de la realidad.
«Cambiar las
estructuras» está también allí, aunque no literalmente. Me
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gustaría saber de
dónde viene el término «estructuras».
Sería
interesante enviar el Decreto al profesor Wolfe y preguntarle si no «huele»
marxismo en él.
El profesor
y testigo jesuita norteamericano que me envió copia de esta carta apostilla al
margen:
Desde
el principio el padre Ladany sospechaba correctamente que la 32 Congregación
General fue una tremenda sesión de lavado de cerebro por parte de los marxistas
de dentro y de fuera de la Compañía[190]. En labios de
dos
grandes
testigos, me parece la última palabra.
SECCIÓN 7: LA DEGRADACIÓN
INTERNA DE LA COMPAÑÍA Y LA REBELIÓN DE LOS JESUITAS EN CENTROAMÉRICA 1975-1982
EL DOCUMENTO DE LA DEGRADACIÓN
La crítica
más profunda que puede hacerse a la Congregación General XXXII es el análisis
de sus efectos en la realidad. El padre Calvez hizo como que lo intentaba en su
citado libro sobre el Decreto IV pero su comprobación histórica de la época
posterior a la Congregación general es muy insuficiente y, lo que es más
extraño en tan inteligente jesuita, muy superficial. Vamos en esta sección a
estudiar los efectos auténticos de la Congregación General 32 desde el punto de
vista histórico y en dos vertientes; la degradación interna en España y la
tremenda desviación de los jesuitas liberacionistas en Centroamérica. En uno y
otro aspecto voy a recurrir a testimonios de jesuitas eminentes, a quienes
conozco personalmente, y que con esos testimonios demuestran la fidelidad a su
vocación original: demuestran, además, que cuando hablamos de «degradación» y
de «desviación de la Compañía de Jesús» no nos referimos a todos los jesuitas
sino al clan de izquierdas, los que se dejaron arrastrar por él y los
liberacionistas convictos y confesos. Y a la cabeza de todos, por acción
o por omisión, al padre Pedro Arrope, que como demostró la intervención de Juan
Pablo II en 1981, guiaba a la Orden hacia la catástrofe que al fin sobrevino.
El documento
de la degradación se debe a un grupo de jesuitas ignacianos españoles que
designaron a uno de ellos como portavoz que lo hiciera llegar al Papa. Ese Papa
es ya Juan Pablo II, después del viaje a España en noviembre de 1982 y por
tanto después de la intervención de 1981 en la Orden, pero el documento se
refiere a los años que transcurren entre la Congregación General 32 hasta el
envío del documento a la Santa Sede en 1982. El documento cubre, pues, los años
que ahora nos interesa analizar[191].
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PUNTOS QUE EXPONGO A LA CONSIDERACIÓN DEL SANTO PADRE
Nota
previa.— Los datos que
aporto se refieren, si no se indica o por el contexto no se deduce lo
contrario, a la Compañía de Jesús en España. Muchos jesuitas estamos molestos
porque la Compañía, en vez de ser un instrumento para el bien y servicio de la
Sede Apostólica, se ha convertido, durante estos últimos años, en una
«oposición» a la mima Santa Sede. He aquí los puntos que me resultan
particularmente conflictivos.
1.— INSTITUTO
1.—
La poca atención prestada a la carta de S.S. Pablo VI escrita con anterioridad
a la Congregación última (32) y al discurso programático dirigido a la misma
Congregación al comenzar ésta sus tareas. Sabemos que hubo muchos postulados
pidiendo que la Congregación General tratase los puntos propuestos por el Santo
Padre en su carta. Pero estos deseos de muchos jesuitas fueron desoídos. A lo
que parece se trataba de llegar a resultados muy distintos.
2.— La cuestión de los grados.
a) Contra el deseo expresado por Pablo VI y contra
la voluntad de muchos jesuitas se trató esta cuestión. Ya durante el período
preparatorio de la Congregación la opinión fue manipulada y posiblemente
también en la misma Congregación.
b) Ya que la Congregación General no pudo abolir
«de iure» los grados, después de la Congregación se comenzó una abolición «de
facto» de los mismos.
—
Sin dificultad se concedió la profesión a cuantos les tocaba hacer los últimos
votos (simples) incluso a personas que no tenían especial devoción a la Santa
Sede.
—
A personas que llevaban años incorporadas definitivamente a la Compañía se les
ofreció hacer la profesión de cuatro votos. Estas profesiones fueron concedidas
sin publicidad, lo cual indica que los Superiores no procedían con conciencia
de obrar bien.
—
Todavía actualmente se ha pedido en alguna Congregación provincial que también
los Hermanos Coadjutores sean admitidos a la profesión de cuatro votos, porque
así estarán tan unidos a la Santa Sede como los profesos (como si uniera a la
Santa Sede lo que va contra su voluntad).
3.— Se ha debilitado la adhesión a la Sede
Apostólica que tanto procuró San Ignacio:
a) Se nos repitió en la última Congregación General
que no debíamos caer en la «papolatría». Mientras tanto los mismos que trataban
de librarse de la idolatría estaban cayendo en «Arrupelatría». Efectivamente,
el padre Arrope era presentado por muchos jesuitas como una bandera contra la
Iglesia. Este «ir contra» se justificaba:
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— Presentando al padre Arrope como santo, sin
esperar el juicio definitivo y «post mortem» de la Iglesia.
— Presentándole como «profeta» y «carismático»
sin atender que es el magisterio de la Iglesia el que juzga y pone en orden los
diversos carismas.
b) Esta reticencia de la Compañía hacia la Santa
Sede se ha palpado últimamente en dos hechos:
—
La visita del Santo Padre a España. A nivel oficial la Compañía no movilizó sus
fuerzas. Los Provinciales, tan sensibles a otros problemas políticos y sociales
(la violencia, el paro…) y tan prontos a mentalizar a los jesuitas sobre la
justicia, pasaron en silencio la visita sin dirigir ni unas líneas de
exhortación a sus súbditos.
— La promulgación del Año Santo. A nivel oficial
tampoco se ha escuchado ningún eco de los deseos del Santo Padre sobre el Año
Santo.
4.— La promoción
de la justicia
Los
decretos de la última Congregación General en algunos puntos «producen
perplejidad y en su formulación pueden dar lugar a interpretaciones menos
rectas» escribía al padre Arrope el cardenal Villot, Secretario de Estado. Para
evitar esta perplejidad y estas interpretaciones menos rectas, la misma
Secretaría de Estado envió un Anejo indicando cómo habría que interpretar
algunos puntos especialmente conflictivos. Pues bien:
a)
Es cierto que no se ha abolido la letra de las Fórmulas del Instituto aprobadas
por Paulo III y Julio III en lo referente al fin de la Compañía, pero en la
práctica se ha insistido tanto en la «promoción de la justicia» y se han
silenciado tanto las recomendaciones de Pablo VI transmitidas por el cardenal
Villot, que produce la impresión de una Compañía nueva con fines diversos a la
anterior.
b)
En boletines internos de «Noticias» de algunas Provincias se presentó la
Congregación General 32 como «solemnemente aprobada por Pablo VI». Afirmación
evidentemente inexacta pues constan las reticencias de dicho Pontífice.
e)
Un equipo «inamovible» de directores de Ejercicios, año tras año, han
mentalizado a nuestras comunidades en esa línea de promoción de la justicia,
aprovechándose de los Ejercicios anuales. Han sido siempre los mismos mentores,
de tal modo que ningún director cuya adhesión a la nueva línea no hubiera sido
aprobada, ha sido admitido a dirigir Ejercicios a jesuitas, por más que pudiera
hacerlo con fruto espiritual.
5.— La formación de dos Compañías distintas ha
fraguado y se ha consumado durante estos años. Tal división supone:
a)
Separación de los estudiantes jesuitas jóvenes de los jesuitas formados. Se ha
intentado claramente evitar el contacto de jóvenes con mayores para que
aquellos pudieran recibir únicamente la influencia de determinada mentalidad.
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El resultado han sido unos jesuitas que piensan
de distinto modo, hablan distinto lenguaje y viven de modo distinto.
b) Esta separación ha llegado también a ser local,
no sólo por habitar en distintas casas sino también porque dentro de una misma
casa se ha procurado que los jóvenes formen comunidad aparte, totalmente
aislada de la comunidad de jesuitas formados, de manera que no puedan ni
siquiera verlos ni tratarlos.
e) Los superiores han dado distinto trato a unos y
a otros según fueran de una u otra Compañía. Mientras con unos hablan de
«diálogo» con otros hablan de «obediencia». A unos les «respetan» y a otros «Se
imponen». A algunos se les ha tolerado por tiempo y tiempo en la Compañía
aunque dijeran o enseñaran disparates o fueran desobedientes y a otros que eran
respetuosos, trabajadores y fervorosos, se les ha propuesto (incluso por el
propio P. Arrupe) que salgan de la Compañía.
6.— La fórmula de
las Congregaciones Provinciales.
En la última Congregación General se aprobó una
fórmula que no satisface a muchos.
a) Parece ir contra lo que San Ignacio pretendió
evitar sobre elecciones y bandos.
b) Se intenta suplantar a la Compañía Profesa por
un parlamento de clases diversas.
c) El mismo cardenal Villot pide que se revise esa fórmula.
d) Tiene apariencia de democracia pero no lo es,
porque no hay programa, ni control, ni debate cara al público. En definitiva,
se presta a que, con apariencia de democracia, se obtengan los resultados que
pretenda el equipo dirigente.
e) Los resultados obtenidos en las últimas
Congregaciones provinciales confirman todo lo dicho:
—
Han sido elegidas para asistir a la Congregación General (33) algunas personas
que están en abierta contradicción con la Santa Sede o por lo que enseñan o por
sus implicaciones sociopolíticas. Basten como ejemplos: el P. Jerez, depuesto
de su cargo de Provincial (de Centroamérica) por el P. Dezza (delegado del Papa
en la Compañía tras la intervención de 1981); y el P. Ellacuría, significado
por sus implicaciones sociopolíticas en Centroamérica; P. González Faus,
desacreditado públicamente por el cardenal Ratzinger. Esto supone que hay
muchos jesuitas que les apoyan.
—
En cambio han quedado fuera de la Congregación General personas competentes y
sensatas (ningún profesor de la Universidad Gregoriana ha sido elegido). Y es
porque de antemano muchos jesuitas auténticos quedaron excluidos de las
Congregaciones provinciales.
—
Se ha pretendido en las Congregaciones provinciales de España y en algunas de
América (aunque el resultado no ha sido unánime) que se votara un «homenaje al
P. Arrope». Tal homenaje no era en el fondo sino un modo de
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confirmar su
línea y reprobar la intervención de Su Santidad.
—
En cambio algunos postulados presentados que apoyaban la adhesión al Sumo
Pontífice o el reconocimiento de nuestras equivocaciones o la renovación de la
vida espiritual han sido rechazados.
Lo
que más llama la atención de todo esto es que el P. delegado (Dezza) que
conocía todos los antecedentes y que estaba en contra de este sistema, haya
convocado las Congregaciones provinciales con una fórmula que necesariamente
debía producir estos resultados.
7.— Los pasos principales en este «proceso de
transformación» de la Compañía pueden haber sido éstos:
a)
El Survey ordenado por el P. Arrope nada más ser nombrado General.
Consumió mucho dinero, tiempo y energías. Pero sobre todo creó confusión y
divisiones. Y luego ¿para qué sirvió? Quizás únicamente para mentalizar un
cambio.
b)
La Congregación General 32 que fue precedida por una campaña de mentalización y
luego fue realizada por caminos no queridos expresamente por Pablo VI.
e)
La próxima Congregación General (33) que ya estaba preparada en tiempos del P.
Arrope y en la que según parece, se intenta confirmar para siempre la línea de
la Congregación anterior y que providencialmente fue cortada por S.S. Juan
Pablo II.
II. GOBIERNO
IIA. PERMISIVIDAD
1.— En la
enseñanza:
a)
Se han permitido escritos y enseñanzas contra el Magisterio de la Iglesia e
incluso contra sus doctrinas y dogmas. Y los superiores no han llamado la
atención a los que las defendían o no les han obligado a retractarse.
b)
Se ha permitido la recogida de firmas que ha salido a la prensa nacional contra
algunas medidas tomadas por la Santa Sede como la destitución de Hans Küng.
Tampoco han intervenido los Superiores para defender a la Santa Sede.
e)
A profesores competentes (algunos de la Comisión Pontificia Internacional de
Teología) se les ha arrinconado sistemáticamente y se les han quitado las
clases, mientras que a otros «suspecti» (sospechosos) se les ha promovido y
mantenido aunque hayan enseñado cosas contrarias al magisterio de la Iglesia o
incluso aunque no tuvieran fe.
2.— En la vida y
disciplina religiosa:
Sabemos
(y algunos Provinciales lo han reconocido en su informe ante las Congregaciones
Provinciales) que algunos jesuitas no celebran Misa, o no rezan el breviario, o
no hacen oración personal, o no hacen Ejercicios Espirituales cada año, o
asisten a espectáculos no recomendables o leen publicaciones peligrosas. Sin
embargo los superiores no hacen nada que se vea para corregir
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3.— La cuenta de
conciencia.
A pesar de ser
esencial en la Compañía, en la práctica está casi suprimida.
—unas veces
porque los propios superiores evitan tomarla.
—otras veces porque, al suprimirse el régimen
paternal, los súbditos no se fían de los superiores y no están dispuestos a
darla.
IIB. CORTE CON
UNA TRADICIÓN
1.— Una tradición
espiritual.
a) La Compañía dispone de autores de doctrina
espiritual sólida y recomendada. En ellos se han formado muchos jesuitas
beneméritos. La formación de jóvenes actuales ha roto con esos autores y se
alimenta de otros como Hans Küng o González Faus.
b) Aspectos esenciales de esta espiritualidad, como
el culto al Corazón de Cristo, recomendado por Congregaciones y Padres
Generales, se han orillado en la formación de nuestros jóvenes y en las líneas
de nuestra acción apostólica.
2.— La tradición
de nuestros Santos y hombres ilustres.
Da la impresión de que son unos desconocidos y
que no se proponen como modelo para ser jesuitas hoy a esas encarnaciones de
nuestro Instituto.
3.— Una tradición
de estudio.
Era norma nuestra la formación sólida en los
estudios, sobre todo en filosofía y teología. Hoy no parece que pueda decirse
lo mismo.
4.— Una tradición
de apostolado.
a) Los Ejercicios deberían ser lo fuerte de la
Compañía. Pero es tremenda la escasez de quienes quieran o puedan dedicarse a
este ministerio. Los más jóvenes dedicados a él andan alrededor de los
cincuenta años y generalmente los superan. Detrás de ellos no se ve quiénes se
dediquen a esta tarea.
b) Las congregaciones marianas y el Apostolado de
la Oración han sido siempre las dos armas de formación cristiana que la
Compañía ha empleado para la formación de los seglares. Pero se les ha
debilitado, intentando cambiar su esencia o líneas de espiritualidad.
e) En vez de mantener unos objetivos constantes en
las tareas apostólicas, éstas se han variado constantemente incluso a nivel
universal, a veces cada año (refugiados, minusválidos…)
IIC. GOBIERNO CON
PUBLICIDAD
Es
una modalidad del gobierno actual de la Compañía. Se gobierna haciendo campañas
de prensa de lo que se hace o se va a hacer. Para esto existe una Oficina de
prensa en la Curia Generalicia y otra oficina de prensa en la curia del
Provincial de España.
Lo que a mi
juicio se logra con estas oficinas es:
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a) Sacar al gran público los asuntos puramente
familiares cuya publicidad es innecesaria y no contribuye a arreglar nada.
b) Manipular a la misma Compañía porque así se crea
una opinión pública conforme a lo que los superiores quieren. De este modo se
manipularon:
—
La intervención pontificia en el nombramiento del P. Dezza. Junto a algunas
informaciones moderadas, se presentó al Padre Arrope como víctima, al Papa como
autoritario, a la Compañía como secularmente enfrentada con el Romano
Pontífice, al P. Delegado como «involucionista».
—
La reunión de provinciales con el P. Delegado en Roma. Cada día se recibían en
la oficina de prensa de España diversos telex de Roma que indicaban que con la
intervención pontificia no había sucedido nada y que todo quedaba igual.
—
La próxima Congregación General (33) porque ya se ha publicado en la prensa
nacional que seguirá las directrices trazadas por el P. Arrope y las líneas del
decreto «de promoción de la justicia». (Desgraciadamente estas afirmaciones de
propaganda resultaron ciertas, N. del A)..
IID.
MENTALIZACIÓN DE SUPERIORES
Hay
algo que los súbditos no nos explicamos aún; personas cuyo modo de pensar
conocíamos antes de ser nombrados superiores cambian en su modo de pensar.
Estas personas son llamadas a Roma, donde hacen un cursillo y de él regresan
con una mentalidad totalmente diversa y adoptando conductas ambiguas y
tolerantes. ¿Qué les dicen en Roma? ¿Qué métodos usan para mentalizarles? No
estaría mal conocerlo e investigarlo[192].
Aquí
termina, un poco abruptamente, el informe de 1975-1982. Me da la impresión de
que el documento es más extenso pero no he conseguido más que el texto
transcrito. Aun así la revelación, hecha por persona que conoce a fondo la
Orden, es interesantísima. Por confrontación con otros datos y testimonios todo
lo que refiere el informe es cierto, y estaba de acuerdo con la opinión de tres
Papas, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II. La denuncia sobre los métodos de
mentalización y manipulación utilizados para dominar y condicionar a los
jesuitas que no se rinden al clan de izquierdas es sobrecogedora; parece, como
dijo Pablo VI en 1968 a los obispos españoles, obra de una mano
«preternatural». No sé, pero en 1972, cuando se celebraba la conferencia del
Escorial y se preparaba ya en sentido liberacionista la congregación General
32, Pablo VI, en la alocución Resistite fortes in fide el Papa vuelve a
emplear misteriosamente esa misma palabra: Creemos que algo preternatural
vino al mundo para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio. Y según
la versión oficial del discurso, el Santo Padre afirma tener la sensación de
que por alguna grieta ha entrado el humo de Satanás en el templo
de
Dios[193].
El humo del infierno, la influencia
preternatural, ya por segunda vez. Yo creo
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saber a qué
se refería principalmente Pablo VI, el Papa progresista, el intelectual
maritainiano, cuando se le escapaban en público estas confesiones íntimas. Al
pie de la Cátedra de Pedro, desde mi pequeño observatorio de análisis
histórico, yo tampoco encuentro otra explicación profunda. Y creo saber muy
bien en lo que el Papa pensaba cuando hablaba así.
LA REBELIÓN DE LOS JESUITAS
EN CENTROAMÉRICA: EL SALVADOR
El estudio
de la teología de la liberación en amplitud y profundidad será el tema central,
Dios mediante, de mi próximo libro, La Hoz y la Cruz. Desde que en
1985-1987 publiqué mis primeros trabajos sobre la teología de la liberación he
vuelto varias veces por América y he reunido allí y en otras partes (sobre todo
en Roma) una nueva e inmensa documentación que me permitirá, en ese próximo
libro, ofrecer una visión del problema mucho más fundada y documentada. Sin
embargo en este libro y en este capítulo, donde trato de esbozar la crisis de
la Compañía de Jesús en la segunda mitad del siglo XX,
debo seleccionar algunos testimonios sobre la rebelión de los jesuitas en
Centroamérica, en el contexto de los resultados de la Congregación General 32 y
para explicar la intervención de Juan Pablo II al frenar el despeñamiento
interior y exterior de la Compañía en 1981.
En varias
naciones de Iberoamérica los jesuitas no pudieron contribuir al desarrollo de
la teología de la liberación como lo hicieron en otras partes. Y por diversos
motivos. En Chile lo intentaron con todas sus fuerzas; ya vimos cómo prepararon
la subversión liberacionista desde 1968, cómo crearon los cuadros de Cristianos
por el Socialismo en 1972 y con qué entusiasmo colaboraron con el régimen
marxista de Salvador Allende, respaldado por Fidel Castro que ya en 1970 había
proclamado su gran alianza de cristianos y marxistas para el triunfo de la
Revolución. Pero ese brote liberacionista de los jesuitas chilenos quedó
descabezado y sofocado por el general Pinochet cuando asaltó el Palacio de la
Moneda en 1973 y provocó el suicidio de Allende. Los obispos chilenos se habían
mostrado muy débiles ante el empuje liberacionista; Juan Pablo II consiguió
luego, por medio de la Nunciatura, una renovación positiva del Episcopado
chileno y el asalto liberacionista quedó frustrado. En otras naciones de
Iberoamérica, marcadas también por Fidel Castro como ejecutor de la estrategia
soviética, la clarividencia y la energía de los Obispos, combinada a veces con
la decisión de los gobernantes y la eficaz actuación de los jesuitas ignacianos
ahogó también los brotes liberacionistas. Es el caso de Argentina, pese a que
allí trabajaba el historiador y propagandista de la liberación Enrique Dussel y
toda una línea de liberacionismo protestante. En Brasil cobró el liberacionismo
un auge tremendo; pero aunque intervinieron algunos jesuitas en ese
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asalto
marxista a la Iglesia no actuaron como protagonistas. Los líderes del
liberacionismo brasileño fueron el sector (importante) de obispos rojos que por
fortuna ya están en declive (cardenal Aros, monseñores Cámara y Casaldáliga) y
el inefable franciscano Leonardo Boff, que sigue dando bastante guerra incluso
desde que se ha situado fuera de la Iglesia católica. La teología de la
liberación fue detenida en Colombia por la acertada estrategia del cardenal
Alfonso López Trujillo, los obispos y muchos sacerdotes; y en Venezuela por la
oposición de los obispos y la enérgica repulsa del Presidente Rafael Caldera
durante su primer mandato, apoyado por la gran mayoría de los empresarios de la
nación. En Perú, la patria del padre Gustavo Gutiérrez, los jesuitas
reaccionaron de pleno acuerdo con el Papa, que escogió a varios de ellos como
Obispos en diócesis especialmente peligrosas, e incluso les ha entregado la
sede primada de Lima. Los obispos jesuitas peruanos, con alguna excepción más
divertida que dañina, no sólo se han opuesto a la teología de la liberación y
demás movimientos marxistas sino que a veces la han descalificado con
publicaciones de gran efecto.
Sin embargo
el objetivo máximo de la estrategia soviética desde los años sesenta al final
de los ochenta era México, como plataforma de ataque directo al «bajo vientre»
de los Estados Unidos, la franja Sur de la Unión donde vive una creciente
población católica de origen iberoamericano y sobre todo mexicano. Fijaremos
esa estrategia, y la colaboración objetiva de los jesuitas liberacionistas a
ella, en uno de los capítulos que restan de este libro. Pero esa línea
estratégica que se hizo sentir muy pronto en México, y que ha rebrotado
peligrosamente en México después de la caída del Muro, trató a su vez de
introducirse y afianzarse en México a través de varias cabezas de puente que se
quisieron instalar desde Cuba en el istmo centroamericano. Y aquí es donde más
se hizo notar, a raíz del Concilio, la presencia subversiva y liberacionista de
los jesuitas. Por orden cronológico —que es también el orden histórico—
apuntaremos ahora los rasgos esenciales de esa acción subversiva en El
Salvador, en Guatemala y en Nicaragua. Insisto; dejo para el segundo libro el
análisis completo y exhaustivo; ahora sólo apunto los testimonios esenciales
para demostrar las tesis de este capítulo sobre la crisis de la Compañía de
Jesús.
A fines de
1988 nada menos que monseñor Freddy Delgado, que era secretario de la
Conferencia episcopal salvadoreña en los años a que se refiere en su
testimonio, publicó un alegato definitivo sin el que no se puede comprender
nada sobre la estrategia del liberacionismo y la implicación de los jesuitas en
Centroamérica: La Iglesia Popular nació en El Salvador. Me lo envió poco
antes de su inesperada muerte, con una cariñosa dedicatoria en que
aludía a nuestra lucha común y a veces muy dura, contra el liberacionismo desde
muchos años antes. Conocí a monseñor Freddy Delgado durante una reunión
internacional de líderes religiosos y políticos de América en Sao Paulo, donde
se examinó la estrategia del marxismo en todo el Continente; con asistencia de
media docena de obispos de Brasil, dos Chamorros de Nicaragua, el embajador
norteamericano Sánchez, de origen hispano, varios obispos
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y pastores
protestantes de clara línea antimarxista, varios ex presidentes de Repúblicas
iberoamericanas… Monseñor Delgado era un prelado joven y preparadísimo, muy
documentado y equilibrado, hermano de un sacerdote liberacionista muy vinculado
al equipo jesuítico del arzobispo Romero (se llama Jesús Delgado) y su estudio
histórico de 1988, que es un testimonio directo, provocó una gran polémica en
El Salvador, porque la nación estaba ya en vísperas de la desesperada ofensiva
rojo-liberacionista que estalló al año siguiente.
La
principal estrategia del partido comunista (y de la Internacional Socialista, N. del A). para hacer de El
Salvador una república socialista de obreros y campesinos ha sido la
instrumentación de la Iglesia Católica en la revolución, según el esquema
aprobado por el primer Congreso del Partido Comunista de
Cuba[194].Tras el fracaso de Fidel Castro y Salvador
Allende en Chile —sigue diciendo monseñor Delgado— la estrategia cristiano
marxista tomó fuerza en El Salvador, donde ya desde 1968 los jesuitas de
izquierda organizaron un grupo de sacerdotes activistas. En ese año empieza la
dedicación política del padre Ignacio Ellacuría en la Universidad
Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) en San Salvador. Por tanto Ellacuría es
un precursor y además un promotor del liberacionismo antes de que Gustavo
Gutiérrez inventase la teología de la liberación en 1971; antes del Encuentro
del Escorial en 1972. Ellacuría y su equipo de jesuitas cristiano-marxistas
habían entrado en contacto, como ya sabemos, con el equipo cristiano marxista
de Nueva Orleans, creado por el jesuita padre Twomey que difundía sus ideas
mediante su publicación Blueprint. Ellacuría, a quien conocí en 1950,
«había logrado —según reveló su compañero y correligionario Jon Sobrino en
Televisión Española poco después del asesinato de su amigo— una síntesis
perfecta de marxismo y cristianismo». Importantísimo testimonio que echa por
tierra muchos distingos de los jesuitas rojos, empeñados en disimular el
carácter marxista de su «compromiso sociopolítico» como decía, hablando
precisamente del padre Ellacuría, el informe reservado enviado al Papa en 1982.
Más que
precursor, pues, Ignacio Ellacuría es un adelantado de la liberación
centroamericana. Pertenecía a la generación de Alfonso Alvarez Bolado y, como
él, había estudiado teología con el padre Rahner en Innsbruck, donde ya se le
consideraba un rebelde. El padre Arrupe veía por sus ojos. Formó en El Salvador
un equipo de vascos antifranquistas que alcanzaron una decisiva influencia
política en el país. En 1970 —sigo a monseñor Delgado— aparece en San Salvador
la «Nacional de Sacerdotes» un grupo de 17 clérigos dedicados al «análisis de
la realidad nacional» que equivalía, con menos tapujos a la «alianza
estratégica de cristianos y marxistas» preconizada por Fidel Castro. El
arzobispo de San Salvador Luis Chávez y González encargó a su obispo auxiliar
Arturo Rivera Damas (luego sucesor de monseñor Romero y recientemente
fallecido) la vigilancia del grupo subversivo que acabó marginando a los dos
prelados. Por ello el arzobispo decretó la expulsión del líder del grupo, el
sacerdote francés Bernardo Boulang, una vez acabado su contrato.
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Los jesuitas
protestaron por este «atentado contra la pastoral popular y liberadora» es
decir, marxista-leninista, que había incorporado las técnicas educativas del
marxista cristiano brasileño Paulo Freire, las mismas que se inocularon durante
una etapa del Colegio del Pilar en el corazón de Madrid. El portavoz de la
protesta contra la decisión del arzobispo fue el padre Ellacuría, que
precisamente se disponía a suceder a Boulang como estratega de la subversión en
El Salvador. Pero el arzobispo confirmó la expulsión.
Abandonaron
los jesuitas sus residencias clásicas y concentraron su actividad en la
universidad José Simeón Cañas, donde se dividieron en tres unidades
ideológicamente opuestas; UCA-1, 2 y 3, como un remedo de las «Compañías A y B»
que denunciaron los ignacianos españoles y el padre Bartolomeo Sorge. Un
superior, el padre Moreno, jefe de relaciones públicas del arzobispado, se
encargó de la formación de los jóvenes de la Orden cuando se aceptó su
exigencia de traer todos los libros sobre marxismo «que necesitaba para hacer
su tesis doctoral». La Nunciatura le coló por valija diplomática cuatrocientos
libros sobre marxismo; de la tesis nunca más se supo. Esa apostólica
importación de literatura roja provocó las protestas de otro jesuita, el padre
Rutilio Grande, que volvió a protestar cuando los jesuitas de izquierda
instrumentaron en sentido marxista a una cooperativa agraria. Pidió entonces el
padre Rutilio su traslado a la parroquia de Aguilares en 1973, donde sus
hermanos adversarios le sometieron al estrecho «marcaje» de varios activistas
del marxismo.
El equipo
jesuita-marxista de ideólogos exaltó —sigue monseñor Delgado— la «interconexión
de la conversión política al marxismo y la conversión religiosa, hasta
identificarlas», mientras desde la UCA llegaban a todos los centros de
activismo marxista-clerical de la nación orientaciones cada vez más radicales,
a partir de un «centro de reflexión teológica», es decir de irradiación
marxista. Dice monseñor Delgado: Esta estructura se concretó con la llegada
como rector de la UCA del padre Ellacuría y el equipo de jesuitas en una acción
social y reflexión teológica promarxista leninista. Las pruebas son
abrumadoras, En 1977 las Ligas populares 28 de febrero, integradas en el Frente
Nacional de Liberación Farabundo Martí se organizaron en la UCA. También en la UCA
se tramó la formación de un gobierno socialista radical con ocasión del golpe
de 1979. Un jesuita que luego abandonó, Luis de Sebastián, afirmó que ese golpe
de Estado fue fraguado en la UCA y en el arzobispado. La UCA jugó un papel
importante en la formación de los cuadros de los diferentes grupos marxistas
leninistas que hoy conforman el FMLN. Y Juan Ignacio Otero, líder de la
guerrilla, reveló que se compraban armas en el extranjero utilizando cuentas
bancarias de jesuitas radicalizados. A tales extremos había caído por
entonces en un sector de la Compañía de Jesús el voto de pobreza
impuesto por San Ignacio.
En febrero
de 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador monseñor Oscar Arnulfo Romero
González, a quien el grupo de jesuitas guiados por el padre
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Ellacuría,
según cuenta el jesuita Erdozain, practicó por entonces un psicoanálisis
profundo que descubrió la inseguridad del prelado. (Los jesuitas, desde el
comienzo de la era Arrope, se han hecho maestros consumados en estas técnicas
que disimulaban con nombres menos agresivos). A las pocas semanas, el12 de
marzo, cae asesinado el padre Rutilio Grande, en su parroquia de Aguilares y
los liberacionistas consiguieron convertirle en mito de su causa, pese a las
fundadas sospechas de que había sido eliminado por la extrema izquierda ante la
posición crítica que el asesinado había asumido, como ya vimos, contra ellos.
Dirigidos por Ignacio Ellacuría los jesuitas liberacionistas invadieron el
arzobispado, condicionaron al débil arzobispo y favorecieron una nueva
invasión: la de las monjas de la Iglesia Popular, que coparon las oficinas de
la curia poco después.
La Iglesia
Popular, que surgiría en casi toda Iberoamérica de las comunidades marxistas de
base, nació en El Salvador, como dice monseñor Delgado, con una directa y
fuerte impronta clerical. La Iglesia Popular salvadoreña acorraló e instrumentó
al pobre monseñor Romero, a quien los Papas Pablo VI y Juan Pablo II llamaron a
Roma para quitarle la venda de los ojos. Al regresar de su segunda visita ad
limina monseñor Romero denunció por primera vez los desmanes de los grupos
de acción marxista. Esto no lo inventa un historiador antimarxista para
contrarrestar la abrumadora propaganda con que los liberacionistas, con el
equipo Ellacuría a la cabeza, han rodeado la figura patética del vacilante
monseñor Romero —que procedía de la derecha tradicional— hasta convetirle en un
mártir de la Iglesia Popular. Esto lo afirma quien estaba allí, el secretario
de la Conferencia episcopal, monseñor Freddy Delgado. Al día siguiente de
aquella denuncia los curas y monjas de la Iglesia Popular abandonaron sus
despachos en la curia arzobispal como protesta. En febrero de 1980 monseñor
Romero sabía que iba a morir. Escribió una carta con este presentimiento al
secretario de la Conferencia Episcopal de Centroamérica. Luego cayó en nuevas
contradicciones e indecisiones. Ignacio Ellacuría se jactó después de que él
mismo se encargaba de escribir las homilías del pobre arzobispo. El 24 de marzo
de ese año, mientras celebraba Misa, fue abatido por un tirador asesino y
certero que le partió el corazón con una bala de fusil envenenada. Los jesuitas
de la CCA se lanzaron frenéticamente, con eco de todos conocido, a la
fabricación del mito del obispo mártir. La izquierda clerical vetó la presencia
de varios obispos en los funerales que ofició, entre otros, el ministro
sandinista de Nicaragua y antiguo amigo del dictador Somoza, padre Miguel
d’Escoto, de la congregación de Maryknoll. No hace mucho los liberacionistas
han patrocinado la exhibición mundial de una película menos que mediocre, y más
que falseada, sobre el arzobispo asesinado, titulada con su nombre, que ha
resultado un completo fracaso. En la Gran Vía de Madrid apenas duró una semana
y luego no pasó a los cines de reestreno.
Mientras
tanto Ignacio Ellacuría había efectuado importantes incursiones por la
retaguardia europea del liberacionismo, alimentado en España por una imponente
red de centros y editoriales jesuitas, claretianas, paulinas y clericales, que
han producido
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desde los
años sesenta una verdadera inundación de libros cristiano-marxistas ante la
pasividad de los obispos y superiores religiosos; o con su activa cooperación
en este último caso. En 1978 Ellacuría participó en el III Encuentro nacional
de comunidades cristianas populares. No actuaba solamente como estratega del
liberacionismo en Centroamérica sino como uno de los líderes mundiales del
movimiento cristiano marxista. Caminaba hacia la muerte, que le preparaban sus
enemigos políticos deseosos de eliminarle como activista político, no por su
condición de religioso.
UN JESUITA GUERRILLERO DE GUATEMALA CONFIESA
ANTE EL SENADO DE LOS ESTADOS UNIDOS
Un escritor
de imaginación envidiable, que se confiesa jesuita, Roberto Martialay, publicó
en 1983 un curioso libro, Comunidad en sangre[195], con las
biografías de diecisiete jesuitas que encontraron muerte violenta en el Tercer
Mundo entre 1973 y 1983. En vista de que considera modestamente sus relatos
como una continuación de los Hechos de los Apóstoles deduzco que identifica
como mártires a los diecisiete jesuitas cuya muerte trágica se describe. Algún
martirio se me antoja modernizado en exceso, como el de un jesuita dedicado a
actividades cinematográficas que fue asesinado a la salida de un cine. Pero no
voy a discutirlo. Me interesa más otro mártir, el padre guatemalteco Luis
Eduardo Pellecer, que fue secuestrado por hombres armados a la salida de la
iglesia de la Merced el 9 de junio de 1981, dado por «desaparecido en acción» e
incluso por muerto —se celebraron misas liberacionistas por su alma— aunque
reapareció misteriosamente ante la TV de Guatemala en septiembre del mismo año,
y afirmó que había fingido un secuestro para evadirse del «Ejército guerrillero
de los pobres» en que militaba y acusó a varios jesuitas de actividades guerrilleras
en Guatemala, El Salvador y Nicaragua. La protesta del Provincial de
Centroamérica, el marxista César Jerez, fue estentórea. Pellecer se presentó
después en la televisión salvadoreña y desapareció de nuevo. Los jesuitas
liberacionistas de Guatemala decretaron que la personalidad del preso había
sido manipulada y el padre Martialay le incluyó, pese a todo, en su extraño
martirologio.
No hace
falta, sin embargo, ser un genio en psicología para saber que no hay lavado de
cerebro que dure dos años. Pues bien, el 19 de octubre de 1983, cuando acababa
de salir, ya es mala suerte, el libro de Martialay, la subcomisión de Seguridad
y terrorismo del Senado de los Estados Unidos, una institución que se asegura
cuidadosamente del estado mental de sus testigos, recibió en testimonio del
padre Pellecer y lo publicó como verídico en sus actas[196]. Era un conjunto
de sesiones sobre marxismo y cristianismo en América Latina. Había depuesto
antes un especialista, el padre Enrique Rueda, quien propuso un documentado
análisis sobre la teología de la liberación. Luego ofreció su testimonio un
desertor del servicio sandinista de Seguridad, el señor Bolaños Hunter, que
explicó el papel de la Iglesia
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Popular en
Nicaragua como cabeza de puente para toda Iberoamérica. Siguió luego Geraldine
Macías, ex monja de Maryknoll, y su marido Edgard, ex ministro de Trabajo en el
régimen sandinista. Entonces le llegó el turno al padre Pellecer, que se
presentó como «guatemalteco, ex jesuita, sacerdote, ex militante de una
organización comunista subversiva en Guatemala». El testimonio es revelador.
Mientras
yo trabajaba como un sacerdote jesuita bajo las órdenes de mis superiores,
utilizábamos la ideología marxista-leninista y trabajábamos con los pobres tras
optar por el camino de la revolución violenta. Esto no es una situación casual
sino una decisión de conciencia, y proceso consciente de decisiones, para
embarcarse en ese tipo de actividad.
En
especial me gustaría describir el trabajo práctico, el trabajo subversivo, los
métodos operativos. Un aspecto práctico de mi trabajo consistía particularmente
en organizar a los pobres en los barrios, especialmente los barrios urbanos, en
organizaciones político-militares.
Esta
gente eran trabajadores o parados. El mandato, o mis instrucciones, eran
tratarles como trabajadores, todos como trabajadores, y asistirles en el
proceso de politización en la zona en que vivían. Desde ese tipo inicial de
organización de barrio, algunos e incluso muchos de esos trabajadores que
habían sido politizados se convertían en miembros de un grupo o movimiento
revolucionario.
También
estuve comprometido en el trabajo de propaganda, a los niveles nacional e
internacional. El tipo de información que yo debía difundir en el campo
internacional era sobre presuntos asesinatos o matanzas por el Gobierno, sin
que fuese necesaria la verdad real.
El
trabajo que yo hacía en el campo de la propaganda consistía básicamente en dos
puntos importantes. El primer punto era que el sistema capitalista no funciona,
no sine a nadie, mata a la gente. El segundo tema consiste en que no hay más
que una alternativa al sistema capitalista que es el sistema socialista.
Después
de este sistema de los dos puntos, es muy importante subrayar el impacto de la
terminología religiosa en presentar estos dos temas. Se decía que la figura
religiosa servía o para mantener un sistema o para criticarle, cambiarle o
destruirle.
De
acuerdo con esto, la teología de la liberación se usa para deslegitimar al
sistema capitalista y para legitimar al sistema socialista. El impacto de esta
teología de la liberación es tan fuerte, tan poderoso, que es capaz de
movilizar al pueblo por el mensaje y de cambiar sus mentes en favor del
comunismo, no utilizando, no necesariamente usando las palabras o expresiones
del comunismo sino usando la Escritura bíblica para manipular la mentalidad
hacia un sistema socialista, y un ejemplo lo tenemos en esta Iglesia
revolucionaria de Nicaragua.
Esta
es la más importante razón para mi separación del grupo subversivo al que
pertenecía. Porque descubrí que mi trabajo en el campo de las ideas, esas
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ideas
eran más peligrosas que las armas. También descubrí que el sistema socialista
sólo puede desembocar en una cosa, generalizar para todo el mundo la pobreza, o
extender la pobreza a todo el mundo.
Al observar
la reacción de los jesuitas liberacionistas y de la Compañía de Jesús oficial
ante el caso Pellecer descubrí la capacidad y la potencia de propaganda que
había conseguido la Orden ex ignaciana. Uno de los objetivos de esa propaganda
en los años ochenta ha consistido en destruir el testimonio de Pellecer. Pero
el testigo insistía el 26 de julio de 1985 en el influyente Diario Las
Américas (p. 8). El padre Orlando Sacasa, S.J. rector del Liceo Javier en
Guatemala, testificó ya el 8 de diciembre de 1982 la veracidad y autenticidad
del primer testimonio Pellecer en 1981[197]. Se publicó un
interesante testimonio adicional de Pellecer en La Prensa Gráfica, el 23
de octubre de 1981. He hablado con varios jesuitas ignacianos de Nicaragua
y Estados Unidos que aceptan, como aceptó el Senado de Estados Unidos, el
testimonio del ex activista guatemalteco. En estos excesos desembocaba el
famoso Decreto IV de la Congregación General 32. Bajo la responsabilidad
directa y consciente del provincial marxista de Centroamérica nombrado por el
padre Arrupe, el nefasto padre César Jerez.
UN JESUITA EN EL GOBIERNO MARXISTA DE NICARAGUA
Precisamente
gracias a César Jerez la acción liberacionista en Centroamérica estaba
perfectamente coordinada. Su centro principal era, desde 1979, Nicaragua, donde
gracias al apoyo de Fidel Castro la estrategia soviética logró por fin
establecer en el continente iberoamericano una cabeza de puente con fuertes
visos de permanencia. Gracias también, y sobre todo, a la ayuda política,
intelectual y seudorreligiosa de los teólogos de la liberación, que
convirtieron a Nicaragua en la confirmación de sus «denuncias proféticas» y el
anticipo del Reino, palabra que ellos utilizaban no para indicar el Reino de
los Cielos, ni el Reino de Cristo, sino el reino de la utopía marxista con
pretextos cristianos y desde luego en este mundo, cada vez excluían más al otro
mundo de sus consideraciones y sus prédicas.
Pablo VI
había intentado poner un dique a la teología de la liberación con su estupenda
encíclica Evangelii nuntiandi de 1975, a la que los liberacionistas no
hicieron el menor caso. Y como les había salido bastante bien la manipulación
marxista de la Conferencia de Medellín en 1968, intentaron repetir la hazaña en
la III Conferencia General del Episcopado iberoamericano, celebrada bajo la
presidencia del Papa Juan Pablo II en la hermosa ciudad mexicana de Puebla de
los Ángeles en enero de 1979. Esta vez los obispos no
cayeron en las trampas de Medellín. Pusieron en su sitio
a los teólogos y vetaron a los activistas políticos, que
hubieron de contentarse con el fracaso de su conferencia paralela. El Papa y
los obispos de Iberoamérica deslindaron con toda claridad a la religión de la
política y descalificaron
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de cuajo las
implicaciones marxistas en la teología. Desde aquel momento los teólogos de la
liberación eran ya un conjunto de rebeldes, aun antes de las famosas
Instrucciones de la Santa Sede en 1984 y 1986, preparadas por el cardenal
Ratzinger.
Como era de
esperar los teólogos de la liberación, tras estrellarse contra el muro de
Puebla, siguieron en sus trece y contribuyeron de manera decisiva, en ese mismo
año, a la creación de la cabeza de puente cristiano-marxista de Nicaragua.
Poseo tal documentación sobre la década 1979-1989 en Nicaragua que casi me
aterra empezar a ordenarla para el seguido libro. Aquí voy a presentar los
rasgos esenciales para iluminar desde esa cabeza de puente la crisis de la
Compañía de Jesús, que es el objeto de este capítulo.
Nicaragua
concentraba en su historia reciente, aún más que otras naciones de
Centroamérica, las injusticias más atroces. Había sido presa, como sus naciones
hermanas, del imperialismo económico norteamericano más brutal, mediante el
dominio de la Frutera, la United Fruit Co. cuya ejecutoria ha quedado como
símbolo de la opresión inhumana. Con 139 000 kilómetros cuadrados y unos tres
millones de habitantes, que en elevada proporción son de raza india, Nicaragua
vio cómo en 1933 un líder popular, Sandino, expulsaba nada menos que a los marines
norteamericanos, aunque al año siguiente fue asesinado por una marioneta de los
intereses norteamericanos, Anastasia Somoza Tacho, quien impuso, con
pleno respaldo de los Estados Unidos, una dictadura militar, familiar y
bananera que duró cuarenta y cinco años. Somoza I fue presidente de la
República en dos períodos (y mandó en el intermedio) hasta su muerte en 1956,
abatido por el rebelde Rigoberto López. Le sucedió su hijo Luis, muerto en
1967; pero el hombre fuerte desde la muerte del primer Somoza fue Anastasio
Somoza Debayle, Tachito, presidente desde 1967 a 1971 y de 1974 a 1979, jefe de
la omnipresente Guardia nacional desde la muerte de su padre hasta que le
expulsó la llamada revolución sandinista; y muerto en Paraguay en 1980.
La oposición
contra el régimen somocista data de 1959, cuando jóvenes conservadores
demócratas, animados por el ejemplo de Cuba, tratan de hacerse con el poder. Al
año siguiente la familia Chamorro, de la alta burguesía, se pone al frente de
la oposición y en 1962, junto a los conservadores y los socialcristianos surge
un grupo opositor de izquierda, inspirado en el marxismo-leninismo: el Frente
Sandinista de Liberación Nacional creado en Honduras por Carlos Fonseca Amador.
El Frente sandinista se acredita cada vez más ante la opinión y se hace famoso
por sus golpes de mano desde 1976. El liberal Pedro Joaquín Chamarra, candidato
de los Estados Unidos para presidir un régimen democrático en Nicaragua, cae
asesinado el 10 de enero de 1978. Toda la oposición se une al grito de «mejor
que Somoza cualquier cosa)) que no resultó profético; lo que vino después de
Somoza sería mucho peor. Empieza a advertirse la presencia de un sector del
clero —poco numeroso— en la lucha contra la dictadura pero el golpe decisivo va
a darlo el 2 de junio la Conferencia Episcopal, dirigida por un prelado popular
y de apariencia sencilla, pero
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enérgico y
con ideas muy claras aunque, por el momento, de escasa experiencia política, el
arzobispo de Managua Miguel Obando y Bravo que declara la legitimidad de la
rebelión contra un régimen inhumano. Fue el golpe de gracia. El 16 de julio Tachito
huye de Nicaragua después de poner a buen recaudo en el extranjero su inmensa
fortuna personal y familiar: dejaba en la ruina a la nación, con 30 000 muertos
por violencia en los últimos cincuenta años y 250 000 emigrados políticos.
Entre una explosión de alegría popular tomó el poder una Junta provisional de
gobierno con toda la oposición y sólo dos sandinistas: Daniel Ortega y Moisés
Hassan. Formaban parte de la junta la viuda de Chamarra, doña Violeta, cuya
familia controlaba el poderoso diario La Prensa y otros líderes
democráticos. Pero a fines de 1979 ya estaba claro que la primera fuerza
política del país, la única que realmente sabía lo que quería, era el Frente
Sandinista, apoyado por el sector liberacionista de la Iglesia Católica, sector
que tomó el nombre de Iglesia Popular. Dos sacerdotes, uno de ellos el
espectacular y pomposo ministro de Cultura, es decir, de propaganda, y horrendo
poeta Ernesto Cardenal, formaban en la lista del primer gobierno.
El testimonio del
cardenal López Trujillo es concluyente:
Los
liberacionistas hicieron de Nicaragua un centro de experimentación política que
han apoyado con empeño y entusiasmo. Varios congresos han tenido lugar allí y
se ha convertido en lugar de frecuentes «peregrinaciones» para latinoamericanos
y europeos entusiasmados con esa unión de cristianos y marxistas. El sandinismo
triunfante se tornó en punta de lanza de la idea de la Iglesia Popular y fueron
asociados a tal experimento político sacerdotes nombrados ministros, con
sorpresa y malestar de la jerarquía, para lo cual invocaban apoyos y respaldos
a todo nivel, empezando por la presunta anuencia de sus superiores religiosos.
Las repetidas quejas de la jerarquía han sido desoídas y han dado origen a
protestas promovidas para impedir el abandono de cargos no solamente políticos.
Sintomático
fue el congreso de teología nicaragüense en el cual se presentaron ponencias en
las que caían los matices y el recurso a la aparente mesura para revelarse de
cuerpo entero. Es revelador el encuentro de teología celebrado en Managua del 8
al 14 de septiembre de 1980, y que fue recogido en «Apuntes para una teología
nicaragüense». Vale la pena leer las ponencias de Jon Sobrino, Juan H. Picó,
José I. González Faus, Miguel Concha, Pablo Richard y frei Betto. Es decir, la
plana mayor del liberacionismo jesuítico casi al completo: los padres Jon
Sobrino, Hernández Picó y González Faus (Ellacuría no acudió a este congreso
pero hacía frecuentes visitas a Nicaragua, sobre todo cuando venteaba peligro
personal en El Salvador) junto a Pablo Richard, uno de los pioneros del
liberacionismo y freí Betto[198], el lego
dominico íntimo y confidente de Fidel Castro, que actuaba como embajador
volante de Castro para la «alianza estratégica de cristianos y marxistas».
