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Libro N° 14300. El Capital: Cien Años De Controversias En Torno A La Obra De Karl Marx. Mandel, Ernest.


© Libro N° 14300. El Capital: Cien Años De Controversias En Torno A La Obra De Karl Marx. Mandel, Ernest.  Emancipación. Septiembre 20 de 2025

 

Título Original: © El Capital: Cien Años De Controversias En Torno A La Obra De Karl Marx. Ernest Mandel

 

Versión Original: © El Capital: Cien Años De Controversias En Torno A La Obra De Karl Marx. Ernest Mandel

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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EL CAPITAL:

Cien Años De Controversias En Torno A La Obra De Karl Marx

Ernest Mandel










El Capital: Cien Años De Controversias En Torno A La Obra De Karl Marx

Ernest Mandel














Las tres partes en que se divide este estudio de Ernest Mandel acerca de El capital de Karl Marx corresponden a los tres libros en que está dividida la obra.


Entre 1978 y 1981 se publicó una nueva edición inglesa de El capital. Las introducciones fueron encargadas a Ernest Mandel y son las que conforman el texto del presente volumen. Debe quedar claro que no se trata de prólogos más o menos líricos, sino de análisis minuciosos tanto del propio texto como de cada una de las críticas que éste suscitó desde su publicación, entre 1867 y 1894, y a lo largo de más de cien años. Marx mismo hizo frente a muchas de estas críticas, tanto en su correspondencia como en sus escritos posteriores.


El capital no ha dejado de ser motivo de controversias desde entonces, tanto por los pensadores burgueses como por los propios marxistas (dentro de la izquierda alemana, desde el austromarxismo o desde la escuela althusheriana, por ejemplo), y así Ernest Mandel retoma la discusión con la intención de dejar aclarados, hoy, muchos de los puntos que la investigación ha ido desbrozando.


























Ernest Mandel


El Capital: Cien Años De Controversias En Torno A La Obra De Karl Marx


ePub r1.0


Rusli 28.11.13

 




















































www.lectulandia.com - Página 3

 

Título original:


Ernest Mandel, 1976


Traducción: Adriana Sandoval & Stella Mastrangelo & Martí Soler


Revisión: Jorge Tula y Martí Soler


Editor digital: Rusli


Texto digital: Jaime Onemix


ePub base r1.0


 


































































www.lectulandia.com - Página 4

 

NOTA DEL EDITOR




Ediciones revisadas de El capital y con nuevas traducciones más cuidadas y modernas han aparecido en uno y otro idioma. Entre 1978 y 1981, la casa editorial Penguin Books publicó una edición inglesa cuya versión y notas estuvieron a cargo del equipo de New Left Review. Las introducciones a los distintos libros eran de Ernest Mandel.


Tales introducciones son las que conforman el texto de este volumen, junto con un ensayo sobre el capítulo VI que también forma parte de la edición inglesa.


Queremos advertir, además, que todas las citas que aquí se toman de El capital corresponden a la traducción de esta obra publicada por Siglo XXI, con el fin expreso de que el lector pueda igualmente considerar el texto de Ernest Mandel como un estudio introductorio y de análisis referido a nuestra edición y de que tenga la facilidad de seguir el contexto cuantas veces lo considere necesario.

 

















































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I


EL LIBRO PRIMERO



Cuando se publicó por primera vez el libro primero de El capital, la industria capitalista, aunque predominante en algunos países de Europa occidental, todavía daba la impresión de una isla perdida en medio de un mar de campesinos y artesanos independientes que cubría el mundo entero, incluyendo la mayor parte de la propia Europa. Pero lo que El capital de Marx explicaba era sobre todo el impulso despiadado e inhumano de crecimiento que caracteriza a la producción en busca de la obtención de ganancias y el uso de estas ganancias predominantemente para la acumulación de capital. Desde que Marx lo escribió, la técnica y la industria capitalistas se han extendido ciertamente por todo el mundo. Más aún, a medida que han ido extendiéndose, no sólo han aumentado la riqueza material y las posibilidades de librar definitivamente a la humanidad de la carga de un trabajo insensato, repetitivo y mecánico, sino que también ha aumentado la polarización de la sociedad entre cada vez menos propietarios del capital y cada vez más trabajadores manuales e intelectuales obligados a vender su fuerza de trabajo a dichos propietarios. La concentración de poder y riqueza en un pequeño número de corporaciones industriales y financieras gigantes ha traído consigo una creciente lucha universal entre el capital y el trabajo.


Periódicamente, la clase burguesa y sus ideólogos han creído haber encontrado la piedra filosofal; se han sentido capaces, por consiguiente, de anunciar el fin de las crisis y de las contradicciones socioeconómicas en el sistema capitalista. Pero, pese a las técnicas keynesianas, y no obstante todos los intentos de integrar a la clase obrera al capitalismo tardío, hoy, a lo largo de más de una década, el sistema parece tender a las crisis más que cuando Marx escribió El capital. De la guerra de Vietnam al sacudimiento del sistema monetario mundial; del brote de las luchas radicales de los trabajadores en Europa occidental a partir de 1968 al rechazo de los valores y la cultura burguesa por un gran número de jóvenes a lo largo y a lo ancho de todo el mundo; de las crisis ecológicas y energéticas a las recesiones económicas recurrentes: no hay necesidad de ir demasiado lejos para encontrar indicios de que el apogeo del capitalismo ha terminado. El capital explica por qué las contradicciones cada vez más agudas del sistema eran tan inevitables como su impetuoso crecimiento. En ese sentido, contrariamente a una creencia generalmente aceptada, Marx es mucho más un economista del siglo XX que uno del XIX. El mundo occidental de hoy se aproxima mucho más al modelo «puro» de El capital que aquél en el que fue escrito.

 







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1. EL PROPÓSITO DE «EL CAPITAL»


El propósito fundamental de Marx en El capital fue poner al descubierto las leyes del movimiento que rigen los orígenes, el surgimiento, el desarrollo, la decadencia y desaparición de una forma social dada de organización económica: el modo capitalista de producción. No buscaba leyes universales de la organización económica. De hecho, una de las tesis esenciales de El capital es que tales leyes no existen. Para Marx no existen leyes económicas válidas para cada formación social básicamente diferente, a excepción de trivialidades tales como la fórmula que señala que ninguna sociedad consume más de lo que produce sin reducir su acervo de riquezas, ya sea la fertilidad natural de la tierra, la población total, la masa de medios de producción o varios combinados. Cada forma social específica de organización económica tiene sus propias leyes económicas específicas. El capital se limita a examinar aquéllas que rigen el modo capitalista de producción.


El capital no es, por tanto, teoría económica «pura». Para Marx la teoría económica «pura», es decir la teoría económica que hace abstracción de una estructura social específica, es imposible. Sería similar a una anatomía «pura», abstraída de las especies específicas que estudia. Podemos llevar la analogía un poco más lejos. Aun cuando la anatomía comparada es ciertamente una rama de las ciencias naturales, útil para incrementar nuestro conocimiento de la fisiología humana y animal, ésta sólo puede ser un subproducto del desarrollo de la comprensión anatómica de las especies específicas dadas. Del mismo modo la teoría de Marx del materialismo histórico incluye de hecho un análisis económico comparativo —por ejemplo, un examen de la evolución del trabajo humano, de su productividad, del excedente social y del crecimiento económico, desde la sociedad esclavista, pasando por el feudalismo, hasta el capitalismo. Pero tal comparación sólo puede resultar del análisis de modos específicos de producción, cada uno con su propia lógica económica y sus propias leyes de movimiento. Éstas no pueden ser superadas por leyes económicas «eternas» ni incluidas en ellas. Podemos extender aun la analogía hasta su conclusión final. Si uno trata de encontrar un núcleo básico común a «toda» la anatomía, se deja el reino de esa ciencia específica para entrar en otro: la biología o la bioquímica. Del mismo modo, si uno trata de descubrir una hipótesis básica subyacente, válida para «todos» los sistemas económicos, se pasa del reino de la teoría económica al de la ciencia de las estructuras sociales: el materialismo histórico.


En esta forma, la teoría económica de Marx, y su obra culminante: El capital, se basan en una comprensión de la relatividad, determinación social y limitación histórica de todas las leyes económicas. En el desarrollo socioeconómico de la humanidad, la producción de mercancías, la economía de mercado o la distribución de los recursos sociales entre las diversas ramas de la producción, en respuesta a «leyes económicas objetivas» que operan «a espaldas de los productores», no


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corresponden a la «naturaleza humana», no siempre han existido ni existirán para siempre. El capital, al explicar los orígenes del modo capitalista de producción, apunta hacia la decadencia y caída históricas inevitables de ese mismo sistema social. Una teoría económica basada en la relatividad histórica de todo sistema económico y su limitación estricta en el tiempo, recuerda sin delicadeza a los señores capitalistas, a sus secuaces y apologistas, que el propio capitalismo es producto de la historia. Morirá a su debido tiempo, como nació en un momento dado. Una nueva forma social de organización económica sustituirá entonces a la capitalista: funcionará de acuerdo con leyes distintas de las que rigen a la economía capitalista.


No obstante, El capital no se ocupa exclusivamente del modo capitalista de producción, aun cuando el descubrimiento de las leyes que rigen este modo de producción es su objetivo fundamental. La producción capitalista es la producción generalizada de mercancías. La producción generalizada de mercancías desarrolla plenamente las tendencias y contradicciones latentes en cada una de sus «células» básicas: las mercancías. No es casual que Marx inicie el libro primero de El capital con un análisis que no lo es del «modo capitalista de producción», ni del capital, ni del trabajo asalariado, ni siquiera de las relaciones entre el trabajo asalariado y el capital. Porque es imposible analizar cualquiera de estos conceptos o categorías básicas —que corresponden a la estructura básica de la sociedad capitalista—, científica, total y adecuadamente, sin un análisis previo del valor, del valor de cambio y del plusvalor. Pero estas categorías a su vez dependen del análisis de la mercancía y del trabajo que produce mercancías.

De la misma manera que el plusvalor y el capital surgen lógicamente de un análisis del valor y del valor de cambio, así también el modo capitalista de producción surge históricamente del crecimiento de la producción de mercancías: sin la producción simple de mercancías el capitalismo no puede empezar a existir. El capital, los Grundrisse y otros escritos económicos básicos de Karl Marx incluyen, por tanto, una gran cantidad de análisis de la producción simple de mercancías, una forma de producción que existió de múltiples maneras durante 10 000 años antes de que naciera el capitalismo moderno, pero que floreció particularmente entre los siglos XIII y XVI en los Países Bajos, el norte de Italia y más tarde en la Gran Bretaña (y en menor grado en Japón antes de la revolución Meiji).


Se han formulado objeciones —los primeros marxistas rusos como Bogdánov, comentadores posteriores como Rubin y marxistas contemporáneos como Lucio Colletti y Louis Althusser—[1] al punto de vista, que se origina en Engels y que fue sostenido por Rosa Luxemburg, y al cual yo me adhiero,[2] de que El capital de Marx ofrece no sólo un análisis básico del modo capitalista de producción sino también comentarios significativos sobre todo el período histórico que incluye los fenómenos esenciales de la producción de mercancías en pequeña escala. Estas objeciones, sin

 



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embargo, se basan en una doble confusión. Es cierto que el modo capitalista de producción es la única organización social de la economía que implica una producción generalizada de mercancías. Sería completamente erróneo por tanto considerar, por ejemplo, a la sociedad esclavista helénica o al imperio islámico clásico —dos formas de sociedad que desarrollaron intensamente la producción de mercancías en pequeña escala, así como una economía monetaria y un mercado internacional— como regidos por la «ley del valor». La producción de mercancías en estos modos precapitalistas de producción está entrelazada y en última instancia subordinada a organizaciones de producción (en primer lugar la producción agrícola) de una naturaleza claramente no capitalista, que siguen una lógica económica diferente de la que rige los intercambios de mercancías o la acumulación de capital.


Pero esto no implica de ninguna manera que en las sociedades en donde la producción de mercancías en pequeña escala se ha convertido ya en el modo predominante de producción (es decir donde la mayoría de los productores son campesinos y artesanos libres, dueños de los productos de su trabajo y de su intercambio) las leyes que rigen el intercambio de mercancías y la circulación de dinero no influyan fuertemente sobre la dinámica económica. De hecho, precisamente el desarrollo de la ley del valor, en tales sociedades, lleva a la separación de los productores directos de sus medios de producción, pese a que toda una serie de acontecimientos sociales y políticos influye en el proceso del nacimiento del capitalismo moderno, acelerándolo, retrasándolo o combinándolo con tendencias hacia diversas direcciones.


Por otro lado, si bien es cierto que una «contabilidad económica» completa «basada en cantidades de trabajo nivelado socialmente» entra en vigor sólo bajo el capitalismo, y esto como una ley económica objetiva y no como decisiones conscientes de los dueños de las mercancías, no se sigue de ninguna manera de esta afirmación que la «contabilidad de las cantidades de trabajo» no pueda empezar a aparecer en sociedades precapitalistas, donde la producción de mercancías se convierte en una institución normal. De hecho, precisamente cuando la producción de mercancías en pequeña escala ya está bastante desarrollada, pero al mismo tiempo sigue entrelazada con formas tradicionales de una organización económica «natural», lo cual implica la distribución consciente de los recursos económicos y del trabajo social entre las diferentes formas de producción (a través de costumbres, hábitos, ritos, religión, deliberación de ancianos, asambleas de partícipes, etc.), puede y debe aparecer la necesidad de una explicación consciente de las «cantidades de trabajo», para evitar injusticias y desigualdades básicas en las organizaciones sociales basadas todavía en un alto grado de igualdad y coherencia social. He tratado de probar con datos empíricos que esto es lo que de hecho sucedió en diferentes períodos históricos, en diferentes partes del mundo.[3]

 



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Esto no quiere decir que la «ley del valor» sea «un producto de la historia precapitalista» ni tampoco que tales sociedades relativamente primitivas carecieran del mismo empeño maniático de obtener recompensas materiales y de computar el gasto del tiempo de trabajo hasta fracciones de segundo, como sucede en la nuestra; porque éstos son, ciertamente, productos «puros» de la sociedad burguesa. Quiere decir simplemente que las formas embrionarias de la «ley del valor» pueden descubrirse en las incipientes evoluciones de la producción de mercancías, de la misma forma que la «célula elemental» del capital, la mercancía, contiene de manera embrionaria todas las cualidades y contradicciones internas de esa categoría social. Negar tal dimensión histórica del análisis de Marx es transformar los orígenes del capitalismo en un misterio insoluble.


Podría argüirse que se trata de un punto debatible para economistas, de interés sólo para los antropólogos, etnólogos o historiadores, pero, de hecho, sus implicaciones son de una trascendencia extrema. Al afirmar que el análisis de las leyes motoras que rigen al modo capitalista de producción incluye necesariamente al menos algunos elementos esenciales de un análisis de los fenómenos económicos válidos para toda la época histórica que abarque las organizaciones económicas en las que haya producción de mercancías, la validez de ciertas partes de El capital de Marx se extiende no sólo hacia el pasado sino también hacia el futuro. Porque los fenómenos de la producción de mercancías sobreviven, al menos parcialmente, en aquellas sociedades donde ha sido derrocado el reino del capital, pero que no carecen completamente de clases, es decir sociedades socialistas: la URSS y las repúblicas populares de Europa oriental, China, Vietnam del Norte, Corea del Norte y Cuba. El capital ya no es una guía para comprender las leyes del movimiento de estas sociedades, como tampoco lo es para comprender las leyes del movimiento de la sociedad desarrollada del medievo tardío basada en la producción de mercancías en pequeña escala. Pero nos puede decir mucho acerca de la dinámica (y de la lógica desintegradora) de la producción de mercancías y la economía monetaria en tales sociedades no capitalistas, así como de las contradicciones que introducen éstas en las leyes del movimiento «puras» y específicas de las segundas.


Si El capital no es un tratado sobre las leyes económicas eternas, ¿contiene al menos una ciencia de la economía capitalista? Algunos marxistas, el primero de los cuales es el alemán Karl Korsch, lo han negado.[4] Para ellos —como para tantos críticos burgueses de Marx— El capital es esencialmente un instrumento para el derrocamiento revolucionario del capitalismo a manos del proletariado. Según ellos es imposible separar el contenido «científico» de El capital de su intención «revolucionaria», como pretendió el marxista austro-alemán Rudolf Hilferding.[5] Este argumento pasa por alto la distinción que Marx y Engels establecieron entre el socialismo utópico y el científico. Es cierto que Marx fue un revolucionario durante

 



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toda su vida adulta a partir de 1843, pero consideraba esencial basar el socialismo (comunismo) en un fundamento científico. El análisis científico del modo capitalista de producción sería la piedra angular de ese fundamento, mostrando cómo y por qué se creó el capitalismo, a través de su propio desarrollo, las condiciones económicas, materiales y sociales previas de una sociedad de productores asociados. En ese sentido se esforzó Marx, desde luego en función de esta intención y no en contradicción con ella, por analizar el capitalismo de una manera científica y objetiva. En otras palabras, no desahogó simplemente una hostilidad agresiva hacia una forma particular de organización económica, por causa de una pasión revolucionaria y de una compasión por los oprimidos, ni, huelga decirlo, motivado por razones personales, fracaso material o desequilibrio psicótico. Marx quería descubrir las leyes objetivas del movimiento. No había nadie —ni siquiera el típico burgués Spiesser— a quien despreciara más que al hombre con pretensiones científicas que, no obstante, tuerce deliberadamente los datos empíricos o falsifica los resultados de una investigación para que encajen en algún propósito subjetivo. Puesto que Marx estaba convencido de que la causa del proletariado tenía una importancia decisiva para el futuro de la humanidad, quería crear para esa causa un fundamento sólido de verdad científica y no una frágil plataforma de diatribas retóricas o de buenas intenciones.




2. EL MÉTODO DE «EL CAPITAL»


El propósito de El capital es en sí mismo un recordatorio claro del método de conocimiento que aplicó Marx a su obra principal: el método de la dialéctica materialista. Marx no dejó duda alguna de que al entendía él mismo su trabajo. En una carta a Maurice Lachâtre, editor de la primera edición francesa del libro primero de El capital, insistió en el hecho de que él era la primera persona en aplicar este método al estudio de los problemas económicos.[6] De nuevo, en su propio posfacio a la segunda edición alemana del libro primero de El capital, Marx especificó este uso del método dialéctico como la differentia specifica de El capital, que lo distinguía de cualquier otro análisis económico.[7]


Cuando se aplica el método dialéctico al estudio de los problemas económicos, los fenómenos económicos no son considerados por separado unos de otros, en pedazos, sino en sus conexiones internas como una totalidad integrada, estructurada alrededor de un modo de producción básico predominante y a partir de él. Esta totalidad es analizada en todos sus aspectos y manifestaciones, tal y como está determinada par ciertas leyes del movimiento dadas, que se relacionan también con sus orígenes y su desaparición inevitable. Según parece, estas leyes del movimiento

 



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de un modo dado de producción no son otra cosa que el desarrollo de las contradicciones internas de esa estructura, que define su verdadera naturaleza. La estructura económica dada, a su vez, está caracterizada al mismo tiempo por la unidad de esas contradicciones así como por sus luchas, todo lo cual determina los cambios constantes que experimenta. Los cambios (cuantitativos) que ocurren constantemente en el modo dado de producción, a través de la adaptación, de la integración de reformas y de la defensa propia (evolución), se distinguen de los cambios (cualitativos) que, mediante saltos bruscos, producen una estructura diferente, un nuevo modo de producción (revolución).


Marx opone claramente su propio método dialéctico de investigación y conocimiento al de Hegel, pese a que nunca dudó en reconocer su deuda de gratitud al filósofo alemán, quien, acicateado por la revolución francesa, lanzó nuevamente el pensamiento dialéctico al mundo moderno. La dialéctica de Hegel era idealista: el motor básico era la Idea absoluta; la realidad material era solamente una apariencia externa de la esencia ideal. Para Marx, por el contrario, la dialéctica es materialista, «lo ideal no es sino lo material traspuesto y traducido en la mente humana».[8] Las leyes básicas del movimiento de la historia son las de los hombres reales que producen ellos mismos su propia existencia material dentro de un marco social dado. El desarrollo del pensamiento corresponde en última instancia a ese movimiento básico, y lo refleja, aun cuando lo haga a través de muchas mediaciones. Así, el proceso del pensamiento científico a través del cual Marx llegó a comprender las operaciones del modo capitalista de producción era en sí mismo un producto de ese modo de producción, de la sociedad burguesa y de sus contradicciones. Sólo de manera secundaria puede considerársele como un producto del desarrollo de numerosas ciencias humanas e ideologías: la filosofía clásica alemana, la economía política inglesa, la historiografía y la ciencia política francesas, el socialismo premarxista. Sólo el reconocimiento de la sociedad burguesa y sus contradicciones, especialmente la lucha entre capital y trabajo, permitieron a Marx asimilar, combinar y transformar estas ciencias en la forma y con la dirección especificas que les dio. No obstante, pese a que la dialéctica materialista es la dialéctica (idealista) de Hegel «dada vuelta», ambas tienen características comunes. La dialéctica como lógica motora presupone que todo movimiento, toda evolución, sea de la naturaleza, de la sociedad o del pensamiento humano, adopta ciertas formas generales llamadas «dialécticas».[9] Engels y Lenin observaron, en la manera misma en que el libro primero de El capital está construido, una aplicación sorprendente de este método dialéctico general; así, pues, Lenin escribe que, pese a que Marx nunca escribió su proyectado tratado breve sobre la dialéctica, nos dejó sin embargo El capital, que es la aplicación de la dialéctica materialista al campo de los fenómenos económicos.[10]

Sin embargo, precisamente porque la dialéctica de Marx es materialista, no

 



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empieza a partir de la intuición, de precondiciones o esquemas mistificadores, sino de una asimilación completa de datos científicos. El método de investigación debe diferir del método de exposición. Primero deben recogerse los datos empíricos, debe captarse por completo el estado del conocimiento dado. Sólo una vez logrado esto puede emprenderse una reorganización dialéctica del material con el objeto de comprender el todo dado. Si se tiene éxito, el resultado es una «reproducción» en el pensamiento humano de esta totalidad material: el modo capitalista de producción.


El peligro principal para cualquier científico abocado al estudio de los fenómenos sociales es tomar las cosas por dadas, «cerrar los ojos ante los problemas». La distinción entre la apariencia y la esencia, que Marx heredó de Hegel,[11] no es otra cosa que un constante intento de penetrar más y más profundamente a través de capas sucesivas de fenómenos, hacia leyes del movimiento que expliquen por qué estos fenómenos evolucionan en cierta dirección y de maneras determinadas. Una búsqueda constante de preguntas —¡poner en duda!— donde otros ven respuestas hechas y una vulgar «evidencia»: éste es ciertamente uno de los méritos principales de Marx en tanto que innovador revolucionario de la ciencia económica. Pero para Marx, el dialéctico materialista, la distinción entre «esencia» y «apariencia» no implica en ningún sentido que la «apariencia» es menos real que la «esencia». Los movimientos de valor determinan en última instancia los movimientos de los precios, pero el Marx materialista se hubiera burlado de los «marxistas» que sugieren que los precios son «irreales» porque, en última instancia, están determinados por los movimientos del valor. La distinción entre la «esencia» y la «apariencia» se refiere a los distintos niveles de determinación, es decir, en último análisis, al proceso de conocimiento y no a los diferentes grados de realidad. Para explicar el modo capitalista de producción en su totalidad es insuficiente entender simplemente la «esencia básica», la «ley del valor». Es necesario integrar la «esencia» y la «apariencia» a través de todas sus conexiones mediadoras intermedias para explicar cómo y por qué aparece una «esencia» dada bajo unas formas concretas dadas y no bajo otras. Porque estas mismas «apariencias» no son ni causales ni evidentes. Plantean problemas que también han de ser explicados, y esta misma explicación ayuda a penetrar a través de nuevas capas de misterio y nos acerca de nuevo a una comprensión total de la forma específica de la organización económica que deseamos comprender. Negar esta necesidad de reintegrar la «esencia» y la «apariencia» es tan antidialéctico y mistificador como aceptar las «apariencias» tal y como se ven, sin buscar las fuerzas y contradicciones básicas que tienden a ocultarle al observador superficial y empirista.


La forma en que El capital arranca con un análisis de las categorías básicas de la producción de mercancías, con la «unidad básica» (la célula fundamental) de la vida económica capitalista, la mercancía, ha sido citada a menudo como una aplicación

 



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modelo de esta dialéctica materialista. El propio Marx aclara que no parte de un concepto básico —el valor— sino de un fenómeno material elemental —la mercancía


— que se encuentra en la base del capitalismo, como la única organización económica basada en la producción generalizada de mercancías.[12] Es pues correcto, aunque incompleto, hablando estrictamente, decir que el método de Marx consiste en «pasar de lo abstracto a lo concreto»[13] De hecho, parte de los elementos de lo material concreto para pasar a lo teórico abstracto, lo cual le permite reproducir la totalidad concreta en su análisis teórico. En su despliegue y riqueza plenos, lo concreto es siempre una combinación de innumerables «abstracciones» teóricas. Pero lo material concreto, es decir la sociedad burguesa real, existe antes de toda esta tarea científica, la determina en última instancia y permanece como un punto de referencia práctico y constante para probar la validez de la teoría. Sólo cuando la reproducción de esta totalidad concreta en el pensamiento humano se acerca a la totalidad material real, el pensamiento que domina el libro primero de El capital aparece como un movimiento de «categorías» económicas, de la mercancía y sus contradicciones internas a la acumulación del capital y su derrumbe. A menudo ha surgido la pregunta: ¿este movimiento es sólo una sinopsis abstracta de la «esencia» del capitalismo o es un reflejo sumamente simplificado del desarrollo económico real, es decir la historia real a partir de la primera aparición de la producción mercantil hasta una producción capitalista en gran escala en Occidente, purificada de todas las formas secundarias y combinadas que sólo oscurecerían la naturaleza básica de este movimiento?


Es imposible responder a esta pregunta con un simple «sí» o «no». Las mercancías producidas accidentalmente en las sociedades precapitalistas, al margen de los procesos básicos de producción y consumo, no pueden desencadenar, desde luego, la notable y terrible lógica de la «ley del valor» que Marx desenvuelve majestuosamente en El capital. La producción mercantil, como característica básica y dominante de la vida económica, presupone al capitalismo, es decir una sociedad donde la fuerza de trabajo y los instrumentos de trabajo se han convertido ellos mismos en mercancías. En este sentido puede decirse que el libro primero de El capital (basado en la lógica dialéctica) es lógico y no histórico.


Pero la dialéctica implica que todo fenómeno tiene un principio y un fin, que nada es eterno ni está terminado de una vez por todas. Así, la célula histórica del capital es al mismo tiempo la clave del análisis lógico del capital: filogénesis y embriología no pueden separarse por completo. Algunos aspectos de la acumulación originaria del capital se reproducen dentro de la acumulación del capital en la vida capitalista contemporánea cotidiana: sin esa acumulación originaria del capital no habría modo capitalista de producción. De modo que el análisis lógico, después de todo, sí refleja ciertas tendencias básicas del desarrollo histórico. Las formas más simples de la

 



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aparición de las «categorías económicas» (que no son más que formas de existencia material, de la realidad material tal y como la percibe y simplifica la mente humana) son a menudo también su forma primaria, es decir originaria. Independientemente de lo controvertido de esta interpretación, es difícil negar que esta unidad de análisis lógico e histórico es la manera como entendían su propio método Marx y Engels.[14]


Desde Bernstein hasta Popper y los economistas académicos contemporáneos, se ha producido toda una literatura sobre el tema de la naturaleza «inútil», «metafísica» o hasta «mistificadora» del método dialéctico que Marx tomó de Hege1.[15] La estrechez positivista de la posición de estos críticos por lo general se convierte en un elocuente testimonio de lo contrario, es decir de la amplia visión histórica y lucidez penetrante que Marx alcanzó con la ayuda del método dialéctico. Gracias a este método El capital de Marx aparece como un gigante comparado con cualquier trabajo subsiguiente o contemporáneo de análisis económico. Nunca tuvo la intención de ser un manual de ayuda a los gobiernos para solucionar problemas tales como los del déficit de la balanza de pagos, ni tampoco la de ser una explicación erudita, aunque un poco trillada, de los emocionantes acontecimientos en el mercado cuando el señor García no encuentra un comprador para sus últimas 1 000 toneladas de hierro. Su intención es ofrecer una explicación de lo que le sucedería al trabajo, la maquinaria, la tecnología, el tamaño de las empresas, la estructura social de la población, la discontinuidad del crecimiento económico y las relaciones entre los trabajadores y el trabajo a medida que el modo capitalista de producción desarrolle su terrible potencial. Desde ese punto de vista el logro es en verdad impresionante. Precisamente debido a la capacidad de Marx para descubrir, en su esencia, las leyes del movimiento del modo capitalista de producción a largo plazo, con independencia de miles de «impurezas» y aspectos secundarios, sus predicciones a largo plazo —las leyes de la acumulación del capital, el progreso tecnológico acelerado, el aumento acelerado de la productividad y de la intensidad del trabajo, la creciente concentración y centralización del capital, la transformación de la gran mayoría de la población económicamente activa en vendedores de fuerza de trabajo, la declinación de la tasa de ganancia, el aumento de la tasa de plusvalor, las recesiones periódicas recurrentes, la inevitable lucha de clases entre el capital y el trabajo, los crecientes intentos revolucionarios para derrocar al capitalismo— han sido notablemente confirmadas por la historia.[16]


Este juicio ha sido cuestionado en dos terrenos. La salida más fácil de los críticos de Marx es simplemente negar que las leyes del movimiento del modo capitalista de producción que descubrió hayan sido verificadas. Esto se hace generalmente reduciéndolas a un par de fórmulas simplificadas y falseadas al máximo (véase más adelante): «la pauperización progresiva de la clase trabajadora» y «la crisis económica siempre de mal en peor».[17] Karl Popper propuso una objeción más

 


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elaborada al negar la mera posibilidad, o mejor dicho la naturaleza científica de tales «leyes», llamándolas «profecías históricas incondicionales» que deben distinguirse claramente de «las predicciones científicas». «Las predicciones ordinarias de la ciencia —dice Popper— son condicionales. Afirman que ciertos cambios (por ejemplo, de la temperatura del agua en la tetera) serán acompañados de otros cambios (por ejemplo, la ebullición del agua).»[18] Popper niega la naturaleza científica de El capital al afirmar que, a diferencia de las teorías científicas, sus hipótesis no pueden ser demostradas científicamente.[19]


Desde luego, esto se base en un malentendido de la naturaleza misma de la dialéctica materialista, la cual, como Lenin apuntó, requiere de una verificación constante a través de la praxis con el fin de incrementar su contenido cognitivo.[20] De hecho, sería muy sencillo «demostrar» que el análisis de Marx es erróneo si la experiencia mostrara, por ejemplo, que a medida que se desarrolla la industria capitalista se vuelve cada vez más pequeña la fábrica común y depende menos de la nueva tecnología, los propios trabajadores proporcionan el capital, más trabajadores se convierten en dueños de fábricas, la parte del salario dedicada a adquirir mercancías disminuye (y aumenta la parte del salario dedicada a adquirir los propios medios de producción de los trabajadores). Si además hubieran transcurrido décadas sin fluctuaciones económicas acompañadas por la desaparición en gran escala de sindicatos y asociaciones de empresarios (todo ello a partir de la desaparición de les contradicciones entre el capital y el trabajo, en la medida en que los trabajadores controlaran cada vez más los medios y las condiciones de producción), entonces se podría ciertamente afirmar que El capitel es sólo material de desecho y que falló lamentablemente en sus predicciones acerca de lo que había de suceder en el mundo capitalista real un siglo después de su publicación. Basta comparar la historia real del período que comienza en 1867, por un lado, con lo que Marx predijo que sería, y por el otro con cualquier alternativa como las «leyes del movimiento», para comprender cuán notable fue el logro teórico de Marx y cuán vigoroso se yergue ante la prueba experimental de la historia.[21]




3. EL PLAN DE «EL CAPITAL»


El capital no fue resultado de una generación espontánea ni producto de un súbito interés por parte de Marx por los problemas económicos. Desde que este doctor en filosofía (Jena, 1841) se volvió comunista en el curso de esa década bajo la presión de su experiencia con los problemas sociales (el trato dado a los ladrones de leña en las provincias renanas de Prusia; el levantamiento de los trabajadores textiles de Silesia; las huelgas en Inglaterra; la lucha de clases en Francia), se volcó a los

 



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estudios económicos. Pero este primer encuentro con la economía política moderna (que dejó sus principales resultados en los Manuscritos económico-filosóficos, Miseria de la filosofía, Trabajo asalariado y capital y el Manifiesto del Partido Comunista) fue bruscamente interrumpido por la presión de los acontecimientos externos. Con una participación activa en la política, Marx regresó de París a Alemania en el comienzo del movimiento revolucionario de 1848. Ahí fundó y dirigió un periódico. Cuando la reacción contrarrevolucionaria sumergió a Europa después del fracaso de las revoluciones, emigró a Londres y tuvo que sobrevivir como periodista. Estas presiones, junto con la carga de la política de la emigración en Londres, retardaron la posibilidad de una presentación sistemática de su teoría económica a lo largo de toda una década.


Sólo cuando, a través de Lassalle, un editor lo presionó para que explicara sus ideas económicas de una manera global, regresó a su reencuentro total con Adam Smith y Malthus, Ricardo y J. B. Say, Simonde de Sismondi y Tooke, además de los famosos Blue books del gobierno británico que se convertirían en una fuente invaluable de material factual sobre las condiciones de la industria, el comercio, las finanzas y la vida diaria de los trabajadores británicos. El estudio sistemático de los hechos económicos y sus ideas sobre el capitalismo, retomados por Marx alrededor de 1857, produjeron las siguientes obras:


a] un primer borrador de El capital, publicado póstumamente con el título de Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie [Elementos fundamentales para la crítica de la economía política], escrito en 1857-1858;


b] el libro incompleto Zur Kritik der politischen Ökonomie [Contribución a la crítica de la economía política], publicado en 1859;


c] los manuscritos de 1861-1863, veintitrés enormes cuadernos de los que Kautsky extrajo las Teorías sobre el plusvalor (también conocido como el libro cuarto de El capital). Pero éstas abarcan solamente los cuadernos VI-XV inclusive. Los cuadernos I-IV tratan temas incluidos por lo general en el libro primero de El capital; los cuadernos XVI, XVII Y XVIII tratan temas del libro tercero de esta misma obra, mientras que los cuadernos XIX-XXIII tratan de nuevo temas relacionados con el libro primero e incluyen un tratamiento extenso de la historia de la técnica y el uso de la maquinaria bajo el capitalismo;


d] un manuscrito de 1864-1865 que trata en su mayoría temas que aparecen en el libro tercero de El capital;


e] cuatro manuscritos redactados entre 1865 y 1870, a partir de los cuales Engels extrajo la mayoría del material para el libro segundo de El capital;

f] la versión final del libro primero de El capital (1866-1867).


De estos seis escritos económicos básicos del Marx de la madurez, el libro primero es por lo tanto el único que su autor completó y editó él mismo, y del cual

 



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produjo incluso ediciones corregidas en alemán y en francés.[22] Los libros segundo y tercero de El capital, que restaron incompletos, fueron publicados póstumamente, después de un arduo trabajo, por el amigo de toda la vida de Marx: Friedrich Engels. El de Teorías sobre el plusvalor fue reordenado y publicado por Karl Kautsky. A su vez, los Grundrisse fueron presentados al público por primera vez en 1939, mientras que una parte considerable de los manuscritos de 1861-1863 permanece todavía inédita.


El plan inicial de El capital fue bosquejado en 1857 y el plan final data de 1865-1866. Entre estas dos fechas transcurren nueve años de intenso estudio, especialmente en el Museo Británico, llevado a cabo en condiciones muy difíciles. Marx padeció continuamente por las dificultades económicas, por la enfermedad y muerte de tres de sus hijos, entre ellos su querido Edgar, y por el creciente y renovado compromiso con los estudios sociales y políticos del momento, en especial a través de sus actividades en la Asociación Internacional de los Trabajadores (la llamada Primera Internacional). La necesidad de responder a un ataque agudo y denigrante de un oponente político alemán, un tal Herr Vogt, le costó a Marx casi medio año de retraso en la elaboración del libro primero de El capital. Finalmente, la enfermedad y la mala salud se convirtieron en obstáculos cada vez más difíciles de salvar. Él mismo hablaba sarcásticamente de sus «carbúnculos», cuyos efectos la burguesía no olvidaría por un largo tiempo. Pero de hecho es su notable actitud estoica hacia todas las miserias que lo rodean, más que una amargura determinada nacida de las escaseces materiales, la que permea su obra de madurez.


Desde el principio Marx quiso presentar un análisis global del capitalismo en su totalidad. El plan inicial de El capital da fe de su intención, y es como sigue:


Volumen sobre el capital a] El capital en general


1] El proceso de producción del capital


2] El proceso de circulación del capital 3]Ganancia e interés.


b] Sobre la competencia c]Sobre el crédito


d] Sobre las sociedades por acciones


Volumen sobre la propiedad territorial


Volumen sobre el trabajo asalariado


Volumen sobre el estado


Volumen sobre el comercio internacional


Volumen sobre el mercado mundial y las crisis[23]


La versión de 1865-1866 de El capital, sin embargo, se divide en cuatro tomos:

 



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Tomo 1: El proceso de producción del capital


Tomo 2: El proceso de circulación del capital


Tomo 3: Las formas del proceso global


Tomo 4: Historia de la teoría


Roman Rosdolsky, quien ha llevado a cabo el estudio más amplio hasta la fecha sobre el problema, llegó a identificar no menos de catorce versiones diferentes del plan de El capital entre septiembre de 1857 y abril de 1868.[24]


Surgen dos preguntas a partir de tantos cambios. Primera: ¿por qué modificó Marx su plan inicial y cuáles son las implicaciones de estas modificaciones para una comprensión del método de Marx y del contenido de El capital? Segunda: ¿la versión de 1865-1866 implica que los cuatro libros con los que contamos hoy representan la obra completa —aunque de todos los tomos sólo el primero se publicara— tal como Marx la ideara? La respuesta a cada una de estas preguntas tiene múltiples implicaciones interesantes tanto para la discusión de la teoría económica de Marx en sí misma como para la luz que arroja sobre las contribuciones hechas por algunos de sus seguidores y discípulos más dotados.


De hecho, lo que hoy llamamos El capital es el tercer intento de Marx por presentar sus puntos de vista del modo capitalista de producción en su totalidad. El primer intento, los Grundrisse de 1857-1858, sigue exactamente el plan inicial de El capital pero se detiene en el punto la, 31. El segundo intento, que data de 1861-1863, sigue inédito, a excepción de la parte de las Teorías del plusvalor. El tercer intento es el de 1865-1866, del cual tenemos los volúmenes 1-4. Sabemos que ya en enero de 1863 Marx había decidido tratar la renta de la tierra como un elemento de la distribución del plusvalor global entre los diferentes sectores de las clases gobernantes. Sin embargo, en ese tiempo parece haber mantenido la idea de un volumen separado para el trabajo asalariado, otro para la propiedad territorial y volúmenes separados para el crédito, la competencia y las sociedades por acciones.


La lógica de este plan implicaba el deseo de abordar por separado las clases sociales básicas de la sociedad burguesa: primero los capitalistas industriales, luego los terratenientes y finalmente el proletariado. Implicaba asimismo el deseo de separar drásticamente los problemas de producción del valor, de plusvalor y de capital de los problemas de la competencia capitalista, que sólo pueden ser entendidos como resultado de los procesos de redistribución del plusvalor producido previamente.


Sin embargo, si bien este plan original era claramente un primer paso necesario hacia el análisis final del modo capitalista de producción, a medida que avanzaba el análisis de Marx se fue convirtiendo en un obstáculo a la exposición rigurosa y congruente de las leyes del movimiento de ese modo de producción. Así, pues, al fin y al cabo tuvo que ser descartado. El volumen sobre el trabajo asalariado se integró al


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libro primero: «El proceso de producción del capital». Se hizo imposible abordar el trabajo asalariado separadamente de la producción del plusvalor, es decir del proceso capitalista de producción (quizá Marx intentaba dedicarse a las fluctuaciones salariales en el volumen 6 sobre el mercado mundial y las crisis). El volumen sobre la propiedad territorial se integró, junto con los de ganancia e interés, competencia y sociedades por acciones, al nuevo libro tercero, que estudia las formas clave del modo capitalista de producción global, desde el punto de vista de la redistribución del plusvalor total producido entre los diversos sectores de las clases propietarias.


Al observar esta transformación del plan inicial de El capital podemos sin embargo entender también por qué no cambió. Los libros primero y segundo de El capital todavía pueden ser incluidos bajo el encabezado de «El capital en general». Sólo el libro tercero, como los volúmenes 4, 5 y 6 originalmente planeados y que nunca fueron escritos, cae bajo el encabezado de «muchos capitales». Concretamente esto quiere decir que cierto número de problemas, como por ejemplo el del origen y la mecánica del «ciclo económico» (de las crisis capitalistas de sobreproducción), no tienen un lugar en los libros primero y segundo y sólo pueden ser abordados cuando descendemos de los niveles más altos de abstracción, donde se estudia al capital en su relación global con el trabajo asalariado, a un examen de las interacciones de varios capitales. Debido a que no tomó en cuenta esta estructura específica de los volúmenes sucesivos de El capital, Rosa Luxemburg erró metodológicamente al acusar a Marx de haber construido sus esquemas de reproducción del libro segundo sin haber resuelto el «problema de realización» o sin haber formulado una teoría de las crisis.


Regresaré a este interesante problema en mi ensayo sobre el libro segundo de El capital.


Joan Robinson comete un error similar en su «Prefacio a la segunda edición» de An essay on Marxian economics [Introducción a la economía marxista], donde plantea la existencia de una contradicción entre los supuestos concernientes a los salarios reales del libro primero de El capital y los del libro tercero. En el primero, afirma, Marx supone que una productividad creciente del trabajo conduce a un grado creciente de explotación, en tanto que en el tercero supone que la creciente productividad del trabajo podría conducir, a través de un grado estable de explotación, a una tasa creciente de salarios reales y a una tasa decreciente de ganancia.[27] Joan Robinson no comprende que los libros primero y tercero de El capital se encuentran en dominios diferentes de abstracción, abordan problemas distintos y parten de supuestos diferentes para aclarar la dinámica específica que permite responder a estas preguntas.


En el libro primero Marx examina las relaciones entre el capital y el trabajo en general, haciendo abstracción de los efectos de la competencia entre los capitalistas sobre la distribución del plusvalor y las variaciones de los salarios reales. Por tanto,

 



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supone salarios reales de subsistencia inicialmente estables para mostrar a través de qué mecánica se produce el plusvalor, apropiado y aumentado por el capital. En el libro tercero examina los efectos de la competencia capitalista sobre la distribución y redistribución del plusvalor entre los capitalistas, y tiene, por lo tanto, que integrar al análisis los efectos de esta competencia sobre el grado de explotación (por ejemplo, en períodos de bonanza, con una alta tasa de empleo). Para elaborar las respuestas básicas a estas preguntas es perfectamente lógico hacer abstracción inicialmente de las fluctuaciones en la tasa de ganancia y salarios en el libro primero, y supone inicialmente una tasa estable de explotación en el libro tercero, pero también abandonar más adelante estas hipótesis simplificadoras (libro primero, cap. XVII; libro tercero, cap. XIV).


Finalmente, me parece claro, a partir de numerosas observaciones intercaladas a lo largo del manuscrito del libro tercero, que Marx seguía con la intención de completar El capital con volúmenes sobre el estado, el comercio internacional, el mercado mundial y sus crisis, pese a que colocaba estos problemas claramente fuera del plan final del propio El capital.[28] Sólo cuando el manuscrito inédito de 1861-1863 nos sea accesible sabremos si existe algún esquema de lo que intentaba desarrollar en estos tres libros, o bien si intentaba hacer una elaboración completamente nueva en su estudio de la sociedad burguesa.


Teniendo en cuenta estos cambios en el plan de El capital tomado como un todo, la versión final del plan del libro primero resulta más sorprendente. No debemos olvidar que el libro primero, tal y como Marx lo dio a la imprenta, es en gran medida posterior a los borradores originales e incompletos de los libros segundo y tercero que Engels editara más tarde.[29] En consecuencia, el libro primero es el que mejor nos permite penetrar en la visión marciana del capitalismo.

A partir de la ubicación del libro primero en el plan final y total de El capital podemos adelantar inmediatamente una respuesta a los dos malentendidos que surgen una y otra vez en la discusión de la teoría económica de Marx. Es cierto que según Marx y Engels los capitalistas no cambian las mercancías que poseen en función de su valor, mientras que bajo la producción de mercancías en pequeña escala el intercambio de mercancías se basa burdamente en su valor.[30] Pero de ahí no se sigue de ninguna manera que el libro primero, que supone el intercambio de mercancías de acuerdo con su valor, se preocupe del intercambio y la producción de mercancías precapitalistas, y que solamente en el libro tercero se empiece a examinar lo que es la circulación capitalista de las mercancías. Por el contrario, Marx hace abstracción del problema de la redistribución del plusvalor entre los capitalistas competidores —es decir, el problema de la nivelación de la tasa de ganancia— en el libro primero precisamente para aislar y demostrar las leyes de la producción capitalista de mercancías y su circulación en su forma más «pura» y fundamental.

 



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Del mismo modo es erróneo suponer que el libro primero se ocupa solamente de la «esencia» o de «abstracciones», en tanto que el capitalismo «concreto» sólo es analizado en el libro tercero. Nada podría ser más «concreto» y cercano a los datos económicos percibidos de inmediato («apariencias») que los análisis de la jornada laboral, de los salarios y de la maquinaria que se hacen en el libro primero. Los comentaristas confunden aquí el tipo de pregunta contestada en el libro primero con el método de respuesta. El libro primero hace abstracción de la competencia capitalista, del desarrollo desigual y combinado y por lo tanto de los precios de producción y de la nivelación de la tasa de ganancia e incluso de los precios del mercado, con el fin de revelar el origen básico del plusvalor en el proceso de producción, que es un proceso de consumo de la fuerza de trabajo por el capital. Este problema es abordado con una combinación de intuición teórica y verificación empírica, mediante un intento constante de descubrir los vínculos mediadores entre la «esencia» y la «apariencia», mediante un análisis concienzudo del cómo y el porqué se manifiesta la «esencia» (el valor de la fuerza de trabajo) a través de las «apariencias» (las fluctuaciones de los salarios reales).




4. EL PLAN DEL LIBRO PRIMERO


El libro primero de El capital se presenta a sí mismo como una construcción rigurosamente lógica. Empezaremos a partir de la forma elemental de la riqueza capitalista —la mercancía— y su contradicción interna —la contradicción entre valor de uso y valor de cambio. En tanto es producida por un trabajo privado cuyo carácter social no puede ser ya reconocido automática, inmediata y directamente por la sociedad, la mercancía sólo puede existir con su corolario necesario, el dinero, medio universal de cambio. Pero el análisis de la circulación de mercancías junto con la circulación del dinero lleva al desenvolvimiento de las potencialidades internas y contradicciones del dinero: la posibilidad de que el valor de cambio ínsito en el dinero se convierta en un agente económico autónomo; de que el dinero aparezca como punto de partida y como punto final, y no simplemente como intermediario, de un proceso de circulación; de que el dinero se aplica al crecimiento del dinero, es decir del capital.


En las sociedades precapitalistas, el capital aparece fuera de la esfera de la producción y difícilmente llega a entrar a ella. Se nutre parasitariamente del plusproducto social producido y apropiado originalmente por las clases no capitalistas. Aquí Marx llega a su punto nodal. Una diferencia básica entre los modos de producción precapitalistas y capitalistas consiste en que bajo el capitalismo el capital no sólo se apropia del plusvalor, lo produce. Puesto que consideraba esto

 



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fundamental para la comprensión de todos los aspectos de la sociedad burguesa —no sólo el económico sino también el político—, Marx inició El capital con todo un volumen dedicado a un extenso análisis del proceso de producción. Y es que el proceso de producción capitalista es al mismo tiempo un proceso de producción de valor, un proceso de producción de plusvalor, un proceso de producción de capital y un proceso de producción y reproducción constante de las relaciones sociales básicas antagónicas: la relación entre trabajo asalariado y capital, la compulsión para el proletariado de vender su fuerza de trabajo a los capitalistas, la compulsión para los capitalistas de acumular capital y por lo tanto de maximizar la extracción del plusvalor a partir de los trabajadores.


El libro primero de El capital se centra en torno del descubrimiento básico de Marx: la explicación del «secreto» del plusvalor. Existe una mercancía, a saber la fuerza de trabajo, cuyo valor de uso para el capitalista consiste en su capacidad para producir un nuevo valor mayor que su propio valor de cambio. El «proceso de producción» que Marx analiza en el libro primero es por lo tanto esencialmente el proceso de producción del plusvalor.


La producción de plusvalor puede examinarse, sin embargo, de una manera más detallada sólo si se divide el propio capital en capital constante y capital variable. El capital constante representa la parte de la riqueza de la clase capitalista con la cual adquiere y mantiene un monopolio de la propiedad y el acceso a los medios materiales de producción. Así impide a la clase trabajadora cualquier posibilidad de producir sus propios medios de subsistencia de una manera independiente. Es una condición previa necesaria para la producción de plusvalor. Por ello llama Marx capital variable a esa parte del capital, mediante la cual los capitalistas compran la fuerza de trabajo de los trabajadores, porque sólo ella produce de hecho el plusvalor.


El paso siguiente en el análisis es la distinción entre la producción de plusvalor absoluto y la de plusvalor relativo. El plusvalor absoluto se produce por el alargamiento de la jornada laboral más allá del número de horas durante las cuales el trabajador produce el valor equivalente al salario. El plusvalor relativo se produce aumentando la productividad del trabajo en el sector industrial de los bienes de salario, que le permite al trabajador reproducir el equivalente a su salario en una porción más corta de la jornada laboral, aumentando así el plusvalor sin extender la jornada de trabajo. Marx observa que mientras que la producción de plusvalor absoluto predominaba en los primeros siglos del modo capitalista de producción (en Inglaterra, en términos generales, entre el siglo XVI y la primera mitad del XIX), la producción de plusvalor relativo se vuelve predominante una vez que la lógica de la revolución industrial (del desarrollo de la maquinaria) y la lógica de la lucha de clases entre el trabajo y el capital se despliegan totalmente.


Una parte central de la sección cuarta del libro primero («La producción del

 




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plusvalor relativo») está ocupada por un análisis extenso y minucioso de la manufactura y de la fábrica moderna (capítulos XII y XIII). Aquí la producción de plusvalor adquiere una dimensión adicional importante. Durante la etapa de la industria manufacturera, el capital explota los frutos de un incremento en la productividad del trabajo surgido a partir de formas cada vez más avanzadas de la división del trabajo. Pero la técnica de producción es fundamentalmente la misma. El trabajo se subdivide en función de la subdivisión del producto final producido por la manufactura, pero más allá de estas subdivisiones no ocurren cambios en el proceso de trabajo. El interés principal del capitalista durante el período manufacturero es, por lo tanto, el control constante y directo del capital sobre el trabajo para asegurar un gasto máximo de plustrabajo con un nivel técnico dado. Es como un taller donde los trabajadores pierden la libertad de determinar su propio ritmo de trabajo, donde el trabajo pierde su libertad y se vuelve forzado también desde ese punto de vista. Muchas empresas manufactureras de los inicios eran literalmente sólo eso: talleres, llenos de trabajadores que en diferentes grados habían perdido su libertad individual.


Con la revolución industrial y el surgimiento de la fábrica moderna, este proceso de sumisión del trabajo ante el capital en el curso del proceso de producción tiene sus raíces no sólo en las formas jerárquicas de la organización del trabajo sino en la propia naturaleza del proceso de producción. En la medida en que la producción se mecaniza, llega a reorganizarse alrededor de la maquinaria. Ritmo y contenido del trabajo vivo se subordinan a las necesidades mecánicas de la propia maquinaria. La enajenación del trabajo ya no es solamente enajenación de los productos del trabajo sino enajenación de las formas y contenidos del propio trabajo.


Marx desarrolla las potencialidades explosivas de la maquinaria moderna en tres direcciones simultáneas. Las máquinas son el arma principal del capital con el fin de conseguir que el trabajo se le subordine en el curso del proceso de producción. Las máquinas son el arma principal para incrementar la producción de plusvalor relativo, estimulando así implacablemente el proceso de la acumulación del capital. Las máquinas que ahorran trabajo son el arma principal para producir y reproducir el «ejército industrial de reserva» a través del cual los salarios se mantienen fluctuando alrededor del valor de la mercancía fuerza de trabajo y por cuyo medio la apropiación del plusvalor queda normalmente garantizada para los capitalistas.


Así, pues, Marx integra lógicamente el desarrollo de la lucha de clases entre capital y trabajo a su análisis de la producción del plusvalor, en la medida en que considera que la lucha de clases se origina en ese proceso de producción. La exacción de plusvalor a partir del trabajo vivo significa una lucha de los capitalistas por alargar la jornada de trabajo, por incrementar la carga de trabajo de los obreros sin acrecentar los salarios, por apropiarse para el capital de todas las ganancias de la creciente productividad del trabajo. A la inversa, la lucha contra la explotación capitalista

 



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significa, para los trabajadores, una lucha por reducir la jornada de trabajo sin reducir los salarios, por acortar la carga de trabajo, por incrementar los salarios reales. La cuestión de cómo esta lucha de clases contra los aspectos inmediatos de la explotación capitalista se transforma en una lucha por derrocar al sistema capitalista se plantea brevemente en la última parte de la sección séptima del libro primero, en cuya parte inicial, a su vez, se ocupa básicamente de la acumulación del capital, meta de toda la lógica infernal que Marx ha dejado al desnudo. El capital produce plusvalor, el cual, a su vez, es, en gran medida, transformado en capital adicional, el que, por su parte, produce plusvalor adicional. Y así sucesivamente, con todos los subsiguientes efectos contradictorios para la humanidad.


Si hacemos un listado de los contenidos de las secciones sucesivas del libro primero, subdividiendo la sección primera en sus tres capítulos constitutivos, veremos cómo se despliega esta lógica impecable del análisis y cómo burdamente corresponde al proceso histórico «despojado únicamente de su forma histórica y de las contingencias perturbadoras».[31]


I. Punto de partida: la forma elemental de la riqueza capitalista: la mercancía


a] la mercancía y la realización de su valor de cambio o el proceso de intercambio;


b] el proceso de intercambio y los medios de cambio: el dinero;


c] el dinero, mediador necesario del proceso de circulación de las mercancías II. El dinero se autotransforma en capital, es decir el valor busca un crecimiento


del valor: el plusvalor; la naturaleza del plusvalor.


III. La producción del plusvalor: plusvalor absoluto.


IV. La producción del plusvalor: plusvalor relativo (de la manufactura al sistema moderno de fábricas).


V. Relaciones entre los salarios, la productividad del trabajo y el plusvalor; la tasa del plusvalor.


VI. Cómo se transforma la fuerza de trabajo en salarios, sus diferentes formas y variaciones.


VII - VIII. La acumulación de capital, es decir la riqueza capitalista en su totalidad: sus consecuencias para el trabajo. Los orígenes del capitalismo (la «acumulación originaria del capital»).


Al final del libro primero regresamos al punto de partida: la riqueza capitalista. Pero ya no la entendemos simplemente como la suma de «formas elementales», un cúmulo de mercancías (aunque también es este cúmulo). La vemos ahora como el resultado de un proceso gigantesco de producción de valor, de extracción de plusvalor, a partir del trabajo vivo; como un movimiento gigantesco que constantemente revoluciona los medios de producción, la organización de la

 


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producción, el proceso de trabajo y los propios productores. La fórmula «capital-valor en busca de valor adicional» se entiende ahora como el capital que organiza un proceso de autovalorización (Verwertung), un proceso constante que busca aumentar su propio valor a través de la unidad del proceso de trabajo y el proceso de producción del valor incrementado (Einheit von Arbeitsprozess und Verwertungsprozess). Así entendemos de una manera más completa por qué un análisis del capitalismo debe aclarar primero todo lo que acontece en el curso del proceso de producción.


La actitud de Marx hacia la tecnología, la maquinaria y el sistema manufacturero ha sido a menudo malinterpretada, incluso por autores inclinados favorablemente hacia él. Desde luego, es cierto que, más que cualquier otro economista, sociólogo o filósofo contemporáneos, estaba consciente de los efectos revolucionarios que a largo plazo tendría la maquinaria sobre todos los aspectos de la vida en la sociedad burguesa. Es también cierto que su denuncia de los resultados inhumanos del uso capitalista de la maquinaria no puede escapar a quien lea con un mínimo de atención los capítulos VIII, XIII y XXIII del libro primero de El capital. ¿Es por tanto apropiado considerar a Marx como un luddista tardío o como un precursor de los profetas del crecimiento cero? ¿O es cierto, como han pretendido otros,[32] que Marx era un profundo admirador de la tecnología capitalista y que puso todas sus esperanzas en los efectos emancipadores a largo plazo de esa tecnología, única capaz de reducir la inevitable carga de trabajo y la inevitable fatiga del trabajo a la que está condenado el hombre?


El Marx dialéctico, abocado a un análisis integral del capitalismo y de la tecnología capitalista, evita estas dos trampas, tanto la del romántico conservador como la del mecanicista inhumano. En pasajes clásicos de los Grundrisse[33] destaca los aspectos civilizadores y progresistas del capitalismo, su impulso gigante para desarrollar las fuerzas sociales de producción, su búsqueda inquebrantable de nuevas formas y medios de economizar trabajo, de nuevas necesidades y sectores de la producción masiva que ayuden a desarrollar las posibilidades ilimitadas del hombre. Pero simultáneamente muestra cómo la forma específicamente capitalista de este desarrollo decuplica el potencial inhumano de la tecnología y la maquinaria y el valor de cambio «se enloquecen» (es decir se convierten en fines en sí mismos). El capitalismo subordina los hombres a las máquinas en vez de usar las máquinas para liberar a los hombres de la carga del trabajo mecánico y repetitivo. Subordina todas las actividades sociales a los imperativos de un impulso incesante de enriquecimiento individual en términos de dinero en vez de estimular la vida social para el desarrollo de individualidades ricas y sus relaciones sociales. La contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio, inherente a cualquier mercancía, se desarrolla totalmente en esta naturaleza contradictoria de la maquinaria capitalista. Al no ser derrocado el

 



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capitalismo una vez que ha creado las condiciones materiales y sociales para una sociedad sin clases de productores asociados, esta contradicción implica la posibilidad de una creciente y constante transformación de las fuerzas de producción en fuerzas de destrucción, en el sentido más literal de la palabra: no solamente fuerzas de destrucción de la riqueza (crisis y guerras), de la riqueza y felicidad humanas, sino también fuerzas de destrucción de la vida tout court.




5. LA TEORÍA MARXISTA DEL VALOR-TRABAJO


En lo que va del siglo, ninguna parte de la teoría de Marx ha sido más criticada, en el mundo académico, que su teoría del valor. Sus críticos burgueses muestran un instinto agudo en este caso, pues esta teoría es ciertamente la piedra de toque de todo el sistema. Pero ninguna tentativa intelectual contemporánea se ha basado tan obviamente en un malentendido tan básico como los repetidos ataques a la teoría marxista del valor-trabajo[34]


Esta teoría reconoce dos aspectos del problema del valor: uno cuantitativo y otro cualitativo. Desde un punto de vista cuantitativo, el valor de una mercancía es la cantidad de trabajo simple (el trabajo calificado se reduce a trabajo simple por medio de un coeficiente dado) socialmente necesario para su producción (es decir en una productividad media de trabajo dada). Desde un punto de vista cualitativo, el valor de la mercancía está determinado por el trabajo humano abstracto: las mercancías que se han producido a través del trabajo privado se vuelven conmensurables sólo en tanto la sociedad abstrae del aspecto concreto y específico de cada oficio individual privado o rama de la industria y nivela estas tareas como trabajo social abstracto, independientemente del valor de uso específico de cada mercancía.

Para comprender esta teoría basta formular la pregunta a la cual Marx trató de encontrar una respuesta. Éste es el problema: El hombre tiene que trabajar para satisfacer sus necesidades materiales, para «producir su vida material». La manera en que el trabajo de todos los productores en una sociedad dada se divide entre las diferentes ramas de la producción material determinará el grado en que pueden satisfacerse las diferentes necesidades. Así, dado un cierto conjunto de necesidades, un tosco equilibrio entre las necesidades y el producto requiere de una distribución del trabajo (de «insumos de trabajo») entre estas diversas ramas de la producción en una proporción dada, y solamente en ésa. En una sociedad primitiva, o en una sociedad socialista completamente desarrollada, esta distribución de los insumos de trabajo tiene lugar de una manera conscientemente planificada: en una sociedad primitiva, sobre la base de hábitos, costumbres, tradiciones, procesos mágico-rituales, decisiones de los ancianos, etc.; en una socialista, sobre la base de una selección

 



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democrática de prioridades por la masa de los propios productores-consumidores asociados. Pero bajo el capitalismo, donde el trabajo se ha convertido en trabajo privado, donde los productos del trabajo son mercancías producidas independientemente unas de las otras por cientos de empresas independientes, ninguna decisión consciente establece previamente un equilibrio tal entre los insumos de trabajo y las necesidades socialmente reconocidas (bajo el capitalismo esto implica, desde luego, que sólo son socialmente reconocidas aquellas necesidades que se expresan a través de una demanda efectiva). El equilibrio se logra sólo accidentalmente, a través de la operación de las fuerzas ciegas del mercado. Las fluctuaciones de los precios, a las que los economistas académicos permanecen apegados, son, en las hipótesis más favorables, solamente señales que indican si este equilibrio se tambalea, mediante qué presión y en qué dirección. No explican qué es lo que se está equilibrando ni cuál es la fuerza motora detrás de estas numerosas fluctuaciones. Precisamente ésta es la pregunta que Marx intentó responder con su teoría perfeccionada del valor-trabajo.


A partir de este enfoque se hace inmediatamente claro que, contrariamente a lo que muchos de sus críticos —empezando por el austriaco Böhm-Bawerk— suponían, Marx nunca intentó explicar con su teoría del valor las fluctuaciones a corto plazo de los precios del mercado.[35] (Probablemente intentaba plantear algunos de los problemas implicados en las fluctuaciones de los precios a corto plazo en ese libro sexto nunca escrito incluido en el plan original de El capital). Tampoco tiene mucho sentido hablar de la teoría del valor-trabajo, tal como está explicada en el libro primero de El capital, como una «teoría microeconómica» supuestamente en contraste con la teoría del valor-trabajo «macroeconómica» expuesta en el libro tercero. Marx trató de descubrir una clave que se encontraba escondida detrás de las fluctuaciones de los precios, o, para decirlo con una metáfora, los átomos dentro de las moléculas. Efectuó todo el análisis económico en un nivel diferente y más alto de abstracción. Lo que se preguntaba entonces no era cómo corre Juanito (es decir qué movimientos hacen sus piernas y cuerpo al correr) sino qué hace que Juanito corra.


En consecuencia, el 99% de las críticas respecto de la teoría marxista del valor-trabajo carecen de sentido, especialmente cuando intentan «refutar» las páginas que inician el primer capítulo del libro primero de El capital, las que han sido consideradas como la «prueba» de dicha teoría.[36] Decir que las mercancías tienen cualidades comunes más allá del hecho de que son productos del trabajo social, transforma el análisis de las relaciones sociales en un juego lógico de salón. Estas «otras cualidades» obviamente no tienen nada que ver con los nexos entre los miembros de la sociedad en una economía de mercado anárquico. El hecho de que tanto el pan como los aviones sean «escasos» no los hace conmensurables. Aun cuando miles de personas se estén muriendo de hambre y la «intensidad de la

 



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necesidad» de pan sea ciertamente miles de veces mayor que la «intensidad de la necesidad» de aviones, la primera mercancía será siempre inmensamente más barata que la segunda en la medida en que en su producción se ha gastado una cantidad de trabajo socialmente necesario mucho menor.


Frecuentemente se ha planteado la siguiente pregunta: ¿Por qué ocuparse de este tipo de interrogantes? ¿Por qué no restringir la «economía» al análisis de lo que ocurre realmente en la vida económica diaria (bajo el capitalismo, en el caso de que sea necesario decirlo): las altas y bajas de los precios, los salarios, las tasas de interés, las ganancias, etc., en vez de tratar de descubrir misteriosas «fuerzas subyacentes de la economía», de las que se supone gobiernan los sucesos económicos reales, pero sólo en un nivel muy alto de abstracción y sólo en última instancia?


El enfoque neopositivista es curiosa y típicamente acientífico. Tratándose de medicina, para no hablar de otras ciencias físicas, nadie se atrevería, por miedo a la burla general, a preguntar: «¿Por qué molestarse en buscar “causas más profundas” de las enfermedades cuando se puede dar con los síntomas para establecer un diagnóstico?». Claro que no es posible una comprensión real del desarrollo económico si no se intenta descubrir precisamente lo que «está detrás» de las apariencias inmediatas. Las leyes sobre las fluctuaciones inmediatas y a corto plazo de los precios del mercado no pueden explicar por qué, para dar un ejemplo de interés, un kilo de oro compra en Estados Unidos, en 1974, casi el doble de canastas dadas de bienes de consumo que setenta años antes (el índice de precios al consumidor se ha multiplicado alrededor de cinco veces en comparación con 1904, en tanto que el precio del oro en el mercado libre ha aumentado nueve veces). Evidentemente, este movimiento básico de precios tiene algo que ver a largo plazo con la distinta dinámica de la productividad social del trabajo a largo plazo en las diversas industrias de consumo, por un lado, y la industria minera del oro, por el otro; es decir con las leyes del valor tal como Marx las formuló.


Una vez que hemos comprendido que la famosa «mano invisible» que supuestamente regula la oferta y la demanda en el mercado no es otra cosa que el funcionamiento de esa misma ley del valor, podemos ya vincular toda una serie de procesos económicos que de otro modo permanecen como piezas inconexas de análisis. El dinero que proviene del intercambio puede servir como equivalente universal del valor de las mercancías sólo porque en sí mismo es una mercancía con su propio valor intrínseco (o, en el caso del papel moneda, representa una mercancía con su propio valor intrínseco). La teoría monetaria se re-enlaza con la teoría del valor y la teoría de la acumulación del capital. Las altas y bajas del ciclo económico surgen como el mecanismo a través del cual los cambios radicales en el valor de las mercancías terminan por sostenerse, con la penosa desvalorización (pérdida de valor) que esto entraña, no sólo para la «infantería» del ejército de mercancías —la masa

 



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individual de bienes de consumo acabados, vendidos diariamente—, sino también para la «artillería pesada», es decir la maquinaria en gran escala, el capital fijo. La teoría del crecimiento económico, del «ciclo económico», de las crisis capitalistas, la teoría de la tasa de ganancia y su tendencia a la baja: todo fluye en última instancia a partir del funcionamiento de esta ley del valor. Así que la pregunta acerca de su utilidad para el análisis económico es tan absurda como la pregunta acerca de la necesidad del concepto de las partículas básicas (átomos, etc.) en la física. Desde luego, ningún análisis coherente y congruente de la economía capitalista en su totalidad, que explique todas las leyes básicas del movimiento de ese sistema, es posible sin «principios elementales» organizados alrededor del valor de las mercancías.


En la teoría económica marxista la «ley del valor» cumple una triple función. En primer lugar gobierna (lo cual no significa que determine aquí y ahora) las relaciones de intercambio entre mercancías; o sea que establece el eje alrededor del cual oscilan los cambios a largo plazo en los precios relativos de las mercancías. (En el capitalismo esto incluye también la relación de intercambio entre el capital y el trabajo, un punto extremadamente importante al cual regresaremos en su oportunidad). En segundo lugar, determina las proporciones relativas del trabajo social global (y esto implica, en última instancia, los recursos materiales totales de la sociedad) dedicadas a la producción de diferentes grupos de mercancías. De esta manera, la ley del valor distribuye, en última instancia, los recursos materiales entre las diferentes ramas de producción (y de actividad social en general) de acuerdo con la división de la «demanda efectiva» de diferentes grupos de mercancías, entendiendo siempre que esto ocurre dentro del marco de relaciones de clase antagónicas de la producción y la distribución. En tercer lugar regula el crecimiento económico, determinando la tasa media de ganancia y dirigiendo la inversión hacia las empresas y sectores de la producción donde la ganancia está por encima del promedio, y por ende alejándola de las empresas y sectores donde está por debajo de este promedio. Estos movimientos de capital e inversión corresponden en última instancia a las condiciones de la «economía» y el «desperdicio» del trabajo social, es decir al funcionamiento de la ley del valor.


La teoría del valor de Marx es un desarrollo y perfeccionamiento posteriores de la teoría del valor-trabajo tal como emana de la escuela «clásica» de la economía política, y especialmente de la versión de Ricardo. Pero los cambios que Marx introdujo en esa teoría cubrieron muchas vertientes. Uno de ellos habría de ser particularmente decisivo: el uso del concepto de trabajo social abstracto como fundamento de su teoría del valor. Por esta razón no puede considerarse, de ninguna manera, que Marx sea un «neorricardiano avanzado». «La cantidad de trabajo como esencia del valor» es algo muy distinto de «la cantidad de trabajo como numéraire»

 



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—una vara usual de medir el valor de todas las mercancías. La distinción entre trabajo concreto, que determina el valor de uso de las mercancías, y trabajo abstracto, que determina su valor, es un paso revolucionario que va más allá de Ricardo y del cual Marx estaba muy orgulloso; de hecho lo consideraba su principal logro junto con el descubrimiento de la categoría general del plusvalor, que encierra la ganancia, la renta y el interés. Se basa en la comprensión de la estructura peculiar de la sociedad de productores de mercancías, o sea del problema clave de cómo relacionar entre sí los segmentos del potencial global de trabajo de la sociedad que han tomado la forma de trabajo privado. Por lo tanto, representa, junto con el concepto marxiano de trabajo necesario y plustrabajo (producto necesario y plusproducto), el nexo clave entre la teoría económica y la ciencia de la revolución social, esto es, el materialismo histórico.


La forma en que la teoría marxiana del valor-trabajo excluye tajantemente el valor de uso de cualquier determinación directa del valor y del valor de cambio se ha interpretado a menudo como un rechazo de Marx del valor de uso más allá de los límites del análisis y la teoría económicos. Esto no corresponde de ninguna manera a la rica complejidad dialéctica de El capital. Cuando en la introducción al libro segundo nos ocupemos de los problemas de la reproducción, tendremos ocasión de insistir en la manera específica en que la contradicción entre valor de uso y valor de cambio tiene que salvarse bajo el capitalismo, si se quiere hacer posible el crecimiento económico. Por el momento sólo queremos insistir en que para Marx la mercancía incluye tanto una concordia como una contradicción entre valor de uso y valor de cambio: un bien que carezca de valor de uso para un comprador potencial no realiza su valor de cambio, y el valor de uso específico de dos categorías de mercancías, los medios de producción y la fuerza de trabajo, desempeña un papel clave en su análisis del modo capitalista de producción.


Como ya se ha dicho, la ley del valor expresa fundamentalmente el hecho de que en una sociedad basada en la propiedad privada y el trabajo privado (donde la toma de decisiones económicas está fragmentada en miles de empresas independientes y millones de «agentes económicos» independientes) no puede reconocerse de inmediato como tal el trabajo social. Si el señor Jones hace que sus trabajadores produzcan 100 000 pares de zapatos por año, sabe que la gente necesita zapatos y los compra; sabe, incluso, si se toma la molestia de investigar un poco, que la cantidad anual de zapatos vendidos en la Gran Bretaña (y en aquellos países a los que intenta exportar su producto) excede con mucho el modesto número de 100 000 pares, pero no tiene forma de saber si los 100 000 pares específicos que posee encontrarán los clientes específicos que quieran y puedan comprarlos. Sólo después de vender sus zapatos y recibir su equivalente podrá decir (siempre y cuando haya realizado la tasa media de ganancia respecto del capital invertido); en mi fábrica mis trabajadores han

 



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empleado el tiempo realmente en trabajo socialmente necesario. Si parte de los zapatos se queda sin vender o si se los vende con pérdidas o con una ganancia significativa por debajo del promedio, ello significará que parte del trabajo invertido en la producción no ha sido reconocido por la sociedad como trabajo socialmente necesario, y de hecho ha sido trabajo desperdiciado desde el punto de vista de la sociedad como un todo.


Pero este «reconocimiento» o la «negativa a reconocer» por parte de la sociedad una cantidad dada de trabajo sucede sólo en función de responder a la demanda efectiva del mercado, es decir independientemente del valor de uso o de la utilidad social de las cualidades físicas específicas de una mercancía dada. La sociedad reconoce la cantidad de trabajo invertido en su producción haciendo abstracción de estas consideraciones. Por ello Marx las llamó, a estas cantidades, cantidades de trabajo abstracto socialmente necesario. Si una libra de opio, una caja de balas expansivas o un retrato de Hitler encuentran clientes en el mercado, el trabajo que se ha invertido en su producción es trabajo socialmente necesario; su producción ha sido producción de valor. Por el contrario, si una pieza exquisita de porcelana o un nuevo producto farmacéutico no encuentran por alguna razón clientes, su producción no ha creado ningún valor y equivale a un desperdicio de trabajo social, aun cuando en un futuro distante sus creadores sean considerados como genios o benefactores de la humanidad. La teoría del valor-trabajo no tiene nada que ver con juicios sobre la utilidad de las cosas desde el punto de vista de la felicidad humana o el progreso social. Menos todavía tiene que ver con la determinación de «las condiciones para un justo intercambio». Simplemente reconoce el significado más profundo del acto mismo del intercambio y de la producción de mercancías bajo el capitalismo, así como lo que gobierna la distribución del ingreso entre las clases sociales que resulta de esos actos, independientemente de cualquier juicio moral, estético o político. Desde luego, si anduviéramos tras tales juicios, deberíamos decir que Marx, aun comprendiendo por qué la ley del valor tiene que actuar como lo hace bajo la producción de mercancías, de ninguna manera se esforzó en «defender» esa ley, sino, por el contrario, en construir una sociedad donde sus operaciones fueran abolidas por completo.