Nicaragua se convertía, pues, en la Meca del liberacionismo mundial, con viajes
pagados y estancias a cuerpo de rey. ¿Quién pagaba? Los fondos de ayuda de la
Iglesia alemana al Tercer Mundo, es decir
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a la
subversión del Tercer Mundo; y naturalmente quienes pagaban a Cuba para el gran
proyecto de las cabezas de puente continentales.
López
Trujillo confirma el origen marxista de la Iglesia Popular. Se hablaba ya
bastante de la Iglesia Popular. La denominación venía de «Cristianos por el
Socialismo». La radical intromisión en el seno de la Iglesia de las categorías
del análisis marxista y la interpretación falseada del contenido tan
profundamente teológico del «Pueblo de Dios» constituyen su novedad[199].
Pero a la
revolución comunista disfrazada de sandinismo la Iglesia que le interesaba era
la Iglesia Popular, no la que llamaban con cierto desprecio «Iglesia
institucional». Pronto se hicieron notar las ráfagas de la persecución contra
la única Iglesia de Cristo; porque la Iglesia Popular era el equivalente a las
Iglesias patrióticas integradas en los regímenes comunistas de Europa y Asia.
El 7 de octubre de 1980 la dirección nacional del FSLN emitió un comunicado
oficial sobre la religión que empieza con mucha modestia: Está naciendo un
proyecto histórico que por su originalidad y madurez marca ya desde este
momento un hito en la historia del mundo. La especificidad de la revolución
sandinista ha sido la participación activa y militante de los cristianos en
los diversos campos de lucha armada y civil gracias a una teología
liberadora y política que rompe la barrera del teoricismo para convertirse en
vivencia creativa que intuye al Dios de la Historia desde la perspectiva de
Moisés en el Cautiverio. Todo el folleto de donde se toman tan edificantes
observaciones, escrito evidentemente por los curas trabucaires del sandinismo,
es una especie de «Comic» entreverado de textos y dibujos para mostrar la
incidencia de los cristianos en la Revolución. La incorporación de los
cristianos al FSLN se esmalta con un texto de San Pablo a los Colosenses:
«Ustedes se despojarán del hombre viejo y de su manera de vivir para revestirse
del hombre nuevo». Se exalta a los mártires de la Revolución, sobre todo al
sacerdote guerrillero Gaspar García Laviana. Se alaba —de momento— a los
obispos, en especial a monseñor Obando por su acción antisomocista. Se subraya
la presencia de tres sacerdotes en la Asamblea Sandinista. Se abomina de la
colonización y la evangelización española en América como alianza de la cruz y
la espada. (Es lo que estaban intentando los sandinistas). Todo el folleto es
una prueba flagrante de la instrumentación de la Iglesia por la Revolución; es
la revolución quien fija inapelablemente los límites de la conjunción con la
propia Iglesia Popular[200].
Este folleto
se dirigía contra la primera protesta del Episcopado, regido por monseñor
Obando, que desde noviembre de 1979 se oponía con firmeza a la Iglesia Popular
y a la presencia de sacerdotes en el gobierno y las actividades
revolucionarias. Pero los clérigos rojos desobedecieron y muy expresamente los
jesuitas revolucionarios (que no eran todos los de Nicaragua sino los más
activos y dominantes) a quienes la Santa Sede había exigido que actuasen
siempre al dictado de los obispos en sus actividades apostólicas peligrosas, en
las exhortaciones impresas junto al Decreto IV de la Congregación General 32.
Por el contrario los jesuitas, con
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el respaldo
absoluto de Provincial César Jerez y del General Pedro Arrupe se volcaron en el
apoyo a la Revolución sandinista, a la que dedicaron su red de centros
pastorales e intelectuales que formaron una especie de Estado mayor
liberacionista en Nicaragua. Estos centros eran el Antonio Valdivieso, el
Centro de Educación y promoción Agraria, la Universidad Centroamericana (otra
UCA) y el Instituto Histórico Centroamericano. Los sandinistas dominaban la
Conferencia de Religiosos nicaragüenses. El control de los medios de
comunicación por los sandinistas era prácticamente total con excepción de La
Prensa hasta que este gran diario democrático fue neutralizado también. Un
selecto grupo de teólogos de la liberación permanecía en Nicaragua como retén
de apoyo, además de los viajes continuos que realizaban allí Gustavo Gutiérrez,
Giulio Girardi, Enrique Dussel, Pablo Richard, Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría.
Pero a fines de 1979 los campos estaban bien claros; todos los obispos de
Nicaragua seguían a monseñor Obando, de los 350 sacerdotes del país sólo eran
sandinistas 15 y del conjunto del clero, cifrado en 912 personas, ochocientos
se alineaban con la jerarquía[201].
Los jesuitas
convirtieron a su Centro Valdivieso en el principal foco de la propaganda
sandinista, con la colaboración de frei Betto y otros energúmenos de la
liberación. Los sandinistas imitaron a los ridículos rituales del Directorio en
Francia, cambiaron la fiesta de la Inmaculada por el Día del Niño e invocaban a
la Virgen María como Madre del Guerrillero. Navidad fue rebautizada como «la
fiesta del Hombre Nuevo». Alfredo Robelo y Violeta Chamorro dimitieron de sus
puestos en la Junta de Gobierno el 23 de abril de 1980, cuando el régimen
sandinista se había convertido ya en una dictadura comunista clerical. Comenzó
la persecución abierta contra la Iglesia con la destrucción de templos que para
1982 eran ya 55. Desde 1981 menudeaban los ataques a monseñor Obando, a quien
se impedía ejercer su ministerio episcopal. Ya había en el gobierno tres
sacerdotes: el canciller Miguel d’Escoto, antiguo jefe de propaganda de la
congregación misionera de Maryknoll; el padre Ernesto Cardenal, ministro de
Cultura, cuyos versos abominables eran ensalzados por toda la prensa
«progresista» del mundo, con encomios que no pueden leerse hoy sin vergüenza
ajena; y por fin un jesuita, el padre Fernando Cardenal, líder de la juventud
sandinista, al que se nombró ministro de Educación. Fuentes de la Compañía de
Jesús que le conocían bien me han asegurado que era hombre de tan cortas
entendederas que los superiores estuvieron a punto de negarle el sacerdocio por
falta de aprovechamiento en los estudios. Pese a ello el padre Fernando Cardenal
llegó a ser, contra la expresa voluntad de la Santa Sede, el primer jesuita
que, sin dejar de serlo, figuraba como ministro en un gobierno. El ministro del
Interior, el implacable Tomás Borge, era teólogo de la liberación pero me dicen
sus amigos que no sacerdote, como le sucedía a Enrique Dussel. La Conferencia
episcopal requirió a los tres sacerdotes para que abandonasen su puesto en el
gobierno pero desobedecieron. Entonces fueron suspendidos a divinis
mientras mantuviesen el cargo, pero la noticia no fue comunicada al público.
Las iglesias se emborronaban con invocaciones marxistas, las
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«turbas»
sandinistas (así se denominaban ellas mismas orgullosamente) apedreaban a los
obispos especialmente enérgicos. Y los jesuitas de la liberación en el centro
de todo el experimento revolucionario, a plena conciencia de que estaban
prestando su importante apoyo intelectual, político y propagandístico, a una
cabeza de puente cubano-soviética para la conquista de toda Centroamérica, con
objetivo siguiente en México y objetivo final en el asalto a los Estados
Unidos.
Creo que
bastan estos testimonios definitivos para comprender los efectos reales del
Decreto IV y de la Congregación General XXXII. Dos años después del Encuentro
de Puebla el papa Juan Pablo II poseía, desde fuentes todavía más amplias y
seguras, esta misma información y se dispuso a actuar. Programó para 1983 su
heroico viaje a Centroamérica, cuya etapa de máximo peligro fue precisamente
Nicaragua. Allí comprobó sobre el terreno el deterioro gravísimo de la Iglesia,
el incremento de la Iglesia Popular y la participación de los sacerdotes, las
monjas y los católicos en la revolución comunista. Decidió entonces emprender
la contraofensiva y neutralizar el alma de todas esas aberraciones, que era la
teología de la liberación; la primera condena formal fue la Instrucción de
1984. Pero antes de visitar a Centroamérica tenía que examinar al principal
centro logístico del liberacionismo, que era España, con la que comulgaba
históricamente de forma asombrosa; y en efecto, viajó a España el año 1982. Lo
más urgente, sin embargo, era frenar en seco la degradación de la Compañía de
Jesús, que estaba en el fondo del problema de la falsa liberación. Por lo cual
intervino personalmente en el gobierno de la Orden cuando confirmó, con
seguridad absoluta, los datos que he procurado exponer en esta sección, tanto
sobre el desmoronamiento interior de la Compañía como sobre su desviación
revolucionaria en Centroamérica, con flagrante desobediencia a las órdenes
expresas de la Santa Sede desde los tiempos de Pablo VI. La espectacular y
contundente intervención del Papa en la Orden ex ignaciana tuvo lugar, como
vamos a ver, el 6 de octubre de 1981.
SECCION 8: EL AIRADO FINAL DE LA ERA ARRUPE Y LA
INTERVENCIÓN PERSONAL DE JUAN PABLO II
LA FRUSTRADA ADMONICIÓN DE JUAN PABLO II
Después de
su desesperada reconducción de la Congregación General 32 entre 1973 y 1975 no
encuentro noticia alguna sobre nuevos roces entre Pablo VI y la Compañía de
Jesús. Un biógrafo tan minucioso como Yves Chiron no dice una palabra sobre
nuevas relaciones, aunque refiere la preocupación del Papa por algunos
problemas graves, pero evidentemente menores, que la crisis de los jesuitas;
por
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ejemplo la
rebeldía del arzobispo Lefebvre y del teólogo suizo Hans Küng. Pablo VI y el
cardenal Villot seguían, claro está, informados; pero al comprobar su fracaso
frente a la Congregación 32 tal vez Pablo VI, que pasó los tres últimos años de
su vida (entre la Congregación 32 y su muerte) en la angustia y la depresión,
no acertó a plantear una nueva confrontación con el padre Arrupe y su
desobediente curia generalicia. Tal vez, bien informado sobre el cada vez más
alarmante declive de efectivos humanos en la Orden, pensaba en la posibilidad,
nada desdeñable, de su desaparición relativamente próxima, un problema del que
hablaremos en el epílogo estadístico de este libro. Y por fortuna para él murió
el 6 de agosto de 1978, seguramente sin saber que el jefe del clan jesuita de
izquierdas, padre Vincent O’Keefe, le había preparado una emboscada final.
Pablo VI había hablado por última vez con el padre Arrupe el 18 de mayo
anterior, no supo nada entonces sobre el proyecto del padre O’Keefe; las
personas que rodeaban al Papa en sus últimos meses le ocultaban cualquier
asunto que pudiera disgustarle o perturbarle.
Poco antes
de la elección del cardenal patriarca de Venecia, Albino Luciani, como Papa
Juan Pablo I el padre O’Keefe, a quien hemos descrito varias veces como jefe
del clan de izquierdas en la dirección de la Compañía, concedió unas
declaraciones al semanario holandés De Tijd en las que invitaba al
pontífice que resultara elegido a introducir algunas reformas importantes en la
Iglesia, entre ellas el control de natalidad, el sacerdocio de las mujeres,
el matrimonio de los eclesiásticos…[202]
Juan Pablo I, que conocía las desavenencias
entre su predecesor y los jesuitas, consideró
como tarea urgente
dirigir una admonición
enérgica a la Congregación de Procuradores, entonces
reunida en Roma. Sabido es que dedicó casi el primer mes de su pontificado a
informarse seriamente sobre los asuntos más graves y pasado ese mes anunció
públicamente que iba a abordarlos de inmediato, y con toda energía[203]. Redactó personalmente su discurso a los
jesuitas, en que les recordaba el amor y el sufrimiento de Pablo VI por la
Compañía de Jesús y descalificaba con suma dureza las imprudentes propuestas
del padre O’Keefe. «No permitáis —iba a decirles— que las enseñanzas y
publicaciones de los jesuitas sean fuente de confusión y desorientación… Eso
supone, naturalmente, que en las instituciones y facultades donde se forman los
jóvenes jesuitas la doctrina que se enseñe sea igualmente sólida y segura»[204]. Fijó la audiencia con los Procuradores para el
día 30 de septiembre. Pero falleció misteriosamente la víspera; y aunque hoy
parece descartada la hipótesis de un asesinato, lo cierto es que por orden de
los Cardenales no se le practicó la autopsia y corrieron en Roma, la ciudad del
rumor, toda clase de ellos sobre esa muerte y sobre los no menos misteriosos
documentos que hubieron de arrancarse de las manos del Papa cuando hallaron su
cadáver. Varios de esos rumores coinciden en que uno de esos documentos era
precisamente el previsto discurso de Juan Pablo I a los jesuitas, redactado en
términos mucho más graves y perentorios de lo que después se ha dicho. Ante la
oleada de rumores el padre Arrupe pidió al cardenal Villot, durante la
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Sede
Vacante, copia del discurso que iba a pronunciar ante los Procuradores jesuitas
el Papa que acababa de fallecer. Creía saber que el discurso se había redactado
con el asesoramiento del padre Dezza, el antiguo Asistente General de 1965 que
renunció a la reelección en 1974 al verse marginado por el clan de izquierdas y
sin capacidad para evitar el naufragio de la Orden. Dezza era confesor del Papa
Luciani como lo había sido del Papa Montini. Los cardenales, a cuya asamblea
estaba encomendado en Sede Vacante el gobierno de la Iglesia, respondieron al
padre Arrupe que ese documento sólo podría recibirlo de manos del próximo Papa,
pero aprovecharon la ocasión para comunicarle su disgusto por la situación de
la Compañía para lo cual el padre General debería poner orden urgentemente en
su tropa desmandada. De esta forma se enteró el cardenal Karol Wojtyla de los
extremos a que había llegado la crisis de los jesuitas, sobre la cual, por lo
demás, poseía desde tiempo antes informaciones muy precisas y alarmantes. En su
diócesis de Cracovia, por supuesto, no había más teología de la liberación que
la predicada por él; los marxistas estaban fuera de la Iglesia, no infiltrados
en ella. Una vez elegido Papa, Juan Pablo II hizo suya la admonición de su
breve predecesor y se la comunicó a los jesuitas, con renovado vigor, el 8 de
diciembre de ese mismo año[205]. Por el momento
a fines de 1978 la Compañía de Jesús tenía ya sobre sí la descalificación de
tres Papas seguidos y la del Colegio cardenalicio en pleno. No era una
situación muy halagadora para quienes conocían perfectamente la energía y la
decisión del Juan Pablo II en problemas de doctrina católica y su
aborrecimiento experimental contra el marxismo, al que definiría después como
pecado contra el Espíritu Santo, nada menos.
EL PADRE ARRUPE Y EL ANÁLISIS MARXISTA
Desde la
heroica lucha del último General de la primera etapa, el padre Lorenzo Ricci,
con todas las fuerzas del mundo desencadenadas contra la Compañía de Jesús en
la segunda mitad del siglo XVIII, ningún General tuvo que encarar una tormenta
como la que se abatió sobre la Compañía de Jesús durante el generalato del
padre Arrupe desde el mismo día de su elección en 1965. Lo peor es que el padre
Arrupe era en buena parte responsable de esa tormenta, y del desmantelamiento
de la Orden frente a ella; la Santa Sede estaba contra la Compañía durante el
pontificado de Clemente XIV que la suprimió, pero en la tormenta del siglo XX
la Santa Sede, los tres Papas del padre Arrupe, eran mucho más fieles que él al
espíritu de San Ignacio y veían mucho más claro que él y su clan de izquierdas
sobre el significado auténtico del marxismo para la Iglesia y para la Compañía.
El padre Arrupe, es verdad, recapacitaba a veces y reaccionaba positivamente en
sentido ignaciano; pero luego cedía a la presión del clan de izquierdas con
quien sintonizaba en el fondo y volvía a hundirse. Eligió muy mal a sus
colaboradores y a muchos Superiores; entre mil ejemplos poner a un marxista
declarado al frente de la explosiva provincia de
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Centroamérica
y a un dirigente del clan de izquierdas como responsable durante muchos años de
los jesuitas españoles fueron errores mortales que sólo a él se deben imputar.
Para decirlo con la jerga clerical del momento, no sabía leer los signos de los
tiempos, o peor, los leía del revés.
El 18 de
enero de 1979 el padre Arrupe pronunciaba ante un selecto auditorio de la Orden
una conferencia sorprendente que equivalía a una confesión penitencial sobre la
degradación a que había llegado la Compañía de Jesús bajo su mandato. Parece
como si, al fin, cuando palpaba por todas partes los desastrosos frutos de su
política, el General vencido, desbordado y acorralado por sus propias
creaciones, incide en una autocrítica implacable. La conferencia se concentró
en un análisis tipológico sobre la situación real de los jesuitas concretos a
quienes el padre Arrupe dividió en las clases siguientes:
Primero,
el contradictor nato. Es verdad que la «Contestación» puede ser un deber
profético y evangélico… pero la satisfacción personal, la agresividad
sistemática, el desaliño en el vestir, el pelo y la barba descuidados, una
cierta grosería en el comportamiento y el lenguaje son normas poco
recomendables para comunicar aquello en que se cree.
Segundo,
el profesional. Es el jesuita dedicado tan de lleno a su trabajo personal que
carece de tiempo para la vida comunitaria y para la relación con su superior.
Tercero,
el irresponsable. Ignora el orden, la exactitud, el valor del dinero, el
control de los resultados. Se detecta en él una alergia injustificable a todo
control.
Cuarto,
el activista político. Tras haber
fomentado el activismo político en su Orden hasta extremos increíbles, el padre
Arrupe, ahora visiblemente arrepentido,
dice: Cuando la lucha por
la justicia hace salir a este jesuita de su campaña de irradiación cristiana,
de asistencia y de participación y le hace intervenir en asuntos políticos, e
incluso entrar en un partido, a veces abandonando totalmente su misión sacerdotal,
no puede decirse que es y que actúa en ese sector como enviado de la Compañía,
ni que su activismo político o sindical ofrezca una auténtica mediación
evangélica. Entonces, podríamos preguntarnos, ¿por qué el Decreto IV
recomienda en algunos tipos de apostolado el «compromiso sociopolítico»? ¿Por
qué apoyaba Arrupe a los jesuitas politizados Gonzalo Arroyo, Fernando
Cardenal, Ignacio Ellacuría y César Jerez? ¿Por qué toleró a los jesuitas
comunistas españoles, un auténtico escándalo para toda la Iglesia?
Quinto,
el tradicionalista de estilo tendencioso
es, sin embargo quien recibe los ataques más duros; el progresista Arrope
vuelve por sus fueros en medio de su lamentable autocrítica. Ensalza
ostensiblemente los símbolos o las realidades externas CJ1R pertenecen a
épocas pasadas. Mezcla de amargura y nostalgia. Incide en la hipocresía; sabe
que nunca tendrá una cuenta en el banco pero acepta con gusto que algunas
familias complacientes tengan atenciones con él;
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sufre
al ver que nuestras iglesias estén vacías o que el número de los que acuden a
él en busca de dirección espiritual es cada vez menor; pero no se pregunta si
eso no podría deberse, en parte, a su estrechez de espíritu o a su rechazo de
toda formación ininterrumpida[206]. En labios del
propio General, un cuadro demoledor —¿no había más jesuitas que ésos?—, un
reconocimiento palmario de su fracaso y de la dramática situación en que se
hallaba la Orden en 1979, el año de Puebla y Nicaragua.
En ese mismo
año 1979 se produce en Alemania el incidente Rahner-Metz-Ratzinger, que
enconará mucho el ambiente en las altas cumbres teológicas y alcanzará en el
futuro repercusiones insospechadas; porque los teólogos son tan sensibles a
este tipo de enfrentamientos personales e ideológicos como el resto de los
intelectuales. Quedó vacante una cátedra Importante —la de Dogmática— en la
Facultad de Teología de Múnich y el teólogo jesuita Karl Rahner se empeñó en
que fuese concedida a su discípulo predilecto y portavoz de la teología
política Johannn Baptist Metz, que de hecho iba el primero en la terna para la
selección. Pero el arzobispo de Múnich, que era también eminente teólogo,
monseñor Joseph Ratzinger, prescindió de Metz y cubrió la cátedra con otro candidato.
Entonces Rahner reaccionó con gran enojo contra su antiguo amigo y discípulo
Ratzinger, quien en su respuesta acusó a Rahner de tergiversar los datos del
caso. Desde entonces los jesuitas progresistas tienen a Ratzinger como su
bestia negra y algunos como Manuel Alcalá, tan activo como superficial en los
medios de comunicación españoles, llegó a criticar públicamente en 1983 con muy
mal estilo la ejecutoria pastoral y teológica del futuro cardenal Ratzinger, a
quien se atrevió a presentar absurdamente como «un fracasado»[207].
En diciembre
de 1980 y en una de las publicaciones oficiales de la Compañía de Jesús, Promotio
iustitiae, un grupo de jesuitas brasileños había proclamado que encontraban
al marxismo muy positivo y esperaban que alguien lo sintetizase con el
catolicismo como Santo Tomas había hecho con Aristóteles[208]. Con la misma fecha, 8 de diciembre de 1980, el
padre Arrupe publicaba el segundo de sus documentos de autocrítica, su
importante carta a los Provinciales de América sobre el análisis marxista, que
dirigía además para conocimiento a todos los Superiores mayores y que fue la
última comunicación importante de su vida[209]. La pregunta
era: ¿Puede un cristiano, un jesuita, hacer suyo el análisis marxista
distinguiéndolo de la filosofía o ideología marxista y también de la praxis o
al menos en su totalidad? En la misma década que vio la caída del Muro la
pregunta ya resulta absurda y con resquicios intolerables, pero vamos a la
respuesta.
La primera
respuesta es típicamente ambigua, en el más puro estilo arrupiano. Me parece
que en vista del análisis que hacemos de la sociedad, podemos aceptar un cierto
número de puntos de vista metodológicos que surgen más o menos del análisis
marxista, a condición de que no les demos un carácter exclusivo. Por ejemplo la
atención a los factores económicos, a las estructuras de propiedad, a
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los
intereses económicos que pueden mover a unos grupos o a otros; la sensibilidad
de la explotación de que son víctimas clases sociales enteras; la atención al
lugar que ocupa la lucha de clases en la Historia (al menos de numerosas
sociedades) la atención a las ideologías que pueden servir de disfraz a ciertos
intereses y aun injusticias.
Esta
concesión preliminar es mortal. El padre Arrupe acepta en ella puntos
esenciales de la doctrina marxista y especialmente el materialismo histórico.
Casi podríamos abandonar aquí el estudio de su carta; casi todo el resto
consistirá en zafarse, inútilmente, de esta concesión inicial, digna de Fe y
Secularidad.
Dice a los
jesuitas que el análisis marxista sólo puede aceptarse después de muchas
comprobaciones, y que no se debe identificar sin más con el mensaje evangélico.
Acabáramos. Sigue la concesión y la ambigüedad.
Luego se
pregunta si se puede aceptar el análisis marxista sin asumir el marxismo. La
respuesta, aquí, es correcta: el análisis marxista que acepta la entraña del
marxismo es incompatible con el cristianismo. Lo malo es que el padre Arrupe en
su primera respuesta aceptaba tesis esenciales del marxismo, sin advertir que
se trata de un sistema trabado donde no pueden deslindarse aspectos aceptables
e inaceptables. El análisis marxista es el marxismo; el marxismo es una
totalidad, una cosmovisión, no un conjunto de tesis dispersas, de las que se
toma la que conviene. La experiencia demuestra además que se es, o no se es
marxista; no he conocido nunca un marxista a medias.
Después
rechaza el padre Arrupe la intuición central del marxismo cuando esta doctrina
niega a Dios y a la religión. Está muy bien y no podría ser menos; pero si se
acepta la lucha de clases como motor de la Historia, y el padre Arrupe lo ha
hecho ya al principio, no puede prescindir del «fundamento de toda crítica» que
para Marx era la crítica absoluta de la religión, la negación de Dios. Luego
quita hierro a su aceptación inicial de la lucha de clases y la relativiza. Una
de cal y otra de arena. Lo que nunca se le ocurre es descalificar al marxismo
por su carácter anticientífico y anacrónico frente a la Ciencia Nueva del siglo XX;
ésa es para mí la más clara «refutación» del marxismo, una refutación que según
el profesor MacLellan, primer biógrafo de Marx y ex jesuita, no se ha llegado a
producir nunca. Le refutaron para siempre, sin proponérselo, Planck, Einstein y
Heisenberg. Eso no pueden comprenderlo Alfonso Guerra, Santiago Carrillo y
Eduardo Haro Tecglen; pero el padre Arrupe poseía una seria formación
científica y no se le podía escapar Después expone otro vaivén. Por una parte
la lucha de clases no es absoluta; por otra quiere identificar el análisis
marxista con el marxismo, lo cual es correcto, pero a la vez intenta separar el
análisis marxista del marxismo, como hacía por entonces, en pleno sofisma
flagrante, el líder socialista español Felipe González. La tesis principal de
Arrupe es la tesis principal de González, y tan absurda como ella.
Otro vaivén.
Arrupe se acoge al final al documento de la conferencia de Puebla, mucho más
lúcido que él en su rechazo al análisis marxista que se implica
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inexorablemente
con el marxismo puro y duro. Y acaba por aceptar «algunos elementos o algunos
enfoques metodológicos del marxismo» donde vuelve a olvidar que el marxismo es
un todo indivisible. La conferencia de Puebla lo había expresado perfectamente.
Luego, para compensar, Arrupe rechaza también «los análisis sociales que se
practican en el mundo liberal», el único mundo en que el hombre moderno ha
conseguido la libertad que jamás ha disfrutado bajo regímenes que practican el
análisis marxista; Nicaragua y Cuba eran entonces dos tiranías marxistas, sin
sombra de libertad pero el padre Arrupe no las cita. Admite dialogar con los
marxistas e incluso cooperar con ellos en acciones concretas; eso acababan de
hacer los liberales cristianos de Nicaragua y a los pocos meses los marxistas
les marginaron. Después ataca al anticomunismo con mucha más energía que al
comunismo. Este era el último gran comunicado del padre Arrupe, un documento
inspirado en el Decreto IV de la Congregación General 32, una tesis que, en la
práctica y parcialmente en la teoría, favorecía claramente al marxismo. Este
era Arrupe de cuerpo entero. Un triste colofón de su doctrina, una ratificación
lamentable de su ambigüedad y su desorientación.
EL PADRE ARRUPE FUERA DE COMBATE
El 13 de
mayo de 1981 el Papa Juan Pablo II, que había mantenido algunas recientes y
tensas conversaciones con el padre Arrupe, sufrió el atentado turco-búlgaro,
inspirado por la KGB, en plena plaza de San Pedro. La ocasión de tratar a fondo
tan gravísimo suceso se dará en nuestro segundo libro; pero adelantemos que las
cortinas de humo lanzadas luego por la CIA para descalificar a la pista búlgara
no fueron más que táctica de distensión utilizada por los Estados Unidos cuando
estaban ya a punto, como sucedería al año siguiente, de vencer secreta, pero
decisivamente, a la URSS en el terreno de la guerra electrónica e informática,
de lo que no se daría cuenta casi nadie en el mundo, pero sí el Estado mayor
soviético y los más altos dirigentes de la URSS. El Muro cayó en 1989 pero sus
cimientos ya se cuarteaban, sin que nadie lo advirtiese, en 1982, como en ese
segundo libro explicaremos documentalmente. Juan Pablo II, a quien había
querido eliminar la estrategia soviética cuando advirtió que gracias a él la resistencia
católica de Polonia empezaba ya a actuar como ariete contra el sangriento sueño
comunista, atribuyó el milagro de su salvación del atentado a la Virgen de
Fátima en cuya fiesta se había producido. El Papa resultó herido de gravedad
para toda la vida por el sufrimiento pero también confirmado para proseguir su
camino mesiánico hacia el Tercer Milenio.
El siguiente
6 de agosto el padre Pedro Arrupe y Gondra, en uno de sus grandes viajes para
conocer de cerca la situación cada vez más lamentable de la Compañía de Jesús,
estaba en Bangkok después de una visita a los jesuitas de Filipinas, donde el
aguerrido cardenal de Manila frenaba por las bravas los intentos de importar a
las
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islas
hispánicas y católicas la teología marxista de la liberación. Tuvo allí el
padre Arrupe, según algunos testigos presenciales, la premonición de que su fin
estaba próximo. Tomó el avión para Roma sin sacudirse la preocupación que ya le
obsesionaba. Nada más llegar al aeropuerto de Fiumicino sufrió un ataque de
trombosis cerebral con hemiplejía y pérdida de la capacidad de palabra. El
creciente peso de su carga insufrible, las aberraciones y disparates de los
jesuitas progresistas en lo doctrinal y de los jesuitas liberacionistas en el
campo socio-político, la irreductible resistencia de los ignacianos, el
desgarramiento de la Orden en Compañía A y Compañía B, el descenso vertiginoso
de vocaciones, el permanente disgusto de tres Papas seguidos con la dirección
de la Compañía y personalmente con él, la conciencia de su cada vez más
indisimulable responsabilidad en toda la crisis de la Orden, que se
identificaba con su período generalicio, agotaron su salud, la minaron y la
hundieron. Se le trasladó con todo cuidado a la enfermería de la Curia, tan
cerca y tan lejos del Vaticano, donde pasaba el día postrado en un butacón,
desde el que a veces, con gran esfuerzo —me lo dice quien le visitó por
entonces asiduamente, aunque estaba perseguido y marginado por el clan de
izquierdas— conseguía reconocer a sus visitantes, y musitarles algunas palabras
antes de sumirse de nuevo en profundo silencio, que alguna vez sus visitantes
interpretaban como una continua oración. Conservaba su penetrante inteligencia,
aunque casi sin posibilidad de comunicación coherente; su alta voluntad de
servicio a Dios y a la Iglesia, pese a las visibles desviaciones de su mandato.
Lo había intentado todo, pero en la dirección equivocada. Le había desbordado
la realidad convulsa y cambiante de nuestro tiempo. Es una de las figuras más
patéticas en la historia contemporánea de la Iglesia católica. Tres días
después de su ataque fatal, haciendo acopio, dicen sus partidarios, de sus
últimas fuerzas, designó Vicario General de la Compañía de Jesús, como
marcándole para la sucesión, al Asistente General elegido en primer lugar en
las Congregaciones Generales manipuladas 31 y 32, el padre Vincent O’Keefe,
jefe indiscutido de lo que vengo llamando el clan de izquierdas, porque creo
sinceramente que lo es. Altas fuentes internas, que convivían con el padre
Arrupe en aquellas horas terribles, me han sugerido que tal nombramiento fue
forzado por el citado grupo de poder ante la incapacidad del padre Arrupe para
manifestar claramente su voluntad. La Santa Sede, informada perfectamente de
forma directa, día por día, después del ataque de Fiumicino, consideró muy
sospechosa la designación del padre O’Keefe y la ignoró. Era la crisis total.
EL CARDENAL CASAROLI ENTREGA UNA CARTA
El Papa Juan
Pablo II, quien pese a sus fundamentales discrepancias con el padre Arrupe
reconocía lo elevado de su intención y lo genuino de su espíritu, no quiso que
la Compañía de Jesús, privada de su General en plena tormenta, se entregase al
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arbitrio de
los arrupianos. Y dos meses después de la retirada de Arrupe, al comprobar que
su enfermedad era irreversible, Juan Pablo II decidió intervenir. Sin la menor
consideración para el padre O’Keefe, el 6 de octubre de 1981 el hermano portero
de la Casa Generalicia recibió el aviso de que el cardenal Secretario de
Estado, Casaroli, se presentaría a las doce de la mañana para entregar
personalmente, sin intermediarios, una carta del Papa al doliente General. A la
hora en punto entró el cardenal Casaroli en el caserón de Borgo Santo Spirito,
una estrecha calle paralela a la Vía de la Conciliación y a un tiro de piedra
de la Plaza de San Pedro por el lado izquierdo de la Conciliación según se mira
a la basílica. El Vicario General, cuyo nombramiento no reconoció el Papa,
acompañó al secretario de Estado a la habitación del enfermo pero el cardenal
le pidió por favor que se marchara y les dejase solos. A los pocos minutos el
cardenal regresó al Vaticano y cuando el padre O’Keefe entró en el aposento del
padre Arrupe vio una carta abierta sobre una mesita mientras el padre Arrupe
lloraba. La carta era personal del Papa y en ella, sin la menor mención al
presunto Vicario General se designaba como Delegado y representante personal de
la Santa Sede al frente de la Compañía de Jesús al padre Paolo Dezza, de 79
años, confesor del Papa y de los anteriores, prototipo del jesuita ignaciano y
conciliar, a quien ayudaría como delegado adjunto el padre Giuseppe Pittau,
también italiano, de 53 años, que había sido, como el padre Arrupe, provincial
de Japón, donde conoció con pruebas el más que discutible gobierno del padre
Arrupe en aquella provincia. La Compañía de Jesús caía así bajo la personal
tutela del Papa y entraba en estado de excepción. El padre Dezza, que aceptó
por obediencia tan ingrata y espinosa misión, explicó después que el Papa había
llamado varias veces la atención al padre General sobre serios abusos que no se
habían corregido[210].
El clan de
izquierdas, desmantelado-provisionalmente por el golpe pontificio, y los
jesuitas progresistas y liberacionistas quedaron estupefactos y abochornados
pero se dispusieron en seguida a descalificar la maniobra y obstaculizar el
camino a los dos delegados del Papa. La revista oficial de los jesuitas en
Norteamérica, National Jesuit News criticó la decisión intervencionista
de la Santa Sede como ajena a la realidad. Un grupo de jesuitas alemanes
guiados por Karl Rahner dudaba sobre la constitucionalidad de la medida papal y
pidió al Papa la inmediata restauración del régimen ordinario, con una turbia e
irrespetuosa alusión al dedo de Dios que según ellos no se veía en la decisión
del Papa; era la expresión del Papa Paulo III al aprobar el Instituto de la
Compañía en el siglo XVI porque veía en ella el dedo de Dios[211]. Pero pese a éstas y otras muchas
manifestaciones indignadas y desabridas la Compañía de Jesús encajó el golpe
porque los abusos de que se quejaba el Papa eran de tal calibre que incluso los
contrarios a la intervención reconocían en su fuero interno que la Compañía B
se había ganado a pulso alguna medida contundente y en este sentido se
pronunció, con ejemplo admirable de obediencia, el propio padre O’Keefe,
Vicario General depuesto a mano airada. Empezaba una etapa de
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incertidumbre
hasta que antes de lo que pensaba el Papa la resistencia pasiva de los
progresistas y liberacionistas empezó a rehacer su frente y se pudo comprobar,
día tras día, que la espectacular intervención había actuado como un terrible
frenazo, pero no había servido prácticamente para nada.
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SECCIÓN 9: EL GOBIERNO DE
EXCEPCIÓN LA CONGREGACIÓN GENERAL 33. EL GENERALATO VACILANTE DEL PADRE
KOLVENBACH
LA MISIÓN IMPOSIBLE DE LOS DELEGADOS DEL PAPA
El padre
Paolo Dezza y su adjunto el padre Pittau, delegados del Papa para reconducir y
encauzar los excesos intolerables de la Compañía de Jesús eran personas muy
inteligentes y preparadas, fidelísimas a la Santa Sede y decididas a cumplir la
misión que les había encomendado Juan Pablo II. Tras hacerse cargo de la Curia
tomaron algunas medidas de urgencia; destituyeron fulminantemente a algunos
Superiores irrecuperables, como al provincial de Centroamérica César Jerez.
Pero el clan de izquierdas lo había dejado todo atado y bien atado. La red de
Provinciales y superiores estaba en manos de la «Compañía B». Para asegurar la
renovación ignaciana. Según los deseos del Papa, los delegados del Papa
hubieran tenido que utilizar a fondo la cirugía, cambiar por lo menos a una
minoría significativa de superiores por otros tan prudentes como ignacianos;
cambiar también el signo del sistema electoral, que estaba en manos de
progresistas y liberacionistas. No se atrevieron. Quizá por bien de paz; quizá
porque pensaban realizar la restauración — ése era su objetivo— lentamente, sin
levantar protestas airadas como la de Rahner y los jesuitas de Norteamérica. Es
inconcebible cómo hicieron la vista gorda en casos flagrantes como el de
Nicaragua, con el padre Fernando Cardenal en el gobierno comunista y no
cortaron por lo sano las desviaciones doctrinales en las Facultades de
Filosofía y Teología, las aberraciones de las revistas de la Orden y los nuevos
alardes de indisciplina. Esta actitud relativamente pasiva desanimó a los
ignacianos, que habían cobrado algunas esperanzas tras el golpe de Juan Pablo
II y reanimó al clan de izquierdas que se dispuso a recuperar el poder en
cuanto terminase un estado de excepción que no se podría prolongar
indefinidamente. Nada sucedió, por ejemplo, cuando a fines del año 1982,
durante una ordenación de diáconos jesuitas en la facultad teológica de
Berkeley un grupo de actores dirigidos por un activista rebelde, el padre
Michael Moynihan, desfiló por la catedral con pancartas en que se proclamaban
los derechos de los homosexuales —género muy abundante en toda la bahía de San
Francisco, que luce en muchos balcones la desafiante bandera del arco iris— la
liberación total de la mujer y el apoyo incondicional a los movimientos de
liberación en Iberoamérica[212].
Se supo
después que el padre Arrupe había solicitado del Papa en 1980 la convocatoria
de una nueva Congregación General para presentarle su dimisión, aunque el Papa
le había pedido que esperase un poco[213]. El padre Dezza
convocó a los Provinciales en Roma para una reunión que se celebró en Villa
Cavalletti a fines de febrero de 1982. El Papa se dirigió a esta asamblea
informal el 27 de febrero y
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justificó
ante ellos la necesidad de su intervención en la Compañía. Les pidió que
mantuvieran las diferentes formas del apostolado tradicional que seguían siendo
válidas y recalcó que para el cumplimiento de las orientaciones del Concilio
según el espíritu del Concilio al procurar la promoción de la justicia no se
debían adoptar funciones ajenas y reservadas a los seglares, como la del
político o la del sindicalista; excelente orientación que sin embargo el Papa y
sus delegados no impusieron, como podían hacerlo, de forma concreta y personal
a los políticos jesuitas de Centroamérica y a los jesuitas españoles que
estaban afiliados al sindicato comunista Comisiones Obreras; uno de ellos
figuraba entre los líderes de ese sindicato y otro perteneció al Comité Central
del Partido Comunista. Insistió el Papa en la necesidad de una formación sólida
en los jóvenes jesuitas y en la subordinación tradicional de la Compañía al
Papa y a los organismos centrales de la Iglesia romana. Al final apuntó la
posibilidad de convocar pronto una Congregación General que restableciera el
régimen ordinario de la Orden y manifestó su deseo de que la convocatoria se
efectuase antes de terminar el año[214]. Pero los
jesuitas se mostraban cada vez más incorregibles. La revista America
manipuló abiertamente el discurso del Papa y lo interpretó como una aprobación
global de la etapa Arrupe, cuando había sido todo lo contrario; y declaraba que
el nombramiento del padre Dezza había sido una equivocación debida a las
presiones de los obispos conservadores de Iberoamérica[215]. Entonces el
padre Dezza dirigió una carta a toda la Compañía explicando el verdadero
sentido del encuentro con los Provinciales en Roma y el alcance de la alocución
papal; exigía en esa carta el final de los experimentos litúrgicos arbitrarios,
la recuperación del estudio académico serio sin afán de novedad por la novedad,
la plena ortodoxia doctrinal, el destierro de las desviaciones y un programa
más estricto en la formación de los jóvenes. Los adictos al clan de izquierdas,
que mantenían en sus manos todos los hilos del poder, oyeron tan sensatas
palabras como quien oye llover. Aun así el padre Dezza, seguramente deseoso de
quitarse de encima el muerto, obtuvo permiso del Papa y convocó el 8 de
diciembre de 1982 a la Congregación General 33 para que empezara sus trabajos
el 1 de septiembre de 1983. «La tarea de la Congregación General será, ante
todo, la elección de un nuevo padre General tras aceptar la dimisión del actual
y luego revisar y tratar los asuntos que deben revisarse según la voluntad de
la Santa Sede (carta del cardenal Villot el 2 de mayo de 1975). Finalmente, si
lo cree oportuno, debatirá los postulados que se le envíen»[216]. El padre Delegado pidió que las Congregaciones
provinciales se celebrasen antes del 10 de abril de 1983. Y una vez concluidas
las Congregaciones provinciales designó una comisión preparatoria de la
Congregación General 33, que trazó una serie de esquemas para facilitar el
trabajo de la Congregación e hizo una clasificación y selección de las
peticiones y sugerencias (postulata) enviados a Roma por las Provincias y los
particulares.
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LA CONGREGACIÓN GENERAL XXXIII
Al redactar
mis libros anteriores (1985-1987) sobre la Iglesia y la crisis de los jesuitas
yo conocía bien poca cosa sobre lo sucedido en la Congregación General XXXIII.
Ahora gracias al reciente estudio del padre Padberg, que ya hemos citado,
podemos hacernos una idea, aunque no completa, porque el autor escribe con toda
la documentación, es cierto, pero desde una perspectiva muy favorable a los dos
Generales que se relevaron en esa Congregación y por tanto al clan de
izquierdas que dominó en las dos etapas. Pese a ello el estudio de Padberg es
imprescindible.
Como el
sistema electoral permitía la participación en las Congregaciones provinciales
de jesuitas jóvenes sin últimos votos y de hermanos coadjutores y concedía una
decisiva influencia a los Provinciales orientados unánimemente hacia el clan
arrupiano (al que no había sustituido el delegado del Papa), el resultado fue
un conjunto de elegidos para la Congregación General de clara mayoría
progresista con inclusiones liberacionistas casi escandalosas. La provincia de
Centroamérica envió al nuevo Provincial Valentín Menéndez, de línea
liberacionista, y al anterior, recientemente destituido por el delegado papal,
el activista político marxista César Jerez. La mayor sorpresa, sin embargo, la
reservó la provincia de Centroamérica al enviar a su tercer delegado, nada
menos que Ignacio Ellacuría.
El padre
Arrupe figuraba como miembro de la Congregación pero no participó en sus
deliberaciones por su cada vez más precario estado de salud. Repetían varios
miembros conspicuos del clan de izquierdas como el Asistente general Jean-Yves
Calvez. España eligió, junto a otros representantes más moderados, al padre
Ignacio Iglesias y al activista incansable del marxismo cristiano José Ignacio
González Faus. También repetían el norteamericano O’Keefe y el chileno
Ochagavia, además del italiano Roberto Tucci. No faltaba la representación
ignaciana, muy minoritaria, con los dos delegados del Papa que participaban de
oficio en la asamblea.
La crónica
del padre Padberg es muy esquemática y el autor lo explica por la conmoción que
ha sentido, como todos los jesuitas, ante el estado de excepción decretado por
el Papa en 1981; por eso nos ofrece un esquema frío más que la ardorosa
exposición que había dedicado a las Congregaciones anteriores. Ese mismo
ambiente emana de las Actas y deliberaciones de la Congregación 33.
Escarmentados por la decisión del Papa los jesuitas extremaron sus gestos de
obediencia y devoción al Papa, dedicaron resoluciones (inconcretas) a su
comunión con la Iglesia y con la Santa Sede, huyeron de todo planeamiento
conflictivo y espectacular, se permitieron una suavísima autocrítica por sus
errores y desviaciones, que no concretaron en exceso y votaron en favor de la
espiritualidad tradicional (más bien etérea) como en el caso expreso de los
Ejercicios. Pero de la atenta lectura de las actas, resumidas por Padberg, se
puede entrever que en el fondo reconfirmaron todas las decisiones y
orientaciones de las Congregaciones 31 y 32, mientras reducían sus errores de
aplicación a excepciones ocasionales.
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Juan Pablo II dirigió a los doscientos veinte
miembros de la Congregación, a la que prácticamente no pudieron asistir, salvo
por representantes indirectos, los jesuitas que vivían tras el telón de acero,
donde por lo visto la teología de la liberación marxista tenía logrados ya
todos sus objetivos, porque nunca había existido en aquellas tierras liberadas,
una alocución en la que les insistió en el cumplimiento de las misiones que él
y sus predecesores les habían encomendado: la lucha contra el ateísmo, la colaboración
en la renovación profunda de la Iglesia, la integración plena en el esfuerzo
evangelizador de la propia Iglesia[217]. Era el 2 de
septiembre de 1983 y al contrario que sus dos predecesoras la Congregación 33
duró mucho menos, algo más de cincuenta días. Al día siguiente la Congregación
aceptó, entre desmedidos elogios y ovaciones, la dimisión del padre Arrupe, en
cuyo nombre leyó una homilía de la que seguramente no se había enterado el
enfermo el padre Ignacio Iglesias, un orador muy significativo. Después un
representante peruano renovó la consagración de la Compañía al Corazón de
Jesús, como engañosa muestra de respeto a la tradición espiritual de la Orden.
El padre Dezza, que sólo deseaba dejar cuanto antes su cargo, comunicó un
informe de circunstancias sobre la situación de la Compañía y anunció un
intervalo de cuatro días para las deliberaciones sobre la elección del nuevo
General, que era el objeto primario de la convocatoria. Para sorpresa de muchos
observadores externos y de la opinión pública, que prácticamente no le conocía,
fue elegido al primer escrutinio, lo que indica un alto porcentaje de votos, el
orientalista holandés Peter-Hans Kolvenbach, que había pasado largos años en
Beirut y había sido rector del Pontificio Instituto Oriental en Roma. Era, por
tanto, un intelectual relevante, inclinado al ecumenismo y acreditado por su
capacidad negociadora entre las diversas facciones que convivían con tan
trágicas dificultades en su país de misión. Bastantes ignacianos le aceptaron,
al menos como mal menor, y porque la Compañía no podía ir peor de lo que
estaba; pero bien pronto pudo saberse que Kolvenbach era el candidato de los
arrupianos y el clan de izquierdas. Yo lo comprendí a leer el 4 de septiembre
el editorial del diario oficioso de los socialistas españoles en el poder, El
País, casi seguramente escrito por el jesuita socialista José María Martín
Patino, que bajo el título El sucesor de Arrupe cifraba los efectivos
conservadores de la Orden en sólo un diez por ciento, lo que era una solemne
falsedad; reconocía que bajo el mandato del padre Dezza «la orientación de
Arrope ha sido recortada, pero no ha habido una involución» y frente a la
Congregación General apuntaba, con ese ridículo prurito admonitorio del
periódico, «sería grave que se impusiese una tendencia a la resignación, a
entornar o cerrar ventanas hacia las realidades contemporáneas que se abrieron
en el Concilio Vaticano II». Sería grave ¿para quién? ¿Qué se abrió en el
Vaticano II, las realidades o las ventanas?
¿Redactaría
Patino el editorial, por su estilo pedestre, con la colaboración de Haro
Tecglen o Pradera? El editorial rebosa de críticas y reticencias a «Wojtyla»
sobre todo por su divergencia con el «apostolado» político de los jesuitas en
América. El mismo diario registra las opiniones favorables a Kolvenbach por
parte de la plana mayor del
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progresismo y el liberacionismo español (Gómez Caffarena,
Alvarez Bolado, Díez Alegría) junto a un artículo detonante y antipapal del
escritor cristiano marxista Miret Magdalena, que ya empezaba a ser el teólogo
oficioso del PSOE[218].
A partir del
21 de septiembre fueron elegidos los Asistentes generales, Michael Amaladoss,
de la India; Simon Decloux, de Bélgica; John J. O’Callaghan, de Chicago y Juan
Ochagavia de Chile. El nuevo General designó a dos consejeros suyos, de
carácter moderado, los padres Pittau y Urbano Valero. Para las Asistencias
región les de Asia e Italia nombró al padre Pittau; para la de Francia al ya
designado Asistente general Delcloux; para la de España al mismo padre Valero.
Era un conjunto de consejeros arrupianos con alguna incrustación moderada pero
ninguna escandalosa. Se empezaba a comprobar que el nuevo General escogía una
especie de vía media, sin renegar de la era Arrupe pero sin perder de vista las
orientaciones de la Santa Sede. Era, como se iba a comprobar, una síntesis tan
delicada que resultó a fin de cuentas inviable, sobre todo por la indecisión
del padre Kolvenbach, muy propia de intelectuales como él.
La
Congregación 33 estaba obligada a revisar, por imposición del Papa, algunos
puntos fundamentales. Revisó el sistema electoral de las Congregaciones
Provinciales y después de muchas dudas dejó las cosas como estaban. Revisó la
composición de las futuras Congregaciones generales y salvo retoques mínimos lo
dejó también igual. Revisó el alcance del voto de pobreza y si bien recomendó
«una asimilación más profunda de la pobreza evangélica» confirmó el discutible
decreto de la Congregación 32. Introdujo el problema —gravísimo— de la relación
de la Compañía con la Jerarquía y la Santa Sede, pronunció hermosas palabras
pero le encargó la norma correspondiente al padre General. Por orden del Papa
trató el problema de la espiritualidad ignaciana de la Orden, reconoció
vagamente «algunas deficiencias» y se salió por la tangente tras admitir la
«importancia de la oración personal». Dedicó un montón de flores a los Hermanos
Coadjutores, marcó camino hacia la «fraternal igualdad de todos los miembros de
la Compañía» pero no se atrevió a plantear siquiera el problema de la extensión
—lagarto, lagarto— del cuarto voto. También por insistencia del Papa se habló
de la formación de los jesuitas jóvenes y tampoco se decidió nada concreto. El
debate que se esperaba con mayor impaciencia era el dedicado al Decreto IV de
la Congregación 32; la 33 decidió que el impacto del famoso y revolucionario
Decreto había resultado muy positivo aunque «se habían puesto de manifiesto
algunas tendencias unilaterales» en la aplicación del Decreto; enorme eufemismo
para ocultar la decisiva colaboración de la Orden en la gestación de los
Cristianos por el Socialismo, la teología de la liberación y las Iglesias
Populares rebeldes. Eso sí, se recortó un poco el exclusivismo revolucionario
del Decreto IV, se decidió que la opción por los pobres no fuera excluyente y
desapareció toda mención al «compromiso político» pero se mantuvo el compromiso
social. En las conclusiones se subrayaba «el papel central de la fe» pero
identificada con la promoción de la justicia. En el fondo nada había cambiado y
los jesuitas
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revolucionarios
de Europa y América no se apartaron un ápice de sus peligrosas realizaciones y
proyectos.
El 17 de
octubre fue clausurada la Congregación General 33. No asistió el Papa. Mucho
después el nuevo General envió un comentario a toda la Compañía para evaluar el
contenido de la Congregación General y en esa carta habló de teología de la
liberación como un método admirable para demostrar el interés apostólico de la
Iglesia, cuando el Papa ya había descalificado enérgicamente a esa doctrina y
esa práctica en la primera Instrucción preparada por el cardenal Ratzinger. La
vía media que intentaba Kolvenbach resultaba imposible[219]. Eso sí, el
General reconocía la pérdida de diez mil jesuitas durante el generalato de
Arrupe, pero no ofrecía de ella el más mínimo diagnóstico. En este libro se lo
voy a proponer de fuente muy autorizada.
LA CONFUSA DIRECCIÓN DEL NUEVO PADRE GENERAL
Hace ya doce
años que el padre Peter-Hans Kolvenbach fue elegido General de la Compañía de
Jesús. Su ejecutoria completa no es aún Historia mientras viva, quiera Dios que
por muchos años. Pero esos doce primeros años de su generalato ya son Historia;
muchas veces he recordado que mi maestro Tucídides escribió el mejor relato
histórico que se conoce —después de preparar minuciosamente sus documentos y
sus testimonios— sobre un período y unos episodios en que él mismo había
participado activamente, la guerra del Peloponeso. No vale el refugio de que no
existe aún suficiente perspectiva para descalificar a la Historia rigurosamente
contemporánea. Una de las posibilidades de la Historia consiste en crear su
propia perspectiva, aunque después pueda ser corregida y modificada.
Tengo pocos,
pero intensos y amables recuerdos del padre Pedro Arrupe, con quien tuve el
honor de hablar a su regreso de Japón después de la segunda guerra mundial. Y
creo haber escrito sobre él en este libro con afecto, respeto e implacable
objetividad. No conozco al padre Kolvenbach pero él debe conocerme algo (aunque
al revés) porque ha hablado de mí. De forma mendaz e intolerable, al menos en
tres ocasiones. Una en Pamplona, durante una visita a España, donde se retrató
con un grupo de jesuitas descamisados. Les dijo, entre otras cosas seguramente
más importantes, que yo era un gran enemigo de la Compañía de Jesús. Realmente
dijo algo todavía más grave y más estúpido; uno de los descamisados me llamó
ese mismo día por teléfono para contármelo. Luego un monaguillo del padre
Kolvenbach, superior en un puesto de Madrid que le venía anchísimo, repitió la
estupidez cuando un grupo de antiguos alumnos de Areneros le comunicó que me
habían invitado a dar una conferencia en mi antiguo e inolvidable colegio. No
sé si por culpa del monaguillo no existe mi nombre en la lista de antiguos
alumnos de la casa.
Tengo, además,
constancia escrita de la mala opinión que merezco del padre
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Kolvenbach.
Un ilustre sacerdote, teólogo y abogado de Madrid, que ama profundamente a la
Compañía de Jesús, escribió el 8 de diciembre de 1993 al padre Kolvenbach, con
todo respeto, una tremenda requisitoria sobre la degradación de la Compañía de
la cual él era, desde 1983, responsable. Glosando el himno de San Ignacio el
sacerdote-teólogo-abogado le recordó al padre Kolvenbach su tolerancia con el
jesuita comunista José María de Llanos, la subversión de los jesuitas en
América, las complacencias de algunos jesuitas con la Masonería, los resabios
de luteranismo en la Orden que nació para combatir la rebeldía de Lutero, la
herejía, rayana en la blasfemia, de un padre José Ramón Busto que en su libro Cristología
para empezar, publicado en una editorial jesuita, afirma que Jesús, «hijo
de María, nació de ella de forma extraña» y que «algunos textos tardíos
dicen que fue un nacimiento fruto de la prostitución». El mismo «monstruo» como
justamente le llama el sacerdote en su carta al General, negó frontalmente la
resurrección de Cristo… y otros casos, con la siguiente apostilla:
«Y este
pasaje infernal y muchos más los estamos viendo a diario y por todas partes,
sin acudir a libros bien documentados como Jesuitas, Iglesia y Marxismo
u Oscura rebelión en la Iglesia de Ricardo de la Cierva, Ed. Plaza y
Janés, Barcelona».
La carta,
amén de la condición y la autoridad del firmante, impresionó vivamente al padre
Kolvenbach que respondió el 15 de diciembre del mismo año sin rebatir una sola
de las denuncias que se le hacían, y añadiendo: Supongo no esperará de mí un
debate sobre las desviaciones que a la «luz» de algunas publicaciones de
autores muy parciales, como el Sr. Ricardo de la Cierva, cree V. poder
reconocer en la vida actual de nuestra «mínima Compañía»… Como usted recuerda,
el mismo San Ignacio esperaba, para la Compañía, incomprensiones y
«persecuciones».
Y se quedaba
tan fresco el General. Es decir, que además de «parcial» y «enemigo» soy
«perseguidor». Como por lo visto lo fueron los tres últimos Papas, de cuya
enseñanza documentada he tomado en mis libros las principales acusaciones no
contra la Compañía sino contra la degradación de los jesuitas. Pero hay dos
cosas en la respuesta del General que me confortan. Primero su absoluta falta
de sentido del humor, como buen holandés; ni Erasmo el hipercrítico poseía tan
envidiable cualidad, aunque sí tenía sentido del sarcasmo. Por eso creo que no
advierte la ironía de su expresión ignaciana «mínima Compañía». Es verdad. El
mismo reconoció en carta a toda la Orden, como sabemos, la pérdida de diez mil
miembros durante la era Arrupe en dieciséis años. En los doce que él lleva al
frente de la Compañía ha perdido, partiendo de una base menor en diez mil
miembros, otros cuatro mil. La mínima Compañía, sin humildades, con
estadísticas.
El segundo
punto que me reconforta es ver que el padre Kolvenbach ha leído mis libros. Eso
está muy bien, sobre todo cuando me consta que personalmente los ha prohibído a
sus súbditos, en nombre de la libertad, seguramente, como en el caso de las
cartas de Rahner. Pero dada la situación de la obediencia en su Orden, debe
saber que nadie le ha hecho el menor caso. Desde que aparecieron mis libros
entre 1985 y
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1987 he
hablado dentro y fuera de España con más de doscientos jesuitas. Todos habían
leído mis libros. Y un número todavía mayor me ha escrito para solidarizarse
conmigo y darme las gracias por el servicio que he prestado a la Iglesia y a la
propia Compañía de Jesús. Cuando comprobé la agresión del padre General contra
mí sentí la tentación de clasificar todas esas cartas y publicarlas. He aludido
ya a algunas. Voy a reproducir aquí, íntegramente, la más impresionante de
todas.
Todos mis
maestros jesuitas, desde 1938, con quienes he hablado, que son
muchos, están de pleno acuerdo conmigo; porque escribo desde la perspectiva y
la convicción que ellos me enseñaron.
Esa actitud
del padre General me ha dolido en lo más vivo pero no me apartará un milímetro
del camino. Me quedan muchas cosas de las que debo informarle, a él y al resto
de mis lectores. He de explicar, documentadamente, cómo ha continuado, pese a
efugios verbales, la era Arrupe. Cómo ha permitido desviaciones doctrinales
como la que acabo de citar, o como la de ese gran teólogo jesuita que cité en
el Pórtico, porque negaba en pleno siglo
XX la divinidad de Cristo. Cómo se ha empeñado en
la exaltación y en la calificación de mártires —con el fantástico martirologio
de la Compañía de Jesús ante los ojos— a los jesuitas que fueron trágicamente
asesinados en el Salvador y no precisamente por odio a la fe sino por el
«Compromiso socio-político» que recomendaba la Congregación General 32. Cómo ha
proseguido, bajo su mandato, la división y la auto-demolición de la Compañía.
Cómo, tras las actitudes revolucionarias de una parte de la Compañía en
Centroamérica, está ahora permitiendo el padre General las actuaciones de una
parte —dominante— de los jesuitas en México.
Algunos de
estos puntos serán esbozados ya en el presente libro. Los demás, junto a la
actuación o la inhibición del padre General, en mi próximo libro de 1996, Dios
mediante, La Hoz y la Cruz, porque éste ya se me desborda. Entretanto le
ruego que deje de injuriarme, llamarme enemigo de la Compañía es una injuria a
mis más profundas raíces, llamarme «parcial» es una descalificación profesional
como historiador, sobre todo cuando no se rebate uno solo de mis documentos y
mis testimonios, cuando tengo a cientos de jesuitas a mi favor, entre otros los
que tanto han contribuido a mi formación. En este libro habrá podido ver el
padre General algunas pruebas, algunos documentos más. Hasta el próximo libro,
pues, admodum Reverende Pater. Y ejerza usted, por favor, un poco más la
tolerancia y la comprensión cristiana o por lo menos la discreción
humana más elemental.
SECCIÓN 10: PERSISTE EL OBJETIVO MÉXICO
LA RESISTENCIA DE LOS JESUITAS DE IZQUIERDA EN MÉXICO
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Los padres Menéndez, Jerez y Ellacuría volvieron
a Centroamérica después de la Congregación General XXXIII reconfortados y
dispuestos a reanudar la lucha por la liberación, es decir, por la extensión de
la revolución cubana, la revolución sandinista y el combate contra el
capitalismo («las estructuras del pecado y de la muerte») a todo el istmo vital
que enlaza las Américas. La Congregación y el nuevo General no les habían
condenado; el Decreto IV de la Congregación XXXII mantenía su vigencia. Pero
estábamos en 1983 y en la primavera de ese año el Papa Juan Pablo II había
recorrido una por una las estaciones de su Vía Crucis en Centroamérica, donde
había tomado contacto y conciencia, en su propia carne, sobre la realidad de la
teología de la liberación. De acuerdo con el cardenal Ratzinger denunció y
descalificó a la teología de la liberación marxista —no había otra— en las dos
instrucciones de 1984 y 1986. La Iglesia Popular quedaba fuera de la única
Iglesia de Cristo. Los teólogos de la liberación, con Ignacio Ellacuría y
Leonardo Boff a su cabeza, hicieron un esfuerzo colosal para desviar el golpe
del Papa pero no lo consiguieron pese al apoyo cerrado de toda la prensa
progresista, marx1sty liberal del mundo, que trató de convertirles en héroes de
la libertad y de la Iglesia de los pobres. Pero no había más que una única
Iglesia de Cristo.
Describiré
esta agonía del liberacionismo, con la amplitud y profundidad que se merece, en
mi segundo libro. Ahora sólo me interesa trazar el esquema básico para que
podamos comprender la importancia del objetivo México.
Ellacuría,
Boff, Fidel Castro, sus múltiples apoyos en el mundo de la comunicación, el
padre Kolvenbach y la Confederación Latino Americana de Religiosos CLAR, que en
sus diversas funciones integraban o apoyaban al frente liberacionista, no
podían imaginar que, además del Papa, la confrontación estratégica de bloques y
el tiempo jugaban contra ellos. No tenían ni idea de que desde la destrucción
absoluta de las baterías modernísimas de misiles soviéticos en el valle libanés
de la Bekaa, en 1982, por los aviones de Israel dotados de la nueva tecnología
informática y electrónica norteamericana, el Estado Mayor soviético sabía que
gracias a la ventaja conseguida por Reagan en su Iniciativa de Defensa
Estratégica la URSS se había convertido en una potencia militar subordinada a
los Estados Unidos. Casi siempre tengo la suerte de llegar a tiempo al lugar
preciso y por entonces recibí, junto a Max Mazin y Enrique Múgica, una lección
magistral en el Instituto de Estudios Estratégicos de Israel, con planos e interesantísima
documentación militar, impartida por el director del Centro, general Abaron
Yariv. que me fue utilísima para valorar los acontecimientos inmediatos. (Nunca
supe por qué mi antiguo amigo el padre Álvarez Bolado, tal vez ya un poco de
vuelta de sus fervores liberacionistas, era por entonces asiduo visitante del
Centro Superior de Estudios sobre la Defensa nacional en España; pero me temo
que en Tel-Aviv sabían algo más de la situación estratégica real en los
ochenta). Los soviéticos, seguramente, no informaron de este vuelco estratégico
a Fidel Castro y sus cabezas de puente en América Central. Tal vez el barbudo
líder galaico-cubano vislumbró que algo iba mal y decidió realizar, con el
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apoyo de los
comunistas de Nicaragua, un esfuerzo supremo para dominar El Salvador, cuya
capital estuvo, a principios de noviembre de 1989, a punto de caer en manos del
ejército guerrillero del Frente Farabundo Martí, cuyos cuadros de mando se
habían formado en la UCA de los jesuitas liberacionistas. El Ejército fiel a un
gobierno que acababa de ganar limpiamente unas elecciones democráticas pese a
los obstáculos, nada democráticos, de la guerrilla, derrotó a sus enemigos e
hizo fracasar una ofensiva que rozó el triunfo. Poco después, el 16 de
noviembre, un comando de origen militar penetró en la UCA y asesinó al padre
Ellacuría y otros jesuitas, junto a dos pobres mujeres de la limpieza. Con esta
tragedia comenzó el declive del movimiento subversivo porque, además, una
semana antes del asesinato, el 9 de noviembre de 1989, caía el Muro de Berlín y
al año siguiente se desintegraba la Unión Soviética.
Inmediatamente
Fidel Castro, privado —aunque no del todo— del apoyo ruso, quedó aislado bajo
la protección increíble de los liberals norteamericanos y otros
intereses internacionales; pero su capacidad de expansión revolucionaria en
Centroamérica y todo el continente se había quedado sin raíces.
Explicaré
este importante proceso histórico, con todo detalle, en mi segundo libro.
Detectaré allí también los intentos de reconstruir el marxismo y el comunismo,
que todavía dominan un inmenso país con más de mil millones de habitantes.
El régimen
comunista de Nicaragua se acogió a la nueva idea de la «Casa común de la
izquierda» e ingresó, de la mano del líder socialista español Felipe González,
en la Internacional Socialista. Los jesuitas centroamericanos y el Instituto
español Fe y Secularidad ya estaban en excelentes relaciones de cooperación con
el socialismo español y sus instituciones sospechosas, como el Instituto de
Estudios Políticos para América Latina y África, IEPALA, donde se señaló varias
veces la presencia de esos jesuitas. Pero la caída del Muro y de la URSS era un
golpe de muerte para los comunistas de Nicaragua, aun disfrazados de
socialistas y sus días estaban contados, aunque, como Castro y el núcleo duro
del comunismo ruso y el comunismo europeo, decidieron resistir como fuera. Y lo
han conseguido mucho más de lo imaginable, aunque la amenaza que representan se
dibuja más sobre el futuro y por el momento se ha difuminado en el presente.
Por eso
resulta tan sorprendente que los jesuitas de izquierda y promotores de la
teología de la liberación, con sus raíces marxistas en evidencia y sus
conexiones estratégicas maltrechas, si no cortadas del todo, no solamente han
resistido, sino que han cobrado nuevo vigor y prepotencia en México. Acabo de
comprobarlo personalmente en mi segundo viaje a esta gran nación en crisis; y
merece la pena profundizar en el asunto.
ENTRAMOS EN EL CENTRO JAVIER
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El martes 20 de junio de 1995, este mismo año en
que termino este libro, salimos «de librerías» por la Ciudad de México.
Completamos la bibliografía sobre historia y actualidad mexicana, tuvimos la
suerte de descubrir un ejemplar de la agotadísima Historia de México del
profesor Alvear, varias muestras excelentes —como los dos volúmenes de
la Tragicomedia mexicana de José Agustín—, que demostraban el rápido
arraigo de la editorial Planeta en México; compramos también los libros que aún
no conocíamos de Luis Pazos y Enrique Krauze y nos perdimos luego un par de
horas en una de las librerías más grandes del mundo, la Parroquial de Clavería,
con sus ingentes fondos en pleno traslado, pero con toda su variedad de
publicaciones religiosas y profanas bien accesibles. Variedad, porque se trata
de una librería universal, donde tuve la satisfacción de encontrar algunos
libros míos no muy lejos de la colección completa de la editorial jesuítica
española «Sal Terrae» que aún no se ha enterado de la caída del Muro y junto a
sus clásicos —González Faus y compañía, por supuesto Compañía B— parece estar
ahora intentando el relevo de la desinformación religiosa con nombres nuevos y,
a lo que se ve, escasamente críticos. Se hacía ya tarde y, con el bolsón casi
lleno de libros, decidimos darnos una vuelta por el centro de propaganda
popular de los jesuitas, el Centro de Comunicación Javier.
No conozco
bien la Ciudad de México pero creo recordar que bajábamos por el Paseo de
Insurgentes y pasado el monumento a la Revolución torcimos a la derecha por una
calle que nos llevó a la de Serapio Rendón en la colonia de San Rafael, donde
está enclavado el Centro Cultural o Centro de Comunicación Javier en el número
57. No eran las seis de la tarde y estaba cerrado pero había luz dentro y
llamamos desde una galería ancha y cutre, con pancartas contra algo, supongo
que el Gobierno, y un gran anuncio sobre una obra teatral programada por el
Centro: Cuando Dios era omnipotente. Dedujimos, seguramente con
demasiada rapidez, que para los jesuitas de ahora, que rigen el Centro,
ya no lo es. El edificio era un caserón enorme y desconchado, con mucho fondo,
para albergar las salas de reunión —nos dijeron— y los talleres de producción
de cintas y material videográfico que vimos después en la exposición. Nos abrió
por dentro de la galería una chiquita menor de veinte años que se excusó con
lógica muy hispánica: «La hora del cierre es a las seis y por eso hoy hemos
cerrado a las cinco». Se fue a llamar a la encargada, otra chiquita que no
habría cumplido los quince. No he visto más amabilidad en mi vida. Nos
enseñaron todo con sumo interés aunque saltaba a la vista que no tenían la
menor idea de lo que vendían lo cual me causó una sorda indignación; encargar a
unas pobres niñas la venta de tanta bazofia, porque a los dos minutos de
recorrer estanterías y anaqueles vimos que allí sólo había bazofia roja.
Comentábamos con asombro la demanda recién interpuesta por los jesuitas de
México contra el periodista de fama mundial Jacobo Zabludowsky, a quien vemos
muchas veces por Galavisión en España, son seguramente las mejores noticias que
se pueden ver en España. Zabludowsky les había acusado en la revista «Summa» al
identificar como jesuita al célebre
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«subcomandante
Marcos», líder guerrillero del llamado Ejército Zapatista de Liberación
Nacional que encabezaba la rebelión contra el Gobierno en la selva de Chiapas.
Los jesuitas negaban toda relación con la revuelta pero el Tribunal rechazó su
querella y no llamó a declarar a Zabludowsky. Al observar las estanterías del
Centro Javier, obra «apostólica» de los jesuitas mexicanos, oscilábamos entre
la sorpresa y la rabia al recordar aquella demanda. Porque el Centro Javier,
pobre apóstol de las Misiones, debería llamarse ahora «Centro Chiapas». Allí
figuraba en lugar preferente la hagiografía del subcomendante «Yo, Marcos»
publicada por «Ediciones del Milenio» por una ferviente admiradora del rebelde,
doña Marta Durán de Huerta. Compré un video del propio Centro Javier Se
busca a Samuel Ruiz, una exaltación acrítica del belicoso obispo de San
Cristóbal de las Casas, para el que los jesuitas del Centro reclamaban el
premio Nobel de la Paz; no está mal, al fin y al cabo el señor Nobel fue, como
se sabe, el inventor de la dinamita. Allí había montones de vídeos sobre
Chiapas, el tal Marcos, el llamamiento y la Conferencia Nacional del Ejército
zapatista de Liberación Nacional, a la que fue invitado, entre otros, el Obispo
de Cuemavaca monseñor Reynoso, que al día siguiente nos explicaba su tajante
rechazo: «No voy porque no son ustedes ni ejército, ni zapatistas, ni de
liberación». Los jesuitas pensaban, por lo que se ve, de otra manera. Su
identificación absoluta con la rebelión de Chiapas, a la que presta su apoyo
entusiasta el líder marxista del Partido Revolucionario PRD, Cuauhtémoc
Cárdenas, era evidente y en la misma librería del Centro Javier encontré la
definitiva prueba documental en la revista oficial de los jesuitas de México;
transcribiré esa prueba al estudiar, en el próximo capítulo, los papeles
secretos de la Congregación General XXXIV de la Compañía de Jesús. Si aún no lo
ha hecho, Jacobo Zabludowsky debe darse una vuelta por la calle Serapio Rendón,
comprar más o menos los libros y videos que nosotros compramos y llevarlos al
Tribunal para interponer a su vez una querella con todas las pruebas en la
mano.
Tuvimos que
añadir un gran paquete a la bolsa que acabó de llenarse en cinco minutos. En
los anaqueles estaban los libros más detonantes en favor de la teología de la
liberación, por ejemplo los del llamado (porque no se llama así) Leonardo Boff,
que hace ya años abandonó la Iglesia católica y fue calificado como Judas por
el cardenal Martínez Somalo en persona, que es hombre, como se sabe, tolerante
y moderado. Allí compramos también la colección completa «Iglesia y pueblo»
editada por el Centro de Reflexión Teológica de los jesuitas en México (el
mismo nombre que el Centro de la UCA en San Salvador) en coedición con el
anterior Vicariato apostólico de los jesuitas en la Tarahumara, y con
imprimatur del Vicario. En el librito Jesucristo, escrito para esa
colección en 1990 por el padre José Antonio Pagola se dice que «la fe cristiana
no consiste en observar unas leyes y prescripciones morales procedentes de la
tradición judía, verbigracia los diez mandamientos» (p. 3). Hala, pues, a robar,
a matar, a fornicar y a desear la mujer de tu prójimo, esto sí que
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es teología
de la liberación en serio. Concede generosamente que algunos milagros de Jesús
parecen ciertos (p. 8). Entre los textos recomendados para comprender la
resurrección de Jesús se cita al inevitable Leonado Boff. El padre Víctor
Codina, en El mundo de los sacramentos (1991) define al pecado
prácticamente sólo como «pecado de las estructuras de injusticia» entre
las que destaca el capitalismo (p. 44). Explica la Eucaristía solamente como
símbolo, como muchos protestantes; no habla de la presencia real de Cristo en
el sacramento. Y por supuesto propone una Eucaristía especial para América
Latina. ¿Para qué seguir? La colección se amplió a Brasil; nueva comprobación
de que los teólogos de la liberación, recién evadidos de los escombros del
Muro, vuelven animosamente al combate con las estructuras. Es decir, aunque se
atrevan menos a nombrarla, vuelven a su resabio marxista. Coloqué estas y otras
interesantes piezas al lado de otras que nos habíamos traído de la Parroquial,
los nuevos Cuadernos de Fe y Secularidad coeditados por «Sal Terrae» por
ejemplo el de Rafael Díaz-Salazar Refundacion de la izquierda y cristianismo
(1990) dedicado a la aproximación de la Iglesia al nuevo comunismo italiano
disfrazado y concluí que entre los numerosos marxistas de todo el mundo que se
niegan a aceptar la caída del Muro están los renovados luchadores de Fe y
Secularidad, coeditora de esta colección, que tal vez pretendan confluir con el
PRD mexicano, otro comunismo disfrazado, para combatir junto a él, codo con
codo, hacia la destrucción de las «estructuras» que como acabamos de ver no son
el único sistema que, con todos sus defectos, ha dado una libertad auténtica a
la humanidad, sino el más grave pecado colectivo de Iberoamérica. Incorporé al
paquete los programas de los equilibrados cursos que organiza periódicamente el
Centro de Comunicación de los jesuitas mexicanos. Realmente nos dio para mucho
la tarde de librerías en la Ciudad de México. Tanto que el resto de esta
sección habré de reducirlo a un conjunto de viñetas captadas sobre el terreno
hasta que, una vez asimilado el inmenso material escrito y testimonial que de
allí nos trajimos, pueda incorporarlo el año próximo a mi segundo libro, La
Hoz y la Cruz.
DEL COMPLOT DE LA KGB CONTRA MÉXICO EN LOS 60 Y
LOS 70 A LA MISTERIOSA REBELIÓN EN CHIAPAS EL 1 DE ENERO DE 1994
La Unión
Soviética ha mostrado un interés supremo por convertir a México en su plaza de
armas para todo el continente americano. El propio Lenin, como vimos, entre las
Revoluciones de Febrero y de Octubre de 1917, envió a México a su primer
emisario para concertarse con los dirigentes de la Revolución mexicana.
Establecida en Cuba la plaza de armas de la estrategia soviética a partir de la
caída de la isla en manos del comunismo el 1 de enero de 1959, sabemos que la
URSS estableció desde ella varias cabezas de puente continentales, unas
fallidas, como Colombia, Bolivia,
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Chile y
Guatemala, otra con pleno éxito, Nicaragua, otra que estuvo a punto de lograr
gracias al movimiento subversivo del FMLN en los años ochenta, la de El
Saludar. Toda esta proyección revolucionaria tenía como objetivo supremo la
conquista de México. Lo afirmó y demostró el presidente de los Estados Unidos
Ronald Reagan en su discurso del 28 de abril de 1983 en una sesión conjunta de
las dos Cámaras del Congreso: La meta de los movimientos de los guerrilleros
profesionales en
América Central es tan simple
como siniestra: desestabilizar toda la región, desde Panamá hasta México[220].
En marzo de
1986 concretó todavía más la amenaza. Los soviéticos y los cubanos
utilizando Nicaragua como base, se han convertido en la potencia dominante en
este corredor vital entre la América del Norte y la América del Sur. Afincados
allí, estarán en situación de amenazar al canal de Panamá, ejercer interdicción
en nuestras vías marítimas vitales del Caribe), últimamente actuar contra
México. Si ocurriera esto, los pueblos latinos desesperados huirían por
millones hacia el Norte, a las ciudades de la región meridional de Estados
Unidos o a donde quedara alguna esperanza de libertad… Para los revolucionarios
el camino de la victoria pasa a través de México[221]. Frenados en seco
por el Ejército salvadoreño y la caída del Muro en 1989 los revolucionarios
marxistas, aliados con los teólogos de la liberación, demostraron el 1 de enero
de 1994 —fecha del estallido de la rebelión en Chiapas— su capacidad de
supervivencia como peligro para el Estado mexicano, aprovechándose de la
profunda crisis por la que atravesaban en aquellos momentos el Estado y la
nación.
Pero las
documentadas revelaciones de un especialista en guerra secreta, John Barran,
han demostrado recientemente que la KGB, mientras preparaba de lejos el asalto
cristiano-marxista contra México una vez consolidadas sus cabezas de puente
centroamericanas, había intentado ya un golpe de mano directo en los años
sesenta y setenta según el método del Ché Guevara en Bolivia y de sandinistas,
liberacionistas y FMLN en Nicaragua y El Salvador: crear en el inmenso
territorio mexicano una red de guerrillas que provocara una guerra civil para
desembocar en una subversión del Estado. La intentona sería, en el caso de
México, marxista-leninista pura, sin colaboración de la Iglesia Popular al
menos en una primera fase[222]. Esa fue, como
veremos, una causa principal de su fracaso.
El objetivo
México tenía una primera finalidad —hacer de México un nuevo Vietnam— para
convertirle, tras la victoria, en la gran plataforma para el asalto al «bajo
vientre de los Estados Unidos». No se trata de un episodio de historia-ficción
sino de un proyecto que llegó a iniciarse en la realidad y que está, en la
citada fuente, documentado de forma muy creíble.
El centro de
planificación y dirección fue la embajada soviética en la Ciudad de México, en
Calzada de Tacubaya 204, con una central de operaciones que coordinaba, además,
los movimientos subversivos en todo el hemisferio. Trabajaban en México para el
centro de la KGB cincuenta y siete «diplomáticos», es decir
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agentes,
número que triplicaba a sus homólogos de Francia, Inglaterra, Alemania Federal
y Japón. En 1959 la KGB había conseguido asestar un golpe mortal a la economía
mexicana mediante una huelga salvaje de ferrocarriles dirigida por el
sindicalista Demetrio Vallejo, que fue capturado durante uno de sus contactos
con los agentes soviéticos y encarcelado. Pero en 1961 llegó a la Embajada,
para hacerse cargo del centro subversivo —la Referentura— uno de los mejores
expertos de la KGB, Oleg Maksimovitch Neporenko, seguramente hijo de ruso y
española, con aspecto hispánico y pleno dominio del castellano que muy pronto
amplió a las diversas jergas utilizadas por los estudiantes, los obreros y las
clases elevadas de la ciudad. Su principal campo de trabajo y reclutamiento
eran los centros universitarios, donde se hizo popularísimo y gracias al apoyo
de los comunistas locales emboscados en el Instituto de Intercambio cultural
ruso-mexicano consiguió los primeros reclutas para la preparación de su red
guerrillera, entre los que pronto destacó Fabricio Gómez Souza, un idealista
resentido que entró al servicio de la KGB en 1963. Iba a ser el Che Guevara
mexicano.
Con la
llegada a México de un nuevo Residente, Boris Pavloitch Kolomyakov hacia 1965,
Nechporenko empezó a trabajar en equipo con él, recibió nuevos refuerzos de
agentes soviéticos y preparó un primer golpe subversivo contra los Juegos
Olímpicos que debían celebrarse en México el año 1968, para utilizar los
efectos demoledores del asalto en el lanzamiento del contingente guerrillero,
cuya primera configuración sería la de guerrilla urbana. Todo el verano
anterior a los Juegos Olímpicos estuvo marcado por manifestaciones violentas de
la red urbana organizada por la Referentura. Los estudiantes revolucionarios
tomaron la Universidad Nacional y el Instituto Politécnico, siempre dirigidos
por la Brigada de Choque, el cuerpo selecto de unos treinta a ochenta hombres y
mujeres que obedecían ciegamente a los agentes del KGB; algunos mexicanos ya lo
eran. Ante la proximidad de los Juegos, cuya inauguración se había fijado para
el 12 de octubre, el Ejército se desplegó en la ciudad y tomó por asalto la
Universidad Nacional inmediata al Estadio Olímpico. La semana siguiente se
recrudeció la violencia y el grupo de choque decidió preparar un asalto al
Politécnico que había sido ocupado también por el Ejército. Para ello
escondieron en los nuevos apartamentos de la gran urbanización de Tlatelolco,
en la inigualable Plaza de las Tres Culturas, un copioso arsenal de armas
automáticas y municiones. Al atardecer del 2 de octubre seis mil estudiantes,
encuadrados por los revolucionarios, se congregaron en la plaza de las Tres Culturas
inmediatamente controlada por el Ejército a las órdenes del general José
Hernández Toledo, con instrucciones de impedir cualquier marcha revolucionaria
sobre la ciudad. Cuando después de varios oradores tomó la palabra un fugitivo
radical que estaba en situación de busca y captura, Sócrates Campos, la policía
de paisano acudió a detenerle y ante el alboroto el general Hernández Toledo
ordenó por megáfono a los estudiantes que se retirasen. En medio de la
confusión las ventanas de los apartamentos empezaron a vomitar fuego contra el
Ejército, el general cayó
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gravemente
herido, los militares respondieron de forma contundente y quedaron tendidos
sobre la plaza o junto a ella veintiséis civiles y dos soldados. Muchos entre
los ochenta estudiantes que habían actuado en la revuelta como núcleo
directivo, entre ellos varios agentes mexicanos de la KGB, fueron detenidos y
tras la matanza, que impresionó al mundo entero, se celebraron normalmente los
Juegos y la KGB varió de táctica; en vista de que parecía imposible vencer al
Ejército en las calles de la capital, aplicarían el método de la guerrilla
rural dirigida por Fabricio Gómez.
Gómez no
intervino en la revuelta de Tlatelolco. Llevaba cinco años preparándose para
otra misión en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, creada por Kruschef en
1960 para la formación de agentes subversivos que actuasen a beneficio de la
URSS en sus países del Tercer Mundo e Iberoamérica. Fabricio Gómez se encontró
en la Lumumba a otros treinta estudiantes mexicanos a quienes se impuso por su
dedicación y su fanatismo. Allí creó con ellos el Movimiento de Acción
Revolucionaria que, por orden de la KGB, recibiría financiación y entrenamiento
subversivo en Corea del Norte. A fines del año 1968 regresó a México con otros
cuatro miembros distinguidos del Movimiento para iniciar el reclutamiento de
nuevos efectivos. A la vez la KGB destinó a la Referentura de México a uno de
sus más experimentados agentes, anteriormente expulsado de Argentina y Brasil.
Dmitri Alekseevitch Diakonov, conocido por su aspecto como «El Clown». El
recluta más importante conseguido por Fabricio Gómez fue Ángel Bravo Cisneros,
a quien comunicó la consigna: «Hacer de México un nuevo Vietnam». Unos meses
después de cribar bien a sus nuevas adquisiciones, el grupo dirigido por Bravo,
quince hombres y dos mujeres, voló a París y luego a Berlín donde les recibió
Gómez. Siguieron después viaje a Corea del Norte donde se entregaron a un
brutal entrenamiento hasta el mes de agosto de 1970. A fines de septiembre todo
el grupo había regresado a México y, dirigidos por Gómez, establecieron
discretamente toda una red de escuelas clandestinas para la preparación de
activistas en todo el país.
Organizaron
con pleno éxito un golpe que les valió ochenta y cuatro mil dólares contra el
Banco de Comercio de Morelia. Gómez fijó el mes de julio de 1971 para un ataque
general con bombas en quince aeropuertos, hoteles y edificios públicos por todo
México.
Pero muy
poco antes ocurrieron sucesos extraños. Una hermosa funcionaria de la KGB
desertó ante las autoridades mexicanas con lo que cundió el pánico en la
Referentura ante la posibilidad de que revelase algo de lo que se preparaba;
nunca se supo si lo hizo, ni tampoco lo que realmente sabía. En el mes de
febrero un viejo policía que vivía cerca de Jalapa detuvo, a punta de pistola,
a cuatro jóvenes activistas recién reclutados que dieron a las autoridades,
tras conveniente interrogatorio, la pista del Movimiento de Acción
Revolucionaría y su sede clandestina de Jalapa, donde la policía tendió una
emboscada a Bravo, segundo jefe de la red guerrillera, y le detuvo. Alarmado
por la desaparición de su adjunto el propio Gómez viajó al centro de Jalapa
donde fue también detenido. El 12 de marzo
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de 1971 la
policía entregó al gobierno el dossier completo del Movimiento, en que se
demostraba la responsabilidad de la Referentura de la KGB y sus jefes
Kolomyakov, Nechporenko y Diakonov. Tres días después el gobierno anunció la
desarticulación de la guerrilla y el 18 de marzo el Secretario de Relaciones
Exteriores expulsó de México al trío con algunos colaboradores soviéticos más.
Varias naciones iberoamericanas expresaron su solidaridad con México. El
proyecto subversivo había fracasado.
Entonces la
KGB intensificó el plan indirecto, es decir la conquista subversiva de México a
través de las cabezas de puente que deberían organizarse en el istmo
centroamericano. Pero nunca se abandonó la idea de crear directamente en México
un gran foco subversivo.
El
subcomandante Marcos se ha hartado de declarar que la sublevación del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional se venía preparando en Chiapas desde el año
1983, más de diez años antes de su estallido. No entro ahora en qué fuerzas o
instituciones estén realmente detrás de Marcos; ese problema lo plantearé en mi
segundo libro. La KGB desapareció oficialmente con la Unión Soviética, aunque
todo el mundo sabe que siguen los mismos perros con distintos collares. Cuba
tiene ya bastante con sus propios problemas para meterse en otras andanzas,
pero haberlas, haylas. En todo caso los promotores de la subversión en Chiapas
han tenido muy en cuenta el fracaso de las dos experiencias anteriores:
La de
Tlatelolco, porque fue un experimento fallido de guerrilla urbana fomentado
exclusivamente por comunistas soviéticos y mexicanos.
La de
Fabricio Gómez porque fue un intento de guerrilla marxista estrictamente
política, apoyada por la KGB y el Movimiento de Acción Revolucionaria, sin
intervención de la Iglesia subversiva de Iberoamérica.
Por tanto,
sean quienes sean esos promotores de Chiapas, tengan los apoyos interiores y
exteriores que tengan, pudieron haber deducido que un posible nuevo intento de
subversión de signo marxista en México debería cumplir estas condiciones:
a) Surgir de la creación de un foco revolucionario
rural e indígena, dirigido por activistas bien preparados intelectualmente,
otra vez el esquema Guevara.
b) Coordinar el movimiento subversivo con una
fuerza política nacional, en este caso el PRD de Cuauhtémoc Cárdenas.
e) Recabar la cooperación de la Iglesia Popular,
encuadrada por los teólogos de la liberación y, a ser posible, dirigida por un
Obispo de clara ejecutoria dedicada a la «promoción de la justicia».
d) Asegurarse una amplia cobertura favorable de
medios internacionales de comunicación, que idealizasen el movimiento
subversivo ante todo el mundo.
Pues bien,
sin prejuzgar lo que realmente está sucediendo en Chiapas, hasta que yo pueda
articular la inmensa información, no siempre clara, que ya poseo y sigo
recibiendo, deseo dejar como ya demostrados estos hechos:
a) El foco revolucionario de la selva Lacandona en Chiapas se dio a conocer
el 1
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de enero de 1994. Hay indicios de que se han
proyectado otros centros subversivos convergentes en otros puntos de los
Estados Unidos Mexicanos.
b) La coordinación del llamado EZLN con el PRD de
Cárdenas está probada con declaraciones coincidentes de Cárdenas y de Marcos.
e) Está también probada —archiprobada— la
colaboración activa de teólogos de la liberación en el movimiento subversivo,
la adhesión expresa de los jesuitas liberacionistas de México (ver sección
siguiente) y la justificación del movimiento por parte del obispo de San
Cristóbal de Las Casas, en cuya diócesis ha estallado la rebelión, don Samuel
Ruiz.
d)
El gobierno mexicano se enteró del estallido de
la rebelión el 1 de enero de
1994. Los representantes y
corresponsales de los grandes medios internacionales de comunicación estaban
apostados junto al foco subversivo —«pasaban por allí»— desde las vísperas de
estallido, para poder dar la noticia en directo.
A buen
entendedor.
LA DESINTEGRACIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN MÉXICO
Mi primera
denuncia sobre las actividades de la teología de la liberación, la Iglesia
Popular y los jesuitas de la «Compañía B» en México se remonta nada menos que a
los años sesenta y se publicó, con testimonios y documentos que desde la actual
perspectiva han demostrado su validez, en 1986 y 1987[223]. Ya entonces
conseguí una excelente información sobre algunos personajes capitales del
liberacionismo en México; los obispos Méndez Arceo y Samuel Ruiz, el centro de
Cuernavaca con Illich y Lemercier, la división y desviación de los jesuitas
mexicanos durante la era Arrope. Sobre el centro de Cuernavaca y las aventuras
excéntricas de don Sergio ya he dicho bastante en este libro. Pero me conforta
haber detectado, con casi diez años de adelanto, el peligro que se estaba
fraguando en Chiapas bajo el manto episcopal de don Samuel Ruiz. También afirmé
en mis primeros escritos sobre teología de la liberación que, pese a esas
excepciones detonantes, los principales activos con que cuenta en México la
única Iglesia católica que existe, la Iglesia de Cristo, son la más que
admirable fe de un pueblo orientado hacia la Virgen de Guadalupe y la
indestructible unidad del Episcopado mexicano, permanentemente vinculado a la
Santa Sede. Hoy se mantienen, confirmados y acrecentados, esos dos activos; por
eso me parece especialmente repulsiva en México la teología marxista de la
liberación y la actitud de los jesuitas de la Compañía B, sobre la cual ya he
expuesto algunas perlas y voy a explicar otras en el resto de esta sección.
Acabo de
decir que el tal subcomandante Marcos (y debo añadir que ese título de
subcomandante me parece una soberana ridiculez, si no es que significa, como se
cree en México, que se utiliza por respeto al verdadero comandante de la
rebelión) asegura, con visos de verosimilitud, que el ejército rebelde de
Chiapas, mal llamado
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zapatista
porque no tiene que ver absolutamente nada con el legendario Emiliano Zapata,
empezó a formarse en la selva Lacandona en 1983[224]. Por eso tuve la
suerte de captar la intuición de una periodista libre, Mary Ball Martínez, que
publicó muy poco después de la creación de la guerrilla de Marcos, todavía en
estado latente de preparación, una información que me pareció de capital importancia[225]. Aporta — escribí, citándola, el año
siguiente— datos muy dignos de consideración sobre la frontera
México-Guatemala, en el Estado de Chiapas, donde parece actuar una especie de
membrana osmótica entre el liberacionismo de América Central y sus intentos de
penetración en América del Norte, la cual en rigor comienza allí. El obispo de
Chiapas, monseñor Samuel Ruiz García, fomenta intensamente el liberacionismo en
su diócesis, con la cooperación de equipos sacerdotales sin respaldo popular;
no existen, por ejemplo, seminaristas en aquel seminario. Parece que la
diócesis está ayudando a un enjambre de refugiados guatemaltecos de signo
marxista acampados cerca de la frontera e implicados en acciones subversivas y
de pillaje contra las granjas de la región, una de las más potencialmente
prósperas de México. Hay pruebas del contacto del clero liberacionista de
Chiapas con entidades oficiales de Nicaragua. Las revelaciones de Mary Ball
Martínez se han difundido por Estados Unidos donde han causado ya cierta sensación.
Está claro que el objetivo principal de la estrategia
cubano-soviético-nicaragüense en Centroamérica es la irrupción en México para
incidir desde allí en el bajo vientre de los Estados Unidos. La
infiltración en la diócesis de San Cristóbal de Las Casas y en el Estado de
Chiapas, denunciada con hechos concretos, está provocando graves sospechas en
México y puede ser un principio muy peligroso.
Escrito en
mi citado libro de 1986, página 366. Ahora nos enteramos de que en 1983 el tal
Marcos ya andaba en son de guerra secreta por la selva, bajo la protección de
don Samuel Ruiz.
Unas páginas
más abajo resumí el informe que me habían facilitado amigos y corresponsales
míos —al comenzar el año 1986— sobre la Iglesia Popular en México, cuya primera
configuración databa de 1979, esgrimiendo la doctrina de los Gutiérrez, Boff,
Sobrino, Dussel y otros. Ya, en la fecha del informe, don Sergio Méndez Arcea
había pasado a la situación de dimisionario y se dedicaba, sobre todo, a
lujosos viajes de «agit-prop» por Cuba, Nicaragua y España. La Iglesia Popular
anidaba sobre todo en las órdenes y congregaciones religiosas a través del CAM
(Centro Antonio Montesinos) dirigido por jesuitas, que también manejaban (y
manejan) el Centro de Reflexión Teológica con sus dos revistas: «Christus»
orientada a intelectuales y sacerdotes; y «Crítica», para consumo popular. El
Centro Montesinos tiene el control de una treintena de grupos de dirigentes
regionales que van desde la Ciudad de México al istmo de Tehuantepec, e incluso
en el Sur de Estados Unidos (San Antonio, Texas). La vertiente «simpatizante» dentro
de la
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Compañía de
Jesús domina el Secretariado Social Mexicano que funciona en la Universidad
Iberoamericana dirigida por los jesuitas. La congregación claretiana tiene uno
de los más entusiastas promotores de la Iglesia Popular, el padre Enrique
Marroquín, que desobedeciendo a sus superiores y al arzobispo de Puebla, actúa
en esta ciudad y colabora con los grupos marxistas de la Universidad Autónoma
de Puebla, de abierta militancia izquierdista. El sector liberacionista de los
dominicos actúa en el Centro Universitario de Convivencia en las afueras de la
Universidad Nacional Autónoma de México, donde además de difundir la teología
de la liberación promueven revistas escandalosas. Mi informe señalaba como
obispos liberacionistas, aparte del peripatético don Sergio, a don Samuel Ruiz
v don Arturo Loma, obispo de Tehuantepec; además del obispo de Tula don Jesús
Sahagún y el vicario de la Tarahumara, padre José A. Llaguno S.J.
En el área
de los seglares señalaba mi informe el Centro de Comunicación Social CENCOS
dirigido por el que fue auditor del Concilio José Álvarez Icaza, uno de los
principales jefes del Partido mexicano de los Trabajadores, de izquierda
radical, coordinado con las Iglesias Populares de Centroamérica. Otro centro,
el de Información y Documentación Pedro Velázquez, estaba vinculado a los
grupos residuales de Cristianos por el Socialismo y mantenía contactos
universitarios.
Para mi
segundo libro sobre la teología de la liberación publicado en 1987 pude ya
traerme noticias directas obtenidas en mi primer viaje a México donde pude
hablar con algunos jesuitas ignacianos según los cuales los principales
agitadores que habían actuado dentro de la Orden ya la habían abandonado.
Comenté con ellos el contenido de un libro importante, La revolución
teológica en México[226] que contiene las actas de la
Primera Semana Teológica mexicana. Curiosamente todo el Episcopado y gran parte
del clero diocesano de México ha logrado mantenerse inmune a la acción
corrosiva del centro instalado por el IDOC en Cuernavaca. Mis informantes temían
el influjo en el Norte de México de los obispos liberacionistas situados al sur
de los Estados Unidos pero sobre todo la potencial amenaza de don Samuel Ruiz
desde Chiapas: el obispo había viajado a Cuba y según me informaron en ese
mismo viaje fuentes gubernamentales las tensiones que había creado contra el
Gobierno se habían diluido recientemente mediante contactos directos con
enviados del Gobierno; sin duda, cortinas de humo. En cuanto a la Semana
Teológica algunos ponentes habían caído en posiciones acríticas frente a la
teología de la liberación, como don Jesús Herrera que osó citar como autoridad
teológica al activista jesuita González Faus. Pero los mejores teólogos de
México asumieron una actitud muy seria y crítica frente al liberacionismo y merecieron
la felicitación del Nuncio, monseñor fario Pío Gaspari, que clausuró la Semana
con una crítica documentada y demoledora contra la teología marxista y rebelde.
En aquel
mismo primer viaje a México pude hacerme con un ejemplar de la interesante
tesis de un ex jesuita, Luis José Guerrero Anaya, presentada en 1986 ante la
Universidad Nacional Autónoma de México, que se refiere al período entre las
dos
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Congregaciones
Generales 31 y 32. La tesis demuestra la iniciativa y la responsabilidad del
padre Arrupe en el desencadenamiento de la crisis de la Compañía en América, a
partir de su carta dirigida a los jesuitas del Continente en 1966. El autor de
la tesis demuestra con testimonios directos que la carta fue redactada por
jesuitas revolucionarios —en primer término César Jerez— «que lograron la firma
del General quien después no pudo controlar el proceso». Fracasó en México el
célebre Survey del padre Arrupe, cuyas conclusiones oscilaban entre la
perogrullada y la ambigüedad. La tesis apunta que la reunificación de la
Provincia mexicana en 1969 y la catastrófica gestión del Provincial Enrique
Gutiérrez (1967-1973), carismático e improvisador, aceleraron la crisis y la
degradación de la Compañía en México. En un estudio sobre la situación de los
jóvenes jesuitas en 1969 los resultados fueron desoladores: eran afectivamente
inmaduros, aborrecían el estudio y estaban poseídos por un orgullo generacional
incomunicador. La solución fue enviar a los novicios de segundo año y a los
estudiantes jóvenes a las aulas universitarias, con efectos desastrosos.