Una de las objeciones más comunes e inocuas en contra de la teoría del valor-trabajo de Marx adopta la siguiente forma: si los precios están regidos en última instancia por el valor (cantidades socialmente necesarias de trabajo abstracto), ¿cómo los bienes pueden tener precio si no son productos del trabajo, es decir si no tienen valor? El propio Marx respondió a esa objeción mucho antes de bosquejar el libro primero de El capital.[37] Los productos de la naturaleza («los bienes libres»), que ciertamente carecen de valor dado que no se ha invertido ningún trabajo social en su producción, pueden tener un precio a través de la apropiación privada, a través de la

 



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institución social de la propiedad privada. La tierra en la que ninguna mano humana ha trabajado para aumentar su fertilidad no tiene valor, pero puede tener un precio si se la cerca y se le pone un cartel que diga «Propiedad privarla: prohibido el paso» y si hay quien esté dispuesto a pagar dicho precio porque necesite esa tierra como fuente de subsistencia. Este precio será en realidad la capitalización del ingreso neto (la renta de la tierra) acumulado para su propietario, ingreso producido por quienes la trabajarán y extraerán recursos materiales (bienes para autoconsumo o mercancías) de ella con su trabajo.[38]


En reacción contra todos los que han afirmado erróneamente que el libro primero de El capital se preocupa por mostrar que las mercancías, bajo el capitalismo, se intercambian realmente de acuerdo con la cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario que contienen, algunos autores han sostenido que la teoría del valor-trabajo se preocupa sólo por el problema cualitativo y no por el cuantitativo, dado que el contenido del trabajo «socialmente necesario» de las mercancías es inconmensurable. El argumento inclina demasiado la vara hacia el lado contrario. Es cierto que la medición cuantitativa de la cantidad de trabajo en la mercancía es difícil, pero la dificultad no es tanto de tipo conceptual (por ejemplo, se podría empezar por los agregados macroeconómicos, la suma total de horas-hombre invertidas en todo el ámbito de la producción material —la industria, la agricultura y el transporte de mercancías— en un país dado, su división en diferentes ramos de la industria y grupos clave de mercancías, su interrelación por medio de un cuadro de insumo-producto, el trabajo invertido en la unidad promedio producida en ramos «autárquicos» donde no ha de importarse materia prima de otros países, y así llegar a una estimación del gasto total de trabajo por ramo y por mercancía producida…) como la que surja de una falta de información correcta. Será necesario «abrir los libros» de todas las empresas capitalistas y verificar estas cifras sobre la base de pruebas in situ con el fin de aproximarse a una medición cuantitativa del contenido de trabajo de las mercancías en los países capitalistas.[39]




EL DESCUBRIMIENTO CLAVE DE MARX: SU TEORÍA DEL PLUSVALOR


La escuela clásica de la economía política, incluyendo a Ricardo, veía las ganancias como un ingreso neto residual, una vez que los salarios habían sido pagados. De hecho, se aferraba tanto a este concepto que Ricardo creía que sólo los aumentos o bajas de los costos de producción en las industrias de bienes de subsistencia podían influir en la tasa de ganancia. Lo que aconteciera a la industria de bienes suntuarios, o a las materias primas incluso, no habría de afectar a la tasa global de la ganancia.

 



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Este punto de vista es incompleto y por lo tanto incorrecto, pero al menos fue un intento de comprender el problema de la distribución del ingreso entre las clases sociales en función de lo que sucede en el transcurso de la producción. Los expositores de la teoría económica posricardiana «vulgar», y en especial los marginalistas neoclásicos, no se toman la molestia de preguntar el «porqué» y se limitan a responder la pregunta sobre el «cómo». Simplemente observan que los «factores» (trabajo, capital, tierra) obtienen diferentes «precios» en el mercado y se limitan a un estudio de cómo fluctúan tales precios. Considerar los orígenes de la ganancia, el interés y la renta; preguntar si los trabajadores deben abandonar parte del producto de su trabajo cuando laboran para un empresario ajeno; examinar los mecanismos a través de los cuales esta apropiación tiene lugar como resultado de un intercambio honrado, sin trampas ni abusos de ninguna clase: éstos son los problemas básicos del modo capitalista de producción que Marx tuvo que desentrañar.


El origen del ingreso y el consumo de las clases gobernantes en las sociedades precapitalistas no es tema de especulación. Cualquiera sabe que, desde un punto de vista económico, fueron resultado de la apropiación de parte de los frutos del trabajo de los productores por la clase gobernante. Cuando el siervo medieval trabajaba media semana para su propia subsistencia en las tierras de su masada y la otra media sin remuneración en las propiedades del noble o de la Iglesia, puede argüirse que, desde un punto de vista «moral», se le ofrecía trabajo impago «a cambio» del «servicio» de la protección divina o profana, pero nadie confundiría este «intercambio» con lo que sucede en la plaza del mercado. De hecho no era ningún intercambio económico, sea cual sea el sentido de la palabra, ningún toma y daca de nada que pueda tener un «precio» ni siquiera de la manera más indirecta. El «servicio de protección» no lo «compra» el siervo, como tampoco un comerciante de Chicago «compra el servicio» de una pandilla de maleantes. Se trata de una extorsión impuesta sobre él por la organización social, le guste o no. El origen del plusproducto social del que se apropia la clase gobernante precapitalista es, por lo tanto, obviamente, el trabajo impago (ya sea en forma de servicios de trabajo o de productos físicos de estos servicios de trabajo, o incluso de renta dineraria) consumido por los productores.


En el caso del esclavismo, el contexto es igualmente claro o incluso más, especialmente en aquellos ejemplos extremos donde los amos no proporcionaban ni siquiera la miserable ración del esclavo, sino que este mismo tenía que procurársela el séptimo día de la semana. Desde luego, al observar estas plantaciones esclavistas, hasta los críticos más escépticos del materialismo histórico encontrarán difícil dudar de que todo el producto social, tanto la parte que alimentaba a los esclavos como la que alimentaba a los amos, tenía un solo origen: el trabajo social invertido por los esclavos y sólo por ellos.

 




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Sin embargo, cuando observamos el modo capitalista de producción, todo parece mucho más complicado y oscuro, por decir lo menos. Ninguna fuerza bruta, personificada por un capataz armado de látigo o un grupo de hombres armados, parece obligar al trabajador a ceder nada de lo que haya producido o que le pertenezca. Su relación con el capitalista parece basarse en un acto de intercambio idéntico al de un artesano o campesino, propietarios de las mercancías que han producido, que llega a la plaza del mercado. Parecería que el trabajador vende su «trabajo» a cambio de un salario. El capitalista «combina» ese trabajo con máquinas, materias primas y el trabajo de otros hombres con el fin de producir productos terminados. Como el capitalista es el dueño de esas máquinas y las materias primas, así como del dinero que paga los salarios, ¿no es acaso «natural» que deba también poseer los productos terminados que resultan de la «combinación de estos factores»?


Esto es lo que parece ocurrir en el capitalismo, pero, explorando bajo la superficie, Marx aparece con una serie de observaciones agudas que sólo pueden ser negadas por quien se rehúsa deliberadamente a examinar las condiciones sociales únicas que crean est «intercambio» peculiar y excepcional entre trabajo y capital. En primer lugar, hay una desigualdad institucional de condiciones entre capitalistas y obreros. El capitalista no está obligado a comprar fuerza de trabajo de manera permanente. Sólo lo hace si le rinde ganancias. Si no, prefiere esperar, despedir trabajadores o incluso cerrar la planta hasta que lleguen tiempos mejores. El obrero, por el otro lado (el término se usa aquí en el sentido social que la propia frase aclara y no necesariamente en el sentido más estricto de trabajador manual), está bajo la compulsión económica de vender su fuerza de trabajo. Como no tiene acceso a los medios de producción, incluyendo la tierra, como tampoco tiene acceso a provisiones gratuitas de alimentos en gran escala y como no tiene reservas de dinero que le permitan sobrevivir durante el tiempo en que permanezca sin hacer nada, debe vender su fuerza de trabajo al capitalista de manera permanente y al salario vigente. Si no existiera esta compulsión institucionalizada, sería imposible una sociedad capitalista plenamente desarrollada. Desde luego, cuando no hay tal compulsión (como cuando subsisten grandes extensiones de tierra libre), el capitalismo seguirá siendo enano hasta que, de uno u otro modo, la clase burguesa suprima el acceso a esa tierra libre. El último capítulo del libro primero de El capital sobre la colonización desarrolla este punto con gran efectividad. La historia de África, en especial la de Sudáfrica, pero también la de las colonias portuguesas, belgas, francesas y británicas, confirma contundentemente este análisis.[40] Si la gente vive bajo condiciones en las que no existe la compulsión económica de vender su fuerza de trabajo, corresponde entonces a la compulsión represiva jurídica y política proporcionar la mano de obra necesaria a los empresarios; de otra manera el capitalismo no podría sobrevivir bajo tales circunstancias.

 



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De paso, podemos agregar que la función de los sindicatos se aclara inmediatamente a la luz de este análisis. Los trabajadores que se unen para establecer un fondo de reserva pueden liberarse al menos por unas semanas de la compulsión de vender su fuerza de trabajo de manera permanente al salario vigente en el mercado. Al capitalismo todo esto no le gusta nada. Va en contra de la «naturaleza», si no de la naturaleza humana por lo menos de la naturaleza más íntima de la sociedad burguesa. Por ello, bajo el naciente capitalismo ya vigoroso, los sindicatos fueron simplemente proscritos. Por ello, igualmente, bajo el capitalismo senil, regresamos gradual mente a una situación en la que se niega a los trabajadores el derecho a la huelga: el derecho a abstenerse de vender su fuerza de trabajo al precio ofrecido en el momento que quieran. En este caso, la percepción de Marx se ve claramente confirmada por las más altas autoridades del estado burgués: bajo el capitalismo, el trabajo es fundamentalmente trabajo forzado. En lo posible, los capitalistas prefieren disfrazar hipócritamente la compulsión tras la cortina de humo de un «intercambio igualitario y justo» en el «mercado de trabajo». Cuando la hipocresía deja de ser posible, regresan a aquello con lo que comenzaron: la coerción abierta.


Marx, por supuesto, sabía perfectamente bien que, para organizar la producción en las fábricas modernas, no bastaba combinar la fuerza de trabajo social de los trabajadores manuales con la de los intelectuales. Era necesario proporcionar tierra, edificios, energía, elementos infraestructurales tales como caminos y agua, maquinaria, un marco dado de sociedad organizada, medios de comunicación, etc. Pero es claramente absurdo suponer que, dado que la producción industrial es imposible sin estas condiciones de producción, los caminos y canales «producen valor». Igualmente ilógico sería suponer que las máquinas «producen» algún valor en sí mismas y por sí mismas. Lo único que puede decirse de todos estos «factores» es que su valor dado debe mantenerse y reproducirse, por medio de la incorporación de una parte del propio valor en el producto corriente del trabajo vivo, durante el proceso de producción.


Nos acercamos más a la verdad cuando observamos que los títulos de propiedad (derechos de apropiación privada) de la tierra y la maquinaria conducen a una situación en la que tales «factores» no serán incorporados al proceso de producción sin que sus propietarios reciban el «rendimiento» esperado por encima de la compensación por el deterioro de los «factores». Cierto. Pero de esto de ninguna manera se desprende que tales «rendimientos» los «produzcan» los títulos de propiedad. Ni tampoco implica que los dueños de tales títulos de propiedad se enfrenten en pie de igualdad con los propietarios de la fuerza de trabajo. Sólo si estuviéramos en una «sociedad esclavo-capitalista», donde los propietarios de los esclavos arrendaran la fuerza de trabajo a los dueños de las fábricas que a su vez arrendaran la tierra de los terratenientes, podríamos hablar de la existencia de una

 



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igualdad institucional entre todos los propietarios —aunque, desde luego, ¡no entre propietarios y esclavos! Claro está que en ese caso los propietarios de esclavos los arrendarían sólo en el caso de que recibieran a cambio un «rendimiento neto» por encima del nivel de manutención de los esclavos.


En segundo lugar, la situación social en la que una pequeña parte de la sociedad monopoliza la propiedad y el acceso a los medios de producción, hasta llegar a la exclusión de todos o casi todos los productores directos, no es de ningún modo un producto de la «desigualdad natural de talentos e inclinaciones» entre los seres humanos. Sin duda, tal desigualdad no existió por decenas de miles de años de vida social del homo sapiens. Y en el pasado relativamente reciente, digamos hace unos 150 años, las nueve décimas partes de los productores del planeta —de las que la abrumadora mayoría era de productores agrícolas— sí tenían acceso directo, de uno u otro modo, a sus medios de producción y de subsistencia. La separación entre el productor y sus medios de producción se realizó durante un proceso histórico largo y sangriento, que Marx analiza en detalle en la sección séptima del libro primero de El capital, esto es en «La llamada acumulación originaria».


En tercer lugar, el trabajador no vende al capitalista su trabajo sino su fuerza de trabajo, su capacidad de trabajar durante un período determinado. En el capitalismo esta fuerza de trabajo se convierte en una mercancía.[41] Como tal, tiene un valor específico (valor de cambio), como cualquier otra mercancía: la cantidad de trabajo socialmente necesario para reproducirlo, es decir el valor de los bienes de consumo necesarios para mantener al trabajador y a sus hijos en condiciones de seguir trabajando dentro de un nivel determinado en cuanto a la intensidad de sus esfuerzos, pero tiene una cualidad especial, un «valor de uso» especial para el capitalista. Cuando el capitalista «consume» fuerza de trabajo en el proceso de producción, el trabajador produce valor. Su trabajo tiene la doble capacidad de conservar valor —o sea de transferir al producto terminado el valor de la materia prima y de una fracción de la maquinaria gastada en el proceso de producción— y de crear nuevo valor, a través de su propia venta. Todo el misterio del origen de las ganancias y las rentas se acaba cuando se comprende que, en el proceso de producción, los trabajadores pueden (y deben hacerlo, pues de lo contrario el capitalista no los contrataría) producir valor en una medida superior a la del valor de su propia fuerza de trabajo, mayor que el equivalente de los salarios que reciben. Regresamos al punto en que empezamos en las sociedades precapitalistas y hemos podido eliminar la telaraña de la aparente «igualdad de cambio»: como la renta feudal o la subsistencia del propietario de esclavos, las ganancias, los intereses y las rentas capitalistas se originan a partir de la diferencia entre lo que los trabajadores producen y lo que reciben para su mantenimiento. Bajo el capitalismo esta diferencia aparece en forma de valor y no de producto físico. Este hecho impide que el proceso sea diáfano al

 





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primer golpe de vista, pero no lo hace fundamentalmente diferente del «intercambio» que tiene lugar entre el señor feudal y el siervo.


Así pues es incorrecto afirmar, como lo hace Blaug, siguiendo a otros críticos académicos de Marx, que la teoría marxiana del plusvalor es una teoría del «incremento no devengado».[42] Se trata de una teoría de la apropiación o de la deducción del ingreso de los capitalistas, como lo era la teoría clásica del valor-trabajo. Los capitalistas se apropian del valor que los trabajadores han producido ya, antes del proceso de circulación de las mercancías y de la distribución del ingreso. Ningún valor puede distribuirse —desde un punto de vista macroeconómico o, en otras palabras, tomando a la sociedad burguesa como un todo— que no haya sido previamente producido.


El propio Marx consideraba que el descubrimiento del concepto de plusvalor, que representa la suma total de ganancias, intereses y rentas de todas las partes de la clase burguesa, era su descubrimiento teórico principal.[43] Vincula la ciencia histórica de la sociedad con la ciencia de la economía capitalista al explicar tanto los orígenes y el contenido de la lucha de clases como la dinámica de la sociedad capitalista.[44]


Porque una vez que hemos comprendido que el plusvalor lo producen los trabajadores, que el plusvalor no es más que el viejo plusproducto social en forma de dinero, en forma de valor, comprendemos el salto histórico que ocurrió cuando ese plusproducto social ya no aparece esencialmente en forma de mercancías de lujo (cuyo consumo está necesariamente limitado, aun bajo condiciones de una extravagancia extrema, como durante el imperio romano o en la corte francesa del siglo XVIII) sino en forma de dinero. Más dinero quiere decir no sólo un poder adquisitivo adicional para más máquinas, más materias primas, más fuerza de trabajo. También aquí descubrió Marx una compulsión económica. La propiedad privada, la fragmentación del trabajo social entre las diversas empresas, esto es, la naturaleza misma de una producción generalizada de mercancías —el capitalismo—, implica la compulsión de competir por una participación en el mercado. La necesidad de acumular capital, la necesidad de incrementar la extracción de plusvalor, la sed insaciable de plusvalor que caracteriza al capitalismo, todo está aquí: la acumulación del capital = la transformación de plusvalor en capital adicional.

De nuevo, como lo hicimos con el valor, debemos llamar la atención acerca de lo que se trata: dominio sobre las fracciones de la cantidad total disponible del trabajo social. Basta recordar este hecho básico para entender cuán fuera de lugar están las críticas contra la teoría del plusvalor que hablan de la «productividad del capital», considerando al capital como si fuera maquinaria.[45] Las máquinas nunca pueden, en sí y por sí, arrendar fracción alguna de la fuerza de trabajo social disponible, excepto en la ciencia ficción. En ese mundo más prosaico en el que vivimos, los hombres que son propietarios de las máquinas pueden, por esta razón, contratar y despedir a otros

 



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hombres. Cómo y por qué se divide entonces el producto del trabajo de estos hombres es lo que Marx busca explicar.


Desde luego que Marx no «negaba» que la maquinaria podía aumentar la productividad social del trabajo. Por el contrario, si se lee el capítulo XIII del libro primero de El capital se verá inmediatamente que estaba más consciente de ese potencial de la tecnología que cualquier otro economista contemporáneo. Pero el problema que la mayoría de sus críticos y otros exponentes de la economía «vulgar» dejan de lado es muy simple: ¿por qué el capitalista se debe apropiar de los resultados del incremento de la productividad del trabajo? ¿Por qué la productividad combinada de muchos hombres trabajando juntos —el famoso «potencial de trabajo colectivo de la fábrica», al cual se dedica un análisis clave en la sección séptima original (el «capítulo sexto») omitida en la versión publicada del libro primero de El capital—, la productividad combinada de científicos y técnicos, trabajadores manuales y trabajadores intelectuales, inventores de maquinaria y ejecutores de trabajo muscular, deben aumentar la ganancia de los dueños de las máquinas? Seguramente no porque esa maquinaria posea cierta calidad misteriosa de «crear» valor, es decir de «crear» cantidades de trabajo socialmente necesario,[46] sino seguramente porque los propietarios están en situación de apropiarse los productos de dicha producción. Estamos de regreso a la teoría marxiana del plusvalor.


Recientemente surgió una interesante, aunque en cierto modo sorprendente, innovación apologética respecto de las ganancias capitalistas, en la forma de la teoría de la empresa desarrollada por Alchian y Demsetz.[47] Se supone que los propietarios de los diferentes «insumos cooperadores» tienen una tendencia natural a desentenderse, porque le dan cierta preferencia a «los bienes no pecuniarios» (!) tales como el ocio, las condiciones de trabajo atractivas y el tiempo para conversar con sus compañeros de trabajo. De ahí se sigue, según Alchian y Demsetz, que si debe corregirse tal desatención alguien debe tener tanto el derecho de supervisar el desempeño de los miembros del grupo como cierta aversión a la propia desatención. Con este fin debe tener el derecho de recibir el residuo una vez pagadas las cantidades contratadas de los demás insumos, el derecho de dar por terminada la asociación del grupo y el derecho de vender estos derechos. Después de recibir con gran alegría la buena nueva de que se le ha promovido a la posición de miembro de un «equipo cooperativo», con base de igualdad con el capitalista, el trabajador medio no puede dejar de preguntarse por qué misteriosa razón ese «alguien» que tiene todos esos «derechos económicamente necesarios» siempre es el propietario del «insumo medios de producción» y nunca el propietario del «insumo fuerza de trabajo». ¿Será porque el capitalista está exento del vicio humano de la desatención o carece de inclinación por el ocio o por las condiciones de trabajo atractivas? ¿O será porque los señores apologetas del capitalismo están tratando de olvidar el hecho de que la

 



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apropiación del plusvalor se da a través de la propiedad monopólica de los medios de producción?




7. LA TEORÍA DEL CAPITAL DE MARX


El capital es entonces, desde el punto de vista marxista, una relación social entre los hombres que aparece como una relación entre las cosas o entre los hombres y las cosas. Como consecuencia lógica de la teoría del valor-trabajo y de la teoría del plusvalor de Marx, éste es otro de los descubrimientos clave que opone radicalmente su teoría a todas las demás formas de «economía» académica.


Marx rechaza enérgicamente la idea, tal como fue expuesta por los economistas «vulgares» y neoclásicos, de que el «capital» es sólo «cualquier acervo de riqueza» o «cualquier medio de incrementar la productividad del trabajo».[48] Un chimpancé que usa un palo para obtener plátanos está tan lejos de ser el primer capitalista como una comunidad tribal que aprende a acrecentar su riqueza por medio de la cruza de animales o el riego de los sembradíos lo está de la «acumulación de capital». El capital presupone que los bienes no se producen para el consumo directo de las comunidades productoras sino que se venden como mercancías; que el potencial de trabajo total de la sociedad se ha fragmentado en trabajos privados tratados independientemente uno de otro; que las mercancías por tanto, tienen valor; que este valor se realiza a través del intercambio con una mercancía especial llamada dinero; que puede entonces iniciar un proceso independiente de circulación, al ser propiedad de una clase dada de la sociedad cuyos miembros actúan como propietarios del valor en busca de incrementos del valor. Si, como explicó Adam Smith a las sucesivas generaciones de estudiantes de los fenómenos económicos, la división del trabajo productivo (técnico) es una fuente de productividad incrementada de trabajo —en gran medida independientemente de la forma social específica de organización de la economía— entonces el capital no es un producto de esa división del trabajo sino una división social del trabajo, donde los propietarios del valor acumulado se enfrentan a los no propietarios.


Joseph Schumpeter reprochaba a Marx haber elaborado una teoría del capital que no podía explicar los orígenes del capital[49] Nada está más lejos de la verdad. Marx el dialéctico comprendía perfectamente la diferencia entre, por un lado, producción y reproducción del capital sobre la base del modo capitalista de producción y, por el otro, los orígenes y desarrollo del capital en los modos precapitalistas de producción. Desde luego, una de las objeciones esenciales al manejo impreciso y acientífico de las categorías de los economistas «vulgares» era su uso indiscriminado de los términos «capital» y «capitalismo» como más o menos sinónimos. Capitalismo es el

 



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modo capitalista de producción, la toma de los medios de producción por el capital, que se vuelve predominante en la esfera de la producción. Capital es el valor (inicialmente en forma de dinero) que se convierte en un operador independiente en los poros de un modo no capitalista de producción. El capital aparece inicialmente como capital usurario y mercantil (comercio a larga distancia). Después de un largo proceso histórico, y sólo bajo condiciones sociales específicas, el capital penetra victoriosamente la esfera de la producción en la forma de capital manufacturero. (Esto ocurrió a fines del siglo XV y en el siglo XVI en Europa occidental, y en el siglo XVIII en Japón. En China, elementos aislados de capital manufacturero ya habían aparecido probablemente más de mil años antes).


En la producción simple de mercancías el capital no produce plusvalor. Simplemente transforma en plusvalor partes del producto y del ingreso corrientes que se originan con independencia del capital. Puede apropiarse parte del plusproducto total que pasa normalmente a manos de las clases dominantes precapitalistas (por ejemplo la apropiación, por medio de la usura, de parte de la renta feudal de la tierra). Puede apropiarse parte del producto que normalmente sirve como fondo de consumo de los propios productores. La característica básica de estas operaciones de capital bajo las relaciones precapitalistas de producción es que apenas aumentará la riqueza global de la sociedad; tampoco desarrollará de manera significativa las fuerzas productivas ni estimulará el crecimiento económico. Sólo puede tener un efecto desintegrados sobre el orden social precapitalista dado, precipitando a la ruina a varias clases sociales. Pero al acelerar la transformación de los bienes producidos y consumidos como valores de uso sólo en mercancías, o sea al acelerar la expansión de la economía dineraria, prepara el terreno, históricamente, para una posible aparición del modo capitalista de producción.


El capital que actúa en los modos precapitalistas de producción remite esencialmente a una teoría de la circulación y la apropiación monetarias. Por ello en el libro primero de El capital Marx introduce el capital por primera vez en la sección segunda, después de haber explicado la naturaleza del dinero. De hecho, la sección segunda se intitula «La transformación del dinero en capital». De nuevo el análisis lógico corresponde al proceso histórico, al cual Marx continuamente hace referencia, aun cuando la mayoría de las veces lo haga en notas a pie de página. Por otro lado, el capital que actúa en el modo capitalista de producción, el objeto real de estudio de El capital, se refiere obviamente a una teoría de la producción y apropiación del valor y del plusvalor. Marx explica en el capítulo XXII del libro primero cómo se transforma la ley de apropiación de las mercancías cuando pasamos de una sociedad de productores de mercancías en pequeña escala a una sociedad capitalista. En el primer caso los productores directos son los dueños de los productos de su trabajo; en el segundo los dueños del capital se convierten en los dueños de los productos del

 



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trabajo de los productores directos. Los apologetas del capitalismo tratan de justificar este hecho con el argumento de que, después de todo, los capitalistas «ponen a la disposición» de los trabajadores los instrumentos con los que la producción tiene lugar.[50] Pero nuevamente la historia nos permite penetrar en la hipocresía del argumento. El capitalismo no nació —con los inicios de la manufactura— cuando los capitalistas «pusieron a disposición de los productores» una maquinaria nueva. Nació cuando los capitalistas expropiaron los instrumentos que pertenecían a los propios productores y reunieron estos instrumentos mismos bajo un techo común.[51]


En el modo capitalista de producción, el capital es por tanto valor constantemente incrementado por el plusvalor, el cual es producido por el trabajo productivo y apropiado por los capitalistas a través de la apropiación de las mercancías producidas por los trabajadores en las fábricas que pertenecen a los capitalistas. La manera en que este análisis del capital y del capitalismo se basa en la institución de la propiedad privada ha sido a menudo malentendida y tergiversada, tanto por los críticos como por los discípulos de Marx. Merece por tanto algunos comentarios.


Histórica y lógicamente el capitalismo está ligado a la propiedad privada de los medios de producción, lo cual permite la apropiación privada de las mercancías producidas, por consiguiente la apropiación privada del plusvalor y la acumulación privada del capital. Ciertamente no es casual que los «derechos a la propiedad privada» estén en el fondo de toda la superestructura constitucional y jurídica que siglos de elaboración de leyes han erigido sobre los cimientos de la producción de mercancías.


Pero lo que enfrentamos cuando examinamos las relaciones sociales que yacen detrás de estas formas jurídicas es, desde luego, algo que no es simplemente propiedad privada formal; de otra manera el análisis quedaría reducido a una simple tautología. Cuando Marx afirma que la producción de mercancías sólo es posible porque el trabajo social se ha fragmentado en trabajos privados realizados independientemente uno de otro,[52] se refiere a una realidad socioeconómica y no jurídica; la segunda es sólo un reflejo —y algunas veces muy imperfecto— de la primera. El capitalismo es entonces una relación específica entre trabajo asalariado y capital, una organización social donde el trabajo social está fragmentado en empresas independientes entre sí, que toman decisiones independientes acerca de las inversiones, los precios y las formas de crecimiento financiero, que compiten entre sí por las partes del mercado y las ganancias (del plusvalor total producido por el trabajo productivo en su totalidad), y las cuales por lo tanto compran y explotan trabajo asalariado bajo condiciones económicas, compulsiones y restricciones específicas. No se trata simplemente de una relación general entre «productores» y «acumuladores», o «productores y administradores», porque tal relación es en última instancia característica de todas las sociedades de clases y de ninguna manera

 



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específica del capitalismo.


El contenido de la institución económica del capital privado es por tanto la empresa independiente (ya sea un pequeño fabricante o una corporación multinacional gigante). El que la forma jurídica se conforme estrictamente o no a ese contenido es irrelevante, y a menudo plantea problemas legales complejos. ¿Los accionistas son sólo propietarios de títulos de ingreso o son propietarios de fracciones de los «activos» o de la «propiedad» de la empresa? Las leyes sobre la quiebra —que varían en los diferentes países capitalistas— adquieren los matices más complejos imaginables. Pero las decisiones económicas vitales (las decisiones de inversiones clave, por ejemplo) surgen de todas aquellas empresas que son realmente independientes y no compañías subordinadas. La circunstancia básica de la vida de la economía capitalista es el hecho de que estas decisiones vitales no surgen de la sociedad como un todo ni de los «productores asociados».


Nuevamente el contenido de esta institución económica de la propiedad privada (trabajo social fragmentado) no debe confundirse con el problema de los agentes precisos que toman las decisiones en las empresas independientes. El que quien toma las decisiones sea un propietario determinado o los representantes de los accionistas o los llamados gerentes no cambia en nada el hecho de que trabajan bajo la misma compulsión económica analizada anteriormente. En la actualidad algunos economistas, como Galbraith, e incluso algunos marxistas, sostienen que la gran corporación contemporánea se ha liberado en gran medida de estas restricciones.[53] Esta ilusión no es sino el resultado de una extrapolación de las condiciones que prevalecen durante un período de auge más o menos largo. De hecho, la idea de que cualquier gran corporación —sean cuales fueren sus dimensiones o poder— pueda emanciparse definitivamente de la compulsión de la competencia (monopólica), es decir que pueda tener garantizada una demanda específica para sus productos, independientemente del ciclo económico y de las innovaciones tecnológicas, sólo tendría sentido si se aislara de las fluctuaciones y de la incertidumbre económicas, o sea si se negara la naturaleza misma de su producto en tanto que producción de mercancías. La experiencia no confirma una aseveración de esta índole.


La distinción básica que introduce Galbraith, siguiendo a Baumol, Kaysen y otros, entre la compulsión a una maximización de la ganancia (aplicable a las viejas empresas) y la compulsión a la maximización del crecimiento (aplicable a las corporaciones de hoy)[54] pierde su validez práctica a largo plazo una vez que entendemos que el crecimiento continúa siendo esencialmente una función de la ganancia, que la acumulación del capital sólo puede ser resultado en última instancia de la producción y la realización del plusvalor. La única semilla de verdad que queda es entonces la diferencia entre la maximización de la ganancia en el corto y en el largo plazo, lo que ciertamente es una de las diferencias básicas entre el capitalismo

 



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competitivo y el capitalismo monopólico.


El debate sobre la naturaleza del capital ha recibido un nuevo y significativo ímpetu con la crítica «interna» de la teoría de la productividad marginal del capital de Piero Sraffa y la escuela de Cambridge. Los segundos han demostrado convincentemente que la medida de los insumos del capital en la «función de producción» neoclásica se basa en un razonamiento circular.[55] Porque si se debe medir el efecto de los incrementos o decrementos marginales de los insumos de capital por el producto, esto sólo puede hacerse en términos de dinero, dada la naturaleza heterogénea de los así llamados «bienes de capital». «Pero este proceso de fijar precio o evaluar los insumos de capital presupone una tasa de rendimiento de la planta y el equipo en cuestión, del cual el valor es la capitalización»; es decir que «se tiene que asumir una tasa de interés para demostrar cómo se determina este equilibrio en la tasa de rendimientos».[56] La salida, obviamente, consiste en buscar una sustancia común a todos los «bienes de capital» independiente del dinero, es decir regresar al trabajo socialmente necesario como la sustancia mensurable del valor de todas las mercancías.




8. LA TEORÍA DE LA ACUMULACIÓN DEL CAPITAL DE MARX


El capital es entonces, por definición, el valor que busca crecer, el plusvalor. Pero si el capital produce plusvalor, el plusvalor produce también capital adicional. En el capitalismo el crecimiento económico aparece entonces bajo la forma de acumulación del capital. El impulso básico del modo capitalista de producción es el impulso a acumular capital. Esto no sucede debido a una misteriosa y tautológica «pasión de acumulación» o inclinación de parte de los capitalistas. Se explica esencialmente por la competencia, es decir por el fenómeno de «muchos capitales». Marx afirma categóricamente que sin la competencia «el fuego que anima» el crecimiento se extinguiría.[57] El capital totalmente monopolizado («un solo trust mundial») sería esencialmente capital estancado.


Pero en el capitalismo la competencia se combina con la tendencia a sustituir el trabajo por la máquina como una fuerza motora para la acumulación de capital y el crecimiento económico. Si la ampliación de la producción mantuviera la relación dada entre insumos de trabajo vivo e insumos de trabajo muerto (maquinaria y materia prima), rápidamente alcanzaría un límite físico (el potencial humano total disponible) y por tanto un límite de ganancias. En condiciones permanentes de pleno empleo, los salarios tenderían a aumentar y a reducir las ganancias hasta el punto en que la acumulación de capital y el crecimiento económico desaparecerían gradualmente.

 



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En el capitalismo, sin embargo, el crecimiento económico no es «neutral» con respecto a la relación entre insumos de trabajo vivo y de trabajo muerto (entre capital variable y capital constante). A la vez es notoria su fuerte inclinación en favor de innovaciones que permitan ahorrar mano de obra. La tendencia permanente a incrementar la productividad social del trabajo es ciertamente el principal resultado civilizador de la acumulación del capital, el principal servicio objetivo que el capitalismo ha rendido a la humanidad. La acumulación del capital adopta la forma primaria de un incremento en el valor de la planta y del equipo, así como del acervo de materias primas disponibles en los países capitalistas industrializados. A largo plazo esta acumulación es tan impresionante como Marx la imaginó. El valor de todos los bienes de consumo durables acumulados, producidos fuera de la agricultura, se multiplicó más de diez veces en dólares constantes entre 1900 y 1965 en Estados Unidos, y ciertamente esta estimación está subvaluada por basarse en registros oficiales alterados por razones de evasión de impuestos.


La acumulación de capital es desde luego distinta del comportamiento de las clases dominantes precapitalistas. Si todo el plusvalor se consumiera en la forma de bienes de lujo, no podría tener lugar acumulación de capital alguna. El capital se mantendría entonces en el nivel que ya ha alcanzado. Por razones puramente analíticas Marx presentó este caso especial «limitador» bajo el nombre de «reproducción simple». No corresponde, desde luego, a ninguna etapa o situación «real» de un modo capitalista de producción que funcione normalmente.[58] Como hemos señalado, lo que caracteriza al capitalismo es precisamente la compulsión de acumular, es decir «la reproducción ampliada».


La reproducción ampliada presupone que no todo el plusvalor producido por el trabajo productivo y apropiado por la clase capitalista es consumido improductivamente. Parte de él se transforma en bienes de lujo y desaparece del proceso de reproducción y otra parte es transformada en capital adicional utilizado para comprar plantas y equipo, materia prima y fuerza de trabajo adicionales. Éste, entonces, es el proceso de acumulación del capital: la transformación del plusvalor en capital adicional, que puede a su vez producir nuevos incrementos en el plusvalor, conduciendo a nuevos incrementos de capital. Este movimiento se desarrolla en forma de espiral, como Simonde de Sismondi, uno de los primeros críticos «románticos» del capitalismo y a quien Marx cita con aprobación en este punto, ya había comprendido.


El hecho de que la acumulación de capital sea posible sólo porque parte del plusvalor apropiado por la clase capitalista no se malgasta socialmente en bienes de lujo, constituye el punto de partida de la llamada teoría de la «abstinencia» (más exactamente, justificación) de las ganancias y la explotación capitalista.[59] Históricamente no hay evidencia alguna para suponer que el capital surgió de alguna

 



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manera de los «hábitos frugales» de algunos miembros de la comunidad, en oposición al «descuido» de otros, cuando ambos tenían igual acceso a recursos que inicialmente eran comparables. Por el contrario, toda la evidencia histórica confirma que la súbita aparición de grandes montos de «capital» (en forma de un acervo de metales preciosos y otros tesoros) en una sociedad previamente confinada casi con exclusividad a la economía natural (la producción de bienes que sólo tienen valor de uso) fue el resultado no de la «frugalidad» y «economía» sino de la piratería, el robo, la violencia, el hurto, la esclavitud y el comercio de esclavos en gran escala. La historia de los orígenes de la usura y del capital mercantil de Europa occidental entre los siglos X y XIII, desde la piratería en el Mediterráneo a través del saqueo de Bizancio en la cuarta cruzada, hasta los saqueos regulares en los territorios eslavos de Europa central y oriental, es muy elocuente a este respecto.


Lo que no está confirmado por la historia es todavía más absurdo a la luz del análisis económico contemporáneo. Nadie podría argumentar seriamente que los señores Rockefeller, Morgan y Mellon deben ser compensados por su virtud de no malgastar decenas de miles de millones de dólares en más yates, mansiones y aviones privados —la versión vulgar de la teoría de la abstinencia. Pero la versión más compleja, a saber, la idea de que las ganancias de los propietarios del capital es sólo la manera en que su «caudal» se transforma en el «flujo» de la inversión de capital a largo plazo, es un buen ejemplo de razonamiento circular. Porque ¿de dónde se origina el «caudal» sino precisamente del «flujo»?, es decir ¿qué otra cosa es el capital sino las ganancias acumuladas? Negar que las ganancias se originan en el proceso de producción ataca vio— lentamente cualquier observación práctica y científica de lo que sucede en la economía capitalista. Una vez que hemos comprendido esto, no hay lugar para ninguna teoría de la abstinencia de las ganancias sino sólo para una de la sustracción de las mismas.


Marx, en El capital, considera el proceso de la acumulación del capital en dos niveles diferentes y sucesivos de abstracción. En el libro primero, dentro del marco del «capital en general», lo examina esencialmente a la luz de lo que ocurre en el intercambio entre trabajo asalariado y capital y lo que fluye de él. En el libro tercero examina la acumulación de capital (el crecimiento económico en el capitalismo) a la luz de lo que sucede en la esfera de «muchos capitales», es decir de la competencia capitalista. Por lo tanto dejaré para la introducción del libro tercero un examen de las principales críticas hechas a Marx por aquéllos que cuestionan la validez de las leyes del movimiento de la acumulación de capital expuestas en ese volumen. Me limitaré aquí a examinar los efectos básicos de la acumulación del capital sobre el trabajo asalariado.


A diferencia de muchos de sus contemporáneos, incluyendo algunos de los más severos críticos no marxistas del capitalismo, Marx no consideraba que la

 



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acumulación de capital tuviera un efecto perjudicial simple e inequívoco sobre la situación del trabajo asalariado. Marx había estudiado el movimiento de los salarios reales en el ciclo comercial, y no se le escapó el hecho de que los salarios se encontraban en su más alto nivel cuando la acumulación de capital progresaba más rápidamente.[60] Pero, una vez más, trató de ir más allá de esos hechos evidentes para estudiar las modificaciones fundamentales en términos de valor que la acumulación de capital podía ejercer sobre el trabajo.


Llegó así a la convicción de que la manera misma en que procede la acumulación de capital, la fuerza misma que anima al progreso capitalista —el desarrollo del capital fijo, de la maquinaria—, contiene una dinámica poderosa que reduce el valor de la fuerza de trabajo. Porque como este valor es el equivalente del valor de una cantidad dada de bienes de consumo, supuestamente necesarios para restaurar la capacidad de un trabajador de producir en un nivel de intensidad dado, una disminución en el valor de estos bienes de consumo como resultado de un aumento en la productividad del trabajo en la industria de los bienes de consumo lleva a una disminución en el valor de la fuerza de trabajo, mientras todo lo demás permanece igual.


Este argumento no implica ni una tendencia a una disminución en los salarios reales (por el contrario, se basa en el supuesto de salarios reales estables a corto y mediano plazo) ni una tendencia hacia un «empobrecimiento absoluto» de la clase trabajadora. Nos encargaremos de esta teoría atribuida erróneamente a Marx en la siguiente sección de esta introducción. Lo que sí quiere decir es que los resultados favorables del incremento en la productividad del trabajo en gran medida terminan por caer en manos de la clase capitalista al transformarse en «plusvalor relativo» suplementario, siempre que la tendencia a largo plazo del ejército industrial de reserva sea estable o creciente.


A escala mundial esto ha sido cierto durante tanto tiempo como el capitalismo ha existido. Tal como lo predijera Marx, el capitalismo se extendió no sólo creando nuevos empleos sino también dando lugar a nuevos desempleados (al destruir el empleo de quienes eran asalariados, y especialmente de los pequeños campesinos y artesanos independientes). Pero calcular un «valor medio mundial de fuerza de trabajo» es desde luego una abstracción sin sentido. De hecho, desde que el capitalismo industrial en Occidente comenzó a invadir al resto del mundo con sus mercancías baratas, producidas en masa, y a más tardar desde la década de 1870, una tendencia divergente apareció en la economía mundial: una declinación a largo plazo del ejército industrial de reserva en Europa occidental (como resultado de la exportación tanto de emigrantes como de mercancías) y un alza en el ejército industrial de reserva en los países subdesarrollados. (Este último proceso incluye desde luego la transformación de las masas de granjeros, ganaderos y artesanos

 



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precapitalistas en vagabundos desarraigados y «marginados» en trabajadores migratorios estacionales, en trabajadores forzados, siguiendo un patrón semejante a lo que ocurrió unos siglos antes en Europa occidental).


La dinámica de la «acumulación de capital a escala mundial» se tiene que considerar por tanto como un todo orgánico y no como la simple suma de los procesos de acumulación del capital en distintos países. La operación del mercado mundial como un sifón gigante que transfiere valor del sur al norte del planeta (de los países con baja productividad del trabajo a los que tienen una productividad más alta) yace en la raíz misma del sistema imperialista. Aun cuando el debate sobre la explicación teórica de este fenómeno se encuentra todavía en sus etapas iniciales,[61] es importante observar que el fenómeno mismo se basa en movimientos irregulares (movilidad irregular) del capital y del trabajo e introduce en el análisis del capitalismo todas esas dimensiones que Marx reservó para los libros cuarto, quinto y sexto, jamás escritos, del plan original de El capital.


La acumulación de capital es la acumulación de riqueza en forma de mercancías, de valor. La producción de valor se convierte en una meta en sí misma. El trabajo es degradado al nivel de un medio a través del cual se recibe ingresos de dinero. Una de las partes más sorprendentes y «modernas» de El capital es la que examina las consecuencias inhumanas de la acumulación de capital para los trabajadores y para el trabajo mismo. El propio Marx agregó una nota a la segunda edición alemana del libro primero donde afirma que, en el capitalismo, la fuerza de trabajo no sólo se convierte en una mercancía para el capitalista sino que también adopta esta forma para el propio trabajador, implicando que esta degradación del trabajo es, tanto objetiva como subjetivamente, el destino del proletariado industrial. Le tomó mucho tiempo a la economía política «oficial», de hecho hasta después de la creciente revuelta de los trabajadores contra la aceleración del ritmo de trabajo en las líneas de montaje, descubrir lo que Marx había anticipado a partir de un entendimiento profundo de los mecanismos fundamentales que rigen el modo capitalista de producción.


Dado que la acumulación de capital presupone la producción para la ganancia y puesto que considera la maximización de la ganancia como su propia razón de ser, los cálculos minuciosos y exactos de los costos conllevan reorganizaciones constantes del proceso de producción con el solo propósito de reducir los costos. Desde el punto de vista de una sola empresa capitalista, un trabajador no puede ser considerado como un ser humano dotado de derechos elementales, dignidad y necesidades de desarrollar su personalidad. Es un «elemento de costo» y este «costo» debe ser medido de manera constante y exclusiva en términos de dinero a fin de ser reducido al máximo. Aun cuando las «relaciones humanas» y las «consideraciones psicológicas» entran en la organización del trabajo, se centran, en última instancia, en

 



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«la economización de costos» (de esos «gastos de operación» llamados rotación excesiva de personal, reiteradas interrupciones de trabajo, ausentismo, huelgas, etcétera).[62]

La economía capitalista es por tanto una empresa gigantesca de deshumanización que transforma a los seres humanos de objetivos en sí mismos en instrumentos y medios de hacer dinero y acumular capital. No es la máquina ni ninguna compulsión tecnológica lo que transforma inevitablemente a los trabajadores, a los hombres y mujeres en general, en apéndices y esclavos de un equipo monstruoso. El principio capitalista de la maximización de ganancias de las empresas individuales es el que desencadena esta terrible tendencia. Se pueden concebir perfectamente otros tipos de tecnología y de maquinaria, siempre que el principio que guíe la inversión no sea «reducir el costo» en las empresas individuales en competencia, sino el desarrollo óptimo de todos los seres humanos.




9. LA TEORÍA DE LOS SALARIOS DE MARX


Por extraño que parezca, la idea de un desmejoramiento constante en el nivel de vida de la clase trabajadora, que se ha atribuido erróneamente a Marx, se originó a partir de los economistas con los cuales mantuvo una polémica constante después de perfeccionar sus propias teorías económicas. Se originó con Malthus y, a través de Ricardo, llegó a varios socialistas de la generación de Marx, como Ferdinand Lassalle. Ya sea bajo la forma de un «fondo estable de salarios» o bajo la forma de una «ley de bronce del salario», se trata esencialmente de una teoría de los salarios basada en el crecimiento de la población. Cuando los salarios se elevan en medida suficiente por encima del mínimo fisiológico, se supone que los trabajadores tienen más hijos, quienes a su vez generan un elevado desempleo y hacen descender nuevamente los salarios al mínimo.


Las limitaciones lógicas de esta teoría son patentes. Se ocupa sólo de lo que ocurre del lado de la oferta de la fuerza de trabajo y omite completamente lo que sucede del lado de la demanda. Presupone que la población trabajadora potencial es una función lineal del incremento en la población y que el movimiento demográfico es a su vez una función lineal del ingreso real. Todos los vínculos intermedios — como los efectos de los incrementos del ingreso no sólo sobre la tasa de mortalidad infantil sino sobre la tasa de natalidad, para no hablar de los efectos de los aumentos salariales y de la fuerza organizada de la clase trabajadora durante la semana laboral, la duración de la capacitación y el momento de retirarse del proceso laboral— son eliminados de la cadena del razonamiento, llevando por tanto a resultados erróneos y absurdos.

 



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Si se compara la teoría de los salarios de Marx con las opiniones de los economistas académicos de su tiempo, se ve inmediatamente el paso que dio hacia adelante. Porque puntualiza no sólo que la fuerza de trabajo —transformada en mercancía por el capitalismo— tiene un valor que es determinado objetivamente como el valor de todas las otras mercancías sino también que el valor de la fuerza de trabajo tiene una característica distinta de todas las otras mercancías, a saber, que depende de dos elementos: las necesidades fisiológicas y las necesidades histórico-morales de la clase trabajadora.


Esta diferencia está estrechamente vinculada con la naturaleza peculiar de la fuerza de trabajo: una mercancía inseparable de los seres humanos e integrada a ellos, quienes no sólo están dotados de músculos y estómago sino también de conciencia, nervios, deseos, esperanzas y un potencial de rebeldía. La capacidad física de trabajar se puede medir por el insumo de calorías que tiene que compensar las pérdidas de energía. Pero la voluntad de trabajar a un ritmo dado, con una intensidad dada, bajo condiciones dadas, con un equipo dado de cada vez mayor valor y vulnerabilidad, presupone un nivel de consumo que no es simplemente equivalente a la suma total de calorías sino que también es una función de lo que la clase trabajadora considera su nivel de vida «corriente» o «habitual».[63] Marx observa que estos niveles habituales de vida difieren en gran medida de país a país, y generalmente son más altos en los países que tienen una industria capitalista desarrollada que en los que se encuentran todavía en niveles preindustriales, o que pasan por los dolores de una acumulación de capital industrial «originaria».[64]


Llegamos así a una conclusión inesperada: según este aspecto de la obra de Marx, los salarios reales tendrían que ser de hecho más altos en los países capitalistas avanzados —y por tanto en estadios más avanzados del capitalismo— que en los países menos desarrollados. Esto implicaría también que tenderían a aumentar con el tiempo, a medida que el nivel de industrialización aumenta. Por otro lado observamos anteriormente que Marx explicaba la fluctuación de los salarios durante el ciclo económico, es decir del precio y no del valor de la fuerza de trabajo, como regida esencialmente por los movimientos del ejército industrial de reserva. Los salarios reales tenderían a aumentar en tiempos de auge y pleno empleo y a bajar en tiempos de depresión y desempleo en gran escala. Indicó, sin embargo, que no había nada automático en este movimiento y que la lucha real de clases —incluyendo la acción de los sindicatos, que consideraba indispensable precisamente por esta razón— era el instrumento a través del cual los trabajadores podrían sacar ventajas de condiciones más favorables en el «mercado de trabajo» para aumentar sus salarios, en tanto que el efecto principal de la depresión sería el de debilitar la resistencia de la clase trabajadora a través de las reducciones de salario.


Pero Marx se aferró a su teoría del valor en relación con los salarios. Los salarios

 




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son los precios de la mercancía fuerza de trabajo. Como todos los otros precios, no fluctúan al azar sino alrededor de un eje que es el valor de esa mercancía. Los movimientos de los salarios que están influidos por las altas y bajas del ciclo económico explican sólo las fluctuaciones a corto plazo: éstas deben ser integradas a un análisis más amplio, que explique las fluctuaciones de los salarios a largo plazo en función de los cambios en el valor de la fuerza de trabajo.


Podemos por tanto formular la teoría de los salarios de Marx como una teoría salarial basada en la acumulación del capital, en oposición a la burda teoría demográfica de los salarios de la escuela Malthus-Ricardo-Lassalle. Los movimientos a largo plazo de los salarios son función de la acumulación del capital en cierto sentido que tiene cinco lados:


La acumulación de capital implica una declinación en cuanto al valor de la canasta familiar de bienes de consumo incluido en un determinado nivel de vida de la clase trabajadora (con costos determinados de reproducción de la fuerza de trabajo). En este sentido el desarrollo del capitalismo tiende a deprimir el valor de la fuerza de trabajo, permaneciendo estable todo lo demás. Repitamos: tal declinación en el valor de la fuerza de trabajo no implica un descenso sino sólo una estabilidad de los salarios reales.


La acumulación del capital implica una baja en el valor y una expansión de la producción (producción en masa) de bienes de consumo no incluidos anteriormente en los costos de reproducción de la fuerza de trabajo. Si las condiciones objetivas y subjetivas son favorables, la clase trabajadora puede forzar la inclusión de estos bienes en el nivel mínimo aceptado de vida, puede expandir el componente «histórico-moral» del valor de la fuerza de trabajo y por tanto aumentar su valor. Nuevamente, esto no sucede automáticamente, sino en esencia como resultado de la lucha de clases.


La acumulación de capital favorecerá el incremento del valor de la fuerza de trabajo si la oferta estructural a largo plazo de la fuerza de trabajo no excede fuertemente a la demanda, o aun si está por debajo de la demanda. Esto explica por qué los salarios en Estados Unidos fueron desde el principio significativamente más altos que en Europa, por qué en Europa los salarios empezaron a subir significativamente a fines del siglo XIX como resultado de las grandes migraciones de un continente a otro del ejército industrial de reserva y por qué el continuo desempleo y subempleo masivos en los países subdesarrollados ha implicado un valor de tendencia decreciente de la fuerza de trabajo (a menudo acompañada de una baja en los salarios reales) en las dos últimas décadas.


La acumulación de capital constituye la barrera superior que ningún aumento en el valor o el precio de la fuerza de trabajo puede romper en el capitalismo. En el caso en que el aumento en el valor de la fuerza de trabajo implique una baja

 



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considerable en el plusvalor, la acumulación de capital se frena, el desempleo en gran escala reaparece y los salarios son «reajustados» en un nivel compatible con la acumulación de capital. En otras palabras, en el capitalismo los salarios pueden caer hasta el punto donde el ingrediente «histórico-moral» del valor de la fuerza de trabajo desaparece por completo, y se les reduce de hecho al mínimo fisiológico. No pueden subir hasta el punto donde el ingrediente «histórico-moral» del valor de la fuerza de trabajo haga desaparecer el plusvalor como fuente de la acumulación de capital.


La acumulación de capital implica una creciente explotación de los trabajadores, que incluye un creciente desgaste de la fuerza de trabajo, especialmente a través de la intensificación del proceso de producción. Pero esto a su vez implica la necesidad de un consumo mayor justamente para reproducir la fuerza de trabajo aun fisiológicamente. Por lo tanto es posible decir que, en este sentido, el capitalismo incrementa el valor de la fuerza de trabajo intensificando su explotación.[65] Se puede apreciar especialmente la confirmación negativa de este efecto de la acumulación del capital en el valor de la fuerza de trabajo. Una vez que los salarios descienden por debajo de un cierto nivel (especialmente bajo los efectos de guerras o de dictaduras reaccionarias), el esfuerzo productivo de los trabajadores declinará y la fuerza de trabajo no será restablecida a su plena capacidad productiva como resultado de un nivel demasiado bajo de los salarios.


¿Cómo es posible, entonces, que tantos escritores, durante tanto tiempo, le hayan atribuido a Marx una «teoría de la pauperización absoluta de los trabajadores en el capitalismo» que implica obviamente una teoría de una tendencia decreciente en el valor no sólo de la fuerza de trabajo sino hasta de los salarios reales?[66] En primer lugar porque Marx sostenía esa teoría en sus escritos de juventud, por ejemplo en el Manifiesto comunista.[67] Pero éste fue elaborado antes de que hubiera llevado su comprensión teórica del modo capitalista de producción a su conclusión madura y final. Sólo al llegar a los años 1857-1858 nace la teoría económica de Marx en su forma congruente y redondeada. Después de escribir la Contribución a la crítica de la economía política y los Grundrisse, ya no hubo rastro en su análisis económico de esa tendencia histórica hacia la pauperización absoluta.


En segundo lugar, porque muchos escritores confunden el tratamiento por parte de Marx del valor de la fuerza de trabajo (que depende del valor de los bienes de consumo que el trabajador compra con su salario) con la categoría de los salarios reales (determinada por la masa de los bienes de consumo que su salario compra). En el capitalismo, dado el incremento constante en la productividad del trabajo, estas categorías se mueven en direcciones contrarias.[68] En tercer lugar, porque dos pasajes famosos del libro primero de El capital han sido sistemáticamente malinterpretados.[69] En estos dos pasajes Marx habla de miseria creciente y de «pauperismo», y también de «acumulación de miseria». Pero el contexto indica

 



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claramente que se refiere a la pobreza y la miseria de la «sobrepoblación», de la capa más desvalida de la clase obrera, es decir de los pobres desempleados o subempleados. Estudios reveladores sobre la pobreza en los países ricos como Estados Unidos y Gran Bretaña[70] han confirmado notablemente que la miseria de los pensionados ancianos, desempleados, enfermos, vagos y capas bajas de trabajadores irregulares del proletariado es de hecho una característica permanente del capitalismo, incluyendo al capitalismo del «estado benefactor». La verdad es simplemente que en pasajes como éstos Marx utiliza formulaciones ambiguas que dan lugar a confusiones sobre la materia.


¿Todo esto significa que Marx no formuló una teoría del pauperismo de la clase trabajadora, o que hizo predicciones optimistas en relación con la tendencia general de las condiciones de la clase obrera en el capitalismo? En tal caso esto sería desde luego una paradoja completa a la luz de lo que escribió en el capítulo XXIII del libro primero de El capital. Lo que debe decirse es simplemente que este capítulo —como el resto de los escritos de madurez de Marx sobre el tema— de ninguna manera se dedica a los movimientos de los salarios reales, como tampoco los capítulos sobre el valor se refieren a los movimientos de los precios en el mercado de ninguna otra mercancía que no sea la mercancía fuerza de trabajo. Esto se indica con claridad precisamente en el pasaje que nos ocupa, cuando Marx afirma que a medida que el capital se acumula la situación de los trabajadores empeora independientemente de que sus salarios sean altos o bajos.[71]


Lo que tenemos de hecho es una teoría de una tendencia hacia una pauperización relativa de la clase obrera en el capitalismo en un doble sentido. Primero, en el sentido de que los trabajadores productivos tienden a recibir una parte menor del nuevo valor que producen: en otras palabras, existe una tendencia hacia un incremento en la tasa de plusvalor. En segundo lugar, en el sentido de que, aun cuando los salarios aumenten, se hace caso omiso de las necesidades de los trabajadores como seres humanos. Esto se aplica incluso a sus necesidades de consumo adicionales que nacen del mismo incremento en la productividad del trabajo que resulta de la acumulación del capital. Basta con pensar en las necesidades insatisfechas de los trabajadores en el campo de la educación, salud, capacitación y especialización, tiempo libre, cultura, habitación, aun en los países capitalistas actualmente más ricos, para observar cómo este supuesto permanece válido a pesar de la llamada «sociedad de consumo». Pero se aplica mucho más a las necesidades del trabajador como productor y ciudadano, a su necesidad de desarrollar plenamente su personalidad, de convertirse en un ser humano creativo y rico, etc.; estas necesidades son aplastadas brutalmente por la tiranía del trabajo insensato, mecánico, parcelado, la enajenación de las capacidades productivas y la enajenación de la riqueza humana real.

 



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Además de esta ley de pauperización relativa general de los trabajadores en el capitalismo, Marx observa también una tendencia hacia la pauperización periódica absoluta, esencialmente en función del movimiento del desempleo. Esto está estrechamente ligado a la inevitabilidad de las fluctuaciones cíclicas en el capitalismo, es decir, la inevitabilidad de las crisis periódicas de sobreproducción, o «recesiones» como se les llama hoy, con connotaciones menos provocadoras.


Existe otro aspecto de la teoría de los salarios de Marx que ha causado fuertes controversias a lo largo de un siglo. Se trata de la cuestión de los diferentes valores de la «fuerza de trabajo calificada» y de la «fuerza de trabajo no calificada» (ya sea que esté o no relacionada con la cuestión de si Marx ofrece una explicación satisfactoria del hecho de que, según su teoría del valor trabajo, el trabajo calificado produce más valor en una hora que el trabajo no calificado). Empezando con Böhm-Bawerk, algunos críticos pretendieron haber descubierto aquí una de las incongruencias básicas en la teoría económica de Marx.[72] Porque si la mayor productividad, en términos de valor, de los trabajadores calificados en oposición a los no calificados, está en función de los salarios más altos de los primeros, ¿no estamos acaso de nuevo frente al famoso argumento circular de Adam Smith, donde el «precio del trabajo» determina el «precio natural» de los bienes pero a su vez es determinado por el «precio natural» de una categoría de bienes, los así llamados bienes de subsistencia, es decir la comida?


Pero Marx de hecho evitó ese razonamiento circular, contrariamente a lo que sus críticos erróneamente suponen. Nunca explicó el contenido de valor más alto de una hora de trabajo calificado comparado con una hora de trabajo no calificado en términos del salario más alto que recibe el trabajador calificado. El contenido más alto se explica estrictamente en términos de la teoría del valor trabajo, por los costos adicionales necesarios para producir tal destreza, donde se incluyen también los costos totales de educación en aquéllos que no terminan satisfactoriamente sus estudios.[73] El valor mayor producido por una hora de trabajo calificado, comparado con una hora de trabajo no calificado, resulta del hecho de que el trabajo calificado participa en la «fuerza de trabajo global» (Gesamtarbeitsvermögen) de la sociedad (o de una rama dada de la industria) no sólo con su propia fuerza de trabajo sino también con una fracción de la fuerza de trabajo necesaria para producir su destreza. En otras palabras, se puede considerar cada hora de trabajo calificado como una hora de trabajo no calificado multiplicada por un coeficiente dependiente del costo de la educación.[74] En este contexto Marx habla de «trabajo complejo», en oposición al «trabajo simple». La destreza, por analogía, se puede comparar con un instrumento adicional, que en sí mismo no produce valor, pero que transfiere parte de su propio valor al valor del producto producido por el trabajador calificado.

 





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10. LA TEORÍA MARXIANA DEL DINERO


El intento de Marx de formular su propia teoría monetaria se origina en una falla significativa del sistema económico de Ricardo.[75] Después de adherirse a una estricta teoría del valor trabajo en relación con las mercancías, Ricardo sostiene que ésta es válida en el caso del oro sólo si la cantidad en circulación se mantiene en una proporción exacta a la masa y los precios de otras mercancías. Los incrementos o decrementos en esta circulación de dinero provocarían un aumento o baja en los precios de las mercancías y esto a su vez daría lugar a un aumento o incremento mayor en el valor del oro. Marx trata de superar esta incongruencia integrando su teoría del dinero a su explicación general del valor, de la producción del valor y de la circulación autónoma del valor (circulación de dinero, circulación de capital), sobre la base de una aplicación rigurosa de la teoría del valor trabajo.


Como sucede en la teoría del valor, el aspecto más importante de esta teoría dineraria es el cualitativo, que hasta hoy ha recibido poca atención de los críticos y discípulos de Marx. El hecho de que en una sociedad basada en la producción generalizada de mercancías el trabajo social se fragmente en muchos segmentos de trabajo privado realizado independientemente tiene por resultado, como hemos visto, el hecho de que su carácter social sólo pueda reconocerse post festum, mediante la venta de mercancía y dependiendo del monto equivalente que recibe en la venta. Por tanto, el carácter social del trabajo incrustado en la mercancía sólo puede aparecer como una cosa externa a la mercancía, esto es, el dinero. El hecho de que las relaciones entre los seres humanos aparecen en el capitalismo (la producción generalizada de mercancías) como relaciones entre objetos —un fenómeno que Marx analizó extensamente en el parágrafo cuarto («El fetichismo de la mercancía y su secreto») del primer capítulo del libro primero de El capital, no debe pues entenderse en el sentido de que en el capitalismo la gente, estando prisionera de las garras de la falsa conciencia, tiene la ilusión de enfrentarse a objetos cuando en realidad se enfrenta a relaciones sociales específicas de producción. Se trata también de una necesidad objetiva y de una compulsión. Bajo las condiciones de una producción generalizada de mercancías, el trabajo social no puede reconocerse de otra manera que a través de su intercambio por dinero. La circulación de mercancías no puede sino producir su propia contraparte en la circulación del medio del cambio: el dinero.


El dinero es la materialización necesaria del trabajo social abstracto: tal es el determinante cualitativo en la teoría marxiana del dinero.


Al perder de vista esta naturaleza social fundamental del dinero, enraizada en las relaciones sociales específicas de producción, muchos autores, incluyendo algunos marxistas,[77] han estado tentados de atribuir al dinero y a la creación de dinero funciones que no pueden cumplir en una sociedad basada en la propiedad privada.

 



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Suponer una realización «automática» del valor de cambio de las mercancías a través de la creación de un volumen «adecuado» de dinero presupone que ese valor está preestablecido, que todo el trabajo gastado en la producción de estas mercancías era trabajo socialmente necesario. En otras palabras, presupone que existe un equilibrio permanente entre la oferta y la demanda efectiva y que por tanto no hay una producción de mercancías sino una adaptación a priori de la producción a las necesidades registradas conscientemente. En el capitalismo, incluyendo el capitalismo monopólico, no puede alcanzarse tal cosa.


El dinero nacido del proceso de intercambio, de la circulación de mercancías, puede realizar el valor de estas mercancías sólo porque en sí mismo tiene valor, porque es en sí mismo una mercancía producida por trabajo abstracto socialmente necesario. La teoría del dinero de Marx es por tanto, ante todo, una teoría del dinero basada en las mercancías donde los estándares monetarios (los metales preciosos) entran en el proceso de circulación con un valor intrínseco propio. Desde ese punto de vista, Marx debe rechazar cualquier teoría dineraria aplicada al dinero que se base en el patrón oro o en el patrón oro-plata. Cuando, dada una velocidad de circulación, una cantidad determinada de oro tiene un valor más alto que el de la masa total de mercancías con la que se intercambia, al igual que cualquier otra mercancía en el proceso de circulación, ya no puede «perder» valor (es decir, provocar un aumento en los precios a través de la abundancia de metálico). Lo que sucede simplemente es que parte de él será retirado de la circulación y guardado, hasta que vuelva a aumentar la necesidad de su circulación.


Si bien esta teoría del dinero basada en la mercancía implica un rechazo directo de la teoría cuantitativa, en tanto el dinero se base directamente en los metales preciosos, apunta en dirección opuesta en la medida en que nos enfrentamos con el papel moneda que en realidad funciona como representativo y como símbolo de los metales preciosos. En este caso, independientemente de que haya o no una conversión legal de papel a oro,[78] la emisión de papel moneda en la cantidad en que, a un valor dado del oro y a una velocidad dada de circulación de los billetes, le permite realizar los precios de las mercancías en circulación, no afectará estos precios. Pero si esta cantidad de papel moneda en circulación se duplica en su valor nominal, y todo lo demás permanece constante, los precios expresados en ese cambio también se duplicarán, no en contradicción con ella, sino como una aplicación de la teoría del valor-trabajo. Para simplificar, si asumimos que cada dad de oro circula sólo una vez al año, la ecuación 1 000 000 de toneladas de acero = 1 000 kilos de oro significa que ha sido necesaria la misma cantidad de trabajo abstracto socialmente necesario (por ejemplo 100 000 000 de horas-hombre) para producir las cantidades respectivas de acero y oro. Si 1 000 000 de libras esterlinas representa 1 000 kilos de oro, entonces el hecho de que el precio de 1 tonelada de acero es 1 libra esterlina es

 



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solamente una expresión directa de la igualdad en el valor (en cantidades de trabajo abstracto) entre 1 tonelada de acero y 1 kilo de oro. Pero si, a través de la emisión adicional de papel moneda, 1 000 kilos de oro representan ahora 2 000 000 de libras esterlinas en vez de 1 000 000, entonces, si lo demás permanece constante, el precio del acero subirá de 1 libra a 2 en una aplicación estricta de la teoría del valor-trabajo.


Esto no quiere decir que, en relación con el papel moneda, Marx haya sido el propulsor de una teoría cuantitativa mecanicista. Existe una analogía evidente entre su teoría y las formas tradicionales de la cantidad de dinero; pero esta analogía está limitada por dos factores esenciales. En primer lugar, para Marx, en lo que respecta al papel moneda y al metálico, el movimiento del valor de las mercancías, es decir las fluctuaciones de la producción material y de la productividad del trabajo, permanece como el primum movens de las fluctuaciones en los precios, y no las altas y bajas de la cantidad de papel moneda en circulación.[79] En ese sentido, en el libro tercero de El capital Marx examina la necesidad de aumentar la circulación de dinero en el momento del comienzo de la crisis y critica duramente el papel que desempeñó el Banco de Inglaterra, por la aplicación del «principio de la currency», al acentuar el pánico y las crisis monetarias como aceleradores de las crisis de sobreproducción cuando éstas coincidían con una salida de oro de Inglaterra. De la misma manera, sin embargo, negó cualquier posibilidad de prevenir las recesiones por la emisión de dinero adicional.[80]


En segundo lugar, Marx entendió perfectamente que la interrelación dialéctica de todos los elementos de una ecuación de una teoría cuantitativa mecanicista excluye la posibilidad de derivar conclusiones simplemente a partir de las variaciones independientes de uno solo de estos elementos. Sabía, por ejemplo, que la velocidad de la circulación del dinero estaba codeterminada por el ciclo económico y que no podía considerarse estable en una fase dada cuando se suponía que sólo la cantidad de dinero estaría sujeta a cambio. Pero un análisis de sus opiniones sobre todos estos temas así como un breve comentario sobre su teoría entera del papel del dinero en el ciclo económico y del capital ficticio tendrá lugar en la introducción al libro tercero y no aquí.

Con el desarrollo y la generalización de la producción de mercancías, el dinero se transforma progresivamente en capital dinerario, siendo sustituido cada vez más por «signos monetarios» en el proceso de circulación y transformándose más y más de medio de cambio en medio de pago, es decir en la contraparte de las deudas, en un instrumento de crédito. Pero al examinar el papel crediticio del dinero, Marx se mantiene rigurosamente dentro de la teoría del valor-trabajo, de modo que todo su sistema económico es absolutamente «monístico». El dinero como equivalente general del valor de cambio de todas las mercancías y el dinero como medio de pago de deudas (que resultan de la generalización de las ventas a crédito) son

 



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requerimientos de una fracción dada del gasto total de trabajo de la sociedad en un período dado. Cualquiera que sea el valor «nominal» de la moneda corriente, y cualquiera que sea el «patrón de medida» de los precios, es obviamente imposible distribuir más cantidad de trabajo de lo que se ha producido y almacenado dentro del mismo período de tiempo. Por otro lado, dada la propia naturaleza de la producción de mercancías, ningún incremento general en la circulación del dinero (ningún incremento de la «demanda total») puede prevenir a largo plazo la eventualidad de que toda una serie de mercancías producidas no satisfagan la «demanda específica» que necesita permitir a sus propietarios realizar al menos la tasa media de ganancia. Los cambios tecnológicos, las diferencias en la productividad entre diferentes plantas y empresas, los cambios en los salarios reales y en la estructura de los gastos de los consumidores, las modificaciones en la tasa de ganancia que conllevan cambios en la dirección y estructura de la inversión: todos estos movimientos complejos que hacen posible el ciclo económico y las recesiones periódicas ciertamente inevitables en las condiciones de la producción generalizada de mercancías no pueden ser eliminadas por la manipulación tanto del volumen como de las unidades del circulante. Desde la muerte de Marx, y especialmente desde la «revolución keynesiana», la experiencia confirma ampliamente el acierto de este diagnóstico, aunque confirma asimismo que, bajo condiciones específicas y dentro de límites específicos, las políticas monetarias pueden reducir la amplitud de las fluctuaciones económicas, un hecho del cual Marx estaba perfectamente consciente.[81]


Los breves comentarios de Marx sobre la naturaleza dual del oro como la base «en última instancia» de todos los sistemas de papel moneda y como la única «moneda corriente mundial» aceptable y que es posible utilizar para la liquidación de cuentas entre bancos centrales (y clases burguesas) de diferentes naciones, revisten particular interés hoy, cuando el sistema monetario de Bretton Woods ha fracasado debido a la inconvertibilidad del dólar en oro. Es interesante hacer notar que Marx, aunque rechazaba todas las teorías que explican el «valor» del dinero por convenciones o una obligación del estado,[82] sí relaciona este papel del oro como medio de la liquidación final de cuentas a escala internacional con el papel específico del estado burgués. Entre las funciones del estado está la de crear «las condiciones generales para la producción capitalista». La moneda corriente coherente y aceptada ciertamente pertenece a estas «condiciones generales». El papel moneda con un valor fijo de cambio (Zwangskurs) sólo puede ser impuesto a través de la autoridad del estado dentro de límites determinados.[83] Cuando esta autoridad está ausente, los propietarios de las mercancías no pueden ser forzados a aceptar a cambio de sus bienes papel moneda cuya tasa de cambio consideran inflada. «El papel-oro» como un medio universal de cambio y de pago en el mercado mundial presupone por tanto un gobierno mundial, en otras palabras, la ausencia de una competencia

 



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interimperialista y por consiguiente, en última instancia, la desaparición de la propiedad privada. Esperar que esta situación ocurra en el capitalismo es utópico.


La teoría dineraria de Marx ha sido mucho menos analizada, criticada y discutida por marxistas posteriores que otras partes de su teoría económica.[84] Sin embargo, una interesante discusión tuvo lugar en vísperas de la primera guerra mundial entre Hilferding, Kautsky y Varga sobre la posibilidad de deducir un «volumen de dinero socialmente necesario» del valor de las mercancías, hipótesis que está obviamente equivocada dado que confunde el valor de las mercancías con su precio.[85] Varga, no obstante, en una serie de polémicas que se continuaron hasta principios de la década de 1920, insistió en sostener que, puesto que los bancos centrales compran el oro a un precio fijo, las fluctuaciones del valor intrínseco del oro no podrían influir en el nivel general de precios sino sólo regir las altas y bajas de la renta diferencial gobernada por las minas de oro con una productividad por encima del nivel, permitiendo la tasa media de ganancia a un precio determinado del oro.[86] La evolución posterior, especialmente en los últimos cuatro o cinco años, han confirmado que estos dos intentos de corregir la teoría dineraria de Marx eran infundados y erróneos.




11. «EL CAPITAL» Y EL DESTINO DEL CAPITALISMO


Es sobre todo a través de la integración de teoría e historia como el marxismo manifiesta su superioridad en el dominio económico sobre la economía política clásica y neoclásica. Debido a su capacidad de prever correctamente las tendencias a largo plazo del desarrollo capitalista, incluyendo las principales contradicciones internas del modo capitalista de producción que impulsan hacia adelante esta evolución a largo plazo, El capital continúa fascinando tanto a partidarios como a detractores. Aquéllos que, generación tras generación, continúan acusando a Marx de un parti pris «acientífico» o de excursiones especulativas en los reinos de la profecía[87] no pueden escapar al peso de la prueba. Les toca a ellos dar cuenta del misterioso hecho de que un pensador, según ellos tan desprovisto de instrumentos analíticos, haya sido capaz de descubrir infaliblemente las leyes del movimiento a largo plazo que han determinado el desarrollo del capitalismo durante un siglo y medio.


Aparte de la llamada ley del incremento absoluto de la pauperización de la clase trabajadora atribuida erróneamente a Marx, el aspecto de sus conclusiones teóricas concernientes al modo capitalista de producción que más ha estado bajo un ataque sistemático desde que el libro primero de El capital apareció ha sido la llamada «teoría del derrumbe inevitable del capitalismo» (Zusammenbruchstheorie). Desafiada fuertemente primero por los «revisionistas» bernsteinianos dentro del

 



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movimiento socialista, y sólo defendida débilmente por los marxistas más ortodoxos de la época,[88] la teoría ha sido puesta en ridículo por una monótona sucesión de autores en las últimas décadas. Todos han hecho la pregunta retórica ritual: ¿no ha mostrado el modo capitalista de producción una capacidad de adaptación y de autorreforma más allá de lo que Marx previó? [89]


Los argumentos en este sentido generalmente contienen una falla básica: tratan de demostrar demasiado. Sostienen que el capitalismo ha sobrevivido a tantas crisis que nadie puede cuestionar seriamente su capacidad de sobrevivir a crisis futuras. Pero al mismo tiempo sostienen que en Occidente el sistema económico actual ya no puede caracterizarse como «capitalista», y que, mediante autorreformas y adaptaciones sucesivas para sobreponerse a las crisis que amenazan con destruirlo, el capitalismo se ha transformado a sí mismo en una nueva organización social de la economía. A dicha organización la caracterizan la mayoría de las veces con el término «economía mixta», pese a que otras fórmulas como «capitalismo gerencial», «capitalismo organizado», «sociedad gerencial», «régimen tecnoestructural», etc., han sido utilizadas en otras ocasiones para describirla.[90]


Pero El capital no es simplemente un poderoso instrumento para comprender las grandes líneas del desarrollo mundial a partir de la revolución industrial. También nos proporciona una definición clara e inequívoca de lo que representa esencialmente el modo capitalista de producción. El capitalismo no es una sociedad de «competencia perfecta», ni una sociedad de «pauperismo creciente», ni una sociedad donde los «empresarios privados gobiernen las fábricas», ni siquiera una sociedad donde «el dinero es el único amo». Definiciones vagas e imprecisas de este tipo, que permiten sortear los puntos básicos, llevan a una confusión interminable sobre la relación del sistema económico occidental de hoy con el sistema económico analizado en El capital.[91] El capital muestra que el modo capitalista de producción está determinado fundamentalmente por sólo tres condiciones: 1] el hecho de que la masa de los productores no son los propietarios de los medios de producción en el sentido económico de la palabra sino que tienen que vender su fuerza de trabajo a aquéllos; 2] el hecho de que estos propietarios están organizados en empresas separadas que compiten entre sí por la parte del mercado donde se venden las mercancías, por campos lucrativos de inversión de capital, por fuentes de materia prima, etc. (es decir la institución de la propiedad privada en el sentido económico del término); 3] el hecho de que estos mismos propietarios de los medios de producción (empresas diferentes) están por tanto obligados a extraer el máximo plusvalor de los productores para acumular cada vez más capital, lo que lleva, en condiciones de una producción generalizada de mercancías y enajenación generalizada, a una mecanización creciente y constante del trabajo, a una concentración y centralización del capital, a una creciente composición orgánica del capital, a la baja tendencial de la tasa de ganancia

 



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y a las crisis periódicas recurrentes de sobreproducción.