Desde 1971
el padre Arrupe animaba a los jesuitas de América a la «promoción de la
justicia» y a la «liberación de los oprimidos respecto de las clases
dominantes». Luego se daba cuenta de que estaba pregonando la lucha de clases,
trataba de dar marcha atrás y enloquecía a todo el mundo. Un grupo de jesuitas
mexicanos, formados teológicamente en Europa, presenciaron la rebelión
estudiantil de París en 1968, quedaron vivísimamente impresionados por ella y
regresaron a México al año siguiente con tal entusiasmo revolucionario que se
ganaron el sobrenombre de «los profetas». El provincial Gutiérrez se puso al
frente de la manifestación, cuyo primer efecto demoledor fue el cierre
impremeditado del gran Colegio Patria, en el centro de la Ciudad de México,
donde se formaban los cuadros directivos más influyentes de la sociedad
mexicana. El provincial Gutiérrez cerró por las bravas el centro en 1970 contra
justificadísimas protestas de los antiguos y actuales alumnos y de sectores muy
sensibles de la sociedad mexicana. En mi recorrido por la Ciudad de México el
mismo año en que escribo este libro crucé ante el solar desnudo del espléndido
Colegio, situado junto a la iglesia donde residen hoy los jesuitas ignacianos,
como custodios de una tradición eliminada. Me contaron que los Superiores de la
Compañía B habían pretendido edificar un bloque de apartamentos sobre el
inmenso solar vacío. Pero entonces apareció el generoso donante, que arrebató
el solar a los jesuitas porque él se lo había cedido para un Colegio, no para
hacer negocios inmobiliarios que, por cierto, él los sabe hacer mucho mejor. El
ominoso cierne del «Patria» desencadenó una nueva crisis dentro de la provincia
mexicana en 1972-1973. La mayoría de los «profetas» se largaron a casa después
del estropicio. Otros jesuitas se refugiaron en sus trabajos pastorales e
intelectuales y se aislaron. La visita del padre Arrupe en 1972 no arregló nada
y molestó a todo el mundo por su irritante ambigüedad. Al año siguiente la
sorda protesta de la Provincia forzó la dimisión del provincial. Ese mismo año
1973 los jesuitas Obeso y De la Rosa, del grupo de los
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«profetas»
enviaron al padre Arrupe una carta insultante y se marcharon. En diciembre de
1972 la Provincia mexicana había cerrado su revista de debate interno Pulgas
(sic) y la sustituyó por las actuales noticias, Jesuitas de México, que
resulta no menos divertida.
El autor de
la tesis, en un rasgo de humor negro, se la dedica al padre Arrupe quien si
llegó a leerla, lo que no creo, se hubiera llevado el disgusto de su vida.
Porque las conclusiones de la tesis, además de ciertas, eran terribles:
Al
dedicarse a las ciencias sociales sin el más mínimo discernimiento del que
tanto suelen alardear, los jesuitas «progresistas» de México llegaron a la
repulsa del capitalismo y a la búsqueda, a veces intuitiva, del socialismo… Al
cabo de estos años, la Compañía no era capaz todavía de dominar este proceso.
Se daba en ella el efecto de destape de la caja de Pandora. Los conflictos eran
fuertes y vividos en perplejidad y confusión. La lucha ideológica entre grupos
al interior de la propia Provincia llegó a obstaculizar el diagnóstico y la
posibilidad de planeación, pues la hegemonía se polarizó entre los que ejercían
un apostolado tradicional y los que exploraban caminos nuevos de trabajo[227].
Lo peor es
que este cuadro mexicano se puede aplicar a la evolución de otras muchas
Provincias de la Compañía de Jesús. La tesis que acabamos de presentar tiene un
valor inmenso como testimonio desde dentro. Ante sus conclusiones parece que
las cosas no podrían ir peor a los jesuitas de México desde el año 1973, en que
se cierra el ámbito de investigación de la tesis. Pues han ido peor.
LOS SUPERIORES DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS SE
REBELAN CONTRA EL NUNCIO Y LE EXIGEN QUE SE MARCHE
Cuando
llegué a México durante mi último viaje había pasado ya casi año y medio pero,
como diría Luis María Anson, no se hablaba en México de otra cosa. Me contaron
el episodio varias docenas de veces, asombrados. Me aseguraron que durante la
semana del incidente, todas las centralitas del Arzobispado quedaron, como
diría Luis María Anson, bloqueadas por horas y horas. Se había desencadenado
una feroz ofensiva de los jesuitas de México contra el Nuncio, cuya trayectoria
había sido, como me informaron innumerables personas y para decirlo con
adjetivo patentado por Luis María Anson, impecable. Creo que tengo ya muy claro
el suceso porque todas las personas decentes que me lo comentaron en México
coincidían en el diagnóstico.
Juan Pablo
II ha tenido casi siempre buena mano para elegir a sus Nuncios. Digo casi
siempre porque uno le ha salido rana y por desdicha es español: pero hay más
Nuncios españoles que siguen la regla general: son estupendos. Por ejemplo el
Nuncio en Madrid, don Mario Tagliaferri, a quien aborrece don Alfonso Guerra;
luego es excelente. Y además lo es por sus méritos, su firmeza y su prudencia,
que
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conozco
directamente; va a ser el único Nuncio de la Historia que ha desempeñado dos
Nunciaturas de categoría cardenalicia. Madrid y París (además de la de Lima)
por lo que cuando le llame el Papa a Roma tendrá que hacerle dos o tres veces
cardenal, con lo que podrá decidir la elección del próximo Papa. Pues bien, el
Nuncio de Su Santidad en México, monseñor Girolamo Prigione, es de la raza de
los Tagliaferri y otros Nuncios de Juan Pablo II que han dado la vuelta,
felizmente, a Conferencias episcopales tan reacias, digamos, como las de Chile
y las de Brasil, y han confirmado definitivamente a otras muy divididas, pero
de mayoría bien orientada, como la de El Salvador. Nada tiene de particular que
los líderes de la Compañía B de México topasen con el Nuncio Prigione a fines
de enero de 1994. Insisto, no se hablaba de otra cosa.
Entre otros
servicios impagables, como confirmar en la fe a sus hermanos y actuar como
digno representante del mayor Papa de la historia moderna, el Nuncio Prigione
había logrado, en colaboración con Obispos mexicanos de la talla de monseñor
Reynoso, nada menos que restablecer plena y jurídicamente las relaciones entre
los Estados Unidos mexicanos y la Santa Sede, brutal y absurdamente
interrumpidas por los gobernantes sectarios de la Revolución, como ya sabemos.
Este ha sido un servicio histórico a la Iglesia de México y a la Iglesia
universal y a la nación mexicana. Pues bien, los jesuitas de la Compañía B le
han pretendido enseñar lo que debe hacer y le han exigido personal y
públicamente que se marche. Como dice un periódico partidario de la Compañía B,
«es un hecho que no tiene precedentes en la historia de la Iglesia mexicana».
Hasta la sectaria segunda República española mantuvo al frívolo Nuncio ante la
Monarquía, Federico Tedeschini. Y lo peor es que los jesuitas de la Compañía B
reaccionaron así ante una decisión del Papa, a propuesta del Nuncio,
perfectamente legítima y justificada.
Los jesuitas
de la Compañía B, además de zascandilear —dejémoslo así por el momento— en
torno a la rebelión de Chiapas, han hecho desde que comenzó la crisis
arrupiana, algunos movimientos sospechosos en México. Enredaron tanto en
Monterrey, importantísima capital de una de las nuevas zonas industriales del
Norte, donde el empuje de los empresarios va en camino de conseguir que los
pobres se distancien de la pobreza, que las autoridades, presionadas por los
empresarios hartos de opción por la pobreza, que no por los pobres, les
expulsaron de Monterrey. Entonces se instalaron en la ciudad, no muy lejana, de
Torreón, que rebasa ya el millón de habitantes, donde han desplegado un
esfuerzo «pastoral» —así le llaman— e incluso universitario impresionante y
mucho me temo que no van a tardar en chocar con dificultades semejantes. Pero
lo que motivó la intervención del Nuncio fue su actuación en el Vicariato —de
población indígena considerable— que regían en la Tarahumara, en la Sierra
Madre Occidental. Había sido Vicario el jesuita monseñor Llaguno, el que
autorizó los originales folletos «teológicos» que compré, como he dicho, en el
Centro Javier. Pero los Nuncios suelen estar muy bien informados; hemos
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podido
demostrar las aventuras sentimentales de la Reina Isabel II de España gracias a
los informes semanales del entonces Nuncio en Madrid, monseñor Simeoni. El
actual Nuncio en México disponía, sin duda, de información directa y
contrastada sobre la actuación de los jesuitas, o algunos de ellos, en el
Vicariato de la Tarahumara. Los jesuitas de México deseaban el nombramiento de
uno de los suyos para suceder al Vicario, José Llaguno S.J. Pero a propuesta
del Nuncio, una vez consultados los obispos de la región y la Sagrada
Congregación para la Evangelización de los Pueblos, se dio a conocer el 29 de
diciembre de 1993 que el Papa Juan Pablo II transformaba el Vicariato en
diócesis normal. Decidía, además, cambiar la sede episcopal de Sisoguichi (mil
habitantes) a Guachiochi (cuarenta mil). Y designaba primer obispo de la nueva
diócesis a un ejemplar sacerdote diocesano cuyo único defecto, según los
enemigos del Nuncio, era el de no ser jesuita ni liberacionista. Por lo visto
el Vicariato y la diócesis eran permanente e inalterable propiedad de la
Compañía B. De momento nadie protestó, sin embargo, hasta mediados de enero de
1994, dos semanas después del alzamiento marxista-liberacionista en Chiapas.
Abrió la
caja de los truenos el14 de enero de 1994 el auditor rojo del Concilio y
dirigente de un partido marxista, José Álvarez Icaza, en El Financiero
con unas declaraciones explosivas contra el Nuncio. Decreta Icaza que quien
debería designar a los obispos era el cardenal primado de México y no el
Nuncio, que «en los quince años que lleva en el país ha designado a cincuenta
de los actuales obispos y ha mejorado la posición de otros 25». Icaza,
evidentemente, desconoce que a los obispos les nombra el Papa, que los Primados
no tienen nada que ver con el asunto y que la propuesta suele venir de las
Nunciaturas, que cuentan con los asesoramientos episcopales correspondientes;
aviados estamos si sus asesoramientos del Concilio discurrían como ahora. El
director del Centro Nacional de Comunicación Social atribuye al Nuncio la
campaña contra el obispo Samuel Ruiz. Icaza llama mentiroso y calumniador al
Nuncio a quien conmina «Yo le diría que renuncie cuanto antes» y no se refirió
al conflicto de la Tarahumara pero dejó abierto el portillo para que los
enemigos del Nuncio le recriminasen su actuación en el caso. Así lo hicieron
inmediatamente los Superiores de la Compañía B.
Encabezados
nada menos que por el Provincial de México, padre José Morales Orozco en carta
que filtró, dicen a la prensa el propio Álvarez Icaza, donde sus párrafos
principales aparecieron en el mismo periódico el 18 de enero. El padre Morales
une muy sospechosamente en su reclamación al Nuncio los dos conflictos, el de
Chiapas y el de la Tarahumara. Como el lector tal vez no se lo crea, he aquí
los textos del padre Morales:
La
carta que dirige el provincial de los jesuitas a Prigione es contundente. En un
primer párrafo le hace una reflexión sobre el conflicto de Chiapas,
protagonizado por la miseria indígena, y le invita a valorar sus culturas,
tradiciones y valores. Los otros dos párrafos merecen ser transcritos:
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En el contexto concreto que vivimos, piense que
la Iglesia está llamada a poner signos más claros y eficaces de su amor
preferencial por los indígenas, que son los más pobres de los pobres. Un signo
concreto sería posponer la consagración del obispo de la nueva diócesis de la
Tarahumara. La forma como se llevó el proceso del nombramiento del nuevo obispo
y la determinación de trasformar el Vicariato en diócesis en contra del parecer
de todos los agentes de pastoral, han sido interpretados como una forma de revertir
el proceso de pastoral inculturada y comprometida en la defensa de los derechos
humanos de los tarahumares, promovida por monseñor José Llaguno S.J. con apoyo
de todos los sacerdotes, religiosos y religiosas del Vicariato. En la misma
línea apunta la decisión de sacar la sede de la nueva diócesis de la sede
indígena. ¿Por qué no esperar a que el nuevo obispo tomara estas decisiones en
vez de darlo todo «cocinado»? Posponer la consagración del obispo hasta que la
situación de Chiapas se aclare y tranquilice, realizarla en la catedral de
Susoguichi —zona indígena— y repensar si conviene o no cambiar la sede, sería
un signo de amor preferencial por los indígenas que ellos agradecerán
profundamente.
Pido
al Señor que abra su corazón para aceptar esta petición y le conceda su luz
para discernir lo que sea para mayor bien de nuestros hermanos indígenas, que
no siempre coincide con nuestros intereses. Y cualquiera que sea la decisión
que se tome, reitero la voluntad de la Compañía de Jesús y de la provincia
mexicana de colaborar con el obispo de la nueva diócesis en la medida de
nuestros recursos, mientras él lo juzgue necesario.
La carta del
Provincial al Nuncio es intolerable. Utiliza toda la jerga jesuítica
liberacionista: el amor preferencial, el discernimiento, los signos. Se permite
enseñar al representante del Papa cómo debe llevar los asuntos que le competen.
Y después de
expresar tan descaradamente su rebeldía se declara dispuesto a seguir las
instrucciones del nuevo obispo cuya consagración sugiere posponer. Por supuesto
vincula el conflicto de la Tarahumara con el de Chiapas, por lo cual confirma
nuestras sospechas sobre las verdaderas intenciones de los jesuitas en la
orientación de sus misiones y enclaves de «apostolado». Por lo pronto ya habían
creado un importante y peligroso territorio liberacionista al Norte de México,
y trataban de vincularlo, en palabras del Provincial, con las selvas de
Chiapas, al Sur. El propio Provincial se encarga de avisarnos sobre ello.
Pero la
airada protesta del padre Provincial se publica en la prensa el mismo día que
la descarada visita de dos importantes eclesiásticos al Nuncio. Ese hecho que,
según el mismo diario, «no tiene precedentes en la historia de la Iglesia
mexicana». En efecto, el sacerdote Antonio Roqueñí Ornelas, apoderado de la
archidiócesis de México y el jesuita Enrique González Torres, director general
de la Fundación para el apoyo a la Comunidad (FAC) y según mis informantes
vicario de pastoral de la archidiócesis se plantaron en la Nunciatura y «le
pidieron a Prigione que renuncie al cargo y abandone el país».
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Los funcionarios —prosigue la noticia— actuaron
por su cuenta, pero con todo el apoyo del arzobispo de México, cardenal Ernesto
Corripio Ahumada, y como intérpretes del sentimiento de varios obispos
mexicanos. Ambos se entrevistaron personalmente con el Nuncio para recordarle
que los verdaderos representantes de las iglesias particulares de este país son
los obispos y que a ellos les toca afrontar los problemas de sus diócesis.
Como
funcionarios le reclamaron su actitud, siempre más allá del papel que tiene
como nuncio, y como sacerdotes le hicieron una llamada a la reflexión para que
reconozca sus errores y humildemente deje la nunciatura.
La entrevista fue
áspera y el resultado está pendiente.
La
conminación de los altos cargos del arzobispado, claramente sincronizada con la
carta del Provincial, fue realmente insólita. El padre González Torres se había
distinguido siempre por un comportamiento mesurado y respetuoso con los obispos
y el Nuncio. Ahora, de pronto, se destacaba como rebelde, y mostraba una vez
más cómo interpreta la Compañía B la obediencia al Papa, porque el Nuncio en
México, como todos los Nuncios, había actuado en su función de representante
del Papa. Además tanto él como su compañero de visita habían mentido al
insinuar que el cardenal de México les respaldaba, así como otros obispos. Ni
un solo obispo confirmó semejante falsedad y el cardenal la desmintió a vuelta
de correo[228].
El
arzobispo primado de México, cardenal Ernesto Corripio Ahumada negó que haya
pedido la dimisión del Nuncio apostólico Jerónimo Prigione y valora la
actuación el representante papal en México quien —dijo— «cumple instrucciones»
y respaldó la decisión de la Santa Sede y del Episcopado mexicano de consagrar
al obispo de la nueva diócesis de la Sierra Tarahumara el próximo día 25 de
enero. A renglón seguido
desautorizó a los dos insolentes sacerdotes que se habían atrevido a exigir la
dimisión al Nuncio v negó la información facilitada por ellos sobre protestas
del episcopado por este asunto. Reveló que el nombramiento del nuevo obispo,
don José Luis Dibildoux Martínez, se decidió tras consulta a los obispos de la
región. Al dar la noticia, este diario puntualiza que la filtración de la carta
del Provincial al Nuncio se debió al señor Álvarez Icaza, que parece ser el
director de la campaña. Varios obispos de México expresaron inmediatamente su
acatamiento a la Santa Sede y su repulsa a los ataques contra la Nunciatura. En
El Financiero del 22 de enero el presidente de la Conferencia Episcopal
mexicana, monseñor Adolfo Suárez Rivera, arzobispo de Monterrey, calificó de
«irresponsable» la exigencia de dimisión presentada al Nuncio y en el mismo
sentido se pronunciaron numerosos obispos, que como su presidente recordaron
los grandes servicios prestados a la Iglesia y a la nación por monseñor
Prigione, por ejemplo haber logrado el restablecimiento de relaciones entre la
Iglesia y el Estado; identificó a los acusadores del Nuncio como faltos de
visión y sembradores de cizaña. Pese a todas las protestas el 25 de enero se
celebró la consagración del nuevo obispo, monseñor Dibildoux, en su nueva sede
con diez
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obispos
presentes, encabezados por el presidente de la Conferencia Episcopal y el
gobernador del Estado de Chihuahua que recibió a los prelados en el aeropuerto.
Varios jesuitas se solidarizaron también con el nuevo obispo y manifestaron en
la prensa[229] su extrañeza porque las
protestas no se formularon hasta pasado el estallido de la rebelión en Chiapas.
La Curia Romana había replicado tajantemente a la carta del Provincial de los
jesuitas y al desplante de los altos funcionarios del arzobispado de México con
un decreto en regla por el que confirmaba la designación y la inmediata
consagración y toma de posesión de monseñor Dibildoux. Se expresaron toda clase
de agradecimientos a los jesuitas por su labor misionera, pero la naciente
diócesis de la antigua capitanía española de Nueva Vizcaya empezó su vida
autónoma bajo un prelado que jamás consentirá allí la erupción de otra Chiapas.
El Nuncio asistió tranquilamente a la consagración y declaró allí que quienes
habían impugnado las decisiones no suyas, sino de la Santa Sede, «Son solamente
un par de sacerdotes y no más». Los jesuitas de México perdían así la dirección
de una diócesis en cuyo territorio habían trabajado durante los cien últimos
años. Algún tiempo después, el 25 de abril, se publicaron unas extensas
declaraciones del padre Morales, el Provincial protestón[230] en que afirmaba: «A los
jesuitas nos quieren reducir al ámbito de la sacristía, del culto. Pero tenemos
el derecho y la obligación de participar en el terreno económico y político. Es
nuestra misión ética». Es decir que la supresión de la actividad específicamente
política en la Congregación General 33 no le importaba mucho al Provincial, que
rechazaba las imputaciones de un sector de la Prensa sobre la implicación de la
Compañía en el conflicto de Chiapas. Tenía razón al negar la identidad
jesuítica del subcomandante Marcos. Pero distorsionaba la posición de San
Ignacio al identificarla con la «promoción de la justicia» y no decía una
palabra sobre los intentos de reconducción por parte de los Papas. Envolvía
además en efugios verbales las acusaciones más que demostradas sobre la
teología de la liberación Reconoció que Marcos «maneja elementos de cultura
clerical» y aseguró que el trabajo de los jesuitas continúa normalmente en la
Tarahumara. Sin embargo algo había detrás de su protesta de enero anterior sobre
las decisiones de la Santa Sede en torno al vicariato jesuítico. Su carta al
Nuncio combinada con la campaña de repulsa y sobre todo con el inconcebible
ultimátum que personalmente le comunicaron al Nuncio el padre González Torres y
su acompañante sugieren algo muy importante que aún no conozco bien.
Sin embargo
han ocurrido en el año 1995 dos hechos que revelan la escasa influencia de la
Compañía B en los altos asuntos de la Iglesia de México. Me informaron durante
mi estancia que la retirada del Nuncio, prevista ya antes de los dos escándalos
de Chiapas y la Tarahumara se ha prolongado indefinidamente. Y a mediados de
agosto de este mismo año la Santa Sede ha nombrado un obispo auxiliar de
confianza al aguerrido monseñor Samuel Ruiz. Esta clase de nombramientos suelen
ser equivalentes a un estrecho marcaje del obispo así «auxiliado». Y
pronostican, de momento, una neutralización, en espera de la dimisión
definitiva.
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LA ACUSACIÓN CONTRA LA UNIVERSIDAD
IBEROAMERICANA
Voy a cerrar
estos apuntes sobre los jesuitas de México con la presentación de un documento
estremecedor, firmado el 21 de noviembre de 1994 por un conocido y respetado
párroco de la capital, una distinguida profesora de la Universidad
Iberoamericana, que rige la Compañía de Jesús en la Ciudad de México, señora de
probada fe y pertenencia profunda a la Iglesia católica y tres representantes
de la Asociación Nacional de Padres de Familia de México, dos de los cuales son
miembros de una conocidísima familia mexicana, a la que pertenece uno de los
mejores escritores políticos de la nación, cuyos libros mortalmente irónicos
han contribuido en primera línea a desenmascarar la corrupción constituyente
del régimen mexicano. El informe acusatorio, que consiste en una serie
abrumadora de testimonios personales, y está avalado por un conjunto documental
impresionante, consta en su cuerpo principal de 61 páginas y lo he contrastado
durante mi último viaje con plenas garantías. No transcribo las firmas para no
comprometer a los autores del informe, que por otra parte ha circulado, hasta
ahora con discreción, en altas instancias de la Iglesia de México. Sus autores,
afectados personalmente o en sus familias por los hechos inconcebibles que
describen con pasmosa frialdad — aunque en algunos momentos se les desborda su
sentimiento católico, su lealtad a la Iglesia y su amor frustrado a la Compañía
de Jesús— han recurrido, ante todo, a todas las instancias de la propia Orden,
en la que recae la responsabilidad de las acusaciones «sin resultado alguno,
sino, por el contrario, empeorándose cada vez más las situaciones». En vista
del silencio de los principales afectados elevaron su informe al Nuncio,
monseñor Prigione, para que se lo hiciera llegar al propio Papa si lo consideraba
conveniente.
La Compañía
de Jesús cerró por las bravas, injustificadamente, su famoso Colegio Patria en
la Ciudad de México pero mantiene en la misma ciudad la Universidad
Iberoamericana, la «Ibero» con varios centros más en las principales ciudades
de la nación, como Guadalajara, León, Puebla, Torreón y Tijuana. Pero el
informe, que se hace extensivo al conjunto de esos centros universitarios, se
concentra sobre todo en el de Ciudad de México y todavía más en su Centro de
Integración Universitaria (CIU) que consta de dos departamentos: Introducción
al Problema del Hombre e Introducción al Problema Social. Los cursos impartidos
en estos dos departamentos son obligatorios, hasta un elevado número de
créditos, para todos los estudiantes de la Iberoamericana. Los profesores
(«maestros» según la tradicional denominación mexicana, que proviene de las
primeras Universidades españolas y se aplica a la persona que desempeña una
cátedra) son casi todos seglares, dada la escasez de jesuitas en México; en
alguno de los Centros de la Iberoamericana apenas queda ya alguno. La
Universidad se anuncia como «de inspiración cristiana» e incluso ofrece formar
a sus alumnos «en el humanismo
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integral
cristiano» aunque me temo que Jacques Maritain, a quien se debe, como sabe el
lector, esa hermosa expresión, no figura como texto, ni de lejos, en los
programas del Centro de Integración, que se identifica como el centro formativo
básico de toda la Universidad, la cual no quiere limitarse a la preparación de
«profesionistas». Me gustaría ofrecer el informe completo pero sólo puedo
presentar algunos puntos significativos de la denuncia.
1.— Al
hacerse obligatorios los cursos del Centro de Integración hicieron falta
muchos maestros para poder dar abasto a todo el alumnado, y se contrató a
muchos filósofos, sociólogos etc., no creyentes y seguidores de un humanismo
ateo (p. 4). Tras una investigación en todos los centros de la
Iberoamericana se encontró que en materia de religión el joven estudiante
acepta la figura de Cristo pero rechaza a la Iglesia. Lo lógico habría sido que
al conocer estos resultados los jesuitas, a quienes Ignacio fundó para defender
a la Iglesia, se pusieran a trabajar para ayudar al joven a conocerla y amarla
pues a Cristo no se le puede separar de ella. En lugar de esto lo que han hecho
ha sido hablar mal de la Iglesia y del Papa ellos mismos en presencia de maestros
alumnos; el padre Luis González Cosio ha cometido este error en diversas
ocasiones (p. 5).
A la vista
de esta situación varias madres de familia católicas, psicólogas de profesión
(se dan los nombres) pidieron hablar con el entonces Rector de la
Iberoamericana, padre Carlos Escandón S.J. Por ello —le dijeron— les llamaba
mucho la atención que en la Maestría de Desarrollo Humano en la «Ibero» se
hablara de reencarnación, de que el ser cristiano obstaculiza el que logres tu
plenitud humana, que se ridiculizara al servicio y amor al prójimo considerando
dichas actitudes como enfermedades psicológicas… También le dijeron que en las
materias de integración se estaban haciendo cartas astrales e interpretando
según los signos del zodíaco la vida de los muchachos… El Rector les dijo que
en la Iberoamericana se quería gente de criterio amplio y que no se trataba de
una universidad católica sino solamente de inspiración cristiana, así que
cualquier persona que quisiera difundir o trabajar en lo específicamente
católico podrá irse a otro lugar (p. 7)
2.—
Hace un año un sacerdote llamado Pedro Escobar S.J. invitó a un grupo de
señoras a unos «Ejercicios ignacianos» en los que nunca se hizo oración, no se
leyó a San Ignacio, ni el Evangelio, pero se trataron asuntos íntimos muy
desagradables, especialmente en las misas en las que dicho Padre se la pasó
quejándose de lo malos que eran los jesuitas con él. Insistía en que después de
comulgar había que experimentar un orgasmo físico. Después se supo que venía
del Ecuador por haber causado estragos en aquel país. El padre Provincial
actual, José Morales S.J. le permitió estar en México y hoy día trabaja en la
universidad Iberoamericana y vive en la comunidad de jesuitas de Santa Fe (p.
8).
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3.— El informe ofrece ahora la relación de los
coordinadores de los departamentos, que trabajan a las órdenes del jesuita
González Cosio. Esos nombres son: Maestra Josefina Ceballos, coordinadora de la
materia «Introducción al problema social». Licenciada Patricia Villegas,
coordinadora de «Introducción al problema del hombre». Maestro Andrés Ancona,
que con el licenciado Antonio Hernández Magro coordinan las materias de
«Apertura a la trascendencia». La maestra Ceballos da la misma veracidad a
la consulta de la Biblia que a la de un horóscopo. Dice que todo es relativo,
es la responsable del material que se escogió para que lo leyeran los alumnos,
fue la que tomó la decisión de no incluir ninguna encíclica papal ni ningún
documento de la Iglesia. Lo que sí se ha incluido a lo largo de todo el año son
las cartas del subcomandante Marcos.
A las
órdenes de los coordinadores trabajan maestros como Leonardo Méndez Sánchez, a
este filósofo incluso el Provincial de la Compañía de Jesús padre José Morales,
le ha pedido asesoría y ha tomado muy en cuenta sus opiniones en sus decisiones
como Provincial, siendo que Leonardo se ha confesado no creyente en algunos
foros, de tendencia marxista en otros, anticlerical en otros. No cree que la
religión sea algo más que un paliativo que emplea la gente cobarde… Militó
desde joven en grupos izquierdistas y junto con otros maestros (cinco nombres
entre ellos el de Josefina Ceballos) ha recibído gran apoyo de algunos jesuitas
que van en la línea de la teología de la liberación (incluido el provincial).
4.— El
informe acumula datos sobre toda clase de intrigas dentro de la Iberoamericana
entre maestros y maestros, ente jesuitas y jesuitas. Las máximas acusaciones
que esgrime el grupo dominante del Centro de Integración Universitaria para
descalificar a los jesuitas y maestros católicos que están con la Iglesia son
«mocho», «piadoso» y «poco científico» aunque cualquier semejanza de la
doctrina impartida por tales maestros con la ciencia es pura casualidad. Así
legaron la destitución del jesuita Xavier Cacho, que trató de poner orden en
aquel avispero a partir de 1992 y le sustituyeron por el padre Luis González
Cosio, mucho más acorde con el grupo a quien los informadores denominan
«mafia». Otra perla del grupo es una licenciada sobre la que los firmantes se
explayan en contar historias escabrosas que parecen de ciencia-ficción. Páginas
y páginas que dibujan un cuadro increíble, casi imposible, pero
desgraciadamente cierto. Mezcla detonante de teología de la liberación,
adoración al subcomandante Marcos, desprecio de la Iglesia y especialmente del
Papa Juan Pablo II, alejamiento absoluto de toda formación evangélica, de toda
doctrina de la Iglesia, de toda la tradición cristiana. Tanto que los
informantes, que son enteramente contrarios a la teología de la liberación,
llegan a añorarla por que al menos así los alumnos oirían alguna vez habar de
Dios aunque fuera de forma desviada. Uno de los coordinadores, el maestro
Andrés Ancona, ha llegado en sus clases a distribuir bebidas alcohólicas a
espaldas de los jesuitas, supuestamente para que los alumnos «captasen mejor la
sensibilidad de los textos del gran poeta Ernesto Cardenal». Este individuo se
pasó un semestre
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hablando
de Marylin Monroe, cuando impartía la materia «Valores humanos, valores
cristianos». Los alumnos que llevaban esta materia salieron muy enterados de
los chismes de cómo la Monroe había sido amante de los Kennedy, drogadicta y
otras bellezas y que, al final se había suicidado. Jamás en todo el semestre se
abrió la Biblia en clase, nunca se les mencionó ejemplos que de verdad encarnan
los valores humanos y cristianos como la madre Teresa de Calcuta o el padre
Pro, que además de ser jesuita es mexicano. Otro maestro, Gabriel Rico Valera, exigía a los alumnos que le llamasen
por su título, que dijo ser «subcomandante Gabriel» y «difunde por toda la zona
que la Compañía de Jesús tiene que ver, estaba involucrada en el conflicto
chiapateco» (p. 37). El maestro Rafael del Regil es de la misma cuerda: Estudió
periodismo, se dice gran admirador del subcomandante Marcos y parece ser
que este dato fue suficiente para que el padre Luis González Cosio le encargara
de las publicaciones del Centro de Integración Universitaria. El maestro del
Regil rápidamente sacó a la luz un libro sobre Chiapas y empezó a recopilar las
cartas del subcomandante Marcos; ambos escritos de lectura obligatoria para los
alumnos de la Iberoamericana. La guinda la pone un maestro jesuita, Gerardo
Anaya Duarte, que niega en sus clases la autenticidad de la Virgen de Guadalupe
considerándola simplemente un mito. (p. 44).
Yo conocía
desde hace bastante tiempo alguna de estas atrocidades de la Universidad
Iberoamericana, pero al verlas todas juntas (no he ofrecido más que un breve
resumen de las nuevas flores del mal) comprendo mejor que con otros ejemplos la
degradación, la confusión, la desorientación insondable a que han llegado estos
jesuitas «B» de México, a quien su obra más importante en la nación se les ha
ido de las manos. Hay un momento del informe en que los maestros seglares de
uno de los centros de la Iberoamericana, casi privado ya de jesuitas, se decían
entre si que sólo habrá que aguardar un poco hasta que todos los jesuitas
desaparezcan para que entonces el centro universitario caiga en manos de ellos,
los profesores seglares. Aquí ha ido a parar el servicio de la fe y la
promoción de la justicia. Que se han convertido en el servicio de la increencia
y la promoción de la estupidez.
Nos queda,
sin embargo, una última sorpresa mexicana en este libro, una sorpresa que hará
las delicias de Jacobo Zabludowski. Y va a saltarnos en dos tiempos, en México
y en Roma, a propósito de la recentísima Congregación General XXXIV de la
Compañía de Jesús.
SECCIÓN 11: LOS DOCUMENTOS RESERVADOS Y SECRETOS
DE LA CONGREGACIÓN GENERAL XXXIV: LOS DOS MENSAJES A CHIAPAS
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CONGREGACIONES PROVINCIALES:
PRIMER MENSAJE A CHIAPAS
El trabajo
de campo para reunir la documentación sobre la Congregación General 34 de la
Compañía de Jesús, celebrada entre principios de enero y fines de marzo de
1995, ha sido agotador; nos ha llevado por media docena de países donde pronto
encontramos los documentos reservados (sólo para uso de los jesuitas) en Roma y
un extracto demasiado breve de los documentos secretos en los Estados Unidos.
Por fin y cuando ya desesperábamos de conseguirlo nos llegaron
providencialmente dos copias a la vez de los documentos secretos, desde países
muy alejados entre sí. En medio de todas estas andanzas conseguimos reunir
muchos datos y documentos más, de alto interés en algunos casos, de sugestivas
descripciones ambientales. En España la mejor información sobre la asamblea la
ha publicado Santiago Martín en ABC; mejor que la ofrecida por las revistas
oficiosas de los jesuitas en Estados Unidos, que suelen ser muy abiertas y
fiables. Santiago Martín ha informado con detalle y acierto, aunque me parece
que con una punta de optimismo; al menos eso he deducido a través de numerosas
entrevistas con jesuitas de varios países y de varios pelajes en el curso de
nuestra difícil aventura informativa. Pero creo que todo el esfuerzo ha valido
la pena.
Las
Congregaciones Provinciales se habían celebrado en octubre y noviembre de 1994,
según el procedimiento electoral reformado en la Congregación 31, y como era de
esperar de tan poco democrático sistema la mayoría de los delegados elegidos
pertenecerían a la Compañía B. Sin embargo aun entre éstos se notaba, como pude
comprobar personalmente en algunas conversaciones y algunos testimonios —sobre
todo en los Estados Unidos— la huella de una seria reflexión sobre los errores
y disparates que habían conducido a la Compañía a su actual estado de
relajación y degradación. Esta nueva actitud, todavía muy insuficiente,
resultaba por fin algo esperanzadora. Por ejemplo el libro del jesuita
americano Tripole, que ya hemos citado, La fe más allá de la justicia
había conseguido un eco importante en las revistas oficiosas de la Orden en los
Estados Unidos[231], en las que se llegó a pedir abiertamente que
la Congregación general 34 estableciese la primacía del servicio a la fe y sin
desatender el apostolado social expresara más recelos aún que la 33 ante el
compromiso político y restableciese modos de actuar y comportamientos
apostólicos más tradicionales. Pero a la vez quienes así pensaban solían
insistir en que no se descalificase la promoción de la justicia, e incluso se
exaltara ante toda la Iglesia la figura del padre Arrupe y el presunto martirio
de los jesuitas en San Salvador. Los delegados electos y el propio General se
iban poniendo de acuerdo, silenciosamente, en promover la beatificación del
anterior General, fallecido en 1991, y de las víctimas de 1989. Con todo
respeto me temo que la rápida beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer les
había provocado una santa envidia tremenda. Por otra parte los jesuitas
ignacianos con quienes he podido hablar durante el año anterior a la
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Congregación
34 se mostraban abatidos y escépticos; pensaban que la degradación de la
Compañía era ya irreversible y que la Congregación iba a resultar nada entre
dos platos; la Compañía B no podría hacer nada peor ya ante el férreo marcaje
del Papa y ellos, los residuos de la Compañía A, estaban definitivamente
cansados y sin ganas de lucha. Se resignaron a la marginación y naturalmente
fueron sistemáticamente marginados como en los últimos treinta años.
Por eso las
Congregaciones Provinciales depararon pocas sorpresas. Los diecisiete delegados
españoles fueron los siete Provinciales y los elegidos por las Congregaciones
provinciales Guillermo Rodríguez Izquierdo, ex rector del ICAI/ICADE y no sé si
de toda la Universidad Comillas, que se organizó con motivo de su nombramiento
en Madrid una campaña de relaciones públicas digna de Rafael Ansón; José Ramón
Busto, tal vez para que explicase ante la Congregación su original «Cristología
para empezar»; el profeta del Decreto IV, Alfonso Álvarez Bolado, que volvía de
su eclipse en la Congregación General anterior; el padre Urbano Valero,
procurador general en Roma y otros. Las delegaciones norteamericanas iban a
Roma con mayoría más que absoluta de la Compañía B lo mismo que la de México,
encabezada por el Provincial José Morales. A propósito: nunca pude imaginarme
que esta trabajosa sección sobre la Congregación 34 iba a empezar con un
mensaje a Chiapas en México y luego terminaría con un mensaje sobre Chiapas desde
Roma. Pues así fue: debió entronizarse un gran retrato del subcomandante
Marcos, para ser coherentes, en la misa de clausura en el Gesú. El primer
mensaje lo dirigió al obispo de Sao Cristóbal de las Casas don Samuel Ruiz la
congregación provincial mexicana reunida en Puente Grande, Jalisco, el 3 de
noviembre de 1993, cuando Marcos daba ya los últimos toques para desencadenar
su rebelión. En realidad los jesuitas de México trataban de lanzar una carga de
profundidad contra el Nuncio, que por entonces trataba de cumplir los deseos
del Papa y obtener por las buenas la dimisión de don Samuel. Lo cierto es que a
don Samuel este compromiso de los jesuitas y desde el 1 de enero la declaración
de guerra abierta por parte de Marcos al gobierno del PRI le vinieron
divinamente para mantenerse en su diócesis por fas o por nefas.
Muy querido Don
Samuel:
Los
jesuitas reunidos en Congregación Provincial, electos por los miembros de la
Compañía de Jesús en el país, hemos seguido muy de cerca las noticias que
llegan en torno a la posibilidad de que sea separado de la Diócesis que usted
preside en circunstancias que nos parecen inoportunas e injustas. En la
Eucaristía diaria hemos pedido al Padre de Jesús por Usted y porque se resuelva
el problema de acuerdo a la verdad y la justicia y al bien del pueblo al que
sirve, especialmente a los indígenas para que el Evangelio y la fe cristiana
tengan rostro tselta, tsotsil, chol, tojolaba, zoque, mam y lacandona, y existe
una Iglesia autóctona que haga justicia al proyecto de Jesús y a las opciones
que tomó la Iglesia en Santo Domingo.
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Todo ese trabajo ha dado como resultado la
creación de comunidades más organizadas y participativas, tanto en lo eclesial
como en lo civil. Un retiro suyo antes de tiempo podría traer consigo el
desmantelamiento del trabajo realizado durante tantos años. Consecuencia
dolorosa de ello podría ser la pérdida de credibilidad de la Iglesia entre los
campesinos e indígenas de Chiapas y de otras partes del país y Centroamérica.
Usted
ha sufrido con frecuencia ataques y calumnias por parte de los grupos de poder,
como consecuencia de su firme compromiso con la vida y los derechos de los
indígenas y de los refugiados. Estos grupos son en gran parte los causantes de
la injusticia y la violencia que pesan sobre la vida de los pobres. Por esas
mismas razones Usted ha tenido que enfrentarse con el poder político. Pensamos
que es probable que todo eso pese en las acusaciones que ahora se le hacen.
Nos
ha alegrado el apoyo que ha habido de parte de algunos obispos, así como nos ha
entristecido el que otros se hayan hecho eco de acusaciones que consideramos
injustificadas: juzgar a un hermano públicamente y dar por hecho un supuesto
error sin que haya precedido la advertencia ni un juicio adecuado, es
contradictorio con el espíritu del Evangelio.
Por
eso queremos expresarle nuestra cercanía con Usted en este momento de prueba y
nuestro reconocimiento a su trabajo pastoral, realizado en medio de tantas
contradicciones. Nos ha edificado también la actitud tan eclesial y evangélica
con que ha afrontado este problema, dispuesto a obedecer, pero dispuesto
también a defender lo que, como usted mismo ha dicho, no es problema personal
ni de su diócesis sino de la línea asumida por la Iglesia de América latina, la
opción preferencial por los pobres y la inculturación del Evangelio. Creemos
también que está en juego el derecho y el deber que tienen los obispos de
ejercer un magisterio ordinario adecuado a la situación que conocen mejor que
otras personas que no viven en su situación y de gobernar su diócesis
responsablemente, en comunión con Roma y con los demás obispos pero con la
autonomía que le reconoce la tradición secular de la Iglesia, confirmada por el
Concilio Vaticano II y aprobada por el Derecho Canónico. Si esto llegara a
olvidarse y oscurecerse en la Iglesia resultará en serio detrimento de la vida
y la misión de la misma.
Nuestra
petición a Dios, nuestro Padre, es doble; que a usted y a su diócesis, con la
que trabaja en comunión y participación ejemplar, les dé fortaleza y espíritu
de discernimiento para que sigan actuando evangélicamente y que ilumine a
quienes tengan que tomar decisiones en este asunto para que no resulte
frustrada la esperanza de los pobres.
Amigos y hermanos
en el Señor
Provincia
Mexicana de la Compañía de Jesús
Congregación
provincial. Firman el Provincial, José Morales Orozco, y cincuenta firmas más[232].
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Renuncio a comentar esta curiosa carta, en la
que los jesuitas mexicanos definen la misión de los obispos y la conveniencia
de mantenerlos o no. Esta carta ella se alaba.
Se acercaba
ya la apertura de la Congregación 34. Las oficinas de prensa de la Compañía de
Jesús en Roma y en todo el mundo trabajaban a destajo para llamar la atención
sobre la importancia de la asamblea, pero como hemos visto ni los propios
jesuitas de uno u otro signo se interesaban mucho por ella ni la opinión
pública esperaba noticias sensacionales. Estábamos en Roma cuando se celebró la
rueda de prensa en vísperas de la inauguración y las informaciones de la prensa
italiana parecían muy al margen del acontecimiento. En muchos medios se trató
de concentrar la atención sobre la reforma de las Constituciones ignacianas,
pero el padre General se apresuró a desmentir la noticia que sin embargo no era
falsa; las Constituciones iban a quedar intangibles, como una venerada pieza de
museo, pero la Congregación iba a acometer reformas sustanciales que, una vez
aprobadas, aparecerían como refundición legislativa sobre los decretos de las
Congregaciones Generales anteriores. Pero como esos Decretos, sobre todo los de
las tres últimas Congregaciones, eran muchas veces ambiguos y se prestaban a
desviaciones notorias como el tristemente famoso Decreto IV de la Congregación
32, ni los jesuitas ni los observadores concedían a priori excesiva
credibilidad a la Congregación inminente. Lo cierto es que después de estudiar
a fondo la documentación, todavía secreta, de esta Congregación sigo
preguntándome por qué y para qué se convocó. El 2 de enero de 1995 Santiago
Martín, que generosamente trató de animar en ABC unas expectativas casi
inexistentes, titulaba a doble página: «Compañía de Jesús, renovarse o morir».
El mismo título hubiera servido para la Congregación 31, la 32 y la 33. Ahora
ya sonaba a cosa sabida, a rutina. En esos tres casos la renovación fue un
equivalente de la muerte lenta. En la Congregación 34 ni eso: nada entre dos
platos.
LOS DOCUMENTOS RESERVADOS
Los jesuitas
amigos, de una u otra tendencia, con quienes he comentado los documentos de la
Congregación General 34, me han recomendado que no haga mucho caso de los
documentos impresos que he llamado «reservados» porque no expresan la realidad
de lo sucedido, que sí aparece en los documentos, no impresos aún que yo sepa,
que he llamado «secretos». Aun así resumiré la información que aparece en los
«reservados»[233]. A las ocho de la mañana del 5 de enero de 1995
el cardenal Eduardo Martínez Somalo, prefecto de la Congregación para los
Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica (cuánto
barroquismo, antes se decía simplemente «Congregación de Religiosos») presidía
la concelebración de la Misa inaugural de la Congregación 34, a cuyos 223
miembros dirigió una breve homilía en que glosó el Evangelio del día, la
vocación del apóstol Felipe, citó a
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Ignacio y
Javier, recordó la escasez de vocaciones y muy intencionadamente les pidió que
«no olvidasen la historia de la Compañía». (Documentos reservados, en adelante
DR p. 74). Acto seguido se produce la gran sorpresa. Los delegados se
trasladaron al Vaticano, donde fueron recibídos por el Papa Juan Pablo II que
les dedicó un importante discurso, que no aparece en los documentos reservados,
que son los oficialmente publicados por la Compañía. Menos mal que Santiago
Martín nos saca de apuros al publicar certeramente el discurso papal en ABC. en
crónica del corresponsal en Roma Miguel Castellví, del Opus Dei[234]. Entre los elogios de rigor en la etiqueta
vaticana el Papa habló a los jesuitas con su claridad acostumbrada. La
Compañía es, totalmente y sin
reticencias, de la Iglesia, en la Iglesia y para la Iglesia. Y está llamada
ante todo a reafirmar sin equívocos su vía específica a Dios. Fue derecho al
cuarto voto y afirmó que «con la visita de los delegados se quería subrayar el
singular carisma de adhesión al Sucesor de Pedro que según San Ignacio debe
caracterizar a la Compañía de Jesús».
La
Congregación estudiará la misión que corresponde a los jesuitas en la nueva
evangelización del Tercer Milenio, revisará las normas internas para actualizar
la organización y legislación para rendir un servicio siempre más adecuado y
fiel a la Iglesia según un plan cuidadosamente preparado en colaboración con el
Vaticano. (Me temo que esta última
frase sea una intencionada «morcilla» de Castellví, que es un lince).
Cara
al Tercer Milenio la Compañía está llamada a reafirmar sin equívocos y sin
dudas su específica vía a Dios según San Ignacio la ha trazado en la Fórmula
del Instituto.
Repitió
las palabras del «Siervo de Dios» Pablo VI a la Congregación General XXXII. Ya conocemos esas palabras sobre la
espiritualidad de San Ignacio, sobre la identidad inequívoca de la Orden, el
párrafo con mayor contenido dentro del broncazo que en aquella ocasión dirigió
aquel Papa a los jesuitas desmandados, que como sabemos no le hicieron caso.
Tras insistir en la orden de Pablo VI para que las innovaciones no se hicieran
«en detrimento de la identidad fundamental» de la Compañía Juan Pablo II
dirigió a los jesuitas de 1995 su propia reprimenda: No tengáis miedo
a ser siempre más auténticos hijos de San Ignacio, viviendo plenamente la
inspiración original y el carisma en este último tramo del siglo, … Os pido ser
testigos de la primacía de Dios y de su voluntad, «ad maiorem Dei gloriam»; la
vida religiosa, el apostolado, el compromiso en el mundo de la cultura y de lo
social, la preocupación por los pobres deben tener siempre como única finalidad
la mayor gloria del Señor. Todo esto lleva a subrayar fuertemente la primacía
de la espiritualidad y de la oración; desatenderlo significaría traicionar el
don que estáis llamados a ser para la Iglesia y el mundo. Les pidió que fueran
dignos de la historia de su Orden, evitando los peligros que suponen los nuevos
nacionalismos, las ideologías radicalizadas, el sincretismo religioso y ciertas
interpretaciones teológicas del misterio de Cristo…
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Y para demostrar que nada había cambiado y nada
iba a cambiar en la Compañía ante admonición tan dura y tan clara los jesuitas
no incluyeron este discurso del Papa en sus documentos informativos oficiales
sobre la Congregación General 34.
En cambio
reproducen extensamente las alocuciones que el padre General dirigió a la
Congregación durante los tres primeros días de retiro espiritual. En la primera
alocución, el 5 de enero, el padre General describe lo que es una Congregación
general en la mente y los escritos de San Ignacio; un encuentro «más
carismático que democrático» pero al descender a citas concretas sólo apela al
Decreto IV de la Congregación 32, en cuanto a su objetivo de «Cambiar nuestros
esquemas de pensamiento». Es un hermoso discurso, con muchas invocaciones al
Espíritu, pero que se queda en las nubes y no dice una palabra sobre la severa
admonición de Juan Pablo II en colaboración con Pablo VI.