Si éstos son los criterios, no puede haber duda de que la sociedad occidental es todavía capitalista, de que el trabajo asalariado y el capital son todavía las dos clases antagónicas de la sociedad, de que la acumulación de capital es más que nunca la fuerza motriz básica de esa sociedad y de que la exacción y realización de la ganancia privada rige el impulso básico de las empresas por separado.


Aspectos de la sociedad occidental contemporánea tales como el hecho de que algunas de estas empresas estén nacionalizadas, de que exista una creciente intervención estatal en la economía, de que la competencia se haya vuelto «imperfecta» (es decir que ya no se luche esencialmente a través del recorte de precios sino a través de la reducción de los costos de producción y el incremento de la distribución y las ventas), en fin, de que los trabajadores cuenten con sindicatos fuertes (excepto cuando en condiciones de violentas crisis sociales las libertades democráticas son abolidas) y de que su nivel de vida haya aumentado más de lo que Marx esperaba, todo esto no descarta ni disminuye el relieve de las características estructurales básicas del capitalismo, tal como están definidas en El capital, a partir del cual se generan todas las leyes básicas del movimiento del sistema. Estas leyes básicas de movimiento continúan por tanto siendo válidas.


Sin pedir ayuda a una paradoja se podría sostener incluso que, desde un punto de vista estructural, el capitalismo «concreto» del último cuarto de este siglo está mucho más cerca del modelo «abstracto» de El capital que el capitalismo «concreto» de 1867, cuando Marx terminó de corregir las pruebas del libro primero. En primer lugar porque la clase intermediaria de los pequeños productores independientes, propietarios de sus propios medios de producción, que todavía era una capa social significativa hace un siglo, ha desaparecido casi por completo; los que perciben salarios y trabajan en relación de dependencia, obligados a vender su fuerza de trabajo, ascienden hoy al 80% de la población económicamente activa en la mayoría de los países occidentales y en algunos sobrepasan el 90%. Segundo, porque la concentración y centralización del capital ha llevado a una situación donde no sólo un par de cientos de corporaciones gigantes dominan la economía de cada país imperialista sino algunos cientos de corporaciones multinacionales concentran también en sus manos un tercio de toda la riqueza de la economía capitalista mundial. Tercero, porque la productividad y la socialización objetiva del trabajo han aumentado a tal grado que la producción de valor para el enriquecimiento privado se ha vuelto mucho más absurda de lo que Marx previó hace un siglo y el mundo dama tan compulsivamente por una planificación prudente de los recursos con el fin de satisfacer las necesidades con base en prioridades elegidas consciente y democráticamente que hasta los oponentes del socialismo no pueden dejar de entender el mensaje.[92]

 



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¿Por qué entonces, se pregunta uno, los expropiadores no se han convertido todavía en los expropiados y por qué sobrevive todavía el capitalismo en los países altamente industrializados? La respuesta a esa pregunta requeriría una revisión crítica y detallada de la historia política y social del siglo XX. Pero el punto esencial es, desde luego, que Marx nunca predijo un derrumbe súbito y automático del sistema capitalista en una crisis «final» debido a una sola «causa» económica. En el famoso parágrafo séptimo («Tendencia histórica de la acumulación capitalista») del capítulo muy del libro primero de El capital, Marx describe las tendencias económicas que provocan una reacción de las fuerzas sociales. El crecimiento del proletariado, de su explotación y de la revuelta organizada contra esa explotación son las palancas principales para el derrocamiento del capitalismo. La centralización de los medios de producción y la socialización objetiva del trabajo crean las precondiciones económicas para una sociedad basada en la propiedad colectiva y en una cooperación libre de los productores asociados. Pero no producen automáticamente esa sociedad en un día universal de la victoria. Tienen que ser utilizadas conscientemente, en momentos privilegiados de crisis sociales, para alcanzar el derrocamiento revolucionario del sistema.


Marx estaba tan lejos de una creencia fatalista en los efectos automáticos de un determinismo económico como cualquier pensador social. Repitió una y otra vez que los hombres hacían y tenían que hacer su propia historia, pero no de una manera arbitraria e independientemente de las condiciones materiales en las que se encuentran.[93] Cualquier teoría del derrumbe del capitalismo, por tanto, se puede presentar a sí misma como marxista sólo si es una teoría de un derrocamiento consciente del capitalismo, es decir una teoría de la revolución socialista.[94] El parágrafo 7 del capítulo XXIV incluido al final del libro primero de El capital indica sólo en términos muy generales cómo y por qué las contradicciones objetivas internas del modo capitalista de producción pueden hacer este derrocamiento posible y necesario. El resto tiene que resultar, en las palabras de Marx, a partir del crecimiento de «la rebeldía de la clase obrera, una clase cuyo número aumenta de manera constante y que es disciplinada, unida y organizada por el mecanismo mismo del proceso capitalista de producción».


En otras palabras, entre las crecientes contradicciones económicas del modo capitalista de producción, por un lado, y el derrumbe del capitalismo, por el otro, existe una mediación necesaria: el desarrollo de la conciencia de clase, la fuerza y la capacidad organizada para la acción revolucionaria de la clase obrera (incluyendo un liderazgo revolucionario). Este capítulo de la teoría marxista no fue incorporado a El capital. Tal vez Marx tenía intenciones de discutirlo en el libro sobre el estado que quería escribir pero nunca llegó a bosquejar. De cualquier manera no dejó una exposición sistemática de su pensamiento a ese respecto, pese a que muchas ideas

 



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sobre el tema se encuentran dispersas en sus cartas y artículos. Les tocó a sus seguidores más dotados, en particular a Lenin, Trotski y Rosa Luxemburg, tratar sistemáticamente lo que se puede llamar «la teoría marxista del factor subjetivo».


La supervivencia del capitalismo hasta ahora en los países más industrializados le ha dado ciertamente un período de vida mucho mayor del que Marx esperaba. Pero esto no se debe a que el sistema se haya desarrollado esencialmente en otras direcciones de las que El capital predice. Ni tampoco a que haya sido capaz de evitar una repetición periódica de las crisis sociales explosivas. Por el contrario, desde la revolución rusa de 1905, y ciertamente desde el comienzo de la primera guerra mundial, esas crisis se han vuelto características recurrentes de la historia contemporánea.


En el curso de tales crisis el capitalismo ha sido derrocado en muchos países, entre los cuales Rusia y China son los más importantes. Pero contrariamente a lo que Marx esperaba, este derrocamiento ocurrió no tanto donde el proletariado estaba más fuertemente desarrollado numérica y económicamente, como resultado de la mayor extensión posible de la industria capitalista, es decir en aquellos países que cuentan también con una poderosa clase burguesa, sino que ocurrió más bien en los países donde la burguesía era más débil y donde por tanto la relación política de fuerzas era favorable a un proletariado joven capaz de ganar el apoyo de un campesinado decididamente rebelde. Esta desviación histórica se puede entender sólo si se integran al análisis dos factores clave: por un lado el desarrollo del imperialismo y su efecto en la parte mayoritaria de la raza humana que vive en las sociedades social y económicamente subdesarrolladas (la ley del desarrollo desigual y combinado); por otro la interrelación entre la falta de experiencia revolucionaria de la clase obrera occidental durante el período de «crecimiento orgánico» del imperialismo (1890-1914) y el creciente reformismo e integración de la socialdemocracia a la sociedad y al estado burgueses que fueron responsables del fracaso en 1918-1923 de la primera crisis revolucionaria en gran escala en Occidente (sobre todo en Alemania e Italia). Como resultado de este fracaso la victoriosa revolución rusa se aisló y el movimiento internacional de la clase trabajadora pasó por el oscuro interludio del stalinismo, del cual comenzó lentamente a emerger en la década de los años cincuenta. Esto nos retrotrae nuevamente a lo que he llamado la teoría marxista del factor subjetivo, y explica, incidentalmente, por qué, después del rico florecimiento de la teoría económica marxista en el período 1895-1930, siguió un cuarto de siglo de casi total estancamiento aun en ese campo.


El debate en torno a la Zusammenbruchstheorie ha adolecido de una confusión entre dos cuestiones diferentes: el problema de si la sustitución del capitalismo por el socialismo es inevitable (inevitable por las contradicciones económicas internas del modo capitalista de producción), y la de si, a falta de una revolución socialista, el

 



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capitalismo puede vivir eternamente. Una respuesta negativa al primer problema no implica de ninguna manera una respuesta positiva al segundo. De hecho los marxistas clásicos, siguiendo al joven Marx, formularon su diagnóstico en la forma de un dilema: socialismo o barbarie.


Las catástrofes sociales que la humanidad ha presenciado desde Auschwitz e Hiroshima indican que ese diagnóstico no tenía nada de «romántico» sino que expresaba una clara intuición frente al terrible potencial destructivo de la producción de valor de cambio, la acumulación de capital y la lucha por el enriquecimiento personal como fines en sí mismos. La mecánica concreta del derrumbe económico de la economía capitalista está abierta a conjeturas. La interrelación entre la caída de la producción de valor (baja del número total de horas de trabajo producido como resultado de una semiautomatización), la creciente dificultad de realizar el plusvalor, la creciente producción de desechos que no entran al proceso de reproducción, el creciente agotamiento de los recursos nacionales y, sobre todo, la baja a largo plazo de la tasa de ganancia, está todavía lejos de quedar clara.[95] Pero se puede argüir con convicción en favor de la tesis de que hay límites definidos a la adaptabilidad de las relaciones capitalistas de producción y de que esos límites se están alcanzando progresivamente en un campo tras otro.


Es sumamente improbable que el capitalismo sobreviva otra media centuria de crisis (militares, políticas, sociales, monetarias, culturales) como las que han ocurrido ininterrumpidamente desde 1914. Es muy probable, además, que El capital y lo que representa —a saber, un análisis científico de la sociedad burguesa que representa la conciencia de clase del proletariado en su nivel más alto— terminará por probar que ha hecho una contribución decisiva a la sustitución del capitalismo por una sociedad sin clases de productores asociados.

 






























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APÉNDICE


EL CAPITULO VI: RESULTADOS DEL PROCESO INMEDIATO DE PRODUCCIÓN



Nuestro conocimiento y comprensión de El capital ha avanzado significativamente durante las últimas décadas como resultado de la publicación en los treinta de dos textos importantes de Marx desconocidos hasta entonces. Desde luego, el primero de ellos es los Grundrisse, que Siglo XXI dio a conocer a los lectores de habla española a partir de 1971. El segundo es un texto que originalmente estaba planeado como sección séptima del libro primero de El capital, que Siglo XXI publicó igualmente en 1971. Intitulado Resultate des unmittelbaren Produktionsprozesses [Resultados del proceso inmediato de producción], y referido de aquí en adelante como Capítulo VI, fue publicado por primera vez en 1933, simultáneamente, en ruso y en alemán por Adoratski en el vol. II del Archiv Marksa i Engelsa, impreso en Moscú. Sólo cuando fue reimpreso en alemán y en otros idiomas europeos occidentales, a fines de los sesenta, fue objeto de intensos estudios tanto por marxistas como por «marxólogos» académicos.


Parecería haber sido escrito entre junio de 1863 y diciembre de 1866,[96] o sea después de completado el manuscrito de 1861-1863 (los enormes veintitrés cuadernos de notas). Cierto que Kautsky publicó un extracto del cuaderno XVIII (sin fecha, pero del que supone que fue escrito en diciembre de 1862) en el que se enlista el contenido en borrador final del libro primero de El capital. Después de las primeras cinco secciones, que se mantienen en la versión final, dice como sigue:


 Reconversión del plusvalor en capital. Acumulación originaria. Teoría colonial de Wakefield.


 Resultado del proceso de producción. —El cambio en forma de ley de la apropiación puede mostrarse bajo el 6 o bajo el 7.


 Teorías del plusvalor.


 Teorías del trabajo productivo e improductivo.[97]


Sabemos que 8 y 9 fueron relegados por Marx del libro primero al libro cuarto. Una nueva sección sexta fue introducida en la versión final del libro primero, con el título de «El salario» («Arbeitslohn»). El 6 original se volvió pues sección séptima con un nuevo y llamativo título: «El proceso de acumulación del capital». Sabemos también que la nueva sección sexta sobre el salario se introdujo como resultado del cambio que realizó Marx en el plan de todo El capital, cuando abandonó su intención de tratar del trabajo asalariado en un volumen posterior y por separado. Pero ¿por qué fue descartada la que originalmente iba a ser sección séptima? (Tal como está escrita,

 



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se intitula «Capítulo VI». «VII» cambió a «VI» porque Marx intentaba en ese momento publicar la actual sección primera como introducción. «Capítulo» era el término que estaba utilizando en ese momento para lo que en la versión publicada se convirtió en «sección»). Por el momento es imposible dar respuesta definitiva a este problema, sobre la base del conocimiento que poseemos acerca del desarrollo del pensamiento de Marx entre 1863 y 1866. Posiblemente la razón descansa en el deseo de Marx de presentar El capital como un «todo artístico ordenado dialécticamente».


Puede haber sentido que, en ese todo, el «Capítulo VI» estaría fuera de lugar, ya que tenía una doble función didáctica: como resumen del libro primero y como puente entre los libros primero y segundo.


Sea lo que fuere, a la luz de esta prevista doble función, el Capítulo VI contiene muchos atisbos iluminadores, no sólo con relación al libro primero sino también con respecto al libro segundo. Debo mencionar a este respecto la afirmación explícita de Marx, tan a menudo impugnada por sus críticos al igual que por algunos de sus seguidores, de que consideraba la constante expansión del mercado capitalista como absolutamente necesaria para la supervivencia del modo capitalista de producción. Puesto que precisamente porque la producción capitalista es producción a través de una creciente masa de maquinaria, un capital fijo creciente, una creciente composición orgánica del capital, es también por necesidad una producción masiva de mercancías a una escala constantemente creciente, cuya venta exige un mercado constantemente creciente.


El aspecto clave del Capítulo VI se refiere a la síntesis del modo capitalista de producción como producción de plusvalor y como producción de mercancías producidas por el capital, así como al problema interconexo del origen y el contenido de la productividad incrementada del trabajo sin la cual no sería posible ningún incremento en la producción de plusvalor a largo plazo. Para este propósito, Marx introduce una distinción entre lo que llama una formal y real «subsunción del trabajo en el capital». La subsunción formal caracteriza al período de la manufactura; la subsunción real caracteriza a la fábrica moderna, con su constante revolución de las técnicas y métodos de la producción. Al utilizar esta distinción, despliega la particular lógica interna del capitalismo en páginas que tienen un llamado «moderno» igualado por muy pocos escritos de economistas del siglo XIX. La búsqueda de un incremento constante en la producción de plusvalor implica una búsqueda de reducciones constantes en el precio de costo, un abaratamiento constante de las mercancías. De ahí que el capital, en vez de adaptarse a una estructura dada de la demanda o a necesidades socialmente reconocidas, al revolucionar la producción revoluciona las propias demandas y necesidades, expandiendo los mercados, provocando nuevas necesidades, creando nuevos productos y nuevas esferas en las que hace su aparición la producción de valores de cambio en pos de más valor, la

 



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producción por la ganancia.


Esto conduce a una constante expansión de la tecnología, del uso y la investigación de descubrimientos científicos aplicables al propio proceso de producción. También estos descubrimientos se vuelven un negocio subsumido en el capital. De modo que aparece una fuente nueva y formidable de productividad incrementada del trabajo, desconocida antes de la fábrica moderna. Marx denuncia la mistificación que consiste en considerar la ciencia tanto como una «fuente de valor» como una «prueba» de que «el capital es productivo». Destaca el hecho de que, bajo el capitalismo, el trabajo no sólo debe ser visto como trabajo manual, sino como trabajo potencial combinado o colectivo (kombiniertes Arbeitsvermögen, Gesamtarbeitsvermögen) de todos aquellos cuyo trabajo es indispensable para producir el producto final. Incluso utiliza el concepto de «trabajador colectivo», «trabajador global» (Gesamtarbeiter,) a este respecto. El proceso productor de valor es la manifestación del tiempo de trabajo gastado por todos aquéllos que cooperan en la producción al vender su fuerza de trabajo al capitalista. Este «trabajador global» incluía explícitamente, para Marx, a los ingenieros, técnicos e incluso a los administradores.[99]


En este punto sería posible enfrentarse a la importante controversia que todavía arde entre estudiosos y seguidores de Marx en relación con la definición exacta de, y la distinción entre, trabajo «productivo» e «improductivo». Sin embargo, prefiero relegar este examen al texto sobre el libro segundo. Pues, de hecho, la dificultad real para establecer la distinción no gira tanto alrededor de lo que ocurre dentro del proceso de producción —problema que se aclara adecuadamente en el Capítulo VI— como de la distinción entre producción y circulación de mercancías y del problema de las llamadas industrias de servicio. La versión final de la opinión de Marx a este respecto (sus puntos de vista iniciales fueron expresados en las Teorías sobre la plusvalía) puede encontrarse en el libro segundo de El capital.

Pero es necesario subrayar que aquello que el Capítulo VI trata en extenso no es más que un desarrollo ulterior de uno de los aspectos más notables de los Grundrisse, o sea la teoría de Marx de la socialización objetiva del trabajo por el capitalismo, puesto que lo que Marx esboza en esas páginas —resumiendo lo que ya desarrolló en el capítulo XV del libro primero— es la forma en que la integración de la ciencia y la producción, el desarrollo de la tecnología y de la maquinaria, tiene una manera bifacética de negar objetivamente el carácter privado del trabajo abstracto y del trabajo concreto que es la verdadera esencia de la producción de mercancías.[100]


Por un lado, dentro de la fábrica, el trabajador individual y el científico individual sólo pueden trabajar como parte de un equipo. Ya no pueden realizar trabajos individuales en función de sus inclinaciones individuales, sin considerar las actividades de los otros miembros del equipo. Sus empleos se han vuelto parte de una

 



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totalidad cooperativa que, potencialmente, una vez que el capitalismo sea remplazado por el reino de los productores asociados, destapará posibilidades jamás soñadas para el desarrollo de los talentos individuales, así como de las capacidades también, precisamente porque su alto nivel de cooperación objetiva del trabajo amplía inmensamente el alcance general del esfuerzo humano y del desarrollo potencial de sí mismo.


Por otro lado, entre las fábricas, los ramos industriales, los países, cuanto más avance la centralización del capital, también avanzará más la integración técnica y económica, creando vínculos cada vez más estrechos de cooperación objetiva entre los productores que todavía viven a cientos y a miles de kilómetros unos de otros. También de esta manera prepara el capitalismo el terreno tanto para la unidad real de la raza humana como de la universalidad real del individuo, hecho materialmente posible por esta socialización objetiva del trabajo.


Pero bajo el modo capitalista de producción esta socialización objetiva del trabajo no puede liberarse de las cadenas de las relaciones capitalistas de producción. Esta gigantesca maquinaria total sólo puede funcionar bajo el capitalismo con el propósito y la meta de la apropiación privada de la ganancia, de la maximización de ganancias por cada empresa individual, lo que es bastante distinto del desarrollo económico óptimo (e incluso de la optimización de la división y el crecimiento de los recursos materiales sociales). El conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas objetivamente cada vez más socializadas, por un lado, y, por el otro, las relaciones capitalistas de producción basadas en la apropiación privada determina tanto las crisis económicas recurrentes como las crisis sociales potenciales, lo que se vuelve terriblemente explosivo tan pronto como la sociedad burguesa ha cumplido su función progresista y entra en el período de declinación histórica.


A este respecto es necesario añadir unas palabras acerca de los fragmentos publicados en el Capítulo VI como «Páginas sueltas». Halladas en el mismo cuaderno de Marx e incluidas en el manuscrito alemán publicado en 1933, no son, hablando con propiedad, parte de la original sección séptima («Capítulo VI»). Adoratski las intituló «Einzelne Seiten» (páginas separadas). Dos de ellas son especialmente significativas, la que trata de la importancia y función de los sindicatos y la que lo hace sobre la función de la emigración. Ambas confirman la interpretación que de la teoría de los salarios de Marx se hace en la parte 1 de este libro.


En el primer fragmento Marx insiste en el hecho de que un sindicato es una combinación de vendedores de la mercancía fuerza de trabajo, lo que lo habilita para negociar el precio de esta mercancía con los capitalistas bajo condiciones más equitativas que si fuera a negociarlo bajo una base individual. Como es el caso de todas las mercancías, este precio nunca puede separarse por mucho tiempo del eje del valor de la fuerza de trabajo a cuyo alrededor oscila. Sin embargo, al impedir que los

 



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capitalistas bajen el valor de la fuerza de trabajo, los sindicatos pueden por lo menos impedir todos los resultados de una productividad incrementada del trabajo mediante un aumento automático del primero: en otras palabras, pueden alcanzar un incremento de los salarios reales incluyendo en el valor de la fuerza de trabajo (en su elemento histórico moral) el contravalor de las nuevas mercancías producidas en masa que satisfacen necesidades recientemente adquiridas.


El segundo fragmento subraya los límites de la emigración de Europa (especialmente británica) a ultramar, afirma que la movilidad internacional del trabajo es inferior a la movilidad internacional del capital, pero añade que si la emigración británica a ultramar aumenta significativamente, esto destruirá su posición dominante en el mercado mundial. Esto es exactamente lo que de hecho sucedió.[101] Como resultado de un incremento significativo tanto de las exportaciones inglesas de mercancías como de las exportaciones inglesas de mano de obra superflua, se produjo un descenso secular del ejército industrial de reserva, lo que explica el ascenso secular en los salarios.

 
















































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II


EL LIBRO SEGUNDO




EL LUGAR DEL LIBRO SEGUNDO EN EL ANÁLISIS GENERAL DEL CAPITALISMO POR MARX


«El libro segundo es puramente científico y no trata de las cuestiones sino DE BURGUÉS A BURGUÉS», escribió Friedrich Engels al populista ruso Lavrov el 5 de febrero de 1884. Diecisiete meses más tarde, le decía a Sorge: «El libro segundo va a provocar una gran decepción porque es puramente científico y no contiene muchos textos de agitación». Finalmente, el 13 de noviembre de 1885 escribía a Danielson: «No dudé de que el segundo tomo habría de proporcionarle a usted el mismo placer que a mí. Las explicaciones que contiene son de un nivel tan extraordinariamente elevado que el lector común no se tomará el trabajo de examinarlas minuciosamente y de seguirlas hasta sus últimas consecuencias. Es ésta la situación que vivimos hoy en Alemania, donde toda la ciencia histórica, incluyendo a la economía política, ha descendido tanto que difícilmente pueda hacerlo aún más. Desde el punto de vista teórico, nuestros socialistas de cátedra nunca fueron otra cosa que filantrópicos economistas vulgares sin importancia y actualmente han alcanzado el nivel de simples apologetas del socialismo de estado bismarckiano. Para ellos el segundo tomo será siempre un libro con siete sellos […]es por ello que la literatura económica oficial guarda un cauteloso silencio.»[102]


Estas predicciones se cumplirían más allá de los temores de Engels. De hecho, pasaron diez años antes de que dos jóvenes marxistas rusos —Tugán-Baranovski seguido por S. Bulgákov— aplicaran por primera vez una de las innovaciones conceptuales fundamentales del libro segundo, y pasó cerca de una década más para que estos conceptos penetraran finalmente en Alemania y en el mundo occidental a través de un debate internacional en el que Tugán-Baranovski —aunque por el momento seguía llamándose a sí mismo marxista— empezó a revisar algunas de las teorías clave de Marx.[103] El libro segundo de El capital no ha sido sólo un «libro sellado», sino también un libro olvidado. En gran medida, lo sigue siendo hasta hoy en día.


Pero surgen graves malentendidos si el lector intenta pasar directamente del libro primero al libro tercero, subestimando el lugar clave que ocupa el libro segundo en esta construcción teórica monumental. El propio Marx aclaró con precisión este hecho en una carta enviada a Engels el 30 de abril de 1868: «[…] en el libro primero nos limitamos a admitir que si, en el proceso de valoración, 100 libras se convierten en 110 libras, éstas ENCUENTRAN, PREEXISTENTES en el mercado, los

 


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elementos en que se van a transformar de nuevo. Pero ahora examinamos en qué condiciones se encuentran, en otras palabras, la imbricación social recíproca de los diferentes capitales, de los elementos de capitales y de rentas [revenue] (= pv), unos en otros».[104] Esta imbricación, concebida como un movimiento de mercancías y de dinero, le permitió a Marx elaborar al menos los elementos esenciales, si no la forma definitiva, de una teoría coherente del ciclo económico basada en la inevitabilidad del desequilibrio periódico entre la oferta y la demanda en el modo capitalista de producción. Olvidar esta función del libro segundo y saltar al libro tercero conlleva el peligro de evacuar todos los problemas específicos de las contradicciones internas de la mercancía —problemas del mercado, de la realización del valor y del plusvalor, etc.—, los cuales, aunque tocados en el libro primero, sólo se desarrollan completamente hasta el libro segundo. Podemos incluso decir que sólo cuando Marx se ocupó de la reproducción del capital en su totalidad pudo sacar a la luz en su plena complejidad las contradicciones inevitables de la célula básica de la riqueza capitalista: la mercancía particular.


La «imbricación recíproca de los diferentes capitales, de los elementos de capitales y de rentas» —ese movimiento dual tanto del valor de uso como del valor de cambio específicos, de la oferta y la demanda— le permitió también a Marx desarrollar un análisis de la reproducción de la economía capitalista y de la sociedad burguesa en su totalidad. Desde luego, para alcanzar este logro, que es uno de los mayores dentro de toda la ciencia social, Marx no tuvo que empezar de cero; sobre todo pudo basarse en la obra precursora de Quesnay, Tableau économique.[105] Tampoco se debe pretender que Marx solucionó «todos» los problemas de la reproducción. En particular, sólo dejó un bosquejo incompleto de la sección sobre la reproducción ampliada y no tuvo tiempo de trabajar sobre la enfadosa cuestión de cómo puede alcanzar un equilibrio ocasional, abarcando al mismo tiempo las famosas «leyes del movimiento» del capital (especialmente aquellas delineadas en el libro tercero: creciente composición orgánica del capital; tasa creciente de plusvalor; competencia que lleva a la concentración y centralización y a una competencia renovada, pese a la tendencia de nivelación de la tasa de ganancia; la tendencia decreciente de la tasa media de ganancia). No obstante, el libro segundo se puede ver en un sentido muy real como el predecesor e iniciador de las técnicas modernas de agregación, las cuales fueron inspiradas en ocasiones directamente por este libro. En el camino que va de Quesnay a Marx, Walras, Leontief y Keynes, el salto hacia adelante que logró Marx es evidente. Y el movimiento que se aleja de Marx en la «macroeconomía» neoclásica y en la vulgar contiene elementos de una enorme regresión, de la cual los economistas contemporáneos apenas empiezan lentamente a tomar nota.[106]

El libro segundo de El capital lleva como título «El proceso de circulación del

 



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capital», en tanto que el libro primero se intitulaba «El proceso de producción del capital». A primera vista, la distinción es clara. El libro primero se centra alrededor de la fábrica, el lugar de trabajo. Explica el carácter de la producción de mercancías en el capitalismo como un proceso de producción material y como uno de valoración (es decir, producción de plusvalor).[107] El libro segundo, en contraste, se centra alrededor del mercado. No explica cómo se producen el valor y el plusvalor, sino cómo se realizan. Sus dramatis personae no son tanto el trabajador y el industrial, sino más bien el propietario del dinero (y el que lo presta), el mayorista, el comerciante y el empresario o «capitalista en funciones». Definidos más ampliamente que con la simple palabra «industriales», los empresarios son aquellos capitalistas que, al contar con cierta cantidad de capital a su disposición (si es de su propiedad o se les ha prestado es irrelevante aquí), tratan de incrementar dicho capital a través de la compra de medios de producción y de fuerza de trabajo, la producción y luego la venta de mercancías, la reinversión de parte de la ganancia realizada en maquinaria adicional, materias primas y fuerza de trabajo y la producción de una cantidad de mercancías incrementada.


El papel de los trabajadores en el libro segundo causa cierta sorpresa, tanto a los lectores no marxistas fuertemente armados con los prejuicios académicos comunes que consideran a Marx «un economista pasado de moda y típicamente decimonónico» como a los seudomarxistas dogmáticos cuya comprensión de Marx se basa en vulgarizaciones de segunda mano más que en la obra misma. Porque los trabajadores que aparecen en el libro segundo lo hacen esencialmente como compradores de bienes de consumo y, por lo tanto, como vendedores de la mercancía fuerza de trabajo, más que como productores de valor y plusvalor (pese a que, desde luego, esta segunda cualidad, establecida en el libro primero, sigue siendo el sólido fundamento sobre el que se basa todo el desarrollo del análisis).


Sin embargo, para comprender la significación más profunda del concepto «proceso de circulación del capital», así como el lugar exacto del libro segundo en el análisis general de Marx del modo capitalista de producción intentado en los tres volúmenes de su magnum opus, tenemos que comprender la conexión íntima entre la producción de valor y su realización. La producción de mercancías es la expresión de una forma específica de organización social que abarca una contradicción básica. Por un lado, la producción humana ha sobrepasado la forma primitiva de agricultura de subsistencia y oficios, que prevalecieron en comunidades más o menos aisladas de productores-consumidores. El progreso de la división del trabajo y de la productividad del trabajo, así como el crecimiento del transporte y las comunicaciones, han acrecentado constantemente el rango y profundidad de la interdependencia humana. Más y más comunidades locales, regionales y hasta nacionales y continentales dependen entre sí para la oferta y combinación de las

 



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materias primas, los instrumentos de trabajo y los propios productores. El proceso de trabajo se ha vuelto por tanto, en un grado creciente, objetivamente socializado. Pero, al mismo tiempo, la propiedad privada de los medios de producción y circulación se combina con la aparición y crecimiento del capital (dinerario) para convertir la apropiación privada en el punto de partida y la meta de toda la tarea productiva. Así, en tanto que el trabajo se socializa objetivamente cada vez más, permanece en un grado mayor que nunca organizado sobre la base de la producción privada.


La producción de mercancías, la producción de valor, la «forma de valor», como Marx la llama al principio del libro primero, están arraigadas en esta contradicción básica.[108] La producción es imposible sin el trabajo social —sin la cooperación de miles (en algunos casos, cientos de miles) para la producción de una mercancía dada, en condiciones óptimas para la productividad del trabajo. Pero dado que la producción se basa en la apropiación privada y se acopla a ella, el trabajo social no se organiza de inmediato como tal— su insumo en el proceso de producción no está decidido por la sociedad como un todo, y se gasta como trabajo. Su naturaleza social sólo puede reconocerse a posteriori, a través de la venta de la mercancía, la realización de su valor y, bajo el capitalismo, la apropiación en forma de ganancia por su propietario capitalista de una porción dada del valor excedente global creado por los trabajadores productivos en su totalidad. La producción de valor o la producción de mercancías expresan así el hecho contradictorio de que los bienes sean al mismo tiempo el producto del trabajo social y del trabajo privado; que el carácter social del trabajo privado invertido en su producción no pueda ser establecido inmediata y directamente, y que las mercancías deban circular, su valor deba ser realizado, antes de que conozcamos la proporción de trabajo privado invertida en su producción que se reconoce como trabajo social.


Existe entonces una unidad indisoluble entre la producción de valor y el valor excedente, por un lado, y la circulación (venta) de las mercancías, la realización de valor, por el otro. En la producción de mercancías, y aún más en su forma capitalista, una no puede tener lugar sin la otra. Por ello el estudio del «capital en general» — hecho abstracción provisionalmente de la competencia y de «muchos capitales»— abarca tanto el proceso de producción como el proceso de circulación de las mercancías.[109]


Sin embargo, una vez que empezamos a examinar la circulación de mercancías bajo el capitalismo (en primer lugar, su venta con el fin de realizar su valor), estamos considerando mucho más que la simple circulación de mercancías. De hecho tratamos con la circulación de mercancías como capital, es decir, con la circulación del capital. En el curso de su análisis progresivo del proceso de circulación, Marx introduce un objeto de estudio: la reproducción y circulación («rotación») del capital social global. Si bien formalmente éste es sólo el título de la sección tercera del libro

 



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segundo, se puede argumentar con razón que expresa el tema subyacente de todo el volumen.


El propio Marx explica[110] que la circulación y la reproducción de cada capital individual, cuyo análisis se inicia en las primeras secciones del libro segundo, debe verse como parte de un movimiento más general de circulación y reproducción —el de la totalidad del capital social. Esto es así no sólo porque un estudio de esa naturaleza debe preceder metodológicamente al examen de los efectos de la competencia en el reparto del plusvalor entre las diversas empresas capitalistas, sino también porque se debe responder antes a una pregunta más general. ¿Cómo puede un sistema social anárquico basado en la determinación privada de la inversión, «combinación de factores» y producto, asegurar la presencia de los elementos objetivos y materiales necesarios para una producción y un crecimiento futuros? ¿Cuáles son las condiciones previas absolutas de un crecimiento tal? Para responder a estas preguntas eminentemente «modernas», Marx desarrolló sus famosos esquemas de reproducción y mostró que el crecimiento se podía acomodar dentro de su teoría del capitalismo.


Dado que la producción capitalista es una producción para la ganancia (producción de valor orientada hacia un acrecentamiento del valor), el crecimiento siempre significa acumulación del capital. Si bien esto ya se ha puesto en claro en el libro primero de El capital (capítulos XXII y XXIII), el argumento no aparece completamente desarrollado hasta el libro segundo. Los conceptos clave son los de transformación de (parte del) plusvalor en capital y reproducción ampliada. Para que tenga lugar el crecimiento económico, parte del plusvalor producido por la clase trabajadora y apropiado por los capitalistas se debe gastar productivamente y no desperdiciar improductivamente en bienes de consumo (y bienes suntuarios) por parte de la clase gobernante, sus sostenes y parásitos. En otras palabras, se debe transformar en capital constante adicional (edificios, equipo, energía, materias primas, materiales auxiliares, etc.) y en capital variable adicional (capital dinerario disponible para comprar una fuerza de trabajo cada vez mayor). La acumulación de capital no es más que esta capitalización (parcial) del plusvalor, es decir, la transformación (parcial) de la ganancia en capital adicional.[111]


La reproducción ampliada denota un proceso por medio del cual la rotación del capital (tanto los capitales individuales como el capital social global, aunque no necesariamente todos los capitales individuales; dada la competencia, podemos decir incluso: nunca, a largo plazo, todos los capitales) conduce, después de un cierto número de etapas intermedias estudiadas minuciosamente en el libro segundo, a una escala cada vez mayor de una operación productiva. Más materia prima es transformada por más trabajadores que usan más maquinaria en la manufactura de más productos terminados, con un valor general mayor que en el ciclo de rotación

 



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anterior. Esto resulta en unas ventas globales y ganancias finales mayores, que a su vez permiten una suma absoluta mayor (si no en todos los casos un porcentaje mayor) de ganancia que se agregará al capital. Y así continúa la espiral de crecimiento…


El estudio de la circulación de mercancías, la reproducción (y acumulación) del capital y la rotación del capital en su totalidad abarca constantemente la unidad-y-contradicción dialéctica de los opuestos contenida en la mercancía forma de producción, a saber la unidad contradictoria de valor de uso y valor de cambio, doblada en la de mercancías y dinero. Una de las características sobresalientes del libro segundo de El capital, a la que tanto los comentadores académicos como los marxistas[112] han dedicado una atención insuficiente, es precisamente la forma magistral en que Marx desarrolla este tema inicial del libro primero de El capital a lo largo de su análisis del proceso de circulación. Ya tendremos ocasión de regresar a este punto.




2. LAS TRES FORMAS DEL CAPITAL


Desde el comienzo, Marx pone en claro que el capital, en el modo capitalista de producción,[113] aparece en tres formas: capital dinerario, capital productivo y capital mercantil. El capital dinerario es la forma original y meta final de toda esta empresa diabólica. El capital productivo es la condición previa básica de la espiral en constante crecimiento. Sin la penetración del capital en la esfera de la producción, el producto y el plusproducto sociales sólo pueden redistribuirse y reapropiarse, mas no verse incrementados por la empresa capitalista. Bajo tales condiciones, los capitalistas actuarían esencialmente como parásitos y saqueadores de las formas precapitalistas (o poscapitalistas) de producción, más que como amos de la producción y apropiación de plusvalor (de plusproducto social). En cuanto al capital mercantil, el curso básico del capitalismo es que las mercancías deben pasar por la fase en la que contengan —aun cuando sea en una forma no realizada— el plusvalor producido por la clase obrera. En otras palabras, antes de que el capital dinerario pueda regresar a su forma original, aumentado por el plusvalor, tiene que pasar por la etapa intermedia de valor de la mercancía —de valor incorporado a mercancías que todavía tienen que pasar por la prueba decisiva de la venta.


Marx usó la fórmula «metamorfosis del capital» para indicar que, como un insecto que pasa por etapas sucesivas de oruga, crisálida e imago, el capital adopta las formas de capital dinerario, capital productivo y capital mercantil, antes de regresar a la etapa de capital dinerario. Si bien estas tres formas son en gran medida sucesivas en el proceso de rotación del capital, también son coexistentes. Una de las secciones más importantes y brillantes del libro segundo es la que subraya una y otra vez la

 



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naturaleza discontinua de la reproducción de las tres formas del capital y el nexo orgánico de esta discontinuidad con la esencia misma del modo capitalista de producción.


Precisamente porque el modo capitalista de producción es producción generalizada de mercancías, el capital dinerario no puede meramente preceder y seguir a la aparición generalizada del capital; tiene que existir a su lado. De manera similar, el capital dinerario no es sólo el resultado de la venta de mercancías: su existencia social es una condición previa de esa venta. Finalmente, el capital mercantil no es simplemente el resultado del funcionamiento del capital productivo: es también su base necesaria. Desde luego, la continuidad de la producción sólo es posible (y esto se aplica en especial a las mercancías cuyo ciclo vital o período de producción supera el promedio) si todas las mercancías producidas durante el ciclo anterior de rotación no han sido todavía vendidas a los consumidores finales —es decir, si las existencias y reservas de materias primas, energía, materiales auxiliares, productos intermedios y bienes de consumo necesarios para reproducir la fuerza de trabajo están disponibles en gran escala. Puede decirse que la continuidad del proceso de producción depende de la falta de continuidad o desincronización del ciclo de rotación del capital dinerario, capital productivo y capital mercantil.


Además, la naturaleza misma de las relaciones capitalistas de producción requiere de la existencia previa del capital dinerario en los inicios del proceso de producción. La separación de los trabajadores «libres» con respecto a sus medios de producción y subsistencia implica una constricción sobre los dueños de los medios de producción para la compra de fuerza de trabajo antes del comienzo de las operaciones productivas. Y deben tener a su disposición capital dinerario para efectuar la transacción: «En la relación entre capitalista y asalariado la relación dineraria, la relación entre comprador y vendedor, se convierte en una relación inmanente a la producción misma.»[114]


Así, en gran medida, el libro segundo examina el entrelazamiento constante entre la aparición y la desaparición del capital dinerario, el capital productivo y el capital mercantil —de la esfera de la circulación a la de la producción y de nuevo a la esfera de la circulación, hasta que la mercancía es finalmente consumida. Cada forma pasa a la siguiente, sin desplazarla enteramente de la esfera de la circulación, para no hablar de la liza social general. Desde luego, podemos decir que la dialéctica del dinero (el capital dinerario) y las mercancías (el capital mercantil) es la contradicción básica examinada en el libro segundo de El capital. De nuevo, aquí, el «modernismo» de Marx es particularmente sorprendente.


Estas consideraciones muestran la importancia capital del «factor tiempo» en el análisis marxiano del modo capitalista de producción. Su funcionamiento no puede comprenderse si se hace abstracción total de las secuencias y tablas temporales, la

 



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duración de la producción y de los ciclos de rotación de las mercancías y la duración del período de rotación del capital. La distinción importante de Marx entre el capital circulante y el capital fijo se basa exclusivamente en la cantidad de tiempo que se requiere para que cada una de estas dos partes del capital dinerario regrese a su forma original. El capital circulante (gastado en materias primas y salarios) es recobrado por la empresa capitalista después de cada ciclo de producción y de cada ciclo económico de circulación de las mercancías. Sin embargo, el capital fijo se recobra en su totalidad sólo después de n ciclos de producción y circulación, cuyo número depende del ciclo vital de la maquinaria y los edificios. Como se sabe, Marx trabajó sobre la hipótesis de que la duración media de la maquinaria (no, desde luego, de los edificios) equivale y, de hecho, determina la duración media del ciclo económico. Una tarea fructífera para los estudiosos marxistas sería la de profundizar en nuestra comprensión del papel y función de esta «dimensión temporal» en El capital de Marx. Porque el tiempo aparece ahí como medida de la producción, el valor y el plusvalor (el tiempo de trabajo); como nexo que conecta la producción, la circulación y la reproducción de mercancías y capital (ciclos de rotación y reproducción del capital); como medio de las leyes de movimiento del capital (ciclos económicos, ciclos de la lucha de clases, ciclos históricos a largo plazo), y como la esencia misma del hombre (tiempo libre, ciclo vital, tiempo creador, tiempo de intercambio social).


El estudio del proceso de la circulación de mercancías y del capital se ocupa esencialmente de las metamorfosis —el cambio de una forma a otra que acabamos de mencionar. Pero este análisis, que empieza a un alto nivel de abstracción y se acerca cada vez más a los «fenómenos» de la vida cotidiana capitalista, representa en sí mismo este proceso de circulación en etapas sucesivas de concreción. Primero está la circulación del capital (dinerario) en su forma más general, tal y como lo encontramos en el libro primero:


D–M–D’(D+ΔD)


El dinero compra mercancías para que se puedan vender con un acrecentamiento de dinero —una ganancia—, parte del cual será añadido al capital dinerario inicial.


Si traducimos esta fórmula a las operaciones reales del modo capitalista de producción, tenemos que sustituir M, las mercancías compradas, por la operación específica del industrial, a saber, la compra de los medios de producción y de la fuerza de trabajo para que ésta pueda producir valor adicional, plusvalor. Esta combinación de medios de producción y de fuerza de trabajo da lugar, a través del proceso de producción, a nuevas mercancías que acarrean valor adicional y que necesitan venderse para que den por resultado la formación de capital acumulado. Así, la fórmula inicial se convierte en:

FT … producción…M’ – D’ (D + ΔD,

D–M< donde ΔD = plusvalor acumulado)

MP

 



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EL ASPECTO DUAL DE LA ROTACIÓN DEL CAPITAL EN LA TEORÍA ECONÓMICA DE MARX


Con base en la contradicción entre el valor de uso y el valor de intercambio inherente a la mercancía, Marx consideró el problema de la rotación del capital, de la reproducción, como un problema dual:


a] Para que se logre la reproducción (al menos simple y por lo común ampliada) el valor global incluido en las mercancías producidas debe realizarse, es decir: deben ser vendidas a su valor. Contrariamente a las suposiciones de algunos de sus seguidores más agudos, principalmente Rudolf Hilferding, Otto Bauer y Nicolai Bujarin, Marx no consideraba este proceso de realización como «automático», ni tampoco lo derivó de «sus esquemas de reproducción», como han sugerido ingenuamente algunos.[115] De hecho, una sección sustancial de la parte final del libro segundo, así como la mayoría de las controversias que han surgido desde que Rosa Luxemburg planteó el problema, han girado alrededor de un examen más o menos detallado de cómo el valor incluido en las mercancías, tal y como está representado en los famosos esquemas de reproducción, podría realizarse por el poder adquisitivo generado en el proceso de producción.


b] Al mismo tiempo, la reproducción, por lo menos la simple —y por lo común la ampliada—, requiere, para tener éxito, que el valor de uso de las mercancías producidas cumpla las condiciones materiales para reiniciar la producción sobre la base existente o a una mayor escala. La reproducción no podría tener lugar en una situación donde, sobre una base técnica menor que la automatización total y en ausencia de reservas alimentarias, el paquete de mercancías consistiera enteramente en materias primas y maquinaria: los trabajadores y los capitalistas se morirían de hambre y desaparecerían antes de que la maquinaria disponible pudiera usarse para recomenzar la producción agrícola, o antes de que la reserva existente de materias primas pudiera ser transformada en alimento sintético. De manera similar, la reproducción sería imposible cuando el producto global de la producción en marcha de mercancías, llevado a cabo con el uso en gran escala de maquinaria compleja, se compusiera de bienes de consumo y materias primas; si no hubiera reserva de maquinaria o de refacciones, entonces la maquinaria y la producción se resquebrajarían antes de que los trabajadores bien alimentados pudieran construir nueva maquinaria a partir de simple materia prima.


Debemos agregar, por cierto, que la reproducción ampliada, que es «la norma» en el capitalismo, no exige meramente la existencia (es decir, producción previa) de los valores de uso que representan los elementos objetivos necesarios de reproducción

 



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(los medios de producción para sustituir el equipo gastado y las materias primas; los medios de producción adicionales para aumentar la escala de operación de la producción material; los bienes de consumo que alimenten tanto a los trabajadores que ya tienen empleo como a los reclutas adicionales de la fuerza de trabajo). La reproducción ampliada exige también la presencia de una fuente potencial de mano de obra adicional. La función dual del «ejército industrial de reserva», como regulador de salarios (asegurando que la tasa de plusvalor permanezca por encima de un cierto nivel) y como condición previa material de la reproducción ampliada, no debe subestimarse. Si los medios «tradicionales» para incrementar o mantener ese «ejército de reserva» se empiezan a agotar (cuando, por ejemplo, los campesinos, los artesanos y los comerciantes independientes han descendido como proporción de la población activa total, o cuando la sustitución de hombres por maquinaria en la industria está declinando), siempre se pueden localizar nuevas fuentes por la transformación precipitada de las mujeres casadas en trabajadores asalariados; por la inmigración masiva de mano de obra; por un amplio despliegue de los jóvenes estudiantes hacia el mercado de trabajo, y así sucesivamente[116]


El paso gigantesco hacia adelante de Marx en el análisis económico puede medirse por el hecho de que, hasta hoy, la mayoría de los economistas académicos no han comprendido por completo esa básica innovación que es sus esquemas de reproducción. Han desmenuzado la totalidad del proceso de reproducción del capital basado en esta «unidad de opuestos», convirtiéndola en una dicotomía inconexa. Por un lado, el análisis se centra en los coeficientes físicos (especialmente en el nivel de los intercambios entre las ramas, como en las tablas de insumo-producto de Leontief y todas sus derivaciones), es decir, se ocupa de los valores de uso. Por el otro, como en el caso de los tratados keynesianos y poskeynesianos,[117] el estudio se centra en los flujos de dinero, los flujos de ingreso, es decir, en los valores de cambio en gran medida desmembrados de las mercancías en cuya producción se originaron. Las teorías del ingreso están por consiguiente cada vez más desconectadas de las teorías de producción, y si acaso se llega a usar la mediación de la «función de producción», resulta en gran medida inoperante, pues se la considera en el nivel microeconómico más que en el macroeconómico.


Sobre todo, la combinación y el entrelazamiento constantes de ambos —el hecho evidente de que los ingresos se generan en la producción de mercancías con un valor de uso dado, que corresponde a la estructura de las necesidades reconocidas socialmente, y de que el desequilibrio es inevitable sin una estructura de ingreso congruente con la del valor producido— ni siquiera han sido planteados, y mucho menos atacados por la teoría académica tradicional (con la excepción marginal de algunos estudiosos del ciclo económico y de la teoría de la crisis). La técnica de agregación introducida por Keynes, si algo ha hecho, es complicar los problemas al

 



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trabajar con flujos de dinero indiferenciados, porque evade el problema (por no decir la solución) de si un ingreso nacional dado tiene una estructura de demanda específica (de bienes de consumo, de bienes de producción que producen bienes de producción, de bienes de producción que producen bienes de consumo, de bienes suntuarios, de armas y otras mercancías compradas sólo por el estado, etc.) que corresponde exactamente a la estructura específica del valor global de la mercancía en el proceso de producción.


De hecho, la mayor parte de la teoría académica importante (y, asimismo, no poca teoría marxista posmarxiana) ha supuesto por largo tiempo que actúa cierto tipo de ley de Say.[118] Es decir, da por hecho que una estructura del valor del producto dado está correlacionada con una estructura congruente de ingresos (estructura de poder adquisitivo) a través de la operación normal de las fuerzas del mercado. Uno de los propósitos principales de Marx en el libro segundo de El capital es mostrar que esto no es así: que tal congruencia depende de ciertas proporciones y estructuras exactas, tanto de los valores de cambio como de los valores de uso; que, por ejemplo, los salarios nunca compran máquinas en el capitalismo, y que estas proporciones exactas son extremadamente difíciles de realizar en la práctica real del capitalismo.


Por ello es todavía más sorprendente que Joan Robinson reproche a Marx que «no entendió hasta qué punto la teoría ortodoxa se acerca y se aleja de la ley de Say, y se impuso la tarea de descubrir una teoría de las crisis que pudiese aplicarse a un mundo en el cual aquella ley se realizara, lo mismo que la teoría que surge cuando la ley de Say se derrumba».[119] ¿No sería más correcto decir que la propia Robinson, siguiendo el concepto de Keynes de «demanda efectiva», no se da cuenta de cómo la teoría marxiana de la mercancía como una unidad-y-contradicción del valor de uso y el valor de cambio no sólo apuntala su concepto de la fluctuación necesaria de la oferta y la demanda en un nivel macroeconómico, sino que de hecho lo entreteje con su teoría de la distribución del ingreso (distribución de la demanda) en la sociedad capitalista? En el capitalismo, la distribución del ingreso tiene una estructura de clase determinada por la propia estructura del modo de producción y está gobernada a mediano plazo por los intereses de clase de los capitalistas. Cualquier incremento en la «demanda efectiva» que en lugar de aumentar la tasa de ganancia cause su caída, nunca conducirá a un auge del capitalismo.


Esta verdad básica la entendió Ricardo al igual que Marx —aunque muchos keynesianos de último momento no la entiendan.


Afirmamos antes que una de las funciones básicas de los esquemas de reproducción es demostrar que el crecimiento (es decir, la existencia misma del capitalismo) es al menos posible en el modo capitalista de producción. Dada la naturaleza extremadamente anárquica de la organización de la producción (bajo el capitalismo del laisser-faire en el mercado interno, bajo el capitalismo monopólico en

 



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el mercado mundial) y dada la naturaleza misma de la competencia, esto no es de ninguna manera tan obvio como parece. Los esquemas de reproducción localizan la combinación de las estructuras del valor y del valor de uso del paquete global de mercancías dentro de las cuales puede ocurrir el crecimiento. Pero Marx nunca intentó probar que estas proporciones estén garantizadas automática y constantemente por la «mano invisible» de las fuerzas del mercado. Por el contrario, insistió una y otra vez[120] en que estas proporciones son difíciles de realizar e imposibles de retener permanentemente y que son alteradas de manera automática por esas mismas fuerzas que las hacen existir ocasionalmente. En otras palabras, los esquemas de reproducción muestran que el equilibrio, para no hablar del crecimiento equilibrado, es la excepción y no la regla en el capitalismo; que las desproporciones son mucho más frecuentes que la proporcionalidad, y que el crecimiento, al ser esencialmente desigual, produce inevitablemente el desmoronamiento del crecimiento — reproducción contraída o crisis.


Cuando decimos que los esquemas de reproducción de Marx resumen la rotación del capital y de las mercancías como un movimiento dual queremos decir que se basan en un flujo dual combinado —un flujo de valor producido en el proceso de producción y un flujo de dinero (ingreso en dinero y capital dinerario) desencadenado en el proceso de circulación para realizar el valor de las mercancías producidas. Los esquemas no se basan evidentemente en el trueque: el sector I no «cambia» bienes con el sector II simplemente de acuerdo con sus «necesidades mutuas». Antes de que los capitalistas o los trabajadores empleados del sector I puedan obtener los bienes que necesitan, deben probar que tienen suficiente poder adquisitivo para comprárselos al sector II a su valor.[121] Lo que es más, la dificultad no se puede resolver por algún juego de prestidigitación como la introducción súbita ex nihilo de fuentes adicionales de poder adquisitivo. Si aparecen nuevas fuentes de dinero —y veremos que desempeñan un papel clave en los esquemas de Marx— han de estar orgánicamente conectadas con el problema en cuestión. En otras palabras, se debe demostrar que son necesariamente coexistentes con el proceso de producción y circulación de las mercancías en el modo capitalista de producción.


La naturaleza dual de los esquemas de reproducción, que refleja la naturaleza dual de la mercancía y de la producción de mercancías en general, de ninguna manera evade o contradice la operación de la ley del valor —una ley que establece, entre otras cosas, que la cantidad y calidad del valor producido, tanto de cada mercancía individual como de la suma total de mercancías, es independiente de su valor de uso. El valor de uso es una condición previa necesaria del valor mercantil. Un bien que nadie quiere comprar porque no satisface ninguna necesidad no se puede vender y, por lo tanto, no tiene valor de cambio. El trabajo invertido en su producción está socialmente desperdiciado y no es trabajo socialmente necesario. De manera similar,

 



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una cierta estructura del valor de uso del producto global —una cantidad dada de x materias primas, y piezas de equipo y z tipos de bienes de consumo— es una condición previa material y social del logro (simple o ampliado) de la reproducción. Pero el valor de uso de estas mercancías sólo se realizará si los precios del mercado pueden conjugarse, esto es, si aquéllas pueden comprarse. (Millones de personas pueden —¡y así sucede!— morirse de hambre en el capitalismo, aun cuando todos los alimentos que necesitan están ahí, porque carecen de poder adquisitivo para comprarlos. Desde luego, también se morirían de hambre si la comida faltara realmente, pero sucede con mucha menor frecuencia aunque sí ocasionalmente). Más aún, el sistema encontrará su equilibrio (es decir, la reproducción ampliada será posible en términos de valor) sólo si estas mercancías son vendidas a su valor hablando en términos generales, es decir, si el plusvalor producido por la clase trabajadora se realiza en forma de ganancia. Y esto, en el capitalismo, no está de ninguna manera asegurado.


Una condición previa más de equilibrio se tiene que cumplir antes de que el flujo dual de las mercancías y el poder adquisitivo entre los sectores se pueda examinar. La suma global del producto de ambos sectores debe ser igual, no mayor ni menor, a la demanda global generada por la reproducción ampliada. En la reproducción simple, esto se puede expresar como sigue:


I = Ic + IIc


II = Iv + Ipv + IIv + IIpv


En la reproducción ampliada esto se convierte en:


I = Ic + ΔIc + IIc + ΔIIc


II = Ic + ΔIv + (Ipv – Ic – ΔIv) + IIv + ΔIIv + (IIpv – ΔIIc—ΔIIv)


El valor y masa de los medios de producción producidos debe ser igual al valor y masa de los medios de producción usados en ambos sectores durante el período en curso de producción (más, bajo las condiciones de la reproducción ampliada, el valor de los medios adicionales de producción requeridos por ambos sectores). El valor y masa de los bienes de consumo producidos debe ser igual a la demanda de bienes de consumo (salarios-ganancia invertidos en el consumo improductivo) en ambos sectores.




LA SIGNIFICACIÓN DE LOS ESQUEMAS DE REPRODUCCIÓN DE MARX

 





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Las llamadas «condiciones de proporcionalidad» en un sistema bisectorial (donde la masa global de mercancías se clasifica en un sector I de medios de producción y un sector II de bienes de consumo) fueron formuladas por el propio Marx. En el caso de la reproducción simple son:


Iv + Ipv = IIc


Otto Bauer y Bujarin derivaron a partir de ésta una fórmula similar para la reproducción ampliada, la cual, aunque presente en el libro segundo, no fue formulada explícitamente por Marx: [122]


Iv + Ipvα + Ipvγ = IIc + IIpvβ [123]


De conformidad con la naturaleza dual de los esquemas de reproducción, estas condiciones de proporcionalidad tienen simultáneamente dos significados:


a] El valor de cambio de los bienes vendidos por el sector I al sector II debe ser igual al valor de los bienes vendidos por el sector II al sector I (de otra manera, surgiría un excedente invendible al menos en uno de los dos sectores).


b] El valor de uso específico de las mercancías producidas en ambos sectores debe corresponder a sus necesidades mutuas. Por ejemplo, el poder adquisitivo en manos de los trabajadores que producen bienes de producción debe encontrarse en el mercado no sólo con «mercancías» sino con bienes de consumo concretos equivalentes a la suma de los salarios. (En el capitalismo no se supone que los trabajadores deben gastar su dinero en mercancías que no sean bienes de consumo).


El carácter mercantil y no de trueque de los esquemas de reproducción implica además un flujo dual entre los dos sectores. Cuando el sector I vende materia prima y equipo al sector II (para sustituir el valor de IIc gastado en el ciclo de producción previo), las mercancías fluyen del sector I al sector II, en tanto que el dinero fluye del sector II al sector I. Debe determinarse de dónde vino inicialmente ese dinero. Recíprocamente, cuando el sector II vende bienes de consumo a los trabajadores del sector I, para permitirles reproducir su fuerza de trabajo, las mercancías fluyen del II al I, en tanto que el dinero fluye del I al II.


Desde un punto de vista puramente técnico, no hay nada de extraordinario ni de mágico en este esquema bisectorial. Es simplemente la herramienta conceptual más elemental —una simplificación extrema con el propósito de extraer los supuestos subyacentes del equilibrio (o crecimiento equilibrado, proporcionado) bajo condiciones de producción de mercancías. Para que el intercambio ocurra debe haber por lo menos dos capitales privados independientes entre sí. Con estas herramientas

 


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conceptuales, sería fácil diseñar un modelo trisectorial (por ejemplo, con el oro como sector III) o uno tetrasectorial (con el oro y los bienes suntuarios como sectores adicionales: la diferencia entre estos dos sería que, mientras que los bienes suntuarios son, como las armas, inútiles desde el punto de vista de la reproducción, el oro no entra en el proceso de reproducción, sino que lo media, ayudando a la circulación de mercancías en la reproducción ampliada). Podríamos entonces pasar a un modelo pentasectorial (dividiendo al sector I en medios de producción que producen medios de producción y medios de producción que producen bienes de consumo) o a uno heptasectorial (dividiendo aún ambos subsectores del sector I en materia prima y maquinaria). Paso a paso, nos acercaríamos a un modelo interramal que refleje la estructura real de una economía capitalista industrializada[124]


Un cierto número de condiciones de interdependencia física tendría que ser establecido al lado de estos ramos (se aclaran en las tablas de insumo-producto de Leontief, basadas ya sea en una tecnología estable o en una cambiante). Éstas tendrían que estar acompañadas por una tabla de equivalencias de valor (equilibrio del valor), dado que la única condición para el equilibrio es la realización general del valor. En este punto, surge una diferencia importante entre el esquema bisectorial y el multisectorial. El primero necesita la equivalencia de los valores de cambio entre los dos sectores, en tanto que éste no es el caso en el segundo. El sector C, por ejemplo (digamos, la materia prima necesaria para la producción de los bienes de consumo) podría tener un excedente en el intercambio con el sector E (bienes de consumo de masa terminados en un esquema de nueve sectores, donde F es el sector de bienes suntuarios y G el de la producción de oro), mientras que podría tener un «déficit» en su intercambio con el sector B (equipo para la producción de bienes productivos, incluyendo materia prima).[125] En ese caso, el sistema todavía podría alcanzar un equilibrio siempre y cuando todos los «excedentes» y «déficit» se cancelaran entre sí en cada sector (es decir, si estuvieran interrelacionados de una manera proporcionada y no arbitraria) y siempre y cuando cada sector realizara el valor global de las mercancías producidas en su interior y dispusiera de un poder adquisitivo suficiente para adquirir los elementos objetivos necesarios de la reproducción ampliada (que tendrían que ser proporcionados con sus valores de uso específicos por la producción en curso de los sectores A a E).


Sin embargo, el cuadro cambia si consideramos el esquema bisectorial no como una simple herramienta conceptual o analítica, sino como correspondiente a la estructura social. Se aclara entonces que la elección entre estos dos sectores como subdivisiones básicas de la masa de mercancías producidas no es arbitraria, sino que corresponde al carácter esencial de la producción humana en general —y no meramente su expresión específica en las relaciones capitalistas de producción. El hombre no puede sobrevivir sin establecer un metabolismo material con la naturaleza.

 



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Y no puede realizar este metabolismo sin utilizar herramientas. Su producción material constará, por lo tanto, por lo menos de herramientas y medios de subsistencia. Los dos sectores de los esquemas de reproducción de Marx no son más que la forma capitalista específica de esta división general de la producción humana, en la medida en que 1] adoptan la forma generalizada de mercancías, y 2] suponen que los trabajadores (los productores directos) no compran ni pueden comprar esa parte de la montaña de mercancías que consta de herramientas y materia prima.[126]


Si regresamos al esquema bisectorial presentado en el libro segundo de El capital, podemos delinear ahora el flujo dual de mercancías y dinero entre los dos sectores, tanto en el caso de la reproducción simple como en el de la ampliada.


Reproducción simple. En el sector I los trabajadores compran las mercancías del sector II al equivalente de sus salarios y los capitalistas al equivalente de sus ganancias. Ambos flujos son continuos (tanto los trabajadores como los capitalistas tienen que comer todos los días) independientemente de que las mercancías del sector I ya hayan sido vendidas. Por lo tanto, aun la reproducción simple requiere de la existencia previa del capital dinerario y de las reservas de dinero (para gastos de rédito) en las manos de la clase capitalista por encima del valor del capital productivo.[127] Con el dinero recibido de la venta de las mercancías, los capitalistas del sector II compran al sector I los medios de producción requeridos para reconstruir su propio capital constante gastado durante el proceso de producción. Este dinero que regresa al sector I después de mediar la compraventa de los medios de producción dentro de este sector, reconstruye el capital dinerario inicial y la reserva monetaria para réditos con los que puede reiniciarse todo el proceso de producción. De manera similar, dentro del sector II los capitalistas venden bienes de consumo a sus propios trabajadores y reconstruyen así inmediatamente su propio capital variable. Venden bienes de consumo y bienes suntuarios a todos los industriales activos dentro de este sector, realizando así el plusvalor contenido en la suma global de los bienes de consumo producidos.


Reproducción ampliada. Los trabajadores y los capitalistas del sector I compran bienes de consumo al sector II con un valor total de Ic + Ipvα. Con este dinero los capitalistas del sector II compran los medios de producción del sector I para reconstruir su propio capital constante utilizado durante el proceso de producción.[128] Ahora bien, los capitalistas del sector I tienen los medios necesarios (si más no, extrayendo más de una reserva de capital dinerario) para mediar la circulación de c dentro de su propio sector y emplear trabajadores adicionales, quienes comprarán bienes de consumo adicionales (al equivalente de Ipvγ) del sector II. Los capitalistas del sector II adquieren entonces el poder adquisitivo para comprar del sector I los medios de producción adicionales necesarios para su propia


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reproducción ampliada (IIpvβ = ΔIIc), en tanto que la venta de bienes de consumo a los trabajadores y capitalistas dentro del sector II opera como se describió antes. Finalmente, con los medios adicionales obtenidos por la venta de ΔIIc al sector II, los capitalistas del sector I pueden completar su propia reproducción ampliada, mediando la venta de ΔIc dentro de su sector (así como la compra del equivalente de ΔIv al sector II, si ésta no ha sido totalmente cubierta en la primera etapa de la circulación).




5. USO Y ABUSO DE LOS ESQUEMAS DE REPRODUCCIÓN


Los esquemas de reproducción de Marx han sido usados y malusados de diversas maneras en los últimos setenta años, desde que su utilidad analítica empezó a estimular la imaginación de sus seguidores y oponentes. Hemos indicado ya una de las formas más paradójicas de abuso de los esquemas, a saber, su utilización como «prueba» de que el capitalismo podría crecer armónica e irrestrictamente «si» las «proporciones» correctas entre los sectores (las «condiciones de equilibrio») se mantienen. Los autores responsables de esta aberración olvidaron el supuesto básico de Marx: que la estructura misma del modo capitalista de producción, así como sus leyes de movimiento, implican que las «condiciones de equilibrio» inevitablemente se destruyen; ese «equilibrio» y ese «crecimiento armónico» son excepciones marginales (o promedios a largo plazo) de las condiciones normales de desequilibrio («desproporción» entre los dos sectores) y del crecimiento desigual. Ya en otra ocasión nos detuvimos suficientemente en este problema y no repetiremos aquí los argumentos. Baste decir que, en el capitalismo, tanto la dinámica de la determinación del valor como la no-determinación de los gastos de consumo hacen imposible mantener las proporciones exactas entre los dos sectores de tal manera que lleven a un crecimiento armónico.


La naturaleza misma de la reproducción ampliada —la reproducción capitalista— en el capitalismo implica que la producción tiene lugar no sólo en una escala más amplia, sino también en condiciones de cambios tecnológicos. Las constantes revoluciones en la técnica y los costos de producción son una característica básica del sistema que Marx subrayó mucho más enfáticamente que cualquiera de sus contemporáneos (incluyendo los admiradores y aduladores del capitalismo). Pero estas constantes revoluciones conllevan que el valor de las mercancías como dato social está sujeto al cambio periódico. De ahí se sigue que los valores en el nivel del insumo no determinan automáticamente los valores en el nivel del producto. Sólo después de cierto intervalo se verá si una fracción de los «insumos» ha sido socialmente desperdiciada. Ni la voluntad subjetiva de los «monopolios» o del «estado» ni la sagacidad de los planificadores neokeynesianos pueden impedir la

 



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afirmación de la ley del valor donde imperan la propiedad privada y la competencia. Nada puede impedir que estos cambios a largo plazo en los valores de las mercancías conduzcan a una redistribución de los insumos de trabajo vivo entre las diferentes ramas de producción (y, en última instancia, asimismo una redistribución de los medios de producción).

De manera similar, evadir las crisis de sobreproducción requiere de una proporcionalidad no sólo entre los sectores sino también entre el producto y el «consumo final» (es decir, el consumo por la masa de asalariados, sobre todo en las sociedades industrializadas modernas, donde forman por lo general, con sus familias, más del 80% del número total de consumidores). Pero esto es imposible por dos razones: en primer lugar, la única libertad de los trabajadores que no se puede suprimir es la libertad de gastar sus salarios a voluntad —y no hay ninguna manera de predecir con exactitud cómo lo harán (incluso si la predicción es correcta en un 95%, esto dejaría todavía un 5% de excedente de bienes de consumo sin vender, lo cual es suficiente para desencadenar un alud); en segundo lugar, las leyes del movimiento del capitalismo tienen la tendencia inherente a desarrollar la capacidad de producción (incluyendo la producción de bienes de consumo) más allá de los límites dentro de los cuales confina el modo de producción al poder adquisitivo de quienes se ven condenados a vender su fuerza de trabajo. Así, la desproporción es intrínseca al propio sistema.[129] Pero no basta que una teoría marxista del ciclo económico y de la crisis demuestre la realidad de esta desproporción inherente (que es, después de todo, casi una obviedad, ¡dada la recurrencia regular de las crisis de sobreproducción a lo largo de más de siglo y medio!); debe descubrir también los mecanismos precisos que relacionan ese desequilibrio periódico con las leyes básicas del movimiento del capitalismo.


En la Unión Soviética y otros países donde ha sido derrocado el capitalismo, los esquemas de reproducción de Mane han sido ampliamente usados como instrumentos de la «planificación socialista». No negamos que, por analogía, estos esquemas pueden ser instrumentos útiles para estudiar problemas específicos de la estructura y dinámica intersectorial en todo tipo de sociedad. Pero debe entenderse claramente primero lo que sucede en tal caso, porque, repetimos, los esquemas se refieren a la producción de mercancías y a los flujos duales de mercancías e ingresos monetarios. Para extender su uso a sociedades que han trascendido la producción generalizada de mercancías, donde los medios de producción son, en su masa esencial,[130] valores de uso distribuidos por el estado (las autoridades planificadores) de acuerdo con un plan, más que mercancías vendidas sobre la base de su «valor», esto lleva a una acumulación de paradojas, de las cuales, por lo general, los autores no están conscientes.


Un buen ejemplo es el del desaparecido Maurice Dobb. En la década de los

 




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cincuenta participó en un «gran debate» entre economistas soviéticos y europeos del Este alrededor de la llamada «ley del desarrollo prioritario de los medios de producción en el socialismo» enunciada por Stalin y del establecimiento de una tasa óptima de crecimiento para ambos sectores.[131] Olvidando que lo que implicaban los esquemas de reproducción de Marx era el cálculo del valor de las mercancías, Dobb «demostró» que una tasa incrementada de crecimiento de los bienes de consumo en el futuro era «imposible» a menos que la tasa actual de crecimiento del sector I fuera más alta que la del sector II. Ahora bien, una política que sacrifica el consumo de cuatro generaciones de trabajadores con sus familias meramente para incrementar la tasa de crecimiento de ese consumo y empieza con la quinta generación no tiene nada en común con una «norma socialista ideal» y no puede estar motivada racionalmente excepto en términos de contingencias puramente políticas. Porque la argumentación de Dobb es, desde luego, completamente espúrea; lo que sus cálculos muestran es que el valor de los bienes de consumo producidos no puede crecer a una tasa incrementada después de x años a menos que el valor del sector I crezca inmediatamente a una tasa más rápida que la del sector II.

Sin embargo, ni un trabajador individual ni la clase trabajadora misma en una sociedad poscapitalista (para no hablar de una comunidad socialista) están interesados en una tasa en constante crecimiento del valor de los bienes de consumo. Por el contrario, se preocupan por reducir ese «valor» tanto como sea posible al aumentar la productividad del trabajo, y por la desaparición gradual de la producción de mercancías y la economía mercantil. Sus intereses básicos residen en la satisfacción más rápida y óptima de las necesidades de consumo racionales (combinando así la economización máxima de trabajo por parte de los productores con la máxima satisfacción de las necesidades de los consumidores). Creer que esto es lo mismo que la maximización del valor de la mercancía capitalista (o ganancia) es cometer no sólo un grave error teórico sino también un desastroso error de cálculo político tanto como social.


Peores aún fueron los intentos de los años sesenta para revivir una llamada «ley estructural» del «socialismo» según la cual el sector I debe expandirse a una tasa más rápida que el sector II.[132] Todos estos intentos prescinden de la naturaleza valor de los esquemas de reproducción y suponen que la satisfacción óptima de las necesidades sociales implica tanto una expansión continua e ilimitada del producto de los medios de producción como la asignación de una fracción todavía más elevada del potencial total de trabajo de la sociedad a la creación de bienes materiales de producción (en cuanto se oponen a los servicios sociales que se ocupan de la salud, la educación, la creación artística, la investigación científica «pura», el cuidado de los niños, etc.). Ninguno de estos supuestos puede probarse o justificarse científicamente. Desde luego, su función apologética —como una racionalización sincera de la

 



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práctica existente en la URSS y en las «democracias populares»— es evidente para cualquier observador crítico.


Debe agregarse que tanto Oskar Lange como Bronislaw Minc, si bien no aclararon la diferencia entre los esquemas de reproducción capitalista y socialista, demostraron correctamente que la productividad incrementada del trabajo y el progreso técnico no necesariamente requieren que el sector I crezca más rápidamente que el sector II, ni tampoco implican un mayor gasto corriente en los medios de producción por unidad producida actualmente (anualmente).[133]


Rosa Luxemburg entendió correctamente que la forma de los esquemas de reproducción se aplica sólo a la producción de mercancías y valor capitalista y que las leyes de movimiento que corresponden a esa forma no tienen validez en sociedades no capitalistas. Pero incluso ella se equivocó al adjudicar a las «proporciones de equilibrio» derivadas a partir de los esquemas una validez ahistórica y eterna que no tienen ni pueden tener.[134]

Si un plusproducto apropiado socialmente es sustituido por plusvalor, entonces la fórmula de equilibrio adopta una nueva forma que expresa la distinta meta social de la reproducción que corresponde a la estructura social cambiada. El plusvalor no es simplemente una parte del valor global de las mercancías producidas en el capitalismo, ni tampoco es sólo una fracción del producto valor recién producido (el ingreso nacional). También es la meta del proceso capitalista de producción. En cuanto tal, es mucho más que un mero símbolo en un esquema de reproducción diseñado para representar la realidad en un alto nivel de abstracción. Para Marx, los esquemas se refieren a la reproducción del valor de uso y el valor de cambio cuantificados en una proporción dada. Pero también expresan la reproducción de las relaciones capitalistas de producción mismas.[135] Todo eso es lo que implica la fórmula Iv + Ipv = IIc. Y todo ello cambia bajo el socialismo, una vez que pv desaparece.


Además, en una sociedad donde la producción de mercancías ha desaparecido y donde el concepto de plustrabajo es esencialmente reductible al de servicio social y crecimiento económico, el significado de la noción de «equilibrio» derivado a partir de la «fórmula de proporcionalidad» queda sujeto a una transformación fundamental. Cuando la proporcionalidad se perturba en una sociedad productora de mercancías, la producción tanto de los valores de uso como de los valores de cambio declina, porque ambos están inextricablemente ligados entre sí. En el socialismo, sin embargo, ese nexo inexorable no subsiste —ni siquiera como una proporción necesaria (en forma de «ley eterna») entre los insumos de mano de obra y los insumos de valor de uso. De hecho, en el libro segundo de El capital, Marx llega a afirmar categóricamente que, después de la abolición del capitalismo, habrá «una sobreproducción relativa continua» de equipo, materias primas y alimentos. «Este tipo de sobreproducción —

 



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dice— es igual al control de la sociedad sobre los medios objetivos de su propia reproducción.»[136]


Es fácil imaginar una sociedad en la cual, habiéndose alcanzado un cierto nivel de consumo, decide conscientemente dar prioridad absoluta a una sola meta: la reducción de la carga del trabajo. Sus esfuerzos se concentrarían entonces en asegurar la producción y la distribución de un paquete de valores de uso «ideal» con menos y menos aún insumos de mano de obra. Todavía habría «reproducción simple» en el nivel de los valores de uso, pero se alcanzaría con —digamos— una reducción del 4% anual en días-hombre (si la población aumentara el 1% y la productividad del trabajo el 5%). Considerar tal situación de «reproducción contraída» sería equivocado, tanto porque una sociedad socialista haría sus cálculos esencialmente con valores de uso como porque en el esquema de reproducción de Marx el concepto de «reproducción contraída» está conectado lógicamente con las nociones de crisis, equilibrio económico interrumpido y niveles de vida en descenso, en tanto que las condiciones descritas antes implican una suave continuidad de la producción y la reproducción materiales, niveles de vida estables y ausencia de cualquier tipo de crisis.


Esto no quiere decir que la producción socialista planificada pudiera prescindir de proporciones específicas en el flujo del trabajo, los medios de producción y los bienes de consumo entre los dos sectores. Esa asignación proporcional de recursos es ciertamente la esencia misma de la planificación socialista. Quiere decir solamente que existe una diferencia cualitativa, al igual que cuantitativa, entre los cálculos de valor y los cálculos del tiempo de trabajo —entre la dinámica, por un lado, de la apropiación y acumulación del plusvalor y, por el otro, de la eficiencia creciente (productividad del trabajo) alcanzada en fases sucesivas de producción y medida en cantidades de valores de uso producidos durante un tiempo fijo.[137]


Minc va mucho más allá que Luxemburg cuando, al resumir la opinión de dos generaciones de economistas europeo-orientales y soviéticos stalinistas y poststalinistas, afirma claramente: «Las tesis básicas de la teoría de Marx sobre la reproducción ampliada, tal y como están expresadas en los esquemas, son totalmente válidas en el socialismo».[138] Contrariamente a la teoría explícita de Marx y Engels, una «producción socialista» tal seguiría siendo una producción generalizada de mercancías, es decir, producción generalizada de valor. Bien podemos preguntarnos qué tipo de «ley» intrínseca de plustrabajo creciente podría incorporarse entonces a estas «relaciones socialistas de producción». Porque Marx subraya claramente que una ley tal subyace en los esquemas de reproducción ampliada que se refieren a la producción de plusvalor.[139]

 






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6. TRABAJO PRODUCTIVO Y TRABAJO IMPRODUCTIVO


La teoría de Marx de la reproducción está firmemente arraigada en su teoría del valor perfeccionada, no sólo en el sentido de que sus esquemas de reproducción se basan en un indicador común, el tiempo de trabajo, sino también en el sentido de que lo que miden y expresan es la distribución (y el movimiento) de la fuerza de trabajo disponible para la sociedad entre los diferentes sectores y ramos de la producción material. El valor en la teoría de Marx es trabajo social abstracto.


Michio Morishima, quien ha dedicado mucho esfuerzo e ingenio a rehabilitar a Marx ante los ojos de los economistas académicos como uno de los principales precursores de las técnicas de agregación, continúa detectando, sin embargo, una contradicción entre una teoría macroeconómica del valor, basada en la agregación, y una teoría microeconómica del valor-trabajo. Si bien hace a un lado la trillada «contradicción» entre el libro primero y el libro tercero, a cuyo alrededor gira mucha de la crítica académica contra Marx a lo largo de casi un siglo, construye un impresionante espantapájaros a partir de esta «nueva» contradicción.[140] Pero, en nuestra opinión, su sutil distinción entre las «dos» teorías del valor-trabajo de Marx se basa en una simple confusión conceptual. Para Marx, el valor y la producción de valor son cualidades eminentemente sociales que se refieren a relaciones entre los hombres y no a atributos «físicos» que se adhieren a las cosas de una vez por todas. Así, cuando Marx escribe que el valor de una mercancía es la encarnación del trabajo humano invertido en su producción, y cuando continúa diciendo que su valor es igual al trabajo socialmente necesario contenido en ella, no está haciendo dos afirmaciones, sino simplemente repitiendo la misma tesis. Porque el valor de una mercancía dada está determinado sólo por esa porción de trabajo invertido en su producción que corresponde al promedio social (tanto la productividad media de trabajo como la necesidad media socialmente reconocida), es decir, la que reconoce la sociedad como trabajo socialmente necesario. El trabajo invertido en la producción de una mercancía dada, pero no reconocido por la sociedad, no produce valor para el propietario de esa mercancía.


Pero, precisamente porque el valor y la producción de valor se refieren en última instancia a la distribución y redistribución de la fuerza de trabajo global disponible en la sociedad comprometida en la producción, ese agregado macroeconómico es una realidad económica básica, un «dato vital» básico. Si cinco millones de obreros trabajan 2 000 horas al año en la producción material, el producto valor global es de 10 mil millones de horas, independientemente de que el valor socialmente reconocido de cada mercancía individual sea igual, mayor o menor que el número de horas de trabajo invertido de hecho en su producción. De ahí se sigue que si el valor de una mercancía dada es menor al trabajo invertido de hecho en su producción, entonces

 



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debe de haber al menos otra mercancía cuyo valor sea mayor que la cantidad de trabajo incorporada de hecho en ella.[141] El reconocimiento social de la inversión de trabajo y de la inversión real de trabajo puede diferir sólo en las mercancías individuales, no en la masa global.[142] En ese sentido, Morishima está en lo cierto cuando subraya que, en última instancia, y en el modo capitalista de producción (a diferencia de la producción de mercancías en pequeña escala), la ley del valor de Marx es fundamentalmente un concepto macroeconómico, agregado.[143]


El nexo entre los esquemas de reproducción (y el problema de la circulación del capital en general) y la teoría del valor nos vuelve a uno de los puntos más candentemente discutidos de la teoría económica marxista: la delimitación exacta entre trabajo productivo e improductivo. Como los esquemas son esquemas de valor, sólo expresan la producción de valor y excluyen automáticamente las actividades económicas que no producen valor. ¿Cuáles son precisamente esas actividades?


Se debe admitir que el propio Marx dificultó la solución a este problema. Hay diferencias innegables —aun cuando sean de matiz— entre, por un lado, la larga sección de las Teorías sobre la plusvalía que trata el problema del trabajo productivo e improductivo y, por el otro, los pasajes clave de El capital (especialmente en el libro segundo) que se ocupan del mismo tema. Una notable ilustración a este respecto es el análisis de los agentes y viajantes comerciales. Se les clasifica como trabajadores productivos en las Teorías y como improductivos en los libros segundo y tercero de El capital.[144] En los últimos años, el problema se ha complicado aún más por un debate largo y confuso entre los marxistas.[145] También está ligado con las diferencias de juicio sobre las llamadas industrias de servicio —las cuales, para dar un ejemplo, no se incluyen en la contabilidad soviética y europeo-oriental en cuanto contribución al ingreso nacional, sobre la base de una interpretación particular de la teoría del trabajo productivo de Marx.[146] ¿Cómo podremos entonces desembrollar el problema?


Necesitamos inferir una distinción preliminar que apunta al corazón del problema. Cuando Marx clasifica ciertas formas de trabajo como productivo y otras como improductivo, no está formulando un juicio moral o utilizando criterios de utilidad social (o humana). Tampoco presenta esta clasificación como objetiva o ahistórica. El objeto de su análisis es el modo capitalista de producción y simplemente determina lo que es productivo o improductivo para el funcionamiento, la razón de ese sistema y de ese sistema solo. En términos de la utilidad o necesidad social, un médico proporciona trabajo que es indispensable para la supervivencia de cualquier sociedad humana. Su trabajo es por lo tanto eminentemente útil. No obstante, se trata de trabajo improductivo desde el punto de vista de la producción y expansión del capital. En contraste, la producción de balas expansivas, drogas intoxicantes o revistas pornográficas es inútil y dañina para los intereses generales de la sociedad

 



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humana, pero como tales mercancías encuentran clientes ávidos, el plusvalor incorporado a ellas se realiza y el capital se reproduce y amplía. El trabajo invertido en ellas es, por lo tanto, trabajo productivo.


En el marco de este concepto socialmente determinado e históricamente relativizado, el trabajo productivo puede definirse entonces como todo trabajo que se intercambia por capital y no por ingreso, es decir, todo trabajo que enriquece a uno o varios capitalistas y que les permite apropiarse de una parte de la masa global de plusvalor producido por la masa global de trabajo asalariado que produce valor.[147] Podríamos llamarlo «trabajo productivo desde el punto de vista de los capitalistas individuales». Todo trabajo asalariado contratado por la empresa capitalista —en contraste con el trabajo doméstico o por necesidades de consumo— cae dentro de esa categoría. Tal es el nivel en el que se detienen las Teorías sobre la plusvalía.


Pero cuando regresa al mismo problema en el libro segundo de El capital, desde el punto de vista del modo capitalista de producción en su cabalidad, y especialmente desde el del crecimiento o la acumulación de capital, Marx distingue entonces entre trabajo productivo para el capital global y trabajo productivo para el capitalista individual. Para el capital global sólo es productivo el trabajo que incrementa la masa global de plusvalor. Todo trabajo asalariado que permita al capitalista individual apropiarse de una fracción de la masa global del plusvalor, sin adicionarse a esa masa, puede ser «productivo» para el capitalista comercial, financiero o del sector servicios al cual permite participar en el reparto general del pastel. Pero desde el punto de vista del capital global es improductivo, porque no aumenta el tamaño total del pastel.


Sólo la producción de mercancías hace posible la creación de valor y plusvalor. Sólo dentro del área de la producción de mercancías, pues, se lleva a cabo el trabajo productivo. Ningún nuevo plusvalor se puede agregar a la esfera de la circulación y el intercambio, para no hablar de la bolsa de valores o el mostrador del banco; todo lo que tiene lugar ahí es la redistribución o reparto del plusvalor creado antes. Es un punto que está muy claro en los libros segundo y tercero de El capital.[148] Engels extrajo la mayoría de los pasajes relevantes del libro segundo de los Manuscritos II y IV. En otras palabras, fueron escritos entre 1867 y 1870, algún tiempo después de las Teorías sobre la plusvalía de 1861-1863 (e incluso después del borrador del libro tercero) y, por lo tanto, puede considerarse que expresan los puntos de vista definitivos de Marx acerca de este punto. Contrariamente a lo que se dice en las Teorías, implican que los empleados o viajantes de comercio asalariados no llevan a cabo trabajo productivo, al menos no desde el punto de vista del capital global. Sin embargo, aun establecido este principio básico, todavía hay que resolver cuatro problemas adicionales.


En primer lugar está el problema de los llamados «bienes Inmateriales»:

 




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conciertos, actos circenses, prostitución, enseñanza, etc. En las Teorías sobre la plusvalía Marx tiende a clasificarlos como mercancías, en tanto que su producción está en manos de asalariados contratados por empresarios capitalistas. Pese a que en el libro segundo no contradice esto explícitamente, insiste enérgica y repetidamente en la correlación entre los valores de uso incorporados a las mercancías a través del proceso de trabajo, que actúa sobre la naturaleza y la transforma, y la producción de valor y plusvalor.[149] Más aún, proporciona una fórmula general que implica la exclusión del trabajo asalariado comprendido en «las industrias de servicio personal» del área del trabajo productivo: «Cuando, por la división del trabajo, una función que de por sí es improductiva, pero constituye un elemento necesario de la reproducción, se transforma de ocupación accesoria de muchos en ocupación exclusiva de pocos, en tarea particular de éstos, no se transforma la índole de la función misma».[150] Si esto es cierto de los viajantes de comercio o de los tenedores de libros, obviamente se aplica con mayor razón a los maestros o a los servicios de limpieza.


La definición de trabajo productivo como trabajo productor de mercancías, que combina trabajo concreto y abstracto (es decir, que combina la creación de valores de uso y la producción de valores de cambio), excluye lógicamente «los bienes no materiales» de la esfera de la producción de valor. Más aún, esta conclusión está íntimamente ligada a una tesis básica de El capital: la producción es, para la humanidad, la mediación necesaria entre la naturaleza y la sociedad; no puede haber producción sin trabajo (concreto), ni trabajo concreto sin apropiación y transformación de los objetos materiales.[151]


Esto se hace evidente cuando Marx propone en el libro segundo de El capital sus razones para clasificar la industria del transporte dentro del área de la producción de valor y plusvalor, más que en el de la circulación. El argumento está resumido claramente en el siguiente pasaje: «Las masas de productos no aumentan porque se las transporte. Incluso la modificación de sus propiedades naturales provocada acaso por el transporte no es, con ciertas excepciones, un efecto útil intencional, sino un mal inevitable. Pero el valor de uso de las cosas sólo se efectiviza en su consumo, y su consumo puede hacer necesario su cambio de lugar y por ende el proceso adicional de producción que cumple la industria del transporte. El capital productivo invertido en ésta agrega, pues, valor a los productos transportados.»[152]


Ahora bien, es obvio que ninguno de estos argumentos se puede aplicar al transporte de personas. El transporte de pasajeros no es una condición indispensable para la realización de los valores de uso y no agrega ningún valor nuevo a mercancía alguna. Se trata más bien de un servicio personal donde los individuos (capitalistas o trabajadores) gastan su propio ingreso. Así, ya sea que se organice sobre la base del trabajo asalariado o no, no puede considerarse que la industria del transporte de pasajeros aumente la masa global de valor y plusvalor social como tampoco lo hace

 



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el trabajo asalariado empleado en los campos del comercio, la banca o los seguros. En notable contraste con el pasaje anterior está el argumento de Marx del capítulo


VI, III, del libro segundo. Si bien afirma explícitamente que el transporte de personas por una empresa capitalista no crea mercancías o valores de uso de ningún tipo, observa que no obstante es un «ramo productivo» aunque el «efecto útil» (Nutzeffekt) sea sólo consumible durante la producción del proceso mismo.[153]


Si colocamos este problema bajo el encabezado más amplio de las llamadas industrias de servicio, podemos decir que como regla general todas las formas de trabajo asalariado que se exteriorizan en un producto (materiales) y así agregan valor al mismo, crean plusvalor y por lo tanto son productivas para el capitalismo como un todo. Esto se aplica no sólo a las industrias manufactureras y mineras, sino también al transporte de bienes,[154] y a las industrias de «servicio público» tales como la producción y transporte de agua o de cualquier forma de energía (por ejemplo, gas y electricidad), la venta de comida en los restaurantes, la construcción y venta de casas y oficinas así como la provisión del material para construirlas y, desde luego, la agricultura. Muchos sectores que son incluidos a menudo bajo el encabezado de «industrias de servicio» son, por lo tanto, partes de la producción material y emplean trabajo productivo. En contraste, alquilar un apartamento o cuartos de hotel, el servicio del transporte de personas en autobuses, metros o trenes, el suministro del trabajo asalariado médico, educativo o recreativo que no se objetiviza fuera del trabajador (la venta de formas específicas de trabajo y no de mercancías), el trabajo de los empleados comerciales o bancarios y de los de las compañías de seguros o empresas de investigación de mercados: nada de ello agrega nada a la suma global de valor y plusvalor social producidos y, por lo tanto, no puede dárseles la categoría de formas de trabajo productivo.


La televisión proporciona un ejemplo interesante. La producción de aparatos de televisión o películas (incluyendo las copias de estas películas) es obviamente una forma de producción de mercancías y el trabajo asalariado empleado en ella es trabajo productivo. Pero el alquiler de las películas terminadas o el arrendamiento de un aparato de televisión a clientes sucesivos no tiene las características del trabajo productivo. De manera similar, el trabajo asalariado empleado en hacer películas publicitarias es productivo, en tanto que el engatusar a clientes potenciales para que compren u ordenen tales películas es tan improductivo como el trabajo de los representantes comerciales en general.


El segundo problema es establecer una demarcación precisa entre las esferas de producción y circulación en la sociedad capitalista como un todo. El libro segundo de El capital no deja lugar a dudas sobre el punto de vista de Marx: sólo el trabajo que agrega o es indispensable para la realización y conservación del valor de uso de una mercancía acrece la cantidad global de trabajo social abstracto incorporado a esa

 



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mercancía (es productor de valor).[155] Como el resto del libro segundo, los pasajes que se ocupan de este problema son desarrollos sucesivos del análisis básico de la mercancía —de su dualidad irreductible y las contradicciones que surgen de ello.


En tercer lugar, debemos considerar los diferentes tipos de trabajo llevados a cabo dentro del proceso mismo de producción. Aquí, Marx adopta una actitud mucho menos simplista que la de algunos de sus discípulos posteriores. Su doctrina fundamental es la del «trabajador colectivo» tal y como está desarrollada en Resultados del proceso inmediato de producción.[156] El trabajo productivo, en tanto que trabajo invertido en el área de la producción de mercancías, es todo el trabajo asalariado indispensable para ese proceso de producción; es decir, no sólo el trabajo manual, sino también el de los ingenieros, la gente que trabaja en los laboratorios, los supervisores y hasta los gerentes y empleados de almacén, en la medida en que la producción física de una mercancía sería imposible sin ese trabajo. Pero el trabajo asalariado que es indiferente al valor de uso específico de una mercancía y que se lleva a cabo sólo para obtener el mayor plusvalor de la fuerza de trabajo (por ejemplo, el trabajo asalariado de los verificadores de tiempos) o para asegurar la defensa de la propiedad privada (guardias de seguridad dentro y fuera de la fábrica); el trabajo relacionado con las formas sociales y jurídicas particulares de la producción capitalista (abogados empleados como personal asalariado por empresas manufactureras); contadores en finanzas; revisores de existencias adicionales, necesarios por la tendencia a la sobreproducción —ninguno de éstos es trabajo productivo para el capital. Es trabajo que no añade valor a las mercancías producidas (pese a que puede ser esencial para el funcionamiento general del sistema capitalista o de la sociedad burguesa como un todo).


El caso final que se examinará es el de los productores de mercancías en pequeña escala, los campesinos independientes y los artesanos. Si bien producen mercancías, y por ende valores de uso y valores de cambio, estos estratos no crean plusvalor directamente (excepto en casos marginales), aunque quizá contribuyan indirectamente a la masa de plusvalor social —por ejemplo, al deprimir el valor de los alimentos a través de su mano de obra barata. Creemos que en este punto Marx mantuvo la posición expresada en las Teorías sobre la plusvalía: tales estratos llevan a cabo trabajo que no es ni productivo ni improductivo desde el punto de vista del modo capitalista de producción, porque actúan fuera de su marco.[157]




¿LOS TRABAJADORES IMPRODUCTIVOS SON PARTE DEL PROLETARIADO?


Una definición precisa del trabajo productivo en el capitalismo no es sólo de

 



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importancia teórica, tiene asimismo implicaciones mayores para la contabilidad social (el cálculo en términos de valor del ingreso nacional)[158] y afecta significativamente nuestro análisis de las clases sociales y las conclusiones políticas que extraemos de él.


La posición más estrecha, que busca reducir el proletariado al grupo de trabajadores industriales manuales, está en completa contradicción con la explícita definición de Marx de trabajo productivo, y no necesitamos hablar de ello aquí. En el otro extremo, es obviamente absurdo extender el concepto de proletariado a todos los trabajadores asalariados y jornaleros sin excepción (incluyendo a generales del ejército y gerentes que ganan cien mil dólares al año). La característica estructural que define al proletariado en el análisis marxiano del capitalismo es la obligación socioeconómica de vender su propia fuerza de trabajo. Así, pues, dentro del proletariado se incluyen no sólo los trabajadores industriales manuales, sino todos los asalariados improductivos que están sujetos a las mismas restricciones fundamentales: no propiedad de los medios de producción; falta de acceso directo a los medios de subsistencia (¡la tierra no es de ninguna manera libremente accesible!); dinero insuficiente para comprar los medios de subsistencia sin la venta más o menos continua de la fuerza de trabajo. Así, todos esos estratos cuyos niveles salariales permiten acumulación de capital además de un nivel de vida «normal» están excluidos del proletariado. Es irrelevante que tenga lugar tal acumulación o no (pese a que las monografías y las estadísticas tienden a confirmar que, en un grado modesto o apreciable, este grupo social sí se ocupa de ello; tal es el caso de los llamados gerentes, quienes —no obstante la perogrullada que sigue circulando a pesar de toda la evidencia en contrario— son parte de la clase capitalista, si no necesariamente de la capa más alta de millonarios).


Esta definición del proletariado, que incluye la masa de asalariados improductivos (no sólo los empleados de comercio y los empleados de gobierno más bajos, sino también los servidores domésticos) y que considera a los trabajadores productivos de la industria como la vanguardia proletaria sólo en el sentido más amplio del término, ha sido cuestionada recientemente por varios autores.[159] No obstante, fue sin duda la que Marx y Engels sostuvieron y la de sus seguidores más «ortodoxos»: el Kautsky maduro (no el senil), Plejánov, Lenin, Trotski, Luxemburg y otros.[160] Pero levanta una objeción de peso. Si sólo el trabajo productivo produce valor y, por ende, reproduce el equivalente de sus propios salarios (además de crear plusvalor),[161] ¿no implica esto que los salarios del trabajo improductivo se pagan a partir del plusvalor producido por el trabajo productivo? Y en ese caso ¿no plantea un gran conflicto de intereses entre el trabajo productivo y el improductivo, pues el primero busca reducir el plusvalor a un mínimo, mientras que el segundo desea que se incremente? ¿Cómo puede un conflicto de intereses de tal modo básico ser reconciliado con la inclusión

 



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de ambos sectores en la misma clase social? Más aún, ¿deben los trabajadores industriales oponerse a cualquier expansión del gasto estatal, incluso en el área de los «servicios sociales», dado que, en último análisis, se financia a través de un incremento del plusvalor que se les extrae?


Esta objeción se puede atacar en dos niveles. Para empezar, no es cierto que todo el trabajo improductivo se pague a partir del plusvalor generado en el momento. Una parte importante de ese trabajo (por ejemplo, los empleados comerciales, los trabajadores del sector financiero y aquellos empleados en las industrias de servicio improductivas) no se paga a partir del plusvalor acabado de producir, sino a partir de la porción del capital social que se invierte en estos sectores. Sólo las ganancias de esos capitales forman parte del plusvalor producido en el momento. Es cierto que el capital social es el resultado de la extracción pasada de plusvalor, pero esto se aplica también al capital variable, es decir, a los salarios pagados en el momento a los trabajadores productivos. El punto importante aquí es que, dado que los sueldos y salarios de todos estos sectores no se sacan del plusvalor producido en el momento, su pago no reduce de ninguna manera los salarios pagados en el momento a los trabajadores productivos[162]


Parte de la masa salarial del trabajo improductivo está financiada, sin embargo, a partir del plusvalor producido en el momento. Esto se refiere esencialmente a los sueldos y salarios de los empleados estatales de los servicios y la administración pública (desde luego, no de las industrias estatales, donde tiene lugar una producción autónoma de mercancías y por lo tanto una producción de valor). Pero, para concluir a partir de aquí que una reducción del gasto estatal conlleva una reducción del plusvalor y un incremento de los salarios reales (o bien, lo que es lo mismo, que el incremento en los gastos estatales ha tenido lugar a través de un incremento del plusvalor y una reducción de los salarios reales), sería necesario emprender un análisis muy detallado de la tendencia de la tasa de explotación y de los niveles de vida y necesidades de los trabajadores desde la «explosión» del gasto estatal. Un examen de esta índole está desde luego más allá del ámbito de este ensayo, pero deben hacerse dos distinciones capitales:


Primero, el concepto de «salarios brutos» (es decir, salarios antes de impuestos) no tiene significado alguno en la teoría económica marxista. Los salarios son los medios reconstituyentes de la fuerza de trabajo obrera a través de la compra de mercancías y servicios. Así, el dinero deducido de los «salarios brutos» de los trabajadores para ayudar al estado a comprar aviones no tiene nada que ver con los salarios; pertenece a la parte inicial del plusvalor social. (Desde luego, si los nuevos impuestos disminuyen de hecho los niveles alcanzados anteriormente en salarios reales, puede ciertamente decirse que aumentó la tasa de plusvalor, pero de nuevo deberá medirse comparando cantidades sucesivas de salarios —reales— netos y no de

 



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«salarios brutos»).


De manera semejante, sería absurdo considerar que los servicios médicos, educativos o de transporte estatales, que ayudan a reconstituir la fuerza de trabajo del obrero (o mantienen a su familia en condiciones de vida normales), derivan del plusvalor; más bien representan una porción socializada del salario, independientemente de que pase a través de la forma de «ingreso estatal», que se «origine» en los «salarios brutos» (los impuestos pagados por el trabajador), las «ganancias brutas» (los impuestos pagados por el capitalista) o el «ingreso bruto» de las clases medias independientes.[163]


Se ve así que tiene sentido, después de todo, examinar los efectos del alza o la baja en los gastos estatales sobre los niveles de vida medios de la clase obrera, independientemente del servicio (mediación) proporcionado por los empleados estatales improductivos. Cuando estos niveles de vida bajan, la conclusión es obvia: el precio total de la fuerza de trabajo (los salarios individuales más los «socializados») se reduce. Pero cuando suben, ningún sofisma puede probar que este aumento conlleve un incremento del plusvalor social. (Sin duda, podría ir acompañado de un incremento tal, pero igualmente podría suceder con un alza en los salarios reales directos. «Acompañado de» no es sinónimo de «causado por», excepto para quien no anda muy bien de lógica).


Como la teoría económica marxista rechaza la noción de un «fondo de salarios» rígido, cualquier análisis de los efectos de los niveles variables del gasto estatal sobre la tasa de explotación tendría que ser agregado y dinámico. Nada fluye automáticamente ni de la expansión ni de la contracción del gasto estatal. Así, para que se muestre que crece a expensas de la clase trabajadora, tendría que probarse que, bajo condiciones económicas, sociales y políticas dadas, una reducción del gasto conduciría a salarios reales más altos, más que a ganancias más elevadas para la clase capitalista. Sin una prueba detallada de este tipo, la tesis seguirá siendo dudosa, por no decir más. El análisis tendría que tomar en consideración la probable dinámica de la lucha de clases política y social (función, entre otras cosas, de los grandes cambios históricos en la correlación económica de las fuerzas de clase dentro de una sociedad burguesa dada) y su efecto preciso sobre la estructura del ingreso y del gasto estatales.


Parecería que nos hemos apartado considerablemente del problema del trabajo productivo e improductivo y su relación con la definición de proletariado. Pero, en realidad, apenas ahora estamos llegando al corazón del problema, porque la clasificación marxista correcta del proletariado —la clase que se ve forzada por una compulsión socioeconómica a vender su fuerza de trabajo a los propietarios capitalistas de los medios de producción— implica que ambas variaciones en el nivel del ejército industrial de reserva y las relaciones diversificadas entre los componentes

 



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«puramente fisiológicos» e «histórico-morales» del valor de la fuerza de trabajo,[164] son de importancia decisiva para el destino inmediato del proletariado.


Una vez comprendido lo anterior, podemos ver la importancia del crecimiento del trabajo asalariado improductivo que acompaña al incremento absoluto y relativo del tamaño del proletariado en los países capitalistas contemporáneos.[165] Lejos de reflejar una explotación creciente del trabajo productivo, o un alza drástica de la tasa de explotación, establece más bien un tope por encima del cual la tasa de explotación difícilmente puede aumentar en circunstancias políticas «normales» (excluyendo, claro está, los regímenes fascistas o de tipo fascista). Pues, a pesar de la rápida sustitución del trabajo vivo por el trabajo muerto (maquinaria semiautomatizada), este crecimiento del trabajo asalariado improductivo ha reducido en muchos países capitalistas al ejército industrial de reserva a lo largo de todo un período histórico. Más aún, los servicios proporcionados por un sector significativo del trabajo asalariado improductivo han sido un factor importante en el desarrollo de las necesidades y condiciones de vida del proletariado mucho más allá del fundamento puramente fisiológico. El nuevo nivel mínimo de vida que ha surgido es, por lo menos en los países imperialistas (y en algunos de los países semicoloniales más desarrollados que cuentan con un poderoso movimiento sindical, como Argentina), mucho más alto que el existente en tiempos de Marx.


Obviamente, esta adquisición no debería darse por hecha o considerarse inexpugnable. Se trata sólo de una conquista de la clase trabajadora en condiciones favorables del mercado de trabajo (descenso a largo plazo del desempleo estructural) y hecha posible objetivamente por el largo período de posguerra de acelerado crecimiento económico. Desde la primera parte de los setenta, como era predictible, esta situación económica básica se ha invertido.[166] El desempleo estructural masivo ha reaparecido junto con ataques brutales en muchos países «ricos» a los salarios reales de la clase trabajadora, dirigidos tanto a los salarios «directos» como a los «socializados» o a ambos. En forma correcta, los trabajadores han reaccionado vigorosamente a los cortes masivos en el gasto público social, mostrando así que su instinto de clase es más lúcido que la «ciencia» de esos teóricos que insisten en llamar «plusvalor» al gasto estatal (cuya consecuencia lógica sería una indiferencia hacia los cortes o incluso su aprobación).




LA PRODUCCIÓN SUNTUARIA, EL PLUSVALOR Y LA ACUMULACIÓN DE CAPITAL


Relacionado también con la integración de la teoría del valor de Marx y su teoría de la reproducción, está el problema de la naturaleza exacta del trabajo que produce

 


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bienes suntuarios, así como su función en la reproducción. Este problema es importante no tanto debido al papel del consumo de los bienes suntuarios en cuanto tal, sino a la analogía obvia entre los productos suntuarios y otro sector que ha desempeñado un papel ominosamente creciente en la economía capitalista desde que Marx escribió El capital. Nos referimos, desde luego, a la producción de armamentos.


Se levantó una fuerte controversia en relación con la función precisa del sector armamentista en el capitalismo desde fines del siglo XIX, cuando el populista ruso V. Vorontsov sugirió por primera vez la posibilidad de evadir las crisis de sobreproducción a través de la «absorción» de parte del plusvalor mediante el incremento de la producción de armamentos.[167] En los años treinta y cuarenta, un extenso debate entre marxistas se ocupó del papel del rearme para superar el estancamiento a largo plazo de la economía capitalista internacional durante el período de entreguerras. Desde la guerra, la escuela Vance-Cliff-Kidron asignó una posición capital a la «economía armamentista permanente» dentro de la explicación del largo «auge» económico, y la producción de armamentos ocupa un lugar central en el proceso de la «absorción del excedente» presentada en El capital monopolista de Baran y Sweezy.[168] Todavía más recientemente, una nueva controversia surgió entre el autor de este ensayo y otros economistas marxistas, centrada en la relación específica de la producción armamentista con la evolución de la masa y la tasa de ganancia en el capitalismo tardío.[169]


La teoría de Marx considera la esencia del valor en el trabajo social abstracto, independientemente del valor de uso específico de la mercancía que produce. La existencia de algún tipo de valor de uso es una condición previa de la realización del valor de cambio sólo en el sentido obvio e inmediato de que nadie compra un bien que no tiene uso alguno para él, pero el hecho social de la compra es prueba suficiente del valor de uso de una mercancía, es decir, de su utilidad para el comprador. Por lo tanto, sólo las mercancías que no se venden no incorporan trabajo socialmente necesario y por consiguiente no tienen valor; las que sí se venden son por definición el producto de trabajo socialmente necesario y a través de su producción incrementan la masa de valor producido socialmente. En el capitalismo, también por definición, la producción de todas las mercancías vendidas, creadas por el trabajo asalariado, incrementa la masa total de plusvalor producido y realizado (a menos que se vendan a un precio tan inferior a su costo de producción que la sociedad no reconozca ninguna parte del plustrabajo que contienen).


En el libro segundo Marx distingue claramente entre la producción y la realización del plusvalor (y, por implicación, la ganancia) y la reproducción ampliada del capital. No todas las mercancías producidas contribuyen al proceso de la reproducción ampliada. Pero Marx afirma de manera bastante explícita que todas las

 



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mercancías producidas y vendidas contribuyen al incremento del plusvalor total apropiado por los capitalistas y sus secuaces.[170] En contraste, bajo condiciones de una reproducción simple, no habría ni plusvalor ni ganancia, dado que todo el plusvalor sería consumido improductivamente sin entrar al proceso de reproducción.


La producción de bienes suntuarios de consumo, comprados a partir de la porción de plusvalor que no se acumula, permanece dentro de la esfera de la producción de valor y plusvalor, es decir, aumenta la masa de ganancia que va a la clase capitalista. De la misma manera, la producción de armamento o de equipo espacial es una forma de producción de mercancías; el hecho de que, en este caso, el único comprador sea el estado, en tanto que los productos suntuarios son cambiados por ingreso de la burguesía, no constituye una diferencia esencial. Para determinar si la producción de armamentos deprime o aumenta la tasa media de ganancia, se tienen que responder las mismas preguntas que para cualquier otro «subsector» de la producción capitalista. La composición orgánica del capital en ese sector particular ¿es igual, superior o inferior que la composición orgánica media de otros sectores? Y su alza (o caída) ¿influye en la tasa social media del plusvalor?[171]


No es tan fácil definir la contribución de la producción de armamentos en la acumulación de capital, pero sí lo es decidir si constituye una forma de producción de valor y plusvalor que influya en las oscilaciones de la tasa de ganancia. Deben distinguirse dos situaciones básicas:


En una situación de «ocupación plena del capital» (que puede ir acompañada, y a menudo sucede, por un desempleo estructural de trabajo asalariado), la producción de armamentos, como la producción de bienes suntuarios que no entra en la reproducción de la fuerza de trabajo, no contribuye evidentemente a la acumulación de capital, lo cual es cierto en un doble sentido: Las armas, como los productos suntuarios, no proporcionan los elementos materiales objetivos de la (re)producción ampliada. No proporcionan materias primas, maquinaria o fuentes de energía adicionales ni bienes de consumo capaces de alimentar una fuerza de trabajo ampliada. No obstante, esa parte del ingreso nacional que compra armas no pudo haber sido gastada en medios de producción o salarios adicionales para obreros productivos adicionales. Así, tanto por su valor de uso específico como porque se intercambian por la parte no acumulada del plusvalor, las armas no contribuyen a la reproducción ampliada, a la acumulación de capital, bajo condiciones de «ocupación plena» del capital social.


Esto no implica necesariamente que la producción de armamentos reduzca la acumulación de capital, excepto en el sentido más general en que lo hacen todas las formas del gasto improductivo de plusvalor. Para mostrar que la aparición o expansión de un sector de armamentos ha reducido de hecho la reproducción ampliada, se tendría que demostrar que ha aparecido (o se ha expandido) a expensas

 



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del sector de los medios de producción. Si simplemente ha sustituido a la producción de bienes suntuarios, entonces, si todo lo demás permanece igual, ni el ámbito ni el ritmo potencial de la acumulación de capital habrá cambiado.


Pero ¿qué sucede si el sector de armamentos aparece (o se expande) a expensas del sector productor de bienes de consumo para los trabajadores, suponiendo todavía una «ocupación plena» del capital? De nuevo, deben considerarse dos posibilidades distintas: Cuando esta sustitución conduce a una declinación de la capacidad de trabajo física o moral de la fuerza de trabajo, la tasa de acumulación de capital caerá consiguientemente, tal vez incluso, después de cierto tiempo, hasta el grado de una reproducción contraída.[172] Pero cuando esta sustitución deja inalterada la capacidad o voluntad de los trabajadores para aceptar la «norma» en curso de trabajo social en el proceso de producción, tal cambio de recursos del sector II al sector III implicaría un alza en la tasa media social de plusvalor. El mismo valor del producto sería producido entonces con la misma fuerza de trabajo, pero al costo de menor capital variable. La clase obrera recibiría simplemente una porción menor del ingreso nacional existente. Que esto no altere la tasa de acumulación o que de hecho conduzca a un nivel más alto de acumulación de capital o de reproducción ampliada, dependería entonces de la forma en que esta alza en la tasa y la masa del plusvalor influyera en la división del plusvalor entre la parte consumida improductivamente (en la que se incluye el sector armamentista) y la parte acumulada.[173]


En este punto, debemos abandonar la suposición inicial de «ocupación plena del capital» y examinar la función real de la producción de armamentos en expansión bajo condiciones de una plétora de capital a largo plazo. La situación no es de ninguna manera artificial ni se introduce artificialmente en aras del puro argumento. Por el contrario, ya prevalecía durante el primer impulso armamentista masivo de la historia del capitalismo, el que tuvo lugar durante las dos décadas que precedieron a la primera guerra mundial.[174] Fue más marcada aún en los años treinta, durante el segundo período de rearme masivo, que empezó con el «incidente de Manchuria» provocado por Japón y la política alemana desde que Hitler subió al poder, y que se generalizó después de 1936. Tal plétora de capital siguió siendo más que nunca la regla en la fase de armamentismo permanente que ha durado ya por más de treinta años y que no da señales de terminar —sino todo lo contrario.[175] Por lo tanto, es totalmente apropiado investigar el efecto sobre la acumulación de capital de un sector de armamentos que se desarrolla bajo condiciones de una plétora de capital en gran escala.


La sobreproducción de capital significa, desde el punto de vista del valor, el surgimiento de grandes sumas de capital que tienen que ser atesoradas en cuentas de ahorro o utilizadas para comprar bonos y títulos del gobierno, donde obtienen sólo la tasa media de interés en lugar de la tasa media de ganancia. Del lado del valor de uso,

 



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se expresa en reservas considerables de materias primas y capacidad productiva de la planta sin usar, así como en grandes reservas de trabajadores desempleados. Si, como resultado de la aparición y expansión de una importante industria de armamentos en la economía, el capital dinerario (o cuasidinerario) se reinvierte productivamente, entonces la producción de valor y plusvalor aumenta. Sabemos ya que la manufactura de armamentos produce valor y plusvalor, por lo que, en un sentido inmediato, el capital se vuelve más rico porque más trabajadores son explotados en la producción de un mayor plusvalor.


Dado que el sector II no contribuye a la creación de los elementos materiales de la reproducción ampliada, su expansión no puede asegurar directamente un nivel más alto de la acumulación de capital, pero lo puede hacer indirectamente. Porque a medida que se emplean trabajadores adicionales, aumenta la nómina de salarios, lo cual conduce a un aumento en la producción y venta de bienes de consumo. De manera similar, el consumo de materias primas adicionales en la industria de armamentos estimula la producción minera y otros centros del sector I que habían reducido previamente su producto. La producción material aumentará en todos los sectores de la economía, aumentando por consiguiente los elementos materiales de la reproducción ampliada, siempre que las reservas de los «factores productivos» estén disponibles (lo cual se sigue de la hipótesis inicial de la «subocupación del capital») y siempre que al menos parte del plusvalor adicional no sea absorbido por el sector de armamentos u otros sectores improductivos, sino que permanezca disponible para la acumulación de capital.


Estas condiciones se aplican con mayor fuerza si los procesos descritos van acompañados por un cambio en la distribución del ingreso nacional entre los salarios y el plusvalor, es decir, si el rearme es financiado hasta cierto punto a expensas de la clase trabajadora a través de un alza en la tasa del plusvalor. La combinación resultante sería entonces «ideal» para la acumulación de capital: al mismo tiempo ocurriría una expansión de la masa de trabajadores empleados y explotados (es decir, una expansión del producto valor, la masa de plusvalor y la demanda del mercado); un incremento en la tasa de plusvalor y (probablemente) en la tasa de ganancia, y un alza en la tasa de acumulación (es decir, un incremento de inversiones en el sector productivo, por encima del crecimiento en el gasto en armamentos).[176]


Ni qué decir tiene que esto no proporciona una «solución a largo plazo» a los problemas del desequilibrio capitalista, dado que el «éxito» mismo de la operación reproduce inevitablemente las contradicciones iniciales. La acumulación creciente del capital conduce a un alza en la composición orgánica del capital, que a su vez empieza a deprimir la tasa de ganancia. Un nivel mayor de empleo (hecho posible por la absorción de parte de los desempleados en el ejército o en el aparato estatal, rasgo normal de un alza sustancial en el gasto militar) reduce el ejército industrial de

 



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reserva y por consiguiente, excepto si se trata de una dictadura de tipo fascista, tiende a hacer más difícil la neutralización de los efectos de la creciente composición orgánica del capital al aumentar más la tasa del plusvalor. Un descenso en la tasa de ganancia deprime la inversión productiva y conduce a una crisis de sobreproducción y a una baja de la tasa de acumulación de capital; cuando dicha tasa se vuelve de hecho «negativa» empieza un proceso de desvalorización, que es la función normal de una crisis de sobreproducción.


Combatir esta nueva crisis de la acumulación del capital a través de una intensificación en la producción de armamentos, de la que ya existe un sector de cierta consideración en la economía, modificaría las proporciones básicas de la división del plusvalor entre sus porciones acumuladas y consumidas y de la asignación de los recursos productivos entre los sectores I y II, por un lado, y el sector III, por el otro. Cualquier efecto que se haya obtenido inicialmente sobre el proceso de la reproducción ampliada sería crecientemente neutralizado. Más aún, una tasa tan alta de impuestos sobre ganancias y salarios haría necesario que, excepto bajo condiciones políticas muy especiales, las clases sociales básicas (aunque no ese sector de los capitalistas comprometido directamente en la producción de armamentos) se rebelaran en contra de un desarrollo ulterior de esta industria. Por ende, esta expansión no es ninguna panacea para los males de la sobreproducción y la sobreacumulación capitalistas, pero puede desencadenar períodos más cortos o largos de recuperación económica si se satisfacen las condiciones previas indicadas antes.




 ¿CÓMO PUEDE EL CAPITAL COMERCIAL Y FINANCIERO PARTICIPAR EN LA DISTRIBUCIÓN DEL PLUSVALOR SOCIAL?


La distinción entre trabajo productivo e improductivo corresponde en parte a la distinción entre dos sectores generales del capital: el capital invertido en la producción de mercancías (ya sea en la industria, la agricultura, el transporte o los ramos productivos de las llamadas industrias de servicio) y el capital invertido en lo demás (o sea, entre «capital productivo» y «capital improductivo»). La segunda categoría incluye esencialmente el capital comercial —capital bancario y de seguros


— y el capital invertido en los ramos «improductivos» de las industrias de servicios. Anteriormente vimos que, si bien el trabajo asalariado empleado por estos capitalistas les permite apropiarse de una fracción de la suma global del plusvalor que va al conjunto de la clase capitalista, en sí mismo no contribuye a esa misma suma total. Por lo tanto, la pregunta se puede plantear así: ¿por qué los capitalistas industriales, o más precisamente los que invierten en los sectores «productivos», aceptan que una

 



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porción del plusvalor producido por «sus» trabajadores sea apropiado por capitalistas cuyo capital no contribuye a la producción de plusvalor?

Este problema se trata con amplitud en el libro tercero de El capital, pero dado que una sección del libro segundo le está dedicada, lo tocaremos brevemente aquí. La respuesta se aclara cuando nos damos cuenta de que, pese a que el capital invertido fuera de la esfera de la producción material no aumenta directamente la masa del plusvalor, sí contribuye indirectamente a su incremento. En otras palabras, los capitalistas industriales y agrícolas ceden una tajada de «su» plusvalor a comerciantes y banqueros porque estas personas los ayudan a aumentar la masa de ese plusvalor, y no por la bondad de sus corazones.


Para demostrarlo, Marx introduce de nuevo en su análisis esa «dimensión temporal» que desempeña un papel tan esencial a lo largo del libro segundo y que en cierto sentido estructura todo el proceso de circulación y rotación del capital. Si bien el tiempo total de rotación del capital fijo se extiende a lo largo de muchos años y no es afectado básicamente por los pequeños cambios en la extensión del período durante el cual el capital adopta la forma de capital mercancía (es decir, durante el cual las mercancías permanecen invendidas en la esfera de la circulación), la situación es enteramente distinta en el caso del capital circulante. Si se requieren tres meses para producir una masa dada de mercancías y tres meses para venderlas, el capital productivo circulante rotará sólo dos veces al año a menos que reciba ayuda. Esa parte del capital que se cambia por fuerza de trabajo y que hace posible la creación de plusvalor permanecerá entonces estéril durante seis meses al año. Pero, si el capital comercial compra una buena parte de las mercancías tan pronto como abandonan la fábrica, o si el capital bancario adelanta el dinero para pagar la factura de materias primas inmediatamente después de que las mercancías han sido producidas y antes de que sean vendidas, entonces, gracias a la ayuda de estos sectores de la clase capitalista, el capital productivo en circulación puede reinvertirse tan pronto como se completa un ciclo de producción, y, en consecuencia, el capital variable nunca estará ocioso: pondrá a los trabajadores a producir plusvalor durante doce meses y no seis al año —como resultado, si permanece estable lo demás, la masa anual global de plusvalor será dos veces la que sería de otra manera. Sin duda reditúa al capital industrial darles un descuento a los comerciantes mayoristas, o pagar intereses a los banqueros, si estas operaciones de rescate permiten un incremento global en la producción de plusvalor.


Sin embargo, esto implica que sólo una fracción del capital social total está comprometido continuamente en la producción. Un segmento importante permanece fuera del área de la producción. Ya observamos antes por qué parte del capital social adopta necesariamente la forma de capital dinerario. Vemos ahora que hay otra porción que tiene que tomar la forma de capital bancario y de transporte, para acortar

 



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el tiempo de circulación de las mercancías. Desde el punto de vista de la clase capitalista en conjunto (y éste es el que Marx adopta en el libro segundo, y sólo en el libro tercero considera a estos distintos sectores como competidores de unos contra otros por fracciones del plusvalor social), puede considerarse como una división funcional del trabajo dentro de esa clase. En lugar de que cada industrial y agricultor capitalista actúe como su propio tesorero, su propio cambista, su propio transportista, su propio vendedor de mercancías en los mercados interno y mundial y su propio adelantador de capital dinerario adicional, todas estas diversas funciones están socialmente centralizadas por sectores de la burguesía que se especializan en diferentes campos. Esta división del trabajo conlleva una racionalización considerable: los costos de la circulación social global, del transporte y de la banca son más bajos que si cada empresa capitalista tuviera que cumplir ella misma dichas tareas. De ahí que los costos generales de producción se reduzcan y la masa global de plusvalor se incremente a través de la producción continua. Es por ende provechoso para la burguesía en general mantener (y hasta expandir, ¡cómo lo demuestra el historial de las «industrias de servicio»!) esta división funcional del trabajo.


¿Cuál es la fuente del capital invertido fuera del área de la producción material? Dado que todo el capital deriva en última instancia del plusvalor y dado que, en el modo capitalista de producción, todo plusvalor es creado por el «capital productivo» (es decir, por el trabajo asalariado dirigido a la producción material), puede parecer que todo el capital comercial y bancario se deriva en última instancia del capital «productivo» industrial y agrícola. Esto es parcialmente cierto. En el libro segundo de El capital Marx apunta cómo el capital dinerario se ve «expulsado» periódicamente del proceso de producción de valor, volviéndose así temporalmente disponible para otros fines. El mejor ejemplo de ello es el fondo de depreciación del capital fijo. Reinvertido sólo a ciertos intervalos, y no gradualmente después de cada ciclo de producción, sirve durante un tiempo como una fuente importante de capital dinerario que se emplea en el crédito y en otras operaciones.


Sin embargo, este punto de vista no debe generalizarse. Después de todo, el capital es más antiguo que el modo capitalista de producción. Antes de que se produjera plusvalor en el proceso de producción, una vasta riqueza se acumuló a través del saqueo a los campesinos, los abusos de los señores feudales (por ejemplo, fijando precios elevados a las mercancías exóticas), el robo a los mercaderes (mediante la piratería) y a las comunidades tribales (con la captura de esclavos). El capital mercantil, comercial y bancario existió mucho tiempo antes de que naciera el capital «productivo» en la manufactura, para no referirnos a la revolución industrial. Así, el capital industrial no sólo reproduce el capital comercial y bancario al transferir fragmentos del plusvalor creado por «sus propios» trabajadores; también encuentra estas otras formas de capital presentes en el momento de su nacimiento, que desde

 



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luego son su condición. El capital comercial y bancario, entonces, se reproduce a sí mismo tanto al continuar sus prácticas anteriores (es decir, la apropiación de parte del producto social que se origina fuera del área de las relaciones capitalistas de producción y su transformación en plusvalor y capital dinerario) como apropiándose de parte del plusvalor creado dentro del proceso capitalista de producción propiamente dicho. La interpenetración de las relaciones precapitalistas, semicapitalistas y capitalistas de producción, impuesta a las colonias y semi-colonias por el poder del capital en el mercado mundial y la violencia de la dominación política y militar extranjera, ha sido un factor en extremo importante en el desarrollo histórico de estas fuentes gemelas de acumulación de capital dinerario. A través de las operaciones del capital mercantil, comercial, bancario y usurario han continuado hasta hoy en día desempeñando un papel clave en la expansión capitalista mundial, especialmente dentro de los llamados países del tercer mundo. Así, pues, la acumulación originaria y la acumulación «productiva» del capital (a través de la creación de plusvalor en la producción de mercancías) no son sólo etapas históricas sucesivas, sino también fenómenos simultáneos y combinados. Tampoco la acumulación originaria conduce automáticamente a un despliegue conmensurado del capital «productivo» y la industrialización; en lugar de ello, puede condensarse simplemente en una expansión «unilateral» de las formas antes mencionadas de capital «improductivo». Esta circunstancia, junto con el choque de la dominación imperialista extranjera, aclara uno de los misterios del subdesarrollo bajo el capitalismo.




LA CRÍTICA DE LUXEMBURG A LOS ESQUEMAS DE REPRODUCCIÓN DE MARX


En la historia del pensamiento marxista y del movimiento internacional de los trabajadores, la crítica de Luxemburg a los esquemas de reproducción de Marx en su libro La acumulación del capital desencadenó la controversia más importante que ha surgido en conexión con el libro segundo. Dentro de este debate surgieron preguntas realmente formidables: la teoría de Marx de las crisis, los límites históricos del modo capitalista de producción (la llamada «teoría del derrumbe» o Zusammenbruchstheorie) y los orígenes y funciones del imperialismo, el colonialismo, el militarismo y las guerras en la época imperialista.[177] En este ensayo nos limitaremos a esa parte de la contribución de Luxemburg que está directamente relacionada con el tema del libro segundo de El capital —la circulación, rotación y reproducción del capital social total.


La crítica de Luxemburg se centra esencialmente en un solo tema: ¿cómo puede

 




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realizarse esa parte del valor de las mercancías que corresponde a la porción acumulada del plusvalor? ¿Cuál es el poder adquisitivo disponible para su realización? ¿Por qué expanden los capitalistas la producción, sino porque confían o esperan tener clientes adicionales? ¿Quiénes son estos nuevos clientes? Luxemburg rechaza en primer lugar la idea de que puedan ser trabajadores, dado que su poder adquisitivo se origina con el capital y, para la clase capitalista en su totalidad, sería inconcebible la expansión de la producción meramente para satisfacer las nuevas necesidades de una fuerza de trabajo expandida. (Desde luego, esto no es cierto de los capitalistas tomados individualmente, para quienes todos los trabajadores, excepto los propios, son clientes potenciales; pero, como Luxemburg afirma llanamente, para la clase capitalista como un todo, todos los trabajadores son «sus propios trabajadores» y no tiene sentido tratarlos como fuente de ventas crecientes.)[178] También hace a un lado la noción de que estos clientes adicionales puedan ser otros capitalistas, porque ¿cómo podría la clase capitalista en su totalidad enriquecerse si el dinero para comprar el plusproducto saliera de su propia bolsa?[179] Tampoco podría tratarse de supuestas terceras personas, quienes serían esencialmente los compinches, parásitos y servidores de la clase capitalista (o de los terratenientes que se apropian de la renta de la tierra). Porque, en última instancia, el ingreso de todas estas capas sociales se deriva del plusvalor. Si el plusvalor fuera la única fuente de poder adquisitivo disponible para comprar la masa y valor creciente de mercancías, querría decir que los capitalistas se vuelven más ricos gastando su propio dinero.


Para Luxemburg, entonces, la conclusión es ineludible. El poder adquisitivo adicional que debe succionarse en el proceso capitalista de la circulación sólo puede venir de fuera de las relaciones capitalistas de producción propiamente dichas, obligando a las clases sociales no capitalistas (esencialmente campesinos y terratenientes precapitalistas) a gastar de manera ruinosa su ingreso en mercancías capitalistas. Sólo de esta manera puede tener lugar la producción y reproducción ampliadas, la acumulación del capital y el crecimiento económico capitalista en general. El resultado final de este argumento es igualmente obvio. Al destruir el medio no capitalista en el que se basa su expansión, el capitalismo mina las condiciones de su propio crecimiento. La desaparición de este ambiente no capitalista (precapitalista) marca así el límite absoluto del desarrollo capitalista.[180]


Si bien el impulso principal del argumento de Luxemburg es claro y simple, gran parte de la controversia que rodea a La acumulación del capital se ha alejado de su tesis central, en gran medida porque ella misma lo combinó con una serie de críticas adicionales a los esquemas de reproducción de Marx que son mucho más fáciles de replicar. Así, cuando afirma que Marx confunde la función del dinero como medio de circulación con el papel del ingreso (poder adquisitivo), en tanto que requisito previo necesario para la realización del valor de las mercancías, está evidentemente

 



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equivocada.[181] Y cuando implica que los esquemas de reproducción no corresponden a la realidad del modo capitalista de producción, mezcla niveles de abstracción que están claramente diferenciados en el método de Marx. Está igualmente desencaminada cuando supone que, debido a que las cifras de Marx no incorporan «las leyes del movimiento» del capital (no dejan lugar a un incremento en la composición orgánica del capital), no podrían incorporar estas leyes. De manera similar, no se sigue de ningún modo de la verdad evidente de que el sector I es el primum movens del proceso de acumulación, que el sector II sea en cierto modo «sacrificado» o «dependiente» del sector I, en contradicción con las leyes de la propiedad privada y de la competencia,[182] Y así sucesivamente. En relación con todos estos puntos secundarios han surgido furiosas controversias, generalmente a expensas de Luxemburg. Pero pese a que todavía hacen erupción de vez en cuando, tienen poca relación con el problema principal que ella planteó.


El argumento principal de Luxemburg debe replicarse en tres niveles sucesivos de abstracción. En el primero y más abstracto, cometió un error metodológico al situar dentro del marco del «capital global» un problema que sólo puede considerarse en relación con la «competencia de muchos capitales».[183] Es imposible llevar un análisis simultáneo en estos dos diferentes niveles, dado que el capital global por definición hace caso omiso de los muchos capitales, de la competencia. Así, el argumento de que la clase capitalista no se puede enriquecer comprando su propio plusproducto deja de lado el hecho de que, en un sistema de propiedad privada, el plusproducto nunca puede ser poseído por «un solo capital total». La competencia capitalista implica que los capitalistas ciertamente se pueden enriquecer más al comprarse el «plusproducto» unos a otros. El propio Marx afirma explícitamente que «la plusvalía creada en un punto demanda la creación de plusvalía en otro punto, por la cual la primera se intercambia».[184] También indica que, en ausencia de competencia, el crecimiento de hecho desaparecería.[185]


En pocas palabras, para Marx el crecimiento es posible en un medio «puramente» capitalista (es decir, cuando ninguna parte del plusproducto social puede encontrar clientes «no capitalistas») siempre y cuando se suponga que las tasas de interés y de crecimiento de todos los capitalistas no sean idénticas, sino, por el contrario, que estén enraizadas en la competencia. La cuestión de la realización no surge ni puede surgir dentro del reino del «capital en general»; aparece junto con la teoría de las crisis y el ciclo económico, sólo dentro de la esfera de «muchos capitales», como lo afirmó el propio Marx repetidas veces.[186]


Se sigue que los esquemas de reproducción que implican competencia deberían suponer como regla la existencia de tasas de acumulación diferentes, y no iguales, en los dos sectores, las cuales conducen, sólo de manera ocasional, a la igualación de la tasa de ganancia. Esto corresponde al verdadero modus operandi del sistema

 



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capitalista. También muestra el camino hacia una solución del problema técnico que Luxemburg ve en el hecho de que la porción «invendible» de las mercancías del sector II encarna parte del plusvalor creado en ese sector. De hecho, Luxemburg descartó la convincente solución de Marx, que fue luego desarrollada en extenso por Otto Bauer.[187]Parte del plusvalor producido en el sector II es transferido periódicamente al sector I, precisamente cuando (y porque) el sector I muestra, a lo largo de un período considerable, una composición orgánica más alta de capital que la del sector II.


En este nivel más elevado de abstracción del razonamiento, se ha planteado el problema como uno de equilibrio casi estático. Pero en un segundo nivel que, aunque todavía abstracto, está un paso más cerca de la realidad histórica del modo capitalista de producción, la acumulación del capital debe examinarse como un proceso discontinuo con miras a comprender su dinámica real. La primera pregunta que planteé fue la siguiente: ¿se pueden encontrar clientes para aquellas mercancías que encarnan la parte acumulada del plusvalor, si suponemos que todo el poder adquisitivo se origina ya sea como salarios o como plusvalor dentro del proceso capitalista de producción mismo? La sencilla respuesta de Marx es: sí, siempre y cuando no tomemos al plusvalor como una sola masa, propiedad de un capitalista solitario (quien entonces estaría obviamente condenado a «comprar» sus propias mercancías). La segunda pregunta se puede ahora replantear de la siguiente manera: ¿cuál es el efecto sobre la realización del valor de las mercancías que incorporan la parte acumulada del plusvalor, siempre y cuando 1] la composición orgánica del capital aumente en ambos sectores; 2] el sector I crezca a una tasa más rápida que el


(lo que es resultado inevitable de la creciente composición orgánica del capital), y 3] la tasa de ganancia baje (es decir, el crecimiento de la tasa de plusvalor es insuficiente para compensar la creciente composición orgánica del capital)? En otras palabras, ¿es posible la realización plena del plusvalor cuando las leyes del movimiento del modo capitalista de producción se imponen?


La segunda pregunta requiere una respuesta más compleja que la primera. Teóricamente, la realización plena del plusvalor es posible, y se han construido varios ingeniosos modelos matemáticos —entre otros, por O. Benedikt, Shinzaburo Koshimura, Oskar Lange, J. Caridad Mateo y Hosea Jaffe—[188] para mostrar que lo es. Al cuestionarlo, Luxemburg negó que el capitalismo «puro» fuera posible, asumiendo así una posición exactamente opuesta a la que Marx trató de demostrar con sus esquemas de reproducción. Sin embargo, debe agregarse inmediatamente que las condiciones socioeconómicas reales que estas fórmulas algebraicas expresan tienen que definirse con toda precisión.[189] Aún más, los críticos de Luxemburg que replicaron que los esquemas «prueban» en sí mismos la posibilidad de un progreso de reproducción ilimitado y suave[190] olvidaron un pequeño punto: el capitalismo ha

 



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venido generando crisis periódicas de sobreproducción a lo largo de más de 150 años y continúa haciéndolo con la regularidad de una «ley natural». Podemos rechazar al punto la hipótesis de que cada crisis sucesiva se ha debido enteramente a causas «específicas», no relacionadas con la lógica interna del modo capitalista de producción, y ajenas a la interrelación de las tasas de crecimiento de c, y, pv/v, pv acumulado/pv total, tanto dentro de ambos sectores como entre ellos. La periodicidad misma de estas crisis es suficiente para refutar a los «teóricos de la armonía» y el punto de vista de que la acumulación capitalista puede continuar indefinidamente «sobre la base de los esquemas». En este sentido, es obvia la superioridad de Luxemburg sobre algunos de sus críticos[191]


No obstante, ¿logró probar su punto de una manera técnicamente satisfactoria? No lo creemos, porque redujo el problema a uno excesivamente monocausal. Para probar que, en el capitalismo, el equilibrio debe engendrar el desequilibrio, que la reproducción ampliada debe generar la sobreproducción y que la acumulación del capital debe conducir a la desvalorización del capital, es necesario poner en juego todas las variables interrelacionadas de los esquemas de reproducción. Y no lo hace. Así, si bien La acumulación del capital plantea los problemas correctos, no les proporciona soluciones aceptables.[192]


Podemos decir sintéticamente que la fórmula de equilibrio de la reproducción ampliada: Iv + Ipvα + Ipvγ = IIc +IIpvβ implica una identidad entre la tasa de crecimiento de la demanda de bienes de consumo generada por el sector I y la tasa de crecimiento del capital constante en el sector II. Ahora bien, el alza en la composición orgánica del capital conlleva que la demanda de bienes de consumo generada en el sector I crezca normalmente más despacio que el capital constante en ese sector (a menos que la tasa más lenta de crecimiento del capital variable sea compensada por una tasa de crecimiento del plusvalor consumido improductivamente más alta que la del capital constante, lo cual es muy improbable a largo plazo). La condición previa de equilibrio es por consiguiente una tasa de crecimiento del capital constante en el sector II más baja que la del sector I. Si las tasas en ambos sectores son iguales, las condiciones de equilibrio se perturbarán.


Sin embargo, una tasa de crecimiento del capital constante en el sector II que es permanentemente más baja que en el sector I es incompatible con la propiedad privada y la competencia. No hay ninguna razón por la cual los capitalistas embarcados en la producción de bienes de consumo se deban abstener para siempre de tratar de incorporar toda la tecnología existente, todos los medios para reducir los costos de producción, toda la maquinaria potencialmente utilizable. Por lo tanto, IIc +IIpv será de tiempo en tiempo mayor que Iv + Ipvα + Ipvγ así como, periódicamente, bajo condiciones de una creciente composición orgánica del capital (desarrollo sesgado de la tecnología que economiza mano de obra), Δ[IIc + IIpvβ] será igual a

 



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Δ[Ic+ Ipvβ] y Δ[Ic+ Ipvβ], será mayor que Δ[Iv – Ipvα + Ipvγ]. Por lo tanto, parece imposible evadir la sobreproducción periódica de bienes de consumo, así como una baja tendencial de la tasa de ganancia y de la relación pv acum./ pv total que implica un alto abrupto a la acumulación del capital.


Donald Harris concluyó a partir de los «supuestos» de Marx que el equilibrio se obtiene sólo si (en un sistema de valor) hay un empleo proporcional de trabajo en los dos sectores, o si (en un sistema de precios de producción) hay una relación igual de inversión —acumulación— de plusvalor.[193] Sin embargo, todos estos cálculos se basan en un malentendido del método de Marx. Si bien éste supone una tasa igual de explotación en ambos sectores (suposición que se basa en el concepto de un valor de la fuerza de trabajo nacional promedio, para el cual existe evidencia empírica bastante fuerte en el capitalismo desarrollado), no «supone» ni que la composición orgánica del capital permanecerá igual ni que la tasa del plusvalor será la misma. Su método de aproximaciones sucesivas a las «apariencias» de la economía capitalista cotidiana lo llevaron a abstraer, en una etapa dada de la investigación, a partir de cierto número de variables adicionales, para aclarar ciertos problemas preliminares. Esto no tiene nada que ver con «suponer» tendencias históricas.


Finalmente, en el tercer nivel, el del proceso histórico mismo de la acumulación del capital, Luxemburg parece estar fundamentalmente en lo correcto. El capitalismo nació esencialmente en un medio no capitalista; se ha enriquecido a sí mismo inmensamente saqueando ese medio, y el mismo metabolismo de transferencia del valor ha continuado hasta hoy en día. El capitalismo «puro» nunca ha existido en la vida real y, como Engels predijo correctamente, nunca existirá porque «no permitiremos que se llegue a eso». La revolución rusa de octubre y la expansión subsecuente de un sector poscapitalista de la economía mundial indican que el instinto de Engels era correcto a ese respecto. El análisis de Luxemburg de las formas y los medios a través de los cuales el capitalismo extrae riqueza y valor de las comunidades y clases precapitalistas fue una impresionante primera contribución a tres cuartos de siglo de literatura mundial anticolonialista y antimperialista. No ha sido igualado en su discernimiento teórico y lucidez económica.[194]


Así, pues, la hoja final de balance de la crítica de Luxemburg debe matizarse. No podemos decir escuetamente que está en lo correcto o no. Si bien muchas de sus tesis parciales, así como su respuesta final, son inadecuadas, ciertamente plantea preguntas pertinentes y pone el dedo en los problemas reales que el libro segundo no puede responder ni responde. En particular, el carácter contradictorio del crecimiento capitalista, una discusión que fue estimulada a partir de su obra embrionaria, La acumulación del capital, no puede simplemente subsumirse en las fórmulas «anarquía de producción» y «desproporcionalidad».[195] El lugar específico que ocupan las desproporciones inevitables entre la producción y el consumo masivo en

 



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la dinámica del capitalismo se debe integrar a cualquier explicación general del desequilibrio y la crisis capitalistas.




EL LIBRO SEGUNDO DE «EL CAPITAL» Y LA EXPLICACIÓN POR MARX DE LAS CRISIS CAPITALISTAS DE SOBREPRODUCCIÓN


Nuestro examen de la crítica de Luxemburg a los esquemas de reproducción de Marx conduce lógicamente a un examen de su teoría de las crisis, tal y como aparece en el libro segundo de El capital. Es bien sabido que los cuatro libros de El capital que Marx dejó no contienen un análisis sistemático de ese aspecto clave del modo capitalista de producción: la aparición periódica inevitable de tales crisis. En su plan original, Marx había reservado un tratamiento completo de este problema para un sexto libro que se ocupara del mercado mundial y las crisis.[196] Pero se intercalan consideraciones parciales a lo largo del texto, especialmente en el libro cuarto (Teorías sobre la plusvalía) y en los libros segundo y tercero. A ellas nos dedicaremos aquí con cierta brevedad.


En el libro segundo plantea Marx varios puntos decisivos en relación con las crisis capitalistas de sobreproducción. Primero, insiste en el hecho de que el papel del capital comercial como intermediario entre el capitalista industrial y el «consumidor final», si bien ayuda a acortar el tiempo de circulación de las mercancías y a acelerar la rotación del capital productivo circulante, al mismo tiempo disfraza la creciente desproporción entre la producción ampliada y la demanda final restante.[197] Con mayor precisión, Marx agrega: «Las épocas en que la producción capitalista despliega todas sus potencias resultan ser, regularmente, épocas de sobreproducción, porque las potencias productivas nunca se pueden emplear al punto de que con ello no sólo se produzca más valor, sino que pueda realizarse ese valor acrecentado; pero la venta de las mercancías, la realización del capital mercantil, y por ende también la del plusvalor, no está limitada por las necesidades de consumo de la sociedad en general, sino por las necesidades consumitivas de una sociedad en la cual la gran mayoría es siempre pobre y está condenada a serlo siempre. Esto, sin embargo, cae dentro de la sección siguiente.»[198] El anterior no es más que un eco del famoso pasaje del libro tercero, donde Marx resume su teoría de las crisis, terminando con las siguientes palabras: «La razón última de todas las crisis reales siempre sigue siendo la pobreza y la restricción del consumo de las masas en contraste con la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si solamente la capacidad absoluta de consumo de la sociedad constituyese su límite.»[199]

Sin embargo, Marx afirma de manera no menos categórica en el libro segundo:

 



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«Decir que las crisis provienen de la falta de un consumo en condiciones de pagar, de la carencia de consumidores solventes, es incurrir en una tautología cabal. El sistema capitalista no conoce otros tipos de consumo que los que pueden pagar, exceptuando el consumo sub forma pauperis [propio de los indigentes] o el del “pillo”. Que las mercancías sean invendibles significa únicamente que no se han encontrado compradores capaces de pagar por ellas, y por tanto consumidores (ya que las mercancías, en última instancia, se compran con vistas al consumo productivo o individual). Pero si se quiere dar a esta tautología una apariencia de fundamentación profunda diciendo que la clase obrera recibe una parte demasiado exigua de su propio producto, y que por ende el mal se remediaría no bien recibiera aquélla una fracción mayor de dicho producto, no bien aumentara su salario, pues, bastará con observar que invariablemente las crisis son preparadas por un período en que el salario sube de manera general y la clase obrera obtiene realiter [realmente] una porción mayor de la parte del producto anual destinada al consumo. Desde el punto de vista de estos caballeros del “sencillo” (!) sentido común, esos períodos, a la inversa, deberían conjurar las crisis. Parece, pues, que la producción capitalista implica condiciones que no dependen de la buena o mala voluntad, condiciones que sólo toleran momentáneamente esa prosperidad relativa de la clase obrera, y siempre en calidad de ave de las tormentas, anunciadora de la crisis.»[200] ¿Existe una contradicción entre estas dos explicaciones? ¿Qué hay detrás de las acusaciones frenéticas de «subconsumismo» al que algunos se refieren como una grave «desviación» o enfermedad vergonzosa y utilizada por algunos de los seguidores de Marx en contra de otros?


En nuestra opinión, no existe ninguna contradicción entre los dos conjuntos de comentarios de Marx mencionados antes sobre las crisis capitalistas de sobreproducción. Lo que rechaza es la obviedad «liberal» según la cual las crisis podrían evitarse si, en el período precedente inmediato o en el coincidente con el comienzo de la sobreproducción, el poder adquisitivo en manos de las masas se incrementara significativamente. Esta visión simplista pasa por encima de dos hechos. En el capitalismo, no todas las mercancías son bienes de consumo; una fracción importante de la «montaña de mercancías» total, a saber, los medios de producción, de ninguna manera puede ser comprada por los trabajadores, ni se busca que lo sea. Por lo tanto, un incremento en las ventas de los bienes de consumo, en sí y por sí, no nos dice nada del curso de las ventas de equipo y materias primas. No conduce automáticamente a una mayor inversión productiva. De hecho, una redistribución del ingreso nacional a expensas de las ganancias (lo que sería el resultado de un alza súbita considerable de los salarios) resultaría en un colapso de la inversión, es decir, de las ventas de los medios de producción. Si esto siguiera a un período de baja real de la tasa de ganancia, entonces la acumulación del capital se

 



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reduciría ciertamente de una manera violenta y la crisis seguiría siendo inevitable. En tanto se olvide esta correlación básica del ciclo económico con las fluctuaciones a mediano plazo de la tasa de ganancia, todos los economistas (marxistas o no) que explican la crisis exclusiva o principalmente en términos de la relación entre el poder adquisitivo de los consumidores y el ingreso nacional son verdaderamente culpables de «subconsumismo», es decir de una teoría unilateral y por consiguiente errónea de la sobreproducción y el ciclo económico.[201]


Pero lo mismo se aplica a la teoría opuesta que se concentra exclusiva o principalmente en la «desproporción» entre los dos sectores, que explica las crisis mediante la anarquía de la producción y la dificultad (imposibilidad) de establecer espontáneamente las «proporciones correctas» (¡cómo si el «capitalismo organizado» o un «cártel general» pudieran evitar las crisis!).[202] En tal tesis se descuida el hecho, que el propio Marx apuntó,[203] de que esta «desproporción» entre la tendencia a un desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas y las estrechas restricciones impuestas al consumo por el modo burgués de distribución, es en sí misma una fuente específica de desequilibrio, con autonomía de la perturbación de las «relaciones de equilibrio» entre los dos sectores. Los propugnadores de este punto de vista olvidan también, como Tugán-Baranovski, el padre del «desproporcionismo» puro, que el crecimiento ilimitado del sector I conduce a un crecimiento más rápido de la capacidad productiva del sector II (aunque no necesariamente en la misma proporción); en otras palabras, que en el capitalismo las relaciones mercantiles de producción nunca pueden emanciparse totalmente de las ventas al consumidor final.[204] Así, las teorías del «desproporcionismo puro» son tan erróneas como las de un «subconsumismo puro». Las causas básicas de las crisis periódicas de sobreproducción son, al mismo tiempo, la baja periódica inevitable de la tasa de ganancia, la anarquía de la producción capitalista y la imposibilidad en el capitalismo de desarrollar el consumo masivo en correlación con el crecimiento de las fuerzas productivas.


Como explicamos en otra parte,[205] el curso básico del capitalismo —el hecho de que el plusvalor incorporado a las mercancías sólo puede realizarse si son vendidas a su valor— implica la presencia de una contradicción insoluble en un punto dado de la reproducción ampliada. Cualquier medida que trate súbitamente de invertir la baja en la tasa de ganancia provoca una contracción en el mercado de los «consumidores finales». Y cualquier intento de invertir esa contracción acentúa la baja de la tasa de ganancia. El crecimiento capitalista y la prosperidad requieren tanto de una tasa creciente de ganancia (de ganancias realizadas en el momento así como de ganancias adelantadas) como de un mercado en expansión (como realidad presente y tendencia futura). Pero la coincidencia de estas condiciones nunca puede ser permanente porque las fuerzas mismas que lo hacen posible en un momento dado del ciclo económico operan hacia su ruina en una etapa subsiguiente.[206] En ese sentido, las crisis de

 


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sobreproducción son inevitables en el capitalismo. Incluso según las hipótesis más optimistas, «las políticas anticíclicas» sólo pueden reducir su rango temporalmente; no pueden impedir que la «moderación» misma obtenida durante un período conduzca, a largo plazo, a efectos laterales más explosivos (tales como el movimiento acumulativo de inflación o el crecimiento precipitado de la carga de la deuda empresarial).[207]


La lógica objetiva de las crisis de sobreproducción, conectada con la operación de la ley del valor, se aclara a través de una importante observación de Marx en el libro segundo de El capital.[208] El equilibrio del proceso de la reproducción ampliada presupone que las mercancías se venden a su valor, o, con mayor precisión, al valor que tenían en el momento de su producción. Sin embargo, la dinámica misma de la reproducción ampliada incluye revoluciones regulares en la tecnología, intentos incesantes de los industriales por ganar la lucha competitiva mediante la reducción de sus costos de producción y sustitución creciente de la mano de obra por las máquinas. Todos estos fenómenos que se traducen en incrementos regulares de la productividad media del trabajo en la mayoría de los ramos productivos implican una baja tendencial del valor de cada mercancía. Bajo esta luz, las crisis de sobreproducción no son otra cosa que los mecanismos objetivos a través de los cuales se logra el ajuste de los precios del mercado a los valores mercancía decrecientes.[209] El capital sufre por consiguiente pérdidas importantes (desvalorizaciones del capital), ya sea directamente, a través de la reducción en el valor del capital mercantil, o indirectamente, a través de la quiebra y el cierre de las empresas menos eficientes.