La segunda
alocución, en la fiesta de los Magos, es literaria y teóricamente preciosa, y
lo digo con plena sinceridad. Se abre con una cita a otra preciosa idea de
Pierre Teihard de Chardin, cuando pedía que la «Epifanía» se cambiase por
«Diafanía». Y combina en luminosos párrafos el mensaje evangélico de los Magos
con la doctrina de los Ejercicios de San Ignacio ante este episodio. Hasta
insinúa una seria autocrítica al recordar el cambio de camino que los Magos,
por inspiración divina, decidieron: «¿O es que hemos perdido el camino y no
sabemos a dónde vamos?». (DR p. 85). Lástima que, por lo que sigue, se trata
sólo de una pregunta retórica. El padre General no la responde, y en esa
respuesta hubiera estado, realmente, el camino.
El 7 de
enero el padre Kolvenbach habló, más brevemente, sobre las Constituciones de
San Ignacio a las que el mismo Fundador vio siempre como inacabadas y
adaptables a los tiempos. Esto es precisamente lo que va a hacer esta
Congregación General; fiel al espíritu de las Constituciones, dejando incólume
el texto, revisar la legislación concreta que de ellas se deriva. Volvió a
hablar el padre General ante el Pleno del 24 de febrero, antes de que se
debatiera la nueva ley de la Compañía, es decir la adaptación de las
Constituciones. Antes de sus palabras el ya Cardenal Paolo Dezza saludó a la
Congregación. Evocó las seis anteriores Congregaciones Generales en que había
participado. Pero, siempre fiel a la Iglesia, aprovecha la ocasión para
recordar a los congregados, con palabras de Pablo VI, su inmensa
responsabilidad (DR p. 94).
Termina la
colección de documentos reservados con la homilía final del padre Kolvenbach el
22 de marzo de 1995 en la iglesia del Gesú. Del fondo del alma se le escapa un
grito de pesimismo: «¿Por qué hacerse ilusiones?» (DR p. 99). Y deja prendida
en el futuro la duda de si habrá o no habrá auténtica conversión en la Compañía
de Jesús. Esta actitud es muy significativa, porque desde los observatorios
exteriores, y sintiéndolo muy sinceramente, no vemos precisamente muchos signos
de conversión, ni en el comportamiento de muchos jesuitas, que siguen en sus
trece, ni en la forma de gobernar del propio General. En este libro no faltan
pruebas de ello,
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que van a
rematarse en este mismo capítulo con la inconcebible misiva de la Congregación
General al Presidente de México.
El mismo día
el padre General, que había exaltado el proceder silencioso de la Compañía y
había aconsejado trabajar sin publicidad, presidió, con su ya clásica
incoherencia, una rueda de prensa. (DR p. 99). Comunicó el resultado de las
elecciones para constituir un nuevo Consejo General: el padre Elías Royón,
designado como primer Asistente para la nueva Asistencia de Europa meridional;
los consejeros generales ejercerán también como Asistentes regionales. Junto al
padre Rayón fueron elegidos el padre Marcel Matunguilu, de Zaire, Asistente de
África; el alemán Koster Wendelin para Europa Central; el brasileño Joao
MacDowell para Hispanoamérica meridional; el ex provincial de Centroamérica
Valentín Menéndez para Hispanoamérica septentrional; el indio Julio Fernandes
para Asia Meridional; el malayo Paul Tan Cheeing para Asia oriental; el francés
Jacques Gellard para Europa occidental; el americano Frank Case para
Norteamérica. (ABC 7.3.95 p. 66). Era un equipo ecuménico, sin duda. El
padre General comunicó a los periodistas que la Congregación 34 «había puesto
al día los textos fundamentales de la Compañía y situó su misión en los
umbrales del nuevo milenio» (DR p. 99). Aseguró que «lo esencial ha quedado sin
cambiar» pero la labor legislativa ha sido tan intensa y vasta que no ha
supuesto «refundar la Compañía» sino «reformularla». La Congregación ha tomado
conciencia «de la disminución numérica y el progresivo envejecimiento de las
fuerzas disponibles, con sus inevitables consecuencias de cansancio y lastre»,
expresión poco amable para los veteranos. Luego dice una cosa tremenda: «es el
precio que hay que pagar por trabajar en condiciones exigentes y para continuar
en apostolados de punta y desempeñarlos con pleno pluralismo y secularismo (sic)».
Lo que se ponen de punta no son los apostolados sino los pelos del oyente.
Destaca que la Congregación 34 ha confirmado la doctrina de la 32 sobre la
justicia. Sin embargo matiza; la Congregación 34 «ha destacado más el carácter
espiritual de la promoción de la justicia». (DR p. 101). Vuelve a matizar a la
baja: y exalta «el recuerdo vivo de los mártires de El Salvador». Realmente
hubiera podido empezar por ahí, me hubiera ahorrado todo este resumen. Por
supuesto que de la admonición inicial del Papa, nada de nada. Sobre el
contenido concreto de la Congregación, los documentos oficiales tampoco dicen
una palabra. Pero vamos a buscar ese contenido en los documentos secretos.
Porque cuatro meses después de estas hermosas palabras del padre General
entrábamos, como ya he contado, en el Centro Javier de los jesuitas en la
ciudad de México y comprobamos la realidad que se escondía tras esas palabras,
palabras y palabras. Con otro sentido realmente trágico, tenía razón el padre
General: no había cambiado nada de lo esencial. Y es que lo esencial estaba
perdido desde hace treinta años.
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LOS DOCUMENTOS SECRETOS DE LA
CONGREGACIÓN GENERAL 34
Introducción
Me han
llegado los documentos secretos —los auténticos documentos— de la Congregación
General 34 en dos versiones, ninguna de las dos española. Voy a seguir, para la
exposición, la que me parece mejor redactada de las dos, que consta de 78
folios de letra apretada, cuerpo diez de la impresora que se utilizó. Los
documentos —les llamaré decretos, manteniendo la numeración del segundo
ejemplar que me ha llegado— son prácticamente definitivos, aunque todavía
requieren algunas correcciones y deberán recibir el formato final. Por algunas
expresiones parece que se trata de los documentos que la Congregación entregó
al padre General para que les diese una última mano, que en todo caso no parece
que vaya a cambiar cosas importantes. Llevan al frente la fecha de 31 de marzo
de 1995, ya del todo terminada la Congregación. (La otra versión tiene por
fecha «Abril de 1995»). Constan de una introducción, cinco partes (cuyos
títulos introduzco en negrita) y una conclusión. Los títulos de cada decreto o
apartado los transcribo en cursiva. Entrecomillo las citas textuales; pensé en
reproducir todo el texto pero por razones de espacio resumiré lo esencial.
Presento mis comentarios entre paréntesis y precedidos de asterisco.
«El mayor
trabajo de la Congregación General (en adelante CG34) ha sido poner al día
nuestra legislación (literalmente, Ley) y la orientación de nuestra misión
hoy». «El primer proyecto tiene por objeto suministrar un texto de las
Constituciones (aunque el General lo había negado, N. del A). capaz de ejercer
influencia en la vida actual de la Compañía y presentar un conjunto de Normas
Complementarias a las Constituciones, derivadas en gran parte de las
Congregaciones Generales, para permitir a los jesuitas poner el carácter y la
misión de la Compañía en la práctica diaria». La CG 34 «Se mantiene en
continuidad con la CG31, 32 y 33. Recomienda la CG34 imitar a San Ignacio «en
su peregrinación y trabajo». Se cita la alocución de Juan Pablo II pero sólo en
cuanto a la nueva evangelización, sin aludir a las duras admoniciones del Papa.
La CG34 «se siente animada por nuestros hermanos jóvenes, por su dedicación a
los valores ignacianos» (sugiero al lector repasar las tesis del padre Becker
sobre los jesuitas jóvenes).
Primera parte:
Nuestra Misión
Decreto 1.0:
Servidores de la misión de Cristo.
«Reconocemos
y confesamos nuestras muchas faltas pero nuestras gracias han sido más
importantes… estamos afectados profundamente por la muerte de nuestros mártires
jesuitas en estos treinta años… los jesuitas en África y Asia se han esforzado
en el diálogo con otras culturas y tradiciones… los jesuitas en América Latina,
enfrentados a una sociedad con gran diferencia entre ricos y pobres, han optado
por los pobres y por la justicia en el Reino… han permitido que las voces del
pueblo
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enseñen a la
Iglesia a partir de la riqueza de su fe y de las culturas indígenas. (*La
evangelización al revés; es el pueblo quien enseña a partir de unas culturas
que estuvieron centradas a veces en los sacrificios humanos y en la idolatría;
personalmente pienso que la «inculturación» tiene aspectos encomiables junto a
peligrosas trampas que pueden afectar a la identidad de la Iglesia). El
apostolado de los jesuitas en Europa occidental «ayuda a mantener la vitalidad
de la fe en las comunidades cristianas, ante una gran indiferencia religiosa».
(*También ha destrozado, en ocasiones, la fe de quienes se habían orientado por
la Compañía, al desnaturalizarse ella). «Hemos trabajado en estos contextos
animados por la aprobación del Papa a través de los años, para la misión
contemporánea de los jesuitas en el servicio de la fe y la promoción de la
justicia». (*Afirmación falaz. Los tres últimos Papas no han animado a la
Compañía a ese apostolado tal como se ha hecho. Los Papas han reprendido,
corregido e incluso intervenido en la Compañía para evitar las desviaciones de
la Orden en esos dos fines. La Compañía no ha sido «servidora de la misión de
Cristo» sino desobediente a la misión encomendada por el Vicario de Cristo).
La Compañía
de Jesús —resumo— fue impulsada por San Ignacio para cooperar en la obra
de Cristo Resucitado entre todos los hombres. Fue concedida una gracia
especial a la Compañía cuando la CG32 habló de nuestra misión hoy «como el
servicio de la fe y la promoción de la justicia; esta promoción es una
exigencia absoluta del servicio de la fe». (*Es la confirmación del Decreto IV,
tan criticado por dos Papas. Ya sabemos a dónde ha llevado la «promoción de la
justicia»). «El Papa Juan Pablo II habla de las penetrantes estructuras del
pecado». (*Cierto; pero recomienda la lucha apostólica y espiritual contra el
pecado, no el aliento y la dirección de la revolución violenta; he aquí otra de
las tergiversaciones clásicas de los mandatos papales). «La fe en Dios es
inevitablemente social en sus implicaciones». (*Esta es una tesis simplemente
falsa en su absoluta generalización).
«Confirmamos
cuanto se dijo en el Decreto IV de la CG 32». Ahora se debe interpretar el
servicio a la fe como «promoción de la justicia, enmarcada en las culturas y en
la apertura a otras experiencias religiosas»; (*es decir que el servicio de la
fe es todo menos evangelizar a Cristo desde la fe. Este es uno de los momentos
más penosos de la CG34, el apostolado al revés; lo que deben ser sus
circunstancias se convierten en su esencia. Todo este decreto 1.0 es
reiterativo y lamentable; estamos donde estábamos, que decían los viejos
editoriales del «Arriba»).
Decreto
1.1. Nuestra misión y la justicia.
(*Curiosamente ningún documento de esta CG ni de las anteriores define lo que
es la «justicia»). Por fin se apunta una autocrítica: «Reconocemos nuestros
fracasos en este empeño. La promoción de la justicia se ha separado a veces de
las fuentes de la fe. El dogmatismo y los sentimientos ideológicos nos han
conducido a tratar a otros (jesuitas) más como adversarios que como a
compañeros… La promoción de la justicia está unida a nuestra fe. Tiene raíces
en la Escritura, la tradición de la Iglesia y nuestra experiencia
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ignaciana.
Trasciende las nociones de justicia derivadas de la ideología, la filosofía o
los movimientos políticos particulares que nunca pueden ser expresión de la
justicia del Reino por el cual estamos llamados a luchar al lado de nuestro
Compañero y Rey». (*Esta autocrítica es loable pero ha resultado inútil; nada
se ha corregido). Las anteriores Congregaciones Generales «han animado a
trabajar por los cambios estructurales en el orden socioeconómico y político
como una dimensión importante de la promoción de la justicia». (*Está muy clara
esta importante confesión; esas Congregaciones han animado al trabajo
revolucionario con fuertes vetas de marxismo. Ahora, tras la caída del Muro, no
hay que arrepentirse sino ampliar el concepto). «Recientemente nos henos
enterado que esto no era suficiente». Las nuevas dimensiones de la justicia hay
que buscarlas y promoverlas «en los niveles políticos y no-gubernamentales, en
el desarrollo humano total, en la interrelación de los pueblos, las culturas,
el medio ambiente y el Dios vivo en medio de nosotros».
Las
situaciones más urgentes las vemos en la marginación de África, la
reconstrucción de la Europa oriental, el abandono en que yacen muchos pueblos
indígenas, los parados y desempleados, los 45 millones de refugiados. (*Nada
que objetar a este planteamiento, más propio de las Naciones Unidas que de una
Orden religiosa en caída libre). Para ayudar a estas situaciones hay que
orientar a estos apostolados la formación de los jesuitas jóvenes, organizar el
apostolado al servicio de los pobres, examinar las instituciones de la Compañía
en este sentido, revisar las planificaciones provinciales, etc. (*Esto no es un
decreto sino una exposición etérea de buenas intenciones inconcretas, papel
mojado).
Decreto
1.2. Nuestra misión y la cultura.
(* La CG34 aborda el famoso problema de la «inculturación» y cree
—erróneamente— que la lucha recomendada por los Papas con el fin de reunificar
a la fe y la cultura significa que la Compañía se identifica con las culturas
locales. Una y otra aproximación nada tienen que ver entre sí. «Cultura» es el
término más equívoco que existe). La Iglesia interpretó la fe, al principio, en
términos de cultura helenística. Hoy es necesario «un diálogo existencial entre
la Iglesia y todo el amplio abanico de culturas en las que está presente. La
cultura secular contemporánea excluye muchas veces a la fe religiosa».
(*Peligrosa huella de Rahner y acertada evocación del marxismo y otros
ateísmos). «Las grandes culturas de Asia siguen mirando al cristianismo como
vinculado a la cultura occidental… la cultura de las grandes ciudades provoca
frustraciones en la población que viene de otras partes y otras culturas… los
pueblos indígenas han experimentado una resurrección de sus raíces culturales…
en África existe el deseo de crear una cristiandad africana». (*El
planteamiento es exacto).
La CG pide a
los jesuitas que trabajan fuera de Occidente que muestren un profundo respeto a
las culturas en las que se mueven, por su patrimonio religioso y su antigua
sabiduría. (*Estas recomendaciones son legítimas y la historia de la Compañía
ofrece altos ejemplos de inculturación en América y en Asia: el trabajo
cultural con los indígenas de Iberoamérica, la adopción de los ritos chinos y
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malabares en
el siglo XVIII,
que causó graves e injustos problemas con Roma. Pero ahora la CG34 pide perdón
por la participación de la orden en la penetración agresiva e imperialista de
la cultura occidental. Esta es una queja anacrónica. América es cristiana por
los españoles que derribaron a los ídolos sangrientos y antihumanos, ante los
que ahora, por lo visto, se postran los nuevos jesuitas. Tal vez hubieran
preferido que los españoles del siglo
XVI hubieran adorado a Wiracocha, como hacen ahora
los portavoces de los religiosos de Iberoamérica, lo vimos en el Pórtico. Todo
esto es una derivación de la doctrina rahneriana sobre los «Cristianos
anónimos. Hay párrafos en este decreto que, como la tesis de Rahner, parecen
descalificar a la labor misionera de la Iglesia; pienso que la Iglesia está
para evangelizar con respeto a las culturas no occidentales, pero no para
profundizar en las religiones ajenas si no es con la finalidad de infundirles
la fe).
Al proponer
la relación entre la Compañía y la modernidad crítica la CG 34, más que luchar
contra el ateísmo, parece aceptarlo como una necesidad inapelable. Reconoce que
«sentimos en nuestra alma los tirones de la increencia» y que «Sólo cuando
observamos nuestra propia experiencia sobre la comprensión de Dios podemos
decir cosas que tengan sentido para el agnosticismo contemporáneo». (*Lo malo
es que si nos dejamos llevar por la crisis de fe que reconocía el padre Arrupe,
será difícil que los ciegos marquen el camino a los ciegos. En la CG34 no se
habla de la crisis de fe entre los jesuitas; de que por desgracia, como hemos
visto en los informes de muchos jesuitas a Roma, existen muchos jesuitas que
han perdido la fe).
«La
evangelización incultural se hace en un contexto post-cristiano» esto parece
digno del marxista Habermas pero lo dice la CG34, lanzada ya al absurdo.
«Nuestro ministerio con ateos y agnósticos o se hace como una reunión de
partícipes iguales mediante el diálogo o será cosa vacía». (*Rendición en toda
la línea; los hombres son iguales en dignidad y respeto, la fe tiene que
iluminar a la iocreencia, no ponerse a su mismo nivel. No tienen remedio).
Luego asume la CG una doctrina «trabajar conjuntamente en el desarrollo humano
y la liberación con quienes no tienen fe» que no está tomada de Juan Pablo II
sino de Lenin, y quien redactó este absurdo decreto lo sabía. Luego la CG34
introduce por los pelos una cita de los Ejercicios que no arregla nada. Añaden una
errática tesis de Rahner: «En todos nuestros ministerios debemos reconocer que
el trabajo salvífica de la revelación divina ya está presente en todas las
culturas». (* Entonces, si Dios ya está en las otras culturas y religiones,
¿para qué evangelizar?). Las propuestas concretas con que termina el Decreto
son vaguedades acordes con los puntos ya expuestos.
Decreto
1.3 Misión y diálogo inter-religioso.
Es la secuencia lógica y reiterativa del decreto anterior. «No debe organizarse
una estrategia para obtener conversiones» (*Entonces ¿es que el diálogo
sustituye a la conversión, es un fin en sí mismo? Da la impresión de que el
redactor de este decreto no cree en su propia fe; la fe del creyente es
expansiva, proselitista). El diálogo debe extenderse a los «Nuevos movimientos
religiosos» y a los «grupos fundamentalistas». (*Los Nuevos Movimientos son las
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sectas, los
fundamentalistas son esencialmente fanáticos.
¿Cómo se
dialoga con ellos?). Para el diálogo con otras religiones «es necesario que los
jesuitas profundicemos en nuestra fe y nuestro compromiso cristiano».
(*Por fin un
rayo de luz en este decreto delirante). Pero esa profundización se concreta con
un disparate; «En la acción social deberemos colaborar con los creyentes en
otras religiones en la denuncia profética contra las estructuras de
injusticia». (*Tenía que asomar la teología de la liberación en el único
momento luminoso del decreto). Las propuestas elevadas al padre General al fin
del decreto se concentran en una ampliación burocrática; la creación de un
secretariado de dialogo entre religiones.
(*El
conjunto de los cuatro decretos de esta primera parte es lamentable. Se
confirma el Decreto IV de la CG32, del que han emanado casi todos los desastres
de la Compañía. Se quiere ampliar la promoción de la justicia a la
inculturación y al diálogo con todos los no cristianos; nada se dice sobre el
diálogo con los propios cristianos y casi no se utiliza la palabra
«evangelización». Nada de lo que afirman estos decretos es práctico, nada es
seguro, a veces se incide en posiciones claramente aberrantes como en lo que se
refiere a las Misiones).
Segunda parte:
aspectos de la vida de los jesuitas para la misión
Decreto
2.1: Sacerdocio ministerial e identidad jesuítica. Este decreto cambia la triste escena de la
primera parte. La consigna de espiritualización dada por el Papa y aceptada por
el padre General afloró claramente en la CG34. La orientación y la doctrina de
este decreto me parecen, a la vez, espiritual e ignaciana. El decreto dice
inspirarse en el espíritu fundacional de la Orden y es verdad. Padres y
Hermanos forman un cuerpo único enviado por Cristo a una misión común. El
sacerdocio está al servicio de la Iglesia. «La Compañía puede ejercitar
plenamente la misión apostólica específica de los jesuitas en el servicio de
Dios y de la Iglesia, bajo el Romano Pontífice, vicario de Cristo en la
tierra». Por fin estamos oyendo a San Ignacio. «Hemos de ser fieles a la
tradición de la Iglesia e interpretarla en las culturas secularizadas; hemos de
dedicar nuestro ministerio efectivamente tanto a los pobres como a los ricos,
hemos de relacionar nuestros ministerios espirituales con nuestros ministerios
sociales».
Los jesuitas
deben extraer toda la riqueza de su tradición. La tradición ignaciana, «humilde
servicio a Cristo inseparable de un afectuoso servicio a la Iglesia».
(*Este es un
auténtico decreto ignaciano, que parece escrito por el padre Dezza. El equipo
que redactó los decretos anteriores debió de irse de excursión mientras se
preparaba éste, que por supuesto es directamente contrario a los de la primera
parte. Pero bendita sea la contradicción).
Decreto
2.2: El Hermano jesuita. La
Congregación General 32 no consiguió la equiparación completa de votos y grados
en las diversas clases de la Orden. La CG33 y ahora la 34 no lo intentan aunque
buscan la igualdad por medios correctos; la identidad de la vocación y de la
vida religiosa. Nuevamente nos encontramos con un
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decreto más
que aceptable, sin duda motivado por la alarmante escasez de vocaciones para
Hermanos coadjutores, que se encargan habitualmente del servicio material de la
casa y por eso se llaman en las Constituciones «Coadjutores temporales». El
decreto no cambia las Constituciones pero decide que en adelante los Hermanos
se llamen simplemente «Hermanos» o «Hermanos jesuitas» ya que el título
anterior ha caído en desuso. Los Hermanos participarán en la misión apostólica.
Se podrán admitir novicios «indiferentes» que luego decidan su orientación al
sacerdocio o a la condición de Hermanos.
Decreto
2.3 La castidad en la Compañía de Jesús.
Era un problema delicadísimo, que San Ignacio había planteado en términos
angélicos, expresamente. En la era Arrupe habían surgido muy graves
dificultades, por ejemplo la permisividad ante las «amistades particulares»
vetadas por San Ignacio y sobre todo las aberrantes propuestas sobre la
«tercera vía» entre la castidad y el matrimonio, que permitía contacto físico y
erótico con mujeres sin llegar a la «efusión final», no se puede encontrar nada
más morboso e hipócrita. El padre Arrupe lo prohibió pero no faltaron casos,
tal vez bastantes casos, de incumplimiento. También algunos jesuitas habían
llegado a defender abiertamente la práctica homosexual, y habían permanecido en
la Orden.
La
orientación del Decreto es, como en el caso de los dos anteriores en esta
parte, completamente ignaciana, es decir basándose en la espiritualización
absoluta de la castidad. Reconoce que «en este siglo el significado de la
sexualidad dentro de la relación humana ha cambiado significativamente en
muchas partes del mundo». Los medios de comunicación se han centrado en la
sexualidad de forma abrumadora. Se han prodigado los ataques contra el
celibato. La CG34 se mantiene firme en la castidad tradicional de la Compañía.
«Esto no significa que creamos que la infidelidad al voto esté extendida en la
Compañía. Por el contrario la Congregación está convencida de que, pese a los
desafíos y experiencias de estos años, la fidelidad a la castidad caracteriza
hoy la vida de la Compañía». Este decreto trata de responder a las objeciones
que pueden suscitarse en tan delicado terreno.
El sentido
de la castidad es apostólico; su coste es durísimo. El voto «incluye una
renuncia a la intimidad conyugal, la denegación del deseo, tan humano, de los
de la vida, lo cual no puede evitar cierto sentido de ausencia y una situación
de soledad». En los ministerios han de evitarse toda clase de amistades
íntimas. Admite si embargo la CG34 que, para evitar la obsesión sexual, además
de recursos espirituales (devoción a la Virgen) y comunitarios (la propia vida
en comunidad) «las amistades maduras deberían ser parte importante de su vida».
La capacidad de adquirir amistades maduras con otros jesuitas y con mujeres y
hombres que no sean jesuitas así como la capacidad de colaborar con otros en
pie de igualdad son signos de madurez afectiva. Las amistades no solamente
apoyan a una vida de castidad dedicada sino que pueden profundizar la relación
afectiva con Dios que la castidad incluye. La madurez de este tipo de amistades
puede determinarse a través de una
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correcta
dirección espiritual, complementada, si es necesario, con tratamiento
psicológico o psiquiátrico. El jesuita que no sea capaz de mantener
íntegramente la castidad debe dejar la Orden antes de pronunciar los últimos
votos. El decreto, sin embargo, es comprensivo cuando existe remedio: «El
Superior reclamará, con preocupación fraternal y amistosa, a quienes se vean
envueltos en relaciones inapropiadas o exclusivas que puedan comprometer a una
castidad dedicada, causen escándalo o lesionen la unidad de entes y corazones
que caracterizan la vida de los jesuitas». (* Este es decreto audaz y realista,
que respeta simultáneamente la castidad estricta y la amistad madura. Es la
doctrina ignaciana adaptada a estos tiempos de sexualidad desbordante, sin ceder
en nada esencial).
Decreto
2.4: La pobreza. El cuarto
decreto de esta segunda parte mantiene el respeto por la tradición de estricta
pobreza que exigió San Ignacio. El ideal ha de ser que las comunidades de
jesuitas vivan «Como las familias modestas de la zona» y que la aproximación a
los pobres, si no es el trabajo permanente de cada uno, se haga efectiva
regularmente a lo largo de la vida del jesuita que trabaja en otros
ministerios. La pobreza se guarda muchas veces pero no todas. El decreto
reconoce que hay abusos en la posesión de coches personales, televisiones,
comidas en restaurantes caros, vacaciones, empleados domésticos etc. La norma
debe ser la tradicional en la Compañía: la comunidad satisface las necesidades
de cada uno y todos los jesuitas entregan a la comunidad cuanto ganan o reciben
por sus ministerios y ocupaciones remuneradas. Este es el auténtico sentido de
la pobreza; no poseer ni disponer de nada propio como propio.
Así lo
esencial de este decreto está en la misma línea elevada que los anteriores de
esta segunda parte. Sin embargo se ha introducido, fuera de tono, una crítica
radical al capitalismo «desmandado» y al consumismo. Es cierto que una
civilización cuyo ideal sólo consiste en los bienes materiales y el hedonismo
no es cristiana. (* Pero en mi opinión hay también un capitalismo que crea
trabajo y riqueza, un consumismo que cumple con la norma ignaciana «todas las
cosas sobre la haz de la tierra están hechas para el hombre»; la riqueza es
incompatible con el voto de pobreza pero no es un mal en sí sino un objetivo
lícito para los que no tienen voto de pobreza, y a la riqueza sólo se llega por
la competencia lícita o por la corrupción reprobable. Este resabio fundamentalista
de considerar a la riqueza como un mal se ha infiltrado en un párrafo de éste,
por lo demás, admirable decreto.
Decreto
2.5: La promoción de las vocaciones.
Es un decreto brevísimo y desesperado. «No podremos cumplir nuestra misión sin
jesuitas». La CG34 dirige un toque de rebato a todas las comunidades para que
fomenten las vocaciones. El primer recurso será vivir una vida digna de
jesuitas; y además evitar el criticismo destructivo, la amargura, el desprecio
a los votos… (* Queda claro que la CG34 no sabe qué aconsejar. Y no reconoce
las razones por las que la Compañía carece de
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vocaciones
desde 1965 mientras otros nuevos institutos religiosos las reciben de forma
sobreabundante. En la sección siguiente y última de este libro volveremos sobre
el caso al analizar las estadísticas de la decadencia de la Orden. Esa
decadencia, esa degradación, no son reconocidas por la CG34 pese a sus tímidas
autocríticas. Varios jesuitas eminentes forman viveros de vocaciones y los
mantienen al margen de la Compañía degradada. Ellos saben muy bien por qué; no
quieren engañar a los jóvenes que se confían a ellos).
Tercera parte:
los jesuitas en la Iglesia
Decreto
3.1: Sobre la actitud adecuada para el servicio a la Iglesia. «La CG34 ratifica esta larga y permanente
tradición de servicio propia de la Compañía» (*larga sí; permanente no,
interrumpida desde 1965) a la cual nos dedicamos no sólo como religiosos sino
especialmente en virtud del cuarto voto de obediencia al Papa sobre las
misiones». (*Un excelente propósito muy alejado de las discusiones díscolas
sobre el Cuarto Voto en la CG32; lo malo es que este decreto expresa muy buenos
deseos pero no critica los fallos). Este servicio se concreta de múltiples
formas, por ejemplo en las editoriales, las clases, la investigación y la lucha
contra las fuerzas de la injusticia y la persecución. (*Volvemos a las andadas.
En esos campos —que he seleccionado entre los muchos que cita el decreto—, la
Compañía no ha ejercitado su cuarto voto sino que muchas veces lo ha conculcado
y desatendido tergiversando los mandatos del Papa, proponiendo graves
aberraciones (que ya hemos documentado) en la investigación teológica, publicando
doctrinas cristiano marxistas en sus editoriales —cosa que aún sigue haciendo,
como hemos visto— y camuflando como lucha contra la injusticia la participación
en movimientos revolucionarios de impulso y signo marxista. (De todo esto no
dice una palabra este decreto). En los estudios teológicos hace falta «matizar
a la luz de le hermenéutica contemporánea y la historiografía». (*Está bien,
pero sin caer en el arrianismo o en otras abiertas herejías, como hacen todavía
hoy famosos teólogos jesuitas que ya hemos citado). A estos investigadores y
publicistas recomienda la CG34 «que aseguren la respetabilidad de la tradición
cristiana». (*No todos cumplen tan justa orden; algunos, lo hemos visto, no
aceptan ni el Credo, suma de la fe y la tradición cristiana).
Me extrañaba
que en la segunda parte no se dijera nada del voto de obediencia. Ahora se
habla de la obediencia, pero contradictoriamente. Por una parte se exalta la
obediencia ignaciana, incluso hasta el sacrificio supremo de la «obediencia de
entendimiento». Pero la obediencia «no excluye nuestro discernimiento en
oración acerca de lo que debe hacerse, que en algunas circunstancias difiere de
lo que sugieren nuestros superiores religiosos y eclesiásticos». Recuerda la CG
las normas ignacianas para sentir con la Iglesia pero la nueva forma de
discernimiento equivale a incumplir el voto de obediencia, flagrantemente. Y
encima se permite la «crítica constructiva» es decir la desobediencia para
construir otras cosas. La CG quiere y no quiere obedecer. Propone la obediencia
sub conditione y señala el camino del silencio cuando se disiente, cosa
que no practican los actuales jesuitas mexicanos y de otros
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países, como
nos hemos hartado de ver. La característica específica de la Orden queda por
los suelos, por muchas evocaciones a San Ignacio que se hagan.
Decreto
3.2: Ecumenismo. Es un breve
decreto que equivale a una declaración de intenciones pero no dibuja un esquema
estratégico sobre el ecumenismo. Exalta la comprensión mutua, la unidad de los
cristianos, la necesidad de ver las cosas con los ojos de los demás pero no
señala los peligros del ecumenismo exagerado; por ejemplo las fuertes vetas de
protestantismo que se notan en la moderna enseñanza teológica de la Compañía,
de Rahner para abajo. El decreto no decide nada, no merece mayor comentario.
Decreto
3.3. Cooperación con los seglares en la misión. Era uno de los decretos más esperados y ha
resultado uno de los más largos. Se había hablado de una especie de Orden
Tercera de la Compañía. Las expectativas quedaron defraudadas entre un torrente
de buenas palabras sobre el «milenio de los seglares» que se avecina. Los
jesuitas pueden admitir la colaboración de personas seglares, individuales o
asociadas, para cooperar en las obras de la Orden e incluso dirigirlas. Se
ofrecen algunos ejemplos: las «Comunidades de Vida Cristiana» que son las
antiguas Congregaciones marianas pero quedan muy por debajo de ellas, que
fueron conscientemente destruidas por el equipo del padre Arrupe, a veces con
tremendo escándalo como vimos. Las Congregaciones ejercían una influencia
espiritual y social considerable. Pero por desgracia algunos de sus grandes
directores desertaron e incluso se pasaron al enemigo; el padre Carrillo de
Albornoz se hizo protestante, el padre José María de Llanos se hizo comunista.
Una segunda forma son los «programas jesuitas de voluntariado» que son una obra
actual de la Compañía de Jesús. De siempre vienen las Asociaciones de Antiguos
Alumnos, que varias veces han protestado, con perplejidad, sobre la orientación
de la Orden desde el padre Arrupe; el cual más o menos vino a decirles que todo
lo que les habían enseñado los jesuitas en otros tiempos estaba equivocado y
había que cambiar de rumbo; muchos se dieron de baja. Con bastante cinismo la
CG34 recomienda al «Apostolado de la Oración» una obra admirable que llevan
adelante algunos jesuitas ignacianos completamente marginados.
La CG34
habla de los seglares que desean un vínculo más estrecho con la Compañía.
Propone para ellos un contrato experimental de diez años que les aproxime
jurídicamente a la Orden pero sin ser recibídos en ella y sin convertirse en
«cuasi-religiosos»; nada pues de Orden Tercera. La idea es buena y puede suplir
en parte la escasez de vocaciones a la Compañía. Espero que funcione mejor que
otros grupos de colaboración universitaria de los que en la sección anterior
ofrecimos algún ejemplo lamentable.
Decreto
3.4 Los jesuitas y la situación de las mujeres en la Iglesia y la sociedad
civil. Además de observar esta
terminología de cuño gramsciano, que espero no haya sido tomada
intencionadamente, me consta que este decreto apareció por sorpresa en la
agenda de la Congregación General. Sabido es que San Ignacio creó en Cataluña
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una especie
de sección femenina de la Compañía con tan malos resultados que la disolvió,
harto de líos. Ahora los jesuitas enarbolan la bandera del feminismo, que
suelen atribuirse las izquierdas y constituye actualmente toda una rama del
IDOC. En principio está muy bien.
El decreto
es una declaración de buena voluntad hacia las mujeres y por supuesto no mienta
para nada aquel sonoro fracaso de San Ignacio como antecedente. Todo el decreto
se basa en los tópicos habituales de los conversos recientes al feminismo
moderado y no crítica al feminismo exagerado pero introduce una vaga alusión a
que el papel de la mujer en la sociedad y en la Iglesia no ha llegado a su
nivel definitivo y «inevitablemente madurará con el tiempo». Esto me parece un
clarísimo acto de desobediencia y un desafío al Papa Juan Pablo II que ha
declarado completamente zanjado el problema del sacerdocio de las mujeres y
otros asuntos que tanto interesan a monjas aburridas y favorecen abiertamente,
por libre, algunos jesuitas muy concretos y famosos como el cardenal Carla
Martini de Milán, que ha iniciado hace años su campaña electoral para suceder
al Papa Juan Pablo II. La CG34 dedica un cariñoso recuerdo a las congregaciones
religiosas femeninas vinculadas a la Compañía de Jesús pero no dice una palabra
sobre el terrible daño que los jesuitas de izquierda y liberacionistas han
hecho durante la era Arrupe a numerosas comunidades de monjas, hasta llegar a
desorientarlas e incluso destrozarlas en su crisis, que no fue menos amarga y
demoledora que entre los religiosos varones. En los informes de los jesuitas
ignacianos españoles a Roma durante el generalato del padre Arrupe hay incluso
descripciones escabrosas que he ahorrado al lector porque algunas de la
comunidades femeninas que participaron en ciertos espectáculos
litúrgico-eróticos ya han dejado atrás el sarampión y han vuelto a la buena
línea, pero casi me arrepiento de no haber reproducido aquí esas descripciones
porque hubieran añadido un intenso foco de amenidad al libro.
En fin, este
decreto se integra en la masa verbal de la CG34 y contribuye a considerarla
como «nada entre dos platos» como ya he anticipado.
Cuarta parte:
dimensiones y sectores particulares de nuestra misión
Decreto 4.1:
Comunicación, una nueva cultura.
Ignacio de
Loyola, dice la CG34, supo captar el cambio cultural de su tiempo y orientar a
la Compañía en ese sentido. Ahora el cambio cultural consiste sobre todo en la
revolución de la información y el crecimiento exponencial de la comunicación, y
los jesuitas deben insertarse en ese cambio y aprovecharlo para el servicio de
la fe, la directa predicación del Evangelio si es preciso. (*Una característica
muy positiva de este decreto es que separa por completo el servicio de la fe y
la promoción de la justicia: empieza a imponerse la sensatez). El decreto
expone lo que debe ser la implicación de los jesuitas en los medios de
comunicación y lo hace con excelente criterio. Lo malo es que no analiza lo que
realmente están haciendo en ese campo. No critica cómo funciona el «Centro de
Comunicación Javier» o el «Centro de reflexión teológica» en la Ciudad de
México, o la editorial roja de los jesuitas españoles «Sal
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Terrae» en
Santander; en esos centros se difunden doctrinas y orientaciones de la teología
de la liberación para abajo y muchos jesuitas han sido, en esos y en otros
medios, pregoneros de la desobediencia, de la desorientación e incluso del
marxismo, declarado por Juan Pablo II pecado contra el Espíritu Santo. Algunas
grandes publicaciones de la Compañía, como las revistas «America» y «Razón y
fe» han pedido su espíritu y su influencia original, mantenidas durante tantos
años. Los jesuitas españoles fundaron una gran cadena radiofónica que hoy es la
COPE, y la dotaron de contenido apostólico, que luego perdió la COPE y gracias
a Dios lo ha recuperado con su actual equipo, que además la ha convertido en la
más influyente y mejor red radiofónica de España; ahora pertenece, con
autonomía de movimientos, a la Conferencia Episcopal. Por desgracia no puedo
decir lo mismo de otras actividades de los jesuitas en los medios; hay de todo,
pero hay muchas cosas lamentables.
Decreto
4.2: La dimensión intelectual del apostolado de los jesuitas. Se trata de un reconocimiento, demasiado
conciso, sobre el apostolado intelectual en la tradición y en la actualidad de
la Compañía. En una y otra vertiente tiene el decreto toda la razón; la excelsa
presencia intelectual y cultural de la Compañía de Jesús en los siglos XVI, XVII
y XVIII
es una de las grandes gestas del pensamiento humano y un apostolado auténtico.
En el siglo XIX bajó el tono tras la supresión pero se había
recuperado por completo en el siglo
XX, en el que la Compañía ha ofrecido a la Iglesia
personalidades intelectuales de primera magnitud, en la teología (De Lubac,
Daniélou, von Balthasar hasta su salida de la Orden) en las ciencias (Teilhard,
Romañá, Dou, de Rafael) en la Historia (Bangert, Batllori) y no hago más que
citar algunos ejemplos entre varias docenas de grandes nombres; confieso que me
hubiera gustado enviar un borrador al redactor de este decreto, que se queda
cortísimo.
Hace muy
bien la CG34 en recomendar que se intensifique la inserción intelectual en la
formación de los jesuitas. Me temo que hasta el momento no se trata más que de
un buen deseo; la colosal formación humanística anterior a Arrupe se ha diluido
en algo semejante a la confusión o incluso en la nada. Este decreto me cae
especialmente bien por un hecho excepcional; es la única vez que en un
documento de la CG34 se habla del ateísmo marxista en abierta oposición contra
él. Por lo demás el decreto se queda en una loable declaración de principios y
no propone orientaciones concretas. Una vez más la mano negra que revoloteaba
por la redacción de los decretos y que ha convertido a las actas de la CG34 en
una exaltación descarada de la nefasta CG32 saca a relucir también en este
decreto los prejuicios liberacionistas que nada tienen que ver en este
entierro.
Decreto
4.3: Los jesuitas y la vida de la Universidad. Otro decreto flojísimo para un tema glorioso, casi fantástico. La
Compañía de Jesús nació en una Universidad, la de París y ha conseguido en la
Universidad sus mayores glorias intelectuales y culturales, desde Alcalá y
Salamanca hasta la Gregoriana de Roma; además ha reverdecido después de la
supresión una presencia universitaria que ha alcanzado las cumbres más altas en
todo el mundo, pero sobre todo en la asombrosa red
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universitaria
de los jesuitas en los Estados Unidos. Cuando el Enemigo, como le llamó Pablo
VI, vino a sembrar su cizaña en el postconcilio, el conjunto universitario de
los jesuitas era, sin duda, el primero de sus objetivos.
Reconoce el
decreto que la trágica disminución en el número de jesuitas ha repercutido
severamente en su red de Universidades, en las que sin embargo trabajan aún más
de tres mil. Esa red no es ya lo que fue pero habrá que salvarla a toda costa y
volverla a situar en rampa de ascenso; aunque sea a costa de un milagro. El
decreto, como siempre, no hace una crítica de las Universidades, pontificias o
normales, que hoy rige la Compañía de Jesús; hay en ellas, todavía, grandes
maestros y magníficas realizaciones. Hay también, por desgracia, degradaciones
y disparates, que merecerían un estudio aparte, tal vez algún día lo
emprenderé. Ya vimos lo que sucedía en la Iberoamericana de México. Luces
espléndidas y sombras ominosas, por no decirlo peor, conviven en la Pontificia
de Comillas, al lado de Madrid. Hasta la propia Gregoriana de Roma ha conocido
alguna grave crisis, que creo superada en gran parte. Los efectivos de los
jesuitas en las Universidades propias y ajenas disminuyen de forma alarmante.
Tiene razón el decreto en subrayar la misión crucial de las Universidades en el
mundo. El Enemigo sabía muy bien a dónde apuntaba.
Decreto
4.4: Educación secundaria, elemental e informal. Una página escasa y desangelada dedica la
CG34, evidentemente cansada, a este importantísimo campo de apostolado, que con
su red de colegios salvó a toda la Europa del centro-sur de la invasión
protestante, todavía con mayor eficacia que los ejércitos de la Reforma
Católica. Los Colegios se recuperaron bien de los traumas de la supresión y en
muchas naciones, por supuesto en España, estaban de nuevo en pleno esplendor
antes de la fatídica elección del padre Arrupe. Este decreto, que ni dice nada
ni critica nada ni orienta nada, empieza con dos mentiras. «En los últimos
veinte años se ha efectuado una renovación apostólica entre los jesuitas y
seglares que trabajan en los centros de educación secundaria». Segunda mentira:
«La calidad de la educación ha mejorado». No ha mejorado mucho en el mejor
colegio de México, Patria, derribado absurdamente en nombre de esa renovación.
Cuando se ha mantenido la orientación tradicional de los colegios —como el de Chamartín
en Madrid, pese a algunas infiltraciones estrambóticas— se ha conservado la
calidad y la relevancia de los centros. En otros casos, como en las
Universidades, hay de todo. Hace bien la CG34 en destacar la estupenda labor de
los colegios en la formación de muchas personas que luego van a desempeñar
puestos relevantes en la sociedad. Pero el escaso interés que muestra la CG34
en este decreto mínimo nos exime de mayor comentario. La disminución del número
de jesuitas amenaza también a los colegios. Los promotores de esa disminución
se lo han ganado a pulso.
Decreto
4.5: El ministerio parroquial.
Es un decreto breve que confirma la posibilidad de que los jesuitas ejerzan su
ministerio en una parroquia, aunque en la época ignaciana y posteriores no
solía hacerse así. El decreto ofrece orientaciones generales sobre la dirección
y servicio de los jesuitas en las parroquias que se les
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encomienden,
donde trabajarán con espíritu ignaciano y los demás caracteres de la orden,
entre ellos «la conversión personal y el cambio de estructuras» es decir la
acción política de izquierdas; otro ramalazo de la CG32. La importancia de esta
misión es grande; 3200 jesuitas trabajan en 2000 parroquias de todo el mundo.
Decreto
4.6: La ecología.
(Recomendaciones al padre General). Me perdonará el lector una confesión
personal. He plantado más de mil árboles en mi vida. Adoro la Naturaleza y la
vivo en algunos de sus grandes escenarios regularmente. Más aún, vivo en plena
Naturaleza, en medio de esos árboles y soy autosuficiente en fruta y otros
productos del campo. Siento como propia cualquier agresión al medio natural y
me llevé un disgusto que me causó una enfermedad al contemplar, hace bastantes
años, los bosques de Viena destrozados por la contaminación industrial
proveniente de los países comunistas vecinos, un atentado que se está
corrigiendo lentamente tras la caída del comunismo. Con todo eso creo que el
mejor libro sobre ecología que jamás se ha escrito es el de mi amigo Alfonso
Ussía Manual del ecologista coñazo. Las exhibiciones de «Greenpeace» y
los «grupos de ecologistas» (cinco personas aburridas como máximo) que cifran
su felicidad en impedir el trazado de autopistas me dan simplemente asco. Y el
pretendido monopolio del ecologismo por parte de la izquierda me parece una
idiotez. Pues bien, me temo que este izquierdismo ecológico ha sugerido a la
CG34 los puntos de ecología que formula como recomendación al pobre padre
General. Tengo la irrefrenable impresión de que publicar una propuesta
ecológica en una Congregación General de la Compañía de Jesús tiene tan poco
sentido como introducir un decreto sobre dromedarios.
Pues lo han
hecho. Y encima le piden que estudie la relación entre la espiritualidad
ignaciana y la ecología que, dicen, divide al Primero y al Tercer Mundo (del
segundo Mundo, el comunista, que es el verdaderamente contaminante, no dicen
nada). Le piden también que estudie cómo la ecología afecta a las decisiones
institucionales de la Compañía. Yo creo que no le proponen un estudio sino un
acertijo. Pero en todo caso Alfonso Ussía debe incluir a la Congregación
General 34 en su lista de ecologistas cañazos. Con este decreto la CG34 llega a
convertirse en una tomadura de pelo.
Quinta parte: las
estructuras de gobierno
Decreto
5.1 Cooperación ínter y supra-provincial.
La CG34 insiste de nuevo en la herencia ignaciana y en la relevancia del Cuarto
Voto de especial obediencia al Papa. Este decreto subraya la universalidad de
la Compañía, que debe perseguir desde todas partes grandes objetivos comunes,
como buscar alternativas para un nuevo orden socioeconómico y combatir la
marginación de África (*Se trata de marcar fines utópicos que caen fuera del
alcance de una Compañía en crisis y decadencia; son sólo grandes palabras).
Dice la CG que la Compañía ha ganado en sentido universal; y encomienda que se
fomente ese sentido en la formación de los jóvenes jesuitas. Para ello todos
deben aprender un idioma extranjero y los superiores deben procurar el
establecimiento de redes mundiales entre obras, por ejemplo
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universidades.
Deben organizarse con frecuencia conferencias de Provinciales. Estas
conferencias seleccionarán las necesidades universales de la Iglesia para que
el General haga con esos datos la definitiva selección y la comunique a toda la
Orden (*Es un decreto de excelentes intenciones y gran sentido de la
universalidad. Me parece más bien teórico).
Decreto
5.2: Obras interprovinciales en Roma.
Se recomienda al padre General que encargue a una comisión de personas muy
preparadas el análisis de la estructura, funcionamiento y situación económica
de las obras generales de la Compañía en Roma: la Universidad Gregoriana, el
Instituto Bíblico, el Instituto Oriental, Radio Vaticana, el Observatorio
Vaticano, el Pontificio Colegio de Rusia, todas ellas de carácter pontificio; y
las propias de la Compañía, el Instituto Histórico, el colegio Belarmino y el
colegio internacional del Gesú.
Decreto
5.3 La formación permanente de los Superiores. Se encarga al padre General que publique, puestos al día, varios
libros de guía para las relaciones entre los Superiores de la Orden.
Conclusiones
Terminan los
documentos secretos de la CG34 con una serie de conclusiones, muy elevada y
espiritual, inspirada en las enseñanzas de San Ignacio como recomendaciones
finales a todos los jesuitas: un profundo amor a Jesucristo, ser contemplativos
en la acción, considerarse como un cuerpo apostólico en la Iglesia, la
solidaridad con los más necesitados, el sentido de la participación con otras
personas, la llamada a un ministerio ilustrado para hacerlo más eficaz, la
disponibilidad para nuevas misiones, la búsqueda permanente del «Más», en suma,
todo lo que estos elementos pueden contribuir al «modo de proceder» de la
Compañía de Jesús. (*Consideración final: hay aspectos interesantes en estos
Documentos secretos de la CG32, desgraciadamente contrapesados por otros
documentos o párrafos que insisten en el error y exaltan a la CG32 que tanto
contribuyó al hundimiento de la Compañía, tal vez porque el clan de izquierdas
que la dominaba seguía fascinado por el Comunismo de los Mil Años. Quedan en
estas actas resabios liberacionistas y los documentos muestran una gran
incoherencia en el tratamiento del «servicio absoluto de la fe identificado con
la promoción de la justicia» y cuando difuminan ese auténtico dogma del progresismo
jesuítico. Se nota que entre esa Congregación General y la anterior ha caído el
Muro y se ha hundido el comunismo y ha desaparecido la URSS. Se nota, pero no
de manera suficiente. Hay un intento serio de recuperar la espiritualidad
ignaciana perdida en el asalto neomodernista y liberacionista de las
Congregaciones Generales anteriores. El resultado no es una síntesis sino un
amasijo y una avalancha de palabras que en definitiva convierten a esta
Congregación 34 en nada entre dos platos. Esta Congregación no ha propuesto los
remedios ineludibles que podrían frenar la decadencia, cada vez más
irreversible y angustiosa, de la Compañía de Jesús. No digo que sea el camino,
pero un grupo de jesuitas de primera línea, fieles a su vocación, procedentes
de varias naciones, me
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ofreció como
conclusión para este libro, en la primavera de 1995, un método ejemplar para
imponer a la Compañía, pese a ella, el camino que Juan Pablo II y el padre
Dezza no acertaron a cuajar en la intervención de 1981. Era una tarde de
primavera perfecta, de las que sólo pueden gozarse en los pinares de Boadilla o
donde estábamos, sobre la orilla derecha del Missisipi, junto al lugar por
donde le cruzó Alvar Núñez Cabeza de Vaca:
«No
tendremos remedio —me decía un héroe misionero de Extremo Oriente, en perfecto
español— hasta que el Papa nos quite una tarde la Gregoriana y se la entregue
al Opus Dei. Y advirtiendo, además, que cada trimestre decidirá una medida
semejante hasta que nos enteremos». Bromas aparte los documentos secretos de la
CG34 muestran una lucha dramática, no ya entre jesuitas ignacianos (que fueron
prácticamente excluidos) y jesuitas progresistas, sino dentro de cada delegado
entre las raíces ignacianas, que se habían recuperado para muchos en vista del
desastre producido por haberlas abandonado; y la rutina del falso camino
iniciado en la Congregación XXXI y desbocado en la XXXII. La Compañía B se
había comprometido tanto en ese mal camino que ahora, en la Congregación 34, ya
caído el Muro, muchos trataban de volver a la espiritualidad ignaciana y a la
tradición de la Orden y no sabían cómo hacerlo. Resulta penoso y patético
comprobar cómo toda una Congregación General no se atreve a plantear una
autocrítica profunda sobre el fracaso espantoso de la Orden en los últimos
treinta años, sino que vuelve a exaltar el período Arrupe y su punto más negro,
la Congregación 32 y el Decreto cuarto. La sal de la tierra se desvanecía.
Podían caminar aún, cada vez más viejos y cansados, mientras tuvieran luz;
habían entrevisto por fin la luz, el Papa había vuelto a iluminarles y, entre
graves confusiones, se negaron otra vez a la luz. Ahora sólo dependen de un
milagro.
EL SEGUNDO MENSAJE SOBRE CHIAPAS
El 19 de
febrero de 1995, mientras la Congregación General 34 se debatía entre la vuelta
a San Ignacio y el emperramiento en los errores del padre Arrupe, los delegados
mexicanos decidieron bajar a cosas más concretas y presentaron a la
firma de los 223 congregados un mensaje a Chiapas. La Congregación 34 se
había preparado en México, como vimos, con un primer mensaje a Chiapas y ahora
nada menos que la Congregación General enviaba el segundo, en forma de carta
dirigida al nuevo Presidente de México, doctor Ernesto Zedilla y Ponce de León.
La CG34 había restablecido el compromiso político como forma de apostolado, que
fue suprimido por la 33, y esta carta inconcebible encaja perfectamente en esa
modificación.
Roma, Italia, 19 de febrero de 1995. Dr. Ernesto
Zedillo y Ponce de León Presidente Constitucional de los Estados Unidos
Mexicanos. Apreciable
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Los delegados jesuitas reunidos en Roma para
celebrar la Congregación General XXXIV de la Compañía de Jesús hemos seguido
con preocupación
los acontecimientos en
México, y con tristeza y desconcierto nos hemos enterado de su decisión de
romper la tregua y declarar la guerra al Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) con la cobertura jurídica y judicial de aprehender a sus
dirigentes arguyendo hacer vigente el Estado de derecho.
La
violencia armada en Chiapas es respuesta a la violencia anterior y muy
prolongada que han sufrido los indígenas de ese estado (y de todo el país y el
resto de América Latina); despojo de sus tierras, irrespeto a sus culturas,
violación a sus derechos humanos, represión selectiva, falta de democracia,
corrupción e impunidad de funcionarios públicos en alianza con terratenientes y
ganaderos, vías legales cerradas. En pocas palabras, ausencia de un Estado de
derecho.
Nos
sorprende que usted decida acabar militarmente al EZLN con pretexto de hacer
vigente el Estado de Derecho que nunca ha existido para los indígenas. Esta
manera abstracta de justificar su decisión impide desconocer que la razón
principal del levantamiento armado es precisamente la ausencia de un auténtico
Estado de derecho.
Reprobamos
la vía armada como medio para alcanzar la justicia, la democracia y el respeto
a los derechos humanos. Pero también somos conscientes de que los indígenas han
vivido en tales circunstancias de injusticia y marginación que es explicable
que algunos hayan optado por la vía armada, ya como única forma de lograr una
vida digna, como seres humanos e hijos de Dios.
Lo
animamos y le urgimos a que con voluntad política eficaz vuelva al camino del
diálogo para lograr una paz con justicia y dignidad. Ceder ante las presiones
internas o externas al país para acabar con el EZLN como condición para recibir
ayuda financiera y volver a recuperar la confianza de capitales especulativos
es injustificable. ¿Acaso la responsabilidad de la crisis financiera de México
no recae antes y más en otras personas e instituciones que en el EZLN?
Seguimos
ofreciendo nuestra solidaridad a México y oramos para que el Señor Dios de
amor, reconciliación y justicia lo ilumine y fortalezca en la búsqueda de una
paz duradera para México, como fruto de justicia y democracia.
Firman 150 delegados de la Congregación General[235].
Esta carta
revela en la práctica lo que queda de tantas expresiones de espiritualidad y de
retomo a la tradición por parte de la CG34. Es cierto que firman 150 delegados,
la mayoría para no hacerles un feo a los padres mexicanos, pero cincuenta y uno
negaron la firma, algo es algo. La carta es absolutamente impropia de la
Congregación General. Es un documento político, no religioso. Establece a
priori
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que la
sublevación de Chiapas ha sido iniciativa de los indígenas, cuando a esas
alturas ya se sabía que la sublevación, preparada desde diez años antes según
confesión del propio Marcos, había sido tramada por la izquierda radical y los
teólogos marxistas de la liberación. Ya he recordado en una sección anterior
que en 1986, ocho años antes del estallido de Chiapas, denuncié en mi libro Jesuitas,
Iglesia y marxismo la génesis de una futura rebelión allí bajo el amparo
del obispo Samuel Ruiz. En la carta de los jesuitas se asume una
posición no sólo política sino unilateral, la misma que tomó ante los
acontecimientos el PRD mexicano de Cárdenas, marxista y de raíz comunista. No
es que yo pretenda negar que en Chiapas, y en otros puntos de México y de Iberoamérica,
existan graves problemas de injusticia social. Lo que niego tajantemente es que
el·remedio sea una rebelión armada alentada por la Iglesia Popular y, como
hemos visto en este mensaje, defendida por los jesuitas. Ellos mismos facilitan
la prueba con sus dos cartas, enviadas desde una Congregación Provincial y
desde una Congregación General. No consta y no encaja que enviaran desde dos
instancias tan altas otra carta en el mismo sentido al subcomandante Marcos,
cuyas obras exhiben con profusión en su Centro Javier de la Ciudad de México.
El aliento a una rebelión armada para luego tratar de erigirse como mediadores,
es el método de Samuel Ruiz en México y había sido el método de los jesuitas
liberacionistas en El Salvador. Pero los jesuitas de México ni siquiera han
llegado aún a la función mediadora.
DEL CUARTO VOTO A LA CUARTA COLUMNA
Un domingo
de junio de 1995, después de asistir a la inolvidable Misa mexicana en la
iglesia de Nuestra Señor la de los Ángeles, «La Placita» sede de la primitiva
Misión española que ha dado nombre a la megalópolis de California —creo que ya
me he referido a tan grato recuerdo— nos reunimos con algunos jesuitas, amigos
nuestros desde hace años, que me ofrecieron, entre otras cosas, el número
recién aparecido de la revista The Catholic world report, una de las más
interesantes que se editan en toda la Iglesia, a la que sigo de cerca desde que
el padre Fessio, su director, dejó la edición americana de 30 Giorni por
discrepancias con el excesivo carácter italianizante (añadido a la pésima
información sobre España y América) de esa revista romana. El padre Fessio es
la viva prueba de cómo un jesuita ignaciano puede ser plenamente moderno. Ya he
recordado que, cuando estudiaba teología, se negó a sumarse a las modas
delirantes y destructivas de sus jóvenes compañeros jesuitas y quisieron
someterle a una cura psiquiátrica que necesitaban mucho sus adversarios. Pues
bien, el padre Fessio tenía delante los mismos documentos secretos de la CG34
que acabo de resumir y comentar (aunque creo que menos completos) y publicó, a
propósito de esos documentos, un editorial en su revista, firmado por «Glaucon»
—su seudónimo, según todos los indicios— con el mismo título que he escogido
para este
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epígrafe y con él
cierro esta sección sobre la Congregación General 34[236].
En
tiempos más felices un Papa reinante podía siempre estar seguro de que, cuando
se enfrentaba a una batalla pública, los jesuitas estarían detrás de él,
apoyándole, con su entusiasmo por el combate intelectual, su rigor escolástico
y su famoso cuarto voto de fidelidad al Pontífice. Cuando se reunió en Roma a
principios de este año la Congregación General 34 de la Compañía de Jesús, los
líderes de los jesuitas mostraron que no habían perdido su apetito por la
controversia. Pero el cuarto voto se hundió en el olvido. Estos días, si un
Papa ve a los jesuitas cuchicheando a sus espaldas, debería preocupase: sus
propósitos podrían ser subversivos.
La
Congregación General se extendió desde enero hasta marzo, envuelta en secreto.
(Hubo algunas noticias no confirmadas según las cuales en un momento del
proceso el debate se volvió tan enconado que los delegados se pusieron de
acuerdo para tomarse unos días de descanso y enfriar los ánimos y reponer los
egos heridos). Pero mientras los extraños no pueden saber exactamente cuál fue
el contenido del parlamento jesuita la Congregación emitió finalmente una serie
de documentos. Estos comunicados son motivo suficiente para preocuparse por la
Compañía.
El
documento más amplio se titulaba «el servicio de los jesuitas a la Iglesia». En
él la Congregación parece prometer el apoyo jesuita a las enseñanzas del
magisterio, diciendo: «Mantendremos las dificultades en perspectiva y no las
aislaremos de su contexto. No sobreestimamos la posibilidad de dar escándalo».
Por ahora, bien. Pero ahora veamos cómo termina la frase: «Sin olvidar que
entre los extremos de la crítica pública precoz y precipitada y el silencio
servil existe la alternativa de la expresión moderada y respetuosa de nuestras
opiniones».
Desde
luego hay otra alternativa tanto a la «crítica precoz y precipitada» como al
silencio servil»: la de estar con entusiasmo de acuerdo con las enseñanzas del
magisterio. Pero parece que esa posibilidad no se les ocurrió a los líderes de
los jesuitas quienes afirman: «Reconocemos que, particularmente en lo referente
a aspectos doctrinales y morales, a menudo es difícil que los documentos del
magisterio expresen exhaustivamente todos los aspectos de un tema». ¿Cómo puede
reconciliarse este espíritu crítico con un voto de fidelidad? La Congregación
explica que los jesuitas «mantendremos abiertos los caminos oficiales,
permaneceremos en una postura de discernimiento y diálogo activo con nuestros
propios superiores de la Compañía y consultaremos y dialogaremos con otras
autoridades eclesiásticas competentes en espíritu de mutuo respeto y
comprensión». Algunos jesuitas apologistas justifican que su compromiso es con
la institución del papado y no con la persona del Papa. Este planteamiento
reduce el contenido del cuarto voto a pura abstracción que puede ser
interpretada para satisfacer las referencias individuales. Consideremos cuántas
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naciones
dicen apoyar la «institución» de la democracia, con qué variedad de resultados…
¿Es
posible apoyar al Papa y sin embargo atacar al Papa? Aparentemente, sí. Entre
los documentos emanados de la Congregación General, el que más atrajo la
atención de todos (quizás los primeros borradores fueron filtrados a
periodistas simpatizantes) se titulaba «Los jesuitas y la situación de las
mujeres». Aunque el papa Juan Pablo II ha intentado poner fin a la especulación
pública de si las mujeres podrían ordenarse algún día, el documento fue
universalmente interpretado como un esfuerzo para reiniciar la discusión. En
efecto, los líderes jesuitas insinúan que un Pontífice diferente podría llegar
a una conclusión diversa diciendo: «Se puede prever que algunas cuestiones del
papel de la mujer en la sociedad civil y eclesial madurarán indudablemente en
el tiempo». Por supuesto que los jesuitas esperan «participar en la aclaración
de estos temas». Y desde luego la Congregación no pone mucho esfuerzo en
defender la enseñanza católica tradicional sobre el papel de la mujer; el
documento nunca menciona a la Virgen María.
Si
estos fueran los lamentos de una congregación moribunda podrían ser descartados
fácilmente. Pero los jesuitas, que todavía controlan una enorme red de
instituciones poderosas, están haciendo planes para sobrevivir a la escasez de
vocaciones religiosas. El tercer documento importante emanado de la
Congregación General «Cooperación con los seglares en la misión» prevé la
creación de una nona división dentro del ejército jesuítico. Los «socios
seglares» pueden ser hombres o mujeres, casados o solteros e incluso podrían
ser ex sacerdotes jesuitas que han renunciado a los votos. Estos nuevos
«jesuitas» laicos trabajarían fuera del ámbito de la vida religiosa, libres del
peso de los votos de pobreza y obediencia. Bajo su tutela, las escuelas
sostenidas por una generación anterior de sacerdotes jesuitas fieles podrían
seguir su trabajo, ahora redefinidas como apoyo al Papado más que al Papa.
El
Papa Juan Pablo II ha expresado su confianza en que después de tantos años de
confusión la Compañía de Jesús marcha de nuevo por el buen camino. Quizás él
sepa algo que nosotros no sabemos. Quizá su afirmación pública fue un gesto
diplomático o una reflexión de su inquebrantable optimismo. Pero sean cuales
sean las razones de su confianza, esperemos que en su trato con los jesuitas el
Santo Padre no se olvide de cuidar sus espaldas.
Estoy de
pleno acuerdo con el diagnóstico del padre Fessio sobre la CG34. Me atrevo a
puntualizarle que la Congregación habló, y dos veces, del cuarto voto con al
menos aparente sinceridad, como ya he indicado en esta misma sección; el
problema es que otras afirmaciones contradictorias ponen en duda la eficacia de
ese compromiso. Lo que indica «Glaucon» sobre los fallos resbaladizos en el
problema de la obediencia y los propósitos semiocultos sobre el problema de la
mujer han quedado también claros en nuestra exposición. Creo que los jesuitas
rebeldes, que
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proceden
ahora con cierta sordina, están esperando que a la muerte de Juan Pablo II,
otro Papa más próximo a ellos pueda devolverles la ilusión, con lo que
inevitablemente acelerarán el hundimiento de la Orden, aunque tal vez estén
soñando en convertirla en una asociación de pocos sacerdotes y muchos seglares,
a imitación apenas disimulada del Opus Dei. Pero para lograr el éxito del Opus
Dei tendrían antes que asumir un espíritu paralelo en hondura e intensidad al
del Opus Dei y eso no se improvisa desde una rebeldía continuada, sobre todo
después de haber relegado al museo un espíritu tan admirable y resucitable hoy,
por encima de las palabras, como es el espíritu de San Ignacio de Loyola.
SECCIÓN 12: LA AGONÍA
ESTADÍSTICA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
TRECE MIL HOMBRES MENOS EN TREINTA AÑOS
Mejor que
con cualquier comentario, el lector puede comprender el descenso de vocaciones
desde 1965 hasta 1995 en el frío cuadro demográfico que ofrecemos en la figura
que aparece en la página contigua. Hasta la elección del padre Arrupe en la
Congregación General 31 (1965) el crecimiento de la Orden había sido continuo
hasta alcanzar en ese año el máximo de toda su historia: 36 038 miembros. Desde
el 1 de enero siguiente a la elección del padre Arrupe se inició el descenso,
con un tramo vertiginoso hasta la Congregación General 32; durante toda la
época Arrupe las pérdidas llegaron casi a los diez mil hombres. La elección del
padre Kolvenbach en la Congregación General 33 (1983) no impide el declive, que
se modera ligeramente, hasta 1990, cuando los efectivos vuelven a caer
vertiginosamente. Las mayores pérdidas se registraron en el cuatrienio 1970-73,
cuando fueron próximas al millar y en dos años lo rebasaron. En el último año
censado, 1995, han vuelto a incrementarse. Todos estos datos están transcritos,
como el cuadro de la página contigua, de una publicación oficial de la Compañía[237].
En el
comentario de la misma fuente se revela un dato no menos grave: al indicar que
está aumentando el índice de mortalidad, se está confesando que la pirámide de
edades está invertida; la abundancia de veteranos respecto de jóvenes es la
causa de ese aumento en el índice. Desde 1963 a 1995 el número de Hermanos ha
descendido a menos de la mitad, un 55%. Los sacerdotes, desde su máximo en 1970
hasta 1995 han descendido casi en la cuarta parte. Las salidas son más
abundantes en Occidente que en Oriente; en África y Asia meridional los jóvenes
exceden en un 30% del número de jesuitas, y no llegan más que al 8% en las
envejecidas Provincias de Europa occidental y meridional. El considerable
aumento de novicios en las Provincias de la India se atribuye a la institución
de un prenoviciado. Los estudios
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estadísticos
de la Orden prevén que el número de jesuitas se estabilizará en algo menos de
15 000 hacia el año 2040 si se mantiene el número de entradas, pero en el
último año censado ha fallado ya esta condición.
GRAFICO
Por otra
parte los índices de perseverancia son, desgraciadamente, muy bajos. No
dispongo más que de un caso comprobado, el de la provincia de Castilla de 1967
a 1977, casi la primera década del padre Arrope. En 1967 entraron 12, salieron
8, perseveraron (hasta 1977) 4. En 1968 entraron 11, salieron 8, 3
perseveraban. En 1969 entró uno y salió. En 1970 entraron dos y salieron. En
1971 entraron 4, salieron
2. Hasta 1967 entraron 45, salieron 30,
perseveraban diez años después 15. No cabe una expresión más concreta y
dramática de la crisis sufrida por la Compañía de Jesús, aunque sólo sean datos
de una Provincia.
La Orden de
San Ignacio se africaniza y se orientaliza, aunque la perseverancia de las
nuevas entradas no se ha comprobado aún. Parece que las Asistencias donde el
descenso ha sido más fuerte a partir de 1965 han sido Estados Unidos y España,
los dos centros logísticos para la teología de la liberación. El desafío del
Tercer Milenio puede convertirse en tragedia definitiva para una Compañía de
Jesús degradada y avejentada. Ante una consideración fría de cifras y riesgos
todo hace pensar que la Compañía de Jesús va a desaparecer por extinción
durante el siglo XXI, después de vivir unos años, o unas décadas,
transformada en una asociación de seglares, hombres y mujeres, dirigida por un
comité de ancianos sacerdotes. Claro que eso ya no será la Compañía de Jesús
que fundó San Ignacio.
Cuando
escribí en 1992 una descripción documentada sobre la actual decadencia de la
Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén (Orden de Malta) bajo el título Los
Caballeros de Malta van a morir, y eso que ya eran muertos vivientes en su
ostentosa sede romana de Vía Condotti, me aferraba a la esperanza
imposible de que la Rosa de Malta, la docena de Santos y beatos de la que fue
gloriosa y auténtica Orden religiosa y militar de la Iglesia (insisto, Orden
religiosa en sentido pleno) pudiera renovarse y revivir por la intercesión de
aquellos santos. Con mayor razón puedo esperar el milagro del espléndido
santoral y martirologio de la Compañía de Jesús, desde Ignacio y Javier en el
siglo XVI
a los jesuitas franceses que ofrendaron sus vidas en la Nueva Francia, alguno
de ellos en plena noche oscura, sumido en las dudas más atroces sobre su misma
fe, pero supo morir por ella; hasta el recién proclamado beato Claudia de la
Colombiere, elevado a los altares por Juan Pablo II entre la indiferencia, si
no desprecio, de la Compañía B; hasta el Padre Rubio, el apóstol de Madrid,
beatificado también en nuestros días y por el que siento una veneración muy
especial porque es el único santo a quien he visto personalmente aunque no
puedo acordarme de él, porque vino a mi casa a bendecirme al día siguiente de
mi nacimiento. Ese plantel de Santos, gloria de toda la Iglesia, no puede
permitir que se
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extinga su
Orden, tienen que ayudar a los Papas a que terminen con la pesadilla, como
vienen intentando sin éxito alguno desde 1965. Si alguna vez vuelvo a escribir
sobre los jesuitas tal vez titule mi libro La Compañía de Jesús no puede
morir. Ojalá me salga a derechas la predicción, como creo que he acertado
en mi estudio sobre los zombis empenachados de Malta. Me queda aún una
pregunta.
¿POR QUÉ?
¿Por qué se
ha degradado hasta este extremo la Compañía de Jesús? Creo que todo este largo
capítulo de este libro se ha escrito, en el fondo, para contestar a esa
pregunta. El 8 de noviembre de 1993 el padre General Kolvenbach se la hacía a
sí mismo y a todos los jesuitas a quienes escribió con esa fecha para pedir
diagnósticos y respuestas. Conozco dos de esas respuestas, una pública, de la
Compañía B; otra hasta ahora inédita, de la Compañía A, la ignaciana y
marginada.
El padre
Gabino Uríbarri, que entonces vivía en el centro «Diego Laynez» de Madrid, y
que pertenece, según se desprende de su reflexión publicada en la revista de la
Compañía B Promotio iustitiae pero con mucha sinceridad y
espiritualidad, contesta con una frase de la CG32: «Las vocaciones surgen y se
desarrollan de un misticismo vital en la llamada de los «compañeros de Jesús».
El padre Uríbarri se había dedicado al ministerio entre los retardados mentales
en el movimiento «Foiet Lumiére» pero reconoce que algunos de los jóvenes
jesuitas que trabajaban junto a él no sentían la menor preocupación pastoral,
no vivían su misión como espiritual. Interpreta la promoción de la justicia
como servicio de Dios, que sobrepasa la ocupación concreta y aun la vida activa
de un jesuita, por ejemplo si cae en la cárcel por razones políticas. El padre
Uríbarri espritualiza su misión; la ve inserta en la relación del Padre y el
Hijo proyectada en el servicio a los hombres. Por eso su esperanza en el
fomento de vocaciones consiste en que se formen grupos de jesuitas inspirados
por esa mística de la misión, que debe expresarse y comunicarse para que los
jesuitas dedicados a esa misión no aparezcan como activistas sociales o como
miembros de una ONG.
La respuesta
del padre Uríbarri me parece admirable y positiva; su ejemplo es todo un
camino. Pero él mismo reconoce que los jóvenes jesuitas que trabajaban con él
no se movían con ese espíritu. Y el veterano jesuita que me enviaba esta
respuesta del padre Uríbarri apostillaba al margen: «¿Y para qué tiene que
moverse un jesuita por razones políticas?».
Por lo tanto
el padre Uríbarri está muy bien orientado en su trabajo pero la experiencia
demuestra que su alta tensión espiritual no ha servido para casi nadie. La
llamada de la CG32 se ha diluido, fuera de casos excepcionales como el suyo, en
la pérdida del espíritu ignaciano y no se ha transformado en «misticismo de
misión» ni nada que se le parezca. A salvo, pues, lo elevado de su ejemplo
personal y otros semejantes, la promoción de la justicia ha fracasado por
completo como motor espiritual y no digamos «místico» de la Compañía de Jesús.
La segunda
respuesta, valerosa y aterradora, fue enviada al padre General por uno
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de mis
maestros en la fecha simbólica de 1 de enero de 1994, cuando estalló la
rebelión de Chiapas. Se trata de un jesuita que ya ha rebasado los ochenta
años, cuyo nombre no daré porque el destinatario de la carta lo conoce y no
quiero comprometerle en público. Se trata de un jesuita ejemplar, gran
profesor, que nos transmitía el pensamiento tradicional con pleno conocimiento
del pensamiento moderno. Esta es su carta:
Muy reverendo
padre General:
He leído su
carta de oficio sobre promoción y cultivo de vocaciones a la Compañía, sin duda
con la misma preocupación y pena con que ha sido escrita, preocupación que
usted manifiesta en aquella ponderativa frase: «Todo el esfuerzo de preparación
de la C.G. tendría poco sentido si no quedara nadie para cumplirlo».
Constata
usted en su carta: «hay diócesis y otras familias religiosas que no carecen de
vocaciones». Así es, en efecto, y por lo que conozco abundan en vocaciones.
Pienso por ejemplo en los Legionarios de Cristo y en el Lomen Dei. Añade usted:
«este hecho no parece plantear ninguna pregunta a esta o aquella provincia».
¿Es posible? El amor a Cristo y a la Compañía nos urge a preguntarnos y a
indagar por qué ellos sí y nosotros no. Si la vocación es un don de Dios —y de
aquí hay que partir— una obvia y primera respuesta a esta pregunta: porque Dios
no nos las envía. Tremenda y evidente conclusión que nos obliga a un sincero y
profundo examen de conciencia colectiva. Usted, Muy Reverendo Padre General, lo
inicia noblemente en su carta y se lo agradezco. «Es preciso —nos dice—
reconocer que no faltan casos en los que la Compañía tiene su parte de
responsabilidad, cuando el jesuita en formación pierde el sentido religioso y
dado el caso el sentido sacerdotal y la misma fe… vive en condiciones nada
favorables a su vocación… el ambiente de la comunidad carece de vigor
apostólico y rigor religioso… Todo esto es muy serio y muy grave. Pero ¿sólo
«en casos de jesuitas en formación»? ¿No habrá que afirmarlo y «a fortiori» de
otras comunidades y sectores de la Compañía? Es obligado imaginarlo y luego
corregirlo. Yo me permito aportar lo mío, algo que hiere mi sensibilidad de
jesuita: cierta imagen que hoy da la Compañía y que, a partir de los hechos
reales, resumo brevísimamente, contrastado con el sentir de los fieles.
1.— Abandono
práctico, cuando no hostilidad «por razones pastorales» de la devoción al Sdo.
Corazón de Jesús, el «munus suavissimum», nuestra característica antaño, con la
que tanto bien hicimos a la Iglesia y a las almas. Item: abandono, poco empeño
en el culto y propaganda de nuestros Santos y beatos, Sus fiestas pasan casi o
totalmente desapercibídas entre nosotros. En mi Comunidad se ha suprimido la
Novena de Nuestro P. San Ignacio.
2.—
Contestación al Papa y al magisterio de la Iglesia. Ultimo ejemplo: no ha
bastado la nota que se dio a la prensa por el modo con que S.S. vetó el
nombramiento del P. Busto como rector de la Universidad Comillas, sino que se
le designa delegado a la CG34 por su Provincia.
3.— Doctrinas
«extrañas» por su equívoca ortodoxia con escándalo de los fieles y
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más de los
entendidos. Nuestras revistas, libros, conferencias etc., han dejado de ser el
punto de referencia seguro y orientador para los fieles; ahora, todo lo
contrario.
4.—
Celebraciones litúrgicas de la Sta. Misa sin ornamentos, posturas muy poco
reverentes, deprisa, en pocos minutos, sin acciones de gracias etc. Exposición
mayor en mi comunidad, los domingos, diez minutos nada más. Eso sí, horas y
horas de televisión.
5.— Nuestros
escolares, en pisitos. El «cáncer de la vida religiosa y seminarística» en
palabras del cardenal Garrone. A esto se añade la falta de una sólida formación
clásica, latina y escolástica, que constituía nuestra fuerza y la base de
nuestro prestigio doctrinal y apostólico.
6.— Vestir
totalmente de seglar, con corbata etc. etc. Muy lejos del criterio de nuestro
santo fundador y desde luego del «sensus fidelium» que tanto cuidaba nuestro
Santo Padre Ignacio. Al ver fotos de grupos de Nuestros ¿éstos son jesuitas?
Ante esta
imagen que ofrece la Compañía, se comprende que Dios no envíe vocaciones. Es
curioso ver que esta imagen contrasta, punto por punto, con la imagen que dan
de sí, por ejemplo, esas dos familias religiosas a las que antes he aludido,
los Legionarios de Cristo y Lumen Dei. Contrastan en la imagen y contrastan
también y muy significativamente en el número de vocaciones. Ellos abundan y
nosotros carecemos. Es esto tanto más de notar cuanto que ellos acaban de nacer
y con pretensiones de ser una copia de la Compañía, aun en el nombre, no tienen
ni nuestra historia ni el tesoro de nuestros santos, de nuestros misioneros
etc., que tanto sirve y ha servido para atraer vocaciones y sin embargo ellos
abundan y de una manera espectacular «hic et nunc». Los datos son fehacientes.
¿No nos dice esto nada? ¿Por qué Dios no nos envía vocaciones y a ellos sí? ¿No
será porque no aprueba y por eso no bendice con vocaciones la imagen que
estamos dando y la de ellos sí, que se mantiene fiel al original que nosotros hemos
abandonado? La cosa parece clara. Al menos así lo entienden los fieles que se
vuelcan con ellos en aprecio, en donaciones, en vocaciones.
Entrando más
a fondo en este examen de conciencia colectiva para determinar de alguna manera
«nuestra parte de responsabilidad» como usted dice, por lo que Dios no nos
envía vocaciones, pienso en los siguientes factores que se han introducido y
evidentemente han distorsionado nuestra identidad.
Primero.— Un
«igualitarismo radical» que aparece aun en los mismos Catálogos. Este
«igualitarismo», manifestado de muchas maneras, mata poco a poco el sentido
auténtico de la autoridad y del sacerdocio católico, más en el mundo que
vivimos. Los «entes morales» hay que simbolizarlos y vivirlos, si no queréis
que se «vacíen» y mueran «quoad nos».
Segundo.— Un
«pluralismo institucionalizado» que desintegra la cohesión doctrinal y de vida,
que tanto necesitamos hoy y tanto cuidaba nuestro S. Padre, como se expresa en
la regla 42 del sumario de las Constituciones.
Tercero.— La
llamada «opción preferencial por los pobres». Siempre, desde el
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comienzo, la
Compañía ha tenido especial preocupación por los pobres. No había que
introducir nada nuevo, ni en nuestro derecho ni en la práctica. Corregirnos,
como en todo. La llamada «opción preferencial por los pobres» es rechazable en
cuanto que introduce el equívoco en nuestro horizonte constitucional. La
Compañía no tiene ni puede tener otra «opción preferencial» que la de su
compromiso con Cristo en la Contemplación del Rey temporal; «opción
preferencial» que le da la esencia y la existencia. Es, por lo demás, la
«opción preferencial» que Cristo propone a todos sus seguidores: «Buscad
primero el reino de Dios y su justicia». ¿Y los pobres? Bien clara es la
respuesta de Cristo, «Los pobres son evangelizados». No cabe otra «opción
preferencial» por los pobres. Lo demás, de cualquier tipo que sea, «se os dará
por añadidura». No puede estar en la misma línea de preferencia. Siempre se ha
derivado, en todos los órdenes, del reino de Cristo; buscando, por
consiguiente, siempre el «primum». Cualquier otra manera de optar y de trabajar
por los pobres puede fácilmente convertirse en una trampa.
Cuarto y
principal: Haber olvidado la gran advertencia que fue para la Compañía le
encíclica «Humani generiis» (1950) de Pío XII. Se ha dado excesiva entrada a
una metafísica subjetivista y evolucionista con grave detrimento de la única
metafísica aceptable y más para un católico, la metafísica del acto y la
potencia, la metafísica aristotélico-tomista. Justo lo contrario de lo que nos
manda nuestro P. Fundador en las Constituciones. Esta carencia de un tomismo
vivido —vivido y enseñado por nuestros profesores y escritores— nos ha llevado
a esos modos contestatarios y menos ortodoxos, que antes he señalado y a cierto
«neomodernismo» muy peligroso. Esa carencia de un tomismo apreciado y vivido,
como corresponde y quiere la Iglesia, la considero la raíz más venenosa de todo
lo que nos está sucediendo.
Siguiendo en
este examen de conciencia colectiva, atribuyo especial responsabilidad por
omisión al haber suprimido la lectura del comedor. Esta lectura constituía el
mejor «medio de comunicación social» que tenían los Superiores para dar a
conocer a todos los miembros de la Compañía las normas, disposiciones,
informaciones etc., de Roma y de la Santa Sede y recordar nuestras reglas y
modo de ser. Toda sociedad bien organizada facilita este conocimiento y los
gobiernos se desviven por contar con esos «mass media». Si los súbditos no
conocen con facilidad esas normas y leyes, mallas cumplirán; desde luego
andarán divididos y desorientados sin una base común, bien conocida de todos, a
la que atenernos. Así estamos. Además la supresión de las lecturas en el comedor
nos ha privado de una riqueza cultural y eclesiástica enorme, sobre todo nos ha
privado en gran medida del conocimiento de nuestra historia y de la vida de
nuestros santos y hombres ilustres, que con abundancia y repetidamente
recibimos por esa lectura. Grave daño. Una familia religiosa que desconoce su
historia y la vida de sus hijos más representativos ¿sabe de dónde viene y a
dónde va? La pérdida de la memoria individual suele ser síntoma de demencia
senil y la persona queda fuera de juego. ¿No estaremos corriendo ese riesgo?
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Aunque excesivamente conciso en toda la carta
por no alargarla quiero, sin embargo, terminar haciendo referencia a tres
jesuitas españoles, exponentes vivos y testimoniales de lo que voy diciendo. El
padre Ferrer Benimeli, conocidísimo por su defensa de la masonería, verdadero
escándalo para los fieles. El padre Llanos, compañero mío riguroso de estudios
y ordenación, siempre muy cercano. Con su carnet número 100 del partido
comunista, otro gran escándalo. Unos años antes de su muerte me decía que «Se había
equivocado con su comunismo». En sus dos «cuasi» autobiografías que se han
publicado de él aparece claro, para los que vivimos con él por los años
treinta, el giro «neomodernista» que dio y cómo lo dio. Lo mismo sucede con el
ex padre Díez Alegría, coprofesor muchos años. Por el 1958 escribí a Roma una
detallada denuncia sobre sus desviaciones doctrinales y el mal que hacía a los
discípulos S.J. Hoy la ratifico. Ahora bien ¿con estos ejemplares puede Dios
bendecir con vocaciones a la Compañía? ¿La reconocerá como suya?
Hago este
examen de conciencia colectiva y escribo esta carta desde un inmenso amor a la
Compañía de Jesús y a nuestra Santa Madre la Iglesia Jerárquica. ¿Cómo no
preocuparse y mucho por la falta de vocaciones a la Compañía e indagar en sus
posibles causas? En consecuencia yo aporto modesta y sinceramente mis
reflexiones, sin pretender que se acepten pero sí que se tengan en
consideración y se escuche mi voz y mi voto. Con ello moriré tranquilo, porque
no quiero ser cómplice con mi silencio de lo que considero son razones muy
fundamentales por las que Dios Nuestro Señor no nos envía vocaciones y permite
por consiguiente que la Compañía se extinga por falta de ellas. Por eso lo
denuncio ante la suprema autoridad de nuestro M.R.P. General.
Al llegar
aquí no puedo menos de recordar, para mi consuelo y esperanza, el maravilloso
discurso de S.S. el Papa Pablo VI el 3 de diciembre de 1974 a los Padres de la
Congregación General 32. ¿Qué ha sido de ese discurso y de tantas otras
palabras y gestos de amor, de estima y de orientación de los últimos Sumos
Pontífices a la Compañía de Jesús?
Sancte Pater Ignati, ora pro nobis![238]
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Los
testimonios y documentos que se presentan en este último capítulo proceden, en
su mayor parte, de la Santa Sede, las Congregaciones Generales y Padres
Generales y varios jesuitas, unos de la llamada «Compañía A» y otros de la
«Compañía B», división propuesta por un jesuita célebre en el órgano oficioso
del Vaticano, como recuerda el lector. En varios casos muy representativos (los
Papas y los padres Generales e incluso las Congregaciones Generales a partir de
1965) se sugiere o se afirma claramente que la causa principal de la decadencia
y la degradación de la Compañía de Jesús es la pérdida, absoluta o relativa, de
la fe.
A
continuación reproducimos un cuadro oficial sobre los efectivos de la Compañía
de Jesús por provincias en 1993, muy semejante a la situación en 1995.
Resulta
incomprensible que esta pérdida de fe no sea excepcional; explica por sí misma
los abandonos y no se comprende cómo pueden mantenerse personas en una Orden
religiosa si carecen de fe. Esta es la razón principal de la decadencia, la
relajación y, por supuesto, la terrible reducción de vocaciones. Claro que
existe un previo supuesto de hecho: reconocer la decadencia y la degradación
como realidades. Algunos documentos triunfalistas de las últimas Congregaciones
Generales no aceptan ese hecho e incluso hablan de mejoras y progresos. Pero
los padres Arrupe y Kolvenbach, en sus comunicaciones de mayor sinceridad, sí
aceptan el hecho de la decadencia y piden soluciones para remediarla.
La segunda
causa es la raíz de la anterior y no ha sido reconocida por los padres
Generales y las Congregaciones como tal, sino solamente como conjunto de casos
excepcionales, pero es mucho más. Consiste en una perversión del pensamiento
filosófico y teológico, compartida por lo demás con gran parte de la Iglesia
desviada. Esta perversión es muy anterior al Concilio aunque no ha manifestado
su fuerza demoledora hasta inmediatamente después del Concilio. El Papa Pío XII
advirtió seriamente contra esta perversión en su encíclica de 1950, tal vez
exagerada en algunas alusiones concretas pero muy certera en su diagnóstico y
en su objetivo. Es evidente la necesidad de modernizar la «filosofía perenne»
como hicieron, en su tiempo, Tomás de Aquino O.P. y el Doctor Eximio Francisco
Suárez S.J. Pero en nuestro siglo han logrado esa modernización pensadores como
Brentano, Zubiri, García Morente y Julián Marías, entre otros ejemplos. (Muchos
papagayos que corean a Zubiri sin entender una palabra de sus escritos ignoran que
su gran obra Naturaleza, Historia, Dios, consiste en adaptar a formas
modernas la metafísica suareciana de la analogía del ser). Pésimamente
fascinados y guiados por Maréchal, Rahner y el discípulo socialista de Rahner,
Juan Bautista Metz, los jesuitas «B» de la
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segunda
mitad del siglo XX han sustituido la escolástica por el vacío, es
decir por el inmanentismo, el subjetivismo, el relativismo y en definitiva por
el idealismo anacrónico; porque de Heidegger han regresado a Hegel y a Kant y a
veces a Marx. Esta regresión metafísica, a espaldas de la Ciencia Nueva —de
Planck a Penrose— que desconocen, se traduce teológicamente por la apertura
hacia el protestantismo y el modernismo, otra tremenda regresión. Y todo esto
lo presentan como «modernización» cuando es justamente al revés. De esa línea
han brotado la Teología política y la teología de la revolución y la
liberación. Esto significa que la perversión en el pensamiento de los jesuitas
de la «Compañía B» es, en el fondo, una perversión teológica y metafísica; y de
fuentes parecidas ha nacido la perversión en el pensamiento de otros Institutos
religiosos y una parte importante de la Iglesia en general. Todo ello combinado
con el empuje exterior y la infiltración interior del marxismo y el «miedo
rojo» a la victoria final del comunismo hasta la caída del Muro. En este
capítulo y en los anteriores de este libro espero que haya quedado claro el
origen y proceso de estas perversiones en el pensamiento filosófico y teológico
y en la «praxis» de la Compañía de Jesús y de la Iglesia. No han bastado las
advertencias clarividentes contra estas aberraciones, dadas por la Iglesia
desde la carta de San Pablo a Timoteo a Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II. A la
perversión del pensamiento ha seguido la perversión y tergiversación del
Concilio en el postconcilio, que estudiaremos en el segundo libro.
La tercera
causa, derivada de las anteriores, es la pérdida del carisma y la tradición
ignaciana, que son perfectamente compatibles con la modernización de la
Compañía y su adaptación a los requerimientos del Concilio Vaticano II. Claro
que la modernización sin carisma y sin apoyarse en la tradición de la Orden
equivale a construir castillos en el aire, en la nada. El síntoma más grave
para detectar la pérdida del carisma ignaciano es la inobservancia generalizada
del Cuarto Voto, la transformación de la Compañía de Jesús de fuerza religiosa
selectísima a las órdenes directas del Papa en corporación hipercrítica de
oposición y desobediencia sistemática al Papa, más o menos disimulada con
distingos artificiosos que recuerdan los de la escolástica decadente, de la que
tanto abominan los «innovadores».
En cuarto
lugar, y en relación directa con las tres causas anteriores, la Compañía se ha
degradado por cambiar unilateralmente y anticonstitucionalmente, contra los
expresos mandados de los últimos Papas, la teoría y la práctica de su misión,
que se concretó por la Congregación General 32 en el malhadado «servicio de la
fe» interpretado exclusivamente como «promoción de la justicia»,
un concepto que, o nadie sabe lo que significa (incluso el actual padre
General, según la encuesta del padre Tripole) o significa en la práctica la
«lucha contra las estructuras», es decir contra el liberalismo capitalista,
que, con todos sus defectos, todos corregibles, es el único sistema de la
historia humana que asegura el progreso real y la convivencia en libertad.
Significa también el compromiso sociopolítico de izquierdas, —socialista,
marxista, comunista y aun anarquista, según los casos— inspirado por el «clan
de
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izquierdas»
que desde 1965 se ha adueñado del poder en la Orden; e incluso la cooperación
de diverso signo con las revoluciones violentas de signo marxista, como las de
Chile, Nicaragua. El Salvador y México. Aunque la primera y la última han
disfrazado como democracia su auténtico objetivo y método.
Creo que
estas cuatro causas son necesarias y suficientes para explicar, ante los ojos
humanos, la decadencia y la degradación de la Compañía de Jesús. Todas las
demás causas que se han aducido en este libro son auténticas pero derivan de
estas cuatro primordiales. Como historiador no puedo profundizar más. Pero como
historiador católico no puedo negar, sino subrayar intensamente, el diagnóstico
del Papa Pablo VI, que manejaba mucha mejor información y era el Vicario de
Cristo, en 1968 cuando explicaba a cuatro obispos españoles, que me lo han
trasmitido directa y documentalmente, su convicción sobre «la descomposición
del ejército», la Compañía de Jesús, provocada mediante la acción de un
elemento «preternatural» según la parábola del trigo y la cizaña, el Enemigo
que ha pervertido una Orden que fue, desde su fundación, adelantada y barbacana
de la Iglesia católica. Este diagnóstico no supone introducir aquí un elemento
mágico o metahistórico; la declaración del Papa, y de un Papa a quien nadie
puede tildar de reaccionario, es un hecho histórico en sí, con el que como
historiador católico estoy plenamente de acuerdo. Un conjunto semejante de
perversiones sólo puede explicarse, en la lucha perpetua entre el Cristo de la
luz y el poder de las tinieblas, por una expresa intervención preternatural que
ante esa parábola citada de forma también expresa por el Papa, significa,
digámoslo con la palabra justa, una intervención satánica. «Yo no soy un lobo»
me decía una vez durante un diálogo radiofónico uno de los grandes promotores
de la perversión en la Compañía B. Era un lobo.
El reto con
que me he enfrentado en este libro era nada menos que describir, a la luz de la
visión de la historia humana profunda propuesta por el Concilio inspirado en el
Nuevo Testamento —el combate entre el poder de la luz el poder de las
tinieblas, las Puertas del Infierno— el asalto y la defensa de la Roca frente a
la Modernidad y la Revolución, en un contexto histórico y tratando de penetrar
hasta las raíces de esa lucha concreta, reflejo de la lucha perpetua. Cuando
empecé el libro me daba cuenta que se trataba de una misión imposible. Cuando
hablo en el subtítulo de «una historia de la Iglesia jamás contada» no estoy
introduciendo un reclamo comercial, estoy expresando que a mí nadie me ha
contado esa historia y que yo necesitaba conocerla y expresarla. Ahora, al
acabar el libro, tengo la impresión de que, pese a la modestia de mis medios,
la misión imposible se ha cumplido por mi parte. No ha sido fácil establecer,
desde sus raíces, el sentido de la Modernidad y de la Revolución como doble
asalto a la Iglesia, ni reconocer, en el mismo contexto histórico, las líneas y
las acciones para la defensa de la Iglesia. Todo esto he tratado de
investigarlo y expresarlo a una luz que, al menos para mí, es nueva; es decir
que muchas cosas contenidas en este libro yo no las conocía al iniciar mi
trabajo de información y detección de fuentes, que a veces ha sido
complicadísimo. Trazar ese contexto
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histórico
global, entre los vectores del pensamiento, la cultura, la ciencia y la
evolución social y económica era tan necesario como dificultoso. Con la Iglesia
del siglo XX
como objetivo fundamental he tenido que remontarme, en busca de raíces, hasta
el XIX,
siglo del falso Absoluto; el XVIII, siglo de las falsas Luces; el XVII,
siglo del racionalismo; el XVI, apogeo del Renacimiento y la Reforma. Ya en el
siglo XX,
a la sombra biográfica de los grandes Papas de nuestra época, he procurado
detectar en profundidad la historia contemporánea del asalto y defensa de la
Roca ante la recurrencia permanente, el continuo retorno de la Modernidad y la
Revolución. Todas esas líneas convergen en el Concilio Vaticano II y —como
hemos visto aquí para el caso de la Compañía de Jesús y estudiaré
monográficamente en el segundo libro, La Hoz y la Cruz— estallan después
del Concilio para volverse a encauzar durante la bendita Restauración de
Juan Pablo II, hacia el Tercer Milenio. El estudio, relativamente completo, de
la crisis de la Compañía de Jesús sirve como desembocadura de este primer libro
y como quicio para el planteamiento y desarrollo del segundo, cuyo índice
anticipo aquí. No pretendo en modo alguno considerarme en posesión de la verdad
pero mis fuentes son genuinas y he procurado orientarlas en el mismo sentido de
la fe recibída en mi infancia y del Magisterio de la Iglesia, conocido,
analizado respetuosa y críticamente y aceptado durante el resto de mi vida.
Todo a la luz de la fe y a la luz de la Historia. La fe es la misma verdad. La
Historia es maestra de la vida y luz humana de la verdad. No hay una doble
verdad sino una verdad única, que se identifica con el Camino y la Vida en una
persona que se definió a sí misma como Palabra. A esa palabra, al menos en mi
intención, me atengo.
FIN
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Se cierra la
corrección de pruebas de este libro el 7 de Octubre de 1995, fiesta de Nª Sra.
del Rosario y aniversario de Lepanto.
De fuente
romana autorizada se me indica que, hasta esta fecha, los documentos de la
Congregación General 34, que he ofrecido en este libro por primera vez como
exclusiva mundial, no han sido aprobados aún por la Santa Sede. De ser así —mi
fuente romana es alta y fiable— este retraso sería muy significativo y tal vez
se relacione con la lucha interna, a veces muy amarga y encrespada, que se
produjo, según la misma fuente, en el seno de la Congregación General. Por lo
demás esa lucha es un signo de esperanza.
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Las fuentes
se ordenan por capítulos, después de documentos, publicaciones periódicas y
obras generales.
Las obras
generales se ordenan en lista alfabética de autores.
Dentro de
cada capítulo las fuentes se consignan por su orden de aparición en el
capítulo, sea en las notas, en el texto o en el contexto. A veces, para
recalcar más la importancia de la fuente en un capítulo dado se repite su
ficha, ya facilitada en algún capítulo anterior.
FUENTES DOCUMENTALES
—DREEDE,
DREE o DE Documentos reservados, o testimonios reservados (con fecha y
autenticación) del Episcopado español1939-1995.
—FRSJ
Fuentes reservadas de la Compañía de Jesús. (Impresos «as usum NN. tantum»,
Actas de los Prepósitos Generales o las Congregaciones Generales 31 a 34,
Catálogos provinciales, Noticias provinciales, boletines informativos y
demográficos de la Curia Generalicia, documentos y testimonios de miembros
diversos de la Orden al autor).
—FRAA Fuentes
documentales varias, archivo del autor.
—FRR
Testimonios y documentos obtenidos en Roma o enviados al autor desde Roma.