Marx subraya además en el libro segundo de El capital que existe un nexo entre el ciclo económico y el ciclo de rotación del capital fijo que difiere de ese del que se habla comúnmente de la determinación grosso modo de la amplitud del primero mediante la del segundo. El gasto del capital fijo es discontinuo en un doble sentido. Las máquinas no son sustituidas pieza por pieza (excepto, desde luego, en lo que se refiere a las reparaciones normales) sino in toto, digamos, una vez cada seis o siete años. Su sustitución tiende a ocurrir al mismo tiempo en numerosos ramos clave interconectados de la industria, precisamente porque el proceso no es sólo, ni en esencia, una función del uso y desgaste físico,[210] sino más bien una respuesta a los incentivos financieros para introducir tecnología más avanzada. (Los criterios principales del cálculo de ganancias están aquí: disponibilidad de suficientes reservas de capital dinerario, tasas y expectativas de ganancias crecientes y la existencia o anticipación de una súbita expansión del mercado). Estos incentivos coinciden sólo en un cierto punto con el ciclo económico; pero cuando esto ocurre, sigue una inversión masiva para la renovación del capital fijo. Esto a su vez establece una dinámica de acumulación del capital y crecimiento económico acelerados, junto con una rápida expansión de mercados, que conduce finalmente a un incremento en la

 



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composición orgánica del capital, una baja tendencia) de la tasa de ganancia y una tendencia a retardar la inversión y la renovación del capital fijo.


La renovación discontinua del capital fijo es, así, uno de los determinantes clave del ciclo económico. La dificultad se hace más compleja por el hecho de que la capacidad productiva de la subrama del sector I que produce los medios de producción para la producción de medios de producción debe normalmente estar ligada a la demanda general para la renovación del capital fijo (al menos en su promedio social). Así, si bien esta subrama puede ser rebasada por la demanda pico en el momento de «sobrecalentamiento», sufrirá de una capacidad no utilizada durante una parte considerable del ciclo económico.[211]




LA CIRCULACIÓN MONETARIA, EL CAPITAL DINERARIO Y EL ATESORAMIENTO DE DINERO


Uno de los aspectos más «modernos» del análisis de Marx es el tratamiento, en el libro segundo, de la dialéctica del «dinero mercancía» y su correlación con los problemas relativos a la reproducción del capital social y el ciclo económico. Aquí, Marx anticipa fundamentalmente la problemática keynesiana del atesoramiento del dinero, o sea el retiro de dinero del proceso de circulación productiva (es decir, la circulación encaminada a la realización y reproducción del plusvalor). Marx parte del supuesto de que, para que el proceso de reproducción fluya suavemente, todo el ingreso generado en el proceso de producción debe gastarse en las mercancías producidas. Cualquier poder adquisitivo adicional inyectado al proceso de reproducción en un punto dado debe ser expulsado en otro punto, si el proceso ha de continuar de una manera equilibrada.


Ahora bien, sucede que el funcionamiento mismo del modo capitalista de producción conduce a un atesoramiento periódico del capital dinerario. Ya nos hemos enfrentado a este problema en relación con la renovación discontinua del capital fijo. Marx apunta que las expansiones y contracciones sucesivas del tiempo de circulación de las mercancías —relacionado con las fases del ciclo económico— resulta en expansiones y contracciones periódicas del capital dinerario comparándolo con el capital productivo. De la misma manera, el acortamiento o alargamiento del propio proceso de producción (por ejemplo, el incremento o reducción del peso, dentro de la mezcla total de productos, de aquellas mercancías que requieren un tiempo amplio de producción) da lugar a la contracción o expansión del volumen del capital dinerario en circulación. Cuanto más corto sea el tiempo de producción, más rápida será la rotación del capital productivo mismo y más pequeñas serán las reservas de dinero que los capitalistas tienen que lanzar a la circulación para cubrir la nómina de salarios

 



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y sus propias necesidades de consumo hasta que las mercancías manufacturadas en sus fábricas sean terminadas y vendidas. A la inversa, un alargamiento del tiempo de producción resultará en un alargamiento del tiempo de rotación del capital, y un incremento en las reservas de capital dinerario e ingresos de dinero que tienen que inyectarse en el proceso de circulación para mantener el consumo hasta que la producción y venta de las mercancías se complete.[212]


Más generalmente, el flujo armónico de la reproducción ampliada se ve constantemente amenazado (no permanentemente alterado, desde luego) porque siempre hay capitalistas que compran sin vender y otros que venden sin comprar. Se retira continuamente dinero de la circulación y se inyecta dinero adicional continuamente. Sólo cuando estos movimientos se cancelan más o menos entre sí, no entrará en conflicto el carácter parcialmente autónomo del flujo del dinero con la necesidad de realizar el valor total de las mercancías producidas. Si bien el sistema bancario se esfuerza objetivamente por lograr ese equilibrio (y representa así una fuerza de contabilidad y centralización social superior a cualquier logro que la propiedad privada pudiera alcanzar en el área de la producción), carece de los medios para asegurar un equilibrio automático y continuo. Aquí aparece una causa adicional de la discontinuidad o interrupción de la producción ampliada —una causa que, aunque derivada a partir de los fenómenos monetarios, está desde luego arraigada esencialmente en la naturaleza contradictoria de la mercancía y de la producción de valor y plusvalor.


De ahí se sigue que una serie de proporciones, adicionales a las que emergen prima facie de los esquemas de reproducción, desempeñan un papel importante en la amplificación, si no en el desencadenamiento, del ciclo económico. La forma en que la masa monetaria se divide entre el dinero circulante y el atesorado;[213] la forma en que el dinero circulante se divide entre el capital dinerario en circulación y el ingreso circulante; la forma en que el dinero atesorado se divide entre el capital productivo latente (potencial) (es decir, capital dinerario que tenderá a contribuir a la producción incrementada del plusvalor) y el capital que es atesorado más o menos permanentemente (es decir, retirado tanto de la esfera de producción como de la esfera de circulación de mercancías), todas estas proporciones influyen significativamente en el volumen y ritmo de la acumulación del capital.[214]


Keynes estaba en lo cierto cuando descartó el supuesto de una ocupación plena más o menos permanente de la fuerza de trabajo y el capital (o, al menos, la hipótesis de que se podía lograr automáticamente a través de la operación de las fuerzas del mercado). Tuvo también razón en apuntar que el capital o ingreso no gastado (es decir, atesorado) es una fuente importante del desequilibrio y subempleo de los recursos productivos en una economía basada en la producción generalizada de mercancías. De hecho, Marx había argumentado lo mismo sesenta y cinco años antes

 



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en el libro segundo de El capital. Pero su comprensión de los mecanismos fundamentales del modo capitalista de producción demostró ser más profunda que la de Keynes, porque Marx fue un paso más adelante al distinguir entre inversión productiva (es decir, inversión que conduce a una producción incrementada de plusvalor) e inversión «improductiva» (que no puede aumentar directamente la riqueza social y el ingreso real totales, sino sólo contribuir indirectamente a una reasignación y un redespliegue de los recursos existentes). Después de todo, construir pirámides y excavar canales para rellenarlos de nuevo no tiene el mismo efecto sobre el crecimiento económico, la acumulación de capital y la reproducción ampliada que construir nuevas fábricas y abrir nuevos campos petroleros. Comprar bonos del gobierno para financiar la construcción de pirámides es evidentemente un tipo diferente de actividad que la inversión de capital productivo.[215]


A partir de los elementos del análisis monetario dispersos a lo largo del libro segundo es posible identificar, dentro del marco de la teoría económica marxista, cuatro causas claras del alza en los precios de las mercancías. Estas causas son las siguientes:


a] Una caída de la productividad media del trabajo en una rama dada de productos (por ejemplo, en ciertas ramas agrícolas o mineras, donde un descenso en la fertilidad natural no se ve por completo equilibrado por el progreso tecnológico); los precios subirían entonces como resultado de un incremento en el valor de mercancías particulares (es decir, en la cantidad de trabajo socialmente necesario para su producción).


b] Un incremento súbito en la productividad del trabajo en la industria minera del oro (y por tanto un descenso en el valor del oro); si todo lo demás permanece igual, la misma masa de mercancías sería cambiada por una cantidad mayor de oro (producido por la misma cantidad de trabajo que antes). En otras palabras, el precio áureo de las mercancías aumentaría.


c] Una tendencia ascendente de las fluctuaciones de precios en el mercado alrededor de un eje inalterado de valores. Esto puede ocurrir, aun cuando la moneda áurea permanezca estable y no haya inflación de papel moneda, en esa precisa etapa del ciclo económico marcada por la contracción periódica de la parte atesorada del dinero en comparación con la parte circulante.


d] Un movimiento inflacionario de los símbolos monetarios. En este caso, una cantidad constante de oro, que se cambia contra la misma cantidad de mercancías que antes sobre la base de una cantidad inalterada de trabajo socialmente necesario, se representa ahora por una suma mayor de símbolos de papel moneda (o de dinero bancario, dinero crediticio).[216]

 







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13. CRECIMIENTO Y CRISIS


El «mensaje» central del libro segundo, como el del libro primero, se refiere a un proceso aterradoramente dinámico. El libro primero indica por qué el capital, por su esencia misma, es valor en búsqueda perpetua de valor adicional, producido por los trabajadores en el proceso de producción. La sed insaciable de plusvalor es el motor fundamental del crecimiento económico, la revolución tecnológica, el gasto en «investigación y desarrollo», las mejoras de las comunicaciones, «la ayuda al tercer mundo», la promoción de ventas y la investigación de mercados. Una búsqueda correspondiente para alcanzar un enriquecimiento individual aparece en el núcleo de todos los niveles de la sociedad burguesa, junto con una creciente enajenación de los trabajadores y los seres humanos todos y una amenaza creciente de que las fuerzas de producción se transformen en fuerzas de destrucción. Paradójicamente, la humanidad pierde crecientemente el control sobre sus propios productos y la tarea productiva, en el momento mismo en que su dominio sobre la naturaleza y las fuerzas naturales parece desarrollarse a grandes saltos.[217]


En el libro segundo de El capital seguimos a las mercancías, que contienen el plusvalor producido por los trabajadores, en sus viajes fuera de la fábrica. Se desencadena un «movimiento en espiral» del crecimiento —un verdadero alud.[218] La venta de mercancías a su valor permite que la ganancia se realice y se acumule el capital. Más capital engendra más plusvalor, el que a su vez engendra más capital. Los obstáculos en el camino hacia la autoexpansión —como la permanencia forzada de las mercancías en la esfera de la circulación o el carácter prolongado del proceso mismo de producción— son barridos por el alud gracias a la división social del trabajo dentro de la clase capitalista; la aparición del capital comercial y bancario y la lucha constante por acelerar el transporte de mercancías establecen un sistema mundial de comunicaciones y reducen la extensión del proceso de circulación a un mínimo. Una inmensa montaña de mercancías se distribuye a una velocidad vertiginosa alrededor del globo, de manera que una marea regularmente creciente de valor (capital dinerario) se pueda concentrar en manos de un porcentaje cada vez menor (si no necesariamente en números absolutos contraídos) de la población activa del mundo. Los amos verdaderos de hoy se encuentran probablemente en no más de mil o dos mil empresas en todo el mundo.[219]


Esta búsqueda frenética de riqueza adicional para crear aún más riqueza se divorcia crecientemente de las necesidades e intereses humanos básicos, se opone crecientemente a la «producción de una rica individualidad» y al «desarrollo enriquecedor de las relaciones sociales» que abarque a todos los seres humanos. Pero el proceso no puede continuar suave e ininterrumpidamente: el capital carece de poder para superar las contradicciones básicas de la mercancía y la propiedad

 



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privada. De ambos lados, las contradicciones de la producción por sí mismas (es decir, la producción para aumentar las ganancias de los propietarios de los medios de producción más importantes) deben conducir a una descarga periódica de grandes convulsiones sociales y económicas.


Siguiendo la explosión social iniciada en el mundo occidental por el movimiento de mayo de 1968 en Francia, la severa recesión generalizada de 1974-1975 [220] ha confirmado el análisis básico de Marx. El crecimiento capitalista no puede ser sino desigual, desproporcionado e inarmónico. La reproducción ampliada necesariamente da lugar a la reproducción contraída. La prosperidad conduce inexorablemente a la sobreproducción. La búsqueda de la piedra filosofal que permitiera a la economía de mercado (o sea la propiedad privada, o sea la competencia) coincidir con un crecimiento equilibrado y consumo masivo para desarrollarse al paso de la capacidad productiva (pese al afán de los capitalistas por forzar la tasa de explotación), esta búsqueda continuará mientras el sistema sobreviva. Pero ya no será coronada por el éxito como lo ha sido a lo largo de más de siglo y medio. El único remedio posible para las crisis económicas de la sobreproducción y las crisis sociales de la lucha de clases es la eliminación del capitalismo y la sociedad de clases. No se hallará ninguna otra solución, tanto en la teoría como en la práctica. Esta asombrosa predicción hecha por Marx ha sido corroborada por la evidencia empírica desde que se escribió El capital. No hay señales de que los desenvolvimientos presentes o futuros lleguen a contradecirla.

 





































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III


EL LIBRO TERCERO



Si el libro primero de El capital es el más famoso y difundido, y el segundo el desconocido, el tercero es el más controvertido. Las discusiones comenzaron incluso antes de que apareciera, como lo indica Friedrich Engels en su prólogo. Después de la publicación hecha por éste en 1894 continuaron, principalmente en forma de crítica de las doctrinas económicas de Marx por el economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk, dos años después.[221] Desde entonces no han cesado; difícilmente pasa un año sin alguna tentativa de refutación de cualquiera de las tesis principales del libro tercero, o de señalamiento de supuestas discrepancias con el primero.[222]


No es difícil descubrir la razón de esta insistencia polémica. El libro primero se concentra en la fábrica, la producción de plusvalor y la necesidad de los capitalistas de aumentar su producción constantemente. El libro segundo se concentra en el mercado y examina los flujos recíprocos de mercancías y dinero (capacidad adquisitiva) que, al realizar sus valores, permiten a la economía reproducirse y crecer (exigiendo al mismo tiempo una división proporcional tanto de las mercancías en diferentes categorías de valor de uso específico como de los flujos de dinero en poder adquisitivo para mercancías específicas).[223] Si bien estos libros contienen una tremenda cantidad de dinamita intelectual dirigida contra la sociedad burguesa y su ideología dominante —con todo lo que implica para los seres humanos, y en particular para los trabajadores— no dan ninguna indicación precisa sobre el modo como las contradicciones internas del sistema preparan el terreno para su final e inevitable caída.


El libro primero sólo nos muestra que el capitalismo produce su propio enterrador en la guisa del proletariado moderno, y que dentro del sistema se agudizan las contradicciones. El libro segundo indica que el capitalismo no puede alcanzar una reproducción continuamente ampliada; que su crecimiento adopta la forma del ciclo industrial; que su equilibrio es sólo producto de desequilibrios que reaparecen continuamente; que las crisis periódicas de superproducción son inevitables. Pero el modo preciso como esas contradicciones (y muchas otras) se relacionan entre sí, de manera que las leyes del movimiento básicas del modo capitalista de producción llevan a crisis explosivas y a su derrumbe final, no está elaborado en detalle en esos primeros volúmenes. Son etapas iniciales en un análisis cuyo objetivo final es explicar cómo opera concretamente el sistema —tanto en «esencia» como en «apariencia».


Ese tipo de explicación de la economía capitalista en su totalidad es precisamente el propósito del libro tercero. Sin embargo, no está completa. En primer lugar, Marx

 



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no dejó un manuscrito terminado del libro, de manera que faltan secciones importantes. Es seguro que la inconclusa sección séptima, que termina con el apenas empezado capítulo LII sobre las clases sociales, hubiera aportado un nexo fundamental entre el contenido económico de la lucha de clases entre el capital y el trabajo, desarrollada extensamente en el libro primero, y su desenlace económico general, parcialmente esbozado en los capítulos XI y XV del libro tercero.[224] En segundo lugar, el libro tercero lleva el subtítulo de «El proceso global de la producción capitalista». Pero, como ya sabemos por el libro segundo, la totalidad del sistema capitalista incluye la circulación además de la producción. Para completar un examen del sistema capitalista global, El capital tendría que incluir además otros volúmenes referentes, entre otras cosas, al mercado mundial, la competencia, el ciclo industrial y el estado. Todo esto estaba incluido en el plan de Marx para El capital, y no hay ninguna indicación de que lo haya abandonado; [225] por el contrario, hay aquí pasajes que confirman que pospuso el examen detallado de esos problemas para volúmenes posteriores que desdichadamente no llegó a escribir.[226] El libro tercero ofrece valiosos indicios de cómo se hubiera planteado Marx la integración de esas cuestiones en una visión general del sistema capitalista, pero no contiene una teoría del mercado mundial plenamente desarrollada, de la competencia (nacional e internacional) ni —especialmente— de las crisis industriales. Muchas de las controversias referentes al libro tercero de El capital se deben justamente a la forma incompleta —por las razones que acabamos de indicar— de algunas de las teorías que contiene.


Pero la razón fundamental de la amplitud y duración de esas polémicas es el hecho de que el libro tercero intenta responder a la pregunta «¿Adónde va el capitalismo?». Se propone mostrar que las crisis son parte intrínseca («inmanente») del sistema; que ni los esfuerzos de capitalistas individuales ni los de las autoridades públicas pueden evitar que estallen crisis. Intenta mostrar que mecanismos intrínsecos, que no es posible superar sin abolir la propiedad privada, la competencia, la ganancia y la producción de mercancías (la economía de mercado), llevan necesariamente a un derrumbe final. No hace falta subrayar que este veredicto es intolerable para los capitalistas y sus defensores. También podemos estar seguros de que resulta igualmente desagradable para economistas «neutrales» que, a pesar de sus afirmaciones de objetividad, en realidad dan por sentadas la permanencia y la preferibilidad de la producción de mercancías y la economía de mercado —como cosas determinadas por la naturaleza y correspondientes a los intereses de la humanidad. Finalmente, las discusiones teóricas y las luchas políticas trabadas sobre y en el movimiento obrero desde fines del siglo XIX han confirmado reiteradamente que plantean problemas graves para los filántropos y los reformadores sociales que, aunque comparten la indignación de Marx ante la pobreza y miseria masiva que

 



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provoca el funcionamiento espontáneo del sistema, piensan que es posible eliminar la pobreza sin deshacerse del sistema mismo. Es decir que hay serias razones sociales por las que el libro tercero tenía que provocar el furor que indudablemente provocó.




EL PLAN DEL LIBRO TERCERO


El libro tercero está construido con el mismo rigor lógico de sus predecesores. El problema sustantivo que Marx intenta elucidar aquí no es el del origen de las dos categorías básicas de ingresos: salarios y ganancia. Ese problema se resolvió en el libro primero. Lo que quiere aclarar aquí es cómo sectores específicos de la clase dominante participan en la distribución de la masa total de plusvalor producida por los asalariados productivos, y cómo se regulan esas categorías económicas específicas. Su indagación se refiere fundamentalmente a cuatro de esos grupos de clase dominante: capitalistas industriales; capitalistas comerciales; banqueros; terratenientes capitalistas.[227] Por lo tanto, en el libro tercero aparecen cinco categorías de ingreso: salarios; ganancias industriales; ganancias comerciales (y bancarias); intereses; renta de la tierra. Marx reagrupa estas cinco en tres categorías básicas: salarios, ganancias y renta de la tierra.


Pero para analizar las distintas partes en que se divide la masa total de plusvalor hay que dar toda una serie de pasos intermedios. Es preciso distinguir la tasa de ganancia —como categoría analítica separada— de la tasa de plusvalor, e identificar los varios factores que influyen en esa tasa de ganancia. Es preciso descubrir la tendencia hacia una nivelación de la tasa de ganancia de todos los capitales, independientemente de la cantidad de plusvalor que produzca el capital variable «propio» de cada uno, es decir los asalariados productivos que emplean productivamente. Y de estas dos innovaciones conceptuales se deduce la pieza central de todo el libro: la baja tendencial de la tasa general de ganancia —en ausencia de tendencias contrarias equivalentes. Tras deducir la ganancia en general del plusvalor en general, Marx continúa mostrando cómo la ganancia misma se divide en ganancia empresarial (ya sea en la industria, los transportes o el comercio) e interés, es decir, la parte del plusvalor destinada a los capitalistas propietarios de capital dinerario y que se limitan a prestarlo a empresarios. Finalmente, la masa total de plusvalor que se divide entre todos los empresarios y prestamistas se reduce por la introducción de la categoría de plusganancia (plusvalor que no participa en el movimiento general de nivelación de la tasa de ganancia). Las razones por las que puede surgir esa plusganancia se estudian en detalle para un caso especial, el de la renta de la tierra. Pero Marx deja bien claro, especialmente en los capítulos X y XIV, que la renta de la tierra no es sino un caso de un fenómeno más general. Por lo tanto, está justificado

 



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decir que la sección sexta del libro tercero se refiere en realidad al problema más general del monopolio que da origen a la plusganancia. En su teoría de la plusganancia Marx anticipa toda la teoría contemporánea de precios y ganancias monopólicos, y es mucho más claro con respecto a sus orígenes que la mayoría de los economistas académicos que a lo largo del siglo XX han tratado de elucidar los misterios del monopolio.[228]


La lógica fundamental de El capital de Marx se despliega en toda su majestad una vez que integramos la estructura del libro tercero en la de los libros primero y segundo. El diagrama da una representación esquemática de su contenido general y cohesión global.




LA NIVELACIÓN DE LA TASA DE GANANCIA


En el libro primero, Marx mostró que sólo el trabajo vivo produce plusvalor; desde el punto de vista del capitalista, la fracción del capital que se utiliza para comprar fuerza de trabajo, no la destinada a la compra de edificios, maquinaria, materias primas, energía, etc. Por esa razón Marx llamó variable a la primera fracción del capital y constante a la segunda. A primera vista parecería que cuanto mayor sea la proporción de capital que cada ramo de la industria gasta en salarios, mayor será su tasa de ganancia (la relación entre el plusvalor producido y la cantidad total de capital invertido o gastado en la producción anual). Sin embargo, esa situación sería contraria a la lógica básica del modo capitalista de producción, que consiste en expansión, crecimiento, reproducción ampliada, a través de la sustitución del trabajo vivo por trabajo muerto: a través de un aumento en la composición orgánica del capital, en que una parte creciente del gasto total de capital se produce en forma de gasto por equipos, materias primas y energía, antes que por salarios. Esta lógica básica es resultado tanto de la competencia (puesto que la reducción del precio de costo, por lo menos a largo plazo, es función de una maquinaria cada vez más eficiente, es decir del progreso técnico que es esencialmente ahorrador de trabajo) y de la lucha de clases (puesto que, también a largo plazo, la única manera como el incremento de la acumulación de capital puede impedir que la mano de obra escasee y por lo tanto se produzca un aumento constante del nivel del salario real, que terminaría por reducir sensiblemente la tasa de plusvalor, consiste en acumular una parte cada vez mayor del capital en forma de capital constante fijo, es decir, en sustituir trabajo vivo por maquinaria). Además, la evidencia empírica confirma en forma abrumadora que los ramos de la producción más intensivos de mano de obra que otros generalmente no realizan tasas de ganancia más altas.

 





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La conclusión que extrae Marx es pues la siguiente: en un modo capitalista de producción plenamente desarrollado y funcionando normalmente, ningún ramo industrial recibe directamente el plusvalor producido por el trabajo asalariado que emplea. Recibe solamente una fracción del plusvalor global producido, proporcional a la fracción que representa del capital global gastado. En determinada sociedad burguesa (o país) el plusvalor en conjunto es redistribuido. Esto da como resultado una tasa de ganancia media más o menos aplicable a cada ramo de capital. Ramos de producción que tienen una composición orgánica de capital por debajo del promedio social (es decir que emplean a más trabajadores y gastan más capital variable, en relación con el capital global gastado) no realizan parte del plusvalor producido por «sus» asalariados. Esa parte del plusvalor es transferida a los ramos de la industria donde la composición orgánica del capital está por encima del promedio social (es decir que gastan en equipos y materias primas una proporción mayor del capital total y en salarios una parte menor, que el promedio social). Sólo los ramos de la industria cuya composición orgánica del capital es idéntica al promedio social realizan todo el plusvalor producido por los asalariados que emplean, sin transferir nada de él a otros ramos ni recibir ninguna fracción de plusvalor producido por otros ramos. Por lo tanto, cada capital recibe una parte del plusvalor total producido por el trabajo productivo que es proporcional a su propia parte en el total del capital social. Ésta es la base material del interés común de todos los propietarios de capital en la explotación del trabajo —la cual por ello adopta la forma de explotación colectiva de clase (la competencia entre muchos capitales decide solamente el modo como esa masa total se redistribuye entre los capitalistas).


Este proceso de nivelación de la tasa de ganancia plantea tres series de problemas. ¿Qué relación tiene con la teoría general del valor-trabajo? ¿Cuáles son los mecanismos concretos que permiten que la nivelación de la tasa de ganancia se produzca en la vida real? ¿Cuál es la solución «técnica» del problema de la transformación de los valores en precios de producción (gastos de capital, es decir, costos de producción, que se incluyen en el producto de cada mercancía + ganancia media multiplicada por esos gastos)? Los primeros dos problemas han provocado relativamente menos controversia que el tercero, probablemente debido a su carácter más «abstracto». Sin embargo, son de la mayor importancia para la cohesión interna de la teoría económica marxista, y además el tratamiento que les da Marx muestra su método dialéctico en su forma más madura.


Brevemente expuesto, con respecto al primero Marx sostiene que, como el valor es en último análisis una categoría social y no individual, los ramos de la industria que tienen una composición orgánica del capital inferior al promedio social, objetivamente derrochan trabajo social desde el punto de vista de la sociedad capitalista global (es decir, desde el punto de vista de la «igualdad» de los

 



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propietarios de mercancías).[229] Por lo tanto, el mercado no devuelve a sus propietarios todo el valor efectivamente creado durante el proceso de producción en esos ramos. Inversamente, los ramos de la industria que tienen una composición orgánica del capital por encima del promedio, es decir, una productividad social del trabajo superior al promedio, objetivamente economizan trabajo socialmente necesario. Sus propietarios son recompensados por ello por el mercado, que les adjudica una proporción de todo el plusvalor producido mayor que la directamente producida por los asalariados que emplean.


Se han formulado varias objeciones a esta solución. ¿Es comparable la productividad del trabajo en diferentes ramos de producción, en la medida en que éstos no produzcan bienes intercambiables? Esta dificultad puede resolverse de manera dinámica, es decir comparando las diferentes tasas de aumento de la productividad del trabajo en diferentes ramos de producción a lo largo del tiempo. En forma más general, la composición orgánica del capital específica en cada ramo de producción, que cambia constantemente como resultado de esos cambios en la productividad del trabajo, puede considerarse un índice general, un medio de medición, de la productividad social del trabajo.[230] En una economía de mercado capitalista, con sus constantes revoluciones en las técnicas de producción, sus constantes desplazamientos de la demanda de una mercancía a otra, sus constantes flujos de inversiones de capital de un ramo a otro, esta suposición es tanto teóricamente sostenible como empíricamente verificable.


Pero ¿no hay una contradicción básica entre considerar todo el trabajo efectivamente gastado en el proceso de producción de cada ramo como productor de valor, y al mismo tiempo explicar las transferencias de valor (plusvalor) entre diferentes ramos como una función de un objetivo derroche (o economía) de trabajo social?[231] Yo no lo creo. Lo que tenemos aquí, por el contrario, es una demostración de la especialísima forma en que trabajo social y trabajo privado se combinan e interrelacionan en el capitalismo, es decir en la producción generalizada de mercancías.


Para Marx, el problema del valor como encarnación de trabajo humano abstracto no es un problema de medida, de numéraire, sino un problema de esencia.[232] Cada comunidad tiene a su disposición un total determinado de capacidad de trabajo (un número total de productores efectivamente dedicados al trabajo productivo, multiplicado por el promedio socialmente aceptado de días laborables por año y horas laborables por día). Ese potencial es una categoría objetiva, en un país determinado y por un período determinado (para simplificar, podemos tomar el año laborable como marco temporal básico). De ahí surge el valor total producido en un año (en la medida en que ninguna parte de ese potencial de trabajo haya estado ociosa por razones independientes de su voluntad). De nuevo, ésta es una categoría social

 



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objetiva: el número total de horas de trabajo efectivamente producidas en el curso del proceso de producción. La categoría de «trabajo socialmente necesario», que trata algunas de esas horas de trabajo como «derrochadas» y por lo tanto no justificadas desde un punto de vista social, implica solamente redistribución del valor dentro de cada ramo de producción, excepto en casos de monopolio.[233]


Si extendemos el mismo razonamiento al conjunto de la economía, nada cambia. Todo trabajo efectivamente consumido en el proceso de producción ha producido valor. No puede aumentar o disminuir por obra de nada que ocurra fuera de la esfera efectiva de la producción. El problema de la compensación del gasto de trabajo por el mercado es un problema de distribución, no de producción. Así, es perfectamente posible que trabajo privado efectivamente gastado en determinado ramo, a la tasa de productividad promedio de ese ramo, sea trabajo socialmente necesario y haya producido efectivamente valor, mientras que al mismo tiempo los propietarios de las mercancías en que éste está encarnado no reciben plena compensación en el mercado por todo ese valor encarnado, o reciben un contravalor más elevado que la cantidad de valor encarnada en sus mercancías.


Esta unidad-y-contradicción dialéctica entre trabajo privado efectivamente gastado en producción y efectivamente productor de valor, por un lado, y, por el otro, valor socialmente compensado, es mediada por la comprensión de que el valor total es igual al precio total de producción (es decir, representa una suma igual de horas de trabajo, o semanas de trabajo, o años de trabajo: un potencial global de trabajo igual). Lo que se modifica en el mercado, es decir, lo que representan los conceptos del libro tercero de «dilapidación objetivada» y «ahorro objetivado» de trabajo social cuando se comparan ramos de producción diferentes (en contraste con las connotaciones de «dilapidación» y «ahorro» de cantidades de trabajo social dentro de cada ramo de la industria, tal como se estudian en el libro primero), es exclusivamente un problema de (re)distribución de valor, no de producción de valor.


El segundo problema referente a la nivelación de la tasa de ganancia entre distintos ramos de la industria es cómo funciona esto en la práctica. Para entender esto debemos partir del supuesto de que esa nivelación es siempre una tendencia, nunca una realidad permanente. Si partimos de la realización efectiva de la masa de plusvalor global producido en cada ramo de la producción por los capitalistas que operan en ese ramo, habrá una tasa de ganancia mucho más alta en los ramos de producción que tengan una composición orgánica del capital más baja y gasten mayor proporción de sus inversiones de capital en equipos y materias primas. Si todo permanece igual (lo que significa, sobre todo, no suponer por el momento ningún cambio en la distribución de la demanda total de diferentes valores de uso producidos por distintos ramos de producción), esa tasa de ganancia superior al promedio atraerá capital adicional hacia esos ramos. Eso hará aumentar la producción (el suministro)

 



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por encima de la demanda social, lo que precipitará la declinación de los precios, lo que precipitará la declinación de la tasa de ganancia. Por el contrario, en los ramos de producción donde la composición orgánica del capital es superior al promedio, por lo tanto la tasa de ganancia «inicial» es inferior al promedio, se retirarán capitales, la producción declinará hasta caer por debajo de la demanda social, los precios se elevarán, las ganancias se elevarán hasta alcanzar la tasa media social de ganancia.


En otras palabras, es el flujo y reflujo de capital entre distintos ramos de producción, de los de tasa de ganancia más baja a los de tasa de ganancia más alta, la fuerza impulsora de la nivelación de la tasa de ganancia. Ese flujo y reflujo de capital entre distintos ramos de producción es indudablemente la forma principal en que se produce la acumulación (crecimiento) de capital en la vida real, es decir, como un proceso desigual, en el que los ramos nunca crecen exactamente al mismo ritmo en el mismo lapso. En realidad, la nivelación de las tasas de ganancia presupone su desnivel relativo. Es un proceso que constantemente se realiza negándose a sí mismo. Cualquiera que estudie la historia real de los ramos capitalistas de la industria, la minería y el transporte, puede confirmar esto fácilmente.


Ese proceso desigual no presupone necesariamente que se inicie con gran desigualdad en las tasas de ganancia de distintos ramos, ni que tasas de ganancia superiores coincidan cada vez con mayor intensidad de trabajo en determinados ramos. En realidad bastaría con suponer una sola situación inicial de ese tipo para que el proceso resultara perfectamente lógico y coherente con el análisis dado.[234]En realidad, desde muy temprano en la historia del capitalismo industrial moderno la tasa de ganancia media es una entidad conocida (el crédito bancario y la bolsa de valores desempeñan un papel significativo en su establecimiento).[235] El proceso real, entonces, no es tanto un proceso de capital que fluye de ramos con tasas de ganancia media inferiores hacia ramos con tasas superiores: el proceso real es generalmente un proceso de empresas en busca de plusganancias por encima de la tasa de ganancia media conocida, esencialmente a través de innovaciones revolucionarias (que podrían implicar la creación de ramos de la industria completamente nuevos). La tasa de ganancia media es continuamente conmovida y restablecida por las reacciones que esa constante revolución en la técnica de producción y la organización del trabajo provoca. Cada empresa, al tratar de maximizar su propia tasa de ganancia, contribuye, independientemente de sus deseos y designios, a la nivelación tendencial de la tasa de ganancia.


Si abandonamos ahora el inicial supuesto simplificador de una estructura de la demanda estable en determinado lapso, sólo tenemos que reintroducir mediaciones adicionales; el resultado sigue siendo sustancialmente el mismo. Si, con respecto a ramos de la industria de composición orgánica del capital inferior al promedio, hay además un aumento superior al promedio de la demanda social de su producción, los

 



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precios declinarán menos rápidamente a pesar del aflujo de capital adicional y el consiguiente aumento de la producción.[236] Pero eso sólo atraerá más capital adicional, hasta que finalmente ocurra la nivelación de la tasa de ganancia. Inversamente (y esto es más frecuente), si los ramos de la industria con composición orgánica inferior al promedio son ramos relativamente «antiguos» afectados por una declinación relativa de la demanda global, el aflujo de capital adicional llevará más rápidamente a una declinación de precios y ganancias, y a la nivelación, por último, de la tasa de ganancia. No es necesario repetir, para los ramos donde hay retirada de capitales debido a tasas de ganancia inicialmente inferiores, el razonamiento sobre la combinación de las fluctuaciones de la demanda final con el proceso de nivelación de la tasa de ganancia. Es una contrapartida obvia del análisis que se acaba de hacer.


Es la tercera categoría de problemas planteada por la nivelación de las tasas de ganancia entre distintos ramos de la producción la que más discusiones ha provocado: la que se refiere al problema «técnico» de la transformación de valores en precios de producción para cada mercancía específica (o grupo de mercancías), es decir el problema de cómo se puede probar «técnicamente» el funcionamiento de la ley del valor en condiciones de competencia de capitales entre distintos ramos de producción. Esto puede dividirse en dos principales cuerpos de argumentación, a los que llamaré la controversia sobre la retroalimentación y la confusión monetaria.




EL PROBLEMA DE LA TRANSFORMACIÓN: LA CONTROVERSIA SOBRE REALIMENTACIÓN


La controversia sobre realimentación surge del hecho de que, en la forma como Marx resuelve la transformación de los valores en precios de producción en el capítulo IX del libro tercero, aparentemente sólo se están «transformando» los valores de mercancías (productos) actualmente producidos, y no los valores de las «mercancías-insumo». Desde que el estadístico prusiano Ladislaus von Bortkiewicz formuló por primera vez esta objeción,[237] una línea constante de autores —algunos declarándose marxistas, otros evidentemente partidarios de otras doctrinas económicas o al menos de otras teorías del valor— han repetido esta afirmación sobre una falla básica en el pensamiento de Marx.[238]


Esta falla parece, a primera vista, tanto más evidente cuanto que Marx parece tener conciencia de ella. Una y otra vez se ha citado el siguiente pasaje del capítulo


«En virtud del desarrollo que acabamos de efectuar, se ha producido una modificación con respecto a la determinación del precio de costo de las mercancías. Originariamente suponíamos que el precio de costo de una mercancía era igual al valor de las mercancías consumidas en su producción. Pero para el comprador, el

 



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precio de producción de una mercancía es el precio de costo de la misma, y por lo tanto puede entrar como precio de costo en la formación del precio de otra mercancía. Puesto que el precio de producción puede divergir del valor de la mercancía, también el precio de costo de una mercancía, en el cual se halla comprendido este precio de producción de otra mercancía, puede hallarse por encima o por debajo de la parte de su valor global formado por el valor de los medios de producción que entran en ella. Es necesario recordar esta significación modificada del precio de costo, y no olvidar, por consiguiente, que si en una esfera particular de la producción se equipara el precio de costo de la mercancía al valor de los medios de producción consumidos para producirla, siempre es posible un error.»[239]


Sin embargo, no debe obligarse a decir a esta cita de Marx lo que no dice. Dice solamente que si se utilizan cálculos de valor para los insumos y cálculos de precios de producción para los productos, hay probabilidades de llegar a conclusiones numéricamente erróneas. Esto es bastante obvio, puesto que todo el análisis se refiere precisamente a la desviación de los precios de producción con respecto a los valores. Pero la frase citada no implica que los precios de producción de insumos deban calcularse dentro del mismo período de tiempo que los precios de producción de los productos. Esa interpretación incluso se rechaza explícitamente en un pasaje que sigue inmediatamente al citado por von Bortkiewicz y tantos otros: «Para nuestra investigación presente no es necesario investigar más detalladamente este punto. Sin embargo siempre conserva su validez el principio de que el precio de costo de las mercancías es siempre menor que su valor. Pues por mucho que el precio de costo de la mercancía pueda divergir del valor de los medios de producción consumidos en ella, al capitalista le resulta indiferente ese error pasado. El precio de costo de la mercancía está dado, es una premisa independiente de su producción —de la del capitalista—, mientras que el resultado de su producción es una mercancía que contiene plusvalor, es decir un excedente de valor por encima de su precio de costo».


[240]


Y aún más claramente: «A pesar de los grandes cambios que se producen constantemente —como se seguirá viendo— en las tasas efectivas de ganancia de las esferas particulares de producción, una modificación real en la tasa general de ganancia, en tanto no haya sido puesta en acción, excepcionalmente, por acontecimientos económicos extraordinarios, es la obra muy tardía de una serie de oscilaciones que se extiende a través de lapsos muy prolongados, es decir de oscilaciones que requieren mucho tiempo hasta consolidarse y compensarse para producir una modificación de la tasa general de ganancia. Por ello, en todos los períodos más breves (y prescindiendo por completo de las fluctuaciones en los precios del mercado), una modificación de los precios de producción siempre debe explicarse prima facie, a partir de un cambio real en el valor de las mercancías, esto es, a partir de un cambio en la suma global del tiempo de trabajo necesario para su

 


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producción». [241]

Dicho de otro modo, en los ciclos de producción presentes los insumos son datos, que se dan al comienzo de ese ciclo, y no tienen efecto de retroalimentación sobre la nivelación de las tasas de ganancia en distintos ramos de producción durante ese ciclo. Basta con suponer que son calculados, del mismo modo, en precios de producción y no en valores, pero que esos precios de producción resultan de la nivelación de las tasas de ganancia durante el previo ciclo de producción, para que desaparezca toda incongruencia.


Esta suposición elimina la incongruencia lógica de que acusan a Marx von Bortkiewicz y sus seguidores, entre calcular los insumos en forma de valores y los productos en forma de precios de producción. Pero ¿es compatible con lo que sabemos sobre el funcionamiento real de los movimientos del capital en determinado período (un año, por ejemplo)? ¿No se podría argumentar, por ejemplo, que los precios de las materias primas fluctúan constantemente, cambiando varias veces durante un año: a partir de ahí podríamos suponer que, donde ése es el caso, sin duda se producen efectos de retroalimentación; y que la nivelación final de la tasa de ganancia es no sólo una función de la redistribución del plusvalor entre ramos de producción cuyos productos pueden ser considerados sólo como productos industriales, sino que debería incluir, por lo menos con respecto a las materias primas, parte de los insumos como participantes en la presente (anual) redistribución de plusvalor entre varios ramos?


Esta objeción, sin embargo, no es válida. Repito: los precias de producción de materias primas, como todos los demás insumos comprados por capitalistas dedicados actualmente a la producción, son datos inmodificables. No pueden variar por los altibajos de la producción corriente de plusvalor, ni por los cambios corrientes que ocurren en la composición orgánica del capital durante un año dado. Los capitalistas tienen que pagar por ellos un precio dado, que no cambia a posteriori en función de lo que está ocurriendo en determinado año en el campo de la redistribución final del plusvalor. Son resultados de la nivelación de la tasa de ganancia ocurrida durante el período anterior. Aun si supusiéramos que los capitalistas compran sus materias primas durante todo el año y no al comienzo solamente, y aun si elimináramos todas las reservas existentes de materias primas previamente producidas para explicar el origen de esas compras corrientes, la argumentación aún se sostendría.


La formación de los precios de producción, es decir, el cálculo de la tasa media de ganancia, no es un proceso en constante movimiento. Está ligado a la realización general de plusvalor de todas (o casi todas) las mercancías producidas constantemente. Es por eso por lo que hay que suponer un período mínimo antes de poder hablar de remplazo de la vieja tasa de ganancia por otra. Incluso la suposición

 



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de ese tipo de cambio anual es probablemente una exageración antes que una subestimación. Por lo tanto, hay que suponer que la compra de materias primas cada tres meses o incluso cada mes no altera sustancialmente los precios de producción (tasa media de ganancia), que resulta de los movimientos de capital ocurridos durante el año anterior. Naturalmente, no hay que confundir la formación de precios de producción —que resultan de una redistribución del total de plusvalor producido para el conjunto de la sociedad— con las constantes fluctuaciones de los precios de mercado, que Marx explícitamente excluye del estudio de los precios de producción, como queda claro en el pasaje antes citado.


La razón de esa relativa rigidez de los precios de producción (de las tasas de ganancia media en determinado país) está ligada a la naturaleza misma de los procesos de los que la nivelación de las tasas de ganancia es resultado: la determinación de la masa total de plusvalor (plustrabajo) producido, y los flujos y reflujos de capital (movimientos de capital en gran escala) entre varios ramos de producción, que determinan cambios y diferencias en la composición orgánica del capital tanto de los sectores productivos en conjunto como de cada uno de ellos separadamente. Está claro que tales movimientos sociales generales no pueden variar cada tres meses, y mucho menos cada mes. Tan sólo la relativa invisibilidad del capital fijo ya es un obstáculo formidable para tan vastos movimientos en condiciones de capitalismo avanzado, excepto en el caso de radical desvalorización del capital en condiciones de crisis aguda. Por lo tanto, Marx no sólo es teóricamente coherente cuando supone precios de producción de insumos que resultan de movimientos de nivelación en diferentes períodos (durante diferentes años) de los precios de producción de los productos. Esto también corresponde mucho más estrechamente a la realidad, al funcionamiento empíricamente verificable del sistema capitalista tal como lo conocemos, que la suposición contraria de von Bortkiewicz y sus seguidores.


Se han hecho numerosas tentativas, tanto de extender la crítica de von Bortkiewicz de la solución de Marx al problema de la transformación, como de ofrecer una solución alternativa a la propuesta por el propio von Bortkiewicz. J. Winternitz trató de formular una en que el precio total de producción todavía fuera igual al valor total. Más recientemente, Anwar Shaikh ha propuesto otra solución, empleando el «método iterativo» antes que el de ecuaciones simultáneas.[242] Sin embargo, los modelos matemáticos por sí solos no pueden «resolver» problemas teóricos. Sólo pueden formalizar interrelaciones previamente entendidas como tales, cuya naturaleza e implicaciones es preciso captar antes de que pueda tener lugar una formalización significativa. Desdichadamente, muchos de los autores de tales modelos operan dando tácitamente por sentadas correlaciones que no han sido demostradas ni empíricamente probadas antes. Sus ecuaciones conducen a resultados

 



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que desde luego son matemáticamente coherentes, pero que sin embargo pueden ser teóricamente erróneos: es decir, que no corresponden a una representación significativa del problema que supuestamente se intenta resolver.


En el «teorema Okishio», por ejemplo, el autor directamente pone entre paréntesis el capital fijo a fin de llegar a conclusiones sobre la tendencia de la tasa de ganancia. Pero si se postula que precisamente el crecimiento del capital fijo es una de las principales —si no la principal— determinantes de la baja tendencial de la tasa de ganancia, entonces ese teorema no prueba nada.[243] Del mismo modo, en la «solución» de von Bortkiewicz al problema de la transformación (aceptada por Paul Sweezy, Piero Sraffa, F. Seton y muchos otros), además de ganancias uniformes para todos los productos (no todos los ramos de la industria ni tampoco empresas, que es otra historia), se supone que para una solución sólo se necesitan las ecuaciones que incluyen mercancías que entran en la producción de otras mercancías. Es lógico que, en esas circunstancias, la composición orgánica del sector III (cuyas mercancías no entran en el proceso de reproducción) no influye en la tasa media de ganancia.[244] Pero esto nada nos dice ni sobre el sector III en el análisis de Marx, donde se excluye explícitamente esa distinción, ni especialmente sobre lo que sucede en la economía capitalista que funciona en la realidad, es decir, en la vida real. Decir que la composición orgánica de la industria de armamentos, incluyendo su tamaño, no tiene importancia para la tasa de ganancia real de una economía capitalista real es insostenible —especialmente si echamos un vistazo al tamaño de ese sector, por ejemplo, en Alemania en 1943 o en Estados Unidos en 1944.






EL PROBLEMA DE LA TRANSFORMACIÓN: LA CONFUSIÓN MONETARIA


Una segunda línea de ataque a la solución dada por Marx al problema de la transformación incluye una confusión entre precios de producción y precios de mercado, y más generalmente la inclusión en el problema de cuestiones concernientes a la expresión de los valores como precios, es decir dinero. Sweezy, en particular, ha sido culpable de esa confusión, en la forma como ha adoptado la crítica de von Bortkiewicz.[245] Otros, como Ian Steedman recientemente, han seguido sus pasos.

[246]


Sin embargo, el propio Marx deja perfectamente claro que los precios de producción no se refieren a precios de mercado, es decir valores (o precios de producción) expresados en términos monetarios. El título mismo del capítulo IX lo especifica, al referirse como lo hace a la transformación de los valores mercantiles en precios de producción. Los valores son cantidades de trabajo, y no tienen nada que

 



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ver con los precios monetarios como tales. La nivelación de la tasa de ganancia entre diferentes ramos de producción ocurre a través de la transferencia de cantidades de plusvalor de un ramo a otro. De nuevo, cantidades de plusvalor son cantidades de trabajo (plustrabajo) y no cantidades de dinero. Al final del último pasaje citado del libro tercero sigue una frase que omití deliberadamente y citaré ahora —una frase que de nuevo elimina toda duda acerca de la no inclusión de cuestiones monetarias en el problema de la transformación—: «Obviamente, no se considera aquí siquiera un mero cambio en la expresión dineraria de los mismos valores». [247] Si el problema no se refiere a cambios en la expresión dineraria de los valores, ipso facto tampoco se refiere a cambios en la expresión dineraria de los precios de producción.


En el capitulo X, que sigue inmediatamente a aquél en que da su solución del problema de la transformación, Marx efectivamente introduce los precios de mercado, y la influencia de la competencia, etc., sobre ellos. Pero allí también distingue clara y explícitamente entre las fluctuaciones de los precios de mercado y de las expresiones dinerarias del valor (precios de producción) de las fluctuaciones de la tasa media de ganancia que determinan fluctuaciones de los precios de producción.


[248]


Lo que hay por detrás de esta confusión es una comprensión insuficiente de la naturaleza de la teoría del dinero de Marx. Marx considera el dinero (el oro) como una mercancía especial que tiene su propio valor «intrínseco». Es sólo por esta razón por lo que puede servir como equivalente general del valor de cambio de todas las demás mercancías. De aquí deriva inmediatamente que las fluctuaciones de los precios de mercado (precios dinerarios, expresiones de valor en dinero) siempre pueden ser resultado de un movimiento dual: los cambios en el valor de una mercancía y los cambios en el valor de la mercancía dinero, el oro. Pero los cambios en el valor intrínseco de la mercancía dinero tienen idéntico efecto en los precios de mercado de todas las demás mercancías, es decir que no pueden alterar sus relaciones de intercambio mutuo (sus «precios relativos» mutuos). El papel moneda no cambia nada en este aspecto. La inflación de papel moneda significa solamente que una cantidad cada vez mayor de dólares de papel, libras de papel, etc., representa la misma cantidad (por ejemplo, una onza) de la mercancía dinero, el oro. Y lo que vale para la expresión dineraria del valor vale también para la expresión dineraria de los precios de producción, en cuanto se refieren solamente a una redistribución de cantidades de plusvalor entre distintos ramos de la producción.


Los «insumos» de las tablas de reproducción sólo podrían ser tratados como insumos en la producción capitalista real (es decir, en la vida real) si se expresaran en precios de mercado, y no en precios de producción: pues evidentemente los capitalistas compran materias primas, máquinas, edificios, etc., a precios de mercado. De manera que el problema sería cómo «transformar» los valores, no en precios de producción, sino en precios de mercado; o bien, en dos etapas sucesivas de

 


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transformación, valores en precios de producción y luego éstos en precios de mercado. Esta etapa final naturalmente tendría que incluir problemas dinerarios reales: específicamente, la relación entre el valor medio de las mercancías y el valor medio del oro. De lo que realmente se trata en esta controversia es de si el «problema de la transformación» se refiere al movimiento inmediato de la esencia a la apariencia, es decir, al proceso de producción y circulación en la realidad cotidiana, o bien —como yo sostendría firmemente— es sólo un nexo mediador en el proceso de conocimiento, que no se refiere todavía a datos inmediatamente verificables, empíricos, es decir, a precios de mercado.


El diagrama de la página 184 ayudará a elucidar las relaciones entre los diversos conceptos marxianos de valor, valor de mercado, precio de producción y precio de mercado, que suelen provocar confusión.


Una excelente crítica general de las «correcciones» de von Bortkiewicz-Sraffa del tratamiento marxiano de la relación entre precios de producción y valores la ha aportado Pierre Salama.[249] Tiene, entre otras cualidades, el mérito de revelar una serie de supuestos teóricos subyacentes de los que los propios autores no siempre tienen conciencia. Muestra que otra disgregación del sistema de von Bortkiewicz —o dicho de otro modo, la aplicación a von Bortkiewicz de algunas de las críticas que él mismo hace a Marx (por ejemplo, es evidente que en el sector I, los medios de producción que se utilizan exclusivamente para la producción de mercancías del sector III estarán en situación distinta)— conduce inevitablemente a la eliminación de todo cálculo de valor —y, por lo tanto, de la explotación misma— del sistema. No quiero decir que Salama, Farjoun y otros hayan resuelto definitivamente todas las dificultades planteadas por el «problema de la transformación»: está claro que aún queda espacio para la discusión y la investigación. Pero tampoco von Bortkiewicz, Seton y Sraffa han probado «definitivamente» que Marx estuviera equivocado.




LA CONTROVERSIA SOBRE LA BAJA DE LA TASA DE GANANCIA


De su definición de la tasa media de ganancia como suma total del plusvalor producido durante el proceso de producción dividido por la suma total de capital deriva Marx la principal «ley de movimiento» del modo de producción capitalista. Como la parte de capital que por sí sola lleva a la producción de plusvalor (el capital variable, utilizado para comprar fuerza de trabajo) tiende a convertirse en una fracción cada vez menor del capital global, debido a la tendencia fundamentalmente ahorradora de trabajo del progreso técnico —la gradual sustitución de trabajo vivo por trabajo muerto (maquinaria)— y debido al gradual aumento del valor de las

 



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materias primas en el de la producción total: como, en otras palabras, la composición orgánica del capital en su expresión de valor tiende a aumentar, hay una tendencia intrínseca a la baja de la tasa media de ganancia en el sistema capitalista.[250]


Desde luego, Marx habla explícitamente de una tendencia, no de un desarrollo lineal ininterrumpido. Insiste en que hay poderosas fuerzas contrarrestantes que actúan bajo el capitalismo, para neutralizar o incluso invertir la acción de la baja tendencial de la tasa media de ganancia. Otras fuerzas tienden, al menos parcialmente, a atenuar la acción de esa tendencia.











































La más importante fuerza contrarrestante es la posibilidad del sistema capitalista de aumentar la tasa de plusvalor. En realidad, desde un punto de vista puramente «técnico», podría parecer que el aumento de la tasa de plusvalor podría compensar indefinidamente el aumento en la composición orgánica del capital. Si cambiamos la


determinación de la tasa de ganancia   dividiendo denominador y numerador por v,


obtenemos la fórmula   . En otras palabras, la tasa de ganancia es directamente proporcional a la tasa de plusvalor s/v e inversamente proporcional a la composición orgánica del capital c/v. Si la tasa de plusvalor aumenta en la misma


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proporción que la composición orgánica del capital, la tasa de ganancia dejará de declinar.


Sin embargo, un instante de reflexión muestra que ese aumento proporcional de la tasa de plusvalor y de la composición orgánica del capital es imposible a largo plazo. Teóricamente, la composición orgánica del capital puede elevarse hasta el infinito. Eso es lo que ocurriría en una producción totalmente automatizada, de la que estuviera totalmente excluido el trabajo vivo.[251] Pero la tasa de plusvalor no puede elevarse hasta el infinito. Mientras se utilice trabajo vivo, es imposible imaginar un nivel de productividad (incluyendo el de fábricas plenamente automatizadas) en que los trabajadores reproduzcan el equivalente de todos los bienes de consumo que necesitan para reconstituir su fuerza de trabajo en un par de minutos o incluso un par de segundos de trabajo. En realidad, cuanto más alto sea el nivel existente de productividad del trabajo, y cuanto más alto el salario medio socialmente reconocido (salario real), más difícil se hace aumentar sustancialmente la tasa de plusvalor, sin rebajar seriamente los salarios reales —lo cual, además de provocar una seria crisis social y política, crearía un tremendo problema de sobreproducción (porque la masa de valores de uso, incluida en el departamento de bienes de salario, aumenta aún más rápido que la productividad del trabajo y la acumulación del capital).[252]


Además, cuando nos acercamos a la automatización completa, s —que no es una proporción sino una masa absoluta— empieza a declinar rápidamente junto con v, a medida que el número de asalariados y el número total de horas de trabajo disminuyen abruptamente. En realidad, en una economía plenamente automatizada el plusvalor desaparecería por completo, porque habrían desaparecido los insumos de trabajo vivo del proceso de producción. De modo que sería absurdo considerar formalmente una «tasa de plusvalor» 0/0, cuando el propio plusvalor no existiría ya.


Otras fuerzas contrarias mencionadas por Marx son: el abaratamiento de elementos del capital constante (tanto materias primas como maquinaria), que obviamente, al retardar el crecimiento de c/v, retardan simultáneamente la baja de la tasa de ganancia; la rápida rotación del capital, ya que la masa anual de beneficio es una función del número de ciclos de producción que un idéntico capital dinerario circulante puede hacer (esa rotación es, a su vez, función tanto de un proceso de circulación acelerado —es decir, transporte y venta de mercancías más rápido— como de un proceso de producción acortado, un ritmo de producción más rápido, etc.); el comercio exterior, con flujo de capitales hacia los países de más baja composición orgánica del capital; y, en general, la extensión de la inversión de capital hacia ramos hasta ahora no organizados en forma capitalista, donde inicialmente la composición orgánica del capital es considerablemente más baja que en la industria tradicional.[253] También un descenso de los salarios reales, elevando la tasa de plusvalor por encima del aumento que resulta normalmente de un incremento de la

 



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productividad del trabajo en la industria de bienes de salario (que es —o puede ser— acompañado por salarios reales estables e incluso ascendentes), pondrá un freno a la baja de la tasa de ganancia.


Finalmente, Marx no menciona en el capítulo XV del libro tercero lo que había destacado en el capítulo XIV: que la baja de la tasa de plusvalor puede ir (y normalmente va) acompañada por un aumento de la masa de plusvalor —y por lo tanto en la masa de ganancia. Mientras que esto, por sí mismo, no es un factor contrario a la baja tendencial de la tasa de ganancia, es evidente que sí es un factor contrario a algunas de las consecuencias económicas de esa tendencia. Es evidente que la clase capitalista no rebajará sustancialmente sus inversiones (ni hablar de suspenderlas por completo) cuando sus ganancias aumentan de 100 a 200 mil millones, tan sólo porque esos 200 mil millones ahora representan «apenas» un rendimiento del 5% en vez del de 11% del capital global. Buscará muchas maneras de invertir esa deplorable evolución, pero definitivamente no se entregará al pánico ni a la desesperación.


Tradicionalmente, los marxistas (y los economistas académicos especializados en la teoría del ciclo industrial) han considerado la teoría de la baja tendencial de la tasa media de ganancia de Marx en dos plazos específicos —y muy distintos: dentro del propio ciclo industrial (o de negocios), y en el plazo «secular» de toda la existencia histórica del modo capitalista de producción (para cuya capacidad o no de supervivencia indefinida es una cuestión vital). La «teoría del derrumbe» (Zusammenbruchstheorie,) que se refiere a este último plazo, será examinada al final de esta parte. En cuanto a la correlación entre los altibajos de la tasa de ganancia y el ciclo económico, hoy hay amplio consenso entre marxistas y economistas académicos especializados en estudios de los ciclos económicos.[254] Queda, sin embargo, un tercer plazo intermedio al que hasta ahora se ha prestado demasiado poca atención: el de las «ondas largas» del desarrollo capitalista, es decir, los sucesivos períodos de crecimiento más rápido y más lento del conjunto de la economía capitalista.


Hay abrumadora evidencia de que por lo menos en tres ocasiones —después de las revoluciones de 1848; alrededor de 1893, y al comienzo de la segunda guerra mundial en Estados Unidos, a fines de los cuarenta en Europa occidental y Japón— hubo un aumento significativo en la tasa media de crecimiento de la producción capitalista. Ese tipo de aumento de la tasa de crecimiento es sinónimo, desde un punto de vista marxista, de un ritmo de acumulación de capital acelerado. Y un aumento a largo plazo de la tasa de acumulación de capital es inconcebible, en el marco de la teoría económica marxista, sin un brusco y sostenido ascenso, en lugar de declinación, de la tasa media de ganancia.


A fin de hacer comprensible esta verdadera historia del modo capitalista de producción, contra el fondo de la baja tendencial de la tasa de ganancia de Marx,

 



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debemos examinar las condiciones imperantes inmediatamente antes de esos tres puntos de inflexión y al comienzo de las tres «ondas largas expansionistas». De ese modo podremos comprobar en qué medida las «causas contrarrestantes» enumeradas por Marx se combinaron en una forma particular para neutralizar, o incluso invertir, por un período más largo de lo que normalmente ocurre a cierta altura del ciclo industrial, la baja tendencial de la tasa de ganancia. En otro lugar he tratado de demostrar empíricamente que ése era en realidad el caso.[255] No es necesario repetir esa demostración, sino que bastará con decir que esas neutralizaciones transitorias de la ley (a las que también alude Marx)[256] de ninguna manera contradicen su validez general. Pues las «ondas largas de expansión» son seguidas regularmente por «ondas largas de depresión», en que la baja tendencial de la tasa de ganancia se manifiesta en forma aun más fuerte y duradera que durante el ciclo industrial normal. Sus acciones pueden ser retardadas por factores contrarrestantes, pero sólo para reafirmarse con una venganza. Tal, por lo menos, es la evidencia histórica hasta la fecha, y confirma plenamente el análisis de Marx. La única conclusión adicional a extraer es que es preciso articular entre sí los distintos plazos para comprender plenamente el funcionamiento concreto en el tiempo de la ley tendencial.


El funcionamiento mismo de la ley (su contenido de verdad)[257] ha sido cuestionado cada vez más en las últimas décadas por una serie de autores. Esto se ha debido en parte al hecho de que el crecimiento económico acelerado a largo plazo posterior a la segunda guerra mundial parecía de alguna manera incompatible —en los propios términos marxistas— con una tasa de ganancia decreciente. De ahí los esfuerzos de Gillman y otros por descubrir nuevas categorías como «gastos de realización» (presumiblemente deducibles del plusvalor, que se reduciría así a «plusvalor apropiado por el capital productivo») o «excedente», cuyo supuesto crecimiento explicaría por qué la tasa de ganancia tal como la entiende Marx deja de caer, mientras que si se la entiende de otro modo sigue cayendo.[258] Mientras tanto, sin embargo, desde 1974-1975 los acontecimientos han superado este tipo de argumentos, demostrando que la ley tiene más vigor que nunca.


Más sistemáticos han sido los esfuerzos de la escuela neorricardiana por impugnar la validez de la ley, tanto en el terreno teórico como en el empírico. El principal argumento teórico es el llamado teorema de Okishio.[259] Si cada capitalista sólo introduce maquinaria cuando ello aumenta su tasa de ganancia, ¿cómo es posible que el aumento de las ganancias de cada capitalista lleve a la baja de la tasa de ganancia para todos los capitalistas?


Hay, sin embargo, dos fallas en este razonamiento. En primer lugar, no es cierto que cada capitalista sólo introduzca nueva maquinaria si ello aumenta su tasa de ganancia. Como señala el propio Marx, ésa es ciertamente su inclinación voluntaria, pero puede verse obligado a introducir nueva maquinaria a fin de conservar su

 



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porción del mercado o incluso de salvar a su empresa de la quiebra, es decir, a fin de reducir su precio de costo bajo la presión de la competencia, a pesar del efecto de esa decisión sobre su tasa de ganancia. En efecto, sería más correcto decir que los capitalistas vacilarán en introducir nueva maquinaria que reduzca la cantidad de ganancia; pero la cantidad (masa) de ganancia y la tasa de ganancia son dos categorías bien distintas, y la primera puede ascender mientras la segunda desciende.


[260]


En segundo lugar, el argumento muestra una sorprendente incomprensión de la naturaleza misma de las «leyes del movimiento» capitalistas, de las que la baja tendencial de la tasa media de ganancia es un ejemplo tan sobresaliente. Esas leyes operan independientemente y a pesar de las decisiones conscientes de las empresas capitalistas individuales. En realidad, puede decirse que son los efectos objetivos e imprevistos de las decisiones conscientes de esas empresas. Ningún capitalista sabe de antemano cuáles serán los resultados reales de su decisión de adquirir nueva maquinaria. Sólo después de que hayan sido vendidas las mercancías producidas con ayuda de esa nueva maquinaria, y se hayan elaborado varios balances anuales sucesivos, podrán conocerse esos resultados. Por lo tanto, es perfectamente posible —y en realidad inevitable— que la compra de más maquinaria por «cada capitalista» tenga la intención de aumentar tanto su masa como su tasa de ganancia, pero que el resultado final de todas esas decisiones sea una situación en que la tasa media de ganancia de todos en realidad se ha reducido.[261]


En cuanto al principal argumento empírico adelantado por los neorricardianos, afirma que la composición orgánica del capital no se eleva en absoluto a lo largo del tiempo sino que permanece más o menos igual. En otras palabras, el progreso técnico a la larga no es esencialmente ahorrador de mano de obra ni «ahorrador de capital» sino neutral.[262] El indicador de esa supuesta estabilidad de la composición orgánica del capital es una supuesta estabilidad de la razón capital/producto a lo largo del tiempo.


Pero la razón capital/producto no es idéntica (ni paralela) a la composición orgánica del capital. Ni tampoco la supuestamente estable «parte salarial» del ingreso nacional es paralela (ni idéntica) a una tasa de plusvalor estable. En el caso de la razón capital/producto, se identifica erróneamente el capital constante con el capital fijo: es decir, el peso del valor de las materias primas, que tiende a volverse parte creciente del valor del capital constante (y del capital total), es eliminado por completo del razonamiento. En cuanto a la «cuenta de salarios», mezcla capital variable, que es el pago del trabajo productivo, con el pago de trabajo improductivo, que por lo menos en parte sale del plusvalor.[263] Especialmente en vista del constante crecimiento de la mano de obra improductiva en la historia del capitalismo tardío, la distinción es estadísticamente decisiva. Además de esto, Anwar Shaikh ha

 



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demostrado que la propia supuestamente estable razón capital/producto debe ser cuestionada seriamente, desde un punto de vista estadístico, y que en buena medida corresponde a un uso impreciso o equivocado de categorías estadísticas por estadísticos burgueses.[264] Los primeros estudios detallados han confirmado notablemente esta opinión.[265]


Subsiste el hecho de que, como resultado de la falta de transparencia de las relaciones de valor real que miden los precios corrientes del mercado, no es fácil dar una demostración empírica de la creciente composición orgánica del capital sobre base macroeconómica, es decir partiendo de estadísticas de ingreso nacional y producto nacional bruto. Pero un corolario cercano de la composición orgánica del capital es la parte de los costos de mano de obra en el total de costos de la producción anual.[266] Aquí estamos en un terreno estadístico bastante más firme, puesto que numerosas monografías nos permiten examinar esa relación para distintos ramos de producción a lo largo del tiempo. Sería difícil descubrir un solo ramo de producción en que los costos de mano de obra constituyan una parte mayor del total de costos de producción corrientes (o anuales) hoy que en vísperas de la segunda guerra mundial o a comienzos del siglo XX —por no hablar de hace un siglo y medio.[267] Pese a todas las evidentes tendencias a abaratar la producción de maquinaria y materias primas, que son tan inherentes al capitalismo como la tendencia a abaratar la producción de bienes de salario, la tendencia fundamental del crecimiento capitalista a largo plazo y del progreso técnico ha sido indudablemente una tendencia ahorradora de mano de obra. ¿Qué expresan entonces los términos «mecanización» y «automatización creciente», si no es esa tendencia básica? Uno de los grandes logros teóricos de Marx consistió en destacar esa tendencia en un momento en que casi no era reconocida como históricamente decisiva para el modo capitalista de producción.




TEORÍAS MARXISTAS DE LAS CRISIS


Como dije antes, Marx no nos dejó una teoría de las crisis completa, plenamente elaborada. Sus observaciones sobre el ciclo industrial y las crisis de sobreproducción capitalistas están dispersas en varios de sus principales libros y en toda una serie de artículos y cartas.[268] Sin embargo existe la tentación a ver en la baja tendencial de la tasa media de ganancia la principal contribución de Marx a una explicación de las crisis de sobreproducción, y varios autores marxistas contemporáneos han adoptado efectivamente esa posición.[269] ¿Es correcta?

Mi respuesta sería: sí y no. No puede haber duda sobre el hecho de que, en el marco del ciclo industrial, los altibajos de la tasa de ganancia están estrechamente relacionados con los altibajos de la producción. Pero esta afirmación, por sí sola, no

 


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es suficiente para dar una explicación causal de las crisis. Puede ser (y ha sido) mal entendida en el sentido mecánico de que las crisis son «causadas» por una producción insuficiente de plusvalor[270] —lo cual no permite al capital valorizarse suficientemente; lo cual conduce a un recorte de las inversiones en curso; lo cual conduce a una reducción del empleo; lo cual a su vez lleva a una nueva y acumulativa reducción del ingreso, las ventas, la inversión, el empleo, etc. Este proceso continúa hasta que la caída del empleo y la desvalorización del capital han conducido a un aumento suficiente de la tasa de plusvalor, y una disminución suficiente de la masa de capital, para permitir que la tasa de ganancia ascienda nuevamente —lo que permite entonces que la inversión, el empleo, la producción, el ingreso, las ventas, etc., crezcan acumulativamente otra vez.


En este sentido vulgar, la explicación de las crisis de sobreproducción por la sola declinación de la tasa de ganancia es a la vez errónea y peligrosa. Es errónea porque confunde la imposibilidad de valorizar el capital adicionalmente acumulado con la imposibilidad de valorizar todo el capital previamente invertido;[271] porque identifica fluctuaciones en las decisiones de inversión de empresas capitalistas con las fluctuaciones de la producción de plusvalor presente. Sin embargo, la primera puede continuar creciendo cuando la segunda ya está declinando, y viceversa. La mayor debilidad de la explicación es su concentración en la esfera de producción solamente, que en último análisis se basa en una confusión acerca de la naturaleza misma de la mercancía y la producción de mercancías. Del mismo modo que la famosa loi des débouchés de Jean-Baptiste Say, supone tácitamente que no existe problema específico de realización del valor, sino sólo de producción de plusvalor. Esto a su vez supone que lo que tenemos bajo el capitalismo es producción para trueque, no producción para venta; y que de alguna manera, por lo menos a nivel macroeconómico, todo valor producido es automáticamente realizado.


El propio Marx rechazó explícitamente esa suposición: «Pero con esta producción del plusvalor sólo queda concluido el primer acto del proceso capitalista de producción, el proceso directo de producción. El capital ha absorbido determinada cantidad de trabajo impago. Con el desarrollo del proceso que se expresa en la baja de la tasa de ganancia, la masa del plusvalor así producido aumenta hasta proporciones monstruosas. Llega entonces el segundo acto del proceso. Debe venderse toda la masa mercantil, el producto global, tanto la parte que repone el capital constante y el variable como la que representa el plusvalor. Si ello no ocurre o sólo sucede en forma parcial o a precios inferiores a los precios de producción, el obrero habrá sido explotado, ciertamente, pero su explotación no se realizará en cuanto tal para el capitalista, pudiendo estar ligada a una realización nula o sólo parcial del plusvalor expoliado o, más aún, a una pérdida parcial o total de su capital. Las condiciones de la explotación directa y las de su realización no son idénticas.

 



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Divergen no sólo en cuanto a tiempo y lugar, sino también conceptualmente. Unas sólo están limitadas por la fuerza productiva de la sociedad, mientras que las otras sólo lo están por la proporcionalidad entre los diversos ramos de la producción y por la capacidad de consumo de la sociedad. Pero esta capacidad no está determinada por la fuerza absoluta de producción ni por la capacidad absoluta de consumo, sino por la capacidad de consumo sobre la base de relaciones antagónicas de distribución, que reduce el consumo de la gran masa de la sociedad a un mínimo solamente modificable dentro de límites más o menos estrechos. Además está limitada por el impulso de acumular, de acrecentar el capital y producir plusvalor en escala ampliada.»[272]


Además, esta teoría vulgar de las crisis causadas por «insuficiente producción de plusvalor» es evidentemente peligrosa, desde el punto de vista de la defensa de la clase trabajadora contra el ataque capitalista que coincide siempre con una crisis de sobreproducción. Porque la conclusión que podría extraerse de esa explicación es que sería posible superar la crisis y hacer aumentar nuevamente el empleo con sólo reducir los salarios reales y así aumentar automáticamente el plusvalor (las ganancias).[273] La clase trabajadora en general, y los sindicatos en particular, se ven así enfrentados a una angustiosa elección entre la defensa del salario real y la lucha contra el desempleo: es decir, se les hace responsables de la pérdida de empleos. No hace falta decir que los reformistas partidarios de la colaboración de clases están siempre dispuestos a adelantar argumentos de este tipo, pidiendo a los trabajadores que hagan los sacrificios necesarios para «salvar empleos» y «restaurar el pleno empleo». La experiencia, sin embargo, ha demostrado una y otra vez que no es eso lo que prueba empíricamente el curso real del ciclo industrial.[274] Esto representa un arma ideológica tendiente a echar la carga de la crisis sobre la clase obrera y a contribuir a aumentar la tasa de plusvalor, que es uno de los principales objetivos del capital durante y después de una crisis. Las teorías de «compresión de las ganancias»

implican un riesgo similar de abuso por la parte capitalista en la lucha de clases.


[276]


Muchos partidarios extremos de la explicación de las crisis del capitalismo por la baja de la tasa de ganancia responderán indignados que sus análisis contienen una respuesta a los argumentos patronales: la baja de la tasa de ganancia es función del alza de la composición orgánica del capital, que lleva a la sobreacumulación, y no de una baja de la tasa de plusvalor. En efecto, a menudo insisten en el hecho de que la tasa de plusvalor continúa aumentando hasta la víspera misma de la crisis, pero simplemente no puede elevarse lo suficiente para contrarrestar los efectos del alza de la composición orgánica del capital.[277] Olvidan, sin embargo, que la tasa de ganancia es función tanto de la composición orgánica del capital como de la tasa de plusvalor; que, excepto en el caso de salarios de hambre, es decir, en que cualquier

 



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rebaja de los salarios reales los llevaría por debajo del mínimo fisiológico (situación que ya no existe en ningún país industrializado), una baja de los salarios siempre implica un alza del plusvalor producido, y por lo tanto una tasa de ganancia más elevada que la existente antes de la baja.[278] Y estamos de vuelta al principio: sostener que la crisis es causada exclusivamente por una producción insuficiente de plusvalor es apoyar la argumentación de los empleadores de que puede ser superada, al menos parcialmente, por una baja del salario real.


Esta crítica de la mecánica y tendenciosa explicación de las crisis de sobreproducción por la baja de la tasa de ganancia solamente puede extenderse, de modo más general, a la crítica de cualquier explicación de las crisis por una sola causa. En el marco de la teoría económica marxista, las crisis de sobreproducción son simultáneamente crisis de sobreacumulación de capital y crisis de sobreproducción de mercancías. No es posible explicar la primera sin mencionar la segunda; no es posible entender la segunda sin hacer referencia a la primera. Esto significa que la crisis puede ser superada solamente si hay simultáneamente un alza de la tasa de ganancia y una expansión del mercado, hecho que invalida las argumentaciones tanto de los reformistas como de los empleadores.


Hay tres variantes principales de la interpretación monocausal de la teoría de las crisis de Marx: [279]


La teoría de la pura desproporcionalidad. Esta teoría ve como causa básica del ciclo industrial y la subsiguiente crisis la anarquía capitalista de la producción: el hecho de que, en condiciones de economía de mercado capitalista, las decisiones de inversión capitalistas no pueden llevar espontáneamente a «condiciones de equilibrio» —la correcta proporción de fracciones de valor producidas y flujos de dinero generados en el sector I y en el sector II que Marx definió en el libro segundo de El capital. De ahí la inevitable ruptura del equilibrio y la crisis.