PUBLICACIONES PERIÓDICAS
—Los diarios
más consultados por su interés en el tratamiento de temas sobre la Iglesia
Católica con proyección universal son, en España, ABC de Madrid
(información generalmente correcta y respetuosa) El País, de Madrid
(información generalmente sesgada y adversa) y El Mundo (del Opus a
Pérez Martínez). Entre los periódicos no españoles consultados destacan, en
México, Excelsior, Reforma y El Financiero; en Chile, El
Mercurio, en Italia La Stampa y Corriere de la sera y
L’Osservatore Romano (Ciudad del Vaticano), en Francia, Le Figaro y Le
Monde; en USA los Times de Los Ángeles y Nueva York, además
de varios periódicos en lengua hispana. Sin embargo la fuente periódica más
importante para este libro y el siguiente, La Hoz y la Cruz, es el Diario
Las Américas, publicado en Miami, Florida y difundido en todo el
continente. Bajo la magistral dirección de don Horacio Aguirre contiene la
mejor y más equilibrada información sobre asuntos políticos y religiosos de
Iberoamérica y los Estados Unidos.
—Se han
consultado regularmente en España las revistas Razón Española,
www.lectulandia.com - Página 931
Ecclesia,
Epoca, Tiempo, Siempre p’alante, TFP-Covadonga, El Pilar, El Terol, Vida Nueva,
Misión Abierta, Razón y Fe, 30 Días. Iglesia-Mundo (hasta su lamentable cierre) Proyección.
—En Italia La
Civiltá Cattolica, IDOC-International.
—En Francia,
Itinéraires, Informations Catholoiques Internationales, Travaux de la Loge
de Recherches Villard d’Honnecourt (para temas masónicos, colaboración de
jesuitas). Y la interesantísima Lettre d’Information de Pierre de
Villemarest.
—En México Summa,
Proyecto, Jesuitas de México y las publicaciones del Centro Javier.
—En El
Salvador la Revista Latinoamericana de Teología, editada por el Centro
de Reflexión Teológica de la UCA.
—En Estados
Unidos, Theological Studies, Time, National Jesuit News, New England Jesuit
News, America (en sus dos épocas) Wanderer The Forum Foundation,
Catholic World Report, Blueprint for Social Justice, National Catholic
Reporter, National Catholic Register.
—Se han
consultado ocasionalmente otras muchas revistas como se indica en las Notas.
OBRAS GENERALES
—Anuario
Pontificio 1994 Ciudad del Vaticano,
Lib. Editrice Vaticana, 1994 Benlloch Pavera A,. (dir) Código de Derecho
Canónico 5ª ed. Valencia, Edicep ABL-Delmo, 1993.
—Brosse, O. de la
et al. Diccionario del Cristianismo Barcelona, Herder, 1974.
—De la Cierva R. Historia
de América Madrid, Epoca, 1992 (dos vols.).
—De la Cierva, R. Jesuitas, Iglesia y
marxismo Barcelona, Plaza y Janés, 1986. —De la Cierva, R. Oscura
rebelión en la Iglesia Barcelona, Plaza y Janés, 1987.
—Denzinger-Schonmetzer Enchiridion symbolorum, definitionum et
declaationum.
Barcelona, Herder, 1973.
—Crónica de la
Humanidad Barcelona, Plaza y Janés, 1987.
—Doctrina
Pontificia, Documentos políticos J.L. Gutiérrez
García (ed). Madrid,
BAC, 1958.
—Doctrina Pontificia, Documentos sociales Federico Rodríguez (ed). Madrid, BAC, 1964.
—Ferrater Mora, J. Diccionario de Filosofía,
2 ed. Madrid, Revista de Occidente, 1974.
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de la Iglesia ed. esp. de José María Javierre. 30 vols.
Valencia, EDICEP, desde 1974.
—García Morente, M. y Zaragüeta, J. Fundamentos
de Filosofía Madrid, Espasa-Calpe, 8ª ed.
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—Hertling, L. Historia de la Iglesia Barcelona, Herder, 1986.
—Illanes, J.L. et
al. Historia de la Teología Madrid, BAC, 1995.
—Jedin, H. Manual
de Historia de la Iglesia Barcelona, Herder, 1977s. Especialmente tomos
VII, VIII, IX y X. Este último se refiere a España, Portugal y América Latina y
se debe a Quintín Aldea y Eduardo Cárdenas.
—Llorca, B.,
García Villoslada, R, Montalbán y Laboa, J.M. Historia de la Iglesia
Católica vols I a IV. Madrid, BAC, desde 1976. (No se ha publicado el segundo
tomo del vol. IV).
—Lortz,
Joseph Historia de la Iglesia en la perspectiva de la historia del
pensamiento. Dos vols. Madrid, Cristiandad, 1982.
—El
Magisterio Pontificio Contemporáneo,
(dos vols) ed. Fernando Guerrero, Madrid, BAC 1991. Para todos los documentos
pontificios citados en el texto.
—Marías,
Julián Historia de la Filosofía Obras 1 (6ªed. 1981) Madrid, Revista de
Occidente. (Tomos 1-IX).
—Mathieu-Rosay J. Los Papas, de S. Pedro a
Juan Pablo JI Madrid, Rialp 1990. —Novum Testamentum graece et latine
Roma, Pont. Instit. Bíblico, 1948. ·-Nuove quaestioni di Storia
contemporanea dos vols. Milán. Marzorati, 1968. —Nouve questioni di
Storia moderna dos vals. Milán, Marzorati, 1968. —Palacio Atard, V. Manual
de Historia Universal, Edad Contemporánea,
Madrid, Espasa-Calpe, 1960.
—Sabine, G. Historia
de la teoría política México, Fondo de Cultura Económica, 1974.
—Varios
autores. Las referencias a la historia del pensamiento están tomadas de mis
apuntes de las dos licenciaturas en Filosofía y de las obras citadas de Julián
Marías, J. M. García Morente, J. Ferrater Mora, G. Sabine y J. Lortz, así como
de mis lecturas y anotaciones de aquella época que se han ido renovando
después.
PÓRTICO
—Concilio
Vaticano 11, Constitución Gaudium et spes, en Vaticano 11, Documentos,
Madrid, BAC 1971 p. 177s.
—Alvear
Acevedo, Carlos Episodios de la Revolución Mexicana, México, Jus, 1988.
—Roger
Haight S.J. The Case for Spirit Christology, en Theological Studies 53
(1992) 257s.
—Tusell,
Javier La URSS y la perestroika desde España, Madrid, Instituto de
Estudios Económicos, 1988. (Colección Grandes Profecías, como prospectiva para
las grandes inversiones de que se ocupa el Instituto).
—Brzezinski, Z. El
gran fracaso. Nacimiento y muerte del comunismo en el siglo
XX Madrid, Maeva, 1989. Original inglés en 1988, el mismo año en que el
profético
www.lectulandia.com - Página 933
libro de Tusell
pronosticaba todo lo contrario.
—Fukuyama, F. The end of History, en The
national Interest, verano 1989. —De la Cierva, R. Historias de la
corrupción Barcelona, Planeta, 1992. —Montero, A. Historia de la
persecución religiosa en España 1936-1939
Madrid, BAC, 1961.
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Aguilar, F. Nueva evangelización Madrid, Encuentro, 1991.
—Casaldáliga,
Pedro CMF Nicaragua, combate y profecía Madrid, Ayuso, 1986.
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El triple secreto de la Masonería Madridejos, Fénix, 1994.
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Munich, Koselverlag, 1994.
—De la Cierva, R.
Los años mentidos Madridejos, Fénix, 1993.
—De la Cierva, R. No nos robarán la Historia
Madridejos, Fénix, 1995. —Pérez, Antonio, S.J. Universo religioso en la obra
de Francisco Umbral: Dios
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nº 111, Valladolid, diciembre 1988.
—Pérez Martínez, F. («Umbral, F».) Pío XII,
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CAPÍTULO 1
—Díaz Macho. A. y S. Bartrina (eds). Enciclopedia
de la Biblia Barcelona, Garriga, 1963, vol VI.
—Casciaro, J.M. Iglesia y Pueblo de Dios en
el Evangelio de san Mateo, en XIX Semana Bíblica Española, Madrid, CSIC,
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—Los demonios,
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CAPÍTULO 2
—Juan Pablo II Cruzando el umbral de la
esperanza Barcelona, Plaza y Janés, 1994.
—Marías, J. Historia…
(op. cit).
—Ferrater Mora J.
Diccionario… op. cit.
—Leipoldt, J. y Grundman, W. El mundo del
Nuevo Testamento Madrid, Cristiandad, 1973.
—Couvert, E. De
la Gnose a l’Ecuménisme (3 vols) Chiré-en-Montreuil, eds. de
www.lectulandia.com - Página 934
—Fuerza
para vivir Publicación de una secta
familiar norteamericana que ha inundado las pantallas españolas de televisión
en 1995.
—Barruel,
abate Agustín (S.J. hasta la supresión) Memorias para servir a la historia
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della gnosi en VV.AA. Brescia,
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—Álvarez
Bolado, A. et al. Dios y la ciudad Madrid, Cristiandad, 1975. Para las
obras de Rahner, Bloch y Moltmann ver más abajo capítulo 7 sección 6.
—Sánchez
Dragó, F. Gárgoris y Habidis, historia mágica de España. Tuve el honor
de contratar este libro para la Editora Nacional en 1973. Luego la Editora tomó
otros rumbos hasta su extinción y el autor lo publicó en Hiperión con enorme
éxito.
—Eco,
Umberto El nombre de la Rosa y El péndulo de Foucault han sido editados
en Italia y en España por las editoriales Bompiani, y Lumen.
—Benítez,
J.J. La rebelión de Lucifer, Barcelona, Planeta, 1985. La serie de El
caballo de Troya en la misma Editorial.
—Ciaran, E.M. El
aciago demiurgo Madrid, Taurus, 1974.
CAPÍTUL03
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discurso filosófico de la modernidad Madrid, Taurus, 1988, ed.
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XXXI, 1982, documento base. —Gómez Heras, J.M. Religión y modernidad,
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Barcelona, Planeta, 1993. —Runciman, S. Historia de las Cruzadas 3 vals.
Madrid, Alianza Universidad,
1985-87.
—Varios
autores. Para este capítulo resulta especialmente válida la observación de
fuentes que anoté al final de las referencias a Obras Generales. He pretendido
construir una síntesis, no un análisis monográfico sobre los orígenes de la
Modernidad y la transición a ella desde la Edad Media.
www.lectulandia.com - Página 935
—Sobre las grandes fases de corrupción en la
Santa Sede (siglos X y
XVI) he aducido algunas evocaciones en mi libro, ya
citado, Historias de la corrupción.
—García
Villoslada, R, S.J. Martín Lutero dos vols. El fraile hambriento de
Dios y La lucha contra Roma Madrid, BAC maior, 1973.
—Zubiri, J. Naturraleza, Historia, Dios
Madrid, Editora Nacional, 1974. —Weber, Max La ética protestante y el
espíritu del capitalismo, (1901) Madrid,
Península, 1973.
—Gutiérrez,
Constancia, S.J. Trento, un Concilio para la unión 3 vols. Madrid,
Instituto Flórez del CSIC, Seteco Artes Gráficas, 1981.
—Bangert,
W.V., S.J. Historia de la Compañía de Jesús Santander, Sal Terrae, 1981.
A partir de la p. 621 esta Historia sufre un añadido por parte de la editorial
jesuita española que equivale a una manipulación extrahistórica.
—Pontificia
Academia de Ciencias Copernico, Galileo e la Chiesa. Fine della controversia.
Florencia, Olschki, 1991.
—Yovel, Yirmiyahu Spinoza and other heretics,
Princeton Univ. Press, 1988. —Barruel, A op. cit. que fue el libro más vendido
a fines del siglo XVIII y
principios del XIX,
sepultado luego en un aluvión acrítico de silencios pero que conserva, a mi
juicio, un alto valor de testimonio, documentación y análisis. Fue una de las
lecturas favoritas de Edmund Burke, que no comulgaba con ruedas de molino.
—J.
Chevallier Histoire de la francmaçonnerie française, 3 vols., París,
Fayard, 1974.
—Johnson, P.
Intellectuals Londres, Weidenfeld and Nicholson, 1988. Hay edición
española posterior.
—Velarde Fuertes
J. El libertino y el nacimiento del capitalismo, Madrid, edics.
Pirámide, 1981.
CAPÍTULO 4
—Para los
contextos de la Revolución atlántica cfr. R. de la Cierva Historia de
América ya citada.
—Chaunu P. Le
grand déclassement París, Laffont, 1989.
—García de
Enterría, E. La formación del Derecho Público europeo tras la Revolución
Francesa Madrid, Real Academia Española, 1994.
—Bracher, K.D. La dictadura alemana, dos
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Londres, Macmillan, 1987. —MacLellan, David Karl Marx, su vida y sus ideas,
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traducidas por Manuel Sacristán,
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ed. Grijalbo. He anotado hasta el vol. 41 (1973) que contiene el libro 1, vol.
II de El Capital.
—Penrose, R. La
nueva mente del emperador Barcelona, Mondadori, 1991.
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—Del Pino Artacho, J. apud Escritos de teoría
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CAPÍTULO 5
—Nietzshe, op,
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La libertad de palabra en la Iglesia y la teología. Ibíd. 1985.
(Me propongo
dedicar un estudio monográfico, que adoptará necesariamente la forma de
esperpento y el estilo de humor negro, a este singular y prolífico jesuita
rojo, que sigue cobijado bajo el fantasma del Muro y cuyas publicaciones siguen
inundando los conventos de monjas del mundo hispánico. Es un caso de tozudez y
de ausencia de todo talante crítico y sobre todo autocrítico que explica por sí
mismo la crisis de pensamiento en la Compañía de Jesús. Su última hazaña ha
sido defender a otro hombre de las cavernas, el señor Arzallus, cuando el vasco
se permitía vetar los nombramientos episcopales del Papa Juan Pablo II, que le
ha mandado silenciosamente a donde los Papas mandan silenciosamente a los
pelmazos).
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—Martin, Malachi The
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(Este libro,
que apareció poco después de los míos sobre jesuitas y teología de la
liberación, fue objeto de una durísima campaña de prensa en los Estados Unidos,
organizada por los jesuitas de aquella Asistencia. La pieza fuerte de la
contracampaña era un serio informe del historiador Padberg, que señala muchos
errores de hecho en el libro del ex jesuita Martin pero no invalida su
testimonio directo. Martin no aporta documentación y con ello se expone a la
hipercrítica. Como mis publicaciones de 1985-87 contienen abundante
documentación, los jesuitas americanos y españoles no se atrevieron a someterme
al tratamiento que recibió Malachi Martín. No podían negar mis documentos).
www.lectulandia.com - Página 948
RICARDO DE LA CIERVA Y HOCES.
(Madrid, España; 9 de noviembre de 1926) es un Licenciado y Doctor en Física,
historiador y político español, agregado de Historia Contemporánea de España e
Iberoamérica, catedrático de Historia Moderna y Contemporánea por la
Universidad de Alcalá de Henares (hasta 1997) y ministro de Cultura en 1980.
Nieto de Juan de la Cierva y
Peñafiel, ministro de varias carteras con Alfonso XIII. Su tío fue Juan de la
Cierva, inventor del autogiro. Su padre, el abogado y miembro de Acción
Popular, el partido de Gil Robles, Ricardo de la Cierva y Codorníu, fue asesinado
en Paracuellos de Jarama tras haber sido capturado en Barajas por la delación
de un colaborador, cuando trataba de huir a Francia para reunirse con su mujer
y sus seis hijos pequeños. Asimismo es hermano del primer español premiado con
un premio de la Academia del Cine Americano (1969), Juan de la Cierva y Hoces
(Oscar por su labor investigadora).
Ricardo de la Cierva se
doctoró en Ciencias Químicas y Filosofía y Letras en la Universidad Central.
Fue catedrático de Historia Contemporánea Universal y de España en la
Universidad de Alcalá de Henares y de Historia Contemporánea de España e
Iberoamérica en la Universidad Complutense.
Posteriormente fue jefe del
Gabinete de Estudios sobre Historia en el Ministerio de Información y Turismo
durante el régimen franquista. En 1973 pasaría a ser director general de
Cultura Popular y presidente del Instituto Nacional del Libro Español. Ya en la
Transición, pasaría a ser senador por Murcia en 1977, siendo nombrado en 1978
www.lectulandia.com - Página 949
consejero
del Presidente del Gobierno para asuntos culturales. En las elecciones
generales de 1979 sería elegido diputado a Cortes por Murcia, siendo nombrado
en 1980 ministro de Cultura con la Unión de Centro Democrático. Tras la
disolución de este partido político, fue nombrado coordinador cultural de
Alianza Popular en 1984. Su intensa labor política le fue muy útil como
experiencia para sus libros de Historia.
En otoño de 1993 Ricardo de
la Cierva creó la Editorial Fénix. El renombrado autor, que había publicado sus
obras en las más importantes editoriales españolas (y dos extranjeras) durante
los casi treinta años anteriores, decidió emprender esta nueva editorial por
razones vocacionales y personales. Al margen de ello, sus escritos comenzaban a
verse censurados parcialmente, con gran disgusto para el autor. Por otra parte,
su experiencia al frente de la Editora Nacional a principios de los años
setenta, le sirvió perfectamente en este apartado.
De La Cierva ha publicado
numerosos libros de temática histórica, principalmente relacionados con la
Segunda República Española, la Guerra Civil Española, el franquismo, la
masonería y la penetración de la teología de la liberación en la Iglesia
Católica. Su ingente labor ha sido premiada con los premios periodísticos
Víctor de la Serna concedido por la Asociación de la Prensa de Madrid y el
premio Mariano de Cavia concedido por el diario ABC.
Ideológicamente, Ricardo de
la Cierva se define a sí mismo como «un claro anticomunista, antimarxista y
antimasónico, y desde luego porque soy católico, español y tradicional en el
sentido correcto del término». Afirma que «siempre he defendido al
General Franco, y su régimen y los principios del 18 de julio, pero también era
capaz de ver los errores que había dentro y de decírselos al propio Franco».
Notas
www.lectulandia.com - Página 951
[1] A. Díez Macho y S. Bartina (eds). Enciclopedia de la Biblia, Barcelona, Garriga, 1963, vol. VI p. 1010. <<
www.lectulandia.com - Página 952
[2] J. M. Casciaro, Iglesia y Pueblo de Dios en el Evangelio de San Mateo, en semana bíblica española, Madrid, CSIC, 1962, p. 82-87. <<
www.lectulandia.com - Página 953
[3] Tes5, 4. <<
www.lectulandia.com - Página 954
[4] Efesios 6, 12 ss. <<
www.lectulandia.com - Página 955
[5] II Cor. VI, 14-17. <<
www.lectulandia.com - Página 956
[6] Los demonios, doctrina teológica-bíblica «Biblia y fe» 1993 n. 56. <<
www.lectulandia.com - Página 957
[7] Luis Eduardo López Padilla El Diablo y el Anticristo. México, Lib. Parroquial de Clavería 1989 p. 44s. <<
www.lectulandia.com - Página 958
[8] «Historia del Diablo» Madrid, EDAF 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 959
[9] Barcelona, Herder, 1973 p. 870 ss. <<
www.lectulandia.com - Página 960
[10] J. Pablo II op. cit. p. 103. <<
www.lectulandia.com - Página 961
[11] J. Marías Historia de la filosofía 26 ed. Madrid, Revista de Occidente, 1974, p.
105., J. Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, 2 ed. Madrid, Alianza, 1980, tomo II ad vocem. <<
www.lectulandia.com - Página 962
[12] Cap. VIII de J. Leipoldt y W. Grundmann El mundo del Nuevo Testamento, Madrid, Cristiandad, 1973, p. 388 s. <<
www.lectulandia.com - Página 963
[13] E. Couvert La Gnose contre la foi, Chiré en Montreuil, Eds. de Chiré, 1989 p. 21.
<<
www.lectulandia.com - Página 964
[14] Cfr. Scbenke, op. cit. p. 411. <<
www.lectulandia.com - Página 965
[15] Cfr. 30 Giorni 88 (1995) 50. <<
www.lectulandia.com - Página 966
[16] Cfr. 30 Giorni 49 (1991) 56 s. <<
www.lectulandia.com - Página 967
[17] Cfr. 30 Giorni V-1 (enero 1991) 42 s. <<
www.lectulandia.com - Página 968
[18] J. Pablo II Cruzando el umbral… p. 74 s. <<
www.lectulandia.com - Página 969
[19] Abate Agustín Barruel (ex. S.J. Memorias para servir a la historia del jacobinismo, ed. española, Vich, imp. Luis Barján, 1870 cuatro vols, enc. en dos. <<
www.lectulandia.com - Página 970
[20] 30 Giorni 68 (1993) 60s. <<
www.lectulandia.com - Página 971
[21] Cfr. R. García Villoslada (dir) Historia de la Iglesia en España vol. 1, Madrid, BAC, 1979 p. 235 S. <<
www.lectulandia.com - Página 972
[22] M: del Río La magia demoniaca, ed. Hiperión, 1991 p. 106 s. <<
www.lectulandia.com - Página 973
[23] Cfr. A. de Nola Historia del diablo, Madrid, EDAF, 1992, p. 92 s).. <<
www.lectulandia.com - Página 974
[24] Barcelona, Planeta, 1992 p. 61 s. <<
www.lectulandia.com - Página 975
[25] Cfr. E. Couvert, La Gnose… II p. 43 s. <<
www.lectulandia.com - Página 976
[26] Barcelona, Planeta, 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 977
[27] El lector que conozca mi libro Historias de la corrupción (Planeta 1992) reconocerá en los párrafos que preceden y los que siguen bastantes referencias a cuanto allí expuse. <<
www.lectulandia.com - Página 978
[28] E. Couvert, La Gnose universelle, Chiré en Montreuil, Eds., de Chiré, 1993, p. 9 s. <<
www.lectulandia.com - Página 979
[29] E. Couvert. op. cit. p. 57. <<
www.lectulandia.com - Página 980
[30] W. Hannah Darkness visible, Devon, Augustine Press, 1952 p. 60. <<
www.lectulandia.com - Página 981
[31] León XIII Humanun genus ed. BAC, Madrid 1958 p. 174. <<
www.lectulandia.com - Página 982
[32] Cfr. El triple secreto… p. 340 s. <<
www.lectulandia.com - Página 983
[33] E. Couvert, op. cit., 1 p. 7 y 57. <<
www.lectulandia.com - Página 984
[34] E. Couvert, La Gnose universelle, III p. 91. <<
www.lectulandia.com - Página 985
[35] Seréis como dioses, Eds. de la Universidad de Navarra, 1991, p. 27 s. <<
www.lectulandia.com - Página 986
[36] A. del Noce Violenza e seccolarizacione della gnosi en VV.AA., Brescia, 1980 p.
215 apud Massimo Borghesi, 30 Giorni, 52 (1992) 50 s. <<
www.lectulandia.com - Página 987
[37] E. Couvert, op. cit., 1, p. 48, 30 Giorni 86 (1994) 62 s. <<
www.lectulandia.com - Página 988
[38] E. Couvert, op. cit., 11 p. 161 s. <<
www.lectulandia.com - Página 989
[39] J. Habermas, El discurso filosófico de la Modernidad, Taurus, 1898, ed. alemana 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 990
[40] Congreso XXXI doc. base n. 5. <<
www.lectulandia.com - Página 991
[41] Córdoba, Cajasur, 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 992
[42] O. de la Brosse et al. Diccionario del Cristianismo, Barcelona, Herder, 1974 ad verbum. <<
www.lectulandia.com - Página 993
[43] L. Hertling, Historia de la Iglesia, Barcelona, Herder, 1986, p. 199. <<
www.lectulandia.com - Página 994
[44] Joseph Lortz Historia de la Iglesia en la perspectiva de la historia del pensamiento, Madrid, Cristiandad, 1982, 11 p. 186. <<
www.lectulandia.com - Página 995
[45] G. Sabine Historia de la teoría política, México, Fondo de Cultura, 1974 p. 271.
<<
www.lectulandia.com - Página 996
[46] El fraile hambriento de Dios, dos vols. Madrid, BAC, 1973. <<
www.lectulandia.com - Página 997
[47] J. Lortz., op. cit. II p. 62. <<
www.lectulandia.com - Página 998
[48] Cfr. 30 Giorni ed. esp. año VI n. 63 (1992) 46 s. <<
www.lectulandia.com - Página 999
[49] Madrid, Instituto E. Flórez del CSIC, 1981. <<
www.lectulandia.com - Página 1000
[50] M. García Morente y J. Zaragüera, Fundamentos de Filosofía, Madrid. Espasa-Calpe, 8 ed., p. 113 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1001
[51] Apun H. Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, Barcelona, Herder, 1978, VII p.
44. <<
www.lectulandia.com - Página 1002
[52] Op. cit. 11 p. 32. <<
www.lectulandia.com - Página 1003
[53] Paul Johnson Intellectuals, Londres, Weidenfeld and Nicholson, 1988, p. 342; hay trad. española posterior. <<
www.lectulandia.com - Página 1004
[54] W. W. Bangert, Historia de la Compañía de Jesús, Santander, Sal Terrae, 1981, p. 350. <<
www.lectulandia.com - Página 1005
[55] J. Velarde, op. cit. Madrid, Piramide, 1981 p. 132. <<
www.lectulandia.com - Página 1006
[56] P. Chevalier, Historie de la francmaçonnerie française, Paris, Fayard, 1973 vol. I.
<<
www.lectulandia.com - Página 1007
[57] J. Velarde, El libertino… op. cit. p. 33. <<
www.lectulandia.com - Página 1008
[58] Madrid, Cuadernos para el diálogo, 1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1009
[59] Barcelona, Planeta, 1989, p. 230. <<
www.lectulandia.com - Página 1010
[60] J: Velarde, op. cit. p. 135. <<
www.lectulandia.com - Página 1011
[61] Christianisme et Révolution, Paris, 1986, conclusiones en el art. del mismo autor publicado en Razón Española (enero-feb. 1990) 7 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1012
[62] P. Chaunu, Le grand déclassement, París, Laffont, 1989, p. 91 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1013
[63] Madrid, Real Academia Española, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1014
[64] Op. cit. p. 74. <<
www.lectulandia.com - Página 1015
[65] Cfr. K. D. Bracher, La dictadura alemana, Madrid, Alianza ed., 1973, l p. 46. <<
www.lectulandia.com - Página 1016
[66] J. Habermas, El discurso… op. cit. p. 69. <<
www.lectulandia.com - Página 1017
[67] Habermas, op. cit. p. 33. <<
www.lectulandia.com - Página 1018
[68] J. García Morente y J. Zaragüeta, op. cit., p. 148 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1019
[69] Cfr. 30 Días, 52 (1992) 55. <<
www.lectulandia.com - Página 1020
[70] Bracher, op. cit. <<
www.lectulandia.com - Página 1021
[71] Habermas. op. cit. <<
www.lectulandia.com - Página 1022
[72] Londres, Macmillan, 1987. <<
www.lectulandia.com - Página 1023
[73] P. Johnson, op. cit., p. 52 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1024
[74] Roger Penrose, La nueva mente del emperador, Barcelona, Mondadori, 1991, p.
571 n. <<
www.lectulandia.com - Página 1025
[75] Incluido en Escritos de teoría sociológica en homenaje a Luis Rodríguez Zúñiga, CIS s.d. (ca. 1991). <<
www.lectulandia.com - Página 1026
[76] Córdoba, Cajasur, 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1027
[77] Barcelona, Planeta, 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 1028
[78] J. Chevallier, op. cit. 11 p. 550; V. de la Fuente, Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas, Lugo, Souto Freire, 1870. <<
www.lectulandia.com - Página 1029
[79] J.M. García Escudero, Historia política de las dos Españas, 2a. ed. Madrid, Editora Nacional, 1976, 4 vols. Esta obra fundamental cubre todo el siglo XIX y el XX hasta el comienzo del reinado de don Juan Carlos I. <<
www.lectulandia.com - Página 1030
[80] Apud J. Villota, La Iglesia en la sociedad española y vasca contemporánea, Bilbao, Desclée, 1985 p. 71. <<
www.lectulandia.com - Página 1031
[81] Cfr. Documentos colectivos del Episcopado español, Madrid, BAC, 1974, p. 61 s.
<<
www.lectulandia.com - Página 1032
[82] Barcelona, Nova Terra, 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1033
[83] Cfr. los textos en Doctrilm pontificia JI, Documentos políticos, Madrid, BAC, 1958, p. 3 s. Pío IX. <<
www.lectulandia.com - Página 1034
[84] L. Hertling, op. cit. p. 455; J. Lortz., op. cit. p. 416. <<
www.lectulandia.com - Página 1035
[85] J: Lortz, op. cit., 11 p. 633. <<
www.lectulandia.com - Página 1036
[86] Op. cit. I p. 44. <<
www.lectulandia.com - Página 1037
[87] Cfr. H. Jedin, op. cit. VIII p. 108. <<
www.lectulandia.com - Página 1038
[88] M. Fraga Iribarne Cánovas, Maeztu y otros discursos de la Segunda Restauración, Madrid, Sala Editorial, 1976, p. 31s. <<
www.lectulandia.com - Página 1039
[89] M. Bonilla Sauras, La trama oculta del PSOE Huesca, 1991 p. 43s. <<
www.lectulandia.com - Página 1040
[90] Cfr. algunas obras muy claras: John G, Taylor, La nueva física, Madrid, Alianza ed. 1974; R. Penrose, La nueva mente del emperador, Barcelona, Mondadori, 1991; Jean Guitton Dieu et la science, París, Grasset, 1991; Paul Davies, La mente de Dios, Madrid, MacGraw Hill, 1993; y el importantísimo estudio —entre la Física y la Historia— de Antonio F. Rañada, Los científicos y Dios, Oviedo, Nobel, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1041
[91] Taylor, op. cit., p. 45. <<
www.lectulandia.com - Página 1042
[92] Hubble era un sacerdote católico; ver R. Jastrow, God and the astronomers, Warner Books 1978; y el bestseller de Hoyle The intelligent universe. <<
www.lectulandia.com - Página 1043
[93] En 1979 Ediciones de la Universidad de Navarra publicaron las contribuciones a un importante symposium, Fe, Razón y Teología, en el centenario de la encíclica. <<
www.lectulandia.com - Página 1044
[94] Cfr. H. Jedin, op. cit. VIII p. 149. <<
www.lectulandia.com - Página 1045
[95] J. Lortz., op. cit., II p. 412. <<
www.lectulandia.com - Página 1046
[96] Apud Documentos colectivos op. cit. p. 93; la obra de Mellor es Histoire de l’anticlericarismo franqais., ed. Mame 1966). <<
www.lectulandia.com - Página 1047
[97] Cfr. J. Mitterrand., op. cit. p. 79s. <<
www.lectulandia.com - Página 1048
[98] Cfr. Jacques Mitterrand op. cit., p.59. La ruptura del Gran Oriente con la idea de Dios está admirablemente reflejada en la obra del profesor Chevalier. <<
www.lectulandia.com - Página 1049
[99] Mitterrand., op. cit. p 80. <<
www.lectulandia.com - Página 1050
[100] Cfr. H. Jedin, op. cit. VIII, p. 160. <<
www.lectulandia.com - Página 1051
[101] Cfr. G. Cholvy, Y: M: Hilaire, Histoire réligieuse de la France contemporaine, vol I, Tolouse, d. Privat, 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1052
[102] He visto en el Archivo de Palacio una interesante correspondencia de la Reina con el Papa y con el general de los jesuitas, padre Luis Martín, sobre ese problema.
<<
www.lectulandia.com - Página 1053
[103] Cfr. para los documentos episcopales la op. cit., Documentos colectivos… p. 72s.
<<
www.lectulandia.com - Página 1054
[104] J:M: García Escudero, Cánovas, Madrid, BAC., 1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1055
[105] Cfr. H. Jedin, op. cit. VIII p. 240. <<
www.lectulandia.com - Página 1056
[106] He descrito esa colonización en el segundo tomo de mi libro La Gran Historia de América, publicado por la revista Epoca en 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 1057
[107] Cfr. H. Jedin, op. cit., VIII p. 512. <<
www.lectulandia.com - Página 1058
[108] Cfr. Q Aldea et. al., Iglesia y sociedad en la España del siglo XX Madrid, CSIC, 1987 p. Lvs. <<
www.lectulandia.com - Página 1059
[109] M. Rigoux, La hiérarchie catholique et le probléme social París, Spes, 1931. <<
www.lectulandia.com - Página 1060
[110] Ángel Maestro, Antecedentes no marxistas de Lenin: Los orígenes del comunismo ruso Verbo 271-272 (1989) 187 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1061
[111] La mejor introducción histórica a los orígenes del socialismo ruso en su contexto puede verse en E. H. Carr La revolución bolchevique, 1., Madrid, Alianza ed. 1950.
<<
www.lectulandia.com - Página 1062
[112] En Ediciones Sígueme, Salamanca, 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1063
[113] Madrid, Editora Nacional, 1975. <<
www.lectulandia.com - Página 1064
[114] El Escorial1991. <<
www.lectulandia.com - Página 1065
[115] Barcelona, Nova Terra, 1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1066
[116] Cfr. J. Lortz., op. cit. Il p. 451. <<
www.lectulandia.com - Página 1067
[117] Además de la bibliografía que se contiene en las historias de la Iglesia que nos vienen sirviendo de guía (H: Jedin, J. Lortz) debe consultarse el estudio monográfico de Ramón García de Haro Historia Teológica del modernismo Pamplona, Edics. univ. de Navarra 1972. <<
www.lectulandia.com - Página 1068
[118] Cfr. H. Jedin, op. cit. VIII p. 602. <<
www.lectulandia.com - Página 1069
[119] Cfr. H. Jedin, op. cit. p. 651. <<
www.lectulandia.com - Página 1070
[120] Cfr. Jedin, op. cit. VIII p. 664. <<
www.lectulandia.com - Página 1071
[121] Pío X Notre charge apostólique, carta al episcopado de Francia 25.8.1910. <<
www.lectulandia.com - Página 1072
[122] Cfr. H. Jedin, op. cit. VII p. 610. <<
www.lectulandia.com - Página 1073
[123] Mucho mejor orientado está el libro de la profesora Gómez MoHeda La Masonería en la crisis española del siglo XX (Madrid, Tauros, 1986) donde se presta especial atención a los aspectos políticos de la secta y a su proyecto se cularizador de la enseñanza. <<
www.lectulandia.com - Página 1074
[124] Cfr Mercedes Monteró y J:M: Ordovás Historia de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, Pamplona, EUNSA, dos vols. 1993. Sobre documentos pontificios, Historia del magisterio pontificio contemporáneo, F: Guerrero (dir). dos vols., Madrid, BAC 1991. Ya hemos cit. Documentos Colectivos del Episcopado Español1878-1974 Madrid BAC 1974. Sobre historia de la Prensa cfr. Pedro Gómez Aparicio Historia del periodismo español vol «De las guerras coloniales a la Dictadura» Madrid, Editora Nacional 1974. Sobre Angel Herrera v. Obras, (BAC 1963) y varios libros de José María García Escudero: El Pensamiento de Angel Herrera (BAC 1987) Conversaciones con Angel Herrera (BAC 1987) y El pensamiento de «El Debate» (BAC 1983) Del mismo autor otro libro importante sobre el diario «YA» de cuya agonía vergonzosa soy testigo presencial y dolido. <<
www.lectulandia.com - Página 1075
[125] Para una estremecedora comprobación de mártires humildes de la fe cfr. R. Casas de la Vega,
El Terror, Madrid 1936, Fénix, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1076
[126] R. Pérez de Ayala AMDG ed. Madrid, Cátedra, 1983. V: Rivas Andrés S. J. La novela más popular de Pérez de Aya la, anatomía de A.M.D.G. Gijón 1983. <<
www.lectulandia.com - Página 1077
[127] Sobre la Iglesia en los Estados Unidos y México al volver el siglo hablaremos más adelante con mayor hondura. Para lberoamérica en general me parece insuperable el estudio de Quintín Aldea y Eduardo Cárdenas en el tomo X del Manual de Historia de la Iglesia de Herder, Barcelona, 1967. <<
www.lectulandia.com - Página 1078
[128] Para la vida personal y política de Lenin cfr. el capítulo que dedico al personaje en mi libro Carrillo miente, Madridejos, Fénix, 1994, hoy en sexta edición. <<
www.lectulandia.com - Página 1079
[129] Para los orígenes de la revolución soviética cfr. E.H. Carr, La revolución bolchevique, (1917-1923) Madrid, Alianza ed., 1975, I., p. 41s. <<
www.lectulandia.com - Página 1080
[130] Cfr. V:I: Lenin Materialismo y empiriocriticismo, ed. esp. Barcelona, Laia, 1974 cap. 5 p. <<
www.lectulandia.com - Página 1081
[131] Tengo delante la tercera edición, muy ampliada por la editorial de Pamplona «Sancho el Fuerte» en 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1082
[132] Ver la excelente antología de textos de San Pío X, Escritos doctrinales, Madrid, Ediciones Palabra. <<
www.lectulandia.com - Página 1083
[1] La magna obra del profesor V. Palacio está editada por Espasa Calpe, Madrid 1960. Mi obra citada por Planeta, Barcelona, 12 edic. 1981. <<
www.lectulandia.com - Página 1084
[2] He estudiado la influencia del petróleo en la Gran Guerra en mi libro Historias de la Corrupción, Barcelona, Planeta, 1992, p. 220s. <<
www.lectulandia.com - Página 1085
[3] El mejor resumen sobre el pontificado de Benedicto XV en H. Jedin y K. Repgen, Manual de Historia de la Iglesia, IX, Barcelona, Herder, 1984, m 50s, 76s. Muy interesante G. Redondo, La Iglesia en el mundo contemporáneo, Pamplona, EUNSA, 1979, 11 p. 156s. Y F:G: de Cortázar et al. Los pliegues de la tiara, Madrid, Alianza ed. 1991 p. 56s. Breve y atinada biografía en Jean MathieuRosay, Los Papas, Madrid, Rialp, 1990 456 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1086
[4] Op. cit. p. 163. <<
www.lectulandia.com - Página 1087
[5] Madrid, Alianza ed. tres vols. 1972-1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1088
[6] Ibíd. 1974-1975. <<
www.lectulandia.com - Página 1089
[7] En Nuove questione di storia contemporanea, Marzorati, Milano, 1968, vol. II, p. 911 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1090
[8] México. Cía. Gral, de Ediciones, 1961. <<
www.lectulandia.com - Página 1091
[9] Historia ilustrada de la Gran Revolución Socialista de Octubre, Moscú. ed. Progreso, 1980. <<
www.lectulandia.com - Página 1092
[10] A. Maestro, Antecedentes no marxistas de Lenin: los orígenes del comunismo ruso. Verbo 271-272 (1989) 187 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1093
[11] Revelaciones de Volkogonov en ABC, 24.6.94 p. 40. <<
www.lectulandia.com - Página 1094
[12] Nina Berberova, Les francmaçons russes du XXe, siècle París, les ed. Noir sur Blanc, 1990. <<
www.lectulandia.com - Página 1095
[13] La base para el estudio de la Comintern es la articulada colección documental de Jane Degras, The Communist International 1919-1939 Documents, Oxford Univ. Press 1965. <<
www.lectulandia.com - Página 1096
[14] G. Redondo, op. cit., vol. II p. 276 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1097
[15] V. Kuroiédov La religión y la Iglesia en el Estado soviético, Moscú, Editorial Progreso, 1981. <<
www.lectulandia.com - Página 1098
[16] Karl Marx et al Sobre la religión Ed. preparada por Hugo Asmann y Reyes Mate. Salamanca, Eds. Sígueme, dos vols, 1979 y 1975. El dislate mencionado figura en el vol II., p. 261. <<
www.lectulandia.com - Página 1099
[17] Macmillan Press, 1987. <<
www.lectulandia.com - Página 1100
[18] MacLellan op. cit. p. 90 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1101
[19] V.I. Lenin, Actitud del Partido Obrero ante la religión en Obras escogidas, vol I, París, col. Ebro, 1972, p. 173 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1102
[20] Lenin, ibíd. p. 117. <<
www.lectulandia.com - Página 1103
[21] Ibíd. p. 176. <<
www.lectulandia.com - Página 1104
[22] Lenin, Obras completas (ed. inglesa) tomo 29 p. 134. <<
www.lectulandia.com - Página 1105
[23] Op cit. p. 104. <<
www.lectulandia.com - Página 1106
[24] G. Redondo, op, cit. II p. 276 s.; H. Jedin op. cit., IX p. 746 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1107
[25] V. Palacio Atard op. cit., p. 530. <<
www.lectulandia.com - Página 1108
[26] V. Palacio Atard, op. cit. p. 504. <<
www.lectulandia.com - Página 1109
[27] Madridejos, ed. Fénix, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1110
[28] Barcelona, Grijalbo, 1977. <<
www.lectulandia.com - Página 1111
[29] R. de la Cierva, Carrillo Miente, Fénix 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1112
[30] New York, Pantheon Books, 1982. <<
www.lectulandia.com - Página 1113
[31] KGB, Londres, Hodder and Stoughton, 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1114
[32] Obras escogidas, I., p. 423, 436. <<
www.lectulandia.com - Página 1115
[33] Ibíd., 11, p. 397 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1116
[34] Ibíd. p. 339. <<
www.lectulandia.com - Página 1117
[35] R. Ledesma Ramos, ¿Fascismo en España? 1935, reeditado por Ariel después de la guerra civil. <<
www.lectulandia.com - Página 1118
[36] R. de Felice Le origini del Fascismo en «Nuove questioni…» op. cit., I, p. 729 y otras obras de este autor, complementadas por el ensayo de Pietro Quaroni L’Italia dal 1914 al 1945, ibíd. II p. 119. <<
www.lectulandia.com - Página 1119
[37] Gerhard Ritter Le origine storiche del Nazionalsocialismo, en «Nouve questioni…» I, p. 799 s; Karl Dietrich Bracher La dictadura alemana dos vols. Madrid, Alianza ed. 1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1120
[38] Pío XI, Divini Redemptoris, en El Magisterio pontificio contemporáneo, Madrid, BAC, 1992, II p. 584. <<
www.lectulandia.com - Página 1121
[39] La Nueva Historia en «Epoca», 1986; Agonía y Victoria en Barcelona, Planeta, 1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1122
[40] A Montero Historia de la persecución religiosa en España Madrid, BAC, 1961.
<<
www.lectulandia.com - Página 1123
[41] Historia de la Iglesia en España 1931-1939 Madrid, Rialp, 1993. <<
www.lectulandia.com - Página 1124
[42] M.D. Gómez MoHeda La masonería en la crisis española del siglo XX Madrid, Taurus, 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1125
[43] Texto de la encíclica en A. Montero, op. cit. p. 675 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1126
[44] Declaración colectiva de 1933 en A. Montero, op. cit. p. 656 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1127
[45] G. Redondo op. cit. 11 p. 19 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1128
[46] A. Monero, op. cit. p. 762. <<
www.lectulandia.com - Página 1129
[47] Cfr. M.L. Rodríguez Aisa, El Cardenal Gomá y la guerra de España, Madrid, CSIC, 1981. Otra obra fundamental. <<
www.lectulandia.com - Página 1130
[48] Circular número 16 de la archidiócesis de Zaragoza, archivo del autor. <<
www.lectulandia.com - Página 1131
[49] Cfr. A: Montero, op. cit. p. 688s. <<
www.lectulandia.com - Página 1132
[50] Boletín de la Fundación Francisco Franco, 64 (abril 1995) p. 6. <<
www.lectulandia.com - Página 1133
[51] Cfr. G. Redondo, op. cit. 11, p. 20s; y la magnífica colección Cataluña prisionera, de Editorial Mare Nostrum, recientemente editada en cuatro tomos. <<
www.lectulandia.com - Página 1134
[52] Barcelona, Planeta, 1990, p. 231 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1135
[53] «Juan de lturralde» (Usabiaga) El catolicismo y la cruzada de Franco, Vienne, ed. Egiindarra (1960). <<
www.lectulandia.com - Página 1136
[54] Cfr. «Siempre p’adelante» 1 oct. 1994, p. 11. <<
www.lectulandia.com - Página 1137
[55] NCR, 11 de mayo de 1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1138
[56] P.M. Lamet Arrupe, una explosión en la Iglesia, Madrid, Temas de Hoy, 1989, p.
51. <<
www.lectulandia.com - Página 1139
[57] Madrid, Apostolado de la Prensa, 1942. <<
www.lectulandia.com - Página 1140
[58] Sobre la trayectoria del padre Llanos cfr. mi libro Misterios de la Historia, segunda serie, Barcelona, Planeta, 1992 p. 345 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1141
[59] FRSJ D118 nov. 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1142
[60] FRSJ D2 14.3.1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1143
[61] New York, The Paulist Press, 1937. <<
www.lectulandia.com - Página 1144
[62] Carta colectiva, apud. A. Montero, op. cit. p. 732. <<
www.lectulandia.com - Página 1145
[63] Encíclica Divini Redemptoris apud A. Montero, op. cit. p. 743. <<
www.lectulandia.com - Página 1146
[64] Datos sobre la represión comunista en mi libro Carrillo miente y en el libro del general Casas de la Vega El terror, Madrid 1936. Madridejos, ed. Fénix 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1147
[65] P.M. Lamet, op. cit. p. 95. <<
www.lectulandia.com - Página 1148
[66] B. Bolloten La guerra civil española, revolución y contrarrevolución. Madrid, Alianza Editorial, 1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1149
[67] Cfr. F. García de Cortazar y J.M. Lorenzo, op. cit. p. 61s. <<
www.lectulandia.com - Página 1150
[68] Cfr. H. Jedin op. cit. IX p. 115. <<
www.lectulandia.com - Página 1151
[69] H. Jedin, op. cit. IX p. 122. K.D. Bracher, op. cit. II p. 126 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1152
[70] G. Redondo (apoyado en el estudio de M:L: Rodríguez Aisa) op. cit. 11 p. 208.