Los principales proponentes de esta teoría de las crisis por desproporcionalidad fueron el marxista «legal» ruso Mijail Tugán-Baranovski y el austromarxista Rudolf Hilferding. Ideas similares influyeron mucho en Nicolai Bujarin.[280] Las conclusiones de la teoría son evidentes: si, a través del crecimiento de monopolios (un «cártel general», como le llamó Hilferding), los capitalistas pudieran «organizar» las inversiones entre ellos, no habría crisis de sobreproducción. Habría, en realidad, capitalismo sin crisis.[281] Pero, como lo ha señalado Roman Rosdolsky, esos teóricos pasan por alto el hecho de que la desproporción entre producción y consumo —la tendencia del capitalismo a desarrollar fuerzas productivas sin restricción alguna, mientras que impone límites estrictos al consumo de la masa popular—[282] es inherente al capitalismo, e independiente del desarrollo no proporcional del sector I y del sector II debido a la competencia y a la anarquía de la producción (es decir, de las

 



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decisiones de inversión) características del capitalismo.[283]

El mejor ejemplo de las grotescas consecuencias a que pueden conducir las explicaciones monocausales de las crisis del capitalismo por la desproporcionalidad es el propio TugánBaranovski, quien argumentó seriamente —y demostró «matemáticamente»— que el sector I podía desarrollarse en forma totalmente independiente del sector II, hasta el punto en que la producción de bienes de consumo tendería a caer hacia cero, sin que ello causara crisis alguna.[284]


La teoría de las crisis por el puro subconsumo de las masas. Esta teoría ve en la grieta entre producción (o capacidad productiva) y consumo masivo (salario real o poder adquisitivo de los trabajadores) la causa esencial de las crisis de sobreproducción capitalistas, que esencialmente adoptan la forma de sobreproducción de mercancías en el sector II. La sobreacumulación (declinación de la inversión) y sobreproducción (o sobrecapacidad) en el sector I aparecen como resultado de esa sobreproducción (sobrecapacidad) en el sector de bienes de consumo.


Esta teoría tiene muchos antepasados no marxistas (Thomas Malthus, Simonde de Sismondi, los populistas rusos), y sus principales proponentes marxistas fueron Karl Kautsky, Rosa Luxemburg, Natalie Moszkowska, Fritz Sternberg y Paul Sweezy.[285] Su debilidad reside en el supuesto básico (no siempre claramente entendido, pero por lo menos claramente expresado, por Sweezy) de que de alguna manera haya una proporción fija entre el desarrollo del sector I y el desarrollo de la capacidad productiva del sector II. Como, simultáneamente, el crecimiento de la composición orgánica del capital y de la tasa de plusvalor aumentan el poder adquisitivo para medios de producción más fuertemente que el poder adquisitivo para bienes de consumo, la conclusión es obvia: habrá un residuo invendible de bienes de consumo.


Pero esta suposición no sólo no está demostrada lógicamente, sino que es contraria a la naturaleza misma del crecimiento capitalista, en cuanto se caracteriza por la creciente mecanización o (para tomar prestada una fórmula exacta del economista burgués von Böhm-Bawerk) «circularidad» [286] de la producción. El crecimiento capitalista sí implica que una porción mayor de la producción total adopta la forma de medios de producción, aunque eso no puede ser acompañado por una baja absoluta en la producción de bienes de consumo o por un estancamiento en la capacidad productiva del sector II. Una vez entendido esto, ni el crecimiento de c/v ni el crecimiento de s/v tienen por qué llevar automáticamente a una sobreproducción de bienes de consumo. Lo harán solamente si la fracción


producción I producción II

crece más lentamente que la fracción demanda de medios de producción


 


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demanda de bienes de consumo


Pero no es posible demostrar ni lógica ni matemáticamente que ese desarrollo sea inherente al modo capitalista de producción.


El peligro de las teorías del subconsumo (que, desde luego, Luxemburg evitó por completo) es que pueden conducir a conclusiones reformistas, no muy distintas de las implicaciones «armonicistas» de las teorías de la desproporcionalidad. Estas últimas afirman que el capitalismo podría evitar las crisis si «organizara» la inversión. Las primeras tienden a pensar que el capitalismo podría evitar las crisis si los salarios reales fueran mayores, o si el gobierno distribuyera «poder adquisitivo» adicional en forma de seguridad social y desembolsos por desempleo —es decir, si «redistribuyera» ingreso nacional en favor de los trabajadores, si «retransformara» parte del plusvalor en salarios indirectos adicionales.[287]


Lo que estas «soluciones» pasan por alto es el simple hecho de que la producción capitalista es no sólo una producción de mercancías que deben ser vendidas antes que pueda realizarse el plusvalor y acumularse el capital: es una producción con fines de lucro. Cualquier redistribución perceptible del ingreso nacional en favor del ingreso de los trabajadores, la víspera o en las etapas iniciales de una crisis, cuando la tasa de ganancia ya ha empezado a declinar, significa una mayor baja de esa tasa de ganancia a través de una reducción de la tasa de plusvalor (después de todo, esto es lo que significa «redistribución del ingreso nacional»). En esas condiciones, los capitalistas no aumentarán la inversión, aun cuando las ventas de las existencias previamente producidas de bienes de consumo aumenten. La depresión continuará.


La teoría de la pura sobreacumulación, que ve la razón principal de las crisis en la masa insuficiente de plusvalor producido, en comparación con la cantidad total de capital acumulado. Ya hemos hablado de la falla de esta teoría, y de sus implicaciones peligrosas desde el punto de vista de la lucha de clases proletaria.


Pero hay además una específica variante demográfica de esta teoría, que destaca el hecho de que, después de largos períodos de prosperidad capitalista, el ejército industrial de reserva tiende a desaparecer, y en consecuencia los salarios reales ascienden hasta un punto en que causan una abrupta baja de la tasa de plusvalor y por lo tanto de la tasa de ganancia.[288] Si bien desde un punto de vista teórico general no se puede excluir esta posibilidad, el caso extremo de lo que Marx en el capítulo XV del libro tercero llama «sobreproducción absoluta de capital»,[289] en la historia real del capitalismo —en condiciones de extrema movilidad internacional (migraciones) de la mano de obra y de un potencial aun mayor de futuras migraciones que existe en los países subdesarrollados— cualquier «presión poblacional» de ese tipo sobre el capitalismo parece estar a siglos de distancia de nosotros.[290] Del mismo modo, también subestima grandemente la capacidad del capitalismo para reconstruir

 


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rápidamente un ejército industrial de reserva, concentrándose en inversiones de racionalización que desde el punto de vista macroeconómico reducen el empleo (por ejemplo, a través de un aumento a plazo medio de la tasa media de crecimiento de la productividad del trabajo más alto que la tasa media de crecimiento económico). Esto se ha visto notoriamente comprobado durante la década de 1970, en que la masa total de desempleados en los países imperialistas (OCDE), dejando resueltamente atrás las condiciones de «casi pleno empleo» de los sesenta, se duplicó, de diez millones en 1970 a veinte millones en 1980, al tiempo que el número total de empleos destruidos en la producción por el progreso técnico era muy superior incluso a los diez millones: millones de trabajadores inmigrantes de los países menos industrializados tuvieron que regresar a sus países de origen; millones de mujeres y jóvenes «desertaron del mercado de trabajo»; muchos trabajadores productivos se volvieron improductivos.


Una versión más elaborada de esta teoría es la propuesta por el marxista húngaro Ferenc Janossy, quien ve en la incapacidad del capitalismo de desarrollar suficientes trabajadores calificados (y sobre todo altamente calificados) un cuello de botella inevitable que impulsa los salarios reales hacia arriba al final de la «prosperidad»[291] Pero también aquí se subestima grandemente la flexibilidad del capital, tanto para acelerar la formación de trabajadores calificados (incluso a nivel de fábrica) como para reducir la necesidad de trabajadores altamente calificados por medio del cambio tecnológico.


Los partidarios de la teoría de las crisis por pura sobreacumulación suelen argumentar que, mientras la acumulación de capital procede sin tropiezos, el consumo de los «consumidores finales» crece automáticamente, a medida que se emplea más mano de obra asalariada (generalmente a salarios cada vez mayores) y el consumo improductivo originado en el plusvalor también tiende a crecer. Por lo tanto no puede surgir el atiborramiento de bienes de consumo mientras la declinación de la tasa de ganancia no haya retardado considerablemente la acumulación. La primera parte de la afirmación es correcta, hasta donde llega. Pero la conclusión no es en absoluto necesaria. Lo único que este análisis prueba es que el consumo (es decir, la realización de plusvalor en el sector II) crece mientras crece la acumulación. Pero no prueba que el consumo crezca en la misma proporción que la capacidad productiva del sector II. En realidad, el funcionamiento combinado de la creciente composición orgánica del capital en el sector II y el aumento en la tasa de plusvalor en el conjunto de la economía hace bastante probable que (al menos periódicamente) el consumo, aun cuando crece, crezca menos que la capacidad productiva del sector II. En cuyo caso indudablemente puede haber un atiborramiento de bienes de consumo antes que la acumulación se haya retardado en el conjunto de la economía.


Del mismo modo, la suposición de que un retardo de la inversión corriente (determinado en último análisis por una baja de la tasa media de ganancia)

 



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desencadenará la crisis antes de que se manifieste efectivamente ninguna sobreproducción de mercancías, es en el mejor de los casos apenas una variante posible del proceso de las crisis, y de ningún modo la única coherente ni con el análisis de Marx aquí en el libro tercero ni con los datos empíricos de los ciclos industriales históricos. Las decisiones de inversiones presentes de las empresas capitalistas son función de dos variables: las realizaciones de ganancias pasadas (es decir el plusvalor disponible para acumulación) y la esperanza de ganancias futuras. En cuanto a la tasa de ganancia presente, que es un resultado final macroeconómico de muchos cambios presentes, las empresas capitalistas no tienen manera de saber nada preciso, por cuanto todavía no han hecho sus balances. Es muy posible que la realización de ganancias pasadas (por ejemplo del año anterior) no refleje todavía una baja en la tasa de ganancia pero sin embargo la inversión se reducirá porque hay crecientes indicios de atiborramiento de las mercancías que las empresas producen (o fenómenos ya aparentes de sobrecapacidad). Inversamente, es igualmente posible que la pasada realización de ganancias refleje ya el comienzo de una baja de la tasa de ganancia pero las decisiones de inversión continúen expandiéndose porque, por cualquier razón, la empresa capitalista cree que todavía puede expandir significativamente sus ventas. Las esperanzas de ganancias incluyen siempre, además de las tendencias presentes de la tasa de ganancia, estimaciones de lo que se espera en términos de condiciones del mercado y participación en el mercado. Precisamente es ésta una de las razones por las que, bajo el capitalismo, decididamente existe una tendencia de la inversión a «excederse» en ciertas circunstancias, aun después que la tasa de ganancia ha comenzado a declinar. Muchas empresas capitalistas pueden creer que si continúan expandiendo la inversión y la producción, pueden por ese medio aumentar su propia participación en el mercado, beneficiarse de ventajas tecnológicas frente a sus competidores, etc. Todas esas decisiones no pueden detener la baja de la tasa de ganancia; pero pueden producir una creciente sobreproducción de mercancías antes que la acumulación de capital se retarde efectivamente. Elementos de una teoría correcta de las crisis capitalistas están, desde luego, presentes en las tres explicaciones monocausales que acabamos de esbozar.[292] Para proporcionar esa teoría lo que hace falta es precisamente integrarlos. El modo más sencillo de proceder a esa integración, a la luz de la insistencia básica del libro tercero en la baja tendencial de la tasa media de ganancia, consiste en distinguir una serie de formas sucesivas que adopta, a lo largo del tiempo, la acumulación de capital.


En períodos de fuerte aumento de la producción capitalista —cuando los negocios son ágiles, la producción corriente se vende con facilidad (en realidad la demanda parece ser mayor que la oferta) y las ganancias son altas— habrá un «auge de inversión» que se meterá rápidamente en cuellos de botella en los dos subsectores del sector I: el de la maquinaria y equipo, y el de las materias primas. Esos dos

 



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subsectores del sector I, por su naturaleza misma, son menos flexibles para adaptarse rápidamente a la demanda que el sector II. Por eso las inversiones adicionales, la acumulación de capital, se producirán en escala cada vez mayor en el sector I.[293] Hay que producir más medios de producción para producir más medios de producción para producir más bienes de consumo. La motivación de este auge es la esperanza de buenas ganancias sumada a la realización de elevadas ganancias. Por lo tanto, hay un desplazamiento de inversiones hacia el sector I. Se pone en marcha un desarrollo desparejo (desproporción) entre el sector I y el sector II.


A cierta altura del auge ocurren más o menos simultáneamente dos fenómenos paralelos: por un lado, los medios de producción adicionales producidos sólo entran en el proceso de producción después de cierto intervalo, pero, cuando lo hacen, aumentan la capacidad productiva de ambos sectores en forma irregular, a saltos. Pero precisamente las altas tasas de ganancia y de inversión implican que los salarios reales y la demanda de bienes de consumo de los capitalistas y sus dependientes no pueden haberse desarrollado en la misma proporción que este repentino aumento de la capacidad productiva de ambos sectores (aun cuando la producción crezca menos rápidamente en el sector II que en el sector I, y aun cuando los salarios reales crezcan también). De ahí una tendencia a la creciente sobreproducción (o sobrecapacidad), en primer término en el sector II.


Por otra parte, la introducción masiva de nuevos medios de producción en ambos sectores no ocurre con técnicas viejas, sino con nuevas técnicas actualizadas caracterizadas por una tendencia básica al ahorro de mano de obra, es decir, por una creciente composición orgánica del capital. Esto empuja la tasa de ganancia hacia abajo, especialmente porque en condiciones de auge la tasa de plusvalor no puede aumentar en la misma proporción, o incluso no aumenta en absoluto.[294] De ahí una tendencia a la sobreacumulación: parte del capital acumulado recientemente ya no se puede invertir a la tasa media de ganancia, o incluso no se invierte en absoluto, se desvía hacia la especulación, etcétera.[295]


La expansión del crédito cubre, durante cierto tiempo, la grieta. Pero sólo puede posponer la quiebra, no impedirla. Ahora la sobreproducción tiende a extenderse del sector II al sector I.[296] La creciente sobreproducción de mercancías (sobrecapacidad en un número creciente de ramos de la industria), combinada con creciente sobreacumulación, debe necesariamente conducir a marcadas reducciones de la inversión productiva. La desproporcionalidad entre los dos sectores salta ahora de una «sobreextensión» del sector I a un «subdesarrollo» de ese sector. Las inversiones caen más rápidamente que la producción presente.


Como resultado de la quiebra —que puede adoptar, aunque no necesariamente, la forma inicial de una quiebra crediticia y bancaria— hay un derrumbe general de precios de las mercancías (expresados en oro), junto con una declinación de la

 



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producción y del empleo. Hay una desvalorización general del capital, como resultado —o simultáneamente con— ese derrumbe de precios (es decir, de capital mercantil), de un gran número de bancarrotas, y de una declinación del valor del capital fijo y de las existencias de materias primas de las empresas sobrevivientes. Pero ese derrumbe general de los precios no es sino la adaptación de los precios de mercado y los precios de producción (a través de una tasa media de ganancia más baja) a la rebaja general del valor medio de la mercancía, que es el desenlace inevitable del aumento general de la inversión, la composición orgánica del capital y la productividad media del trabajo durante el período anterior. Los capitalistas tratan de posponer todo lo posible ese momento de ajuste de cuentas —de ahí la sobreextensión del crédito, la especulación, el sobrecomercio, etc., la víspera de la quiebra. Pero no pueden posponerlo indefinidamente.


Los efectos de la quiebra, para el conjunto del sistema, son saludables, por perjudiciales que puedan ser para capitalistas individuales. La desvalorización general del capital no va acompañada por una reducción proporcional de la masa de plusvalor producida. O (lo que viene a ser lo mismo) una masa idéntica de plusvalor puede ahora valorizar un total menor de capital. Por ese lado la baja de la tasa de ganancia puede ser detenida y hasta invertida. La reconstitución en gran escala del ejército industrial de reserva que se produce durante la crisis y la depresión posibilita un vigoroso aumento de la tasa de plusvalor, no sólo a través de aceleraciones sino incluso a través de la reducción de los salarios reales, que a su vez conduce a un mayor aumento de la tasa de ganancia. Los precios de las materias primas en general caen más que los precios de los productos terminados, de modo que parte del capital constante se abarata. Eso retarda el aumento en la composición orgánica del capital, impulsando nuevamente hacia arriba la tasa media de ganancia del capital industrial. Ahora puede empezar un nuevo ciclo de acumulación de capital ampliada, de inversión productiva ampliada, una vez que las existencias se hayan agotado suficientemente y la producción presente se haya reducido suficientemente para que la demanda nuevamente supere a la oferta, especialmente en el sector II.


De aquí se desprende que la ley de la baja tendencial de la tasa media de ganancia es menos una explicación directa de las crisis de sobreproducción propiamente dichas, que una revelación del mecanismo básico del ciclo industrial como tal: dicho de otro modo, la revelación del modo de crecimiento económico específicamente capitalista, es decir desparejo, inarmónico, que lleva inevitablemente a sucesivas fases de declinación de las tasas de ganancia, y recuperación de la tasa de ganancia como resultado, precisamente, de las consecuencias de la declinación anterior. Esto puede afirmarse al menos del modo como esta ley opera para el período de siete a diez años, dejando de lado, por el momento, el memento mori que implica para el capitalismo en una perspectiva secular.

 



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No puede haber mayor duda de que esta explicación multicausal de las crisis capitalistas, antes que cualquiera de las variantes monocausales, corresponde a la convicción de Marx, por lo menos tal como la expresa aquí en el libro tercero. Además del pasaje citado más arriba en la nota 52[296b], pueden citarse otros tres pasajes que dejan muy poco espacio para interpretaciones alternativas:


«Imaginemos que toda la sociedad se hallase exclusivamente compuesta de capitalistas industriales y obreros asalariados. Hagamos abstracción, además, de los cambios de precio que impiden que grandes porciones del capital global se repongan en sus proporciones medias, y que, dada la conexión general de todo el proceso de reproducción, tal como lo desarrolla especialmente el crédito, deben producir siempre paralizaciones generales temporarias. Prescindamos asimismo de los negocios aparentes y transacciones especulativas que alienta el sistema crediticio. En tal caso, una crisis sólo resultaría explicable como consecuencia de una desproporción de la producción entre los diversos ramos y a partir de una desproporción entre el consumo de los propios capitalistas y su acumulación. Pero tal como están dadas las cosas, la reposición de los capitales invertidos en la producción depende en gran parte de la capacidad de consumo de las clases no productivas; mientras que la capacidad de consumo de los obreros se halla limitada en parte por las leyes del salario, en parte por el hecho de que sólo se los emplea mientras pueda hacérselo con ganancia para la clase de los capitalistas. La razón última de todas las crisis reales siempre sigue siendo la pobreza y la restricción del consumo de las masas en contraste con la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si solamente la capacidad absoluta de consumo de la sociedad constituyese su límite».


[297]


«Pero periódicamente se producen demasiados medios de trabajo y de subsistencia como para hacerlos actuar en calidad de medios de explotación de los obreros a determinada tasa de ganancia. Se producen demasiadas mercancías para poder realizar el valor y el plusvalor contenidos o encerrados en ellas, bajo las condiciones de distribución y consumo dadas por la producción capitalista y reconvertirlo en nuevo capital, es decir para llevar a cabo este proceso sin explosiones constantemente recurrentes.»[298]


«Es posible que el fabricante le venda realmente al exportador y que éste a su vez venda a sus clientes en el extranjero; es posible que el importador venda sus materias primas al fabricante, éste sus productos al comerciante mayorista, etc. Pero en algún punto individual e invisible la mercancía se halla invendida; o bien en otra ocasión resultan paulatinamente colmadas las reservas de todos los productores e intermediarios. Precisamente en ese momento el consumo se halla habitualmente en pleno florecimiento, en parte porque un capitalista industrial pone en movimiento a una serie de otros colegas, en parte porque los obreros que ocupa, hallándose

 




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plenamente ocupados, tienen para gastar más de lo habitual. Con los ingresos del capitalista aumentan asimismo sus gastos. Además, y tal como ya lo hemos visto (libro II, sección III), se efectúa una circulación ininterrumpida entre capital constante y capital constante (aun prescindiendo de la acumulación acelerada), una circulación que es independiente, en primera instancia, del consumo individual en la medida en que nunca entra en el mismo, pero no obstante se halla limitada por éste, en fin de cuentas, debido a que la producción de capital constante jamás tiene lugar por si misma, sino sólo porque se necesita más capital constante en aquellas esferas de la producción cuyos productos entran en el consumo individual. Sin embargo, esto puede seguir tranquilamente su curso durante un tiempo, estimulado por la demanda en perspectiva, y en esos ramos los negocios de comerciantes e industriales, por ende, avanzan viento en popa. La crisis se presenta no bien los flujos de los comerciantes que venden al exterior (o cuyos acopios también se han acumulado en el interior) se tornan tan lentos y escasos que los bancos urgen el pago o las letras libradas contra las mercancías adquiridas caducan antes de haber tenido lugar la reventa.»[299]




EL CRÉDITO Y LA TASA DE INTERÉS


Del mismo modo que el libro segundo de El capital destacaba la importancia de la acumulación previa (y la presencia) de capital-dinero, su inyección periódica en la circulación, y su periódica salida de las operaciones del capital productivo propiamente dicho, para posibilitar la reproducción ampliada (es decir, el crecimiento económico) del «capital en general», el libro tercero destaca la importancia clave del crédito para «muchos capitales», es decir, para las fluctuaciones del ciclo industrial en condiciones de competencia.


La aparición de una tasa media de ganancia generalmente conocida conduce inevitablemente a una igualación de la tasa de interés también. En primer lugar, el plusvalor se divide en ganancia para el capital empresarial (ganancia industrial, ganancia comercial, ganancia bancaria y ganancia para los empresarios agrícolas, contrapuestos a los terratenientes pasivos), por un lado, e interés por el otro. A través del sistema bancario capitalista, todas las reservas de dinero disponibles (ahorros y plusvalor no invertido + capital en dinero ocioso resultante de la no inversión de parte del plusvalor realizado durante ciclos anteriores) se transforman en capital funcionante, o dicho de otro modo, se prestan a empresas capitalistas que están efectivamente operando —es decir, empleando mano de obra asalariada— ya sea en la esfera de la producción o en la de la circulación. De este modo, los capitalistas pueden operar con mucho más capital que el que personalmente poseen. La acumulación de capital puede producirse a un ritmo mucho más rápido que el que

 



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tendría si cada empresa capitalista sólo pudiera practicar la reproducción ampliada con base en las ganancias realizadas por ella misma.


Esta expansión constante del crédito que ha acompañado toda la historia del modo capitalista de producción parece, a primera vista, acentuar la baja tendencial de la tasa media de ganancia.[300] La cantidad global de ganancias distribuida entre el total de empresas capitalistas es ahora inferior al total de plusvalor producido, siendo la diferencia exactamente igual a la cantidad total de interés pagado a los propietarios pasivos de capital dinerario (lo cual no debe confundirse con las ganancias de los bancos, es decir, las ganancias medias sobre su propio capital, no sobre sus depósitos). Pero naturalmente, ésa es una impresión falsa. La tasa media de ganancia es la división de la cantidad total de plusvalor producido entre la cantidad total de capital social. Si, como resultado de la división del trabajo entre los capitalistas o de la sobreacumulación, parte de ese capital no es directamente productivo, o dicho de otro modo, no participa en la producción directa de plusvalor, eso no modifica su naturaleza de capital, es decir, de valor constantemente en busca de un aumento de valor.


Por lo tanto, según Marx aquí en el libro tercero, los efectos del crédito (igual que los del comercio) sobre la baja tendencial de la tasa media de ganancia son contrarios a lo que a primera vista parece. En realidad tienden a poner freno a esa tendencia, o incluso a invertirla, como resultado de tres mecanismos simultáneos que desencadenan:


1] El comercio y el crédito permiten al capital rotar más rápido, aumentando con ello el número de ciclos productivos por los que puede pasar una misma suma de capital dinerario en, digamos, un año, aumentando con ello la masa de plusvalor y también la tasa anual de ganancia (puesto que se produce la misma cantidad de plusvalor durante cada uno de esos ciclos productivos, si todo lo demás permanece igual).[301] Incidentalmente, es por esto por lo que los industriales están dispuestos a permitir al capital comercial y bancario participar en la distribución general de las ganancias empresariales (masa global de plusvalor menos masa global de intereses), aunque ni el capital comercial ni el bancario producen plusvalor. Ese capital no produce él mismo plusvalor, pero ayuda al capital industrial y al capital agrícola a producir plusvalor adicional.


2] Al ampliar el alcance y el ritmo de la acumulación de capital en la esfera productiva, por encima de las ganancias poseídas directamente por los industriales y los agricultores capitalistas, el comercio acelera la concentración del capital, estimulando así el progreso técnico y la producción de plusvalor relativo, lo que nuevamente contrarresta la baja tendencia) de la tasa media de ganancia.


3] Por el mecanismo de las compañías (corporaciones) por acciones, el crédito crea una situación en que gran parte del capital, propiedad de accionistas, no espera


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en absoluto recibir la tasa media de ganancia, sino que se contenta con la tasa media de interés. Por lo tanto, la tasa media de ganancia empresarial es muy superior a lo que sería si todo el capital (o la mayor parte de él) fuera directamente capital empresarial, es decir, tuviera que recibir la tasa media de ganancia.[302]


La mayor flexibilidad del capital dinerario no ligado a ningún ramo específico de la industria o a ninguna empresa concreta es, a su vez, una de las principales razones por las que la nivelación de la tasa de ganancia puede producirse y reconocerse con tanta facilidad bajo el capitalismo, es decir, por las que el capital social se mantiene relativamente móvil a pesar de la creciente inversión de capital en forma de capital fijo, relativamente inmóvil. Paralelamente al ejército industrial de reserva, esas grandes reservas de capital dinerario son prerrequisitos para las repentinas y rápidas fases de expansión febril que caracterizan al ciclo industrial y a la naturaleza misma del crecimiento capitalista, desparejo e inarmónico. En realidad, el sistema bancario desempeña en parte el papel de una bolsa de valores social, a través de la cual se está transfiriendo constantemente capital de ramos que enfrentan una demanda general estancada o en declinación a ramos que enfrentan una demanda general creciente no satisfecha por la producción (o capacidad productiva) presente. Las desviaciones del promedio de tasas de ganancia particulares son el mecanismo que guía esas transferencias. En ese sentido, Marx subraya el papel clave del crédito en la expansión de la acumulación de capital hasta sus límites máximos, y funcionando al mismo tiempo como palanca principal de la sobreespeculación, la sobrecomercialización y la sobreproducción.


De aquí se desprende que el ciclo crediticio —y los altibajos de la tasa de interés


— están en parte desincronizados del ciclo industrial propiamente dicho. Durante el período de recuperación y ascenso inicial, el capital dinerario es relativamente abundante; el nivel de autofinanciamiento de las empresas es elevado; la tasa de interés es relativamente baja; [303] y el nivel de ganancia empresarial está por encima del promedio. Por el contrario, en el pico del auge, durante la fase de sobrecalentamiento y durante la quiebra, el capital dinerario se hace cada vez más escaso; el nivel de autofinanciamiento declina rápidamente; la demanda de capital dinerario crece constantemente, y la tasa de interés crece a saltos, no a pesar de, sino en función de la declinación de la tasa media de ganancia. Ahora las empresas piden préstamos no para ampliar sus negocios sino para evitar la bancarrota; no con el objeto de obtener ganancias empresariales adicionales sino con el objeto de salvar su capital. En ese preciso momento del ciclo, por lo tanto, la tasa de interés puede ser efectivamente superior a la tasa de ganancia empresarial (lo que, desde luego, no puede ser el caso «normalmente»). Pero cuando, después de la quiebra, se instalan la crisis y la depresión propiamente dichas, la inversión declina abruptamente; la demanda de crédito se desploma, y la tasa de interés empieza a deslizarse hacia abajo


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con rapidez, lo que ayuda a la tasa de ganancia empresarial a empezar lentamente a aumentar otra vez.




LA TEORÍA MARXIANA DE LA PLUSGANANCIA


Hasta ahora no se ha tomado en cuenta suficientemente el hecho de que la teoría de Marx de la renta diferencial de la tierra representa, en realidad, un caso especial de una teoría más general de la plusganancia. Esto es particularmente extraño en vista de que Marx lo señala explícitamente aquí en el libro tercero, en varios pasajes de las secciones primera y segunda, y vuelve largamente sobre el asunto en las secciones sexta y séptima.


El enfoque básico, una vez más, es una aplicación directa y franca de la teoría del valor-trabajo. La cuestión de si el trabajo gastado en la producción de determinada mercancía se reconoce como trabajo socialmente necesario medio o no, no es un simple asunto físico de un número concreto de horas de trabajo gastadas —de determinada fracción del potencial total de trabajo de la sociedad utilizada para producir determinada mercancía.[304] Es una función de la cantidad total de trabajo gastada en todas las unidades que producen esa determinada mercancía, en comparación con la cantidad global de trabajo que la sociedad quiere dedicarle.[305] Es una función de la relación entre la productividad del trabajo de esa determinada unidad productiva y la productividad media del trabajo en el conjunto de ese ramo de la industria.


Marx distingue tres situaciones básicas de producción presente, en relación con necesidades sociales presentes (no necesidades físicas, desde luego, sino necesidades inducidas por la producción de mercancías y mediadas por el poder adquisitivo tal como lo determinan las normas capitalistas de distribución, es decir, la estructura de clases de la sociedad burguesa).


El primer caso se refiere a situaciones en que hay movilidad normal del capital en relación con determinado ramo de producción. Aquí, influjos y eflujos de capital, regulados por oscilaciones de precios que inducen oscilaciones de las tasas de ganancia, normalmente equilibrarán la oferta y la demanda sociales. En ese caso, la nivelación de la tasa de ganancia se aplicará normalmente al ramo en cuestión. Las empresas que operen con productividad media del trabajo en el ramo (que será la regla general) recibirán la tasa media de ganancia. Empresas que operen por debajo de la productividad media del trabajo recibirán menos que la tasa media de ganancia y correrán el riesgo de verse empujadas al cierre en casos de crisis y depresión. Las empresas que hayan hecho avances tecnológicos, que operen a un nivel de productividad del trabajo superior al promedio, disfrutarán de una plusganancia

 



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transitoria, es decir, una ganancia por encima de la ganancia media resultante de la diferencia entre sus costos de producción individuales y los costos de producción medios en el ramo. Pero esa plusganancia desaparecerá generalmente en períodos de crisis y depresión, cuando la nueva tecnología se generalice en el ramo y la productividad media del trabajo (el valor de la mercancía) se adapte a esa productividad inicialmente más elevada.[306]


El segundo caso se refiere a ramos de producción caracterizados por demanda estructuralmente estancada o declinante: es decir, «anticuados», con superproducción estructural. Aquí, sólo las firmas que operen a una productividad del trabajo por encima del promedio recibirán la tasa media de ganancia. Las empresas que operen a niveles de productividad media recibirán menos que la tasa media de ganancia. Las empresas que operen a niveles de productividad inferiores al promedio venderán con pérdidas y tendrán que cerrar. En general, repito, cuando hay movilidad normal del capital, esos ramos de la industria llegarán a «normalizarse» (es decir, revertirán al primer caso) aun antes que se produzca una crisis general de sobreproducción, a través de cierres masivos de unidades de producción.


Pero también existe el tercer caso, que podríamos caracterizar como caso de escasez estructuralmente (o institucionalmente) determinada: es decir, el caso en que el influjo de capital se ve estorbado (o impedido) por monopolios naturales o artificiales.[307] En esos casos hay preponderancia a largo plazo de la demanda sobre la oferta, de manera que las empresas que operan con la productividad del trabajo más baja del ramo aún reciben la tasa media de ganancia (es decir, determinan el precio de producción, o el valor, de la mercancía producida en ese ramo).[308] Las empresas que operen con una productividad del trabajo más alta —al promedio del ramo, o a fortiori a un nivel superior al promedio— reciben una plusganancia a largo plazo protegida por el monopolio mismo, es decir, por el vigoroso obstáculo que estorba el influjo de capital adicional al ramo en cuestión. Esa plusganancia no desaparece ni siquiera en momentos de crisis y depresión, aunque evidentemente en términos absolutos se reducirá, como consecuencia de la caída de la tasa media de ganancia.


Esas plusganancias del monopolio se llaman rentas diferenciales. En el libro tercero de El capital se distinguen tres casos de rentas diferenciales: renta de la tierra; rentas minerales; rentas tecnológicas.[309] La renta de la tierra podría subdividirse en renta agrícola y renta territorial urbana.


Los monopolios naturales están determinados por el hecho de que el acceso a recursos naturales necesarios para la producción (desde el punto de vista del valor de uso) es limitado, y que éstos no son reproducibles a voluntad por el capital. Esto se aplica a la tierra en cuanto tal, especialmente a la tierra de determinado valor de uso (fertilidad relativa deseada, ubicación deseada); a los yacimientos de minerales; a

 



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requisitos climatológicos para el uso de la tierra para la producción de valores de uso específicos (por ejemplo, algodón, hule natural, frutas tropicales, etcétera).


Los monopolios artificiales son determinados por limitaciones de la movilidad del capital relacionadas no con condiciones naturales sino con condiciones derivadas de etapas (formas) específicas de acumulación del propio capital: concentración del capital (si, para iniciar una nueva empresa en determinado ramo de la industria con un nivel mínimo de rentabilidad, hace falta invertir por lo menos quinientos millones de libras esterlinas, o mil millones, eso evidentemente es un «obstáculo a la entrada» para la mayoría de los capitalistas); derechos monopólicos sobre patentes, invenciones o investigación en ciertos campos nuevos de la producción (o, lo que viene a ser lo mismo, ventajas cualitativas en la capacidad de aplicarlas); prácticas organizadas por un reducido número de empresas que dominan la producción en determinado campo, a las que recurren sistemáticamente para mantener excluidos a los potenciales competidores, y muchas otras.


Como se deriva claramente de esta definición, los monopolios naturales y artificiales, que dan origen a plusganancias por el medio de frenar la libre entrada del capital en ramos de producción donde la tasa de ganancia es superior al promedio, son siempre relativos, nunca absolutos. La tierra no es reproducible. Pero las posibilidades de inversión de capital en la tierra existente pueden expandirse enormemente. Además, internacionalmente, hay inmensas extensiones de tierras potencialmente agrícolas que todavía no se explotan (en el siglo XIX, desde luego, eran mucho mayores que hoy). De modo que la tierra potencialmente agrícola todavía es relativamente abundante a escala mundial. Además la tecnología capitalista puede llevarse hasta el punto en que sea posible la producción sin empleo de la tierra. Los recursos minerales son finitos. Pero la producción sintética de materias primas originalmente naturales (fibras, caucho, petróleo) no es finita, o por lo menos en grado totalmente distinto que las materias primas propiamente dichas.


Cuanto mayor sea la inversión inicial de capital necesaria para la producción rentable, menor será el número de nuevos competidores potenciales en cada ramo de la industria. Pero a la inversa, cuanto más elevadas sean las plusganancias que se obtienen en ese ramo, mayor el incentivo para que «muchos capitales» se agrupen y arriesguen la gran inversión inicial de capital necesaria para obtener una porción del pastel. Cuanto más esos decisivos avances de la tecnología llevan a beneficios estables por períodos largos, más fuerte es la presión de potenciales competidores por dar un salto adelante y superar esos avances por medio de una nueva revolución tecnológica, etc.[310] Podríamos concluir que todas las plusganancias monopólicas están siempre limitadas en el tiempo y, a largo plazo, tienden a desaparecer, y que las mercancías producidas en ramos inicialmente monopolizados tienden a ser intercambiadas a sus precios de producción. Si ese «largo plazo», por lo menos para

 



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productos industriales producidos en ramos monopolizados en el capitalismo monopolista (es decir, desde alrededor de 1890), es la «onda larga» —según la hipótesis que he expuesto en El capitalismo tardío— o no, es un tema aún abierto a la investigación.[311]


Para comprender plenamente la naturaleza relativa (nunca absoluta) de cualquier monopolio, natural o artificial —y por lo tanto la naturaleza limitada en el tiempo de cualquier forma de plusganancias bajo el capitalismo— es necesario reintroducir en nuestro análisis el fenómeno de la escasez estructural, que fue su punto de partida.


Porque es solamente cuando obstrucciones a la movilidad del capital, es decir, obstáculos a los aumentos en la producción, crean condiciones en que la demanda social de los bienes producidos en ese ramo de producción determinado se mantiene por períodos largos superior o igual a la cantidad global de mercancías producidas (incluyendo las producidas en las condiciones de más baja productividad del trabajo, o de mínima fertilidad del suelo en agricultura), que las unidades de producción que gozan de los precios de producción más bajos podrán realizar plusganancias en forma de rentas diferenciales (rentas de la tierra, rentas minerales, rentas tecnológicas diferenciales).


Sin embargo, una vez que la demanda social de los bienes producidos en el ramo monopolizado de la industria retrocede, o se estanca, o crece más despacio que la producción aun en condiciones de relativo monopolio, la renta diferencial tenderá a reducirse y las plusganancias a declinar. (Eso desde luego no significa que vayan a desaparecer por completo, donde el monopolio es natural, mientras las diferencias en fertilidad, etc., subsistan y determinen diferentes costos por unidad en diferentes trozos de tierra, diferentes minas, etc). Los enormes aumentos de la productividad media del trabajo agrícola, que han sido una de las principales características del desarrollo del capitalismo en el siglo XX, y en realidad han superado la tasa de crecimiento de la productividad del trabajo industrial, han alterado completamente la relación entre oferta y demanda para los alimentos básicos en los países capitalistas avanzados.[313] La situación de escasez estructural se ha transformado en una situación de sobreproducción estructural, codeterminada por el decreciente lugar ocupado por el gasto en alimentos en el total de gastos de consumo al elevarse el salario real (ley de Engels). Por lo tanto, en esos países no sólo ha estado contrayéndose fuertemente la renta diferencial, sino que grandes extensiones de tierra agrícola se han vuelto a convertir en tierras de pastoreo, al paso que grandes extensiones de tierra de pastoreo volvían a convertirse en bosques o simplemente en tierra baldía. Los masivos cierres de minas de carbón en la década de 1950, 1960 y comienzos de la de 1970, cuando el petróleo era mucho más barato que el carbón, constituyen un proceso paralelo en la minería, con una correlativa declinación de las rentas diferenciales de la minería de carbón.

 



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Pero el proceso puede también invertirse. Cuando la demanda social —mediada por un aumento de los precios de mercado— sube repentinamente excediendo a la demanda por, digamos, diez o veinte años, es decir, cuando la escasez estructural reaparece, ocurre una reaparición masiva de las rentas diferenciales. Esto es lo que ha ocurrido en la producción de oro desde el derrumbe del sistema de Bretton Woods, cuando se hizo imposible para los bancos centrales imperialistas mantener el precio del oro en 35 o 42 dólares (35 DEG) la onza.[314] El salto hacia arriba del «precio del oro en el mercado libre», primero a 100 dólares, después a 200 y finalmente a más de 600 la onza, ha hecho nuevamente rentables muchas minas marginales de Sudáfrica (y otras partes), y ha conducido a un desarrollo febril de la inversión de capital en la minería de oro. Las más productivas de las veinte principales minas de oro sudafricanas estaban produciendo a fines de 1979 a costos de producción de alrededor de 95 dólares la onza (la más productiva a 64 dólares la onza). Las menos productivas de esas veinte minas tenían costos de producción de alrededor de 200 dólares la onza (siendo la cifra individual más elevada de 265 dólares). Esta situación da una renta diferencial de más de 100 dólares por onza para la primera categoría de minas, contrapuesta a la segunda, cuando el oro se está vendiendo a más de 200 dólares + ganancia media: digamos, más de 240 o 250 dólares por onza.[315]


Hay una razón más general por la que el modo de producción capitalista produce tanto una tendencia a la monopolización (por ejemplo, como resultado de la creciente concentración y centralización del capital), y una tendencia hacia la periódica declinación de monopolios específicos. Es el hecho de que las plusganancias se deducen de la cantidad global de ganancias a distribuir entre todos los capitalistas que participan en la nivelación de la tasa de ganancia, o, dicho de otro modo, de que tienden a reducir el pastel general que se distribuye entre todos los burgueses excepto los monopolistas. Como existe una baja tendencial de esa tasa media de ganancia, los monopolios de todo tipo —incluyendo la propiedad territorial monopolista— tienden, por lo tanto, a acentuar esa declinación. De ahí la presión del capital para superar las barreras naturales o artificiales a la movilidad del capital, reducir el impacto de las situaciones monopolistas e incluso tratar de eliminarlas por completo. El desenlace de ese tironeo constante es función de la fuerza relativa de distintas capas de la clase dominante. Por lo menos en el siglo XX, la presión ha tenido más éxito con respecto a los terratenientes capitalistas ausentistas (aparte y distintos de los empresarios agrícolas capitalistas) que con respecto a los monopolios industriales, mineros o del transporte, aunque también en esos dominios pueden citarse no pocos casos de derrumbe de las plusganancias monopólicas.


Esta presión sigue siendo una realidad independientemente de que se considere que las plusganancias (el plusvalor adicional) de los monopolistas se producen efectivamente dentro de los ramos de producción monopolizados, o bien se les

 



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considere (por lo menos en varios casos) como resultantes de transferencias de valor de sectores de producción no monopolizados a sectores monopolizados. Porque, en ambas hipótesis, la masa de plusvalor a repartir entre todos los capitalistas que no gozan de rentas es sustancialmente inferior a lo que hubiera sido con una movilidad «perfecta» del capital hacia todos los ramos; dicho de otro modo, su tasa media de ganancia se ha rebajado. Y cuando esto acentúa una tendencia que ya está actuando por razones más profundas, como se ha indicado más arriba, la presión contraria será tanto más fuerte.




LA ESPECIFICIDAD DE LA AGRICULTURA CAPITALISTA


En el libro tercero de El capital, Marx se extiende sobre una idea que ya había destacado al final del libro primero: la importancia clave de la apropiación privada de la tierra —la transformación de la tierra en propiedad privada de determinada clase limitada de personas— para el propio nacimiento, consolidación y expansión del modo capitalista de producción. Este modo de producción presupone la aparición de una clase social —el proletariado moderno— que no tiene acceso a los medios de producción y de subsistencia y que por lo tanto se halla bajo la compulsión económica a vender su fuerza de trabajo. Medios de subsistencia son, en primer lugar, alimentos, que dondequiera que el acceso a la tierra es libre pueden producirse con medios de producción mínimos. Por lo tanto la creación del proletariado moderno depende, en gran medida, de impedir el libre acceso a la tierra a las personas que no poseen capital.


El proceso de apropiación privada de la tierra, que en Europa occidental se produjo principalmente entre los siglos XV y XVIII y culminó con la venta de las reservas de tierra «libres» de los pueblos (tierras comunales) desencadenada por la Revolución Francesa,[316] se repitió durante la última parte del siglo XIX y todo el XX en Europa oriental, América del Norte y del Sur, el Medio Oriente, África, Japón y el sureste asiático. La forma más repulsiva de separación forzada de la población indígena de sus reservas de tierra fértil se produjo en África oriental y meridional, y está ocurriendo hoy mismo en países como Brasil, Irán, Filipinas y México (pese a los parciales logros de la Revolución de 1910-1917).


Sin embargo, las relaciones entre la consolidación del modo capitalista de producción, el proceso de acumulación de capital y la lucha del capital contra la baja tendencial de la tasa de ganancia es mucho más compleja que esa compulsión hacia la transformación de toda la tierra en propiedad privada.


Por razones históricas, la generalización de la propiedad privada de tierras, tanto en Europa occidental, central y buena parte de la oriental como en el Japón, tomó

 



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inicialmente la forma de propiedad por una clase social separada y distinta de los capitalistas «actuantes» propiamente dichos (es decir, agricultores capitalistas, empresarios). Esos terratenientes capitalistas (que no deben confundirse con los terratenientes semifeudales o feudales) cerraban el acceso a sus tierras a la clase capitalista en general, a menos que recibieran un ingreso especial «no ganado» en forma de renta absoluta de la tierra (la misma regla se aplica, desde luego, a los rentistas-propietarios de tierras urbanas con respecto a los capitalistas actuantes en la industria de la construcción). En otras partes del mundo, el fenómeno de apropiación privada del «excedente» de tierra ha involucrado a otras capas de la clase dominante: en ocasiones se lo han apropiado colonizadores extranjeros;[317] otras veces terratenientes, comerciantes, usureros u otros sectores de la clase dominante local han operado del mismo modo. Y aun hay casos —aunque escasos— de combinaciones de ambos procesos en alguna medida.


Pero en todos los casos en que la propiedad efectiva de la tierra llegó a separarse de su explotación capitalista apareció la renta absoluta de la tierra. E igual que la renta diferencial, la renta absoluta es una fracción del plusvalor global producido por el total del trabajo productor de mercancías, deducida del residuo a repartir entre todos los empresarios capitalistas y propietarios de capital dinerario. Esa deducción es tanto más onerosa cuanto que, contrariamente a la renta diferencial, no está abierta a la erosión o la nivelación a través de las leyes de movimiento del modo capitalista de producción hablando estrictamente (competencia, progreso técnico, aumento de la composición orgánica del capital, concentración y centralización del capital, etc.). Así, pone un freno a la acumulación de capital en la agricultura. De ahí el impulso orgánico del capital a eliminar la separación entre la propiedad de la tierra y la agricultura capitalista, transformando gradualmente a los propietarios en empresarios, y a los agricultores arrendatarios en una mayoría de asalariados por un lado y una minoría de propietarios rurales por el otro. La transformación de una situación de escasez estructural de alimentos en otra de abundancia estructural (o de sobreproducción latente) en la mayoría de los países industrializados contribuye fuertemente a ese proceso.[318] Representa una tendencia a la desaparición de la renta absoluta en los países imperialistas.


Por detrás de ese proceso hay una imperiosa afirmación a largo plazo de la ley de valor de tipo más profundo. La fuente de la renta absoluta de la tierra es la más baja composición orgánica del capital en la agricultura, en comparación con la industria, es decir la mayor masa de plusvalor que producen los asalariados agrícolas en comparación con los asalariados industriales empleados con la misma cantidad de capital total.[319] La barrera de la propiedad de la tierra separada de la empresa capitalista permite a los terratenientes impedir que esa cantidad suplementaria de plusvalor sea aspirada hacia el proceso general de ecualización de los beneficios de

 



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todos los capitalistas. Así la renta es efectivamente un obstáculo para el pleno florecimiento de la agricultura capitalista; una fuente de atraso relativo de la agricultura con respecto a la industria, es decir de productividad agrícola del trabajo, en comparación con la productividad industrial del trabajo. Pero Marx, quien insistió en ese atraso relativo, observó que no era una característica fija y final del modo capitalista de producción, sino algo que podía ser superado más tarde o más temprano. Pero cuando la agricultura se vuelve cada vez más industrializada, cuando la sustitución del trabajo vivo por trabajo muerto (maquinaria, fertilizantes, etc.) se aplica en escala cada vez mayor en ese ramo de la producción, cuando surge la agroindustria contemporánea, la diferencia en la composición orgánica del capital agrícola comparado con el capital industrial tiende a desaparecer. En consecuencia, desaparece también la base material de la renta absoluta de la tierra. Como bien lo ha expresado Robin Murray: del mismo modo que la subordinación formal del trabajo al capital se transforma en la agricultura en una subordinación real, también la subordinación formal de la tierra en la agricultura capitalista se transforma en subordinación real de la tierra como elemento material en la producción agrícola capitalista.[320]


La extensión de este proceso de industrialización de la agricultura puede medirse por los siguientes hechos referentes a los Estados Unidos. Entre 1915-1919 y 1973-1977, la productividad del trabajo en la producción de trigo y frijol de soya se multiplicó por diez, medida por las horas de trabajo necesarias para producir cien bushels. Para el maíz, ese aumento representó una multiplicación por treinta. El activo de producción —que incluye acopios de ganado vivo y materias primas acumuladas en unidades productivas agrícolas, aproximadamente comparables al capital constante— por trabajador agrícola se multiplicó por cinco en dólares corrientes entre 1963 y 1978. El ingreso per cápita disponible por trabajador agrícola, sin embargo, sólo se multiplicó por menos de tres, y la mitad de ese aumento se originó en fuentes exteriores a la agricultura propiamente dicha. Los salarios de la mano de obra alquilada apenas se duplicaron en el mismo período. ¡Buen índice del aumento de la composición orgánica del capital si los hay! Simultáneamente, la «emancipación» de la agricultura capitalista del uso de la tierra ha dado pasos gigantescos en el manejo de animales, como lo ilustran por sobre todo la cría de cerdos, la cría de vacunos y lo que correctamente se llama «industria de la parrilla». Para 1972, el 75% de la carne vacuna de los Estados Unidos se producía en los llamados feedlots [ranchos de engorda], los mayores de los cuales alimentaban hasta 125 000 cabezas por vez.[321]


Hay que observar que, si bien la renta absoluta de la tierra originada en la separación entre la propiedad de la tierra y los agricultores capitalistas (la renta diferencial de la tierra no se origina en la propiedad: la propiedad sólo determina

 



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quién se la apropia) tiende a desaparecer en condiciones de agricultura «industrializada», reaparece en forma modificada como hipotecación generalizada de la tierra propiedad de agricultores capitalistas pequeños y medianos —en otras palabras, como transferencia de una parte significativa del plusvalor producido en la agricultura a banqueros y capital financiero.[322]


Sin embargo, como ya lo he subrayado, los movimientos reales del capital se guían no por la tasa media de ganancia sino por desviaciones de ese promedio. De modo que mientras el capital tiende a eliminar la renta absoluta en los países capitalistas más antiguos, también tiende constantemente a reproducirla, esencialmente (aunque no exclusivamente) en países donde el capitalismo ha penetrado tardíamente. De ese modo opera, a nivel de la economía mundial, una especie de proceso de internacionalización de la apropiación de la tierra y creación de la renta absoluta de la tierra.[323] Brasil presenta algunos notables ejemplos de esta tendencia.


Finalmente, como la producción agrícola es producción de alimentos, y como los alimentos son un elemento esencial de la reproducción de la fuerza de trabajo — cuantitativamente su principal elemento, por lo menos en las primeras fases del desarrollo del modo capitalista de producción— hay otro elemento, contradictorio, en la relación entre capitalismo y agricultura. Mientras que para los capitalistas agrícolas (reales o potenciales) el principal problema es el de eliminar la estructura dual de la propiedad de la tierra y la empresa agrícola para el conjunto del capital (nacional) el principal problema a corto plazo es el de asegurar el acceso a los alimentos en la forma más barata posible, ya sea por medio de modos de producción capitalistas, semicapitalistas o precapitalistas.


Esto significa que el conjunto del capital tiene interés —por lo menos en las primeras fases del desarrollo capitalista (que se están reproduciendo hoy en la mayoría de los países semi-coloniales, aun los que están semindustrializados)— en mantener a una parte sustancial del campesinado en condiciones en que aún tiene acceso a algo [324] de tierra: no lo suficiente para proporcionar una mínima base de subsistencia, pero suficiente para suministrar parte del insumo anual de comestibles de la familia campesina, y obligar a esos campesinos a buscar empleo durante parte del año. El capitalismo en ascenso, pues, por un lado suprime despiadadamente el libre acceso a la tierra a través de la generalización de la propiedad privada de la tierra, y por otro defiende hábilmente los minifundios, es decir, las unidades productivas agrarias de subsistencia parceladas en pequeña escala,[325] que permiten empujar los salarios por debajo del nivel de subsistencia debido a que esa subsección semiproletaria de la clase asalariada produce parte de su propia alimentación. Se ha señalado con frecuencia la función política y social de políticas deliberadas en ese sentido de gobiernos burgueses: retardan la concentración y el establecimiento

 



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urbano permanente del proletariado; mantienen una base electoral fácilmente manipulable, o menos fácilmente sindicalizable u organizable en partidos de trabajadores, etc. Desempeñan un papel importante hoy en muchos países semicoloniales, especialmente los más adelantados. En cuanto a la explotación directa de esos míseros «propietarios privados» por el capital, adopta la forma no de extracción forzada de renta de la tierra sino de extracción forzada de interés usurario, pues los propietarios de parcelas están permanentemente, y cada vez más, abrumados por su deuda.


La evolución general de la agricultura bajo el capitalismo será una resultante de la interacción de las cinco tendencias, a menudo contradictorias, que acabamos de esbozar. Y esa resultante pasa a ser, en cierto sentido, un índice del grado de madurez del desarrollo capitalista en el conjunto de la economía nacional. A escala mundial, esto culmina en un resultado final trágico. La internacionalización de la renta absoluta de la tierra significa una grieta creciente entre la productividad media del trabajo consagrado a la producción de alimentos en los países imperialistas, por un lado, y en los países semi-coloniales por el otro.[326] Tanto la penetración cada vez mayor del capitalismo en la agricultura (con el acompañamiento del fenómeno del aumento de los cultivos comerciales en detrimento de los alimentarios) como los intentos de gobiernos burgueses de «estabilizar» la agricultura de subsistencia en pequeñas parcelas, tienden a ensanchar más esa grieta. La consecuencia es que los excedentes de alimentos a escala mundial tienden a concentrarse cada vez más en cada vez menos países, en su mayoría imperialistas.[327] En otras palabras, la renta diferencial de la tierra en el mercado mundial es accesible solamente a un número cada vez menor de agricultores en gran escala capitalistas (agroindustrias).[328]




EL CAPITALISMO COMO SISTEMA Y LA BURGUESÍA COMO CLASE


Una de las características más notables del libro tercero de El capital es el modo como Marx une el análisis económico con el análisis social dentro del sistema global —es decir, en un nivel más elevado que en el libro primero, donde lo hizo dentro de la fábrica (el proceso de producción propiamente dicho). En los capítulos XLVIII y u del libro tercero muestra cómo la reproducción de una forma específica de división del «ingreso nacional» (valor nuevo producido anualmente) en salarios, por un lado, y ganancias, intereses y rentas por el otro, reproduce automáticamente las relaciones capitalistas de producción —es decir, las básicas relaciones de clase y desigualdad de clases que definen el sistema.


La mayor debilidad teórica del reformismo, en cualquier forma que aparezca,

 



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consiste en no entender esta verdad fundamental. Aunque los salarios sean altos o bajos, aunque el salario «indirecto» (pagos de seguridad social) sea inexistente o enorme,[329] los salarios no pueden perturbar las básicas relaciones de clase y desigualdad de clases en que se basa el modo capitalista de producción. Los salarios no pueden elevarse hasta el punto de rebajar sustancialmente el plusvalor (las ganancias), sin poner en marcha una masiva «huelga de inversiones» del capitalismo (y de ahí una abrupta declinación de la acumulación de capital), unida a un frenético intento de acelerar la sustitución de trabajo vivo por maquinaria —procesos ambos que actúan para frenar e invertir el aumento de los salarios, a través de los efectos del desempleo masivo (y las reducciones del gasto público «social»). ¡Lo único que no es posible hacer con los capitalistas es obligarlos a invertir o a producir con pérdidas!


Además, la propia tendencia hacia el aumento de la composición orgánica del capital, hacia el aumento de concentración del capital, hacia un fuerte aumento de los requisitos mínimos para la fundación de nuevas unidades productivas en todos los ramos de la producción, consolida constantemente la propiedad monopólica de los medios de producción por la burguesía como clase, haciendo materialmente imposible hasta para los trabajadores mejor pagados ahorrar de sus salarios lo suficiente para embarcarse seriamente en una empresa industrial propia.[330] Si bien esto es menos cierto en el pequeño comercio minorista y las pequeñas empresas de servicios (o en la agricultura en pequeña escala, en épocas de desempleo agudo),[331] la tendencia general es muy clara. Los salarios tienden a gastarse durante toda la duración de la vida del asalariado. No pueden conducir a ninguna acumulación de capital seria.[332] De modo que los salarios no reproducen simplemente la fuerza de trabajo: también reproducen una clase especial sometida a una permanente compulsión económica a vender su fuerza de trabajo. Del mismo modo, la apropiación privada del plusvalor no conduce simplemente a la acumulación de capital: además reproduce una clase social capaz de monopolizar los medios de producción y con ello obligar continuamente a los asalariados a vender su fuerza de trabajo a los dueños de capital; a producir continuamente plustrabajo, plusvalor y ganancias exclusivamente en favor de los dueños de capital.


Desde luego, ambos procesos no son simétricos. Aun cuando los salarios reales tienen una tendencia al aumento secular y los ahorros de los «trabajadores» llegan a ser un fenómeno social en gran escala, eso no libera al asalariado individual de su condición proletaria; dicho de otro modo, no le aseguran un ingreso durable (reserva en dinero) suficientemente alto para permitirle emprender un negocio por sí mismo. Representan apenas «consumo diferido», es decir un fondo de seguridad adicional, por encima del «salario indirecto» socializado (seguro social), para complementar su ingreso reducido en épocas de enfermedad, desempleo o retiro, o para atender a gastos familiares extra como podrían ser los dedicados a la mejor educación o las

 



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bodas de sus hijos, etc. Además, bajo el capitalismo tardío existe un poderoso incentivo que impulsa a la clase capitalista a privar a los trabajadores de su derecho a disponer libremente de esos ahorros, o incluso a expropiarlos directamente —siendo la inflación la más suave de las varias formas de expropiación parcial o total a que recurre.[333]


Por otro lado, el hecho de que todos los sectores de la clase burguesa tienen acceso a una fracción del total de plusvalor socialmente producido, aun cuando su propio capital no sea utilizado por ellos mismos en actividades productoras de plusvalor, no implica en absoluto que ese acceso sea igual para todos los capitalistas. No sólo la aparición de monopolios opera en dirección contraria: la ley de concentración y centralización del capital actúa aún más poderosamente en ese sentido. La competencia intensificada elimina muchos más capitalistas en mediana y gran escala (por no hablar de los pequeños) de lo que miembros de las capas superiores de la clase asalariada logran atravesar la barrera para convertirse en pequeños empresarios independientes en las industrias de servicios, el comercio minorista o la agricultura.


El conjunto de toda la evolución social es un constante aumento de esa parte de la población compuesta por asalariados; una constante disminución de aquella parte compuesta por hombres de negocios independientes.[334] Ninguna de las predicciones de Marx ha sido tan completamente confirmada por la evidencia empírica (pese a las reiteradas afirmaciones en contra)[335] como la que identificaba una tendencia a largo plazo hacia la polarización en clases bajo el capitalismo. Marx pudo hacer esa predicción histórica tan amplia y tan enérgicamente rechazada por la mayoría de sus contemporáneos porque, basándose en las leyes de movimiento del capitalismo, comprendió que la división del «valor neto» (valor agregado) en salarios y plusvalor tenla que llevar, bajo la presión de la competencia capitalista, a que cada vez menos asalariados fueran capaces de convertirse en capitalistas y cada vez menos capitalistas fueran capaces de seguir siendo capitalistas.


Las relaciones capitalistas de distribución, arraigadas en las relaciones capitalistas de producción pero en modo alguno idénticas a ellas,[336] reproducen constantemente esas relaciones de producción. Pero también reproducen las condiciones previas materiales fundamentales de lucha de clases y solidaridad de clase, tanto en la esfera de la distribución (es decir, en el mercado) como en la esfera de la producción (en la fábrica):


1] El hecho de que el trabajador individual no tiene recursos económicos en que apoyarse, de que no puede «esperar» hasta que su precio de mercado (el salario ofrecido) aumente para vender su fuerza de trabajo, hace de la organización colectiva de esa venta por los trabajadores —la sindicación y el regateo colectivo— una

 



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poderosa tendencia intrínseca en el capitalismo, que se reproduce universalmente dondequiera que aparece el trabajo asalariado.


2] El hecho de que las fluctuaciones del ejército industrial de reserva, en último análisis, regulan las fluctuaciones del salario real, crea un fuerte interés inherente en la masa de asalariados en cuanto tal a asegurar altos niveles de empleo, o dicho de otro modo a exigir políticas económicas elementales dentro del conjunto de la economía que tiendan a limitar el desempleo.[337]


3] El hecho de que el plustrabajo sea la esencia misma del plusvalor y la ganancia (más exactamente de Rentas, Intereses y Ganancias) crea una tendencia igualmente fuerte inherente a la clase trabajadora a desafiar las aceleraciones, las reorganizaciones y las formas de control del proceso de trabajo que tiendan a aumentar la masa de plustrabajo y sus efectos degradantes y deshumanizantes sobre el trabajador individual así como sobre sectores enteros de la clase trabajadora.[338]


4] Finalmente, el hecho de que el capital puede y debe desafiar periódicamente todas las conquistas parciales de los trabajadores, tanto en la esfera de la distribución (aumentos de salarios y pagos de seguridad social; regateo libre colectivo; derechos sindicales y derecho irrestricto a la huelga) como en la esfera de la producción (reducción de la semana de trabajo y la jornada de trabajo; formas de control del ritmo de trabajo y la organización del proceso de trabajo; derechos sindicales dentro del lugar de trabajo en general, etc.), especialmente a través de despiadadas revoluciones tecnológicas,[339] por lo menos enseña periódicamente a las partes más inteligentes, vigorosas y militantes de la clase obrera que (parafraseando a Marx) no basta con luchar por salarios más altos: también es necesario luchar por la abolición del sistema salarial.[340]


Inversamente, el hecho de que, bajo el modo capitalista de producción, la posesión de cualquier cantidad sustancial de dinero (aunque el nivel inicial varía, desde luego, de un período a otro y de un país a otro) transforma automáticamente ese dinero en capital dinerario —que no sólo participa automáticamente en la distribución general del total de plusvalor socialmente producido (al recibir la tasa media de interés), sino que también se transforma potencialmente en capital productivo adicional (capital dinerario puesto a disposición de los capitalistas «actuantes» en los sectores productivos)— crea una fuerte solidaridad de clase entre todos los propietarios de capital en la explotación común de todos los asalariados como clase; en otras palabras, crea la base material de la solidaridad de clase y la conciencia de clase de la burguesía.[341]


En este sentido, todos los capitalistas tienen un interés común en oponerse a los aumentos de salario «excesivos»; en apoyar todas las medidas que eleven la masa de ganancias; en apoyar las prácticas de aceleración y «racionalización de inversiones» y

 



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en generalizar todo ello en el total de las industrias y empresa.[342] Tienen un interés común en tratar de impedir el surgimiento del sindicalismo militante; o bien, cuando ello se hace imposible, en tratar de limitar los derechos sindicales, de establecer diversas formas de control estatal sobre los sindicatos, etc. —cualesquiera que sean las diferencias que pueda haber en cuanto a las tácticas, las formas, el ritmo o la extensión de tal política.


Del mismo modo, la naturaleza misma de la propiedad privada del capital y la competencia capitalista, a través de la mediación de cada empresa capitalista tratando de maximizar sus propios beneficios (es decir, luchando por plusganancias superiores a la tasa media de ganancia), crea los mecanismos por los cuales se imponen las leyes generales de movimiento del sistema. Por este mismo hecho, a través de la eliminación de las empresas capitalistas más débiles, asegura una inversión transitoriamente exitosa de la baja tendencial de la tasa de ganancia. Así cada capitalista al trabajar por su propio interés individual asegura, al hacerlo, la reproducción, la consolidación y la expansión a largo plazo del sistema capitalista en su conjunto.


Del mismo modo, los intentos de los capitalistas de aumentar la cantidad de plustrabajo extraído a su propia fuerza de trabajo —al luchar constantemente por aumentar la productividad del trabajo, por organizar la producción masiva de un número creciente de mercancías, y rebajar con ello el valor (expresado en oro) de todas las mercancías— tienden a crear un interés colectivo de la clase burguesa en no limitar el consumo masivo (salvo en las etapas iniciales de la industrialización capitalista). Esto ayuda a contrarrestar las dificultades para realizar el valor (plusvalor) encarnado en la montaña constantemente creciente de bienes terminados que inevitablemente acompaña la reproducción ampliada y la acumulación de capital, a pesar de la tendencia paralela al aumento de la explotación de la mano de obra asalariada productiva (hacia una tasa de plusvalor históricamente creciente). Esto crea un interés de clase básico de la burguesía en condiciones de explotación «normales» antes que «anormales», incluyendo siempre que sea posible la elevación de los salarios reales y la legislación social elemental, a fin de anular el carácter explosivo de la lucha de clases. La represión directa para disciplinar a la clase obrera se emplea sólo en circunstancias excepcionales, en crisis estructurales graves (sean económicas, políticas o una combinación de ambas cosas).


De nuevo, los dos procesos que acabamos de esbozar, por los cuales se constituyen una clase trabajadora con conciencia de sí misma y una clase burguesa con conciencia de sí misma, como producto directo de los mecanismos internos del modo capitalista de producción, no son simétricos. A pesar de todas las segmentaciones intrínsecas de la clase trabajadora —todos los fenómenos constantemente recurrentes de división según líneas de oficio, de nación, de sexo, de

 



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generación, etc. no hay obstáculos estructurales intrínsecos a la solidaridad de clase general de los trabajadores bajo el capitalismo. Hay tan sólo distintos niveles de conciencia, que hacen más o menos difícil, más o menos despareja en el espacio y en el tiempo, la conquista de esa solidaridad general de clase.


No se puede decir lo mismo de la solidaridad de clase burguesa. En períodos de prosperidad, cuando sus luchas son esencialmente por porciones mayores o menores de una masa creciente de ganancias, la solidaridad de clase se afirma con facilidad entre los capitalistas. Pero en períodos de crisis, la competencia tiene que adoptar formas mucho más salvajes, puesto que para cada capitalista individual no se trata ya de obtener más o menos ganancias, sino de sobrevivir o no como capitalista.[343] De modo que hay instancias de crisis aguda en que ninguna solidaridad económica ni política puede afirmarse entre la clase capitalista; en que, aun frente al más grave peligro colectivo para el conjunto del sistema, los intereses sectoriales o individuales prevalecerán sobre los intereses colectivos y de clase.[344]


Naturalmente, lo que acabo de decir se aplica a la competencia intercapitalista, no a la lucha de clases entre el Capital y el Trabajo como tal, en la cual, por el contrario, cuanto más grave es la crisis sociopolítica, más se afirma la solidaridad de la clase dominante. Pero la fundamental asimetría de la solidaridad de clase económica dentro, respectivamente, de la clase propietaria de capital y la clase asalariada, es lo que importa subrayar. En último análisis, está estructuralmente conectada con las relaciones básicamente diferentes de los capitalistas y los asalariados con la propiedad privada y la competencia. La propiedad privada y la competencia son parte intrínseca de la naturaleza misma de la clase capitalista. Sin embargo, la competencia entre asalariados es impuesta desde afuera, y no estructuralmente inherente a la naturaleza misma de la clase. Al contrario, los asalariados normal e instintivamente luchan por la cooperación y la solidaridad colectivas.[345] Por lo tanto, cualquiera que sea la medida en que la competencia entre ellos se reproduce periódicamente, especialmente en épocas de crisis económica o después de grandes derrotas sociales o políticas, siempre puede ser superada mediante esfuerzos subsiguientes de organización y elevación de la conciencia de clase, ayudados por los mismos avances de la propia acumulación de capital.


En la sección séptima del libro tercero, Marx presta gran atención a la engañadora aparición de rendimientos «producidos» por diferentes «medios de producción»: suelo, trabajo y capital. En nuestros días, ese engaño se ha extendido a través de la búsqueda de tasas de crecimiento o incrementos del ingreso «producidos» por el progreso científico o incluso por la educación superior.[346] Por sí sola, la ciencia no produce ni valor ni ingreso. Los resultados de la investigación científica, incorporados en nuevas formas de maquinaria y nuevas formas de organización del trabajo, aumentan la productividad del trabajo y así indudablemente contribuyen al

 



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incremento de la riqueza material. Pero eso es bastante distinto de la producción de valor o ingreso. Lo que estas fórmulas ocultan es el hecho de que, bajo el capitalismo, la propiedad privada de los medios de producción y la transformación del trabajo manual e intelectual —incluyendo el trabajo científicamente creativo— permiten al capitalista (a la empresa capitalista) incorporar al valor global producido en el curso del proceso productor de mercancías los resultados de la cooperación, la inventiva y la habilidad de la mano de obra empleada. Y eso ocurre esencialmente en forma de plusvalor, puesto que los resultados en cuestión no modifican directamente los costos de reproducción de la fuerza de trabajo, únicos que representan trabajo necesario (la parte del valor agregado que no adopta la forma de plusvalor). Así, cualidades del trabajo aparecen como cualidades separadas y aparte del trabajo: ya sea como cualidades del «capital» (representado como una masa de cosas, instrumentos, maquinaria y otros medios de producción) o bien como cualidades de la «ciencia» (nuevamente separada del trabajo como algún producto puro del cerebro).


Para Marx, el trabajo científico es la esencia misma del «trabajo general», es decir, trabajo creativo que desarrolla nuevos descubrimientos e invenciones. Pero igual que el trabajo colectivo (socializado), está indisociablemente relacionado con el proceso de cooperación, de muchos trabajadores manuales e intelectuales trabajando juntos: «Estos ahorros en el empleo del capital fijo son, como ya se ha dicho, resultado de que las condiciones de trabajo se emplean en gran escala, en suma que sirven como condiciones de trabajo directamente social, socializado, o de la cooperación directa dentro del proceso de producción. Es ésta, por una parte, la condición única bajo la cual pueden aplicarse todos los inventos mecánicos y químicos sin encarecer el precio de la mercancía, y ésta es siempre la conditio sine qua non. Por otra parte, sólo con una producción en gran escala son posibles las economías que derivan del consumo productivo de la colectividad. Pero por último sólo la experiencia del obrero combinado descubre y muestra dónde y cómo economizar, cómo llevar a cabo con la mayor sencillez los descubrimientos ya efectuados, qué fricciones prácticas deben superarse en la concreción de la teoría (en su aplicación al proceso de producción), etc. Dicho sea de paso, hay que distinguir entre trabajo general y trabajo colectivo […]. Es trabajo general todo trabajo científico, todo descubrimiento, todo invento. Está condicionado en parte por la cooperación con seres vivos, y en parte por la utilización de los trabajos de predecesores. El trabajo colectivo supone la cooperación directa de los individuos.»[347]




EL DESTINO DEL CAPITALISMO

 





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¿Contiene El capital una teoría del inevitable derrumbe final del modo capitalista de producción? ¿Puede encontrarse la respuesta a esta pregunta en el libro tercero, y específicamente en la determinación por Marx de la baja tendencial de la tasa media de ganancia? ¿Implican las leyes de movimiento del modo capitalista de producción que el sistema no puede sobrevivir indefinidamente a su contradicción interna? Estas preguntas se vienen planteando desde que se publicó la primera edición de El capital, tanto por partidarios de las teorías de Marx como por sus opositores. La llamada «controversia del derrumbe» ha desempeñado un papel crucial tanto en la historia de la teoría marxista después de Marx como en la historia del movimiento obrero internacional influido por las ideas de Marx (o marxistas).


La posición inicial defendida por los marxistas «ortodoxos» en la Segunda Internacional era cautelosa pero al mismo tiempo clara: el sistema terminaría en el derrumbe a través de la agudización general de todas sus contradicciones internas. Engels, en general, apoyaba esta posición.[348] Sin duda puede apoyarse en una serie de pasajes de El capital (aunque, en verdad, más del libro primero que del tercero).


Su principal mérito fue el de integrar la lucha de clases, el crecimiento del movimiento obrero y de la conciencia de clase de los trabajadores, en perspectivas generales referentes al destino final del sistema capitalista.


Debe destacarse, sin embargo, que la cuestión de si el capitalismo puede sobrevivir indefinidamente o está condenado a derrumbarse no debe confundirse con la idea de su inevitable sustitución por una forma más alta de organización social, es decir, con la inevitabilidad del socialismo. Es perfectamente posible postular el inevitable derrumbe del capitalismo sin postular la inevitable victoria del socialismo. En realidad, bastante temprano en la historia del marxismo revolucionario ambas cosas fueron separadas conceptualmente en forma radical, formulándose el destino del capitalismo en forma de dilema: el sistema no puede sobrevivir, pero tanto puede ser sucedido por el socialismo como por la barbarie.[350]


Si bien tanto Marx como Engels —y especialmente Engels en su vejez, ante el tremendo y aparentemente irresistible ascenso del movimiento obrero moderno— mostraron un robusto optimismo acerca del futuro del socialismo, siempre tuvieron cuidado, cuando la cuestión se planteaba a su nivel más general, abstracto, histórico, de rechazar cualquier idea de secuencias históricas inevitables de organizaciones sociales (modos de producción). En diversas ocasiones señalaron que el pasaje de un modo de producción a otro dependía del desenlace de luchas de clase concretas, que podían terminar con la victoria de la clase más progresista y revolucionaria o bien con la destrucción mutua tanto de la clase dominante como de su adversario revolucionario y una prolongada decadencia de la sociedad.

La posición inicial fue contestada por los llamados revisionistas agrupados en torno al alemán Eduard Bernstein, quien negó que existiera una tendencia inherente a

 



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la agudización de las contradicciones internas del modo capitalista de producción. Postulaban, por el contrario, que esas contradicciones disminuirían, pero de ello no concluían que el capitalismo fuera a sobrevivir eternamente, sino que más bien creían que se desvanecería gradualmente, de manera que no había necesidad de destruirlo por medios revolucionarios.[351] La mayoría de las variantes posteriores del gradualismo y el reformismo (incluyendo, recientemente, el eurocomunismo) tienen sus raíces comunes en los escritos de Bernstein, notables por el modo claro y coherente en que plantean el problema[352] —el único problema es que sus predicciones han demostrado estar equivocadas.


Lejos de llevar a la paz permanente, el capitalismo ha llevado a dos guerras mundiales con riesgo de una tercera, suicida para toda la humanidad. Lejos de llevar a un funcionamiento cada vez más fluido de la economía capitalista internacional, hemos presenciado las catastróficas crisis de 1920-1921, 1929-1932 y 1938, seguidas después del auge de la segunda guerra mundial por una nueva caída larga que empezó a fines de los sesenta o comienzos de los setenta. Y lejos del constante crecimiento de la libertad y la democracia, el siglo XX ha presenciado una represión mucho mayor y dictaduras mucho más sangrientas que cualquier cosa que Marx y Engels o cualquier socialista del siglo XIX haya visto o pueda haber imaginado.


Es en este contexto que los seguidores de Marx han intentado formular de modo más riguroso el probable destino del capitalismo. Rosa Luxemburg fue la primera en tratar de elaborar sobre una base estrictamente científica una teoría del inevitable derrumbe del modo capitalista de producción. En su libro La acumulación de capital intentó demostrar que la reproducción ampliada, con plena realización del plusvalor producido durante el proceso de producción propiamente dicho, era imposible en el capitalismo «puro». Ese modo de producción, por lo tanto, tenía una tendencia inherente a expandirse en un medio no capitalista, es decir, a devorar grandes áreas de pequeña producción de mercancías que aún sobreviven dentro de la metrópoli capitalista y a expandirse continuamente hacia la periferia no capitalista, es decir, los países coloniales y semicoloniales. Esa expansión —incluyendo sus formas más radicales: el colonialismo y las destructivas guerras coloniales de la época contemporánea; el imperialismo y las guerras imperialistas— era indispensable para la supervivencia del sistema. Si ese medio no capitalista desaparece, y justo en el momento en que desaparezca, el sistema se derrumbará, porque será incapaz de realizar plenamente el plusvalor. Pero Luxemburg dejaba claro que, mucho antes de ese momento final, las simples consecuencias de esas formas de expansión cada vez más violentas, así como las consecuencias del gradual encogimiento del medio no capitalista, agudizarían las contradicciones internas del sistema hasta el punto de explosión, preparando así su derrocamiento revolucionario.[353]


Ya he examinado, en la introducción al libro segundo de El capital (así como en

 



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El capitalismo tardío), los puntos fuertes y débiles de La acumulación de capital de Rosa Luxemburg.[354] Aquí quiero tratar solamente una objeción metodológica que se ha hecho a la teoría del derrumbe de Rosa Luxemburg —y posteriormente a una serie de teorías similares. Algunos críticos han sostenido que, al basar la perspectiva del inevitable derrumbe del modo capitalista de producción exclusivamente en las leyes de movimiento del sistema, Luxemburg retrocedía hacia el «economicismo»; que eso era una regresión del modo como los propios Marx y Engels, y sus primeros discípulos, integraban siempre los movimientos y leyes económicos con la lucha de clases, a fin de llegar a proyecciones y perspectivas históricas generales.[355]


Sin embargo, esa objeción es injustificada. Si bien es cierto que la historia contemporánea del capitalismo, y en realidad la historia de cualquier modo de producción en cualquier época, no se puede explicar satisfactoriamente sin tratar la lucha de clases (y especialmente su desenlace después de ciertas batallas decisivas) como factor parcialmente autónomo, también es cierto que toda la significación del marxismo desaparece si esa autonomía parcial se transforma en autonomía absoluta. Es justamente el mérito de Rosa Luxemburg, así como de sus varios antagonistas subsiguientes en la «polémica del derrumbe», el haber relacionado los altibajos de la lucha de clases con las leyes internas de movimiento del sistema. Si supusiéramos que o bien la infinita adaptabilidad del sistema capitalista, o la astucia política de la burguesía, o la incapacidad del proletariado de elevar su conciencia a nivel suficiente (por no hablar de la supuesta creciente «integración» de la clase trabajadora a la sociedad burguesa), pueden, a largo plazo y por tiempo indefinido, neutralizar o invertir las leyes internas de movimiento y las contradicciones intrínsecas del sistema, es decir, impedirles afirmarse, entonces la única conclusión científicamente correcta sería que esas leyes de movimiento no corresponden a la esencia del sistema: en otras palabras, que Marx estaba básicamente equivocado al pensar que había descubierto esa esencia. (Esto es distinto, desde luego, de la posibilidad de altibajos transitorios en la agudización de las contradicciones, que son no sólo posibles sino inevitables, como lo señaló el propio Marx en su tratamiento de la baja tendencial de la tasa de ganancia).


Un segundo intento de producir una «teoría del derrumbe» científicamente rigurosa (aunque en concreto debe decirse que fue menos riguroso que el de Rosa Luxemburg), se hizo durante e inmediatamente después de la primera guerra mundial, por algunos de los principales economistas marxistas radicales, que tuvieron gran influencia sobre Lenin cuando éste estaba esbozando su Imperialismo, etapa superior del capitalismo. Los más destacados de ellos fueron el ruso Nicolai Bujarin y el húngaro Eugen Varga.[356] Aunque evitando toda reducción «monocausal» del problema a un único factor decisivo, esos autores formularon la hipótesis de que el capitalismo había entrado en un período irreversible de decadencia histórica, como

 



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resultado de una manifestación combinada de todas sus contradicciones agudizadas: reducción de mercados: declinación del comercio mundial; declinación de la división internacional del trabajo; declinación de la economía dineraria e incluso parcial reversión al trueque y a formas de producción precapitalistas en países capitalistas; declinación de la producción material; derrumbe del sistema de crédito; declinación absoluta del nivel de vida de los trabajadores; recurrencia de guerras y guerras civiles; repetidos estallidos revolucionarios y revoluciones socialistas victoriosas.


Si bien estos análisis pueden ofrecer una descripción y explicación bastante convincente de lo que ocurrió efectivamente en 1914 (o incluso en 1912-1921) y nuevamente en 1930-1940 (o incluso, en ciertas partes del mundo, en 1945-1948), se ve en serios problemas cuando se enfrenta a procesos de la economía capitalista internacional después de la segunda guerra mundial. Tendiendo al eclecticismo histórico, carece del profundo rigor necesario para vincular esos varios procesos con las leyes básicas de movimiento del sistema. En particular, evita toda discusión de las razones por las que los factores contrarios, que Marx enumera como transitoriamente capaces de neutralizar la baja tendencial de la tasa media de ganancia, perderían definitivamente toda eficacia en la época de declinación del capitalismo, por las que la enorme desvalorización y destrucción de capital que ocurrió en la crisis de 1929-1932 y la segunda guerra mundial, unidas a un violento ascenso de la tasa de plusvalor (resultado tanto de catastróficas derrotas de la clase obrera como de un gran aumento de la productividad del trabajo en el sector II, como consecuencia de una nueva revolución tecnológica), no pudieron conducir a un nuevo salto hacia arriba de las fuerzas productivas, sino que terminaron inevitablemente en una nueva reafirmación de contradicciones agudizadas del sistema.[357]


Un derivado de la teoría de Bujarin y Varga de la declinación irreversible del sistema capitalista desde 1914 es el concepto de «crisis general del capitalismo», en el cual el énfasis ha sido gradualmente desplazado de las leyes internas de movimiento del sistema hacia los desafíos externos que cada vez más enfrenta como resultado de una cadena de revoluciones socialistas victoriosas, que han llevado a un encogimiento del área geográfica en que puede operar. En su forma inicial, el concepto de una crisis general del capitalismo —que se originó a partir de la victoria de la Revolución de octubre en Rusia— todavía establecía una relación entre ese desafío exterior y la consiguiente agudización de las contradicciones internas del sistema.[358] Pero éste es cada vez menos el caso en variantes posteriores, especialmente en la teoría del «capitalismo de monopolio estatal», desarrollada plenamente después de la segunda guerra mundial.


Aquí la contradicción «básica» se define claramente como la contradicción entre el «campo socialista» y el «campo capitalista», y no ya como las cada vez más explosivas contradicciones internas del capitalismo mismo. La paradoja se lleva

 



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incluso al punto de que autores soviéticos afirman seriamente que, como resultado de la «competencia entre los dos sistemas», el capitalismo «está condenado» ¡a crecer continuamente! [359] De este modo, la teoría del derrumbe se convierte «dialécticamente» en su contrario: se postula la posibilidad de que el capitalismo sobreviva eternamente. Se postula la capacidad del sistema de eliminar por tiempo indefinido los efectos más serios de sus contradicciones internas —hasta el momento en que finalmente se afirme la superioridad económica, social y cultural del campo socialista. Casi no es necesario señalar que esa contorsión intelectual está estructuralmente relacionada con los intereses específicos de la burocracia soviética —tanto sus intentos de mantener condiciones de coexistencia pacífica con el capitalismo internacional como su interés por mantener la subordinación de una gran parte del movimiento obrero internacional a sus propias maniobras diplomáticas— y, como tal, representa un típico fenómeno de engaño intelectual.


Un tercer intento —de nuevo, más riguroso— de teorizar la inevitabilidad del derrumbe del capitalismo es el que a fines de la década de los veinte ofreció el marxista polaco Henryk Grossmann. Se trataba esencialmente de una generalización —e incluso se podría decir que de una extrapolación extrema— de la ley marxiana de la baja tendencial de la tasa media de ganancia. Grossmann intentó probar que, a largo plazo, las fuerzas contrarias no pueden impedir que esa ley se afirme con fuerza creciente —hasta el punto en que todo el capital acumulado tiende a ser incapaz de valorizarse, es decir, hasta el punto en que la masa total de plusvalor no puede asegurar acumulación suficiente, aun cuando la subsistencia de la propia clase capitalista caiga a cero.[360] Esta teoría tiene muchos puntos débiles, que han sido señalados por una serie de críticos.[361] El principal es que Grossmann no demuestra en realidad que todas las fuerzas contrarias pierdan gradualmente su capacidad de neutralizar la baja de la tasa de ganancia. Especialmente subestima los efectos de la desvalorización (y destrucción) masiva de capital, que ha demostrado históricamente ser de alcance mucho mayor de lo que él visualiza (terminó su libro antes de la terrible destrucción de la segunda guerra mundial).


Por lo tanto, el punto de partida numérico, algo arbitrario, de Grossmann —los esquemas de reproducción elaborados por Otto Bauer en su réplica a La acumulación de capital de Rosa Luxemburg—[362] lleva a resultados que ignoran los efectos de los ciclos de desvalorización del capital. Tal hipótesis es insostenible a la luz de la historia real del capitalismo (que es una historia abrumada por las crisis, que ha visto veintiuna crisis de sobreproducción desde el establecimiento del mercado mundial de bienes industriales). Marx señala explícitamente esa función de desvalorización del capital de las crisis capitalistas en el capítulo XV del libro tercero de El capital. Por lo tanto, sólo podemos considerar las cifras sucesivas de Grossmann como representativas no de totales anuales sino de promedios para ciclos de siete/diez años.

 



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Así el derrumbe final del sistema se pospone hasta el siglo XXII (después de treinta y siete ciclos de siete/diez años). Si las proporciones iniciales entre el sector I y el sector II fueran más realistas —y hubieran debido serlo, a la luz de la historia real del capitalismo que, en la década de los veinte, no se había acercado siquiera a una situación en que dos tercios de la producción corriente ocurrieran en el sector I— la postergación del «derrumbe» sería aun más pronunciada: ocurriría después de cincuenta o sesenta ciclos, es decir después de cuatrocientos o quinientos años. Sin darse cuenta, Grossmann, obsesionado por su explicación monocausal de la inevitabilidad del derrumbe llegó a demostrar exactamente lo contrario de lo que se proponía: la extrema longevidad del sistema, antes que su derrumbe final como función de sus leyes de movimiento internas.


Es tentadora la posibilidad de tratar la teoría de Baran-Sweezy de la creciente dificultad de la «realización de excedentes» por el capitalismo monopolista ya sea como una variante de la teoría del derrumbe de Rosa Luxemburg o bien como una cuarta teoría del derrumbe, distinta de las demás.[363] Sin embargo, no es así, puesto que Baran y Sweezy, Si bien subrayan las crecientes dificultades para la «realización de excedentes», al mismo tiempo insisten en la capacidad del sistema de integrar socialmente a la clase trabajadora y así asegurar su perpetuidad —aun cuando en condiciones de casi-estancamiento permanente— antes que en la inevitabilidad de su derrumbe. Igual que los más extremos partidarios de la teoría del «capitalismo monopolista de estado», estos autores tienen que proyectar a los enemigos reales del sistema fuera del sistema mismo: los campesinos del tercer mundo, las capas marginadas superexplotadas, etc. Pero nunca son capaces de demostrar que esas fuerzas sociales tengan de alguna manera una potencial fuerza económica y social comparable a la del proletariado moderno. Como tales fuerzas no son vitales para las relaciones productivas básicas del sistema, pueden ser integradas o ignoradas o aplastadas de varios modos, sin impedir el funcionamiento del sistema.[364] De modo que esto no es en modo alguno una teoría del «derrumbe del capitalismo».


Como sucede con las teorías monocausales de la crisis, evidentemente hay elementos correctos en cada una de las tres versiones de la teoría del derrumbe que hemos esbozado. Es preciso reunirlos para dar una teoría coherente del inevitable derrumbe del capitalismo, compatible con todas las leyes de movimiento y las contradicciones internas de ese modo de producción, tal como las revela el análisis de Marx en El capital.


Un elemento del análisis de Grossmann es importante, si no decisivo, como punto de partida de esa síntesis: es el punto del tiempo en que, además de la baja tendencial de la tasa de plusvalor, la masa de plusvalor deja de crecer y empieza a declinar — primero gradualmente, después permanentemente. Éste sería evidentemente el golpe más serio a un proceso continuo de acumulación capitalista. Grossmann, sin

 



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embargo, no indica el contenido concreto de esa incipiente baja de la producción de plusvalor, que yo he tratado de especificar en El capitalismo tardío: un nivel de mecanización, de semiautomación —digamos, de plena automación en difusión— de un creciente número de ramos de producción, en que el insumo total de horas de trabajo productivas empieza a declinar, y por lo tanto en que baja la producción total de valor.


Esto no implica automáticamente una baja inmediata de la masa absoluta de plusvalor, puesto que el gran aumento de la productividad del trabajo inherente al «robotismo» puede reducir el tiempo de trabajo necesario proporcionalmente a la reducción de la producción de valor absoluto. A la larga, sin embargo, eso es imposible sin reducciones cada vez más severas de los salarios reales. Además, después de cierto punto se vuelve materialmente imposible. De manera que la extensión de la automación más allá de un dintel determinado lleva, primero, a una reducción del volumen global de valor producido, y luego a una reducción del volumen global de plusvalor producido. Eso a su vez desencadena una «crisis de derrumbe» cuádruple combinada: una enorme crisis de baja de la tasa de ganancia; una enorme crisis de realización (el aumento de la productividad del trabajo que implica el robotismo expande la masa de valores de uso producidos en proporción aun mayor que la proporción en que reduce los salarios reales, y una creciente parte de esos valores de uso resulta invendible); una enorme crisis social; [365] y una enorme crisis de «reconversión» (o dicho de otro modo, de la capacidad del capitalismo para adaptar) a través de la desvalorización, las formas específicas de destrucción que amenazan no sólo la supervivencia de la civilización humana sino hasta la supervivencia física de la humanidad o de la vida en el planeta.[366]


Hay una salida obvia, a través de la transformación masiva de los «servicios» en ramos productores de mercancías (que se suman a la producción global de valor). En realidad, ya está empezando en servicios clave como la salud, la educación, los bancos y la administración pública. Esto indica cuán equivocado es hablar del capitalismo tardío como sociedad posindustrial.[367] Por el contrario, apenas estamos entrando a la edad de la plena industrialización de toda una serie de ramos que hasta ahora han escapado a ese proceso. Pero eso no hace sino posponer el momento de hacer las cuentas. Porque la industrialización de sectores de servicios reproduce allí, después de cierto período de transición, exactamente los mismos procesos de mecanización, semiautomación y plena automación masivas para los cuales los microprocesadores proporcionan ya las herramientas técnicas necesarias (lo mismo es aplicable, de paso, al proceso de industrialización de países subdesarrollados como salida de la crisis estructural). De modo que es imposible ver cómo puede el capitalismo escapar a su destino final: el derrumbe económico.


Además de esto, con el desarrollo de la semiautomación y de la automación,

 




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ocurre una nueva y significativa inversión de la revolución constantemente producida por el capitalismo en la organización del trabajo y el proceso real de trabajo. Es inevitable una reintroducción masiva del trabajo intelectual en el proceso de producción, junto con una declinación —al menos relativa— de la extrema parcelación del trabajo característica del taylorismo. Cuanto más trabajo asalariado se emplee para funciones de supervisión y para el mantenimiento de equipos delicados y costosos, tanto más su habilidad, su nivel de cultura y su grado de compromiso con el proceso productivo pasan a ser un elemento indispensable de la reproducción del capital. Por lo tanto, no sólo las cualidades cooperativas del trabajo objetivamente socializado dentro de la fábrica se desarrollan en mayor grado: la conciencia de los trabajadores de que son capaces de manejar fábricas en lugar de los capitalistas o los administradores capitalistas da un gigantesco paso hacia adelante. Así la creciente crisis de las relaciones capitalistas de producción (tanto objetiva como subjetivamente, es decir, en términos de su legitimidad a los ojos de la clase trabajadora y de sectores cada vez mayores del conjunto de la población) y el desafío que representan para ellas las luchas de los trabajadores, pasan a ser parte integrante de la tendencia al derrumbe del sistema.


Pero es evidente que esa tendencia a la elevación del trabajo en sectores productivos con el desarrollo tecnológico más alto, debe necesariamente verse acompañada por su negación misma: un aumento del desempleo masivo, de la extensión de sectores marginados de la población, del número de los que «desertan» y de todos aquéllos que el desarrollo «final» de la tecnología capitalista expulsa del proceso de producción. Esto significa solamente que los crecientes desafíos a las relaciones de producción capitalistas dentro de la fábrica van acompañados por crecientes desafíos a todas las relaciones y los valores burgueses básicos en toda la sociedad, y también éstos constituyen un elemento importante y periódicamente explosivo de la tendencia del capitalismo al derrumbe final.


Como dije antes, no necesariamente del derrumbe en favor de una forma más alta de organización social o civilización. Precisamente como función de la degeneración misma del capitalismo, fenómenos de descomposición cultural, de retroceso en los campos de la ideología y el respeto por los derechos del hombre, se multiplican paralelamente a la sucesión ininterrumpida de crisis multiformes con que esa degeneración nos enfrentará (y ya nos ha enfrentado). La barbarie, como un resultado posible del derrumbe del sistema, es una perspectiva mucho más concreta y precisa hoy que en los años veinte y treinta. Hasta los horrores de Auschwitz e Hiroshima parecerán tibios en comparación con los horrores que impondrá a la humanidad una descomposición continua del sistema. En tales circunstancias, la lucha por un desenlace socialista adquiere la significación de una lucha por la supervivencia misma de la civilización y de la raza humana. El proletariado, como lo mostró Marx,

 



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reúne todos los requisitos objetivos para conducir con éxito esa lucha; hoy, eso es más cierto que nunca. Y tiene por lo menos el potencial igualmente para adquirir los requisitos subjetivos de una victoria del socialismo mundial. Si ese potencial se realizará depende, en último análisis, de los esfuerzos conscientes de los marxistas revolucionarios, organizados, integrándose con las periódicas luchas espontáneas del proletariado para reorganizar la sociedad según lineamientos socialistas, y llevarla hacia objetivos precisos: la conquista del poder estatal y la revolución social radical. No veo más razón para ser pesimista en cuanto al desenlace de tal empresa, hoy, que lo fue Marx cuando escribía El capital.

 














Notas

  Isaac Illich Rubin, Ensayo sobre la teoría marxista del valor, México, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 53, 5.ª ed., 1982, pp. 310-314; Lucio Colletti, El marxismo y Hegel, México, Grijalbo, 1976; Louis Althusser, «El objeto de El capital», en Louis Althusser y Étienne Balibar, Para leer El capital, México, Siglo XXI, 1969, pp. 101-129. Existe también una observación muy iluminadora del propio Marx en El capital, Libro I, capítulo VI: «Ello no obstante —dice—, hay circulación de mercancías y circulación monetaria, dentro de determinados límites, y por ende determinado grado de desarrollo comercial, premisa y punto de partida de la formación de capital y del modo de producción capitalista» (México, Siglo XXI, 1971, p. 108). <<

 

Karl Marx, El capital, México, Siglo XXI, 1975-1981, III/6, pp. 222-227; Friedrich Engels, «La ley del valor y la tasa de ganancia», en Karl Marx, El capital, pp. 1126-1146; Rosa Luxemburg, Introducción a la economía política, México, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 35, 1972, pp. 200-234; Ernest Mandel, Tratado de economía marxista, México, Era, 1968, vol. I, pp. 62-65. << 



E. Mandel, op. cit., pp. 54-61. <<

 

Karl Korsch, Marxismo y filosofía, México, Era, 1969, pp. 45-66. <<

 


Rudolf Hilferding, Das Finanzkapital, Viena, 1923, p. X [El capital financiero, Madrid, Tecnos, 1963, p. 111. <<


K. Marx, carta a Maurice Lachâtre, 18 de marzo de 1872, en Karl Marx y Friedrich Engels, Cartas sobre El capital, Barcelona, Laia, 1974; véase también el «Prólogo y epílogo a la edición francesa», El capital, México, Siglo XXI, 1975-1981, t. 1/1, p. 21. <<


El capital, I/1, pp. 19-20. <<

El capital, I/1, p. 20. <<

 


F. Engels, carta a Conrad Schmidt, 1 de noviembre de 1891, en Cartas sobre El capital, cit., p. 286. <<

 


Vladimir Ilich Lenin, «Plan de la dialéctica (lógica) de Hegel», en Obras completas, México, Ediciones de Cultura Popular/Akal, s/f, t. XLII, pp. 305 ss. <<

 

«Ahí se verá de dónde deriva la forma de pensar de los burgueses y de los economistas vulgares, es decir que proviene de que, en su cerebro, no hay nunca otra cosa que la forma fenoménica inmediata de las relaciones que se reflejan, y no las relaciones internas. Por lo demás, si fuera ése el caso, ¿para qué serviría entonces la ciencia?» (K. Marx, carta a Engels, 27 de junio de 1867, en Cartas sobre El capital, cit., p. 134). Véase también El capital, III/6, p. 261. <<

Karl Marx, Randglossen zu A. Wagners «Lehrbuch der politischen Okonomie», en MEW, 19, pp. 364, 368-369 [Notas marginales al «Tratado de economía política» de Adolph Wagner, México, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 97, 1982, pp. 35 y 39-40]. <<

 

Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI, 1971-1976, t. 1, p. 21. Véase, por el contrario, V. I. Lenin, op. cit., p. 163: «El pensamiento que avanza de lo concreto a lo abstracto E…) no se aleja de la verdad, sino que se acerca a ella». En sus comentarios sobre los tres libros de El capital, que datan de principios de la década de los treinta, D. I. Rosenberg propone la interesante opinión de que las abstracciones de Marx son a la vez concretas en tanto que se relacionan con una formación económica concreta y en cuanto que están determinadas históricamente. Y tampoco son abstracciones arbitrarias a priori. (Véase la traducción española del texto ruso original publicada por Seminario de El capital, México, Escuela Nacional de Economía, UNAM, Cuaderno 1, p. 46). <<

 


Sobre este terna y otros relacionados, véase, entre otros: Otto Morf, Geschichte und Dialektik in der politischen ökonomie, Francfort, 1970; Evald Vasiljevic Iljenkov, La dialettica dell’astratto e del concreto nel Capitale di Marx, Milán, 1961; Karel Kosik, Die Dialektik des Konkreten, Francfort, 1967 [Dialéctica de lo concreto, México, Grijalbo, 1976]; Jindrich Zeleny, Die Wissenschaftslogik und Das Kapital, Francfort, 1969 [La estructura lógica de El capital de Marx, México, Grijalbo, 1978]; Leo Kofler, Geschichte und Dialektik, Hamburgo, 1955 [Historia y dialéctica, Buenos Aires, Amorrortu, 1970]. <<

 


Por ejemplo, Eugen von Böhm-Bawerk, Karl Marx and the close of his system, Nueva York, 1949, p. 117 [La conclusión del sistema de Marx. en R. Hilferding, E. von Böhm-Bawerk, L. von Bortkiewicz, Economía burguesa y economía marxista, México, Cuadernos de Pasado y Presente núm. 49, 1974]; Eduard Bernstein, Die Voraussetzungen des Sozialismus und die Aufgabere der Sozialdemokratie, Stuttgart, 1899, pp. 51-71 [Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia, México, Siglo XXI, 1982, pp. 127-141]; Karl Popper, The opera society and its enemies, Londres, 1962, vol. 2, p. 82 [La sociedad abierta y sus enemigos, Buenos Aires, Paidós, 1966]; Vassily Leontief, «The significante of marxian economics for present-day economic theory», en American Economic Review Supplement, marzo de 1938, ahora incluido en I. L. Horowitz, Marx and modem economics, Londres, 1968, p. 95; etcétera. <<

 

«Independientemente de la importancia de estas contribuciones técnicas al progreso de la teoría económica en la comprensión actual de los logros marxianos, quedan superadas por su brillante análisis de las tendencias a largo plazo del sistema capitalista. La marca es ciertamente impresionante: una concentración creciente de riqueza, la rápida eliminación de la empresa pequeña y mediana, la limitación progresiva de la competencia, el incesante progreso tecnológico acompañado por la creciente importancia del capital fijo y, por último, pero no por eso menos importante, la amplitud incesante de los ciclos económicos recurrentes —una serie de predicciones insuperadas que se han cumplido, y contra la cual la teoría económica moderna, con todos sus refinamientos, tiene poco que agregar» (Leontief, op. cit., p. 94). <<

Un ejemplo clásico de tan extrema simplificación lo da Paul Samuelson, quien reduce las leyes del movimiento del modo capitalista de producción a dos (1): «la pauperización de la clase trabajadora» y «la creciente monopolización bajo el capitalismo», y concluye, en relación con la primera, que «simplemente nunca ocurrió» y sobre la segunda declara que «durante treinta años Marx parece haber tenido razón, aun cuando durante los siguientes setenta años no es precisamente eso lo que deriva de las investigaciones más cuidadosas sobre la concentración industrial». Todo ello culmina con la afirmación final de que Marx creía que habla «una ley inevitable del desarrollo capitalista que determinaba que el ciclo económico empeoraría» y de que tampoco esto era cierto (Paul A. Samuelson, «Marxian economics as economics», en American Economic Review, vol. 57, 1967, pp. 622-623). <<

Karl K. Popper, «Predictions and prophecy in the social sciences», en Conjectures and refutations. The growth of scientific knowledge, Londres, 1963, p. 339 [El desarrollo del conocimiento científico: conjeturas y refutaciones, Buenos Aires, Paidós]. <<

 



Karl K. Popper, The opera society and its enemies, cit., vol. 2, cap. 23, especialmente la p. 210. <<

 

V. I. Lenin, op. cit., p. 309: «Todos estos momentos (pasos, etapas, procesos) de la cognición se mueven en dirección del sujeto al objeto, son puestos a prueba en la práctica y llegan, a través de esa prueba, a la verdad». <<


Vilfredo Pareto proporciona un divertido aspecto de esta hipótesis aparentemente absurda de «otras» leyes del movimiento imaginables en su «crítica» de la teoría del valor de Marx. Para demostrar que Marx tenía una petitio principis inserta en la teoría del valor-trabajo, Pareto afirma que podemos suponer igualmente que la costurera alquila su máquina y su propia subsistencia, lo cual llevaría entonces a la conclusión de que la máquina «produjo» el plusvalor («Introduction à Karl Marx Le capital, extraits faits par P. Lafargue», en Marxisme et économie pure, Ginebra, 1966, pp. 47-48). Dejando de lado el hecho de que su ejemplo no «demuestra» nada, es significativo lo que su contramodelo implica: que los trabajadores rentan sus propios medios de producción y que, como resultado, son dueños de los productos de su trabajo, los venden en el mercado y por consiguiente se apropian de las ganancias (plusvalor) producidas en el curso del proceso de producción. Es evidente que no ha sido tal la tendencia predominante en el desarrollo industrial de los últimos 150 años, pero aun a fines del siglo XIX la cuestión le parecía a Pareto tan «abierta» que pudo sostener tal hipótesis sin llegar a sorprenderse de tamaño disparate, lo cual destaca aún más el nivel de percepción de Marx acerca de las operaciones del capitalismo. <<

 

Las ediciones más exactas y científicas del libro primero de El capital son las del Instituto de Marxismo-Leninismo del Comité Central del Partido Socialista Unificado de Alemania (MEW 23) y la de H. J. Lieber y Benedikt Kautsky (Stuttgart, 1962), que indican las variaciones en el texto entre las diversas ediciones alemanas y la edición francesa editadas por los propios Marx y Engels. La edición Lieber es algo más completa en la medida en que indica todas las variaciones dentro del mismo texto. He contado no menos de cien variaciones textuales en la edición Lieber, algunas de las cuales son importantes, pero sólo unas cuantas lo suficiente para ser mencionadas en este prólogo. [«Una edición crítica del tomo I tendría necesariamente que incluir (además de los borradores éditos e inéditos correspondientes al mismo) todas las versiones del libro publicadas por Marx. Podría reproducirlas sucesivamente, con el registro más completo posible de sus coincidencias y diferencias… La presente edición no aspira a tanto. Pretende ser, sencillamente, una primera aproximación a una edición crítica de El capital en castellano», dice Pedro Scaron en su prólogo (p. XI) a la edición publicada en México, Buenos Aires y Madrid por Siglo XXI Editores entre 1975 y 1981. (E.)] <<

 

Marx, carta a Engels, 2 de abril de 1858, en Cartas sobre El capital, cit., p. 77. <<

 

Roman Rosdolsky, Génesis y estructura de El capital de Marx, México, Siglo XXI, 1978, p. 85. <<

 

 


Marx, carta a Kugelmann, 28 de diciembre de 1862, en Cartas sobre El capital, cit., p. 104; Teorías sobre la plusvalía, México, Fondo de Cultura Económica, 1980, t. 1, p. 384. <<

 

Rosa Luxemburg, La acumulación de capital, México, Grijalbo, 1967, cap. XXV; Roman Rosdolsky, op. cit., pp. 92-100. <<

 

Joan Robinson, Introducción a la economía marxista, México, Siglo XXI, 1968, pp. 


Karl Marx, El capital, III/6, pp. 168, 358-359, etc.; Roman Rosdolsky, op. cit., p.

Según Maximilien Rubel, los manuscritos del libro segundo de El capital se originaron entre 1865-1870, aparte de una nueva versión de los cuatro primeros capítulos escrita en 1877 y un breve manuscrito de 1879; los manuscritos del libro tercero datan de 1861-1863 y 1865-1870 (Bibliographie des oeuvres de Karl Marx, París, 1956, p. 22). Existen pues suficientes razones para sostener que, exceptuando los cortos pasajes cambiados en 1877 y 1879, los manuscritos utilizados para editar los libros segundo y tercero de El capital son anteriores a la versión final del libro primero (véase también el «Prólogo» de Engels al libro segundo [El capital II/4, pp. 3-23]). <<

 

Karl Marx, El capital, III/6, pp. 98-100; Friedrich Engels, «La ley del valor y la tasa de ganancia», en El capital, t. III/8, pp. 1126-1146. <<

 

Friedrich Engels, «La Contribución a la crítica de la economía política de Karl Marx», en Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, México, Siglo XXI, 1980, p. 340. <<

Véase, entre otros, Kostas Axelos, Marx, pensador de la técnica, Barcelona, Fontanella, 1969. <<

 

Karl Marx, Elementos fundamentales…, cit., vol. 1, p. 277; vol. 2, pp. 16-19,


El ataque ya clásico de Böhm-Bawerk encontró respuesta en Hilferding (ambos trabajos están incluidos en Hilferding, Böhm-Bawerk y Bortkiewicz, Economía burguesa y economía marxista, cit.). Otros ataques similares provienen de Pareto (op. cit., pp. 40 ss.), Mijail Tugán-Baranovski (Theoretische Grundlagen des Marxismus, Leipzig, 1905, pp. 139 ss.) y otros. Uno más reciente es el de Joan Robinson (op. cit.), el que a su vez fue contestado de manera efectiva por Rosdolsky (op. cit., pp. 581-603). <<

 

Eugen Böhm-Bawerk, op. cit., pp. 32-40; Paul A. Samuelson, op. cit., p. 620; Mijail Tugán-Baranovski, op. cit., p. 141. <<

 


Eugen Böhm-Bawerk, op. cit., pp. 79-112; Joseph Schumpeter, Capitalism, sacialism, and democracy, Londres, 1962, pp. 23-24 [Capitalismo, socialismo y democracia, Madrid, Aguilar, 1961]. <<

Véase Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, cit., pp. 47 ss. 


Una y otra vez se ha objetado a la teoría marxista del valor-trabajo el hecho de que «supone» que el trabajo es el único factor escaso en la producción, a la par que supone que la tierra y las máquinas son abundantes o bien que pueden ser totalmente excluidas del análisis del valor, lo cual obviamente es absurdo. Leontief (op. cit., p. 93) apunta correctamente que Marx fue quizá el primer economista que otorgó al capital fijo una importancia central en el proceso de producción, en comparación, por ejemplo, con Böhm-Bawerk. Lo que Marx afirma es que las máquinas no pueden en sí y por sí «decidir» qué porciones de las fuerzas de trabajo total disponible de la sociedad serán gastadas adicionalmente o se trasladarán de un sector de la producción a otro, una proposición transparente que, además, Marx probó científicamente. Después de haber comprendido que para Marx el valor es en última instancia la asignación de porciones de fuerza de trabajo socialmente disponible y que el valor total recién producido será igual al gasto total del trabajo vivo en un período dado, queda resuelto el dilema. De paso, debe entenderse también que Marx, dando un paso más allá de la economía clásica, no «disolvió» el valor del producto anual en salarios y plusvalor (ganancias, rentas e intereses) sino que a todo esto sumó el valor de la materia prima y de la maquinaria utilizada en el proceso de producción. Su único argumento era que esta parte del valor del producto anual no aumentaba en el proceso de producción sino que sólo se mantenía, siendo la única fuente del nuevo valor el trabajo vivo. <<

 


Véase la inserción de F. Engels a El capital, t. III/6, pp. 83 ss. <<



Nos referimos aquí a la apropiación de la tierra en gran escala, por parte de los colonizadores blancos y de las compañías coloniales, el reunir a los africanos en «reservas», el establecimiento de impuestos en dinero en economías esencialmente no monetarias, el forzar a los africanos a vender su fuerza de trabajo con el fin de conseguir el dinero necesario para pagar los impuestos, la imposición de multas dinerarias en gran escala o incluso el trabajo forzado directo como castigo por transgresiones de todo tipo a leyes que han sido especialmente ideadas para proveer de mano de obra a los colonizadores, etcétera. <<

 






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Claro está que Marx no «transformó» a los hombres en «mercancías», como muchos de sus oponentes «éticos» afirman. Por el contrario, advirtió que el capitalismo era el que había llevado a cabo tal transformación, y por tanto lo condenaba. Popper sostiene significativamente que «la teoría del valor [de Marx] considera el trabajo humano como fundamentalmente diferente de todos los demás procesos propios de la naturaleza, por ejemplo del trabajo de los animales. Esto muestra con claridad que su teoría se basa finalmente en una teoría moral, la doctrina de que la vida y el sufrimiento humanos gastados son una cosa (1) fundamentalmente diferente de todos los procesos naturales […] No niego que esta teoría sea correcta en un sentido moral […] Pero también pienso que un análisis económico no debe basarse en una doctrina moral, metafísica o religiosa de la cual su poseedor es inconsciente» (The opera society, t. 2, p. 329). En primer lugar, Marx no era de ninguna manera inconsciente de las diferencias entre el trabajo humano y los esfuerzos de animales como las hormigas, como lo atestiguan los comentarios que efectúa en el primer capítulo del libro primero de El capital. En segundo lugar, no hay nada de metafísico en el hecho de que, cuando los hombres establecen relaciones entre si para producir lo necesario para su subsistencia, ciertamente considerarán el trabajo humano —en tanto que base de esta organización social— de manera muy diferente a los procesos naturales, fertilidad de la tierra o del ganado, etc. Desde el punto de vista del hombre no hay nada de metafísico en la distinción entre los procesos químicos de los árboles y las disposiciones necesarias para dividir el tiempo total de trabajo útil a la comunidad en diferentes tipos de actividad humana. Hace dos mil años, los defensores de la institución de la esclavitud igualaban a los esclavos con «instrumentos que hablan» o «bestias de labor que hablan». Sabemos muy bien que Popper no avala el esclavismo. ¿Diría pues que esta condena del esclavismo es puramente «metafísica» o admitiría que se basa en una distinción científica y antropológica entre los hombres y los animales? <<


Mark Blaug, «Technical change and Marxian economics», en Kyklos, vol. 3, 1960, citado por Horowitz, op. cit., p. 227. <<

«Lo mejor de mi libro es 1] (en ello descansa toda la comprensión de los hechos) el carácter doble del trabajo, destacado ya en el primer capítulo, según se exprese en valor de uso o valor de cambio; 2] el tratamiento del plusvalor, independientemente de sus formas especiales, como ganancia, interés, renta del suelo, etc. Precisamente en el libro segundo se manifestará esto» (carta de Marx a Engels del 24 de agosto de 1868, en MEW, t. 31, p. 326). <<


Popper (The open society, vol. 2, p. 160) sostiene que Marx no descubrió la categoría general de plusvalor, sino que la heredó de Ricardo. A tal efecto cita la «Introducción» de Engels al libro segundo de El capital, en donde, por lo demás, no se dice nada de eso, sino que, como cualquier estudiante de las doctrinas económicas sabe, se afirma que una larga serie de economistas, desde Adam Smith y los fisiócratas hasta Ricardo y los anticapitalistas posricardianos de la tercera y la cuarta década del siglo XIX en Gran Bretaña, consideraban ganancias y rentas como sustracciones de los productos del «trabajo productivo». Pero sólo Marx logró demostrar qué tipo de trabajo produce plusvalor y cuál es el contenido real del proceso de producción del plusvalor, independientemente de sus formas específicas, así como explicar este proceso. <<

 


Samuelson, siguiendo a Böhm-Bawerk, deriva esta «productividad del capital» del hecho de que «se puede obtener más productos de consumo futuro usando métodos indirectos» (Economics, an introductory analysis, Nueva York, 4.ª ed., pp. 576-577). En la explicación que sigue, sin embargo, el «incremento» se origina en el hecho de que el «consumo corriente» se «sacrifica» por la producción de «bienes intermedios». Pero es la gente la que renuncia al consumo (dejemos de lado cuál gente es la que se ve realmente forzada a la abstinencia). La gente produce bienes intermedios. La gente aumenta la productividad de su trabajo. Cómo resulta que todas estas operaciones humanas llevan de pronto a que el valor fluya de los «bienes intermedios» (llamándolo «productividad del capital») es un secreto oculto que Samuelson no resuelve. <<

 


La única cualidad que las máquinas tienen «en sí y por sí» es la de aumentar la productividad del trabajo y por tanto bajar el valor de las mercancías —no la de «crear» valor. <<

 


A. Alchian y H. Demsetz, «Production, information costs and economic organisation», en American Economics Review, 1972. <<


Joseph Schumpeter, History of economic analysis, Nueva York, 1954, pp. 558-


559 [Historia del análisis económico, México, Fondo de Cultura Económica, 1971]. 



Joseph Schumpeter, Capitalism, socialism and democracy, cit., páginas 15-18. <<


Por ejemplo, MacCord Wright, Capitalism, Nueva York, 1951, p. 135. En El capital, libro I, capítulo VI (inédito) Marx muestra cuán engañadoramente el capitalismo representa los incrementos en la productividad social del trabajo —a través de los desarrollos sociales tales como el progreso científico, la cooperación de numerosos trabajadores, etc.— como resultados de la «productividad del capital». <<

 

Sobre este aspecto del desarrollo de las industrias domésticas y de las primeras fábricas en los siglos XV y XVI, véase, entre otras fuentes, N. W. Posthumus, De Geschiedenis van de Leidsche Lakenindustrie, ‘s-Gravenhage, 1908. <<


Véase El capital, t. I/1, p. 90. En una nota que Engels añadió a la cuarta edición alemana del libro primero de El capital (véase t. I/l, p. 58) hace notar que en inglés hay dos palabras diferentes para expresar los dos aspectos distintos del trabajo: el trabajo productor de valor de uso es designado con la palabra work y el trabajo productor de valor de cambio, que se mide sólo cuantitativamente, con la palabra labour. <<

 


John Kenneth Galbraith, The new industrial state, Nueva York, 1967, cap. XVIII [El nuevo estado industrial, Barcelona, Ariel, 1967]. <<

 

Ibíd., cap. X. <<

 

Joan Robinson, The accumulation of capital, Londres, 1956 [La acumulación de capital, México, tics, 1960]; Piero Sraffa, Production of commodities by means of commodities, Cambridge, 1960 [Producción de mercancías por medio de mercancías, Barcelona, Oikos, 1966]. <<

 


Maurice Dobb, «The Sraffa system and the critique on the neo-classical theory of distribution», reimpreso en E. K. Hunt y Jesse G. Swartz (comps.), A critique of economic theory, Harmondsworth, 1972, p. 207. Conviene observarse, sin embargo, que, usando la jerga schumpeteriana, Dobb sólo justifica el uso del trabajo como numéraire (una unidad de medida), de una manera típicamente neorricardiana, y de ninguna manera sobre la base de la teoría del valor-trabajo de Marx. <<


Karl Marx, El capital, t. III/6, p. 332 <<

 






































































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Se podría decir que corresponde a un caso límite de estancamiento en una fase dada del ciclo económico. <<

 




































































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Hasta Schumpeter defendió en gran medida la teoría de la «abstinencia» de la ganancia, aunque le dio un carácter menos vulgar que Senior. «El capitalista —afirma


— […] cambia su fondo por una corriente de dinero. La “abstinencia” que se paga incrementa el capital. No se le hace un pago adicional por abstenerse de consumir incluso en los casos en que esto sería físicamente posible» (History of economic analysis, p. 661 [p. 565]). Véase también Capitalism, socialism and democracy, p. 16. <<

 


























































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Karl Marx, Salario, precio y ganancia, en Obras escogidas, Moscú, Progreso, 1980, t. II, pp. 72-73. <<

 




































































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Véanse, entre otros escritos, Samir Amin, La acumulación a escala mundial, México, Siglo XXI, 1974; Arghiri Emmanuel, El intercambio desigual (que incluye una discusión con Charles Bettelheim), México, Siglo XXI, 1972; Christian Palloix, L’économie mondiale capitaliste, París, 1971, y la discusión de estos libros en E. Mandel, El capitalismo tardío, México, ERA, 1979. Resulta interesante que W. Arthur Lewis, en su «Development with unlimited supplies of labour» (Manchester School of Economic and Social Studies, vol. XXII, mayo de 1954) trate de demostrar que la acumulación elevada de capital implica un gran ejército industrial de reserva, pero limita el caso exclusivamente a los comienzos de la industrialización y no admite el supuesto de Marx en el sentido de la reconstitución permanente de este ejército de reserva a través del proceso de mecanización. <<

 



















































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El caso más extremo es el de la «globalización de costos» en el análisis de costo-ganancia, donde la enfermedad y la muerte humanas se computan de igual manera en forma de costos dinerarios. <<

 


































































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Lenin apunta que con el desarrollo de la industria capitalista hay un incremento progresivo de las necesidades de los trabajadores (A propósito del llamado problema de los mercados, en V. I. Lenin, Escritos económicos (1893-1899), vol. 3: Sobre el problema de los mercados, México. Siglo XXI, 1974, pp. 37-38). Véase también Marx: «Pero incidentalmente se puede observar, desde ya, que la relativa limitación —sólo cuantitativa, no cualitativa, y sólo puesta por la cantidad— de la esfera que abarcan los disfrutes de los obreros, les concede también como consumidores una importancia completamente diferente, en cuanto agentes de la producción, a la que tienen y tenían en la Antigüedad, la Edad Media o en Asia». (Grundrisse, t. I, p. 226). Véase también ibíd., pp. 118-119, 361-362. <<

 





















































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Karl Marx, Salario, precio y ganancia cit., p. 74; El capital, libro primero, cap.


XX. La afirmación más categórica en ese sentido se encuentra en Teorías sobre la plusvalía, t. II, p. 8: «Cuanto más productivo es un país con respecto a otro, en el mercado mundial, más altos son en él los salarios, comparados con los de otros países». <<

 






























































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Hemos observado que el valor de la fuerza de trabajo es una categoría objetiva. Esto implica, entre otros fenómenos, que un incremento importante en la intensidad del proceso de trabajo lleva a un incremento en el valor de la fuerza de trabajo si todo lo demás permanece constante. Un gasto mayor de la fuerza de trabajo implica la necesidad de un mayor consumo, por ejemplo, comida de mayor contenido calórico pera evitar la erosión de la capacidad de trabajo. A este respecto Roman Rosdolsky (op. cit., pp. 319 ss.) presta atención a la distinción hecha por Otto Bauer entre las «necesidades fisiológicas» que nacen del simple proceso vital del trabajador y las que nacen del proceso laboral; las segundas se expanden de manera progresiva comparadas con las primeras, al mismo ritmo precisamente de la creciente intensificación del trabajo en el capitalismo. <<

 



















































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Véase, entre otros, Vilfredo Pareto, op. cit., p. 63; Ludwig von Mises, Le socialisme, París, 1938, p. 438 [El socialismo, Buenos Aires, Hermes]; Joseph Schumpeter, Capitalism, socialism and democracy cit., pp. 34-38; Karl Popper, The open society cit., vol. 2, pp. 155-158; Arthur Lewis, Theory of economic growth, Londres, 1955, p. 298 [Teoría del desarrollo económico, México, FCE, 1958]; Eric Roll, A history of economic thought, ed., Londres, 1954, pp. 284, 293, etc. [Historia de las doctrinas económicas, México, FCE, 1955]. Dos autores que han estudiado a Marx de cerca y que se dicen marxistas repiten no obstante el mismo punto de vista erróneo: tal es el caso de John Strachey en Contemporary capitalism, Londres, 1956, pp. 101-108 [El capitalismo contemporáneo, México, FCE, 1960], y de Fritz Sternberg en Der Imperialismus, Berlín, 1962, pp. 57-60 [El imperialismo, México, Siglo XXI, 1979, pp. 40 ss.]. Son más objetivas las descripciones de Paul M. Sweezy en The theory of capitalist development, Oxford, 1943, pp. 87-92 [Teoría del desarrollo capitalista, México, FCE, 1945] y Josef Steindl, Maturity and stagnation in the American capitalism, Oxford, 1952, cap. XIV [Madurez y estancamiento en el capitalismo norteamericano, México, Siglo XXI, 1979]. <<

 










































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Karl Marx, Manifiesto del partido comunista, en Obras escogidas cit., t. I. pp.


116-117, 120. <<

 




















































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El capital (t. I/2, cap. XV, p. 635) contiene la fórmula clave en este respecto: «El precio de la fuerza de trabajo, de esta suerte y en el caso de una fuerza productiva del trabajo en ascenso, podría disminuir de manera constante, dándose al mismo tiempo un incremento continuo de la masa de medios de subsistencia consumidos por el obrero». De la misma manera, en un famoso pasaje del final de Salario, precio y ganancia Marx afirma que «como consecuencia de esto, la tendencia general de la producción capitalista no es a elevar el nivel medio de los salarios, sine, por el contrario, a hacerlo bajar, o sea, a empujar más o menos el valor del trabajo a su límite mínimo» (op. cit., p. 75), y agrega que los esfuerzos por aumentar los salarios en el 99% de los casos sólo tienden a mantener el valor de la fuerza de trabajo. Todo este argumento se aplica a la tendencia del valor de la fuerza de trabajo, no a la de los salarios reales. <<

 

















































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Véase El capital, t. I/3, cap. XXIII, pp. 802-805. <<

 






































































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Véase, por ejemplo, el estudio ya clásico de Michael Harrington, The other America, Harmondsworth, 1963 [La cultura de la pobreza en los Estados Unidos, México, FCE, 1963], y el estudio británico equivalente de Brian Abel Smith y Peter Townsend, The poor and the poorest, Londres, 1963, que estima que el 14% de la población británica (7 millones de habitantes) vivían en o cerca del margen de pobreza veinte años después de establecerse el estado benefactor. La revelación de que tal pobreza está enraizada en el sistema del trabajo asalariado, y que no es posible una eliminación permanente del mismo (es decir un estándar de vida garantizado para todos los seres humanos independientemente de cómo trabajen o de si trabajan o no) sin alterar la compulsión económica de que el proletariado venda su fuerza de trabajo, es uno de los descubrimientos más trascendentales de Marx, a la vez que constituye un elemento fundamental para su teoría económica. <<

 

















































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Véase El capital, I/3, p. 805. <<

 






































































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Por ejemplo, Böhm-Bawerk, op. cit., pp. 80-85; Pareto, op. cit., pp. 52-53; Schumpeter, Capitalism, socialism and democracy cit., p. 24, etc. Una interesante discusión de este problema se encuentra en Bob Rowthorn, «Skilled labour in the marxist system», en Bulletin of the Conference of Socialist Economists, primavera de 1974. <<

 






























































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Esta solución fue formulada por primera vez por Hilferding en su respuesta a Böhm-Bawerk (op. cit., pp. 140-150) y fue elaborada más explícitamente por Hans Deutsch (Qualifizierte Arbeit und Kapitalismus, Viena, 1904) y Otto Bauer («Qualifizierte Arbeit und Kapitalismus», en Die Neue Zeit, 1905-1906, núm. 20). Deutsch difiere de Hilferding en que, según éste, sólo el costo de producción de la destreza (el trabajo del maestro, etc.) se añade al valor de la fuerza de trabajo calificado, en tanto que para Deutsch el tiempo gastado por el propio aprendiz (o estudiante) mientras aprende se tiene que agregar a los costos. Bauer apoya la tesis de Deutsch de que el «trabajo» del aprendiz (o estudiante) crea un valor suplementario y entra en el proceso de producción de valor del trabajador calificado, pero contrariamente a Deutsch (y de acuerdo con Hilferding) sostiene que este valor incrementa el plusvalor producido por el trabajador calificado y no el valor de su propia fuerza de trabajo. Sobre esta controversia véase también Isaac I. Rubin, op. cit., pp. 213225, y Roman Rosdolsky, op. cit., pp. 555-570. <<

 













































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Isaac I. Rubin, op. cit., pp. 218-220. <<

 






































































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Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política cit., pp. 149 ss. <<

 






































































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Véase la nota a pie de página que incluye Marx al comienzo del capítulo dedicado al dinero: «Preguntarse por qué el dinero no representa de manera directa el tiempo mismo de trabajo —de suerte, por ejemplo, que un billete represente x horas de trabajo—, viene a ser lo mismo, simplemente, que preguntarse por qué, sobre la base de la producción mercantil, los productos del trabajo tienen que representarse como mercancías, ya que la representación de la mercancía lleva implícito su desdoblamiento en mercancía [por un lado] y mercancía dineraria [por el otro]. O por qué no se puede tratar al trabajo privado como si fuera trabajo directamente social, como a su contrario» (El capital, I/1, cap. III, pp. 115-116). <<

 























































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Por ejemplo, la proposición de Hilferding (Das Finanzkapital, pp. 2930 [p. 39]) en relación con la categoría llamada «valor de circulación socialmente necesaria» [gesellschaftlich notwendiger Zirkulationswert], establecido al dividir la suma de los valores de todas las mercancías por la velocidad de la circulación del dinero. Hilferding no advierte la incongruencia de dividir cantidades de valor, es decir cantidades de trabajo socialmente necesario, por la velocidad de los medios de circulación. Sólo los precios (la expresión dineraria del valor) pueden, desde luego, ser divididos así. Las mercancías no pueden entrar al proceso de circulación a no ser por los precios (preliminares). (Véase Contribución a la crítica de la economía política cit., pp. 50-52). <<

 





















































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Éste fue, por ejemplo, el caso de Francia después de la derrota militar ante Alemania en 18701871, cuando el pago en oro de una fuerte indemnización de guerra al Reich impuso una suspensión temporal de la convertibilidad del franco sin provocar un movimiento inflacionario de precios en la III República. <<

 
































































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Excepto en casos de inflación galopante. <<

 






































































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Véase Karl Marx, El capital, III/7, p. 485. En una nota marginal de su ejemplar de la segunda edición del libro primero de El capital, Marx agregó una nota al capítulo III, que Engels incorporó luego en las ediciones posteriores como una nota a pie de página (El capital, I/1, p. 168) donde indica la distinción entre crisis dinerarias como expresiones de las crisis generales de sobreproducción y crisis dinerarias autónomas. <<

 




























































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Karl Marx, El capital, III/7, p. 711. <<

 






































































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Karl Marx, Elementos fundamentales cit., t. I, p. 93; Contribución a la crítica de la economía política cit., pp. 104-105. <<

 




































































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Karl Marx, Elementos fundamentales cit., pp. 44-59; Contribución a la crítica de la economía política cit., pp. 105, 108-111, 139 ss. <<

 




































































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Una rara excepción es el libro de Bruno Fritsch (Die Geld- und Kredittheorie von Karl Marx, Francfort, 1968), en donde, aunque de manera muy crítica, reconoce el mérito de Marx como el «primer verdadero teórico del crédito». Un libro anterior de H. Block (Die Marxsche Geldtheorie, Jena, 1926) es mucho más débil en este sentido. <<

 






























































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Karl Kautsky, «Geld, Papier und Ware», en Die Neue Zeit, 1911-1912, núms. 24 y


25. <<

 




































































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Eugen Varga, «Goldproduktion und Teuerung», en Die Neue Zeit, 1911-1912, núm. 7, y 1912-1913, núm. 16; Rudolf Hilferding, «Geld und Ware», en Die Neue Zeit, 1911-1912, núm. 22; Karl Kautsky, «Die Wandlungen der Goldproduktion und der wechselnde Charakter der Teuerung», en Ergänzungschaf no. 16, Die Neue Zeit, 1912-1913; Otto Bauer, «Goldproduktion und Teuerung», en Die Neue Zeit, 1912-1913, u, núms. 1 y 2. Esta discusión continuó en 1923 entre E. Varga y E. Ludwig en Die Internationale, órgano teórico del KPD. <<

 


























































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El ejemplo más sobresaliente es el de Popper (The open society and its enemies, t. 2). Véase también, del mismo autor, Conjectures and refutations cit., pp. 336-346. <<

 




































































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Respecto del cuestionamiento de Bernstein a la teoría del derrumbe véase, por ejemplo, op. cit., pp. 168-182 (incluido también en Lucio Colletti, El marxismo y el «derrumbe» del capitalismo, México, Siglo XXI, 1978, pp. 145-162). Una débil réplica fue intentada por Heinrich Cunow, «Zur Zusammenbruchstheorie», en Die Neue Zeit, 1898-1899, I, pp. 424-430 [«Contribución a la teoría del derrumbe. ¿A dónde lleva nuestro desarrollo económico?», en Lucio Colletti, El marxismo y el «derrumbe» del capitalismo cit., pp. 165-1741. En Das Finanzkapital Hilferding ya había propuesto la posibilidad teórica de un capitalismo «organizado», sin crisis, a través de las operaciones de un «cártel general» (op. cit., p. 372 [p. 332]). <<

 























































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Véase, por ejemplo, Mijail Tugán-Baranovski, op. cit., pp. 236-239: Joseph Schumpeter, Capitalism, socialism and democracy cit., p. 42; Karl Popper, The open society and its enemies cit., t. 2, pp. 155 ss.; C. A. R. Crosland, The future of socialism, Londres, 1956, pp. 3-5, etc. Una antología interesante y voluminosa de textos relacionados con la Zusammenbruchstheorie ha sido publicada en Italia por Lucio Colletti y Claudio Napoleoni, Il futuro del capitalismo: crollo o sviluppo?, Bari, 1970 [en esp. fue publicada en 2 vols.: Claudio Napoleoni, El futuro del capitalismo, México, Siglo XXI, 1978, y Lucio Colletti, El marxismo y el «derrumbe» del capitalismo cit.]. <<

 























































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Es imposible hacer un registro de todos los autores importantes que han desarrollado este tipo de análisis, por lo cual nos limitaremos a indicar las tendencias principales: la «revolución gerencial» de James Burnham; la «economía mixta» de los socialdemócratas y de Samuelson (véase al respecto C. A. R. Crosland, op. cit., pp. 29-35); el «capitalismo gerencial» de Robin Morris, y la de la «tecnoestructura» de Galbraith (The new industrial state), que sigue, tal vez inconscientemente, el análisis del socialdemócrata alemán Richard Loewenthal (bajo el seudónimo de Paul Sering) en Jenseits des Kapitalismus, Nuremberg, 1946. <<

 

























































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He aquí una afirmación característica de Popper: «Cuán absurdo es identificar el sistema económico de las democracias modernas con el sistema que Marx llamó “capitalismo” salta a la vista cuando se lo compara con su programa de diez puntos para la revolución comunista» [en el Manifiesto del partido comunista de 1848] (The open society and its enemies cit., t. 2, p. 129). <<

 






























































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Véase, por ejemplo, la reacción de académicos como Barry Commoner (The closing cycle, Londres, 1972) a la crisis ecológica. <<

 




































































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Véase, por ejemplo, la parte final de la notable carta de Marx a Friedrich Boite del 23 de noviembre de 1871 (Selected correspondence, pp. 269-271 [Marx-Engels, Correspondencia, Buenos Aires, Cartago, 1973, pp. 260-263]), donde explica la necesidad de una organización previa de la clase trabajadora para estar en condiciones de disputar el poder político a la burguesía, a la vez que destaca el hecho de que sin una educación sistemática a través de la propaganda, la agitación y la acción la clase trabajadora permanecerá siendo cautiva de la política burguesa. <<

 


























































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Ya en 1899 Rosa Luxemburg sintetizó admirablemente las tendencias contradictorias: «Las relaciones de producción de la sociedad capitalista se aproximan más y más a la socialista, en tanto que, por el contrario, las relaciones jurídicas y políticas [y asimismo uno podría agregar sus reflejos ideológicos en las mentes de los hombres] elevan, entre la sociedad capitalista y la socialista, un muro cada vez más alto. No será por el desarrollo de la democracia [parlamentaria burguesa] y la reforma social como este muro caerá al suelo, puesto que, por el contrario, ambas lo hacen más espeso y fuerte» («Reform or revolution», en Mary Alice Waters, comp., Rosa Luxemburg speaks, Nueva York, 1970, p. 57 [¿Reforma o revolución?, en Rosa Luxemburg, Obras escogidas, México, ERA, 1978, t. 1, p. 49]).


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Regresaré sobre este tema en general, y especialmente a la relación entre teoría del derrumbe y baja tendencial de la tasa media de ganancia, en la introducción al libro tercero de El capital. <<

 


































































www.lectulandia.com - Página 279

 



Sugerencia planteada por Bruno Maffi en su interesante «Presentación» a la reciente traducción italiana (Marx: Il capitale: Libro I, capitolo VI inedito, Florencia, 1969). <<

 


































































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Karl Kautsky, «Vorrede», en Karl Marx, Theorien über den Mehrwert, vol. 3, Stuttgart, 1910, p. VIII. <<

 




































































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Karl Marx, carta a Engels del 31 de julio de 1865, en Cartas sobre El capital cit., p. 115. <<

 




































































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Véase Capítulo VI, pp. 93-98. <<

 






































































www.lectulandia.com - Página 283

 



Hemos traducido work por «trabajo abstracto» y labour por «trabajo concreto» siguiendo la nota de Engels en El capital, p. 58, final de la nota 16. Engels en realidad habla de work como de «trabajo determinado cualitativamente» y de labour como trabajo «que sólo se mide cuantitativamente», pero la distinción de Marx en el texto (p. 57) es explícita entre «trabajo abstractamente humano» y «trabajo útil concreto», uno como constituyente del valor de la mercancía y el otro como productor de valor de uso. [E.] <<

 




























































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Entre 1841 y 1881, el flujo neto de población de Inglaterra fue prácticamente nulo, pues la inmigración irlandesa y escocesa superó a la emigración inglesa a ultramar. En el período 1881-1891 este flujo neto fue superior a 600 000 y en el período 1881-1911 fue de casi 12 millones (A. K. Cairncross, Home and foreign investment, Cambridge, 1953, p. 70). <<

 






























































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Engels a Lavrov: Karl Marx-Friedrich Engels, Cartas sobre «El capital», Barcelona, Laia, 1974, p. 251; Engels a Sorge: ibíd., p. 262; Engels a Danielson: Karl Marx-Nikolái F. Danielson-Friedrich Engels, Correspondencia 1868-1895, México, Siglo XXI, 1981, pp. 202-203 (acerca de los socialistas de cátedra, véase, al final de esta carta, p. 205, la nota aclaratoria al respecto). <<

 






























































www.lectulandia.com - Página 286

 



El libro de Tugán-Baranovski, Estudios sobre la teoría y la historia de las crisis comerciales en Inglaterra, apareció originalmente en ruso en 1894. Según Rosdolsky, esta versión fue radicalmente distinta de la famosa edición alemana de 1901 que provocó el debate internacional (véase Roman Rosdolsky, Génesis y estructura de «El capital» de Marx, México, Siglo XXI, 1978, p. 516, nota 66). El libro de Bulgákov, Acerca del problema de los mercados en el modo de producción capitalista, se publicó en ruso en 1897. En el otoño de 1893, Lenin hizo un uso considerable de los esquemas de reproducción en un largo artículo «A propósito del llamado problema de los mercados», que se basaba en un informe verbal presentado al círculo socialdemócrata de San Petersburgo en respuesta a la conferencia de G. Krasin sobre el mismo tema. Sin embargo, aunque el artículo parece haber circulado por San Petersburgo en forma manuscrita, no fue publicado en esa época y se pensaba que podía haberse perdido hasta que fue publicado en 1937. Puede verse en V. I. Lenin, Escritos económicos (1893-1899), vol. 3: Sobre el problema de los mercados, Madrid, Siglo XXI, 1974, pp. 5-57. <<

 











































www.lectulandia.com - Página 287

 



Marx-Engels, Cartas sobre «El capital» cit., p. 164. <<

 






































































www.lectulandia.com - Página 288

 



Debe destacarse que a partir de 1758 los escritos de Quesnay muestran una clara comprensión de un circuito de mercancías e ingreso, así como una vislumbre de que, en última instancia, todos los ingresos provienen de la producción (véase Tableau économique, Extraits des économies réelles de Sully, Explication du tableau économique y Analyse de la forme économique du tableau). <<

 






























































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Para una comparación interesante entre el Tableau économique de Quesnay y los esquemas de reproducción de Marx, véase Shigeto Tsuru, «On reproduction schemes», en Paul M. Sweezy, The theory of capitalist development, Nueva York, 1942, pp. 365 ss. Digno de notar también es Jacques Nagels, Genése, contenu et prolongements de la notion de reproduction selon Karl Marx (Boisguillebert, Quesnay, Leontief), Bruselas, 1970.


Si bien parece haber una relación entre los cuadros de insumo-producto de Leontief y la teoría del valor-trabajo (véase, por ejemplo, B. Cameron, «The labour theory of value in Leontief’s models», en Economic Journal, marzo de 1952), estos cuadros reflejan sólo las interrelaciones del valor de uso («intercambios») entre los diferentes sectores y hace abstracción de la cuestión de la fuente de poder adquisitivo necesaria para mediar estos «intercambios». Véase también la afirmación de Koshimura: «Leontief, inmerso en las minucias de numerosos sectores pequeños, no llega a hacer abstracción ni a generalizar y, en consecuencia, ignora tanto la estructura del capital como un todo como las partes componentes de las mercancías, es decir, c, v y d […]. Por esta razón su tabla, si bien es útil para la descripción estadística de los fenómenos empíricos, ignora la estructura interna de la producción capitalista» (Shinzaburo Koshimura, Theory of capital reproduction and accumulation, Kitchener, 1975, p. 9).


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www.lectulandia.com - Página 290

 



Véase la primera parte de este libro. <<

 






































































www.lectulandia.com - Página 291

 



El capital, I/3, pp. 976-977. <<

 






































































www.lectulandia.com - Página 292

 



Por lo general, los marxistas han atribuido una importancia mucho menor a los problemas de la circulación que a los de la producción, a menudo dejando de lado esta unidad esencial. Un raro ejemplo de forzar demasiado las cosas en el otro sentido es el libro escrito por el austro-marxista «de derechas» y ex presidente de la república austriaca, Karl Renner: Die Wirtschaft als Gesamtprozess und die Sozialisierung, Berlín, 1924. Renner enfoca enteramente su análisis en la circulación de mercancías y deliberadamente trata de hacer de la esfera de la circulación el trampolín para la socialización de la vida económica. <<

 
























































www.lectulandia.com - Página 293

 



Véase El capital, II/5, pp. 429-432. <<

 






































































www.lectulandia.com - Página 294

 



Es muy significativo que la acumulación de capital requiere también que los medios de producción que producen medios adicionales de producción se agreguen a los medios de producción que producen bienes de consumo o que simplemente sustituyan los medios de producción desgastados en la continuidad de la producción.


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www.lectulandia.com - Página 295

 



Una excepción importante es Rosdolsky, op. cit. <<

 






































































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Esta especificación es necesaria. Aun cuando el capital puede aparecer y sobrevivir en las sociedades precapitalistas y poscapitalistas (en transición del capitalismo al socialismo), lo hace esencialmente fuera del área de la producción. En ningún caso puede dominar los sectores principales de la producción. Esto sólo ocurre con la aparición del capital productivo —la forma propia del modo capitalista de producción. <<

 




























































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Véase El capital, II/4, p. 137. <<

 






































































www.lectulandia.com - Página 298

 



Véase especialmente Rudolf Hilferding, Das Finanzkapital, Viena, 1923, p. 310 [El capital financiero, Madrid, Tecnos, 1963]; Nicolai Bujarin, El Imperialismo y la acumulación de capital, México, Cuadernos de Pasado y Presente 51, 1980, p. 193, y Otto Bauer, «La acumulación del capital», en Lucio Colletti, El marxismo y el «derrumbe» del capitalismo, México, Siglo XXI Editores, 1978, pp. 339 ss. <<

 






























































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Véase Ernest Mande], El capitalismo tardío, México, Era, 1979, páginas 167-


168. <<

 




































































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Paul Samuelson en su Economics (4.ª ed., Nueva York, 1958, p. 41) intenta correlacionar los flujos de ingreso y los flujos de mercancías por medio de un sistema interrelacionado de «mercados de oferta y demanda». ¡Pero es el «público» el que compra los «bienes de consumo», mientras «vende» tierras, trabajo y bienes de capital (es decir los factores de producción) a los «negocios»! Los «negocios» compran a su vez tierras, trabajo y capital al «público» y le venden bienes de consumo. Samuelson no parece haber notado que, en el capitalismo, «el público» (o sea la masa de consumidores) no es dueño de «los bienes de capital» (es decir, materias primas y equipo) y que éstos los venden ciertos «negocios» a otros. En su sistema, «los bienes de capital» se «venden» sin haber sido producidos. Debemos observar que los esquemas de reproducción de Marx no sólo son de un mayor rigor analítico y teórico; al mismo tiempo, son más realistas, es decir, se conforman más de cerca con la organización real de la vida económica capitalista que las engañosas construcciones de muchas especies de economía política académica. <<

 













































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Por ejemplo, Oskar Lange, en su extenso e interesante examen de los esquemas de reproducción y fórmulas de equilibrio derivadas, deja de lado constantemente el flujo dual de mercancías y dinero, y supone una relación de trueque puro entre los dos sectores. (Véase Oskar Lange, Theory of reproduction and accumulation, Varsovia, 1969, pp. 24, 28, etc). <<

 






























































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Joan Robinson, Introducción a la economía marxista, México, Siglo XXI, 1968, p. 73. <<

 




































































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Cf. El capital, II/5, p. 604: «El hecho de que la producción mercantil sea la forma general de la producción capitalista implica ya el papel que el dinero desempeña en la misma no sólo como medio de circulación, sino como capital dinerario, y genera ciertas condiciones del intercambio normal peculiares a ese modo de producción, ciertas condiciones, por ende, del desenvolvimiento normal de la reproducción —sea en escala simple, sea en escala ampliada—, las cuales se trastruecan en otras tantas condiciones del desenvolvimiento anormal, posibilidades de crisis, ya que el equilibrio mismo —dada la configuración espontánea de esta producción— es algo casual». <<

 
























































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En el libro segundo de El capital, el cual, como el libro primero, aparece en el plan general de Marx bajo el encabezado «El capital en general» («Das Kapital im Allgemeinen»), el autor separa conscientemente a partir de la competencia. Por tanto, los precios de producción no desempeñan ningún papel y los cálculos son estrictamente cálculos de valor. <<

 






























































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Véase El capital, II/5, p. 631. <<

 






































































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El plusvalor (pv) global en ambos sectores se divide en tres partes:


α: consumido improductivamente por los capitalistas;

β: acumulado en forma de capital constante;

γ: acumulado en forma de capital variable. <<

 
































































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El sector III fue usado por primera vez por Tugán-Baranovski (Studien zur Theorie und Geschichte des Handelskrisen in England, Jena, 1901) y von Bortkiewicz como un medio de representar la producción de bienes suntuarios u oro. Tugán-Baranovski y otros participantes en esa discusión ignoraban que el propio Marx había usado un esquema tetrasectorial en los Grundrisse (Elementos fundamentales…, p. 400), al introducir sectores separados para la materia prima y la maquinaria y, como Tugán-Baranovski, dividiendo los medios de consumo entre un sector de bienes de consumo para los trabajadores y uno de bienes suntuarios («plusproductos») destinados a los capitalistas. <<

 























































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Para evitar confusiones, utilizamos para un esquema de nueve sectores las literales A, B, … I, en lugar de los números romanos I, II, etc. Así, A denota el sector de materia prima usada en la producción de medios de producción; B, el equipo usado en la producción de medios de producción; C, la materia prima usada para la producción de bienes de consumo masivos; D, el equipo empleado en la producción de bienes de consumo masivos; E, la materia prima utilizada para la producción de bienes suntuarios; F, el equipo empleado en la producción de bienes suntuarios; G, los bienes de consumo masivos; 1-1, los bienes suntuarios (y otros bienes que no entran en el proceso de reproducción, por ejemplo, las armas); I, el oro. El economista soviético V. S. Dadajan ha construido un sistema complejo de «retroalimentación» para la reproducción ampliada basado en un sistema tetrasectorial (A, medios de producción; B, materia prima; C, bienes de consumo masivos; D, «elementos de fondos no-productivos y el resto de la producción social»). Véase V. S. Dadajan, Ökonomische Berechnungen nach dem Modell der erweiterten Reproduktion, Berlín, 1969.


<<

 










































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Rudolf Hickel (Zur Interpretation der Marxschen Reproduktionsschemata, p.


116 y p. 7 de notas) critica nuestro uso del sector III, pensando que lo justificamos por el hecho de que el estado compra armas o por la noción de que las armas son «desperdicio». Esta crítica es por completo infundada. La base objetiva del sector III yace en el hecho de que incluye todas las mercancías que no entran en el proceso de reproducción (con la posible excepción del oro amonedado, en un esquema tetrasectorial). <<

 



























































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Véase El capital, II/5, pp. 576-577. <<

 






































































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Siguiendo la fórmula de equilibrio: IIc, IIpvβ = Iv + Ipvα + Ipvγ , es claro que IIc, pueda ser igual o menor o mayor que Iv + Ipvα , dependiendo de la relación de IIpvα

con Ipvβ. <<

 


































































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Véase Elementos fundamentales…, vol. 1, p. 366. Cf. también El capital, III/6, p. 329, donde Marx afirma que en el capitalismo «la proporcionalidad entre los diversos ramos de la producción se establece como un proceso constante a partir de la desproporcionalidad». <<

 













































Las excepciones son aquellos medios de producción vendidos a las cooperativas agrícolas y a los pequeños artesanos o canalizados ilegalmente al mercado negro (paralelo). <<

Maurice Dobb, On economic theory and socialism, Londres, 1955, pp. 330-331, 

Véase, inter alia, P. Mstislavski, «On the methodology to justify optimal proportions of social reproduction», en Voprosy Ekonomiki, núm. 5, 1964; Helmut Koziolek, Aktuelle Probleme der politischen Ökonomie, Berlín, 1966; Rudolf Reichenberg, Struktur und Wachstum der Abteilungen I und II im Sozialismus, Berlín, 1968. <<

 



Véase Lange, op. cit., pp. 32-33, y Bronislaw Minc, Aktualne zagadnienia ekonomii politicznej socialismu (Problemas actuales en la economía política del socialismo), Varsovia, 1956. <<

 


Rosa Luxemburg, La acumulación del capital, Madrid, 1933, pp. 56-57. Pero antes había afirmado específicamente: «Al paso que en toda forma de producción organizada conforme a un plan, la regulación se refiere ante todo a la relación entre el trabajo total realizado y a realizar y los medios de producción (en los términos de nuestra fórmula: entre [v + pv] y c) o entre la suma de los medios de subsistencia necesarios y los medios de producción necesarios, en el régimen capitalista el trabajo social necesario para la conservación de los medios de producción inanimados, así como del trabajo vivo, se trata como capital, al que se contrapone la plusvalía realizada, pv. El nexo entre estas dos magnitudes pv y (c + v) es una proporción real, objetiva, tangible, de la sociedad capitalista, es la tasa media de ganancia» (p. 51). 

Véase El capital, III/8, cap. LI. <<

 


El capital, II/5, p. 571. <<

Cf. el siguiente pasaje del Anti-Dühring de Engels: «En cuanto la sociedad entra en posesión de los medios de producción y los utiliza en socialización inmediata para la producción, el trabajo de cada cual, por distinto que sea su específico carácter útil, se hace desde el primer momento y directamente trabajo social. Entonces no es necesario determinar mediante un rodeo la cantidad de trabajo social incorporada a un producto: la experiencia cotidiana muestra directamente cuánto trabajo social es necesario por término medio. La sociedad puede calcular sencillamente cuántas horas de trabajo están incorporadas a una máquina de vapor, a un hectolitro de trigo de la última cosecha, a cien metros cuadrados de paño de determinada calidad. Por eso no se le puede ocurrir expresar en una medida sólo relativa, vacilante e insuficiente, antes inevitable como mal menor —en un tercer producto, en definitiva— los Tanta de trabajo incorporados a los productos, quanta que ahora conoce de modo directo y absoluto, y puede expresar en su medida natural, adecuada y directa, que es el tiempo. Tampoco se le ocurriría a la química expresar relativamente los pesos atómicos por el rodeo del peso atómico del hidrógeno si pudiera expresarlos de un modo absoluto con su medida adecuada, esto es, en peso real, en billonésimas o cuadrillonésimas de gramo. En el supuesto dicho, la sociedad no atribuye valor alguno a los productos. Por eso el hecho de que los cien metros cuadrados de paño han exigido para su producción, pongamos, mil horas de trabajo, no se expresará con la frase, oblicua y sin sentido entonces, de que valen mil horas de trabajo. Cierto que la sociedad tendrá también entonces que saber cuánto trabajo requiere la producción de cada objeto de uso. Pues tendrá que establecer el plan de producción atendiendo a los medios de producción, entre los cuales se encuentran señaladamente las fuerzas de trabajo. El plan quedará finalmente determinado por la comparación de los efectos útiles de los diversos objetos de uso entre ellos y con las cantidades de trabajo necesarias para su producción» (F. Engels, Anti-Dühring, México, 1964, pp. 306-307). Cf. también la observación de Marx: «Imaginémonos finalmente, para variar, una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social… el tiempo de trabajo desempeñaría un papel doble. Su distribución, socialmente planificada, regulará la proporción adecuada entre las varias funciones laborales y las diversas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo servirá a la vez como medida de la participación individual del productor en el trabajo común y también, por ende, de la parte individualmente consumible del producto común» (El capital, I/1, p. 96).