<<
www.lectulandia.com - Página 1153
[71] El magisterio pontificio… op. cit., II p. 556 s. H: Jedin, op. cit., IX, p. 125 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1154
[72] Barcelona, Planeta, 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 1155
[73] Op. cit. I., p. 337 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1156
[74] La edición actual fue patrocinada por el ministro Alfredo Sánchez Bella. <<
www.lectulandia.com - Página 1157
[75] Cfr. el texto en El magisterio pontificio… op. cit. I, 524 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1158
[76] Oviedo, Bibl. básica Nobel, 1983. <<
www.lectulandia.com - Página 1159
[77] I. Kriveliov Cristo, ¿mito o realidad? Academia de Ciencias de la URSS 1986. Moscú, Redacción «Ciencias sociales contemporáneas». <<
www.lectulandia.com - Página 1160
[78] de Vladimir Kuroiedov, Moscú, Ed. Progreso, 1981. <<
www.lectulandia.com - Página 1161
[79] Michel Heller El Hombre nuevo soviético, Barcelona, Planeta, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1162
[80] John Barron KGB Londres, Hodder y Stoughton, 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1163
[81] Vitali Chentalinski De los archivos literarios del KGB. Madrid, Anaya-Muchnik, 1995. <<
www.lectulandia.com - Página 1164
[82] David Caute Communism and the Fench intellectuals 1914-1960, Londres, A. Deutsch, 1964. <<
www.lectulandia.com - Página 1165
[83] Cfr. Paul Johnson, lntellectuals, London, Weidenfeld and Nicholson, 1988 p. 269 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1166
[84] Kim Philby, My silent war New York, Grave Press, 1968. <<
www.lectulandia.com - Página 1167
[85] A. Gramsci Antología Madrid, Siglo XXI, p. 16 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1168
[86] Misterios de la Historia, op. cit. p. 159s. <<
www.lectulandia.com - Página 1169
[87] R. Penrose, La nueva mente del emperador, Barcelona, Mondadori, 1991. <<
www.lectulandia.com - Página 1170
[88] B. Russell Sobre Dios y la religión, Barcelona, Martínez Roca, 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 1171
[89] B. Russell, op. cit. p. 71. <<
www.lectulandia.com - Página 1172
[90] M. Crusafont, B. Meléndez y E. Aguirre, La evolución, Madrid, BAC, 1976. <<
www.lectulandia.com - Página 1173
[91] Marvin Harris, Caníbales y reyes, Barcelona, Argos-Vergara, 1981. <<
www.lectulandia.com - Página 1174
[92] W. Reich, Pasión de juventud 1897-1922. Barcelona, Paidos, 1990. <<
www.lectulandia.com - Página 1175
[93] W. Reich, La revolución sexual, Barcelona, Planeta-Agostini, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1176
[94] K. Wojtyla Max Scheler y la ética cristiana Madrid, BAC, 1982. <<
www.lectulandia.com - Página 1177
[95] Barcelona, Península. <<
www.lectulandia.com - Página 1178
[96] Madrid, Pirámide, 1981. <<
www.lectulandia.com - Página 1179
[97] La política de Heidegger, en «El País» 21.9.89, cuaderno «Temas de nuestra época». <<
www.lectulandia.com - Página 1180
[98] FRSJ D-3. <<
www.lectulandia.com - Página 1181
[99] Publicado en ABC el 26 de septiembre de 1989, p. III del suplemento. <<
www.lectulandia.com - Página 1182
[100] J.F. Conneally S:J: Correspondencia con el autor. <<
www.lectulandia.com - Página 1183
[101] Ed. española Barcelona, Grijalbo, 1977. <<
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[102] Milán. Mursia, 1988, trad. esp. Acervo, mismo año. <<
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[103] Sor María Pascalina Lehnert Al servicio de Pío XII Madrid, BAC, 1984. <<
www.lectulandia.com - Página 1186
[104] P.I. Murphy y R.R. Anderson La Papisa Barcelona, Plaza y Janés, 1987. <<
www.lectulandia.com - Página 1187
[105] Librería Editrice Vaticana. <<
www.lectulandia.com - Página 1188
[106] P.L. Murphy, op. cit. p. 119. <<
www.lectulandia.com - Página 1189
[107] Cfr. P. Murphy, op. cit., p. 161s. <<
www.lectulandia.com - Página 1190
[108] Texto en Boletín Of. Obispado Pamplona (1939) p. 121 s. Reproducido en A. Manero, op. cit. p. 744. <<
www.lectulandia.com - Página 1191
[109] El Magisterio pontificio… op. cit. II p. 620s. <<
www.lectulandia.com - Página 1192
[110] Historiadores de espíritu fuerte como Prestan y Tusell toman a broma esta posibilidad. Por eso yo suelo tomar a broma a Prestan y a Tusell. <<
www.lectulandia.com - Página 1193
[111] El magisterio pontificio… op. cit. II, p. 626. <<
www.lectulandia.com - Página 1194
[112] P.L. Murphy, op cit. p. 207. <<
www.lectulandia.com - Página 1195
[113] Texto en El magisterio pontificio… op. cit. I, p. 86s. <<
www.lectulandia.com - Página 1196
[114] Cfr. H. Jedin op. cit. IX p. 151. <<
www.lectulandia.com - Página 1197
[115] R. de la Cierva, El Tercer Templo, Barcelona Planeta, 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 1198
[116] P.I. Murphy, op. cit. p. 278s. <<
www.lectulandia.com - Página 1199
[117] Cfr. mi libro Misterios de la Historia, segunda serie, Barcelona, Planeta, 1992, p. 62s. <<
www.lectulandia.com - Página 1200
[118] Paul I. Murphy, op. cit. p. 253s. <<
www.lectulandia.com - Página 1201
[119] H. Jedin, op. cit. p. 145. Jedin aduce estudios convergentes y seguros. <<
www.lectulandia.com - Página 1202
[120] H. Jedin, op. cit. IX p. 145s. <<
www.lectulandia.com - Página 1203
[121] Radomensaje Oggi en El magisterio pontificio… op. cit. II p. 641. <<
www.lectulandia.com - Página 1204
[122] El magisterio pontificio, op. cit., II p. 649s. <<
www.lectulandia.com - Página 1205
[123] Radiomensaje en el libro de Angelozzi Gariboldi, cit. p. 378s. <<
www.lectulandia.com - Página 1206
[124] Cfr. ABC de Madrid 25.3.95 p. 73. <<
www.lectulandia.com - Página 1207
[125] Morcelliana, 1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1208
[126] Zaragoza, ed. Yalde, 1994 y 1995, dos vols. <<
www.lectulandia.com - Página 1209
[127] Cfr. el definitivo testimonio de un agente comunista arrepentido, Whittaker Chambers, Witness, New York, Random House, 1953. <<
www.lectulandia.com - Página 1210
[128] Cuando no se señala específicamente la fuente tomamos los datos de la magnífica cronología de Mourre, 1945-1970, París, Eds. Universitaires, 1971. <<
www.lectulandia.com - Página 1211
[129] Martin McCauley (ed). Communist Power in Europe 1944-1948 London, Macmillan, 1977. <<
www.lectulandia.com - Página 1212
[130] J. Mindszenty Memorie, Milano, Rusconi, 1975. <<
www.lectulandia.com - Página 1213
[131] Cfr. Fragen am deutsche Geschichte, Centro de Información del Bundestag, Bonn 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1214
[132] J.J. Heydecker y Johannes Leeb En Proceso de Nurenberg Barcelona, Braguera, 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1215
[133] Cfr. M. McCauley, op. cit. p. 150. <<
www.lectulandia.com - Página 1216
[134] Cfr. Mourre, op. cit. p. 13. <<
www.lectulandia.com - Página 1217
[135] París, KS ReproService, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1218
[136] Vol II París, Fayard, 1969 p. 35. <<
www.lectulandia.com - Página 1219
[137] Ver mi libro El diario secreto de Juan Pablo I para este episodio. Barcelona, Planeta, 1990. <<
www.lectulandia.com - Página 1220
[138] Giorgio Bocea Palmiro Togliatti Barcelona, Grijalbo, 1977 p. 314. Otros datos para este epígrafe en otro libro de Bocea, Storia della Repubblica Italiana Milano, Rizzoli, 1982, el libro citado de Martín McCauley, p. 168s. y el equilibrado de Aurelio Lepre Storia della prima Repubblica. Bologna, 11 Mulino, 1993. <<
www.lectulandia.com - Página 1221
[139] L. Klinkhammer, L’occupaziones tedesca in Italia Bollati Borrighieri, 1993 p. 712s. <<
www.lectulandia.com - Página 1222
[140] Bocea, Togliatti p. 332. <<
www.lectulandia.com - Página 1223
[141] Gramsci: la Revolución actualizada, Verbo (1982) 201-202, 63s. <<
www.lectulandia.com - Página 1224
[142] Texto en F. Fonvielle-Alquier, El gran miedo de la posguerra, Barcelona, Dopesa. <<
www.lectulandia.com - Página 1225
[143] J. Velarde, El cincuentenario de Bretton Woods, Epoca 504 (24.10.94) 80s. Además el suplemento especial de ABC, Madrid, 4.10.1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1226
[144] New York, Parangon House, 1991. <<
www.lectulandia.com - Página 1227
[145] Por Alberto Ballarís Marcial, Madrid, San Martín, 1988. <<
www.lectulandia.com - Página 1228
[146] Datos sobre la evolución política y militar en China en Historia mundial del siglo XX, vols. 3 y 4, Barcelona, eds. Vergara, 1968. <<
www.lectulandia.com - Página 1229
[147] Datos en Myers, op. cit. p. 37s. <<
www.lectulandia.com - Página 1230
[148] J.I. San Marín Servicio Especial, Barcelona, Planeta, 1983, p. 120. <<
www.lectulandia.com - Página 1231
[149] R. de la Cierva, Carrillo miente, Madridejos, Fénix, 1994 p. 362s. <<
www.lectulandia.com - Página 1232
[150] n. 8 (marzo 1964). <<
www.lectulandia.com - Página 1233
[151] íntegros de la carta de la Secretaría de Estado y el informe Wyszynski según la versión autentificada de Permanences en Itinéraires supl. al nº 86, 3º trimestre 1964.
<<
www.lectulandia.com - Página 1234
[152] La UB era la sucursal polaca de la KGB soviética. (N. del E).. <<
www.lectulandia.com - Página 1235
[153] Cuando se les comunican cuestiones que conciernen, aún de forma indirecta, a la Iglesia, los ministerios polacos se declaran inmediatamente incompetentes (por ejemplo el Ministerio de Defensa Nacional para el servicio militar de los seminaristas, reclutados como represalia contra los obispos por demasiado «refractarios» y las envían automáticamente a la Oficina de Cultos cuyo titular, el Sr. Zbinski, antiguo staliniano, relegado en 1956, rehabilitado después, dispone de poderes prácticamente ilimitados para cuanto se refiere a la Iglesia. En Polonia se habla normalmente del «tribunal de la Inquisición Comunista>> y de su Gran Inquisidor. (N. del informe). <<
www.lectulandia.com - Página 1236
[154] Se advertirá la ausencia de un párrafo 3 en el informe. Esta omisión o error se deben al documento. (nota de Itinéraires). <<
www.lectulandia.com - Página 1237
[155] Esta identidad de puntos de vista e incluso las formulaciones choca a todo lector de la prensa polaca. Las publicaciones de PAX reproducen servilmente hasta las expresiones de la prensa oficial. Un jefe invisible parece orquestar los menores detalles. Así muy recientemente el conformismo servil en las apreciaciones del Concilio por toda la prensa polaca salta a la vista. No conocemos un solo caso en que PAX haya dado muestras de una cierta independencia, tomando partido por la Iglesia y contra los patrones de PAX (N. del doc).. <<
www.lectulandia.com - Página 1238
[156] J. Barron, op. cit. p. 72n, 128, 303. P: de Villemarest, G.R.U. París, Stock, 1988.
<<
www.lectulandia.com - Página 1239
[157] Anuario pontificio 1995 p. 1740. <<
www.lectulandia.com - Página 1240
[158] Cfr. Our Sunday Visitor, 23.V. 1982. <<
www.lectulandia.com - Página 1241
[159] Cfr. National Catholic Register, 22.5.1982. <<
www.lectulandia.com - Página 1242
[160] ABC 12.6.95 p. 19. <<
www.lectulandia.com - Página 1243
[161] M:L: Rodríguez Aisa ha escrito la obra definitiva sobre el cardenal Gomá en la guerra de España. Planificación se publicó en 1976 por la Asociación de Universitarias Españolas. <<
www.lectulandia.com - Página 1244
[162] Madrid, CIO, 1968. <<
www.lectulandia.com - Página 1245
[163] The Wanderer Forum Foundation, Marshfield, Wis., 1990. <<
www.lectulandia.com - Página 1246
[164] México, Summa, 23.4.1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1247
[165] Cfr. Misión Abierta 77 (4 sept. 1984) 44. <<
www.lectulandia.com - Página 1248
[166] Cfr. Planificación… op. cit. p. 165 y n. 23, Eurico de Boccard, El Español, 2.1.65. <<
www.lectulandia.com - Página 1249
[167] Informe Summa p. 7-8. <<
www.lectulandia.com - Página 1250
[168] Sábado Gráfico, enero 1975, Madrid. Planificación… p. 182. <<
www.lectulandia.com - Página 1251
[169] Cfr. «IDOC Internacional» nums. 3, 12, 14, 15, 16 19 20, 22. <<
www.lectulandia.com - Página 1252
[170] Ya, Madrid, 28.8.72. <<
www.lectulandia.com - Página 1253
[171] Cfr. «An unholy Alliance» op. cit. <<
www.lectulandia.com - Página 1254
[172] Gary MacEoin Memoirs &Memories, Mystic, Conn. p. 160s. <<
www.lectulandia.com - Página 1255
[173] Informe oficial (reservado) de J. Abreu Vale, IDO-C 1967. Como la entidad es muy aficionada a difundir informes reservados no me duelen prendas al retribuirle con la misma moneda. <<
www.lectulandia.com - Página 1256
[174] Informe oficial (reservado) de J. Abreu Vale, IDO-C 1967. Como la entidad es muy aficionada a difundir informes reservados no me duelen prendas al retribuirle con la misma moneda. <<
www.lectulandia.com - Página 1257
[175] Cfr. ABC de Madrid, 7.1.1990 p. <<
www.lectulandia.com - Página 1258
[176] G. Girardi (dir) El ateísmo contemporáneo vol IV. (Turín 1970). Trad. esp. de Edics. Cristiandad, Madrid. <<
www.lectulandia.com - Página 1259
[177] Cruz y Raya, Antología, Madrid, Turner, 1974, p. 144. <<
www.lectulandia.com - Página 1260
[178] El señor Miret se extrañaba, en conversación conmigo, de que yo conociera el episodio de su defensa de San Jerónimo el Real. Es que otro de los defensores era mi padre. <<
www.lectulandia.com - Página 1261
[179] Cfr. Maritain-Mounier, 1929-1939, Desclée, 1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1262
[180] Vol I, (1931-1939) editado por Laia en 1974; y un tomo III (1944-1950) de Seuil en 1992 contienen, a mi ver, las obras fundamentales. <<
www.lectulandia.com - Página 1263
[181] Cfr. «El País» 30.8.1983 p. 20. <<
www.lectulandia.com - Página 1264
[182] París, Téqui, 1978. <<
www.lectulandia.com - Página 1265
[183] 2ª ed., París, Desclée, 1933. <<
www.lectulandia.com - Página 1266
[184] Ibíd., p. 68. <<
www.lectulandia.com - Página 1267
[185] A. del Noce I cattolici e il progressismo. Milán, Leonardo, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1268
[186] Texto en El Magisterio pontificio contemporáneo, vol I, p. 228s., Madrid, BAC, 1991. <<
www.lectulandia.com - Página 1269
[187] Ver por ejemplo M. López Rodríguez, La España protestante. Madrid, Sedmay, 1976. <<
www.lectulandia.com - Página 1270
[188] Madrid, BAC minor, 1972. <<
www.lectulandia.com - Página 1271
[189] Algunas de estas consideraciones ya las hemos insinuado al estudiar el pensamiento del siglo XIX en relación con la situación cultural de la Iglesia. Pese a ciertas coincidencias no nos importa reiterarlas en parte dentro de este resumen sobre la evolución teológica del protestantismo. <<
www.lectulandia.com - Página 1272
[190] Salamanca, «Sígueme» 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1273
[191] Salamanca, «Sígueme» 1983. <<
www.lectulandia.com - Página 1274
[192] Salamanca, «Sígueme» 1979. Cartas de 1924 a 1942. <<
www.lectulandia.com - Página 1275
[193] Ibíd., 1979. <<
www.lectulandia.com - Página 1276
[194] Para la Masonería cfr. mi libro El triple secreto de la Masonería, ed. Fénix 1994; y el ensayo inicial de Misterios de la Historia, Barcelona, Planeta, 1990. <<
www.lectulandia.com - Página 1277
[195] Madrid, BAC minor, 1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1278
[196] Madrid, BAC minor, mismo año que el anterior. <<
www.lectulandia.com - Página 1279
[197] Nueva York, Simon y Schuster, 1984. <<
www.lectulandia.com - Página 1280
[198] R. de la Cierva, Oscura rebelión en la Iglesia, op. cit. p. 153. No lo haré ahora; este intermedio lúdico dice poco al propósito de este libro. <<
www.lectulandia.com - Página 1281
[199] Madrid, BAC, 1995, serie «Sapientia fidei». <<
www.lectulandia.com - Página 1282
[200] Cito por la ed. séptima, París, Cerf, 1983. <<
www.lectulandia.com - Página 1283
[201] París. ed. Montaigne, 1953; trad., esp de Desclèe en 1966 y Encuentro en 1986.
<<
www.lectulandia.com - Página 1284
[202] Múnich, Kosel Verlag, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1285
[203] Barcelona, Herder 1979. <<
www.lectulandia.com - Página 1286
[204] «Teología católica ayer y hoy». Bremen 1964, págs 247s. datos biográficos 396s.
<<
www.lectulandia.com - Página 1287
[205] Universidad Pontificia Comillas, Madrid Teología y mundo contemporáneo, homenaje a K. Rahner., Madrid, Eds. Cristiandad 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1288
[206] C. Fabro El viraje antropológico de Karl Rahner. Milán, Rusconi 1974; CIAP. Buenos Aires 1981. Cito esta cuidada traducción. <<
www.lectulandia.com - Página 1289
[207] K. Rahner Sobre la relación entre a naturaleza y la gracia en Escritos teológicos tomo I Madrid, Taurus, 1961, p. 327-350. <<
www.lectulandia.com - Página 1290
[208] Escritos teológicos t. 5 (Madrid, Taurus, 1964) p. 135-156. <<
www.lectulandia.com - Página 1291
[209] Ibíd. p. 535, 544. <<
www.lectulandia.com - Página 1292
[210] El ateísmo contemporáneo, op. cit. t. 4 p. 103 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1293
[211] Réligions et salut, en Eglise vivante 17 (1965) 67. <<
www.lectulandia.com - Página 1294
[212] Le Christ au monde, 8 (1963) 457 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1295
[213] Hans Urs von Balthasar, Test everything, San Francisco, Ignatius Press, 1989p. 37 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1296
[214] París, ed. du Cerf., 1967. <<
www.lectulandia.com - Página 1297
[215] Yves Congar, Eglise et Papauté París, ed. du Cerf, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1298
[216] Madrid, BAC. 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1299
[217] Ibíd. p. 29s. <<
www.lectulandia.com - Página 1300
[218] Salamanca, eds. «Sígueme». <<
www.lectulandia.com - Página 1301
[219] K. Rahner et all Dios y la ciudad. Nuevos Planteamientos en Teología política. Madrid, Cristiandad, 1975. <<
www.lectulandia.com - Página 1302
[220] Salamanca, eds. «Sígueme» 1982. <<
www.lectulandia.com - Página 1303
[221] Dios y la ciudad, op. cit. p. 178, op. cit. <<
www.lectulandia.com - Página 1304
[222] Sillar (enero, marzo 1985) 25. <<
www.lectulandia.com - Página 1305
[223] J. Martín Palma, Génesis de la teología de la liberación, «Ideal», Granada 24.3.1985 p 3. <<
www.lectulandia.com - Página 1306
[224] J. M. Gómez Heras Teología protestante, sistema e historia, Madrid, BAC min. 1972. <<
www.lectulandia.com - Página 1307
[225] Salamanca, «Sígueme» (1974). <<
www.lectulandia.com - Página 1308
[226] ABC 29.11.86, p. 42. <<
www.lectulandia.com - Página 1309
[227] El País 28.11.86, p. 32. <<
www.lectulandia.com - Página 1310
[228] Barcelona, Planeta, 1988. <<
www.lectulandia.com - Página 1311
[229] J. Barron KGB Londres, Hodder and Stoughton, 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1312
[230] P: de Villemarest GRU París, Stock, 1988. <<
www.lectulandia.com - Página 1313
[231] David Caute Communism and the French Intellectuals Londres, A Deutsch 1964.
<<
www.lectulandia.com - Página 1314
[232] H.P. Cathala Le temps de la desinformation, París, Stock, 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1315
[233] La traducción española de este tomo IX de Jedin, p. 69, sufre un grave error al considerar al futuro cardenal Bea como «antiguo director del Centro Ludwig Kaas». Ningún centro romano se llamó así. Monseñor Kaas, ecónomo de San Pedro, había sido director del Zentrum, el gran partido de los católicos alemanes hasta 1933. <<
www.lectulandia.com - Página 1316
[234] K. Deschner, La política de los Papas en el siglo XX, tomo II p. 245 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1317
[235] F. García de Cortazar et al Los pliegues de la tiara. Madrid, Alianza ed. 1991 p. 91 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1318
[236] J. M García Escudero Los cristianos, la Iglesia y la política I Fundación Univ. S. Pablo CEU 1991 9305 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1319
[237] García Escudero., p. 306. <<
www.lectulandia.com - Página 1320
[238] Sobre el dogma de la Asunción, su historia y sus circunstancias, cfr. la obra del primer mariólogo de la Iglesia actual, profesor Cándido Pozo S.J., María en la obra de la salvación, Madrid BAC, 1974, p. 321. <<
www.lectulandia.com - Página 1321
[239] Doctrina pontificia II, Madrid, BAC, 1958 p. 968 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1322
[240] José M. García Escudero, Los Cristianos… op. cit. p. 319s. <<
www.lectulandia.com - Página 1323
[241] Cfr. Aldo A. Mola Storia de/la Massonería italiana Milán, 1994 p. 667s. (Sí se descuida el autor escribe sus citas y comentario en la página anterior, 666, alguien le protegió). Es un libro lleno de interés, documentación, desprecio por la Iglesia y sectarismo masónico, pero imprescindible. <<
www.lectulandia.com - Página 1324
[242] Alexander U. Floridi S.J. Moscow and the Vatican Ardis, Ann Arbor, 1986 p. 26.
<<
www.lectulandia.com - Página 1325
[243] Doctrina pontificia, Docs. sociales., op cit. p. 991s. <<
www.lectulandia.com - Página 1326
[244] A.U. Floridi, op. cit. p. 27 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1327
[245] Benny Lai I segreti del Vaticano Roma, Laterza, 1984. <<
www.lectulandia.com - Página 1328
[246] H. Jedin, op. cit. IX p. 518. <<
www.lectulandia.com - Página 1329
[247] Los caballeros de Malta van a morir Misterios de la Historia II, Barcelona, Planeta, 1992 p. 58 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1330
[248] Publicado por la editorial roja Laia. Barcelona 1975. <<
www.lectulandia.com - Página 1331
[249] Pamplona, EUNSA, 1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1332
[250] París, Ruedo Ibérico, 1971. <<
www.lectulandia.com - Página 1333
[251] Madrid, Rialp, 1993. <<
www.lectulandia.com - Página 1334
[252] P. Urbano El hombre de Villa Tevere Barcelona, Plaza y Janés, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1335
[253] EIUNSA. Barcelona 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1336
[254] Roma, Claretianum, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1337
[255] Barcelona, Herder, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1338
[256] Alberto Moneada Historia oral del Opus Dei Barcelona, Plaza y Janés, 1987. <<
www.lectulandia.com - Página 1339
[257] R. de la Cierva, Misterios de la Historia II. Barcelona, Planeta 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 1340
[258] R. de la Cierva Los años mentidos Madridejos. Ed. Fénix 1993. <<
www.lectulandia.com - Página 1341
[259] Madrid, Epoca, 1993. Hay varias cartas ocultas más entre el padre Escrivá y el general Franco que espero publicar en breve. <<
www.lectulandia.com - Página 1342
[260] He tomado los datos principales de la que creo mejor y más precisa biografía del padre Escrivá, Peter Berglar, Opus Dei, Vida y Obra del Fundador, José María Escrivá de Balaguer, Madrid, Rialp. 1983. Pese a los méritos de ésta y otras obras biográficas citadas sigo creyendo que el fundador del Opus Dei no ha encontrado aún la biografía definitiva que merece y que podría resaltar aún más la figura si contiene seriamente datos y enfoques críticos. <<
www.lectulandia.com - Página 1343
[1] J. Jiménez Lozano Juan XXIII, Barcelona, Destino, 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1344
[2] P. Hebblethwaite Giovanni XXIII, Milán, Rusconi, 1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1345
[3] p. 163s. <<
www.lectulandia.com - Página 1346
[4] op. cit. p. 41s. <<
www.lectulandia.com - Página 1347
[5] Conversaciones con Siri en Benny Lai., op. cit., p. 66s. <<
www.lectulandia.com - Página 1348
[6] A. Floridi., op. cit. p. 29. <<
www.lectulandia.com - Página 1349
[7] Cfr. H. Jedin, op. cit. p. 173. <<
www.lectulandia.com - Página 1350
[8] Milán, Ricciardi, 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1351
[9] número 258, p. 153s. <<
www.lectulandia.com - Página 1352
[10] Le Monde, 16 nov. 1965. Diario del Concilio, Barcelona, Herder, 1967, p. 1182.
<<
www.lectulandia.com - Página 1353
[11] H. Fesquet, Diario… p. 1214s. <<
www.lectulandia.com - Página 1354
[12] H. Fesquet, Diario… p. 1230. <<
www.lectulandia.com - Página 1355
[13] Ver los textos en El magisterio pontificio, obra dirigida por F. Guerrero y ya citada, tomo II p. 690s, 737s. <<
www.lectulandia.com - Página 1356
[14] B. Lai, op. cit. p. 68s. <<
www.lectulandia.com - Página 1357
[15] Cfr. El Magisterio pontificio… op. cit., 11 p. 770. <<
www.lectulandia.com - Página 1358
[16] D. McLellan Marxism and Religion, Houndmills, 1984 p. 113. <<
www.lectulandia.com - Página 1359
[17] J. Sobrino Christology at the crossoads, 1978, p. 29. <<
www.lectulandia.com - Página 1360
[18] J. Sobrino y J. Hernández Pico, Theology of Christian Solidarity. Marruknoll. N:Y: Orbis Books, 1985. (Orbis es una editorial cristiano-marxista clara). <<
www.lectulandia.com - Página 1361
[19] Wanderer 26 de septiembre de 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1362
[20] J. Moltmann, prólogo a la edición 1990 de su libro The Crucified God. <<
www.lectulandia.com - Página 1363
[21] FRSJ D6. Información directa al autor de jesuitas compañeros de estudios de los citados, 1990. <<
www.lectulandia.com - Página 1364
[22] Conversaciones de Toledo, junio de 1973. Burgos, Aldecoa, 1974, p. 261s. <<
www.lectulandia.com - Página 1365
[23] J.B. Metz en Dios y la ciudad, Madrid, Cristiandad, 1975, p. 120. <<
www.lectulandia.com - Página 1366
[24] Carlos Morales Abárzuza América Latina y el Caribe, la Internacional Socialista. México, Universidad Autónoma, 1981. El autor, perteneciente a la Unidad Popular de Salvador Allende en Chile y expulsado por el general Pinochet, era miembro del partido Radical (miembro de la IS) y protegido del PRI mexicano, miembro observador de la IS. Texto citado en p. 64. <<
www.lectulandia.com - Página 1367
[25] Como en muchas descripciones de este libro cuando empleo el plural en mis testimonios no lo hago en sentido mayestático sino sencillamente matrimonial, como reflejo de colaboración en las observaciones, contactos y enfoques que utilizo en mis libros, y especialmente en éste. <<
www.lectulandia.com - Página 1368
[26] Nueva York, Ramdom House, 1961. <<
www.lectulandia.com - Página 1369
[27] YA, 11 de febrero de 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1370
[28] Peter Wyden, Bay of Pigs, the untold story, Nueva York, Simon and Schuster. <<
www.lectulandia.com - Página 1371
[29] E. Smith, op. cit. p. 234s. <<
www.lectulandia.com - Página 1372
[30] J.T. Myers, Enemies… op. cit. p. 205s. Reproduje por vez primera el documento en mi libro Jesuitas…, ya citado, de 1986, p. 354. <<
www.lectulandia.com - Página 1373
[31] Ediciones en Lenguas extranjeras, Pekín 1959. <<
www.lectulandia.com - Página 1374
[32] Nueva York, 1967. Cito por la octava edición, TAN Books, Rockford, Illinois, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1375
[33] Paul VI París, Perrin, 1993. <<
www.lectulandia.com - Página 1376
[34] Milano, Rusconi, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1377
[35] Cita del propio traductor (Bendiscioli) en Yves Chiron, op. cit. p. 80 n. 1. <<
www.lectulandia.com - Página 1378
[36] Madrid, ed. Azor, 8 vols, Alusiones a Montini a partir del III. <<
www.lectulandia.com - Página 1379
[37] Y. Chiron, p. cit. p. 103. <<
www.lectulandia.com - Página 1380
[38] Asunto del telegrama de Montini en L. Suárez., op. cit. VII p. 19. Con textos y notas de prensa. <<
www.lectulandia.com - Página 1381
[39] Yves Chiron, Paul VI, op. cit. p. 210s. <<
www.lectulandia.com - Página 1382
[40] Texto en Vaticano II, Documentos, p. cit. p. 563. <<
www.lectulandia.com - Página 1383
[41] Texto en Documentos, op. cit., p. 134 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1384
[42] Para la situación de Israel en 1964 ver mi libro El tercer Templo, Barcelona, Planeta, 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 1385
[43] Texto de la encíclica en F. Guerrero (ed). op. cit, 1 p. 239s. <<
www.lectulandia.com - Página 1386
[44] Texto en Vaticano II… op. cit. p. 610s. <<
www.lectulandia.com - Página 1387
[45] Cfr. Vaticano II… op. cit. p. 531s. <<
www.lectulandia.com - Página 1388
[46] Wiltgen., op. cit. p. 241. <<
www.lectulandia.com - Página 1389
[47] Texto en Vaticano II… p. 483s. <<
www.lectulandia.com - Página 1390
[48] Texto en Vaticano II… p. 307s. <<
www.lectulandia.com - Página 1391
[49] Texto en Vaticano II… p. 337. <<
www.lectulandia.com - Página 1392
[50] Wiltgen, op. cit. p. 272s. <<
www.lectulandia.com - Página 1393
[51] Ver más arriba, cap. 7, sección 4, págs. 502s, 522s. <<
www.lectulandia.com - Página 1394
[52] ed. por Casiano Floristan y J.J. Tamayo, Madrid, Ed. Cristiandad, 1963. <<
www.lectulandia.com - Página 1395
[53] Madrid, BAC, 1972. <<
www.lectulandia.com - Página 1396
[54] El Vaticano II, don de Dios, documentos del Sínodo. Madrid, PPC, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1397
[55] Madrid, BAC, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1398
[56] J. Ratzinger, Informe… op. cit. p. 222s. <<
www.lectulandia.com - Página 1399
[57] En mi archivo, DE (Documentos del Episcopado español) 14 y 14a. <<
www.lectulandia.com - Página 1400
[58] FRDE n 52. <<
www.lectulandia.com - Página 1401
[59] FRDE B-6., 16 de septiembre de 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1402
[60] Razón y Fe tomo 223/enero 1991. <<
www.lectulandia.com - Página 1403
[61] San Francisco, Ignatius Press, p. 13, 23s. <<
www.lectulandia.com - Página 1404
[62] Cfr. mi esbozo biográfico en Misterios de la Historia II, op. cit. p. 396s. <<
www.lectulandia.com - Página 1405
[63] J.L. González Balado Padre Llanos, un jesuita en el suburbio Madrid, Temas de Hoy, 1991 p. 135. <<
www.lectulandia.com - Página 1406
[64] Cfr. H. Jedin, op. cit., IX p. 530. <<
www.lectulandia.com - Página 1407
[65] Acta Apostolicae Sedis 38 (1946) 383. <<
www.lectulandia.com - Página 1408
[66] FRSJ, D-7. <<
www.lectulandia.com - Página 1409
[67] «Sí, sí, no, no» ed. esp. 36 (mayo 1992) 1s. <<
www.lectulandia.com - Página 1410
[68] Dossier Twomey en FRSJ D8. <<
www.lectulandia.com - Página 1411
[69] Cfr. «Misión abierta» 4 (1984) 44s. <<
www.lectulandia.com - Página 1412
[70] Cfr. más arriba p. 256. <<
www.lectulandia.com - Página 1413
[71] «Central American Report» febrero 1992. <<
www.lectulandia.com - Página 1414
[72] FRSJ D 9, sigla para todos los documentos anónimos del dossier. <<
www.lectulandia.com - Página 1415
[73] «New England Jesuit News» vol. 3 n. 3 abril 1975. <<
www.lectulandia.com - Página 1416
[74] National Jesuit News, abril 1972. <<
www.lectulandia.com - Página 1417
[75] W. Bangert, op. cit. p. 69. <<
www.lectulandia.com - Página 1418
[76] Número, lista de asistentes y resoluciones de la C.G. 31 en J.W. Padberg S.J. Togheter as a Companionship, The Institute of Jesuit Sources, St. Louis 1994 p. 1s.
<<
www.lectulandia.com - Página 1419
[77] Congregación General XXXI, Documentos. Zaragoza, 1966, p. 12. Tomo de la misma fuente el resto de la documentación si no indico otra cosa. <<
www.lectulandia.com - Página 1420
[78] P. Arrupe, La Iglesia del Hoy y del futuro Santander, Mensajero-Sal Terrae, 1982, p. 129s. <<
www.lectulandia.com - Página 1421
[79] J Hithcokk, The people and the Jesuits, The Nat, Commitee of Cath. Laymen, Nueva York. <<
www.lectulandia.com - Página 1422
[80] FRSJ D10. <<
www.lectulandia.com - Página 1423
[81] M. Alcalá et. al. Pedro Arrupe (hagiografía) Santander, Sal Terrae, 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1424
[82] op. cit. p. 1s. <<
www.lectulandia.com - Página 1425
[83] A Woodrow Los Jesuitas Barcelona, Planeta, 1985 p. 114s. <<
www.lectulandia.com - Página 1426
[84] «Ignacio Javier Pignatelli» La verdad sobre la Compañía de Jesús Madrid 1974 p. 36s. <<
www.lectulandia.com - Página 1427
[85] P. Arrupe La Iglesia de hoy del futuro Bilbao-Santander, Mensajero-Sal Terrae, 1982, p. 129s. <<
www.lectulandia.com - Página 1428
[86] «Ya» 27 de mayo de 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1429
[87] P. Arrupe La Iglesia de hoy… op. cit. p. 167. <<
www.lectulandia.com - Página 1430
[88] Lo he tomado de R. Schroth S.J. Jesuit Spirit in a time of change. Westminster Md. Newman Press, 1967, p. 202. <<
www.lectulandia.com - Página 1431
[89] P. Arrope La Iglesia de hoy… op. cit. p. 281. <<
www.lectulandia.com - Página 1432
[90] Hitchcock, op. cit. p. 42. <<
www.lectulandia.com - Página 1433
[91] FRSJ D 11 (1983). <<
www.lectulandia.com - Página 1434
[92] Sobre el «Survey» ver 50 años de la, Provincia de Andalucía, 1974, p. 34, el cap. II, 6 del citado libro de Becker (p. 60s) y los informes de los jesuitas ignacianos que cito después. <<
www.lectulandia.com - Página 1435
[93] FRSJ D 12, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1436
[94] J.M. Becker, op. cit. p. 42 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1437
[95] M. Alcalá, op. cit. p. 78. <<
www.lectulandia.com - Página 1438
[96] FRSJ D 13. <<
www.lectulandia.com - Página 1439
[97] «Wanderer» 7.7.1975; tomado de L. Dewart, The Marxist-Catholic Dialogue, spring 1966. <<
www.lectulandia.com - Página 1440
[98] FRSJ D 14 (1966). <<
www.lectulandia.com - Página 1441
[99] El padre Becker (op. cit. p. 69) ofrece los datos formales sobre la Conferencia. La reflexión final es mía. <<
www.lectulandia.com - Página 1442
[100] Hitchcock, The Pope. op. cit. p. 53-55. <<
www.lectulandia.com - Página 1443
[101] William A. Barry et al. «Affectivity and Sexuality» Studies in the Spirituality of Jesuits, X, 2-3 (marzo 1978). <<
www.lectulandia.com - Página 1444
[102] American Jesuit Assistance Conference of Santa Clara, 1967. Total Development, p. 9, 12, 23, 41, 58-69, cit. en Hitchcock, op. cit. p. 53s. <<
www.lectulandia.com - Página 1445
[103] Hitchcock, op. cit. p. 107s. <<
www.lectulandia.com - Página 1446
[104] Hitchcock: ibíd. <<
www.lectulandia.com - Página 1447
[105] FRSJ D 15, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1448
[106] Hitchcock, op. cit. p. 45. <<
www.lectulandia.com - Página 1449
[107] Todos esos datos, con sus fuentes, en Hitchcock, op. cit. p. 37-40. <<
www.lectulandia.com - Página 1450
[108] Becker, op. cit. p. 80. <<
www.lectulandia.com - Página 1451
[109] Becker, op. cit. p. 83s. <<
www.lectulandia.com - Página 1452
[110] Hasta aquí la primera parte del documento. Sigue la segunda, publicada en NJN, abril de 1972. La primera de marzo. <<
www.lectulandia.com - Página 1453
[111] Cfr. «El País» 24.4.1989 última página. <<
www.lectulandia.com - Página 1454
[112] Bilbao, ed. Desclée. <<
www.lectulandia.com - Página 1455
[113] Madrid, BAC, 1974. <<
www.lectulandia.com - Página 1456
[114] Madrid, Espasa-Calpe, 1979. <<
www.lectulandia.com - Página 1457
[115] Los dos en la BAC, Madrid, 1983 y 1976. <<
www.lectulandia.com - Página 1458
[116] Madrid, Unión Editorial, 1981. <<
www.lectulandia.com - Página 1459
[117] Santander, Sal Terrae, 1983. <<
www.lectulandia.com - Página 1460
[118] Madrid, Paulinas, 1990. <<
www.lectulandia.com - Página 1461
[119] La Iglesia en España 1936-1975. Síntesis histórica. Boletín oficial del Obispado de Cuenca, n. 5, mayo 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1462
[120] Madrid, C.I.O. 1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1463
[121] Madridejos, Fénix, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1464
[122] La vida religiosa… (en adelante VRP) p. 87. <<
www.lectulandia.com - Página 1465
[123] En la ya deshecha antigua y excelente formación de los jesuitas, que ahora es un churro mal frito, el «junoriado» era el trienio de Humanidades entre los dos años de noviciado y los estudios de filosofía. <<
www.lectulandia.com - Página 1466
[124] Ibíd. p. 64. Las Facultades de filosofía y teología en Oña (Burgos) y Comillas (Cantabria) se trasladaron a centros urbanos, con sus homólogas en toda la Orden. El resultado fue catastrófico. <<
www.lectulandia.com - Página 1467
[125] M: Alcalá, op. cit. p. 436. <<
www.lectulandia.com - Página 1468
[126] Conozco personalmente a un compañero mío de estudios que permanece en la Compañía pero que con permiso de la autoridad eclesiástica ha formado su propio grupo de candidatos a quienes forma ejemplarmente fuera de la contaminación de la Orden. <<
www.lectulandia.com - Página 1469
[127] La Verdad … (en adelante VCJ) p. 13s. <<
www.lectulandia.com - Página 1470
[128] VCJ p. 31-36. <<
www.lectulandia.com - Página 1471
[129] VCJ p. 5. <<
www.lectulandia.com - Página 1472
[130] FRSJ D 16 1986. <<
www.lectulandia.com - Página 1473
[131] Salamanca, Sígueme, 1972. <<
www.lectulandia.com - Página 1474
[132] R. de la Cierva Historia del franquismo II Barcelona, Planeta, 1977. <<
www.lectulandia.com - Página 1475
[133] Cf. para todos estos confusos movimientos y encuentros el libro Comunidades de Base y Nueva Iglesia Madrid, Ediciones Acción Católica, 1971. Es un trabajo riguroso y documentadísimo. <<
www.lectulandia.com - Página 1476
[134] Bilbao, eds. Mensajero, 1970. <<
www.lectulandia.com - Página 1477
[135] Vida cristiana… op. cit. p. 115. <<
www.lectulandia.com - Página 1478
[136] Salamanca, Sígueme, 1978. <<
www.lectulandia.com - Página 1479
[137] 162 (196) 24. <<
www.lectulandia.com - Página 1480
[138] M: Alcalá, op. cit. p. 82s. <<
www.lectulandia.com - Página 1481
[139] VCJ p. 44. <<
www.lectulandia.com - Página 1482
[140] VCJ p. 43. <<
www.lectulandia.com - Página 1483
[141] DR EE 123. <<
www.lectulandia.com - Página 1484
[142] VCJ O, 43s. <<
www.lectulandia.com - Página 1485
[143] DR EE 123. <<
www.lectulandia.com - Página 1486
[144] DR EE 123 bis. <<
www.lectulandia.com - Página 1487
[145] DR EE 124. <<
www.lectulandia.com - Página 1488
[146] VRP p-11-14. <<
www.lectulandia.com - Página 1489
[147] DR EE 123-3. <<
www.lectulandia.com - Página 1490
[148] VCJ p. 45. <<
www.lectulandia.com - Página 1491
[149] Cfr. M. Alcalá. op. cit. p. 82s. <<
www.lectulandia.com - Página 1492
[150] VCJ p. 49. <<
www.lectulandia.com - Página 1493
[151] VCJ p. 45s. <<
www.lectulandia.com - Página 1494
[152] VCJ p. 48. <<
www.lectulandia.com - Página 1495
[153] A. López Trujillo, De Medellín a Puebla, Madrid, BAC, 1989. <<
www.lectulandia.com - Página 1496
[154] Bogotá, Eds. Paulinas 1977. <<
www.lectulandia.com - Página 1497
[155] R. de la Cierva, Jesuitas, Iglesia y Marxismo, op. cit. p. 111s. <<
www.lectulandia.com - Página 1498
[156] Datos sobre el encuentro del Escorial en Fe cristiana y cambio social en América Latina, Salamanca, «Sígueme» 1973. Al comprobar su gran imprudencia en publicar las actas del Escorial la editorial descatalogó este libro, hoy virtualmente imposible de encontrar. <<
www.lectulandia.com - Página 1499
[157] A López Trujillo, Sillar 17 (enero-marzo 1985) 26. <<
www.lectulandia.com - Página 1500
[158] DR EE doc. número 105. El documento, cuyo autor tiene delante las Actas de la Conferencia episcopal, es el informe directo de un Prelado español a la Santa Sede en 1972. <<
www.lectulandia.com - Página 1501
[159] Madrid-Zaragoza, eds. Hechos y dichos y Apostolado de la Prensa, 1972. <<
www.lectulandia.com - Página 1502
[160] VRP p. 19s. <<
www.lectulandia.com - Página 1503
[161] Sal Terrae, Santander, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1504
[162] Saint Louis, Institute of Jesuit Sources, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1505
[163] Saint Louis, Institute of Jesuit Sources, 1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1506
[164] VCJ p. 127-128. <<
www.lectulandia.com - Página 1507
[165] VCJ p. 128s 14os6. <<
www.lectulandia.com - Página 1508
[166] «Clarín» 15.IX.1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1509
[167] «Esquiu» 12.8.1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1510
[168] «La Nación» 14.8.1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1511
[169] «Ya» de Madrid, 24.7.1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1512
[170] «Ya» 24.8.1973. <<
www.lectulandia.com - Página 1513
[171] VCJ p. 143-149, también para el viaje por Iberoamérica. <<
www.lectulandia.com - Página 1514
[172] VCJ p. 129s. <<
www.lectulandia.com - Página 1515
[173] Esta es una tesis expresa que se desarrolla en VCJ p. 175s. <<
www.lectulandia.com - Página 1516
[174] «La Civiltá Cattolica» 125 (1974) IV, 425s, 526s. <<
www.lectulandia.com - Página 1517
[175] Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús (en adelante CG32) 2 de diciembre 1974-7 marzo 1975. Decretos y documentos anejos. Madrid 1975. Edición española oficial. Pág. 239s. <<
www.lectulandia.com - Página 1518
[176] CG32, p. 261s. <<
www.lectulandia.com - Página 1519
[177] Fechas y datos adicionales sobre este problema en Padberg, op. cit. p. 65s. <<
www.lectulandia.com - Página 1520
[178] CG32 p. 263s. <<
www.lectulandia.com - Página 1521
[179] Martín R. Tripole, op. cit. p. 9. <<
www.lectulandia.com - Página 1522
[180] Padberg, op. cit. p. 50. <<
www.lectulandia.com - Página 1523
[181] CG32 p. 59s. <<
www.lectulandia.com - Página 1524
[182] CG32, p. 79s6. <<
www.lectulandia.com - Página 1525
[183] CG 32, Documentos op. cit. Decr. IV. <<
www.lectulandia.com - Página 1526
[184] Santander, Sal Terrae, 1985. <<
www.lectulandia.com - Página 1527
[185] CG32 p. 5571 CG32 p. s. <<
www.lectulandia.com - Página 1528
[186] CG32 p. 271s. <<
www.lectulandia.com - Página 1529
[187] CG32 p. 274. <<
www.lectulandia.com - Página 1530
[188] Jesuitas. Anuario de la Compañía de Jesús 1975-1976. <<
www.lectulandia.com - Página 1531
[189] «Notizie dei Gesuiti d’ltalia» marzo 1976, p. 68. <<
www.lectulandia.com - Página 1532
[190] FRSJ 17. <<
www.lectulandia.com - Página 1533
[191] VCJ y FRSS D-18. <<
www.lectulandia.com - Página 1534
[192] FRSJ D 18. <<
www.lectulandia.com - Página 1535
[193] Insegnamenti di Paolo VI, Roma, Tip. Políglota Vaticana, vol., p. 707s. <<
www.lectulandia.com - Página 1536
[194] Reproduje el informe de mons. Freddy Delgado en mi libro Misterios de la Historia, Barcelona, Planeta, 1990. <<
www.lectulandia.com - Página 1537
[195] Bilbao, ed. Mensajero (antes del Corazón de Jesús). <<
www.lectulandia.com - Página 1538
[196] Wednesday October 19, 1983. U.S. Senate. Subcommitee of Securisty and Terrorism. Washington D:C: p. 165 s. <<
www.lectulandia.com - Página 1539
[197] Dossier Pellecer en FRSJ, D. 36. <<
www.lectulandia.com - Página 1540
[198] A López Trujillo en «Sillar» 17 (1983) 33s. <<
www.lectulandia.com - Página 1541
[199] A López Trujillo De Medellín a Puebla, p. 100s. <<
www.lectulandia.com - Página 1542
[200] Los cristianos ante la Revolución popular sandinista, Managua, 7 de octubre de 1980, escrito contra la pastoral de los obispos en noviembre de 1979, editado por Universitarios Cristianos Revolucionarios, Estudiantes Cristianos por la Revolución y Comunidades Cristianas Juveniles de Base. <<
www.lectulandia.com - Página 1543
[201] Humberto Belli (consultor de la Santa Sede en 1982) Una Iglesia en Peligro Bogotá; CONFE, s.d. <<
www.lectulandia.com - Página 1544
[202] Benny Lai, I segret… op. cit. p. 166. <<
www.lectulandia.com - Página 1545
[203] Cfr. R. de la Cierva, El diario secreto de Juan Pablo I, Barcelona, Planeta. 1990.
<<
www.lectulandia.com - Página 1546
[204] A. Woodrow, Los jesuitas, op. cit. p. 147s. <<
www.lectulandia.com - Página 1547
[205] Lay y Woodrow, en la obras que acabo de citar. <<
www.lectulandia.com - Página 1548
[206] Woodrow., op. cit. p. 98s. <<
www.lectulandia.com - Página 1549
[207] Experiencia personal del autor. <<
www.lectulandia.com - Página 1550
[208] J: Hitchcock, The Pope… op. cit. p. 131. <<
www.lectulandia.com - Página 1551
[209] Acta Praepositi Generalis, 1980, Pro Societate, p. 331s. <<
www.lectulandia.com - Página 1552
[210] National Catholic Reporter (USA) 30 sept. 1983, p. 1s. <<
www.lectulandia.com - Página 1553
[211] Cfr. Hitchcock, op. cit. p. 176s. <<
www.lectulandia.com - Página 1554
[212] Cfr. Hitchcock, op. cit. p. 184s. <<
www.lectulandia.com - Página 1555
[213] Cfr. Padberg, op. cit. p. 105. <<
www.lectulandia.com - Página 1556
[214] Cf. Woodrow., o. c. p. 151s. <<
www.lectulandia.com - Página 1557
[215] «América» 3 de abril de 1982. <<
www.lectulandia.com - Página 1558
[216] Padberg op. cit. p. 106. <<
www.lectulandia.com - Página 1559
[217] Padberg op. cit. p. 128. <<
www.lectulandia.com - Página 1560
[218] «El País», 15.IX.1983. <<
www.lectulandia.com - Página 1561
[219] Cfr. Padberg, op. cit. p. 130. <<
www.lectulandia.com - Página 1562
[220] USIS, Boletín Informativo, 83 (1983) 8. <<
www.lectulandia.com - Página 1563
[221] ABC de Madrid, 26 marzo 1986 p. 9. <<
www.lectulandia.com - Página 1564
[222] John Barron The plot to destroy Mexico en «KGB» op. cit. p. 230s. <<
www.lectulandia.com - Página 1565
[223] En mis ya citados libros Jesuitas, Iglesia y marxismo y al año siguiente Oscura rebelión en la Iglesia, Ed. Plaza y Janés, Barcelona. <<
www.lectulandia.com - Página 1566
[224] Yo, Marcos, op. cit. p. 63. <<
www.lectulandia.com - Página 1567
[225] En American Spectator, abril de 1984. <<
www.lectulandia.com - Página 1568
[226] México, ed. Paulinas, 1976. <<
www.lectulandia.com - Página 1569
[227] L.J. Guerrero Anaya, La Compañía… op. cit. p. 144 (Tesis ms).. <<
www.lectulandia.com - Página 1570
[228] «Heraldo» 19.1.1994. <<
www.lectulandia.com - Página 1571
[229] «Heraldo» 25.1.94. <<
www.lectulandia.com - Página 1572
[230] «Proceso» 912 (25.4.94). <<
www.lectulandia.com - Página 1573
[231] Ver el artículo de David L. Fleming en «National Jesuit News» nov. 1993 p. 20. «¿Por qué no decir promoción de la fe y servicios a la justicia? Eso era mentarles la bicha a los liberacionistas. <<
www.lectulandia.com - Página 1574
[232] «Jesuitas de México» 3 (otoño-invierno 1993). <<
www.lectulandia.com - Página 1575
[233] «Información S.J»., 49 (mayo) junio 1995 34 páginas. <<
www.lectulandia.com - Página 1576
[234] ABC 6.1.95 p. 46. <<
www.lectulandia.com - Página 1577
[235] Texto en «Jesuitas de México» 6 (1995) 20. <<
www.lectulandia.com - Página 1578
[236] The Catholic World Report jun. 1995 p. 64. <<
www.lectulandia.com - Página 1579
[237] «La Compañía en cifras» Noticias y Comentarios, Curia Generalicia S.J. Roma 1995. <<
www.lectulandia.com - Página 1580
[238] FRSJ. D 20. <<
FIN

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