Las contorsiones teóricas a las que conduce la confusión de los esquemas capitalista y socialista de reproducción están impresionantemente demostradas en Reichenberg

 


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(op. cit.). Primero, incluye tranquilamente las herramientas materiales del sector de servicios en un sector II de bienes de consumo (p. 16). A continuación habla de una «intensificación de la reproducción ampliada» como resultado de «la revolución científico-técnica» —una intensificación que se expresa por si en el hecho de que «si la diferencia entre (Iv +Ipv) y IIc permanece igual, es posible un proceso de acumulación incrementada» (p. 21). Pero falla en especificar el objeto de esta acumulación. ¿Se trata del valor de IIc? Obviamente sería absurdo. La diferencia entre las dos cantidades de valor no puede cambiar si las cantidades mismas no cambian. ¿Tal vez se trata de acumulación de valores de uso? Sin duda. Pero ciertamente un incremento en la masa de materias primas y herramientas (para el producto de los bienes de consumo) producido por una cantidad dada de trabajo socialmente necesario es la definición misma de un incremento en la productividad del trabajo. Y, al mismo tiempo, Reichenberg implica que el valor de estos bienes (y por tanto la dinámica de la reproducción ampliada en términos de valor) ¡no ha cambiado! <<

 


Bronislaw Minc, L’économie politique du socialisme, París, 1974, página 167.



«Se entiende así que los diversos capitalistas individuales comanden ejércitos obreros de creciente magnitud (aunque también para ellos disminuya el capital variable en relación con el capital constante), que aumente la masa del plusvalor, y por consiguiente de la ganancia» (El capital, III/6, p. 279 [las cursivas son nuestras]). Se debe observar que, en la oración anterior, Marx se ha referido explícitamente a la acumulación del capital y, por lo tanto, a la reproducción ampliada. Este pasaje se debe contrastar con el no menos explícito que concierne al crecimiento económico en el socialismo: «Cierto que si se reduce el salario a su base general, vale decir, a la parte del propio producto laboral que entra en el consumo individual del obrero; si se libera de las trabas capitalistas a esa porción y se la amplía hasta el volumen de consumo que por su lado admite la fuerza productiva existente de la sociedad (o sea la fuerza productiva social del propio trabajo del obrero como trabajo realmente social) y que por otro requiere el pleno desarrollo de la individualidad; si además se reduce el plustrabajo y el plusproducto a la medida que bajo las condiciones de producción dadas de la sociedad se requiere, por un lado, para formar un fondo de emergencia y de reserva y, por el otro, para ampliar incesantemente la reproducción en el grado que determine la necesidad social… esto es, si se despoja tanto al salario como al plusvalor, al trabajo necesario como al plustrabajo, del carácter específicamente capitalista, no quedan en pie precisamente estas formas, sino sólo sus bases, que son comunes a todos los modos de producción» (III/8, p. 1111 [las cursivas son nuestras]). Es claro, a partir de esta cita, que para Marx la diferencia en la forma implica una diferencia en las cantidades, especialmente en esas cantidades dinámicas que son las tendencias del crecimiento.


Michio Morishima, Marx’s economics, Cambridge, 1973, pp. 11-12. Cf. Elementos fundamentales…, vol. 1, p. 59: «Lo que determina el valor no es el tiempo de trabajo incorporado en los productos, sino el tiempo de trabajo actualmente necesario». <<


Cf. El capital, III/6, cap. 10, especialmente el siguiente pasaje: «De hecho, y con todo rigor… el valor de mercado regulado por los valores medios de toda la masa es igual a la suma de sus valores individuales… Los que producen en el extremo peor, deben vender luego sus mercancías por debajo del valor individual; los que se hallan situados en el extremo mejor, las venden por encima de él» (p. 232). Véase también II/4, p. 154: «Si las mercancías no se venden a sus valores, la suma de los valores convertidos permanecerá inalterada; lo que es superávit de un lado, es déficit del otro». <<

Regresaré a esta tesis cuando me ocupe del llamado problema de la transformación en la parte III. <<

 


Morishima, op. cit., pp. 2-3. <<

Teorías sobre la plusvalía, i, p. 199; El capital, III/6, cap. XVII, y II/4, pp. 156.158. Incluso en el tomo i de las Teorías sobre la plusvalía hay notables contradicciones acerca de este problema. Así, en la p. 142 escribe Marx: «Por ejemplo, un actor teatral, incluso un clown, es, según esto, un trabajador productivo, siempre y cuando que trabaje al servicio de un capitalista». Y en la p. 156 escribe: «Y por lo que se refiere a los trabajos que son productivos para su comprador o para el patrono mismo, como ocurre por ejemplo con el trabajo de los actores para los empresarios teatrales, se revelarían como improductivos por el hecho de que sus compradores no pueden venderlos al público en forma de mercancía, sino bajo la forma de la actividad misma». <<

 

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Véase, inter alía, Jacques Nagels, Travail collectif et travail productif dans l’évolution de la pensée marxiste, Bruselas, 1974; S. H. Coontz, Productive labour and effective demand, Londres, 1965; Arnaud Berthoud, Travail productif et productivité du travail chez Marx, París, 1974; Ian Gough, «Marx and productive labour», en New Lett Review, núm. 76, noviembre-diciembre de 1972; Peter Howell, «Once again on productive and unproductive labour», en Revolutionary Communist, núm. 3/4, noviembre de 1975; Mario Cogoy, «Werttheorie und Staatsausgaben», en Probleme einer materialistischen Staatstheorie, Francfort, 1973, pp. 164-171; P. Bischoff et al., «Produktive und unproduktive Arbeit als Kategorien der Klassenanalyse», en Sozialistische Politik, junio de 1970; Altvater y Huisken, «Produktive und unproduktive Arbeit als Kampfbegriffe», en ibíd., septiembre de 1970; Rudi Schmiede, Zentrale Probleme der Marxschen Akkumulations— und Krisentheorie, tesis, Francfort, 1972; I. Hashimoto, «The productive nature of service labour», en The Kyoto University Economic Review, octubre de 1966; K. Nishikawa, «Productive and unproductive labour from the point of view of national income», en Osaka City University Economic Review, núm. 1, 1965; K. Nishikawa, «A polemic on the economic character of transport labour», en ibíd., núm. 2, 1966. Véase también el artículo de Elisaburo Koga, Catherine Colliott-Théléne, Fierre Salama y Hugues Lagrange en Critiques de l’Économie Politique, núms. 10 y 11/12 (enero-marzo y abril-septiembre de 1973); los de J. Morris y J. Blake en Science and Society, núms. 22 (1958) y 24 (1960), y los de Fine, Harrison, Gough, Howell y otros en el Bulletin of the Conference of Socialist Economista, 1973-75. Existen numerosos libros sobre teoría económica marxista que se ocupan de paso del mismo tema. <<

 

Véase, por ejemplo, Jean Marchal y Jacques Lecaillon, La répartition du revenu national: les modéles, vol. Le modéle classique. Le modéle marxiste, París, 1958, pp. 82-85; Bronislaw Minc, op. cit., pp. 159-165, y muchos otros. <<

 


Véase Teorías sobre la plusvalía, I, cap. IV, p. 3. <<

Véase II/4, pp. 156-158 y III/6, caps. XVI y XVII. <<

Véase El capital, II/4, cap. VI. Entre los análisis más sistemáticos de este problema, los de Nagels y Bischoff (nota 44, supra) adoptan una posición similar a la nuestra. Gough apoya el punto de vista contrario, basándose especialmente en un pasaje del libro primero de El capital (I/2, p. 616), en el que Marx explícitamente incluye a los trabajadores asalariados que trabajan para el capital privado (como los maestros) en el área del trabajo productivo. En nuestra opinión, este pasaje, como algunos de las Teorías sobre la plusvalía, sólo indica que Marx no había completado aún su articulación de los determinantes contradictorios del «trabajo productivo» — por un lado, el intercambio con el capital más que con el ingreso y, por el otro, la participación en el proceso de la producción de mercancías (que incluye la unidad-y-contradicción del proceso de trabajo y proceso de valorización, valor de uso y valor de cambio, trabajo concreto y abstracto). ¿Qué es el «bien inmaterial» producido por un maestro asalariado que podría contrastarse conceptualmente con el «servicio inmaterial» producido por un empleado de limpieza asalaria (que trabaja para una empresa capitalista de limpieza) o de un empleado asalariado de una tienda de departamentos? <<

 

El capital, II/4, p. 155. <<

 

Véase El capital, pp. 215 ss. Jacques Gouverneur intenta, erróneamente en nuestra opinión, trascender esta limitación. Para poder incluir la producción de «bienes inmateriales» por trabajo asalariado en la categoría de «trabajo productivo», extiende la formulación de Marx a la que nos referimos a «la transformación de la naturaleza o del mundo», donde «o del mundo» significa «o de la sociedad». Dado que los maestros asalariados «transforman la sociedad» sin «transformar la naturaleza», las implicaciones son obvias (Jacques Gouverneur, Le travail «productif» en régime capitalista, Lovaina, 1975, pp. 41 ss.). <<

 


El capital, II/4, pp. 178-179. <<

Véase El capital, II/4, pp. 61-62. <<

Véase El capital, II/4, cap. VI, III. <<

Véase El capital, II/4, pp. 177-178. <<

Véase Karl Marx, El capital, Libro I, capítulo VI (inédito), México, Siglo XXI, 1983. Véase mi introducción a este texto, incluida como apéndice a la primera parte de este volumen, así como el capitulo XIV del libro primero de El capital mismo. <<


Teorías sobre la plusvalía, tomo I, p. 377. <<



Se debe añadir que, por razones analíticas y prácticas, es legítimo que los marxistas introduzcan en los cálculos de ingreso nacional una categoría tal como «ingresos totales en dinero del conjunto de hogares y empresas», siempre y cuando se diferencie claramente del valor del producto anual y de los ingresos generados por la producción anual. <<

Gillman agrupa a «los gerentes de publicidad, los directores de relaciones públicas, los consejeros legales, los expertos en impuestos, los “ingenieros de ventas”, los cabilderos, sus asistentes» junto con «el resto [!] de la hueste creciente de oficinistas» en la categoría general de «consumidores del tercer partido». Aunque no lo dice explícitamente, tiende por consiguiente a excluirlos del proletariado (The falling rate profit, Londres, 1957, pp. 93 y 131). Este punto de vista influyó claramente en los análisis de Paul Baran en The political economy of growth (Nueva York 1957) y en los de Baran y Paul Sweezy en El capital monopolista (México, Siglo XXI, 1968). Boccara et al. (Le capitalisme monopoliste d’état, París, 1971) excluyen explícitamente a las «capas asalariadas intermedias» del proletariado, reduciendo a éste al solo grupo de los trabajadores productivos (trabajadores que producen plusvalor). (Véanse las pp. 213 y 236 ss.) <<

Las fuentes son demasiado numerosas para hacer su lista exhaustiva. Las siguientes son particularmente dignas de mención: El capital, I/3, p. 802, donde se designa a los desempleados enfermos crónicos, inválidos, mutilados, viudas, etc., como «las capas de la clase obrera formadas por menesterosos» (Lazarusschichte); en el libro segundo de El capital (véase 11/5, p. 537) Marx define la clase de los trabajadores asalariados como aquélla que está bajo una obligación constante (siempre de nuevo) de vender su fuerza de trabajo (en la p. 592 también los sirvientes


—die Bedientenklasse— son caracterizados como asalariados). Rosa Luxemburg (Introducción a la economía política, México, Cuadernos de Pasado y Presente 35, 1982, pp. 219-220 y 230.231) de manera similar Incluye a los trabajadores «que no tienen ninguna ocupación regular», así como a los vagabundos, enfermos, desocupados y otros más, entre los miembros de la clase obrera. Trotski (1905, Londres, 1972, p. 43) agrupa a los sirvientes domésticos bajo el mismo encabezado, y Kautsky (The class struggle: Erfurt Program, Nueva York, 1971, pp. 35-43) incluye explícitamente en los rangos del proletariado a los trabajadores industriales y comerciales. En su esbozo del programa del Partido Obrero Social-Demócrata ruso, Plejánov define al proletariado como aquél que sólo puede subsistir por medio de la venta de su fuerza de trabajo (véase Lenin, Obras completas, vol. VI, Madrid, 1976, p. 11), extendiéndola más tarde a «las personas que no poseen ningún medio de producción ni de circulación, excepto su fuerza de trabajo… [cuya venta sea] constante o periódica» (p. 62). Aunque Lenin cuestionó la inclusión de las palabras «ni de circulación», no planteó ninguna objeción esencial a la formulación. <<

 


Un caso límite interesante es el del llamado semiproletariado —es decir, la capa que retiene una propiedad parcial de sus medios de producción. Su ingreso, derivado de las mercancías agrícolas y artesanales producidas en privado con una productividad del trabajo muy por debajo del promedio social, excede apenas sus costos de producción y es por lo tanto insuficiente para asegurar la mínima subsistencia. El semiproletariado está pues obligado a trabajar parte del tiempo como asalariado. Pero precisamente porque vende su fuerza de trabajo sólo temporalmente, sus salarios pueden ser llevados a un nivel muy por debajo del mínimo social prevaleciente. Su existencia social se caracteriza por una notable contradicción: si bien no está comprometida de ninguna manera en la extracción o consumo de plusvalor, tanto sus intereses inmediatos como los históricos se oponen en forma más o menos limitada a los del proletariado propiamente dicho. Por ello el semiproletariado, a diferencia de los trabajadores improductivos y otros asalariados directos, no puede ser considerado como una fracción del proletariado; representa más bien un fenómeno transicional, con un pie en la pequeña burguesía y otro en el proletariado. <<

 

Estos salarios incrementan la masa total de capital social entre el cual tuvo que ser dividida la cantidad dada de plusvalor (en otras palabras, bajan la tasa media de ganancia). Pero, en lo que se refiere a los industriales, éste es un mal menor. Si no hubiera capital comercial autónomo y asalariados comerciales, sus propios gastos de capital para cubrir los gastos de circulación serían significativamente más altos y la tasa de ganancia todavía más baja (véase El capital, III/6, cap. XVII). Dado que esto concierne sólo a la distribución de una masa dada de plusvalor entre distintas formas de capital, sin ninguna influencia directa sobre la división del valor recientemente creado entre los salarios y el plusvalor (es decir, sobre la tasa de explotación del trabajo productivo), ningún conflicto de intereses surge entre los asalariados productivos y los empleados del comercio. <<


Se ha objetado que la compensación por desempleo no puede ser considerada nunca como equivalente del «precio» o «valor» de una mercancía llamada «fuerza de trabajo», porque por definición los desempleados no venden su fuerza de trabajo. Pero este argumento se basa en una reducción más bien mecanicista de la categoría «salarios socializados». Nadie puede afirmar que, si un trabajador guarda el 10% de su salario del momento en una caja de chocolates o en un banco en previsión de esa parte de la «vida adulta activa» en la que prevé estar desempleado, esa cantidad de dinero deje en tal momento de formar parte de su salario. No hay diferencia fundamental entre lo anterior y la situación en que todos los trabajadores utilizan una caja de chocolates o una cuenta bancaria colectivas llamada Instituto Nacional de Seguro de Desempleo o Instituto Nacional del Seguro Social, y donde las sumas de dinero no pasan por los sobres de pago de los trabajadores sino que son transferidas directamente de las cuentas de los capitalistas a esas instituciones. Sólo si se acepta este análisis, dicho sea de paso, es legítimo exigir que tales fondos sean administrados exclusivamente por los sindicatos (¡porque ni los empleadores ni el estado deberían de tener injerencia en cómo gastan los trabajadores su propio dinero!). <<

 

Véase supra, pp. 64-71 y El capitalismo tardío, pp. 147-156. <<


Trabajadores asalariados (incl. desempleados) como porcentaje de la población activa total


1930-1940 1974

Alemania 69.7 (1939) 84.5 (RFA)

Bélgica 65.2 (1930) 83.7

Canadá 66.7 (1941) 89.2

Estados Unidos 78.2 (1939) 91.5

Francia 57.2 (1936) 81.3

Italia 51.6 (1936) 72.6

Japón 41.0 (1936) 69.1

Reino Unido 88.1 (1931) 92.3

Suecia 70.1 (1940) 91.0


FUENTES: Para 1930-1940, Annuaire des statistiques du travail, 1945-1946, Bureau International du Travail, Montreal, 1947; para 1974, Office statistique des communautés européennes: statistiques de base, 1976. <<

Véase el capítulo 4 de El capitalismo tardío. <<




Citado en Luxemburg, La acumulación de capital, p. 257. <<

Nuevamente, la lista de libros es demasiado larga para ponerla completa aquí. Dejando de lado las obras más antiguas, merecen ser mencionadas las siguientes: Natalie Moszkowska, Contribución a la dinámica del capitalismo tardío, México, Cuadernos de Pasado y Presente 91, 1981; T. N. Vance, The permanent war economy, Berkeley, 1970; Adolf Kozlik, El capitalismo del desperdicio, México, Siglo XXI, 1968; Baran y Sweezy, El capital monopolista cit.; Fritz Vilmar, Rüstung und Abrüstung im Spätkapitalismus, Francfort, 1965; Michael Kidron, Western capitalism since the war, Londres, 1968. De una importancia menor es Gillman, The failing rate of profit. <<

 


Véanse mis argumentos en El capitalismo tardío, cap. 9, y los de Cogoy, Werttheorie und Staatsausgaben, pp. 165-166. Véase también Paul Mattick, Kritik der Neomarxisten, Francfort, 1974. <<

Véase El capital, II/4, pp. 77-79 y 115, y II/5, pp. 528-529, etcétera. <<

 

Esto se saca automáticamente en conclusión de la naturaleza mercantil del armamento producido, es decir, del hecho de que el capital invertido en ese sector está comprometido en la producción de mercancías y el trabajo empleado correspondiente en la producción de plus valor. Así, como en el caso de la producción de bienes suntuarios, las diferencias entre la tasa de ganancia dentro de ese ramo y la tasa fuera de él (debido, por ejemplo, a variaciones en la composición orgánica del capital) no bajarán o incrementarán correspondientemente la tasa social media de ganancia. En las Teorías sobre la plusvalía Marx defiende explícitamente esta posición frente a Ricardo. <<

 

Véase Ernest Mandel, Tratado de economía marxista, México, Era, 1969, vol. I, pp. 310-313, sobre la economía de guerra. <<

 

En La acumulación del capital (pp. 455-457 y 461 ss.), Rosa Luxemburg subraya correctamente las circunstancias bajo las cuales el gasto militar creciente financiado a expensas de la clase obrera (por ejemplo, a través de impuestos indirectos sobre los bienes de consumo) puede conducir a un incremento de la tasa de plusvalor y de la acumulación de capital. <<

 


Basta referirnos aquí al capítulo 8 de El imperialismo, fase superior del capitalismo,  



En relación con la controversia entre los que ven una «escasez» en curso del capital y los que, por el contrario, arguyen que hay una plétora de capital, véase «Capital shortage: fact and fancy», por los editores de Monthly Review, vol. 27, núm. 11, abril de 1976. En mi propio artículo «Waiting for the upturn» (Inprecor, núms. 40/41, diciembre de 1975), sostengo la misma posición que Monthly Review. Debemos subrayar que no hay ninguna contradicción entre la aparición de una plétora de capital y una declinación real de la tasa de ganancia (es decir, la escasez relativa de la masa de plusvalor). Ciertamente, la segunda determina a la primera. Esto les parece paradójico sólo a quienes, ignorando una de las lecciones principales del libro segundo, excluyen el factor «tiempo» del análisis del «capital en general» y erróneamente identifican al capital con el plusvalor producido en el momento. El problema desaparece una vez que se entiende al capital como la acumulación de cantidades de plusvalor producidas en una serie de operaciones pasadas. <<

Esto explica la diferencia notable entre la economía de guerra de Hitler y el «auge» de posguerra. En el primer caso, al contrario que en el segundo, la inversión creciente fue en gran medida confinada al sector de armamentos; no tuvo lugar ningún crecimiento acumulativo que implicara una expansión del «mercado de los consumidores finales». <<

 

 



Las principales contribuciones a la discusión en torno de La acumulación del capital de Rosa Luxemburg fueron las notas de Otto Bauer (en Die Neue Zeit, núm. 24, 1913), Anton Pannekoek (en Bremer Bürgerzeitung, 29 de enero de 1913) y G. Eckstein (en Vorwärts, 16 de febrero de 1913) y el libro de Bujarin, El imperialismo y la acumulación del capital, México, Cuadernos de Pasado y Presente 51, 1980. Henryk Grossmann (La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista, México, Siglo XXI, 1979) trata en diversas partes la teoría de Luxemburg. Véase también un examen reciente en Arghiri Emmanuel, La ganancia y las crisis, México, Siglo XXI, 1978, y la introducción de Joan Robinson a la traducción inglesa de La acumulación del capital (The accumulation of capital, Londres, 1963). <<

 



La acumulación del capital, pp. 312-313. <<

Ibíd., pp. 131-138. <<

 

La noción de que un medio no capitalista es necesario para la reproducción y acumulación ampliadas fue propuesta primero por Heinrich Cunow («Zur Zusammenbruchstheorie», en Die Neue Zeit, núm. 1, 1898 («Contribución a la teoría del derrumbe», en Colletti, op. cit., pp. 1651741) y defendida posteriormente por Karl Kautsky («Krisentheorien», en Die Neue Zeit, núm. 2, 1902 («Teorías de las crisis», en Colletti, op. cit., pp. 189-2361) y por Louis B. Boudin (The theoretical system of Karl Marx, Chicago, 1907, especialmente pp. 163-169 y 241-253). <<

 


Luxemburg, op. cit., pp. 132-134. Cf. El capital, II/5, pp. 454-456. <<

 

Los esquemas que incorporan estas leyes del movimiento han sido elaborados por Bauer, Grossmann, Léon Sartre, Glombowski, Hosea Jaffe y muchos más. Que aseguren o no unas condiciones de equilibrio a largo plazo es, desde luego, un problema diferente. <<

 

Esta observación fue hecha por primera vez por Rosdolsky (op. cit., pp. 92-100).


Elementos fundamentales…, 1, p. 359. <<

El capital, II/4, cap. XV, 3. <<

Teorías sobre la plusvalía, II, pp. 488-490. <<

Luxemburg, op. cit., pp. 294-295. <<

O. Benedikt, «Die Akkumulation des Kapitals bei wachsender organischer Zusammensetzung», en Unter dem Banner des Marxismus, núm. 3, 1929; Koshimura, op. cit.; J. Caridad Mateo, Reproducción del capital social, México, 1974; Hosca Jaffe, Processo capitalista e teoría dell’accumulazione, Milán, 1973, y en una comunicación personal. <<

 

Tomemos un solo ejemplo. Para reconciliar el equilibrio con una composición orgánica creciente del capital y una tasa decreciente de ganancia, Koshimura tiene que modificar las relaciones iniciales entre los tres sectores e incrementar considerablemente la composición orgánica del sector III (lo cual tiene poco sentido desde un punto de vista histórico). A continuación, tiene que bajar el precio total de la producción del sector II (los salarios de los trabajadores) hasta el grado de un descenso absoluto. «Balanceando» la tasa de ganancia decreciente mediante el alza de la tasa de plusvalor (lo cual es plausible), Koshimura llega a un descenso absoluto del consumo de los trabajadores e incluso de los capitalistas (lo cual no sólo es poco probable sino contrario a la suposición básica de Marx en el libro segundo de El capital y a los datos empíricos existentes). (Véase Koshimura, op. cit., pp. 122-124 y 124-126). <<

 


Véase la crítica de Eckstein mencionada antes y el artículo de Helene Deutsch (en Der Kampf, 1913: el periódico teórico de la socialdemocracia austriaca). También es parcialmente cierto de las críticas de Bauer y Emmanuel. <<

 

Véase especialmente su «Anticrítica» en Luxemburg y Bujarin, El imperialismo y la acumulación del capital, ya citado. <<

Tampoco se puede aceptar que Grossmann (op. cit.) proporcione estas soluciones. Su propio punto de vista —una negación de que en el fondo de la crisis hay problemas de realización del plusvalor y desproporcionalidad entre producción y consumo— es básicamente infundado. Al convertir la declinación de la tasa de ganancia en la única causa del derrumbe final del capitalismo, deja de lado el hecho de que esta tendencia está equilibrada por la desvalorización periódica del capital. En la medida en que busca establecer una unidad mecánica entre la teoría de las crisis de sobreproducción y la del derrumbe del capitalismo, el vínculo real, dialéctico, entre los dos implica la siguiente contradicción: las crisis de sobreproducción son el mecanismo preciso que permite que la declinación de la tasa de ganancia sea periódicamente superada —tanto a través de la desvalorización de la masa global de capital social como a través de un alza en la tasa de plusvalor. <<

 




Donald J. Harris, «On Marx’s scheme of reproduction and accumulation», en Journal of Political Economy, vol. 80, 1972, pp. 505 ss. <<

 

Véase especialmente La acumulación del capital, caps. 27-30. <<

Las versiones «neoarmonicistas» de los marxistas austro-húngaros Hilferding y Bauer se inspiraron claramente en el libro de Tugán-Baranovski, Studien zur Theorie, ya citado. Pese a que ambos polemizaron contra Tugán-Baranovski, cayeron bajo el encanto de sus «juegos» matemáticos con los esquemas de reproducción. La afirmación de Hilferding en su magnum opus de 1909, El capital financiero, es especialmente notable: «Un convenio general que regule la producción social total y por consiguiente supere las crisis es, en principio, económicamente imaginable, aun si un estado de cosas social y político tal es una imposibilidad» (op. cit., p. 372). Bujarin fue influido por la misma tendencia de pensamiento, como se ve claramente en la afirmación de El imperialismo y la acumulación del capital (op. cit., p. 204) en el sentido de que, en el capitalismo, donde la anarquía de producción se ha superado, no habría riesgo de sobreproducción. Basándose en estos argumentos, Tony Cliff y sus discípulos han intentado justificar su uso del término «capitalismo estatal» para definir la economía soviética —una economía que no ha sufrido crisis de sobreproducción durante más de medio siglo (véase Cliff, Russia: a Marxist analysis, Londres, 1964, pp. 167-175). Para una crítica exhaustiva de la interpretación neoarmonicista del libro segundo de El capital, véase Rosdolsky, op. cit., pp. 530-538 y 545-552. <<

Véase la parte I de este libro, pp. 26-29. <<

Véase El capital, II/4, pp. 86-87. <<

Véase El capital, II/4, p. 387, nota. Las cursivas son mías. <<

El capital, III/7, p. 623. <<

Véase El capital, II/5, p. 502. <<

El autor marxista más notable de este tipo es Natalie Moszkowska (Zur Kritik moderner Krisentheorien, Praga, 1935 [Contribución a la crítica de las teorías modernas de las crisis, México, Cuadernos de Pasado y Presente 50, 1978]), pero Fritz Sternburg y Paul Sweezy deben ser mencionados también a este respecto. La lista de economistas no marxistas es ciertamente muy larga y va desde Simonde de Sismondi y Malthus hasta Lederer y Keynes. <<



Véase la nota 94, supra. <<


Elementos fundamentales…, vol. 1, pp. 373-402; Teorías sobre la plusvalía, parte III, pp. 120-121. Véase también Elementos fundamentales…, vol. 1, p. 80. <<

«Otro tanto ocurre con la demanda, suscitada por la producción misma, de material en bruto, productos semiterminados, maquinaria, medios de comunicación y los materiales auxiliares utilizados en la producción, como los colorantes, el carbón, las materias grasas, el jabón, etc. Esta demanda, que paga y pone los valores de cambio, es adecuada y suficiente siempre y cuando los productores intercambien entre sí mismos. Su inadecuación se revela no bien el producto final encuentra su límite en el consumo directo y definitivo» (Elementos fundamentales…, vol. 1, pp. 374-375). 

Tratado de economía marxista, vol. 2, p. 146. <<

Entre ellas deben incluirse no sólo los factores económicos «puros» sino también el entrelazamiento del ciclo económico con el ciclo parcialmente autónomo de la lucha de clases. <<

 

Sobre las raíces, funciones y consecuencias de la inflación permanente en el capitalismo contemporáneo, véase el cap. 13 de mi El capitalismo tardío, ya citado.


Véase El capital, II/4, p. 84. <<


El valor decreciente expresado en precio del oro y no, desde luego, en papel moneda inflacionario. <<

El desgaste «moral» del equipo (obsolescencia) antecede generalmente al derrumbe «físico», dentro del capitalismo, dada la presión de la competencia y el proceso técnico acelerado. <<

 


Véase El capital, II/5, pp. 568-572. Desde luego, la teoría económica académica se apropió posteriormente de esta contribución esencialmente marxista a la teoría del 

Véase El capital, II/4, pp. 345-346, 352-355. <<


Véase El capital, II/4, pp. 219-220. <<

En su libro más reciente, Emmanuel subraya correctamente el papel del atesoramiento en la teoría de las crisis de Marx. Usa la expresión vouloir d’achat (deseo de compra) en oposición a pouvoir d’achat (poder de compra). (La ganancia y las crisis, cit., pp. 62 ss.). <<

 

Paul Mattick (Marx and Keynes, Londres, 1969) no aclara el problema por un uso confuso del concepto «producción de desperdicios». «Desperdicio» en el sentido de productos que no entran en el proceso de reproducción y «desperdicio» en el sentido de productos invendibles no son de ninguna manera conceptos idénticos. Los productos suntuarios son —como las armas— mercancías, y encuentran compradores. Las obras públicas y otros despliegues infraestructurales no se llevan a cabo teniendo a la venta en mente, sino para acelerar la rotación del capital y por consiguiente incrementar indirectamente la producción de plus valor. Sin embargo, las pirámides y los canales excavados y luego rellenados son puro desperdicio —no son ni mercancías en venta ni medios de acelerar la rotación del capital. <<

 

Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política, México, Siglo XXI, 1980, pp. 99-102. Véase también Elementos fundamentales…, vol. 1, pp. 44-45 y 148-149. <<

 

Esta dominación sobre la naturaleza toma crecientemente la forma de destrucción (Raubbau) de la naturaleza, como se muestra en las amenazas al equilibrio ecológico. 

Marx y Luxemburg tomaron prestada la imagen de la espiral como expresión de la forma del desarrollo capitalista de Simonde de Sismondi. <<


Desde luego, esto no quiere decir que cientos de miles de pequeños empresarios capitalistas, y los varios millones de familias capitalistas rentistas, no sean parte del mundo burgués, sino simplemente que no gobiernan los medios decisivos de producción ni toman las decisiones clave en inversiones. La sociedad burguesa tiene la forma de una pirámide donde la cima de monopolistas no puede sobrevivir sin el apoyo de diferentes capas de la gran burguesía y de la burguesía media y sus partidarios (así como sin el apoyo, al menos parcial, de sectores de la pequeña burguesía). La idea de que el capitalismo puede ser abolido al eliminar solamente a los monopolistas no toma en cuenta el hecho de que el capitalismo crece inevitablemente a partir incluso de la pequeña producción de mercancías donde las condiciones de la circulación monetaria y la extendida propiedad privada de los medios de producción prevalecen. Si un sector significativo de empresas capitalistas de mediano tamaño se mantiene (¡y algunos de los capitalistas «no monopólicos» son más bien de gran escala!), entonces el capitalismo no sólo sobreviviría, sino que florecería y abriría el camino a la formación de nuevos monopolios. <<

Véase el último capítulo de mi El capitalismo tardío y mis artículos sobre la recesión generalizada de la economía capitalista internacional en Inprecor (16 de enero, 5 de junio y 18 de diciembre de 1975 y 15 de septiembre de 1976). <<


Eugen von Böhm-Bawerk, Karl Marx and the end of his system, Nueva York,


1949 [La conclusión del sistema marxiano, cit.]. <<

Algunos ejemplos recientes: Ian Steedman, Marx after Sraffa, Londres, 1977; Anthony Cutler, Barry Hindes, Paul Hirst y Athar Hussein, Marx’s «Capital» and capitalism today, 2 vols., Londres, 1977 y 1978; Leszek Kolakowski, Main currents of Marxism, vol. 1, Oxford, 1978 [Las principales corrientes del marxismo, vol. 1: Los fundadores, Madrid, Alianza, 1980]. <<

 



Se ha adoptado la expresión «flujos dinerarios» para incluir, además de los «ingresos», el capital dinerario destinado a reconstituir el capital constante, a reconstituir el capital variable (que se invierte como ingreso para los trabajadores, pero que debe regresar en forma de capital dinerario a los industriales) y a expandir tanto c como v.

<<

Véase la carta de Marx a Engels del 30 de abril de 1868, en Marx/ Engels, Correspondencia, Buenos Aires, Cartago, 1973, p. 205, donde indica su plan para el libro tercero: «[…] eh conclusión, la lucha de clases, donde se descompone el movimiento y la descomposición de todo el embrollo» (traducción corregida). <<

 

«Sobre el plan inicial de Marx para El capital», véase supra, pp. 23-30. <<

Véase El capital, t. III/6, pp. 136, 248, 398, etc. <<

Los terratenientes capitalistas, contrapuestos a los feudales y semifeudales, son los que se limitan a arrendar tierras a agricultores capitalistas o independientes por dinero, sin ningún tipo de servidumbre o vínculo de tipo feudal o semifeudal. <<


Entre los economistas académicos que se ocupan de monopolios y oligopolios desde el punto de vista de la búsqueda de plusganancias, véase por ejemplo: Joe Bain, Barriers to new competition, Cambridge, Mass., 1956; Paolo Sylos-Labini, Oligopolio e progresso tecnico, Turín, 1964 [hay ed. en español]; Robert Dorfman, Prices and markets, Nueva York, 1967. <<

 

El capital, III/6, pp. 228-229, y III/8, p. 965. <<

Ibíd., III/6, pp. 270-271: «Esta progresiva disminución relativa del capital variable en proporción con el constante, y por ende con el capital global, es idéntica a la composición orgánica progresivamente más alta del capital social en su promedio. Asimismo es sólo otra expresión del desarrollo progresivo de la fuerza productiva social del trabajo […]» <<

Véase, por ejemplo, Joan Robinson, An Essay on Marxian economics cit., pp. IX-X, 14-16 [Introducción a la economía marxista cit., pp. 4-5, 34-37]. <<

Hasta Maurice Dobb, de quien se podría esperar más, trata el trabajo como numéraire en Storia del marxismo, vol. 1, Turín, 1979, pp. 99-103 [Historia del marxismo, Barcelona, Bruguera, 1981]. <<

 

Isaac Rubin, Essays on Marx’s theory of value, Detroit, 1972, pp. 174-176 [Ensayo sobre la teoría marxista del valor cit., pp. 210-212]. <<

 

Se podría argumentar, por ejemplo, que las primeras empresas capitalistas dedicadas a la construcción de canales, la minería, etc., tenían una tasa de ganancia más alta que los primeros obrajes textiles, en el momento de la revolución industrial, debido a su inferior composición orgánica del capital. <<


Véase El capital, III/6, p. 266. <<

 

[236]16 Marx hace una observación adicional sobre el peso relativo de las empresas que operan a niveles de productividad superiores al promedio, medios e inferiores al promedio en cada ramo de la industria. Esto puede conducir a situaciones en que, momentáneamente, no es el nivel medio de productividad lo que determina el valor de la mercancía. Pero la competencia terminará pronto con esas situaciones, si no hay penuria de estructuras o monopolio. <<

V. Ladislaus von Bortkiewicz, «Value and price in the Mandan system», International Economic Papers, 1952. <<

Es imposible dar la lista completa de esos autores. Las fuentes más importantes están citadas en la nota 22, infra. Mencionaremos aquí tres obras poco conocidas en el mundo de habla inglesa: Gilbert Abraham Frois y Edmond Berrebi, Théorie de la valeur, des prix et de l’accumulation, Paris, 1976; C. C. von Weiszücker, «Notizen zur Marx’schen Wertlehre», en Nutzinger y Wolfstetter, Die Marx’sche Theorie und ihre Kritik Francfort, 1974; Gilles Dostaler, Valeur et prix, histoire d’un débat, París, 1978. <<

 

El capital, III/6, pp. 207-208. <<

Ibíd., p. 208 (las cursivas son nuestras). <<

J. Winternitz, «Values and prices: a solution of the so-called “transformation problem”», en The Economic Journal, junio de 1948; F. Seton, «The “transformation problem”», en Review of Economic Studies, vol. 24, 1957; C. C. von Weiszlicker y Paul Samuelson, «A new labor theory of value for rational planning, through use of the bourgeois profit rate», en Proceedings of the National Academy of Sciences, U. S. A., vol. 68, núm. 6, junio de 1971; A. Medio, «Profit and surplus-value: appearance and reality in capitalist production», en E. K. Hunt y Jesse Schwartz (comps.), A critique of economic theory, Londres, 1972; Elmar Wolfstetter, «Surplus labor, synchronized labour costs and Marx’s labour theory of value», en The Economic Journal, vol. 83, septiembre de 1973; Anwar Shaikh, «Marx’s theory of value and the ‘transformation problem’ » en Jesse Schwartz (comp.), The subtle anatomy of capitalism, Santa Mónica, 1977; Ira Gerstein, «Production, circulation and value», en Economy and Society, vol. 5, 1976; etc. Un buen sumario de la bibliografía sobre el tema se incluye en Carlo Benetti, Claude Berthomieu y Jean Cartelier, Économie classique, économie vulgaire, París, 1975. << 



N. Okishio, «Technical changes and the rate of profit», en Kobe University Economic Review, vol. 7, 1961, pp. 85-90; N. Okishio, «A mathematical note on Mandan theorems», en Weltwirtschaftliches Archiv, vol. 91 (1963, n), pp. 287-299.

Debo esta observación a Emmanuel Farjoun, de la Universidad Hebrea de Jerusalem. 

Paul Sweezy, The theory of capitalist development, Nueva York, 1942, pp. 117-


118 [Teoría del desarrollo capitalista, México, FCE, 1945]. <<

Ian Steedman, op. cit., pp. 45-47. <<

Véase El capital, III/6, p. 210. <<

Engels contempla explícitamente el caso en que la suma total de ganancias dinerarias —resultado de los precios de mercado— sea menor que el total de plusvalor producido, porque entre tanto el valor ha disminuido a consecuencia de aumentos en la productividad del trabajo. Véase su carta a Conrad Schmidt del 12 de marzo de 1895, en Marx-Engels, Cartas sobre El capital cit., pp. 312-315. <<




Pierre Salama, Sur la valeur, París, 1975, pp. 164 ss. [Sobre el valor, México, Era, 1980]. <<

Georgios Stamatis ha demostrado exhaustivamente que en el capitulo un del libro tercero de El capital ya desarrolla Marx la ley de la baja tendencial de la tasa media de ganancia en condiciones de aumento de la tasa de plusvalor —aumento causado por las mismas fuerzas que impulsan el aumento de la composición orgánica del capital. Las causas contrastantes estudiadas en el capitulo XIV se refieren a formas de aumento de la tasa de plusvalor que no son resultado de un aumento en la productividad del trabajo en el sector II, es decir, que no son resultado de la baja del valor de los bienes salariales, mientras los salarios reales se mantienen estables. Véase Die «spezifisch kapitalistischen» Produktionsmethoden und der tendenzielle Fall der allgemeinen Profitrate bei Karl Marx, Berlín, 1977, pp. 116 ss. <<

 

Ya hoy los costos del trabajo han disminuido a menos de 0.1% del costo total de producción en ciertas operaciones petroquímicas; véase Charles Levinson, Capital, inflation and the multinationals, Londres, 1971, pp. 223-229. <<

Véase El capital, III/6, pp. 297-307 y, también, de K. Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858 cit., t. 1, pp. 182-185. <<

 

Por ejemplo, muchas de las llamadas «industrias de servicios» bajo el capitalismo tardío. <<

Véase, por ejemplo, W. C. Mitchell, Business cycles and their causes, Berkeley, 1941. <<

 

Véase, por ejemplo, Ernest Mandel, Late capitalism, Londres, 1975, cap. 4 [El capitalismo tardío, México, Era, 1979]; Ernest Mandel, The long waves of 


Véase El capital, III/6, pp. 326-327, 337-338. <<

Naturalmente, no es posible defender ese contenido de verdad con el absurdo argumento de que la ley se manifiesta exclusiva o principalmente a través de su negación. Ésa fue la posición adoptada por varios autores soviéticos, antes de que (inesperadamente para ellos) estallara la «segunda recesión»: por ejemplo, S. L Wygodski (Der gegenwärtige Kapitalismus, Colonia, 1972, p. 232), quien veía como confirmación de la ley un ascenso tendencial de la tasa de ganancia. <<

Por ejemplo, Joseph Gillman, The falling rate of profit, Londres, 1957. También Paul Baran y Paul Sweezy contraponen una supuesta tendencia del «excedente» al alza a la baja tendencial de la tasa de ganancia que según estos autores sólo se da en un «sistema competitivo»: véase Monopoly capital, Londres, 1968, p. 80 [El capital monopolista, México, Siglo XXI, 1968, pp. 67-681. <<

N. Okishio, «Technical changes», op. cit. <<

Georgios Stamatis ha llamado la atención sobre la decisiva diferencia entre un aumento en los márgenes de ganancia por unidad (es decir la diferencia entre precio de costo y precio de venta por unidad producida) y el concepto marxista de tasa de ganancia, donde hay que tomar en cuenta el valor total del capital fijo utilizado para alcanzar ese aumento de los márgenes de ganancia (op. cit., pp. 183 ss.). Precisamente es la «tragedia» para el capital (expresada en la ley de la creciente composición orgánica del capital) que los mismos métodos capitalistas de mecanización sistemática, que llevan a costos por unidad más bajos y a márgenes de ganancia por unidad más altos, resulten por último en un aumento superior al promedio de la inversión total de capital fijo —que es una de las fuerzas que desencadenan un aumento en la composición orgánica del capital en proporción superior al aumento de la tasa de plusvalor, provocando así la baja de la tasa de ganancia. El libro de Stamatis es asombrosamente esquizofrénico. Mientras que toda la primera parte destaca, en forma cuidadosa y sumamente detallada, la importancia de la teoría de Marx de la baja tendencial de la tasa media de ganancia, a continuación el autor, con un sorprendente salto mortal, concluye que esa misma ley ya no es aplicable hoy, porque ¡el capitalismo ya no aplica «métodos de producción específicamente capitalistas»! <<

 

Anwar Shaikh, «Political economy and capitalism: notes on Dobb’s theory of crisis», Cambridge Journal of Economics, junio de 1978. <<



En realidad, Roy Harrod es la principal fuente de la idea del llamado progreso técnico «neutral». <<

 

Sobre este tema véase Anwar Shaikh, «An introduction to the history of crisis theories», en la antología de URPE, Capitalism in crisis, Nueva York, 1977. <<

Ibíd., p. 235. Shaikh se refiere a un estudio empírico de Víctor Pedo, «Capital-output ratios in manufacturing», Quarterly Review of Economics and Business, vol. 8, núm. 3, otoño de 1966. <<

 


Véase R. J. Gordon, «A rare event», Survey of Current Business, julio de 1971, vol. 51, núm. 7, parte 2, y los artículos del mismo autor en American Economic Review, junio de 1969, y en Review of Economics and Statistics, noviembre de 1968. André Granou, Yves Baron y Bernard Billandot, en su obra Croissance et crises, París, 1980 (pp. 102-104), defienden la tesis de que la razón capital/producto descendió entre la gran depresión y el período de la inmediata posguerra, ascendió entre 1948 y 1958, declinó nuevamente (o se mantuvo estable) entre 1958 y 1968, pero se elevó rápidamente después de 1968. La manera como calculan esa razón, sin embargo, la convierte en cierta medida en la recíproca de la tasa de ganancia, puesto que incorpora la tasa de plusvalor que ascendió fuertemente en el período de posguerra. <<

 


Corolario, pero no idéntico. Véanse las observaciones de F. Engels en El capital, III/6, pp. 289-291. <<

 

Véanse las numerosas monografías sobre ramos específicos de la industria que cito en El capitalismo tardío cit., pp. 195-201. <<

Aparte de los libros segundo y tercero de El capital, las principales contribuciones de Marx a la teoría de las crisis deben hallarse en Teorías sobre la plusvalía, México, 1980, y en sus artículos sobre crisis económicas del momento: véase por ejemplo «Die Handelslage» (Neue Rheinische Zeitung, 7 de marzo de 1849), en Marx/Engels, Collected works, vol. 9, pp. 3-8, o varios artículos escritos en 1853 y 1856-1857 para el New York Daily Tribune. También la correspondencia de Marx con Engels contiene numerosos comentarios sobre las crisis del momento. <<

Véase por ejemplo David Yaffe, «The Marxian theory of crisis, capital and the state», en Economy and Society, vol. 2, núm. 2, mayo de 1973; Paul Mattick, «Krisen und Krisentheorien», en una colección de artículos de varios autores con el mismo título, Francfort, 1974. <<


Véase Mattick, op. cit., p. 111: «Así, la acumulación de capital no depende de la realización de plusvalor, sino que la realización de plusvalor depende de la acumulación de capital»; e ibíd., p. 115: «Cuando el plusvalor es insuficiente para continuar el proceso de acumulación en forma rentable, tampoco puede realizarse a través de la acumulación; se convierte en plusvalor no realizado o sobreproducción». Primero se plantea la sobreproducción en forma absoluta: no hay suficiente plusvalor para valorizar todo el capital acumulado. Después el argumento se desplaza hacia una forma relativa: todavía hay plusvalor adicional, pero no se acumula, porque daría al capital adicional O% de ganancia. Pero ¿cómo puede verse esto independientemente de los precios de mercado de las mercancías adicionalmente producidas? ¿Acaso la caída de precios de mercado que lleva a ese O % de ganancia no refleja un atiborramiento existente previamente, es decir, una sobreproducción de mercancías además de la sobreacumulación de capital? <<

 


El capital, III/6, pp. 323-324. <<

El capital, III/6, pp. 313-314 (las cursivas son nuestras). <<


Arthur Pigou, padre de la economía del bienestar, abogó concretamente por una rebaja de salarios para resolver la gran crisis de 1929-1932. Olvidaba que, para que el proceso de acumulación empiece a crecer nuevamente, no basta con que las ganancias (cantidades de plusvalor) aumenten (esto evidentemente se logra con una rebaja de los salarios): los capitalistas deben además esperar que las mercancías producidas por inversiones de capital adicionales se vendan, lo cual es improbable cuando las rebajas de salarios coinciden con grandes existencias de mercancías sin vender y el desuso de mucha capacidad de equipos existentes. <<

 

Las grandes restricciones salariales impuestas, por ejemplo, a los trabajadores de Alemania Federal en 1976-1977 y a los trabajadores españoles en 1978-1979 por sus dirigentes sindicales colaboracionistas no condujeron a ninguna disminución significativa del desempleo, aunque las ganancias y las inversiones aumentaron. Pero esas inversiones fueron casi exclusivamente inversiones de racionalización, tendientes más a reducir el empleo que a aumentarlo. <<


El The McGraw-Hill dictionary of modern economics (3.ª ed., 1983) dice de profit squeeze que es «la compresión de las ganancias atrapadas entre el alza de los costos y los precios estables». [T.] <<

 


Véase por ejemplo Andrew Glyn y Bob Sutcliffe, British capitalism and the profit squeeze, Londres, 1972. En su Political economy and capitalism, Londres, 1938, Maurice Dobb postula que los capitalistas introducen nueva maquinaria sólo cuando los salarios se elevan, es decir, que esencialmente el aumento de la composición orgánica del capital es función de determinado nivel de salarios. Esto no es lo mismo que la teoría de la «compresión de las ganancias», pero no está lejos. Anwar Shaikh ha criticado correctamente estas suposiciones en «Political economy and capitalism», op. cit. << 



Véase por ejemplo David Yaffe, op. cit. <<

K. Marx, El capital, III/6, pp. 317-318. <<

La cuarta variante posible de una teoría monocausal de las crisis —la demográfica— se trata más abajo como subvariante de la «teoría de la sobreacumulación». <<

Mijail Tugán-Baranovski, Studien zur Geschichte und Theorie der Handelskrisen in England, Jena, 1901; Rudolf Hilferding, Das Finanzkapital, Viena, 1910; Nicolai Bujarin, El imperialismo y la acumulación de capital, México, Cuadernos de Pasado y Presente 51, 1975. Es verdad que Bujarin es un poco más cauto que Hilferding y toma en cuenta la fuerza restrictiva de la limitación del consumo masivo sobre la «ilimitada» capacidad de crecimiento del capitalismo. <<

 

Tony Cliff, quien participa de esta convicción, puede imaginar fácilmente una economía capitalista sin crisis de sobreproducción —siempre que la anarquía de la producción se supere por medio de la planificación. Véase Russia: a Marxist analysis, Londres, 1970, p. 174. <<

 

El capital, III/7, pp. 622-623. <<

Roman Rosdolsky, Génesis y estructura de El capital de Marx, México, Siglo XXI, 1978, pp. 491-492, 497, etcétera. <<

Mijail Tugán-Baranovski, Theoretische Grundlagen der Marxismus, Leipzig, 1905. <<

Rosa Luxemburg, The accumulation of capital, Londres, 1963 [La acumulación de capital, Madrid, 1933]; Fritz Sternberg, Der Imperialismus, Berlín, 1926 [El imperialismo, México, Siglo XXI, 1979]; Natalie Moszkowska, Das Marxsche System, ein Beitrag zu dessen Aufbau, Berlín, 1929 [El sistema de Marx, México, Cuadernos de Pasado y Presente 77, 1979], y Zur Kritik moderner Krisentheorien, Praga, 1935 [Contribución a la crítica de las teorías modernas de las crisis, México, Cuadernos de Pasado y Presente 50, 1978]; Léon Sartre, Esquisse d’une théorie marxista des crisis périodiques, París, 1937; Paul Sweezy, The theory of Capitalist Development, cit.; en cuanto a Karl Kautsky, la referencia es principalmente a su artículo en Die Neue Zeit, vol. XX, núm. 2, 1901-1902, que es su aportación más extensa al problema de las crisis. <<

 

«El uso de medios de producción menos directos pero más eficientes, que en general incluyen primero una inversión en maquinaria o equipo. Robinson Crusoe pudo haberse alimentado metiéndose al mar para agarrar peces con las manos, pero le pareció más eficiente pasar la mayor parte de su tiempo en la playa haciendo redes…» (The McGraw-Hill dictionary of modern economics, ed., 1983) [T.]. <<

 

Esto es particularmente aplicable a los economistas neokeynesianos (algunos de ellos bastante influyentes en el movimiento obrero), en países como Inglaterra, Francia y Alemania Occidental. Véase por ejemplo Alternative Wirtschaftspolitik (número especial de Das Argument), Berlín, 1979. <<

Véase en particular Makatoh Itoh, «Mandan crisis theories», en Bulletin of the Conference of Socialist Economists, vol. IV, núm. 1, febrero de 1975. El primer teórico neomarxista que intentó una explicación demográfica de las crisis económicas fue Otto Bauer, «Die Akkumulation des Kapitals», en Die Neue Zeit, vol. XXXI, núm. 1, 1913. <<

El capital, III/6, pp. 323-324. <<


Sólo para dar una idea de esas «reservas»: en la actualidad hay un millón de inmigrantes ilegales por año de México y Centroamérica a los Estados Unidos, de los cuales una fracción significativa es deportada inmediatamente. Pero aun al nivel actual de productividad del trabajo en México y Centroamérica (muy inferior al de los Estados Unidos), la cifra de desempleados en esas dos regiones oscila alrededor de los quince millones: que representan una potencial fuerza de trabajo adicional para los Estados Unidos. ¡Y eso sin mencionar alrededor de cincuenta millones de amas de casa que en la actualidad no tienen empleo remunerado! <<

Ferenc Janossy, Das Ende des Wirtschaftswunder, Francfort, 1966. <<

 



Si bien Lenin se inclinaba por la explicación de las crisis capitalistas por la desproporcionalidad, fue lo bastante prudente para escribir: «La “capacidad de consumo de la sociedad” y “la proporcionalidad entre las diversas ramas de producción” no son, ni mucho menos, dos condiciones absolutamente distintas la una de la otra y que no guardan la menor relación entre sí. Por el contrario, un nivel determinado de consumo constituye uno de los elementos de la proporcionalidad» (Obras completas, vol. 4, p. 58). <<

Marx incluso veía en la introducción masiva de capital fijo, a intervalos de entre siete y diez años, tanto una de las principales razones de la periodicidad del ciclo industrial como el factor determinante de su duración media. Sobre la tendencia de la inversión a «excederse», véase J. R. Hicks, A contribution to the theory of the trade cycle, Oxford, 1951; Roy Harrod, Economic essays, Londres, 1953; E. D. Domar. Essays in the theory of economic growth, Nueva York, 1957; etcétera. <<

El capital, III/6, pp. 322-323, 328-329. <<

 

Ibíd., p. 322. <<

 

Esto, naturalmente, no es una regla absoluta. La sobreproducción podría comenzar en algunos subsectores del sector L Esto ha ocurrido en algunas crisis concretas, aunque no en la mayoría. Las dos últimas crisis —las de 1974-1975 y 1979-1980— se iniciaron ambas en los automóviles y la vivienda, es decir, bienes de consumo durables, subsectores del sector II. <<


[296b] Nota 272 en esta edición (N. del E. D.) <<

El capital, III/7, pp. 622-623 (las cursivas son nuestras). <<

 



El capital, III/6, p. 331 (las cursivas son nuestras). <<

El capital, III/6, p. 390 (las cursivas son nuestras). <<

El capital, III/7. pp. 773, 781-782. <<

El capital industrial puede rotar más rápido si los comerciantes mayoristas y minoristas compran las mercancías producidas inmediatamente a los capitalistas industriales y las conservan en reserva hasta que aparece el «último cliente». Esta división del trabajo dentro de la clase capitalista, en que los capitalistas comerciales compran a los capitalistas industriales mercancías que están entrando a la esfera de circulación, explica por qué estos últimos están dispuestos a ceder a los primeros una parte del plusvalor, en forma de utilidades comerciales. <<


El capital, III/6, p. 307. <<


En condiciones de inflación permanente de papel moneda, esto se aplica, naturalmente, a la tasa de interés «real» y no a la «nominal». La tasa de interés «real» es igual a la tasa «nominal» menos la tasa de inflación. La magnitud de la inflación del crédito en el capitalismo tardío puede medirse por el hecho de que hemos conocido varios períodos prolongados de tasas de interés «real» negativas en países capitalistas clave. <<

 

Sobre esta cuestión se está produciendo un debate importante entre marxistas, con participación de una serie de no marxistas también. Isaac Rubia, mientras que niega correctamente una definición puramente fisiológica (reificada) del «trabajo abstracto», sostiene enérgicamente que es cuantificable, con base en el tiempo de trabajo y la intensidad del trabajo (op. cit., pp. 185-187). En mi opinión está en lo cierto, y Catherine Colliott-Théléne, en su «posfacio» a A history of economic thought de Rubin, se equivoca cuando afirma que existe una contradicción básica cuando Marx define el «trabajo socialmente necesario» tanto por la productividad media del trabajo en cada ramo de la industria como por la relación entre producción de cada ramo y necesidades socialmente reconocidas. Donde Colliott-Théléne ve una contradicción, hay en realidad una diferencia —entre producción de valor, que está estrictamente limitada a la esfera de la producción, y realización de valor, que ocurre en la esfera de la circulación y depende, entre otras cosas, de las relaciones entre la estructura de la producción y la estructura de la demanda. La ley del valor adapta la distribución de la fuerza de trabajo a las necesidades sociales post festum, porque en condiciones de producción de mercancías eso no puede hacerse a priori. Pero eso no significa que el trabajo consumido en el proceso de producción no haya sido productor de valor, es decir, que los trabajadores (el tiempo de trabajo) dedicados a producción «innecesaria» hayan sido Inexistentes. Significa simplemente que el valor producido ha sido redistribuido: que el equivalente de parte de él no es recibido por los propietarios de las mercancías así producidas. 

Este punto, que señalé en mi Tratado de economía marxista (México, 1969), también es sumamente controvertido entre marxistas. El propio Marx, sin embargo, es muy claro sobre este tema (véase El capital, III/8, p. 817): «De hecho es la ley del valor, tal como se impone no con relación a las mercancías o artículos en particular, sino a los productos globales originados en cada una de las esferas sociales particulares de la producción, autonomizadas en virtud de la división del trabajo; de modo que no sólo emplea únicamente el tiempo de trabajo necesario para cada mercancía, sino que sólo se emplea la cantidad proporcional necesaria del tiempo de trabajo social global en los diversos grupos. Pero si el valor de uso de una mercancía en particular depende de que la misma satisfaga, de por sí, una necesidad, en el caso de la masa social de los productos de esa mercancía depende de que la misma sea adecuada a la necesidad social cuantitativamente determinada de cada tipo de producto en particular, y por ello el trabajo se halla proporcionalmente distribuido entre las diversas esferas de la producción en la proporción de estas necesidades sociales, que se hallan cuantitativamente circunscritas». Véase también p. 831. <<

El capital, III/6, pp. 225-226, 250, 339-340. <<


El capital, III/6, p. 251 y m/8, pp. 1093-1094. <<

El capital, III/6, pp. 225-226. <<

 


Utilizo la fórmula «renta tecnológica» como extensión de la renta de la tierra de Marx, cuando las condiciones de «monopolio artificial» se deben a monopolios tecnológicos, similares al monopolio de la propiedad de la tierra. <<

Un impresionante ejemplo reciente es el creciente desafío al dominio casi monopolista de la IBM en la industria de las computadoras, como consecuencia del desarrollo de microprocesadores y el intento de trusts japoneses de superar a la IBM en la producción de computadoras grandes de la quinta generación. <<

Véase El capitalismo tardío cit., pp. 527-528. La idea de una nivelación de las plusganancias paralela a la nivelación de las ganancias medias, que implica la coexistencia durante cierto tiempo de dos tasas medias de ganancia, una en el sector monopolizado de la producción y otra en el no monopolizado, fue adelantada en mi obra Tratado de economía marxista (cit., vol. 2, pp. 42-45) y defendida en El capitalismo tardío (pp. 93, 520-532). Ha sido discutida con la misma fuerza. El propio Marx, sin embargo, la propone en el libro tercero de El capital (véase III/8, pp. 1093-1094). <<

Marx trata este problema de la escasez estructural en El capital, III/6, p. 226: «En cambio, si la demanda es tan intensa que no se contrae cuando el precio resulta regulado por el valor de las mercancías producidas bajo las peores condiciones, éstas determinan el valor de mercado». <<

En el período de posguerra, la productividad del trabajo agrícola ha estado elevándose con mayor rapidez que la del industrial en la mayoría de los países capitalistas industrializados: en los Estados Unidos, al triple de velocidad durante la década de los cincuenta. Véase Theodore Schultz, Economic crises in world agriculture, Ann Arbor, 1965, pp. 70-72. <<


Los DEG (Derechos Especiales de Giro: emitidos por el Fondo Monetario Internacional y utilizados únicamente en relaciones entre bancos centrales, no en relaciones con capitalistas privados, incluyendo a los bancos privados) se basan en una cesta de monedas común, y por lo tanto se han ido revaluando constantemente contra el dólar desde 1971. De ahí el aumento del precio «oficial» del oro del FMI (fijado en 35 DEG por onza), que aumentó de 35 a 42 dólares. <<

Estudio de la Banque L. Dreyfus, reproducido en Le Monde, 29 de enero de 1980. 

Véase, entre otros, Otto Bauer, Der Kampf um Wald und Weide, Viena, 1925. <<

 



En la segunda parte de su notable estudio «Value and rent» (Capital and Class, núms. 3 y 4), Robin Murray señala (pp. 13 ss.) que los colonizadores de ultramar generalmente podían esperar una «renta de fundadores» similar a la renta de fundadores de grandes empresas oligopólicas de Hilferding. Creo que tiene razón, por lo menos en lo referente a los países de ultramar con tierras fértiles por encima del promedio de Europa occidental. Pero atribuye un peso excesivo a esa «renta» en la explicación de las migraciones internacionales, el expansionismo capitalista y los orígenes del imperialismo. <<

 


Según una nota de la OCDE de febrero de 1980, el acopio total de trigo en los países imperialistas alcanzaba un promedio de más de cincuenta millones de toneladas en cada año particular entre 1970/1971 y 1979/1980. Los acopios totales de final de año de mantequilla y leche descremada en los países imperialistas aumentaron de 289 000 toneladas en 1970 a 1.4 millones de toneladas en 1979. <<

El capital, III/8, pp. 966-968 y 980-981. <<

Robin Murray, op. cit., p. 21. <<

US Department of Agriculture Statistics, 1978, pp. 426, 444, 464; Murray, op. cit., p. 21. <<

 

Véase Karl Kautsky, La cuestión agraria, México, Siglo XXI, 1984, pp. 352-


355. El creciente papel de las grandes empresas transformadoras de alimentos (cada vez más, las multinacionales) y las grandes sociedades cooperativas controladas por agricultores ricos también merece mencionarse: éstas tienden cada vez más a cortar el acceso directo al mercado a los agricultores. Según el economista francés Bernard Kayser, apenas el 25% de la producción agrícola francesa es vendida por los agricultores mismos a consumidores sociales, o autoconsumida. Todo el resto pasa por las manos de grandes intermediarios capitalistas, que naturalmente cobran su parte, similar —y a menudo paralela— a un interés hipotecario. (Véase Économie et Statistiques, núm. 102, julio-agosto de 1978). <<

 

Murray, op. cit., pp. 24-25. <<

 

La mano de obra migratoria en Sudáfrica y otros países «colonizados» desempeña un papel similar. Véase por ejemplo Harold Wolpe, «Capitalism and cheap labour-power in South Africa», Economy and Society, núm. 14, 1972; R. T. Bell, «Migrant labour, theory and policy», South African Journal of Economics, vol. 40, núm. 4, diciembre de 1972; Francis Wilson, Labour in the South African gold mines, Cambridge, 1972; Giovanni Arrighi, «Labour supplies in historical perspective: a study of the proletarization of the African peasantry in Rhodesia», en G. Arrighi y John Saul, Essays in the political economy of Africa, Nueva York, 1973.


El capital, III/6, p. 274, y m/8, pp. 1031-1034. <<

En el cultivo de trigo, el rendimiento por hectárea en 1977 varió entre, por un lado, 0.89 toneladas métricas en África, 1.17 toneladas métricas en Sudamérica, 136 toneladas métricas en Asia y 1.45 toneladas métricas en la URSS; por el otro, 3.86 toneladas métricas en los países de la cm y más de 4 toneladas métricas en los estados más ricos del medio oeste norteamericano. <<

En 1976, el 90% de las exportaciones mundiales de trigo y harina de trigo correspondían a cinco países: los Estados Unidos, Canadá, Australia, Francia y Argentina. <<

los Estados Unidos, menos de 150 000 unidades agrícolas sobre 1.7 millones, es decir, las que tenían ventas superiores a los cien mil dólares, eran responsables de más del 50% del valor total de todos los cereales vendidos. Esa proporción de concentración es sustancialmente más alta en las exportaciones de cereales (US Census of Agriculture: Summary and state data, 1977, pp. 1-25). <<

 


Hoy día, los salarios «indirectos» o «socializados» (es decir, beneficios de seguridad social, etc.) constituyen una parte importante de los costos totales de reproducción de la fuerza de trabajo —según algunos autores, hasta el 50%, por lo menos en Gran Bretaña y Francia (véase Ian Gough, The political economy of the welfare state, Londres, 1979, p. 109; A. Capian, «Réflexions sur les déterminants de la socialisation du capital variable», en Issues, núm. 4, 1979). Esto, sin embargo, no representa ninguna redistribución «vertical» del ingreso nacional en favor de los salarios y a expensas de las ganancias, pues es compensado por enormes deducciones del salario bruto en forma de impuestos y contribuciones a la seguridad social — deducciones que también ascienden a alrededor del 50%. En cambio, lo que está ocurriendo es una redistribución «horizontal», en favor de ciertos sectores de la clase asalariada y a expensas de otros. Capian da el ejemplo de Francia, donde este sistema opera en favor de las categorías que reciben salarios más altos, a expensas de las que perciben salarios más bajos, pues a las primeras se les deduce apenas el 18.2% de su ingreso en dinero bruto como contribución a la seguridad social, mientras que a las segundas se les descuenta hasta el 31.5 por ciento. <<

 

El capital especulativo es generalmente pequeño capital, como lo señala el propio Marx en el libro tercero (El capital, III/6, p. 337) y está generalmente condenado a la quiebra o la absorción antes que empresas grandes adopten las innovaciones experimentadas por los especuladores. Pero hasta ese capital está evidentemente fuera del alcance de los asalariados normales que reciben salarios medios (incluso los de trabajadores altamente calificados). <<

 

En períodos de desempleo en gran escala, hay una pequeña fracción de asalariados que se vuelven nuevamente agricultores de subsistencias, especialmente en los países capitalistas avanzados donde hay tierra agrícola abandonada de acceso más o menos libre, en la cual, aunque es imposible producir la tasa media de ganancia, sí es posible alcanzar la producción de valores de uso más elevados que la cantidad que sería posible comprar con la compensación por desempleo. <<

Naturalmente, es preciso incluir en el análisis el hecho de que, con el crecimiento de la producción masiva en cada vez más ramos de la industria, las «necesidades inducidas» de los trabajadores —y el número de bienes y servicios que se supone que compra el salario social medio— tienden a aumentar, como uno de los productos secundarios de la propia acumulación de capital. <<

 


En el caso de los fondos de pensión que «poseen» los sindicatos norteamericanos, pero que administran completamente grandes bancos, esa expropiación de facto ya está muy adelantada. En la Alemania nazi llegó a ser completa. <<

 


En los Estados Unidos, los asalariados como parte de la población activa total aumentaron del 62% en 1880 al 71% en 1910, el 78.2% en 1940 y el 89.8% en 1970.

<<

Por ejemplo, Arnold Künzli, «Für eine kopernikanische Wende des Sozialismus», en Für Robert Havemann: ein Marxist in der D. D. R., Munich, 1980.

Las normas de distribución burguesas siguen actuando en el período de transición del capitalismo al socialismo, así como en la primera fase del comunismo (socialismo). Véase Karl Marx, Crítica del Programa de Gotha, en K. Marx y F. Engels, Obras escogidas, Moscú, Progreso, 1980, t. III, p. 15; Leon Trotsky, The revolution betrayed, Nueva York, 1965, pp. 53-55. <<

 


Ése es al menos el interés a largo plazo de todos los asalariados. En la medida en que los mercados de trabajo están parcialmente fragmentados, nacional y sectorialmente, es decir, en la medida en que la movilidad de la mano de obra no es ilimitada, los intereses a corto plazo de partes relativamente privilegiadas de la clase obrera pueden entrar en conflicto con esos intereses a largo plazo. <<

 

Véase por ejemplo Harry Braverman, Trabajo y capital monopolista, México, Nuestro Tiempo, 1975, passim. <<

 

Por ejemplo, la fuerza a largo plazo de uno de los sindicatos más vigorosos y militantes que ha conocido el capitalismo en los países industrializados, el sindicato de trabajadores de artes gráficas, ha sido severamente disminuida por la revolución de la composición electrónica. <<

 

Karl Marx, «Salario, precio y ganancia», en K. Marx y F. Engels, Obras escogidas, cit., t. I, p. 76. <<

 

El capital, III/6, pp. 214 y 250. <<


Esto es aplicable no sólo al trabajo productivo en cuanto tal, sino también al trabajo asalariado empleado por el capital comercial, bancario, etc. Si bien ese trabajo no produce directamente plusvalor, permite al capital invertido en esas esferas apropiarse de parte del plusvalor producido en los sectores productivos. Los industriales aceptan esa deducción, porque les permite economizar su capital propio y aumentar la producción de plusvalor como resultado de una más rápida rotación de su capital. Al mismo tiempo, sin embargo, están interesados en reducir lo más posible esos «costos de circulación», que entienden como precisamente una deducción de sus propias ganancias. (K. Marx, El capital, III/6, p. 383). <<

 


El capital, III/6, pp. 324-325. <<

 

Esto es cierto internacionalmente aun más que nacionalmente. Las guerras imperialistas son la expresión extrema de esta tendencia. <<

 

Esto arraiga en el propio proceso de producción industrial en gran escala, basada en la organización cooperativa de la mano de obra. <<

Véanse los dos tomos de artículos editados por Mark Blaug, Economics of education, Londres, 1968 y 1969, que contienen trabajos con títulos tan expresivos como «Investment in human capital», «Rates of return to investment in schooling», «Rate of return on investment in education», «The productivity of universities», y así sucesivamente. <<

El capital, III/6, pp. 127-128. <<

 


Véase por ejemplo el Programa Erfurt del Partido Socialdemócrata alemán, supervisado por Engels. En el famoso discurso de August Bebel en el Reichstag el 3 de febrero de 1893, muy elogiado por Engels, el derrumbe del capitalismo se presentaba como resultado de la interacción de la declinación de la clase media, la creciente concentración y centralización del capital, la creciente polarización de clases entre el capital y el trabajo asalariado, las crecientes contradicciones de clase, sucesivas crisis económicas graves, creciente peligro de guerra, crecientes amenazas contra la democracia política y creciente conciencia de clase del proletariado. <<

 



Véase K. Marx, El capital, I/3, pp. 953-954. Por lo tanto Lucio Colletti está equivocado al reducir la «teoría del derrumbe» de Marx simplemente a la teoría de la baja tendencial de la tasa media de ganancia: véase su introducción a L. Colletti, El marxismo y el «derrumbe» del capitalismo, México, Siglo XXI, 1978, pp. 39-40. <<

 

Rosa Luxemburg, «What does the Spartakusband Want?», en R. Looker (comp.), Rosa Luxemburg: selected political writings, Londres, 1972, p. 275. <<

 


Véase sobre todo Evolutionary socialism, del propio Bernstein. <<

 

Véase como ejemplo típico Anthony Crossland, The future of socialism, Londres, 1956. <<

 

Rosa Luxemburg, La acumulación de capital, cit., passim. <<

 


Véase pp. 143 ss. <<

 


Este argumento fue utilizado por primera vez contra Rosa Luxemburg por Bujarin (véase El imperialismo y la acumulación de capital, cit., p. 198) y por Henryk Grossmann (La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista, México, Siglo XXI, pp. 18-19), ambos la acusaron de determinismo económico «mecanicista». Claudio Napoleoni formula un reproche similar en su introducción a El futuro del capitalismo, México, Siglo XXI, 1978, p. 46. <<

 

Bujarin, op. cit., pp. 197-206; Eugen Varga, Die Niedergangsperiode des Kapitalismus, Hamburgo, 1922, pp. 7-14. <<

 


www.lectulandia.com - Página 542

 



Es verdad que Varga adoptó una actitud más cautelosa después de la segunda guerra mundial; sin embargo, esto parece representar una posición «puente» en el camino hacia las concepciones armonicistas de los teóricos del «capitalismo de monopolio estatal». Véase, entre otros, sus Essais sur l’économie politique du capitalisme, Moscú, 1967. <<

 


Véase por ejemplo Eugen Varga, Grundfragen der Ökonomik und Politik des Imperialismus nach dem zweiten Weltkrieg, Berlín, 1955. <<

 

Véase por ejemplo N. Inosemzev, Der heutige Kapitalismus, Berlín, 1973, pp. 59, 94-95, 106-107. Para una crítica más general de la teoría del «capitalismo de monopolio estatal», véase Ernest Mande], El capitalismo tardío cit., pp. 497-506; y Jacques Valier, Le PCF et le capitalisme monopoliste, d’état, París, 1976. <<

 

Grossmann, op. cit. (ed. original, Leipzig, 1929). <<

 

Las críticas más sistemáticas a Grossmann pueden encontrarse en Fritz Sternberg, Eine Umwälzung der Wissenchaft, Berlín, 1930; y Natalie Moszkowska, Zur Kritik Moderner Krisentheorien, Praga, 1935 [Contribución a la crítica de las teorías modernas de las crisis, México, Cuadernos de Pasado y Presente 50, 1978].


Otto Bauer, «Die Akkumulation des Kapitals», en Die Neue Zeit, vol. 31 (1913), 1.ª parte. <<

 


Baran y Sweezy, op. cit., capítulos 3 y 4. Hay una clara filiación entre la concepción de Baran-Sweezy del capitalismo que tiende al estancamiento económico y las teorías neokeynesianas (y a veces semimarxistas) de autores como Michael Kalecki (Studies in economic dynamics, Londres, 1943; Essays in the theory of economic fluctuations, Londres, 1939), J. Steindl (Madurez y estancamiento en el capitalismo norteamericano, México, Siglo XXI, 1979) o Joan Robinson. <<

 


No es por accidente que la mayoría de los marxistas «tercermundistas» tiende a exagerar la capacidad del capitalismo de «reestructurarse» a sí mismo en escala mundial por procesos puramente económicos, a fin de superar la depresión en curso de los años setenta y ochenta. <<

 



El capital, III/6, p. 338: «Un desarrollo de las fuerzas productivas que redujese el número absoluto de los obreros, es decir que de hecho capacitase a la nación entera para llevar a cabo su producción global en un lapso más reducido, provocaría una revolución, pues dejaría fuera de circulación a la mayor parte de la población». <<

No puedo tratar aquí el problema de los «límites del crecimiento», de los que algunos autores sostienen que son inherentes no al modo capitalista de producción como tal sino a la propia producción industrial en gran escala, considerada como inevitablemente agotadora de los recursos naturales. Marx tenía plena conciencia de este problema (véase El capital, I/2, pp. 610-613, y III/8, pp. 1033-1034). Sin embargo, Marx lo veía como producto secundario de las formas específicas (y distorsionadas) de desarrollo tecnológico características del capitalismo, no como producto inevitable de la aplicación de las ciencias naturales a la producción. Esto implica que el problema puede resolverse en un marco social diferente, sin que la humanidad tenga que renunciar a las ventajas de liberarse del trabajo mecánico no creativo. Algunos de los más agudos críticos no marxistas de la sociedad capitalista contemporánea desde un punto de vista ecológico llegan a las mismas conclusiones: véase por ejemplo Barry Commoner, The closing circle, Londres, 1972; Harry Rothman, Murderous providence, Londres, 1972. <<

 


Véase por ejemplo Daniel Bell, The coming of post-industrial society, Nueva York, 1973. <<

 




FIN

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